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Mujeres Audaces

Jennifer Crusie

Nell, Suze y Margie se casaron con los hermanos Dysart, con desigual fortuna. Deprimida tras su divorcio, Nell deambula por la vida hasta que Suze le consigue empleo en una pequeña y modesta agencia de detectives, con un jefe a primera vista fácil de manejar. Gabe tampoco está satisfecho con su vida. Su agencia está perdiendo dinero con un caso de extorsión y su mujer lo ha dejado… otra vez. Lo único bueno es su nueva secretaria, que parece eficiente y dócil. Pero una cosa lleva a la otra, y pronto Nell y Gabe están felices. Hasta que de pronto alguien empieza a matar gente. Y poco después, comienza el amor… Mujeres audaces es la divertida historia de tres amigas que se confiesan todo y que luchan cada día por vivir intensamente. Un bestseller audaz para lectoras dinámicas.

Jennifer Crusie

Mujeres Audaces

© 2007, Jennifer Crusie

Título original: Fast Women

Traducción de Eduardo Hojman

Para Valerie Taylor

Porque ella me advierte cuando mis escenas son aburridas, mi sintaxis está torcida, y mis personajes son unos idiotas.

Porque ella me recuerda que yo siempre creo que mi carrera está terminada en la mitad de cada libro, y porque ella escribe relatos verdaderamente maravillosos y después me deja ser la primera en leerlos.

Continúa esquivando camiones, cariño.

Agradecimientos…

Clarice Cliff, Sussie Cooper

y la compañía Walking Ware Designers,

por diseñar objetos de cerámica que me asombran y me deleitan cada vez que los veo.

eBay

por poner en venta tarde o temprano todo lo que existe en el universo, y de esa manera hacer que la investigación sea mucho más divertida que lo que era antes.

Abigail Trafford

por haber escrito Crazy Time , su brillante y compasivo estudio sobre el divorcio y la recuperación.

Jennifer Greene, Cathie Linz, Lindsay Longford, Susan Elizabeth Phillips y Suzette Vann

por escucharme armar la trama de mis libros todas las primaveras sin quejarse y por ser la única razón para viajar hasta el aeropuerto O’Hare.

Patricia Gaffney y Judith Ivory

por perfeccionar el arte de la amistad y el oficio del aliento incondicional, y por soportar una escandalosa cantidad de sollozos por e-mail y cybergemidos.

Jen Enderlin

por ser una vez más una editora cuya inteligencia, intuición, empatía, entusiasmo y paciencia de santo, me hacen posible escribir sin beber ni tomar drogas, aunque no sin chocolate y papas fritas con vinagre.

Y Meg Riley

por protegerme de todo, incluso de mí misma y, mientras tanto, por negociar un contrato excelente.

Sin la ayuda de todas estas buenas personas, no podría haber escrito este libro, ni habría querido hacerlo.

Capítulo 1

El hombre que estaba detrás del atestado escritorio parecía el diablo, y Nell Dysart dedujo que eso no era extraño considerando que de todas formas hacía un año y medio que estaba camino al infierno. Encontrarse con Gabriel McKenna sólo quería decir que ya había llegado a destino.

– Sí, me parece que deberías investigar eso -le dijo él al auricular del teléfono con una impaciencia apenas disimulada, mientras sus agudos ojos telegrafiaban su irritación.

Era grosero hablar por teléfono delante de ella, pero él no tenía una secretaria que atendiera el teléfono en su lugar, y ella estaba allí para solicitar un puesto, no como cliente, y él era un detective, no un vendedor de seguros, por lo que era posible que las reglas normales de las relaciones sociales no se aplicaran.

– Iré el lunes -dijo-. No, Trevor, no sería mejor esperar. Hablaré con todos ustedes a las once.

Sonaba como si estuviera hablando con un tío problemático, no con un cliente. El negocio detectivesco debía de ser muchísimo mejor que el aspecto que tenía ese lugar si él podía tratar a los clientes de esa forma, en especial a clientes llamados Trevor. El único Trevor que Nell conocía era el padre de su cuñada, que era más rico que Dios, entonces tal vez Gabe McKenna era en verdad poderoso y exitoso y sólo necesitaba que alguien manejara su oficina y la pusiera en orden. Era algo que ella podía hacer.

Nell recorrió con la mirada la destartalada habitación y trató de tener una actitud positiva, pero el lugar se veía oscuro bajo la otoñal luz de una tarde de septiembre, más oscuro todavía porque las antiquísimas persianas de los igualmente antiguos ventanales estaban cerradas. El Edificio McKenna estaba en la esquina de dos de las calles más bonitas del German Village, un barrio en el que la gente pagaba montones de dólares para poder mirar desde sus ventanas los ladrillos de las históricas calles y la arquitectura de Ohio, pero Gabriel McKenna tenía las persianas bajas, probablemente para no ver el desorden que había en la oficina. Las paredes estaban cubiertas con fotos en blanco y negro llenas de polvo, los muebles necesitaban una limpieza y encerado, y al escritorio había que pasarle un arado. Nunca, en toda su vida, había visto tanta basura en una sola superficie, solamente contando los vasos de plástico…

– Sí -dijo él, con voz baja y firme. La luz de la lámpara de su escritorio, que tenía una pantalla verde, le proyectaba sombras en el rostro, pero ahora que sus oscuros ojos estaban cerrados, estaba lejos de parecer satánico. Era más como un empresario promedio, de cabello oscuro y cuarentón, con una camisa a rayas y una corbata floja. Como Tim.

Nell se puso de pie abruptamente y dejó caer su cartera sobre la silla. Se dirigió al ventanal para abrir las persianas y hacer que entrara un poco de luz. Si limpiaba la oficina, él podría dejar las persianas abiertas para dar una mejor impresión. A los clientes les gustaba hacer los negocios a la luz, no en un pozo del infierno. Dio un tirón al cordón pero éste se quedó inmóvil, entonces volvió a tirar, con más fuerza, y esta vez se salió y le quedó en la mano.

Oh, grandioso. Ella miró hacia atrás, pero él seguía hablando por teléfono, los anchos hombros encorvados; entonces empujó el cordón sobre el alféizar. Se cayó sobre el piso de madera, y el extremo de plástico hizo un sonido agudo y hueco cuando chocó, y ella se inclinó sobre la ventana, cubierta por la persiana, para levantarlo de atrás de la silla que se interponía en el camino. Estaba justo fuera del alcance de sus dedos, otra maldita cosa que estaba fuera de su alcance; entonces ella empujó las persianas con más fuerza, estirándose para tocarlo con las puntas de los dedos.

La ventana se quebró contra su hombro.

– Hasta el lunes -dijo él por teléfono, y ella pateó el cordón detrás del radiador y volvió a su asiento antes de que él pudiera darse cuenta de que le estaba destruyendo la oficina.

Ahora tendría que obtener el puesto para poder ocultar las huellas de su vandalismo. Y, además, estaba ese escritorio; alguien tenía que salvar a este tipo. Y además estaba el dinero que necesitaba para pagar el alquiler y otros lujos. Alguien tiene que salvarme, pensó.

Él colgó el teléfono y se volvió en dirección a ella, con aspecto cansado.

– Lo lamento, señora Dysart. Se dará cuenta de lo mucho que precisamos una secretaria.

Nell miró el escritorio y pensó: Necesitas más que una secretaria, amigo. Pero dijo:

– Todo está perfectamente bien. -Iba a mostrarse alegre y dispuesta costara lo que costase.

Él recogió su curriculum.

– ¿Por qué se fue de su último trabajo?

– Mi jefe se divorció de mí.

– Es una buena razón -dijo él, y comenzó a leer.

Ese hombre tendría que mejorar su talento para relacionarse con las personas, pensó ella mientras bajaba la mirada y la dirigía a sus sensatos zapatos negros, firmemente plantados sobre la antigua alfombra oriental donde no podrían volver a meterla en problemas. Ahora bien; si se hubiera tratado de Tim, éste le habría ofrecido sus condolencias, un pañuelo de papel, un hombro sobre el que llorar. A continuación le habría sugerido la adquisición de alguna póliza de seguros, pero se habría mostrado compasivo.

Había una mancha en la alfombra, y ella la frotó con la punta de un zapato, tratando de borrarla. Las manchas hacían que un lugar diera sensación de fracaso; los detalles eran importantes en un ambiente de negocios. Frotó con más fuerza, los hilos de la alfombra se separaron y la mancha se hizo más grande; no era una mancha: ella había encontrado un agujero y se las había arreglado para desarmarlo y duplicar su tamaño en menos de quince segundos. Tapó el agujero con el pie y pensó: Llévame, Jesús, llévame ahora.

– ¿Por qué quiere trabajar con nosotros? -dijo él, y ella le sonrió, tratando de verse simpática y entusiasmada, además del aspecto antes mencionado de alegre y dispuesta, lo que era difícil, puesto que era de mediana edad e irritable.

– Me pareció que sería interesante trabajar para una agencia de detectives. -Me pareció que me vendría bien un trabajo para poder ahorrar el dinero del divorcio para mi vejez.

– Se asombraría de lo aburrido que es -dijo él-. La mayor parte de su tarea consistiría en ripear y archivar y atender los teléfonos. Usted está demasiado calificada para este puesto.

Además tengo cuarenta y dos años y estoy desempleada, pensó ella, pero dijo con entusiasmo:

– Estoy lista para un cambio.

Él asintió, con un gesto que daba la impresión de que no creía nada de todo eso, y ella se preguntó si él sería tan similar a Tim que la reciclaría dentro de veinte años; si, con el paso del tiempo, la miraría y le diría: «Estos años nos han distanciado. Juro que no he entrevistado a otras secretarias a escondidas, pero ahora necesito a una persona nueva. Alguien que verdaderamente sepa mecanografiar. Alguien…»

El apoyabrazos de la silla se tambaleó debajo de su mano, y ella se dio cuenta de que había estado tironeándolo. Relájate. Volvió a empujarlo hacia atrás, mientras apretaba el codo contra su costado para evitar que la silla siguiera moviéndose, sin quitar el zapato del punto de la alfombra. Quédate quieta, se dijo para sí.

A sus espaldas, la persiana se agitó y se deslizó un poco.

– Sin duda, usted tiene las habilidades que necesitamos -dijo McKenna, y ella se obligó a sonreír-. Sin embargo, el trabajo que hacemos aquí es altamente confidencial. Tenemos una regla: jamás se habla del trabajo fuera de la oficina. ¿Usted es discreta?

– Por supuesto -dijo Nell, apretando la silla con más fuerza mientras trataba de irradiar discreción.

– ¿Entiende que se trata de un puesto temporal?

– Eh, sí -mintió Nell, sintiéndose de improviso con más frío. Esta era su nueva vida, exactamente igual a su antigua vida. Oyó un débil crack en el apoyabrazos y aflojó un poco la mano.

– Nuestra recepcionista se está recuperando de un accidente y debería estar de vuelta en seis semanas -estaba diciendo él-. Entonces, el 13 de octubre…

– Soy historia -terminó Nell. Por lo menos él le informaba por anticipado que habría un final. Ella no se encariñaría. No tendría un hijo con él. No…

El apoyabrazos volvió a temblar, esta vez mucho más flojo, y él asintió.

– Si quiere el puesto, es suyo.

La persiana volvió a moverse; el sonido de algo oxidado que se deslizaba.

– Acepto el puesto -dijo Nell.

Él rebuscó en el cajón del medio del escritorio y le entregó una llave.

– Con esto podrá entrar en la oficina externa los días en que llegue antes de que mi socio, Riley, o yo hayamos abierto. -Se puso de pie y le ofreció la mano-. Bienvenida a Investigaciones McKenna, señora Dysart. La esperamos el lunes a las nueve.

Nell también se puso de pie, mientras soltaba con suavidad el apoyabrazos con la esperanza de que no se cayera al piso. Buscó la mano de él, extendiendo la propia con violencia, como para demostrar confianza y fortaleza, y golpeó uno de los vasos de plástico. El café se derramó sobre los papeles mientras los dos miraban, las manos entrelazadas sobre la masacre.

– Culpa mía -dijo él, soltándola para agarrar el vaso-. Siempre me olvido de tirar estas cosas a la basura.

– Bueno, ése será mi trabajo las próximas seis semanas -dijo ella, con un aire de absoluta seguridad-. Le agradezco mucho, señor McKenna.

Le dedicó una última sonrisa llena de un optimismo demente y salió de la oficina antes de que sucediera algo más.

Lo último que vio cuando cerraba la pesada puerta fue la persiana, que se resbalaba una vez, rebotaba y después caía con un golpe, exponiendo la ventana con una rajadura en forma de estrella, brillante bajo la luz de la tarde.

Cuando Eleanor Dysart se fue, Gabe miró la ventana rota y suspiró. Encontró un frasco de Bayer en el cajón del medio y tomó dos aspirinas, enjuagándolas con un café de varias horas de antigüedad que había sido horrible cuando estaba caliente, e hizo una mueca cuando alguien golpeó la puerta de su oficina.

Su primo Riley asomó su rubia cabellera por la puerta, haciendo su habitual imitación de un jugador de fútbol norteamericano medio retardado.

– ¿Quién era la delgaducha pelirroja que acaba de irse? Atractiva; pero si aceptamos su caso, deberíamos darle de comer.

– Eleanor Dysart -dijo Gabe-. Va a reemplazar a Lynnie. Y es más fuerte de lo que parece.

Riley miró la ventana con el entrecejo fruncido mientras se sentaba en la silla que Eleanor Dysart acababa de desocupar.

– ¿Cuándo se rompió la ventana?

– Hace unos cinco minutos. Y vamos a contratarla, aunque sea una rompeventanas, porque está calificada y porque Jack Dysart nos lo pidió.

Riley parecía disgustado.

– ¿Una de sus ex esposas de la que no habíamos oído hablar? -Se recostó sobre el apoyabrazos, que crujió y se rompió, por lo que tuvo que echarse hacia atrás para no caerse de la silla.

– ¿Qué diablos?

– Cuñada -dijo Gabe, mirando la silla con tristeza-. Divorciada de su hermano.

– Esos chicos Dysart son un infierno para las esposas -dijo Riley, recogiendo el apoyabrazos del suelo.

– Le mencioné a Jack que necesitábamos una temporaria y él la mandó. Trátala bien. Otros no lo han hecho. -Gabe guardó el frasco de aspirinas en el cajón y tomó un papel empapado en café. Usó otro papel para absorber el líquido y se lo pasó a Riley-. Tienes el Almuerzo Caliente el lunes.

Riley se dio por vencido con el apoyabrazos y lo dejó caer al piso para tomar el papel.

– Detesto perseguir a cónyuges adúlteros.

El dolor de cabeza de Gabe se resistía a la aspirina.

– Si las investigaciones de parejas te molestan, tal vez deberías replantearte tu carrera.

– Es la gente, no el trabajo. Como Jack Dysart. Un abogado que cree que el adulterio es un pasatiempo para mí es como el último escalón de la cadena alimentaria. Qué perdedor.

Esa no es la razón por la que lo odias, pensó Gabe, pero eran las últimas horas de una tarde de viernes y no tenía interés en alentar los viejos rencores de su primo.

– Tengo que encontrarme con él y con Trevor Ogilvie el lunes. Los dos socios principales al mismo tiempo.

– Te felicito. Ojalá Jack esté hasta el cuello en problemas.

– Los están chantajeando.

– ¿Chantaje? -dijo Riley, la voz llena de incredulidad-. ¿Jack? ¿Existen cosas que son aún peores que lo que todos saben de él?

– Es posible -dijo Gabe, mientras pensaba en Jack y su total falta de interés por las consecuencias de sus acciones. Era asombrosa la forma en que un abogado atractivo, encantador, egoísta y adinerado podía salirse con la suya. Al menos, eran asombrosas las cosas que Jack hacía sin tener que responder por ellas-. Jack cree que es un empleado descontento que trata de asustarlos. Trevor cree que es una broma y que si esperan unas semanas…

Riley resopló.

– Ahí tienes a Trevor. Un abogado que hizo una fortuna demorando a sus oponentes hasta la muerte. Lo que incluso es mejor que lo que hace Jack, ese ladino hijo de puta.

Gabe sintió una puntada de irritación.

– Oh, diablos, Riley, dale un poco de crédito al hombre; ya van catorce años y sigue casado. Ella pasó los treinta hace bastante y él no se alejó. Por lo que sabemos, hasta podría serle fiel.

Riley lo miró con el entrecejo fruncido.

– No tengo la menor idea de qué estás hablando…

– Susannah Campbell Dysart, el momento definitorio de tu juventud.

– … Pero si tengo que elegir entre el Almuerzo Caliente y Jack Dysart-prosiguió Riley-, me quedo con el Almuerzo Caliente. De todas formas tenía que ir a la universidad el lunes; me queda de paso.

Gabe lo miró con el entrecejo fruncido.

– Pensé que el lunes tenías que trabajar en una investigación. ¿Qué vas a hacer en la universidad?

– Voy a almorzar -dijo Riley, con aire de inocencia.

La irritación de Gabe aumentó. Riley tenía treinta y cuatro años. Ya hacía tiempo que debía haber alcanzado la madurez.

– ¿Ahora estás saliendo con una estudiante de posgrado?

– De primer año -dijo Riley, sin culpa-. Está haciendo una licenciatura en horticultura. ¿Sabías que las coníferas…?

– Entonces ella tiene, ¿cuántos? ¿Quince años menos que tú?

– Trece -dijo Riley-. Estoy expandiendo mis horizontes aprendiendo cosas sobre el mundo de las plantas. Tú, por otra parte, eres tan rutinario que ni siquiera puedes ver tus propios horizontes. Sal con nosotros, encuentra a alguien…

– Con una estudiante. -Gabe sacudió la cabeza, asqueado-. No. Esta noche voy a invitar a cenar a Chloe. Voy a estar con alguien.

Riley sacudió la cabeza, igualmente asqueado.

– Por más que me guste Chloe, dormir con tu ex esposa no te va a sacar de la rutina.

– De la misma forma en que dormir con una estudiante de primer año de la universidad no te va a ayudar a alcanzar la adultez -dijo Gabe.

– Bueno, piensa lo que quieras. -Riley se puso de pie, cordial como siempre-. Dale mis saludos a Jack y a los muchachos el lunes. -Levantó la silla rota y la reemplazó por la que estaba junto a la ventana y luego se marchó, y Gabe comenzó a ordenar el resto de los papeles manchados que estaban sobre el escritorio. Después de una reflexión, levantó el teléfono y apretó la tecla de discado rápido que tenía programado el número del The Star-Struck Cup, la casa de té de su ex esposa. Podría haber cruzado la puerta que comunicaba la sala de recepción de la agencia con la tienda de venta al público de The Cup y hablar con su ex en persona, pero no quería ver a Chloe en ese momento, sólo quería asegurarse de que tendría acceso a su persona más tarde.

Cuando Chloe atendió, con la voz burbujeante en el teléfono, él dijo:

– Soy yo.

– Bien -dijo ella, mientras algunas de las burbujas se disipaban-. Oye, recién estuvo una mujer aquí que compró galletitas de almendra. Alta y delgada. Pelirroja perdiendo el color. Ojos bonitos. ¿Viene de tu oficina?

– Sí, pero no es una clienta, así que puedes ahorrarte el discurso de que tengo que salvarla. Es la reemplazante temporaria de Lynnie.

– Tiene un aspecto interesante -dijo Chloe-. Apuesto que es de virgo. Dame su fecha de nacimiento.

– No. ¿Cena a las ocho?

– Sí, por favor. Tenemos que hablar. Lu piensa que tal vez, se haga un paseo por Europa como mochilera este otoño.

– De ninguna manera. Ya pagué las cuotas del primer trimestre de la universidad.

– Estamos hablando de la vida de tu hija, Gabe.

– No. Apenas tiene dieciocho años. Es demasiado joven para ir sola a Europa.

– Tiene la misma edad que tenía yo cuando me casé contigo -señaló Chloe.

Y fíjate qué mala decisión tomaste.

– Chloe, ella va a ir a la universidad. Si la detesta después del primer trimestre, hablamos.

Chloe suspiró.

– Está bien. En cuanto a esta chica de virgo…

– No -dijo Gabe y colgó, pensando en su adorable y rubia hija que estaba haciendo planes para irse de mochilera a países lejanos llenos de hombres depredadores, mientras su adorable y rubia ex esposa consultaba las mismas estrellas que le habían dicho que se divorciara de él.

Volvió a buscar las aspirinas y esta vez las bajó con el whisky Glenlivet que siempre guardaba en el cajón inferior, como lo había hecho su padre antes que él. Tendría que hacer algo respecto de Chloe y Lu, sin mencionar a Jack Dysart y a Trevor Ogilvie y cualquiera fuera el lío en que se habían metido ellos mismos y a su estudio legal esta vez. La única perspectiva alegre de su futuro era que pocas horas más tarde dormiría con Chloe. Eso siempre era agradable.

¿Agradable? Se detuvo. Por Cristo, ¿qué había pasado con «ardiente»? No podría ser Chloe, ella estaba igual que siempre.

Entonces soy yo, pensó, mirando la botella de whisky escocés en una mano y el frasco de aspirinas en la otra. Estoy acabado; necesito alcohol y drogas para soportar un día entero.

Por supuesto que lo que él tomaba en exceso era Glenlivet y Bayer, no ginebra barata y crack. Sus ojos se detuvieron en la fotografía que estaba en la pared opuesta: su papá y Trevor Ogilvie, cuarenta años antes, las manos de cada uno aferradas sobre el hombro del traje a rayas del otro, sonriendo a la cámara, brindando con vasos de whisky. Una buena y antigua tradición, pensó, y recordó a su padre que decía: «Trevor es un gran tipo, pero sin mí, dejaría de prestar atención a sus problemas hasta que le explotaran en la cara».

Me dejaste más que la agencia, papá.

Sin que eso lo alegrara, Gabe guardó ambas botellas en el escritorio y comenzó a clasificar el desorden para encontrar sus anotaciones. Era una gran cosa que tuvieran una secretaria que empezaría el lunes. Él necesitaba a alguien que obedeciera órdenes y que le hiciera la vida más fácil, como había hecho Chloe cuando había sido su secretaria. Echó una mirada de inquietud a la ventana rota. Estaba bastante seguro de que Eleanor Dysart le haría la vida más fácil.

Y si no era así, la despediría, aunque fuera la ex cuñada de su cliente más importante. Si había algo que no necesitaba en su vida era más gente que lo volviera loco.

De eso ya tenía suficiente.

Al otro lado del parque del barrio, Nell estaba sentada a la gran mesa de cenar de su muy pequeño departamento y decía:

– Y entonces, cuando me estaba yendo, la persiana se cayó haciendo un ruido enorme y ahí estaba la ventana rota.

Miró impasible mientras su cuñada, Suze Dysart, sufría un ataque de hipo por la risa, una belleza platinada incluso cuando jadeaba.

– Tal vez crea que la rompió alguien desde afuera -dijo Margie, la otra cuñada de Nell, desde un costado, con su cara pequeña y poco atractiva mostrando la misma esperanza de siempre por encima de la taza de café que Nell acababa de servirle-. Si tú nunca se lo dices, quizás él jamás se entere. -Sacó un pequeño termo plateado de su cartera mientras hablaba y agregó a su taza la leche de soja que siempre llevaba consigo.

– Él es un detective -dijo Nell-. Por Dios, espero que se dé cuenta; si no estaré trabajando para Elmer Fudd.

– Oh, por Dios, hacía mucho tiempo que no me reía así. -Suze respiró profundamente-. ¿Qué vas a hacer con respecto a la alfombra?

– Tal vez puedas poner la parte agujereada debajo del escritorio. -Margie buscó una galletita de almendra-. Si nunca la ve, tal vez jamás se dé cuenta. -Mordió la galletita y dijo-: Me encantan, pero la mujer que las hace es muy tacaña con la receta.

– Si tú pudieras hacer las galletitas, ¿se las comprarías a ella? -dijo Suze, y cuando Margie sacudió la cabeza, agregó-: Bueno, por eso. -Se volvió hacia Nell y empujó el plato de galletitas hacia ella-. Come y cuéntanos más. ¿Cómo es el lugar? ¿Cómo es tu nuevo jefe?

– Es un desordenado -dijo Nell-. Voy a tardar las seis semanas completas sólo para limpiarle el escritorio. -Ése era un buen pensamiento, organizarle la vida a alguien, volver a estar a cargo de las cosas. Es hora de seguir avanzando, pensó y se quedó inmóvil.

– Ay. -Margie miró por debajo de la mesa-. ¿Qué acabo de patear? ¿Por qué hay cajas aquí abajo?

– Mis porcelanas -dijo Nell.

– ¿Todavía no has desempacado las porcelanas? -Margie sonaba escandalizada.

– Ya lo va a hacer. -Suze dirigió una inconfundible mirada de cállate en dirección a Margie.

Esta, por supuesto, no la vio.

– Si ya hubiera sacado las porcelanas, podría mirarlas, y eso la haría sentirse más instalada.

– No, no lo haría -dijo Suze, todavía mirándola fijo e intencionadamente-. Las mías están fuera de las cajas y me dan ganas de vomitar, aunque eso puede ser porque me quedé con las espantosas porcelanas de los Dysart.

– A mí me encanta mirar mis platos -dijo Margie tristemente sobre su café, lo que no era ninguna novedad para el resto de la mesa. Ninguna mujer del planeta tenía tanta vajilla de cerámica Franciscan Desert Rose como Margie.

Por fin Suze consiguió que Margie la mirara, y ésta se enderezó, sonriendo. Nell quiso decir: «Miren, chicas, todo está bien», pero si lo hacía luego tendría que volver a lidiar con las dos tratando de tranquilizarla.

– Bueno, yo creo que es maravilloso -dijo Margie, con fingida alegría-. Este nuevo trabajo y todo eso. A ti siempre te gustó trabajar. -Sonaba levemente intrigada, como si eso fuera un misterio para ella.

– No me gustaba trabajar -dijo Nell-. Me gustaba dirigir mi propia empresa.

– La empresa de Tim -dijo Margie.

– La construimos juntos.

– ¿Entonces por qué la tiene él ahora? -dijo Margie, y Nell deseó que Suze la mirara fijo otra vez.

– Bueno, a mí me gustaría trabajar -se interpuso Suze-. No sé qué quiero hacer, pero después de catorce años de universidad, debo de estar calificada para hacer algo.

Entonces búscate un trabajo, pensó Nell, impaciente al oír una vez más los lamentos de Suze, y luego se sintió culpable. Suze hablaba de trabajar y no hacía nada al respecto, pero Nell tampoco había hecho nada, hasta que Jack había llamado a los McKenna.

Margie seguía obsesionada respecto de Tim.

– Dime que por lo menos te quedaste con la mitad de esos feos premios de vidrio que a él lo ponían tan orgulloso.

Nell mantuvo la calma. Gruñirle a Margie era como patear a un cachorro.

– ¿Los Carámbanos? No. Los dejé en la agencia. No habría sido justo…

– ¿Nunca te cansas de ser justa? -dijo Suze.

, pensó Nell.

– No -dijo-. Y en cuanto al nuevo trabajo, lo único que voy a hacer es atender el teléfono y tipear durante seis semanas. No es una carrera. Es como una práctica, para ponerme en marcha otra vez.

– Es una agencia de detectives -dijo Suze-. Pensé que sería excitante. Sam Spade y Effie Perine. -Sonaba nostálgica.

– ¿Quiénes? -dijo Margie.

– Un detective famoso y su secretaria -dijo Suze-. Los estudié en mi curso sobre cine negro. Siempre pensaba que Sam y Effie tenían los mejores trabajos posibles. El vestuario también estaba bien. -Empujó el plato hacia Nell-. Come una galletita.

Margie volvió a dirigirse a Nell.

– ¿Tu jefe es atractivo?

– No. -Nell revolvió el café y pensó en Gabe McKenna. Decidió que eran sus ojos los que la ponían nerviosa. Eso y el mero peso de su presencia, la amenaza de un potencial ataque de nervios. No era un hombre con quien meterse-. Es alto y de aspecto sólido, y frunce el entrecejo todo el tiempo, y tiene ojos tan oscuros que es difícil descifrarlo. Parece… No sé. Enojado. Sarcástico. -Lo recordó sentado detrás del escritorio, sin prestarle atención a ella-. En realidad, se parece a Tim.

– Eso no suena parecido a Tim -dijo Margie-. Tim siempre sonríe y dice cosas amables.

– Tim siempre está tratando de vender pólizas de seguro -dijo Suze-. Pero tienes razón, eso no suena parecido a Tim. No te los confundas. Tim es un perdedor. Este tipo nuevo puede ser una buena persona. Cualquiera excepto Tim puede ser una buena persona.

Nell suspiró.

– Mira, era muy cortés, pero eso era todo.

– Tal vez estaba reprimiendo la atracción que sentía por ti -dijo Suze-. Tal vez se mostraba distante porque no quería abalanzarse sobre ti, pero su corazón latió más rápido cuando te vio.

Margie sacudió la cabeza.

– No lo creo. Nell no es de la clase de las que vuelven locos a los hombres a primera vista. A los hombres les pasa eso contigo porque eres joven y hermosa, entonces piensas que es así con todas.

– No soy tan joven -dijo Suze.

– No se sentía atraído por mí -exclamó Nell con firmeza-. Esto es sólo un trabajo.

– Está bien -dijo Margie-. Pero tienes que empezar a salir con alguien. Deberías casarte de nuevo.

Sí, ya que eso salió tan bien la última vez.

– Tiene razón -comentó Suze-. No te conviene estar sola. -Lo dijo como si se tratara de un destino peor que la muerte.

– Aunque tal vez no -dijo Margie, mirando el espacio-. Pensándolo bien, siempre son los hombres los que quieren casarse. Mira a Tim, que se casó con Whitney tan rápido.

Ay, pensó Nell, y vio que Suze se volvía hacia Margie, lista para ladrar.

– Y Budge no puede esperar, está volviéndome loca con la idea de fijar una fecha. -Margie mordió su galletita y masticó, inmersa en sus pensamientos-. Saben, se vino a vivir conmigo un mes después de que Stewart se fuera, así que nunca tuve mucha oportunidad de buscar. Podría haber alguien mejor que él.

Nell quedó tan sorprendida que casi dejó caer su taza de café.

Suze dejó la suya sobre la bandeja con un fuerte ruido metálico.

Marjorie Ogilvie Trevor, me asombras. ¿Hace siete años que ese hombre vive contigo y estás pensando en abandonarlo?

– Bueno -comenzó Margie.

– Hazlo -dijo Suze-. No lo pienses dos veces. Si necesitas ayuda para mudarte, cuenta conmigo.

– O tal vez busque un trabajo -prosiguió Margie-. Si te gusta tu trabajo, Nell, quizá me busque uno. Pero no en la agencia. Budge dice que los McKenna tratan con mucha gente de bajo nivel.

– ¿En serio? -dijo Nell, sin importarle. El Budge de Margie parecía un muñequito de chupetín y hablaba como un líder de la mayoría moral-. Me asombra que Budge te deje andar conmigo, entonces.

Margie la miró parpadeando.

– Tú no eres de bajo nivel. Sólo estás deprimida.

Suze empujó el plato de galletitas hacia ella para distraerla.

– Nell no está deprimida. Y hablando de Budge, si vas a quedarte con él, por favor dile de nuevo que no me llame «Suzie». Se lo he recordado en muchísimas ocasiones pero sigue haciéndolo. Una vez más y juro por Dios que le romperé los anteojos.

– A veces me pregunto -dijo Margie, sin prestarle atención-, ya saben. ¿Esto es todo lo que hay?

Nell asintió.

– Yo también solía preguntármelo. A veces recorría con la mirada la agencia de seguros y pensaba: «¿Esto es el resto de mi vida?». Después resultó que no. Confía en mí, Margie, no te pases de lista.

– Tú no te pasaste de lista -dijo Suze-. Tú te casaste con el hombre equivocado.

– No, no es cierto -dijo Nell-. Fue el hombre adecuado durante veintidós años. -Contempló su taza de café-. No es que me haya engañado…

– Oh, por el amor de Dios -dijo Suze-. Si oigo una vez más que no es culpa de Tim porque no te engañó antes de abandonarte, voy a tirar algo. Él te dejó sola y te lastimó tanto que ya ni siquiera comes. -Miró fijo el plato de galletitas, visiblemente disgustada-. Es una basura. Lo odio. Encuentra a otro y comienza una nueva vida.

Mi antigua vida me gustaba. Nell inspiró profundamente.

– Mira, ¿podemos esperar a ver si sobrevivo después de trabajar seis semanas para Gabriel McKenna, antes de lidiar con otros hombres?

– Está bien, seis semanas, pero después sales con alguien -dijo Suze-. Y come ahora.

– Creo que deberíamos desempacar tus porcelanas -dijo Margie.

Dios, sálvame de los que me aman, pensó Nell, y bebió el resto de su café.

Cinco horas más tarde, en su departamento, que estaba en el tercer piso del edificio de la agencia, Gabe habría pensado algo muy parecido si hubiera estado pensando en algo. Después del día que había tenido, lo único que quería era sexo y silencio, y ahora estaba a mitad de camino a su objetivo, apenas fingiendo vagamente que estaba escuchando a Chloe en la cama a su lado.

– Me gustó el aspecto que tenía -estaba diciendo Chloe-. Y miré la fecha de nacimiento en su solicitud, y es de virgo, como había pensado. Va a ser una secretaria excelente.

– Mmmmm.

– Así que me parece que deberías echar a Lynnie y emplear de manera permanente a esta Eleanor -dijo Chloe, de manera muy directa para su voz que por lo general era delicada y sugestiva, y Gabe se despertó un poco-. Incluso antes de saber que Lynnie era de escorpio, no confiaba en ella. Sé que es eficiente, pero no se preocupa por nadie más que por sí misma. Ese cabello oscuro. Eleanor será perfecta para ti.

Gabe no prestó atención a la parte del cabello oscuro -rastrear las asociaciones libres de Chloe podría llevar horas- para concentrarse en el punto importante.

– Chloe, yo no te digo cómo debes manejar tu negocio, así que apártate del mío. -Otro pensamiento se interpuso-. ¿Cómo viste la solicitud?

– Estaba sobre tu escritorio. La busqué después de que te fuiste. Tiene la luna en cáncer.

– Si eso significa que tiene un lindo culo, tienes razón. Mantente lejos de mi oficina. -Gabe rodó a un costado de la cama, con la triste esperanza de que ella se callara.

– Apuesto que alguna vez fue una pelirroja de verdad -dijo Chloe-. Había fuego allí, apostaría cualquier cosa. Pero ahora está todo descolorido. -Lo golpeó con el codo-. Podrías hacer algo al respecto, devolverle parte de ese fuego.

– Ella va a atender el teléfono -le dijo Gabe a su almohada-. A menos que la compañía telefónica la encienda en llamas, no tendrá mucha suerte.

Chloe se sentó en la cama y se recostó sobre el hombro de Gabe, y éste cerró los ojos ante el placer de toda esa cálida suavidad apretándole la espalda. Entonces ella dijo:

– Gabe, me parece que no deberíamos seguir viéndonos.

Gabe giró la cabeza para mirarla. La luna apareció en el cielo e iluminó los rulos cortos y rubios de Chloe, dándole un aspecto angelical y adorable. Qué lástima que estuviera loca.

– Tú vives al lado. Trabajas en el mismo edificio que yo. Duermes conmigo varias veces por semana. ¿Cuál es tu plan? ¿Persianas herméticas?

– Hablo en serio, Gabe. Creo que es hora de que nos separemos.

Gabe volvió a darle la espalda.

– Eso ya lo hicimos. Fue un éxito. Duérmete.

– Nunca escuchas -dijo Chloe, y Gabe sintió el rebote de la cama cuando ella se bajó.

– ¿Adónde vas? -le dijo, exasperado, mientras ella luchaba por vestirse.

– A casa -dijo Chloe, y como era la puerta de al lado, Gabe contestó:

– Bien. Hasta mañana.

– Gabe -dijo Chloe un minuto más tarde, y él se dio vuelta y la vio al pie de la cama, sin corpiño, con una remera con lunas y estrellas, las manos en las caderas, como una niña particularmente demandante.

Como ella no dijo nada, él se enderezó sobre los codos y preguntó, con una paciencia exagerada:

– ¿Qué?

Chloe asintió.

– Bien, estás despierto. Tú y yo hemos permanecido juntos en parte debido a Lu pero más que nada porque no había ninguna otra persona que nos gustara más. Tú eres un hombre muy agradable, pero no somos el uno para el otro, y tenemos el deber de encontrar a nuestros compañeros de alma.

– Te amo -dijo Gabe-. Si no fueras una loca de mierda, seguiría casado contigo.

– Yo también te amo, pero éste no es el gran amor que los dos nos merecemos. Y algún día vas a mirarme y decir: «Chloe, tenías razón».

– Lo diré ahora si te callas y vuelves a la cama.

– Creo que esta Eleanor podría ser la indicada para ti. Dediqué dos horas a su horóscopo, y no puedo decirlo con seguridad sin tener la hora de su nacimiento para averiguar su signo ascendente, pero realmente creo que podría ser perfecta para ti.

Gabe sintió un frió repentino.

– Dime que no se lo dijiste a ella.

– Bueno, claro que no. -Chloe sonaba exasperada-. Mira, sé que odias el cambio, entonces estoy liberándonos a los dos para que puedas empezar de nuevo con Eleanor y yo pueda encontrar el hombre al que estoy destinada.

Gabe se enderezó más en la cama.

– No estás hablando en serio.

– Muy en serio -dijo Chloe y le sopló un beso-. Adiós, Gabriel. Siempre te amaré.

– Espera un minuto. -Gabe rodó hacia el pie de la cama para alcanzarla, pero ella se desvaneció en la oscuridad, y un momento más tarde él oyó que la puerta de su departamento se cerraba con un sonido de final que era extraño para Chloe.

Noventa y nueve de cada cien veces, Chloe hacía exactamente lo que él le decía que hiciera. Estaba claro que ésta era la centésima vez. Volvió a caer sobre la cama y contempló la luz del cielo, deprimido al darse cuenta de que su ex esposa acababa de abandonarlo una vez más.

Una estrella fugaz cruzó la bóveda celeste, y él la vio desvanecerse. ¿No se suponía que traían buena suerte? Chloe lo sabría, pero se había ido. Ahora su futuro consistía en una interminable hilera de días tratando con clientes como Jack Dysart, manteniendo a su hija en la universidad, persiguiendo a una serie de cónyuges adúlteros y viendo cómo su secretaria temporaria destrocaba su oficina, todo eso célibe. «Quiero que me devuelvan mi vida», dijo y rodó en la cama, cubriéndose la cabeza con la almohada para bloquear las estrellas que eran responsables de su desastre más reciente.

Capítulo 2

Era lunes a las nueve. Cuando Gabe bajó, la oficina exterior estaba vacía. No era una buena impresión. Él estaba de mal humor, y ahora su nueva secretaria no se aparecía con una taza de café en la mano. La iba a echar en seis semanas, eso era seguro. Se dirigió a la cafetera eléctrica para hacerse uno y la máquina tampoco estaba en su lugar. De hecho toda la parte superior de la vieja estantería de roble estaba vacía: no estaba la abollada lata de café, ni la pila de vasos de plástico, ni los pequeños palillos rojos para revolver, nada.

– Nos robaron -le dijo a Riley, que bajó de su departamento del segundo piso un momento más tarde-. Algún adicto a la cafeína nos desvalijó.

– Tampoco era un buen café -dijo Riley-. ¿Quieres que vaya a…?

Se detuvo cuando Eleanor Dysart pasó junto al gran ventanal que estaba en el frente de la oficina, cargando una caja de cartón que parecía demasiado pesada para sus delgados brazos.

– Lo lamento -dijo ella cuando entró y puso la caja sobre su escritorio, mientras sus ojos marrones se abrían en señal de disculpa-. Les faltaban algunas cosas, así que fui a buscarlas.

– ¿Como una cafetera? -dijo Gabe.

– Eso no era una cafetera. Eso era una antigüedad que debería haberse tirado hace mucho tiempo. -Mientras hablaba abrió la caja y puso toallas de papel y un limpiador en aerosol sobre el escritorio antes de extraer una reluciente cafetera eléctrica blanca.

– ¿Usted compró una cafetera? -dijo Gabe.

– No, ésta es mía. También traje mi café. -Arrancó una toalla de papel del rollo, levantó el limpiador, roció la repisa del café, y la limpió con una pasada impiadosa, su mano un pálido borrón contra la madera oscura-. En cualquier caso voy a beberlo aquí durante las próximas seis semanas. -Colocó la cafetera y agregó-: Además, el café de ustedes era terrible.

– Gracias -dijo Riley, claramente fascinado por todo el proceso, algo que Gabe podía entender. Jamás había visto a alguien tan eficiente y agradable como esta mujer. Ella extrajo un pequeño molinillo blanco de café, lo enchufó y le echó granos de una bolsita marrón y brillante, y luego accionó el interruptor y siguió sacando sus cosas mientras el fuerte y dulce aroma de los granos llenaba la habitación.

– Por Dios, qué bien huele -dijo Riley.

Ella estaba instalando tazas de porcelana en los platos, con sus manos pálidas y largas del mismo color crema de las porcelanas.

– ¿Cómo lo toma usted?

– Cuatro cucharadas de crema, dos de azúcar -dijo Riley, que seguía hipnotizado.

Ella se detuvo con un pequeño recipiente de cartón en la mano.

– ¿En serio?

– Él es muy joven -dijo Gabe-. Yo lo tomo negro.

– Él es muy aburrido -dijo Riley-. ¿Es crema de verdad?

– Sí -respondió ella.

Riley se asomó dentro de la caja y extrajo un frasco de limpiador para vidrios.

– ¿Para qué son todos estos productos de limpieza?

– Para la oficina. Realmente deberían contratar un servicio de limpieza.

Gabe la miró con el entrecejo fruncido.

– Tenemos un servicio de limpieza. Vienen una vez por semana. Los miércoles a la noche.

Ella sacudió la cabeza.

– Hace por lo menos un mes que no se limpia este lugar. Miren cuánto polvo hay en el alféizar.

Había una delgada capa sobre todas las cosas, notó Gabe. Con excepción de la estantería donde la nueva cafetera se posaba alegremente, toda la oficina estaba llena de polvo y oscuridad.

– El número del servicio de limpieza está en el tarjetero giratorio. -Gabe abrió la puerta de su oficina, huyendo antes de lanzarse de cabeza sobre la cafetera. Se había olvidado de que algo podía oler tan bien-. Se llama Hausfrau.

– No me habla en serio -dijo ella, y él entró en su oficina y cerró la puerta para callarla. Gracias a Dios tenía una oficina a la que podía escaparse.

Una oficina que se veía como el infierno, se dio cuenta cuando estaba sentado frente a su escritorio bajo la luz sin persianas de la ventana rota. La habitación estaba llena de papeles, vasos de plástico, libros que él había sacado de la biblioteca y todos los otros desperdicios generales de su trabajo diario. ¿Cuándo había sido la última vez que se había limpiado ese lugar? Parte de la basura parecía estar allí desde los tiempos de su padre. El teclado estaba enterrado bajo más papeles, y había polvo en todos lados, y de pronto eso importaba.

Era culpa de Eleanor Dysart. Él no había notado nada de eso hasta que ella había entrado con su café y sus porcelanas y sus toallas de papel y le había arrancado las persianas.

Buscó los vasos de plástico de entre el desorden y los tiró a la basura y revisó los papeles, recogiendo notas sobre temas que ya había resuelto y poniendo en una pila separada las cartas que la mujer Dysart tendría que archivar. Eso la frenaría un poco. Acababa de encender la computadora cuando ella entró, trayendo una taza de porcelana con su plato y una expresión resuelta que se veía extraña en los finos rasgos de su rostro. Gabe pensó en su padre, lanzado al viento, recitando a Roethke para calmar a su furiosa madre: conocí a una mujer, adorables sus huesos. Eleanor Dysart era demasiado delgada y demasiado pálida, pero sus huesos eran adorables.

– Llamé al servicio de limpieza -dijo ella, depositando la taza sobre el escritorio-. Hace seis semanas que no vienen porque no les pagaron.

Gabe la miró con el entrecejo fruncido y se olvidó de su padre.

– Por supuesto que se les pagó. Yo firmé los cheques.

– Julio y agosto no, según el contador de ellos. Si me dice dónde guarda los cheques cancelados, se los enviaré por fax.

– Escritorio de la recepción, el último cajón de la derecha -dijo Gabe automáticamente mientras accionaba el teclado para abrir el programa de contabilidad de la oficina. Buscó «Hausfrau». Había ocho ingresos en el 2000, incluyendo dos para julio y agosto-. Ahí está -le dijo, y ella dio la vuelta detrás de él.

– El programa es Quicken, ¿verdad? -dijo ella-. ¿Está también en la computadora de mi escritorio? Bien, yo me ocupo. Gracias.

– ¿Gracias por qué? -dijo Gabe, pero ella ya estaba rumbo a la puerta, una mujer con una misión.

Cuando ella se marchó, él volvió a sentarse y levantó la taza de café. Era una porcelana sólida pero delicada, de color crema con manija azul, y se sentía, bien en la mano, un lujo después de los livianos vasos de plástico con los que había bebido durante años. Tragó un sorbo y cerró los ojos porque era fuerte, le enviaba cafeína a su sistema a toda velocidad mientras al mismo tiempo asaltaba todos sus sentidos. Cuando volvió a mirar, había puntos azules en el interior de la taza, que aparecían cuando bajaba el nivel del café. Era algo absurdo y encantador y completamente diferente de la tensa mujer que vibraba al otro lado de la puerta.

Tal vez la había juzgado mal. Tal vez estaba nerviosa porque era su primer día. No le importaba, mientras siguiera trayéndole café.

Quince minutos más tarde, salió a la sala de recepción para servirse más y la encontró con el entrecejo fruncido.

Levantó la jarra y, mientras se servía, dijo:

– ¿Se encuentra bien?

– Estoy bien -dijo ella-. Usted tiene un problema. Mire esto.

Había desplegado ocho cheques en el escritorio.

– Todos estos son de Hausfrau -le dijo-. Aquí están los endosos desde enero hasta junio.

Gabe se encogió de hombros cuando vio seis borrosos sellos de endosos.

– Bien.

Ella señaló los últimos dos cheques.

– Estos son los endosos de julio y agosto.

Los cheques estaban endosados a mano, con tinta azul.

– Es la letra de Lynnie.

– Parece que se dedicó a la estafa los últimos dos meses que estuvo con ustedes.

– Sólo trabajó aquí seis semanas -dijo Gabe y pensó: lo que es un gran alivio, además-. Invéntele a Hausfrau alguna historia sobre errores administrativos. Yo me ocupo del resto. -Se llevó el café a la oficina, pensando en Lynnie, de cabello negro y adorable, que hacía un café malo y que se robaba el dinero para la limpieza, y que ahora estaba sentada en su casa recuperándose de un desgarro en la espalda con mil dólares y también con, esperaba él, la sensación de que pronto le sobrevendría un castigo.

Bebió otro sorbo de café y se sintió ligeramente mejor hasta que se le ocurrió otro pensamiento.

Tendría que contratar a Eleanor Dysart de manera permanente. Durante un momento, pensó en retener a Lynnie -bueno, robó dinero, pero era alegre y bonita y relajada y eficiente- y después se rindió y se resignó a tener una sala de recepción tensa llena de un grandioso olor a café.

Una hora más tarde, Riley golpeó a la pesada puerta de la oficina de Gabe y entró.

– Terminé la mayor parte de la averiguación de antecedentes -dijo mientras se acomodaba en la silla que estaba frente al escritorio de Gabe-. Iré a ver al último de los tipos y después me arruinaré el resto del día con el Almuerzo Caliente. -Agachó su blonda cabeza para mirar a Gabe-. ¿Tú por qué estás enojado?

– Por muchas cosas-dijo Gabe.

– ¿Nell?

– ¿Quién?

– Nuestra secretaria -explicó Riley-. Dije: «Me llamo Riley». Ella dijo: «Me llamo Nell». Creo que está haciendo un muy buen trabajo.

– Te sedujo con su café -dijo Gabe-. Y no tienes idea del buen trabajo que está haciendo. Cuando apenas llevaba una hora de estar aquí ya había descubierto que Lynnie se robaba el dinero de la limpieza.

– Estás bromeando. -Riley se rió con fuerza-. Bueno, así es Lynnie.

– ¿Desde cuándo? -Gabe miró a su socio con irritación-. Si sabías que era corrupta…

– Oh, diablos, Gabe, se le notaba en los ojos. No que iba a robar dinero -agregó rápidamente cuando la arruga de irritación de Gabe se profundizó-. Que iba a engañar. Lynnie no era la clase de mujer que uno dejaría sola durante el fin de semana.

– O con un talonario de cheques, evidentemente -dijo Gabe.

– Bueno, de eso no me di cuenta -dijo Riley-, aunque le gustaba el lujo. Todos sus muebles eran alquilados, pero todo lo demás que tenía en el dúplex era de primera clase y de marca, incluyendo las sábanas… -Su voz fue perdiéndose cuando Gabe sacudió la cabeza.

– Tenemos tres reglas en Investigaciones McKenna -dijo, recitando las palabras de su padre-. No hablamos sobre los clientes. No violamos la ley. Y…

– No nos cogemos a nuestros empleados -terminó Riley-. Fue sólo una vez. Estábamos haciendo un trabajo de señuelo y la llevé a su casa, y ella me invitó a entrar y se me abalanzó. Tuve la nítida impresión de que lo hacía sólo para practicar.

– ¿Alguna vez se te ocurre no dormir con mujeres?

– No -dijo Riley.

– Bueno, trata de contenerte con la nueva secretaria. Ella ya tiene bastantes problemas. -Gabe pensó en el rostro tenso y fruncido de Nell-. Y ahora los comparte conmigo.

– Si estás tan descontento, despídela, pero no hagas regresar a mi madre de Florida.

– Por Dios, no -dijo Gabe, imaginándose a su tía detrás de la recepción otra vez. La quería, como era su obligación, pero esa obligación tenía sus límites. Había sido una secretaria detestable durante diez años, y una madre peor durante mucho más.

– Trae a Chloe de regreso. De todas maneras, ella está harta de vender té. Me preguntó si conocía a alguien que quisiera ocuparse de The Cup en su lugar.

– Grandioso. -Chloe y las estrellas-. Me casé con una idiota.

– No, no es cierto -dijo Riley-. Simplemente tiene el cableado diferente del de la mayoría de las personas. ¿Qué pasó?

– Me dejó -dijo Gabe, y decidió no mencionar que lo había hecho en favor de Eleanor Dysart. Riley se habría hecho un picnic con eso.

– Ahora veamos, eso es lo que detesto de las mujeres -dijo éste-. Se divorcian de ti, y entonces, diez años más tarde, de la nada, dejan de tener sexo contigo. ¿Tiene alguna razón?

– Los astros le dijeron que lo hiciera.

– Bueno, entonces, te acostaron -dijo Riley de buen humor-. O, en este caso, no.

– Gracias -dijo Gabe-. Vete.

La nueva secretaria golpeó a la puerta y entró.

– Ya arreglé lo de la limpieza -dijo.

– Gracias.

– Ahora, respecto de las tarjetas de presentación, hay una nota en el archivo de Lynnie que dice que es hora de volver a encargarlas. -Estaba frunciendo el entrecejo, como si fuera un problema importante.

Gabe se encogió de hombros.

– Vuelva a encargarlas.

– ¿Las mismas tarjetas?

– Sí, las mismas tarjetas.

– Porque, si bien son adorables, por supuesto, podrían ser mejores…

– Las mismas tarjetas, señora Dysart -dijo Gabe.

Ella parecía querer decir algo más; después levantó su puntiaguda barbilla, respiró profundo y dijo: «Bien», y salió, dando un respingo cuando la puerta de la oficina crujió a sus espaldas. Probablemente hacía años que crujía, pero Gabe no lo había notado hasta que Eleanor Dysart se presentó y empezó a dar respingos.

– Me parece que no le gustan nuestras tarjetas de presentación -dijo Riley.

– No me importa -dijo Gabe-. Tengo que ir a ver a su cuñado y después lidiar con Lynnie. Encima de todo no voy a ocuparme de unas tarjetas de presentación que están perfectamente bien. Y tú tienes el Almuerzo Caliente. Ve y compórtate como un detective así podemos sacar adelante algún trabajo.

– Tal vez Nell pueda hacerlo -dijo Riley-. Tú estabas entrenando a Lynnie. Nell…

– Ella se vería desde más de un kilómetro de distancia. La gente se detendría y trataría de alimentarla.

– Sólo porque a ti te gustan las mujeres con tapizado no quiere decir que eso sea igual para todos. Tienes que ampliar tus gustos. Que en tu caso significaría cualquiera además de Chloe. Sabes, te hizo un favor abandonándote…

– Y Dios sabe que estoy agradecido -dijo Gabe-. Ahora tengo que trabajar, y tú también. Vete.

– Bien -dijo Riley-. Resístete al cambio. Te alcanzará de todas maneras.

Cinco minutos después de que Riley se marchó, Eleanor Dysart golpeó a la puerta y entró, haciéndola crujir nuevamente, y Gabe cerró los ojos y pensó: Al diablo con sus huesos. Va a volverme loco.

– ¿Sí?

– Respecto de esas tarjetas…

– No. -Gabe se echó hacia atrás apartándose del escritorio-. No vamos a cambiar nuestras tarjetas de presentación. Las eligió mi padre. -Se puso el saco de su traje sobre los hombros. Ahora voy a salir. Estaré en Ogilvie y Dysart y no regresaré hasta después del almuerzo. -Giró alrededor de ella para llegar a la puerta, y agregó-: Limítese a atender el teléfono, señora Dysart. No cambie nada. No cause problemas.

– Sí, señor McKenna -dijo ella, y Gabe le devolvió la mirada para ver si estaba burlándose de él.

Ella estaba de pie en el umbral, mirando la tarjeta de presentación con una potente mezcla de desagrado y frustración en la cara. A él no le importó. Su tarjeta iba a mantenerse como era.

Ella levantó la mirada y lo sorprendió observándola.

– ¿Algo más? -preguntó con voz cortés y profesional.

Por lo menos era obediente. Eso era algo.

– Buen café -dijo Gabe y cerró la puerta de la calle después de salir.

Nell regresó a su escritorio y se sentó, sintiendo un intenso desagrado por Gabe McKenna. Lo observó a través de la gran puerta vidriada mientras él se ponía los anteojos de sol y se subía a un auto deportivo negro de modelo antiguo. Parecía el epítome del retro cool -un tipo de gran tamaño, traje elegante, anteojos oscuros, auto vistoso- cuando hizo avanzar el auto por la calle y se alejó.

Bueno, las apariencias engañan. Después de todo, había contratado a una secretaria que le había robado mil dólares y había dejado el lugar como si fuera un agujero del infierno. ¿Cuan inteligente podría ser? Y después la había desdeñado a ella misma con esos ojos oscuros como si no fuera más que… una secretaria. Bueno, al diablo contigo, señor McKenna. Frustrada más allá de toda medida, Nell recogió sus toallas de papel y su limpiador en aerosol y atacó la sala de recepción, agradecida por el hecho de que el apuesto socio más joven no era tan irritante como él. Hasta ahora el intelecto o la energía de Riley no la habían impresionado mucho, pero era robusto, rubio y de ojos azules, así que por lo menos era divertido mirarlo.

Una hora más tarde, el teléfono aún no había sonado, pero la sala estaba limpia, incluso el gran ventanal del frente que decía, con letras antiguas, gastadas y doradas, Investigaciones McKenna: Respuestas discretas a preguntas difíciles. Nell lo había frotado con entusiasmo hasta que se dio que cuenta de que estaba quitando parte de la pintura descascarada y se refrenó. Tampoco hubiera sido tan grave si la quitaba del todo; la inscripción debía de llevar cincuenta años allí, o por lo menos el mismo tiempo que esas feas tarjetas de presentación.

Cuando regresó al interior de la oficina, la ventana dejaba pasar la suficiente luz como para que las deficiencias del resto de la decoración fueran obvias. El escritorio de Nell era un desorden lleno de marcas, el sofá donde los clientes presumiblemente esperaban era una pesadilla de tapizado plástico color marrón que descansaba sobre unas frágiles patas, un mueble que parecía salido de un motel del Mediterráneo, y la alfombra oriental del piso estaba tan deshilachada que en ciertos sitios era transparente. Las bibliotecas y los archiveros de madera eran de buena calidad y probablemente habían estado en la oficina desde el principio, pero el gabinete del medio tenía encima la desafortunada estatuita negra de un pájaro, acechando como en un cuento de Poe. Dedicó un pensamiento desesperado a la oficina que había perdido en el divorcio -las paredes oro pálido y las fotografías enmarcadas en dorado, los escritorios de madera clara y los mullidos sillones grises- y después volvió a hundirse en la destartalada silla giratoria de madera -su silla en la agencia de seguros había sido ergonómica- y pensó: al menos son sólo seis semanas.

Salvo que quizás no lo serían. Se enderezó lentamente. Él iba a tener que despedir a Lynnie. Lo que significaba que ella podría terminar empleada en forma permanente. Volvió a recorrer la oficina con la mirada. Si se quedaba de manera permanente, podría hacer algunos cambios. Como mandar a pintar el lugar. Y deshacerse del sofá y del pájaro. Y…

Sus ojos cayeron sobre la tarjeta que estaba en el escritorio. «Investigaciones McKenna», decía en simples letras negras tipo sans-serif sobre una simple tarjeta blanca. Parecía como si hubiera sido hecha con la impresora de un niño. Pero el jefe no quería cambiarlas. No quería cambiar nada, ese tonto.

Regresó a la computadora, preguntándose si él haría algo respecto de Lynnie o si eso también sería cambiar demasiado. Ni siquiera le había pedido que revisara el resto de las finanzas. Nell dejó de tipear y abrió el cajón donde estaban los cheques cancelados. Había una caja gris de metal encajada detrás de los talonarios de cheques, y cuando la sacó y la abrió encontró una pila de papeles, cada uno de ellos con el membrete «Caja chica» seguido de una suma en dólares. Todos estaban firmados «Riley McKenna» con una letra que quería ser puntiaguda pero siempre se redondeaba al final.

Nell hojeó los informes que estaba tipeando hasta que encontró uno que Riley había firmado con un garabato fuerte, oscuro y dentado. No había nada redondo en ninguna parte, lo que era muy adecuado para Riley. Volvió a mirar los formularios de caja chica y los sumó: $ 1.675. Había que admirar a Lynnie; era una mujer concienzuda.

Pasó la hora siguiente compilando una pila de cheques falsificados. El rango de la perfidia de Lynnie era asombroso; había conseguido estafar a McKenna y sus acreedores por casi cinco mil dólares. Sólo cubrir los cheques con endosos falsificados le costaría a la agencia más de tres mil. Si Gabe McKenna no perseguía a esta mujer…

Alguien trató de abrir la pesada puerta de la calle, y el vidrio del panel se sacudió. Nell volvió a guardar los formularios en la caja chica mientras una pelirroja de rasgos fuertes abrió la puerta de un golpe y entró con el entrecejo fruncido, vestida con un buen traje de negocios y con zapatos aún mejores. Dinero, pensó Nell, mientras metía todo en el último cajón.

– ¿Puedo ayudarla? -dijo, con su mejor sonrisa de «nosotros somos las personas que usted necesita».

– Quiero ver a alguien que pueda tratar una cuestión delicada -dijo la mujer.

– Puedo hacerle una cita -dijo Nell animadamente-. Por desgracia nuestros dos…-¿Nuestros qué? ¿Cómo diablos se llamaban a sí mismos? ¿Detectives? ¿Operativos? -…socios han salido. Pueden verla el… -Se volvió hacia la anticuada computadora sobre el escritorio mientras hablaba y abrió el archivo de nombre «Citas». Estaba en blanco. Los dos estaban con un trabajo en ese mismo momento y el maldito archivo estaba en blanco. ¿Quién dirigía este lugar, en cualquier caso? -Si pudiera tomar su número de teléfono -terminó Nell, con aún más ánimo-, la llamaré cuando lleguen y le daré una cita.

– Es algo así como una emergencia. -La mujer miró con expresión dudosa el sofá y después se sentó con suavidad en el borde-. Me estoy divorciando, y mi marido está maltratando a mi perra.

– ¿Qué? -Nell se inclinó hacia adelante, impulsada por la ira-. Eso es terrible. Llame a la Sociedad Protectora de Animales y haga que…

– No es así. -La mujer también se inclinó hacia adelante y Nell contuvo el aliento, esperando que el asiento no se inclinara o se rompiera o simplemente se rindiera y se doblara en dos-. Él le grita todo el tiempo y de todas formas ella está muy nerviosa, es una perra salchicha, de pelo largo, y temo que en cualquier momento va a sufrir un ataque de nervios.

Nell se imaginó una perra salchicha de pelo largo con un brote psicótico. Era típico de un hombre agarrárselas con algo que no podía defenderse.

– ¿Intentó con la Sociedad Protectora…?

– Él no le pega. No hay ninguna marca. Sólo le grita todo el tiempo, y ella está hecha un desastre. -La mujer se acercó más-. Sus ojos se ven torturados, ella se siente tan mal. Así que quiero que la rescaten. Sáquensela a ese bastardo antes de que la mate. Él la deja salir todas las noches a las once. En ese momento alguien podría tomarla. Sería fácil en la oscuridad.

Nell trató de imaginarse a Gabriel McKenna rescatando una perra salchicha. No era probable. Aunque Riley tal vez sí. Parecía dispuesto a cualquier cosa.

– Permítame que anote su nombre y teléfono -le dijo a la mujer-. Es posible que uno de nuestros socios pueda ayudarla.

Y si ellos no querían, tal vez podría hacerlo ella. Tal vez ella podría sencillamente salir y rescatar a la pobre perra prisionera del hombre que había prometido cuidarla y después había cambiado de idea. Trató de imaginarse colándose en el patio trasero de alguien para robar un perro. No parecía algo que ella haría.

– Haré que Riley la llame -dijo después de anotar el nombre de la mujer, Debora Farnsworth, su adinerado domicilio en Dublín, y el aún más costoso domicilio de New Albany de su marido, el abusador de perros.

– Gracias -dijo Debora Farnsworth, echando una última y sospechosa mirada por la oficina antes de marcharse-. Ha sido de gran ayuda.

Tengo que hacer arreglar esta oficina. Nell encontró aceite en el cuarto de baño y lubricó la puerta de entrada, con la esperanza de que dejara de golpearse, y después se ocupó de las puertas de la oficina de los socios, también, porque los crujidos estaban volviéndola loca. Luego, para distraerse del maltrato y de la perra, entró en la oficina de Gabe McKenna y comenzó a limpiar, sacándole el polvo a las fotos en blanco y negro de las paredes y lustrando profundamente la madera oscura y el cuero viejo hasta que el lugar resplandeció con la fuerza de su frustración. Notó que el polvo de la biblioteca tenía unas extrañas marcas como cintas, como si alguien hubiera sacado libros de algunos de los estantes y los hubiera metido nuevamente. Tal vez Gabe McKenna había perdido algo y lo había buscado detrás de los libros. Dios sabia que podría haber perdido cualquier cosa en ese maldito desorden.

Cerca de la pared de la última biblioteca, encontró un viejo reproductor de casetes y apretó el botón de avance para oír lo que él estaba escuchando. Unos vientos saltarines tronaron seguidos de una voz relajada y profunda que cantaba No eres nadie hasta que alguien te ama. Apretó el botón de Stop y sacó el casete. Dean Martin. Era lógico. Eso también podría explicar, por qué su oficina parecía un escenario para la Rat Pack [1]. Incluso había un saco azul a rayas finas que colgaba de un perchero de bronce en el que también había un sombrero aplastado y cubierto de polvo. Ella le quitó el polvo al sombrero y sacudió el abrigo con un golpe enojado y luego volvió a colocar ambas prendas donde estaban.

Oyó que alguien llamaba «¿Hola?» y regresó a su escritorio donde encontró de pie a la pequeña rubia de la casa de té.

– Lo siento -dijo Nell-. No la oí entrar. Por lo general la puerta se sacude…

– Una puerta diferente. -La rubia señaló con el pulgar por encima del hombro-. Esa puerta da a mi tienda. Soy Chloe. Dirijo The Star-Struck Cup. Entonces me estaba preguntando qué pasaba. Tú pareces muy eficiente.

– Gracias -dijo Nell, sin entender del todo.

– ¿Conoces a alguien a quien le gustaría dirigir The Cup por un tiempo? ¿Hasta las navidades? Sólo abrimos de tarde, así que no es muy difícil.

– Oh-dijo Nell, desconcertada-. Bueno… -Suze quería un trabajo, pero Jack la convencería de lo contrario como ya lo había hecho cien veces. Y Margie…-. La persona que manejara el negocio en su lugar, ¿obtendría la receta de las galletitas, también?

Chloe pareció sorprendida.

– Tendría que ser así, ¿no? Para hacer las galletitas.

– Tal vez conozca a alguien -dijo Nell-. No es una empresaria, pero probablemente le encantaría manejar una casa de té por las tardes. ¿Está segura de esto?

– Me decidí hoy -dijo Chloe-. En realidad, cuando todas las señales dicen que es hora de un cambio, no tiene sentido esperar, ¿no es cierto?

– Eh, sí -dijo Nell.

– ¿Tú sabes a qué hora del día naciste?

– No -dijo Nell.

– En realidad no importa. Los de virgo manejan todo muy bien. -Chloe sonrió-: ¿De qué signo es tu amiga?

– ¿Mi amiga? Oh, Margie. Eh, 27 de febrero. No sé…

– Piscis. No es tan bueno. -Frunció el entrecejo-. Por supuesto que yo soy de piscis y me está yendo bien. Dile que me llame.

– Correcto -dijo Nell-. ¿Qué…?

Desde las profundidades de la casa de té se oyó una campanilla, que marcaba la presencia de un cliente, y Chloe se volvió hacia la puerta que daba a la tienda.

– ¿Chloe? -dijo Nell, por impulso-. ¿Hay alguna razón por la que aquí todo se ve como en una película de Dean Martin?

– El papá de Gabe -dijo Chloe desde el umbral-. Patrick educó tanto a Gabe como a Riley. Los dos tienen cuestiones paternales, sin resolver.

– Es un poco… fuera de moda.

Chloe resopló.

– ¿Te estás burlando de mí? Gabe todavía conduce el auto de su papá.

– ¿Ese auto es de los cincuenta? -dijo Nell, aturdida.

– No, de los setenta. Por supuesto que es un Porsche, pero aún así…

– Alguien tiene que traer a este tipo al siglo XXI -dijo Nell, y Chloe le sonrió.

– Las estrellas no mienten -dijo, y regresó a su tienda.

– Está bien -dijo Nell, sin entender, y llamó a Margie, para encontrarse con el contestador-. Creo que puedo conseguirte la receta de las galletitas -le dijo a la máquina-, pero tendrás que trabajar para obtenerla. Llámame. -Después colgó y fue a terminar la limpieza.

La oficina de Riley, mucho más pequeña, tenía los mismos muebles de cuero, pero las similitudes terminaban en ese punto. El escritorio estaba vacío salvo por su computadora y una jarra de plástico con la cara del coyote llena de lapiceras, en la biblioteca había manuales de computadora y novelas detectivescas junto a las mismas guías telefónicas que había encontrado en la oficina grande, y en la pared había dos enormes afiches cinematográficos enmarcados, con un Humphrey Bogart con el entrecejo fruncido en El halcón maltés y una ardiente Marlene Dietrich en El ángel azul. Así era Riley, romántico y más grande que lo que parecía. Era obvio que mientras Gabe McKenna dirigía una empresa, Riley jugaba.

Limpió la oficina, notando las mismas marcas en el polvo de las bibliotecas, y luego entró en el descolorido baño verde para lavar las tazas y platos de café que había recolectado, odiando el linóleo rajado y el sórdido yeso. Una buena mano de pintura haría maravillas, pero el padre de Gabe McKenna probablemente habría elegido el color en 1955 mientras escuchaba Bajo la neblinosa luz de luna. Honestamente. Lavó las tazas y luego, con una última repasada casera al espejo manchado por el paso del tiempo, se encontró con una imagen de ella misma que la congeló en el lugar.

Parecía muerta.

Tenía el pelo deslucido y también la piel, pero, más que eso, ella estaba deslucida, los pómulos asomaban como codos, la boca apretada y delgada. Dejó caer la toalla de papel en la pileta y se acercó más, horrorizada consigo misma. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo podía verse tan mal? Debía de ser la luz, esa horrible luz fluorescente que se reflejaba en las horribles paredes verdes, nadie podía verse bien con esa luz…

No era la luz.

Ahora se daba cuenta de por qué su hijo Jase estaba tan triste y la trataba con tanta delicadeza cuando se despedía de ella con un abrazo, y por qué Suze y Margie se lo pasaban tratando de darle ánimos. Debía de verse como un cadáver desde un año y medio antes, debía de haberse entrometido como un fantasma en las vidas de los otros. Se había mirado en los familiares espejos de su departamento un millón de veces desde el divorcio, para peinarse y cepillarse los dientes, pero jamás se había visto a sí misma hasta ese momento.

Tengo que comer, pensó. Tengo que recobrar peso. Y hacer algo con mi piel. Y mi pelo. Y…

Oyó que la puerta de adelante se sacudía y pensó: Más tarde. Haré todo eso más tarde. Dios mío.

Conducir un auto deportivo de época a través de una hermosa ciudad en una mañana de otoño le levantaría el ánimo a cualquiera, y Gabe no era una excepción. Por desgracia, quince minutos de escuchar a Trevor Ogilvie, Jack Dysart y al jefe del departamento de contabilidad de la firma, Budge Jenkins, habían hecho bastante para dejarlo en cero otra vez.

– Ella llamó, los acusó de adulterio y estafa, ustedes se negaron a pagar, y no pasó nada -les resumió-. ¿Exactamente qué es lo que quieren que yo haga?

– Atrápala -dijo Budge, con el aspecto de un muñequito de harina blanda sobre una hornalla mientras miraba de reojo a Jack.

– Bueno, no nos apresuremos -dijo Trevor, con el aspecto de un aviso de una bebida alcohólica costosa en Madurez moderna.

– Si este fuera tu problema, ¿tú qué harías? -dijo Jack, con el aspecto de un muy adinerado Marlboro Man que acababa de suscribirse por primera vez a Madurez moderna.

– Trataría de pensar quién me detesta lo suficiente como para chantajearme -dijo Gabe.

– Todas las empresas tienen empleados descontentos -dijo Trevor.

– ¿Alguien reconoció la voz? -dijo Gabe.

– No -dijo Trevor antes de que algún otro pudiera contestar-. Tenemos muchos empleados descontentos.

– Tal vez les convendría ocuparse de eso -dijo Gabe-. ¿Ha sucedido algo últimamente que podría haber hecho que un empleado estuviera descontento desde hace poco?

– ¿De qué estás hablando? -dijo Budge.

– Él quiere saber si hemos enojado a alguien en particular últimamente -dijo Jack-. No. Hemos ganado casos, por supuesto, lo que siempre deja a algunas personas infelices, pero nada que se destaque. No hemos despedido a nadie.

– ¿Y las acusaciones que ella hizo? -dijo Gabe.

– Yo insisto en que se haga una auditoría externa -dijo Budge, hinchándose de rabia.

– No vamos a pagar una auditoría -dijo Jack con fatiga-. Nadie piensa que tú estás estafándonos. Yo no engañó a Suze. Trevor dice que él no engaña a Audrey. Es una trampa para molestarnos.

– Es escandaloso -dijo Trevor automáticamente-. Pero ella no ha vuelto a llamar. Creo que si esperamos…

Jack cerró los ojos.

– ¿Dónde quería que le dejaran el dinero? -dijo Gabe.

– Dijo que volvería a llamarnos para decírnoslo -respondió Trevor rápidamente-. En un día, cuando yo dispusiera de él.

Jack lanzó una mirada a Trevor y agregó:

– Es cierto.

No, no lo es, pensó Gabe.

– ¿Y tú, Budge?

– Le colgué antes de que llegara a ese punto -respondió Budge-. Me acusó de robar.

– Eso es lo que los chantajistas hacen-dijo Gabe-. Acusan a la gente. Muy bien, como están las cosas no hay mucho que yo pueda hacer. Si quieren meter a la policía en esto, ellos pueden revisar los registros telefónicos, pero supongo que ella llamó de un teléfono público y no desde su sala de estar.

– Nada de policía -dijo Jack-. Esto es una broma.

– No creo que sea una broma -dijo Budge-. Creo que…

– Budge -intervino Jack-. Todos creemos que es una broma. -Lo dijo con una fuerza suficiente como para que Budge se callara-. Gracias por venir hasta aquí, Gabe. Lamento que te hayamos hecho perder el tiempo.

– Siempre es un placer -dijo Gabe, lo que no era cierto. O & D casi nunca era un placer, pero siempre era rentable. Se puso de pie y agregó-: Avísenme si pasa algo.

– Por cierto -respondió Trevor, pero su rostro decía: De ninguna manera.

– Fue maravilloso volver a verlos a todos ustedes -dijo Gabe y se marchó, preguntándose qué demonios estaría sucediendo pero sin que le interesara demasiado.

Cuando estuvo de regreso en la agencia, Riley cerró la puerta de un golpe, arrojó un expediente sobre el escritorio de Nell, y dijo:

– No me gusta esa mujer.

– ¿Qué mujer? -Nell tomó la carpeta y se sentó en su escritorio para leer la etiqueta, tratando de recuperarse después del espejo-. El Almuerzo Caliente -leyó-. ¿Qué es esto?

– Uno de nuestros clientes habituales. -Riley se arrojó sobre el sofá y lo hizo crujir de angustia-. Tiene una esposa que consigue un nuevo amante un par de veces por año. Siempre se lo encuentra en el Hyatt los lunes y miércoles al mediodía, por eso la llamamos el Almuerzo Caliente.

Nell miró la carpeta, confundida.

– ¿Y hace cuánto de eso?

– Alrededor de cinco años. -Riley estiró las piernas y extendió las manos detrás de la cabeza, sin dejar de fruncir el entrecejo-. Y yo estoy harto.

– ¿Usted está harto? -Nell abrió el expediente-. ¿Cómo se siente el cliente al respecto?

– Lo único que él quiere son los informes. -Riley cerró los ojos-. Es una farsa. Ella nos conoce a nosotros dos, así que no es precisamente una operación clandestina. Hoy me saludó con la mano camino al ascensor.

– Por lo menos tiene sentido del humor. -Nell miró el informe y se encogió de hombros-. Entonces usted hizo su trabajo. ¿Cuál es el problema?

– Me siento como un consejero matrimonial. -Riley se movió en el sofá, que volvió a crujir-. Mi suposición es la siguiente: nosotros le entregamos el informe al cliente, él se lo muestra a ella, se pelean, y entonces tienen una ardiente sesión de sexo posreconciliación durante un tiempo. Luego comienza a volverse aburrido, y él nos vuelve a llamar y dice: «Creo que mi esposa tiene un romance». ¿En serio, Sherlock? -suspiró-. Eso no es un matrimonio.

– ¿Usted está casado? -preguntó Nell, sorprendida.

– No -respondió Riley-. Pero sé lo que es un matrimonio.

– Y eso sería…

– Compromiso de por vida sin quejas -dijo Riley-. Que es la razón por la que no estoy casado. Yo soy más de la clase de tipos que viven el momento. ¿Puede tipearme ese informe?

– Claro -dijo Nell-. ¿Puede pasarme su agenda así cargo las citas en la computadora? -Cuando Riley asintió, ella dijo-: Muy bien, entonces, una cosa más. ¿Cuándo fue la última vez que usted tomó dinero de la caja chica?

Riley se encogió de hombros.

– Cuando dice ahí. El mes pasado, en algún momento. ¿Por qué?

Nell sacó la caja chica y le pasó los recibos.

Él los revisó, frunciendo el entrecejo.

– Éstos no son míos.

– Ya sé. Mi teoría es que Lynnie los firmó en su lugar.

Riley lanzó un silbido.

– ¿Cuánto sacó?

– Con los otros cheques, más de cinco mil dólares.

– Y Gabe dice que lo olvidemos y nos traguemos la pérdida. -Riley volvió a arrojar los recibos en la caja-. Sabe, en otros tiempos él la habría perseguido sólo por el ejercicio. Ahora él es práctico.

– ¿Qué sucedió que lo hizo cambiar?

– Su papá murió, nosotros heredamos la agencia, y él se volvió demasiado serio. Ya había empezado a bajar la velocidad debido a Chloe y Lu, y porque Patrick era el peor gerente del mundo, pero ésa fue la última gota.

Nell frunció el entrecejo, tratando de entender.

– ¿Chloe y Lu?

– La esposa y la hija. En una época él era un tipo especial. Era como Nick Charles.

– ¿Quién es Nick Charles?

– Ya nadie lee. -Riley señaló el pájaro negro sobre la biblioteca-. ¿Sabe lo que es eso?

– El cuervo de Poe -adivinó Nell-. «Nunca más».

– Y usted trabaja en una agencia de detectives. -Riley suspiró y se dirigió a su propia oficina-. Usted no sabe nada de literatura y Gabe ha abandonado la cacería. Lo único que puedo decir es que ojalá yo nunca llegue a ser así de viejo.

– No somos tan viejos -le dijo Nell a su espalda, pero él cerró la puerta de la oficina antes de que ella pudiera terminar la oración-. ¡Oiga! -dijo ella, pero como él no volvió a abrir la puerta, ella llamó a su oficina y le contó el caso Farnsworth, omitiendo la parte sobre robar el perro. Que se lo contara la clienta.

Después volvió a sentarse y procesó la nueva información. Entonces Gabe McKenna estaba casado con Chloe. Trató de imaginárselos juntos, pero era demasiado absurdo, como Satanás con una muñequita de juguete. Y tenían una hija. ¿Cómo podían mezclarse esos dos grupos de ADN? Ella y Tim habían sido perfectos el uno para el otro, habían hecho un hijo perfecto, y su matrimonio estaba terminado. McKenna y Chloe estaban en extremos opuestos del espectro humano y todavía seguían juntos. El matrimonio era un misterio, eso era todo.

Recogió las notas sobre el Almuerzo Caliente que Riley había escrito, sobre una mujer de nombre Gina Taggart que cometía adulterio sin ningún problema de manera regular. Eso era lo que andaba mal en el mundo. La gente hacía cosas que sabía que estaban mal porque sabía que podía salirse con la suya y otras personas no los detenían. El Almuerzo Caliente engañaba, y Lynnie robaba, y el tipo de New Albany atormentaba a una perra, y Tim la abandonaba y la dejaba con el aspecto de tener un millón de años de edad -su corazón se encogió ante el recuerdo del espejo- y nadie recibía ningún castigo. Salvo que no podía enfurecerse con Tim; él había actuado con honestidad, era culpa de ella que se viera como un demonio, no podía enfurecerse.

Allí sentada en las penumbras de la oficina, se dio cuenta de que quería enfurecerse, quería decir: «No, no puedes simplemente cambiar de idea después de veintidós años de matrimonio, tú, maldita comadreja con huesos de fideo». Pero eso no sería productivo, haría las cosas más difíciles para todos, no le haría ningún bien a nadie en ningún caso. Imaginemos si le hubiera gritado a Tim cuando él le dijo que se iba; el divorcio habría sido un infierno en vez de civilizado y justo. Imaginemos si hubiera gritado y arrojado cosas; jamás podrían haber mantenido la amable relación que tenían ahora. Imaginemos si hubiera gritado y arrojado cosas y lo hubiera agarrado de las…

– ¡Nell! -dijo Riley y ella giró en la silla para enfrentar la puerta de la oficina de él.

– Sí. ¿Qué? -Lo miró con el entrecejo fruncido-. No grite. ¿Por qué no me llamó por el intercomunicador?

– Lo hice. Me voy. Vuelvo a las cinco.

– Está bien -dijo Nell, y entonces frunció el entrecejo, transfiriéndole a él su frustración con Tim y Lynnie-. Explíqueme esto. Ustedes hacen investigaciones de antecedentes todo el tiempo. ¿Por qué no lo hicieron con Lynnie?

– Lo hicimos, o al menos lo hizo mi madre cuando la contrató. Tenía excelentes referencias. -Riley arrojó su agenda sobre el escritorio-. Ogilvie y Dysart, igual que usted. Se suponía que estaría aquí sólo un mes, hasta que mi madre regresara. Por eso las citas nunca se cargaron en la computadora. A mi madre no le gustan las computadoras.

– Eso explica muchas cosas -dijo Nell-. ¿Entonces su madre renunció?

– Decidió hacer un viaje de dos semanas a Florida a mediados de julio, contrató a Lynnie, y cuando llegó allí decidió quedarse. En ese momento tomamos a Lynnie en forma permanente. No había ninguna razón para no confiar en ella.

– Supongo -dijo Nell-. Sólo que me enfurece que haya entrado aquí.

– Sí, me doy cuenta de que está echando espuma -dijo Riley.

– Soy una persona calma-replicó Nell-. Me enfurezco sutilmente.

– Pero eso le quita la diversión al asunto, ¿no es cierto? -Se dirigió hacia la puerta, y en ese momento se detuvo-. ¿Usted almorzó? Puedo ocuparme de los teléfonos un rato si quiere salir.

– No tengo hambre -dijo Nell.

– Está bien. Si Gabe pregunta, estoy trabajando en el Informe Trimestral.

– ¿El qué?

– Trevor Ogilvie -dijo Riley desde el umbral-, miembro del infame estudio Ogilvie y Dysart, Abogados. Nos contrata para que investiguemos a su hija cada tres meses para ver qué hace.

Nell se quedó con la boca abierta.

– ¿Los contrata para que investiguen a Margie?

– No, investigamos a Olivia, la de veintiún años. Margie es la hija mayor, ¿verdad? ¿De su primera esposa? Es evidente que Margie no hace olas.

– Me había olvidado de Olivia -dijo Nell, recordando a la consentida hermanastra de Margie-. No creo que ella y Margie hablen mucho. -Volvió a sentarse-. ¿Entonces Trevor los contrata para que sigan a Olivia?

Riley asintió.

– Es su idea de la paternidad, y será un milagro si sobrevive a los informes. Olivia lo pasa muy bien. Oh, y antes de que me olvide, no vamos a rescatar a Pastelillo de Azúcar.

– ¿A quién?

– Pastelillo de Azúcar, el perro maltratado. -Riley se volvió hacia la puerta-. Regla número dos: no violamos la ley.

– ¿Hay dos reglas? -preguntó Nell, pero la puerta de la oficina se cerró de golpe antes de que terminara la oración-. Sabe, es grosero hacer eso -dijo y después levantó la agenda de Riley para cargarla en la computadora, tratando de no pensar en el perro y el Almuerzo Caliente y en todo lo demás que había que arreglar en el mundo.

Capítulo 3

– Tienes que admitir que el lugar está más limpio -dijo Riley a la mañana siguiente cuando entró en la oficina de Gabe y lo encontró irritado frente a su escritorio.

– Tan limpio que no puedo hallar nada. -Gabe revisó los papeles que tenía en la mesa-. Ella apiló las cosas.

– Así son las mujeres. -Riley se sentó frente a él y estiró las piernas-. Mira el lado bueno. Ahora está concentrándose en el baño. Eso sólo puede ser una buena noticia.

– Ya encontrará alguna forma de hacer que eso me arruine el día.

– Sabes, vamos a tener que contratarla como permanente.

– Oh, Dios. -Gabe sabía que tenía razón, pero no quería pensar en eso-. Entonces, ¿qué pasó ayer?

– Hice el Almuerzo Caliente. Gina engaña a su marido. Qué sorpresa.

– ¿Alguien que conozcamos?

Riley sacudió la cabeza.

– Jamás lo había visto antes. Llevaba una corbata verdaderamente horrible y miraba a Gina como si ella fuera lo mejor que le sucedió en la vida. Si supiera. Ella me saludó y me dijo que te envía cariños.

Gabe sacudió la cabeza.

– Y la gente piensa que el trabajo detectivesco es excitante.

– ¿Qué pasó en O & D?

Gabe le contó.

– ¿Jack está engañando a su esposa otra vez? -dijo Riley-. Nunca aprende.

– Eso es, mantén la mente abierta. -Gabe suspiró-. No creo que ninguno de ellos sea culpable. Pero sí creo que Trevor mintió respecto de las acusaciones de la mujer. Me cuesta creer que él esté saliendo con otras.

– Es cierto -dijo Riley-. Trevor no es de los que trabajan con las manos.

– Y sé que me mintió sobre la manera en que ella quería recibir el dinero. -Gabe se inclinó hacia atrás-. Creo que fue a verla.

– ¿Y Jack lo sabe?

– Tal vez. Budge Jenkins me llamó primero. Después hubo una segunda llamada de Jack para restarle importancia a todo el asunto, me dijo que no empezara a investigar hasta que habláramos. Y luego recibí una llamada de Trevor tratando de cancelar la reunión. -Sacudió la cabeza-. Uno se pregunta qué pasaría si Budge se encontrara con un problema que no puede divulgar, si Jack se encontrara con otro que no puede resolver hablando rápido y con encanto personal, y si Trevor se encontrara con otro que no puede demorar hasta que desaparezca.

– Entonces Trevor y Jack están ocultando algo y dejaron afuera a Budge. -Riley pensó un poco y sonrió-. Detestaría ser Budge en este preciso instante.

Gabe asintió.

– Tengo esta fea sensación de que la forma de averiguar quién está chantajeando a los clientes es investigar a los clientes.

– Déjame hacer la parte fácil -dijo Riley, poniéndose de pie-. Yo me ocupo de averiguar si Jack está engañando a su esposa.

Gabe sacudió la cabeza.

– No vamos a investigar el tema. Ellos no lo quieren, y no tenemos tiempo.

– Tal vez lo haga sólo porque sí-dijo Riley.

– No sería sólo porque sí-dijo Gabe-. Sería para atrapar a Jack Dysart. No puedo creer que todavía sientas hostilidad por causa de esa mujer después de catorce años.

– ¿Qué mujer? -dijo Riley y salió, pasando de largo a Nell que estaba entrando.

– Necesito su agenda -ella le dijo a Gabe con energía.

– ¿Para qué? -respondió él, sintiendo la necesidad de irritarla.

– Porque sus citas no están en la computadora, y necesito cargarlas.

– Bien. -Gabe le entregó la agenda.

– Gracias. -Ella la tomó y se volvió hacia la puerta.

– Señora Dysart -dijo él, detestando lo que pronunciaría a continuación.

– ¿Sí? -respondió ella pacientemente.

– ¿Le gustaría un puesto permanente?

Ella lo sorprendió cuando hizo una pausa de un minuto.

– ¿Podría arreglar lo de las tarjetas de presentación?

– No.

Ella suspiró.

– Sí, me gustaría un puesto permanente.

– Está contratada -dijo él-. No cambie nada.

Ella le lanzó una mirada que era completamente indescifrable y se marchó.

– Sí, va a ser una gran ayuda -le dijo él a la habitación vacía y se volvió a su escritorio, prolijamente ordenado, para avanzar con su trabajo.

Una hora después, cuando ambos socios se habían ido y todavía faltaba limpiar el baño, Nell comenzó a ingresar las citas de Gabe en el anticuado sistema de la computadora de la agencia. Después de tipear los compromisos futuros, Nell revisó las fechas del año anterior en la agenda y se dio cuenta de que lo había juzgado mal. Podía ser un demonio controlador, pero era un demonio controlador que trabajaba mucho. Con razón no se había dado cuenta de la estafa de Lynnie; apenas había tenido tiempo para tomar aliento. Una importante cantidad del trabajo que había hecho consistía en investigaciones de antecedentes para Ogilvie y Dysart, y Nell se detuvo el tiempo suficiente para revisar también las citas anteriores de Riley. Más de O & D, cerca de un cuarto de toda la actividad de la empresa.

La puerta se sacudió y ella levantó la mirada de la pantalla de su computadora para encontrarse con su apuesto hijo, que entraba con una bolsa de papel en una mano y una bebida en la otra.

– El almuerzo -dijo Jase, atacándola con esa irresistible sonrisa que lo había librado de problemas durante veintiún años-. Además quería ver tu nueva mina de oro.

Nell le devolvió la sonrisa a pesar de sí misma. Él era un muchacho tan norteamericano, alto y sólido y abierto.

– Te ves maravilloso.

– Tienes que decir eso, eres mi madre. -Depositó la bolsa y la bebida sobre el escritorio y la besó en la mejilla-. La tía Suze dice que se supone que tienes que comer, así que come. No quiero que ella me persiga.

Nell no prestó atención a la bolsa y levantó la bebida.

– ¿Qué hay aquí?

– Leche malteada de chocolate. Me dijo que trajera algo con muchas calorías. -Recorrió la sala de recepción con la mirada-. ¿Así que hace un día y medio que estás aquí y esto sigue así? ¿Qué estuviste haciendo todo este tiempo?

– Conociendo a mi jefe -dijo Nell mientras Jase se sentaba en el sofá, cuyas frágiles patas crujieron con el peso-. Es un tipo difícil. Tal vez tenga que hacer algunas cosas a escondidas de él. -Abrió la bolsa y trató de no echarse hacia atrás ante el olor de la grasa caliente. Te ves como un demonio, se dijo a sí misma. Come. Sacó una papa frita-. Entonces, ¿qué novedades hay? ¿Cómo está Bethany?

– No lo sé. No la he visto en un par de semanas.

– ¿Otra vez? -Nell puso la papa de vuelta en la bolsa-. Jase, es la cuarta chica este año.

– Oye, tú no quieres que me vuelva demasiado serio tan joven, ¿verdad?

– No -dijo Nell-. Pero…

– Entonces agradece que practico. De esa manera, cuando esté listo para sentar cabeza, sentaré cabeza. Y no engañaré a nadie. -Jase vaciló un poco-. Quiero decir: no tiene sentido que me vuelva serio ahora, todavía tengo dos años más en la universidad, y quién sabe qué pasará después de eso. Ni siquiera sé qué quiero ser cuando crezca. -Volvió a sonreírle, brillante e inocente como cuando tenía seis años.

– Te amo -dijo Nell.

– Lo sé -dijo Jase-. Tienes que hacerlo. Eres mi mamá. Es parte del trato. Ahora come algo.

– Estoy haciéndolo. -Nell metió la mano en la bolsa de las papas fritas. -¿Ves? -Masticó una, tratando de que el gusto a grasa no le diera arcadas-. Aunque debo admitir que no soy una fanática de las papas fritas.

– Antes lo eras -dijo Jase-. Les echabas vinagre, como la abuela, ¿recuerdas? Uno de los mejores olores que conozco es el del vinagre con aceite caliente gracias a ustedes dos.

– Bueno, por lo menos te di buenos recuerdos -dijo Nell.

– Me diste un montón. -Jase se puso de pie y se inclinó por encima del escritorio para volver a besarla-. Tengo que irme. Prométeme que comerás eso.

– Haré lo mejor que pueda -dijo Nell.

Cuando se fue, arrojó la bolsa en la basura y volvió a dedicarse a la computadora y a la agenda de Gabe. Era realmente asombrosa la cantidad de trabajo que hacía ese hombre. Era de imaginarse lo que podría llegar a lograr una vez que ella lo organizara.

Comenzó a tipear una vez más, tecleando las palabras mientras pensaba en todas las cosas que podía hacer para arreglar Investigaciones McKenna.

El miércoles, Nell llegó a la agencia a las nueve en punto, pero Gabe no estaba. Se sorprendió cuando se sintió vagamente desilusionada, como si hubiera estado a la defensiva por nada. Era como empujar con fuerza una puerta que se abría fácilmente; se sentía estúpida y torpe, todo junto. Hizo café y le sirvió una taza a Riley y se la llevó, y luego se dirigió al cuarto de baño para atacar la última frontera.

– ¿Qué está haciendo? -le gritó Riley cuando salió de su oficina media hora más tarde para devolverle la taza vacía.

– Limpiando el baño -dijo Nell, secándose las manos con una toalla de papel mientras salía y se encontraba con él, que contemplaba las cuatro bolsas blancas de basura que había conseguido llenar hasta el momento-. Ustedes no quieren que arregle ninguna otra cosa, y allí hay suciedad desde los años de la Guerra Fría.

Riley frunció el entrecejo.

– ¿Qué le gustaría arreglar en vez de esto?

– Las tarjetas de presentación. Repintar la ventana. Cambiar el sofá -dijo Nell, mientras su voz se volvía más enérgica-. Hablarle con dureza a Lynnie. Pero el jefe dice que no. -Lo miró-. Usted es socio de esta empresa. Deme permiso para hacer lo que quiero. -Sonó como una orden, por lo que agregó-: Por favor.

– ¿Enfrentarme con Gabe? -Riley sacudió la cabeza-. No.

Nell se volvió hacia el baño.

– Bien, entonces váyase a hacer algo así puedo tipear el informe.

– Ya no conversamos más -respondió Riley, pero lo dijo cuando ya estaba saliendo.

Una hora, tres estantes y dos mensajes telefónicos más tarde, la puerta se abrió con una sacudida y Nell salió del baño, esperando encontrarse con Gabe.

Una rubia muy joven entró, prácticamente rebotando sobre las suelas de sus zapatos mientras cerraba de un empujón la tozuda puerta con su cuerpo pequeño y apretado. Le sonrió a Nell, quien le devolvió el gesto, imposibilitada de no hacerlo.

– Usted debe de ser Nell -dijo la rubia-. Mi mamá me habló de usted. Yo soy Lu.

Extendió la mano, y cuando Nell la tomó, el apretón fue firme, casi doloroso. Como el de Gabe, pensó Nell. También tenía los ojos sagaces y oscuros de él, que contrastaban con su amabilidad rubia y alegre. Rara pero atractiva, pensó Nell.

– Un gusto conocerte.

– Mi mamá piensa que usted es lo máximo. -Lu se guardó la mano en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero, claramente preparada para emitir su propio juicio.

– Ella es una mujer agradable -dijo Nell.

– No sólo agradable -respondió Lu-. Es de piscis. Nunca obtienen lo que quieren. En especial cuando se casan con uno de tauro. -Lanzó una mirada de asco a la puerta de la oficina de su padre.

– Tú no eres de piscis -dijo Nell.

– Soy de Capricornio -respondió Lu-. Obtenemos todo lo que queremos. -Hizo un gesto con la cabeza señalando la puerta de Gabe-. ¿Está mi papá?

– No -dijo Nell-. Salió a perseguir a los culpables.

– Tal vez eso le mejore el ánimo. -Lu sacó las manos de los bolsillos y las dejó caer sobre el sofá, lo que la hizo rebotar por entero. Como parte del milagro, el sofá se mantuvo en pie-. Se está poniendo imposible con lo de Europa.

– ¿Lo de Europa?

– Quiero ir a Francia el mes que viene -explicó Lu-. Comprar un boleto de tren Eurail Pass, ver el mundo. Él quiere que vaya a la universidad. Ya pagó la cuota, lo que le parece significativo.

– Yo he pagado cuotas de universidad -dijo Nell-. Es significativo.

– Sí, pero no quiero ir -replicó Lu-. Es mi vida. Yo no le pedí que pagara la cuota.

– Probablemente no fue necesario que lo hicieras -dijo Nell-. Me da la impresión de que tu papá es una persona que se ocupa de su gente.

– Exacto. Bastante bien para alguien que sólo lo conoce hace tres días.

– Han sido tres días intensos.

– Eso es lo que dijo mi mamá. -Lu la estudió, achicando sus ojos oscuros hasta que adquirió una incómoda semejanza con Gabe-. Mamá dijo que usted iba a manejar la oficina. Ella no puede hacer que mi padre haga nada. Quiero decir, se divorcio de él y siguieron juntos.

– ¿Están divorciados? -dijo Nell.

– Es difícil darse cuenta, ¿verdad? Él le compró la casa de al lado para que ella se quedara, y así fue. -Lu sacudió la cabeza-. Creo que ésa es la razón por la que mi mamá decidió ir a Francia conmigo, aunque todavía no es seguro. Si papá no quiere que vaya, no irá. -Clavó la mandíbula-. Yo sí voy. -Lanzo una cuidadosa mirada a la puerta de Gabe-. Creo.

La puerta volvió a sacudirse.

– Hola, problema -dijo Riley cuando entraba, y golpeó a Lu en la cabeza con la carpeta que traía-. Deja de volver loco a tu papá. Luego se desquita conmigo.

– Eso es bueno para ti -dijo Lu criticándolo-. A ti todo te sale fácil.

Riley la esquivó para arrojar la carpeta sobre el escritorio de Nell.

– Todo lo que usted siempre quiso -le dijo-. La última parte de una investigación de antecedentes. Ti pee. -Volvió a mirar a Lu-. ¿Te morirías si pasaras un par de meses en la universidad para hacer feliz a tu viejo?

– Mi misión en la vida no es hacer feliz a mi padre -dijo Lu dándose aires-. Debo seguir mi dicha. -Volvió a la tierra-. Dime que me quieres.

– Te quiero -dijo Riley-. Ahora vete. Esta es una empresa.

– Sabe, si tiene que decirle a la gente que es una empresa, en cierta manera pierde el impacto -intervino Nell.

Riley le sonrió.

– Y ya basta de comentarios de los empleados.

Nell le devolvió la sonrisa y luego vio la expresión de Lu.

– Hola -dijo Lu.

– Hola no -replicó Riley-. Adiós. Pensé que te había echado de aquí.

– Justo cuando se ponía interesante -dijo Lu y se marchó, tirando de la puerta para cerrarla.

– Qué niña asombrosa -dijo Nell.

– No tiene idea. Se lo pasa mangoneando a Gabe y a Chloe desde que nació. Algún tipo se va a ver en problemas con esa mujer. -Riley miró el baño-. No puedo creer que siga con eso. Váyase a almorzar.

– Me falta un estante y termino -dijo Nell y entró a finalizar su tarea.

El cuarto de baño estaba mejor, pero todavía necesitaba pintura. Tal vez podría hacerlo ella cuando no la vieran, puesto que ahora era permanente. Se subió a la mochila del inodoro, haciendo equilibrio con una mano contra la pared, y comenzó a sacar cajas y frascos viejos del último estante, dejándolos caer en el basurero que estaba abajo y escuchando con satisfacción cómo se estrellaban. Luego buscó la última caja.

Estaba encajada en el rincón más lejano y tuvo que tirar de ella con las uñas, pero finalmente consiguió llevarla al borde del estante. Era pequeña, de unos diez por doce centímetros, forrada con un vulgar cuero rojo. Bajó del inodoro para mirarla a la luz, sacó el polvo para ver la imagen de la parte superior, el grabado de un duende o demonio. Oyó que se golpeaba la puerta de calle, oyó que Riley decía que había terminado la investigación de antecedentes, oyó que Gabe le respondía, y volvió a mirar la caja.

Si había problemas, Gabe le echaría la culpa a ella. Respiró profundo y abrió la caja, pero adentro lo único que había era el título de propiedad de un auto, una hoja de papel amarillo que se confundía con el revestimiento del mismo color de la caja.

No es posible que esto lo moleste, pensó y salió para entregárselo.

– Este tema de Jack Dysart -dijo Riley mientras seguía a Gabe hacia la oficina.

– No hay ningún tema de Jack Dysart. -Gabe se quitó el saco y se sentó frente a su escritorio-. Tenemos trabajo de verdad que hacer. -Estaba a punto de irse, pero su nueva secretaria golpeó y entró, delgada con su traje gris, pálida contra la madera oscura de la puerta.

– Encontré esto -dijo y depositó una pequeña caja roja sobre el escritorio-. Estaba en el último estante del baño, y no hay mucho dentro, sólo el título de un auto, pero pensé…

– ¿Un título? -Gabe abrió la caja y sacó el papel. Era un título de transferencia a Patrick McKenna de un Porsche 911 Carrera modelo 1977, fechado el 28 de mayo de 1978, y firmado por Trevor Ogilvie. Lo miró más de cerca.

Trevor le había vendido el auto a su padre por un dólar.

Sintió que se le enfriaba la piel. Su papá había puesto la caja en el último estante del baño en 1978 donde no era probable que la encontrara nadie que trabajara para él, ni por cierto su hijo de veintiún años de edad ni su sobrino de once, de quienes se podía concebir que preguntarían cómo había podido obtener un auto tan maravilloso por un dólar.

¿Qué demonios había hecho su padre para Trevor en 1978 que valía un Porsche modelo 1977?

– ¿Qué? -dijo Riley. Gabe empujó la caja por el escritorio hacia él y observó cómo el habitual buen humor de Riley desaparecía de su cara cuando leía el papel.

– ¿Eso es lo que estaba buscando? -dijo Nell, y Gabe la miró con el entrecejo fruncido. Por Dios, era como volver a trabajar con Chloe. Ninguna línea de pensamiento, sólo estaciones al azar.

– ¿De qué está hablando? -le preguntó pacientemente, y debió de haber sido demasiado paciente porque ella también frunció el entrecejo.

– Estaba limpiando las bibliotecas -dijo-, y noté marcas en el polvo que se veían como si alguien hubiera estado sacando libros. Entonces deduje que estaba buscando algo.

– No -dijo Gabe y miró a Riley.

– Yo no -dijo Riley-. Pero fue después de que los limpiadores dejaran de venir. ¿Lynnie?

Gabe sacudió la cabeza.

– Si encontró la caja, ¿por qué no se la llevó? -Miró el objeto con el entrecejo fruncido-. En realidad, ¿para qué querría buscar esto? -Volvió a recogerla. Era pequeña, pero en su interior había espacio suficiente para algo más que un título de propiedad. -A menos que se haya llevado lo que quería-. Algo más respecto de su papá y Trevor…

Riley tenía una arruga de preocupación en la frente.

– Sí, ¿pero qué demonios podría querer ella…?

– Gracias, señora Dysart, ha sido de gran ayuda -dijo Gabe, y Nell dio un paso hacia atrás, con el aspecto de haber sido abofeteada.

– Está bien -dijo-. Escúcheme, en cuanto al cartel de la ventana…

– ¿Qué? -Gabe la miró con el entrecejo fruncido, impaciente por que se fuera-. ¿Qué cartel?

– Investigaciones McKenna. Está completamente descascarado en varias partes. Se me ocurrió que podríamos cambiar el diseño…

– No, señora Dysart. La ventana se queda como estuvo siempre. -Miró la caja y pensó: Aunque es posible que yo no sepa mucho respecto de cómo las cosas estuvieron siempre.

– ¿Entonces podría convencerlo de conseguir un sofá nuevo antes de que el viejo se venga abajo? -dijo ella, y él levantó la mirada, alarmado por el tono de su voz. Los ojos de la mujer tenían un resplandor que indicaba que estaba reprimiendo cosas que mejor no decir y de hecho hasta tenía color en las mejillas. Bueno, al diablo con ella, él tenía problemas reales.

– No viene tanta gente -le dijo-. El sofá se queda.

Ella permaneció de pie un momento, y luego dijo:

– Además la puerta de adelante está dura. -Y se fue.

Esa mujer está en verdad enojada, pensó él, y volvió a mirar la caja. Demonios.

Riley respiró profundo.

– ¿Entonces qué favor le hizo Patrick a Trevor que no pudo consignar en las actas?

– Tengo otra pregunta -dijo Gabe-. ¿No es una gran coincidencia que hayamos encontrado una caja con el nombre de Trevor prácticamente al mismo tiempo que una mujer comienza a chantajearlo, que es prácticamente al mismo tiempo que Lynnie pasa parte de enferma?

Riley se sentó muy quieto, contemplando todos los ángulos posibles mientras Gabe aguardaba.

– Es posible -dijo por fin-. Está claro que está dentro de la personalidad de ella. -Levantó la mirada para ver a Gabe, frunciendo el entrecejo-. Pero eso no explica la participación de Jack y Budge.

– De Jack, puede ser -dijo Gabe-. El era socio en el 78. -Acercó la caja y la cerró para no tener que mirar el maldito título de transferencia, y vio el diablillo-. Mi papá adoraba ese auto. La última pelea que tuvo con mi madre fue por el auto.

– Tú adoras ese auto -replicó Riley-. Tal vez ésta sea una señal de que es hora de que lo cambies.

– No hay señales -dijo Gabe-. Deja de hablar con Chloe.

– Bueno, hay pistas -dijo Riley-. Pero no sé en este caso. Si fue Lynnie, ¿cómo demonios sabía que la caja estaba allí?

– Tal vez no lo sabía -dijo Gabe-. Tal vez estaba husmeando y la encontró y tomó lo que quería y luego volvió a guardarla. -Sacudió la cabeza-. No, eso no tiene sentido. Estaba buscando algo. -Se puso de pie y recogió su saco-. Ahora puedes investigar a Jack Dysart todo lo que quieras.

– ¿Tú qué vas a hacer? -preguntó Riley.

– Encontrar a Lynnie -dijo Gabe con firmeza-. Y después voy a hablar con Trevor. -Recorrió la oficina con la vista y vio a su padre por todas partes-. Sobre los buenos viejos tiempos.

Nell vio salir a Gabe y apretó los dientes. Nunca la habían hecho salir tan rápido de ningún lugar como cuando él la echó de la oficina. Y ella podría haber ayudado, si sólo él…

– Vuelvo más tarde -dijo Riley, saliendo de la oficina rumbo a la puerta de la calle-. Mucho más tarde.

Bueno, al demonio con ustedes, muchachos, pensó Nell y regresó al baño para limpiar el último estante. Estaba a punto de terminar cuando oyó que la puerta de calle se sacudía y se abría con un golpe. «¿Nell?», oyó que Suze gritaba, y respondió: «Aguarda un momento», y se bajó del inodoro, ya terminada toda la limpieza. No le producía una gran satisfacción.

Cuando apareció en la oficina, Suze dijo:

– Tenemos que hablar contigo. -Nell miró detrás de su amiga y vio el rostro lleno de lágrimas de Margie.

– ¿Qué sucede? -Nell se dirigió a Margie-. ¿Qué pasó? ¿Budge te hizo algo? ¿Es por la casa de té? Porque no tienes que…

– ¡Oh, Nell! -Margie la rodeó con los brazos.

– ¿Qué? -Nell miró por encima de la cabeza enrulada de Margie hacia Suze, que tenía un aspecto igualmente angustiado, aunque su tristeza estaba mezclada con furia-. ¿Jack hizo algo? ¿Qué pasa?

– Margie habló con Budge anoche -dijo Suze lúgubremente-. Ella le sugirió que como iba a tomar un trabajo al igual que tú, tal vez no deberían casarse.

– Le dije que el matrimonio no era una respuesta -explicó Margie mojando el hombro de Nell-. Le dije que tú habías tenido un buen matrimonio y que se había acabado sin razón alguna, entonces yo no veía una razón por la que a nosotros nos iría mejor, y que por eso necesitaba un trabajo.

– No deberías hacerle eso a Budge -dijo Nell, palmeándole el hombro-. Probablemente tampoco deberías casarte con él…

– Ese no es el problema -tragó saliva Suze-. Budge le contó que tu matrimonio no terminó de la nada.

– ¿Qué? -dijo Nell, sintiendo un súbito frío.

– Tim estaba saliendo con Whitney hacía mucho tiempo – explicó Margie, sacando la cara del hombro de Nell-. Desde mucho antes de que te dejó. Te estuvo engañando todo el tiempo.

Lo sabía, pensó Nell, y en ese momento la oficina giró a su alrededor y se le doblaron las rodillas y la luz estalló en su cabeza como estrellas.

Capítulo 4

Nell sintió que Suze la sujetaba antes de que se golpeara contra el suelo, y que la ayudaba a sentarse sobre la alfombra oriental. Deberíamos reemplazar esta alfombra, pensó Nell. Hace que la oficina se vea sucia. Empezó a caerse hacia atrás, pero Suze la sostuvo y la sacudió.

– No, no lo hagas -dijo-. Quédate con nosotros.

– Me engañaba -dijo Nell, y al decirlo sintió deseos de vomitar.

– Ojalá se muera -dijo Suze, sin dejar de abrazarla-. ¿Estás bien? Te ves horrible. -Enganchó las manos debajo de los brazos de Nell y la alzó hacia el destartalado sofá marrón-. Pon la cabeza entre las piernas.

Obediente, Nell dejó la caer la cabeza entre las rodillas. Me engañaba. Me hizo quedar como una tonta.

– ¿Tú lo sabías?

– No -dijo Suze-. Lo juro, te lo habría contado. Pero tampoco tenía sentido que se hubiera desenamorado de ti. Tú le diste todo. No podía creer que tuviera las agallas de abandonarte y hacer todo solo. Es una rata, y ese tipo de personas nunca se van sino tienen dónde apoyarse.

– Lo siento tanto -dijo Margie.

Nell respiró profundo un par de veces para devolver un poco de oxígeno al cerebro. Tim la había engañado. Ella se había comportado como una persona justa y práctica y adulta, y él la había engañado. Dos veces la había engañado: primero cuando se acostó con Whitney y segundo cuando le dijo a ella que no había ninguna otra persona. La segunda traición era la peor. Ésa era la mentira que él utilizaba para hacerla salir de su enojo. Le había quitado su trabajo y su casa y la mitad de su vajilla de porcelana, y le había destrozado la vida, y después le había mentido para que ella ni siquiera pudiera matarlo por lo que había hecho. Qué bastardo.

Nell se sentó recta, mientras la furia le hervía en la sangre.

– Lo odio.

– Bueno, era hora -dijo Suze-. ¿Qué vamos a hacer al respecto?

Voy a gritar.

– Tengo que irme -dijo Nell, levantándose con fuerza del sofá, y Margie se quitó del medio cuando ella puso rumbo a la puerta.

Gabe pasó una frustrante hora sin lograr nada, por lo que, cuando regresó a la agencia y vio que Nell se había ido, no le resultó divertido. ¿Qué demonios?, pensó, y tomó el teléfono que estaba sonando. Era un cliente de otra ciudad y Gabe se sentó al escritorio de Nell y anotó los detalles con la lapicera de oro que yacía precisamente a la derecha del anotador. Todo era preciso sobre el escritorio, incluso la foto con un costoso marco de oro en la que se veía a Nell y a un hombre mucho más joven que se le parecía lo suficiente como para ser su hijo. El muchacho era apuesto, y Nell estaba sonrojada y feliz y saludable. ¿Qué le pasó desde entonces?, pensó cuando colgaba y el sonido del teléfono que volvía a llamar le hizo olvidarse de ella.

– ¿Qué averiguaste? -dijo Riley cuando él atendió.

– No mucho. Lynnie no estaba en la casa y la encargada del departamento estaba mirando desde la puerta de al lado así que no pude entrar por mi cuenta. Y Trevor no ayudó en nada.

– Nunca lo hace -dijo Riley-. La pregunta es: ¿no ayudó en nada porque no tiene la menor idea o no ayudó en nada porque estaba ocultando algo?

– Ocultando algo -dijo Gabe-. No recordaba haber firmado por el auto.

– ¿Se olvidó de un Porsche?

– Su postura es que no podía recordarlo después de veintitrés años.

– Su postura es falsa -dijo Riley-. ¿Nell está allí?

– No -respondió Gabe mirando a su alrededor-. Esa es la razón por la que yo atendí el teléfono.

– Bueno, cuando la encuentres, dile que saque los expedientes del 78 -dijo Riley-. Sé que esto tiene que ver con algo que Patrick estaba ocultando, pero podría haber algo allí, y si está, ella lo encontrará. Esa mujer puede encontrar cualquier cosa.

– Si es que regresa. Dejó algunas de sus cosas, entonces supongo que volveremos a verla cuando esté de ánimo para eso.

– ¿Puedes dejar de perseguirla? -dijo Riley-. Es probable que haya ido a almorzar, por el amor de Dios. Estás desarrollando una fijación con esto.

– Hablando de fijaciones, ¿cómo está Jack?

– Recién empiezo -dijo Riley, la voz gruesa de ansiedad.

Gabe suspiró.

– Yo también. Oh, y antes de que me olvide, tienes un trabajo de señuelo esta noche. ¿Puedes hacer que tu licenciada en horticultura te ayude?

– Tiene que entregar una tesis -dijo Riley, y Gabe pensó: eso es lo que sucede cuando sales con infantes.

– Yo conseguiré a alguien -dijo Gabe y salió a buscar a Chloe a la casa de té. Ella estaba abriendo el horno detrás del mostrador.

– ¿Puedes hacer un señuelo esta noche?

– No -dijo Chloe-. Detesto esas cosas. Me desordenan el karma.

– Correcto -replicó Gabe-. ¿Has visto a nuestra nueva secretaria?

– ¿Nell? No. -Sacó una bandeja de galletitas y después lo rodeó para que se corriera y la puso sobre el mostrador de granito.

– No parecía la clase de personas que se toman un almuerzo largo -dijo Gabe.

– No parece la clase de personas que almuerzan -respondió Chloe con irritación, corriéndose un rulo transpirado del ojo-. Pero tú no te darías cuenta.

– ¿Ahora qué hice? -dijo Gabe. Chloe sacudió la cabeza y le hizo gestos de que se marchara, pero él permaneció en el lugar-. Chloe, ¿recuerdas bien a mi padre?

Ella se detuvo, mientras su irritación se evaporaba.

– ¿Patrick? Seguro. Me trataba bien. Y estaba loco por Lu, ¿recuerdas? Me sentí muy mal cuando se murió tan poco después de que ella naciera. Él la adoraba.

– Sí -dijo Gabe, tratando de no recordarlo-. ¿Crees que no era honesto?

Chloe dejó la espátula.

– ¿Quieres decir si era corrupto?

Ella vaciló, y Gabe pensó: Oh, diablos. Tenía la esperanza de que ella dijera: «No, de ninguna manera; ¿estás loco?»

– Más que tú -respondió ella por fin.

– ¿Yo? -Gabe la miró, desconcertado-. ¿Tú crees que yo soy deshonesto?

– Creo que haces, lo que tienes que hacer cuando tienes que hacerlo. No creo que hayas tenido que hacer nada particularmente turbio durante mucho tiempo, pero te considero capaz de hacerlo. Creo que eres capaz de casi todo si el motivo es correcto.

– Jesús -dijo Gabe.

– Tú papá también era así -prosiguió Chloe-. Pero además creo que a él le gustaba el dinero más que a ti. Creo que le gustaban las mujeres más que a ti.

– Oye -dijo Gabe, insultado.

– Bueno, tú me has sido fiel y ni siquiera estás particularmente interesado en mí -dijo Chloe-. Tu papá me hubiera engañado en la luna de miel.

– Nosotros no hicimos una luna de miel -dijo Gabe-. Por Dios, me encanta esta conversación. ¿Así que yo soy corrupto y asexuado?

– Yo no dije que fueras asexuado -repuso Chloe-. Digo que eso no era una motivación para ti. ¿Qué está sucediendo?

Gabe sintió que la melancolía volvía a encerrarlo.

– Creo que es posible que mi papá haya hecho algo realmente malo. Algo que no quiso que yo supiera.

– Guau. -Chloe se recostó contra el mostrador-. Él te contaba todo. Debe de ser algo bastante malo.

– Es algo que tiene que ver con el auto.

– En serio. -Chloe lo señaló con la cabeza-. ¿Algo que tiene, que ver con tu mamá?

– ¿Mi madre? -Gabe frunció el entrecejo-. Yo no…

– Siempre dijiste que ella se fue debido al auto -dijo Chloe-. Yo no la conocí, pero te conozco a ti, y tu moral no te viene de tu padre. Entonces tal vez él haya hecho algo verdaderamente malo, y ésa es la razón por la que ella se fue, no el auto.

– Ella se fue porque él la trataba pésimo -dijo Gabe.

– Ella se fue muchas veces porque él la trataba pésimo -contestó Chloe-. Pero cuando fue lo del auto no regresó.

– Quizá se hartó -dijo Gabe-. Él la engañaba y le gritaba todo el tiempo.

– No debería haberse casado. -Chloe volvió a recoger la espátula-. Y por lo que él me contó, ella hacía cosas para vengarse y eso empeoraba todo. El matrimonio puede ser algo horrible.

– Gracias -dijo Gabe. Chloe comenzó a sacar las galletitas de la bandeja, y Gabe inhaló el aroma a almendras y pensó: esto siempre hará que me acuerde de ella.

– Bueno, es una apuesta -siguió Chloe, mientras él recogía una galletita-. Al menos para las mujeres. Los hombres siempre pueden volver a empezar. El valor del macho se basa en el dinero. El valor de la hembra se basa en la juventud y en la belleza. Los hombres siempre pueden obtener más dinero, pero las mujeres no pueden recuperar los años perdidos. Por eso le sacan a los hombres todo lo que pueden en los divorcios.

– Puras palabras -dijo Gabe mordisqueando la galletita-. Tú ni siquiera aceptaste pago por alimentos.

– Quería ser independiente -dijo Chloe-. Pero también quería que Lu creciera contigo. Sabía cuál era tu intención cuando compraste la casa que estaba al lado de la nuestra, pero era muy bueno para Lu. Y después me diste este lugar y eso también fue divertido. Pero debería haber dicho que no. Debería haberme ido.

El arrepentimiento de su voz era doloroso.

– Si quieres irte -dijo él-, vete. Yo me ocuparé de Lu. Todavía eres joven. Cierra este sitio y vete.

Chloe dio un golpe con la espátula, y él se echó hacia atrás, sorprendido.

– ¿Ves? Por eso eres tan hijo de puta. Si te agarrara un ataque, y me engañaras, si actuaras como tu padre, yo podría irme y ser libre, pero siempre te comportas de una manera tan malditamente decente respecto de todo y me lo haces tan difícil… -Rompió a llorar.

– Oye. -Gabe la rodeó con los brazos-. Puedo ponerme desagradable. Hablemos de astrología.

– Tengo que alejarme -dijo Chloe contra el pecho de él-. Sólo por un tiempo.

– Yo me ocupo -dijo Gabe, con la mejilla contra el cabello de Chloe-. ¿Cuánto dinero necesitas?

Ella se apartó y lo golpeó en el pecho.

– Basta. Tengo que hacer esto por mi cuenta.

– Está bien. -Gabe la soltó y volvió a morder la galletita-. ¿Tienes dinero?

– Sí -respondió Chloe-. Sé que en este momento este lugar no se ve muy próspero, pero me está yendo bastante bien.

– De acuerdo -dijo Gabe-. ¿Vas a enojarte si te digo que me llames si precisas algo?

– Sí -dijo Chloe-. Pero de todas formas te llamaré.

Se veía tan dulce allí de pie, sonrojada por el calor del horno y por su propia frustración, y él supo que en realidad ya había terminado, lo había sabido durante varios días, tal vez aún desde antes. Se inclinó y la besó una última vez, con suavidad, y ella le puso la mano en la mejilla y dijo:

– En verdad te amo.

– Yo también te amo -dijo Gabe-. Sólo hazme un favor: asegúrate de que el tipo que me reemplace te merezca. Yo tengo totalmente claro que no te merecía.

– Estás haciéndolo de nuevo -dijo Chloe-. Basta. Actúa como tu papá por una vez en la vida.

– La astrología es una mierda -dijo Gabe, y ella sonrió y sacudió la cabeza.

– Dímelo cuando regrese y estés locamente enamorado de Nell -dijo ella.

– Dios no lo permita -replicó Gabe y volvió a su oficina.

Cuando Nell abrió de un golpe la puerta de la agencia de seguros una hora antes, su antigua asistente Peggy había dicho «¡Nell!», sonando patéticamente agradecida de verla, pero Nell no se había detenido y había abierto con mucho ruido y sin golpear la puerta de la oficina de Tim.

– ¡Nell! -Tim levantó la mirada, tan apuesto como siempre, y se puso de pie-. Qué bueno…

– Me mentiste -dijo Nell con los dientes cerrados, y la sonrisa de Tim se desvaneció-. Me engañaste.

La sorpresa de Tim se convirtió en un cauteloso pésame.

– Lo lamento, Nell. Tenía la esperanza de que jamás te enteraras.

– Apuesto que sí, hijo de puta -dijo Nell, y Tim echó la cabeza hacia atrás.

– No era así-dijo, con aspecto de herido-. No quería lastimarte. Y en realidad no te mentí. Nuestro matrimonio llevaba varios años muerto.

– ¿En serio? Bueno, caramba, ¿entonces por qué cuando todavía dormíamos juntos y dirigíamos una empresa y…?

– Porque yo no me di cuenta. -Tim se sentó en una esquina de su escritorio, profesional, adulto, calmado y comprensivo con una camisa que había escogido otra mujer-. Recién cuando conocí a Whitney me di cuenta de que en la vida había más que los seguros y… -Abrió las manos, con aspecto indefenso-… Tuve que seguir a mi corazón. -Le sonrió con tristeza-. El corazón tiene sus razones.

Nell miró a su alrededor buscando algo para tirarle, algo con qué golpearlo, algo que lo sacara de esa calmada hipocresía de «comportémonos como adultos» y lo pusiera en un estado un poco más satisfactorio. Como el terror absoluto.

– No lo tomes personalmente, no tenía nada que ver contigo -dijo Tim, y Nell vio los Carámbanos alineados detrás de él (catorce premios al mejor agente de seguros del año de Ohio) y sintió una calma repentina y demente.

– Bueno, dulzura, tampoco tú te tomes personalmente esto -dijo y caminó hacia atrás de él mientras Tim se deslizaba de la esquina del escritorio para no interponerse. Ella levantó la primera de las estatuas de cristal y la golpeó contra el escritorio donde él se había sentado. Se partió en mil pedazos, casi estallando por el impacto, y dejó una enorme marca en la caoba, y ella pensó: Sí, mientras Tim gritaba:

– ¡No!

– Me acabo de dar cuenta de que eres un ser humano completamente despreciable -dijo Nell, mientras tomaba otro Carámbano-. Pasé un año y medio en el purgatorio porque eres tan cobarde y mentiroso que ni siquiera tuviste la decencia de decirme la verdad.

– Nell -dijo Tim, retrocediendo, con una voz de advertencia-. Sé justa. Siempre le decías a Jase cuando él era pequeño que los sentimientos son los sentimientos y que hay que prestarles atención.

– Eso es cierto, y en este momento me estoy sintiendo un poco enojada. -Nell levantó el cristal sobre la cabeza y lo partió en mil pedazos dentados mientras Tim corría alrededor de ella para agarrar la mayor cantidad de Carámbanos que podía.

Peggy se asomó a la puerta y dijo: «¿Qué…?», mientras Nell tomaba un Carámbano que él no había podido agarrar. Peggy se detuvo, con los ojos bien abiertos.

Nell no le prestó atención y se concentró en Tim.

– Aunque, en realidad, si estuviera siguiendo a mi corazón, te hundiría una de estas porquerías en el bazo.

Tim dio un salto hacia atrás cuando ella hizo trizas el tercer cristal, golpeándolo contra el escritorio con tanta fuerza que los pedazos volaron por toda la sala.

– Oh, Dios -dijo Peggy cuando Nell recogió otro.

– Está bien, eso fue peligroso. -Tim se enderezó, con los brazos llenos de Carámbanos-. Quizá si te calmaras…

– Este es por Jase -dijo Nell, blandiendo el cuarto cristal en dirección a Tim-. Porque creo que él sabe la verdad, lo que significa que lo obligaste a mentirme. -Lo depositó empujando con todo su peso y se quebró con tanta fuerza que uno de los pedazos rebotó hasta la ventana que estaba a sus espaldas y la rajó.

– ¡Nell! -gritó Tim-. ¡Detente!

Lo que ella precisaba era ritmo. Agarró un quinto y lo golpeó, girándolo como una raqueta de tenis a punto de hacer un saque. El golpe de tenis le gustó, el movimiento en los brazos, que hacía cantar a sus músculos. Eso era lo que necesitaba, un buen ritmo y un saque prolijo.

– ¡Maldición, mentí por ti! -dijo Tim, tratando de recoger otro cristal aunque llevaba los brazos llenos.

– Me mentiste -tomó el siguiente cristal, lo hizo girar, y lo golpeó contra el escritorio- porque eres un mentiroso -giro y golpe-, cobarde -giro y golpe-, pelele -giro y golpe-, viscoso -giro y golpe- hijo de puta que no quería asumir la responsabilidad de destruir su matrimonio. -Se detuvo para tomar aliento y porque ya no quedaba ningún Carámbano en el estante; Tim tenía los últimos cuatro en los brazos, desafiándola con los ojos a que los tomara.

Nell bajó la barbilla.

– Dámelos.

– No. -Tim se veía resuelto y alto-. De ninguna manera. Deberías verte a ti misma, pareces una loca.

– Dámelos -dijo Nell en voz baja-, o te los quitaré y te mataré a golpes con ellos.

Tim la miró con la boca abierta, y Nell extendió la mano y le quitó uno de los brazos y lo hizo girar en dirección al escritorio, sintiéndose más fuerte con cada explosión.

– Esto es una locura. -Tim intentó rodearla, y ella tomó otro Carámbano, lo hizo tropezar cuando avanzaba, y lo golpeó contra el escritorio antes de volverse a recoger uno que a él se le había caído cuando tropezó con el pie de ella. Ese también lo destrozó, y luego avanzó en dirección a él en busca del último, con un deseo más lujurioso que el que alguna vez había sentido por él.

– Necesito eso -dijo-. Dámelo.

– Detente -dijo él, aferrando el último Carámbano contra la camisa-. Por el amor de Dios, mira este desastre.

– ¿Tú crees que esto es un desastre? -dijo Nell-. ¿Has visto a nuestra familia últimamente? ¿Has revisado nuestra empresa? Tú destrozaste todo lo que habíamos construido, todo por lo que trabajamos, sólo porque querías cogerte a una chica talle seis. Esto -hizo un gesto a la oficina llena de pedacitos de vidrio- no es nada en comparación.

Aunque ahora que miraba el lugar sí que era un desastre bastante importante. El escritorio estaba destruido. La ventana estaba rota. La alfombra gris estaba llena de vidrio molido. Había hecho un buen trabajo allí.

– No hay necesidad de ser ofensivo. -La furia hacía sonrojar a Tim-. Whitney tiene talle dos, y yo mentí por ti y por Jase -dijo, retrocediendo hacia la puerta-. No quería que salieras lastimada.

Nell se detuvo, desconcertada, jadeando de incredulidad.

– ¿No querías que saliera lastimada? Pasaste veintidós años viviendo conmigo, trabajando conmigo, teniendo una familia conmigo, sin una nube en el cielo, sin ninguna señal de que algo anduviera mal, y entonces me abandonas una Navidad, sin explicaciones, de pronto el mundo ya no tiene sentido, ¿y tú crees que eso no va a lastimarme?

– No fue tu culpa -dijo Tim, dando un paso adelante.

– Ya sé que no fue mi culpa.

– No era porque no fueras atractiva o joven o comprensiva -prosiguió Tim-. Nada de eso me importaba.

– Voy a matarte -dijo Nell.

– Si yo hubiera dicho: «Hay otra mujer», tú habrías pensado que eso era porque tú no eras lo suficientemente buena para mí.

– No, no es así -dijo Nell-. Habría pensado que eras un hijo de puta sin imaginación con una crisis de mediana edad.

– Pero no era por ti -dijo Tim con firmeza-. Simplemente me enamoré. No tenía nada que ver contigo.

– Entonces todo tiene que ver contigo -dijo Nell-. Yo soy una testigo inocente.

– ¡Sí! -dijo Tim, aliviado porque ella había comprendido-. No te habría servido de nada saber acerca de Whitney; sólo te habría causado dolor. Lo hice por ti.

– ¿Siempre fuiste una sanguijuela así? -dijo Nell-. Porque, lo juro por Dios, no lo recuerdo.

– Nell, sé que es una gran impresión, pero, en serio, todo está bien. Te está yendo bien, a Jase le está yendo bien. Yo estoy feliz. -Abrió los brazos para demostrar comprensión, con el último Carámbano en una mano-. Claro que voy a tener que reponer un montón de Carámbanos.

Nell clavó los ojos en el último Carámbano y avanzó en esa dirección, sin prestar atención al crujido de vidrios debajo de sus pies.

– Dame eso.

Tim empujó el Carámbano hacia Peggy que todavía seguía petrificada junto a la puerta.

– ¡Rápido! -dijo-. Se volvió loca. Ve a guardar esto bajo llave.

Peggy tomó el último Carámbano y miró a Nell, hipnotizada, y Nell se detuvo, igualmente hipnotizada, esta vez por la realidad. Recorrió la oficina con la mirada y se sintió terrible, no porque la había destruido, sino porque destruirla no había servido para nada. Lo único que había hecho era bajar a la altura de él. Ahora Peggy pensaba que los dos eran una basura.

Tim asintió, con firmeza y control, el Rostro de la Razón con su camisa verde menta y la corbata haciendo juego.

– Estoy decepcionado por ti, Nell. Y sé que Peggy también debe de estarlo.

– En realidad no -dijo Peggy y le pasó el último Carámbano a Nell-. Renuncio.

Se fue mientras Tim decía:

– ¡Peggy!

– Qué perdedor eres -dijo Nell, con el último Carámbano en la mano-. Y yo jamás tendré que salvarte otra vez. -Con un giro final, directamente desde el hombro, aplastó el último Carámbano, dio un respingo cuando un pedazo salió volando y le pegó en la mejilla, y junto al galardón también aplastó lo último que quedaba de su vida con Tim.

– Tú nunca me salvaste -dijo Tim, ya sin ninguna pretensión de amabilidad-. Yo era el cerebro de la empresa. Tú no eras más que la secretaria.

– Puedes continuar diciéndote eso -dijo Nell-, pero no te servirá de nada.

Él se quedó de pie detrás del mutilado escritorio y la miró como si la odiara, entonces ella dijo:

– Bien. Ahora sabes cómo me siento.

Luego salió de su vieja oficina y de su antigua vida, sin tener la menor idea de qué hacer a continuación.

Nell trató de seguir enojada de camino a la oficina de los McKenna, limpiándose ausentemente sangre del corte que tenía en la mejilla, pero no dio resultado. Una vez en la oficina, se sentó detrás de su escritorio y sintió que el hielo le inundaba las venas. No se le permitía arreglar ese lugar, no se le permitía recobrar el dinero que había tomado Lynnie, ni siquiera se le permitía ir a rescatar a esa pobre perra de New Albany. Todas las veces que trataba de cobrar velocidad, algún hombre la detenía. Trató de enojarse al respecto, pero más que nada se sentía cansada. Y además también le había hecho perder el trabajo a Peggy. Llamó a la oficina, y consiguió hablar con Peggy justo cuando ésta estaba saliendo.

– Lo siento tanto -le dijo Nell-. No renuncies por mí.

– No es así -dijo Peggy-. No quiero trabajar más aquí. Desde que Whitney ocupó tu puesto, me está volviendo loca. No sabe lo que hace porque recién está empezando, y comete errores y después se enoja conmigo si los corrijo sin consultarle, y después se enoja todavía más si no los corrijo. No puedo ganar.

– Sé cómo se siente eso -dijo Nell-. ¿Vas a estar bien?

– Voy a estar bien -respondió Peggy-. Pero Tim va a tener problemas.

– Bien -dijo Nell, pero después de colgar, volvió a hundirse en la silla. Trató de concentrarse en su trabajo, pero cuando Gabe salió de su oficina unos minutos después, ella estaba contemplando desesperadamente el espacio.

Él empezó a decir algo y después se detuvo para mirarla.

– ¿Qué le pasó en la mejilla?

Nell se tocó el corte. Mi antigua vida me pasó en la mejilla.

– Un pedazo de vidrio que volaba.

– Oh, diablos, quédese ahí -dijo Gabe, con su habitual tono de exasperación. Entró en el baño y salió con una toalla de papel húmeda y el botiquín de primeros auxilios…

– En serio, está bien. -Nell se apartó un poco del escritorio-. Estoy bien.

– Está sangrando por toda la oficina.-Él enganchó el pie en la parte inferior de la silla de ella y la hizo retroceder-. Quédese quieta. Esto es lo más parecido que tenemos a un seguro médico, así que aprovéchelo.

Limpió el corte y después le aplicó una pomada antibiótica en el pómulo, con dedos sorprendentemente suaves aunque la estaba retando, entonces ella se quedó callada mientras él cortaba una minúscula venda con forma de mariposa para mantener cerrada la herida, y trató de no disfrutar el que la estuvieran cuidando porque estaba segura de que sería un momento fugaz. Le observó los ojos mientras trabajaba, concentrado en ella, y cuando terminó, él la miró y fue una mirada prolongada. Ella dejó de respirar durante un minuto porque él estaba tan cerca, y él también se paralizó, y entonces dijo «Ya está», y volvió a sentarse.

– Ahora, ¿dónde diablos encontró vidrios voladores?

– No le conviene saberlo. -Nell se tocó la venda.

– Sí, quiero saberlo. ¿Me falta otra ventana?

– No -dijo Nell y se sonrojó. Él se quedó sentado observándola, aguardando, y entonces ella habló para llenar el silencio-. Gracias por los primeros auxilios. Le debo una.

– Bien. -Se puso de pie-. Vamos a cobrársela. Necesitamos que trabaje esta noche.

– ¿Esta noche? -Nell se encogió de hombros mientras él llevaba el botiquín de regreso al baño-. Está bien. Dígame de qué se trata y lo haré ahora.

– No es secretarial -dijo cuando volvió a salir-. Riley pasará a buscarla a las nueve. Quítese la venda antes.

– ¿Esta noche a las nueve? -dijo Nell-. ¿De qué se trata?

– Trabajo de señuelo. Usted se sienta en un bar al lado de un tipo para ver si él trata de conquistarla. -Se volvió hacia la oficina.

– Espere un momento. ¿Un tipo se me va a declarar? -Pensó en la imagen de ella en el espejo, con al aspecto de alguien que lleva varios meses de muerta-. Creo que ha elegido a la clase equivocada de mujer.

Gabe sacudió la cabeza.

– Los hombres en los bares de hoteles no son tan selectivos.

– Ay -dijo Nell.

– Lo siento. No quise decirlo de esa forma. Usted es una mujer muy atractiva.

Parecía marginalmente sincero, pero ella se había visto en el espejo. Por otra parte, no tenía nada mejor que hacer esa noche, salvo comentar su día con Suze.

– Lo haré -dijo Nell.

Una hora más tarde, cuando Nell devolvió la agenda de Gabe, seguía viéndose sonrojada y tormentosa e incluso más inestable que lo habitual con el corte en la mejilla, y todo eso era extrañamente atractivo. Por supuesto que él siempre había tenido debilidad por lo extraño y lo inestable. Por ejemplo Chloe.

Se puso de pie.

– Déjeme mostrarle nuestro congelador.

– ¿El congelador? -dijo ella, pero lo siguió a través de la oficina exterior hacia la tienda de Chloe donde él abrió la puerta de un enorme congelador en el que se podía entrar.

– Aquí guardamos los archivos pasados -dijo, sosteniéndole la puerta.

– ¿Por qué? -preguntó ella, asomándose.

– Porque se cierra con llave -dijo Gabe-. Y porque Chloe sólo usa la parte de adelante.

– ¿Para qué tiene un congelador? -dijo Nell.

– En este lugar había un restaurante. Usamos lo que tenemos. -Encendió la luz, ingresó y ella lo siguió-. En algún lugar de por aquí hay por lo menos una caja con la etiqueta de «1978», quizá dos. Encuéntrelas y revíselas y saque todo lo que tenga el nombre de Trevor Ogilvie o Jack Dysart.

– Está bien -dijo Nell, mirando a su alrededor-. No me puedo quedar aquí encerrada por accidente, ¿verdad?

– No. No es un cerrojo automático.

– ¿Y cuántos años de archivos hay aquí?

– Veinte o treinta. El resto está en el sótano.

– También tienen un sótano. -Sonaba como si eso la deprimiera-. Está bien, 1978. Lo encontraré. -Él se volvió para irse y ella dijo-: ¿Alguna vez va a contarme qué está pasando?

– Por supuesto -dijo Gabe mientras salía del congelador-. Para la misma época en que le permita rediseñar las tarjetas de presentación y volver a pintar la ventana.

Revisar cajas con expedientes no sirvió mucho para mantener ocupada la cabeza de Nell, así que se preocupó por la noche que iba a tener que pasar; a las cinco ya había encontrado por lo menos media docena de archivos con el nombre de Trevor o de Jack, y el estómago le dolía por el miedo escénico pre-actuación. Por lo tanto, de camino a su casa, se detuvo en el departamento de Suze y dijo «Necesito un arreglo», y cuando le abrió la puerta a Riley cuatro horas más tarde, él quedó adecuadamente sin habla al verla.

– Trabajé un poco -dijo ella mientras le hacía el gesto de que entrara en el departamento.

– Se ve. -Riley movió la cabeza y la examinó-. Pelirroja, ¿eh? Le queda bien.

– ¿No le parece demasiado vistoso? -Nell regresó al espejo. Ella misma no podía salir de su asombro. Con un color fuerte en el cabello y un poco de maquillaje, parecía haber casi recobrado la vida-. Me parecía demasiado, pero Steven dijo que se vería natural.

– ¿Quién es Steven?

– El peluquero de Suze. Junto al parque. Es un genio.

– Desde ya -dijo Riley-. Todo se ve natural.

Nell se dio vuelta y lo vio mirándole el vestido, un paño azul eléctrico que la envolvía como una segunda piel.

– Es de Suze-dijo, y cuando él dijo «¿Qué es de Suze?» ella se dio cuenta de que le estaba mirando el cuerpo, no la ropa-. El vestido. Mi mejor amiga, Suze, me lo dio.

– Suze tiene buen gusto -dijo Riley-. Jesús.

– Entonces lo único que tengo que hacer es ser amable, ¿verdad?

– Con ese vestido, ni siquiera tiene que ser amable -dijo Riley-. Y ahora tenemos un problema.

– ¿Qué? -Nell se tironeó del vestido-. ¿Demasiado ajustado?

– Para mí, no. Para el micrófono, sí. -Le mostró un minúsculo grabador a casete-. Necesita meterse esto en un lugar en el que no se vea. -Sacudió la cabeza-. Yo puedo ver todo.

– No, no puede. -Nell extendió la mano-. Éste es el corpiño de Suze, al menos una talla de copa más grande que yo. Aquí hay espacio para todo un equipo estereofónico.

– Imagine mi decepción -dijo Riley y le entregó el micrófono del grabador.

Ella se las arregló para insertar el grabador en el corpiño de Suze, pero ése era el único aspecto que no le preocupaba una hora y media más tarde cuando entró en el elegante bar del hotel y cruzó la sala en dirección al hombre que Riley le había señalado desde la puerta.

– Escocés con soda -le dijo al camarero, y después recorrió la barra espejada con la mirada antes de echar un vistazo al hombre que estaba a su lado.

Era un hombre de aspecto común con un traje atractivo, y la estaba mirando. O, al menos, estaba mirando el corpiño de Suze y el peinado de Steve.

– Hola -sonrió ella y se volvió hacia su whisky, y se sorprendió cuando vio el reflejo de la pelirroja en el espejo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se había visto tan bonita. Se mojó los labios y volvió a sonreír en dirección al espejo, hacia sus propios ojos en vez de los de otro, coqueteando consigo misma mientras bebía su escocés. En realidad, nunca se había visto tan bonita. Si pudiera recuperar algo de peso…

El tipo la miró a los ojos a través del espejo.

– Hola -dijo y extendió la mano-. Me llamo Ben.

– Hola, Ben -dijo ella, aceptándola-. Me llamo Nell. -Y estoy buena. Más o menos.

– ¿Qué hace una bonita dama como tú en un lugar como éste?

– Bebiendo un trago. -Su pulso latía con fuerza. Era un milagro que él no pudiera percibirlo a través de la palma-. ¿Tú?

– Emborrachándome -respondió-. Estoy en la ciudad por negocios, y es más aburrido que el infierno. ¿Tú estás por negocios?

– Sí -dijo Nell, recuperando su mano mientras el camarero le ponía una segunda copa en la barra-. Definitivamente mi trabajo es responsable de esto.

– Bueno, brindo por tu trabajo -dijo Ben, levantando la copa-. No cabe duda de que me ha mejorado la noche.

Era agradable, descubrió Nell mientras él la invitaba con los tragos y la escuchaba. Tim no la había escuchado desde que ella había dicho «Sí».

– Me gustas -le dijo a Ben después de la tercera copa, y en ese momento recordó que él estaba casado.

Él le sonrió.

– Tú también me gustas. -Recorrió la barra con la mirada y agregó-: Pero este lugar es ruidoso, y quiero hablar más. -La miró profundo a los ojos-. ¿Qué te parece si subimos a mi habitación, que es más tranquila?

¿El mundo entero estaba lleno de hombres que engañaban? ¿Cómo sobrevivían los matrimonios?

– Lo lamento -dijo Ben ante el silencio de ella-. No debería haberte preguntado.

– No, está bien -dijo Nell-. Recién estoy sobreponiéndome a mi divorcio, así que estoy un poco sensible sobre todos esos temas.

Él le sonrió, dulce si una no supiera que era una basura que engañaba a su esposa.

– Te prometo que iré despacio -dijo y le tocó el hombro levemente, y Nell, para su propia sorpresa, se sonrojó.

No había sido más que una ligera oscilación en su pulso, pero estaba allí, y le hizo darse cuenta de que no había habido ninguna oscilación durante mucho tiempo. Se miró a sí misma, envuelta en la lycra azul de Suze, y se dio cuenta de que se había vuelto desconectada de su cuerpo. Sin hambre, sin lujuria, ni siquiera estaba segura de poder sentir dolor. El corte en la mejilla no le había dolido en lo más mínimo, ahora que lo pensaba. Tal vez estaba muerta y simplemente era demasiado estúpida como para acostarse.

– ¿Nell? -dijo Ben-. Lo siento, yo…

– Sí -le dijo, repentinamente desesperada por sentir algo.

No quería morir sin haber dormido con algún otro además de Tim. No quería morir en ningún caso, quería volver a sentirse viva. Ben era un adúltero, no contaba, era de otra ciudad, jamás tendría que volver a verlo. Pruébame que todavía estoy viva.

– Sí -dijo ella-. Me encantaría subir a tu habitación contigo.

– Me alegro -respondió él-. Quiero conocerte mejor.

Tú no quieres conocerme, quiso decirle. Sólo tener sexo conmigo, y después yo te delataré con tu esposa.

Llegaron al ascensor cuando algunas personas estaban descendiendo, y Nell se quedó al lado de él, vibrando de tensión. Era correcto hacerlo. Necesitaba algo que rompiera el hielo que la paralizaba, algo que la hiciera moverse otra vez.

Las puertas del ascensor se abrieron, y Ben las sostuvo para ella. Nell lo acompañó por el pasillo y esperó mientras él abría su habitación. «Adelante» dijo él con alegría, y ella entró, tratando de no desmayarse.

Él se quitó el saco y lo arrojó sobre una silla tapizada, viéndose igual que todos los tipos que ella había conocido con camisa y corbata. Tal vez debería tratar de salir con motociclistas, pensó.

– ¿Quieres un trago? -dijo Ben, y ella le puso la mano en el hombro y dijo:

– No, gracias.

Se acercó más para que él pudiera besarla, y él también se acercó, con olor a whisky, que no era desagradable, y sintió el calor debajo de sus manos cuando se las puso en los brazos, lo que tampoco era desagradable. Tenía la impresión de que debería sentir algo más que «no desagradable», pero había estado muerta mucho tiempo, así que no quería pedir demasiado. Y cuando él la besó, un beso perfectamente bueno, eso tampoco fue desagradable.

Entonces él deslizó sus manos por la espalda de ella hasta el extremo posterior, y ella no sintió nada, ni un temblor, ni un estremecimiento. Y por primera vez se dio cuenta de que eso podría ser un problema; a menos que él trajera consigo un lubricante, no había forma de que ella pudiera tener sexo con él. Sin mencionar que cuando le quitara el corpiño, encontraría el micrófono.

Él volvió a besarla mientras ella trataba de deducir qué hacer. Tal vez si…

Alguien golpeó a la puerta y Ben susurró «Perdón» y fue a atender.

– Creo que mi esposa está aquí -dijo Riley y Nell pensó, Oh, gracias a Dios.

– ¿Su esposa? -dijo Ben, y Nell fue hacia la puerta, tratando de no sonreír de alivio.

– Hola, cariño -dijo alegremente.

– ¿Cariño? -dijo Ben-. Pensé que estaban divorciados.

– En realidad no -dijo Riley con los dientes cerrados, mirándola fijo-. A veces se le olvidan ciertos detalles.

– De verdad lo siento mucho -le dijo Nell a Ben mientras pasaba a su lado. El la miró de la misma forma en que Riley la había mirado. Bueno, no podía culparlo, ella le había mentido.

Aunque definitivamente él le había mentido a ella.

– En realidad lo siento -dijo, volviéndose hacia la puerta-. Creo que es indefendible mentirle a un amante potencial sobre la situación matrimonial de uno. ¿No te parece?

Lo último que vio cuando Riley la alejaba fue que Ben se sonrojaba, aunque no sabía si era de furia o de vergüenza. En realidad no importaba.

Riley se mantuvo en silencio, hirviendo de furia, durante todo el camino hasta High Street, y esperó hasta que llegaron de regreso al departamento de Nell, y que ella se volviera hacia él y le dijera: «Está bien; entonces probablemente yo no debería haber hecho eso», para replicar, bufando: «¿Probablemente?» y de lanzarse a una arenga sobre su negligencia criminal por no haber seguido sus órdenes, lo que podría haberle causado penosas consecuencias.

– ¿Qué tratas de hacer? -le gritó por fin-. ¿Transformarnos a Gabe y a mí en tratantes de blancas?

– Creo que estás exagerando. -Nell se sentía a punto de llorar. No había sollozado desde hacía varios meses, desde que Tim la abandonara. Trató de prestar atención a las acusaciones de Riley, trató de estimular el llanto, pero no iba a suceder. Podía destrozar oficinas y teñirse el pelo y conquistar a todos los hombres que quisiera, pero jamás volvería a sentir nada. Deprimida más allá de toda medida, dejó a Riley en la mitad de una oración y se dirigió a la sala de estar y se sentó en la oscuridad de su sofá, pero sin llorar. El sofá no lo había comprado ella, sino Suze. Era un fantasma en su propia vida.

Después de un minuto, Riley entró y se sentó a su lado.

– Ya terminé de gritar -dijo con voz normal-. ¿Qué diablos te pasa?

– No puedo sentir nada-respondió Nell-. No siento nada nunca. Me olvidé de comer porque ya nunca tengo hambre. Descubrí que mi esposo me mentía y me engañaba y le destruí la oficina…

– ¿Qué? -dijo Riley, con alarma en la voz.

– …Y a las cinco ya estoy de vuelta como antes, adormecida. Termino en la habitación de hotel de un completo desconocido, y él me besa y no siento nada. Absolutamente nada. Ni siquiera repulsión o temor. -Lo miró y dijo-: Estoy muerta. Y no creo que regrese. Ese hombre estaba besándome y no sentí nada.

– También era un completo desconocido que estaba engañando a su esposa -señaló Riley-. No creo que esos aspectos te exciten demasiado.

– Nada me excita -dijo Nell-. Estoy clavada en la posición de «apagado», y creo que es para siempre. -Lanzó un largo y estremecido suspiro-. Creía que tal vez si cambiaba la forma en que me veía eso cambiaría, pero es sólo exterior. Interiormente sigo siendo gris. Y no puedo liberarme.

Su voz se elevó hacia el grito en el final de la frase, un aullido desagradable, como el sonido de una uña raspando un pizarrón, y ella esperaba que Riley se apartara, pero en cambio él la rodeó con un brazo, sólido y fuerte.

– Estás dramatizando demasiado -dijo.

Ella se echó hacia atrás, insultada.

– Escucha, tú -dijo, y él se inclinó hacia adelante y la besó.

Capítulo 5

Ella lo sujetó, primero por la sorpresa y después porque era una buena sensación, caliente en la boca, sólido bajo sus brazos.

– ¿Qué fue eso?

– Piensas demasiado. -Riley le deslizó los dedos por el cuello y la hizo estremecerse-. ¿Ves? No estás muerta.

– Oye, yo tengo problemas reales -dijo Nell, tratando de recuperar su indignación, pero él le pasó los dedos por encima del pecho, y ella perdió su lugar en la conversación.

– No tienes ningún problema -dijo Riley-. Te divorciaste de un tipo que no te merecía, tienes amigos que están tan preocupados por ti que te consiguieron un gran trabajo, y esta noche me tienes a mí. No veo ningún problema en eso.

– Bueno, yo…

Él volvió a besarla, estaba vez agarrándola por completo mientras lo hacía, y la presión de la mano de él sobre su pecho era una sensación tan agradable que ella se inclinó sobre él y le devolvió el beso, queriendo que él la empujara, luchara con ella, le hiciera sentir algo otra vez.

– ¿Ves? -susurró él contra su boca-. El único problema era que estabas con el tipo equivocado.

– Oh, ¿y tú eres el tipo correcto? -dijo ella y se sorprendió a sí misma riéndose.

– Esta noche, soy el tipo correcto. -Riley le deslizó el pulgar en el cuello-. Definitivamente estás en la etapa de amantes descartables -dijo y le besó el cuello.

– ¿Hay una etapa de amantes descartables? -dijo Nell, pero él estaba inclinado sobre ella, y ella le sonrió dentro de la boca cuando él volvió a besarla-. No lo creo -dijo ella cuando lo apartó-. Estoy verdaderamente deprimida…

– No. No lo estás. Estás endemoniadamente enojada. -Le pasó los dedos con suavidad por la parte de atrás del vestido-. Sólo que crees que deprimida es más femenino. Es hora de dejar salir un poco de vapor. ¿Dónde está el cierre de esta cosa?

– No voy a tener sexo contigo -dijo Nell, alejándose, pero no demasiado. La parte de los besos la estaba alegrando mucho y todavía no quería sacarlo a patadas-. Sería poco profesional.

– Oh, y tú has demostrado un gran profesionalismo esta noche. -Riley la atrajo con suavidad como para poder mirar por encima del hombro de ella-. Este vestido no tiene cierre.

– Es de lycra -dijo. Nell-. Se pone desde arriba. Con muchísimo esfuerzo.

– Qué suerte que soy un tipo fuerte -dijo Riley, buscando el borde.

– No. -Nell le apartó la mano de un empujón-. No voy a tener sexo contigo. Eres un infante.

– Una mujer mayor -dijo Riley-. Bien. Enséñame todo lo que sabes. -Volvió a atraerla, y ella lo rodeó con los brazos y le devolvió el beso porque él era realmente bueno en eso, y él cayó lentamente sobre el sofá con ella encima-. Soy un principiante en esto -dijo-. Así que tendrás que decirme todo lo que haga mal.

Le deslizó la mano entre las piernas y ella dijo:

– Bueno, eso, para, empezar.

– ¿Demasiado pronto?

La mano se apartó y ella se sintió vagamente decepcionada.

– Empezaremos por arriba e iremos bajando, entonces -dijo él y volvió a besarla cuando ella abrió la boca para protestar, tocándole la lengua con la suya. Apenas termine este beso, pensó ella, pero cuando el beso terminó, ella seguía pegada a él, pensando: abrazarse y besarse no cuenta, en especial cuando una está con alguien que lo hace así de bien, y diez minutos más tarde, cuando él había conseguido izar la lycra por encima de sus caderas, ella decidió que tocarse tampoco contaba. Y poco después de eso, ya no pensaba más, sólo reaccionaba a su boca y a sus manos, sintiéndose cada vez más caliente cuanto más él la tocaba, queriendo que sus manos fueran fuertes en vez de suaves, pero dispuesta a aceptar la suavidad si eso era lo único que podía obtener. Cuando ella ya estaba sin el vestido y él sin la camisa, Riley le subió los dedos por el estómago y ella se estremeció contra el cuerpo de él, que dijo:

– Es una verdadera vergüenza la forma en que no puedes sentir nada.

– No te mueras de gozo -dijo ella y se apretó contra él, tratando de absorber su calor.

– No hay nada de qué morirse de gozo -respondió él-. Todavía.

Entonces comenzó a besarla recorriéndole el cuerpo, sacándole la bombacha con una mano. Nell dijo: «Eh, espera un momento», y él dijo: «No», siguió por su ombligo y no se detuvo. Y diez minutos más tarde, cada nervio del cuerpo de Nell se derretía y regresaba a la vida con un alarido.

– Ahora voy a morirme de gozo -dijo Riley, y entonces, mientras Nell trataba de recobrar el aliento, él se quitó los pantalones. En realidad no debería estar haciendo esto, pensó ella, pero Riley giró para ubicarla a ella sobre él, besándola con suavidad, y ella se aferró cuando él se deslizó dentro de ella con dureza. Y en ese momento, para su asombro y alivio, la hizo moverse hasta llevarla a otra breve y aguda explosión, limpiándole las venas y el cerebro con una eficiencia alegre y suave.

– Haces eso muy bien -dijo Nell cuando hubo recuperado el aliento y estaban otra vez separados. Se sentía extrañamente bien, como si acabara de hacer un viaje astral, un poco distante pero satisfecha.

– Practico. -Riley la besó en la frente, un beso fraternal que también era extraño, considerando que los dos estaban desnudos y él acababa de quitarse un profiláctico-. ¿Estás bien?

– Sí -dijo Nell, sin estar segura. Su cuerpo se sentía maravilloso, pero su mente estaba otra vez enturbiándose, tratando de conectar la pasión y Riley con algo de su existencia anterior sin resultado alguno. Bueno, eso era bueno. Estaba intentando comenzar una nueva vida. Salvo que ahora que los meneos habían terminado, no se sentía muy diferente. Con frío y vergüenza, pero no diferente. Buscó su mantilla de chenille, y Riley se apartó de ella en el sofá y se puso de pie.

– ¿Buscabas esto? -dijo, y le colocó la mantilla,

– Gracias.

Hizo un esfuerzo para sentarse, tratando de no mirar al hombre grande y desnudo en su departamento, y él se vistió mientras ella hacía un esfuerzo por no observarlo y aparentar indiferencia.

– Eh, Riley -dijo, mientras él estaba abotonándose la camisa-. Creo que…

– Bueno, basta -dijo él, agachándose para besarla una vez más-. Trata de dormir, niña, y vuelve a comenzar mañana. Estarás en carrera rápidamente.

Se fue antes de que ella pudiera pensar una buena respuesta, entonces se quedó acostada en la cama, con el suave chenille a su alrededor, y escuchó a su cuerpo. Su mente podría estar turbia, pero el cuerpo tenía las cosas bastante claras. Le había sucedido algo bueno.

– Qué diablos -dijo y, por primera desde el divorcio, notó que no había nadie que la oyera.

Tal vez ya era hora de volver a aprender a jugar bien con los demás.

Tampoco era que no tenía a Suze y a Margie…

Suze y Margie. Se morirían cuando descubrieran lo que acababa de hacer. Nell se rió en voz alta, volviendo a sorprenderse, y después se acurrucó y se quedó dormida, marginalmente contenta por la vida en general.

Nell le sonrió a Gabe con la mayor inocencia que pudo cuando él bajó a la oficina la mañana siguiente, pero de todas maneras él se detuvo y la miró fijo.

– ¿Qué? -dijo ella, irritable por la culpa.

– Su cabello se ve bien -dijo él.

Ella lo tocó, sorprendida. Claro: se lo había teñido de rojo.

– Gracias.

– ¿Alguna razón en particular para habérselo cambiado?

– No -mintió Nell, y él se quedó allí, alto e indescifrable, contemplándola fijamente con esos ojos hasta que ella dijo-. En serio. Por ninguna razón. Quiero decir, había esa cosa anoche, lo del señuelo…

Gabe asintió.

– …Y Riley dijo que debería verme atractiva… -Se sonrojó porque sonaba estúpida y porque decir «Riley» le recordó lo verdaderamente estúpida que había sido-. Y era hora, quiero decir, me veía bastante gris…

Él volvió a asentir, paciente, lo que hizo que ella se enojara.

– …Y de todas formas esto no le concierne -terminó, apuntando la barbilla hacia afuera.

– Lo sé -dijo él-. ¿Alguna otra cosa que quiera decirme?

– No quiero decirle nada de nada -dijo Nell, y se volvió hacia la computadora, sin prestarle atención, hasta que él replicó:

– Gracias por hacer café. Puede empezar con el sótano hoy.

Y entró en su oficina.

Un minuto más tarde, Riley bajó de su departamento.

– Mira -dijo Nell-. Sobre lo de anoche…

– Fue divertido, lo agradeces, te sientes mucho mejor, pero no quieres volver a hacerlo. -Riley levantó su taza y plato del estante y se sirvió café.

En realidad, no me siento mucho mejor, pensó Nell, mirando para asegurarse de que la puerta de Gabe estuviera completamente cerrada.

– Correcto. ¿Cómo lo supiste?

– Te lo dije, estás en la etapa de amantes descartables. Lo que menos quieres es una relación, pero sí quieres saber que todavía funcionas. A la gente le pasa todo el tiempo después de un divorcio. -Tomó un sorbo y dijo-: Este café es en verdad muy bueno.

– Gracias. -Nell volvió a sentarse-. Por todo.

– Oh, el placer fue mío. -Riley le sonrió-. Sólo prométeme que la próxima vez no irás a la habitación del tipo.

– No voy a ir a la habitación de nadie -dijo Nell firmemente-. No voy a hacer eso de nuevo.

– Es probable que sea una buena idea. ¿Tienes alguna amiga a la que le gustaría coquetear por dinero?

– Sí -dijo Nell-. Pero a su marido le daría un ataque, así que en realidad no.

Gabe salió de la oficina.

– No había nada en los expedientes del 78 -le dijo a Riley-. Así que Nell va a empezar con el sótano. Si tienes tiempo, ayúdala.

– Claro que sí-dijo Riley, sin mirar a Nell-. Bueno, tengo que hacer el informe de anoche. -Se evaporó en su oficina, y Gabe se volvió a mirar a Nell.

– ¿Qué pasa con él?

– Se hizo tarde anoche -dijo Nell, sin separar la mirada de los papeles que tenía sobre el escritorio-. Ya sabe, lo del señuelo.

– Correcto. ¿Cómo anduvo eso?

Nell le pasó la cinta sin mirarlo.

– Culpable sin duda alguna. Lo tengo aquí.

– Grandioso -dijo Gabe, sin tomarlo-. Haz una copia para los archivos, manda a ampliar las fotos, y envía los originales a la clienta por Federal Express junto con el informe de Riley.

– Correcto.

– ¿Va a contarme qué está sucediendo?

– No.

– Tarde o temprano voy a descubrirlo. Soy detective.

– No.

– Está bien -dijo Gabe- el sótano es suyo-. Y regresó a su oficina.

Oh, sí, ella podía imaginarse explicándole eso: «Estaba tratando de darle un impulso a mi vida, así que me acosté con Riley, pero no dio resultado, y estoy un poco deprimida, pero sigo en la lucha. ¿Alguna sugerencia?».

No.

Está bien, la destrucción maliciosa de propiedad no había servido ni tampoco el sexo sin sentido, aunque ambas actividades le habían mejorado el ánimo en el corto plazo. Tal vez ella fuera demasiado introvertida. Quizá debería tratar de ayudar a otros.

Había una perra en New Albany.

Se levantó y entró en la oficina de Gabe.

– Escuche, el lunes vino una mujer que tenía un problema con una perra.

Gabe asintió.

– Creo que deberíamos hacer algo al respecto.

– No -respondió Gabe y volvió a concentrarse en los papeles sobre el escritorio.

– No puede decir que no -dijo Nell, con ganas de abofetearlo.

– Claro que puedo. Yo soy el dueño de esto.

No le prestaba atención, la estaba despidiendo, y ella sintió que le hervía la sangre.

– Podría hacerlo esta noche. Entrar allí y agarrarla y el dueño jamás se enteraría.

– No.

Nell apretó los labios.

– Sería lo correcto.

– Sería violar la ley.

– Pero aún así sería lo correcto.

Gabe la miró, con las cejas contraídas.

– ¿Quiere que la saque físicamente de esta oficina?

Nell miró sus ojos tan oscuros y, para su inmensa sorpresa, sintió que la recorría un estremecimiento. Sí. Después se echó hacia atrás. Una noche con Riley y ya estaba buscando lo mismo en todas partes. Honestamente.

– No, señor.

– Entonces váyase por sus propios medios -dijo Gabe.

Nell cedió y se marchó, consciente de que él estaba observándola. Cerró la puerta al salir y regresó a su escritorio para recoger el teléfono.

– Necesito ayuda esta noche, a las diez -dijo Nell cuando Suze atendió.

– Claro -dijo Suze-. ¿Qué vamos a hacer?

Nell miró por encima del hombro para asegurarse de que Gabe no estuviera de pie en la puerta.

– Vamos a secuestrar una perra -susurró-. Vístete de negro.

Gabe se distrajo con cuestiones de la agencia y con vagas especulaciones sobre cuál sería la jugada siguiente de Nell respecto a la lucha por la perra hasta las últimas horas de la tarde, momento en que ella entró, con un gran bibliorato verde en la mano, y dijo:

– Tal vez haya encontrado algo en el sótano, pero no estoy segura.

Gabe la miró; seguía inmaculada con su traje gris claro.

– En el sótano. ¿Cómo hace para mantenerse tan limpia?

– Es un don. -Nell depositó el bibliorato sobre el escritorio-. Primero tengo una pregunta. En las carpetas del 78 hay una interrupción en el medio. Los primeros cinco meses están verdaderamente bien organizados, y después todo se va al demonio. ¿Cambiaron de secretaria?

– Sí -respondió Gabe.

– Mala decisión-dijo Nell-. Deberían haberse quedado con la primera porque los expedientes son pura basura después.

– La primera era mi madre -dijo Gabe-. Ella se marchó.

– Oh. -Nell se enderezó un poco-. Lo siento. Bueno, la buena noticia es que no se fue hasta junio de ese año, así que si está buscando algo de antes o cerca del 28 de mayo, es más fácil.

Gabe acercó el bibliorato y lo abrió en el lugar que ella había marcado con una tira de papel.

– ¿Qué es esto?

– El libro contable de 1978. Es la única entrada de Ogilvie que no concuerda con los archivos -dijo Nell-. Pero es lógico. Son flores.

– ¿Flores? -dijo Gabe, pasando los dedos por la página.

– Para un funeral -dijo Nell, justo en el momento en que Gabe lo encontraba: Flores. Ogilvie, funeral, escrito con la letra fuerte y oscura de su madre.

Un funeral.

– ¿Quién murió? -dijo Gabe, tratando de mantener la calma-. Tendremos que revisar los archivos de los diarios…

– Tal vez no -dijo Nell, sentándose frente a él-. Creo que lo sé.

Él la miró y ella tragó saliva.

– Está bien, no estoy segura, tengo que revisarlo -dijo-. Pero eso debe de ser un año después de que me casé con Tim.

Hace veintidós años, pensó él automáticamente. Debería haber sido tan joven como Chloe.

– Y el hermano de Tim, Stewart -continuó Nell-, se había casado con Margie Ogilvie esa primavera. Y poco después, murió la madre de Margie. Helena.

– La esposa de Trevor -dijo Gabe y se echó hacia atrás-. Olivia tiene veintidós años. ¿Helena murió en el parto?

Nell sacudió la cabeza.

– Los padres de Margie se estaban divorciando. Y luego murió la madre, y el padre volvió a casarse, rápido, y Olivia nació casi de inmediato. Sé que Margie estaba verdaderamente mal, pero jamás dijo nada al respecto y yo nunca pregunté. En esa época no éramos muy amigas.

– ¿Cómo murió Helena? -dijo Gabe, rezando que fuera algo sencillo, en un hospital, con muchos médicos alrededor.

– Se pegó un tiro -dijo Nell, y Gabe pensó: Oh, Cristo, esto va a ser algo feo-. No estoy segura sobre los detalles -prosiguió Nell, hablando más rápido-, salvo que Margie estaba presente y que fue horrible.

– ¿Margie la vio cuando se pegaba un tiro? -dijo Gabe, mientras su esperanza crecía.

– No -respondió Nell-. Creo que estaba en la habitación contigua. Pero estaba allí, y fue ella quien encontró a su madre. Debe de haber sido terrible.

– Sí, supongo que sí -dijo Gabe automáticamente, recostándose en el asiento.

Riley golpeó la puerta y entró, y Gabe empujó el bibliorato en su dirección.

– ¿Viste esto?

Nell se puso de pie.

– Los dejo solos -dijo y se fue antes de que Gabe pudiera decir nada.

– ¿Qué le pasa a ella? -le dijo a Riley.

– Probablemente no quería que la echaran de nuevo -respondió éste, tomando el bibliorato-. ¿Qué es esto? -Gabe le explicó, y cuando terminó, Riley parecía sentirse tan mal como él-. ¿Crees que tu papá ayudó a Trevor a tapar un homicidio?

– Creo que deberíamos comenzar a investigar el suicidio -dijo Gabe-. Voy a llamar a Jack Dysart y ver si éste es el tema con que los está persiguiendo la chantajista. Tú consigue el informe policial sobre el suicidio de Helena.

Riley miró el reloj.

– Mañana. Hoy es demasiado tarde. ¿Y Lynnie? ¿Crees que tiene algo que involucre a Trevor en esto?

– No lo sé. Pasé hoy y la encargada de la casa seguía allí. Creo que vive en la otra mitad del dúplex, y me parece que no tiene mucho que ver. Voy a tener que vigilar la casa esta noche. Lo que me recuerda: ¿qué pasó con Nell anoche? Si nos van a demandar, quiero saberlo.

– Ella… entendió mal -dijo Riley.

Gabe cerró los ojos.

– ¿Cuan mal entendió?

– Subió a la habitación de él. Yo la saqué antes de que pasara nada.

– Esta mujer no tiene cerebro -dijo Gabe-. ¿Por qué diablos…?

– Sí tiene cerebro -dijo Riley-. Tú descartas a las mujeres demasiado rápido. Es una gran secretaria y una buena persona.

– Me alegro de que te guste. Volverás a estar con ella esta noche.

– Oh, no. No. Tengo una cita. -Riley miró su reloj-. Tu turno.

– No -replicó Gabe-. Voy a vigilar a Lynnie.

– ¿Y esta cosa con Nell no puede postergarse?

Gabe lo estudió.

– ¿Hay alguna razón por la que no quieras ver a Nell esta noche?

– No -dijo Riley-. Sin embargo, sí hay una razón por la que quiero ver a la licenciada en horticultura.

– Ya veo. No, no se puede postergar. Va a secuestrar a la perra de New Albany.

– Estás bromeando.

– No.

– No lo sabes con seguridad -dijo Riley.

– Apuesto veinte dólares que lo hará.

Riley lo pensó.

– Nada de apuestas. La vigilaré. -Volvió a poner el bibliorato sobre el escritorio de Gabe-. Suicidio, ¿eh?

– Desde que ya que esperamos eso -dijo Gabe y levantó el teléfono.

Esa noche a las diez, cuando Suze abrió la puerta de su Volkswagen escarabajo color amarillo para que Margie subiera, ésta dijo:

– ¿Entonces qué es lo que vamos a hacer?

– Vamos a robar una perra -dijo Suze, subiéndose su minúsculo top, la única prenda negra que tenía. A Jack le gustaban los colores.

– Está bien -dijo Margie y se subió al asiento trasero, sosteniendo la falda de su vestido negro-. Cuando terminemos, ¿podemos ir a desempacar la vajilla de porcelana de Nell?

– ¿No oíste la parte sobre robar una perra? -dijo Nell desde el asiento de adelante cuando Suze se subió al asiento del conductor.

– No me importa -respondió Margie-. Sólo quería salir de la casa. Budge está furioso contigo. Dice que no deberías hacerme acompañarte de noche tan tarde.

– Lo lamento -dijo Nell, y Suze pensó: Budge necesita un pasatiempo. Además de Margie.

– Robar perras -dijo Margie-. Tienes un trabajo interesante.

Suze enfiló hacia la autopista, para nada segura de que esa fuera una buena idea. Por otro lado, estaban maltratando a un perro, y ella estaba en contra de eso. Y desde que se había casado, un día después de terminar el secundario, jamás había tenido la oportunidad de hacer alguna broma universitaria. Nada de empujar vacas, ni de robar mascotas, ni meter un Volkswagen en algún dormitorio de la universidad. Esa noche sería lo más cerca que estaría de una indiscreción juvenil y debería disfrutarlo. El problema era que tal vez hubiera un límite de edad para ese tipo de bromas. Ella tenía treinta y dos años. «Ya no eres joven, niña», se la pasaba diciéndole Jack. «Acostúmbrate».

– ¿Por qué hace eso ese tipo? -dijo Margie, y Suze miró en el espejo retrovisor y vio un auto gris sin ningún atributo especial que estaba detrás de ellas con las luces altas. Suze disminuyó la velocidad y el auto se acercó y se puso al lado.

Nell se inclinó para mirar.

– Oh, no. Detente.

– No me parece -dijo Suze-. Estamos en una calle oscura y no sabemos quién es. No quiero aparecer en los titulares policiales de mañana.

– Yo sé quién es -dijo Nell-. Detente.

Suze detuvo el auto a un costado del camino y estacionó, y el otro auto se detuvo más adelante.

– ¿Quién es?

Nell sacudió la cabeza y bajó la ventanilla, y Suze entrecerró los ojos para ver mejor. Fuera quien fuera, era un tipo grande. Casi amenazante.

– ¿Estás segura? -dijo, pero en ese momento el tipo llegó al auto y se agachó para mirar por la ventanilla de Nell. Suze no lo podía ver con nitidez en la oscuridad, pero le dio la impresión de que tenía una gran mandíbula cuyo tamaño parecía aumentado por un gran entrecejo fruncido.

– Eres más tonta que una roca -le dijo a Nell.

– Estoy dando un paseo con mis amigas -replicó Nell cortésmente-. No estás invitado.

El hombre miró más allá de Nell y vio a Suze y quedó aturdido un momento, y después puso cara de irritación, que no era la reacción que Suze acostumbraba a recibir de los hombres. Por lo general se veían aturdidos y después sonreían.

– Ya puedes irte -dijo Nell.

– Salieron a robar un perro -dijo el tipo, transfiriendo a Nell su desaprobación-. Eso es ilegal. Den la vuelta o llamaré a la policía.

– En realidad no harías eso, ¿verdad? -dijo Nell, y el tipo suspiró.

– Hay un restaurante Chili's en la 161, justo antes del giro hacia ese sitio. Vayan allí. Las seguiré. Si hacen algún movimiento extraño, voy a marcar el número de la policía en mi celular. Y sí, voy a hacerlo.

– No, no lo harás -dijo Nell, pero se volvió hacia Suze y dijo-: Conduce hasta Chili's, por favor.

Cuando regresaron al camino, con el sedán gris siguiéndolas de cerca, Suze dijo:

– Confiesa. ¿Quién es ése?

– Riley McKenna -dijo Nell-. Uno de los tipos para los que trabajo.

– Tiene un aire familiar -dijo Margie desde el asiento trasero-. ¿Lo he visto antes? Tal vez haya ido a lo de Chloe. Hoy aprendí a manejar la caja registradora.

Suze no le prestó atención para concentrarse en lo esencial.

– ¿Realmente llamaría a la policía?

– No -dijo Nell-, pero nos seguiría y haría todo imposible. Así que vamos a tener que convencerlo de que nos deje ir.

Suze la miró fijo.

– ¿Qué tienes con este tipo?

– Nada -dijo Nell-. Sólo vamos a apelar a su buena naturaleza. Estoy bastante segura de que la tiene.

Después de que Riley las siguiera hasta Chili's, Suze pudo mirarlo mejor. Alto, rubio, robusto, con la elegancia sencilla y discreta típica del Medio Oeste estadounidense y una mandíbula suficiente para dos personas, fruncía el entrecejo de exasperación y de todas formas las mujeres que pasaban lo miraban de reojo. Él no era su tipo -Jack era su tipo-, pero Suze podía entender su atracción.

Cuando se sentaron en un reservado, Riley junto a Margie, que parecía complacida de ocupar ese lugar, le dijo a Nell: «No van a robar ningún perro»; y Suze sintió que empezaba a enojarse.

– Claro que sí -le dijo-. ¿Quién se murió y te nombró Dios?

– Ella es mi cuñada Suze -dijo Nell, y Riley le hizo un gesto de asentimiento, no impresionado. Eso también era irritante.

– Y ésta es mi otra cuñada, Margie -siguió Nell, y Riley se volvió hacia Margie y le sonrió.

¿Qué demonios pasaba? El mundo se estaba volviendo un lugar extraño si Margie obtenía un trabajo y a todos los hombres.

– Encantado de conocerla -le dijo Riley a Margie y se volvió hacia Nell-. Hay tres reglas y tú quieres violarlas todas. Gabe te despedirá, sabes. Él no tiene ningún sentido del humor sobre estas cosas.

– ¿Tres reglas? -replicó Nell-. Creí que eran dos, y yo no les dije quién era la clienta, y rescatar a un perro maltratado no debería ser contra la ley, así que creo que todavía estoy bien. -Lo apuntó con la barbilla cuando la camarera vino a tomar su pedido, y Suze pensó: ¿Nell?

Cuando la camarera se marchó, Nell agregó:

– ¿Cuál es la tercera? No quiero tropezarme con ella por accidente. -Sonaba descarada, casi coqueteando con él, y Suze se acomodó en el asiento para observar.

– Ya te tropezaste con ella -dijo Riley-. Y te caíste. Anoche.

Nell se sonrojó.

– ¿Nell? -dijo Margie, y el rubor de Nell se hizo más oscuro mientras Riley le sonreía.

Dios mío, se acostó con él, pensó Suze. Aleluya.

– Me gustas más que antes -le dijo a Riley-. Pero igual vamos a ir a rescatar el perro.

– No quiero que Nell pierda su empleo -dijo Margie, mirando a Riley con más curiosidad-. Le está haciendo tan bien.

Riley le sonrió a Margie, y Suze vio la chispa en los ojos y pensó: Guau. Con razón Nell cayó. Yo también habría caído. Después recordó que estaba felizmente casada.

– No hay ninguna razón por la que Gabe tiene que enterarse -estaba diciendo Nell-. No tiene nada que ver con él.

– Él rechazó el encargo -dijo Riley-. Tú eres parte de la compañía, así que lo rechazó también en tu nombre.

– No -replicó Nell-. Si yo fuera parte de la compañía, ustedes tendrían nuevas tarjetas de presentación.

– No empieces con las tarjetas -dijo Riley-. Esto se trata del perro que no van a robar.

Sonaba muy seguro de sí mismo, lo que era irritante. Suze se aclaró la garganta, y él volvió a mirarla, otra vez con el entrecejo fruncido.

– No creo que entiendas la situación -dijo. No había ninguna chispa en los ojos del hombre que trataba de intimidarla con la mirada, nada del calor que ella estaba acostumbrada a percibir cuando los hombres reparaban en ella, y eso la molestó un poco-. Puedes detenernos esta noche, pero lo haremos tarde o temprano. Así que bien podrías ayudarnos esta noche y terminar con todo esto así puedes regresar a lo que sea que haces por las noches. -Miró a Nell para ver si volvía a ruborizarse pero ella estaba asintiéndole a Riley.

– Es cierto -le dijo-. Voy a conseguir ese perro.

– ¿Cuánto tiempo te durará la demencia? -le dijo Riley-. No es que no aprecie algunos aspectos de la situación, pero vas a quemarte demasiado rápido si no enfrías tus motores. Tu suerte no puede durar para siempre.

– No estoy demente -dijo Nell-. Estoy recuperando mi vida.

– Y el perro de otra persona -dijo Riley.

– Sí.

Riley recorrió la mesa con la mirada.

– Y ésta es tu banda. -Sacudió la cabeza-. Tres mujeres vestidas de negro en un callejón residencial de New Albany. ¿Qué van a decirle a la policía cuando las arresten? ¿Que están estudiando teatro?

– La policía no iba a meterse en esto -dijo Suze-. Nosotras nos íbamos a mover sin ser vistas en la noche.

– En un Volkswagen escarabajo amarillo -dijo Riley-. Esa cosa brilla en la oscuridad. ¿En qué estabas pensando cuando lo compraste?

– No sabía que me dedicaría al delito -dijo Suze-. ¿Tienes una idea mejor?

– Sí -respondió Riley-. Por desgracia. -Le hizo una señal a la camarera, quien vino de inmediato y tomó el pedido de una hamburguesa para llevar.

Alguien debería causarle algún pesar a este tipo, decidió Suze. Las mujeres se lo hacían todo demasiado fácil.

Nell estaba sonriéndole, lo que agrandaba el problema, aunque era adorable verla sonreír otra vez.

– Sabía que nos ayudarías -le dijo.

– Agradece que eres atractiva -le contestó él a Nell y la sonrisa de ella se hizo más grande, y Suze le perdonó todo.

– Tú me gustas -dijo Margie.

– Qué bueno -respondió Riley-. Porque tú te quedarás conmigo.

Margie lo miró con los ojos brillantes y Suze volvió a sentirse irritada. Nell era atractiva y a Margie la invitaba a quedarse. ¿Entonces ella qué era, hígado picado?

– Vamos a usar mi auto -dijo Riley.

– Qué auto más aburrido -dijo Suze-. Sólo un tipo sin imaginación compraría un auto gris.

Riley suspiró.

– Piénsalo un poco. Ya te darás cuenta. -Se volvió hacia Nell-. Te dejaremos a ti y a la bocona a una cuadra de la dirección. Si las atrapan, llámame a mi celular e iré a rescatarlas si puedo. Si no puedo, las sacaré bajo fianza.

– Gracias -dijo Nell-. ¿Por qué no puede venir Margie?

– Demasiada gente-dijo Riley-. Deberías ser sólo tú, pero no voy a soportar que me parloteen durante media hora, así que la bocona también va.

– Yo no parloteo -dijo Suze.

La camarera trajo la hamburguesa, y Riley se la pasó a Nell.

– Usa eso para atraer al perro. Asegúrate de quitarle el collar antes de salir del patio. Todos esos lugares tienen cercos invisibles, y no te conviene que el perro comience a aullar cuando lo arrastres por un campo electromagnético.

– ¿Y si la muerde? -dijo Margie-. No sabemos nada de este perro.

– Eso es problema de ella -dijo Riley-. Yo solo intento evitar que no la arresten ni la echen.

– ¿En serio Gabe me echaría? -dijo Nell.

– ¿Si arrastras a la agencia en esto? Por todos los diablos, claro que sí. Yo también lo haría. Tenemos una reputación que proteger.

– Es difícil de creer -dijo Suze fríamente y obtuvo su recompensa cuando él se sonrojó un poco.

– No ataques el negocio familiar, dama -Riley le dijo-. ¿Cómo se sentiría Jack si supiera que arrastraste a la firma en esto?

Suze sintió que ella misma enrojecía.

– ¿Cómo sabes de Jack?

– Yo sé todo. -Su rostro se suavizó cuando miró a Nell-. Sabes, esto no es una buena idea, de verdad.

– Lo sé -respondió ella-. Pero debo hacerlo. No es sólo por el perro, sino por algo más importante, aunque el perro es suficiente.

– Bien. -Riley se puso de pie e hizo un gesto hacia la plaza de estacionamiento-. Son las once menos cuarto. Si van a hacerlo, nos vamos ahora.

Nell también se puso de pie, y tomó la hamburguesa.

– Voy a hacerlo.

– Maravilloso -respondió Riley y enfiló hacia la puerta.

– ¿Y la cuenta? -dijo Suze.

– Págala -le respondió él-. Esta es tu fiesta.

– Él no me gusta-le dijo Suze a Margie.

Margie se deslizó fuera del reservado.

– Considéralo una experiencia adulta.

– Oh, bien, necesitaba algo así-respondió Suze y arrojó un billete de veinte sobre la mesa. Era demasiado dinero, pero estaba apurada para robar un perro.

Riley las dejó en la esquina, y cuando Nell cerró la puerta, oyó que le decía a Margie: «Bueno, cuéntame sobre ti». Nell y Suze atravesaron los terrenos hasta que encontraron la dirección.

El reloj de Nell marcaba las once menos cinco cuando se agacharon bajo los abetos de la parte trasera del terreno del perro, y diez minutos después, la puerta del enorme solario vidriado que estaba detrás de la casa se abrió, y un hombre empujó con el pie a una peluda y acobardada perra salchicha hacia el patio.

– Vamos -le dijo, con tono de aburrimiento-. Hazlo rápido.

Se quedó allí frente a su costoso paisaje con los brazos cruzados, y Nell susurró:

– Oh, maldición, va a ver todo. -Le tomó el brazo a Suze-. Ve a tocar el timbre del frente. Ve.

– No quiero -respondió Suze, pero salió corriendo en la oscuridad, con el aspecto de una reina de la belleza del bajo mundo, con su minúsculo top negro, y Nell se concentró en la temblorosa perra salchicha, que ahora estaba agachada a menos de tres metros de distancia, alargada y poco elegante. Desenvolvió la hamburguesa y la agitó, con la esperanza de que la oscuridad de debajo de los árboles impidiera que Farnsworth, que seguía de pie en la puerta, la viera. Mientras ella lo observaba, éste se dio vuelta para mirar el interior de la casa, lanzó una maldición y entró.

– Vamos, Pastelillo de Azúcar -llamó ella en voz baja en la oscuridad, agitando la hamburguesa-. Ven aquí, bebé.

Pastelillo de Azúcar se paralizó semiagachada, con los ojos yendo de un lado para otro por encima de su larga y angosta nariz como si estuviera tratando de decidirse entre la casa y Nell y sin que le gustara ninguna de las dos alternativas.

– Ven aquí, dulzura -dijo Nell, tratando de que no se le notaran los nervios en la voz, y Pastelillo de Azúcar comenzó a arrastrarse hacia la casa.

– ¡No, no, no! -Nell se arrojó sobre la perra salchicha, que se agachó aún más cerca del piso aterrorizada cuando Nell la agarró del medio, ambos extremos aflojados cuando la recogió-. Cállate -dijo, equilibrando al flojo animal sobre las caderas para levantarse, y se marchó saltando sobre hortensias y boj para llegar a la oscuridad de los árboles mientras Pastelillo de Azúcar se agitaba como un cerdo estirado y engrasado.

El perro dio un respingo cuando Nell atravesó la línea del terreno.

– Lo siento -dijo ella-. Me olvidé del collar. -Y entonces el animal rebotó sobre sus caderas, tembloroso pero mudo, y con las piernas traseras trató de impulsarse contra Nell mientras ésta atravesaba a toda velocidad los patios traseros. Oyó que Farnsworth gritaba «Pastelillo de Azúcar, maldita perra, ¿dónde estás?» a sus espaldas, y en ese momento llegó a la calle y cambió el rumbo para alejarse lo más posible, olvidando por completo dónde se suponía que tenía que encontrarse con Riley.

Cualquier lugar era mejor que ése.

Cuando estuvo a seis cuadras de distancia, se detuvo para recuperar el aliento y se sacó a Pastelillo de Azúcar de la cadera.

– Lo lamento -dijo, y la perra la miró, con los ojos sobresalidos, enormes como pelotas de golf, estremeciéndose en sus brazos hasta que casi se suelta por la vibración-. No, en serio, está bien.

Se inclinó y la colocó en la lisa y blanca vereda bajo la luz de la calle, con una mano sobre el collar por si decidía escaparse. Pero en cambio Pastelillo de Azúcar se derrumbó, rodó sobre su espalda para dejar que su cabeza cayera contra la vereda, floja de miedo, y lanzó un gemido agudo que sonó como el aire que se escapa de un globo.

– Por Dios, no hagas eso -dijo Nell, tratando de sostener la cabeza de la perra. Si las cosas empeoraban, tendría que hacerle respiración boca a boca. Se imaginó dándole explicaciones a Deborah Farnsworth. «Bueno, la buena noticia es que recuperé su perra salchicha. La mala es que fibriló en la vereda». Vamos, Pastelillo de Azúcar -dijo, mirando intranquila por encima del hombro-. Anímate. Actúa como una mujer.

Recogió a la perra y la acunó en los brazos y comenzó a caminar por la calle hacia la autopista.

– Vas a estar bien -le dijo a la perra-. En serio, sólo tenías que alejarte de ese hombre horrible. Pronto te regresaremos a la señora que te ama.

Pastelillo de Azúcar no parecía convencida, pero ahora que estaban avanzando otra vez, la vibración disminuyó y se convirtió en un estremecimiento intermitente.

– Te lo juro -dijo Nell, caminando más rápido-. Te espera una vida de hamburguesas y sin gritos. -Sujetó con más fuerza a la perra salchicha, y esta vez el animal suspiró y apoyó la cabeza sobre el hombro de Nell, quien se detuvo para mirarla a los ojos. Hola -dijo, y Pastelillo de Azúcar le devolvió la mirada, patética y con los ojos bien abiertos bajo el resplandor de la luz de la calle, mientras sus pestañas se agitaban como una mujercita sureña frente a un norteño-. Te lo juro, todo va a salir bien.

Un auto estacionó a su lado y ella saltó de miedo, lo que hizo que el reflejo de estremecimientos de Pastelillo de Azúcar volviera a comenzar, pero era Riley. Se subió al asiento trasero junto a Suze, y Riley dijo «Oh, bien, conseguiste el perro», sin ninguna clase de entusiasmo y se alejaron de la escena del crimen.

– Estuviste grandiosa -le dijo Nell a Suze mientras ponía al perro sobre el asiento.

– No, no lo estuvo -dijo Riley, observándolas por el espejo retrovisor-. Llegó a hablar con este tipo, y cuando él haga la denuncia policial, va a dar su descripción, suponiendo que alguna vez la haya mirado a la cara.

Suze tironeó de su top pero no sirvió de nada.

– Tal vez no se dé cuenta de que ella estaba metida en esto -dijo Margie-. Quizá jamás se entere.

– Se dará cuenta -dijo Riley-, y va a acordarse de ella.

– Hay un montón de rubias treintañeras en esta ciudad -dijo Suze.

– No como tú -replicó Riley-. Tú permaneces en la mente de los hombres.

Pastelillo de Azúcar se sentó entre las dos, sacudiéndose como una maraca.

– ¿Podrías terminar con eso? -dijo Nell-. Estás asustando a la perra.

– Puedo comprenderla -dijo Riley-. También a mí me asustaron. De ahora en más, secuestras perros sola.

Gabe ya había partido hacia la primera cita cuando Nell llegó, a la mañana siguiente, a las nueve y media, con una excusa preparada para su demora que no mencionaba la entrega de Pastelillo de Azúcar a Suze ni tampoco el hecho de que había tenido que explicarle las cosas a un Jack furioso. Así era Gabe. Ella se había tomado todo el trabajo de construir una buena explicación y después él no estaba presente para apreciarla.

– ¿Cómo está el perro? -preguntó Riley cuando salió de su oficina para tomar café, y Nell respondió: «La tiene Suze», y marcó el número de la madre de Pastelillo de Azúcar para contarle la buena noticia.

– No puedo aceptar la perra -dijo Deborah Farnsworth cuando Nell terminó de explicarle la situación-. Me parece maravilloso que la tengan, pero no puedo aceptarla. Éste es el primer sitio en el que él la buscaría.

– Pero es su perra -dijo Nell, con una familiar sensación de pánico en el estómago-. Usted no…

– A decir verdad, no me gusta tanto -dijo Deborah-. Era una simpática cachorrita, pero después creció y se volvió ladina, y, francamente, no me agradan mucho los perros. Mi marido era el que la quería.

Nell clavó la mandíbula.

– ¿Y entonces por qué…?

– Porque él le gritaba -dijo Deborah, con la voz de la rectitud-. Y, además, no quería que ese hijo de puta la tuviera. ¿Cuánto le debo?

– Nada -dijo Nell, enfrentándose a la debacle.

Colgó y pensó, robé una perra salchicha para nada. Otro gesto grandioso que se iba al diablo. Además ahora tenía una perra con que lidiar. Trató de reconfortarse con la idea de que por lo menos ahora nadie maltrataba a Pastelillo de Azúcar, dependiendo de lo que estuviera haciéndole Suze, pero el hecho seguía siendo que ella tenía un perro caliente en la mano. Tal vez podría regalarlo. A una persona de otro estado.

Volvió a trabajar, tratando de no pensar en Pastelillo de Azúcar, y recién subió a la superficie dos horas más tarde, cuando sonó el teléfono. Era el servicio de limpieza, para confirmar que irían el miércoles siguiente puesto que habían recibido el pago de los dos meses anteriores.

– Gracias -dijo Nell y volvió a disculparse-. Un error administrativo.

Colgó y pensó, Lynnie. Lynnie y Deborah y Farnsworth el pateador de perros y Tim… El mundo estaba lleno de personas que mentían y engañaban y que mataban y se salían con la suya y hacían que otros limpiaran la suciedad. Y todo lo que ella había hecho para corregir las cosas la había dejado solamente con una vaga sensación de culpa después del vandalismo, un leve brillo después del sexo irresponsable, y una perra salchicha traumatizada que ella no quería.

Si fuera a buscar a Lynnie, al menos recobraría el dinero. Tendría algo concreto para mostrarle a la gente, para mostrarle a Gabe. Estaría haciendo algo útil otra vez, algo profesional, algo que era parte del manejo de una empresa.

Después de pensarlo un poco, conectó el contestador automático y salió a visitar a su predecesora.

Capítulo 6

Cuando Gabe regresó a la oficina, Nell tampoco estaba. Dedicó un momento a preguntarse qué podría estar haciendo ella para complicarle la vida esta vez y después entró en la oficina, dejando la puerta abierta por si ella llegaba. Ella no vino, pero la policía sí.

La puerta se sacudió y se abrió, y cuando él se asomó a mirar, vio a un hombre y una mujer uniformados. No los conocía. La maldita encargada de la casa de Lynnie debía de haberlos llamado, y ahora él iba a tener que pensar en una buena excusa para haber vigilado a una ex empleada.

– Buscamos a Eleanor Dysart -dijo la mujer, sonriéndole mientras su compañero se movía con flojera detrás de ella.

– No está en este momento -respondió Gabe animadamente-. ¿Puedo ayudar en algo?

– Nos gustaría hablar con ella -dijo la mujer, igual de animada-. ¿Sabe cuándo regresará?

– Ni siquiera sé dónde está -dijo Gabe-. ¿Qué hizo?

– Eso es…

– Usted es Gabe McKenna-dijo el hombre.

– Sí -dijo Gabe.

– Destrozó la oficina de su ex esposo -dijo el hombre-. La nueva esposa hizo una denuncia.

Jesús, pensó Gabe. Contraté a una maníaca.

– Bien hecho, Barry -dijo la mujer, pero no parecía muy disgustada. Gabe se dio cuenta de que hacía un tiempo que eran compañeros y se preguntó cómo sería trabajar con alguien a quien uno no quisiera estrangular la mitad de las veces.

– Destrozó un montón de premios -dijo Barry-. El marido no parecía muy contento respecto de la denuncia, pero la nueva esposa… -Sacudió la cabeza.

– Está furiosa -dijo la mujer policía.

– Puedo hacer desaparecer esto -dijo Gabe-. Denme un par de horas.

– Se lo agradeceríamos -dijo Barry.

– Nos sorprendería que pudiera hacerlo -dijo la mujer-. La esposa nueva no es ninguna debilucha.

– La esposa anterior tampoco -contestó Gabe-. Denme hasta las cinco.

Regresó a la oficina y llamó a Jack Dysart. Atendió su asistente administrativa, una mujer inteligente y fuerte de nombre Elizabeth.

– Jack no está -le dijo Elizabeth-. Recibió una llamada y se fue.

– Dime que era de su hermano, Tim -dijo Gabe.

– No -respondió Elizabeth-. Puedo hacer que él lo llame.

– No -continuó Gabe-. Encuéntralo. Dile que su nueva cuñada, como sea que se llama…

– Whitney.

– Dile que Whitney hizo una denuncia pidiendo el arresto de Nell por vandalismo.

– ¿Nell? -Elizabeth sonaba dubitativa-. Ella no es así.

– Ella es exactamente así-dijo Gabe-. Dile a Jack que tendremos que presionar a Tim hasta que retire la acusación.

– Dios, sí -dijo Elizabeth-. A Jack va a darle un ataque.

– ¿Nell le gusta tanto?

– Nell le gusta tanto a Suze -dijo Elizabeth-. Jack va a hacer arrestar a Tim si Suze se disgusta.

– Dile que voy para allá -dijo Gabe y colgó. Qué día interesante, pensó y se dirigió a O & D para ver qué podía hacer para salvar el trasero de su secretaria antes de despedirla.

Nell golpeó a la puerta del antiguo dúplex de ladrillos a la vista que correspondía a la dirección del expediente de Lynnie, tratando lo mejor que podía de verse desorientada y no amenazante. Como nadie respondió, Nell recorrió con la mirada el angosto umbral y golpeó nuevamente y después otra vez y luego una vez más, y por fin apareció una mujer en la puerta, una bonita morocha de alrededor de treinta años con un pulóver rojo de cuello bajo. Nell dijo: «¿Lynnie Masón?», y la morocha respondió: «No compro nada, gracias», y cerró la puerta.

Nell puso el pie para impedírselo, como había visto en las películas, y después metió el hombro también, por las dudas.

– Soy de McKenna -dijo, con una sonrisa resplandeciente-. Parece que nos faltan algunos fondos. Pensé que los tendría usted.

– No tengo la menor idea de lo que está hablando -dijo Lynnie-. Pero si no se marcha, llamaré a la policía.

– Buena idea -dijo Nell-. Esperaré aquí. De esa manera cuando lleguen puedo mostrarles los cheques que usted falsificó. -Dio unos golpecitos a la cartera donde los cheques no estaban, y Lynnie pensó velozmente. Nell casi podía ver las ruedas girar detrás de los ojos.

– Mire, llamaré a Gabe más tarde…

– No -dijo Nell-. Si Gabe quisiera ocuparse de esto, él estaría aquí. Quiere la devolución del dinero, y no está particularmente interesado en que se meta la policía, pero si la alternativa es nada de dinero o la policía, los llamará de inmediato. Si me da el dinero, nadie termina arrestado. Creo que es bastante simple, ¿no le parece?

Lynnie abrió la puerta.

– ¿Por qué no entra?

El dúplex estaba escasamente amueblado, con muebles comunes que parecían temporales y unos pocos artículos personales que se veían costosos, pero también tenía pisos de madera, y antiguos ventanales que dejaban pasar mucha luz, y espacio, mucho espacio, lugar para moverse, y, durante un momento, Nell la envidió.

– La cuestión -dijo Lynnie, cuando se sentaron, con una voz más suave y más agradable sin el tono de irritación-, es que estuve enferma, y había cuentas médicas. No quise lastimar a nadie, sólo quería pagar las cuentas.

Miró a Nell implorante, con ojos enormes y cautivantes, y Nell pensó, si yo fuera hombre, quizás eso daría resultado. El pulóver rojo que llevaba habría sido particularmente efectivo, y por un momento Nell deseó ser la clase de mujer que puede usar un pulóver apretado y colorido en vez de trajes grises.

– Puede entenderlo, ¿no es cierto? -dijo Lynnie-. ¿Una mujer sola?

Realmente debo de verme patética, pensó Nell. Ella se dio cuenta de que estoy sola. Dedicó una rápida sonrisa a Lynnie.

– Oh, claro, pero ahora que se siente mejor, nos gustaría que nos devolviera el dinero.

Lynnie sacudió la cabeza, con incredulidad.

– No puedo creer que Gabe se preocupara por un par de cientos de dólares…

– Cinco mil ochocientos setenta y cinco -pronunció Nell con claridad-. Al menos, es lo que hemos descubierto hasta ahora. Nos gustaría en efectivo.

– Eso es imposible -dijo Lynnie, abriendo grandes los ojos-. No es posible que haya tomado tanto.

– Qué simpático -dijo Nell-. Devuelva el dinero, o voy a llamar a la policía.

Lynnie pareció alarmarse durante un nanosegundo, y después le sonrió a Nell, mientras el labio inferior le temblaba un poco.

– Usted no parece una persona cruel.

– He tenido una semana muy difícil -respondió Nell-. Olvídese de lo cruel; soy malvada.

Lynnie la miró a los ojos, y en ese momento se transformó frente a Nell, de una muchacha desesperada y suave a una mujer dura y cansada.

– Usted tuvo una semana difícil -rió Lynnie-. No me haga empezar.

– Sí, realmente debe costarle mucho robar a los inocentes -dijo Nell.

– ¿Qué inocentes? -Lynnie se acomodó en el asiento-. Cariño, no existen los hombres inocentes. Sólo hay tipos a los que no han atrapado. -Levantó la barbilla y agregó-: Así que yo me tomo la revancha. Soy un escuadrón de justicia formado por una sola mujer.

– ¿Qué le hizo Gabe a usted?

– ¿Gabe? -Lynnie se encogió de hombros-. Gabe es un buen tipo. Esa historia de «lo haces a mi manera o te marchas» me cansó enseguida, pero básicamente es un buen tipo.

Tenía razón. Nell trató de resistirse porque no quería formar un vínculo con Lynnie.

– Eso no justifica tratar de destruirle la empresa.

Lynnie parecía sorprendida.

– No estaba tratando de destruirlo. -Se inclinó hacia adelante-: Mira, ¿qué me llevé? ¿El dinero de la limpieza? Limpiaba yo.

No muy bien, pensó Nell, pero Lynnie ya no podía detenerse.

– Me pagaban mal en ese trabajo. Si yo fuera hombre, no sería solamente un secretario, sería un asistente administrativo con el doble de sueldo. Una vez trabajé para un tipo que era abogado, y yo hacía todo el trabajo. Todos los hombres con los que he trabajado estaban muy interesados en el sacrificio y el servicio. -Se le torció la boca-. Mi sacrificio y servicio.

– Bueno, entonces tómatelas con ellos -dijo Nell, haciendo un gran esfuerzo para no decir, tienes razón, maldita sea-. Mira, tortura a los bastardos de tu vida todo lo que quieras, yo me voy a quedar a aplaudir a un costado. Incluso tengo mi propio bastardo y puedo pasártelo. Pero necesito que devuelvas el dinero de Gabe. Eso no fue justo, él no lo merecía.

– Todos lo merecen. Tú estuviste casada, ¿verdad? -dijo Lynnie, concentrándose en ella-. Tienes esa mirada de «antes estuve casada». ¿Cuánto tiempo? ¿Veinte años?

– Veintidós -dijo Nell, sintiéndose enferma.

– Déjame adivinar -dijo Lynnie-. Trabajaste para él y le construiste una vida y te dedicaste a él por completo y te sacrificaste para el futuro, para cuando llegara tu turno. Pero él cambió de idea y ahora estás trabajando para Gabe. ¿Cómo te va económicamente?

– Estoy bien -dijo Nell-. Esa no es la cuestión…

– Sólo bien -dijo Lynnie-. Pero a él le va mejor, ¿verdad? Tú estás otra vez con el salario mínimo, pero tu ex todavía vive como antes, tal vez mejor.

– Tuvo que bajar algunos gastos -dijo Nell.

– Y tiene el futuro que le construiste, sólo que con una nueva mujer, probablemente más joven -prosiguió Lynnie, y Nell dio un respingo-. Querida, a mí también me pasó. Sería diferente si te abandonaran y te dijeran: «Mira, aquí tienes esa magnífica piel que tenías, aquí están esos pechos altos y esa panza chata y toda esa energía, así que empieza de nuevo, cariño, te daremos una segunda oportunidad». Pero no es así. Una envejece con todo el patrimonio liquidado, y ellos te dejan quebrada y no hay nada que puedas hacer al respecto.

Nell tragó saliva.

– Yo no estoy quebrada. No me importa. Sólo dame el dinero de Gabe y me iré.

Lynnie se inclinó hacia adelante.

– No tienes que ser una víctima. Puedes obtener la revancha. Puedes obligarlo a que pague. No creerías lo bien que se siente hacerlos pagar.

– No quiero obligarlo a pagar -mintió Nell-. Sólo quiero que devuelvas el dinero de Gabe.

– Yo podría ayudarte -dijo Lynnie-. Tú podrías ayudarme. -Se inclinó más, intensa y sincera-. Tú problema es que tienes miedo de jugar sucio. -Extendió las manos-. ¿Por qué? Ellos lo hacen. Tienes que engañarlos como hacen ellos. Quitarles todo lo que tienen y seguir avanzando así no pueden paralizarte.

– Yo estoy avanzando -dijo Nell. Le destruí la oficina. Para lo mucho que le había servido-. Y sé que no sirve para nada limitarse a avanzar contra ellos. Eso no me lleva a ninguna parte. Yo tengo que avanzar hacia algo.

– Exacto -dijo Lynnie-. Tienes toda la razón. Eso es lo que yo estoy haciendo.

– ¿Robándole a Gabe? -Nell sacudió la cabeza-. Si lo que quieres es exactamente cinco mil dólares, no quieres mucho.

– Lo quiero todo -dijo Lynnie-. Gabe puede vivir sin lo que le quité. Y el resto viene de alguien que puede aportar mucho más. -Se acomodó en el asiento-. No confío en él, pero lo tengo atrapado. Ya he confiado suficiente en los hombres. -Miró a Nell a los ojos-. ¿Sabes?

– Sí -dijo Nell-. Pero todavía quiero que me devuelvas el dinero de Gabe.

Lynnie suspiró profundamente y se echó hacia atrás, derrotada.

– Está bien. Pero primero tengo que llamar… a mi abogado. -Fue hacia el teléfono y disco, mirando a Nell por encima del hombro-. Soy yo -dijo un momento después-. Hay una mujer aquí de parte de los McKenna y me acusa de haber tomado dinero. Yo estaba pensando que… -Se detuvo y se ruborizó, cada vez más roja a medida que escuchaba-. Hace mucho tiempo que dejé de permitir que me dijeras qué hacer. No voy a darle… -Se detuvo otra vez, y luego dijo-: Seis mil dólares. -Volvió a esperar, y evidentemente le gustó lo que oyó esa vez porque empezó a asentir y su voz se hizo más ligera y se volvió atractiva nuevamente-. Está bien, de acuerdo. ¿Qué? -Recorrió su departamento con la mirada y después dijo-: Claro, ¿por qué no? Apenas regrese. ¿Dónde? Está bien.

Colgó y se volvió hacia Nell, sonriendo.

– Bien. Mi abogado me aconseja que te dé el dinero.

– Tu abogado no es ningún tonto -dijo Nell, poniéndose de pie.

– Pero el dinero no está aquí. Está en el Banco. Así que iré a…

– Iremos -dijo Nell, y Lynnie perdió la sonrisa por un momento.

– Yo no soy el enemigo -dijo Lynnie, acercándose un paso-. Ellos lo son.

– Sólo dame el dinero -dijo Nell, tratando de no escuchar.

Lynnie se aproximó más.

– Sabes, si las mujeres fueran más inteligentes y actuaran juntas, ellos no podrían salirse con la suya.

– Algunos no engañan -dijo Nell-. De acuerdo, Gabe es un poco controlador, pero eso no justifica que le roben.

Lynnie cerró los ojos y sacudió la cabeza.

– Entonces es así. Eres de él.

– ¿Soy qué? -Nell la miró con el entrecejo fruncido y entonces entendió-. Oh. No, lo conocí hace una semana.

– Sólo se precisan unos minutos, cariño -dijo Lynnie-. Ya estás lista con ése. Te va a usar sin siquiera darse cuenta de que lo está haciendo. Mira a la pobre tonta de Chloe.

– Sólo quiero que me devuelvas el dinero -dijo Nell.

– Sí, eso lo entendí -respondió Lynnie-. Te seguiré en mi auto.

– Vine caminando -dijo Nell-, así que iré contigo. Es más amistoso así.

En el Banco, una pequeña sucursal del Village, Lynnie cobró un cheque y le dio el dinero a Nell.

– Gracias -Nell dijo y se dio vuelta y salió del Banco, dejando a Lynnie lo más atrás posible, apártate de mí, Satanás, pero cuando salió, Lynnie la llamó desde el umbral del Banco.

– Acabas de cometer un error -le dijo con calma, y Nell la miró parpadeando.

– ¿Es una amenaza?

– No -dijo Lynnie-. Estás combatiendo para el lado equivocado. Eres fuertes e inteligente y se lo estás dando todo a Gabe. ¿No es lo mismo que hiciste por tu ex?

Nell tragó saliva.

– Esto es distinto.

Lynnie sacudió la cabeza.

– Es lo mismo. Escucha, si tú y yo nos uniéramos, podríamos hacer bastante daño. -Le sonrió a Nell, una sonrisa que tenía más amargura que ira-. Mi problema es que siempre fui buena para el dinero pero mala con los planes. Necesitaba a alguien listo para manejar los detalles, ¿sabes? Una vez pensé que había encontrado a alguien así, pero él se fue. -Su rostro se contrajo un poco por el recuerdo-. Dijo que se iba a divorciar y que se casaría conmigo, y le creí. Nunca te involucres con tu jefe.

– No me digas -respondió Nell, pensando en Tim.

– Gabe sería el peor-siguió Lynnie, observándola-. No se puede trabajar con un hombre así, sólo se puede trabajar para él. -Se inclinó un poco más cerca de Nell-. Pero podrías trabajar conmigo. Tienes aspecto de que sabes hacer planes, y yo jamás te engañaría.

No lo haría, pensó Nell, y se aproximó a ella.

– Escucha, lamento que los hombres te hayan tratado mal. Lo digo en serio. Espero que obtengas lo que deseas, preferiblemente sin mutilar a otra persona, por supuesto. Pero espero que lo obtengas, en cualquier caso.

– La mutilación es la mejor parte. -Lynnie se recostó en la balaustrada de hierro forjado-. Mira, estoy trabajando en algo. Tú estarías completamente de acuerdo; este tipo usa tanto a la gente que ni siquiera yo puedo creerlo. Y lo tengo atrapado, él va a pagar, y podemos sacar más. Se merece todo lo que podamos hacerle. Estamos hablando de justicia más ganancia. -Lynnie le sonrió, y Nell le devolvió la sonrisa-. Pero es un tramposo. Me vendría bien un poco de ayuda. ¿Qué te parece? Tú y yo. Hora de la venganza, a toda marcha.

Durante un momento, Nell lo consideró, ellas dos impartiendo venganza en nombre de todas las mujeres, pero era una fantasía.

– No puedo hacerlo, Lynnie-dijo Nell-. Sencillamente no estoy hecha así. -Extendió la mano y, después de un momento, Lynnie la tomó-. Te deseo la mejor de las suertes, sinceramente.

Después salió caminando hacia la calle, sin mirar atrás, y se dirigió hacia lo de los McKenna, a toda marcha, sola.

Nell estaba en la oficina una hora después cuando entró Suze con una caja de galletitas gourmet para perros y una canasta de mimbre que albergaba a una perra salchicha negra de pelo corto con un pulovercito rojo.

– Tienes que quedarte con Pastelillo de Azúcar -le dijo a Nell-. Jack acaba de llamar y quiere que almorcemos. ¿Crees que se haya enterado del secuestro canino? Tal vez ese tipo Farnsworth me reconoció.

– No -dijo Nell, sin estar segura-. Pero dame a la perra y vete. -Tomó la canasta y miró al animal-. ¿Qué le hiciste?

– Un corte de pelo y teñido -respondió Suze-. El corte no salió muy bien, pero el teñido se ve genial. Es esa sustancia suave que se sale con un lavado, así que supuse que no le haría mal, pero la lavé dos veces después con un champú para perros para asegurarme.

Pastelillo de Azúcar levantó la mirada hacia Nell, con ojos completamente lastimosos sobre su nariz aún marrón.

– Está bien -le dijo Nell-. Yo no tengo champú. Tus días de lavados han terminado. -Puso la canasta debajo de su escritorio, lo que la ocultaba de la vista. Una vez que la canasta tocó el suelo, Pastelillo de Azúcar se puso de pie. Tenía un pulóver rojo con un cuello blanco y puños y un corazón blanco en el centro de la espalda.

– Lindo pulóver -dijo Nell con tono de duda.

– Es cachemira -dijo Suze, mirando al perro por debajo del escritorio-. No pica nada.

– Además estamos en otoño, no en invierno -dijo Nell.

– Necesita algo para tapar el mal corte de pelo -dijo Suze-. Es la prenda más ligera que pude encontrar. Tengo más en el auto, así puede cambiarse de ropa.

– Cambiarse de ropa -dijo Nell.

– Deberías ver la chaqueta que le compré -dijo Suze-. Con forro de lana. Cuando venga el invierno, se va a ver muy impactante.

Nell volvió a mirar a Pastelillo de Azúcar. Parecía una animadora triste y anoréxica.

– Gracias-le dijo a Suze-. Muy amable de tu parte.

Suze puso la caja de galletitas gourmet para perros sobre el escritorio y después se acercó hacia la puerta.

– Le encantan esas galletitas. En serio, es tan patética que no causa ningún problema. Es sólo que Jack…

– Lo sé, lo sé. -Nell le hizo un gesto para alejarla-. Ve a averiguar qué quiere. Estaremos aquí.

Cuando Suze se marchó, Nell empujó la canasta de Pastelillo de Azúcar más atrás debajo del escritorio para poder rascarla con el dedo del pie mientras trabajaba, y después de un par de minutos de rascarla rítmicamente, la perra salchicha suspiró y dejó de temblar y comenzó a dormitar, y Nell empezó a sentirse mucho mejor.

Las cosas por fin se veían bien.

Cuando Suze llegó a O & D, Jack estaba esperándola fuera de su oficina, vibrando de furia frente a un montón de mármol y costosos revestimientos.

– Hola, Elizabeth -dijo Suze, sonriéndole a su asistente, manteniendo a Jack en su visión periférica.

– Llegas tarde -dijo Jack, interrumpiendo el saludo de Elizabeth y recibiendo un filosa mirada por parte de ella a cambio-. Entra.

– Fui a dejar la perra a Nell -dijo Suze mientras él la arrastraba apuradamente hacia el ascensor-. Me dijiste que no querías que estuviera sola en la casa, así que se la llevé al trabajo.

– No quiero que esté en la casa nunca -dijo Jack-. Hubiera sido amable de tu parte preguntarme antes de dejar que la loca de tu amiga la trajera, pero no se te ocurrió.

– Nell no está loca -dijo Suze con firmeza.

– Sí que lo está -dijo Jack-. No creerás lo que acaba de hacer. Ya no es más parte de la familia. Ve de compras con Whitney de ahora en adelante.

– Ella es parte de mi familia -dijo Suze, pero en vez de prestarle atención él encajó la mano en las puertas del ascensor, que se estaban cerrando, y volvió a abrirlas.

Entraron en el vehículo, ocupando el centro cuando los tres hombres que ya estaban allí les hicieron lugar, y le sonrieron a Suze.

– Hola, Suzie -dijo uno de ellos, y ella giró para ver la cara redonda de Budge que la miraba alegremente-. Me enteré de que tú, Margie y Nell irán al cine esta noche -dijo, claramente encantado de estar conversando con la hermosa esposa de su socio más antiguo-. Asegúrate de que Nell no haga que Margie regrese demasiado tarde.

– Está bien -dijo, mientras pensaba, llámame Suzie una vez más y haré que te despidan.

Las puertas se abrieron, y Jack la tomó del brazo y la empujó hacia su BMW. Cuando él cerró de un golpe la puerta de ella y puso las llaves en el encendido, Suze quedó tan furiosa que extendió la mano y volvió a sacarlas, sorprendida por su propia temeridad.

Jack parecía alarmado.

– ¿Qué diablos crees que haces?

– ¿Por qué te comportas como un asno? -dijo Suze, enfrentándolo por primera vez en catorce años.

– No uses ese tono conmigo -dijo él-. ¿Dónde estuviste anoche?

– Te lo dije, robándome a Pastelillo de Azúcar en New Albany -dijo Suze-. ¿De dónde piensas que la saqué?

– Pensé que me decías la verdad. Dios sabe que es bastante extraño. -La miró fijo y ella le devolvió la mirada.

– ¿Qué te pasa? Si tienes algún problema con el perro, ya se acabó, se lo quedó Nell. Si es alguna otra cosa, cuéntamela y deja de comportarte como un bastardo.

– Está bien, si eso es lo que quieres. -Jack se enderezó, probablemente tratando de presentar una furia digna y viéndose en cambio como un petulante niño de doce años-. Tienes un romance. Admítelo. Me estás engañando.

Suze lo miró con la boca abierta.

– ¿Te has vuelto loco?

– Peter Sullivan te vio cenando con Riley McKenna.

– Yo jamás… -Suze se detuvo-. ¿Anoche? Nell, Margie y yo fuimos allí a hablar con él. Estuvimos en un restaurante media hora discutiendo con él sobre Pastelillo de Azúcar. No puedo creerlo. Yo estaba con Margie y Nell, por el amor de Dios.

– Ellas mentirían por ti -dijo Jack, aunque parte de su indignación había desaparecido-. Por todos los diablos, Nell es capaz de cualquier cosa.

– Sí, entonces armó la historia del perro para cubrirme. Ni siquiera conocía a Riley McKenna hasta anoche, y después de verlo, no me interesa conocerlo mejor. ¿Qué te pasa?

Jack exhaló y dejó que su cabeza cayera contra el respaldo.

– Tengo una mala semana.

– ¿Y pensaste en compartirla conmigo? Muchas gracias. -Suze sacudió la cabeza-. No puedo creer que no confíes en mí. Yo no soy la que tiene un pasado entre nosotros, amigo.

– Oye -dijo Jack-. Cuida el tono. Jamás te he engañado.

– ¿Entonces por qué pensabas que yo sí? -dijo Suze-. Peter Sullivan es una persona horrible, tú lo sabes, sabes que dijo eso sólo para atacarte, y caíste en la trampa. Creo que estás proyectando. Creo que tú me quieres engañar. Creo…

– Espera un momento -dijo Jack, alarmado.

– … Que estás cansado de estar casado con una mujer treintañera y quieres algo más joven…

– Suze, te amo -dijo Jack, inclinándose hacia ella.

– … Y te sientes culpable por eso, y ésa es la razón por la que no quieres que consiga un empleo…

Él se inclinó sobre ella y la besó, reteniéndole la boca y obligando a Suze a buscar la de él, haciendo que en el mundo de ella todo fuera perfecto, como siempre lo había sido, por lo que ella podía recordar.

– Jamás te engañaré -susurró, abrazándola-. Te amo. Somos para siempre.

– ¿Cómo pensaste que yo lo haría? -dijo Suze, tratando de no perdonarlo-. ¿Cómo pudiste decir algo tan horrible?

– Suze, tengo cincuenta y cuatro años -dijo Jack-. Riley McKenna tiene treinta. Él es mi peor pesadilla.

– ¿Y tú de dónde lo conoces? -dijo Suze, y Jack se apartó un poco.

– Hacen muchos trabajos para nosotros -respondió-. Mira, lo siento. Oí que estuviste allí con él, y perdí la cabeza. Me porté como un estúpido. Déjame compensártelo.

– De acuerdo. -Suze le devolvió las llaves, deseando que todo ese lío terminara.

Jack puso la llave en el encendido e hizo arrancar el auto, palmeándole la rodilla antes de salir de la plaza de estacionamiento, otra vez el mismo de siempre, jovial, casi mareado de alivio.

– No puedo creer que pienses que te engañaría -dijo él, interrumpiendo el avance de otro auto para salir a la calle-. Estoy en casa todas las noches. Te lo doy todo. ¿Por qué te enojas de repente?

No es más que otra cosa que tú me contagiaste, pensó ella y se reacomodó en el asiento, para nada tranquilizada.

La puerta de la oficina volvió a sacudirse a la una, y Nell levantó la cabeza, esperando a Gabe, pero era Jase.

– El almuerzo -dijo él, sonriéndole, con ojos oscuros y brillantes-. Vamos. Yo invito.

– Pagaría yo -dijo Nell-. Pero no puedo ir. Tuve que salir a la mañana y ahora estoy tapada de trabajo. -Además tengo una perra oculta debajo del escritorio.

– Está bien -dijo Jase-. Dime qué quieres y te lo traigo.

– No tengo hambre -dijo Nell-. Puedo…

La puerta se sacudió y se abrió otra vez y golpeó la espalda de Jase.

– Oye -dijo él, y entonces Lu asomó la cabeza y dijo:

– No te quedes junto a la puerta, tonto. -Acercó la cabeza, mirándolo en serio esta vez, y sonrió-: Hola.

– Hola -dijo Jase, inclinando la puerta en dirección a ella, y Nell pensó: oh, oh.

– Él estaba yéndose -dijo Nell.

– No, no es así. -Jase abrió más la puerta-. Entra. Cuéntanos tus problemas.

– Mi papá está volviéndome loco -dijo Lu-. ¿Tú por qué estás aquí?

– Mi madre tiene que comer -dijo Jase.

Lu se animó.

– ¿Eres hijo de Nell? -Miró hacia Nell y asintió-. Muy buen trabajo.

– Ella es la hija de mi jefe -dijo Nell, tratando de telegrafiar su desaprobación.

– Me llamo Lu -dijo Lu, extendiendo la mano.

– Yo me llamo Jase -dijo éste, tomándola y reteniéndola-. Iba a llevar a almorzar a mi madre, pero ella no puede…

Nell tomó su billetera.

– Sí que puedo.

– Así que estoy libre -continuó Jase-. ¿Qué tal si vamos tú y yo? Resolveré tus problemas con tu padre.

– ¿Puedes hacer eso? -sonrió Lu-. ¿Conoces a mi padre?

– No -dijo Jase-. Pero puedo hacer cualquier cosa. -Abrió la puerta un poco más-. Incluso pagar el almuerzo.

– Excelente. -Lu saludó a Nell-. Traeremos algo para usted. No le diga a papá que estuve.

– No hay problema -dijo Nell, pero ya estaban saliendo.

– ¡Jase!

Jase asomó la cabeza por el umbral.

– Es la hija de mi jefe -siseó Nell-. No hagas nada depravado.

– Es el almuerzo -dijo Jase-. No hago cosas depravadas antes de que oscurezca.

– Eso no es gracioso -dijo Nell, pero él ya se había ido.

Se preguntó si debería preocuparse y decidió que ya tenía bastantes problemas reales como para agregar potenciales a la lista. Y, en realidad, le iba bien. El resplandor en esta ocasión no se borraba. Tenía más de cinco mil dólares para darle a Gabe. Tal vez él le permitiría encargar tarjetas nuevas y repintar la ventana, incluso quizá comprar un sofá nuevo, ahora que tenía dinero. Sólo había que esperar que se le pasara la irritación por haber sido desobedecido y llegar a la parte en que él le agradecía que…

La puerta de la oficina se abrió de golpe, y Nell levantó la mirada y se encontró con los ojos rabiosos del señor Farnsworth.

– Quiero ver a su jefe -resopló.

Nell tragó saliva y dijo «No está aquí», y rascó un poco más vigorosamente a Pastelillo de Azúcar debajo del escritorio. La perra se había despertado y estaba temblando otra vez, pero también lo estaba Nell. El señor Farnsworth causaba ese efecto.

– No le creo -dijo él y pasó de largo para abrir la puerta de la oficina de Gabe.

Gracias a Dios que no está aquí, pensó Nell. Gracias, gracias, Dios.

– ¿Dónde está? -dijo Farnsworth, regresando al escritorio de ella.

– Salió a hacer una diligencia -respondió Nell, tratando de darle firmeza a su voz-. Si no hay nada en que pueda ayudarlo…

– Me robaron a mi perro -dijo Farnsworth.

Nell se sacudió un poco en el asiento, pateando a Pastelillo de Azúcar..

– Desde ya que yo no.

– No usted, personalmente -dijo Farnsworth, enojado-. Esta agencia.

– Puedo asegurarle… -comenzó a decir Nell, y entonces Gabe abrió la puerta y entró, quitándose los anteojos de sol y con aspecto de estar endemoniadamente furioso, y a ella no se le ocurrió qué decir para arreglar la situación.

– ¡Ahí está! -dijo Farnsworth, dirigiéndose a él-. Voy a demandarlo a usted y a la agencia y…

– ¿Quién diablos es usted? -dijo Gabe, que claramente no estaba en estado de ánimo para ser demandado.

– Soy Michael Farnsworth, y ustedes robaron a mi perro. -Vaciló un poco en el final de la frase, posiblemente por haberse dado cuenta de lo absurdo que sonaba, en especial con Gabe ahí de pie, enfurecido, con su traje impecable, con el aspecto de un pilar de la comunidad que detentaba un permiso de portar armas.

– ¿Cómo dice? -preguntó Gabe, y la temperatura de la habitación cayó diez grados.

Que nunca me hable así, rezó Nell, bastante segura de que pronto le llegaría su turno.

– Mi esposa los contrató para…

– Esta compañía no comete delitos -dijo Gabe, con la voz filosa como un cuchillo-. Estamos en el negocio desde hace más de sesenta años, y tenemos una reputación impecable. A menos que desee una contrademanda por injurias, le sugiero que reevalúe su posición.

– Mi perro no está -dijo Farnsworth, menos agresivo-. Sé que mi esposa vino aquí a contratarlos.

– No hablamos de nuestros clientes -dijo Gabe-. Pero puedo asegurarle que nadie de esta agencia aceptó un encargo que implicara violar la ley.

– Mi esposa -dijo Farnsworth, apagándose rápidamente-. Sé que ella está detrás de todo esto.

– Entonces vaya a hablar con ella -dijo Gabe, dando claramente por terminada la conversación.

– Tal vez yo pueda contratarlos -dijo Farnsworth, y Nell pensó, lo que me faltaba: que Gabe me investigue.

– Tengo una pista -continuó Farnsworth-. Una rubia despampanante vino a la puerta a distraerme. No era ella con peluca -agregó, señalando a Nell con el pulgar-. Era pulposa. Esta…

– Señor Farnsworth, no hay nada en el mundo que me convencería de tomar parte en este enredo -dijo Gabe-. Vaya a la policía. Ellos pueden interrogar a su esposa y llegar al fondo de la cuestión más rápido que nosotros. Y lo harán gratis. Para eso paga sus impuestos.

Farnsworth asintió, y Nell asintió con él. Gabe siempre se mostraba sensato. Por desgracia, esta vez estaba enviando a la policía a que la investigue a ella, pero, de todas formas, sonaba sensato.

Tenía que sacar a la perra del país. Si al menos conociera a alguien que fuera a Canadá…

Farnsworth salió, dejando la puerta abierta, y Gabe lo siguió para cerrarla de un golpe.

– Bueno -dijo Nell, tratando de sonar virtuosa cuando él se volvió hacia ella-. ¿Qué se le metió a ése…? -Se detuvo cuando vio su mirada.

– ¿Dónde -dijo Gabe- está ese maldito perro?

Capítulo 7

Nell consideró rápidamente la posibilidad de fingir que no tenía idea acerca de qué le estaba hablando pero decidió no hacerlo. Por alguna razón, él lo sabía, y su única salvación era confesar.

– Está debajo del escritorio -respondió, y en ese momento Riley llegó desde la calle y dijo:

– ¿Quién era ese imbécil que acaba de salir a los gritos?

– Retrocede -dijo Gabe, sin desviar la mirada de Nell-. Ya me ocuparé de ti luego.

– ¿Qué? -dijo Riley-. ¿Yo qué hice?

Nell sacó la canasta de Pastelillo de Azúcar y la colocó encima del escritorio.

– ¡Jesús! ¿La trajiste aquí? -dijo Riley-. ¿Y si viene el tipo a buscarla? Él sabe que su esposa…

– Ése era él, el que se iba -dijo Gabe, mirando al perro con asco-. ¿Qué diablos es eso?

– Una ex perra salchicha de pelo largo marrón -dijo Nell-. Suze la disfrazó.

– ¿Suze Dysart? -dijo Gabe-. Ésa debe de ser la rubia despampanante.

– Muy despampanante-dijo Riley, y Gabe lo miró con odio.

– ¿Alguna vez se te ocurrió decirles que no a estas mujeres?

– Lo hizo -intervino Nell-. Pero como nosotras insistimos en que lo íbamos hacer de todas formas, nos ayudó para que no nos metiéramos en problemas.

– Qué tipo. -Gabe volvió a mirar a la perra y sacudió la cabeza-. Y yo la contraté. ¿Dónde estaba esta mañana?

– Aquí, ¿no? -dijo Nell, tratando de verse inocente. Podría darle los cinco mil dólares más adelante. Digamos, el lunes. Un bonito lunes de diciembre.

– Inténtelo una vez más -dijo Gabe peligrosamente.

– Está bien. -Nell levantó la canasta de Pastelillo de Azúcar. Tal vez si él no tuviera que mirar a la perra-. Fui a hacer una diligencia para la compañía.

– No le haga más favores a esta agencia -dijo Gabe-. ¿Adónde fue? Y si violó la ley, está despedida. No estoy bromeando.

El estómago de Nell se hundió al oír la palabra «despedida».

– Fui a casa de Lynnie. Conseguí el dinero. -Volvió a poner a Pastelillo de Azúcar sobre el escritorio y sacó el sobre del Banco que estaba en el cajón para entregárselo-. ¿Ve? Más de cinco mil dólares. Cobré una deuda de la agencia.

– Caramba -dijo Riley-. Bien hecho.

– No, nada de bien hecho -dijo Gabe con tono salvaje-. Tengo muchos deseos de hablar con Lynnie, lo que puede volverse un poco más difícil ahora que ella sabe que nos enteramos de lo que hizo.

Nell volvió a guardar el dinero en el escritorio.

– Lamento haberle dicho que sabíamos en qué andaba, pero les conseguí el dinero. Ayudé.

Él no se veía impresionado. Estoy despedida, pensó ella.

– Está bien, escuche -dijo, hablando más rápido que nunca en su vida-. Sé que está furioso, pero sigo pensando que hice lo correcto. Creo que ésta es una gran agencia, pero necesita ayuda en la oficina, y parte de eso consiste en arreglar las finanzas, y ahora están mucho mejor debido a lo que yo hice, y yo no violé la ley, ni siquiera violé todas las reglas de la agencia, y en cualquier caso la tercera no cuenta porque yo no sabía que era una regla. -Se detuvo cuando Riley cerró los ojos y Gabe levantó la cabeza-. Realmente creo que ésta es una gran agencia -terminó.

– Gracias -dijo Gabe, con el tono de voz más lúgubre que ella había escuchado jamás-. Quiero hablar con usted pero, antes quiero ver a Riley. Vamos a la oficina de él. Cuando salga, usted tiene que estar aquí.

– Claro -dijo Nell, sentándose.

Se volvió a Riley y le señaló la oficina.

– Entra allí.

– No te desquites conmigo -dijo Riley-. Tú la contrataste.

Gabe cerró la puerta de la oficina de Riley con un golpe y dijo:

– Estas son las buenas noticias. Nuestra secretaria no sólo robó esa maldita perra, también destruyó la oficina de su esposo. Acabo de frenar a la policía que la vino a buscar. Y ahora Lynnie puede acusarnos de extorsión, así que quizás regrese la policía. Esta mujer está descontrolada y deberá irse.

– No -dijo Riley y Gabe se detuvo, sorprendido-. Sí, yo también estoy sorprendido -dijo Riley, sentándose detrás de su escritorio-. Pero voy a oponerme a ti en este tema. Ella es buena. Está pasando por un mal momento, eso es todo. Dale otra oportunidad.

– ¿Para qué? -dijo Gabe-. ¿Así puede seguir perjudicando a la agencia?

– Ella no es la amenaza de esta agencia -replicó Riley-. Y tú lo sabes. No estás furioso con Nell, estás furioso con Patrick.

Gabe se detuvo, desconcertado, y después contestó:

– No, estoy bastante seguro de que estoy furioso con Nell. -Pero se sentó mientras lo decía.

– Tú piensas que Patrick ayudó a Trevor a ocultar el asesinato de Helena y también piensas que Lynnie descubrió algo que está usando para chantajear a Trevor y posiblemente a Jack y a Budge. Y no puedes hacer algo al respecto, así que te desquitas con Nell.

– No.

– Ella hizo más por esta oficina en una semana que mi madre en diez años -dijo Riley-. Trabaja mucho, es eficiente y se merece el puesto. Tienes que darle otra oportunidad.

– Una oportunidad más podría hundirnos -dijo Gabe.

– Habla con ella -insistió Riley-. Deja de mandonearla y actuar como tu padre. Llévala a almorzar y dale la oportunidad de que se explique. Y si cuando regresas todavía quieres despedirla, lo aceptaré.

Gabe lanzó un profundo suspiro. No estaba proyectando su furia con Patrick sobre Nell; ella se lo había ganado por su propia cuenta. Pero Riley era un buen socio, y no era mucho pedir.

– Está bien -dijo y se puso de pie.

– No creo que estés necesariamente equivocado respecto de Lynnie -dijo Riley-. Me parece que ella descubrió algo, y creo que es muy probable que esté chantajeando a los tres de O & D. ¿Quieres que yo vaya a presionarla? Tal vez a mí me abra la puerta. Ya lo ha hecho antes.

– Tú y las mujeres. -Gabe sacudió la cabeza-. No puedo creer que hayas dormido con Nell.

– Yo tampoco puedo creerlo -dijo Riley-. Ella tiene una manera especial de atraparte cuando menos lo esperas. Cuídate durante el almuerzo.

– Qué gracioso -dijo Gabe, y se fue.

Nell estaba obedientemente sentada frente a su escritorio, rezando porque cuando Gabe saliera de la oficina de Riley se diera cuenta de que ella había hecho lo correcto y…

– Venga conmigo -le dijo él cuando pasó a la oficina exterior seguido de Riley-. Vamos a almorzar.

Sonaba amenazador, así que ella recogió su cartera.

– ¿Y el dinero? ¿Y Pastelillo de Azúcar?

– Riley se ocupará de cuidar el dinero y a Pastelillo de Azúcar. -Gabe señaló la puerta-. Ahora.

Riley miró a Nell con conmiseración.

– Lo siento, pequeña. -Se guardó el sobre del Banco debajo del brazo, levantó la canasta de Pastelillo de Azúcar, y regresó a su oficina.

Gabe estaba de pie junto a la puerta, viéndose como Lucifer poco después de la caída, y Nell sintió que la mano de la perdición se cernía sobre ella, todo porque había hecho lo correcto, varias veces. Era muy injusto.

– Si va a despedirme -dijo Nell, levantando la barbilla-, hágalo aquí. Termine de una vez.

– Voy a darle de comer-dijo Gabe-. Después vamos a discutir la profundidad de su comprensión de las reglas que tenemos, y entonces, si esa comprensión es lo suficientemente profunda, no la despediré y volveremos aquí y usted se dedicará al trabajo para el que la hemos contratado. Sin embargo, si esa comprensión es insuficiente, va a precisar más copias de su curriculum.

Nell trató de pensar en algo hiriente para decir, pero si existía la posibilidad de que él no la despidiese, entonces la discreción sería el mejor criterio para proteger su futuro financiero.

– Gracias -dijo y pasó al lado de él y salió por la puerta.

Las dos cuadras de caminata desde la agencia hasta el restaurante fueron afortunadamente cortas porque Gabe se mantuvo mudo detrás de sus anteojos oscuros.

– Bonito día, ¿verdad? -dijo ella una vez, y él no contestó, entonces ella se quedó en silencio y aceleró el paso para ponerse a la altura de él.

En el restaurante, una pequeña parrilla con bar llamada Sycamore, tomaron una de las pequeñas mesas de adelante, y Gabe se sentó de espaldas a la luz, dejándole a ella la vista de los grandes vitrales que cubrían las ventanas a sus espaldas. Ella giró para mirar el lugar -montones de madera oscura y luces de techo Tiffany y viejos carteles publicitarios en las paredes-, y en ese momento se acercó la camarera para tomar el pedido de las bebidas, y Gabe dijo:

– Una cerveza y un sándwich Reuben. -Miró a Nell-. Pida.

La camarera parecía desconcertada.

– Café negro -le dijo Nell, sonriendo con dulzura.

– Para ella un omelette -indicó Gabe a la camarera-. Cuatro huevos, abundante jamón y queso.

– No quiero un omelette -dijo Nell-. No voy a…

– ¿En verdad quiere tener esta discusión conmigo justo ahora? -dijo Gabe y la camarera dio un paso hacia atrás.

– Tráigame una ensalada Caesar -dijo Nell.

– Bien. -Gabe dirigió la mirada a la camarera-. Agréguele una porción doble de pollo a la plancha, y tráigale una porción doble de papas fritas.

– Yo no quiero… -comenzó a decir Nell.

– No me importa -dijo él, y Nell dejó de hablar hasta que la camarera se fue.

Entonces dijo:

– Sabe, mi almuerzo no le concierne…

– Usted destruyó la oficina de su ex marido. La nueva esposa hizo una denuncia para que la arresten.

– Oh, Dios -dijo Nell, mientras sentía que cada nervio de su cuerpo se convertía en hielo.

– Cuando la contraté, usted no tenía pulso -dijo Gabe-. Ahora tiene un prontuario criminal.

– Oh, Dios.

– ¿Qué demonios hizo? Ella se lo pasó refunfuñando sobre unos Carámbanos.

– Unos premios -explicó Nell débilmente-. Para la compañía: Agente de Seguros del Año de Ohio. Los rompí.

– Espero que lo haya disfrutado. Jack y yo nos pasamos toda la mañana tratando de arreglarle ese problema. Él sostiene que como usted sigue siendo dueña de la mitad de la agencia la denuncia no tenía sentido. Su ex marido finalmente cedió. La policía ya no está buscándola.

– Gracias -dijo Nell cortésmente y comenzó a cortar en tiras la servilleta de papel que tenía sobre la falda.

– Después, el miércoles a la noche, usted trató de acostarse con el marido de una clienta.

– Eso fue un error -dijo Nell-. Pido disculpas.

– Y deduzco que sí durmió con Riley.

– Oiga, eso no es mi culpa -dijo Nell, un poco enojada-. Usted no me dijo que no se podía joder con los empleados.

Gabe parecía pasmado.

– Sé que no lo hice. No se lo dije porque no pensé que usted lo haría. Francamente, no creía que usted pudiera decir «joder», mucho menos hacerlo.

La camarera trajo los tragos y le dijo a Nell:

– Su comida ya sale. -Parecía preocupada.

– Gracias -dijo Nell, tratando de no verse maltratada.

Cuando la camarera se alejó, Gabe dijo:

– Después ayer usted habló de un cliente con alguien de afuera de la empresa, y anoche robó un perro. Y esta mañana obtuvo dinero extorsionando a una ex empleada. Considerándolo todo, tuvo una semana bastante ocupada.

– Lo hice por la compañía -dijo Nell con tono de virtud.

– Está descontrolada -dijo Gabe, y lanzó un discurso sobre los valores y la responsabilidad y la reputación de la agencia que duró hasta que la camarera se aproximó a la mesa y comenzó a descargar comida.

La ensalada de Nell era enorme, rebosante de pollo y queso extra y pedacitos de pan. Gabe la señaló.

– Coma.

– No voy a comer todo esto -dijo Nell.

– Entonces estaremos aquí un larguísimo tiempo. -Gabe recogió su sándwich.

Nell clavó el tenedor en la ensalada y tomó un bocado. Estaba rico, pero ¿quién diablos se creía él que era, de todas maneras? Tragó y dijo:

– ¿Quién se cree usted que es, de todas maneras? Lo que yo como no es asunto suyo.

– Sí, lo es -dijo Gabe, levantando una papa frita-. Usted representa mi oficina.

– ¿Y?

Gabe señaló la ensalada, y ella volvió a clavar el tenedor.

– Y parece un cadáver. Si no engorda un poco, los clientes van a pensar que no le pago lo suficiente.

– No me paga lo suficiente -dijo Nell con la boca llena de ensalada-. Y yo me veo bien.

– Se ve para el diablo -dijo Gabe-. Cállese y coma mientras le explico las tres reglas.

– Conozco las tres reglas -dijo Nell, y Gabe volvió a señalar la ensalada. Ella pensó en discutir, decidió que sería más rápido limitarse a comer, y una vez más clavó el tenedor en la ensalada.

– La razón por la que no hablamos fuera de la oficina es que la gente viene a nosotros con información que es confidencial y que quieren que siga siéndolo.

Nell tragó.

– Eso lo sé.

– Cuando le contó lo del perro a Suze, violó esa confidencialidad. Sus amigas no pertenecen a la oficina. Si no puedo confiar en que no les cuente nada, no puedo confiar en usted.

Nell masticó más lentamente.

– Tiene razón. Lo lamento.

– Siempre tengo razón. -Esperó hasta que ella puso más ensalada en el tenedor y le dijo-: Violar la ley es casi igual de malo. Tenemos una buena relación con la policía porque saben que somos honestos. No quiero que esa relación se arruine porque usted cree que está por encima de la ley.

Nell tragó la ensalada.

– No creo que estoy por encima de la ley. Lamento lo de la oficina, y no volveré a hacerlo.

– También robó un perro. Y sigue pensando que eso estuvo bien.

– Usted no me hizo devolverlo.

– Cállese y coma -dijo Gabe, y entonces, antes de que Nell pudiera sentirse orgullosa, agregó-: Lo que nos lleva al tema de joder con los empleados.

Nell se deslizó un poco en la silla y comió más ensalada.

– No me importa que esté acostándose con Riley, ése es asunto suyo -dijo Gabe, sonando furioso.

– No estoy acostándome con Riley -dijo Nell rápidamente, sintiéndose más culpable que nunca-. Ya no. Fue una cuestión momentánea. Una noche. En serio. -Le sonrió, tratando de verse inocente, y entonces tomó la jarra de cerveza y bebió. Este no era uno de los mejores almuerzos de su vida. La cerveza estaba bien: fuerte y fría, y volvió a beber, sintiendo que el alcohol le aflojaba un poco los huesos.

Gabe hizo una seña para llamar a la camarera.

– Y fue mi culpa, no de él -dijo Nell, lamiéndose la espuma de los labios-. Yo estaba patética y él sintió pena por mí.

La camarera se acercó y Gabe le dijo:

– Necesitamos otra cerveza.

– ¿Qué? -dijo Nell, y entonces miró que tenía la cerveza de él en la mano, semivacía-. Oh, lo siento. -Trató de devolverle la jarra.

– Consérvela -dijo Gabe-. Tiene calorías. Y no fue porque usted estaba patética. A Riley no le interesan las mosquitas muertas.

– Yo no dije «mosquita muerta».

– Coma -replicó Gabe, y Nell siguió recogiendo ensalada con el tenedor.

Después de que la camarera trajera la segunda cerveza y se marchara, agregó:

– Esas tres reglas existen por experiencia, Nell.

Ella lo miró, sorprendida. Él jamás la había llamado Nell.

– Eran las reglas de mi papá, pero él las puso por una buena razón -dijo Gabe-. Son…

– ¿Cuál era la razón para la regla de evitar el sexo? -dijo Nell, con la esperanza de distraerlo.

– Él se casó con su secretaria. Las reglas…

– ¿Su madre era secretaria de su padre? -Nell dejó de masticar-. Espere un momento: ¿Chloe no era secretaria de usted?

– Las reglas… -dijo Gabe, y Nell agitó el tenedor frente a él y dijo:

– Ya lo entendí. Jamás volveré a violar ninguna de ellas. Lo juro. -Como él se veía escéptico, ella dijo-: No, en serio: sí que entiendo. Me gusta este trabajo y quiero conservarlo. Si vuelve a suceder algo como lo de la perra, hablaré del tema con usted y después insistiré e insistiré hasta que usted haga algo al respecto.

– Oh, sí, eso será mejor -dijo Gabe, pero levantó la cerveza, así que era probable que el reto se hubiera acabado-. Coma -dijo, y Nell clavó un pedazo de pollo y lo comió, sorprendida consigo misma.

Habían pasado años desde la última vez que alguien le había dicho que hiciera algo, le había gritado acerca de algo. Tal vez jamás había sucedido. Ella y Tim habían establecido un estilo de vida en el que ella manejaba todo y él avanzaba por inercia. Y luego un día él había encontrado a otra persona, alguien que no quería manejarle la vida, de manera que él pudiera tener la ilusión de estar en control. Sólo que ahora, según los informes, Whitney estaba manejándole la vida. Lo que debía de significar que Tim quería que una mujer lo mandoneara, pero no quería admitir que quería que una mujer lo mandoneara. Quería ser como Gabe sin las responsabilidades.

Su tenedor golpeó contra el fondo del recipiente y ella bajó la mirada. La ensalada había desaparecido.

– Bien. -Gabe le acercó el plato de papas fritas-. Comience con eso. Y diga algo. Cuando usted no habla, está pensando, y cuando usted piensa, mi vida se va al demonio. Coma y cuénteme qué pasó con Lynnie.

Nell respiró profundo.

– Bueno, fui al departamento de ella y le dije que íbamos a llamar a la policía si no me devolvía el dinero. Y luego hablamos.

– ¿Qué dijo ella?

Nell cerró los ojos y se trasladó mentalmente a la sala de estar de Lynnie.

– Dijo que había estado enferma. -Recitó la conversación lo mejor que pudo recordar, omitiendo la parte en que Lynnie la había acusado de estar enamorada de Gabe. Cuando terminó y abrió los ojos, él estaba mirándola pensativo.

– ¿Cuánto inventó de todo eso?

– Nada -dijo Nell, escandalizada-. Puedo haber olvidado algo, pero todo lo que le dije sucedió.

– Buena memoria. Yo soy «lo haces a mi manera o te marchas», ¿eh?

– Oh, sí -contestó Nell y tomó una papa frita.

– Está bien. -Gabe también tomó una papa frita. -¿Qué no está contándome?

Nell pensó en decir «Nada», y después decidió que mentirle a Gabe McKenna no era una buena idea.

– Se puso personal. No quiero hablar de eso.

– Podría haber algo que me sirviera.

– No.

Gabe mojó una papa frita en ketchup y se la pasó.

– Coma.

– Prefiero vinagre -dijo. Él hizo un gesto a la camarera y pidió vinagre y la cuenta, y después regresó a su propio almuerzo, sumido en sus pensamientos. Nell se relajó, y cuando llegó el vinagre, lo roció sobre la segunda porción de papas fritas, inhalando el aroma dulce y picante. La gloria.

– Entonces ella estaba presionando a alguien-dijo Gabe-. ¿Supongo que no oyó ningún nombre?

– Oí exactamente lo que le dije -dijo Nell, y él asintió y terminó su sándwich.

Cuando la camarera trajo la cuenta, Gabe la miró un minuto antes de poner unos billetes sobre la bandeja. Cuando ella se fue, él dijo:

– ¿Cuán en serio se toma usted este trabajo?

Nell dejó de masticar. Otra vez la atacaba. Eso no podría ser bueno.

– Bueno…

¿Cuán en serio se lo tomaba? Le gustaba Riley, y Gabe le resultaba cada vez más interesante. Se había sentido bien al rescatar a Pastelillo de Azúcar, y también cuando consiguió el dinero, aunque Lynnie le había caído bien. Incluso esa noche en que hizo de señuelo le resultó algo importante descubrir que Ben engañaba a su mujer; eso ayudaría a que su esposa se librara de él. La gente debería saber cuando le mentían, estaba mal que no lo supieran. Una no podía arreglar su vida si no sabía cuál era el problema que tenía.

– Muy en serio -respondió.

– Usted ha demostrado ser un gran riesgo -dijo él, sin acusarla.

– Lo sé -dijo Nell-. He tenido una semana difícil, pero también fue educativa. Ahora voy a estar bien.

– ¿Qué ocurrió? -Gabe tomó una de las papas fritas y dio un respingo cuando la mordió.

– Vinagre -dijo Nell.

– ¿Qué pasó esta semana? Pruébeme que no es una demente.

Nell tragó.

– Está bien. -¿Por dónde empezar?-. Estoy divorciada desde hace un tiempo. Más de un año.

Gabe asintió.

– Fue difícil. Mi matrimonio y mi trabajo eran prácticamente lo mismo, así que perdí todo junto. Me lo pasaba pensando que estaba bien, pero no era así. Quiero decir, él simplemente me dejó, la tarde del día de Navidad, sólo se detuvo allí, en el medio de todos los envoltorios de los regalos, y dijo: «Lo siento, ya no te amo», y me dejó que limpiara el resto. No tenía sentido. Yo no podía hacer que el mundo tuviera sentido si eso ocurría.

Gabe volvió a asentir.

– ¿Por qué hace eso? -dijo Nell-. Asentir sin decir nada. Esos silencios son terribles.

– Si yo digo algo, usted se calla -dijo Gabe.

– Qué tramposo.

– ¿Qué sucedió?

– Bueno -dijo Nell-. Traté de lidiar con la situación y de ser comprensiva y deducir lo que había sucedido para que tuviera sentido, y entonces él conoció a Whitney y se casó con ella y la ubicó en mi antiguo puesto, y yo terminé quedándome dormida todo el tiempo. Y entonces Suze y Margie averiguaron que él…

Dejó en la mesa la papa frita que tenía en la mano cuando recordó la forma en que el mundo se había sacudido ese día. Habían pasado apenas cuarenta y ocho horas. Toda una vida.

– Que había habido otra mujer después de todo -dijo Gabe-. ¿Era Whitney desde el principio?

Nell se enderezó.

– ¿Cómo lo supo?

– Una suposición afortunada. ¿Cuándo se lo dijeron?

– El miércoles -dijo Nell.

Gabe asintió.

– Lo que explicaría que haya subido a la habitación del tipo del señuelo y que se haya acostado con Riley y que haya destrozado la oficina de su ex. No estoy seguro de cómo llegó a hacer lo del perro y Lynnie…

– La gente se lo pasaba haciendo cosas desagradables y saliéndose con la suya -dijo Nell-. Estaba furiosa.

– No puede volver a hacer eso -dijo Gabe.

– Lo sé -respondió Nell.

– Como parte de esta empresa, sus acciones se reflejan sobre todos nosotros.

– ¿Soy parte de la empresa?

– Eso depende.

Él la miró a los ojos, y ella le devolvió la mirada, tratando de verse estable y confiable. Quiero ser parte de esto, pensó. Déjame entrar.

– Tengo una misión para usted -dijo Gabe-. Usted es trabajadora y eficiente y endemoniadamente inteligente, y no quiero despedirla. Pero tiene que prometerme que va a mantener la boca cerrada y no va a vengar ningún entuerto que vea. ¿Puede hacerlo?

Nell asintió.

– Esta misión en particular tiene que ver con alguien que usted conoce -dijo Gabe-, lo que es la razón por la que puede ser útil.

– ¿Tengo que traicionar a alguien? -dijo Nell-. Porque no lo haré.

Gabe se encogió de hombros y recogió otra papa frita.

– Depende de lo que usted entienda por «traicionar». Quiero respuestas a algunas preguntas. No creo que la persona a las que usted va a preguntárselas sea culpable.

Nell tragó saliva.

– Puedo prometer no decir nada a nadie sobre cualquier cosa que usted me diga. No puedo prometer nada más hasta que me explique de qué se trata.

– Es justo -dijo Gabe-. Alguien está chantajeando a gente de O & D. A Trevor Ogilvie, Jack Dysart y Budge Jenkins.

– Oh. -Nell se sintió aliviada. No le importaba qué sucedería con ninguno de ellos. Tomó otra papa frita-. ¿Cree que es Lynnie?

– Es una suposición.

– ¿De qué los acusa?

– A Budge de estafa.

Nell se rió en voz alta.

– ¿A Budge? No lo conoce para nada.

– ¿En serio? -dijo Gabe-. ¿Usted de qué lo acusaría? ¿Si quisiera asustarlo?

Nell se echó hacia atrás y miró el techo mientras reflexionaba. Nada molestaba a Budge, excepto…

– Algo que alejara a Margie de su lado -dijo-. Él venera la alfombra por la que ella camina; ha sido así durante años.

– ¿Qué podría causar eso?

– Si él rompiera algunas de las cerámicas Franciscan Desert Rose de ella -dijo Neil, bromeando sólo a medias-. Margie es bastante tranquila. Aguantó a Stewart durante quince años, y yo le habría matado en la luna de miel.

– Stewart -dijo Gabe.

– Stewart Dysart -explicó Nell-. El hermano de Jack y Tim. Jack es el mayor y el más exitoso, y Tim es el menor y el dulce al que todos adoran, y Stewart hubiera sido simplemente patético en el medio si no fuera porque es tan desagradable.

Él la miró con el entrecejo fruncido.

– ¿Por qué ese nombre me es familiar? ¿Se divorciaron?

– No. Él desapareció con casi un millón de dólares de O & D hace siete años.

– Entiendo -dijo Gabe, asintiendo-. En O & D silenciaron el asunto. ¿Por qué no se divorciaron?

– Si ella se divorcia -dijo Nell-, terminará casándose con Budge, y no quiere casarse con Budge.

Gabe la miró con incredulidad.

– ¿No puede decir que no?

– No -respondió Nell-. Margie no puede decir que no. Pero puede decir: «Todavía no; estoy casada», entonces está a salvo. ¿De qué acusó la chantajista a Jack?

– De adulterio. A Trevor también.

– No lo creo -dijo Nell-. Jack está loco por Suze. Casi patológicamente. Y el padre de Margie engañó una vez, pero eso fue hace veinte años, entonces no me parece que sirva. Además, eso terminó tan mal, hubo un escándalo tan grande cuando la madre de ella se suicidó, que no creo que él lo hiciera de nuevo.

Gabe asintió.

– Necesito que le haga a Margie algunas preguntas sobre su madre.

– Oh. -El buen humor de Nell desapareció-. No.

– Alguien tiene que hacerlo -dijo Nell, con el mismo aspecto que tenía el primer día en que ella lo había visto, oscuro y fuerte-. No conviene que sea yo.

– No me amenace -dijo Nell-. Y no la amenace a ella. Ni siquiera sé de qué se trata todo esto, y usted quiere que vaya y le haga preguntas horribles.

– Ya le conté de qué se trata todo esto -dijo Gabe con una paciencia exagerada-. Chantaje.

– ¿Qué tiene que ver la madre de Margie, que murió hace veinte años, con el hecho que estén chantajeando al padre de Margie ahora?

– Tendrá que confiar en mí respecto de eso.

– No, no lo haré -dijo Nell-. Mire, si tengo que prometerle que voy a interrogar a Margie o caso contrario usted me despedirá, estoy despedida.

Gabe suspiró y se puso de pie.

– Vamos. Es hora de volver a trabajar.

Nell también se puso de pie, y miró hacia abajo para llevarse una última papa frita para el camino.

No quedaba ninguna. Se había comido una ensalada enorme y dos porciones de papas fritas.

– ¿Está lista? -dijo Gabe.

– ¿Estoy despedida?

– No -dijo Gabe.

– Estoy lista -respondió Nell.

Capítulo 8

– ¿Sigues empleada? -le dijo Riley a Nell cuando regresaron a la oficina.

– Por supuesto -dijo Nell-. ¿Cómo está Pastelillo de Azúcar?

Ante el sonido de su nombre, la perra salió arrastrándose de la oficina de Riley, temblando y cojeando, como si fuera un estuche envuelto en cachemira.

– ¿Qué le hiciste? -preguntó Nell, alterada.

– Absolutamente nada -dijo Riley-. La dejé sola para ir a vigilar a Lynnie, y cuando regresé hacía esto. No le presté atención y cambió de actitud. Lo hace para lograr efecto.

– No es cierto. Ha sido maltratada. -Nell se agachó para tomar a Pastelillo de Azúcar entre los brazos, pero la perra gimió y rodó sobre la alfombra oriental, con sus patas pequeñas y regordetas apuntando hacia un costado, patética con sus puños blancos-. ¿Pastelillo de Azúcar? ¿Qué te pasa?

– Si esta perra fuera humana, estaría saltando adelante de los ómnibus, pidiendo que la atropellaran. -Riley la miró-. No me voy a hacer el bobo contigo, cariño, pero la pelirroja sí. Sácale todas las galletitas que puedas.

– Ese no es…

– Dale una galletita para perros -dijo Riley.

– ¿Galletita? -le dijo Nell a la perra, y Pastelillo de Azúcar giró la cabeza y la miró lastimosamente. Nell buscó en el escritorio y tomó una galletita-. Toma, bebé. Está bien.

Pastelillo de Azúcar la miró durante un largo y dramático momento. Después tomó la galletita cuidadosamente con la boca, le dirigió a Nell una última mirada anhelante, giró y la devoró con un deleite salvaje.

– Se robó un perro que no había sido maltratado -dijo Gabe.

– Él la llamó perra -dijo Nell desde el piso, indignada.

– Bueno, técnicamente, eso es lo que es -dijo Riley.

– Y tenía un aspecto lamentable. -Nell miró a Pastelillo de Azúcar, que estaba lamiendo la alfombra en busca de los últimos pedacitos de galletita-. Estaba traumatizada.

Pastelillo de Azúcar levantó la cabeza y los miró a todos, luego la dejó caer entre los hombros, y gimió.

– ¿Ahora qué? -dijo Gabe, y la perra le hizo una caída de ojos, temblando a sus pies.

– Marlene Dietrich hacía eso con las pestañas en las películas, justo antes de desvalijar a un hombre -dijo Riley-. Lo único que necesita esta perra es un cinturón y un sombrero.

– La engañaron, niña -le dijo Gabe a Nell-. Es un riesgo laboral tener a esa perra por aquí. Devuélvala. -Bajó la vista para observar a Pastelillo de Azúcar y agregó-: Preferiblemente en medio de la noche.

– Eso sería una buena idea -intervino Riley-, salvo que la afeitó, la tiñó de negro y la vistió con Ralph Lauren. Ni su propia madre la reconocería.

– ¿La afeitó? -suspiró Gabe-. No me diga por qué. Sólo sáquela de aquí.

– Antes de que me olvide -le dijo Riley a Nell-. Llamó Suze Campbell. Le dije que la perra estaba bien. -Miró a Pastelillo de Azúcar-. Mentí, por supuesto.

– ¿Suze qué? -dijo Nell, sorprendida.

– Dysart -dijo Gabe, dirigiendo una mirada de exasperación a Riley, y luego entró en su oficina.

Pastelillo de Azúcar levantó la cabeza y lo miró con interés y en ese momento, cuando evidentemente se dio cuenta de que los ojos de los otros seguían sobre ella, volvió a derrumbarse.

– ¿Cómo conoces el apellido de soltera de Suze? -dijo Nell.

– Así que ahora Gabe te llama «niña», ¿verdad? -Riley la miró levantando las cejas-. ¿Qué hiciste? ¿Le pusiste droga en la cerveza?

– Hablamos -dijo Nell, proyectando la barbilla hacia adelante-. Él se dio cuenta de la sabiduría de mis actos.

– Te hizo prometer cambiar tus actos o te echaría -dijo Riley.

Nell bajó la barbilla.

– Eso también. ¿Entonces cómo conoces…?

– Bueno, yo, por mi parte, me alegro de que te quedes -dijo Riley y Nell le sonrió, sintiéndose mejor que en varios meses. En la alfombra, a los pies de ambos, sufriendo profundamente de falta de atención, Pastelillo de Azúcar gimió y le hizo una caída de ojos a Riley sobre su hocico largo y marrón.

– ¿Estás segura de que no ha sido maltratada? -preguntó Nell-. Actúa muy raro.

– Galletita -le dijo Riley a la perra, y la caída de ojos pasó a máxima velocidad. Él le dio una galletita y ella volvió a rodar para sostenerla entre las garras y la mordió hasta hacerla desaparecer-. Estoy seguro. -Recogió la caja de galletitas y agregó-: Vamos, Marlene. Vuelve a tu escondite por si alguien viene a buscarte, aunque sólo Dios sabe por qué alguien querría hacerlo.

– ¿Marlene? -dijo Nell.

– No pienso llamar Pastelillo de Azúcar a nada -dijo Riley-. Es obsceno.

La perra los miró sin parpadear un momento y después rodó hasta ponerse de pie, examinó la alfombra para asegurarse de no haberse olvidado ninguna miga, y entró trotando a la oficina de Riley, bajando un poco la velocidad sólo para hacerle otra caída de ojos antes de entrar.

– No puedo creerlo -dijo Nell.

– Causo ese efecto en muchas mujeres -dijo Riley.

– Un momento -dijo Nell-. ¿Cómo conoces…?

Pero Riley ya había cerrado la puerta.

– Bueno, eso es interesante -le dijo Nell a nadie en particular y volvió a trabajar.

Nell caminó hacia el almacén el día siguiente porque era sábado, y no quería hablar con Suze. Si se quedaba en el departamento, Suze pasaría, y no tenía permitido decirle nada, no podía decir «¿Cómo voy a hacerle preguntas a Margie sobre su mamá?»; ni siquiera podía decir: «¿Debería hacerle preguntas a Margie sobre su mamá?»

Examinó el problema desde todos los ángulos posibles mientras recorría los pasillos de Big Bear, recogiendo pimientos amarillos y espinaca fresca y papas Yukon Gold y tomates tan maduros que brillaban. Los colores eran asombrosos y agregó más cosas, fideos de verdura y ajo fileteado y cebollas rojas y blancas y amarillas. De pronto todo se veía bien, y ella estaba muerta de hambre.

Recién cuando llegó a la caja recordó que había ido caminando. Todos esos colores resultaron pesados, y a dos cuadras de la tienda tuvo que dejar las bolsas en el piso para sacar los dedos de las asas de plástico. Mientras se los masajeaba, miró a su alrededor. Como la mayoría de las calles del Barrio Alemán, estaba llena de árboles y casas con ladrillos a la vista y cercos de hierro forjado, pero ésta en particular se veía familiar. Cuando llegó a la esquina se dio cuenta de la razón: era la encrucijada del callejón en el que vivía Lynnie. Se acercó para ver si Lynnie estaba y vio la puerta de su dúplex totalmente abierta y una mujer desconocida en el angosto umbral.

Nell volvió a levantar las bolsas y fue a ver qué pasaba.

El departamento de Lynnie parecía vacío. Parte de los muebles seguían allí, pero estaban a punto de ser trasladados a una camioneta que decía mudanzas en toda la ciudad. Nell se hizo a un lado cuando un tipo sacó una silla, y después subió las escaleras rumbo a la mujer del umbral, sintiéndose extrañamente agraviada, como si una amiga se hubiera mudado sin avisarle.

– Hola -dijo y señaló la puerta abierta.

– Dos dormitorios, ochocientos por mes -dijo la mujer, y Nell se dio cuenta de que era la vecina del otro lado del dúplex-. ¿Quiere verlo?

– Sí -dijo Nell, planeando averiguar más sobre el paradero de Lynnie, y entró en el departamento detrás de la mujer, y puso las bolsas en el piso para descansar los dedos.

La encargada, Doris, vivía en la otra mitad del dúplex y no sabía nada sobre Lynnie excepto que había dejado una nota en su puerta la noche anterior diciendo que se iba y que Doris podía quedarse con el resto del alquiler del mes. Doris no estaba feliz con la idea de que Lynnie se hubiera ido de golpe, y le molestaba aún más que la compañía de mudanzas hubiera venido y le hubiera arruinado la posibilidad de dormir hasta tarde un sábado a la mañana, pero, como ella misma lo dijo, no era una persona melancólica.

– Soy de esas personas que hablan del vaso medio lleno -dijo, con el aspecto de alguien a quien se le acababa de morir la mejor amiga-. No puedo evitar mirar el lado bueno de las cosas.

Nell había asentido, sin escucharla ni una sola vez después de averiguar todo lo que sabía de Lynnie, porque el departamento comenzaba a atraerla. Era un dúplex común, abajo la sala de estar y la cocina y dos dormitorios arriba. Pero la sala era lo suficientemente grande como para que cupiera el juego de comedor de su abuela, y la cocina tenía puertas de vidrio en las alacenas, y los dormitorios eran verdaderos dormitorios con puertas, y el baño tenía azulejos blancos y negros de los cuarenta. Miró por la puerta trasera y vio un patio minúsculo con un cerco. A Marlene le encantaría.

Vio las bolsas de comida en el piso de la sala, más comida de que la que había consumido durante todo el mes anterior, y tuvo ganas de lavar las verduras en la vieja pileta de porcelana de la cocina y poner sus platos en los gabinetes vidriados, cortar tomates en la mesada y comer papas con vinagre en el minúsculo umbral mientras veía pasar el barrio. Sintió ganas de ver cosas y sentir el sabor de cosas y tocar cosas, y sintió ganas de hacerlo allí.

– Tengo un perro -dijo ella.

– Novecientos -dijo Doris-, siempre que apruebe las averiguaciones de solvencia.

– Ochocientos y le hago un cheque por los primeros tres meses ahora -dijo Nell-. No va a tener que poner un aviso por el departamento. Ni siquiera tendrá que limpiarlo.

– No sé -dijo Doris-. Un perro.

– Es una perra salchicha, se llama Marlene, y duerme mucho.

Media hora después, entró en su antiguo departamento y encontró a Marlene sentada al lado de la puerta, como si la hubieran encerrado durante días.

– Tenemos una casa nueva -le dijo a la perra-. Con patio cercado. Varias habitaciones para correr. Te va a encantar.

– Todavía no entiendo por qué quieres este lugar -dijo Suze el día siguiente, en el medio de las cajas de Nell.

– Porque lo elegí yo, no tú y Jack. -Nell recorrió el departamento con la mirada como si se tratase de un palacio-. Porque por fin estoy haciendo cosas por mi cuenta.

– Está bien -dijo Suze, sintiéndose poco apreciada.

– Oye, todavía adoro el sofá que me encontraste, y Marlene está absolutamente loca por tu mantilla de chenille -dijo Nell-. No puedo sacársela.

Suze miró a Marlene, que se recostaba lánguidamente sobre el sofá encima de una prenda de chenille color índigo que costaba cuatrocientos dólares.

– Es bueno saber eso.

– ¿Podríamos desempacar las porcelanas ahora por favor? -dijo Margie.

Jase entró de espaldas por la puerta de adelante cargando un extremo de la mesa para el comedor de Nell y cuando apareció el otro extremo, después de muchas discusiones y movimientos y gemidos, estaba sostenido por la chica que lo había acompañado en el camión de la mudanza. Él le había gritado a ella toda la tarde que tuviera cuidado al descargar las cajas o que se lastimaría, que lo esperara, que esperara un momento con cualquier cosa que fuera pesada, mientras ella se reía y levantaba todo sin siquiera transpirar, y Suze había pensado: ¿Alguna vez yo fui tan joven?

Y entonces recordó: ella había sido exactamente así de joven cuando se había casado.

Dios mío, pensó, viéndolos en ese momento discutir dónde poner la mesa. Son como cachorritos. Y así era yo.

– ¿Estás bien, tía Suze? -dijo Jase.

Suze asintió.

– No podría estar mejor.

– Sólo queda la ropa -dijo la rubia.

– Sí, correcto, Lu -dijo Jase-; como si mi madre no tuviera una tonelada. -La empujó suavemente por la puerta, riéndose de ella, y ella le hizo un gesto y le devolvió el empujón.

Margie recorrió el departamento con la mirada.

– ¿Vas a seguir durmiendo en el sofá ahora que tienes un dormitorio de verdad?

– No -dijo Nell-. Voy a comprar una cama de verdad.

El sofá es una cama de verdad, pensó Suze, pero dijo:

– Si quieres, puedo darte la cama de nuestro segundo cuarto de huéspedes. De todas maneras nunca tenemos segundos huéspedes.

– Maravilloso -dijo Nell y fue a decirle a Jase que tenía otro trabajo que hacer.

– Además también te puse algunas de mis ropas en el camión -dijo Suze cuando regresó, pero Nell no la oyó; estaba camino a la cocina para abrir los antiguos gabinetes vidriados y tocar los vidrios como si fueran algo maravilloso. Suze salió rumbo al camión para ayudar con las últimas cajas. Puso un pie en el escalón de la parte trasera y en ese momento levantó la mirada.

Jase estaba besando a Lu en la caja del camión, las manos firmes sobre el trasero de ella. No era el beso de un niño, y Suze se quedó sin aliento. Jase no debía ser lo suficientemente adulto como para besar a nadie así, pero lo era. Era tres años mayor de lo que había sido ella cuando se casó.

– ¿Qué pasó con mi ropa? -gritó Nell desde el umbral, y Suze le contestó a alto volumen:

– Yo la traigo. -Y dio un golpe en el costado del camión y después apartó los ojos hasta que se subió.

Jase le pasó una caja a Lu y dijo:

– Trabaja si quieres que me quede contigo. -Y ella respondió:

– Te quedarías conmigo en cualquier caso. -Le dedicó una sonrisa a Suze cuando bajó del camión con la caja, tan segura de sí misma y feliz y joven que Suze sintió la envidia en los huesos.

Cuando Jase y Lu se marcharon llevándose el camión vacío para ir a buscar la segunda cama de huéspedes de Suze, ésta entró en el departamento y encontró a Nell y a Margie desempacando las porcelanas. Nell le pasó una pieza envuelta en papel de burbuja, y Suze la desenvolvió cuidadosamente, tratando de no deprimirse por Jase y Lu. Debería sentirse feliz por ellos. Era una persona horrible.

Cuando sacó el último envoltorio y miró la tetera que tenía en las manos, Suze quedó tan alarmada que se olvidó de su desazón. Era redonda en los bordes y plana a ambos lados, y tenía un paisaje pintado, una escena inquietante con un extraño árbol con forma de burbuja y dos tristes casitas, de cuyas puntiagudas chimeneas salía un humo que se arremolinaba lúgubremente. La parte de abajo de la tetera era azul, un pequeño arroyo entre dos colinas altas, que separaban para siempre las casas del árbol.

– Pensé que tus cosas tenían flores -dijo Suze-. Nunca había visto esto antes.

– Estaba en el estante de arriba -dijo Nell-. Jamás la usé.

– Flores de azafrán -dijo Margie, frunciendo el entrecejo-. Era eso. -Miró las tres cajas que decían «porcelana» y dijo-: Esto no puede ser todo.

– Es mi parte -dijo Nell-. Tim se quedó con el resto después del divorcio.

– ¿Qué? -Margie abrió grandes los ojos. -¿Se llevó tus porcelanas?

– No son más que platos -dijo Suze.

– Son sus porcelanas -insistió Margie, y Suze recordó las diez mil millones de piezas de cerámica Franciscan Desert Rose que Margie tenía y dijo:

– Claro. Sus porcelanas.

– Y él se quedó con más de la mitad -dijo Margie-. Tú tenías estantes llenos.

Suze dirigió la mirada a la tetera que tenía en las manos.

– ¿Qué es todo esto, de todas formas? Yo sólo recuerdo las flores.

– Es toda porcelana inglesa art decó -dijo Nell.

– ¿Art decó? -dijo Margie.

– De las décadas del 20 y del 30 -dijo Suze, todavía fascinada por la tetera-. Muy geométrica, colores fuertes, diseños estilizados. -La miraron como si hubiera dicho algo extraño, y ella explicó-: Historia del Arte 2. Conozco las partes introductorias de todo.

Nell asintió.

– Es de la familia de mi mamá, de Inglaterra. Esa tetera es Clarice Cliff, mi segundo modelo favorito. Se llama Secretos.

– No entiendo por qué Tim se quedó con mucho más -dijo Margie.

– Las cosas que a mí me gustaban eran las caras -dijo Nell-. Como el juego de té Secretos. Tiene treinta y cuatro piezas y fue tasado en siete mil dólares.

– Oh, Dios mío -dijo Margie, examinando más atentamente la tetera que Suze aferraba.

Suze se la pasó a Nell.

– Tómala, por favor.

Nell la recogió y la puso en el espacio para las porcelanas.

– ¿Y tú te quedaste con las porcelanas de tu madre, Margie? -preguntó, y Suze la miró con dureza. Catorce años antes Nell había sido la que le había dicho que las preguntas sobre la madre de Margie estaban prohibidas.

– No -dijo Margie-. ¿Qué es esto? -Tenía en las manos la tetera que acababa de desempacar, una jarra redonda color durazno con lunas crecientes grabadas.

– Susie Cooper -dijo Nell-. Para nada tan cara. Es parte de su línea europea. Ella tenía su propio taller de alfarería a fines de los 20 y seguía diseñando en la década del 80.

– Duró bastante. -Margie hizo un gesto de aprobación al recipiente Cooper que tenía en las manos.

– Sus piezas tenían los mejores diseños -dijo Nell-. Incluso tenía sus propios talleres de alfarería. Pero Clarice hacía cosas hermosas. -Nell desenvolvió otro recipiente-. Este es Stroud, mi diseño favorito. Sólo la banda verde en el exterior y el adorno en el fondo.

El recipiente era color crema con una ancha banda verde dividida en dos partes iguales en la esquina inferior izquierda por un pequeño cuadrado con un paisaje en el interior: una nube suave, una casa de techo anaranjado, un árbol verde y regordete, y dos colinas curvas; un mundo minúsculo y perfecto.

Un mundo minúsculo y perfecto. Así era Nell, arreglando todo en su vida y después manteniéndolo. Si pudiera, se aseguraría de que las nubes del cielo se vieran exactamente así. Ordenadas y confortables. Suze volvió a mirar el recipiente para la crema.

– Y éste se llama Secretos.

Nell se acomodó y asintió nuevamente.

– Era el favorito de mi mamá. -Miró a Margie un momento y después prosiguió-: Creo que es autobiográfico. Según los rumores, Clarice tenía un romance con su jefe, el dueño de los talleres de porcelana.

Margie se enderezó en el asiento, lanzando un pequeño gemido.

– Eso es terrible. Debe de haber sido una mujer horrible, que se roba el marido de otra.

Suze trató de no mosquearse. Incluso después de catorce años, seguía siendo un tema delicado.

– Eso es lo peor que una mujer puede hacer -dijo Margie, visiblemente disgustada-. Es imperdonable.

– Margie -dijo Nell-. Ten piedad.

Margie levantó la mirada.

– Oh, no tú, Suze. -Frunció el entrecejo mirando la jarra para crema de Suze, y ésta se la pasó a Nell-. Pero esa mujer de los Secretos, bueno, en serio. Se enganchó a su jefe casado. -Miró el plato Susie Cooper y dijo-: Dime que Susie no era así.

– Susie fue leal y práctica hasta el fin -respondió Nell-. Casada y con un hijo.

– Bien. Una buena esposa. -Margie le pasó el recipiente a Nell y comenzó a desempacar más.

Suze pensó: además era dueña de su propia compañía, y comenzó a sentir un intenso desagrado por Susie. Desenvolvió una azucarera Secretos, con cuidado de no rayar el árbol con forma de burbuja o el calmo mar azul de la parte inferior. Pobre Clarice. Amó a un hombre casado, trabajaba todo el día para él, sabiendo que no podrían estar juntos, probablemente rechazada por todas las buenas esposas que tenía alrededor, sin poder empezar jamás su propia compañía porque debía quedarse con el hombre que amaba.

– ¿Qué pasó con Clarice? -dijo, mirando con gran pesar las dos casas solitarias.

– Cuando ella tenía alrededor de cuarenta años, la esposa de su jefe se murió y él se casó con ella y vivieron felices para siempre.

A los cuarenta. Si ése hubiera sido su caso, ella tendría que haber esperado otros diez años por Jack. ¿Lo habría hecho? ¿Volvería a hacer todo de vuelta? ¿En qué clase de persona se habría convertido si no se hubiese casado? No pienses en eso.

– Bueno, bien por Clarice -dijo Suze y le pasó la azucarera a Nell.

– Espera, tengo estatuitas de ellas.

Comenzó a sacar piezas envueltas de la caja y las puso en el suelo hasta que encontró lo que estaba buscando, y le pasó un paquete envuelto en papel de burbuja a cada una de sus amigas.

– ¿Quién es ésta? -dijo Suze, sacando el envoltorio de la suya, y Nell la miró y dijo:

– Susie Cooper.

Susie estaba sentada sobre una construcción de arcilla que tenía un plato floreado detrás, con el aspecto de una estilizada Mary Poppins en un conservador traje color malva, las rodillas recatadamente juntas, con un sombrero de ala ancha en la cabeza.

– Bonita -dijo Margie, desenvolviendo el de ella con más lentitud.

Práctica, pensó Suze, con un desagrado definitivo.

– Oh -dijo Margie.

La estatuita de Margie estaba ubicada sobre una plataforma de arcilla que tenía detrás un plato con un paisaje; sus tobillos estaban cruzados y su corto vestido verde con escote en V dejaba ver sus rodillas. Miraba por encima del hombro con la espalda arqueada y un brillo en los ojos.

Suze sonrió:

– Clarice.

– No la quiero. Déjame ver a Susie -le dijo Margie a Suze, y ésta aceptó el intercambio, sonriéndole a la descocada Clarice, la chica que quería pasarlo bien con su alfarería poco práctica y el amante casado. Tal vez debería haber seguido siendo una amante, pensó. Tal vez no estaba hecha para ser la Suze casada en que se había convertido, tal vez había nacido para ser como Clarice, tratando de pasarlo bien.

Por supuesto que ahora era demasiado tarde. Le entregó la estatuita de Clarice a Nell y vio cómo la guardaba.

– A todas les fue verdaderamente bien -dijo Nell, acomodando a Clarice en el estante-. Todas tenían un trabajo que adoraban y se destacaron en él.

– Trabajo -dijo Suze y sintió una abrumadora envidia por Susie y Clarice y la alfarería, y Margie y su casa de té, e incluso por Nell y su trabajo de secretaria. Tal vez podría tomar clases de alfarería. O ir a una escuela de cocina. A Jack le gustaría.

Salvo que estaba cansada de estudiar.

Desenvolvió más Secretos, tratando de no pensar de qué otra cosa estaba cansada. Tenía una buena vida. Todo estaba bien.

– ¿Qué pasa? -dijo Nell, y Suze se volvió para decirle que estaba bien y la vio mirando a Margie.

El plato en la mano de Margie tenía una rosa pintada en el medio. Era bonita, pero Margie la miraba como si tuviera calaveras.

– ¿Margie? -dijo Suze.

– Mi mamá tenía porcelanas como ésta -dijo-. No este modelo, pero con rosas.

Su mamá. Suze miró a Nell, que parecía angustiada. Esto es lo que intentabas hacer antes, pensó; tratabas de hacer que Margie hablara de su madre; y por primera vez en la vida, se enojó con Nell.

– ¿Quieres el plato? -dijo Nell-. No es parte de un juego. Se llama Patricia Rose. Es uno de los de Susie. -Siguió hablando, los ojos enfocados en la cara de Margie, pero la expresión de ésta no cambió, y por fin dijo-: ¿Qué pasa, Margie?

– Ella los rompió -dijo Margie por fin-. Eran las porcelanas de mi abuela Ogilvie, verdaderamente caras, y ella las había guardado durante años y sólo las usaba para las fiestas y entonces mi papá le dijo que era aburrida y se fue, y ella estaba allí con todas esas porcelanas.

– ¿Margie? -dijo Suze, estirando la mano.

– Y un día llegué a casa para asegurarme de que ella estuviera bien porque había quedado tan callada desde que papá se había ido. Y cuando llegué, ella estaba vestida con sus mejores prendas, con sus joyas, rompiendo los platos con un martillo.

– Yo me siento de esa manera respecto del Legado Dysart -dijo Suze, tratando de disminuir la tensión-. Me gustaría darles un mazazo a esas cosas.

– Me asusté, y papá llamó y le dije que tenía que venir de inmediato, y él discutió conmigo, me dijo que tenía que llevar a mamá al hospital, y mientras estaba hablando con él, ella fue al garaje y se pegó un tiro -dijo Margie, mirando el plato fijamente.

Suze sintió frío.

– Oh, cariño -dijo y rodeó a Margie con sus brazos, abrazando su suave cuerpecito, y, con suavidad, Nell tomó el plato de las manos de Margie y dijo:

– Lo siento tanto, Margie. En serio.

– Le di las porcelanas a la nueva esposa de mi papá -dijo Margie, su voz amortiguada por el hombro de Suze-. En realidad las odiaba, pero tuvo que quedárselas porque a mi padre le pareció un buen gesto de mi parte, como una forma de darle la bienvenida a la familia. Yo sentía ganas de vomitar cada vez que las veía. -Inspiró profundamente-. Sólo espero que Olivia las herede, eso espero.

Suze endureció los brazos alrededor de ella.

– Margie… -comenzó a decir Nell.

– Estaba tan asustada por ti -le dijo Margie desde los brazos de Suze-. Tenía el mismo aspecto que tú, como que no podía entender qué había pasado. Y además tú no querías desempacar tus porcelanas…

– Están casi todas desempacadas -dijo Nell para calmarla-. Yo haré el resto, no, nosotras haremos el resto más tarde. Lo haremos juntas y no se va a romper nada. Estoy bien, Margie. No lo estaba, pero ahora estoy bien. No creerías toda la comida que tengo en la heladera, y la como, por Dios, no puedo parar de comer, todo tiene un gusto tan rico.

Margie inhaló, y Suze dijo:

– Bueno, detente, porque yo he limpiado mis armarios y te traje toda clase de ropa que a mí ya no me entra. El azul fuerte va a quedarte maravilloso.

Margie se enderezó un poco.

– ¿Nell con azul fuerte? -dijo dudando, pero dejó la porcelana sin mirar atrás para ir al cuarto de arriba con Nell, y Suze tomó el plato Patricia Rose y lo escondió en el rincón más profundo del armario, lo más lejos de Margie que pudo.

Un poco más tarde, mientras Margie miraba con el entrecejo fruncido su propia imagen con un pulóver rosado en el espejo de Nell, Suze siguió a Nell hacia abajo para dejar entrar a Jase y Lu que traían la segunda cama para huéspedes.

– Puse el plato en el fondo del armario -dijo Suze-. Eso fue demasiado aterrador. Ella miró la rosa y se soltó.

– Más aterrador de lo que crees -dijo Nell-. ¿Alguna vez te preguntaste por qué Margie tiene tantas piezas de cerámica de precio moderado cuando podría comprar porcelanas de verdad?

– No -dijo Suze-. No pienso tanto en platos.

– Piénsalo ahora -dijo Nell-. Franciscan Desert Rose.

– Diez millones de piezas -dijo Suze, horrorizada-. Oh, Dios. ¿Deberíamos decirle algo a Margie?

– No, no deberíamos -dijo Nell-. En los últimos dieciocho meses me he vuelto una gran fanática de las estrategias de supervivencia. Dejémosla con su arcilla.

– Me encanta este pulóver -dijo Margie, bajando las escaleras con uno de los pulóveres rosados de Suze después de que Jase y Lu subieron con el marco de la cama-. Especialmente el color. ¿Qué vas a hacer con toda esta ropa? Tus armarios son pequeños.

– No lo sé -respondió Nell, claramente agradecida por el cambio de tema-. Tomaré las que quiero ahora mismo y guardaré el resto en un depósito, supongo.

– En mi sótano -dijo Margie-. Porque me encanta probarme estas cosas. Cuando estoy de traje, soy como tú; cuando estoy con estos pulóveres, soy como Suze.

Sonaba anhelante, así que Suze le dijo:

– Llévate también mis cosas. Después haremos una fiesta de pijamas en tu casa y por una noche intercambiaremos nuestras personalidades.

– Buena idea. Ahora, ¿quién quiere café? -dijo Nell, con voz exageradamente animada. Te sientes culpable, pensó Suze y la perdonó.

Alguien golpeó a la puerta, y Suze fue a atender mientras Margie decía:

– Sí, por favor. ¿Dónde está mi cartera? Tengo el termo allí.

Leche de soja, pensó Suze. Personalmente, me vendría bien un whisky. Después abrió la puerta y vio a Riley McKenna, más grande y más rubio de lo que ella recordaba, mirándola con la boca abierta sin poder creerlo, y pensó: Mejor uno doble.

– Es una broma -dijo él-. ¿Cómo diablos llegaste aquí?

– Vine en auto -dijo Suze-. ¿Cuál es tu problema?

– Una vieja amiga vivía aquí -dijo él-. Vine a ver si estaba.

– Si tu vieja amiga es Nell, está desempacando. -Suze retrocedió-. Pasa a saludar.

– ¿Nell alquiló esta casa? -Riley sacudió la cabeza mientras entraba-. Era otra la persona que vivía acá hace dos días.

– Bueno, la gente cambia -dijo Suze y cerró la puerta, observándolo mientras esquivaba las cajas de la sala de estar para llegar a Nell. Desde atrás parecía un Robert Mitchum rubio. Desde adelante, claro, era Babyface Nelson, pero se veía muy de cine negro de espaldas, ancho y fuerte y algo amenazador. No era alguien con quien una querría encontrarse en un callejón oscuro. Bueno, quizás.

Se sentó y habló y rió con ellas, coqueteando con Nell y haciendo ruborizar a Margie, y Suze casi sintió pena por Budge cuando vino a buscar a Margie. Budge trató con calidez a Suze, con cortesía a Riley y con frialdad a Nell, que había corrompido a Margie consiguiéndole un trabajo en The Cup, pero todo el tiempo sus ojos iban de Margie a Riley y otra vez a su mujer, como si supiera que Riley le llevaba más de quince centímetros de estatura y tenía diez años menos que él. «Tenemos que ir a casa», le dijo por fin a Margie, y cargaron las cajas de ropa extra en la camioneta de Budge. Después Margie se marchó, mirando anhelante por encima del hombro cuando Budge le sostuvo la puerta, como un paje en vez de un amante. Es un pelele, pensó Suze, temeroso de forzar el momento y su futuro porque sabía que Margie diría: «Eso no es lo que yo quiero para nada».

Esa noche, más tarde, cuando Suze regresó a su casa, le habló a un sospechoso Jack de la mudanza, de la completa limpieza que Nell pensaba darle a la casa antes de que se encontraran el martes para terminar de desempacar el resto de las cosas, de Margie y del plato, de Marlene con la mantilla de chenille, del maravilloso revuelto frito que Nell hizo y comió casi la mitad, pero no mencionó a Riley.

La cuestión era que a Jack no le gustaba tanto el cine negro como a ella.

Mientras Suze le daba a Jack una versión abreviada de la velada, Marlene descansaba a los pies de la segunda cama de huéspedes de Suze, envuelta en la mantilla de chenille de Nell, evidentemente recuperada de la mudanza.

– Mira todo el sitio que tienes para correr -dijo Nell, tratando de distraerse de la culpa que sentía por Margie. En ese momento se acordó de que Marlene no corría. Volvió a hundirse en las almohadas y observó a la perra que se estiraba y se cubría más profundamente con la mantilla. Nell se había acostumbrado a pensar en ella como si fuera una niña pequeña, manipuladora y mal educada, pero Marlene era un animal, con uñas y dientes, aunque estuviera cubierta por la mantilla de chenille, y en otros tiempos sus ancestros habían corrido libres. Tal vez debería llevarla al parque, pensó Nell, para que redescubra su lado salvaje.

Marlene se dio cuenta de que Nell la estaba observando y le hizo una caída de ojos.

Nell sacudió la cabeza. El único lugar en que cualquier ancestro de Marlene había corrido libremente era el Canyon Ranch.

Marlene echó la cabeza hacia atrás y gimió un poco.

– ¿Galletita? -dijo Nell inexpresivamente.

Marlene gimió con más fuerza.

Nell se levantó y se dirigió a la cocina, y se sobresaltó cuando oyó que golpeaban la puerta. Puso una galletita para Marlene en el bolsillo de su pijama y fue a mirar a través de la cortina de encaje que Suze había colocado en la ventana.

Gabe estaba allí, alto y oscuro en la noche, y ella sintió que un escalofrío le corría la espalda de sólo mirarlo.

Para ser un escalofrío, era bastante cálido.

No seas estúpida, Nell, se dijo y abrió la puerta:

– Hola. ¿Se perdió?

– Un regalo para inaugurar la casa -dijo él, entregándole una botella de Glenlivet-. Riley me dijo que usted había ocupado este lugar.

Ella se hizo a un lado para que él pudiera entrar, y recordó, tarde, que llevaba unos antiquísimos pijamas de franela que Jase le había regalado para navidad cuando él tenía diez años.

– Lindo pijama -dijo él-. ¿Lo tiene hace mucho?

– Supongo que quiere un trago de esto -dijo Nell y fue a buscar vasos.

– Lo que realmente quiero es que me diga que Lynnie dejó un montón de cosas -respondió Gabe, siguiéndola a la cocina-. Riley revisó la basura el viernes y no había nada que nos sirviera, y luego esta mañana descubrimos que se mudó. Creo que Dios me debe algo bueno en este caso.

Se detuvo cuando ella giró con los vasos en la mano.

– ¿Qué? -dijo ella, tratando de descifrar la forma en que la miraba.

Él sacudió la cabeza y tomó uno de los vasos; se veía atractivo en el medio de la cocina de ella, como si perteneciera allí. Tal vez se debía a que el dúplex tenía una atmósfera de época. Los gabinetes blancos eran de la década del 40, al igual que los cuadrados blancos y negros del piso, el mismo período que la oficina de Gabe con todos esos muebles de la Segunda Guerra Mundial. Incluso se parecía un poco a una estrella de cine de los cuarenta, pensó ella; tenía ese aspecto de William Powell, sólo que más alto y ancho y tenso y sin bigote.

– ¿Entonces no encontró nada cuando se mudó? -dijo Gabe, y Nell regresó al 2000.

– Todavía no revisé todo -respondió Nell-. Pero no había nada en ninguno de los cajones o alacenas que hemos abierto hasta ahora.

Gabe levantó el vaso.

– Salud.

Bebió un poco de whisky escocés y luego se recostó contra la mesada, sonriéndole, y después de un minuto ella dijo:

– Termínela; no voy a volver a caer en esa trampa.

– ¿Qué?

– Esos largos silencios que usted deja caer sobre las personas para que ellas las llenen y se incriminen a sí mismas.

Gabe le sonrió.

– ¿Algo en particular que quisiera confesar?

Ella pensó, Margie, y volvió a sentirse para el demonio.

– Suéltelo -dijo él.

– Estoy enojada con usted -dijo ella-. Hoy le hice preguntas a Margie sobre su mamá y fue horrible. No volveré a hacerlo. -Regresó a la sala de estar para sentarse en el sofá y beber whisky.

Él la siguió y tomó una silla para ponerse frente a ella.

– Cuéntemelo.

Nell le contó todo mientras él bebía el escocés, y cuando terminó, dijo:

– Me siento como el demonio. Debería haber visto la cara de Suze cuando le pregunté a Margie sobre los platos de su mamá.

– Helena estaba vestida con sus mejores galas y tenía sus joyas puestas -dijo Gabe.

Nell asintió.

– Entonces es cierto que se suicidó. -Gabe suspiró y se acomodó en la silla, y ella lo miró con irritación.

– Suena aliviado.

– Lo estoy. Temía que hubiera sido asesinada.

– ¿Asesinada? -dijo Nell-. ¿Qué está sucediendo?

– El título del auto tenía la fecha de dos semanas después de la muerte de la madre de Margie. Y no hay registros de ningún caso en el que mi padre estuviera trabajando para Trevor en esa época; además él le hubiera pasado una factura si todo estaba bien.

– Oh -dijo Nell.

Gabe asintió.

– Todavía no sabemos por qué Trevor le entregó el auto, pero por lo menos no fue por ayudarlo a ocultar un homicidio.

Nell reflexionó.

– Y usted piensa que todo esto está relacionado con el chantaje a O & D. Y con Lynnie.

– Es una posibilidad.

Nell suspiró.

– No me gustaría tener su trabajo. Con razón usted ha tenido esa actitud horrible toda la semana.

– Oiga -dijo Gabe-. Yo creo que me he mostrado muy abierto, considerando su prontuario.

– Me ha tratado como un bastardo -dijo Nell-. Pero tiene razón, me lo merecía.

– No, no es cierto. Usted tiene razón. He tenido una actitud horrible.

– ¿Entonces cómo es cuando no tiene una actitud horrible? -dijo Nell, acomodándose para dar sorbos a su trago.

– Bastante parecido -dijo Gabe-. Lo haces a mi manera o te marchas.

– Eso le molestó, ¿no? -Nell sacudió la cabeza, recordando-. Ella era algo especial. Sabe, en el Banco, cuando me ofreció ser su socia, casi quise aceptar. Era verdaderamente seductora. No dejaba de decirme que si trabajáramos juntas haríamos muchísimo daño.

– Me lo dijo -contestó Gabe-. Fue la parte que menos me gustó.

– La cuestión es que me caía bien -prosiguió Nell, recordando la energía aguda y vibrante de Lynnie-. Sabía que no era lo correcto, pero en verdad me cayó bien. Estaba tan llena de vida. No permitía que ningún tipo la deprimiera. Yo quería ser como ella.

– ¿Puedo decirle gracias en nombre del resto de mi género por no haberse sumado a ella? Eso sí que sería una pesadilla. -Bajó de un trago el resto de su whisky mientras ella lo miraba con el entrecejo fruncido.

– Oh, muchas gracias. ¿Podría por favor recordar que estoy de su lado? -Lo miró, dispuesta a la batalla, y se encontró con sus ojos.

No eran hostiles.

– No sólo lo recuerdo -dijo él-. Cuento con ello.

Después de un largo momento en el que ella trató de recordar de qué estaban hablando, él puso su vaso en el suelo y dijo:

– Se hizo tarde y yo estoy manteniéndola despierta.

Nell lo siguió hasta la puerta, y él se volvió cuando ella la abrió.

– Sólo una sugerencia: tal vez no sea conveniente que le abra la puerta a desconocidos en pijama.

– Sabía que era usted -dijo Nell-. Y esto tapa todo lo que tengo. Lo que no es mucho.

Gabe sacudió la cabeza y salió hacia la noche, y Nell cerró la puerta y subió al dormitorio para meterse en la cama con Marlene. La perra la miró con un dolor inimaginable en los ojos.

– Oh, cierto, te debo una galletita. -La sacó del bolsillo y se la mostró a la perra.

Los ojos de Marlene estaban semicerrados y parecía que estaba exhalando su último aliento.

– Lamento haber tardado tanto -dijo Nell, sin dejar de sostener la galletita-. Vino el jefe. Se veía muy atractivo, debo agregar. Y aquí estoy yo con mi pijama viejo. Se quejó. Tal vez debería comprarme uno nuevo. Más vistoso.

Los ojos semicerrados de Marlene ahora parecían más una expresión de desprecio que de agonía.

– Tienes razón-dijo Nell-. ¿Qué posibilidades hay de que él vuelva a pasar después de la hora de dormir? -Se estiró más para darle la galletita a la perra, y Marlene apartó la cara, superada por la situación.

– O la tomas o la pierdes -dijo Nell, y Marlene la tomó con suavidad y se acostó de espaldas, contemplando penosamente el espacio-. Mastica -dijo Nell, y Marlene cedió y volvió a girar y devoró la galletita. Después suspiró y se acomodó en la mantilla, y Nell se inclinó hacia adelante y dio palmadas en la cama al lado de ella-. Ven aquí, bebé.

Marlene extendió su larga nariz, consideró el lugar, y volvió a echarse donde estaba.

– Oh, gracias -dijo Nell, y acomodó la mantilla en la cama, a su lado.

Marlene suspiró y se puso de pie, arrastrando su largo cuerpo hacia la cama, y cayó sobre la mantilla de chenille contra el estómago de Nell.

– Ahí está -dijo Nell, rascándola detrás de la oreja mientras el animal se acomodaba a su lado-. ¿No es mejor así?

Marlene bostezó, pero no le hizo una caída de ojos, por lo que Nell consideró que era un gesto de asentimiento.

– Somos mujeres orgullosas e independientes, Marlene -dijo Nell, tratando de no pensar en Gabe, de pie y peligroso en la oscuridad-. No necesitamos a los hombres.

Marlene la miró con un desprecio infinito y después enterró su rostro en la mantilla y se durmió.

Capítulo 9

– Gracias -dijo Gabe a la mañana siguiente cuando Nell trajo un paquete. Estaba vestida con un pulóver azul fuerte y una falda corta azul marino, nada parecido a los recatados trajes grises que había usado desde que él la había contratado, y tampoco muy similar a los delgados pijamas de franela que llevaba puestos la noche anterior. Él jamás volvería a mirar un pijama de franela con ojos inocentes. Y ahora tenía que lidiar con esta nueva vestimenta: el pulóver azul hacía que su cabello se viera aún más brillante, y la falda corta dejaba ver gran parte de sus piernas, que eran magníficas.

– Un tipo acaba de dejar esto -dijo Nell, y él dejó de mirarle las piernas para tomar el paquete.

– Dile a Riley que llegó esto -replicó él mientras lo abría.

– ¿Qué es?

– El informe policial sobre el suicidio de Helena Ogilvie.

– Oh -dijo Nell y fue a buscar a Riley.

Una hora después, Gabe miró a Riley y dijo:

– No cierra.

Riley levantó las cejas.

– Se vistió elegantemente. Margie estaba hablando con Trevor por teléfono cuando se pegó un tiro. El arma había estado muchos años en la casa. Dejó una nota, por el amor de Dios.

Gabe sacudió la cabeza, deseando que se tratara de un suicidio pero más inseguro que nunca al respecto.

– No me gusta la coincidencia de que Trevor estuviera en el teléfono cuando ella jaló del gatillo. No me gusta ninguna coincidencia, pero ésta en particular huele mal.

– No necesariamente -dijo Riley-. Margie estaba diciéndole que Helena se estaba comportando de manera extraña. Él le dijo a Margie que la llevara a un hospital. Eso es lógico.

– Él hizo la llamada -dijo Gabe-, en el momento justo.

– Tal vez Helena los oyó hablando por teléfono y decidió que no quería ir a ningún hospital. Quizá dedujo que si Margie estaba hablando por teléfono, alguien la ayudaría apenas oyera el disparo.

Gabe tomó las fotos que estaban en el escritorio del lado de Riley. Costaba mirarlas, no por la sangre, que era mínima, sino porque Helena Ogilvie era tan patética, una mujer pequeña y regordeta vestida con un buen traje de seda que debería haber estado en una fiesta en un jardín o en una partida de bridge y no despatarrada y muerta en su garaje, con las manos cargadas de diamantes extendidas sobre un piso manchado de aceite.

– Creo que el policía que hizo este informe tampoco creyó que era un suicidio -dijo-. Mira estas fotos. Mira todas las entrevistas que realizó. Jack Dysart, por el amor de Dios. Estaba buscando algo.

– Y no lo encontró -dijo Riley-. Yo voto por el suicidio.

– Quiero una segunda opinión -dijo Gabe y llamó a Nell por el intercomunicador.

– No voy a preguntarle nada más a Margie -dijo ella cuando entró.

– Venga aquí-dijo Gabe-. Mire esto.

Nell dio la vuelta para ubicarse del otro lado del escritorio y miró por encima del hombro de Gabe y retrocedió un paso.

– Oh, no.

Se volvió, y él dijo:

– No sea tan infantil.

– No me tire esas cosas a la cara -dijo Nell-. Avíseme.

– Esta es Helena Ogilvie -dijo Gabe pacientemente.

– Lo suponía -dijo Nell-. El agujero en la cabeza la delató de inmediato.

– Escribió tres notas de suicidio, tiró dos en la papelera, se vistió con sus mejores ropas, bajó las escaleras, destrozó algunas porcelanas, habló con su hija, salió al garaje y se pegó un tiro -dijo Gabe-. ¿Cuál es el problema de esa historia?

– Yo jamás me suicidaría si Jase estuviera presente -dijo Nell de inmediato-. No se hace eso con los hijos.

– Hay gente que lo hace -repuso Riley-. Además, queda claro que estaba loca. Eso de las porcelanas.

– No, lo de las porcelanas lo entiendo -dijo Nell-. Eso no era loco. Lo de vestirse elegante suena loco.

– No -dijo Riley-. A los suicidas les gusta verse bien.

– ¿Eso es todo? -le dijo Gabe a Nell, sintiéndose defraudado-. ¿No se habría matado frente a Margie? ¿Eso es todo lo que tiene que decirme?

Nell lo miró con exasperación, lo que era comprensible.

– Mire, ni siquiera conocí a esta mujer. -Apartó las fotos-. Y no la voy a conocer por estas imágenes. Por lo que me dijeron, no era muy inteligente, pero era amable, y simplemente no pudo seguir adelante después de que Trevor la abandonó, y eso también lo puedo entender.

Volvió a mirar las fotos, claramente angustiada, y Gabe sintió una punzada de culpa.

– Está bien -dijo él-. Lo siento. Puede irse. -Sacudió la cabeza mirando a Riley-. Entonces Trevor no le dio el auto a papá para cubrir un homicidio. Deberíamos celebrar.

– Se nota que estás fascinado. -Riley se inclinó hacia adelante y recogió una de las fotos-. Está bien, si estás intranquilo, hagamos esto nuevamente. ¿Qué es lo que no suena bien de todo este desastre? No importa lo loco que parezca.

– ¿Que se haya matado en el garaje con un traje de seda? -dijo Gabe-. No puedo sacarme de la cabeza esas manchas de aceite en el piso del garaje. -Desplegó las fotos sobre el escritorio-. Podría haber ido arriba a encerrarse en el baño. ¿Por qué uno se suicidaría en un garaje?

– Tal vez no quería manchar el baño -dijo Nell, mirando sobresaltada las fotos-. Tal vez…

– Tiene que ser mejor que eso -le dijo Riley a Gabe-. Los suicidas hacen cosas extrañas. Por todos los diablos, estaba pegándose un tiro en la cabeza. ¿Qué le importaba si se le manchaba el traje?

– Es un lugar tan frío para matarse -dijo Gabe-. Y… -Se detuvo, consciente de que Nell estaba contemplando una de las fotos, un primer plano del orificio de entrada de la bala-. No mire esa. -Buscó entre las fotografías, tratando de encontrar una desde lejos, pero Nell levantó el primer plano.

– ¿Dónde están los aros? -dijo.

– ¿Qué? -Gabe le quitó la foto.

– No tiene aros. Si estaba engalanada, debería tener los aros puestos. -Nell tragó saliva-. Margie me dijo que su madre se había puesto las mejores joyas.

– Anillos de diamante -dijo Gabe-. Los tenía en ambas manos. -Revisó las fotos para encontrar las de las manos de Helena-. Tres anillos -dijo, mostrándoselas a Nell-. El de boda y el de compromiso en la mano izquierda, y este anillo circular con diamantes en la derecha.

Nell sacudió la cabeza.

– No es suficiente. Tendría los aros puestos. -Buscó entre las fotos hasta que halló una tomada de lejos-. Y apostaría a que debería de haber un collar, también, y quizás una pulsera o un broche. Ahí está, ¿ve? Tiene un prendedor circular con diamantes. Pero nada de aros. No se habría vestido elegante sin ponerse aros.

– Ese anillo es extraño -dijo Riley, y los dos lo miraron, y él señaló el anillo circular de la mano derecha de Helena-. Bueno, mírenlo. No es una disposición normal. Es un círculo plano con diamantes incrustados, y el anillo no se ve debajo del círculo. No es algo fácil de conseguir en cualquier joyería.

Gabe se inclinó hacia adelante para mirar la fotografía de la mano derecha de Helena, y Nell también se inclinó para verla, cálida contra el hombro de él. El anillo era demasiado pequeño para el dedo regordete de Helena, y la carne sobresalía a través del centro del círculo con diamantes incrustados.

– Es feo -dijo Nell-. ¿Para qué alguien diseñaría un anillo como ése? El prendedor circular, seguro, ¿pero un anillo?

– ¿Parte de un juego? -dijo Riley- ¿Que corresponde con el prendedor?

– Pregúntele a Margie -le dijo Gabe a Nell.

– No -respondió Nell-. Si ese anillo era parte de un juego, hay otras maneras de averiguarlo. No voy a molestarla otra vez.

Riley dijo:

– Tal vez se haya olvidado de los aros. -Pero ya no sonaba seguro.

– Tal vez. -Gabe abrió el cajón de su escritorio y sacó la guía telefónica-. Toma esa foto del anillo y ve a visitar a joyeros que estén en el negocio desde antes de 1978 -le dijo a Riley mientras hojeaba las páginas blancas-. Habla con el empleado más antiguo. Fíjate si alguien lo reconoce. -Pasó el dedo por la página y levantó el teléfono.

– ¿A quién llama? -preguntó Nell.

– A Robert Powell -dijo Gabe.

– ¿A quién? -preguntó Riley.

– El policía de ese caso -dijo Gabe, señalando la firma que estaba al pie del informe-. Creo que tengo que hablar con él.

Una hora después, mientras Nell todavía estaba intentando librarse del recuerdo de las imágenes, Lu pasó por la oficina.

– Está ahí dentro -dijo Nell-. No lo hagas enojar; tiene un mal día.

– No voy a hacerlo enojar -dijo Lu-. He decidido quedarme e ir a la universidad.

– ¿En serio? -Nell se echó hacia atrás en la silla-. Bueno, estamos todos agradecidos. ¿Qué te hizo cambiar de idea?

– En cierta forma, usted -dijo Lu, sonriéndole-. Gracias.

– ¿Yo?

Lu abrió la puerta y entró, y Nell la oyó decir «Buenas noticias, papá», antes de cerrar la puerta.

– Yo no hice nada -le dijo a la oficina vacía.

Había visto tres veces a Lu, y no le había dicho mucho de nada la segunda y tercera porque Jase…

– Oh, no. -Que no sea Jase. Saldrían, y luego Jase rompería con ella porque era lo que hacía siempre, y Lu quedaría destrozada porque qué muchacha no quedaría destrozada por perder a Jase, y Gabe…

Levantó el teléfono y disco el número del departamento de Jase y se encontró con el contestador automático.

– Habla tu madre -dijo-. Si estás saliendo con Lu McKenna, deja de hacerlo ahora mismo. No estoy bromeando. -Comenzó a colgar, y luego agregó-: Te amo. -Después colgó el tubo con un golpe.

Lu salió de la oficina, sonriendo. Le hizo un gesto a Nell y musitó:

– Está muy feliz. Pídale algo.

– Dime que esto no es por Jase -dijo Nell, también con un susurro.

La sonrisa de Lu se amplió.

– No necesito ir a Europa. Tengo toda la emoción que necesito aquí mismo. En serio, usted hizo un trabajo excelente educando a ese hombre.

– Muchacho -dijo Nell-. Es un muchacho. Ustedes son niños.

Lu sacudió la cabeza.

– Padres -dijo, y salió por la puerta saludándola con un gesto de la mano.

– Oh, Dios -dijo Nell.

– ¿Qué pasa? -dijo Gabe, y Nell dio un salto de más de veinte centímetros sin moverse de la silla.

– No haga eso -dijo, aferrándose al escritorio.

– Sólo quería darle las gracias -dijo él, mirándola desconcertado-. Lu dice que usted es responsable por su cambio de idea respecto de Europa.

– No es cierto -dijo Nell-. De ninguna manera. Yo no tuve nada que ver con eso.

– Está bien -dijo Gabe-. ¿De qué se trata todo esto?

– De nada. -Nell se volvió hacia la computadora-. Estoy tipeando. Vaya a trabajar.

– Mire, estoy agradecido de que haya convencido a Lu de que no fuera a Europa.

– No lo hice -dijo Nell, sin dejar de darle la espalda-. Yo no. Ahora váyase, tengo que trabajar.

– Tarde o temprano, me lo dirá -dijo Gabe.

Sobre el cadáver de mi hijo, pensó Nell.

– Está bien, de acuerdo, compórtese así. -Él se volvió para regresar a su oficina-. Oh, tengo una cita mañana a las nueve con Roben Powell.

– Muy bien -dijo Nell, abriendo el archivo de las citas.

Se concentró en el trabajo el resto del día, tratando de no prestar atención a Jase y a Helena que se arrastraban por el fondo de su mente. Cuando regresó a su casa, estaba tan intranquila que se sentó en el sofá con la perra sobre las faldas y la acunó hasta que se sintió mejor. En realidad, no podía entender cómo hacía la gente que no tenía perros para poder pasar el día. Dedicó un pensamiento culpable a Farnsworth, que estaba atravesando sus días sin Marlene, y después decidió que estaba siendo exageradamente sensible. Él la había llamado pequeña perra; estaba claro que no la quería. Marlene gimió sobre la falda de Nell, y ella dijo:

– Sí, yo también tuve un día así. ¿Galletita?

Un poco más tarde, cuando Nell estaba cortando pimientos para la cena sobre la mesada y comiéndose la mitad de lo que cortaba, Jase llamó.

– Encontré un mensaje verdaderamente extraño de tu parte en el contestador -dijo-. ¿Estás tomando alguna medicación o algo así?

– No, pero lo estaré si no te alejas de Lu McKenna -respondió Nell-. No estoy bromeando. Su padre es una de esas personas con las que no hay que meterse. Ese hombre tiene armas registradas a su nombre.

– Mamá -dijo Jase-. Cálmate. Esto es entre Lu y yo.

– Hasta que el padre se entere. Luego será entre tú y la sala de emergencias.

– Bueno, entonces no se lo digas -respondió Jase, para nada intimidado-. Te preocupas demasiado.

– Tengo cosas por las que preocuparme -le dijo ella, pero cuando colgó recorrió con la vista su resplandeciente cocina y pensó, tal vez no. Quizá las malas épocas habían terminado. Había sobrevivido la primera semana en el trabajo, tenía un nuevo lugar para vivir, las cosas sólo podían mejorar. Tal vez Lynnie también estaba en un lugar mejor. Quizás había chantajeado a Trevor Ogilvie y ahora se daba la buena vida. Nell no lamentaba que Trevor Ogilvie perdiera dinero a manos de Lynnie. Él era el responsable de que la madre de Margie se hubiera suicidado. Al demonio con él.

Ella y Marlene se acomodaron sobre el sofá y comieron ensalada y galletitas para perros, masticando juntas amablemente, y después subieron al dormitorio donde estaba la cama de Suze; Nell llevaba la mantilla de chenille de Marlene. Se puso los pijamas lisos color azul que Suze le había regalado para el cumpleaños

«Dónde está el encaje negro en mi vida, eso es lo que quiero saber»- y después se subió a la cama y leyó hasta que las dos se quedaron dormidas.

Nell se despertó varias horas más tarde en un dormitorio totalmente oscuro y con un sonido extraño en la cama. Tardó un momento en salir del sueño y deducir qué era el ruido, pero cuando lo hizo se despertó por completo.

Marlene estaba gruñendo.

Era un gruñido extraño y débil, lo que era apropiado para Marlene, una suerte de ronroneo quejoso y amenazante, pero no había nada extraño en la forma en que Marlene se acuclillaba en la cama a la luz de la luna. Era la primera vez que Nell la veía con su aspecto más puramente canino.

– ¿Qué? -le susurró a la perra, y Marlene se acuclilló más cerca de la cama y gruñó más gravemente.

Nell se sentó muy quieta y por fin oyó lo que había oído Marlene, un débil sonido proveniente del piso de abajo, tan débil que escuchó un poco más para asegurarse, mientras sentía que se le enfriaba la piel. Había alguien abajo, abriendo cajones y cerrando puertas de gabinetes.

– Shhh -le dijo a Marlene y tomó el teléfono con suavidad. Marcó el 911, dando un respingo al oír el tono en la oreja, y cuando la telefonista atendió susurró-: Hay alguien en mi cocina.

Cuando terminó de murmurar todo lo que sabía por teléfono, la telefonista le dijo que se quedara en la línea, y ella se sentó en un torbellino de mantas, con la mano sobre la todavía tensa Marlene, rezando que quien quiera que fuera la persona que estaba abajo se quedara allí hasta que llegara la policía o que encontrara lo que estaba buscando…

Se sentó un poco más recta. ¿Qué estaría buscando? Ella ni siquiera tenía un televisor o un equipo de audio. Con seguridad a esta altura cualquier ladrón habría echado un vistazo a su desierto electrónico y habría decidido que no valía la pena correr el riesgo. A menos que el ladrón no fuera un ladrón. A menos que…

Se desconectó de la línea de emergencias y marcó el código de discado rápido para la oficina. Estaba bastante segura de que era el mismo teléfono que Gabe tenía arriba.

– ¿Qué? -dijo Gabe en el tercer llamado, sonando medio dormido y terriblemente furioso.

– Hay alguien aquí -susurró ella por el teléfono.

– ¿Qué? -volvió a decir él.

– Habla Nell-susurró.

– Sé que es usted -respondió él-. ¿Por qué está susurrando a las tres de la mañana?

– Hay alguien aquí. En el departamento. Abajo.

– Jesús, llame al 911.

– Ya lo hice -dijo Nell, exasperada-. ¿Cree que soy estúpida? Pero pensé que como éste era el antiguo departamento de Lynnie…

Marlene volvió a gruñir, y Nell se detuvo, poniéndole una mano encima para calmarla y así podía escuchar.

Había alguien subiendo las escaleras.

– ¿Qué pasa? -Dijo Gabe-. Maldición, Nell…

– Creo que está subiendo las escaleras -susurró, con la voz quebradiza-. Y estoy verdaderamente asustada.

– Encienda la luz -dijo Gabe-. Hágalo ahora. Adviértale que está despierta. ¿La puerta del dormitorio está cerrada?

– No tiene una cerradura.

– Ponga algo frente a la puerta.

– Correcto -dijo Nell y dejó el tubo sobre la cama para correr las mantas.

Le temblaban las manos, y cuando pateó la última manta, se le enganchó el pie en la mantilla de Marlene y se tropezó. Marlene se volvió loca cuando el teléfono se cayó de la cama con un estrépito, y Nell trató de sujetarse con la mesita de luz y en cambio chocó contra la puerta, golpeándose la cabeza en el picaporte mientras caía, y oyó que alguien bajaba corriendo las escaleras.

– Shhh -le dijo a Marlene que ahora estaba bufando a toda máquina, empujando la puerta y arañándola con las uñas. El aire se llenó de sirenas y después unos reflectores recorrieron la pared desde la calle, y Nell oyó un golpe en la puerta trasera. Se frotó la cabeza una vez y volvió arrastrándose por el piso hacia donde estaba el teléfono-. ¿Gabe? Ya está todo bien, me parece. ¿Gabe? -Pero él se había ido.

– Gracias por haberme hecho envejecer veinte años -dijo Gabe una hora más tarde cuando la policía ya se había ido. Estaba sentado en el sofá de la sala de estar de Nell, bebiendo Glenlivet y tratando de hacer que su pulso bajara a menos de ciento veinte antes de gritarle por haberlo asustado muchísimo.

– Pensé que querría saberlo -dijo Nell-. Como ésta era la casa de Lynnie y todo eso.

– Querría saberlo porque es tu casa -dijo Gabe, tuteándola. Ella llevaba unos pijamas hechos con una especie de tela azul resbaladiza que se le corría todo el tiempo cuando ella se movía, y que hacía que su cabello rojo se viera incluso más alocado, en especial al lado del moretón tecnicolor que le estaba saliendo en la frente. No estaba para nada preocupada por sus pijamas, su moretón, ni por el hecho de que acababa de tener una experiencia cercana a la muerte o a la violación, y se había sentado junto a él en el sofá, pálida y delicada y de huesos finos, devorando tostadas de pan integral con manteca de maní y mermelada con un apetito obsesivo que era desconcertante.

Gabe sacó un cubo de hielo de su Glenlivet y se lo pasó.

– Ponte esto en el moretón de la frente -le dijo, y bebió el resto del whisky.

Ella se apoyó el hielo en la frente, frunciendo el entrecejo cuando empezó a derretirse y el agua corrió por su brazo.

– Gracias por llamar al 911 primero -dijo Gabe, usando una almohada para limpiarle el brazo.

– No soy estúpida -dijo Nell.

– Nunca pensé que lo eras -dijo Gabe-. Sólo demente. ¿Crees que era Lynnie?

– No lo sé -dijo Nell, y entonces reflexionó al respecto mientras masticaba la tostada, y su rostro adoptó ese aspecto de intensidad que por lo general ponía nervioso a Gabe-. No. Quien quiera que era se quedó en el piso de abajo al principio, y después subió. Entonces estaba buscando algo aquí abajo…

– … Y no lo encontró. Lynnie habría sabido dónde estaba. -Gabe dejó el vaso sobre el piso-. Vamos.

– ¿Adónde?-dijo Nell.

– A tu dormitorio -dijo él.

– Necesitas mejorar tu técnica -respondió Nell y lo hizo esperar hasta que terminó la tostada.

Él se quedó en el umbral y contempló la habitación. Había ropas y libros tirados por todas partes, el acolchado estaba enrollado en una pila sobre la enorme cama que casi ocupaba todo el cuarto, y en el medio de todo eso, estaba Marlene sentada sobre el piso encima de una manta azul oscuro de aspecto nudoso y lo miró ominosamente.

– Qué bonito -dijo Gabe, recorriendo la habitación con la mirada-. Voy a revisar las rejillas de ventilación. Tú mira el piso a ver si podemos mover las tablas.

Dos horas y media después, Gabe conocía la parte superior del departamento de Nell como ningún otro lugar de la tierra, pero no habían hallado nada. Nell se estiró exhausta cuando se levantó del piso de la habitación de huéspedes; su pijama hacía cosas interesantes cuando se movía, y después ella dijo:

– Me gustaría quedarme a jugar contigo, pero tengo que estar en el trabajo dentro de una hora.

– Yo también -dijo Gabe con la espalda contra la pared, frunciendo el entrecejo en la habitación vacía-. Por suerte tengo una secretaria que se ocupa de la oficina si llego tarde.

– Ella puede llamar y decir que está cansada -dijo Nell.

– Eso podría ser una buena idea -dijo Gabe-. No dejemos este lugar hasta que lo hayamos revisado por completo.

– ¿Qué fue lo que hicimos recién? -preguntó Nell-. ¿Una miradita rápida?

– Riley podría tener alguna idea. A él no se le pierde mucho. Y además falta la parte de abajo. -Se levantó del suelo con un empujón y entró en el dormitorio y levantó el teléfono. Marcó los números y la miró con el entrecejo fruncido cuando ella entró. Estaba más pálida que lo acostumbrado y el moretón de la frente estaba poniéndose morado-. Te ves terrible.

– Gracias. -Nell se sentó sobre la cama grande y se dejó caer contra las almohadas.

– Ese pijama es mejor que el anterior -dijo él-. Pero tu frente está hecha un desastre.

– Fui herida en el cumplimiento del deber -dijo ella, arrastrándose debajo del acolchado.

– Te dije que te pusieras hielo en el moretón -dijo Gabe mientras sonaba el teléfono-. Deberías…

– ¿Qué? -dijo Riley, irritable y semidormido.

– Soy yo. Abre la oficina hoy. Nell no va a ir.

– Puedo estar allí un poco más tarde -dijo Nell, luchando contra el sueño-. Yo sólo…

– Y cancela todos tus planes para esta noche. Entraron en la casa de Nell anoche y tenemos que revisarla.

– ¿Entraron en la casa? -dijo Riley, ya despierto-. ¿Ella está bien?

– Está bien. Sólo un poco embotada. Lo único que necesita es dormir y un poco de hielo -dijo, dirigiéndole la palabra a ella, pero estaba dormida, con el rostro sereno por primera vez desde que la había visto. Se veía pálida y frágil y fina, como la mujer del poema de Roethke, de huesos adorables.

– ¿Gabe? -dijo Riley.

– Yo iré más tarde -le dijo a Riley.

Cortó la comunicación y la cubrió con el acolchado, con cuidado de no despertarla. Marlene saltó sobre la cama y después colgó la cabeza sobre el borde, gimiendo a la cosa azul sobre la que había estado acostada. Él la recogió y la arrojó a los pies de la cama, y de inmediato la perra se acurrucó y se quedó dormida.

– Ustedes no se molestan por nada, chicas, ¿verdad? -dijo y echó una última mirada a Nell antes de dirigirse al piso inferior.

La residencia de los Powell era una atildada cabaña de Grandview, un buen vecindario que no se daba aires al respecto. Gabe golpeó a la puerta y se sorprendió cuando el hombre que la abrió era más joven que él.

– ¿Robert Powell? -dijo.

– Ése es mi papá -respondió el hombre, ofreciéndole la mano-. Yo soy Scott Powell. Usted debe de ser Gabe McKenna. -Hizo un gesto con la cabeza hacia un costado de la casa-. Mi papá vive en el departamento que está encima del garaje desde que se jubiló. Este debe de ser uno de esos viejos casos importantes. Él está completamente fascinado por verlo a usted.

El padre tenía un departamento magnífico encima del garaje, según notó Gabe cuando subió las escaleras. Grandes luces de techo, alfombra gruesa, muebles cómodos, y los suficientes aparatos electrónicos como para rivalizar con una tienda del ramo. Era obvio que Scott se aseguraba de que Robert tuviera la mejor vida de jubilado posible, y era igual de obvio que Robert la disfrutaba.

– Qué lugar, ¿eh? -dijo, sonriéndole a Gabe debajo de una cejas canosas. Tenía la constitución de un oso, una versión más antigua de Scott, que era más delgado, y Gabe se relajó un poco: los dos le caían bien.

– Gran lugar -respondió, tomando el asiento que le ofreció Robert-. Gracias por recibirme.

Robert sacudió la cabeza.

– Es un placer. ¿Está revisando el suicidio de Ogilvie?

– No oficialmente -dijo Gabe-. Tengo un interés personal.

Robert asintió.

– ¿Usted tiene algún parentesco con Helena?

– No -dijo Gabe, y respiró profundo-. ¿Fue un suicidio?

– No -dijo Robert, y Gabe se echó hacia atrás en la silla-. No estoy diciendo que ella no estuviera considerándolo -prosiguió Robert-. No estoy diciendo que no lo habría hecho de todas maneras. Pero ella no se pegó un tiro.

– ¿Por qué? -preguntó Gabe.

– Tenía píldoras -dijo Robert-. Muchísimas. Las había estado guardando durante casi dos meses, diciéndole a su médico que necesitaba tranquilizantes y pastillas para dormir y cuando conseguía las recetas las compraba.

– No es una prueba concluyente -intervino Scott, que estaba apoyado contra la pared.

– Mi muchacho también está en la fuerza -dijo Robert con orgullo, y Gabe sintió una palpitación de celos por el hecho de que Scott todavía tuviera a su padre, lo tenía viviendo cerca, podía verlo cada vez que lo deseaba, podía ver el partido con él en la televisión de pantalla ancha, relajarse junto a él y beber cerveza. Robert miró a Scott y dijo-: Hay más, campeón. -Volvió la mirada a Gabe-: Escribió tres notas de suicidio, para practicar.

– Dos estaban en la papelera -dijo Gabe, recordando el informe policial.

– Sí, pero todas eran borradores -dijo Robert-. Tenían palabras tachadas, borrones. Y ella tenía preparado un buen papel sobre el escritorio de la habitación. Todavía no había escrito la última.

– Tampoco es concluyente -insistió Scott, pero se lo veía mucho más interesado.

– Además estaba la cuestión de los aros -dijo Robert-. Estaba toda engalanada, pero no llevaba aros.

– Eso también lo notamos nosotros -dijo Gabe-. Usted no consiguió una lista de todas las joyas del juego, ¿verdad? ¿Además del anillo y el prendedor que llevaba puestos?

Robert sacudió la cabeza.

– La hija no podía recordarlos todos, y cuando hablé con ella, la madre estaba enterrada con las joyas encima.

– ¿Enterrada con los diamantes? -dijo Scott con escepticismo.

– Grandes diamantes -dijo Robert-. En esa época valían alrededor de cien mil. Ahora… -Se encogió de hombros-. Yo no creí que el marido pusiera esas piedras bajo tierra, pero tampoco iba a desenterrarla para fijarme. Cuando conseguí una descripción para recorrer las casas de empeño, ya había pasado una semana. Nadie vino a decir que los había visto. Por supuesto que habría algunos que no querrían hacerlo.

– ¿Cree que alguien la mató y se llevó las joyas? -dijo Gabe-. ¿Piensa que fue un robo?

– No -respondió Robert-. Creo que fue un homicidio, y el que lo hizo se llevó los diamantes como algo extra. Y además pienso que tuvo que quedárselos porque eran muy poco comunes. Esos círculos así. Cualquiera los reconocería. A menos que arrancara las piedras y las vendiera sueltas.

Scott tomó una silla del comedor y la giró para sentarse de frente al respaldo.

– ¿Alguien tenía un motivo?

– Ella estaba complicando el divorcio -dijo Robert-. El imbécil bastardo de su marido tenía una amante que estaba embarazada, y quería casarse con ella. Pero la esposa pedía la mitad del estudio jurídico. Eso habría arruinado la empresa y, según todos con los que hablé, ella lo sabía y no le importaba.

– Entonces el esposo -dijo Scott.

– O el socio del esposo -dijo Robert-. No tenía una coartada infalible, y en realidad no podía darse el lujo de perder sus ingresos. Estaba pasándole una pensión por alimentos a su ex esposa y además también mantenía un trofeo costoso. Hablé con ella. No era una mujer agradable. -Miró a Gabe-. ¿Él sigue con ella?

– ¿Jack? -Gabe sacudió la cabeza. -No. Se divorció de Vicki unos ocho años después y se casó con otro trofeo. Sigue con ésa.

– Entonces ahora está pagando dos pensiones alimentarias -se rió Robert-. Qué imbécil bastardo. Me dio la impresión de que era de la clase de personas que creen que si quieren algo deben conseguirlo, sin importar las consecuencias. Lo disimulaba, pero tenía ese aspecto, ¿sabe?

Gabe pensó en Jack.

– Lo sé. ¿Y Trevor?

– ¿Trevor? -dijo Scott.

– El marido -dijo Robert-. Estaba hablando por teléfono con la hija. Lo investigamos, y estaba en la oficina de su compañía en ese momento, con la secretaria presente y todo.

– Muy conveniente -dijo Scott-. ¿Y la hija? ¿Heredó algo?

– Una buena parte, nada espectacular -respondió Robert-. Pero puedes olvidarte de que ella haya tenido algo que ver. Era una pequeñita muy dulce. Se quebró cuando encontró el cuerpo de su madre. La tuvieron con sedantes durante dos semanas después de eso, y cuando finalmente dejaron de medicarla, seguía bastante conmocionada. Ella no fue.

– ¿Sabía quién lo hizo? -preguntó Gabe.

– Si era así, no lo recordaba -respondió Robert-. Juraría que no me mintió, pero no era la clase de personas que se enfrentan a la realidad. Por lo menos no lo era en ese momento.

Gabe pensó en Margie, jugando a las señoras que toman té en The Cup junto a Chloe.

– Sigue así.

– ¿Todavía está casada con ese hijo de puta? -preguntó Robert.

– No -dijo Gabe, interesado-. ¿Stewart era un hijo de puta?

– Un imbécil arrogante -dijo Robert-. Tonto como un ladrillo. Si hubiera podido acusar a alguien, lo habría acusado a él, pero no tenía forma de que prosperara. Él no podría haber planeado un picnic, mucho menos un homicidio.

– ¿Entonces quién lo hizo?

– No lo sé -dijo Robert-. No había nada allí, quiero decir, ella tenía manchas de pólvora en las manos que eran parejas. Mi única esperanza verdadera eran los diamantes, que jamás aparecieron. Entonces la hija se divorció de ese idiota, ¿verdad? Qué bueno. Ella me caía bien.

– ¿Margie? -dijo Gabe-. No. Él estafó a Ogilvie y Dysart por casi un millón de dólares y se fue, hace siete años.

– ¿Ese imbécil los estafó? -dijo Robert-. No lo creo. No podría haberse estafado ni a sí mismo.

– ¿En serio? -dijo Gabe-. Eso es interesante, porque en O & D estaban seguros de que había sido él.

– No, a menos que alguien lo haya ayudado -insistió Robert-. Y habría necesitado mucha ayuda. ¿Tenía algún cómplice?

– No que lo supiéramos -dijo Gabe-. Los de O & D no nos contrataron para ese caso.

– Investíguenlo -dijo Robert-. Tiene que haber alguna otra persona detrás de él, diciéndole qué hacer. -Se acomodó en la silla-. Así que su interés es personal, ¿eh?

Gabe consideró ocultarlo, pero después dijo:

– Mi padre era el mejor amigo de Trevor.

Robert asintió, aguardando.

– Creo que él sabía algo -dijo Gabe-. Pero murió en el 82, así que se lo llevó con él.

– McKenna -dijo Robert-. No interrogamos a nadie de nombre McKenna.

– Creo que lo deben de haber llamado después del disparo -dijo Gabe-. No lo sé.

– Tal vez no le convenga saberlo -dijo Robert.

– Él se merece más que eso -repuso Gabe.

– Si no lo averigua, es porque usted cree que es culpable.

– Algo así -dijo Gabe, y se sintió para el demonio.

Después de que Gabe hubo agradecido a Robert, Scott lo acompañó hasta el auto.

– Escuche, si necesita ayuda, llámeme.

– Gracias -dijo Gabe, sorprendido.

– Oiga, si surgiera algo sobre mi viejo, yo querría saberlo.

Gabe hizo un gesto señalando el departamento de Robert.

– Es un gran tipo.

– El mejor. -Scott se echó hacia atrás y contempló con envidia el Porsche-. Gran auto. ¿De qué año?

– 1977 -dijo Gabe, y vio que los ojos de Scott se angostaban una fracción.

– El año anterior al suicidio. ¿Alguna conexión?

– Trevor se lo vendió a mi padre por un dólar dos semanas después del disparo.

Scott silbó.

– ¿Cuándo se enteró de eso?

– Hace una semana.

– Qué semana mala -dijo Scott cuando Gabe entró en el auto.

– Y no mejora -respondió Gabe.

Esa noche, Suze ayudó a Nell y a Margie a terminar de desempacar, mientras Riley y Gabe desarmaban la cocina.

– Entonces, ¿qué están buscando? -le preguntó Suze a Nell.

– No están seguros -dijo Nell, pasándole otra pieza de porcelana envuelta con papel de burbuja para que le quitara las cintas adhesivas-. Suponen que lo sabrán cuando lo vean.

– A mí me parecen excitantes -dijo Margie-. Detectives.

– Ja -dijo Suze y desenvolvió la porcelana, sólo para detenerse y contemplarla. Era una pequeña taza blanca y redonda de porcelana, pero tenía pies, pies de verdad, con medias con pintitas azules y zapatos negros. Margie tenía otra, con medias de rayas negras y zapatos amarillos-. ¿Qué es esto?

– La Vajilla Caminante -dijo Nell-. Porcelanas que estuvieron de moda en los setenta. Me olvidé de que las tenía hasta que hicimos tasar todo, pero cuando llegó el momento de dividir las porcelanas, no pude separarme de ellas.

– Jamás había visto algo así -dijo Margie por encima del hombro de Suze-. Y yo estaba en los setenta.

– Son de Inglaterra. -Nell desenvolvió otra pieza, una azucarera de patas largas, que estaban cruzadas en las rodillas y los pies se hundían en enormes zapatos amarillos-. Mi mamá era inglesa. Íbamos todos los veranos un par de semanas. Éstas me hicieron reír, así que mi tía y mi abuela empezaron a mandármelas para los cumpleaños y las navidades.

Suze desenvolvió otra pequeña taza redonda, ésta con piernas más largas, estiradas como si estuvieran corriendo.

– Ésa se llama Vajilla Corredora -dijo Nell, y después levantó la mirada, alarmada, cuando oyó un ruido sordo en la cocina-. ¿Dónde está Marlene? -dijo, y la perra levantó su cabeza larga y angosta en el sofá y se fijó para ver si la cuestión tenía alguna relación con comida-. Sólo estaba asegurándome, bebé -dijo Nell, y Marlene suspiró y volvió a hundir la nariz en la mantilla de chenille.

Suze puso la taza corredora en el suelo, a su lado. Parecía que estaba ganando terreno.

– Me encantan. ¿Todas son así?

– Las medias y los zapatos son de colores diferentes -dijo Nell-. Creo que voy a tener que guardarlas en la cocina, suponiendo que todavía tenga una cocina cuando ellos terminen. -Estaba desenvolviendo una tetera con medias a rayas y zapatos negros-. El armario ya está ocupado con Clarice y Susie.

– ¿Tienes espacio en la cocina? -dijo Margie.

Nell frunció el entrecejo.

– No lo sé. Tal vez si pongo un estante…

– Chloe tiene unos estantes de lo más adorables en The Cup -dijo Margie-. En los bordes los cubrió con ese material plástico que parece crochet…

Mientras Margie seguía parloteando sobre la casa de té, Suze desenvolvió el resto de las piezas, y colocó las tazas junto a las teteras que hacían juego al igual que las azucareras y los recipientes de crema. En el fondo de la caja, encontró el álbum familiar de Nell y se lo alcanzó, y Margie lo tomó y comenzó a hojearlo mientras Suze acomodaba en fila las tazas corredoras y se reía. Había nueve, algunas con medias a rayas y otras con medias a cuadros o lunares, todas corriendo a toda velocidad desde algún lugar.

– Tengo que hacer copias de esas fotos -estaba diciéndole Nell a Margie-. Jase también debería tener un álbum.

– ¿De dónde sacaste estas tazas? -dijo Suze, interrumpiendo la conversación-. Quiero algunas.

– De Inglaterra -respondió Nell-. Principalmente de tiendas de antigüedades y de objetos de segunda mano. O de eBay, el sitio de remates de internet. Aparecen bastante seguido.

– ¿Cuánto cuestan?

– Las tazas comunes cuestan treinta o cuarenta dólares -dijo Nell-. Las corredoras un poco más. Tal vez cincuenta.

– ¿Cincuenta dólares por una taza? -dijo Margie.

– Quiero tener tazas así en mi armario para las porcelanas -dijo Suze, pasando el dedo por el borde grueso y liso de la taza más cercana-. Está lleno de esa porquería de Spode.

– Te las doy -dijo Nell-. Regalo de cumpleaños adelantado.

– No, son demasiado -dijo Suze, y pensó: Si tuviera un trabajo, podría pagarlas.

En la cocina, se volvió a oír un ruido sordo. Trabajo detectivesco. Nell le había dicho que los McKenna podrían usarla de señuelo, pero sabría que a Jack le daría un ataque, así que había respondido que no. Pero ahora estaban estas tazas…

– ¿Puedo comprarlas de a una? ¿Pagarlas a medida que me las llevo?

– Claro -dijo Nell, un poco desconcertada-. O llévalas ahora y me las pagas más adelante.

– No -dijo Suze-. Quiero ganármelas. Una por vez.

– Las Spode de los Dysart son hermosas -dijo Margie, un poco irritable-. No veo por qué…

– ¿Las quieres? -dijo Suze-. Son tuyas.

– Tengo las Desert Rose -dijo Margie-. Pero ese hermoso azul…

– ¿Alguna vez miraste esos platos? -Suze levantó la taza con los zapatos color malva, y su corazón latió más rápido. Tenía delgadas líneas azules alrededor de la punta de las medias. Se vería grandiosa corriendo desesperadamente entre las piezas Spode-. Son de una serie llamada Juego Deportivo Británico, y las imágenes que tienen son horribles. Hay una que se llama «La muerte del Oso».

– Estás bromeando -dijo Nell-. Las usé para comer en las fiestas durante años, pero jamás las miré.

– Hay otra llamada «La Niña en la Fuente» -dijo Suze-. Parece que se va arrojar adentro. Me deprimo mucho cuando miro mis porcelanas.

– Las copas corredoras son tuyas -dijo Nell.

Suze puso en el piso la taza malva y se sintió inconmensurablemente más liviana. Iba a conseguir un trabajo. Tenía un futuro que no implicaba ir a estudiar y esperar que Jack llegara a casa. Iba a hacer algo.

– Gracias. Acepto. -Respiró profundo-. Dime, Margie, ¿cuántos días a la semana está abierta la tienda? Budge va a volverse loco los fines de semana sin ti.

– Sólo los sábados -dijo Margie, con una expresión más animada en el rostro-. Y durante la semana sólo por las tardes. Es un trabajo maravilloso…

Suze contempló las tazas mientras Margie seguía parloteando. Caminaban por el piso, confiadas y seguras. Estaban avanzando.

– Sabes, Margie -dijo Nell, y su voz sonó tan extraña que Suze levantó los ojos para mirarla-. Si tienes un álbum de fotos, podría agregarlo a éste cuando lo lleve para hacer los duplicados. También tú, Suze. De esa forma, si algo pasara, tendrían uno de repuesto.

Suze la miró, y Nell apartó los ojos. Puso ese álbum en el fondo de la caja a propósito, pensó Suze.

– ¿Es caro? -estaba diciendo Margie-. Estoy medio en quiebra. Budge dice que debería declarar muerto a Stewart para cobrar el seguro, puesto que él gastó toda mi herencia, pero no me parece bien. Ni siquiera estoy segura de que esté muerto.

Suze trasladó su sorpresa de Nell a Margie.

– ¿Necesitas dinero?

– No lo necesito -dijo Margie-. Todavía. Y podría ser que él esté muerto. Claro que también podría no estarlo.

– La casa de fotografía podría hacerme un descuento si llevo dos -dijo Nell, con un tono de voz más animado que lo normal-. Podrías pagarme más adelante, como Suze. No es ningún problema.

– Bueno, está bien -dijo Margie-. Es una buena idea. Te lo llevaré al trabajo mañana.

– Bien -dijo Nell, con la voz tan alegre que casi se quiebra.

Suze trató de mirarla a los ojos otra vez, y Nell dijo:

– Deberíamos tomar café. -Y se puso de pie.

Suze también se levantó para seguirla, pero en ese momento salió Gabe de la cocina, y ella lo llevó a un aparte.

– Escuche -le dijo mientras él la miraba alarmado-. Una vez Nell me dijo que era posible que ustedes precisaran a alguien para el trabajo de señuelo. ¿El puesto todavía está vacante?

– Claro -dijo él, un poco inquieto-. Tenemos uno el jueves a la noche.

– ¿Dónde y cuándo? -dijo Suze-. Estaré allí.

Nell miró con atención a Gabe y a Suze desde la puerta de la cocina. Por lo que conocía a Gabe, le parecía que estaría tratando de sonsacarle algo a Suze. «Oye» le gritó a él, oyó que Suze decía «Gracias» antes de que Gabe se acercara, y lo arrastró a la cocina.

– ¿De qué hablabas con Suze?

– Ella vino a hablar conmigo -dijo Gabe-. Quiere hacer trabajo de señuelo.

– ¿Qué? -dijo Riley desde atrás de ellos.

– Jack no va a estar contento -dijo Nell.

Gabe se encogió de hombros.

– Eso es problema de Suze.

– Y mío -dijo Riley-. Yo hago la mayoría de los malditos señuelos. ¿Por qué…?

– No le prestes atención -le dijo Gabe a Nell-. Está frustrado porque no hemos encontrado absolutamente nada. Teníamos grandes esperanzas para el sótano, pero la puerta que da allí está tapiada desde la Segunda Guerra Mundial.

– Ya averigüé al respecto -dijo Nell-. Doris quiere usar el sótano ella sola. Hace coronas de flores allí.

– Coronas -dijo Gabe, como si no estuviera seguro de qué hacer con esa información-. Está bien. ¿Estás segura de que Lynnie no dejó algo y tú lo tiraste?

– Si dejó algo, se lo quedó Doris -dijo Nell-. La casa estaba vacía cuando me mudé.

– Doris -dijo Gabe y miró a Riley.

– Oh, muchas gracias, no -dijo éste-. Dile a Nell que lo haga. Es la encargada de su casa.

– Claro -repuso Nell-. Y entonces cuando me eche porque yo sugerí que le robó algo a Lynnie, Marlene y yo iremos a vivir contigo.

– Buena idea -dijo Gabe, y sonaba serio-. Deberías regresar con nosotros, por si el intruso vuelve a revisar tu casa. El departamento de Chloe tiene cerraduras que no dejarán pasar a nadie, y a ella le encantaría tenerte de huésped.

Nell miró su departamento. Su departamento.

– Acabo de mudarme. Desempaqué las porcelanas. En serio, estoy bien.

– Estarías más segura en el departamento de al lado del nuestro -insistió Gabe-. Si sucediera algo, llegaríamos en un minuto.

Eso sonaba verdaderamente atractivo, pero no sería su casa.

– No -dijo-. Gracias pero no. Ni siquiera sabemos si el tipo que entró sabía que yo estaba aquí.

– De todas formas me sentiría mejor si tú estuvieras en el departamento contiguo al mío -dijo Gabe, pero Nell no dio el brazo a torcer.

Esa noche más tarde, después de que Budge pasara a recoger a una vacilante Margie, y de que Suze se subiera a su Volkswagen amarillo con una ojeada de despedida a Riley y una mirada de sospecha a Nell, y después de que Gabe intentara una vez más de convencerla de mudarse a la casa de Chloe y luego se marchara, Nell palmeó a Marlene y dijo:

– Está bien, cachorrita; sáltale a la garganta a cualquiera que entre por esa puerta.

Marlene hundió el trasero más profundamente en la mantilla de chenille.

– A menos que sea Gabe -dijo Nell-. Él está de nuestro lado.

Capítulo 10

Con las porcelanas afuera de las cajas y su departamento habitable y el invasor nocturno alejado, Nell dedicó su atención a la oficina. Gabe había estado agradecido cuando ella le había traído el álbum de fotos de Margie puesto que tenía varias fotografías buenas de Helena con sus diamantes -aros, collar, pulsera, broche y anillo-, e incluso más agradecido cuando comenzó a organizar el refrigerador lleno de expedientes. Por desgracia, su agradecimiento no era tan importante como para darle carta blanca en la oficina, entonces ella decidió actuar por su cuenta y pintó las paredes del baño con un tono pálido gris paloma con bordes dorados en la línea del techo. «Muy fino», fue todo lo que dijo Gabe, entonces ella siguió adelante, y lo sorprendió una tarde en que él regresó y la encontró subida a una escalera, con Suze más abajo, pintando de un tono dorado suave las paredes de la recepción. Ella se preparó para lo peor, pero lo único que él dijo fue: «Si te caes de la escalera, arréglatelas», y entró en su oficina. «No es un tipo muy charlatán, ¿verdad?», dijo Suze, y Nell contestó: «Está deprimido por un caso que no anda bien». Ella hizo todo lo que pudo para alegrarlo, asegurándose que la empresa marchara sin fisuras y que su taza de café estuviese siempre llena, poniendo música de Dean Martin y Frank Sinatra en la oficina exterior y llevándole galletitas de almendra de Margie por las tardes, pero él no parecía notarlo, no le prestaba atención cuando ella trabajaba en algo que él le había pedido, o le gritaba si ella cambiaba algo sin consultarle.

– Podría bailar desnuda para ese hombre sobre su escritorio -le dijo a Suze en Halloween-, y lo único que él diría es «Maldición, Nell, estás pisando los informes». No es que quiera bailar desnuda para él. Es sólo una expresión.

– Inténtalo -dijo Suze, acomodándole a Marlene su saquito color calabaza mientras ella la miraba con furia-. Listo, ¿no se ve bonita?

Marlene tenía el aspecto de un rabioso maní color anaranjado.

– Está igual que Gabe cada vez que yo mejoro algo -respondió Nell.

De todas formas, él le permitía algunas pequeñas cosas, y la oficina estaba adquiriendo un aspecto bastante más agradable. La única oposición real con la que se encontró Nell fue de parte de Riley, cuando ella sacó el pájaro feo que estaba sobre el mueble de los archivos para llevarlo al sótano. «Esto, -dijo Riley cuando lo trajo de regreso-, es el Halcón Maltes, y se queda en su lugar». «Oh, por favor», había dicho ella; pero cuando trató de apelar a Gabe, éste le dijo: «Deja el pájaro en paz, Eleanor», entonces ella se dio por vencida y el ave siguió cerniéndose sobre Nell desde arriba del archivero.

El resto del trabajo de la agencia estaba marchando correctamente; las averiguaciones de antecedentes y las tareas rutinarias de divorcios de las que se ocupaban tanto Riley como Gabe andaban tan bien que rechazaban encargos porque no podían con todos. Hasta las tareas de señuelo de Suze habían sido un éxito, aunque Riley la obligó a ponerse un traje después de la primera vez. «No es justo mandar a una mujer a un bar con un pulóver ajustado», les dijo a Gabe y a Nell. «Es como tender una trampa». Entonces en la siguiente oportunidad que Suze salió, se puso uno de los trajes grises de Nell, se ató el pelo atrás con un rodete y, como resultado, se veía aún más sexy. «Es ese aspecto de Grace Kelly que tiene», dijo Riley, pero lo único que Suze comentó fue: «Me encanta como me veo», y Nell le regaló todos sus viejos trajes, los grises y los grises azulados y los negros carbón que hicieron que Suze se viera como una mujer sofisticada y potencialmente peligrosa en vez de una chica universitaria. Suze dijo que Jack los detestaba, pero ella parecía sentir que eso era bueno, entonces Nell no se preocupó. A cambio, Nell heredó el eléctrico vestuario de Suze y todas las mañanas cuando se levantaba tenía que escoger entre varios pulóveres de cachemira y blusas de seda con todos los colores del arco iris. Gabe tampoco se dio cuenta de eso.

También, todas las mañanas, cuando Nell se levantaba, estaba Marlene, que mientras todavía seguía aprovechándose de su traumático pasado para obtener todas las galletitas que podía, había dejado de gemir y de rodar como forma de vida e incluso cada tanto se largaba a trotar a la carrera si la recompensa consistía en comida. Nell había tenido la intención de dejarla en el departamento mientras trabajaba, pero la primera vez que lo intentó, Marlene se quejó el día entero, y a Doris no le había parecido divertido, y tampoco le habían parecido divertidas las inquisiciones que con palabras cuidadosamente elegidas le hacía Nell respecto de las cosas que Lynnie podría haber dejado. Entonces ahora Marlene acompañaba a Nell al trabajo, vestida con el impermeable color tostado que Suze le había comprado, investigando las seis cuadras de cemento y tierra entre el departamento y la agencia con la misma sospecha pesimista con que veía el mundo en general. Una vez en la agencia, el animal se quedaba con Riley si éste estaba, haciéndole caídas de ojos mientras él la alimentaba con galletitas para perros y le rascaba el estómago con el pie. «Mujeres», decía Riley cuando ella lo miraba embelesada, y la perra lanzaba un suave gemido como respuesta. «Qué relación enferma», dijo Gabe una vez, pero no prohibió la presencia de Marlene en la oficina, y puesto que Farnsworth jamás había vuelto a buscarla, Nell se sentía bastante a salvo respecto de traerla al trabajo, aunque con un poco de culpa por haberse quedado con la perra.

– Si finalmente él no la maltrataba, le robé su animalito -le dijo a Riley.

– Ahora piensas en eso -respondió él.

Mientras tanto, y a pesar de la oposición de Budge, Margie adoraba la casa de té, lo que significaba que Chloe podía marcharse sin preocupaciones, y lo hizo: se fue a Francia con el Eurail Pass de Lu. «¿Se fue allá?», fue todo lo que comentó Gabe, y en un primer momento Nell se preguntó si no era posible que él estuviera ocultando su desazón por perderla cada vez que ella le ponía postal tras postal sobre su escritorio. Todas decían: «Lo estoy pasando maravillosamente» y agregaba algún comentario sobre la maravilla paisajística que estaba en la parte de adelante de la tarjeta, y ninguna decía: «Te extraño». Eso tenía que doler, pensó Nell, pero después de trabajar seis semanas con él, se dio cuenta de que no era la clase de personas que ocultaban cosas. Si estaba enojado, ella se daba cuenta; si estaba deprimido, ella se daba cuenta; si estaba siguiendo alguna pista, ella se daba cuenta. Era estimulante trabajar para alguien tan directo, y los días avanzaban impulsados por combustible de alto octanaje, cada tanto acelerados por los inevitables choques que ocurrían cuando ella le arreglaba la agencia.

– No creas que no sé lo que estás haciendo -le dijo en noviembre cuando ella sacó la vieja alfombra oriental de la recepción, la puso en el armario que estaba debajo de las escaleras, y la reemplazó con una nueva alfombra Morris dorada y gris.

– Se ve bien, ¿no? -dijo Nell.

– No -dijo Gabe-. Se ve nueva y no la necesitábamos.

– Ahora, respecto de las tarjetas de presentación…

– No -respondió él y le cerró la puerta de su oficina en la cara.

Un día después, mientras estaba tratando de correr el mueble de madera que contenía los archivos para que el maldito pájaro no estuviera cerniéndose sobre su hombro, Nell se clavó una astilla en la mano derecha y no pudo sacarla con la izquierda. Fue a la oficina de Gabe con unas pinzas y dijo:

– Socorro.

– ¿Cómo diablos te clavaste una astilla? -dijo él, dejando su lapicera sobre el escritorio.

– El archivero -dijo ella-. La parte de atrás estaba rugosa.

– La parte de atrás estaba contra la pared -dijo él, tomando las pinzas.

– Sí, lo estaba-dijo Nell animadamente-. Ahora, si pudieras sacar ese pedazo de madera de la palma de mi mano…

Le tomó la mano con la suya y la puso debajo de la lámpara de su escritorio, y ella contuvo el aliento.

– Ahí está -dijo él y usó el pulgar para apretar la carne de la palma y así poder verla mejor-. Prepárate, Bridget. -Sacó la astilla cuidadosamente y le soltó la mano-. Ahora mantén las pezuñas lejos de mis archiveros. Han estado allí sesenta años y van a quedarse en el mismo lugar.

– ¿Bridget?

– ¿Qué?

– ¿Prepárate, Bridget? -repitió Nell.

– Un viejo chiste. -Gabe le devolvió las pinzas-. Vete y deja de mover mis muebles.

Cuando Riley regresó, Nell dijo:

– ¿Conoces un chiste sobre «Prepárate, Bridget»?

– Ése es el chiste -dijo Riley-. Es la respuesta a «¿Cómo es el juego sexual previo en Irlanda?»

– Juego sexual previo en Irlanda -dijo Nell-. Oh, no importa.

El teléfono sonó mientras Riley entraba en su oficina, y cuando Nell atendió, era Trevor Ogilvie. Ella intentó darle el número de Margie en The Cup, pero él quería hablar con Nell.

– Jack dice que estás demasiado calificada para ese puesto, querida -dijo Trevor-. Con tus antecedentes, deberías ser algo más que una secretaria.

No soy sólo una secretaria.

– Oh, es un poco más complicado.

– Bueno, todavía te consideramos parte de la familia -dijo Trevor.

Ustedes jamás me consideraron parte de la familia, pensó Nell y comenzó a preguntarse qué demonios estaba pasando.

– Entonces nos gustaría ofrecerte un trabajo aquí -continuó Trevor-. Sin duda nos vendría bien tu talento para la organización.

– Bueno, gracias, Trevor, pero creo que…

– No te apresures, Nell. Gabe no puede pagarte tanto.

Esa certeza en la voz de Trevor la irritó.

– En realidad, la paga es bastante buena -mintió-. Y es un ambiente de trabajo muy interesante. Pero agradezco la oferta.

Cuando colgó, fue a ver a Gabe.

Él levantó la mirada y dijo:

– ¿Qué trataste de mover esta vez?

– Trevor Ogilvie acaba de ofrecerme un trabajo.

– ¿Qué?

Nell se sentó frente al escritorio.

– Lo juro por Dios. Dijo que Jack había comentado que yo estaba demasiado calificada para este puesto, y que ellos podían darme algo mejor. Me prometió más dinero, además.

El rostro de Gabe no trasuntaba la más mínima expresión.

– ¿Qué respondiste?

Nell estaba indignada.

– ¿Qué quieres decir con qué respondí? Dije que no, por supuesto. ¿Qué estará tramando?

Gabe se echó hacia atrás en la silla.

– ¿Dijo que Jack habló con él?

Nell asintió.

– Tal vez Jack esté molesto porque Suze está trabajando y cree que si tú renuncias, ella renunciará.

– Jack no sabe que Suze está trabajando. Ella le dice que sale conmigo.

Gabe se quedó en silencio un momento, y después dijo:

– Gracias por no renunciar.

– ¿Renunciar? -dijo Nell-. Recién empiezo. Ahora voy a dar vuelta al sótano.

– Oh, bien -dijo Gabe-. Las cosas no están lo suficientemente enredadas aquí arriba.

Pero por primera vez no sonó exasperado, y Nell regresó a trabajar sintiéndose absolutamente contenta.

La vida de Gabe no era tan ordenada.

Para empezar, no pudo encontrar a Lynnie ni ninguna evidencia de dónde podría haberse ido o de quién había irrumpido en su departamento, y consideraba que eso era una afrenta personal y un fracaso profesional. La investigación de Riley en los registros de las joyerías y las tiendas de empeño tampoco daba ningún resultado. «Los malditos diamantes pudieron haber sido empeñados en cualquier lado, -le contó Riley-. De hecho, si el tipo que se los quedó era mínimamente inteligente, debe de haberse ido de la ciudad. Date por vencido». Pero Gabe no podía hacer eso, aunque tenía problemas más apremiantes.

Budge Jenkins, por ejemplo, llamaba con regularidad, angustiado por el hecho de que Margie se ocupaba de The Cup. «No es un lugar seguro para ella», le dijo, el único hombre que Gabe conocía que podía frotarse los dedos por teléfono. «Le pueden robar». Gabe había contestado: «Budge, es una casa de té, no un supermercado. Ella cierra a las seis todas las tardes», pero Budge no dejó de molestar y de insistir hasta el punto en que Gabe consideró seriamente la idea de echar a Margie o sacarse de encima a Budge.

Además estaba Riley. «Suze es una amenaza», le dijo a Gabe después del primer señuelo con ella, «entra en un bar y todos se le acercan». «Considerando el trabajo que cumple para nosotros, eso es una ventaja», respondió Gabe. En realidad Suze era una completa profesional, y Gabe la veía en la oficina casi todos los días, ya fuera ayudando a Margie a cerrar la caja registradora a las seis o auxiliando y confabulándose con Nell en sus incesantes esfuerzos para transformar una agencia que no lo necesitaba. Él había decidido dejar que Nell hiciera lo que quisiera con el resto del lugar siempre que dejara en paz su propia oficina, una decisión reforzada por su casual rechazo a la oferta de trabajo y de más dinero que le había hecho Trevor, pero la segunda semana de noviembre, ella hizo su jugada.

– Hay que mejorar tus muebles -le dijo, enfrentándolo desde el otro lado del escritorio, deslumbrándolo con su cabello rojo y un suéter anaranjado con una cinta azul brillante que le atravesaba el busto-. Será sólo un día, a lo sumo dos.

– Sal de mi oficina -contestó Gabe, tratando de no mirar la cinta-. Puedes ocuparte del baño y de la oficina exterior, pero ésta es mía. Sé que está desactualizada, pero en cualquier momento los años cincuenta van a volver a ponerse de moda.

– Estas cosas no son de los cincuenta, son de los cuarenta. Y ya están de moda. Yo no creo que deberías librarte de ellas, creo que deberías hacerlas limpiar y reparar. -Nell se sentó, apuntándolo directamente con la cinta-. Pero tienes que limpiar el cuero y la madera de los muebles, y algunos están flojos y hay que volver a encolarlos. -Miró el techo-. Incluso hay una silla con el apoyabrazos roto.

– Lo sé -dijo Gabe-. Lo rompiste tú.

– Y tenemos que reemplazar las persianas… -dijo Nell animadamente.

– Maldita sea, Nell -dijo él-, ¿podrías por favor dejar algo en paz de lo que hay aquí?

– … Pero no sería un cambio para nada. -Le sonrió-. Sería una restauración. -Se veía alegre pero tensa, y Gabe se dio cuenta de que estaba preparándose para los gritos de él.

Le había gritado mucho últimamente. Respiró profundo y esperó a calmarse.

– Está bien -dijo por fin-. Si no cuesta demasiado, y si no vas a cambiar nada, adelante con los muebles.

– Y las persianas.

– Y las persianas.

– Y la alfombra.

– No te pases de lista, Eleanor.

– Gracias -dijo Nell y se dirigió a su escritorio para empezar a llamar a servicios de reparaciones.

– Pero no puedes cambiar nada -le gritó Gabe, y ella asomó su fogosa cabeza por la puerta y respondió:

– No voy a cambiar nada aquí. Voy a mejorarlo. -Luego volvió a desaparecer.

– ¿Por qué eso no me tranquiliza? -le dijo Gabe al espacio vacío que vibraba con el recuerdo de la imagen de ella.

Una semana más tarde, cuando entró en su oficina, todos los muebles habían desaparecido.

– ¡Nell!

– Vino el restaurador -dijo ella, materializándose en la puerta esta vez con un suéter violeta. Había un corazón rojo tejido en la prenda encima de su pecho izquierdo. ¿Por qué sencillamente no se pone blancos para dardos?, pensó él-. Dijo que a la madera sólo había que limpiarla y encerarla -continuó Nell, endemoniadamente animada-. Pero que restaurar el tapizado de cuero y reforzar las juntas flojas podría tardar un poco más.

– ¿Restaurar el cuero? Eso suena caro.

– Lo es, un poco, pero no tanto como comprar algo nuevo -dijo Nell con alegría-. Y piensa en lo diferente que se verá todo.

– Nell…

– Y cuando eso esté listo tenemos que hablar sobre el sofá de la recepción…

– El sofá está bien.

– … Porque no es de época, es feo, y se está desarmando. Tenemos que…

– Nell -dijo Gabe, y algo en su voz hizo que ella se detuviera y lo mirara con cierto resquemor, una Bambi pelirroja y de ojos bien abiertos con una prenda de algodón tejido color púrpura-. Basta -continuó él, y se sintió culpable por haberlo dicho.

– Un sofá nuevo y termino -dijo Nell-. Lo juro. Eso y las tarjetas de presentación y la ventana, pero primero el sofá nuevo. Alguien se va a caer cuando se siente en el viejo y entonces ¿qué sucederá con nosotros? Nos van a demandar, eso va a pasar. En serio, sé lo que estoy haciendo.

– Nunca lo dudé -dijo Gabe-. Sólo no estoy seguro de que sepas lo que nosotros estamos haciendo. Me refiero a dirigir una agencia de detectives. No tenemos la clase de clientes que prestan atención a la decoración. Cuando vienen a buscarnos, podríamos encontrarnos en un basural y a ellos no les importaría siempre que obtengamos las respuestas que necesitan.

– El sofá será la última cosa -dijo Nell e hizo la señal de la cruz sobre ambos corazones-. Lo juro.

– Nada de sofá -repuso Gabe-. Lo digo en serio.

Nell suspiró y asintió y regresó a su escritorio porque estaba sonando el teléfono y después volvió a asomar la cabeza en la oficina de Gabe.

– Riley está en la línea uno y tu teléfono está en el piso al lado de la ventana.

– ¿Cuántos días?

– Larry dice que mañana; a más tardar el miércoles.

– ¿Quién es Larry? -dijo Gabe cuando levantó el auricular.

– No lo sé -respondió Riley al otro lado de la línea-. ¿Quién es Larry?

– El tipo que está arreglando los muebles -dijo Nell-. Te caería bien. A él le gustaron tus muebles.

Ella desapareció por la puerta mientras Riley decía:

– No me mandaste a averiguar nada sobre ningún Larry.

– Olvídate de Larry -dijo Gabe-. ¿Dónde estás?

– En Cincinnati -respondió Riley-. Las tiendas de empeño de aquí tampoco tienen registros de los diamantes en 1978. Y estoy cansado de todo esto. Trevor dijo que los enterró con Helena, y he decidido creerle.

– No pares hasta que hayas visitado hasta la última maldita tienda de la ciudad -dijo Gabe.

Riley suspiró exasperado.

– ¿Y quién es Larry?

– Un tipo al que Nell le encargó que arreglara los muebles de mi oficina.

– Sabes, tú y Nell tienen mucho en común -comentó Riley-. Ninguno de los dos se da por vencido.

– Tal vez envíe a Nell a buscar a Lynnie.

– La encontró la primera vez -dijo Riley-. Yo lo intentaría.

Nell golpeó a la puerta y volvió a entrar.

– Una clienta para verte -dijo y después se hizo a un lado para dejar entrar a Becca Johnson.

Becca se veía angustiada, lo que era adecuado para ella; había contratado a los McKenna para averiguar los antecedentes de todos los hombres con los que se cruzaba y que ella consideraba que podrían ser El Hombre, pero por desgracia la inteligencia y el sentido común de Becca sólo podían compararse con su pésimo gusto en materia masculina. Ahora que ella estaba de pie frente a él, respirando estremecida y mordiéndose el labio, Gabe supo que Becca había escogido a otro ganador.

– Hablaré contigo más tarde -le dijo Gabe a Riley y colgó-. ¿Qué pasa?

– Voy a traer un vaso de agua -dijo Nell y desapareció por la puerta.

– No se llama Randy -dijo Becca, y entonces su rostro se arrugó y ella se refugió en los brazos de Gabe.

– Está bien -dijo Gabe, dándole palmaditas-. ¿Quién no se llama Randy?

Ella apartó su bonita cara del hombro de Gabe.

– En realidad es maravilloso, Gabe. Estaba tan segura esta vez, ni siquiera te contraté porque lo sabía desde el principio. Pero no se llama Randy. Me mintió -chilló Becca, y Gabe dio un respingo cuando su voz se elevó.

Nell regresó con el agua y entonces se detuvo, levantando una ceja. No empieces, pensó él y la miró fijamente por encima del hombro de Becca. Ella le devolvió la mirada, puso el agua en el alféizar, y se marchó de la oficina con un bonito meneo en su forma de caminar. Debería irritarla más seguido, pensó él. Le da un paso más interesante.

– En realidad confiaba en él -dijo Becca, recordándole que tenía un problema entre manos-. Estaba tan segura.

– ¿Se lo preguntaste? -dijo Gabe, palmeándola otra vez.

– ¿Preguntarle? -Becca se apartó-. ¿Preguntarle?

– Sí-dijo Gabe pacientemente-. ¿Cómo te enteraste?

– Por la valija -dijo Becca, lloriqueando-. En la parte de atrás del placard. Estaba buscando una manta extra y la encontré. Las iniciales son EAK.

– Tal vez sea una valija usada -dijo Gabe-. Quizás era de su abuela materna.

– Es de él -respondió Becca-. Está casi sin usar. Él no compra nada de segunda mano. Todo en la casa está casi sin usar.

– Tal vez alguien se la prestó -insistió Gabe, y ella dejó de hiperventilar-. Becca, pregúntaselo. Después llámame y cuéntame qué te contestó, y podemos investigarlo si lo quieres. Pero no te le eches encima al tipo sólo por unas iniciales en una valija.

Becca volvió a lloriquear.

– ¿En serio piensas que es eso?

– No lo sé -dijo Gabe-. Pero es hora de que hables con él. Si realmente sientes algo serio…

– Es muy serio lo que siento por él -dijo Becca.

– … Entonces tendrás que aprender a hablar con él.

– Nosotros hablamos -dijo Becca y luego, cuando Gabe sacudió la cabeza, dijo-: Está bien. Se lo preguntaré. -Tragó saliva una vez y dijo-: Lo haré en serio. Esta noche.

Gabe encontró su anotador sobre la estantería y tomó nota de todos los detalles sobre Randy, los antecedentes que Becca conocía de él, y su valija. Después la tomó del codo y la guió hacia la puerta.

– Está bien, ya tengo todo lo que necesito. Llámame cuando hayas hablado con él, y si todavía no estás satisfecha, averiguaremos todo.

– Gracias -dijo ella, con una mínima vacilación en la voz-. Lo lamento, Gabe, pero realmente pensaba que él era la persona indicada, y entonces vi las iniciales.

– Todavía no entres en pánico -le dijo él, empujándola suavemente por la recepción.

Cuando Becca estuvo del otro lado de la puerta, Gabe se volvió hacia Nell:

– ¿Querías decirme algo?

– ¿Yo? No -dijo ella, toda inocencia-. Que andes manoseando a las clientas no es asunto mío.

– Recuérdalo -dijo él, regresando a su oficina-. Y de ahora en adelante trata de mandarme mujeres más pulposas. Son más divertidas de apretar.

Cerró la puerta justo cuando algo golpeaba contra ella. Probablemente una resma de papel, pensó, y volvió a trabajar sonriendo hasta que se dio cuenta de que no tenía ni escritorio ni sillas.

Esa noche, más tarde, mientras esperaba una llamada de California respecto de una averiguación de antecedentes, Gabe se sentó en el piso de su oficina y comió comida china junto a Nell, mientras le miraba las piernas estiradas al lado de las suyas. Al menos en esa posición no podía verle ese maldito corazón.

– ¿Qué harías si tuvieras que buscar a Lynnie? -le preguntó.

– Encontraría a algún tipo con dinero, lo ataría como a un chivo, y esperaría a que ella se presentara -dijo Nell-. ¿Tienes los pastelillos? Porque yo… -Se interrumpió cuando él le pasó un recipiente de cartón.

– Sabes, recuerdo que en una época tenía muebles -dijo él, buscando el recipiente con el pollo al ajo-. Se estaba bien acá en esos tiempos.

– Hoy llamé y Larry dijo que los regresará mañana -dijo Nell-. Te van a encantar. Cuéntame sobre Becca.

– ¿Qué pasa con Becca? -dijo Gabe, dispuesto a pelearse con ella pero en realidad sin ánimo de hacerlo. Era mucho más placentero saborear el ajo y mirar el paisaje.

– Riley la llama la Chica Chequeadora, así que supongo que chequea a todos los hombres con los que sale.

– Becca viene de un pequeño pueblo donde todos se conocen entre sí -dijo Gabe-. Ahora vive en una gran ciudad y trabaja en una gran universidad con una gran población temporaria. Nadie conoce a nadie. Entonces nos contrata para hacer el trabajo que su madre y su abuela harían en su pueblo.

Nell lo consideró un momento mientras blandía un tenedor lleno de cerdo agridulce.

– Eso no es tonto.

– No, pero esta vez no quiere que chequeemos. Esta vez era la persona indicada. Deja de acaparar el cerdo.

Él estiró la mano y ella le pasó el recipiente de cartón.

– ¿Entonces qué sucedió?

– Ella cree que le mintió respecto del nombre. -Gabe tomó un bocado de cerdo y dejó que la punzada picante de la salsa permaneciera un momento en su boca antes de tragar. Las buenas cosas de la vida merecían ser saboreadas. No tenía sentido moverse rápido.

– No suenas demasiado convencido -dijo Nell.

– No hay razones para entrar en pánico todavía. -Gabe recogió su vaso de plástico, y justo cuando se dio cuenta de que estaba vacío, Nell le pasó otro lleno de Coca-Cola-. Gracias.

– ¿Entonces qué otros clientes fijos tienes además de Becca la Chica Chequeadora? -dijo Nell, abriendo otro recipiente-. Caramba, esto huele bien.

– Trevor Ogilvie -dijo Gabe, mirándole los tobillos-. Nos contrata cada tres o cuatro meses para averiguar en qué anda Olivia. -Dejó el plato en el suelo para buscar la sopa agria y caliente. Había dos recipientes, así que le pasó uno a Nell y abrió el otro para él-. Riley la llama el Informe Trimestral. Ella le gusta porque va a lugares con música fuerte y cerveza barata. Le toca otra vez el mes que viene. -Saboreó la sopa, espesa y caliente, y el gusto agrio le recordó las papas fritas de Nell. En los últimos tiempos él siempre pedía las papas fritas con vinagre porque la fuerza de ese sabor le despertaba hasta la última papila gustativa.

– Y además está el Almuerzo Caliente -recordó Nell.

– Harold Taggart y su adorable esposa, Gina. -Gabe la apuntó con la cuchara-. Te toca a ti la próxima vez. Riley está harto.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Te sientas en el lobby del hotel y te fijas si aparece Gina con su última conquista, lo que sucederá con seguridad. Es completamente confiable, nuestra Gina.

– ¿Entonces la apunto con el dedo y digo: «Yo soy espía»?

– Entonces apuntas con la cámara y tomas la foto. A Harold le gustan las fotos.

Nell sacudió la cabeza y levantó un poco los hombros.

– Eso es enfermo.

– Es lo que dice Riley. Yo trato de no juzgar.

– Eres un ejemplo para todos nosotros -dijo Nell.

– Me gusta pensarlo -dijo Gabe, volviendo a mirarle las piernas.

Nell separó los tobillos.

– Son atractivas, ¿verdad?

– Sí.

– Son la única parte de mi cuerpo que no se fue al diablo cuando perdí peso -dijo Nell-. Creo que era porque me la pasaba caminando.

– Te ves mucho mejor -dijo Gabe, pasándole la comida agridulce-. Dabas un poco de miedo cuando empezaste a trabajar aquí.

– Me siento mucho mejor -dijo Nell, mirando dentro del recipiente.

La punta de su cabeza rozó la barbilla de Gabe, suave como una pluma y sorprendentemente fresca. Un cabello tan rojo debería ser caliente, pensó él.

Ella levantó el recipiente.

– ¿Quieres más o puedo terminarlo?

– Es tuyo -dijo Gabe-. Cuesta creer que tuvimos que obligarte a comer.

– ¿Y qué otros clientes fijos hay?

– Nada tan pintoresco -dijo Gabe-. Hacemos muchas investigaciones de antecedentes para empresas de la zona.

– Como O & D.

– Especialmente O & D. Ellos nos dan mucho trabajo porque mi papá y Trevor eran amigotes. -A Gabe se le ensombreció un poco el ánimo al pensar en ellos-. Y después hicimos un trabajo tan excelente hundiéndolo a Jack con sus dos divorcios que él nos envió encargos para su departamento.

– Por lo menos es de mente abierta. -Ella frunció el entrecejo mirando al espacio-. Me cuesta imaginar a Trevor como el amigote de juergas de nadie.

– Trevor no siempre tuvo mil años de edad -dijo Gabe-. En realidad él y mi papá eran un buen par de juerguistas. -Trató de no pensar en qué otra cosa podrían haber hecho-. Hay una foto de ellos en la pared. Allí, detrás del perchero.

Nell se levantó del suelo y fue a verla, y Gabe le observó las piernas mientras caminaba. Excelentes pantorrillas. Pensó en inclinarse para adelante para mirarla por debajo de la falda y llegó a la conclusión de que la luz no era lo suficientemente buena como para molestarse.

– Dios mío -dijo Nell, inclinándose para mirar mejor la foto, lo que Gabe agradeció-. Trevor era absolutamente deslumbrante.

– Bueno, en ese entonces lo era. Además era un litigante bravo. Estaba a la altura de los mejores.

– Tu papá se parece a ti.

– En realidad, yo me parezco a mi papá, pero gracias.

Nell volvió a mirarlo y después regresó a la fotografía.

– No precisamente. Tú te ves como alguien en quien yo confiaría.

– Gracias -dijo Gabe, sorprendido-, creo. ¿Eso quiere decir «aburrido»?

– No -dijo Nell-. Eso quiere decir que tu papá se ve como un jugador.

– Buena intuición -dijo Gabe.

Ella dio un paso hacia atrás y tomó la chaqueta azul a rayas del perchero.

– ¿Esto era de él? Es igual a la de la foto.

– Era de él -respondió Gabe-. No sé si es la de la foto. A él le gustaban las rayas. Muy Frank Sinatra.

Nell se puso el saco sobre los hombros, y le quedó colgando más abajo de las caderas, casi cubriéndole la falda. Quítate la falda, pensó Gabe, y después pensó: Oh, no. Una cosa era apreciar pasivamente las piernas de una mujer; otra cosa completamente distinta era fantasear sobre la falta de ropa en conjunción con una secretaria de los McKenna.

– Es una chaqueta excelente. -Nell se volvió hacia él mientras se acomodaba las mangas-. ¿Por qué no la usas?

– No soy de la clase de personas que usan rayas -dijo él, disfrutando de la explosión de color de su cabello rojo sobre el azul oscuro del saco. Era más que atractiva, le recordaba a alguien: un rostro pícaro, ojos almendrados, piel pálida, una sonrisa que podía derretir el cemento. Un atractivo antiguo, pero despampanante. Mima Loy, pensó. Ella se pasó las manos por la parte de adelante del saco, y él dijo-: Ese color te queda bien.

– ¿Tú crees? ¿Dónde hay un espejo? -Se fue de la oficina, probablemente en dirección al baño, y Gabe pensó: No te vayas.

Dejó el tenedor en el suelo y sacudió la cabeza, tratando de sacarse de la mente la imagen de ella -esas piernas larguísimas y ese cabello tan resplandeciente-, pero seguía queriendo que regresara.

Era la cosa con las secretarias, decidió. Décadas de McKenna que perseguían secretarias y las alcanzaban. Ya lo tenía en el ADN. Pero él era un adulto, un maduro, cuidadoso, inteligente adulto. Lo único que tenía que hacer era concentrarse, y esta vez no caería presa de la costumbre.

– Tienes razón -dijo ella, regresando sonriente, una gran sonrisa, una gran boca con unos labios carnosos que…

– Siempre tengo razón -dijo Gabe, levantándose-. ¿Quieres más comida?

– Todo lo que tú no quieras -dijo Nell-. En los últimos tiempos estoy insaciable.

Volvió a colgar el saco del perchero y después se agachó para recoger los recipientes de cartón del suelo, y su suéter púrpura se corrió un poco y él pudo ver una delgada línea de su pálida piel sobre la falda, que ahora se ajustaba marcándole el trasero.

Qué tradición estúpida, pensó él. ¿Por qué los McKenna no podrían haber nacido con talento para ganar dinero en vez de secretarias?

– ¿Qué? -dijo Nell, mirándolo desde abajo.

– Nada -respondió él-. Sólo pensaba. -Y entonces sonó el teléfono y Gabe volvió al trabajo.

Al otro lado del parque, Suze tenía sus propios problemas.

– ¿Qué diablos es esto? -dijo Jack, y ella levantó la mirada del libro que estaba leyendo y lo vio venir del comedor, con una de las tazas corredoras en la mano.

– Porcelanas británicas -dijo ella-. Las estoy coleccionando.

– Pusiste estas cosas en el medio de nuestras porcelanas finas.

– Las porcelanas de tu madre -dijo Suze y volvió al libro.

– No creo que sea buena idea poner estas baratijas en el mismo lugar -dijo Jack, y ella levantó la mirada y vio que él daba vuelta la taza para mirar el fondo y que se le soltaba. La pieza golpeó contra el piso de madera, se partió en dos y al mismo tiempo se le separaron las piernas.

– ¡Jack! -Suze arrojó el libro a un costado y se puso de rodillas para juntar los pedacitos.

– Lo lamento -dijo él, aunque sonaba como que no lo lamentaba para nada-. Son esas baratijas…

– Ésta es una Taza Corredora Caribeña -dijo ella, tratando de volver a juntar los pedacitos-. Es de la década del 70 y valía setenta y cinco dólares.

– ¿Esa cosa? -Jack parecía incrédulo.

Suze no le prestó atención y llevó los pedacitos de la taza a la cocina, en busca de pegamento. Él la siguió.

– ¿Esto es otra de las cosas de las que te convenció Nell? Tú no necesitas las porcelanas de ella, tienes las Spode de los Dysart.

Suze puso los pedazos sobre la mesada y los miró, con el estómago revuelto. Aunque consiguiera pegarlos, la taza seguiría rota. Tocó los zapatones amarillos y notó que uno de ellos estaba descascarado.

– Maldición -dijo, y volvió a la sala para buscar el pedazo de esmalte amarillo que faltaba.

Jack volvió a seguirla.

– No puedo creer que estés gastando mi dinero en estas estúpidas tazas.

– Estoy gastando mi dinero. -Se puso de rodillas y revisó el piso, moviendo la cabeza por si el esmalte brillante reflejaba la luz de la lámpara.

– Tú no tienes dinero -dijo Jack.

Ella miró el piso con los ojos entrecerrados y contestó:

– Sí tengo. Estoy trabajando.

– ¿Estás qué?

Allí estaba. Se humedeció la punta del dedo y recogió el pedacito de esmalte. Después se puso de pie y explicó:

– Desde hace un tiempo estoy trabajando medio turno para los McKenna.

– ¿Trabajando? -dijo Jack, haciéndolo sonar como si estuviera engañándolo.

– Sí -dijo Suze, y regresó a la cocina. Puso el pedacito de esmalte sobre la mesada y desenroscó la tapa de plástico naranja del frasco de pegamento.

– Suze -dijo Jack, siguiéndola-, no puedes…

– Soy un señuelo -dijo Suze, tratando de deducir la mejor manera de pegar las piezas. Echó cola sobre la mesada de fórmica y hundió la parte blanca en el pegamento-. Algunos contratan a los McKenna para averiguar si sus parejas están engañándolos, y yo soy la que les da a los tipos la oportunidad de engañar.

– ¿Estás haciendo qué?

Con mucho cuidado, colocó el pedacito de esmalte en el zapato amarillo, ubicándolo con la punta de la uña. Tal vez debería pegar el zapato y la taza separadamente y después pegar los zapatos a la taza cuando los primeros arreglos se secaran.

– Suze -dijo Jack, y ella se volvió y lo vio rojo de furia-. Te dije que no quería que te juntaras tanto con Nell, ¿y ahora estás trabajando con ella? ¿Conquistando tipos en bares?

– No pasa nada, Jack, lo único que hago es hablar. -Se volvió hacia la mesada y levantó las dos mitades de la taza, mojando los bordes con cola blanca-. Riley está cerca todo el tiempo, y él me mataría si yo fuera demasiado lejos.

– ¿Riley McKenna?

– De hecho -agregó ella, sin prestar atención al rugido y juntando las dos partes de la taza-. Por eso lo estoy haciendo. Nell cometió un error, y ellos no permiten que vuelva a ocuparse de eso, así que…

– Bueno, tú tampoco lo harás más -contestó Jack-. Jesús Cristo, Suze, ¿te has vuelto loca? Tú no…

– Yo sí. -Suze se recostó contra la alacena, manteniendo juntas las dos mitades de la taza-. Me gusta trabajar para los McKenna, y no hay razones para que no confíes en mí, así que no voy a renunciar. -Respiró profundo y dijo-: No es justo que me pidas que lo haga.

– ¿No es justo? -Jack parecía estar sufriendo una apoplejía-. Estás acostándote con Riley McKenna, por eso no quieres renunciar, y yo no…

Suze suspiró.

– No estoy acostándome con Riley. -Como él no parecía convencido, agregó-: Nell está acostándose con él. Y no voy a renunciar porque me gusta tener trabajo, y no se interpone con nada que tenga que hacer para ti o contigo, y si no me tienes la confianza suficiente como para dejarme trabajar entonces creo que nos conviene consultar a un consejero matrimonial porque estamos en grandes problemas. -Se quedó sin aliento en las últimas palabras y se detuvo para recuperarse.

– ¿Nell está acostándose con él? -Jack parecía desconcertado, y luego volvió a mirarla con irritación-. No lo creo. Ella tiene por lo menos diez años más que él. Nadie que estuviera en su sano juicio se acostaría con ella si puede hacerlo contigo.

– ¡Oye! -Suze lo miró a los ojos-. Estás hablando de mi mejor amiga, y eres un gran hipócrita. Tú tienes veintidós años más que yo y eso jamás te molestó.

– Con las mujeres es distinto -dijo Jack-. Confía en mí.

– ¿Confiar en ti? -dijo Suze-. ¿Por qué debería hacerlo? Tú no confías en mí, y estoy empezando a pensar que tal vez estés proyectando.

– ¿Psicología de primer año? -dijo Jack, y Suze siguió hablando sin interrumpirse.

– Estás pensando en engañarme y por eso sospechas de más, lo que es una actitud realmente retorcida. Y hay muchas razones por las que alguien podría preferir estar con Nell que conmigo, porque ella es inteligente y divertida e independiente y puede salir de noche sin que venga un asno a acusarla de adulterio y a romperle las porcelanas. ¿Qué vas a hacer cuando yo llegue a la edad de Nell y conozcas a alguien más joven que yo? ¿Me vas a dejar a un lado porque nadie elegiría a una cuarentona en vez de una treintañera? Porque si eso es cierto, bien puedes irte ahora y ahorrarme el suspenso.

– Cálmate -dijo Jack, claramente intimidado-. Sólo cálmate. Por supuesto que no estoy engañándote. Sólo me sorprende lo de Nell, eso es todo. Tim dijo que ella era muy mala en la cama.

Suze sintió que se le calentaba la sangre.

– También yo sería mala en la cama si estuviera con ese hijo de puta. Riley parece estar bastante contento con ella, y tengo que decírtelo, Nell sonaba sorprendida cuando comentó la forma en que él hacía el amor, por lo que apuesto a que Tim es un pésimo amante. Y ella tuvo que soportarlo a él durante veintidós años así que merece pasarlo bien con un tipo más joven que sabe lo que hace.

– ¿Cómo sabes que él sabe lo que hace? -dijo Jack, mientras la sospecha volvía a oscurecerle el rostro.

– Sabes, si sigues diciendo estupideces… -Suze puso la taza pegada sobre la mesada con mucho cuidado y se volvió hacia él-. Si quieres volver a hablar de esto, compórtate como un adulto inteligente y no como un bebé temperamental. Ésta es la pelea más estúpida que hemos tenido, y tú la empezaste porque no confiabas en mí. No estoy bromeando, necesitamos ayuda profesional si honestamente crees que te engañaría. ¿Es que no me conoces?

Jack cerró los ojos.

– No lo sé. Con sólo oír el nombre de Riley McKenna me vuelvo loco. -Volvió a mirarla-. Pero sí me mentiste. Conseguiste un trabajo.

– Sí, bueno, sabía que tomarías esta actitud de gran amo y no me lo permitirías -dijo Suze-. Estoy cansada de eso. Quiero un marido y un compañero, no un papá. Tengo treinta y dos años de edad y tengo un trabajo. Eso no es anormal. Diablos, lo único que yo quería era comprar unas tazas. -Miró la mesada, la taza sin piernas y los zapatos descascarados y apretó los dientes para no gritarle.

– No necesitas trabajar-dijo Jack, tozudamente-. Si quieres las malditas tazas, cómpralas. De todas formas el tema no es el trabajo, es que no me lo dijiste. Me mentiste, ¿y te preguntas por qué creo que podrías engañarme?

– Sigue así, y lo haré.

Suze recogió los dos pedazos de porcelana, lo dejó de pie en la cocina, y subió de a dos escalones la escalera de la sala de estar para alejarse de él. Se encerró en la oficina de Jack, llamó a Nell, y se encontró con el contestador automático.

– Acabo de contarle a Jack lo del trabajo -dijo-. Él cree que estoy acostándome con Riley, ¿puedes creerlo? Le dije qué tú lo hacías. Ve y ten sexo con Riley otra vez, así no estoy exagerando las cosas.

Colgó el teléfono y se conectó con eBay para sacarse de la cabeza la furia y lo que pensaba que era miedo. Demasiado, demasiado pronto, ése era el problema con esa conversación. Buscó Vajilla Caminante en el sitio de internet y encontró tres tazas corredoras comunes, a un precio demasiado alto, pero no le importó. Puso una reserva de ochenta dólares para cada una de ellas -había que estar loca para pagar ochenta dólares por una taza común, lo que quería decir que probablemente se las venderían-, y se acomodó en el asiento para contemplar su compra. Se dio cuenta de que estaba temblando, y no era por haber pagado de más por las tazas.

En verdad me alegro de haber hecho eso, se dijo a sí misma, mientras tocaba los pedazos rotos de la taza. Era demente de parte de él no dejarle tener un trabajo. Demente y controlador y paternalista y antifeminista y…

¿Y si me abandona?

Se estremeció ante la idea, y todo su cuerpo se enfrió. Estaría sola. Había sentido la soledad antes de conocerlo a él; su madre siempre estaba en el trabajo, su padre se había ido muchísimo tiempo antes, y después había aparecido Jack, jurando que siempre estaría presente, que ella jamás volvería a estar sola. Y no lo había estado, ni una vez.

Pero él podía abandonarla por esto. Y sería culpa de ella.

Suze se acurrucó en la silla. Existía la posibilidad real de que acabara de comportarse como una estúpida. ¿Acaso había puesto en riesgo su matrimonio por un trabajo de medio turno y algunas piezas de porcelana? Eso le daría sólo un frío consuelo si perdía al único hombre que había amado. Está bien, sí, él estaba comportándose como un bastardo, pero tenía miedo, se le notaba en los ojos. El pensaba que era demasiado viejo para ella. Pensaba que la estaba perdiendo. Podría ser, pensó, y después pensó: No. Sabía exactamente lo que él sentía. Ella había temido durante catorce años que él la traicionara como había traicionado a Abby y a Vicki, que ella se quedara sola como ellas. Había sido horrible, y ahora él también estaba sintiendo lo mismo.

Se desconectó de internet y lentamente empujó la silla hacia atrás. No necesitaba un trabajo si provocaba eso en Jack, si los hacía pelearse de esa manera. Volvió a bajar las escaleras con lentitud y encontró a Jack en la cocina, colgando el teléfono. Él la miró desafiante, y ella dijo:

– Si te molesta tanto, voy a renunciar.

– Esa es mi chica. -Jack extendió los brazos, y como ella no se le acercó, él fue hacia ella, y ella le permitió abrazarla-. Lo siento, Suze, perdí la cabeza. Sé que no me engañarías, no te merecías eso. Te mereces una disculpa, algo mejor que una disculpa. ¿Qué te parece si salimos más tarde a algún lado?

Mientras no sea a divorciarnos, pensó Suze y se separó de él lo más rápido que pudo para volver a subir y terminar de pegar los últimos dos pedazos de la taza, tratando de no sentirse deprimida, y tratando todavía más de no enojarse.

Capítulo 11

Al día siguiente por la tarde, Suze llamó a la agencia para decirle a Riley que iba a renunciar.

– No está aquí -dijo Nell.

– Suenas terrible -dijo Suze-. ¿Qué pasa?

– Otra pelea con Gabe -dijo Nell-. Por lo general sus gritos no me alteran, pero hoy estoy cansada. Por lo menos los muebles ya llegaron. Eso debería de ayudar.

– Tal vez tendrías que dejar de hacer cosas que lo hagan gritar -repuso Suze, pensando en Jack.

– No lo creo -dijo Nell-. Porque entonces él pensaría que gritando se arregla todo. Me pidió disculpas antes de irse y va a llevarme a cenar, así que todo está bien.

– ¿En serio? -dijo Suze.

– Vamos a encontrarnos con Riley a las seis y media en el Sycamore. ¿Jack va a estar en casa a esa hora?

– No -dijo Suze-. Tiene un asunto de negocios. Cenaremos a las nueve.

– Ven con nosotros -dijo Nell, y Suze pensó: por qué no.

Llegó un poco temprano al Sycamore y vio a Riley sentado en una mesa frente a la ventana. Él la saludó con un gesto, y ella se acercó y se sentó frente a él.

– Nell me dijo que querías hablarme. -Sonaba furioso, pero no había expresión en su rostro.

– Voy a renunciar -dijo ella-. Lo del señuelo.

– Bien.

– ¿Eso es todo? ¿Sólo «bien»?

– Jack se enteró, ¿no?

Tuvo ganas de abofetearlo.

– Tal vez sea porque estoy cansada de trabajar para ti. -Vino la camarera y ella dijo-: Té helado, sin limón, por favor. -Después miró a Riley, que estaba bebiendo una cerveza de espaldas al vitral de la ventana, mirando para otro lado como si ella no estuviera allí.

– Sabes, me alegro de que Nell llegue tarde -dijo Suze-, porque quiero saber cuáles son tus intenciones.

– ¿Qué intenciones? -dijo Riley-. No tengo intenciones.

– Tus intenciones respecto de Nell -dijo Suze pacientemente-. ¿Recuerdas? ¿La pelirroja con la que te acuestas?

– Me acostaba -dijo Riley-. Hace tres meses. Eso terminó. Duró sólo una noche, lo que sin dudas ella te contó.

Suze entrecerró los ojos y se inclinó sobre la mesa, con ganas de provocar a alguien con quien pelearse no le causara demasiados perjuicios.

– ¿La largaste? ¿Sabes todo lo que ella sufrió con ese asno con quien se casó? Y ahora tú…

– Retrocede, Barbie. Lo único que ella quería era una noche. Es parte del proceso de recuperación.

– No me vengas con eso.

– Sólo estaba probándolo. Pasa todo el tiempo.

– ¿Y tú cómo sabes eso?

– Porque mi trabajo me coloca en una situación de proximidad con personas que acaban de descubrir que su relación ha terminado. Lo que por lo general ocasiona que aquellas que prefieren tener hombres en su cama vengan a mí.

Suze sacudió la cabeza con incredulidad.

– ¿Y tú ofreces ese servicio…?

– Por lo general, no. Nell es una buena mujer que estaba atravesando un mal momento.

– Y tú querías sexo.

– Tenía una cita esa noche. Si sólo hubiera querido sexo, podría haberlo tenido.

– ¿Tuviste sexo con otra persona después de que te acostaste con Nell?

– No -dijo Riley. Claramente se le estaba agotando la paciencia-. Llamé y lo cancelé. Ahora estoy cansado de esta conversación. ¿Qué hay de nuevo en tu vida? Suponiendo que Jack permita que haya algo nuevo en tu vida.

– Así que Nell está completamente sola otra vez -dijo Suze-. Te acostaste con ella una noche y…

– Nell no está sola. Nell te tiene a ti y a Margie y a mí y a Gabe y a su hijo y probablemente a otros miles que yo no conozco. Se puso un poco loca porque eso es lo que ocurre después de una separación, pero ahora está avanzando en la dirección correcta. Ha vuelto a comer y está destrozando la oficina y se pelea con Gabe y yo la veo bastante bien. Dale tiempo, ya encontrará a alguien.

– ¿Cuánto tiempo? No quiero que esté sola, es horrible estar sola.

– ¿Y tú cómo lo sabes? -dijo Riley, volviendo a mirar para otro lado.

– Puedo imaginarlo -respondió Suze-. Sé que es horrible. Ya debería haber encontrado a alguien a esta altura.

– Dos años -dijo Riley, bajando un poco la cabeza.

Suze se dio vuelta para ver qué estaba mirando y vio un restaurante lleno de gente comiendo.

– ¿Qué?

– Ese es el tiempo de recuperación promedio después de un divorcio. Dos años.

– Oh, Dios mío. -Suze sacó las cuentas-. En julio se cumplió un año del divorcio. Todavía faltan siete meses más. Eso es demasiado tiempo.

– Susannah -dijo Riley, con la gravedad suficiente como para que Suze prestara atención-. Déjala en paz. Le está yendo bien.

– No puedo soportar que esté sola -dijo Suze.

– No, tú piensas que no podrías soportarlo si tú estuvieras sola. -Riley le sonrió a otra persona.

Suze se volvió nuevamente y vio a una morocha al otro lado del salón, que le devolvía la sonrisa a Riley. Volvió a enfrentarlo, irritada.

– ¿Qué clase de mujer coquetearía con un hombre que está con alguien?

– Yo no estoy contigo -dijo Riley, sin quitarle los ojos a la morocha-. Sólo estamos sentados en la misma mesa.

– Pero ella no sabe eso. -Suze volvió a mirar a la morocha con desprecio. Las mujeres así eran las que destruían los matrimonios.

– Claro que lo sabe.

– ¿Cómo? ¿Qué hiciste? ¿Le mandaste una nota?

– Lenguaje corporal. Los dos estamos inclinados hacia atrás. Además ya van quince minutos que me estás parloteando, entonces aunque estuviéramos juntos, no sería por mucho tiempo.

– Dios sabe que eso es cierto -dijo Suze, alejándose incluso un poco más de él-. No puedo imaginar qué vio Nell en ti.

– No es necesario -dijo Riley, todavía sonriéndole a la morocha-. Ella te lo contó. Golpe por golpe, apostaría.

– Lo que me faltaba-dijo Suze-. Que me hagas comentarios perversos en el Sycamore.

– Eso no es lo que te falta. -Riley se puso de pie y levantó su copa-. Pero lo que te falta no lo conseguirás porque te casaste con un idiota. -Tomó el vaso de ella, también, y dijo-: Te traeré una segunda vuelta. -Y se fue antes de que Suze pudiera decir:

– No quiero una segunda vuelta.

Lo observó cuando se detuvo junto a la mesa de la morocha, notó que la sonrisa de la morocha se hacía más grande cuando él le hablaba, y después la vio reír mientras él seguía rumbo a la barra.

Qué vulgar esa morocha, que dejaba que él la conquistara de esa manera. Bueno, gracias a Dios ella no estaba buscando a alguien, si así eran las cosas en el mundo de las citas románticas. Gracias a Dios que tenía a Jack.

Suze se volvió para mirar por la ventana en dirección a la calle de casas de ladrillos a la vista que estaba frente al restaurante. El sol estaba poniéndose, y el Village estaba tomando ese aspecto atemporal que siempre adquiría al atardecer, bello y melancólico. Me encanta estar aquí, pensó. ¿Por qué no soy feliz?

Salvo que sí era feliz. Era el crepúsculo. El crepúsculo siempre traía melancolía, y la belleza melancólica podía hacer que cualquiera se sintiese un poco triste. Se pondría bien cuando el sol volviera a salir.

Riley puso el vaso frente a ella y volvió a sentarse en la mesa, bloqueándole la vista de la calle crepuscular.

– Ni siquiera me preguntaste qué quería beber -dijo Suze.

– Pruébalo.

Ella bebió un sorbo. Té helado, sin limón.

– Presto atención -dijo Riley.

– Así que ella te dejó conquistarla frente a mí. ¿No tiene ninguna ética?

– Por Dios, espero que no -repuso Riley-. Además le dije que eras mi hermana.

Él se veía tan calmado, tan seguro de conocerlo todo, que ella sintió la repentina urgencia de desconcertarlo. Si se inclinara sobre él y lo besara, la morocha sabría que no era su hermana. Eso lo pondría en su lugar.

– ¿Qué? -dijo Riley, con un aspecto menos seguro de sí mismo.

– No dije nada -dijo Suze.

– No, pero tu expresión cambió -dijo Riley-. Sea lo que sea que estás pensando, detente.

– De todas formas no lo haría. No tengo agallas.

– Bien. Detesto a las mujeres con agallas. Me gustan sumisas.

– Yo no soy sumisa -dijo Suze.

– Otra razón por la que no estamos juntos -replicó Riley.

La silla que estaba al lado de ella se corrió, y Nell dijo:

– ¿Por qué los dos tienen el entrecejo fruncido? -Y se sentó. Se veía cansada pero relajada; entonces la pelea con Gabe debía de haber terminado.

– Compañía de clase baja -dijo Suze, corriendo los pies para que Marlene pudiera esconderse debajo de la mesa.

– Muchas gracias -dijo Gabe, ocupando el asiento contiguo al de Riley.

– ¿Cómo fue tu día? -preguntó animadamente Suze pero no prestó atención a la respuesta, prefiriendo en cambio ver a Riley que se reía junto a Nell y hacía contacto visual con la morocha; estaba claro que no le importaba que Nell estuviera fuera de su vida.

Cuando Riley y Nell fueron a la barra a buscar más bebidas, Gabe dijo:

– ¿Y cómo anda tu vida?

– Tengo que renunciar a los señuelos -dijo ella-. Lo lamento. En serio, lo lamento mucho.

– Nosotros también-dijo él-. Era grandioso trabajar contigo.

– Gracias. -Apartó la mirada para que él no se diera cuenta de lo mucho que la cuestión la afectaba y vio que Nell se reía junto a Riley en la barra-. Se la ve maravillosa, ¿no? -dijo Suze, volviéndose hacia Gabe-. Tan alegre y feliz.

Gabe asintió, también observando a Nell.

– «La silueta que sólo un brillante recipiente puede contener».

Suze lo miró parpadeando asombrada. Ni en un millón de años habría sospechado que Gabe McKenna citaba poesía.

– ¿Roethke?

Gabe pareció también desconcertado.

– Sí, era el favorito de mi padre. Le recitaba esa frase a mi madre todo el tiempo. A veces Nell me hace pensar en ello. -La miró frunciendo el entrecejo-. ¿Cómo conoces a Roethke?

– Inglés de tercer año -dijo Suze-. Introducción a la Poesía. -Cuando regresara a su casa, buscaría su vieja antología y se fijaría si ese poema era tan erótico como ella lo recordaba. Incluso si no lo fuera, estaba segura de que se trataba de un gran poema de amor. Tal vez Nell no estaba sola después de todo.

Sería demasiado terrible que Nell estuviera sola.

Dos horas más tarde, Suze y Riley ya se habían marchado, y Nell estaba terminando su postre y tratando de descifrar las corrientes subterráneas de esa noche. Gabe bebía lentamente una cerveza al otro lado de la mesa, algo enojado porque Trevor había vuelto a llamarla esa tarde para ofrecerle un trabajo.

– Está bien -dijo ella-. No entiendo de qué se trata toda esta tensión. Riley estaba muchísimo más alterado por la renuncia de Suze que lo que dejaba entrever. ¿Qué pasa con eso?

– Hay una historia allí -dijo Gabe-. Escucha, cuando Trevor llamó, ¿mencionó que Jack le había dicho que te ofreciera ese trabajo?

– No -respondió Nell-. Y no hay ninguna historia. Suze no conocía a Riley hasta la noche que robamos a Marlene. La totalidad de la relación de ellos consiste en catorce trabajos de señuelo.

– Es cierto -dijo Gabe-. Pregunto lo de Trevor porque él no es de los que realizan acciones directas. Jack, sí. Trevor, no. Trevor espera.

– No lo mencionó. -Nell se inclinó sobre su plato vacío para mirarlo a los ojos-. Me contaste que investigaste los divorcios de Jack. ¿Me estás diciendo que investigaste a Suze?

– ¿Estás segura de que me contaste todo lo que sabes sobre Margie?

– Vicki te contrató para que averiguaras lo de Suze con Jack -dijo Nell-. Dios mío. ¿Allí fue cuando Riley vio a Suze?

Gabe asintió, dándose por vencido, lo que ella sabía que iba a hacer.

– A través de la ventana de un motel, desnudándose para Jack con un uniforme de animadora. A los dieciocho. Eso lo dañó para siempre. -Contempló el espacio un momento, con aire pensativo.

Nell entrecerró los ojos.

– ¿Y tú cómo lo sabes?

– Hay fotos -dijo Gabe, volviendo a la tierra-. Debe de ser algo importante porque Trevor tiene mucho interés en alejarte de nosotros.

– ¿Hay fotos?

– Había -dijo Gabe rápidamente-. Había, había fotos.

– Me estás ocultando algo -dijo Nell, acercándose más.

– Como si eso fuera posible -replicó Gabe-. Claro que siempre existe la posibilidad de que Jack esté manipulando a Trevor. ¿Qué es lo que tú sabes que Jack no quiere que me cuentes?

– Nada. Te dije todo lo que sé. Escucha, a fines de la próxima semana habré terminado con el baño. ¿Quieres que empiece con el auto?

Gabe achicó los ojos.

– Mantente lejos de mi auto. -Se detuvo, reflexionando-. Tal vez sea eso. Tal vez tengan miedo de que encuentres algo. Dios sabe que has revisado en todas partes.

– Sólo para limpiarlo. -Nell apartó el plato-. No soñaría con conducirlo.

– Yo lo limpio. No hay nada allí. Y ni siquiera hables de conducirlo.

– Dije que no soñaría… -empezó a decir Nell, pero él estaba en pie, listo para irse, con las llaves en la mano, y se sintió tentada por la insignia del Porsche.

– No se me ocurre otra razón para ofrecerte un trabajo que te aleje de nosotros -dijo Gabe-. Tiene que tener alguna relación con este lío del chantaje.

– Tal vez sólo sea que precisan a una buena gerente de oficina -dijo Nell, empujando la silla hacia atrás con cuidado para no lastimar a Marlene-. ¿Y esas fotos todavía existen?

– Jamás lo sabrás -replicó Gabe-. Los muebles están muy bien, de paso.

– Eres demasiado sensible respecto de ese auto -dijo ella y, recogió a Marlene para seguirlo hacia la fría noche de noviembre.

Nell estaba desilusionada por el hecho de que Suze hubiera renunciado, pero no sorprendida. «Es un milagro que Jack le haya permitido hacerlo tanto tiempo, -le dijo a Riley-. Por lo menos ahora tú estás libre. Sé que no te gustaba trabajar con ella». Esperaba que él confesara, pero lo único que dijo fue: «Ella no era tan mala». Poco después, él comenzó a salir con una asistente dental que hacía teatro regional y que consideraba que el señuelo era un arte escénico, y nadie volvió a mencionar a Suze.

Ella no tomó tan bien el cambio. «Estoy bien, en serio», le dijo a Nell, pero cuando se hizo la época del Día de Acción de Gracias, había dejado de sonreír y su temperamento estaba peor.

– Jack insistió en invitar a Tim y Whitney -le había dicho a Nell la semana antes-. Y le contesté que si tú no venías, yo tampoco iba. Entonces él dijo que no iba a necesitarte porque había invitado a Margie y a Budge y al padre de Margie y a su esposa y a Olivia. Cinco. Además están mis padres.

– Puedo quedarme en casa -había respondido Nell, que no quería causar más problemas entre Suze y Jack. Él la miraba con furia cada vez que se encontraban, y ella estaba cansada.

– No, no puedes -dijo Suze-. Tú y Jase son las únicas personas que quiero ver. Tienes que venir.

Entonces Nell había llegado temprano trayendo pasteles de calabaza y a Marlene, y había ayudado a terminar de cocinar mientras Suze le ponía a Marlene un traje de pavo que había encontrado. Nell trató alegremente a Whitney cuando ésta parecía estar enojada, sintió compasión por Jase cuando él no pudo sacarse de encima a la hosca de Olivia, y le tuvo paciencia a la madre de Tim cuando ésta hizo velados comentarios sobre personas que seguían adelante con sus vidas y no quedaban aferradas al pasado. El momento más desagradable del día había ocurrido poco antes de que se sentaran a comer, cuando la madre de los Dysart contó los platos y gritó, horrorizada, «¡No podemos ser trece en la mesa!», mirando fijo a Nell. El momento más agradable ocurrió inmediatamente después, cuando Suze miró fijo a la madre de los Dysart y dijo: «¿Quieres que te prepare una bandeja en otro lado?». Jase había salvado el día arrastrando a Olivia a la cocina -«Vamos a comer en la mesa de los niños, como en los viejos tiempos»-, pero la situación no le había parecido graciosa a Jack, que castigó a Suze pasando toda la tarde riéndose con Olivia sin prestarle atención. A Suze no pareció importarle. A las nueve, cuando Jack llevó a casa a su madre, la familia ya se había dispersado, por suerte, y era evidente que la señora había decidido quedarse con Jack durante un rato largo, porque a las once de la noche Suze y Nell estaban solas en la habitación para huéspedes de Suze, saboreando la soledad y sus novenos ponches de huevo. Hasta Marlene parecía aliviada.

– Gracias por quedarte a pasar la noche -dijo Suze-. No puedo soportar la idea de limpiar todo esto yo sola.

– Ningún problema -respondió Nell, estirándose en la cama con su pijama de seda azul. Era una buena sensación estirarse, todos los músculos, y pensó, no por primera vez, que tenía otros músculos que también le gustaría usar. El celibato era una porquería. En ocasiones había considerado atacar a Riley otra vez, solo por el ejercicio-. Gracias por tenerme a mí y a Whitney en el mismo cuarto, así Jase no tiene que dividirse en las fiestas.

– Es una mujer interesante -dijo Suze-, para ser enana. -Se sentó con las piernas cruzadas en la cama al lado de Nell, desabrochando el traje de pavo de Marlene.

– Es pequeñita.

– Es una asquerosa cucaracha.

– Hablas así por lealtad -dijo Nell-. No es tan mala persona. Y en realidad ya no me importa, aunque todavía espero que Tim muera. Lo único que tengo en contra de ella en la actualidad es que ella tiene sexo y yo no.

– Sabes -dijo Suze, frunciendo el entrecejo ante un broche duro-, si tuviéramos algo de cerebro, tú y yo nos acostaríamos juntas.

– ¿Qué? -dijo Nell-. ¿Nosotras? -Lo pensó un poco-. Facilitaría las cosas.

– Tú me encuentras atractiva, ¿verdad? -Dejó de desabrochar el traje de Marlene para levantar el borde de su antiquísima remera universitaria.

– Muchísimo -dijo Nell-. Lástima que para mí sea un desperdicio. -¿Dónde diablos está Jack, de todas maneras?

– Tú también te ves bien con la seda azul, dulzura -dijo Suze-. Te digo que nos estamos perdiendo algo bueno.

Nell se miró su pijama de seda azul. Era cierto que ese color le quedaba bien. Tal vez debería comprarse un camisón azul. De encaje. Sólo por si alguien pasaba de visita. Se movió con incomodidad en la cama, buscando una distracción.

– ¿Tienes algo para comer que no grite «Día de Acción de Gracias»?

Bajaron a la cocina, mientras Marlene las seguía estrepitosamente esperando ligar algo de comida, y Suze miró dentro de la heladera.

– Sobras de lasaña de ayer. Apio y zanahorias. Queso. Creo que hay un helado petrificado en el congelador. Todo lo demás es de las fiestas.

– Sí -dijo Nell.

– ¿Sí qué? ¿El helado?

– Todo. Me muero de hambre. ¿Tienes vino?

Suze comenzó a descargar la heladera.

– Qué buen cambio para ti. Nos cansaba mucho obligarte a comer el último verano.

– Yo estaba cansándome de que me acosaran -dijo Nell, atacando las zanahorias-. Y entonces de pronto sentí hambre, y ahora no alcanzo a ponerme al día. -Además cuando como no pienso en sexo.

– Bueno, se te ve mucho mejor. -Suze sacó una botella de vino tinto del armario y se puso a buscar un sacacorchos-. ¿Has recuperado el peso original?

– No, y no quiero -dijo Nell-. Acepto lo que me das, pero estoy saludable otra vez. Cumplo con los requisitos gubernamentales.

Suze le pasó la botella y el sacacorchos a Nell. Después puso la lasaña en un plato y lo metió en el microondas.

– La comida ya sale. Es probable que haya bifes en el congelador de abajo. ¿Quieres que descongele un par para el desayuno de mañana?

– Claro. -Nell sacó el corcho del vino-. Carne y huevos. ¿Tenemos que esperar al desayuno?

Suze bajó al sótano y regresó con tres bifes, que puso en la pileta para que se descongelaran.

– No me puedo imaginar vegetariana -dijo, tomando la copa de vino que le pasaba Nell-. ¿Cómo hace Margie para soportarlo?

– ¿Cómo hace Margie para soportar a Budge? -dijo Nell, pensando en la forma en que Budge había zumbado alrededor de ella y tratando de no pensar en cómo sería en la cama. Sólo ese pensamiento le hizo necesitar un trago.

– Él adora el suelo que ella pisa -dijo Suze-. A muchas mujeres les gusta eso.

– Un poco como Jack -dijo Nell.

– Entonces, en serio -dijo Suze-, ¿alguna vez pensaste en ser lesbiana?

– ¿Cómo dices?

– Ya sabes, tú y yo. Es más fácil que con los tipos.

– Oh, claro. No. -Nell desenvolvió el queso y cortó un pedazo-. Estoy muy interesada en la penetración. O al menos solía estarlo. Ya hace un tiempo de eso. Meses. Años.

– No tanto -dijo Suze-. ¿Acaso Riley no te penetró?

– Claro que sí -dijo Nell-. Pero eso fue sólo una vez y él no cuenta. Era un amante descartable.

Suze contempló en silencio el microondas mientras pasaban los segundos, y cuando el aparato emitió un sonido, sacó la pasta y la puso sobre la mesa. Después tomó dos tenedores de un cajón, le entregó uno a Nell y se sentaron con el plato de lasaña entre las dos.

Suze pinchó la comida de su lado.

– ¿Amante descartable?

– Según Riley -dijo Nell con la boca llena de queso y fideos-, las mujeres que están recuperándose de un divorcio atraviesan una etapa de amantes descartables en la que se acuestan con hombres sólo para probar que pueden hacerlo.

– Bueno, él seguramente tiene acceso a mujeres divorciadas -dijo Suze-. ¿Entonces a quién más has descartado?

– Sólo a Riley. -Nell volvió a cortar la lasaña-. Esto está realmente rico.

– Debería haber alguien más aparte de Riley -dijo Suze con firmeza.

– Nadie más me atrae -repuso Nell, y entonces vio la imagen de Gabe frente a ella, de pie en el umbral, cerniéndose, discutiendo, devolviéndole los golpes, disfrutando de la pelea tanto como ella, y Nell se detuvo con el tenedor a medio camino de la boca.

– Pensaste en alguien, ¿no?

– No -dijo Nell y comió un poco de lasaña-. Entonces, respecto del lesbianismo. ¿A ti te interesa?

– Tal vez. Nunca lo probé. Me casé muy joven, sabes.

– Lo sé -dijo Nell-. Estuve en la boda. Cuando el sacerdote dijo: «¿Alguno de los presentes tiene alguna objeción?», sentí ganas de ponerme de pie y decir: «¿Nadie se dio cuenta de que la novia es una infante?», pero no lo hice. -Se inclinó y puso un pedazo de pan en el piso para Marlene, quien lo miró como si fuera brócoli-. Si estás esperando lasaña -le dijo a la perra-, puedes olvidarlo.

Marlene comió el pan.

– Gracias por no arruinarme la boda -dijo Suze.

– No hay de qué. Esta lasaña está realmente muy rica.

– Tiene tofu.

Nell se detuvo lo suficiente como para mirar la sartén con expresión de duda.

– No le siento el gusto.

– Entonces finge que no lo tiene, de la misma forma en que finges que ese tipo no existe.

– No hay ningún tipo -dijo Nell-. Tofu, ¿eh?

– Olvida que lo mencioné. -Suze volvió a llenar las copas de vino-. ¿Alguna vez besaste a una chica?

– No. -Nell buscó la manteca-. ¿Tú?

– No. -Suze dejó el tenedor-. Deberíamos intentarlo.

– Estoy comiendo -dijo Nell-. Tal vez más tarde, para el postre.

– ¿Y qué hay de nuevo en el trabajo?

– No mucho. Gabe me dejó arreglar los muebles de su oficina, ¿puedes creerlo? Después voy a comprar un sofá y luego voy a hacer repintar la ventana. Y nuevas tarjetas de presentación.

Suze se acomodó en la silla y la observó.

– Gabe siempre me parece un tipo aburrido.

– ¿Gabe? Por todos los cielos, no. -Nell clavó más lasaña con el tenedor-. Riley dice que está reprimido por haber pasado muchos años tratando de mantener la compañía a flote ya que su padre casi la hace quebrar, pero yo creo que no es más que un tipo seco. Sabes, el tipo duro, un detective privado tradicional, a la antigua.

– Ya me parecía -dijo Suze-. Es Gabe.

– ¿Qué?

– Estás excitada por Gabe. Por eso no dejas de molestarlo, para hacer que te preste atención.

– No, no es cierto -dijo Nell, bajando el tenedor-. ¿Estás loca?

Suze sacudió la cabeza.

– Lo noto en tu voz. Vamos, soy yo. Admítelo.

– Bueno. -Nell levantó su copa de vino-. He tenido algunos fugaces pensamientos inapropiados. -Bebió la mitad del vino y luego agregó-: Pero estoy segura de que eso se debe a qué se parece a Tim.

– No se parece a Tim -dijo Suze-. Además, tú no te sientes de esa manera cuando miras a Tim ahora, ¿verdad?

– Condicionamiento clásico -dijo Nell, pensando en lo estúpido que se había visto Tim durante la cena, tomándole la mano a Whitney y tratando de fingir que no tenía a dos esposas en la misma mesa-. Creo que cuando miro a los tipos altos y delgados de cabello oscuro pienso: «Debería acostarme contigo», porque me acosté tanto tiempo con Tim. Ya se me va a pasar. -Sacudió la cabeza y volvió a beber.

– Tim no es tan alto -repuso Suze-. Y repito: ya no sientes eso por Tim, ¿verdad?

Nell reflexionó. ¿Se excitaba cuando veía a Tim? Bueno, Dios sabía que ese día no. Se lo veía más blando de lo que lo recordaba, como si lo hubieran dejado bajo la lluvia. No era alguien que quisiera tocar, alguien contra quien ella podría moverse y sentir huesos y músculos. Daba la impresión de que si le clavaba un dedo quedaría un hueco-. No -dijo.

– Bueno, entonces -insistió Suze, exasperadamente-. No me parece que ésa sea la razón de que Gabe te excite.

– Yo no quiero ser como Margie y sus rubios intercambiables.

– No eran intercambiables -dijo Suze-. Stewart era un asno, y Budge es un felpudo. -Eso pareció deprimirla y terminó su vino con un suspiro.

– Bueno, a eso me refiero -dijo Nell-. Ella responde a cierto tipo de hombres y le gustan así sin importar cómo son en realidad, y entonces se queda enganchada.

– ¿Cómo es Gabe en realidad?

– Inteligente. -Nell volvió a imaginárselo de pie en la puerta de la oficina-. Tenaz. Encantador cuando lo desea. Exasperado. Seco. Dulce. Desagradable. Amable. Controlador. Valiente. Desprolijo. Paciente. -Duro. Fuerte. Ágil-. Y últimamente, en realidad, muy atractivo. -Sacudió la cabeza y buscó la botella de vino-. Quién lo diría.

– Eso no suena a excitación.

– Gracias a Dios.

– Eso suena a amor.

– Oh, no, de ninguna manera. -Nell se enderezó-. Ni siquiera empieces con eso. Absolutamente no. -Tomó la copa y bebió.

– El tema con el amor es que no se elige -dijo Suze-. Un día te despiertas y allí está, sentado al pie de la cama, diciendo: «Ja, ja, ja, te atrapé», y no hay nada que puedas hacer al respecto. -Ella también sacudió la cabeza ante la idea y bebió.

– De ninguna manera. No, no voy a volver a hablar de eso.

– Y el hecho de que lo consideres excitante tampoco está mal -dijo Suze-. Es muy atractivo. Bonito cuerpo.

– ¿Cómo dices? -dijo Nell.

– Esos trajes le quedan maravillosos. -Suze tomó una zanahoria, apartando los ojos de Nell con aire casual-. Y esa historia de que se cree el amo del universo también es bastante sexy. Me encantan los hombres que están en control de la situación.

– Estás casada con uno de esos -señaló Nell.

– Cierto. Lo que no quiere decir que no pueda apreciarlo en otros.

Nell levantó el tenedor y pinchó la lasaña.

– Entonces adelante.

– ¿No te molestaría?

– Para nada -dijo Nell afectadamente-. Aunque estás casada.

– Bueno, entonces, si alguna vez decidiera engañar a mi marido, sería con Gabe -decidió Suze-. Es todo un bombón.

– Estás tratando de enojarme, ¿verdad? -dijo Nell, buscando su copa.

– ¿Da resultado?

– Sí. Maldita sea.

– No veo cuál es el problema -dijo Suze, dejando la zanahoria-. Los dos son solteros. Adelante.

– No voy a acostarme con mi jefe -dijo Nell-. Y él no va a acostarse conmigo. Es contra la política de la empresa.

– ¿Qué política?

– No se jode con los empleados. Los McKenna tienen antecedentes con sus secretarias.

– ¿Él se acostó con Lynnie?

– No. Riley.

– Riley. -Suze sacudió la cabeza encima de la copa de vino-. Qué completo desperdicio de masculinidad que es ese muchacho.

– No, no lo es. -Nell se enderezó un poco-. Riley es un buen hombre.

– Pensé que decías que se acostaba con todo lo que se moviera.

– Con unos pocos defectos -admitió Nell-. Pero es un gran tipo, en serio. Le confiaría mi vida. Sólo tienes que conocerlo mejor. -Estudió a Suze con cuidado-. O tal vez no.

– Definitivamente no.

– ¿Así que estás aburriéndote con Jack?

– ¿Helado? -dijo Suze animadamente y fue a la heladera.

– Bueno. Metí el dedo en la llaga, ¿no?

– No estoy aburrida de mi marido -dijo Suze, poniendo los dos litros de helado petrificado al lado de la lasaña.

– Claro que no -dijo Nell-. ¿Tienes una cuchara?

Suze sacó dos cucharas del cajón y le pasó una a Nell.

– ¿Entonces vas a hacer tu jugada con Gabe pronto?

– Nunca.

Nell tomó un pedazo de helado del recipiente y lo mordió, dejando parte en la cuchara. El chocolate le manchó el labio inferior, y Suze se inclinó y se lo lamió; su lengua tocó la de Nell que se echó hacia atrás, sorprendida.

– Vamos. -Suze le sonrió diabólicamente, y Nell lo pensó a través de una niebla de ponche y vino tinto y sonrió. Qué demonios.

– Está bien. Marlene, cierra los ojos. -Se inclinó hacia adelante y besó a Suze; sintió en la boca suavidad contra suavidad y dulzura contra dulzura. Era diferente, liso y fresco, como el helado de vainilla.

Suze se apartó un momento después.

– ¿Qué te pareció?

– Lindo. -Nell comió el resto de helado de la cuchara-. Pero sin vibración. No creo que le compremos a Marlene una remera que diga «Mis dos mamas me aman».

– Sí. -Suze se despatarró en la silla-. Quiero tener un romance.

Nell se detuvo, con los ojos bien abiertos.

– Tengo el número de Riley en la cartera.

– No puedo engañar a Jack -dijo Suze angustiada, levantando la copa de vino tinto.

– ¿Entonces por qué estamos besándonos?

– No creo que él lo considerara un engaño. Creo que es probable que se excitara si me acuesto contigo.

– Creo que probablemente querría sumarse, además -dijo Nell, sirviéndose más helado-. Ése sería el momento en que yo me despediría con una reverencia.

– Yo sólo… -Suze se acomodó en la silla-. No he besado a otra persona además de Jack en catorce años.

Nell tenía la boca llena de helado, así que levantó la mano.

– Y a ti. Pero no era en serio. Es como dijiste, me falta la vibración. Quiero un poco de vibración.

– Bueno, la vibración está bien -dijo Nell, tragando-, pero no dura mucho.

– Debería. -Suze se cruzó de brazos-. No espero fuegos artificiales para siempre, sé que eso desaparece, ¿pero no debería sentir al menos un poco de vibración cuando me besa? ¿Un poco de sorpresa?

– No lo sé -respondió Nell-. En el caso de Tim y yo me parece que la vibración desapareció junto con los fuegos artificiales. Pregúntale a Margie. Ella tuvo más vibraciones que yo.

– Tuviste a Riley. Había vibración, ¿verdad?

– En realidad no. Él besa de manera excelente, excelente, y sentí el zumbido de la novedad. Pero vibración, no. Creo que hay que tener previbraciones para llegar a las vibraciones.

– ¿Eh?

– Ya sabes -dijo Nell, pensando en Gabe-. Le miras las manos cuando escribe y te calientas de sólo ver cómo se mueve la lapicera. Oyes su voz y tienes que respirar profundo porque dejaste de respirar cuando lo oíste. Se inclina sobre tu hombro y cierras los ojos para disfrutarlo más. Previbraciones.

– Esas no son previbraciones -dijo Suze-. Son vibraciones totales.

– Bueno, eso no me pasó con Riley.

– Oh. -Suze parecía pensativa-. Yo creía que Riley tenía una vibración universal. No cabe duda de que Margie respondió esa noche en el auto.

– Pero tú no -dijo Nell y le sonrió.

– Claro que sí -dijo Suze-. Lo desagradable no quita el magnetismo animal.

– Yo no sentí el magnetismo animal -dijo Nell.

– La vibración natural -dijo Suze-. Algunos tipos la tienen. Como Riley y Jack.

– No -dijo Nell-. No me pasó con ninguno de los dos. Esa debe de ser tu vibración. No habías empezado a pensar en engañar a Jack hasta que conociste a Riley, ¿verdad?

– No estoy pensando en engañarlo -dijo Suze, apretando la copa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos-. No lo haría. En verdad no lo haría.

– Correcto. Pero no empezaste a pensar en eso hasta que conociste a Riley, ¿verdad?

– Ni siquiera me gusta.

Nell suspiró, exasperada.

– Pero no empezaste a pensar en eso hasta que lo conociste, ¿verdad?

– Un poco después. Pero no voy a hacerlo. Es una fantasía. -Suze dejó la copa y en cambio comió más helado-. Ni siquiera se trata de eso. No tengo fantasías con él. Eso estaría mal. -Tragó un poco de helado y se atragantó ligeramente-. Entonces, ¿cómo es él?

– ¿Quién?

– Riley. En la cama.

Nell lo pensó un poco.

– Muy suave. Y concienzudo. Presta atención, le pone los puntos a las íes y todo eso. Lento pero constante. -Inclinó la cabeza, pensando en lo que acababa de decir-. Suena aburrido, ¿verdad?

– En realidad no -dijo Suze, con la voz un poco alterada.

– Porque no lo era. Aburrido, quiero decir. Muy suave pero muy intenso. Hay mucha energía en él. Manos excelentes.

– Oh. No es que me importe. -Suze sacó más helado y se lo metió en la boca.

– Entonces estás pensando en Riley.

– Pienso en la vibración -dijo Suze, con la boca llena-. Y, por desgracia, él me viene a la mente. Lo que me enfurece. Pero no voy a hacer nada al respecto.

– Yo tampoco -dijo Nell, sirviéndose más helado y tratando de no pensar en Gabe.

– Deberíamos intentar el beso otra vez -dijo Suze, dejando a un lado la cuchara.

– ¿Para qué? -dijo Nell comiendo helado.

– Supón que hay una peste que mata a todos los hombres.

– No habría más guerras y habrías muchas mujeres gordas y felices. Nicole Hollander ya hizo la historieta.

– No, lo que quiero decir es: ¿abandonarías el sexo?

– Todavía habría electricidad, ¿verdad? -dijo Nell-. Yo y mi vibrador. No es ningún problema.

– No es lo mismo -dijo Suze-. Sin roces, sin cuerpos…

Nell se imaginó a Gabe, estirado, ágil y erecto a su lado, y dejó la cuchara.

– … sin calor, sin penetración…

– Cállate -dijo Nell, y volvió a buscar el plato de lasaña.

– Sólo estaríamos nosotras -terminó Suze.

– Y Margie -dijo Nell, tratando de imaginarse un trío con Margie-. Las sábanas siempre estarían limpias.

– Imagina que todos los hombres han muerto por la peste y quedamos sólo tú y yo. Margie se ocuparía del lavado.

Nell sacudió la cabeza y pinchó la lasaña.

– No creo que tenga la mentalidad necesaria. Creo que estoy calibrada para la testosterona. -Miró a Suze-. No creo que tú tengas la mentalidad tampoco. Creo que me estás usando para no pensar en Riley. Y me parece que no va a dar resultado. -Nell regresó a la lasaña-. ¿Estás segura de que esto tiene tofu?

– Sin duda -dijo Suze y levantó la cuchara de helado-. Mucho tofu, nada de vibración. Como mi vida.

– Tengo el número de Riley -dijo Nell, buscando pan.

– De ninguna manera -dijo Suze-. Soy una mujer felizmente casada.

Yo no, pensó Nell, y jugueteó con la tentadora idea de Gabe mientras terminaban la lasaña y la botella de vino.

Capítulo 12

Una semana después, Nell seguía negándose a hacer algo respecto de la atracción que sentía por Gabe; entonces Suze arrinconó e interrogó a Riley en el Sycamore mientras esperaban a que ellos llegaran.

– Nell y Gabe -le dijo apenas la camarera le trajo su té helado.

– Deberían de estar por llegar en cualquier momento -dijo Riley-. ¿Dónde está tu marido?

– En una reunión -dijo Suze y frunció el entrecejo cuando se dio cuenta de que Riley estaba concentrándose en algo que estaba detrás de ella-. ¿Otra morocha? -dijo con exasperación.

– Rubia. Sigue hablando. Lo harás de todas maneras.

– Gabe y Nell. Creo que precisan un empujón.

– No interfieras. Ya llegarán por su cuenta, suponiendo que dejen de pelearse lo suficiente como para notarse mutuamente.

Suze se echó hacia atrás, sorprendida.

– ¿Sabías lo que estaba sucediendo?

– Trabajo con ellos -respondió Riley-. Como él no la despidió la primera semana, me di cuenta de que pasaba algo. Además, a él no le gustó que ella y yo nos acostáramos juntos.

– Nell finge que no le importa.

– Sí le importa -repuso Riley-. Y esta conversación me aburre.

Todavía estaba tratando de establecer contacto visual con la rubia, o tal vez ya lo había hecho. A ella no le interesaba lo bastante como para darse vuelta a comprobarlo, pero quería la atención de él, así que se inclinó hacia adelante.

– Escucha, campeón -le dijo, y él la miró con el entrecejo fruncido-. Van a necesitar ayuda. Los franceses tienen el dicho de que en cada relación hay uno que besa y otro que es besado.

– ¿Qué franceses? -dijo Riley-. ¿Tú eres francesa?

– Estudié francés de primer año. Eso quiere decir que en cada pareja hay uno que dice lo que hay que hacer y el otro que obedece.

– Ya entendí -le dijo Riley con paciencia palpable-. ¿Por qué debería importarme?

– Gabe y Nell son los dos besadores -dijo Suze-. Nell manejaba a Tim, y Gabe manejaba a Chloe y a la oficina y a ti.

– A mí no.

– Tú y yo somos besados -prosiguió Suze como si él no hubiera hablado-. Las personas nos buscan. Por eso no va a pasar nada entre nosotros. Nos pasaríamos el resto de nuestras vidas esperando que el otro haga una jugada.

– En tu caso puede ser -dijo Riley-. Yo avanzo. Sólo que no contigo.

– Pero Gabe y Nell van a estar eternamente intentando besar al otro, siempre tratando de estar en la posición superior. Están tan ocupados peleándose por ver quién es el que manda, que jamás van a conectarse y a besarse de verdad.

– Entonces aprenderán a compartir -dijo Riley, empezando a verse irritado-. Yo no soy un besado. -Miró más allá de ella y la expresión de su rostro mejoró.

Suze se dio por vencida y se volvió para mirar. La rubia estaba levantándose para irse, sonriéndole a Riley.

Él le devolvía la sonrisa.

Suze volvió a mirarlo y tomó su té.

– A las pruebas me remito.

– ¿Qué? -dijo Riley-. Yo haré mi jugada cuando así lo desee.

De reojo, Suze observó que la rubia recogía su cartera y avanzaba hacia la puerta, disminuyendo la velocidad cuando pasó cerca de Riley. Éste levantó la cara como para decirle algo, y ella le entregó una tarjeta.

– Llámame -dijo y se marchó, abriéndose camino entre Gabe y Nell, que estaban entrando.

– Besado -le dijo Suze a Riley.

– Yo prefiero considerarme «popular» -dijo Riley, guardándose la tarjeta en el bolsillo. Gabe corrió la silla de al lado para Nell, y Riley levantó la vista y dijo-: ¿Por qué tardaron tanto?

– Tuvimos que ir a algunos lugares -dijo Nell.

– Teníamos cosas que hacer -dijo Gabe y se sentó al lado de Suze-. ¿Qué hay de nuevo?

– Una mujer acaba de conquistar a Riley -dijo Suze.

– Suele suceder -dijo Gabe-. Él se sienta allí y ellas se le arrojan encima.

– Besado -le dijo Suze a Riley.

– Basta -dijo Riley. Más tarde, cuando estaba ayudándola a ponerse el abrigo, ella se inclinó hacia atrás y susurró. «Empújalo, ¿sí?». Riley suspiró y revoleó los ojos, pero después de catorce noches de señuelos, ella podía leerlo como un libro. Lo haría.

Ahora lo único que le quedaba por hacer a Suze era poner en movimiento a Nell, y así por lo menos alguien experimentaría vibraciones.

La noche siguiente, Gabe escuchó que Nell en su oficina le preguntaba a Riley si había algo más que éste precisara antes de que ella se fuera. Las garras de Marlene tamborileaban en el piso de madera mientras Nell realizaba su última recorrida por la sala de recepción, deteniéndose la mayor parte del tiempo frente al árbol de Navidad que ella había colocado después de que él le dijera que no lo hiciera, y Gabe sintió esa melancolía de las últimas horas del atardecer que últimamente lo dominaba. El sitio siempre quedaba distinto una vez que Nell se iba, como si ella se llevara consigo el sonido y la luz, pero era probable que eso se debiera a que siempre se marchaba después de las cinco, cuando el mundo entero se volvía más silencioso y oscuro.

Riley golpeó a la puerta y entró.

– He terminado por hoy. ¿Necesitas algo más?

– Lynnie -dijo Gabe-. Los diamantes de Helena. Stewart Dysart.

– Jesús, Gabe, termina con eso -dijo Riley.

– Ella no era de la clase de gente que desaparece en silencio -dijo Gabe-. Está en algún lado planeando algo. Y realmente me gustaría saber dónde demonios está Stewart, también. Me encantaría encontrar una conexión entre ellos, descubrir que fue él quien la mandó aquí a buscar algo, el que le dijo que chantajeara a O & D. Pregunté, pero jamás hubo ninguna Lynn Mason que trabajara en O & D. Ella falsificó las referencias de esa empresa, y por supuesto tu madre jamás las revisó.

– Tal vez estuvo allí bajo otro nombre -dijo Riley-. Escucha, he estado pensando. Nell es una mujer muy atractiva. Esa remera roja que trae a veces…

– No te acuestes con los empleados -dijo Gabe.

– Yo no -dijo Riley-. Tú.

– Oh, no. Con toda esa eficiencia sin escrúpulos que tiene, ya puedo imaginármela en la cama. -La idea le produjo una suerte de atracción algo perversa, por lo que Gabe se la sacó de la cabeza haciendo un esfuerzo.

– Apuesto que sí -dijo Riley-. Eres patético.

– Vete.

– Además estás en estado de negación.

Gabe se echó hacia atrás, exasperado.

– ¿Tienes algo que decirme?

– Eso que te pasa con Nell…

– No me pasa nada.

– … Es tan obvio que eres el único que no lo ha notado. -Riley se detuvo y reflexionó-. Aunque tampoco estoy seguro de que ella se haya dado cuenta.

– Lo que te dejaría a ti para que lo notaras. No, gracias.

– Suze Dysart lo mencionó.

Gabe levantó una ceja.

– ¿Cuándo discutiste sobre este tema con Suze Dysart?

– Tomamos un trago anoche -dijo Riley-. Mientras estábamos esperándolos a ustedes, ¿recuerdas?

– Noté que Jack no estaba.

– Tenía una reunión de negocios.

– ¿De noche?

– No mencioné ese tema.

Gabe suspiró y se frotó la frente.

– Se mostró muy sincero respecto de que no la engañaba cuando habló con nosotros sobre la cuestión del chantaje.

– Eso fue hace tres meses. Jack no es famoso por su prolongada atención.

– Bueno, hasta que Suze no nos contrate para atraparlo, eso no nos importa. ¿No tienes algo que hacer? ¿Qué pasó con el Almuerzo Caliente?

– Lo hizo Nell -dijo Riley-. Te diré algo divertido: esta vez Gina está saliendo con una chica.

– ¿En serio? -dijo Gabe-. Lo bien que hace. Eso debería de alterar un poco a Harold.

– Más que un poco. Esta vez está disgustado. Dice que es asqueroso.

– Harold debería ampliar sus horizontes.

– Eso es lo que yo dije. Le dije que si él hacía bien las cosas, hasta podría terminar en la cama con las dos, a modo de disculpa.

Gabe hizo una mueca.

– ¿Y qué contestó?

– Que de ahora en adelante quiere tratar contigo -dijo Riley, alegrándose un poco-. Yo soy un perverso.

– Eso ya se sabía. -Gabe suspiró-. Está bien, ¿qué vas a hacer tú mientras yo convenzo a Harold de que no se tire de la cornisa?

– El Informe Trimestral -dijo Riley, perdiendo la sonrisa-. Trevor dice que Olivia está actuando más sospechosamente que lo habitual. Está preocupado.

– Y Feliz Navidad para ti -dijo Gabe-. Por lo menos te lo pasarás en bares durante las fiestas.

– Líbrame de ello -dijo Riley-. Olivia es un vacío completo, lo que estaba bien cuando comencé a vigilarla, pero ya van tres años y sigue siendo tan tonta como una roca, sigue yendo a los mismos sitios estúpidos y ruidosos, acostándose con la misma clase de imbéciles, lo que no me molestaría si no fuera porque termino escuchándolos a ellos y un día de estos voy a terminar matando a alguno de esos tipos sólo para que se calle.

– Jamás pensé que llegaría este día -dijo Gabe.

– ¿Qué?

– Estás madurando. Así se hace.

– Nunca dije eso -repuso Riley, y se levantó para escaparse antes de que Gabe pudiera acusarlo de adulto.

Cuando Riley se fue, Gabe trató de concentrarse en los informes que tenía enfrente, pero Riley tenía razón. Nell no dejaba de invadirlo, de la misma forma en que no dejaba de entrometerse en la oficina y en su vida: abrupta y desafiante y enloquecidamente eficiente, y le contestaba cada vez que él trataba de someterla. No podría haber sido más distinta de Chloe aunque lo intentara, pero Chloe jamás se le había colado en el subconsciente. Chloe siempre había estado presente, cálida y amante y segura, parte del empapelado de su vida. Sabía de qué hablaba cuando le dijo que los dos se merecían algo mejor. No cabía duda de que ella había merecido algo mejor.

Sacudió la cabeza ante su propia torpeza y resolvió tratar mejor a Chloe cuando ella regresara, si es que lo hacía; la última postal había sido de Bulgaria. Una vez archivado ese pensamiento, no le prestó atención a Nell -que estaba de pie en el centro de su mente con su remera roja y las manos en las caderas- y volvió al trabajo, tal vez debería llamar a Trevor, ver si podía sonsacarle exactamente qué era lo que le preocupaba de Olivia. Eso le facilitaría la vida a Riley. Tal vez podría también sonsacarle con qué diablos estaba chantajeándolo Lynnie. Necesitaba las citas del día siguiente, además; y Harold iba a tardar un poco más puesto que el Almuerzo Caliente se había tornado diferente, entonces convendría que le dijera a Nell…

Nell golpeó a la puerta y entró, con papeles y una carpeta azul.

– En cuanto al día de mañana -dijo Gabe, tratando de no mirarle la remera de seda roja. Por desgracia cuando bajó los ojos se encontró con las piernas. Ella tenía piernas fenomenales.

– Aquí tienes tu agenda -dijo Nell, poniéndose delante de él-. Te he agregado un poco más de tiempo en el almuerzo con Harold. Parecía un poco alterado cuando hablé con él.

– Está casado con Gina. Eso alteraría a cualquier hombre. -La miró con el entrecejo fruncido, dándose cuenta de lo que ella acababa de decir-. ¿Qué quieres decir con que hablaste con él?

– Él llamó de nuevo. Tú estabas hablando por teléfono con Becca.

– Correcto. Lo que me recuerda…

– Vas a verla mañana. Éste es su expediente. -Nell dejó la carpeta azul encima de la agenda-. Está ordenado desde el último encargo al primero. También lo que Riley y yo averiguamos sobre Randy, el texano fantasma, que es nada. Por otra parte, no descubrimos nada malo.

– Nada es lo suficientemente malo -dijo Gabe-. Además necesito…

– El expediente del Informe Trimestral. -Nell se lo dio.

– ¡Basta con eso! -Gabe se lo arrancó de la mano-. Por Dios, ¿también lees la mente?

– No -dijo Nell, un poco desconcertada-. Supuse que lo querrías porque Trevor llamó dos veces.

– Gracias -Gabe tomó la carpeta-. Lamento haberte gritado. Llámalo por teléfono y pásamelo, ¿sí?

– Línea uno -dijo Nell, y cuando él levantó la cabeza de golpe, ella extendió las manos en un gesto defensivo y dijo-: Pura suerte. Él llamó justo antes de que yo entrara en la oficina.

– Te estás tornando un poco inquietante -dijo Gabe, buscando el teléfono.

– Ey -dijo ella, y él la miró, atrapada en el resplandor crepuscular que provenía de la ventana, el cabello en llamas sobre sus mordaces ojos castaños, los hombros delgados echados hacia atrás esperando su ataque, el cuerpo arqueado con esa ajustada remera roja que se curvaba sobre unas caderas que eran innegablemente más redondeadas de lo que habían sido seis meses antes, afilándose sobre unas piernas fuertes e imposiblemente largas plantadas con firmeza sobre la alfombra oriental-. No soy un poco inquietante -dijo-. Soy eficiente.

Eso no es lo único que eres. Trató de no mirarla, pero era imposible.

– Y Trevor acaba de volver a ofrecerme ese puesto, así que cuidado, amigo, o te quedarás sin secretaria.

– Lo siento. Tengo un mal día.

– Oh, diablos, Gabe. -Separó las manos de las caderas-. Yo también lo siento. Sólo estoy cansada e irritable. ¿Quieres una taza de café antes de que me vaya?

– No.

– Bueno, ¿qué puedo servirte? ¿Té? ¿Cerveza? ¿Qué?

A ti, pensó él y se permitió el lujo de una resplandeciente fantasía con Nell sobre su escritorio mientras sus manos se deslizaban por esa piel pálida y lisa debajo de su remera, y luego dijo:

– Nada. Vete.

– Necesitas mejorar tus relaciones públicas -dijo Nell y después tuvo piedad y regresó a la recepción.

Él levantó el teléfono y apretó el botón de la línea uno.

– ¿Trevor? Lamento haberte hecho esperar. Qué bueno hablar contigo. -Con cualquiera excepto Nell. Abrió el cajón inferior y sacó la botella de Glenlivet-. Entiendo que estás preocupado por Olivia. -Nell. Jesús.

– Ella está metida en algo -dijo Trevor-. Sé que tu socio júnior es bueno, pero me parece que de esto tienes que ocuparte tú.

Gabe acunó el teléfono entre la barbilla y el hombro mientras buscaba dónde servir el whisky. Si Nell hubiera estado presente, ya le habría traído un vaso. Claro que si Nell hubiera estado allí, él no precisaría el whisky. Él necesitaría…

– Riley no es un socio júnior, Trevor, es un socio pleno. Y en la mayoría de los casos se desempeña muchísimo mejor que yo. Te conviene que él se ocupe de esto. -Recorrió la oficina con la mirada en busca de un vaso, una vieja taza de café, algo, pero sabía que no lo encontraría.

Nell había estado allí. El sitio estaba inmaculado. Se dio por vencido y tomó un sorbo de la botella.

– Si estás seguro -dijo Trevor.

Gabe saboreó el calor del escocés.

– Estoy seguro. Riley es el mejor que hay.

– Llámame si averiguas algo -dijo Trevor-. Sé que soy sobreprotector, pero maldita sea, ella es mi niñita.

– Claro -dijo Gabe, volviendo a cerrar la botella. Olivia Ogilvie era tan niñita como Britney Spears una adolescente-. Cuenta con nosotros. Oh, ¿Trevor? Deja de tratar de robarme a mi secretaria.

Colgó al oír la risita de Trevor, que no denotaba arrepentimiento alguno, y Riley habló desde el umbral.

– Gracias.

Gabe levantó la mirada, sorprendido.

– No sabía que todavía estabas aquí.

– Yo soy el mejor que hay, ¿eh?

Gabe se acomodó en la silla.

– Sí, lo eres. Debería habértelo dicho antes.

– Es bueno enterarse cuando sea. -Riley se sentó en la silla y lo observó fijamente-. ¿Qué le dijiste a Nell?

– Estaba molestándome. La eché a patadas. -Gabe reflexionó y volvió a abrir la botella-. Le pediré disculpas.

– Parecía un poco enojada.

– Siempre está enojada -dijo Gabe y bebió.

– ¿Estás bien?

– Nunca estuve mejor. -Cerró la botella-. Trevor quiere el informe de Olivia para mañana. ¿Eso es un problema?

– No a menos que Olivia se quede en su casa y se comporte. Como hoy es viernes, supongo que no será ningún problema. -Riley lo estudió un momento, y justo cuando Gabe estaba a punto de decir «¿Qué?», Riley dijo-: Creo que tienes razón. -Se enderezó en la silla y adoptó un aspecto sincero y directo, lo que hizo que Gabe estrechara los ojos con sospecha-. Es cierto que tengo una perspectiva más madura de la vida.

– Está bien -dijo Gabe, aguardando.

– Y sólo cuando estaba hablando con Nell y su remera, me di cuenta de lo que me estaba perdiendo -dijo Riley-. Los hombres maduros necesitan mujeres maduras. Voy a intentarlo con ella nuevamente. ¿Eso te molesta?

Gabe lo miró con odio.

– No podías dejarme en paz, ¿verdad? Tenías que seguir presionándome.

– Sólo quería asegurarme de que no te molestara.

– Voy a arrancarte la garganta con las manos.

– Ahí está -dijo Riley, poniéndose de pie-. Hoy es un gran día para los dos. Yo estoy madurando y tú estás saliendo de la negación.

– Y lo triste es que tú estás de mi lado -dijo Gabe-. Imagínate lo que están haciéndome mis enemigos.

– Olvídate de tus enemigos -dijo Riley-. Investiga a tu secretaria.

Gabe volvió a imaginarse a Nell sobre su escritorio. Ahora sabía por qué su papá tenía la botella de whisky en el cajón inferior. Secretarias, la perdición de los McKenna.

– ¿Cuándo se divorció ella?

– En julio se cumplió un año -dijo Riley, y agregó-: No, no vas a esperar a que se cumplan dos años.

– Sería inteligente -dijo Gabe-. Según las estadísticas…

– Sería cobarde -dijo Riley-. Faltan siete meses. Apuesto veinte a que no llegas.

– Acepto -dijo Gabe-. Ahora vete.

Quince minutos después, entró Nell con el abrigo puesto y dijo:

– Me voy. ¿Necesitas algo antes de que me vaya?

Vuelve a preguntármelo en siete meses, pensó Gabe, pero dijo:

– No. Lamento haberte gritado antes.

– No hay problema-dijo Nell-. En realidad ése es tu modo de comunicación principal.

Gabe hizo una mueca.

– En realidad eres una secretaria excepcional. La mejor que hemos tenido.

– Gracias -dijo Nell, sorprendida al punto de sonreír, y Gabe sintió que cuando la miraba el calor se extendía-. Buenas noches.

– Para ti también -respondió él cuando ella desaparecía por la puerta, llevándose el calor.

Siete meses.

Volvió a sacar el whisky.

A las nueve de la mañana siguiente, Becca llamó para cancelar por cuarta vez.

– No puedo preguntárselo, Gabe -dijo-. Tal vez después de Navidad.

– Cuando lo hayas hecho, llámanos -dijo Gabe, sintiendo pena por ella, pero más por él: tenía la madre de todas las resacas-. Felices fiestas. -Colgó el teléfono justo cuando entraba Riley y se sentaba frente a él.

– Hice el Informe Trimestral anoche -dijo Riley, con una expresión lúgubre.

– Oh, bien hecho -dijo Gabe tratando de sobreponerse a su dolor de cabeza y después lo miró más de cerca-. ¿Cuál es el problema?

– Trevor tenía razón: Olivia está metida en algo. Uno nuevo.

– ¿Eso es malo?

– Muy malo -dijo Riley-. Es Jack Dysart.

– Oh, diablos. -Gabe abrió de un tirón el cajón de su escritorio y encontró el frasco de aspirinas. Ya había tomado dos, pero estaba bastante seguro de que era imposible sufrir una sobredosis de aspirinas-. ¿Estás seguro?

– Él fue con ella a su casa y no cerraron las cortinas. Y no, él no estaba ayudándola a hacer los deberes.

– Jack Dysart es un idiota. -Trevor iba a hacer que le trajeran la cabeza de Jack en bandeja, lo que era justo. Y además estaba Suze. Ella no se merecía esto-. Hijo de puta.

– Tengo palabras más fuertes -dijo Riley-. ¿Vas a contárselo a Trevor?

– A menos que quieras hacerlo tú -dijo Gabe-. Arma el informe… -Su voz perdió el hilo cuando se dio cuenta de lo mismo que se había dado cuenta Riley.

– No se lo daremos a Nell -dijo Riley-. Ella se lo contará a Suze.

– Va a sospechar algo si no le das un informe. Escribe uno falso para que ella lo tipee y después haz el informe verdadero tú mismo.

– Si alguna vez averigua que le mentimos, nos matará a ambos -dijo Riley.

– Entonces ocúpate de que nunca lo averigüe -dijo Gabe-. Y ten cuidado. Ella es astuta.

Riley se levantó.

– ¿Entonces vas a hacer algo con respecto a ella?

– No -dijo Gabe-. Vete.

– Mira -insistió Riley-. Ya van varios meses que estás enganchado con ella. Dada la clase de persona que eres, siempre lo estarás. ¿Por qué no puedes admitirlo y dar por concluido el asunto?

– Gracias. Cuando hayas arreglado tu propia vida, puedes criticar la mía.

– Mi vida está bien.

– Tu vida está bien.

– Sí, mi vida está bien.

– Bueno, jamás has sido hipócrita -dijo Gabe-. Así que voy a tener que conformarme con que eres un trágico estúpido.

– ¿Qué hipócrita? -Riley parecía desconcertado-. Yo no estoy enganchado con Nell. Sólo estaba tratando de conmoverte cuando dije eso anoche.

– Susannah Campbell Dysart -dijo Gabe, pronunciando cuidadosamente cada sílaba-. Desde hace quince años.

– Una situación completamente diferente -dijo Riley-. Ella fue una fantasía de mi juventud. Ya lo he superado.

– Trágicamente estúpido -dijo Gabe, y volvió a sus informes, y luego, como una idea posterior, gatillada por las noticias sobre Olivia, agregó-: ¿Has visto a Lu últimamente?

– Eh, no -respondió Riley y se dirigió a la puerta.

– Espera -dijo Gabe-. ¿Qué pasa?

– Nada -dijo Riley-. Es tu hija. Háblale.

Gabe dejó la lapicera, sintiendo un frío súbito.

– ¿Drogas?

– Por Dios, no -dijo Riley-. No estoy diciendo que me sorprendería si fumara un poco de marihuana cada tanto, pero no es estúpida.

– ¿Entonces qué es? -dijo Gabe, y como Riley vacilaba, agregó-: Algún día tendrás hijos propios. Ayúdame.

– Está saliendo con un tipo muy agradable.

Gabe frunció el entrecejo.

– ¿Y cuál es el problema?

– Han estado juntos un tiempo.

– ¿Cuánto tiempo?

– Desde que empezaron las clases.

Cuatro meses. Un nuevo récord para su niña dispersa.

– ¿Hay algo malo en él?

– No.

– ¿Entonces por qué estás asustándome?

– Es el hijo de Nell -dijo Riley-. Jason. Las relaciones duraderas no son su fuerte.

– Bien -dijo Gabe, levantando la lapicera, y Riley se escapó hacia la oficina exterior.

Nell entró unos minutos después con los papeles del día anterior para que Gabe los firmara.

– ¿Cómo anduvo el Informe Trimestral? -dijo.

– Como siempre -respondió Gabe-. Hoy almuerzo con Harold.

– Lo sé, ya lo tengo anotado -dijo Nell-. No olvides la cita en Nationwide a las tres.

Se volvió para irse y Gabe dijo:

– Una cosa más.

– ¿Sí?

– ¿Estabas enterada de que tu hijo está saliendo con mi hija?

Nell se paralizó; su suéter de un subido tono verde estaba completamente tenso y ajustado.

– ¿Oh?

– Sí, ya me parecía que lo sabías -dijo Gabe, y luego regresó a los papeles. Si Nell había educado a su hijo, seguramente era decente, aunque ese idiota con el que se había casado no era un buen indicio. Se detuvo para pensar al respecto y decidió que no importaba quién era el padre del muchacho. Nell debía de haberlo educado bien.

Además, cualquier cosa era mejor que Jack Dysart.

Diciembre había sido el mes más ocupado de los McKenna desde que Nell se había incorporado a la empresa, y eso la deprimía un poco. ¿Acaso no se suponía que la gente se tenía más confianza en las fiestas?

– Hay más suicidios en esta época que en el resto del año -le explicó Gabe cuando ella se lo mencionó-. Es por todas esas expectativas. Todos quieren vivir en un cuadro de Norman Rockwell, y en realidad todos viven en una película de terror. Eso afecta a la gente.

– Yo soy feliz -dijo Nell tratando de no mirarlo. Tenía la corbata suelta y las mangas de la camisa estaban levantadas y el cabello se veía ensortijado, y todo su aspecto recordaba a una cama deshecha. Una cama verdaderamente invitante, verdaderamente caliente y deshecha.

Cuando se lo mencionó a Suze el día siguiente, ésta respondió:

– Bueno, haz algo al respecto.

Nell sacudió la cabeza.

– Hay una palabra para las secretarias que seducen a sus jefes.

– ¿«Mujerzuelas»? -preguntó Suze.

– «Despedida» -dijo Nell-. Me gusta mi trabajo y no voy a perderlo haciéndole una insinuación a Gabe.

Estaban decorando The Cup para Margie -Martha Stewart habría aprobado de todo corazón a Margie y a su tienda; tenía atractivo y clase [2]-, y Margie se acercó con una bandeja de galletitas intrincadamente adornadas con azúcar y dijo:

– ¿Qué les parecen?

– Son obras de arte -dijo Nell, y lo decía en serio. Las galletitas tenían típicas formas navideñas, pero la capa de azúcar que las cubría era brillante y lisa como una nevada reciente, y los adornos eran impecables-. Debes de haber tardado horas en hacerlas.

– Sólo toda la mañana -dijo Margie-. Estoy pensando en abrir de mañana, también. Tal vez sólo para la Navidad. ¿Qué piensan?

– Creo que a Budge le dará un ataque -dijo Suze-. Hazlo.

– Él no está en casa por las mañanas -dijo Margie-. Y a la gente le gusta tomar té a toda hora.

Nell seguía concentrada en las galletitas.

– Son verdaderamente hermosas, Margie. La gente las va a comprar para regalar.

– ¿Lo crees? -La cara pequeña y redonda de Margie se ruborizó de placer-. He estado practicando. He malgastado kilos de azúcar de la mejor calidad, pero creo que he mejorado bastante.

– A mí me parece que eres grandiosa -dijo Suze-. ¿Qué gusto tienen?

– Prueba una -la urgió Margie, y Suze respondió:

– Por Dios, no. ¿No tienes algún pedacito roto?

– Tengo algunas que no son lo suficientemente bonitas como para venderlas -respondió Margie y fue a buscarlas.

– ¿Qué fue esa broma sobre Budge? -preguntó Nell.

– Lo siento -dijo Suze-. Está volviéndola loca a Margie, la llama aquí todo el tiempo, trata que renuncie, y eso es muy egoísta de su parte, considerando que Margie lo ama tanto. Creo que tiene miedo de que conozca a otra persona y lo abandone, pero Margie no tiene tanta suerte.

– Un poco como Jack -dijo Nell.

Suze sacudió la cabeza.

– Sabes, me forzó a renunciar a los señuelos, y ahora él trabaja hasta tarde todo el tiempo así que nunca está en casa. No lo extraño tanto, sólo pienso que si él no va a estar, ¿por qué debo hacerlo yo?

Eso no es bueno, pensó Nell.

– ¿Entonces qué le compraste para Navidad?

– Nada -dijo Suze-. ¿Qué sentido tiene comprarle algo con el dinero que él me da?

– Está bien -dijo Nell.

– ¿Qué le comprarás a Gabe?

– No nos damos regalos. No somos tan íntimos.

– Claro. ¿Qué le compraste?

– Nada -dijo Nell-. Pero sí hice ampliar y enmarcar en oro algunas de las fotos que tenía en la pared así podemos colocarlas en la oficina exterior. Ven aquí, tienes que verlas.

Llevó a Suze al depósito y Margie las siguió con las galletitas.

– Son realmente excelentes -dijo Nell después de un bocado-. Tienen el mismo gusto de las galletitas de almendra. -Tomó otra para después y comenzó a abrir las cajas con las fotos.

– Adapté la receta -dijo Margie-. Pensé que si a éstas sólo las vendíamos para la Navidad, la gente las apreciaría más.

– Y las pagaría más -dijo Suze-. Margie, eres una genia.

– Lo soy, ¿no? -dijo Margie, encantada-. Voy a congelar la masa así puedo hacerlas una vez por semana pero las horneo todas las mañanas. Es mucho mejor así.

Nell dejó de abrir las cajas de fotos para mirarla, sorprendida por su confianza.

– Así se hace -dijo. Puso las fotografías en la caja-. Este es tu papá, Margie. -Terminó su galletita y vio que Margie sonreía cuando reconoció a su papá con poco más de veinte años, estrechándole la mano a Patrick.

– Debería hacerle una copia para Navidad -dijo Margie-. Últimamente se lo ve muy deprimido. Esto podría levantarle el ánimo.

– ¿Quién es el tipo parecido a Gabe? ¿Su papá? -dijo Suze.

– Sí. -Nell sacó otra foto-. Aquí están Gabe y su padre juntos.

– Dios mío, qué joven está -dijo Suze.

Nell miró al muchacho delgado de la foto.

– Aquí tenía dieciocho años. Empezó a trabajar en la empresa a los quince. ¿Puedes imaginarlo? -Sacó otra-. Éste es Patrick con Lia, la madre de Gabe. Es la foto de la boda.

– Ella era bonita -dijo Margie.

– La chaqueta está un poco ajustada en el estómago -notó Suze.

– Estaba embarazada de Gabe -dijo Nell, mirando el rostro vivaz de Lia sobre su práctico traje sastre a rayas-. Era bonita, ¿verdad? Gabe heredó sus ojos.

– Oh, mira esto -dijo Margie, levantando la siguiente-. Chloe no es más que una bebé.

– Chloe tiene una bebé -dijo Suze, examinando la foto con más cuidado-. ¿Esa es Lu?

– Sí -dijo Nell, y recitó los nombres mientras pasaba los dedos por la imagen-: Gabe, Patrick, Riley, y Chloe y Lu adelante.

– ¿Ese es Riley? -dijo Suze y le quitó la foto.

– A los quince -respondió Nell-. 1981. Gabe dijo que Lu acababa de nacer, y por eso tomaron una foto familiar. El padre murió un par de años después.

– Riley era un muchacho atractivo -dijo Suze.

También Gabe, pensó Nell, mirando a un Gabe de veinticinco años.

– Chloe era la secretaria -dijo Suze.

– Sí. Como la madre de Gabe.

– Mmmm -dijo Suze y le devolvió la foto.

– Estuve pensando en las porcelanas de Chloe -dijo Margie, sin relación con nada-. Creo que son demasiado sosas porque sólo tienen una estrella.

– ¿Porcelanas? -dijo Nell, de regreso de 1982.

– Son blancas -dijo Margie-. Y creo que algo de color sería bueno, pero además quiero mantener el clima de época. ¿Qué les parece?

– No le preguntes a Nell -dijo Suze-. No puedes pagar el costo de sus gustos.

– Vajilla Fiestaware -dijo Nell-. Es realmente brillante y viene de muchos colores. En una época se conseguía barata en las ventas de garajes.

– eBay -dijo Suze-. Esta noche te enseñaré a buscarlas, Margie.

– ¿Esta noche? -dijo Margie-. ¿A Jack no va a molestarle?

– No. -Suze volvió a morder su galletita-. Son verdaderamente ricas. ¿Puedes darme la receta?

– Si te doy la receta, ¿vendrías a comprarlas aquí? -dijo Margie-. No.

– Dios mío -dijo Suze-, hemos creado un monstruo. -Y Margie la miró sonriente y alegre.

En cambio Nell observaba a Suze. No era una mujer feliz. Y su felicidad no aumentó a medida que el mes avanzaba. La publicación Dispatch hizo una mención de las galletitas de Margie y sus ventas se duplicaron, para desesperación de Budge, y Suze comenzó a ayudarla, hasta que terminó trabajando turnos completos sin avisarle a Jack.

– No vale la pena pelearse por eso -le dijo a Nell-. Y él no está nunca, ¿entonces por qué debería importarle?

– No se me ocurre ninguna razón -dijo Nell y buscó la tarjeta de su abogado de divorcios, sólo por si acaso.

Pasar la Navidad en casa de Suze tuvo sus buenos momentos -Margie les dio la receta de las galletitas de almendra bajo la condición de que no se lo contaran a nadie-, pero también sus malos momentos: Trevor apenas le hablaba a Jack, Budge trataba a Nell groseramente a modo de venganza por The Cup, Olivia estaba más desagradable que lo habitual, y Jack le dio a Suze una pulsera de diamantes idéntica a la que le había dado la Navidad anterior y después se fue para llevar a su madre a la casa, y no regresó hasta las doce de la noche.

– Pasemos el Año Nuevo juntas -dijo Nell, cuando estaban sentadas en el cuarto de huéspedes, quitándole a Marlene sus alas de ángel.

– Es probable que Jack se presente en la víspera de Año Nuevo -dijo Suze-. Pero demonios, sí, ven aquí. Preferiría besarte a ti en vez de a él, de todas maneras. -Liberó a Marlene-. Ya está, cachorrita. La celebración se acabó.

Marlene rodó sobre sus espaldas y se agitó hasta que desapareció el recuerdo de las alas; sus largos pelos marrones se habían estirado de indignación por el disfraz navideño, y Nell le rascó la panza hasta que se desperezó y suspiró.

– A veces me siento culpable -dijo.

– ¿Por qué?

– Marlene. -Nell volvió a acariciarle la panza, mirando la cara de la perra-. La quiero tanto, pero se la robé a alguien.

– Que no la apreciaba -dijo Suze.

– Eso no lo sabemos -dijo Nell-. Yo la adoro, pero es una reina del dramatismo. Probablemente la gente piense que yo la maltrato.

– Piensa en otra cosa -dijo Suze-. ¿Le gustaron las fotos a Gabe?

– Así fue -dijo Nell, sonriendo cuando lo recordó-. A Riley también le gustaron, pero Gabe miró las paredes un largo tiempo, y después dijo: «Son grandiosas, gracias».

– ¿Eso fue todo? -dijo Suze.

– Eso es mucho para Gabe -dijo Nell-. Me di cuenta. Fue algo muy significativo para él.

– Yo esperaba que se arrojara en tus brazos y dijera: «¡Querida mía!» -dijo Suze-. ¿Cuál es el problema de ese tipo?

– Es evidente que las fotos de su familia no lo emocionan. No tiene ningún problema. -Nell pensó en Gabe, de pie en la oficina, contemplando las fotos-. No hay absolutamente nada malo en él.

Suze resopló.

– ¿Entonces él qué te regaló?

– ¿A mí? -Nell regresó de su recuerdo-. Una silla de escritorio. De parte de él y de Riley.

– Oh, Dios -dijo Suze-. Ese hombre no tiene arreglo.

– No, en serio, es perfecta. Es igual a la que tenía en mi vieja oficina. -Como Suze no parecía impresionada, agregó-: Es ergonómica y carísima. Jamás se me hubiera ocurrido pedírsela. Creo que Riley le preguntó a Jase.

– Bien de parte de Riley -dijo Suze.

– Riley también le dio a Marlene una caja de galletitas para perros -dijo Nell, volviendo a rascarle el estómago a la perra-. Él y Marlene tienen una relación muy íntima.

– ¿Alguna vez habrá conocido a alguna hembra con la que no tuvo una relación íntima?

Nell le palmeó la rodilla a Suze.

– ¿Por qué no bajamos a comer algo? ¿Qué tienes además de jamón?

– Creo que hay lasaña otra vez -dijo Suze-. Pero la comida no es amor.

– No, pero es comida. -Nell se puso de pie.

Marlene rodó y las miró a las dos, claramente esperando lo peor.

– Galletita -dijo Nell, y Marlene saltó de la cama y trotó por las escaleras hacia la cocina.

– Ésa es la forma en que deberíamos perseguir la vida -le dijo Nell a Suze, siguiendo a la perra por las escaleras-, dar un salto y atraparla.

– Filosofía barata -dijo Suze, y Nell se dio por vencida y se concentró en hablar de todo excepto de Jack y su resonante ausencia de la escena.

A las cinco de la tarde de las vísperas de Año Nuevo, Nell le llevó a Gabe el último de los informes para que éste los firmara, antes de partir hacia la casa de Suze. Lo observó, con el rostro serio en el charco de luz que la lámpara de pantalla verde arrojaba sobre el escritorio. La luminosidad le destacaba el relieve de los planos de la cara, hacía que sus ojos fueran aún más oscuros de lo que eran en realidad, y resaltaba su fuerte mano, con que atravesaba la página, firmando su nombre con la misma pasión y determinación con que hacía todo.

Terminó, dejó la lapicera, y ella dijo: «Gracias». Y reunió los papeles con torpeza, tratando de salir antes de que perdiera la cabeza y se arrojase sobre él como Marlene sobre las sobras de jamón. «Eh, felices fiestas».

Retrocedió lo más rápido que pudo, pero él dijo «¿Nell?», y ella se volvió en la puerta, tratando de ordenar los papeles, intentando verse animada y eficiente en vez de incandescente de lujuria.

– ¿Sí?

– ¿Estás bien? -La miró con el entrecejo fruncido desde detrás del escritorio, e incluso con esa expresión en el rostro era excitante. En realidad ella estaba volviéndose loca si la desaprobación de él la hacía jadear.

– Estoy bien -dijo alegremente-. No podría estar mejor. Debo irme. Voy a ver a Suze. Año Nuevo, ya sabes. Fiestas.

Se calló cuando él se puso de pie y dio la vuelta al escritorio.

– ¿Qué pasa?

Él estaba de pie a prácticamente dos metros de ella, junto al escritorio. Estás demasiado lejos. Quiero que me toques.

Ella cerró los ojos ante la idea de que las manos de Gabe tomaran las suyas, y él dijo:

– Dímelo.

– No pasa nada -dijo ella, abriendo los ojos para mirar con seguridad los de Gabe, pero no pudo, y los apartó a último momento-. Deja de actuar como un detective.

– Te conozco desde hace cuatro meses -dijo Gabe-. Si no estás parloteando sin parar, es que tienes algo en mente. Dime de qué se trata y por el amor de Dios no trates de arreglarlo por tu cuenta. Este lugar no puede soportar ningún otro éxito tuyo.

– No hay ningún problema -dijo Nell y lo miró a los ojos. Error. Esa mirada oscura y firme la hizo suspirar desde lo más profundo de su alma. Él se quedó muy quieto mientras la sangre le subía al rostro, y ella dijo-: Estoy bien. -Pero salió muy débilmente, con un aliento, y el momento se estiró hasta convertirse en una eternidad caliente y vacía antes de que él sacudiera la cabeza.

– De todas maneras no iba a poder soportar hasta julio -dijo.

Dio un paso en dirección a ella, y algo cedió en el interior de Nell y lo encontró a mitad de camino, en el medio de la gastada alfombra oriental, aferrándose a sus hombros mientras Gabe le deslizaba la mano por la cintura, chocando la nariz con la de Nell mientras ella se ponía en puntas de pie y él se agachaba, y, por fin, por fin, sintió el gusto de Gabe cuando sus bocas se encontraron.

Capítulo 13

Nell se sujetó mientras él la besaba, aferrándose a su camisa para acercarse más a él, y cuando ella interrumpió el beso, él la recorrió con las manos, trazando una huella de calor, hasta que Nell quedó sin aliento. «Espera un momento», dijo ella, y él dijo: «No», y volvió a inclinarse sobre ella.

– Oye -dijo ella, apartándose, tratando de recuperar el aliento-. ¿Qué pasó con eso de «no hay que acostarse con a los empleados»?

– Tú no eres una gran empleada -dijo él y le tomó la boca antes de que ella pudiera responder, su cuerpo duro contra el de ella, y sus manos calientes en la espalda bajo el suéter. Ella pensó Oh, Dios, sí, y tiró de la camisa de él para poder deslizar las manos por su espalda y tocarlo también ella, lo que hizo que él tomara aire y la besara con más fuerza. La apoyó contra la puerta y ella se lo permitió, porque necesitaba ese apoyo para devolver el empujón y no caerse, y sólo se detuvo una vez a pensar: tal vez debería fingir que soy suave y dejarlo que él lleve la delantera, como con Tim. Después pensó: No, es Gabe, y supo que jamás tendría que tener cuidado otra vez. Le tomó la cara entre las manos y volvió a besarlo, y él la abrazó como si no fuera a soltarla jamás, sus manos recorriéndola por todas partes, besándola durante largos minutos hasta que ella se sintió mareada y anhelante. Por fin él dijo sin aliento contra la boca de ella: «Tengo el departamento arriba», y ella se estremeció un poco ante la idea -íntimos, desnudos, rodando en sábanas frescas-, sintiendo que la dureza la presionaba con más fuerza, y eso la hizo gemir, un gemido minúsculo que él debió de haber oído porque dijo: «O aquí también se puede» y la empujó hacia abajo sobre la antigua alfombra oriental.

Él era pesado encima de ella, y Nell lo envolvió con las piernas y su falda subió hasta las caderas, arqueándose contra todos esos duros músculos y la ágil extensión de su cuerpo, devolviéndole la presión, sin vacilación alguna, haciendo todo lo necesario para que él estuviera más cerca mientras su boca le recorría el cuello y sus manos se deslizaban debajo del suéter de ella. Nell le pasó las uñas por la espalda y él la sujetó contra el suelo, besándola tan fuerte que ella sintió que la sangre le latía en los oídos.

Entonces Riley golpeó y abrió la puerta y la golpeó en la cabeza.

– Muy bonito -dijo, mirando hacia abajo-. Me debes veinte dólares.

Gabe cerró la puerta de un golpe con la palma de la mano y le dijo a Nell: «¿Estás bien?», sin aliento y ardiente y desaliñado y preocupado y excitado y todo lo que Nell siempre había necesitado, y ella contestó:

– Te deseo tanto que voy a volverme loca.

– Eso explicaría los últimos cuatro meses -dijo él, inclinándose para volver a besarla, pero ella se sentó debajo de él, le hizo perder el equilibrio y lo tomó del cuello de la camisa mientras giraba sobre la espalda para trepar encima de él.

– Sin insultos -dijo, montándolo, tratando de recuperar el aliento-. Se supone que deberías seducirme.

– Deberías haberme dicho que querías esto -dijo él, llegando con las manos hasta el extremo trasero de ella para atraerla con más fuerza contra él-. No tenías que robar el perro para llamar mi atención…

– ¿O dormir con Riley? -dijo ella, empujándole los hombros contra el piso.

Los ojos de él se oscurecieron.

– De eso vas a olvidarte. -Le puso la mano en la nuca y tiró de ella para besarla, su boca dura contra la de Nell.

– Haz que me olvide -respondió ella, sin despegar su boca de la de él, y Gabe deslizó los dedos debajo de su falda (Dios mío, es Gabe) por su ropa interior (no te detengas) hasta que llegaron húmedos al interior de ella, haciéndola estremecerse contra él otra vez mientras su calor lo hacía respirar más pesadamente.

– Olvídalo -dijo él, y ella contuvo el aliento y respondió:

– No es suficiente. -Y él giró hasta tenerla de espaldas y comenzó a quitarle la ropa con una eficiencia tan inescrupulosa que ella sólo tardó un momento en hacerle lo mismo, abriéndole de un tirón la camisa para morder la carne caliente de su hombro. Él se apartó de golpe y volvió a empujarla hacia abajo, las manos duras sobre sus caderas, su boca caliente contra el pecho de ella, y Nell se disolvió en el borroso enredo que formaban, perdiendo los límites cuando él se movió contra ella, sintiendo sólo calor y fricción y presión mientras se retorcía en sus brazos, adorando el caliente deslizamiento del cuerpo de él sobre el suyo y necesitándolo tanto que cuando por fin él acabó dentro de Nell, ella resplandeció en sus brazos, tratando de consumirlo de la forma en que él la había consumido, moviéndose a toda velocidad contra él, hasta que finalmente explotó, mordiéndose el labio cuando cada nervio de su cuerpo surgió a flor de piel.

Una vez que estuvieron en calma sobre el suelo, luchando para recobrar el aliento, Gabe dijo:

– Dulce Jesús, ¿siempre va a ser así?

Y Nell respondió:

– Oh, así lo espero.

Él rió y la besó.

– Alguna vez hagamos algo cooperando. -Su voz se interrumpió cuando ella dejó que su mano le recorriera la espalda, y Nell vio cómo cerraba los ojos, todavía sin aliento.

– Tengo hambre -dijo ella-. ¿Hay comida en tu departamento?

– Todo lo que siempre necesitaste está en mi departamento. -Salió de ella de un empujón, y el aire fresco ingresó ocupando su lugar, haciendo que sus nervios cantaran otra vez. Él se puso de pie y buscó la mano de ella, sin mostrarse para nada tímido por su desnudez, y ella le dejó ayudarla a levantarse para poder rodearlo con los brazos una vez más y tocar todo ese calor y músculo, piel contra piel, sabiendo que él era suyo, al menos por esa noche.

– Pruébalo -dijo y volvió a besarlo, volvió a sentir su sabor, volvió a caer sobre él, sintiéndose como si por fin hubiera llegado a la casa de un hombre lo suficientemente fuerte para amarla de la forma en que ella necesitaba ser amada.

Como eran las once y Nell todavía no había aparecido y no había ninguna respuesta salvo la del contestador automático de la oficina, Suze se encogió de hombros con el abrigo puesto y cruzó el parque para ver qué pasaba. Si Nell se hubiera quedado trabajando hasta tarde, la habría llamado -lo que era más de lo que hacía Jack-; entonces debía de haber algún problema. Suze sentía que su obligación como mejor amiga era ir a descubrir qué pasaba.

Además, tenía que salir de esa casa enorme y vacía.

El parque estaba hermoso a la luz de la Luna, el hielo en los árboles resplandecía en tonos plateados y la nieve derretida marcaba franjas irregulares en el suelo. Con excepción de algún transeúnte ocasional que conducía camino a una fiesta con gente y ruido y risas, estaba completamente sola.

Estaba sola muchas veces en los últimos tiempos.

Las suelas de sus botas resonaron en el sendero de cemento cuando cobró velocidad, pasando por las grandes columnas de piedra que marcaban el final del lado del parque de Riley. No era extraño que Jack no estuviera casi nunca, incluso en la víspera de Año Nuevo; ser socio de una firma legal era un trabajo pesado. Y, además, ella ya había pasado los treinta años. Jack había dejado a Abby cuando había cumplido los treinta y a Vicki a los veintiocho, pero allí estaba ella, a la madura edad de treinta y dos, y él todavía la amaba.

Estaba segura de que él todavía la amaba. Sólo no estaba segura de amarlo a él.

Cuando pasó por The Cup y giró por la oscura calle lateral donde estaba la puerta de la agencia, se dio cuenta de que había sido estúpido caminar por el Village tan tarde. Golpeó a la puerta y miró a través de la gran ventana hacia la oscuridad. Nell no estaba.

Tendría que caminar de regreso a casa. De pronto se hizo mucho más oscuro y mucho más frío, y no quería caminar sola hasta su hogar.

Golpeó a la puerta una vez más, y ésta se abrió y apareció Riley.

– ¿Qué diablos? -dijo.

– Nell no apareció -dijo Suze, con los dientes castañeteando un poco por el frío-. Me preocupé.

– Entonces saliste a caminar de noche por la ciudad -dijo Riley-. Jesús. Entra.

Él encendió la luz cuando Suze entró, y ella se dio cuenta de que estaba vestido con un traje oscuro y una corbata, lo más distinguido que lo había visto jamás. O tal vez ella estaba muy desesperada por compañía y no tan selectiva como era habitual.

– ¿Alguna fiesta? -dijo ella.

– Siempre -respondió él-. ¿Qué hace Jack permitiéndote vagabundear en la oscuridad?

Suze levantó la barbilla.

– Jack no me permite hacer nada. Yo me lo permito.

Riley le acercó el teléfono de Nell.

– Llámalo para que te venga a buscar.

– No está -dijo Suze.

Riley dijo: «Oh», y puso el teléfono en su lugar.

– Nell tampoco está en su departamento -dijo ella para cambiar de tema-. ¿Sabes adónde…?

– Arriba. Con Gabe.

– ¿En serio? -dijo Suze, animándose un poco-. Dime que no están hablando de la agencia.

– No creo que estén hablando de nada. Aunque dada su mutua pasión por el trabajo, podrían estar revisando planillas a esta altura.

– Pero antes no.

– No cuando entré y los sorprendí.

– Le perdono que no me haya llamado -dijo Suze, y se dirigió a la puerta.

– Espera un momento -dijo Riley-. No vas a volver caminando a tu casa en la oscuridad. Yo te llevo.

– Yo puedo… -comenzó a decir Suze y entonces miró la calle oscura-. Gracias -dijo-. Me encantaría que me lleves.

Se subió al auto y se sentó en silencio mientras él ponía primera y doblaba por Third Street.

– ¿No vas a llegar tarde a tu cita?

– No tengo una cita -respondió él-. Sólo una fiesta.

– ¿Nadie para besar en la víspera de Año Nuevo?

– Habrá alguien para besar -dijo Riley cuando giraba para empezar a tomar el círculo alrededor del parque-. Siempre hay alguien a quien besar en la víspera de Año Nuevo.

Suze pensó en su casa grande y vacía durante un par de cuadras.

– No siempre.

Él quedó en silencio un minuto, y después dijo:

– Jack es un idiota.

– Jack estuvo casado catorce años. La vibración desaparece.

– La tuya no.

– Oh, ¿sí? -Suze levantó la barbilla-. ¿Crees que tengo vibración?

– No parecías muy complacida por lo de Nell y Gabe. ¿O sólo te comportas distante?

– Era inevitable -dijo Suze, aceptando el cambio de tema. De todas formas estaba a punto de pasarse de lista. Qué patética-. No sé qué estaba esperando ella. -No sé qué estoy esperando yo.

– Gabe estaba esperando hasta julio -dijo Riley-. Qué imbécil.

– ¿Por qué julio?

– Los dos años del período de recuperación.

Suze lo consideró.

– Sabes, Tim la abandonó hace dos navidades. Ella recién consiguió divorciarse en julio, pero él la dejó en Navidad.

– Entonces Gabe ganó otra vez -dijo Riley-. Ese tipo es un maestro.

Estacionó frente a la casa de ella, y Suze tuvo ganas de decir: «Llévame a la fiesta contigo». Pero no podía. Tal vez Jack viniera a casa.

Jack no iba a venir a casa. Estaba con otra persona. Nadie dejaba sola a la esposa la víspera de Año Nuevo a menos que estuviera con una amante. Ella lo sabía porque había sido una amante.

– ¿Estás bien? -dijo Riley.

– Bésame -dijo Suze, y él se quedó paralizado-. Lo digo en serio. Voy a volver sola a esa casa y es la víspera de Año Nuevo y quiero ser besada. Siente pena por mí y bésame.

– No -dijo Riley.

– Ay -dijo Suze-. Lo siento. -Dio un tirón a la manija de la puerta.

– Mira -dijo Riley-. No es…

Ella se detuvo y se volvió para mirarlo.

– ¿Qué?

– Te mereces algo mejor.

– ¿Que tú?

– Que Jack. Y Dios sabe que mejor que yo.

– No quise ponerte en esa posición. Sabes, una mujer casada tratando de conquistarte…

– Cualquier tipo se alegraría de estar en mi posición. -Sonaba apenado por ella, lo que la hizo enfurecerse.

– Sí, correcto. Gracias por el viaje.

Se volvió para abrir la puerta y levantó la mirada y vio a Jack, de pie al lado del auto con los puños en los bolsillos del saco.

– Oh, oh -dijo ella, y Riley se inclinó para mirar por la ventanilla.

– Oh, bien -dijo Riley-. ¿Quieres que me quede?

– No creo que eso sirva para algo -dijo Suze, empujando la puerta.

Él la tomó del brazo.

– ¿Él…?

– No me pegará -dijo Suze-. Me gritará, pero eso está bien. Estaré bien.

Riley la soltó, y ella salió del auto y cerró la puerta de un golpe.

– Muy bonito -dijo Jack-. Vengo a casa a celebrar la víspera de Año Nuevo con mi esposa…

– Muy grandioso de tu parte -dijo Suze y lo esquivó para subir los escalones.

– ¿Quién es ése? -dijo Jack.

– Riley McKenna. -Suze llegó al umbral y puso la llave en la cerradura-. Me trajo a casa después de que fui a buscar a Nell.

– Buena historia -dijo Jack, siguiéndola por los escalones.

Suze entró y prendió la luz y le hizo un gesto con la mano a Riley para que éste se fuera.

– No es una historia. ¿Tienes una para mí?

– Te lo dije. Estaba trabajando…

– Llamé -dijo Suze, mirando cómo las luces traseras de Riley desaparecían por la calle rumbo a su fiesta-. No atendiste.

– La central telefónica se apaga de noche.

– Llamé a tu teléfono móvil.

– Lo apagué.

– ¿En serio? -dijo Suze-. ¿Por qué?

– ¿Estás acostándote con él?

– ¿Con Riley? -Suze comenzó a subir las escaleras, de pronto tan cansada que apenas podía moverse-. No. Apenas conozco a ese tipo.

Él la sujetó del brazo y de un tirón la hizo bajar de los escalones, y ella tragó aire, perdiendo el cansancio por la sorpresa.

– Te acuestas con él -dijo Jack, y ella lo miró y ya no le importó más.

– Si estuviera acostándome con Riley -respondió-, estaría con Riley. No te dejaría aquí de pie fingiendo que todavía tengo una relación contigo. -Se soltó el brazo y lo frotó y esperó que él levantara la mano y la golpeara porque en ese caso podría abandonarlo.

– Me dijiste que ibas a estar con Nell -dijo él-. Me dijiste…

– Nell está con Gabe -dijo Suze-, lo que es bueno. Nadie debería estar solo en Año Nuevo. -Ella comenzó a subir las escaleras otra vez, desafiándolo a detenerla.

– Esto es culpa de ella -dijo Jack-. Budge tenía razón, ella es mala influencia. Tú no eras así antes de que ella se mudara aquí.

– Tendré que agradecérselo -dijo Suze, y subió hacia la oscuridad de lo alto porque era mejor que la luz de abajo en la que estaba él.

A seis cuadras de distancia, durante la modorra pos coito, Gabe escuchaba sólo a medias las fiestas transmitidas por la televisión.

– Esto es grandioso -dijo Nell-. Una gran fiesta en todos lados, sin trauma.

– Bien. -Gabe se acomodó más profundamente en la cama, demasiado cansado y demasiado satisfecho como para que le importara.

– Pero todavía me siento mal por Suze. Sonaba tan deprimida cuando la llamé. Soy una amiga terrible.

– Mmmm -dijo Gabe contra la almohada, rezando porque ella se agotara pronto. Había puesto tanta energía como él, y ahora estaba sentada y desnuda a su lado, comiendo papas fritas y haciendo una descripción detallada de los fuegos artificiales. Si no se callaba en los próximos cinco minutos, iba a tener que drogarla.

– Oye. -Ella le golpeó el hombro, y él se dio vuelta y la vio sonriéndole, con la bolsa de papas fritas en la mano, y con su cabello daba la impresión de que había un petardo en su cama-. Somos demasiado recientes como para que me tomes por segura. Tengamos un poco de romance, ¿no te parece?

– ¿Para qué? -dijo él-. Cumplí. Se acabó.

Ella dejó la boca abierta en una falsa ira, y él se rió y la atrajo hacia sí mientras ella se resistía todo el tiempo, lo que hizo que la bolsa de papas fritas saliera volando.

– No estoy tomándote por segura -le dijo en el oído mientras ella se retorcía-. Estoy exhausto por no haberte tomado por segura.

Ella dejó de pelear, y él cerró los ojos de placer cuando toda la suavidad repentinamente dócil de ella se apretó contra su cuerpo. Oyó un crujido y se dio cuenta de que Marlene había avanzado desde el fondo de la cama y estaba arrastrando la bolsa de papas fritas mientras la televisión recitaba la cuenta regresiva para el año nuevo. Hay un perro en mi cama, pensó y se preguntó cuándo se habría subido. Estaba bastante seguro de que había esperado que se acabaran todos los movimientos porque si no la habrían pateado contra una pared. Marlene tenía excelentes habilidades de supervivencia.

– Estoy feliz -le susurró Nell al oído, una voz llena de sonrisa, y él pensó: puedo dormir más tarde.

Giró para que estuvieran lado a lado, la atrajo más cerca, todavía asombrado de que ella estuviera allí junto a él, de que él finalmente hubiera hecho todas las cosas que había tratado de no hacer y de que todo hubiera resultado mucho mejor de lo que había intentado no imaginar.

– Yo también. Feliz Año Nuevo, niña.

La besó suavemente esta vez, y ella se relajó a su lado y dijo:

– ¡Mira! -Él siguió sus ojos hacia el cielo que ahora estaba lleno de fuegos artificiales como estrellas fugaces-. Todo es perfecto -le dijo ella-. Absolutamente todo.

– No digas eso -repuso él, sintiendo un escalofrío-. Estás tentando al destino.

– No creo en el destino -dijo Nell, y él recordó que cuatro meses antes Chloe había predicho que ellos estarían así, que estaba escrito en las estrellas. Comenzó a decírselo y después pensó: no es un buen momento para mencionar a Chloe.

– ¿Qué? -dijo ella, y él respondió: «Nada», y ella se levantó sobre un codo, preparada para sonsacárselo.

– Tregua por una noche -dijo él, atrayéndola-. Sólo por esta noche. -Y cuando ella dijo: «Pero…», él volvió a callarla a besos, y después la abrazó hasta que se quedó dormida, observando cómo las luces artificiales iban dispersándose en lo alto.

– Así que te acostaste con Gabe -dijo Suze en un almuerzo en el Sycamore el día siguiente.

Nell trataba de verse inocente pero tenía demasiados buenos recuerdos, entonces en cambio decidió sonreír y cortó otro pedacito de pan tostado:

– Y feliz Año Nuevo para ti también.

– ¿En serio? -Margie estiró la cabeza y estudió a Nell, con el aspecto de un pajarito miope-. Imagínate casada con un detective.

– Imagíname no casada con un detective -dijo Nell-. No voy a hacer eso de nuevo.

– Nell McKenna -dijo Margie-. Qué bonito. -Se sirvió una ración extra de miel de cedro sobre sus panqueques con pepitas de chocolate-. Romántico.

– Es mejor que Dysart -dijo Suze, apuñalando sus huevos benedictinos.

Nell y Margie la miraron y después se miraron entre sí.

– Margie Dysart nunca me gustó -dijo Margie.

– Era buena persona una vez que una se acostumbraba a ella -dijo Suze, y Nell se rió.

Margie estaba reflexionando sobre algunas cosas.

– Creo que Margie Jenkins estaría bien, aunque suena un poco de clase baja.

– No se lo digas a Budge -dijo Nell-. Se cambiará el apellido.

– Margie Ogilvie sigue siendo mi favorita, sin embargo -dijo Margie.

– Entonces conserva tu nombre. -Suze parecía enojada con toda la conversación.

– Nadie sabría que estoy casada -dijo Margie.

– Lo que haría más fácil engañarlo -dijo Suze.

Margie frunció el entrecejo.

– ¿Qué te pasa?

– Jack me atrapó anoche cuando estaba volviendo a casa con Riley McKenna -dijo Suze, sin dejar de torturar sus huevos-. Yo fui a buscar a Nell y él me trajo a casa. Eran más de las once de la víspera de Año Nuevo, y Jack me acusó a mí de estar con otro. Entonces me encerré en mi dormitorio. Al diablo con él.

– Oh, no -dijo Nell, sintiéndose horrible-. Eso fue culpa mía. Lamento tanto lo de anoche, fue algo terrible. Simplemente me olvidé de ti…

– Bajo las circunstancias, no -dijo Suze-. Así se hace, Eleanor, eso es lo que yo pienso.

– Los hombres siempre saben -dijo Margie-. Stewart estaba celoso de Budge.

Suze giró la cabeza para mirar a Margie.

– ¿Qué?

– Stewart. Estaba celoso de Budge. Porque Budge me gustaba más, así como a ti te gusta Riley.

– Yo no estoy teniendo un romance -dijo Suze con frialdad.

– Bueno, claro que no -dijo Margie-. Pero Riley te gusta más que Jack.

– Eh, Margie -comenzó a decir Nell.

– Es una cosa terrible estar casada con el hombre equivocado -dijo Margie-. Es como estar atrapada en una mala fiesta que nunca termina. Las voces siempre son demasiado fuertes y las bromas son tontas y una termina contra la pared, esperando que nadie note la presencia de una porque es mucho más fácil de esa manera. Es como si una estuviera tratando de evitar a alguien que es la única otra persona de la fiesta. Lo odié.

Sacó su termo y se sirvió más leche de soja en el café, mientras Nell y Suze se quedaban sentadas y aturdidas.

– Déjalo -le dijo Margie a Suze-. No trates de hacer que funcione si las cosas están tan mal. Es demasiado feo, terminarás haciendo cosas horribles cuando no puedas soportar más el dolor.

– Margie. -Nell estiró la mano-. No sabíamos que fue tan malo.

– Lo sé. -Margie bebió su café, de un trago hasta el fondo de la taza, y después volvió a ponerla sobre el plato-. Una vez le pegué.

– Bien -dijo Suze.

– No -dijo Margie-. Pero resultó bien. Él se fue. ¿Tú estás bien?

– No lo sé -dijo Suze-. Tengo que pensarlo. No puedo imaginarme no casada con Jack, pero tampoco creo que pueda seguir aguantando la tensión. Él piensa en serio que lo engaño, y yo no lo hago. En verdad no lo hago.

– Lo sabemos -dijo Nell.

– Pero quiero hacerlo -dijo Suze.

– Lo sabemos -dijo Margie.

– A veces quisiera que Jack desapareciera como Stewart -dijo Suze-. Que se evaporara.

– No, no es cierto -dijo Margie-, porque, ¿y si regresa?

Nell tragó aire.

– ¿Crees que Stewart va a volver?

– Budge quiere que presente el reclamo del seguro -dijo Margie-. Dice que puedo comprar un montón de vajilla Fiestaware con dos millones de dólares. Dice que no debería dejar la cuestión a un lado.

– Si no quieres presentarlo, no lo hagas -dijo Suze con firmeza-. No es asunto de Budge.

– Sólo está cuidándome -dijo Margie-. ¿Pero y si hago la presentación y Stewart vuelve? Debería devolverlo. Y saben que yo no me quedaría con todo.

– ¿Ha regresado? -dijo Nell, odiándose por la pregunta.

– No lo creo -dijo Margie-. Pero sería típico de él. Era un verdadero hijo de puta.

– ¡Margie! -dijo Suze y después se rió; la impresión la había sacado de su autocompasión.

– Bueno, lo era -dijo Margie.

– Entonces crees que está vivo -dijo Nell, sintiéndose una rata por seguir insistiendo.

– No -dijo Margie-. Creo que está muerto. Pero a veces tengo miedo de que esté vivo.

Nell se quedó sentada, asintiendo, esperando que ella dijera otra cosa, pero fue Suze quien habló.

– Entonces -le dijo a Nell-, ¿hubo vibración?

– Por todos los cielos, sí -respondió Nell, y dejó que sus amigas bromearan con ella durante el resto del almuerzo, mientras se preguntaba cómo había sido que las cosas se habían dado vuelta de tal forma que ella era la feliz y sus amigas las que estaban en problemas.

A dos cuadras de distancia, Riley se sirvió una taza de café de la cafetera de Nell y dijo:

– Así que tú y Nell.

– Te diste cuenta, ¿verdad? -Gabe bebió su café y entrecerró los ojos para ver mejor la ampliación enmarcada de su padre y Trevor, otra vez conmovido por el hecho de que a Nell se le hubiera ocurrido esa manera de decorar la oficina.

– Tengo grandes poderes de deducción. -Riley se sentó en el borde del escritorio de Nell y sorbió su café con cautela-. Suze vino anoche a buscarla.

Gabe asintió, pasando al retrato familiar, un poco mortificado por lo joven que estaba Chloe en la foto; incluso se veía más joven en la ampliación que en el original, como un huevo muy bonito, liso y redondo. Alguien debería haberme abofeteado, pensó. Era de la edad que Lu tenía ahora y ya llevaba un bebé en brazos, por el amor de Dios. Pero no había habido nadie que la protegiera; en ese entonces sus padres habían muerto, al igual que la madre de él, y lo único que el padre de Gabe había dicho fue: «Buena elección; ella jamás te causará problemas». Y nunca lo había hecho.

– La llevé a su casa y nos topamos con Jack -dijo Riley, y Gabe desvió la mirada.

– ¿Qué?

– A Suze. Jack estaba en la puerta cuando la llevé a su casa.

– ¿Fue muy malo?

Riley sacudió la cabeza.

– Sí. Pero ella no quiso que me quedara. Dijo que él no la golpearía.

– No -dijo Gabe-. Sólo es arrogante y egoísta.

– Y la engaña -dijo Riley.

– ¿Se lo dijiste a ella?

– No.

Gabe asintió y se volvió hacia la pintura.

– No puedo creer lo joven que está Chloe en esta foto. ¿Qué demonios estaba pensando yo?

– Lo mismo que estabas pensando anoche -dijo Riley, acercándose a su lado-. Diablos, mira lo joven que era yo. Y tú me enviaste a trabajar a la calle.

– Yo no, fue papá -dijo Gabe-. Y tú querías ir.

– Lo sé -dijo Riley-. Maldición, en verdad ella era joven. ¿En qué demonios estabas pensando?

– No lo mismo que estaba pensando anoche. -Gabe trató de imaginar qué diría su padre acerca de Nell. Probablemente «corre en la dirección opuesta, muchacho». Con Chloe, él no había tenido idea de en qué se estaba metiendo, qué significaba el matrimonio; pero anoche, con Nell, supo exactamente la enorme cantidad de problemas que le esperaban. Y no le importó.

Esta mañana tampoco le importó.

Pasó a la fotografía siguiente, una de sus padres el día en que se habían casado: su madre tenía el cabello oscuro y un aire vivaz, con un traje de cintura de avispa, los botones tensos a la altura del estómago, y su padre tenía cabello oscuro y se lo veía vibrante con su traje a rayas, más feliz que lo que Gabe lo había visto jamás. Estaban abrazados pero no apoyados el uno en el otro; los dos se veían tensos, llenos de energía, sonriendo al futuro, sabiendo que tenían un bebé en camino, sin saber que los esperaban veinte años de peleas y portazos y despedidas a gritos. Gabe miró a su padre y pensó: Él lo habría hecho de todas maneras. Así era como la amaba.

– Gabe -dijo Riley.

Y con Nell va a ser igual, pensó, mirando la luz en los ojos de su madre. Y yo también lo haré de todas maneras.

– Gabe -repitió Riley-. Ven aquí y mira esto.

Gabe dirigió la mirada hacia Riley y lo vio de pie frente al retrato de familia.

– ¿Qué?

– Mira a Chloe.

Gabe estudió la fotografía.

– ¿Qué tengo que mirar?

– Los aros -dijo Riley, y Gabe miró y exclamó:

– No puede ser.

Chloe tenía círculos con diamantes.

Gabe se dirigió hacia la puerta. Cinco minutos después, estaban en el dormitorio de Chloe; habían dado vuelta su joyero encima de la cómoda, y estaban contemplando una pila de ankhs de plata y estrellas doradas y lunas esmaltadas y -enredados en el medio de las diversas cadenas y ganchos- dos perfectos círculos de oro del tamaño de monedas, cargados de diamantes engarzados.

– ¿Son esos? -preguntó Riley.

– Son