/ Language: Español / Genre:prose_history

David Golder

Irène Nemirovsky

En 1929 Irène Némirovsky envió al editor Bernard Grasset el manuscrito de su primera novela David Golder. Estaba escrita en francés. El texto entusiasmó al editor, quien la publicó de inmediato. Fue saludada por una crítica sorprendida por la juventud de la autora y el crítico Paul Reboux quien fuera uno de los primeros en llamar la atención sobre la joven Colette en su momento, auspició grandes éxitos a Némirovsky. La crítica francesa, tan acartonada a su Academia, nunca se adaptó a la precocidad de sus autores y siempre los miraron como a bichos raros. Encima, no son escasos en autores jóvenes y brillantes: desde Rimbaud, pasando por Alain Fournier, a Colette y Françoise Sagan. David Golder narra la historia de un banquero ruso-judío que vive en París. Está continuamente sometido a los caprichos de su esposa y de su hija, a quien adora, y por ellas pierde la cabeza y la fortuna. A comienzos de la novela, David Golder se desmaya y le es diagnosticada una angina de pecho. Debe descansar, pero le resulta imposible: tiene que seguir haciendo negocios. Viaja por barco a Rusia, se reencuentra con su paupérrimo pueblo natal y durante el viaje de regreso muere. Escrita con un estilo preciso y detenido, la obra no es sino una versión adecuada a las primeras décadas del siglo de La muerte de Iván Illich de León Tolstoi. La enfermedad y la muerte están aliadas frente a la negligencia del protagonista: aunque se niegue a verlo, su fin está cerca. Tolstoi escribió su obra como una fábula sobre las vanidades de la vida. Tanto allí como en la mayoría de los autores eslavos aparece una sola verdad: `siento dolor, gracias a eso sé que estoy vivo` y `mi dolor es lo único que tengo`. Turguenev hablará del dolor espiritual: el amor no correspondido, o la búsqueda de una vida con sentido como en Rudin, el héroe ruso que marcha a luchar a las barricadas francesas en 1789. En Pushkin este dolor es el del honor perdido, en Gógol y también a veces en Dostoyevski, la miseria. Tal vez en los emigrados este dolor de vivir fue reemplazado por la nostalgia, por eso tantos personajes de Nabokov (Pnin, por ejemplo) sienten que viven como si estuvieran muertos. Némirovsky también sigue la tradición rusa: el dolor existe para recordarnos que vivimos y que lo estamos haciendo mal. Las vanidades pertenecen al mundo de las apariencias, en el mundo real sufrimos y nos estamos muriendo.

Irène Nemirovsky

David Golder

Título original: David Golder

Traducción: José Antonio Soriano Marco

– No.

Golder levantó bruscamente la pantalla para dirigir la luz de la lámpara de lleno a la cara de Simon Marcus, sentado frente a él al otro lado de la mesa. Por un instante, observó los pliegues, las arrugas que recorrían el alargado y oscuro rostro de Marcus cada vez que sus labios o sus párpados se movían como en un agua turbia rizada por el viento. Pero sus bovinos y somnolientos ojos de oriental seguían tranquilos, apáticos, indiferentes. Su rostro era tan impenetrable como un muro. Golder dobló con cuidado el brazo de metal flexible de la lámpara.

– ¿A cien, Golder? ¿Has contado bien? Es un precio… -dijo Marcus.

– No -murmuró Golder de nuevo-. No quiero vender.

Marcus rió. Sus largos y brillantes dientes recubiertos de oro relucieron extrañamente en la penumbra.

– En mil novecientos veinte, cuando las compraste, ¿qué valían tus dichosas petrolíferas? -preguntó con una irónica voz nasal, arrastrando las palabras.

– Las pagué a cuatrocientos. Si esos cerdos de los sóviets hubieran devuelto los terrenos nacionalizados a las petroleras, habría sido un negocio redondo. Lang y su grupo iban detrás de mí. En mil novecientos trece la producción diaria de los pozos de Teisk ya era de diez mil toneladas… Y no exagero. Recuerdo que, tras la Conferencia de Génova, mis acciones cayeron primero de cuatrocientos a ciento dos… Luego… -Hizo un gesto vago con la mano-. Pero no vendí… Entonces tenía dinero.

– Ya. ¿Y ahora? ¿No comprendes que para ti unos terrenos petrolíferos en Rusia, en mil novecientos veintiséis, son una mierda? ¿Eh? No tienes medios ni ganas de ir a explotarlos personalmente, ¿o sí? Lo único que se puede hacer es ganar unos enteros moviendo las acciones en la Bolsa… Cien es un buen precio.

Golder se restregó con lentitud los hinchados párpados, irritados por el humo que colmaba el despacho.

– No, no quiero vender -repitió bajando la voz-. Cuando la Tübingen Petroleum haya cerrado ese acuerdo sobre la concesión de Teisk en el que estás pensando, entonces venderé.

Marcus soltó una especie de «¡Ah, sí!» sofocado, y eso fue todo.

– El asunto que has estado llevando a mis espaldas desde hace un año, Marcus, ése mismo… -añadió Golder despacio-. ¿Te ofrecían un buen precio por mis acciones una vez firmado el acuerdo? -Se interrumpió, porque el corazón le latía casi dolorosamente, como con cada victoria.

Marcus aplastó con parsimonia el puro en el cenicero repleto.

«Si me propone ir a medias, está listo», pensó de repente Golder, e inclinó la cabeza para oír mejor la respuesta.

Hubo un breve silencio.

– ¿Y si vamos a medias, David? -dijo al fin Marcus.

Golder apretó las mandíbulas.

– Ni hablar.

– Mira, Golder, no necesitas otro enemigo… -murmuró Marcus entornando los ojos-. Ya tienes bastantes. -Sus manos apretaban la mesa y se movían apenas, produciendo una débil rasguñadura, rápida y aguda. Iluminados por la lámpara, sus largos dedos, huesudos, blancos y cubiertos de pesados anillos, brillaban sobre la caoba del escritorio estilo Imperio y temblaban casi imperceptiblemente.

Golder sonrió.

– Ahora ya no eres tan peligroso, amigo mío.

Marcus se examinó las uñas lacadas con silenciosa concentración.

– David… vamos a medias, venga. Llevamos asociados veintiséis años. Pasamos página y volvemos a empezar. Si hubieras estado aquí en diciembre, cuando Tübingen habló conmigo…

Golder retorció nerviosamente el cordón del teléfono y se lo enrolló en la muñeca.

– En diciembre -repitió con una mueca-. Sí… Eres muy generoso, pero… -Se interrumpió. Ambos sabían muy bien que en diciembre Golder estaba en América buscando capitales para la Golmar, el negocio que los ataba desde hacía tantos años, como la bola de un forzado. Pero no dijo nada.

– Todavía estás a tiempo, David -insistió Marcus-. Es mejor, créeme… Tratamos juntos con los sóviets, ¿te parece? Es un asunto difícil. En cuanto a las comisiones, los beneficios… todo a medias, ¿eh? Es justo, ¿no? ¿Eh, David, muchacho? De otro modo… -Esperó una respuesta, un gesto, un insulto; pero Golder siguió respirando pesadamente, en silencio-. Mira, David, la Tübingen no es la única petrolera del mundo… -Tocó el brazo de Golder como si quisiera despertarlo-. Hay otras sociedades más jóvenes y de… de tipo más especulativo -añadió, buscando las palabras- que no firmaron el acuerdo de mil novecientos veintidós sobre los petróleos y a las que les traen sin cuidado los antiguos derechohabientes, y, en consecuencia, también tú… Podrían…

– ¿ La Amrum Oil? -lo atajó Golder.

Marcus hizo rechinar los dientes.

– Vaya, ¿con que también sabes eso? Pues mira, chico, lo siento, pero los rusos firmarán con Amrum. Así que, ya que te niegas a aceptar, puedes quedarte con tus Teisk hasta el día del Juicio, puedes pedir que te entierren con ellos…

– Los rusos no firmarán con Amrum.

– Ya han firmado -proclamó Marcus.

Golder hizo un gesto con la mano.

– Sí. Lo sé. Un acuerdo provisional. Moscú debía ratificarlo en un plazo de cuarenta y cinco días. Ayer. Pero, como esta vez tampoco ha habido nada, te has puesto nervioso y has venido a intentarlo de nuevo conmigo… -Golder continuó deprisa, entre toses-: Te lo explicaré. Tübingen, ¿verdad? Amrum ya le pisó unos campos de petróleo en Persia, hace dos años. De modo que, esta vez, creo que preferiría reventar antes que ceder. Por otra parte, hasta ahora no ha sido muy difícil. Le ofrecieron más a ese judío con el que llevabas lo de los sóviets. Telefonéale y lo comprobarás…

– ¡Mientes, cerdo! -gritó de pronto Marcus con una voz de vieja histérica.

– Llámale y verás.

– Y el viejo Tübingen… ¿lo sabe?

– Sí. Naturalmente.

– Esto es cosa tuya, ¡canalla, bandido!

– Claro. ¿Qué esperabas? Acuérdate… El año pasado, el asunto del petróleo de México; hace tres años, lo del fuel. La de millones que han pasado de mi bolsillo al tuyo. ¿Y qué he dicho? No he dicho nada. Y además… -Pareció buscar más argumentos, juntándolos en su cabeza, pero acabó renunciando con un encogimiento de hombros-. Los negocios… -murmuró simplemente, como si se refiriera a un dios temible.

Marcus no replicó. Cogió el paquete de cigarrillos de encima del escritorio, sacó uno y frotó una cerilla con aplicación.

– ¿Por qué fumas esta porquería de Gauloises con el dinero que tienes, Golder? -Los dedos le temblaban. Golder los miraba en silencio como si midiera la vida de un animal herido por sus últimos estremecimientos-. Necesitaba dinero, David -añadió con una voz diferente. Una mueca le torció una comisura de la boca-. Lo necesito angustiosamente… ¿No quieres dejarme ganar un poco? ¿No te parece que…?

Golder sacudió la cabeza con brusquedad.

– No.

Vio que las pálidas manos se trababan una con otra, entrelazando los crispados de dos, hincando las uñas en la carne…

– Me hundes -dijo al fin Marcus con una voz sorda y extraña.

Golder mantuvo los ojos bajos y no respondió. Marcus no dudo un instante; luego, se levantó y apartó la silla con suavidad.

– Adiós, David… ¿Qué? -exclamó de pronto en el silencio con súbita vehemencia.

– Nada. Adiós -dijo Golder.

Golder encendió un cigarrillo, pero con la primera calada empezó a ahogarse y lo tiró. Una tos convulsiva de asmático, ronca y silbante, le agitó los hombros y le produjo una saliva amarga que lo hizo atragantarse. La brusca afluencia de sangre había dado color a sus facciones, habitualmente pálidas, de un blanco mate y cadavérico, ceroso, con bolsas violáceas bajo los párpados. Era un hombre de sesenta años cumplidos, corpulento, de miembros gruesos y fofos, y ojos grises, penetrantes y claros. Espesos cabellos canos enmarcaban un rostro duro y avejentado, como modelado por una mano ruda y pesada.

El despacho olía a humo y a ese tufo a hollín frío que caracteriza en verano a las viviendas parisinas que llevan tiempo desocupadas.

Hizo girar el sillón y entreabrió la ventana. Contempló un instante la torre Eiffel iluminada. El fulgor rojo, líquido, fluía como sangre por el cielo del amanecer… Golder pensaba en la Golmar. Seis letras doradas, luminosas, resplandecientes, que giraban como soles nocturnos en cuatro grandes ciudades del mundo. La «Golmar», de sus dos apellidos, el de Marcus y el suyo, fundidos en uno.

Apretó los labios. «Golmar… Ahora David Golder, solo.»

Cogió un bloc de notas que tenía al alcance de la mano y leyó el membrete impreso.

GOLDER amp; MARCUS

COMPRAVENTA DE PRODUCTOS PETROLÍFEROS

Gasolina de aviación, gasolina ligera,

pesada y mediana

Trementina. Gasoil. Aceites lubricantes

Nueva York, Londres, París, Berlín

Lentamente, tachó la primera frase y escribió «David Golder» con su caligrafía apretada que arrugaba el papel. Por fin iba a estar solo. «Gracias a Dios, se acabó -pensó aliviado-. Ahora se irá.» Más adelante, cuando hubiera cedido a Tübingen la concesión de Teisk y formara parte de la compañía petrolífera más grande del mundo, reflotaría la Golmar sin dificultad.

Entretanto… Empezó a hacer números con rapidez. Aquellos dos últimos años habían sido especialmente terribles. La quiebra de Lang, el acuerdo de 1922… Al menos ya no tendría que sufragarle a Marcus las mujeres, los anillos, las deudas… Bastantes gastos tenía sin él. Cuánto costaba aquella vida absurda… Su mujer, su hija, la casa de Biarritz, la casa de París… Sólo en París pagaba sesenta mil francos de alquiler, sin contar los impuestos. Los muebles habían costado más de un millón, en su momento. ¿Y para quién? Allí no vivía nadie. Postigos cerrados, polvo. Miró con una especie de odio ciertos objetos que detestaba en especial: las cuatro victorias de bronce y mármol negro que sostenían la lámpara, un tintero cuadrado, enorme, vacío, decorado con abejas de oro. Todo eso había que pagarlo. ¿Y el dinero?

– Imbécil… -masculló con cólera-. «Me hundes…» ¿Y? «Tengo sesenta y ocho años…» Pues empieza de nuevo. Como me ha tocado hacer a mí bastantes veces…

Volvió con brusquedad la cabeza hacia el gran espejo encima de la sobria chimenea y observó con desazón sus tensas y demacradas facciones, veteadas de manchas azuladas, y los dos pliegues a ambos lados de la boca, profundamente marcados en la espesa carne, como mofletes flácidos de un perro viejo.

– Estás envejeciendo, Golder, estás envejeciendo… -gruñó con rabia.

Desde hacía dos o tres años, se cansaba enseguida. «Ante todo -pensó-, mañana me marcho. Ocho o diez días de descanso en Biarritz, y que me dejen tranquilo. Si no, exploto.» Cogió el calendario, lo puso de pie sobre el escritorio, apoyado en el marco dorado del retrato de una jovencita, y lo hojeó. Estaba repleto de nombres y números. La fecha del 14 de septiembre aparecía subrayada con un trazo de tinta. Ese día, Tübingen lo esperaba en Londres. Eso suponía apenas una semana en Biarritz. Después, Londres, Moscú, otra vez Londres, Nueva York. Soltó un débil gemido de irritación, miró fijamente la foto de su hija, suspiró y luego apartó la mirada y se frotó lentamente los doloridos ojos, enrojecidos por el cansancio. Había llegado de Berlín ese mismo día, y hacía tiempo que ya no dormía como antes en los coches cama.

No obstante, se levantó maquinalmente para ir al club, como de costumbre; pero se dio cuenta de que eran más de las tres. «Voy a acostarme -se dijo-. Mañana, otra vez al tren…» En ese momento descubrió el fajo de cartas para firmar en un ángulo del escritorio. Se sentó de nuevo. Todas las noches revisaba el correo preparado por los secretarios. Un hatajo de asnos, aunque los prefería así. Sonrió pensando en el de Marcus, Braun, un jovencito judío de ojos ardientes, que le había vendido el proyecto de contrato con la Amrum. Empezó a leer inclinando bajo la lámpara los espesos cabellos canos, antaño rojos, que aún conservaban en las sienes y la nuca un resto del vivo color del fuego, como brasas sepultadas bajo la ceniza.

De pronto, junto a la cabecera de la cama, el teléfono prorrumpió en una sucesión de chillones e interminables timbrazos. Pero Golder seguía dormido; por las mañanas tenía un sueño pesado y profundo como la muerte. Al fin, abrió los ojos mientras lanzaba un gemido sordo y cogió el auricular:

– ¿Diga…? ¿Diga…?

Durante un instante siguió exclamando «¿Diga?» sin reconocer la voz de su secretario.

– Señor Golder… -oyó al fin-. Muerto… El señor Marcus ha muerto. -Golder no respondió-. ¿Oiga? ¿Me oye? El señor Marcus ha muerto.

– Muerto… -repitió Golder lentamente, sintiendo que un leve y extraño escalofrío recorría sus hombros-. Muerto… No puede ser…

– Ha ocurrido esta noche, señor. En la rue Chabanais… Sí, en una casa de… Se ha pegado un tiro en el pecho. Dicen…

Golder dejó lentamente el auricular entre las sábanas y lo tapó con la manta, como si quisiera ahogar la voz que seguía zumbando como un moscardón atrapado.

Al final, la voz cesó. Golder tocó el timbre.

– Prepáreme el baño -le dijo al criado que entró con el correo y la bandeja del desayuno-. Con agua fría.

– ¿Pongo en la maleta el esmoquin del señor?

Golder frunció el ceño con nerviosismo.

– ¿Qué maleta? ¡Ah, sí, Biarritz…! No lo sé, me iré mañana, quizá, o más tarde, no lo sé… -Maldijo entre dientes y murmuró-: Tendré que ir a su casa, mañana… El martes será el entierro, seguro… ¡Por Dios!

En la habitación contigua, el criado estaba llenando de agua la bañera. Golder bebió un sorbo de té hirviente y empezó a abrir cartas al azar, pero luego las arrojó todas al suelo y se levantó. En el cuarto de baño se sentó, se tapó las rodillas con los faldones de la bata y se quedó mirando el chorro del grifo con expresión absorta y malhumorada, mientras jugueteaba maquinalmente con las borlas del ceñidor de seda.

– Muerto… muerto… -Poco a poco, iba invadiéndolo un sentimiento de cólera. Se encogió de hombros y masculló con rabia-: Muerto… ¡Será posible! Si yo…

– El baño está listo, señor -dijo el criado.

Una vez solo, Golder se acercó a la bañera, sumergió la mano en el agua y la mantuvo allí; todos sus movimientos eran extraordinariamente lentos y vagos, inacabados. El agua fría le helaba los dedos, el brazo, el hombro, pero él permanecía inmóvil; con la cabeza agachada, miraba atónito el reflejo de la bombilla del techo, que brillaba y temblaba en el agua.

– Si yo… -repetía.

Viejos recuerdos olvidados, oscuros, extraños, emergían de las profundidades de su memoria. Toda una vida, dura, ajetreada, difícil… Hoy, la riqueza; mañana, nada. Y otra vez a empezar… Desde luego, si a él le hubiera dado por ahí, hace tiempo que… Se incorporó, se sacudió el agua, se acercó a la ventana y extendió alternativamente sus heladas manos hacia el calor del sol. Meneaba la cabeza y decía en voz alta:

– Sí, ya lo creo, en Moscú, por ejemplo, o en Chicago…

Y su mente, poco ducha en ensoñaciones, recomponía el pasado por medio de breves imágenes pobres e inconexas. Moscú… cuando no era más que un muchacho judío flaco y pelirrojo de ojos claros y penetrantes, con las botas agujereadas y los bolsillos vacíos. Dormía en los bancos, en las plazas, durante esas oscuras noches a comienzos de otoño, tan frías… Cincuenta años después, todavía le parecía sentir en la médula la penetrante humedad de las primeras nieblas, densas y blancas, que se adhieren al cuerpo y dejan una especie de escarcha rígida y helada en la ropa. Las tormentas de nieve en marzo, el viento…

Y Chicago… Aquel pequeño bar, el gramófono que crepitaba y gangueaba un viejo vals europeo, aquella sensación de hambre devoradora, mientras el calor y los olores de la cocina le daban en la cara. Cerró los ojos y volvió a ver con asombrosa precisión el rostro reluciente de un negro borracho o enfermo que gemía en un rincón, tumbado en una banqueta, ululando quejumbrosamente como un búho. Y también… Ahora le ardían las manos. Apoyó las palmas en el cristal con precaución, después las retiró, movió los dedos y se las frotó con suavidad.

– Idiota -murmuró como si el muerto pudiera oírlo-, idiota, ¿por qué lo has hecho?

Golder pasó un buen rato buscando a tientas ante la puerta de Marcus; sus manos fofas y frías palpaban la pared sin conseguir dar con el timbre. Cuando entró, miró alrededor con una especie de terror, como si esperara ver al muerto de cuerpo presente allí mismo, preparado para que se lo llevaran. Pero en el vestíbulo sólo había rollos de tela negra en el suelo y, en los sillones, ramos de flores atadas con cintas de muaré violeta tan anchas y largas que arrastraban por la alfombra sus leyendas en letras doradas.

Alguien llamó al timbre a espaldas de Golder, y el criado entreabrió la puerta y recogió una tupida y enorme corona de crisantemos rojos, que se colgó del brazo, como si fuera el asa de un cesto. «Tendría que haber mandado flores», pensó Golder.

Flores a Marcus… Se imaginó el abotargado rostro, la mueca de los labios, y las flores, como si fuera una novia…

– Si el señor es tan amable de esperar un momento en el salón… -le susurró el criado-. La señora está con… -Esbozó un gesto vago, apurado-. Con el señor, con el cuerpo…

Le acercó una silla y salió. En la habitación contigua, dos voces se fundían en un murmullo confuso, misterioso, como los bisbiseos de un rezo. Paulatinamente, fueron subiendo de tono. Golder oyó que decían:

– La primera clase extra incluye el coche decorado con cariátides, con galería plateada, imperial y cinco penachos, y el ataúd de ébano, con cuarterones, ocho asas plateadas y cinceladas e interior en satén acolchado. A continuación, tenemos la primera clase tipo A, con ataúd de caoba barnizada.

– ¿Cuánto? -murmuró una voz de mujer.

– Veinte mil doscientos con el ataúd de caoba. La primera clase extra son veintinueve mil trescientos.

– No, no. No quiero gastarme más de cinco o seis mil. De haberlo sabido, me habría dirigido a otra funeraria. El ataúd puede ser de roble normal, si va cubierto de una colgadura lo bastante ancha.

Golder se levantó bruscamente. El tono de voz bajó de inmediato y volvió a convertirse en un cuchicheo monótono y solemne.

– Pero qué absurdo es todo esto, qué absurdo… -murmuró Golder apretando el pañuelo, que anudaba y retorcía maquinalmente entre los dedos.

No encontraba otras palabras… No las había. Era absurdo, absurdo… Ayer Marcus estaba frente a él, gritando, respirando, y ahora… Ya ni siquiera lo nombraban. El cuerpo… «¿Es él, ya, o es esa porquería de flores? -se preguntó al percibir horrorizado el olor denso y dulzón que colmaba la sala-. ¿Por qué lo ha hecho? Matarse, a su edad, como una modistilla… -se preguntó como asqueado-. Por dinero.» Cuántas veces lo había perdido él todo y había hecho como los demás, volver a empezar. Así era la vida.

– Y en ese asunto de Teisk había una posibilidad entre cien de ganar -dijo de pronto en voz alta, con pasión, como poniéndose en el lugar de Marcus-. Con la Amrum detrás, ¡el muy imbécil!

Febrilmente, imaginó las combinaciones más diversas. «En los negocios nunca se sabe, hay que volver y volver, roer el hueso hasta la médula, pero ¿suicidarse? ¿Piensa hacerme esperar mucho?», se dijo con irritación.

La señora Marcus entró en el salón. Su escuálido rostro, de nariz huesuda y aguileña, era amarillento y opaco como un asta; sus brillantes y redondos ojos sobresalían bajo las cejas, claras, ralas y alineadas de un modo extraño, desigual y muy altas.

Avanzó en silencio a pasitos cortos y rápidos, estrechó la mano de Golder y se quedó como esperando. Pero él, que tenía un nudo en la garganta, no dijo nada. Con un extraño rechinar de dientes, parecido a una risita irritada o un sollozo ahogado, la señora Marcus murmuró:

– Claro. Usted no se lo esperaba… Esta locura, este ridículo, este escándalo… Bendigo al Señor por no habernos dado hijos. ¿Sabe cómo ha muerto? En una casa de mala nota de la rue Chabanais, con unas golfas. Como si la ruina no fuera suficiente -concluyó llevándose el pañuelo a los ojos.

El brusco movimiento levantó la gasa y dejó al descubierto un collar de gruesas perlas de tres vueltas alrededor del largo y arrugado cuello, que agitaba a sacudidas, como una vieja ave de presa.

«Esta vieja urraca debe de estar forrada -pensó Golder-. Es nuestro sino. ¡Matarnos a trabajar para que ellas se hagan ricas!» Y pensó en su propia mujer, que, en cuanto lo veía entrar, escondía su talonario de cheques a toda prisa, como si fuera un paquete de cartas de amor.

– ¿Quiere verlo? -preguntó la señora Marcus.

Un enorme y frío estremecimiento envolvió a Golder, que cerró los ojos y, con una voz extraña, temblorosa y monocorde, respondió:

– Desde luego, si es…

La señora Marcus cruzó en silencio el salón y abrió una puerta; pero sólo era otra habitación más pequeña, en la que dos mujeres cosían unas telas negras.

– Es aquí -murmuró al fin la viuda.

Golder vio unas velas que brillaban débilmente. Por un instante se quedó inmóvil, como alelado; luego, haciendo un esfuerzo, preguntó:

– ¿Dónde está?

La señora Marcus señaló la cama, medio oculta bajo un gran dosel de terciopelo.

– Ahí. Pero he tenido que pedir que le cubrieran la cara con un pañuelo, para alejar las moscas… El entierro será mañana.

Golder creyó reconocer las facciones del muerto bajo la tela y se quedó mirándolo con una sensación extraña.

«Qué prisa se dan, Dios mío… Pobre Marcus… Qué indefensos estamos, una vez ahí -pensó confundido, con una mezcla de rabia y pena-. Qué asco.»

En un rincón se veía un gran secreter estilo americano con la persiana levantada; alrededor, el suelo estaba sembrado de papeles y cartas abiertas.

«Ahí debe de haber cartas mías», se dijo Golder. En la alfombra, vio un cuchillo con la hoja de plata medio doblada. Habían forzado los cajones; en las cerraduras no había llaves.

«Seguro que cuando su mujer se ha precipitado para ver lo que quedaba, todavía no estaba muerto del todo. No ha tenido paciencia para esperar, para buscar las llaves…»

Ella se percató de su mirada, pero ni siquiera apartó los ojos.

– No ha dejado nada -se limitó a decir con sequedad-. Estoy sola -añadió bajando la voz y con tono diferente.

– Si puedo hacer algo… -dijo Golder maquinalmente.

Ella dudó un instante.

– Con esas participaciones de la Compañía Hullera, por ejemplo -dijo al fin-, ¿qué me aconseja que haga?

– Se las compro al precio de coste. ¿Sabe que nunca valdrán nada? La compañía ha ido a la quiebra. Necesitaría recoger algunas cartas. Creo que usted ha pensado lo mismo… -añadió con tono hostil e irónico, pero al parecer a ella le pasó inadvertido, pues se limitó a inclinar la cabeza y retroceder un paso.

Golder empezó a remover los papeles de un cajón medio vacío; pero, de pronto, se sintió invadido por una indiferencia triste y amarga.

«En el fondo, ¿qué importa todo esto, Dios mío?»

– ¿Por qué lo hizo? -preguntó con brusquedad.

– No lo sé -respondió la señora Marcus.

– ¿Por el dinero? -prosiguió Golder, como pensando en voz alta-. ¿Sólo por el dinero? ¿Sólo por eso? No puede ser. ¿No dijo nada antes de morir?

– No. Cuando lo trajeron ya estaba inconsciente. La bala se había alojado en el pulmón.

– Lo sé, lo sé -la interrumpió Golder con un escalofrío.

– Más tarde quiso hablar, pero la boca se le llenaba de espuma y sangre. Sólo un poco antes de morir estaba casi relajado. Yo le pregunté: «¿Por qué? ¿Cómo has podido hacerme una cosa así?» Dijo algo, pero apenas lo entendí. Sólo una frase, una frase que repetía: «Cansado… estaba cansado…» Luego murió.

«Cansado… -pensó Golder, y de pronto sintió su vejez como una inmensa lasitud-. Sí.»

Como el día del entierro de Marcus una fuerte tormenta azotaba París, se apresuraron a meter el féretro en la profunda y empapada fosa para poder marcharse de allí cuanto antes.

Golder mantenía el paraguas abierto delante de los ojos, pero cuando el ataúd pasó oscilando sobre los hombros de los porteadores, miró con atención. El paño negro bordado con lágrimas de plata se había movido y dejaba al descubierto la madera barata y las asas de metal deslustrado. Golder se volvió bruscamente.

A su lado, dos hombres hablaban en voz alta. Uno de ellos señaló el hoyo, que estaban acabando de rellenar.

– Vino a verme -le oyó decir Golder-, me propuso pagarme con un cheque del Banco Franco-Americano de Nueva York y yo fui tan estúpido que acepté. Ocurrió justo el día anterior a su muerte, el sábado. En cuanto supe que se había suicidado, mandé un telegrama, pero la respuesta no llegó hasta esta mañana. Naturalmente, me la había jugado. Un cheque sin fondos. Pero esto no quedará así, se lo reclamaré a la viuda…

– ¿Era una suma importante? -preguntó alguien.

– Para usted no, señor Weille, para usted quizá no -respondió con acritud la primera voz-, pero para un pobre hombre como yo, era una suma enorme.

Golder lo miró. Era un viejecillo tembloroso, encorvado y bastante mal vestido, que tiritaba y tosía bajo el temporal. Como nadie le respondía, siguió lamentándose en voz baja. Alguien se echó a reír.

– Reclámaselo mejor a la patrona de la rue Chabanais, que es adonde han ido a parar tus cuartos.

Dos jóvenes cuchicheaban detrás de Golder, al amparo del paraguas abierto.

– Pero qué barbaridad… ¿Sabías que lo encontraron con niñas? De trece o catorce…

– Sí, sí, y además… -Y bajando la voz-: No se le conocían esos gustos…

– Satisfacer una pasión secreta antes de morir, ¿eh?

– Más bien escondía su juego.

– ¿Se sabe por qué se mató?

Golder avanzó unos pasos y volvió a detenerse. Miraba las relucientes tumbas, las coronas sacudidas por el viento y azotadas por la lluvia… Murmuró algo. Su vecino se volvió.

– ¿Decía algo, señor Golder?

– Qué asquerosidad, ¿no? -gruñó con una extraña mezcla de sufrimiento y cólera.

– Sí, un entierro en París, lloviendo, nunca es divertido. Pero a todos nos llegará. El bueno de Marcus… Verá como esta última vez que tenemos tratos con él aquí abajo se las arregla para que pillemos una pulmonía. Si puede vernos chapoteando en el barro, estará disfrutando. No era un blandengue, ¿verdad? Por cierto, Golder, ¿sabe lo que decían ayer?

– No.

– Pues que la Sociedad Alleman va a reflotar la Compañía de Petróleos de Mesopotamia. ¿Ha oído hablar del asunto? A usted debe de interesarle… -Se interrumpió y señaló con satisfacción los paraguas que empezaban a oscilar delante de ellos-. Bueno, se acabó. En fin, ya era hora, nos vamos…

Con el cuello del abrigo levantado, la gente se empujaba bajo la lluvia para marcharse cuanto antes. Algunos corrían sobre las tumbas. Como los demás, Golder sujetaba el paraguas con ambas manos y apretaba el paso. El turbión se ensañaba con los árboles y las tumbas, que azotaba con salvaje y vana violencia.

«Qué contentos parecen todos -pensó Golder-. Uno menos, un enemigo menos… Y aún se alegrarán más cuando me toque a mí.»

Tuvieron que detenerse unos instantes en el paseo central para dejar pasar una comitiva que venía en sentido contrario. Braun, el secretario de Marcus, se acercó a Golder.

– Todavía tengo documentos sobre los rusos y la Amrum que podrían interesarle -le susurró-. En este asunto, parece que todos se han robado entre ellos. No es muy ejemplar que digamos, señor Golder.

– ¿Usted cree, joven? -respondió Golder con una mueca irónica-. Está bien, llévemelo todo a la estación a las seis. Al tren de Biarritz.

– ¿Se va usted, señor Golder?

Este sacó un cigarrillo y le dio vueltas entre los dedos.

– ¿Es que vamos a estar aquí hasta la noche, Dios santo? -Los coches negros se sucedían, implacables y lentos, cerrando el paso-. Sí, me voy.

– Va a disfrutar de un tiempo estupendo. ¿Cómo está la señorita Joyce? Cada vez más guapa, seguro… Ahora podrá descansar. Parece usted cansado y nervioso.

– ¿Nervioso? -refunfuñó Golder-. ¡A Dios gracias, no! ¿De dónde se ha sacado esa estupidez? Eso Marcus, que era nervioso como una mujer… ¿Y ha visto adónde lo ha llevado?

Bruscamente, con el hombro pasó entre dos sepultureros parados en medio del paseo con los relucientes sombreros chorreando agua, y, cortando en dos el cortejo fúnebre, se precipitó hacia las puertas del cementerio.

Ya en el coche, se acordó de que no le había dado el pésame a la viuda. «¡Bah! ¡Que se vaya al infierno!» Intentó en vano encender el cigarrillo, que se había mojado con la lluvia; lo destrozó entre los dientes y lo escupió por la ventanilla. Luego, cuando el coche se puso en marcha, se acurrucó en el asiento y cerró los ojos.

Cenó deprisa, bebió un borgoña generoso que le gustaba y fumó un rato en el pasillo. Una mujer topó con él al pasar y le sonrió, pero él volvió la cara con indiferencia. Era una pelandusca de Biarritz. La mujer desapareció. Golder se encerró en su compartimiento.

«Esta noche voy a dormir bien», pensó. De repente se sentía agotado, las piernas le pesaban y dolían. Apartó la cortina y contempló la lluvia, que chorreaba por el negro cristal. Agitadas por el viento, las gotas se deslizaban rápidamente y se mezclaban como lágrimas. Se desnudó, se acostó y hundió la cara en la almohada. Nunca había experimentado semejante cansancio. Estiró los brazos con dificultad; los tenía rígidos, pesados. La cama era muy estrecha, más de lo habitual, al parecer. «Claro, me han dado una mala plaza, los muy imbéciles», pensó vagamente. Sentía las ruedas bajo su cuerpo; saltaban sobre las juntas con un chirrido desgarrador. Hacía un calor asfixiante. Volvió la almohada una, dos veces… Estaba ardiendo. La aplastó de un puñetazo, colérico. Qué calor. Era mejor bajar el cristal. Pero soplaba viento de tormenta; en un segundo, los papeles y los periódicos volaron de la mesa. Golder soltó una maldición, volvió a cerrar, corrió la cortina, apagó la luz…

En el aire viciado, el mareante tufo del carbón se mezclaba con las emanaciones del retrete. Instintivamente, Golder se esforzaba en respirar hondo, como para hacer pasar aquel aire pesado que los pulmones rechazaban y devolvían, que se quedaba en la garganta y la obstruía, como quien se obliga a tragar un alimento que el estómago enfermo ha dejado de aceptar. Empezó a toser. Era exasperante, y sobre todo no le dejaba dormir…

– Con lo cansado que estoy -murmuró como si se quejara a alguien invisible.

Se volvió despacio, se puso boca arriba, luego otra vez de lado, después se apoyó en un codo… Tosió de nuevo, esta vez adrede, fuerte, tratando de librarse de aquella insoportable opresión en el pecho y la garganta. Nada, no se iba, al contrario. Bostezó penosamente, pero los espasmos detuvieron el bostezo, lo transformaron en un breve y doloroso ahogo. Estiró el cuello, movió los labios… Tal vez estuviera demasiado bajo. Alargó la mano, cogió el abrigo, lo enrolló y lo metió debajo de la almohada; luego se incorporó, se sentó… Fue peor. Parecía como si tuviera los pulmones obstruidos. Y qué extraño… Le dolía. Sí, le dolía el pecho… el hombro… la zona del corazón… Un súbito escalofrío le recorrió la nuca y la espalda.

– ¿Qué es esto? -susurró bruscamente. Y a media voz, dándose ánimos, se dijo-: No, no es nada, se te pasará enseguida, no es nada… -Se dio cuenta de que estaba hablando solo.

Golder arqueó todo el cuerpo en una impetuosa y vana inspiración. No, el aire no pasaba. Un peso invisible parecía aplastarle el pecho. Apartó la manta, la sábana, se abrió el camisón, jadeó. «Pero ¿qué es esto? ¿Qué me pasa?» La oscuridad, densa, negra, impenetrable, le pesaba como una losa. Sí, eso lo ahogaba… Hizo un movimiento para encender la luz, pero las manos le temblaban, palpaban torpemente el tabique buscando en vano la lamparita empotrada en la cabecera de la cama. Irritado, suspiró, lanzó un gemido… El dolor del hombro, sordo y profundo, era cada vez más lancinante… todavía solapado, se diría, apenas despierto, agazapado en algún lugar de su interior, en lo más profundo de su cuerpo, en las raíces mismas de su ser, el corazón… esperando sólo un esfuerzo, un pequeño movimiento, para estallar. Poco a poco, como a disgusto, bajó el brazo. Esperar… no moverse, sobre todo no pensar. Respiraba cada vez más fuerte y deprisa. El aire entraba en sus pulmones con un ruido grotesco, como el siseo del vapor que escapa de una caldera, y cuando salía, el pecho entero gemía, se llenaba de un silbido ronco y entrecortado como un estertor, como un quejido.

Aquella densa tiniebla penetraba en su garganta con una presión blanda pero insistente, como si le metieran tierra en la boca, como al otro… al muerto… Marcus… Y de pronto, cuando al fin pensó en Marcus, cuando se dejó invadir por la imagen, por el recuerdo de la muerte, del cementerio, de la arcilla amarillenta empapada por la lluvia, con las raíces largas como serpientes enterradas en el fondo de la fosa, sintió una necesidad tan apremiante, un ansia tan desesperada de luz, de ver los objetos cotidianos y familiares que lo rodeaban -la ropa colgada, balanceándose detrás de la puerta, los periódicos en la mesita, la botella de agua mineral- que se olvidó de todo. Extendió el brazo de golpe y, como una cuchillada, como una bala, un dolor fulminante, agudo y profundo a la vez, le atravesó el pecho y pareció hundirse, penetrar en el corazón.

«Me muero», le dio tiempo a pensar, y luego sintió que lo empujaban, que lo arrojaban a una especie de agujero, de embudo asfixiante y estrecho como una tumba. Oía sus gritos, su propia voz, emitidos muy lejos como por otra persona, separados de él por una corriente de agua, una corriente negra y cenagosa, profunda, que pasaba sobre su cabeza y lo empujaba hacia delante, cada vez más abajo en aquel agujero inmenso, insondable. El dolor era horrible. Más tarde, el síncope anuló ese dolor en parte y lo transformó en una sensación de pesadez, de ahogo, de agotadora y vana lucha. Volvió a oír a alguien que jadeaba, gritaba, se debatía muy lejos. Era como si le mantuvieran la cabeza bajo el agua y eso durara siglos.

Al fin, volvió en sí.

El dolor agudo había remitido. Pero sentía tal desmadejamiento en el cuerpo que pensó que tenía todos los huesos rotos, como triturados por unas pesadas ruedas. Y le daba miedo moverse, levantar un dedo, llamar. Notaba que al menor movimiento, al primer grito, aquello volvería a empezar… Y esta vez sería el final. La muerte.

En el silencio, oía latir su corazón con golpes sordos y violentos, que parecían querer romperle las paredes del pecho. «Tengo miedo -pensó con desesperación-, tengo miedo…»

La muerte. ¡No, no, imposible! ¿Es que nadie iba a enterarse, es que nadie iba a adivinar que estaba allí, solo como un perro, abandonado, muriéndose…? «Si al menos pudiera pulsar el timbre, llamar… Pero no, tengo que esperar, esperar… La noche pasará.» Ya debía de ser tarde, muy tarde… Escrutó ávidamente la oscuridad que lo envolvía, densa y profunda, buscando el mínimo destello, la imperceptible e indecisa claridad, esa especie de halo alrededor de los objetos que precede al amanecer. En vano. ¿Tal vez serían las diez, las once? Y pensar que el reloj estaba ahí, y también la luz, que bastaba un movimiento, levantar el brazo, así… y el timbre de alarma, ¡al fin! ¡Pagaría lo que fuera! Pero no, no… Le daba miedo espirar, respirar. Si aquello volvía a empezar, si el corazón le fallaba… y ese colapso horrible… ese… ¡Oh, no, esta vez sería el final! «Pero ¿qué es esto, Dios mío? ¿Qué es? El corazón. Sí.» Pero si nunca había estado mal del corazón… Si nunca había estado enfermo de nada… Un poco asmático, eso sí. Sobre todo, últimamente. Pero a su edad, ¿quién no tenía algo? Achaques. Nada importante. Régimen, reposo… Pero ¡aquello! ¿Y qué más daba que fuera el corazón u otra cosa? Eso no eran más que nombres, nombres que sólo significaban muerte, muerte, muerte. ¿Quién lo había dicho? «A todos nos llegará.» ¡Ah, sí! Esa tarde, en el entierro… A todos. También a él. Aquellas caras feroces, aquellos viejos judíos que se frotaban las manos, que reían por lo bajo… Y en su caso aún sería peor… ¡Perros, perros…! ¡Cabrones! Y los demás… Su mujer, su hija… Sí, ella también, Golder lo sabía. Una máquina de hacer dinero. El sólo servía para eso… Paga, paga, y después, ¡hala!, revienta.

Dios mío, ¿es que no iba a pararse nunca aquel maldito tren? ¡Llevaba horas, horas, corriendo de aquel modo sin detenerse! «A veces, en las estaciones, la gente se equivoca, abre la puerta de un compartimiento ocupado… ¡Dios mío, ojalá ocurra!» Imaginó con ansia el ruido en el pasillo, el chirrido de la maneta, la puerta entreabierta, siluetas humanas… Lo trasladarían… A donde fuera… a un hospital, a un hotel… Con tal que hubiera una cama inmóvil, sonido de pasos, voces humanas, luz, una ventana abierta…

Pero no, nada de eso. El tren corría más deprisa. Los largos y estridentes pitidos de la máquina desgarraban el aire y se perdían en la noche. En la oscuridad, un estrépito de hierros: un puente. Por un instante, Golder tuvo la sensación de que el tren reducía la velocidad. Contuvo la respiración y aguzó el oído. Sí, iba más despacio… despacio… se paraba… Un pitido seco, y el tren, inmóvil durante un segundo en mitad del campo, reanudó la marcha.

Golder gimió. Ya no esperaba nada. Ya no pensaba en nada. Ya ni siquiera sufría. Sólo se repetía: «Tengo miedo. Tengo miedo. Tengo miedo.» Y el corazón, desbocado, le aporreaba el pecho.

De pronto, le pareció que algo brillaba débilmente en la densa oscuridad. Justo enfrente. Miró. Apenas un punto. Un poco de gris, de pálida claridad… Algo visible, preciso, en la negrura… Esperó. Iba aumentando, se volvía más blanco, más ancho, como un charco de agua. El espejo, era el espejo. Estaba amaneciendo. La oscuridad se atenuaba. Se hacía menos densa, parecía líquida, fluida. Sintió como si una mano levantara el enorme peso que le aplastaba el pecho. Ahora podía respirar. El aire, más ligero, penetraba, se deslizaba en sus pulmones. Con infinito cuidado, volvió la cabeza. Una especie de soplo fresco le acarició la sudorosa frente. Ahora veía formas, contornos… El sombrero, por ejemplo, que había rodado hasta el suelo. Y la botella… Tal vez pudiera alcanzar el vaso, beber un poco de agua… Estiró la mano. No, nada, no sentía nada. Con el corazón palpitante, levantó la muñeca. Nada. La mano se arrastró por la mesa, cogió el vaso. Gracias a Dios estaba lleno, porque no habría podido levantar la botella. Alzó ligeramente la cabeza, adelantó los labios y bebió. Qué delicia… El agua fresca, deslizándose en su boca, mojándole la lengua, seca e hinchada, el paladar, la garganta. Con idéntico cuidado, dejó el vaso, volvió a echarse y esperó. El pecho seguía doliéndole. Pero menos, mucho menos. Se atenuaba por momentos. Era más bien como una leve neuralgia en todos los huesos. Al fin y al cabo, puede que aquello no fuera tan grave.

¿Y si levantaba la cortina? Sólo había que tocar un botón… Temblando, volvió a extender el brazo. La cortina se enrolló de golpe. Se había hecho de día. El aire era blanco, turbio y espeso como la leche. Lentamente, con movimientos calculados, metódicos, cogió el pañuelo y se secó las mejillas y los labios. Luego, apoyó la cara en el cristal. El frío de la ventanilla se difundió deliciosamente por todo su cuerpo. Miró la hierba de los terraplenes, que recobraba lentamente su color. Los árboles. A lo lejos se veían luces que brillaban débilmente en la neblina del amanecer. Una estación. ¿Llamaba? Era muy fácil. Pero qué extraño que se le hubiera pasado de aquel modo… De todas formas, eso probaba que no era grave, o al menos no tan grave como había creído. La tensión nerviosa, sin duda… No obstante, iría al médico. Pero no debía de ser el corazón. El asma, quizá… No, no llamaría. Miró la hora. Las cinco. Ea, un poco de paciencia. No había que perder los nervios. Porque eran los nervios. Tenía razón el dichoso Braun, el muy judas. Se tocó la zona debajo del pecho con cuidado, con infinita precaución, como si fuera una herida en carne viva. Nada. No obstante, los latidos eran extraños, irregulares. ¡Bah, ya se le pasaría! Tenía sueño. Si conseguía dormir un poco, seguro que se le pasaba. Sumirse en la inconsciencia. Dejar de pensar. Dejar de recordar. Estaba muerto de cansancio. Cerró los ojos.

Se hallaba ya medio dormido, cuando, de pronto, se levantó y dijo:

– Es eso. Ahora lo comprendo… Es Marcus. ¿Por qué?

Tuvo la sensación de ver su interior con una lucidez extraordinaria. ¿Serían remordimientos?

– No, yo no tengo la culpa. -Y bajando la voz, casi con rabia, añadió-: No me arrepiento de nada.

Y se durmió.

Golder vio al chofer de pie ante la puerta de un coche nuevo y entonces recordó que su mujer había vendido el Hispano. «Ahora un Rolls, claro -rezongó mientras con una mirada hostil repasaba la resplandeciente carrocería blanca-. Me pregunto qué querrá después.»

El chofer se acercó a cogerle el abrigo de las manos, pero Golder permaneció inmóvil, escudriñando el interior del coche por la ventanilla abierta. ¿Es que no había venido Joyce? Avanzó unos pasos como a disgusto, lanzó una última mirada ávida y humilde hacia aquel rincón oscuro, donde imaginaba a su hija con su vestido claro y su cabello dorado. Pero no, el coche estaba vacío. Subió lentamente y gruñó:

– ¿A qué está esperando, por amor de Dios? ¡Arranque de una vez!

El automóvil se puso en marcha. El viejo Golder suspiró.

Dichosa niña… Siempre que volvía de viaje, él la buscaba entre la gente, mal que le pesara. Pero ella nunca iba. Sin embargo, él seguía buscándola con la misma esperanza humillada, tenaz y vana.

«Hace cuatro meses que no me ve», se dijo. La profunda sensación de ofensa inmerecida que su hija despertaba en él tan a menudo le encogió súbitamente el corazón, viva y lacerante como un dolor físico. «Los hijos son todos iguales… y sólo vives para ellos, sólo trabajas para ellos. Igual que mi padre, sí… A los trece años, lárgate y apáñatelas como puedas. Eso es lo que se merecen…»

Se quitó el sombrero, se pasó lentamente la mano por la frente para enjugarse el polvo y el sudor y luego miró hacia fuera con ojos ausentes. En verdad, había demasiada gente, gritos, sol, viento… La corta rue Mazagran estaba tan concurrida que el coche no avanzaba. Un niño, al pasar, pegó la cara al cristal de la ventanilla. Golder se acurrucó en el rincón y se subió el cuello del abrigo. Joyce… ¿Dónde estaría? ¿Con quién?

«Se lo diré -pensó con amargura-, esta vez se lo diré… Cuando quieres dinero, entonces soy tu querido dad, tu daddy, tu darling, pero luego ni el menor gesto de cariño, de…» Se interrumpió con un ademán cansado. Sabía de sobra que no le diría nada… ¿De qué serviría? En el fondo, Joyce todavía estaba en la edad de ser tonta y atolondrada. Una débil y fugaz sonrisa le distendió los labios. Sólo tenía dieciocho años.

Habían atravesado Biarritz, dejado atrás el Hôtel du Palais. Golder contempló con indiferencia el mar; pese al buen tiempo, estaba revuelto, con grandes olas verdes y blancas. Los intensos colores le dañaban la vista. Se puso la mano delante de los ojos y volvió la cabeza. Sólo al cabo de un cuarto de hora, cuando tomaron el camino del campo de golf, se inclinó hacia delante para ver su casa, que acababa de aparecer. Entre dos viajes, iba a pasar ocho días, como un extraño, pero cada vez le tenía más apego. «Me hago viejo. Antes… ¡Ah! Todo me daba igual… el hotel, el tren… Pero es agotador… Es una casa preciosa.»

Había comprado el terreno en 1916 por un millón y medio. Ahora valía quince. Era una casa construida con sillares, pesados y blancos como el mármol. Una casa hermosa, grande… Cuando el edificio se recortó en el cielo, con sus terrazas y su imponente y magnifico jardín, todavía poco frondoso pues el viento del mar retrasaba el rebrote de los árboles jóvenes, una expresión de ternura y orgullo suavizó las facciones de Golder.

– Un dinero bien invertido -murmuró satisfecho-. ¡Vamos, Alfred, más deprisa! -exclamó con impaciencia.

Desde abajo se veían con nitidez los arcos que formaban los rosales, los tamariscos, la avenida de cedros que descendía hasta el mar…

«Las palmeras han crecido…»

El coche se detuvo ante la escalinata, pero los únicos que salieron a recibirlo fueron los criados. Vio a la joven doncella de Joyce, que le sonreía.

– No están en casa, ¿verdad? -dijo Golder.

– No, señor. La señorita volverá a la hora de comer.

No preguntó adónde había ido. ¿Para qué?

– ¡El correo! -ordenó.

Cogió el fajo de cartas y telegramas y empezó a leerlos mientras subía la escalera. En la galería, se detuvo indeciso entre dos puertas similares. El criado que lo seguía con la maleta le indicó una habitación.

– La señora ha dicho que instaláramos al señor aquí. Su habitación está ocupada.

– Bien -murmuró Golder con indiferencia.

Una vez solo, se dejó caer en una silla con la expresión cansada y ausente de quien acaba de llegar a un hotel en una ciudad desconocida.

– ¿El señor va a descansar?

Golder dio un respingo y se levantó fatigosamente.

– No, no merece la pena -respondió, y pensó: «Si me acuesto, no volveré a levantarme.»

No obstante, después de bañarse y afeitarse, se sintió mejor. Sólo persistía un leve temblor en la punta de los dedos. Se fijó en ellos: estaban hinchados y blancos como la carne de un muerto.

– ¿Hay mucha gente en casa? -preguntó con esfuerzo.

– El señor Fischl, su alteza y el señor conde de Hoyos.

Golder se mordió el labio, pero no dijo nada.

«¿A qué alteza habrán descubierto ahora? Condenadas mujeres… Fischl -pensó con irritación-, ¿por qué Fischl, maldita sea? Y Hoyos…»

Pero Hoyos era un asiduo.

Bajó la escalera lentamente y se dirigió a la terraza. En las horas de más calor, la cubrían con grandes toldos de lona púrpura. Se tumbó en una hamaca y cerró los ojos. Pero los rayos de sol atravesaban la tela y conferían a la terraza una luz extraña, rojiza y temblorosa. Golder se revolvió febril en la hamaca.

«Este rojo… Otra estúpida idea de Gloria. ¿Qué demonios me recuerda este rojo? -murmuró-. Algo horrible… ¡Ah, sí! ¿Qué dijo aquella vieja bruja? Que la boca se le llenaba de espuma y sangre…»

Golder se estremeció, suspiró, varias veces volvió con dificultad la cabeza sobre los cojines cubiertos de delicados encajes, arrugados y empapados en su sudor. Después, de repente cayó dormido.

Cuando despertó, eran más de las dos, pero la casa parecía vacía.

«Aquí no ha cambiado nada», se dijo.

Con una especie de humor lúgubre, imaginó a Gloria como la había visto tantas veces, yendo a su encuentro por el jardín con paso vivo, balanceando el cuerpo sobre unos tacones demasiado altos, con la mano a modo de pantalla ante el viejo y pintado rostro, que se desdibujaba en la deslumbrante claridad. «Hello, David! ¿Cómo van los negocios? -le diría-. ¿Cómo estás?», pero sólo la primera pregunta requeriría respuesta. Más tarde, el fulgurante tropel de Biarritz invadiría la casa. Aquellas caras… Sólo de pensar en ellas se le revolvía el estómago. Todos los truhanes, los chulos, las viejas golfas del lugar… Y aquella gente se pasaría la noche bebiendo, comiendo y emborrachándose a su costa. Una corte de perros hambrientos. Se encogió de hombros. ¿Qué podía hacer? En otros tiempos lo encontraba divertido, halagador… «El duque de… El conde… Ayer, el maharajá, en mi casa…» Menuda basura. Cuanto más viejo se hacía y menos salud tenía, más le cansaba la gente, el jaleo, su familia, la vida…

Suspiró, dio unos golpecitos en el cristal que había detrás de él, llamó al jefe de comedor, que estaba preparando la mesa, y le indicó que recogiera los toldos. El sol resplandecía en el jardín y sobre el mar.

– ¡Hola, Golder! -oyó gritar.

Reconoció la voz de Fischl y se volvió lentamente sin responder. Pero ¿que necesidad tenía Gloria de invitarlo? Se había detenido en el umbral. Golder lo contempló casi con odio, como a una caricatura cruel: un judío rechoncho, pelirrojo y sonrosado de aspecto cómico, innoble y un tanto siniestro, con aquellos ojos chispeantes de inteligencia tras unas gafas de montura dorada, aquella barriga, aquellas piernecillas endebles, cortas y torcidas, y aquellas manos de asesino que sostenían tranquilamente un bote de porcelana con caviar a la altura de su corazón.

– ¡Golder, muchacho! ¿Vas a quedarte muchos días? -Fischl se acercó, cogió una silla y dejó el bote medio vacío en el suelo-. ¿Estabas durmiendo?

– No -gruñó Golder.

– ¿Cómo van los negocios?

– Mal.

– Pues a mí, de maravilla -dijo Fischl cruzando los brazos sobre el vientre con dificultad-. Estoy muy contento.

– Ya. Las perlas que cultivabas en la rada de Mónaco -rezongó Golder-. Creía que te habían metido en chirona.

Fischl rió de buena gana.

– Bah, sin problemas. Sí, pasé por los juzgados… Pero, como puedes ver, no me fue peor que otras veces -Fischl enumeró con los dedos-. Austria, Rusia, Francia. He estado en la cárcel en tres países. Espero que se haya acabado y me dejen en paz. Que se vayan al infierno. No quiero ganar más dinero, ya soy viejo… ¿Cómo estaba la Bolsa ayer? -preguntó tras encender un cigarrillo.

– Mal.

– ¿Sabes a cómo se pagaron las Huanchaca?

– A mil trescientos sesenta y cinco -respondió Golder frotándose las manos-. Te lanzaste de cabeza, ¿eh? -Y de pronto se preguntó por qué se alegraba tanto de que Fischl perdiera dinero. Nunca le había hecho nada. «Es curioso, pero no lo soporto», pensó.

Fischl se limitó a encogerse de hombros.

– Iddische Glick-dijo.

«Debe de estar nadando otra vez entre millones, el muy cerdo -pensó Golder, que sabía reconocer el leve estremecimiento, inconfundible y espontáneo, ese acento sordo y entre cortado que tiñe las frases despreocupadas y revela al hombre afectado tanto como un suspiro o una maldición; no lo percibió en Fischl-. Le trae sin cuidado.»

– ¿Qué haces aquí? -gruñó.

– Me ha invitado tu mujer… Oye… -Fischl se acercó y bajó la voz-. Muchacho, tengo un asunto que te interesará. ¿Has oído hablar de las minas de plata del Paso?

– Gracias a Dios, no -respondió Golder.

– Ahí hay miles de millones.

– Millones hay en todas partes, la cuestión es poder cogerlos.

– Haces mal negándote a que nos asociemos. Tú y yo hemos nacido para entendernos. Eres inteligente pero te falta audacia, afición al riesgo… Le tienes miedo al juez, ¿eh? -Fischl rió regocijado-. A mí no me gustan los negocios banales, vender, comprar… Prefiero crear, lanzar algo, emprender… Una mina en Perú, por ejemplo, que ni sabes dónde está… Mira, hace dos años me embarqué en algo parecido. Todavía no se había removido un palmo de tierra y las acciones ya estaban suscritas, por supuesto. Bueno, pues va y entran en escena los especuladores americanos… No me creas si no quieres, pero, chico, a los quince días los terrenos valían diez veces más. Vendí con unos beneficios enormes. Negocios así son pura poesía.

Golder se encogió de hombros.

– No.

– Como quieras… pero luego te arrepentirás. Aquello era legal. -Fischl fumó en silencio durante un instante-. Oye…

– ¿Qué?

Fischl lo miró entornando los ojos.

– ¿Marcus…?

El viejo rostro de Golder permaneció impasible; sólo un músculo tembló súbitamente en una comisura de sus labios.

– ¿Marcus? Ha muerto.

– Ya lo sé -dijo Fischl bajando la voz-. Pero ¿por qué? -preguntó bajándola aún más-. ¿Qué le hiciste, viejo Caín?

– ¿Que qué le hice? Pretendió timar al viejo Golder -respondió con súbita brusquedad, y sus chupadas y cenicientas mejillas enrojecieron de golpe-. Eso es peligroso…

Fischl rió.

– Viejo Caín… -repitió regocijado-. Pero tienes razón. Yo soy demasiado bueno. -Se interrumpió y aguzó el oído-. Ahí viene tu hija, Golder.

– ¿Está dad? -gorjeó Joyce.

Golder la oyó reír e, involuntariamente, cerró los ojos, como para oírla más rato. Qué chiquilla… Qué voz, qué risa tan resplandeciente tenía… «Como el oro», se dijo con una difusa sensación placentera.

Sin embargo, no se movió, no hizo amago de ir a su encuentro, y cuando ella irrumpió en la terraza trotando con su paso ágil y vivo, que le dejaba al descubierto las rodillas bajo el corto vestido, se limitó a murmurar con ironía:

– ¿Ya estás aquí? No te esperaba tan pronto, hija…

Ella se le echó encima, le dio un beso y luego se dejó caer de espaldas en la hamaca y se tumbó con los brazos cruzados detrás de la cabeza, sonriendo y mirándolo con los ojos entrecerrados a través de sus largas pestañas.

Como a disgusto, Golder estiró lentamente la mano para posarla en sus cabellos dorados, húmedos y enmarañados por el agua del mar. Apenas parecía mirarla, pero sus penetrantes ojos percibían hasta la menor alteración de sus facciones, cada línea, cada movimiento de su rostro. Cómo había crecido… En cuatro meses se había hecho aún más hermosa, más mujer. Le desagradó advertir que se maquillaba mucho. Dios sabía que no lo necesitaba, con sus dieciocho años, su maravillosa piel de rubia, sus labios, tan delicados como pétalos, que ella teñía de una sanguina sombra púrpura. Qué pena… Suspiró, gruñó un «tonta» y murmuró:

– Estás más alta…

– Y más guapa, espero -replicó ella, incorporándose de golpe para sentarse con las piernas dobladas y los brazos alrededor de las rodillas.

Lo observaba con sus grandes y brillantes ojos negros, con esa mirada imperiosa e insolente propia de una mujer amada y deseada desde la infancia que Golder detestaba. Era increíble que, pese a eso, y pese al maquillaje y las joyas, hubiera conservado aquella risa escandalosa de niña pequeña, aquellos gestos impetuosos, demasiado bruscos, casi violentos, aquella gracia alada, radiante, jubilosa, de la extrema juventud. «No le durará mucho», se dijo, y murmuró:

– Baja, Joyce, no cabemos.

Ella le acarició la mano.

– Estoy muy contenta de verte, dad.

– ¿Necesitas dinero?

Joyce vio que su padre sonreía y asintió con la cabeza.

– Eso siempre. No sé cómo me las arreglo. Se me escurre entre los dedos -dijo Joyce separándolos-. Como el agua… No es culpa mía.

Por el jardín se acercaban dos hombres. Hoyos y un veinteañero muy atractivo, de rostro delgado y pálido, al que Golder no conocía.

– Es el príncipe Alexis de… -le susurró rápidamente al oído su hija-. Hay que llamarlo su alteza imperial.

Joyce se levantó de un brinco, se subió a horcajadas sobre la balaustrada de la terraza y gritó:

– ¡Alec! Ven… ¿Dónde te habías metido? He estado esperándote toda la mañana, estaba enfadada… Éste es dad, Alec.

El joven se acercó a Golder, lo saludó con una especie de arrogante timidez y se fue a hablar con Joyce.

– ¿De dónde ha salido ese gigoló? -preguntó Golder cuando el joven se alejó.

– Es mono, ¿verdad? -murmuró con indolencia Hoyos.

– Ya -gruñó Golder-. He preguntado de dónde ha salido -repitió impaciente.

– De una buena familia -respondió Hoyos sonriendo-. Es hijo del pobre Pierre de Carèlu, asesinado en mil novecientos dieciocho, y sobrino del rey Alejandro; hijo de su hermana.

– Tiene pinta de chulo -comentó Fischl.

– Y probablemente lo sea. ¿Quién ha dicho lo contrario?

– En cualquier caso, está con la vieja lady Rovenna.

– ¿Sólo ha conseguido eso? ¿Un muchacho tan encantador? Me extraña…

Hoyos se sentó, estiró las piernas y con esmero dispuso sus quevedos, su fino pañuelo, su periódico y sus libros sobre la mesita de mimbre. Sus largos dedos tocaban los objetos con los delicados y acariciantes ademanes que desde hacía tantos años irritaban secretamente a Golder. Hoyos encendió un cigarrillo con parsimonia. Sólo entonces se percató Golder de que la piel de las manos que sostenían el encendedor de oro estaba arrugada, floja y marchita, como una flor ajada… Era extraño constatar que también Hoyos, el apuesto aventurero, se había hecho viejo. Debía de rondar los sesenta. Pero seguía siendo un hombre atractivo, delgado, fino, de cabeza pequeña cubierta de cabellos plateados y siempre muy erguida, cuerpo esbelto, facciones puras y nariz grande, curva y enérgica, de aletas abiertas, palpitantes de pasión y vida.

Fischl se refirió a Alec con un despectivo encogimiento de hombros.

– Se rumorea que le gustan los hombres. ¿Es verdad?

– Al menos en este momento no -murmuró Hoyos mirando con ironía a Joyce y Alec-. Es muy joven. A su edad, los gustos todavía no están formados… A propósito, Golder, su Joyce está empeñada en casarse con el muchacho, ¿sabe?

Golder no respondió. Hoyos soltó una risita.

– ¿Qué? -gruñó Golder con brusquedad.

– No, nada. Me preguntaba… En fin, si permitiría usted que Joyce se casara con ese chico, que es más pobre que las ratas.

Golder movió los labios.

– ¿Por qué no? -respondió al fin.

– ¿Por qué no? -repitió Hoyos encogiéndose de hombros.

– Joyce será rica -dijo Golder, pensativo-. Y además sabe manejar a los hombres. Mírela…

Miraron. A horcajadas en la balaustrada, Joyce le hablaba a Alec en voz baja y atropellada. De vez en cuando, se mesaba el corto cabello con un movimiento rápido y se lo echaba atrás con nerviosismo. Parecía malhumorada.

Hoyos se levantó y avanzó sin hacer ruido con un malicioso guiño de sus hermosos ojos negros, que refulgían bajo las espesas cejas, salpicadas de plata oscura como pieles caras.

– Si quieres -estaba diciendo Joyce-, cogemos el coche y pasamos a España. Tengo ganas de hacer el amor allí. -Se rió y tendió los labios hacia Alec-. ¿Quieres? ¡Vamos, di algo!

– ¿Y lady Rovenna? -objetó él con una sonrisa amarga.

Joyce apretó los puños.

– ¡Esa vieja tuya! ¡La odio! No, no, vendrás conmigo, ¿lo oyes? No tienes vergüenza… Mira… -Se inclinó hacia él y, con aire misterioso, le enseñó sus marcadas ojeras-. Esto es por culpa tuya, ¿sabes?

En ese momento advirtió la presencia de Hoyos a su espalda.

– Escucha, chica -dijo él acariciándole el pelo con suavidad.

Ay, madre, casi me muero,

dijo ella con emoción.

Niña, eso sólo pasa la primera vez,

luego no.

Joyce rió agarrándose los torneados brazos.

– Qué maravilloso es el amor, ¿verdad? -dijo.

Cuando Gloria volvió, eran cerca de las tres. Lady Rovenna, con un vestido rosa; Daphné Mannering, una amiga de Joyce, con su madre y el alemán que las mantenía; el maharajá, su mujer, su amante y dos niñas pequeñas; el hijo de lady Rovenna y una bailarina argentina, María Pía, alta, morena, con la piel amarillenta, basta y perfumada como una naranja, ya se encontraban allí.

Se sentaron a la mesa. La comida fue larga, espléndida. Acabó a las cinco. Llegaron más visitas. Golder, Hoyos, Fischl y un general japonés empezaron una partida de bridge.

Acabaron al anochecer. Eran las ocho cuando la doncella de Gloria fue a anunciar a Golder de parte de ésta que estaban invitados a cenar en Miramar.

Golder se mostró indeciso, pero se sentía mejor. Subió, se vistió y luego se dirigió a la habitación de su mujer. De pie ante el enorme espejo de tres hojas, Gloria estaba acabando de arreglarse; arrodillada a sus pies, la doncella la calzaba con dificultad. Lentamente, Gloria volvió hacia él su viejo rostro maquillado, esmaltado como un plato pintado.

– No te he visto ni cinco minutos, David -le reprochó-. Siempre con las dichosas cartas… ¿Cómo me ves? No te doy un beso, que ya me he maquillado.

Gloria le tendió una mano pequeña, graciosa y cargada de abultados diamantes. Se alisó con cuidado el corto pelo rojizo.

Tenía las mejillas gruesas, como infladas, y surcadas de venillas, pero sus ojos, de un azul claro y frío, eran espléndidos.

– He adelgazado, ¿verdad? -Sonrió, y en el fondo de su boca destellaron los dientes de oro-. ¿Verdad, David? -insistió.

Despacio, para que pudiera verla mejor, giró sobre sí misma irguiendo orgullosamente el cuerpo, aún muy hermoso; los hombros, los brazos y el pecho, alto y firme, habían conservado pese a los años un esplendor extraordinario, una blancura lustrosa, una tersa y prieta textura de mármol, pero las arrugas del cuello, la carne fofa y flácida de la cara y aquel colorete rosa oscuro que adquiría tonos malvas al disminuir la luz, le conferían una decrepitud cómica y siniestra a un tiempo.

– ¿Ves como he adelgazado, David? He perdido cinco kilos en un mes, ¿verdad, Jenny? Ahora tengo un nuevo masajista, negro, naturalmente. Son los mejores. Aquí andan todas locas por él. Ha conseguido afinar incluso a la vieja Alphand, que estaba como un barril, ¿la recuerdas? Ahora parece una sílfide. Eso sí, es caro… -Se interrumpió. Se le había ido el carmín en la comisura de los labios. Cogió el pintalabios y, lenta, pacientemente, volvió a delinear en su vieja y floja boca la forma arqueada, pura y atrevida que los años habían desdibujado-. Admite que todavía no parezco demasiado mayor, ¿a que no? -dijo con una risita satisfecha.

Pero Golder la miraba sin verla. La doncella trajo un cofre. Gloria lo abrió y buscó entre las pulseras, todas amontonadas, enganchadas unas con otras, como ovillos de hilo enredados sin orden ni concierto en el fondo de un costurero.

– Deja eso, David… ¡David! -exclamó irritada al verlo manosear maquinalmente el precioso chal extendido sobre el canapé, una amplia pieza de seda tejida con hilos de oro y púrpura oscuro, decorada con bordados de pájaros escarlata y grandes flores-. David…

– ¿Qué? -gruñó Golder.

– ¿Cómo van los negocios? -Una mirada diferente, penetrante y aguda, relampagueó entre sus largas pestañas pringosas de rimel.

Él se encogió de hombros.

– Regular -dijo al fin.

– ¿Cómo regular? Mal, ¿no? David, te estoy hablando -insistió ella con impaciencia.

– No demasiado mal -respondió con desgana.

– Necesito dinero, querido…

– ¿Otra vez?

Irritada, Gloria se arrancó bruscamente la pulsera, que cerraba mal, y sin mirar la arrojó sobre la mesa; la pulsera cayó al suelo, ella le dio un puntapié y farfulló:

– ¿Cómo que otra vez? ¡No sabes cuánto me crispa que me digas eso! Pero, a ver, ¿qué quieres decir con «otra vez», eh? ¿Es que te crees que vivir no cuesta dinero? Empezando por tu Joyce… ¡Menuda es! Parece que el dinero le quema en las manos. ¿Y sabes lo que me contesta cuando me permito hacerle la menor observación? «Dad lo pagará. Y, en efecto, para ella siempre hay dinero. Yo soy la única que no necesita nada… Entonces, ¿qué? ¿Tengo que vivir del aire? ¿Qué es lo que no va bien esta vez, la Golmar?

– Ja, la Golmar! La Golmar hace tiempo que… Si no tuviéramos otra cosa que nos proporcionara ingresos, ahora mismo…

– Pero ¿hay algo interesante a la vista?

– Sí.

– ¿Qué?

– ¡Dios, me tienes harto! -le espetó Golder-. ¡Qué manía con interrogarme sobre los negocios a todas horas! ¡Si no entiendes nada, lo sabes perfectamente! ¡Condenadas mujeres! ¿Por qué te preocupas tanto? Yo sigo estando aquí, ¿no? Ese collar es nuevo… -observó procurando calmarse-. A ver…

Gloria cogió las perlas y las calentó unos instantes entre los dedos, como si se tratara de una copa de vino.

– Es una maravilla, ¿verdad? ¡Y aún me reprochas que gaste demasiado! En los tiempos que corren, las joyas son la mejor inversión. Y es una ganga, ¿sabes? Adivina cuánto me ha costado. Ochocientos mil, querido. Regalado, ¿verdad? No tienes más que ver la esmeralda del broche. ¡Lo que valdrá ella sola! Mira qué color, qué corte… ¿Y las perlas? Estas son irregulares, pero las tres de delante, ¿eh? ¡Uy, aquí encuentras unas oportunidades…! Esas pendonas, por conseguir efectivo, venden todo lo que llevan encima… ¡Ay, si me dieras un poco más de dinero…! -Su marido apretó los labios-. Hay una chica aquí… Su amante, un jovencito, lo perdió todo en el juego, y ella, desesperada, quiso venderme su abrigo, unas chinchillas preciosas… Negocié, vino aquí, se echó a llorar, le dije que no, pensando que se desesperaría aún más y me lo dejaría a un precio todavía mejor… Cómo me arrepiento ahora… Su amante se suicidó. Naturalmente, ella se ha quedado el abrigo. ¡Ay, David, si supieras qué collar se ha comprado esa vieja chocha de lady Rovenna! Una maravilla. Una cadena de diamantes… Este año ya no se llevan las perlas, ¿sabes? Bueno, pues dicen que le ha costado cinco millones. Yo he mandado arreglar una gargantilla vieja. Tendré que comprar cinco o seis diamantes grandes para alargarla… Cuando no se dispone de medios, una debe apañárselas como pueda… Pero esa lady Rovenna, ¡qué joyas tiene! Con lo fea y vieja que es… No menos de sesenta y cinco.

– Ahora mismo debes de ser mucho más rica que yo, Gloria -dijo Golder.

Ella apretó las mandíbulas con un ruidito débil y seco, como el chasquido de las fauces de un cocodrilo al cerrarse de golpe sobre una presa.

– ¡Sabes que no me gustan esas bromas!

– Gloria… -murmuró él-. Ya lo sabes, ¿no? Marcus…

– No -dijo ella distraídamente, tocándose con un dedo humedecido en perfume los lóbulos de las orejas, detrás de las perlas-. No, no lo sé. ¿Qué pasa con Marcus?

– Vaya, no lo sabes… -Golder soltó un suspiro-. Pues que se ha muerto. Ya lo hemos enterrado.

Gloria se quedó inmóvil con el vaporizador delante de la cara.

– ¡Oh! -murmuró con una expresión más suave, mezcla de pena y miedo-. No puede ser… ¿Cómo ha sido? No era tan mayor. ¿De qué ha muerto?

– Se mató. Estaba arruinado.

– Qué cobardía, ¿no te parece? -exclamó Gloria con vehemencia-. ¿Y su mujer? ¡Menudo trago para la pobre! ¿La has visto?

– Sí. Llevaba un collar de perlas grandes como nueces -rezongó Golder.

– ¿Y qué esperabas? -replicó su esposa con acritud-. ¿Que se lo diera todo para que volviera a arruinarse en la Bolsa o en otro sitio, y se matara dos años más tarde, pero esta vez dejándola sin un céntimo, eh? ¡Qué egoístas sois los hombres! Eso es lo que habrías querido, ¿no?

– Yo no quiero nada, a mí me trae sin cuidado -gruñó él-. Pero cuando pienso que nos matamos a trabajar para vosotras… -empezó, pero se interrumpió con una extraña mirada de odio.

Gloria se encogió de hombros.

– Vamos, querido, los hombres como Marcus y tú no trabajáis para vuestras mujeres, trabajáis para vosotros mismos… Sí, David, sí -insistió-. Los negocios, en el fondo, son una especie de droga, como la morfina. Si no tuvieras tus negocios, serías el hombre más desgraciado de este mundo, querido…

Golder rió nerviosamente.

– ¡Ah, qué bien lo arreglas todo, querida!

La doncella de Joyce entreabrió la puerta con suavidad.

– Me envía la señorita -le dijo a Gloria, que la miró con una expresión de frío enojo-. La señorita está lista y reclama al señor para enseñarle su vestido.

Golder se levantó al instante.

– ¡Qué pesada es esta niña! -refunfuñó Gloria-. Y tú no haces más que mimarla, como un viejo enamorado. Eres ridículo. -Se encogió de hombros a espaldas de su marido, que ya estaba saliendo-. ¡Al menos dile que se dé prisa, por amor de Dios! Siempre tengo que esperarla en el coche, mientras ella se pavonea delante del espejo. ¡Buena te va a salir ésa! Luego no digas que no te lo advertí… ¿Has visto cómo se comporta con los hombres? Dile de mi parte que, si no está lista en diez minutos, me voy sin ella. Y ya os apañaréis.

Golder salió sin responder. En la galería, se detuvo y aspiró sonriendo el perfume de Joyce, tan penetrante y tenaz que aromatizaba toda la planta como un ramo de rosas.

Ella reconoció sus pasos, que hacían crujir el parquet bajo el peso de su cuerpo, y preguntó:

– ¿Eres tú, dad? Entra…

Estaba de pie ante el gran espejo en medio de la iluminada habitación, provocando con el pie a Jill, el pequeño pequinés de pelaje dorado. Sonrió, ladeó su bonita cabeza y preguntó:

– ¿Te gusta, dad? -Iba vestida de blanco y plata. Mientras él la admiraba complacido, hizo una pequeña mueca y, con un gesto de la barbilla, se señaló el cuello, perfecto y fuerte, y los maravillosos hombros-. No voy muy escotada, ¿verdad?

– ¿Se te puede besar?

Ella se acercó, le ofreció una mejilla delicadamente maquillada y lo rozó con la comisura de los labios pintados.

– Te maquillas demasiado, Joy.

– Qué remedio… Tengo las mejillas muy pálidas. Duermo poco, fumo mucho y bailo más -repuso ella con indiferencia.

– Claro… Las mujeres sois tontas -gruñó Golder-. Y tú estás más loca que ninguna.

– Me gusta tanto bailar… -murmuró Joyce entornando los párpados. Sus hermosos labios temblaban.

Seguía de pie frente a él, con las manos olvidadas en las suyas, pero sus grandes y brillantes ojos no lo miraban; se contemplaban en el espejo situado detrás de Golder, que no pudo reprimir una sonrisa.

– ¡Joyce! ¡Cada día eres más coqueta, hija mía! Tiene razón tu madre…

– ¡Mira quién fue a hablar! -exclamó la chica con viveza-. Ella es mucho más coqueta que yo, y no tiene excusa, porque es vieja y fea, mientras que yo… Yo soy guapa, ¿verdad, dad?

Él le pellizcó la mejilla, riendo.

– ¡Eso espero! No me gustaría tener una hija fea… -empezó, pero de pronto palideció y, llevándose una mano al corazón, empezó a jadear con los ojos desorbitados por un súbito terror; al cabo de unos instantes, soltó un suspiro y volvió a bajar el brazo. El dolor había desaparecido, pero lentamente, como a regañadientes. Hizo a un lado a Joyce, sacó el pañuelo y se secó una y otra vez la frente y las mejillas frías-. Dame agua, hija.

La chica llamó a su doncella, que estaba en la habitación contigua. Poco después la muchacha apareció con un vaso de agua y Golder bebió con avidez. Joyce había cogido el espejo de mano y canturreaba arreglándose el pelo.

– ¿Qué me has comprado, daddy? -El no respondió. Joyce volvió a su lado y se le sentó en las rodillas-. Daddy, daddy, mírame… Pero bueno, ¿qué te pasa? ¡Responde! No me hagas rabiar… -Maquinalmente, Golder sacó la cartera y le dio varios billetes de mil francos-. ¿Sólo esto?

– Sí. ¿No es suficiente? -murmuró Golder tratando de sonreír.

– No. Quiero un coche nuevo.

– ¿Cómo? ¿Y el otro?

– Es demasiado pequeño, me he cansado de él… Quiero un Bugatti. Quiero ir a Madrid con… -Se interrumpió.

– ¿Con quién?

– Con unos amigos.

Golder se encogió de hombros.

– No digas tonterías.

– No es ninguna tontería. Quiero un coche nuevo.

– Bueno, pues te aguantas.

– No, daddy, daddy darling… Cómprame un coche nuevo, cómpramelo, va… Seré buena… Daphné Mannering tiene uno precioso que le ha regalado Behring…

– Los negocios van mal. El año que viene…

– ¡A mí siempre me dices eso! ¡Pues me da igual! ¡Apáñatelas!

– ¡Basta! ¡Me tienes harto! -gritó Golder, exasperado.

Joyce se calló y se puso de pie, pero luego cambió de opinión y volvió a arrimarse a su padre.

– Daddy… Pero si tuvieras mucho dinero, ¿me lo comprarías?

– ¿El qué?

– El coche.

– Sí.

– ¿Cuándo?

– Enseguida. Pero no tengo dinero, así que déjame en paz.

Ella soltó un grito de júbilo.

– ¡Entonces ya sé lo que haremos! Esta noche vamos al casino y yo te hago ganar. Hoyos siempre dice que doy buena suerte. ¡Y mañana me compras el coche!

Golder meneó la cabeza.

– No. En cuanto acabe la cena, me vuelvo a casa. ¿No comprendes que he pasado toda la noche en un tren?

– ¿Y qué?

– Pues que hoy me encuentro mal, Joy…

– ¿Tú? ¡Pero si tú nunca estás enfermo!

– ¿Ah, eso crees?

– Dad… ¿te gusta Alec? -preguntó ella de sopetón.

– ¿Alec? ¡Ah, sí, ese chico! Es simpático…

– ¿Te gustaría verme convertida en princesa?

– Eso depende.

– Me llamarían alteza imperial… -Fue a ponerse bajo la araña y echó atrás su fina cabeza dorada-. Mírame bien, dad… ¿Crees que me va ese papel?

– Sí -murmuró él con un secreto arrebato de orgullo que hizo latir su corazón con violencia casi dolorosa-. Sí… Te iría estupendamente, hija.

– ¿Y darías mucho dinero por eso, dad?

– ¿Tanto cuesta? -Su dura e inhabitual sonrisa le torció ligeramente los labios-. Me sorprende. Hoy en día, hay un príncipe en cada esquina.

– Sí, pero a éste lo quiero… -murmuró Joyce, y una expresión apasionada y profunda hizo que hasta sus labios palidecieran.

– ¿Sabes que no tiene nada, ni un céntimo?

– Lo sé. Pero yo soy rica.

– Ya veremos.

– ¡Oh, dad! ¡Es que, ¿sabes?, yo en este mundo lo quiero todo! ¡Si no, prefiero morir! ¡Todo! ¡Todo! -repitió lanzando en derredor una de sus ardientes e imperiosas miradas-. ¡No sé cómo se las arreglan las demás! Daphné se acuesta con el viejo Behring por dinero… ¡Yo, en cambio, necesito amor, juventud, todo lo de este mundo!

Golder soltó un suspiro.

– El dinero…

– El dinero… -lo interrumpió ella con un gesto arrebatado y jubiloso-. ¡El dinero también, claro! ¡O más bien, los vestidos bonitos, las joyas…! ¡Todo, te lo aseguro, mi pobre dad! ¡Lo quiero todo tan desesperadamente! ¡Deseo tanto ser feliz que no puedes imaginártelo! ¡De lo contrario prefiero morir, te lo juro! Pero estoy muy tranquila. Siempre he tenido todo lo que he querido en este mundo…

Golder bajó la cabeza y, esforzándose en sonreír, murmuró:

– Mi pobre Joyce, estás loca… Has estado enamorada de éste y aquél desde los doce años, diría yo…

– Sí, pero esta vez… -Le lanzó una mirada intensa y obstinada-. Lo quiero… Dámelo, dad

– ¿El coche? -Golder sonrió sin ganas-. Anda, ponte el abrigo y bajemos…

En el coche los esperaban Hoyos y Gloria, cubierta de joyas, tiesa y reluciente en la oscuridad como un ídolo bárbaro.

Era medianoche cuando Gloria se inclinó bruscamente hacia su marido, sentado frente a ella.

– Estás pálido como un muerto, David… ¿Qué te pasa? -le preguntó con impaciencia-. ¿Tan cansado estas? Te advierto que luego iremos a Ciboure… Más te valdría volver a casa.

Joyce exclamó:

– ¡Una idea excelente, dad! Vamos, yo te llevo… Nos vemos en Ciboure, ¿no, mummy? Cojo tu coche, Daphné -dijo volviéndose hacia la joven Mannering.

– No me lo destroces -le advirtió ésta con una voz rota, enronquecida por el opio y el alcohol.

Golder le hizo una seña al maître.

– ¡La cuenta!

Lo dijo sin pensar, pero entonces recordó que, según Gloria, estaban invitados. Sin embargo, todos los hombres sentados a la mesa se habían apresurado a volver la cabeza. El único que lo miraba era Hoyos; fruncía los labios irónicamente sin decir nada. Golder se encogió de hombros y pagó.

– Vamos, Joy.

Hacía una noche espléndida. Subieron al pequeño descapotable de Daphné. Joyce arrancó y el coche salió disparado como un rayo. Los álamos que flanqueaban el camino parecían hundirse en el fondo de un pozo y desaparecer.

– Joyce, estás loca perdida… Cualquier noche te matarás por estas carreteras -gruñó Golder, un poco pálido.

Ella no respondió, pero redujo un poco la velocidad, como a regañadientes.

Cuando llegaron a la ciudad, lo miró con ojos brillantes y un tanto extraviados.

– ¿Has pasado miedo, mi viejo dad?

– Uno de estos días te matarás -repitió él.

Joyce se encogió de hombros.

– ¡Bah! ¿Qué más da? Es una muerte bonita… -Suave, tiernamente, se pasó los labios por un arañazo que le sangraba en la mano y murmuró-: Una hermosa noche, en traje de baile… unas vueltas de campana, ¡y se acabó!

– ¡Calla! -exclamó Golder horrorizado.

– Poor old dad… -dijo ella riendo. Y añadió-: Bueno, baja de una vez, ya hemos llegado.

Golder alzó la cabeza.

– ¿Qué? Pero ¡si estamos en el casino! Ah, ahora lo entiendo…

– Si quieres te llevo a otro sitio.

Joyce, inmóvil, lo miraba sonriendo. Sabía que, ahora que había visto las ventanas iluminadas del casino, las sombras de los jugadores, que pasaban una y otra vez detrás de los cristales, y el estrecho balconcillo que daba al mar, no querría irse.

– Está bien, pero sólo una hora.

Sin importarle los empleados que montaban guardia en la escalinata, Joyce soltó un chillido desgarrador.

– Dad! ¡Cuánto te quiero! ¡Ya verás, presiento que vas a ganar!

Golder rió.

– Te lo advierto, pequeña -gruñó-. Pase lo que pase, no pienso darte un céntimo.

Entraron en la sala de juego. Algunas chicas que vagaban entre las mesas reconocieron a Joyce y le sonrieron con familiaridad.

– ¡Oh, dad! -exclamó ella- ¿Cuándo me dejarán jugar a mí también? Con las ganas que tengo…

Pero Golder ya no la escuchaba; miraba las cartas, y sus manos temblaban. Joyce tuvo que insistir varias veces para que le prestara atención. Por fin, se volvió con brusquedad y gruñó:

– ¿Qué? ¿Qué pasa ahora? Me mareas…

– Estoy allí, ¿eh? -dijo ella indicando la banqueta que corría a lo largo de la pared.

– Sí, ve a donde quieras, pero déjame en paz.

Joyce rió, encendió un cigarrillo, se acomodó en el duro y estrecho canapé de terciopelo con las piernas cruzadas y se puso a juguetear con sus perlas. Desde donde estaba, sólo veía gente arremolinada en torno a las mesas, hombres mudos y temblorosos, mujeres que estiraban el cuello todas a la vez, con el mismo movimiento descendente, ávido y extraño, hacia las cartas y el dinero. Hombres desconocidos merodeaban alrededor de Joyce, que de vez en cuando, para distraerse, dejaba escapar entre las entornadas pestañas una larga e insinuante mirada, lánguida y voluptuosa, de mujer fácil, que hacía detenerse a alguno de ellos. Joyce sonreía, le daba la espalda y seguía esperando.

En una ocasión, al abrirse un claro para que se sentaran nuevos jugadores, vio a su padre con bastante claridad. El envejecimiento súbito, extraño, del abotagado y macilento rostro, que adquiría tintes verdosos a la luz de las lámparas, la turbó y le causó una vaga inquietud.

«Qué pálido está… ¿Qué le pasa? ¿Estará perdiendo? -se preguntó levantándose y mirando con avidez. Pero la gente ya había vuelto a cerrar el círculo alrededor de la mesa. Joyce hizo una mueca de exasperación-. ¡Maldita sea! ¿Y si me acerco? No, una persona interesada en el juego da mala suerte.»

Buscó por la sala, vio pasar a un joven acompañado por una chica muy atractiva y bastante ligera de ropa y les hizo un gesto imperioso.

– ¡Eh, oigan! El viejo Golder, en aquella mesa… ¿Saben si está ganando?

– No; gana el otro carcamal, Donovan -respondió la chica aludiendo a un jugador famoso en las timbas del mundo entero.

Joyce tiró el cigarrillo al suelo con rabia.

«¡Oh, tiene que ganar, tiene que ganar! -pensó con desesperación-.¡Quiero mi coche! ¡Quiero…!¡Quiero ir a España con Alec! Solos, libres… Nunca he pasado una noche entera con él, en sus brazos… Mi adorado Alec… ¡Oh, tiene que ganar! ¡Dios mío, Señor, haz que gane!»

La noche avanzaba. Cansada, Joyce recostó la cabeza en el brazo. El humo le escocía en los ojos. Vagamente, como en el fondo de un sueño, oyó decir a alguien:

– Vaya, si es la pequeña Joyce, y dormida. Qué bonita es…

Sonrió, se dejó acariciar por sus perlas moviendo con suavidad el cuello y volvió a dormirse. Poco después entreabrió los ojos: las ventanas del casino se habían teñido de una palidez rosa.

Levantó la cabeza con pesadez y miró alrededor. Había menos gente. Golder seguía jugando.

– Ahora está ganando -dijo alguien-. Había perdido más de un millón…

Estaba saliendo el sol. De manera instintiva, Joyce volvió el rostro hacia la luz y siguió durmiendo. Cuando notó que la zarandeaban, ya era pleno día; se despertó, tendió las manos y volvió a cerrarlas sobre los estrujados billetes que su padre, de pie junto a ella, le deslizaba entre los dedos.

– ¡Oh, dad! -exclamó alborozada-. Entonces ¿es verdad? ¿Has ganado?

El no se movía; la barba crecida durante la noche le cubría las mejillas de un espeso color ceniciento.

– No. He perdido más de un millón, creo. Pero luego lo he recuperado y he ganado cincuenta mil francos, que son para ti. Eso es todo. Vamos -dijo articulando con dificultad.

Dio media vuelta y avanzó penosamente hacia la puerta. Joyce, medio dormida todavía, lo siguió arrastrando con el brazo caído su gran abrigo de terciopelo blanco, que barría el suelo, y con las manos llenas de billetes que asomaban entre los dedos. Creyó ver que su padre se detenía y se tambaleaba. «Estoy soñando… ¿Habrá bebido?», se dijo.

En ese momento, el corpachón osciló de un modo alarmante. Golder elevó los brazos en el aire, intentó asir el vacío y luego se derrumbó con ese ruido, sordo y profundo como un gemido, que parece ascender de las raíces vivas de un árbol derribado hasta su corazón.

– Retírese de la ventana, señora -dijo la enfermera-. No deja ver al profesor.

Gloria retrocedió maquinalmente unos pasos sin apartar los ojos de la cama; la pesada cabeza estaba hundida en la almohada. Gloria se estremeció. «Parece un muerto», pensó.

No había recobrado el conocimiento; inclinado sobre el inerte corpachón, el médico auscultaba, palpaba… Golder no se movía, ni siquiera gemía.

Gloria retorció con nerviosismo el collar con ambas manos y volvió la cabeza. ¿Moriría? «Todo esto es culpa suya -pensó irritada, casi en voz alta-. ¿Qué necesidad tenía de ir a jugar esta noche?»

– ¿Estás contento ahora? -bisbiseó sin darse cuenta-. Idiota… El dineral que nos va a costar esto, Dios mío. Si al menos se curara… Ojalá esto no dure mucho… Porque me volvería loca. Qué noche he pasado…

Recordó que había permanecido toda la noche en la habitación y esperado hasta la mañana al profesor Ghédalia, preguntándose en todo momento si Golder se moriría allí, ante sus ojos. Había sido horrible.

«Pobre David. Su mirada…»

Volvió a ver aquellos ojos absortos que no se apartaban de ella; su marido temía a la muerte. Gloria se encogió de hombros. La gente no se moría así, por las buenas. «Vaya, lo que me faltaba», pensó mirándose en el espejo con disimulo.

Hizo un brusco gesto de impotencia y rabia, y se sentó en un sillón con el cuerpo erguido, rígido.

Entretanto, Ghédalia había vuelto a tapar el pecho del enfermo con la sábana y se había incorporado. Golder exhaló una queja ininteligible.

– ¿Y bien? -preguntó Gloria con ansiedad-. ¿Qué tiene? ¿Es grave? ¿Se trata de un proceso lento? ¿Estará enfermo mucho tiempo? ¡Dígame la verdad, se lo ruego! Estoy preparada para todo…

El profesor se dejó caer en una silla, se pasó la mano por la negra barba lentamente y sonrió.

– Mi querida señora, la veo muy afectada -dijo con una voz suave y melodiosa que era un bálsamo para los oídos-. Sin embargo, no nos ahoguemos en un vaso de agua, si me permite la expresión. Sí, se ha producido un síncope que nos ha asustado, que nos ha impresionado… Es natural. Pero, ocho o diez días de reposo, y no volverá a ocurrir. Es fatiga, agotamiento. Por desgracia, todos envejecemos día tras día. Nuestras arterias ya no tienen veinte años. Eso hay que aceptarlo…

– ¿Lo ves? -exclamó Gloria con vehemencia-. ¡Bah, ya lo sabía yo! A la menor molestia piensas que te vas a morir. Pero mírelo… ¡Vamos, hombre, di algo!

– ¡No, no! -la atajó Ghédalia-. No hace falta que hable, al contrario. Reposo, reposo y más reposo. Ahora vamos a darle un pinchacito que le calmará ese dolor nervioso y nosotros, mi querida señora, nos iremos…

– Pero bueno, ¿cómo te sientes? ¿Mejor? -insistió Gloria con impaciencia-. David…

Golder hizo un débil gesto con las manos y movió los labios. Más que oírlas, Gloria vio formarse en ellos las palabras: «Me duele.»

– Acompáñeme, señora, dejémoslo descansar -repitió Ghédalia-. No puede hablar pero nos oye perfectamente, ¿verdad, caballero? -añadió en tono jovial, y cambió una rápida mirada con la enfermera.

El profesor abandonó la habitación. Gloria lo siguió a la galería.

– No es nada, ¿verdad? -dijo-. ¡Ay, es tan impresionable y tan nervioso! Si supiera usted la noche que me ha dado…

El doctor levantó solemnemente una mano blanca, pequeña y regordeta y, en tono grave, declaró:

– ¡Debo interrumpirla, señora! Tengo como primer principio in-que-bran-ta-ble no permitir que mis pacientes conciban la menor sospecha sobre la naturaleza de su dolencia cuando ésta presenta un peligro… cierto. Pero, desgraciadamente, a sus allegados les debo la verdad; de modo que mi segundo principio es no ocultársela jamás a la familia de mis pacientes. Jamás! -repitió vehemente.

– Entonces… ¿se va a morir?

El doctor le lanzó una mirada sorprendida e irónica, que a todas luces quería decir: «Por lo que veo, no hacen falta circunloquios.» Se sentó, cruzó las piernas, echó la cabeza atrás ligeramente y respondió con flema:

– No de inmediato, mi querida señora…

– ¿Qué tiene?

– Angor pectoris -respondió Ghédalia recalcando las sílabas latinas con evidente placer-. En cristiano, una angina de pecho. -Al ver que Gloria no decía nada, continuó-: Siguiendo un régimen y con los cuidados adecuados, todavía podría vivir bastante tiempo, cinco, diez, quince años… Naturalmente, tendrá que renunciar a los negocios. Nada de emociones, nada de esfuerzos. Una vida tranquila, apacible, ordenada, sin sobresaltos. Reposo total. Para siempre. Sólo con esa condición, señora, responderé de él, en la medida en que se puede responder en estos casos, porque por desgracia esta enfermedad es pródiga en sorpresas fulminantes. Los médicos no somos dioses… -El doctor sonrió con afabilidad-. Como sin duda comprende, mi querida señora, no es cuestión de decírselo en estos momentos, en que por otra parte sufre terriblemente. Pero es de esperar que, en ocho o diez días, la crisis haya remitido. Entonces habrá llegado la hora de darle el ultimátum.

– Pero… -murmuró Gloria con la voz alterada-. No puede… no puede ser… Renunciar a los negocios… Imposible, vamos… Se moriría -añadió con nerviosismo al ver que Ghédalia guardaba silencio.

– Créame, señora -respondió él sonriendo-. Casos como el de su marido se me presentan bastante a menudo. Entre mis pacientes no faltan hombres poderosos, si se me permite decirlo. Hace años traté a un famoso financiero al que mis colegas habían desahuciado de forma unánime… Pero no es éste el caso. No obstante, el caballero del que le hablo padecía una enfermedad similar a la que afecta al señor Golder. Y mis recomendaciones fueron exactamente las mismas. Las personas de su entorno temían por su vida. Pues bien, nuestro famoso financiero sigue vivo. Y han pasado quince años… Ahora es un experto y apasionado coleccionista de plata labrada del Renacimiento. Posee un extraordinario número de piezas admirables, entre otras un aguamanil sobredorado que pasa por ser el primer trabajo del gran Cellini, una obra maestra. Me atrevería a decir que la contemplación de esos hermosos y raros objetos le procura alegrías que jamás había sentido. Puede estar segura de que, una vez pasen las primeras e inevitables semanas de ansiedad, su marido también descubrirá su… ¿cómo lo diría? Su hobby. Coleccionar esmaltes o gemas, entregarse a los placeres mundanos, qué sé yo. Los hombres somos niños grandes.

«Será idiota -pensó Gloria. Un amargo regocijo la embargó al imaginarse a David ocupado con libros raros, medallas, mujeres…-. ¡Señor! ¡Imbécil! ¿Y vivir? ¿Y comer? ¿Y vestirse? ¿Es que se cree que el dinero crece en los árboles?»

Se levantó bruscamente e inclinó la cabeza.

– Gracias por todo, profesor. Pensaré en ello…

– Me mantendré al corriente de los progresos del paciente -repuso Ghédalia con una leve sonrisa-. Y creo que sería preferible que en su momento lo pusiera yo al tanto de su estado. Se necesita mucho tacto, mucha habilidad. Por desgracia, los médicos estamos habituados a tratar tanto el alma como el cuerpo.

Le besó la mano y se alejó. Gloria se quedó sola.

Silenciosamente, empezó a recorrer de un extremo a otro la galería desierta. Lo sabía. Siempre lo había sabido. Nunca había apartado un céntimo para ella. Todo se iba, todo desaparecía de un negocio al siguiente. ¿Y ahora? «Sobre el papel miles de millones, sí, pero nada en las manos, ni esto», siseó con rabia y los dientes apretados. «¿Por qué te preocupas? -le decía él-. Yo sigo estando aquí, ¿no?» ¡Imbécil! ¿Es que a los sesenta y ocho años no había que esperar la muerte en cualquier momento? ¿Acaso el primer deber de un marido no era asegurar a su mujer una fortuna adecuada, suficiente? No tenían nada. Cuando dejara los negocios, no quedaría nada. Los negocios… Cuando ese río de dinero vivo dejara de fluir… «Como mucho quedará un millón -pensó-, puede que dos, rascando bien…» Alzó los hombros con furia. Con el tren de vida que llevaban, un millón les duraba seis meses. Seis meses… Y, encima, con aquel hombre, con aquel moribundo inútil a la espalda… «¡Realmente, es para querer que viva otros quince años! -pensó con rencor-. ¡Claro, como me ha dado tanta felicidad! No, no…» ¡Lo odiaba, odiaba a aquel hombre brutal, viejo, feo, al que no le importaba otra cosa que el dinero, ese sucio dinero que encima ni siquiera era capaz de acumular! Nunca la había querido. Si la cubría de joyas, era como a una enseña viviente, como un escaparate, y ahora que Joyce se había hecho mayor, sólo se interesaba en ella. ¡Joyce! A ella sí que la quería… Bueno, la quería porque era joven, guapa, brillante. ¡Por orgullo! ¡No había más que orgullo y vanidad en el fondo de su corazón! Sin embargo, a ella, su esposa, por un diamante, por un anillo nuevo, siempre le gritaba y le montaba las mismas escenas. «¡Déjame, no me queda nada! ¿Qué quieres, que me muera?» ¿Y los demás? ¿Cómo lo hacían? ¡Todos trabajaban, como él! No se creían más inteligentes ni más fuertes que el resto del mundo, pero al menos cuando se hacían viejos, cuando se morían, dejaban a sus mujeres con las necesidades cubiertas. «Las hay con suerte.» En cambio, ella… La verdad es que su marido nunca se había preocupado por ella. Jamás la había querido. De lo contrario, no habría podido vivir ni una hora en paz sabiendo que su mujer no tenía nada… El mísero dinero que había reunido por sí sola, a fuerza de paciencia y sacrificio… «Pero es mi dinero, mío, mío… Si cree que lo voy a mantener con él… No, gracias, con un chulo tengo bastante -se dijo pensando en Hoyos-. No, no, que se las componga.» Después de todo, ¿por qué tenía que decirle la verdad, en nombre de qué? Sabía perfectamente que su marido, dado el terror judío que sentía ante la muerte, lo dejaría todo, no pensaría más que en su preciosa salud, en su vida. Egoísta, cobarde… «¿Acaso es culpa mía que en tantos años no haya sido capaz de ganar suficiente dinero para morirse tranquilo?» Y justo en ese momento, cuando los negocios atravesaban una situación tan espantosa… ¡Era para volverse loca! Más adelante, ya vería… «Ahora estoy al corriente, lo vigilaré… Ese asunto que quiere montar. "Una cosa interesante", me ha dicho. Cuando el negocio esté cerrado, será el momento, podría ser incluso útil para impedir que se lance a alguna loca maniobra… Entonces será el momento.»

Indecisa, miró la puerta y se acercó a un pequeño escritorio que había en un rincón:

Admirado profesor:

Devorada por la inquietud, he decidido, después de haberlo pensado mucho, trasladar urgentemente a mi querido enfermo a París. Le ruego acepte, con mi eterno agradecimiento…

Se interrumpió, soltó la pluma, cruzó la galería y entró en la habitación de su marido. La enfermera había salido. David parecía dormido. Un imperceptible temblor agitaba sus manos. Gloria le lanzó una mirada distraída, echó una ojeada a la habitación y vio su ropa colocada en una silla. Cogió la chaqueta, buscó en el bolsillo interior, sacó la cartera y la abrió. Sólo había un billete de mil francos doblado en cuatro. Lo apretó en el puño.

En ese momento entró la enfermera.

– Está más tranquilo -dijo señalando al enfermo.

Un tanto azorada, Gloria se agachó y dio un furtivo beso en la mejilla a su marido con los labios pintados. Golder soltó un repentino gemido y movió débilmente las manos, como si quisiera apartar el collar, las frías perlas que se deslizaban por su pecho. Gloria se irguió y suspiró.

– Será mejor que me vaya. No me reconoce.

El doctor Ghédalia volvió esa misma tarde a casa de los Golder.

– No quería dejar marchar a su marido sin antes declinar toda responsabilidad respecto a él -le dijo a Gloria-. Ha de saber, señora, que en estos momentos el paciente no se halla en condiciones de viajar. Seguramente esta mañana me he explicado mal…

– Al contrario -respondió ella-, me ha alarmado usted de un modo… ¿exagerado, quizá?

Se miraron un instante sin decir nada. Ghédalia parecía indeciso.

– ¿Desea que vuelva a examinar al enfermo, señora? Tengo una cena en Villa des Blues, en casa de la señora Mackay… No obstante, todavía dispongo de media hora. Le aseguro que nada me satisfaría más que poder modificar mi riguroso diagnóstico.

– Se lo agradezco -murmuró Gloria.

Lo hizo pasar a la habitación de Golder y se quedó en el salón, aguzando el oído tras la puerta cerrada; Ghédalia hablaba con la enfermera en voz muy baja. Gloria se alejó de la puerta con expresión malhumorada y fue a acodarse sobre la ventana abierta.

Un cuarto de hora después, el profesor salió de la habitación frotándose las pequeñas y blancas manos.

– ¿Y bien?

– Pues, mi querida señora, la mejoría es sensible hasta tal punto que empiezo a creer que estamos ante una crisis de origen puramente nervioso. Es decir, que no se debe a una lesión del corazón. Es difícil pronunciarse de modo definitivo, dado el estado de agotamiento en que se encuentra el paciente, pero puedo afirmar que, en lo que respecta al futuro, hay motivos para mostrarse optimista. Sin duda, el señor Golder no se verá obligado a renunciar a su actividad durante muchos años…

– ¿En serio? -murmuró Gloria.

– Sí. -Ghédalia hizo una pausa y, en un tono más suave, añadió-: No obstante, insisto en que, en su actual estado, no debe viajar. Sin embargo, actúe usted según su conciencia. La mía, lo admito, se ha liberado de un gran peso.

– ¡Oh, ahora el viaje queda descartado, profesor! -dijo Gloria tendiéndole la mano con una sonrisa-. Se lo agradezco de todo corazón… ¿Tendrá usted la bondad de olvidar un momento de ofuscación bastante comprensible y seguir dispensando sus cuidados a mi pobre enfermo?

Ghédalia se mostró indeciso e intentó excusarse, pero finalmente prometió hacerlo.

A partir de esa tarde, su coche rojo y blanco se detenía a diario ante la casa de los Golder. Así fue durante quince días. Hasta que Ghédalia desapareció de repente.

El primer acto consciente de Golder, poco después, fue firmar un cheque de veinte mil francos en pago de los honorarios del doctor.

Ese día lo habían recostado en unos cojines por primera vez. Rodeando con un brazo sus hombros, Gloria sostenía a su marido y lo inclinaba ligeramente hacia delante, mientras con la mano derecha sujetaba ante él el talonario de cheques abierto. A hurtadillas, miraba a David con dureza. Cómo había cambiado… La nariz, sobre todo… Nunca había tenido esa forma, pensó; ahora era enorme y ganchuda como la de un viejo usurero judío. Y aquellas carnes flácidas y temblonas, que olían a fiebre y sudor… Recogió la estilográfica, que se había escapado de los débiles dedos del enfermo y había manchado las sábanas de tinta.

– Bueno, David, ¿te sientes mejor?

No respondió. Llevaba casi quince días sin decir más que «me ahogo» o «me duele», balbuceando con una voz ronca y extraña que sólo la enfermera parecía entender. Permanecía tumbado, con los brazos pegados al cuerpo y los ojos cerrados, inmóvil y mudo como un cadáver. No obstante, cuando Ghédalia se marchaba e, inclinándose sobre él, la enfermera lo arropaba y le susurraba: «El doctor está satisfecho», bajo sus entreabiertos y temblorosos párpados surgía una mirada fija y dura que, con una profunda expresión de súplica y angustia, se aferraba a los labios, al rostro de la mujer… «Se da cuenta de todo», pensaba ella. Sin embargo, nunca -ni siquiera cuando pudo hablar y dar órdenes- le preguntó, ni a ella ni a nadie, el nombre de su enfermedad, cuánto duraría ni cuándo podría levantarse, marcharse. Parecía bastarle con las vagas afirmaciones de Gloria: «Mejorarás pronto… Era agotamiento… De todas maneras, se acabó el fumar. El tabaco es malo para ti, David… Y el juego, lo mismo… Ya no tienes veinte años.»

Cuando Gloria lo dejó solo, Golder pidió su baraja. Se pasó horas haciendo solitarios en una bandeja apoyada en sus rodillas. La enfermedad le había debilitado la vista; ahora ya no se quitaba las gafas, unas gafas de lentes gruesas y montura de plata tan pesadas que se le deslizaban por la nariz y se le caían continuamente. Golder se pasaba un buen rato buscándolas a tientas con manos temblorosas, tropezando en los pliegues de la ropa de cama. Cuando acababa un solitario, barajaba y volvía a empezar.

Esa tarde, la enfermera había dejado la ventana y los postigos entreabiertos. Hacía mucho calor. Luego, con el fresco de la noche, quiso echarle una toquilla por los hombros, pero el paciente la rechazó con irritación.

– Bueno, bueno, no hace falta que se enfade, señor Golder. El aire del mar sopla fresco… No querrá empeorar, ¿verdad?

– Oh, Señor… -gruñó Golder con una voz débil y jadeante, esforzándose en pronunciar-. ¿Cuándo me dejarán en paz? ¿Cuándo podré levantarme de una vez?

– El doctor ha dicho que a finales de semana, si el tiempo acompaña.

Golder frunció el ceño.

– El doctor… ¿por qué no viene ya?

– Creo que lo han llamado a Madrid para una consulta.

– ¿Usted… usted lo conoce?

La mujer advirtió la expresión ansiosa y ávida de su mirada.

– ¡Sí, señor Golder! Claro que sí.

– ¿Es realmente… un buen médico?

– Muy bueno.

Golder volvió a recostarse en los cojines, cerró los ojos y murmuró:

– He estado enfermo mucho tiempo… -Ahora ya se acabó.

– Se acabó… -Se tocó el pecho, levantó la cabeza y miró fijamente a la enfermera-. ¿Por qué me duele aquí? -le preguntó con un temblor en los labios.

– ¿Ahí? Pues… -La mujer le retiró la mano del pecho con suavidad y volvió a dejarla sobre la colcha-. ¿No lo sabe? ¿No ha oído al doctor? Son espasmos nerviosos… No es nada.

– ¿Nada? -Suspiró, se incorporó maquinalmente y volvió a coger las cartas-. Pero no es… el corazón… ¿verdad? -Lo dijo con profunda emoción, deprisa y en voz baja, sin mirarla.

– No, no, claro que no… -El doctor había insistido en que se le ocultara la verdad, pero tarde o temprano habría que decírsela. Aunque eso no era asunto suyo. Pobre hombre… Qué miedo tenía a morirse… Le señaló el solitario-. Mire, se ha equivocado… Ahí va el as de tréboles, no el rey. Pruebe con el nueve.

– ¿Qué día es hoy? -preguntó Golder sin hacerle caso.

– Martes.

– ¿Ya? Debía estar en Londres… -dijo a media voz.

– ¡Ay, ahora tendrá que viajar menos, señor Golder!

La mujer lo vio ponerse blanco como la pared.

– ¿Por qué? ¿Por qué? -farfulló-. ¿Qué dice usted, por Dios? Está loca… ¿Me han prohibido viajar, salir?

– ¡No, no! -se apresuró a responder la enfermera-. ¿De dónde ha sacado eso? Yo no he dicho tal cosa. Solamente que durante algún tiempo deberá tener cuidado… Nada más.

Se inclinó y le enjugó la cara con un paño. Las gotas de sudor le resbalaban por la mejilla como gruesos lagrimones.

«Me está mintiendo. Lo noto en su voz. ¿Qué tengo? ¿Qué tengo, Dios mío? ¿Y por qué me ocultan la verdad? No soy una mujer, caramba.»

Golder la apartó débilmente y se volvió.

– Cierre la ventana. Tengo frío.

– ¿Quiere dormir? -le preguntó ella mientras cruzaba con pasos silenciosos la habitación.

– Sí. Déjeme solo.

Poco después de las once, cuando empezaba a coger el sueño, la enfermera oyó la voz de Golder en la habitación de al lado. Al acudir, lo encontró sentado en la cama, agitando vagamente las manos con el rostro encendido.

– Escribir… Quiero escribir…

«Le habrá subido la fiebre», pensó ella, e intentó acostarlo de nuevo hablándole como a un niño.

– No, no, a estas horas no… Mañana, señor Golder, mañana. Ahora hay que dormir.

Él profirió un juramento, pero repitió la orden esforzándose en hablar de otro modo, más tranquilo, más sereno, como en otros tiempos.

La enfermera acabó llevándole su estilográfica y una hoja. Pero Golder no pudo escribir más que unas letras; su mano, dolorida y agarrotada, como lastrada por un peso, apenas se movía. Gimió y murmuró:

– Escriba usted…

– Pero ¿a quién?

– Al profesor Weber. Busque la dirección en el listín de París, ahí abajo. Ruego que venga inmediatamente. Urgente. Mi dirección. Mi nombre. ¿Lo ha comprendido?

– Sí, señor Golder.

Él pareció tranquilizarse, pidió agua y volvió a echarse.

– Abra los postigos, la ventana, me asfixio… -pidió.

– ¿Quiere que me quede?

– No. No hace falta. Ya llamaré… El telegrama, mañana a las siete, en cuanto abra la oficina de correos…

– Sí, sí, no se preocupe, intente dormir.

Golder se volvió de costado con infinita dificultad y se quedó inmóvil, jadeando penosamente y mirando la ventana con tristeza. El viento agitaba las grandes cortinas blancas, que se hinchaban como globos. Durante largo rato escuchó maquinalmente el rumor de las olas… Una, dos, tres… El golpe sordo contra la roca del faro, y luego el suave y musical chapoteo del agua deslizándose entre las piedras… El silencio… La casa parecía vacía.

«¿Qué es? ¿Qué tengo? Dios mío, ¿qué tengo? -pensó una vez más-. ¿El corazón? ¿Es el corazón? Mienten. Lo sé. Hay que saber enfrentarse a las cosas.»

Entrelazó las manos con nerviosismo. Estaba temblando. Ni siquiera tenía valor para nombrarla, para pensar en la muerte… Miró con una especie de pavor el cielo negro que llenaba la ventana. «No puedo… No, todavía no. Todavía tengo que trabajar… No puedo.»

– Adonay… -murmuró con desesperación, acordándose de pronto del nombre del Señor-. Tú sabes que no puedo… Pero ¿por qué? ¿Por qué no me dicen la verdad?

Era curioso. Durante la enfermedad, se había creído todo lo que habían querido decirle… Ese Ghédalia… Y Gloria… No obstante, estaba mejor. Eso era cierto. Le dejarían levantarse, salir. Sin embargo, el tal Ghédalia no le inspiraba ninguna confianza. Además, ni siquiera se acordaba de su cara. Y hasta el nombre… era un nombre de charlatán. Y de Gloria no podía esperar nada bueno. ¿Por qué no se le había ocurrido a ella misma llamar a Weber, que, ése sí, era el mejor médico de Francia? Cuando ella había sufrido el ataque de hígado, entonces sí, lo había hecho venir de inmediato, claro… En cambio, para él… Para él cualquier cosa bastaba, ¿no? Volvió a ver el rostro de Weber, sus ojos penetrantes y cansados, que parecían leer hasta el fondo de los corazones. «Le diré… -pensó-. Mire, tengo que trabajar, necesito saberlo… Él lo entenderá.»

Sin embargo… ¿para qué, Dios mío? ¿De qué serviría saberlo por anticipado? Sería cuestión de un segundo, como el desvanecimiento en el casino… Pero esta vez sería para siempre, para siempre… Dios mío…

«¡No, no! ¡No hay enfermedad incurable! ¡Bah! No dejo de repetir el corazón, el corazón, como un imbécil… Pero, aunque sea el corazón, con cuidados, con un régimen… ¿No? Seguro que sí. Los negocios… Sí, lo más terrible son los negocios. Pero los negocios no son para siempre, para toda la vida… A ver, ahora está lo de Teisk. Eso, claro, hay que cerrarlo lo primero… Pero tardaré seis meses, un año -pensó con el inquebrantable optimismo del hombre de negocios-. Sí, a lo sumo un año. Y luego se acabó… Y podré vivir tranquilo, descansar… Soy viejo… Un día u otro tendré que parar. No quiero trabajar hasta morirme. Quiero seguir viviendo… No fumaré, no beberé, no jugaré… Si es el corazón, hay que estar tranquilo, relajado, nada de emociones, de… Sólo los negocios. -Se encogió de hombros y rezongó para sus adentros-. Y nada de emociones. Pero antes de poder cerrar lo de Teisk, reventaré cien veces, cien veces…»

Se volvió trabajosamente y se quedó boca arriba. Se sentía débil y cansado en grado sumo. Miró el reloj. Era muy tarde. Casi las cuatro. Quiso beber, buscó a tientas el vaso de limonada que le habían preparado para la noche y sin querer golpeó con él la mesilla.

La enfermera despertó sobresaltada y un momento después asomó la cabeza por la puerta.

– ¿Ha dormido algo?

– Sí -contestó Golder y, tras beber con avidez, le tendió el vaso. Pero, de pronto, aguzó el oído y le hizo una seña-. ¿Qué ha sido eso? En el jardín… ¿Qué es? Vaya a echar un vistazo…

La enfermera se asomó a la ventana.

– La señorita Joyce, que ha vuelto, creo.

– Llámela.

La mujer suspiró y salió a la galería.

Los altos y puntiagudos tacones de Joyce repiqueteaban en las baldosas. Golder la oyó preguntar:

– ¿Qué le pasa? ¿Está peor?

Joyce entró presurosa en la habitación, y lo primero que hizo fue accionar el interruptor e inundarla de luz.

– No entiendo cómo puedes estar así, dad. ¡Qué lamparilla más lúgubre!

– ¿Dónde te habías metido? -murmuró Golder-. Hace dos días que no te veo…

– Pues… no sé. Tenía cosas que hacer.

– ¿De dónde vienes?

– De San Sebastián. María Pía daba un gran baile. Mira mi vestido. ¿Te gusta?

Joyce entreabrió su amplio abrigo y se mostró medio desnuda, con un vestido de tul rosa escotado hasta el nacimiento de sus pequeños y delicados pechos, una sarta de perlas alrededor del cuello y el cabello dorado alborotado por el viento. Golder la contempló en silencio.

– Qué raro estás, dad… ¿Qué te pasa? ¿Por qué no dices nada? ¿Estás enfadado? Joyce se subió ágilmente a la cama y se arrodilló a los pies de su padre-. Escucha, dad… Esta noche he bailado con el príncipe de Gales. Luego, he oído que le decía a María Pía: It's the loveliest girl. I’ve ever seen. Y le ha preguntado mi nombre… ¿No te alegras? -murmuró con una sonrisa feliz que dibujó dos hoyuelos infantiles en sus maquilladas mejillas. Se inclinaba tanto sobre el pecho de su padre que la enfermera, de pie detrás de la cama, le hizo señas de que se apartara. Pero Golder, que apenas podía soportar el peso de la sábana en la zona del corazón sin ahogarse, dejaba que Joyce apoyara en él su cabeza y sus brazos desnudos-. ¡Te alegras, mi viejo dad! Ya lo sabía yo… -exclamó. Una brusca sonrisa, que más parecía una mueca, estiró con doloroso esfuerzo las comisuras de los labios cerrados de Golder-. ¿Ves? Estabas enfadado porque te he dejado para ir a bailar, ¿a que sí? Pero aun así he sido yo la primera que te ha hecho sonreír… Por cierto, dad, ¿lo sabes? Me he comprado el coche. ¡Si supieras qué bonito! ¡Corre como el viento! Eres un cielo, dad… -Se interrumpió, bostezó y alzó los revueltos cabellos estirándolos con las puntas de los dedos-. Voy a acostarme, estoy muerta… Es que ayer ya llegué a las seis. No puedo más, no he parado de bailar… -Entornó los párpados y se puso a canturrear jugando soñadoramente con las pulseras-: «Marquita… Marquita… el deseo… aunque no quieras… brilla en tus ojos… cuando bailas…» Buenas noches, dad. Duerme bien y sueña con los angelitos.

Joyce se inclinó y le rozó la mejilla con los labios.

– Sí -murmuró Golder-. Ve, ve a dormir, Joy…

La chica desapareció, y Golder se quedó escuchando sus pasos con una expresión distinta, suavizada, dulcificada… Aquella criatura con su vestido rosa… Allí donde iba, llevaba la alegría, la vida… Ahora se sentía más tranquilo, más fuerte. «La muerte… -se dijo-. Me he dejado llevar por el pánico, nada más. Todo eso son tonterías… Hay que trabajar y seguir trabajando… Tübingen tiene setenta y seis años. A los hombres como nosotros, lo único que nos mantiene vivos es el trabajo.»

La enfermera había apagado la luz y preparado una tisana en el infiernillo de alcohol. Golder se volvió hacia ella:

– El telegrama ya no es necesario… Rómpalo -murmuró.

– Muy bien, señor.

En cuanto se quedó solo, se durmió como un bendito.

Cuando Golder se repuso, septiembre tocaba a su fin, pero la temperatura era más agradable que en pleno verano, y no soplaba ni pizca de viento; una luz dorada como la miel resplandecía en el aire.

Ese día, después de almorzar, en vez de subir a acostarse de nuevo, como solía hacer, Golder se sentó en la terraza y pidió las cartas. Gloria no estaba, pero poco después apareció Hoyos.

Golder le lanzó una mirada por encima de las gafas, pero no dijo nada. Hoyos bajó casi hasta el suelo el respaldo abatible de una hamaca, se dejó caer en ella y se tumbó como en una cama, con la cabeza echada atrás, los brazos caídos y los dedos rozando perezosamente el fresco suelo de mármol.

– Hace buen tiempo. Menos calor -murmuró-. Odio el calor.

– ¿No sabrá por casualidad dónde ha almorzado la niña? -le preguntó Golder.

– ¿Joyce? En casa de los Mannering, supongo… ¿Porqué?

– Por nada. Nunca está aquí.

– Es la edad. Y encima le compra usted un coche nuevo… Ahora tiene el diablo metido en el cuerpo… -Se interrumpió, se incorporó apoyándose en un codo y se volvió hacia el jardín-. ¡Mire, ahí está su Joy! ¡Eh, Joy! -exclamó acercándose a la balaustrada-. ¿Qué, ya te vas? Estás loca, ¿sabes?

– ¿Cómo? -gruñó Golder.

Hoyos reía de buena gana.

– Esta chica es increíble… Y se lleva toda la feria, mírela… Jill… ¿No coges tus muñecas? ¿Y eso? Pero bueno… ¿Ya tu principito tampoco, preciosa? Mírela, Golder, y dígame si no es increíble.

– Ah, ¿pero está ahí dad? ¡Lo he buscado por todas partes! -exclamó Joyce, y subió los escalones a la carrera con el abrigo de viaje puesto, un gorro calado hasta la cejas y su perrito bajo el brazo.

– ¿Adónde vas? -le preguntó su padre, levantándose.

– ¡Adivínalo!

– ¿Cómo quieres que averigüe lo que se le ocurre a tu cabeza de chorlito? -gruñó Golder con irritación-. Y responde cuando te pregunto, ¿entendido?

Joy se sentó, cruzó las piernas, le lanzó una mirada desafiante y se echó a reír alegremente.

– Me voy a Madrid.

– ¿Qué?

– ¿No lo sabía? -intervino Hoyos-. Pues sí, nuestra pequeña ha decidido irse a Madrid en coche… sola. ¿No es así, Joy? ¿Sola? -repitió sonriendo-. Con esa manía suya de ir a tanta velocidad, seguramente se partirá la crisma por el camino, pero se le ha metido entre ceja y ceja, y no hay nada que hacer. Entonces, Golder, ¿no lo sabía?

Golder dio una patada en el suelo.

– Joyce! ¿Estás loca? ¡Menudo disparate!

– Ya hace tiempo que te dije que pensaba ir a Madrid en cuanto tuviera un coche nuevo. ¿Qué tiene de particular?

– Te prohíbo que vayas, ¿me oyes? -replicó su padre despacio.

– Te oigo. ¿Ya está?

De pronto, Golder avanzó hacia ella con la mano levantada. Pero Joyce, aunque palideció un poco, volvió a reírse.

– Dad ¿Quieres pegarme? ¿Tú? Pues me da igual, ¿sabes? Pero lo lamentarás.

El bajó lentamente el brazo sin rozarla.

– ¡Vete! -le dijo con un gruñido que apenas pasó entre sus labios cerrados-. ¡Vete a donde quieras! -añadió, sentándose de nuevo y volviendo a coger las cartas.

– Vamos, dad, no te enfades… -murmuró ella con voz mimosa-. Piensa que podría haberme ido sin decirte nada… Además, ¿a ti qué más te da?

– Un día de éstos vas a romperte esa carita tan linda, Joy -dijo Hoyos acariciándole la mano-. Ya lo verás.

– Eso es cosa mía. Venga, dad, hagamos las paces… -Se sentó a su lado y le rodeó el cuello con los brazos-. Dad

– Yo decidiré cuándo hacemos las paces… Déjame. ¡Qué manera de hablarle a un padre! -gruñó Golder apartándola.

– ¿No le parece que es un poco tarde para empezar a educar a esta preciosidad? -observó Hoyos.

– ¡Usted déjeme en paz! -farfulló Golder descargando el puño sobre las cartas-. ¡Y tú vete! ¿Crees que voy a suplicarte?

– Dad ¡Siempre me lo estropeas todo! ¡Todas mis ilusiones! ¡Toda mi felicidad! -gritó Joyce exasperada, y de pronto resbalaron lágrimas por sus mejillas-. ¡Déjame! ¡Déjame! ¿Crees que esta casa es muy divertida desde que estás enfermo? ¡No puedo más! Andar despacio, hablar bajo, no reírse, no ver más que caras viejas, tristes y amargadas… ¡Quiero…! ¡Quiero ir!

– Pues ve. ¿Quién te lo impide? ¿Vas sola?

– Sí.

Golder bajó la voz.

– Pues no vayas a pensar que te creo, ¿eh? Te vas por ahí con ese rufián, ¿no? Golfa… ¿Crees que no tengo ojos en la cara? Pero ¿qué puedo hacer? Nada -se respondió con voz temblorosa-. Sin embargo, al menos no creas que me la pegas, ¿eh? Aún no ha nacido el guapo que se la pueda pegar al viejo Golder. ¿Has oído, niña?

Hoyos reía por lo bajo tapándose la boca con la mano.

– Qué pérdida de tiempo… No sirve de nada, mi pobre Golder. ¡Está visto que no conoce usted a las mujeres! Con ellas sólo queda ceder… Ven a darme un beso, mi preciosa Joyce…

Pero la muchacha frotaba la cabeza contra el hombro de su padre y no prestaba atención a Hoyos.

– Dad, mi querido dad

– Déjame… No puedo respirar… -gruñó Golder apartándola-. Y vete de una vez, o saldrás demasiado tarde.

– ¿No me das un beso?

– ¿Yo? Claro… -dijo Golder y, haciendo un esfuerzo, posó los labios en la mejilla que le ofrecía su hija-. Anda, vete.

Joyce lo miró. Había empezado a extender las cartas; sus inseguros dedos parecían resbalar sobre la madera de la mesa.

– Dad… -murmuró ella-. ¿Sabes que estoy sin blanca? -Él no respondió-. ¡Va, dad, dame dinero, por favor!

– ¿Dinero? ¿Qué dinero? -preguntó Golder en un tono seco y reposado que Joyce jamás le había oído.

– ¿Qué dinero? Pues dinero para el viaje -respondió ella esforzándose en disimular la impaciencia que le hacía retorcerse los dedos-. ¿De qué esperas que viva en España? ¿De mi cuerpo?

Golder reprimió una mueca.

– ¿Y necesitas mucho? -le preguntó contando lentamente las trece cartas que formaban la primera fila del solitario.

– Pues no sé… Venga, no seas pesado. Claro que mucho… como siempre… diez, doce, veinte mil…

– Ah.

Joyce deslizó la mano en el bolsillo del chaleco de Golder e intentó sacarla cartera.

– ¡Va, no me tortures más! Dame dinero, anda… ¡Dámelo de una vez!

– No -dijo Golder.

– ¿Qué? -exclamó Joyce-. ¿Qué dices?

– Que no. -Levantó la cabeza y se quedó mirándola sonriendo. Hacía mucho tiempo que no decía no de aquel modo, con el tono duro y claro de antaño-. No -repitió despacio, como si la palabra fuera una fruta para saborear. Luego juntó las manos delante de la barbilla y se acarició los labios con la yema de los dedos-. Parece que te sorprende… ¿Quieres ir? Ve. Pero ya lo has oído: ni un céntimo. Apáñatelas. ¡Ay, todavía no me conoces, hija!

– ¡Te odio! -gritó ella.

Golder volvió a bajar la cabeza y siguió contando las cartas en voz baja. Una, dos, tres, cuatro… Pero al llegar al final de la fila se confundió y, con una voz cada vez más baja y temblorosa, repitió: una, dos, tres… De pronto se detuvo, como al límite de sus fuerzas, y suspiró.

– ¡Tú tampoco me conoces a mí! -estalló ella-. Te he dicho que me iba, y me iré. ¡No necesito tu sucio dinero!

Joyce le silbó a su perro y desapareció. Al cabo de unos instantes se oyó el ruido del coche, que pasó por la carretera como una exhalación. Golder no se había movido.

Hoyos meneó lentamente la cabeza.

– ¡Ay, amigo mío! Sabrá arreglárselas. -Y como el anciano no respondía, entornó los finos y cansados ojos y, con una sonrisa, murmuró-: No sabe usted nada de mujeres, amigo mío… Tenía que haberle dado una bofetada. Puede que la novedad del gesto le hiciera quedarse. Con estos animalillos nunca se sabe.

Golder se había sacado la cartera del bolsillo y le daba vueltas entre las manos. Era una vieja cartera de cuero negro, tan gastada como la mayoría de sus objetos personales. Tenía el forro de satén deshilachado y le faltaba una de las cantoneras de oro; estaba llena a rebosar de billetes y sujeta con una goma. Golder apretó los dientes y empezó a golpearla contra la mesa con todas sus fuerzas. Las cartas volaban por los aires. La estampaba una y otra vez contra la madera, que resonaba sordamente. Cuando se cansó, volvió a guardársela en el bolsillo, se levantó y pasó junto a Hoyos empujándolo adrede con todo el cuerpo.

– Así doy yo las bofetadas -masculló.

Todas las mañanas, Golder bajaba al jardín y paseaba una hora por un sendero resguardado. Caminaba despacio por la franja de sombra de los viejos cedros, contando escrupulosamente los pasos. Cuando llegaba al cincuenta, se paraba, pegaba la espalda al tronco de un árbol, dilataba con esfuerzo las aletas de la nariz y respiraba profunda, penosamente, tendiendo los temblorosos labios abiertos al aire del mar. Después seguía andando y contando los pasos, mientras con la punta del bastón removía con aire distraído la gravilla del sendero. Vestido con una vieja hopalanda gris, una bufanda de lana y un gastado sombrero negro, tenía el extraño aspecto de un prendero judío ucraniano. De vez en cuando, mientras caminaba, levantaba un hombro con un gesto inconsciente y cansado, como si llevara a la espalda un pesado hato de telas o quincalla.

Ese día, salió de nuevo al jardín a las tres: hacía un tiempo espléndido. Se sentó en un banco, frente al mar. Se aflojó un poco la bufanda, se desabrochó los primeros botones del abrigo e inspiró con precaución. Pero el corazón le latía a un ritmo regular; sólo el sempiterno silbido del asma subrayaba el flujo y reflujo del aire en su pecho con un sonido débil, quejumbroso y agudo.

El banco estaba a pleno sol, y el jardín se bañaba apaciblemente en una luz dorada y transparente como fino aceite.

El viejo Golder cerró los ojos, posó las manos, que siempre tenía heladas, sobre las rodillas y, con un suspiro mezcla de tristeza y bienestar, se frotó las falanges con suavidad. Le gustaba el calor. En París y en Londres seguro que hacía un tiempo horrible… Esa tarde esperaba al director de la Golmar, que había anunciado su llegada el día anterior. Era la señal de partida. Dios sabía adónde le tocaría ir. Era una pena tener que marcharse. Hacía un tiempo espléndido.

La grava crujió bajo unos pasos. Golder se volvió y vio a Loewe. Un hombrecillo tímido, pálido, de rostro demacrado y marchito, encorvado por el peso de una enorme cartera repleta de papeles.

Loewe había sido un simple empleado de la Golmar durante mucho tiempo; ahora era director desde hacía casi cinco años, pero bastaba una mirada de Golder para que en su fuero interno temblara, como antaño. Loewe avivó el paso, inclinando los hombros y sonriendo con nerviosismo. Una vez más, Golder recordó lo que tantas veces le había dicho Marcus: «Tú, amigo mío, te crees un gran hombre de negocios, pero no eres más que un especulador; no sabes elegir, encontrar gente. Estarás solo toda la vida, rodeado de sinvergüenzas o cretinos.»

– ¿Por qué ha venido? -gruñó Golder atajando las largas y embarulladas frases de Loewe, que le preguntaba con respeto por su salud.

Loewe se calló de inmediato, se sentó en el otro extremo del banco, entreabrió la cartera y suspiró.

– ¡Ay, Señor! Ahora le explico… Escúcheme con atención, por favor. Aunque puede que esto lo fatigue. ¿Prefiere esperar? Las noticias que traigo…

– Son malas -espetó Golder, irritado-. Naturalmente. Déjese de pamplinas, por Dios. Diga lo que tenga que decir, y sea claro, si puede.

– Sí, señor -se apresuró a murmurar Loewe. La enorme cartera no se mantenía bien en equilibrio sobre sus rodillas, así que la sujetó con las dos manos contra el pecho y empezó a sacar fajos de cartas y papeles, que fue dejando en el banco-. No encuentro la carta… -balbuceó angustiado-. ¡Ah, sí! Aquí está… ¿Me permite?

– Démela -dijo Golder arrebatándosela.

Cuando acabó de leerla no dijo nada, pero Loewe, que no le quitaba ojo, advirtió el leve temblor de sus labios.

– Ya ve… -musitó como excusándose, y le tendió otros documentos-. Todos los problemas han surgido a la vez, como siempre… La Bolsa de Nueva York, anteayer, fue el último revés, por así decirlo. Pero no ha hecho más que precipitar las cosas. Supongo que usted se lo esperaba…

Golder levantó de golpe la cabeza.

– ¿El qué? Sí -murmuró con aire ausente-. ¿Dónde está el informe de Nueva York?

Al ver que Loewe volvía a remover los papeles, Golder los apartó de un manotazo.

– ¡Por Dios! ¿No ha podido ordenar todo eso antes?

– Es que acabo de llegar y… y no he querido pasar por el hotel.

– Sólo faltaría -gruñó Golder.

– La ha leído bien, ¿no? -dijo Loewe carraspeando nerviosamente-. La carta del Banco Británico… Si no están cubiertos en ocho días, procederán de oficio a vender sus títulos.

– Eso ya lo veremos… Cabrones… Esto es cosa de Weille… Pero no se saldrá con la suya, lo juro. ¿A cuánto asciende mi descubierto con ellos? ¿A cuatro millones?

– Sí -respondió Loewe, y meneó la cabeza-. Ahora mismo, todo el mundo está de uñas con la Golmar. En la Bolsa circulan rumores muy pesimistas, desde que el pobre señor Marcus… Sus enemigos se han atrevido incluso a tergiversar del modo más falso y malintencionado su enfermedad, señor Golder.

Golder se encogió de hombros.

– Eso… -Eso no le sorprendía en absoluto. Y los efectos del suicidio de Marcus, aún menos. «Seguro que a Marcus le sirvió de consuelo antes de morir», pensó-. Eso no es nada -aseguró-. Hablaré con Weille. Lo que me preocupa es Nueva York. No habrá más remedio que ir. ¿De Tübingen, nada?

– Sí. Ha llegado un telegrama justo cuando salía.

– ¡Pues démelo, hombre de Dios! -«El 28 de los corrientes estaré en Londres», leyó Golder, y esbozó una leve sonrisa. Con la ayuda del viejo Tübingen, todo se arreglaría fácilmente-. Telegrafíele de inmediato que estaré en Londres el veintinueve por la mañana.

– Sí, señor. Perdone, pero… ¿entonces es verdad lo que se dice?

– ¿Y qué se dice?

– Pues… que la Tübingen le ha encargado a usted negociar con los sóviets el acuerdo sobre la concesión de Teisk, y que Tübingen le comprará las acciones y lo incorporará a la operación… ¡Oh, es un gran negocio, un negocio estupendo! ¡Y qué crédito en cuanto se sepa!

– ¿Qué día es hoy? -lo interrumpió Golder y empezó a calcular con rapidez.

«Las cuatro… Aún podría salir hoy. No, no merece la pena. El sábado. Tengo que ver a Weille en París a toda costa. Mañana. El lunes por la mañana en París; si salgo otra vez a las cuatro, el martes estoy en Londres… En cuanto a Nueva York, tengo un barco el día uno. Si pudiera evitar Nueva York… No, imposible. Sin embargo, debería estar en Moscú el quince, el veinte a más tardar. ¡Uf, qué justo viene todo! Juntó lentamente las manos y las apretó como si quisiera cascar unas nueces entre sus palmas-. Muy justo… Tendría que partirme en dos, por lo menos. En fin, ya veremos.»

Loewe le tendió una hoja repleta de nombres y cifras.

– ¿Qué es esto?

– Si es tan amable de echarle un vistazo… Son los aumentos de los empleados. ¿Lo recuerda? Hablé de ello con usted y el señor Marcus el pasado abril.

Golder examinó la lista con el ceño fruncido.

– Lamben, Mathias… Conforme. ¿La señorita Wieilhomme? ¡Ah, sí, la mecanógrafa de Marcus! Esa pelandusca que no escribe una carta a derechas. ¡No, ni hablar! A la otra sí, a la gibadita, ¿cómo se llama?

– Señorita Gassion.

– Sí, muy bien. ¿Chambers? ¿Su yerno? Pero bueno, ¿es que no le parece suficiente que le diéramos trabajo a ese imbécil? No se digna aparecer por la oficina más que dos días a la semana, cuando no tiene nada mejor que hacer. Y para lo que trabaja… Ni un céntimo más, ¿me oye? ¡Ni un céntimo!

– Pero en abril…

– En abril tenía dinero. Ahora no. ¡Si les subiera el sueldo a todos los zánganos, a todos los hijos de papá que Marcus y usted me han metido en la oficina…! Deme su lápiz.

Golder tachó con rabia varios nombres.

– ¿Y a Levine, que acaba de ser padre por quinta vez?

– ¡Me trae sin cuidado!

– Vamos, vamos, no se haga más duro de lo que es, señor Golder.

– No me gusta que la gente se las dé de generosa con mi dinero, Loewe, como hace usted. Es muy bonito prometer el oro y el moro, pero luego… Después soy yo el que tiene que apañárselas si no hay un céntimo en la caja, ¿verdad?

Golder se interrumpió. Se acercaba un tren. En el aire inmóvil se oía con toda claridad cómo iba aumentando el ruido a medida que se aproximaba. Bajó la cabeza y aguzó el oído.

– ¿Se lo pensará, verdad? Lo de Levine… Es difícil alimentar a cinco criaturas con dos mil francos al mes. Hay que compadecerse…

El tren se alejaba. Un largo pitido, debilitado, amortiguado por la distancia, atravesó el aire como una llamada, una pregunta inquietante.

– ¿Compadecerse? -exclamó Golder con súbita vehemencia-. ¿Por qué? De mí no se compadece nadie, ¿verdad? De mí nunca se ha compadecido nadie…

– Pero señor…

– ¡Sí, sí, pagar, pagar y seguir pagando! Para eso he venido yo al mundo… -Inspiró con dificultad y, con una voz más baja, decretó-: Suprima los aumentos que he tachado, ¿entendido? Y encárguese de los billetes. Nos vamos mañana.

– Me voy mañana -anunció Golder levantándose de la mesa.

– ¡Ah! -murmuró Gloria con un leve estremecimiento-. ¿Y para muchos días?

– Sí.

– ¿Estás… estás seguro de que es prudente, David? Todavía sigues enfermo.

El soltó una carcajada.

– ¿Y qué mas da? ¿Acaso tengo yo derecho a estar enfermo como todo el mundo?

– Ya está haciéndose la víctima… -masculló Gloria entre dientes.

Golder salió dando un portazo. Agitados por la corriente de aire, los candelabros de cristal de la chimenea llenaron el silencio con su argentino tintineo.

– Está nervioso -dijo Hoyos con dulzura.

– Sí. ¿Va a salir esta noche? ¿Quiere el coche?

– No, querida, gracias.

Gloria se volvió hacia el criado.

– Esta noche no necesitaré al chofer.

– Muy bien, señora.

Dejó la bandeja de plata, los licores y los cigarros sobre la mesa y se marchó.

Gloria, nerviosa, hizo el gesto de espantar los mosquitos que zumbaban suavemente alrededor de las lámparas.

– ¡Ah, qué pesadez! ¿Quieres café?

– ¿Y Joy? ¿Sabes algo de ella?

– No. -Hizo una pausa; luego, con una especie de rabia, farfulló-: ¡La culpa la tiene David! ¡Mima a esa cría como un imbécil, como un loco! ¡Y ni siquiera la quiere! ¡Ella sólo halaga su grosera vanidad de advenedizo! Porque, desde luego, es para estar orgulloso… ¡Si se comporta como una golfa! ¿Sabes cuánto dinero le dio la noche que se desmayó en el casino? Cincuenta mil francos, querido. Enternecedor, ¿verdad? Unos conocidos me describieron la escena. La niña dando vueltas por esa timba, medio dormida, con las manos llenas de fajos de billetes, como una fulana que ha engatusado a un viejo… Y a mí, siempre las mismas escenas, la misma cantinela: ¡Los negocios van mal! ¡Estoy harto de trabajar para ti!, etcétera. ¡Mira que soy desgraciada! En cuanto a Joyce…

– ¡Oh, Joyce es encantadora…!

– Ya lo sé -lo atajó Gloria.

Hoyos se levantó, se acercó a la ventana y aspiró el aire de la noche.

– Qué bien se está… ¿No le apetece bajar al jardín?

– Como quiera.

Salieron juntos. Era una hermosa noche sin luna; los grandes focos blancos de la terraza empolvaban la gravilla del paseo y las ramas de los árboles con su fría luz teatral.

– Qué bien se está, ¿verdad? -repitió Hoyos-. Sopla viento de España… Huele a canela, ¿no crees?

– No -respondió Gloria con sequedad. De pronto, tropezó con un banco-. Vamos a sentarnos. Me cansa andar en la oscuridad.

Hoyos se sentó a su lado y encendió un cigarrillo. La llama del encendedor iluminó fugazmente su rostro inclinado, sus abultados párpados, finos y arrugados como pétalos marchitos, el exquisito dibujo de sus labios, todavía jóvenes, rebosantes de vida.

– Pero bueno, ¿qué pasa? ¿Es que esta noche estamos solos?

– ¿Esperas a alguien? -dijo ella con aire ausente.

– No, a nadie en especial… pero me sorprende. Esta casa siempre está llena, como un hostal en día de feria. Y no es que me queje, ¿eh? Somos viejos, querida, y necesitamos gente y ruido a nuestro alrededor. Antes no era así, mas todo llega…

– Antes… -murmuró Gloria-. ¿Sabes cuántos años hace? Es aterrador.

– ¡Casi veinte!

– En mil novecientos uno. En el carnaval de Niza de mil novecientos uno, amigo mío. Veinticinco años.

– Sí -dijo Hoyos-. Una jovencita extranjera, perdida en la ciudad, con su canotier y un sencillo vestido… Pero eso pronto cambió.

– Entonces me querías y… Ahora lo único que te importa es el dinero, lo sé. ¡Si no tuviera dinero…!

Hoyos se encogió levemente de hombros.

– Chist, chist… No te enfades, que pareces más vieja. Y esta noche siento una gran ternura. ¿Te acuerdas de aquel salón de baile celeste y plata, Gloria?

– Sí.

Se callaron. Veían, sin duda al mismo tiempo, la calle de Niza, aquella noche de carnaval, llena de máscaras que pasaban cantando, las palmeras, la luna y los gritos de la gente en la plaza Masséna… Su juventud, la belleza de la noche, voluptuosa y fácil, como una romanza napolitana…

Hoyos agitó la mano que sostenía el cigarrillo.

– Bueno, querida, basta de evocaciones. Me hacen sentir el frío de la muerte.

– Es verdad -dijo Gloria estremeciéndose-. Cuando recuerdo aquellos tiempos… Yo quería venir a Europa. Todavía no me explico cómo consiguió David el dinero para mi viaje. Vine en tercera. Cuando veía bailar a aquellas mujeres cubiertas de joyas, desde el entrepuente… ¿Por qué llega todo tan tarde? Y aquí, en Francia… Vivía en una pequeña casa de huéspedes. Y a final de mes, cuando no había llegado el dinero de América, cenaba una naranja, en mi cuarto. Eso no lo sabías,¿eh? Fanfarroneaba. Sí, Dios sabe que no todos los días eran alegres. Pero lo que daría por esos días y por esas noches…

– Ahora le toca a Joyce… Es curioso, eso me irrita y, al mismo tiempo, me consuela. ¿A ti no?

– No.

– Me lo imaginaba, ¿sabes? -murmuró Hoyos.

Por el tono de su voz, Gloria adivinó que sonreía.

– Hay una cosa que me atormenta -dijo-. Me has preguntado varias veces qué dijo Ghédalia sobre la enfermedad de…

– Sí. ¿Y?

– Bueno, pues es una angina de pecho. Puede morirse en cualquier momento.

– ¿Lo sabe?

– No. Me… me las arreglé para que Ghédalia no se lo dijera. El doctor quería obligarle a retirarse de los negocios, pero ¿de qué habríamos vivido? No ha apartado nada para mí, nada, ni un céntimo. De todos modos, no esperaba que tuviera que irse tan pronto. Y esta noche tenía la muerte en la cara. Así que ahora no sé qué hacer, la verdad…

Hoyos chasqueó ligeramente los dedos con expresión de fastidio.

– ¿Por qué lo hiciste?

– Pues porque creí que era lo mejor -replicó Gloria de mal talante-. Como siempre, he pensado en ti… ¿Qué sería de ti el día que David dejara de ganar dinero? Porque el mío ya sabes dónde va a parar, ¿no?

– ¡Oh! -dijo Hoyos riendo-. No me gustaría vivir hasta el día en que ya no les cueste dinero a las mujeres. Viejo mantenido es un título indecente, pero me encanta.

Gloria meneó la cabeza con impaciencia.

– ¡Oh! ¡Basta! ¿Es que no ves que tengo los nervios de punta? Bueno, ¿qué hago? Si le digo la verdad, David lo dejará todo… ¿Que no? No lo conoces. En estos momentos no piensa más que en su salud. Está obsesionado con la idea de la muerte. ¿No lo has visto por las mañanas, tomando el sol en el jardín, con su viejo abrigo? ¡Ay, Señor, espero no tener que verlo así durante muchos años! ¡Prefiero que se muera ahora mismo! Además… ¡No, nadie lo lamentaría, te lo aseguro!

Hoyos se agachó, cogió una flor, la estrujó entre los dedos y aspiró el perfume de su mano.

– Qué bien huele -murmuró-. Delicioso… Un olor delicado, penetrante. Es uno de esos clavelillos blancos tan bonitos que bordean los parterres… Eres injusta con tu marido, querida. Es una buena persona.

– ¡Una buena persona! -rezongó Gloria-. ¿Sabes cuántas quiebras, cuántos suicidios, cuántas desgracias ha provocado? Marcus, su socio, su amigo durante veintiséis años, se mató por su culpa. Eso no lo sabías, ¿verdad?

– No -dijo Hoyos con indiferencia.

– Bueno -repitió Gloria-. ¿Qué hago?

– Sólo se puede hacer una cosa, mi pobre amiga… Prepararlo con delicadeza, en la medida de lo posible, hacerle comprender… Porque no renunciará al asunto que tiene entre manos, de eso estoy seguro. Fischl me lo ha explicado por encima. Aunque ya sabes que yo de eso no entiendo mucho. Por lo que he podido comprender, en este momento los negocios de tu marido son un desastre. Para salir a flote, cuenta con una negociación con los sóviets. Algo relacionado con el petróleo, creo… En cualquier caso, una cosa es cierta: si se muriera de repente, en la situación en que está su fortuna, te encontrarías ante una sucesión sumamente embarullada, con deudas pero sin dinero…

– Eso es verdad -murmuró Gloria-. Sus negocios son un caos en el que ni él mismo se aclara, me parece…

– ¿Y nadie está al corriente?

– ¡Claro que no! -contestó Gloria encogiéndose de hombro. Que yo sepa, desconfía de todo el mundo, sobre todo de mí… ¡Sus negocios! ¡Me los oculta como si fueran amantes!

– Bueno, ya lo ves. Si sabe, si adivina que su vida corre peligro, tomará medidas, estoy seguro. Además, eso le servirá de acicate, en cierto modo. -Rió por lo bajo-. Será su último negocio, su última oportunidad… Piénsalo… Sí, hay que hacérselo entender. -Instintivamente, ambos se volvieron hacia la casa. En el primer piso, la ventana de Golder estaba iluminada-. Está despierto.

– No, no puedo hablar con él -murmuró Gloria-. Nunca me ha comprendido, nunca me ha querido… El dinero, el dinero, siempre el dinero… Como una especie de máquina sin corazón, sin deseos, nada… Me he acostado, he dormido con él durante años… Siempre ha sido como ahora, duro, frío… El dinero, los negocios… Nunca una sonrisa, una caricia… Gritos, escenas… ¡No, no he sido feliz!

Se interrumpió. Al hacer un movimiento, el globo eléctrico suspendido sobre el paseo hizo destellar los diamantes de sus pendientes. Hoyos sonrió.

– Qué noche más hermosa… -dijo con voz soñadora-. Qué bien huelen las flores. Qué delicia. Usas un perfume demasiado fuerte, Gloria, te lo he dicho muchas veces. Un perfume intolerante. Mata el de esas pobres rosas de otoño. Qué silencio… Extraordinario. ¿Oyes el rumor del mar? Qué noche más tranquila… Escucha, en la carretera, esas voces de mujeres que cantan… Delicioso, ¿verdad? Esas voces tan hermosas, tan puras, de noche… Me encanta esta tierra. Realmente, me entristecería que esta casa se vendiera.

– ¿Estás loco? -gruñó Gloria-. No sabes lo que dices…

– Dios no lo quiera, pero podría ocurrir… No está a tu nombre, ¿verdad? -Ella no respondió-. Con la de veces que lo has intentado, ¿eh? Pero siempre te salía con lo mismo, con su cantinela: «Yo sigo estando aquí.» ¿No?

– Habría que hablar con él esta misma noche.

– Sí, en efecto. Sería lo mejor.

– Ahora mismo.

– Sería lo mejor -repitió Hoyos.

Gloria se levantó lentamente.

– ¡Oh, qué harta estoy de todo esto! ¿Te quedas aquí?

– Sí, se está tan bien…

Cuando Gloria entró en la habitación de Golder, lo encontró trabajando. Estaba sentado en la cama, recostado en los almohadones, arrugados y amontonados contra el cabecero, con la camisa abierta sobre el pecho y las largas y anchas mangas desabotonadas, sueltas en torno a los brazos desnudos. Había colocado la lámpara en la cama, encima de una bandeja en la que aún había una taza de té medio llena y un plato con peladuras de naranja. El haz caía de plano sobre su cabeza inclinada e iluminaba crudamente su cabello cano.

En el momento en que Gloria abrió la puerta, Golder se volvió de golpe, la miró y agachó aún más la cabeza.

– ¿Qué? -gruñó-. ¿Qué pasa ahora?

– Tengo que hablar contigo -respondió ella con sequedad.

Golder se quitó las gafas y, lentamente, se secó los hinchados ojos con la punta del pañuelo. Gloria se sentó en la cama, a su lado, con el torso rígido, y empezó a manosear las perlas.

– Escucha, David… Es indispensable que hablemos. Mañana te vas. Estás enfermo, cansado. ¿Te has parado a pensar que si te pasa algo me quedo sola en el mundo? -Golder la escuchaba con sombría frialdad, sin moverse, casi sin respirar-. David…

– ¿Qué quieres de mí? -le preguntó al fin con aquella expresión dura, suspicaz, obstinada, que sólo ella conocía-. Déjame en paz, tengo que trabajar.

– Lo que he de decirte es tan importante para mí como tu trabajo. No te librarás de mí tan fácilmente, te lo advierto. -Gloria apretó los labios con fría irascibilidad-. ¿Por qué te vas tan de repente?

– Por mis negocios.

– ¡Sí, ya supongo que no vas a reunirte con una amante! -exclamó Gloria encogiéndose de hombros-. Mira, David, no me saques de mis casillas, ¿eh? ¿Adónde vas? Los negocios marchan muy mal, ¿verdad?

– No, no… -dijo él en voz baja.

– ¡David! -gritó ella perdiendo los estribos-. Soy tu mujer, me parece… -Trató de calmarse-. ¡Tengo derecho a interesarme por unos asuntos que me afectan tanto como a ti!

– Hasta ahora decías: «Quiero dinero, arréglatelas.» -respondió él con parsimonia-. Siempre me las he arreglado. Y seguiré así hasta que me muera…

– Sí, sí… -lo atajó Gloria con irritación y tono de sorda amenaza-. Lo sé perfectamente. Siempre la misma cantinela… ¡Tu trabajo, tu trabajo…! Pero ¿qué sacaré yo de todo eso si te pasa algo? Porque, claro, te las has arreglado tan bien que, el día que te mueras y todos tus acreedores se me echen encima, no tendré nada, ¡ni un céntimo!

– ¡Cuando me muera, cuando me muera…! Todavía no estoy muerto, ¿no? ¿No? -gritó Golder de pronto con un estremecimiento-. Cállate, ¿me oyes? ¡Cállate!

– Sí, sí… -rezongó Gloria-. Tú, como el avestruz, que esconde la cabeza debajo del ala. ¡No quieres saber nada, no quieres ver nada! ¡Pues entérate de una vez! Tienes una angina de pecho, querido. Puedes morirte mañana mismo. ¿Por qué me miras así? Desde luego… ¡No he visto cobarde más grande en mi vida! ¿Un hombre? ¿Y tú te consideras un hombre? ¡Ahí lo tienes! No… si aún se desmayará… Vamos, no pongas esa cara -añadió encogiéndose de hombros-. Según el médico, puede que aún vivas veinte años. Pero ¿qué esperabas? Estas cosas hay que saber afrontarlas. Para empezar, todos tenemos que morir… Y acuérdate de Nicolás Lévy, Porjés y tantos otros que manejaban el dinero a espuertas, pero ¿qué les dejaron a sus viudas? Un descubierto en el banco, eso les dejaron. Bueno, pues yo no quiero que me pase lo mismo, ¿entiendes? Así que arréglatelas. En primer lugar, pon esta casa a mi nombre. ¡Si hubieras sido un buen marido, hace tiempo que me habrías asegurado una fortuna decente! No tengo nada… -Gloria soltó un grito.

De un puñetazo, Golder había hecho volar por los aires la bandeja y la lámpara, que aterrizaron en el parquet con un estrépito de metal y cristales rotos en el silencio de la casa dormida.

– ¡Bruto, más que bruto! -chilló ella-. ¡Animal! ¡No has cambiado! ¡Qué va! ¡Sigues siendo el mismo! El pobretón judío que vendía trapos y chatarra en Nueva York, con su saco a la espalda. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?

– ¿Y tú? ¿Te acuerdas de Kichinief y la tienda de tu padre, el usurero, en el barrio judío? Entonces no te llamabas Gloria. ¿Cómo te llamabas en esa época, eh? ¿Eh? ¡Havké! ¡Havké!

Golder gritaba el nombre en yiddish como un insulto, agitando el puño. Ella lo cogió de los hombros y ahogó sus gritos hundiéndole la cabeza entre sus pechos.

– ¡Cállate, cállate! ¡Cállate! ¡Bruto! ¡Patán! Los criados están aquí al lado, lo van a oír todo… ¡No te lo perdonaré jamás! ¡Cállate o te mato! ¡Cállate!

Pero, de pronto, lo soltó con un gemido: la vieja boca de Golder había mordido brutalmente la carne entre las perlas.

– ¿Cómo te atreves? -aulló él con los ojos inyectados de sangre, como un perro rabioso-. ¿Cómo te atreves a exigir? ¿Que no tienes nada? ¿Y esto? ¿Y esto? ¿Y esto? -Golder sacudía con rabia el grueso collar, retorciéndolo entre los dedos mientras Gloria le hincaba las uñas en las manos, pero él no soltaba su presa-. ¡Esto, guapa, vale un millón! -farfulló medio ahogándose-. ¿Y las esmeraldas? ¿Los collares? ¿Las pulseras? ¿Los anillos? Todo lo que llevas, todo lo que te cubre de la cabeza a los pies. ¿Y dices, te atreves a decir, que no te he dado una fortuna? ¡Pues mírate bien, recubierta de joyas, podrida del dinero que me has sacado, que me has robado! ¡Tú, Havké! Cuando te conocí no eras más que una pelandusca, una muerta de hambre… ¡Acuérdate, acuérdate! ¡Corrías por la nieve con los zapatos agujereados, los dedos de los pies asomando por los rotos de los calcetines y las manos llenas de sabañones! ¡Sí, guapa, yo sí me acuerdo! Y del barco en que vinimos, y de la cubierta de los emigrantes… Y ahora, ¡Gloria Golder! ¡Con vestidos, joyas, casas y coches que he pagado yo, yo, con mi salud, con mi vida! Todo me lo has quitado, me lo has robado… Cuando compré esta casa, ¿crees que no sé que os repartisteis doscientos mil francos de comisión entre Hoyos y tú? Paga, paga, paga… De la mañana a la noche, paga, paga, paga… toda la vida. Pero ¿qué te creías, que no veía nada, que no me enteraba de nada, que no me daba cuenta de cómo te enriquecías, de cómo engordabas a mi costa, y a costa de Joy? Amasando diamantes, títulos… Hace años que eres más rica que yo, años, ¿te enteras? -Los gritos le desgarraban el pecho; se llevó las manos al cuello y empezó a toser; una tos horrible que lo sacudió de pies a cabeza, como un vendaval. Por un momento, Gloria creyó que se moría. Pero Golder aún tuvo fuerzas para espetarle, con un jadeo ronco, un jadeo de torturado que surgía del fondo de su pecho desgarrado-: ¿La casa? ¡No será tuya! ¿Me oyes? Jamás…

Y se desplomó sobre la cama, donde se quedó inmóvil y mudo, con los ojos cerrados. Se había olvidado de Gloria y sólo prestaba atención a su respiración, a aquella tos gemebunda que no se calmaba, que pasaba por su garganta como una ola, y al corazón, su viejo corazón enfermo, que aporreaba las paredes del pecho con sorda violencia.

Estuvo así largo rato. Luego, poco a poco, el ataque remitió. La tos fue debilitándose y espaciándose. Volvió la cabeza hacia su mujer y murmuró trabajosamente, con una voz baja, ahogada, extenuada:

– Confórmate con lo que tienes… Porque te juro que no me sacarás nada más. Nada.

– No hables -dijo ella impulsivamente-. Da pena oírte.

– Déjame -gruñó Golder rechazando la mano que le tendía; no soportaba el contacto de sus dedos, de sus anillos fríos-. Deja. Quiero que lo sepas de una vez para siempre. Mientras viva, de acuerdo, eres mi mujer, te he dado todo lo que he podido… Pero cuando muera no recibirás nada. ¿Me oyes? Nada, querida, aparte de lo que ya has amasado… Y aún es demasiado. Lo he arreglado para que Joyce se quede con todo. Para ti ni un céntimo. Ni el último céntimo. Nada. Nada. Nada. ¿Me oyes? ¿Me oyes bien?

Vio palidecer las mejillas de Gloria bajo el maquillaje ajado.

– Pero ¿qué dices? -replicó ella con voz sorda-. ¿Te has vuelto loco, David?

Él se enjugó el sudor que le resbalaba por la cara y la miró con expresión sombría.

– Quiero, deseo que Joyce sea libre y rica. En cuanto a ti… -Apretó las mandíbulas-. Ni esto, ¿me oyes? Ni esto.

– ¿Por qué? -preguntó ella sin pensar, con una especie de ingenuidad.

– ¿Por qué? -repitió Golder con parsimonia-. Vaya… ¿De verdad quieres saber por qué? Pues porque creo que ya he hecho bastante por ti… que ya te he enriquecido suficientemente, a ti y a tus amantes.

– ¿Qué?

Golder rió.

– ¿Ah, te sorprende? Pero seguro que ahora lo entiendes un poco mejor, ¿a que sí? Sí, tus amantes… Todos… Porjés, Lewis Wichmann y los demás… Y Hoyos, sobre todo Hoyos. ¡Ah, ése! Llevo veinte años viéndolo con sus anillos, con sus trajes, hasta con mujeres pagadas con mi dinero. Bueno, pues se acabó, ¿entendido? -Al ver que Gloria no respondía, repitió-: ¿Entendido? ¡Ah, si vieras la cara que pones…! Ni siquiera intentas mentir.

– ¿Por qué? -dijo Gloria con una especie de siseo que brotó con dificultad entre sus labios apretados-. ¿Por qué? Yo no te he engañado… Porque se engaña a un marido, a un hombre que se acuesta contigo, que te da placer… Pero tú… hace años que eres un viejo enfermo, un pingajo. Olvidas que… ¿No has contado los años? Hace más de dieciocho que no te me acercas. ¿Y antes? -Soltó una carcajada-. ¿Y antes? Ya no te acuerdas, David.

De pronto, el viejo rostro de Golder enrojeció; una oleada de sangre lo arreboló hasta la raíz del pelo e hizo que los ojos se le humedecieran. Aquella risa… No la oía desde hacía años… desde las noches en que la aplastaba en vano bajo sus labios.

– Tú tienes la culpa -murmuró, como entonces-. Nunca me has querido.

Ella rió con más fuerza.

– ¿Quererte? ¿A ti? ¿A David Golder? Pero ¿quién te quiere a ti? ¿Acaso piensas dejarle todo el dinero a tu Joyce porque imaginas que te quiere? Pues ella lo único que quiere es también tu dinero, ¡viejo imbécil! ¿Se ha ido, eh? Tu Joyce te ha dejado solo, viejo, enfermo… ¡Tu Joyce! Pero si cuando estabas enfermo, muriéndote, aquella noche, ¿recuerdas?, ella se fue a bailar. Yo al menos me quedé, por pudor, pero ¿ella? ¡Ella bailará el día de tu entierro, imbécil! ¡Ah, sí, ella te quiere, ella!

– ¡Me da igual! -trató de gritar Golder, pero su torturada voz ya no era más que un jadeo ronco, estrangulado-. Me da igual, no hace falta que me lo digas, ya lo sé, ya lo sé. Ganar dinero para los demás y después reventar, para eso he venido a este sucio mundo… Joy es una fulana como tú, lo sé, pero ella no puede hacerme daño, ella… es una parte de mí, es mi hija, todo lo que tengo en este mundo.

– ¡Tu hija…! -Gloria se había dejado caer en la cama y se retorcía, agitada por una estentórea risa de loca-. ¿Tu hija? ¿Estás seguro? Eso no lo sabes, ¿eh?, tú, que sabes tanto… Pues no es tuya, ¿me oyes? Tu hija no es tuya. Es de Hoyos, ¡imbécil! Pero ¿no has visto cómo se le parece, cómo lo quiere? Porque te aseguro que ella lo adivinó hace mucho tiempo… ¡Nunca te has dado cuenta de cómo nos reímos cuando besas a tu Joyce, a tu hija! -Se interrumpió. Golder no se movía, no respondía. Se inclinó sobre él. Entonces su marido se llevó las manos a la cara-. David… no es verdad. Oye…

Pero no la escuchaba. Se apretaba las manos contra la cara con una especie de vergüenza y no decía nada. No la oyó levantarse, detenerse un instante en el umbral, no la vio mirarlo…

Por fin, lo dejó solo.

Poco después, Golder se levantó y se arrastró penosamente hasta el cuarto de baño. Tenía sed. Buscó la jarra de agua hervida preparada para la noche, pero no la encontró. Abrió los grifos de la bañera y se mojó las manos y la cara. Se irguió poco a poco. Le temblaban las rodillas como a un caballo viejo que se ha caído medio muerto e intenta levantarse para escapar de la fusta.

La brisa de la noche, más fresca, penetraba por la ventana, a la que se acercó maquinalmente y miró fuera sin ver, adelantando la cabeza como un ciego. Luego sintió frío y volvió al interior de la habitación.

Pisó los cristales rotos, soltó una blasfemia, observó con indiferencia la sangre que manaba de sus pies descalzos y volvió a acostarse. Estaba tiritando. Se ciñó las mantas, se tapó hasta el cuello y hundió la frente en la almohada. Estaba exhausto. «Voy a dormir, a olvidar. Mañana pensaré… mañana.» ¿Mañana? ¿Y qué podía hacer? No había nada que hacer. Nada. Hoyos, ese sucio macarra. Y Joyce…

– ¡Es cierto que se le parece! -exclamó de pronto con desesperación.

Pero se calló de inmediato y apretó los puños. «Cómo lo quiere. ¿Nunca te has fijado? -había dicho Gloria-. Hace mucho que lo adivinó.»

Joyce lo sabía, se burlaba de él, le hacía arrumacos para sacarle dinero. Golfa, golfa…

– No me merecía esto… -murmuró con esfuerzo y la boca seca.

Cuánto la había querido, qué orgulloso estaba de ella, cómo se habían reído todos de él… Una hija, suya… ¡Pobre imbécil! ¿Cómo había podido creer que tenía algo en este mundo? Su destino: trabajar toda la vida para al final quedarse solo, desnudo, con las manos vacías… ¡Una hija! Pero si a los cuarenta ya era un viejo y estaba frío como un muerto… La culpa era de Gloria, que siempre lo había odiado, despreciado, rechazado. Aquella risa… Porque era feo, torpe, tosco… Y al principio, cuando eran pobres, ¡cuánto miedo tenía a quedarse embarazada! «David, estate atento, David, ten cuidado, como me dejes preñada me mato.» ¡Valientes noches de amor! Y después… Sí, ahora sí se acordaba, se acordaba perfectamente. Hacía diecinueve años. Hizo recuento. Fue en 1907. Diecinueve años. Ella estaba en Europa y él, en América. Unos meses antes, por primera vez, había ganado dinero, mucho dinero, en un negocio relacionado con la construcción. Pero había vuelto a quedarse sin nada. Ella estaba sola en algún lugar de Italia. De vez en cuando, un breve telegrama: «Necesito dinero.» Siempre lo conseguía para ella. ¿Cómo? ¡Ah! Un marido judío debe apañárselas…

Unos financieros americanos habían fundado una compañía para construir una línea ferroviaria en el Oeste, una región terrible, de llanuras, pantanos… A los dieciocho meses, el dinero se había evaporado y todos se habían ido marchando uno a uno. Entonces, él tomó las riendas del negocio. Encontró capital, fue allí y se quedó… Cuando ponía sus fuertes y pesadas manos en un asunto, no lo soltaba así como así.

Vivía en una cabaña de tablas podridas, como los obreros. Era la época de las lluvias. El agua chorreaba por las paredes y goteaba del techo, y cuando caía la noche los enormes mosquitos de los pantanos zumbaban sin pausa. Todos los días moría alguien a causa de las fiebres. Para no interrumpir el trabajo, los enterraban por la noche. Los ataúdes esperaban todo el día bajo lonas mojadas, relucientes, que crepitaban bajo la lluvia y el viento.

Y allí se presentó Gloria un buen día, con sus pieles, sus uñas pintadas y sus tacones de aguja, que se hundían en el barro.

Aún recordaba su llegada, cómo entró en su cabaña, cuánto le costó abrir aquel ventanuco de cristales mugrientos. Fuera croaban las ranas. Era un atardecer de otoño, con un cielo rojo oscuro, casi negro, que se reflejaba en los pantanos. Bonito espectáculo. Un poblado miserable. Olor a madera húmeda, a barro, a agua sucia… «Estás loca. ¿A quién se le ocurre? -le repetía él-. Vas a coger las fiebres… Lo que me faltaba, cargar con una mujer.» «Me aburría, quería verte, somos marido y mujer, vivimos como extraños, cada uno en un extremo del mundo.» Después: «¿Dónde vas a dormir?» No había más que una cama de campaña, estrecha y dura. Ella había bajado la voz y había dicho: «Contigo, David.» Sabe Dios que aquella noche no quería nada de ella. Estaba embrutecido por el cansancio, el trabajo, la falta de sueño, la fiebre… Aspiraba casi con miedo su perfume, cuyo aroma ya había olvidado. «Estás loca, estás loca», le repetía mientras ella pegaba a él su cuerpo ardiente y murmuraba con odio entre los dientes apretados: «Pero ¿es que no sientes nada? ¿Ya no eres un hombre? ¿No te da vergüenza?» ¿No sospechó nada, entonces? Golder ya no se acordaba. A veces cierras los ojos, vuelves la cabeza, te niegas a ver… ¿Para qué, si no se puede hacer nada? Y después se olvida. Aquella noche, Gloria se apartó de él con aquel gesto cansado, satisfecho, de animal ahíto… Se durmió atravesada en la cama, con los brazos en cruz, respirando con fuerza, como si tuviera una pesadilla. Él se levantó y trabajó, como todas las noches. El quinqué vacilaba y humeaba, fuera llovía, las ranas croaban bajo la ventana.

Unos días después, ella se marchó. Ese año nació Joyce. Claro.

«Joy… Joy…» Golder repetía su nombre estúpidamente, con un sollozo ronco y seco, como el grito de un animal. A ella la había querido. Su pequeña, su niña… Se lo había dado todo. Pero ella no lo quería, se restregaba contra él como las fulanas que abrazan y besuquean al viejo que las mantiene… Ella sabía que no era su padre. El dinero, sólo el dinero. ¿Se habría marchado como lo había hecho, si no? Y cuando la besaba y ella apartaba la cara… «¡Oh, dad, me vas a quitar los polvos!» Se avergonzaba de él, un hombre torpe y vulgar, carente de modales… Una humillación insufrible estrujaba el corazón de Golder. Una gruesa y ardiente lágrima rebosó lentamente de sus ojos hinchados y resbaló por su mejilla. La borró con un puño tembloroso. Llorar por esa… por esa golfa, ¡él, David Golder! «Se ha ido, te ha dejado solo, enfermo…» Pero, al menos, esta vez no le había sacado ni un céntimo. Con una satisfacción aguda, salvaje, recordó que Joyce se había ido con las manos vacías. «Tenía que haberla abofeteado, amigo mío», le había dicho Hoyos. ¿Para qué? La mejor venganza era aquélla. Habían olvidado que el dinero era suyo y que mañana, si quería, se morirían de hambre, todos… Decía «todos», pero sólo pensaba en Joyce. No tendría nada, ni un céntimo, ¡ni esto!, se dijo haciendo chasquear una uña con rabia entre los dientes. ¡Ah, habían olvidado quién era él! Un pobre hombre enfermo, moribundo, engañado, ridículo, ¡pero también David Golder! En Londres, en París, en Nueva York, cuando se nombraba a David Golder, la gente pensaba en un viejo y duro judío que había sido odiado y temido toda su vida, que había aplastado a todos los que se habían cruzado en su camino. «Canallas, más que canallas… Ya les enseñaré yo antes de morir… si, como dice ella, hay que morir.» Sus temblorosas manos tropezaban en los pliegues de la colcha. Miró con una especie de piedad desesperada sus gruesos dedos, agitados por la fiebre. «¿Qué han hecho conmigo?» Cerró los ojos y pensó con odio: «Gloria.» Sus perlas, resbaladizas y frías como un amasijo de serpientes enredadas… Y la otra, la pequeña ramera… «Pero ¿qué son sin mí? Nada, sólo basura.»

– He trabajado… he matado -dijo con una voz extraña, y se interrumpió, retorciéndose lentamente las manos-. Sí, maté a Marcus, lo sé… ¡Vamos, lo sabes muy bien! -se dijo con voz lúgubre-. Y ahora… ahora se imaginan que voy a seguir, que voy a trabajar como un animal hasta que reviente, ¡por Dios! -Soltó una risa seca como una tos ahogada-. La vieja loca… y la otra, la… -Apretó los dientes y masculló una maldición en yiddish-. No, guapa, se acabó, se acabó para siempre, ¿te enteras?

Había amanecido. Golder oyó un ruido al otro lado de la puerta.

– ¿Quién es? -preguntó con aire ausente.

– Un telegrama, señor.

– Pase.

El criado se detuvo, sorprendido.

– ¿El señor está enfermo?

Golder no respondió. Cogió el telegrama y lo leyó: «Necesito dinero. Joyce.»

– Si el señor quiere responder-murmuró el criado, que lo miraba con curiosidad-, el telegrafista sigue abajo…

– ¿Cómo? -dijo Golder lentamente-. No… no hay respuesta…

Volvió a tumbarse, cerró los ojos y se quedó inmóvil. Así lo encontró Loewe, horas después. No se había movido. Resollaba con una expresión de doloroso esfuerzo, con la cabeza echada atrás y los labios abiertos, temblorosos, descoloridos por la fiebre y la sed.

Se negó a levantarse, a contestar; no dijo una palabra, una orden. Parecía medio muerto, fuera del mundo. Loewe le puso en la mano cartas con peticiones de créditos, de aplazamientos, de ayuda, pero sus dedos inertes se derrumbaban sin firmar una y otra vez sobre la cama.

Loewe se marchó esa misma noche, aterrado. Tres días después, el desastre financiero de David Golder se consumaba en la Bolsa, arrastrando consigo otras fortunas, como una riada indiferente.

Esa noche, Joyce y Alec dormían cerca de Ascain. Hacía diez días que habían salido de Madrid y ahora vagaban por los Pirineos, incapaces ambos de arrancarse de los brazos del otro.

Casi siempre conducía ella, mientras Alec y Jill dormitaban medio aturdidos por el sol. Al caer la noche, paraban a cenar en el jardín de algún hostal lleno de enamorados, de acordeones, de racimos de glicinas… Los farolillos de papel aceitado titilaban entre las ramas, y a veces empezaban a arder con vivas llamas doradas que lamían las hojas y llenaban el aire de cenizas negras. Acodados a una mesa coja, atendidos por una chica con el moño sujeto con un pañuelo oscuro, los dos adolescentes bebían vino y se acariciaban. Luego subían a pasar la noche en habitaciones austeras y frescas, hacían el amor, dormían y volvían a marcharse al día siguiente.

Esa tarde, iban camino de Ascain por una carretera de montaña. El poniente pintaba las casas del pueblecito de un rosa suave, como de peladilla.

– Mañana -dijo Alec-, la vuelta. Lady Rovenna…

– ¡Oh! -gruñó Joy-. ¡Qué mujer más horrible, más fea, más mala…!

– De algo hay que vivir. Cuando estemos casados, sólo me acostaré con chicas guapas -repuso él riendo, y posó la mano en la delicada nuca de ella-. Joy… sabes que sólo te deseo a ti. Sólo a ti…

– Sí, ya lo sé -dijo ella con despreocupación, adelantando sus hermosos labios pintados en un mohín triunfal-. Claro que lo sé.

La oscuridad iba extendiéndose a su alrededor. En el paisaje de los Pirineos, las tranquilas nubecillas de la tarde empezaban a descender hacia el fondo de los valles, donde pasarían la noche. Joyce detuvo el coche ante la puerta del hostal. La dueña salió a abrirles la portezuela.

– ¿Una habitación con cama grande, señora, señor? -les preguntó sonriendo.

Les dio una habitación espaciosa con suelo de madera clara y una cama enorme, alta y maciza. Joyce corrió a echarse cuan larga era sobre la colcha floreada.

– Alec… ¡ven!

Él se inclinó sobre ella.

Un poco más tarde, Joy gimió:

– Mosquitos… mira…

Daban vueltas a ras del techo alrededor de la lámpara encendida. Alec se apresuró a apagarla. La noche había caído repentina y solapadamente mientras se amaban. Bajo las ventanas, en el pequeño jardín lleno de girasoles, se oyó correr el agua de una fuente.

– ¿Y el vino blanco que iban a enfriar? -dijo Alec con los ojos brillantes-. Tengo hambre y sed.

– ¿Qué habrá para cenar?

– He pedido cangrejos y vino; pero, aparte de eso, tendremos que conformarnos con el menú, preciosa. ¿Sabes que nos quedan quinientos francos? Nos hemos gastado cincuenta mil en diez días. Si tu padre no te manda nada…

– Cuando pienso que dejó que me marchara sin un céntimo… -refunfuñó Joy con rencor-. Nunca se lo perdonaré. Si no hubiera sido por el viejo Fischl…

– Pero, a cambio de esos cincuenta mil, ¿qué te pidió exactamente el viejo Fischl? -preguntó Alec con malicia.

– ¡Nada! -exclamó ella-. ¡Te lo juro! ¡Sólo de pensar que podría tocarme con sus asquerosas manos me dan ganas de vomitar! ¡Eres tú, canalla, tú, quien se acuesta con viejas como lady Rovenna por dinero!

Joy le atrapó el labio con los dientes y se lo mordió con fuerza, como si fuera una fruta.

Alec soltó un grito.

– ¡Ah! Me has hecho sangre, mal bicho…

Ella rió en la oscuridad.

– Anda, vamos…

Salieron al jardín, con Jill pisándoles los talones. Estaban solos; el hostal parecía desierto. En el cielo todavía claro, una luna enorme y amarilla asomaba entre los árboles. Joy levantó la tapa de la humeante sopera y aspiró el aroma con un gruñido de placer.

– ¡Oh, qué bien huele! Dame tu plato… -Le sirvió de pie; estaba tan rara, maquillada, con los brazos desnudos y el collar de perlas echado hacia atrás, que Alec empezó a reírse-. ¿Qué pasa?

– ¡No, nada! Me hace gracia… No pareces una mujer.

– Una joven -lo corrigió ella con una mueca.

– No consigo imaginarte de pequeña… ¿No viniste al mundo cantando y bailando, con los ojos pintados y los anillos puestos? ¿Seguro? ¿Sabes cortar el pan? Porque quiero un trozo.

– No, ¿y tú?

– Yo tampoco.

Llamaron a la chica, que cortó en rebanadas la dorada hogaza apoyándosela contra el pecho. Con la cabeza echada atrás, Joy la miraba distraídamente, estirando con indolencia los brazos desnudos.

– De pequeña era preciosa. No paraban de acariciarme y besuquearme…

– ¿Sí? ¿Quiénes?

– Los hombres. Sobre todo los viejos, claro.

La chica se llevó los platos vacíos y volvió con una cazuela de barro llena de cangrejos que nadaban en un caldo picante, aromático, borbollante. Los devoraron con un apetito prodigioso. Joyce aún les ponía más pimienta y luego sacaba una lengua que echaba fuego. Alec servía el vino fresco, que empañaba los vasos.

– Tomaremos el champán en la habitación, como todas las noches -murmuró Joy medio achispada, y partió un enorme cangrejo con los dientes-. ¿Sabes qué champán tienen? Quiero Cliquot muy seco -dijo levantando el vaso con ambas manos-. Mira… el vino es del mismo color que la luna de esta noche, tan dorada… Mira…

Bebieron a la vez y luego unieron los labios, húmedos y picantes, pero tan jóvenes que nada alteraba su dulce sabor de fruta.

Con el pollo salteado, aderezado con aceitunas y pimientos, vaciaron una botella de Chambertin escarlata, generoso y cálido, que perfumaba la boca. Luego, Alec pidió aguardiente y lo sirvió en grandes copas medio llenas de champán. Joyce bebía. A los postres empezó a desbarrar. Con Jill sobre las rodillas, miraba el cielo echando la cabeza atrás y se estiraba con fuerza los rubios mechones del corto pelo.

– Me gustaría pasar toda la noche aquí fuera… Me gustaría quedarme aquí para siempre… Me gustaría pasarme la vida haciendo el amor… ¿Y a ti?

– A mí me gustan tus tetitas -dijo Alec, y se calló. Cuando bebía, se volvía taciturno. Siguió añadiendo aguardiente al dorado champán, chorrito a chorrito.

Era una tranquila noche campestre. La luna derramaba su luz sobre las montañas. Las cigarras cantaban.

– Creen que es de día -murmuró Joy embelesada. El perrito se había dormido en sus brazos, y ella no se movía para no despertarlo-. Alec, ponme un cigarrillo en la boca y enciéndelo.

A tientas, él le deslizó el cigarrillo entre los labios y, de pronto, le cogió el cuello con fuerza y barbotó unas palabras ininteligibles.

Joy movió bruscamente las piernas y Jill se despertó sobresaltado. Saltó al suelo, fue a tumbarse en la hierba con las patas extendidas y se puso a husmear la tierra húmeda y fragante de septiembre.

– Ven, ven, Joy… -suplicó Alec en voz muy baja-. Ven a jugar al amor…

– Vamos, Jill -le dijo Joy al perro.

El animal levantó la cabeza, indeciso. Pero la pareja ya se había internado en la oscuridad y, con las jóvenes y embriagadas cabezas juntas, avanzaba hacia la casa con pasos lentos e inseguros. Jill se incorporó con un débil gañido que parecía un suspiro humano y los siguió, parándose a cada paso para olfatear el suelo.

En la habitación, como de costumbre, Jill se instaló frente a la cama y, como siempre, Joy murmuró:

– Jill, sinvergüenza, eso se paga.

La luna proyectaba grandes charcos plateados sobre el suelo. Joy se desnudó lentamente y luego se colocó ante la ventana, sin más prenda que las perlas, que brillaban en la fría claridad.

– ¿Soy hermosa, Alec? ¿Te gusto?

– La última noche… -murmuró él en el tono quejumbroso de un niño-. Se acabó el dinero, se acabó todo… Hay que volver, separarse… ¿Hasta cuándo?

– Es verdad, Dios mío…

Esa noche, por primera vez, no se lanzaron al amor con voracidad, para dormirse a continuación como animales jóvenes cansados de jugar. Con el corazón encogido, sobre la colcha de flores iluminada por la luna, se mecieron lenta, tiernamente, el uno en brazos del otro, sin hablar y casi sin experimentar deseo.

Luego sintieron frío; cerraron los postigos y corrieron la cortina azul y rosa de cretona. Era tarde y habían cortado la luz; una vela encendida en un ángulo de la mesa hacía bailar sus sombras en el techo. De muy lejos, les llegó un ruido sordo de pezuñas que golpeaban el suelo.

– Debe de haber una granja cerca -dijo Alec al ver que Joy levantaba la cabeza-. Son los animales, que sueñan…

Jill, dormido, se volvió del otro lado con un gran suspiro, tan profundo y lastimero que Joy murmuró entre risas:

– Así es como suspira daddy cuando pierde en la Bolsa… ¡Ay, Alec, que fríos tienes los pies!

En el techo blanco, sus sombras unidas formaban un dibujo extraño, como un ramo de flores y tallos revueltos. Joyce dejó que sus manos resbalaran lentamente por sus temblorosas y doloridas caderas.

– ¡Oh, Alec, cómo me gusta el amor!

Golder volvió solo a París. Una vez vendida la casa de Biarritz, Gloria y Joyce se marcharon de crucero en el yate de Behring, con Hoyos, Alec y los Mannering. Gloria no volvió hasta diciembre, pero lo primero que hizo fue presentarse en casa de su marido con un anticuario para proceder a la venta de los muebles.

Con una especie de lúgubre placer, Golder vio salir la mesa decorada con esfinges de bronce y la cama Luis XV con sus amorcillos, sus aljabas y su dosel en forma de cúpula. Hacía tiempo que dormía en el salón, en una pequeña cama plegable, estrecha y dura. Al atardecer, cuando se marchó el último camión de la mudanza, en el piso no quedaban más que algunas sillas de rejilla y una mesa de cocina blanca. El suelo estaba cubierto de serrín y papeles de periódico. Gloria volvió. El viejo Golder no se había movido. Estaba incorporado en el catre, con el cuerpo envuelto en una manta a cuadros, mirando con expresión de alivio las enormes ventanas, liberadas de las cortinas de damasco que impedían la entrada del aire y la luz.

Gloria entró haciendo crujir el desnudo parquet. Al parecer, el ruido la sorprendió, porque se detuvo con un estremecimiento y luego empezó a andar de puntillas con esfuerzo, balanceando el cuerpo sin querer; pero el dichoso crujido no cesó.

– David… -dijo sentándose bruscamente frente a él. Por un instante se miraron con dureza. Ella trataba de sonreír, pero no podía evitar que su dura y cuadrada mandíbula se adelantara con aquel movimiento de carnívoro que confería a su rostro, cuando no lo controlaba, una expresión bestial-. Bueno, ¿ya estás contento, satisfecho? -preguntó al fin, azotando nerviosamente el aire con los guantes.

– Sí -dijo Golder.

Gloria apretó los labios y, con una voz aguda como un silbido, murmuró:

– Loco… Viejo loco… Crees que me moriré de hambre sin ti y tu maldito dinero, ¿eh? Pues mírame… Me parece que no tengo un aspecto tan miserable, ¿no? ¿Ves esto? -exclamó agitando la muñeca, en la que tintineaba una pulsera nueva-. Esta no la has pagado tú, ¿eh? Entonces ¿qué? ¿Qué pretendías? El único que lo pasa mal eres tú, imbécil. Yo me las arreglo muy bien. Y todo lo que había aquí es mío, ¡mío! -recalcó acaloradamente, golpeando la silla-. Y si intentas impedir que lo venda, como quiera y cuando quiera, te las veras conmigo, ¡ladrón! Te mereces la cárcel… -añadió casi sin aliento-. Dejar sin recursos a tu mujer después de todos estos años de vida en común… Pero ¡responde, di algo! -gritó de pronto-. No creas que no lo sé… Confiésalo… Has hecho todo esto para dejarme sin dinero. Has arruinado a otros desgraciados y te has arruinado tú. Prefieres reventar entre cuatro paredes con tal de verme pobre a mí también… ¿Es eso? ¿Sí? ¿Es eso?

– ¿Eso? ¡Bah! -gruñó Golder, y cerró los ojos-. Si supieras lo poco que me importáis tú, tu dinero y todo lo tuyo… -murmuró-. Además, querida, el dinero no te durará mucho. Créeme, cuando no hay un marido para alimentar la caja, se esfuma rápido. -Hablaba sin ira, con una vocecilla baja y suave de viejo, subiéndose distraídamente el cuello del batín. El aire frío de la calle se colaba por los resquicios de las desguarnecidas ventanas-. Sí, volando… Has invertido en Bolsa, creo. Dicen que este año basta con tocar una acción para que suba. No durará mucho… Y Hoyos… -Golder soltó una risita inesperada, casi juvenil-. ¡Ah, qué vida la vuestra dentro de uno o dos años! Pobrecitos míos…

– ¿Y tú? ¿Y la tuya? Pero ¡si te has enterrado en vida!

– Porque me ha dado la gana -replicó él con una especie de altanera brusquedad-. Y yo en este mundo siempre he hecho lo que me ha dado la gana.

Gloria no respondió; poco a poco, desanudó los guantes.

– ¿Te quedarás aquí?

– No lo sé.

– Todavía tienes dinero, ¿eh? ¿Te las has compuesto?

Golder inclinó la cabeza.

– Sí -respondió, de nuevo con voz suave-. Pero no intentes sacarme nada, ¿eh? Perderías el tiempo. Me las arreglo muy bien. -Ella señaló con la barbilla el salón vacío y rió por lo bajo-. ¡Bah! Me alegro de haberme librado de todo eso… las esfinges, los laureles… Yo no necesito esas cosas -añadió con voz cansada, y cerró los ojos.

Gloria se levantó, cogió el bolso y el abrigo de piel de zorro, y fue a empolvarse con parsimonia ante el espejo de la chimenea.

– Creo que Joyce vendrá a verte pronto… -murmuró y, como él no respondía, añadió-: Necesita dinero. -En el espejo, vio que una extraña expresión recorría el viejo y duro rostro de su marido-. Todo esto es por ella, ¿no? -dijo deprisa y en voz baja, como sin querer. Con toda claridad, vio temblar las mejillas y las manos de Golder, agitadas por un súbito estremecimiento-. Ha sido sobre todo por ella, ¿verdad? ¿Por ella, que no te ha hecho nada? Es curioso… -Gloria soltó una risita forzada, seca y aguda-. Cómo la quieres… Cómo la quieres, Dios mío… Como un viejo enamorado. Es patético…

– ¡Basta! -rugió Golder.

Gloria reprimió un gesto de temor.

– Pero bueno, ¿es que vamos a empezar otra vez? -murmuró arqueando las cejas-. ¿Es que quieres que haga que te encierren? Porque al final…

– No dudo que serías capaz. Vete -masculló con una mezcla de cólera y cansancio. Lentamente, se secó el sudor que le resbalaba por la cara-. Vete, por favor -repitió tratando de calmarse.

– Entonces… ¿adiós?

Golder se levantó sin responder, entró en la habitación de al lado y cerró de un portazo que resonó en el piso vacío. Gloria pensó que en otros tiempos siempre acababan así sus peleas… Luego se dijo que seguramente no volvería a verlo. Aquella vida solitaria acabaría pronto con él. «Tantos años juntos para terminar así… ¿Y por qué? A su edad… Por cosas que pasan todos los días… El lo ha querido… Peor para él… Pero qué estupidez, Dios mío, qué estupidez…»

Salió de allí, cerró la puerta y bajó pesadamente las escaleras.

Golder estaba solo.

Golder siguió solo durante mucho tiempo. Al menos, su familia no lo molestó más.

El médico lo visitaba todas las mañanas. Cruzaba a toda prisa las tristes habitaciones vacías, entraba en el salón y auscultaba el viejo pecho de Golder, en el que persistían los roncos estertores de la noche. Pero el corazón mejoraba. La enfermedad se había aplacado. Y Golder también parecía sumido en una especie de letargo, de apática modorra. Se levantaba y se vestía jadeando, sin prisa, como para economizar al máximo las fuerzas, las fuentes de su vida. Después recorría dos veces todo el piso, calculando cada movimiento de sus músculos, contando cada latido de su corazón y sus arterias. Él mismo se dosificaba los alimentos gramo a gramo en la balanza de la recocina y vigilaba, reloj en mano, la cocción del huevo pasado por agua.

Ahora, en la amplia cocina, donde antaño se afanaban con holgura cinco criados, una vieja sirvienta que se ocupaba de todo le preparaba las comidas, mirándolo con ojos cansados y tristes, mientras él iba y venía con las manos a la espalda, vestido con un batín violeta comprado en Londres en su día, pero cuya seda, raída y agujereada, dejaba escapar blancos copos de lana.

Después arrastraba hasta la ventana del salón un sillón y un taburete, y se quedaba allí sentado todo el día, haciendo solitarios en una bandeja que se colocaba sobre las rodillas. Si lucía el sol, bajaba a la calle, iba hasta la farmacia de la calle de al lado, se pesaba y volvía poco a poco a casa, parándose cada cincuenta pasos para recuperar el aliento apoyado en el bastón, mientras con la mano izquierda sujetaba con cuidado ambas puntas de la bufanda, que llevaba enrollada dos veces alrededor del cuello y prendida a la pechera con un imperdible.

Más tarde, cuando el sol empezaba a declinar, Soifer, un viejo judío alemán, antiguo conocido de Silesia al que había perdido de vista y con quien se había reencontrado hacía unos meses, acudía a jugar con él a las cartas. Soifer, arruinado en su día por la inflación, se había resarcido de todas sus pérdidas especulando con el franco. No obstante, de aquello le había quedado una desconfianza permanente, que crecía de año en año, hacia un dinero que las revoluciones y las guerras podían transformar de la noche a la mañana en papeles sin valor. Poco a poco, fue convirtiendo su fortuna en joyas. En una caja de seguridad de Londres guardaba diamantes, perlas magníficas, esmeraldas tan hermosas que ni Gloria en sus mejores tiempos habría soñado poseer… Sin embargo, era de una tacañería rayana en la obsesión. Vivía de alquiler en un sórdido piso amueblado, en una tenebrosa calle del barrio de Passy. No se subía a un taxi aunque se lo pagaran. «No quiero acostumbrarme a lo que no puedo permitirme», solía decir. En invierno, esperaba el autobús bajo la lluvia las horas que hiciera falta y, si en segunda no quedaba sitio, seguía esperando hasta que lo hubiera. Toda la vida había andado de puntillas para no gastar suelas. Como se había quedado sin dientes, hacía años que no comía más que caldos y purés de legumbres, para ahorrarse la dentadura postiza.

Pese a su tez amarillenta, reseca y transparente como una hoja en otoño, tenía una expresión de nobleza patética, como la tienen a veces los ex presidiarios con muchos años de trabajos forzados. Su hermoso cabello cano le ceñía una corona plateada en torno a las sienes. Pero aquella boca vacía, salivosa, perdida entre las profundas arrugas del rostro, inspiraba una mezcla de repulsión y temor.

Todos los días, Golder le dejaba ganar una veintena de francos y lo escuchaba hablar de los negocios de los demás. Soifer tenía una especie de humor sombrío que se asemejaba bastante al suyo y les hacía pasar ratos entretenidos.

Años después, Soifer moriría solo, como un perro, sin amigos, sin una corona de flores sobre la tumba, enterrado en el cementerio más barato de París por una familia que lo odiaba y a la que había odiado, pero a la que sin embargo dejó una fortuna de más de treinta millones, cumpliendo de ese modo el incomprensible destino de todo buen judío sobre esta tierra.

De modo que, todos los días a las cinco, alrededor de una mesa de madera blanca, frente a la ventana del salón, Golder, enfundado en su batín violeta, y Soifer, con una toquilla de lana negra sobre los hombros, jugaban a las cartas. En el silencioso piso, los accesos de tos de Golder resonaban con un eco sordo y extraño. El viejo Soifer se lamentaba con voz irritada y quejumbrosa.

Ante ellos, en grandes vasos con pies de plata que Golder había hecho traer de Rusia en otros tiempos, el té humeaba. Soifer dejaba de jugar, ponía las cartas sobre la mesa ocultándolas instintivamente con el canto de la mano, daba un sorbo y preguntaba:

– ¿Sabe que el azúcar volverá a subir?

Y más tarde:

– ¿Sabe que el Banco Lalleman va a financiar a la Compañía Franco-Argelina de Minas?

Golder levantaba la cabeza con una mirada viva y ardiente como un ascua que brilla entre la ceniza y vuelve a apagarse.

– No parece mal negocio -murmuraba con voz cansada.

– El único negocio bueno es coger tu dinero, convertirlo en valores seguros, si es que alguno lo es, y luego sentarte encima y empollarlo como una gallina vieja… Le toca, Golder.

Y volvían a las cartas.

– ¿Lo sabe usted? -dijo Soifer nada más entrar-. ¿Sabe usted qué van a inventar ahora?

– ¿Quiénes?

Soifer mostró su puño amenazante a la ventana y a París entero.

– Anteayer, el impuesto sobre la renta -prosiguió con su voz aguda y quejumbrosa-. Mañana, el alquiler. Hace ocho días, cuarenta y tres francos de gas. Ahora va mi mujer y se compra un sombrero nuevo. ¡Sesenta y dos francos! Una especie de maceta puesta del revés… No me importa pagar por algo que merezca la pena, que dure… pero ¡eso! ¡No lo llevará ni dos temporadas! Y a su edad… Un traje de pino, ¡eso es lo que necesita! ¡Eso es lo que habría pagado de mil amores! ¡Sesenta y dos francos! En mi época, por ese precio, en mi tierra te comprabas una pelliza de piel de oso. ¡Ah, Dios mío, Dios mío! Si un día mi hijo dice que se casa, lo estrangulo con mis propias manos. Eso sería mejor para el pobre muchacho que pasarse la vida acoquinando, como usted y como yo. Y hoy, al parecer, si no voy a renovar el carnet de identidad, ¡me expulsan! ¿Adónde iba a ir un pobre hombre, viejo y enfermo como yo, dígame?

– A Alemania.

– ¡Sí, justo, a Alemania! -bufó Soifer-. ¡Mal rayo la parta! Ya sabe que en su día tuve problemas por un asunto de suministros de guerra… ¿Ah, no? ¿No lo sabía?… Bueno, tengo que irme, cierran a las cuatro. ¿Y sabe lo que cuesta ese gustazo? Trescientos francos, amigo Golder, trescientos francos y los gastos, sin contar la pérdida de tiempo y los veinte francos que me deja usted ganar, porque encima no podemos ni echar la partida… ¡Ay, Señor, Señor! ¿Quiere venir? Le servirá de distracción. Hace un día estupendo…

– ¿Es que quiere que también le pague el taxi? -repuso Golder con una risa brusca y ronca como un acceso de tos.

– Le aseguro que no esperaba más que un tranvía. Además, ya sabe que nunca subo a un taxi, para qué acostumbrarme… Pero hoy mis viejas piernas me pesan como el plomo. Y si a usted le apetece tirar el dinero por la ventana…

Salieron juntos, cada uno apoyado en su bastón. Golder caminaba en silencio mientras su compañero le hablaba de un asunto de azúcares que había terminado en quiebra fraudulenta. Al citar las cifras y los nombres de los accionistas implicados, Soifer se frotaba con deleite las temblorosas manos. Cuando salieron de la comisaría, a Golder le apetecía pasear. Aún era de día; los últimos rayos del rojo sol invernal iluminaban el Sena. Cruzaron el puente y subieron al azar por una calle detrás del ayuntamiento, y luego por otra que resultó la rue Vieille-du-Temple.

De pronto, Soifer se detuvo.

– ¿Sabe dónde estamos, Golder?

– No -respondió con indiferencia.

– Aquí al lado, amigo mío, en la rue Rosiers, hay un pequeño restaurante judío que es el único sitio de París donde saben hacer el lucio relleno como Dios manda. Venga a cenar conmigo.

– ¿Quiere que me coma un lucio relleno -gruñó Golder-, cuando llevo seis meses sin probar carne ni pescado?

– ¿Y quién le pide que pruebe nada? Usted venga y pague. ¿De acuerdo?

– Váyase al diablo.

No obstante, Golder siguió a Soifer, que subía penosamente la calle olisqueando el tufillo a moho, pescado y paja podrida de los tenebrosos figones. Al fin, se detuvo, se volvió y cogió a Golder del brazo.

– Qué asco de judería, ¿eh? -exclamó enternecido-. ¿Qué le recuerda?

– Nada bueno -dijo Golder alzando la cabeza con expresión sombría.

Contempló en silencio las casas y la ropa tendida en los balcones. Unos críos empezaron a corretear alrededor de sus piernas. Golder los alejó suavemente con la punta del bastón y suspiró. En las tiendas no vendían más que ropa usada o pescado, arenques dorados, barriles de salmuera… Soifer señaló un pequeño restaurante con un letrero en caracteres hebreos.

– Es ahí. Entonces, ¿qué? ¿Se anima, Golder? ¿No quiere invitarme a cenar y darle una alegría a un pobre viejo?

– ¡Bah, váyase al diablo! -repitió Golder, pero, aunque se sentía más cansado de lo habitual, siguió de nuevo a Soifer-. ¿Aquí o allí?

El pequeño establecimiento parecía bastante limpio. En las mesas había servilletas de papel de colores y en un rincón relucía un hervidor de cobre. No había un alma.

Soifer pidió un plato de lucio relleno y rábanos blancos. Cuando se lo sirvieron, lo alzó con cuidado a la altura de su nariz.

– ¡Qué bien huele!

– ¡Oh, por el amor de Dios! ¡Coma y déjeme en paz! -refunfuñó Golder.

Apartó la vista del plato y levantó una esquina del visillo de algodón a cuadros blancos y rojos. Fuera, dos hombres se habían parado a hablar apoyados en la ventana. No se entendía lo que decían, pero a Golder le bastó con observar sus gesticulantes manos para imaginárselo. Uno era un polaco tocado con un aparatoso gorro de piel con orejeras, raído y chamuscado, y una barba enorme, rizada y gris, que sus impacientes dedos peinaban, trenzaban, retorcían y alborotaban cien veces por segundo. El otro era un joven pelirrojo cuyo cabello crecía en todas direcciones, como llamas.

«¿Qué venderán? -se preguntó Golder-. ¿Heno? ¿Chatarra, como en mis tiempos?»

Entornó los ojos. Ahora que la noche empezaba a caer, que el estrépito de una carreta ahogaba con su traqueteo y sus chirridos el ruido de los coches de la rue Vieille-du-Temple y la penumbra disimulaba la altura de las casas, Golder tenía la sensación de haber regresado a su país en sueños, de estar contemplando rostros familiares pero deformados, distorsionados por el inconsciente…

«Hay sueños así, en los que se ve a gente que lleva muchos años muerta», pensó vagamente.

– ¿Qué mira? -le preguntó Soifer apartando el plato, en el que todavía quedaban trozos de pescado y patatas espachurradas-. ¡Ah, qué malo es hacerse viejo! Antes me habría comido tranquilamente tres raciones como ésta… ¡Cómo echo de menos mis pobres dientes! Me trago la comida sin masticar. Y luego me arde el… -dijo señalándose el estómago-. ¿En qué piensa? -Soifer siguió la mirada de Golder y meneó la cabeza-. Oi! -exclamó de pronto en su inimitable tono, quejumbroso e irónico a un tiempo-. ¡Oi, Señor! ¿No le parece que son más felices que nosotros? Sucios, pobres… Pero un judío no necesita tantas cosas. La miseria conserva a los judíos como arenques en salmuera. Me gustaría venir aquí más a menudo. ¡Si no estuviera tan lejos y, sobre todo, si no fuera tan caro…! Porque ahora no hay sitio barato… Vendría aquí todas las noches, a cenar tranquilo, sin mi familia, que el diablo se la lleve…

– Habrá que volver de vez en cuando -murmuró Golder, y extendió las manos hacia la estufa, recién encendida, que enrojecía y crepitaba en un rincón, llenando el comedor de un agradable calorcillo.

«En casa -se dijo-, con este olor me ahogaría.»

Pero allí no estaba mal. Una especie de tibieza animal, que nunca había sentido, calaba en sus viejos huesos.

Por la otra acera pasaba un individuo que sostenía una larga vara con una llama en el extremo. Se detuvo enfrente del restaurante y la levantó hacia una farola; el resplandor iluminó una estrecha ventana cerrada en la que había ropa blanca tendida encima de unas macetas viejas y vacías. De pronto, Golder recordó un ventanuco situado oblicuamente, como aquél, frente a la tienda donde había nacido… Y aquella calle nevada y azotada por el viento a la que de vez en cuando volvía en sueños.

– Es un largo camino… -dijo.

– Sí -murmuró el viejo Soifer-. Largo, duro e inútil.

Ambos se quedaron mirando la ventana miserable y los andrajos que azotaban los cristales. De pronto, una mujer abrió los batientes, se asomó, recogió una prenda, la sacudió… Al acabar, ladeó el rostro, sacó un espejito de un bolsillo y, a la luz de la farola, se pintó los labios.

Golder se levantó de golpe.

– Venga, vámonos… No soporto este olor a petróleo…

Esa noche soñó con Joyce, pero sus facciones se confundían con las de la chica judía de la rue Rosiers. Era la primera vez que soñaba con ella en mucho tiempo. El recuerdo de su hija dormía en su interior, como su enfermedad.

Cuando despertó, las piernas le temblaban y dolían como si hubiera andado kilómetros. Se pasó el día sentado delante de la ventana, arrebujado en mantas y chales, sin tocar las cartas. Un frío sutil, glacial, le penetraba hasta los huesos y le hacía tiritar.

Soifer se presentó a la hora de siempre, pero también se sentía triste y enfermo, y apenas habló. Se fue antes que de costumbre, apretando el paso por la lóbrega calle, estrechando el paraguas contra el pecho.

Golder cenó. Luego, cuando la criada subió a acostarse, hizo la ronda del piso y cerró todas las puertas. Gloria se había llevado las lámparas; en todas las habitaciones, las bombillas desnudas se balanceaban al final del cable impulsadas por las corrientes de aire, y los espejos encima de las chimeneas reflejaban al viejo Golder, descalzo, llaves en mano, la espesa y cana pelambrera revuelta y la cara, de sobrecogedora palidez, cada día más demacrada por las profundas ojeras de cardíaco.

De pronto sonó el timbre. Antes de abrir, Golder miró sorprendido la hora. Los periódicos vespertinos habían llegado hacía rato. Pensó que Soifer había sufrido un accidente y había pedido que lo llevaran allí para que le pagara el médico.

– ¿Es usted, Soifer? -preguntó a través de la puerta-. ¿Quién llama?

– Tübingen -respondió una voz.

Con el rostro alterado por una súbita emoción, Golder empezó a retirar la cadena de seguridad con manos que apenas le obedecían, aunque la impaciencia lo consumía… Tübingen esperó sin decir nada. Golder sabía que podía estar así, sin moverse, horas enteras. «No ha cambiado», se dijo.

Al fin, consiguió descorrer el cerrojo. Tübingen entró.

– Hello -dijo.

El anciano se quitó el sombrero y el abrigo y los colgó él mismo con cuidado; luego abrió el paraguas mojado, lo dejó en un rincón y finalmente estrechó la mano de Golder.

Su alargada cabeza tenía una forma tan extraña que la frente parecía desmesurada y luminosa. Un rostro severo, pálido, de labios fruncidos.

– ¿Puedo entrar? -preguntó señalando el salón.

– Claro, adelante…

Golder advirtió que Tübingen lanzaba una mirada a las habitaciones vacías y bajaba discretamente los ojos, como un hombre que ha sorprendido un secreto.

– Mi mujer se ha ido -explicó Golder.

– ¿A Biarritz?

– No lo sé.

– Ah -murmuró Tübingen.

El anciano se sentó, y Golder, respirando con esfuerzo, hizo lo propio frente a él.

– ¿Cómo van los negocios? -le preguntó al fin.

– Como siempre, unos bien y otros mal. ¿Sabe que la Amrum ha firmado con los rusos?

– ¿Qué, lo de los Teisk? -repuso rápidamente Golder, adelantando las manos como si quisiera agarrar una sombra fugitiva. Luego, las dejó caer y se encogió de hombros-. No lo sabía -murmuró, y soltó un suspiro.

– No, no son los Teisk. Un contrato que estipula la venta de cien mil toneladas de petróleo ruso al año por un período de cinco. En los puertos de Constantinopla, Port Said y Colombo.

– Pero… ¿y los Teisk? -preguntó Golder con un hilo de voz.

– Nada.

– ¡Ah!

– Sé que la Amrum ha mandado dos delegaciones a Moscú. Pero nada.

– ¿Por qué?

– ¡Ah! ¿Por qué…? Quizá porque los rusos querían obtener un préstamo de veintitrés millones de rublos oro de Estados Unidos, y la Amrum ha tenido que comprar a tres miembros del gobierno, entre ellos un senador. Era demasiado. Tampoco debieron dejar que les robaran los recibos, que han alimentado una campaña de prensa.

– ¿Ah, sí?

– Sí. -Tübingen bajó la cabeza-. La Amrum ha pagado lo de nuestros campos de Persia, Golder.

– ¿Han reanudado ustedes las negociaciones?

– Claro, de inmediato. Quería tener todo el Cáucaso. Quería el monopolio del refinado y ser el único distribuidor mundial de los derivados del petróleo ruso.

Golder esbozó una sonrisa.

– Como ha dicho usted hace un momento, era demasiado. No les gusta ceder demasiada fuerza económica, y en consecuencia política, a los extranjeros.

– Son imbéciles. A mí no me interesa su política. En su casa, cada cual es libre de hacer lo que quiera. Pero, una vez allí, no les habría dejado meter la nariz en mis asuntos más de la cuenta, eso se lo aseguro…

Golder soñó en voz alta:

– Pues yo… yo habría empezado por Teisk y los Aroundgis. Y poco a poco, más adelante… -Abrió la mano y la cerró rápidamente como si atrapara una mosca-. Me habría hecho con todo lo demás… con todo… todo el Cáucaso, todo el petróleo…

– Sí. He venido a verlo para proponerle que retomemos el asunto.

Golder meneó la cabeza.

– No. Yo ya no cuento. Estoy enfermo… medio muerto.

– ¿Ha conservado las acciones de Teisk?

– Sí -respondió tras una vacilación-. Aunque no sé por qué… Para lo que valen… Debería venderlas al peso.

– Desde luego, si la Amrum obtiene la concesión, I'll be damned si valen ni siquiera eso… Si la obtengo yo… -El anciano se interrumpió.

Golder negó con la cabeza.

– No -dijo apretando los dientes con cara de dolor.- No.

– ¿Por qué? Lo necesito. Y usted a mí.

– Lo sé. Pero no quiero volver a trabajar. No puedo. Estoy enfermo. El corazón… Sé que no renunciar a los negocios ahora supondría mi muerte. No. ¿Para qué? A mi edad ya no necesito gran cosa. Sólo vivir.

Tübingen meneó la cabeza.

– Yo tengo setenta y seis. Dentro de veinte o veinticinco años, cuando todos los pozos de Teisk estén funcionando, llevaré mucho tiempo bajo tierra. A veces lo pienso… Lo mismo que cuando firmo un contrato: ¡noventa y nueve años! En ese tiempo, no sólo yo, sino también mi hijo, mis nietos y los hijos de mis nietos, todos reposaremos juntos en el seno del Señor… Pero siempre habrá un Tübingen. Para él es para quien trabajo.

– Yo no tengo a nadie -dijo Golder-. Así que, ¿para qué?

Tübingen cerró los ojos.

– Queda lo que se ha creado. -El anciano alzó lentamente los párpados y lo miró como si pudiera ver a través de él-. Lo que… -repitió animándose, con la voz grave y profunda de quien habla de la ambición más secreta de su corazón- se ha construido, creado… lo que permanece…

– Y en mi caso, ¿qué quedaría? ¿El dinero? ¡Bah, no merece la pena! Si te lo pudieras llevar a la otra vida…

– «El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!» -recitó Tübingen en voz baja, con la inflexión monótona y rápida del puritano empapado de las Escrituras desde la infancia-. Es la ley. Contra eso no puede hacerse nada.

Golder soltó un profundo suspiro.

– No. Nada.

– Soy yo -dijo Joyce. Se le había acercado hasta rozarlo, pero él no se movía-. Cualquiera diría que ya no me reconoces… Dad -exclamó de pronto, como antaño.

Sólo entonces, Golder se estremeció y cerró los ojos, como cegado por una luz hiriente. Extendió la mano con tan poca fuerza que apenas rozó la suya, y la dejó caer de nuevo sin decir nada.

Joyce arrastró un taburete hasta su sillón, se sentó, se quitó el sombrero, sacudió la cabeza con un gesto que él no había olvidado, y luego se quedó inmóvil, seria, muda.

– Has cambiado -murmuró Golder a disgusto.

– Sí -respondió ella con una sonrisa triste.

Estaba más alta y más delgada, y tenía un aire extraño, indefinible, de abatimiento, desconcierto y cansancio.

Llevaba un espléndido abrigo de piel de marta. Con un gesto brusco, lo dejó caer al suelo a sus espaldas y le mostró el escote: en lugar del collar de perlas que le había regalado él, lucía una sarta de esmeraldas verdes como la hierba, tan puras y enormes que Golder se quedó mirándolas sin decir nada, con una especie de estupefacción.

– ¡Sí, ya veo! -dijo al fin con tono duro-. Tú también te las has arreglado… Pero entonces… ¿a qué has venido? No entiendo…

– Es un regalo de mi novio -dijo ella con voz monótona-. Me caso.

– ¡Ah! -murmuró Golder, y haciendo un esfuerzo añadió-: Enhorabuena. -Joyce no respondió. Él se quedó pensando, se pasó la mano por la frente varias veces y suspiró-. Entonces, espero que… -Se interrumpió-. Por lo que veo, es rico. Estarás contenta…

– ¡Contenta…! -Joyce soltó una risita desesperada y se volvió hacia él-. ¿Contenta? ¿Sabes con quién me caso? ¡Con el viejo Fischl! -exclamó, visto que él no se lo preguntaba.

– ¡Fischl!

– ¡Pues sí, Fischl! ¿Qué esperabas que hiciera? Ya no tengo dinero, ¿no? Mi madre no me da nada, ni un céntimo, ya la conoces, sabes que preferiría verme muerta de hambre antes que soltar un franco, ¿o es que no sabes cómo es? ¿Entonces? ¿Qué quieres? Y encima, agradecida porque se quiere casar conmigo… Si no, tendría que acostarme con él, simplemente, ¿no? Puede que fuera mejor, más fácil… Una noche de vez en cuando… Pero no quiere, ¿sabes? El viejo cerdo quiere más por su dinero -dijo de pronto con voz temblorosa de ira-. ¡Ah, cuánto me gustaría…! -Se interrumpió, se mesó el pelo y lo estiró con fuerza, desesperada-. Me gustaría matarlo -dijo al fin, lentamente.

Golder rió con dificultad.

– ¿Por qué? No, mujer, ¡si está muy bien, es magnífico! ¿Fischl? Tiene mucho dinero, ¿sabes? Cuando no está en la cárcel… Y podrás engañarlo con tu… ¿cómo se llama? Con tu gigoló… Serás muy feliz, ya verás. Sí, era el final apropiado para una golfa como tú, lo llevabas escrito en la cara. Sin embargo… sin embargo, no era lo que soñaba para ti, Joyce.

Golder palideció más. «¿Y a mí qué me importa, por Dios? -pensó febrilmente-. ¿A mí qué? Que se acueste con quien quiera, que vaya a donde quiera.» Pero su orgulloso corazón sangraba como antaño. «Mi hija… porque para todos, y pese a todo, es mi hija, la hija de Golder… ¡Y nada menos que con Fischl!»

– Si supieras lo desgraciada que soy…

– Quieres demasiadas cosas, pequeña, dinero, amor… En esta vida hay que elegir. Pero tú ya has elegido, ¿eh? -Esbozó una mueca amarga-. Nadie te obliga, ¿no? ¿Entonces? ¿Por qué lloriqueas? Lo has decidido tú.

– ¡Ah, todo esto es culpa tuya, sólo tuya! El dinero, el dinero… Pero ¿qué puedo hacer?, yo no sé vivir de otra manera… Lo he intentado, te juro que lo he intentado. Si me hubieras visto este invierno… ¿Sabes el frío que ha hecho? Como nunca, ¿verdad? Pues yo iba por ahí con mi abriguito gris de otoño (lo último que me encargué antes de que te fueras) ¡llamando la atención! No puedo, no puedo, ¿qué culpa tengo si no estoy hecha para eso? Las deudas, los problemas, todo eso… Así que, tarde o temprano, tendré que hacerlo, ¿no? Si no es éste será otro. Pero Alec, ¡Alec…! Que engañe a Fischl, dices… ¡Claro! Pero, si crees que podré hacerlo tan fácilmente, estás muy equivocado… ¡Ah, tú no lo conoces! Cuando ha pagado por algo, lo vigila, no sabes cómo lo vigila… ¡Ese viejo, ese asqueroso viejo…! ¡Oh, me gustaría morirme! Soy muy desgraciada, estoy sola, lo paso mal, ¡ayúdame, dad, no tengo a nadie más que a ti! -Joyce le cogió las manos, se las apretó y retorció febrilmente-. ¡Responde, habla, di algo! O en cuanto salga de aquí me mato. ¿Te acuerdas de Marcus? Dicen que se mató por tu culpa. Bueno, pues ¡también mi muerte caerá sobre tu conciencia!, ¿me oyes? -gritó de pronto con su vibrante y aguda voz de niña, que resonó de un modo extraño en el piso vacío.

Golder apretó los dientes.

– ¿Qué pretendes, asustarme? ¡No me tomes por idiota! Además, ya no tengo dinero. Déjame. Nada nos une. Lo sabes de sobra. Siempre lo has sabido. No eres mi hija… Lo sabes… Sabes perfectamente que eres hija de Hoyos… Bueno, pues vete a verlo a él. Que te proteja él, que te mantenga él, que trabaje él para ti. Ahora le toca a él… Yo ya he hecho bastante por ti, ya no es asunto mío, ya no tengo nada que ver… ¡Vete! ¡Vete!

– ¿Hoyos? ¿Estás… estás seguro? ¡Oh, dad, si supieras…! Alec y yo nos vemos en su casa… y delante de él, nosotros… -Escondió el rostro entre las manos. Golder vio resbalar las lágrimas entre sus dedos-. Dad -repitió con desesperación-. ¡Sólo te tengo a ti, no tengo a nadie más que a ti! Si supieras lo poco que me importa que seas o no mi padre… ¡No te tengo más que a ti! Ayúdame, te lo suplico… Deseo tanto ser feliz… Soy joven, quiero vivir, quiero… ¡quiero ser feliz!

– No eres la única, pequeña… Déjame, déjame…

Golder hizo un gesto vago con la mano, rechazándola y al tiempo atrayéndola. De repente se estremeció y dejó que sus dedos se deslizaran a lo largo de la nuca inclinada, de los cortos cabellos dorados impregnados de perfume… Sí, tocar otra vez aquella carne extraña, sentir bajo la palma de la mano la débil y presurosa palpitación de la vida, como antaño, y después…

– ¡Ah, Joyce! -murmuró con el corazón encogido-. ¿Por qué has venido, pequeña? Con lo tranquilo que estaba…

– ¿Y adónde querías que fuera, Dios mío? -respondió ella estrujándose las manos-. ¡Ah, si tú quisieras, sólo con que quisieras…!

Golder se encogió de hombros.

– ¿Qué? ¿Quieres que te dé a tu Alec, y de por vida, con dinero, joyas, como antes te daba juguetes? ¿Eso quieres? Pues ya no puedo. Es demasiado caro. Tu madre te ha dicho que todavía tengo dinero, ¿verdad?

– Sí.

– Pues mira cómo vivo. Me queda lo justo para aguantar hasta que muera. Pero a ti te duraría un año.

– Pero ¿por qué? -preguntó Joyce con desesperación-. Haz como antes, negocios, dinero… Es fácil…

– ¿Ah, sí? ¿Eso crees? -Volvió a acariciar la delicada cabeza rubia con una especie de temerosa ternura-. Mi pobre, mi pequeña Joyce…

«Es curioso -pensó apesadumbrado-, pero sé perfectamente cómo acabaría todo… En dos meses se habría hartado de acostarse con su Alec, o con quien fuese, y todo habría terminado… Pero ¡Fischl! ¡Ah, si al menos se tratara de otro, de cualquier otro! Pero Fischl… -se repitió con odio-. Después el muy canalla dirá: "La hija de Golder vino sin nada, sólo con lo puesto…"»

Acto seguido, se inclinó hacia Joyce, le cogió el rostro entre las manos y la obligó a levantarlo. Hundió sus viejas y endurecidas uñas en la delicada carne con una especie de pasión.

– Tú… tú… si no me necesitaras, me habrías dejado morir solo, ¿verdad? ¿Verdad?

– ¿Me habrías llamado tú? -murmuró ella, y sonrió.

Golder miraba descompuesto aquellos ojos llenos de lágrimas y aquellos hermosos labios, carnosos y rojos, que se entreabrían como flores, poco a poco…

«Mi pequeña… Puede que después de todo seas mía, ¿quién sabe? Y además, ¿qué importa eso, Dios mío, qué importa?»

– Qué bien sabes engatusar al viejo, ¿eh? -le susurró febrilmente-. Esas lágrimas… y la idea de que ese cerdo pueda comprar algo mío… ¿eh? ¿Eh? -repitió Golder de manera absurda, con una mezcla de odio y ternura salvaje-. Bueno, ¿quieres que lo intente? ¿Que gane un poco más de dinero antes de morir? Tendrás que esperar un año. En un año serás más rica que tu madre en toda su vida. -La apartó y se levantó. De nuevo sentía en su viejo y achacoso cuerpo el calor y el hormigueo de la vida, la fuerza y la fiebre de antaño-. Manda a Fischl al infierno -añadió con voz tajante-. Y si no fueras idiota de remate, mandarías a tu Alec por el mismo camino. ¿No? Si dejas que se coma tu dinero, ¿que harás cuando yo no esté? Te da igual, ¿eh? Siempre podrás volver a echarle el anzuelo al viejo Fischl, ¿no? ¡Ah, no soy más que un anciano imbécil! -gruñó, y cogió a Joy por la barbilla y se la apretó entre los dedos con tal fuerza que ella soltó un grito-. Vas a hacerme el favor de firmar sin rechistar el contrato matrimonial que haré redactar. No tengo ganas de deslomarme por tu gigoló. ¿Entendido? ¿Quieres dinero? -Joyce asintió con la cabeza. El le soltó la barbilla y abrió un cajón-. Escúchame… Mañana irás de mi parte a ver a Seton, mi notario. Él se encargará de que todos los meses recibas ciento cincuenta libras… -Garabateó con rapidez unas cifras en un periódico olvidado en la mesa-. Es más o menos lo que te daba antes. Un poco menos. Pero de momento tendrás que conformarte con eso, pequeña, porque es todo lo que me queda. Más adelante, cuando vuelva, te casarás.

– Pero ¿adónde vas?

Golder se encogió de hombros.

– ¿Y eso qué más te da? -gruñó; le posó la mano en la nuca y se la inclinó con suavidad-. Joyce… si muero antes de volver, Seton se encargará de arreglarlo todo para salvaguardar al menos tus intereses. No tendrás más que dejarle hacer a él. Firma todo lo que te diga. ¿Lo has entendido?

Ella asintió.

Golder respiró hondo.

– Entonces… ya está…

– Daddy darling… -Se sentó en sus rodillas, apoyó la frente en su hombro y cerró los ojos.

Golder la miró y esbozó una débil sonrisa, apenas un temblor enseguida reprimido.

– Qué cariñoso se siente uno cuando no tiene dinero, ¿eh? Es la primera vez que te veo así, hija mía.

«¡Y la última!», pensó, pero no lo dijo. Se limitó a rozarle con los dedos los párpados y el cuello lenta, repetidamente, como si los modelara para conservar más tiempo su imagen.

– «Ambas partes aceptan concluir el acuerdo, en lo concerniente a las concesiones, en un plazo de treinta días, a partir de la ratificación del presente contrato…»

Los diez hombres sentados alrededor de la mesa miraron a Golder.

– Sí, continúe -murmuró él. -«En las siguientes condiciones…»

Golder agitó con nerviosismo la mano ante su cara para disipar la densa y molesta humareda. Había momentos en que el rostro del hombre que leía frente a él, pálido, anguloso y chupado en torno al agujero negro de la boca, apenas le parecía nítido, una mancha de color medio disuelta en el humo. El olor del fuerte tabaco ruso, el cuero y el sudor impregnaba el ambiente.

Los diez hombres llevaban todo un día intentando ponerse de acuerdo sobre la redacción definitiva del contrato. Y las conversaciones previas habían durado dieciocho semanas.

Golder se miró la muñeca, pero el reloj se le había parado. Echó un vistazo a la ventana. Tras los polvorientos cristales, el sol se alzaba sobre Moscú. La mañana de agosto era muy hermosa, pero tenía ya la pura transparencia helada de las primeras albas otoñales.

– «El gobierno soviético otorgará a la Tübingen Petroleum Co. una concesión equivalente al cincuenta por ciento de los terrenos petrolíferos comprendidos entre la región de Teisk y la llanura denominada de los Aroundgis, descritos en el memorándum presentado por el representante de la Tübingen Petroleum Co. con fecha del dos de diciembre de mil novecientos veinticinco. Los campos petrolíferos concedidos en las mencionadas condiciones tendrán una superficie rectangular cuya extensión no excederá de las cuarenta deciatinas, y no serán colindantes…»

Golder hizo un gesto.

– ¿Puede volver a leer ese último punto, por favor? -pidió frunciendo los labios.

– «Los campos petrolíferos concedidos…»

«Ajá -pensó Golder, exasperado-. Eso no lo habíamos hablado. Esperan hasta el último minuto para colar sus malditas cláusulas equívocas, que parecen carecer de significado preciso. Todo, para tener una excusa que más tarde les permita romper el acuerdo, cuando ya has adelantado el dinero de los primeros gastos… Dicen que con la Amrum hicieron lo mismo.»

Recordó haber leído en su día una copia del acuerdo con la Amrum encontrada entre los papeles de Marcus. Los trabajos debían iniciarse en determinada fecha. Aunque de forma oficiosa, los rusos le habían prometido al representante de la Amrum que el plazo podría prorrogarse, pero luego habían anulado el contrato. La broma le había costado a la Amrum varios millones.

«¡Hatajo de cerdos!», gruñó para sus adentros, y pegó un puñetazo en la mesa.

– ¡Tache eso de inmediato!

– ¡No! -gritó una voz.

– Pues no firmo.

– Pero ¡mi muy querido David Issakitch…! -exclamó el hombre que leía. El acento ruso, meloso y cantarín, y las fórmulas eslavas, obsequiosas y acariciantes, contrastaban de un modo extraño con su macilento y duro rostro, en el que brillaban unos ojillos rasgados, vivaces, penetrantes y crueles-. No diga eso, mi muy querido amigo Goloubtchik… -repitió abriendo los brazos, como si quisiera estrechar a Golder contra su pecho-. Sabe usted perfectamente que esa cláusula no tiene ningún significado especial. No sirve más que para calmar las legítimas inquietudes del proletariado, que no podría ver sin desconfianza que una parte del territorio soviético pasara a manos de los capitalistas sin asegurarse…

Golder se encogió de hombros con brusquedad.

– ¡Basta! No me venga con ésas. ¿Y la Amrum? ¿Eh? Además, no tengo autoridad para firmar una cláusula que no ha sido ni leída ni aprobada por la compañía… ¿Queda claro, Simon Alexeevitch?

Simon Alexeevitch cerró el informe y, en un tono totalmente distinto, declaró:

– ¡Muy bien! Entonces, esperaremos a que la compañía la apruebe o la rechace.

«Así que es eso -pensó Golder-. Quieren alargar la cosa. ¿No será que la Amrum…?» Echó atrás la silla ruidosamente y se levantó.

– No esperaré nada, ¿me oyen? ¡Nada! ¡O firmamos ahora o nunca! Ustedes verán… ¡Díganme sí o no, pero de inmediato! Porque no pienso quedarme en Moscú ni una hora más, eso se lo aseguro. ¡Vámonos, Valleys! -dijo volviéndose hacia el secretario de la Tübingen, que llevaba treinta y seis horas sin dormir y lo miraba con una especie de desesperación. ¿Es que iban a empezar desde el principio otra vez por aquella insignificancia, Dios mío? Las discusiones, los gritos y el viejo Golder, con aquella voz torturada, sobrecogedora, que en algunos momentos no era más que un borboteo ininteligible, como si tuviera la garganta llena de sangre…

«¿Cómo puede gritar de ese modo? -se preguntó Valleys, horrorizado-. ¿Y los demás?»

En esos momentos, arremolinados en una esquina de la sala, todos daban voces destempladas, en las que Valleys sólo distinguía las frases «intereses del proletariado» y «tiranía del capitalismo explotador», que se lanzaban a la cara diez veces por segundo como puñetazos.

Golder, con el rostro congestionado, aporreaba frenéticamente la mesa con la mano abierta, haciendo volar por los aires los papeles que la cubrían. Valleys tenía la sensación de que el corazón del anciano estallaría en cualquier momento.

– ¡Valleys! ¡Andando!

El secretario se estremeció y se levantó de un brinco.

Su jefe pasó junto a él como un vendaval, arrastrando tras sí a los rusos, que gesticulaban y vociferaban. Valleys ya no entendía una palabra. Siguió a Golder como en una pesadilla. Ya habían llegado a la escalera, cuando uno de los miembros de la comisión, el único que no se había movido de su asiento, se levantó y fue en su busca. Tenía un rostro extraño, achatado y cuadrado, casi de chino, y la tez de un moreno oscuro que recordaba el de la tierra seca. Era un ex presidiario. Las aletas de su nariz estaban horriblemente mutiladas.

Golder pareció calmarse. El ruso le habló al oído. Luego, regresaron juntos a la sala y volvieron a sentarse. Simon Alexeevitch reanudó la lectura:

– «El gobierno soviético recibirá un porcentaje del cinco por ciento sobre la producción anual de petróleo, que puede estimarse aproximadamente en unas treinta mil toneladas. Por cada diez mil toneladas que excedan de esa cantidad, el porcentaje se incrementará en un cero coma veinticinco por ciento, hasta llegar al rendimiento anual de cuatrocientas treinta mil toneladas, momento en que los derechos del gobierno soviético se elevarán al quince por ciento. El Tesoro soviético recibirá también un canon equivalente al cuarenta y cinco por ciento del petróleo de los pozos activos y un porcentaje sobre el gas, que oscilará entre el diez y el treinta y cinco por ciento, según la gasolina que contenga…»

Ahora Golder escuchaba sin rechistar, con una mejilla apoyada en la mano y los párpados entornados. Valleys pensó que se había dormido: tenía la cara pálida y flácida, con las comisuras de los labios caídas y la nariz afilada, como los muertos.

Valleys sopesó con la mirada las hojas mecanografiadas del contrato que sostenía Simon Alexeevitch. «Esto no acabará nunca», pensó con desánimo.

De pronto, Golder se inclinó hacia él.

– Abra la ventana de ahí atrás… -le susurró-. Rápido… me ahogo… -Valleys lo miró sorprendido-. ¡Abra! -volvió a ordenar sin apenas abrir la boca.

El secretario se apresuró a empujar los batientes y volvió junto a Golder, temiendo que se cayera de la silla.

Mientras tanto, Simon Alexeevitch seguía leyendo:

– «La sociedad Tübingen Petroleum podrá explotar todos los productos brutos y refinados sin pagar derechos ni solicitar autorización especial. Asimismo, podrá importar sin ningún gravamen las máquinas, herramientas y materias primas necesarias para sus operaciones y los productos de primera necesidad para los trabajadores…»

– Voy a decirle que pare, señor Golder -balbuceó Valleys precipitadamente-. No está usted en condiciones… está lívido.

Golder le agarró la mano con fuerza.

– Cállese… no me deja oír… ¡Cállese de una vez, por el amor de Dios!

– «Las cantidades que deberán abonarlos concesionarios al gobierno soviético oscilarán entre el cinco y el quince por ciento del rendimiento total de los campos petrolíferos y podrán elevarse al cuarenta por ciento del rendimiento de los pozos activos…»

Golder soltó una queja inarticulada y encorvó el cuerpo sobre la mesa. Simon Alexeevitch se interrumpió.

– Les hago notar que, en lo relativo a los pozos activos, la segunda subcomisión, cuyo informe puedo proporcionarles, estima…

Valleys notó que la mano helada de Golder buscaba la suya bajo la mesa y la agarraba convulsivamente. Sin vacilar, le apretó los dedos con fuerza. En ese momento, recordó de forma imprecisa que en cierta ocasión le había sujetado la mandíbula, rota y ensangrentada, a un setter agonizante. ¿Por qué aquel viejo judío le recordaba tan a menudo a un perro moribundo que da sus últimas boqueadas pero aún se revuelve con un gruñido feroz, dispuesto a morder, a soltar una última y rabiosa dentellada?

– Su nota a la cláusula veintisiete… -estaba diciendo Golder-. Nos ha hecho gastar saliva durante tres días… ¿Es que vamos a empezar otra vez? Siga…

– «La sociedad Tübingen Petroleum puede construir edificios, refinerías, conductos y todo cuanto sea necesario para sus trabajos. Las concesiones tendrán una duración de noventa y nueve años…»

Golder había soltado la mano de Valleys y, encorvado, medio echado sobre el hule manchado de tinta, se aflojaba la ropa sobre el pecho y se lo arañaba con las uñas, como si quisiera dejar los pulmones al descubierto. Con manos temblorosas, se apretaba el corazón con el salvaje e instintivo encarnizamiento del animal enfermo que restriega contra el suelo la parte que le duele. Estaba blanco como la pared. Valleys veía resbalar por su rostro las gotas de sudor, gruesas y abundantes como lágrimas.

Pero Simon Alexeevitch seguía leyendo con voz vibrante, casi solemne. Para concluir, se levantó un poco de la silla:

– «Cláusula setenta y cuatro y última. Al expirar la concesión, las mencionadas construcciones y toda la maquinaria de los campos petrolíferos pasarán a ser propiedad inalienable del gobierno soviético.»

– Se acabó -le susurró Valleys a su jefe con una especie de estupor.

Lentamente, el viejo Golder volvió a levantar la cabeza y pidió por señas que le dejaran una pluma. Empezó la ceremonia de las firmas. Los diez hombres estaban pálidos, callados, exhaustos.

Golder se levantó y se dirigió hacia la puerta. Los miembros de la comisión lo saludaron desde lejos, con reserva. El único que sonreía era el chino. Los demás parecían cansados y malhumorados. Golder los saludaba con una rápida y envarada inclinación de la cabeza, como un autómata.

«Ahora… -se dijo Valleys-. Se va a derrumbar, seguro. No puede más.»

Pero Golder no se derrumbó. Consiguió bajar la escalera. Sin embargo, una vez en la calle pareció sufrir un mareo; se detuvo, apoyó la frente contra una pared y se quedó inmóvil, temblando como una hoja.

Valleys llamó un taxi y le ayudó a subir. A cada sacudida, la cabeza de Golder se bamboleaba y caía hacia delante como la de un muerto. No obstante, el aire acabó reanimándolo. Respiró hondo y se palpó la cartera, a la altura del corazón.

– Bueno, asunto concluido… Los muy cerdos…

– Cuando pienso que llevamos aquí cuatro meses y medio… -murmuró Valleys-. ¿Cuándo regresamos, señor Golder? ¡Qué asco de país! -concluyó con vehemencia.

– Sí… Usted se irá mañana.

– ¿Cómo? ¿Y usted?

– Yo voy a Teisk.

– ¡Oh! -exclamó Valleys sorprendido-. Señor Golder… ¿es absolutamente necesario? -preguntó tras una vacilación.

– Sí. ¿Por qué?

Valleys se sonrojó.

– ¿No puedo acompañarle? No quisiera dejarlo solo en este país incivilizado. No se encuentra bien.

Golder se encogió de hombros con un vago gesto de fastidio.

– Debe usted irse lo antes posible, Valleys.

– Pero ¿no podría usted… pedir que le manden a alguien? No es prudente viajar así en su estado, y solo…

– Estoy acostumbrado -gruñó Golder con sequedad.

– ¡Habitación diecisiete! -gritó el recepcionista desde abajo-. ¡La primera a la izquierda del pasillo!

Al cabo de un instante, la luz se apagó. Golder siguió subiendo, tropezando en los escalones, que no se acababan nunca, como en una pesadilla.

Tenía el brazo hinchado y dolorido. Dejó la maleta en el suelo, buscó a tientas el pasamanos, se inclinó hacia el hueco de la escalera y llamó. Pero no respondieron. Maldijo entre dientes, subió otros dos peldaños jadeando, volvió a pararse y apoyó la cabeza contra la pared.

Y no es que la maleta pesara; sólo contenía artículos de aseo y una muda de ropa. En aquellas provincias soviéticas siempre llegaba un momento en que había que cargar con el equipaje; se había dado cuenta apenas se había alejado de Moscú… Pero, por ligera que fuese, casi no podía levantarla. Estaba más cansado que un perro.

Había salido de Teisk el día anterior. El viaje le había resultado tan pesado que había estado a punto de hacer que pararan a medio camino. ¡Por veintidós horas en coche! «Vejestorio», gruñó para sus adentros. Pero aquel Ford estaba en las últimas y los caminos de montaña eran casi impracticables. Los botes y las sacudidas lo habían dejado molido. A última hora de la tarde se había averiado el claxon y, al pasar por un pueblo, el conductor había recogido a un chico que se había subido al estribo y, con una mano aferrada al techo y dos dedos de la otra metidos en la boca, no había parado de silbar desde las seis hasta medianoche. Todavía le parecía oírlo. Golder se tapó los oídos con una mueca de dolor. Y el ruido de chatarra del viejo Ford, la vibración de los cristales, que daba la impresión de que fueran a desprenderse en cada curva… Por fin, cerca de la una, habían visto unas luces temblorosas. Era el puerto en el que embarcaría para Europa al día siguiente.

En otros tiempos había sido uno de los principales centros mundiales del comercio de trigo. Golder lo conocía bien. Había llegado allí con veinte años. En aquel puerto se había subido a un barco por primera vez.

Ahora sólo un puñado de vapores griegos y cargueros soviéticos fondeaban en los muelles. La ciudad tenía un aspecto de pobreza y abandono que encogía el corazón. Y el hotel, sucio, oscuro y con agujeros de bala en las paredes, era indeciblemente siniestro. Golder lamentaba no haber regresado vía Moscú, como le habían aconsejado en Teisk. Los barcos no transportaban más que schurum-burum, los mercaderes orientales que recorren el mundo cargados con sus fardos de alfombras y pieles viejas. Pero una noche se pasa de cualquier manera. Golder no veía el momento de marcharse de Rusia. Pasado mañana estaría en Constantinopla.

Había llegado a su habitación. Soltó un profundo suspiro, encendió la luz y se sentó en un rincón, en la primera silla que vio, dura e incómoda, con un rígido respaldo de madera negra.

Estaba tan cansado que le bastó con cerrar los párpados un instante para quedarse traspuesto. Pero apenas durmió un minuto. Volvió a abrir los ojos y escrutó la habitación con expresión ausente. Una leve corriente de aire movía la bombilla del techo haciéndola parpadear como si fuera a apagarse, como una vela expuesta al viento. Iluminaba estampas descoloridas, amorcillos de muslos otrora rojos como la sangre pero ahora cubiertos por una pátina de polvo oscuro. Era una habitación enorme de techo alto y muebles de madera negra y terciopelo granate, con una mesa en medio y un viejo quinqué cuyo globo, lleno de moscas muertas, parecía tapizado de densa mermelada negra.

Naturalmente, las balas también la habían alcanzado. En un lado, sobre todo, el tabique estaba atravesado por orificios enormes y el yeso, agrietado en forma de estrella, se descascarillaba poco a poco e iba amontonándose en el suelo como fina arena. Golder tocó distraídamente el desconchón y luego se sacudió las manos y se levantó. Eran más de las tres.

Dio unos pasos, volvió a sentarse, se inclinó para quitarse los zapatos y se quedó agachado, con el brazo estirado, inmóvil. ¿Para qué iba a desnudarse? No podría dormir. No había una jarra de agua. Fue al lavabo y abrió un grifo. Nada. Hacía un calor asfixiante y no corría ni un soplo de brisa. El polvo y el sudor le pegaban la ropa interior al cuerpo. Cuando se movía, la tela húmeda le daba escalofríos en los hombros, desagradables como los que provoca la fiebre.

«¡Qué ganas tengo de marcharme de este país, Dios mío!», se dijo.

La noche se le estaba haciendo eterna. Aún faltaban tres horas. El barco no zarpaba hasta el amanecer. Pero, claro, se retrasaría… En el mar todo iría mejor. Soplaría un poco de viento, un poco de aire. Y luego, Constantinopla. El Mediterráneo. París. ¿París? Pensó en todos aquellos hipócritas de la Bolsa y sintió una vaga satisfacción. «¿Sabe que el viejo Golder…? Pues sí. ¿Quién lo habría dicho, eh? La verdad es que parecía acabado.» Golder creía estar oyéndolos. Gentuza… ¿Qué podrían valer ahora los Teisk? Trató de calcularlo, pero era difícil… Desde la marcha de Valleys no tenía noticias de Europa. Tiempo al tiempo… Jadeó ruidosamente. Era curioso, pero no podía imaginar cómo sería su vida después de aquella travesía. Tiempo al tiempo… Joy… Hizo una mueca. Joy… De tarde en tarde, sin duda, cuando su marido, o ella misma, perdieran en el juego, se acordaría de que existía el viejo, se presentaría en casa, cogería el dinero y volvería a desaparecer durante meses… Expresamente, había hecho estipular a Seton que ella no podría tocar el capital. «Si no, desde el día de su boda hasta el de mi muerte…» No acabó la frase. No se forjaba ilusiones.

– He hecho todo lo que estaba en mi mano -dijo con tristeza en voz alta.

Se había quitado los botines. Fue hasta la cama y se acostó. Pero desde hacía algún tiempo no podía estar acostado. Se ahogaba. A veces se quedaba dormido, pero se despertaba enseguida respirando con ansia y soltando unos extraños gemidos que oía apenas, como en sueños, y que le parecían estremecedores e incomprensibles, cargados de una oscura y siniestra amenaza. Nunca supo que quien se quejaba de aquel modo, gimiendo como un niño, era él.

También esa noche empezó a asfixiarse en cuanto se tumbó en la cama. Se levantó con dificultad, arrastró un sillón hasta la ventana, la abrió… Abajo se veía el puerto, aguas negras… Estaba a punto de amanecer.

De repente, se durmió.

A las cinco, la primera sirena que sonó en el puerto despertó a Golder.

Se levantó con dificultad, cogió los zapatos y volvió a abrir el grifo del lavabo, en vano. Llamó al timbre y esperó largo rato; nadie acudió. En el frasco que llevaba en la maleta quedaba un poco de colonia. Se la echó en las manos y la cara, recogió sus cosas y bajó.

En el vestíbulo, consiguió que al menos le sirvieran una taza de té. Pagó y se marchó.

Buscó un coche con la mirada. Sin embargo, la ciudad parecía desierta. Una gruesa capa de arena, levantada por el viento que soplaba del mar, ocultaba parcialmente los guardacantones y cubría las calles, en las que los pasos se marcaban con tanta nitidez como en la nieve.

Golder llamó a un niño que corría descalzo, sin hacer ruido, por la calzada.

– ¿Me llevas la maleta hasta el puerto? ¿No hay coches?

El niño pareció no entender, pero cogió la maleta y echó a andar delante de Golder.

Las casas estaban cerradas; las ventanas, tapiadas con tablas. Se veían bancos y edificios públicos, pero vacíos, abandonados. En las fachadas, la huella del águila imperial, arrancada de la piedra, parecía una herida. Sin darse cuenta, Golder avivó el paso.

Le pareció reconocer algún callejón oscuro, las desvencijadas casas de madera… Pero qué silencio… De pronto, se detuvo.

Estaban cerca del puerto. Un fuerte olor a sal y cieno impregnaba la atmósfera. El cuchitril de un zapatero, negro, pequeño, con una bota de hierro oscilando y chirriando ante el escaparate… En la esquina de la calle, el hotel donde Golder había vivido, un antro de marineros y fulanas, seguía en pie. El zapatero era un primo de su padre establecido en la región. Golder iba a comer a su casa de vez en cuando. Se acordaba muy bien… Buscó la cara de aquel hombre en su memoria. Pero sólo encontró el sonido de su ruda y quejumbrosa voz, quizá porque se parecía a la de Soifer: «Quédate, chaval. ¿Crees que allí el dinero crece en los árboles? ¡Bah, la vida es igual de dura en todas partes!»

Casi sin querer, Golder extendió la mano hacia el picaporte, pero la dejó caer. ¡Hacía cuarenta y ocho años! Se encogió de hombros y siguió su camino.

«¿Y si me hubiera quedado?»

Rió por lo bajo. ¿Quién sabía? Gloria, cuidando de la casa y friendo tortas en grasa de oca los viernes por la noche…

– La vida… -murmuró débilmente.

Era extraño que al cabo de tantos años hubiera vuelto a aquel rincón perdido de la tierra.

El puerto: lo reconoció como si se hubiera marchado el día anterior. El pequeño edificio medio en ruinas de la aduana. Barcas varadas, encalladas en la arena negra, basta, salpicada de carbonilla y desperdicios… El agua verde, espesa, cenagosa, cubierta como antaño de corteza de sandía y animales muertos. Subió a bordo de un pequeño vapor griego que antes de la guerra hacía la travesía entre Batum y Constantinopla. Debía de haber transportado pasajeros, porque conservaba la apariencia de cierto confort. Tenía un salón con piano. Pero desde la Revolución sólo llevaba mercancías, aunque seguro que también se dedicaba a tráficos dudosos. Era un barco sucio y miserable.

«Por suerte, no es un viaje largo», se dijo Golder.

En la cubierta, un grupo de hombres, schurum-burum con los casquetes rojos calados, jugaban a las cartas sentados en el suelo. Al acercarse Golder, levantaron la cabeza. Uno de ellos agitó un collar de abalorios rosa que llevaba enrollado en el brazo y le sonrió.

– Compra algo, barin

Golder meneó la cabeza y los apartó con suavidad valiéndose de la punta del bastón. Durante aquel primer viaje, que pervivía en su recuerdo con extraña nitidez, cuántas veces había jugado a las cartas, por la noche, en cualquier rincón del barco, con hombres como aquéllos… Hacía mucho tiempo… Los buhoneros encogieron las piernas para dejarle pasar. Golder bajó a su camarote y contempló suspirando el mar a través del ojo de buey. El barco zarpaba. Se sentó en la litera, unas tablas cubiertas con un delgado jergón relleno con una especie de paja seca y crepitante. Si no se estropeaba el tiempo, pasaría la noche en cubierta. Aunque hacía viento. El barco se balanceaba, cabeceaba. Golder miró el mar con una especie de odio. Qué harto estaba de aquel universo que no paraba de moverse, de agitarse a su alrededor… La tierra, corriendo tras las ventanillas de los coches y los trenes, aquellas olas con sus rugidos de animales inquietos, las humaredas en el tormentoso cielo de otoño… Contemplar, hasta la muerte, un horizonte inalterable…

– Estoy cansado… -murmuró.

Con el gesto instintivo y vacilante de los cardíacos, se apretó el pecho con ambas manos. Lo alzaba ligeramente, como si le ayudara, levantándolo un poco, como a un niño, como a un animal moribundo, secundando la achacosa pero tozuda máquina que latía con debilidad en su viejo cuerpo.

De pronto, tras un violento bandazo, creyó que le fallaba y luego que latía más deprisa, demasiado deprisa… En ese momento, un dolor fulminante le atravesó el hombro izquierdo. Pálido, con la cabeza gacha y una expresión de terror, Golder se quedó esperando largo rato. El ruido de su respiración parecía llenar el camarote, ahogar el estruendo del viento y el mar.

Poco a poco, el dolor remitió, se calmó y acabó desapareciendo.

– No era nada -dijo Golder tratando de sonreír-. Ya está. Jadeó con esfuerzo y, bajando la voz, repitió-: Ya está…

Se levantó tambaleante. El cielo y el mar se habían ido ensombreciendo de forma gradual. El camarote estaba tan oscuro como si fuera de noche. Por el ojo de buey sólo penetraba una extraña claridad verdosa, una luz difusa, turbia y pobre que no iluminaba. Golder buscó a tientas el abrigo, se lo puso y salió. Avanzaba con las manos extendidas, como un ciego. A cada golpe de mar, el barco entero se estremecía, alzaba la popa y, a continuación, se precipitaba al abismo de las aguas como si quisiera hundirse en él y desaparecer para siempre. Golder empezó a trepar por la empinada y estrecha escalerilla que llevaba a cubierta.

– ¡Tenga cuidado, jefe! ¡Arriba hace mucho viento! -le gritó un marinero que bajaba a toda prisa echándole una tufarada de aguardiente a la cara-. ¡Esto baila, jefe!

– Estoy acostumbrado -gruñó secamente Golder.

Pero le costó llegar a cubierta. Sobre el barco se abatían olas enormes. En un rincón, bajo una lona empapada, los schurum-burum, ovillados unos junto a otros en el suelo, temblaban como un rebaño paralizado por el terror. Al ver a Golder, uno levantó la cabeza y gritó algo con una voz aguda y quejumbrosa que se perdió en el estruendo. Golder le indicó por señas que no lo entendía. El hombre insistió alzando aún más la voz, con la cara desencajada y los ojos desorbitados. De pronto, le dio una arcada, se derrumbó y se quedó inmóvil sobre su vieja piel de carnero, entre los paquetes de mercancías y los hombres tumbados.

Golder se alejó.

Sin embargo, no pudo avanzar mucho. Se quedó de pie, inclinado hacia un lado, como un árbol doblado por la violencia del viento, con el rostro crispado y un amargo sabor a agua salada en la boca. No conseguía abrir los ojos; se aferraba con ambas manos a una barandilla de hierro empapada que le helaba los dedos.

A cada golpe de mar, el barco parecía a punto de hundirse y descuadernarse bajo el peso del agua; de sus costados se alzaba una prolongada y desgarradora queja que por unos instantes ahogaba el fragor del viento y las olas.

«Dios… -pensó Golder-. Lo que me faltaba.»

Pero no se movió. Con un extraño placer, dejaba que la tempestad azotara su viejo cuerpo. El agua de mar, mezclada con la lluvia, le resbalaba por las mejillas y los labios. Tenía el pelo y las cejas tiesos por el salitre.

De repente, una voz empezó a gritar junto a él. Pero el viento se llevaba las palabras. Golder abrió los ojos y vio la encorvada silueta de un hombre que se agarraba a la barandilla de hierro rodeándola con ambos brazos.

Una ola estalló a sus pies. Golder sintió que el agua se le metía en los ojos y la boca, y retrocedió de inmediato. El hombre lo siguió. Bajaron la escalerilla a trompicones, chocando contra el tabique en cada peldaño.

– ¡Qué tiempo…! -murmuraba en ruso el hombre, aterrorizado-. ¡Qué tiempo, Dios mío!

En la densa oscuridad, Golder apenas distinguía el largo abrigo del desconocido, que le llegaba casi hasta los pies, pero reconocía perfectamente aquel acento cantarín, que modulaba la frase como si fuera una melopea.

– ¿Su primer viaje en barco? -le preguntó Golder-. A Yid?

El hombre soltó una risita nerviosa.

– ¡Sí, sí! -respondió con voz alegre-. ¿Usted también?

– Yo también -dijo Golder sentándose en un viejo sofá de terciopelo raído que estaba arrimado a la mampara.

El desconocido se quedó de pie frente a él. Con las manos entumecidas, Golder buscó la pitillera en el bolsillo de su chaqueta, la abrió y se la tendió.

– Coge uno -le ofreció; y, al encender la cerilla y alzarla hacia el desconocido, vio un rostro pálido y joven, casi adolescente, con una nariz larga y triste, y unos ojos enormes e inquietos, húmedos y febriles, bajo una pelambrera negra, crespa y lanosa-. ¿Dé dónde eres?

– De Kremenets, señor, en Ucrania.

– Lo conozco -murmuró Golder. En sus tiempos era una aldea miserable donde los cerdos negros y los niños judíos se revolcaban juntos en el barro. No habría cambiado mucho-. Entonces, ¿te vas? ¿Para siempre?

– ¡Sí, sí!

– ¿Y por qué? Eso se hacía en mi época, pero hoy en día…

– ¡Ah, señor! -exclamó el joven judío con aquel acento cómico y doloroso a un tiempo-. ¿Es que las cosas han cambiado para nosotros? Yo, señor, soy un muchacho honrado, pero salí de la cárcel anteayer. ¿Y por qué? Me habían encargado facturar hasta Moscú un vagón de Montpensier, ya sabe, esos caramelos con sabor a fruta. Era verano y hacía un calor tremendo, así que la mercancía se derritió en el vagón. Cuando llegué a Moscú, el caramelo chorreaba de las cajas. Pero ¿que culpa tenía yo? Pues me he pasado dieciocho meses en la cárcel. Ahora que soy libre quiero ir a Europa.

– ¿Cuántos años tienes?

– Dieciocho, señor.

– ¡Ah! -murmuró Golder lentamente-. Casi los mismos que yo cuando me marché.

– ¿Es usted de esa región?

– Sí.

El chico se calló. Fumaba con avidez. En la penumbra, Golder veía moverse sus nerviosas manos, iluminadas por la brasa del cigarrillo.

– Tu primer viaje en barco… -dijo-. ¿Y adónde piensas ir?

– De momento, a París. Tengo un primo que es sastre allí. Se estableció antes de la guerra. Pero, en cuanto reúna un poco de dinero, me voy a Nueva York. ¡Nueva York…! -repitió con entusiasmo-. Allí…

Pero Golder no lo estaba escuchando. Con una especie de sordo y doloroso placer, se limitaba a observar los movimientos de las manos y los hombros del muchacho, que seguía de pie frente a él. Aquellos incesantes aspavientos que le agitaban todo el cuerpo, aquella voz atropellada que se comía las palabras, aquella fiebre, aquella fuerza joven, nerviosa… También él había tenido la ávida y exuberante juventud propia de su raza… Pero de eso hacía mucho tiempo.

– Vas a morirte de hambre, ¿sabes? -le espetó.

– ¡Bah, estoy acostumbrado!

– Sí, pero allí es peor…

– ¿Qué importa? Eso dura poco…

Golder soltó una carcajada brusca y cortante como un latigazo.

– ¿Ah, sí? ¿Eso crees? Qué tonto… Dura años y más años. Y luego no es mucho mejor…

– Luego te haces rico… -murmuró el muchacho con vehemencia.

– Luego te mueres -lo corrigió Golder-. Solo, como un perro, como has vivido…

Se interrumpió y, ahogando un gemido, echó la cabeza atrás. Otra vez aquel dolor lancinante en el hueco del hombro y la angustia del corazón, que parecía haber dejado de latir…

– ¿Se encuentra mal? -preguntó el muchacho-. Es un mareo…

– No -respondió Golder con voz débil y esforzándose en pronunciar-. No… estoy mal del corazón… Los mareos, muchacho… -Jadeó con dificultad. Qué daño le hacía al hablar… Se le desgarraba la garganta. ¿Y para qué? ¿Qué más le daba a aquel idiota el pasado, su pasado? Ahora la vida era diferente, más fácil… Además, ¿qué le importaba a él aquel chico judío, por Dios?-. Los mareos, muchacho, y todas esas zarandajas… Cuando hayas rodado por el mundo tanto como yo… ¡Ah! ¿Así que quieres hacerte rico? Pues mírame bien -añadió bajando la voz-. ¿Crees que merece la pena?

Hundió la cabeza en el pecho. Por un instante, tuvo la sensación de que el ruido del viento y el mar se alejaba, se convertía en un rumor confuso y acariciante… De pronto oyó la voz aterrada del muchacho, que gritaba:

– ¡Socorro!

Golder se levantó y, al ver que perdía el equilibrio, extendió las manos y trató de asir el vacío. Pero se desplomó.

Más tarde, Golder emergió parcialmente de la oscuridad como de un agua profunda. Estaba en su camarote, tumbado boca arriba en la litera. Alguien le había puesto un abrigo enrollado bajo la nuca y desabrochado la camisa hasta el pecho. Al principio creyó que estaba solo; pero, cuando empezó a mover la cabeza febrilmente, la voz del muchacho judío susurró tras él:

– Señor… -Golder intentó volverse. El chico se inclinó sobre la litera-. ¡Oh! ¿Se siente mejor, señor?

Durante unos instantes, Golder movió los labios como si hubiera olvidado la forma y el sonido del lenguaje humano.

– Enciende la luz -logró murmurar al fin.

Cuando el camarote se iluminó, Golder suspiró trabajosamente y se movió; exhaló un gemido y se buscó el corazón moviendo con lentitud y torpeza las manos, que sucumbían una y otra vez ante el esfuerzo. Dijo unas palabras confusas en una lengua extranjera y, de pronto, abrió los ojos, como si hubiera vuelto del todo en sí. Con una voz extrañamente clara, pidió:

– Ve a buscar al capitán.

El muchacho se marchó. Golder se quedó solo. Cuando una ola un poco más fuerte sacudía el barco, gemía débilmente. Pero, poco a poco, el balanceo iba disminuyendo. La luz del día iluminaba el ojo de buey. Golder cerró los párpados, exhausto.

Cuando entró el capitán, un griego gordo y borracho, Golder parecía dormido.

– ¿Qué? ¿Está muerto? -preguntó el capitán, y soltó una maldición.

Lentamente, Golder volvió hacia él el rostro, demacrado y sin color, los labios pálidos y fruncidos.

– Detenga… el barco… -balbuceó-. Detenga el barco, ¿me oye? -repitió alzando la voz al ver que el capitán no respondía. Sus ojos, bajo los párpados entornados y temblorosos, brillaban con tal intensidad que el capitán se dejó engañar y, encogiéndose de hombros, le dijo, como si hablara con alguien lleno de vida:

– Está usted loco.

– Le daré dinero… Le daré mil libras.

– ¡Bah! -gruñó el griego-. Este hombre ha perdido la chaveta. Está desvariando. Maldita sea, ¿por qué recojo a gente así?

– La tierra… -murmuró Golder-. ¿Es que quiere que muera aquí, solo como un animal? Cerdos… -farfulló. Y añadió unas palabras ininteligibles.

– ¿No hay ningún médico a bordo? -preguntó el muchacho.

Pero el capitán ya había dado media vuelta.

El chico se acercó a Golder, que jadeaba ansiosamente.

– Aguante un poco -le susurró con suavidad-. Enseguida llegaremos a Constantinopla. Ahora vamos bastante deprisa. La tempestad ha amainado… ¿Conoce a alguien en Constantinopla? ¿Tiene familia allí? ¿Alguien?

– ¿Qué? ¿Qué? -murmuró Golder, pero al final pareció comprender, aunque se limitó a repetir-: ¿Qué?

El muchacho, nervioso, seguía susurrándole:

– Constantinopla… Es una gran ciudad… Allí lo cuidarán bien… Se curará enseguida… No tenga miedo.

Pero en ese instante comprendió que el anciano se estaba muriendo. Del torturado pecho de Golder brotó por primera vez el sordo estertor de la muerte.

Aquello duró cerca de una hora. El muchacho temblaba. Pero no se iba. Oía pasar el aire por la garganta del moribundo con un gruñido ronco y sordo, una fuerza incomprensible, como si otra extraña vida animara ya aquel cuerpo.

«Un poco más. Sólo un poco más -pensaba el chico-. Esto acabará enseguida. Y me marcharé… porque ni siquiera sé cómo se llama, Dios mío.»

En ese momento, vio la cartera repleta de dinero inglés, que había caído al suelo al acostar al anciano. Se agachó, la recogió y la entreabrió; luego, soltó un suspiro y, conteniendo la respiración, la deslizó suavemente en aquella mano abierta, una mano enorme, pesada, fría, ya muerta.

«¿Quién sabe? A lo mejor… Tal vez un momento antes de morir vuelva en sí y me dé ese dinero… ¿Quién sabe? Podría ser… Lo he traído aquí… Y está solo.»

Siguió esperando. A medida que avanzaba la tarde, el mar se iba calmando. El barco se deslizaba sin sacudidas y el viento había cesado. «Hará buena noche», pensó el chico.

Extendió la mano y tocó la muñeca que pendía ante él; el pulso era tan débil que el tictac del reloj, en la correa de cuero, casi lo solapaba. Pero Golder seguía vivo. El cuerpo tarda en morir. Vivía. Abrió los ojos. Habló. Sin embargo, el aire seguía borboteando en su pecho con un ruido siniestro, inexorable, como el curso de un torrente. El muchacho escuchaba inclinado sobre él. Golder dijo unas palabras en ruso y luego empezó a hablar en yiddish, la lengua olvidada de su infancia, que de pronto había vuelto a sus labios.

Hablaba deprisa, farfullando con una voz entrecortada por largos y roncos silbidos. De vez en cuando se interrumpía, se llevaba las manos a la garganta con lentitud y esbozaba el gesto de levantar un peso invisible. Tenía la mitad de la cara inmóvil y un ojo ya entrecerrado, vidrioso y fijo; pero el otro vivía, ardía… El sudor le resbalaba por la mejilla sin cesar. El chico quiso secárselo.

– Deja… -balbuceó Golder-. No merece la pena… Escucha. Cuando llegues a París, irás a ver al señor Seton, rue Aubert, veintiocho. Le dirás: David Golder ha muerto. Repítelo. Seton. El señor Seton, notario. Dale todo lo que hay en mi maleta y mi cartera. Dile que haga lo que considere más conveniente para mi hija… Luego irás a ver a Tübingen… Espera… -Jadeó. Seguía moviendo los labios, pero el muchacho ya no lo entendía. Estaba tan inclinado sobre él que percibía el olor a fiebre de su boca, el aliento del moribundo-. Hotel Continental. Apúntalo -murmuró Golder al fin-. John Tübingen. Hotel Continental. -A toda prisa, el chico sacó del bolsillo una carta arrugada y escribió las dos direcciones en el dorso del sobre-. Dile que David Golder ha muerto… -pidió con voz cada vez más débil-. Y que le ruego que lo arregle todo… para mi hija… que confío en él y… -Sus ojos se apagaban, se inundaban de oscuridad-. Y… No. Sólo eso. Es todo. Así está bien. -Miró el papel en las manos del chico-. Dame… voy a firmar… Será mejor…

– No podrá -dijo el muchacho. No obstante, cogió la mano de Golder y le colocó el lápiz entre los temblorosos dedos-. No podrá, por mucho que lo intente -repitió.

– Golder… David Golder… -repetía el moribundo con una especie de frenesí, de acongojada obstinación. Seguramente, en sus oídos, el nombre, las sílabas que lo formaban, sonaban tan extrañas como las palabras de una lengua desconocida. Sin embargo, consiguió firmar-. Te doy todo el dinero que llevo encima -jadeó de nuevo-. Pero jura que harás exactamente todo lo que he te he pedido.

– Sí, lo juro.

– Ante Dios, que te está oyendo -insistió Golder.

– Ante Dios.

Un súbito espasmo contrajo las facciones de Golder y por los lados de la boca empezó a rezumar sangre, que le goteaba sobre las manos. El estertor cesó.

– ¿Me oye todavía, señor? -dijo el chico con voz temblorosa.

La luz del atardecer que penetraba por el ojo de buey caía de lleno sobre aquel rostro desencajado. El muchacho se estremeció. Esta vez sí era el final. La cartera había quedado abierta bajo la mano extendida. La cogió con un rápido movimiento, contó el dinero y se la guardó en un bolsillo; luego, se metió el sobre con las dos direcciones debajo del cinturón, pegado al cuerpo.

«¿Habrá muerto ya?», pensó.

Extendió la mano hacia la abertura de la camisa, pero los dedos le temblaban tanto que no consiguió hallarle el pulso. Se apartó. Como si temiera despertarlo, retrocedió de puntillas hasta la puerta. Salió a toda prisa, sin volverse.

Golder se quedó solo.

Tenía el aspecto y la gélida inmovilidad de un cadáver. Sin embargo, la muerte no lo había inundado completamente, de golpe, como una ola. Había sentido que se quedaba sin voz, sin calor humano, sin la conciencia del hombre que había sido. Pero siguió viendo hasta el final. Vio que la luz del crepúsculo caía sobre el mar, que el agua brillaba…

Y en su interior, hasta su último suspiro, las imágenes siguieron sucediéndose, más débiles y desdibujadas a medida que se acercaba la muerte. Por un instante creyó tocar el cabello, la piel de Joyce. Después, su hija se alejó, lo abandonó, mientras él seguía hundiéndose en la oscuridad. Aún le pareció oír su risa, dulce y alegre, como un cascabeleo lejano, por última vez. Luego la olvidó. Vio a Marcus. Rostros, formas vagas, como arrastradas por una corriente de agua, al atardecer; aparecían un instante y luego se esfumaban. Y, al final, no quedó más que el extremo de una calle oscura, con una tienda iluminada, una calle de su infancia, una vela encendida junto a una ventana cubierta de hielo, la oscuridad, la nieve cayendo y él… Notó los gruesos copos, que se derretían en sus labios con un sabor a hielo y agua, como entonces. Oyó que lo llamaban: «David… David…» Era una voz amortiguada por la nieve, el cielo bajo y la oscuridad, una voz débil que se perdía y de pronto cesaba, como obstaculizada por el recodo de un camino. Fue el último sonido del mundo que penetró en él.

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