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La Biblia De Barro

Julia Navarro

En Roma, un hombre se confiesa: Padre, me acuso de que voy a matar a un hombre. Al mismo tiempo Clara Tannenberg, una joven arqueologa nieta de un poderoso hombre de oscuro pasado, anuncia en el transcurso de un congreso el descubrimiento de unas tablillas que, de ser autenticas, serian la prueba cientifica de la existencia del patriarca Abraham: se trata de la obra de un escriba que recogio el relato del profeta sobre la creacion del mundo, la confusion de las lenguas en Babel y el Diluvio Universal. Una autentica Biblia de Barro. Junto a un equipo de arqueologos, poco antes del inicio de la ultima guerra del Golfo, Clara pondra en marcha unas arriesgadas excavaciones que alientan a muchas personas a acabar con su vida y la de su abuelo: desde millonarios traficantes de arte hasta cuatro amigos que no desistiran hasta culminar una implacable venganza. Tras el espectacular exito de La Hermandad de la Sabana Santa, Julia Navarro se consagra con esta electrizante novela en la que el lector viajara hasta los tiempos biblicos pasando por la Europa de la Segunda Guerra Mundial, Egipto, Siria, Estados Unidos, Italia, Francia, España y el Irak de los ultimos tiempos de Sadam.

Julia Navarro

La Biblia De Barro

Para Fermín y Alex, siempre,

y para mis amigos, los mejores que se puedan soñar

1

Llovía sobre Roma cuando el taxi se detuvo en la plaza de San Pedro. Eran las diez de la mañana.

El hombre pagó la carrera y sin esperar el cambio, apretando bajo el brazo un periódico, se acercó con paso muy vivo hasta el primer control en el que rutinariamente se comprobaba si los visitantes entraban en la basílica correctamente vestidos. Nada de pantalones cortos, minifaldas, tops o bermudas.

Ya en el interior del templo, el hombre ni siquiera se detuvo ante la Piedad de Miguel Ángel, la única obra de arte que entre las muchas que atesora el Vaticano lograba conmoverle. Dudó unos segundos hasta orientarse y después se dirigió hacia los confesionarios, donde a esa hora sacerdotes de distintos países escuchaban en su lengua materna a fieles llegados de todas partes del mundo.

De pie, apoyado en una columna, aguardó impaciente a que otro hombre acabara su confesión. Cuando le vio levantarse, se dirigió hacia el confesionario. Un letrero informaba de que aquel sacerdote ejercía su ministerio en italiano.

El sacerdote esbozó una sonrisa al contemplar la figura enjuta de aquel hombre enfundado en un traje de buen corte; tenía el cabello blanco cuidadosamente peinado hacia atrás y el ademán impaciente de quien está acostumbrado a mandar.

– Ave María Purísima.

– Sin pecado concebida.

– Padre, me acuso de que voy a matar a un hombre. ¡Que Dios me perdone!

Tras decir estas palabras, el anciano se incorporó y, ante los ojos atónitos del sacerdote, se perdió veloz entre el enjambre de turistas que abarrotaban la basílica. Junto al confesionario, tirado en el suelo, dejó un periódico arrugado. El religioso tardó unos minutos en recuperarse. Otro hombre se había arrodillado y le preguntaba impaciente:

– Padre, padre…, ¿se encuentra bien?

– Sí, sí… no, no… perdone…

Salió del confesionario y recogió el periódico. Recorrió con la mirada la página en la que estaba abierto: concierto de Rostropovich en Milán; éxito de taquilla de una película sobre dinosaurios; congreso en Roma de arqueología con la participación de reputados profesores y arqueólogos: Clonay, Miller, Smidt, Arzaga, Polonoski, Tannenberg, apareciendo este último nombre rodeado por un círculo rojo…

Dobló el periódico y, con la mirada perdida, abandonó el lugar, dejando con la palabra en la boca a aquel hombre que seguía de rodillas esperando para confesar sus pecados y penas.

* * *

– Quiero hablar con la señora Barreda.

– ¿De parte de quién?

– Soy el doctor Cipriani.

– Un momento, doctor.

El anciano se pasó una mano por el cabello y sintió un ataque de claustrofobia. Respiró hondo intentando tranquilizarse, mientras dejaba vagar la mirada por aquellos objetos que le habían acompañado en los últimos cuarenta años. Su despacho olía a cuero y a tabaco de pipa. Sobre su mesa reposaba un marco con dos fotos, la de sus padres y la de sus tres hijos. Había colocado la de sus nietos sobre la repisa de la chimenea. Al fondo, un sofá y un par de sillones de oreja, una lámpara de pie con tulipa color crema; los estantes de caoba que recubrían las paredes y albergaban miles de libros, las alfombras persas… aquél era su despacho, estaba en su casa, tenía que tranquilizarse.

– ¡Carlo!

– Mercedes, ¡le hemos encontrado!

– Carlo, ¿qué dices?…

La voz de la mujer delataba mucha tensión. Parecía desear y temer, con igual intensidad, la explicación que estaba a punto de escuchar.

– Entra en internet, busca en la prensa italiana, en cualquier periódico, en las páginas de cultura, ahí está.

– ¿Estás seguro?

– Sí, Mercedes, estoy seguro.

– ¿Por qué en las páginas de cultura?

– ¿No recuerdas lo que se decía en el campo?

– Sí, claro, sí… Entonces él… Lo haremos. Dime que no te vas a echar atrás.

– No, no lo haré. Tú tampoco, ellos tampoco, les voy a llamar ahora. Tenemos que vernos.

– ¿Queréis venir a Barcelona? Tengo sitio para todos… -Da lo mismo dónde. Luego te llamo, ahora quiero hablar con Hans y con Bruno.

– Carlo, ¿de verdad es él? ¿Estás seguro? Debemos comprobarlo. Ponle bajo vigilancia, no puede volver a perderse, no importa lo que cueste. Si quieres te mando ahora mismo una transferencia, contrata a los mejores, que no se pierda…

– Ya lo he hecho. No le perderemos, descuida. Te volveré a llamar.

– Carlo, me voy al aeropuerto, cojo el primer avión que salga para Roma, no me puedo quedar aquí…

– Mercedes, no te muevas hasta que te llame, no podemos cometer errores. No escapará, confía en mí.

Colgó el teléfono sintiendo la misma angustia que había notado en la mujer. Conociéndola, no descartaba que en dos horas le llamara desde Fiumicino. Mercedes era incapaz de quedarse quieta y esperar, y en aquel momento menos que nunca.

Marcó un número de teléfono de Bonn y esperó impaciente a que alguien respondiera.

– ¿Quién es?

– ¿El profesor Hausser, por favor?

– ¿Quién le llama?

– Carlo Cipriani.

– ¡Soy Berta! ¿Qué tal está usted?

– ¡Ah, querida Berta, qué alegría escucharte! ¿Cómo están tu marido y tus hijos?

– Muy bien, gracias, con ganas de volver a verle, no se olvidan de las vacaciones que pasamos hace tres años en su casa de la Toscana, nunca se lo agradeceré bastante, nos invitó en un momento en que Rudolf estaba al borde del agotamiento y…

– Vamos, vamos, no me des las gracias. Estoy deseando volver a veros, estáis siempre invitados. Berta, ¿está tu padre?

La mujer percibió el apremio en la voz del amigo de su padre e interrumpió la charla no sin cierta preocupación.

– Sí, ahora se pone. ¿Está usted bien? ¿Pasa algo?

– No, querida, nada, sólo quería charlar un rato con él.

– Sí, ahora se pone. Hasta pronto, Carlo.

– ¡Ciao, preciosa!

No pasaron más que unos breves segundos antes de que la voz fuerte y rotunda del profesor Hausser le llegara a través de la línea telefónica.

– Carlo…

– Hans, ¡está vivo!

Los dos hombres se quedaron en silencio, cada uno escuchando la respiración cargada de tensión del otro.

– ¿Dónde está?

– Aquí, en Roma. Le he encontrado por casualidad, hojeando un periódico. Sé que no te gusta internet, pero entra y busca cualquier periódico italiano, en las páginas de cultura, allí le encontrarás. He contratado a una agencia de detectives para que le vigilen las veinticuatro horas y le sigan vaya a donde vaya si deja Roma. Nos tenemos que ver. Ya he hablado con Mercedes, ahora llamaré a Bruno.

– Iré a Roma.

– No sé si es buena idea que nos veamos aquí.

– ¿Por qué no? Él está ahí y tenemos que hacerlo. Vamos a hacerlo.

– Sí. No hay nada en el mundo que pueda impedírnoslo.

– ¿Lo haremos nosotros?

– Si no encontramos a alguien sí. Yo mismo. He pensado en ello durante toda mi vida, en cómo sería, qué sentiría… Estoy en paz con mi conciencia.

– Eso, amigo mío, lo sabremos cuando haya acabado todo. Que Dios nos perdone, o que al menos nos comprenda.

– Espera, me llaman por el móvil… es Bruno. Cuelga, te volveré a llamar.

– ¡Carlo!

– Bruno, te iba a llamar ahora…

– Me ha llamado Mercedes…, ¿es verdad?

– Sí.

– Salgo inmediatamente de Viena para Roma, ¿dónde nos vemos?

– Bruno, espera…

– No, no voy a esperar. Lo he hecho durante más de sesenta años y si él ha aparecido no voy a esperar ni un minuto más. Quiero participar, Carlo, quiero hacerlo…

– Lo haremos. De acuerdo, venid a Roma. Llamaré otra vez a Mercedes y a Hans.

– Mercedes se ha ido ya al aeropuerto, y mi avión sale de Viena dentro de una hora. Avisa a Hans.

– Os espero en casa.

Era mediodía. Pensó que aún le quedaba tiempo para pasar por la clínica y pedir a su secretaria que le anulara todas las citas de los próximos días. A la mayoría de sus pacientes ya les atendía su hijo mayor, Antonino, pero algunos viejos amigos insistían en que fuera él quien dijera la última palabra sobre su estado de salud. No se quejaba, porque eso le mantenía activo y le obligaba a seguir estudiando todos los días la misteriosa maquinaria del cuerpo humano. Aunque él sabía que lo que de verdad le mantenía vivo era el doloroso deseo de saldar una cuenta. Se había dicho a sí mismo que no podía morir hasta hacerlo, y esa mañana en el Vaticano, mientras se dirigía al confesionario, le iba dando gracias a Dios por haberle permitido vivir hasta aquel día.

Sintió un dolor agudo en el pecho. No, no era el aviso de un infarto: era angustia, sólo angustia y rabia contra ese Dios en el que no creía pero al que rezaba e increpaba, seguro de que no le oía. Se puso de peor humor al encontrarse de nuevo pensando en Dios. ¿Qué tenía él que ver con Dios? Nunca se había ocupado de él. Nunca. Le había abandonado cuando más le necesitaba, cuando creía inocentemente que bastaba con tener fe para salvarse, escapar del horror. ¡Qué estúpido había sido! Seguramente ahora pensaba en Dios porque a los setenta y cinco años uno sabe que está más cerca de la muerte que de la vida y en el centro del alma, ante el viaje inevitable hacia la eternidad, se encienden las alarmas del miedo.

Pagó el taxi, y esta vez sí que recogió el cambio. La clínica, situada en Parioli, un barrio tranquilo y elegante de Roma, era un edificio de cuatro pisos en el que trabajaban una veintena de especialistas, además de otros diez facultativos de medicina general. Era su obra, fruto de la voluntad y el esfuerzo. Su padre se habría sentido orgulloso de él, y su madre… notó que se le humedecían los ojos. Su madre le habría abrazado con fuerza, susurrándole que no había nada que él no pudiera alcanzar, que la voluntad lo puede todo, que…

– Buenos días, doctor.

La voz del portero de la clínica le devolvió a la realidad. Entró con paso firme, erguido, y se encaminó hacia su despacho, situado en la primera planta. Fue saludando a otros médicos y estrechando la mano de algún paciente que le paraba al reconocerlo. Sonrió al verla. Al fondo del pasillo se dibujaba la silueta esbelta de su hija. Lara escuchaba pacientemente a una mujer temblorosa que agarraba con fuerza la mano de una adolescente. Hizo un gesto de cariño a la jovencita y se despidió de la mujer. No le había visto y él no hizo nada para hacerse notar; más tarde se pasaría por su consulta.

Entró en la antesala de su despacho. Maria, su secretaria, levantó los ojos del ordenador.

– Doctor, ¡qué tarde viene hoy! Tiene un montón de llamadas pendientes, y además está a punto de llegar el señor Bersini; ya han terminado de hacerle todas las pruebas y, aunque le han dicho que tiene una salud de hierro, insiste en que le vea usted y…

– Maria, veré al señor Bersini en cuanto él llegue, pero después anule todas las citas. Durante unos días puede que no aparezca por la consulta; vienen de fuera viejos amigos y he de atenderles…

– Muy bien, doctor. ¿Hasta cuándo no debo de apuntarle nuevas citas?

– No lo sé, ya se lo diré; puede que una semana, como mucho dos… ¿Está mi hijo?

– Sí, y su hija también.

– Sí, ya la he visto. Maria, estoy esperando una llamada del presidente de Investigaciones y Seguros. Pásemela aunque esté con el señor Bersini, ¿entendido?

– Entendido, doctor, así lo haré. ¿Quiere que le ponga con su hijo?

– No, no, déjele, debe de estar en el quirófano; ya le llamaremos después.

Encontró los periódicos perfectamente ordenados encima de la mesa del despacho. Cogió uno de ellos y buscó en las páginas del final. El titular rezaba: «Roma: capital de la arqueología mundial». La noticia daba cuenta de un congreso sobre los orígenes de la humanidad auspiciado por la Unesco. Y allí, en la lista de asistentes, estaba el apellido del hombre al que llevaban más de medio siglo buscando.

¿Cómo era posible que de repente estuviera allí, en Roma? ¿Dónde había estado? ¿Acaso nadie tenía memoria? Le costaba entender que aquel hombre pudiera participar en un congreso mundial promovido por la Unesco.

Recibió a su antiguo paciente Sandro Bersini e hizo un esfuerzo indecible para escuchar sus achaques. Le aseguró que tenía una salud de hierro, lo que además era verdad, pero por primera vez en su vida no tuvo reparos en no mostrarse solícito y le invitó amablemente a marcharse con la excusa de que tenía otros pacientes esperándole.

El timbre del teléfono le sobresaltó. Instintivamente supo que la llamada era de Investigaciones y Seguros.

El presidente de la agencia le explicó escuetamente el resultado de aquellas primeras horas de investigación. Tenía a seis de sus mejores hombres dentro de la sede del congreso.

La información que le transmitió sorprendió a Carlo Cipriani. Tenía que haber algún error, salvo que…

¡Claro! El hombre al que buscaban era mayor que ellos, y habría tenido hijos, nietos…

Sintió una punzada de decepción y de rabia; se sentía burlado. Había llegado a creer que aquel monstruo había aparecido de nuevo y ahora se encontraba con que no era él. Pero algo en su interior le decía que estaban cerca, más de lo que habían estado nunca. De manera que pidió al presidente de Investigaciones y Seguros que no dejaran la vigilancia, daba lo mismo hasta dónde tuvieran que llegar y cuánto costara.

– Papá…

Antonino había entrado en el despacho sin que él se hubiera dado cuenta. Hizo un esfuerzo por recomponer el gesto porque sabía que su hijo le observaba preocupado.

– ¿Qué tal va todo, hijo?

– Bien, como siempre. ¿En qué pensabas? Ni te has dado cuenta de que he entrado.

– Sigues con la misma mala costumbre que tenías de niño: no llamas a la puerta.

– ¡Vamos, papá, no lo pagues conmigo!

– ¿Qué estoy pagando contigo?

– Lo que sea que te contraría… Te conozco y sé que hoy no te han salido las cosas como esperabas. ¿Qué ha sido?

– Te equivocas. Todo va bien. ¡Ah! Puede que durante unos días no venga a la clínica; ya sé que no hago falta, pero es para que lo sepas.

– ¿Cómo que no haces falta? ¡Uy, cómo estás hoy! ¿Se puede saber por qué no vas a venir? ¿Vas a algún sitio?

– Viene Mercedes, y también Hans y Bruno.

Antonino torció el gesto. Sabía lo importantes que eran los amigos para su padre, aunque éstos le inquietaban. Parecían unos viejos inofensivos, pero no lo eran. Al menos a él siempre le habían infundido un sentimiento de temor.

– Deberías casarte con Mercedes -bromeó.

– ¡No digas tonterías!

– Mamá murió hace quince años y con Mercedes pareces estar a gusto, ella también está sola.

– Basta, Antonino. Me voy, hijo…

– ¿Has visto a Lara?

– Pasaré a verla antes de irme.

* * *

A sus sesenta y cinco años, Mercedes Barreda aún conservaba mucho de la belleza que había sido. Alta, delgada, morena, de porte elegante y ademanes rotundos, imponía a los hombres. Quizá por eso no se había casado nunca. Se decía a sí misma que jamás había encontrado un hombre a su medida.

Era propietaria de una constructora. Había hecho fortuna trabajando sin descanso y sin quejarse jamás. Sus empleados la consideraban una persona dura pero justa. Nunca había dejado a un obrero en la estacada. Pagaba lo que tenía que pagar, les tenía a todos asegurados, se preocupaba de respetar escrupulosamente sus derechos. La fama de dura seguramente le venía porque nadie la había visto reír, ni siquiera sonreír, pero tampoco la habían podido acusar nunca de tener un gesto autoritario ni de haber dicho una palabra más alta que otra. Sin embargo, había algo en ella que imponía a los demás.

Vestida con un traje de chaqueta color beis, y como única joya unos pendientes de perlas, Mercedes Barreda atravesaba con paso veloz los pasillos interminables de Fiumicino, el aeropuerto de Roma. Una voz anunciaba la llegada del vuelo de Viena en el que viajaba Bruno, de manera que podían ir juntos a casa de Carlo. Hans había llegado hacía una hora.

Mercedes y Bruno se fundieron en un abrazo. Hacía más de un año que no se veían, aunque hablaban por teléfono con frecuencia y se escribían por internet.

– ¿Y tus hijos? -preguntó Mercedes.

– Sara ya es abuela. Mi nieta Elena ha tenido un niño.

– O sea, que eres bisabuelo. Bueno, no estás mal para ser un vejestorio. ¿Y tu hijo David?

– Un solterón empedernido, como tú.

– ¿Y tu mujer?

– He dejado a Deborah protestando. Llevamos cincuenta años peleándonos por lo mismo. Ella quiere que olvide; no comprende que eso no podremos hacerlo jamás. No quería que viniera. Sabes, aunque no quiere reconocerlo tiene miedo, mucho miedo.

Mercedes asintió. No culpaba a Deborah por sus temores, tampoco el que quisiera retener a su marido. Sentía simpatía por la esposa de Bruno. Era una buena mujer, amable y silenciosa, siempre dispuesta a ayudar a los demás. Deborah en cambio no la correspondía con el mismo afecto. Cuando en alguna ocasión había visitado a Bruno en Viena, Deborah la había recibido como una buena anfitriona pero no podía ocultar el temor que le inspiraba «la Catalana», como sabía que la llamaba.

En realidad era francesa. Su padre había huido de Barcelona cuando estaba a punto de terminar la Guerra Civil española. Era anarquista, un hombre bueno y cariñoso. En Francia, como tantos otros españoles, cuando los nazis entraron en París se incorporó a la Resistencia; en ella conoció a la madre de Mercedes, que hacía de correo, y se enamoraron; su hija nació en el peor momento y en el peor lugar.

Bruno Müller acababa de cumplir setenta años. Tenía el cabello blanco como la nieve y la mirada azul. Cojeaba, por lo que se ayudaba de un bastón con el mango de plata. Había nacido en Viena. Era músico, un pianista extraordinario, como también lo había sido su padre. La suya era una familia que vivía por y para la música. Cuando cerraba los ojos, veía a su madre sonriendo mientras tocaba el piano a cuatro manos con su hermana mayor. Hacía tres años que se había retirado; hasta entonces Bruno Müller había sido considerado uno de los mejores pianistas del mundo. También su hijo David se había entregado en cuerpo y alma a la música; su vida era el violín, aquel delicado Guarini del que jamás se separaba.

Media hora antes Hans Hausser había llegado a casa de Carlo Cipriani. A sus sesenta y siete años el profesor Hausser aún imponía por su altura. Medía más de uno noventa, y su extrema delgadez le hacía parecer un hombre frágil. No lo era.

En los últimos cuarenta años había estado dando clases de Física en la Universidad de Bonn, teorizando sobre los misterios de la materia, escudriñando los secretos del Universo.

Como Carlo, también él era viudo, y se dejaba cuidar por su única hija, Berta.

Los dos amigos degustaban una taza de café cuando el ama de llaves introdujo a Mercedes y Bruno en el despacho del doctor. No perdieron el tiempo en formalidades. Se habían reunido para matar a un hombre.

– Bien, os contaré cómo están las cosas -comenzó Carlo Cipriani-. Esta mañana me encontré en el periódico con el apellido Tannenberg. Antes de llamaros, para no perder tiempo, llamé a Investigaciones y Seguros. En el pasado también les encargué que buscaran el rastro de Tannenberg, no sé si os acordáis… Bien, el presidente, que ha sido paciente mío, me llamó hace unas horas para decirme que efectivamente hay un Tannenberg en el congreso de arqueólogos que se está celebrando en Roma, en el Palazzo Brancaccio. Pero no es nuestro hombre; se trata de una mujer que se llama Clara Tannenberg de nacionalidad iraquí. Tiene treinta y cinco años y está casada con un iraquí, un hombre bien relacionado con el régimen de Sadam Husein. Es arqueóloga. Ha estudiado en El Cairo y en Estados Unidos y, a pesar de su juventud, seguramente gracias a la influencia de su marido, que también es arqueólogo, dirige una de las pocas excavaciones que aún subsisten en Irak. El marido estudió en Francia e hizo el doctorado en Estados Unidos, donde vivió una larga temporada; allí se conocieron y se casaron antes de que los norteamericanos decidieran convertir a Sadam en el demonio. Éste es su primer viaje a Europa.

– ¿Tiene algo que ver con él? -preguntó Mercedes.

– ¿Con Tannenberg? -respondió Carlo-. Es una posibilidad, podría ser su hija. Y si es así espero que a través de ella lleguemos hasta él. Como vosotros, no creo que esté muerto, por más que en aquel cementerio hubiera una lápida con su nombre y el de sus padres.

– No, no está muerto -afirmó Mercedes-, yo sé que no está muerto. He sentido durante todos estos años que el monstruo vivía. Como dice Carlo, podría ser su hija.

– O su nieta -terció Hans-. Él debe de estar cerca de los noventa años.

– Carlo, ¿qué vamos a hacer? -preguntó Bruno.

– Seguirla no importa donde vaya. Investigaciones y Seguros puede desplazar a algunos hombres a Irak, aunque nos costará una pequeña fortuna. Pero tengamos claro que si al final ese loco de George Bush invade Irak, tendremos que buscarnos otra compañía.

– ¿Por qué? -El tono de Mercedes reflejaba impaciencia.

– Pues porque para ir a un país en guerra se necesita un tipo de hombres que sean algo más que investigadores privados.

– Tienes razón -convino Hans-. Además, tenemos que tomar una decisión. ¿Qué pasa si le encuentran, si realmente esta Clara Tannenberg tiene algo que ver con él? Yo os lo diré: necesitamos a un profesional… alguien a quien no le importe matar. Si él vive aún, debe morir, y si no…

– Y si no que mueran sus hijos, sus nietos, cualquiera que lleve su sangre.

La voz de Mercedes sonó repleta de rabia. No estaba dispuesta a ceder al más leve sentimiento de piedad.

– Estoy de acuerdo -asintió Hans-, ¿y tú, Bruno?

El concertista de piano más admirado del último tercio del siglo XX no dudo en responder con otro sí.

– Bien. ¿Sabemos de alguna compañía de esas que cuentan con mercenarios para este tipo de encargos? -preguntó Mercedes dirigiéndose a Carlo.

– Mañana me darán dos o tres nombres. Mi amigo, el presidente de Investigaciones y Seguros, asegura que hay un par de compañías británicas que contratan a ex miembros del SAS, y a otros hombres de fuerzas especiales de ejércitos de medio mundo. También hay una compañía norteamericana, una multinacional de seguridad, bueno lo de la seguridad es un eufemismo. Disponen de soldados privados para enviar a cualquier lugar y luchar por cualquier causa bien remunerada, creo que se llama Global Group. Mañana decidiremos.

– Bien, pero ¿tenemos todos claro que los Tannenberg deben morir, no importa que sean mujeres, incluso niños…? -volvió a inquirir Hans.

– No insistas -terció Mercedes-, llevamos toda la vida preparándonos para este momento. No me importaría matarlos personalmente.

La creyeron. Ellos también sentían el mismo odio. Un odio que había crecido con una violencia irrefrenable cuando los cuatro vivían en el infierno.

* * *

– Tiene la palabra la señora Tannenberg.

El director de la ponencia sobre la «Cultura en Mesopotamia» dejó libre el estrado a la mujer menuda y decidida que, apretando unos cuantos folios contra su pecho, se dispuso a tomar la palabra.

Clara Tannenberg estaba nerviosa. Sabía cuánto se jugaba en aquel momento. Con los ojos buscó entre el público a su marido, que le sonreía para darle ánimos.

Durante unos instantes se desconcentró pensando en lo guapo que era Ahmed. Alto, delgado, con el cabello negro como la noche y los ojos de un negro más intenso aún. Era mayor que ella, le llevaba quince años, pero compartían una misma pasión: la arqueología.

– Señoras y señores, hoy es un día muy especial para mí. He venido a Roma a pedirles ayuda, a suplicarles que alcen la voz para evitar la catástrofe que se puede cernir sobre Irak.

Un rumor se extendió por la sala. Los allí presentes no estaban dispuestos a escuchar un mitin de una arqueóloga desconocida cuyo principal mérito parecía ser el estar casada con un miembro del clan de Husein que casualmente era el director del departamento de Excavaciones. En el rostro de Ralph Barry, director de la ponencia sobre Mesopotamia, se dibujó un gesto de fastidio. Sus temores parecían confirmarse; sabía que la presencia de Clara Tannenberg y de su marido Ahmed Huseini traería problemas. Había intentado impedirlo por todos los medios, que eran muchos habida cuenta que trabajaba para un hombre poderoso, el presidente ejecutivo de la fundación Mundo Antiguo, que corría con buena parte de los gastos del congreso. En Estados Unidos nadie que se dedicara a la arqueología llevaba la contraria a su jefe, Robert Brown. Pero se hallaban en Roma, donde su influencia era más limitada.

Robert Brown era un gurú del mundo del arte. Había surtido de objetos únicos a museos de todo el mundo. La colección de tablillas mesopotámicas, que exponía en varias salas de la fundación, estaba considerara como la mejor del mundo.

Brown había hecho del arte su vida y su gran negocio. Una noche a finales de los años cincuenta, cuando contaba con apenas treinta años e intentaba abrirse camino como marchante en Nueva York, conoció a alguien en una fiesta en casa de un pintor de vanguardia donde había gente de todas clases. A la mañana siguiente, aquel hombre le hizo una proposición que le cambió la vida, pues reorientó su profesión y le ayudó a poner en marcha un negocio más lucrativo: convencer a importantes compañías multinacionales de que aportaran fondos a una fundación privada para financiar excavaciones e investigaciones en todo el mundo. De esa manera las multinacionales lograban un doble objetivo: desgravaban impuestos y adquirían cierta respetabilidad ante los siempre recelosos ciudadanos. Guiado por su Mentor, un hombre tan rico como poderoso e influyente en Washington, puso en marcha la fundación Mundo Antiguo. Se constituyó un patronato del que formaban parte banqueros y hombres de negocios, que a la postre eran los que ponían el dinero; se reunía un par de veces al año con ellos, primero para que aprobaran el presupuesto y después para rendir cuentas del mismo. Precisamente a finales de ese mes de septiembre tenían una reunión. Robert Brown hizo de Ralph Barry su mano derecha. Barry tenía lustre en el mundo académico. Era un reputado profesor. En cuanto a su Mentor, George Wagner, el hombre que le había situado en la cumbre, le guardaba una fidelidad perruna y ocultaba celosamente el secreto de su nombre; durante todos estos años había ejecutado sus órdenes sin rechistar, había hecho lo que jamás pensó que haría, era una marioneta en sus manos. Pero se sentía feliz de serlo. Todo cuanto era, todo lo que tenía, se lo debía.

Brown había dado instrucciones precisas a Ralph Barry, director del departamento de Mesopotamia de la fundación Mundo Antiguo y ex profesor de Harvard: debía impedir que Clara Tannenberg y su marido participaran en el congreso y, de no poder hacerlo, al menos tenía que evitar que hablara.

A Barry le habían extrañado las instrucciones de Brown porque sabía que su jefe conocía a la pareja, pero ni por un momento se le pasó por la cabeza desobedecer sus órdenes.

Clara era consciente de la animadversión del auditorio. Enrojeció de rabia. El «tío» Robert pagaba aquel congreso, y ella entraba en el paquete. Tragó saliva antes de continuar.

– Señores, no vengo a hablar de política sino de arte. Vengo a pedir que salvemos el legado artístico de Mesopotamia. Allí comenzó la historia de la humanidad y, si hay guerra, puede desaparecer. También vengo a pedirles otro tipo de ayuda. No se trata de dinero.

Nadie le rió el chiste, y Clara se sintió peor, pero estaba decidida a continuar por más que sintiera en la piel la intensa irritación del auditorio.

– Hace muchos años, más de medio siglo, mi abuelo, que formaba parte de una misión arqueológica cerca de Jaran, encontró un pozo recubierto con restos de tablillas. Ustedes saben que eso era común. Aun hoy encontramos tablillas que fueron utilizadas por los campesinos para construir sus casas.

»Las tablillas con que se había recubierto el pozo consignaban la superficie de determinados campos y el volumen de cereales de la última cosecha. Había cientos de tablillas, pero dos de ellas parecían no pertenecer al mismo grupo que las otras, no sólo por el contenido sino por los trazos con que habían sido escritas, como si el redactor de las mismas, al hacer las incisiones en el barro, aún no manejara con suficiente destreza la caña.

La voz de Clara adquirió un tinte de emoción. Estaba a punto de desvelar la razón de su vida, aquello en lo que no había dejado de soñar desde que tuviera uso de razón, por lo que se había hecho arqueóloga, que era más importante para ella que nada y que nadie, incluso que Ahmed.

– Durante más de sesenta años -prosiguió- mi abuelo ha guardado esas dos tablillas en las que alguien, seguramente un aprendiz de escriba, cuenta que su pariente Abraham [1] le iba a contar cómo se había formado el mundo y otras historias fantásticas sobre un Dios que todo lo puede y que todo lo ve, y que en una ocasión, enfadado con los hombres, inundó la tierra. ¿Se dan cuenta de lo que esto significa?

»Todos sabemos de la importancia que para la arqueología y la historia, pero también para la religión, tuvo el descubrimiento de los poemas acadios de la Creación, el Enuma Elish, el relato de Enki y Ninhursag o del Diluvio en el Poema de Gilgamesh. Pues bien, según esas tablillas que encontró mi abuelo, el patriarca Abraham añadió su propia visión de la creación del mundo, influida sin duda por los poemas babilónicos y acadios sobre el paraíso y la creación.

»Hoy también sabemos, porque la arqueología así lo ha demostrado, que la Biblia se escribió en el siglo VII antes de Cristo, en un momento en el que los gobernantes y sacerdotes israelitas tenían necesidad de fundamentar la unidad del pueblo de Israel, para lo que necesitaban una historia común, una epopeya nacional, un documento que sirviera para sus propios fines políticos y religiosos.

»En su empeño por contrastar lo que se describe en la Biblia, la arqueología ha descubierto verdades y mentiras. Aun hoy es difícil separar la leyenda de la historia porque están entremezcladas. Pero lo que parece claro es que los relatos son recuerdos de un pasado, historias antiguas que aquellos pastores que emigraron de Ur a Jaran llevaron posteriormente hasta Canaán…

Clara guardó silencio esperando la reacción de sus colegas, que la escuchaban en silencio: unos con desgana, otros con cierto interés.

– … Jaran… Abraham…, en la Biblia encontramos una genealogía minuciosa de los «primeros hombres», desde Adán; ese recorrido llega a los patriarcas posdiluvianos, a los hijos de Sem de los que uno de sus descendientes, Téraj, engendró a Najor, a Haran y a Abrán, que más tarde transformó su nombre en Abraham, padre de todas las naciones.

»Salvo el relato minucioso de la Biblia en que Dios le ordena a Abraham dejar su tierra y su casa, para dirigirse a Canaán, no se ha podido demostrar que hubiera habido una primera emigración de semitas desde Ur a Jaran antes de llegar a su destino, fijado por Dios, en la tierra en Canaán. Y el encuentro entre Dios y Abraham tuvo que producirse en Jaran, donde mantienen algunos biblistas que el primer patriarca habría vivido hasta la muerte de su padre, Téraj.

»Seguramente, cuando Téraj se desplazó a Jaran, lo hizo no sólo con sus hijos Abraham y la esposa de éste, Sara, y Najor y su mujer Milca. También les acompañó Lot, el hijo de su hijo Haran, muerto en la juventud. Sabemos que entonces las familias formaban tribus que se desplazaban de un lugar a otro con

sus rebaños y enseres, y que se asentaban periódicamente en lugares donde cultivaban un pedazo de tierra para cubrir sus necesidades de subsistencia. De manera que Téraj, al dejar Ur para asentarse en Jaran, lo hizo acompañado por otros familiares, parientes en grado más o menos próximo. Pensamos… mi abuelo, mi padre, mi marido Ahmed Huseini y yo pensamos que un miembro de la familia de Téraj, seguramente un aprendiz de escriba, pudo tener una relación estrecha con Abraham y que éste le explicó sus ideas sobre la creación del mundo, su concepción de ese Dios único y quién sabe cuántas cosas más. Durante años hemos buscado en la región de Jaran otras tablillas del mismo autor. El resultado ha sido nulo. Mi abuelo ha dedicado su vida a investigar cien kilómetros a la redonda de Jaran y no ha encontrado nada. Bueno, el trabajo no ha sido estéril: en el museo de Bagdad, en el de Jaran y en el de Ur y en tantos otros hay cientos de tablillas y objetos que mi familia ha ido desenterrando, pero no encontrábamos esas otras tablillas con los relatos de Abraham que…

Con gesto malhumorado, un hombre levantó la mano y la agitó, lo que desconcentró a Clara Tannenberg.

– Sí…, ¿quiere decir algo?

– Señora, ¿está usted afirmando que Abraham, el patriarca Abraham, el Abraham de la Biblia, el padre de nuestra civilización, le contó a no sé quién su idea de Dios y del mundo, y este no sé quién lo escribió, como, si de un periodista cualquiera se tratara, y que su abuelo, que por cierto ninguno de nosotros tenemos el gusto de conocer, ha encontrado esa prueba y se la ha guardado durante más de medio siglo?

– Pues sí, eso es lo que estoy diciendo.

– ¡Ah! Y dígame, ¿por qué no informaron de nada hasta ahora? Por cierto, ¿sería tan amable de explicarnos quién es su abuelo y su padre? De su marido ya sabemos algo. Aquí nos conocemos todos y siento decirle que para nosotros usted es una ilustre desconocida a la que, por su intervención, calificaría de infantil y fantasiosa. ¿Dónde están esas tablillas de las que habla? ¿A qué pruebas científicas las ha sometido para garantizar su autenticidad y datar la época a la que dice pertenecen? Señora, a los congresos se viene con trabajos solventes, no con historias de familia, de familia de aficionados a la arqueología.

Un murmullo recorrió toda la sala mientras Clara Tannenberg, roja de ira, no sabía qué hacer: si salir corriendo o insultar a aquel hombre que la estaba ridiculizando y ofendiendo a su familia. Respiró hondo para darse tiempo, y vio cómo Ahmed se ponía en pie mirándola furioso.

– Querido profesor Guilles…, sé que ha tenido miles de alumnos en su larga vida como docente en la Sorbona. Yo fui uno de ellos; por cierto, a lo largo de la carrera usted me dio siempre matrícula de honor. En realidad, obtuve matrícula de honor en todas las asignaturas, no sólo en la suya, y creo recordar que en la Sorbona se hizo una mención especial a «mi caso», porque, insisto, durante cinco años la nota de todas las asignaturas era matrícula de honor y me licencié con sobresaliente cum laude. Después, profesor, tuve el privilegio de acompañarle en sus excavaciones en Siria, también en Irak. ¿Recuerda los leones alados que encontramos cerca de Nippur en un templo dedicado a Nabu? Lástima que las figuras no estuvieran intactas, pero al menos tuvimos suerte al dar con una colección de sellos cilíndricos de Asurbanipal… Sé que no tengo ni sus conocimientos ni su reputación, pero llevo años dirigiendo el departamento de Excavaciones Arqueológicas de Irak, aunque hoy es un departamento muerto; estamos en guerra, una guerra no declarada, pero guerra. Llevamos diez años sufriendo un cruel bloqueo y el programa de petróleo por alimentos apenas nos da para subsistir como pueblo. Los niños iraquíes se mueren porque en los hospitales no hay medicinas y porque sus madres no alcanzan a poder comprarles comida, de manera que poco dinero podemos dedicar a excavar en busca de nuestro pasado, en realidad del pasado de la civilización. Todas las misiones arqueológicas han abandonado su trabajo en espera de tiempos mejores.

»En cuanto a mi esposa, Clara Tannenberg, lleva años siendo mi ayudante; excavamos juntos. Su abuelo y su padre han sido hombres apasionados por el pasado que en su momento ayudaron a financiar algunas misiones arqueológicas…

– ¡Ladrones de tumbas! -clamó alguien del público.

Aquella voz y el estruendo de la risa nerviosa de algunos asistentes se le clavaron como cuchillos a Clara Tannenberg. Pero Ahmed Huseini no se inmutó y continuó hablando como si no hubiera escuchado nada ofensivo.

– Pues bien, estamos seguros de que el autor de esas dos tablillas que guardó el abuelo de Clara llegó a trasladar a ellas los relatos que asegura le contó Abraham. Efectivamente, podemos estar hablando de un descubrimiento transcendental en la historia de la arqueología, pero también de la religión y de la tradición biblista. Creo que deberían permitir que la doctora Tannenberg continuara. Clara, por favor…

Clara observó agradecida a su marido, respiró hondo y, temerosa, se dispuso a continuar. Si algún otro vejestorio la interrumpía y trataba de humillarla gritaría y le insultaría, no se iba a dejar pisotear. Su abuelo se sentiría decepcionado si hubiese visto la escena que estaban viviendo. Él no quería que pidiera ayuda a la comunidad internacional. «Son todos unos arrogantes hijos de puta que se creen que saben algo.» Su padre tampoco le hubiese permitido venir a Roma, pero su padre estaba muerto y su abuelo…

– Durante años nos concentramos en Jaran buscando restos de esas otras tablillas que estamos seguros de que existen. No encontramos ni rastro. Precisamente en la parte superior de las dos que encontró mi abuelo aparecía el nombre de Shamas. En algunos casos los escribas solían poner su nombre en la parte superior de la tablilla, así como el del supervisor de la misma. En el caso de estas dos tablillas sólo aparecía el de Shamas. ¿Quién es Shamas, se preguntarán?

»Desde que Estados Unidos declaró a Irak su peor enemigo, han sido frecuentes las incursiones aéreas.

»Recordarán que hace un par de meses unos aviones norteamericanos que sobrevolaban Irak dijeron ser atacados por misiles desde tierra, a lo que respondieron soltando una carga de bombas. Pues bien, en la zona bombardeada, entre Basora y la antigua Ur, en una aldea llamada Safran, quedaron al descubierto los restos de una edificación y una muralla cuyo perímetro calculamos en más de quinientos metros.

»Dada la situación de Irak, no ha sido posible prestar la atención merecida a esa edificación, por más que mi esposo y yo, junto con un pequeño contingente de obreros, comenzamos a excavar con más voluntad que medios. Creemos que el edificio pudo ser el almacén de una casa de las tablillas u otro anexo de un templo. No lo sabemos a ciencia cierta. Hemos encontrado restos de tablillas y la sorpresa fue que entre estos restos encontramos una con el nombre de Shamas. ¿Es el mismo Shamas relacionado con Abraham?

»No lo sabemos, pero pudiera ser que sí. Abrán emprendió el viaje a Canaán con la tribu de su padre. Existe la creencia de que el patriarca se quedó en Jaran hasta que su padre murió, que entonces fue cuando inició el viaje a la Tierra Prometida. ¿Shamas formaba parte de la tribu de Abraham? ¿Le acompañó a Canaán?

»Quiero pedirles que nos ayuden, nuestro sueño sería que se creara una misión arqueológica internacional. Si encontráramos esas tablillas… Durante años me he preguntado en qué momento Abraham dejó de ser politeísta, como sus contemporáneos, y pasó a creer en un solo Dios.

El profesor Guilles volvió a levantar la mano. El viejo profesor de la Sorbona, uno de más reputados especialistas mundiales sobre la cultura mesopotámica, parecía dispuesto a amargarle el día a Clara Tannenberg.

– Señora, insisto en que nos muestre las tablillas de las que habla. De lo contrario, permítanos debatir a los que estamos aquí y tenemos algo que aportar.

Clara Tannenberg no aguantó más. Un rayo de ira atravesó sus ojos azules.

– ¿Qué le pasa, profesor? ¿No soporta que alguien que no sea usted pueda saber algo sobre Mesopotamia e incluso hacer un descubrimiento? ¿Tanto sufre su ego…?

Guilles se levantó con parsimonia y se dirigió al auditorio:

– Regresaré a la ponencia cuando se vuelva a hablar de cosas serias.

Ralph Barry se creyó obligado a intervenir. Carraspeó y se dirigió a la veintena de arqueólogos que asistían malhumorados a la escena protagonizada por aquella desconocida colega.

– Siento lo que está pasando. No entiendo por qué no somos un poco más humildes y escuchamos lo que nos cuenta la doctora Tannenberg. Es arqueóloga como nosotros, ¿por qué tantos prejuicios? Está exponiendo una teoría; escuchémosla y luego opinemos, pero descalificarla a priori no me parece muy científico.

La profesora Renh, de la Universidad de Oxford, una mujer de mediana edad con el rostro curtido por el sol, levantó la mano solicitando hablar.

– Ralph, aquí nos conocemos todos… La señora Tannenberg se ha presentado contando algo sobre unas tablillas que no ha mostrado, ni siquiera en fotografía. Ha hecho un alegato, al igual que su marido, sobre la situación política de Irak, que yo personalmente lamento, y ha expuesto una teoría sobre Abraham que francamente parece más fruto de la fantasía que de un trabajo científico.

»Pero estamos en un congreso y mientras en otras salas nuestros colegas de otras especialidades están presentando trabajos y conclusiones, nosotros… nosotros, tengo la impresión de que estamos perdiendo el tiempo.

»Lo siento, pienso como el profesor Guilles. Me gustaría que nos pusiéramos a trabajar.

– ¡Eso es lo que estamos haciendo! -gritó indignada Clara.

Ahmed se levantó y mientras se ajustaba la corbata se dirigió a los presentes sin mirar a nadie en particular.

– Les recuerdo que los grandes descubrimientos arqueológicos vinieron de la mano de hombres que supieron escuchar y buscar entre las brasas de las leyendas. Pero ustedes no quieren ni siquiera considerar lo que les estamos exponiendo. Esperan. Sí, esperan a ver qué pasa, el momento en que Bush ataque Irak. Ustedes son ilustres profesores y arqueólogos de los países «civilizados», de manera que porque tengan más o menos simpatía por Bush tampoco se van a jugar el pellejo defendiendo un proyecto arqueológico que suponga acudir a Irak. Puedo entenderlo, pero lo que no comprendo es por qué esa actitud cerrada que les impide siquiera escuchar e intentar averiguar si algo de lo que les decimos es o puede ser verdad.

La profesora Renh volvió a alzar la mano.

– Profesor Huseini, insisto en que nos presente alguna prueba de lo que dice. Deje de juzgarnos y sobre todo deje de darnos un mitin. Somos mayores y estamos aquí para discutir de arqueología, no de política. No haga trampas presentándose como una víctima. Exponga alguna evidencia de lo que plantean.

Clara Tannenberg se levantó y comenzó a hablar sin dar tiempo a Ahmed a que replicara a la mujer.

– No tenemos las tablillas aquí. Ustedes saben que, dada la situación de Irak, no nos las dejarían sacar. Disponemos de unas fotos, no son de buena calidad pero al menos pueden comprobar que las tablillas existen. Estamos pidiéndoles ayuda, ayuda para excavar. No disponemos de medios suficientes para hacerlo. En el Irak de hoy la arqueología es la última preocupación de todos, bastante tenemos con subsistir.

Un silencio espeso acompañó esta vez sus palabras. Después los asistentes se levantaron y abandonaron la sala.

Ralph Barry se acercó a Ahmed y a Clara con gesto en apariencia compungido.

– Lo siento, he hecho lo que he podido, pero ya les dije que éste no me parecía el mejor momento para que ustedes intervinieran en el congreso.

– Usted ha hecho lo inimaginable para que no pudiéramos hacerlo -le respondió Clara con tono desafiante.

– Señora Tannenberg, la coyuntura internacional nos afecta a todos. Usted sabe que en el mundo de la arqueología siempre procuramos mantenernos separados de la política. De lo contrario sería impensable que hubiera misiones arqueológicas en determinados países. Ahmed, sabes que es imposible que ahora encontréis ayuda. Dada la situación política, a la fundación no le es factible considerar una excavación en Irak. El presidente sería reprobado por ello y el consejo de administración de la fundación no lo permitiría. Les he explicado que, dadas las circunstancias, lo mejor era que su presencia en el congreso fuera discreta, pero se han empeñado en lo contrario. En fin, esperemos que lo que ha pasado esta tarde no termine convirtiéndose en un escándalo…

– No somos políticamente correctos y parece que contaminamos -le espetó furiosa Clara.

– ¡Por favor! Le he expuesto sinceramente las circunstancias; ustedes las conocen igual que yo. Aun así, no pierdan la esperanza. He observado que el profesor Yves Picot les escuchaba con atención, es un hombre peculiar, pero también es una autoridad en la materia.

Ralph Barry se arrepintió de haberles hablado de Picot. Pero era cierto. El excéntrico profesor había escuchado a Clara con interés. Aunque con los antecedentes de Picot el interés podía ser no sólo académico.

Llegaron al hotel exhaustos. Incómodos consigo mismos y entre ellos. Clara sabía que se avecinaba una tormenta. Ahmed la había defendido, sí, pero estaba segura de que se sentía disgustado por su forma de plantear las cosas. Le había pedido encarecidamente que no mencionara a su abuelo ni a su padre, que circunscribiera el descubrimiento a la actualidad; dada la situación de Irak, nadie acudiría a comprobar lo que habían dicho. Pero ella había querido rendir un homenaje a su abuelo y a su padre, a los que adoraba y de quienes había aprendido cuanto sabía. No decir que su abuelo era el descubridor de las tablillas habría sido como robarle.

Entraron en la habitación en el momento en que la camarera acababa de arreglarla. Siguieron sin decir palabra esperando a que la camarera saliera.

Ahmed buscó un vaso en la nevera y se sirvió un whisky con hielo. No le ofreció nada, de manera que ella misma se sirvió un Campari. Se sentó aguardando que estallara la tormenta.

– Te has puesto en ridículo -afirmó con dureza Ahmed-. Resultabas patética hablando de tu padre, de tu abuelo y de mí. ¡Por Dios, Clara, somos arqueólogos, no estamos jugando a los arqueólogos, ni eso era la fiesta de fin de graduación de la universidad, donde hay que agradecerle a papá lo bueno que es! Te dije que no mencionaras a tu abuelo, te lo repetí, pero tú tenías que hacer lo que te viniera en gana sin medir las consecuencias, sin darte cuenta lo que estabas desencadenando, lo que puedes desencadenar. Ralph Barry nos pidió discreción, nos dejó claro que su «jefe» Robert Brown quiere que excavemos, pero no nos pueden ayudar directamente, se jugarían el cuello. No le puede decir a sus amigos de la administración que tiene interés en una arqueóloga desconocida, nieta de un viejo amigo y casada con un iraquí bien visto por el régimen, y que les va a ayudar. Ralph Barry lo ha dicho alto y claro: Robert Brown cavaría su propia tumba. ¿Qué pretendías, Clara?

– ¡No voy a robar a mi abuelo! ¿Por qué no puedo hablar de él ni de mi padre, ni de ti? No tengo nada de que avergonzarme. Ellos eran anticuarios y han gastado fortunas ayudando a excavar en Irak, en Siria, en Egipto…, en…

– ¡Despierta, Clara, entérate! Tu abuelo y tu padre son simples comerciantes. ¡No son ningunos mecenas! ¡Crece, hazte una mujer, deja de subirte a las rodillas del abuelo!

Ahmed se calló de golpe. Se sentía cansado.

– La Biblia de Barro, así la llamaba mi abuelo. El Génesis contado por Abraham… -musitó Clara en voz baja.

– Sí, la Biblia de Barro. Una Biblia escrita en barro mil años antes que en papiro.

– Un descubrimiento trascendental para la humanidad, una prueba más de la existencia de Abraham. ¿No creerás que estamos equivocados?

– Yo también quiero encontrar la Biblia de Barro, pero hoy, Clara, has desaprovechado la mejor oportunidad que teníamos para hacerlo. Esa gente forma parte de la élite de la arqueología mundial. Y nosotros tenemos que hacernos perdonar por ser quienes somos.

– ¿Y quiénes somos, Ahmed?

– Una arqueóloga desconocida casada con el director del departamento de Excavaciones de un país con un régimen dictatorial cuyo dirigente ha sido condenado porque ya no sirve a los intereses de los poderosos. Hace años, cuando vivía en Estados Unidos, ser iraquí no era un hándicap, todo lo contrario. Sadam combatía a Irán porque eso servía a los intereses de Washington. Asesinaba kurdos con las armas que le vendían los norteamericanos, armas químicas prohibidas por la Convención de Ginebra, las mismas armas que ahora están buscando. Es todo mentira, Clara, y por tanto hay que seguir las normas. Pero a ti nada de lo que sucede a tu alrededor te importa; te da lo mismo Sadam, Bush y quien pueda morir por culpa de ambos. Tú mundo se circunscribe a tu abuelo, nada más.

– ¿De qué lado estás?

– ¿Cómo?

– Atacas al régimen de Sadam, pareces comprender a los norteamericanos, otras veces parece que les aborreces… ¿Con quién estás?

– Con nadie. Estoy solo.

La respuesta sorprendió a Clara. Le impresionó la sinceridad de Ahmed, al tiempo que le dolía descubrir ese sentimiento de desarraigo de su marido.

Ahmed era un iraquí demasiado occidentalizado. Había ido perdiendo sus raíces a lo largo y ancho del mundo. Su padre había sido diplomático, un hombre afecto al régimen de Sadam, premiado con distintas embajadas: la de París, Bruselas, Londres, México, el consulado de Washington… La familia Huseini había vivido bien, muy bien, y los hijos del embajador se habían convertido en perfectos cosmopolitas: estudiaron en los mejores colegios europeos, aprendieron varios idiomas y accedieron a las más exclusivas universidades norteamericanas. Sus tres hermanas se habían casado con occidentales, no habrían soportado volver a vivir en Irak. Habían crecido libres en países democráticos. Y él, Ahmed, también había mamado la democracia en cada nuevo destino al que era enviado su padre, de manera que Irak le resultaba asfixiante, a pesar de que cuando regresaba vivía con los privilegios inherentes a los hijos del régimen.

Se hubiera quedado a vivir en Estados Unidos, pero había conocido a Clara y su abuelo y su padre la reclamaban junto a ellos en Irak. De manera que decidió regresar.

– ¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Clara.

– Nada. Ya no podemos hacer nada. Mañana llamaré a Ralph para que nos explique las dimensiones del desastre que has provocado.

– ¿Regresamos a Bagdad?

– ¿Se te ocurre alguna otra genialidad?

– ¡No seas cáustico! He hecho lo que creía que debía hacer, se lo debo a mi abuelo. De acuerdo, él era un hombre de negocios, pero ama Mesopotamia más que nadie, y se lo inculcó a mi padre y a mí. Podría haber sido un gran arqueólogo pero no tuvo la suerte de poder dedicarse a su vocación. Pero fue él y sólo él quien descubrió esas dos tablillas, quien las ha guardado durante más de medio siglo, quien ha gastado su dinero para que otros excavaran buscando el rastro de Shamas… Te recuerdo que los museos de Irak están llenos de piezas y tablillas de las excavaciones financiadas por mi abuelo.

Una mueca de desprecio se dibujó en el rostro de Ahmed. Ella se sobresaltó. De repente su marido le pareció un extraño.

– Tu abuelo siempre ha sido un hombre discreto, Clara, tu padre también lo fue. Jamás han hecho exhibiciones gratuitas. Tu actuación de hoy les habría decepcionado. No es eso lo que te enseñaron.

– Me inculcaron el amor a la arqueología.

– Te obsesionaron con la Biblia de Barro, eso ha pasado. Se hizo el silencio. Ahmed se bebió el whisky de un trago y cerró los ojos. Ninguno de los dos quería seguir hablando. Clara se metió en la cama pensando en Shamas y le imaginó con una caña fina en la mano dibujando en el barro…

2

– ¿Quién hizo la primera cabra?

– Él.

– ¿Y por qué una cabra?

– Por la misma razón que hizo a todos los seres que habitamos la Tierra.

El niño conocía estas respuestas, pero le gustaba provocar a su tío Abrán. [2] Éste había cambiado mucho. Hacía tiempo que se había convertido en un hombre extraño, que buscaba la soledad y se alejaba de los suyos diciendo que necesitaba pensar.

– Pues no entiendo la razón. ¿Para qué quiere a las cabras? ¿Para que nosotros las cuidemos? Y a nosotros, ¿para qué nos quiere, para hacernos trabajar?

– A ti, para que aprendas.

Shamas se calló. Su tío le recordaba que a esa hora debería estar en la casa de las tablillas haciendo sus tareas. Su otro tío el um-mi-a [3] volvería a quejarse de él a su padre y éste le volvería a reprender.

Esa mañana camino de la casa de las tablillas había visto a su tío Abrán caminar entre las cabras en busca de pastos verdes y le había seguido, aun sabiendo que su tío prefería estar solo y no hablar con nadie. Pero siempre se mostraba paciente con él. En realidad no era su tío directo, sino un familiar lejano de su madre pero pertenecían a la misma tribu; todos reconocían la autoridad de Téraj, el padre de Abrán, aunque el prestigio del hijo corría paralelo al del padre y muchos hombres de la tribu acudían a Abrán en busca de consejo y de guía. Téraj no se ofendía, porque ya había entrado en la ancianidad y dormitaba buena parte del día. A su muerte sería Abrán quien se encargaría de todos.

– Me aburro -explicó el niño a modo de excusa.

– ¿Ah, sí? ¿Y de qué te aburres?

– El dub-sar [4] que nos enseña no es muy alegre, seguramente porque aún no domina la caña como le gustaría al sesgal [5] o al um-mi-a Ur-Nidaba. Al dub-sar Ili, que es quien se encarga de nosotros, no le gustan los niños, se impacienta, y nos hace repetir las mismas frases hasta que a su juicio están perfectas. Luego, cuando a mediodía nos exige decir la lección en voz alta se enfada si vacilamos y no tiene piedad a la hora de encargarnos ejercicios de escritura y matemáticas.

Abrán sonrió. No quería que el pequeño Shamas se envalentonara aún más si le manifestaba comprensión ante la rigidez de su maestro. Shamas era el niño más inteligente de la tribu y su misión era estudiar y convertirse en escriba o sacerdote. Se necesitaban hombres sabios para realizar los cálculos para construir canales que llevaran el agua a la tierra seca. Hombres que supieran poner orden en los graneros, controlar la distribución del trigo, otorgar préstamos; hombres que guardaran el conocimiento de las plantas y animales, de las matemáticas, que supieran leer en las estrellas, capaces de pensar en algo más que en dar de comer a su prole.

El padre de Shamas había sido un gran escriba, un maestro, y el pequeño, como otros muchos hombres de su familia, había sido favorecido con el don de la inteligencia. No podía desperdiciarla, porque la inteligencia era un don que Él otorgaba a algunos hombres para hacer más fácil la existencia de los otros, y para combatir a quienes, siendo igualmente inteligentes, se dejaban inspirar por el Mal.

– Debes irte antes de que empiecen a buscarte y tu madre se preocupe.

– Mi madre ha visto que te seguía. Está tranquila, sabe que contigo no me pasará nada.

– Pero eso no le evita un disgusto, porque es consciente de que no estás aprovechando la oportunidad de aprender.

– Tío, el dub-sar Ili nos hace invocar a Nidaba, la diosa de los cereales, y asegura que es ella quien nos ha inspirado el conocimiento de los signos.

– Debes aprender lo que te enseña el dub-sar.

– Ya, pero ¿tú crees que quien nos inspira es Nidaba?

Abrán guardó silencio. No quería confundir la mente del pequeño, pero tampoco dejar de decir lo que pensaba, cómo había sentido, hasta llegar a convertirlo en certeza, que esos dioses a los que adoraban no estaban insuflados por ningún espíritu, eran simplemente barro. Él lo sabía bien porque su padre Téraj modelaba la arcilla y surtía a los templos y palacios de esos dioses salidos de sus manos.

Aún recordaba el dolor que le provocó a su padre el día en que éste le encontró en su taller rodeado de los añicos en que había convertido las figuras que aún estaban secándose antes de convertirse definitivamente en dioses.

No sabía por qué había actuado así, pero cuando entró en el taller de su padre sintió un impulso irrefrenable de destruir aquellas piezas de barro ante las cuales los hombres doblaban estúpidamente la cerviz, convencidos de que las desgracias y los dones llegaban por igual desde esas figuras nacidas de las manos de su padre.

Las tiró al suelo y las pisoteó; luego se sentó para esperar las consecuencias de su acción. No había nada en esas figuras; si fueran dioses habrían desencadenado su furia contra él, le habrían castigado. No sucedió nada, y sólo conoció la ira de su padre al ver el fruto de su trabajo hecho añicos.

Su padre le recriminó su comportamiento sacrílego, pero Abrán le respondió irónico que Téraj sabía mejor que nadie, puesto que las construía, que en esas figuras no había otra cosa que barro, y le invitó a que pensara.

Más tarde le pidió perdón por destruir el fruto de su trabajo, limpió los restos del barro destrozado e incluso se puso a amasar arcilla para ayudarle a construir otros dioses para vender.

– Shamas, debes de aprender lo que te enseña Ili, porque eso te ayudará a discernir, llegará el día en que tú solo separes el grano de la paja, pero hasta entonces no desprecies ningún conocimiento.

– El otro día les hablé de Él e Ili se enfadó. Me dijo que no debía ofender a Istar, a Isin, a Innama, a…

– ¿Y por qué les hablaste de Él?

– Porque no dejo de pensar en lo que me dices. Sabes, yo no creo que haya ningún espíritu dentro de la figura de Istar. A Él no le puedo ver, así que seguramente existe.

A Abrán le sorprendió el razonamiento del pequeño: creía en lo que no veía precisamente porque no lo veía. Pero también sabía de la admiración que el pequeño le profesaba porque, debido a la ancianidad de Téraj, era de hecho el jefe de la tribu y su palabra era ley.

– Aprende, Shamas, aprende. Ve a la escuela y déjame pensar.

– ¿Él te habla?

– Siento que sí.

– Pero ¿te habla con palabras, como hablamos tú y yo…?

– No, así no, pero le escucho con tanta claridad como si te escuchara a ti. Pero no se lo digas a nadie.

– Te guardaré el secreto.

– No es ningún secreto, pero en la vida hay que aprender a ser discreto. Anda, ve a la escuela y no hagas rabiar más a Ili.

El niño se levantó de la piedra donde estaba sentado y acarició el pescuezo de una cabra blanca que, indiferente a cuanto sucedía a su alrededor, triscaba la hierba con evidente placer.

Shamas se mordió el labio y, esbozando una sonrisa, le hizo una petición a Abraham.

– Me gustaría que me contaras cómo nos inventó Él y por qué lo hizo. Si lo hicieras, yo lo escribiría, utilizaría la caña de hueso que me regaló mi padre. Sólo la utilizo cuando el maestro me manda algo importante… Me serviría de práctica…

Abrán fijó la mirada en Shamas sin responder a la petición del niño. Tenía diez años. ¿Sería capaz de comprender la complejidad de ese Dios que se le revelaba? Tomó una decisión.

– Te contaré lo que me pides, lo escribirás en tus tablillas y las guardaras cuidadosamente. Sólo las enseñarás cuando yo te lo diga. Tu padre ha de saberlo, tu madre también, pero nadie más. Hablaré con ellos. Pero la condición es que no vuelvas a faltar a la escuela. No discutas con tu maestro, escucha y aprende.

El pequeño asintió satisfecho y salió corriendo. Ili se iba a enfadar con él por llegar tarde, pero no le importaba. Abraham le iba a contar secretos de su Dios, un Dios que no era de barro.

Ili torció el gesto cuando vio entrar a un sudoroso Shamas agitado aún por la carrera.

– Hablaré con tu padre -le amenazó el escriba.

El escriba continuó con la lección. Pretendía que los niños se familiarizaran con las tablas de cálculo y, sobre todo, que entendieran la magia de los números y las abreviaturas con que se dibujaban las decenas.

Shamas deslizaba la caña por la arcilla escribiendo cuanto Ili explicaba para después leérselo a su padre y asombrar a su madre.

– Padre, ¿podrías darme unas cuantas tablillas para mí? -preguntó Shamas.

Su padre levantó el rostro de la tablilla que tenía entre las manos, asombrado por la petición de su hijo. Estaba anotando las observaciones que hacía del cielo desde hacía años. De los ocho que tenía, Shamas era su hijo favorito, pero también el que más le preocupaba por su extremada inteligencia. Su primo Abrán también le había ponderado al pequeño.

– ¿Ili te ha mandado tarea para casa?

– No, no es eso. El tío Abrán me va a contar por qué Él hizo el mundo.

– ¡Ah!

– Me dijo que hablaría contigo…

– Aún no lo ha hecho.

– ¿Me lo permitirás, padre?

El hombre suspiró. Sabía que resultaría del todo inútil no permitir a Shamas que escuchara las historias de Abrán. Su hijo sentía devoción por su pariente. Además, Abrán era un hombre limpio de corazón, demasiado inteligente para creer que un trozo de barro era un dios. Él tampoco lo creía, aunque callaba. Tanto le daba mientras pudiera seguir estudiando el día y la noche, la corriente del agua, el espesor de la tierra… Abrán creía en un Dios principio y final de todas las cosas. Prefería que Shamas conociera a ese Dios a que modelaran su mente haciéndole creer que un trozo de arcilla estaba dotado de poder.

– ¿Se lo has dicho a Ili?

– No. ¿Por qué he de hacerlo? ¿Podré, padre?

– Sí. Escribe cuanto te cuente Abraham.

– Guardaré las tablillas conmigo.

– ¿No quieres llevarlas a la casa de las tablillas?

– No, padre, Ili no comprendería lo que me cuenta Abrán.

– ¿Estás seguro? -le preguntó burlón su padre-. Ili es inteligente, aunque tiene poca paciencia para enseñar. No lo olvides, Shamas, y respétale.

– Le respeto, padre. Pero Abraham me ha dicho que es él quien decide a quién y cómo habla de Dios.

– Haz lo que te ha dicho Abraham.

– Gracias, padre. Pediré a madre que me cuide las tablillas y que no permita que nadie las toque.

Dando brincos, el niño salió de la casa en busca de su madre. Después buscaría arcilla en el pequeño depósito donde su padre hacía sus propias tablillas. Estaba ansioso por empezar. Al día siguiente se reuniría con Abraham. Éste salía con las cabras antes de que despertara el alba, porque, le había explicado, era la mejor hora para pensar.

A Shamas le costaba madrugar, pero no le importaba hacerlo si era para escuchar a Abrán.

El niño estaba impaciente por comenzar, seguro de que su tío estaba a punto de desvelarle grandes secretos. Algunas noches no lograba conciliar el sueño preguntándose de dónde había salido el primer hombre y la primera mujer, la primera gallina, el primer toro, quién había desvelado el secreto del pan, y cómo habían descubierto los escribas la magia de los números. Se desesperaba intentando buscar respuestas hasta que se dormía exhausto, pero desasosegado por no ser capaz de encontrarlas.

Los hombres aguardaban expectantes sentados a la puerta de la casa de Téraj. El anciano les había convocado. En realidad era Abraham quien quería dirigirse a los padres de familia, pero el jefe de la tribu era su padre Téraj y le había pedido a este que llamara a los hombres.

– Debemos dejar Ur -les dijo Téraj-, mi hijo Abraham os explicará por qué. Ven, Najor, siéntate a mi lado mientras tu hermano habla.

Los murmullos se fueron apagando mientras Abrán, en pie, les miraba uno a uno. Luego, con una voz no exenta de emoción, les anunció que Téraj les conduciría hasta Canaán, una tierra bendecida por Dios donde se asentarían y nacerían sus hijos y los hijos de sus hijos. Les invitó a prepararse para partir en cuanto estuvieran dispuestos.

Téraj respondió a las inquietudes de los hombres y su hijo Najor se mostró animoso ante todos ellos. Abandonar la tierra de Ur no iba a resultarles fácil. Allí habían nacido sus padres y los padres de sus padres. Allí pastaban sus rebaños y tenían sus quehaceres. Canaán se les antojaba muy lejos; pese a ello, en todos prendió con fuerza la esperanza de una vida mejor en una tierra preñada de frutos, con pastos abundantes y ríos caudalosos en los que apagar la sed.

En Ur luchaban contra el desierto cavando canales para desviar las aguas del Éufrates y regar la tierra para que les diera trigo con el que amasar el pan. No era la suya una existencia regalada, por más que en la tribu de Téraj algunos de sus hombres fueran escribas y contaran con la protección del Templo y del Palacio. También había entre ellos buenos artesanos y disponían de rebaños abundantes. Las cabras y las ovejas les surtían de leche y carne, pero aun así pasaban buena parte de la existencia mirando al cielo, a la espera de que los dioses les regalaran lluvia que empapara el suelo y llenara las albercas.

Reunirían todas sus pertenencias y, conduciendo a sus rebaños, emprenderían viaje siguiendo el curso del Éufrates hacia el norte. Tardarían días en prepararse y en despedirse de otros familiares y amigos. Porque no todos podrían viajar: los enfermos y los ancianos que apenas podían caminar quedarían bajo el cuidado de otros miembros más jóvenes de la familia, los cuales algún día serían llamados a Canaán, pero que hasta entonces permanecerían en Ur. Cada familia debía decidir quién emprendía el viaje y quién se quedaba.

Yadin, el padre de Shamas, reunió a su esposa, a sus hijos y a las esposas de éstos, a sus tíos directos y a los hijos de sus tíos, los cuales acudieron también con sus hijos; así, todos los miembros de su familia más directa se juntaron al amanecer en su casa, donde se resguardaron del fresco tras los muros de adobe.

– Acompañaremos a Téraj hasta la tierra de Canaán. Algunos de vosotros os quedaréis aquí, al cuidado de lo que dejamos; los enfermos también quedarán bajo vuestra protección. Tú, Josen, serás el jefe de la familia en mi ausencia.

Josen, el hermano menor de Yadin, asintió aliviado. No quería marcharse: vivía en el templo, donde tenía la responsabilidad de redactar cartas y contratos comerciales, y no ambicionaba más que continuar desentrañando el misterio que encerraban los números y los astros.

– Nuestro padre -continuó diciendo Yadin- es demasiado anciano para acompañarnos. Sus piernas apenas le sostienen en pie, y hay días en que la mirada se le pierde en el horizonte y no logra articular palabra. Tú, Josen, procurarás que no le falte nada; y de nuestras hermanas se quedará Jamisal, que al estar viuda y no tener hijos podrá cuidar de nuestro padre.

Shamas escuchaba fascinado las disposiciones de su padre. Sentía un cosquilleo en el estómago, fruto de la impaciencia. Si por él fuera, ya se habría puesto en marcha en busca de esa tierra de la que hablaba Abrán. De repente sintió una punzada de preocupación: si se iban no podría escribir la historia del mundo que Abraham prometió contarle.

– ¿Cuánto tardaremos en llegar?

La pregunta del pequeño sorprendió a Yadin porque era una osadía que un niño se atreviera a interrumpir a sus mayores. La mirada severa del padre hizo enrojecer al niño que bajó los ojos al suelo musitando un perdón.

No obstante, Yadin respondió a la inquietud de Shamas.

– No sé cuánto tardaremos en llegar a Canaán ni si tendremos que quedarnos algún tiempo en algún otro lugar. ¿Quién sabe lo que sucede cuando se inicia un viaje? Preparaos para estar listos en cuanto Téraj dé la señal de partida.

Shamas vio recortarse en el horizonte la figura recia de Abrán y corrió hacia él. Llevaba dos días intentando hacerse el encontradizo con su tío y ahora se le presentaba la oportunidad.

Abraham sonrió al ver a Shamas corriendo, con el rostro enrojecido por el calor y el esfuerzo. Clavó el cayado en que se apoyaba y aguardó a que el pequeño llegara hasta él mientras buscaba con la mirada algún árbol donde refugiarse de los últimos rayos de sol.

– Descansa -le dijo a Shamas-; ven, sentémonos al lado de aquella higuera, junto al pozo.

– ¿Cuándo comenzarás a contarme la historia del mundo?

– ¡Ah, es eso lo que te preocupa!

– Si nos vamos no podremos cocer arcilla para hacer tablillas… mi padre no me dejará cargar más de lo necesario.

– Shamas, escribirás la historia de la Creación porque le será grato al Señor. De manera que no debes preocuparte. El decidirá cómo y cuándo.

El niño no pudo ocultar una mueca de decepción. No quería esperar, sentía la necesidad de escribir esa historia, de comprender por qué Él había decidido complicarse creando el mundo, porque, por más que le daba vueltas, no entendía para qué lo hizo, salvo que se aburriera y quisiera jugar con los hombres lo mismo que sus hermanas jugaban con sus cuentas y muñecas. Pero a pesar de su intenso deseo tenía que hacer una confesión a Abraham.

– ¿Ili vendrá?

– No.

– Le echaré de menos, a veces pienso que tiene razón para enfadarse conmigo porque no atiendo a sus explicaciones y…

El niño dudó si debía continuar hablando. Abrán no le preguntó y aguardó a que el pequeño se decidiera.

– Soy el que peor escribe de la escuela, mis tablillas de ejercicios tienen errores… Hoy me he equivocado en un ejercicio de cálculo… He prometido a mi padre y a Ili que voy a mejorar, que nunca más tendrán que llamarme la atención, pero tú debes saberlo porque puede que quieras que sea otro el que escriba la historia del mundo, alguien que no cometa errores con el cálamo de caña…

Shamas calló aguardando la sentencia de Abraham. El niño se mordía el labio nervioso, arrepentido de no ser mejor estudiante. Ili le reprochaba que perdiera el tiempo especulando y haciendo preguntas absurdas. Se había quejado a su padre y éste le había regañado, pero lo peor había sido que le dijera que estaba decepcionado. Ahora temía la decepción de Abrán y que éste pusiera fin a su sueño de escribir la historia del mundo.

– No te esfuerzas lo suficiente en la escuela.

– No -respondió temeroso el niño.

– ¿Y aun así crees que si te cuento la historia de la Creación la escribirás sin errores?

– Sí, sí, bueno, al menos lo intentaré. He pensado que es mejor que me la vayas contando poco a poco y luego en casa despacio yo la escribiré, manejando la caña con cuidado. Cada día te enseñaré lo que haya escrito y, si lo hago bien, sigues contándome la historia…

Abraham le miró fijamente. Poco le importaba que la impaciencia del niño le llevara a cometer errores sobre la tablilla o que su mente especulativa le llevara a hacer preguntas que Ili el maestro no sabía responder, o que el ansia de libertad de Shamas le llevara a no prestar atención a las explicaciones del escriba.

Shamas tenía otras virtudes, la principal, que era capaz de pensar. Cuando hacía una pregunta esperaba una respuesta lógica, no se conformaba con las respuestas que se suelen dar a las preguntas que hacen los niños.

Los ojos de Shamas brillaban con intensidad, y Abraham pensó que de cuantos formaban parte de su tribu aquel niño era el que mejor comprendería los designios de Dios.

– Te contaré la historia de la Creación. Empezaré por el día en que Él decidió separar la luz de las tinieblas. Pero ahora regresa a tu casa. Yo te avisaré cuando llegue el momento.

3

Fuera hacía un calor infernal; a esa hora, en Sevilla, el termómetro marcaba cuarenta grados. El hombre se pasó la mano por la cabeza, en la que ya no le quedaba ni un solo cabello. Sus ojos azules, hundidos en las cuencas pero con el brillo duro del acero, estaban clavados en la pantalla del ordenador. A pesar de sus más de ochenta años le apasionaba internet.

El timbre del teléfono le sobresaltó.

– Al habla.

– Enrique, me acaba de llamar Robert Brown. Ha sucedido lo que nos temíamos: la chica habló en el congreso de Roma.

– Y ha dicho…

– Sí…

– ¿Has hablado con Frank?

– Hace un minuto.

– George, ¿qué vamos a hacer?

– Lo que habíamos previsto. Alfred estaba advertido.

– ¿Ya has puesto en marcha el plan?

– Sí.

– ¿Robert lo sabrá hacer?

– ¿Robert? Es listo, ya lo sabes, y obedece bien. Hace lo que le mando y no pregunta.

– De niño eras el que mejor manejaba los hilos de las marionetas que nos regalaron en Navidad.

– Es un poco más complicado manejar los hilos de los hombres.

– No para ti. En todo caso, ha llegado el momento de poner punto final. ¿Y Alfred? ¿No se ha vuelto a poner en contacto contigo?

– No, no lo ha hecho.

– Deberíamos hablar con él.

– Hablaremos, pero es inútil; quiere seguir su propio juego, y eso no lo podemos consentir. Ahora no tenemos más remedio que pegarnos a los talones de su nieta. No podemos permitir que se quede con lo que es nuestro.

– Tienes razón, pero no me gusta que nos enfrentemos con Alfred, tiene que haber algún medio de que entre en razón.

– Después de tantos años ha decidido jugar solo. Lo que se propone es una traición.

– Debemos hablar con él. Intentémoslo.

Acababa de colgar el teléfono cuando el ruido de unos pasos presurosos le alertaron. Como un huracán entró en el cuarto un joven alto, delgado y bien parecido, vestido con traje de montar.

– Hola, abuelo, vengo sudando.

– Ya te veo, no me parece muy inteligente que hayas salido a montar con este calor.

– Álvaro me invitó a ver los chotos que han comprado.

– No habrás estado rejoneando, ¿verdad?

– No, abuelo, te prometí que no lo haría.

– Como si cumplieras las promesas… ¿Dónde está tu padre?

– En el despacho.

– ¿Me dejarás trabajar?

– ¡Pero, abuelo, que ya no tienes edad de trabajar! Deja lo que estés haciendo y vamos a almorzar al club.

– Sabes que aborrezco a los del club.

– En realidad aborreces a toda Sevilla. No vas a ningún sitio, la abuela tiene razón: eres un aburrido.

– La abuela siempre tiene razón, soy un aburrido, pero toda esa gente me marea.

– Eso se debe a tu educación británica.

– Será por eso, pero ahora déjame, tengo que pensar. ¿Dónde está tu hermana?

– Se ha ido a Marbella, está invitada en casa de los Kholl.

– Y no me ha dicho ni adiós… Cada día sois más maleducados.

– ¡Pero abuelo, no seas antiguo! Además, a Elena no le gusta estar aquí, en el campo. Sólo a ti, a papá y a mí nos gusta el cortijo, pero ni a la abuela ni a mamá ni a Elena les gusta. Se ahogan entre tanto toro y tanto caballo. Bueno, ¿te vienes al club o no?

– No. Me quedo. No tengo ganas de salir con el calor que hace.

Cuando el anciano se quedó solo, sonrió para sus adentros. Su nieto era un buen muchacho, menos atolondrado que su hermana. Lo único que les reprochaba es que a ambos les gustara mucho hacer vida social. Él siempre había procurado relacionarse poco. Su mujer, Rocío, había sido una bendición. Se habían conocido en aquellas circunstancias… se enamoraron y ella se empeñó en casarse. El padre de ella se opuso al principio, pero luego entendió que era inevitable y, al fin y al cabo, él tenía buenos avales. De manera que se casó con la hija de un delegado provincial del régimen de Franco que se había enriquecido después de la guerra gracias al estraperlo. Su suegro le metió en el negocio, aunque más tarde se dedicó a la importación y exportación y se convirtió en un hombre muy rico. Pero Enrique Gómez Thomson siempre había procurado ser discreto y no llamar la atención más de lo imprescindible. La suya era una respetable familia sevillana, bien relacionada, respetada, que jamás había dado pie a habladurías ni escándalos.

Siempre le estaría agradecido a su mujer. Sin ella no habría podido salir adelante.

Pensó en Frankie y en George. Ellos también habían tenido suerte, aunque en realidad nadie les había regalado nada. Sencillamente, habían sido más listos que los demás.

* * *

Robert Brown dio un puñetazo en la mesa y sintió un dolor agudo en la mano. Llevaba más de una hora al teléfono. Primero le había llamado Ralph para contarle la intervención de Clara, lo que le había provocado un fuerte dolor de estómago. Luego había tenido que informar a su Mentor, George Wagner, que le había reprochado que no hubiese sido capaz de evitar la intervención de la chica.

Clara era una caprichosa, siempre lo había sido. ¿Cómo era posible que Alfred hubiera tenido semejante nieta? Helmut era distinto. El chico nunca le dio un disgusto a Alfred. Lástima que muriera tan pronto.

El hijo de Alfred resultó un hombre inteligente; jamás había sido indiscreto, su padre le enseñó a ser invisible y el chico había aprendido la lección, pero Clara… Clara se comportaba como una niña mimada. Alfred le había consentido lo que no había consentido a Helmut. Babeaba con esa nieta mestiza.

Helmut se había casado con una iraquí de cabello negro y piel de marfil. Alfred había aprobado aquella boda, que a él se le antojaba ventajosa porque, decía, su hijo había entrado a formar parte de una vieja familia iraquí. Una familia influyente y rica, muy rica, con amigos poderosos en Bagdad, en El Cairo, en Ammán, de manera que eran respetados y tenidos en cuenta dondequiera que fueran. Además, Ibrahim, el padre de Nur, la esposa de Helmut, era un hombre culto y refinado.

Pensó en Nur. Nunca se destacó por nada excepto por su belleza, y Helmut parecía encantado con ella. Aunque a lo mejor aquella mujer era más inteligente de lo que parecía. Con las musulmanas nunca sabías a qué atenerte.

Alfred había perdido a su hijo y a su nuera cuando Clara era adolescente y había malcriado a su nieta. A él nunca le había gustado Clara. Le ponía nervioso que le llamara tío Robert, le fastidiaba su seguridad, que rozaba la insolencia, y además le aburría el parloteo estúpido con el que le martirizaba cada vez que se veían.

Cuando Alfred la envió a Estados Unidos, pidiéndole que cuidara de ella, no podía imaginar lo cansado que iba a resultarle el encargo, y eso que procuró tenerla lo más lejos posible de Washington. Pero él no podía contrariar a Alfred; al fin y al cabo era su socio y un amigo muy especial de su Mentor George Wagner. Así que la matriculó en una universidad de California. Afortunadamente se había enamorado de ese Ahmed, un hombre inteligente con el que se podía tratar. Casarla con Ahmed Huseini había sido un acierto. Con Huseini se podía hacer negocios. Alfred y él se habían entendido a la perfección con Ahmed; el problema era Clara.

La conversación que acababa de mantener con Ralph Barry le había amargado el día; le produjo un fuerte dolor de cabeza justo cuando tenía que almorzar con el vicepresidente y un grupo de amigos, todos hombres de negocios interesados en conocer la fecha en que se iba a bombardear Irak. Pero la conversación que acababa de mantener con su Mentor había sido aún peor. El hombre le había instado a que se hiciera con las riendas de la situación y, si no había más remedio, incluso que ayudara a la pareja. Ya que se había desvelado la existencia de la Biblia de Barro, no podían permitir que Alfred y su nieta se quedaran con ella. Las órdenes habían sido tajantes: hacerse con la Biblia de Barro, si es que aparecía, claro.

– Smith, póngame de nuevo con Ralph Barry.

– Sí, señor Brown. Por cierto, acaba de llamar la asistenta del senador Miller para confirmar si asistirá usted al picnic que ha organizado la esposa del senador para este fin de semana.

«Otra estúpida -pensó Brown-. Todos los años organiza la misma farsa: una fiesta campestre en su finca de Vermont donde nos obliga a tomar limonada y emparedados sobre mantas de cachemir dispuestas en el suelo.» Pero Brown sabía que tendría que ir porque Frank Miller era más que un senador: era un texano con intereses en el sector del petróleo. Al maldito picnic asistirían los secretarios de Defensa y de Justicia, el secretario de Estado, la consejera de Seguridad Nacional, el director de la CIA… y también su Mentor. Era una ocasión ideal para hablar a solas sin que nadie les prestara atención, precisamente porque lo harían ante cientos de ojos. Lo peor era el numerito de estar todos tirados por el suelo comiendo bocadillos y haciendo como que lo pasaban bien. Cada septiembre el famoso picnic se convertía para él en una pesadilla.

El timbre del teléfono y la voz de Ralph Barry le sacaron de sus pensamientos.

– Dime, Robert… ¿alguien relaciona a la señora Tannenberg con nosotros?

– No, en absoluto. Ya te he dicho que no te preocupes.

A pesar de las protestas de algunos profesores, era difícil impedir que participaran. Durante años Ahmed Huseini ha tratado con muchos arqueólogos. No se podía excavar en Irak sin su visto bueno.

– Bien, mejor así, pero tenías que habérselo impedido.

– Robert, no era posible. Nadie podía evitar que se inscribiera y pretendiera intervenir. No hubo manera de convencerla. Me aseguró que contaba con el consentimiento de su abuelo y que te debería bastar a ti.

– Alfred chochea.

– Puede ser; en todo caso, su nieta está obsesionada con la Biblia de Barro… ¿De verdad crees que existe?

– Sí. Pero no debería haber desvelado su existencia, ahora. En fin, la encontraremos y será nuestra.

– Pero ¿cómo?

– No tendremos más remedio que ayudarles a encontrarla y cuando la encuentren… En vista de lo sucedido, sólo nos queda cambiar de planes. ¿Serán capaces de formar un grupo de arqueólogos para planificar la excavación? Tendremos que encontrar la manera de que dispongan de financiación. Tendremos que pensar en algo.

– Robert, la situación en Irak no está para organizar excavaciones. Todos los gobiernos europeos, además del nuestro, aconsejan no viajar a la zona. Sería un suicidio ir allí ahora. Deberíamos esperar.

– ¿Te estoy escuchando bien, Ralph? Entérate de que ahora es el mejor momento para ir a Irak. Estaremos allí, pero lo haremos a mi manera. Irak se ha convertido en la tierra de las oportunidades, sólo un tonto no sabría verlo.

– El profesor Yves Picot es el único que parece interesado en lo que contó Clara. Me ha dicho que le gustaría hablar con Ahmed, ¿qué debo de hacer?

– Que hablen. Confío en Ahmed. Él sabe lo que tiene que hacer, pero antes pídele que mande a su esposa a Bagdad o al infierno, pero que se vaya antes de que termine con todos nosotros.

Ralph rió entre dientes. La misoginia de Robert Brown era casi enfermiza. Aborrecía a las mujeres, se sentía incómodo con ellas. Era un solterón empedernido al que no se le conocían relaciones sentimentales de ninguna índole. Incluso con las esposas de sus amigos le costaba ser amable. Ni siquiera tenía una secretaria, como todo el mundo, porque Smith era un sexagenario políglota y estirado que llevaba toda su vida junto a Robert Brown.

– De acuerdo, Robert, veré lo que puedo hacer para que Clara regrese a Bagdad. Hablaré con Ahmed. Pero no es una mujer fácil, es orgullosa y testaruda.

«Como su padre, y su abuelo -pensó Brown-, pero sin su inteligencia.»

* * *

Al asesor del presidente le gustaba la comida española, de manera que les había invitado a almorzar cerca del Capitolio, en un restaurante español.

Robert Brown llegó el primero. Siempre era extremadamente puntual. Le enfurecía esperar y que le hicieran esperar. Confiaba en que al asesor presidencial no le retrasara ninguna emergencia de última hora.

Poco a poco fueron llegando todos los comensales: Dick Garby, John Nelly y Edward Fox. El hombre de la Casa Blanca fue el último y traía un humor de perros.

Les explicó que se estaban complicando las negociaciones con los europeos para que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas avalara la acción militar contra Irak.

– Hay estúpidos en todas partes. Los franceses van a lo suyo, como siempre; se creen que aún son algo y son una mierda. Lo de los alemanes es una traición; Alemania tiene la obligación moral de apoyarnos, pero ese gobierno rojiverde está más preocupado en conseguir aplausos de la prensa liberal que en cumplir con sus compromisos.

– Siempre contamos con el Reino Unido -apostilló Dick Garby.

– Sí, pero no es suficiente -respondió con gesto grave el Visor de Bush-. También tenemos a los italianos, españoles, portugueses, polacos y no sé cuántos países más, pero no cuentan, hacen bulto pero no cuentan. Los mexicanos también nos están haciendo un plante, y los rusos y los chinos se frotan las manos viendo nuestras dificultades.

– ¿Cuándo atacamos? -preguntó directamente Robert Brown.

– Los preparativos están en marcha. En cuanto los chicos del Pentágono nos digan que están listos, bombardearemos Irak en serio. Calculo que en unos cinco o seis meses como mucho. Estamos en septiembre, pongamos que para la primavera. Ya os avisaré.

– Habría que empezar a poner en marcha el Comité para la Reconstrucción de Irak -dijo Edward Fox.

– Sí, ya lo hemos pensado. En tres o cuatro días os llamarán. La tarta es grande, pero hay que estar los primeros para aprovechar los mejores bocados -respondió el vicepresidente-. Pero decidme qué queréis e iremos adelantando.

Mientras degustaban bacalao al pil-pil, un plato típico del norte de España, los cuatro hombres sentaban las bases de los futuros negocios que harían en Irak. Todos tenían intereses en empresas de construcción, petróleo, bienes de equipo; era tanto lo que se iba a destruir y tanto lo que luego habría que levantar…

El almuerzo les resultó provechoso a los cuatro. Volverían a verse durante el fin de semana en el picnic de los Miller. Allí continuarían hablando, siempre que sus esposas les dejaran.

Robert Brown regresó a la fundación, situada en un edificio de acero y cristal no lejos de la Casa Blanca. Las vistas eran agradables, pero a él nunca le había terminado de gustar Washington. Prefería Nueva York, donde la fundación conservaba un pequeño edificio situado en el Village. Era una casona de finales del siglo XVIII construida por un emigrante alemán que se había hecho rico vendiendo telas que importaba de Europa. Fue la primera sede de la fundación y, pese a que ya no tenía ninguna utilidad, nunca se había querido desprender de ella. Cuando estaba en Nueva York tenía las citas importantes en el despacho de su casa, un espléndido dúplex sobre Central Park. Había acondicionado la parte de abajo para poder trabajar, y en el piso de arriba había instalado un salón, además del dormitorio.

A Ralph Barry también le gustaba la casona del Village; él sí que trabajaba allí cuando tenía que ir a Nueva York. Ésa era también una excusa que se daba Brown para no desprenderse de la casa. Al fin y al cabo, Barry era su segundo, el motor de la fundación.

– Smith, quiero hablar con Paul Dukais. Ahora.

No había transcurrido un minuto cuando pudo escuchar la voz ronca de Dukais al teléfono.

– Paul, amigo mío, me gustaría que cenáramos juntos.

– Claro, Robert, ¿cuándo te viene bien?

– Esta noche.

– ¡Uf, imposible! Mi mujer me lleva a la ópera. Tendrá que ser mañana.

– No queda mucho tiempo, Paul. Estamos a punto de iniciar una guerra, déjate de óperas.

– Con guerra o sin ella, tengo que ir a la ópera. Para hacer la guerra necesito tener el frente doméstico en paz, y Doris se queja de que no la acompaño a los actos sociales que dice nos dan respetabilidad. Se lo he prometido, Robert, a ella y a mi hija, de manera que aunque declaremos la tercera guerra mundial, esta noche iré a la ópera. Podemos cenar mañana.

– No, pasemos de la cena, nos veremos a primera hora. Te invito a desayunar en mi casa. Es mejor que ir a mi despacho o al tuyo. ¿Te parece bien a las siete?

– Robert, no exageres, estaré en tu casa a las ocho.

Brown se encerró en su despacho. A las siete y media Smith tocó suavemente en la puerta.

– ¿Me necesita, señor Brown?

– No, Smith, vete. Nos veremos mañana.

Continuó trabajando un rato más. Había diseñado un minucioso plan de lo que haría en los próximos meses. La guerra estaba a punto de comenzar y él quería tenerlo todo previsto.

* * *

Ralph Barry se cruzó en la puerta del Palacio de Congresos con un hombre joven, de cabello castaño, delgado y nervioso, que discutía con un guardia de seguridad para que le dejaran entrar.

A Barry le llamó la atención la insistencia del joven. No, no era arqueólogo, ni periodista, ni historiador; se negaba en redondo a decir quién era, pero se empeñaba en entrar. En ese momento llegó el taxi que había pedido, por lo que no supo cómo terminaba el forcejeo dialéctico entre el guardia y el joven.

El sol iluminaba el obelisco de la Piazza del Popolo. Ralph Barry y Ahmed Huseini almorzaban juntos en La Bolognesa. Como siempre, el restaurante estaba lleno de turistas. Ambos lo eran.

– Explíqueme la situación exacta del lugar donde están los restos del edificio. El señor Brown ha insistido en que me dé esas coordenadas. También quiero saber con qué medios podrían arreglarse para hacerlo solos. No podemos intervenir. Sería un escándalo que una fundación norteamericana invirtiera un dólar en una excavación en Irak. Otra cosa, su esposa, Clara. ¿Puede controlarla? Es… perdóneme el adjetivo, pero es demasiado indiscreta.

Ahmed se sintió incómodo por la alusión a Clara. En eso sí era iraquí. De las mujeres no se hablaba, y menos de las mujeres de uno.

– Clara se siente orgullosa de su abuelo.

– Muy loable, pero el mejor servicio que puede hacer a su abuelo es no ponerle en evidencia. Alfred Tannenberg ha basado el éxito de sus negocios en la discreción, usted sabe bien lo puntilloso que siempre ha sido al respecto. Por eso no entendemos a qué viene en estos momentos anunciar la existencia de la Biblia de Barro. Dentro de unos meses, una vez que Estados Unidos se haya hecho con Irak podríamos haber organizado una misión para excavar. Quizá si usted le pidiera a Alfred que hablara con Clara, que le explicara algunas cosas…

– Alfred está enfermo. No le voy a aburrir con la lista de sus achaques; tiene ochenta y cinco años y le han encontrado un tumor en el hígado. No sabemos cuánto vivirá; afortunadamente la cabeza le funciona a la perfección. Continúa teniendo un genio de mil demonios y está encima de todo, no suelta las riendas del negocio. En cuanto a Clara, es su niña, y nada de lo que ella haga o diga le parece mal. Él ha decidido que era el momento de sacar a la luz la Biblia de Barro, sé que es la primera vez que George Wagner y Robert Brown no están de acuerdo con él, pero ya le conoce, es difícil torcer su voluntad. Ah, Ralph, olvídese de que la presencia norteamericana en Irak vaya a ser un paseo militar. No servirá de nada.

– No sea pesimista. Ya verá como las cosas cambian. Sadam es un problema para todos. Y a ustedes no les pasará nada; el señor Brown se encargará de que puedan regresar a Estados Unidos. Hable con Alfred.

– Sería inútil. ¿Por qué no lo hace el señor Wagner o el señor Brown? Es más fácil que Tannenberg les escuche a ellos.

– El señor Brown no puede hablar con Irak. Usted sabe que las comunicaciones están intervenidas, que cualquier llamada a Irak es registrada. En cuanto a George Wagner… es Dios, y yo no formo parte de su corte celestial. Sólo soy un empleado de la fundación.

– Entonces no se preocupe de Clara, ella no representa ningún problema en Irak. Le diré lo que necesitamos, pero me pregunto si será posible que nos pongamos a excavar cuando mi país está sufriendo un bloqueo, y la última de las preocupaciones de Sadam es encontrar más tablillas cuneiformes. Puede que no encontremos gente suficiente para trabajar, y los que encontremos tendríamos que pagarles cada día.

– Dígame la cantidad; procuraré que se lo lleve.

– Usted sabe que nuestro problema no es el dinero, sino los medios. Necesitamos más arqueólogos, los aparatos y el material los puede comprar Alfred, pero los expertos están en Europa, en Estados Unidos. Mi país está quebrado, a duras penas somos capaces de conservar el patrimonio de nuestros museos.

– Alfred no debe de financiar esta misión, al menos directamente. Llamaría mucho la atención. Hay miles de ojos en Irak, de manera que sería más práctico encontrar financiación exterior, alguna universidad europea. El profesor Yves Picot está interesado en hablar con usted. Es alsaciano, un hombre muy especial. Dio clases en Oxford y…

– Sé quién es Picot; desde luego, no es mi arqueólogo favorito, es un tanto heterodoxo, y las malas lenguas dicen que le invitaron a abandonar Oxford por una relación sentimental con una alumna, algo que está tajantemente prohibido en esa institución. Es un hombre que se aparta de las normas.

– No me dirá que, dada la situación, a usted le preocupan las normas. Picot cuenta con un grupo de antiguos alumnos que le adoran. Es rico. Su padre tiene un banco en las islas del Canal; en realidad era de la familia de la madre de Picot, y allí trabaja toda la familia a excepción de él. Es insoportable, pedante, déspota. Yo diría que es un arqueólogo con suerte, con la suerte de haber contado con una familia de dinero. Sí, ya sé que no es un mirlo blanco, pero es el único que se ha interesado por esas dos tablillas que encontró Alfred. Usted decide si quiere hablar con él. Picot es el único lo suficientemente loco como para irse a excavar a Irak.

– Hablaré con él, pero no me gusta como opción.

– Ahmed, usted no tiene ninguna otra opción. Siento decirlo así. Por cierto, Robert quiere que lleve una carta suya a Alfred. La enviará mañana. Vendrá una persona con ella desde Washington, me la dará a mí y yo se la entregaré a usted. Ya sabe que ambos han preferido siempre comunicarse a través de correos personales. La respuesta de Alfred la recogeremos está vez en Ammán, en vez de en El Cairo.

– ¿Sabe una cosa? Yo también me pregunto por qué precisamente ahora Alfred ha decidido hacer pública la existencia de esas tablillas y por qué el señor Brown después de su enfado ha decidido ayudarnos.

– ¿Sabe, Ahmed? Yo tampoco lo sé, pero ellos nunca se equivocan.

4

– Come, Mercedes.

– No tengo hambre, Carlo.

– Pues haz un esfuerzo y come -insistió Carlo.

– ¡Estoy harta de esta espera, deberíamos hacer algo! -exclamó Mercedes contrariada.

– Nunca dejarás de ser impaciente -sentenció Hans Hausser.

– No creas, el paso del tiempo me ha obligado a controlar mi impaciencia. La gente que trabaja conmigo te diría que soy impasible -respondió, Mercedes.

– ¡No te conocen! -dijo riendo Bruno Müller.

Los cuatro amigos cenaban en casa de Carlo Cipriani. Esperaban que el presidente de Investigaciones y Seguros les enviara un dossier con las últimas novedades. De un momento a otro escucharían el timbre de la puerta y, unos segundos más tarde, el ama de llaves de Carlo entraría en el comedor para entregarles un sobre de papel manila como el que les había llegado por la mañana. Hacía una hora que el sobre tendría que estar allí, y Mercedes estaba intranquila.

– Carlo, llámale, a lo mejor ha pasado algo.

– Mercedes, no ha pasado nada, simplemente tienen que poner por escrito todo el trabajo del día, y, eso lleva su tiempo. Y mi amigo querrá echar un vistazo antes de enviárnoslo.

Por fin escucharon el sonido lejano del timbre y unos pasos acercándose al comedor.

– ¡No viene sola! -aseguró Mercedes.

Los tres hombres la miraron extrañados. Dos segundos más tarde el ama de llaves abría la puerta del comedor e introducía a un hombre. El presidente de Investigaciones y Seguros traía el sobre color manila en la mano.

– Carlo, siento el retraso, imagino que estaríais impacientes.

– Pues…

– Pues sí -respondió Mercedes-, lo estábamos. Encantada de conocerle.

Mercedes Barreda tendió la mano a Luca Marini, presidente de Investigaciones y Seguros, un sesentón bien conservado, elegantemente vestido y con un tatuaje en la muñeca, discretamente tapado por un reloj de acero y oro.

«El traje le queda un poco estrecho -pensó Mercedes-. Éste es de los que creen que si se visten con una talla menos parecen menos gruesos. Tiene michelines.»

– Luca, siéntate. ¿Has cenado? -preguntó solícito Carlo Cipriani.

– No, no he cenado, vengo del despacho. Y sí, te aceptaré algo, pero sobre todo me vendría bien una copa.

– Muy bien, cenarás con nosotros. Te presento a mis amigos el profesor Hausser y el profesor Müller. Mercedes ya se ha presentado sola.

– Señor Müller, supongo que está acostumbrado a que se lo digan, pero soy un gran admirador suyo -dijo Marini.

– Gracias -susurró Bruno Müller incómodo.

El ama de llaves colocó un plato y cubiertos en la mesa y ofreció a Luca Marini una fuente con canelones. Se sirvió generosamente haciendo caso omiso de la impaciencia de Mercedes, que le miraba furiosa por haberse sentado a cenar en vez de informarles del contenido del sobre color manila. Mercedes decidió que no le gustaba Marini. En realidad no le gustaba nadie que fuera premioso, y el presidente de Investigaciones y Seguros lo era. Le parecía el colmo de la desconsideración que estuviera dando buena cuenta de los canelones mientras ellos esperaban.

Carlo Cipriani hizo alarde de exquisita paciencia. Aguardó a que su amigo terminara de cenar introduciendo temas generales: la situación en Oriente Próximo, la pelea en el Parlamento entre Berlusconi y la izquierda, el tiempo…

Cuando Luca Marini acabó el postre, Carlo les propuso tomar una copa en su despacho, donde podrían hablar con tranquilidad.

– Te escuchamos -le apremió Carlo.

– Bien, la chica no ha ido hoy al congreso.

– ¿Qué chica? -preguntó Mercedes, irritada por el tono entre machista y paternalista utilizado por Marini.

– Clara Tannenberg -respondió Marini, también irritado.

– ¡Ah, la señora Tannenberg! -exclamó Mercedes con ironía.

– Sí, la señora Tannenberg hoy ha preferido dedicarse a las compras. Se ha gastado más de cuatro mil euros entre Via Condotti y la Via de la Croce, es una compradora compulsiva. Ha almorzado sola en el café Il Greco, un sándwich, un dulce y un capuchino. Luego se ha ido al Vaticano y ha estado en el museo hasta la hora del cierre. Cuando yo venía para aquí me han avisado de que acaba de entrar en el Excelsior. Si no me han llamado, es que aún no ha salido.

– ¿Y su marido? -preguntó el profesor Hausser.

– Su marido ha salido tarde del hotel y ha paseado sin rumbo por Roma hasta las dos, en que se ha reunido para almorzar en La Bolognesa con Ralph Barry, el director de la fundación Mundo Antiguo, un hombre influyente en el mundillo de la arqueología. Barry ha sido profesor en Harvard, y es respetado en todos los círculos académicos. Aunque este congreso se ha celebrado bajo los auspicios de la Unesco, la fundación Mundo Antiguo ha sido, junto con otras fundaciones y empresas, quien ha corrido con los gastos.

– ¿Y por qué han almorzado juntos el señor Barry y el señor Huseini? -quiso saber Bruno Müller.

– Dos de mis hombres se pudieron sentar cerca, y consiguieron captar algunos detalles de la conversación. El señor Barry parecía desolado por el comportamiento de Clara Tannenberg, y el marido estaba cabreado. Hablaron de un tal Yves Picot, uno de los profesores que asistieron al congreso, que al parecer podría estar interesado en esas dos tablillas que se mencionan en el informe de la mañana. Pero Ahmed Huseini parece que no confía demasiado en Picot. Encontrarán en el sobre un currículum del personaje, e información de algunas de sus andanzas. Es mujeriego y bastante pendenciero.

»Ahmed Huseini le ha asegurado al señor Barry que no tiene problemas de dinero sino que les faltan arqueólogos, gente preparada para trabajar. Y lo más interesante: Ralph Barry le ha anunciado a Huseini que mañana o pasado le entregará una carta de Robert Brown, el presidente de la fundación Mundo Antiguo, para que se la entregue a un hombre, un tal Alfred, al parecer el abuelo de la chica, y…

– ¡Es él! -gritó Mercedes-. ¡Le tenemos!

– Cálmate, Mercedes, y deja que el señor Marini termine, luego hablaremos.

El tono de voz de Carlo Cipriani no admitía réplicas y Mercedes se quedó en silencio. Su amigo tenía razón. Hablarían cuando se fuera Marini.

– En el informe está todo, pero mis hombres han creído entender que ese Alfred y el señor Brown llevan años comunicándose por cartas que se envían a través de intermediarios, que la respuesta del tal Alfred la recogerán en Ammán.

»Huseini desayunará mañana con Picot; luego, si no hay cambios, el matrimonio viajará a Ammán. Tienen reserva en las líneas aéreas jordanas para las tres de la tarde. Ustedes han de decidir si quieren que envíe a mis hombres en ese avión o si cerramos el caso.

– Que les sigan, vayan donde vayan -ordenó Cipriani-. Manda un buen equipo, no importa cuántos hombres tengas que desplazar, pero quiero saberlo todo de ese Alfred: si es el abuelo de Clara Tannenberg, dónde vive, con quién, a qué se dedica. Necesitamos fotos, es importante que consigas fotos y, a ser posible, un vídeo en el que se le vea lo mejor posible. Luca, queremos saberlo todo.

– Os va a costar una fortuna -aseguró Luca Marini.

– No se preocupe por nuestra fortuna -apostilló Mercedes- y procure no perder de vista a Clara Tannenberg y a su marido.

– Dispón lo necesario, Luca, pero no les pierdas.

El tono grave de Carlo Cipriani impresionó al presidente de Investigaciones y Seguros.

– A lo mejor tengo que contratar a gente de allí -insistió Marini.

– Haz lo que tengas que hacer, ya te lo hemos dicho. Y ahora, querido amigo, si no te importa nos gustaría leer tu informe…

– De acuerdo, Carlo, me voy. Si necesitas alguna aclaración, no dudes en llamarme, estaré en casa.

Carlo Cipriani acompañó a Marini a la puerta mientras Mercedes, impaciente, rasgaba el sobre y se ponía a leer sin despedirse del investigador.

– El traje y el reloj no ocultan lo que es -murmuró la Catalana.

– Mercedes, no tengas prejuicios la regañó Hans Hausser.

– ¿Prejuicios? Es un nuevo rico con traje a la medida, nada más. Por cierto, el traje le está estrecho.

– También es inteligente -dijo Carlo, que en ese momento regresaba al despacho-. Fue un buen policía, pasó muchos años en Sicilia combatiendo a la Mafia, vio morir asesinados a muchos de sus hombres y de sus amigos e incluso su mujer le dio un ultimátum: o él dejaba a la policía o ella le dejaba a él, así que se jubiló anticipadamente y montó esta empresa, que le ha hecho rico.

– Aunque la mona se vista de seda, mona se queda… -insistió Mercedes.

– ¿Qué dices? -le preguntó Bruno que no entendía lo que su amiga le decía.

– Nada, es un refrán español, que quiere decir que no importa que uno se ponga un buen traje y se haga pasar por un señor, porque siempre se le notará de dónde viene.

– ¡Mercedes! -El tono de Hans era de reproche.

– Bueno, no hablemos más de Luca -terció Carlo-. Es eficaz y eso es lo que importa. Veamos qué hay en el informe.

Luca Marini había preparado cuatro copias, de manera que cada uno dispuso de la suya. En silencio fueron leyendo y releyendo todos los detalles concernientes a Clara Tannenberg y su marido Ahmed Huseini.

Mercedes rompió el silencio en el que se habían instalado para la lectura.

Su voz sonó grave y no exenta de emoción.

– Es él. Le hemos encontrado.

– Sí -asintió Carlo-, yo también lo creo. Me pregunto por qué se ha hecho visible después de tantos años.

– No ha sido voluntariamente -terció Bruno Müller.

– Creo que sí -insistió Carlo-. ¿A qué viene que su nieta participe en este congreso y solicite ayuda internacional para excavar? Ha puesto el foco sobre ella, y ella se llama Tannenberg.

– Supongo que no era ésa su intención -terció el profesor Hausser.

– ¿Por qué? -preguntó Mercedes-, ¿cómo sabemos lo que pretende exponiendo a su nieta?

– Según este informe, Ahmed Huseim asegura que Alfred Tannenberg adora a su nieta -respondió Müller-, de manera que tiene que haber una razón poderosa para dejarla al descubierto. Ha sido invisible durante los últimos cincuenta años.

– Sí, tiene que haber una razón para hacer lo que ha hecho -dijo Carlo-, pero a mí me intriga su relación con ese Robert Brown, al parecer un respetabilísimo norteamericano perteneciente a la élite, amigo personal de casi todos los miembros de la Administración Bush, presidente de una fundación con prestigio internacional. No sé, pero algo no encaja.

– Tampoco sabemos a lo que se dedica Tannenberg -dijo Müller.

– A las antigüedades, según dice el informe -señaló el profesor Hausser.

– Eso es tan ambiguo… pero ¿cómo ha podido ser invisible durante esos años con estas amistades? -se preguntó Mercedes en voz alta.

– Tendríamos que obtener información sobre ese Robert Brown. Supongo que Luca podrá conseguirla. Pero ahora debemos decidir qué hacemos nosotros, ¿no os parece?

Estuvieron de acuerdo con Carlo. Era el momento de decidir qué pasos debían dar. Acordaron que Mercedes, Hans y Bruno se quedarían dos o tres días más en Roma a la espera de recibir noticias desde Ammán. También pedirían a Marini que, bien su compañía u otra que les recomendase, les hiciera un buen informe sobre Robert Brown.

– Bien, pongamos que Alfred Tannenberg es quien buscamos. ¿Cómo le mataremos y cuándo? -preguntó Mercedes.

– Luca me habló de determinadas agencias que hacen todo tipo de trabajos, ya os lo dije -apuntó Carlo.

– Pues busquemos ya una de ellas y contratemos a un hombre -insistió Mercedes-. Tenemos que estar preparados para cuando nos confirmen la identidad de Tannenberg. Cuanto antes terminemos, mejor. Llevamos toda nuestra vida esperando este momento. El día que el monstruo esté muerto dormiré tranquila.

– Le mataremos, Mercedes, de eso no te quepa ninguna duda -afirmó con rotundidad Bruno Müller-, pero tenemos que hacerlo bien. Supongo que uno no se presenta en una de estas agencias diciendo que quiere contratara un asesino. Me parece, Carlo, que, abusando de tu amistad con Luca Marini, debería ser él quien nos oriente sobre cómo contratar a un asesino.

Estuvieron hablando hasta la madrugada. No querían dejar un detalle por pensar, por comentar. Sentían cerca el final; por fin iban a cumplir el juramento que habían hecho tantos años atrás. Ninguno de ellos pensaba que había llegado demasiado tarde la venganza. Les era suficiente con cumplirla.

Se repartieron el trabajo, y acordaron librar un fondo para pagar a Luca Marini y al hombre que aceptara asesinar a Tannenberg.

* * *

En el café Il Greco de Via Condotti apenas había gente. Carlo Cipriani y Luca Marini tomaban un capuchino. Hacía calor para ser septiembre, y los turistas aún no habían tomado la plaza de España. Tampoco las elegantes tiendas de Via Condotti habían abierto sus puertas. A esa hora Roma aún se desperezaba.

– Carlo, hace años me salvaste la vida. Aquel tumor… No te voy a reprochar nada de lo que vayas a hacer, pero dime, ¿qué hay detrás de todo esto?

– Amigo mío, hay cosas que no se pueden explicar. Sólo quiero el nombre y un contacto de alguna de esas agencias que tienen hombres acostumbrados a todo.

– Cuando dices «a todo», ¿a qué te refieres?

– Lo que queremos es alguien que sepa defenderse, porque puede que tenga que meterse en la boca del lobo. Viajar a oriente Próximo ahora no es ir a Euro Disney. Dependiendo de lo que tú averigües, el destino puede ser Irak. ¿Cuánto crees que vale la vida en Irak hoy?

– Me estás engañando. Aún no he perdido mi olfato de policía.

– Luca, quiero que me pongas en contacto con una de esas agencias, nada más. Y quiero contar con tu discreción, con que mantendrás el debido secreto profesional. Tú mismo me dijiste que si había guerra no podrías tener allí a tus hombres, fuiste tú quien me sugirió que contratáramos a una de esas agencias.

– Hay un par de agencias formadas por ex miembros del SAS. Los británicos son muy profesionales, yo les prefiero a los norteamericanos. A mi juicio, la mejor es Global Group. Toma -añadió, dándole un tarjetón-, ésta es la dirección y los teléfonos. Tiene la central en Londres. Puedes preguntar por Tom Martin. Nos conocimos hace tiempo. Es un buen tipo, duro, descreído, pero buen tipo. Le llamaré para decir que te dé trato de amigo. Cobra una barbaridad.

– Gracias, Luca.

– No me des las gracias porque estoy preocupado; no sé bien qué queréis hacer tú y esos amigos tuyos. La que más miedo me da es esa mujer, Mercedes Barreda. En sus ojos no hay una brizna de piedad.

– Te equivocas con ella. Es una mujer excelente.

– Intuyo que te puedes meter en un lío. Si es así, te ayudaré hasta donde pueda, aún tengo buenos contactos en la policía. Procura ser prudente y no te fíes de nadie.

– ¿Ni siquiera de tu amigo Tom Martin?

– De nadie, Carlo, de nadie.

– Bueno, tendré en cuenta tu consejo. Ahora quiero pedirte otro informe sobre Robert Brown, un informe detallado. Queremos saberlo todo sobre ese mecenas.

– De acuerdo, no hay problema. ¿Para cuándo lo quieres?

– Ya.

– Me lo imaginaba. Pongamos tres o cuatro días, ¿qué te parece?

– Si no hay otro remedio…

– Es lo mínimo…

A esa misma hora, en la cafetería del hotel Excelsior Ahmed Huseini e Yves Picot también se disponían a desayunar.

Ambos tenían más o menos la misma edad. Eran arqueólogos, cosmopolitas, pero el destino les había convertido en un par de parias.

– Fue muy interesante lo que contaron usted y su esposa.

– Me alegro de que lo crea así.

– Señor Huseini, a mí no me gusta perder el tiempo y supongo que tampoco a usted, de manera que iré al grano. Enséñeme, si es que las tiene, las fotos de ese par de tablillas extraordinarias de las que hablaron usted y su esposa.

Ahmed sacó las fotos de una vieja cartera de cuero y se las dio a Picot, quien las examinó cuidadosamente durante un buen rato sin decir palabra.

– Y bien, ¿qué piensa? -le preguntó con cierta impaciencia Ahmed.

– Interesantes, pero tendría que verlas para hacer un juicio solvente. ¿Qué es lo que quieren?

– Que una misión arqueológica internacional nos ayude a excavar los restos de ese edificio. Tenemos la impresión de que puede ser una casa de tablillas anexa a un templo, o quizá una dependencia del mismo templo. Necesitamos material moderno y arqueólogos con experiencia.

– Y dinero.

– Sí, claro, usted sabe que no es posible excavar sin dinero.

– ¿Y a cambio?

– ¿A cambio de qué?

– De un equipo humano, material y dinero.

– La gloria.

– ¿Está de broma? -respondió Yves Picot molesto.

– No, no lo estoy. Si encontramos unas tablillas donde se cuente el Génesis [6] dictado por Abraham, el descubrimiento de Troya o de Cnossos serán pecata minuta.

– No exagere.

– Usted sabe igual que yo el alcance de un descubrimiento de esa índole. Tendría una trascendencia histórica, además de religiosa y política.

– ¿Y ustedes qué ganan? Llama la atención su empeño teniendo en cuenta la situación de su país. Resulta frívolo que estén pensando en excavar cuando dentro de poco les van a bombardear. Además, su patrón Sadam ¿está dispuesto a permitir que una misión arqueológica extranjera se ponga a excavar o haría una de las suyas, por ejemplo detenernos a todos acusándonos de espías?

– No me haga repetir algo que sabe mejor que yo: sería el descubrimiento arqueológico más importante de los últimos cien años. En cuanto a Sadam, no impedirá que viajen a Irak arqueólogos europeos, le servirá de propaganda. No habrá problemas.

– Salvo que los yanquis les va a bombardear y no creo que les preocupe mucho la arqueología. Seguramente no saben ni dónde está Ur.

– Usted decide.

– Lo pensaré. Dígame cómo localizarle.

Ahmed Huseini le dio su tarjeta. Los dos hombres se despidieron con un apretón de manos. Otro hombre sentado en la mesa de al lado que leía distraídamente el periódico había logrado grabar toda la conversación.

5

Robert Brown vivía solo. Aunque no era así exactamente, ya que Ramón González vivía también en la casa de dos plantas situada a las afueras de Washington.

La casa era grande. Cinco habitaciones, tres salones, un comedor y el despacho, más la zona de servicio, donde Ramón tenía su propio apartamento privado.

El mayordomo llevaba más de treinta años al servicio de Brown. Le ayudaban en las tareas de la casa una mujer hispana como él, que acudía diariamente a hacer el trabajo duro, y el jardinero, un italoamericano parlanchín.

Ramón González era dominicano. De la mano de su hermana había emigrado a Nueva York cuarenta años atrás. Ambos habían encontrado trabajo en casa de un broker que vivía en la Quinta Avenida. Allí había aprendido el oficio de servir. Después de trabajar en un par de casas, había conocido a Robert Brown y desde entonces no se había movido de su lado.

Brown era un jefe exigente, pero que pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa. Apenas hablaba, exigía una estricta discreción, pagaba generosamente y les dejaba mucho tiempo libre.

González le era absolutamente fiel y disfrutaba de la comodidad de no tener que ocuparse más que del viejo solterón.

Había dispuesto el desayuno en el salón pequeño, en el que a esa hora el ventanal dejaba filtrar pálidos rayos de sol.

Brown estaría a punto de bajar; faltaban dos minutos para las ocho. Sonó el timbre de la entrada y Ramón González se apresuró a recibir al invitado del señor Brown.

– Buenos días, señor Dukais.

– Buenos días, Ramón, aunque frescos. Necesito un café bien cargado, corto de agua, y me muero de hambre; para venir a tiempo he salido de casa sin probar bocado.

Ramón no hizo ningún comentario; sólo esbozó una sonrisa a modo de respuesta y condujo a Paul Dukaís al salón. Allí le estaba esperando Robert Brown. Ramón sirvió el desayuno y salió cerrando la puerta para que los dos hombres pudieran hablar tranquilos.

Brown no era de los que perdía el tiempo y menos con alguien como Dukais. Al fin y al cabo, como en tantas otras empresas, él tenía un importante paquete de acciones de Planet Security. A Dukais le había conocido cuando era un aduanero corrupto de los muelles de Nueva York.

– Necesito que envíes hombres a Irak.

– Tengo unos cuantos miles de hombres preparados. En cuanto empiece la guerra, allí se va a necesitar seguridad. Ayer me llamó mi contacto del Departamento de Estado; quieren que mis hombres cubran determinados puntos una vez que nuestras tropas estén en Bagdad. Hace meses que estoy contratando hombres, los tengo de todas partes.

– Ya sé cómo funciona el negocio, no me lo cuentes, Paul, y escucha. Quiero que mandes a varios grupos, unos vía Jordania, otros por Kuwait, Arabia Saudí y Turquía. Parte de los hombres se quedarán en distintos puntos de las fronteras, donde esperarán hasta que reciban órdenes.

– ¿Qué órdenes?

– No me hagas preguntas estúpidas.

– Supongo que los iraquíes deben de estar sellando sus fronteras, y si no lo están haciendo ellos, lo harán los turcos, o los kuwaitíes o qué sé yo. Tú quieres hombres en las fronteras y además dentro de Irak. ¿No puedes esperar como todo el mundo?

– No te estoy diciendo que los mandes mañana, te estoy pidiendo que organices varios grupos y los tengas preparados para cuando yo te dé la orden. Procura buscar hombres que puedan confundirse con el paisaje.

– Es peligroso meter hombres antes de tiempo. Nuestros amigos de la Secretaría de Defensa están organizando una buena traca para dentro de unos meses, me han dicho que en primavera; no cometamos errores porque eso perjudicaría al negocio.

– Te repito que no hace falta que lleguen con demasiada antelación; ya te diré la fecha exacta en que deben de estar dentro. Luego saldrán tan rápido como hayan entrado; no estarán más de tres o cuatro días desde que comiencen los bombardeos.

– ¿Qué nos vamos a llevar?

– La historia de la humanidad.

– ¿Qué tontería estás diciendo?

– Tus hombres se pondrán a las órdenes de otros hombres que les estarán esperando. No me jodas con tus preguntas.

La mirada de Robert Brown asustó a Paul Dukais. Sabía que con aquel hombre no se jugaba. Había tardado en conocerle, en saber qué había detrás de sus ademanes elegantes, y lo que había descubierto le daba miedo, un miedo profundo. De manera que decidió no seguir provocándole. A él tanto le daba lo que quisiera hacer en Irak.

– Ahora quiero que llevéis una carta a Roma para entregársela a Ralph Barry. Dentro de quince días me traeréis la respuesta desde Ammán.

– Bien.

– Paul, no puede haber fallos, es la operación de más envergadura que hayamos hecho nunca. Tenemos una oportunidad única, no cometas errores.

– ¿Los he cometido hasta ahora?

– No, no lo has hecho. Por eso eres rico.

«Y estoy vivo», pensó Dukais. No se engañaba respecto a su relación con Robert Brown, ese hombre de modales exquisitos y discreto sería capaz de cualquier cosa. Él lo sabía bien, eran socios desde hacía demasiados años.

– Cuando tengas el plan hecho y los hombres elegidos quiero que me lo expliques.

– No te preocupes, lo haré.

– Paul, no hace falta que te diga que esta conversación no ha existido, que nadie debe conocer este encargo. Yo respondo ante el consejo de administración del patronato de la fundación, y ellos no deben saber nada de esto. Te lo aviso porque pudiera ser que coincidieras con alguno de los miembros del consejo y se te fuera la lengua.

– He dicho que no te preocupes.

* * *

El hombre dio por terminada la reunión del consejo de administración. Ya era la hora del almuerzo, que él aprovechaba para echar una cabezada en la quietud de su despacho. El ruido de la calle no llegaba hasta el piso vigésimo del edificio neoyorquino desde el que dirigía su imperio.

Los años no pasaban en balde y se sentía cansado. Madrugaba porque no dormía bien durante la noche, y ocupaba las horas leyendo y escuchando a Wagner. Cuando mejor descansaba era a mediodía, cuando se aflojaba la corbata, colgaba la chaqueta y se tumbaba en el sofá.

Su secretaria tenía órdenes terminantes de no pasarle ninguna llamada ni de entrar a molestarle pasara lo que pasara. Sólo había un teléfono que podía arrancarle del sueño reparador. Un pequeño móvil que siempre llevaba con él, del que no se separaba ni siquiera cuando, como en esos momentos, se disponía a dormir.

Se acababa de tumbar cuando el pitido casi imperceptible del móvil le sobresaltó.

– Sí.

– George, soy Frankie. ¿Te habías dormido?

– Estaba a punto, ¿qué sucede?

– Ya he hablado con Enrique. Podríamos ir a Sevilla a pasar unos días con él o encontrarnos en un lugar de la costa, en Marbella, que está llena de viejos como nosotros. En España, en septiembre, aún hace calor.

– ¿Ir a España? No, no lo veo necesario. Hemos echado demasiados anzuelos, no vayamos a enredarnos también nosotros.

– Y Alfred…

– Se ha vuelto un viejo estúpido, ya no controla nada.

– No seas injusto. Alfred sabe lo que se trae entre manos.

– No, ya no lo sabe. Acuérdate de la que armó. Se empeñó en tirar de los hilos que no debía y ahora está haciendo lo mismo.

– Era su hijo, tú hubieras hecho lo mismo.

– Yo no he tenido hijos, de manera que no lo sé.

– Pero yo sí tengo hijos y entiendo que no se conforme.

– Debería hacerlo, debería aceptar las cosas como son. No puede devolver la vida a Helmut. El chico se pasó de listo. Alfred conoce las reglas, sabía lo que podía suceder. Y ahora vuelve a equivocarse a cuenta de esa nieta caprichosa.

– Yo no creo que se haya vuelto un peligro. Él sabe lo que está en juego y su nieta es una mujer inteligente.

– Que le tiene sorbido el seso y por la que lleva tiempo cometiendo errores. Le dijimos que le explicara la verdad. No ha querido, prefiere continuar con la pantomima delante de ella. No, Frankie, no podemos quedarnos sin hacer nada. No hemos llegado hasta aquí para que un viejo sentimental se lo cargue todo.

– Nosotros también somos viejos.

– Y yo quiero seguir siéndolo. Acabo de terminar una reunión del consejo de administración; debemos de prepararnos para la guerra. Vamos a ganar dinero, Frankie.

– Ni a ti ni a mí nos importa ya el dinero, George.

– No, tienes razón, no es el dinero. Es el poder, el saber que estamos entre quienes mueven los hilos. Ahora, si no te importa, necesito dormir.

– Ah, se me olvidaba. La próxima semana iré a Nueva York.

– Entonces, viejo amigo, encontraremos la manera de vernos.

– Quizá podríamos decir a Enrique que viniera a Nueva York.

– Prefiero verle en Nueva York que en Sevilla. No me gusta ir a allí, no estoy tranquilo.

– Siempre has sido un poco paranoico, George.

– Lo que soy es prudente, por eso hemos llegado hasta aquí. Te recuerdo que otros muchos han caído por haber cometido errores. Yo también tengo ganas de ver a Enrique, pero prefiero no hacerlo si eso nos pone en peligro.

– Ya somos viejos, nadie sabe…

– ¡Calla! Te repito que quiero seguir siendo viejo. Ya te avisaré si es posible que nos veamos en Nueva York.

Frank apuró un whisky mientras colgaba el teléfono. George, el cauteloso y desconfiado George, siempre había demostrado tener razón.

Tocó una campanilla de plata que tenía sobre la mesa del despacho y un segundo después entró un hombre uniformado de blanco.

– ¿Me necesita, señor?

– José, ¿han llegado los señores que esperaba?

– Aún no, señor. La torre de control nos avisará en cuanto la avioneta se acerque.

– Bien, hágamelo saber.

– Sí, señor.

– ¿Y mi esposa?

– La señora está descansando; le dolía la cabeza.

– ¿Y mi hija?

– La señora Alma se marchó esta mañana temprano con su esposo.

– Es verdad… Tráigame otro whisky y algo de comer.

– Sí, señor.

El criado salió silencioso. A Frank le caía bien José. Era discreto, poco hablador y eficaz. Le cuidaba mejor de lo que nunca le había cuidado su caprichosa mujer.

Emma era demasiado rica. Ése había sido su principal defecto, aunque para él había supuesto una ventaja. Bueno, también su falta de belleza le había pesado como una losa.

Con tendencia a engordar, de pequeña estatura y morena, muy morena. El color de la piel de Emma era casi negro, una piel apagada, carente de suavidad. No se parecía a Alicia.

Alicia era negra. Totalmente negra y bella, escandalosamente bella. Llevaban quince años juntos. La había conocido en el bar de aquel hotel de Río mientras esperaba a uno de sus socios. La chica había ido al grano, ofreciéndose sin tapujos. Se la había quedado para siempre. Era suya, le pertenecía, y ella sabía la suerte que podía correr si se atrevía a engañarle con otro.

Él era un viejo, sí, y por eso le pagaba espléndidamente. Cuando él muriera, Alicia podría gastarse la fortuna que iba a dejarle en herencia, además del hermoso ático de Ipanema y las joyas que le había ido regalando.

Cuando la conoció, Alicia acababa de cumplir veinte años; era casi una niña de piernas largas y cuello interminable; él era un hombre de setenta que no asumía su ancianidad. Podía permitirse una chica como ésa: tenía suficiente dinero para que algunas mujeres hicieran la pantomima de considerarle aun un hombre.

Llamaría a Alicia e iría a visitarla a Río. Que estuviera preparada.

En realidad, no le gustaba salir demasiado de la inmensidad de su hacienda, situada en los límites de la selva. Allí se sentía seguro, con sus hombres recorriendo día y noche los muchos kilómetros del perímetro, protegido además por un sofisticado sistema de sensores y otros artilugios que hacían imposible la irrupción de intrusos.

Pero pensar en Alicia le había producido una sacudida de vitalidad y a su edad eso era impagable. Además, tenía que ir a Nueva York, así que de todas maneras tenía que pasar por Río.

6

Clara Tannenberg y Ahmed Huseini esperaban impacientes un taxi en la puerta del Excelsior. Ninguno de los dos prestó atención a un hombre delgado, con el cabello castaño que, nervioso, se bajaba de otro taxi y entraba como una exhalación en el hotel.

Su taxi llegó un minuto después, de manera que tampoco vieron a ese mismo hombre salir corriendo del Excelsior gritando en dirección al taxi que les transportaba.

El hombre volvió a entrar y se dirigió a la recepción.

– Se han ido, ¿les importaría decirme si iban al aeropuerto, si dejaban Roma?

El recepcionista le miró con desconfianza a pesar de que el aspecto del hombre sólo delataba normalidad. Rasgos amables, pelo cortado a navaja, porte elegante, a pesar de ir vestido de sport…

– Señor, yo no le puedo dar esa información.

– Es muy importante que hable con ellos.

– Entiéndame, señor, nosotros no sabemos dónde van nuestros clientes cuando dejan el hotel.

– Pero al pedir un taxi habrán dicho para dónde… Por favor, se lo ruego, es muy importante.

– Verá, yo no sé qué decirle, déjeme consultar…

– Si usted fuera tan amable de decirme sólo si se dirigían al aeropuerto…

Algo en la voz y en la mirada del hombre llevó al veterano recepcionista a romper su código profesional.

– De acuerdo, iban al aeropuerto. Esta mañana cambiaron la fecha del vuelo a Ammán, su avión sale dentro de una hora. Llegaban tarde, la señora se retrasó y…

El hombre de nuevo corría en dirección a la entrada, donde se metió en el primer taxi que pasaba.

– ¡Al aeropuerto, rápido!

El taxista, un viejo romano, miró a través del retrovisor. Seguramente era el único taxista de toda Roma que no se contagiaba por la prisa de los clientes, así que condujo con toda parsimonia hasta Fiumicino, a pesar de la desesperación que vería reflejada en el rostro de su pasajero.

Una vez en el aeropuerto, buscó un monitor con la salida de los vuelos a Ammán y se dirigió veloz hacia la puerta por donde debían embarcar los pasajeros con destino a Jordania.

Demasiado tarde. Todos los pasajeros habían pasado ya la aduana y el carabiniere se negó a dejarle pasar.

– Son unos amigos, no he podido despedirme de ellos, es un minuto. ¡Por Dios, déjeme pasar!

El carabiniere se mostró irreductible y le pidió que se marchara.

Comenzó a caminar por el aeropuerto sin rumbo, sin saber qué hacer ni en quién confiar. Sólo sabía que debía hablar con aquella mujer fuera donde fuese, le costara lo que le costase, aunque la tuviera que seguir al fin del mundo.

* * *

En la escalerilla del avión sintieron el golpe de calor mezclado con aroma de especias. Volvían a casa, volvían a Oriente.

Ahmed bajaba por la escalerilla del avión delante de Clara, cargado con una bolsa de Vuitton. Detrás de ella, un hombre no la perdía de vista aunque intentaba pasar inadvertido.

No tuvieron ningún problema para pasar la aduana. Los pasaportes diplomáticos les abrían todas las puertas y Ammán, por más que juraba lealtad a Washington, tenía su propia política, y ésta no pasaba por plantar cara a Sadam, por poco que le gustara el dictador iraquí. Pero Oriente es Oriente, y la muy occidentalizada familia real jordana era experta en la diplomacia más sutil.

Un coche que esperaba a Clara y Ahmed a la salida del aeropuerto les condujo al Marriot. Ya era tarde, de manera que cenaron en la habitación. Continuaba la tensión entre ellos.

– Voy a llamar a mi abuelo.

– No es una buena idea.

– ¿Por qué? Estamos en Ammán.

– Con los norteamericanos vigilando por todas partes. Mañana cruzaremos la frontera. ¿No puedes esperar?

– Realmente no; tengo ganas de hablar con él.

– ¿Sabes?, estoy cansado de tu comportamiento caprichoso.

– ¿Te parece un capricho que quiera hablar con mi abuelo?

– Deberías ser más prudente, Clara.

– ¿Por qué? Llevo toda la vida escuchando que debo de ser discreta y prudente, ¿por qué?

– Pregúntaselo a tu abuelo -respondió Ahmed malhumorado.

– Te lo estoy preguntando a ti.

– Eres inteligente, Clara, caprichosa pero inteligente, y supongo que a lo largo de los años habrás sacado tus propias conclusiones por más que tu abuelo te siga tratando como a una niña.

Clara quedó en silencio. En realidad, no sabía si quería que le dijeran todo lo que intuía. Pero había tantos cabos sueltos… Había nacido en Bagdad, como su madre, y pasado su infancia y adolescencia entre El Cairo y Bagdad. Amaba ambas ciudades por igual. Le costó mucho convencer a su abuelo para que le permitiera terminar sus estudios en Estados Unidos. Al final lo logró, sabiendo que a su abuelo le causaba una gran inquietud.

Lo había pasado bien en California, San Francisco era la ciudad en la que se había convertido en una mujer, pero siempre supo que no se quedaría a vivir allí. Echaba de menos Oriente, el olor, los sabores, el sentido del tiempo… y hablar árabe. Ella pensaba en árabe, sentía en árabe. Por eso se enamoró de Ahmed. Los chicos norteamericanos le parecían insulsos por más que le habían descubierto todo lo que en Oriente le estaba vedado por ser mujer.

– De todas maneras le llamaré.

Pidió a la telefonista que le pusiera con Bagdad. Tardó unos minutos en escuchar la voz de Fátima.

– ¡Fátima, soy Clara!

– ¡Mi niña, qué alegría! Enseguida aviso al señor.

– ¿No estará dormido?

– No, no; está leyendo en su estudio, se pondrá contento de hablar con usted…

A través del teléfono le llegaba la voz de Fátima llamando a Ali, el criado de su abuelo, para que avisara a éste.

– Clara, querida…

– Abuelo…

– ¿Estáis en Ammán?

– Acabamos de llegar. Tengo ganas de verte, de estar en casa.

– ¿Qué te ha pasado?

– ¿Por qué me lo preguntas? ¿Te extraña que quiera verte?

– No, pero te conozco. De pequeña siempre corrías a refugiarte en mí cuando te pasaba algo, aunque no me dijeras de qué se trataba.

– No ha ido bien lo de Roma.

– Ya lo sé.

– ¿Lo sabes?

– Sí, Clara, lo sé.

– Pero ¿cómo lo sabes?

– ¿Te vas a poner a hacerme preguntas ahora?

– No, pero…

El hombre suspiró cansado.

– ¿Y Ahmed?

– Está aquí.

– Bien, he dispuesto todo para que tengáis un buen regreso a casa. Di a tu marido que se ponga.

Clara tendió el teléfono a Ahmed y éste conversó brevemente con el abuelo de su esposa. Les quería cuanto antes en Bagdad.

A primera hora de la mañana, Clara y Ahmed estaban en el vestíbulo aguardando el coche que iba a trasladarles a Irak. Ninguno de los dos se dio cuenta de que cuatro hombres, que aparentemente no se conocían entre ellos, les vigilaban. La noche anterior habían enviado su informe a Marini. Hasta ese momento no se había producido ninguna novedad.

Cruzar la frontera no supuso ningún problema para Ahmed y Clara, pero sí para los hombres de Marini. Se habían dividido de dos en dos, y pagado para que expertos conductores les trasladaran al otro lado. No había sido fácil, porque nadie que no tuviera familia en Irak o se dedicara al contrabando, tenía mayor interés en cruzar la frontera.

Lo habían conseguido pagando con generosidad a sus chóferes recomendados por el hotel de Ammán a los que habían dado una prima para no perder de vista a un Toyota todoterreno de color verde que iba delante de ellos.

No había mucho tráfico en la carretera hasta Bagdad, pero sí el suficiente para darse cuenta de que por allí salía y entraba de todo.

Cuando llegaron a Bagdad ya era de noche. Uno de los coches siguió al Toyota hasta un barrio de la ciudad y el otro se dirigió al hotel Palestina. Les habían dicho que allí era donde estaban la mayoría de los occidentales, y al fin y al cabo ellos se presentaban como hombres de negocios, por mucho que resultara cuando menos sospechoso afirmar que en esas circunstancias políticas iban a hacer negocios a Bagdad.

El Toyota frenó al lado de una verja y aguardó a que ésta se abriera. Los hombres de Marini no se pararon. Ya sabían dónde vivía Clara Tannenberg. Al día siguiente irían a dar un vistazo.

La casa de dos plantas, custodiada por unos invisibles hombres armados, estaba en medio de un jardín muy cuidado. La Casa Amarilla, como era conocida por el color dorado con que siempre estaba primorosamente pintada, estaba situada en un barrio residencial. Anteriormente había sido residencia de un comerciante británico.

Fátima esperaba en el vestíbulo, sentada en una silla y dormitando. El ruido de la puerta la despertó. Clara se fundió en un abrazo con ella. La mujer era shií y había cuidado a Clara desde pequeña. Al principio le daban miedo los ropajes negros de Fátima, pero se había acostumbrado y más tarde encontró en ella la dulzura que le faltaba a su madre.

Fátima se había quedado viuda muy joven. Tuvo que vivir en casa de su suegra, donde nunca fue ni bien recibida ni bien tratada. Pero aguantó su destino sin decir una palabra, mientras criaba a su único hijo.

Un día su suegra la envió a aquella casa donde vivía un extranjero con su joven esposa, una egipcia, la señora Alia. Y allí se quedó para siempre. Sirvió a Alfred Tannenberg y a su esposa, los acompañó en sus desplazamientos a El Cairo, donde la pareja tenía otra residencia, y sobre todo se hizo cargo primero del hijo del matrimonio, Helmut, y después de la hija de éste, Clara.

Ahora ya era una anciana que había perdido a su hijo en la maldita guerra con Irán. No le quedaba nada excepto Clara.

– Niña, tienes mala cara.

– Estoy cansada.

– Deberías dejar de viajar y empezar a tener hijos, que te estás haciendo vieja.

– Tienes razón; cuando encuentre la Biblia de Barro lo haré -respondió riendo Clara.

– ¡Ay, niña, cuida de que no te pase lo que a mí! Tuve un solo hijo y como lo perdí estoy sola.

– Me tienes a mí.

– Sí, es verdad, te tengo a ti; de lo contrario, no sé de qué me serviría estar viva.

– Vamos, Fátima, no te pongas trágica, que acabo de llegar. Y mi abuelo?

– Descansa. Hoy estuvo fuera todo el día y llegó cansado y preocupado.

– ¿Dijo algo?

– Sólo que no quería cenar; se encerró en su cuarto y ordenó que no le molestáramos.

– Entonces le veré mañana.

Ahmed se dirigió a su habitación mientras las dos mujeres seguían hablando. Estaba cansado. Al día siguiente iría a trabajar al ministerio, donde tendría que presentar un informe sobre el congreso de Roma. ¡Menudo fracaso! Pero él era un privilegiado. No lo olvidaba por más que sentía náuseas de serlo. Hacía años que se sentía incómodo en su piel. Primero fue al descubrir que la suya era una familia que pertenecía a la élite de un régimen dictatorial. Pero no había tenido el valor de renunciar a tantos privilegios y prefirió engañarse diciéndose que su lealtad era para con su familia, no hacia Sadam. Luego había conocido a Clara y a los Tannenberg y su vida había caído en el abismo para siempre. Se había corrompido como no pensó que lo haría jamás. No podía echarle la culpa a Alfred. Él había aceptado integrarse en su organización y heredarle sabiendo lo que eso significaba. Si su posición con Sadam era sólida a cuenta de sus lazos familiares, con Alfred se había convertido en intocable, ya que éste tenía amigos poderosos en el entorno del dictador.

Pero a Ahmed le costaba cada día más vivir consigo mismo y sobre todo con una mujer como Clara que se negaba a ver lo que sucedía a su alrededor, que prefería vivir en la ignorancia para no sentir horror y poder seguir amando a quienes amaba.

Ya no la quería, aunque en realidad, puede que nunca lo hiciera. Cuando se conocieron en San Francisco pensó que la chica estaba bien para una aventura. Hablaban en árabe, tenían amigos comunes en Bagdad, ambos conocían a sus respectivas familias, aunque ellos apenas se habían tratado.

Ser emigrantes les unió. Clara era una emigrante de lujo, con dinero en abundancia en su cuenta corriente. Él disponía de fondos suficientes para vivir en un cómodo ático desde el que veía amanecer sobre la bahía de San Francisco.

Se fueron a vivir juntos; tenían muchas cosas en común: ambos eran iraquíes, arqueólogos, su lengua materna era el árabe y tenían la misma sensación de libertad en Estados Unidos, aunque extrañaban su país y sus gentes.

Cuando su padre le visitó en San Francisco, le conminó a casarse con Clara. Era una boda llena de ventajas, y él intuía que las cosas iban a cambiar. Entre los diplomáticos fluía la información, y era evidente que Sadam ya no era un títere necesario para la Administración estadounidense. De manera que había que pensar en el futuro: se casó con aquella chica agraciada, inmensamente rica y excesivamente protegida y mimada.

Clara entró en la habitación y Ahmed se sobresaltó.

– ¡Ah, ya estás aquí! -dijo su mujer a modo de saludo.

– Me molesta que no saludes a Fátima. Has pasado delante de ella sin siquiera mirarla.

– Le he dicho buenas noches. No tengo nada más que decirle.

– Sabes lo que Fátima significa para mí.

– Sí, sé lo que significa para ti.

El tono de Ahmed le sorprendió, aunque en realidad últimamente su marido se comportaba como si estuviera permanentemente fastidiado y ella fuera una carga difícil de sobrellevar.

– ¿Qué te pasa, Ahmed?

– ¿A mí? Nada más que estoy cansado.

– Te conozco y sé que te pasa algo.

Ahmed la miró fijamente. Tenía ganas de decirle alto y claro que no lo conocía, que en realidad nunca lo había conocido y que estaba harto de ella y de su abuelo, pero que ya era tarde para escapar. Pero no dijo ni una palabra.

– Vamos a descansar, Clara. Mañana tenemos que trabajar. Yo he de ir al ministerio, pero además hemos de preparar en serio la excavación. Por lo que me han dicho en Roma, habrá guerra aunque aquí nadie quiera creérselo.

– Mi abuelo, sí.

– Sí, tu abuelo, sí. Anda, vamos a la cama. Ya desharemos las maletas mañana.

* * *

Alfred Tannenberg estaba en su despacho con uno de sus socios, Mustafa Nasir. Discutían acaloradamente cuando entró Clara.

– Abuelo…

– ¡Ah, ya estás aquí! Pasa, hija, pasa.

Tannenberg clavó su mirada acerada en Nasir y éste esbozó una amplísima sonrisa.

– ¡Mi querida niña, cuánto tiempo sin verte! Ya no me haces el honor de venir a visitarnos a El Cairo… Mis hijas siempre preguntan por ti.

– Hola, Mustafá -el tono de Clara no era amistoso, puesto que había escuchado cómo su abuelo discutía con el egipcio.

– Clara, estamos trabajando; en cuanto termine te llamaré.

– De acuerdo, abuelo, voy a salir a comprar.

– Que te acompañen.

– Sí, sí; además, voy con Fátima.

Clara salió acompañada de Fátima y de un hombre que hacía la función de chófer y guardaespaldas. Se dirigieron al centro de Bagdad en el Toyota verde.

La ciudad era una sombra pálida del ayer. El cerco al que Estados Unidos sometía al régimen de Sadam había empobrecido a los iraquíes, que tenían que azuzar el ingenio para sobrevivir.

Los hospitales aún funcionaban gracias a algunas ONG, pero cada vez era más acuciante la necesidad de medicinas y de alimentos.

Clara sintió un odio profundo hacia Bush por lo que les estaba haciendo. A ella no le gustaba Sadam, pero odiaba a quienes les estaban sitiando, ahogándoles. Recorrieron el bazar, hasta que encontró un regalo para Fátima, pues era su cumpleaños. Ninguna de las dos mujeres se dio cuenta de la presencia de aquellos extranjeros que parecían seguirlas por las callejuelas recónditas del bazar. Pero el guardaespaldas sí detectó la presencia de un par de hombres que, con aspecto de turistas despistados, encontraban a la vuelta de todas las esquinas. No dijo nada a las mujeres para no alarmarlas.

Cuando regresaron a la Casa Amarilla el hombre fue a ver a Alfred Tannenberg adelantándose a Clara. Mustafa Nasir ya se había marchado.

– Eran cuatro hombres en parejas de dos -explicó el guardaespaldas a su patrón-. Resultaba evidente que nos seguían. Además, su aspecto les delataba. Su forma de vestir, los rasgos de la cara… estoy seguro que no eran iraquíes y tampoco egipcios, ni jordanos… tampoco hablaban en inglés, me pareció que hablaban italiano.

– ¿Qué crees que querían?

– Saber dónde iba la señorita. No creo que tuvieran intención de hacerle nada, aunque…

– Nunca se sabe. Ocúpate de que no vaya sola a ninguna parte, que otros dos hombres os acompañen siempre armados. Si le sucede algo a mi nieta no viviréis para contarlo.

No hacía falta que profiriera esa amenaza. A Yasir no le cabía la menor duda de que si a Clara le sucedía algo él lo pagaría con su vida, y no sería ni el primero ni el último hombre que moría por deseó expreso de Tannenberg.

– Sí, señor.

– Refuerza la seguridad de la casa. Quiero controles estrictos de todo el que entra y sale. Nada de jardineros desconocidos que vienen a sustituir a un primo enfermo, ni de amables vendedores ambulantes. No quiero ver ninguna cara desconocida salvo que yo lo autorice personalmente. Ahora vamos a sorprender a esos misteriosos perseguidores. Quiero saber quiénes son, quién los envía y para qué.

– Será difícil cogerlos a todos.

– No necesito a todos; con uno basta.

– Sí, señor, pero será preciso que la señorita Clara vuelva a salir.

– Sí, efectivamente. Mi nieta será el cebo. Pero procura que ella no se dé cuenta y, sobre todo, que no le suceda nada. Respondes con tu vida, Yasir.

– Lo sé, señor. No le sucederá nada. Confíe en mí.

– Sólo confío en mí, Yasir, pero no se te ocurra equivocarte.

– No lo haré, señor.

Tannenberg llamó a su nieta. Durante una hora estuvo escuchando sus quejas sobre lo sucedido en Roma. Él ya sabía que las cosas no podían salir bien. Sus amigos querían que esperara a que cayera Sadam para organizar una misión arqueológica que desentrañara los restos de aquel edificio encontrado entre las antiguas Ur y Babilonia. Una misión que, además de la Biblia de Barro, sin duda arrancaría de la tierra otras tablillas y alguna estatua. Una misión como tantas otras que habían financiado. Pero no esperaría. No podía, sabía que estaba consumiendo los últimos días de su vida. Acaso le quedaban tres, cuatro, seis meses a lo sumo. Le había exigido al médico que le dijera la verdad, y ésta no era otra que se acercaba el final. Tenía ochenta y cinco años y el hígado lleno de pequeños tumores. No hacía ni dos años que le habían cortado un pedazo de aquel órgano vital.

Clara quedaba a cargo de Ahmed y con dinero suficiente para vivir el resto de su vida, pero sobre todo quería hacerle un regalo, el que ella le reclamaba desde que era una adolescente: ser la arqueóloga que encontrara la Biblia de Barro. Por eso la había enviado a Roma: para que hiciera pública la existencia de esas dos tablillas que él había encontrado cuando era más joven que ella ahora.

La comunidad arqueológica podía reírse cuanto quisiera de la historia de las tablillas de Abraham, pero ya sabía de su existencia aunque lo considerara una fantasía. Nadie le podría arrebatar la gloria a su nieta. Nadie, ni siquiera ellos, sus más queridos amigos.

Ya tenía preparada la carta que uno de sus hombres llevaría a Ammán para entregar a otro hombre que a su vez la llevaría hasta Washington al despacho de Robert Brown para que éste a su vez se lo entregara a George Wagner, pero antes de enviarla debía ocuparse de esos intrusos que seguían a Clara; a lo mejor tenía que añadir algo más. Por la noche esperaba hablar con Ahmed. Por la mañana cuando le entregó la carta de Brown, le había encontrado tenso.

Confiaba en Ahmed porque conocía su ambición y sus ganas de escapar para siempre de Irak. Eso sólo lo podría hacer con su dinero. El dinero que heredaría Clara y del que Ahmed disfrutaría mientras estuviera con su nieta.

Los hombres de Marini estaban preparados desde el amanecer. Habían encontrado un buen lugar para vigilar las entradas y salidas de la Casa Amarilla: un café situado en la esquina opuesta de la calle. El dueño era amable y aunque no dejaba de preguntarles los motivos de su estancia en Bagdad, el lugar les servía para no estar expuestos a la vista de los hombres que guardaban la Casa Amarilla.

A las ocho vieron salir a Ahmed Huseini en el Toyota verde. Conducía él, aunque a su lado iba un hombre que no dejaba de mirar hacia todas partes. Pero hasta las diez de la mañana no salió Clara de la casa, acompañada de aquella mujer vestida de negro de la cabeza a los pies. De nuevo iban acompañadas por un hombre, esta vez en un Mercedes todoterreno.

El equipo de Marini seguía dividido en dos parejas, comunicándose por walkie-talkies. Los que estaban en el café dieron el aviso a sus compañeros, que se encontraban en un coche alquilado situado dos calles más arriba de la casa. Ellos les seguirían.

El Mercedes se dirigió hacia las afueras de Bagdad. Los hombres de Marini le siguieron confiados.

Llevaban más de media hora de viaje cuando el Mercedes se desvió por un camino de tierra bordeado de palmeras. Los hombres de Investigaciones y Seguros dudaron, pero decidieron seguir adelante. El Mercedes aceleró y su perseguidor se mantuvo a una distancia prudencial. Sus ocupantes no estaban dispuestos a perder de vista a una mujer que debía conducirles al anciano que tenían que fotografiar.

De repente el Mercedes aceleró levantando una oleada de tierra seca; un segundo más tarde aparecieron por dos caminos adyacentes varios todoterrenos que parecían pretender embestir al primer coche de los hombres de Marini. Éstos se dieron cuenta demasiado tarde de que los coches les estaban rodeando y les obligaban a frenar. El segundo coche de los investigadores italianos paró en seco. No llevaban armas, nada con que hacer frente a los hombres armados que se acercaban al coche de sus compañeros. Vieron cómo les sacaban del coche y empezaban a golpearlos. No sabían qué hacer: si acudían en su ayuda ellos también se convertirían en víctimas, pero tampoco podían asistir impávidos a aquella paliza brutal: Decidieron volver a la carretera en busca de ayuda, de manera que dieron marcha atrás. No estaban huyendo, se decían, aunque en su fuero interno sabían que de algún modo lo estaban haciendo.

No pudieron ver que a uno de sus compañeros le obligaron a arrodillarse y le dispararon en la nuca, y que el otro no pudo aguantar un vómito. Dos minutos más tarde ambos estaban muertos en la cuneta.

* * *

Carlo Cipriani se tapó la cara con las manos. Mercedes permanecía pálida pero impasible sentada a su lado mientras que Hans Hausser y Bruno Müller reflejaban en sus rostros el horror y la angustia que les producía lo que Luca Marini les estaba contando.

Habían acudido al despacho del presidente de Investigaciones y Seguros. Marini les había instado a acudir allí. La empresa estaba de luto. El silencio de los empleados no dejaba lugar a dudas.

Al día siguiente llegaría el avión con los dos cadáveres de los hombres de Investigaciones y Seguros.

Asesinados. Habían sido asesinados después de haber recibido una brutal paliza. Sus compañeros no sabían lo que habían dicho ni a quién. Sólo que diez coches todoterrenos, cinco por cada lado, les habían obligado a pararse. Ellos alcanzaron a ver cómo les golpeaban; cuando más tarde regresaron con una patrulla del ejército que habían encontrado en la carretera, hallaron los cuerpos sin vida de sus compañeros. Exigieron una investigación y estuvieron a punto de ser detenidos como principales sospechosos. Nadie había visto nada, nadie sabía nada.

La policía les interrogó con métodos expeditivos, cuyo recuerdo se traducía en algunas contusiones y cortes en la cara, en el pecho y en el estómago. Después de varias horas de interrogatorio, les dejaron en libertad y les invitaron a salir cuanto antes de Irak.

La embajada de Italia elevó una protesta formal, y el embajador pidió una entrevista urgente con el ministro de Exteriores. Le respondieron que se hallaba de visita oficial en Yemen. Naturalmente, la policía investigaría el extraño suceso, que parecía obra de alguna banda de delincuentes dedicada a robar.

En los bolsillos de los muertos no encontraron nada: ni la documentación, ni dinero, ni un paquete de cigarros. Nada. Sus asesinos se lo habían llevado todo.

Luca Marini había revivido sus peores días de jefe de policía antimafia en Sicilia, cuando tenía que llamar a las mujeres de sus compañeros para anunciarles que sus maridos habían caído abatidos por los tiros de los pistoleros.

Al menos en aquellas circunstancias había un funeral oficial, acudía el ministro, colocaban una medalla al féretro y la viuda recibía una pensión generosa del Estado. En esta ocasión el entierro sería privado, no habría medallas y tendrían que procurar que la prensa no metiera las narices en el asunto.

– Lo siento, pero lo que ha pasado excede cuanto podíamos imaginar. Doy por roto mi contrato con vosotros. Estáis metidos en algo gordo, con asesinos de por medio. Han matado a mis hombres para avisaros de que dejéis en paz a quienquiera que estéis buscando.

– Nos gustaría ayudar a las familias de estos dos hombres -dijo Mercedes-. Díganos la cantidad que es correcta en estos casos. Ya sé que no les podemos devolver la vida, pero al menos sí ayudar a los que han dejado.

Marini miró a Mercedes asombrado. La mujer no se andaba por las ramas. Tenía el sentido práctico que tienen todas las mujeres, y ésta además no perdía el tiempo derramando lágrimas.

– Eso depende de ustedes -respondió-. Francesco Amatore deja mujer y una niña de dos años. Paolo Silvestre estaba soltero, pero a sus padres bien les vendrá una ayuda, pues tienen otros hijos a los que sacar adelante.

– ¿Le parece bien un millón de euros, medio millón para cada familia? -preguntó Mercedes.

– Supongo que es una cantidad generosa -fue la respuesta de Luca Marini-. Pero hay otro asunto que debemos tratar. La policía quiere saber por qué dos de mis hombres estaban en Irak, quién pagó para que les enviara y a qué. Hasta ahora me he escaqueado como he podido, pero mañana me espera el director general. Quiere respuestas, porque el ministro se las pide a él. Y aunque somos viejos amigos y me ayudará, tengo que darle esas respuestas. Ahora, díganme qué quieren que diga y qué prefieren que me reserve.

Los cuatro amigos se miraron en silencio, conscientes de lo delicado de la situación. Resultaba harto complicado explicar a la policía las razones de que un médico jubilado, un profesor de física, un concertista de piano y una empresaria de la construcción hubieran contratado los servicios de una agencia de investigación y enviado a cuatro hombres a Irak.

– Díganos usted cuál sería la versión más plausible -le requirió Bruno Müller.

– En realidad ustedes nunca me han dicho ni por qué querían saber de la chica ni a quién buscan en Irak.

– Ése es un asunto que no concierne a nadie -le dijo Mercedes con voz helada.

– Señora, hay dos muertos, de manera que la policía cree que tenemos que dar respuestas.

– Luca, ¿nos permites hablar un minuto a solas? -le pidió Carlo Cipriani.

– Sí, desde luego, podéis utilizar la sala de juntas. Cuando se os ocurra algo, avisadme.

El presidente de Investigaciones y Seguros les acompañó a una sala anexa a su despacho y salió, cerrando la puerta suavemente.

Carlo Cipriani fue el primero en hablar.

– Tenemos dos posibilidades: o decir la verdad o buscar una excusa plausible.

– No hay excusas plausibles con dos cadáveres -apuntó Hans-, y menos con dos cadáveres de inocentes. Si al menos fueran los de ellos…

– Si decimos la verdad se acabó todo. ¿Os dais cuenta?

El tono de voz de Bruno tenía una nota de angustia.

– No estoy dispuesta a rendirme ahora, así que vamos a pensar la forma de afrontar esta situación. Esto no es lo más grave que nos ha pasado en la vida, esto es un contratiempo más, doloroso e inesperado, pero sólo un contratiempo.

– ¡Dios, qué dura eres, Mercedes! -A Carlo le salió la exclamación del fondo del alma.

– ¿Dura? ¿De verdad tú me dices que soy dura? Carlo, llevamos años preparándonos, diciendo que seremos capaces de afrontar todas las dificultades. Bien, aquí las tenemos. Ahora en vez de lamentarnos, pensemos.

– No soy capaz -dijo en voz baja Hans Hausser-. No se me ocurre nada.

Mercedes les miró con disgusto. Luego, irguiéndose, se hizo cargo de la situación.

– Bien, Carlo, tú y yo somos viejos amigos; yo estoy de paso en Roma, y te he hablado de que estoy pensando que, en vista de que parece inevitable la guerra, quiero que mi empresa esté entre las que se lleven un trozo de la tarta de la reconstrucción. Así que, a pesar de mi edad, estoy dando vueltas a la posibilidad de plantarme yo misma en Bagdad para ver la situación de cerca y conocer las necesidades futuras. Tú me has dicho que soy una vieja loca, que para eso están las agencias de investigación, gente preparada, capaz de evaluar la situación de una zona de conflicto. Me has presentado a otro viejo amigo, Luca Marini. Yo dudaba, prefería contratar a una agencia española, pero al final me he decidido por Investigaciones y Seguros. Aceptamos la versión de los iraquíes, a los hombres de Marini les mataron para robarles. Nada raro dada la situación de Irak. Naturalmente, estoy desolada y quiero ayudar a las familias con una pequeña indemnización.

Los tres hombres la miraron con admiración. Era increíble que en un segundo se le ocurriera una excusa como ésa. Aunque la policía no se la creyera, era plausible.

– ¿Estáis de acuerdo o se os ocurre alguna otra cosa?

No se les ocurría nada, de manera que aceptaron dar la versión ideada por Mercedes.

Cuando se lo contaron a Luca Marini éste se quedó pensando. No estaba mal, salvo que alguien podía irse de la lengua y contar que sus hombres habían estado siguiendo a Clara Tannenberg en Roma.

– Sí, tiene razón -aceptó Mercedes-, no deberíamos mezclar ambas cosas. Usted no tiene por qué explicar que dos días antes sus hombres seguían a nadie en Roma. Ése no es el «caso», puesto que en Roma no sucedió nada. El problema ha sido Irak.

– Ya -insistió Marini-, pero el «caso», como usted dice, empezó en Roma y tiene relación con esa mujer. Además, no sabemos lo que mis hombres dijeron antes de morir. Es más que probable que explicaran que trabajaban para Investigaciones y Seguros y que tenían el encargo de seguir a Clara Tannenberg.

– Seguramente tiene usted razón -terció Hans Hausser-, pero la policía iraquí no dijo nada sobre sus otros hombres y, por lo que sabemos, tampoco al embajador. Es más, los iraquíes han cerrado el caso. Así que no veo la razón para que no se cierre aquí.

– Señor Marini -dijo Mercedes muy seria-, nos han dado un aviso con el asesinato de sus hombres. Un aviso macabro. Es su forma de decir a lo que está dispuesto si nos acercamos más a él y a los suyos.

– ¿De qué habla, Mercedes? ¿A quién se refiere? -Luca Marini no podía ocultar la curiosidad. Estaba harto de los misterios que se traían esos cuatro ancianos.

– Luca, no se nos ocurre nada mejor de lo que te hemos dicho. Ayúdanos si crees que esa versión no resultará satisfactoria para la policía italiana.

El tono grave de Carlo Cipriani conmovió al presidente de Investigaciones y Seguros. Cipriani era su médico, un viejo amigo que le había salvado la vida cuando otros médicos consideraban que no merecía la pena operarle, que estaba desahuciado. De manera que le ayudaría por mucho que le fastidiara esa mujer, Mercedes Barreda.

– Deberías confiar en mí, contarme a quién perseguís y por qué. Así podría entender mejor lo que ha pasado.

– No, Luca, no te diremos más -aseguró Carlo-. Lo siento, no es falta de confianza.

– De acuerdo, me quedo con la explicación de la señora Barreda. Espero que mis amigos de la policía sean compasivos y no me aprieten las tuercas más de lo imprescindible. Las familias de mis hombres están desoladas, pero creen que han muerto por el caos que hay en Irak. Bush ya ha reclutado a dos familias italianas para su causa contra el «imperio del mal». He hablado con la mujer de Francesco y con los padres, de Paolo. Ninguna de las dos familias sabía a qué habían ido a Irak, ellos no hablaban de los detalles de su trabajo en casa. De manera que no pondrán mayores inconvenientes, y sí, además estáis dispuestos a darles esa indemnización… Bien. Os llamaré y os diré cómo me ha ido con mis amigos de la policía.

– Perdona que te lo vuelva a preguntar, pero ¿seguro que no les dijiste a tus hombres quién les había contratado?

– No, Carlo, no lo hice. Tú querías que nadie supiera de vosotros, sólo yo, y yo cumplo cuando doy mi palabra.

– Gracias, amigo -dijo Carlo con voz queda.

Se despidieron sin más.

Vamos a tomar algo -sugirió Mercedes-, estoy mentalmente agotada.

Se metieron en un viejo café. Lucía el sol sobre Roma, pero; los cuatro tenían destemplada el alma.

– Nos ha descubierto -afirmó Bruno.

– No, no; no lo ha hecho -respondió Mercedes-. Los, hombres de Marini no le dijeron nada porque no sabían nada.

– No perdamos el sentido de la realidad -apuntó Hans Hausser-. Ya somos mayores para volvernos paranoicos.

– Esperemos a que Luca nos llame para decirnos cómo le ha ido con la policía -propuso Carlo-. Y ahora, amigos, tengo que dejaros y pasarme por la clínica; si no lo hago, mis hijos van a empezar a preocuparse. Si os parece, nos vemos a la hora de la cena.

– Carlo -le interrumpió Mercedes-, creo que a ninguno nos vendría mal descansar. Ya nos veremos mañana.

– Sí, tiene razón Mercedes. Incluso nos viene bien separarnos durante unas horas para pensar y no dar vueltas a lo mismo -apostilló Bruno.

– Como queráis.

Los cuatro amigos se despidieron en la puerta del café. Necesitaban unas horas de soledad, de reencuentro consigo mismos.

Apenas había acabado de despachar con su secretaria, cuando Lara entró en el despacho de su padre.

– ¡Por fin te veo, papá! ¿Dónde te has metido con tus amigotes?

– Vamos, Lara, qué manera de calificar a unos ancianos…

– Es que no te dejas ver, papá, incluso estábamos preocupados, ¿verdad, Maria?

– Sí, doctora.

– Gracias, Maria, ya seguiremos mañana.

Maria salió del despacho del doctor Cipriani y le dejó con su hija.

– Espero que esta noche no te retrases -dijo Lara.

– ¿Esta noche?

– Pero, papá, no me digas que se te ha olvidado que es el cumpleaños de la mujer de Antonino y que vamos todos a cenar a su casa…

– ¡Ah, el cumpleaños! No, no se me había olvidado, pensé que te referías a otra cosa.

– Mientes fatal. ¿Qué le has comprado? Ya sabes que la mujer de Antonino es un poco especial.

– Pensaba acercarme ahora a Gucci.

– ¿Otra vez le vas a regalar un pañuelo?

– Es lo más socorrido.

– Mejor un bolso. ¿Quieres que te acompañe?

Carlo miró a su hija y sonrió. Sí, le vendría bien dar un paseo con ella y escuchar cuanto le quisiera contar de lo sucedido esos días en la clínica.

* * *

Alfred Tannenberg escuchaba impasible al Coronel. Hacía muchos años que se conocían, y el Coronel siempre le había rendido buenos servicios. Le costaba caro, mucho, pero lo valía. El Coronel pertenecía al clan de Sadam, ambos eran de Tikrit, y estaba en su círculo de confianza en el departamento de Seguridad del Estado, de manera que Tannenberg siempre estaba informado de lo que sucedía en Palacio.

– Vamos, dime quién mandó a esos hombres -le insistía el Coronel.

– Te juro que no lo sé. Eran italianos, de una empresa, Investigaciones y Seguros, les contrataron para seguir a Clara, pero no dijeron más, porque no sabían más. Si lo hubiesen sabido, te aseguro que habrían hablado.

– No creo que a nadie le interese hacer nada a tu nieta.

– Yo tampoco lo creo, pero si alguien le hace algo es como un castigo hacia mí.

– Y tú, viejo amigo, tienes muchos enemigos.

– Sí, y también amigos. Cuento contigo.

– Sabes que sí, pero necesitaría que me dijeras algo más. Tú tienes amigos poderosos. ¿Les has ofendido?

Alfred no se movió de su asiento ni alteró la expresión de su rostro.

– Tú también tienes amigos poderosos. Nada menos que George Bush, que va a mandar aquí a sus marines para echaros al mar.

El Coronel soltó una risotada mientras encendía un cigarro egipcio. Le gustaban porque eran aromáticos.

– Me tendrías que decir algo más; si no, me será difícil ayudarte a proteger a Clara.

Te aseguro que no sé quién envió a esos dos hombres. Lo que te pido es que refuerces la seguridad de la Casa Amarilla y estés atento a cualquier información. Soy yo el que te pido que me ayudes a averiguar quién mandó a esos desgraciados.

– Lo haré, amigo, lo haré. ¿Sabes?, llevo unos días preocupado. Creo que habrá guerra, por más que en Palacio piensen que Bush nos amenaza pero que en el último momento dará marcha atrás. Mi impresión es que va a intentar acabar lo que empezó su padre.

– Yo también lo creo.

– Me gustaría poner a mi esposa e hijas a salvo. Mis dos hijos están en el ejército, de manera que por ellos bien poco puedo hacer por ahora, pero las mujeres… me preocupa lo que costará.

– Yo me encargaré.

– Eres un buen amigo.

– Y tú también.

Alfred Tannenberg no sabía quién ni por qué había mandado seguir a Clara. Los investigadores eran italianos, de manera que alguien los contrató en Roma y habían seguido la pista de su nieta hasta Irak. O bien le buscaban a él. Pero ¿quién?

O bien querían asustarle, avisarle de que no podía romper las normas, que no le permitirían que entregara a su nieta la Biblia de Barro.

Sí, pensó, era eso, eran «ellos», sus viejos amigos. Pero en esta ocasión no se saldrían con la suya. Su nieta encontraría la Biblia de Barro y suya sería la gloria. No permitiría que nadie se cruzara en la vida de Clara.

Se sintió mareado, pero haciendo un esfuerzo sobrehumano continuó andando hacia el coche. Sus hombres no podían ver en él ningún signo de debilidad. Tendría que suspender el viaje a El Cairo. El especialista le esperaba para hacerle nuevas pruebas y operarle si fuera preciso. Pero no iba a volver a meterse en un quirófano, ahora menos que nunca. Podrían dormirle para siempre. Ellos eran capaces de eso y más. Y no porque no le quisieran: le querían, pero nadie se saltaba las normas. Además, pensó, por más que los médicos lo intentaran era inútil pretender que le alargaran la vida. A él lo único que le quedaba por hacer era acelerar aún más todos sus planes para que Clara comenzara a excavar.

Pidió que le llevaran al Ministerio de Cultura. Necesitaba hablar con Ahmed.

Éste estaba hablando por teléfono cuando Tannenberg entró en su despacho; aguardó impaciente a que terminara la, conversación.

– Buenas noticias: era el profesor Picot -dijo Ahmed después de colgar-. No se compromete a nada, pero dice que: vendrá a echar un vistazo. Si le convence lo que ve, regresará con un equipo para que empecemos a excavar. Voy a llamar a Clara, tenemos que organizarlo todo.

– ¿Cuándo llega ese tal Picot?

– Mañana. Viene desde París. Quiere que vayamos inmediatamente a Safran; también quiere ver las dos tablillas… se las tendrás que enseñar.

– No, yo no veré a ese Picot. Sabes que nunca veo a nadie que no deba ver.

– Nunca he sabido por qué criterio ves a unas personas y a otras no

– Eso a ti no te concierne. Te encargarás de todo; quiero que ese arqueólogo os ayude. Ofrécele lo que haga falta.

– Alfred, Picot es rico, no hay nada que podamos ofrecerle. Si se convence de que las ruinas de Safran merecen la pena, vendrá; de lo contrario, nada ni nadie le convencerá.

– ¿Dónde están los arqueólogos iraquíes? ¿Qué se ha hecho de ellos?

– Sabes que nunca hemos tenido grandes arqueólogos; somos pocos, y los que han podido se han marchado hace tiempo. Dos de los mejores están dando clases en universidades norteamericanas, y ya son más norteamericanos que la estatua de la Libertad; no regresarán jamás. Además, te recuerdo que hace meses que los funcionarios cobramos la mitad del sueldo, y que esto no es América, donde hay fundaciones, bancos, empresas que se dedican a financiar misiones arqueológicas. Esto es Irak, Alfred, Irak. De manera que no vas a encontrar más arqueólogos que a mí y a un par más que a duras penas nos ayudarán.

– Les pagaremos bien. Hablaré con el ministro, necesitaréis un avión que os traslade a Safran, o mejor quizá un helicóptero.

– Podríamos ir a Basora y de allí…

– No perdamos el tiempo, Ahmed. Hablaré con el ministro. ¿A qué hora llega Picot?

– Mañana por la tarde.

– Llevadle al hotel Palestina.

– ¿No podríamos invitarle a casa? El hotel no está en su mejor momento.

– Irak no está en su mejor momento. Seamos civilizados a la europea, allí nadie te metería en su casa sin conocerte, y nosotros no conocemos a Picot. Además, no quiero a nadie merodeando por la Casa Amarilla. Terminaríamos encontrándonos, y ya te he dicho que yo no existo para Picot.

Ahmed asintió a las indicaciones del abuelo de Clara. Se haría lo que él decía, como siempre. Nadie llevaba la contraria a Alfred Tannenberg.

– ¿El Coronel te ha dicho algo de los hombres que seguían a Clara?

– No, sabe menos que nosotros.

– ¿Era necesario matarles?

Alfred frunció el ceño. No le gustaba la pregunta de Ahmed. Éste se sorprendió de haber verbalizado su pensamiento.

– Sí, lo era. Quien les ha enviado ahora sabe a qué clase de juego jugamos.

– Van a por ti, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Por la Biblia de Barro?

– Eso es lo que aún debo averiguar.

– Nunca te lo he preguntado, en realidad nadie se atreve á hablar de ello, pero ¿a tu hijo le mataron?

– Sufrió un accidente en el que él y Nur murieron.

– ¿Le mataron, Alfred?

Ahmed miró con dureza al anciano pero éste le sostuvo la mirada. Ni siquiera pestañeaba cuando le hurgaban en la herda abierta por la muerte de Helmut y su esposa.

– Helmut y Nur están muertos. No hay nada más que debas saber.

Los dos hombres se midieron durante unos segundos, pero fue Ahmed quien bajó la mirada, incapaz de soportar el hielo de los ojos acerados de aquel anciano que cada día se le antojaba más terrible.

– ¿Vacilas, Ahmed?

– No.

– Mejor así. He sido todo lo sincero que puedo ser contigo. Conoces la naturaleza del negocio. Algún día lo llevarás tú, seguramente antes de lo que tú te imaginas y yo quiero. Pero no me juzgues; no lo hagas, Ahmed, no se lo consiento a nadie, tampoco a ti, y de nada te serviría el escudo de Clara.

– Lo sé, Alfred, sé la clase de hombre que eres.

No había desprecio en el tono de voz de Ahmed, sólo la constatación de que sabía que estaba trabajando para el mismo demonio.

7

A las cuatro de la tarde no había un alma en el barrio de Santa Cruz, el barrio de calles estrechas y plazas recoletas que resume mejor que ningún otro la esencia de Sevilla. Las contraventanas de los balcones de la casa de dos plantas que ocupaba la familia Gómez estaban cerradas. El sol de septiembre se empeñaba en calentar a cuarenta grados, y a pesar del aire acondicionado que aliviaba el rigor solar, nadie en su sano juicio en Sevilla habría tenido las contraventanas abiertas, ni siquiera entreabiertas

El frescor lo daba la oscuridad; además, aquélla era la hora de la siesta.

El mensajero apretó por tercera vez el timbre, fastidiado. La mujer que le abrió la puerta parecía malhumorada. Se notaba que estaba durmiendo y el timbre la había arrancado del sopor de la tarde.

– Este sobre es para don Enrique Gómez. Me han dicho que se lo entregue en persona.

– Don Enrique está descansando. Déjemelo, ya se lo daré.

– No, no puedo, tengo que asegurarme que don Enrique recibe el sobre.

– Oiga, le digo que yo se lo daré.

– Y yo le digo que o se lo entrego a ese señor o me llevo sobre. Soy un mandado y cumplo con lo que me dicen.

– ¡Oiga, haga el favor de dármelo!

– ¡Que le digo que no!

La mujer había alzado la voz y el mensajero también. Se escuchó un rumor de voces y unos pasos presurosos.

– ¿Qué sucede, Pepa?

– Nada, señora, este mensajero, que insiste en que tiene que entregar personalmente el sobre al señor y yo le digo que no.

– Démelo -pidió la mujer al mensajero.

– No, señora, tampoco voy a dárselo a usted. O se lo entrego al señor Gómez o me voy.

Rocío Álvarez miró al mensajero de arriba abajo pensando en cerrarle la puerta en las narices. Pero un sexto sentido le impidió hacerlo. Ella sabía que debía ser prudente con cuanto concernía a su marido. Así que, mordiéndose el labio inferior y muy a su pesar, mandó a Pepa al piso superior a avisar a su marido.

Enrique Gómez bajó enseguida, y midió al mensajero con una mirada; llegó a la conclusión de que era eso, sólo un mensajero.

– Rocío, Pepa, no os preocupéis, ya atiendo yo a este señor.

Arrastró la palabra «señor» para incomodar al mensajero que, sudoroso y con un palillo entre los dientes le observaba impertinente.

– Oiga, jefe, yo no quería fastidiarle la siesta, yo hago lo que me mandan y a mí me han dicho que le dé este sobre en mano.

– ¿Quién lo envía?

– ¡Ah, eso no lo sé! La empresa me lo ha entregado y yo se lo traigo. Si quiere saber algo llame a la empresa.

No se molestó en responder. Firmó el recibo, cogió el sobre y cerró la puerta. Al darse la vuelta se encontró a Rocío, al pie de la escalera, mirándole con preocupación.

– ¿Qué pasa, Enrique?

– ¿Qué va a pasar, mujer?

– No sé, pero me ha entrado sofoco, como si en ese sobre te llegaran malas noticias.

– ¡Pero qué cosas dices, Rocío! El mensajero era un bruto al que le han dicho que traiga el sobre y me lo dé y no se ha bajado del burro. Vamos, vete a descansar que con este calor no se puede hacer otra cosa. Enseguida subo.

– Pero si es algo…

– ¡Pero qué va a ser, mujer! Anda, déjame.

Se sentó tras la mesa de su despacho y con preocupación abrió el abultado sobre tamaño folio. No pudo evitar una mueca de disgusto y asco ante las fotos que tenía ante sí. Buscó alguna carta dentro del sobre y no le sorprendió ver en un folio la letra apretada de Alfred Tannenberg.

Pero ¿quiénes eran esos hombres a los que había matado?

Volvió a echar una ojeada a las fotos. Lo que veía eran dos hombres reventados por una paliza, con los rostros irreconocibles. En otra serie aparecían con un orificio de bala en la cabeza.

En el folio, sólo tres palabras: «Esta vez, no».

Rompió el papel en pedazos diminutos y se los guardó en el bolsillo de la chaqueta para echarlos al inodoro. En cuanto a las fotos, no sabía qué hacer con ellas, así que de momento las guardaría en la caja fuerte.

Cuando subió a su habitación su mujer le esperaba inquieta.

– ¿Qué era, Enrique?

– Una tontería, Rocío, una tontería, no te preocupes. Anda, vamos a descansar, que aún no son las cinco.

* * *

El botones se acercó a los dos hombres que charlaban animadamente mientras desayunaban en aquel rincón del bar del hotel, en el que desde un ventanal se divisaba la playa de Copacabana. Dirigiéndose al de más edad, le entregó un sobre grande, abultado, tamaño folio.

Perdone, señor, lo acaban de traer para usted y en recepción me indicaron que estaba usted aquí.

– Gracias, Tony.

– De nada, señor.

Frank Dos Santos colocó el sobre en un maletín y continuó hablando despreocupadamente con su socio. A mediodía llegaría Alicia e irían a almorzar; luego pasarían la tarde y la noche juntos. Hacía mucho tiempo que no iba a Río, demasiado, pensó. Vivir al borde de la selva le hacía perder la noción del tiempo.

Poco antes de las doce subió a la suite que tenía reservada en el hotel. Se miró en el espejo del vestíbulo diciéndose que para ser un anciano de ochenta y cinco años todavía tenía cierta apostura. Aunque daba lo mismo, Alicia se comportaría como si él fuera Robert Redford, le pagaba para eso.

* * *

Estaba a punto de subir a su avión privado cuando vio a uno de sus secretarios corriendo por la pista.

– ¡Señor Wagner, espere!

– ¿Qué sucede?

– Tenga, señor, ha llegado este sobre con un mensajero. Viene de Ammán y al parecer es muy urgente. Insistieron en que usted debía de tenerlo de inmediato.

George Wagner cogió el sobre y sin siquiera dar las gracias continuó subiendo por la escalerilla del avión.

Se sentó en un cómodo sillón y mientras su azafata personal le preparaba un whisky rasgó el sobre.

Observó las fotos con un gesto de desprecio y arrugó con furia el papel manuscrito de Alfred con tres palabras: «Esta vez, no».

Se levantó de su asiento e hizo una indicación a la azafata. Ésta se apresuró a acudir a recibir órdenes de su jefe.

– Dígale al comandante que aplace el vuelo. Tengo que regresar al despacho.

– Sí, señor.

Llevaba la furia asomando en la mirada. Mientras cruzaba la pista camino de la terminal de aviones privados sacó su móvil e hizo una llamada a muchos kilómetros de distancia.

* * *

¡Maldita señora Miller! Robert Brown maldecía en su fuero interno a la esposa del senador. Le dolía la espalda de estar sentado sin ningún respaldo sobre una manta en la hierba de la mansión de los Miller. Para colmo, no había visto a su Mentor. Le había dicho que se verían en el picnic, pero no había aparecido.

Sintió alivio al ver acercarse a Ralph Barry. Él le libraría de la pelma de la esposa del senador, que intentaba convencerle de que donara una generosa cantidad de dólares para los futuros huérfanos de Irak.

– Ya sabe, querido señor Brown, que la guerra dejará secuelas. Desgraciadamente los niños corren con la peor parte, de manera que mis amigas y yo hemos formado un comité para ayudar a los huérfanos.

– Naturalmente que puede contar con mi aportación personal, señora Miller. En cuanto usted lo estime oportuno, dígame dónde debo transferir la cantidad que usted me indique.

– ¡Oh, qué generoso! Yo no debo decirle con cuánto debe de colaborar. Se lo dejo a su criterio.

– ¿Quizá diez mil dólares?

– ¡Estupendo! Diez mil dólares nos serán de gran ayuda.

Ralph Barry se acercó. Llevaba en la mano un sobre abultado, que le entregó.

– Acaba de llegar de Ammán. El mensajero asegura que es urgente.

Robert Brown se levantó disculpándose con la esposa del senador y se dirigió hacia la casa para buscar un rincón discreto. Barry le acompañaba, sonriente y relajado. Para un ex profesor como él, codearse con la crema de la sociedad de Washington significaba poder decir que había llegado a la cumbre.

En un pequeño salón encontraron un rincón donde sentarse. Brown abrió el sobre y sacó las fotos. Su expresión se convirtió en una mueca.

– ¡Qué cabrón! -exclamó-. ¡Qué hijo de puta!

Luego leyó la nota con las tres palabras manuscritas: «Esta vez, no».

Ralph Barry notaba la tensión de su jefe, pero aguardó a que éste le enseñara las fotos del sobre. Pero Brown no lo hizo. Volvió a guardarlas sin ocultar un gesto de rabia.

Búscame a Paul Dukais.

– ¿Qué pasa?

– Nada que te importe, aunque bien pensado… te lo diré: tenemos problemas, problemas con Alfred. No me quedaré mucho en esta estúpida fiesta. En cuanto hable con Paul me marcho.

Ralph Barry no hizo ningún comentario y fue en busca del presidente de Planet Security.

* * *

El helicóptero sobrevoló Tell Mughayir, la antigua Ur, antes de divisar Safran; al aterrizar levantó una polvareda amarilla que hacía honor al nombre de la aldea.

La Safran moderna apenas eran tres docenas de casas construidas con adobe e intemporales, aunque en el tejado de alguna de ellas la antena del televisor delataba la época. A menos de un kilómetro, la antigua Safran aparecía cercada por palos cintas que delimitaban el perímetro con carteles de «Prohibido pasar» y «Propiedad del Estado».

A los campesinos de Safran poco les importaba cómo habían vivido sus antepasados; bastante tenían con sobrevivir e el presente. Les extrañaba, eso sí, que desde que cayó la maldita bomba unos cuantos soldados hubieran acampado junto al agujero en donde decían que estaban los restos de una antigua aldea o quizá de un palacio. A lo mejor quedaba algún tesoro, pero la presencia de los cuatro soldados era disuasoria.

El Coronel nada más había podido desplazar a cuatro hombres a aquella recóndita aldea entre Ur y Basora, pero eran suficientes para mantener a raya a los campesinos, que de nuevo observaban el cielo extrañados y temerosos por el ruido infernal del helicóptero.

Yves Picot observaba de reojo a Clara Tannenberg. Le resultaba exótica. Los ojos de un color azul acero, en un rostro moreno, enmarcado por una larga melena castaña. La suya no era una belleza a primera vista; había que ir mirándola poco a poco para darse cuenta de la armonía de sus facciones y de su mirada inteligente e inquieta.

La había juzgado una histérica caprichosa, pero quizá se había precipitado en el juicio. Sin duda la vida la había tratado bien, sólo había que echar un vistazo a cómo vestía en aquel Irak cada vez más empobrecido. Pero además la conversación que tuvieron la noche anterior, cenando en el hotel, más la que mantenían casi a gritos en el helicóptero, le hacían intuir que Clara era más que caprichosa, voluntariosa; además, parecía una arqueóloga capaz, aunque eso ya lo vería sobre el terreno.

Quien sí era un arqueólogo solvente era Ahmed Huseini, eso era evidente. Además, Huseini no decía una palabra de más, pero las que decía estaban cargadas de razón y conocimientos profundos de la realidad mesopotámica.

El helicóptero militar aterrizó cerca de la tienda donde los cuatro soldados del Coronel se resguardaban.

Saltaron a tierra mientras intentaban taparse el rostro. En un segundo estuvieron mascando el polvo fino y amarillento aquel lugar recóndito, mientras algunos aldeanos curiosos se acercaban a ver quién llegaba.

El jefe de la aldea reconoció a Ahmed Huseini y se dirigió hacia él; luego saludó a Clara con una inclinación de cabeza.

Acompañados por el jefe de la aldea y por los soldados recorrieron el lugar.

Picot y Ahmed se deslizaron por el agujero que dejaba entrever los restos de una edificación de la que por falta de medios apenas habían podido desbrozar un perímetro de doscientos metros.

Yves Picot escuchaba con atención las explicaciones de Ahmed, y éste respondía a cuantos interrogantes le planteaba el arqueólogo francés.

Al descubierto quedaba una habitación cuadrada con numerosos estantes donde se amontonaban restos de tablillas destrozadas.

Clara no soportaba estar contemplando desde arriba el trajín de los dos hombres y escuchando cómo Ahmed explicaba que las pocas tablillas que habían encontrado intactas las habían trasladado a Bagdad. Impaciente, pidió a los soldados que le ayudaran a deslizarse hasta donde estaban ellos.

Estuvieron más de tres horas mirando, raspando, midiendo, rescatando restos de tablillas en las que apenas se podía leer su contenido, tan pequeños eran los pedazos a que habían quedado reducidas.

Cuando salieron del agujero estaban cubiertos por una capa fina de polvo amarillo.

Ahmed y Picot hablaban animadamente sin hacer demasiado caso a Clara. Los dos hombres parecían congeniar a su pesar, admitiendo cada uno la competencia en la materia del otro.

– El campamento podríamos montarlo junto a la aldea. Podríamos contratar a algunos hombres de aquí para que ayuden en las tareas más elementales. Pero necesitamos expertos, gente preparada que no destroce la edificación. Además, tú mismo lo has visto, puede que encontremos más edificios, incluso el antiguo Safran. Podría conseguir tiendas del ejército, aunque no son cómodas, y quizá, unos cuantos soldados más para garantizar la seguridad.

– No me gustan los soldados -afirmó con rotundidad Picot.

– En esta parte del mundo son necesarios -respondió Ahmed.

– Ahmed, los satélites espías barren Irak, de manera que si detectan un campamento militar, el día en que decidan bombardear arrasarán este lugar. Creo que debemos hacerlas cosas de otra manera. Nada de tiendas militares, ni de soldados. Al menos no más de estos cuatro, que pueden servir de elemento disuasorio si algún aldeano quiere pasarse de listo. Si vengo a excavar será con equipos civiles y material civil.

– ¿Vendrá? -preguntó con cierta ansiedad Clara.

– Aún no lo sé. Quiero ver esas dos tablillas de las que me hablaron, más las otras que dicen haber encontrado aquí con la rúbrica de ese Shamas. Hasta que no las analice, no me haré una opinión más sólida. En principio esto parece interesante; creo, como su marido, que éste es un antiguo templo-palacio y que además de tablillas podríamos encontrar algo más. Tampoco me atrevería a afirmarlo con rotundidad. La respuesta que me tengo que dar a la pregunta que me estoy haciendo es si lo que veo merece la pena para trasladar aquí a veinte o treinta personas con los medios que requiere una excavación de esta índole, y el coste económico que supondrá, en unas circunstancias que no son las propicias. Un día de éstos aparecerán los F-18 del Tío Sam y les achicharrarán. Van a arrasar Irak, y no veo la razón para que no nos lleven por delante a nosotros si estamos aquí. Dudo mucho que les importe que estemos intentando rescatar las ruinas de un templo-palacio de unos cuantos siglos antes de Cristo. De manera que venir aquí ahora es correr un riesgo innecesario. Quizá después de la guerra…

– ¡Pero no podemos dejar esto así! ¡Se destruirá! La voz de Clara denotaba angustia.

– Sí, señora, sin duda tiene razón. Los F-18 no dejarán nada, excepto más polvo amarillo; la cuestión es si quiero jugarme el pellejo, además del dinero, en una aventura como ésta. No soy Indiana Jones y tengo que analizar, con riesgo de equivocarme, cuánto tiempo más o menos tardarán los yanquis en bombardear, cuánto tardaría en formar un equipo y trasladarlo aquí, cuánto tiempo invertiríamos en obtener algún resultado…

»La guerra será como mucho en seis u ocho meses. Lean los periódicos. Hace tiempo descubrí que los periódicos lo cuentan todo, pero es tal el volumen de información y la mezcolanza de noticias, que al final lo evidente no lo vemos. Bien, ¿en seis meses conseguiríamos algo? En mi opinión, no. Ustedes saben que una excavación de esta envergadura requiere años.

– De manera que ya tiene la decisión tomada. Sólo ha venido por curiosidad -afirmó más que preguntó Clara.

– Tiene razón, he venido porque sentía curiosidad; en cuanto a la decisión, aún no la tengo del todo tomada. Hago de mi propio abogado del diablo.

– Las tablillas que quiere ver están en Bagdad. Las verá allí. Antes queríamos que se hiciera una idea de este lugar -terció Ahmed.

El jefe de la aldea les invitó a refrescarse y tomar una taza de té, y algo de comer. Aceptaron, contribuyendo con las bolsas de comida que habían llevado consigo. Para Ahmed y Clara fue una sorpresa escuchar hablar en árabe a Picot.

– Habla usted bastante bien el árabe. ¿Dónde lo ha aprendido? -le preguntó Ahmed.

– Lo comencé a estudiar el día en que decidí que mi vocación era la arqueología. Si quería excavar, sería en buena parte en países de habla árabe, de manera que como nunca me han gustado los intermediarios comencé a aprender árabe. No lo hablo bien del todo, pero sí lo suficiente para entender y que me entiendan.

– ¿Lo lee y lo escribe también? -quiso saber Clara.

– Sí, también lo leo y lo escribo.

El jefe de la aldea resultó ser un hombre sagaz, encantado de tener allí a esos visitantes que si se decidían a excavar llevarían prosperidad a las gentes del lugar.

Conocía a Clara y Ahmed porque éstos habían comenzado las excavaciones, hasta que las tuvieron que dejar por falta de medios. Los hombres de la aldea no tenían suficientes conocimientos para ayudarles sin destrozar lo que encontraran por medio.

– El jefe nos ofrece que nos alojemos en su casa a pasar la noche. También podemos hacerlo en la tienda militar que hemos traído en el helicóptero. Mañana podríamos ir a visitar la zona para que se haga una idea del paraje; incluso podríamos llegar a Ur, o si no podemos regresar a Bagdad ahora. Usted decide.

Yves Picot no tardó en tomar una decisión. Aceptó pasar la noche en Safran para el día siguiente visitar los alrededores. Este viaje adquiría para él una nueva dimensión. El trayecto en helicóptero desde Bagdad, la soledad inmensa de la tierra amarilla que se abría ante sus ojos, la incomodidad como elemento de aventura. Pensó que quizá nunca regresaría a aquel lugar y en caso de hacerlo sería con al menos una veintena de personas, de manera que no podría disfrutar de la quietud que todo lo envolvía.

Ahmed había previsto la posibilidad de que se quedaran a dormir. De manera que el Coronel había dado orden a los soldados que les escoltaban de que dispusieran de tiendas y raciones de víveres, pero él había pedido a Fátima que se encargara de organizar unas cuantas bolsas con comida y bebida. La mujer se había esmerado, preparándoles en distintas tarteras ensaladas, humus, pollo frito, además de bocadillos y distintas clases de frutas.

Clara había protestado por el exceso de comida, pero Fátima no estaba dispuesta a que se fueran sin lo que había preparado, así que estaban bien surtidos.

Los soldados levantaron dos tiendas, cerca de la de sus cuatro compañeros que guardaban las ruinas. Picot podía dormir con ellos, y en la otra Ahmed y Clara. Pero el jefe de la aldea se empeñó en que Ahmed y Clara durmieran en su casa y así se decidió para satisfacción de Picot, que podría disfrutar de una tienda para él solo.

Bebieron té y comieron pistachos junto a otros hombres que se acercaron a la casa del jefe de la aldea. Se ofrecían para trabajar en las excavaciones. Querían fijar las cantidades que percibirían por cada jornada de trabajo. Y Ahmed, secundado por Picot, inició un largo regateo.

A las diez de la noche la aldea estaba sumida en el silencio. Los campesinos amanecían con el sol, de manera que se acostaban pronto.

Clara y Ahmed acompañaron a Picot a su tienda. Ellos también iniciarían la jornada apenas saliera el sol.

Después, en silencio, se dirigieron hacia los restos de aquel edificio que les tenía fascinados. Se sentaron sobre la arena, apoyados en los muros de adobe de aquel palacio milenario. Ahmed encendió un cigarro para Clara y otro para él. Ambos fumaban, pero juraban cada día que sería el último, sabiendo que no lo cumplirían. Pero, por fumar, en Irak no te convertías en un proscrito como en Estados Unidos o en Europa. Las mujeres fumaban en casa o en lugares cerrados, nunca en la calle; Clara seguía esa norma.

El manto de estrellas parecía templar aún más la noche. Clara dormitaba intentando imaginar cómo había sido aquel lugar dos mil años atrás. En aquel silencio escuchaba cientos de voces de mujeres, niños, hombres. Campesinos, escribas; reyes, todos estaban allí pasando ante sus ojos cerrados, donde eran tan reales como la noche.

Shamas. ¿Cómo habría sido Shamas? A Abraham, padre de todos los hombres, se lo imaginaba como el pastor seminómada que fue, viviendo en tiendas, bordeando el desierto con sus rebaños de cabras y ovejas, durmiendo al cielo raso en noches estrelladas como ésa.

Abraham debía de tener la barba larga y gris y el cabello espeso y enmarañado. Era alto, sí, le veía alto, de porte imponente, que inspiraba respeto por dondequiera que fuera.

La Biblia le presentaba también como un hombre astuto y duro, como un conductor de hombres, además de rebaños.

Pero ¿por qué Shamas acompañó al clan de Abraham hasta Jaran y luego regresó? De los restos de tablillas encontradas allí en Safran eso es lo que se podía deducir.

– Clara, despierta, vamos, es tarde.

– No estoy dormida.

– Sí, sí lo estás; anda, vamos.

– Vete tú, Ahmed, déjame estar un rato en este lugar.

– Es tarde.

– Apenas son las once y los soldados están cerca, no me pasará nada.

– Clara, por favor, no te quedes aquí.

– Pues quédate conmigo, así en silencio, como estábamos. ¿Tienes sueño?

– No. Me fumaré otro cigarro y luego nos vamos. ¿De acuerdo?

Clara no respondió. No pensaba irse de aquel lugar en un buen rato, quería seguir sintiendo el frío del adobe clavado en las costillas.

8

Ili abrazó a Shamas. El niño se iba con su clan y sentía una punzada de pesar al tiempo que alivio. El crío era imposible de disciplinar. Inteligente, sí, pero incapaz de concentrarse en nada que no le interesara. Seguramente no volvería a verle, aunque no era la primera vez que el clan de Téraj marchaba hacia el norte en busca de pastos y con carga para comerciar.

Había oído decir a algunos hombres que a lo mejor en esa ocasión cruzarían hasta la orilla del Tigris para llegar hasta Asur y de allí a Jaran.

Fueran por donde fuesen, el caso es que tardaría mucho tiempo en volver a verles, si es que regresaban todos.

– Recordaré cuanto me has enseñado -prometía Shamas.

Ili no le creyó. Sabía que mucho de cuanto le había enseñado se había perdido en el aire, porque en muchas de las clases Shamas ni siquiera le escuchaba. De manera que le dio una palmada en la espalda y le entregó unos cuantos cálamos de caña y hueso. Era un regalo para un alumno al que nunca olvidaría por los muchos ratos agridulces que le había hecho pasar.

Estaba amaneciendo y el clan de Téraj estaba preparado para iniciar el largo camino hasta la tierra de Canaán.

Más de cincuenta personas se pusieron en marcha junto a sus enseres y animales.

Shamas buscó a Abrán, que iba en cabeza junto a Yadin, su padre, y otros hombres del clan. El niño no consiguió que ninguno le prestara atención. Los hombres aún no se habían puesto de acuerdo sobre la ruta y Téraj, cansado, acabo la discusión indicando que no se separarían del Éufrates, que se acercarían a Babilonia, pasarían por Mari, y de allí a Jaran antes de continuar hasta Canaán.

El niño comprendió que debía dejar pasar algunos días antes de pedir a Abrán que iniciara el relato de la Creación. Primero tendrían que acostumbrarse a la rutina de la marcha, por más que ésta había sido repetida en otras ocasiones. Pero los primeros días siempre surgían fricciones hasta que unos y otros se acomodaban a caminar al paso de ovejas y cabras, y a vivir con el cielo como techo.

Una tarde, mientras las mujeres cogían agua del Éufrates y los hombres contaban el rebaño, Shamas vio a Abrán alejarse por un sendero cercano al río y le siguió.

Abrán caminó un buen trecho, luego se sentó en una piedra alargada y plana junto al río al que distraídamente tiraba los guijarros que encontraba a su alcance en la orilla.

Shamas se dio cuenta de que Abrán meditaba, de manera que no se hizo presente para no importunarle. Esperaría a que regresara al campamento para hablar con él.

Al cabo de un rato escuchó que Abrán le llamaba.

– Ven, siéntate aquí -le dijo al niño indicándole una piedra cercana.

– ¿Sabías dónde estaba?

– Sí, me seguiste desde el campamento, pero sabía que no me importunarías hasta que terminara de pensar.

– ¿Has hablado con Él?

– No, hoy no ha querido hablar conmigo. Le he buscado, pero no he sentido su presencia.

– A lo mejor porque estaba yo cerca -respondió el niño compungido.

– A lo mejor. Pero quizá no tenía nada que decirme.

Shamas se tranquilizó con esta respuesta; encontró natural que Dios no hablara por hablar.

– He traído cálamos, Ili me los regaló.

– ¿Al final os reconciliasteis?

– Procuré ser mejor alumno, pero sé que no cumplí mis deberes como todos esperaban. No es que no quiera saber, claro que quiero, pero…

– ¿Prefieres acompañar al clan?

– ¿Siempre?

– Sí, siempre.

– ¿Puedo aprender todo lo que sabe Ili yendo de un lugar a otro?

– Hay otros lugares donde te pueden enseñar. Ahora ya has dejado a Ili atrás, piensa en otras cosas.

– Sí, por eso te he seguido, quería pedirte que me empezaras a contar como Él hizo el mundo y por qué.

– Lo haré.

– Pero ¿cuándo?

– Podemos empezar mañana.

– ¿Y por qué no ahora?

– Porque está oscureciendo y tu madre estará preocupada sin saber dónde estás.

– Tienes razón, pero mañana, ¿en qué momento?

– Yo te lo diré. Vamos, no nos retrasemos más.

Pero no empezaron al día siguiente, ni al otro, tampoco al otro. Las largas caminatas, el cuidado del ganado, algún que otro incidente con aldeanos de los lugares en donde acampaban, impedían a Abrán encontrar la calma necesaria para explicarle a Shamas por qué Él creó el mundo. Pero el niño no renunciaba a preguntar a Abrán por ese Dios más poderoso que Enlil, Ninurta e incluso que Marduk, de manera que durante el largo camino hacia Jaran, Shamas escuchó contar a Abrán que no había más Dios que Él, que los otros eran sólo de barro.

– Entonces, ¿Marduk no luchó contra Tiamat?

– Tiamat la diosa del caos… -respondía sonriente Abrán-. ¿Tú crees que hay un dios encargado del caos, otro del agua, otro de los cereales, otro de las ovejas, otro de las cabras?

– Eso me enseñó Ili. Verás, Marduk luchó contra Tiamat, y la dividió en dos pedazos, con uno hizo el Cielo, con el otro la Tierra. Y de sus ojos brotaron el Tigris y el Éufrates, y con la sangre del marido de la diosa, el dios Kingu, modeló al hombre. Marduk se lo dijo a Ea: «Voy a amasar sangre y formar huesos. Voy a crear un salvaje, cuyo nombre será "hombre". Voy a crear al ser humano, el hombre, que se encargue del culto de los dioses para que puedan estar a gusto».

Shamas repitió las palabras escuchadas tantas veces a Ili, que instaba a sus alumnos a aprender el Enuma Elish, el poema de la creación del hombre.

Vaya, al parecer si aprendiste algo de lo que te enseñó Ili.

– Sí, pero dime la verdad, ¿Marduk existe?

– No, no existe.

– ¿Sólo existe tu Dios?

– Sólo existe Dios.

– Entonces, ¿todos los hombres están equivocados menos tú?

– Los hombres intentan explicarse lo que pasa y miran al cielo pensando que allí hay un dios para cada cosa. Si miraran dentro de su corazón, hallarían la respuesta.

– ¿Sabes?, yo procuro mirar en mi corazón como tú me dices, pero no encuentro nada.

– Sí, sí que encuentras, has encontrado el camino para llegar a Dios, puesto que preguntas por Él y quieres encontrarle.

– ¿Es verdad que destruiste el taller donde Téraj modelaba figuras de dioses?

– No lo destruí, sólo quise demostrar que eran barro, y que dentro de ese barro no había nada. Mi padre hacía los dioses. ¿Es acaso Téraj un dios?

El niño rió con ganas. No, realmente Téraj no era un dios. El anciano padre de Abrán, de barba poblada, no parecía un dios. Gritaba enfadado cuando los niños no le permitían descansar en las horas en que el sol abrasaba y ordeñaba las cabras al amanecer. Los dioses no ordeñan cabras, se decía Shamas.

Según se acercaban al norte, el tiempo cambiaba imperceptiblemente. Una tarde el cielo se coloreó de gris y luego descargó millones de gotas de agua sobre el campamento de Téraj.

Guarnecidos en las tiendas, los hombres hablaban mientras las mujeres preparaban el alimento del fin de la jornada y los niños jugaban a escaparse de la seguridad de las tiendas de piel. Un anciano anunció que estaban cerca de los pastos de Jaran, y Téraj asintió diciendo que allí descansarían un tiempo, puesto que en esa tierra tenían parientes, y él mismo provenía de allí.

Shamas se alegró. Tenía ganas de asentarse en algún lugar. Decididamente, aquel ir de un lugar a otro no le terminaba de gustar. Incluso echaba de menos la casa de las tablillas donde Ili le enseñaba. Salvo sus conversaciones con Abrán, en el clan nadie parecía especialmente interesado por hablar de nada que no fuera la salud del ganado y las incidencias de la jornada.

Esa noche bajo el manto de lluvia, mientras Téraj explicaba que se quedarían en Jaran, Shamas preguntó a su padre si podría encontrar otra casa de las tablillas donde continuar su aprendizaje.

Yadin se sorprendió al escuchar a su hijo semejante petición.

– Creía que ir a la escuela era para ti un castigo.

– Estaba equivocado, padre, prefiero aprender que andar.

– Así vivimos nosotros, Shamas. No desprecies lo que somos.

– No, padre, no lo desprecio. Me gusta dormir mirando a las estrellas y jugar desde el amanecer. He dado nombre a todas nuestras cabras y ovejas, y aprendido a ordeñar. Pero echo de menos saber.

El padre de Shamas se quedó pensativo. Sabía de la inteligencia de su hijo, y este viaje al norte le había cambiado a ojos vista: de repente añoraba el conocimiento.

Hablaría con Téraj y con Abrán para decidir la suerte del niño.

El clan se asentó fuera de las murallas de Jaran. Téraj volvería a modelar arcilla con la ayuda de sus hijos Abrán y Najor. Sus manos eran capaces de dar forma a un dios, pero también modelaba ladrillos y elaboradas vasijas. No les faltaría, pues, con qué ganarse el sustento, además de poseer los rebaños de ovejas y cabras y un buen número de burros para la carga.

Yadin le pidió a Téraj que buscara el medio de que Shamas pudiera reanudar su aprendizaje.

Una tarde, a la caída del sol, Abrán buscó a Shamas. Le encontró jugando con otros niños, pero en el rostro del pequeño había una nube de tristeza.

– Shamas -le llamó Abrán.

El niño acudió presuroso.

– He pensado que quizá, ahora que hemos llegado, podría contarte la historia del mundo. Podemos cocer la arcilla para hacer las tablillas y, ya que conservas los cálamos, podrías escribir por qué nos hizo Dios. ¿Sabes?, de todo lo que alcanza la vista a ver sólo permanecerá lo que quede escrito.

– ¿Te lo ha dicho Él?

– Lo he sentido dentro de mí. Los hijos de nuestros hijos pueden llegar a dar por ciertas las historias de los dioses porque otros hombres las han dejado escritas para siempre en la arcilla cocida. De manera que para que le conozcan a Él y sepan lo que hizo, nosotros, Shamas, lo contaremos.

– ¿Nosotros?

– Sí, yo te lo contaré y tú lo escribirás; tú mismo lo propusiste antes de que dejáramos Ur.

– Lo haremos -respondió el niño entusiasmado, consciente de su nueva responsabilidad-. ¿Cuándo empezamos?

– Mañana tendrás preparadas unas tablillas para cuando esté a punto de declinar el sol. Entonces nos encontraremos en las palmeras cercanas a nuestras tiendas y allí comenzaré a contarte la historia del mundo.

Shamas corrió hacia su tienda, preocupado. Hacía mucho tiempo que no deslizaba el cálamo sobre la arcilla, ¿se le habría olvidado? Así que pidió a sus padres que le permitieran preparar unas tablillas sobre las que practicar. No quería decepcionar a Abrán, pero sobre todo no quería decepcionarse a sí mismo.

Cuando las tuvo preparadas escribió, como le había enseñado Ili, su nombre en la parte superior: Shamas.

«Voy a escribir la historia del mundo. Abrán me la contará. Así los hombres sabrán por qué Él les creó.»

Shamas observó la tablilla y no se sintió satisfecho del resultado. Había perdido soltura con el cálamo y los signos aparecían torcidos. Decidió seguir practicando hasta que lo escrito le resultara aceptable.

«Marduk es sólo una figura de barro. Los dioses de barro son sólo barro. El Dios de Abrán no se ve, por eso es Dios. No se puede modelar, ni se puede romper.»

El niño volvió a mirar la tablilla con ojo crítico. Su padre echó un vistazo por encima de su hombro.

– Shamas, ¿qué estás escribiendo?

– Sólo practico, padre.

– No te preocupes tanto -dijo Yadin con cariño.

– No puedo escribir la historia del mundo con estos signos torcidos que no entiendo ni yo -se quejó el niño.

– Sé paciente, lo lograrás.

«Sólo hay un Dios que reina sobre el cielo y la Tierra y no comparte su poder con nadie más», continuó escribiendo Shamas, y así hasta que la luz del sol terminó de desaparecer en el horizonte, y no pudo hacer otra cosa excepto dormir.

Por la mañana, apenas amaneció, Shamas estaba pidiendo a su padre que le preparara nuevas tablillas sobre las que continuar perfeccionando la escritura. Quería que Abrán no se avergonzara de él cuando leyera lo que le contaría.

Yadin ayudó al niño a preparar varias tablillas antes de ir a cuidar el ganado. Luego iría a la ciudad a hablar con los sacerdotes para que se encargaran de completar la formación de Shamas. Téraj se había comprometido a acompañarle, puesto que era un hombre conocido en la ciudad.

«Para hablar con Dios tenemos que buscar en nuestro corazón. Abrán dice que Él no habla con palabras, pero que hace sentir a los hombres lo que quiere que hagan. Yo busco dentro de mí pero aún no soy digno de escucharle. Creo que de entre nosotros sólo ha elegido a Abrán.»

Y así Shamas continuó escribiendo durante todo el día, hasta que el sol empezó a bajar por el horizonte y, presuroso, se dirigió al palmeral donde ya le esperaba Abrán.

Shamas le mostró a Abrán las tablillas y éste no hizo ningún gesto ni de asentimiento ni de reproche.

– Te has esforzado y eso es suficiente, Shamas.

– Procuraré hacerlo mejor.

– Lo sé.

El niño se sentó apoyando la espalda en una palmera con la tablilla sobre las piernas y el cálamo en la mano izquierda, puesto que era zurdo.

Abrán comenzó a hablar, y sus palabras parecían dictadas desde la espesura del cielo:

«Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo y un viento aleteaba por encima de las aguas. Y dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien y apartó Dios la luz de la oscuridad, y llamó Dios a la luz día y a la oscuridad noche. Y atardeció y amaneció: día primero.

»Dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras»; y apartó las aguas de por debajo del firmamento. Y así fue y llamó Dios al firmamento cielo. Y atardeció y amaneció: día segundo.

»Dijo Dios: «Acumúlense las aguas por debajo del firmamento en un solo conjunto y déjese ver lo seco», y así fue. Y llamó Dios a lo seco tierra, y al conjunto de las aguas lo llamó mar, y vio Dios que estaba bien.

»Dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas según sus especies y árboles que den fruto con la semilla dentro según sus especies», y vio Dios que estaba bien. Y atardeció y amaneció: día tercero.

»Dijo Dios: «Haya luceros en el firmamento celeste para apartar el día de la noche y sirvan de señales para solemnidades, días y años y sirvan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra». Y así fue. Hizo Dios los dos luceros mayores, el lucero grande para regir el día y el lucero pequeño para regir la noche y las estrellas; y los puso Dios en el firmamento celeste para alumbrar la tierra y para regir el día y la noche y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que estaba bien. Y atardeció y amaneció: día cuarto.

»Dijo Dios: «Bullan las aguas de animales vivientes y aves revoloteen sobre la tierra frente al firmamento celeste». Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente que repta y que hacen bullir las aguas según sus especies y todas las aves aladas según sus especies; y vio Dios que estaba bien y los bendijo diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, y henchid las aguas de los mares y las aves crezcan en la tierra». Y atardeció y amaneció: día quinto.

»Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: bestias, reptiles y alimañas terrestres según su especie». Y así fue. Hizo Dios las alimañas terrestres según su especie y las bestias según su especie y los reptiles del suelo según su especie; y vio Dios que estaba bien.

»Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves del cielo y en las bestias y en todas las alimañas terrestres y en todos los reptiles que reptan por la tierra».

»Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó macho y hembra lo creó. Y los bendijo Dios con estas palabras: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla, mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra».

»Dijo Dios: «Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la faz de toda la tierra. Así como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento. Y a todo animal terrestre y a toda ave del cielo y a todos los reptiles de la tierra, a todo ser animado de vida les doy la hierba verde como alimento». Y así fue. Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien. Y atardeció y amaneció: día sexto.

»Concluyéronse, pues, el cielo y la tierra y todo su aparato y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho.

»Ésos fueron los orígenes del cielo y de la tierra, cuando fueron creados.» [7]

Abrán guardó silencio mientras Shamas acababa de escribir lo que le había contado. El niño no había levantado los ojos de la tablilla y Abrán se había dado cuenta del esfuerzo por colocar cada línea en columnas verticales sin cometer ningún fallo.

Shamas tendió las tablillas a Abrán. Había algunos signos difíciles de entender, pero en general el niño había superado con éxito la redacción sobre el origen del mundo.

– Se entiende bastante bien. Ahora guarda estas tablillas en lugar seguro, donde tus hermanos no las puedan romper, ni molesten a tu madre. Pregunta a tu padre, él te dirá dónde. Y bien, ¿qué piensas de lo que te he contado?

– Pienso que…

– Dilo, ¿qué temes?

– No quiero enfadarte, Abrán, pero la creación del mundo por Dios se parece a la creación del mundo por los dioses.

– Sí, pero hay varias diferencias.

– ¿Cuáles?

– Por ejemplo, en el poema de Enuma Elish que Ili te enseñó a recitar Marduk crea al hombre matando a la diosa Tiamat y a su esposo el dios Kingu. Pero a Marduk a su vez también le han creado. Los dioses no crean nada, hacen al hombre a partir de lo que hay, pero ¿quién crea lo que hay? Dios crea porque así lo decide, y crea de la nada, porque no necesita nada para crear.

– Pero en algo se parece lo que me cuentas y lo que me contaba Ili.

– En algo, sí. Hay hombres que han intuido un principio creador e imaginado historias de dioses para explicarlo.

– ¿Porque no han sabido escucharle a Él?

– Porque no es fácil escucharle. Estamos demasiado preocupados pensando en nosotros mismos. Dios nos castigó, castigó a todos los hombres, a los primeros y a los que vendrán después de nosotros, a buscar el sustento con su trabajo, a sufrir dolor y enfermedades, a vagar por la tierra, de manera que el hombre encuentra poco tiempo para buscar a Dios.

– ¿Y por qué nos castigó? ¿Por qué a todos los hombres? Yo aún no he hecho nada, al menos nada muy grave.

– Tienes razón, pero los primeros padres pecaron y nos condenaron a todos.

– No me parece justo.

– ¿Quién eres tú para juzgar a Dios?

– Pero ¿por qué he de aceptar una culpa no cometida?

– Mañana te lo contaré. Trae las tablillas y el cálamo.

Apenas quedaba luz, de manera que Abrán y Shamas se encaminaron al campamento donde el clan se disponía a descansar después de la larga jornada. Yadin hizo una seña a Abrán. Quería hablar con él a solas.

– Mi hijo no es feliz.

– Lo sé.

– Extraña Ur, incluso a Ili. Quiere aprender. Fui al templo con Téraj; le admitirán, pero temo que hable de lo que le cuentas y nos cree un conflicto. Pídele que no afirme que hay un solo Dios o llegará a oídos del rey y sufriremos las consecuencias.

– Yadin, ¿tú crees…?

– Sí, Abrán, pero hemos de ser prudentes. Tu padre también te hablará.

El clan se iba a asentar en Jaran durante un tiempo antes de continuar viaje hacia la tierra de Canaán. De manera que los hombres se dispusieron a levantar casas de paja y adobe donde vivir hasta que llegara el momento de partir. Yadin ofreció un hueco a Shamas para guardar las tablillas que pacientemente iba escribiendo al dictado de Abrán.

Cada día Shamas ardía de impaciencia, aguardando la hora de sentarse con Abrán en el palmeral.

Ya sabía por qué Dios había castigado a los hombres. Era imperdonable lo tonto que había sido Adán, pensaba el niño.

Dios había creado el paraíso para que viviera, un lugar con toda clase de árboles buenos para comer, y en medio del jardín había colocado el árbol de la ciencia del Bien y del Mal, el único al que no se debía acercar, porque si comía de sus frutos moriría.

– No entiendo por qué comieron -preguntaba Shamas.

– Porque Dios nos ha hecho libres para decidir. Dime Shamas, ¿recuerdas cuando Ili os prohibió saltar por la ventana de la escuela porque os podíais hacer daño?

– Sí.

– ¿Y cuántos saltasteis?

– Bueno, yo salté.

– Tú y otros compañeros, y alguno, si no recuerdo mal, se rompió algún hueso. Tienes amigos que ya nunca han andado igual que antes de saltar. ¿Verdad que sabíais que eso podía pasar?

– Sí.

– Pero lo hicisteis.

– Pero no es lo mismo romperse un hueso que morirse -insistía Shamas.

– No, no es lo mismo. Pero Adán y Eva creyeron que comer de ese árbol les convertiría en dioses y no pudieron resistir la tentación de probar. Cuando os tirasteis por la ventana no pensasteis en el daño que os podíais hacer; tampoco Adán y Eva lo pensaron.

– Ayer me di cuenta de que la creación de Eva se parece a la historia de Enki y Ninhursag.

– ¿Y por qué? -preguntó a su vez Abrán, asombrado de la memoria prodigiosa de Shamas, que había escuchado siendo muy niño esas historias de labios de su maestro en la casa de las tablillas.

– Enki también vive en el paraíso -respondió Shamas recitando-donde «el cuervo no profiere graznidos, el pájaro ittidu no profiere el grito del pájaro-ittidu, el león no mata, el lobo no roba…». Bueno, te lo sabes mejor que yo. En ese paraíso tampoco hay dolor, y Ninhursag, sin dolor en el cuerpo, va trayendo al mundo otras diosas. Ninhursag creó ocho plantas y Enki se comió los frutos de esas plantas, por lo que Ninhursag se enfadó y le condenó a muerte. Luego cuando le ve padecer, va creando a otras divinidades para curar sus enfermedades. ¿Recuerdas el poema? Ninhursag le dice a Enki: «Hermano mío, ¿dónde te duele? / Mi diente me duele. / A la diosa Ninsutu he dado a luz para ti». Luego crea a Ninti, la «diosa de la costilla», para curarle el padecimiento de esa parte del cuerpo. Enki enferma porque come las plantas que no debe comer y le castigan; Adán y Eva comen del árbol de la sabiduría del Bien y del Mal y a partir de ese momento son condenados a muerte. Ellos y nosotros.

– Serás un hombre sabio, Shamas, sólo deseo que sepas utilizar la sabiduría para llegar a Él y que la razón no te ciegue el camino.

– ¿Cómo puede la razón apartarme de Dios?

– Porque puedes caer en la tentación de creer que todo lo entiendes, de imaginar que todo lo sabes. Y eso puede sucederte porque somos un reflejo de Dios.

– ¿Por qué Dios ha colocado a la entrada del jardín del Edén a querubines con la espada vibrante?

– Ya te lo dije: para impedir que el hombre comiera del árbol de la vida y recuperara la inmortalidad.

– ¿Cómo sabemos lo que es la inmortalidad?

– Porque llevamos su recuerdo escrito en el corazón.

9

Un sacerdote de cabello castaño, alto, delgado, nervioso, recorría la basílica de San Pedro sin encontrar un lugar donde arrodillarse a rezar con cierta intimidad y recogimiento. La basílica se le antojaba extraña, un monumento al poder y a la soberbia de los hombres en vez de ser la Casa de Dios. Había pasado dos veces delante de la Piedad de Miguel Ángel, y sólo en las líneas puras del mármol le había parecido entrever un atisbo de espiritualidad.

En realidad llevaba varios días en que no importaba cuánto tiempo rezara, ni cuánta fuera su desesperación: Dios no estaba y le había dejado a solas con su conciencia vagando de un lugar a otro.

Salió de nuevo a la plaza de San Pedro y ni siquiera el sol de septiembre parecía capaz de calentar su alma.

Había fracasado en su búsqueda de Tannenberg. No había llegado a tiempo para hablar con aquella mujer que primero se perdió en un taxi en el tráfico infernal de Roma y luego, cuando él llego al aeropuerto, ya había embarcado rumbo a Ammán.

Estuvo tentado de sacar un billete para el siguiente avión que saliera con destino a la capital jordana, pero una vez allí ¿sería capaz de encontrarla?

Se estaba volviendo loco, loco por la inactividad. No paraba de ir de un lugar a otro, pero sin hacer realmente nada. Su padre le había llamado aquella mañana, pero había pedido que dijeran que no estaba. No se sentía capaz de hablar con nadie y menos con él.

– Gian Maria…

El joven se volvió sobresaltado. La voz rotunda del padre Francesco le había asustado.

– Padre…

– Te vengo observando desde hace un rato; andas como alma en pena, ¿qué sucede?

El padre Francesco llevaba más de treinta años confesando en el Vaticano. Había escuchado y perdonado todas las miserias que los hombres acudían a descargar entre aquellos muros en busca del perdón. Sentía aprecio por el joven sacerdote que hacía unos meses había comenzado a ejercer como confesor en la basílica. Gian Maria derrochaba ilusión y bondad a partes iguales, y le resultaba reconfortante la fe firme del joven.

Al padre Francesco le había preocupado no haberle visto en los últimos días; y cuando indagó le explicaron que el joven no se encontraba bien; al verle ahora, se dio cuenta de que probablemente el mal que padecía estaba en algún lugar del alma.

– Padre Francesco, yo… yo no se lo puedo decir.

– ¿Por qué? Acaso pueda ayudarte.

– No puedo romper el secreto de confesión.

El anciano sacerdote se quedó en silencio. Luego, agarrándole del brazo y sorteando a los turistas, salieron de San Pedro.

– Te invito a un café.

Gian Maria quiso resistirse, pero el padre Francesco no le dio opción.

– El secreto de confesión es sagrado, de manera que por nada del mundo te pediría que lo rompieras, pero acaso pueda ayudarte a encontrar una salida al muchísimo sufrimiento que veo reflejado en tu cara.

Entraron en un café fuera del Vaticano donde a esa hora no había demasiada gente.

El padre Francesco guió hábilmente la conversación por terrenos en los que, sin que Gian Maria quebrantara su secreto, él pudiera hacerse cargo del alcance de la tragedia que sé cernía sobre el joven sacerdote. Después de hablar durante casi una hora, Gian Maria le hizo una pregunta directa.

– Padre Francesco, si usted supiera que alguien va a hacer algo terrible, ¿intentaría evitarlo?

– Desde luego. Los sacerdotes también tenemos la obligación de evitar el mal.

– Pero hacerlo me puede alejar de aquí y aun así no sé si lo conseguiré…

– Pero debes hacerlo.

– No sé por dónde empezar…

– Eres inteligente, Gian Maria, sabes que debes de adoptar una decisión y, una vez que lo hayas hecho, tener muy claro cómo vas a enfrentarte a ese mal que quieres evitar.

– ¿Cree que mi superior me permitirá irme? Ni siquiera sé cuánto tiempo podría tardar en regresar…

– Hablaré con el padre Pio. Es un viejo amigo, estudiamos juntos en el seminario. Le pediré que te dé una dispensa para que puedas marcharte.

– Gracias, padre. ¿De verdad lo hará? Hablando con usted, todo parece más fácil.

– No, seguramente lo que te atormenta no es fácil de abordar, pero al menos puedes intentarlo. Primero debes tranquilizarte, luego pensar…

Media hora más tarde el padre Francesco había vuelto a su confesionario en el Vaticano y Gian Maria paseaba buscando soluciones.

El congreso de arqueólogos había terminado, y era poca a información que había conseguido sobre esa mujer. Nadie parecía saber nada de ella, una desconocida, le dijeron, no es nadie, le insistieron otros. Estaba allí por su marido, un tal Ahmed Huseini. De repente se dio cuenta de que podría encontrarla. Había estado tan ofuscado pensando en ella que no había sido capaz de ver que siempre había sabido dónde estaba.

Se sintió inmensamente estúpido y a la vez feliz. Sí, a pesar de todo feliz. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Se apoyó en una de las gigantescas columnas de la plaza de San Pedro. Sabía que debía tomar una decisión, que no podía flaquear ni mucho menos volverse atrás.

El marido, le habían dicho, era el jefe del departamento de Excavaciones de Irak. Por tanto, para encontrarla a ella debería ir a Bagdad. El viaje se le antojó como una penitencia. Pero tenía que hacerlo, estaba obligado a ello.

Fue andando hasta una agencia de viajes cercana al Vaticano y allí, tímidamente, solicitó un billete de avión para Bagdad.

No, no había billetes para Bagdad; ir a Irak no era fácil. Además, ¿para qué quería ir a Bagdad? No supo qué responder, e improvisó una mentira sobre la marcha: tenía amigos que trabajaban en una ONG y les iba a echar una mano. Los de la agencia le miraron con menos suspicacia y le prometieron que verían qué se podía hacer.

Dos horas más tarde salió de la agencia con un billete de avión a Ammán. Viajaría hasta la capital jordana, dormiría allí y luego enlazaría con Bagdad y, una vez allí…, que Dios le ayudara.

Se dirigió a su casa y entró con sigilo. No quería hablar con nadie ni dar explicaciones. Esperaría a que el padre Francesco hablara con su superior el padre Pio. En cuanto a su familia, su hermana se inquietaría, estaba seguro, pero no quería despedirse de ella porque le forzaría a hablar y no podía. En ello le iba todo aquello en que creía.

De manera que se encerró en su cuarto y, cuando le avisaron para cenar, se excusó diciendo que no tenía hambre y estaba cansado. No insistieron. En la quietud del cuarto redactó una carta para los suyos explicando que se tomaba unas breves vacaciones porque necesitaba descansar y pensar. Les daría un buen disgusto, pero no podía hacer otra cosa. Ya llamaría para decir que se encontraba bien.

Le despertó la luz del amanecer. No había corrido las cortinas. Cuando abrió los ojos recordó lo que tenía pensado hacer y empezó a llorar en silencio. El día anterior parecía todo tan fácil… Pero a la luz del nuevo día se vio asaltado por un sinfín de dudas. Miró al cielo a través de la ventana y por primera vez se preguntó dónde estaba Dios.

* * *

Anochecía cuando el helicóptero aterrizó en una base aérea próxima a Bagdad.

– ¿Está cansado o quiere que cenemos juntos? -preguntó Ahmed.

– Estoy cansado, pero no tengo inconveniente en que cenemos juntos. ¿Me enseñará esta noche las tablillas?

– Creo que es mejor que venga mañana a mi despacho: Allí podrá examinarlas todo el tiempo que quiera.

– De acuerdo, iré mañana a su despacho. ¿Dónde cenamos?

– Si le parece, le recogeré dentro de una hora. A pesar del bloqueo, aún queda algún restaurante donde se puede comer en Bagdad.

Clara no fue al despacho de su marido. Su intuición le decía que entre Ahmed y Picot se había establecido una corriente de simpatía y reconocimiento y que ella podía ser un factor distorsionador. De manera que decidió pasar la mañana de compras con Fátima por las callejuelas del bazar. Las dos mujeres iban protegidas por cuatro hombres armados que no las perdían de vista.

Fátima regañaba a Clara por su tozudez al negarse a tener hijos.

– Tu marido te dejará con el tiempo, o traerá otra mujer a la casa para que le dé hijos.

– El mundo ha cambiado, Fátima, los hombres quieren otras cosas, no sólo hijos, y yo estoy muy cerca de tocar un sueño con las manos. Ahora no puedo quedarme embarazada, no podría excavar.

– Llevas años diciéndome lo mismo, nunca encuentras el momento oportuno para ser madre. Hija, los hombres son hombres, no los creas diferentes porque unos han estudiado y otros no, o porque viven en otros países con otras costumbres. La sangre pide sangre, ya sea para dar vida o para la venganza y la muerte, pero la llamada de la sangre todos la sentimos aquí.

Fátima se señaló el vientre ante la mirada divertida de Clara.

– Sí, hija, ya sé que piensas que soy una vieja y que no sé nada de otros mundos, de esos sitios por donde has estado, pero no los creas diferentes. Además, tu marido es iraquí.

– Ahmed es distinto, él no se ha educado aquí.

– Pero es iraquí y tú también lo eres. No importa de dónde vengan tu abuelo y tu padre. Tú has nacido aquí, aunque tu abuela y tu madre sean egipcias.

Cerca del mediodía Clara se dirigió al Ministerio de Cultura mientras Fátima, cargada de bolsas con la compra, regresaba a la Casa Amarilla.

Ahmed y Picot estaban a punto de marcharse cuando Clara llegó al despacho de su marido.

– ¡Vaya, os ibais sin esperarme!

– No, te íbamos a llamar para que fueras directamente al restaurante -le aclaró Ahmed.

Clara no se atrevía a preguntar al profesor Picot qué había decidido. Era incapaz de adivinar la decisión del francés a partir de la conversación entre ambos hombres, de manera que esperó pacientemente a que les empezaran a servir en el restaurante:

– Éste es el mejor humus de Oriente -declaró Ahmed dirigiéndose a Picot.

– Sí, sí está bueno -asintió éste.

Los dos hombres siguieron hablando de las bondades del humus, sin referirse en ningún momento ni a las tablillas ni a la decisión de Picot.

– ¿Qué le han parecido las tablillas, profesor?

La pregunta de Clara, directa y sin preámbulos, no le pilló desprevenido; en realidad, la estaba esperando.

– Extraordinarias. Quizá no sea descabellado establecer una relación entre el Abraham de la Biblia y ese escriba llamado Shamas. Sería un descubrimiento con un importante alcance científico y religioso. Realmente merece la pena arriesgarse.

– Entonces, ¿vendrá usted?… -preguntó tímidamente Clara.

– Digamos que encuentro argumentos de peso para hacerlo. Ya le he dicho a su marido que le daré una respuesta como mucho en una semana. Mañana me voy, pero no tardaré en llamarles. Esta tarde haremos fotos de las tablillas. Quiero llevármelas para estudiarlas con detenimiento. Siento irme sin conocer a su abuelo.

– Está enfermo, no se encuentra en condiciones de recibir a nadie. O está en el hospital o, en casa, acostado. Lo siento, porque a él también le hubiera gustado conocerle.

– Sería interesante que me contara cómo y en qué circunstancias encontró las primeras tablillas.

– Ya se lo hemos contado nosotros -respondió con prudencia Clara.

– Sí, pero no es lo mismo. Perdone que insista, pero si en algún momento mejora, me gustaría verle.

– Se lo diremos -respondió Ahmed-; a él y a sus médicos, que son los que deciden.

Yves Picot sentía curiosidad por conocer al abuelo de Clara. Tenía la impresión de que le daban excusas para que no se produjera el encuentro con el anciano, circunstancia que aumentaba aún más su curiosidad. Si decidía regresar insistiría; de momento, tenía que aceptar las explicaciones que le daban.

Ahmed envolvió cuidadosamente las tablillas. Sabía que Tannenberg se las reclamaría en cuanto regresara a la Casa Amarilla. El anciano no se separaba de ellas, hasta había mandado instalar en su dormitorio una caja fuerte para guardarlas. Sólo Fátima entraba en el cuarto de Tannenberg, que sólo se fiaba de ella. Años atrás, un criado que acababa de entrar a trabajar en la Casa Amarilla recibió una paliza por haberse introducido en la habitación de Tannenberg. El hombre no tenía nada que confesar, así que a pesar de los golpes recibidos nada pudo decir, pero fue despedido sin contemplaciones.

Las tablillas eran para Tannenberg una especie de talismán. Las había convertido en una obsesión, y esa obsesión la había heredado Clara.

Una vez envueltas las tablillas, las depositó en una caja metálica acondicionada para su transporte.

– ¿Por qué no habrá querido Picot cenar con nosotros esta noche? -preguntó Clara más para sí misma que a su marido.

– Mañana se marcha a primera hora. Estará cansado.

– ¿Crees que volverá?

– No lo sé; si yo fuera él, no lo haría.

En el rostro de Clara afloró una mueca de espanto. Parecía como si la hubieran golpeado.

– Pero ¿qué dices? ¿Cómo puedes decir eso?

– Es la verdad. ¿Crees que merece la pena venir a un país sitiado a buscar tablillas?

– No se trata de buscar tablillas, se trata de encontrar el Génesis según Abraham. Es como si alguien le hubiera dicho a Schliemann que no merecía la pena buscar Troya o a Evans que renunciara a encontrar Cnossos. ¿Qué te pasa, Ahmed?

– ¿No lo ves, Clara? ¿No ves lo que le está pasando a este país? No ves el hambre de los otros porque tú no lo sufres. No ves la angustia de las madres que saben desahuciados a sus hijos o maridos por falta de medicinas, porque a tu abuelo no le faltan. En la Casa Amarilla el tiempo no existe.

– ¿Qué te pasa conmigo, Ahmed? ¿Qué me reprochas? Empezaste a comportarte así en Roma, y desde que hemos regresado te noto cada día más a disgusto e incómodo conmigo. ¿Por qué?

Se miraron midiéndose el uno al otro, evaluando el desencuentro acaso irreversible que se había producido entre ellos, sin saber en qué momento ni por qué.

– Ya hablaremos. Éste no me parece el mejor momento.

– Sí, tienes razón, vámonos.

Salieron del despacho. En el antedespacho aguardaban cuatro hombres armados, los mismos que acompañaban a Clara dondequiera que fuera.

Cuando llegaron a la Casa Amarilla cada uno buscó un lugar donde poder estar lejos del otro. Clara se fue a la cocina en busca de Fátima. Ahmed se encerró en su despacho. Colocó en la cadena de música la Heroica de Beethoven, se sirvió un whisky con hielo y, sentado en un sillón con los ojos cerrados, intento recomponerse por dentro. Sólo tenía una solución: dejar la Casa Amarilla para siempre e irse al exilio o continuar muriéndose por dentro poco a poco. Si se quedaba tendría que hacer un esfuerzo con Clara; ella no admitía nada a medias, y menos aún los sentimientos. Pero ¿podría él continuar viviendo con ella como si no sucediera nada, como si a él no le sucediera nada?

Abrió los ojos y se encontró a Alfred Tannenberg mirándole fijamente. La mirada del anciano era despiadada y brutal.

– Dime, Alfred.

– ¿Qué pasa?

– ¿Qué pasa? ¿A qué te refieres?

– ¿Dónde está la caja con las tablillas?

– ¡Ah, la caja! Perdona que no te la haya llevado inmediatamente. Me he venido directo a mi despacho, me duele la cabeza y estoy cansado.

– ¿Problemas en el Ministerio?

– Es el país quien tiene problemas, Alfred. Lo que ahora suceda en el Ministerio de Cultura es irrelevante. Pero no, no tengo problemas; en realidad, no tengo trabajo. No hay nada que hacer por mucho que mantengamos la pantomima de que vivimos en la normalidad.

– ¿Vas a empezar ahora a criticar a Sadam?

– Daría lo mismo si lo hiciera, salvo que alguien me denuncie y termine en alguna cárcel.

– No nos conviene que maten a Sadam. A nuestro negocio le viene bien que las cosas continúen como están.

– Eso es imposible, Alfred, ni siquiera tú vas a poder cambiar el curso de la historia. Estados Unidos va a invadir Irak y se quedará con el país; a los estadounidenses les pasa lo que a ti: les viene bien para sus negocios.

– No, no lo harán, Bush es un bravucón que gasta su energía en amenazas. Pudieron acabar con Sadam durante la guerra del Golfo y no lo hicieron.

– O no pudieron o no quisieron. Pero da igual lo que hicieran entonces; ahora atacarán.

– Te he dicho que eso no sucederá -afirmó con ira Tannenberg.

– Sí, sí sucederá. Y nos arrasarán. Nosotros combatiremos; primero contra ellos, luego entre nosotros, suníes contra shiíes, shiíes contra kurdos, kurdos contra cualquier otra facción, da lo mismo. Estamos sentenciados.

– ¡Pero cómo te atreves a decir estos disparates! -gritó Tannenberg-. ¡Ahora resulta que tienes el don de la profecía y nos condenas a todos!

– Tú lo sabes mejor que yo. Si no lo supieras, no estarías forzando la excavación en Safran. No estarías cometiendo los errores que sabes que cometes, no te habrías puesto al descubierto como lo has hecho. Siempre he admirado tu inteligencia y tu sangre fría; no me decepciones diciendo que no va a pasar nada, que esto es una crisis política más.

– ¡Cállate!

– No, es mejor que hablemos, que digamos en voz alta lo que no nos atrevemos ni a pensar, porque sólo así podremos evitar cometer más errores de los necesarios. Necesitamos ser francos el uno con el otro.

– ¿Cómo te atreves a hablarme así? Tú no eres nadie, eres lo que yo he querido que seas.

– Sí, en parte tienes razón. Soy lo que tú has querido que sea, no lo que quiero ser yo. Pero estamos en el mismo barco. Te aseguro que no me gusta navegar contigo en esta travesía, pero ya que no tengo otro remedio, intento evitar el naufragio.

– Di lo que tengas que decir. Puede que sea lo último que digas en esta casa.

– Quiero saber qué has planeado. Tú siempre tienes una vía de escape. Y no entiendo qué pretendes. Aun en el caso de que Picot venga a excavar, contaremos como mucho con seis meses, y en ese tiempo es imposible obtener resultados. Lo sabes como yo.

– Estoy protegiendo a Clara, le estoy salvando la vida y le estoy dando un lugar en el futuro. Hago bien en hacerlo, porque veo que tú no eres el hombre que la puede proteger.

– Clara no necesita que nadie la proteja. Tu nieta vale más de lo que tú estás dispuesto a reconocer. No me necesita, ni a mí ni a nadie; lo único que necesita es liberarse de ti, de mí, de todos nosotros, salir de este agujero.

– Te estás volviendo loco -la voz de Tannenberg volvía a ser dura como el hielo.

– No, estoy más cuerdo que nunca. Imagino que estás forzando las cosas porque sabes igual que yo que a Irak le quedan pocos meses de ser un país, un país como lo hemos conocido, y el futuro será, usaré un adjetivo benevolente, cuanto menos incierto. Por eso te estás preparando para regresar a El Cairo. No te vas a quedar aquí cuando empiecen a bombardear, cuando los americanos «pasen lista» a los amigos de Sadam. Pero mientras, has organizado una buena haciendo público que puede haber una Biblia de Barro.

– Es la herencia de Clara. Si encuentra la Biblia de Barro no tendrá que preocuparse el resto de su vida por nada. Obtendrá el reconocimiento internacional, será la arqueóloga que siempre ha querido ser.

– ¿Y qué papel te has reservado tú?

– Yo me estoy muriendo. Lo sabes bien. Tengo un tumor que está devorándome el hígado. Ya no tengo nada que ganar ni que perder. Moriré en El Cairo, puede que dentro de seis meses, quizá menos. Exigí a los médicos que me dijeran la verdad; pues bien, la verdad es que me muero. Tampoco es una gran novedad puesto que voy a cumplir ochenta y siete años. Pero no me moriré sin encontrar la Biblia de Barro. Aunque este país entre en guerra, sobornaré a quien haga falta para tener hombres que trabajen día y noche en Safran. No descansarán hasta encontrar las tablillas que estamos buscando.

– ¿Y si no existen?

– Están ahí, lo sé.

– Pueden estar hechas añicos. Entonces, ¿qué harás?

Tannenberg se quedó en silencio sin ocultar el odio inmenso que empezaba a sentir contra Ahmed.

– Te diré lo que voy a hacer: voy a comenzar a proteger a Clara. No me fío de ti.

El anciano dio media vuelta y salió de la estancia. Ahmed se pasó la mano por la frente. Estaba sudando. La discusión con el abuelo de Clara le había dejado exhausto.

Se sirvió otro whisky y se lo bebió de un trago. Escanció otro, pero éste decidió tomarlo poco a poco, pensando.

10

Enrique Gómez paseaba por el parque de María Luisa buscando la sombra de los árboles centenarios. Tenía en el estómago un nudo del que no había logrado librarse desde que recibió las fotos de la ejecución de aquellos dos desgraciados.

Frankie había insistido en que debían verse y George había terminado aceptando a regañadientes. Desde que se separaron cincuenta años atrás, las ocasiones en que se habían encontrado habían sido escasas. Quizá ésta fuera la última, habida cuenta de su edad. Lo más sorprendente es que George había terminado aceptando que la cita fuera en Sevilla. Él se había opuesto con toda la energía de que era capaz, pero Frankie había convencido a George de que en Sevilla pasarían más inadvertidos.

George llevaba un par de días en Marbella jugando al golf. Frankie estaba en Barcelona. Una hora más y los tres amigos se encontrarían en la penumbra del bar del hotel Alfonso XIII.

Emma, la esposa de Frankie, se había empeñado en alojarse en el hotel más emblemático de Sevilla, el hotel en el que se alojaba todo aquel que era alguien en el Gotta o en las páginas de papel cuché de las revistas de moda.

Rocío estaba inquieta. Llevaba varios días atosigando a Enrique con preguntas sin respuesta. Afortunadamente esa tarde se había ido a casa de su hermana para asistir a la prueba del traje de novia de su sobrina. Enrique no le había dicho que al caer la tarde tenía una cita en el Alfonso XIII.

George llegaría en coche y luego regresaría a Marbella, Frankie se quedaría un par de días como cualquier turista millonario de paso por Sevilla. Sólo se verían el tiempo necesario. Una hora, dos, tres lo más.

Había salido de casa pronto porque necesitaba respirar. Sentía aquel maldito nudo en el estómago.

Enrique había almorzado con Rocío y con su hijo José; sus, nietos Borja y Estrella estaban en Marbella apurando los últimos días del verano, que en Andalucía se arrastran hasta septiembre. Su hijo José le dijo que le notaba preocupado, lo qué vino a confirmar los peores temores de Rocío.

Cuando le dejaron solo a la hora de la siesta intentó dormir pero no lo consiguió, así que se levantó y, en cuanto escuchó a Rocío salir de casa, él también lo hizo. Dejó atrás las estrechas callejuelas y las recoletas plazas del barrio de Santa Cruz para caminar sin rumbo por el parque, esperando la hora de ir a la cita con sus amigos de antaño.

George estaba sentado en una mesa en un rincón apartado del bar. Enrique se dirigió hacia él. A los dos les brillaban los ojos. Era la emoción del reencuentro. Pero no se abrazaron, sólo se estrecharon la mano. Sabían que no debían llamar la atención.

– Te veo bien -le dijo George.

– Yo a ti también.

– Ya somos viejos; tú menos que yo.

– Un año, sólo un año.

– ¿Y Frankie?

– Supongo que aparecerá en cualquier momento; se supone que está alojado aquí.

– Sí, eso me dijo, que Emma se había empeñado.

– Está bien. De todas formas teníamos que vernos en algún lado. ¿Qué has pensado?

– Alfred está enfermo, sabe que se muere, que es cuestión de meses, y ya no le importa nada, sólo su nieta. De manera que está actuando como un loco, sin considerar las consecuencias.

– Pienso lo mismo. ¿Qué crees que quiere?

– Que su nieta encuentre la Biblia de Barro. Si es así, será de ella y de nadie más.

– ¿Y el tal Picot qué pretende contratar?

– No se puede abordar una excavación de esas características sin profesionales, sin arqueólogos de verdad. Alfred puede contratar cuantos obreros necesiten, pero necesita arqueólogos y en Irak no los tiene.

Frank Dos Santos entró en el bar buscándolos con la mirada. Fue hacia ellos sin un gesto de más. Ni siquiera les dio la mano, se sentó e hizo una seña al camarero que ya acudía a preguntar qué iba a tomar.

– Me alegro de veros. Bueno, creo que no estamos tan cambiados, sólo tenemos sesenta años más -rió entre dientes Dos Santos.

– Bien, podemos consolarnos diciéndonos que nos encontramos igual de bien que hace más de sesenta años, pero tenemos la edad que tenemos, estamos en la recta final -le interrumpió George Wagner-. ¿Qué te parece lo que está haciendo Alfred?

– ¡Ah, Alfred! Está haciendo lo que haría un hombre desesperado. Tus amigos del Pentágono van a freír a Sadam. Dentro de unos meses no sabemos si existirá Irak, así que no tiene opción: o encuentra ahora la Biblia de Barro o nunca será suya -respondió Frank Dos Santos.

– Podríamos haberla buscado después de la guerra -musitó George.

– Las guerras se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban.

La afirmación de Enrique Gómez fue tajante y sus dos amigos asintieron.

– ¿Cuándo van a bombardear? -preguntó el sevillano.

– En marzo a más tardar -respondió George.

– Estamos en septiembre -terció Frank-, de manera que quedan como mucho seis meses, seis meses para encontrar la Biblia de Barro.

– Si hace dos meses los americanos no bombardean entre Tell Mughayir y Basora, no se habría encontrado el edificio; el destino ha querido que fuera ahora -dijo con convencimiento Gómez-. Bien, ¿qué hacemos?

– Si logra encontrar las tablillas intactas, o al menos que se puedan reconstruir, pasaría a los anales de los descubrimientos arqueológicos. No hace falta decir cuál sería el valor de las tablillas en el mercado. Eso sin contar con la presión que sin duda hará el Vaticano para hacerse con ellas, teniendo en cuenta que son la prueba de la inspiración divina del patriarca Abraham. El Génesis contado por Abraham es un descubrimiento extraordinario. El idota de Bush sería capaz de regalárselas al Vaticano en un gesto de buena voluntad, puesto qué el Papa está contra la guerra.

La reflexión de George dejó pensativos a sus dos amigos.

– Si Alfred las encuentra -terció Frank-, no será para dejárselas a Bush, de manera que…

– De manera que hará lo imposible para aprovechar el poco tiempo de que dispone -afirmó George-. Pero ¿por qué sé ha puesto al descubierto a través de su nieta?

La respuesta la volvió a dar Enrique Gómez.

– Para que nadie le arrebate las tablillas. Ahora todos los arqueólogos del mundo saben que en Irak un grupo local encabezado por Ahmed Huseini y su extravagante esposa han encontrado los restos de un templo o palacio y que allí puede haber unas tablillas dictadas por el mismísimo Abraham. Pase lo que pase, ya nadie se podrá apuntar el tanto. De ahí el numerito de Roma.

– Se arriesga mucho -observó Frank.

– Sí, pero se está muriendo, así que no le quedan muchas alternativas -insistió Gómez-. Bien, George, ¿tu gente sabe quién contrató a los italianos?

El aludido negó con la cabeza.

– No, no hemos podido averiguarlo. Sabemos que eran hombres de una compañía que se llama Investigaciones y Seguros. Alguien contrató los servicios de esa compañía para seguir a Clara Tannenberg. Pero mis hombres no han encontrado nada en los archivos de Investigaciones y Seguros, ni un papel, ni una referencia. Nada. El contrato se haría a través del presidente, o de algún directivo, alguien que no tuviera que dar explicaciones, sólo órdenes. Pero por ahora no podemos meter más las narices. El dueño de Investigaciones y Seguros es un antiguo policía antimafia, condecorado en varias ocasiones y con amigos en toda la escala policial. De manera que si cometemos un error, lo único que conseguiríamos es tener a la policía italiana detrás.

– Pero necesitamos saber quién contrató a esos hombres y por qué. Tenemos un flanco al descubierto -insistió Frank.

– Sí, lo tenemos; por eso os he dicho que debemos reforzar las medidas de seguridad y no cometer errores. Hay una filtración en alguna parte, o bien Alfred ha engañado más de la cuenta a alguno de sus socios locales y éstos quieren darle una lección -explicó George.

– Hay un agujero negro que no somos capaces de ver.

Enrique Gómez no podía disimular su angustia, angustia que se traducía en un permanente nudo en la boca del estómago.

– Tienes razón -asintió George-. Hay un agujero negro y debemos encontrarlo. Por primera vez ha pasado algo que no controlamos. Lo de Alfred es otra cosa; a él podemos controlarlo y lo haremos. Por cierto, ¿creéis que podemos contar con el marido de la nieta, con Ahmed Huseini? Ese hombre me parece una pieza clave. Nuestra gente de allí ha informado de que, Huseini está harto de Alfred y de su esposa, que ha perdido el respeto a nuestro viejo amigo y hace unos días se los escuchó gritar. El marido de Clara es un hombre valioso e inteligente.

– Me temo que está despertando su conciencia -apostilló Frank-. Al menos eso se deduce del informe que todos hemos leído sobre los últimos días en la Casa Amarilla. No hay, nada más peligroso que alguien que decide ser decente en el último minuto. Hará cualquier cosa por intentar enmendar su pasado.

– Entonces no contaremos con él; simplemente le utilizaremos -afirmó sin reservas George-. Bueno, ahora quiero que escuchéis lo que he pensado que debemos hacer. Amigos míos, ésta será sin duda la última vez que nos veamos y tenemos que estar de acuerdo en todos los pasos que vayamos a dar. Nos jugamos mucho.

– Nos jugamos poder morir tranquilamente cada cual en su casa el día que nos toque -respondió Frank.

Enrique Gómez sintió otra punzada de dolor en el estómago.

Los tres hombres continuaron hablando. George entregó a cada uno una carpeta repleta de papeles.

Eran más de las diez y media de la noche cuando dieron la conversación por concluida. Habían bebido varios whiskies, acompañándolos de tacos de queso y jamón. Enrique había respondido a dos llamadas impacientes de Rocío, que le preguntaba dónde estaba y si iría a cenar. Frank avisó a Emma de que se adelantara y fuera al tablao donde tenían mesa reservada junto a otros turistas que viajaban en el mismo grupo que ellos en una gira por España.

«Yo no tengo que dar explicaciones a nadie», pensó George. Se sintió satisfecho de haber podido mantenerse por sí mismo, sin necesidad de nadie. Las canas le aseguraban la respetabilidad que todo el mundo esperaba en un hombre de su fortuna y posición. Le había costado mucho defender su soledad, sobre todo los avisos de sus amigos, que le instaban a refugiarse en una pareja. Se había mantenido firme y había ganado la partida. Vivía con una corte de criados que le cuidaban en silencio sin alterar jamás sus rutinas. No necesitaba más.

Fue el primero en salir y dirigirse al coche que había alquilado en Marbella. Dada su avanzada edad le habían puesto alguna pega cuando entregó el carnet de conducir. Pero no hay nada que el dinero no arregle y menos en una ciudad como Marbella. De manera que pudo alquilar un cómodo Mercedes Benz último modelo. La tecnología alemana seguía siendo la mejor.

Frank pidió un taxi en la recepción mientras Enrique Gómez salía al calor de la noche, decidido a ir caminando hasta su casa, en el barrio de Santa Cruz.

El nudo en el estómago le apretaba tanto que a veces sentía que no podía respirar. Ni siquiera el encuentro con sus viejos amigos le había calmado. Al contrario, se había vuelto a dar de bruces con su pasado. Ellos eran el espejo de la realidad, de una realidad de la que su hijo José y sus alocados nietos no sabían nada, pero sí Rocío. Por eso sabía que nunca podría engañar a su mujer. Ella le conocía, sabía mejor que nadie quién era.

11

Carlo Cipriani repasaba el periódico sin levantar la vista para no ponerse nervioso con los interminables paseos de Mercedes por la sala de espera.

Hans Hausser había encendido su vieja pipa y dejaba vagar la mirada por las volutas de humo que parecían perderse en sus pensamientos. Mientras, Bruno Müller permanecía sentado sin mirar a ninguno de sus compañeros.

Luca Marini les había citado a la una; era ya la una y media y la secretaria se negaba a darles ninguna información, ni siquiera si Luca se encontraba en la oficina.

Pasaban de las dos menos cuarto cuando el ex policía entró en la sala y con rostro serio les invitó a pasar al despacho.

– Acabo de tener una reunión con el director general de la Seguridad. Me habría gustado no tenerla -fueron sus primeras palabras.

– ¿Qué ha pasado? -inquirió Carlo.

– Pues que el Gobierno no quiere dar por buena la versión iraquí, que es la que nos conviene a nosotros. Necesita algo más porque le viene muy bien para poder seguir convenciendo a los italianos de que Sadam es lo que es, un monstruo. De esa manera el Gobierno abona el terreno para que la opinión pública le apoye si decide mandar tropas a Irak.

– Lo siento, amigo -alcanzó a decir Carlo Cipriani-, te hemos metido en un buen lío.

– Si pudiéramos decir la verdad… -insistió Luca-, si me dijerais de qué va todo esto.

– Por favor, no insistas -le pidió Cipriani desconsolado.

– Bien, os diré cómo están las cosas. Antes de ver al director general de la Seguridad, estuve con otros amigos del Departamento. Me pidieron lo que yo os pido a vosotros: que les dijera la verdad para cubrirme. De manera que les di la versión que vosotros acordasteis y me miraron como si les estuviera tomando el pelo. Me presionaron, claro, pero mantuve lo dicho; incluso bromeé diciéndoles que por absurdo que parezca ésa era la verdad. No sé si la llamarán, Mercedes, puede que lo hagan, aunque sólo sea para dar respuesta a la curiosidad que les provoca que una persona de su edad ande enviando detectives a Irak. En cuanto a ti, Carlo, el director de la Seguridad te conoce de oídas, de manera que no creo que te molesten.

– Nosotros no hemos cometido ningún delito -dijo Mercedes con tono de enfado.

– Desde luego que no, ni ustedes ni yo, pero tenemos dos hombres muertos y nadie sabe por qué. Bueno, supongo que ustedes sí lo saben o al menos lo sospechan. Seguramente mis amigos de la policía italiana estarán pidiendo a sus colegas de España un informe sobre usted. Como imagino que desde España responderán que es usted una persona intachable, nos dejarán en paz. Pero ya les digo que tampoco confío en que lo hagan porque el director de la Seguridad me ha dicho que el ministro exigía saberlo todo; está muy conmocionado. Personalmente nunca he visto a un político conmocionado por nada, más bien pienso lo que les he dicho: alguien cree que puede obtener rédito político, pero para eso necesitan una historia.

– Que es lo que en ningún caso les vamos a dar -afirmó profesor Hausser.

– Creo que lo mejor es que regresemos a casa -propuso Bruno Müller.

– Sí, sería lo mejor -asintió Luca-, porque no me cabe la menor duda de que nos están siguiendo a todos. De manera que no saldrán juntos de este edificio, sino de uno en uno y espaciadamente. Lo siento, alguno de ustedes tendrá que quedarse a almorzar en la sala de juntas, y aun así…

– ¿De quién no se fía? -preguntó Mercedes.

– ¡La eterna intuición femenina! En principio me fío de mi gente; muchos trabajaron conmigo en Sicilia, otros son gente joven, preparada, que he ido seleccionando personalmente. Pero sé cómo es este negocio. Nos conocemos todos y mis antiguos colegas conocen a mis hombres. No sé el grado de amistad que pueden tener unos con otros, de manera que siempre es posible una filtración. En todo caso, esto ya no tiene remedio.

– ¿Qué propone que hagamos ahora?

A Bruno Müller se le notaba incómodo con la situación.

– Señor Müller -respondió Marini-, lo mejor es actuar con naturalidad. ¿No decían que no hemos hecho nada? Pues creámoslo así; no hemos hecho nada, de manera que no tenemos que hacer nada especial.

– Me gustaría que viniesen a casa a cenar para despedirnos -dijo Carlo.

– Amigo mío, yo me dejaría de cenas de despedida. El profesor Hausser y el señor Müller deberían irse a sus respectivas casas donde quiera que estén. En cuanto a la señora Barreda, en su caso sí me parece más lógico que vaya a tu casa a cenar, e incluso que se quede un par de días más. Dígame, Mercedes, ¿qué contarán de usted desde España?

– Que soy una vieja excéntrica. Una empresaria de la construcción que se sube a los andamios y conoce a todos sus obreros personalmente. No he tenido jamás un problema con nadie, ni siquiera de tráfico.

– Una persona intachable -murmuró Luca Marini.

– Le aseguro que soy intachable.

– Siempre he temido a los intachables -afirmó el ex policía.

– ¿Por qué? -quiso saber el profesor Hausser.

– Porque esconden algo, aunque sea en lo más recóndito del corazón.

Se quedaron en silencio durante unos segundos, cada cual perdido en sus pensamientos. Después, el profesor Hausser se hizo con la situación.

– Como las cosas están así, lo mejor es que las afrontemos. Usted, señor Marini, continuará diciendo la verdad, porque no sé si se ha dado cuenta de que es lo que ha hecho hasta ahora.

– No, no he contado toda la verdad -protestó Luca.

– Sí, ha contado todo lo que sabe; lo que no puede contar es lo que ignora -afirmó el profesor-. En cuanto a nosotros, deberíamos hablar antes de separarnos. Creo, Bruno, que exageras cuando dices que debemos volver todos a casa. Claro que tenemos que volver, pero no ahora mismo, no corriendo como si fuéramos fugitivos. Somos todos respetables ancianos, viejos amigos. De manera, Carlo, que yo gustosamente acudiré a tu casa a cenar si me invitas, y creo que deberíamos ir todos. Si la policía quisiera hablar con nosotros diremos la verdad, que somos un grupo de amigos que nos hemos encontrado en Roma y que Mercedes, que es muy audaz, ha decidido que Irak es un buen lugar para hacer negocios porque en cuanto termine la guerra habrá que reconstruir lo que los norteamericanos destruyan. No tiene nada de malo que ella que tiene una empresa de construcción quiera un trozo de esa tarta. Que yo sepa, no ha encabezado ninguna manifestación llevando una pancarta contra la guerra ¿o sí lo has hecho, querida?

– No, por ahora no, aunque realmente pensaba ir a las manifestaciones que se van a convocar en Barcelona -explicó Mercedes.

– Bueno, pues no podrás hacerlo -afirmó el profesor Hausser-; otra vez será.

– Me asombra usted, profesor -dijo Luca-. Parece que no me ha escuchado: el director de la Seguridad quiere que haya caso, porque arriba quieren que haya caso.

– Italia es un Estado de derecho, de manera que si no hay caso no pueden inventar uno -insistió el profesor Hausser.

– Pero es que hay caso: tenemos dos cadáveres -respondió enfadado Marini.

– ¡Basta! -exclamó Carlo Cipriani-. Soy de la opinión de Hans; no podemos comportarnos como criminales porque no hemos hecho nada. Nosotros no hemos matado a nadie. Si es necesario, hablaré con algunos amigos del Gobierno que son pacientes míos. Pero no actuaremos como si fuéramos criminales, huyendo o saliendo de esta oficina por separado. No, me niego a tener un sentimiento de culpa. Y, tú, Bruno…

– Sí, tienes razón, nunca me lo he terminado de arrancar…

– Os veo muy seguros… Bien, mejor así. Para mí el caso está cerrado salvo que mis antiguos colegas me vuelvan a llamar o que nos veamos todos en la televisión. Si hay algo ya os llamaré.

Se despidieron sin decirse mucho más. Ya en la calle, Carlo les propuso ir a su casa a almorzar.

– Llamaré para que nos preparen algo. Estaremos más cómodos en casa para poder hablar.

Comieron prácticamente en silencio, diciendo alguna que otra generalidad mientras el ama de llaves de Carlo Cipriani les servía el improvisado almuerzo.

Cuando pasaron al salón para tomar café, Carlo cerró la puerta y pidió que no les molestaran.

– Tenemos que tomar una decisión -afirmó Cipriani.

– Ya está tomada -le recordó Mercedes-. Lo que hay que hacer es contratar a una de esas compañías de las que hablamos y mandar a un profesional que encuentre a Tannenberg y haga lo que tiene que hacer. No hay más.

– ¿Seguimos estando todos de acuerdo en eso? -preguntó Cipriani.

La respuesta afirmativa de sus tres amigos no se hizo esperar.

– Tengo el teléfono de una empresa, Global Group. El dueño, un tal Tom Martin, es amigo de Luca. Él me dijo que le podía llamar de su parte.

– Carlo, no sé si es buena idea seguir metiendo a Luca en esta historia.

– Puede que tengas razón, Mercedes, pero no conocemos a nadie que se encargue de estas cosas, así que soy partidario de llamar a ese Tom Martin; espero que Luca me perdone.

– Deberías de avisarle de que vas a llamar a Tom Martin y si te pide que no lo hagas, ya buscaremos otro. Luca es tu amigo, no debes ponerle contra la pared.

– Tienes razón, Hans; le llamaré. Y lo haré ahora.

– No seáis tontos -les interrumpió Mercedes-, dejemos a Luca en paz, bastante ha tenido con nosotros. Podemos llamar a esa empresa sin referirnos a él, sin comprometerle. Si Luca te ha dicho que esa empresa es adecuada para lo que queremos, entonces no lo pensemos más.

– Bueno, exactamente no sabe lo que queremos -matizó Carlo.

– Sí, ya me imagino que no le has dicho que queremos matar a un hombre. Por favor, reaccionemos, sé que estamos todos abrumados por el asesinato de esos dos muchachos, pero siempre supimos que lo que nos proponíamos no era fácil, qué podía morir gente por el camino, que podían asesinarnos a nosotros. Llevamos toda la vida preparándonos para este momento. Sé que nos hemos imaginado mil situaciones y que ninguna es como la que estamos viviendo, pero sé que somos capaces de hacer frente a esto.

Acordaron llamar a Tom Martin. Lo haría Hans Hausser. Le pediría una cita e iría a verle a Londres. Lo que iban a encargarle era sencillo: tendría que enviar a un hombre a Irak; ya sabían dónde vivía Clara Tannenberg, de manera que a través de ella tarde o temprano llegaría a Alfred. Después, debía encontrar el mejor momento para matarle. Para un profesional eso no debería de suponer ningún problema.

Bruno insistió en su deseo de regresar a Viena cuanto antes: No se sentía tranquilo en Roma.

– Por si nos interceptan las llamadas deberíamos de hablarnos por teléfonos que no sean los habituales -propuso el profesor Hausser-. Podríamos comprar móviles con tarjeta y utilizarlos una sola vez.

– ¿Y cómo nos damos el número? -preguntó Mercedes-. No nos volvamos paranoicos, por favor.

– Tiene razón Hans -dijo Carlo-. Deberíamos de ser cuidadosos. Vamos a matar a un hombre.

– Vamos a matar a un cerdo -exclamó Mercedes con rabia.

– En todo caso no me parece mala idea la de los móviles. Ya encontraremos la manera de darnos el número, quizá a través del correo electrónico -insistió Carlo.

– Pero si nos interceptan las llamadas, también lo harán con el correo. Internet es el lugar menos seguro para guardar un secreto.

– ¡Ay, Bruno, no seas tan pesimista! -le regañó Mercedes-. Que yo sepa, se pueden crear cuentas ficticias en internet. Hotmail, el correo gratuito de Microsoft, lo permite. Así que nos abrimos cada uno un correo en Hotmail y a través de él nos enviaremos los números de teléfono y nos pondremos en contacto. Pero hemos de hacerlo con cuidado, porque Hotmail no es seguro, cualquiera puede meterse en nuestro correo, así que seamos un poco crípticos a la hora de enviarnos mensajes.

Dedicaron parte de la tarde a decidir los nombres que utilizarían a través de internet y el profesor Hans Hausser ideó un criptograma en el que las letras representarían números, los de los móviles que continuamente comprarían y desecharían una vez utilizados.

Era tarde cuando los cuatro amigos se separaron fundiéndose en largos abrazos. Al día siguiente, Bruno y Hans dejarían Roma. Mercedes se quedaría dos días más para no dar la impresión, si es que la policía la seguía, de estar huyendo.

* * *

Robert Brown aguardaba impaciente a que Ralph Barry terminara de hablar por teléfono. Cuando colgó le preguntó, impaciente:

– Y bien, ¿qué hará Picot?

– Mi contacto asegura que Picot ha regresado impresionado de Irak, que no hace más que decir que sería una locura ir ahora a excavar, que no hay tiempo, que en seis o siete meses no se adelantaría nada; despotrica contra Bush y Sadam, diciendo que son tal para cual.

– No me has respondido, Ralph, quiero saber si irá o no irá.

– No lo ha dicho, pero parece que no lo descarta. Por lo pronto se ha ido a Madrid.

– Sigues sin responder.

– Sigo sin saber qué va a hacer.

– ¿Podríamos poner a trabajar en esa misión a los hombres de Dukais?

– ¿Tú crees que los gorilas de Dukais pueden pasar por estudiantes de arqueología? Vamos, Robert, ¡piensa!

– ¡Claro que pienso! Y necesito hombres en esa excavación. De manera que Dukais tendrá que encontrarlos con el aspecto adecuado.

– Y con conocimientos de historia, geografía, geología, etcétera. No lo veo, Robert, no lo veo. Los gorilas no suelen saber dónde está Mesopotamia.

– Pues tendrán que recibir un cursillo acelerado, tendrán que estudiar día y noche, tendrán que aprenderlo. Se les dará una prima si son capaces de hacerse pasar por estudiantes o por profesores.

– ¡Cuidado, Robert! Sabes que en el mundo académico nos conocemos todos. No puedes camuflar a un gorila como un profesor, le descubrirían.

Robert Brown abrió la puerta del despacho y sorprendió a su atildado y discreto secretario.

– ¿Sucede algo, señor Brown? -preguntó Smith.

– ¿No ha llegado Dukais?

– No, señor, si hubiera llegado le habría avisado.

– ¿A qué hora le citó?

– A la que usted me dijo señor, a las cuatro.

– Son las cuatro y diez.

– Sí, señor, se habrá retrasado por el tráfico.

– Este Dukais es un imbécil.

– Sí, señor.

La figura imponente de Paul Dukais apareció en el umbral del despacho de Smith antes de que Robert Brown hubiera regresado al suyo.

– ¡Ya era hora!

– Robert, el tráfico de Washington es infernal a estas horas; todo el mundo vuelve a casa.

– Pues haber salido antes.

– Últimamente no te controlas -respondió fríamente el presidente de Planet Security.

Ya en el despacho de Brown y una vez que se hubieron servido un whisky, Ralph Barry intentó rebajar la tensión entre los dos hombres.

– Paul, Robert quiere hombres en la misión arqueológica que pudiera estar preparando Yves Picot. Te haré llegar un dossier con todo lo que debes saber de Picot, pero ahora te contaré que es francés, rico, ex profesor de Oxford, mujeriego y aventurero, pero conoce el oficio y conoce a todos los del oficio.

– Me lo pones imposible.

– Sí, porque necesitamos hombres que sepan algo más que leer y escribir; tienen que ser universitarios, hombres que puedan hablar con naturalidad de los campus donde hayan podido estudiar. No pueden ser norteamericanos, tienes que buscarlos en Europa, en algún país árabe quizá, pero no aquí.

– Y además tienen que saber el oficio y ser capaces de cualquier cosa, ¿no? -preguntó con ironía Dukais.

– Exactamente -el tono de la respuesta de Robert no dejaba lugar a dudas de su enfado.

– Por cierto, Robert, ya tengo los equipos de hombres que me pediste para enviar a las distintas fronteras con Irak. Cuando me des la orden, allí estarán.

– Todavía tendrán que esperar; no mucho, pero tendrán que esperar. Ahora me preocupa cómo resolvemos este problema.

– No lo sé, Robert, no lo sé, no conozco a ningún universitario que sea mercenario en sus ratos libres. Buscaré en la ex Yugoslavia; quizá allí pueda encontrar algo.

– ¡Buena idea! Allí se han estado matando desde niños; tiene que haber universitarios que hayan estado en uno u otro bando dando tiros y quieran ganar dinero.

– Sí, Robert, tiene que haberlos.

Ralph Barry les escuchaba con una mezcla de admiración y repulsión. Hacía tiempo que habían comprado su conciencia y la habían valorado en mucho dinero. Ya no se asombraba de cuanto escuchaba, aunque siempre le sorprendía Robert. Era Jano, el dios de las dos caras. Pocos eran los que conocían las dos caras. Cualquiera habría dicho de él que era un hombre educado y exquisito, culto y refinado, cumplidor del deber, por supuesto, e incapaz de saltarse un semáforo. Pero Ralph conocía a otro Brown, a un hombre cruel, sin escrúpulos, a veces soez, con una ambición de dinero y de poder sin límites. Lo que no había logrado desvelar era el nombre dé su Mentor. Robert a veces se refería a él como «mi Mentor», pero jamás decía ni quién era, ni a qué se dedicaba, ni tampoco su nombre, aunque intuía que podía ser el poderoso George Wagner el único hombre ante el cual Brown temblaba. Nunca se lo había preguntado; sabía que para esa pregunta no obtendría ninguna respuesta, y lo que Robert más valoraba era la discreción.

Paul quedó en llamarles en cuanto encontrara a los hombres adecuados, si es que los encontraba.

* * *

Picot volvió a proyectar las diapositivas que había hecho de las tablillas, y las examinó con ojo crítico. A su lado, Fabián le observaba de reojo. Sabía que Picot estaba tomando una decisión, y que seguramente no sería la acertada, pero así era su amigo. Se conocían de los años en que Yves Picot daba clases en Oxford y Fabián hacía un doctorado sobre escritura cuneiforme. Habían simpatizado de inmediato porque los dos resultaban cuerpos extraños en aquella vetusta universidad.

Picot era un profesor invitado. Fabián, un estudioso cualificado que había ido al Reino Unido a doctorarse de una materia en la que contaban con grandes especialistas. Los dos tenían algo en común: estaban enamorados de Mesopotamia, un lugar convertido en Irak por obra y gracia del colonialismo inglés.

Fabián recordaba la impresión que le causó el código de Hammurabi la primera vez que lo vio en el Louvre. Tenía diez años y era su primera visita a París. De la mano de su padre escuchaba las explicaciones que le daba. Después de ver tantas maravillas juntas, cuando entraron en las salas de Mesopotamia, Fabián sintió despertar un inesperado interés. Lo que definitivamente le dejó boquiabierto fue escuchar que en aquel trozo de piedra de basalto estaban escritas leyes antiquísimas, basadas en la ley del talión. Su padre le explicó que en la regla 196 del código se dice: «Si un hombre ha sacado el ojo de otro, le sacarán su ojo». Ese día decidió que sería arqueólogo e iría a descubrir reinos perdidos a Mesopotamia.

– ¿Te decides o no?

– Es una locura -respondió Picot.

– Ciertamente, pero o es ahora o puede no ser nunca. Ya veremos lo que queda después de la guerra.

– Si creemos a Bush, Irak se convertirá en la Arcadia, de manera que podríamos a ir a excavar como quien va de excursión.

– Pero ni tú ni yo nos creemos a Bush. Estoy seguro de que esa guerra va a libanizar Irak. Conoces Oriente, sabes lo que está pasando, no va a haber entrada triunfal de los chicos de las barras y las estrellas. Los iraquíes odian a Sadam, pero también odian a los norteamericanos; en realidad, en Oriente nos odian a todos y tienen parte de razón. No les hemos dado nada, hemos mantenido regímenes corruptos, les hemos vendido lo que no necesitaban, no hemos sido capaces de fomentar la creación de capas medias e intelectuales y cada vez son más pobres y sienten más frustración. Los fanáticos religiosos se lo están montando muy bien: ayudan en los barrios más pobres, enseñan gratuitamente en las madrasas, han creado hospitales para atender a los que no pueden pagar ni médicos ni medicinas… Oriente va a explotar.

– Sí, pero eso que dices no se puede aplicar del todo a Irak. Te recuerdo que Sadam impuso cierto laicismo. El problema es el petróleo; Estados Unidos necesita controlar las fuentes de energía, y pondrá en acción a los Frankenstein necesarios para luego ofrecerse a destruirlos.

– Oriente cada vez está más empobrecido.

– ¿Fabián, nunca dejarás de ser un chico de izquierdas?

– Ya estoy mayorcito para que me llamen chico; en cuanto a lo de izquierdas, puede que tengas razón… seguramente nunca dejaré de ver la realidad aunque sea desde el sofá más cómodo de mi casa.

– ¿Tú qué harías en mi caso?

– Lo que te apetece aunque sea un disparate: ir. Y cuando se acabe, se ha acabado.

– Nos pueden freír si bombardean.

– Sí, lo pueden hacer; la cuestión es poder irnos cinco minutos antes.

– ¿Con quién lo haríamos?

– Tendremos que hacerlo solos. No creo que en mi universidad, ni en ninguna otra, vayan a darnos ni un duro pare que vayamos a Irak. En España la mayoría estamos contra la guerra, pero una excavación en Irak les parecerá una frivolidad y un dinero tirado al vacío.

– O sea, que el dinero lo pongo yo.

– Y yo te ayudo a formar el equipo. En la Complutense hay un montón de estudiantes de los últimos cursos que daría, cualquier cosa por poder excavar, aunque sea en Irak.

– Siempre me has dicho que en España no hay grandes especialistas en Mesopotamia…

– Y no los hay, pero tenemos un montón de estudiantes deseando poder decir que han hecho de arqueólogos. Tú también tienes gente.

– No estoy tan seguro de que encontremos quien nos quiera acompañar en esta aventura. ¿Te pedirás un año sabático?

– Yo no soy rico como tú y necesito cobrar a fin de mes, de manera que hablaré con el decano a ver cómo puedo organizarme este año. ¿Cuándo nos iríamos?

– Ya.

– ¿Cuándo es ya?

– La semana próxima mejor que la otra. No hay tiempo.

– ¿Podremos poner en marcha en dos semanas una misión arqueológica de esta envergadura?

– Seguramente no, es que esto es una locura…

– Pues como es una locura hagámoslo a las bravas, y a ver qué pasa.

Soltando una carcajada, los dos amigos chocaron las palmas de las manos como hacen los jugadores de baloncesto. Luego se fueron a celebrarlo tomando tapas por el Barrio de las Letras, el barrio en el que habían establecido su residencia estudiantes, artistas, escritores, pintores, el barrio donde Madrid no cierra ni siquiera al amanecer.

No durmieron en toda la noche. Primero picotearon por los bares, luego escucharon música en cafés, bebieron en coctelerías, y hablaron y rieron con cuantos encontraban en esos lugares donde la noche establece una camaradería que se desvanece con los primeros rayos del sol, cuando cada cual vuelve a su quehacer.

Yves se levantó antes que Fabián. Imaginaba que su amigo seguía dormido en brazos de una joven que habían encontrado en el último bar, y con la que al parecer mantenía una relación esporádica. La chica parecía tener un genio de mil demonios; había regañado violentamente a su amigo por no haberla llamado esa noche como habían quedado que haría, pero al final todo se había arreglado y allí estaba, durmiendo con Fabián.

Él se alojaba siempre en el ático de Fabián. Desde la terraza se veían todos los tejados de la ciudad. La casa de Fabián contaba con un cuarto de invitados para cuando alguno de sus amigos recalaba en Madrid, e Yves consideraba aquel cuarto un poco suyo, puesto que en cuanto podía se escapaba a esa ciudad abierta y alegre donde nadie preguntaba a nadie ni de dónde venía ni adónde iba.

Se sentó en la mesa de despacho de su amigo e intentó llamar a Irak. Tardó un rato en conseguir la comunicación con Ahmed Huseini.

– ¿Ahmed?

– ¿Quién habla?

– Picot.

– ¡Ah, Picot! ¿Cómo está?

– Decidido a ir; así que quiero que se ponga en marcha; porque no hay tiempo que perder. Le diré lo que necesito de usted. Si no puede conseguirlo, dígamelo.

Durante media hora los dos hombres hablaron sobre lo que sería necesario disponer para abordar la excavación. Ahmed fue sincero con él al explicarle lo que podía conseguir en Irak y lo que no. Pero sobre todo le sorprendió cuando ofreció financiar parte de la expedición.

– ¿Quiere poner dinero?

– No es que quiera, es que queremos correr con el grueso de los gastos, nosotros financiamos la misión, usted pone el personal y el material, ése es el trato.

– ¿Y de dónde va a sacar el dinero si no es indiscreción?

– Haremos un esfuerzo, por lo que esta misión significa para Irak en este momento.

– Vamos, Ahmed, eso no me lo creo.

– Pues créaselo.

– Mi instinto me dice que su jefe Sadam no está para gastarse ni un dólar buscando tablillas por importantes que puedan ser. Quiero saber quién paga, de lo contrario no voy.

– Una parte el ministerio y otra Clara. Ella tiene su propia fortuna personal, heredada de sus padres. Es hija única.

– O sea, que tengo que disputar con su esposa la Biblia de Barro.

– Debe de quedar claro que si la encontramos la Biblia es de Clara; es ella quien sabe que existe y quien tiene las dos primeras tablillas, y ella es quien quiere poner el dinero necesario para la excavación sin reparar en cuánto cueste.

– Parece un sarcasmo que se gaste el dinero en una excavación teniendo en cuenta cómo está su país.

– Señor Picot, aquí no se trata de juzgar la moralidad de nadie. Nosotros no juzgaremos la suya y usted se abstendrá de juzgar la nuestra. La Biblia es de Clara, pero usted podrá decir que se encontró en una misión arqueológica conjunta. Todo el mundo escuchó en Roma hablar de las tablillas a Clara.

– Vaya, ahora resulta que me ponen condiciones. Sin mí no hay misión arqueológica.

– Sin nosotros tampoco.

– Puedo esperar a que Sadam caiga y entonces…

– Entonces ya no habrá nada.

– Me sorprende que no me expusiera estas condiciones cuando estuve en Irak.

– Sinceramente, no pensé que usted fuera a aceptar.

– Bien, ¿le parece que redactemos un contrato, un documento en que quede clara la participación de todas las partes?

– Es una buena idea. ¿Lo redacta usted o se lo mando yo?

– Hágalo usted y ya le diré lo que tiene que cambiar. ¿Cuándo me lo manda?

– ¿Mañana le parece bien?

– No, no me parece bien. Mándemelo dentro de un cuarto de hora a este e-mail que le voy a dar. O llegamos a un acuerdo ahora o se acabó.

– Déme el e-mail.

Pasaron el resto de la mañana discutiendo a través del e-mail y del teléfono, pero a la una habían cerrado el acuerdo. Fabián se había ido a la universidad y la chica aún no se había despertado.

En el documento quedaba claro que se ponía en marcha una misión arqueológica participada por el profesor Picot para excavar un antiguo templo-palacio donde Clara Tannenberg sospechaba podían encontrarse restos de tablillas como los encontrados en otra misión arqueológica en Jaran años atrás, en los que un escriba que firmaba como Shamas afirmaba que Abraham le iba a relatar la historia del mundo.

Ahmed le dejó claro que su mujer no iba a dejarse arrebatar el esplendor de la gloria.

Fabián llamó a Picot desde su despacho de la universidad y quedaron para almorzar juntos. Su compañera de la noche aún seguía durmiendo, cosa que tenía muy extrañado a Picot.

– ¿No le habrá pasado algo? -preguntó a Fabián.

– No te preocupes, es que es muy dormilona.

Después del almuerzo se fueron al despacho de Fabián. Éste ya había hablado con algunos de sus mejores alumnos y otros profesores, a quienes les contaron lo que se proponían.

De la veintena de los reunidos, ocho estudiantes se apuntaron y un par de profesores prometieron hablar con el decano para poder ir. Quedaron en que volverían a reunirse al día siguiente para ultimar detalles.

Cuando se quedaron solos, cada uno con un teléfono, empezaron a llamar a colegas de otros países. La mayoría les contestaban que estaban locos, otros que se lo pensarían. Todos pedían tiempo.

Picot decidió que al día siguiente se iría a Londres y a Oxford a ver personalmente a algunos amigos, y también pasaría por París y Berlín. Fabián se encargaría de viajar a Roma y Atenas, donde conocía a algunos profesores.

Era martes. El domingo se volverían a reunir en Madrid, y verían qué efectivos humanos habían podido juntar entre los dos. El objetivo era estar en Irak el 1 de octubre a más tardar.

* * *

Ralph Barry entró sonriente en el despacho de Robert Brown.

– Traigo buenas noticias.

– Pues dámelas.

– Acabo de hablar con un colega de Berlín, Picot está allí reclutando profesores y alumnos para ir a Irak. Díselo a Dukais; a lo mejor puede colar a algunos de sus chicos, si es que ha encontrado alguno. Ha estado también en Londres y en París y ha provocado una auténtica conmoción en la comunidad académica. Todos piensan que está loco, pero algunos sienten una curiosidad insana por ir a ver qué está pasando en Irak.

»No creo que sea capaz de conseguir que le acompañe gente de peso, pero sí logrará que algunos profesores y alumnos vayan con él. El grupo que está formando es de lo más heterogéneo, así que una vez allí no sé lo que será capaz de hacer. No van con un plan de trabajo, ni con una prospección previa, ni con un estudio a fondo de los recursos necesarios. Parece que el mayor apoyo de Picot es Fabián Tudela, un profesor de Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid. Es un experto en Mesopotamia, se doctoró en Oxford y ha trabajado en varias excavaciones en Oriente Próximo. Es competente, además de ser el mejor amigo de Picot.

– Al final se ha decidido…

– Sí. La tentación era muy fuerte para un tipo como él. Pero dudo que puedan hacer algo. Seis meses no es tiempo en arqueología.

– No, no lo es, pero a lo mejor tienen suerte. Ojalá sea así.

– En todo caso, ya se han puesto en marcha.

– Bien, continúa averiguando cuanto puedas. ¡Ah!, y llama tú a Dukais. Explícale por dónde anda Picot y con quién. Espero que sea capaz de encontrar algunos hombres para esa expedición.

– No será fácil; no se puede convertir a un gorila en un estudiante.

– Tú habla con él.

Cuando se quedó solo, Robert Brown marcó un número de teléfono esperando impaciente a que respondieran. Se tranquilizó cuando escuchó la voz de su Mentor.

– Siento molestarte, pero quería que supieras que Yves Picot está organizando un grupo para ir a Irak.

– ¡Ah, Picot! Imaginaba que no podría resistirse. ¿Lo has organizado todo como te dije?

– Lo estoy haciendo.

– No puede haber fallos.

– No los habrá.

Brown titubeó unos segundos antes de atreverse a preguntar:

– ¿Sabes ya quién envió a los italianos?

El silencio de su Mentor fue peor que un reproche. El presidente ejecutivo de la fundación Mundo Antiguo se puso a sudar consciente de la inoportunidad de su pregunta.

– Procura que las cosas salgan como hemos previsto.

Con estas palabras, el Mentor dio por concluida la conversación.

Paul Dukais tomaba notas de lo que Ralph Barry le contaba por teléfono.

– O sea, que ahora está en Berlín -afirmaba más que preguntaba el presidente de Planet Security.

– Sí, y también ha estado en París; luego irá a Londres antes de regresar a Madrid. Es septiembre, a lo mejor puedes matricular en alguna de estas universidades a tus gorilas para que se ofrezcan voluntarios.

– Tú mismo me acabas de decir que buscan estudiantes de los últimos cursos, ¿cómo se van a llevar a alguien que se matricule en primero? No sé por qué ese empeño en que mis hombres vayan en esa misión arqueológica. Puedo encontrar otra cobertura para que estén allí.

– Órdenes del jefe.

– Robert está imposible.

– Robert está nervioso. Se trata de unas tablillas que valdrán millones de dólares. En realidad, su valor es incalculable si realmente se puede demostrar que fueron inspiradas por el patriarca Abraham. Sería un descubrimiento revolucionario, la Biblia de Barro, el Génesis contado por Abraham.

– No te entusiasmes, Ralph.

– No puedo dejar de hacerlo.

– Ahora eres un hombre de negocios.

– Pero no puedo dejar de amar la historia. En realidad, es mi única pasión.

– No te pongas sentimental, que no te va. Ya te llamaré si tengo algo. Me pongo a trabajar.

* * *

Mercedes paseaba sin rumbo por las calles que desembocan en la Piazza di Spagna. Había estado haciendo algunas compras en las lujosas boutiques de Via Condotti, Via de la Croce, Via Fratina… Un par de bolsos, pañuelos de seda, un traje de chaqueta, una blusa, zapatos. Se aburría. Nunca le había divertido ir de compras, aunque procuraba prestar atención a su arregle personal. Sus amigos le decían que era una mujer elegante, aun que ella sabía que optar por la ropa clásica era la manera de no equivocarse.

Tenía ganas de regresar a España, de volver a Barcelona, su empresa, a visitar las obras y subir a los andamios entre la miradas de terror de los albañiles, que pensaban que era un vieja loca.

La actividad constante era lo que le permitía vivir, no pensaba en nada que no fuera lo que hacía en cada instante. Llevaba toda la vida huyendo de encontrarse a solas consigo misma, aunque en realidad había elegido estar sola. No se había casado, no había tenido hijos, no tenía hermanos ni sobrinos ni le quedaba ningún pariente vivo. Su abuela, la madre de su padre, había muerto hacía años. Era una anarquista dura como el pedernal, que había conocido las cárceles fraquistas. También era la única persona que la había ayudado a poner los pies en la tierra que se sintiera parte de la gente, una más. Porque su abuela se negaba a mitificar lo extraordinario de la vida de ambas. «Los fascistas son como son -decía-, así que nada de lo que hicieron nos puede extrañar.» De esta manera acallaba sus pesadilla intentando convencerla de que lo que había pasado tenía que pasar de ese modo porque respondía al patrón de comportamiento de hombres que llevaban el sello de la maldad.

Había vivido el tiempo suficiente para ayudarla a afrontar la vida mirando de frente.

En Barcelona a aquella hora estaría hablando con el arquitecto de alguna de sus obras, discutiendo proyectos, planificando el siguiente edificio.

Solía almorzar sola en su despacho, al igual que cenaba sola en su casa delante de la televisión.

Ahora debía buscar algún lugar donde sentarse a descansar y a comer algo, porque tenía hambre. Luego regresaría al hotel andando y haría las maletas. Se iba al día siguiente en el primer avión. Carlo había quedado en pasarse por el hotel para cenar juntos en algún restaurante cercano y despedirse de ella.

Cipriani la llamó a la habitación desde el vestíbulo. La estaba esperando. Cuando bajó se fundieron en un abrazo. Era una manera de liberar el torrente de sentimientos que les oprimía a los dos.

– ¿Has hablado con Hans y con Bruno?

– Sí, me llamaron en cuanto llegaron. Están bien. Hans tiene una enorme suerte con Berta, es una mujer excepcional.

– Tus hijos también son estupendos.

– Sí, lo son, pero yo tengo tres, y Hans sólo una, de manera que tiene suerte de que Berta sea como es. Le cuida y le mima como si fuera un niño.

– ¿Bruno estaba bien? Me preocupa, le vi abrumado por la situación, como si tuviera miedo.

– Yo también tengo miedo, Mercedes. Y supongo que tú también. Que hagamos lo que tenemos que hacer no significa que tengamos impunidad.

– Ésa es la tragedia del ser humano, que nada de lo que hace queda impune. Fue la maldición de Dios cuando expulsó a Adán y a Eva del Paraíso.

– Por cierto, cuando llamó Bruno escuché protestar a Deborah. Nuestro amigo me contó que Deborah está preocupada e incluso le ha pedido que no nos vea nunca más. Discutieron, y Bruno le dijo que antes prefería separarse de ella. Que nada ni nadie le haría romper el vínculo con nosotros.

– ¡Pobre Deborah! Entiendo su sufrimiento.

– Tú nunca le has caído bien.

– Yo no le suelo caer bien a casi nadie.

– En realidad procuras no caer bien a nadie, lo que es un síntoma de inseguridad. Lo sabes, ¿verdad?

– ¿Me habla el médico o el amigo?

– Te habla el amigo, que además es médico.

– Tú puedes curar cuerpos, pero el alma no tiene cura.

– Lo sé, pero al menos deberías hacer un esfuerzo para ver de otro color lo que te rodea.

– Ya lo hago. ¿Cómo crees que he podido vivir todos estos años? ¿Sabes?, sólo os tengo a vosotros. Desde que murió mi abuela vosotros sois lo único que me liga a la vida. Vosotros y…

– Sí, la venganza y el odio son motores de la historia, y también de las historias personales. A pesar de los años que han pasado aún recuerdo a tu abuela. Era una mujer con un valor extraordinario.

– No se conformó con ser una superviviente como yo; le plantó cara a todo y a todos. Cuando salió de la cárcel no se doblegó, continuó siendo anarquista, organizando reuniones clandestinas, cruzando la frontera a Francia para llevar a España propaganda antifranquista y reunirse con viejos exiliados. Te contaré una cosa: en los años cincuenta y sesenta, en todos los cines de España antes de poner la película ponían un reportaje sobre lo que hacían Franco y sus ministros. Nosotras vivíamos en Mataró, una ciudad próxima a Barcelona, y había un cine de verano, en el que veíamos películas al aire libré mientras los chiquillos comíamos pipas. En cuanto salía la primera imagen de Franco mi abuela carraspeaba, escupía en el suelo y murmuraba bajito: «Se creen que nos han vencido, pero están muy equivocados; mientras podamos pensar somos libres», y se señalaba la cabeza diciendo «aquí no mandan». Yo la miraba aterrada, temiendo que en cualquier momento nos detuvieran. Nunca sucedió nada.

– Siempre nos acogió con afecto y nunca nos preguntó nada cuando íbamos a verte. La recuerdo siempre de negro, con el moño recogido en lo alto de la cabeza, con la cara llena de arrugas. Había tanta dignidad en ella…

– Sabía de qué hablábamos y lo que nos habíamos propuesto, conocía nuestro juramento. Nunca me lo reprochó; al revés, sólo me aconsejaba que lo que tuviéramos que hacer lo hiciéramos con la cabeza, sin dejarnos llevar por la rabia.

– No sé si lo lograremos.

– En eso estamos, Carlo, en eso estamos. Creo que vamos acercándonos al final, acercándonos a Tannenberg.

– ¿Por qué se habrá puesto al descubierto después de tantos años? No dejo de preguntármelo, Mercedes, y no encuentro la respuesta.

– Los monstruos también sienten. Esa mujer puede ser su hija, su nieta o una sobrina, vete tú a saber. Y por el informe de Marini pienso que la ha enviado a Roma para que les ayuden a encontrar esas tablillas de las que habló la chica en el congreso. Deben de ser muy importantes para ellos, tanto que ha corrido el riesgo de dejarse ver.

– ¿Tú crees que los monstruos también sienten?

– Mira a tu alrededor, piensa en la historia reciente, en todos los dictadores que has visto rodeados de su familia, con sus nietos en brazos, acariciando a su gato. Sadam, sin ir más lejos: no le importaba bombardear con gas las aldeas kurdas, asesinando a mujeres, niños y ancianos, o hacer desaparecer a los opositores a su régimen, y mira lo que cuentan de sus hijos. Han salido igual que él, pero es que además les consiente todo, cuida a sus dos monstruitos como si fueran maravillas. O Ceaucescu, o Stalin, o Mussolini o Franco, o tantos otros dictado-res a los que se les caía la baba con los suyos.

– Lo mezclas todo, Mercedes -rió Carlo-, los metes a todos en el mismo paquete. ¡Tú también eres una anarquista!

– Mi abuela era anarquista, mi abuelo también. Mi padre era anarquista.

Se quedaron en silencio, evitando seguir hurgando en heridas que aún sangraban.

– ¿Hans ha llamado ya a ese Tom Martin? preguntó Mercedes para cambiar el rumbo de la conversación.

– No, pero me dijo que en cuanto concierte la cita nos llamará. Supongo que esperará dos o tres días antes de hacer nada. Acaba de llegar y su hija Berta se alarmaría si se vuelve a marchar.

– Podría encargarme yo. Al fin y al cabo no tengo familia y por tanto nadie me va a pedir explicaciones de adónde voy ni a quién llamo.

– Dejemos que lo haga Hans.

– ¿Y tú amigo Luca?

– No te cae bien, lo sé, pero es una buena persona y nos ha ayudado, nos continúa ayudando. Me llamó antes de que saliera para aquí. Me aseguró que no había novedad, que por ahora sus ex colegas no habían movido pieza. No quiso alarmarme, pero cree que alguien ha husmeado en los archivos buscando información sobre lo sucedió. No han encontrado nada porque él nunca abrió una carpeta. El caso lo llevaba él directamente y daba las órdenes a sus hombres sin decirles quién era el cliente. Cree que también han revisado su despacho. Ha buscado micrófonos por todas partes y no ha encontrado nada; aun así, me llamó desde una cabina. Quedamos en, vernos mañana. Se pasará por la clínica.

– ¿Tannenberg?

– Puede ser él, la policía o vete tú a saber quién.

– Sólo puede ser él o la policía; no hay nadie más a quien le pueda interesar lo que ha pasado.

– Tienes razón.

Continuaron charlando hasta tarde. Pasaría algún tiempo antes de que volvieran a verse.

12

– Paul, te he encontrado un par de hombres que te pueden servir. Tienen las características que me pediste. Si me dieras más tiempo, podría encontrar más.

– Lo único que no tengo es tiempo. Ya ha comenzado la cuenta atrás para que empiece esa maldita guerra.

– No te quejes, que gracias a esta guerra vamos a ganar un buen montón de dinero.

– Sí, Tom, las guerras se han convertido en un excelente negocio. He firmado unos cuantos contratos para enviar hombres a Irak el día después. Supongo que tú también.

– Sí, y quiero proponerte alguna cosa que podemos hacer juntos. ¿Cuántos hombres tienes?

– Ahora mismo, más de diez mil contratados.

– ¡Chico, qué pasada! Yo no llego a tanto, además tampoco quiero chapuceros, sino hombres con alguna experiencia.

– Aquí no son difíciles de encontrar. Estoy empezando a contratar asiáticos.

– ¿Qué más da de dónde sean? Lo importante es que estén preparados para combatir. Cuento con bastantes ex yugoslavos: serbios, croatas, bosnios, tipos duros, con demasiado gusto por apretar el gatillo. Esos dos que te he encontrado son dos piezas de cuidado, espero que les puedas controlar. Son jóvenes, pero están locos. Han matado mucho, mucho más de lo que pueden recordar.

– ¿Qué edad tienen?

– Uno veinticuatro años y el otro veintisiete. Uno es bosnio y el otro croata. Estudiaban antes de que en Yugoslavia empezaran a matarse los unos a los otros. Son dos supervivientes que perdieron a parte de su familia en esa guerra. El croata ese un gran tirador. Le gusta el dinero. Va a la universidad a estudiar informática, creo que es un pequeño genio con los ordenadores. Y el bosnio es maestro.

– ¿Ninguno estudia historia ni arqueología?

– No, no tengo mercenarios que les dé por la historia. Éstos te sirven por la edad y porque hablan inglés. Ya sabes que los gobiernos europeos lavan su conciencia dando becas a los ex yugoslavos, de manera que si te das prisa puedes apuntarles a algo en cualquier universidad que te venga bien, en la de Berlín o en París, y allí seguro que encontrarás a alguien que les acerque al círculo de Picot.

– ¡Joder, no me lo pones fácil!

– Vamos, Paul, piensa, que estos dos son capaces de todo por una buena paga. Están acostumbrados a matar para sobrevivir. Matriculémosles en Berlín o en Madrid. España es un buen coladero para buscar nuevas identidades a la gente. Es un país donde aún quedan idealistas dispuestos a jugársela por cualquiera que les cuente una historia triste. Y ésos tienen una historia trágica. Dame las coordenadas de Picot y yo haré que se acerquen a su círculo. Tendrá que pagar a los estudiantes que se lleve, así que estos dos pueden alegar que tienen necesidad de dinero para los estudios y salir adelante.

– Pero ¿cómo quieres que Picot contrate a un informático y a un maestro? Necesita arqueólogos o historiadores.

– Bueno, amigo, tú decides, esto es lo que tengo.

– Mandaré a uno de mis hombres para que les vea y les explique qué queremos. Mañana estará ahí. Pásame la factura.

– Lo haré. ¿Cuándo vienes a Londres?

– Dentro de una semana, tengo una reunión con algunos clientes qué podemos compartir. Te mandaré un e-mail.

– Bien. Hablaremos.

Tom Martin colgó el teléfono. Se llevaba bien con Paul Dukais. Ambos se dedicaban al mismo negocio: a ofrecer seguridad a unos y, a veces, a matar a otros. Sus empresas estaban en expansión, era lo bueno de la globalización. Desde luego, Irak prometía ser un buen negocio. Había firmado cuatro contra-tos millonarios y esperaba firmar unos cuantos más.

Sin duda Global Group era la mejor empresa europea de seguridad, así como la de Paul Dukais, Planet Security, era la mejor de Norteamérica. Las dos empresas controlaban más del sesenta y cinco por ciento del negocio en todo el mundo, los demás a su lado eran como hormigas. Pero en Irak habría tarta para todos. Y algunas misiones tendrían que encararlas juntos los hombres de Global y los de Planet; de eso quería hablar con Paul.

Le invitaría a cenar y a tomar unas cuantas copas una vez que cerraran el acuerdo que estaba seguro alcanzarían, como tantas otras veces habían hecho en el pasado.

13

La cena transcurría casi en silencio. Alfred Tannenberg evitaba dirigirse a Ahmed, quien tampoco tenía gran interés en hablar con él, de manera que el esfuerzo de mantener la ficción de la normalidad recaía sobre Clara.

Apenas terminaron de cenar, Clara pidió a su abuelo que no se retirara a descansar.

– ¿Qué es lo que quieres?

– Que hablemos. No puedo soportar esta tensión que hay, entre Ahmed y tú, necesito que me digáis qué está pasando.

Los dos hombres se miraron sin saber qué postura adoptar; fue Ahmed quien rompió el silencio.

– Tu abuelo y yo tenemos diferencias de criterio.

– ¡Ah!, y eso significa que habéis decidido no hablaros, ¿no? ¡Os vais a cargar la misión arqueológica! No se puede comenzar nada si en casa parece que estamos de funeral. ¿Qué es lo que pasa? ¿Cuál es esa diferencia de criterio tan tremenda que os miráis como si fuerais a saltar el uno sobre el otro?

Alfred Tannenberg no estaba dispuesto a rebajarse ni ante su nieta ni mucho menos ante su marido. Consideraba indigna esa conversación, de manera que la cortó.

– Clara, me niego a mantener esta conversación. Preocúpate de organizar la misión, toda la responsabilidad será tuya. A ti te pertenece la Biblia de Barro, eres tú quien la debe encontrar y sobre todo quien tiene que saber conservarla. Todo lo demás es irrelevante ante lo que tenemos por delante. Por cierto, no te lo he dicho, pero me voy a El Cairo unos días. Pero antes de irme te dejaré dinero suficiente, dólares, para que puedas afrontar la excavación. Deberás llevarlo contigo y administrarlo. ¡Ah! Quiero que Fátima te acompañe.

– ¿Fátima? Pero, abuelo, ¿cómo voy a llevar a Fátima a una misión arqueológica? ¿Qué quieres que haga allí?

– Cuidar de ti.

Cuando Tannenberg expresaba un deseo nadie se atrevía a contradecirle, ni siquiera Clara.

– De acuerdo, abuelo, pero ¿no podíais Ahmed y tú hacer las paces por mí? Me siento tan incómoda en esta situación…

– Niña, no te metas. Déjalo estar.

Ahmed no había pronunciado ni una palabra más. Cuando salió el abuelo de Clara, la miró furioso.

– ¿No podías haber evitado este numerito? No te empeñes en que siempre sea Navidad.

– Mira, Ahmed, no sé qué os pasa a mi abuelo y a ti, pero sé que llevas una temporada agresivo y desagradable con todo el mundo, especialmente conmigo. ¿Por qué?

– Estoy cansado, Clara, no me gusta cómo vivimos.

– ¿Y cómo vivimos?

– Encerrados en la Casa Amarilla, al albur de lo que quiera tu abuelo. Él marca nuestra existencia, nos llena las horas del día diciéndonos qué tenemos que hacer, en qué no debemos equivocarnos. Aquí me siento preso.

– ¿Por qué no te marchas? Yo no puedo obligarte a que te quedes y tampoco te lo voy a pedir. Estás en tu derecho de tener una vida distinta si no te gusta la que tenemos.

– ¿Me invitas a irme? ¿No se te ocurre pensar que podemos irnos los dos?

– Yo soy parte de la Casa Amarilla, no me puedo escapas de mí misma. Además, Ahmed, yo soy feliz aquí.

– Me hubiera gustado continuar viviendo en San Francisco. Allí fuimos felices.

– Yo soy feliz aquí, soy iraquí.

– No, no eres iraquí, sólo has nacido aquí.

– ¿Vas a decirme de dónde soy? Claro que he nacido aquí, y me he educado aquí y he sido feliz aquí, y quiero seguir siéndolo. Yo no necesito ir a ninguna parte para ser feliz, todo lo que quiero está aquí.

– Pues yo todo lo que quiero no lo encuentro; desde luego sé que no está en esta casa ni en este país. Irak no tiene futuro, se lo están arrebatando.

– ¿Qué quieres hacer, Ahmed?

– Irme, Clara, irme.

– Pues vete, Ahmed, yo no haré nada por retenerte. Te quiero mucho, demasiado para desear que te quedes siendo infeliz. ¿Puedo hacer algo?

Ahmed se sorprendió de la reacción de Clara. Incluso se sintió herido en su amor propio. Su mujer no le necesitaba, le quería pero no le necesitaba, y dejaba claro que no haría nada por retenerle; al contrario, facilitaría su marcha.

– Te ayudaré a encontrar la Biblia de Barro. Creo que puedes necesitar mi ayuda, sobre todo si tu abuelo se va a El Cairo. Luego, cuando todos se marchen, me iré con ellos. No podré ir a Estados Unidos, pero buscaré refugio en Francia o en el Reino Unido, esperaré a que llegue el momento en que los iraquíes dejemos de estar apestados y pueda regresar a San Francisco.

– No tienes por qué quedarte, Ahmed. Agradezco que quieras ayudarme, pero ¿crees que es buena idea que vivamos los próximos meses como si no pasara nada, sabiendo que después te irás?

– ¿Tú no vendrás?

– No, no iré, yo me quedaré en Irak. Quiero vivir aquí. Me gustó América, fuimos felices allí. Yo nunca había salido de Oriente. Mi abuelo nunca me lo permitió. Mi vida transcurría entre Irak, Egipto, Jordania, Siria y nada más. Sí, me gustará ir algún día a Nueva York y a San Francisco, pero de visita. Te lo repito, yo viviré siempre aquí.

– ¿Te das cuenta de que esto es el comienzo de nuestra separación?

– Sí. Lo siento, lo siento mucho porque yo te quiero, pero creo que ninguno de los dos debemos de renunciar a ser nosotros mismos porque entonces no nos reconoceríamos y terminaríamos odiándonos.

– Si no quieres que me quede para ayudarte a encontrar la Biblia de Barro, procuraré buscar la manera de salir de Irak.

– Mi abuelo te ayudará.

– No lo creo.

– Te aseguro que lo hará.

– De todas maneras, piensa en mi oferta: no me importa quedarme unos meses. Sé que te puedo ser útil, y a pesar de mi deseo de marcharme, me gustaría ayudarte.

– Esta noche ya hemos hablado bastante, Ahmed, déjame pensar hasta mañana. ¿Dónde dormirás?

– En el sofá de mi despacho.

– Bien, tenemos que hablar de los detalles del divorcio, pero si no te importa lo haremos mañana.

– Gracias, Clara.

– Es que yo te quiero, Ahmed.

– Yo también te quiero, Clara.

– No, Ahmed, no me quieres, en realidad hace tiempo que dejaste de quererme. Buenas noches.

Volvían a estar en silencio mientras desayunaban. Fátima entró en el comedor en busca de Ahmed con paso presuroso.

– Le llama el señor Picot. Dice que es urgente.

Ahmed se levantó y salió de la estancia en busca del teléfono.

– Ahmed al habla.

– Soy Picot. Tengo ya una lista provisional de las personas que participarán en la misión arqueológica. Se la acabo de pasar por e-mail para que tramite cuanto antes los visados. También he decidido mandar a dos personas por delante con parte del material para que lo vayan montando. Cuando lleguemos el resto, me gustaría que hubiese ya organizada cierta infraestructura para que comencemos cuanto antes a trabajar.

»Necesito que arregle los papeles con rapidez para que no haya problemas de aduana ni fastidien a mi gente.

– Cuente con ello. ¿Qué manda?

– Tiendas, comestibles no perecederos, material arqueológico… Cuando lleguemos quiero que tengamos preparadas las tiendas donde vamos a vivir, y que el contingente de obreros esté seleccionado. ¿Se encargará de todo?

– De todo lo que me dé tiempo. Verá, seguramente no participaré en esta misión.

– ¿Cómo dice?

– Tranquilo, no pasa nada. Clara se hará cargo de todo. Pero no se preocupe, que estos primeros encargos los podré hacer aún yo.

– Oiga, ¿qué pasa? Vamos a invertir un montón de dinero en esa excavación; me ha costado lo que no imagina convencer a un grupo de estudiantes y arqueólogos para que vayan a Irak y ahora usted me dice que no estará. ¿Qué broma es ésta?

– No es ninguna broma. El que yo no participe en la excavación no cambiará los términos del acuerdo al que llegamos. Es irrelevante mi presencia, todo lo que necesite lo tendrá. Le aseguro que Clara es una arqueóloga muy capaz, no necesita mi ayuda para llevar adelante la expedición, ni usted tampoco.

– No me gustan estos imprevistos.

– Yo odio los imprevistos, pero así es la vida, amigo. En todo caso ahora leeré su e-mail e iré solucionando lo que pide. ¿Quiere hablar con Clara?

– No, ahora no. Más tarde.

Clara le observaba desde el quicio de la puerta. Había escuchado parte de la conversación.

– Picot no se fía de mí.

– Picot no te conoce. Se maneja con estereotipos, así que si tú eres iraquí, lo que te corresponde es llevar velo y no ser capaz de dar un paso sin tu marido. Ésa es la imagen que en Occidente tienen de Oriente. Ya cambiará de opinión.

– Le preocupa que tú no estés.

– Sí, le preocupa. Pero tú no debes preocuparte. En realidad, no me necesitáis para nada. Clara, hemos repasado hasta la saciedad lo que hay que hacer. Conoces Safran mejor que yo, y de arqueología mesopotámica nadie te puede dar ni una sola lección. Además, he pensado que puedes nombrar ayudante a Karim. Es un historiador bastante capaz. Por otra parte, es el sobrino del Coronel y le encantará participar en una misión arqueológica.

– ¿Y tú, qué le dirás? ¿Cómo explicarás que no vas a estar?

– Tenemos que hablarlo, Clara, tenemos que decidir cómo nos separamos, cuándo y cómo lo decimos, qué hacemos a continuación. Hagámoslo lo mejor posible, por ti, por mí, por todos.

Clara asintió. Deseaba sinceramente que pudieran separarse como habían comenzado a hacerlo: sin reproches ni escenas. Pero se preguntaba en qué momento y a causa de qué darían rienda suelta a todas las emociones contenidas.

– ¿Qué te ha pedido Picot?

– Vamos al despacho a leer el e-mail. Luego nos pondremos a trabajar. No hay tiempo que perder. Tengo que llamar Coronel. Picot envía por anticipado parte del material y no quiere problemas en la aduana. ¿Tienes a mano el plan de trabajo que hicimos?

– Lo tiene mi abuelo, se lo dejé para que lo viera.

– Pues ve a buscarlo y, si estás lista, te vienes conmigo al ministerio y nos ponemos a preparar la expedición. Hay que empezar a mandar gente a Safran. Puede que uno de los dos deba ir de avanzadilla.

Alfred Tannenberg continuaba en el comedor y no disimuló su enfado cuando Clara entró.

– ¿Desde cuándo te has vuelto tan maleducada que me dejas con el plato puesto en la mesa y te vas? ¿Se puede saber qué pasa?

– Era Picot.

– Sí, ya he oído que era Picot. ¿Debe parar el mundo cuando llama Picot?

– Perdona, abuelo, pero ya sabes que es importante para lograr nuestro objetivo. Ha llamado para anunciar que manda por delante el material y a algunos colaboradores para que, cuando él llegue esté todo preparado y podamos ponernos a trabajar. Debemos resolver los problemas de la aduana. Ahmed hablará con el Coronel. Y uno de nosotros dos irá a Safran para que todo esté a punto cuando empiece a llegar el material. Tenemos que seleccionar a los obreros, terminar de acordar con el jefe de la aldea el salario del que hablamos…, en fin, un montón de cosas.

– De acuerdo, pero no vuelvas a dejarme solo sentado en la mesa. Nunca.

– No te enfades, por favor, estamos tan cerca de alcanzar tu sueño…

– No es un sueño, Clara, la Biblia de Barro existe, está ahí, sólo tienes que encontrarla.

– La encontraré.

– Bien, y cuando lo hagas coge las tablillas y regresa lo antes que puedas.

– No les pasará nada, te lo aseguro.

– Dame tu palabra de que no permitirás que nadie, nadie, se haga cargo de ellas.

– Te doy mi palabra.

– Ahora vete a trabajar.

– Precisamente venía a pedirte que me devolvieras los papeles con el plan que habíamos hecho entre Ahmed y yo.

– Están encima de la mesa de mi despacho, cógelos. Y en cuanto a Ahmed, cuanto antes se vaya, mejor.

Clara le miró asombrada. ¿Cómo era posible que su abuelo supiera lo que estaba pasando entre Ahmed y ella?

– Abuelo…

– Que se vaya, Clara, no le necesitamos ninguno de los dos. Lo pasará mal sin nosotros, porque sin nosotros no es nada.

– ¿Cómo sabes que Ahmed se va?

– Sé todo lo que pasa en la Casa Amarilla. ¿Qué clase de estúpido sería si no supiera lo que pasa en mi casa?

– Yo le quiero, te pido que no le perjudiques; si lo haces, no te lo perdonaré.

– Clara, en esta casa soy yo el que decide sobre todos vosotros. No me digas lo que puedo hacer o no.

– Sí, abuelo, sí te lo digo. Si le haces algo a Ahmed, yo también me iré.

El tono de voz de Clara no dejaba lugar a dudas. Alfred Tannenberg se dio cuenta de que la advertencia de su nieta era real.

Cuando entró en el todoterreno de su marido la tensión se reflejaba en el rostro de Clara.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Ahmed.

– Sabe que nos separamos.

– ¿Y con qué me ha amenazado?

Clara sintió el desgarro que le estaban produciendo los dos hombres a quienes más quería en el mundo. No soportaba la animadversión que se tenían.

– Vamos, Ahmed, mi abuelo siempre se ha portado bien contigo, no utilices ese tono.

– Le conozco bien, Clara, por eso le temo.

– ¿Le temes? Él se ha volcado en ayudarte, no hay nada que hayas querido que no te lo haya dado, no sé por qué tienes que temerle.

Ahmed se calló. No quería descubrir a Clara la parte oscura de los negocios de su abuelo, negocios en los que él había participado por ambición.

– Tu abuelo ha sido generoso, sin duda, pero yo he trabajado lealmente a su lado, sin cuestionar jamás lo que hacía.

– ¿Y por qué debías de cuestionar lo que hace mi abuelo? -preguntó Clara enfadada.

– Vamos, Clara, no vayamos a estropearlo todo por culpa de tu abuelo. Estamos llevando las cosas bastante bien.

– Me doy cuenta de que no os soportáis el uno al otro. ¿Desde cuándo? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no me he dado cuenta?

– No te hagas tantas preguntas. Estas cosas pasan en las familias, en los negocios, entre los amigos. Un día te dejas de entender con la gente y ya está.

– ¿Así de simple?

– ¿Quieres hacerlo complicado?

– ¡Quiero que no lo hagáis complicado ninguno de los dos, quiero que me dejéis en paz, quiero que no me convirtáis en vuestro campo de batalla!

Ahmed asintió. Iba conduciendo y no le veía la cara, pero se daba cuenta de que la armonía que había reinado entre ellos estaba a punto de quebrarse.

– Por mi parte procuraré hacer las cosas fáciles. Yo no quiero hacerte daño por nada del mundo. No te lo mereces.

– ¡Claro que no me lo merezco! De manera que no me fastidiéis.

– Bien, ¿qué le has dicho a tu abuelo?

– Nada, simplemente no le he negado que vayamos a separarnos. Quiere que te vayas cuanto antes.

– En eso estoy de acuerdo con él. Me iré de la Casa Amarilla. Puedo irme a casa de mi hermana.

De repente Clara sintió un dolor agudo en el pecho. Una cosa era hablar en abstracto de separarse y otra ver materializarse la separación.

– Haz lo que creas conveniente, lo que sea mejor para ti.

– Para los dos, Clara, para los dos.

Estuvo a punto de decirle que ella no quería separarse, que empezaba a sentir miedo por el dolor que ya le estaba acarreando saber que él se iba. Pero no lo dijo, prefería seguir intentando mantener la dignidad.

– Verás, Ahmed, lo único que quiero es que nos evitemos escenas el uno al otro. Y sobre todo quiero pedirte que no te enfrentes a mi abuelo. Yo le quiero.

– Ya lo sé, Clara, sé lo mucho que le quieres. Lo haré por ti; al menos lo intentaré.

Cuando entraron en el ministerio ya habían cambiado de conversación. Hablaban de quién de los dos iría a Safran.

– Voy yo, Ahmed, luego tú no estarás y prefiero saber desde el principio cómo se ha organizado todo, elegir yo a los obreros.

No le dijo que marcharse le ayudaría a despejar la angustia que estaba empezando a sentir.

– De acuerdo, puede que tengas razón. Yo me quedaré aquí y te ayudaré desde Bagdad. Así, de paso, voy organizando mi salida.

– ¿Cómo te vas a ir?

– No lo sé.

– Te acusarán de traición, Sadam puede enviar a alguien para que te asesine.

– Sí, es un riesgo que debo correr.

Pasaron el resto de la mañana al teléfono, arreglando papeles y permisos. A mediodía, Ahmed se fue a almorzar con el Coronel y Clara regresó a la Casa Amarilla.

– Llegas a tiempo para el almuerzo -le dijo Fátima- tu abuelo está en el despacho con una visita.

Clara se fue a su cuarto a refrescarse después de ordenar a Fátima que le avisara cuando su abuelo bajara a almorzar.

Tannenberg terminó de leer el último folio ante la mirada expectante de su interlocutor. Luego guardó cuidadosamente los papeles en una carpeta que depositó en el cajón superior de la mesa del despacho y clavó los ojos de acero en Yasir.

– Iré a El Cairo. Organiza una conferencia con Robert Brown, quiero que vaya a un lugar donde no le puedan intervenir el teléfono.

– Imposible. Los satélites norteamericanos graban todo, especialmente las conversaciones entre Estados Unidos y este pobre rincón del mundo.

– Déjate de florituras, Yasir, quiero hablar con Robert.

– No será posible.

– Tendrá que serlo. Quiero hablar con él y con otros amigos. O buscan la manera de que hablemos o les llamaré directamente a sus despachos. Hay que discutir el plan que me han enviado, ellos no conocen esto y han decidido cosas absurdas. Tal y como lo han planificado, sería un desastre. Además, quiero el mando, como siempre. No acepto que envíen a nadie a dirigir la operación. ¿Por qué? Porque en esta zona mando yo, es mi territorio, de manera que no van a sacarme de él.

– Nadie te quiere sacar de ninguna parte. Saben que no te encuentras bien y te mandan refuerzos.

– No empieces a subestimarme, Yasir, no te equivoques tú también.

– Puede que estén enfadados por lo de Clara en Roma, porque te hayas puesto al descubierto anunciando lo de la Biblia de Barro.

– Ése no era asunto suyo. Diles que quiero hablar directamente con ellos; de lo contrario no habrá operación.

– Pero ¿qué dices? ¿Quieres arruinarnos a todos?

– No, lo que quiero es saber exactamente qué va a pasar y cuándo. Tenemos que organizarlo cuidadosamente. Quiero que venga un hombre de Paul Dukais a hablar conmigo. Yo le diré cómo haremos lo que tenemos que hacer. Paul tiene un zoo, y los gorilas no sirven para todo. Dirigiré la operación a mi manera. Los hombres de Paul harán lo que yo diga, cuando yo diga y donde yo diga. Si no, te aseguro que nadie hará nada, salvo que quieran una guerra particular.

– Pero ¿qué te pasa, Alfred? Parece que te estás volviendo loco.

El anciano se levantó, se dirigió a su interlocutor y le abofeteó.

– Yasir, dejaste de comer mierda de camello el día en que me conociste. No lo olvides.

Los ojos negros del hombre brillaron de odio. Hacía toda una vida que se conocían, pero aquella afrenta no se la perdonaría.

– Vete y haz lo que te he dicho.

Yasir salió del despacho sin mirar atrás, sintiendo todavía la palma de la mano de Alfred en la mejilla.

El anciano encontró a Clara sentada, sola, en la mesa a la sombra de las palmeras, escuchando el rumor del agua de la fuente. Ella se levantó y le dio un ligero beso en el rostro bien afeitado. Le gustaba el olor a tabaco que desprendía su abuelo.

– ¡Tengo hambre, te has retrasado, abuelo! -le dijo a modo de saludo.

– Siéntate, Clara, me alegro de que estemos solos, tenemos que hablar.

Fátima terminó de colocar varias fuentes con distintas clases de ensalada y arroz para que se sirvieran con la carne y luego les dejó.

– ¿Qué piensas hacer? -preguntó Tannenberg.

– No sé a qué te refieres…

– Ahmed se va. ¿Tú qué quieres?

– Yo me quedo en Irak. Éste es mi país, aquí está mi vida. La Casa Amarilla es mi casa. No me siento con ganas de convertirme en una exiliada.

– Si cae Sadam lo pasaremos mal. Nosotros también tendremos que irnos. No podemos estar aquí cuando lleguen los norteamericanos.

– ¿Llegarán?

– Acabo de recibir un informe confirmándome que la decisión está tomada. Confiaba en que no fuera así, en que lo de Bush fuera una bravuconada, pero, al parecer, los preparativos para la guerra están en marcha. Ya han decidido hasta el día D. Debemos empezar a prepararnos. Me voy a El Cairo, tengo que organizar algunas cosas y hablar con los amigos de allí.

– Tú eres un hombre de negocios, te has entendido con Sadam, es verdad, pero como tantos otros. No pueden represaliar a todos los iraquíes a los que les ha ido bien con este régimen.

– Si llegan, harán lo que quieran. Un ejército que gana una guerra puede hacer lo que quiera.

– No quiero irme de Irak.

– Pues tendremos que irnos, al menos hasta que sepamos qué va a pasar.

– Entonces, ¿por qué vamos a iniciar la excavación?

– Porque o encontramos ahora la Biblia de Barro o se perderá para siempre. Es nuestra última oportunidad. Nunca imaginé que Shamas hubiera regresado a Ur.

– En realidad a Safran.

– Está al lado, tanto da. Los patriarcas eran nómadas, iban de un lado a otro con el ganado y se asentaban temporalmente en algún lugar. No sería la primera vez que iban a Jaran, ni que regresarían a Ur. Pero siempre creí que la Biblia de Barro, de existir, estaría en Jaran o en Palestina, puesto que Abraham se dirigió a Canaán.

– ¿Cuándo te vas a El Cairo?

– Mañana temprano.

– Yo iré a Safran.

– ¿Y Ahmed? -El tono con el que preguntó por el marido de su nieta era neutro.

– Necesita alguna excusa para dejar Irak. ¿Le ayudarás?

– No, no lo haré. Tenemos negocios que terminar. Cuando lo hagamos, por mí puede irse al infierno. Pero tiene que cumplir, no se puede ir sin cumplir lo que ha firmado.

– ¿Qué negocio es?

– Arte, es a lo que me dedico.

– Ya lo sé, pero ¿por qué se tiene que quedar Ahmed?

– Porque es necesario para que salga bien el negocio que estoy a punto de hacer.

– Creí que querías que se fuera cuanto antes.

– He cambiado de opinión.

– Tendrás que hablar con él. Hemos acordado que deja la Casa Amarilla y se va a casa de su hermana.

– No me importa dónde viva, lo que quiero es que se quede hasta que lleguen los americanos.

– No querrá.

– Te aseguro que lo hará.

– ¡No le amenaces!

– ¡No le estoy amenazando! Somos hombres de negocios. Él no puede huir ahora. Ahora no. Tu marido ha ganado mucho dinero gracias a mí y me necesita para irse de aquí.

– ¿No le ayudarás si no quiere quedarse?

– No, no lo haré, ni siquiera por ti, Clara. Ahmed no va a arruinar el trabajo de toda una vida.

– Quiero saber qué es lo que tiene que hacer que sólo puede hacer él.

– Nunca te he metido en mis negocios y no lo voy a hacer ahora. De manera que cuando veas a Ahmed dile que quiero hablar con él.

– Vendrá está noche a por algunas cosas.

– Que no se vaya sin verme.

* * *

– No se fía de nosotros.

George Wagner utilizaba el tono de voz neutro que aquellos que le conocían sabían que presagiaba tormenta. Y Enrique Gómez le conocía bien, de manera que aunque hablaban por teléfono y a tantos miles de kilómetros de distancia no le costaba imaginar a su amigo con un rictus tenso en la comisura de los labios y un tic del ojo derecho que le hacía mover el párpado.

– Cree que lo de los italianos y su nieta ha sido cosa nuestra -respondió Gómez.

– Sí, eso cree, y lo peor es que no sabemos quién los envió. Yasir nos ha mandado decir que Alfred quiere hablar con todos nosotros y que no habrá operación si no la dirige él. Quiere que Dukais envíe a uno de sus hombres para discutir con él cómo se harán las cosas y amenaza con que no habrá operación si no se hace a su modo.

– Él conoce el terreno, George, en eso tiene razón. Sería una locura dejar la operación sólo en manos de Dukais. Sin Alfred no se puede hacer.

– Sí, pero Alfred no nos puede amenazar ni poner condiciones.

– Nosotros no queremos la Biblia de Barro para exponerla en un museo, y él la quiere para su nieta, bien, tenemos una divergencia, pero no podemos dejar de fiarnos de Alfred o echar todo por la borda por la cabezonería de ver quién se impone a quién. Corremos el riesgo de equivocarnos si desatamos una guerra entre nosotros. Si hemos llegado hasta aquí ha sido porque hemos actuado como una orquesta, cada cual en su papel.

– Hasta que Alfred ha decidido desafinar.

– No exageremos, George, y entendamos que lo de la Biblia de Barro lo hace por su nieta.

– ¡Esa estúpida!

– Vamos, no es ninguna estúpida, es su nieta. Tú no lo entiendes porque no tienes familia.

– Nosotros somos nuestra familia, nosotros, sólo nosotros, ¿o lo has olvidado ya, Enrique?

Enrique Gómez guardó silencio, pensando en Rocío, en su hijo José, en sus nietos.

– George, algunos hemos formado otra familia, y también nos debemos a ellos.

– ¿Tú nos sacrificarías por esa familia que has formado?

– No me hagas esa pregunta porque no tiene respuesta. Yo quiero a mi familia, y en cuanto a vosotros… sois como mis brazos, mis ojos, mis piernas… no se puede describir lo que somos los cuatro. No nos comportemos como niños preguntando a quién quieres más, si a papá o a mamá. Alfred quiere a su nieta, y ha flaqueado por ella, le quiere entregar la Biblia de Barro. No es suya, nos pertenece a nosotros tanto como a él. Pues bien, evitémoslo pero sin dramatismo, y confiemos en él, como siempre, para hacer la otra operación. Si le declaramos la guerra luchará y nos destruiremos.

– No nos puede hacer ningún daño.

– Sí, George, sí puede; lo sabes, y también sabes que si le apretamos lo hará.

– ¿Qué propones?

– Que organices dos operaciones. Una, la que teníamos prevista, ha de hacerse con Alfred al frente. La otra, la de la Biblia de Barro, hay que prepararla al margen.

– Eso es lo que he hecho desde el principio. Paul ha encontrado dos hombres para infiltrarse en el equipo de Picot.

– Bien, pues de eso se trata, de tener a alguien que no se separe de la nieta de Alfred, y si encuentran la Biblia, que se hagan con ella. Nadie tiene por qué sufrir daño.

– ¿Crees que la chica se la dejará arrebatar? ¿Crees que Alfred ha organizado las cosas para que no podamos quitársela?

– Sí, habrá previsto lo que podemos planear, nos conoce, pero nosotros también a él. De manera que estaremos jugando al ratón y al gato, pero si los hombres que manda Paul son listos, sabrán hacerse con la Biblia y escapar.

– ¿Conoces a algún gorila listo?

– Tiene que haberlos, George, tiene que haberlos. En todo caso, dejemos como última opción la fuerza, pero que sea la última, no la primera.

– Ya sabes cómo son las cosas en el terreno… no estaremos allí para evaluar la situación, serán los gorilas quienes decidan. Y pueden hacer daño a la chica.

– Al menos le daremos instrucciones claras para que no metan la pata el primer día.

– Consultaré a Frank, y si está de acuerdo lo haremos así. Puede que él te dé la razón; él también tiene familia.

– Tú la deberías de haber tenido, George.

– No me ha hecho falta.

– Dijimos que era lo mejor.

– Sí, y lo ha sido para vosotros, pero yo no he necesitado cargar con una mujer y unos hijos. De eso me he librado.

– No es tan malo tener una familia, George.

– Te hace blando y vulnerable.

– No teníamos otra opción.

– Ya lo sé, así lo decidimos, de manera que no le demos más vueltas. Llamaré a Frank.

– Y que Dukais mande a alguien inteligente a hablar con Alfred.

– Espero que lo haga.

– Alfred nunca ha soportado que le manden, ya lo sabes.

– Lo sé.

Pues hagamos las cosas bien. Yo no quiero que le pase nada a Alfred, ¿lo entiendes, George? No quiero que le pase nada. Quitémosle la Biblia de Barro; él sabe que no le pertenece, y lo entenderá aunque intente evitarlo.

– No podemos renunciar a la Biblia de Barro sólo porque la chica no nos la quiera entregar.

– No he dicho que renunciemos a nada, sólo me gustaría que se la quitáramos sin hacerle daño.

– Pero…

– Tú me entiendes, George, no le demos más vueltas. Hagamos lo que sea necesario, pero sólo si es necesario.

14

A Yasir le sorprendía que un hombre tan vulgar como Dukais fuera tan importante. Pero lo era y él lo sabía.

Dukais mascaba chicle. Se había quitado los zapatos y colocó los pies encima de la mesa sin importarle enseñar los calcetines pegados a la piel por el sudor.

– Los zapatos que me ha regalado mi mujer me están haciendo polvo los pies -dijo Dukais a modo de excusa.

Yasir se acomodó en el sillón echándose hacia atrás, sin poder disimular el disgusto que le producían los pies con calcetines de Dukais.

Además, estaba cansado. Llevaba dos días en Washington y la ciudad le estresaba; por si fuera poco, notaba la xenofobia contra los árabes que afloraba en la ciudad. Apenas había salido del hotel más que para mantener reuniones de trabajo.

Le irritaba la ignorancia de los norteamericanos. No sabían ni dónde estaba Egipto ni conocían lo que estaba pasando en Oriente. Y mucho menos entendían por qué no les querían. Le sorprendía que un país tan rico como Norteamérica, junto a élites bien preparadas -que eran las que movían los hilos del mundo-, tuviera tan elevado número de ignorantes.

Él era un hombre de negocios y su religión era el dinero, pero cuando viajaba a Estados Unidos se despertaba en él cierto nacionalismo. No soportaba el desprecio de los norteamericanos.

«¿Egipto?» «¿Está al lado de Turquía?» «¿Tiene mar?» «¿Hay faraones?» Sí, esas preguntas se las habían hecho no una, sino en muchas ocasiones.

Su país era pobre, o mejor dicho, lo habían ido empobreciendo los distintos regímenes corruptos con la inestimable ayuda de las potencias para las que el globo terráqueo era sólo un tablero de ajedrez. Egipto había estado bajo influencia soviética y ahora norteamericana, y como le decía su hijo Abu: «¿De qué nos ha servido? Nos venden lo que no necesitamos a precio de oro y estamos permanentemente endeudados».

Por más que discutían a causa de su radicalismo, pensó que Abu tenía razón. No entendía por qué su hijo, que lo había tenido todo, se complacía en tener como amigos a esa panda de fanáticos que creían que la solución a todos los problemas estaba en el islam.

Antes de coger el avión para Washington había discutido a causa de la barba que Abu se había dejado crecer. Para muchos jóvenes egipcios la barba se había convertido en un símbolo de rebeldía.

– Alfred dirigirá la operación -dijo Dukais a Yasir-, será lo mejor. En realidad, él conoce Irak y nosotros no, así que los hombres se pondrán bajo su mando. Cuando regreses a El Cairo te acompañará uno de mis hombres, es un ex coronel de los boinas verdes. Morenito como vosotros, porque es de origen hispano, de manera que no llamará mucho la atención. Además, habla un poco el árabe. Él será el encargado de los muchachos, así que lo mejor es que conozca a Alfred para que le diga cómo se van a hacer las cosas. Se llama Mike Fernández y es un buen tipo. Además de matar es capaz de pensar. Dejó el ejército porque yo le pago más, mucho más.

Dukais se rió mientras abría una caja de plata, de la que extrajo un habano. Le ofreció otro a Yasir, pero el egipcio lo rechazó.

– Sólo puedo fumar en mi despacho. En casa no me dejan, en los restaurante no me dejan, en las casas de los amigos sus histéricas mujeres, tan histéricas como la mía, tampoco me dejan. Un día de éstos me instalaré aquí para siempre.

– Alfred está muy enfermo, no sé cuánto vivirá.

– ¿Tu cuñado sigue siendo su médico?

– Mi cuñado es el director del hospital donde le tratan el tumor. Allí le operaron y le quitaron parte del hígado, pero en las últimas ecografías le detectaron pequeños gránulos; en definitiva, tiene el hígado lleno de tumores que le están matando.

– ¿Aguantará seis meses?

– Mi cuñado dice que puede ser, pero no está seguro. Alfred no se queja y hace su vida de siempre. Sabe que se va a morir y…

– ¿Y?

– Que excepto su nieta no le importa nada.

– O sea, que es un hombre desesperado.

– No, no está desesperado, sólo que sabe que le queda poco tiempo y no le teme a nada ni a nadie.

– Eso es malo, siempre hay que temer a alguien -murmuró Dukais.

– Lo único que le importa es su nieta. No le basta con dejarle un montón de dinero. Quiere que encuentre esa Biblia de Barro que buscáis desde hace tantos años. Dice que ésa es su herencia.

Paul Dukais podía faltar a las más elementales normas de educación, como poner los pies encima de la mesa, pero era extremadamente inteligente, por eso había llegado a la cima. Por eso no le costaba entender por qué Alfred Tannenberg actuaba como actuaba.

– La chica lo ignora todo sobre él -dijo Dukais-, pero cuando él muera se tendrá que enfrentar a la realidad, y la única manera de evitar que quede estigmatizada es convertirla en una arqueóloga de prestigio internacional. Por eso necesitan a ese Picot: para que les dé una pátina de respetabilidad de la que ellos carecen. Podrían buscar la Biblia de Barro solos, pero eso no libraría a Clara del estigma. Ahora bien, si la encuentran durante los trabajos de una misión arqueológica internacional, entonces las cosas serían distintas. Siempre me ha sorprendido que la chica no supiera nada.

– Clara es muy inteligente, sólo que no quiere enfrentarse con nada que oscurezca su relación con su abuelo, de manera que prefiere no ver ni oír. No la subestimes.

– En realidad no la conozco. Tengo un dossier de varios folios sobre ella, lo que le gusta, y lo que no, sus andanzas en San Francisco, sus calificaciones académicas, pero todo eso no sirve en realidad para conocer a una persona. En este negocio he aprendido que los informes no son capaces de mostrarte el alma de la gente.

A Yasir le impresionó la reflexión de Dukais. Pensó que el presidente de Planet Security no era tan simple como le gustaba aparentar, apreciaba en él ciertos valores, a pesar de lo mucho que le repugnaba verle con los pies sobre la mesa…

– Dame unas horas para que hable con unos amigos y prepare unos cuantos folios para que se los lleves a Alfred. Mi hombre irá contigo. Le diré que te llame esta tarde y así os vais conociendo. ¿Te he dicho que se llama Mike Fernández? Bueno, da lo mismo, te llamará, id preparando el viaje. No le vendrá mal que le des unas cuantas lecciones sobre lo que se va a encontrar.

– ¿Nunca ha estado allí?

– Sí, en la guerra del Golfo: Pero aquello no fue una guerra, eso lo sabemos todos. Fue sólo una exhibición, un despliegue militar para asustar a Sadam, además de para probar unos cuantos artefactos de los que compran los chicos del Pentágono, a cuenta del contribuyente. También ha estado en Egipto pero que yo sepa, de vacaciones, viendo las pirámides, ya sabes.

Cuando Yasir se marchó, Paul Dukais llamó a Robert Brown, pero no lo encontró en el despacho. Le dijeron que le encontraría en el móvil. Estaba almorzando con los rectores de varias universidades norteamericanas con los que preparaba una serie de actos culturales de envergadura para el año siguiente.

Dukais decidió que ya le llamaría más tarde.

* * *

Fabián estaba nervioso. Yves le había convencido para que fuera de avanzadilla a Irak y, aunque había aceptado con entusiasmo, llevaba un par de días que no daba abasto organizando los preparativos e intentando conseguir visados para las distintas escalas que tenían que hacer antes de llegar.

Había logrado reunir un equipo de veinte personas. No eran suficientes, pero no habían encontrado a más que quisieran jugarse el pellejo yendo a excavar a Irak en vísperas de una guerra. Él mismo se decía que era una locura, pero necesitaba poner esas gotas de locura a la rutina de su vida.

Hacía un momento le acababa de llamar una de las alumnas de quinto que les acompañaría un par de meses, hasta Navidad. Quería que viera a un chico amigo de un amigo. Era bosnio, le dijo, y había aterrizado en Madrid para estudiar. Estaba sin un duro y cuando se había enterado de que unos locos se iban a Irak y además pagaban bien, había preguntado si él podría ir en esa expedición a hacer lo que fuera.

Pero ¿qué podía hacer un chico que era maestro y había aterrizado en Madrid para estudiar dos cursos de español en la universidad? No se había comprometido a nada; antes tenía que hablar con Picot. Además, en la expedición había un croata, se lo había dicho Picot. Le había recomendado un profesor alemán; al parecer, el joven estudiaba informática en Alemania. «Un superviviente de la guerra que odiaba la violencia», les habían dicho, pero que, sin embargo, no tenía reparos en ir a un país en estado de sitio para ganar algún dinero. Berlín era muy caro.

A Picot no le había parecido mala idea contar con un informático e ir procesando desde el primer día los trabajos de campo. De manera que les acompañaría. Ahora, lo de incorporar a un bosnio a lo mejor era demasiado. Se habían estado matando hasta hacía cuatro días y lo último que necesitaban eran tensiones en la expedición. Además, volvió a preguntarse: ¿para qué les serviría un maestro?

Picot entró silbando en el ático de Fabián. Se notaba que estaba contento.

– ¡Hola! ¿Estás en casa?

– ¡Estoy en el despacho! -gritó Fabián.

– Menudo día llevo -dijo Picot-, hoy me ha salido todo bien.

– Menos mal -respondió Fabián-, porque yo estoy desbordado con los trámites de las aduanas. Cualquiera diría que vamos a llevar tanques en vez de tiendas de campaña. Y con los visados me están volviendo loco.

– Vamos, no te preocupes. Se arreglará, todo se arreglará.

– Te veo muy optimista. ¿Qué ha pasado?

– Pues que estoy a punto de cerrar un acuerdo con la revista Arqueología científica para que en todas sus ediciones, la inglesa, la francesa, la griega, la española, en fin todas, publiquen los resultados de nuestro trabajo. Espero que a finales de año podamos haber obtenido algún resultado. Me parece importante que tengamos apoyo editorial de la revista más prestigiosa de nuestro sector. Les iremos enviando material con artículos explicativos escritos por nosotros. Ya sé que es sobrecargarnos de trabajo, pero nos vendrá bien.

– Sí, está muy bien. ¿Cómo lo has conseguido?

– Porque me ha llamado el editor de Londres, interesándose por la expedición. En el congreso de Roma se enteró de la intervención de Clara Tannenberg afirmando que Abraham había dictado el Génesis a un escriba. Cree que, si yo estoy por medio, el asunto puede ser serio y quiere tener la exclusiva; publicará lo que vayamos haciendo y encontrando.

– No sé si me gusta trabajar con el aliento de la prensa en la nuca.

– Ni a mí tampoco, pero dadas las circunstancias es lo mejor. No estoy del todo seguro de dónde nos metemos.

– ¡No me vengas ahora con eso!

– No me fío de esa gente. Hay algo raro, algo que se me escapa, pero no sé qué.

– ¿A qué te refieres?

– No he logrado conocer a ese misterioso abuelo de Clara Tannenberg. Tampoco me han dicho en qué expedición ni en qué año encontraron esas dos tablillas misteriosas. Son una pareja rara.

– ¿Quiénes? ¿La tal Clara y su marido?

– Sí. Él me parece un tipo solvente, que sabe lo que se trae entre manos.

– Y ella te cayó mal desde el primer día.

– No, no es eso, pero es que hay algo extraño en esa mujer, no sé qué.

– Tengo muchísimas ganas de conocerla. Estoy seguro de que es una mujer mucho más interesante de lo que dices.

– Sí, pero ya te digo que tiene algo raro. En fin, tendrás que entenderte con ella cuando llegues porque ya sabes que su marido me anunció que no participará en la misión. Lo que no sé es por qué.

– Eso sí que me intriga: por qué él se baja del barco justamente ahora.

– No lo sé.

– ¡Ah, se me olvidaba! Llamó Magda, la alumna de quinto que nos ha estado ayudando a reclutar estudiantes. Le han recomendado un chico bosnio, un maestro que ha venido a la Complutense a hacer un curso de español para universitarios extranjeros. Parece que el chico anda corto de dinero y no le importaría acompañarnos para hacer lo que sea. Habla inglés.

– ¿Y su curso de español?

– Ni idea. Te lo digo porque no nos sobra gente, aunque éste no sé si nos puede servir de algo.

– Quizá para ayudar en la intendencia, pero no sé, déjame pensarlo. Tampoco vamos a cargar con gente que no nos sea útil para algo concreto. Lo del croata es distinto, nos viene bien un informático.

– También he pensado que juntar a un croata y a un bosnio podría provocar problemas.

– Ésa es otra, porque hasta hace dos días se han estado matando. No sé, lo pensaré, pero no creo que sea buena idea.

– Tampoco yo estoy convencido, pero le he prometido a Magda que lo consideraríamos.

– Bueno, de los que vienen con nosotros ¿tenemos a alguien que sea un buen fotógrafo?

– ¿Para qué?

– ¡Para lo de la revista! Ellos no van a enviar a nadie.

– ¿No decías que estaban muy interesados?

– Sí, pero ya te he dicho que todo el trabajo lo haremos nosotros. No quieren correr riesgos, no pueden enviar a un equipo a un país en la situación en que está Irak. Una revista como Arqueología no es una revista de actualidad.

– ¡Como si no tuviéramos bastante trabajo!

– Vamos, no protestes, y dime cuándo te vas.

– Si no tengo que pelearme con ningún funcionario más, dentro de tres días. Pero aún faltan algunos papeles, así que tampoco es seguro.

– ¿Quién has decidido que vaya contigo para ayudarte?

– Marta.

– ¡Vaya!

– Oye, que yo no tengo nada con Marta.

– Pero te gustaría, y a mí, y a todos.

– Te equivocas. Nunca has entendido que Marta es una amiga, sólo eso. Nos conocemos desde que estudiábamos en la universidad y, lo creas o no, nunca hemos tenido ningún rollo.

– Pues es la mujer más interesante de cuantas te rodean.

– Sin duda, pero es mi amiga; mi mejor amiga, una amiga como lo eres tú. Y que yo sepa, contigo no me acuesto.

– De acuerdo, Marta me parece inteligente y capaz.

– Lo es, y tiene un don: sabe tratar con todo el mundo, da lo mismo que sea un ministro que un chamarilero.

– Pero aquello es Irak.

– Marta ya ha estado en Irak. Conoce el país, fue hace unos años como arqueóloga invitada con un grupo de profesores subvencionados por una fundación bancaria. Estuvieron un par de meses. Además, habla árabe. Se podrá entender con los funcionarios de la aduana, con el jefe de la aldea, con los obreros, con quien haga falta.

– Tú también chapurreas el árabe.

– Tú lo has dicho: lo chapurreo. Marta y tú lo habláis, yo lo mal hablo. Confío en ella, en su criterio; además de inteligente tiene mucha intuición y siempre encuentra solución a los problemas.

– Vale, me parece bien. Estoy de acuerdo contigo en que es una persona valiosa. Como arqueóloga no la conozco, pero si tú dices que es buena…

– Lo es, en los últimos años ha participado en misiones arqueológicas en Siria y Jordania, conoce la zona de la antigua Jaran donde me has dicho que ese abuelo misterioso encontró las tablillas, de manera que no puede ser más idónea para el trabajo.

– Fabián, te aseguro que me parece bien que te acompañe Marta. En un trabajo como el nuestro es importante hacer equipo y trabajar a gusto, y allí las cosas no van a ser fáciles.

– Va a venir ahora.

– Estupendo, tenemos que ultimar un montón de cosas.

15

Robert Brown entró en la mansión de estilo neoclásico escondida en un parque lleno de robles y hayas.

Lloviznaba; cuando bajó del coche, un mayordomo le aguardaba con el paraguas abierto. No era el primero en llegar: el murmullo de las conversaciones mezclado con alguna carcajada y el tintinear de las copas llegaba hasta la escalera por la que se ascendía a la casa.

Su Mentor se encontraba en la entrada recibiendo a los invitados.

Alto, delgado, con ojos azules fríos como el hielo y el cabello blanco que un día fue del color del oro, aparecía imponente. Nadie dudaba que aquel hombre tenía mucho poder en las manos a pesar de sus muchos años. ¿Cuántos tendría?, se preguntó Brown, aunque calculaba que hacía tiempo que habría traspasado los ochenta.

Varios secretarios de Estado, casi todo el staff de la Casa Blanca, senadores, congresistas, fiscales y jueces, junto a banqueros y presidentes de multinacionales, petroleros y brokers, hablaban animadamente en los salones exquisitamente decorados, en cuyas paredes colgaban cuadros de grandes maestros.

El favorito de Brown era un Picasso de la época rosa, un arlequín trágico y burlón que colgaba encima de la chimenea del salón principal, donde además se podía admirar un Monet y un Gauguin.

En otro salón colgaban tres cuadros del quatrocento, junto a un Caravaggio.

La mansión era un pequeño museo. Cuadros de grandes maestros del impresionismo, mezclados con El Greco, Rafael o Giotto. Pequeñas figuras de marfil, junto a tablillas del imperio babilónico, dos imponentes bajorrelieves egipcios del Imperio Nuevo, un león alado asirio…

Por donde quiera que se posara la vista se encontraba una obra de arte que evidenciaba los gustos del dueño de la casa.

Paul Dukais se acercó a Robert Brown con una copa de champán en la mano.

– ¡Vaya, estamos todos!

– Hola, Paul.

– ¡Menuda fiesta! Hacía tiempo que nadie lograba reunir a tanta gente poderosa. Esta noche están aquí casi todos los que mueven los hilos del mundo. Sólo falta el presidente.

– Ni se nota.

– ¿Podemos hablar?

– Éste es el mejor lugar para hablar. Nadie se fijará en nosotros, todo el mundo habla y hace negocios. Con tal de que encuentres una copa para tener en la mano…

Llamaron a un camarero y Robert pidió un whisky con soda; luego buscaron un rincón donde charlar a la vista de todos, como dos buenos conocidos.

– Alfred nos creará problemas -aseguró Dukais.

– Cuéntame otra novedad.

– He hecho lo que me has pedido. Uno de mis mejores hombres, un coronel retirado ex boina verde, Mike Fernández, se irá con Yasir a El Cairo para reunirse con Alfred. Confío en Mike, es un tipo con cabeza.

– Hispano…

– En el ejército ya no hay norteamericanos de origen anglosajón. Son los negros y los hispanos los que luchan por nosotros. Y hay gente capaz entre ellos, han tenido que luchar duro para llegar, de manera que no les desprecies a todos.

– No los desprecio, es que no sé si un hispano se va a poder entender con Alfred. Él es como es.

– Tendrá que entenderse. Estoy seguro de que Mike le caerá bien.

– ¿Ese Mike es dominicano, puertorriqueño, mexicano…?

– Es norteamericano de tercera generación, nació aquí y sus padres también. Fueron sus abuelos los que cruzaron el Río Grande. No tienes nada que temer.

– No me terminan de gustar los hispanos.

– A ti no te gusta nadie que no sea blanco como la leche.

– ¡No digas tonterías! Tengo buenos amigos árabes.

– Sí, pero para ti los árabes son otra cosa, no sé por qué pero lo son, a pesar de que ahora no es políticamente correcto tener amigos entre ellos.

– Mis amigos no venden baratijas en ningún bazar.

– Bueno, no perdamos el tiempo en tonterías. Dime hasta dónde puede llegar Mike con Alfred.

– ¿A qué te refieres?

– Si Alfred no colabora, si no juega limpio, ¿qué hemos de hacer?

– Por lo pronto, que se conozcan, que pongan la operación en marcha y ya veremos lo que nos va contando tu hombre, pero sobre todo quiero saber qué dice Yasir.

– ¿Y con la nieta?

– Si encuentra la Biblia de Barro se la quitáis procurando que las tablillas no sufran ningún daño. Esas tablillas no le pertenecen ni a Alfred ni a su nieta. La misión es cogerlas y traerlas: aquí intactas.

– ¿Y si la chica no colabora?

– Paul, si Clara no colabora, peor para ella. Tus hombres tienen que hacer lo que te he dicho: por las buenas o por las malas.

– Si encuentran las tablillas antes de que pongamos en marcha la otra operación, acabaremos enfrentándonos a Alfred.

– Por eso debemos evitar utilizar métodos extremos con Clara, salvo que sea imposible hacernos de otra manera con las tablillas. Si eso sucediera, tienes que tener preparado un plan para llevar adelante lo que tenemos que hacer sin contar con Alfred. Yasir te dirá cómo y con quién.

El Mentor se acercó sigilosamente a los dos hombres, tanto que se sobresaltaron al advertirlo a su lado, esbozando una sonrisa que más parecía una mueca.

– ¿Ultimando negocios?

– Cerrando los pequeños detalles de la operación. Paul quiere saber hasta dónde tiene que llegar con Alfred y su nieta.

– Es difícil encontrar el equilibrio -dijo el Mentor mirando hacia ninguna parte.

– Sí, por eso quiero instrucciones precisas, no me gustan los reproches -afirmó Dukais-, ni tampoco los malos entendidos. De manera que me alegro de que estés aquí para decirme cuál es el límite.

El anciano le miró de arriba abajo. Sus ojos reflejaban el desprecio que sentía por Dukais.

– En la guerra no hay límites, amigo mío, sólo cuenta la victoria.

Se dio la media vuelta, yendo a perderse en las conversaciones de otro grupo de invitados.

– Siempre he tenido la impresión de no gustarle -dijo Dukais sin lamentarse.

– Nadie le gusta, pero sabe muy bien a quién necesita y a quién no.

– Y a nosotros nos necesita.

– Efectivamente. Y ya lo has oído: en la guerra no hay límites.

Frank Dos Santos y George Wagner se estrecharon la mano sin más aspavientos. La fiesta estaba en su momento de más animación, con una orquesta de cuerda punteando las conversaciones de los invitados.

– Sólo falta Enrique -dijo George.

– También falta Alfred. Vamos, no seas tan duro con él.

– Nos ha traicionado.

– Alfred no lo ve así.

– ¿Y cómo lo ve? ¿Has hablado con él?

– Sí. Hace tres días me llamó a Río.

– ¡Qué imprudente!

– Estoy seguro de que cumplió con todas las normas de seguridad. Yo estaba en el hotel y me sorprendió la llamada.

– ¿Qué te dijo?

– Quiere que sepamos que su intención no es traicionarnos ni provocar una guerra entre nosotros. Reitera su oferta: dirigir y cuidar del éxito de la operación que hemos puesto en marcha renunciando a su parte a cambio de la Biblia de Barro. La oferta es generosa.

– ¿Y a eso le llamas ser generoso? ¿Sabes lo que valdrán esas tablillas si las encuentra? ¿Sabes que son un elemento de poder para el que las tenga? Vamos, Frankie, espero que no te dejes engañar. Me preocupa que Enrique y tú tendáis a disculpar lo que hace Alfred. Nos ha traicionado.

– No exactamente. Antes de que su nieta fuera a Roma intentó convencernos de que le cediéramos la Biblia de Barro si la encontraba a cambio de todos los beneficios del otro negocio.

– Le dijimos que no y decidió actuar por su cuenta.

– Sí, se equivocó. Pero ahora está furioso creyendo que fuimos nosotros los que mandamos seguir a su nieta.

– ¡No fuimos nosotros!

– Pues deberíamos saber quién y por qué. No me quedo tranquilo si no lo averiguamos.

– ¿Y qué quieres? ¿Que secuestremos al presidente de la compañía de seguridad italiana para que nos cuente quién le contrató? Sería una locura, no podemos cometer ese error.

– No te entiendo, no entiendo cómo no le das importancia a ese suceso. Alguien seguía a Clara y eso no es normal.

– Clara está casada con un funcionario de Sadam, ¿no se te ocurre que alguien pueda pensar que Ahmed Huseini es un espía? Sadam no deja salir a nadie de Irak y resulta que Huseini entra y sale cuando le da la gana. Habrá mucha gente interesada en saber por qué. Vete a saber si no han sido los propios servicios secretos italianos, o de la OTAN, quién sabe. Cualquiera podía querer seguir a Huseini.

– Es que no seguían a Huseini, seguían a Clara.

– Eso no lo sabemos.

– Sí, lo sabemos, no te empeñes en lo contrario.

– Estaremos con los ojos abiertos aquí y allí, no tenemos por qué preocuparnos.

– No te entiendo, George…

– ¿No podéis confiar en mí como siempre?

– Lo estamos haciendo, pero Enrique y yo tenemos un presentimiento y Alfred está enfadado.

– ¡Soy yo el que está enfadado! ¡Nos ha traicionado! ¡No puede quedarse con esas tablillas, no le pertenecen! ¿Es que no os dais cuenta de qué significa lo que ha hecho Alfred? Ninguno de nosotros podemos decidir en función de nuestra conveniencia o interés, ninguno. Los cuatro lo dejamos claro. Y Alfred nos quiere robar.

– ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?

– ¿Yo o nosotros?

– Nosotros, George, hasta dónde llegaremos.

– No hay perdón para la traición.

– ¿Vas a mandar que le maten?

– No consentiré que nos robe lo que es de todos nosotros.

* * *

Clara llevaba una bolsa en la mano. Echó una última mirada a su cuarto diciéndose que olvidaba algo, pero desistió de intentar acordarse. Ahmed la esperaba en la puerta para conducirla a la base militar desde donde un helicóptero la trasladaría hasta Ten Mughayir; de allí viajaría hasta Safran en un todoterreno.

Había rechazado el ofrecimiento de Ahmed para acompañarla y se había negado a que en esta ocasión la escoltara Fátima. Tenía suficiente con los cuatro hombres a los que su abuelo había ordenado que no la perdieran de vista.

Ahmed ya no vivía en la Casa Amarilla. Llevaba varios días instalado en casa de su hermana.

Sabía que su marido había mantenido una larga conversación con su abuelo antes de que éste se marchara a El Cairo. Ninguno de los dos le había querido contar de qué habían hablado. Sólo Ahmed le dijo que a lo mejor retrasaba su salida de Irak hasta que estallara la guerra. Pero no se lo aseguró.

Ella le había insistido para que le explicara por qué, pero su marido se había cerrado en banda.

Con su abuelo no había tenido más suerte.

– Llámame en cuanto llegues, quiero saber que estás bien -le dijo Ahmed.

– Estaré bien, no te preocupes; sólo serán unos días.

– Sí, pero los británicos tienen especial querencia por bombardear esa zona.

– Por favor, no te preocupes. No pasará nada.

Subió al helicóptero y se colocó los cascos para protegerse del ruido de los rotores. A mediodía estaría en Safran, y pensaba disfrutar de la soledad del lugar.

Ahmed vio cómo el helicóptero se deslizaba por el cielo, y también tuvo un sentimiento de liberación. Durante unos días no se sentiría culpable, porque así era como se sentía cuando estaba con Clara. Era consciente del enorme esfuerzo que hacía para no perder el control de sus emociones, para no dejar escapar el más mínimo reproche. Se lo había puesto fácil, muy fácil, y no le había dado opción a dar marcha atrás.

Pero tenía que tomar una decisión difícil: o aceptaba el chantaje al que le sometía el abuelo de Clara y participaba en la última operación ya en marcha o intentaba irse, escapar de Irak.

Sentía sobre la nuca el aliento del Coronel. Sabía que Alfred le había alertado para que le vigilaran, por lo que huir de Irak iba a resultarle complicado. Si se quedaba sería rico; Alfred le había asegurado que le pagaría con generosidad su participación en esta última operación y, además, le ayudaría a salir del país.

Sólo el abuelo de Clara podría garantizarle la huida, pero ¿podía fiarse de él? ¿No le utilizaría para, en el último momento, ordenar que le mataran? No podía saberlo; con Alfred no se podía estar seguro de nada.

Había hablado con su hermana, la única que vivía en Bagdad, y que, como él, soñaba con marcharse; había regresado apenas hacía un año cuando a su marido, un diplomático italiano, le destinaron a Bagdad, y confiaba en que en cuanto empezaran a sonar los tambores de la guerra serían evacuados.

Por lo pronto le habían acogido en su casa, un piso amplio situado en una zona residencial donde vivían muchos diplomáticos occidentales.

Ahmed ocupaba la habitación del más pequeño de sus sobrinos, quien había pasado a compartir el cuarto con su hermano mayor.

Su hermana le decía que pidiera asilo político, pero él sabía en la difícil situación en que pondría a su cuñado si se presentaba en la embajada de Italia solicitando asilo. Provocaría un incidente diplomático, y posiblemente Sadam impediría que se marchara por mucha cobertura diplomática que le dieran los italianos.

No, ésa no era la solución. Tenía que huir por sus propios medios, sin comprometer a nadie, y, mucho menos, a su familia.

Cuando el helicóptero se posó en una base cerca de Tell Mughayir, Clara tenía la sensación de que la cabeza le iba a estallar. Le dolían las sienes porque el ruido de los rotores había traspasado los cascos protectores.

Buena parte del material de guerra de Irak era chatarra, como aquel helicóptero que le había trasladado hasta allí. El Coronel le había advertido que era el único de que podía disponer.

Ya en el todoterreno, escoltada por un par de soldados y seguida en otro coche por los cuatro hombres de su abuelo, empezó a sentirse mejor.

Hacía calor, un calor seco que aumentaba cuando se cruzaban con algún coche que levantaba una nube de polvo amarillo que terminaba masticando sin saber cómo.

El jefe de la aldea la recibió en la puerta de su casa y le invito a tomar un té. Intercambiaron las formalidades de rigor hasta que, pasado el tiempo que exige la cortesía, Clara le dijo por qué estaba allí y lo que quería.

El hombre la escuchó atento, con una sonrisa, y le aseguró que, siguiendo las instrucciones telefónicas de Ahmed, ya lo tenía todo organizado. Habían comenzado a levantar unas cuantas casas con arcilla, un material que abundaba en la región: igual que tres mil años atrás, una vez limpia de impurezas, la amasaban con agua y añadían paja picada, arena, grava o ceniza. La técnica de construcción era sencilla: iban levantando muros por fases y cuando una parte se secaba añadían el siguiente. Para impermeabilizarlas las recubrían con paja y ramas de palmera.

Tenían terminadas media docena y, al ritmo que iban, otras seis estarían listas antes de que finalizara la semana.

Por dentro eran muy sencillas y no demasiado grandes; eso sí, Ahmed se había preocupado de instalar duchas y servicios sanitarios elementales.

Orgulloso del trabajo que había realizado en tan escaso tiempo, el jefe de la aldea también le aseguró que él mismo había elegido los hombres que necesitaban para la excavación.

Clara le dio las gracias y, dando un rodeo para no ofenderle, le explicó que quería reunirse con todos los hombres de la aldea porque los obreros que necesitaba debían de tener algunas características determinadas. Estaba segura, le dijo, de que él había elegido bien, pero le pedía que le permitiera a ella ver a todos los hombres que estuvieran dispuestos a trabajar en la misión arqueológica.

Después de un largo tira y afloja, Clara decidió nombrar de pasada al Coronel para acabar con la interminable negociación, puesto que el jefe de la aldea insistía en que los hombres sólo los podía elegir él.

Cuando escuchó el nombre del Coronel, el jefe de la aldea accedió a la petición de Clara. Al día siguiente, le dijo, podría reunirse con quien quisiera. Había también mujeres dispuestas a trabajar lavando y limpiando las tiendas de los extranjeros cuando éstos estuvieran excavando.

Caía la tarde cuando Clara le dijo que aceptaba la invitación para alojarse en su casa, junto a su esposa e hijas, hasta que llegara el resto de la expedición. Pero antes, le dijo, quería caminar hasta las ruinas y estar allí un rato, pensando en el trabajo que tenían por delante. El hombre asintió. Sabía que Clara haría lo que le viniera en gana y, además, sobre él no recaería ninguna responsabilidad, ya que su invitada venía escoltada desde Bagdad.

Clara pensó en que sin duda la aldea debía el nombre al color amarillo de la tierra, al polvo amarillo que lo envolvía todo, al color pajizo de las piedras. Le gustaba ese color, que parecía empeñado en uniformizar aquel lugar perdido, tan cercano a la antigua Ur.

Pidió a los escoltas que se mantuvieran a distancia. Quería estar sola, sin sentir su presencia alerta a cada paso que daba. Se negaron porque las órdenes de Alfred habían sido tajantes al respecto: no podían perderla de vista y si alguien intentaba hacerle daño debían matarlo, aunque antes, si era posible, le harían confesar quién era y para quién trabajaba. Ningún hombre podía intentar hacer daño a Clara sin pagar con su vida por, ello.

De nada sirvieron sus protestas; lo más que consiguió fue que se mantuvieran a una distancia prudente, pero siempre teniéndola a la vista.

Anduvo por todo el perímetro despejado acariciando los restos de la piedra con que había sido levantado aquel edificio misterioso. Lo observó desde todos los ángulos, quitando tierra adherida a la piedra y recogiendo pequeños trozos de tablillas que guardaba cuidadosamente en una bolsa de lona. Luego se sentó en el suelo y, apoyándose en la piedra, dejó vagar su imaginación por aquel lugar en busca de Shamas.

16

– Pero, Abrán, lo que me estás contando también sucede en el Poema de Gilgamesh -protestó Shamas.

– ¿Estás seguro?

– ¿Cómo no voy a estarlo, si lo estudiábamos con Ili?

– Ya te he dicho que a veces los hombres intentan explicar lo que pasa a través de cuentos y poemas.

– Sea pues, continúa con la historia de ese Noé.

– En realidad no se trata de la historia de Noé, sino del enfado de Dios con los hombres por su comportamiento. Todo lo que veía Dios en la tierra era maldad, por eso decidió exterminar a su criatura más querida: al hombre.

»Pero Dios, que siempre es misericordioso, se conmovió ante la bondad de Noé y decidió salvarle.

– Por eso mandó construir un arca de madera resinosa, sí, ya lo he escrito antes -respondió Shamas releyendo una de las tablillas que tenía apiladas junto a la palmera en la que se apoyaban-. Y también las medidas del arca: longitud trescientos codos, anchura cincuenta y altura treinta. La puerta del arca estaba en un costado, y Dios mandó construirla de tres pisos.

– Veo que has escrito cuanto te he dicho.

– Claro. Aunque esta historia no me gusta tanto como la creación del mundo.

– ¿Y por qué no?

– Estuve pensando mucho en Adán y Eva cuando se ocultaron de Dios por la vergüenza de sentirse desnudos. Y en la maldición de Dios contra la serpiente por haber inducido a Eva a desobedecer.

– Shamas, no puedes escribir sólo lo que te gusta. Me pediste que te contara la historia del mundo. Pues bien, es importante que sepas por qué Él quiso castigar a los hombres e inundó la tierra. Si no quieres continuar…

– ¡Sí, claro que quiero! Sólo que me acordaba del Poema de Gilgamesh y… -el niño se mordió el labio temiendo haber provocado el enfado de Abrán-. ¡Por favor, continúa y perdóname!

– ¿Por dónde iba?

Shamas repasó las últimas líneas escritas en la tablilla y leyó en voz alta: «Él le dijo que entrara en el arca con su familia porque era el único hombre justo de su generación. También le ordenó que de todos los animales puros tomara siete parejas, el macho con su hembra, y de todos los animales que no son puros, una pareja, el macho con su hembra».

– Escribe -le conminó Abrán-: Asimismo Dios quiso que también guardara aves del cielo, siete parejas, machos y hembras. Luego el Señor le anunció que al cabo de siete días haría llover sobre la Tierra durante cuarenta días y cuarenta noches, exterminando sobre la faz del suelo todos los seres vi-vos. Y Noé hizo todo lo que le había mandado Yahvé.

»Noé contaba seiscientos años cuando acaeció el Diluvio, y entró en el arca, y con él sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos, para salvarse de las aguas del diluvio, y junto a él los animales puros, y los animales que no son puros, y las aves y de todo lo que repta, sendas parejas de cada especie, machos y hembras, como había mandado Dios. A la semana, las aguas del diluvio vinieron sobre la Tierra.

»El año seiscientos de la vida de Noé, el mes segundo, el día diecisiete del mes, en ese día saltaron todas las fuentes del gran abismo y las compuertas del cielo se abrieron y estuvo descargando la lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches… Y Yahvé cerró la puerta detrás de Noé».

El niño hacía correr velozmente el cálamo sobre el barro, impresionado al imaginar que se abrían unas puertas en el cielo por las que Dios derramaba la lluvia. Pensó en un cántaro rompiéndose y derramando de golpe el agua. Shamas continuó escribiendo, sin levantar la vista, lo que le contaba Abrán: «Cuando subió el nivel de las aguas y quedaron cubiertos los montes más altos que hay bajo el cielo, pereciendo todos los seres vivos, desde los hombres al ganado, los reptiles y las aves del cielo, hasta que un día Dios se acordó de Noé e hizo pasar un viento sobre la tierra y las aguas empezaron a decrecer.

»Se cerraron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia del cielo. Poco a poco retrocedieron las aguas sobre la Tierra. Al cabo de ciento cincuenta días, las aguas habían menguado, y en el mes séptimo, el día diecisiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat. Las aguas siguieron menguando paulatinamente hasta el mes décimo, y el día primero del décimo mes asomaron las cumbres de los montes». [8]

Abrán se quedó en silencio y entornó los ojos. Shamas aprovechó para descansar. Utilizaba las tablillas por ambos lados; en la que se había empeñado no era una tarea fácil. Cuando Abrán terminara de contarle la historia del Noé hablaría con él sobre lo que le atormentaba en sueños. Quería regresar a Ur, se sentía extranjero en Jaran, pese a que allí estaban su padre, su madre y sus hermanos. Pero la felicidad había huido de su hogar desde que llegaron a la ciudad. Ahora apenas veía a su padre y su madre estaba siempre de malhumor. Todos echaban de menos la frescura de la casa que había construido su padre a las puertas de Ur. Ya no les gustaba ir de un lado a otro como antaño.

– ¿En qué piensas, Shamas?

– En Ur.

– ¿Y qué es lo que piensas?

– Que me gustaría estar con mi abuela, incluso ir a la escuela con Ili.

– ¿No te gusta Jaran? Aquí también estás aprendiendo.

– Sí, es verdad, pero no es lo mismo.

– ¿Qué es lo que no es lo mismo?

– Ni el sol, ni la noche, ni el habla de la gente, ni el sabor de los higos es igual.

– ¡Ah, sientes nostalgia!

– ¿Qué es la nostalgia?

– El recuerdo de lo perdido, y a veces de lo que uno ni siquiera conoce.

– No quiero separarme de la tribu, pero no me gusta vivir aquí.

– No estaremos mucho tiempo.

– Ya sé que Téraj es anciano y cuando no esté tú nos llevarás a Canaán, pero es que yo no sé si quiero ir a Canaán. A mi madre también le gustaría regresar.

Shamas se quedó en silencio, apesadumbrado por haber abierto en exceso su corazón. Temía que Abrán se lo dijera a su padre y éste se entristeciera al saber que no era feliz. Abrán parecía haberle leído el pensamiento.

– No te preocupes, no se lo diré a nadie, pero hemos de procurar que vuelvas a ser feliz.

El niño asintió aliviado mientras volvía a coger el cálamo para continuar escribiendo lo que le contaba Abrán.

Y así supo que Noé primero envió un cuervo y más tarde una paloma para ver si la tierra se había secado, y que tuvo que soltar una segunda paloma, y una tercera, hasta que esta última no regresó. Y cómo Dios se apiadó de los hombres y dijo «Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, ni volveré a herir a todo ser viviente como lo he hecho».

Dios, le explicó Abrán, bendijo a Noé y a sus hijos y les dijo que fueran fecundos, se multiplicaran y llenaran la Tierra. También Él dio a los hombres todo lo que se mueve y tiene vida, lo mismo que les había dado la hierba verde, pero les prohibió comer la carne con su alma, es decir, con su sangre: «Y Yo os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y cada uno reclamaré el alma humana».

– ¿O sea, que devolvió a los hombres al Paraíso? -preguntó Shamas.

– No exactamente, aunque Dios nos perdonó y volvió a convertir al hombre en el ser más importante de su Creación dándonos todo lo que ha creado en la Tierra; la diferencia es que nada será regalado. Hombres y animales luchamos por la supervivencia, tenemos que trabajar para obtener la semilla de la tierra, las mujeres sufren para traer nuestra descendencia. No, Dios no nos devuelve al Paraíso, tan sólo se compromete a no borrarnos de la faz de la Tierra. Nunca más se abrirán las puertas del cielo derramando lluvia como si de un torrente se tratara.

»Dejémoslo ya, el sol se está escondiendo. Mañana te contaré por qué no todos los hombres hablamos igual y a veces no nos entendemos.

El niño abrió los ojos sorprendido. Abrán tenía razón, apenas se veía, pero a él le hubiera gustado continuar. Claro que su madre estaría buscándolo y su padre querría ver lo que había aprendido ese día en la escuela de escribas. De manera que se levantó de un salto, recogió cuidadosamente las tablillas y echó a correr hacia la casa de adobe que su familia tenía por hogar.

Al día siguiente Abrán no acudió a la cita con Shamas. Buscaba la soledad porque sentía dentro de él la llamada de la voz de Dios. Esa noche se había despertado envuelto en sudor, sintiendo que algo le apretaba en las entrañas.

Cuando se levantó, salió de Jaran y caminó sin rumbo durante horas hasta que al caer la tarde se sentó a descansar en un palmeral cercado por hierba fina. Esperaba una señal del Señor.

Cerró los ojos y sintió una punzada junto al corazón, al tiempo que escuchaba con nitidez la voz sagrada de Él.

«Abrán, dejarás tu tierra, tu patria, la casa de tu padre e irás a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición.

»Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan.

»Por ti se bendecirán todos los linajes de la Tierra. [9]

Abrió los ojos esperando ver al Señor, pero las sombras de la noche se habían apoderado del palmeral, sólo alumbrado por la luna rojiza y miles de estrellas como puntos diminutos brillando desde el firmamento.

La inquietud se volvió a apoderar de él. Dios le había hablado con nitidez, aún podía sentir la fuerza de sus palabras retumbando dentro de sí.

Sabía que debía ponerse en marcha a la tierra de Canaán como quería el Señor. Aun antes de salir de Ur Él ya le había marcado el destino que había aplazado por ser Téraj anciano y querer reposar en Jaran, tierra de sus antepasados.

Los días y las noches habían pasado sin que la tribu se moviera de Jaran, donde encontraron buenos pastos y una próspera ciudad para comerciar. Se habían asentado tal y como quiso Téraj, aunque Abrán siempre supo que aquella estancia era provisional, puesto que llegaría el día en que el Señor le instaría a cumplir sus deseos.

Ese día había llegado y sintió pesadumbre sabiendo que tenía que obedecer a Dios y disgustar a Téraj.

Su anciano padre, con la mirada nublada y dificultades al andar, dormitaba buena parte del día perdido en las regiones habitadas por el recuerdo y el temor al más allá.

¿Cómo le diría a Téraj que habían de partir? El dolor le oprimía el pecho y las lágrimas fluían de sus ojos sin poder evitarlas.

Amaba a su padre, que le había guiado a lo largo de su vida. De él había aprendido cuanto sabía, y observando sus manos diestras construyendo estatuas había comprendido que unas manos no hacen un Dios.

Téraj creía en Él, y había logrado prender a Dios en el alma del resto de la tribu, aun hoy propicia a honrar las figuras de dioses de barro profusamente adornados de los santuarios.

Abrán caminaba con paso ligero. Tenía que llegar a la casa de su padre, donde Sara le aguardaría despierta a pesar de que hacía rato que había caído el sol.

Sentía la necesidad de apresurar el paso porque sabía que Téraj le estaba esperando. Su padre le llamaba angustiado.

Cuando llegó cerca de Jaran se encontró a un hombre de la tribu que aguardaba para llevarle rápido junto a su padre. La tarde anterior, le explicó, Téraj había caído en un sopor del que nadie lograba despertarlo y sólo murmuraba el nombre de Abrán.

Cuando entró en la casa mandó a las mujeres que salieran de la estancia de su padre y pidió a su hermano Najor que le dejara velar al anciano.

Najor, agotado por la larga jornada, salió a respirar el aire fresco de la noche mientras Abrán cuidaba de Téraj. Quienes estaban en la casa escuchaban los murmullos apagados de la voz de Abrán, aunque también creyeron escuchar la voz cansada del anciano.

El amanecer les sorprendió con la muerte de Téraj. La esclava de Sara, la esposa de Abrán, se acercó a su tienda para avisar a Yadin, el padre de Shamas, que se apresuró a ir a la casa de Téraj situada a pocos pasos de la suya. Encontró a Abrán y a su hermano Najor, junto a las mujeres de ambos, Sara y Milca, y su sobrino Lot.

Las mujeres lloraban y se mesaban el cabello, mientras los hombres no lograban articular palabra, tan grande era su desolación.

Yadin se hizo cargo de la situación y envió a por su esposa para que, con ayuda de las otras mujeres, lavaran el cadáver de Téraj y lo prepararan para dormir el sueño eterno en la tierra de Jaran.

Téraj había muerto en el lugar que amaba por encima de todos los demás, puesto que en Jaran, en ese ir y venir con el ganado en busca de pastos y de grano, habían nacido casi tantos antepasados suyos como en Ur.

La tribu guardó el plazo de rigor antes de entregar el cuerpo de Téraj a la tierra seca y quebradiza de esa época del año.

Abrán reflejaba en el rostro el dolor de la orfandad. Téraj había sido su padre y su guía, le había enseñado todo cuanto sabía. Le había ayudado a encontrar a Dios y nunca le había reconvenido por reírse de las figuras de barro que ellos convertían en dioses por encargo de algún noble señor o del mismísimo rey.

Téraj había sentido a Dios en su corazón, lo mismo que lo había sentido Abrán. Ahora le tocaba a él dirigir la tribu, y cuidar de llevarla a tierras donde hubiera pastos y pudieran vivir sin temor. Una tierra prometida por Dios.

– Iremos a Canaán -anunció Abrán-. Preparémonos para partir.

Los hombres discutieron sobre el camino que deberían seguir. Unos preferían asentarse en Jaran, otros proponían regresar a Ur y los más seguirían a Abrán donde fuera que éste se encaminara.

Yadin se reunió con su pariente, ahora convertido en jefe de la tribu.

– Abrán, no te acompañaremos a Canaán.

– Lo sé.

– ¿Lo sabes? ¿Cómo es posible si hasta ayer ni yo lo sabía?

– Se podía leer en la mirada de tu familia que no me acompañaríais. Shamas sueña con regresar a Ur, tu esposa añora aquella ciudad, donde quedó su familia, e incluso tú prefieres guiar a tu clan yendo y viniendo de Ur a Jaran buscando en cada momento pastos y grano con que alimentaros. No, no tengo nada que reprocharte. Entiendo tu decisión, y me alegro por Shamas.

– Sin duda la añoranza que leo en los ojos de mi hijo me ha decidido a regresar.

– Shamas está llamado a perdurar a través de sus escritos. Será un buen escriba, un hombre justo y sabio. Su destino no es pastorear.

– ¿Cuándo partirás con la tribu?

– No antes de una luna. Tengo cosas que hacer, y sobre todo no puedo marchar hasta terminar el relato que le estoy contando a Shamas. Tiene que explicar a los nuestros que quedan en Ur y a cuantos encuentre a lo largo de la vida, quiénes somos, de dónde venimos y cuál es la voluntad de Dios. No podemos entender por qué debemos afrontar el sufrimiento si no entendemos por qué nos hizo el Señor y la falta cometida por aquel primer hombre y la primera mujer.

»Sólo perdura lo que está escrito y antes de partir quiero que Shamas escriba cuanto le he de decir.

– Así será. Le diré a mi hijo que te busque, y le prepararé suficientes tablillas para que pueda guardar todo lo que vayas a decirle.

Abrán le esperaba en el lugar de siempre, a las afueras de Jaran. Apenas habían hablado desde la muerte de Téraj. El niño se acercó con aire circunspecto, deseando encontrar las palabras que transmitieran el pesar que sentía por la ausencia del anciano y el dolor de Abrán. Pero no hizo falta que dijera nada porque Abrán le apretó el hombro en señal de reconocimiento y le invitó a sentarse a su lado.

– Sentiré no verte más -le aseguró Abrán.

– ¿No regresarás nunca a Ur, ni siquiera a Jaran? -preguntó preocupado Shamas.

– No. El día en que me ponga en camino será para siempre y sin mirar atrás. No volveremos a vernos, Shamas, pero te sentiré en el corazón y espero que no me olvides. Tú guardarás las tablillas con la historia del mundo y les explicarás a los nuestros lo que yo te he explicado a ti. Han de saber la verdad y dejar de adorar figuras de barro pintado de púrpura y oro.

Shamas asintió abrumado por el encargo de Abrán, que era señal de su confianza en él. Tímidamente le preguntó si Él le había vuelto a hablar.

– Sí, lo hizo el día en que preparaba a Téraj para devolverle a la tierra con que modeló al primer hombre. He de cumplir con lo que me ordena. Debes saber, Shamas, que mi estirpe se extenderá por todos los rincones de la Tierra, y de mí dirán que soy el padre de muchos.

– Entonces te llamaremos Abraham -afirmó el niño dibujando una sonrisa incrédula puesto que sabía que Sara, la esposa de Abrán, no le había dado hijos.

– Tú lo has dicho, así me conocerán los hijos de mis hijos y los hijos de sus hijos y los hijos de los hijos de éstos, y así a través de los tiempos.

Al niño le impresionó la firmeza con que Abraham aseguraba que se iba a convertir en el padre de muchas tribus. Pero le creyó, como siempre le había creído, sabiendo que nunca le había mentido y que era el único de todos ellos que podía hablar con Dios.

– Les diré a todos que deben de llamarte Abraham.

– Así lo harán. Ahora prepárate, porque debes escribir. Son muchas las cosas que tienes que conocer antes de separarnos.

Shamas sacó el cálamo y se colocó la tablilla sobre las rodillas, dispuesto a escribir cuanto le contara Abraham.

– Noé vivió novecientos cincuenta años y tuvo tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Ellos repoblaron la tierra con sus hijos y los hijos de éstos. Entonces todos los hombres hablaban la misma lengua, la lengua que hablaba Noé.

»Al desplazarse los hombres de un lugar a otro, hallaron una vega en el país de Senaar y empezaron a fabricar ladrillos cociéndolos al fuego. El ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa y empezaron a edificar una ciudad y también decidieron construir una torre tan alta que se viera desde cualquier lugar de la Tierra. Una torre con la que acercarse al Cielo y llamar a la puerta de la morada de Dios. Cuando estaban construyéndola Él bajó a ver la obra de los hombres, y volvió a dolerse por su soberbia y de nuevo les castigó.

– Pero ¿por qué? -se atrevió a preguntar Shamas-. No veo dónde está el mal por querer alcanzar el cielo. En Ur los sacerdotes estudian las estrellas y por ello tienen que acercarse al firmamento. En Ur el rey pensaba construir un zigurat cerca de Safran para que los sacerdotes pudieran descifrar los misterios del Sol y de la Luna, la aparición y desaparición de las estrellas, los pesos y las medidas. Sabemos que la Tierra es redonda porque así lo han calculado los sacerdotes observando el cielo…

– ¡Calla, calla! -le conminó Abraham-. Debes escribir lo que te cuento y no discutir con Dios.

Shamas guardó silencio. Temía a Dios, a ese Dios que era el suyo porque era el de Abraham y el de su clan, pero que capaz de leer en sus corazones se enfadaba a menudo con los hombres. ¿Le castigaría a él por pensar que era injusto?

– Aquellos hombres -continuó Abraham- querían desafiar el poder de Dios, construir una torre en la que refugiarse si de nuevo Él decidía enviar un castigo terrible sobre la Tierra como lo había sido el Diluvio.

»De manera que esta vez decidió confundir el lenguaje de los hombres para que no se entendieran entre sí. Desde entonces cada clan tiene su propio lenguaje, y las tribus del norte no entienden a las del sur, ni las del este a las del oeste. Y así, en una ciudad encontramos hombres que tampoco se entienden entre ellos porque unos han llegado de un lugar distinto al de otros.

»El Señor no tolera ni el orgullo ni la soberbia en sus criaturas. No se puede desafiar a Dios, ni pretender acercarse a los límites que ha establecido entre el Cielo y la Tierra. [10]

De nuevo les sorprendió la aparición de la luna al ocaso y se encaminaron hacia Jaran. Abraham ayudaba a Shamas a llevar las tablillas. Ya en la puerta de la casa se encontraron a Yadin, quien invitó a pasar a su pariente y a compartir con ellos, un trozo de pan con leche.

Los dos hombres hablaron de los viajes que ambos habían de emprender en dirección contraria el uno del otro, sabiendo que era poco probable que volvieran a reunirse.

Yadin quería dejar de pastorear y asentarse para siempre en Ur, donde Shamas se convertiría en un escriba al servicio del palacio. Ili terminaría de enseñarle el manejo de las bullas y de los calculi, en los que Shamas había destacado durante su aprendizaje en Jaran.

En los últimos años, Shamas se había convertido en un adolescente consciente de que el aprendizaje exigía dedicación. Además, los escribas de Jaran no tenían con él ni la paciencia ni las contemplaciones que había tenido su maestro de Ur, y Shamas tuvo que esforzarse ante la amenaza de que no le seguirían enseñando si no hacía un esfuerzo mayor por aprender.

Pero aún debería adquirir muchos conocimientos para convertirse en un dub-sar (escriba) y, después de muchos años de ejercer de ello, adquirir el grado de ses-gal (gran hermano) y culminar su vida siendo un um-mi-a (maestro).

Shamas escuchaba en silencio la conversación entre su padre y Abraham y las recomendaciones que se hacían el uno al otro.

El invierno estaba vencido, y la primavera afloraba tiñendo de verde el color de la tierra y coloreando de azul intenso el cielo. Era la época propicia para viajar.

Abraham y Yadin acordaron despedirse sacrificando un cordero, con la esperanza de que fuera propicio al Señor.

– Padre, ¿cuándo nos iremos? -preguntó el niño no bien Abraham salió de la casa.

– Ya lo has oído, dentro de una luna no estaremos aquí. No iremos solos, otros miembros del clan regresarán a Ur con nosotros. ¿No te arrepentirás por no acompañar a Abraham?

– No, padre, deseo regresar a casa.

– Ésta es tu casa.

– Siento que mi casa es en la que crecí en Ur. Me acordaré de Abraham, pero él me ha dicho que todos debemos seguir nuestro camino. Él debe hacer lo que Dios le ha mandado, y yo siento que lo que espera de mí es que regrese a la tierra de nuestros antepasados. Allí explicaré a los nuestros cuanto sé sobre la historia del mundo, y guardaré con cuidado las tablillas con lo que Abraham me ha contado.

– Has elegido tu destino.

– No, padre, creo que Dios ha elegido por mí. Abraham me preguntó qué sentía dentro de mí y lo que siento es que debo regresar.

– Yo también lo siento así, hijo, y tu madre también. Ella tiene el corazón repleto de añoranza y volverá a reír el día en que nos acercamos a Ur. Desea morir donde nacieron y murieron los suyos. Ésta es nuestra casa, pero aquí se siente extranjera. Sí, debemos partir.

Shamas asintió feliz. La expectativa del viaje le provocaba un cosquilleo interno. Para él era una necesidad vital romper con la monotonía. Caminarían durante el día, acamparían al atardecer y las mujeres cocerían pan junto a la comida.

Saboreó de antemano las zambullidas en el Éufrates y las conversaciones alrededor del fuego.

Pensó en Abraham con una punzada de pesar. Le echaría de menos. Sabía que su pariente era un hombre especial, elegido por Dios para convertirse en padre de muchas tribus. No sabía cómo llegaría a suceder eso, puesto que Sara no le había dado hijos, pero si Dios se lo había prometido, así sería, se dijo Shamas.

Había escrito la historia del mundo. La Creación de la Tierra según sabía Abraham. No tenía duda de que habría sido así.

Su relación con Dios era difícil. A veces creía que estaba a punto de entender el misterio de la vida, pero cuando estaba a punto de alcanzarlo, la mente se le ponía borrosa y era incapaz de pensar.

En otras ocasiones no entendía las acciones de Dios, su ira y la dureza con la que castigaba a los hombres. No terminaba de entender por qué la desobediencia le resultaba tan insoportable al Señor.

Pero no entender a Dios y reprocharle en su fuero interno alguna de sus decisiones para con los hombres no le llevaba a creer menos en Él.

Su fe era como una roca asentada en la tierra para el resto de la eternidad.

Su padre le había instado a que fuera prudente cuando llegaran a Ur. No podía poner en cuestión a Enlil, padre de todos los dioses, ni a Marduk, ni a Tiamat, ni a tantas otras divinidades.

Shamas sabía de la dificultad de hablar de un Dios que no tiene rostro, al que no se puede ver, sólo sentir en el corazón. De manera que sería cuidadoso a la hora de hablar de Él, y no intentaría imponerlo a los otros dioses. Tendría que sembrar en el corazón de quienes le escucharan y esperar a que de la siembra emergiera Él.

Llegó el día de la despedida. A punto de amanecer, con el frescor del alba Abraham y su tribu y Yadin junto a los suyos se preparaban para partir. Las mujeres cargaban los asnos y los niños corrían a su alrededor con los ojos legañosos, interrumpiendo el quehacer de sus madres.

Shamas aguardaba expectante a que Abraham se dirigiera a él, y se sintió feliz cuando éste le hizo una seña para hacer un aparte.

– Ven, aún tenemos tiempo de hablar mientras los nuestros terminan de preparar el viaje -le dijo Abraham.

– Ahora que te vas ya siento lo mucho que me acordaré de ti -le dijo Shamas.

– Sí, los dos nos acordaremos el uno del otro. Pero quiero hacerte un encargo, de hecho ya te lo pedí días atrás: que no se pierda la historia de la Creación. Como te la conté, así hizo Dios todas las cosas.

»Los hombres nos olvidamos de que somos una mota de su aliento y tendemos a creernos que no lo necesitamos, pero otras veces le reprocharemos que no esté para ayudarnos cuando lo necesitamos.

– Sí, yo también me pregunto el porqué.

– ¿Cómo vamos a entender a Dios? Hemos sido hechos de barro, como esos dioses que construíamos Téraj y yo. Andamos, hablamos, sentimos porque Él nos insufló vida, y cuando quiere nos la quita de la misma manera que yo destruía los toros alados que los demás veneraban como dioses. Eran dioses creados por mí que dejaban de serlo por la fuerza de mi mano.

»No, no podemos entenderle a Él, ni siquiera intentarlo, y menos juzgar sus actos. Yo no puedo responder tus preguntas porque no tengo respuestas. Sólo sé que hay un Dios principio y fin, creador de cuanto existe, que así nos hizo, y nos condenó a morir porque nos permitió elegir.

– Dios te acompañará dondequiera que vayas, Abraham.

– Y a ti también, y a todos nosotros. Él todo lo ve y todo lo siente.

– ¿Con quién hablaré de Dios?

– Con tu padre, Yadin, que lo lleva en el corazón. Con el anciano Joab, con Zabulón, con tantos de tus parientes con los que inicias viaje, como con muchos de los que se quedaron en Ur.

– ¿Y quién me guiará?

– Hay un momento en la vida en que debemos buscar dentro de nosotros para decidir. Tú tienes a tu padre, puedes confiar en su cariño y sabiduría. Hazlo, sabrá ayudarte y encontrará respuestas que sacien tu corazón.

Escucharon la voz de Yadin llamándoles para despedirse. Shamas sentía un nudo en la garganta y hacía esfuerzos para no llorar. Pensaba que si lo hacía se reirían de él, puesto que ya estaba cerca de ser un hombre.

Abraham y Yadin se fundieron en un abrazo sentido. Sabían que nunca más se volverían a ver. Ambos intercambiaron las últimas recomendaciones, deseándose lo mejor para el futuro.

Abraham abrazó a Shamas, y el niño no pudo evitar que se le escapara una lágrima que inmediatamente enjugó con el puño.

– No te avergüences de sentir el dolor de la separación de quienes quieres y te quieren. Yo también tengo lágrimas en los ojos aunque no las deje fluir. Te recordaré siempre, Shamas, y debes de saber que así como yo seré el padre de hombres, como lo fue Adán, gracias a ti los hombres conocerán la historia del mundo y se la irán contando a sus hijos y éstos a los suyos y así hasta el fin de los tiempos.

Abraham dio la señal de partida y su tribu comenzó a caminar. Al mismo tiempo Yadin había levantado la mano indicando a los suyos que era la hora de partir. Cada familia iba en dirección opuesta a la otra; algunos volvían la vista y levantaban la mano en un último saludo. Shamas miraba en dirección a Abraham esperando que éste volviera los ojos hacia él, pero caminaba erguido, sin volver la vista atrás. Sólo cuando llegó a la altura del palmeral donde tantas tardes pasó con Shamas se paró durante unos segundos recorriendo con los ojos el lugar. Sintió a lo lejos la mirada de Shamas y se volvió sabiendo que el niño esperaba ese último adiós. No alcanzaron a verse, pero ambos sabían que se estaban mirando.

El sol estaba en lo alto y comenzaba la cuenta atrás de un día más de la eternidad.

17

– ¡Señora! ¡Señora!

Clara salió de su letargo ante los gritos de uno de los hombres que la acompañaban.

– ¿Qué sucede, Ali?

– Señora, ha caído la noche y el jefe de la aldea está enfadado. La esperan las mujeres para cenar.

– Ya voy, no tardo ni un segundo en llegar.

Se incorporó mientras se sacudía el polvo amarillo que se le había adherido a la ropa y a la piel. No tenía ganas de hablar con nadie, y menos con el jefe de la aldea y su familia. Quería disfrutar de la soledad del lugar sabiendo que pronto dejaría de estar como ahora.

Fantaseaba sobre Shamas, lo había dotado de rostro y podía escuchar el sonido de su voz, casi podía intuir sus pasos.

Debía de ser un aprendiz de escriba, de ahí los caracteres poco precisos de su escritura, pero también parecía una persona peculiar. Alguien con un don, y sobre todo alguien muy cercano al patriarca Abraham, tanto como para que éste le hubiera contado la Creación.

Pero ¿qué idea tendría Abraham del Génesis? ¿Sería un remedo de las antiguas leyendas mesopotámicas?

Abraham era un nómada, el jefe de una tribu. Todos los clanes nómadas tenían sus propias tradiciones y leyendas, pero en su ir y venir entraban en contacto con otras tribus, con otras gentes de culturas distintas, de las que asimilaban a su vez costumbres, leyendas y dioses.

Era evidente que el Diluvio recogido por los hebreos en la Biblia guardaba relación con el Poema de Gilgamesh.

Cuando llegó a la casa del jefe de la aldea, éste le aguardaba en la puerta con una sonrisa helada a la que Clara hizo caso omiso. Hizo honor a la comida que le sirvieron y luego se retiró a una estancia en la que habían improvisado un lecho junto al de una de las hijas de la casa.

Estaba cansada y durmió de un tirón, como no lo hacía desde que Ahmed había dejado la Casa Amarilla.

La casa de Alfred Tannenberg en El Cairo estaba situada en Heliópolis, la zona residencial donde vivían los jerarcas del régimen.

Por las ventanas del despacho se veía una hilera de árboles, además de unos cuantos hombres que vigilaban el perímetro de la casa.

La edad le había hecho aún más desconfiado de lo que ya era en su juventud. Además, ahora ni siquiera confiaba en sus amigos, en los hombres por los que antes habría dado su vida, convencido de que ellos la habrían dado por él.

¿Por qué se empecinaban en hacerse con la Biblia de Barro? Les ofrecía cuanto tenía a cambio de esas tablillas, que significaban el futuro de Clara. No se trataba de dinero; su nieta ya tenía el suficiente para vivir desahogadamente el resto de su vida. Lo que él quería para Clara era respetabilidad, porque el mundo en que habían vivido se estaba derrumbando, no se podía engañar por más que se hubiera enfadado con cuantos se lo decían. En realidad, los informes que desde hacía un año le enviaba George no dejaban lugar a dudas. Desde el 11 de septiembre de 2001 el mundo había enloquecido.

Estados Unidos necesitaba definir al adversario para controlar las fuentes energéticas, y los árabes creían que para salir de la miseria y que el mundo les respetara tenían que hacer uso de la fuerza, de manera que los intereses de ambos se complementaban. Querían la guerra y estaban en ella, y a él le pillaban en medio dispuesto a hacer negocios como en tantas otras ocasiones. Sólo que ahora le restaban pocos meses de vida y temía por el futuro de su nieta. Y el futuro no pasaba por Bagdad ni por El Cairo. Ahmed, el marido de Clara, lo sabía, por eso pretendía huir. Pero él no quería que su nieta fuera una refugiada mal vista en todas partes por ser iraquí y ser quien era, porque tarde o temprano se sabría quién era. La única manera de salvarla era dotarla de respetabilidad profesional y eso sólo se lo podía dar la Biblia de Barro. Pero George no quería aceptarlo, y aunque Frankie y Enrique tenían familia, tampoco parecían entenderle.

Estaba solo, solo contra todos y con un inconveniente añadido: el escaso tiempo que le quedaba de vida.

Repasó el informe del médico. Querían operarle de nuevo, extirparle el tumor que invadía su hígado. Debía de tomar una decisión, aunque en realidad la tenía tomada. No volvería a entrar en el quirófano, más aún cuando, según el informe, eso no le garantizaba la vida. Incluso podía morir si su corazón se empeñaba enjugarle una mala pasada. Y últimamente los ataques de taquicardia y la tensión alta eran nuevas agresiones a su salud. Su única preocupación era vivir el tiempo suficiente para que Clara excavara en Safran antes de que los norteamericanos bombardearan.

El sonido de unos nudillos golpeando en la puerta del despacho le hizo levantar la mirada del informe esperando a que entrara quien llamaba.

Un criado le anunció la presencia de Yasir y de otro hombre, Mike Fernández. Les estaba esperando; indicó que les hicieran pasar.

Se levantó y se dirigió a la puerta de la entrada del despacho para saludar a sus visitantes. Yasir le hizo una breve inclinación de cabeza acompañada de una media sonrisa que más parecía una mueca. No le perdonaba la bofetada que le dio en su último encuentro. Alfred no pensaba disculparse, porque después de esa ofensa de nada servirían las disculpas. Yasir le traicionaría en cuanto tuviera la más mínima oportunidad, una vez asegurado el negocio que se traían entre manos. Sólo tenía que estar atento para parar el golpe antes de que levantara la mano.

Mike Fernández evaluó al anciano mientras se saludaban. Le sorprendió la fuerza con que Alfred le apretaba la mano, pero sobre todo tuvo la sensación de estar ante un hombre malo. No sabía por qué, pero así lo sentía en su fuero interno; él precisamente no era un santo; llevaba mucho tiempo metido en negocios sucios a las ordenes de Dukais y había hecho cosas de las que su madre, si viviera, se habría avergonzado; pero a pesar de lo vivido en los últimos años seguía distinguiendo el bien y el mal y aquel anciano exudaba mal por los cuatro costados.

El criado entró en el despacho llevando una bandeja con agua y refrescos, que colocó encima de la mesa baja alrededor de la que se habían sentado. Cuando el criado salió Alfred no perdió el tiempo en cortesías y se dirigió directamente a Fernández.

– ¿Qué plan trae?

– Me gustaría echar un vistazo a la frontera de Kuwait con Irak, también quiero examinar algunos puntos de la frontera jordana y de la turca. Me gustaría saber con qué infraestructura contaremos en los distintos lugares en que decidamos desplegar a los hombres, y sobre todo las vías de escape. Creo que podemos tener una buena cobertura a través de una compañía que exporta algodón, grandes balas de algodón, desde Egipto a Europa.

– ¿Y qué más? -preguntó con sequedad el anciano.

– Lo que usted me quiera decir y enseñar. Usted dirige la operación, yo estaré sobre el terreno; por eso quiero ver por dónde me tendré que mover.

– Yo le diré los puntos por donde los hombres entrarán y saldrán de Irak. Llevamos años entrando y saliendo del país sin que ni los iraquíes, los turcos, los jordanos o los kuwaitíes se enteren. Conocemos el terreno como la palma de nuestras manos. Usted se encargará de sus hombres, pero al mando de la operación sobre el terreno estarán los míos, y serán ellos los que entren y salgan de Irak.

– No es eso lo previsto.

– Lo previsto es entrar y salir en el menor tiempo posible pasando inadvertidos. Me temo que usted difícilmente se puede fundir con el paisaje, y dudo mucho que los hombres que envíe Paul puedan hacerlo. A usted se le ve a la legua que no es de aquí. Si le detuvieran se cargaría la operación. Nosotros podemos entrar y salir porque somos de aquí, nos fundimos con el paisaje, ustedes serían tan visibles como la estatua de la Libertad. Me parece bien que tenga unos cuantos hombres en algunos lugares estratégicos que ya le indicaré. En cuanto a lo de esa compañía de algodón, la conozco, es mía, pero no es la más adecuada para este negocio. Lo que necesitamos es que nuestros amigos de Washington nos permitan viajar en los aviones militares que tienen en las bases de Kuwait y de Turquía y que hacen escala en Europa; una vez allí, ya nos encargaremos de lo demás. Son sus hombres los que deben viajar en esos aviones con usted, ahí es donde no deben entrar los míos. Cada uno se tiene que mover en su terreno.

– Y usted decide cuál es el terreno de cada uno.

– ¿Sabe? Cuando viajas por el desierto, los beduinos siempre te sorprenden. Estás convencido de que estás solo y, de repente, alzas la mirada y ahí están. Cómo han llegado, desde cuándo te están siguiendo, es algo que nunca sabes. Son parte de la arena del desierto.

»A usted se le vería a kilómetros de distancia, pero usted no les vería a ellos aunque estuvieran a cinco metros.

– ¿Sus hombres son beduinos?

– Mis hombres han nacido aquí, en estas arenas, y son invisibles. Saben lo que tienen que hacer, adónde ir y por dónde. Ninguno llamará la atención en Bagdad, ni en Basora, ni en Mosul, Kairah o Tikrit. Entrarán y saldrán con la misma tranquilidad con que usted entra y sale de su casa. Lo hemos hecho siempre así, éste es mi territorio, así que no acepto cambios en la manera de hacer las cosas. ¿O es que en Washington se han vuelto locos?

– No, no se han vuelto locos, simplemente quieren controlar la operación.

– ¿Controlarla? Soy yo quien controla la operación.

– Usted la dirige, es cierto, pero ellos quieren a unos cuantos de sus hombres aquí.

– Me temo que no habrá operación si no se hace como digo. En Washington saben que ustedes no podrían cruzar ni una sola de las fronteras.

– Hablaré con Dukais.

– Ahí tiene el teléfono.

Mike Fernández ni se levantó. Había forzado la situación simplemente porque no quería ser sólo un comparsa en los planes del anciano. Pero sabía que Dukais se enfadaría si le llamaba, puesto que las órdenes habían sido tajantes: tenía que hacer lo que dijera Alfred.

– Hablaré con él más tarde -dijo Mike Fernández, sorprendido por la dureza del anciano.

– Haga lo que quiera, pero sepa que no me gustan los pulsos, y si alguien me echa un pulso lo pierde. Así ha sido hasta ahora y así será hasta el día en que me muera.

Fernández guardó silencio. Habían medido fuerzas y quedaba claro que Alfred no estaba dispuesto ni siquiera a compartir el bastón de mando.

Pensó que lo más inteligente sería aceptar la situación. A fin de cuentas, Tannenberg tenía razón: aquél no era su territorio y estaban en vísperas de una guerra. La operación se iría al traste si les detenían a él o alguno de los suyos. De manera que por él no había ningún inconveniente en que fueran otros los que corrieran con los riesgos.

Durante la siguiente hora Tannenberg le dio una lección de táctica y estrategia militar. Desplegó un mapa en el que indicó dónde deberían situarse las fuerzas de apoyo de Mike y cómo y por dónde deberían desplazarse hasta las bases norteamericanas de Kuwait y Turquía, la ruta para llegar hasta Ammán e incluso una vía alternativa para llegar a Egipto.

– ¿Y por dónde entrarán sus hombres, señor Tannenberg?

– Eso no se lo voy a decir. Contárselo a usted sería tanto como poner un anuncio en internet.

– ¿Desconfía de mí? -preguntó Mike Fernández.

– Yo no me fío de nadie, pero en este caso no se trata de desconfianza. Usted le contará a Paul Dukais el plan, y si yo le digo por dónde entrarán mis hombres lógicamente le dará esa información. Y no tengo la menor intención de que esa información esté al alcance de cualquiera. Éste es mi negocio, amigo mío, entrar y salir por las fronteras de Oriente Próximo sin ser advertido por nadie. De manera que con lo que le he contado tiene la información que precisa, no necesita saber más.

Mike esperaba esa respuesta; sabía que el viejo se mostraría inflexible y que no le sacaría nada, pero decidió insistir.

– Sin embargo, usted me ha dado las coordenadas dónde deben esperar mis hombres…

– Así es, pero si de esas coordenadas intenta sacar conclusiones se equivocará, así que allá usted.

– Bien, señor Tannenberg, ya veo que tratar con usted no será fácil.

– Se equivoca, es muy fácil, yo sólo espero que cada uno sepa lo que tiene que hacer. Usted haga su parte, yo haré la mía y asunto concluido. Esto no es una excursión para hacer amigos, de manera que no hace falta que me cuente cómo van a convencer sus jefes a los chicos del Pentágono para que les presten sus aviones, ni yo tampoco le contaré cuántos hombres míos participarán en esta operación ni por dónde entrarán o saldrán. Pero sí le diré los hombres que usted necesita.

– ¿Me lo dirá usted? -preguntó con ironía el ex coronel Fernández.

– Sí, se lo diré, porque usted no tiene ni idea de cómo llegar desde los puntos que le he dicho hasta las bases norteamericanas. De manera que a sus hombres les escoltarán algunos de mis hombres, sobre todo para asegurarse de que todo llega bien.

– ¿Y cuántos hombres debo traer?

– No más de veinte, y a ser posible que hablen algo más que inglés.

– ¿Se refiere a árabe?

– Me refiero a árabe.

– No estoy seguro de que en eso podamos complacerle… -Inténtenlo.

– Se lo diré al señor Dukais.

– Él ya sabe cómo deben de ser los hombres para esta misión, por eso le ha elegido a usted.

* * *

Mientras bajaban por la escalerilla del avión sintieron el calor seco del desierto. Marta sonrió feliz. Le gustaba Oriente. Fabián sintió que le faltaba el aire y aceleró el paso camino de la terminal del aeropuerto de Ammán.

Esperaban ante la cinta transportadora el equipaje cuando un hombre alto y moreno se dirigió hacia ellos hablándoles en un español más que perfecto.

– ¿El señor Tudela?

– Sí, soy yo…

El hombre le tendió la mano y le dio un apretón firme y resuelto.

– Soy Haydar Annasir. Me envía Ahmed Huseini.

– ¡Ah! -fue todo lo que acertó a decir Fabián.

Marta no dio importancia a que Haydar no la hubiese saludado y le tendió a su vez la mano ante el asombro de éste.

– Yo soy la profesora Gómez, ¿cómo está usted?

– Bienvenida, profesora -respondió Haydar Annasir, haciendo una ligera inclinación mientras estrechaba la mano de Marta.

– ¿La señora Tannenberg no ha venido? -preguntó Marta.

– No, la señora Tannenberg se encuentra en Safran, les espera allí. Pero antes debemos de retirar todo lo que han traído de la aduana. Déme los recibos y me ocuparé de recoger todos los bultos y que los trasladen al camión -precisó Annasir.

– ¿Iremos directamente a Safran? -quiso saber Fabián.

– No. Les hemos reservado habitación en el Marriot para que descansen esta noche, mañana cruzaremos la frontera de Irak e iremos a Bagdad y de allí en helicóptero nos trasladarán a Safran. Espero que dentro de dos días puedan reunirse ustedes con la señora Tannenberg -fue la respuesta de Haydar Annasir.

Tuvieron que cumplimentar todos los trámites de la aduana, aunque sin problema alguno, ya que la presencia de Haydar era suficiente para que los funcionarios no pusieran ninguna traba. Vieron que los contenedores eran instalados directamente en tres camiones que les esperaban en la zona de carga del aeropuerto. Luego ellos se dirigieron hacia el hotel. Haydar les anunció que regresaría a la hora de la cena para acompañarles; mientras tanto, si lo deseaban, podían descansar. Al día siguiente saldrían al amanecer, a eso de las cinco de la mañana.

– ¿Qué te ha parecido el personaje? -preguntó Fabián a Marta mientras tomaban una copa en el bar.

– Amable y eficaz.

– Y habla un español perfecto.

– Sí, seguramente ha estudiado en España; esta noche nos contará en qué universidad y qué.

– A ti al principio no te ha hecho caso.

– Sí, se ha dirigido a ti; tú eres el hombre y por tanto tenía que tratar contigo. Ya se le pasará.

– Pues me ha sorprendido que no le soltaras alguna impertinencia por desdeñarte.

– No lo ha hecho con mala intención. Es producto de la educación que ha recibido. No creas que vosotros sois mejores -respondió riéndose Marta.

– Bueno, nos hemos reciclado y hecho un enorme esfuerzo por estar a la altura de las chicas, que ya sabemos que sois el superhombre.

– Seguramente Nietzsche pensaba en su hermana cuando teorizó sobre el superhombre. Pero hablando en serio, ya estoy acostumbrada a que esto suceda cuando vengo a trabajar a Oriente. Dentro de unos días se rendirá a la evidencia y sabrá que la jefa soy yo.

– Vaya, acabas de hacerte con el poder, gracias por decírmelo.

Bromearon un rato mientras apuraban el whisky con hielo esperando a Haydar Annasir. Éste apareció a las ocho y media en punto, tal y como les había anunciado.

«No está mal», pensó Marta examinándole con ojo crítico mientras cruzaba el bar en dirección a ellos.

Haydar llevaba un traje azul oscuro de buen corte y una corbata de Hermés con un dibujo de elefantes.

«La corbata con los elefantes es un poco antigua, pero es elegante», se dijo a sí misma Marta mientras procuraba no dejar escapar la más leve sonrisa para no desconcertar a aquel hombre envarado que no sabía qué terreno pisaba con estos dos extranjeros.

Les llevó a cenar a un restaurante situado en la zona residencial de Ammán donde sólo había occidentales. Hombres de negocios de paso por la capital hachemí que compartían mesa con hombres de negocios y políticos jordanos.

Fabián y Marta dejaron que fuera Haydar quien encargara la cena al maître, y no hicieron en ningún momento alarde de que hablaban árabe.

– Siento curiosidad por saber dónde aprendió usted español -preguntó Fabián.

Haydar pareció incómodo con la pregunta pero respondió educadamente.

– Soy licenciado en Económicas por la Universidad Complutense de Madrid. El Gobierno español ha tenido siempre una generosa política de becas para que los estudiantes jordanos pudiéramos estudiar en su país. Viví en Madrid seis años.

– ¿En qué años? -quiso saber Marta.

– Del ochenta al ochenta y seis.

– Una etapa muy interesante -insistió Marta esperando que Haydar dijera algo más.

– Sí, coincidí con el final de su Transición y el primer Gobierno socialista.

– ¡Qué jóvenes éramos entonces! -exclamó Fabián.

– Dígame, ¿trabaja usted para la señora Tannenberg? -preguntó Marta directamente.

– No, no exactamente. Trabajo para su abuelo. Dirijo las oficinas del señor Tannenberg en Ammán -respondió Haydar no sin cierta incomodidad.

– ¿El señor Tannenberg es arqueólogo? -siguió preguntando Marta, haciendo caso omiso de la indudable incomodidad de Haydar.

– Es un hombre de negocios.

– ¡Ah! Había creído entender que estuvo hace años en Jaran y allí encontró las tablillas que tanto revuelo han organizado en la comunidad arqueológica -apuntó Fabián.

– Lo siento, pero no lo sé. Trabajo para el señor Tannenberg pero desconozco cualquier otra actividad que no sea la de sus negocios actuales -insistió esquivo Haydar.

– ¿Y es una indiscreción preguntarle cuáles son los intereses del señor Tannenberg?

La pregunta de Marta pilló de improviso a Haydar, que no esperaba que se atrevieran a someterle a ese interrogatorio.

– El señor Tannenberg tiene distintos negocios, es un hombre respetado y considerado, al que sobre todo le gusta la discreción -respondió con cierto enfado Haydar.

– ¿Su nieta es una arqueóloga conocida en Irak? -insistió Marta.

– Conozco muy poco a la señora Tannenberg; sé que es una persona solvente en su trabajo y está casada con un reputado profesor de la Universidad de Bagdad. Pero estoy seguro de que todas estas preguntas se las podrán hacer a ella cuando lleguen a Safran.

Fabián y Marta se miraron llegando al acuerdo tácito de no continuar preguntando más. Habían sido extremadamente descorteses con su anfitrión. Aquello era Oriente, y en Oriente nadie preguntaba directamente sin correr el riesgo de ofender.

– ¿Se quedará usted con nosotros en Safran? -preguntó Fabián.

– Estaré a su disposición durante el tiempo que dure la excavación. No sé si deberé quedarme todo el tiempo en Safran o en Bagdad. Estaré allí donde me consideren necesario.

Cuando les dejó en la puerta del hotel, les recordó que a la mañana siguiente les recogería a las cinco. Los camiones con la carga ya habían salido para Safran.

– Le hemos puesto en un apuro -afirmó Fabián mientras se despedían en la puerta del ascensor.

– Sí, ha pasado un mal rato. Bueno, no me importa. Yo estoy intrigada por saber cómo y cuándo ese Tannenberg excavó en Jaran, ya sabes que yo también he excavado en esa zona. Antes de salir busqué todas las expediciones arqueológicas que se han hecho a Jaran y en ninguna figura ningún Tannenberg.

– Vete tú a saber si ese misterioso abuelo ha excavado alguna vez en otro lugar que no sea en el jardín de su casa. Lo mismo compró esas tablillas a algún ladrón.

– Sí, también lo he pensado. Pero me pasa como a tu amigo Yves: me intriga el abuelo de Clara Tannenberg.

El viaje a Bagdad resultó agotador por el calor. La ciudad evidenciaba las señales del asedio que sufría. Se veía pobreza, como si de la noche a la mañana la próspera clase media iraquí hubiera desaparecido.

Marta se mareó en el helicóptero y no pudo reprimir vomitar, a pesar de los cuidados solícitos de Fabián.

Cuando llegaron a Safran estaba pálida y se sentía agotada, pero sabía que debía hacer un esfuerzo porque aún pasarían muchas horas antes de que pudiera descansar.

Le sorprendió Clara Tannenberg: morena, de estatura media, piel de color canela y ojos azul acero. Era guapa. Sencillamente guapa.

Clara también evaluó a Marta con una mirada. Pensó que debía de haber pasado los cuarenta, más cerca de los cuarenta y cinco; se le notaba esa seguridad de las mujeres occidentales que todo se lo deben a sí mismas y a su esfuerzo y por tanto no están dispuestas a que nadie les diga qué pueden hacer o dejar de hacer. Clara tampoco pasó por alto que Marta era una mujer atractiva. Cabello negro, alta y ojos castaño oscuros; llevaba una media melena lisa y las uñas cuidadas.

Siempre se fijaba en las manos de las mujeres. Su abuela le había enseñado a que lo hiciera; le decía que reconocería con qué clase de mujer trataba por sus manos. No le había fallado el consejo. Las manos reflejaban el alma de las mujeres y su condición social. Las de Marta eran unas manos delgadas y huesudas, con la manicura recién hecha, y las uñas cubiertas por un ligero barniz transparente que sólo les daba brillo.

Después de los saludos de rigor, les informó de que los camiones ya habían llegado a Safran, aunque aún no les había dado tiempo a descargar los contenedores.

– Pueden dormir en alguna de las casas de los campesinos o, si lo prefieren, en las tiendas que hemos instalado. Hemos comenzado a construir unas cuantas casas de adobe, muy simples, como las que se construían hace siglos en Mesopotamia y siguen construyendo los campesinos hoy. Algunas ya están listas, pero falta que lleguen de Bagdad colchones y otros enseres; en un par de días estarán aquí. Servirán para alojar no sé si a todos, pero sí a buena parte de la expedición. No dispondremos de lujos, pero espero que se encuentren cómodos.

– ¿Podemos echar un vistazo por los alrededores? -preguntó Fabián…

– ¿Quiere conocer el lugar donde hemos encontrado el edificio? -le respondió Clara.

– Exactamente, estoy deseando verlo -contestó Fabián con la mejor de sus sonrisas.

– Bien, diré que lleven su equipaje a los alojamientos y nosotros iremos caminando hasta el palacio. No está lejos de aquí, y hoy no hace demasiado calor -fue la respuesta de Clara.

– Si no le importa -terció Marta-, preferiría ir en coche. Me he mareado durante el viaje y no me encuentro demasiado bien.

– ¿Necesita algo? ¿Prefiere quedarse? -le dijo Clara.

– No, sólo querría beber agua y poder refrescarme, y si es posible no ir a pie -pidió Marta.

Clara dio unas cuantas órdenes y en un segundo el ligero equipaje de Marta estaba instalado en casa del jefe de la aldea, mientras que el de Fabián era llevado a la casa de una familia que vivía al lado.

Marta dispuso de los minutos que había pedido para beber agua y recuperar fuerzas. Luego se dirigieron en un jeep hasta el lugar donde pasarían los próximos meses.

Fabián saltó del coche antes de que el soldado que lo conducía terminara de parar. Con paso presuroso empezó a recorrer el lugar, deteniéndose para observar el perímetro que había quedado al descubierto tras la explosión de una bomba que había dejado su cosecha de destrozos.

– Veo que han estado despejando la zona -afirmó Fabián.

– Sí; creemos que estamos sobre el tejado de un edificio y que lo que vemos por ese boquete es una estancia donde seguramente estaban apiladas tablillas; de ahí la cantidad de trozos que hemos encontrado. Por lo que, sin duda, este lugar era un templo-palacio -respondió Clara.

– No hay constancia de que hubiera un templo tan cerca de Ur -dijo Fabián.

– No, no la hay, pero le recuerdo, profesor, que el valor de cualquier descubrimiento es ése: encontrar algo de lo que en muchas ocasiones no hay ningún indicio de que existiera. Si excaváramos a lo largo y ancho de Irak encontraríamos varias decenas de templos-palacios, puesto que eran los centros administrativos de amplias zonas -explicó Clara.

Marta, mientras tanto, se había alejado de ellos buscando un lugar desde el que tener cierta perspectiva del lugar. Fabián y Clara la dejaron, sin interrumpir el ir y venir de Marta.

– ¿Es su esposa? -le preguntó Clara.

– ¿Marta? No, no lo es. Es profesora de Arqueología en mi misma Universidad, la Complutense de Madrid. Y tiene una larga experiencia en trabajos de campo. Por cierto, hace años estuvo cerca dejaran, donde su abuelo encontró esas tablillas misteriosas.

Clara asintió en silencio. Su abuelo le había prohibido con rotundidad que diera información sobre él. No debía decir ni una palabra de más, aunque le insistieran para conocer detalles de cuándo y por qué estuvo en Jaran, de manera que decidió llevar la conversación hacia otros derroteros.

– Han sido muy valientes viniendo a Irak en las actuales circunstancias.

– Esperemos que todo vaya bien. No va a ser fácil trabajar con tanta premura de tiempo.

– Sí, los iraquíes confiamos en que Bush esté echando un pulso a Sadam.

– Pues no se equivoquen. Les ha declarado la guerra y en cuanto tenga sus efectivos dispuestos atacará. No creo que tarden en hacerlo más de seis o siete meses.

– ¿Por qué apoya España a Bush contra Irak?

– No confunda a España con nuestro actual Gobierno. Los españoles mayoritariamente estamos en contra de la guerra, no compartimos las razones de Bush para hacer la guerra.

– Entonces, ¿por qué no se rebelan?

Fabián soltó una carcajada.

– Tiene gracia que usted me pregunte por qué no nos rebelamos cuando ustedes viven bajo la bota de Sadam. Mire, yo no estoy de acuerdo con mi Gobierno en lo que se refiere a apoyar a Estados Unidos contra Irak ni en tantas otras muchas cosas, pero el mío es un Gobierno democrático. Quiero decir que le podemos echar en las urnas.

– Los iraquíes quieren a Sadam -afirmó Clara.

– No, no le quieren, y el día en que caiga, que caerá, sólo unos cuantos favorecidos por su régimen le defenderán. A los dictadores se les sufre, pero nadie les quiere, ni siquiera quienes han vivido bajo su régimen sin decir palabra. De Sadam lo único que quedará será el recuerdo de sus tropelías. Mire, dejemos las cosas claras, el que estemos en contra de la guerra no significa que apoyemos a Sadam. Sadam representa todo lo que abomina cualquier demócrata: es un dictador sanguinario, que tiene las manos manchadas con la sangre de los iraquíes que se han atrevido a oponérsele y con la de los kurdos a los que ha asesinado masivamente.

»No nos importa Sadam ni la suerte que pueda correr. Estamos en contra de la guerra porque no creemos que nadie debe morir para que desaparezca un solo hombre, y sobre todo porque es una guerra por intereses bastardos: quedarse con el petróleo de Irak. ¡Norteamérica quiere el control de las fuentes energéticas porque siente el aliento del coloso chino! Pero insisto: no se equivoque, quienes estamos en contra de la guerra aborrecemos a Sadam.

– No me ha preguntado si soy partidaria de Sadam -le reprochó Clara.

– No me importa que lo sea. ¿Qué hará? ¿Denunciarme a esos soldados para que me detengan? Imagino que si usted vive en Irak sin que le falte de nada, es porque es afecta al régimen de Sadam. No podríamos excavar aquí en estas circunstancias si su abuelo no fuera un hombre poderoso en Irak, de manera que no caben engaños. Pero eso sí, tampoco se engañe usted creyendo que quienes venimos aquí estamos dispuestos a inclinarnos ante Sadam o a cantar las excelencias de su régimen. Es un dictador y nos repugna profundamente.

– Pero, aun así, vienen a excavar.

– Si logramos evitar el encontronazo político excavaremos. Venimos a excavar en una circunstancia difícil para nosotros, y no crea que ha sido fácil tomar la decisión. Venir aquí puede ser manipulado por algunos para presentarnos como gente que avala a Sadam, de manera que esto no es una bicoca. Creemos que estamos ante la oportunidad de desvelar si lo que usted afirmó en el congreso de Roma tiene alguna base. Trabajaremos a destajo y contrarreloj, y si no conseguimos el objetivo, al menos lo habremos intentado. Como arqueólogos no podíamos dejar pasar la ocasión.

– ¿Usted es amigo de Yves Picot?

– Sí, somos amigos desde hace tiempo. Es un hetedoroxo, pero uno de los mejores, y desde luego sólo alguien como él sería capaz de convencernos para venir a jugarnos el pellejo a este lugar -afirmó Fabián dejando vagar la mirada en busca de Marta.

– ¿Cuántos arqueólogos participarán en la misión?

– Desgraciadamente, menos de los que necesitamos. El equipo no es suficiente para el trabajo que debemos abordar. Vendrán dos expertos en prospección magnética, un profesor de arqueozoología, otro de anatolística, siete arqueólogos especialistas en Mesopotamia, además de Marta, Yves y yo mismo, y unos cuantos estudiantes de los últimos cursos de arqueología. En total, seremos unos treinta y cinco.

Clara no pudo ocultar una mueca de decepción. Esperaba que Picot hubiera sido capaz de encontrar a más especialistas para la expedición. Fabián se dio cuenta y sintió un cierto fastidio.

– Dese con un canto en los dientes, como decimos en España ante situaciones como ésta. Que vengan treinta y cinco personas a trabajar aquí es un milagro, y lo hemos hecho por Yves. A su país le van a machacar, y no está para aventuras arqueológicas; aun así Yves nos ha convencido y hemos dejado nuestros trabajos, y no crea que es sencillo decir al decano de tu facultad que te vas en pleno mes de septiembre, con el curso a punto de empezar. De manera que todos los que venimos hemos hecho un sacrificio personal, sabiendo lo difícil que será encontrar algo que de verdad valga la pena y justifique la inversión de nuestro tiempo y prestigio profesional.

– ¡No lo plantee como si me estuvieran haciendo un favor! -respondió Clara exasperada-. ¡Si vienen será porque creen que pueden conseguir algo, de lo contrario no estarían aquí!

Marta se había acercado hasta ellos y escuchó la última parte de la conversación.

– ¿Qué os pasa? -preguntó.

– Intercambio de pareceres -respondió Fabián.

Clara no dijo nada, bajó la mirada al suelo y tomó aire para calmarse. No podía dejar aflorar su genio, y menos en vísperas de comenzar el trabajo. Echaba de menos a Ahmed; él tenía mano izquierda, sabía cómo tratar a todo el mundo y decir lo que pensaba sin ofender, pero manteniéndose firme en sus ideas.

– Bien -continuó Marta-, he echado un vistazo al lugar. Es interesante lo que se ve. ¿Con cuántos obreros podremos contar?

– Alrededor de cien. Aquí en Safran contamos con unos cincuenta hombres, el resto vendrán de aldeas cercanas.

– Necesitamos más. Es imposible despejar toda esa arena si no tenemos suficientes manos. ¿Aquéllas son las casas que se están levantando para el equipo? -preguntó señalando hacia el frente.

– Sí. Están como a trescientos metros, no demasiado lejos. De manera que viviremos al lado, sin necesidad de coches para desplazarnos -respondió Clara.

– Nosotros traemos tiendas bien acondicionadas. En mi opinión, los obreros deberán terminar lo que estén haciendo para no dejarlo a medias, pero la prioridad es que se pongan a trabajar aquí ya.

El tono de Marta no dejaba lugar a dudas.

– ¿Ya? ¿Antes de que llegue el resto de la expedición? -preguntó sorprendido Fabián.

– Sí. No hay tiempo que perder. Sinceramente, no creo que podamos hacer el trabajo en tan poco tiempo, de manera que pongámonos ya. Comenzaremos mañana. Si os parece, ahora cuando regresemos a la aldea nos reunimos con los hombres para explicarles algunos detalles del trabajo que tienen que realizar. Intentaremos que la zona esté lo más despejada posible para cuando lleguen Yves y el resto del equipo. ¿Os parece bien?

– Tú mandas -respondió Fabián.

– Por mí, de acuerdo -afirmó Clara.

– Bien, os explicaré el plan de trabajo que he ido pensando que podemos empezar a hacer…

18

Hans Hausser entró con paso decidido en el inmenso vestíbulo del moderno edificio en el corazón de Londres. Un panel señalaba las docenas de empresas que tenían su sede en aquel monstruo de cristal y acero. Buscó con la mirada el nombre de Global Group, aunque sabía que se encontraba en la planta séptima. Se dirigió al ascensor sintiendo una punzada de inquietud en la boca del estómago.

Un ilustre profesor de Física cuántica iba a contratar a un ejecutor para que asesinara a un hombre y a su familia, no importaba quiénes ni cuántos fueran. No sentía piedad en su corazón, pero sí la preocupación de no saber si sabría tratar con un hombre como el que se iba a encontrar.

Las oficinas de Global Group parecían las de cualquier multinacional: paredes de color gris claro, techos blancos, mobiliario moderno, buenos cuadros abstractos de pintores de nombre imposible de recordar, secretarias discretamente elegantes y amables.

Tom Martin no le hizo esperar. Le estrechó la mano en la puerta del despacho, una pieza espaciosa guarnecida por una esplendida librería de color claro que cubría las cuatro paredes, un enorme ventanal sobre el que se alcanzaba a ver el viejo Londres con el paso sereno del Támesis, sillones de cuero y ningún objeto personal. Ni fotografías ni trofeos; la inmensa mesa de cristal y acero no tenía ni un papel; sólo un sofisticado teléfono y un ordenador personal.

Una vez acomodados en los sillones con un café delante, Tom Martin se dispuso a escuchar con cierta curiosidad al anciano con aire de despistado que tenía delante.

– Bien, usted dirá en qué le puedo ayudar…

– No le haré perder el tiempo. Sé que su negocio es enviar hombres a zonas de conflicto. Usted tiene un pequeño ejército de hombres que van y vienen en grandes o reducidos grupos o en solitario. Sé que su negocio es ofrecer seguridad, pero si hacemos caso omiso a los eufemismos, en su negocio se mata. Sus hombres matan a otros hombres para proteger a las personas que les contratan o defender intereses materiales, sean edificios, yacimientos petrolíferos, lo que sea.

Tom Martin escuchaba al anciano con una mezcla de perplejidad y diversión; ¿adónde quería llegar aquel hombre?

– Señor Martin, necesito contratar a uno de sus hombres para que mate a un hombre. Bueno, en realidad tendrá que matar a más de una persona, en este momento no sé exactamente a cuántos, puede que a dos, o tres, o cinco, no lo sé.

El dueño de Global Group no pudo ocultar la sorpresa que le provocaba la petición de aquel hombre. Un anciano de aspecto distinguido que hacía semanas le había pedido una cita haciéndose llamar señor Burton, y que se sentaba tranquilamente ante él pidiéndole asesinos. Así de simple.

– Perdone, señor Burton, ¿era Burton su nombre?

– Llámeme así -dijo el profesor Hausser.

– O sea, que no se llama Burton… En fin, yo necesito saber quiénes son mis clientes…

– Usted necesita saber que le pagarán y le pagarán bien. Y yo le pagaré generosamente.

– Si le he entendido bien, usted quiere matar a alguien. ¿Por qué?

– Ése no es asunto suyo. Digamos que hay una persona cuyos intereses han colisionado con los míos y los de unos amigos y no ha tenido inconveniente en utilizar métodos expeditivos contra nosotros. De manera que queremos eliminarle.

– ¿Y esas otras personas a las que también quiere eliminar?

– Sus familiares directos. Los que encuentre.

Tom Martin se quedó en silencio, impresionado por la tranquilidad con que aquel hombre de aspecto apacible le estaba pidiendo que cometiera unos cuantos asesinatos. Se lo había pedido con la misma voz que pediría un café en un bar o saludaría al portero por las mañanas: con afabilidad, sin darle importancia.

– ¿Puede precisarme qué ha hecho ese hombre y por qué debe de extender la sanción a su familia?

– No. Dígame si acepta el trabajo y cuánto me costará.

– Verá, yo no tengo una agencia de asesinos, así que…

– ¡Vamos, señor Martin, sé quién es usted! La gente de su negocio le considera el mejor y alaban su discreción. Me han recomendado que le plantee las cosas directamente, y eso es lo que estoy haciendo.

– Me gustaría saber quién le ha hablado de mi empresa.

– Un conocido común. Un hombre que le conoce y ha hecho negocios con usted a su entera satisfacción.

– ¿Y esa persona le ha dicho que la mía es una empresa de asesinos?

– Señor Martin, usted no me conoce y por eso desconfía de mí. Lo entiendo. Pero ¿cómo llama usted a lo que hacen sus hombres en las minas de diamantes cuando ametrallan a un pobre negro por acercarse demasiado a la valla de seguridad? ¿Qué me dice de esos equipos de protección de hombres de negocios que no dudan en apretar el gatillo a indicación de su jefe de turno?

– Necesito saber quién es usted, una referencia…

– No la tendrá, lo siento. Si teme que sea una trampa, esté tranquilo. Soy un anciano, no debe de quedarme mucho tiempo de vida, y lo que me queda quiero dedicarlo a saldar una vieja deuda. Por eso necesito que sus hombres maten a un hombre.

Tom Martin se quedó en silencio examinando a aquel anciano que con tanto aplomo y sin circunloquios le pedía que matara a un hombre. No, no era policía, de eso estaba seguro. Su curiosidad le pudo y, saltándose sus propias reglas de seguridad, decidió arriesgarse.

– ¿Quién es el hombre al que quiere matar?

– ¿Acepta el trabajo?

– Dígame de quién se trata y dónde está.

– ¿Cuánto costará?

– En principio tendremos que hacer una prospección de campo, y luego decidir cómo y cuándo; y eso es mucho dinero.

– ¿Un millón de euros por el hombre y otro por su familia?

El presidente de Global Group se quedó impresionado. O el anciano le tentaba con el dinero o no tenía ni idea de los precios del mercado.

– ¿Tiene usted esa cantidad?

– Ahora mismo tengo trescientos mil euros encima. Si cerramos el trato se los daré. El resto, según vaya cumpliendo.

– ¿A quién quiere matar, a Sadam Husein?

– No.

– ¿Quién es el hombre? ¿Tiene fotos recientes?

– No, no tengo fotos de él. Será un anciano, un hombre mayor que yo, rondará los noventa años. Vive en Irak.

– ¿En Irak? -la sorpresa de Martin iba en aumento.

– Sí, creo que en Irak; al menos allí un familiar suyo tiene una casa. Vea estas fotos de la casa. No sé si él vive allí o no, pero la persona que vive es un familiar de él, una mujer que también debe morir, pero no antes de que les conduzca a nuestro objetivo.

Tom Martin cogió las fotos de la Casa Amarilla que habían hecho los hombres del equipo enviado por Luca Marini. Las observó con cuidado. La casa era una mansión colonial, bien protegida a juzgar por lo que las cámaras habían captado.

En algunas fotografías aparecía una mujer atractiva, vestida a la manera occidental, y acompañada de otra mujer mayor cubierta de la cabeza a los pies.

– ¿Esto es Bagdad? -preguntó.

– Sí, es Bagdad.

– Y ésta es la mujer… -afirmó más que preguntó Martin al mirar otra foto.

– Sí, creo que es familia del hombre que debe morir. Tienen el mismo apellido. Ella les puede conducir hasta él.

– ¿Cuál es el apellido?

– Tannenberg.

El presidente de Global Group se quedó unos segundos en silencio. No era la primera vez que oía ese apellido. No hacía mucho que su amigo Paul Dukais le había pedido hombres para infiltrarse en una expedición arqueológica organizada por esa mujer, esa Tannenberg que al parecer quería quedarse con algo que no era suyo, o al menos no era sólo suyo.

Por lo que veía, los Tannenberg tenían enemigos en todas partes dispuestos a quitarles de en medio sin contemplaciones. ¿Querría este hombre que tenía ante él lo mismo que Dukais o la suya sería una causa diferente?

– ¿Acepta el trabajo?

– Sí.

– Bien, firmemos un contrato.

– Señor… señor Burton, no se firman contratos así.

– Yo no le voy a entregar ni un euro si no es con un contrato.

– Haremos un contrato general, de investigación de determinado individuo en determinado lugar…

– Sí, pero sin que conste el nombre del individuo. Quiero discreción.

– Usted exige mucho…

– También pago mucho. Sé que lo que le voy a pagar es más de lo que usted cobra por este tipo de encargos. De manera que por dos millones de euros usted hará las cosas como le pido.

– Desde luego que las haré.

– Y otra cosa, señor Martin, yo sé que es usted el mejor, o al menos eso dicen. Si le pago tan generosamente es porque no quiero fallos ni traiciones. Si usted me traiciona, mis amigos y yo disponemos de dinero suficiente para buscarle debajo de las piedras si fuera necesario. Siempre habrá alguien que quiera hacer el trabajo, incluso alguien de aquí dentro.

– No le tolero que me amenace. No se equivoque conmigo o daré esta conversación por concluida -respondió muy serio Tom Martin.

– No, no es una amenaza. Simplemente quiero que queden las cosas claras desde el principio. A mi edad el dinero que tengo no me lo puedo ni gastar ni llevar a la tumba. Así que lo invierto en cumplir mis últimas voluntades, pero en vida, que es lo que estoy haciendo.

– Señor Burton o como quiera que se llame, en mi negocio no nos dedicamos a traicionar a los clientes. El que lo hace tiene que echar el cierre.

Hans Hausser le dio toda la información de que disponía. No era mucha, pues Tannenberg había detectado al equipo de Marini y a éstos no les había dado tiempo a enviar más detalles sobre quién vivía en esa casa de color amarillo además de la mujer y su marido, junto a unos cuantos criados.

Dos horas después el profesor salía de Global Group. Se sentía satisfecho porque intuía que por fin estaban cerca de la hora de la venganza.

Paseó sin rumbo, seguro de que Martin le habría hecho seguir. Se metió en el hotel Claridge y se dirigió al restaurante, donde almorzó sin demasiado apetito. Luego salió al vestíbulo y busco un ascensor. Quienes le siguieran pensarían que se alojaba en el hotel, así que apretó el botón de la cuarta planta. Allí se bajó y buscó las escaleras para descender hasta la segunda. Una vez allí, llamó de nuevo al ascensor y apretó el botón del garaje.

Un sorprendido portero le preguntó dónde estaba su coche, a lo que él ni siquiera respondió, poniendo una sonrisa de no entender nada. A su edad parecía inofensivo. Recorrió el garaje y al cabo de un rato salió por la rampa de los coches. Torció en la primera esquina y se alejó del hotel buscando un taxi que no tardó en encontrar y pidió que le llevara al aeropuerto. Su vuelo salía horas más tarde rumbo a Hamburgo. De allí cogería otro avión a Berlín y de allí a su casa, a Bonn. No sabía si habría logrado despistar a Tom Martin, pero al menos se lo había puesto difícil.

– Soy yo.

Carlo Cipriani reconoció la voz de su amigo. Sabía que le llamaría, puesto que había recibido un e-mail cifrado y él había respondido enviándole otro con el número del móvil al que le debía llamar y que una vez utilizado terminaría en una papelera. La tarjeta pensaba tirarla al Tíber.

– Todo ha ido bien. Ha aceptado y se pondrá en marcha de inmediato.

– ¿No te ha puesto inconvenientes?

– Estaba sorprendido, pero el señor Burton ha sido bastante persuasivo -rió entre dientes Hans Hausser.

– ¿Cuándo te dirá algo?

– En un par de semanas. Tiene que formar un equipo, enviarlo… esto lleva tiempo.

– ¡Ojalá hayamos acertado! -respondió Carlo.

– Hacemos lo que tenemos que hacer y en algún tramo nos equivocaremos, pero lo importante es seguir adelante, no detenernos.

A través del teléfono se colaba una voz impersonal llamando a los pasajeros del vuelo de Berlín.

– Te llamaré en cuanto sepa algo. Ponte en contacto con los otros.

– Lo haré -le aseguró Cipriani.

Hans Hausser colgó el teléfono público desde el que estaba llamando en el aeropuerto de Hamburgo.

Acababan de anunciar su vuelo a Berlín. Desde allí llamaría a Berta. Su hija estaba preocupada por sus idas y venidas y le había empezado a conminar para que le contara lo que pasaba. Él le mentía diciendo que iba de viaje a reunirse con viejos profesores retirados como él, pero Berta no le creía. Desde luego nunca podría imaginar a su padre contratando asesinos para matar a un hombre. Ella juraría que su padre era un hombre pacífico, en la universidad siempre había encabezado las protestas contra cualquier guerra o expresión de violencia fueran donde fuesen. Además, era un paladín de la defensa de los derechos humanos, y sus alumnos le adoraban, tanto que aún acudía a la universidad como profesor emérito. Nadie quería que Hans Hausser se retirara completamente.

Mercedes Barreda salió corriendo hacia el dormitorio. Había dejado sobre la cama el bolso donde llevaba el móvil con el número por el que alguno de sus amigos la podía llamar.

Abrió el bolso deprisa temiendo que en cualquier momento se apagara el pitido de la llamada.

– No te agites -escuchó decir a Carlo, antes de tener tiempo de pronunciar una palabra.

– Venía corriendo.

– Tranquila, todo está en marcha.

– ¿Le ha ido bien?

– Sin problemas. En un par de semanas sabremos algo más.

– ¿Tanto tiempo?

– No seas impaciente.

– Lo soy, lo he sido siempre.

– No es fácil lo que queremos…

– Lo sé, pero a veces tengo miedo de morirme y no haber logrado… ya lo sabes.

– Sí, yo también tengo esa pesadilla, pero estamos en la recta final.

Cuando terminaron la conversación, Mercedes se dejó caer en el sofá. Estaba cansada. Había estado visitando un par de obras de las que su empresa constructora tenía en marcha, y además había mantenido una reunión con varios de los arquitectos y aparejadores que trabajaban para su empresa.

Pensó que todo el dinero que había ido acumulando iba a tener el mejor fin, puesto que lo estaba invirtiendo en sicarios para matar a Tannenberg.

El dinero nunca le había interesado. Lo ganaba trabajando, sí, pero sin una finalidad. Tenía hecho testamento: cuando muriera lo que tenía iría a parar a varias ONG, una organización de ayuda a los animales, y las acciones de su empresa serían repartidas a partes iguales entre los empleados que llevaban varios años trabajando con ella. No se lo había dicho a nadie, porque se reservaba la posibilidad de cambiar de opinión, pero de momento así lo había dispuesto.

La asistenta le había dejado preparado encima de la mesa de la cocina una ensalada y un filete de pollo empanado. Lo colocó en una bandeja y se sentó ante la televisión. Así eran sus noches desde que murió su abuela, y de eso hacía muchos años.

Su casa era su refugio, jamás había invitado a nadie que no fueran sus únicos amigos: Hans, Carlo y Bruno.

Bruno estaba terminando de cenar cuando el pitido del móvil que llevaba en el bolsillo de la chaqueta le sobresaltó. Su mujer, Deborah, se puso alerta. Sabía que de un tiempo a esta parte, desde que llegó de Roma, su marido compraba y destruía móviles y tarjetas sin explicarle por qué. Aunque no hacía falta que lo hiciera. Ella sabía que el pasado seguía presente en la vida de Bruno. Ni sus hijos ni sus nietos habían logrado borrarlo. Para Bruno Müller no había nada más importante que lo vivido sesenta años atrás.

Deborah se mordió el labio para no dejar escapar ningún reproche, precisamente esa noche en que Sara y Daniel cenaban en casa. No era habitual que sus dos hijos coincidieran, ya que Daniel viajaba continuamente de un lugar a otro del mundo acompañando a las mejores orquestas sinfónicas con su violín.

– Perdonadme un momento… -dijo Bruno mientras salía del comedor camino de su despacho.

– Qué misterioso está papá -dijo Sara.

– ¿No puedes respetar la intimidad de los demás? -le reprochó Daniel.

– Vamos, no nos enfademos, es sólo una llamada -intercedió su madre, buscando una conversación que les entretuviera hasta que Bruno regresara.

– Todo va bien -dijo Carlo.

– ¡Ah!, me quitas un peso de encima -respondió Bruno-; estaba preocupado.

– Ya está camino de casa y dentro de dos semanas nos dirá algo.

– Pero ¿han aceptado el trabajo?

– Sí, ya sabes que llevaba una oferta muy generosa a la que era difícil que dijeran que no.

– ¿Vamos a vernos?

– Quizá cuando sepamos algo concreto. Ahora no lo veo necesario.

– Tienes razón. ¿Has hablado con ella?

– Ahora mismo. Está bien, tan impaciente como nosotros,

– Hemos esperado tanto…

– Estamos llegando al final.

– Tienes razón.

Cuando Bruno colgó, sacó la tarjeta del móvil y la cortó en pedazos; luego fue al cuarto de baño y la tiró por el inodoro tal y como venía haciendo cada vez que hablaba con sus amigos desde que regresó de Roma.

Luca Marini aguardaba a que avisaran a Carlo Cipriani. Llevaba toda la mañana haciéndose pruebas del chequeo anual al que se sometía en la clínica de su amigo.

Hasta un par de días después, Antonino, el hijo de Carlo, no le daría los resultados, eso sí, previamente examinados por su padre. Ahora se iría a almorzar con Carlo tal y como habían quedado.

Carlo entró en la consulta de su hijo y dio un abrazo a su amigo.

– Me dicen que estás estupendo, ¿verdad, Antonino?

– Eso parece -respondió éste-; por lo que vamos viendo, no hay nada por lo que preocuparse.

– ¿Y la fatiga? -preguntó preocupado Marini.

– ¿No se te ha ocurrido que puede ser la edad? -bromeó Carlo-. Es lo que me dice Antonino cuando me quejo.

Ya en el restaurante, Carlo Cipriani preguntó directamente a su amigo qué le preocupaba.

– ¿Has vuelto a tener noticias de tus antiguos colegas de la policía?

– Hace un par de días cené con unos cuantos de ellos con motivo de la jubilación de un amigo. Les pregunté de pasada y me dijeron que no habían archivado el caso, pero que lo habían dejado de lado. Después de los primeros días les han dejado de presionar para que sigan investigando, y el amigo que lo lleva ha decidido meterlo en un cajón. Si le presionan, dirá que está en ello.

– ¿Eso es todo?

– Eso es mucho, Carlo, es lo más que les puedo pedir. Me están haciendo un favor. Si les presionan, me avisarán; pero en todo caso son conscientes de que salvo que yo les diga la verdad, no les será fácil encontrar por dónde tirar.

– Podrían querer hablar con Mercedes, puesto que diste su nombre como la persona que quería un informe sobre la situación en Irak.

– Sí, pero el querer saber qué pasa en Irak no es un delito. Sin duda es un anzuelo difícil de tragar: una empresaria catalana que contrata a una agencia de detectives italianos para que le hagan un informe sobre la situación de Irak para saber si tiene posibilidades de hacer negocios una vez que acabe la guerra que aún no ha comenzado, y todo por recomendación de un amigo.

– Es tan rebuscado… -murmuró Carlo.

– Que eso es lo que hace creíble la historia -respondió Marini-; además, soy un actor consumado -bromeó.

– Tienes buenos amigos, eso es lo que nos está ayudando.

– Claro que tengo buenos amigos, tú eres uno de ellos. Ahora quiero decirte que Mercedes Barreda me pareció una mujer terrible.

– No lo es, de verdad, es una persona extraordinaria y con mucho valor, con un valor que no puedes ni imaginar. Es la persona más valiente que conozco.

– La aprecias de verdad.

– La quiero muchísimo.

– ¿Y por qué no te casas con ella?

– Es una amiga muy querida, nada más.

– A la que además admiras. Cuando estáis juntos se nota una complicidad especial entre los dos.

– No, no veas lo que no hay, de verdad. Para mí Mercedes es más que si fuera de mi familia. La llevo siempre en el corazón, pero también a Bruno y a Hans.

– Son tus amigos del alma ¿desde cuándo os conocéis?

– Desde hace tanto que si me acuerdo me doy cuenta de lo viejo que soy.

Carlo cambió sutilmente los derroteros de la conversación. Jamás decía una palabra de más sobre sus amigos, y mucho menos sobre el pasado común que les unía por encima del bien y del mal.

19

Se notaba que era él quien mandaba en aquel grupo tan heterogéneo. No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que aquel hombre alto, de complexión fuerte y cabello rubio oscuro ejercía el liderazgo entre aquellos hombres y mujeres que no habían dejado de reír y hacer bromas durante la larga espera para recoger las maletas de las cintas transportadoras. Habían llegado en un vuelo anterior al suyo, pero al parecer llevaban todos exceso de equipaje. Se había sobresaltado al escucharles discutir sobre arqueología. Iban a excavar a Irak y Gian Maria pensó una vez más que las casualidades no existen, y que si él se había encontrado a un grupo de arqueólogos que iban a Irak es que la Providencia había querido que así fuera.

Les había oído decir que iban a Bagdad, pero que esa noche dormirían en Ammán antes de cruzar la frontera.

El sacerdote, nervioso, hizo un esfuerzo casi sobrehumano para vencerse a sí mismo y hablar al jefe del grupo antes de que desaparecieran de la terminal del aeropuerto.

– Perdone, ¿puedo hablar con usted?

Yves Picot contempló al hombre que, rojo como la grana por el apuro que le daba abordarle, esperaba temeroso su veredicto.

– Sí, dígame…

– Les he oído decir que van a Bagdad…

– Sí, así es.

– ¿Podría ir con ustedes?

– ¿Con nosotros? Pero ¿quién es usted?

El joven enrojeció aún más. No quería mentir, no podía, pero tampoco le diría toda la verdad.

– Me llamo Gian Maria, y voy a Irak a ver qué puedo hacer.

– ¿Cómo que a ver qué puede hacer? ¿Qué es lo que se propone?

– Entre otras cosas, ayudar. Tengo unos amigos trabajando en una ONG, que prestan ayuda a los niños en los barrios más pobres de Bagdad y surten de algunos medicamentos a los hospitales. Ya sabe que carecen de todo por el bloqueo… la gente se está muriendo porque no tienen antibióticos con los que combatir las infecciones y…

– Ya, ya sé cómo está Irak, pero ¿se ha venido a la ventura?

– Avisé a mis amigos de que venía, pero no me pueden venir a buscar a Ammán, y yo… realmente no estoy acostumbrado a estas cosas y si pudiera ir con ustedes hasta Bagdad… contribuiré con lo que me pidan.

Yves Picot soltó una carcajada. Le caía bien ese hombre tan tímido que el solo hecho de hablarle le había teñido el rostro del color de los tomates.

– ¿En qué hotel está? -le preguntó.

– En ninguno…

– ¿Y cómo pensaba ir a Bagdad?

– No sabía cómo… pensé que aquí me lo dirían.

– A las cinco de la mañana saldremos del Marriot. Si está allí, le llevaremos con nosotros. Pregunte por mí, me llamo Yves Picot.

Se dio la media vuelta y dejó al joven sorprendido sin darle tiempo a manifestarle las gracias.

Gian Maria suspiró con alivio. Cargó con la pequeña maleta negra en que llevaba su exiguo equipaje y salió del aeropuerto para buscar un taxi. Pediría que le llevara al Marriot para ver si con un poco de suerte encontraba también él una habitación allí; prefería estar cerca, a ser posible, del equipo de arqueólogos.

El taxi le dejó en la puerta del hotel y Gian Maria entró con paso decidido en el vestíbulo, donde el aire acondicionado aliviaba de la temperatura exterior. En recepción estaba registrándose el grupo de Picot. No quería parecer pesado, de modo que buscó un lugar discreto para aguardar a que la recepción se despejara. Esperó pacientemente durante más de veinte minutos antes de acercarse al mostrador.

El recepcionista, en un impecable inglés, le explicó que no tenía ni una sola habitación individual; sólo le quedaba una doble, que imaginaba, le dijo, no querría.

Gian Maria dudó unos instantes. No le sobraba el dinero, y si pagaba una habitación doble sus recursos se reducirían considerablemente, pero llegó a la conclusión de que era lo mejor. Así que cinco minutos después estaba instalado en una cómoda habitación de la que decidió no salir hasta el día siguiente. No quería correr riesgos, ni mucho menos perderse en una ciudad desconocida. Además, no le vendría mal descansar. Lo necesitaba después de tantos días de agitación hasta encontrar la manera de dejar Roma sin despertar sospechas.

Llamó a Roma a su superior para decir que había llegado sin novedad y que al día siguiente cruzaría la frontera con Irak.

Después, tumbado en la cama y con un libro en las manos, se quedó dormido. Aún no eran las tres de la mañana cuando se despertó sobresaltado. Faltaban más de dos horas para que el equipo de arqueólogos saliera del hotel. Temiendo quedarse dormido, llamó a recepción para recordarles que debían despertarle a las cuatro. Pero no volvió a conciliar el sueño; no podía, pensaba en si debía preguntar a ese arqueólogo que parecía el jefe, a Picot, si conocía a Clara Tannenberg. Pudiera ser que la conociera, o al menos supiera dónde encontrarla. Si iban a Irak y la mujer vivía en Irak… Pero tan pronto como decidía. que preguntaría decidía lo contrario. No, no podía confiarse a ningún extraño. Si le llegara a preguntar por ella a Picot, éste querría saber quién era y, en caso de conocerla, le pondría en, un apuro. Él no podía decir a nadie ni por qué ni a qué iba a Bagdad. Guardaría silencio, por más que el silencio estuviera resultando la peor de las cargas.

Yves Picot no estaba de buen humor. Se había acostado tarde, le dolía la cabeza y tenía sueño. Lo que menos tenía era ganas de hablar. Cuando se encontró en el vestíbulo al joven del aeropuerto estuvo a punto de decirle que se buscara otra manera de ir a Bagdad, pero la mirada trágica de aquel hombre le hizo actuar con una generosidad que no sentía.

– Súbase a aquel Land Rover y no moleste.

Eso fue todo lo que le dijo. Gian Maria no rechistó y se subió al Land Rover que le había indicado, dónde el chófer aguardaba a que se subiera el grupo que le correspondía llevar.

Un minuto más tarde llegaron tres chicas jóvenes; no debían de tener más de veintidós o veintitrés años.

– ¡Tú eres el del aeropuerto! -exclamó una rubia de ojos verdes, bajita y delgada.

– ¿Yo? -preguntó Gian Maria sorprendido.

– Sí, nos fijamos en ti mientras esperábamos el equipaje, no dejabas de mirarnos, ¿verdad, chicas?

Las otras dos rieron mientras Gian Maria notaba que enrojecía.

– Me llamo Magda-se presentó la rubia de ojos verdes-; y estas dos gamberras son Lola y Marisa.

Le dieron un beso en vez de la mano y se sentaron a su lado, hablando sin parar.

Gian Maria las escuchaba sin intervenir. Sólo de vez en cuando se dirigían a él y les respondía procurando no decir ni una palabra de más. Cruzaron la frontera sin problemas y aún no eran las diez cuando estaban llegando Bagdad.

Yves Picot tenía una cita con Ahmed Huseini en el ministerio. La expedición se acomodó en el hotel Palestina, donde tenían reservada habitación para pasar una noche. Gian Marea se dirigió con ellos al hotel y desde allí localizó a la ONG donde realmente le esperaban.

– ¿A qué se dedica? -le preguntó de repente Magda.

– ¿Yo? -preguntó desconcertado Gian Maria.

– Sí, claro, usted. Nosotras ya sé a qué nos dedicamos.

– Ustedes son arqueólogas, ¿no? preguntó tímidamente.

– No, aún no -respondió Marisa, una chica desgarbada con el cabello castaño.

– Estamos en el último curso -precisó Lola-. Este año terminamos la carrera. Pero hemos venido porque es una oportunidad única y además hacemos currículum… excavar bajo la dirección de Yves Picot, con Fabián Tudela y Marta Gómez es una pasada.

– Espero que luego nos aprueben-dijo riendo Magda-, porque la Gómez es un hueso de cuidado. A mí me suspendió el año pasado.

– Y a mí me dio un aprobado pelado e hice un examen de cine -se quejó Marisa-, pero para esa mujer nunca sabemos bastante.

– A ver si encuentra novio y se relaja -dijo Lola soltando otra carcajada-; aquí los hombres tienen su aquel.

– No creo que a la Gómez le falten tíos a su alrededor, mira cómo la observan los otros profesores… -respondió Marisa.

– Y nuestros compañeros también -continuó incidiendo Magda-. Están todos por ella.

– ¿Usted es italiano? -preguntó Lola.

– Sí.

– Pero habla español -insistió Lola.

– Un poco, no demasiado -dijo Gian Maria, incómodo por las preguntas de las tres chicas.

– Bueno, ¿y a qué se dedica? -volvió a preguntar Magda.

– Me licencié en lenguas muertas -dijo Gian Maria rezando para que no le insistieran.

– ¡Pero a quién se le ocurre estudiar lenguas muertas! ¡Menudo rollazo! Es lo que peor se me da -exclamó Magda.

– O sea, que habla hebreo, arameo… -quiso saber Lola.

– También acadio, hurrita… -añadió Gian Maria.

– Pero ¿cuántos años tiene?

La pregunta de Marisa le desconcertó.

– Treinta y cinco -respondió Gian Maria.

– ¡Anda, si creíamos que era como nosotras! -exclamó Marisa.

– No le echábamos más de veinticinco -apostilló Lola,

– ¿Y no necesita un trabajo? -preguntó Magda.

– ¿Yo?

– Sí, usted -insistió Magda-. Se lo puedo decir a Yves; andamos cortos de gente.

– ¿Y qué podría hacer con ustedes?

– Vamos a excavar a Safran, cerca de Tell Mughayir, la antigua Ur -explicó Magda-, y dada la situación, no hay mucha gente que haya querido participar en esta misión.

– En realidad es una misión muy controvertida, porque muchos arqueólogos y profesores creen que no deberíamos de venir ahora a Irak, casi lo ven como una frivolidad -dijo Lola.

– Y algo de razón tienen, porque dentro de unos meses Bush bombardeará Irak, miles de personas morirán y en los meses previos nosotros habremos estado buscando tablillas como si fuera lo más normal, y no lo es -precisó Marisa.

– Vengo a colaborar con una ONG -se disculpó Gian Maria-. Trabajan en los barrios más míseros distribuyendo alimentos y medicinas…

– Bueno, pero eso no quita para que si quiere venir a echarnos una mano, venga. Yo se lo voy a decir a Picot; además, pagan estupendamente en esta expedición, así que si en algún momento anda corto de dinero… -sugirió de nuevo Magda.

Cuando se bajaron del coche en la puerta del hotel Palestina, el humor de Picot no había mejorado demasiado. Necesitaba un café bien cargado y dejó a Albert Anglade, el encargado del operativo, para que se entendiera con el recepcionista del hotel.

– ¡Profesor! ¡Profesor! -gritó Magda.

Yves pensó que lo que menos le apetecía era escuchar las ocurrencias de la joven, por más que les hubiese ayudado a convencer a unos cuantos alumnos de la Complutense para que les acompañara.

– Dígame…

– ¿Sabe?, Gian Maria es especialista en lenguas muertas… a lo mejor nos puede servir -le dijo Magda.

– ¿Y quién es Gian Maria? -preguntó el malhumorado Picot.

– Pues ese chico que nos metió en el coche y que venía en el mismo avión que nosotros.

– ¡Ah! La verdad es que es usted muy eficiente, no para de recomendarnos gente -respondió malhumorado Picot.

– Bueno, entiendo que no quisiera que trajéramos al maestro bosnio, pero a un especialista en lenguas muertas… domina el acadio -insistió Magda.

– Bien, pregúntele dónde estará en Bagdad y si le necesitamos le llamaremos -concedió Picot.

– ¡Pues claro que le necesitamos! ¿Usted sabe el volumen de tablillas que tendremos que descifrar? -insistió Magda.

– Señorita, le aseguro que no es la primera vez que participo en una misión arqueológica. Le he dicho que pregunte a ese joven por su disponibilidad y… mejor mándemelo al bar. Hablaré yo con él.

– ¡Estupendo!

Magda salió corriendo en dirección al vestíbulo del hotel temiendo que Gian Maria hubiera desaparecido. El chico le caía bien, no sabía por qué, quizá por su aspecto desvalido.

– ¡Gian Maria! -gritó cuando le vio.

– ¿Sí? -respondió éste, enrojeciendo al pensar que todos les miraban.

– El jefe quiere hablar contigo, te espera en el bar. Yo que tú no me lo pensaría. ¡Anda, vente con nosotros!

– Pero, Magda, tengo un compromiso, he venido a ayudar, la gente aquí lo está pasando muy mal -protesto él a modo de excusa.

– Seguro que en Safran lo pasan igual de mal, así que en los ratos libres te puedes dedicar a ayudar a la gente de la aldea. A Gian Maria le sorprendía la vitalidad sin límites que parecía tener Magda. La chica estaba llena de buenas intenciones, pero era como un terremoto que todo lo arrasaba. Encontró a Picot bebiendo una taza de café.

– Muchas gracias por traerme a Bagdad -le dijo a modo de saludo.

– De nada. Magda dice que es usted especialista en muertas.

– Sí.

– ¿Dónde ha estudiado?

– En Roma.

– ¿Y por qué?

– ¿Por qué?

– Sí, ¿por qué?

– Pues porque… porque es lo que me gusta.

– ¿Le interesa la arqueología?

– Desde luego…

– ¿Quiere unirse a nosotros? No contamos con muchos expertos. ¿Conoce bien el acadio?

– Sí.

– Venga.

– No, no puedo. Ya le dije que estoy aquí para ayudar a una ONG.

– Usted decide. Si cambia de opinión, nos encontrará en Safran. Es una aldea perdida entre Tell Mughayir y Basora.

– Ya me lo ha dicho Magda.

– No es fácil moverse por Irak, de manera que le daré un teléfono de contacto. Es del director del departamento de Excavaciones Arqueológicas, Ahmed Huseini; si decide venir con nosotros, él le facilitará la manera de hacerlo.

Gian Maria se quedó en silencio. En sus ojos se reflejó el impacto que le había provocado escuchar el nombre de Ahmed Huseini. Cuando logró entrar en la sede del congreso de arqueología en Roma para pedir información sobre Tannenberg, le explicaron que el único apellido Tannenberg correspondía a una mujer, Clara Tannenberg, que participaba en el congreso junto a su marido, Ahmed Huseini.

– ¿Qué le pasa? ¿Conoce a Ahmed? -preguntó con curiosidad Picot.

– No, no sé quién es. Verá, estoy un poco cansado y confundido con su oferta, yo… yo he venido a ayudar a los iraquíes y…

– Usted decide. Yo le ofrezco trabajo, pagamos bien… Ahora, si me lo permite, voy a ver cómo están las cosas antes de irme a ver precisamente a Huseini.

Le dejó allí en medio del bar, confundido. Unos segundos después entraba Magda buscándole con la mirada.

– ¿Te has decidido?

– Pues aún no lo sé…

– ¿Problemas de conciencia?

– Supongo que sí.

– No creas, yo también los tengo; lo que te dijo Marisa es verdad, a todos nos crea problemas de conciencia esta situación, pero ¡es lo que hay! Las situaciones ideales no existen.

– Ésta es la peor posible -apostilló Gian Maria.

– Sí, lo es. Dentro de unos meses morirán miles de iraquíes… y nosotros, mientras, buscando ciudades enterradas en la arena, sabiendo que cinco minutos antes de que comiencen a bombardear nos podremos ir. Si lo pensamos mucho saldremos corriendo, así que…

– Así que has decidido no pensar.

– No te voy a insistir, Gian Maria. Si quieres, ya sabes, dónde nos puedes encontrar.

Se dirigió hacia la salida del hotel con paso inseguro. Lo que le estaba pasando era poco menos que un milagro. Acababa de encontrar una aguja en un pajar. Picot conocía al marido de Clara Tannenberg y él había hecho el viaje sólo paró encontrarla. Si el marido estaba en Bagdad, no sería difícil encontrar a su mujer.

Necesitaba poner en orden sus pensamientos antes de seguir adelante.

No podía demostrar su ansiedad para que le presentaran a ese Ahmed Huseini. Decidió que esperaría un par de días o tres antes de intentar ponerse en contacto con él. Además, debía pensar qué le iba a decir y cómo. Su objetivo era llegar hasta Clara Tannenberg, la cuestión sería convencer al marido para que le llevara hasta ella.

Ya en la calle encontró un taxi al que enseñó una dirección que llevaba escrita en un papel. El taxista sonrió y le preguntó en inglés que de dónde era.

– Italiano -respondió Gian Maria sin saber si eso sería bueno o malo dado que Silvio Berlusconi, el jefe de Gobierno de Italia, apoyaba a Bush.

Pero al taxista no pareció importarle de dónde fuera y continuó con su charla cargada de preguntas.

– Lo estamos pasando mal, hay mucha hambre, antes no era así.

Gian Maria asentía sin hablar, temeroso de decir algo que pudiera provocar la ira del taxista.

– ¿Usted va a la oficina de Ayuda a la Infancia?

– Sí, vengo a echar una mano.

– Buenas personas, ayudan a nuestros niños. Los niños iraquíes ya no ríen, lloran de hambre. Muchos mueren por falta de medicinas.

Por fin llegaron a la dirección donde estaban las oficinas de la ONG a la que se había apuntado como voluntario.

Pagó al taxista y con la maleta negra en la mano entró en un portal destartalado, donde un cartel en árabe y en inglés indicaba que en el primer piso se encontraba la sede de Ayuda a la Infancia, una ONG que se dedicaba a prestar atención a los niños que vivían en países en conflicto.

Un amigo tenía un familiar en la dirección de esta ONG en Roma, y ante su insistencia le había ayudado para que le dejaran ir a Bagdad. Las ONG normalmente prefieren ayuda en especie más que voluntarios entusiastas, que a veces estorban más que ayudan, pero contar con el tío de su amigo había sido mano de santo.

Había explicado su insistencia en ir a Bagdad como una necesidad de hacer algo por los más necesitados, asegurando que no podía quedarse contemplando la tragedia que se cernía sobre los iraquíes cruzado de brazos.

Le costó convencer a los suyos, pero tan firme le vieron en su decisión y sobre todo tan impresionados por el sufrimiento interno que traslucía su rostro que al final le habían permitido marchar, aunque sin demasiado entusiasmo. El director de Ayuda a la Infancia en Bagdad le había puesto todo tipo de trabas antes de rendirse a lo inevitable: que aquel recomendado se le presentaría en Irak.

La puerta estaba abierta, y varias mujeres con niños pegados a sus faldas parecían aguardar inquietas a que alguien les prestara atención.

Una chica joven les decía que tuvieran paciencia, que el doctor vería a sus hijos, pero que debían esperar. Se acercó a ella y esperó a que respondiera el teléfono. Cuando colgó, se le quedó mirando de arriba abajo.

– ¿Y usted qué quiere? -le preguntó en inglés.

– Verá, yo vengo de Roma y quisiera ver al señor Baretti, me llamo Gian Maria…

– ¡Ah, es usted! Le esperábamos. Ahora avisaré a Luigi.

La joven había cambiado con naturalidad del árabe al italiano. Se levantó y se fue por un pasillo en el que se veían varias puertas. Entró en la tercera y unos segundos después salió haciéndole señas con la mano para que se acercara.

– Pase -le dijo la joven mientras le tendía la mano-, yo soy Alia.

Luigi Baretti debía tener cerca de los cincuenta años. Se estaba quedando calvo, le sobraban unos cuantos kilos, y parecía enérgico y poco amigo de perder el tiempo.

– Ha dado usted mucho la lata para venir, y como en esta vida lo importante es tener padrinos, lo ha conseguido.

Gian Maria se sintió avergonzado. Le parecía humillante el recibimiento y le hubiera gustado ser capaz de decir una frase lapidaria, pero se calló.

– Siéntese -le ordenó más que invitarle Baretti-. Supongo que pensará que no soy muy educado, pero no tengo tiempo para contemplaciones. ¿Sabe cuántos niños se nos han muerto esta semana por falta de medicamentos? Yo se lo diré: a nosotros se nos han muerto tres. No quiero imaginar cuántos habrán fallecido en el resto de Bagdad. Y usted tiene una crisis espiritual y decide que para resolverla se viene a Irak. Necesito medicinas, comida, médicos, enfermeras y dinero, no gente que quiere lavar su conciencia viniendo un ratito a contemplar de cerca la miseria para luego volver a su confortable vida en Roma o de donde quiera que usted sea.

– ¿Ha terminado? -preguntó Gian Maria, ya recuperado del primer sobresalto.

– ¿Cómo dice?

– Que si ya ha terminado de expresarme su desagrado o va a seguir insultándome.

– ¡Yo no le he insultado!

– ¿Ah, no? Estoy conmovido por su recibimiento. Gracias, es usted un ser humano extraordinario.

Luigi Baretti guardó silencio. No esperaba el contraataque de un hombre capaz de sonrojarse.

– Siéntese y dígame qué quiere hacer.

– No soy médico, ni enfermero, no tengo dinero, así que no puedo hacer nada según usted.

– Estoy desbordado -respondió a modo de excusa el delegado de Ayuda a la Infancia.

– Sí, ya lo veo. A lo mejor ha llegado a un punto en el que debería ser sustituido, puesto que no aguanta la presión de la situación.

Los ojos de Luigi Baretti reflejaron una furia inmensa. Aquel larguirucho estaba cuestionando su capacidad para dirigir la oficina, y aquel lugar era su vida. Llevaba siete años en Bagdad, después de haber estado en otros destinos igualmente conflictivos. Decidió ser más cauteloso, ya que aquel joven parecía tener gente importante que le avalaba. La prueba es que estaba allí, y quién sabía si para quitarle el sitio.

Gian Maria estaba sorprendido consigo mismo. Ni él sabía de dónde había sacado la fortaleza para hablarle de aquella manera a Baretti.

– Naturalmente que puede ayudar -dijo el delegado de Ayuda a la Infancia-. ¿Sabe conducir? Necesitamos alguien, que sepa conducir y pueda llevar a los niños que lo necesiten al hospital más cercano, o trasladarles a sus casas, o ir al aeropuerto a recoger los paquetes que nos mandan de Roma y de otros sitios. Claro que necesitamos manos.

– Procuraré ser de utilidad -afirmó Gian Maria.

– ¿Tiene donde alojarse?

– No, pensaba preguntarle si conoce algún lugar que no sea muy caro.

– Lo mejor es que alquile una habitación en casa de alguna familia iraquí. Le costará poco y a ellos les vendrá bien el dinero. Le preguntaremos a Alia. ¿Cuándo quiere empezar a trabajar?:

– ¿Mañana?

– Por mí está bien. Instálese hoy, y que Alia le cuente cómo, nos organizamos aquí.

– ¿Le importaría que llame a Roma para decir que he llegado y que estoy bien?

– No, en absoluto. Utilice mi teléfono mientras voy a hablar con Alia.

Gian Maria volvió a preguntarse que por qué estaba asumiendo compromisos que no iba a poder cumplir. Había ido a Irak para encontrar a aquella mujer, a Clara Tannenberg, en vez de hacerlo se desviaba de su objetivo.

«Pero ¿qué estoy haciendo? ¿Por qué no controlo lo que hago? ¿Quién está guiando o desviando mis pasos?»

En poco más de veinticuatro horas se notaba cambiado. Enfrentarse al mundo exterior le estaba provocando un shock. Pero lo que más le inquietaba es que había perdido el control sobre sí mismo.

Alia le dijo que uno de los médicos iraquíes que colaboraba con Ayuda a la Infancia, tenía una habitación libre en su casa y lo mismo se la podía alquilar. Le acompañaría hasta el hospital y se lo preguntarían, y de paso llevarían una caja con antibióticos y vendas que habían recibido esa misma mañana enviada por su ONG en Holanda.

Gian Maria se acomodó junto a Alia en un viejo Renault. La chica conducía a gran velocidad sorteando los obstáculos del caótico tráfico de Bagdad.

No tardaron más de cinco minutos en llegar porque el hospital estaba cerca. Con paso decidido, Alia le guió por los pasillos donde se mezclaban los llantos con el olor a plasma y las quejas de los enfermos.

Veía pasar a médicos y enfermeras con rostros preocupados quejándose por la falta de medios. Veían morir a sus pacientes porque carecían de medicamentos.

Llegaron a la planta de pediatría, y allí preguntaron por el doctor Faisal al-Bitar. Una enfermera con gesto cansino les señaló la puerta del quirófano. Esperaron un buen rato hasta que el médico salió. Llevaba la ira reflejada en el rostro.

– Otro niño que no he podido salvar-dijo con amargura sin dirigirse a nadie en especial.

– Faisal -le llamó Alia.

– ¡Ah! ¿Estás aquí? ¿Han enviado antibióticos?

– Sí, te traigo esta caja.

– ¿Sólo esto?

– Sólo esto, ya sabes lo que pasa en la aduana…

El médico clavó sus atormentados ojos negros en Gian Maria, esperando que Alia les presentara.

– Éste es Gian Maria, acaba de llegar de Roma, viene a echar una mano.

– ¿Es usted médico?

– No.

– ¿A qué se dedica?

– He venido a ayudar, en algo podré ser útil…

– Necesita una habitación -terció Alia- y como me dijiste que tenías una libre, pensé que a lo mejor se la podías alquilar.

Faisal miró a Gian Maria y esbozando una sonrisa que mal parecía una mueca amarga le tendió la mano.

– Si espera un rato a que termine y me acompaña a mi casa le enseñaré la habitación. No es muy grande, pero a lo mejor le sirve. Vivo con mi esposa y mis tres hijos. Dos niñas y un niño Mi madre vivía con nosotros, pero murió hace unos meses por eso tengo un cuarto libre.

– Seguro que estará bien -afirmó Gian Maria.

– Mi esposa es maestra -explicó Faisal- y una gran cocinera, si es que le gusta nuestra comida.

– Sí, claro que sí -fue la respuesta agradecida de Gian Maria.

– Si va a trabajar con Ayuda a la Infancia, lo mejor será que conozca este hospital. Alia se lo mostrará.

La joven le guió por pasillos y consultas, deteniéndose a saludar a algunos médicos y enfermeras que encontraban a si paso. Todos parecían desesperados por la falta de material medicamentos con que hacer frente al sufrimiento de sus pacientes.

Una hora después se despedía de Alia en la puerta del hospital para ir con Faisal a su casa.

El coche de Faisal, otro modelo obsoleto de Renault, relucía por dentro y por fuera.

– Vivo en al-Ganir; cerca tiene una iglesia si es que quiere ir a rezar. Muchos italianos vienen a esta iglesia.

– ¿Una iglesia católica?

– Una iglesia católica caldea, es más o menos lo mismo, ¿no?

– Sí, sí, claro.

– Mi mujer es católica.

– ¿Su esposa?

– Sí, mi esposa. En Irak hay una importante comunidad cristiana que siempre ha vivido en paz. Ahora no sé qué pasará…

– ¿Usted también es cristiano?

– Sí, oficialmente sí, pero no ejerzo.

– ¿Cómo que no ejerce?

– No voy a la iglesia, ni rezo. Hace mucho tiempo que perdí la pista de Dios; fue seguramente uno de esos días en que no pude salvar la vida de algún pequeño inocente y le vi morir en medio de grandes dolores sin entender por qué debía de ser así. Y no me hable de la voluntad de Dios, ni de que Él nos manda pruebas y debemos aceptar su voluntad. Aquel pequeño tenía leucemia, durante dos años luchó por su vida con una fortaleza de espíritu encomiable. Tenía siete años. No había hecho mal a nadie, Dios no tenía por qué mandarle pasar por ninguna prueba. Si Dios existe, su crueldad es infinita.

Gian Maria no pudo evitar santiguarse y mirar a Faisal con pena, pero su pena no se podía comparar con el dolor y la ira del médico.

– Usted culpa a Dios de lo que les sucede a los hombres.

– Yo culpo a Dios de lo que les sucede a los niños, a seres inocentes e indefensos. Los mayores tenemos una responsabilidad por cómo somos, qué hemos hecho, qué hacemos, pero ¿un recién nacido?, ¿un niño de tres años o de diez, de doce? ¿Qué han hecho esas criaturas para tener que morir en medio de grandes dolores? Y no me hable del pecado original, porque no admito que me vengan con estupideces. ¡Menudo Dios que lastra con una culpa no cometida a millones de inocentes!

– ¿Se ha vuelto ateo? -preguntó Gian Maria temiendo la respuesta.

– Si Dios existe, aquí no está -sentenció Faisal.

Se quedaron en silencio hasta llegar a la casa de Faisal, situada en la última planta de un edificio de tres pisos.

Mientras el médico abría la puerta escucharon los gritos de una pelea infantil.

– ¿Qué pasa? -preguntó Faisal a dos niñas iguales como dos gotas de agua que andaban a la greña en el centro de una espaciosa sala.

– Ha sido ella la que me ha quitado la muñeca -dijo una de las niñas señalando a la otra.

– No es verdad -respondió la aludida-, esta muñeca es la mía, lo que pasa es que no las distingue.

– Se va a acabar eso de que tengáis las muñecas iguales -sentenció Faisal mientras las levantaba del suelo para darles un beso.

Las pequeñas besaron a su padre sin prestar atención a Gian Maria.

– Éstas son las gemelas -dijo Faisal-. Te presento a Rania y a Leila. Tienen cinco años y un carácter endiablado.

Una mujer morena, con el cabello recogido en una coleta y vestida con un traje de chaqueta, entró en el salón con un niño en brazos.

– Nur, te presento a Gian Maria. Gian Maria, Nur es mi esposa y éste es Hadi, el pequeño de la familia. Tiene un año y medio.

Nur dejó al niño en el suelo y estrechó la mano de Gian Maria obsequiándole con una sonrisa.

– Bienvenido a nuestra casa. Faisal me llamó para decirme que vendría usted a instalarse con nosotros si le gusta la habitación.

– ¡Seguro que me gusta! -fue la respuesta espontánea de Gian Maria.

– ¿Va a vivir aquí? -preguntó una de las gemelas.

– Sí, Rania, si él quiere, sí -respondió su madre sonriendo por la cara de pasmo de Gian Maria, que se preguntaba cómo podía distinguirlas de tan iguales que eran.

Faisal y Nur acompañaron a Gian Maria a la habitación. Tenía una ventana a la calle; no era muy grande pero parecía confortable; una cama con cabecero de madera clara, una mesilla, una mesa redonda con un par de sillas en un rincón y un armario componían el mobiliario.

– Me parece muy bien -afirmó Gian Maria-, pero aún no me han dicho cuánto me costará…

– ¿Le parece bien trescientos dólares al mes?

– Claro que sí.

– La comida va incluida… -pareció excusarse Nur.

– De verdad que me parece muy bien, muchas gracias.

– ¿Le gustan los niños?, ¿tiene hijos? -quiso saber Nur. -No, no tengo hijos, pero me encantan los niños. Tengo tres sobrinos.

– Bueno, aún es muy joven, ya los tendrá -afirmó Nur-, Ahora, si quiere instalarse…

Gian Maria asintió. Dos minutos después estaba colgando su exiguo equipaje en el armario, donde encontró una pila de toallas y sábanas.

– Sólo tenemos un cuarto de baño y un pequeño aseo con una ducha. Si usted quiere utilizar el aseo tendrá más independencia; con tres niños es difícil a veces acceder al baño -le explicó Nur.

– Por mí está bien. Se lo agradezco. Me gustaría pagarles ya.

– ¿Ya? ¡Pero si acaba de llegar! Espere a ver si se siente a gusto con nosotros… -protestó Nur.

– No, prefiero pagarles el mes por adelantado.

– Si insiste…

– Sí, de verdad.

Faisal, mientras tanto, se había puesto a trabajar en un pequeño despacho que daba directamente al salón. En realidad era parte de éste, pero, colocando una librería transversalmente, habían creado un ambiente con cierta independencia.

La casa era amplia. Además del salón, contaba con una cocina y dos habitaciones más, además de la que acababa alquilar.

– Le daré unas llaves de la casa para que tenga libertad para entrar y salir, aunque le pediré que tenga en cuenta que ésta o una casa con niños y…

– ¡Por Dios, no hace falta que me diga nada! Procuraré molestar lo menos posible. Sé lo que es vivir en familia.

– ¿Sabrá venir desde la oficina hasta aquí? -quiso saber Faisal.

– Ya me las apañaré. Tendré que aprender.

– Por cierto, ¿sabe usted algo de árabe?

– Un poco, me puedo defender.

– Mejor así. De cualquier modo, si necesita ayuda para cualquier cosa no dude en decírmelo.

– Gracias.

Faisal bajó la mirada sobre los papeles que estaba leyendo y Gian Maria entendió que para integrarse en la vida de la familia no debía entrometerse en su rutina, así que decidió salir a la calle. Quería familiarizarse con el barrio y pensar. Necesitaba pensar y lo haría mejor paseando que encerrado en su cuarto.

– Voy a dar una vuelta, ¿necesita que traiga algo? -preguntó a Nur.

– No, muchas gracias. ¿Cenará con nosotros?

– Si no es molestia…

– No, no lo es, cenamos pronto, a las ocho.

– Aquí estaré.

Deambuló por el barrio. Sorprendió algunas miradas curiosas, pero ninguna animadversión. Las mujeres vestían como en Occidente, y muchas chicas iban con vaqueros y camisetas con el reclamo de grupos de rock.

Se detuvo ante un puesto donde un anciano tenía expuestas unas cuantas verduras y un cesto de naranjas. Decidió comprar algunas cosas para llevar a casa de Nur y Faisal. Se hizo con unos cuantos pimientos, tomates, cebollas, tres calabacines y naranjas, que el hombre le aseguró eran de su pequeño huerto. Le preguntó si sabía dónde estaba la iglesia y él le indicó cómo llegar. Sólo tenía que andar dos manzanas más y doblar a la derecha.

Gian Maria dudó, pero al final decidió acercarse a la iglesia; las dos bolsas que llevaba no pesaban demasiado.

Cuando entró sintió una oleada de paz interior. Un grupo de mujeres estaba rezando y sus murmullos rompían el silencio. Buscó un rincón y se arrodilló. Con los ojos cerrados intentó encontrar dentro de sí las palabras para dirigirse a Dios, pidiéndole que le guiara sus pasos como lo había hecho hasta el momento. En todo cuanto le iba sucediendo veía la ayuda de Dios: el grupo de arqueólogos en el aeropuerto de Ammán, su capacidad de vencer su timidez y dirigirse al jefe, el profesor Picot, y que accediera a llevarle hasta Bagdad, que de casualidad mencionara a Ahmed Huseini, que éste estuviera en Bagdad y, por tanto, ahora supiese cómo llegar hasta Clara Tannenberg.

No, nada de esto era casualidad. Era Dios quien había querido guiar sus pasos protegiéndole y ayudándole a poder cumplir su misión.

Dios estaba siempre ahí, sólo había que estar dispuesto a sentirle, aun en medio de la tragedia. Si pudiera convencer a Faisal… Rezó por el médico, un hombre bueno al que el dolor ajeno había llevado a apartarse de Dios.

Eran más de las siete cuando salió de la iglesia, por lo que aceleró el paso. No quería retrasarse y causar mala impresión en Nur y Faisal.

Cuando llegó, escuchó a través de la puerta las risas de las gemelas y el llanto del pequeño Hadi.

– ¡Hola! -dijo al entrar dirigiéndose a Faisal, que continuaba trabajando haciendo caso omiso del ruido que sus hijos.

– ¡Ah, ya ha llegado! -fue la respuesta del médico.

– Sí, y he traído algunas cosas…

– Gracias, pero no tenía que haberse molestado.

– No es molestia. Me pareció que las naranjas tenían aspecto.

– Nur está en la cocina…

– Bien, le llevaré los paquetes.

Nur intentaba que el pequeño Hadi tomara una espesa papilla, pero el niño se negaba pataleando y cerrando la boca cada vez que su madre le acercaba la cuchara.

– No hay manera, come fatal -se quejó la madre. -¿Qué le da?

– Puré de verduras con huevo.

– ¡Uf, no me extraña! Yo de pequeño también odiaba las verduras.

– Aquí no hay mucho para comer. Nosotros aún somos afortunados, porque tenemos algo de dinero para comprar. Aunque si quiere que le diga la verdad, nos viene muy bien que nos haya alquilado la habitación. Hace meses que no cobro mi sueldo completo y a Faisal le pasa lo mismo. ¿Qué trae en esas bolsas?

– Unos cuantos pimientos, calabacín, tomates, cebollas, naranjas. No había mucho más para comprar.

– ¡Pero no tenía por qué haber traído nada!

– Si voy a vivir aquí, me gustaría contribuir en la medida de mis posibilidades.

– Gracias, los alimentos son siempre bienvenidos, escasean.

– Ya lo he visto. También estuve en la iglesia.

– ¿Es usted creyente?

– Sí, y le aseguro que a lo largo de mi vida no he dejado de encontrar la huella de Dios.

– Pues tiene suerte. Nosotros hace mucho que le hemos perdido la pista.

– ¿Usted también ha perdido la fe?

– Me cuesta mantenerla. Pero siendo sincera sí, creo que me queda poca fe. Y eso que no veo lo que ve mi marido diariamente en el hospital. Pero cuando me cuenta que un niño ha muerto de una infección que podrían haber atajado de tener antibióticos, entonces yo también me pregunto dónde está Dios.

Nur se levantó con gesto de cansancio, tras renunciar a seguir intentando que Hadi terminara la papilla. Con el niño en brazos se dirigió al salón.

– Rania, Leila, venid aquí y vigilad a vuestro hermano mientras yo pongo la mesa para la cena.

– No -respondió una de las gemelas.

– ¿Cómo que no? -respondió Nur irritada.

– Yo estoy jugando -insistió la niña.

Su madre no respondió, colocó al niño sobre la alfombra con sus juguetes y regresó a la cocina.

Gian Maria la siguió. No sabía muy bien que hacer.

– ¿Puedo ayudar?

– Sí, claro. Ponga la mesa. En ese aparador encontrará un mantel y ahí están los vasos y los platos. Los cubiertos están en ese otro cajón.

Después de la cena, Faisal y Gian Maria ayudaron a Nur a recoger la mesa mientras ella metía los platos en el lavavajillas. Luego Faisal acostó a sus hijas, y Nur terminó de dormir a Hadi, que protestaba desde la cuna.

Gian Maria dio las buenas noches, consciente de que después de todo un día de trabajo ése sería el instante en que el matrimonio aprovecharía para charlar con cierta tranquilidad.

Además, aún debía encontrar la manera de acercarse a Ahmed Huseini. Yves Picot le podía abrir esa puerta, pero no estaba seguro de que fuera adecuado llegar a Ahmed a través del arqueólogo.

Estaba agotado. El día había sido intenso, no hacía veinticuatro horas desde que llegó a Bagdad y le parecía que habían transcurrido meses. Se quedó dormido sin darse tiempo para rezar.

20

Robert Brown discutía con Paul Dukais. Estaban solos en el despacho del primero.

– Pero ¿cómo que sólo tienes un hombre? -gritó Brown.

– Ya te lo he explicado. Picot rechazó al bosnio, aunque aceptó al croata. Por tanto, ahora mismo tenemos a un hombre en la expedición, pero si dejas de gritar te enterarás de lo que te estoy diciendo.

– ¡Un hombre para enfrentarse a Alfred! Debes de estar loco.

– No tengo la más mínima intención de enfrentarme con un solo hombre a Alfred, aunque a lo mejor sería lo más inteligente. Un solo hombre no llama la atención; varios es como poner un anuncio en un periódico.

– ¿El croata sabe lo que tiene que hacer? -preguntó Brown bajando la voz.

– Sí. Se le han dado instrucciones precisas. Por lo pronto tiene que hacer un seguimiento detallado de Clara, conocer la rutina del trabajo del equipo, y cuando tenga una idea clara, proponerme un plan de acción. Pero si me escuchas te diré que creo poder enviar a otro par de hombres con la cobertura de hombres de negocios dispuestos a burlar el bloqueo. Son un par de tipos listos y capaces.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué van a hacer dos hombres de negocios en una aldea perdida en el sur de Irak?

– Robert, no me tomes por tonto. Llevo muchos años en este negocio y te aseguro que soy capaz de dar coberturas adecuadas a mis hombres. De manera que te ahorraré los detalles.

– No, no me los ahorres; a mí me van a preguntar y quiero saber qué debo responder.

– De acuerdo, te lo explicaré, pero ten presente que en mi opinión con el croata tendremos bastante y que los otros sólo deberían intervenir si es necesario.

– Será necesario.

– No, no lo será. El croata es un asesino que disfruta con su trabajo. Ha matado a más gente de lo que puede recordar. No sólo es un tirador extraordinario, también maneja el cuchillo con una precisión de cirujano. Eso es todo lo que necesitará para que Clara le entregue las tablillas, si es que las encuentran.

– ¿Y cómo saldrá de allí? ¿Silbando?

– Saldrá, y puede que lo haga silbando.

Discutieron un rato más. Dukais no logró tranquilizar a Brown, pero en realidad sabía que éste no estaría tranquilo hasta el día en que él entrara en el despacho y le entregara las malditas tablillas.

Cuando Robert Brown se quedó solo llamó a su Mentor: Éste le invitó a cenar esa noche. En su casa hablarían tranquilamente y sin testigos.

Enrique Gómez esperaba a su hijo José. Hacía unos minutos que George le había llamado desde Washington. La operación estaba en marcha. Tenían a un hombre pegado a Clara Tannenberg, dispuesto a lo que fuera necesario.

Le había vuelto a insistir a George que no hicieran daño a Alfred, aunque sabía que si hacían el más mínimo rasguño a su nieta a éste le dolería más que si le mataran a él. Pero, dada la situación, había que ser posibilista e intentar salvar lo que se pudiera salvar, y él apostaba por Alfred. Estaban unidos para siempre jamás, por más que George estuviera enfadado. Pero también sabía que el hombre que habían situado junto a Clara tendría que tomar decisiones sobre la marcha y no correría ningún riesgo por evitar una muerte. Sus instrucciones eran claras: hacerse con la Biblia de Barro por las buenas o por las malas y salir de inmediato de Irak a través del contacto que le habían dado. Eso es lo que haría ese croata, cuyo historial avalaba lo que era capaz de hacer.

José entró en el despacho de su padre y se acercó a besarle.

– ¿Cómo estás?

– Bien, hijo, bien. ¿Y tú?

– ¡Harto de trabajo! No he parado en todo el día.

– Pero todo va bien, ¿no?

– Sí, pero no terminamos de rematar la fusión de esas dos empresas. Cuando parece que están a punto de llegar a un acuerdo, alguno de los abogados de uno o de otro sale poniendo algún inconveniente.

– Bueno, pero ya estás acostumbrado, al final firmarán.

– Sí, supongo. Nos llamaron en junio para que arbitráramos la operación y no hay manera de ponerles de acuerdo.

– No desesperes.

La conversación se vio interrumpida por el timbre del teléfono, que Enrique descolgó con rapidez.

– Al habla.

– ¿Enrique? Soy Frankie…

– ¿Cómo estás? Acabo de hablar con George.

– ¿Te ha dicho que tenemos un hombre en la expedición? Un croata…

– Sí, lo sé.

– Alfred me acaba de llamar, está nervioso. Nos ha amenazado.

– ¿Con qué?

– No lo ha precisado, simplemente ha dicho que si tiene que morir matando lo hará. Nos conoce y sabe que intentaremos arrebatarle la Biblia de Barro.

– Si es que la encuentra…

– Es parte de nosotros, por lo que no tiene que esforzarse mucho en imaginar cómo actuaremos en esta ocasión. Me ha dicho que está seguro de que tendremos hombres infiltrados que los descubrirá y los matará, y también quiere que sepamos que si no permitimos que Clara se quede con las tablillas hará públicos todos los entresijos del negocio. Dice que ha dispuesto a través de personas de su confianza que si muere en los próximos meses se le haga la autopsia para saber si la causa ha sido natural o inducida, y que si nos lo cargamos se hará público un memorando que está en poder de alguien que ni imaginamos. Al parecer, en ese memorando lo cuenta todo.

– ¡Está loco!

– No, simplemente se está defendiendo por adelantado.

– ¿Qué propone?

– Nada diferente a lo que había propuesto: que dejemos a Clara la Biblia de Barro, y él culmina con éxito la operación que tenemos en marcha.

– Pero no se fía de que cumplamos ese compromiso…

– No, no se fía.

– Se quiere quedar con lo que no es suyo. George tiene razón…

– Creo que estamos a punto de suicidarnos.

– Pero ¿qué dices?

– Que tengo un nudo en el estómago, y la sensación de que no podemos evitar despeñarnos.

– No seas irracional.

– No lo soy, te lo aseguro. Hablaré con él.

– ¿No es un poco arriesgado que le llames desde España?

– Supongo que sí, pero si no hay más remedio lo haré.

Tengo que hacer un viaje de negocios; veré lo que puedo hacer desde donde esté.

– Llámame.

Colgó el teléfono y apretó los puños. Su hijo le observaba en silencio. Le preocupaba la angustia y la ira que a partes iguales se reflejaban en el rostro de su padre.

– ¿Qué pasa, papá?

– Nada que te concierna.

– ¡Vaya respuesta!

– Siento ser grosero, pero no me gusta que me preguntes por mis asuntos, no es una novedad para ti.

– No, no lo es. Desde que tengo uso de razón sé que no debo preguntarte ni mucho menos entrometerme en tus asuntos. No sé qué asuntos, pero sé que tienes asuntos que son un estadio cerrado en el que no nos permites mirar.

– Exactamente; así ha sido y así será. Y ahora me gustaría que me dejaras solo, tengo que hacer unas llamadas.

– Has dicho que te vas, ¿adónde?

– Me voy un par de días.

– Sí, pero ¿adónde y a hacer qué?

Enrique se levantó dando un puñetazo sobre la mesa. Era un anciano que frisaba los noventa años, pero era tal la ira que reflejaba en el rostro que José retrocedió.

– ¡No te metas en mis asuntos y no me trates como a un viejo! ¡Aún no estoy gagá! ¡Vete! ¡Déjame!

José se dio la media vuelta y salió del despacho de su padre lleno de pesar. Le costaba reconocer a su padre en ese ser colérico que parecía dispuesto a pegarle si se acercaba demasiado.

Enrique volvió a sentarse. Abrió un cajón y buscó un frasco del que sacó dos píldoras. Sentía que la cabeza le iba a estallar.

El médico le había advertido en más de una ocasión que debía evitar disgustarse. Años atrás había sufrido un infarto del que no le habían quedado secuelas, pero tenía la edad que tenía.

Maldijo a Alfred y se maldijo a sí mismo por interceder por él ante George. ¿Por qué Alfred no podía cumplir su papel como todos? ¿Por qué tenía que salirse del guión?

Tocó un timbre situado debajo del tablero de la mesa y unos segundos después escuchó unos suaves golpes en la puerta.

– ¡Pase!

Una criada vestida de negro con un delantal blanquísimo y cofia aguardó en el umbral las órdenes de Enrique.

– Tráigame un vaso de agua fresca y diga a doña Rocío que quiero verla.

– Sí, señor.

Rocío entró en el despacho de su marido con el vaso de agua en la mano y cuando le miró se asustó. Vio lo que había visto en otras ocasiones, a un ser extraño con una mirada de hielo que reflejaba un carácter capaz de todo.

– Enrique, ¿qué pasa? ¿Te sientes mal?

– Entra, tenemos que hablar.

La mujer asintió, depositó el vaso sobre la mesa del despacho y se sentó en un sillón situado al otro lado. Sabía que no debía decir palabra antes que él. Se estiró la falda cubriéndose aún más las rodillas, como si de ese modo se estuviera protegiendo de la tormenta que sabía podía estallar entre las penumbras del despacho.

– En este cajón de aquí -y señaló el primer cajón de la mesa- guardo una llave, que es la de la caja fuerte del banco. Nunca he guardado papeles comprometedores, pero sí algunos referentes a mis negocios. El día en que me muera quiero que vayas al banco y los destruyas. José no debe verlos nunca. Tampoco quiero que le hables del pasado.

– ¡Nunca lo haría!

Miró fijamente a su mujer intentando escudriñar con la mirada los más recónditos lugares de su alma.

– No lo sé, Rocío, no lo sé. Hasta ahora no lo has hecho, pero yo estaba aquí para impedirlo. El día en que no esté…

– Nunca te he dado motivo de queja ni de desconfianza…

– Tienes razón. Pero ahora júrame que cumplirás lo que te digo. No te lo pido por mí, te lo pido por José. Déjale que siga así. Ten en cuenta que si esos papeles salieran… mis amigos se enterarían y tarde o temprano pasaría algo.

– ¿Qué nos harían? -preguntó la mujer asustada.

– No puedes ni imaginarlo. Tenemos reglas, códigos, y estamos obligados a cumplirlos.

– ¿Por qué no destruyes tú mismo esos papeles? ¿Por qué no haces desaparecer lo que no debamos encontrar?

– Harás lo que te he dicho. Hay cosas de las que no puedo desprenderme mientras esté vivo, pero que a nadie conciernen cuando esté muerto.

– ¡Ay, ojalá yo me muera antes que tú!

– No tengo inconveniente en que así sea, pero por si acaso júrame sobre la Biblia que harás lo que pido.

Enrique colocó una Biblia encima de la mesa y conminó a su mujer a colocar la mano sobre el libro.

Rocío estaba aterrada. Sentía que la petición de su marido entrañaba además una amenaza.

Juró con la mano encima de la Biblia que haría cuanto Enrique le ordenara; luego escuchó las instrucciones de su marido, que le descubrió que además de los papeles celosamente guardados en el banco debía destruir los que se encontraban en la caja fuerte que escondía detrás de un cuadro en el despacho.

Después, cuando volvió a quedarse a solas, Enrique llamó a George.

– Sí.

– Soy yo.

– ¿Alguna novedad?

– Que tienes razón. No podemos ser débiles con Alfred. Es capaz de destruirlo todo.

– De destruirnos a nosotros. Es él quien ha violado las normas. Yo también le quiero, pero es él o nosotros.

– Nosotros.

– Me alegro.

* * *

Los helicópteros aguardaban alineados en la base militar fuertemente custodiada por la Guardia Republicana. Ahmed Huseini explicaba al comandante de la base la importancia que tenía para Irak que la misión arqueológica de Safran llegara a buen término. El comandante le escuchaba aburrido. Tenía instrucciones precisas del Coronel para que trasladara a aquellos extranjeros y su cuantioso material a Safran y eso es lo que haría sin necesidad de que le dieran una lección sobre la antigua Mesopotamia.

Yves Picot y su ayudante, Albert Anglade, ayudaban a los soldados a colocar las cajas con el material en el helicóptero, y lo mismo hacían el resto de los miembros de la expedición, incluidas las mujeres, que eran observadas entre risas y cuchicheos por los soldados.

Picot había sido tajante a la hora de recomendarles que optaran por pantalones y botas, y camisas amplias, nada de shorts ni de camisetas ajustadas. Pero aun así, los soldados se regocijaban de tener a la vista ese grupo de occidentales con aspecto de no tener más problema que llegar sanas y salvas a Safran.

Cuando todo estuvo cargado y los miembros del equipo fueron distribuidos en los dos helicópteros restantes, Yves Picot buscó con la mirada a Ahmed.

– Siento que no nos acompañe -le dijo a modo de despedida.

– Ya le dije ayer que iré a Safran. No podré quedarme mucho tiempo, pero procuraré ir cada dos semanas a echar un vistazo. De cualquier modo, yo estaré en Bagdad y lo que surja lo podré resolver mejor desde mi despacho.

– Bien, espero no tener que molestarle.

– Les deseo éxito. ¡Ah, y confíe en Clara! Es una arqueóloga muy capaz y tiene un sexto sentido para detectar lo importante.

– Lo haré.

– Buena suerte.

Se estrecharon la mano e Yves subió al helicóptero. Unos minutos después desaparecían en la línea del horizonte. Ahmed suspiró. De nuevo había perdido las riendas de su propia vida, de nuevo estaba en manos de Alfred Tannenberg. El viejo no le había dejado lugar a dudas: o participaba en el negocio o le mataría. Mejor aún, le amenazó, sería la policía secreta de Sadam quien se encargaría de él por traidor.

Ahmed sabía que Alfred no tendría ningún problema para hacerle desaparecer en alguna de las cárceles secretas de Sadam en las que nadie sobrevivía.

Alfred le había dicho con desprecio que si la operación salía bien y además Clara encontraba las tablillas, podría irse a donde quisiera; no le ayudaría a escapar, pero tampoco se lo impediría.

De lo que sí estaba seguro Ahmed es de que Tannenberg había dispuesto que le siguieran noche y día. Él no veía a los hombres de Alfred, o acaso eran los del Coronel, pero ellos sí le veían a él.

Regresó al ministerio. Tenía mucho trabajo por hacer. Lo que Alfred le había pedido no era fácil de encontrar, aunque si alguien podía acceder a esa información era él.

Clara sintió una punzada de emoción cuando escuchó el ruido de los helicópteros. Picot se sorprendería al llegar y comprobar que ya estaban excavando.

Fabián y Marta se acercaron a ella. También ellos se sentían orgullosos del trabajo realizado.

Cuando Picot puso pie en tierra Fabián se le acercó y se abrazaron.

– Te echaba de menos -dijo Picot.

– Yo también -respondió Fabián riendo.

Marta y Clara animaban a Albert Anglade, que acababa, de bajar del helicóptero pálido como la nieve. A una indicación de Clara, apareció un aldeano con una botella de agua y un vaso de plástico.

– Beba, le sentará bien.

– No creo que pueda -se lamentaba Albert, resistiéndose a beber el agua.

– Vamos, se te pasará; yo también me mareé -le consolaba Marta.

– Te aseguro que no volveré a subirme a un chisme de esos en mi vida -afirmaba Albert-. Regresaré a Bagdad en coche.

– Y yo también -respondió entre risas Marta-, pero bébete el agua. Clara tiene razón, te sentirás mejor.

Fabián le mostró orgulloso a Yves el campamento, las casas de adobe en donde montarían los laboratorios e irían clasificando las tablillas y objetos que fueran encontrando, el lugar donde instalarían los ordenadores, la casa de una sola pieza donde se reunirían para hablar y debatir sobre el trabajo realizado, las duchas, las letrinas, las tiendas impermeabilizadas donde viviría parte de la expedición los próximos meses, a no ser que quisieran instalarse en las habitaciones que algunas campesinos estaban dispuestos a alquilar.

Entraron en una de las casas, donde Fabián había organizado un despacho del que dijo sería como el puente de mando. Albert, que les seguía a duras penas, se desplomó en una silla mientras Marta y Clara le insistían en que bebiera agua al tiempo que le daban también un vaso a Picot.

– Buen trabajo -afirmó Yves Picot-. Ya sabía yo que teníais que venir vosotros por delante.

– En realidad ya hemos comenzado a trabajar -afirmó Marta-. Llevamos un par de días despejando la zona y probando las habilidades de los obreros. Hay de todo, pero es gente bien dispuesta, así que estoy segura de que trabajarán duro.

– Además, aunque no te lo he consultado, he nombrado a Marta capataz, e incluso le he regalado un látigo -dijo riendo Fabián-. Nos ha organizado a todos, bueno en realidad nos ha militarizado. Pero los obreros están encantados y no se mueven sin preguntarle a ella.

– Un buen capataz siempre es necesario -afirmó Picot siguiendo la broma-. Lo malo es que me ha dejado sin trabajo.

Clara les observaba divertida pero sin atreverse a participar. En los días pasados se había dado cuenta de que entre Fabián y Marta existía una sólida amistad pero nada más. Se notaba la complicidad entre ambos, se entendían con la mirada e intuía que en el caso de Fabián y Picot sucedería algo semejante.

– ¿Dónde dormimos nosotros? -preguntó Albert, que no lograba recuperarse del mareo.

– En la casa de al lado he dispuesto un cuarto para ti, otro para Yves y otro para mí. Es una casa de cuatro piezas, pero cabemos los tres. O si lo prefieres, miro la lista de los campesinos que ofrecen habitación… -le explicó Fabián.

– No, me parece bien, y si no os importa me voy a echarme un rato -casi suplicó Albert.

– Le acompaño para decirle dónde es -se ofreció Clara. Cuando Clara y Albert salieron Yves se dirigió a Fabián.

– ¿Algún problema?

– Ninguno. Aquí todos sienten por Clara un respeto reverencial. Ella no pone objeciones a nada, y ha aceptado todas nuestras sugerencias; bueno, mejor dicho, las órdenes de Marta. Da su opinión, pero si no nos convence no pierde el tiempo en una discusión. Eso sí, aquí todos están pendientes de ella, quiero decir que en caso de conflicto le preguntarán y será a ella a quien obedezcan. Pero es muy inteligente y no hace ninguna exhibición de que tiene la sartén por el mango.

– Hay una mujer, Fátima, que la cuida como si fuera su madre. A veces la acompaña hasta la excavación. Y también hay cuatro hombres que no se separan de Clara ni de día ni de noche -apuntó Marta.

– Sí, ya me di cuenta en Bagdad; lleva protección, lo qué no es de extrañar dada la situación de Irak. Además, su marido es un hombre importante del régimen -afirmó Yves.

– No, no sólo por la situación del país -le cortó Marta-. El otro día sus guardias la perdieron de vista. Estaba conmigo; no podíamos dormir y nos levantamos antes del amanecer y fuimos a pasear. Cuando nos encontraron parecían como locos y uno de ellos le recordó que su abuelo les mataría si le sucedía algo e hizo alusión a unos italianos. Clara me miró y les hizo callarse.

– O sea, que la chica tiene enemigos… -dijo en voz alta Picot.

– No dejéis volar la imaginación -terció Fabián-; no sabemos a qué incidente se referían sus guardianes.

– Pero estaban aterrados, te lo aseguro -insistió Marta- Temían que pudiera pasarle algo, y parecían sentir un miedo atroz por lo que les haría el abuelo de Clara.

– Al que no hay manera de conocer -se lamentó Yves

– Y del que Clara no quiere hablar -comentó Marta.

– Intentamos que nos contase cuándo y cómo estuvo su abuelo en Jaran, pero no hay manera, no suelta palabra, esquiva las respuestas directas. Bueno, te vamos a enseñar el resto del campamento -propuso Fabián.

Yves les felicitó y se felicitó por haber logrado convencer a Fabián para que le acompañara en esta aventura. También valoró el trabajo de Marta. Era una mujer con una innata capacidad para organizar.

– He puesto nombres a las casas donde iremos trabajando y colocando el material -comentó Marta-. Donde hemos estado es «el cuartel general», donde iremos disponiendo las tablillas será lógicamente «la casa de las tablillas», el equipo de ordenadores lo colocaremos ahí -dijo señalando otra de las construcciones de adobe- y le llamaremos simplemente Comunicaciones. Los almacenes los llamaremos de la misma manera, sólo que con números.

El jefe de la aldea había organizado una recepción de bienvenida; compartieron el almuerzo con él y con algunos de los hombres más destacados del lugar. A Yves no le terminó de gustar el hombre que habían elegido como jefe de los obreros; no sabía por qué, puesto que el hombre parecía discreto y amable, pero había algo en él que sugería que no era un campesino como los otros.

Ayed Sahadi era alto y musculoso, de piel más clara que el resto de los lugareños. Tenía un aire de aspecto marcial y se notaba que estaba acostumbrado a mandar.

Hablaba inglés, lo que sorprendió a Yves.

– Trabajé en Bagdad, allí aprendí -fue toda su explicación.

Clara parecía conocerle y le trataba con cierta familiaridad, pero él mantenía una distancia respetuosa con ella.

Los hombres le obedecían sin rechistar, e incluso el jefe de la aldea parecía encogido a su lado.

– ¿De dónde ha salido Ayed? -quiso saber Yves Pico

– Llegó un par de días después que nosotros. Clara asegura que le estaba esperando porque ha trabajado con su marido y con ella en otras ocasiones. No sé qué decirte, parece un militar -respondió Fabián.

– Sí, eso me ha parecido a mí; puede que sea un espía de Sadam -afirmó Yves.

– Bueno, tenemos que contar con que nos van a vigilar y que habrá espías hasta en la sopa. Esto es una dictadura y estamos en vísperas de una guerra, de manera que no podemos extrañarnos de que ese Ayed sea un espía -aseguró con enorme naturalidad Marta.

– No termina de gustarme -se quejó Yves.

– Esperemos a ver cómo actúa -sugirió Marta.

Esa tarde, una vez que todo el equipo estuvo instalado, Yves les reunió para explicarles el plan de trabajo. Todos eran profesionales, los estudiantes que les habían acompañado estaban, en los últimos cursos de carrera y algunos ya habían participado en otras excavaciones, de manera que Yves no tuvo que perder el tiempo diciendo ni una palabra de más.

A las cuatro de la mañana estarían en pie. Entre cuatro y cinco menos cuarto todo el mundo tendría que haber pasado por las duchas y desayunado, e inmediatamente, antes de las cinco estar ya en el lugar de la excavación. A las diez harían un breve descanso de un cuarto de hora y continuarían trabajando hasta las dos. De dos a cuatro almorzarían y tendrían tiempo para descansar; a partir de las cuatro de nuevo comenzarían a trabajar hasta que se fuera el sol.

Nadie se quejó, ni el equipo formado por Yves ni tampoco los contratados de las aldeas. Éstos iban a recibir el salario en dólares, y la cantidad era diez veces más de lo que ganarían en un mes, por lo que estaban dispuestos a trabajar cuanto fuera necesario.

Cuando terminó la reunión un joven de estatura media, con gafas y aspecto de no haber roto un plato en su vida, se acercó a Yves Picot.

– Tengo dificultades con la instalación de los ordenadores. La corriente eléctrica es muy débil y los equipos muy potentes.

– Hable con Ayed Sahadi; él le dirá cómo resolverlo -fue la respuesta de Picot.

– No te cae bien. -El comentario de Marta sorprendió a Yves Picot.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque se te nota. En realidad Ante Plaskic no le cae bien a nadie. No sé por qué le metiste en la expedición.

– Me lo recomendó un amigo de la Universidad de Berlín.

– Supongo que todos tenemos prejuicios y es inevitable pensar en la matanza de bosnios a cargo de los serbios y los croatas, y Ante es croata.

– Mi amigo me explicó que era un superviviente, que su aldea también fue arrasada por los bosnios en represalia a una matanza que sus compatriotas habían hecho anteriormente. No lo sé. En aquella guerra maldita quienes sufrieron y llevaron la peor parte fueron los bosnios, de manera que puede que tengas razón y me afloren los prejuicios aun sin pretenderlo.

– A veces nos movemos con esquemas muy simples: esto es bueno y esto es malo, éstos son todos buenos y éstos son todos malos, y no perdemos el tiempo en matices. Puede que Ante sea de verdad una víctima de aquella guerra.

– O puede que fuera un verdugo.

– Era muy joven -insistió Marta porque le encantaba hacer el papel de abogado del diablo.

– No tanto. Ahora debe de estar cerca de los treinta, ¿no?

– Creo que tiene veintisiete años.

– En la guerra civil yugoslava había matando críos de catorce y quince años.

– Mándale para casa.

– No, como tú dices, no sería justo.

– Yo no he dicho eso -protestó Marta.

– Probaremos y si continúo sintiendo esta incomodidad cada vez que le veo, te haré caso y le enviaré de vuelta. Fabián se acercó acompañado de Albert Anglade, el ayudante de Picot.

– Os veo meditabundos, ¿qué pasa?

– Hablamos de Ante -respondió Marta.

– Que a Yves no le gusta ni un pelo y ya se ha arrepentido de haberle hecho venir, ¿me equivoco?

Yves Picot soltó una carcajada ante el comentario de Albert. Le conocía bien, llevaban muchos años trabajando juntos podía intuir de antemano con quién se llevaría bien, con quién mal o quién le sería indiferente.

– Hay algo inquietante en él -continuó diciendo Albert- A mí tampoco me gusta.

– Porque es croata, sólo por eso -afirmó Marta.

– Chicos, éstos son prejuicios racistas.

El comentario de Fabián fue como una patada en lo más hondo de sus convicciones. Todos odiaban cualquier idea racista, y pensar que podían tener un atisbo de discriminación contra alguien por su origen les repelía.

– Vaya golpe bajo -se quejó Yves.

– Es que esta conversación no es de recibo -dijo muy serio Fabián-. No podemos juzgar a una persona por lo que hayan hecho otras de su mismo país o comunidad.

– Tienes razón, pero en realidad no sabemos mucho de él -terció Albert echando un capote a Yves.

– Bueno, cambiemos de conversación. ¿Dónde está Clara? -preguntó Marta.

– Con Ayed Sahadi. Se han quedado hablando con los obreros. Luego creo que ha dicho que se iba a acercar al lugar de la excavación con algunos de los nuestros que querían echar una ojeada -respondió Fabián.

Ayed Sahadi era lo que parecía, es decir un militar, miembro del servicio de contraespionaje iraquí, y protegido del Coronel.

Alfred Tannenberg le había pedido a su amigo que enviara a Safran a Ayed, al que conocía por haber colaborado en algunos de los negocios en los que participaba el Coronel.

El comandante Sahadi tenía fama de sádico. Si algún enemigo de Sadam caía en sus manos, rezaba para morir cuanto antes, porque corrían historias terribles de las largas agonías a las que sometía a sus víctimas.

Su misión en Safran era, además de proteger la vida de Clara, intentar descubrir a los hombres que Alfred Tannenberg estaba seguro que enviarían sus amigos para hacerse con la Biblia de Barro.

Sahadi había colocado a algunos de sus hombres entre los trabajadores contratados para la excavación. Soldados como él, bregados en el contraespionaje, que sacarían un buen puñado de dólares si tenían éxito en este particular encargo.

Clara conocía a Ayed de haberle visto en algunas ocasiones en la Casa Amarilla acompañando al Coronel. Su abuelo le había dejado claro que Ayed iba a convertirse en su sombra y que ella debía de imponerle como encargado de los trabajadores, de la misma manera que había insistido en que Haydar Annasir formara parte del equipo para coordinarse con Ahmed en Bagdad y con él mismo.

Sabiendo de la inutilidad de negarse ante los deseos de su abuelo, Clara había aceptado aunque a regañadientes.

Una campana despertó a los dormidos miembros del equipo arqueológico.