/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

Dime quién soy

Julia Navarro

La esperada nueva novela de Julia Navarro es el magnífico retrato de quienes vivieron intensa y apasionadamente un siglo turbulento. Ideología y compromiso en estado puro, amores y desamores desgarrados, aventura e historia de un siglo hecho pedazos. Una periodista recibe una propuesta para investigar la azarosa vida de su bisabuela, una mujer de la que sólo se sabe que huyó de España abandonando a su marido y a su hijo poco antes de que estallara la Guerra Civil. Para rescatarla del olvido deberá reconstruir su historia desde los cimientos, siguiendo los pasos de su biografía y encajando, una a una, todas las piezas del inmenso y extraordinario puzzle de su existencia.

Julia Navarro

Dime quién soy

Para mi madre, sin ella no habría llegado hasta aquí.

Para mis abuelos Teresa y Jerónimo,

por su cariño y generosidad,

y por lo mucho que he aprendido de ellos.

Y para mi querida amiga Susana Olmo,

por las muchas risas compartidas..

GUILLERMO

1

– Eres un fracasado. -Soy una persona decente.

Mi tía levantó la vista del folio que tenía en las manos. Lo había estado leyendo como si el contenido del escrito fuera una novedad para ella. Pero no lo era. En aquel currículo estaba resumida mi breve y desastrosa vida profesional.

Me miró con curiosidad y siguió leyendo, aunque yo sabía que no había mucho más que leer. Me había llamado fracasado no con ánimo de ofenderme, sino como quien afirma algo evidente.

El despacho de mi tía resultaba agobiante. En realidad lo que me incomodaba era su actitud altiva y distante, como si por haber triunfado en la vida le estuviera permitido mirarnos al resto de la familia por encima del hombro.

Me caía mal, pero yo tampoco había sido nunca su sobrino favorito, por eso me sorprendió cuando mi madre me dijo que su hermana quería verme con urgencia.

La tía Marta se había convertido en la matriarca de la familia, incluso dominaba a sus otros dos hermanos, el tío Gaspar y el tío Fabián.

Se le consultaba todo, y nadie tomaba una decisión sin haber recibido su visto bueno. A decir verdad, yo era el único que la evitaba y quien, al contrario que el resto de mis primos, nunca buscaba su aprobación. Pero allí estaba ella, orgullosa de haber salvado y triplicado el patrimonio familiar, un negocio dedicado a la compraventa y reparación de maquinaria, gracias, entre otras razones, a su oportuno matrimonio con el bueno de su marido, el tío Miguel, por quien yo sentía una secreta simpatía.

El tío Miguel había heredado un par de edificios en el centro de Madrid, cuyos inquilinos le reportaban buenas rentas todos los meses. Más allá de reunirse con el administrador de los edificios una vez al mes, nunca había trabajado. Su única preocupación consistía en coleccionar libros raros, jugar al golf y escapar con la menor excusa de la mirada vigilante de mi tía Marta, a quien había cedido gustoso esas reuniones mensuales con el administrador sabiendo que ella tenía la inteligencia y la pasión necesarias para acertar en todo cuanto hacía.

– Así que tú al fracaso lo llamas ser una persona decente. Entonces, ¿crees que todos los que triunfan son indecentes?

Estuve a punto de decir que sí, pero eso me habría supuesto tener un disgusto con mi madre, de manera que decidí dar una respuesta más matizada.

– Verás, en mi profesión ser decente suele conducir a que te quedes sin empleo. No sabes cómo está el periodismo en este país. O estás alineado con la derecha o lo estás con la izquierda. No eres más que una correa de transmisión de las consignas de uno o de otro. Pero intentar contar simplemente lo que pasa y opinar honradamente, te lleva a la marginación y al paro.

– Siempre te había tenido por un chico de izquierdas -dijo mi tía con cierta sorna-. Y ahora gobierna la izquierda…

– Ya, pero el gobierno quiere que los periodistas afines cierren los ojos y la boca ante sus errores. Criticarlos significa el extrañamiento. Dejan de considerarte uno de los suyos y, claro, como tampoco eres de los otros, te quedas en tierra de nadie, o sea en el paro, como estoy yo.

– En tu currículo pone que ahora trabajas en un periódico digital. ¿Cuántos años tienes?

Me fastidió la pregunta. Ella sabía perfectamente que estaba en la treintena, que era el mayor de los primos. Pero era su forma de demostrarme el desinterés que sentía por mí. Así que decidí no decirle cuántos años tenía puesto que era evidente que ella ya lo sabía.

– Sí, hago crítica literaria en un periódico de internet. No he encontrado otra cosa, pero al menos no tengo que pedir dinero a mi madre para comprar tabaco.

Mi tía Marta me miró de arriba abajo, como si fuera la primera vez que me veía, y pareció vacilar antes de decidirse a hacerme su propuesta.

– Bien, te voy a ofrecer un trabajo y además bien pagado. Confío en que estés a la altura de lo que esperamos de ti.

– No sé lo que quieres ofrecerme pero mi respuesta es no; aborrezco los gabinetes de prensa de las empresas. Si he venido a verte es porque me lo ha pedido mi madre.

– No pienso ofrecerte ningún puesto en la empresa -respondió como si fuera una locura el que yo pudiera trabajar en la empresa familiar.

– Entonces…

– Entonces quiero hacerte un encargo para la familia, algo más personal; en realidad, algo privado.

Mi tía continuaba mirándome sin estar segura de si no estaría equivocándose con su propuesta.

– Se trata de que investigues una vieja historia familiar: una historia relacionada con tu bisabuela, mi abuela.

Me quedé sin saber qué decir. La bisabuela era tema tabú en la familia. No se hablaba de ella; y mis primos y yo apenas habíamos logrado saber algo del misterioso personaje, de quien estaba prohibido preguntar y de quien no existía ni una sola fotografía.

– ¿La bisabuela? ¿Y qué es lo que hay que investigar?

– Ya sabes que soy yo quien tiene casi todas las fotos de la familia, y había pensado hacer un regalo a mis hermanos las próximas Navidades. Por eso empecé a seleccionar fotografías antiguas para encargar copias. También busqué entre los papeles y documentos de mi padre, porque recordaba haber visto alguna más entre sus cosas y, efectivamente, encontré algunas y… bueno, entre los papeles había un sobre cerrado, lo abrí y allí estaba esta foto…

Mi tía se volvió hacia la mesa de despacho y cogió un sobre del que sacó una fotografía. Me la dio vacilando, como si temiese que yo fuera un manazas y aquella imagen no fuera a estar segura en mis manos.

El retrato tenía los bordes rotos y el paso del tiempo lo había impregnado de una pátina amarillenta, pero aun así resultaba fascinante la imagen de una joven sonriente vestida de novia y con un ramo de flores.

– ¿Quiénes?

– No lo sé. Bueno, creemos que puede ser nuestra abuela, tu bisabuela… Se la enseñé a tu madre y a mis hermanos y todos coincidimos en que nuestro padre se parecía a ella. El caso es que hemos decidido que ha llegado la hora de indagar qué pasó con nuestra abuela.

– ¿Así, de repente? Nunca nos habéis querido decir nada sobre ella. Y ahora tú encuentras una foto que crees que puede ser de nuestra antepasada y decides que hay que averiguar qué pasó.

– Tu madre te habrá contado algo sobre ella…

– Mi madre me ha contado lo mismo que tú has contado a tus hijos: prácticamente nada.

– No es que nosotros sepamos demasiado; nuestro padre nunca hablaba de ella, ni siquiera el paso del tiempo le mitigó el dolor de su pérdida.

– Por lo que sé, no la conoció. ¿No lo abandonó cuando era un recién nacido?

Mi tía Marta parecía dudar entre contarme todo lo que sabía o despedirme de inmediato. Supongo que pensaba que a lo mejor yo no era la persona adecuada para abordar el asunto que se traía entre manos.

– Lo que sabemos -respondió- es que nuestro abuelo, o sea, tu bisabuelo, se dedicaba a la importación y venta de maquinaria, sobre todo de Alemania. Viajaba mucho, y no solía decir ni cuándo se iba ni, menos aún, cuándo pensaba regresar, lo que, como puedes suponer, no debía de gustar nada a su mujer.

– Es imposible que ella no se enterara. Si él hacía la maleta, supongo que ella le debía de preguntar a donde iba; en fin, esas cosas son las normales.

– No, él no actuaba así. Tu bisabuelo decía que él llevaba la maleta en la cartera, es decir, le bastaba con el dinero que llevaba encima. De manera que no le hacía falta preparar nada, iba comprando lo que necesitaba. No sé por qué actuaba así. Pero imagino que eso debió de ser una fuente de conflictos en el matrimonio. Como te digo, tu bisabuelo era muy emprendedor y amplió el negocio, no sólo a la venta de máquinas industriales sino también a su reparación, y en ese momento en España se necesitaba de todo. Un día él se marchó en uno de sus viajes. Durante su ausencia ella hacía la vida que en aquella época acostumbraban las chicas de su posición. Por lo que sabemos, ella acudió a casa de unos amigos, ya sabes que antes las visitas eran un entretenimiento inocente y sobre todo barato. Uno iba a visitar a unos amigos o familiares una tarde, ellos te la devolvían días después, y los salones de las casas se convertían, de esa manera, en lugares de encuentro. En uno de esos encuentros ella conoció a un hombre, desconocemos quién era ni a qué se dedicaba. Una vez oímos que era marino de la Armada argentina. Parece ser que ella se enamoró y huyó con él.

– Pero ya había nacido el abuelo, ya tenía un hijo.

– Sí, y de muy corta edad. Lo dejó al cuidado del ama, Águeda, la mujer que tu abuelo creyó que era su madre hasta que, ya mayor, se enteró de la verdad. Tu bisabuelo se amancebó con Águeda y tuvo una hija con ella, la tía Paloma, hermanastra de tu abuelo; ya conoces esa rama de la familia.

– En realidad no, nunca habéis tenido demasiado interés en que nos conozcamos, sólo los he visto en algún entierro -respondí con cierta insolencia, para provocarla.

Pero mi tía no era de las que respondían a una provocación si no le interesaba hacerlo, así que me observó con un destello de irritación y decidió seguir hablando como si no me hubiera escuchado.

– Tu abuelo decidió cambiarse el apellido de su madre, por eso se llamaba Fernández de segundo. Cuando se cambia de apellido, hay que elegir uno que sea frecuente.

– Tampoco nunca he conseguido saber cómo se llamaba de verdad -respondí, harto de la conversación.

– No lo sabemos, nunca lo hemos sabido. -El tono de voz de mi tía Marta parecía sincero.

– ¿Y a qué viene ahora ese interés por la historia de vuestra abuela?

– Esta foto que te he enseñado nos ha llevado a tomar la decisión. He hecho copias; te daré una porque puede servirte para la investigación. Creemos que es ella, pero si no lo es da lo mismo: ha llegado la hora de saber.

– ¿De saber qué? -Me divertía intentar irritarla.

– De saber quiénes somos -respondió mi tía.

– A mí no me importa lo que fue de esa bisabuela, me trae sin cuidado, yo sé quién soy y eso no lo va a cambiar lo que hiciera esa mujer tantos años atrás.

– Y a mí no me importa que a ti no te importe. Si te encargo este trabajo es porque no sabemos qué nos vamos a encontrar, y los trapos sucios, si es que los hay, prefiero que se queden en familia. Por eso no contrato a un detective. De manera que no te estoy pidiendo ningún favor, te estoy ofreciendo un trabajo. Eres periodista, sabrás cómo investigar. Te pagaré tres mil euros al mes y todos los gastos aparte.

Me quedé en silencio. Mi tía me había hecho una oferta que sabía que no podría rechazar. Nunca había ganado tres mil euros, ni siquiera cuando trabajé como reportero en televisión. Y ahora que estaba en una situación profesional lamentable, malviviendo con la crítica literaria para un periódico de la red cuyo sueldo no alcanzaba los quinientos euros al mes, aparecía ella como la serpiente que tentó a Eva. Quería decirle que no, que se guardara su dinero donde quisiera, pero pensé en mi madre, en cómo mes tras mes tenía que prestarme para el recibo de la hipoteca del piso que había comprado y no podía pagar. Bueno, en realidad, me consolé diciéndome que no había nada de deshonroso en indagar el pasado de mi bisabuela y, encima, que me pagaran por ello. Peor habría sido aceptar un trabajo a cambio de contar y cantar alabanzas al político de turno.

– Creo que con un par de meses tendrás suficiente, ¿no? -quiso saber tía Marta.

– No te preocupes, no creo que tarde tanto en averiguar algo sobre esa buena señora. Para mi desgracia, lo mismo dentro de unos días he terminado la investigación.

– Pero quiero algo más -dijo mi tía en tono conminatorio.

– ¿Qué? -pregunté con desconfianza, como si de repente hubiera despertado de un sueño: nadie paga tres mil euros al mes por saber qué fue de su abuelita.

– Tendrás que escribir la historia de mi abuela. Hazlo como si fuera una novela, o como tú quieras, pero escríbela. La encuadernaremos y ése será el regalo que haré a la familia la próxima Navidad.

Sometí a mi madre a un exhaustivo interrogatorio para que recordara cuanto pudiera de su padre, o sea, de mi abuelo. La buena mujer dedicó un rato a adornarle con todas las virtudes intentando revolver en mi memoria. Yo lo recordaba alto, delgado, muy erguido, poco hablador. Un día me dijeron que el abuelo había sufrido un accidente de coche que lo dejó impedido en una silla de ruedas hasta que murió.

Todos los domingos, cuando yo era un niño, acudía con mi madre a la casa del abuelo. Allí participábamos de una comida familiar con largas sobremesas en las que me aburría enormemente.

El abuelo nos observaba a todos mientras comía en silencio, y sólo de vez en cuando intervenía.

La tía Marta era la menor de los hermanos. Por entonces estaba soltera y vivía con él, y por eso se había hecho cargo de la empresa de mi abuelo, de la misma manera que había asumido el control de aquella casa enorme y oscura. Así que no guardaba nada en mis recuerdos que me diera una pista sobre la madre del abuelo, la misteriosa señora que un día desapareció abandonándolo en manos del ama de cría.

Tengo que confesar que comencé la investigación con desgana, supongo que por lo poco que me importaba lo que pudiera haber hecho una antepasada.

Empecé a indagar por el lugar obvio: acudí a la oficina del Registro Civil para solicitar una partida de nacimiento de mi abuelo.

Evidentemente, en las partidas de nacimiento figura siempre el nombre de los progenitores del inscrito, así que era la mejor manera de averiguar cómo se llamaba la madre de mi abuelo. Me preguntaba por qué no lo habría hecho la tía Marta en vez de pagarme tres mil euros por ir al registro.

Una amabilísima funcionarla dio al traste con mis expectativas de éxito al decirme que no podía entregar una partida de nacimiento de alguien que había muerto.

– ¿Y para qué quiere usted una partida de nacimiento de don Javier Carranza Fernández?

– Es que es mi abuelo, bueno, era mi abuelo, ya le he dicho que falleció hace quince años.

– Ya, por eso le pregunto que para qué quiere usted su partida de nacimiento.

– Estoy haciendo el árbol genealógico de la familia y precisamente el lío está en que mi abuelo se cambió el apellido materno por un problema familiar. En realidad, no se llamaba Fernández de segundo apellido, y eso es lo que yo trato de averiguar.

– ¡Ah, pues no puede hacerlo!

– ¿Y por qué no?

– Porque si, como usted asegura, su abuelo se cambió el apellido, entonces su expediente está en el Registro Especial, y sólo se puede consultar cualquier dato de ese registro si lo solicita el propio interesado o hay una orden judicial.

– Está claro que el interesado no puede solicitar nada -respondí de malhumor.

– Sí, eso está claro.

– Oiga, era mi abuelo, se apellidaba Fernández y no sé por qué. ¿No cree que tengo derecho a saber cómo se llamaba mi bisabuela?

– Mire usted, desconozco cuáles son sus problemas familiares y además no me interesan. Yo solamente cumplo con mi obligación y no puedo darle ninguna partida de nacimiento original de su abuelo. Y ahora, si no le importa, tengo mucho trabajo…

Cuando se lo conté a mi madre, me di cuenta de que no le sorprendía nada la escena con la funcionarla. Pero tengo que reconocer que me dio una pista que podía servirme para empezar. -Al abuelo, lo mismo que a nosotros y también a vosotros, sus nietos, lo bautizaron en la iglesia de San Juan Bautista. Allí se casó, y allí nos hemos casado nosotros y espero que algún día también tú te cases en esa iglesia.

No respondí que por el momento mi único compromiso serio era con el banco que me había concedido el préstamo para comprarme un apartamento. Había firmado una hipoteca a pagar durante los siguientes treinta años.

La iglesia de San Juan Bautista necesitaba con urgencia una reparación de la cúpula; así me lo contó don Antonio, el viejo párroco, que se lamentaba de la desidia de los feligreses ante el estado del edificio.

– La gente da cada vez menos limosnas. Antes siempre encontrabas un benefactor para hacer frente a estos problemas, pero ahora… ahora los ricos prefieren poner en marcha fundaciones para desgravar impuestos y defraudar al fisco, y no dan un duro para estas cosas.

Lo escuché pacientemente porque el pobre anciano me caía bien. Me había bautizado, dado la primera comunión, y, si por mi madre fuera, también me casaría, aunque la verdad es que lo encontraba muy mayor para tan larga espera.

Don Antonio se quejó durante un buen rato antes de preguntarme qué quería.

– Me gustaría ver la partida de bautismo de mi abuelo Javier.

– Tu abuelo don Javier sí que se portó bien con esta parroquia -recordó don Antonio-. ¿Y para qué quieres su partida de bautismo?

– Mi tía Marta quiere que escriba una historia familiar y necesito saber algunas cosas. -Decidí responder diciendo casi toda la verdad.

– Pues no creo que sea fácil.

– ¿Porqué?

– Porque todos los documentos antiguos están en los archivos del sótano; durante la guerra se revolvieron los registros parroquiales y ahora están desordenados. Tendríamos que volver a ordenar todo lo que hay abajo, pero el obispo no me quiere mandar un cura joven que sepa de archivos y yo ya no tengo edad para poner en orden tantos papeles y documentos; y, claro, tampoco te voy a dejar que andes mirando sin ton ni son.

– No le prometo nada, pero puedo hablar con mi tía Marta para ver si quiere ayudar a la parroquia contratando a una bibliotecaria o archivera que le ayude a usted a poner orden…

– Eso estaría muy bien, pero no creo que a tu tía Marta le importe mucho el estado de los documentos de esta parroquia. Además, apenas la vemos por aquí.

– De todos modos, se lo voy a pedir, por intentarlo no perdemos nada.

Don Antonio me miró con agradecimiento. Era un pedazo de pan, uno de esos curas que con su bondad justifican a la Iglesia católica.

– ¡Que Dios te ayude! -exclamó.

– Pero mientras tanto me gustaría que me dejara buscar la partida de bautismo de mi abuelo. Le prometo que no voy a curiosear en ningún papel ni documento que no tenga que ver con lo que busco.

El viejo sacerdote me miró fijamente intentando leer en mis ojos la verdad de mis intenciones. Sostuve la mirada mientras componía la mejor de mis sonrisas.

– De acuerdo, te dejaré entrar en el sótano, pero me darás tu palabra de que sólo buscarás la partida de bautismo de tu abuelo y no te dedicarás a curiosear… confío en ti.

– ¡Gracias! Es usted un cura estupendo, el mejor que he conocido nunca -exclamé lleno de agradecimiento.

– No creo que conozcas a muchos curas, tú tampoco vienes demasiado a la iglesia, de manera que la estadística me favorece -respondió don Antonio con ironía.

Cogió las llaves del sótano y me guió a través de una escalera oculta tras una trampilla situada en la sacristía. Una bombilla sujeta a un cable que se balanceaba era la única luz de aquel lugar lleno de humedad que, al igual que la cúpula de la iglesia, también necesitaba una buena reforma. Olía a cerrado y hacía frío.

– Me tendrá que indicar usted por dónde tengo que buscar.

– Aquí hay un poco de desorden… ¿En qué fecha nació tu abuelo?

– Creo que en 1935…

– ¡Pobrecillo! En vísperas de la guerra civil. Mal momento para nacer.

– En realidad, ningún momento es bueno -respondí yo por decir algo, aunque inmediatamente me di cuenta de que había dicho una estupidez porque don Antonio me miró con severidad.

– ¡No digas eso! ¡Precisamente tú! Los jóvenes de hoy en tita no sois conscientes de los privilegios que tenéis, os parece natural tener de todo… por eso no apreciáis nada -refunfuñó.

– Tiene usted razón… He dicho una tontería.

– Pues sí, hijo, sí, has dicho una tontería.

Don Antonio iba de un lado a otro mirando archivadores, revolviendo entre cajas alineadas contra la pared, abriendo arquetas… Yo lo dejaba rebuscar a la espera de que me dijera qué hacer. Por fin, señaló tres archivadores.

– Me parece que ahí está el libro de bautismos de esos años. Verás, hubo niños a los que bautizaron mucho tiempo después de nacer, no sé si sería el caso de tu abuelo. Si no lo encuentras ahí, tendremos que buscar en las cajas.

– Espero tener suerte y encontrarlo…

– ¿Cuándo vas a empezar?

– Ahora mismo, si no le importa.

– Bueno, yo tengo que preparar la misa de doce. Cuando termine, bajaré para ver cómo vas.

Me quedé solo en aquel sótano lúgubre pensando en que los tres mil euros de la tía Marta me los iba a ganar con creces.

Pasé toda la mañana y parte de la tarde dejándome la vista en el libro de bautismo, descolorido por el transcurso del tiempo, pero sin encontrar nada de mi abuelo Javier.

A las cinco de la tarde ya no soportaba el picor en los ojos; el hambre golpeaba mi estómago con tal insistencia que no pude ignorarlo por más tiempo. Regresé a la sacristía y pregunté por don Antonio a una beata que estaba doblando los manteles de misa.

– Está en la rectoría, descansando, hasta las ocho no hay misa. Me ha dicho que si aparecía usted, se lo dijera. Si quiere verlo, salga por ese pasillo y llame a una puerta que encontrará. Comunica la iglesia con la vivienda de don Antonio.

Le agradecí las indicaciones aunque conocía perfectamente el camino. Encontré al sacerdote con un libro en las manos, pero parecía estar dormitando. Lo desperté para darle cuenta del fracaso de mis pesquisas, y le pedí permiso para regresar al día siguiente temprano. Don Antonio me citó a las siete y media, antes de la primera misa de la jornada.

Por la noche llamé a mi tía Marta para pedirle que hiciera alguna donación a la iglesia de San Juan Bautista. Se enfadó conmigo por la petición, recriminándome que no tuviera más consideración por el modo de gastar el dinero de la familia. La engañé diciéndole que don Antonio era fundamental para la investigación que estaba llevando a cabo y que en mi opinión, debíamos tenerle contento para que colaborara. Pensé que el pobre cura se habría llevado un disgusto si me hubiera escuchado hablar así de él, pero a mi tía Marta no la habría convencido de otra manera. A ella poco le importaba la bondad de don Antonio y sus dificultades para sacar adelante su iglesia. Así que la convencí de que al menos hiciera una donación en metálico para ayudar a la reparación de la cúpula.

No fue hasta cuatro días después cuando encontré la ansiada partida de bautismo de mi abuelo. Me puse nervioso, porque al principio no estaba seguro de que fuera la que buscaba.

Teniendo en cuenta que mi abuelo había repudiado el apellido de su madre, cambiándoselo por otro más corriente, el de Fernández, tardé en comprender que aquel Javier Carranza era quien buscaba.

Bien es verdad que los apellidos Carranza y Garayoa no son muy corrientes, y menos en Madrid, pero aun así se me pasó por alto por el Garayoa. Sí, ahora sabía que la madre de mi abuelo se llamaba Amelia Garayoa Cuní.

Me sorprendió que tuviera un apellido vasco y otro catalán. Curiosa mezcla, pensé.

Extraje del sobre la foto que me había dado la tía Marta como si la imagen de la joven pudiera confirmarme que, efectivamente, ella era aquella Amelia Garayoa Cuní que en la partida de bautismo de mi abuelo aparecía como su madre.

Realmente aquella joven de la fotografía debió de ser muy atractiva, o acaso me lo parecía a mí porque ya había decidido que realmente era mi bisabuela.

Leí el registro del bautismo varias veces hasta convencerme de que era el que buscaba.

«Javier Carranza Garayoa, hijo de don Santiago Carranza Velarde y doña Amelia Garayoa Cuní. Bautizado el 18 de noviembre de 1935 en Madrid.»Sí, no había lugar a dudas, aquél era mi abuelo y la tal doña Amelia Garayoa su madre, que había abandonado al marido y al hijo para fugarse, al parecer, con un marino.

Me sentí satisfecho de mí mismo diciéndome que me estaba ganando los primeros tres mil euros prometidos por mi tía.

Ahora tenía que decidir si la hacía partícipe de mi hallazgo o si continuaba investigando antes de desvelarle el nombre de nuestra antepasada.

Le pedí a don Antonio que me permitiera fotocopiar la página donde aparecía registrado el bautismo de mi abuelo, y tras jurar solemnemente que le devolvería el libro intacto y a la mayor brevedad, me marché.

Hice varias copias. Después fui yo quien insistió a don Antonio que guardara aquel libro original bajo siete llaves, pero que lo tuviera a mano por si volvía a necesitarlo.

Ya sabía cómo se llamaba mi bisabuela: Amelia Garayoa Cuní. Ahora tenía que encontrar alguna pista sobre ella y pensé que lo primero era buscar algún miembro de su familia. ¿Habría tenido hermanos? ¿Primos? ¿Sobrinos?

No tenía ni idea de si el apellido Garayoa era muy común en el País Vasco, pero convenía que viajara allí cuanto antes. Llamaría a todos los Garayoa que encontrara en los listines telefónicos, aunque aún no había decidido qué iba a decir a mis interlocutores… si es que me cogían el teléfono.

Pero antes de irme de viaje, pensé en echar una ojeada al listín telefónico de Madrid. Al fin y al cabo, mi bisabuela había vivido aquí, se había casado con un madrileño. Quizá tenía algún familiar…

No esperaba hallar nada, pero para mi sorpresa encontré dos familias Garayoa en la guía de Madrid. Apunté los teléfonos y las direcciones mientras pensaba cómo debía proceder. O bien les llamaba, o bien me presentaba directamente a ver qué pasaba. Me incliné por lo segundo y decidí que al día siguiente probaría suerte con la primera dirección.

2

El edificio estaba situado en el barrio de Salamanca, la zona rica de Madrid. Estuve un rato paseando por la calle intentando fijar en la retina cada detalle de la finca y sobre todo ver quiénes entraban y salían, pero al final lo único que conseguí fue llamar la atención del portero.

– ¿Espera a alguien? -me preguntó mosqueado.

– Pues no… o mejor dicho sí. Bueno, verá, es que no sé si en esta casa vive la familia Garayoa.

– ¿Y usted quién es? -quiso saber, y con su pregunta me di cuenta de que efectivamente allí había algún Garayoa.

– Pues un familiar lejano. ¿Podría decirme quién de los Garayoa vive aquí?

El portero me miró de arriba abajo intentando convencerse de que yo era una persona a la que se podía dar esa información, pero no terminaba de despejar sus dudas, de manera que le enseñé mi carnet de identidad. El hombre lo miró y me lo devolvió de inmediato.

– Pero usted no se llama Garayoa…

– Garayoa era mi bisabuela, Amelia Garayoa… Mire. Si le parece, usted consulta a los Garayoa que vivan en esta casa y si me permiten subir a visitarlos, subo, y si no, me marcho.

– Espere aquí -me ordenó, y por su tono de voz deduje que no quería que entrara en el portal.

Impaciente, aguardé en la calle, preguntándome quién viviría en esa casa, si alguna vieja sobrina de mi bisabuela, o primos, o sencillamente unos Garayoa que no tuvieran nada que ver con mi familia. A lo mejor, me dije, el apellido Garayoa era tan común en el País Vasco como el Fernández lo era en el resto de España.

Por fin el portero salió en mi busca.

– La señora dice que suba usted -me anunció sin tenerlas todas consigo.

– ¿Ahora? -pregunté, aturdido, porque en realidad no esperaba que nadie me recibiera sino, al contrarío, que el portero me mandara desaparecer.

– Sí, ahora. Suba usted al tercero.

– ¿Tercero derecha o izquierda?

– La casa de las señoras ocupa toda la planta.

Decidí subir por la escalera, en vez de coger el ascensor, para que me diera tiempo a pensar qué iba a decir a los que vivían en aquella casa, pero mi decisión aumentó la desconfianza del portero.

– ¿Por qué no coge el ascensor?

– Porque me gusta hacer ejercicio -respondí, desapareciendo del campo de visión de su mirada inquisidora.

Una mujer aguardaba ante la puerta abierta; de mediana edad, con traje gris y el cabello corto. Noté que me miraba con más desconfianza que el portero.

– Las señoras lo recibirán ahora. Pase, por favor.

– ¿Y usted quién es? -pregunté con curiosidad.

Ella me miró como si mi pregunta hubiera violado su intimidad. Me observó con disgusto antes de responder.

– Soy el ama de llaves, me encargo de todas las cosas de la casa. Cuido de las señoras. Esperará en la biblioteca.

Al igual que el portero, hablaba de «las señoras», lo que me hacía suponer lo evidente: que allí vivían dos o más mujeres.

Me condujo hasta una sala espaciosa, con vetustos muebles tic caoba y las paredes recubiertas de libros. Un sofá de piel de color marrón oscuro junto a otros dos sillones ocupaban un extremo de la estancia.

– Siéntese, avisaré a las señoras de que está usted aquí.

No me senté, sino que me puse a curiosear los libros perfectamente encuadernados en piel. Me llamó la atención que, salvo libros, no hubiera ningún otro objeto en la biblioteca, ni un adorno, ni un cuadro, nada.

– ¿Le interesan los libros?

Me volví avergonzado, como un niño al que pillan metiendo la mano en el tarro de la mermelada. Balbuceé un «sí» mientras miraba a la mujer que me había hablado. Su aspecto no delataba una edad concreta: podría tener cincuenta o sesenta años.

Alta, delgada y de cabello castaño oscuro, vestía con elegancia un traje de chaqueta y pantalón y, como únicos adornos, llevaba unos pendientes y una alianza de brillantes.

– Perdone que la haya molestado, me llamo Guillermo Albi.

– Sí, eso ha dicho el portero, sé que le ha mostrado el carnet de identidad.

– Era para que no desconfiara, en fin, para que viera que no soy un loco.

– Bueno, un poco raro sí que es que se presente usted en esta casa preguntando si vive aquí alguien de la familia Garayoa, y afirmando que su bisabuela era Amelia Garayoa…

– Pues aunque parezca raro es la verdad. Soy bisnieto, o eso creo, de Amelia Garayoa. ¿Sabe usted quién es?

La mujer esbozó una sonrisa amplia y me miró divertida antes de responder.

– Sí, sé quién es Amelia Garayoa. En realidad soy yo, y es evidente que no soy su bisabuela.

Me quedé sin saber qué decir. De manera que aquella mujer, que de repente se me antojó que se parecía a mi tía Marta, era Amelia Garayoa, y, efectivamente, dada su edad no podía ser mi bisabuela.

– ¿Se llama usted Amelia Garayoa?

– Sí, ¿le parece mal? -me preguntó con ironía.

– No, no, en absoluto; perdone, es que… en fin, todo esto es un lío.

– Para empezar, me gustaría saber a qué se refiere cuando dice «todo esto es un lío» y, en segundo lugar, ¿quién es usted? ¿Qué quiere?

El ama de llaves entró en la biblioteca antes de que yo pudiera responder y anunció solemnemente:

– Las señoras los esperan en la sala.

Amelia Garayoa me miró dudando si debía o no conducirme a esa sala donde al parecer otras señoras esperaban.

– Mis tías son muy mayores, pasan de los noventa años cada una, y no me gustaría que turbara su tranquilidad…

– No, no lo haré, no es esa mi intención, yo… me gustaría explicarles por qué estoy aquí.

– Sí, convendría que nos lo explicara -respondió con sequedad.

Salió de la biblioteca y yo la seguí azorado. Me sentía un intruso a punto de hacer el ridículo.

La sala era espaciosa, con dos amplios miradores. Pero lo que más llamaba la atención era una imponente chimenea de mármol en la que crepitaba la leña. A cada lado de la chimenea había un sillón orejero, y frente al fuego un sofá de piel negro.

Dos ancianas que parecían gemelas ocupaban los sillones. Tenían el pelo blanco y lo llevaban recogido en forma de moño. Vestían idénticas faldas de color negro. Una lucía un jersey de color blanco y la otra de color gris.

Ambas me observaban con curiosidad sin decir nada.

– Le presento a mis tías abuelas -dijo Amelia-. Este joven se llama Guillermo Albi.

– Buenas tardes; perdonen mi irrupción, son ustedes muy amables al recibirme.

– Siéntese -me ordenó la más anciana, la que llevaba jersey blanco.

– Le hemos recibido porque mis tías así lo han decidido, yo no era partidaria de hablar con un extraño -cortó Amelia dejando claro que, si por ella fuera, me despediría sin más.

– Lo entiendo, ya sé que no es muy habitual presentarse en una casa diciendo que uno tuvo una bisabuela que se apellidaba Garayoa y preguntar si saben ustedes algo de ella. Les pido disculpas y espero no molestarlas demasiado.

– ¿Qué es lo que quiere? -me preguntó la anciana del jersey gris.

– Antes que nada, quizá sea mejor decirles quién soy… Mi familia tiene una pequeña fábrica, Máquinas Carranza, que dirige mi tía Marta; les voy a dar la dirección y los teléfonos, así ustedes pueden indagar sobre mí, y yo regreso cuando ustedes sepan que soy una persona de bien y que no hay nada raro en mi visita…

– Sí -dijo Amelia-, usted me va a dejar todas sus direcciones, es lo mejor, y su teléfono, y…

– No seas impaciente, Amelia -interrumpió la anciana del jersey gris-, y usted, joven, díganos de una vez qué quiere y a quién busca y cómo ha dado con esta casa.

– Me llamo Guillermo Albi, y al parecer tuve una bisabuela que se llamaba Amelia Garayoa. Digo al parecer porque esa bisabuela es un misterio, sabemos poco o casi nada de ella. En realidad, no hemos descubierto cómo se llamaba hasta ayer, cuando encontré la partida de bautismo de mi abuelo, y allí figuraba el nombre de su madre.

Extraje del bolsillo de la chaqueta una fotocopia de la partida de bautismo de mi abuelo y se la acerqué a la anciana del jersey blanco. Cogió unas gafas que tenía sobre la mesa y leyó con avidez el documento, me clavó una mirada acerada y sentí que estaba leyendo hasta mis pensamientos más ocultos.

No pude sostener aquella mirada, de manera que desvié la vista hacia la chimenea. Ella le entregó el documento a la anciana del jersey gris, quien también lo leyó detenidamente.

– Así que usted es nieto de Javier -afirmó la anciana del jersey gris.

– Sí, ¿lo conoció usted? -pregunté.

– ¿Y cómo se llama la esposa de Javier? -añadió la anciana del jersey gris sin responder a mi pregunta.

– Mi abuela materna se llamaba Jimena.

– Siga con su historia -terció la anciana del jersey blanco.

– Verán, mi tía Marta, que es la hermana de mi madre, encontró hace poco una foto y pensó que podía ser de su misteriosa abuela desaparecida. Como yo soy periodista y ahora estoy pasando una mala racha, prácticamente estoy en el paro, se le ocurrió ponerme a investigar qué sucedió con Amelia Garayoa. En realidad, ni mi madre ni mis tíos supieron hasta ayer cómo se llamaba su abuela. Su padre se cambió el apellido Garayoa por el de Fernández, y parece que nunca hablaba de su madre; en la familia era un tema tabú. Durante un tiempo creyó que su madre era Águeda, el ama de cría, con la que mi bisabuelo tuvo otra hija. Supongo que debió de ser muy duro enterarse de que su madre lo había abandonado. Ninguno de sus hijos se atrevió nunca a preguntarle qué había sucedido, de manera que en la familia no tenemos ninguna información.

– ¿Y por qué quiere su tía Marta saber qué fue de la madre de su padre? -preguntó Amelia Garayoa, la sobrina nieta de las dos ancianas.

– Pues, porque, como les he dicho, encontró una foto y pensó que podía tratarse de esa Amelia Garayoa, y se le ocurrió que yo podría escribir una historia, la historia de esa mujer. Mi tía quiere regalar el relato a sus hermanos las próximas Navidades. Será un regalo sorpresa. Y no quiero engañarlas: a mí poco me importa lo que mi bisabuela hizo y las razones que la llevaron a ello, pero ya les he comentado que estoy pasando por un mal momento profesional y mi tía me va a recompensar generosamente por esta historia. Tengo una hipoteca que pagar y, la verdad, es que me da vergüenza seguir pidiendo dinero a mi madre.

Las tres mujeres me observaban en silencio. Caí en la cuenta de que llevaba más de media hora en aquella casa y que no había parado de hablar, de explicarles quién era, mientras que seguía sin saber nada de ellas. Tonto de mí, me había sincerado hasta el ridículo, como si fuera un adolescente cogido en falta.

– ¿Tiene esa foto que encontró su tía? -preguntó la anciana del jersey blanco con voz temblorosa.

– Sí, he traído una copia -respondí, y la extraje del bolsillo de la chaqueta.

La anciana esbozó una amplia sonrisa al contemplar la imagen de aquella joven vestida de novia.

Las otras dos mujeres se acercaron para mirar la imagen. Ninguna decía nada, y su silencio me ponía nervioso.

– ¿La conocen? ¿Conocen a la muchacha del retrato?

– Joven, ahora nos gustaría quedarnos a solas. Usted quiere saber si conocemos a esa Amelia Garayoa que al parecer fue familiar suyo… Puede ser, aunque el apellido Garayoa tampoco es que sea infrecuente en el País Vasco. Si nos deja esa fotocopia de la partida de bautismo y la foto… nos sería de gran ayuda -dijo la anciana del jersey gris.

– Sí, no tengo inconveniente. ¿Creen que puede ser un familiar de ustedes?

– ¿Qué le parece si nos deja su teléfono? Nosotras nos pondremos en contacto con usted -continuó hablando la anciana del jersey gris, sin responder a mi pregunta.

Asentí. No podía hacer otra cosa. Amelia Garayoa se levantó del sofá para despedirme. Incliné la cabeza ante las dos ancianas, murmuré un «gracias» y seguí a la mujer elegante que me había guiado hasta el salón.

– Lo que sí es una casualidad es que se llame usted como mi bisabuela -me atreví a decirle a modo de despedida.

– No lo crea, en mi familia hay muchas Amelias; tengo tías, primas y sobrinas con ese nombre. Mi hija también se llama Amelia María, como yo.

– ¿Amelia María?

– Sí, para distinguirnos unas Amelias de las otras, unas se llaman simplemente Amelia y otras, Amelia María.

– ¿Y estas dos señoras ha dicho usted que son sus tías abuelas?

Amelia dudó si debía responder a mi pregunta. Finalmente habló.

– Sí. Esta es la casa familiar; cuando me quedé viuda, me vine a vivir con ellas, son muy mayores. Mi hija vive en Estados Unidos. Somos una familia muy unida; tías, sobrinas, nietos… en fin, nos queremos y cuidamos los unos de los otros.

– Eso está muy bien -respondí por decir algo.

– Son muy mayores -insistió-. Las dos pasan de los noventa, aunque tienen buena salud. Le llamaremos -dijo mientras me cerraba la puerta.

Cuando llegué a la calle tenía la sensación de estar noqueado. La escena vivida me parecía surrealista, aunque en realidad también lo era el encargo de tía Marta y mi desfachatez presentándome en una casa ajena para preguntar a unas desconocidas si sabían algo de mi bisabuela.

Decidí no comentarle nada a mi tía, al menos quería esperar a ver si las señoras decidían llamarme y volver a verme o si, por el contrario, me cerraban su puerta para siempre.

Pasé varios días pendiente del teléfono, y cuanto más pensaba en aquellas mujeres, más seguro estaba de que había encontrado una pista; lo que no sabía es adonde podía llevarme.

– ¿Guillermo Albi? Buenos días, soy Amelia María Garayoa.

Aún no me había levantado, eran las ocho de la mañana, y el sonido del teléfono me produjo un sobresalto, pero mucho mayor fue el escuchar la voz de aquella Amelia Garayoa.

– Buenos días -balbuceé sin saber qué decir.

– ¿Le he despertado?

– No… no… bueno, en realidad sí, anoche estuve leyendo hasta tarde…

– Ya. Bueno, da lo mismo. Mis tías quieren verle, han decidido hablar con usted. ¿Puede venir esta tarde?

– ¡Sí! ¡Claro que sí!

– Bien, si le parece lo esperamos en casa a las cinco.

– Allí estaré.

No colgó el teléfono. Parecía dudar antes de seguir hablando. Oía su respiración al otro lado de la línea. Por fin habló. Su voz había cambiado de tono.

– Si por mí fuera usted no volvería a pisar nuestra casa, creo que sólo nos va a traer problemas, pero mis tías han tomado la decisión y yo no puedo más que respetarla. Ahora bien, le aseguro que si intenta perjudicarnos, acabaré con usted.

– ¿Cómo dice? -pregunté sobresaltado por la amenaza.

– Sé quién es usted, un periodista sin fortuna, un individuo conflictivo que ha tenido problemas en todos los medios en los que ha trabajado. Y le aseguro que si su comportamiento excede lo que yo creo razonable, haré lo imposible porque no pueda volver a encontrar trabajo el resto de su vida.

Colgó el teléfono sin darme tiempo a replicar. Por lo pronto, ya sabía que la tal Amelia María Garayoa había estado investigándome, mientras que yo había cometido el error de quedarme sentado a la espera de una llamada en lugar de haber indagado en la vida de aquellas extrañas mujeres. Me dije a mí mismo que como periodista de investigación estaba resultando un auténtico desastre, aunque como procuro ser benevolente con mis defectos, también me dije que lo mío nunca había sido la investigación, sino la crónica política.

Fui a comer a casa de mi madre, con la que terminé discutiendo a propósito de mi futuro inmediato. A mi madre no le parecía mal que hubiese aceptado el encargo de tía Marta, puesto que eso significaba ganar tres mil euros al mes, pero me recordó que ese sueldo tenía fecha de caducidad, que en cuanto averiguara cuatro cosas sobre la bisabuela y escribiera el relato, debería volver a vivir de mi profesión, y según ella, no estaba buscando ningún trabajo mejor que el de crítico literario en un periódico digital.

Mi madre consideraba que un periódico digital era igual a nada, puesto que a ella jamás se le ocurriría encender el ordenador para leer el diario en la red; de manera que lo que yo hacía le parecía irrelevante. Razón no le faltaba, pero yo estaba demasiado nervioso para escuchar sus quejas, y tampoco quería sincerarme contándole que iba a visitar esa misma tarde a las ancianas. Estaba seguro de que no me habría guardado el secreto y se lo habría contado a tía Marta.

A las cinco menos cinco entraba en el portal de la casa de las Garayoa. Esta vez el portero no me puso inconvenientes.

Abrió la puerta el ama de llaves, quien, con un breve «buenas tardes» seguido de «pase, las señoras le esperan», me acompañó hasta el salón de la chimenea, allí donde había estado la vez anterior.

Las dos ancianas me recibieron con gesto serio. Me sorprendió no ver a su sobrina nieta, Amelia María, así que pregunté por ella.

– Está trabajando, suele terminar tarde. Es broker, y a estas horas suele tener mucha tarea pendiente de la Bolsa de Nueva York -me explicó una de las ancianas.

En esta ocasión, la que parecía más mayor vestía con un traje negro, mientras que la otra, que había vuelto a optar por un jersey de color gris, más oscuro que el anterior, también lucía un collar de perlas.

– Le explicaremos por qué hemos decidido hablar con usted -dijo la anciana de negro.

– Yo se lo agradezco -respondí.

– Amelia Garayoa es… bueno, mejor dicho, era familiar nuestro. Sufrió mucho cuando tuvo que separarse de su hijo Javier. Nunca se lo perdonó a sí misma. No se puede volver sobre el pasado para deshacerlo, pero ella siempre sintió esa deuda. Jamás pudo pagarla, no supo cómo. Sí le podemos decir que no hubo ni un momento de su vida en que no pensara en Javier.

Pareció dudar antes de proseguir.

– Le ayudaremos.

Escuché con asombro las palabras de la anciana vestida de negro. Hablaba con voz cansina, como si le costara decir aquellas palabras, y no sé por qué, pero sentí que remover el pasado iba a provocarles un enorme dolor.

La anciana de negro se había quedado en silencio, observándome, como buscando fuerzas para proseguir.

– Les estoy muy agradecido por haber decidido ayudarme… -dije, sin saber muy bien qué más añadir.

– No, no nos lo agradezca; usted es el nieto de Javier, y además le pondremos condiciones -replicó la anciana de gris.

Me di cuenta de que su sobrina nieta, Amelia Garayoa, no me había dicho sus nombres; en realidad no me las había presentado, y por eso yo mentalmente las identificaba por el color de la ropa. No me atrevía a preguntarles cómo se llamaban dada la solemnidad que estaban imprimiendo a aquel momento.

– Además, no le va a resultar nada fácil enterarse de la historia de su bisabuela -intervino de nuevo la anciana de negro.

Estas últimas palabras me dejaron perplejo. Primero me decían que me iban a relatar la historia de mi antepasada y luego me anunciaban que ese conocimiento no estaría exento de dificultad, pero ¿por qué?

– Nosotras no podemos contar lo que no sabemos, pero sí orientarle. Lo mejor será que rescate usted del pasado a Amelia Garayoa, que siga todos y cada uno de sus pasos, que visite a algunas personas que la conocieron, si es que aún viven, que reconstruya su vida desde los cimientos. Sólo así podrá escribir su historia.

Quien hablaba ahora era la anciana de gris. Tenía la impresión de estar convirtiéndome en un títere de las dos mujeres. Ellas movían los hilos, ellas iban a dictar las condiciones para permitir asomarme a la vida de mi antepasada, y no me darían ninguna otra opción que no fuera la de atenerme a sus deseos.

– De acuerdo -dije a regañadientes-, ¿qué tengo que hacer?

– Paso a paso, iremos paso a paso -continuó hablando la anciana de gris-. Antes de empezar, tiene que comprometerse a algunas cosas.

– ¿A qué quieren que me comprometa?

– En primer lugar, a que seguirá nuestras indicaciones sin rechistar; somos muy mayores y no tenemos ganas, ni tampoco tiempo, para convencerlo de nada, de manera que usted siga nuestras instrucciones y así llegará a saber qué sucedió. En segundo lugar, a asumir que nos reservamos el derecho de decidir qué puede o no hacer con el texto que escriba.

– ¡Pero eso no lo puedo aceptar! ¿Qué sentido tiene que ustedes me ayuden a investigar la historia de Amelia Garayoa si luego deciden no permitirme que lo que escriba se lo entregue a mi familia?

– Ella no fue una santa, pero tampoco un monstruo -murmuró la anciana de negro.

– Yo no tengo ninguna intención de juzgarla. Puede que para ustedes resulte tremendo que hace más de setenta años una mujer se marchara de casa dejando a su hijo en manos de su marido, pero hoy en día eso no resulta nada extraordinario. No considero que una mujer pueda ser tachada de monstruo por abandonar a su familia -protesté.

– Son nuestras condiciones -insistió la anciana de gris.

– No me dan muchas opciones…

– Lo que le pedimos no es tan difícil…

– Bien, acepto, pero ahora me gustaría que ustedes respondieran a algunas preguntas. ¿Qué relación tuvieron con Amelia Garayoa? ¿La conocieron? Y por otro lado, ¿quiénes son ustedes? Ni siquiera sé sus nombres… -dije en tono de protesta.

– Verá, joven, nosotras pertenecemos a una época en que la palabra dada tenía valor de ley; de manera que ¿nos da su palabra de que acepta nuestras condiciones? -insistió la anciana de gris.

– Ya les he dicho que sí.

– En cuanto a quiénes somos… como usted ya habrá intuido, somos familia directa de Amelia Garayoa y, por lo tanto, indirectamente familia de usted. En el pasado compartimos con ella sus inquietudes, sus decisiones, sus errores, sus penas… Se podría decir que somos las albaceas de su memoria. Su vida transcurrió paralela a la nuestra. Lo importante no es quiénes somos nosotras sino quién fue ella, y le vamos a ayudar a que lo descubra -afirmó con rotundidad la anciana de negro.

– En cuanto a nuestros nombres… Llámeme doña Laura y a ella -dijo la anciana de gris señalando a la otra anciana- doña Amelia.

– ¿Amelia? -pregunté desconcertado.

– Ya le dijo mi sobrina que en nuestra familia hay muchas Amelias… -respondió doña Laura.

– ¿Puedo saber por qué esa afición al nombre de Amelia?

– Antes era común poner a las hijas el nombre de la madre, o el de la abuela, o el de la madrina, así que en nuestra familia encontrará unas cuantas Amelias y Amelia Marías. Precisamente a mi hermana le pusieron Amelia María, aunque siempre la hemos llamado Melita para distinguirla de mi prima Amelia, ¿verdad? -dijo doña Laura mirando a la otra anciana.

Por lo menos ya sabía cómo se llamaban las dos ancianas, que por lo que entendía eran hermanas.

– Perdonen que insista, pero me gustaría saber exactamente el grado de parentesco que tenían ustedes con mi bisabuela. Deduzco que eran sus primas…

– Sí, y estábamos muy unidas, eso téngalo por seguro -respondió doña Laura.

– Bien, ahora que hemos llegado a un acuerdo, lo mejor es que usted se ponga a trabajar. Le vamos a entregar un diario, le servirá para empezar a conocer a su bisabuela -afirmó la anciana de negro.

– ¿Un diario? ¿De Amelia? -dije extrañado.

– Sí, de Amelia. Lo empezó a escribir siendo una adolescente. Su madre se lo regaló cuando cumplió catorce años, y ella estaba feliz, porque entre otras cosas, soñaba con ser escritora.

La anciana de negro sonreía mientras evocaba el recuerdo del diario de Amelia.

– ¿Escritora? ¿En aquella época? -pregunté yo con sorpresa.

– Joven, imagino que sabe que siempre ha habido mujeres que han escrito, y cuando se refiere a «aquella época» no lo haga como si fuera la Prehistoria -intervino doña Laura con aire de enfado.

– Entonces, Amelia, mi bisabuela, quería ser escritora…

– Y actriz, y pintora, y cantante… Tenía unas enormes ganas de vivir y cierto talento para el arte. El diario fue el mejor regalo de cuantos recibió en aquel cumpleaños -afirmó doña Melita-, pero ya le hemos dicho que tiene usted que ir descubriéndola poco a poco. De manera que lea este diario, y cuando lo termine, venga a vernos y le indicaremos el siguiente paso.

– Sí, pero antes de que lea el diario deberíamos de explicarle algo de cómo era la familia, cómo vivían… -indicó doña Laura.

– Perdonen, para aclararme, ¿usted es doña Laura y a usted debo llamarla doña Amelia María como a su sobrina nieta o doña Melita? -pregunté interrumpiendo a doña Laura.

– Como quiera, eso no es importante. Lo que queremos es que lea el diario -protestó doña Melita-. En cualquier caso, joven, la nuestra era una familia acomodada de empresarios e industriales. Gente educada y culta.

– Es necesario que pueda contextualizar lo que pasó -insistió, irritada, doña Laura.

– No se preocupen, sabré hacerlo…

– Amelia nació en 1917, un período convulso de la historia, el año en que triunfó la Revolución soviética, cuando aún no había terminado la Primera Guerra Mundial. En España había un gobierno de concentración, y reinaba Alfonso XIII.

– Sí, sé lo que sucedió en 1917… -Temía que doña Laura se empeñara en darme una lección de historia.

– Joven, no se impaciente, la vida de las personas tiene sentido si se explica en su contexto, de lo contrario es difícil que usted entienda nada. Como le decía, Amelia, y yo misma, crecimos en los años de la dictadura de Primo de Rivera, asistimos a la victoria republicana en las elecciones municipales de 1931 con la consabida proclamación de la República y la marcha de Alfonso XIII al exilio. Luego vinieron los gobiernos de centro-izquierda, y en 1932 la aprobación del Estatuto de Cataluña, el intento de golpe de Estado de San Jurjo, en 1933 el triunfo de las derechas agrupadas en la CEDA, la huelga general revolucionaria de 1934…

– Me hago cargo de que vivieron momentos difíciles -dije intentando cortar el discurso de la anciana.

En ese momento entró en el salón Amelia María, la sobrina nieta de las dos ancianas. La verdad es que me hacía un lío con tanta Amelia. Apenas me miró, besó a sus tías y les preguntó qué tal habían pasado el día.

Después de un intercambio de generalidades al que asistí atento y en silencio, Amelia María se dignó hablarme.

– Y a usted, ¿cómo le va?

– Bien, y muy agradecido por la decisión de sus tías de ayudarme. He aceptado todas sus condiciones -respondí con cierta ironía.

– Estupendo, y ahora, si le parece, mis tías deberían descansar, el ama de llaves me ha dicho que lleva usted aquí más de dos horas.

Me fastidió la manera expeditiva de echarme, pero no me atreví a contrariarla. Me levanté e incliné la cabeza ante las dos ancianas. Fue en ese momento cuando doña Melita me tendió dos cuadernos con tapas de tela de color cereza, desgastadas por el paso del tiempo.

– Éstos son dos de los diarios de Amelia -me explicó mientras me los entregaba-. Trátelos con mucho cuidado, y en cuanto los lea, venga a vernos.

– Así lo haré, y, repito, muchas gracias.

Salí de la casa exhausto, y no sabía por qué. Aquellas ancianas, a pesar de su aparente imperturbabilidad, me transmitían una tensión extraña, y en cuanto a su sobrina nieta, Amelia María, no disimulaba su animadversión hacia mí, seguramente por su convencimiento de que estaba perturbando la tranquilidad de sus tías.

Cuando llegué a mi apartamento, apagué el teléfono móvil para no tener que responder a ninguna llamada. Estaba ansioso por enfrascarme en la lectura de los diarios de mi bisabuela.

3

« ¡Soy feliz! La fiesta de mi cumpleaños ha sido un éxito. Mamá es única cuando organiza festejos, y además me ha hecho el mejor regalo: este diario. Papá me ha regalado una pluma y mi hermana, unos guantes. Pero además de éstos he tenido otros muchos regalos, de los abuelos, de los tíos, y mis amigas también han sido muy generosas.

Mi abuela Margot ha insistido a papá para que Antonietta y yo vayamos a pasar con ella el verano a Biarritz. ¡Me encantaría! Sobre todo porque me ha dicho que también ha invitado a Laura, que es mi prima favorita. No es que me lleve mal con mi hermana Antonietta, pero tengo tanta confianza con Laura…

Laura dice que tenemos mucha suerte de tener una abuela francesa, porque a ella le divierte tanto como a mí pasar el verano en Biarritz. Yo creo que la suerte es tener una familia como la nuestra. Tiemblo al pensar que hubiera podido nacer en otra familia. Papá le ha dicho a la abuela que iremos a pasar parte de las vacaciones con ella.

Ahora estoy cansada, hoy ha sido un día lleno de emociones, continuaré mañana…»

El diario de Amelia era el de una adolescente de familia acomodada. Al parecer, el padre de Amelia, o sea, mi tatarabuelo, era vasco por parte de padre y vasco francés por parte de madre. Se dedicaba al comercio y viajaba por toda Europa y también por América del Norte. Tenía un hermano abogado, Armando, padre de Melita, Laura y Jesús, los primos de mi bisabuela.

A Amelia y a su hermana Antonietta las cuidaba una niñera inglesa, aunque su hada protectora era su ama de cría, Amaya, una guipuzcoana por la que sentían gran devoción, y que continuó realizando otras labores al servicio de la familia.

Mi bisabuela había sido una estudiante aplicada. Al parecer, lo que más le gustaba era la pintura y el piano; soñaba con ser una artista famosa en cualquiera de las dos disciplinas, y tenía un talento innato para los idiomas. Era con su prima Laura con quien compartía sus secretos de adolescentes. Su hermana Antonietta era dos años menor que ella, pero para Amelia eso era una eternidad.

Por lo visto, el padre de Amelia insistía en que sus dos hijas estudiaran y obtuvieran una buena formación. Ambas iban a las teresianas, y recibían clases de francés y de piano.

Mi tatarabuelo debió de ser un personaje un tanto especial porque de vez en cuando viajaba con su familia fuera de España. Amelia contaba en su diario sus impresiones sobre Múnich, Berlín, Roma, París… relatos de una niña llena de ganas de vivir.

En realidad aquel diario me resultó aburrido. No me interesaba nada la vida cotidiana de Amelia y, salvo el descubrimiento de que su prima favorita se llamaba Laura y de que una de sus abuelas era francesa, el resto era un relato almibarado que resultaba tedioso. Por eso decidí volver a encender el móvil, llamar a una amiga y salir a tomar una copa para distraerme. El segundo diario lo dejé para el día siguiente.

«Tengo tuberculosis. Desde hace días guardo cama y el médico no permite que tenga visitas. Laura ha venido esta mañana aprovechando que papá está de viaje en Alemania y que mamá a las nueve siempre va a misa. Laura me ha traído como regalo un diario como aquel que me regaló mamá cuando cumplí los catorce.

No he permitido que se acerque a la cama, pero su visita me ha proporcionado una gran alegría. Para mí Laura es más que una prima: es como una hermana, me comprende mejor que nadie, mucho más que Antonietta. Y me ha conmovido su regalo: este diario. Me ha dicho que así me aburriré menos y se me pasará el tiempo más rápido. Pero ¿qué voy a contar si no puedo moverme?»

«Ha venido el médico a verme, y reconozco que me fastidia que me trate como si fuera una niña. Ha dicho que debo continuar descansando, aunque es conveniente que respire aire puro. Mamá ha decidido mandarme al campo, a casa del ama Amaya. Habían pensado mandarme a casa de la abuela Margot en Biarritz, pero la abuela lleva una temporada con resfriados que no se terminan de curar, o sea que no está bien para cuidar a una enferma de tuberculosis. Además, don Gabriel ha dicho que es mejor que respire el aire puro de la montaña.

Mamá está preparando todo para que nos vayamos al caserío de la familia del ama. El ama Amaya me cuidará, mamá tiene que quedarse con Antonietta y esperar a que papá regrese de Alemania, pero vendrá a verme de vez en cuando. Prefiero marcharme a seguir encerrada en esta habitación; si no fuera por las visitas de Laura, me volvería loca. Aunque temo que al final pueda contagiar a mi prima. Nadie sabe que viene a verme, sólo el ama, pero ella no dice nada.»

«El ama Amaya deja que me levante. No me obliga a estar en la cama. Dice que si me siento con fuerzas, lo mejor es que salga a respirar aire puro como dijo don Gabriel. Aquí, en la montaña, lo que sobra es aire puro.

Los padres del ama son mayores, me cuesta entenderlos, porque todo el tiempo hablan vasco, pero el hijo mayor de Amaya, Aitor, me está enseñando. Papá dice que tengo un don especial para las lenguas, y la verdad es que aprendo rápido.

Me llevo bien con Aitor, y también he congeniado con Edurne, la otra hija del ama que tiene mi misma edad… bueno, unos meses más. Aitor y Edurne son muy diferentes, les pasa como a Antonietta y a mí. El ama quiere que Edurne nos acompañe a Madrid, a servir en nuestra casa. Le he prometido que convenceré a mamá. Edurne es muy silenciosa, pero siempre sonríe, y procura estar atenta al menor de mis deseos.

Papá recomendó a Aitor para que trabajara en una casa del PNV en San Sebastián. Pasa allí toda la semana. Dice que está muy contento con el trabajo, hace recados, está atento a los visitantes y también le encargan algunos pequeños trabajos de oficina, como escribir sobres. Aitor me lleva tres años, pero no me trata como a una cría.

El ama está muy pendiente de él, se siente muy orgullosa de su hijo. La pobrecita casi no ha vivido con ellos, vino a nuestra casa cuando yo nací, y ahora me doy cuenta de que ha debido de ser muy duro criarnos a nosotras en vez de a sus hijos. ¡Les ha tenido que echar tanto de menos!

Hemos ido a San Sebastián para llamar a la abuela Margot; está un poco mejor y ha prometido venir a verme.

A Aitor le sorprende que hable en francés con mi abuela, pero es que siempre hemos hablado en francés. La abuela Margot también habla en francés con papá. Sólo habla en español con mamá, pero es que a mamá no se le dan muy bien los idiomas, y aunque sabe hablar francés, sólo lo habla cuando vamos a Biarritz.»

«He ido con Aitor a pasear por la montaña. El ama le ha dicho que no me canse, sin embargo yo me siento mejor, y le he insistido en que si trepábamos un poco hacia la cumbre, podríamos ver Francia.

Pienso en la abuela Margot. Me gustaría verla, pero aún estoy convaleciente. En cuanto esté mejor iré a verla a Biarritz.

Aitor conoce un camino para entrar en Francia sin necesidad de pasar el control de la aduana. Bueno, me ha dicho que hay muchos senderos que llevan a Francia y que la gente de aquí los conoce, sobre todo los pastores. Su abuelo se los ha enseñado. Al parecer, su abuelo y otros pastores alguna vez se han ganado algunas pesetas con el contrabando. Aitor me ha hecho prometer que no se lo diré a nadie y no lo haré, no quiero pensar en lo que diría mi padre.

Aitor me ha contado que no quiere quedarse para siempre en el caserío. Estudia por las noches, cuando regresa del trabajo. Me lleva sólo tres años. Además, ahora está aprendiendo francés; se lo enseño yo a cambio de que él me siga enseñando vasco.

Aitor dice que yo también soy vasca. Y lo dice como si eso fuera ser especial. Pero yo no me siento especial, me da lo mismo ser vasca o de cualquier otro lugar. No logro sentir lo mismo que él, dice que es porque no vivo en esta tierra. No sé. Me siento orgullosa de llamarme Garayoa, pero porque es el apellido de papá, no porque sea un apellido vasco. No, por más que Aitor me diga, no logro sentir nada especial por el hecho de ser medio vasca.

Ahora hablo en vasco con Aitor y también con el ama Amaya y con sus padres. Me divierte hacerlo. La gente de los caseríos habla en vasco y se asombra al escucharme. No lo hago del todo mal. Aitor ha adelantado mucho en francés. Su madre dice que no le va a servir de nada, que mejor sería que aprendiera bien a ordeñar, pero Aitor no se quedará aquí, lo tiene decidido. Cuando regresa de San Sebastián, trae el periódico. Nos cuenta que la situación política está mal. Mamá suele decir que desde que se fue el rey vamos de mal en peor, pero papá no opina lo mismo, es simpatizante de Acción Republicana, el partido de don Manuel Azaña. Aitor tampoco parece sentir ninguna simpatía por Alfonso XIII. Claro que Aitor sueña con una patria vasca. Yo le pregunto qué haría con quienes no son vascos, y me responde que no me preocupe, que soy una Garayoa.

A la hora de la cena nos ha contado que se formó una coalición de derechas que se llama CEDA y que se presentaron a las elecciones. Yo, la verdad, no sé si eso es bueno o malo, se lo preguntaré a mis padres cuando dentro de unos días vengan a verme. ¡Les echo tanto de menos! Antonietta no vendrá porque aún no estoy curada del todo.»

«Me ha costado mucho volver a separarme de mis padres. Cuando el coche se ha puesto en marcha me he puesto a llorar como una niña pequeña. Don Gabriel ha dicho que aún no estoy curada del todo y tendré que quedarme en casa del ama un tiempo más, pero ¿cuánto? No me lo dicen y eso me desespera.

He convencido a mamá para que permita que Edurne venga con nosotros a Madrid; le he dicho que puede ser una buena doncella, y que se lo debemos al ama Amaya por habernos cuidado tan bien a Antonietta y a mí. Al principio se ha resistido, pero luego ha aceptado, y me ha dado una gran alegría porque me ha dicho que pondrá a Edurne a ocuparse de Antonietta y de mí.

Papá ha regresado preocupado de Alemania, nos ha hablado del nuevo canciller, se llama Adolfo Hitler. Según papá, Hitler hace unos discursos que encienden a la gente, pero a mi padre le inquieta, no se fía de él. Seguramente es porque a Hitler no le gustan los judíos y el socio de papá, herr Itzhak Wassermann, es judío. Al parecer, los judíos han empezado a tener problemas. Papá le ha ofrecido a herr Itzhak que se establezca en España, pero el hombre asegura que es un buen alemán y no debe temer nada. Herr Itzhak está casado y tiene tres hijas, son muy simpáticas, Yla es de mi edad. Han pasado algunos veranos con nosotras en la casa de Biarritz, y Antonietta y yo también hemos ido invitadas a su casa en Berlín. Espero que a ese Hitler se le pase su aversión por los judíos. Después de Laura, Yla es mi mejor amiga.»

«Mis padres han regresado y hemos ido a San Sebastián. Estábamos invitados a merendar en casa de un amigo de papá, es un dirigente del PNV, y papá y él se han pasado la tarde hablando de política.

Mi padre ha dicho que de seguir las cosas tan revueltas, el presidente Alcalá Zamora terminará convocando elecciones anticipadas. Papá ha explicado que las derechas están asustadas por las decisiones que toma el gobierno, y las izquierdas creen que no se están llevando a cabo las transformaciones sociales que esperaban.

No me he movido en toda la tarde para escuchar a mi padre, y eso que mamá y nuestra anfitriona han insistido para que charlara con ellas en otro salón, pero me interesaba más lo que hablaban mi padre y su amigo. No entiendo mucho, pero me gusta la política.»«Amaya tiene una amiga de la infancia casada con un pescador. Es una suerte, porque algún sábado nos invitan a salir en el barco. Es pequeño, pero el marido de la amiga del ama Amaya lo maneja con destreza. Llevamos bocadillos y comemos en alta mar. Nos reímos mucho porque siempre nos metemos en aguas francesas. Pero es que en el mar no hay fronteras. El pescador nos ha enseñado a Aitor y a mí a llevar el barco. Su hijo Patxi, que es de la edad de Aitor, es pescador como él, y le acompaña todos los días cuando sale a pescar al amanecer. Creo que si no estudiara me gustaría ser pescadora. ¡Me siento tan bien en el mar!»

Llevaba toda la mañana leyendo el segundo diario de mi bisabuela y debo confesar que este segundo relato me entretenía más que el primero. Por el diario supe que Amelia estuvo viviendo en el caserío de su ama casi seis meses antes de ser dada de alta, y aunque tenía muchos deseos de regresar a su casa, le costó decir adiós a Aitor.

El joven le hablaba de política, intentaba contagiarle con entusiasmo su amor por la «patria vasca», le hablaba de un pasado idílico y de un futuro en que los vascos tendrían su propio Estado.

A mi bisabuela tanto le daba lo que fuera del País Vasco; a ella lo que le importaba era la compañía de Aitor.

«No ha sido fácil despedirnos. Aitor ha pedido el día libre y lo hemos pasado andando por el monte. Ya conozco cuatro senderos distintos para entrar en Francia; alguno de estos senderos los utilizan los contrabandistas. Pero aquí todos se conocen y nadie denuncia a sus vecinos hagan lo que hagan.

Me pregunto si regresaré pronto y, sobre todo, qué hará Aitor ahora que me marcho. Supongo que conocerá a alguna chica y se casará, es lo que esperan sus abuelos. Lo han educado para que se haga cargo del caserío.

Aunque él no lo dice, lo que de verdad le gustaría es dedicarse a la política; cada día está más metido en las cosas de su partido, y sus jefes tienen confianza en él.

Hace unos días acompañé a Amaya y a Edurne a San Sebastián, fuimos a hacer algunas compras y luego pasamos por la sede del PNV donde Aitor trabaja. Amaya se sintió muy orgullosa al ver la consideración que todos tienen por su hijo, sus jefes lo elogiaron mucho, y dijeron que tiene un gran porvenir.

Me alegro por él, pero… bueno, lo confesaré: sé que yo no estaré en ese porvenir, y eso me duele.»«Me voy mañana temprano. Aitor nos llevará a la estación de San Sebastián.

Amaya está triste. Si por ella fuera se quedaría en el caserío, pero dice que tiene que seguir trabajando para ayudar a sus padres y a sus hijos. Sueña con que Aitor se haga político y que Edurne encaje con nuestra familia y se quede como doncella, pero entonces, ¿quién se haría cargo del caserío? Creo que lo que Amaya quiere es que Edurne ocupe su lugar y ser ella quien regrese junto a sus padres.

Los abuelos de Aitor nunca han salido de estas montañas, lo más lejos que han ido es a San Sebastián. Dicen que no tienen interés en conocer nada, que todo su mundo está aquí y que éste es el mejor de los mundos.

Papá suele decir que hay dos clases de vascos, los que salen a conquistar el mundo y los que creen que no hay mundo detrás de las montañas. Él es de los primeros; los abuelos de Aitor, de los segundos. Pero son buenas personas. Al principio me parecían adustos y reservados; eso es porque desconfían de los que venimos de fuera. Sin embargo, cuando vencen su timidez, te das cuenta de que son muy sentimentales.

Algunas noches, después de la cena, nos sentábamos junto a la chimenea y el abuelo cantaba canciones que al principio yo no entendía, pero que imaginaba nostálgicas. Ahora yo también las sé cantar, y sé que papá se va a sorprender cuando me escuche hablar en vasco.

Se acaban las páginas del diario, no sé si volveré a escribir otro. Ya lo he dicho: mañana regreso a casa, y creo que durante mi estancia aquí me he hecho mayor. Me siento como si tuviera mil años.»Cumplí con lo pactado y telefoneé a las ancianas para decirles que ya había leído los dos diarios y preguntarles cuándo podía visitarlas de nuevo. Pensaba en qué podían haberme preparado para continuar mi «aprendizaje» sobre la vida de mi bisabuela.

No pude hablar con ellas directamente, pero el ama de llaves me citó para tres días después. Decidí dedicar ese tiempo a esbozar el primer relato de la vida de mi bisabuela, aunque, hasta el momento no había encontrado nada extraordinario.

Doña Melita y doña Laura se asemejaban a dos estatuas. Siempre sentadas en los mismos sillones, pulcramente vestidas de negro y de gris, peinadas con moño, con perlas o brillantes en las orejas y una aparente fragilidad que no se correspondía con el vigor con que me manipulaban.

Aquel día estaban acompañadas por otra mujer tan anciana como ellas. Pensé que era una amiga o algún familiar. No me la presentaron, pero me acerqué a ella para estrecharle la mano, y la sentí temblorosa.

La mujer, también vestida de negro, pero con el rostro más arrugado, y sin joya alguna, parecía nerviosa. Pensé que era mayor que doña Laura y doña Melita, si es que aún se puede ser más mayor una vez cumplidos los noventa.

Observé que doña Melita le cogía la mano con afecto y se la apretaba como intentando darle ánimos.

Me preguntaron por los diarios, que les entregué sin demora, querían saber qué pensaba de Amelia.

– Pues la verdad es que no me parece nada especial, supongo que era la típica chica de familia acomodada de aquella época.

– ¿Nada más? -quiso saber doña Melita.

– Nada más -respondí pensando qué se me podía haber escapado, que fuera especial, de aquellos dos relatos juveniles.

– Bien, ahora ya tiene una idea de cómo era Amelia en la adolescencia, y ha llegado el momento de que sepa cómo y porqué se casó -explicó doña Laura al tiempo que miraba de reojo a doña Melita-. Y lo mejor es que se lo cuente alguien que estuvo viviendo con ella, sin despegarse de su lado, durante unos años cruciales en su vida. Alguien que la llegó a conocer muy bien -continuó diciendo doña Laura mientras miraba a la anciana que no me habían presentado y que además no había despegado los labios-. Edurne, éste es el bisnieto de Amelia y don Santiago -dijo doña Laura dirigiéndose a la anciana.

Me sobresalté. ¿Edurne? ¿Sería la Edurne hija del ama, de Amaya? Me dije que no era posible tanta suerte.

La anciana a la que llamaban Edurne clavó sus ojos cansados en los míos y leí en ellos cierto temor. Se la notaba incómoda. Su aspecto era mortecino, como de alguien que, además de tener muchos años, estuviera enferma.

– ¿Usted es la hija del ama, de Amaya? -le pregunté, ansioso por escuchar su respuesta.

– Sí -murmuró.

– ¡Me alegro de conocerla! -exclamé con sinceridad.

– Sepa que Edurne va a hacer un gran esfuerzo hablando con usted. Tiene los recuerdos frescos, como si todo hubiera sucedido ayer, pero… en fin, está enferma… tenemos una edad en que nos salen goteras por todas partes. De manera que escúchela y no la canse mucho -ordenó doña Laura.

– ¿Puedo preguntar?

– Sí, claro, pero no pierda el tiempo con preguntas, lo importante es lo que Edurne puede contarle -respondió otra vez doña Laura-. Y ahora, por favor, váyanse a la biblioteca, allí estarán más tranquilos para hablar.

Asentí. Edurne miró a las ancianas, y éstas hicieron un gesto casi imperceptible como animándola a hablar conmigo.

La anciana caminaba con dificultades apoyándose en un bastón; pasito a pasito, la seguí hasta la biblioteca.

Edurne comenzó a desgranar sus recuerdos…

SANTIAGO

1

Cuando llegamos a Madrid, doña Teresa me explicó que a partir de ese momento debía ocuparme de sus dos hijas, de la señorita Amelia y la señorita Antonietta.

Mi trabajo consistía en cuidar de la ropa de las señoritas, ordenarles la habitación, ayudarlas a vestirse, acompañarlas a hacer visitas… Mi madre me fue enseñando cómo encargarme de sus cosas. Al principio lo pasé mal, a pesar de tener la inmensa suerte de compartir techo con ella.

Doña Teresa me instaló en el cuarto de mi madre, donde metió otra cama. Aunque la casa era grande, éramos las únicas que vivíamos con la familia, el resto del servicio se alojaba en las buhardillas. Supongo que teníamos ese privilegio porque al haber sido mi madre el ama de las niñas, siempre debía estar cerca para darles de mamar. Luego, cuando las destetaron, ella siguió conservando el cuarto y se quedó de sirvienta para todo. Lo mismo limpiaba que ayudaba en la cocina; hacía cuantas tareas le encomendaban.

Mi madre quería que yo aprendiera el oficio de doncella, dejarme bien situada en la casa, y poder ella regresar al caserío a pasar junto a sus padres sus últimos años.

Yo nunca había visto una casa como aquélla, con tantos salones y dormitorios, y tantos objetos de valor. Temía romper algo, y solía sujetarme la falda y el delantal para, al pasar, no rozar los muebles.

Conocer a la señorita Amelia hizo que el trabajo no me resultase tan difícil. Aunque la situación había cambiado, cuando ella estuvo en el caserío era una más, pero en aquella casa yo no me atrevía a llamarla por su nombre, por más que me insistía en que me olvidara del «señorita».

Lo que sí le gustaba es que habláramos en vasco. Su intención era fastidiar a su hermana, aunque a mí me aseguraba que era para no olvidarlo. Don Juan no quería que habláramos en vasco, y la reprendía; le decía que ésa era lengua de campesinos, pero ella no obedecía.

Por las mañanas solía acompañar a la señorita Antonietta al colegio. La señorita Amelia recibía clases en casa porque aún estaba convaleciente. Por las tardes, cuando regresaba la señorita Antonietta, me permitían estar sentada en un rincón de la sala de estudios mientras una profesora que les ayudaba en sus tareas les hacía hablar en francés y tocar el piano. Me gustaba escuchar las lecciones porque me permitían aprender. En cuanto se recuperó la señorita Amelia empezó a estudiar para maestra, lo mismo que la señorita Laura.

El año 1934 no fue un buen año. Al señor le empezaron a ir mal los negocios. Herr Itzhak Wassermann, su socio en Alemania, estaba sufriendo el acoso de Hitler contra los judíos, un trabajo del que se encargaban los hombres de las SA. El negocio iba de mal en peor, y en varias ocasiones habían amanecido con los cristales de la tienda rotos por aquellos energúmenos. Viajar a Alemania era cada vez más complicado, sobre todo para quienes como el señor aborrecían a Hitler y no le importaba decirlo en alto. Don Juan empezó a adelgazar, y doña Teresa estaba cada día más preocupada por él.

– Creo que papá se está arruinando -me dijo un día la señorita Amelia.

– ¿Por qué dice eso? -le pregunté asustada, pensando que si el señor se arruinaba yo tendría que regresar al caserío.

– Tiene deudas en Alemania, y aquí las cosas no van muy bien. Mi madre dice que es por culpa de las izquierdas…

Doña Teresa era una mujer muy católica, de orden, monárquica, y sentía pavor ante los disturbios que provocaban algunos partidos y sindicatos de izquierda. Ella era buena persona y trataba con afecto y respeto a todos los que servíamos en la casa, pero era incapaz de entender que la gente pasaba muchas necesidades y que las derechas que gobernaban no sabían hacer frente a los problemas de aquella España. Practicaba la caridad, pero ignoraba lo que era la justicia social, que era lo que reclamaban los obreros y campesinos.

– ¿Y qué haremos mi madre y yo? -quise saber.

– Nada, os quedaréis con nosotros. No quiero que os vayáis.

Amelia se carteaba con Aitor. Mi hermano siempre que nos escribía a madre y a mí metía un sobre cerrado con una carta para Amelia. Ella le respondía del mismo modo, entregándonos un sobre cerrado que nosotras metíamos a su vez en nuestro sobre.

Yo sabía que mi hermano estaba enamorado de Amelia, aunque nunca se atrevería a decírselo, y también sabía que Aitor a ella no le era indiferente.

Un lunes por la tarde, don Juan regresó a casa antes de lo habitual y se encerró en el despacho con doña Teresa. Estuvieron hablando hasta bien entrada la noche, sin permitir que las señoritas los interrumpieran. Aquella noche Amelia y Antonietta cenaron solas en la sala de estudios, preguntándose qué estaría pasando.

A la mañana siguiente, doña Teresa convocó a todo el servicio y nos ordenó que limpiáramos la casa a fondo. La familia iba a celebrar una cena durante el fin de semana, con invitados importantes, y quería que la casa reluciera.

Las señoritas estaban entusiasmadas. Salieron con su madre de compras y regresaron cargadas de paquetes. Iban a estrenar vestidos.

El sábado, doña Teresa parecía nerviosa. Quería que todo estuviera perfecto, y ella, siempre tan afable, se impacientaba si algo no estaba a su gusto.

Una peluquera vino a casa a peinar a la madre y a las hijas, y por la tarde yo las ayudé a vestirse.

Amelia llevaba un vestido rojo y Antonietta uno azul. Estaban preciosas.

– ¡Hacía tanto tiempo que no recibíamos! -exclamó mientras la peluquera le ordenaba los cabellos en tirabuzones recogidos en la nuca con un pasador.

– No exageres, todas las semanas tenemos visitas -respondió Antonietta.

– Ya, pero a merendar, no para una cena.

– Bueno, es que antes no nos dejaban asistir porque éramos pequeñas. Mamá dice que vendrán algunos amigos de papá con sus hijos.

– ¡Y no los conocemos! Son amigos nuevos de papá… ¡Qué emoción!

– No entiendo cómo te puede gustar conocer a gente nueva. Será un aburrimiento, y mamá estará vigilándonos para que nos comportemos correctamente. La cena es muy importante para papá, necesita nuevos socios para la empresa…

– ¡A mí me encanta conocer gente nueva! A lo mejor habrá entre ellos algún joven guapo… Lo mismo te sale novio, Antonietta.

– O a ti, eres mayor que yo, de manera que tienes que casarte antes. Como no te des prisa te vas a quedar para vestir santos.

– ¡Me casaré cuando quiera y con quien quiera!

– Sí, pero hazlo pronto.

Ninguna de las dos sospechaba lo que iba a pasar aquella noche.

A las ocho llegaron los invitados. Tres matrimonios con sus hijos. En total, catorce personas que se sentarían a la mesa ovalada primorosamente decorada con flores y candelabros de plata.

Los señores de García, con su hijo Hermenegildo. Los señores de López-Agudo, don Francisco y doña Carmen, con sus hijas Elena y Pilar. Y los señores de Carranza, don Manuel y doña Blanca, con su hijo Santiago.

Antonietta fue la primera en fijarse en Santiago. Era el más guapo de los invitados. Alto, delgado, con el cabello castaño claro, casi rubio, y los ojos verdes, muy elegantemente vestido; era imposible no fijarse en él. Yo también lo miraba escondida entre las cortinas.

En aquel entonces debía de contar casi los treinta años y se le veía seguro de sí mismo.

A su alrededor revoloteaban las otras señoritas invitadas. Yo conocía bien a Amelia y sabía de sus tácticas para hacerse notar.

Saludó con amabilidad a los invitados de sus padres y se situó junto a su madre escuchando a las señoras invitadas como si le interesara cuanto decían. Era la única de las jóvenes presentes que parecía inmune al magnetismo de Santiago, al que ni siquiera miraba.

La señorita Antonietta, junto a las señoritas Elena y Pilar López-Agudo, intentaba acaparar la atención de Santiago, que se había convertido en el centro de la conversación de los jóvenes invitados. No sólo porque era el mayor, sino también por su simpatía. Yo no podía escuchar desde donde estaba lo que decían, pero tenía a las señoritas embobadas.

Las doncellas sirvieron los aperitivos y a mí me enviaron a la cocina a ayudar a mi madre y a las cocineras, pero en cuanto podía regresaba a mi escondite, desde donde contemplar aquella fiesta que llenaba mis sentidos del olor a perfume y cigarrillos que desprendían a partes iguales las señoras y los caballeros.

Me preguntaba cuál sería el siguiente paso de Amelia para llamar la atención de Santiago. Él se había dado cuenta de que la única que no participaba de la conversación de los jóvenes en la mesa era la hija mayor de los anfitriones, y empezó a mirarla de reojo.

Doña Teresa había colocado en la mesa una tarjeta con el nombre de cada invitado, y Amelia estaba sentada junto a Santiago.

Se la veía tan guapa… Al principio ella no prestaba atención a Santiago, hablaba con el joven Hermenegildo, al que habían situado a su izquierda.

No fue hasta mediada la cena cuando Santiago no pudo aguantar más la indiferencia manifiesta de Amelia y se empeñó en iniciar una conversación en la que ella parecía participar con cierta desgana.

Cuando terminaron de cenar, para mí era evidente que Amelia había logrado su objetivo: echar un lazo al cuello de Santiago.

Una vez se fueron los invitados, los señores se quedaron en el salón con sus hijas para comentar cómo había transcurrido la velada.

Doña Teresa estaba exhausta, tanta era la tensión que había acumulado durante la semana en su empeño de que todo resultara perfecto. Mi madre decía que nunca la había visto tan nerviosa, y le extrañaba porque doña Teresa estaba acostumbrada a recibir invitados.

Don Juan parecía más relajado; la velada había servido a sus propósitos según supimos después: estaba intentando asociarse con el señor Carranza para salvar su negocio. Aunque en realidad quien salvó la situación de la familia fue Amelia.

Les escuché hablar, por más que doña Teresa les pedía que bajaran la voz.

– Si Manuel Carranza se interesa, como parece, por el negocio, estaríamos salvados…

– Pero, papá, ¿tan mal nos van las cosas? -preguntó Amelia.

– Sí, hija, ya sois mayores y debéis saber la verdad. El negocio en Alemania no va bien y temo por mi buen amigo y socio herr Itzhak. El almacén donde guardábamos la mercancía, la maquinaria comprada para traer a España, lo han sellado los nazis, no me han permitido acceder a él. Y allí estaba nuestro dinero, invertido en las máquinas. También han confiscado las cuentas del banco. El empleado que teníamos, el bueno de herr Helmut Keller, está preocupado. Haber trabajado con un judío lo convierte en sospechoso, pero es un hombre valiente, y me aconseja que espere; me asegura que intentará salvar lo que pueda del negocio. Le he dado todo el dinero que he conseguido, que no es mucho dadas las circunstancias, pero no podía dejarle abandonado a su suerte…

– ¿Y herr Itzhak, e Yla? -preguntó Amelia alarmada.

– Estoy intentando traerles aquí, aunque se resisten; no quieren abandonar su casa. Me he puesto en contacto con la Casa Universal de los Sefardíes, una organización encargada de establecer vínculos con los judíos sefardíes.

– Pero herr Itzhak no es sefardí -exclamó doña Teresa.

– Ya lo sé, pero les he pedido consejo, hay muchos españoles influyentes que los apoyan -respondió Don Juan…

– ¿Muchos? Ojalá tuvieras razón -protestó doña Teresa con tono crispado.

– También me he puesto en contacto con una organización que se llama Ezra, que en castellano significa «Ayuda»; se dedica a ayudar a los judíos, sobre todo a los que huyen de Alemania.

– ¿Podrás hacer algo, papá? -preguntó Amelia compungida.

– No depende de tu padre, Amelia -la corrigió doña Teresa.

– Don Manuel Azaña ve con simpatía a los judíos -respondió Don Juan. En fin, parece que el mundo se está volviendo loco… Hitler ha declarado que su partido, el Partido Nazi, es el único que puede actuar en Alemania. Y por si fuera poco, Alemania ha abandonado la II Conferencia Mundial sobre el Desarme. Ese loco está preparando la guerra, estoy seguro…

– ¿La guerra? ¿Contra quién? -preguntó Amelia.

Pero Don Juan no pudo responderle, porque doña Teresa preguntó a su vez:

– ¿Y aquí qué va a pasar? Tengo miedo, Juan… La izquierda quiere una revolución…

– Y la derecha está en contra del régimen republicano, y hace lo imposible porque la República sea inviable -respondió con cierto enfado don Juan.

El matrimonio tenía diferencias políticas, puesto que doña Teresa provenía de una familia de tradición monárquica y don Juan era un republicano convencido. Claro que en aquella época las mujeres no llevaban sus diferencias políticas muy lejos, e imperaba la opinión del señor de la casa.

– ¿Y qué vas a hacer con el señor Carranza?

La pregunta de Antonietta sorprendió a sus padres. Antonietta era la pequeña, era bastante silenciosa y reflexiva, mucho más que Amelia.

– Voy a intentar comprar maquinaria en Norteamérica. Los costes serán más altos, puesto que hay un océano de por medio, pero dada la situación en Alemania, creo que no tengo otra opción. Le he presentado un estudio detallado a Carranza, y está interesado. Ahora mi problema es conseguir un crédito para poder formalizar la sociedad… Creo que él me puede ayudar. Está muy bien relacionado.

– ¿Con quién? -inquirió Amelia.

– Con banqueros y políticos.

– ¿Políticos de las derechas? -insistió.

– Sí, hija, pero también tiene buenos contactos con el Partido Radical de Lerroux.

– Por eso era tan importante esta cena ¿verdad, papá? -siguió hablando Amelia-. Querías causarle buena impresión, y que viera que tenías una casa estupenda, una familia… Mamá es tan guapa y elegante…

– ¡Vamos, Amelia, no digas esas cosas! -respondió doña Teresa.

– Pero es la verdad. Cualquiera que te conozca se da cuenta de que eres una gran señora. La señora Carranza no es tan elegante como tú -insistió Amelia.

– La señora Carranza pertenece a una excelente familia. Esta noche, hablando, hemos descubierto que tenemos conocidos en común -sentenció doña Teresa.

– Su hijo Santiago es el más difícil de convencer -murmuró don Juan.

– ¿Santiago? ¿De qué quieres convencerlo?

– Trabaja con su padre, y éste le tiene mucha ley. Al parecer, Santiago es un buen economista, muy sensato, y viene aconsejando bien a su padre. Tiene dudas sobre la viabilidad del negocio; alega que la inversión es demasiado grande, él prefiere seguir comprando maquinaria en Bélgica, Francia, Inglaterra, incluso en Alemania; dice que es más seguro -explicó don Juan.

No podía verle el rostro, pero no me costó imaginar que en aquel momento Amelia estaba tomando una decisión: ser ella quien venciera las resistencias de Santiago para salvar a su familia de las dificultades económicas que afrontaban. Amelia era muy novelera, se veía a sí misma como las heroínas de las novelas que leía, y sus padres, sin saberlo, le estaban dando la ocasión de demostrarlo.

Dos semanas después, los señores de Carranza invitaron a don Juan y su familia a compartir el almuerzo del domingo en una finca que tenían en las afueras de la ciudad.

Por aquel entonces don Juan no ocultaba su nerviosismo, dado que don Manuel Carranza empezaba a darle largas en cuanto a asociarse para traer maquinaria de América. Además, la situación política se estaba complicando, España parecía ingobernable.

Amelia estuvo varios días pensando cómo iba a vestirse para la ocasión. Aquel almuerzo dominical era su gran ocasión para apretar el lazo que había colocado en el cuello de Santiago, ya que era consciente de que la invitación de los Carranza se debía al interés que ella había logrado suscitar en éste. Don Juan había comentado que, pese a las reticencias de Santiago, había sido idea de él invitarlos a compartir la jornada del domingo, insistiendo en que fuera acompañado de su encantadora familia.

Sé, porque Amelia me lo contó, que aquel día fue clave en lo que ella llamaba «mi programa de salvación».

El almuerzo se celebró sin más invitados que la familia Garayoa, es decir, don Juan y doña Teresa, Amelia y Antonietta, y desde el primer momento Santiago evidenció su interés por Amelia.

Ella desplegó todos sus ardides: indiferencia, amabilidad, sonrisas… ¡Qué sé yo! Era una gran seductora.

Aquel domingo, Santiago se enamoró de ella, y creo que ella también de Santiago. Eran jóvenes, guapos, distinguidos…

Él, que parecía que iba para solterón, sin novia formal, se había dejado prendar por una jovencita que expresaba opiniones políticas con gran desparpajo: defendía que las mujeres debían conseguir los derechos que les estaban negados; confesaba, ante el horror de su madre, que no tenía la más mínima intención de convertirse en señora de su casa, sino que, si se casaba, ayudaría en todo a su marido, además de ejercer como maestra, que decía era su vocación.

Todas estas cosas y más las fue desgranando con la gracia y simpatía que le eran naturales, y según me contó Antonietta, cuanto más hablaba Amelia, más se rendía Santiago.

Comenzaron a verse a la manera de aquella época. Él pidió permiso a don Juan para «hablar» con Amelia, y el señor se lo dio encantado.

Santiago solía venir casi todas las tardes a visitar a Amelia; los domingos salían juntos, siempre acompañados por Antonietta y por mí. Amelia le permitía que cogiera su mano y le sonreía apoyando la cabeza sobre su hombro. Santiago se derretía al mirarla. Ella tenía un pelo precioso, de un color castaño tan claro que era casi rubio, y unos ojos grandes, almendrados. Era delgada, no muy alta, pero es que por aquel entonces las mujeres no éramos altas, no es como ahora. Él sí que era alto, le sacaba por lo menos la cabeza. A su lado parecía una muñeca.

Santiago terminó sucumbiendo ante Amelia, lo que supuso la salvación de don Juan. La familia Carranza le facilitó un aval para obtener un crédito, y se asociaron con él -bien es verdad que como socios minoritarios- en la nueva empresa desde la que don Juan se proponía comprar e importar maquinaria de América. Don Juan y Santiago terminaron simpatizando, ya que el joven estaba afiliado al partido de Azaña y era un republicano convencido como mi señor.

– ¡Me caso! ¡Santiago me ha pedido que me case con él!

Recuerdo como si fuera hoy a Amelia entrando en la sala de estar donde se encontraban sus padres.

Aquel domingo yo no la había acompañado porque estaba resfriada y le había tocado a Antonietta hacer sola el papel de carabina.

Don Juan miró con sorpresa a su hija, no se esperaba que Santiago se decidiera tan pronto a pedirla en matrimonio. Apenas habían pasado seis meses desde que habían comenzado a salir; además, él tenía previsto viajar la semana siguiente a Nueva York para empezar a visitar fábricas de maquinaria.

Amelia abrazó a su madre, quien, por su expresión, no parecía satisfecha con la noticia.

– Pero niña, ¿qué locura es ésa? -expresó con desagrado doña Teresa.

– Santiago me ha dicho que él no quiere esperar más, que ya tiene edad para casarse, y está seguro de que soy la mujer que estaba esperando. Me ha preguntado que si le quiero y si estaba segura de mis sentimientos hacia él. Le he dicho que sí, y hemos decidido casarnos cuanto antes. Él se lo dirá esta noche a sus padres, y el señor Carranza te llamará para pedir mi mano. Podemos casarnos a finales de año, pues antes no nos daría tiempo a organizarlo todo. ¡Tengo tantas ganas de casarme!

Amelia parloteaba sin parar, mientras sus padres intentaban que se calmara para poder hablar con ella con cierta serenidad.

– Vamos a ver, Amelia, todavía eres una niña -protestó don Juan.

– ¡No soy una niña! Sabes que la mayoría de mis amigas o se han casado o están a punto de hacerlo. ¿Qué pasa, papá? Creía que estabas contento de mi noviazgo con Santiago…

– Y lo estoy, no tengo quejas de la familia Carranza, y Santiago me parece un joven cabal, pero sólo hace unos meses que os conocéis y hablar de boda me parece algo precipitado, aún no sabéis el uno del otro lo suficiente.

– Tu padre y yo fuimos novios cuatro años antes de casarnos -alegó doña Teresa.

– No seas anticuada, mamá… Estamos en el siglo XX, entiendo que en tus tiempos las cosas fueran de otra manera, pero hoy en día han cambiado. Las mujeres trabajan, salen solas a la calle y no todas se casan, algunas deciden vivir su propia vida con quien les da la gana… Por cierto, que se ha acabado eso de tener que llevar una carabina cuando salgo con Santiago.

– ¡Amelia!

– Mamá, ¡es ridículo! ¿No confías en mí? ¿Acaso pensáis mal de Santiago?

Los padres de Amelia se sentían desbordados por el ímpetu arrollador de su hija. No había vuelta atrás: ella se había comprometido a casarse y lo haría, con o sin su permiso.

Se acordó que la boda se celebraría cuando don Juan regresara de América; mientras, doña Teresa, junto a los padres de Santiago, irían organizando los pormenores de la boda.

Quizá fuera por la influencia de Santiago, aunque a decir verdad Amelia siempre había mostrado interés por la política, pero en aquellos meses parecía más preocupada por lo que sucedía en España.

– Edurne, el presidente Alcalá Zamora ha pedido a Alejandro Lerroux que vuelva a formar gobierno, y va a incluir a tres ministros de la CEDA. No creo que sea la mejor solución, pero ¿acaso tiene otra salida?

Naturalmente no esperaba mi respuesta. En aquella época Amelia hablaba sobre todo consigo misma; yo era el frontón hacia el que lanzaba sus ideas, pero nada más, aunque me daba cuenta de lo influenciable que era. Muchas de las cosas que decía eran un calco de lo que le escuchaba a Santiago.

A principios de octubre de 1934, Santiago llegó muy alterado a casa de los Garayoa. Don Juan estaba en América y doña Teresa se encontraba con sus hijas discutiendo por la pretensión de Antonietta de salir sola.

– ¡ La UGT ha convocado una huelga general! El día cinco pararán España -gritó Santiago.

– ¡Dios mío! Pero ¿por qué? -Doña Teresa estaba angustiada por la noticia.

– Señora, la izquierda no se fía, y con razón, de la CEDA. Gil Robles no cree en la República.

– ¡Eso lo dicen los izquierdistas para justificar todo lo que hacen! -protestó enérgica doña Teresa-. Son ellos los que no creen en la República; en esta República quieren una revolución como la de Rusia. ¡Que Dios nos libre de ella!

Otra doncella y yo servimos un refrigerio al tiempo que escuchábamos la conversación.

No es que Santiago fuera un revolucionario, todo lo contrario, pero creía firmemente en la República, y desconfiaba de quienes la denostaban al tiempo que la utilizaban.

– No querrás que pase como en Alemania -terció Amelia.

– ¡Calla, niña! Qué tendrá que ver ese Hitler con nuestra derecha. No te dejes engatusar por la propaganda de las izquierdas, que no traerán nada bueno para España -se quejaba doña Teresa.

Amelia y Santiago se quedaron en la sala de estar, mientras doña Teresa y Antonietta se excusaban aduciendo un quehacer imaginario. La señora no tenía ganas de discutir con Santiago, y a esas alturas ya había aceptado que los jóvenes se vieran sin acompañantes.

– ¿Qué va a pasar, Santiago? -preguntó con inquietud Amelia nada más quedar a solas con su novio.

– No lo sé, pero algo gordo se prepara.

– ¿Nos podremos casar?

– ¡Claro! No seas boba, nada impedirá que nos casemos.

– Pero sólo faltan tres semanas para la boda.

– No te preocupes…

– Y papá aún no ha llegado…

– Su barco atracará dentro de unos días.

– Le echo tanto de menos… sobre todo ahora que está todo tan revuelto. Sin él me siento insegura.

– ¡Amelia, no digas eso! ¡Me tienes a mí! ¡Jamás permitiría que te pasara nada!

– Tienes razón, perdona…

Los días siguientes los vivimos con angustia. No imaginábamos qué podía llegar a pasar.

El gobierno respondió a la convocatoria de huelga general decretando el estado de guerra, pero la huelga no fue un éxito, al menos no en todas partes. Aquella noche mi madre me dijo que los nacionalistas no la iban a secundar y los anarquistas tampoco.

Lo peor fue que en Cataluña el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamó el Estado catalán en la República Federal Española.

Amelia temía cada vez más por su boda, ya que los Carranza tenían negocios en Cataluña, y uno de los socios de don Manuel era catalán. Doña Teresa también estaba afectada; era medio catalana y tenía familiares en Barcelona.

– He hablado con la tía Montse y está muy asustada. Han detenido a mucha gente de entre sus conocidos, y ella misma ha visto desde el balcón cómo se combatía en las Ramblas. No sabe cuántos muertos ha habido, pero cree que muchos. Doy gracias a Dios de que mis padres no tengan que ver esto.

Los padres de doña Teresa habían muerto, y sólo le quedaba su hermana Montse y un buen número de tías, primos y demás familiares repartidos por toda Cataluña, además de en Madrid.

Amelia me pidió que llamara a mi hermano Aitor al País Vasco para intentar saber qué pasaba. Lo hice y ella, impaciente, me arrancó el teléfono de las manos.

Aitor nos explicó que su partido se había mantenido al margen de la huelga, y que donde realmente había prendido la llama de la revolución era en Asturias. Los mineros habían atacado los puestos de la Guardia Civil, y se habían hecho con el control del Principado.

Mientras, en Madrid, el gobierno encargó a los generales Goded y Franco que acabaran con la rebelión, y éstos aconsejaron que fueran las tropas de los Regulares de Marruecos la punta de lanza de la represión.

Fueron días de incertidumbre hasta que el gobierno sofocó la rebelión. Pero aquello era sólo un ensayo de lo que estaba por venir…

En aquellos días fue cuando Amelia conoció a Lola. Aquella muchacha sin duda la marcó para siempre.

Una tarde, a pesar de las protestas de doña Teresa, Amelia decidió salir a la calle. Quería ver con sus propios ojos los estragos de lo sucedido. La excusa fue la de visitar a su prima Laura, que llevaba varios días enferma.

Doña Teresa le ordenó que no saliera y mi madre le suplicó que se quedara en casa, e incluso Antonietta intentó convencerla de ello. Pero Amelia hizo un alegato sobre su deber de visitar a su prima favorita en un momento de enfermedad, y, desobedeciendo a su madre, salió a la calle seguida por mí. No es que yo fuera por voluntad propia, sino porque mi madre me ordenó que no la dejara sola.

Madrid parecía una ciudad en guerra. Se veían soldados por todas partes. Yo la seguí de mala gana hasta la casa de su prima, que era ésta, la misma donde ahora estamos, y que se encontraba a pocas manzanas de la de Amelia. Estábamos llegando cuando vimos a una muchacha correr como una desesperada. Pasó delante de nosotras como una exhalación y se metió en el portal de la casa a la que nos dirigíamos. Miramos hacia atrás pensando que alguien la perseguía, pero no vimos a nadie, aunque dos minutos después dos hombres aparecieron por la esquina gritando «¡Alto, alto!». Nos paramos asustadas, hasta que los hombres nos alcanzaron.

– ¿Han visto pasar a una joven corriendo por aquí?

Yo iba a contestar que sí, que se acababa de meter en el portal, pero Amelia se adelantó.

– No, no hemos visto a nadie, nosotras vamos a visitar a una prima que está enferma -explicó.

– ¿Seguro que no han visto a nadie por aquí metiéndose en algún portal?

– No, señor. Si hubiéramos visto a alguien, se lo diríamos -respondió Amelia con un tono de voz de señorita remilgada que yo no le había oído hasta ese momento.

Los dos hombres, policías seguramente, parecieron dudar, pero el aspecto de Amelia los disuadió. Era la viva imagen de la chica burguesa, de buena familia.

Continuaron corriendo, discutiendo entre ellos por haber perdido a la muchacha, mientras nosotras entrábamos en el portal de la casa donde vivía la señorita Laura.

No estaba el portero, y Amelia sonrió satisfecha. El hombre estaría en algún piso a requerimiento de algún vecino o haciendo cualquier mandado.

Con paso decidido, Amelia se dirigió hacia el fondo del portal y abrió una puerta que daba al patio. Yo la seguí asustada, pues imaginaba a quién estaba buscando. Y efectivamente, entre cubos de basura y herramientas se escondía la muchacha que huía de la policía.

– Ya se han ido, no te preocupes.

– Gracias, no sé por qué no me has denunciado, pero gracias.

– ¿Debería haberlo hecho? ¿Eres una delincuente peligrosa? -dijo Amelia sonriendo, como si encontrara la situación divertida.

– No soy una delincuente; en cuanto a peligrosa… supongo que para ellos sí, puesto que lucho contra la injusticia.

A Amelia le interesó de inmediato aquella respuesta, y aunque yo tiraba de su brazo instándole a que subiéramos al piso de la señorita Laura, ella no me hizo caso.

– ¿Eres una revolucionaria?

– Soy… sí, se podría decir que sí.

– ¿Y qué haces?

– Coso en un taller.

– No, me refería a qué clase de revolucionaria eres.

La muchacha la miró con desconfianza. Se le notaba que dudaba de si debía responder o no, pero el caso es que lo hizo sincerándose con Amelia, al fin y al cabo una desconocida.

– Colaboro con algunos compañeros del comité de huelga, llevo mensajes de un lugar a otro.

– ¡Qué valiente! Yo me llamo Amelia Garayoa, ¿y tú?

– Lola, Lola García.

– Edurne, ve a mirar con cuidado a la calle, y si ves algo sospechoso, ven a decírnoslo.

No me atreví a protestar y me dirigí hacia el portal temblando de miedo. Pensaba que si los policías me veían, podían sospechar y nos llevarían detenidas a las tres.

Me tranquilizó ver que aún no estaba el portero, y apenas asomé la cabeza para mirar a ambos lados del portal. No se veía ¡v aquellos dos hombres.

– No hay nadie -les informé.

– No importa, creo que es mejor que Lola no salga todavía. Vendrá con nosotras a casa de mi prima. Te presentaré como una amiga de Edurne a la que hemos encontrado de camino. Os darán de merendar en la cocina mientras yo esté con mi prima, y para cuando nos vayamos, habrá pasado tiempo suficiente para que esos hombres hayan dejado de buscarte por aquí. Además, mi tío Armando es abogado y si la policía viniera a buscarte, supongo que sabría qué hacer.

Lola aceptó con alivio la propuesta de Amelia. No entendía la razón de por qué aquella chica burguesa la ayudaba, pero era la única opción que tenía y la aprovechó.

Laura estaba en la cama, aburrida, mientras su hermana Melita daba clases de piano, y su madre tenía una visita. En cuanto a su padre, don Armando, hermano del padre de Amelia, aún no había regresado del despacho.

Una doncella nos acompañó a Lola y a mí a la cocina, donde nos ofreció un vaso de leche con galletas, y Amelia se quedó junto a su prima comentándole su última aventura.

Dos horas estuvimos en casa de don Armando y doña Elena, visitando a Laura; dos horas que a mí se me antojaron eternas porque imaginaba que de un momento a otro la policía llamaría a la puerta buscando a Lola.

Cuando por fin Amelia decidió regresar a casa llegó don Armando, quien, preocupado porque pudiéramos andar solas por la calle con la situación caótica que había en Madrid, se ofreció a acompañarnos. No había más de cuatro manzanas entre una casa y otra, pero aun así don Armando insistió en escoltar a su sobrina. El buen hombre no se extrañó cuando Amelia le informó de que venía con nosotras Lola, a la que presentó como una buena amiga de Edurne. Yo bajé los ojos para que don Armando no viera mi nerviosismo.

– Tu padre se enfadaría conmigo si te dejara ir sola con este caos. Lo que no entiendo es cómo te han permitido salir. No están las cosas para ir por la calle alegremente, Amelia; no sé si sabes que en Asturias se ha desatado una auténtica revolución, y aquí, aunque ha fracasado la huelga, la izquierda no se resigna a dejar las cosas como estaban, hay mucho exaltado…

Amelia observaba de reojo a Lola, pero ésta permanecía con el gesto impasible, mirando hacia abajo como yo.

Cuando llegamos a casa, doña Teresa agradeció sinceramente a su cuñado que nos hubiera acompañado.

– No puedo con esta niña, y desde que se va a casar parece que se ha vuelto más insensata. Estoy deseando que regrese su padre. Juan es el único que puede con ella.

Cuando don Armando se fue, doña Teresa se interesó por Lola.

– Edurne, no sabía que tenías amigas en Madrid -dijo doña Teresa mirándome con curiosidad.

– Se conocen de encontrarse cuando Edurne sale a hacer algún recado -respondió con rapidez Amelia, y menos mal que lo hizo porque yo habría sido incapaz de mentir con tanto desparpajo.

– Bueno, pues si a esta joven no se le ofrece nada, creo que deberíamos ir a cenar, tu hermana Antonietta nos está esperando -concluyó doña Teresa.

– No, si yo tengo que irme, ya voy con mucho retraso. Muchas gracias, señorita Amelia, doña Teresa… Edurne, nos vemos pronto, ¿vale?

Asentí con la cabeza deseando que se marchara y que nunca más volviéramos a verla, pero mis deseos no iban a cumplirse, porque Lola García se cruzaría de nuevo en el camino de Amelia y en el mío.

2

Por si fueran pocas las emociones de la jornada anterior, la mañana siguiente también nos deparó sorpresas.

Santiago había quedado en pasar a ver a Amelia, pero no vino en todo el día.

Amelia estaba primero preocupada y luego furiosa, y pidió a su madre que llamara a casa de los padres de Santiago con la excusa de hablar con la madre de su novio sobre algún pormenor de la boda.

Doña Teresa se resistía, pero al final cedió en vista de que Amelia amenazaba con presentarse ella misma en casa de Santiago.

Aquella tarde Amelia conoció un aspecto de la personalidad de su futuro marido que no podía ni imaginar.

La madre de Santiago informó a la madre de Amelia que su hijo no estaba, que no había acudido a almorzar ni había telefoneado, y no sabía si aparecería a la hora de la cena. A doña Teresa le sorprendió que la madre de Santiago no se mostrara alarmada, pero ésta le explicó que su hijo tenía por costumbre desaparecer sin decir adónde iba.

– No es que vaya a ningún lugar que no deba, todo lo contrario, siempre es por trabajo; ya sabe que mi marido le ha encargado que se haga cargo de las compras para la empresa, y es Santiago quien viaja a Francia, Alemania, Barcelona… en fin, donde tenga que ir. Santiago siempre se va sin decirnos nada; al principio me asustaba, pero ahora sé que no le pasa nada -explicaba doña Blanca.

– Pero usted se dará cuenta de que se va porque saldrá de casa con maleta -respondió un tanto escandalizada doña Teresa.

– Es que mi hijo nunca lleva maleta.

– Pero ¿cómo? Esos viajes tan largos… de tantos días… -exclamó doña Teresa.

– Santiago dice que él lleva el equipaje en la cartera.

– ¿Cómo dice?

– Sí, que él se sube al tren y cuando llega a su destino compra lo que necesita; siempre lo ha hecho así. Ya le digo que al principio me preocupaba, e incluso su padre le reconvenía, pero nos hemos acostumbrado. Tranquilice a Amelia, Santiago llegará a tiempo para la boda. ¡Está tan enamorado!

Doña Teresa, sin disimular su extrañeza por el comportamiento de Santiago, dio cuenta a su hija de la conversación con doña Blanca. Pero lejos de tranquilizarse, Amelia se puso más nerviosa.

– ¡Menuda excusa tan tonta! ¿Cómo nos vamos a creer que se va de viaje sin maleta y sin decírselo a sus padres? ¿Y a mí? ¿Por qué no me lo ha dicho a mí? ¡Soy su novia! Mamá, yo creo que Santiago se ha arrepentido… que ya no se quiere casar conmigo. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué vamos a hacer!

Amelia comenzó a llorar, y ni doña Teresa ni Antonietta parecían capaces de consolarla. Yo las observaba escondida tras la puerta de la sala, hasta que mi madre me encontró y me envió a la cocina.

Aquella noche Amelia no durmió, al menos tuvo la luz encendida hasta bien entrada la madrugada. Al día siguiente me despertó a las siete; quería que me vistiera deprisa para que me llegara a casa de los Carranza a entregar una carta. Había estado escribiéndola durante la noche.

– Cuando Santiago regrese de su viaje, si es que de verdad se encuentra de viaje y no me están engañando, sabrá que a mí no se me hacen estas cosas. Y si es su intención dejarme, prefiero ser yo la que dé el primer paso, me daría mucha vergüenza que nuestras amistades supieran que me ha dejado plantada. Vete enseguida antes de que se despierte mi madre. Se va a llevar un disgusto cuando le diga que he mandado una carta a Santiago anunciándole la ruptura de nuestro compromiso, pero no puedo permitir que me humillen.

Me levanté con premura, y apenas me dio tiempo para asearme y salir ante la insistencia de Amelia. Cuando llegué a casa de los Carranza el portal estaba cerrado, y tuve que esperar a que el portero lo abriera a las ocho de la mañana. Se extrañó que quisiera subir a esas horas a casa de los Carranza, pero como iba con mi uniforme de doncella, me dejó subir.

Otra doncella tan somnolienta como lo estaba yo me abrió la puerta. Le di el sobre y le dije que se lo entregara a Santiago, pero me respondió que el señorito Santiago se había marchado de viaje, que don Manuel estaba desayunando y doña Blanca aún se encontraba descansando.

Cuando regresé a casa, Amelia me esperaba con un nuevo encargo: debía regresar a casa de los Carranza a entregar un sobre con las cartas de Santiago, esas cartas que se intercambian los enamorados, además del anillo de compromiso. El anillo me ordenó que se lo entregara a doña Blanca en persona.

Yo empecé a temblar pensando en qué diría doña Teresa cuando se enterara, y antes de salir de casa fui en busca de mi madre para explicarle lo que estaba pasando. Mi madre, con buen criterio, me dijo que esperara hasta que ella hablara con doña Teresa y la propia Amelia. Como doña Teresa aún no había salido de su habitación mi madre fue en busca de Amelia.

– Sé que no soy nadie para decirte nada, pero ¿no crees que deberías pensar un poco más lo que estás a punto de hacer? Imagínate que Santiago tiene una explicación a lo sucedido y tú rompiendo el compromiso sin escucharlo… Creo que no debes precipitarte…

– Pero, Amaya, ¡tú deberías estar de mi parte!

– Y lo estoy, ¿cómo podría ser de otra manera? Pero no creo que Santiago quiera romper su compromiso contigo, tiene que haber una explicación aparte de la que os ha dado su madre. Espera a que regrese, espera a escucharlo…

– ¡Es imperdonable lo que me ha hecho! ¿Cómo puedo confiar en él? No, no y no. Quiero que tu hija Edurne vaya a devolverle sus cartas y su anillo y que quede claro que se ha terminado todo entre nosotros. Y esta tarde iré a merendar a casa de mi amiga Victoria, allí me encontraré con otras amigas y seré yo quien anuncie que he decidido romper mi compromiso con Santiago porque no estoy segura de mis sentimientos hacia él. No voy a consentir que sea él quien rompa y me humille…

– Amelia, por favor, ¡piénsatelo! Habla con tu madre, ella sabrá aconsejarte mejor que yo…

– ¿Qué sucede? -Doña Teresa entró en el cuarto de Amelia alertada por el timbre de voz histérico de su hija.

– ¡Mamá, voy a romper con Santiago!

– ¡Hija, qué cosas dices!

– Doña Teresa, yo… perdone que haya venido a hablar con Amelia de este asunto familiar, pero como ha mandado a mi Edurne a entregar a los señores de Carranza el anillo de compromiso…

– ¡El anillo! Pero, Amelia, ¿qué vas a hacer? Hija, cálmate, no hagas nada de lo que te puedas arrepentir.

– Eso le decía yo -intervino mi madre.

– ¡Que no! Yo rompo con Santiago, él lo ha querido así. No voy a permitir que me deje en ridículo.

– ¡Por Dios, Amelia, al menos espera a que regrese tu padre!

– No, porque cuando llegue papá, yo ya me habré convertido en el hazmerreír de todo Madrid. Esta tarde iré a merendar a casa de mi amiga Victoria, y allí anunciaré a todas mis amigas que he roto con Santiago. Y tú, Amaya, dile a Edurne que vaya de inmediato a casa de los Carranza, y si no la dejáis ir, iré yo.

También Antonietta entró en la habitación de su hermana alertada por las voces y se unió a las súplicas de su madre y la mía para que reconsiderara su decisión. Fue a Antonietta a quien se le ocurrió una solución: doña Teresa volvería a telefonear a doña Blanca para contarle el disgusto de Amelia y su decisión de romper con Santiago si éste no aparecía de inmediato para darle una explicación.

Con más nervios que ganas, doña Teresa telefoneó a doña Blanca. Esta prometió que llamaría enseguida a su marido para que intentara encontrar a su hijo dondequiera que estuviese, que ella, juró, no lo sabía; pero hasta entonces solicitaba de Amelia un poco de paciencia y sobre todo de confianza en Santiago.

Amelia aceptó a regañadientes, pero aun así esa tarde fue a merendar a casa de su amiga Victoria junto a otras jóvenes de su edad. Allí, entre risas y confidencias, dejó caer que no estaba segura de no haberse precipitado comprometiéndose tan rápidamente con Santiago, y expresó sus dudas respecto a si debía o no casarse. Ella y sus amigas dedicaron la tarde a analizar los pros y los contras del matrimonio. Cuando salió de casa de Victoria, Amelia se sentía satisfecha: si Santiago la dejaba, siempre podría decir que había sido ella la que realmente quería romper con él.

Poco podíamos imaginar que aquella tormenta en un vaso de agua terminaría algún día convirtiéndose en una auténtica tempestad que arrasaría a cuantos encontró a su paso. Porque cuando dos días más tarde Santiago, que se encontraba en Amberes, llamó a su padre para comentarle algunos pormenores del viaje de negocios, éste le urgió para que regresara rápidamente a Madrid, ya que Amelia se había tomado a mal su desaparición y amenazaba con romper el compromiso. Santiago regresó de inmediato. Aún recuerdo lo furioso que estaba cuando acudió a casa de Amelia.

Ella lo recibió en el salón flanqueada por su madre y su hermana.

– Amelia… siento el disgusto que te he causado, pero no podía imaginar que mi ausencia por cuestiones de trabajo te llevara a querer romper nuestro compromiso.

– Sí, estoy disgustada. Me parece una falta de consideración que te fueras sin decirme nada. Tu madre nos ha explicado que es habitual que lo hagas, pero comprenderás que ese comportamiento es extraño y más en vísperas de una boda. No quiero que te sientas obligado por la palabra dada, de manera que te libero de tu compromiso para conmigo.

Santiago la miró de arriba abajo, incómodo. Amelia había recitado aquella parrafada que llevaba ensayando desde que Santiago telefoneara para anunciar su visita. La presencia de doña Teresa y Antonietta, nerviosas ambas, tampoco ayudaba a que Amelia y Santiago se sinceraran.

– Si es tu deseo romper nuestro compromiso, no tengo más remedio que aceptarlo, pero pongo a Dios por testigo que mis sentimientos hacia ti permanecen inalterables, y que nada desearía más que… que me perdonaras, si es que en algo te he ofendido.

Doña Teresa suspiró aliviada y Antonietta dejó escapar una risa nerviosa. Amelia no sabía qué hacer; por una parte, quería continuar interpretando el papel de dama ofendida, al que había cogido gusto, y por otra, estaba deseando zanjar el incidente y casarse con Santiago. Fue Antonietta la que permitió que los dos novios se arreglaran.

– Creo que deberían hablar solos, ¿no te parece, mamá? -Sí… sí… En fin, hijo, si continúas dispuesto a casarte con Amelia, por nuestra parte sólo decirte que te damos nuestra bendición…

Cuando se quedaron solos estuvieron unos minutos en silencio, mirándose de reojo, sin saber qué decirse; luego Amelia rompió a reír, lo cual desconcertó a Santiago. Dos minutos más tarde charlaban como si nada hubiese pasado.

Las familias de ambos respiraron tranquilas. Temían lo peor: un escándalo a pocas semanas de la boda, cuando ya se habían leído las amonestaciones y empezado a recibir los primeros regalos en casa de los Garayoa, y el convite, que se celebraría en el Ritz, había sido reservado y pagado a partes iguales por las dos familias.

Con la excusa del regreso de don Juan procedente de América, las dos familias se reunieron a cenar en casa de los Garayoa; así pudieron comprobar que Amelia y Santiago parecían tan enamorados como antes del incidente. Más, si cabe.

Don Juan estaba vivamente impresionado por lo que había visto en América. Admiraba los esfuerzos de sus gentes para salir de la Depresión y comparaba la sociedad norteamericana con la española. En aquella cena hablaron mucho de política, a pesar de que doña Teresa tenía prohibido hacerlo en la mesa.

– Los norteamericanos tienen muy claro lo que quieren y en qué dirección deben marchar todos juntos para superar la crisis, y están saliendo de ella, el Crack del veintinueve pronto parecerá un mal sueño.

– Mi querido amigo, aquí dedicamos mucho tiempo a fastidiarnos los unos a los otros, el bienio social-azañista es un ejemplo -respondió don Manuel.

– No entiendo su desconfianza hacia don Manuel Azaña -replicó don Juan-. Es un político que sabe hacia dónde debemos ir, que defiende que el Estado ha de ser fuerte para poder hacer las reformas democráticas que necesitamos.

– Pues ya ve usted adonde nos ha conducido su política. A mí no me convencerá de que fue un acierto que en el treinta y dos se le diera la autonomía a Cataluña, y claro, los vascos, esa gente del PNV, andan en lo mismo. Menos mal que ahora, tras los intentos de revolución de octubre, la autonomía catalana ha quedado suspendida.

– Papá, hay que tener respeto por los sentimientos de la gente, y en Cataluña poseen un sentimiento de identidad nacional muy fuerte. Lo mejor es, como siempre ha intentado Azaña, encauzar ese sentimiento. Don Manuel Azaña ha defendido siempre una España unida, pero hay que buscar la manera de que todos nos sintamos cómodos en ella.

Santiago intentaba mostrarse conciliador para impedir que su padre terminara enfadándose a cuenta de la política.

– ¿Todos? ¿Quiénes somos todos? -preguntó irritado don Manuel-. España es una unidad cultural y sobre todo histórica, pero con esto de las autonomías dejará de serlo, y si no al tiempo.

Doña Teresa y doña Blanca intentaban introducir otros temas para que sus maridos no siguieran hablando de política.

– Creo que van a hacer una nueva representación de Bodas de sangre en Madrid -intervino con voz melosa doña Blanca-. García Lorca es muy atrevido pero un gran dramaturgo.

Sin embargo, ambas mujeres fracasaron en el intento de desviar la conversación. Ni Don Juan ni don Manuel estaban dispuestos a dejar de discutir de lo que les preocupaba.

– Pero usted estará conmigo que el triunfo de la derecha en el treinta y tres no ha traído ningún sosiego a España. Están deshaciendo todo lo que hicieron los gobiernos anteriores -terciaba don Juan.

– No me dirá que a usted le parecía bien que se pudiera expropiar las tierras a cualquiera por el hecho de ser noble…

– A cualquiera, no. Usted sabe que lo que trató el gobierno de 1931 fue de acabar con la España feudal -replicaba Don Juan.

– ¿Y qué me dice de la reforma militar de su admirado Azaña? Si se descuida nos deja sin Ejército. Retiró a más de seis mil quinientos oficiales, y mucho hablar de modernizar el Ejército al tiempo que reducía el gasto en Defensa -contestaba don Manuel.

– También hicieron cosas positivas, por ejemplo, la reforma religiosa y educativa… -intervino Santiago.

– ¡Pero qué dices, Santiago! ¡Dios mío, hijo, si no te conociera creería que eres uno de esos socialistas revolucionarios!

– Papá, no se trata de ser revolucionario, sino de mirar a nuestro alrededor. Cuando viajo por Europa me da pena ver lo atrasados que estamos…

– Y por eso se meten con los pobres curas y monjas que prestan un apoyo desinteresado a la sociedad. Tú, hijo, que presumes de demócrata, ¿me vas a decir que es democrático prohibir la enseñanza a las órdenes religiosas? ¿Y expulsar a un cardenal de España porque no gusta lo que dice…? ¿Eso es democracia?

– Papá, el cardenal Segura es un hombre de cuidado, creo que todos nos sentimos más tranquilos desde que no está en España.

– Sí, sí, todos esos excesos izquierdistas son los que han hecho que ganen las derechas tan denostadas por vosotros -respondió enfadado don Manuel.

– Y creo que hay motivos para preocuparse por lo que está pasando con las derechas no sólo en España. Fíjate en Alemania, ese Hitler es un demente. No me extraña que las gentes de izquierdas estén preocupadas -replicó Don Juan-. Yo mismo soy una víctima indirecta del fanatismo de Hitler. Su política antijudía le ha llevado a suprimir los derechos legales y civiles a los judíos, y a hacer imposible sus actividades económicas. Yo soy una víctima de esa política puesto que mi socio herr Itzhak Wassermann es judío. Nos hemos quedado sin negocio. ¿Saben que nos han roto los cristales del almacén en más de cuatro ocasiones?

– Lo que pretende Hitler es expulsar a los judíos de Alemania -sentenció Santiago.

– Sí, pero los judíos alemanes son tan alemanes como el que más, no podrán privarles de lo que son -intervino doña Teresa.

– No seas ingenua, mujer. Hitler es capaz de todo -indicaba Don Juan-. Y el pobre Helmut, nuestro empleado, tiene que andarse con cuidado por el solo hecho de haber trabajado con un judío.

– Sí, es terrible lo que está pasando allí, pero nada tiene que ver lo que sucede aquí con lo de Alemania, mi querido amigo. Yo siento lo que le ha sucedido, pero no compare, no compare… Por lo que nos debemos preocupar es por las amenazas de algunos socialistas que hablan de acabar con la democracia burguesa. Incluso hombres moderados como Prieto han llegado a hablar de revolución.

– Bueno, eso es una manera de intentar frenar a la derecha en sus planes más controvertidos. No pueden deshacer todo lo hecho anteriormente. Prieto les está dando un aviso para que se lo piensen más antes de actuar -argumentó Santiago.

– ¡Hijo, no te das cuenta de que lo que ha pasado en Asturias ha sido un conato de revolución que como se extienda por el resto de España va a suponer una catástrofe!

– El problema que tenemos -replicó Santiago- es que tanto las derechas como las izquierdas están maltratando a la República. Ni los unos ni los otros terminan de creer en ella, ni de encontrar su acomodo.

Santiago tenía una visión diferente de la política. Quizá porque viajaba mucho fuera de España. No estaba con las derechas, y aunque simpatizaba con las izquierdas, tampoco les escatimaba críticas. Era azañista, sentía una gran admiración por don Manuel Azaña.

La boda se celebró el 18 de diciembre. Hacía mucho frío y llovía, pero Amelia estaba radiante con su traje blanco de tafetán y seda.

A las cinco en punto de la tarde, en la iglesia de San Ginés, Amelia y Santiago se casaron. La suya fue una de esas bodas de las que se hicieron eco las páginas de sociedad de los periódicos madrileños, y a la que acudió gente de muchos lugares, ya que tanto don Manuel Carranza como Don Juan Garayoa tenían, por sus negocios respectivos, socios y compromisos en muchas otras capitales de España.

Doña Teresa estaba más nerviosa que Amelia, y tanto como ella estaban Melita y Laura, que hacían, junto a Antonietta, de damas de honor.

La ceremonia la concelebraron tres sacerdotes amigos de la familia. Y más tarde, durante el convite en el Ritz, Amelia y Santiago abrieron el baile.

Fue una boda preciosa, sí… Amelia siempre dijo que había sido la boda soñada, que no habría podido imaginársela de manera diferente.

Cuando al filo de la medianoche se despidieron de los invitados, Amelia se abrazó a Laura llorando, las dos como siempre tan unidas. Aquella noche sabían que su vida cambiaría, que al menos Amelia dejaba atrás ser la muchacha a la que se le permitían todas las travesuras, para pasar a convertirse en una mujer.»

Edurne se quedó en silencio. Llevaba mucho tiempo hablando, y yo ni me había movido fascinado como estaba por el relato.

Comenzaba a ver el reflejo de lo que había sido mi bisabuela y debo reconocer que había en ella algo que me intrigaba. Quizá fuera la manera en que Edurne la había descrito, o simplemente que había sabido despertar mi curiosidad.

La antigua doncella de mi bisabuela parecía exhausta. Sugerí que pidiéramos un vaso de agua, pero ella rechazó con la cabeza. Estaba allí, hablando conmigo, porque las señoras Garayoa se lo habían ordenado, ella conservaba un vínculo con ellas en el que cada cual tenía su papel establecido: ellas mandaban y Edurne obedecía. Así había sido en el pasado, y así continuaba siendo en este presente en el que ninguna de ellas podía aspirar a tener futuro.

– ¿Y luego qué pasó? -pregunté dispuesto a no dejarla que interrumpiera el relato.

– Se marcharon a París de viaje de novios. Fueron en tren. Amelia llevaba tres maletas. También cruzaron el Canal, para ir a Londres. Creo que la travesía fue terrible y ella se mareó. No regresaron hasta finales del mes de enero. Santiago aprovechó el viaje para ver a alguno de sus socios.

– ¿Y después? -insistí porque no quería imaginar que la historia se acabara así.

– Cuando volvieron del viaje de novios se instalaron en una casa propia, regalo de boda de don Manuel a su hijo. La casa estaba cerca de aquí, al principio de la calle Serrano. Don Juan y doña Teresa se habían encargado de amueblar la casa, y tener a punto todos los detalles para cuando los novios regresaran de París. Yo me fui a servir a casa de Amelia. No crea que no me costó separarme de mi madre, pero Amelia había insistido en que me fuera con ella. No me trataba como a una sirvienta, sino como a una amiga; supongo que los meses pasados en el caserío habían consolidado entre nosotras una relación especial. A Santiago le sorprendía la familiaridad que había entre nosotras, y de la que él mismo terminó participando. ¿Sabe? El era una gran persona… Amelia le pidió que le permitiera terminar Magisterio, y él aceptó gustoso; la conocía y sabía que difícilmente podía reducirla al papel de ama de casa. En cuanto a mí, ella se empeñó en que estudiara, en que tuviera ambiciones. Ya ve usted cómo era. Pero, además, a Amelia le influía mucho Lola García, y ésta la convenció para que me enviara a recibir instrucción en un local que tenían los de las Juventudes Socialistas de España. Allí enseñaban de todo: a leer y a escribir a máquina, a bailar, a coser…

– ¿Lola García? ¿La que huía de la policía?

– Sí, la misma. Fue una persona clave en la vida de Amelia… V en la mía.

Edurne estaba muy fatigada, pero yo no quería que dejara de hablar. Intuía que lo más interesante era lo que iba a contarme a continuación. De manera que le insistí para que bebiera agua.

– Perdone la pregunta, pero ¿cuántos años tiene usted, Edurne?

– Dos menos que Amelia, noventa y tres.

– O sea que mi bisabuela tendría ahora noventa y cinco años…

– Sí, así es. ¿Quiere que continúe?

Asentí agradecido mientras pensaba qué sucedería si encendía un cigarrillo. Pero temí que de un momento a otro apareciera el ama de llaves o la sobrina de las ancianas, y decidí no tentar a la suerte.

«Apenas había regresado de la luna de miel en París, cuando Amelia se encontró a Lola García. Fue por casualidad. Lola iba tres tardes a la semana a hacer la colada, coser y planchar a casa de unos marqueses que vivían en el barrio de Salamanca, muy cerca del domicilio de su tío don Armando. Una tarde en que Amelia salía de merendar con Melita y Laura, tropezó con Lola. Amelia se llevó una gran alegría, y por más que Lola se resistió, al final aceptó acompañar a Amelia hasta su nueva vivienda de recién casada.

Amelia trató a Lola como si fueran amigas de toda la vida, interesándose por sus cosas, sobre todo por sus avatares políticos. Lola respondía a sus preguntas con desconfianza; no terminaba de comprender a aquella chica burguesa que vivía en una lujosa casa del barrio de Salamanca y que sin embargo le preguntaba con avidez sobre las demandas de los obreros y las causas del descontento social.

Les serví café en el salón, y Amelia me invitó a sentarme con ellas. Yo estaba igual de incómoda que Lola, pero Amelia no parecía darse cuenta.

Lola le explicó que iba a recibir instrucción en una Casa del Pueblo, que allí le habían enseñado a leer y a escribir, que le hablaban de historia, de teatro, e incluso aprendía a bailar. Amelia parecía entusiasmada, y preguntó si me admitirían a mí o debía de afiliarme a las Juventudes Socialistas. Lola dudó, y se comprometió a preguntar.

– Supongo que la admitirán. Al fin y al cabo, Edurne es una trabajadora… aunque ¿no te gustaría afiliarte?

– Yo… bueno, nunca me ha interesado mucho la política, no soy como mi hermano -respondí.

– ¿Tienes un hermano? ¿En qué partido milita? -quiso saber Lola.

– En el PNV, y además trabaja en una sede del partido…

– O sea que colabora con los burgueses nacionalistas.

– Bueno, tiene un trabajo y además cree que los vascos somos diferentes -expliqué azorada.

– ¿Ah, sí? ¿Diferentes? ¿Por qué? Todos deberíamos ser iguales, tener los mismos derechos, no importa de dónde seamos. No, no sois diferentes, tú eres una obrera como yo. ¿En qué te diferencias de mí? ¿En qué has nacido en un caserío y yo en Madrid? Nadie nos va a regalar nada, seremos lo que seamos capaces de hacer por nosotras mismas.

Lola era una socialista ferviente y hablaba de derechos e igualdades con una pasión que logró contagiar a Amelia. Iba a recibir instrucción en aquella Casa del Pueblo a la que me llevaría Lola. Aquella misma tarde se decidió tanto mi destino como, sobre todo, el de Amelia.

3

Las visitas de Lola a casa de Amelia se hicieron frecuentes. Hasta que un día Amelia pidió a Lola que la llevara a alguna reunión política del PSOE o de la UGT.

– Pero ¿qué vas a hacer tú en una reunión nuestra? Lo que queremos es acabar con el orden burgués y tú… bueno, tú eres una burguesa, tu marido es empresario, y tu padre también… Te he cogido afecto porque eres buena persona; pero, Amelia, tú no eres de los nuestros.

Amelia se sintió herida por las palabras de Lola. No entendía que la rechazara de esa manera, que no la considerara una de los suyos. Yo no supe qué decir, hacía ya dos meses que asistía a las clases de la Casa del Pueblo y me sentía satisfecha de mis progresos. Me estaban enseñando a escribir a máquina, y temía que si Amelia se enfadaba con Lola, tuviera que dejar de ir.

Pero Amelia no se enfadó, simplemente le preguntó qué tenía que hacer para convertirse en socialista, para que la aceptaran quienes menos tenían y más sufrían. Lola le prometió que hablaría con sus jefes y que le daría una respuesta.

Santiago sabía de la amistad de Amelia con Lola y nunca puso reparos, pero discutieron cuando Amelia le anunció que si la aceptaban se haría socialista.

– Nunca te van a considerar una de ellos, no te engañes -le argumentaba Santiago-. Yo no comparto las injusticias, y ya sabes lo que me parecen los gobiernos radicalcedistas. Estas derechas que tenemos no están a la altura de las circunstancias, pero no me parece que la solución sea la revolución. Si quieres, te llevo un día a una reunión de Izquierda Republicana; son quienes mejor nos representan, Amelia, no Largo Caballero ni Prieto. Piénsalo, no quiero que te utilicen y menos que te hagan daño.

En aquel año de 1935, las derechas habían lanzado una campaña de desprestigio contra don Manuel Azaña. Santiago decía que era porque le temían, porque sabían que era el único político español capaz de encontrar una salida a aquella situación de bloqueo en que se encontraba la República.

Amelia no llegó a solicitar que la aceptaran en el PSOE, pero ayudaba a Lola cuanto podía, y sobre todo compartía con ella la opinión de que aquellas continuas crisis ministeriales y de jefes de gobierno eran la demostración palpable de que ni los radicales de Lerroux ni la CEDA de Gil Robles tenían la solución para los problemas de España.

Lola pertenecía a la facción más revolucionaria del PSOE, a la de Largo Caballero, y era una apasionada admiradora de la Revolución soviética. Por fin un día accedió a los ruegos de Amelia y la llevó a un mitin en que participaban algunos destacados dirigentes socialistas.

Amelia regresó a casa emocionada a la vez que asustada. Aquellos hombres tenían una fuerza magnética, hablaban al corazón de quienes nada tenían, pero al mismo tiempo ofrecían alternativas que podían desembocar en una revolución. De manera que Amelia experimentaba hacia los socialistas un sentimiento contradictorio.

Santiago, preocupado por la influencia que Lola ejercía en Amelia, empezó a llevarla a algún mitin de Manuel Azaña. Y Amelia se debatía entre la admiración profunda y el desconcierto que sentía por políticos tan distintos, tan distantes, pero igualmente convencidos de la bondad de sus ideas.

Amelia se codeaba por igual con socialistas obreros amigos de Lola que con jóvenes comunistas, o azañistas convencidos como lo eran la mayoría de los amigos de Santiago. Empezó a vivir en dos mundos: el suyo, el que le correspondía por nacimiento y matrimonio, que era el de una chica burguesa, y el de Lola, el de una costurera que quería acabar con el régimen burgués establecido y, en definitiva, con los privilegios de los que disfrutaba Amelia.

Yo solía acompañarla a las reuniones políticas a las que le llevaba Lola, pero no siempre, porque Amelia no quería que dejara de seguir instruyéndome en la Casa del Pueblo.

A principios de marzo, Amelia empezó a sentirse indispuesta. Vómitos y mareos fueron el anuncio de su embarazo. Santiago estaba feliz, iba a tener un hijo, y además pensó que el embarazo serviría para que su mujer aplacara sus ansias políticas, pero en esto se equivocó. El embarazo no le impidió a Amelia seguir acompañando a Lola a algunas reuniones, pese a las protestas de su marido, y de sus padres, porque don Juan y doña Teresa rogaron a su hija que al menos durante el embarazo dejara la política. Pero fue inútil, ni siquiera Laura consiguió hacerla entrar en razón, y eso que su prima siempre fue la persona con mayor ascendente sobre Amelia.

Y, de nuevo, un día volvió a pasar. Santiago desapareció. Creo que era el mes de abril de 1935. Amelia había salido a sus clases de la mañana y por la tarde había ido a casa de sus primas, a las que seguía viendo con frecuencia. Laura seguía siendo su mejor amiga. Le apasionaba la política como a Amelia, pero sus ideas, al igual que las de su padre, estaban del lado azañista.

Cuando Amelia regresó aquella noche, esperó a Santiago para cenar, pero a las once no había regresado, y en la oficina no respondía nadie. Amelia estaba preocupada. En aquellos días no eran infrecuentes los disturbios en Madrid, y sobre todo los ajustes de cuentas entre partidos, de manera que había elementos de la extrema derecha que buscaban la confrontación con las gentes de la izquierda, que a su vez respondían a los ataques.

Aguardamos toda la noche, y a la mañana siguiente Amelia telefoneó al padre de Santiago.

Don Manuel le dijo que no sabía dónde se encontraba su hijo, pero que podría ser que estuviera de viaje, ya que hacía días que tenía previsto ir a Londres a visitar a un proveedor.

Amelia tuvo un ataque de ira. Echada sobre la cama, gritaba y lloraba jurando que no le iba a perdonar a su marido semejante afrenta. Luego pareció calmarse, preguntándose si no habría sufrido un accidente y ella le estaba juzgando erróneamente. Tuvimos que llamar a doña Teresa, que acudió de inmediato con Antonietta para hacerse cargo de la situación. Laura, sabedora de la reacción de su prima, también acudió al conocer la noticia.

Dos semanas tardó Santiago en regresar, y en aquellas dos semanas Amelia cambió para siempre. Aún recuerdo una conversación que tuvo con su madre, su hermana Antonietta y sus primas Laura y Melita.

– Si ha sido capaz de abandonarme embarazada ¿de qué no será capaz? No puedo confiar en él.

– Vamos, hija, no digas eso, ya sabes cómo es Santiago; doña Blanca te lo ha explicado, ella como madre sufría cuando su hijo desaparecía, pero son cosas de él, no lo hace por fastidiar.

– No, no lo hace por fastidiar, pero debería darse cuenta del daño que hace. Amelia está embarazada y darle este disgusto… -comentaba su prima Laura.

– Pero Santiago la quiere -insistió Antonietta, que sentía veneración por su cuñado.

– ¡Pues vaya manera de demostrarlo! ¡Casi me mata del disgusto! -respondió Amelia.

– Vamos, prima, no exageres -apuntó Melita-. Los hombres no tienen nuestra sensibilidad.

– Pero eso no es excusa para que hagan lo que les venga en gana -dijo Laura.

– A los hombres hay que aguantarles muchas cosas -explicó conciliadora doña Teresa.

– Dudo que papá te haya hecho nunca lo que Santiago a mí. No, mamá, no, no se lo voy a perdonar. ¿Quién ha dicho que ellos tienen derecho a hacer lo que les venga en gana con nosotras? ¡No se lo voy a consentir!

A partir de entonces Amelia redobló su interés por la política, o mejor dicho, por el socialismo. Nunca más volvió a ninguna reunión ni mitin del partido de Azaña, y pese a las súplicas de Santiago, que temía por su embarazo, Amelia se convirtió en una colaboradora desinteresada de Lola en todas las actividades políticas de ésta, aunque descubrió que su amiga no le respondía con la misma confianza.

Una tarde de mayo acompañé a Amelia y a su madre al médico. Cuando salimos de la consulta, doña Teresa nos invitó a merendar en Viena Capellanes, la mejor pastelería de Madrid. Íbamos a celebrar que el médico había asegurado que el embarazo de Amelia transcurría con normalidad. Estábamos a punto de entrar en la pastelería cuando, en la acera de enfrente, vimos a Lola. Caminaba deprisa y llevaba de la mano a un niño de unos diez o doce años. Parecía que le iba regañando porque el niño la escuchaba cariacontecido. Amelia se soltó del brazo de su madre dispuesta a pedir a Lola que se uniera a nosotras.

Lola no ocultó su incomodidad al vernos. Pero la sorpresa nos la llevamos nosotras cuando oímos al niño decir: «Mamá, ¿quiénes son estas señoras?».

Lola nos presentó a su hijo con desgana.

– Se llama Pablo, por Pablo Iglesias, ya sabes, el fundador del PSOE.

– No sabía que tenías un hijo -respondió Amelia, dolida porque su amiga tuviera secretos con ella.

– ¿Y para qué te lo iba a decir? -respondió malhumorada Lola.

– Bueno, me hubiera gustado conocerle antes. ¿Queréis merendar con nosotras en Viena? -propuso Amelia.

Pablo respondió de inmediato que sí, que nunca había entrado en una pastelería tan elegante, pero Lola parecía dudar. Doña Teresa estaba incómoda con la situación y yo preocupada por las consecuencias que pudiera tener el descubrimiento del hijo de Lola, quien finalmente aceptó viendo que era una oportunidad de que su hijo merendara en un lugar de tanto renombre.

– No sabía que estabas casada… -dijo doña Teresa por iniciar una conversación.

– No lo estoy -respondió Lola ante la mirada atónita de doña Teresa.

– ¿No tienes marido? ¿Y entonces…? -quiso saber Amelia.

– No hace falta un marido para tener hijos, y yo no me he querido casar. Pablo llegó sin buscarlo, pero aquí está.

– Pero tendrá un padre… -insistió Amelia.

– ¡Claro que tengo padre -dijo Pablo fastidiado- y se llama Josep! Soy medio catalán porque mi padre es catalán. Ahora no está aquí, pero viene a vernos cuando puede.

Lola miró a su hijo con furia, y en su mirada pudimos ver que en cuanto estuvieran a solas no se libraría de una buena reprimenda por haberse ido de la lengua. Pero Pablo decidió ignorar a su madre y seguir hablando.

– Mi padre es comunista. ¿Vosotras qué sois?

Sin que pudiéramos evitarlo, Lola le dio un cachete a su hijo y le mandó callar. Doña Teresa tuvo que intervenir para apaciguar las lágrimas del crío y la ira de la madre.

– ¡Vamos, vamos! Tómate el chocolate que has pedido… y tú, Lola, no pegues al niño, es pequeño y lo único que ha hecho es contar que tiene un padre del que se siente orgulloso, eso no es motivo para que le reprendas. -La buena de doña Teresa intentaba calmar los ánimos de Lola.

– Le tengo dicho que tiene que tener la boca cerrada, que no vaya contando nada ni de mí ni de su padre; hay gente que teme a los comunistas y a los socialistas, y nos puede perjudicar.

– ¡Pero nosotras no! Yo soy tu amiga -afirmó Amelia, dolida.

– Ya… ya… pero aun así… Pablo, termínate el chocolate y el suizo, que nos tenemos que ir.

A la tarde siguiente, cuando Amelia y yo estábamos en casa cosiendo, Lola se presentó para hablar con Amelia. Yo hice ademán de salir de la sala, pero como Amelia no me pidió que me fuera, preferí quedarme para enterarme de lo que Lola fuera a contar.

– No te había dicho que tengo un hijo porque no me gusta ir contando mi vida al primero que pasa -se justificó Lola.

– Pero yo no soy el primero que pasa, creía que a estas alturas ya confiabas en mí, en fin, te tenía por mi amiga.

Lola se mordió el labio. Se notaba que traía muy pensado lo que iba a decir y no quería dejarse llevar por su temperamento.

– Eres una buena persona, pero no somos amigas… Tienes que entenderlo, tú y yo no somos iguales.

– Pues sí, sí somos iguales, somos dos mujeres que nos tenemos simpatía; tú me has convencido de unas cuantas cosas, me has hecho ver lo que hay más allá de estas paredes, me has hecho sentirme una privilegiada y por tanto culpable de serlo. Intento ayudar a tu causa porque creo que es justa, porque no me parece bien tenerlo todo y que otros no dispongan de nada. Pero al parecer para ti no es suficiente, y, ¿sabes, Lola?, no voy a pedir perdón. No, no voy a pedir perdón por tener unos padres estupendos, un marido cariñoso y una familia que me arropa. En cuanto al dinero… mi padre lleva toda la vida trabajando, lo mismo que mis abuelos y mis bisabuelos… Y Santiago, tú le has visto cómo trabaja, cómo pasa los días en la fábrica, cómo se preocupa del bienestar de quienes trabajan para él. Aun así, admito que tenemos más de lo que necesitamos, que no es justo que mientras otros no tienen nada nosotros tengamos tanto. Pero tú sabes, Lola, que no explotamos a nadie, que ayudamos a los demás cuanto podemos. Aunque ya veo que para ti no es suficiente y que nunca te fiarás de mí.

Discutieron, pero al final se reconciliaron, aunque Amelia se daba cuenta de que entre Lola y ella existía una frontera, la de los prejuicios de la propia Lola, y esa frontera le resultaría muy difícil de superar.

Aun así, Amelia se volcó si cabe más en actividades políticas; se ofreció voluntaria para enseñar en una Casa del Pueblo, hacía trabajos de oficina para la agrupación en la que militaba Lola, y cumplía disciplinadamente con cuanto le pedían.

La actividad política de Amelia corría paralela a la de Santiago, ya que en aquel año de 1935, entre mayo y octubre, don Manuel Azaña intervino en una serie de mítines y obtuvo el apoyo de amplios sectores de la sociedad, y a muchos de esos mítines y reuniones de Izquierda Republicana acudía Santiago. Estaba convencido de que la solución a los problemas de España pasaba porque don Manuel Azaña gobernara el país, cada vez sumido en una crisis institucional y económica más profunda.

En el resto del mundo las cosas no iban mejor. Hitler preocupaba al resto de Europa.

Una noche de abril en que los padres de Amelia habían acudido a cenar para visitar a su hija y a su yerno, don Juan comentó satisfecho que la Sociedad de Naciones en Ginebra había condenado el rearme de Alemania.

– Parece que por fin se empieza a hacer algo contra ese loco… -declaró don Juan a su yerno.

– Yo no sería tan optimista. En Europa preocupa y mucho lo que ha pasado en Rusia, temen el contagio de la Revolución de los soviets -respondió Santiago.

– Sí, puede que tengas razón, parece que el mundo se ha vuelto loco, hay noticias de que Stalin se muestra implacable con los disidentes -dijo Don Juan.

Amelia intervino furiosa, sorprendiendo a su padre y a su marido.

– ¡No nos creamos la propaganda de los fascistas! Lo que pasa es que algunos tienen miedo, sí, miedo de perder sus privilegios, pero en Rusia por primera vez están conociendo lo que es la dignidad, se está construyendo una República de trabajadores, de hombres y mujeres iguales, libres…

– Pero, hija, ¡qué cosas dices!

– ¡Amalia, no te alteres, recuerda que estás embarazada! -Doña Teresa sufría por su hija.

– Sabes, Amelia, me preocupa que digas esas cosas, eres tú la que te estás dejando influir por la propaganda de los comunistas. -Santiago parecía enfadado.

– Vamos, vamos, no discutáis, que no le conviene a la niña. -Doña Teresa aborrecía esas discusiones políticas en las que ahora intervenía Amelia.

– Si no discutimos, mamá. Lo que pasa es que no me gusta que papá diga que las cosas no van bien en Rusia. Y tú, Santiago, deberías desear que al resto de Europa le llegase algo de la Revolución soviética, la gente no puede esperar eternamente a que se la trate con justicia.

Aquella noche Amelia y Santiago discutieron. En cuanto se fueron don Juan y doña Teresa, el matrimonio inició una pelea que terminamos escuchando el resto de la casa.

– ¡Amelia, tienes que dejar de ver a Lola! Te está metiendo unas ideas en la cabeza…

– ¡Cómo que me está metiendo ideas! ¿Es que te crees que soy tonta, que no soy capaz de pensar por mí misma, que no me doy cuenta de lo que pasa alrededor? Las derechas nos están llevando al desastre… Tú mismo te quejas de la situación, y mi padre… bien sabes de las dificultades que está arrostrando mi familia…

– La solución no es la revolución. En nombre de la revolución se cometen muchas injusticias. ¿Crees que tu amiga Lola tendría piedad de ti si aquí hubiera una revolución?

– ¿Piedad? ¿Y por qué habría de tener piedad? ¡Yo apoyaría la revolución!

– ¡Estás loca!

– ¡Cómo te atreves a llamarme loca!

– Lo siento, no quería ofenderte, pero me preocupa lo que dices, no tienes idea de lo que está pasando en Rusia…

– ¡El que no tiene ni idea eres tú! Yo te diré lo que está pasando en Rusia: la gente come; sí, por primera vez hay comida para todos. Ya no hay pobres, han acabado con los capitalistas que actuaban como sanguijuelas, y…

– Pero, niña, ¡no seas ingenua!

– ¿Ingenua yo?

Amelia salió del salón dando un portazo y sollozando. Santiago la siguió hasta el dormitorio, preocupado de que la pelea pudiera afectar al hijo que esperaban.

Amelia estaba cada vez más imbuida de las ideas de Lola, o mejor dicho, de Josep, su compañero y padre de Pablo. Porque Amelia al final lo había conocido.

Una tarde en que Amelia y yo habíamos ido a casa de Lola allí estaba él, recién llegado de Barcelona.

Josep era un hombre guapo. Alto, robusto, de ojos negros, V aspecto fiero, aunque en el trato se mostraba amable, tanto como cauto, y no parecía tan desconfiado como Lola.

– Lola me ha hablado de ti, sé que la ayudaste. Si la llegan a coger, seguramente aún estaría en la cárcel. Esos fascistas asquerosos no sabes cómo se las gastan con las mujeres. Fue una pena que no pudiéramos sacar adelante la revolución. La próxima vez estaremos mejor preparados.

– Sí, fue una pena que las cosas no salieran mejor -respondió Amelia.

Durante dos horas Josep monopolizó la conversación, y así sería en todas las ocasiones en que lo vimos. Nos contaba cómo estaban cambiando las cosas en Rusia, cómo la gente había pasado de ser siervos a ciudadanos, cómo Stalin estaba cimentando la revolución llevando a la práctica lo prometido por los bolcheviques: habían acabado con las clases sociales y el pueblo comía. Se estaban poniendo en marcha planes de desarrollo y los campesinos estaban entusiasmados.

Josep nos describió el paraíso, y Amelia lo escuchaba fascinada, bebiendo cada una de sus palabras. Yo, entusiasmada con lo que contaba, me decía que tenía que escribir a mi hermano Aitor para persuadirle de que reflexionara y abriera su mente hacia las nuevas ideas que llegaban de Rusia. Nosotros éramos campesinos, no señoritos; nuestra gente era como Josep. Claro que sabía que Aitor no me haría ningún caso; él continuaba trabajando y militando en el PNV y soñaba con una patria vasca, aunque se abstenía de decirlo claramente.

En aquel momento no entendí por qué, pero Josep pareció interesarse por Amelia, y durante su estancia en Madrid enviaba a Lola a buscarnos.

Amelia estaba entusiasmada porque un hombre como Josep la tomara en serio. Y es que Josep era un líder comunista en Barcelona. Era el chófer de una familia de la burguesía catalana. Todos los días llevaba a su patrón a la fábrica de textiles que tenía en Mataró, además de acompañar a la señora de la casa a sus visitas, o de acompañar a los niños al colegio. Antes había sido conductor de autobuses. Conoció a Lola durante una estancia de sus señores en Madrid, y habían tenido a Pablo, sin que ninguno de los dos quisiera casarse, al menos eso decían, aunque yo siempre sospeché que Josep había estado casado antes de conocer a Lola. Mantenían una curiosa relación, ya que sólo se veían cuando Josep venía a Madrid acompañando a su jefe, lo que solía suceder una vez cada mes y medio, pues el patrón vendía sus telas por toda España y tenía un socio en la capital. A pesar de esta relación intermitente, Lola y Josep parecían estar bien avenidos, y desde luego Pablo adoraba a su padre.

Por lo que decía, Josep estaba bien relacionado no sólo con los dirigentes comunistas catalanes.

Amelia se sentía halagada de que un militante comunista de su importancia mostrara interés por conocer sus opiniones, y la escuchara. Pero sobre todo Josep dedicaba buena parte del tiempo que pasaba con nosotras en adoctrinarnos, en llevar el agua a su molino, en convencernos de que el futuro sería de los comunistas y que la Revolución soviética era sólo el comienzo de una gran revolución mundial a la que no habría fuerza humana que se pudiera oponer.

– ¿Sabéis por qué triunfará la revolución? Porque somos más; sí, somos más los que nunca hemos tenido nada. Somos más los que tenemos un gran tesoro: la fuerza de nuestro trabajo. El mundo no podría moverse sin nosotros. Nosotros somos el progreso. ¿Quién va a mover las máquinas? ¿Acaso los señoritos ricos? Si supierais cómo se vive en la Unión Soviética, los avances conseguidos en menos de veinte años… Moscú cuenta desde abril con trenes subterráneos, un metro con ochenta y dos kilómetros de recorrido; pero siendo eso importante, aún lo es más que las estaciones están decoradas con obras de arte, con arañas de cristal, con cuadros y frescos en las paredes… y todo eso para los obreros, para los que nunca han tenido la oportunidad de ver un cuadro ni de iluminarse con esas lámparas de cristal fino… Ese es el espíritu de la revolución…

Amelia no se atrevió a dar el paso, pero yo sí y pedí a Josep que me avalara para hacerme comunista. ¿Qué otra cosa podía ser una chica como yo, nacida en las montañas, y que había trabajado desde que tenía uso de razón?

Una tarde Lola nos dejó recado en casa para que aquella noche nos reuniéramos con ella y con Josep y unos compañeros comunistas.

Amelia no sabía cómo decirle a Santiago que iba a salir de noche, sobre todo porque en aquellos días los enfrentamientos en la calle entre las izquierdas y las derechas eran continuos, y siempre se saldaban con algún herido, cuando no con algún muerto.

– No tendría que haberme casado -se lamentaba Amelia-, porque ahora no puedo dar un paso sin consultárselo a Santiago.

En realidad no era verdad que hacía partícipe a su marido de sus escarceos políticos, pero salir por la noche sola era más de lo que podía permitirse. Pero siempre fue muy tozuda, de manera que en cuanto Santiago llegó a casa le planteó abiertamente su decisión de salir para acudir a casa de Lola a conocer a algunos amigos comunistas de la pareja.

Tuvieron una discusión que se saldó a favor de Santiago.

– Pero ¿qué pretendes? ¿Crees que con lo que está pasando voy a permitir que te vayas más allá de las Ventas a casa de Lola con gente que no sabemos quiénes son? Si no te importo yo, si ni siquiera te importas tú, al menos piensa en nuestro hijo. No tienes ningún derecho a ponerle en peligro. ¡Menudos amigos esa Lola y ese Josep invitando a una embarazada a que salga de noche por Madrid!

Santiago no cedió, y aunque Amelia trató de convencerle, primero con mimos y carantoñas, luego con lloros, y más tarde con gritos, lo cierto es que no se atrevió a salir de casa sin la aprobación de su marido.

La situación política seguía deteriorándose por momentos, y por más que lo intentaba, el presidente de la República Niceto Alcalá Zamora se veía impotente para lograr el más mínimo consenso entre las izquierdas y la CEDA.

Joaquín Chapaprieta, que había sido ministro de Hacienda, terminó recibiendo el encargo de Alcalá Zamora para que formara un gobierno, que igualmente terminó en fracaso.

Recuerdo que un domingo fuimos a almorzar a casa de los Carranza. Creo que era octubre, porque Amelia estaba en el último tramo del embarazo, y verse gorda y torpe la hacía desesperarse.

Don Manuel y doña Blanca habían invitado a todos los Garayoa, no sólo a los padres de Amelia, sino también a don Armando y a doña Elena, de manera que allí estaban las primas, Melita, Laura y el pequeño Jesús.

Si recuerdo aquel almuerzo fue porque a Amelia casi se le adelanta el parto.

Don Juan estaba más preocupado que de costumbre porque había recibido una carta del que hasta entonces había sido su empleado, herr Helmut Keller, en la que le explicaba detalladamente en qué consistían las Leyes de Nuremberg promulgadas en septiembre de ese mismo año de 1935. Helmut mostraba su preocupación porque, según la nueva legislación, sólo quien tenía sangre «pura» podía ser alemán; el resto pasaba a ser súbdito. También se prohibían los matrimonios entre judíos y arios. El señor Keller creía que había llegado el momento de que herr Itzhak Wassermann y su familia salieran de Alemania, aunque se lamentaba porque aún no había logrado convencerles para que lo hicieran, aunque había muchas familias judías que ya habían emigrado temerosas de lo que estaba pasando. El señor Keller pedía a don Juan que intentara convencer a herr Itzhak.

– He pensado en ir a Alemania. Tengo que sacar de allí al bueno de Itzhak y a su familia, temo por su vida -se lamentó clon Juan.

– ¡Pero puede ser peligroso! -exclamaba doña Teresa.

– ¿Peligroso? ¿Por qué? Yo no soy judío.

– Pero herr Itzhak sí, y mira lo que ha pasado con el negocio, os han arruinado, lleváis muchos meses sin que ninguna empresa alemana os compre y os venda material, incluso os han acusado defraude en las cuentas. -Doña Teresa estaba realmente asustada.

– Lo sé, querida, lo sé, pero no han podido probar nada.

– Aun así, os han cerrado el almacén.

– Debes comprender que tengo que ir.

– Si me lo permite, creo que su esposa tiene razón. -La voz potente de don Manuel se abrió paso en la discusión entre don Juan y doña Teresa-. Amigo mío, debería resignarse a la pérdida de su negocio en Alemania, usted ha pagado las consecuencias de tener un socio que no le gusta al nuevo régimen. No creo que arregle nada yendo hasta allí, mejor sería que fueran ellos los que intentaran salir de Alemania.

Se enfrascaron en una discusión en la que Amelia apoyó a su padre con tanto ímpetu que aseguró que ella misma le acompañaría para salvar a herr Itzhak y a su familia y que dejarles a su suerte sería de cobardes. Tanto se alteró, que terminó sintiéndose indispuesta y acabamos temiendo por su estado.

A principios de noviembre nació Javier. Amelia se puso de parto la madrugada del día 2 pero no trajo su hijo al mundo hasta un día después. ¡Cómo lloraba! La pobrecita sufrió lo indecible y eso que contó con la asistencia constante de dos médicos y una comadrona.

Santiago sufrió con ella. Golpeaba con rabia la pared para descargar la impotencia que sentía por no poder hacer nada para ayudar a su mujer.

Al final le sacaron el niño con fórceps, pero casi la matan. Javier era precioso, un niño sano, largo y delgado, que llegó al mundo con mucha hambre y se mordía los puños desesperado.

Amelia perdió mucha sangre en el parto y tardó más de un mes en recuperarse, por más que todos la mimábamos, sobre todo Santiago. Todo le parecía poco para su mujer, pero a Amelia se la veía triste e indiferente a cuanto sucedía a su alrededor; sólo se alegraba cuando la visitaba su prima Laura o Lola. Entonces parecía que el brillo le volvía a la mirada y ponía interés en la conversación. Por aquellos días Laura había iniciado un noviazgo con un joven abogado hijo de unos amigos de sus padres y todo hacía prever que terminaría en boda. En cuanto a Lola, cuando la visitaba, Amelia nos pedía a todos que las dejásemos solas, lo cual Santiago aceptaba para no contrariarla.

Lola le daba noticias de Josep y de otros camaradas que Amelia había conocido. Y Amelia le preguntaba cómo iban los preparativos de la revolución, de esa gran revolución mundial de la que hablaba Josep y de la que ella quería formar parte.

Con el paso del tiempo, Lola parecía ir confiando más en Amelia, y la hacía partícipe de pequeñas confidencias sobre Josep, y su importancia entre los comunistas catalanes.

– ¿Y tú por qué eres socialista en vez de comunista? -le preguntó Amelia, que no entendía por qué su amiga no compartía la militancia política de Josep.

– No hace falta ser comunista para reconocer los logros de la Revolución soviética; además, soy socialista por tradición, mi padre lo era, conoció a Pablo Iglesias… asimismo yo soy partidaria de Largo Caballero, él también admira a los bolcheviques. Lo que pasa es que Prieto y otros líderes socialistas se resisten a Largo Caballero; como no son obreros como él, no entienden lo que queremos…

Eran fragmentos de conversación que alcanzaba a escuchar cuando les servía la merienda. Era la única que podía interrumpirlas, ni siquiera Águeda tenía permiso para entrar en el salón de Amelia.

¡Ay, Águeda! Era el ama de cría de Javier. La trajeron de Asturias porque Amaya, mi madre, no encontró a ninguna ama vasca como hubiera sido el gusto de doña Teresa y de la propia Amelia.

Águeda era una mujer de complexión fuerte, alta, de cabello castaño y ojos del mismo color. No estaba casada, pero un mozo de la minería la había dejado preñada, aunque había tenido la desdicha de perder a su hijo apenas recién nacido. Unos amigos de Don Juan la recomendaron para que la trajeran como niñera de Javier y llegó apenas una semana después de haber enterrado a su propio hijo.

Era una buena mujer, cariñosa y amable, que trataba a Javier como si de su hijo se tratara. Silenciosa y obediente, Águeda parecía una sombra benéfica en la casa, y todos le cogimos afecto. Para Santiago supuso un descanso ver a su propio hijo tan bien atendido habida cuenta de la apatía que manifestaba Amelia; ni siquiera su hijo parecía alegrarla.

Dado su estado de debilidad, aquellas Navidades se celebraron en casa de Don Juan y doña Teresa. La familia de Santiago comprendía que era lo mejor para Amelia, quien aún no estaba en condiciones de hacer de anfitriona en una festividad tan importante.

En realidad la casa de Amelia y de Santiago estaba a tres manzanas de la de los Garayoa, de manera que para Amelia no significaba un gran esfuerzo desplazarse a casa de sus padres.

Daban envidia. Sí, daba envidia ver a todos los Garayoa, también al hermano de don Juan, don Armando, y su esposa doña Elena con sus hijos Melita, Laura y Jesús, junto a la familia Carranza, los padres de Santiago.

Ayudada por mi madre, doña Teresa se esmeró con la cena. Para mí aquellas Navidades también fueron especiales, las últimas que pasé con mi madre. Estaba decidido: después de Reyes regresaba al caserío, y su marcha significaba quedarme sola en Madrid.

A mi hermano Aitor le iba bien en su trabajo e insistía en que nuestra madre dejara de servir a otros y se ocupara de nuestros abuelos y nuestro pequeño pedazo de tierra. Para mi madre la tierra era tan importante como para Aitor; por aquel entonces, yo me sentía lo suficientemente comunista para ver el mundo con más amplitud donde todo era de todos y para todos, y la tierra no tenía más propietarios que el Pueblo, y no importaba dónde se hubiese nacido, porque no había más patria que el mundo entero ni más hermanos que todos los que éramos obreros.

Pero volviendo a aquella cena… Cantaron villancicos, comieron y bebieron todas aquellas cosas que no llegaban a la mesa de los pobres, aunque quienes servíamos en aquella casa no podíamos quejarnos: siempre comíamos y bebíamos lo mismo que los señores.

Aún recuerdo que cenamos pavo con castañas… Y como solía suceder cada vez que se reunían las dos familias, hablaron y discutieron de política.

– Parece que el presidente Alcalá Zamora está dispuesto a que se forme un nuevo gobierno a cargo de don Manuel Portela Valladares -comentó don Juan.

– Lo que tiene que hacer es convocar elecciones de una vez -replicó Santiago.

– ¡Qué impacientes sois los jóvenes! -respondía don Armando Garayoa-. Don Niceto Alcalá Zamora lo que no quiere es dar poder a la CEDA, no se fía de Gil Robles.

– ¡Y con razón! -terciaba Don Juan.

– Pues yo no veo salida a esta situación… No creo que las elecciones solucionen nada, porque si gana la izquierda, ¡que Dios nos coja confesados! -se lamentó don Manuel Carranza, el padre de Santiago.

– ¿Y qué quiere usted? ¿Que gobierne esta derecha incapaz de solucionar los problemas de España? -Amelia miraba a su suegro con ira.

– ¡Amelia, hija, no te alteres! -intentó mediar su madre.

– Es que me da rabia que aún haya quien cree que la CEDA puede hacer algo bueno. La gente no va a soportar esta situación mucho más -continuó Amelia.

– Pues yo temo un gobierno de las izquierdas -insistió don Manuel.

– Y yo uno de las derechas -replicó Amelia.

– Hace falta autoridad. ¿Crees que un país sale adelante con huelgas? -preguntó don Manuel a su nuera.

– Lo que creo es que la gente tiene derecho a comer y no a malvivir, que es lo que pasa aquí -respondió Amelia.

Santiago siempre apoyaba a Amelia aunque matizando las posiciones políticas de ésta. Él, ya se lo he dicho antes, era azañista, no creía en la revolución aunque tampoco defendía a las derechas.

Excepto Amelia, que dijo sentirse cansada y se quedó con su hijo Javier que dormía plácidamente en brazos de Águeda, a las doce la familia se acercó a la iglesia a oír la misa del gallo.

4

El presidente Alcalá Zamora no lograba domeñar la situación de enfrentamientos entre derechas e izquierdas, y el malestar en España era creciente, así que finalmente no tuvo otra opción que convocar elecciones generales para el 16 de febrero de 1936. Ninguno de nosotros podíamos imaginar lo que pasaría después…

Desde el PSOE, Prieto defendía la necesidad de rehacer una gran coalición de izquierdas, mientras que Largo Caballero pugnaba por un frente único con los comunistas, pero no se supo imponer; además, no sé si lo sabe, pero desde Moscú se aconsejó al Partido Comunista una alianza con la burguesía de izquierdas contra la derecha y el fascismo. Sin duda era una posición más realista. Y así nació el Frente Popular.

– ¡Amelia, Amelia! ¡Hoy se ha formado el Frente Popular!

Santiago llegó eufórico a casa aquel 15 de enero de 1936, sabiendo que su mujer se llevaría una gran alegría por la noticia. Además, Santiago creía que el hecho de que Izquierda Republicana estuviera en ese pacto con socialistas y comunistas le acercaría a su mujer, cada vez más imbuida en la ideología de su amiga Lola y de Josep.

– ¡Menos mal! Es una buena noticia. ¿Y qué crees que harán si ganan las elecciones?

– Lo que he oído a algunos amigos de Izquierda Republicana es que se tratara de relanzar lo que ya se hizo en la legislatura del treinta y uno al treinta y tres.

– ¡Pero no es suficiente!

– Pero, Amelia, ¿qué dices? Lo sensato es ir por ese camino. Mira, no me gusta contrariarte, pero me preocupan las ideas que te meten en la cabeza Lola y ese Josep. ¿De verdad crees que los problemas de España se resolverían con una revolución? ¿Quieres que nos matemos los unos a los otros? No puedo creer que seas tan inconsciente…

– Mira, Santiago, sé que te molesta que no comulgue con tus ideas, pero al menos respeta las mías. Lo siento, no me parece justo que nosotros tengamos de todo y sin embargo otros… A veces pienso en Pablo, el hijo de Lola. ¿Qué futuro le espera? A nuestro Javier no le faltará de nada, y eso me consuela, pero no es justo. No, no lo es.

La discusión la interrumpió Águeda, que estaba alarmada por los llantos continuos de Javier.

– No sé qué le pasa al niño, pero no quiere comer, y no deja de llorar -explicó el ama de cría.

– ¿Desde cuándo está así? -quiso saber Santiago.

– Ha pasado una mala noche, pero desde esta mañana no ha dejado de llorar y creo que ahora tiene fiebre.

Santiago y Amelia fueron de inmediato a la habitación de Javier. El niño lloraba desconsoladamente en su cuna y, en efecto, tenía la frente ardiendo.

– Amelia, llama al doctor Martínez, algo le pasa a Javier, o si no, mejor vamos al hospital, allí le atenderán mejor.

Amelia envolvió a Javier en una toquilla, y abrazando al niño se fue con Santiago al hospital.

Todo quedó en un susto. Javier tenía otitis, y el dolor de oídos era la causa de que llorara. Afortunadamente no era nada grave. Pero aquel susto impactó a Amelia, que hasta entonces vivía despreocupada de Javier puesto que Águeda se ocupaba de todo, desde bañarle hasta darle de comer.

– Edurne, no soy una buena madre -me confesó Amelia aquella noche entre sollozos, mientras contemplaba a su hijo en la cuna.

– No digas eso…

– Es la verdad, me doy cuenta de que a veces realmente estoy más preocupada de lo que le pasa a Pablo, el hijo de Lola, que de Javier.

– Es normal, sabes que a tu hijo no le falta de nada, mientras que Pablo, el pobrecillo, carece de todo.

– Pero tiene algo más importante: el amor y la atención continua de su madre. -Era la voz de Santiago.

Nos sobresaltamos. Había entrado tan despacio en el cuarto que no nos habíamos dado cuenta ninguna de las dos.

Amelia miró a Santiago con desesperación. Lo que acababa de decir su marido le había herido profundamente, sobre todo porque ella sentía que él tenía razón.

Salió del cuarto llorando. Santiago se acercó a la cuna de su hijo y se sentó al lado, dispuesto a pasar la noche velándole. Yo me ofrecí a quedarme junto a Águeda cuidando a Javier, pero Santiago no quiso, y nos envió a las dos a dormir.

– Un hijo enfermo necesita a sus padres; además, yo no estaría tranquilo, no podría dormir pensando que el niño llora porque le duelen los oídos.

Yo me fui a dormir, pero al día siguiente supe que Águeda se había levantado a medianoche para estar al lado de Javier. Santiago y ella velaron al pequeño, en silencio, pendientes de su respiración.

Amelia amaneció con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar y aún lloró más cuando se enteró de que su marido y Águeda habían pasado la noche junto a la cuna del niño.

– ¿Te das cuenta, Edurne, como soy una mala madre?

– Vamos, no te culpes…

– Santiago estuvo toda la noche con nuestro hijo, y también Águeda, que no es nada suyo, sólo… sólo es…

Sé que iba a decir que Águeda era sólo una criada, pero no lo hizo consciente de que decirlo sería traicionar sus ideas revolucionarias.

– Águeda es el ama de cría -la consolé yo- y es su obligación atender a Javier.

– No, Edurne, no, no es su obligación velar al niño cuando está enfermo, está su madre. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no soy capaz de dar lo mejor de mí a mi hijo y a mi marido?

Amelia tenía razón. Su comportamiento era extraordinario con los extraños, por los que se desvivía hasta límites insospechados, y sin embargo cada vez prestaba menos atención a Santiago y a su hijo, y eso que Javier estaba en los primeros meses de vida.

No me atreví a preguntarle si seguía queriendo a Santiago, pero en ese momento pensé que Amelia lloraba precisamente por eso, porque no se sentía capaz de querer a su marido ni de sentir la ternura que una madre siente por sus hijos. Pero no la juzgué porque por aquel entonces al igual que ella, yo también estaba imbuida por ideas revolucionarias y creía que lo que nos pasaba a mí o a ella era una minucia al lado de lo que le sucedía al resto de la humanidad, y que lo importante era construir un mundo nuevo como el que Josep nos contaba que se estaba conformando en la Unión Soviética.

– Señora, el niño está mejor. Esta mañana le he dado de mamar y no lo ha rechazado. Ya no vomita y está más tranquilo.

Amelia contemplaba a Águeda acunando a Javier. Era evidente que la mujer quería al pequeño y que había venido a cubrir su desconsuelo por el hijo muerto.

El 16 de febrero el Frente Popular ganó las elecciones, aunque por un margen más que ajustado del previsto respecto a la CEDA y las otras fuerzas de la derecha. Mientras que el PNV, el partido de centro del presidente Alcalá Zamora y la Lliga Catalana obtuvieron el resto de los votos.

Con esos resultados don Manuel Azaña lo tenía difícil para devolver el sosiego que el país necesitaba.

La gente estaba harta de pasarlo mal, de que la explotaran, y en Andalucía y Extremadura los campesinos empezaron a ocupar algunas fincas; también hubo huelgas que pusieron en aprietos al nuevo gobierno, y por si fuera poco, gentes de la recién creada Falange se aplicaron a la tarea de desestabilizar el Frente Popular.

Azaña restableció la autonomía de Cataluña y Lluís Companys volvió a la Presidencia de la Generalitat. Y luego hubo un pulso para echar al presidente Alcalá Zamora… Y los socialistas, bueno, mejor dicho, el sector de Largo Caballero, vetaron a Prieto para que no estuviera en el gobierno… Fue un error… No… no se hicieron las cosas bien, pero eso lo podemos decir ahora que ha pasado el tiempo; en aquel momento lo estábamos viviendo y no teníamos ni un segundo para reflexionar sobre lo que hacíamos, ni mucho menos sobre sus consecuencias. ¿Y sabe una cosa, joven?, no, no lo hicimos bien, nosotros que teníamos los mejores ideales, que representábamos el progreso, que teníamos la razón, nosotros tampoco lo hicimos bien.

– Creo que deberías irte una temporada con el niño a casa de tu abuela -le propuso Santiago a Amelia-. No me gusta cómo están las cosas, y en Biarritz estaríais más tranquilos. ¿Por qué no le pides a tu hermana Antonietta que te acompañe?

– Prefiero quedarme. ¿De qué tienes miedo?

– No tengo miedo, Amelia, pero no me gustan algunas cosas que escucho y preferiría que Javier y tú estuvierais fuera una temporada. Me habías dicho que de pequeña siempre esperabas la llegada de las vacaciones para ir a casa de la abuela Margot.

– Es verdad, pero ahora es distinto, prefiero quedarme, no quiero perderme lo que está pasando.

– Se trata de adelantar un poco las vacaciones, nada más, yo me reuniré con vosotros en cuanto pueda. Estoy preocupado, las cosas no van bien, y a tu padre los negocios tampoco le están saliendo como esperaba. Las importaciones de Estados Unidos son ruinosas, y no podemos seguir apoyándole para que traiga la maquinaria y los repuestos de allí, los gastos son demasiado cuantiosos.

– ¿Vais a dejar los negocios con papá? -preguntó Amelia alarmada.

– No se trata de dejar los negocios, simplemente hay que cerrar esa línea de importación. No es rentable.

– ¡Esto es cosa de tu padre! Sabes bien que mi padre tuvo que cerrar su negocio en Alemania y que por más gestiones que ha hecho los nazis le expropiaron cuanto tenían… y, pese a todo, a tu padre sólo le preocupa el negocio.

– ¡Basta, Amelia! Y deja de acusar a mi padre de todos los males de este mundo. En mi familia te quieren y hemos demostrado nuestro afecto con creces hacia la tuya, pero no podemos seguir perdiendo dinero, porque a nosotros tampoco nos va bien.

– Precisamente ahora que gobierna el Frente Popular y que estoy segura de que se van a arreglar las cosas, vosotros habéis decidido abandonar a mi padre…

– No, Amelia, el Frente Popular desgraciadamente no parece que pueda afrontar lo que está pasando. Ya conoces mi admiración por don Manuel Azaña; sé que si dependiera de él… Pero las cosas no son como nos gustarían, y Azaña tiene muchas dificultades que afrontar. Las huelgas nos están desangrando…

– ¡Los obreros tienen razón! -protestó Amelia.

– En algunas cosas tienen razón, pero en otras… En todo caso, no se puede arreglar en unos meses lo que no se ha resuelto en siglos, y eso es lo que está pasando, que la impaciencia de los unos y el boicot de los otros al Frente Popular nos están llevando a una situación imposible.

– ¡Tú siempre tan ecuánime! -respondió Amelia con ira.

– Trato de ver las cosas como son, con realismo. -En el tono de Santiago se notaba el cansancio por las continuas discusiones con Amelia.

– Mi sitio está aquí, Santiago, con mi familia.

– ¿De verdad te quieres quedar por nosotros?

– ¿Qué insinúas?

– Que pasas más tiempo con tus amigos comunistas que en casa… Desde que conociste a Josep has cambiado. Si de verdad te importáramos, si pensaras tan sólo en Javier, entonces aceptarías marcharte una temporada con tu abuela Margot.

– ¡Cómo te atreves a decirme que no me importa mi hijo!

– Me atrevo porque resulta que Águeda pasa más tiempo con él que tú.

– ¡Es su ama de cría! ¿Crees que le quiero menos por asistir a reuniones políticas? A lo que aspiro es a ayudar a construir un nuevo mundo en el que Javier no tenga que sufrir ninguna injusticia. ¿Eso te parece tan malo como para recriminármelo?

Aquellas discusiones agotaban tanto a Amelia como a Santiago, y les estaba separando. Tengo que reconocer que Santiago se llevaba la peor parte, porque sufría por la situación en que vivían; mientras que Amelia, a través de la política, estaba viviendo su propia historia, su marido hacía lo imposible por salvar su matrimonio.

Los enfrentamientos eran cada vez más frecuentes, y tanto los Garayoa como los Carranza eran conscientes del deterioro de la relación entre sus hijos.

Doña Teresa reprendía a Amelia diciéndole que no se estaba comportando como una buena esposa, pero Amelia calificaba a su madre de «anticuada» y de no entender que el mundo estaba cambiando y las mujeres no tenían por qué ser sumisas.

Los Carranza, tanto don Manuel como doña Elena, procuraban no intervenir en las desavenencias del matrimonio, pero sufrían al ver a su hijo preocupado.

Una de las cada vez más escasas ocasiones en que las dos familias se reunían a cenar fue el 7 de marzo. Lo recuerdo porque Don Juan llegó tarde y Amelia estaba impaciente por tener que retrasar la hora de comenzar a cenar.

Cuando por fin llegó, traía una noticia que parecía haberle conmocionado especialmente.

– Alemania ha invadido Renania -explicó con voz cansada.

– Sí, lo hemos escuchado por la radio -respondió don Manuel.

– He intentado hablar con Helmut Keller durante todo el día y al final lo he conseguido… El pobre hombre está desesperado y avergonzado por lo que está pasando. Ya saben que Helmut es un hombre sensato, una buena persona…

Don Juan hablaba atropelladamente. Como su fortuna se había torcido el día que Hitler llegó al poder, desde entonces seguía los acontecimientos de Alemania con tanta pasión como si de su país se tratara. También seguía empeñado en sacar de Alemania al señor Itzhak, pero éste insistía en que era su tierra y por nada del mundo dejaría su patria.

– Hitler ha violado el Tratado de Versalles -afirmó Santiago.

– Y el de Locarno -apuntó don Manuel.

– Pero ¿qué le puede importar a él violar tratados internacionales? Algún día las potencias europeas se arrepentirán de no haberle parado los pies -se quejó Don Juan.

Al día siguiente de aquella cena, el día 8, Santiago volvió a marcharse de viaje sin avisar. Tardó varios días en regresar, al parecer había ido a Barcelona a reunirse con los socios catalanes.

Amelia montó en cólera, y al segundo día de estar ausente su marido decidió que ya nada la obligaba a guardar ningún tipo de convención social.

– Si él puede ir y venir cuando le viene en gana, yo haré lo mismo. Así que prepárate, Edurne, porque esta noche nos acercaremos a casa de Lola, hay una reunión y asistirán algunos amigos de Josep.

Estuve tentada de decirle que no debíamos ir, que Santiago se enfadaría, pero me callé. Santiago no estaba, y cuando se enterara, habrían pasado unos cuantos días.

Amelia fue a la habitación de Javier a darle un beso antes de que nos fuéramos.

– Cuídale bien, Águeda, es mi mayor tesoro.

– Estése tranquila, señora, ya sabe que conmigo está bien.

– Sí, lo sé, le cuidas mejor que yo.

– ¡No diga eso! Sólo que procuro darle todo lo que necesita.

Águeda tenía razón: le daba a Javier todo lo que necesitaba, sobre todo el cariño y la presencia que Amelia le escatimaba. No crea que la juzgo, ella hacía lo que creía mejor. Estábamos convencidas de que teníamos que aportar nuestro grano de arena para que el mundo fuera mejor. Éramos muy jóvenes, muy inexpertas, y estábamos convencidas de la bondad de nuestras ideas.

Aquella noche había más gente de lo habitual en casa de Lola. Y allí estaba él, Pierre.

No contábamos que estuviera Josep, porque se había marchado quince días antes, pero al parecer su jefe había tenido que viajar con urgencia a Madrid.

– Pasad, pasad… Ven, Amelia, quiero presentarte a Pierre -dijo Josep, que siempre se mostraba especialmente deferente con Amelia.

Pierre debía de tener unos treinta y cinco años por aquel entonces. No era muy alto, pero tenía el cabello de color oro viejo y unos ojos grises acerados que cuando te miraban parecían poder leer hasta los pensamientos más ocultos.

Josep nos lo presentó como un camarada medio francés, de profesión librero y de visita en Madrid por asuntos de trabajo.

Mentiría si no reconociera que tanto Amelia como Pierre parecieron sentir una atracción inmediata el uno por el otro.

Aunque aquella noche Pierre era requerido para que explicara la situación en la Unión Soviética y, sobre todo, por qué los intelectuales europeos cada vez apoyaban en mayor número la revolución de Octubre, él no dejaba de buscar la mirada de Amelia, quien le escuchaba en silencio, fascinada.

– ¿Por qué no vienes conmigo a París? -le propuso en un aparte.

– ¿A París? ¿A qué? -respondió Amelia con cierta ingenuidad.

– La revolución necesita mujeres como tú, hay mucho trabajo que hacer. Creo que podrías ayudarme, trabajar conmigo. Me ha dicho Lola que hablas francés, y hasta un poco de inglés y de alemán, ¿es verdad?

– Sí… mi abuela paterna es francesa, y mi padre antes tenía negocios en Alemania, mi mejor amiga es alemana; el inglés lo aprendí con mi niñera, aunque no lo hablo muy bien…

– Te reitero la invitación, aunque en realidad es una oferta de trabajo. Podrías serme de mucha utilidad.

– Yo… yo no sé en qué.

Pierre la miró fijamente, y aquella mirada estaba cargada de palabras que sólo ella podía interpretar.

– Me gustaría que vinieras conmigo no sólo por trabajo, piénsalo.

Amelia se sonrojó y bajó la mirada. Así, tan directamente nunca un hombre le había hecho una proposición. Como yo estaba cerca, al acecho por si me necesitaba, y había escuchado la invitación de Pierre, me acerqué de inmediato.

– Es tarde Amelia, deberíamos irnos.

– Sí, tienes razón, se ha hecho muy tarde.

– ¿Tienes que irte ya? -quiso saber Pierre.

– Sí- murmuró ella, pero sin moverse. Era evidente que no tenía ningunas ganas de que nos fuéramos.

– ¿Pensarás lo que te he dicho? -insistió Pierre.

– ¿Ir a París contigo?

– Sí, estaré en Madrid unos días, pero no muchos, y no sé cuándo podré regresar.

– No. No puedo ir a París, ya nos veremos en otra ocasión -dijo Amelia con un suspiro.

– ¿Qué te impide venir conmigo?

– Tiene un marido y un hijo -respondí yo, aunque me arrepentí de inmediato de haber hablado sobre todo por la mirada de rabia que Amelia me dirigió en aquel momento.

– Sí, ya sé que está casada y que tiene un hijo. ¿Quién no lo está? -respondió Pierre con tranquilidad.

– No, no puedo ir. Gracias por la invitación.

Salimos de casa de Lola en silencio. Amelia estaba enfada por mi interrupción, y yo temía que eso provocara, más que su enfado, una pérdida de confianza.

No hablamos hasta llegar a casa. Me iba a retirar a mi habitación cuando me agarró del brazo y me dijo muy bajito:

– Si alguien debe saber algo de mí, seré yo quien se lo diga. Tenlo en cuenta para la próxima vez.

– Perdona, yo… no era mi intención entrometerme…

– Pero lo has hecho.

Se dio media vuelta y me dejó allí, plantada en el vestíbulo, hecha un mar de lágrimas. Era la primera vez que se enfadaba conmigo desde que nos conocimos, la primera vez que no la sentí una amiga, sino una extraña.

A la mañana siguiente Amelia se levantó tarde. La doncella nos dijo que había pedido que no la molestaran, y aunque yo tenía el privilegio de poder entrar en su habitación, no me atreví a hacerlo después del incidente de la noche anterior.

No vi a Amelia hasta mediodía; parecía tener fiebre y se quejaba de dolor de cabeza. Su madre, que había acudido a almorzar con ella y a visitar a su nieto, achacó esta indisposición al disgusto que tenía su hija por la ausencia de Santiago; pero yo intuía que el marido no era la causa de su situación febril sino la irrupción de Pierre en su vida, en nuestras vidas, porque nos cambió la existencia a ambas.

Antonietta llegó hacia las seis a buscar a su madre, y Amelia se despidió de ellas aliviada, porque aquella tarde no parecían distraerla ni su madre ni su hermana.

A eso de las siete Lola se presentó en casa. Nada más verla supe que venía enviada por Pierre, porque me pidió ver a Amelia a solas. No sé de qué hablaron, pero es fácil de suponer, porque media hora más tarde Amelia me llamó para decirme que salía a una reunión política con Lola pero que no quería que la acompañara. Protesté. Santiago no quería que saliera sin mí, pero sobre todo me dolía sentirme excluida.

Amelia fue a la habitación de Javier. El niño estaba en brazos de Águeda, y ésta le cantaba. Sonreía y alzaba sus manitas hacia el rostro del ama. Amelia besó a su hijo y salió deprisa, seguida por Lola.

Me quedé sentada en el vestíbulo esperando a que regresara, lo que no hizo hasta pasada la medianoche. Llegó con el rostro enrojecido, sudorosa, y parecía temblar. Le contrarió verme allí, y me mandó que me fuera a la cama.

– Amelia, quiero hablar contigo -le supliqué.

– ¿A estas horas? No, vete a descansar, yo no me encuentro bien y necesito dormir.

– Pero, Amelia, es que estoy preocupada, llevo todo el día con una opresión aquí en el pecho… quiero que me perdones por lo de anoche… yo… yo no quería ofenderte, ni inmiscuirme en tus cosas… sabes que… bueno, que sólo te tengo a ti y si tú no quieres saber nada de mí, no sé qué voy a hacer.

– Pero, Edurne, ¡qué cosas dices! ¿Qué es eso de que sólo me tienes a mí? ¿Y tu madre, y Aitor, y tus abuelos? Vamos, no digas tonterías y vete a descansar.

– Pero ¿me perdonas?

Amelia me abrazó dándome unas palmadas cariñosas; ella siempre fue muy generosa y no soportaba ver a nadie sufrir.

– No tengo nada que perdonarte, lo de anoche fue una bobada, tuve un ataque de malhumor, no le des importancia.

– Es que esta noche te has ido sin mí… y… bueno… es la primera vez que sales sin que te acompañe. Sabes que puedes confiar en mí, que yo nunca diré ni haré nada que te perjudique.

– ¿Y qué habrías de decir? -me preguntó molesta.

– Nada, nada, de ti sólo puedo decir cosas buenas. -Empecé a llorar temiendo haber vuelto a meter la pata.

– ¡Vamos, no llores! Estamos las dos muy sensibles, debe de ser el tiempo y la tensión política; las cosas no van bien, temo por el gobierno del Frente Popular.

– Tu madre está muy preocupada porque los campesinos ocupan tierras en Andalucía y Extremadura -respondí por decir algo.

– Mi madre es muy buena, y como ella se porta bien con todo el mundo cree que todo el mundo es igual, pero la gente vive en unas condiciones terribles… Además, no se trata de hacer caridad sino justicia.

– ¿Te vas a ir?

No sé por qué le hice esa pregunta, aún hoy sigo preguntándomelo. Amelia se puso seria y noté el temblor de sus manos y cómo intentaba no perder el control.

– ¿Adonde crees que me voy a ir?

– No lo sé… ayer Pierre te pidió que lo acompañaras a París… A lo mejor has decidido ir a trabajar allí…

– Y si lo hiciera, ¿qué pensarías?

– ¿Podría acompañarte?

– No, no podrías. Si me voy tiene que ser sola.

– Entonces no quiero que te vayas.

– ¡Qué egoísta!

Sí, tenía razón, era egoísta, pensaba en mí, en qué sería de mí si ella se iba. Bajé la cabeza, avergonzada.

– Si queremos que triunfe la revolución en todo el mundo no podemos pensar en nosotros, debemos ofrecernos en sacrificio.

– Pero tú no eres comunista -acerté a balbucear.

– ¿Se puede ser otra cosa?

– Siempre has simpatizado con los socialistas…

– Edurne, yo era tan ignorante como tú, pero he ido abriendo los ojos, dándome cuenta de las cosas, y admiró la revolución, creo que Stalin es una bendición para Rusia y yo quiero lo mismo para España, para el resto del mundo. Sabemos que es posible hacerlo, lo han hecho en Rusia, pero hay muchos intereses en juego, los de quienes no quieren ceder nada, los que defienden sus viejos privilegios… No será fácil, pero podemos hacerlo. Ahora, gracias a las izquierdas, a las mujeres nos consideran, antes no valíamos nada, pero aún no es suficiente, debemos luchar para conseguir la verdadera igualdad. En Rusia ya no hay diferencias entre hombres y mujeres, todos son iguales.

Le brillaban los ojos. Parecía haber caído en éxtasis mientras me hablaba de Stalin y de la revolución, y supe que era cuestión de tiempo, de días, de horas, que Amelia se fuera, pero al mismo tiempo intentaba convencerme de que no era posible, de que no se atrevería a dejar a Santiago y abandonar a su hijo.

5

Durante varios días Amelia continuó reuniéndose con Pierre en casa de Lola. Me dejaba acompañarla, pero en ocasiones, cuando llegábamos a la casa, me enviaba a hacer algún recado para quedarse a solas con él.

Los padres de Santiago fueron una tarde a ver a su nieto y decidieron esperar a que llegara Amelia. Como tardábamos, y eran más de las diez, Águeda y las otras criadas no tuvieron más remedio que confesar que a veces llegábamos pasada la medianoche.

Don Manuel y doña Blanca se fueron escandalizados, y Águeda nos contó que doña Blanca le iba diciendo a su marido que tenían que hablar con Santiago en cuanto éste regresara, antes de que su matrimonio se fuera a pique.

Mientras tanto, don Manuel decidió hablar con el padre de Amelia, y le instó a que metiera a su hija en cintura.

Don Juan y doña Teresa enviaron un recado a Amelia para que no saliera de casa porque irían a visitarla.

– ¿Por qué se meterán en mi vida? -se lamentaba Amelia-. ¡No soy una niña!

– Son tus padres y te quieren -intenté calmarla.

– ¡Pues que me dejen en paz! La culpa es de mis suegros, que lo lían todo. ¿Por qué se presentan a ver a Javier sin avisar?

– Te llamó doña Blanca -le recordé.

– Bueno, da lo mismo, son unos entrometidos, no sólo no ayudan a mi padre sino que además le piden que hable conmigo. ¡Pero quién se han creído que son!

Don Juan y doña Teresa acudieron a merendar, y mientras doña Teresa se entretenía con el pequeño Javier, don Juan aprovechó para hablar con Amelia.

– Hija, los padres de Santiago están preocupados y bueno… nosotros también. No quiero entrometerme en tus asuntos, pero comprenderás que no está bien que entres y salgas de casa como si no tuvieses ninguna obligación. Eres madre de familia, Amelia, y eso implica que no puedes hacer lo que te venga en gana, que tienes que pensar en tu marido y en tu hijo. Entiende que con tus salidas nocturnas dejas a Santiago en evidencia.

– ¿Y cómo me deja Santiago a mí con sus desapariciones? Hace diez días que se marchó y no sé dónde está. ¿Es que él no tiene obligaciones para conmigo y su hijo? ¿Es que por ser hombre todo le está permitido?

– Amelia, ya sabes que Santiago tiene esa costumbre de irse de viaje de improviso, también su madre se lo recrimina. Pero, hija, te guste o no, no es lo mismo; él es un hombre y no pone en juego ni su reputación ni la tuya.

– Papá, sé que no puedes entenderlo, pero el mundo está cambiando, y las mujeres conseguiremos los mismos derechos que los hombres. No es justo que vosotros podáis entrar y salir de casa sin dar explicaciones y nosotras estemos sujetas a la maledicencia.

– Aunque no sea justo, es así, y hasta que las cosas no cambien tú deberías ser prudente, por respeto a tu marido, a tu hijo y a nosotros. Sí, hija, tu comportamiento también nos perjudica a nosotros.

– ¿En qué puedo dañaros yo por ir a una reunión política?

– Creo que te estás implicando demasiado y, además, con los comunistas. Nosotros siempre hemos defendido la justicia pero no compartimos las ideas de los comunistas, y tú, hija, no sabes dónde te estás metiendo.

– ¡No soy una niña!

– Sí, Amelia, sí lo eres. Aunque te hayas casado y tengas un hijo, aún no has cumplido los diecinueve años. No creas que ya lo sabes todo y no te confíes tanto a los demás, eres un poco ingenua, como corresponde a tu edad, y yo creo que esa tal Lola te utiliza.

– ¡Es mi mejor amiga!

– Sí, no dudo que tú seas amiga de ella, pero ¿de verdad crees que ella te considera su mejor amiga? ¿Qué pasa con tu prima Laura? Antes erais inseparables y ahora apenas encuentras tiempo para verla. ¿Por qué?

– Laura tiene novio.

– Lo sé, pero eso no quita para que hayas dejado de ir a casa de los tíos y estar con tus primas como siempre has estado; ni siquiera vienes a casa a ver a tu hermana Antonietta, y ella cuando viene a visitarte nunca te encuentra. Me duele tener que decirte esto, pero creo que no estás siendo una buena madre, antepones la política a tu hijo, y eso, Amelia, no lo hace ninguna mujer de bien.

Amelia rompió a llorar. Las últimas palabras de su padre la habían herido profundamente. Tenía mala conciencia por no ser capaz de darle a su hijo lo que sí daba a su actividad política.

– ¡Vamos, no llores! Sé que quieres a Javier, pero tu hijo pasa más tiempo con Águeda que contigo, y eso no está bien.

Los sollozos de Amelia se hicieron más intensos porque sabía mejor que nadie que no era una buena madre y se dolía por ello aunque se veía incapaz de rectificar.

En ocasiones entraba en el cuarto de Javier, lo sacaba de la cuna y lo besaba y apretaba contra su pecho como si quisiera transmitirle lo mucho que le quería, pero sólo conseguía que el pequeño se asustara y se pusiera a llorar, la sentía como a una extraña, y alzaba las manitas buscando a Águeda.

Doña Teresa también hizo un aparte con su hija y repitió los argumentos de su marido, pero no consiguió mucho más que él, tan sólo que Amelia se sintiera culpable y no dejara de llorar. Cuando se iban, escuché cómo doña Teresa le decía a su marido: «Creo que Amelia está enferma, parece que la han embrujado… Esa Lola es un mal bicho, nos ha quitado a nuestra hija».

Dos días más tarde, Amelia envió recado a su prima para que fuera a verla, y Laura no se hizo de rogar y acudió de inmediato a visitarla. Las dos primas se seguían queriendo y confiando la una en la otra.

Yo estaba cosiendo ropa, sentada junto al balcón, y como no me pidieron que me fuera, fui testigo de su conversación.

– ¿Qué está pasando, prima? -preguntaba Laura.

– Estoy desesperada y no sé qué hacer… Necesito tu consejo, eres la única que me puede entender.

– Pero ¿qué sucede? -Laura estaba alarmada, sobre todo al ver a Amelia más delgada y en ese estado febril en el que se encontraba.

– Me he enamorado de otro hombre. ¡Soy muy desgraciada!

– ¡Dios mío! Pero cómo es posible… Santiago te adora y tú… bueno, yo creía que estabas enamorada de tu marido.

– Creía estarlo, pero no es así, es el primer hombre que conocí, que no me trató como una niña, y además… Bueno, tú ya lo sabes porque te lo confesé, Santiago me gustaba pero también quería ayudar a papá, el pobre no se ha recuperado de la pérdida del negocio en Alemania.

– Lo sé, lo sé… pero me dijiste que le querías, que te casabas con Santiago por ayudar a tu padre pero que también le querías.

A Laura le angustiaba descubrir de repente que su prima no quería a su marido; ella simpatizaba con Santiago, en realidad era muy difícil no sentir afecto por él. Santiago era todo un caballero, siempre atento y galante, educado, y además tan guapo…

– No sé qué voy a hacer, pero tengo que decidirme.

– ¿Decidirte?

– Sí, Laura, el hombre al que quiero me ha pedido que me vaya con él. No sabe que estoy enamorada, sólo me pide ayuda para nuestra causa, para que triunfe el comunismo, y creo que puedo servirle de ayuda… yo, que no soy nadie… pero él cree en mí…

– ¿Y él te quiere?

– No me lo ha dicho, pero… yo sé que sí… lo noto por cómo me mira, porque se estremece lo mismo que yo cuando nos rozamos, lo leo en sus ojos… Pero es un caballero, no creas que ha intentado propasarse conmigo, todo lo contrario.

– Si fuera un caballero no te pediría que dejaras a tu familia para ir a hacer la revolución -protestó Laura.

– Tú no lo entiendes, prima. Ser comunista es… es… es como una religión… no se puede conseguir el paraíso sin sacrificios, y quienes creemos no tenemos derecho a anteponer nuestros intereses personales a los de la humanidad.

– ¡Por Dios, Amelia, qué cosas dices! Mira, la caridad empieza por uno mismo…

– ¡Pero no se trata de caridad, sino de justicia! Todas las manos son pocas para ayudar a la revolución, debemos conseguir que el mundo sea la patria de los trabajadores, seguir el ejemplo de Rusia.

– Sabes que en casa no gustan las derechas y que mis padres como los tuyos son de Azaña, que trabaja porque el país sea mejor, pero el comunismo… Le pedí a papá que me explicara bien todo lo que él sabe sobre los comunistas y la verdad, Amelia, yo no estoy segura de que sea tan buena la revolución.

– ¡Pero qué dices! Eso es porque no ven todo lo bueno que nos puede traer el comunismo. Mira lo que está pasando en Alemania con Hitler.

– Pero ni una cosa ni la otra, ¡siempre has sido un poco exagerada, prima! Pero bueno, cuéntame quién es él.

– Se llama Pierre, es francés, sus padres tienen una librería cerca de Saint- Germain, y él les ayuda, y además escribe en algunas publicaciones de izquierdas. Está muy comprometido con el comunismo y viene de vez en cuando a Madrid a ver a los camaradas, a saber cómo están las cosas, a evaluar la situación. También viaja por otros lugares, y además aprovecha para comprar libros para la librería de su padre, ediciones especiales, alguna joya bibliográfica… Pero sobre todo es comunista.

– Sí, ya me lo has dicho, es comunista. ¿Y qué quiere de ti?

– Que le ayude, que viaje con él a visitar a camaradas de otros países, conocer sus dificultades, sus necesidades, elaborar informes para la Internacional Comunista, trabajar para llevar la revolución a todas partes…

– ¿Y para eso tienes que dejar a tu marido y a tu hijo?

– ¡No me lo digas así! No soportaría que tú también me lo reprocharas, que no me entendieras. Estoy enamorada, no sabes cuánto. Sólo cuento los minutos para estar con Pierre.

– ¡Amelia, no puedes abandonar a tu hijo!

Cada vez que le mencionaban a Javier, Amelia se ponía a llorar. Pero aquella tarde había escuchado lo suficiente para saber que a pesar de las lágrimas, Amelia ya había decidido abandonar su casa, a Santiago y a su hijo, y marcharse con Pierre. Aquella fiebre que parecía que no la abandonaba nada tenía que ver con la gripe sino con la pasión que sentía por aquel hombre. Su suerte estaba echada y la mía también.

Aunque Laura le pidió que recapacitara, le juró a su prima que, hiciera lo que hiciese, siempre podría contar con ella. Amelia se sintió más tranquila al saber que su prima nunca le volvería la espalda.

– ¿Está casado? -quiso saber Laura.

Amelia se sobresaltó. No había considerado la posibilidad de que Pierre estuviera casado. Ella no se lo había preguntado y él nada le había dicho al respecto.

– No lo sé -respondió Amelia, apenas con un murmullo.

– Deberías preguntárselo, aunque, por tu bien, espero que no lo esté. ¿Sabes? Siempre he temido que terminaras enamorándote de Josep y eso diera al traste tu amistad con Lola.

Amelia bajó la cabeza, avergonzada. Laura la conocía bien y por tanto se había dado cuenta de que en algún momento también se había sentido atraída por Josep.

– Admiro a Josep, pero no me he enamorado de él.

– Creo que sientes una atracción especial por los comunistas. No sé qué cuentan, pero a mí no puedes engañarme, te fascinan.

– A ti nunca te engañaría, y sí, tienes razón, siento atracción por esos hombres, los veo tan fuertes, tan seguros, tan convencidos de lo que hay que hacer, dispuestos a cualquier sacrificio… No sé cómo no sientes lo mismo…

– Bueno, no he conocido ninguno que me haya impresionado, bien es verdad que los que conozco son… bueno… la verdad, no me veo enamorándome del mecánico que arregla el coche a papá. ¿Qué tengo yo que ver con él?

– ¿Te crees mejor que los obreros? -preguntó Amelia.

– Ni mejor ni peor, sólo que no tengo ningún interés en común. No me engaño, Amelia. Yo también quiero que el mundo sea más justo, pero eso no significa que tenga que casarme con el mecánico. Naturalmente que quiero que él viva bien, que no le falte de nada, pero…

– Pero él en su casa y tú en la tuya, ¿no?

– Sí, más o menos.

– Algún día desaparecerán las clases sociales, todos seremos iguales, nadie ganará más por el hecho de haber estudiado, de haber tenido una familia burguesa, porque haremos desaparecer a la burguesía, a todos aquellos que nos diferencian.

– Pues tú eres tan burguesa como yo.

– Pero yo me he dado cuenta de que es una perversidad que haya clases sociales, y quiero renunciar a todos nuestros privilegios, no veo justo que haya quienes tengamos más oportunidades que otros, me parece injusto que no seamos todos iguales.

– Lo siento, Amelia, no puedo compartir tus ideas. Claro que creo que todos merecemos las mismas oportunidades, pero, ¿sabes?, desgraciadamente los hombres nunca serán iguales.

– Eso ha sido así hasta ahora. Stalin ha demostrado que es posible una sociedad igual para todos.

– Bueno, bueno, no discutamos de política y llévame al cuarto de Javier, que quiero darle un beso antes de marcharme.

Por la noche Amelia fue a casa de Lola, o eso me dijo, porque no permitió que la acompañase. Me aseguró que Pierre acudiría a buscarla a la esquina de casa y que no andaría sola por la calle. No regresó hasta bien entrada la madrugada. No sé qué sucedió aquella noche, pero cuando llegó a casa no era la misma.

Pasó la mañana muy agitada, y se puso de malhumor cuando su madre le mandó el aviso de que iría a almorzar con Antonietta para pasar un rato con Javier.

Durante el almuerzo estuvo distraída, y a eso de las cinco rogó a su madre y a su hermana que se marcharan alegando que tenía que ir a hacer una visita. Me sorprendió que de repente las abrazara con efusión y reprimiendo las lágrimas.

Cuando doña Teresa y Antonietta se fueron, Amelia se encerró durante media hora en su habitación. Luego salió y se dirigió al cuarto de Javier. El pequeño dormía mientras Águeda, a su lado, hacía una labor de ganchillo.

Amelia cogió al niño en brazos despertándole, y se puso a llorar mientras le besaba susurrando «mi niño, mi niño querido, perdóname, hijo mío, perdóname».

Águeda y yo la observábamos en silencio, desconcertadas.

– Cuida bien a Javier, es mi tesoro más preciado -le dijo Amelia a Águeda.

– Sí, señora, sabe que le quiero como si de mi hijo se tratara.

– Cuídale, mímale.

Dejó el cuarto y yo la seguí sabiendo que iba a pasar algo. Amelia entró en su habitación y salió con una maleta, apenas podía con ella.

– ¿Adónde vas? -le pregunté temblando, aunque sabía la respuesta.

– Me marcho con Pierre.

– Pero, Amelia, ¡no lo hagas! -Empecé a llorar mientras le suplicaba.

– ¡Calla, calla!, o se enterará toda la casa. Tú eres comunista como yo y puedes entender el paso que voy a dar. Me voy donde me pueden necesitar.

– ¡Déjame que te acompañe!

– No, Pierre no quiere, tengo que ir sola.

– ¿Y qué será de mí?

– Mi marido es bueno y dejará que te quedes. Ten, toma, tenía algo de dinero reservado para ti.

Amelia me puso en la mano un fajo de billetes que yo me resistí a coger.

– Edurne, no te preocupes, no te pasará nada, Santiago cuidará de ti. Además, siempre puedes contar con mi prima Laura. Ten, quiero que le lleves esta carta. Le explico adonde marcho y lo que voy a hacer, y le pido que cuide de ti, pero no se la des a nadie que no sea ella, prométemelo.

– ¿Y qué diré cuando vean que no regresas? Me preguntarán a mí…

– Di que salí a hacer una visita y te dije que llegaría tarde.

– Pero tu marido querrá saber la verdad…

– Santiago sigue de viaje y cuando regrese dile que hable con mi prima Laura, ella le explicará. En la carta que te he dado para Laura le pido que sea ella quien anuncie a la familia que me he ido para siempre.

Nos abrazamos llorando hasta que Amelia se separó, y sin darme tiempo a decir nada, abrió la puerta y salió cerrándola suavemente.

No volvería a verla en mucho, mucho tiempo.»Edurne suspiró. Estaba fatigada. Durante tres largas horas había hablado sin darse un respiro. Yo había permanecido sin moverme, atento a una historia que, a medida que avanzaba, me iba interesando más y más.

Estaba sorprendido, mucho de lo que había escuchado me parecía inaudito. Pero allí estaba aquella anciana, con la mirada perdida en algún lugar donde habitaban sus recuerdos, y en el rostro una mueca de dolor.

Sí, a Edurne aún le dolía recordar aquellos días que cambiaron su vida, aunque no me había explicado qué había sido de ella después.

Me di cuenta de que no podía forzarla a hablar mucho más, estaba demasiado agotada física y emocionalmente para insistir en que me aclarara algunos aspectos de su relato.

– ¿Quiere que la acompañe a algún sitio? -dije por decir algo.

– No, no hace falta.

– Me gustaría ser útil…

Me clavó su mirada cansada al tiempo que negaba con la cabeza. Quería que la dejara en paz, que no la obligara a seguir exprimiendo aquella memoria donde habitaban los fantasmas de su juventud.

– Iré a decir que hemos terminado. No sabe lo mucho que le agradezco todo lo que me ha contado, me ha sido usted de una gran ayuda. Ahora sé mejor quién era Amelia, mi bisabuela.

– ¿De verdad?

La pregunta de Edurne me sorprendió, pero no respondí, sólo acerté a sonreír. Era muy anciana; me di cuenta de que tenía esa cerúlea palidez que precede al último viaje, y me puse a temblar.

– Avisaré a las señoras.

– Le acompaño.

La ayudé a ponerse en pie, y esperé a que se afianzara en el bastón que llevaba en la mano derecha. No imaginaba cómo había sido Edurne en el pasado, pero ahora era una anciana extremadamente delgada y frágil.

Amelia María Garayoa estaba con sus tías. Parecía inquieta, y cuando nos vio entrar saltó del sofá.

– Ya era hora, ¿es que no se ha dado cuenta de que Edurne es muy mayor? Si hubiese sido por mí no le habría permitido quedarse tanto tiempo.

– Lo sé, lo sé…

– ¿Le ha sido provechosa la conversación? -quiso saber doña Laura.

– Sí, realmente estoy sorprendido. Necesito pensar, poner en orden todo lo que Edurne me ha contado… No me podía imaginar que mi bisabuela hubiera sido comunista.

Se quedaron en silencio y me hicieron sentir incómodo, lo que empezaba a ser un hábito en ellas.

Amelia María ayudó a sentarse a Edurne mientras doña Laura me miraba expectante, y la otra anciana, doña Melita, parecía perdida en sus pensamientos. A veces parecía desentenderse de lo que sucedía a su alrededor, como si no le interesara lo que estaba viviendo.

Yo también estaba cansado, pero sabía que para continuar mi investigación tendría que hablar con ellas.

– Bien, ustedes me dijeron que iban a guiar mis pasos. ¿Cuál es el siguiente? Aunque, bien mirado, yo necesitaría hablar con usted, doña Laura, y que me explicara qué ocurrió cuando…

– No, ahora no -me cortó la anciana-, es tarde. Llame mañana, y ya le diré por dónde seguir.

No protesté, sabía que habría sido inútil, sobre todo porque Amelia María me estaba diciendo con la mirada que si insistía me despediría con cajas destempladas.

Cuando llegué a mi casa dudé en si llamar a mi madre para contarle todo lo que había descubierto sobre la bisabuela o, por el contrario, no decir ni media palabra hasta que no tuviera la historia completa. Al final opté por dormir y dejar la decisión para el día siguiente. Me sentía confuso; la historia de mi bisabuela estaba resultando ser más complicada de lo que yo había previsto, y no sabía si terminaría convirtiéndose en un folletín o en cambio aún me podía llevar unas cuantas sorpresas más.

Me quedé dormido pensando en que Amelia Garayoa, aquella misteriosa antepasada mía, había sido una romántica temperamental, una mujer ansiosa de experiencias, constreñida por las imposiciones sociales de su época; un tanto incauta y desde luego con una clara tendencia a la fascinación por el abismo.

Por la mañana llamé a mi madre mientras me tomaba el primer café del día.

– ¡Menudo culebrón el de la bisabuela! -le solté a modo de saludo.

– De modo que ya te has enterado de lo que pasó…

– De todo no, pero de una parte sí, y desde luego era una señora muy peculiar para haber vivido en aquellos años. Vamos, que se puso el mundo por montera.

– Cuéntame…

– No, no te voy a contar nada, prefiero terminar la investigación y escribir la historia tal y como me ha pedido la tía Marta.

– Me parece muy bien que no se lo cuentes a la tía Marta, pero yo soy tu madre y te recuerdo que la primera pista te la di al decirte que fueras a hablar con don Antonio, el cura de nuestra parroquia.

– Ya sé que eres mi madre, y como te conozco, sé que no vas a poder resistir la tentación y se lo vas a contar a tus hermanos, de manera que no te voy a explicar nada.

– ¡No confías en mí!

– Claro que confío en ti, eres la única persona en quien confío, pero para las cosas importantes; como esto no lo es, prefiero no decirte una palabra, al menos por ahora, pero te prometo que serás la primera en conocer toda la historia.

Discutimos un rato pero no tuvo más remedio que aceptar mi decisión. Luego llamé a la tía Marta, más que nada para que no creyera que me estaba gastando su dinero sin trabajar.

– Quiero que vengas al despacho y me informes de cómo va la investigación.

– No voy a contarte nada hasta que no te entregue la historia por escrito tal y como me pediste. Ya te he dicho que he podido encontrar el rastro de mi bisabuela, bueno, de tu abuela, y que por fin la familia se va a enterar de lo que pasó, pero necesito trabajar a mi aire y sin presiones.

– Yo no te presiono, yo te pago para que investigues una historia y por tanto tienes que rendirme cuentas de cómo estoy gastando mi dinero.

– Te aseguro que no he hecho ningún dispendio, y que te daré incluso el tiquet de los taxis, pero por ahora, te pongas como te pongas, no voy a desvelarte nada. Estoy empezando la investigación y sólo quería decirte que he conseguido los primeros frutos; vamos, que estoy sobre la pista de Amelia Garayoa. No creo que tarde demasiado en terminar la investigación, y entonces escribiré el relato y te lo entregaré.

No le dije a mi tía que había conocido a unas primas de la bisabuela y que había cerrado un acuerdo con ellas: su ayuda a cambio de leer el manuscrito y dar su visto bueno antes de entregárselo a mi familia. Ya afrontaría ese problema más adelante.

También me había comprometido con mi madre a que sería la primera en conocer toda la historia de nuestra antepasada, así que, llegado el momento, decidiría quién sería la primera o primeras en enterarse; hasta entonces, lo que necesitaba es que me dejaran tranquilo.

La tía Marta aceptó a regañadientes. Luego volví a llamar a mi madre, porque estaba seguro de que mi tía la iba a llamar presentándole una lista de quejas sobre mí.

PIERRE

1

Durante los siguientes días intenté poner sobre el papel de manera ordenada todo lo que me había contado Edurne. Esperaba que las ancianas Garayoa me telefonearan, puesto que sin ellas difícilmente podía llevar a cabo la investigación.

Se me ocurría que debía intentar buscar a la tal Lola, pero la pobre estaría ya en el otro mundo; en cuanto a Pierre, realmente me intrigaba. «¡Menudo pájaro! -pensé-, hay que echarle mucha cara para birlarle a otro la mujer en nombre de la revolución.»Era difícil que Pierre viviera aún, a no ser que fuera centenario, algo harto improbable, ya que había creído entender a Edurne que cuando Pierre conoció a Amelia le sacaba a ésta unos cuantos años. Ella tenía dieciocho y él pasaba de los treinta; por tanto, las probabilidades de que Pierre estuviera vivo eran nulas.

Cuando por fin me llamó Amelia María Garayoa suspiré aliviado; la verdad es que había llegado a temer que las ancianas se arrepintieran de su oferta y hubieran decidido impedir que continuara mi investigación.

– Mi tía quiere verle -me espetó a modo de saludo.

– ¿Cuál de ellas?

– Mi tía Laura.

– ¿Y su tía Melita?

– Está muy resfriada y no se encuentra bien.

– Oiga, una curiosidad: doña Amelia y doña Laura, ¿son hermanas? Por lo que leí en el diario de mi bisabuela y me contó Edurne, la mejor amiga de Amelia era su prima Laura. Me hago un poco de lío -intentaba resultarle simpático.

– A lo mejor todo esto es demasiado para usted -respondió ella, dejando clara su poca confianza en mí.

– Reconocerá que la existencia de tantas Amelias sorprende a cualquiera -me defendí yo.

– Pues, no, verá, una de las bisabuelas de mis tías abuelas se llamaba Amelia, una mujer al parecer muy guapa y querida por toda la familia; tanto, que sus nietos decidieron que si tenían hijas les pondrían el nombre de su abuela. Y eso es lo que hicieron Juan y Armando Garayoa, poner el nombre de Amelia, el de su abuela, a sus primogénitas.

– ¡Vaya lío!

– Será un lío para usted, para nuestra familia las cosas están muy claras.

– Que yo sepa, algo tengo que ver con su familia…

– Eso está por ver.

– ¡Pero si le enseñé la partida de bautismo de mi abuelo Javier!

– Mire, tengo mis dudas sobre usted; pero es que, además, aunque usted sea nieto del hijo de Amelia Garayoa, ¿a qué viene aparecer de repente con esa estúpida historia de que va a escribir un libro sobre su bisabuela?

– Yo no he dicho que vaya a escribir un libro sino un relato que mi tía Marta encuadernará y lo regalará a toda mi familia en Navidades.

– ¡Conmovedor! -Amelia Garayoa lo dijo en un tono de burla que me fastidió.

– Escuche, entiendo sus reticencias, pero yo he sido sincero desde el primer momento y, además, le guste o no, somos familia.

– ¡Ah no! En eso se equivoca. Usted y yo no somos nada por más que se empeñe en buscar parentescos. ¿No pretenderá que ahora de repente los Garayoa nos reencontremos con los Carranza como si se tratara de un folletín?

– Oiga, en eso tiene razón, porque la verdad es que lo de mi bisabuela huele a folletín… pero no, no tengo la más mínima intención de proponer que celebremos las Navidades juntos.

– Ni se le ocurra la idea de que debamos conocernos las dos familias.

– No es mi intención, bastante tengo con sobrevivir a la mía para tener que soportar a otra familia con usted incluida.

– ¡Es usted un grosero!

– No, no lo soy, simplemente quiero decirle que estoy de acuerdo en que el pasado, pasado está.

– Dejemos esta discusión inútil. Mi tía lo espera mañana a las doce. Sea puntual.

Amelia María Garayoa colgó el teléfono sin despedirse. Realmente le caía mal.

Al día siguiente acudí puntual a la cita con un ramo de rosas de color rosa. El ama de llaves me acompañó a la biblioteca donde me esperaba doña Laura.

Estaba sentada y tenía un libro sobre las rodillas.

– Ya ha llegado… siéntese -me ordenó mientras señalaba un sillón cercano al suyo.

– ¿Cómo está su hermana? -pregunté con un tono de voz preocupado al tiempo que le daba el ramo de rosas-. Le he traído estas flores…

– ¿Mi hermana? -inquirió con un deje de extrañeza.

– Su sobrina Amelia María me dijo ayer que doña Melita estaba resfriada…

– ¡Ah sí! Claro que está resfriada, pero ya se encuentra mejor, desde ayer no tiene fiebre. Somos muy mayores, ¿sabe? Y cualquier cosa nos afecta… y la gripe de este año ha venido muy mala. Pero está mejor. Le diré que ha preguntado usted por ella.

Hizo un gesto para indicar al ama de llaves que se llevara las flores y le pidió que trajera café para los dos.

– Bien, ¿qué opina de lo que le contó Edurne? -me preguntó sin más preámbulos.

– En realidad su prima me parece que era una joven bastante atolondrada, con ansias de convertirse en una heroína -respondí a modo de conclusión.

– Sí, algo de eso hay, pero no sólo eso. Mi prima Amelia siempre fue una chica inteligente, inquieta, sólo que se equivocó de siglo; si hubiera nacido hoy, se habría convertido en una mujer notable, habría podido desarrollar todo su talento, pero en aquella época…

– Eso de largarse con el tal Pierre creyendo que debía sacrificarse por la revolución… en fin, que me parece una excusa pueril. Se fue con él porque se enamoró, y se habría ido igual con revolución o sin ella -concluí ante la mirada de espanto de doña Laura.

– Joven, me parece que usted no ha entendido nada. Juzga con mucha ligereza a Amelia. Puede que usted no sea capaz de entender… que no sea la persona adecuada para escribir su historia…

Estaba claro que había metido la pata. ¡Quién me mandaría soltar de sopetón mi opinión sobre mi bisabuela! Intenté arreglarlo como pude.

– ¡Por favor, no me malinterprete! A veces los periodistas somos así de impulsivos, decimos las cosas a lo bruto, olvidándonos de los matices, pero le aseguro que a la hora de escribir esta historia lo haré con ecuanimidad y cariño, al fin y al cabo fue mi bisabuela.

Temí que me dijera que me marchara, pero no dijo nada. Esperó a que el ama de llaves, que acababa de entrar, nos sirviera el café.

– Bien, usted dijo que tenía unas cuantas preguntas que hacernos. ¿Qué más quiere saber?

– En realidad son ustedes quienes me tienen que decir de qué hilos debo tirar. Reconozco que sin su ayuda sería muy difícil poder desentrañar la historia de mi bisabuela. También me gustaría que me contara qué sucedió cuando regresó Santiago, mi bisabuelo.

– No le compadezca. Santiago fue un hombre de una pieza, que sufrió, sí, por la pérdida de Amelia, pero que supo sobreponerse con enorme dignidad.

– Pues de eso quería que me hablara, al fin y al cabo ustedes eran la familia más cercana de Amelia.

– Bien, le contaré algunos detalles, pero no tome por costumbre que seamos nosotras quienes le demos información; ese no es el trato. Además, hay cosas que aunque quisiéramos no podríamos contarle porque las ignoramos. Aunque, como usted dice, sabemos de qué hilos tirar. Le tengo preparadas un par de entrevistas más.

Me acomodé en el sillón dispuesto a escuchar a doña Laura, que se había quedado en silencio, como si estuviera pensando por dónde comenzar…

«Al día siguiente de la fuga de Amelia, Edurne me trajo la carta que había escrito mi prima. Era un domingo de finales de marzo de 1936 y todos estábamos en casa. La tengo aquí para enseñársela. En ella, Amelia me decía que se había enamorado de Pierre, que no soportaba la idea de que él se marchara y no volver a verlo, que prefería morir antes que perderlo. También me suplicaba que fuera yo quien explicara a sus padres y a Santiago su ausencia; insistía en que la verdadera causa no era Pierre, sino sus ideales revolucionarios. Pedía perdón a todos y me rogaba que hiciera lo posible para evitar que su hijo la odiara; también decía que algún día regresaría en busca de Javier. Y me pedía que cuidara de Edurne, porque temía que Santiago la pudiera despedir.

Se puede imaginar mi estado de conmoción cuando leí aquella carta. Me sentía desolada, perdida, e incluso traicionada, porque Amelia, además de mi prima, era mi mejor amiga. Desde pequeñas habíamos compartido hasta las confidencias más intrascendentes, estábamos más unidas la una a la otra que a nuestras propias hermanas.

Edurne estaba aterrorizada. Pensaba, y no le faltaba razón, que podía quedarse sin trabajo, que tendría que regresar al caserío. Lloraba pidiéndome que la ayudara. Yo me sentía desbordada por la situación, puesto que con dieciocho años, y en aquella época, se puede usted imaginar lo poco que sabíamos del mundo, y mi prima se había fugado delegando en mí una responsabilidad para la que no estaba preparada. Lo primero que hice fue tratar de tranquilizar a Edurne y prometerle que nada le sucedería, y le dije que regresara a casa de Amelia, y si alguien le preguntaba por Amelia tenía que responder que no sabía dónde había ido. Luego fui a ver a mi madre, que en aquel momento estaba con la cocinera dándole instrucciones porque esa noche teníamos invitados.

– Necesito hablar contigo.

– ¿No puedes esperar? No creas que es fácil organizar una cena para doce comensales.

– Mamá, es muy urgente, necesito hablar contigo -insistí.

– ¡Cómo sois las niñas de hoy de impacientes! Los mayores tenemos que dejarlo todo para complaceros. En fin, vete a la salita que ahora voy.

Mi madre tardó aún un buen rato en reunirse conmigo; para cuando lo hizo, yo ya me había mordido todas las uñas.

– ¿Qué pasa, Laura? Espero que no sea ninguna tontería de las tuyas.

– Mamá, Amelia se ha ido.

– ¿Tu hermana? Claro que se ha ido, ha ido a visitar a su amiga Elisa.

– No me refiero a mi hermana Melita sino a mi prima.

– Si no la has encontrado es que habrá salido a casa de sus padres o a visitar a alguien, lo mismo está con esa Lola…

– Se ha ido para siempre.

Mi madre se quedó callada intentando digerir lo que acababa de oír.

– Pero ¿qué dices? ¡Qué tontería es ésa! Ya sé que está enfadada con Santiago por su último viaje… la verdad es que Santiago debería ser más considerado y no marcharse así por las buenas… pero Amelia ya sabe cómo es su marido…

– Mamá, Amelia ha dejado a Santiago.

– ¡Pero qué dices, niña! ¡Basta de tonterías!

Mi madre se había puesto roja del sofoco. Le costaba asimilar lo que le estaba diciendo.

– Se ha marchado porque… porque cree en la revolución, y se va a sacrificar para construir un mundo mejor.

– ¡Dios mío! ¡No puedo creer que Lola le haya lavado el cerebro hasta esos extremos a tu pobre prima! Vamos, dime dónde está, llamaré a tu padre, tenemos que ir a buscarla de inmediato… imagino que se habrá ido a casa de esa Lola.

– Se ha ido a Francia.

– ¿A Francia? ¡Qué estás diciendo! Explícame qué ha pasado, pero ¿cómo puedes decir que Amelia se ha ido a Francia…?

Mi padre entró en la salita alertado por los gritos de mi madre. Se asustó al verla moviéndose de un lado para otro haciendo aspavientos.

– Pero ¿qué pasa? Elena, ¿qué sucede? ¿Te encuentras mal? Espero, Laura, que no le hayas dado ningún disgusto a tu madre, y menos hoy, que tenemos invitados a cenar…

– Papá, Amelia se ha ido a Francia. Ha dejado a Santiago y a su familia aunque algún día volverá a por Javier.

Lo dije todo seguido, sin preámbulos.

Mi padre se quedó mudo, mirándome fijamente, como si no entendiera lo que le estaba diciendo. Mi madre había roto a llorar desconsoladamente.

Les conté la fuga de Amelia a trompicones, intentando no traicionarla, sin nombrar en ningún momento a Pierre.

Mi padre no terminaba de creerse que su sobrina, por atolondrada que fuera, se hubiese ido a Francia a hacer la revolución.

– Pero ¿qué revolución? -insistía mi padre.

– Pues la revolución. Sabes que los comunistas quieren llevar la revolución a todas partes… -respondí sin excesiva convicción.

Durante más de una hora mi padre estuvo preguntándome sin darme tregua, mientras mi madre hablaba y hablaba de la influencia de Lola.

– Tenemos que llamar a Juan y a Teresa. ¡Qué disgusto les vamos a dar! Y tú, Laura, enséñame esa carta que te ha escrito Amelia -me reclamó mi padre.

Les mentí. Juré que, a causa de los nervios, sin darme cuenta la había roto. No podía entregársela puesto que en la carta Amelia contaba toda la verdad, es decir, que se había enamorado de Pierre.

– ¡No te creo! -dijo mi padre reclamando la carta.

– Te aseguro que la he roto sin darme cuenta -protesté llorando.

Mis tíos Juan y Teresa llegaron a mi casa apenas media hora después. Mi padre les había insistido en que era urgente que vinieran. Para él suponía un gran sufrimiento tener que decirle a su hermano que su hija se había escapado.

Mi padre me pidió que les contara cuanto sabía, y yo, entre lágrimas, fui diciendo lo que podía.

Mi tía Teresa se desmayó y mi madre tuvo que atenderla, lo que propició que mi padre, mi tío Juan y yo nos refugiáramos en su despacho, donde ambos me insistieron en que les contara cuanto sabía.

No di mi brazo a torcer, y achaqué a la revolución la causa de la fuga de mi prima Amelia.

– Bien -aceptó mi tío Juan-, entonces iremos a ver a esa Lola, que ha sido la causante de meter en la cabeza de Amelia estas ideas extremistas. Ella sabrá dónde está, no creo que le haya dado tiempo a llegar a Francia; en todo caso, nos tendrá que decir dónde encontrarla. Pero primero iremos a casa de Amelia, hay que procurar no alertar al servicio sobre lo que está sucediendo. Espero que Edurne no diga ni una palabra.

Mientras mi madre atendía a mi tía Teresa, fui con mi padre y mi tío a casa de Amelia. Pero aquél no era nuestro día de suerte y cuando llegamos a casa de Amelia nos encontramos con la sorpresa de que Santiago había regresado del viaje por la mañana.

Santiago estaba hablando con Edurne, o mejor dicho, Santiago hablaba y Edurne lloraba.

El se sorprendió al vernos y yo me puse a temblar. Enfrentarme a mis padres y a mis tíos era una cosa, pero enfrentarme a Santiago…

Mi tío Juan estaba igualmente nervioso. No iba a ser fácil para él decirle a Santiago que su mujer se había marchado.

– ¿Qué sucede? -preguntó Santiago con un tono de voz helado.

– ¿Podemos hablar en privado? -solicitó mi tío Juan.

– Sí, naturalmente. Acompañadme al despacho, y tú, Edurne… luego continuaremos hablando.

Lo seguimos hasta el despacho, yo rezando por lo bajo, pidiéndole a Dios que hiciera un milagro y Amelia apareciera de repente. Pero aquel día Dios no me escuchó.

Santiago nos invitó a sentarnos, pero mi tío Juan estaba tan nervioso que se quedó de pie.

– Siento lo que voy a decirte… estoy desolado… y te aseguro que no lo entiendo, pero…

– Don Juan, cuanto antes me diga a lo que ha venido, mejor -cortó Santiago.

– Sí… desde luego… lamento lo que ha pasado… pero, en fin, no tengo más remedio que informarte de que Amelia ha huido.

Agarré la mano de mi padre como si fuera un refugio, porque el rostro de Santiago reflejaba una ira sin límites.

– ¿Ha huido? ¿Dónde? ¿Por qué? -Santiago intentaba controlarse, pero era evidente que estaba a punto de estallar.

– No lo sabemos… bueno sí… al parecer se ha ido a Francia.

– ¿A Francia? ¡Pero qué locura es ésta! -Santiago había elevado el tono de voz.

– Amelia le ha escrito a Laura para explicárselo -acertó a decir mi padre.

– ¿Ah, sí? Bien, leamos esa carta -y me miró fijamente mientras tendía la mano a la espera de que le entregara la misiva de Amelia.

– No la tengo -musité-, con los nervios la he roto…

– ¡Ya! ¿Y pretendes que me lo crea?

– ¡Es la verdad! -Me di cuenta de que a pesar de mi protesta Santiago siguió sin creerme.

La verdad es que siempre se me ha dado mal mentir.

– ¿Y qué es lo que Amelia te ha autorizado a decirnos? -Santiago seguía haciendo un esfuerzo por contenerse.

– Pues que se ha ido a Francia a colaborar con la revolución, allí están más preparados para ayudar a extender a todas partes la Revolución soviética.

Lo dije de corrido, me había aprendido la lección.

– Laura, ¿con quién se ha ido Amelia? -El tono de voz de Santiago era duro y cortante.

Me mordí el labio hasta hacerme sangre y se me escaparon las lágrimas.

– Responde, hija -me pidió mi padre.

– No lo sé…

– Sí, sí lo sabes. Tú y Edurne sabéis exactamente lo que ha pasado, cuándo y con quién se ha marchado -afirmó Santiago.

Don Juan y mi padre se miraron con espanto, mientras Santiago clavaba sus ojos en los míos hasta hacerme bajar la cabeza, avergonzada.

– Laura, no le haces ningún favor a Amelia ocultándonos la verdad. Tu prima, mal aconsejada, ha cometido un error, pero si nos dices todo lo que sabes aún lo podemos enmendar -insistió mi padre.

– Es que sé que se ha ido a hacer la revolución… -respondí casi sollozando.

– ¡No digas tonterías! -me interrumpió Santiago-. No nos tomes por estúpidos. Mía ha sido la culpa por permitir a Amelia participar en esas reuniones de las Juventudes Socialistas de España a las que la llevaba Lola. Y más aún de haberme hecho hasta gracia que Edurne se tomara su militancia tan en serio. ¿Amelia una revolucionaria? Sí, una revolucionaria acompañada de su criada para que, naturalmente, la señorita no tuviera que molestarse ni en hacerse la cama.

– Amelia no se ha llevado a Edurne -protesté sacando algo de valor.

– No, no se la ha llevado, porque no se lo han permitido. Edurne me ha contado que ella quería acompañarla, pero que Amelia le dijo que no le autorizaban a ir con nadie. Bien, me habéis venido a contar lo que ya sabía, que Amelia se ha ido. Cuando llegué a casa esta mañana pregunté por mi mujer y nadie supo darme razón, y Edurne se puso a llorar cuando le pregunté por ella. Sólo ha alcanzado a decirme la misma tontería que tú, Laura, que Amelia se ha ido a Francia a hacer la revolución.

De pronto Santiago parecía cansado, como si toda la furia que estaba conteniendo se estuviera transformando en resignación.

– Santiago, estamos contigo, dispuestos a ayudarte en lo que sea, pero quiero pedirte que perdones a mi sobrina, es una chiquilla sin ninguna mala intención. -Las palabras de mi padre parecieron revivir la ira en Santiago.

– ¿Ayudarme? ¿En qué pueden ayudarme? No se engañe, don Armando, si Amelia se ha ido es que… es que lo ha hecho con otro hombre.

– ¡No, eso sí que no! -Mi tío Juan se plantó ofendido delante de su yerno-. No permitiré que faltes el respeto a mi hija. Amelia es una niña, sí, ha cometido un error, pero irse con otro hombre, ¡jamás! No quiero reprocharte nada, pero tus viajes sin avisar no han sido precisamente una manera adecuada de cuidar un matrimonio.

Santiago apretó los puños. Creo que si no hubiese sido por su exquisita educación y, sobre todo, porque era un hombre que sabía controlarse, habría golpeado mi tío Juan.

– Quiero creer que Amelia sólo nos habría abandonado a su hijo y a mí por una gran pasión. ¿Abandonar a Javier sólo por la revolución? No, usted no conoce a Amelia. Bien es verdad que nunca se ha comportado como una madre solícita con Javier, pero yo sé que le quiere; en cuanto a mí… también lo creía.

– Hemos pensado en ir a casa de Lola -intervino mi padre-, espero que nos acompañes.

– No, no, don Armando, no les voy a acompañar. No voy a ir a buscarla. Si se ha marchado, ella sabrá por qué y tendrá que asumir las consecuencias.

– ¡Pero es tu esposa! -protestó mi tío Juan.

– Una esposa que me ha abandonado.

– ¡Pero precisamente tú acabas de regresar de un viaje y cuando te fuiste ni siquiera te despediste de ella…!

Santiago se encogió de hombros. Para él era perfectamente natural el ir y venir sin dar explicaciones, como si fuera una prerrogativa por la que no tenía que excusarse.

– Nos gustaría que nos acompañaras a casa de Lola -insistió mi padre.

– Ya le he dicho que no, don Armando. Y tú, Laura…

No me dijo ni una palabra más, pero me hizo sentir como una malvada.

Salimos de casa de Santiago destrozados. No habíamos podido hablar con Edurne, y yo me alegré porque no sé si habríamos podido seguir manteniéndonos firmes en nuestra versión si nos hubieran presionado a ambas.

Les indiqué dónde vivía Lola. Caminamos deprisa hasta la calle Toledo, hasta dar con el piso que Lola compartía con Josep y donde vivía con su hijo Pablo.

Lola ocupaba una buhardilla a la que llegamos a través de una escalera oscura. Yo sólo había estado en aquella casa en una ocasión acompañando a mi prima. En realidad, ni a mí me caía bien Lola ni yo a ella, de manera que solíamos tratarnos con una frialdad que apenaba a Amelia. A ella le hubiera gustado que fuéramos amigas y, sobre todo, poder compartir conmigo sus andanzas con Lola.

No funcionaba el timbre, así que mi tío Juan golpeó la puerta. Nos abrió Pablo, el hijo de Lola. El chiquillo estaba resfriado, y parecía tener fiebre.

– ¿Qué quieren?

– Pablo, estamos buscando a Amelia -acerté a decir antes de que mi tío o mi padre hablaran.

– Pero Amelia se ha ido con Pierre, se fueron anoche en tren -respondió.

Mi tío Juan palideció al escuchar lo que acaba de decir el niño.

– ¿Podemos pasar? -preguntó, al tiempo que lo apartaba y entraba.

Pablo se encogió de hombros mientras me miraba extrañado por la situación.

– Es que no está mi madre, ni tampoco Josep.

– ¿Quién es Josep? -preguntó mi tío Juan.

– Mi padre.

– ¿Y le llamas Josep? -La pregunta de mi tío no pareció sorprender al niño.

– Sí, todos le llaman Josep, aunque a veces también le llamo papá, depende de cómo me dé.

A estas alturas de la conversación ya estábamos en la pequeña estancia que hacía las veces de sala y de dormitorio de Pablo. La buhardilla sólo tenía dos piezas: una era en la que estábamos y la otra, aún más pequeña, donde solían dormir Lola y Pablo cuando no estaba Josep, además de un minúscula cocina iluminada por un tragaluz. Carecían de cuarto de baño; al igual que el resto de los vecinos, tenían que utilizar un retrete situado en el descansillo.

Mi tío Juan buscó con la mirada una silla donde poder sentarse. Mi padre y yo nos quedamos de pie, mientras Pablo se sentaba en otra silla esperando a que le dijéramos qué queríamos.

– Bien, dinos exactamente dónde está Amelia -ordenó mi tío.

– Ya se lo he dicho: en Francia, con Pierre.

– ¿Y quién es Pierre? -insistió mi tío.

– El novio de Amelia… bueno, no sé si es su novio, porque Amelia está casada, pero si no lo es, es algo parecido. Se quieren y Amelia le va a ayudar.

Mi tío Juan empezó a sudar, mientras mi padre, atónito por lo que Pablo decía, decidió sentarse.

– Pablo, no digas esas cosas… Amelia y Pierre son sólo amigos… Amelia le va a ayudar a hacer la revolución -intervine yo mirando angustiada a Pablo, intentando decirle con los ojos que no dijera una palabra más.

– ¡Cállate! -El tono de voz de mi padre me cortó en seco-. Y tú, niño -añadió-, nos vas a decir todo lo que sepas.

Pablo pareció asustarse de repente, y comprendió que había hablado más de la cuenta.

– ¡Yo no sé nada! -alcanzó a decir, angustiado.

– ¡Claro que sabes! Y nos lo vas a decir. -Mi padre se había levantado plantándose delante del niño, que le miraba asustado.

– Cuanto antes nos cuentes lo que sabes, antes nos iremos -lo apremió mi tío Juan.

– ¡Pero si no sé nada! ¡Por favor, Laura, diles que me dejen en paz!

Bajé los ojos avergonzada. No podía hacer ni decir nada, ni mi padre ni mi tío iban a permitirme intervenir para evitar que el niño hablara.

– Mi madre dice que no soy un esclavo, que no tengo que humillarme ante los capitalistas de mierda -dijo Pablo, intentando darse valor a sí mismo.

– Si no nos cuentas lo que sabes, te llevaremos a la comisaría, la policía buscará a tu madre y luego ya veremos lo que pasa -amenazó mi padre.

Pablo, al que cada vez le brillaban más los ojos por la fiebre y el susto, empezó a gimotear.

– Mi madre es una revolucionaria, y ahora no gobiernan los fascistas. -Fue el último intento de Pablo antes de comenzar a hablar.

– Bien, vámonos a la comisaría; por lo que sé, tu madre tiene algunas cuentas pendientes con la policía, y por muy revolucionaria que sea, la ley es la ley para todo el mundo -afirmó mi padre.

Pablo volvió a buscar mi mirada solicitando ayuda, pero yo no podía decirle nada, aunque rezaba para que el niño no diera ninguna pista que pudiera frustrar la fuga de Amelia.

– Amelia vino anoche a casa, la estaba esperando Pierre. Dijeron que iban a coger el tren, que primero irían a Barcelona y luego a Francia.

– ¿A Barcelona? -preguntó mi tío Juan.

– Pierre tiene que ver a unos amigos de mi padre -alcanzó a decir Pablo.

– ¿Dónde vive tu padre? -quiso saber mi tío Juan.

– En una calle del Ensanche.

– ¿Y cuál es el apellido de tu padre? -insistió mi tío.

– Soler.

– Dime, ¿quién es Pierre? -Mi padre hablaba ahora con un tono de voz suave, intentando tranquilizar a Pablo.

– Es un amigo de mis padres, es un revolucionario de París. Trabaja para llevar la revolución a todas partes, y nos está ayudando.

– ¿Es el novio de Amelia? -Mi padre hizo la pregunta sin mirarnos ni al tío Juan ni a mí.

– Sí- musitó Pablo-, ayer cuando Amelia llegó se besaron.

Ella lloraba mucho, pero él le prometió que nunca tendría que arrepentirse por irse con él. Pierre la besaba todo el rato, y Amelia también a él. Se besaban como se besan mis padres… y Amelia le dijo que le seguiría hasta la muerte.

Empecé a toser. La mía era una tos nerviosa, lo único que quería es que Pablo se callara, que no dijera una palabra más, que mi padre y mi pobre tío Juan no siguieran oyendo aquellas cosas.

Mi tío Juan estaba pálido y con el cuerpo tan rígido que parecía un cadáver. Escuchaba a Pablo con los ojos muy abiertos, y en ellos no sólo había sufrimiento, también vergüenza y estupor. ¿Cómo podía imaginar a Amelia besándose con un hombre que no fuera su marido? ¿Era posible que ella se comprometiera con otro hombre hasta la muerte? Parecía como si lo que estuviera escuchando no fuera posible, que se tratara de una extraña, no de su propia hija. De repente parecía darse cuenta de que no la conocía, de que la mujer de la que le hablaban nada tenía que ver con su primogénita, con su hija del alma.

Mi padre se acercó a mi tío invitándole a marcharnos. A duras penas mi tío Juan se puso en pie. Parecía un autómata. Mi padre lo cogió del brazo, ayudándole a dirigirse hacia la puerta. Salieron sin despedirse de Pablo.

– Mañana me voy a Barcelona -me dijo el niño a modo de despedida.

– ¿A Barcelona? ¿Y verás a Amelia? -pregunté en voz baja.

– No lo sé, pero mi madre dice que vamos a vivir con mi padre. Está muy contenta. A mí me da pena irme de Madrid, aunque aquí no tenemos a nadie. Bueno, a mi abuela, pero mi madre no se lleva bien con ella.

– Si ves a Amelia dile… dile… dile que sea muy feliz y que la quiero mucho.

Pablo asintió sin decir palabra, y yo salí deprisa, para alcanzar a mi padre y a mi tío Juan.

De regreso a mi casa, mi tía Teresa continuaba llorando. Mi madre le había dado dos tilas y un vasito de agua del Carmen, pero no le habían hecho ningún efecto. Mi madre había llamado a mi prima Antonietta, que estaba sentada, muy seria, sin decir palabra.

– ¿La habéis encontrado? -preguntó impaciente mi madre.

Mi padre le contó sin mucho detalle que habíamos estado con Santiago y luego en casa de Lola, y que al parecer Amelia se había ido a Barcelona aunque su destino final era Francia.

Mi tía Teresa lloró con más fuerza y desconsuelo al escuchar el relato de las últimas horas, y sólo alcanzaba a pedir que le devolvieran a su hija.

No sabíamos qué hacer, ni qué decir; aquél fue el día más largo de mi vida.

A media tarde, mi padre, Melita y yo acompañamos a mis tíos y a mi prima a su casa. Estábamos de duelo, pero mi madre había decidido que no podía suspender la cena de aquella noche, ya que entre los invitados se encontraba un matrimonio con dos de sus hijos, uno de los cuales pretendía a mi hermana Melita, y sabíamos que aquella noche iba a pedir oficialmente permiso para cortejarla.

Yo me hubiese quedado de buena gana con mis tíos y Antonietta, pero ellos preferían estar solos.

La cena resultó ser una pesadilla. Mi padre estaba distraído; mi madre, nerviosa, y mi hermana, conmocionada por lo sucedido, apenas prestaba atención a su pretendiente. Bien es verdad que el chico no se desanimó por lo inusual del ambiente y, apoyado por su padre, terminó pidiendo permiso al mío para iniciar relaciones con mi hermana. Mi padre se lo dio sin mostrar ningún entusiasmo. Años después, le contamos a Rodrigo lo que había pasado aquel día. Aunque ahora no venga al caso, le diré que, poco después de comenzar la guerra civil, Rodrigo se casó con mi hermana Melita.

A la mañana siguiente Edurne se presentó en mi casa con la maleta. Santiago le había dado una generosa cantidad de dinero para que regresara al caserío con su madre y sus abuelos.

– Yo no pudo regresar, señorita Laura; mi madre me mata si se entera que me ha despedido don Santiago.

– Pero si tú no tienes la culpa de lo que ha pasado, tu madre te comprenderá -le dije yo, poco convencida.

– En casa necesitan lo que gano, el caserío apenas da para vivir, y además mi madre me está haciendo el ajuar por si un día me caso.

– El ajuar puede esperar -terció mi madre- y tú allí siempre podrás echar una mano. Además tu hermano Aitor se está situando bien dentro del PNV; mi cuñada Teresa me ha dicho que le tienen muy bien considerado.

– ¡Ay, doña Elena, usted no conoce a mi madre! No sabe cómo se va a enfadar. Ella me pidió que me comportara como ella lo había hecho siempre con la familia Garayoa, y ya ve usted lo que he hecho.

Edurne lloraba con desconsuelo y me agarraba la mano suplicando que no la abandonara. Yo me debatía entre lo que me había pedido mi prima Amelia, que cuidara de Edurne, y el peso de la responsabilidad que asumía. Pudo más la lealtad a mi prima.

– Mamá, ¿puedo hablar contigo a solas un momento?

Mi madre me miró con desconfianza; me conocía muy bien y sabía lo que iba a pedirle, así que se hizo la remolona.

– Mira, Laura, no puedo perder más tiempo, tenemos demasiados problemas encima…

– ¡Pero si es sólo un momento! -supliqué.

Salimos de la sala y nos metimos en mi cuarto. Para entonces mi madre ya se había puesto de un humor pésimo.

– Laura, tienes que ser sensata -comenzó a decirme, pero la interrumpí.

– ¿Qué quejas tienes de mí? ¿En qué te he disgustado?

– En nada, niña, en nada, pero tienes que entender que no podemos hacernos cargo de Edurne, que es precisamente lo que me vas a pedir.

– Pero, mamá, ¡ella no puede volver al caserío! Tú sabes que Amaya tenía mucho genio…

– Amaya fue siempre una sirviente leal. Ojalá Edurne fuera como su madre, no se habría metido en problemas ni se le habría llenado la cabeza de pájaros sobre la revolución.

– Te lo pido por favor, ¡habla con papá!

– No somos ricos, no podemos meter una boca más en casa. ¿Es que no te das cuenta de la situación? La política está revolviéndolo todo: hay huelgas, desórdenes, algunos locos están asaltando conventos; no sé qué va a pasar… Y tu padre es un bendito, apoya a don Manuel Azaña lo mismo que su hermano Juan, pero yo creo que Azaña no termina de hacerse con la situación…

– ¡No me importa la política! ¡Lo que quiero es ayudar a Edurne! Y no me digas que no podemos hacerle un hueco en casa. Puede dormir en el cuarto de tu doncella, a Remedios no le importará. Además, Remedios está mayor, le vendrá bien que le ayuden.

– ¡Que no! Que no quiero a una comunista como doncella, no quiero líos en mi casa. Bastante tenemos con lo que ha pasado con tu prima Amelia.

Mi padre golpeó suavemente en la puerta. Había escuchado la voz alterada de mi madre.

– Me voy al despacho, volveré para almorzar. Pero ¿qué es lo que pasa?

– Tu hija quiere que metamos a Edurne en casa, Santiago la ha despedido.

– ¡Por favor, papá!

– Mira, lo que podemos hacer es hablar con tus tíos, yo misma iré a visitar a Teresa y le explicaré la situación. Deberían ser ellos quienes se hicieran cargo de Edurne. Al fin y al cabo, Edurne es hija de Amaya, que fue su sirvienta durante muchos años. Ellos sabrán qué hacer.

Mi madre se mostraba terca como las muías.

– No creo que sea buena idea -dijo mi padre, para mi sorpresa y la de mi madre.

– ¿Por qué no? Dime, Armando, ¿por qué no? Edurne no es nuestro problema.

– Amelia es mi sobrina y lo que ha hecho también tiene consecuencias para nosotros, no podemos lavarnos las manos. Mira, Elena, para mi hermano y para Teresa sería doloroso tener que acoger a Edurne. Lo harían, claro, por sentido de la responsabilidad, pero su presencia sería un recordatorio permanente del drama que tienen que afrontar. No, no quiero añadir más dolor a mi hermano y a mi cuñada, y Laura tiene razón, no podemos abandonar a esa chiquilla tonta.

– Es una comunista -respondió mi madre, y parecía que escupía la palabra «comunista».

– ¿Crees que de verdad Edurne sabe lo que es el comunismo? Y aunque así fuera, ¿por qué no habría de serlo? ¿Qué le ha dado la vida para ser otra cosa?

– Tendría que estar agradecida a tu familia por lo que ha hecho por ella. La han tratado como si fuera de la familia, lo mismo que a su madre…

– ¿Agradecida? No, Elena, las cosas no son como las planteas. La han tratado como a un ser humano y nadie tiene por qué agradecer que le traten como lo que es. Edurne ha hecho bien su trabajo, como lo hacía Amaya; no nos deben nada.

– ¡Cómo puedes hablar así! ¡A veces tú también pareces comunista!

– ¡Vamos, Elena, no exageres! No confundas comunismo con justicia. Eso es de lo que adolece este país, por eso pasan las cosas que están pasando. Aquí se ha tenido a la gente esclavizada, y ahora muchos se asombran porque el pueblo está reclamando lo suyo.

– ¿Y por eso tienen que quemar iglesias? ¿Justificas que los campesinos ocupen las fincas? ¡No son suyas!

– Mira, no vamos a seguir discutiendo, tengo que irme al despacho, y quiero acercarme a ver a mi hermano Juan. Están viviendo una tragedia con la huida de Amelia, y nuestra obligación es echarles una mano.

La firmeza de mi padre doblegó a mi madre.

– ¿Y qué quieres que hagamos?

– Por lo pronto, que Edurne se quede en casa, al menos provisionalmente. Acomódala donde creas conveniente y dale trabajo.

– No quiero que contamine a mis hijas con sus ideas…

– Elena, no insistas, y haz lo que te he dicho -cortó tajante mi padre-. Y tú, Laura, espero que seas sensata. Sé lo unida que estabas a tu prima, pero debes reconocer que se ha portado mal, muy mal con todos: con su marido, con su hijo y también contigo. No quiero que vayas con Edurne a ningún sitio sin la autorización de tu madre. En esta familia ya hemos tenido bastantes disgustos con la política.

– Te prometo, papá, que no tendrás ni una queja de mí.

– Eso espero, tu hermana Melita es más sensata. Comparte el nombre con tu prima, Amelia, pero quizá el haberle añadido el María, Amelia María, la ha hecho diferente.

– ¡Qué ocurrencia! ¿Qué tendrán que ver los nombres con lo que ha sucedido? -dijo mi madre.

Aquella discusión entre mis padres se saldó con Edurne en casa, y su estancia, que iba a ser provisional, se convirtió en permanente. Desde entonces Edurne siempre ha estado conmigo, hasta hoy.»

Doña Laura suspiró. Los recuerdos parecían agobiarla, y se pasaba la mano por la cabeza como intentando ahuyentarlos.

– Quizá usted pueda reconstruir a través de su familia qué fue, a partir de aquel momento, de Santiago. Al fin y al cabo es su abuelo. Santiago rompió con los Garayoa para siempre.

– ¿Nunca más le vieron? -pregunté desconcertado.

– No quiso saber nada de nosotros. Supongo que vernos le habría recordado permanentemente la humillación que sentía por el abandono de Amelia. Nunca nos permitió visitar a Javier, ni siquiera a mis tíos, que al fin y al cabo eran los abuelos del niño.

– ¡Qué fuerte! ¿Y don Juan y doña Teresa lo aceptaron?

– ¡Qué remedio! Se sentían avergonzados, y se culpaban del comportamiento de Amelia. No querían contribuir con su presencia al sufrimiento de Santiago, en realidad no se atrevieron a imponerle su presencia. Santiago rompió toda relación comercial con mi tío Juan, y le aseguro que eso supuso un duro revés para él. Mis tíos prácticamente se quedaron en la ruina cuando cerraron su negocio en Alemania, así que perder el apoyo de los Carranza fue un golpe del que nunca se recuperó mi tío Juan. Después vino la guerra y todo fue de mal en peor. Fueron tiempos difíciles para todos… En fin, le tengo preparada una cita para que continúe su investigación.

– ¿Ah, sí? ¿Con quién? -pregunté sin disimular mi interés.

– Con Pablo Soler.

– ¿El hijo de Lola?

– Sí, el hijo de Lola. Pero, puesto que usted es periodista, sabrá quién es Pablo Soler.

– ¿Yo? Ni idea. ¿Por qué habría de saberlo?

– Porque es un historiador, ha escrito varios libros sobre la guerra civil, y en los últimos años ha participado en debates en televisión y escrito artículos en los periódicos.

– Sí, me suena, pero en realidad nunca me he interesado demasiado por conocer los entresijos de la guerra. En estos años se han publicado tantos libros, ha habido tantas polémicas… Aquello fue una salvajada, y yo, la verdad, es que paso de salvajadas.

– Una actitud estúpida.

– ¡Caramba, doña Laura! No se muerde usted la lengua.

– ¿Desconocer la historia le hace sentirse mejor? ¿Cree que por no conocerla no ha existido?

– Al menos yo me mantengo al margen de las polémicas de unos y de otros.

– Una actitud incomprensible en un periodista.

– Nunca he dicho que sea un buen periodista -me defendí.

– Bien, dejemos esta discusión. Tenga, aquí está anotado el teléfono de Pablo Soler; he hablado con él, y está dispuesto a recibirle. Tendrá que ir a Barcelona.

– Le llamaré enseguida, y en cuanto me dé cita, iré.

– Bien, entonces no tenemos más que hablar, al menos por ahora.

Doña Laura se levantó con torpeza. Me parecía que envejecía por días, pero no me atreví a ofrecerme para ayudarla a ponerse en pie. Sabía que habría rechazado mi ayuda. Me daba cuenta de que, a pesar de su edad, a las Garayoa les gustaba sentirse autónomas, independientes.

2

Cuando llegué a casa me puse a escribir todo lo que me había contado doña Laura. Lo tenía fresco en la memoria y no quería olvidar ningún detalle.

Estuve escribiendo hasta la madrugada acompañado de una buena botella de whisky. Clareaba el día cuando me metí en la cama, y dormí como un niño hasta que la música del móvil, que había dejado en la mesilla, me devolvió a la realidad.

– Hola, hijo, ¿qué tal te va?

– ¡Uf, madre, ya me podías haber llamado a otras horas!

– Pero si son las dos. ¿No estarás durmiendo?

– Pues sí, eso es lo que estaba haciendo, he estado trabajando hasta tarde. Ayer me contaron un montón de cosas sobre la bisabuela y no quería que se me olvidara nada.

– De eso quería hablarte. Verás, Guillermo, estoy preocupada por ti. Me parece que te estás tomando demasiado en serio el encargo de tu tía Marta, y estás descuidando tu profesión. Ya sé que la tía te paga generosamente; escribir sobre la bisabuela está bien como divertimento, pero no para que te despistes y dejes de buscar trabajo en lo tuyo, de periodista.

Sentía la cabeza como un corcho, pero sabía que si mi madre había decidido echarme un sermón nada la detendría, de manera que decidí rendirme de antemano.

– Ya me gustaría a mí que me saliera un buen trabajo. ¿Crees que no estoy dando voces por todos lados? Pero no me ofrecen nada, mamá. La derecha no se fía de mí porque me considera un «rojo», y la izquierda tampoco porque no les hago la ola, de manera que no tengo muchas salidas.

– Vamos, Guillermo, las cosas no pueden ser como las pintas. Tú eres un buen periodista; además, hablas perfectamente inglés y francés, e incluso bastante bien el alemán, es imposible que con lo que vales no te ofrezcan ningún trabajo.

– Mamá, para ti valgo muchísimo, pero para ellos no.

– Pero las empresas periodísticas no pertenecen a los políticos.

– No, pero como si pertenecieran; unos tienen intereses en unas y otros en otras. ¿No oyes la radio? ¿No ves la tele?

– ¡Guillermo, no seas cabezota y escúchame!

– ¡Pero si te estoy escuchando! Sé que te cuesta entender de qué va el negocio del periodismo, pero créeme que es así.

– Prométeme que seguirás intentando encontrar un empleo.

– Te lo prometo.

– Bien. ¿Cuándo vendrás a verme?

– No lo sé, déjame que me levante y me organice, luego te llamo, ¿vale?

Superado el trance de la conversación con mi madre, me metí en la ducha para despejarme. Las sienes me latían aceleradamente, y sentía un nudo en la boca del estómago. El whisky había hecho de las suyas.

Eché un vistazo a la nevera y encontré un cartón con zumo de frutas y un yogur. Suficiente para reponer energías antes de telefonear a Pablo Soler. Claro que previamente me metí en internet en busca de información sobre él, y para mi sorpresa encontré que el profesor Soler era un reputado historiador, que había enseñado en la Universidad de Princeton y regresado a España con todos los honores en el año ochenta y dos. Tenía publicados más de una veintena de libros y estaba considerado una notoriedad en la guerra civil española.

Busqué el número de teléfono que me había facilitado doña Laura.

– ¿Don Pablo Soler?

– Al habla.

– Don Pablo, me llamo Guillermo Albi Carranza. Me ha dado su teléfono doña Laura Garayoa, creo que ha hablado con usted sobre la investigación que estoy llevando a cabo.

– Así es.

El hombre no parecía muy hablador, así que fui yo quien continuó hablando.

– Si no es molestia, me gustaría que me recibiera para que me aclarara algunas cosas sobre Amelia Garayoa, que no sé si se lo ha dicho doña Laura, pero era mi bisabuela.

– Me lo ha dicho, sí.

– Bueno, pues, ¿cuándo podría ir a verle?

– Mañana a las ocho en punto.

– ¿De la noche?

– No, de la mañana.

– ¡Ah!, bueno, pues… bien… si me da usted la dirección allí estaré.

Me lamenté de mi suerte. Me hubiera gustado recuperarme del sueño y del whisky, pero no tenía más remedio que meter cuatro cosas en una bolsa e ir al aeropuerto para coger el primer puente aéreo a Barcelona. Menos mal que la tía Marta no estaba escatimando fondos, porque tendría que dormir allí, y tal y como me encontraba no estaba dispuesto a irme a un hotel de menos de cuatro estrellas.

Pablo Soler resultó ser un anciano alto, delgado, muy tieso para su edad, ya que sobrepasaba los ochenta, aunque mantenía una agilidad sorprendente. Me abrió él mismo la puerta de su casa, un ático situado en una zona residencial de Barcelona.

¡Vaya con el comunista!, pensé al entrar en el espacioso piso decorado con elegancia. En las paredes distinguí un Mompó, dos dibujos de Alberti, un Miró… o sea, una pasta gastada en decoración.

– ¿Le interesa la pintura? -me preguntó al ver que se me iban los ojos a los cuadros.

– Pues sí, soy periodista, pero estuve dudando si estudiar Bellas Artes.

– ¿Y por qué no lo hizo?

– Para no morirme de hambre. Sé que carezco del talento necesario para hacer algo grande, claro que como periodista tampoco es que me vaya muy bien.

Pablo Soler me condujo a su despacho, cuyas paredes estaban revestidas de arriba abajo por estantes repletos de libros. El retrato de una joven ocupaba el único hueco de la pared donde no había libros. Me distraje mirando el cuadro, porque la joven pintada parecía mulata.

– Es mi mujer -dijo él.

– ¡Ah! -fue lo único que se me ocurrió responder.

– Bien, vamos a lo nuestro. Usted dirá.

– Le habrá contado doña Laura que…

– Sí, sí -me cortó-, ya lo sé, está usted intentando conocer la vida de Amelia.

– Pues sí, de eso se trata. Era mi bisabuela, pero en mi familia no sabemos nada de ella, ha sido siempre un tema tabú. Mire, traigo una copia de una vieja foto. ¿La reconoce?

Pablo Soler miró la foto con detenimiento.

– Fue una mujer muy bella -murmuró.

Cogió una campanilla que agitó haciéndola sonar. Acudió al instante una doncella filipina, perfectamente uniformada. Yo no salía de mi asombro habida cuenta de que le tenía por un revolucionario. Pidió que nos trajera café, lo que le agradecí porque normalmente a las ocho de la mañana no suelo estar en mi mejor momento.

– ¿Por dónde quiere que empiece? -me preguntó sin más preámbulos.

– Había pensado en que me contara si usted vio a Amelia precisamente aquí, en Barcelona, cuando ella se escapó con Pierre. Por lo que me ha contado doña Laura, precisamente en esos días su madre lo trajo a vivir aquí. Y bueno, si usted pudiera informarme sobre quién era realmente Pierre…

– Pierre Comte era un agente del INO.

– ¿Y eso qué es? -pregunté estupefacto, puesto que jamás había escuchado esas siglas.

– Departamento Exterior de Inteligencia, una sección de la NKVD, que a su vez procedía de la Cheka creada en 1917 por Félix Dzerzhinsky. ¿Sabe de lo que le estoy hablando?

Pablo Soler me miraba con curiosidad puesto que yo me había quedado con cara de alelado en vista de su revelación. Me acababa de enterar que aquella bisabuela mía se había fugado con un agente soviético como quien se va de paseo.

– Sé quién fue Félix Dzerzhinsky, un polaco que se encargaba del servicio de seguridad de Lenin y que terminó poniendo en marcha la Cheka, una policía cuyo objetivo era perseguir a los contrarrevolucionarios.

– Si quiere decirlo así… La Cheka fue aumentando su poder y sus funciones y pasó a llamarse GPU, que son las siglas de Dirección Política del Estado, y luego OGPU, que significa Dirección Política del Estado Unificada. Hasta que en 1934 fue incorporado a la NKVD. Pero a usted le sonará más el nombre de KGB, que es como se llamó a partir del cincuenta y cuatro. En aquel entonces la NKVD estaba organizada como un ministerio; de ellos dependía todo: la policía política, los guardias de frontera, el espionaje exterior, los gulag, y dentro de la NKVD estaba el INO, que estaba formado por un auténtico ejército en la sombra que actuaba en todas partes del mundo. Sus agentes eran temibles.

– ¡Caramba con mi bisabuela!

– Cuando Amelia se fugó con el camarada Pierre, no tenía ni idea de a lo que se dedicaba éste. Ni Josep ni Lola le habían dicho nada sobre él, salvo que era un librero de París, y un camarada comunista; tampoco sabían que Pierre era un agente soviético. Y eso que tanto Josep como Lola eran comunistas convencidos, capaces de hacer cualquier cosa que les hubiesen pedido.

– Creía que su madre era socialista.

– Y lo fue al principio, pero terminó militando con los comunistas; a ella no le gustaban las cosas a medias. Lola era todo un carácter.

– Me sorprende que cuando habla de sus padres lo haga con sus nombres de pila…

– Es bueno poner distancia cuando se trata de resaltar unos hechos históricos, pero en mi caso empecé a pensar en ellos como Josep y Lola cuando llegué a la adolescencia. Y, sí, eran comunistas de una pieza, nada ni nadie habría logrado hacer tambalear sus convicciones. Eran tremendos. ¿Sabe? Nunca he dejado de admirarles por su fe en una causa, por su honradez, por su sentido de la lealtad y del sacrificio, pero tampoco he dejado de reprocharles su ceguera.

– Perdone, profesor, le voy a hacer una pregunta que quizá le puede parecer una impertinencia: ¿es usted comunista?

– ¿Cree que hubiese podido dar clases en Princeton si lo fuera? Bastante tuve con mis padres… No, no soy comunista, y nunca he participado de ello, de su idea pueril del paraíso. Me rebelé contra mis padres como suelen hacerlo los jóvenes; en mi caso por cuestiones personales, sobre todo con mi madre, pero en aquel entonces yo era un chiquillo que además adoraba a mi padre, y sentía por él una admiración sin límites.

Si quiere saber qué pienso, se lo resumiré: aborrezco todos los «ismos»: comunismo, socialismo, nacionalismo, fascismo… En definitiva, todo lo que lleva el germen del totalitarismo.

– Pero tendrá usted alguna ideología…

– Soy un demócrata que cree en la gente, en su iniciativa y en su capacidad para salir adelante sin tutelas políticas ni religiosas.

– De manera que le salió usted rana a sus padres…

– ¿Cómo dice?

– Es una expresión coloquial. Supongo que los hijos solemos terminar decepcionando a nuestros padres, nunca somos lo que soñaron que seríamos.

– En mi caso le puedo garantizar que así fue.

– Perdone mi indiscreción, procuraré no volver a interrumpirle.

Pablo comenzó su narración.

«Josep admiraba a Pierre. Creo que, aunque no sabía que era un agente de los soviéticos, por sus idas y venidas y su colaboración con la Internacional Comunista, intuía su importancia, sobre todo porque era evidente que Pierre se dedicaba a recoger información. Le interesaba todo, desde cómo se organizaban los comunistas españoles, hasta los movimientos de los trotskistas o la fuerza de la gente de la CNT, de los socialistas, o del gobierno de Azaña. A veces en alguna conversación dejaba caer que había charlado con algún político de las izquierdas, o que había cenado con algún periodista ilustre.

Pierre tenía la mejor de las coartadas: librero, especialista en libros raros y antiguos. Su librería en París era un referente para todo aquel que buscara una edición rara, un incunable, o libros prohibidos. Eso le permitía viajar por todo el mundo, y relacionarse con las gentes del mundo de la cultura, siempre inquietas y abiertas a las novedades, incluidas las ideológicas. De manera que a nadie le sorprendía que cada cierto tiempo este librero llegara a España, y se quedara un tiempo entre Madrid y Barcelona, a la vez que visitaba otras capitales españolas.

Yo era un crío cuando lo conocí. Me hacía gracia que hablara español con acento francés, también hablaba inglés y ruso. Su madre era una rusa que se había casado con un francés. El padre de Pierre compartía ideología con su hijo, pero la madre daba gracias a Dios por haberse librado de la revolución, ya que muchos de sus familiares desaparecieron sin dejar rastro por la política represiva de Stalin.

Ése era Pierre, un hombre que resultaba irresistible a las mujeres porque era galante y, sobre todo, porque las escuchaba, toda una rareza en una época en que los hombres, incluso los revolucionarios, no se andaban con las sutilezas de hoy en día. Pero Pierre había hecho un arte del saber escuchar, no había nada que no le interesara, nada que considerara una anécdota menor. Parecía que todo lo que le contaban le servía, lo iba almacenando en el cerebro a la espera de que fuera de alguna utilidad. En alguna ocasión mi madre le reprochaba a Josep que no era capaz de escucharla como lo hacía Pierre, y eso que mi padre también cultivaba el don de escuchar, por eso logró convencer a Amelia de las bondades de la revolución.

Amelia se enamoró de Pierre sin pretenderlo. El era muy guapo, y además diferente; vestía con despreocupación pero siempre elegante; derrochaba simpatía y buen humor, y era extremadamente culto, aunque nunca pedante.

Efectivamente, yo me encontré con Amelia y Pierre en Barcelona a principios de abril del treinta y seis. Mi madre y yo llegamos dos días después de que lo hicieran ellos.

Mi padre había decidido que fuéramos a vivir con él. Había conseguido un trabajo para mi madre como costurera en la casa de su patrón.

La buhardilla en que vivía mi padre era más espaciosa que la que ocupábamos en Madrid. Tenía tres piezas y la cocina aparte, incluso disponía de un pequeño excusado con lavabo, lo que en aquel entonces era un lujo. Estaba situada en la última planta de la casa del patrón de mi padre; se la había cedido para tenerle siempre a disposición, día y noche, por si tenía que salir de improviso o llevar a la señora a algún sitio. Antes de darle tanto espacio, mi padre compartía habitación en otra buhardilla con el mayordomo, pero mi padre le explicó a su patrón que quería vivir con su familia y que necesitaba un espacio donde acomodarles o, de lo contrario, tendría que dejar el trabajo y buscarse otro.

El patrón le cedió la buhardilla pero pidió a mi padre que no le dijera a su esposa que no estaba casado, que mi madre, Lola, no era su legítima, porque de lo contrario tendrían problemas los dos. A él tanto le daba el estado civil de mis padres; era un comerciante pragmático satisfecho con tener a un chófer a su disposición las veinticuatro horas, y sobre todo discreto, ya que todos los jueves por la tarde mi padre le llevaba a cierta casa, donde le esperaba una joven a la que mantenía; incluso en alguna ocasión, cuando viajaban a Madrid por negocios, ella le acompañaba. Así que llegaron a un acuerdo: la buhardilla grande, pero menos sueldo.

A los pocos días de llegar a Barcelona fui con Lola a casa de doña Anita. Y allí estaba Amelia. Doña Anita era viuda de un librero del que había heredado la librería y sus convicciones comunistas, o acaso fue él quien se contagió de ella. Doña Anita, antes de ser tratada como «doña», había ejercido como planchadora y entre sus clientes estaba la familia del librero. Al parecer, por aquel entonces ella ya militaba con los comunistas. Como era una chica lista, terminó engatusando al hijo, con el que se casó, pero tenía la salud muy frágil y murió a edad temprana de un ataque al corazón. Ella defendió con uñas y dientes frente a sus suegros el quedarse al frente de la librería que había sido de su marido, y lo consiguió. Empezó a organizar lo que ella llamaba «tardes literarias», y logró que acudieran muchos intelectuales, aspirantes a escritores, periodistas y políticos de izquierdas. Precisamente en uno de mis libros, el que escribí sobre Alexander Orlov y la presencia de agentes soviéticos durante los años previos a la guerra civil, me refería también a la librería de doña Anita: era un lugar donde se dejaban mensajes, se pasaba información y se realizaban encuentros discretos entre algunos agentes y sus respectivos controladores.

La librería de doña Anita tenía una escalera interior que comunicaba con su casa, situada en la primera planta de un edificio situado cerca de la plaza de San Jaime. Allí fue donde nos reencontramos con Amelia.

– Lola, Pablo, ¡qué alegría! -Amelia parecía contenta de vernos.

– ¿Cómo estás? ¿Va todo bien? -preguntó Lola.

– Sí, sí, soy muy feliz, aunque no puedo dejar de pensar en mi hijo y en…

– ¡Calla! ¡Calla! Has tomado la decisión acertada. Tú y Pierre tenéis una misión que cumplir, y además… os queréis. Amelia, has decidido ser una revolucionaria y para serlo tenías que revolucionar tu propia vida de burguesita tonta.

Lola no se andaba con contemplaciones cuando trataba con Amelia. Con el tiempo he comprendido que sentía una secreta envidia por ella. Amelia era guapa, elegante, afable, tenía cierta cultura, y sobre todo la pátina que le da a uno haber crecido rodeado de cosas bellas, libros, cuadros, muebles… Lola primero había sido asistenta y luego planchadora y costurera, y era lo que era: una proletaria llena de ilusiones, convencida de que había llegado la hora de quienes, como ella, nada tenían.

– No puedo evitarlo. ¡Quiero tanto a Javier! Espero que algún día mi pequeñín entienda lo que he hecho, aunque Pierre me ha prometido que volveré a estar con mi hijo, que esta separación es temporal…

Amelia quería engañarse a sí misma, pero Lola no se lo permitía.

– A tu hijo no le faltará de nada, lo mismo que a tu primo Jesús, que es de la edad de mi Pablo y sin embargo… Pero hay millones de niños que jamás tendrán ni la cuarta parte de lo que tiene el tuyo; es por esos niños por los que tienes que sacrificarse. Olvídate de ti misma, deja tus egoísmos pequeño-burgueses.

Aquella tarde no había mucha gente en casa de doña Anita, quien, por cierto, torció el gesto al verme. Por muy hijo de Lola y Josep que fuera, a ella no le gustaban los mocosos, y lo dijo sin miramientos.

– Aquí el chiquillo está de más.

– No tengo dónde dejarle y Josep me dijo que debía venir aquí a reunirme con él -dijo encogiéndose de hombros.

Lola reconocía en doña Anita a la proletaria que había sido, y a la que reconocía a pesar de la falda de buen corte, de la blusa de seda, de los pendientes de perlas y del cabello bien peinado. A ella no le impresionaba una mujer como doña Anita.

– Esta tarde viene gente importante a ver a Pierre y no quiero que nadie les moleste -insistió doña Anita.

– Pablo no molesta, mi hijo es comunista desde el mismo día en que le parí, y está acostumbrado a las reuniones políticas. Además, conoce bien a Pierre. Díselo tú, Amelia.

– No se preocupe, doña Anita, el niño es muy bueno y no dará guerra.

Josep ocupaba un lugar destacado entre los comunistas catalanes; no era un dirigente de primera, pero sí un hombre de confianza de los jefes. Actuaba de «correo», gracias a su trabajo como chófer y a sus viajes frecuentes a Madrid.

Para un niño, aquélla no fue una tarde divertida. Sentado en una silla, sin que me permitieran moverme, nada podía hacer más que observar. Cuando llegó Pierre, Amelia se dirigió nerviosa hacia él.

– Has tardado mucho -se quejó.

– No he podido venir antes, tenía que ver a unos camaradas.

– ¿Y no podías verles aquí?

– No, a ésos no. Y ahora permíteme hablar con esos caballeros que acaban de entrar, luego te los presentaré. Uno de ellos es el secretario de un miembro del Consell Executiu de la Generalitat.

– ¿Y es comunista?

– Sí, pero su jefe no lo sabe. Ahora calla y escucha. Tienes que acostumbrarte a moverte en estas reuniones. Sobre todo escuchas, y luego me lo cuentas, ya te he dicho que quiero que te acuerdes de todo por insignificante que te parezca. Mira, procura hablar con los de ese grupo, los de la derecha son dos periodistas que tienen mucha influencia aquí en Cataluña, y el hombre con el que están hablando es un dirigente socialista. Seguro que lo que dicen nos puede interesar. Pídele a doña Anita que te los presente, y actúa como te he dicho, hablando poco y escuchando mucho. Eres muy guapa y muy dulce y no desconfiarán de ti.

Pierre la estaba preparando para convertirla en una agente. Una agente que trabajara para él. Amelia era una señorita distinguida, educada, que podía encajar en los ambientes más selectos sin llamar la atención. Pierre se había dado cuenta de aquel potencial y pensaba utilizarlo a su favor. Eso sí, no tenía la más mínima intención de sincerarse con ella, de explicarle que era un agente del INO. Le había contado medias verdades: que si formaba parte de la Internacional Comunista, que si a veces les representaba en algunos de sus viajes llevando algún encargo a camaradas de otros países… y explicaba estas actividades de tal manera que parecieran del todo inocentes, sobre todo a oídos de una mujer tan inexperta como ella.

Amelia se acercó a doña Anita y le dijo en voz baja que Pierre quería que le presentara a los señores que departían animadamente en el fondo del salón.

Doña Anita asintió y la cogió del brazo iniciando una charla intrascendente mientras se iban acercando a los periodistas y al dirigente socialista catalán.

– Mis queridos amigos, ¿os he presentado a Amelia Garayoa? Es una amiga de Madrid que está de visita estos días en Barcelona. Y me comentaba lo agitada que está la capital, ¿verdad, Amelia?

– Sí, en realidad hay mucha gente que está deseando que el gobierno dé muestras de autoridad ante los desórdenes y las provocaciones de la extrema derecha.

– Sí, habría que pararles los pies -reconoció el político socialista.

– ¿Y qué se dice del futuro del presidente Alcalá Zamora? -preguntó uno de los periodistas.

– Qué quiere que se diga. En realidad toda la atención está centrada en don Manuel Azaña.

Los tres hombres se miraron entendiendo que Amelia sabía más de lo que decía, pero ella había dicho aquello por salir del paso. Poco podía imaginar que Alcalá Zamora iba a ser destituido dos días más tarde como presidente de la República. Y es que había una operación política en marcha para llevar a la presidencia a don Manuel Azaña, y algo de eso sabían aquellos tres hombres.

Al principio hablaron delante de Amelia con cautela y luego con confianza. Ella se limitaba a escuchar, asentir, sonreír, pero sobre todo ponía mucha atención en todas y cada una de las palabras que ellos decían, lo cual les hacía sentirse el centro del mundo.

Ésa fue una de las cualidades que Amelia cultivó a lo largo de su vida con éxito, y esa cualidad es la que supo ver, moldear y fomentar Pierre.

Josep llegó tarde acompañado de dos dirigentes sindicales a los que Pierre quería conocer. De manera que aquella velada se alargó hasta más allá de las diez. Fuimos los últimos en irnos, y recuerdo que Amelia me dio un beso mientras me apretaba con afecto. Ella y Pierre se alojaban en casa de doña Anita. Pierre había descartado ir a ningún hotel dado que no quería poner en evidencia a Amelia al compartir habitación con ella. Sabía que debía ir con tiento para que ella no se arrepintiera del paso dado, y por nada del mundo quería exponerla a una humillación. La casa de doña Anita era lo suficientemente amplia como para acomodarles sin restar espacio a su anfitriona, y allí pasarían esos primeros días y muchos más en visitas posteriores. Precisamente sería en casa de doña Anita donde vivirían los primeros días de la guerra civil.

No es difícil imaginar lo que hablaron aquella noche Amelia Garayoa y Pierre Comte.

– Y bien -preguntó Pierre-, ¿qué han contado esos periodistas?

– Criticaban a Alcalá Zamora por haber disuelto las Cortes en dos ocasiones, porque eso no está previsto en la Constitución. Y el socialista decía que no era descartable que Prieto terminara siendo el encargado de formar gobierno. Luego se acercaron Josep y los sindicalistas de la UGT, y uno de ellos aseguró que Largo Caballero no permitiría que Prieto se saliera con la suya.

– A Largo Caballero le cuesta entrar en razón, no entiende que aún no es el momento de un gobierno de izquierdas, que todavía es preciso entenderse con la burguesía que no es fascista.

– Pero eso parece una contradicción…

– No lo es, se trata de actuar de acuerdo con las circunstancias de cada momento. No se puede asestar el golpe definitivo a la burguesía antes de tiempo porque se correría el riesgo de perderlo todo. La burguesía no fascista no puede dar un paso sin nosotros.

– ¿Y nosotros sin ellos?

– Sí, sí podríamos, aunque el coste sería mayor. Dejemos que el gobierno republicano de Azaña siga adelante, al menos durante un tiempo…

Volví a ver a Amelia al día siguiente cuando acudió a nuestra buhardilla para charlar con Lola. Siempre cariñosa conmigo, me trajo un paquete de caramelos de café con leche que me supieron a gloria. Parecía feliz, porque según contó a mi madre, Pierre le estaba enseñando ruso.

– Tengo facilidad para los idiomas -confesó.

Amelia y Lola pasaron buena parte de la tarde hablando de lo divino y lo humano; yo las escuchaba atento, porque me fascinaban las conversaciones de los mayores. Además, estaba acostumbrado a estar en silencio y sin molestar durante las reuniones que mis padres tenían con sus camaradas.

– Josep me ha convencido para que deje las Juventudes Socialistas. Y bien que lo siento, porque a mí me gusta lo que dice Largo Caballero, pero Josep tiene razón, no podemos estar cada uno por un lado, debemos compartirlo todo, y el momento es muy delicado, hay asuntos que él no podría contarme si yo estuviera en otro partido.

– Haces bien, Lola. ¡Me parece tan hermoso poder compartir todo con el hombre que amas! Al fin y al cabo, Largo Caballero no se encuentra tan lejos del comunismo, ¿verdad?

– Sí, sí hay diferencias, aunque no tantas como las que tiene Prieto con el PCE. Prieto es demasiado complaciente con los burgueses.

– Santiago simpatizaba con Prieto… Decía que era un político cabal, y se lamentaba del poder de Largo Caballero.

– ¡Olvídate de tu marido! Es agua pasada, ahora tienes otra vida, vívela sin mirar atrás.

– Si fuera tan fácil… Lo que siento por Pierre es tan intenso que quema por dentro, pero no puedo dejar de pensar en Santiago y en mi pequeño Javier… Yo les quiero, a mi manera, pero les quiero. Desde que me he marchado tengo pesadillas, no logro conciliar el sueño. En cuanto cierro los ojos se me aparece el rostro de Santiago, y en cuanto me duermo me despierto sobresaltada porque creo estar escuchando el llanto de mi hijo. No puedo dejar de tener mala conciencia…

– ¡La conciencia es un invento de la Iglesia! Es la manera fácil de tener dominada a la gente. Si dominan tu conciencia te dominan a ti porque dejas de ser libre. Desde que nacemos, los curas te dicen lo que es bueno y lo que según ellos es malo, y te convencen de que si no haces lo que ellos quieren vas derecha al Infierno. Pero el Infierno no existe, es un cuento para bobos, para tener dominada a la pobre gente. Quieren que suframos en la Tierra para que luego disfrutemos del Paraíso en el Cielo, pero nadie ha regresado del Más Allá para decirnos qué hay. ¿Y sabes por qué? Pues porque no hay nada, después de la muerte no hay nada. Los ricos se han inventado a Dios para dominarnos a los pobres.

– ¡Qué cosas dices, Lola!

– ¡Digo la verdad! Piensa, piensa dónde ves a Dios. ¿Acaso Dios hace algo por los pobres? Si todo lo puede, ¿por qué permite tanta injusticia? ¿Por qué permite el sufrimiento de tantos inocentes?

– ¡No pretenderás juzgar a Dios, ni mucho menos entenderle! Él sabe por qué nos manda pasar por pruebas dolorosas, y debemos aceptarlo.

– Pues aunque Dios exista, te aseguro que yo no pienso aceptar que mi hijo sea menos que el tuyo, ni que carezca de la educación que va a recibir tu hijo, ni de los mismos alimentos, las mismas oportunidades. ¿Por qué tu hijo Javier y tu primo Jesús tienen que tener ventajas sobre Pablo? Anda, dime por qué.

Lola alzaba la voz y miraba desafiante a Amelia, cuya sonrisa se había convertido en un rictus de dolor. Amelia sufría al ver cuánto odio destilaba Lola y cómo parte de aquel odio lo dirigía hacia ella.

– He renunciado a todo para luchar por los más débiles. He abandonado a mi hijo y a mi marido, mi casa, mis padres, mi hermana, mi familia, mis amigos, y lo he hecho porque creo que el mundo no es justo y nadie tiene derecho a tener más que el resto de los seres humanos. ¿Te parece poca mi renuncia?

– ¿Y crees que tenemos que agradecerte la decisión que has tomado? ¿Lo habrías hecho si no te hubieras enamorado de Pierre?

Amelia se levantó de un salto con los ojos llenos de lágrimas. Lola le acababa de propinar un golpe bajo; en realidad había expresado en voz alta lo que todos sabían, lo que ella misma sabía: que de no haber aparecido Pierre, sólo se habría limitado a coquetear con las ideas revolucionarias.

Yo me asusté al ver a Amelia y a Lola mirándose en silencio, en el rostro de Lola se dibujaba la ira; en el de Amelia, el estupor. Al final tragó saliva, respiró hondo y recobró la calma que la había abandonado.

– Creo que es mejor que me vaya. Doña Anita ha invitado a unos amigos a cenar y debo estar allí pronto para ayudarla.

– Sí, de aquí a su casa tienes un buen trecho.

Amelia me besó y en un gesto de ternura me pasó la mano por la cara. Luego salió sin decir nada. Lola suspiró. Josep se iba a enfadar cuando se enterara de que había discutido con Amelia. Si Pierre había elegido a Amelia era porque tenía un valor especial para los intereses de la causa sagrada del comunismo, y era mejor no contrariarla, procurar que no se arrepintiera de haber abandonado a su marido y a su hijo. Pero a Lola le irritaba Amelia, nunca sintió afecto por ella.

Aunque aquél no fue el primer encontronazo que tuvieron, sí fue el que más afectó a Amelia; tanto, que no la volvimos a ver los días siguientes, y fue Josep el que una noche al llegar a casa anunció que Pierre Comte y Amelia se habían ido a París.

– ¿Continúa enfurruñada conmigo? -preguntó Lola.

– No lo sé, ni siquiera sé si le ha comentado a Pierre vuestra discusión. El no me ha dicho nada; en cuanto a ella, continúa siendo igual de encantadora que siempre. Ya sabes que has metido la pata -le reprochó Josep.

– ¿Yo? ¡Porque tú lo digas! Estoy harta de esa mosquita muerta, os ha engatusado a todos, a ti también, si no se llega a cruzar Pierre habría terminado liándose contigo. ¿Crees que no me daba cuenta de que te miraba embobada? Y tú venga a adoctrinarla como si te fuera la vida en ello.

– ¡Vamos, Lola, no te comportes como una mujer celosa! No me gustas en ese papel.

– ¿Ah, no? Pues ya me dirá el señor cómo le gusto e intentaré complacerle. ¿Quiere el señor que baje los ojos y me ruborice cuando me mire?

– ¡No digas más sandeces!

Terminaron a gritos, sin percatarse de mi presencia. No era la primera vez que se peleaban, pero nunca de aquella manera. Lola destilaba rabia. Era lógico que así fuera. Ella era una mujer valiente, capaz de grandes sacrificios por sus ideas, y además no sabía utilizar armas de mujer en su trato con los hombres. Les trataba como iguales, y en aquella sociedad, por más que a las gentes de izquierdas se les llenara la boca al hablar de igualdad entre hombres y mujeres, lo cierto es que todos eran fruto de lo que era el país, y aquellos hombres estaban acostumbrados a mujeres sacrificadas, pero no iguales.

Lola había luchado por tener el respeto y la consideración de sus camaradas, se había comportado con entereza y valentía durante los disturbios de la huelga general de octubre del treinta y cuatro. Era una revolucionaria auténtica, por convicción, por origen, y porque la razón le decía que ése era el camino de la liberación para mujeres como ella. Le irritaban, y sentía un íntimo desprecio, los hombres que no se rendían ante la valía de mujeres como ella, y no sabían librarse de la impresión que les causaban mujeres como Amelia. Lola defendía la igualdad, se había ganado el derecho a que la trataran como tal, pero en su fuero interno le irritaba que los hombres se olvidaran de que también ella era una mujer, no sólo un camarada.

3

A Amelia no le fue demasiado bien con su nueva familia en París. ¿Que cómo lo sé? Pues, como le dije, llevé a cabo una exhaustiva investigación sobre los espías durante la guerra civil española para escribir el que considero uno de mis mejores libros. Y Pierre fue un agente muy especial; aparentemente colaboraba con la Internacional Comunista, y eso le permitía entrar en contacto con sus camaradas de todo el mundo, pero la realidad era, como le dije, que pertenecía al INO.

No crea que no me costó reconstruir su vida para poder contextualizar su importancia dentro del movimiento revolucionario y su presencia en la guerra civil. Pasé varios meses en París entrevistándome con gente que tenía informaciones precisas de él; algunos le conocieron, otros tenían información de segunda o tercera mano. Desde luego su liaçon con Amelia no fue ningún secreto, y hay documentos que acreditan la presencia de «la bella española» en aquellos días en París.

La madre de Pierre, Olga, la recibió de mala gana. No le gustaba que su hijo uniera su suerte a una mujer casada. El padre, Guy, como buen francés, toleró mejor la situación. Además, conocía bien a su hijo y sabía que éste no se apartaría un ápice de sus obligaciones como revolucionario, ni siquiera por la «bella española». Guy Comte estaba al tanto de la colaboración de su hijo con la Internacional Comunista, al fin y al cabo si Pierre era comunista era gracias a él, pero ignoraba que se hubiera convertido en un agente soviético.

– Así que has abandonado a tu familia por mi hijo -le preguntó Olga sin ningún miramiento cuando Pierre les hubo puesto al tanto de la situación.

Amelia enrojeció. Había sentido la animadversión de Olga apenas cruzó el umbral de la puerta del piso que Pierre compartía con sus padres.

– ¡Por favor, madre, trata con más cortesía a nuestra invitada!

– ¿Nuestra invitada? Mejor di: tu amante. ¿Acaso no se les llama así a las mujeres casadas que pierden la cabeza por un hombre y dejan su hogar para vivir una aventura que no tiene futuro?

– ¡Mujer, no hables de esa manera! Si Pierre quiere a Amelia, bienvenida sea a nuestra familia, formará parte de nosotros. Y tú, hija, no te dejes acobardar por mi mujer, ella es así, dice lo que se le pasa por la cabeza sin pensar, pero es buena persona, ya lo verás, terminará queriéndote. -Y, dirigiéndose a Olga, añadió-: Es tu hijo quien la ha elegido, nuestro Pierre, y debemos respetar sus decisiones.

– Quiero a Pierre, de lo contrario… de lo contrario no habría sido capaz de haber hecho lo que he hecho… y además… creo en la revolución, quiero ayudar… -balbuceó Amelia con los ojos anegados de lágrimas. Se sentía humillada, y puede que por primera vez se diera cuenta de que a los ojos del mundo su decisión la convertía en una paria.

– Madre, Amelia es mi mujer, si no la aceptas nos iremos ahora mismo, tú decides. Pero si quieres que nos quedemos, la tratarás con el respeto y la consideración que merece una mujer que ha demostrado ser valiente y que ha sacrificado una vida cómoda y sin problemas para luchar por la revolución mundial. No solo tiene mi amor, también mi más profundo respeto.

Pierre miraba a su madre con ira, y Olga se dio cuenta de que si no quería perder a su hijo tendría que aceptar a aquella española loca. Tendría que resignarse una vez más, igual que cuando aceptó que su marido y su hijo fueran comunistas furibundos.

Olga había conocido a Guy Comte cuando era señorita de compañía de una anciana aristócrata rusa, una duquesa, que pasaba temporadas en París. La anciana era una lectora empedernida y gustaba de comprar personalmente los libros, así se convirtió en clienta asidua de la librería Rousseau, situada en el boulevard Saint-Germain, en la margen izquierda del Sena y propiedad de monsieur Guy Comte.

Olga y Guy primero se miraban de reojo. Luego Guy empezó a hablar con ella mientras la duquesa husmeaba entre las estanterías buscando libros. Más tarde, Guy, con permiso de la duquesa, consiguió una cita con Olga. Si por Guy hubiera sido, su relación con Olga no habría pasado de una simple seducción, pero la duquesa no estaba dispuesta a que echaran a perder la reputación de su señorita de compañía, y en cuanto se enteró de que Olga se había quedado embarazada, les conminó a casarse. Ella misma fue madrina de la novia y la dotó con una buena cantidad de dinero.

Ya fuera los años vividos con la aristocracia, ya fuera que no le gustaban los revolucionarios porque constituían una amenaza para su burguesa existencia con su marido librero, el caso es que Olga jamás se dejó engatusar por ideas que, según afirmaba, no sabía adónde conducían. De manera que, para Olga, Amelia era sólo una chica tonta que se había dejado engatusar por su muy atractivo hijo, la dejaría plantada en cuanto se cansara de ella. Así terminaban esas historias de amores prohibidos; bien lo sabía ella, que se había leído a todos los clásicos rusos. Tolstoi, Dostoiesvski, Gogol, eran su mejor referente.

Pierre disponía de dos cuartos dentro de la casa paterna; uno le servía como dormitorio y el otro, como despacho. Amelia pasó más tiempo en el despacho de Pierre que en el salón de la casa para no encontrarse con Olga. Las dos mujeres se trataban con frialdad y procuraban evitarse.

Amelia se daba cuenta del gran apego de Pierre por sus padres, y cómo, a pesar de las peleas continuas entre madre e hijo, estaban unidos por un profundo afecto.

A Amelia, aquel París le resultó diferente al que había conocido con sus padres. En esta ocasión sus días no los pasaba visitando a su tía abuela Lily, hermana de su abuela Margot; ni tampoco en recorrer museos, como había hecho guiada por su padre junto a su madre y su hermana Antonietta. Le hubiera gustado ir a ver a su tía abuela, pero ¿cómo iba a decirle que había abandonado a su familia? Tía Lily no lo hubiera entendido, seguro que hubiera reprobado su decisión. Pierre parecía tener prisa porque la conocieran sus amistades y, sobre todo, porque tomara el pulso a las actividades políticas de aquella ciudad fascinante donde parecía haber revolucionarios en todas las esquinas. Aun así, siempre encontraba tiempo para seguir con las clases de ruso que a Amelia le hacían tanta ilusión.

A los pocos días de llegar a París, Pierre avaló su ingreso en el Partido Comunista, pese a las reticencias de algunos camaradas, que consideraban precipitado dar la bienvenida a sus filas a una española a la que apenas conocían.

Jean Deuville, un poeta amigo y correligionario de Pierre, fue quien más firmemente se opuso a la entrada de Amelia en el Partido Comunista Francés.

– No sabemos quién es -argumentaba ante el comité de París-, por mucho que el camarada Comte responda por ella.

– ¿No te basta con mi aval? Te recuerdo que fue suficiente para que te convirtieras en nuestro camarada -contraatacaba Pierre.

Quizá porque se intervino discretamente desde la embajada soviética o porque Deuville decidió ceder para no perder la amistad de su amigo, lo cierto es que Amelia Garayoa se convirtió en militante del Partido Comunista de Francia. Ella, una extranjera, sin más credenciales que ser la amante de un hombre valioso para los soviéticos que estaba convencido de que la española podía serle de gran utilidad. Lo que Amelia no sabía es que, semanas atrás, el controlador de Pierre le había transmitido las últimas órdenes de Moscú del jefe de operaciones del INO: debería trasladarse a Sudamérica para afianzar y ampliar las redes que se estaban empezando a poner en marcha allí con agentes locales.

El jefe de operaciones le había advertido del carácter, a veces explosivo, de los sudamericanos, instándole a que fuera cuidadoso a la hora de elegir a sus colaboradores.

Pierre no había dejado de pensar en la misión que se avecinaba, y en que necesitaría una coartada más creíble que la de un librero en busca de joyas bibliográficas; eso tenía sentido en Europa, pero no en aquella parte del mundo, que se le antojaba tan lejana como ignota.

Cuando conoció a Amelia, empezó a pensar que la joven podía serle de utilidad. No sólo tenía una belleza delicada y ademanes elegantes, sino que además era una ingenua total, arcilla pura en sus manos, incapaz de ver más allá de sus propias emociones.

Instalarse en México o Argentina como dos enamorados que huyen de un marido abandonado daría verosimilitud a la coartada de por qué debían establecerse en el continente. Y siendo ella española, aún reforzaría más la coartada.

Tenga en cuenta que Pierre era un agente soviético, un hombre que sólo vivía por y para la revolución, y su ceguera era tal que los seres humanos que se iba encontrando en el camino eran sólo peones a los que utilizar y sacrificar en pro de una idea superior. Y Amelia no era una excepción.

Desde que decidió convertirla en parte de su plan sudamericano, Pierre procuró no dar ni un paso en falso con Amelia, ante la que se mostraba como un seductor que había caído en las redes del amor.

Para reforzar la dependencia de Amelia con él, Pierre no dudaba en hacerse acompañar por ella a todas las reuniones de amigos donde podían encontrarse con algunas de las amantes que la habían precedido y con las que intercambiaba alguna mirada cómplice que ponía en estado de inquietud a la española.

De manera que Amelia se vio envuelta en una vorágine de reuniones políticas desde el mismo día de su llegada, salpicadas por cenas con los amigos de Pierre, algunos de los cuales comentaban a sus espaldas no entender por qué un hombre de sus convicciones y valía se había rendido ante una mujer tan bella pero insustancial dada su ingenuidad.

En aquellos días las conversaciones giraban en torno a Léon Blum, y a las consecuencias de la disolución de Acción Francesa, a cuenta de que en febrero de 1936 unos jóvenes militantes de esta formación derechista agredieron a Blum cuando formaba parte del cortejo fúnebre del académico Bainville.

Y fue precisamente en una cena celebrada en La Coupole para celebrar el cumpleaños de Pierre donde se produjo el primer encuentro entre Amelia y Albert James.

Albert James era un periodista norteamericano de origen irlandés que trabajaba como freelance para varios diarios y revistas de su país. Alto, con el cabello castaño y los ojos azules, era bien parecido y tenía gran éxito entre las mujeres. Le gustaba comportarse como un bon vivant, era un antifascista furibundo, pero eso no le había llevado a enamorarse del marxismo. No era amigo de Pierre pero sí de Jean Deuville, así que se acercó al grupo a saludar, sobre todo atraído por la presencia de Amelia.

Bebió una copa de champán con el grupo de Pierre y procuró colocarse al lado de Amelia, que parecía estar fuera de lugar.

– ¿Qué hace una joven como usted aquí? -le preguntó sin preámbulos aprovechando que Pierre daba la bienvenida a otro amigo que se unía al alegre grupo.

– ¿Y por qué no habría de estar aquí?

– Se nota que no es su ambiente, la imagino detrás de unos cristales, bordando, a la espera de que llegue el príncipe azul a rescatarla.

Amelia rió ante la ocurrencia de Albert James, al que encontró simpático a primera vista.

– No soy ninguna princesa, de manera que difícilmente puedo esperar bordando a que llegue el príncipe azul.

– ¿Francesa?

– No, española.

– Pero habla francés perfectamente.

– Mi abuela es francesa, del sur, y con ella siempre hablábamos en francés; además, los veranos los pasábamos en Biarritz.

– Habla con añoranza.

– ¿Añoranza?

– Sí, como si fuera usted muy viejecita y recordara tiempos pasados.

– No te dejes engatusar por Albert -les interrumpió Jean Deuville-. Aunque es norteamericano, su padre era irlandés y ha aprendido el arte de la seducción de nosotros los franceses, y como suele suceder, el alumno supera a los maestros.

– ¡Oh, pero si no charlábamos de nada en especial! -se justificó Amelia.

– Además, aunque Pierre no lo parezca, es celoso, y no me gustaría asistir como padrino a un duelo entre dos buenos amigos -continuó bromeando Deuville.

Amelia enrojeció. No estaba acostumbrada a esas bromas desenfadadas. Le costaba acostumbrarse al papel de amante que había asumido entre aquellos hombres y mujeres aparentemente sin prejuicios pero que la escudriñaban y murmuraban a sus espaldas.

– ¿Es usted novia de Pierre? -preguntó Albert James con curiosidad.

– Más que su novia, es la mujer que le ha robado el corazón. Viven juntos -apostilló Jean Deuville para no dejar lugar a dudas al norteamericano de que no debía avanzar ni un paso más con Amelia.

Ella se sintió incomoda. No entendía por qué Jean había tenido que ser tan explícito colocándola en una situación en la que se sentía en inferioridad de condiciones.

– Ya veo, es usted una mujer liberada, lo que me sorprende siendo española, aunque me han contado que algunas cosas han cambiado en España y que gracias a las izquierdas las mujeres empiezan a tener un lugar destacado en todos los órdenes de la sociedad. ¿También es usted una revolucionaria? -preguntó Albert James con sorna.

– No se burle -acertó a decir Amelia, que suspiró aliviada al ver acercarse a Pierre.

– ¿Qué te están contando estos dos sinvergüenzas? -preguntó divertido señalando a Albert y ajean-. Por cierto, Albert, muy bueno el artículo del New York Times sobre el peligro del nazismo en Europa. Lo he leído a mi vuelta de España y, francamente, me ha sorprendido tu agudeza. Dices estar convencido de que Hitler no se estará quieto dentro de sus fronteras, que su objetivo será la expansión, y señalas como primer «bocado» a Austria, y que Mussolini no hará nada para impedirlo, no sólo porque es un fascista sino también porque sabe que perdería el embite ante Alemania.

– Sí, eso creo. He pasado un mes viajando por Alemania, Austria e Italia y así están las cosas. Los judíos son las principales víctimas de Hitler, aunque algún día lo será el mundo entero.

– La cuestión no es luchar contra el nazismo porque persigue a los judíos, sino porque es una lacra para la humanidad -respondió Pierre.

– Pero no se puede obviar lo que les sucede a los judíos.

– Yo soy comunista y mi único fin es la revolución, librar a todos los hombres de la losa del capitalismo que les aplasta y explota sin permitirles ser libres. Y me es indiferente que sean judíos o budistas. La religión es un cáncer, sea cual sea. Deberías saberlo.

– Hasta para no creer en Dios se tiene una idea de Dios -afirmó Albert encogiéndose de hombros.

– Si crees en Dios nunca serás un hombre libre, estarás dejando que tu vida la determine la superstición.

– ¿Y si sólo soy comunista? ¿Crees que seré más libre? ¿No tendré que estar pendiente de las directrices de Moscú? Al fin y al cabo, Moscú quiere salvar a los hombres del mal del capitalismo y muchos termináis convirtiendo el comunismo en una nueva religión. Vuestra fe es más grande que la de nuestros padres recitando la Biblia. No sé si te gustará tanto mi próximo reportaje sobre la Unión Soviética, donde espero viajar muy pronto. Ya sabes que el Ministerio de Cultura soviético ha preparado un tour para que periodistas y escritores europeos veamos los logros de la revolución; pero ya me conoces, tengo el defecto de analizar y criticar todo lo que veo.

– Por eso no le terminas de caer simpático a nadie. -La respuesta de Pierre reflejaba cuánto le fastidiaba Albert.

– Nunca he creído que los periodistas tengamos que caer simpáticos, más bien lo contrario.

– Puedes asegurar que lo consigues.

– ¡Vamos, vamos, chicos! -les interrumpió Jean Deuville-, cómo os ponéis por nada. No les hagas caso, Amelia, estos dos son así, en cuanto se encuentran se ponen a discutir y no hay quien los pare. Llevan el germen del debate dentro de ellos. Pero hoy es tu cumpleaños, Pierre, de manera que vamos a celebrarlo. A eso hemos venido, ¿o no?

Albert se despidió dejando a Pierre malhumorado y a Amelia sorprendida. Había asistido a la discusión en silencio, sin atreverse a decir palabra. Los dos hombres parecían mantener un duelo que venía de antiguo.

– Es un pobre diablo, que no deja de ser un capitalista como la mayoría de los norteamericanos -sentenció Pierre.

– No seas injusto. Albert es un buen tipo, solamente que no se ha «caído del caballo» como san Pablo; pero la culpa es nuestra, no hemos sido capaces de convencerle para que se una a nuestra causa, aunque tampoco está en contra. Pero si de alguien está cerca es de nosotros, odia a los fascistas -respondió Jean Deuville.

– No me fío de él. Además, tiene un buen número de amigos trotskistas.

– ¿Y quién no conoce un trotskista en París? -justificó Jean Deuville-. No nos volvamos paranoicos.

– Vaya, ¡cómo defiendes al norteamericano!

– Le defiendo de tu arbitrariedad. Los dos sois insoportables cuando queréis tener razón.

– ¡No me compares con él!

Había ferocidad en el tono de voz de Pierre, y Jean no respondió. Sabía que, de continuar hablando, terminarían discutiendo, y ya se habían enfrentado en las semanas anteriores a causa de Amelia, por la que ahora Jean sentía una sincera simpatía al darse cuenta de que era del todo inofensiva.

– Vamos, Amelia, no hay nada que no pueda arreglarse con una copa de champán -dijo Pierre cogiendo a Amelia del brazo y dirigiéndose con ella hacia la mesa en la que estaba sentado el resto del grupo que les acompañaba.

Pierre fue organizando con cautela el viaje que Moscú le había ordenado a Sudamérica. La primera parada sería Buenos Aires, donde el Partido Comunista local parecía contar con gran predicamento entre los sectores culturales de la capital argentina. Desde el punto de vista estratégico, la zona no era vital para los intereses soviéticos, pero el jefe del INO quería tener ojos y oídos en todas partes. Durante su entrenamiento en Moscú, los instructores del INO le habían insistido a Pierre acerca de la importancia de saber escuchar y recoger todo tipo de informaciones por insustanciales que pudieran parecer; en ocasiones, informaciones clave se recogían a miles de kilómetros del lugar donde se iban a producir determinados hechos. También le habían recalcado la importancia de contar con agentes que se movieran por las esferas de influencia del país en que tuviera que operar. De nada les servían militantes entusiastas cuya actividad laboral transcurriera lejos de los centros de poder.

Moscú ya contaba con un «residente» en Buenos Aires, pero carecían de agentes bien situados capaces de trasladar información de interés.

Amelia no quería marcharse de París, y le insistía a Pierre que esperaran un poco más, que aún no se hacía a la idea de estar tan lejos de su hijo. No es que tuviera en mente regresar a España, pero le parecía que si se iba a Buenos Aires, la distancia le resultaría insoportable.

Con mucho tiento y paciencia, Pierre la intentaba convencer de que era mejor iniciar una nueva vida en algún lugar donde nadie les conociera.

– Necesitamos saber si realmente lo nuestro merece la pena. Quiero que estemos solos, sin nadie que nos conozca, sólo tú y yo. Estoy convencido de que nada ni nadie logrará separarnos, pero debemos poner a prueba nuestro amor, sin interferencias, sin familia, sin amigos.

Ella le pedía tiempo, tiempo para hacerse a la idea de que lo mejor era emprender una nueva vida al otro lado del océano. Pierre no quería obligarla, temiendo que ella, angustiada, decidiera regresar a España.

En ocasiones le desesperaba la actitud de Amelia, porque en cuestión de segundos pasaba de la euforia al abatimiento. Con frecuencia la encontraba llorando, lamentándose de ser tan mala madre y de haber abandonado a su hijo. En otros momentos parecía alegre y feliz, le animaba a salir para divertirse un rato perdiéndose como enamorados en cualquier rincón de París.

Su madre, Olga, tampoco le facilitaba las cosas, convencida como estaba que perdía a su hijo por culpa de la española.

– ¡Vas a echar por la borda tu vida por esa mujer! ¡Y no se lo merece! ¿Qué haremos con la librería si no regresas? Tu padre está sufriendo aunque no te lo diga -le reprochaba a su hijo.

La realidad es que Guy Comte aceptaba resignadamente la decisión de Pierre de irse a vivir a Sudamérica. Tenía una fe ciega en su hijo, y estaba convencido de que si Pierre había tomado esa decisión, era la mejor. No obstante, en su fuero interno se preguntaba cómo era posible que su hijo sacrificara tanto por una mujer como Amelia, a la que encontraba bella pero insípida.

El 4 de junio de 1936, Léon Blum se convierte en presidente del gobierno del Frente Popular en Francia. Para entonces, don Manuel Azaña ya ha asumido la presidencia de la República Española en una votación en la que la derecha se abstuvo. Indalecio Prieto no pudo hacerse con el gobierno por el veto del sector largocaballerista del PSOE.

Amelia seguía con inquietud las noticias que publicaban los periódicos franceses sobre España, y sabía que la situación continuaba aún más revuelta que cuando se marchó.

Los amigos de Pierre aseguraban que en España podía suceder cualquier cosa, habida cuenta de que las fuerzas extremas de la derecha no cejaban en su política de pistolerismo y provocación.

Pierre había previsto salir hacia Buenos Aires para finales del mes de julio. Lo harían en un camarote de primera de un lujoso barco que partía de Le Havre.

– Será nuestra luna de miel -le aseguraba él intentando vencer sus últimas resistencias.

A principios de julio, Pierre se reunió con su «controlador» en París. Igor Krisov parecía lo que no era: un apacible judío británico de origen ruso, dedicado a las antigüedades.

En realidad, Igor Krisov supervisaba a unos cuantos agentes en el Reino Unido, Francia, Bélgica y Holanda.

Krisov llegó al Café de la Paix y buscó con la mirada a Pierre. Este leía un periódico, aparentemente distraído, mientras bebía café. Se sentó en la mesa situada al lado de la de Pierre y pidió al camarero que le trajera un té.

– Ya veo que recibió mi mensaje a tiempo.

– Sí -respondió Pierre.

– Bien, camarada, tengo instrucciones para usted. Moscú quiere que vaya a España antes de iniciar su largo viaje.

– ¿A España, otra vez?

– Sí, la situación allí se deteriora día tras día, y queremos que hable con alguna gente. En este sobre están las instrucciones. Preferimos que sea usted el que cubra esta misión, serán pocos días.

– Me crea un pequeño conflicto, ya sabe que me he buscado como «pantalla» a una joven española y no se muestra muy convencida del viaje que vamos a emprender; si la dejo sola durante unos días, puede que se eche atrás…

– Le creía más persuasivo con las damas -respondió Krisov con ironía.

– Es una chiquilla. He invertido mucho empeño y paciencia en ella. Y creo que terminará siendo una buena agente, una agente «ciega», pero eficaz.

– No cometa el error de decirle qué es lo que usted hace -le advirtió Krisov.

– Por eso le he dicho que será una agente «ciega», trabajará para nosotros sin saber que lo hace. Es una romántica empedernida y está convencida de que mi único afán es lograr extender el comunismo por el mundo entero.

– ¿Y no es así?

La mirada irónica de Krisov incomodó a Pierre.

– Naturalmente, camarada.

– Hemos aprobado la utilización de la señorita Garayoa. Creemos, como usted, que, dadas sus características, le puede ser útil, pero no se confíe.

– Y no lo hago, camarada.

– Bien, nos veremos cuando regrese de España.

El 10 de julio, Pierre y Amelia llegaban a Barcelona y de nuevo se alojaron en casa de doña Anita. Para Pierre era una tranquilidad contar con la hospitalidad de la viuda, ya que ésta se encargaba de Amelia durante las reuniones que él mantenía a lo largo del día. En un principio había pensado en dejar a Amelia en París al cuidado de sus padres, pero descartó la idea sabiendo que su padre nada podría hacer si Olga y Amelia se enfrentaban. Además, Pierre empezaba a preocuparse porque cada día que pasaba Amelia parecía más arrepentida del paso dado, y eso le obligaba a no perderla de vista.

Amelia recibió con alegría la noticia de regresar a España. Le había pedido ir a Madrid para intentar ver a su hijo, y Pierre decidió no decirle tajantemente que no, aunque no tenía la más mínima intención de complacerla.

– ¡Vaya, vaya, otra vez tenemos aquí a la pareja feliz! -les dijo doña Anita a modo de recibimiento. Y en esta ocasión, ¿cuantos días podré disfrutar de su presencia?

– Tres o cuatro. Tengo que ver a un cliente que asegura ha encontrado un ejemplar que llevo años buscando. Si las cosas van bien, a lo mejor aún podemos acercarnos a Madrid -respondió Pierre.

– Y usted, Amelia, ¿visitará a su amiga Lola García? Hace unos días estuvo aquí Josep; es un buen hombre, y hay que ver lo orgulloso que está de ese mocoso que tiene por hijo.

Amelia asintió incómoda. Después de la discusión que habían tenido no le apetecía nada ir a ver a Lola. En realidad, empezaba a sentir aversión por su antigua amiga, a la que culpaba de la deriva que había tomado su vida.

Al día siguiente, en cuanto Pierre se despidió de ella para dedicarse a sus quehaceres, Amelia le dijo a doña Anita que iba a hacer algunas compras que le eran necesarias teniendo en cuenta el viaje que iban a emprender a Buenos Aires. La viuda dudaba de si debía dejarla marchar sola, puesto que Pierre le había indicado que tenía que vigilarla, pero aquella mañana recibía un pedido de libros y aunque contaba con un mozo que le ayudaba, no le gustaba abandonar la librería, de manera que permitió.1 Amelia que saliera sola.

– Pero no tarde demasiado o me preocuparé -le advirtió.

– No se preocupe, doña Anita, no me perderé. Las telas que necesito seguro que las encontraré por los alrededores.

– Sí, ya le he indicado que a dos calles se encuentra la Sedería Inglesa, y allí puede encontrar cuantas telas necesite.

En realidad Amelia tenía otro plan: acercarse a la central de teléfonos para llamar desde allí a su prima Laura. Ansiaba tener noticias de su familia, de su pequeño Javier. Desde que había huido no se había puesto en contacto con Laura, y a sus padres ni siquiera se atrevía a mandarles una carta solicitando su perdón.

Desde París no se había atrevido a telefonear a su prima temiendo que Pierre la intentara disuadir. Se daba cuenta de que por primera vez desde su fuga iba a disponer de unos momentos para estar sola.

Salió de la librería de doña Anita y empezó a caminar sintiendo que estaba a punto de quebrar la confianza que Pierre tenía en ella. Pero de la misma manera que estaba segura de que él tenía sus secretos, ella también tendría los suyos.

Poco podía imaginar Amelia que la suerte no iba a estar de su lado. Cuando en la central de teléfonos se acercó a una empleada solicitándole una conferencia con el número de la casa de sus tíos en Madrid, no se dio cuenta de que el hombre que estaba al lado de la empleada la miraba fijamente con sorpresa. Ella no le recordaba, pero él sí la recordaba a ella. Durante su anterior estancia en Barcelona, Amelia había acompañado a Pierre a una reunión con algunos camaradas entre los que estaba el hombre de la central de teléfonos, un militante local del partido situado en un lugar estratégico. Al hombre le sorprendió verla allí sola y, sobre todo, tan nerviosa.

Amelia se retorcía las manos a la espera de que le pusieran la ansiada conferencia, y, mientras, el hombre convenció a su compañera de que se tomara un respiro habida cuenta de que la comunicación tardaba.

– No te preocupes, ya me encargo yo.

– Gracias, llevo una hora deseando ir al retrete.

El hombre había decidido no perderse ni una palabra de la conversación que pudiera mantener Amelia, de manera que pinchó la línea desviándola hacia su propio teléfono.

Luego, cuando la operadora de Madrid le avisó de que ya había contestado el teléfono pedido, hizo una indicación a Amelia, que seguía distraída, para que entrara en una cabina desde donde poder hablar.

– Ya pueden hablar -dijo la operadora de Madrid.

– ¿Laura? Quisiera hablar con Laura -musitó Amelia.

– ¿De parte de quién? -preguntó la doncella que había respondido al teléfono.

– De Amelia.

– ¿La señorita Amelia? -preguntó alarmada la doncella.

– ¡Por favor, dese prisa! Avise a mi prima, no dispongo de mucho tiempo.

Minutos más tarde Amelia escuchó la voz de su tía Elena.

– ¡Amelia, gracias a Dios que sabemos de ti! ¿Dónde estás?

– Tía, no tengo mucho tiempo para explicarle… ¿Dónde está Laura?

– A estas horas está en clase, lo sabes bien. Pero ¿y tú? ¿Dónde estás? ¿Piensas regresar?

– Tía, yo… yo no puedo explicarle… siento mucho lo que ha pasado… ¿Cómo está mi pequeñín? ¿Y mis padres?

– Tu hijo está bien. Águeda lo cuida como una madre, aunque no lo hemos vuelto a ver. Santiago… bueno, Santiago ha preferido cortar todo contacto con la familia. Tus padres llaman a Águeda para saber del niño.

– ¿Y mi padre? ¿Cómo está mi padre? ¿Sabe algo de herr Itzhak?

– Tu padre… bueno, sufrió un ataque al corazón cuando te marchaste, pero no te asustes, no fue nada grave, el médico dijo que era por la tensión, ya se ha recuperado.

Amelia rompió a llorar. De repente se daba cuenta de las consecuencias que había desencadenado su fuga. No había querido pensar en lo que dejaba atrás, prefería pensar que todo seguiría igual, que nada cambiaría. Y se encontraba con que Santiago impedía que sus padres pudieran ver a Javier, que su padre había sufrido un ataque al corazón… y todo por su culpa.

– ¡Dios mío, qué he hecho! ¡Nunca podrá perdonarme! -decía entre lágrimas.

– ¿Por qué no regresas? Si lo haces, todo se arreglará… Estoy segura de que Santiago te sigue queriendo, y si le pides perdón… tenéis un hijo… él no puede negarle el perdón a la madre de su hijo. Vuelve, Amelia, vuelve… Tus padres se llevarían una alegría, no hay día que no lamenten tu ausencia, lo mismo que nosotros. Laura también ha estado enferma, y ha sido del disgusto… Estoy segura de que si regresas no habrá reproches. ¿Te acuerdas de la parábola del hijo pródigo?

– ¿Y Edurne? -acertó a preguntar Amelia.

– Está con nosotros, tu prima Laura insistió para que se quedara aquí… Santiago no quería tenerla…

– ¡Qué he hecho! ¡Qué he hecho!

– Hija, la culpa han sido las malas compañías. Esa Lola, esos comunistas… Déjales, Amelia, déjales y regresa.

El hombre decidió cortar la comunicación. Intuía que aquella joven amante del camarada Pierre estaba a punto de ceder a las súplicas de su tía. Lo mejor era que no continuaran hablando y llamar de inmediato a doña Anita; ella sabría qué hacer.

– ¡Oiga, oiga, se ha cortado la línea! -gritaba Amelia intentando llamar su atención.

– Un momento, señorita, veré si puedo restablecerla, aguarde en la cabina.

Pero en lugar de eso telefoneó a doña Anita, a la que explicó rápidamente cuanto había escuchado.

– Retenía, que no tardo ni un minuto en llegar allí. Estas burguesitas se creen que la vida es un juego.

Amelia aguardaba impaciente en la cabina a la espera de que se restableciera la comunicación con la casa de sus tíos. Hubiera preferido hablar con Laura, pero su tía se había mostrado cariñosa y comprensiva. Si regresaba… acaso todos la perdonarían.

De repente sintió unos ojos fríos que la taladraban. Doña Anita se dirigía hacia la cabina donde aguardaba.

– Amelia, querida, ¡qué casualidad! He tenido que salir a un recado y me ha parecido verla desde la calle, ¿quiere que la acompañe? ¿Con quién espera hablar, hija?

Sintió deseos de salir corriendo, de escapar, pero doña Anita ya había cerrado su mano sobre su brazo.

– Quería hablar con mi familia -respondió entre lágrimas.

– ¡Claro, claro! Bien, esperaré mientras le ponen la comunicación.

– No, no se preocupe, hay problemas en las líneas, ya volveré a llamar.

– Pero no hace falta que venga hasta aquí, ya sabe que en la librería dispone de teléfono, es uno de los pocos lujos que me permito.

– Era por no molestar… -se excusó Amelia.

– ¿Molestar usted? De ninguna manera, Pierre y usted son bien recibidos en mi casa. Tenemos un ideal común. Hija, no sabe la suerte que tiene con que Pierre se haya enamorado de usted. ¡Cuántas mujeres no desearían ser las elegidas! Y es tan atento y caballero con usted… Aproveche la vida y no renuncie a este amor tan grande, se lo digo yo que tengo experiencia.

Amelia pagó el importe de la llamada, y salió de la central de teléfonos agarrada por doña Anita, que no la soltaba del brazo.

– Bien, ahora le acompañaré a comprar sus telas, ¿le parece bien? Y deje de llorar, se le ha puesto la nariz como un pimiento morrón, y los ojos se le han empequeñecido a causa de las lágrimas. ¡Qué disgusto se llevaría Pierre si la viera así! Vamos, y esta tarde visitaremos a su amiga Lola, seguro que ella sabrá cómo animarla.

Doña Anita no la volvió a dejar sola ni un minuto. Disimulando la irritación que sentía por convertirse en «guardiana» de la «burguesita», como ella calificaba a Amelia, pasó el resto del día acompañándola en un deambular sin sentido por la ciudad. Cuando por la tarde se reunieron con Pierre, doña Anita a duras penas ocultaba su malhumor y Amelia tampoco hacía ningún esfuerzo por mantener a raya la depresión que la había invadido después de la conversación con su tía.

Pierre ya había sido informado por el hombre de la central de teléfonos del contenido de la conversación entre Amelia y doña Elena.

– ¿Qué tal habéis pasado el día? -preguntó haciéndose de nuevas.

– Bien, muy bien, hemos estado de compras. Amelia necesitaba algunas cosas para vuestro viaje a Buenos Aires -respondió doña Anita.

– Bueno, si os parece os invito a cenar. Me he encontrado con Josep y se va a unir a nosotros con Lola y Pablo. Cenar con amigos es lo mejor después de un día de trabajo. Vamos, Amelia, alegra esa cara y arréglate un poco; mientras, quiero hablar con doña Anita del libro que he venido a buscar, necesito el consejo de su ojo experto.

Amelia, obediente, se encerró en el cuarto que compartía con Pierre. Se le hacía cuesta arriba tener que ver a Lola, sobre todo en un momento en que tenía el ánimo por los suelos. Pero no se atrevía a contrariar a Pierre, de manera que abrió el armario y buscó ropa que ponerse. Mientras tanto, Pierre y doña Anita habían bajado a la librería, lejos de los oídos de Amelia.

– Ya sé lo que ha pasado, me avisó el camarada López al mismo tiempo que a ti. Por lo que me ha contado, la charla con su tía fue insustancial -afirmó Pierre.

– A mí no me ha podido decir de qué han hablado, pero la chica lleva todo el día lloriqueando y lamentándose por su hijo. No sé, pero me da que vas a tener problemas con ella. Es muy joven y para mí que está arrepentida de haber abandonado a su familia -respondió doña Anita.

– Si se convierte en un problema yo mismo la enviaré a Madrid.

– ¡Vaya, te hacía enamorado de ella!

Pierre no respondió. Le irritaba perder el control sobre Amelia. Estaba harto de comportarse como un rendido enamorado, harto de tener que fingir ser un seductor a diario, de estar pendiente de cualquier mohín. Casi deseaba que ella le dijera que volvía a Madrid. Si no fuera porque ya había diseñado su cobertura en Buenos Aires con Amelia, la dejaría plantada allí mismo, en Barcelona, y que ella se las arreglara como pudiera para regresar a Madrid.

Amelia bajó a buscarles y todo en ella indicaba desgana: el gesto, la manera de caminar, su actitud ausente.

Fueron andando hasta un pequeño restaurante cerca del Barrio Gótico propiedad de un camarada donde ya estaban esperándoles Josep, Lola y Pablo.

– Os habéis retrasado -se quejó Lola-, llevamos aquí más de media hora. Pablo está hambriento.

Nos sentamos en una mesa un poco separada del resto, y Pierre, haciendo un esfuerzo, intentó poner un poco de alegría en la reunión. Pero ni Amelia ni Lola estaban por la labor, y doña Anita tenía los nervios de punta después de todo el día de andar con contemplaciones con Amelia.

Josep se ocupó de los apuros de Pierre e hizo lo imposible por animar al grupo. Finalmente, los dos hombres decidieron rendirse ante la actitud de las mujeres, y se enfrascaron en una conversación sobre los últimos acontecimientos políticos que giraban en torno a las evidencias cada vez mayores de que un sector del Ejército parecía querer poner fin a la experiencia republicana. El nombre del general Mola corría en boca de todos.

Amelia apenas probó bocado; todo lo contrario que doña Anita y Lola, que siempre tenían buen apetito.

Cuando terminó la cena, Josep se ofreció a acompañarles durante un trecho en dirección a casa de doña Anita. Pierre y Amelia caminaban delante, y aunque hablaban en voz baja, llegaban a mí retazos de su conversación.

– ¿Qué te pasa, Amelia? ¿Por qué estás triste?

– Por nada.

– ¡Vamos, no me engañes, te conozco bien, y sé que algo te está haciendo sufrir!

Ella rompió a llorar tapándose la cara con las manos mientras Pierre le echaba la mano por el hombro en un gesto protector.

– Yo te quiero, pero… creo que he sido muy egoísta, sólo he pesando en mí, en que quería estar contigo, y no he actuado bien, sé que no he actuado bien -repitió.

– ¿A qué viene eso, Amelia? Ya lo hemos hablado en otras ocasiones. Tú misma me dijiste que en España hay un refrán que dice que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Sé que no es fácil romper con la familia, ¿crees que no lo entiendo? Tú te llevas mal con mi madre, pero es mi madre y yo la quiero, sin embargo creo que debemos darnos la oportunidad de empezar una nueva vida, y lo mismo que tú has dejado a tu familia, yo dejé a la mía, como también abandoné mi negocio, mi porvenir.

– ¡Pero tú no tienes ningún hijo!

– No, no tengo ningún hijo, pero aspiro a poder tenerlo el día que nuestra relación sea firme y definitiva. Nada me daría más alegría. Es la única pena que tengo, que no puedas llevar a Javier contigo, al menos por ahora, pero no descartemos que podamos tenerle con nosotros en el futuro.

– ¡Eso jamás sucederá! Santiago no lo consentirá, ni siquiera permite que mis padres vean al niño.

– ¿Y cómo es eso? ¿Has hablado con tus padres?

Amelia enrojeció. Sin darse cuenta se había puesto en evidencia, aunque después pensó que seguramente doña Anita se lo terminaría diciendo.

– He hablado con mi tía Elena. Había llamado a mi prima Laura pero no estaba, y mi tía se puso al teléfono.

– Eso está bien, no debes perder el contacto con tu familia. Sé que estarás más tranquila si sabes de ellos -afirmó Pierre disimulando que pensaba todo lo contrario-. Dime qué te ha dicho tu tía.

– Sabe que Javier está bien a través de Águeda, el ama de cría. Santiago no quiere tener tratos con mi familia y no les permite ver al niño. Mi padre se puso enfermo cuando me marché, el corazón… por mi culpa… ha podido morirse.

– ¡Eso sí que no te lo consiento! No voy a permitir que te culpes de una enfermedad de tu padre. Sé racional, nadie se enferma del corazón por un disgusto; si a tu padre le ha dado un ataque, la causa no has sido tú. En cuanto a que tu marido no les permita ver a tu hijo, me parece una crueldad, no habla bien de él, ni me parece justo castigar a los abuelos sin ver al nieto. No, Amelia, tu marido no está haciendo las cosas bien.

Las palabras de Pierre aumentaron la llantina de Amelia, que intentaba justificar a su marido.

– El es muy bueno y no es injusto, sólo que ver a mis padres le recuerda a mí, y tiene razones para querer olvidarme. ¡Me he portado tan mal con él! ¡Santiago no merecía lo que le he hecho!

Aquella noche Pierre la pasó consolando a Amelia, intentando paliar la herida abierta en su conciencia.

El día siguiente era 13 de julio, una fecha que resultaría clave en la historia de España: aquel día fue asesinado José Calvo Sotelo, líder de la derecha monárquica.

Pierre decidió ir a Madrid, aunque no tenía órdenes específicas de hacerlo; aquel acontecimiento era suficientemente grave como para ir a la capital y tomar contacto con algunos camaradas que puntualmente le pasaban informaciones precisas sobre el gobierno Azaña. Aunque en Madrid había agentes dependientes de la «rezidentura», ahora era Pierre quien quería evaluar la situación y enviar un informe preciso a Moscú.

Amelia recibió con alegría la noticia de que viajarían a Madrid. Pierre la engañó diciéndole que había tomado esa decisión en vista de la pena que ella sentía. La realidad es que no se atrevía a dejarla al cuidado de doña Anita, y Lola y Amelia se mostraban distantes la una con la otra, algo que en su momento tendría que averiguar por qué.

El viaje en tren se les hizo interminable. Cuando por fin llegaron a Madrid, encontraron la capital sumida en todo tipo de rumores. Pierre decidió instalarse en una pensión llamada La Carmela situada en la calle Calderón de la Barca, cerca de las Cortes. Los dueños de La Carmela mantenían la pensión limpia, y cuidaban mucho de quienes eran sus huéspedes. Se enorgullecían de contar entre sus clientes incluso con algún diputado. Sólo disponía de cuatro habitaciones y tuvieron suerte de que en aquel momento una de ellas estuviera vacía.

– Ayer se marchó don José, ya sabe, el viajante de comercio de Valencia que nos visita una vez al mes. Creo que ha coincidido con él en alguna ocasión -dijo la dueña, doña Carmela.

– Sí, creo que sí -respondió Pierre sin muchas ganas de charla.

– No sabía que estaba usted casado -preguntó doña Carmela, curiosa.

– Pues ya ve usted… -contestó Pierre sin decir ni que sí ni que no.

A Pierre le preocupaba qué hacer con Amelia durante su estancia en Madrid. No podía llevarla a todas partes, tenía que reunirse con agentes, mantener conversaciones confidenciales, lo cual sería imposible con Amelia presente. Pero si la dejaba sola estaba seguro de que ella terminaría cediendo a su impulso de ver a su familia sin que pudiera prever las consecuencias. De manera que decidió tomar la iniciativa, ser él quien facilitara el encuentro, y estar presente.»

– Quizá usted debería hablar con doña Laura. Ella mejor que yo le podrá decir qué pasó durante aquellos días en Madrid. Luego vuelva y continuaremos hablando -concluyó Pablo Soler sonriéndome satisfecho.

Pablo Soler me sonreía satisfecho. Llevaba más de cuatro horas hablando y yo no había abierto la boca. Yo no salía de mi asombro: mi bisabuela se había fugado con un francés agente de la inteligencia soviética y había ingresado en el Partido Comunista de Francia. Parecía increíble lo que ocurría con las mosquitas muertas, en cuanto te descuidas te encuentras con una Mata Hari en ciernes.

– ¿Volvió usted a ver a Amelia?

– Sí, claro que sí, en cuanto regresaron a Barcelona. Pero además ya le dije que uno de mis mejores libros trata sobre los agentes soviéticos en aquellos días, y Pierre era uno de ellos. De manera que tuve que investigar a fondo qué fue de él. Era un hombre muy interesante, un fanático, aunque no lo pareciera. Creo que debería leer mi libro, seguramente le será de mucha utilidad.

– ¿Habla de mi bisabuela?

– No, no hablo de ella.

Don Pablo se levantó y sacó de un estante un libro bastante voluminoso. Le agradecí el regalo y le aseguré que volvería a llamarle.

– Sí, hágalo, estos días no tengo tanto que hacer, acabo de mandar un libro a la imprenta, así que estoy medio de vacaciones.

Me acompañaba hacia la puerta cuando nos salió al paso su esposa.

– ¿No se queda a almorzar con nosotros? -preguntó sonriendo.

– Ah, Charlotte, no te he presentado al señor Albi.

– Encantado de conocerla, señora. Soy Guillermo Albi.

– Señor Albi, tengo que darle las gracias por haber tenido entretenido a mi marido; cuando no escribe no sabe qué hacer con el tiempo, y como acaba de terminar un libro no tiene más remedio que darse un respiro. Así que es usted bienvenido.

– Muchas gracias, espero no darles la lata muy a menudo, aunque don Pablo me ha dado permiso para volver a visitarles en breve.

Aunque con más años, era evidente que Charlotte era la misma mujer del cuadro que me había llamado la atención. Parecía norteamericana, aunque hablaba un español fluido, con un suave deje sureño. Pensé que era muy simpática la esposa de don Pablo, y además, a la vista del cuadro, debió de ser muy hermosa, aún quedaban en ella vestigios de su antigua belleza.

Me fui al hotel para llamar tranquilamente a doña Laura. Empezaba a divertirme la tarea encomendada por mi tía Marta. Iba de sorpresa en sorpresa, y yo mismo me imaginaba la escena cuando en las próximas Navidades mi familia leyera la historia de la bisabuela. Mi tía Marta, tan de derechas, iba a sufrir un soponcio al enterarse de que su abuela había sido amante de un agente soviético.

Conecté el móvil camino del hotel. Tenía un mensaje urgente del jefe de Cultura del periódico digital en el que colaboraba. Le llamé de inmediato.

– Guillermo, ¿dónde te metes? Tenías que habernos entregado ayer la crítica del libro de Pamuk. Menuda faena nos has hecho, porque tenemos publicidad de la editorial y esta mañana han llamado para preguntar qué pasaba.

– Lo siento, Pepe, me he despistado, ahora mismo te la mando, dame una hora.

– ¿Una hora? Oye, que esto es un periódico digital, y tengo que meter la crítica ya. ¿Dónde narices estás?

– En Barcelona, he venido a conocer a un historiador, a Pablo Soler.

– ¡Caramba! Soler es uno de los historiadores más prestigiosos, sus libros sobre la guerra civil son de lo más serio y ecuánime de cuantos se han publicado. Es una autoridad en el mundo universitario norteamericano.

– Sí, ya sé que es todo un personaje. Veras, tenía la oportunidad de conocerle y… bueno, se me ha pasado lo de la crítica de Orhan Pamuk, pero me he leído el libro y no tardo nada en escribir el artículo y enviártelo. Déjame que llegue al hotel, que voy de camino.

– Por esta vez vale… y, oye, ya que conoces a Pablo Soler, pídele una entrevista; sería un puntazo, porque no le gustan los periodistas y nunca concede entrevistas.

– Bueno, lo intentaré, veremos qué me dice.

– Sí, inténtalo, por lo menos al director se le pasará el cabreo que tiene contigo. Ah, y no tardes más de media hora en enviarme el puñetero artículo.

Al final tenía razón mi madre: estaba implicándome tanto en la historia de la bisabuela que me estaba alejando de mi propia realidad, que no era otra que un empleo del tres al cuarto en un periódico digital donde me pagaban a cien euros la pieza. Había meses que no pasaba de los cuatrocientos euros, justo para comprar tabaco, el bonobus y poco más. Si Pablo Soler se avenía a concederme una entrevista, lo mismo el director del periódico se terminaba convenciendo de que podía confiar en mí algo más que para que hacer crítica literaria. Las entrevistas las pagaban mejor. Claro que me daba apuro regresar a casa del profesor Soler para pedirle una entrevista; una cosa era que hubiera decidido hablarme de mi bisabuela y otra muy distinta querer hablar para la prensa. Pero lo intentaría. Mi economía no estaba para sutilezas, a pesar de que mientras durara la investigación sobre Amelia Garayoa contaba con la subvención de la tía Marta.

4

No me había terminado de leer el libro de Pamuk, pero tenía suficiente oficio como para escribir una crítica de aliño, que es lo que hice. Telefoneé a Pepe para preguntarle si había recibido ya el artículo y así quedarme tranquilo. Me insistió en que entrevistara al profesor Soler y me comprometí a intentarlo. Luego llamé a mi madre.

– Pero, hijo, ¿dónde estás? Llevo toda la mañana llamándote al móvil y lo tenías apagado.

– Estoy en Barcelona, viendo a una persona que conoció a la bisabuela.

– ¿A tu bisabuela? Pues será un vejestorio, porque de vivir tu bisabuela tendría más de noventa años.

– Bueno, él era un niño cuando la conoció, aunque ahora también tiene sus años.

– ¿Y quién es?

– No te lo digo, madre, no voy a soltar prenda hasta que no termine la investigación, pero sí te diré que tu abuela, o sea mi bisabuela, tuvo una vida bastante agitada, os vais a sorprender.

– Tu tía Marta me ha llamado quejándose, dice que no le quieres informar de cómo va la investigación y que no sabe si de verdad estás trabajando o dándote la gran vida a su costa.

– Tienes una hermana encantadora.

– ¡Guillermo, que es tu tía y te quiere mucho!

– ¿A mí? Supongo que habrá hecho un cursillo de disimulo, porque nunca se le ha notado.

– Guillermo, no te pongas pesado.

– Vale, madre, no me meteré más de lo imprescindible con la tía Marta. Bueno, yo te llamo para saber cómo estás y si me invitas a cenar esta noche.

– Claro, hijo, estoy deseando verte.

– Pues a las diez me tendrás como un clavo llamando a tu puerta.

Colgué el teléfono y pensé que mi madre tenía una paciencia infinita conmigo.

Después llamé a doña Laura; quería que me contara qué había pasado con Amelia en aquellos días previos a la guerra civil o que me indicara quién podía darme esa información, porque estaba claro que yo no tenía otro hilo de dónde tirar.

El ama de llaves dudó cuando le dije quién era y que deseaba hablar con doña Laura o con doña Melita. Me dejó al teléfono y al cabo de unos minutos escuché la voz de doña Laura, que me pareció más apagada que la vez anterior.

– No me encuentro bien, he tenido una bajada de azúcar -me explicó en apenas un murmullo.

– No quiero molestarla, pero el profesor Soler me ha dicho que Amelia estuvo en Madrid dos o tres días antes de que estallara la guerra civil y que su intención era ponerse en contacto con su familia. El profesor me ha indicado que usted podría contarme qué pasó en aquellos días, antes de continuar él con su relato. Pero si se encuentra mal… en fin, puedo esperar o usted podría indícame con quién debo hablar del asunto.

Doña Laura me insistió en que no se encontraba muy bien y en que el médico le había recomendado guardar cama. En cuanto a doña Melita, tampoco estaba bien, de manera que lo mejor era que hablara con Edurne.

– En realidad fue a Edurne a quien Amelia vio aquellos días.

Conmigo apenas estuvo una hora. Venga usted mañana por la mañana, pero procure no cansar mucho a Edurne, es muy mayor, y para ella recordar supone un gran esfuerzo.

– Le prometo que intentaré abreviar al máximo la conversación.

Me daba cuenta de que mis «fuentes» eran personas ancianas, que se encontraban en el último cuarto de hora de su vida. O trabajaba con cierta celeridad o podía encontrarme con que cualquiera de ellas desapareciera de la noche a la mañana. Tomé la decisión de concentrarme en la investigación y quitarme horas de sueño para no perder mi precario empleo en el periódico digital.

Cuando llegué al aeropuerto, en el puente aéreo a Madrid sólo quedaban billetes en business. Dudé si debía esperar al siguiente avión, pero decidí que mi tía Marta no se iba a arruinar por pagar un poco más por un billete.

Al llegar subí a un taxi. Iba camino de casa cuando el zumbido del móvil me sacó de mi ensimismamiento.

– Guillermo, guapo, ¿dónde te metes? Llevas más de quince días sin llamarme.

– Hola, Ruth, acabo de aterrizar en Madrid, llego de Barcelona.

– Te llamaba por si te apetecía venirte a cenar a casa, tengo un foie gras estupendo que compré ayer en París.

No vacilé ni un instante. Llamaría a mi madre para disculparme: una velada con Ruth se me antojaba más emocionante, sobre todo si empezábamos a mirarnos a los ojos a través del foie. Ruth era azafata de una compañía de bajo coste, y solía encargarse del vuelo de París, de manera que estaba seguro de que al foie le acompañaría un estupendo vino de Borgoña. Así que se prometía una noche la mar de feliz.

Mi madre refunfuñó, pero no se enfadó. La verdad es que cuando me dijo el menú que me había preparado, me reafirmé en mi decisión de cenar con Ruth. Mi madre estaba convencida de que me alimentaba fatal, así que cada vez que almorzaba o cenaba con ella se empeñaba en que comiera verdura de primer plato y un pescado a la plancha sin pizca de sal de segundo.

La noche resultó ser memorable. No me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos a Ruth hasta que estuve con ella. La verdad sea dicha, ella tenía una paciencia infinita conmigo y no me presionaba para que nos casáramos. Me dejaba ir a mi aire, no sé si porque me tenía como chico-objeto para de vez en cuando o porque realmente intuía que yo no estaba maduro para comprometerme. En todo caso era la relación ideal.

Llegué a las once de la mañana a casa de las Garayoa. El ama de llaves me informó de que doña Laura seguía en cama y doña Melita estaba en el médico, haciéndose unas pruebas. La había llevado su sobrina nieta, Amelia María.

Edurne me esperaba sentada en la biblioteca. No se alegró de verme.

– ¿No ha tenido suficiente con todo lo que le conté?

– Le prometo no molestarla mucho, pero es que me gustaría saber qué pasó cuando Amelia vino con Pierre a Madrid. Me parece que fue en torno al catorce o quince de julio del treinta y seis. Doña Laura me ha dicho que usted la vio.

– Sí, la vi -respondió Edurne con un hilo de voz-. Cómo olvidar aquello…

«Amelia y Pierre llevaban un par de días en Madrid. Él le pidió.1 un matrimonio amigo que se ocupara de Amelia y no la dejara sola. Por más que ella se resistió a la compañía del matrimonio, no tuvo más remedio que ceder, pero al mismo tiempo se sentía tan agobiada por la falta de libertad y la desconfianza que Pierre manifestaba hacia ella, que comenzó a darle vueltas a la idea de abandonarlo. Pero Amelia en aquel entonces sólo sentía confusión, y lo mismo decidía poner punto final a su relación con Pierre que cambiaba de opinión al verlo aparecer sonriente con una rosa en la mano.

Llegó un momento en que él se dio cuenta de que no podía retrasar por más tiempo el encuentro de Amelia con su familia, que no podía seguir dándole largas. El diecisiete por la mañana, en presencia de Pierre, Amelia telefoneó a Laura. La señorita Laura no estaba en casa; había salido con sus hermanos, Melita y Jesús, y con su madre, doña Elena. Tampoco estaba don Armando. Amelia, angustiada, preguntó por mí. Quería ver a sus padres, pero no se atrevía a presentarse en su casa sin antes saber con qué iba a encontrarse, sobre todo si iban a recibir a Pierre.

Yo me volví loca de alegría cuando escuché su voz, y ella me pidió que me acercara a la pensión La Carmela, donde estaba alojada. Llegué en menos de diez minutos, y no puede usted imaginar cómo corrí hacia allí, porque la distancia no era grande.

Fue vernos y empezar a llorar de emoción. Estuvimos un buen rato abrazadas sin que Pierre lograra separarnos.

– ¡Vamos, vamos, dejad de llorar! ¿No teníais tantas ganas de veros? Pues en fin…

Amelia me pidió que le contara con detalle cómo estaban los suyos.

– Don Juan está mejor, se ha recuperado bien del ataque al corazón; doña Teresa no le deja ni a sol ni a sombra. Tu madre se pegó un buen susto, porque Don Juan estaba con ella cuando sufrió el desmayo. Menos mal que tuvo presencia de ánimo para llamar al chófer y que trasladara de inmediato a Don Juan al hospital. Eso le salvó la vida. Pero tu padre está triste, no es el mismo desde que te has marchado. Doña Teresa ha envejecido de repente, pero no desfallece, ella es el soporte moral de la casa. Tu hermana Antonietta también lo ha pasado mal, ha estado semanas enteras sin dejar de llorar.

– ¿Crees que si voy a casa mis padres me perdonarán?

– ¡Pues claro! Les darás una gran alegría.

– ¿Y qué dirán de Pierre?

– Pero ¿va a ir contigo?

– Pues sí, Pierre es… es… Bueno, es como si fuera mi marido.

– ¡Pero no lo es!

– Ya lo sé, pero da igual. En cuanto pueda me voy a divorciar para casarme con él, es sólo cuestión de tiempo.

– Pero tus padres están muy afectados por lo sucedido, ¿no podrías ir tú sola a verles?

A Amelia le hubiera gustado hacerlo así, pero Pierre no estaba dispuesto a dejarla encontrarse con su familia sin estar él presente. Temía perderla. En realidad, estaba a un paso de que así fuera.

– ¿Y mi hijo? ¿Cómo está Javier?

– Sólo sabemos de él por Águeda. Don Santiago no quiere saber nada de tu familia. Les ha dicho que prefiere poner distancia y que en el futuro ya se verá si les permite ver al niño. Pero es un buen hombre, porque consiente que tus padres llamen a Águeda cuando él no está para preguntar por el niño.

– ¿Tú no has vuelto a ver a mi hijo?

– No, no me he atrevido. Pero puedes estar tranquila, Águeda se ocupa bien de él, quiere al niño como si fuera su propio hijo, ya lo sabes.

Amelia rompió a llorar, se sentía en deuda con Águeda por los cuidados que prestaba a su hijo, pero al mismo tiempo le dolía que estuviera haciendo el papel de madre de Javier.

– ¡Pero es mi hijo! ¡Es mío!

– Sí, claro que es tu hijo, pero tú no estás.

Aquellas palabras fueron peor que si la hubiese abofeteado. Me miró con rabia y con dolor.

– ¡Quiero a mi hijo! -gritó.

Pierre la abrazó temiendo que se dejara llevar por la histeria, lo que no le convenía, dado que en La Carmela los tenían por un matrimonio.

– Cálmate, Amelia, nadie pone en duda que Javier es tu hijo, v lo recuperaremos, ya lo verás, pero todo a su debido tiempo. En Buenos Aires pondremos en marcha los trámites de tu divorcio, y luego vendrás a por Javier.

– ¿Te vas a Buenos Aires? -pregunté.

– ¡No lo sé! ¡No quiero ir a ninguna parte!

A Pierre se le notaba harto de la situación, y creo que a punto estuvo de decirme que me llevara a Amelia.

– No tienes que venir si no quieres. En realidad, yo he propuesto que nos marchemos para iniciar una vida nueva, lejos de nuestro pasado, pero si no me quieres…

– ¡Sí, sí te quiero! ¡Pero creo que me voy a volver loca!

– Lo mejor es que se marche, Edurne, ya sabe dónde estamos. Dígaselo a los tíos de Amelia, y si lo consideran oportuno iremos a su casa o a la de los padres de Amelia. Quiero pedirles humildemente perdón a don Juan y doña Teresa por el daño ocasionado, y que sepan que quiero más que a mi vida a Amelia y sólo aspiro a hacerla feliz.

Regresé a casa vivamente impresionada. Yo admiraba a Pierre desde el momento en que lo había visto en casa de Lola. Era tan convincente, parecía tan seguro… Y no dudaba que estaba perdidamente enamorado de Amelia. Aunque me daba cuenta que ella no era feliz, que estaba arrepentida del paso dado, que si hubiera podido volver atrás, lo habría hecho sin dudar. Pero yo no sabía cómo ayudarla, me sentía tan perdida como ella.

Doña Elena y sus hijas no llegaron hasta mediodía, y en cuanto les expliqué que Amelia estaba en Madrid, que parecía muy desgraciada y que quería verlos, la señorita Laura no lo dudó un momento.

– ¡Ahora mismo vamos a por ella!

– ¡Pero, hija, no podemos presentarnos en esa pensión donde está con ese hombre!

– ¿Y por qué no? ¿No comprendes que ella no se atreve a venir aquí?

– Aquí es bienvenida, pero sin ese hombre. Eso es lo que Edurne le tiene que decir. Queremos verla y la acompañaremos a casa de sus padres, pero tendrá que venir sola. Sería una vergüenza que se presentara con ese hombre. Tu tío Juan se moriría del disgusto. Amelia tiene que comprenderlo.

– ¡Pero, mamá, no seas así! -protestó la señorita Laura.

– ¡No voy a recibir a ese hombre en mi casa! ¡Jamás! Es un sinvergüenza, se ha aprovechado de la inocencia de Amelia, y no quiero tratos con gentuza como él.

– ¡Mamá, Amelia se enamoró de Pierre!

– Vaya, ahora nos dices que se fue por amor y no para hacer la revolución… Santiago tenía toda la razón.

– Pero, mamá…

– Basta, se hará lo que yo digo. Edurne, vete a ver a Amelia y dile que la esperamos. En cuanto a ese hombre, debe entender que una familia decente no lo puede recibir. Tu padre está al llegar y estará de acuerdo conmigo.

Volví corriendo a la pensión La Carmela sin darme cuenta de que la señorita Laura me seguía a corta distancia. Había decidido desobedecer a su madre para encontrarse con Amelia; pues temía que ésta rechazara verlos si no iba acompañada de Pierre. Cuando estaba a punto de entrar en el portal me alcanzó. Juntas subimos a la pensión, situada en el primer piso. Amelia y Pierre estaban almorzando en el pequeño comedor. Aún hoy recuerdo que la dueña de la pensión les había servido huevos fritos con pimientos.

Si Amelia había llorado al verme, cuando se encontró con la señorita Laura, las lágrimas le fluyeron a borbotones. Las dos primas se fundieron en un abrazo interminable.

Pierre estaba incómodo por la situación, puesto que doña Carmela no perdía la ocasión de entrar en el comedor para enterarse de todo lo que allí sucedía. Propuso que nos fuéramos a la calle, a algún sitio donde pudiéramos hablar sin testigos. Nos llevó a un café de la plaza de Santa Ana, y allí nos acomodamos los cuatro.

– Amelia, tienes que venir a casa, mamá llamará a tus padres y te acompañaremos, pero debes venir sola. Tiene usted que comprender que no es bienvenido en estos momentos, quizá más adelante… -dijo Laura.

Amelia parecía dispuesta a dejarse convencer por su prima, pero la reacción de Pierre se lo impidió.

– Haré lo que Amelia quiera, pero debo decirle, señorita, que tampoco fue fácil para mi familia aceptar mi relación con una mujer casada, y pese a lo mucho que quiero a mi madre, le he impuesto esta situación, dejándole claro que si tengo que elegir entre Amelia y ella, no tengo dudas: mi elección es Amelia.

Tras escuchar, Amelia se sintió en la obligación de ponerse de su parte.

– Si no queréis que venga conmigo, yo tampoco iré -respondió ella llorando.

– ¡Pero, Amelia, tienes que entenderlo! Tu padre ha sufrido un ataque al corazón, si te presentas con Pierre, no sé lo que puede pasarle. Desde luego, a tu madre le puede dar algo… Es mejor ir poco a poco, primero que te vean a ti y después, entre las dos, los convencemos para que reciban a Pierre. No puedes pedir a tus padres que, de buenas a primeras, acepten a otro hombre que no es tu marido; ya sabes que tu padre aprecia mucho a Santiago…

Pierre abrazó a Amelia mientras le acariciaba el cabello.

– ¡Saldremos adelante! -le dijo con voz apasionada-. No te preocupes, todo se arreglará, pero tenemos que demostrarles a todos que nuestro amor es de verdad.

Amelia se deshizo del abrazo y se secó las lágrimas con el pañuelo de Pierre.

– Diles a tus padres que no iré a ningún sitio sin él. Mi deseo es divorciarme de Santiago y convertirme en la esposa de Pierre. Si buenamente podéis ayudarme para que mis padres me reciban, seré la mujer más feliz del mundo; de lo contrario me doy por satisfecha con haber podido abrazarte. Confío en que puedas convencerlos, pero si no es así… al menos prométeme que nunca me olvidarás y que harás lo imposible para que algún día me perdonen. Ahora te pido que regreses a casa con Edurne y que pongas todo tu empeño en lo que te he pedido.

Se abrazaron de nuevo entre lágrimas, y la señorita Laura le prometió que intentaría convencer a sus padres.

– Al menos espero que papá nos ayude; a lo mejor es más comprensivo que mi madre. Ni ella ni tu madre están a favor del divorcio, pero si saben que tenéis intención de casaros, a lo mejor ceden un poco.

Quién nos iba a decir que cuando regresáramos a casa nos encontraríamos a don Armando en un estado de gran agitación por culpa de las noticias que llegaban desde el norte de África, donde se decía que un grupo de militares se había sublevado.

En aquellas primeras horas, las noticias eran confusas y se hablaba de que podía haber una rebelión militar encabezada por los generales Mola, Queipo de Llano, Sanjurjo y Franco.

– Papá, tengo que hablar contigo -le pidió Laura a don Armando.

– Hija, ahora no puedo, me voy a acercar a las Cortes, he quedado con un diputado del que soy abogado; quiero saber qué está pasando.

– Amelia está en Madrid.

– ¿Amelia? ¿Tu prima?

– Sí, Armando, sí, tu sobrina está aquí, y Laura se ha escapado a verla. Te lo iba a decir pero no me ha dado tiempo, como estás tan agitado por lo de la sublevación… -añadió doña Elena.

La novedad desasosegó definitivamente a don Armando. De todos los días posibles, aquél era el más inadecuado para hacer frente a un drama familiar. El país hacía aguas y la familia tenía que prestar atención a la situación de Amelia.

– Hay que avisar a sus padres. Arréglate, Elena, nos tenemos que acercar a la casa de mi hermano. ¿Dónde está esa loca? -preguntó a su hija.

– En la pensión La Carmela, y está con Pierre.

– ¡Con ese desgraciado! No importa, iremos a por ella. ¡Dios mío! ¡Tenía que aparecer precisamente hoy!

– ¡Por Dios, papá, lo importante es que la prima está aquí! -le reprochó Melita, su hija mayor.

– Lo importante es que no sabemos si se está produciendo un golpe de Estado, y, como podéis imaginar, eso tendría consecuencias terribles. Bien, hagamos lo que tenemos que hacer, vamos a buscarla.

– No, papá, no podemos hacerlo salvo que estéis dispuestos a aceptar a Pierre -declaró Laura.

– ¿Aceptar a ese sinvergüenza? ¡Jamás!

– Papá, Amelia dice que sólo vendrá aquí o irá a casa de sus padres si es con Pierre, de lo contrario…

– Pero ¿cómo se atreve a plantear tamaño desatino? No vamos a recibir a ese hombre, no, yo no pienso abrirle las puertas de mi casa -intervino doña Elena.

– Explícate, Laura -exigió don Armando muy serio.

– O les recibimos a los dos o Amelia no vendrá ni a esta casa ni a la de sus padres; lo ha dejado muy claro. Papá, te suplico que aceptemos a Pierre, de lo contrario perderemos a Amelia para siempre. Edurne me ha dicho que él piensa llevársela a Buenos Aires. Yo creo que si vamos a por ella y fingimos que lo aceptamos a él, podremos convencerla para que se quede; de lo contrario la perderemos para siempre.

Don Armando se sentía superado por los acontecimientos, tanto políticos como familiares.

– Hija, después de lo que ha hecho, Amelia no puede poner condiciones. Las puertas de esta casa siempre estarán abiertas para ella, y no dudo de que mi hermano dirá lo mismo si su hija llama a su puerta. Pero ella no puede exigir que aceptemos a un hombre que ha traído tanta desgracia a la familia. Y yo no me atrevo a ir a casa de tu tío y darle un disgusto poniéndole en la disyuntiva de que si quiere ver a Amelia tiene que ser junto a ese Pierre. Sería una crueldad con él.

– Lo sé, papá. He intentado razonar con Amelia, pero no ha sido posible. Es… es como si hubiera perdido su voluntad. Se deja llevar por Pierre.

– ¿Qué vamos a hacer? -quiso saber doña Elena.

– Edurne volverá a esa pensión y le explicará a Amelia que debe venir aquí sin ese hombre. Luego la acompañaremos a casa de sus padres -sentenció don Armando.

– ¿Y si se niega? -Laura hablaba con un hilo de voz.

– Nos pondrá en una situación muy difícil. Tendré que ir a ver a mi hermano y explicarle lo que sucede, y temo que le voy a dar un disgusto que tendrá consecuencias para su salud.

– Papá, ¿por qué no vas tú a hablar con Amelia? -suplicó Laura.

– ¿Yo? No, no, hija, me parece del todo inconveniente ver a ese hombre, que sólo se merece que se le rete a duelo por lo que ha hecho.

Tal como me indicaron, regresé a la pensión La Carmela, pero no encontré ni a Amelia ni a Pierre. La dueña me informó de que habían salido con cierta precipitación porque un joven se había acercado a la pensión a dar recado a Pierre de que se estaba produciendo una rebelión militar en el norte de África. La dueña me dijo que estaba asustada por la noticia de la rebelión, pero aun así no tuvo empacho en preguntarme qué pasaba entre Pierre y Amelia, y por qué ella no dejaba de llorar. No le respondí, sólo le pregunté si sabía adonde habían ido o cuándo volverían, pero no me supo dar razón, de manera que regresé a casa.

Aquella noche Amelia telefoneó a Laura. Don Armando y doña Elena habían ido a casa de don Juan y todavía no habían regresado. Laura intentó convencer a su prima de que viera a su familia sin la presencia de Pierre, pero fue inútil. Amelia le anunció que al día siguiente por la tarde regresaba a Barcelona y de allí se marcharía a Francia. No sabía si algún día volverían a verse.»

Edurne se quedó callada, con la mirada perdida, como cuando hablamos en la anterior ocasión. Parecía como si aquellos recuerdos le golpearan el alma y no supiera cómo dominarlos.

– ¿Eso es todo? -pregunté yo.

– Sí, eso es todo. Amelia se marchó. Doña Teresa fue a buscarla al día siguiente a La Carmela acompañada de Antonietta, pero la joven ya se había marchado. No fue una decisión fácil para doña Teresa presentarse allí, en una pensión, buscando a su hija, pero había decidido que tenía que arrancar a Amelia de las garras de Pierre: el amor a su hija era más fuerte que las convenciones sociales y familiares. No se lo dijo a Don Juan, simplemente tomó la decisión y le pidió a Antonietta que la acompañara, pero llegaron demasiado tarde. Lloró mucho culpándose de no haber actuado con más premura, yendo de buena mañana o incluso la noche anterior.

Supongo que Pierre pensó que era mejor irse antes de que su familia decidiera presentarse para llevársela.

Me despedí de Edurne agradeciéndole sinceramente cuanto me había contado y asegurándole que esperaba no tener que volver a molestarla. La verdad es que yo mismo me sentía conmocionado por los acontecimientos que rodeaban a Amelia y me preguntaba qué habría sucedido después. Estaba claro que tenía que hablar de nuevo con Pablo Soler.

En el portal me encontré a Amelia María junto a su tía Melita. ¡Vaya lío de Amelias!

– Ya me voy -dije antes de que torciera el gesto.

– Sí, ya sé que venía usted hoy.

– ¿Y usted cómo está? -le pregunté a la anciana, que andaba con extremada lentitud, acompañada además de por su sobrina nieta por una enfermera.

– Estoy en las últimas, hijo, pero esperaré hasta que lea su relato -me respondió sonriente-. Hoy parece que estoy un poco mejor, y los médicos dicen que no me encuentran nada; como si la edad no fuera una enfermedad, pero lo es, querido Guillermo, lo es. Lo peor es que te priva de los recuerdos.

– Vamos, tía, tienes que descansar. Acompañe a mi tía al ascensor -le pidió a la enfermera.

Amelia María se quedó unos segundos en silencio viendo cómo su tía entraba en el ascensor apoyada en la enfermera.

– Bueno, Guillermo, ¿cómo lleva su historia?

– Voy de sorpresa en sorpresa; mi bisabuela tuvo una vida bastante movidita.

– Sí, eso creo, pero ¿qué más?

– Pues nada en especial, que su tía Laura me está ayudando mucho dándome un montón de pistas. ¿Qué le ha dicho el médico a doña Melita?

– Que está bien; en general tiene buena salud, lo cual es un milagro dada su edad. Hace unos días contraté a una enfermera para que esté en casa y cuide de mis tías. No estoy tranquila dejándolas solas cuando voy a trabajar. Si pasa algo, la enfermera sabrá cómo reaccionar.

– Ha hecho usted bien. Bueno, encantado de verla, tía.

– ¿Cómo dice?

– Aunque le disguste somos parientes, y usted debe de ser algo así como una tía lejanísima, ¿no?

– ¿Sabe, Guillermo? No me hace usted ninguna gracia.

– Ni yo lo pretendo, se lo aseguro.

Me encantaba fastidiarla porque me recordaba mucho a mi tía Marta.

Fui a casa de mi madre a comer las verduritas de las que sabía que no podía librarme, luego me pasé por la redacción del periódico a recoger mi exiguo cheque y, de allí, fui directo al aeropuerto. A la mañana siguiente volvería a recibirme Pablo Soler. Al buen hombre le gustaba madrugar, porque la cita era otra vez a las ocho de la mañana.

5

Charlotte me abrió la puerta y me acompañó hasta el despacho de su marido.

– Ahora mismo hago café -nos dijo en tono maternal.

Unos minutos después, la doncella entraba portando una bandeja con una cafetera, una jarra de leche y un plato con tostadas. Don Pablo sirvió café para los dos, pero no hizo ademán de coger una tostada, de manera que me abstuve, aunque la verdad es que me hubiera apetecido comerme una bien untada con mantequilla y mermelada.

– Y bien, ¿qué le ha contado doña Laura? -me preguntó.

– No he podido verla, está un poco pachucha, pero he hablado con Edurne, ya sabe usted quién es.

– La buena de Edurne, claro que sí. Doña Laura le tiene un inmenso afecto. Por cierto, anoche hablé con ella y me aseguró que se encontraba mejor. En cuanto a Edurne… ella fue un testigo excepcional de lo que sucedió. Lola le tenía mucho aprecio, mucho más que a Amelia; la reconocía como una igual, como una trabajadora. Lola solía decir que los Garayoa hacían caridad y por eso trataban bien a Edurne, pero, claro, ella defendía la justicia social.

– Bueno, tenía razón -respondí.

– Sí, en eso sí, aunque Lola era bastante arbitraria en sus juicios.

– Las cosas no le resultaron fáciles -la excusé.

– No, realmente no. Pero vamos a lo nuestro.

Le expliqué cuanto me había contado Edurne, y él me escuchó atento, e incluso tomó algunas notas, para mi sorpresa. Luego, después de apurar el último sorbo de café, Pablo Soler retomó el relato donde lo había dejado tras nuestro primer encuentro.

«Pierre tomó la decisión de regresar a Barcelona, donde quería establecer contacto con uno de sus informantes para inmediatamente después ir a Francia y una vez allí reunirse con Igor Krisov. La sublevación militar podía poner en jaque al gobierno de la República. Teniendo en cuenta que Pierre era un agente que se movía por todas partes, pero que tenía contactos valiosos en España, no sabía si sus jefes de Moscú podían tomar la decisión de suspender el proyectado viaje a Sudamérica. El barco salía a finales de julio y Pierre llegó a Barcelona el 19, cuando la ciudad estaba viviendo el primer día de lo que acabaría siendo la guerra civil.

Recuerdo como si fuera hoy la noche que Lola y Josep me llevaron a casa de doña Anita, donde estaban reunidas varias personas, algunos de ellos líderes comunistas de agrupaciones y gremios, periodistas y dirigentes sindicales, en total alrededor de una veintena de personas.

Amelia me abrazó con cariño. Me llamó la atención su palidez y sus ojos enrojecidos. Doña Anita le recriminaba que hubiera adelgazado tanto en tan pocos días. Josep comenzó a resumir la situación.

– La gente está preocupada porque teme que aquí también se subleve el Ejército. Parece que la rebelión está triunfando en Galicia, en Castilla la Vieja, en Navarra, en Aragón, en algunas ciudades andaluzas y en Asturias; y también se dice que en Baleares y Cananas. Pero son noticias sin confirmar, hay demasiada confusión. Y todo apunta a que la aviación se mantiene fiel a la República.

– Y Companys ¿qué hace? -quiso saber Pierre.

La respuesta se la dio Marcial Lluch, un periodista simpatizante del PSUC que además era amigo de Pierre.

– Intenta ganarse a los militares, está hablando con ellos, pero por lo que sé, no sabe si fiarse de todos los que le aseguran que se mantendrán leales a la legalidad de la República.

– ¿Y nosotros qué estamos haciendo? -preguntó Pierre a Josep.

– Nuestra gente fue a las sedes pidiendo instrucciones. No es que tengamos mucho con lo que defendernos pero algo tenemos. Los de la CNT están mejor organizados y no parecen tener problemas de armamento. Pero que te lo cuente Lola, ella ha sido testigo de alguna de las refriegas.

Pierre miró con interés a Lola. La veía dura como el pedernal, la clase de comunista que necesitaba la revolución. Ella no dudaba.

Lola tragó saliva antes de comenzar a hablar. Prefería la acción a los discursos.

– De madrugada salió una compañía de militares de los cuarteles de Pedralbes, y se organizó una buena en la plaza de la Universidad. Afortunadamente los guardias de asalto les hicieron frente con ayuda de los milicianos, pero no pudimos evitar que tomaran la Telefónica, el Círculo del Ejército y la Armada, y hasta el hotel Colón. Los milicianos estábamos pésimamente armados.

– ¿Y tú estuviste allí? -preguntó Pierre asombrado.

– Salí a la calle con un grupo de camaradas.

– El general Llanos de la Encomienda se ha mostrado contrario a la sublevación -afirmó Marcial Lluch.

– Ya, pero no tiene ninguna autoridad sobre los que se han rebelado -apostilló doña Anita.

– Pero su actitud es un aviso para los tibios -insistió el periodista-. Lo mejor es que a mediodía se ha desalojado a los militares rebeldes del edificio central de la Universidad; también se les ha echado de la plaza de Cataluña, y se ha vuelto a tomar la Telefónica.

– Dicen que Buenaventura Durruti ha dirigido el asalto -comentó doña Anita.

– Así es -ratificó el periodista Marcial Lluch-. Y lo ha hecho sin la ayuda de nadie, sólo con los milicianos de la CNT. El tío los tiene bien puestos. Y la última noticia es que la Comandancia Militar ha sacado la bandera blanca esta tarde a eso de las seis. Creo que los milicianos querían fusilar al general Goded, pero alguien de arriba lo impidió.

Estuvieron hablando durante horas, analizando la situación y las decisiones adoptadas por los jefes comunistas.

Pierre estaba preocupado, lo mismo que Josep; sin embargo, Lola parecía eufórica. Era como si creyese que sólo el enfrentamiento armado podría acabar con los odiados fascistas. Ella anhelaba el paraíso, donde los ángeles serían los proletarios como ella. Josep, por su parte, no había participado en ninguna refriega porque no había llegado a Barcelona hasta una hora antes, ya que se encontraba con su jefe en Perpiñán. Josep y Lola habían discutido porque ella me había dejado solo en casa para irse a pelear. Lola le dijo que si lo había hecho era para que yo algún día fuese un hombre libre, y le advirtió que nada ni nadie impediría que ella luchara contra los fascistas. Incluso le amenazó con dejarle si intentaba impedírselo. Creo que aquel día Josep se dio cuenta de que la única pasión de mi madre era el comunismo y su único objetivo, derrotar el fascismo; todo lo demás eran circunstancias que la acompañaban, incluidos él y yo.

Lola parecía otra, segura, relajada, como si la pelea hubiera hecho aflorar su verdadera naturaleza. Hablaba con aplomo, y todos notaron que algo había cambiado en ella.

Mientras ayudaban a doña Anita a servir un tentempié le preguntó a Amelia si había visto a su familia en Madrid.

– He estado con mi prima Laura, pero mi familia no quiere saber nada de Pierre, y por eso no he podido reunirme con mis padres ni mis tíos -respondió, intentando contener las lágrimas.

– Son unos burgueses convencionales, de manera que era de esperar. Una cosa es decir que se cree en la libertad y otra muy distinta demostrarlo. Tu familia no quiere permitir que uses tu libertad como te venga en gana -le replicó Lola.

– No se trata de eso, mi padre y mi tío son azañistas, lo que pasa es que creen que me he equivocado abandonando a mi hijo y a mi marido. Mi padre siempre me habló de la libertad responsable…

– ¡Libertad responsable! ¿Y eso qué es? ¿Que tienes que hacer lo que les conviene a los demás? Tú te has unido a un revolucionario y él cree que puedes aportar mucho a nuestra causa. Tal vez sea así. En todo caso eres una privilegiada por poder demostrar que no eres como esa gentuza de la derecha, esos hipócritas que hablan de los derechos de los demás pero se niegan a perder sus privilegios.

– ¡Mis padres no son así! Siento que hayas sufrido, que te haya maltratado la vida, porque eso te impide ver la realidad. Todo lo juzgas bajo el mismo prisma, divides el mundo en buenos y malos, y eres incapaz de ponerte en la piel de los demás. El que posee algo es para ti malvado, pero cuanto tienen mis padres lo han conseguido con su esfuerzo, con su trabajo, no han explotado a nadie.

– Entiendo que defiendas a los tuyos, eso te honra, pero la realidad es la que es, en el mundo hay explotadores y explotados y yo lucho por acabar con esa división y para que todos seamos iguales, para que nadie tenga ventaja porque ha nacido en una familia determinada. Mi madre me parió sola, con la ayuda de mi hermana mayor. ¿Sabes cuántos años tenía mi hermana? Ocho, ocho ahítos. Y ese mismo día tuvo que dejarme a su cuidado para irse a fregar a casa de una familia burguesa para la que mi madre era menos que nada. Mi padre había muerto dos meses antes de tuberculosis, dejándola con dos hijas. Vivíamos en un cuartucho, donde teníamos que compartir el mismo colchón. Para lavarnos mi madre iba a la fuente a llenar dos cubos; aun así se empeñaba en que nos laváramos incluso en invierno cuando el agua estaba helada. ¿Sabes cuándo empecé a trabajar? Pues igual que mi hermana: con ocho años ya acompañaba a mi madre a fregar. Ella acudía todos los días a una casa a hacer el trabajo más duro: fregar los suelos, limpiar los cristales, vaciar los orinales… Jamás pudimos ir a la escuela, ni siquiera teníamos tiempo para asistir a la catequesis. Mira mis manos, Amelia, míralas y dime qué ves. Son las manos de una fregona. Crecí sintiendo envidia, sí, envidia de aquellas casas a las que mi madre iba a fregar y donde las niñas de mi edad jugaban tranquilas y felices con muñecas con las que yo jamás podría soñar. Una vez, una señora me regaló una muñeca de su hija. Ya no la quería, le había arrancado un brazo y le faltaba un ojo, pero para mí se convirtió en un tesoro. La cuidaba y la mimaba como si fuera una criatura de carne y hueso y le aseguraba que yo no le haría daño como se lo había hecho aquella niña rica. Por las noches me abrazaba a la muñeca para darle calor y a veces hasta procuraba dejarle mi trozo de colchón para que estuviera cómoda, aunque eso me llevara a dormir en el suelo. ¿Te has fijado en mis rodillas? Están encallecidas de tanto fregar; no sabes cuántas horas he pasado arrodillada en el suelo enjabonándolo, dándole cera, temiendo que no brillara lo suficiente, y las señoras me regañaran o decidieran pagarme menos por ello. Una vez en Navidad, en una de las casas a las que íbamos a fregar le regalaron a mi madre la cabeza y las patas del pollo que acababan de matar para la cena de la noche. Las patas, Amelia, no los muslos. Esas patas delgadas con tres uñas. Eso y una barra de pan. ¿Te imaginas el festín? A los trece años, el hijo mayor del señor se encaprichó de mí, así que tuve que soportar sus manoseos temiendo que si me rebelaba nos despidieran a mi madre y a mí. Para entonces mi hermana mayor había muerto de tuberculosis, como mi padre. Mi madre era muy creyente y me decía que teníamos que aceptar lo que nos enviaba Dios, pero yo le preguntaba qué le habíamos hecho para que nos tratara así. Durante mucho tiempo me sentí culpable, estaba segura de que algo muy malo debíamos haber hecho para que nos condenara a la miseria, pero luego empecé a rebelarme. El párroco llamó a mi madre para decirle que me había vuelto una soberbia, que cuando acudía al confesionario lo único que hacía era increparle por nuestra situación, que tenía que enseñarme a aceptar con alegría lo que nos enviaba Dios. De la envidia pasé a la rabia. Dejé de sentir envidia de las señoritas de la casa y empecé a odiarlas. Sí, a odiarlas. Vivían alegres y protegidas, y su único afán era encontrar un buen marido que siguiera ofreciéndoles una vida como la que llevaban, con comodidades, sin preocupaciones. Mi madre le había insistido al párroco para que las beatas que hacían caridad en la parroquia y enseñaban a coser a las pobres también me ayudaran a mí. Así que cuando terminaba de fregar, iba a que me enseñaran a bordar. Mi pobre madre soñaba con que me convirtiera en costurera y no tuviera que seguir fregando. Al parecer yo tenía algún talento para la costura, al revés que mi hermana, que se había tenido que conformar con la carrera de fregona. Aguanté a aquellas beatas hasta que aprendí a coser y después le dije al párroco que nunca más me vería en la iglesia de aquel Dios que me castigaba sin haberle hecho nada. Puedes imaginar cómo se escandalizó. Mi madre me suplicó con lágrimas que no intentara entender a Dios, que El sabía lo que hacía, pero yo había tomado una decisión de la que jamás me he vuelto atrás.

»Un día conocí a Josep; fue sincero conmigo y me contó que había estado casado, pero que se había distanciado de su mujer. Él me enseñó lo que era el comunismo, cómo canalizar mi rabia de manera provechosa, cómo luchar por quienes nada tienen, como yo. Me enseñó también a leer, me dio libros, me trató como a una igual. Nos enamoramos, nació Pablo y hasta aquí hemos llegado. Yo lucho para que mi hijo no sea menos que el tuyo. ¿Por qué habría de serlo? Dime ¿por qué?

Amelia se quedó en silencio mirándome. Realmente no encontraba ninguna respuesta a las preguntas de Lola: ¿por qué yo, Pablo Soler, había de tener menos que Javier Carranza, su hijo? ¿Por qué él tenía asegurado el porvenir y yo no? Amelia era muy buena persona, e inocente, de manera que, aun sintiéndose desgarrada por las preguntas de Lola, le daba la razón, aunque eso significara poner distancia con quienes más quería, su familia.

– ¿Cuándo os marcháis? -preguntó Lola cambiando bruscamente de conversación.

– No lo sé, Pierre no me lo ha dicho. Pero nuestro barco sale el día veintinueve de julio de Le Havre, de manera que no podemos quedarnos mucho, a no ser que él cambie de planes.

– ¿Y por qué habría de cambiarlos?

– No lo sé, pero lo que está pasando aquí es importante, aún no se sabe el alcance de esta sublevación.

– En realidad, es lo mejor que ha podido pasar, ahora seremos nosotros o ellos, y la razón está de nuestra parte, de manera que acabaremos con el fascismo de una vez por todas y pondremos en marcha una República de trabajadores. Sabemos que es posible, en Rusia lo han hecho.

– ¿Y qué haréis con quienes no son comunistas?

Lola clavó sus ojos negros en Amelia y pareció dudar un segundo antes de responder.

– No tendrán más remedio que aceptar la realidad. Acabaremos con las clases: tu hijo Javier no será más que Pablo.

Amelia me miró con afecto. Yo estaba sentado en una silla, cerca de ellas, muy quieto. Mi infancia transcurrió en silencio, para no molestar, mientras mis padres soñaban con hacer la revolución.

El presidente Lluís Companys había exigido al general Goded que se dirigiera a las tropas rebeldes a través de la radio instándolas a rechazar la sublevación. El general, cabeza visible de los sublevados en la ciudad, no tuvo más remedio que aceptar, aunque bien es verdad que lo hizo con poco entusiasmo. Terminó siendo ejecutado.

Los enfrentamientos armados continuaron a lo largo de toda la noche, y las noticias, que corrían como la pólvora, señalaban el triunfo de los leales a la República. Sabe, los de la CNT pelearon como jabatos, en aquellos primeros días su intervención fue fundamental.

El lunes 20 de julio, Barcelona parecía haber recobrado la calma. Las milicias cenetistas patrullaban la ciudad. La Generalitat promulgó al día siguiente un decreto por el que se creaba el Cuerpo de Milicias Ciudadanas, cuya misión era luchar contra los fascistas y defender la República. A partir de ese momento las milicias iban a constituir un auténtico contrapoder, y la Generalitat no podría dar un paso sin su apoyo.

El Cuerpo de Milicias Ciudadanas estaba dirigido por el Comité Central de las Milicias Antifascistas, en el que estaban representados todos los partidos y sindicatos. Lola se incorporó a las Milicias, lo mismo que Josep, pero la verdad sea dicha: ella era una mujer de acción, mientras que él era un buen organizador, de manera que pasó a colaborar con el Comité Central de las Milicias, ordenando el trabajo de las patrullas, mientras que Lola se convertía en una miliciana que, pistola al cinto, formaba parte de las patrullas de control, escuadras cuyo objetivo era mantener el orden en la ciudad, detener a sospechosos, y registrar locales y viviendas, buscando cualquier resquicio de insurrección.

Aún la recuerdo con el cabello negro peinado hacia atrás, muy tirante, recogido con horquillas en un moño improvisado. A mí me gustaba el pelo negro de Lola. De pequeño, cuando me refugiaba en sus brazos, aspiraba el olor a lavanda de mi madre. Por eso lloré cuando se lo cortó. Una mañana antes de salir a patrullar, la encontré frente al espejo cortándose con las tijeras su larga melena.

– ¡Pero qué haces! -grité.

– Quiero comodidad, y no están los tiempos para preocuparse por el pelo. Me molesta, se me caen las horquillas; así estaré mejor.

Me costaba reconocerla con el cabello cortado a trasquilones, que ni siquiera le cubría las orejas.

– ¡No me gustas así, mamá! -le dije con rabia.

– Pablo, ya no eres un niño, de manera que no me hagas perder el tiempo con tonterías. Tu madre está luchando por ti -me respondió dándome un beso y abrazándome con fuerza. Aunque en realidad luchaba por ella, por la infancia que no pudo tener.

Doña Anita nos invitó a una cena de despedida que había organizado para Pierre y Amelia. Sólo estábamos nosotros, porque tanto Pierre como doña Anita creían que Lola y Amelia eran grandes amigas, y que para ésta nosotros éramos lo más parecido a una familia.

Amelia parecía resignada a marcharse, pero no disimulaba su apatía y su falta de entusiasmo, aunque Pierre prefería no darse por enterado. Había concebido un plan para su estancia en Sudamérica, y Amelia era una coartada a la que no estaba dispuesto a renunciar. No obstante se le veía contenido, como si estuviera hastiado de ella.

Amelia y Pierre llegaron a París el 24 de julio, y allí les esperaba un nuevo encuentro con Igor Krisov, que contaba con recibir de primera mano las impresiones de Pierre sobre la situación en España.

Krisov le pidió a Pierre que fuera acompañado de Amelia, y les citó dos días más tarde en el Café de la Paix. Se harían los encontradizos y él se presentaría como un anticuario nacionalizado inglés, una falsa personalidad con la que en alguna ocasión había acudido como cliente a la librería Rousseau.

La tarde del 26 de julio, Pierre invitó a Amelia a dar un paseo por la ciudad.

– Mañana nos vamos a Le Havre, será nuestra despedida de París -dijo.

Amelia aceptó, indolente. Tanto le daba; tenía la sensación de haberse convertido en un objeto en manos del destino, ante el que se doblegaba.

Caminaron con aparente despreocupación hasta el Café de la Paix, donde Pierre propuso que entraran a tomar algo. Llevaban diez minutos allí cuando apareció Igor Krisov.

– ¡Monsieur Comte! ¿Cómo está usted? Precisamente pensaba en pasarme un día de éstos por su librería.

– Encantado de verle, mister Krisov, permítame presentarle a la señorita Garayoa. Amelia, el señor Krisov es un viejo cliente de la librería.

Ígor estrechó la mano de Amelia y no pudo evitar un sentimiento inmediato de simpatía por ella. Fuera por su juventud, por su belleza o por su aire desvalido, el caso es que el experimentado espía quedó prendado de Amelia.

– ¿Me permiten que los invite a un café? Es el primer momento del día en que puedo disfrutar de cierta calma, y su compañía me sería muy grata.

– Desde luego, señor Krisov -aceptó Pierre.

– ¿Es usted española? -preguntó el señor Krisov.

– Sí -respondió Amelia.

– Conozco poco su país, sólo he visitado Madrid, Bilbao y Barcelona…

Krisov llevó la voz cantante de la conversación. Al principio Amelia se mostraba fría y distante, pero el ruso supo derrumbar sus defensas hasta hacerla sonreír. Hablaron en francés hasta que Amelia le contó que había estudiado inglés y alemán. Krisov cambió al inglés y después al alemán para comprobar, entre bromas, si realmente la joven conocía estas lenguas como decía, v le sorprendió ver que no sólo se defendía con soltura, sino que tenía en ambos idiomas una buena dicción.

– Mi padre se empeñó en que estudiáramos inglés y alemán, v pasamos algún verano en Alemania, en casa de un socio suyo, herr Itzhak Wassermann.

El ruso le pidió que le hablara de herr Itzhak, y Amelia se explayó relatando escenas de su infancia en Berlín, con su amiga Yla.

– Desgraciadamente, la llegada de Hitler al poder ha supuesto un duro revés para el negocio de mi padre. A los judíos les han ido quitando todo cuanto tenían. Mi padre ha insistido a herr Itzhak para que abandone Alemania, pero él se resiste, dice que es alemán. Espero que al final haga caso a mi padre, no quiero imaginar a Yla llevando una estrella amarilla cosida en la solapa y tratada como si fuera una delincuente.

– Si en algo coincido con el señor Comte es en el peligro que resulta Hitler para toda Europa, la suya es la peor cara del fascismo -dijo Krisov.

– ¡Oh! Es peor que el fascismo, se lo puedo asegurar -respondió ingenuamente Amelia.

Una hora después Pierre cortó la reunión aduciendo que sus padres los esperaban para cenar.

– Espero que nos volvamos a ver -dijo Krisov a Amelia en la despedida.

– Mi querido amigo, eso será difícil porque mañana salimos para Le Havre, nuestro barco nos espera para poner rumbo a Buenos Aires -apostilló Pierre.

Esa noche, después de la cena, Pierre alegó que tenía una cita ineludible con unos camaradas.

– Mi madre te puede ayudar a cerrar el equipaje…

– No, prefiero hacerlo sola. ¿Tardarás mucho?

– Espero que no, pero ya que vamos a Buenos Aires, quiero saber si puedo ser útil a nuestra causa. Ya sabes que suelo colaborar con la Internacional Comunista.

Amelia aceptó sin desconfianza la excusa de Pierre; casi prefería quedarse sola.

Pierre se reunió con Igor Krisov, su controlador, delante de la puerta de la iglesia de Saint-Germain.

– Y bien, ¿qué le ha parecido? -preguntó a Krisov.

– Triste y encantadora -respondió éste.

– Sí, no resulta fácil estar con ella.

– Pues yo, amigo mío, le envidio, es muy bella. Le será útil a donde va, su inocencia es un buen parapeto. Pero tenga cuidado, no es tonta, y algún día puede salir del letargo de la melancolía…

– ¿Quién se hará cargo de mis contactos en España? -quiso saber Pierre, inquieto como estaba por el estallido de la rebelión militar.

– No se preocupe. En Moscú ya tienen toda la información sobre lo que está pasando. Ahora concéntrese en lo que se le ha encargado.

– No discuto las órdenes, pero dada la situación, ¿no sería más útil en España?

– Eso, amigo mío, no lo puedo decidir yo. El departamento ha decidido ampliar nuestra red de inteligencia en Sudamérica, y eso es lo que hay que hacer.

– Ya, pero en vista de las circunstancias, insisto en que soy más necesario en España.

– Usted es necesario allí donde Moscú decida. No estamos en este oficio para satisfacción nuestra, si no por una idea grandiosa. Hay asuntos sobre los que no le corresponde pensar; usted tiene sus órdenes, obedezca, ésa es la regla principal. ¡Ah! Ya sabe que debe ponerse en contacto con la embajada soviética, pero tómese su tiempo para hacerlo; todo tiene que resultar casual. No puede usted presentarse en la embajada ni llamar por teléfono. No le diré cómo debe hacerlo, usted es un profesional y ya encontrará la manera.

– Con todo el respeto, camarada, no termino de entender la importancia de mi misión.

– Pues la tiene, camarada Comte, la tiene. Moscú necesita oídos en todas partes. Su misión es conseguir agentes que estén bien situados en los aledaños del poder, preferiblemente en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Personas cuyo trabajo sea seguro, funcionarios, que no dependan de las vicisitudes de la política. En Buenos Aires trabajará con tranquilidad, puesto que las grandes potencias no lo consideran un terreno de juego para sus intereses. Sin embargo, al Ministerio de Exteriores argentino llegarán comunicaciones de sus embajadores en todo el mundo revelando pequeños secretos, conversaciones mantenidas con los altos dirigentes de los países en que están acreditados, análisis de la situación. Todos esos informes serán un material importante para nuestro departamento. En este momento ni Estados Unidos, ni Francia, ni Gran Bretaña, ni Alemania tienen ningún interés estratégico en la zona, de manera que no le será difícil llevar adelante y con éxito la misión. Las batallas no se libran solamente en el frente.

Durante los primeros días Amelia disfrutó de la travesía. Viajaban en un elegante camarote de primera clase y compartían las veladas con un pasaje formado por comerciantes, hombres de negocios, familias e incluso una diva del bel canto, Carla Alessandrini, que desde el comienzo del viaje se convirtió en el centro de atención tanto de los pasajeros como de la tripulación.

Fue en el tercer día de navegación cuando, durante un paseo por cubierta, Amelia entabló conversación con Carla Alessandrini. La diva italiana era una mujer de unos cuarenta años, rellenita pero sin llegar a estar gorda, alta, de cabello rubio y ojos de un azul intenso. Había nacido en Milán, de padre milanés y madre alemana, a la que debía el haberse convertido en una gran estrella de la ópera, porque fue ella la que contra viento y marea, es decir, imponiéndose a la opinión del padre, no paró hasta lograr que su hija fuera abriéndose paso y llegara a ser la diva que era entonces.

Carla Alessandrini viajaba con su representante y a la vez marido, Vittorio Leonardi, un perspicaz romano dedicado en exclusiva a rentabilizar la voz de su esposa.

Amelia y Carla estaban muy cerca la una de la otra, apoyadas en la barandilla, mirando la lejanía y perdidas en sus pensamientos, cuando Vittorio, el marido de la diva, las sacó de su ensimismamiento.

– ¡Las dos mujeres más bellas del barco están aquí, solas y en silencio! ¡No puede ser!

Carla se volvió sonriente hacia su marido y Amelia miró intrigada al despreocupado italiano.

– Mirando al mar una se siente tan insignificante… -dijo Carla.

– ¿Insignificante tú? Imposible, querida, hasta el mar se ha rendido ante ti, llevamos tres días navegando y no hemos visto ni una ola, parece que navegamos por un lago. ¿No es verdad, señorita? -dijo, dirigiéndose a Amelia.

– Sí, realmente el mar está tranquilo y es una suerte, así no nos mareamos -respondió ella.

– Vittorio Leonardi para servirla, señorita…

– Amelia Garayoa.

– Mi esposa, la divina Carla Alessandrini -dijo para presentarla Vittorio-. ¿Viaje por placer, para ver a la familia, por negocios?

– ¡Vamos, Vittorio, no seas tan curioso! No le haga caso, señorita, mi marido es un poco indiscreto -intervino Carla.

– No se preocupe, no me molestan sus preguntas. Supongo que viajo para iniciar una nueva vida.

– ¿Y cómo es eso? -continuó preguntando Vittorio sin ningún recato.

Amelia no supo qué responder. Le daba vergüenza decir que huía con su amante, y que en realidad no esperaba nada del porvenir.

– ¡Por favor, Vittorio, no pongas en apuros a la señorita! Ven, vamos al camarote, se está levantando viento y no quiero que me afecte a la garganta. Disculpe a mi marido señorita, y no crea que todos los italianos son tan expansivos como él.

La diva y su marido se alejaron de la cubierta, y Amelia pudo escuchar cómo Carla regañaba cariñosamente a su esposo, que la miraba arrepentido.

Esa noche el capitán ofrecía un cóctel de bienvenida a los pasajeros de primera y, para sorpresa de Pierre, Carla Alessandrini y su esposo Vittorio se acercaron a Amelia. Ella se los presentó, y Pierre derrochó simpatía, consciente de que la pareja podía resultarle de utilidad. Charlaron despreocupadamente y a la hora de la cena Vittorio propuso que compartieran mesa.

A partir de ese día se convirtieron en inseparables. Vittorio, que sobre todo era un bon vivant, simpatizó de inmediato con Pierre, que parecía compartir con él el gusto por las cosas buenas de la vida. Carla, que tenía un desarrollado sentido dramático de la vida, se sintió impresionada por aquella historia de amor entre Amelia y Pierre, que les llevaba a huir a otra latitud para rehacer sus vidas.

La diva tenía previsto permanecer un mes en Buenos Aires, ya que debía actuar en el Teatro Colón interpretando Carmen, lo que sin duda favorecía los planes de Pierre, que pensaba que la pareja formada por Carla y Vittorio podría abrirles muchas puertas.

Llegaron a Buenos Aires en pleno invierno. Los últimos días de navegación no habían sido agradables. Las olas barrían la cubierta, y la mayoría de los pasajeros tenían que permanecer en sus camarotes a causa del mareo. Curiosamente, al contrario que sus respectivas parejas, ni Carla ni Amelia parecían afectadas por el oleaje. Vittorio se lamentaba de su suerte y le aseguraba a Carla que estaba a punto de morir. Pierre se limitaba a quedarse en el camarote, sin apenas ingerir alimentos, pese a la insistencia de Amelia. Esa circunstancia hizo que las dos mujeres estrecharan aún más los lazos de amistad, y así para cuando llegaron a puerto, Amelia creía haber encontrado en Carla una segunda madre y ésta a la hija que nunca había tenido.»

– Bien, Guillermo, ¿me permite que le llame por su nombre? Llegados aquí, lo mejor es que hable con la señora Venezziani y con el profesor Muiños -concluyó Pablo Soler.

– ¿Y ésos quiénes son? -pregunté, decepcionado.

– Francesca Venezziani es la máxima autoridad en ópera de todo el mundo. Ha escrito varios libros sobre este mundo y sus principales protagonistas. En una biografía sobre Carla Alessandrini, habla de Amelia Garayoa por su amistad con la diva. En el libro incluso hay varias fotografías de ambas juntas.

Debí de poner cara de tonto a causa de lo sorprendente de su revelación.

– No se extrañe, ya le he dicho que Francesca Venezziani es toda una autoridad en materia operística. He hablado con ella en un par de ocasiones intentando saber si Carla llegó a sospechar que Pierre Comte era un agente soviético, pero no ha encontrado nada en las cartas de ella ni en los testimonios de quienes la conocieron. En todo caso, si yo fuera usted, iría a Roma para hablar con la señora Venezziani, y a continuación viajaría a Buenos Aires para hacer otro tanto con el profesor Muiños.

– ¿Y quién es Muiños?

– Por su apellido deducirá que es de origen gallego. Don Andrés Muiños es profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires; coincidí con él en Princeton donde enseñaba historia del continente iberoamericano. Ha publicado varios libros, y entre ellos, dos muy destacados que son una referencia indispensable para quienes quieran profundizar en el exilio nazi en América Latina y otro sobre los espías soviéticos en la zona.

– ¿Y cuál es su ideología?

– Veo que le preocupa sobremanera la ideología de los demás…

– Es para saber con quién voy a hablar y depurar aquello que me cuente.

– Tiene usted muchos prejuicios, señor Albi.

– No, simplemente soy precavido; viviendo en este país, sientes el peso de las ideologías. Aquí o eres de unos o eres de otros, o no tienes nada que hacer, y, claro, la historia no la cuentan igual desde todos los lados. Usted debería saberlo mejor que nadie, porque además de historiador ha sido un testigo privilegiado de lo que sucedió en nuestra última guerra civil.

– El profesor Muiños es un erudito, estoy seguro de que lo encontrará interesante. Doña Laura coincide conmigo en que es imprescindible que hable con él. Me tomé la molestia de llamarle anoche mismo, después de hablar con ella y estará encantado de recibirle.

Pablo Soler me entregó una tarjeta con la dirección y el teléfono de Francesca Venezziani en Roma y del profesor Muiños en Buenos Aires.

– Con la señora Venezziani aún no he hablado, pero no se preocupe, lo haré.

Mientras don Pablo me hablaba, yo dudaba en si atreverme o no a solicitarle una entrevista tal y como me había propuesto el redactor jefe del periódico digital, y aunque temía que me despidiera con cajas destempladas, encontré el valor para decírselo.

– Me gustaría pedirle un favor, naturalmente no quiero que se sienta obligado…

– Joven, a estas alturas de la vida no me siento obligado por nada ni por nadie, así que dígame usted.

– Ya sabe que soy periodista, y… bueno, ¿sería mucho atrevimiento que me concediera una entrevista para hablar sobre sus libros, sobre todo el que está a punto de publicar?

– ¡Ah, los periodistas! No me fío mucho de ustedes… y además no hago entrevistas.

– Lo entiendo, pero tenía que intentarlo -dije rindiéndome, sin dar batalla.

– ¿Tan importante es para usted conseguir una entrevista conmigo?

– Pues la verdad es que sí, me marcaría un buen tanto ante mi jefe y me ayudaría a conservar mi precario empleo. Pero entiendo que no debo abusar de su amabilidad, y que usted me está ayudando mucho con lo de mi bisabuela, que al fin y al cabo es la razón por la que estoy aquí.

– Hágame llegar un cuestionario y contestaré a todo lo que me pregunte; procuraré ser breve en las respuestas, pero el pacto es que ustedes no pondrán ni una coma ni cortarán una línea por problemas de espacio. Si su jefe acepta el trato, en cuanto me entregue el cuestionario, lo responderé.

No sabía si darle dos besos además del apretón de manos, pero lo cierto es que siempre le agradeceré aquella entrevista.

Cuando salí de la casa de don Pablo, llamé a Pepe a la redacción para explicarle que aquél accedía a la entrevista si no le poníamos ni quitábamos una coma. Le insistí en que se lo dijera al director, pues no estaba dispuesto a que me crearan un problema con Soler.

– Mira, Pepe, le conozco por cosas de familia y no puedo quedar mal con él. Sabes que no da entrevistas y que nos apuntaremos un buen tanto, pero o es como él quiere o prefiero no correr riesgos.

Pepe me pasó con el director, quien me garantizó que aunque fuera un memorando no cortarían ni una palabra de la entrevista.

– Si de verdad la consigues, hablaremos de tu futuro aquí -me dijo a modo de gancho.

– Lo primero que tenemos que hablar es de cuánto me vas a pagar, porque no pensarás que lo vas a solventar con cien euros.

– No, hombre, no, si de verdad la consigues te pagaré trescientos euros por la entrevista.

– Pues va a ser que no. En cualquier suplemento cultural o en un dominical me darían más del doble por ella.

– ¿Cuánto quieres?

– No la hago por menos de seiscientos euros.

– De acuerdo, mándala en cuanto la tengas.

Media hora después le adjunté el cuestionario por correo electrónico y me prometió que me devolvería las respuestas en breve.

Llamé a tía Marta para decirle que iba a necesitar más fondos, porque me iba a Roma y después a Buenos Aires.

– ¿Cómo que te vas a Roma y a Buenos Aires? Así como quien coge el metro… Tendrás que darme alguna explicación.

– Porque tu abuela Amelia, es decir, mi bisabuela, tuvo una vida de lo más movidita, y si quieres que te escriba la historia no tengo más remedio que ir a donde me llevan las pistas. No creas que esta investigación está resultando un camino de rosas.

– No sé si será un camino de rosas, pero lo que sí parece es un camino bastante caro.

– Oye, eres tú la que quiere saber qué fue de tu abuela; como comprenderás, a mí me da lo mismo. Si quieres que lo deje, así lo haré.

Tía Marta dudaba si mandarme a paseo, y yo crucé los dedos pidiendo que no lo hiciera, porque sinceramente no quería perderme la historia de Amelia Garayoa.

– De acuerdo, pero dime por qué tienes que ir a Roma y a Buenos Aires.

– Porque en Roma tengo que ver a la mayor experta del mundo en ópera y en Buenos Aires a un profesor que lo sabe todo sobre espías soviéticos y nazis.

– ¡Pero qué tonterías estás diciendo!

– Te digo que nuestra antepasada no se dedicó a bordar, y que se vio envuelta en historias alucinantes.

– ¿No serás tú el que se las está inventando para tomarnos el pelo?

– Pues no, tía, no; te puedo asegurar que no tengo tanta imaginación como para estar a la altura de las cosas que hizo tu abuela. ¡Menuda señora!

Tía Marta aceptó hacer un nuevo ingreso en mi cuenta después de amenazarme con que me iba a enterar si estaba tomándole el pelo.

– Hablaré con Leonora para decirle que no te voy a consentir ni una broma con este asunto.

– Harás bien en hablar con mi madre, porque ella quiere que deje esta investigación; piensa que estoy perdiendo el tiempo.

Mi madre se preocupó cuando le dije que primero me iba a Roma y luego a Buenos Aires.

– Hijo, a mí todo esto me parece una tontería. Dile a la tía Marta que se guarde su dinero, y busca un trabajo como es debido.

– ¿No sientes curiosidad por saber qué hizo tu abuela?

– ¿Qué quieres que te diga? Sí… pero no a cambio de que tú pierdas oportunidades.

6

Llegué a Roma aquella misma noche y me instalé en el hotel d'Inghilterra, en el corazón de la ciudad, a pocos pasos de la piazza de Spagna y de la embajada española ante el Vaticano.

El hotel era carísimo, pero Ruth me lo había aconsejado. No sé si mi amiga lo utilizaba muy a menudo ya que su compañía de lowcost no destacaba, precisamente, por su generosidad a la hora de alojar al personal en hoteles de categoría. Pensé en llamarla para saber qué estaba haciendo en ese momento, pero decidí no hacerlo porque eso sería tanto como comportarme como un novio celoso y paranoico. Como se dice siempre en estos casos, ojos que no ven, corazón que no siente.

Cuando a la mañana siguiente telefoneé a Francesca Venezziani, conseguí una cita para verla esa misma tarde. El profesor Soler había hablado con ella recomendándome.

Puestos a llevarme sorpresas, la verdad es que tuve una bien grande al ver a Francesca: guapísima, alta, morena, de unos treinta y cinco años y vestida de Armani, o sea que el traje de chaqueta que llevaba valía una pasta. Me recibió en su casa, un precioso ático en via Frattini, a pocos metros de mi hotel.

– Así que está usted investigando la vida de Amelia Garayoa…

– Era mi bisabuela -respondí a modo de excusa.

– ¡Qué interesante! ¿Y qué quiere saber que desconozca habida cuenta de que fue su antepasada?

– Aunque le parezca extraño, en la familia no sabemos nada sobre ella, desapareció un buen día dejándolos a todos plantados, incluido a su hijo de pocos meses, mi abuelo.

– Yo sólo le puedo hablar de Amelia Garayoa en relación con Carla Alessandrini. En realidad, su bisabuela sólo me ha interesado en la medida que la gran Carla la trataba como a una hija.

– Si fuera usted tan amable de contarme todo lo que sepa, se lo agradeceré.

– Haré algo mejor, le regalaré mi libro sobre la Alessandrini. Usted se lo lee y si tiene alguna duda me llama.

– Me parece bien, pero ya que he venido a Roma, me gustaría no irme sin nada…

– Se va a ir usted con mi libro. ¿Le parece poco?

– No, no, me parece estupendo, pero ¿no podría contarme algo de la relación entre Carla y Amelia?

– Le estoy diciendo que está todo escrito en este libro. Mire, hay incluso algunas fotos de Carla con Amelia. ¿Ve?, ésta es en Buenos Aires, esta otra en Berlín, y éstas en París, en Londres, en Milán… Y en el entierro de Carla, Amelia leyó un poema de despedida. Carla Alessandrini fue una mujer excepcional, además de la más extraordinaria cantante de ópera de todos los tiempos.

– ¿Por qué congenió con Amelia?

– Porque lo único que Carla no había tenido era un hijo. Lo sacrificó todo por su carrera, y cuando conoció a Amelia estaba en esa edad, pasados los cuarenta, en que las mujeres se preguntan qué han hecho con su vida. Amelia hizo que aflorara en ella un fuerte sentimiento de protección; era la hija que habría podido tener, y la veía tan desvalida que, emocionalmente, la adoptó. La protegió, la ayudó en distintos momentos de su vida, y nunca le pidió nada excepto lo que Amelia le daba, un inmenso cariño, un afecto sincero. Carla le tendía siempre la mano cuando la veía a punto de naufragar. Se convirtió en un refugio seguro para Amelia, y Carla, que era una mujer generosa, nunca le hizo preguntas que no pudiera responderle. En el fondo no quena saber más allá de lo que veía en la joven española.

– Y el marido de Carla, Vittorio Leonardi, ¿qué opinaba de esa relación maternofilial?

– Vittorio era un caradura, buena persona pero un caradura muy guapo y simpático además de listo. Era el manager de Carla, sabía cuidar de sus intereses, la mimaba hasta el infinito y la conocía muy bien. Sabía que en algunos asuntos era inútil oponerse a sus deseos. De manera que aceptó con naturalidad a Amelia, de la misma forma que en otras ocasiones cerraba los ojos a las aventuras amorosas de su esposa. Vittorio tenía lo puesto cuando conoció a Carla y pasó de ser un gacetillero que no llegaba a fin de mes a vivir rodeado de todos los lujos imaginables junto a una mujer a la que todos deseaban y adoraban. Pasó del cero al infinito y nunca puso en juego su relación con Carla; curiosamente él siempre le fue fiel.

– ¿Y qué opinaba Carla Alessandrini de Pierre Comte?

– Precisamente eso es lo que quería saber el profesor Soler cuando me telefoneó hace un par de años; estaba preparando una reedición de su libro sobre los espías soviéticos en España. Realmente me sentí muy halagada de que una autoridad académica como Soler me pidiera mi opinión. Bueno, respondiendo a su pregunta, a Carla no le gustaba mucho Pierre Comte, y ayudó a Amelia cuando ésta decidió romper con él. Creo que desconfiaba del francés, que por lo que he leído en los libros del profesor Soler, era nada menos que un espía soviético. Desde luego Carla nunca lo supo, o al menos no hay ningún testimonio ni documento que nos haga pensar que lo sabía. En todo caso no simpatizaba con él, no porque fuera comunista, sino porque Amelia no era feliz; no sé si sabrá que Carla Alessandrini fue una mujer notable que además se mantuvo firme contra Mussolini y que no se recataba de despreciar a Hitler en público. En una ocasión en que actuó en la ópera de Berlín y Hitler quiso ir a felicitarla al camerino, Carla se negó a recibirle objetando un fuerte dolor de cabeza. Como comprenderá, en aquel entonces nadie se atrevía a contrariar a Hitler por mucho que le doliera la cabeza. Lo que sí sabía Carla es a qué se dedicaría Amelia años después.

Y no porque ésta se lo dijera, sino porque era una mujer inteligente.

– ¿Y a qué se dedicó Amelia años después? -pregunté, mosqueado.

– ¡Ah! Eso tendrá que ir descubriéndolo. El profesor Soler me ha dicho que tiene usted que ir paso a paso, que así se lo han pedido a él. No sé de qué se trata, pero al parecer alguien quiere que sea usted el que junte el rompecabezas de la vida de Amelia Garayoa, que como ya le he dicho para mí tiene un interés relativo, puesto que el objeto de mis investigaciones ha sido Carla Alessandrini. Por cierto, ¿le gusta la ópera?

– No he ido en mi vida a ver ninguna, y si le soy sincero, no tengo ni un CD de ópera.

– ¡Una pena! Usted se lo pierde.

– ¿Y cómo es que a usted le interesa tanto?

– Quería ser cantante, me imaginaba como una nueva Carla Alessandrini, pero… la verdad es que no tengo ni la voz ni el talento de ella ni de ninguna de las grandes. Me costó aceptarlo, pero decidí que si no podía ser la mejor entonces era preferible dejarlo. Estudié musicología al tiempo que iba a clases de canto, y actué como parte del coro en tres o cuatro obras, por las que pasé sin pena ni gloria. Mi tesis se centró en la figura de Alessandrini, investigando aspectos poco conocidos de su vida. El profesor que dirigió mi doctorado tiene relaciones con el mundo editorial, y estaba convencido de que mi tesis podía convertirse en un libro interesante. Y así fue. Ahora me dedico a escribir libros sobre música, pero sobre todo de ópera, y colaboro en periódicos de medio mundo. He logrado ser alguien, que es de lo que se trataba. Bueno, ya lo sabe casi todo de mí, cuénteme ahora algo sobre usted.

– Soy periodista, sin trabajo a causa de los avatares de la política. No sé cómo serán las cosas en Italia, pero en mi país si quieres escribir sobre política o estás con la derecha, o estás con la izquierda o eres nacionalista de algo, o de lo contrario estás en el paro. Yo estoy en el último caso.

– ¿No es usted de nada?

– Sí, me considero de izquierdas, pero tengo la manía de pensar por libre, y de no repetir las consignas de nadie, lo que me convierte en un individuo poco de fiar.

– No se crea que en Italia es muy distinto… Yo de usted me dedicaría a escribir de otras cosas que no fueran de política.

– En eso estoy, lo malo es que ya me he creado fama de díscolo y ni siquiera se fían de mí para escribir reseñas culturales.

– Pues sí que lo tiene usted mal.

– Sí, la verdad es que sí.

Francesca se apiadó de mí y me invitó a quedarme a cenar para seguir hablando de Carla y Amelia.

– Ellas se conocieron en una travesía hacia Buenos Aires. Dígame, ¿qué pasó cuando llegaron allí?

– Puede imaginarse el revuelo que se organizó en el puerto cuando el barco atracó. Decenas de periodistas esperaban impacientes a Carla Alessandrini. Ella nunca defraudaba a sus seguidores, de manera que bajó del barco envuelta en un abrigo de martas cibelinas agarrada del brazo de su marido, el guapísimo Vittorio. Se instalaron en una suite en el hotel Plaza, y durante los cuatro días siguientes se dedicó a participar en los ensayos, conceder entrevistas y acudir a algunos actos sociales. El embajador de Italia ofreció un cóctel en su honor al que acudieron todas las personas relevantes de la ciudad, así como miembros del cuerpo diplomático de otros países, y por cierto, por indicación de Carla, Amelia y Pierre también fueron invitados. Ya le he dicho que Carla no simpatizaba con el régimen de Mussolini, pero cuando viajaba al extranjero solía aceptar el homenaje que se le tributaba en todas las embajadas de Italia. Permítame insistirle en que ha de leer mi libro. Creo que el profesor Soler le ha recomendado que vaya a Buenos Aires para hablar con el profesor Muiños y, en mi opinión, entre lo que le cuente Muiños y lo que lea en mi libro, podrá escribir su propio relato.

Acepté la propuesta de Francesca.

Mi madre me despertó a las ocho de la mañana sacándome de un sueño profundo.

– ¡Pero mamá que no son horas…! -protesté.

– Es que no puedo dormir pensando en ti. Mira, hijo, creo que debes terminar con esa tontería de investigar el pasado de la abuela. Por muy interesante que resulte, lo que no puede ser es que estés perdiendo tu carrera.

– ¿Qué carrera, madre?

– ¡Vamos, no seas cabezota! Eres muy orgulloso y crees que los demás tienen que llamar a tu puerta, pero las cosas no funcionan así, de manera que no te queda más remedio que ir a llamar a la puerta de las empresas para encontrar trabajo.

– ¡Son las ocho, estoy en Roma, me he acostado tarde y te he explicado mil veces que me duelen los nudillos de tanto llamar a la puerta de las empresas!

– Pero hijo…

– Mira madre, ya hablaremos, ya te llamaré luego.

Colgué el teléfono malhumorado. Mi madre no me daba ni un respiro a cuenta del trabajo. Decidí irme ese mismo día a Buenos Aires, allí al menos me llamaría menos dado el coste de las llamadas transoceánicas.

Enchufé el ordenador y me conecté a internet para ver si tenía algún correo que responder. Para mi sorpresa allí estaban las respuestas del profesor Soler. Me dije que a pesar de mi madre el día no empezaba nada mal. De manera que me puse manos a la obra, escribí una entradilla para la entrevista y un final, puse los titulares y se la envié a Pepe, el jefe de cultura del periódico digital, recordándole el compromiso asumido con el profesor Soler.

Me enamoré de Buenos Aires en el trayecto entre el aeropuerto v el hotel. ¡Qué ciudad! Al final iba a tener que agradecer a la tía Marta el encargo que me había hecho, porque, la verdad sea dicha, estaba viviendo una experiencia la mar de interesante conociendo a personas insospechadas y visitando una ciudad como la que se abría a mis ojos en esa mañana del otoño austral. Mientras en España caminábamos hacia el verano, en Buenos Aires se estaban instalando en el otoño. Pero la de mi llegada era una mañana soleada y tibia.

La agencia de viajes me había reservado un hotel en la zona céntrica de la ciudad. Una vez instalado telefoneé al profesor Muiños, que ya había recibido la llamada pertinente del profesor Soler. Me dio cita para el día siguiente por la tarde, se lo agradecí porque eso iba a permitirme superar el desfase horario y conocer un poco la ciudad.

Con un plano que me dieron en la recepción del hotel me lancé a la calle dispuesto a descubrir los mejores rincones de la ciudad. En primer lugar me dirigí a la plaza de Mayo, que tantas veces había visto en televisión porque allí es donde se reúnen esas valerosas mujeres, las Abuelas de Mayo, para protestar por la desaparición de sus hijos y nietos, víctimas de la dictadura militar.

Estuve un buen rato en la plaza, sin perder detalle, sintiendo la fuerza de aquellas mujeres que con sus pañuelos blancos y pacíficamente habían plantado cara de la manera más eficaz a aquel atajo de asesinos que formaron parte de la Junta Militar.

Luego visité la catedral, y me dejé llevar por el tránsito humano de las calles porteñas hasta que a eso de las seis de la tarde el jet lag me impidió seguir avanzando. Paré un taxi y regresé al hotel, me metí en la cama y no me desperté hasta el día siguiente.

Lo primero que hice fue llamar a mi madre, convencido de que si no daba señales de vida era muy capaz de llamar a la Interpol para denunciar la pérdida de su querido hijo, o sea, yo. Son los inconvenientes de ser hijo único, y de haber crecido sin padre, puesto que el mío murió cuando yo era un niño.

La casa del profesor Muiños estaba situada en el elegante barrio de Palermo, y tenía dos plantas. Nada más abrirme la puerta respiré el aroma de la madera encerada y de los libros que se apilaban a lo largo y ancho de las paredes, que no eran sino una enorme biblioteca que ocupaba toda la casa.

Me abrió la puerta una mucama boliviana, de aspecto tímido, que me condujo de inmediato al despacho del profesor.

Andrés Muiños era lo que uno esperaba que fuera un viejo profesor. Vestía de manera informal, con chaqueta de punto, llevaba el cabello blanco peinado hacia atrás y tenía ese aire distraído de los sabios y la afabilidad de quien ya lo ha visto todo y nada puede sorprenderle.

– ¡Así que usted es el periodista español! -me dijo a modo de saludo.

– Pues sí… Muchas gracias por recibirme -respondí.

– Me lo ha pedido Pablo Soler, un buen amigo y colega. Coincidimos en Princeton.

– Sí, eso me contó don Pablo.

– Puestos a escribir sobre vidas extraordinarias, la de Pablo lo es, pero sé que el objeto de su investigación es Amelia Garayoa, su bisabuela, si no he entendido mal.

– Pues sí, Amelia Garayoa fue mi bisabuela, aunque en la familia se sabe muy poco sobre ella, prácticamente nada.

– Sin embargo, fue una mujer importante, mucho más de lo que usted se pueda imaginar; la suya fue una vida de aventuras y peligros, digna de una novela de Le Carré.

– La verdad es que me voy llevando alguna que otra sorpresa. Pero he de decirle que lo que sé de ella hasta ahora no la convierte en una mujer interesante, más bien me parece alguien que se dejaba dominar por los acontecimientos sin que ella pudiera controlarlos.

– Por lo que me ha contado Pablo, usted sabe de Amelia hasta que se vino con Pierre Comte a Buenos Aires. En aquel entonces era una joven de unos veinte años, y no sé usted, pero yo no conozco a nadie interesante de esa edad, ni siquiera de la edad que tiene usted ahora: ¿treinta, treinta y tantos, quizá?

¡Caramba con el profesor! No tenía pelos en la lengua. Con una sonrisa estaba diciéndome que nunca me habría elegido como compañero de conversación. Pero no era el momento de hacerme el ofendido, así que puse cara de tonto.

– Creo que ha hablado también con la señora Francesca Venezziani, ¿me equivoco?

– Vengo de Roma, de estar con ella. Me ha regalado su libro sobre Carla Alessandrini.

– He visto a la señora Venezziani en dos o tres ocasiones, tiene su interés, es lista; sabía que no sería una gran cantante sin embargo, se ha hecho un nombre contando historias de los grandes divos del bel canto. Y sus libros no están mal, hay que reconocer que están bien documentados. ¿Ha leído ya el libro sobre la Alessandrini?

– No del todo, empecé a hacerlo en el avión.

– Carla Alessandrini también fue una mujer notable al margen de su talento para cantar. Era fuerte, valiente, decidida, de las que se ponen el mundo por montera, pero por decisión propia, no como su bisabuela, que se dejó arrastrar por Pierre Comte. Sabe, joven, no tengo grandes cosas que hacer, así que he preparado un plan de visitas para llevarle a algunos lugares relacionados con su bisabuela; así entenderá mejor sus andanzas en esta ciudad y de paso conocerá usted Buenos Aires, ciudad a la que emigraron mis padres nada más terminar la guerra civil. Mi padre era capitán del Ejército republicano, y pudo huir cuando acabó la guerra. ¡Menos mal! De lo contrario le habrían fusilado. Yo tenía entonces cinco años, de manera que, aunque nací en Vigo, me siento de aquí. Pero vayamos a lo nuestro. ¿Por dónde quiere que empiece?

– Me gustaría saber qué pasó cuando Pierre y Amelia llegaron aquí.

– De acuerdo -dijo Muiños sonriendo mientras me observaba encender el magnetófono.

«Se instalaron en el Castelar, que está situado en la avenida de Mayo. Iremos a visitarlo, porque allí se alojó también Federico García Lorca entre octubre de 1933 y marzo de 1934.

Era un hotel cómodo donde solían hospedarse algunos artistas y escritores a su paso por Buenos Aires. Pierre Comte no tenía intención de alargar demasiado la estancia en el hotel, sino la de encontrar una casa desde donde poder desarrollar su doble actividad, como librero y espía.

Puede que usted no lo sepa pero a principios del siglo XX Buenos Aires era una ciudad llena de glamour, que había entrado en la modernidad mirando a Francia, al París del barón Hausman. No había artista que se preciara que no actuara en el Teatro Colón. Fue un empresario italiano el que puso en marcha el proyecto, que contó con varios arquitectos hasta su finalización en 1908. En el Colón han actuado auténticas leyendas como Caruso, Toscanini, Menuhin, María Callas y, por supuesto, Carla Alessandrini. Tenga usted en cuenta que muchos de los grandes de la ópera aseguran que después de la Scala de Milán, el Colón es el teatro con mejor acústica del mundo.

De manera que en aquella época era del todo lógico que una gran cantante como Carla Alessandrini actuara en el Colón.

Pierre consideraba una bendición la amistad que parecía estar surgiendo entre Amelia y Carla. La diva era la mejor tarjeta de visita en esta ciudad, que estaba rendida de antemano ante la gran Alessandrini.

Nuestro hombre no perdió tiempo y al día siguiente de desembarcar ya estaba buscando un lugar adecuado donde instalarse. En su equipaje traía varios baúles con libros raros y ediciones especiales, que sin duda iban a ser de interés para bibliófilos. Muchos de ellos los había adquirido en España una vez que empezó a fraguar la idea de convertir a Amelia en su coartada para instalarse en Buenos Aires.

Moscú no regateaba el dinero a sus espías pero tampoco les dejaba dilapidarlo; éstos tenían que dar cuenta hasta del último céntimo que gastaban y desconfiaban de los manirrotos. No se podía gastar en balde el dinero del pueblo.

Al segundo día de su llegada, Carla les envió recado de que estaban invitados al cóctel que se ofrecía en su honor en la embajada de Italia. Pierre no podía estar más satisfecho de cómo se desarrollaban las cosas y se preguntaba a sí mismo si había sido un acierto hacerse acompañar por Amelia.

Aunque Pierre le llevaba quince años a ella hacían una buena pareja. La joven tenía una figura frágil, casi etérea, tan rubia y delgada. El tenía un porte elegante y era un hombre de mundo.

Carla abrazó a Amelia en cuanto la vio entrar en la embajada.

– Pero ¿cómo no me has llamado? Te he echado de menos, no tengo con quién hablar.

Amelia se excusó alegando que esos dos primeros días los habían pasado buscando casa y que no les estaba resultando fácil encontrar lo que Pierre necesitaba.

– ¡Pero yo puedo ayudarte! ¿Verdad, Vittorio? Seguro que conocemos a alguien que sabe dar con lo que necesitáis. Déjalo de mi cuenta.

Los invitados al cóctel, la alta sociedad porteña, tomaban buena nota del afecto de Carla por Amelia.

Si la gran Alessandrini tenía bajo su protección a aquella pareja, es que era importante. Esa noche Pierre y Amelia recibieron invitaciones diversas para almuerzos, cenas, veladas musicales o acudir a las carreras de caballos. Pierre desplegó todo su encanto, su charme francés, y más de una dama se quedó prendada de aquel hombre galante que tanto prometía con la mirada.

Tanto Pierre como Amelia estaban ávidos de noticias sobre la situación en España, y les proporcionó respuestas a casi todas sus preguntas un bullicioso napolitano, Michelangeló Balido, casado con una de las secretarias de la embajada de Italia.

– Franco aún no ha entrado en Madrid pero lo hará de un momento a otro. Tengan en cuenta que los mejores generales españoles están al frente del alzamiento, nada menos que Sanjurjo, Mola y Queipo de Llano. No tengo la menor duda de que triunfarán por el bien de su patria, señorita Garayoa.

Pierre apretaba con fuerza la mano de Amelia para evitar que ésta respondiera de manera airada. La había aleccionado en la conveniencia de ver, escuchar y hablar poco, pero ella se sentía demasiado afectada para mantener la compostura.

– ¿Y cree usted, señor Bagliodi, que Italia y Alemania colaborarán con los militares que se han puesto en contra de la República? -preguntó Pierre.

– ¡Amigo mío, qué duda cabe de que cuentan con la simpatía del Duce y del Führer! Y que si es necesario… Bueno, estoy seguro de que Italia y Alemania ayudarán a nuestra gran nación hermana que es España.

Michelangelo Bagliodi estaba encantado de ser objeto de atención de aquella pareja que le había presentado la gran Carla. Además, parecían apreciar sus opiniones, lo que encontraba natural, habida cuenta de su posición de hombre enterado de las vicisitudes de la política mundial gracias a su matrimonio con la secretaria del embajador, su dulce Paola. El, que había emigrado muchos años atrás desde su Nápoles natal, había trabajado duro hasta convertirse en un comerciante próspero que además había progresado en la escala social casándose con una funcionaría de la embajada, lo que le proporcionaba nuevos contactos y sobre todo la posibilidad de codearse con lo más granado de la orgullosa sociedad porteña en los cócteles o las cenas de la embajada.

– ¿Y qué hace el presidente Azaña? -preguntó Amelia.

– Un desastre, señorita, un desastre. La República está dejando que se armen los civiles para su defensa, porque más de la mitad del Ejército está con los generales que se han rebelado contra la situación. Los expertos dicen que las fuerzas están muy igualadas, pero en mi opinión, señorita, no se puede comparar el genio y la valentía militar de unos con la de los otros. Además, ¿cómo se van a poner de acuerdo republicanos, socialistas, anarquistas, comunistas y toda esa gente de izquierdas? Ya verá cómo terminan peleándose entre ellos. Yo auguro un buen final para este conflicto con el triunfo de Franco, lo mejor que le puede suceder a España.

El napolitano, satisfecho de su conversación con Amelia y Pierre, se ofreció a ayudarlos en lo que precisaran.

– Ustedes acaban de llegar y no conocen bien la ciudad, de manera que no duden en solicitar mis servicios para lo que necesiten. Mi esposa y yo nos sentiríamos muy honrados si quisieran visitarnos en nuestra casa, podríamos invitar a algunos amigos y organizar una velada… -se atrevió a proponer Bagliodi.

– Estaríamos encantados de visitarles -aseguró Pierre.

Bagliodi les entregó su tarjeta y apuntó en un papel el hotel donde la pareja se alojaba prometiendo mandarles recado pronto para celebrar esa velada.

– ¡Es un imbécil! -dijo Amelia apenas se hubieron separado de él-. ¡Y no pienso ir a casa de ese fascista! ¡No entiendo cómo le has dicho que iremos!

– Amelia, si el primer día que llegamos proclamamos nuestras ideas nos haremos vulnerables. No conocemos a nadie en esta ciudad, y necesitamos que se nos vayan abriendo puertas. Te he dicho en alguna ocasión que colaboro cuanto puedo con la Internacional Comunista, y nunca viene mal saber qué piensan los enemigos.

– ¡Ni que fueras un espía! -exclamó Amelia.

– ¡Qué tonterías dices! No se trata de espiar, pero sí de escuchar, porque lo que ingenuamente dicen los enemigos nos sirve para estar preparados, para ir un paso por delante de ellos. Aspiro a la revolución mundial, a acabar con los privilegios de quienes todo lo tienen, pero naturalmente no van a dejar que les despojemos de ellos, y por eso es necesario que sepamos cómo piensan, cómo se mueven…

– Sí, ya me lo has dicho. Aun así, yo no estoy dispuesta a tratar con ese hombre insoportable y con su insípida mujer.

– Haremos lo que tengamos que hacer -sentenció Pierre, fastidiado por el malhumor de Amelia-. Además, ¿quién mejor que ese hombre para informarnos de la situación en España? Creía que ansiabas tener noticias fidedignas de tu país.

Al día siguiente Amelia recibió una llamada de Carla invitándola a merendar en el Café Tortoni.

– Pero ven sola, que quiero que hablemos tranquilas. Termino los ensayos a eso de las seis. Creo que encontrarás fácilmente el café. Está en la avenida de Mayo y en Buenos Aires todo el mundo lo conoce.

Pierre no puso ningún inconveniente a la cita y dedicó la jornada a continuar buscando ese lugar ideal que hasta ese momento sólo existía en su imaginación.

Amelia encontró a Carla nerviosa; siempre lo estaba antes de un estreno, pues no se dejaba engañar por los halagos.

– Todos son muy amables pero si llego a soltar un gallo, me crucificarían y me darían la espalda con la misma naturalidad con que hoy se inclinan ante mí. No puedo permitirme un fallo, me quieren sublime, y así he de estar.

La noche del estreno, invitados por Carla, Amelia y Pierre ocuparon un palco. Amelia lució bellísima según contaron en los ecos de sociedad los periódicos del día siguiente, en los que se referían a ella como «la mejor amiga de la gran Carla».

Carla estuvo sublime, si nos atenemos a esas mismas crónicas. Los espectadores, puestos en pie, aplaudieron durante más de media hora y ella tuvo que salir al escenario varias veces para agradecer los aplausos.

Vittorio había organizado para después de la función una cena con varios potentados porteños, algunas personalidades del mundo de la cultura y los directores de los principales diarios, y naturalmente allí estuvieron presentes Amelia y Pierre.

Quiso la suerte ponerse del lado de éste aquella noche, cuando un caballero con fuerte acento italiano le preguntó dónde estaban instalados y él le explicó que estaba buscando un lugar donde poder compaginar una vivienda con una pequeña tienda en la que exponer sus joyas bibliográficas.

El hombre se presentó como Luigi Masseti, propietario de varios edificios y locales comerciales, y se ofreció a ayudarle a encontrar el lugar adecuado.

– Precisamente tengo un lugar que les puede servir. Está ubicado en la planta baja de un edificio viejo muy bien situado, en la calle Piedras. Aunque es un bajo, tiene mucha luz porque cuenta con un gran ventanal que da al exterior. El problema es que como vivienda no tiene salida y como local comercial, tampoco. No es muy grande, pero creo yo que es suficiente para albergar a una pareja y el negocio de los libros. ¿Por qué no se pasa mañana por mi oficina y uno de mis empleados le acompaña a verlo?

Pierre aceptó agradecido. Amelia, por su parte, tenía a su alrededor un buen número de galanteadores. Para ese momento ya se sabía, porque Pierre se había encargado de anunciarlo, que habían huido de sus respectivas familias, ella abandonando marido e hijo y él un próspero negocio, para vivir una apasionada historia de amor. Algunos de aquellos hombres creyeron que la española podía ser presa fácil para sus escarceos amorosos e intentaban tomarse libertades que sorprendían y herían a Amelia a partes iguales.

Carla Alessandrini, que se daba cuenta de la situación, intervino en un par de ocasiones manifestando que cualquiera que molestase a su amiga la estaría ofendiendo a ella.

Pierre prefería ignorar la situación, ya que su objetivo era ir haciéndose con un buen número de conocidos en la cerrada y exquisita alta sociedad porteña. Y allí estaba representado lo mejor de lo mejor. No podía haber tenido mayor suerte.

Carla les presentó a un matrimonio con el que parecía unirle una vieja amistad.

– Amelia, quiero que conozcas a Martin y Gloria Hertz. Son los mejores amigos que tengo en Buenos Aires.

Martin Hertz era un judío alemán que había llegado tres años antes buscando un lugar tranquilo donde librarse de la presión nazi. Era otorrino, y había conocido a Carla años atrás, en Berlín, cuando la diva tuvo un problema en la garganta dos días antes de actuar en el teatro de la Ópera. Martin cuidó de su garganta haciendo posible que se subiera al escenario y conociera otra noche de aplausos. Desde entonces Carla era incondicional de este joven médico alemán que, recién llegado a la ciudad, se enamoró de una porteña de origen español, Gloria Fernández, con la que había contraído matrimonio.

Amelia simpatizó de inmediato con el matrimonio Hertz. Martin reflejaba en el rostro tal bonhomía que inspiraba confianza, y Gloria derrochaba simpatía y personalidad.

– Tienen que visitarnos en mi galería de arte -les invitó Gloria-. Ahora expone un joven pintor mexicano, al que yo le auguro un gran futuro. Intento que mi galería sea un referente de la nueva pintura, un lugar donde los jóvenes encuentren la oportunidad de exponer.

Pierre se comprometió de inmediato a visitar la galería de los Hertz. Y se decía a sí mismo que tal y como había intuido Amelia era un talismán valioso para abrirse paso en la sociedad porteña.

– Mi mejor amiga es alemana, de Berlín -comentó Amelia-, aunque ahora mismo no sé si estará en Nueva York. ¡Ojalá que sí! Yla es judía, y su padre, herr Itzhak Wassermann, es socio del mío, pero los nazis le han acorralado de tal manera que el negocio se ha ido a pique. Mi padre lleva tiempo intentando convencer a herr Itzhak de que salga de Alemania, y… bueno, antes de venir hacia aquí, me dijeron que estaban pensando en emigrar a Nueva York.

– Los nazis no nos dejan muchas opciones, están robándonos, despojándonos de nuestros bienes, y los hombres de las SS nos persiguen con saña. Primero nos fueron privando de algunos derechos ciudadanos, y luego con las Leyes de Nuremberg nos han convertido en apestados. Yo me marché en el treinta y cuatro, consciente de que, pese a lo que quieren creer las comunidades judías en Alemania, el nazismo no va a ser efímero. En mayo de 1933 fui testigo de aquel acto vergonzoso y terrible que fue la quema en público de libros, obras escritas por judíos, que pertenecen a la humanidad… Ese acontecimiento fue lo que hizo que me decidiera a marcharme, sabía que después de aquello iban a seguir acosándonos, como desgraciadamente ha sido. Mis padres no me han querido acompañar, tengo un hermano mayor, casado y con dos hijos, que tampoco ha querido emigrar. Rezo por ellos a diario, y me hierve la sangre cuando les imagino acosados por los vecinos.

– Vamos, Martin, estamos en una fiesta… -protestó Gloria, intentando levantar el ánimo de su marido.

– Lo siento, ha sido culpa mía… No debería haber…

– ¡No diga eso! Me alegra saber que es usted una persona sensible que se lamenta por la situación de otros seres humanos -respondió Martin-, pero, efectivamente, Gloria tiene razón, no podemos apesadumbrarnos precisamente en la fiesta de Carla, ella quiere que seamos felices.

De regreso al hotel, Pierre se mostró cariñoso y solícito con Amelia. Cualquiera que se hubiera fijado en ellos podría haber pensado que aquel hombre estaba perdidamente enamorado de la frágil joven que caminaba a su lado.

Una semana más tarde, Amelia y Pierre se instalaron en el bajo que les había alquilado Luigi Masseti. Pierre lo encontraba el lugar perfecto: a la casa se entraba por un enorme portal, que se encontraba en la planta baja. Un pequeño vestíbulo daba paso a un salón de cincuenta metros que efectivamente estaba iluminado por un gran ventanal que daba a la calle. Al fondo, dos habitaciones, una pequeña cocina y un cuarto de baño completaban el que iba a ser su hogar. Las ventanas de esa parte de la casa daban a un patio comunal.

Amelia limpió a fondo el que iba a ser su nuevo hogar. Pierre demostró dotes de buen carpintero comprando madera, que convirtió en una gran biblioteca que cubrió todas las paredes del salón. En cuanto al resto de la casa, no se gastaron demasiado en la decoración, apenas compraron lo imprescindible.

– Esperaremos a ver cómo nos va el negocio, tiempo habrá para disponer de muebles como los que te mereces -le dijo Pierre a Amelia.

No les fue mal. Buenos Aires era una ciudad cosmopolita que se rendía ante los europeos que acudían buscando refugio en ella. Y Pierre era francés, y Amelia una mujer delicada y bella, de manera que no tenían problemas para que poco a poco se les fueran abriendo puertas. Lo único que a Amelia le sorprendía era que Pierre insistiera en relacionarse con Michelangelo Bagliodi, el marido de la secretaria de la embajada de Italia. Pierre y Bagliodi parecían haber hecho buenas migas, y no era infrecuente que almorzaran juntos, o que los cuatro pasaran la jornada del domingo en la casa de la pareja.

Si Martin y Gloria Hertz les habían ido presentando al mundillo intelectual de la ciudad, Bagliodi, a través de su esposa Paola, había logrado que fueran invitados a algunos eventos de la embajada de Italia, en los que Pierre se codeaba con gran naturalidad con embajadores y diplomáticos de otros países.

Amelia parecía ir acomodándose a su nueva situación y no era infeliz del todo, aunque vivía preocupada por la guerra civil en España. Lo peor para ella fue la marcha de Carla Alessandrini. La diva había cumplido con sus compromisos artísticos en Buenos Aires y debía regresar a Europa, donde en septiembre inauguraba la temporada en la Scala de Milán, con Aída, una ópera difícil y ambiciosa. Antes de marcharse se reunió de nuevo a solas con Amelia en el Café Tortoni, que se había convertido en el lugar favorito de ambas. Allí sentadas en las mesas de roble y mármol verde gustaban de intercambiar confidencias.

– Te echaré de menos, cara Amelia… ¿Por qué no regresas a Europa? Si quieres puedo ayudarte…

– ¿Y qué haría yo? No, Carla, tomé una decisión de la que a veces me he arrepentido, pero ya es tarde para volverme atrás. Mi marido nunca me perdonará, en cuanto a mi familia… les he hecho mucho daño, ¿qué harían conmigo si regreso? Sólo le pido a Dios que Franco pierda la guerra, y vuelva la tranquilidad. Temo por ellos, aunque Madrid aún resiste…

– Pero ¿y tu hijo? No te das cuenta de que si no regresas lo perderás… Aún es pequeño pero un día querrá saber qué fue de su madre, ¿y qué le podrán decir? Amelia, yo me ofrezco a llevarte de vuelta a Europa…

Pero Amelia parecía querer reafirmarse en la decisión de la que tantas veces se había arrepentido. Además, en aquel momento no se habría atrevido a enfrentarse a Pierre. Temblaba al pensar en su reacción si le decía que lo abandonaba.

– A mi hijo lo he perdido y sé que no me perdonará jamás. Soy la peor madre del mundo, acaso salga ganando con mi ausencia -se reprochó Amelia sin poder contener las lágrimas.

– Vamos, no llores, todo tiene arreglo; se trata de que tú lo quieras. Tienes mi dirección y la de la oficina de Vittorio donde siempre me puedes mandar un mensaje; en todo caso allí te dirán dónde estoy y cómo puedes encontrarme. Si me necesitas no dudes en escribirme, sabes que haré lo imposible por ayudarte.

Pierre trabajaba con ahínco, pero de vez en cuando también se dejaba llevar por la melancolía. Para el mes de octubre ya mantenía contactos regulares con su controlador, el secretario del embajador de la Unión Soviética, al que le iba pasando la información recogida entre los círculos intelectuales, y también entre los comerciantes y la clase alta de la ciudad. Sus informes eran minuciosos, y no dejaba de relatar nada, por insignificante que fuera.

Y solía someter a auténticos interrogatorios a Amelia cada vez que ella salía a merendar con sus nuevas amigas o compartía charla con alguna persona destacada, ya fuera en un cóctel, en un acto literario o en una cena de matrimonios.

Era un agente disciplinado con una misión que cumplir pero creía que su sitio no era Buenos Aires, donde al cabo de seis meses ya había «fichado» a un agente en el mismísimo Ministerio de Exteriores, tal y como le habían ordenado. Miguel López era un funcionario del ministerio, de convicciones comunistas aunque no estaba afiliado a ningún partido. Abominaba de la alta sociedad lamentándose de la situación de necesidad en que se encontraban muchos de sus compatriotas que vivían lejos de la capital, y aun en ella había quien sólo podía asistir como espectador al glamour de la ciudad.

Miguel López había conseguido su trabajo de oficinista gracias a un tío suyo que trabajaba como conserje en el ministerio. Este era un hombre afable que un día habló a favor de su joven sobrino, que sabía mecanografía y taquigrafía y tenía conocimientos de contabilidad. Además, poseía un don especial para los idiomas porque sin haber podido ir a ninguna escuela había aprendido francés por sí solo. Debió de ser convincente porque a Miguel López le dieron un empleo de oficinista y, como era listo y discreto, al cabo de un año lo trasladaron como secretario del jefe del Departamento de Claves. López ocupaba su tiempo libre estudiando leyes, ya que soñaba con convertirse en abogado, circunstancia que parecía aumentar la buena opinión que sobre él tenían sus jefes.

Amelia simpatizaba con Miguel López, y no sospechaba de la amistad creciente entre los dos hombres. Para ella la amistad de aquel joven era una bendición, puesto que la tenía al día de las novedades en España, ya que por él pasaban los informes en clave del embajador de Argentina en Madrid.

Una de aquellas noches en las que Miguel acudió a cenar a casa de Amelia y Pierre les contó que la situación en España iba agravándose por momentos.

– Al parecer -dijo-, en la retaguardia los fascistas cometen todo tipo de barbaridades, fusilan a los militantes de izquierdas y se ensañan con los maestros republicanos. Pero lo más importante es que los trabajadores españoles han organizado una auténtica resistencia contra los fascistas, y además del Ejército de la República, hay unidades de milicias populares. Los milicianos del Batallón Abraham Lincoln ya están participando en la lucha, y comienzan a llegar hombres de todas partes para incorporarse a las Brigadas Internacionales. Por cierto -añadió-, el viaje de la delegación de mujeres antifascistas a México empieza a dar su fruto. Nuestro embajador allí dice que continúan recaudando fondos para los milicianos y para ayudar a la República. Desde el punto de vista de la propaganda, el resultado no puede ser mejor, la mayoría de los periódicos atacan a los golpistas y se alinean con el Gobierno de Azaña. ¡Y nosotros aquí sin poder hacer nada! ¡Siento vergüenza de nuestros políticos!

López sentía una íntima satisfacción por haberse convertido en agente de la Unión Soviética, y soñaba con el momento en que, en reconocimiento por sus servicios, le llamaran a la «patria de los trabajadores» para quedarse allí para siempre.

Pierre le había explicado que no debía llamar la atención, que tenía que desconfiar de todo el mundo y, sobre todo, continuar con su papel de funcionario gris.

A pesar de que Miguel López le había dicho en una ocasión que una de sus compañeras de trabajo parecía sentir la misma aversión que él hacia el régimen de su país e incluso había hecho un comentario negativo sobre el fascismo, Pierre le prohibió que confiara en ella.

No obstante el buen hacer de Miguel López, Pierre necesitaba otro agente situado en las entrañas del Ministerio de Exteriores o de la propia Presidencia, pues así se lo había indicado su controlador de la embajada.

Como quiera que la suerte parecía estar de su parte desde su llegada a Buenos Aires, Amelia le comentó una tarde que había pasado por la galería de Gloria y que ella le había presentado a una amiga que estaba atravesando un mal momento.

– No imaginas lo que tiene que soportar la pobre trabajando en la Casa de Gobierno y siendo una furibunda antifascista. Según Gloria, su amiga Natalia tiene ideas comunistas.

Pierre no pareció mostrar gran interés pero, unos días más tarde, insistió en invitar a cenar a Martin y a Gloria Hertz, y en el transcurso de la velada sacó a colación lo que le había contado Amelia.

– ¡Oh, sí, la pobre Natalia! Para ella es muy difícil trabajar en la Casa de Gobierno. No es que ocupe un puesto importante, de hecho no trabaja directamente con el presidente, sino en el Departamento de Traducción. Se pasa el día traduciendo documentos, cartas, en fin, cualquier papel que esté escrito en inglés. Y si el presidente necesita una intérprete, naturalmente recurre a ella. Natalia habla perfectamente inglés, ya que su padre era diplomático y durante un tiempo estuvo destinado primero en Inglaterra, después en Estados Unidos, y más tarde en Noruega y Alemania. Ella tenía cinco años cuando su padre fue destinado a Inglaterra y allí permaneció hasta los nueve; el siguiente destino de su padre fue Washington, de manera que el inglés no tiene secretos para ella.

Pierre se las arregló para mostrar una pena que parecía sincera por Natalia y sugirió que debía acompañarlos la próxima ocasión que se vieran.

No fue hasta un mes después y por casualidad cuando Pierre conoció a Natalia Alvear en la inauguración de una exposición en la galería de Gloria.

Natalia resultó ser una cincuentona, de estatura media, cabello castaño y aspecto elegante, aunque desde luego no era ninguna belleza. Estaba soltera y aburrida, y frecuentaba ambientes intelectuales y artísticos donde se codeaba con gente de izquierdas. Su trabajo en la Casa de Gobierno le resultaba tedioso, y la falta de ilusiones personales la tenían amargada.

Desde el primer momento Pierre se dio cuenta de que podía convertirla en una agente y que esa actividad podía ser la razón de su vida. Pero decidió ir paso a paso hasta estar seguro de que la solterona estaba madura para asumir aquel trabajo.

Dos días más tarde, al pasar por delante de la Casa de Gobierno, se hizo el encontradizo a la hora en que ella le había comentado que salía para almorzar.

– ¡Querida Natalia, qué sorpresa!

– Señor Comte, sí que es casualidad…

– No me llame señor Comte, creo que podemos tutearnos y llamarnos por nuestro nombre, ¿no le parece? He venido a ver a un cliente cerca de aquí, y ahora me dispongo a almorzar algo ligero porque tengo otra cita no lejos de este lugar. ¿Y usted, adonde va?

– Pues al igual que usted, a almorzar.

– Si no lo toma como un atrevimiento por mi parte, estaría encantado de invitarla.

– ¡Oh, no! No puedo aceptar.

– ¿Tiene otro compromiso?

– No, no es eso, pero, en fin, me parece que no debo hacerlo.

– ¿No es costumbre en Buenos Aires que dos personas que se conocen almuercen juntas? -preguntó Pierre, haciéndose el inocente.

– Bueno, si son amigos, claro que sí.

– Usted es amiga de Gloria y nosotros tenemos a los Hertz entre nuestros mejores amigos, de manera que no veo dónde está el inconveniente… Vamos, permítame invitarla a almorzar. Amelia se enfadará si le cuento que me la he encontrado y he sido tan descortés que no la he invitado a almorzar.

Entraron en un restaurante próximo y Pierre hizo alarde de su savoir faire de hombre de mundo. Consiguió hacerla reír, e incluso coqueteó ligeramente con ella para lograr que se sintiera una mujer deseable.

Natalia estaba demasiado sola y hastiada de su gris existencia como para resistirse a un hombre como Pierre.

No fue la única ocasión en que él se hizo el encontradizo y ella se dejó invitar al almuerzo. Poco a poco fueron tejiendo una relación que a ojos de cualquier ingenuo parecía un mero amor platónico entre dos personas que por sentido del deber no se atrevían a dar un paso más.

Pierre se escudaba en que debía ser leal a Amelia, que había abandonado marido e hijo por él. Y Natalia le admiraba aún más por ello, aunque secretamente deseaba que Pierre decidiera cometer esa deslealtad.

Pierre confesó a Natalia que era comunista y que sólo ella podía comprender la importancia de su causa.

Sin que ella se diera cuenta fue convenciéndola de que no podían permanecer de brazos cruzados dejando que los fascistas del mundo se salieran con la suya, hasta que llegó el día en que le pidió que cualquier información que creyera relevante para la «causa» debía transmitírsela para que él la pudiera hacer llegar a las personas adecuadas.

Natalia dudó al principio, pero Pierre dio un paso más y una tarde se convirtió en su amante.

– ¡Dios mío, qué hemos hecho! -se lamentó Natalia.

– Tenía que suceder -la consoló él.

– Pero ¿y Amelia? -No quiero hablar de ella, permíteme disfrutar de este momento, el más feliz que he tenido en mucho tiempo.

– ¡No está bien lo que ha pasado!

– ¿Podíamos evitarlo? Dime, Natalia, ¿no nos hemos resistido todo este tiempo? No me digas que te arrepientes, porque no lo soportaría.

Ella no se arrepentía, y sólo le inquietaba el futuro, si es que podía haber uno para ambos.

– Vivamos el hoy, Natalia, lo que tenemos; el futuro… ¿quién puede saber lo que pasará? A nosotros no nos une la carne sino una idea, grande y liberadora para la humanidad. Y esa idea sagrada es más fuerte que nada. Da igual lo que sea de nosotros, lo que importa es que estaremos siempre en comunión porque compartimos una causa.

Natalia no conocía la existencia de Miguel, ni éste la de ella. Ambos eran controlados por Pierre, que a su vez reportaba ante su controlador, el secretario del embajador.

7

En Moscú parecían satisfechos con el trabajo de Pierre Comte. Al menos eso le había dicho su controlador. En poco más de seis meses había captado dos colaboradores situados en lugares estratégicos, y ambos estaban demostrando ser una mina suministrando información.

Amelia no sospechaba nada de la relación de Pierre con Natalia y seguía manteniendo un trato amistoso con ella. No era infrecuente que ésta cenara en casa de la pareja, que les acompañara a las exposiciones de la galería de Gloria Hertz o que los días de fiesta fueran de excursión por los alrededores de Buenos Aires.

Se convirtieron en un trío inseparable y Pierre se sentía estimulado por las descargas de adrenalina que le producía salir con sus dos amantes, una a cada lado, en perfecta armonía.

– Me da pena Amelia -solía decirle Natalia-, la pobrecilla es muy inocente. ¿Cómo es posible que no se dé cuenta de que es a mí a quien amas?

– Mejor así, querida, no tengo valor para abandonarla, al menos por ahora, llevamos poco tiempo en Buenos Aires, y después de haberla traído hasta aquí… Debes comprenderlo, necesito tiempo.

En realidad Pierre necesitaba a Amelia. La joven española tenía una capacidad natural para ser aceptada por todo el mundo; ella abría todo tipo de puertas a Pierre, y sobre todo éste no olvidaba que la mayoría de sus nuevas amistades lo eran en relación de Carla Alessandrini. Si la diva se enteraba de que abandonaba o traicionaba a Amelia era más que seguro que movilizaría a sus amistades porteñas para que le dieran la espalda. Así, Pierre le había impuesto a Natalia una severa discreción para que no trascendiera que eran amantes.

Pierre tampoco había abandonado su amistad con Michelangelo Bagliodi y su esposa Paola. También ellos continuaban siendo una excelente fuente de información. Natalia solía unirse a los almuerzos en casa de los italianos, que estaban encantados de tener entre ellos a una mujer que trabajaba cerca del presidente de la República. Además, aconsejada por Natalia, Paola comenzó a cuidar su aspecto, eligiendo una ropa elegante pero atractiva, cambiándose el peinado o depilándose las cejas.

En uno de esos almuerzos Bagliodi explicaba a Pierre el apoyo decidido de Hitler y el Duce al general Franco.

– Tiene usted que tener en cuenta que, al margen de las afinidades ideológicas, el Führer no puede permitir un régimen pro soviético en España, además de tener a sus puertas al Frente Popular francés. Por eso Franco contó desde el primer momento con los Junkers -que Hitler le envió a Tetuán y con la Legión Cóndor, y no dude usted que con el asesoramiento de los militares alemanes tiene el triunfo asegurado. No hay otro ejército como el alemán.

– ¡Ah, Pierre! Tengo para usted la Encíclica Divini Redemptoris del papa Pío XI en la que condena el comunismo ateo -intervino Paola entregándole una carpeta a Pierre.

– ¡Cómo van a ganar la guerra Azaña y los comunistas del Frente Popular si no tienen a Dios de su parte! -exclamó Michelangelo Bagliodi, ante la mirada de fastidio de Amelia y la sonrisa de Natalia.

– ¿Usted cree que Dios está con los fascistas? -preguntó Amelia sin poder reprimirse.

– ¡Desde luego, querida! ¿No creerá que Dios se puede poner de parte de quienes le escupen y queman iglesias? Paola me contaba hace unos días que los milicianos de izquierdas fusilan a sacerdotes y monjas y profanan las iglesias.

– No sólo eso, querido, también hay grupos de milicianos que se presentan en los pueblos para asesinar a personas de bien, a los católicos y a los militantes o simpatizantes de los partidos de derecha.

– Sin embargo, Franco no termina de hacerse con Madrid -recalcó Amelia conteniendo la ira que la embargaba.

– Pero entrará, querida, entrará, lo que no plantea son batallas inútiles. Es verdad que le han parado en el Jarama, pero ¿por cuánto tiempo?

– El general Miaja tiene mucho prestigio -contestó Amelia.

– ¡Ah! El que se tiene por el gran defensor de Madrid -respondió Bagliodi.

– Es quien preside la Junta de Defensa y dicen que es un militar capaz -intervino Pierre.

– Pero el Gobierno es una jaula de grillos con Largo Caballero al frente, y los comunistas y los anarquistas… ¿Usted cree que pueden ponerse de acuerdo? Y eso que le ha permitido a su compañero Prieto hacerse con las carteras de Marina y Aire. Pero ¿qué sabe Prieto de guerras?

Para Amelia aquellos almuerzos constituían una pesadilla que luego reprochaba a Pierre.

– No entiendo cómo les aguantas, sus comentarios sobre el comunismo son ofensivos, pero tú no dices nada, como si no fuera contigo y nosotros no fuéramos comunistas. ¿Lo has olvidado?

– ¿Y qué pretendes que haga? El diálogo con ellos es inútil, pero son una buena fuente de información y así estamos enterados de lo que sucede en España.

– También lo cuentan los periódicos.

– Sí, pero ellos tienen más información.

– ¿Y para qué queremos nosotros esa información? La Unión Soviética está ayudando a la República, de manera que de sobra saben cuál es la situación. No hay nada que podamos contar a nuestros camaradas que ellos no sepan ya -razonó Amelia.

Una noche de abril, Miguel López llegó a casa de Amelia y Pierre sin avisar. Ella estaba escribiendo al dictado de Pierre. El continuaba dándole clases de ruso a diario.

A Miguel se le notaba agitado, ansioso de hablar, pero Pierre le hizo una seña para que no dijera una palabra hasta que Amelia no les dejara a solas.

– Querida, ¿por qué no preparas algo para cenar? Mientras, Miguel y yo tomaremos una copa y charlaremos. Estoy cansado de hacer números, de manera que, amigo mío, me estás dando la excusa que necesitaba para dejarlo.

Amelia se fue a la cocina. Miguel le caía bien, de manera que no tenía nada que objetar a que se quedara a cenar.

– ¿Qué sucede? -quiso saber Pierre.

– Esta tarde nos ha llegado una comunicación de nuestra embajada en Madrid: la Legión Cóndor ha bombardeado Guernica; no queda nada en pie. Aún no es oficial, no creo que los periódicos lo cuenten mañana.

– Guernica es la patria espiritual de los vascos -musitó Pierre.

– Lo sé, lo sé, y no han dejado piedra sobre piedra… -afirmó Miguel.

– Guernica se convertirá en un símbolo, y eso, amigo mío, servirá de acicate para quienes luchan por la República.

– El general Miaja cuenta con aviones y carros de combate soviéticos y, según nuestro embajador, las dos brigadas formadas con milicianos de las Brigadas Internacionales están combatiendo con éxito.

– ¿Qué pasa con Inglaterra y con Francia?

– Según nuestra embajada en Madrid, prefieren no intervenir oficialmente en la guerra de España; no quieren que se internacionalice el conflicto, poco les importa que Italia y Alemania estén apoyando a los golpistas desde la primera hora. Además, Franco cuenta con reconocimiento diplomático.

– ¿Cuál es la opinión de vuestra embajada sobre la marcha de la guerra?

– Dicen que Franco lleva ventaja.

Miguel le dio copia a Pierre de algunos despachos recibidos desde otras embajadas. Documentos valiosos que servían a la rezidentura soviética de Buenos Aires para recibir felicitaciones de sus superiores moscovitas.

Amelia les llamó para que se sentaran a cenar en la cocina, y allí compartieron carne asada, que había sobrado del almuerzo, y ensalada con una botella de vino de Mendoza. Hablaron de todo y de nada y, como siempre, Amelia preguntó a Miguel si tenía alguna noticia nueva de España; éste miró a Pierre antes de responder.

– Ya sabes que desde el treinta y uno de marzo comenzaron los bombardeos sobre el País Vasco; la que más ha sufrido ha sido Vizcaya, y… bueno, no es oficial pero la Legión Cóndor ha destruido Guernica.

Miguel se dio cuenta del impacto que la noticia le había producido a Amelia, que palideció y apartó el plato de comida.

– ¡Amelia, es la guerra! Sabes que estas cosas pasan. -Pierre intentó calmarla porque estaba temblando.

– Yo soy vasca, y… tú no sabes lo que significa Guernica -respondió ella con un hilo de voz.

– Tú eres comunista, y tu patria es el mundo; por más que lleves apellidos vascos ¿qué más da? Queremos construir un mundo sin naciones, ¿lo has olvidado?

– No, no lo he olvidado, pero tampoco quiero dejar de lado quién soy, ni de dónde vengo. Cuando era pequeña mi padre me decía que ser vasca era una emoción…

En julio comenzó a hacer un frío intenso en Buenos Aires. Hacía un año que Pierre y Amelia habían dejado España para llegar hasta la capital austral. Para ella el tiempo transcurrido se le antojaba una eternidad, pero él parecía satisfecho y decía no sentir nostalgia. Los numerosos baúles repletos de libros con los que había viajado constituían la base de su negocio, que había ido ampliando comprando ediciones de libros argentinos y de otros países sudamericanos. Su padre también le enviaba algunos libros desde París. No era un gran negocio pero les daba para vivir con desahogo y mantener la cobertura que Pierre había diseñado.

Amelia continuó sin sospechar de la relación entre Pierre y Natalia, hasta que una tarde en que estaba merendando con Gloria Hertz en la confitería Ideal ésta le dijo una frase que le produjo un malestar en el estómago sin saber el porqué.

– ¿No te resulta demasiado empalagosa la presencia de Natalia? Ya le he dicho que os debería dejar respirar, siempre está entre vosotros dos, como la tercera en discordia. No sé, pero harías bien en poner un poco de distancia con ella, yo le tengo mucho afecto, pero no soportaría que siempre estuviera entre mi marido y yo.

Sin saber qué responder, Amelia nerviosa, se apretó las manos.

– Bueno, no le des más importancia a lo que he dicho -la quiso tranquilizar Gloria-, ya sabes que yo soy muy celosa, estoy demasiado enamorada de Martin.

A partir de entonces Amelia puso especial atención en observar a Natalia y sobre todo en cómo se comportaba Pierre con ella. Al cabo de unas semanas llegó a la conclusión de que no tenía de qué preocuparse. Natalia era una mujer que padecía de soledad y había encontrado un refugio en ellos, y Pierre no parecía impresionado por Natalia que, aunque era una mujer elegante, no tenía un físico demasiado atractivo.

Pero Pierre y Natalia continuaban su romance fuera de los ojos de todos y habían llegado al virtuosismo en su disimulo.

A finales de agosto Pierre recibió una comunicación de Moscú felicitándole por la labor realizada y anunciándole que en breve recibiría nuevas instrucciones.

Un día saliendo de casa de Natalia, Pierre se encontró en el portal a Igor Krisov.

Al principio no supo cómo reaccionar, pero la sonrisa socarrona del ruso le animó a darle un abrazo.

– ¡Parece que has visto un fantasma! -le dijo Krisov.

– ¡Eres totalmente un fantasma! ¿De dónde sales? Te hacía a muchos miles de kilómetros de aquí, con un océano por medio…

– Y yo te hacía enamorado de la dulce Amelia -respondió el ruso dándole una palmada en la espalda.

– Bueno, no es lo que crees… -intentó disculparse Pierre.

– Sí, sí es lo que creo. Tienes otra amante, se llama Natalia Alvear, trabaja en la Casa de Gobierno y es una de tus agentes. Te sacrificas por la causa -dijo Krisov riéndose.

– Sí, algo así; pero, dime, ¿qué haces aquí?

– Es una larga historia.

– ¿Una larga historia? ¿Qué sucede? Hace poco me han felicitado desde Moscú, están satisfechos con la información que obtengo…

– Sí, eso te habrán dicho. ¿Dónde podemos hablar?

– Pues… No sé… Vayamos a mi casa, allí podremos estar tranquilos, a esta hora Amelia estará merendando con alguna de sus amigas.

– ¿Continúa sin saber la verdad? -quiso saber Krisov.

– ¿La verdad? ¡Ah!, desde luego que no sabe nada. Pero es una joya, una auténtica joya, se le abren todas las puertas, y la gente más importante se la disputa como invitada. Ya sabía yo que era una apuesta segura.

Llegaron a la casa y para sorpresa de Pierre se encontraron con Amelia.

– ¡Vaya, te hacía con tus amigas! -le dijo en tono de reproche.

– Iba a salir pero se te ha olvidado que hoy venían unos clientes para ver esa edición del Quijote del siglo XVIII.

– ¡Vaya, es cierto, no lo recordaba! -se lamentó Pierre.

– Creo conocerle -le dijo Amelia a Krisov con una sonrisa y tendiéndole la mano.

– Efectivamente, señorita Garayoa, nos conocimos en París.

– Sí, un día antes de dejar Francia…

– Lo dice con añoranza.

– Sí, siento nostalgia de todo lo que dejé atrás. Buenos Aires es una ciudad espléndida, muy europea, no es difícil sentirse a gusto, pero…

– Pero echa de menos España y a su familia, es natural -respondió Krisov.

– Si no te importa, Amelia, tengo algunos asuntos que tratar con el señor Krisov…

– Procuraré no importunar, pero prefiero quedarme, ya no me apetece salir de casa.

A Pierre le fastidió la decisión de Amelia pero no dijo nada, mientras que Igor Krisov parecía disfrutar de la presencia de ella.

Los dos hombres se quedaron solos en la sala que hacía de librería.

– Y bien, ¿qué sucede? -quiso saber Pierre.

– He desertado. -Mientras hacía esta afirmación, el rostro de Krisov reflejó una mueca de dolor.

Pierre se quedó conmocionado por la noticia. No sabía ni qué hacer ni qué decir.

– Le sorprende, ¿verdad? -preguntó Krisov.

– Sí, realmente sí. Le creía un comunista convencido -acertó a decir Pierre finalmente.

– Y lo soy, soy comunista y moriré siéndolo. Nadie podrá convencerme de que hay una idea mejor para hacer de este mundo un lugar habitable donde todos seamos iguales y nuestra suerte no dependa de los avatares del destino. No hay causa más justa que la del comunismo, de eso no tengo ninguna duda.

La declaración de Ígor sorprendió aún más a Pierre.

– Entonces… no le comprendo.

– Hace dos meses me llamaron a Moscú. Tenemos un nuevo jefe, el camarada Nikolái Ivánovich Yezhov. Es el hombre que ha sustituido al camarada Génrij Grigórievich Yagoda al frente de la NKVD. Desde luego, el camarada Yezhov no tiene nada que envidiar al camarada Yagoda en cuanto a crueldad.

– El camarada Yagoda ha sido un hombre eficaz, aunque creo que en los últimos tiempos se desvió… -alcanzó a decir Pierre.

– Sabe, hacía más de ocho años que no pisaba tierra rusa y por lo que ahora sé, Yagoda, Génrij Grigórievich Yagoda, ha sido mucho peor de lo que me habían contado.

– El camarada Yagoda, como jefe de la NKVD, gozó de la total confianza del camarada Stalin… -apenas se atrevió a replicar Pierre.

– Y no es de extrañar que Yagoda llegara tan alto, recibiendo órdenes directas de Stalin y convirtiéndose en su brazo ejecutor, pero al final ha terminado siendo víctima de su propia medicina. El mismo no ha podido escapar del terror que había creado. Está detenido, y le aseguro que terminará confesando lo que Stalin desea.

– ¿Qué quiere decir?

– Que está en prisión sometido a los mismos interrogatorios que él personalmente llevaba a cabo con otros personajes molestos a Stalin y enemigos declarados de la revolución. No seré yo quien lamente la suerte de Yagoda después de los crímenes que ha cometido.

– Los criminales deben ser juzgados y aquellos que traicionan la revolución lo son de la peor calaña -replicó Pierre.

– Vamos, Pierre, no se haga el ingenuo, usted sabe como yo que en la Unión Soviética se vienen sucediendo purgas contra todos aquellos a quienes Stalin declara contrarrevolucionarios: pero la cuestión es, ¿quiénes son los que están traicionando a la revolución? La respuesta, amigo mío, es que el mayor traidor es Stalin.

– Pero ¿qué está diciendo?

– ¿Le escandalizo? Stalin ha ido ordenando asesinar a muchos de sus cantaradas de la vieja guardia, aquellos que estuvieron en primera línea luchando por la revolución. De repente, hombres intachables se han convertido en personajes molestos para Stalin, que no quiere que nadie le dispute el poder absoluto del que goza. Cualquier crítica u opinión contraria a sus deseos es castigada con la muerte. Usted ha oído hablar de los procesos contra supuestos contrarrevolucionarios…

– Sí, contra gente que ha traicionado la revolución, que añora los viejos tiempos, burgueses que no se adaptan a la nueva situación, a perder sus viejos privilegios.

– Le creo más inteligente, Pierre, como para que se trague toda esa propaganda. Aunque debo decirle que al principio yo también lo veía así, me resultaba imposible aceptar que ese mundo nuevo que íbamos a construir no era otra cosa que convertir a nuestra amada Rusia en una dictadura feroz, donde la vida tiene menos valor que en tiempos del zar.

– ¡No diga eso!

– Primero supe de amigos que habían desaparecido, buenos bolcheviques a los que los agentes de la NKVD detenían de madrugada en sus casas acusándoles de contrarrevolucionarios. El camarada Yagoda desempeñó con especial brillantez el cargo de comisario del pueblo para Asuntos Internos. Todo aquel del que Stalin quería deshacerse recibía la visita de los hombres de Yagoda.

– Muchos de los detenidos confesaron estar conspirando contra la Unión Soviética.

– No sé qué es lo que llegaría usted a confesar si durante días enteros le torturaran hasta reducirlo a un guiñapo.

– Pero ¿qué pretende usted con lo que está diciendo? Yo jamás seré un traidor.

– Y yo tampoco, no, jamás traicionaré mis ideales, todo aquello por lo que he luchado. Soy mucho mayor que usted, Pierre, tengo edad casi como para ser su padre, y fui un joven entregado a la causa cuando participé en la revolución. Maté y arriesgué mi vida, porque creía que estábamos alumbrando un mundo mejor. Es Stalin quien ha traicionado todo aquello por lo que luchamos.

– ¡Cállese!

– Si quiere, me iré, pero debería escucharme.

Pierre escuchaba con los puños cerrados, se sentía desgarrado. Había admirado tanto a Igor Krisov…

– Las purgas se extienden a todos los estamentos, nadie está libre de ser declarado sospechoso, ni siquiera los mejores oficiales del Ejército Rojo tienen la cabeza segura. Nikolái Ivánovich Yezhov es igual de sanguinario que Yagoda, y terminará como él, porque Stalin no confía en nadie, ni siquiera en quienes asesinan en su nombre.

»Yezhov está purgando a todos los que trabajaron con Yagoda. Le repito que no se fía de nadie. Y tanto yo como usted hemos trabajado para Yagoda.

– ¡No! Yo trabajo para la NKVD, los nombres no importan, lo que vale es la idea, yo sirvo a la revolución.

– Sí, de eso se trataba, de servir a una idea superior, pero las cosas no son así, Pierre, y estamos trabajando para psicópatas.

»¿Sabe quién ha sido fusilado recientemente? El general Berzin, un militar brillante destinado en España como responsable del GRU. Se preguntará cuál ha sido su delito y la respuesta es que ninguno, absolutamente ninguno. Muchos amigos suyos, camaradas, han sido fusilados, los que han tenido menos suerte han pasado primero por la Lubianka, otros son deportados a campos de castigo donde el gran Stalin pretende reeducarlos…

»Moscú es una ciudad donde impera el miedo, donde nadie se fía de nadie, donde se habla en voz baja, donde los amigos se traicionan para ganar una semana de vida. Los intelectuales se han convertido en sospechosos, ¿sabe por qué? Porque piensan, y se han creído que podían expresarse libremente, que para eso se hizo la revolución. Los artistas tienen que seguir los dictados de Stalin; la creación puede ser contrarrevolucionaria si no se atiene a sus criterios.

»¿Sabe, amigo mío, que los homosexuales son considerados escoria, seres perversos de los que la sociedad se tiene que librar?

– ¿Y eso es lo que le afecta a usted? -preguntó de forma brutal Pierre.

– Sí, soy homosexual. No lo pregono pero tampoco lo oculto, no tengo por qué. En el mundo nuevo que íbamos a construir nadie podría ser discriminado por su raza, por su condición sexual, ni siquiera por sus creencias… Cuando luché en el diecisiete, nadie me preguntó lo que era, todos éramos camaradas que soñábamos con la misma idea. Ser homosexual no me impidió luchar, pasar hambre, sentir frío, matar y exponerme a morir; en realidad estoy vivo de milagro, una bala me atravesó el hombro, y guardo como recuerdo la herida cicatrizada de una bayoneta que me atravesó una pierna.

Igor Krisov encendió un cigarrillo sin pedir permiso para hacerlo. Tanto le daba lo que pudiera decirle Pierre, al que veía empequeñecido, como si le estuvieran golpeando, o acaso como el niño que descubre de repente que no existen los Reyes Magos.

Sin darle tregua, Krisov continuó hablando.

– En Moscú se respira miedo, el que imponen hombres como Yagoda o ahora Yezhov, simples brazos ejecutores de las locuras de Stalin. La madre de usted es rusa, y por lo que sé nunca ha simpatizado con la revolución, pero seguramente aún tiene familiares y conocidos en la Unión Soviética. ¿Le ha preguntado si continúan vivos?

– Para mi madre todos los revolucionarios estamos locos, ella era una pequeño-burguesa, señorita de compañía de una aristócrata -respondió Pierre, con cierto tono de desprecio.

– De manera que prefiere no saber qué ha sido de sus familiares en Rusia y da por bueno que lo que les haya sucedido se lo merecen… No me decepcione, le creía capaz de pensar por sí mismo.

– Dígame qué quiere.

– Ya le he dicho que estuve con Yezhov y me trató con desprecio, con asco. ¿Sabe por qué apodo se le conoce? El Enano, sí, Yezhov es un enano, pero eso no sería ningún problema si fuera otra clase de hombre. Me pidió que le diera la lista de todos mis agentes, de quienes llevan tantos años colaborando conmigo para la NKVD. Quería saber nombres, direcciones, coberturas, quiénes son sus familiares y amigos… En fin, todo, absolutamente todo. Y me reprochó que mis informes no hubieran sido más prolijos sobre la personalidad de mis agentes, que tendría que haber sido menos conciso a la hora de explicar quiénes son nuestros colaboradores. En definitiva me exigía conocer hasta el más mínimo detalle de todos aquellos que a lo largo de estos años han colaborado incluso como agentes «ciegos» con la NKVD. Usted sabe que he controlado a un grupo de agentes directos, como usted, pero también a colaboradores ocasionales, personas que nunca habrían aceptado convertirse en agentes pero sí ayudar ocasionalmente a la causa de la revolución. Sobre estos últimos y sobre los agentes «ciegos» Moscú aún no tiene información precisa, y era esa información la que Yezhov me reclamaba. Pregúntese por qué. Este me anunció que había pensado en un nuevo destino para mí, en Moscú. Pude leer en su mirada, en sus gestos, en la sonrisa cruel que apenas disimulaba, que yo era para él pasado, y que en cuanto tuviera lo que deseaba me enviaría a una celda de la Lubianka donde me torturarían hasta confesar lo que ellos quisieran.

»Tenía que ganar tiempo, así que le expliqué que guardaba en una caja fuerte de un banco londinense todos los detalles precisos de mis agentes, algunos de los cuales sólo son conocidos en Moscú por sus apodos y por el lugar donde están infiltrados. Un banco capitalista es el lugar más seguro para guardar los secretos comunistas, le dije al camarada Yezhov. No me creyó, pero tampoco se podía arriesgar a que fuera verdad lo que le estaba diciendo, de manera que cambió de táctica, y pasó a desplegar una amabilidad empalagosa. Me invitó a almorzar, y, de repente, me preguntó por usted. No me sorprendió, porque usted es un agente ya veterano en la NKVD. En realidad usted empezó a colaborar con nosotros con la OGPU. Ni siquiera Yezhov pone en cuestión que sea usted un agente valioso. Su cobertura como librero le ha permitido viajar por Europa y entablar contactos con las élites intelectuales logrando colaboraciones importantes, pero sobre todo reportando una información fiable. Pocos como usted conocen la política española tan detalladamente.

– ¿Qué quería saber el camarada Yezhov de mí?

– Nada en concreto, pero me sorprendió su interés por usted, incluso que me preguntara a mí si sus convicciones comunistas eran firmes o si por el contrario era sólo uno de esos intelectuales diletantes. Le daré mi opinión: usted no le gusta a Yezhov. Más tarde me encontré con un viejo camarada, Iván Vasiliev, que ha sido relegado a un departamento administrativo de la NKVD; era uno de los hombres de confianza de Yagoda y le han apartado, pero está contento de no haber sido fusilado. Este amigo había sido hasta hace poco el receptor de sus informes desde Buenos Aires, y me aseguró que usted estaba teniendo un gran éxito porque había logrado captar a dos agentes en el corazón del estado, de manera que no se explicaba por qué Yezhov le había puesto en su punto de mira. Pero sería inútil intentar comprender el alma de un asesino.

– Creo que usted pretende alarmarme sin ningún fundamento. Me parece lógico que el camarada Yezhov le pregunte por sus agentes, su obligación es rendirle cuentas.

– Pierre, usted ya no es uno de mis agentes, está aquí, en Buenos Aires, y tiene otro controlador. Dos días más tarde ese amigo del que le hablo me confirmó lo que yo intuía; Yezhov quería hacer una «limpia», sustituirme, poner al frente de la red a un hombre de su confianza y depurar a quienes a mi sustituto le pudieran parecer tibios. Mi amigo me dijo que a Yezhov no le gustaban los burgueses, por muy revolucionarios que pudieran ser, y que podría suceder que usted hubiera caído en desgracia, al igual que yo.

Yezhov me permitió regresar a Londres, pero cuando llegué, encontré esperándome en el aeropuerto a un viejo colega, un hombre con el que mantuve disputas en el pasado. Sus órdenes eran precisas, yo debía entregarle toda la información que había dicho que guardaba en un banco y, después, regresar a Moscú. Este agente no debía separarse de mí ni de día ni de noche hasta que no hubiera embarcado en el avión y, hasta ese momento, se instalaría en mi casa.

– Pero usted está aquí…

– Sí, llevo demasiados años en el oficio para no haber pensado en más de una ocasión qué hacer si un día tenía que marcharme precipitadamente, ya fuera porque el Servicio de Inteligencia británico descubriera que soy un agente soviético, o por perder la confianza de Moscú, como les había sucedido a otros colegas. Puede no creerme, pero le aseguro que muchos de los camaradas junto a los que luché en la revolución del diecisiete están muertos, víctimas del terror de Stalin. Otros han sido enviados a campos de trabajo, y algunos tienen tanto miedo que no se han atrevido a hablar conmigo y me han cerrado la puerta con lágrimas en los ojos suplicándome que me marchara y no les comprometiera con mi presencia. Así que aun antes de salir de Moscú empecé a poner en marcha un plan para desertar.

»Logré zafarme del hombre que Yezhov había enviado para vigilarme; le diré cómo lo hice, poniendo un narcótico en su copa de vino. Estuve a punto de tener que bebérmelo yo, puesto que él parecía desconfiar de mis buenas intenciones cuando le propuse un brindis por la gloriosa Unión Soviética y por el camarada Stalin. Una vez que se quedó profundamente dormido lo até a la cama y lo amordacé. Dediqué lo que quedaba de noche a ponerme en contacto con mis agentes y avisarles de que estuvieran preparados por lo que pudiera suceder. A primera hora de la mañana me presenté en mi banco, pedí la caja de seguridad donde guardaba dinero, pasaportes falsos y documentos, y pasé a Francia, donde lo mismo que usted, embarqué rumbo a esta ciudad. En nuestra querida Europa corría peligro, allí tarde o temprano podían localizarme, pero el Nuevo Mundo es inmenso, y como usted bien sabe aún no tenemos redes muy sólidas, de manera que Iberoamérica es el mejor lugar para perderse.

– ¿Adónde irá?

– Eso, amigo mío, no se lo voy a decir. Si estoy aquí es porque aún conservo intacta parte de mi integridad como hombre y como bolchevique, y me siento en la obligación de avisarle a usted de que puede correr peligro. Debo lealtad a los camaradas que han trabajado conmigo, que han puesto lo mejor de sí mismos para lograr extender la revolución y engrandecer la idea del comunismo. Hombres que, como usted, se han sacrificado y han renunciado a existencias acomodadas porque creen que todos los seres humanos somos iguales y merecemos lo mismo. Cuando se combate en una guerra sabes lo importante que es ser leal y contar con la fidelidad de tus camaradas. Uno no es nada sin ellos, ni ellos lo son sin uno, de manera que he cumplido con mi obligación.

»Como le conozco bien, sé que si le hubiera enviado una carta habría desconfiado de mí. Ya le he dicho que la larga noche antes de mi partida me puse en contacto con los agentes de Londres más comprometidos, hombres que tarde o temprano sé que estarán en la lista negra de Yezhov. Les advertí de la situación para que ellos elijan lo que deben hacer. Antes de embarcar avisé a otro agente para que fuera a mi casa a desatar al hombrecillo de Yezhov. Bueno, y aquí estoy. Creo que un día de éstos recibirá una invitación para ir a Moscú; yo de usted no iría, y mucho menos acompañado de Amelia Garayoa. En Moscú la conocen como agente «ciega» pero, por lo que sé, creen que Amelia es sólo un capricho pequeño-burgués, una excusa que se ha buscado usted para mantener una relación adulterina con una mujer. Amelia no vale nada para ellos, de manera que yo no la expondría a las elucubraciones mentales de Yezhov.

– ¿Me está diciendo que ha venido hasta Buenos Aires sólo para decirme que debo desertar?

– No le estoy diciendo que deserte, le estoy exponiendo cuáles la situación, le estoy dando información y ahora es usted quien debe decidir lo que hace. Yo he cumplido con mi obligación.

– No quiera hacerme creer que ha desertado pero que se ha sentido en la obligación de venir a avisarme antes de desaparecer. Eso es pueril -dijo Pierre, levantando la voz.

– Tener conciencia es un inconveniente y yo, amigo mío, la tengo, nunca he podido desprenderme de ella. Soy ateo, he borrado de mi mente todas las historias que mis padres me contaban de niño, y las que el pope se empeñaba en que aceptáramos como única verdad. No, no creo en nada, pero me quedó grabada una conciencia en algún lugar de mi cerebro; le aseguro que me hubiera gustado poder prescindir de ella porque es la peor compañera que pueda tener un hombre.

Pierre daba vueltas por la sala. Estaba fuera de sí, asustado e irritado a partes iguales. No quería creer a Igor Krisov, pero tampoco se atrevía a dejar de hacerlo.

De repente los dos hombres se dieron cuenta de que Amelia estaba en el umbral muy quieta, pálida, con los ojos arrasados por las lágrimas.

– ¿Qué haces aquí? -le gritó Pierre-. ¡Eres una entrometida! ¡Siempre estás donde no debes!

Amelia no respondió, ni siquiera se movió. Igor se levantó y la abrazó como se hace a los niños, intentando transmitirle consuelo y seguridad.

– ¡Vamos, querida, no llores! No sucede nada que no se pueda remediar. ¿Desde cuándo estaba ahí, escuchando?

Pero Amelia no acertaba a decir palabra. Igor la ayudó a sentarse y se dirigió a la cocina a buscar un vaso de agua mientras Pierre le recriminaba que hubiera escuchado la conversación. Finalmente ella pudo decir que había ido a avisarles de que la cena estaba lista y no había podido evitar escuchar parte de lo que Ígor decía.

– ¡Es horrible! ¡Horrible! -repitió entre lágrimas.

– ¡Basta ya! Deja de ser una niña. Yo no te he engañado, has sido tú quien te has querido engañar -le decía Pierre, que a duras penas contenía la ira desatada por las revelaciones de Krisov.

– Debería controlarse; veo que no está usted preparado para afrontar una crisis, le creía un hombre más consistente -le reprochó Krisov a Pierre.

– ¡No me sermonee! -continuó gritando Pierre.

– No, no tengo intención de hacerlo. He cumplido con mi deber, ahora me voy. Haga usted lo que tenga que hacer… Lo siento por usted, Amelia, sé que abrazó la causa del comunismo con ilusión, no deje que esa idea sea abatida por el mal uso que hacen de ella algunos hombres. La idea es hermosa, y merece la pena luchar y sacrificarse por ella. Pero cuídese y aprenda a cuidar de usted misma, coja las riendas de su propia vida.

– ¿Adónde va usted? -preguntó Amelia intentando controlar las lágrimas.

– Comprenda que no se lo puedo decir. Por mi seguridad y por la suya.

– ¡Váyase antes de que le denuncie! -amenazó Pierre.

– Lo hará, sé que lo hará, estoy seguro de que se pondrá en contacto con la rezidentura; si va a seguir con ellos es lo que debe hacer. Si por el contrario decide pensar en lo que le he dicho, entonces más vale que no sepan lo que le he contado. Pero la decisión es suya.

Igor Krisov besó la mano de Amelia y sin añadir palabra salió de la casa perdiéndose entre las primeras sombras de la noche.

– No quiero reproches -le advirtió Pierre a Amelia.

Ella se restregó los ojos intentando borrar las lágrimas. Se sentía anonadada por lo que había escuchado. No sabía muy bien ni qué hacer ni qué decir, pero era plenamente consciente que estaba despertando de un sueño, y la realidad que tenía ante sí la sobrecogía. Permanecieron un buen rato en silencio, esforzándose por recobrar la serenidad suficiente para poder enfrentarse el uno al otro. Fue Pierre quien rasgó con sus palabras el silencio que se había instalado entre ellos.

– No tiene por qué cambiar nada, a ti tanto te da mi grado de colaboración con la Unión Soviética; sólo que ahora, por el hecho de saberlo, estás expuesta a más peligros. Por tu propia seguridad debes olvidar cuanto has escuchado esta tarde, no podrás confiárselo a nadie, ni siquiera lo hablaremos entre nosotros. Es lo mejor.

– ¿Así de fácil? -preguntó Amelia.

– Sí, podemos hacerlo así de fácil, depende de ti.

– Entonces siento decirte que no será posible, porque no podré olvidar lo que he oído hoy. Pretendes que no le dé mayor importancia al hecho de que me hayas engañado, y manipulado, a que seas un espía, a que tu vida, y también la mía, dependa de unos hombres que están en Moscú. No, Pierre, lo que quieres no es posible.

– Pues tendrá que ser así, de lo contrario…

– De lo contrario, ¿qué? Dime ¿qué harás si no acepto lo quieres imponerme? ¿A quién se lo contarás? ¿Qué me harán?

– ¡Basta, Amelia! No lo hagas todo más difícil de lo que ya lo es.

– No soy yo la responsable de esta situación, sino tú, tú eres el culpable. Me has engañado, Pierre, y sabes, yo te habría seguido igual, no me habría importado lo que fueras, habría abandonado a mi hijo y a mi marido por ti aunque me hubieras dicho que eras el mismísimo demonio. ¡Te quería tanto!

– ¿Es que ya no me quieres? -preguntó Pierre con un tono de alarma en la voz.

– Ahora mismo no lo sé, si te soy sincera. Me siento vacía, incapaz de sentir. No te odio, pero…

Pierre sufrió un ataque de pánico. Lo único que jamás se le habría ocurrido prever es que Amelia dejara de quererlo, que dejara de ser la joven bella y obediente que le demostraba continuamente una devoción absoluta. Se había acostumbrado a que ella lo quisiera y la sola idea de perderla se le antojaba insoportable. En aquel momento se dio cuenta de que amaba a aquella joven que le había seguido hasta al otro extremo del mundo y de que no se imaginaba el resto de su vida sin ella. Se acercó a Amelia y la abrazó pero sintió su cuerpo rígido, rechazando su cercanía.

– ¡Perdóname, Amelia! Te suplico que me perdones. Mi única intención era no ponerte en peligro…

– No, Pierre, eso te daba lo mismo. Aún no sé por qué me has traído hasta aquí, pero sé que no ha sido porque sintieras un amor como el mío -respondió ella mientras se deshacía de su abrazo.

Pierre se dio cuenta de que aquella noche Amelia había dejado de ser una joven para convertirse en una mujer, y que la que aparecía ante él le resultaba una desconocida.

– No dudes de que te quiero. ¿Crees que te habría pedido que abandonaras a tu familia y vinieras conmigo si no te quisiera? ¿Crees que no me importa la opinión de mis padres? Y aun así…

– Soy yo la que te he querido, y la que creí que tú me amabas a mí con la misma pasión. Esta noche he descubierto que nuestra relación está asentada sobre una mentira, y me pregunto cuántas otras no me habrás dicho.

– ¡No pongas en duda lo importante que eres para mí!

Amelia se encogió de hombros con indiferencia; sentía que ya nada la ataba a aquel hombre por el que tanto había sacrificado.

– Necesito pensar, Pierre, tengo que decidir qué voy a hacer con mi vida.

– ¡Nunca te dejaré! -afirmó él mientras volvía a abrazarla.

– No se trata sólo de lo que tú quieras sino también de lo que yo desee, y eso es lo que voy a pensar. Si no te importa dormir en el sofá, me quedaré aquí, de lo contrario le pediré a Gloria que me acojan en su casa durante unos días.

Estuvo tentado de negarse pero no lo hizo sabiendo que en aquel momento no podía plantear ninguna batalla sin perderla.

– Siento haberte herido y sólo espero que me puedas perdonar. Dormiré en el sofá y no te importunaré con mi presencia más que lo imprescindible. Sólo te pido que tengas presente que te quiero, que no me imagino la vida sin ti.

Amelia salió del salón y se encerró en el dormitorio. Quería llorar pero no pudo. Para su sorpresa, se quedó dormida de inmediato.

A partir de aquella noche, entre ellos se estableció una rutina repleta de silencios. Aunque Pierre se mostraba extremadamente deferente, procuraban evitarse.

Una de las escasas conversaciones que tuvieron fue cuando Amelia le preguntó si había denunciado a Igor Krisov.

– Era mi deber informar de su presencia aquí, Krisov es un desertor.

Ella lo miró con desprecio y Pierre la increpó malhumorado.

– ¡Si no hubiese informado nos habríamos convertido en sospechosos, en colaboradores de un desertor! ¡Nunca seré un traidor!

– Krisov se comportó decentemente contigo -musitó Amelia.

Unos días más tarde, Natalia se presentó en la casa preocupada porque Pierre había dejado de visitarla, incluso de llamarla, y no pudo evitar una secreta alegría cuando se dio cuenta de la crisis por la que atravesaba la pareja.

– Perdonad que me presente sin avisar, pero os echaba de menos -dijo a modo de saludo cuando Amelia le abrió la puerta.

– Pasa, Natalia, Pierre está trabajando en el salón. ¿Quieres un té?

– Me vendrá bien, hace frío. ¿Cómo estás? No fuiste al almuerzo en casa de Gloria, te echamos de menos.

– Como le dije a ella, estoy un poco resfriada.

Natalia observó que Amelia no tenía ningún síntoma de ello, pero no dijo nada; en cambio, sí que le preocupó el saludo glacial de Pierre.

– ¡Vaya, no te esperábamos! ¿Cómo tú por aquí?

– Bueno, os echaba de menos, llevo una semana sin saber de vosotros y todo el mundo me pregunta qué pasa con el «trío inseparable»…

Pierre no respondió y puso cara de fastidio cuando Amelia dijo que iba a la cocina a preparar un poco de té.

– Yo no quiero tomar nada, tengo trabajo -dijo sin disimular su malhumor.

– No estaré mucho tiempo -respondió Natalia, cada vez más incomoda.

En cuanto Amelia salió de la sala miró a Pierre, dispuesta a exigirle una explicación.

– ¿Quieres decirme qué sucede?

– Nada.

– ¿Cómo que nada? Tengo informaciones importantes que darte y tú no te has puesto en contacto conmigo. Además… bueno… además te echo de menos a mi lado -susurró.

– ¡Calla! No quiero que me digas nada aquí, ya te llamaré.

– Pero ¿cuándo?

– En cuanto pueda.

Amelia entró con una bandeja con una tetera y tres tazas además de tarta de manzana que había comprado en El Gato Negro, una tienda propiedad de un español en la que uno podía encontrar de todo.

Por más que Natalia intentó animar la charla, ni Amelia ni Pierre parecían dispuestos a ayudarla. Se notaba la tensión entre ellos y cómo evitaban dirigirse el uno al otro. Natalia decidió que era mejor dejarles solos. Pero antes de marcharse, mientras Amelia iba a por su abrigo, le indicó a Pierre por lo bajo que era urgente que se vieran. Él asintió sin decir palabra.

Cuando Natalia se marchó, Amelia entró en el salón y se sentó frente a la mesa donde estaba Pierre.

– He tomado una decisión, y creo que cuanto antes te la diga será mejor para los dos. Nuestros amigos llaman y quieren saber por qué no aceptamos sus invitaciones y, ya ves, hasta Natalia se ha presentado en casa preocupada.

– Natalia es un poco entrometida -respondió Pierre.

– No, no lo es, tiene razón, siempre estaba con nosotros, de manera que no entiende lo que pasa. Bueno, si no te importa, creo que ha llegado el momento de que hablemos.

Pierre cerró el libro de contabilidad en el que estaba trabajando y se dispuso a escuchar a Amelia. Por nada del mundo quería contrariarla. Durante aquellos días se decía a sí mismo que sin ella estaría perdido.

– Voy a regresar a España. Mi país está en guerra, una terrible guerra civil, y yo no quiero seguir viviendo de espaldas a lo que allí sucede. No he sabido nada de mi familia desde que llegamos y no soporto la idea de que les haya sucedido algo. Sé que nunca perdonarán mi comportamiento caprichoso y egoísta, pero aunque decidieran no hablarme nunca más, yo me conformaré con estar cerca. Dudo que mi marido me permita ver a mi hijo, pero yo acudiré a verle aunque sea desde lejos: necesito verle crecer, correr, reír, llorar… y quizá algún día pueda acercarme a él y pedirle perdón…

– No puedes marcharte -musitó Pierre con el rostro crispado.

– Si lo que te preocupa es lo que sé, puedes estar tranquilo, jamás le diré a nadie que eres un espía soviético. Guardaré el secreto. No pretendo perjudicarte, sólo quiero regresar a casa.

– No puedo permitir que te marches…

– ¿Y qué harás? ¿Vas a ir a denunciarme a la embajada soviética? Yo no soy una agente.

– Lo siento, Amelia, pero lo has sido sin saberlo, eres lo que llamamos un agente «ciego», alguien que trabaja para nosotros sin tener conocimiento de ello. Te traje aquí como coartada para instalarme sin que nadie sospechara de mí. Era más fácil que se abrieran las puertas a una pareja que dejaba atrás a sus familias porque se habían enamorado. Moscú aprobó mi plan y, de hecho, ha sido un éxito. Gracias a tu amiga Carla Alessandrini, y a los contactos que nos brindó, hemos podido conocer gente muy útil para nuestra causa. Y… bueno, mi misión era montar una red de agentes, eso lleva su tiempo, pero gracias a ti, lo he conseguido en pocos meses. Ya oíste a Igor Krisov, en Moscú valoraban mis informes, gracias a lo que me cuentan mis agentes.

– ¡Eres un miserable! -estalló Amelia.

– Lo soy, lo siento. Lo único que te puedo decir es que te quiero, y más allá de servirme de ti, lo importante es lo que significas para mí. Te quiero, Amelia, mucho más de lo que yo mismo sospechaba. No te puedes ir, estamos unidos por una causa, eres parte del plan de Moscú en Buenos Aires. No te dejarán marchar así como así.

– Ni siquiera Moscú logrará evitar que me vaya, salvo que decidan asesinarme -respondió Amelia poniéndose en pie.

8

Amelia estaba firmemente decidida a abandonar a Pierre, pese a que no tenía dinero propio y dependía en todo de él. Esa circunstancia le sirvió para darse cuenta de la importancia de disponer de sus propios medios a fin de poder organizarse su propia vida. Ella había pasado de la tutela familiar a la de su marido, y de la de éste a la de Pierre. Nunca había carecido de nada pero tampoco había tenido nada específicamente suyo, y entendió que para seguir el consejo de Krisov de hacerse con las riendas de su propia vida no tenía más remedio que trabajar. Pierre no le daría dinero para comprar un pasaje de regreso a Europa, y ella no se sentía capaz de pedir dinero prestado, de manera que decidió trabajar.

Al día siguiente de la discusión Amelia se presentó en la galería de Gloria Hertz.

– Necesito trabajar. ¿Puedes ayudarme?

– ¿Qué sucede? ¿La librería no va bien?

– Todo lo contrario, marcha estupendamente, mejor de lo que Pierre había previsto, pero no se trata de la librería, sino de mí, quiero ser independiente y disponer de mi propio dinero.

No le costó mucho a Gloria darse cuenta de que aquella petición era fruto de una crisis entre Amelia y Pierre.

– ¿Te has peleado con Pierre? -quiso saber Gloria.

– Quiero separarme de él y regresar a España, y para eso necesito trabajar- respondió con sencillez.

– Perdona que me entrometa, pero ¿no será una pelea pasajera? Después de todo lo que habéis pasado por estar juntos…

– Quiero regresar a mi país. No puedo quitarme de la cabeza la guerra, cómo estará mi hijo, qué será de mi familia.

– ¿Has dejado de querer a Pierre?

– Puede ser… En realidad, si miro hacia atrás me sorprende haber tomado la decisión de fugarme con él, incluso de haberle querido. Pero no puedo lamentarme por lo que hice en el pasado porque no tengo poder para cambiarlo, pero sí para ser dueña de mi futuro.

A Gloria le impresionó escuchar a Amelia hablar de aquella manera; de pronto le pareció una mujer madura y no la chiquilla dulce y amable cuya compañía todos buscaban.

– ¿Qué dice Pierre? -insistió Gloria.

– No quiere que me vaya, pero es una decisión que no depende de su voluntad sino de la mía. La decisión está tomada, pero necesito dinero para regresar.

– Él… Bueno… ¿Él no te quiere ayudar?

– Pierre no facilitará mi regreso, de manera que dependo de mí misma. Necesito un trabajo. ¿Puedes ayudarme a encontrar uno?

– No es fácil… pero quizá nosotros podamos prestarte el dinero.

– No, eso no. No quiero contraer ninguna deuda. Prefiero trabajar.

– Pero ¿qué podrías hacer?

– Lo que sea, me da igual, sólo quiero ganar el dinero suficiente para comprar un pasaje.

– Hablaré con Martin, puede que se le ocurra algo… Pero… ¿estás segura? Todas las parejas nos peleamos, incluso yo a veces he tenido ganas de separarme, pero al final lo que cuenta es el amor, si hay amor en una pareja, todo lo demás no tiene importancia.

– Tú lo has dicho, tiene que haber amor, y yo ya no lo siento para seguir con Pierre. Quiero regresar a España -insistió Amelia.

El resto de la mañana lo pasó caminando por la ciudad en busca de algún aviso que pudiera ser una oferta de trabajo. Cuando ya regresaba a su casa, vio un cartel en la puerta de una pastelería:

SE NECESITA DEPENDIENTE, rezaba.

Amelia no se lo pensó dos veces y entró. La pastelería era pequeña, decorada con sencillez y buen gusto, y sus propietarios eran un matrimonio ya entrado en años. Ambos eran españoles. Habían emigrado desde una aldea de Lugo a finales del siglo XIX y trabajado mucho hasta conseguir aquella pequeña tienda, de la que se sentían orgullosos porque era el fruto de sus esfuerzos y desvelos. No tenían hijos, y, aunque al principio doña Sagrario se lamentaba, al final había aceptado resignadamente lo que ella decía que eran los designios del Señor. En cuanto a don José, sí los echaba en falta, aunque nunca se lo dijo a su mujer.

Don José estaba enfermo, había sufrido dos ataques al corazón, y el último le había afectado también al cerebro dejándole paralizado el lado izquierdo del cuerpo. A doña Sagrario le faltaban horas para atender a su marido y el negocio que les daba de comer, y por eso había decidido emplear a alguien para que se encargara de la pastelería.

Las dos mujeres simpatizaron de inmediato, y doña Sagrario se alegró al saber que Amelia era buena cocinera y sabía algo de repostería.

– Me podrás ayudar también a hacer las tartas y pasteles, además de a venderlas -le dijo la buena mujer.

El salario no era muy alto, pero Amelia calculó que en unos meses habría ahorrado lo suficiente para sacar un pasaje en cualquier barco que fuera a Francia y de allí a España. No le importaba en esta ocasión viajar en la cubierta de tercera clase, sin lujos ni comodidades.

Doña Sagrario le propuso que se quedara ese mismo día a trabajar y Amelia aceptó de buen grado. Atendió el mostrador, y cuando no había clientes entraba en la cocina que comunicaba con la tienda para ayudar a doña Sagrario con la masa de los pasteles. Don José las observaba sin decir palabra, aunque doña Sagrario aseguraba a Amelia que estaba contento de que la hubieran contratado.

Anochecía cuando Amelia volvió a su casa, donde Pierre, nervioso, la estaba esperando.

– ¡Pero dónde te has metido! ¡Me has tenido muy preocupado! Gloria llamó hace un rato para decirme que a lo mejor tenía un trabajo para ti. ¿Quieres explicarme que es eso de que vas a trabajar? No lo has consultado conmigo, y desde ahora te digo que ni lo sueñes.

Pero Amelia ya no era la dulce joven que había conocido Pierre y le respondió con brusquedad, defendiendo su recién iniciado camino hacia la independencia.

– No soy de tu propiedad. Que yo sepa, estás en contra de ella, de manera que mucho menos vas a ser propietario de un ser humano, en este caso de mí. He decidido trabajar, ganar dinero y comprar un pasaje en cualquier barco que me lleve a Francia. Le pregunté a Gloria si sabía de algún trabajo, pero he tenido suerte y lo he encontrado sola, y ya he comenzado a trabajar.

Pierre la escuchó en silencio y cada palabra la fue sintiendo como un puñetazo en el estómago.

– Amelia, te he pedido perdón… Te he explicado hasta lo que, por tu propia seguridad, no deberías saber… ¿Qué más quieres? ¿Ya no te basta con que te ame? Me decías que era lo único que te importaba, que yo te quisiera…

– Tienes que aceptar que las cosas han cambiado, que yo he cambiado. No puedes pretender haberme engañado como lo has hecho y que no suceda nada. ¿Tan poco me valoras, Pierre? Claro que… seguramente tienes motivos sobrados para pensar en mí como en una idiota. Me has manejado como un títere, te he seguido ciegamente, sin pensar, pero me he despertado, Pierre; tu amigo Krisov me ha devuelto a la realidad, y no creas que te culpo más de lo que lo hago a mí misma. Me desprecio por todo lo que he hecho, de manera que acepta que te desprecie también a ti.

– ¿Y nuestros ideales, nuestros sueños? íbamos a cambiar el mundo.

– Eran tus sueños y tus ideales, pero ya no son los míos, Pierre; ahora mi único sueño es regresar a mi país y estar con los míos. Sé que ni mi padre ni mi tío habrán secundado a quienes se han levantado contra la República y temo por ellos, al igual que por Santiago y por mi hijo.

– No me dejes, Amelia -le suplicó Pierre.

– Lo siento, pero en cuanto pueda, me iré.

Gloria y Martin insistieron en invitarles a cenar. Estaban preocupados por la pareja y convencidos de que sus desavenencias serían pasajeras. Amelia se resistía pero al final cedió y, una noche después de terminar su trabajo en la pastelería, se reunió con Pierre y los Hertz.

A Amelia le gustaba hablar con Martin porque siempre lo hacían en alemán. El había insistido en que practicaran el idioma para que no se le olvidara.

– Me sorprende el buen acento que tienes -comentó Martin.

– Eso me decía mi amiga Yla, pero si no fuera por ti lo terminaría olvidando.

– Sabes, he recibido carta de un tío mío que ha logrado llegar a Nueva York. Si quieres le digo que busque a Yla y a sus padres, pero deberías darme algún dato para saber por dónde han de empezar a buscar.

– No lo sé, Martin, no lo sé, mi prima Laura sólo me dijo que herr Itzhak se había rendido a la evidencia del peligro que Hitler supone para los judíos y que estaba preparando el viaje de Yla a Nueva York. ¡Ojalá lo haya conseguido!

Hablaron de todo y de nada, pero a pesar de los esfuerzos de los Hertz por animar la charla, ni Amelia ni Pierre estaban de humor ni conseguían disimular la enorme fisura que había entre ellos.

Poco a poco, Pierre se fue acostumbrando a la nueva rutina impuesta por Amelia. Dormían separados, él en el sofá y ella en el cuarto que habían compartido hasta la noche que apareció Igor Krisov.

Amelia se levantaba rayando el alba, dejaba el almuerzo preparado a Pierre y se marchaba a la pastelería, donde doña Sagrario le iba enseñando todo su saber de repostera. En ocasiones Amelia tenía que hacerse cargo sola del negocio, porque don José no se encontraba bien o, como había sucedido en un par de ocasiones, porque tenían que hospitalizarle.

Cuando regresaba a casa saludaba a Pierre pero no se entretenía a conversar con él, ni siquiera le preguntaba cómo le había ido la jornada. Solía acabar exhausta y deseosa de poder descansar.

Pierre, por su parte, había continuado su relación amorosa con Natalia. La visitaba más a menudo ahora que Amelia y él dormían separados.

Informó a Natalia de que la relación con Amelia no iba bien y la mujer se aplicó con esmero para cubrir todos los huecos que pudiera dejar libres la española. Natalia se arriesgaba cada vez más sustrayendo documentos de la Casa de Gobierno para demostrar a Pierre que estaba dispuesta a cualquier locura por él.

Miguel López seguía siendo una fuente de información privilegiada, ya que le suministraba los informes cifrados de los embajadores de Argentina en todas las partes del mundo.

El controlador de Pierre, que ejercía como secretario del embajador, le felicitaba de cuando en cuando asegurándole que en Moscú estaban satisfechos con su trabajo, y aunque no le había vuelto a mencionar que debía viajar allí, Pierre no podía dominar la inquietud que le producía el que se lo volviera a decir, porque las advertencias de Krisov habían anidado en su ánimo llenándole de temor.

No fue hasta las Navidades de 1937 cuando se produjeron novedades en la vida de Amelia y de Pierre.

Amelia se carteaba con Carla Alessandrini y guardaba sus cartas como joyas preciosas. La diva le comentaba sus éxitos o se explayaba sobre los inconvenientes de alguno de sus ajetreados viajes, pero sobre todo le daba su opinión sobre la marcha de la guerra civil en España, donde Carla tenía algunos amigos.

Amelia le había pedido en su última misiva que intentara ponerse en contacto con su prima Laura Garayoa para saber de su familia.

Pierre, sin que Amelia lo supiera, leía estas cartas cuando ella salía a trabajar. Temía perder totalmente el control sobre ella y se excusaba ante sí mismo diciéndose que si leía las cartas de Carla era para proteger a Amelia, no fuera a ser que ésta le confiara a la diva lo que no debía.

Siempre esperaba a que Amelia las hubiera leído para rebuscar en la cómoda donde las guardaba.

Gloria y Martin les invitaron a cenar el 24 de diciembre para celebrar la Nochebuena. Aunque Martin era judío, no había dudado en incorporar a su vida cotidiana las fiestas católicas y solía bromear con su mujer al respecto diciéndole que ellos disfrutaban de más fiestas que el resto de la gente.

Aunque Amelia no tenía ningunas ganas de celebrar la Navidad, no quiso desairar a sus amigos y aceptó acudir con Pierre a la cena.

Los Hertz habían invitado a una docena de personas, entre los que se encontraba el doctor Max von Schumann, amigo de la infancia de Martin, además de médico como él.

– Amelia, quiero que conozcas a Max, mi mejor amigo -les presentó Martin, dirigiéndose a Amelia en alemán.

Ella respondió en el mismo idioma y los tres iniciaron una conversación que parecía molestar a Pierre, puesto que no les entendía.

– ¿Quién es ese amigo vuestro? -preguntó el francés a Gloria.

– Nuestro querido Max… el barón Von Schumann. Martin y él se conocen desde niños, y estudiaron medicina juntos; Max es cirujano y, según Martin, el mejor.

– Así que es un aristócrata…

– Sí, es barón y médico militar por tradición familiar. Pero sobre todo es una gran persona.

– ¿Y su esposa?

– No se ha casado aún, pero no tardará mucho en hacerlo. Está comprometido con la hija de unos amigos de sus padres, la condesa Ludovica von Waldheim.

– ¿Y qué hace en Buenos Aires?

– Visitar a Martin. Max hizo lo imposible para que él pudiera salir de Alemania, y ha ayudado a su familia cuanto ha podido, y también a sus numerosos amigos judíos. Se quieren como hermanos y para nosotros es una gran alegría que haya venido a visitarnos.

Pierre no dejaba de observar a Amelia, que parecía encantada hablando con el barón Von Schumann, y se sintió fastidiado cuando Gloria, con la excusa de que así podrían hablar en su idioma, indicó a Amelia que se sentara junto al alemán durante la cena.

Amelia impresionó a Max von Schumann. Le conmovía su fragilidad, la tristeza que emanaba de toda su persona.

Estuvieron toda la velada hablando y a Gloria la reconfortó ver a su amiga animada, y sobre todo verla reír, pero se sintió en la obligación de advertir a Amelia.

– Hacía mucho tiempo que no te veía tan contenta -le dijo en voz baja en un momento en que Max era requerido por Martin.

– Sabes, no me apetecía venir, pero ahora me alegro de haberlo hecho -le confesó Amelia.

– ¿Te gusta Max? -le preguntó Gloria, sonriendo al ver cómo Amelia se ponía roja.

– ¡Qué cosas dices! Es muy amable y simpático, y… bueno, me hace sentir bien.

– ¡Me alegro! Pero… bueno… te recuerdo que está a punto de casarse con la condesa Ludovica von Waldheim. Martin dice que es una joven muy bella y que hacen muy buena pareja.

Gloria no quería que Amelia pudiera llegar a sentirse atraída por Max y de nuevo se llevara una decepción, de manera que había preferido situar a su amiga en la realidad.

– Gracias, Gloria -respondió Amelia, molesta por la advertencia de su amiga.

– Sólo quería que lo tuvieras en mente… En fin… Parece que Max y tú habéis simpatizado.

– Puesto que me habéis sentado a su lado porque hablo alemán, he procurado ser amable.

– ¡No quiero que sufras!

– No veo por qué voy a sufrir por hablar con tu invitado -respondió Amelia con voz cortante.

– Max pertenece a una vieja familia prusiana y tiene un acusado sentido del deber.

– Sí, eso deduzco de la conversación que hemos mantenido durante la cena.

Martin y Max se acercaron a las dos mujeres y de inmediato iniciaron una nueva charla sobre la difícil situación por la que atravesaba Alemania.

– ¡Es Navidad y deberíamos hablar de cosas más alegres! -se quejó Gloria.

– ¡Han desaparecido tantos amigos! Por lo que Max cuenta el país se está dejando arrastrar aún más por la locura de Hitler… -se lamentó Martin.

– Lo peor es que Chamberlain está empeñado en una política de distensión con Hitler y Mussolini, y eso hace que el Führer se sienta cada vez más seguro.

– Pero los ingleses no pueden apoyar a los nazis -respondió Amelia.

– El problema es que Chamberlain no quiere problemas y eso engorda los sueños de Hitler -apuntó Max.

– ¿Cómo puede usted servir en el Ejército de Hitler? -preguntó Amelia sin ocultar un cierto enfado.

– Yo no sirvo en el Ejército del Führer, sirvo en el Ejército de Alemania, como lo hizo mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo… La mía es una familia de soldados, y el deber para con los míos es continuar la tradición.

– ¡Pero usted me ha dicho que aborrece a Hitler! -respondió Amelia en tono quejoso.

– Y así es. Siento un profundo desprecio por ese cabo austríaco cuyos sueños de grandeza no sé dónde van a terminar, y temo por mi patria.

– ¡Entonces, deje el Ejército! -le instó Amelia.

– Me han educado para servir a mi país por encima de las coyunturas. No puedo marcharme porque no me guste Hitler.

– Usted mismo me ha explicado la persecución de la que son víctimas los judíos…

Max se sentía incómodo con la conversación y Martin decidió cambiar de tema.

– Amelia, a veces nos vemos obligados a hacer cosas que no nos gustan y, sin embargo, somos incapaces de escapar, no podemos hacerlo por más que lo deseemos. La vida de todos los hombres está llena de claroscuros… Dejemos a mi amigo Max disfrutar de la Navidad o nunca más querrá volver a compartirla conmigo.

– Lo siento, pero es que siento un odio inmenso hacia Hitler -confesó Amelia.

– Hace un tiempo precioso, y he pensado que hagamos alguna excursión fuera de Buenos Aires; si Pierre y tú os queréis unir a nosotros nos encantaría que mañana nos acompañarais… -terció Gloria.

Amelia y Pierre no fueron a la excursión planeada por Gloria, porque cuando, de madrugada, regresaron a su casa, se encontraron una nota debajo de la puerta. El controlador de Pierre le conminaba a ponerse en contacto con él de inmediato.

A las nueve de la mañana Pierre salió de casa para dirigirse hacia el edificio Kavanagh, un rascacielos de treinta pisos inaugurado en 1935 del que los porteños se sentían especialmente orgullosos.

Detrás del edificio, un pequeño pasaje se abría a la calle San Martín, donde estaba situada la iglesia del Santísimo Sacramento; éste era el lugar de la cita de Pierre con su controlador.

El ruso estaba sentado en la última fila y parecía leer un breviario siguiendo la misa que en ese momento estaba oficiando un sacerdote ante una treintena de personas, cuyos rostros reflejaban el cansancio fruto de los excesos gastronómicos de la Nochebuena.

Pierre se sentó junto a su controlador y aguardó a que éste le hablara.

– Tiene que ir a Moscú -le anunció el ruso.

– ¿Cuándo? -En la respuesta de Pierre se traslucía el temor.

– Pronto, el Ministerio de Cultura está organizando un congreso de intelectuales europeos y norteamericanos para que conozcan la gloriosa realidad de la Unión Soviética. Usted formará parte del comité encargado de organizar este evento. La visita es muy importante, ya sabe que hay grupos fascistas empeñados en desprestigiar la revolución. Nuestros mejores aliados son los intelectuales europeos.

– ¿Y qué puedo hacer yo?

– Usted conoce a muchos intelectuales franceses, españoles y británicos, a algún alemán… En fin, siempre se ha movido en esos ambientes. Necesitamos información personal sobre ellos… Todo el mundo tiene algún punto débil…

– ¿Punto débil? No le entiendo…

– Se lo explicarán en Moscú. Prepárese para el viaje.

– ¿Y qué diré a la gente de aquí?

– Sus colaboradores tendrán que pasarme a mí la información, en cuanto a sus amigos… ya se le ocurrirá algo, al fin y alcabo usted siempre ha viajado en busca de ediciones especiales.

– ¿Y Amelia?

– Lo acompañará.

– Pero podría no querer hacerlo… Últimamente está muy preocupada por la marcha de la guerra en España. Sufre por su familia…

– Un comunista no piensa en sus deseos personales sino en lo que conviene a la revolución, a nuestra causa. Creía que ella era una buena comunista…

– ¡Y lo es! ¡No lo dude!

– Entonces no habrá ningún problema con la camarada Garayoa. Lo acompañará. Para ella será un honor conocer Moscú.

Cuando Pierre regresó a casa, Amelia le estaba esperando sentada ante una taza de café. Antes de que él le dijera nada ella pudo leer la angustia que emanaba de su mirada, la crispación en la sonrisa con que la saludó.

– ¿Qué te han dicho? -preguntó ella sin esperar a que Pierre se sentara.

– Me han ordenado ir a Moscú. Tengo que ir en quince o veinte días.

– Krisov dijo…

– ¡Ya sé lo que dijo ese traidor! -El tono de voz de Pierre delataba su preocupación, mezclada con miedo.

– ¿Por qué quieren que vayas?

– Están preparando un congreso de intelectuales, van a invitar a escritores, periodistas y artistas del mundo entero. Los intelectuales son los mejores propagandistas de la revolución. Tienen autoridad moral en sus países. En Moscú quieren que colabore con el comité que está organizando el congreso.

– Ya. Te sacan de Buenos Aires, donde has establecido una base de espionaje, y te llevan a Moscú a formar parte de un comité… No vayas, Pierre.

– No puedo negarme.

– Sí puedes, diles que no irás y… deja todo esto, recupera tu vida.

– ¿Mi vida? ¿A qué vida te refieres?

– Diles que no quieres continuar siendo un agente, que estás cansado, que ya has hecho bastante…

– ¿Crees que es tan fácil? No, Amelia, de esto no se entra y se sale cuando uno quiere. Una vez dentro tienes que llegar hasta el final.

– Tienes derecho a vivir otra vida.

Pierre la miró con aire cansado, se sentía viejo, apesadumbrado.

– He dedicado mi vida al comunismo. Nunca he tenido otro horizonte que servir a la revolución. Amelia, no sabría hacer otra cosa.

– Krisov te avisó sobre lo que te podía pasar si ibas a Moscú.

El se encogió de hombros. No se sentía capaz de otra cosa que enfrentarse con el destino que había elegido.

– Quieren que vengas conmigo -musitó.

– Sí, lo imagino. No quieren dejar piezas sueltas.

– Pero no vendrás. He venido pensándolo, les haré creer que me acompañarás, pero el día de nuestra marcha te pondrás enferma, diremos que has sufrido un ataque de apendicitis y te ingresaré en un hospital. Les diré que te reunirás conmigo más adelante. Te daré dinero para que regreses a España o adonde quieras; quizá estarías más segura con tu amiga Carla, al menos durante un tiempo. A mis jefes de Moscú les irritará que no vayas y…

– Y podrían decidir eliminarme, ¿no?

– No me fío de lo que pudiera sucederte en España, ya sabes que allí hay establecido un mando soviético ayudando a la República.

– Krisov me dio un consejo que he seguido a rajatabla desde la tarde que vino a esta casa. Ahora soy yo quien lleva las riendas de mi vida.

– No quiero que te suceda nada, te amo, Amelia. Sé que no me crees, que no quieres perdonarme, pero al menos déjame que te ayude.

– Yo decido, Pierre, yo decido por mí.

Los días siguientes Pierre los dedicó a reunirse con Natalia y con Miguel para anunciarles su viaje a Moscú y cómo debían ponerse en contacto con el controlador soviético.

Natalia tuvo un ataque de de nervios cuando Pierre le anunció que debía viajar a Moscú y que tardaría meses en regresar.

– ¡No puedes dejarme! -se lamentó Natalia-. ¡Quiero ir contigo!

– Me gustaría, pero no puede ser. Tienes que comprenderlo. No estaré fuera más que cinco o seis meses…

– ¿Y yo qué voy a hacer?

– Lo mismo que hasta ahora. No tendrás problemas para pasar al controlador la información que vayas consiguiendo.

– No me fío de nadie, sólo de ti. ¿Y si me siguen? Pueden sospechar de mí si me ven con un ruso…

– Te he explicado cómo evitar que te sigan, y ya te he dicho que no es necesario que os veáis salvo que suceda algo extraordinario. Cuando tengas algo relevante que transmitir, colocas este tiesto con geranios que te he traído en el lado izquierdo de la ventana. No lo muevas de esa posición durante tres días. Al tercer día metes entre las páginas de cualquier periódico el informe y a la hora del almuerzo te vas a pasear al parque zoológico, y, en la zona de las aves, siéntate en un banco para contemplarlas, y cuando te vayas, déjate olvidado el periódico.

– ¿Y si lo coge quien no debe?

– Eso no sucederá.

A Pierre no le fue fácil convencer a Natalia de que continuara colaborando con los soviéticos. El interés de la mujer por la revolución era directamente proporcional a la relación con su amante.

Mientras él pasaba más tiempo que nunca con Natalia, Amelia continuaba trabajando y sus escasos ratos libres solía compartirlos con los Hertz.

Gloria y Martin eran conscientes de la atracción que Amelia y Max sentían el uno por el otro y les preocupaba propiciar una relación que sabían imposible. Amelia estaba casada; en España, pero al fin y al cabo lo estaba y, además, vivía con un amante. Y su querido amigo Max von Schumann era la clase de hombre que preferiría dejarse matar antes que incumplir con sus compromisos o mancillar lo que él llamaba el «honor familiar». Por muy enamorado que estuviera de Amelia jamás rompería su compromiso con la condesa Ludovica von Waldheim, de manera que su relación con la joven española no tenía ningún futuro. A la misma conclusión llegó Pierre, al principio preocupado por el interés que el médico alemán y Amelia eran incapaces de ocultar.

No obstante, Pierre procuraba acompañar a Amelia cuando sabía que ésta iba a reunirse con los Hertz, aunque en ocasiones ella no le avisaba de estos encuentros.

Una noche en la que Pierre tuvo que ir a cenar a casa de Natalia porque ella lo llamó hecha un mar de lágrimas, Amelia aprovechó para aceptar la invitación de Max.

– Me iré dentro de unos días y me gustaría que cenáramos a solas una vez; no sé si es correcto o si te creo un problema con… con Pierre, pero si pudieras… -le había pedido Max.

Cuando terminó su jornada de trabajo en la pastelería, se despidió de doña Sagrario con más premura de la que era habitual en ella. La pastelera se dio cuenta de que a Amelia la brillaban los ojos de manera especial.

– Veo que hoy estás contenta. ¿Acaso tienes una celebración especial con Pierre?

Amelia sonrió sin responder. No quería mentir a la buena mujer, que tan comprensiva se había mostrado al enterarse de que Pierre no era su marido legal, pero tampoco quería decirle que tenía una cita con otro hombre, por lo que pudiera llegar a pensar de ella.

Max la esperaba en el Café Tortoni y desde allí se fueron a cenar a un restaurante.

Si Amelia estaba nerviosa, Max no le andaba a la zaga. Los dos sabían que con aquel encuentro a solas estaban cruzando una raya que ninguno de los dos podía traspasar.

– Me alegro de que hayas aceptado cenar conmigo. Me voy dentro de una semana, no puedo alargar más mi estancia en Buenos Aires.

– Lo sé, Gloria me ha dicho que tienes que incorporarte a tu unidad.

– Soy un privilegiado, Amelia, he dispuesto de estas largas vacaciones en casa de mis mejores amigos, pero la influencia familiar no llega para poder ampliar mi estancia aquí -respondió Max riendo.

– ¿Por qué has venido a Buenos Aires? ¿Sólo por ver a Martin?

– ¿Te extraña?

– Bueno, en realidad, sí…

– ¿No irías a Nueva York si supieras dónde encontrar a Yla? Me dijiste que era la mejor amiga de tu infancia, además de tu prima Laura.

– ¡Sí, claro que iría!

– Pues es lo que yo he hecho yo, venir a ver a mi mejor amigo, que ha tenido que dejar nuestro país por culpa de unos locos. Necesitaba saber que estaba bien, que aquí… En fin, quería ver si era feliz. No es fácil abandonar tu patria, tu casa, tus amigos, dejar de respirar el aire que siempre has respirado… Tú lo puedes entender porque también has dejado tu país.

Amelia se entristeció. En los últimos meses cada vez que pensaba en España sentía un vacío en la boca del estómago que terminaba convirtiéndose en dolor.

– ¡Pero no nos pongamos tristes! No quiero que la única ocasión que vamos a tener de estar a solas se convierta en un velatorio.

– No te preocupes, no me pondré triste.

Fueron a cenar y ambos hicieron un esfuerzo para que la conversación transcurriera por derroteros amables, aunque cuando estaban con el postre Amelia no pudo resistirse a preguntarle por su futuro en el Ejército.

– Dime: ¿cómo puedes soportar estar a las órdenes de alguien que cree que hay seres humanos de distinta categoría, que persigue a los judíos, que les roba cuanto tienen?

– De eso ya hemos hablado…

– Sí, pero es que… me cuesta tanto imaginarte bajo las órdenes de Hitler.

– Ahora es el canciller, pero no lo será para siempre, y Alemania continuará siendo Alemania. Yo no sirvo a Hitler, sino a mi país.

– ¡Pero Hitler manda en Alemania!

– Desgraciadamente así es, pero ¿qué quieres que haga? Ganó las elecciones.

– Aun así…

– Soy un soldado, Amelia, no un político. Aunque yo quiero hablarte de otra cosa, sé que no debo, pero voy a hacerlo.

– Por favor, preferiría que…

– Sí, lo correcto es no decirte esto, pero tengo que hacerlo. Me he enamorado de ti y te aseguro que he hecho lo imposible para que no sucediera. No quería marcharme sin decírtelo.

– Yo creo que a mí me ha pasado lo mismo. Pero no estoy segura… Siento una gran confusión…

– Creo que los dos nos hemos enamorado, y hemos hecho lo peor que podíamos hacer, puesto que no tenemos ningún futuro juntos.

– Lo sé -musito Amelia.

– No puedo romper mi compromiso con Ludovica, de hecho… en fin, la boda está prevista a mi regreso. Y tú has sacrificado mucho por estar con Pierre… y además no quiero engañarte, aunque rompiera mi compromiso con Ludovica, mi familia no te aceptaría, para ellos siempre serías una mujer casada.

Amelia sintió que le ardía el rostro. Se sentía avergonzada, como no había estado desde que abandonó a su familia para irse con Pierre.

– No he querido ofenderte… Perdona… Es que quiero ser sincero contigo, aun a riesgo de resultar brusco -se excusó Max.

– Es mejor hablar claro -respondió Amelia mientras con gesto distraído se estiraba la falda, como si con este gesto estuviera menos expuesta a la vergüenza que sentía por las palabras de Max.

– Necesito que me comprendas, que me digas lo que piensas, y si crees que tenemos alguna otra salida.

– No, Max, no la tenemos. La verdad hace daño, pero la prefiero a la mentira. No hubiera podido soportar que dieras alas a mis ilusiones y luego… Sé quién soy: una mujer casada que ha abandonado a su marido y a su hijo, a su familia, para huir con otro hombre. A los ojos de los demás eso me convierte en una mujer poco respetable, y entiendo que tus padres nunca me pudieran aceptar. Tampoco te pediría que rompieras tu compromiso con Ludovica, sé que tu sentido del honor sufriría de tal manera que, aunque no me lo dijeras, nunca me perdonarías haber faltado a tu palabra. Dejémoslo estar. Han sido unos días muy especiales estos que hemos compartido, pero siempre he sabido que tenías que marcharte y que yo no tengo ningún papel en tu futuro. Sólo que… bueno, me has devuelto las ganas de vivir. Quería salir de trabajar para encontrarme con los Hertz y contigo, o esperaba que sonara el teléfono y escuchar a Gloria invitarme a pasar el fin de semana en el campo. Siempre te estaré agradecida por estos días, porque, sabes, creía estar muerta.

La acompañó a casa. Caminaron el uno junto al otro sin atreverse a rozarse, en silencio.

– Aún nos veremos antes de que me marche -le dijo Max.

– Claro que sí, sé que Gloria te está preparando una fiesta de despedida.

Para alivio de Martin y Gloria Hertz, no volvieron a verse a solas. Amelia no acudió a la fiesta de despedida de Max pero le envió una nota deseándole suerte.

Sin embargo, aquella breve e infructuosa relación con el barón Von Schumann dejó una muesca profunda en Amelia, otra más. Perdió la alegría que parecía haber recuperado al lado de Max, y sus amigos la encontraban cada vez más pensativa y taciturna.

El 5 de febrero era la fecha prevista para el viaje de Pierre a Moscú. Según se acercaba la fecha, él estaba más nervioso: la advertencia de Krisov había anidado en él con tanta fuerza que apenas podía dormir por la noche, porque en sueños se veía preso y torturado por sus camaradas. Algunas noches regresaba de sus pesadillas gritando, y Amelia acudía, solícita, y le ofrecía un vaso de agua. El se agarraba a su mano como un niño que sabe que está a punto de perderse.

El temor de Pierre despertó el instinto protector en Amelia. Comenzó a preocuparse por él como si de un niño se tratara. Cuando terminaba su jornada de trabajo en la pastelería regresaba a su casa rápidamente para estar con Pierre. Seguían sin compartir la cama, pero ella le cuidaba con mimo. Era tan solícita la actitud de Amelia que los amigos de ambos pensaban que se habían reconciliado. El, que era un sofisticado hombre de mundo, se dejaba llevar por ella y la miraba agradecido; además, parecía ponerse nervioso cuando no estaba a su lado. Durante aquellos días ella estableció un vínculo especial con Pierre.

Aunque Pierre le había dicho a Amelia que no viajaría con él, c insistía en el plan inicial de que ella se fingiera enferma el día antes de la partida, oficialmente ambos habían anunciado a todos sus amigos que se iban de viaje a Europa, en el que seguramente recalarían en Moscú. A nadie le sorprendió que Pierre quisiera visitar a sus padres en París e ir en busca de esas ediciones especiales que después vendía tan caras.

El día anterior a la partida, Pierre observaba cómo Amelia se afanaba haciendo el equipaje.

– Te voy a echar mucho de menos -dijo en voz baja, creyendo que ella no le oía.

– Creo que no -respondió Amelia, mirándole fijamente.

– Sí, sí que te voy a echar de menos, eres parte de mí, lo mejor que he tenido en la vida aunque no haya sabido verlo hasta que ha sido demasiado tarde -se lamentó Pierre.

– No me vas a echar de menos porque voy contigo.

– ¡Pero qué dices! Eso es imposible, no puedes venir.

– Sí, sí puedo. No te veo capaz de hacer frente a lo que se te viene encima.

– ¿Qué quieres decir?

– Que tienes miedo y razones para tenerlo. Que tus gritos en la noche me producen miedo hasta a mí. No sabes a qué te vas a enfrentar en Moscú y necesitas a alguien a tu lado.

– Sí, temo lo que pueda suceder. Cuentan cosas terribles del camarada Yezhov.

– Como las contaban sobre el camarada Yagoda.

– Tú no tienes por qué correr ningún riesgo, bastante has sacrificado por mí. Es tu oportunidad de regresar a España, de ser libre.

– Tienes razón, es mi oportunidad, pero no voy a dejarte solo. Te acompañaré, veremos qué sucede en Moscú, y si Igor Krisov nos dijo la verdad, al menos estaré a tu lado; si no es así, en cuanto pueda regresaré a España.

– No, Amelia, no puedo pedirte eso.

– No me lo estás pidiendo tú, lo he decidido yo. Sólo estoy posponiendo unos cuantos meses más mis planes. Te he querido mucho, Pierre, y a pesar del daño que me has hecho, no soporto verte en el estado en que te encuentras. Mañana me iré contigo y quiera Dios que Krisov esté equivocado y ambos podamos regresar…»

El profesor Muiños se quedó en silencio, perdido en sus pensamientos. Su silencio me trasladó al presente.

– ¡Vaya con mi bisabuela! -dije asombrado, dándome cuenta de que la expresión se estaba convirtiendo en un latiguillo.

Llevaba tres días yendo de un lado a otro con el profesor Muiños, porque él estaba empeñado en enseñarme todos los rincones de la ciudad por donde se desenvolvió mi bisabuela: la verdad es que no me había dejado ni un segundo de respiro.

– Bien, hemos llegado al final de este trayecto, ahora tendrá que ir a Moscú -me dijo el profesor con aire ausente.

– ¿A Moscú?

– Sí, hijo, sí. Yo le he contado cuanto conocía de la estancia de Amelia Garayoa en Buenos Aires, pero si quiere saber más tendrá que seguir investigando, y su próxima parada es Moscú.

– Pensaba que usted, en fin, que usted podía contarme el final de la historia.

El profesor rió sin disimulo, como si yo hubiera dicho algo gracioso.

– Veo que ni siquiera mi buen amigo el profesor Soler tiene demasiada información sobre Amelia Garayoa. Joven, no ha hecho usted más que empezar a saber qué fue de ella. Le aseguro que la vida de esta mujer fue apasionante y difícil, sobre todo difícil. Me temo que si quiere saber más sobre ella, tendrá que ir a buscar esa información a Moscú.

– ¿A Moscú?

– Sí, ya le he dicho que su bisabuela siguió a Pierre Comte a Moscú. No ponga esa cara. Le he conseguido una cita con la profesora Tania Kruvkoski. Es una mujer notable y, a mi juicio, una historiadora independiente, toda una autoridad en lo que se refiere a la Cheka, la GPU, la OGPU, la NKVD y la KGB. La profesora Kruvkoski es la persona indicada para contarle todo lo referente a la estancia de Amelia en Moscú. Es una de las pocas personas a las que han dejado ver algunos archivos de la KGB, aunque con restricciones y el compromiso de no contar más allá de unos límites. O sea que le han permitido echar un vistazo a los archivos del pasado, de los años treinta y cuarenta, digamos que hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. La KGB es el esqueleto sobre el que se ha montado el nuevo estado, de manera que no le han permitido indagar nada de lo sucedido desde el cuarenta y cinco. La he telefoneado esta misma mañana y, aunque no tiene ningunas ganas de recibirle, lo hará, dada su amistad con el profesor Soler y conmigo. Eso sí, le aconsejo que sea prudente en el trato con ella; Tania Kruvkoski tiene un carácter endiablado y si no se gana su respeto le despedirá con cajas destempladas.

Regresé al hotel pensando en qué hacer. Estaba claro que el profesor Muiños daba por zanjadas sus conversaciones conmigo y además me había fijado una cita en Moscú para dos días después.

Decidí llamar a mi madre, al periódico y a mi tía Marta, por ese orden, para saber si podía coger ese vuelo a Moscú.

Estaba cansado; en menos de una semana había estado en Barcelona, Roma, y Buenos Aires, pero si tía Marta daba su visto bueno ya me veía rumbo a Moscú.

Tal y como me esperaba, mi madre me regañó. Llevaba cuatro días sin llamarla, y me reprochó que por mi culpa le doliera el estómago.

La conversación con Pepe, el redactor jefe del periódico, tampoco fue demasiado halagüeña.

– Guillermo, pero ¿dónde te has metido? Oye, una cosa es que la entrevista con el profesor Soler haya sido un puntazo y otra, que creas que te van a dar el premio Nobel. Te he enviado a casa tres libros para que hagas una crítica urgente y no has dado señales de vida.

– Vale, Pepe, no me eches la bronca. Mira, la crítica de los libros puede esperar, porque tengo algo mejor para el periódico. Te dije que tenía que venir a Buenos Aires, y precisamente se está celebrando la Feria del Libro, que ya sabes que, junto a la de Guadalajara en México, es de las más importantes de América Latina.

– ¡Chico, qué nivel! De manera que estás en Buenos Aires.

– Sí, y te voy a enviar unas cuantas crónicas sobre la feria, incluso unas entrevistas con algunos autores, y además no te voy a pasar nota de gastos, pero quiero que me las paguéis mejor que las críticas literarias, ¿vale?

Pepe refunfuñó durante buen rato pero aceptó, eso sí, conminándome a que le enviara la primera crónica antes de una hora.

No le dije ni que sí ni que no, y llamé a mi tía Marta, a la que encontré con su malhumor habitual.

– ¿Lo estás pasando bien? -me preguntó con ironía.

– Pues sí, la verdad es que sí. Buenos Aires es una ciudad asombrosa, deberías venir en vacaciones.

– ¡Déjate de idioteces y dime qué estás haciendo!

Le resumí la marcha de la investigación sin darle grandes detalles, lo que le produjo mayor irritación, tanta que cuando le anuncie que debía viajar a Moscú, su respuesta fue fulgurante: me colgó el teléfono.

Decidí darme un descanso para pensar qué hacer y, mientras tanto fui a visitar la Feria del Libro para mandar las crónicas a las que me había comprometido. Lo difícil iba a ser convencer a algún escritor de que me diera una entrevista. Al fin y al cabo no tenía acreditación para la feria y nadie me esperaba.

Seguramente tengo un ángel de la guarda, porque fue llegar al recinto donde se celebraba el certamen y encontrarme con un par de jóvenes escritores españoles, invitados a participar en una de las mesas redondas organizadas por los responsables de la feria. Me pegué a ellos como una lapa, asistí al debate de la mesa redonda, que versaba sobre las últimas tendencias literarias, y les hice una docena de preguntas a cada uno, que me servirían como entrevistas; y a riesgo de que me consideraran un gorrón no me separé de ellos, de manera que terminé conociendo a cuatro escritores argentinos, un editor, un par de críticos literarios y unos cuantos plumillas como yo.

Cuando regresé al hotel tenía una «cosecha» suficiente para quedar bien con el periódico y ganar tiempo, si es que al final podía ir a Moscú.

Volví a llamar a mi tía por teléfono.

– ¿Sabes qué hora es aquí? -me preguntó gritando.

– La verdad es que no…

No me lo dijo, simplemente colgó el teléfono. De manera que decidí despertar a mi madre y pedirle un préstamo para ir por mi cuenta a Moscú, pero ella tampoco se mostró predispuesta a ayudarme, ya que me seguía culpando de su dolor de estómago.

Fin del viaje, me dije a mí mismo. Lo cierto es que lo lamentaba profundamente, porque la historia de Amelia Garayoa se estaba convirtiendo en una obsesión, no porque fuera mi bisabuela, que eso tanto me daba, sino porque estaba resultando una historia apasionante.

Dejé pasar unas cuantas horas para no despertar a nadie más en España, y telefoneé a doña Laura.

El ama de llaves me hizo esperar casi diez minutos al teléfono y suspiré aliviado cuando escuché la voz de la buena señora.

– Dígame, Guillermo, ¿dónde está?

– En Buenos Aires, pero tengo que darle una mala noticia: no puedo continuar con la investigación.

– ¿Cómo? ¿Qué ha sucedido? El profesor Soler me ha asegurado que le están marcando los pasos a dar y que tiene usted una cita concertada en Moscú.

– Precisamente ése es el problema. Mi tía Marta no quiere financiar más la investigación, de manera que no voy a poder ir a Moscú. En fin, lo siento, sólo quería decírselo. Mañana o pasado regresaré a España y si no le molesta, pasaré por su casa para agradecerle la ayuda que me ha, prestado. La verdad es que sin ella no habría podido dar ni un paso.

Doña Laura no parecía escucharme. Se había quedado en silencio aunque a través de la línea creí escuchar su respiración agitada.

– Doña Laura, ¿me oye usted?

– Sí, claro que sí. Verá, Guillermo, quiero que continúe con su investigación.

– Ya, a mí también me gustaría, pero carezco de medios, de manera que…

– Yo pagaré los gastos.

– ¿Usted?

– Bueno, nosotras. Al principio nos pareció… Bueno, no nos causó demasiada buena impresión, pero lo que está haciendo alguien tenía que hacerlo, y ahora creemos que es la persona adecuada. Tiene que seguir adelante. Déme un número de cuenta y le ingresaremos dinero para sus gastos. Pero eso sí, a partir de este momento trabaja para nosotras; eso quiere decir que la historia que escriba no se la podrá dar ni tampoco dejar leer a su tía Marta ni al resto de su familia.

– Pero… Yo, la verdad es que no sé qué decirle… No me parece bien que ustedes paguen esta investigación. No, no me sentiría cómodo.

– ¡Bobadas!

– No, doña Laura, no puedo aceptar, bien que lo siento, pero no puedo.

– Guillermo, fue usted quien se presentó en nuestra casa pidiéndonos ayuda para poder escribir sobre Amelia. Nos costó lomar la decisión, pero una vez que decidimos confiar en usted no hemos dejado de ayudarle, de hecho… En fin, como bien dice, sin nosotras no habría podido averiguar nada. Lo que no sabe es que, bueno, ha desencadenado algo que ya no se puede parar. De manera que acepte trabajar para nosotras, escriba todo lo que averigüe sobre la vida de Amelia Garayoa, y luego olvídese de ella para siempre.

– Pero ¿por qué ese repentino interés en que investigue la vida de su prima? Usted debe de saber qué pasó…

– No me haga preguntas y responda: ¿trabajará para nosotras, sí o no?

Dudé unos segundos. La verdad es que no tenía ganas de dejar la investigación, aunque por otra parte no me gustaba tener que recibir dinero de las Garayoa.

– No lo sé, déjeme pensarlo.

– Quiero la respuesta ahora -me apremió doña Laura.

– De acuerdo, acepto.

Escribí un correo electrónico a tía Marta anunciándole que iba a continuar la investigación con otro «patrocinador» y, como imaginaba, poco después me llamó gritándome.

– ¡Pero tú estás loco! ¡Has perdido la cabeza! ¿Crees que voy a permitir que un desconocido te pague por investigar la historia de mi abuela? Guillermo, vamos a acabar con esta historia. Tuve una idea que ha resultado más complicada de lo previsto; vuelve a Madrid, cuéntame lo que has averiguado y ya decidiré qué hacer, pero, como comprenderás, no puedo financiarte la vuelta al mundo.

– Lo siento, tía, ya me he comprometido con unas personas a seguir y entregarles el resultado de la investigación.

– Pero ¿quiénes son esas personas? No voy a consentir que los trapos sucios de la familia los airees ante no se sabe quién.

– En eso estoy de acuerdo contigo, pero verás, Amelia Garayoa, además de ser tu abuela, tenía otros parientes que están tan interesados como tú en saber qué fue de ella, de manera que todo quedará en la familia.

Mi madre me llamó a continuación diciéndome si es que quería amargarle la existencia. Acababa de tener una bronca a cuenta mía con su hermana. Pero yo también había tomado una decisión y empezaba a pensar que trabajar para doña Laura y doña Melita era lo más adecuado, al fin y al cabo, sin ellas no habría dado un solo paso a derechas. Además, estaba harto de tener que mendigar a la tía Marta cada euro que necesitaba.

9

No sé qué temperatura haría en Moscú en la primavera de 1938, pero en la de 2009 hacía un frío helador.

Me sentía feliz de estar en una ciudad que se me antojaba llena de misterios. Como, para mi sorpresa, doña Laura me había vuelto a llamar para decirme que había hecho un ingreso en mi cuenta corriente y que además me había reservado una habitación en el hotel Metropol, se me antojaba que todo iba a ir sobre ruedas.

¡Vaya lujazo!, pensé cuando entré en el vestíbulo del Metropol. Desde luego la ciudad que había vislumbrado a través de las ventanillas del taxi no parecía tener nada que envidiar a Nueva York, París o Madrid, salvo que en pocos minutos había visto más Maseratis y Jaguars que en toda mi vida. ¡Caramba con los ex comunistas, no han perdido el tiempo para ponerse al día con el sistema capitalista!, me dije.

Una vez instalado en la habitación me puse a hacer mis «deberes» y llamé a la profesora Tania Kruvkoski.

La profesora hablaba inglés, ¡menos mal!, y nos entendimos de inmediato, aunque me llevé una gran sorpresa cuando me dijo que si lo prefería podíamos hablar en español. Concertamos una cita para la mañana siguiente en su casa; según me explicó, no estaba lejos del Metropol, así que podía ir dando un paseo.

Aproveché el resto del día para hacer turismo, fui a la tumba de Lenin, paseé por la plaza Roja, visité la catedral de San Basilio, y me perdí en animadas calles repletas de bares, restaurantes y tiendas de ropa de las marcas más sofisticadas.

No tenía ni idea de cómo había sido Moscú antes de que cayera el Muro de Berlín, pero lo que mis ojos veían era que aquella ciudad era la quintaesencia del capitalismo. Desde luego no se parecía a la ciudad que me había descrito mi madre: gris, pobre y triste. Bien es verdad que ella había hecho un tour por la Unión Soviética en plena era comunista y si la viera ahora creería estar alucinando en colores.

El apartamento donde vivía la profesora Kruvkoski era pequeño pero cómodo, con estantes de madera repletos de libros, cortinas de cretona, un sofá, un par de sillones de terciopelo verde y una mesa de comedor llena de papeles. La profesora era tal como esperaba que fuera: una mujer entrada en años y en carnes, con el cabello blanco recogido en un moño detrás de la nuca. Me sorprendió su vestido floreado, casi juvenil, y el chal de lana que llevaba sobre los hombros.

Pero tras su aspecto de dulce abuelita encontré a una mujer enérgica, nada dispuesta a regalarme ni un segundo de más de su tiempo, de manera que tenía preparados varios dossieres sobre Pierre Comte y Amelia.

– Lo que me han pedido mis colegas, el profesor Soler y el profesor Muiños, es que le explique qué fue de Pierre Comte y de Amelia Garayoa cuando llegaron a Moscú en febrero de 1938. Bien, no sé si va a tomar notas…

– Preferiría grabar la conversación, ya que usted habla un español tan excelente -le respondí con ánimo de halagarla.

– Haga lo que quiera. No dispongo de demasiado tiempo. Le voy a dedicar la mañana pero ni un minuto más -advirtió.

Asentí poniendo en marcha el minidisc.

– Como usted sabrá, la perversidad del camarada Stalin no tenía límites. Nadie estaba seguro, todos eran sospechosos, y por aquel entonces las purgas se sucedían a diario. Poco a poco había ido quitando de en medio a los hombres que lucharon en primera línea por la revolución, bolcheviques abnegados que fueron acusados de traición. Nadie tenía segura la cabeza sobre los hombros. Stalin contaba para su política criminal con hombres sin escrúpulos, dispuestos a arrastrarse y cometer las mayores atrocidades sólo por servirle, creyendo que así se ganaban su derecho a vivir, pero muchos de éstos seres infectos también terminaron sus días de mala manera, porque Stalin no agradecía nada ni reconocía a nadie.

– Por su edad… En fin… Creía que usted fue una revolucionaria en su juventud.

– Soy una superviviente. Cuando vives en un régimen de terror lo único a lo que aspiras es a ganar un día más a la vida, y bajas la cabeza; no ves, ni oyes, casi ni sientes, temiendo que se fijen en ti. El terror anula a los seres humanos, y para poder sobrevivir saca los peores instintos. Pero no se trata de mi vida, sino de las de Comte y Garayoa.

– Sí, sí, perdone la interrupción, es que pensaba que era usted una comunista convencida.

La profesora se encogió de hombros y me miró con cara de pocos amigos, de manera que opté por callarme.

– La mía es una familia que participó en la Revolución de Octubre, pero eso no nos garantizó nada; mi padre y algunos tíos y primos murieron en los gulags porque en algún momento se atrevieron a decir en voz alta lo que era evidente: el sistema no funcionaba. No es que creyeran que el comunismo no tenía las respuestas adecuadas para construir un mundo mejor, lo que pensaban es que quienes dirigían el país no lo hacían con acierto. Stalin mató de hambre a miles de campesinos… Pero eso es historia, una historia que no es la que ha venido usted a buscar. Ya le he dicho que, para sobrevivir, uno termina adaptándose a las circunstancias, y en mi familia aprendimos a bajar la cabeza y a callar. ¿Podemos continuar?

– Sí, sí, perdone.

«Amelia y Pierre se instalaron en casa de su tía Irina, la hermana de la madre de éste. Ella estaba casada con un funcionario del Ministerio de Exteriores, Georgi, un hombre sin ningún cargo ni relieve importante. Tenían un hijo, Mijaíl, periodista, más joven que Pierre y casado con Anushka, una belleza que se dedicaba al teatro. La casa tenía dos habitaciones y una pequeña salita, que se convirtió en el dormitorio de Pierre y Amelia.

Al día siguiente de su llegada Pierre se presentó en la sede de la NKVD en la plaza Dzerzhinski, la tristemente conocida como Lubianka…

Pierre no fue recibido por ningún responsable destacado de la NKVD. Un funcionario de menor rango le informó que a partir de ese momento estaba a libre disposición de la NKVD y que ya se le asignaría un cometido. Mientras tanto debía escribir detalladamente sobre la red de Krisov, de la que había formado parte, precisando los nombres y datos de todos los agentes «ciegos» que venían colaborando en Europa con la NKVD.

Pierre protestó. Si estaba allí, dijo, era para ayudar a organizar una visita, para la celebración de un congreso con intelectuales de todo el mundo. El funcionario no se anduvo con contemplaciones y le amenazó: o cumplía las órdenes o sería considerado un traidor.

Pierre no se atrevió a seguir discutiendo y aceptó a regañadientes las instrucciones del hombre.

– Trabajará usted en el Departamento de Identificación y Archivo, ayudando al camarada Vasiliev.

En ese momento Pierre recordó que Igor Krisov le había hablado de un amigo caído en desgracia, un tal Iván Vasiliev, y se preguntó si sería el mismo.

Iván Vasiliev tenía en aquel entonces treinta y cinco años. Era un hombre alto, delgado, y muy fuerte, y había trabajado desde su creación para el Departamento Extranjero de la NKVD.

La oficina donde estaba situado el Departamento de Identificación y Archivo estaba ubicada en uno de los sótanos de la Lubianka, y para acceder a ella había que bajar por unas escaleras donde no era raro encontrarse con detenidos que caminaban con la cabeza baja, sabedores de que allí rara vez se salía con vida.

Vasiliev le indicó a Pierre la mesa donde trabajaría, que estaba iluminada por una bombilla de gran potencia. Apenas había sitio para moverse porque unos inmensos archivadores cubrían cada palmo de pared.

– ¿Usted era amigo de Igor Krisov? -le preguntó Pierre apenas se sentó.

Iván Vasiliev le miró con dureza, reprochándole en silencio que hubiera pronunciado ese nombre. Después tragó saliva y buscó cuidadosamente las palabras para responder.

– Ya sé que usted era uno de los agentes del camarada Krisov, un traidor de la peor especie.

Pierre dio un respingo al escuchar la respuesta y a punto estuvo de replicarle, pero los ojos de Vasiliev le indicaron que mantuviera la boca cerrada.

Vasiliev se enfrascó en sus papeles y de cuando en cuando se levantaba para dirigirse a otras mesas donde otros hombres como él trabajaban en silencio. En una de esas ocasiones, al pasar cerca de la mesa de Pierre, deslizó un papel. Este se quedó extrañado y lo abrió.

«No sea estúpido y no haga preguntas que pueden comprometernos a los dos. Rompa esta nota. Cuando pueda hablaré con usted.»Cuando Pierre regresó a casa de su tía Irina bien entrada la tarde, Amelia le esperaba impaciente.

– ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no has llamado para decir que estabas bien? -le recriminó con angustia en francés, idioma en que también podía entenderse con los tíos de Pierre.

Le contó a Amelia y a sus tíos cada detalle vivido aquella jornada, sin escatimar su sentimiento de angustia y decepción. Aquélla no era la «patria» a la que venía entregando lo mejor de sí mismo. Su tía Irina le mandó hablar en voz baja.

– ¡No hables tan alto y sé prudente o terminaremos todos en la Lubianka! -le regañó.

– Pero ¿por qué? ¿Acaso no se puede hablar libremente? -preguntó Amelia con cierta ingenuidad.

– No, no se puede -sentenció el tío Giorgi.

De repente Pierre y Amelia se encontraron con que el mito al que tanto habían sacrificado era un monstruo despiadado que podía devorarles sin que nadie pudiera mover un dedo para evitarlo.

– De manera que has venido engañado -dijo el tío Giorgi.

– Por lo que cuenta, es evidente -apostilló la tía Irina.

– Krisov te lo advirtió -recordó Amelia.

– ¿Quién es Krisov? -quiso saber la tía Irina.

– Un hombre para el que trabajé… -respondió Pierre.

– Su controlador -contó Amelia.

– No es momento de reproches pero… en fin… ser espía no es la mejor tarea. -La tía Irina no quería reprimir su disgusto por el tipo de trabajo de su sobrino-. Dedicarse a fisgonear a los demás y denunciarlos…

– ¡Jamás he denunciado a nadie! -protestó Pierre-. Mi único cometido ha sido el de recabar información que pudiera servir a la Unión Soviética y a la revolución.

– Pierre no ha hecho nada malo -le defendió Amelia.

– ¡Espiar es de truhanes! -insistió la tía Irina.

– Vamos, mujer, no te alteres, tu sobrino es uno de los muchos ingenuos que se ha creído lo de la revolución; también nosotros creímos en ella y dimos lo mejor de nosotros mismos -terció el tío Giorgi.

– Por supuesto que lo hemos hecho, pero Stalin es…

– ¡Calla! Ahora eres tú la imprudente, sabes que las paredes oyen. ¿Quieres que nos detengan a todos? -le recordó el tío Giorgi.

La tía Irina se calló y entrelazó las manos para ocultar su crispación. Le hubiera gustado no tener que acoger a su sobrino, pero Olga era su única hermana y su única esperanza en el caso de que algún día pudieran salir de la enorme prisión en la que se estaba convirtiendo su patria.

Poco después llegó Mijaíl y se unió a la conversación. Al joven le incomodaban los comentarios de Pierre.

– ¡Exageráis! -protestó Mijaíl hablando en ruso-. ¡Claro que hay problemas! Estamos construyendo un nuevo régimen, una Rusia donde ya no hay siervos, sino hombres libres, y tenemos que aprender a ser responsables de nosotros mismos. Naturalmente que se cometen errores, pero lo importante es el camino que hemos emprendido, y adonde nos llevará. ¿Acaso se vivía mejor en tiempos del zar? No, y lo sabéis bien.

– Yo sí vivía mejor en tiempos del zar -afirmó Irina, mirando desafiante a su hijo-. Ahora mira a tu alrededor, y sólo verás hambre. La gente se muere de hambre, ¿es que no lo ves? Ni siquiera tú, que eres de ellos, tienes más que la mayoría de los desgraciados de