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La Sangre De Los Inocentes

Julia Navarro

Algún día alguien vengará la sangre de los inocentes… Soy espía y tengo miedo. Así empieza la crónica que escribe Fray Julián, notario de la inquisición, cuando recibe la misión de relatar los enfrentamientos acaecidos en Montsegur (Francia) a mediados del siglo XIII. Las luchas de poder entre los cátaros y el control que, en nombre de la fe, lleva la inquisición, propiciarán que la crónica del fraile sea un valioso tesoro a descubrir. Su última frase – algún día, alguien vengará la sangre de los inocentes – se convertirá en un enigma a descifrar de generación en generación. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, Ferdinand verá con sus propios ojos como el mundo se desintegra. Tiempo después, a principios del siglo XXI, Raimón de la Pallisiére, hijo del aristócrata francés, recurrirá a El Facilitador, un hombre que desde la sombra maneja los hilos de poder, para un único fin: cumplir la sed de venganza por tanta sangre derramada a lo largo de la Historia.

Julia Navarro

La Sangre De Los Inocentes

A mi madre, Martina Elia Fernández,

in memoriam, con todo amor. Gracias

Agradecimientos

Detrás de un libro hay muchas personas además del autor. Durante el largo año y medio en que he estado escribiendo La sangre de los inocentes, he contado con la generosidad, paciencia y apoyo de Fermín y Álex, y también de algunos amigos muy queridos que no me han escatimado ánimos y han estado muy cerca, como Fernando Escribano, Margarita Robles, Carmen Martínez Terrón, Dolores Travesedo y Lola Pedrosa, o mis primos Juan Manuel y Mercedes.

Abraham Dar, con afecto y paciencia, me ha guiado por el Israel de hoy y de ayer, el de los pioneros en los primeros kibbutzim, recomendándome libros, buscándome documentación y respondiendo a todas mis preguntas y dudas sobre la situación de los judíos en la Francia de Vichy o en el Berlín de los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, y les aseguro que han sido muchas.

Tampoco puedo olvidar el apoyo y la confianza de mi editor David Trías, de Núria Tey y Riccardo Cavallero; de Luciano de Cea junto a todo el equipo de comerciales de Plaza y Janés; de Alicia Martí y Leticia Rodero, siempre con una sonrisa; de Emilia Lope que me ayudó a pasar a limpio el manuscrito, y desde luego de Justyna Rzewuska que ha abierto las puertas para que mis novelas se lean en más de veintiséis países. La verdad es que me faltaría espacio para mostrar mi agradecimiento a cuantas personas trabajan en Plaza y Janés que hacen posible que mis novelas lleguen a manos de los lectores.

Con Tifis, mi perro, un pastor alemán noble y leal, he dado largos paseos que me servían para aclarar las ideas sobre lo que iba escribiendo.

Reconozco que sin mi familia y sin mis amigos no sería capaz de hacer nada, y mucho menos de escribir una novela como la que tienen en sus manos.

PRIMERA PARTE

1

Languedoc, mediados del siglo XIII

Soy espía y tengo miedo. Tengo miedo de Dios, porque en su nombre he hecho cosas terribles.

Pero no, no le echaré la culpa a Él de mis miserias porque no es suya, sino mía y de mi señora. En realidad la culpa es de ella y sólo de ella porque siempre se ha comportado como un ser omnipotente ante cuantos hemos estado a su lado. Jamás osamos contradecirla, ni siquiera su esposo, mi buen señor.

Voy a morir, lo siento en las entrañas. Sé que ha llegado mi llora, por más que el físico me asegure que aún viviré largo tiempo porque el mal que me aqueja no es mortal. Pero él sólo estudia el color del iris de mis ojos y el de mi lengua, y me hace sangrar para sacarme los malos humores del cuerpo aunque no me alivia el dolor permanente que tengo en la boca del estómago.

El mal que me consume lo tengo en el alma porque no sé quién soy ni qué Dios es el verdadero. Y por más que sirvo a los dos, a los dos acabo traicionando.

Escribo para aliviar mi mente, sólo por eso, aun a sabiendas de que si estas páginas cayeran en manos de mis enemigos o incluso en las de mis amigos, habría firmado mi sentencia de muerte.

Hace frío y, acaso porque tengo el alma helada, por más que me envuelvo en mi manto, no logro templar mis huesos.

Esta mañana, fray Pèire, al traerme un caldo caliente, intentó animarme con el anuncio de la Navidad. Dice que fray Ferrer me visitará más tarde, pero le he pedido que me disculpe ante el inquisidor. Los ojos de fray Ferrer me producen vértigo y su voz pausada, terror. En mis pesadillas me envía al Infierno, y aun allí siento frío.

Pero estoy desvariando, ¿a quién le importa que tenga frío?

Los hermanos no desconfían al verme escribir. Es mi oficio. Soy notario de la Inquisición.

Mis otros hermanos tampoco sospechan. Saben que mi señora me ha pedido que escriba una crónica de cuanto sucede en este rincón del mundo. Quiere que algún día los hombres conozcan la iniquidad de quienes dicen representar a Dios.

Cuando alzo la mirada hacia el cielo aparece Montségur entre la niebla, y su imagen borrosa me llena de zozobra.

Imagino el ir y venir de mi señora dando órdenes a unos y a otros. Porque por más que doña María se haya convertido en perfecta está en su carácter mandar. No quiero pensar en qué complicaciones nos habría metido de ser hombre.

De cuando en cuando se filtra a través de la gruesa tela de mi tienda la voz rotunda del senescal. Hugues des Arcis no parece estar de buen humor está mañana, pero ¿quién lo está? Hace frío y la nieve cubre el valle y las montañas. Los hombres están cansados, llevamos aquí desde el pasado mes de mayo y temen que el señor Pèire Rotger de Mirapoix aguante muchos meses más el asedio. El señor de Mirapoix cuenta con la complicidad de los habitantes del lugar que, ante las barbas del senescal, son capaces de ir y venir a la fortaleza llevando provisiones y noticias de parientes y amigos.

Ayer recibí una misiva de mi señora doña María instándome a reunirnos esta noche. Quizá mi desasosiego se deba a tener que atender esta última orden.

Uno de los campesinos de la zona, que surte de queso de sus cabras al senescal, logró colarse en mi tienda para entregarme la carta de doña María. Sus instrucciones son precisas: cuando caiga la noche debo abandonar el campamento y caminar hasta la entrada del valle. Allí alguien me llevará por los pasos secretos que sé que conducen a Montségur. Si Hugues des Arcis supiera de su existencia me pagaría bien por la información o acaso me mandaría ajusticiar por no haberla desvelado hace tiempo.

La tarde se me hace eterna. Oigo pasos, ¿quién será?

– ¿Estáis bien, Julián? Fray Pèire me ha alarmado diciendo que sufrís fiebre.

El fraile se levantó de un salto y abrazó al hombre alto y robusto que acababa de entrar en la tienda sin pedir permiso. Era su hermano. Por un instante se encontró mejor, como cuando era niño y se sentía protegido por la figura imponente de Fernando, capaz de derribar de un manotazo a cualquiera que se le acercara. Pero sobre todo era su mirada serena y llena de confianza lo que desarmaba a sus adversarios y hacía que sus amigos se sintieran seguros.

– Fernando, ¿vos aquí? ¡Qué alegría! ¿Cuándo habéis llegado?

– Apenas hace una hora que llegamos al campamento.

– ¿Llegasteis?

– Sí, con otros cinco caballeros. El obispo de Albi, Durand de Belcaire, le ha pedido ayuda al gran maestre. Nuestro hermano Arthur Bonard es un hábil ingeniero, lo mismo que el obispo.

– Hace días que llegaron los refuerzos que el obispo ha enviado a nuestro señor Hugues des Arcis. Pero no sabía que también pediría ayuda al Temple. Es un hombre de Dios al que le gusta la guerra, puesto que es capaz de imaginar todo tipo de máquinas y artefactos para destruir al enemigo.

– Supongo que tendrá otras virtudes… -respondió con una sonrisa Fernando.

– ¡Oh, sí! Arenga a los soldados casi mejor que el señor Des Arcis.

– Bueno, no está nada mal para ser un obispo -bromeó Fernando.

– Decidme, ¿los templarios queréis acabar con los bons homes? He oído rumores de que no os gusta perseguir cristianos. Fernando tardó en responder. Luego suspiró y le dijo en voz baja:

– No hagáis caso de los rumores.

– Ésa no es una respuesta. ¿No confiáis en mí?

– ¡Claro que sí! ¡Sois mi hermano! Bien, os daré una respuesta: los cristianos tenemos adversarios poderosos, demasiados para perder energías combatiendo entre nosotros. ¿Qué daño hacen los bons homes? Viven como verdaderos cristianos, dando testimonio de pobreza.

– ¡Pero reniegan de la Cruz! No ven a Nuestro Señor en ella.

– Aborrecen la Cruz como símbolo, como lugar donde fue crucificado. Pero yo no soy teólogo, soy un simple soldado.

– Y también monje.

– Cumplo con Dios como me manda la Santa Madre Iglesia, aunque eso no signifique que no pueda pensar. No me gusta perseguir cristianos.

– Ni a vos ni a los de vuestra Orden -recalcó Julián.

– Y a vos, ¿os gusta ver a mujeres y a niños abrasados en las hogueras?

La pregunta de Fernando le provocó náuseas.

– ¡Que Dios les tenga en su seno! -exclamó Julián mientras se santiguaba.

– La Iglesia asegura que están en el Infierno -aseveró Fernando en tono burlón-. No nos aflijamos y tomemos las cosas como son. Ni a vos ni a mí nos gustan las muertes de inocentes.

En cuanto al Temple… somos hijos obedientes de la Iglesia, nos han reclamado y aquí estamos. Otra cosa es lo que hagamos.

– ¡Dios sea loado! Así que estáis pero como si no…

– Algo así.

– Tened cuidado, Fernando; entre nosotros está fray Ferrer, que ve la herejía hasta en el silencio.

– ¿Fray Ferrer? He de confesaros que las noticias queme han llegado de él son inquietantes. ¿Por qué está aquí?

– Dirige nuestra Orden y ha jurado hacer justicia mandando a la hoguera a los asesinos de nuestros hermanos.

– ¿Os referís a los dominicos asesinados en Avinhonet?

– Así es. Llegaron a esa ciudad en busca de herejes. Les acompañaban ocho escribanos que fueron víctimas de un complot. Raimundo de Alfaro, el administrador del conde de Tolosa en Avinhonet, permitió su asesinato.

– Pero eso no está probado -protestó Fernando.

– ¿Lo dudáis, señor? -oyeron a sus espaldas.

Julián y Fernando se volvieron, sorprendidos. Fray Ferrer acababa de entrar en la tienda y había escuchado las últimas palabras.

Fernando no se inmutó pese a la mirada cargada de reproche con que le examinaba el inquisidor.

– ¿Vos sois…?

– Fray Ferrer -respondió el dominico-, y os preguntaba si dudáis de la complicidad de Alfaro en el asesinato de mis dos hermanos.

– No hay pruebas de que así sea.

– ¿Pruebas? -bramó fray Ferrer-. Sabed que Alfaro alojó a mis hermanos en la torre del homenaje del castillo, donde nadie pudiera prestarles socorro, lejos de cualquier mirada. Sabed también que fueron asesinados en plena noche por un destacamento de herejes salido de aquí, de Montségur, este nido de iniquidad que Dios destruirá. La Iglesia no perdonará esta afrenta. Esos que se llaman Buenos Cristianos son un hatajo de asesinos.

Julián le miraba aterrado, incapaz de moverse. Fernando sopesó al dominico y decidió que sería un error entrar en conflicto con él.

– Ignoro los detalles de lo sucedido. Si vos decís que fue así, sea.

Fray Ferrer clavó los ojos en Julián, que parecía a punto de desmayarse.

– Fray Pèire me ha insistido en que no viniera a veros porque necesitáis descansar, pero faltaría a la piedad y a la caridad si no me preocupara por vos. Veo que estáis acompañado, ya os visitaré en otro momento.

Fray Ferrer salió con la misma rapidez con que les había sorprendido.

– Vamos, no os asustéis, os he visto palidecer -rió Fernando-. Es vuestro hermano en Dios.

– Vos… vos no le conocéis -murmuró Julián.

– No quisiera estar en el lugar de los herejes. Me temo que si de algo carece este fray Ferrer es de compasión.

– Supongo que sabéis que vuestra madre continúa en Montségur, acompañada de la más joven de vuestras hermanas.

Fernando asintió con gesto serio y preocupado. Evocar a su madre, doña María, le producía un dolor repentino en el pecho. Nunca la había sentido cercana, a pesar de quererla incluso más que a su padre. Enérgica e inquieta, no había prodigado demasiadas caricias entre sus hijos, por más que a todos quisiera y protegiera buscándoles un porvenir.

– Yo… bueno… la he visto en algunas ocasiones -confesó Julián.

– No me extraña, el castillo nunca ha estado incomunicado. Sabernos que algunos de sus hombres suben y bajan por pasos secretos que sólo ellos conocen. No hace mucho mi madre me envió una carta.

– ¿Os escribió? -preguntó Julián, asustado-. ¡Sólo la señora podía atreverse a hacer algo así!

– No os preocupéis. Mi madre es inteligente y no nos puso en peligro. Recibí la misiva a través de un paje de la casa de mi hermana Marian. Ya sabéis que su esposo, don Bertran d'Amis, sirve al conde Raimundo, de manera que Marian recibe noticias frecuentes de mi madre. Ahora que estoy aquí procuraré verla, no sé cómo… quizá vos podáis ayudarme.

– ¡Ni lo intentéis! Mi señor Hugues des Arcis os mataría, y el obispo os excomulgaría.

– Sabré encontrar el modo, mi buen Julián. Intentaré convencerla para que abandone Montségur o al menos se lo permita a mi hermana Teresa, que apenas ha dejado la infancia. Tarde o temprano el castillo será conquistado y… bueno, vos lo sabéis como yo: no habrá piedad para los cátaros. Intentaré convencerla, se lo debo a mi padre, a nuestro padre.

Julián bajó la cabeza avergonzado. Le dolían las entrañas al saberse un bastardo de don Juan de Aínsa.

– ¡Vamos, Julián, no quiero veros abatido!

Tomó asiento y se sirvió una jarra de agua que bebió con avidez sin ofrecerle a Fernando. Éste aguardó en silencio a que su hermano reencontrara el sosiego antes de continuar.

– ¿Habéis estado con don Juan? -preguntó Julián con un hilo de voz.

– Hace muchos meses, de regreso a este país, pude desviarme y pasar por Aínsa para visitar a nuestro padre. Apenas estuve dos días, pero fue suficiente para que nos sinceráramos el uno con el otro. Continúa amando a mi madre tanto como el día que la desposó y le angustia su suerte. Me encomendó que las salvara, a ella y a mi hermana pequeña. Le prometí que haría lo imposible para que abandonara Montségur, aunque ambos sabemos que mi madre no dejará el castillo, que afrontará la muerte mirándola de frente porque no teme a nada ni a nadie, ni siquiera a Dios.

– ¿Don Juan se encontraba bien de salud?

– Está muy enfermo, la gota casi le impide caminar, y sufre de espasmos en el corazón. La mayor de mis hermanas le cuida con devoción. Ya sabéis que doña Marta enviudó y regresó a la casa solariega con sus dos hijos, buscando la protección de nuestro padre.

– Doña Marta siempre fue su hija favorita.

– Es la mayor de todos nosotros y durante un tiempo parecía que iba a ser hija única puesto que mi madre no quedaba encinta. A excepción, claro está, de los otros hijos que tuvo nuestro padre…

– Sí, de sus bastardos. Don Juan amaba a doña María, pero nunca tuvo reparo en tomar a otras mozas.

– Vuestra madre era muy hermosa.

– Sí, debió de serlo, no tuve la dicha de conocerla.

Los dos hombres quedaron en silencio, absortos cada uno en sus pensamientos. El aire frío y el carraspeo de fray Pèire les devolvió a la realidad.

– Excusadme, don Fernando, venía a comprobar que fray Julián se encontraba bien; no sé si se sentirá con fuerzas para cenar con nosotros o prefiere que le traigamos aquí las viandas…

– Si no os importa, desearía quedarme en la tienda -afirmó Julián-. Me siento mal; quizá el sueño me sirva de ayuda.

– Diré al físico que os vuelva a examinar -dijo fray Pèire.

– ¡No! ¡Os lo ruego! No soportaría otra sangría. Un poco de caldo y un trozo de hogaza que mojaré en el vino serán el mejor de los remedios. Estoy muy cansado, fray Pèire…

– Creo que tiene razón -intercedió Fernando-; lo mejor que podemos hacer por mi buen hermano es dejar que descanse. No hay nada con lo que no pueda un sueño reparador.

– A vos, don Fernando, os esperan para compartir la cena con mi señor Hugues des Arcis y el resto de los caballeros.

– No me demoraré más de un minuto, el tiempo que tardéis en traer el caldo y el vino con pan al buen Julián.

Con paso diligente fray Pèire volvió a salir de la tienda, preocupado por la palidez del hermano Julián. Que Dios le perdonara, pero creía haber visto la muerte reflejada en su rostro.

– Siento haberos causado pesar -dijo Fernando cuando de nuevo quedaron a solas.

– No os preocupéis.

– Sí, sí me preocupo porque os aprecio, y os guste o no, somos medio hermanos. Eso no os debería afligir. Sois hijo de un noble señor de la villa de Aínsa.

– Y de una criada de vuestra casa.

– De una joven bella y encantadora que no tuvo otra opción que entregarse a su señor. Ni yo he dictado las reglas, ni estoy de acuerdo con ellas. Pero vos sabéis como yo que los señores tienen hijos fuera del matrimonio. Tuvisteis suerte, porque mi madre

– nunca abandonó a los hijos bastardos, ni tampoco a sus madres. Procuró dar a todos una posición y puso especial empeño en vuestro caso. Os criasteis en nuestro solar familiar, aprendisteis a montar a caballo al tiempo que yo y os hicieron aprender a leer y a escribir, incluso mi madre compró vuestro cargo eclesiástico…

– Pero soy un bastardo.

– Todos somos iguales a los ojos de Dios. El día del Juicio no os preguntarán por el instante ni la circunstancia de vuestro nacimiento, sino por lo que habéis hecho en esta vida.

Julián, aterrado, empezó a toser incesantemente mientras Fernando intentaba en vano hacerle beber agua.

– ¡Tranquilizaos y bebed! Pero ¿qué os sucede?

– El juicio de Dios… iré al Infierno, lo sé.

El fraile temblaba y las lágrimas se le deslizaban por las mejillas. La angustia y el miedo convirtieron al notario de la Inquisiclon en un niño.

– ¡Pero Julián! ¿Cuál es vuestra culpa para que os sintáis así?

– ¡Vuestra madre, ella es la culpable de mi sufrimiento!

– ¡Callaos! ¿Cómo os atrevéis a decir tamaña barbaridad?

Las lágrimas anegaban el rostro del fraile que, en medio de fuertes convulsiones, se tumbó en el austero catre donde dormía. Fernando no sabía qué hacer. Le apenaba ver en ese estado a Julián, al que siempre había querido y protegido, y al que prefería al resto de sus hermanos.

– Es una suerte que haya venido con nosotros el caballero Armand. Es un buen físico y en Oriente ha aumentado sus conocimientos. Le pediré que os visite y os dé un remedio para el mal que os aqueja. Ahora tengo que partir; mañana os vendrá a ver.

Fernando salió de la tienda confundido por su sufrimiento. Le preocupaba, más que el padecimiento físico de su hermano, el saberle con el alma desgarrada.

2

Julián se quedó un buen rato encogido en el catre. Ni siquiera se movió cuando fray Pèire le llevó el caldo, el pan y el vino. Prefirió hacerse el dormido para no tener que afrontar otra conversación sobre su calamitoso estado de salud. Cuando dejó de escuchar los pasos de fray Pèire se incorporó para mojar la hogaza de pan en el vino de sabor áspero que algunas veces lograba levantarle el ánimo. Bebió de golpe el caldo y volvió a tenderse a esperar que se apagaran los ruidos del campamento para acudir a la cita con doña María. El campesino que le entregó la misiva de la señora le esperaría a las afueras del campamento para conducirle a través de los riscos hasta el lugar donde solía citarle ella.

No supo cuánto tiempo había transcurrido cuando escuchó un ruido cerca de su tienda. Se incorporó sobresaltado, consciente de que se había quedado dormido. A duras penas logró levantarse y servirse una jarra de agua, que bebió con apremio. Luego se enjuagó la cara y, colocándose los hábitos arrugados, salió con sigilo de la tienda sintiendo que los latidos de su corazón podían despertar al campamento que en ese momento estaba tranquilo, alumbrado por el fuego de las hogueras que intentaban aliviar el frío intenso de aquella noche de invierno.

Se escabulló del campamento con paso rápido y caminó hacia el bosque, seguro de que en cualquier momento aparecería el enviado de doña María.

– Os habéis retrasado -le reprochó el campesino que salió a su encuentro como si de un espectro se tratara. Era un cabrero que conocía bien los senderos de la montaña.

– No he podido venir antes.

– Os habéis dormido -replicó el hombre, malhumorado.

– No, no me he dormido, sólo que no puedo salir del campamento a mi antojo.

– Pues otros lo hacen.

– ¡Vaya, esto sí que es una sorpresa!

– ¿Os sorprende que entre los soldados reclutados a la fuerza haya quienes tengan parientes ahí arriba?

Julián calló. De manera que Fernando tenía razón: había quienes entraban y salían de Montségur como de sus propias casas.

– ¿Dónde me espera la señora?

– Vos seguidme, tanto os da el lugar.

Caminaron cerca de una hora entre aquellos riscos formados de bloques calcáreos que terminaban en la gran roca donde, desafiante para el ojo humano, se aposentaba el castillo de Montségur.

El campesino se detuvo junto a unos árboles que se encaramaban por uno de los riscos. Apenas había recuperado el resuello cuando se encontró frente a frente con doña María.

– Julián, hijo, cuánto me alegra verte!

– Mi señora…

– Ven, siéntate a mi lado, no tenemos mucho tiempo y debemos aprovecharlo. Quiero que me cuentes cómo están las cosas ahí abajo. Nuestros espías dicen que Hugues des Arcis cuenta con diez mil hombres. Espero que el conde de Tolosa no se arredre ante esa fuerza y cumpla sus compromisos para con esta tierra. No se trata sólo de fe, sino de poder.

– ¿Qué decís, señora?

– Si Hugues des Arcis conquista Montségur, se acabó la libertad de nuestra tierra. El rey quiere esas tierras porque, sin ellas, su reino no es nada. ¿Crees que le importan los cátaros? No, hijo, no te equivoques, aquí no se lucha por Dios, sino por el poder. Quieren nuestro país para la Corona.

– ¡Pero el Papa quiere erradicar la herejía!

– El Papa sí, pero al rey de Francia tanto le da.

– ¡Señora, decís unas cosas…!

– Bueno, no te cansaré con mis ideas, prefiero escucharte, o mejor: que respondas a mis preguntas.

Durante una hora doña María interrogó a Julián; no hubo detalle sobre las fuerzas de Hugues des Arcis sobre el que no preguntara.

– ¿Y tú, Julián? ¿Continúas siendo un credente?

– ¡Qué sé yo! Estoy confundido, señora, ya no sé ni quién es Dios.

– Pero ¿cómo es posible que digas eso? ¿Me habré equivocado contigo? Siempre te creí inteligente, por eso quise que estudiaras y te hicieras dominico…

– ¡Pero si lo único que queréis es que traicione a mis hermanos!

– Lo que quiero es que sirvas al Dios verdadero, y no al demonio a quien tienes por Dios.

Julián se santiguó, espantado. Doña María le atormentaba con sus ideas heréticas y le hacía dudar. Aún recordaba el día en que le llamó para decirle que había encontrado al verdadero Dios y que a partir de ese momento él también debía servirle. Le explicó que el mundo lo había creado una divinidad inferior, un demonio que había encarcelado a los ángeles auténticos, y que estos ángeles eran las almas humanas que sólo se liberarían con la muerte. El cuerpo, le dijo, era una prisión, el peor de los calabozos. Dios nada tenía que ver con la terra oblivionis. Él era el artífice del espíritu, no de la realidad material. Coexistían dos creaciones, la mala y la buena, la terrenal y la espiritual. Los perfectos, añadió, nos ayudan a encontrar el camino para huir de la prisión y para que nuestra alma se encuentre en el cielo con esa parte de nuestro espíritu que nos hará volver a ser un todo.

– He visto a don Fernando.

– ¿A mi hijo?

– A vuestro hijo.

– ¿Se encuentra bien?

– Sí, al menos eso parece. Llegó hoy al campamento. El obispo de Albi ha pedido a los templarios que le ayuden con alguno de sus artilugios, y uno de los freires, de una de las encomiendas cercanas, es un experto ingeniero. Vuestro hijo viene en la comitiva.

– Me alegro de que esté aquí en vez de en Oriente, eso me permitirá despedirme de él.

– Quiere veros.

– Y yo también. Te encargarás de traerle aquí.

– ¿Yo? Mandad a uno de vuestros hombres…

– ¡Por Dios, Julián, yo no mando hombres!

– Pero, señora…

– Debes obedecerme.

– Nunca he dejado de hacerlo -asintió Julián, apesadumbrado.

– ¿Estás escribiendo la historia que te pedí?

– Lo estoy haciendo con gran riesgo de mi vida.

– No tengas tanto apego a esa carne hecha por el demonio. Escribe, Julián, escribe, los hombres deben saber lo que está pasando aquí. Si tu Iglesia, la Gran Ramera, pudiera, borraría para siempre nuestra existencia. Sólo si queda escrito que existimos, lo que hicimos y en qué creíamos, nuestra historia no será olvidada. La verdad debe salvarse a través de los escritos. No podemos permitir que ellos borren nuestra memoria.

– Escribo cuanto me habéis dicho y cuanto sucede aquí. Pero he de advertiros, señora, que Montségur caerá. Hasta vuestro hijo está seguro de que así va a suceder.

– ¿Y crees que yo no? No confío en que el conde de Tolosa sea capaz de vencer el cerco al que le han sometido. Raimundo quiere que resistamos pero nos ha dejado librados a nuestras propias fuerzas e ingenio.

– El conde ha jurado perseguir a los herejes…

– El conde intenta salvarse y salvar sus tierras. Los herejes, como nos llamas, sólo somos piezas en el tablero, sus propias piezas. No olvides que nacimos en esta tierra.

– Vos sois aragonesa.

– En realidad, sólo mi madre era aragonesa. Mi padre era de Carcasona y siempre me sentí de este país. En esta tierra nací y viví los primeros años de mi vida y de aquí salí para desposarme con el bueno de don Juan, mi esposo, que espero se encuentre bien.

– ¡Oh, sí! Vuestro hijo lo ha visto, y aunque refiere achaques sobre su salud, al parecer está bien cuidado por vuestra hija mayor, doña Marta.

– La vida ha sido generosa con ambos. Él tiene a Marta, y yo tengo a Teresa. Y de mis dos varones, todavía vive Fernando.

Doña María se quedó en silencio y por un instante evocó a su hijo muerto años atrás, en un lance contra otro caballero. Le quedaba Fernando, sí, pero éste nunca había sido del todo suyo. Acaso la culpa fuera de ella, puesto que durante muchos años lloró al hijo mayor despreocupándose del pequeño. Fernando había dejado el hogar familiar para ingresar en el Temple y combatir a los infieles. Dudaba de la fe de su hijo y creía saber que su ingreso en el Temple fue un signo más de rebeldía que de devoción. Pero ya era demasiado tarde para volver atrás y más ahora, que tenía tan cercana la muerte.

– Dentro de tres días quiero que regreses. Te daré una carta para mi esposo.

– ¡Pero no podré hacérsela llegar! Fray Ferrer tiene ojos en todas partes.

– ¡Eres notario de la Inquisición! ¡Claro que puedes! No debes dejarte amedrentar por ese fraile maligno.

– Es él quien ha excomulgado a gran parte de los caballeros del país. No dudará en hacerlo conmigo.

– ¡Haz lo que te pido, Julián!

– Señora, he de permanecer a los pies de Montségur hasta…

– Hasta que logréis haceros con el castillo y matarnos a todos.

– ¿Por qué no huís? Vuestra hija Marian goza de buena posición en la corte de don Raimundo. Su esposo…

– Su esposo es tan pusilánime como el propio Raimundo, más preocupado por mantener la cabeza sobre el cuello que por ningún otro asunto.

– Pero doña Marian es credente

– Sí, eso sí, al menos mi hija no me ha traicionado. Y ahora escúchame y obedece. Te daré una carta para mi esposo, no me importa cuándo se la puedas entregar, pero asegúrate de que la lea. También me traerás a Fernando. En cuanto a tus escritos, cuando estén terminados se los entregarás a Marian. Ella sobrevivirá y sabrá guardar nuestra historia hasta que llegue el momento en que pueda sacarla a la luz.

– Eso puede ser nunca -se atrevió a decir Julián.

– ¡No digas sandeces! Ni siquiera el rey de Francia será eterno. Y Marian tiene hijos, y éstos tendrán hijos a su vez. Lo importante es que nuestra historia quede escrita. Todo lo que no está escrito no existe. No podemos dejar nuestro sufrimiento al albur del recuerdo de los hombres. Dios me iluminó cuando te traje a nuestra casa y me empeñé en que aprendieras a leer y a escribir.

– Doña María, no puedo traer a vuestro hijo.

– ¿A Fernando? ¿Y por qué no?

– Sabrá que soy un traidor y con una sola palabra puede enviarme a la hoguera.

– Fernando no hará eso. Te quiere, Julián, te considera su hermano, y además es incapaz de traicionarnos. Le devorarán los remordimientos por no poder confesar lo que sabe, pero guardará silencio. No, no te delatará, ni a mí tampoco. Soy su madre.

– Pero ¿qué he de decirle?

– Dile parte de la verdad: que recibiste un recado mío, que nos vimos y me anunciaste su llegada y que te he implorado por verle. No, no le digas que he implorado, no se lo creerá. Dile sólo que quiero reunirme con él. Os veré aquí a los dos, dentro de tres noches.

– ¿Enviaréis a por nosotros?

– ¿De qué otro modo podríais llegar hasta aquí? Si no lo hiciera, acabaríais en el fondo de un barranco. Y ahora, vete y piensa en el verdadero Dios y en el momento de dejar la cáscara que te envuelve.

Julián iba a protestar pero su señora había desaparecido sin que él acertara a ver por dónde. Por un momento se sintió perdido, dispuesto a creer que todo había sido un sueño y doña María una aparición, pero el carraspeo del campesino lo devolvió a la realidad.

– Daos prisa. Hoy la señora se ha entretenido más de lo esperado, y tenemos un buen trecho antes de que os pueda dejar en el campamento.

3

Se podía intuir el alba a través de las nubes cargadas de lluvia cuando llegaron al campamento. En la oscuridad de su tienda aún rezumaban los rescoldos del brasero. Cansado, se dispuso a dormir antes de que le sorprendiera el amanecer.

– ¿De dónde venís?

La voz rotunda de Fernando le sobresaltó.

– ¡Por Dios, me habéis asustado!

– No tanto como me he asustado yo al venir aquí y no encontraros. Os he buscado por todo el campamento sin que nadie me haya sabido dar razón sobre vos.

– ¡Estáis loco! ¿Qué habéis hecho? -se lamentó Julián.

– Vamos, no os asustéis y decidme de dónde venís.

– No os lo creeríais.

– Mi querido hermano, la vida me ha enseñado que lo increíble forma parte de la realidad.

– Nada más iros recibí un mensaje.

Fernando miraba a Julián con curiosidad y pena viendo el sufrimiento que se reflejaba en su rostro sudoroso y cansado.

– ¿Y ese mensaje os ha hecho abandonar vuestra tienda en mitad de la noche aún estando enfermo como estáis?

– Era de doña María -admitió Julián bajando la voz.

– Mi madre… bueno, era de esperar que tarde o temprano se pusiera en contacto con vos. ¿Es el primer mensaje que recibís de ella?

– ¡Por Dios, Fernando, parecéis no darle importancia a lo que os digo! Vuestra madre es una perfecta, una iniciada consagrada a la virtud, quizá la mujer más influyente de Montségur.

– No exageréis, aunque, conociéndola, seguro que pocos se atreven a desobedecerla. Bien, decidme qué os decía en el mensaje.

– Me pedía que abandonara el campamento y me reuniera con ella.

Fernando rió con ganas asombrado por la osadía de su madre. Poco después, dando un golpe cariñoso en la espalda de Julián, se sentó a su lado dispuesto a escucharle.

– Contadme toda la verdad.

– ¿La verdad…?Ya no sé cuál es la verdad. La señora ha sabido de vuestra presencia aquí y me ha invitado a llevaros ante ella.

– Poco a poco, Julián. ¿Era la primera vez que la veíais? ¿Y cómo ha sabido de mi presencia en el campamento si apenas hace unas horas que he llegado?

– Debéis saber que Pèire Rotger de Mirapoix es uno de los jefes militares de la plaza, además de encargarse de que en Montségur no falten alimentos. El señor De Mirapoix es pariente de Raimon de Perelha.

– Ya lo sé, ya lo sé, no hace falta que me expliquéis a quiénes nos enfrentamos. Son hombres valientes y decididos.

– ¿Cómo os atrevéis a hablar así de vuestros enemigos?

– Pero, Julián, os sobresaltáis por todo. ¿Por qué no hemos de reconocer virtudes en los hombres contra los que luchamos? Ellos tienen su causa, nosotros la nuestra.

– Y Dios ¿con quién está?

Fernando se quedó pensando en silencio. Luego clavó su mirada en la de Julián y se levantó incómodo, caminando a zancadas por la tienda.

– ¡Basta de charla! Sois vos quien tenéis que responder a mis preguntas.

El fraile bajó la cabeza resignado. Fernando le conocía bien. Le resultaría difícil engañarle, por más que doña María le había pedido que no le dijera toda la verdad; aun así, decidió seguir las instrucciones de su señora.

– Vuestra madre envió a un hombre que me guió a través de las sombras. Anduvimos durante mucho tiempo, no sé si dos o tres horas, estoy agotado. Luego doña María apareció de entre las rocas encargándome que os llevara ante ella al cabo de tres días. Eso es todo.

– ¿Eso es todo? Poco me parece tratándose de mi madre -respondió con desconfianza Fernando.

– Bueno, también me dijo que quiere enviar una carta a vuestro padre para que se la hagáis llegar.

Fernando observó pensativo a Julián preguntándose si su hermano conservaría algo de salud para el día de la cita con su madre. El rostro del fraile parecía la máscara de un muerto. O Armand, su compañero templario, encontraba el mal que aquejaba a Julián o éste, pensó Fernando, no seguiría con vida por mucho tiempo.

– Ahora quiero que me obedezcáis -le dijo a Julián-. Os acostaréis, y no os moveréis del lecho hasta que yo no regrese entrada la mañana. Vendré con mi compañero Armand; ya os he dicho que es un físico excelente, él os aliviará vuestro mal. ¡Ah!, y no se os ocurra decir a nadie lo que ha pasado. Os mandarían ahorcar.

Julián sufrió un espasmo ante la advertencia de Fernando, quien salió de la tienda con aire preocupado.

4

El frío del amanecer envolvía a los hombres del campamento instalado por Hugues des Arcis en el Col du Tremblement, un lugar estratégico que impedía a los sitiados la mejor salida hacia el valle.

Esa mañana el senescal de Carcasona, Hugues des Arcis, parecía de buen humor, a pesar del tiempo inclemente. Católico convencido de la bondad de su causa, se congratulaba del apoyo incondicional del arzobispo de Narbona, Pèire Amiel, y de la presencia de los caballeros templarios, aunque de estos últimos no se terminaba de fiar. Sin embargo, agradecía que entre ellos se encontrara un gran ingeniero militar.

En la tienda del senescal un criado servía a los presentes vino rebajado con agua. Bebían para combatir el frío.

Hugues des Arcis se dispuso a explicar a los recién llegados la situación.

– No estoy dispuesto a pasar el resto de mi vida ante estos peñascos. Sabemos que la guarnición de Montségur se ha visto reforzada por campesinos de la región, para los que esta montaña no tiene secretos. Cuento con diez mil hombres, pero ni siquiera con esta fuerza he podido controlar todos los caminos que llevan a la cima. No hemos podido reducirles por el hambre, tampoco por la sed, porque no ha dejado de llover desde que acabó el verano. Tomar al asalto la fortaleza es imposible, al menos hasta ahora lo ha sido; tan sólo tirando piedras ya nos hacen un daño considerable.

– ¿No es posible escalar hasta ese nido de águilas por algún lugar que esté al abrigo de sus miradas? -preguntó Arthur, el ingeniero templario.

Hugues des Arcis le señaló el mapa:

– Estamos aquí: en el Col du Tremblement, a los pies de este maldito peñasco; la empinada que veis enfrente conduce directamente al castillo. Al situar el grueso de nuestras fuerzas en este lugar lo único que hemos logrado es impedir el acceso directo a la fortaleza y controlar la aldea cercana, donde tienen parientes que, a pesar de nuestra presencia, les abastecen. He enviado a mis hombres escalar esos riscos y buscar un acceso hasta la cresta de la montaña, pero aunque llegáramos y lográramos reducir a los centinelas aún no habríamos logrado nuestro objetivo: hay un desnivel de varios metros que lo separa del castillo.

»Os confieso, caballeros, que mis mejores hombres han dedicado todo su esfuerzo y empeño trepando esos riscos engañosos, puesto que no han sido pocas las ocasiones que creyendo haber encontrado un paso oculto que nos podía llevar a la cima nos hemos enfrentado a desfiladeros que terminaban en barrancos. Dado el terreno, tampoco nos es posible utilizar nuestras máquinas de guerra, ya que no lograríamos alcanzar ni la más baja de sus defensas. Bien, he tomado una decisión que espero resulte acertada. Mañana llegarán un grupo de gascones para los que las montañas no tienen secretos. Exigen una buena paga y la tendrán si, como espero, logran abrirnos una brecha en sus defensas, un camino que nos acerque a la cumbre.

– ¿Y qué pueden hacer los gascones que no hayan sido capaces vuestros hombres? -preguntó Fernando con gesto ofendido.

– Me los han recomendado asegurándome que ni Montségur ni ninguna otra montaña tiene secretos para ellos. Sus pies son firmes donde otros tropiezan y ven en la oscuridad como sí del día se tratara. Debemos intentarlo, caballeros -respondió el senescal.

– ¿Por dónde, cómo y cuándo intentarán vuestros gascones acercarse a Montségur? -insistió Fernando.

– Serán ellos quienes lo decidan -sentenció Hugues des Arcis.

Durante toda la mañana los caballeros continuaron hablando de la situación y de lo que el senescal preveía si los gascones tenían éxito. Su principal empeño era poder acercar alguna de las máquinas de guerra hasta el castillo, sólo así podría derrotar a los sitiados. Fue entonces el turno de las preguntas del caballero templario Arthur Bonard.

De aquella reunión, lo que más sorprendió a Fernando fue el fuego vengativo que brillaba en los ojos de fray Ferrer, el principal inquisidor. No había una brizna de piedad en su mirada y sus palabras parecían dictadas por una intensa pasión. Aquel hombre, se dijo, estaba dominado por el odio.

Cerca del mediodía hicieron un alto para dar cuenta del generoso almuerzo dispuesto por el arzobispo de Narbona, momento en que Fernando solicitó a su compañero Armand de la Tour que le acompañara a ver a Julián.

El fraile dormía agotado y a su lado el bueno de fray Pèire le secaba la frente con un paño húmedo mientras rezaba implorando a Dios por la salud del ilustre notario de la Inquisición.

El fraile se sobresaltó al ver entrar a los dos caballeros templarios.

– Disculpad nuestra irrupción, pero me gustaría que el caballero Armand examinara al buen Julián y ver si puede aliviar su dolencia.

– ¡Ojalá! Pero debéis saber que el físico del senescal le visita casi a diario sin que hasta el momento haya podido mitigar su mal.

Annand de la Tour rogó al fraile que les dejara solos y éste, a regañadientes, obedeció. No le gustaban los templarios, los consideraba arrogantes y misteriosos, y había escuchado algunas historias que ponían en entredicho la santidad de estos monjes soldados.

El físico templario se acercó al lecho donde yacía Julián y sin ningún miramiento le destapó, sobresaltando al enfermo.

Fernando le tranquilizó asegurándole que estaba en buenas manos e instándole a responder a cuantas preguntas le hiciera el físico.

– ¿Dónde os duele? -quiso saber De la Tour.

Julián señaló desde el corazón hasta el vientre. Le confesó que a veces el dolor era tan agudo que no podía ponerse derecho ni caminar, y que en ocasiones notaba un hormigueo en los brazos y las piernas hasta sentirlos rígidos. Sufría fiebre, explicó; además, también tenía vómitos.

Armand de la Tour examinó minuciosamente al enfermo. Le hizo mostrar la lengua, luego hundió sus ágiles dedos en el estómago y en el vientre; a continuación, le hizo que encogiera y estirara las extremidades. Luego le llegó el turno a los ojos y a la nuca.

Fernando asistía en silencio al quehacer de su compañero de armas y sonreía para sus adentros por el temor que reflejaba el rostro de su hermano.

Tras examinar a Julián, el caballero Armand de la Tour se sentó a su lado y le pidió que le describiera con detalle todo lo concerniente a sus dolores.

– ¿Qué os preocupa, fray Julián? -preguntó súbitamente el físico.

Temiendo que aquel templario fuera capaz de leer en su alma, Julián sufrió una fuerte convulsión.

– No es fácil la vida en un campamento militar -respondió intentando desviar la atención de De la Tour.

– No lo es más que en cualquier otro lugar, y a vos nada os falta. Sois notario de la Inquisición a la espera de examinar de cerca las almas perdidas de los herejes de Montségur.

Julián se santiguó y volvió a ser presa de temblores. Una ola de sudor y frío le inundó la frente.

– Yo creo que vos sufrís, fray Julián, y si me dijerais por qué acaso pudiera ayudaros.

– ¿Sufrir? Bueno… sufro por esas almas perdidas que pronto irán al Infierno.

– Pero vos sois un hombre de experiencia, lleváis años ejerciendo como notario.

– Es tanta la responsabilidad… temo equivocarme en mis juicios…

– Sois simplemente notario, a vos no os corresponde juzgar.

– No creáis, en ocasiones mis hermanos requieren mi juicio; saben que a mí no se me puede escapar ninguna palabra de los acusados, y que de mi entendimiento de cuanto dicen a veces depende su pena.

– Insisto en que sois hombre de experiencia.

– Lo soy, lo soy, no hace mucho participé en un cónclave y, para evitar el error en los juicios contra los sospechosos, compilé un glosario para hacer mejor mi labor. Fray Ferrer nos guió.

Julián carraspeó y, clavando los ojos en Armand de la Tour, recitó como si de una letanía se tratase:

– Son «herejes» los que se obstinan en el error. Son «creyentes» los que tienen fe en los errores de los herejes y los asimilan. Los sospechosos de herejía son los que están presentes en los sermones de los herejes y participan, por poco que sea, en sus ceremonias. Los «simplemente sospechosos» han hecho estas cosas sólo una vez. Los «sospechosos virulentos», muchas veces. Los «sospechosos más virulentos» han hecho estas cosas con frecuencia. Los «encubridores» son los que conocen a herejes pero no los denuncian. Los «ocultadores» son los que han consentido en impedir que se descubra a los herejes. Los «receptores» son los que han recibido dos veces a herejes en sus posesiones. Los «defensores» son los que defienden a sabiendas a los herejes a fin de que la Iglesia no extirpe la depravación herética. Los «favorecedores» son todos los de arriba en mayor o menor grado. Los «reincidentes» son los que vuelven a sus antiguos errores heréticos tras haber renunciado formalmente a los mismos…

– Bien, bien, está claro que sabéis cuál es vuestra función y cómo distinguir a los herejes. Con ese glosario es difícil equivocarse, ¿no? -preguntó con sorna el caballero.

– No creáis… a veces… a veces, es difícil saber si mienten o si sencillamente son inocentes. Entre los herejes hay gente rústica que responde con simpleza a las preguntas sin darse cuenta de que con sus palabras siembran la sospecha… pero tal vez son inocentes, simplemente no saben demostrarlo… Pero fray Ferrer…

– Ese dominico… -Fernando no se atrevió a terminar la frase.

– ¿De dónde viene? -quiso saber el caballero De la Tour.

– Es catalán, de Perpiñán, y se ha hecho cargo de todo después del asesinato de nuestros hermanos en Avinhonet. Es muy minucioso, nada se escapa a su mirada, lee en el corazón de los hombres y sabe cuándo le mienten -explicó, azaroso y nervioso el fraile.

– Y a vos os aterra -añadió Armand de la Tour.

– ¡Oh, es mi hermano en Cristo! -protestó Julián-. Él se encargará de los herejes de Montségur.

– ¿Y a vos os preocupa la suerte que puedan correr?

– ¿Que si me preocupa? Sabéis que la condena puede ser la hoguera. ¿Habéis visto morir a algún hombre en la hoguera? Los herejes desafían a la Iglesia y muchos se niegan a pedir perdón prefiriendo morir abrasados. He visto a mujeres y hombres, también a jóvenes, enfrentarse al fuego cantando, mientras el olor a carne quemada se prendía en el aire hasta hacer insoportable el hedor de nuestras ropas y de nosotros mismos. Ese olor… a veces me despierto oliendo a carne quemada y veo los rostros de quienes por no saber decir la palabra precisa han sido pasto de las llamas.

– Os duele la conciencia -sentenció el físico-. Es un alivio saber que aún hay quien tiene conciencia.

– Pero ¡qué decís! -protestó asustado el fraile-. Os aseguro que mi conciencia nada tiene que ver con el dolor que me atraviesa el vientre. ¿Es que no sois capaz de diagnosticar mi mal?

– Calmaos, mi buen fraile; tener conciencia es un don, un don doloroso por cierto, pero un don.

– ¡No os entiendo!

– Hermano, no os agitéis -terció Fernando-. Y vos, Armand, ¿qué estáis diciendo? No acabo de saber adónde queréis llegar.

– Vuestro hermano sufre mucho, bien es cierto, y ese sufrimiento es su principal mal. No creo que padezca del hígado ni tampoco creo que su dolencia esté en los intestinos, o en la garganta… Su mal está en el alma, y para eso sólo hay un remedio.

Fernando escuchaba atentamente al caballero Armand, meditando todo cuanto decía, mientras Julián les observaba, temblando como lo haría un niño descubierto en falta.

– Y bien, ¿cuál es ese remedio? -preguntó Fernando.

– Que viva de acuerdo a su conciencia, que no haga nada de lo que tenga que avergonzarse, que escuche la palabra que Dios le murmura al oído y se resiste a atender. Vuestro hermano sufre por los bons homes… y lo hace porque no está seguro de que sean unos malvados o, en todo caso, no cree que sus creencias merezcan tanto sufrimiento, ¿me equivoco?

Julián lloraba como un niño entre convulsiones e hipidos ante la mirada compasiva de Fernando, que se acercó para abrazarlo intentando darle consuelo.

– Entonces, ¿no ha de tomar ninguna medicina? -insistió su hermano.

– Sí, algo le daré para ayudarle a conciliar el sueño. Lo que no debe es someterse a más sangrías innecesarias que le están debilitando. Yo mismo os prepararé unas hierbas que tomaréis antes de acostaros. Os ayudarán a encontrar un sueño tranquilo y profundo. Por lo demás, no creo que tengáis ningún mal.

– Os equivocáis -acertó a quejarse Julián-, estoy enfermo.

– Sí, pero la vuestra es una enfermedad del alma; sólo cuando os pongáis a bien con vuestra conciencia sentiréis alivio, hasta entonces lo único que se puede hacer por vos es ayudaros a que podáis dormir. Hablaré con el físico del senescal para aconsejarle que detenga las sangrías a las que os viene sometiendo.

Julián se estremeció al pensar que el templario le hablaría al físico del senescal sobre el mal de su alma. Armand de la Tour no pudo evitar un sentimiento de compasión al ver el miedo reflejarse en los ojos del fraile dominico. Pensó que a Julián no le adornaban ninguna de las virtudes de Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden que había hecho de su vida un modelo de sacrificio y ascetismo parecido al de los bons homes, a los que con tanto ahínco quiso hacer que regresaran al redil de la Iglesia. El templario se pregunto por qué Julián habría seguido a Domingo de Guzmán si todo en él delataba que poseía un espíritu frágil.

– No os preocupéis, Julián, nadie sabrá de vuestro mal. No mentiré, pero tampoco entraré en detalles; pediré permiso para trataros con mis hierbas para ver si logro aliviaros.

– Gracias, Armand -dijo Fernando apretando con gratitud el hombro de su compañero-. Y ahora, Julián, empezad por cumplir las instrucciones que os ha dado Armand. Cuando os sintáis mejor deberías pasear, visitar a los soldados; sin duda agradecerán que un fraile se preocupe de sus almas, y de esta manera tendréis tiempo de olvidaros un rato de la vuestra.

– También pediremos a fray Pèire un barreño con agua tibia y jabón; no os vendría mal asearos -terció el físico templario.

Julián no fue capaz de poner objeciones a las recomendaciones del caballero y de su hermano. Los miró con gratitud y, por primera en vez en mucho tiempo, se sintió confortado. La presencia de Fernando había despejado momentáneamente las brumas de la soledad que le acompañaba desde que entró en la orden de los dominicos.

5

Fernando y Armand de la Tour dejaron a Julián sumido en sus tribulaciones y con paso firme se dirigieron al rincón del campamento donde se encontraban sus compañeros templarios.

– No os debéis preocupar por Julián -aseguró el físico.

– Lo sé, después de escucharos estoy más tranquilo, aunque veo que las enfermedades del alma son tan devastadoras como las del cuerpo.

– A veces son peores, pero en el caso de Julián vuestra presencia servirá para que recupere las fuerzas que le faltan. Con vos se siente seguro.

– Mi hermano ha vivido atormentado desde que supo que era el hijo bastardo de mi padre.

– No debe de ser fácil estar en esa posición, por más que me hayáis contado las bondades de vuestros padres, sobre todo la generosidad de doña María, vuestra madre…

– Supongo que no podemos comprenderle del todo, puesto que nacimos caballeros. Os agradezco que hayáis visitado a Julián y sé que cuento con vuestra discreción. Ahora quisiera preguntaron qué os parece la situación respecto a Montségur.

– Es cuestión de tiempo.

– ¿Qué queréis decir?

– Que nadie resiste eternamente. Y que, por más que se antoje difícil llegar a la cima, se puede hacer. El precio son vidas, y tanto el senescal Hugues des Arcis como el rey Luis no serán avaros a la hora de pagarlo.

Volvieron a sumirse cada uno en sus pensamientos hasta que se encontraron con sus compañeros, que en ese momento estaban limpiando las armas.

– Me alegro de que hayáis regresado -les saludó Arthur Bonard-. El senescal ha ordenado que nos unamos a su estado mayor.

Arthur Bonard era tan eficaz inventando artilugios de guerra como seco y directo al hablar.

– ¿Y vos, qué habéis respondido? -quiso saber Fernando.

– No debemos desairar al senescal ni al rey Luis, ni tampoco al arzobispo de Narbona -respondió Bonard.

– Eso quiere decir que nos quedamos -sentenció Fernando.

– Eso quiere decir que aguardaremos a ver si esos fieros gascones de los que nos ha hablado el senescal son capaces de acercarse a la fortaleza. Será interesante conocer el resultado de tal empeño -respondió el ingeniero.

– ¿Y nosotros qué haremos? -preguntó Fernando.

– Esperar, observar, hablar y poco más. Ya sabéis que a nuestra Orden no le gusta matar cristianos, y esas gentes de Montségur lo son, equivocados, pero cristianos al fin y al cabo. Temo por ellos, puesto que el arzobispo de Narbona y fray Ferrer están dispuesto a vengar la muerte de Étienne de Saint-Thibéry y Guilhèm Arnold. Como bien sabéis, estos dos inquisidores fueron asesinados hace más de un año en Avinhonet.

– Es la única ocasión en la que los bons homes han participado en un acto criminal -apuntó uno de los templarios.

– No lo hicieron directamente -les disculpó Fernando.

– No seáis ingenuo -interrumpió Armand de la Tour-. ¿Acaso creéis que no matar a un hombre directamente con la espada o con las manos exime de la responsabilidad de su muerte…? Los hombres que mataron a los inquisidores salieron de aquí, de Montségur. ¿Creéis acaso que sus obispos herejes Bertran Martí o Raimon Agulher no sabían lo que iba a suceder en Avinhonet? No es un secreto que la noticia del asesinato de los inquisidores fue celebrado en Montségur y que incluso repicaron las campanas de alguna iglesia. El asesinato de Étienne de Saint-Thibéry y Guilhèm Arnold fue llevado a cabo por credentes, entre ellos Guilhèm de Lahille, Guilhèm de Balaguier y Bernat de Sent Martí…

– Pero ¿cómo sabéis tanto de lo que sucedió aquella noche en Avinhonet? -preguntó Fernando, cada vez más sorprendido.

– Lo sé, o creo saberlo, pero de esto no hablaremos ni con el senescal ni con el arzobispo de Narbona. Pero ya veis que hay momentos en que todos los hombres pecamos por acción, por omisión, o simplemente porque nos alegramos del sufrimiento de nuestros enemigos. Quizá no seríamos hombres si no lo hiciéramos.

Se hizo el silencio entre los caballeros. El físico había expuesto con crudeza cómo el mal formaba parte de la sustancia humana.

– Bien, ahora ya sabéis que nos quedaremos un tiempo -dijo Arthur Bonard-, el suficiente para no ofender ni al arzobispo ni al senescal. Si podemos, no participaremos en ninguna batalla, aunque creo que debernos estar tranquilos al respecto. Los hombres de Montségur no la plantearán y aún pasará tiempo antes de que el senescal Hugues des Arcis logre hacerles bajar de ese risco infernal.

Súbitamente, un paje llegó corriendo hasta la tienda con un recado del arzobispo de Narbona. Les invitaba a cenar. Los caballeros respondieron que acudirían puntuales; sentían curiosidad por conocer el interior de la suntuosa tienda del arzobispo, de la que se decía estaba mejor equipada que la del propio senescal. Ése era el problema de la Iglesia: que sus sacerdotes no vivían de acuerdo al camino de humildad y pobreza señalado por Cristo, por más que el español Domingo de Guzmán hubiera dado ejemplo de que en su seno también había quien no olvidaba el mensaje del Maestro. Sin embargo, pese a que él y sus frailes daban ejemplo de ascetismo y privaciones, se mostraban inmisericordes con quienes se negaban a regresar al seno de la Iglesia.

6

El cabrero se presentó en la tienda de Julián más tarde de lo acordado.

Fernando se mostraba inquieto. Temía que hubiese ocurrido algo inesperado, algún suceso que impidiera a su madre mandar a por ellos.

La noche se había cerrado en torno al campamento y hasta la tienda de Julián llegaban, de cuando en cuando, las voces de los centinelas dando el santo y seña, y las toses secas de los soldados que habían enfermado durante la larga espera, preparando el asedio a Montségur.

Julián permanecía sentado en su catre, extrañamente quieto. Le latían con fuerza las venas de las sienes y pensó que en aquel síntoma, el físico templario habría visto miedo y sólo miedo.

Cuando el cabrero se deslizó por la abertura de la tienda siseando el nombre de Julián, los dos hombres se apresuraron a salir a su encuentro.

– ¿Por qué os habéis retrasado? -quiso saber Fernando.

El cabrero le miró con fastidio antes de responder:

– Veo, señor, que sois soldado, de manera que deberías saber que el senescal tiene ojos por todas partes, y que esos demonios de gascones llevan dos noches estudiando el terreno, están por todas partes, y no quisiera ser yo quien cayera en sus manos. No imagináis lo que el senescal sería capaz de hacer con un traidor. Claro que yo no lo soy, soy tan sólo un hombre de esta tierra, un credente que sirve al verdadero Dios.

– Basta de charla -atajó Fernando-, ¡conducidnos a donde nos esperan!

El cielo parecía un manto negro y apenas lograban ver lo que había unos pasos delante de ellos, pese a que el cabrero les guiaba con la seguridad de quien conoce el terreno aun con los ojos cerrados.

A Fernando se le antojó una eternidad la caminata a través de riscos y maleza, y se sorprendió de que Julián no hubiera emitido ni una sola queja. Se dio cuenta de que su hermano había hecho ése u otros caminos en más ocasiones, y que debía de haber estado viendo con frecuencia a su madre.

De repente el cabrero se paró en seco indicándoles con la mano que se detuvieran. Lo hicieron con una punzada de inquietud, temiendo haber tropezado con alguna patrulla de gascones. Pero no fue un gascón con quien de repente se encontraron sino con doña María, que apareció entre la maleza sonriéndoles.

– ¡Vaya, ya era hora! -les reprochó la dama, envuelta en una capa negra.

– ¡Madre!

La mujer se acercó a su hijo templario y antes de abrazarlo, le observó expectante.

– ¡Cuánto has cambiado! Te has hecho un hombre.

Luego le abrazó apretándole con ansia mientras suspiraba conteniendo las lágrimas.

Fernando se dejó agasajar por su madre mientras aspiraba el olor a lavanda que desprendía el manto que la envolvía. Era una perfecta, pero siempre sería una dama que ni aun en las circunstancias más extremas renunciaría a su personal toque de coquetería, aunque sólo fuera perfumar su áspera capa.

– Sentaos, tenemos mucho de que hablar y poco tiempo para hacerlo. ¿Cómo estás, Julián? Te veo con mejor cara, y tú, Fernando, hijo mío, cuéntame qué ha sido de ti estos años en que no nos hemos visto. Julián me ha dicho que fuiste a ver a tu padre. ¿Cómo se encuentra? Rezo por él, y me tranquiliza saber que le cuida tu hermana Marta; ella lo hará mejor que yo, pues tiene la dulzura y la paciencia que a mí me faltan.

Mientras doña María hablaba, Fernando la observaba con emoción.

Las canas habían cubierto el cabello otrora trigueño de su madre. El rostro se le había afilado, había perdido peso, pero en sus ojos continuaba brillando la misma luz que antaño; toda ella desprendía la energía de siempre. Continuaba siendo una mujer a la que era difícil desobedecer.

Doña María sujetaba entre las suyas las manos de su hijo, que acariciaba con la ternura que tantas veces él sentía que le había sido negada. Fernando tenía un nudo en la garganta y, temiendo romper ese momento que se le antojaba mágico, no se atrevía a decir ni una palabra.

– Señora, el senescal va a enviar a unos gascones para conquistar Montségur -anunció Julián-. Deberías salir antes de que sea demasiado tarde; si no es por vos, hacedlo por vuestra pequeña hija. Teresa no tiene la culpa de que vos profeséis una fe que conduce a la hoguera.

– Sé bien que hace dos días llegó un grupo de gascones. Mi admirado Hugues des Arcis sabe que sus gascones podrán trepar por estos riscos y llegar hasta el castillo. El bueno de Pèire Rotger de Mirapoix lo cree imposible, pero conozco bien al senescal: es un soldado tozudo que no cejará hasta destruir Montségur.

– Entonces, si lo sabéis, ¿por qué os empeñáis en morir? -gritó Julián.

– ¡Déjanos solos! -ordenó doña María-. No me canses y permíteme hablar con mi hijo y despedirme de él, pues será la última vez que nos veamos en esta vida.

Julián, abatido, se sentó en una roca a pocos metros de ellos.

Doña María clavó sus ojos del color de la miel en los ojos negros de Fernando intentando leer las emociones y sentimientos de su hijo.

– Te quiero, te lo digo por si alguna vez te han asaltado las dudas. Sé que no he sido la madre que tú esperabas ni la que me hubiera gustado ser. No me disculparé enumerándote razones que ní a mí me convencen. Soy un ser imperfecto; esta cáscara que me envuelve ha intentado pudrir mi alma, pero afortunadamente pronto me desprenderé de ella.

– ¡Madre…!

– Calla y escúchame, Fernando, no tenemos tiempo y es mucho lo que debo decirte. Aquí tienes a tu medio hermano Julián, que es débil y asustadizo, al que he intentado convencer de que abrace la verdadera fe, pero lo único que he conseguido es que viva atormentado. Aun así, confío en él, lleva tu sangre, sangre de los Aínsa, y por tanto jamás nos traicionará. Hace meses le pedí que, puesto que sabe leer y escribir, no permitiera que nuestros nietos y los nietos de ellos y sus bisnietos olviden lo que ha sucedido aquí. Quiero que escriba una crónica en que lo cuente todo, la maldad de la Gran Ramera, cómo no puede soportar que haya cristianos que vivamos de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, que compartamos cuanto poseernos con quienes nada tienen, que ayudemos a quien lo necesita. Ella, la Gran Ramera, vive envuelta en ropajes damasquinados, rodeada de sirvientes y riqueza, lejos de los pobres y enfermos, sirviendo al Diablo, porque es parte de él.

– ¡Madre, blasfemáis!

– No lo hago, Fernando, y tú… y tú, hijo mío, bien lo sabes. Tú conoces la avaricia de la Iglesia que nosotros llamamos la Gran Ramera. Tú y los que son como tú habéis visto su iniquidad; no te pediré que lo aceptes aquí y ahora, pero sé cómo eres y por tanto sé que eres bueno, que estás dispuesto a morir por los débiles, a sacrificarte por los necesitados, a dar tu vida por Dios, sin esperar nada a cambio. Escucha: Julián escribirá esa crónica, y relatará que tuvimos en doña Blanca de Castilla una fanática y poderosa adversaria; sin ella Francia no existiría y Raimundo conservaría el condado de Tolosa.

– Doña Blanca ha sido generosa con los condes de Tolosa y de Foix; por su mediación el rey no les ha castigado tan severamente como merecían -acertó a decir Fernando.

– ¡No seas ingenuo! Doña Blanca es el mejor gobernante de Francia. Sin ella, su hijo no sería nada. Si Luis se ha mostrado misericordioso no ha sido por otra razón que por consejo de su madre. Doña Blanca no tolerará que se empobrezca más esta tierra a causa de la guerra, y no lo consiente porque muy pronto pertenecerá íntegramente a la Corona. Cuando caiga Montségur, nuestro país habrá muerto.

– ¿Creéis que Raimundo no acudirá en ayuda de Montségur?

– No, no lo hará. El conde nos dejará a nuestra propia suerte. Como bien sabes, tu hermana Marian vive en la corte de Raimundo, ya que su marido, Bertran d'Amis, ocupa un lugar principal al lado del conde. Ella me hace llegar noticias ciertas sobre lo que podemos esperar en Montségur. En el concilio de Béziers toda la horda de la Gran Ramera tomó la decisión de aplastar Montségur. Aquí se encuentran los hombres que acabaron con la vida de los odiosos inquisidores Étienne de Saint-Thibéry y Guilhèm Arnold, de manera que Montségur es el último bastión de los verdaderos cristianos. Sólo cuando el castillo sea destruido por las llamas habrá paz.

– ¡Y lo decís así!

– Que yo sea cristiana no significa que sea tonta y no entienda las reglas del tablero de la política. Conocí a doña Blanca y te aseguro que siento auténtica admiración por ella; yo habría hecho lo mismo si el destino me hubiese puesto en su lugar.

– Sin embargo, después de los asesinatos de los inquisidores en Avinhonet, las gentes del país han tomado otra vez las armas… -apuntó con timidez Fernando, impresionado por la lección de política que en aquellas extrañas circunstancias estaba impartiéndole su madre.

– Una tormenta en un vaso de agua. La familia Saint-Gilles está acabada, Raimundo lo sabe y por tanto no volverá a enfrentarse al rey de Francia. La Corona y la Iglesia le han derrotado. Antes ya lo aceptó Rotger Bernat de Foix, por eso firmó la paz con los franceses. Sin él Raimundo no es nadie, y por ello ha tenido que seguir sus pasos. Pero la Iglesia no perdona, de manera que Montségur pagará por los inquisidores muertos en Avinhonet. Si no lo hiciera, las gentes de aquí tendrían la tentación de seguir destripando frailes; por eso en Béziers se tomó la decisión de destruir Montségur.

– ¿Y después? -preguntó con congoja Fernando.

– Después los trovadores ensalzarán nuestro sacrificio y la crónica de Julián servirá para que nuestros nietos sepan la verdad y no olviden que sobre la inteligencia y el fanatismo de una reina se acreció una monarquía que acabó con las libertades de nuestro país.

– Id a por Teresa, yo os sacaré de aquí -suplicó Fernando con desesperación.

– Tú sabes que no lo haré, ¿me crees capaz de huir? ¿En tan poco me tienes?

– Teresa no es más que una niña, ¿condenaréis a morir a mi hermana?

Doña María suspiró impaciente. Sentía el dolor de Fernando, preocupado por la muerte, incapaz de ver la verdad, esa verdad que ella había abrazado con alegría sabiendo que el cuerpo es la peor pesadilla, el manto del que hay que desprenderse para convertirse en sustancia y encontrarse, finalmente, con Dios.

– Fernando, hijo, en el trigo hay cáscara y grano y el cuerpo es sólo cáscara. Teresa no morirá, sólo…

Fernando la interrumpió furioso apartando sus manos de las de ella, sin inmutarse por la pena que se reflejaba en los ojos de su madre. Ambos sufrían por igual: el hijo pensaba que estaba condenado a no entenderse con su madre y la madre se reprochaba no ser capaz de hacer entender la verdad a su hijo.

– Madre, Teresa no merece morir en la hoguera; traédmela o subiré por ella aunque pierda la vida en el empeño.

Doña María le escuchaba sabiendo que cumpliría lo que acababa de decir. Pero ella no quería ver a Fernando muerto; en su fuero íntimo, a pesar de sus creencias, deseaba que su hijo viviera. Él tenía que cumplir una misión y aún era pronto para que regresara a la patria celestial.

– Te doy mi palabra de que lograré que Teresa deje Montségur. No la forzaré, pero se lo pediré porque tú así lo deseas.

– Os pido más, madre, os exijo que la obliguéis a dejar esta montaña. No os perdonaré la vida de mi hermana.

Se miraron en silencio incapaces de expresar en voz alta el dolor, el amor y la admiración que sentían el uno por el otro. Doña María volvió a agarrar las manos de su hijo y se las llevó al rostro besándole la punta de los dedos.

– Quiero morir y regresar a mi ser celestial, pero no descansaré tranquila si sé que parto con tu odio, de manera que haré lo imposible por convencer a Teresa. Te doy mi palabra, tú sabes lo que vale. Sólo te ruego que no me culpes si Teresa no acepta la orden que he de darle.

– Quiero que la traigáis mañana mismo; ordenad al cabrero que mañana cuando caiga la noche nos vuelva a conducir aquí.

– Eso no te lo puedo prometer. Os buscará cuando no haya peligro, mañana, pasado, ya lo sabrás; hasta que eso suceda, confía en mí.

– Tengo vuestra palabra -asintió Fernando.

– Sí, tienes la palabra de una buena cristiana.

– Mi padre… mi padre me pidió que saludarais en su nombre al señor De Perelha; ya sabéis que, pese a todo, le tiene en gran estima.

– Lo haré. Es un hombre valeroso que sabe que ha de morir, al igual que su esposa Corba de Lantar y sus queridas hijas.

– Me pidió que le hiciera llegar el ruego de que os cuide, pero no sé cómo podré hacerlo…

– Yo misma se lo diré, aunque no hace falta, puesto que la familia Perelha me viene distinguiendo con su afecto y amistad. No han sido pocas las ocasiones en que me ha brindado su protección para que regresara a las tierras de tu padre en Aínsa.

– A vuestras tierras, señora -le recordó Fernando.

– Nada tengo y nada quiero tener, así lo decidí hace tiempo; sólo siento el daño que os he causado a tu padre y a ti y mi torpeza al no ser capaz de haceros abrazar la verdadera fe.

– Cristo os juzgará, señora.

– ¿Cristo?

– Nuestro Señor, Dios.

– ¡Hijo, cómo me gustaría hablarte de Jesús! Te dices cristiano y sin embargo ensucias tu alma con ritos que nada tienen que ver con el Maestro. El día más feliz de mi vida fue el que recibí el consolament, el bautismo espiritual auténtico, el único sacramento que permite la salvación del alma. Cuando el obispo me impuso las manos…

– ¡Callaos, por favor! Nada quiero saber de vuestra herejía.

– Son ellos los herejes, son ellos los que se han apartado del camino. Recuerda que el Señor dijo que «Juan bautizó con agua pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo».

– ¡Basta, madre, no tenemos tiempo para discusiones teológicas!

Doña María guardó silencio apretando con firmeza las manos de su hijo; luego, sin que éste lo esperara, lo abrazó y rompió a llorar.

Fernando se sobresaltó. Nunca había visto derramar lágrimas a su madre, incluso había escuchado en la casona de Aínsa que doña María ni siquiera dejó escapar un gemido cuando trajo sus hijos al mundo.

– Madre, perdonad mi rudeza -se excusó Fernando.

– Disculpa tú mis lágrimas, hijo mío, pero me es más difícil despedirme de ti de lo que nunca imaginé. Has de saberlo mucho que te he amado, aunque sé que no lo has sentido así. Perdóname si puedes…

– No me pidáis perdón, yo… yo os quiero, señora; admiro vuestra fe y entereza, os envidio porque no dudáis…

– La vida no permite la vuelta atrás -dijo doña María enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano sin soltar a su hijo.

– ¿Qué queréis que haga? -preguntó Fernando.

– Mi última voluntad es que hagas saber a tu padre que siempre le he amado y que siento cuántos quebrantos le he provocado. No he sido ni la esposa que él esperaba, ni la que él merecía, pero eso ya no lo podemos cambiar. Sólo quiero que algún día nuestros nietos sepan lo que sucedió aquí: que sepan que fuimos buenos cristianos decididos a vivir como el Maestro dijo, y que nos vimos inmersos en una lucha por el poder, que unos y otros ansiaban. Nuestro pecado ha sido ser el espejo en el que la Iglesia no soporta mirarse porque ve humildad y pureza donde en ella sólo hay avaricia y corrupción. No, no te preocupes, no voy a iniciar una discusión teológica, pero prométeme que cuidarás de Julián para que escriba la crónica que le he encargado. Prométeme también que, cuando esté terminada, se la entregaréis a tu hermana Marian para que sea ella quien a través de sus hijos se encargue de mantener viva la memoria de lo sucedido en Montségur. Tú eres un monje soldado, Marta está demasiado apegada a la Iglesia, Teresa… bien, sólo Marian puede hacer lo que estoy pidiendo; ella es una credente y su marido también lo es. Ella es la indicada para…

– No os justifiquéis, madre, tenéis razón. Os doy mi palabra de que cumpliré vuestra última voluntad.

Fernando apretó a su madre entre los brazos y no pudo evitar las lágrimas. Agradeció que las sombras de la noche impidieran a Julián y al cabrero verle en ese estado de emoción.

– Te mandaré a Teresa en cuanto pueda.

– Sé que lo haréis.

Madre e hijo volvieron a abrazarse una vez más antes de que doña María desapareciera como si de un sueño se tratara.

Fernando vio a Julián que, apoyado en una roca, también lloraba. El cabrero, a corta distancia, parecía absorto escuchando los ruidos de la noche.

Los tres hombres emprendieron el camino de regreso sin intercambiar palabra alguna. Fernando sentía el peso de la emoción del encuentro con su madre, y se juró que no participaría en la toma de Montségur. No sería capaz de estar en las filas de quienes dieran muerte a doña María, por más que ella le insistiera que el cuerpo era sólo la cáscara del trigo y el alma el grano. Él sentía que aquel cuerpo enérgico era su madre y no soportaría que nadie la hiciera sufrir.

El cabrero los instó a que caminaran deprisa. El encuentro con doña María había sido más largo de lo previsto y el alba podía sorprenderles llegando al campamento.

Fernando y Julián se separaron, cada uno en dirección a su tienda. No habían pronunciado palabra durante el camino. Ya hablarían cuando ambos volvieran a tener el dominio de sus emociones.

7

Hugues des Arcis se frotaba las manos para combatir el frío de la mañana. El jefe de los gascones le había mandado recado pidiendo ser recibido.

El senescal de Carcasona había convocado de inmediato a su estado mayor, además de al arzobispo de Narbona y al obispo de Albi, cuya vocación eclesial era menor que la de soldado. Los seis caballeros templarios también fueron invitados a participar en la reunión.

– Y bien, decidnos, ¿por dónde subiréis? -preguntó el senescal de Carcasona al jefe de los gascones, un hombre bajo de aspecto fornido, manos grandes y ojos depredadores.

– Mis hombres y yo hemos examinado el terreno, no es fácil lo que queréis de nosotros.

– Si lo fuera no estaríais aquí -respondió con sequedad el gran senescal-. Es mucho lo que ganaréis si cumplís el encargo, de manera que no hace falta que perdamos el tiempo discutiendo sobre las dificultades del empeño; lo que quiero saber es cómo y cuándo actuaréis.

– Creemos que es posible hacernos con el punto más alto, lo que llamáis el Roc de la Tour. El ilustrísimo señor obispo de Albi -el gascón señaló con el dedo índice- necesita ese baluarte para colocar sus máquinas de guerra, y lo tendrá.

– ¿Y por dónde subiréis?

– Por el este. Es la única manera de alcanzar esa parte del risco, desde la ruta occidental seríamos una presa fácil para los de Montségur.

El senescal sabía que aquélla era una pared empinada, que había resultado imposible de escalar a sus hombres más avezados, pero si los gascones aseguraban que podían hacerlo, tendría que esperar a ver si resultaba cierto.

– ¿Cuándo lo haréis?

– Esta noche -aseguró el gascón-, pero depende de alguien. Por eso he pedido veros. Necesito una buena bolsa de monedas para una persona que nos guiará a través de los riscos.

– ¡Un traidor entre los herejes! -exclamó entusiasmado el arzobispo de Narbona.

– Vos le llamáis traidor -respondió el montañero- pero es sólo un hombre como yo, que conoce bien el paraje y que tanto le da a quién y cómo se rece.

Se quedaron en silencio, incómodos por las palabras del jefe de los montañeros.

– Es un hombre que aspira a vivir mejor, sólo eso -aseguró el gascón con dureza y un deje retador en el tono de sus palabras-. Bien, vos decidís. Los de Montségur jamás imaginarán que nos vamos a acercar por ese lugar; es un bastión separado del castillo por muchos metros, un suicidio, salvo que se sepa llegar hasta allí. Y hay un hombre que sabe cómo hacerlo.

– ¿Quién es? -quiso saber Hugues des Arcis-. Traedle aquí.

– ¡Ah, qué cosas pedís! Eso es imposible, no aceptará hablar con vos, no se fía-rió el gascón-. Trata conmigo por razones familiares, pero no lo hará con los franceses, no os tiene ningún aprecio.

Hugues des Arcis carraspeó irritado por la insolencia del montañero. Podría obligarle a que le desvelara el nombre del traidor si le sometía a tortura, pero entonces los gascones se negarían a participar en ninguna acción. Tomó una decisión, aunque sin comunicársela de inmediato al jefe de los gascones.

– Marchaos, ya os mandaré llamar.

El gascón salió de la tienda seguro de que el gran senescal de Carcasona, el hombre que representaba al rey Luis, no tendría más remedio que ceder a sus peticiones. Conocía bien la naturaleza de los nobles para saber que el senescal le mandaría recado con una buena bolsa llena de monedas.

Fray Pèire contemplaba cómo Julián bebía el brebaje preparado por el físico templario. Su silencio era un evidente reproche, porque el bueno del fraile consideraba que el físico del senescal sabía mucho más que un templario que había pasado su vida combatiendo sarracenos allende los mares. Aun así, reconocía que Julián pasaba las noches tranquilo sin sufrir aquellas convulsiones que hacían temer por su vida.

El dominico continuaba taciturno, sí, pero se quejaba menos del dolor de estómago, y algo de color había vuelto a sus flácidas mejillas.

Julián rompió el silencio preguntando a fray Pèire por los rumores que corrían por el campamento, de los que siempre hacía gala de estar bien informado.

– Poca cosa, salvo que los gascones saldrán esta noche para intentar acercarse a la plataforma de la cresta oriental, la que da a la parte trasera del castillo. Al parecer entre los herejes hay un traidor dispuesto a llevarles por un camino secreto.

– ¿Un traidor? No puedo creerlo… -murmuró el fraile. -Son peores que perros, y entre ellos los hay codiciosos -concluyó fray Pèire.

Julián no quiso contrariarle, pero le costaba creer que entre aquellos que malvivían en Montségur esperando su muerte hubiera traidores. Pensó en doña María y en la pequeña Teresa y no pudo evitar un estremecimiento.

– ¡Otra vez! -se lamentó fray Pèire-. Llamaré al físico del senescal; volvéis a tener convulsiones, esas hierbas del templario no son nada eficaces…

– No os mováis, hermano, que ya estoy bien -suplicó Julián-, sólo ha sido un espasmo.

– Debería veros el físico…

– Os digo que estoy bien, no os preocupéis. Decidme qué más sabéis…

– Poco más… el señor Des Arcis se muestra impaciente, el rey Luis mandó hace dos días un emisario para saber la situación. El senescal espera poder ofrecerle buenas noticias, si es que los gascones cumplen con lo prometido.

– ¿Y quién es el traidor? -preguntó Julián sintiendo una oleada de rubor bajándole de la frente al mentón.

– Nadie lo sabe, sólo el jefe de los gascones. Dicen que es un pariente suyo que se casó con una mujer de esta zona y que conoce bien los vericuetos de estas montañas. En cualquier caso se le pagará bien. Un paje le entregó una bolsa bien repleta al gascón.

Julián bostezó para dar a entender a fray Pèire que estaba cansado; luego se sentó en el catre.

– ¿Queréis que recemos el rosario? -propuso el bueno de fray Pèire.

– Os lo agradezco, pero ya lo recé antes de que vinierais. Prefiero orar a solas antes de intentar dormir.

– Entonces os dejo. Si necesitarais algo…

– Os doy las gracias, hermano.

Apenas había salido fray Pèire de la tienda cuando entró Fernando, sobresaltando a Julián.

– ¿Cómo os encontráis? -quiso saber Fernando. -Compungido por la noticia que me ha dado fray Pèire. ¿Sabéis que hay un traidor en Montségur?

– En Montségur no, aquí, cerca de nosotros, un hombre del lugar al parecer pariente del jefe de los montañeros.

Los dos hermanos se quedaron unos segundos en silencio, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos.

– ¿Qué vamos a hacer? -preguntó Julián.

– ¿Hacer? ¿Nosotros? No os entiendo, Julián…

– Vuestra madre está allí arriba y…

– Mi madre ha elegido.

Volvieron a guardar silencio, cada uno pensando en doña María.

– No he sabido nada del cabrero -dijo Julián.

– Mi madre cumplirá su palabra y nos hará saber cómo y dónde recoger a mi hermana Teresa.

– Y si no pudiera…

– ¿Mi madre? ¿Acaso no la conocéis? Podrá, aunque para ello tenga que enfrentarse sola al ejército del senescal.

– Sí, es bien capaz de ello -aceptó Julián.

– Venía a deciros que no estaré aquí mucho tiempo. Apenas vea a mi hermana me marcharé, en realidad nos iremos todos.

– ¿Os iréis con vuestros hermanos?

– Sí, hemos convencido al senescal de que no le somos necesarios, puesto que cuenta con el ingenio del obispo de Albi para las máquinas de guerra. Además, nos necesitan en nuestra encomienda. Pronto regresaremos a Oriente.

– A los templarios no os gusta combatir a los herejes -sentenció Julián.

– Son cristianos como nosotros, Julián, los Buenos Cristianos se denominan ellos, y a veces pienso que tienen razón, que en realidad lo son. ¿Cuál es su pecado? Viven en la pobreza dando ejemplo, ayudan a los menesterosos, curan a los enfermos, acogen a los huérfanos…

– Pero no creen en Nuestro Señor -protestó el fraile.

– Sí, sí creen en él, sólo que de manera distinta. Odian la Cruz por ser el símbolo del sufrimiento, dicen que Jesús no pertenece al mundo visible, creen que hay un Dios bueno y otro malo. ¿De qué otra manera se entiende tanta iniquidad y sufrimiento? ¿Cómo explicar que si Dios todo lo ha creado haya traído el mal o al menos lo permita? ¿Qué tiene que ver Dios con la muerte de tantos inocentes? El Demonio existe y tiene un poder inmenso; nosotros llamamos al Mal de una manera, ellos de otra. Tampoco son tan grandes las diferencias.

– ¡Pero qué decís! ¡Estáis cometiendo un sacrilegio!

– ¡Mi buen dominico! A veces se me olvida que pertenecéis a la orden encargada de combatir la herejía, y que sois un notario de la Inquisición. Seréis vos quien mande a la hoguera a cuantos se resguardan en Montségur.

– ¡Callad! ¡No me atosiguéis, Fernando! ¡Sabéis bien cuánto sufro por todo esto! El Diablo me atormenta el alma.

– El Diablo no es quien os atormenta, sino vuestra conciencia, incapaz de distinguir lo que está bien de lo que está mal; y vos sabéis como yo que esa gente ningún mal hace, que son inocentes…

– ¡No lo son! Se han rebelado contra nuestra Santa Madre Iglesia.

– Se han rebelado contra la corrupción de nuestra Santa Madre Iglesia, contra clérigos amorales, contra el boato de los obispos…

– ¡Os acusarán de herejía!

– ¿Quién? ¿Lo haréis vos?

– ¿Yo? Sabéis que jamás haría tal cosa, sois… sois mi medio hermano.

– Yo creo, Julián, que además no lo haríais porque sois bueno.

– Os ruego que no digáis a nadie lo que acabáis de decirme a mí-suplicó el fraile-; os acusarían de hereje.

– No lo hago. Soy un monje, no discuto, acato cuanto dice y ordena nuestra Santa Madre Iglesia y lucho, arriesgo mi vida contra los sarracenos, pero a veces… a veces dejo que f luyan los pensamientos y, entonces, donde antes sólo había certezas encuentro dudas que ni siquiera me atrevo a exponer a mi confesor. Pero a vos sí, Julián, aun sabiendo que sois un dominico, un guardián de la verdadera fe. Ahora quisiera hablar con vos sobre esa crónica que estáis escribiendo, ¿cómo la haréis llegar a mi hermana Marian?

– No lo sé. Vuestra madre me ha encargado una misión harto difícil, espero que sea ella quien me busque.

– ¿Qué haremos con Teresa?

– ¿Qué haremos? Yo soy un fraile, no puedo tenerla conmigo.

– Y yo un monje soldado, tampoco puedo llevarla a la encomienda… ¿Podréis enviarla junto a mi hermana Marian a la corte del conde Raimundo?

– Estaría mejor con vuestro padre y vuestra hermana Marta en Aínsa…

– Sería difícil para ella volver a Aínsa. Tarde o temprano las garras de la Inquisición se cebarían en ella. Vuestras garras, Julián… No, no me miréis así. En Aínsa todos saben que Teresa está con mi madre en Montségur y que ambas son herejes. No tendrán piedad con la pobre niña, de manera que el único lugar donde puede encontrar protección es con mi hermana Marian. Mi cuñado Bertran d'Amis es un caballero principal en la corte del conde Raimundo. Os ruego que la enviéis allí.

– Pero ¿cómo podré hacerlo? -se lamentó Julián.

– Tiene que haber alguien en quien confiéis.

– No, no confío en nadie. Bastante tengo con procurar que no sepan que mantengo tratos con los herejes.

– Pensaremos algo, aún estaré aquí dos o tres días.

Fernando salió de la tienda dejando a Julián aterrado ante la idea de tener que hacerse cargo de Teresa. El templario no tenía otra opción que cargar a su hermano con esa responsabilidad: por más que le supiera débil, no dudaba de su lealtad para la casa de Aínsa de la que era parte, puesto que tenía el mismo padre que él.

Con paso decidido se dirigió a su tienda y se puso a rezar rogando a Dios que no les abandonara.

Julián, hincado de rodillas junto a su catre, estaba solicitando el mismo favor al Todopoderoso.

8

La luna no apareció aquella noche. El campamento se encontraba en un extraño silencio, sólo roto por el rumor del viento helado, que desasosegaba al senescal Hugues des Arcis mientras aguardaba en su tienda noticias de la incursión que habían iniciado los gascones una hora antes.

El senescal caminaba nervioso, aguardando acontecimientos. Pensaba que Dios estaba de su parte y que, puestos a elegir entre la vida de los herejes y la de sus hijos fieles, no tendría dudas. Él sí las tenía: sabía que el castillo de Montségur parecía infranqueable y que su señor, Raimon de Perelha, y el comandante de la guarnición, Péíre Rotger de Mírapoíx, habían demostrado coraje e inteligencia durante los meses de asedio.

En Montségur vivían más de cuatrocientas personas entre soldados, perfectos, credentes, sirvientes y otras familias deudas del señor De Pereiha.

En varias plataformas colgadas de las laderas de la montaña se veían minúsculas casas y cabañas donde los lugareños aseguraban que se encontraban la mayoría de los perfectos orando y ayudando a cuantos habían buscado refugio en el castillo. El senescal pensó que, si Dios se manifestaba de su parte, muy pronto Montségur dejaría de existir y el condado de Tolosa ya no sería un problema para el buen rey Luis.

Mientras el senescal esperaba, los gascones iniciaron la marcha guiados por un hombre parecido a ellos. Hablaban de la misma manera puesto que el hombre salió de Gascuña y nunca se sintió parte del país, al que ahora se prestaba a traicionar por una buena bolsa de monedas que le serviría para regresar a casa, llevándose a su díscola esposa y a sus tres hijos por más que ésta le había asegurado que nada ni nadie la moverían de su tierra. Esta vez no le preocupaba la tozudez de su esposa, que dejaría de lado su orgullo en cuanto cayera Montségur e hiciera tintinear ante sus ojos la bolsa enviada por el senescal.

El frío helaba sus manos y dificultaba su ascenso. Los montañeros guardaban un silencio sepulcral, sabiendo que si les descubrían los hombres que protegían los baluartes cercanos al castillo su muerte era segura. Tenían que evitar desprendimientos que les delataran, mientras sentían que les crujía la espalda por el peso de las armas.

Apenas veían dónde ponían el pie y temían caer despeñados. Pero la paga era buena; además, ayudar a vencer a aquellos herejes que se ocultaban en Montségur, según les habían prometido los hombres de la Iglesia, les reportaría una gran recompensa en el cielo el día que muriesen.

No sabían cuánto tiempo llevaban subiendo, pero ya tenían las manos desolladas y un dolor agudo en todos y cada uno de los músculos del cuerpo. Aun así, estaban seguros de lo que les esperaba en el baluarte: enfrentarse a unos temibles soldados.

Al final, Dios estuvo de su parte, se dijeron, porque sorprendieron a los rivales dormidos y, antes de que se dieran cuenta, les arrojaron al vacío y se hicieron con el baluarte. El jefe de los gascones y el traidor se palmearon la espalda agradecidos. Había sido más fácil de lo que esperaban. Ya no les dolían las manos, por más que se hubieran dejado la piel entre las rocas, ni sentían punzadas en la base de la espalda; ahora saboreaban la victoria y sólo los más avariciosos pensaron que acaso deberían haber pedido una paga mayor al senescal por aquella espectacular hazaña.

Algunos de los hombres, guiados por el traidor, regresaron al campamento a dar la buena noticia.

Hugues des Arcis bebía una copa de vino templado cuando un soldado pidió permiso para anunciar la llegada de los montañeros. Tras escuchar lo que le dijeron, musitó una oración en silencio dando gracias a Dios por haberse manifestado a su favor.

La noticia corrió rauda por el campamento: los gascones se habían adueñado del Roc de la Tour, a menos de cien metros del castillo; desde su altura, casi podían ver los rostros de los refugiados de Montségur.

Los ocupantes, orgullosos de su hazaña, incluso algunos más que sorprendidos por lo que habían sido capaces de hacer, comentaban entre risas que si la noche no hubiera ocultado los peligros de la escalada no se habrían jugado la vida de aquella manera.

El senescal llamó a sus nobles a consejo y envió respuesta a la corte real para anunciar la nueva. Por primera vez desde que comenzara el asedio no dudó en absoluto que pronto, muy pronto, caería Montségur.

Hugues des Arcis reconocía que muchos de sus hombres estaban hartos de estar allí. Eran del país y, aunque debían a la Corona la prestación del servicio militar, apenas deseaban que aquel baluarte en donde se refugiaban los Buenos Cristianos fuera expugnado. De manera que muchos de ellos aguardaban impacientes a que pasara su tiempo de servicio al rey Luis para abandonar aquel ejército que no sentían como suyo.

Muchos tenían familiares en Montségur, algunos incluso se comunicaban con ellos. No querían traicionar al rey, pero tampoco traicionarse a sí mismos.

El golpe que les habían infligido podía ser mortal. Raimon de Perelha y Pèire Rotger de Mirapoix no se engañaban: o el conde Raimundo mandaba refuerzos o Montségur no resistiría.

Durante los días siguientes asistieron impotentes a la instalación de maquinaria de guerra, un trabuquete y pretarias, con la que podían castigar la barbacana del castillo.

El obispo de Albi, Durand de Belcaire, se encargó de supervisar y se dedicó a arengar a sus hombres a la victoria. Mientras tanto, Fernando no hacía más que retrasar cuanto podía la partida de sus compañeros templarios, a la espera de recibir noticias de su madre, que no se produjeron hasta pasadas casi dos semanas.

Dormía con el sueño agitado cuando una mano le apretó el hombro. Saltó del lecho sobresaltado, con un arma dispuesto a rebanar el cuello de su agresor…

– No os asustéis, Fernando, soy yo.

– Julián! ¿Qué hacéis aquí? Pueden veros…

– Lo sé, pero no tenemos tiempo, seguidme.

Fernando salió de la tienda temiendo que se hubieran despertado sus compañeros de armas.

– ¿Qué sucede? ¿Cómo os habéis arriesgado a venir aquí y en plena noche?

– El cabrero me ha traído un mensaje de doña María.

– ¿Y Teresa…?

– Escuchad, dentro de dos noches abandonarán la fortaleza algunos perfectos. Al parecer tratarán de poner a buen recaudo cuanto de valor tienen. Con ellos irá vuestra hermana. Doña María quiere que seáis vos y sólo vos quien acuda a recogerla y sirváis de escolta a los perfectos. Si no aceptáis, vuestra hermana se quedará en Montségur; vuestra madre asegura que no tiene otra manera de hacerla salir con garantías.

– ¡Me dio su palabra! -protestó Fernando.

– Y la va a cumplir a su manera.

– Es un chantaje.

– Es su manera de obligaros a proteger a esos perfectos y a lo que quiera que lleven con ellos.

– No sé si podré hacerlo.

– Lo haréis, no hay otra alternativa.

Esa noche era Julián quien mostraba más entereza que su hermano.

– Pero ¿no os dais cuenta de que no puedo desaparecer? Mis compañeros me preguntarían adónde voy… no puedo engañarles. -No, no debéis engañarnos.

Fernando y Julián se volvieron asustados ante la voz que les había sorprendido.

Arthur Bonard les observaba con gesto adusto. Los hermanos enrojecieron.

– Y bien, Fernando, ¿nos diréis a nosotros, vuestros compañeros, cuál es el misterio?

De entre las sombras surgieron el resto de los caballeros. Fernando pudo leer en los ojos de Armand de la Tour, el físico, un atisbo de comprensión.

Hizo un gesto y entraron en la tienda que compartían, seguidos por Julián. Después de tomar asiento, Fernando les explicó la situación: su madre, dijo, era una perfecta y temía que su pequeña hermana también lo fuera, aunque no estaba seguro puesto que tenía catorce años.

No les ocultó que había visto a su madre y tampoco que le había rogado que salvara a Teresa dejándola marchar.

– Mi madre ha enviado recado de que debo ser yo quien recoja a mi hermana. También me exige que escolte a unos perfectos que abandonarán Montségur con las pertenencias más preciadas de la comunidad. Será dentro de dos noches, pero Julián aún no sabe dónde será la cita.

– ¿Y vos, hermano Julián, estáis en tratos con los herejes?

El fraile tembló ante la pregunta del templario. Arthur Bonard le infundía profundo respeto, pero también temor. Sabía de sus hazañas en Tierra Santa, pero sobre todo de su fe y ascetismo, que le llevaba a rechazar cualquier honor. No, no sabría mentir a ese hombre, ni siquiera para salvar la vida.

– Acompaño al senescal desde que sitió Montségur a la espera del juicio de los herejes -acertó a decir Julián.

– Lo sé; pertenecéis a la Orden de Domingo de Guzmán, vuestra es la responsabilidad de encontrar herejes entre el trigo -adujo Bonard.

– Doña María supo que estaba aquí y me mandó llamar. Quería noticias de su casa, de don Juan, su esposo, y de sus hijos, de Fernando y Marta. También me ordenó una misión.

– ¿Os ordenó? -preguntó Bonard-. ¿Cómo es posible que doña María os pueda ordenar algo a vos, un dominico?

– No la conocéis, ella es… no se le puede negar nada. La obedezco desde que tengo uso de razón y todo cuanto soy a ella se lo debo. Le pertenezco.

– Pero ¡qué decís! -El caballero Bonard parecía escandalizado.

– No, no me malinterpretéis. A doña María le profeso un gran respeto, sólo que ella gobierna las vidas de cuantos tiene cerca y yo soy uno de ellos.

– ¿Sabéis que os pueden quemar en la hoguera por tratar con herejes? -preguntó Bonard.

– Lo sé, y si vos me denunciáis no habrá piedad para conmigo. Para la Iglesia sería un golpe que uno de los suyos, un dominico, miembro de la Inquisición, tenga tratos con los herejes y además se preste a ayudarles. Fray Ferrer encendería mi pira él mismo.

El caballero Armand de la Tour dio un paso al frente y, clavando sus ojos en los de su compañero Bonard, sentenció:

– Según parece no vamos a tener más remedio que protegeros, para protegernos nosotros mismos. Ninguno querrá tener sobre su conciencia vuestra muerte en la hoguera, ni tampoco la de nuestro hermano Fernando. A la Iglesia no le conviene que un notario de la Inquisición tenga tratos con los herejes, ni al Temple tampoco que uno de los suyos tenga una madre perfecta.

– ¿Proteger? -preguntó desconcertado Arthur Bonard.

– Sí, proteger. No vamos a denunciarles, y además, ¿no hemos hablado del dolor que nos produce esta lucha fratricida entre cristianos? El Temple procura mantenerse alejado de este conflicto, así lo decidieron nuestros superiores, y hasta ahora hemos esquivado vernos envueltos en esta cruzada contra los que se llaman los Buenos Cristianos. No, yo no permitiré que envíen a la hoguera a nuestro compañero Fernando de Aínsa. Tampoco me parece un delito ayudar a salvar la vida de una niña inocente. ¿Qué sabrá ella de teología? Soy monje, soy soldado, pero también soy físico y aborrezco que se destruyan vidas. No os creo capaz, Bonard, de entregar a nuestro hermano.

El ingeniero bajó la mirada y cerró los ojos buscando en su interior una respuesta a los problemas a los que se enfrentaban.

– No podemos ayudar a escapar a esos herejes -acertó a decir.

– Sí, sí podemos -insistió Armand de la Tour.

– Eso es traición -afirmó Bonard.

– No lo es. Nosotros acudiremos a salvar a una niña y la escoltaremos, a ella y a sus acompañantes, hasta un lugar seguro. Nada más.

– Me dieron la responsabilidad de dirigir nuestro grupo, y eso no lo haremos -recordó Bonard mirando no sólo a Armand sino también a los otros tres caballeros que les acompañaban.

Uno de ellos, un joven de la edad de Fernando, pidió permiso para hablar.

– Señor, yo quisiera ayudar a Fernando de Aínsa. No veo nada malo en salvar a su hermana, ni creo que sea traición. ¿Se puede traicionar al rey por ayudar a una niña a escapar de la hoguera? Yo no podría mirar a Fernando sabiendo que he condenado a su hermana.

– Sin embargo, no vais a acudir a salvar a su madre… -dijo Bonard.

El joven no se amedrentó y respondió de inmediato:

– No, no creo que debamos hacerlo. Doña María sabe lo que hace. A vos os preocupa la traición… y yo no creo que esto lo sea.

– ¡A mí me preocupa mezclar al Temple en la fuga de unos perfectos de Montségur! ¡Eso es un delito! Todos lo sabéis como yo.

– Peor sería denunciar a Fernando y que cayera en manos de la Inquisición. Sabéis que muchos de nuestros enemigos verían en ello una oportunidad para intentar destruirnos -reiteró Armand de la Tour.

– Tenemos otra alternativa: partir de inmediato.

Las palabras del caballero Bonard parecían no admitir réplica. Pero ni Fernando ni Julián estaban dispuestos a claudicar.

– Señor, en vuestras manos está mi vida. No os pido que me ayudéis; sé que cuando esto termine sufriré un castigo ejemplar que merezco, pero, o me denunciáis y así me detenéis, o sabed que ayudaré a mi hermana a escapar y escoltaré a esos perfectos a lugar seguro. Es la última voluntad de mi madre antes de morir y la cumpliré.

9

Bertran Martí, el anciano obispo de los herejes, había mandado reunir todo el oro, plata, piedras preciosas y cuantos objetos de valor se podían transportar. Hacía tiempo que en Montségur guardaban todas las ofrendas que los nobles entregaban a la causa de los Buenos Cristianos. Con aquel oro levantaban casas para acoger a los huérfanos, curar a los enfermos, socorrer a las viudas…

El anciano obispo quería ponerlo a salvo, en manos seguras, para continuar con la obra de los Buenos Cristianos.

Dos de sus diáconos, Matèu y Pèire Bonet, serían los encargados de escapar de Montségur y de la hoguera, a la que más pronto que tarde todos se sabían condenados. Junto a los diáconos iría la pequeña Teresa de Aínsa. Su madre, doña María, había ordenado que la salvaran.

Doña María le había contado a Bertran Martí la conversación con su hijo y el compromiso de salvar a Teresa. La dama sabía que para que el obispo aceptara arriesgar la misión, ella debería contribuir al éxito de la misma, de ahí su idea de que Fernando ayudara a escapar a los dos perfectos junto a su hija. Ese trueque era su única opción si quería cumplir su promesa a Fernando. Sabía que su hijo no entendería su exigencia, pero no tenía alternativa.

Raimon de Perelha y Pèire Rotger de Mirapoix habían añadido a sus preocupaciones la de hacer salir sin peligro a los dos diáconos.

Esta vez el traidor estaba del lado de los cruzados, aunque ¿era un traidor? Aquel soldado del país, que servía con las armas a un rey al que no profesaba ninguna simpatía, tenía a su hermana y sobrinos dentro de Montségur. El hombre aceptó arriesgar su vida para atender el ruego de su hermana y el señor De Mirapoix.

Era un hombre de Camon, el feudo de Pèire Rotger de Mirapoix, el cual le había prometido una buena recompensa por «no ver» cómo escapaban dos diáconos.

Fijaron la noche de la fuga en la que él y otros compañeros de Camon estarían de guardia; sólo había un paso por el que escapar, difícil y tenebroso, el único que no contaba con fuerte vigilancia de los cruzados.

Teresa lloraba abrazada a su madre. El obispo Bertran Martí le había dado el consolament, asegurándole un lugar en el cielo. La pequeña no quería separarse de su madre ni de aquellos con los que había compartido tantas desventuras en los meses del asedio. Odiaba con toda su alma a los cruzados, a los que creía soldados del Maligno, y suplicaba a su madre que le permitiera dejar este mundo maldito junto a ella.

Doña María no encontraba palabras para el desconsuelo de su hija.

– Le he dado mi palabra a Fernando, y él sólo accede a ayudarnos porque irás tú con los diáconos. ¿Quieres que cuanto poseernos caiga en manos de los cruzados? Ese oro y esa plata servirán para mantener nuestra Iglesia, para salvar a muchos hermanos. Tú misma les condenarás a la hoguera si no accedes a salvarte. Nuestra fe necesita más tiempo para arraigar en otros corazones. Si después de destruir Montségur no hay nadie que pueda dar testimonio de nuestra fe, ¿de qué habrá servido el sacrificio? Tú tienes esa misión, Teresa, has de vivir para que la fe de los Buenos Cristianos permanezca. El hermano Matèu tiene además la misión de ir a la corte del conde de Tolosa y explicarle nuestra situación. Si hay una oportunidad de salvar Montségur depende de ti, hija mía.

– ¿Y dónde me llevará Fernando? -preguntaba la niña sollozando.

– Os pondrá a salvo. Luego tú irás con Matèu a la corte de Raimundo, con tu hermana y su marido.

Fernando aguardaba impaciente entre la espesura del monte. El cabrero les había guiado hasta allí apenas había caído la noche. Llevaban horas esperando sin escuchar otro sonido que el de los animales del bosque.

El cabrero permanecía en silencio. Fernando sabía que no lejos de allí estarían sus compañeros templarios. Bonard había accedido a la petición de Armand de la Tour, quien había encontrado la manera de ayudarle pero sin comprometer al Temple en la aventura. Le seguirían de cerca, le cubrirían la espalda, procurarían protegerle, pero no participarían directamente. De vuelta a la encomienda entregaría a Fernando al maestre para que éste decidiera el castigo del que era merecedor, aunque Bonard no se engañaba: ellos también sufrirían las consecuencias por su complicidad, por escasa que ésta fuera.

El leve crujido de una rama alertó al cabrero y puso en tensión a Fernando. Exhaustos, con las manos sangrando y el cansancio reflejado en el rostro, aparecieron dos hombres seguidos de una figura envuelta en un manto que andaba a trompicones.

– Son ellos -anunció el cabrero.

Fernando se acercó con dos zancadas a los hombres a los que apenas saludó con un gesto para descubrir el manto que cubría la cabeza y el rostro de su hermana.

– ¡Teresa!

La niña primero le miró con odio pero de inmediato se derrumbó y dejó escapar un torrente de lágrimas.

– Hacedla callar o nos encontrarán -ordenó el diácono Matèu-. Nos hemos cruzado con unos soldados. No ha sido fácil llegar hasta aquí.

– Cálmate, Teresa, ya tendréis tiempo de llorar -trató de calmarla Fernando sin saber muy bien cómo tratar a la niña a la que veía convertida casi en una mujer.

El cabrero hizo una seña para que guardaran silencio. Le había parecido escuchar un ruido. Todos estaban nerviosos, en tensión.

– Los caballos están cerca de aquí, apenas a unos pasos, hemos cubierto los cascos para no hacer ruido. ¿Sabéis montar? -preguntó Fernando a los diáconos.

– Sabremos -respondieron éstos.

– En tal caso, en marcha…

Fernando abría el paso, protegido por sus compañeros. Los perfectos le habían indicado que les acompañara a un lugar de las montañas del Sabartés. Allí esconderían su cargamento hasta que llegara el momento de hacer uso de él.

Cabalgaron sin descanso hasta que los dos hombres hicieron una seña a Fernando para que les aguardara en aquel rincón del bosque. Luego, caminando, se perdieron en la espesura. Fernando creyó escuchar voces de otros hombres, pero no se movió de donde estaba, como le habían pedido los dos perfectos.

Cuando regresaron, hablaban entre ellos con cierta animación y, por lo que decían, Fernando intuía que se habían encontrado con alguien; ninguno de los hombres quiso confirmarle esa impresión. Se les notaba aliviados por saber su carga a buen recaudo.

Cabalgaron sorteando a los soldados. Fernando les guiaba seguro a través de bosques y montes bajos, procurando evitar poblaciones y, sobre todo, a los hombres de armas. Permanecía de guardia por la noche velando el sueño de los fugitivos, sabiendo que muy cerca sus compañeros estarían al acecho de cualesquiera que se acercaran a ellos. Corrieron peligro en un par de ocasiones, pero salieron bien librados gracias a la pericia del templario.

Los dos diáconos se sentían seguros bajo la protección de Fernando. ¿Quién se hubiera atrevido a enfrentarse a un soldado del Temple?

Teresa estaba agotada de haber cabalgado sin descanso en las últimas jornadas hasta llegar a las tierras bajas, donde en ese momento estaba la corte del conde Raimundo. Fernando no quiso acompañarla hasta el castillo. Se despidió de ella obligándola a prometer que obedecería a su hermana mayor y a su esposo.

Después se despidió de los perfectos, tras encomendarles a su hermana.

– Os la confío. Mi cuñado Bertran d'Amis sabrá recompensaros.

– No necesitamos ninguna recompensa -respondió Pèire Bonet sin ocultar su irritación por las palabras del templario.

– No he querido ofenderos -se disculpó Fernando.

– En esta vida no esperamos ninguna recompensa -insistió el perfecto-. Vuestra hermana ha recibido el consolament, así que es también nuestra hermana.

Fernando abrazó a Teresa; luego montó en su caballo y lo espoleó con fuerza. Sabía que sus compañeros le estarían esperando. Teresa viviría mientras él iba en busca de su castigo. Se preguntó a sí mismo si realmente se lo merecía.

10

La situación en Montségur había empeorado y el senescal aseguraba que era cuestión de tiempo que el señor De Perelha aceptara la rendición.

Bajo la enérgica dirección del obispo de Albi, las máquinas de guerra no daban respiro a los defensores. Los cruzados estaban ya a pocos metros del castillo y las catapultas habían batido buena parte del muro oriental.

Julián escribía ensimismado la crónica ordenada por doña María. A través del cabrero, la dama le había mandado recado de que Teresa estaba a buen recaudo junto a su hermana en la corte del conde Raimundo. Sin embargo, de eso hacía ya tiempo; la Navidad había pasado, enero estaba llegando a su fin y seguía sin tener noticias de doña María.

De Fernando tampoco tenía nuevas. Parecía que se lo hubiera tragado la tierra. En ocasiones estuvo tentado de recabar noticias a la encomienda templaria situada a pocos días a caballo, pero no se había atrevido a hacerlo para no aumentar las dificultades de Fernando y, lo que era peor, alertar a los enemigos de ambos. De manera que se había dedicado noche y día a escribir aquella crónica sobre Montségur y los herejes, que algún día depositaría en manos de su hermanastra Marian.

Escondía con celo sus escritos para evitar la tentación de leerlos a los que visitaban su tienda. A veces creía sorprender a fray Ferrer observándole con desconfianza. Sentía la antipatía de su superior, se decía que era incapaz de mostrar buenos sentimientos hacia nadie. Hasta fray Pèire parecía asustado en su presencia.

Un soplo de aire se coló por la abertura de la puerta de la tienda, que dio paso a fray Pèire.

Julián, ¿cómo os encontráis hoy?

– Mejor, hermano, mejor.

– ¡Cuánto trabajáis!

– Quiero estar preparado para cuando comience el juicio de los herejes.

– Pero ¿qué escribís con tanto celo?

– Pongo en orden sentencias de otros juicios de herejes, y las disposiciones aprobadas en los concilios. Nada importante, pero me ayuda a pasar las horas en estos días de lluvia en que sólo un loco se aventuraría a salir.

– Tenéis razón. Os confieso que la humedad me está afectando a los huesos. Hay días en que los miembros me duelen de tal manera que pienso que no podré moverlos. El físico del senescal me ha sangrado, pero no me alivia el dolor.

– El físico del senescal no sabe nada.

– ¡Pero Julián!

– Es un carnicero cuya única ciencia consiste en sacar sangre de las venas, tanto da que se trate de un dolor de barriga que de un resfriado.

Fray Pèire no respondió; en su silencio había una aceptación implícita de las palabras de Julián. Durante un rato, conversaron de las noticias que corrían por el campamento, aunque no se hubiera producido ninguna novedad destacable.

Poco después de marcharse fray Pèire, un sirviente entró anunciándole que el cabrero solicitaba permiso para visitarle. De su hombro colgaba una ristra de quesos.

– He venido a traer algunos quesos al senescal -saludó. Julián sintió un ataque de vértigo, pues si bien ansiaba noticias de doña María, al tiempo las temía. Seguía sin saber qué le había podido ocurrir a la señora.

– Doña María quiere veros. Una noche de éstas os vendré a buscar, no sé cuándo. Ahora las cosas han cambiado, e ir y venir a Montségur es más difícil. Pero estad preparado.

A partir de ese momento Julián volvió a dormir inquieto, a pesar de que las hierbas que le había suministrado el físico templario conseguían inducirle al sueño. Sus noches se llenaron de pesadillas en las que doña María aparecía dándole las más diversas órdenes que ponían en grave riesgo su vida. Se despertaba sobresaltado en medio de sudores fríos que le recorrían la columna. De nuevo había perdido el apetito. Fray Pèire le creía un santo, convencido de que su delgadez se debía al afán de sacrificio y renuncia a todo lo material, incluida la buena mesa que todavía era posible encontrar en aquel campamento.

La noche en que apareció el cabrero, Julián acababa de beber la infusión que le permitiría instalarle en el sueño.

– Daos prisa, hoy la noche no está muy clara; debemos aprovecharla para llegar cuanto antes.

Julián le siguió temiendo dormirse por el camino, aunque en realidad lo que más temía era caer en manos de los cruzados, a los que no podría explicar qué hacía escalando riscos con el cabrero en dirección al castillo maldito.

Una vez más perdió la noción del tiempo; no supo cuánto había caminado, aunque le pareció que mucho más que en ocasiones anteriores. Le dolían los pies.

Cuando doña María apareció, de repente, como un fantasma, le costó reconocerla.

El rostro de la dama se había afilado aún más a causa de las privaciones y un cerco violeta enmarcaba su mirada, ahora apagada. Doña María había perdido, además de lozanía, la vivacidad de antaño. Se la notaba extenuada.

Le abrazó con afecto como hacía mucho tiempo que no lo hacía.

– Ven, siéntate, no tenemos mucho tiempo -le dijo, invitándole a compartir junto a ella un saliente de la roca.

– Mi señora, os noto cansada.

– Lo estoy, vuestras catapultas no nos dan tregua. Ese demonio de obispo con sus infernales máquinas… en fin, ya falta menos, pero no es de guerra de lo que quiero hablar, sino de mi hijo.

– ¿De Fernando? Señora, yo… perdonadme, pero no he tenido noticias suyas.

– Lo imaginaba. No te has atrevido a indagar.

– Señora, es difícil saber lo que sucede tras los muros de las encomiendas del Temple; los caballeros sólo responden ante el Papa.

– Pero podrías acercarte a visitar a Fernando.

– Vos sabéis que los caballeros templarios no reciben visitas. Les está prohibido, son monjes, señora.

– Bien, pues si no vas tú, iré yo.

– ¡Vos! Pero no podéis hacerlo.

– Claro que puedo. ¿Sabes? No sólo las máquinas del demonio de tu obispo me impiden dormir; la suerte que haya podido correr Fernando me atormenta, porque me siento responsable si ha sufrido algún mal. Una cosa es saber que puede morir en combate luchando contra los sarracenos y otra muy distinta que esté en una mazmorra pudriéndose. Eso no lo podría soportar.

– Había un caballero, Armand de la Tour, un físico, que parecía profesarle afecto…

– Entonces, Julián, intentad poneros en contacto con ese caballero. Que os dé noticias de Fernando.

– ¡Pero, señora, eso no es posible!

– Pues tendrá que serlo -sentenció doña María-. Dentro de dos semanas te mandaré a buscar. Creo que al menos otras dos semanas resistiremos -murmuró para sí.

– Señora, no sabéis lo que pedís.

– Sí, claro que lo sé. He de morir con la conciencia tranquila, y no falta mucho para que eso suceda. Tú mismo me juzgarás y enviarás a la hoguera.

Julián bajó la cabeza, abrumado por las palabras premonitorias de doña María. No pudo evitar las lágrimas.

– Vamos, hijo, no llores, las cosas son así, tú te has empeñado en servir a esa Iglesia que no es otra cosa que una Gran Ramera, haciendo caso omiso de mis recomendaciones.

– ¡Vos quisisteis que fuera dominico!

– Eso fue antes de encontrar a los Buenos Cristianos.

– Señora, vos pretendéis que los demás creamos en lo mismo que vos, y que dejemos de creer cuando vos dejáis de creer, y que veamos el día cuando es el crepúsculo, y la noche cuando amanece…

– ¡Basta, Julián! No te atormentes, no te voy a exigir que cambies de creencias, ya no tengo tiempo para ello; además, a tu manera, también tú eres un hereje.

– ¡Dios se apiade de mí!

– Eso no lo sé -bromeó doña María sin que Julián alcanzara a captar el matiz guasón de su voz.

El cabrero se acercó a ellos haciendo una señal a la dama. -Es verdad -dijo doña María-, se ha pasado el tiempo y debes irte. Te mandaré a buscar para que me des noticias de Fernando.

– ¿Habéis vuelto a saber de Teresa? -preguntó Julián con apremio en la voz.

– Ya te mandé decir que Teresa está bien. A finales de enero regresó Matèu, uno de los perfectos que la acompañaron a la corte de Raimundo. Pero no hemos vuelto a tener noticias.

– ¿Uno de esos hombres regresó?

– Claro, ya te lo he dicho. Creíamos que vendría con refuerzos, pero sólo trajo dos hombres de armas. Pèire Rotger de Mirapoix cree que se debe volver a intentar.

– ¿Volver a pedir ayuda al conde?

– Mirapoix ha convencido al señor del castillo, su parienteRaimon de Perelha, de que es necesario mantener la esperanza en los hombres; por eso ha vuelto a pedir a nuestro obispo, Bertran Martí, que envíe de nuevo a Matèu o a otro de los diáconos a hablar con Raimundo. Ya ves cuánto confío en ti, que te desvelo nuestros más íntimos secretos y la angustia de nuestra situación.

– No os deseo ningún mal.

– Tú eres bueno, Julián, sólo que ahora estás en el lugar equivocado. Te ha faltado perspicacia para darte cuenta del error. Crees que convertirte en un buen cristiano es un salto en el vacío, pero en realidad lo eres más de lo que siquiera puedas imaginar.

Julián se quejó a fray Pèire de que no le quedaba ni una brizna de las hierbas del físico templario, y que sin ellas le volvía a martirizar el dolor de vientre, amén de que no podría conciliar el sueño.

El bueno del fraile intentó convencerle a su vez de que no podía enviar a nadie a la encomienda, con la muy extraña petición de que les surtieran de hierbas para un dominico. Además, fray Ferrer no lo autorizaría.

Durante dos días Julián guardó cama quejándose de un dolor insoportable en el abdomen; incluso se dejó sangrar por el físico del senescal, consiguiendo aumentar la palidez de su ya blanco color de piel.

A regañadientes, fray Ferrer accedió a los ruegos de fray Pèire y consintió en enviar un paje al castillo del Temple situado en Agen, la encomienda templaria de Armand de la Tour y el hermano de Julián.

El paje fue recompensado con una bolsa de monedas, con la promesa de recibir otra más si aparte de traer las apreciadas hierbas conseguía noticias de Fernando.

– Es mi hermano -explicó Julián-, saludadle de mi parte si os es posible y si no lo fuera dadle esos saludos al caballero De la Tour para que se los transmita cuando tenga ocasión.

Hasta una semana después no regresó el paje y Julián no tuvo las ansiadas noticias.

– Siento haber fracasado en el encargo, no pude ver a ese físico -dijo.

Julián palideció temiéndose lo peor.

– Pero no os preocupéis, los caballeros me dieron un zurrón lleno de esas hierbas que tanto os alivian.

– ¿Y mi hermano? ¿Qué sabéis de él?

– Poco. Un servidor de los caballeros me contó que unos cuantos de ellos habían estado en prisión después de regresar de un viaje. Al parecer habían cometido un acto de desobediencia. Creo que vuestro hermano está entre ellos. El sirviente me contó que las mazmorras del castillo no son dignas ni de las alimañas, y que los hombres enloquecen en esos agujeros adonde no llega ni una brizna de luz, y que por todo alimento reciben medio vaso de agua al día y media hogaza de pan.

– ¿Cómo sabéis que mi hermano estaba entre ellos?

– Estuvo aquí con otros cuatro caballeros no ha demasiado tiempo. Los caballeros castigados formaban parte de ese grupo, de manera que no hay que pensar mucho para saber dónde está. Me prometisteis una recompensa si os daba noticias ciertas y éstas lo son -le recordó con codicia el paje.

Julián le entregó la bolsa. No sabía si podía creer en sus palabras, pero no tenía otra opción que darlas por buenas. Temblaba al pensar en el momento de transmitirle las novedades a doña María pero, sobre todo, temía su reacción.

11

Corba de Lantar ayudaba a vestirse a doña María. La esposa del señor de Montségur, Raimon de Perelha, no había dudado ante el requerimiento de su amiga: doña María necesitaba ropa de dama, de la que carecía puesto que era una perfecta y su traje habitual era una saya pardusca y un manto negro. Pero de esa guisa no podía presentarse en el castillo de Agen y enfrentarse al maestre de la encomienda donde estaba preso Fernando.

Raimon de Perelha había intentado hacer desistir a doña María de su aventura, pero todos sus argumentos habían chocado contra la tozudez de la dama. Tampoco Pèire Rotger de Mirapoix había tenido más suerte en el intento.

– A lo mejor no os volvemos a ver -comentó Corba mientras ayudaba a colocarse la toca a su amiga.

– Volveré, correré la misma suerte que cuantos estáis aquí, pero he de intentar salvar a mi hijo.

– Lo sé y os comprendo, pero no deberíais sentiros culpable por la suerte de Fernando.

– ¿Sabéis, Corba? Con este hijo nunca he hecho las cosas como debiera. Siempre he sabido que si ingresó en el Temple fue más por rebeldía que por vocación. Creo que lo hizo para castigarme. No puedo dejarle abandonado a la suerte de esos monjes soldados que tan extraños me resultan.

– Puede que el maestre no os reciba.

– Me recibirá, no tendrá más remedio que hacerlo.

Doña María había rechazado prendas costosas, y se envolvía en un vestido de color azul oscuro acompañado de un manto del mismo color ribeteado con una piel de conejo. Se había recogido el cabello e intentado dar color a sus mejillas.

No le fue fácil dejar el castillo sin que los cruzados la vieran. Ese mes de febrero, los hombres del senescal podían observar desde sus puestos los demacrados rostros de los defensores.

De nuevo Pèire Rotger de Mirapoix tuvo que buscar la complicidad de los soldados cruzados de su región, a los que regaló dos bolsas de monedas para que tuvieran a sus compañeros ocupados mientras doña María se deslizaba entre las sombras de la noche.

La dama cabalgó escoltada por un paje hasta el castillo de Agen. No aceptó ningún descanso. Quería salvar a su hijo, pero también regresar cuanto antes a Montségur para correr la misma suerte de sus hermanos. El obispo Bertran Martí la había bendecido encomendándola a Dios.

Dibujándose en la línea del horizonte, el castillo de Agen resultaba imponente. Doña María indicó al paje que se detuviera para refrescarse y peinarse, además de poder acomodar sus vestimentas y presentarse como la dama que era al maestre templario.

Su llegada al castillo provocó estupor. Se anunció con altivez: «Soy doña María, señora De Aínsa».

Un sirviente le pidió que aguardara en una estancia donde tan sólo había un banco de piedra donde sentarse. Pero estaba demasiado tensa para descansar, de manera que cruzó la estancia varias veces a la espera de que apareciera el maestre.

Cuando el sirviente entró leyó en su rostro que le traía malas noticias.

– No os puede recibir; lo siento, señora.

– ¿No me quiere recibir el señor Yves de Avenaret?

– No puede hacerlo, señora.

– Bien, pues decidle que aquí me quedaré hasta que pueda. Traedme agua y algo de comer. No tengo prisa.

El sirviente miró asustado a la dama. Se sentía indefenso ante la actitud enérgica de doña María.

– ¡Pero aquí no podéis quedaros! Éste es un castillo del Temple, no está permitida la presencia de damas.

– Lo sé, y es mi deseo irme cuanto antes, pero no lo haré hasta que el señor De Avenaret me reciba.

– ¡Señora, no insistáis! -suplicó el sirviente.

– No lo hago. Simplemente quiero que comuniquéis al maestre que le esperaré aquí, que no me iré hasta hablar con él de algo que concierne al Temple, al rey Luis y al Papa, además de a los dos.

El sirviente salió despavorido ante la mención de la gente de relieve que había nombrado la dama.

Tardó en regresar largo rato y encontró a doña María igual que la había dejado, cruzando a zancadas la estancia.

– El maestre os recibirá.

Doña María no respondió y le siguió con paso presto a través de las heladas estancias del castillo, donde se cruzó con algún caballero que la observaba de reojo con curiosidad.

Yves de Avenaret era un hombre entrado en la ancianidad. Extremadamente delgado, sus ojos hundidos reflejaban un espíritu ascético.

Permanecía de pie, rígido, junto a una butaca de respaldo alto. La estancia estaba desnuda salvo por la butaca, una mesa con varios rollos de pergamino y recado de escribir. Una chimenea de piedra empotrada en la pared caldeaba la estancia.

El templario le clavó su mirada gris sin que doña María bajara los ojos. Si aquel hombre creía poder intimidarla se había equivocado de adversario.

– Decid lo que tengáis que decir, señora -le pidió con voz autoritaria el maestre sin invitarla a sentarse.

– Seré breve; soy tan celosa de mi tiempo como vos del vuestro. Habéis encarcelado a mi hijo Fernando de Aínsa. Vos sabéis que no ha cometido ningún delito, salvo el de cumplir con la última voluntad de su madre, que pronto será enviada a la hoguera.

El maestre no pudo evitar asombrarse al escuchar a doña María hablar con tamaña crudeza sobre su propio destino.

– Mal nacido sería Fernando si negara un favor a su madre en vísperas de su muerte. Mi hijo quería salvar la vida de la más pequeña de sus hermanas y accedí, aunque le obligué a escoltarla junto a dos perfectos, dos diáconos de nuestra Iglesia, hasta un lugar seguro. Sí, le presioné: la vida de su hermana a cambio de garantizar la fuga de dos hombres buenos con nuestros bienes más preciados, que permitirán seguir difundiendo la Palabra de Dios. Ése es su pecado. Vos le habéis castigado con extrema dureza, habéis sido inmisericorde con un joven que no podía desobedecer a su madre. Sé que le tenéis en las mazmorras de este castillo junto a otros cuatro templarios que se vieron envueltos sin pretenderlo en estos hechos. Sé que se opusieron con vehemencia, pero que optaron por no dejar solo a Fernando, temerosos de que le detuvieran los cruzados, lo que podría haber provocado un gran escándalo. No hace falta tener mucha imaginación para saber que si hubieran encontrado a Fernando, el Temple se habría visto comprometido en la fuga de dos hombres importantes de la Iglesia de los Buenos Cristianos. Nadie habría creído que un templario actuaba sin el consentimiento de su maestre. Sus compañeros obraron con prudencia intentando que a la situación creada no se añadieran más dificultades, por lo que siguieron a cierta distancia a Fernando sin intervenir en lo que éste hacía, que no era otra cosa que poner a su hermana y a los diáconos en lugar seguro. Ahora quiero de vos que hagáis justicia.

Yves de Avenaret miraba iracundo a aquella mujer intrépida que le hablaba con tanta serenidad y altanería como si fuera un jefe en la batalla que no admite réplica.

Se sentía irritado consigo mismo por haberla recibido, pero al mismo tiempo viéndola comprendía que doña María era capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera, y temía lo que podía llegar a hacer si no le satisfacían sus demandas.

– ¿Justicia pedís, señora? ¿Qué sabéis vos de justicia? ¿Cómo os atrevéis a presentaron aquí amenazando…?

– ¿Amenazando? ¿Os he amenazado? Decidme en cuál de mis palabras habéis encontrado un atisbo de amenaza. No, señor De Avenaret, aún no os he amenazado.

El templario se removió nervioso deseando acabar cuanto antes la conversación con aquella mujer, de la que intuía que podía ser una fuente de problemas.

– Vuestro hijo ha violado sus juramentos. Cuando se entra en el Temple uno se despide de su familia para siempre. Ha desobedecido y nos ha puesto en peligro; ha de pagar por ello.

– Extrañas normas las de unos monjes que dicen servir a Dios y piden a los hombres que olviden a quienes quieren, a la madre que les trajo al mundo, a los hermanos… ¿cómo serán capaces de hacer algo por los demás si dan la espalda a los suyos? No se puede borrar la mente de los hombres, eliminarles el pasado, por más que hayan asumido un compromiso nuevo. Mi hijo tuvo que obedecerme, no tenía otra alternativa, reaccionó como un hermano, no como un monje.

– Es extraño escucharos hablar así a vos, que sois una hereje y dejasteis a vuestro esposo e hijos.

Doña María sintió la estocada en el corazón, pero no se arredró y decidió seguir luchando.

– No sois mi juez; vuestro Dios tampoco lo será, de manera que no perdamos el tiempo hablando sobre mí. Vengo a deciros que si no liberáis a mi hijo y a sus compañeros, el rey Luis y el Papa sabrán que unos caballeros templarios de esta encomienda ayudaron a escapar a dos diáconos de Montségur que llevaban consigo un importante y enorme tesoro. Sabrán también que después de hacerlo, habéis hecho desaparecer a dichos caballeros para que nadie supiera de su hazaña, ¿acaso porque el Temple se ha convertido en guardián del tesoro de los Buenos Cristianos?

– ¿Cómo os atrevéis a decir semejantes cosas? ¡Vos sabéis que nada tenemos que ver!

– Se abrirá un proceso en el que tendréis que demostrar vuestra inocencia al Temple, al Papa y al Rey. Los hombres nunca creen lo evidente, de manera que nadie aceptará que Fernando obedecía a su pobre madre perfecta para salvar a su hermana. No os descubro que el Temple tiene muchos enemigos, algunos muy poderosos; esto les servirá para entretenerse. ¿Dónde está nuestro tesoro? Yo juraré que lo tenéis vos.

– ¡Hereje! -gritó el maestre.

– ¿Hereje? Yo creía que lo erais vos. Quiero que mi hijo salga de inmediato de esa mazmorra donde le habéis encerrado, y también quiero que le enviéis a Tierra Santa, lejos de aquí, de vos, de mí. Lo mismo pido para los otros caballeros. Juraréis sobre vuestra Biblia que jamás diréis lo que ha pasado, ni les perseguiréis. Si no cumplís vuestra palabra daréis cuentas a Dios, que no será magnánimo con vos, hijo del Diablo.

Yves de Avenaret temblaba furioso. Si doña María hubiese sido un hombre la habría atravesado con su espada, pero aquella mujer era el peor de los enemigos, dura, implacable, irreductible. Si no accedía, el Temple se vería envuelto en un escándalo, y él mismo terminaría en una mazmorra juzgado por traición, pero la sangre se le inflamaba al pensar en aceptar el chantaje de aquella dama.

Doña María guardó silencio. Se sentía extenuada; aún no sabía si había ganado la partida o no, pero era tanta su determinación que había decidido hundir a aquel templario en el fango de la historia si no liberaba a su hijo. Ella misma acudiría a la corte de Luis, pediría ver al Rey y mandaría una misiva al Papa. Se acusaría de ser una Buena Cristiana, una hereje, dirían ellos, pero a su vez acusaría al Temple de haberles robado el tesoro guardado en Montségur. No sabía lo que podía suceder, además de ser condenada de inmediato a la hoguera, pero al menos sembraría tal confusión que el Temple no saldría indemne de su embestida.

Yves de Avenaret observó con odio profundo a aquella mujer que había provocado la única derrota de su vida.

– Vuestro hijo será liberado. Tenéis mi palabra.

– Primero juraréis ante vuestra Biblia, después le mandaréis traer ante mí, le proporcionaréis a él y sus compañeros comida, agua, caballos y salvoconductos, y después saldré con ellos de este castillo para siempre. ¡Ah!, y como no me fío de vos, como podéis tener la tentación de querer arrebatarme la vida antes de que sea devorada por las llamas, sabed que otros Buenos Cristianos están dispuestos a cumplir con lo que os he anunciado si a mí o a mi hijo nos pasara algo.

– Sois una hereje y como tal no comprendéis el valor de la palabra de un caballero.

– Soy María de Aínsa, estoy desposada con el más bueno y valeroso de los caballeros, y os aseguro que en nada se parece a vos.

Volvieron a medirse cruzando las miradas. La de Yves de Avenaret, cargada de ira; la de María de Aínsa, de resolución.

La dama se acercó a la mesa y señaló la Biblia que se encontraba abierta.

Jurad, señor, jurad.

Yves de Avenaret lo hizo. Juró con rabia y con firmeza cuanto aquella mujer le pedía. Juró por Dios y por su honor. Luego salió de la estancia dejando a doña María aguardando impaciente.

Tardó más de una hora en regresar y lo hizo con Fernando apoyado en un sirviente, ya que apenas podía sostenerse en pie, y tapándose los ojos doloridos por la luz que inundaba la estancia. Se le transparentaban los huesos, tenía el cabello desgreñado y un olor fétido se desprendía de la ropa mugrienta que le cubría.

– ¡Madre, habéis venido!

Doña María se acercó a su hijo sin poder evitar las lágrimas al verlo en semejante estado.

– ¡Así tratáis vos a vuestros hermanos! -gritó iracunda a Yves de Avenaret-. Nunca como hoy he visto tan de cerca al Diablo.

Fernando se apoyó en la pared desconcertado por la escena y temiendo que su madre enfureciera al maestre. Pero doña María había vuelto a recobrar el dominio de sí misma y se dirigió al templario con voz glacial.

– Mandad que ayuden a mi hijo a asearse, proporcionadle ropa y alimento. Lo mismo haréis con sus compañeros. Cuando estén listos que vengan aquí, a esta estancia, porque de aquí saldremos.

Cuando se hubo quedado sola no pudo resistir el cansancio que la embargaba y sin pensárselo dos veces se sentó en aquella silla alta que pertenecía al maestre. No supo si se había dormido ni cuánto tiempo había transcurrido, pero le devolvieron a la realidad los pasos sonoros de unos hombres entrando en la sala.

Fernando aún se apoyaba en uno de los sirvientes, al igual que el resto de sus compañeros que también lo hacían en otros criados del Temple.

Se les veía aseados, con ropa nueva, y el cabello húmedo, recién lavado. Doña María dudó si serían capaces de montar a caballo, pero decidió que no podía tentar más a la suerte y cuanto antes dejaran aquel castillo, más seguros se encontrarían.

– Los caballos están preparados, junto con cuatro mulas con víveres y armas. Aquí están los salvoconductos y las cartas de pago para que puedan embarcar rumbo a la Tierra de Nuestro Señor.

Doña María cogió los salvoconductos y se los guardó. Durante un segundo cruzó su mirada con la del maestre y supo que aquel hombre cumpliría su palabra por más que la odiara.

No se dijeron nada más. Doña María hizo un gesto indicando a los caballeros que se pusieran en marcha. Éstos no habían acertado a decir palabra y aún se preguntaban por lo que estaba sucediendo. Habían pasado de la oscuridad y el silencio a ser liberados, aseados y enviados, como si nada hubiera pasado, a combatir al sarraceno. Y todo ello parecía deberse a esa mujer enjuta, de ojos penetrantes y gesto firme, que tanto se parecía a Fernando.

Dejaron el castillo guiados por dos sirvientes que formaban parte de la comitiva, además de cinco escuderos, que parecían igual de extrañados que ellos mismos por la repentina misión. Pero nadie pregunta al maestre, nadie osa discutir sus órdenes; sencillamente se obedecen.

Se habían alejado un buen trecho del castillo cuando doña María mandó detenerse a la comitiva. Bajó del caballo y pidió a los caballeros templarios que descansaran mientras hablaba con su hijo. Esta vez sí iban a despedirse para siempre.

– Fernando, hijo, te ruego me perdones el sufrimiento que te he causado.

– No sois culpable, madre -acertó a decir el joven-, yo sabía que sería castigado y acepté quebrantar las reglas; vos no me obligasteis.

– ¡Claro que lo hice! Y en mi conciencia tengo cada segundo de tu sufrimiento y el de tus compañeros. Perdóname, no podré morir en paz sin tu perdón.

– Madre, nada he de perdonaros. Aún no sé cómo habéis conseguido sacarnos de esa mazmorra…

– Lo he conseguido y eso basta.

– El maestre es un hombre duro pero justo.

– ¿Justo? ¿Es justo castigar a un hombre sin ver la luz, encerrado entre alimañas, apenas darle media hogaza de pan para mantenerle vivo? ¿De verdad crees que merecías ese infierno? No. Ni tú ni tus compañeros merecíais ese final. Habríais muerto con vergüenza siendo inocentes. El demonio habita en los hombres que son capaces de hacer lo que te han hecho.

– ¡Madre, por Dios! ¡No digáis eso!

– Temo a los hombres que no dudan.

– Vos tampoco lo hacéis.

– ¡Qué sabrás tú, hijo! A veces es demasiado tarde para desandar el camino emprendido.

– ¿Qué haréis, madre?

– Regreso a Montségur. Dentro de poco he de morir.

– ¡Huid! No tenéis que regresar, mi padre os protegerá.

– Buscaría su desgracia si regreso. No, no puedo hacerle eso. No quiero volver, hijo, no quiero hacerlo.

– ¿Cuánto resistirá Montségur?

– Poco, Matèu ha salido en dos ocasiones. La primera regresó con dos hombres como todo refuerzo, ahora estamos esperando su regreso pero no nos hacemos ilusiones. Raimundo no vendrá, nos deja a nuestra suerte; sabe que si vuelve a desafiar al Rey no habrá perdón, prefiere conservar la vida y algunas de sus tierras. Cada vez es más difícil entrar y salir de Montségur, pero aun así Matèu nos ha mandado decir que hay dos señores, Bernat d'Alio y Arnaut de So, dispuestos a pagar a un jefe de ribaldos aragonés de nombre Corbario, para que acuda con algunos de sus hombres. Pero no hemos vuelto a tener noticias.

– Madre, buscad refugio entre los Buenos Cristianos que aún debe de haber en estas tierras, pero no regreséis.

– Hijo, no te preocupes por mí. Yo ya he vivido mi vida, lo único que siento es no haber sabido darte lo que mereces.

– Me habéis salvado la vida.

– Te la debía.

– ¿Sólo por eso?

– Y porque te quiero, Fernando, te quiero con toda mi alma aunque no haya sabido decírtelo. He sido muy dura con cuantos me rodeaban pero sobre todo lamento no haber sabido acercarme a ti, hijo. De eso responderé ante Dios.

Fernando cogió su mano entre las suyas y luego la abrazó. Deseaba que en ese abrazo prolongado su madre sintiera cuánto la quería.

Los caballeros se acercaron con paso torpe hasta donde se hallaban madre e hijo.

– Queremos daros las gracias -dijo Armand de la Tour, el físico templario.

– Yo os las doy a vosotros y os pido perdón por haber puesto en peligro vuestras vidas.

– Habéis sido muy valiente, señora -afirmó Arthur Bonard.

– He cumplido con mi conciencia, quiero morir en paz. Ahora marchaos. Mi hijo os explicará todo. Vuestro maestre me ha jurado que no os perseguirá y nadie sabrá lo que ha pasado. Guardad silencio también vosotros; a todos nos conviene guardar en secreto lo sucedido.

Los caballeros juraron que jamás saldría una palabra de sus bocas, y trataron, en vano, de convencerla de que no regresara a Montségur.

– Cada cual tiene que enfrentarse a su destino. Todos elegimos el nuestro, y yo he elegido hasta la forma de morir. Pero id en paz y que Dios os proteja, caballeros.

Madre e hijo se abrazaron una vez más. Por las mejillas de ambos corrían las lágrimas, pero ninguno intentaba dominarlas.

– Te quiero, Fernando. Vive, vive como el caballero que eres, como el último señor De Aínsa.

Luego, sin volver la vista atrás, doña María se enderezó en el caballo y al galope se dirigió a Montségur.

12

Una brisa suave anunciaba la primavera aquel 16 de marzo de 1244. Julián murmuraba una oración sin poder evitar que le castañetearan los dientes. El polvo del camino indicaba que de un momento a otro verían aparecer el cortejo de los refugiados en Montségur.

Los combates de las últimas semanas habían sido intensos, y tanto el señor del castillo, Raimon de Perelha, como su comandante, Pèire Rotger de Mirapoix, habían llegado a la conclusión de que era inútil resistir por más tiempo. Esta vez el conde Raimundo mantendría su compromiso de vasallaje con el rey Luis; además, la nobleza del país no se sentía capaz de acudir a socorrer a quienes luchaban en Montségur: carecían de un jefe y el condado estaba exhausto.

El primer día de marzo, Pèire Rotger de Mirapoix había salido a negociar con los cruzados. Tanta era la alegría del senescal Hugues des Arcis, que ya fuera por bondad natural o por el deseo de acabar cuanto antes con el asedio que duraba ya nueve meses largos, lo cierto es que el caballero se mostró magnánimo.

Al igual que los otros frailes dominicos, Julián fue testigo de las capitulaciones.

Hugues des Arcis concedió un plazo de quince días para que los sitiados abandonaran el castillo, exigiendo rehenes, entre ellos a Jordan, hijo del propio señor de Montségur, y a Arnaut de Mirapoix, pariente del comandante de la guarnición, además de Raimon Martí, hermano del obispo de los Buenos Cristianos.

También se acordó establecer dos categorías, la de los perfectos y la de todos aquellos que, aun habiéndoles ayudado, no habían profesado la fe de los Buenos Cristianos, de la Gleisa de Dio. Para los Buenos Cristianos la condena era irrevocable: morirían en la hoguera, pero los que abjuraran de su fe podrían salvar la vida. Los dominicos estaban impacientes por comenzar los exhaustivos interrogatorios de los que Julián sería notario. Fray Ferrer, el implacable inquisidor, estaba ansioso por mandar a la hoguera a aquellos desgraciados. Él mismo se encargaría de recopilar las actas de cuanto había sucedido en Montségur.

Doña María, al igual que el resto de los perfectos, consolaba a las buenas gentes que les habían ayudado y compartido con ellos los sufrimientos del asedio. Muchos de los que habían defendido Montségur sin ser Buenos Cristianos decidieron pedir al obispo Bertran Martí el consolament para así correr la misma suerte que los perfectos. Corba, la esposa de Raimon de Perelha, se unió a los perfectos, al igual que su hija Esclarmonde.

De nada sirvieron los ruegos de su esposo, el señor de Montségur. La dama sintió que haría ese sacrificio como último testimonio del sufrimiento vivido, como un gesto para las generaciones venideras.

Otros cuatro caballeros se unieron a ella, además de un mercader, un escudero, un ballestero, seis soldados…

Bertran Martí preguntó uno por uno a los perfectos si deseaban retractarse, para así librarse de la hoguera. El anciano obispo les aseguraba su comprensión, pero ni uno solo quiso abjurar de su fe.

Los perfectos distribuyeron sus exiguas pertenencias entre sus vecinos y amigos, y aprovecharon para escribir cartas a sus parientes más próximos.

Dos destinatarios tuvieron las misivas de doña María. Una iba dirigida a su esposo, don Juan de Aínsa; otra, a su hija Marian, dama en la corte de Raimundo VII. Por un momento pensó escribir a Julián, pero descartó la tentación temiendo comprometerle. Sabía que el hijo de su esposo cumpliría su palabra y escribiría la crónica de la caída de Montségur.

Cuánto fanatismo, se lamentó la dama. Los Buenos Cristianos no habían hecho ningún mal, salvo vivir en la pobreza y ayudar a sus semejantes. Pagaban con la hoguera no mantenerse dentro de la estricta ortodoxia de la Iglesia, de la que no era tanto lo que les separaba.

A lo lejos veía alzarse los estandartes y las cruces de los hombres del senescal. Doña María no pudo evitar un gesto de repugnancia ante la visión de aquellos maderos en forma de cruz que los seguidores de Roma adoraban.

Rezaba a Jesús, que predicó el mensaje de Dios en la tierra. Sin embargo, no creía que muriera en la cruz para salvar a los hombres. Jesús no es de carne, no puede sufrir ningún mal porque es Hijo de Dios. También percibía como una aberración la liturgia en la que los sacerdotes engañaban al pueblo haciéndoles creer que convertían el vino en sangre de Jesús y el pan en su carne. ¡Qué horror, devorar a Jesús! ¿Se daban cuenta de lo que eso suponía?

San Juan lo dejaba claro en su Evangelio: «Mi reino no es de este mundo» o «no son del mundo como yo tampoco lo soy».

El único sacramento que permitía salvar el alma era el consolament, el bautismo espiritual. Sí, Juan Bautista bautizaba con agua, pero Jesús imponía las manos para así recibir al Espíritu Santo rezando la única oración del agrado de Dios, el Padre Nuestro.

En esos días doña María se congratulaba al ver cuántos de sus vecinos habían decidido recibir el consolament. Qué absurdo, decía, echar agua a un niño y decir que está bautizado. El bautismo, bien lo enseña el obispo Bertran Martí, sólo es posible en la edad adulta: recibir o no al Espíritu Santo es una decisión individual.

La dama terminó de escribir, intentando ordenar sus pensamientos que había dejado vagar mientras alcanzaba a ver la enorme pira de leños amontonados por los cruzados. No faltaba mucho para que ella misma fuera quemada en esa hoguera desprendiéndose de la cáscara, su cuerpo, y liberándose para encontrarse con Dios.

El cabrero le informó que fray Ferrer aguardaba con ansia que llegara el día señalado para verles arder en el fuego, pero antes él mismo les interrogaría. Doña María sentía una punzada de inquietud. El dominico catalán era un demonio, un hombre cruel incapaz de sentir compasión. Había encendido hogueras por todo el país, refinando las artes del interrogatorio, revisando viejos archivos para encontrar algún fallo que pudiera servirle para mandar al fuego a cualquiera que se hubiese librado por falta aparente de pruebas. Julián le temía, cada vez que hablaban de él se le dilataban las pupilas y un sudor frío le comenzaba a correr desde la nuca. ¿De qué sería capaz ese hombre cuando bajasen de Montségur?

Confesó su angustia a Bertran Martí en esos postreros momentos. Acaso fue demasiado egoísta al pensar sólo en vivir su fe, dejando a su esposo e hijos librados a su suerte.

El obispo la consoló, pero no logró borrar esa pena de su alma. Fernando la había perdonado, pero ¿y Juan, su esposo? ¿Y su hija Marta? ¿Y sus nietos? ¿Entenderían que hubiera decidido consumirse en la hoguera?

Una mujer perfecta se le acercó para avisarle que la hora de dejar el castillo había llegado. Doña María buscó al sargento, que le prometió hacer llegar sus cartas. Se las entregó como si de un tesoro se tratase y él, conmovido, besó la mano de esa dama que tanto valor les había insuflado en los momentos más amargos del asedio.

Raimon de Perelha dio la orden para iniciar el descenso; mientras, doña María buscó con la mirada a Pèire Rotger de Mirapoix, quien daba órdenes a los soldados, organizando la rendición. Sabía que el señor De Perelha había exigido a su comandante que salvara la vida, que huyera; para ello le había encargado una misión. También sabía que dos días antes, el obispo Bertran Martí había decidido que dos perfectos intentarían sacar el resto del oro y de la plata que aún guardaban en Montségur. Los perfectos Amelh Aicart y Huc Petavi, guiados por un montañés, iban a descolgarse por las paredes de la montaña, pero antes aguardarían a que la comitiva llegara a su destino y cayeran las sombras de la noche. Su misión consistiría en ir al mismo bosque donde los perfectos que acompañaron a Teresa no tanto tiempo atrás habían escondido el grueso del tesoro.

En aquel tibio amanecer de la primavera todo invitaba a vivir, pero buena parte de los que integraban el cortejo que salía de Montségur sabían que estaban saboreando las últimas horas de su vida.

La tregua había expirado. A los pies del castillo, se hallaba el senescal Hugues des Arcis, acompañado por el obispo de Albi y los dominicos Ferrer y Durand, además de Julián y Pèire. Hacía horas que se había levantado una empalizada capaz de albergar a doscientas personas. Los haces de leña, resina y paja aguardaban prestos a arder.

Los perfectos, descalzos, vestidos con hábitos de tela gruesa, caminaban con la cabeza alta. Les precedían las buenas gentes con las que habían compartido tantos meses de sufrimiento en Montségur.

Los inquisidores intentaban que los herejes abjuraran de su fe, pero éstos parecían no escucharles.

Fray Ferrer instaba a que se arrepintieran y besaran la cruz. Los perfectos volvían la cabeza, incluso alguno escupió sobre el preciado símbolo del cristianismo católico.

Los ojos del inquisidor brillaban de alegría con cada gesto de rechazo a la cruz. «Es la mejor prueba de la maldad de los herejes -bramaba-. ¡Merecen la hoguera!»

Doña María buscaba la mirada de Julián y, sonriéndole, intentó insuflarle la fuerza de la que el fraile carecía. Fray Ferrer se acercó con paso presuroso a la dama invitándole a besar la cruz. Doña María rechazó el madero volviendo el rostro, pero el inquisidor se regocijó colocando la cruz a pocos centímetros de su boca. La señora De Aínsa no quería escupir; aun sabiendo que la cruz era sólo un trozo de madera, que en ningún caso Jesús estaba en ella, algo en su interior le impedía escupir sobre ella como hacían algunos de sus amigos.

Julián seguía angustiado la escena. Sentía unas ganas terribles de empujar a fray Ferrer, de arrebatarle la cruz y arrojarla al suelo para que no continuara martirizando con ella a su señora. Pero sólo ese pensamiento le espantaba.

Estaba a punto de gritar, pero los ojos de doña María le llamaron a la calma.

La dama, junto al resto de los perfectos, entró en la empalizada. Los herejes comenzaron a rezar guiados por el anciano obispo Bertran Martí, mientras los soldados les ataban a los postes, que habían rodeado con resina y paja. Cuando el inquisidor Ferrer emitió una señal, prendieron la hoguera.

Las llamas se deslizaban entre los pies de los condenados, que continuaban rezando sin pedir clemencia.

Julián miraba los pies de doña María y el borde de su túnica, que comenzaba a arder. No pudo evitar un grito seco y angustiado que, para su suerte, nadie pareció escuchar.

No podía apartar los ojos de la señora De Aínsa, toda dignidad atada a aquel madero, valiente hasta el final. Sus labios murmuraban rezos pero no clemencia, mientras Julián sentía sus ojos clavarse en él dándole la última orden: «Escribe la crónica, que la posteridad sepa por qué morimos en Montségur».

El fuego era tan vivo que fray Ferrer y los otros dominicos tuvieron que alejarse para, desde la distancia, seguir contemplando el macabro espectáculo. El olor a carne quemada inundaba la montaña y el calor que expandía la hoguera abrasaba el aire y las piedras. Nubes negras cubrían el cielo que pocos minutos antes lucía de un azul intenso.

Los ojos de fray Ferrer brillaban de entusiasmo. Era el momento cumbre de su carrera: se regocijaba viendo arder frente a él a los últimos resistentes del país. Sabía que aún había perfectos tanto en los pueblos como escondidos en los bosques, pero él los buscaría hasta convertirles en humo, como a los habitantes de Montségur.

– ¡Julián! ¡Julián! ¿Os encontráis bien?

La voz de fray Pèire le devolvió a la realidad. Julián, tendido en el suelo, no sabía en qué momento se desmayó. Frente a él, fray Ferrer le observaba con desprecio.

– ¿Tan frágil es vuestra fe que perdéis el sentido al ver arder a esos herejes? -clamó el inquisidor.

– Han sido el calor y el fuerte olor -le disculpó fray Pèire-, yo mismo me he sentido mareado.

– Pues recobraos, porque debemos comenzar cuanto antes a escuchar las confesiones de esa gente.

– ¿Hoy mismo? -preguntó con angustia Julián.

– Sí -respondió sin vacilar el inquisidor-. Y sabed que no consentiré flaqueza alguna en un notario de la Inquisición.

13

La noche era fresca, pero el aire que corría no era capaz de borrar el olor a carne quemada.

Los cruzados parecían haber caído en un mutismo extraño. No tenían ganas de hablar los unos con los otros, como si el fin del asedio y la rendición de Montségur no fueran un sonoro triunfo sino más bien un velado fracaso.

Algunos hombres no habían podido ocultar las lágrimas. Los detenidos, que aguardaban ser interrogados por fray Ferrer, tenían a familiares o amigos angustiados por su suerte. Algunos se habían acercado a fray Pèire y fray Julián para preguntarles qué sería de aquellos que no eran perfectos y que estaban detenidos. Los dos frailes aseguraron que la Iglesia cumpliría con su parte: interrogaría a cuantos habían vivido dentro de Montségur, pero no les quemarían salvo que fray Ferrer viera en ellos la menor sombra de herejía.

Los interrogatorios duraron varios días y fueron exhaustivos. Pèire y Julián escribían a gran velocidad las preguntas de su superior y las respuestas titubeantes de los acusados. En ocasiones, fray Ferrer sometía a sus prisioneros a la prueba de fuego: les colocaba delante de un crucifijo instándoles a besarlo y a rezar el Padre Nuestro.

Fray Ferrer sabía que ninguno de los bons homes o bonas donas serían capaces de adorar la cruz, de manera que en cuanto veía una actitud de duda, se ensañaba hasta lograr una confesión de herejía.

Todas las declaraciones de los defensores de Montségur eran transcritas con minuciosidad por los escribanos de la Inquisición y enviadas a un lugar seguro.

Cuando, caída la noche, Julián llegaba a su tienda continuaba escribiendo febrilmente narrando el horror de lo vivido cada día, la falta de misericordia de fray Ferrer. Julián veía en su superior una mente enferma y retorcida, un fanático que disfrutaba del dolor ajeno en el nombre de Dios.

Una noche el cabrero entró de improviso en su tienda cuando se disponía a apagar la vela para conciliar el sueño.

– Pero ¿qué hacéis aquí? -exclamó asustado.

– Vengo a recordaros la promesa que hicisteis a doña María, ¿tenéis lista la crónica?

– Aún no, aún me queda mucho por contar.

– Quizá queráis añadir que dos perfectos han podido salvarse, que el señor De Mirapoix los ayudó, y que él mismo ha salvado la vida.

– Fray Ferrer le ha mandado buscar por todos los rincones…

– Pero no le encontrará. El señor De Perelha dispuso que Pèire Rotger de Mirapoix viviera. Quién sabe si será capaz de organizar alguna resistencia contra los invasores.

Julián guardó silencio. Lo que el cabrero decía era sólo un sueño, un sueño imposible: la Iglesia y el rey de Francia habían ganado la partida. Quienes no lo aceptaran sólo tenían futuro como proscritos.

– ¿Qué tenían de especial esos perfectos para que se decidiera su huida?

– En Montségur se guardaba oro, plata y piedras preciosas donadas por los caballeros y damas credentes o que habían decidido abandonarlo todo para hacerse perfectos. Con ese tesoro manteníamos la Gleisa de Dio, las casas donde las perfectas acogían a las viudas y a los huérfanos, la ayuda para nuestros hermanos menesterosos, también para comprar víveres, e incluso armas para nuestros defensores… Nuestro obispo no quería que el tesoro cayera en manos de nuestros verdugos. Confiaba en que otros perfectos pudieran continuar llevando la palabra de Dios, y para ello era necesario tener una bolsa bien llena. Nuestros hermanos han escondido ese oro en lugar seguro. Cuando llegue el momento lo utilizarán como deben. Os cuento todo esto porque así me lo indicó la señora.

– ¿Le teníais afecto?

El cabrero bajó los ojos y con la punta del zapato raspó el suelo mientras buscaba las palabras que hicieran justicia a su devoción por doña María.

– Cuidó de mi esposa durante su larga enfermedad. El físico dijo que las pústulas que tenía eran contagiosas, pero doña María no se asustó: la lavaba y limpiaba, luego extendía sobre las heridas una mezcla de barro y hierbas. Ni siquiera yo me atrevía a acercarme a ella, que Dios perdone mi cobardía. También fue generosa con mi hija y le dio una dote que la ha permitido hacer una buena boda con un palafrenero del conde de Tolosa. Y a mi hijo le envió a casa de su hija Marian, donde sirve a su esposo.

– Siempre fue generosa.

– Hasta el último momento. Repartió cuanto tenía entre los más pobres de nosotros. A vos… a vos os quería, siempre hablaba de vos como su «buen Julián». Me encomendó que viniera a veros y os dijera todo esto. También me pidió que os rogara que fuerais cuidadoso e hicierais llegar cuanto antes la crónica a doña Marian.

– No sabré cómo hacerlo… -se lamentó Julián.

– Yo mismo la llevaré.

– ¿Vos?

– No me quedaré aquí mucho tiempo, sólo lo que tardéis en terminar vuestra crónica. Ya os he dicho que mis hijos están bajo la protección de doña Marian en la corte del conde Raimundo; espero poder ganarme la vida cerca de ellos. Aquí… no me desprendo del olor a carne quemada, la carne de los Buenos Cristianos.

Acordaron volver a verse tres días después, aunque Julián no le aseguró que pudiera concluir el escrito.

No se lo dijo, pero temía más que nunca a fray Ferrer y aunque tenía bien escondida la crónica, temía que la descubriera su superior, que había tomado la costumbre de presentarse de improviso en su tienda.

Julián sentía la desconfianza de fray Ferrer y éste sentía el miedo de Julián.

14

– ¡Fray Julián, fray Julián! -gritó fray Pèire entrando como una exhalación en la tienda.

¿Qué sucede, hermano? -preguntó Julián que en ese momento se preparaba para acudir al lugar de los interrogatorios.

– ¡Fray Ferrer ha ordenado detener a vuestro amigo el cabrero!

Julián volvió a sentir las náuseas que le acechaban siempre que tenía miedo, pero se sobrepuso y, sin saber de dónde, sacó valor y se acercó con paso raudo hasta donde fray Ferrer estaba.

El cabrero tenía las manos atadas a la espalda y había sido azotado convenientemente.

– ¿Qué sucede? ¿Qué mal ha hecho este hombre?

Fray Ferrer le miró incrédulo. Tenía a Julián por un cobarde incapaz de interesarse por nadie que no fuera él mismo.

– ¿Conocéis a este hombre? -le preguntó con desconfianza fray Ferrer.

– Sí, le conozco y el senescal también. En realidad le conocemos todos en este campamento, ya que durante nueve meses nos ha surtido de leche y buen queso.

– Entonces ha engañado a todos -aseveró fray Ferrer.

– ¿Engañado? ¿En qué?

– Es un credente, un hereje.

– ¡Imposible! -afirmó Julián mirando angustiado al cabrero.

– Una de las campesinas le ha señalado. Asegura que entraba y salía de Montségur llevando mensajes y que espiaba este campamento.

– ¿Y vos la habéis creído?

– ¿Qué más pruebas necesitáis para condenarle por traición?

– ¿Pruebas? Precisamente eso es lo que no tenemos. Una mujer le acusa y, ¿qué ha presentado ella, además de su testimonio?

– Con eso es suficiente -insistió fray Ferrer.

– Es una prueba endeble. Todo el mundo puede decir cualquier cosa de uno por despecho, por contentaros a vos o por salvar su pellejo.

– ¿Defendéis a este hombre? ¿Por qué?

El acerado tono de voz de fray Ferrer hizo temblar a Julián. Podía ver en sus ojos al sádico que llevaba dentro.

– Es muy fácil saber si este hombre es un hereje -dijo Julián al tiempo que se desprendía del cuello la cruz que llevaba colgando.

Miró a los ojos al cabrero suplicándole con la mirada que hiciera lo que le iba a pedir. Se acercó con paso decidido y le tendió la cruz.

– Besadla, buen hombre, despejad las dudas de mi hermano.

El cabrero apenas titubeó. Agarró con fuerza la cruz y, mirando primero a Julián y después a fray Ferrer, la besó repetidas veces, después se santiguó y cayó de rodillas con ella entre las manos, llorando y musitando una oración.

– Ya habéis visto. ¿Qué otra prueba necesitáis? Este hombre es un buen cristiano -dijo recalcando las últimas palabras.

Fray Ferrer estaba rojo de ira. Deseaba con todas sus fuerzas golpear al entrometido fraile que hasta ese momento le había parecido un infeliz. ¿De dónde había sacado las agallas para defender al cabrero?

– Dejadle marchar, es inocente -suplicó Julián-. Nadie creerá en la justicia de la Iglesia si no somos capaces de separar la cáscara del trigo.

Un grupo de soldados se había arremolinado junto a ellos. Contemplaban la escena con expectación, hartos muchos de ellos de ver morir a familiares y amigos por indicación de aquel fraile que no conocía la compasión.

Fray Ferrer se dio media vuelta sin decir palabra. Tenía la furia dibujada en el rostro y Julián se preguntó qué sería capaz de hacer.

– Marchaos -le ordenó al cabrero-. Ahora mismo, sin perder tiempo, no cojáis nada. ¡Fuera!

El hombre se levantó y con lágrimas en los ojos abandonó el campamento mirando hacia atrás, temeroso de que fray Ferrer mandara detenerle.

Julián se sentía exhausto, pero por primera vez en mucho tiempo, en paz consigo mismo. Pensó en Armand de la Tour, el físico templario cuya única receta para curar sus males había sido que siempre actuara de acuerdo con su conciencia.

– Algún día -musitó-, algún día, alguien vengará tanta sangre inocente.

SEGUNDA PARTE

1

5 de mayo de 1938

Carcasona, Francia

«Algún día, alguien vengará la sangre de los inocentes…»

La última frase le conmovió profundamente. Le había impresionado el relato escrito en aquellos rollos de pergamino que habían sobrevivido escondidos durante más de siete siglos en un castillo perdido en el sur de Francia.

El propietario del castillo aguardaba, impaciente, su juicio experto. No le gustaba aquel hombre y mucho menos su abogado -que parecía tener gran ascendiente sobre el dueño de la casa-, pero se dijo que eso no tenía importancia. Él estaba allí como experto medievalista de la Universidad de París, no para hacer relaciones sociales.

Se frotó los ojos y miró el reloj. Había estado toda la tarde ensimismado en la lectura, y el crepúsculo empezaba a adivinarse entre los ventanales que daban al cuidado jardín.

El café se había quedado frío y apenas había mordisqueado los sándwiches primorosamente alineados en una bandeja de plata.

Aunque estaba seguro de que eran auténticos, había pensado pedirle al conde que le permitiera llevárselos a la universidad: quería consultar a un grupo de expertos en datación de manuscritos.

Salió de la sala en busca del conde, pero no había dado tres pasos cuando un criado se le acercó.

– ¿Desea algo, profesor?

– Sí. ¿Podría avisar al señor conde?

– Sí, señor; está aguardando en su despacho.

Etienne Marie de la Pallisière, vigésimo segundo conde d'Amis, no se hizo esperar. Acompañado de su abogado, el señor Saint-Martin, acudió raudo, deseoso de escuchar la opinión del experto.

– ¿Y bien, profesor? -preguntó el conde sin más preámbulos.

– Es un relato extraordinario, escrito por un hombre atormentado, dotado de una gran sensibilidad. En mi opinión es auténtico, pero me gustaría llevármelo a París y consultar con otros colegas…

– Nos dijeron que usted era el mejor -dijo el abogado, con gesto agrio.

– ¿El mejor…? Se lo agradezco, pero hay otros colegas con tanta o más solvencia académica que yo.

– No me gustan los hombres modestos -afirmó D'Amis.

– Le aseguro que no lo soy, pero tampoco soy presuntuoso. Me parece, señor, que en estos momentos en los que hay… yo diría que cierto sarampión, sobre la cuestión de los cátaros, no está de más ser escrupuloso. Desde que en el siglo XIX ese personaje llamado Peyrat, aprendiz de historiador, empezó a fabular sobre los cátaros, son muchos los documentos falsos, las interpretaciones erróneas y la seudoliteratura que se da por buena. Yo soy un historiador y, por tanto, no doy nada por cierto hasta que no lo compruebo científicamente.

– ¡Así que a usted Peyrat le parece un impostor! -exclamó enfadado el abogado del conde.

– Sí, señor Saint-Martin, ese pastor de la Iglesia Reformada me parece un sinvergüenza que ha hecho un daño importante a la historia, al menos a esta parte de la historia de Francia. Adjudicar a los cátaros elementos esotéricos es un desprecio a la historia. El tal Peyrat los quería ver como precursores de la Reforma.

– Y usted no está de acuerdo -murmuró el conde.

– Eso es una majadería -afirmó el profesor-, tanto como ese movimiento político que quiere impulsar una Francia con distintas identidades y lenguas. En mi opinión, eso sería dar un paso atrás en la historia. No me parece que haya que sacrificar el Estado moderno para regresar a la Edad Media. Digan lo que digan unos cuantos indocumentados que juegan a historiadores e incluso se inventan la historia que más les gusta, el siglo XIII no fue ninguna Arcadia.

El conde d'Amis miró con desprecio al profesor antes de afirmar con voz impostada:

– Nosotros pertenecemos a ese movimiento político que aspira a que el Languedoc recupere su historia, su lengua y su autonomía, arrebatadas por la fuerza de las armas.

Ferdinand Arnaud estuvo a punto de echarse a reír pero se contuvo; ya había pensado en la posibilidad de que aquellos hombres circunspectos pertenecieran al movimiento de iluminados que impulsaban aquel invento, el País Cátaro.

– Bien, no estamos aquí para discutir de política -afirmó el abogado-, sino para conocer su opinión como experto, y en vista de que usted no se considera el mejor…

D'Amis hizo un gesto indicando a Saint-Martin que no siguiera. Le irritaba el profesor pero se lo habían recomendado como la máxima autoridad en el medievo francés, como el hombre que más sabía de los cátaros o albigenses, y no quería perderle por más que todo indicara que las relaciones no iban a ser fáciles.

– ¿Qué propone, profesor?

– ¿Proponer? ¿A qué se refiere?

– Quiero autentificar estos pergaminos; ¿lo hará usted?

– Lo haré si me permite llevármelos a París o si usted mismo me los lleva allí. Ya le he dicho que creo que son auténticos, pero necesito examinarlos más a fondo. Lo que no entiendo es… en fin…, cómo es que no los ha autentificado hasta ahora.

– En el archivo familiar hay varios documentos y pergaminos, todos ellos clasificados, pero éste… bueno, la historia de esta crónica de fray Julián es un tanto especial.

A Ferdinand le brillaron los ojos con curiosidad, pero el conde no parecía dispuesto a decir ni una palabra más sobre el asunto.

– Bien, yo mismo se los llevaré. Dígame a qué hora puedo entregárselos… pongamos que el próximo lunes. Este fin de semana tenemos invitados en el castillo y no podré desplazarme.

– Estaré en mi despacho desde las ocho, tengo clase a las nueve, y termino a mediodía, de manera que si usted quiere podemos vernos a las doce, o si prefiere por la tarde, a partir de las tres.

– A las tres está bien.

– Pues estaré encantado de volver a verle.

Ferdinand Arnaud se levantó dispuesto a marcharse. Aún le daba tiempo de coger el último tren a París. Pareció que el conde le adivinaba el pensamiento.

– Mi chófer le acercará a la estación, pero aún podemos tomar una copa antes de que se marche.

No le dio opción a rechazarla. Como si hubiera estado al acecho entró el sirviente con una bandeja en la que había dispuestas dos fuentes con aperitivos y una botella de Chablis frío.

El conde le ofreció una copa que Ferdinand aceptó resignado, aunque de inmediato se alegró de haberlo hecho: aquel Chablis era excelente, sin duda el mejor que había probado en su vida.

– ¿Cree usted que hoy día hay cátaros? -preguntó, de repente, el abogado ante la mirada reprobatoria del conde.

– No. ¿Cómo podría haberlos? Lo que hay es mucho charlatán que se aprovecha de la ingenuidad de la gente. Me fastidia enormemente esa moda de la teosofía en los cenáculos de París e imagino que también de aquí. No hay nada esotérico en los cátaros, les imagino removiéndose en sus tumbas, indignados por la distorsión que están haciendo de ellos esos grupos de ocultistas y de esotéricos tan en boga.

El conde y su abogado intercambiaron una mirada de complicidad. Ferdinand Arnaud no tenía pelos en la lengua y parecía complacerse provocándoles, como si supiera que ellos pertenecían a esos grupos que tanto decía despreciar.

– ¿Qué opina usted de Déodat Roche? -insistió el abogado. El profesor soltó una carcajada que a los dos hombres les supo a ofensa.

– ¡Un mentecato! Y quienes le siguen lo son aún más.

– Supongo que opinará más o menos lo mismo del escritor Maurice Magret -afirmó el abogado.

– Hay que reconocerle algún talento como fabulador pero todas sus teorías son cuentos para niños. Les insisto, señores, en que no hubo nada esotérico en el movimiento de los cátaros o Buenos Cristianos, como se llamaban ellos a sí mismos. No pierdan el tiempo con supersticiones, no se dejen engañar.

– ¿Y por qué cree que nos dejamos engañar? -preguntó el conde d'Amis.

– Pues por su interés en los nombres por los que acaban de preguntarme. Déodat Roche es un notario que nada sabe sobre el medievo. Su obsesión es construir un «País Cátaro». No se puede tergiversar la historia, la historia fue lo que fue.

»En cuanto a Maurice Magret ya les he dicho que creo que tiene talento como escritor, pero fantasea sobre los cátaros, no es ningún especialista, deja correr la imaginación por más que sus escritos tengan éxito y un montón de seguidores.

»Vivimos un momento difícil, la crisis que asola a Europa hace que mucha gente crea que hubo un tiempo pasado en que las cosas fueron mejor. Es el momento en que astrólogos, espiritistas y embaucadores se aprovechan del miedo. Del miedo que recorre Europa ante la incertidumbre del futuro. Hay gentes dispuestas a creer lo increíble porque les resulta más consolador que afrontar la realidad.

– Así que usted cree que el contexto político europeo tiene que ver con el interés que mucha gente siente por los cátaros -insistió el abogado.

– Sí; en los momentos de incertidumbre suele cundir cierto oscurantismo.

– En mi caso, señor, debo decirle que el interés es familiar. Como habrá notado, mi apellido es D'Amis.

– No es complicado llegar a esa conclusión: de los pergaminos se desprende que éstos llegaron a la hija de doña María, Marian, casada con el caballero Bertran d'Amis, de los que usted debe de ser su ilustre descendiente.

– Lo soy -afirmó con orgullo el conde.

– ¿Puedo insistir en preguntarle por qué su familia no ha hecho públicos estos documentos hasta ahora?

– Aún no los he hecho públicos, profesor, y tampoco estoy seguro de que vaya a hacerlo. Pero responderé a su pregunta: estos pergaminos son parte de mi herencia. No los he tenido en mis manos hasta hace tres meses, cuando falleció mi padre.

– Imagino que conocía la existencia de los pergaminos…

– Sí, naturalmente. Durante siglos mi familia los guardó con gran secreto. Su sola posesión ponía en peligro sus vidas inocentes. Fue mi abuelo quien decidió que había llegado el momento de sacarlos a la luz. Él era partidario de legarlos a alguna universidad, y en esa idea estaba, cuando murió. Mi padre no tenía la misma opinión y los guardó a la espera de… bueno, él tenía sus propios planes, pero antes quería autentificar los documentos.

– ¿Por qué? ¿Por qué tenía dudas de unos documentos familiares? -quiso saber Ferdinand.

– Mi abuelo no sentía demasiado interés por el pasado familiar, y al parecer no le habló de ellos a mi padre hasta poco antes de su muerte. Ahora soy yo quien asume la responsabilidad de hacer con ellos lo justo.

– ¿Y qué es lo justo, conde? -inquirió el profesor Arnaud con curiosidad.

El conde d'Amis no respondió. Miró al reloj y, de nuevo, apareció el sirviente como si pudiera intuir a través de las paredes los deseos de su señor.

– Es la hora de acompañar al profesor Arnaud a la estación.

– El coche le espera en la puerta, señor -anunció el criado.

– Bien, profesor, le veré el próximo lunes a las tres en su despacho -dijo el conde a modo de despedida.

El abogado inclinó la cabeza con un gesto que al profesor le pareció que era un remedo de reverencia. «Son unos tipos estrafalarios», pensó Ferdinand Arnaud, pero no dijo nada.

Los periódicos no podían traer noticias más alarmantes. 1938 llegaba a su fin y estaba resultando ser una pesadilla para la economía europea. Y, por si fuera poco, en Alemania el loco de Adolf Hitler encandilaba a las masas con un discurso que a Arnaud le producía escalofríos.

El profesor, como tantos otros franceses, creía que Hitler engañaba al presidente Daladier asegurándole que no tenía ningún afán expansionista ni de guerra. Y sus compatriotas se engañaban a su vez creyendo que estaban seguros tras la línea Maginot. Se consolaba pensando que el tiempo pondría las cosas en su sitio y los jóvenes se darían cuenta de que el miedo al futuro no se puede combatir con represión, o echando la culpa a los extranjeros.

– Tienes mala cara. Supongo que es el sueño el que te vuelve maleducado. Es la segunda vez que pasas por mi lado sin saludarme.

Ferdinand sonrió a la mujer que le hablaba. Acababa de entrar en la sala de profesores sin darse cuenta de que Martine Dupont estaba allí fumando un cigarrillo. Martine, también profesora de Historia Medieval, era una docente rigurosa y competente, cuyo único problema era su belleza, incluso ahora que había pasado de los cuarenta. Ser guapa le había producido más de un disgusto. Tuvo que estudiar más que nadie para demostrar hasta el hartazgo que su cerebro superaba a su físico. También había tenido que poner a algunos de sus colegas en su sitio dejándoles claro que no era una presa fácil, había hecho de su soltería una seña de identidad: nada le importaba, excepto su carrera, a la que le dedicaba toda su energía.

Martine estimaba especialmente a Ferdinand porque éste jamás había manifestado el menor interés por ella, lo que suponía un alivio.

– Perdona, tienes razón, tengo sueño. Llegué muy tarde a casa y los años pesan; desde que cumplí los cincuenta no soy el mismo. Mi mujer y mi hijo me dicen que me he vuelto un gruñón, pero lo peor es que si no duermo ocho horas, no soy yo mismo.

Martine sonrió comprensiva.

– No puedes imaginar dónde estuve -continuó Ferdinand.

– Tratándose de ti, seguro que no acierto.

– Hace una semana me llamó un colega de la Universidad de Toulouse pidiéndome que me desplazara a un château cerca de Carcasona para examinar unos documentos de un amigo. Me lo pidió como un favor especial y no tuve más remedio que acceder. Y me alegro de haber ido.

– ¿Has encontrado un tesoro?

– Sí, creo que sí. Un documento maravilloso: nada menos que una crónica escrita por un notario de la Inquisición que hacía de espía de los cátaros.

Martine frunció el ceño. Al igual que Ferdinand, aborrecía que cuanto tenía que ver con los cátaros estuviera adquiriendo una pátina de esoterismo e irrealidad.

– Es una historia preciosa, te lo aseguro. Una dama cátara que le pide a un hijo bastardo de su marido, que es dominico, que deje escrito para la posteridad la persecución de que fueron objeto los Buenos Cristianos.

– ¡Pero qué cosas tan extrañas estás diciendo! -protestó Martine.

– Ya lo leerás; así contado, parece algo fantástico, pero no lo es. Quiero que eches un vistazo a esos pergaminos y que me des tu opinión.

– ¿Dónde están esos pergaminos?

– El conde me los traerá el lunes.

– Así que te tratas con un conde… -rió Martine.

– Sí, el propietario de ese tesoro es un conde. Y un conde muy raro, lo mismo que su abogado. Yo diría que son dos… bueno, me preguntaron por Roche y Magret…

– ¡Dios, qué horror! Esos dos son pura bazofia. ¿Estás seguro de que esos pergaminos son auténticos?

– Lo estoy, ya los verás. Tendré que convencerles de que me dejen publicarlos, y no será fácil.

– ¿Por qué?

– Si estás el lunes, te presentaré al conde y comprenderás por qué.

2

Ferdinand Arnaud pasó el fin de semana buscando en sus libros algo que le pudiera dar alguna pista sobre el extraordinario documento del conde d'Amis.

No encontró nada, salvo lo que ya sabía: las actas de los interrogatorios de los pobres diablos de Montségur se debían al celo de fray Ferrer. Ahora Ferdinand sabía algo más: que uno de los notarios, uno de los escribanos, había sido un fraile atormentado que repartía su fidelidad entre el Dios católico y el Dios de los cátaros.

No le costaba imaginarse a fray Julián. Le suponía inteligente ya que había sido capaz de sobrevivir navegando entre dos orillas peligrosas, e incluso creía saber de él que tenía algo del caballero que no pudo ser por razón de nacimiento. Pero si fray Julián le parecía un personaje apasionante, lleno de contradicciones y matices, doña María se le antojaba una mujer espléndida. Dura, correosa y de armas tomar.

Pensó que le hubiera gustado conocer a ambos.

Lo que ya no tenía tan claro era lo que el conde d'Amis quería hacer con los pergaminos, aunque intuía que podía estar mezclado con alguna de esas sociedades secretas que clamaban por el resurgir de un país cátaro inexistente.

El lunes a las tres en punto un ujier le anunció la visita del conde d'Amis. Le había pedido a Martine que estuviera unos minutos con él en el despacho para presentarle al conde.

Su primera sorpresa fue verle llegar con su abogado, el señor Saint-Martin. Los dos hombres saludaron con sequedad a Martine, y ésta, incómoda, se marchó de inmediato del despacho.

– La profesora Dupont es una de las mejores medievalistas de Francia -dijo Ferdinand con voz seca.

– Si hubiéramos querido tratar con ella no estaríamos aquí -respondió con acritud el abogado.

Ferdinand les invitó a sentarse y a continuación les explicó los trámites que seguiría para autentificar los pergaminos, además de asegurarles que en el rectorado les darían un recibo acreditativo de la entrega de los documentos con el compromiso de la universidad de que éstos serían tratados con absoluta confidencialidad y sin que sufrieran daño alguno.

El abogado Saint-Martin estudió los papeles y los términos del acuerdo, antes de indicar al conde d'Amis que todo estaba en orden.

– Ahora, señor conde, quisiera saber qué quiere hacer usted con estos pergaminos. Son una joya y merecen ser conocidos. Es el mejor relato de lo que sucedió en Montségur. En distintos archivos están los testimonios recogidos por la Inquisición, pero el relato de un acontecimiento vivido a caballo entre ambas partes tiene un valor extraordinario. No le oculto que me gustaría publicar un trabajo sobre estos pergaminos. La universidad correría con los gastos de su publicación. Si usted aceptara, tendría que pedirle que me dejara consultar otros documentos familiares…

Los dos hombres se miraron mientras escuchaban al profesor Arnaud. Luego, como si lo hubiesen ensayado de antemano, el conde tomó la palabra.

– Mi querido profesor, vayamos por partes. Para mí lo más urgente es que usted me asegure su autenticidad; después ya hablaremos de lo que se puede hacer en el futuro.

Ferdinand no insistió. Se daba cuenta de que los dos hombres tenían un plan del que no pensaban moverse ni un milímetro. Tendría que esperar mejor ocasión.

– De acuerdo. Se hará como dicen. Ya hablaremos más adelante.

– ¿Cuándo tendrá una respuesta? -preguntó el conde.

– Llámeme en tres o cuatro días…

– ¿No puede ser más preciso? -quiso saber el abogado.

– Le aseguro que tengo el máximo interés en estos pergaminos, pero las autentificaciones llevan un proceso que ni puedo, ni quiero, ni debo saltarme.

– Para la Iglesia será un golpe fatal -sentenció el conde d'Amis.

– ¿Para la Iglesia? ¿Por qué? Estos documentos tienen un valor histórico, pero no cambian los hechos.

– Pero uno de los suyos les traicionó -insistió el conde.

– Uno de los suyos se vio envuelto en un conflicto tremendamente humano, nada más; tampoco eso cambia la historia. Le aseguro que a la Iglesia estos documentos no le van a afectar.

– ¿Es usted católico? -le preguntó directamente el abogado Saint-Martin.

– Ésa es una pregunta personal que no tengo por qué responder, señor. Pero sí le diré que soy historiador y que si he conseguido el respeto de mis colegas es por mi trabajo, en el que nunca intervienen mis convicciones personales sean éstas las que sean. Yo investigo el pasado, no lo reescribo de acuerdo con lo que yo pienso. Pero sí le digo que si tiene usted algún contencioso con la Iglesia, busque otra cosa como arma. Estos pergaminos le resultarán indiferentes. Tienen un valor histórico, no político. No cambian la historia ni una coma.

– Esperaremos su llamada -dijo el conde al tiempo que se levantaba.

Ferdinand acompañó al conde y su abogado a hacer los trámites para quedarse con la custodia temporal de los documentos. Luego se despidió de ellos en la puerta de la universidad.

Cuando se quedó solo, Ferdinand pensó que aquellos tipos eran muy extraños. Su pretensión de causar un conflicto a la Iglesia por esos pergaminos era de una ingenuidad rayana en la estupidez.

Fue a buscar a Martine, que se hallaba en la sala de profesores, y nada más entrar Ferdinand percibió la tensión. Martine discutía acaloradamente con otros dos profesores.

– ¿Ha estallado la guerra? -preguntó Ferdinand para intentar rebajar la tensión ambiental.

– No te hagas el gracioso, la situación no está para bromas -respondió el profesor Cernay, un cincuentón, como Ferdinand.

– Pero ¿qué os pasa?

– Me niego a creer que ese loco de Hitler vaya a contagiar a Francia con sus ideas xenófobas -respondió Martine.

– Y yo le digo que no sea ingenua -añadió el profesor Cernay.

– Martine se empeña en idealizar los valores republicanos. Le resulta imposible admitir que la nación que hizo la Revolución sea capaz de dejarse llevar por los más bajos instintos, como si la Revolución no hubiera dejado también sueltos esos bajos instintos -terció el profesor Jean Thierry.

– Es la distancia la que embellece las cosas y las despeja del horror del momento, de la miseria de la cotidianidad -insistió Cernay.

– Hoy he expulsado de clase a un alumno -explicó Martine-: estamos en una parte de la asignatura que suele gustar a los alumnos, ya sabes, el siglo xiii y la situación en el Languedoc, los herejes… En fin, después de la explicación he abierto un turno para que los alumnos plantearan dudas y preguntas, y un imbécil me ha salido con que estamos en el umbral de una época nueva donde Occitania volverá a recuperar la independencia perdida. Luego ha hecho un canto al «hombre nuevo» que aflorará en esa sociedad ideal, un «hombre puro», de «raza pura», y a partir de ahí se ha puesto a divagar sobre los males que aquejan a la Europa actual, señalando a los judíos como el cáncer que carcome a los países y que hay que erradicar.

– Has hecho bien expulsándole de clase -afirmó Ferdinand.

– Sí, y de lo que discutimos es que yo mantengo que ese chico es sólo un idiota solitario, alguien que lee seudoliteratura barata sobre los cátaros. Hace un año se publicó en Alemania La corte de Lucifer: un viaje a los buenos espíritus de Europa, que ha tenido cierto éxito en el continente. Es de ese tal Otto Rahn, autor de Cruzada contra el Grial: la tragedia del catarismo, un libro execrable, donde se inventa una raza nueva. Los cátaros son seres superiores, paganos, un grupo de esotéricos que guardan el Grial.

– Conozco esos libros, y tienes razón, son seudoliteratura -aceptó Ferdinand.

– Nuestra colega no quiere reconocer que las ideas esotéricas son peligrosas -terció el profesor Cernay-. No sólo dan lugar a la seudoliteratura. Hay quienes juegan con ellas con tal habilidad que las convierten en banderín de enganche para ideas racistas, y ese estudiante del que nos ha hablado es un claro ejemplo, pero, desgraciadamente, no un ejemplo aislado.

– Yo tengo varios alumnos racistas -apuntó el profesor Thierry-. En mi clase ya ha habido varios choques dialécticos y alguna situación casi violenta. Entre mis alumnos hay judíos que no están dispuestos a ser tratados como una raza inferior y, obviamente, se defienden de los ataques, hasta ahora verbales, de algunos de sus compañeros.

– ¡Dios, cuánta falta de cerebro precisamente aquí, en la universidad! -se lamentó Cernay.

– Yo propongo una reunión del claustro para que tratemos de este tema -expuso Thierry-, pero Martine cree que estamos creando un problema por la actitud de sólo cuatro o cinco idiotas. Dice que si nos ponemos solemnes algunos alumnos seguirían a los idiotas por aquello de llevar la contraria a los mayores.

Ferdinand encendió un cigarrillo y se quedó pensativo. No tenía una respuesta al problema del que trataban sus colegas. Por una parte creía que era mejor atajar cuanto antes esas actitudes xenófobas que se empezaban a dar en la universidad, pero por otra… a lo mejor Martine tenía razón y lo único que lograban era que los chicos, por rebeldía, asumieran como moda lo que era una ideología harto peligrosa. Dudó unos segundos, aunque luego su mente lógica se impuso.

– Martine, creo que nuestros colegas tienen razón. Deberíamos hacer algo; esta universidad no puede quedarse paralizada ante el peligro de la xenofobia. Debemos hacer las cosas con inteligencia, esto es, cortando de raíz cualquier manifestación repugnante como tú has hecho hoy.

– Lo malo es que tenemos un par de colegas que ven con cierta simpatía algunas de esas ideas… -protestó Martine.

– Es que no son medievalistas -rió Ferdinand-, así que podemos convocar unas cuantas clases gratuitas para nuestros colegas explicándoles cómo se vivía en la Edad Media.

Pasaron un buen rato discutiendo. A ellos se unieron otros profesores que coincidieron en el diagnóstico: en la universidad comenzaban a manifestarse, abiertamente, algunos extremismos que hablaban de construir una gran Europa con una raza superior tal y como proponía Hitler en Alemania. Sin embargo llegaron a la conclusión de que en Francia, salvo entre algunos grupos minoritarios, estas ideas peligrosas no encontrarían eco.

El informe del grupo de expertos de la universidad fue concluyente. Los pergaminos eran auténticos, de mediados del siglo xiiI. Para Ferdinand Arnaud no fue ninguna sorpresa, pero incluso así se sintió satisfecho. La crónica de aquel fray Julián le había conmovido más de lo que le hubiera gustado admitir, y ansiaba poder escribir un ensayo académico, pero no las tenía todas consigo. El estrafalario conde y su extraño abogado parecían empeñados en dar a aquel documento otro valor distinto al histórico y académico.

El conde d'Amis le había pedido que viajara hasta el castillo para decidir el futuro de los pergaminos. Ferdinand tenía pocas esperanzas de convencerlo para que le permitiera trabajar con la crónica de fray Julián, pero pensó que aunque fuera en terreno enemigo merecía la pena intentarlo.

– ¿Puedo ir contigo? -le preguntó su hijo David, un joven de diecisiete años, buen estudiante y tan tranquilo como su madre.

– Me gustaría, pero no sé cómo nos recibiría el conde; es un tipo muy raro -se excusó Ferdinand.

– Ves poco a tu hijo -protestó Miriam, la mujer del medievalista-; yo ya me he acostumbrado a que vayas y vengas, pero David te echa en falta.

Ferdinand sabía que su esposa tenía razón, pero no quería hacer aún más difíciles las relaciones con el conde y no se atrevía a presentarse con David en el castillo. De repente, mirándola, sintió una punzada de inquietud al recordar la conversación mantenida dos días antes con sus colegas sobre la política antisemita del gobierno alemán, que parecía encontrar comprensión en algunos sectores de la sociedad francesa.

Miriam era judía. Lo mismo que él era un católico agnóstico, ella era una judía agnóstica. Ninguno de los dos era practicante, ni ella iba a la sinagoga ni él a la iglesia. No tenían una actitud beligerante contra la religión pero tampoco formaba parte de sus vidas, ni de la de su hijo. Cuando David nació, los padres de Miriam pidieron encarecidamente que le hicieran la circuncisión y así se instalara en el mundo como judío. Él aceptó; sus padres, agnósticos como él, dijeron que les daba lo mismo. «No se puede imponer una religión -había dicho su padre-. Cuando sea mayor, David decidirá en qué quiere creer, si quiere creer en algo.» Sus padres consideraban en su fuero íntimo que la religión, amén de dividir a los hombres, era una fuente de superstición. De manera que David formalmente era judío, aunque de todas formas ya lo era para la comunidad hebrea, puesto que de acuerdo con la tradición, la condición de judío la transmite la madre.

Los abuelos maternos se encargaron de que David cumpliera con algunos de los ritos religiosos, pero lo habían hecho con delicadeza, sin mostrarse exigentes. Así que a los trece años hizo el Bar Mitzvá, la comunión judía, su entrada en el mundo de los adultos.

David no parecía rechazar aquellas visitas periódicas a la sinagoga, porque le gustaba complacer a sus abuelos maternos y éstos se sentían especialmente satisfechos con ello. Miriam era su única hija y David su único nieto.

A Miriam le inquietaban distintos interrogantes: ser judío ¿podría llegar a ser un problema como ya lo era en Alemania? ¿Vería a su hijo discriminado por serlo? Y ella, ¿sufriría algún tipo de discriminación por pertenecer a un pueblo cuya religión le resultaba indiferente?

Ferdinand, ensimismado en sus pensamientos, no la estaba escuchando; de repente se sorprendió al oír sus últimas palabras.

– … y entonces David le dio un puñetazo, pero…

– ¿Cómo dices?

– Pero ¿no me has escuchado? Te estoy diciendo que a tu hijo le han insultado y le han llamado «judío de mierda», que aguantó un buen rato hasta que al final se volvió y le dio un puñetazo…

– Pero ¿a quién? -preguntó con el tono de voz alterado mientras buscaba la mirada de David, que en ese momento le observaba expectante.

– ¡Ferdinand, tu problema es que no me escuchas! ¡Por eso no te enteras de lo que te estoy contando!

Bajó la cabeza en señal de asentimiento. Era verdad, no le había prestado atención. Miriam estaba irritada y preocupada, más de lo que él había sido capaz de percibir.

– Empieza de nuevo, lo siento.

– No te habíamos dicho nada para no inquietarte, pero desde hace un tiempo el hijo del señor Dubois, el carnicero, se mete con David, le llama «perro judío» y se lamenta de que en Francia no haya un Hitler. Hasta ahora David ha evitado el enfrentamiento con él, pero ayer el chico le estaba esperando en la puerta del liceo con sus amigos. Empezaron a zarandearle, y lo peor es que nadie salió en su defensa; incluso sus amigos desaparecieron dejándole solo. Nuestro hijo no pudo soportar la humillación y le dio un puñetazo al sinvergüenza de Dubois, y su padre se presentó aquí, a primera hora, para hablar contigo…

Ferdinand miró horrorizado a Miriam y a David. ¿Cómo podía haber sucedido eso y él no se había enterado? ¿Qué estaba pasando? ¿Tendrían razón sus colegas, y él, al igual que Martine, se negaba a ver la gravedad de lo que estaba pasando?

Se acercó a su hijo y le abrazó intentando transmitirle su protección y apoyo, pero David se puso tenso. No rechazó el abrazo, pero tampoco se sentía cómodo.

– Lo siento, hijo, hablaré con el padre de ese energúmeno y te prometo que no se volverá a repetir.

– ¿Estás seguro? -preguntó David en tono desafiante-. ¿Quién te dice que su padre te hará caso? A lo mejor no sabes lo que piensa ese señor Dubois sobre nosotros. El otro día acompañé a mamá a la compra y cuando salimos de la carnicería escuchamos el comentario: «No quiero a esos judíos ni como carne picada».

Ferdinand sintió como si le hubieran golpeado en el estómago. Miriam le miraba preocupada. Sabía que ella era valiente, incapaz de rendirse ante comentarios groseros o racistas, pero su hijo… ¿Tenía David la fortaleza de su madre, incluso la de él mismo? El chico estaba herido en lo más hondo y él no se había enterado de lo que sucedía, ni siquiera en su propia casa.

– Seré yo el que vaya a pedir explicaciones al padre de ese energúmeno. Le denunciaré si es necesario.

David soltó una carcajada amarga que desconcertó a sus padres.

– ¿Le vas a denunciar? ¿Ante quién? ¿Es que no te enteras de lo que pasa? Tú… a ti te gusta la política.

– Así es, pero no milito en ningún partido, me avengo bastante mal con la disciplina -intentó justificarse con una medio broma.

– Pero lees los periódicos, ¿o tampoco lo haces? -El tono de David era inquisitorial.

– Ferdinand, estoy preocupada -intervino Miriam-; hace dos días mi madre vino llorando. Ha recibido una carta de la tía Sara, que le han traído unos amigos que han huido de Alemania. Asaltaron su establecimiento, y cuentan que a mis tíos hace unas semanas también les destrozaron la librería. Un grupo de camisas pardas se presentó por la noche, rompieron los escaparates, sacaron los libros a la calle e hicieron una fogata con ellos. A mis tíos les dieron una paliza. El tío Yitzhak tiene un brazo roto y apenas puede mover el cuello, a mi tía le llenaron el cuerpo de cardenales de tantas patadas que recibió. Están aterrados, no saben qué hacer. Mi padre quiere que se vengan de inmediato, pero ellos dudan, toda su vida está en Alemania, la tía es francesa pero el tío Yitzhak es alemán, más alemán que nadie, y no concibe lo que está pasando.

La descripción de su mujer le había helado el alma. Sara, la dulce Sara, hermana del padre de Miriam, una mujer alegre, siempre dispuesta a ayudar a los demás. Era bibliotecaria, lo mismo que el padre de Miriam. Conoció a Yitzhak en un viaje que realizó a Alemania. Entró en su librería, comenzaron a conversar y se quedó para siempre en Berlín. Se había adaptado bien a su nueva patria, y ahora unos desalmados le pegaban, pero ¿por qué? Se estremeció de horror sólo de pensarlo.

– Deben venir cuanto antes -dijo con preocupación Ferdinand-, les ayudaremos cuanto podamos. Diles que pueden contar con nosotros.

– Ya lo saben, pero soy yo la que se va a Alemania.

– ¿Tú? ¡Estás loca! ¿A qué quieres ir?

– Quiero ver lo que pasa, ayudarles a tomar la decisión. Están aterrados, no son capaces de pensar lo que les conviene. Temen que toda su vida se les esfume. Ya han perdido la librería, ahora temen perder su casa. Ferdinand, hace tiempo que mis tíos no pueden salir a la calle sin llevar cosida a sus abrigos una estrella de David que les señala como judíos.

– Una costumbre medieval… -inició Ferdinand.

– Sí, una costumbre medieval que nunca ha sido desechada -afirmó Miriam con tristeza-, los judíos son los culpables, el «otro», alguien a quien poder reprochar lo que a uno le va mal. Y además matamos a Cristo. Le clavamos en la cruz y…

– ¡Calla, por Dios! ¡Pero qué cosas dices, precisamente tú!

– ¿Sabes, Ferdinand? Empiezo a sentirme judía.

La afirmación de Miriam le descolocó. De repente su mujer le miraba con un destello de ira como si él tuviera algo que ver con lo que estaba pasando en Alemania o con los simpatizantes de Hitler en Francia.

No supo qué responder a su mujer; se sentía abrumado por lo que le contaba. Sabía muy bien lo que estaba ocurriendo en Alemania, le habían informado de ello colegas que habían viajado a aquel país, incluso un año atrás habían llevado a cabo una colecta en la universidad para ayudar a un par de profesores judíos que se vieron obligados a escapar de aquel clima de horror y de odio. Sí, no podía decir que lo que le relataba Miriam fuera nuevo para él. Por más que el Gobierno del Frente Popular había insistido en que algo así a ellos, los franceses, no les podía pasar. Así como su padre le había anunciado que en España la República iba a perder la guerra, podía ocurrir que el nazismo ganara la batalla en Francia.

Su padre decía que él era catalán de Perpiñán. Tenían familia al otro lado de la frontera, en España: republicanos y socialistas como su padre, y las noticias que enviaban eran cada vez más alarmantes: tíos muertos en el frente, primos desaparecidos en el fragor de alguna batalla… El fascismo parecía estar venciendo en todas partes.

El mundo que conocía se estaba derrumbando a su alrededor mientras él continuaba explicando a los jóvenes las claves para entender la Edad Media. Sabía que las Ligas Fascistas francesas operaban en la clandestinidad, y que en los últimos tiempos habían perdido el miedo a asomar la cabeza. Tal vez el señor Dubois y su hijo pertenecieran a alguna de esas Ligas.

Decidió acceder al ruego de David y llevarle al castillo del conde d'Amis. No sabía cómo se lo tomaría el conde, pero tanto le daba. David le requería, necesitaba certidumbres, sentirse protegido por su padre. Había aplazado la conversación con Miriam para cuando regresara. La idea de su mujer de ir a Alemania era una locura que no estaba dispuesto a permitir.

3

Durante el viaje hacia Carcasona, padre e hijo comentaron la conversación mantenida por Ferdinand con el señor Dubois. Había resultado ser un fascista en toda regla, que calificó al profesor de poco patriota por haber mezclado su sangre francesa con la sangre impura de una judía. El profesor replicó con una sonora carcajada, lo que aumentó la ira del señor Dubois, y no pudo evitar decirle al carnicero que le encontraba cómico. Cuando colgó el teléfono sintió un regusto amargo en la boca del estómago. Sentía un desprecio infinito por Dubois pero al mismo tiempo intuía que el carnicero podía ser peligroso.

Cuando llegaron a la estación, el coche del conde les aguardaba dispuesto a trasladarles hasta el castillo.

D'Amis le había insistido en invitarle a cenar y, así, conocería a unos caballeros alemanes expertos en literatura medieval.

El mayordomo le aguardaba en la puerta del castillo. No se inmutó cuando Ferdinand le explicó que viajaba acompañado de su hijo.

– Lo siento, no he podido avisar al conde; en todo caso no creo que nos quedemos mucho tiempo.

Les acompañó a la sala donde Ferdinand había estado el primer día que visitó el castillo para valorar aquella crónica de fray Julián.

No tardó mucho en aparecer el aristócrata junto a un niño, no mayor de diez años, y su abogado, Pierre de Saint-Martin.

– Profesor, me han informado de que le acompaña su hijo, ¡ah ya veo que es todo un muchacho! En cualquier caso, mi hijo Raymond le enseñará el castillo. Desde luego serán ustedes mis invitados esta noche, supongo que habrán traído lo necesario.

– No quisiera molestar, surgió un imprevisto…

– No es ninguna molestia. Mandaré a por sus cosas al coche y más tarde les mostrarán sus habitaciones. Ahora, profesor, ardo en deseos de que hablemos sobre el resultado de su investigación.

Vio salir a David siguiendo al pequeño Raymond, un niño rubio con unos inmensos ojos verdes, igual que los del conde, y sin saber por qué sintió una oleada de inquietud. Le había sorprendido la frialdad del niño, parecía un militar en miniatura, una caricatura de alguien mayor que él.

– Bien, profesor, explíquese -le conminó el conde.

Hasta ese momento el abogado no había abierto la boca; se había limitado a saludarle con una leve inclinación de cabeza.

Durante casi una hora Ferdinand habló exhaustivamente sobre los pergaminos, el resultado de las pruebas del laboratorio, la opinión de sus colegas y, sobre todo, la oportunidad de que aquella joya medieval fuera conocida por todos, insistiendo en la posibilidad de hacer un trabajo completo si le dejaba examinar otros documentos familiares.

– Esta crónica de fray Julián puede tener alguna relación con otros escritos o documentos de su archivo familiar. Merecería la pena intentarlo -concluyó.

El conde escuchaba ansioso mientras su abogado seguía sin mover un músculo, como si nada de lo que dijera Ferdinand en realidad tuviera interés para él, y bostezando en alguna ocasión.

– Bien, una vez que usted nos confirme que son auténticos, pensaré en su petición, profesor, pero no me pida que le dé una respuesta de inmediato. Para usted esta crónica sólo tiene un valor histórico, para mí… para mí y mi familia es algo más.

Ferdinand había intentado ver en D'Amis al descendiente de aquella doña María enérgica y llena de sentido común y de aquel don Juan de Aínsa que, como buen caballero, se quedó en su casa solariega sin decir ni requerir nada. Lo comparó, también, con aquel apasionado caballero templario, Fernando, o con el propio fray Julián. Aquellos personajes se le antojaban mucho más humanos que aquel conde estirado, que más parecía el comparsa de una ópera que un noble de verdad.

– La propuesta de la universidad es generosa -insistió Ferdinand.

– Lo sé, lo sé, pero hablaremos de ella más tarde. Ahora, si me disculpa, debo atender a mis otros invitados. La cena se servirá a las siete; descanse hasta entonces. Creo que su hijo está en las cuadras. Al mío le encantan los caballos y no se resiste a llevar a nuestras visitas allí, tenemos algunos ejemplares sobresalientes.

– ¿Te estás aburriendo mucho? -le preguntó Ferdinand a David mientras le hacía el nudo de la corbata para bajar a cenar.

– ¡Menuda gente! Son muy estirados, incluso el niño, Raymond, es un cursi de mucho cuidado. ¿Sabes de lo que me ha hablado? De los cátaros, de la maldad de la Iglesia católica… ¡Uf!, a ese pobre niño le tienen lavado el cerebro.

– Son un poco raros -admitió Ferdinand.

– Y si no te gustan, ¿por qué estamos aquí?

– Hay veces que uno no puede decir no. Ya te he explicado que me llamó un profesor de Toulouse que había sido tutor mío, para pedirme el favor de que echara un vistazo a unos pergaminos que constituían un documento único. La verdad es que me alegro de haber tenido la oportunidad de leer la crónica de fray Julián; es un relato conmovedor.

Un sirviente les acompañó a una sala que precedía al comedor. El conde y sus invitados, incluso el pequeño Raymond, vestían esmoquin.

– Nosotros somos nosotros -susurró Ferdinand a su hijo-, nuestro mundo es el de la inteligencia.

– No te preocupes. Me sentiría ridículo en uno de esos chismes, mira al niño…

El conde le presentó a sus invitados, tres hombres y dos mujeres, además del abogado. Ferdinand se dijo que aquel castillo no tenía dama, puesto que ninguna de las mujeres le fue presentada como la señora de la casa.

– El barón Von Steiner, su esposa, la baronesa Von Steiner, el conde y la condesa Von Trotta, y un colega suyo de la Universidad de Berlín, Henrich Marbung. Al caballero Saint-Martin ya le conoce, lo mismo que a mi hijo Raymond…

Mientras tomaban una copa de champán la conversación fue intrascendente. Hasta el primer plato Ferdinand no se dio cuenta de que estaba compartiendo cena con un grupo de fascistas refinados.

– Alemania entera está entusiasmada con Rahn -afirmó el profesor de la Universidad de Berlín- y no es para menos. Rahn ha sido capaz de ver donde otros no ven nada, sólo piedras o palabras.

– ¿Se refiere a Otto Rahn, el autor de Cruzada contra el Grial? -preguntó Ferdinand.

– Al mismo. Un hombre ilustre al que tengo el honor de conocer. Estoy aquí con el encargo de encontrar…

– ¿El Grial? -preguntó Ferdinand divertido.

– ¿Le sorprende, profesor?

– Me sorprende que un profesor de la Universidad de Berlín venga a buscar algo que no existe. El Grial es un mito, un invento muy oportuno como recurso literario.

– ¿Niega usted su existencia? -quiso saber el conde Von Trotta.

– Naturalmente. No niego que el libro de Rahn tenga imaginación, ya que ha sido capaz de elaborar unas teorías sugestivas, pero carece de valor histórico, lo que no es de extrañar habida cuenta que ese señor no es historiador, sino escritor, de manera que ha dejado suelta su imaginación de manera brillante.

– Pero ¡cómo se atreve…! -exclamó sin ocultar su ira el profesor Marbung-. Debe usted saber que Rahn ha bebido de las mejores fuentes, conoce esta tierra mejor que usted y todas sus teorías están fundadas en hechos; ninguna de sus afirmaciones es gratuita.

– Siento contradecirle, pero no es así. Sé que sus libros se han convertido en grandes éxitos y que mucha gente cree a pies juntillas sus especulaciones, pero el Languedoc que describe no es real y sus imaginativas hipótesis no están asentadas científicamente en nada que las sostenga -insistió Ferdinand.

– Es usted muy contundente en sus juicios -afirmó el barón Von Steiner.

– Soy contundente a la hora de hablar de lo que sé y me niego a que se reescriba la historia por mucho que ésta pueda salir embellecida del intento. En cuanto al propósito de Otto Rahn, tal y como él confiesa, de encontrar un hilo conductor entre Montségur y el Montsalvat, el castillo de su Wolfram von Eschenbach, el autor de Parsifal, es un ejercicio tan bello como inútil. Siento no poder complacerles con otra opinión.

– Si he acudido al profesor Arnaud para que certificara la autenticidad de la crónica de fray Julián, es precisamente porque cuenta con el respeto de la sociedad académica -afirmó el conde d'Amis-. El profesor jamás daría su nihil obstat a nada de lo que no estuviera realmente seguro. De manera que para mí tiene un valor incalculable su reconocimiento de los pergaminos familiares.

– Quizá fuera posible intentar convencer al profesor de que colabore con nosotros -sugirió la baronesa Von Steiner.

– ¿Colaborar? No creo que el profesor sea uno de los nuestros -dijo el abogado Saint-Martin-, yo creo que más bien sería un obstáculo…

– No les entiendo, caballeros… -dijo Ferdinand.

– Señor, formamos parte de una… de una sociedad cultural; queremos buscar la verdad sobre el misterio cátaro y a ser posible encontrar el Grial, por más que usted no crea en su existencia. Pero si la suya es una opinión docta, otros académicos mantienen tesis contrarias y…

– Ningún académico serio cree en el Grial -cortó Ferdinand interrumpiendo el parlamento del conde Von Steiner.

– Usted sólo cree lo que ve -sentenció el conde.

– Yo soy un profesor, mis armas son la ciencia y la razón.

– ¿Cree usted en Dios, profesor? -le preguntó la condesa Von Trotta.

– Es una pregunta que me hicieron hace unos días y que considero del todo impertinente. Lo que yo crea o deje de creer pertenece a mi ámbito privado y nada tiene que ver con mi actividad científica.

– No abrumemos al profesor -terció el conde-, bonita manera de convencerle para nuestra causa… Brindemos por que éste sea el comienzo de una fructífera amistad y colaboración. A todos nos interesa la verdad, sólo buscamos la verdad. Profesor Arnaud, ¿se uniría usted al equipo que estoy formando para buscar las verdades del catarismo?

– Perdóneme, conde, pero no hay ninguna verdad que buscar sobre los cátaros porque ya tenemos certezas. Ya le dije que me repelían esas interpretaciones irreales sobre los cátaros. Son un ejercicio absurdo del que yo no participaré jamás.

– Le estoy pidiendo que dirija nuestro equipo… Buscaremos donde usted nos diga que debemos buscar -insistió el conde.

– El caso es que no hay nada que buscar. Podemos encontrar algún acta perdida de la Inquisición o un documento precioso como el que su familia ha conservado, pero nada más. El Grial no existe.

– ¿Usted afirma que no existe el cáliz sagrado? -preguntó el abogado Saint-Martin.

– Sinceramente, sí. ¿De verdad usted piensa que aquella copa que Jesús llenó de vino para compartir con sus discípulos se conserva dos mil años después? ¿Cree que alguno de sus discípulos la escondió entre los pliegues del manto pensando en la posteridad?

– ¡Usted no cree en nada! -exclamó la baronesa Von Stener-. Es evidente que el Grial no es una copa, es… algo más, algo que puede curar, que dará un poder sin limites al que lo posea.

– Señora, yo no confundo fe con superstición.

– Y el tesoro de los cátaros, ¿qué cree que era? -preguntó el abogado Saint-Martin.

– Oro, plata, monedas, algunos objetos de valor… Donaciones de damas y caballeros a la Iglesia de los Buenos Cristianos, pero nada más. No busquen ningún talismán, no existe.

– Aun así, nos gustaría contar con usted -insistió el conde.

– Lo siento, pero no estoy disponible.

Se hizo un incómodo silencio. David miró a su padre con admiración. Nunca le había visto desplegar su autoridad académica con tanta firmeza. Estaba conmovido por su valentía al no dejarse amilanar en aquella tensa situación y con aquella extraña gente.

– ¿Qué piensa de la situación en Alemania? -preguntó la baronesa Von Steiner para cambiar el sesgo de la conversación.

– Me preocupa y mucho. Creo que Adolf Hitler terminará siendo una pesadilla, no sólo para Alemania, sino también para el resto de Europa.

– ¿No comparte el ideario de nuestra revolución? -quiso saber la baronesa.

– ¿Su revolución? Me cuesta verla a usted como una revolucionaria, señora.

– ¡Por favor, no sea simple! -protestó airada-. Hitler está cambiando Alemania y cambiará el mundo. Francia tendrá que aceptar la supremacía de sus ideas.

– Le aseguro, baronesa, que somos muchos los que haremos lo imposible para que las ideas de su líder no traspasen la frontera.

¡Vamos, vamos! No hablemos de política -intervino el conde d'Amis intentando apaciguar la conversación-, aquí estamos hablando de historia, y para eso es para lo que quiero contar con el profesor. Verá, señor Arnaud, el profesor Marbung, gran amigo mío, expuso a las autoridades académicas de su universidad mi propuesta de poner en marcha un grupo de trabajo que desentrañe toda la verdad sobre el país cátaro, y al parecer la idea les ha entusiasmado. Yo también soy un rendido admirador de Otto Rahn, quien naturalmente me gustaría que tuviera una participación en el proyecto…

El pequeño Raymond había permanecido en silencio, observando con fascinación a unos y a otros, cuando de repente irrumpió en la conversación con una pregunta al profesor Arnaud:

– ¿Le gustan los nazis?

El conde clavó los ojos, en los que se podía leer una fría cólera, en su hijo. David creyó ver, además de inquietud, miedo en los ojos verdes que Raymond bajó avergonzado.

– No, hijo, no me gustan los nazis -respondió Ferdinand mirando al conde en vez de al niño.

– ¡Qué ocurrencias tienes, Raymond! -terció el abogado.

El mayordomo entró en el comedor anunciando que el café estaba servido en el salón, lo que supuso un alivio para todos los comensales, que se habían quedado mudos.

De camino al salón Ferdinand se acercó al conde.

– Señor, creo que es mejor que mi hijo y yo nos marchemos. No quiero incomodarle más con mi presencia, ni a usted ni a sus invitados. Si su chófer nos puede acercar a Carcasona estoy seguro que encontraremos un hotel donde pasar la noche…

– ¡Por favor, profesor! ¿Por quién me toma? Usted es mi invitado y tiene todo el derecho a manifestar sus opiniones. Me ofendería que se fuera. Mañana mi chófer le llevará a la estación, como tenía previsto. En cuanto al comentario de mi hijo… Espero que no se lo tome en serio, es un niño, escucha conversaciones y no entiende bien su significado. No me gustaría que se hiciera una idea equivocada de nosotros…

Ferdinand no se atrevió a decirle que se sentía incómodo, pero temió ser grosero si insistía en marcharse. Quizá había sido la declaración de la baronesa Von Steiner decantándose por Hitler.

La conversación se relajó mientras tomaban café y coñac, aunque Ferdinand no podía evitar seguir tenso.

El conde pidió a Ferdinand que explicara el alcance de los pergaminos a sus invitados.

Arnaud hizo una descripción apasionada de la Crónica de fray Julián, y habló de éste como si fuera un amigo.

– ¿Y cómo conservó su familia esos pergaminos? -quiso saber la baronesa Von Steiner.

– No lo sé; imagino que fueron pasando de padres a hijos, con el encargo de mantenerlos en secreto hasta que llegara el momento -explicó el conde.

– El momento de vengar la sangre de los inocentes.

Las palabras del abogado Saint-Martin provocaron un momentáneo silencio.

David, que hasta ese momento se había mantenido callado, miró a su padre y antes de que a éste le diera tiempo de hacer un gesto indicándole que siguiera en silencio, el joven preguntó:

– ¿Y cómo y quiénes van a vengar la sangre de los inocentes?

– La mejor venganza es devolverles la voz -afirmó el abogado-, revindicarles, defender el Languedoc de la ocupación francesa.

– ¡Pero ustedes son franceses! -dijo David.

– Somos occitanos, franceses a la fuerza.

– Esto no era la Arcadia… -apuntó Ferdinand.

– Usted conoce la historia -le desafió Saint-Martin.

Y como la conozco, sé que la vida en la Edad Media no era envidiable, ni siquiera aquí. El país cátaro no existe. Es el resultado de la imaginación de algunos escritores y aficionados del siglo xix que han sublimado la cultura de los trovadores, dando de ese período de la historia una visión empalagosamente romántica. Es curioso. Los pobres cátaros sirven para todo: para los anticlericales, para los esotéricos, para los nacionalistas, para los liberales… Todos les reinterpretan y creen ver en ellos las señas de identidad de sus propias convicciones. No he visto un período de la historia más tergiversado y malinterpretado que éste.

– Usted no es occitano -recalcó el abogado.

– Bueno, a lo mejor un poquito sí lo soy. Mi padre es de Perpiñán y mi madre de Toulouse, de manera que algo tengo que ver con esta tierra, aunque, si quieren que les diga la verdad, me da lo mismo de dónde soy o de dónde son los otros. Me importa dónde estoy bien y con quién estoy, me importa la dignidad humana, la justicia y la paz. De dónde es uno es algo que no se elige.

– ¿Niega usted las raíces? -preguntó el conde Von Trotta.

– No tengo necesidad de reafirmarme en ellas. Lo que importa es lo que somos capaces de llegar a ser como personas, no dónde hemos nacido. Nacer en un lugar puede determinar el mundo de las emociones íntimas, los sabores, olores, la música, el paisaje… pero ni quiero ni permito que nada de esto me determine como persona.

– ¿Es usted comunista? -le preguntó el profesor Marbung.

Ferdinand dudó en responder a esa pregunta formulada con tono impertinente, pero pensó que si no lo hacía se sentiría un cobarde que ocultaba sus ideas.

– Soy un demócrata. No milito en ningún partido.

– ¡Ah! -exclamó el profesor Marbung-. Realmente, conde d'Amis, sería difícil que el profesor Arnaud y yo pudiéramos colaborar.

El conde clavó su mirada verde y fría en el profesor antes de responderle.

– Señores, yo busco su competencia profesional.

El abogado Saint-Martin iba a intervenir pero pareció arrepentirse. No comprendía al conde ni su empeño por contar con Arnaud.

– Conde… -quiso protestar el profesor Marbung.

– No discutamos, caballeros. Quiero contar con ambos para este proyecto. Piensen ustedes lo que quieran, pero pongan su talento y su saber al servicio de la historia.

– Creo, señor, que no me ha entendido -dijo Ferdinand en tono cortante-; no tengo la más mínima intención de trabajar en ningún proyecto que tenga que ver con… con fantasías. Además, no estoy disponible. Mi trabajo en la Universidad de París me ocupa todo el tiempo. Si usted me lo permite, me gustaría trabajar en la Crónica de fray Julián, darla a conocer, escribir sobre ella, publicarla… pero no quiero tener nada que ver con ningún otro proyecto.

– Hablaremos, profesor Arnaud… hablaremos… -asintió el conde.

4

El tren con destino a París tenía su hora de salida a las cinco de la tarde. A Ferdinand se le antojaba insoportable permanecer más tiempo en el castillo, pero el conde no parecía dispuesto a permitirle marchar ni un minuto antes.

Por la mañana intentó engatusarle con una oferta que a punto estuvo de hacer dudar a Arnaud.

– Quiero que escriba una historia sobre los cátaros. Una nueva historia, que investigue, busque, cuente con la Crónica de fray Julián, y si usted cree que todo son fantasías, que ayude a despejar las dudas sobre el Grial; pero, en todo caso, que intente como historiador ver qué puede haber de verdad. Hablaré con su universidad para que le libere una temporada. Naturalmente correré con todos los gastos.

Ferdinand, sobre todo para no seguir sufriendo su presión, le había prometido pensarlo. Luego buscó refugio en su habitación. A excepción de al abogado Saint-Martin y el profesor Marbung, no había visto al resto de los invitados.

El pequeño Raymond propuso a David volver visitar los establos.

– Ayer preguntaste por los nazis. ¿Por qué?

– No puedo hablar de eso -respondió Raymond.

– ¿Por qué?

– ¿A ti te pega tu padre?

– ¡No! ¡Nunca! Me castiga, pero pegarme… nunca me ha pegado, ¿a ti sí?

Raymond guardó silencio mientras extendía su mano hacia el lomo de una yegua de color castaño.

– Tengo que aprender. Tengo que aprender a asumir mis responsabilidades. Y me merezco que me castiguen cuando no lo hago bien.

– Depende de cómo te castiguen -afirmó David.

– Hay personas que somos… somos distintas; pertenecemos a una raza especial, y… bueno… yo… yo soy de esas personas, como mi padre, como Saint-Martin o los amigos de mi padre… Tú no lo sé… no me lo pareces y tu padre…

– Yo estoy muy orgulloso de mí padre, entre otras cosas porque es un demócrata -aseveró David con tono de enfado, olvidándose de que estaba hablando con un niño de diez años.

– Los demócratas, los socialistas y los comunistas son un cáncer, como los judíos -aseguró Raymond.

Si le hubiesen golpeado, David no se habría sentido más herido. Su padre le había encarecido la noche anterior que evitara cualquier discusión con aquella gente, pero él sentía la necesidad de saber, de preguntar. Raymond era el único dispuesto a prestarle atención y acababa de pronunciar la palabra maldita: judío.

– Yo soy judío -respondió David desafiante- y no soy ningún cáncer.

Raymond se quedó perplejo, y mordiéndose el labio echó a correr. Temía la reacción de su padre por haber vuelto a hablar demasiado, y aún le dolían las nalgas por los azotes recibidos. El cinturón de su progenitor le había levantado la piel y, con el contacto del pantalón, sentía un escozor continuo. Estaba a punto de entrar en el castillo cuando se dio de bruces con el profesor Marbung.

– ¡Son judíos! -gritó el niño.

– ¿Judíos? ¿Quiénes? -preguntó alterado el profesor.

– David y su padre. Me lo ha dicho él -dijo señalando hacia las cuadras donde se veía recortada la figura de David.

El profesor Marbung y el niño entraron en el castillo en busca del conde d'Amis, al que encontraron en su despacho departiendo con el abogado Saint-Martin.

– ¡Conde! ¡Su hijo acaba de darme una terrible noticia!

El tono del profesor Marbung preocupó a los dos hombres, que se levantaron de inmediato temiendo una desgracia.

– ¿Qué sucede? Raymond, ¿qué te pasa?

– Son judíos -afirmó el niño-, me lo ha confesado David. El conde d'Amis apretó los puños, intentando controlar su contrariedad.

– Esto cambia las cosas -musitó el abogado.

– ¡Nunca trabajaré con un judío! No toleraré que un asqueroso judío conozca nuestros planes… ¡Ya sospechaba yo de su interés en hacernos desistir de buscar el Grial! -afirmó con furia el profesor Marbung.

– Y sin embargo… sería un error no poder contar con el profesor Arnaud. Su antiguo profesor de la Universidad de Toulouse no me dijo que fuera judío… -explicó el conde.

– Su hijo se lo ha dicho a Raymond… -insistió el abogado-, de manera que no caben dudas.

Ninguno vio a David en la puerta observando con los ojos llenos de rabia y desprecio.

– Yo soy judío, él no.

Le miraron sobresaltados, preocupados por la presencia inesperada de aquel adolescente, ¿cuánto tiempo llevaría allí, escuchándoles?

Joven, no sea maleducado, no se escucha detrás de las puertas -acertó a decir el conde.

– La puerta está abierta y para ir a mi habitación debo pasar por delante de ella.

– En cualquier caso, un caballero no escucha una conversación que no le concierne. Pero ya que lo ha hecho, acompáñenos, por favor -ordenó el conde.

David entró con paso vacilante. Le hubiera gustado salir corriendo en busca de su padre, pero no se había atrevido a contradecir al conde d'Amis.

– Siéntese, joven.

Tanto Raymond como el abogado Saint-Martin y el profesor Marbung aguardaban expectantes la siguiente reacción de D'Amis.

– Bien, usted sabe que hay gente que tiene prejuicios, que no le gustan los judíos, piensan que son culpables de algunas de las cosas que pasan. A mí poco me importa lo que piensen los demás; lo que me importa es la historia, y quiero que su padre trabaje en mi proyecto, tanto me da si es judío o no.

David estaba a punto de protestar y llamarle mentiroso, pero realmente no tenía de qué acusarle: había sido el profesor Marbung quien había manifestado su menosprecio por los judíos, no él.

– Su hijo piensa que los judíos somos un cáncer.

– Mi hijo tiene diez años y escucha conversaciones que no entiende, lo que le lleva a… digamos, que a ser imprudente. Le pido disculpas en su nombre.

El joven no supo qué decir. Clavó sus ojos en el profesor Marbung, ansioso de que le diera una excusa para levantarse y mostrar su ira.

Pero el profesor parecía no estar interesado en el combate y tenía la mirada perdida en las volutas de su cigarro.

– Voy a buscar a mi padre -fue todo lo que se le ocurrió. -Vaya, vaya, pero le ruego que no le abrume con malentendidos.

David se dio media vuelta y se dirigió hacia las escaleras, deseoso de encontrar a su padre en el dormitorio. Le pediría que se fueran de inmediato aunque fuera andando.

– ¡Ah, ya has vuelto! -Ferdinand estaba leyendo tumbado en la cama. Su rostro reflejaba hastío-. Siento que no podamos marcharnos antes. Me temo que aún deberemos compartir el almuerzo con esa gente.

– Han dicho que los judíos son un cáncer -replicó David muy alterado.

Ferdinand se incorporó preocupado. Se daba cuenta de que su hijo no estaba bien.

– Pero ¿qué estás diciendo?

– Fue Raymond… ese niño dice en voz alta lo que su padre y los otros no se atreven a decir -aseguró David-. Demócrata y judío es lo peor que se puede ser para ellos. Luego les escuché hablar. El profesor Marbung dijo que si eras judío no podría trabajar contigo, que no quieres que busquen el Grial.

– ¡Pero qué locura es ésta! Bajaré ahora mismo a hablar con el conde d'Amis. Podemos adelantar nuestra salida, cambiaremos el billete en la estación.

David pareció calmarse pero Ferdinand se daba cuenta de que su hijo sufría. De repente se sentía diferente, y por consiguiente rechazado.

– ¿Qué tiene de malo ser judío? ¿Por qué hay gente que nos odia?

– Los ignorantes odian lo que desconocen, pero además en la historia de Europa hay momentos execrables: la Inquisición, los pogromos… El judío es el extranjero o el diferente, alguien a quien culpar de todos los males de la sociedad. Ésa es la excusa que utilizan los poderosos para desviar la atención de sus responsabilidades hacia la propia sociedad. Además, es un buen negocio quedarse con los bienes de la comunidad judía, y sobre todo no pagarles las deudas contraídas.

– Los abuelos no son ricos, la tía Sara tampoco… -balbuceó David.

– No, no lo son; tampoco lo eran la mayoría de los judíos quemados en las hogueras. Lo más perverso de los verdugos es inocular a sus víctimas la idea de que son culpables de algo, por lo que tienen que pagar; éstas terminan aceptándolo tácitamente y se preguntan qué han hecho mal. No, no te preguntes por qué a la tía Sara la persiguen los nazis alemanes, qué han hecho tus abuelos o qué has hecho tú para que te odien. Sólo preguntártelo es una monstruosidad.

– Pero continúo sin entender el hecho de tanto odio. No sabes con qué desprecio Raymond ha dicho que los judíos son un cáncer, y el profesor Marbung… Bueno, el profesor me parece el peor de todos.

Unos ligeros golpes en la puerta interrumpieron la charla entre padre e hijo. El mayordomo les transmitió el ruego del conde de que se reunieran en el salón en cuanto estuvieran listos.

Ferdinand suspiró. Se sentía atrapado entre su deseo de poder disponer de la crónica de fray Julián y la necesidad de marcharse. Se ahogaba en aquel castillo.

Cuando entraron en el salón, el conde les esperaba junto a Raymond y Saint-Martin.

A pesar de la seguridad que manifestaba, Ferdinand pudo apreciar un tic nervioso en su forma de cerrar y abrir el puño de la mano derecha.

El rostro de Raymond reflejaba dolor y miedo, pero al mismo tiempo, por su manera de mirar a David, se intuía que le reprochaba algo.

– Profesor, antes hablé y me disculpé con su hijo; ahora lo hago con usted. Desgraciadamente Raymond se ha comportado de manera abominable con sus comentarios del todo improcedentes. Le ruego que le disculpe a él, y también a mí, por haberles ofendido. Nada más lejos de mi intención y, si me permite ser sincero, de mis intereses.

– Deberían preocuparle los comentarios de su hijo -respondió Ferdinand con frialdad.

– Ha sido castigado por ellos. Le aseguro que le costará olvidar el error cometido.

– No se trata de cometer un error por decir algo, se trata de lo que significa pensar ese algo -respondió Ferdinand.

– Usted sabe que los niños escuchan cosas que no entienden y se confunden a la hora de…

– ¿De afirmar que ser judío y demócrata es el peor de los cánceres? -El tono de voz de David reflejaba su dolor y su ira.

El conde miró a David y luego, con un gesto, indicó a su hijo que se quitara la chaqueta y se subiera la camisa. Raymond palideció, pero se ruborizó, muy avergonzado.

Cuando Raymond dejó su espalda al descubierto, Ferdinand y David emitieron una exclamación de horror. En la espalda del niño se apreciaban las marcas que había dejado la correa de su progenitor. La piel descarnada y sangrante no dejaba lugar a dudas: Raymond había sido azotado con saña.

– ¡Por Dios! Yo… -acertó a decir Ferdinand.

– Espero que sea suficiente para darle satisfacción por la ofensa de mi hijo -dijo con sequedad el conde.

– ¡Esto no era necesario! Aborrezco el castigo físico… Pero ¿cómo le ha podido hacer esto al niño, a su propio hijo? -Ferdinand no encontraba palabras para expresar el horror que le producía ver las marcas del maltrato.

David sentía náuseas porque se creía culpable de aquella tortura. Tal vez, se dijo, él había exagerado la frase de Raymond, y en realidad no tenía tanta importancia lo que dijera un niño de diez años. No sabía qué hacer, pero sentía un deseo imperioso de pedir perdón al niño.

– Lo siento -balbuceó dando un paso hacia el niño-; yo… yo… lo siento.

– Lo que ha pasado, pasado está. Raymond aprenderá del error cometido. Ahora, profesor, quiero desagraviarle, y no se me ocurre otra manera que anunciándole que puede disponer del manuscrito de fray Julián. Acepto la oferta de su universidad. Haga un estudio más exhaustivo, dé a conocer su ensayo. Los archivos familiares estarán abiertos para usted, pero tendrá que venir aquí a consultarlos; no quiero que nuestros documentos anden por ahí desperdigados.

Ferdinand se quedó perplejo. No se esperaba que el conde aceptara desprenderse de la crónica de su antepasado, y mucho menos sin condiciones. También él tuvo un sentimiento de enojo y de vergüenza consigo mismo. ¿No habrían sacado las cosas de quicio entre David y él? ¿No estarían demasiado sensibles por lo que le había sucedido a David con el bocazas de Dubois, añadiendo a ese episodio la desgracia de la tía Sara?

Raymond continuaba con la espalda al descubierto, exponiendo su humillación y dolor, sin atreverse a cubrirse antes de que su padre le diera el consentimiento. Por fin el conde hizo un gesto autorizándole a acomodarse la camisa.

– No sé qué decir… todo esto es… lo siento… siento lo sucedido… -balbuceó Ferdinand-, creo que no deberíamos de mezclar una cosa con otra.

– Acepte, por favor, mis disculpas y mi ofrecimiento. Mi abogado y amigo el señor Saint-Martin redactará un documento de préstamo de la crónica de fray Julián para su estudio y custodia por la Universidad de París. La próxima semana estará listo y yo mismo se lo entregaré en París. Tengo que visitar la capital por negocios a finales de la próxima semana; ya le telefonearé para reunirme con usted y el rector de la universidad.

Ferdinand se sentía desconcertado ala vez que abrumado por todos aquellos acontecimientos. Sentía además vergüenza por todo cuanto estaba sucediendo, y también por sí mismo, por su ansia de tener la crónica de fray Julián, que parecía quitar importancia a lo que le había sucedido a Raymond.

Aceptó la oferta del conde y le dio las gracias por ello, evitando la mirada de David; ya hablaría con él más tarde, en el tren, de todo lo que había pasado.

El almuerzo transcurrió de manera más apacible que la cena de la noche anterior. Los invitados del conde parecían deseosos de agradarle; sólo el profesor Marbung mantenía cierta distancia, lo mismo que el abogado Saint-Martin. Hablaron de todo y de nada, de música, literatura y gastronomía. El barón Von Steiner demostró ser un experto conocedor de los vinos franceses y les dio una conferencia al respecto.

Cuando el conde les despidió en la puerta del castillo, el ánimo de Ferdinand estaba sumido en la confusión pero dispuesto a dejarse llevar por aquella promesa de que en una semana dispondría para su estudio de la ansiada crónica de fray Julián.

No bien se hubieron marchado Ferdinand y David, el conde y sus invitados se reunieron en su despacho, con gran sigilo y gestos de preocupación.

– No entiendo su actitud, conde -se atrevió a reprocharle el profesor Marbung-, ni tampoco su empeño en contar con el profesor Arnaud. No le necesitamos.

– Se equivoca, profesor. El nombre del profesor Arnaud nos abrirá archivos y puertas que de otra manera nos estarían vedados. Necesitamos su prestigio para buscar lo que queremos -explicó el conde-, la cuestión es no alertarle sobre nuestras intenciones, es decir, evitar los errores que todos cometimos durante la cena de ayer.

– La máxima autoridad mundial sobre catarismo es Otto Rahn -afirmó el profesor Marbung-. Siguiendo sus pasos encontraremos el Grial.

– Siguiendo sólo sus pasos no, profesor. Esto es Francia, y los franceses son chovinistas. Rahn no impresionará a algunos archiveros a cargo de documentos preciosos, pero el profesor Arnaud sí. Él será nuestra llave, nuestro guía ciego, irá por delante sin saber adónde queremos llegar, pero desbrozando el camino.

– Reconozco que su jugada ha sido genial -dijo el conde Von Trotta-; al final se ha ido insultado, pero agradecido.

– Sí, y sintiéndose en deuda conmigo, con mi magnanimidad. No colaboraría con nosotros por dinero, y si supiera nuestras intenciones haría lo imposible por detenernos.

– Es un ignorante -murmuró el profesor Marbung-, si fuera capaz de comprender la profundidad de La corte de Lucifer sabría que los cátaros no son más que los fieles seguidores de una doctrina que se pierde en la noche de los tiempos. Los cátaros nada tienen que ver con la Iglesia, ni con la tradición judeocristiana. Sólo Rahn ha sido capaz de verlo… El Dios de Roma, ¡puaf!, escupo sobre Él.

– ¿Quién cree en el Dios de los papas? Pura superchería para pobres -añadió el barón Von Steiner.

– Los católicos sueñan con sufrir su propia cruz para emular a su Cristo; pues bien, la tendrán -sentenció el abogado Saint-Martin-. Que mueran con ella.

– Señores, es evidente que nosotros no participamos de las tonterías de la religión, somos hombres ilustrados. Pero no debemos exponerlo ante cualquiera; esto no es Alemania y nuestra actitud puede resultar sospechosa. De manera que procuremos disimular nuestras ideas delante de extraños. Necesitamos al profesor Arnaud por ahora, y lo importante es que haya mordido el anzuelo. Usted, profesor Marbung, siguiendo las indicaciones de Berlín, continuará trabajando como hasta hoy. Sueño con el día en que la diosa Razón vengue la sangre vertida en el Languedoc.

Ferdinand Arnaud aceptó a regañadientes colaborar en la investigación del conde. No le pidió que se desplazara a Toulouse o Carcasona, ní que trepara por los riscos de Montségur; sólo le indicó que le abriera puertas y moviera los hilos necesarios para tener acceso a determinados archivos, y que las autoridades locales no pusieran inconvenientes a las excavaciones.

Arnaud tranquilizaba su conciencia diciéndose que no había nada de malo en ayudar a un colega de la Universidad de Berlín por poco que éste le gustara; pero sentía una inquietud en el fondo de su alma que no le permitía sentirse bien consigo mismo. Le repugnaban aquellos amigos del conde, entusiastas de Otto Rahn y con ideas filonazis.

En compensación estaba ilusionado con la publicación de la crónica de fray Julián, que si bien no contenía revelaciones sustanciales sobre el sitio de Montségur, sí tenía el valor histórico del relato en primera persona de los acontecimientos, y sobre todo, por la descripción de los protagonistas de aquel drama.

– ¡Vaya, existes!

Ferdinand sonrió al ver a Martine irrumpir en su despacho. Llevaban unos días sin coincidir y le había llegado el rumor de que Martine había vuelto a enfrentarse a un alumno por sus comentarios racistas.

– Creo que te estás convirtiendo en la guardiana de las esencias de la República -le respondió a modo de saludo.

– Pero sin demasiado éxito. Esos fascistas crecen como hongos, o a lo mejor es que estaban agazapados y ahora se dejan ver… Pero aquí en la universidad… ¿Ya te han contado…?

– Sí, ya sé que echaste de clase a otro de tus alumnos por decir que los judíos son sólo mierda.

– El mocoso se me encaró y me amenazó diciéndome que tuviera cuidado, que quién sabe dónde estaría él y dónde estaría yo en el futuro.

– Y tú por lo pronto le mandaste fuera de clase y con el anuncio de que tenía tu asignatura suspendida.

– Sí, y menuda se ha organizado. Su padre ha venido a hablar con el rector y la discusión está en si pueden o no obligarme a retractarme. No lo voy a hacer. O el chico o yo, y si me tengo que ir me iré, pero no voy a ceder al pulso de ese mocoso. Si se quiebra nuestra autoridad y nos dejamos amedrentar, será mejor que cerremos la universidad.

– Por lo que sé, el claustro te apoya, incluso los que no te tienen simpatía -bromeó Ferdinand.

– Ganar este pulso no es en beneficio mío -se quejó Martine.

– Lo sé.

– Y a ti, ¿cómo te va?

– Bien, aunque…

– ¿Qué sucede?

– Me preocupan Miriam y David. Ya te conté el incidente que tuvo mi hijo y lo de la tía de mi mujer… Miriam insiste en ir a Berlín y yo… no me fío, podría ser peligroso.

– No creo que vaya a sucederle nada, Miriam es francesa.

– Y su tío Yitzhak es alemán y sin embargo le han destrozado la librería heredada de sus abuelos. Y tú has expulsado a dos alumnos de clase en menos de dos meses.

– Sí, tengo la sensación de que nuestro mundo se está derrumbando -admitió Martine.

– Pues no lo permitamos, profesora. Luchemos.

– ¿Somos lo suficientemente valientes para hacerlo? ¿No tememos implicarnos y perder nuestros privilegios?

– Sin duda somos humanos y no tenemos por qué tener madera de héroes, pero eso no significa que nos quedemos de brazos cruzados. Tú no lo haces, Martine.

– No me lo puedo permitir.

5

París, 20 de abril de 1939

– Miriam, te ruego que recapacites -suplicaba Ferdinand.

– No, está decidido, voy a por ellos, quiero saber qué les ha pasado, dónde están. No creerás que voy a permitir que sea mi padre quien lo haga. Y en la embajada dicen que si no sabemos nada de ellos es porque se habrán ido de vacaciones. ¡Cínicos! Es lo que son, unos cínicos.

David contemplaba en silencio la última pelea de sus padres, que se habían vuelto cada vez más frecuentes en los últimos tiempos. Ambos tenían los nervios a flor de piel. Su padre constataba que la universidad había dejado de ser el lugar donde tanto disfrutaba con su trabajo. Desde que regresaron del castillo d'Amis le había visto angustiado y, cuando recibía la llamada del conde o del profesor Marbung pidiéndole que hiciera alguna gestión, se irritaba con facilidad. En un par de ocasiones había regresado al castillo, sin proponerle que le acompañara. Él tampoco habría querido volver, aquella gente le parecía siniestra.

Ferdinand parecía resignarse a tratar con el conde d'Amis con tal de poder trabajar con la crónica de fray Julián. Aún no había terminado el ensayo que iba a publicar con el aval de la universidad, y desde que se había incorporado a las clases tras las vacaciones de verano, parecía desganado, no había vuelto a escribir.

Y ahora se estaba peleando con su madre, insistiéndole que no se marchara a Berlín en busca de sus tíos.

– Miriam, temo lo que pueda estar sucediendo allí -insistía-. Siempre he creído que el Pacto de Munich ha sido tiempo ganado por Hitler, por más que nuestro presidente crea a pies juntillas a ese indeseable.

– ¡Voy a ir, Ferdinand! -dijo Miriam mientras cerraba de un golpe la maleta-. Escúchame bien, todos tenemos prioridades en la vida. Nos has dicho que hay algo que te repugna en el conde d'Amis, y después de lo sucedido no me extraña. Sin embargo, sigues en tratos con él. Te he suplicado que le devolvieras el maldito manuscrito y no regresaras jamás a donde a nuestro hijo le insultaron llamándole judío. Bien, yo tengo mi prioridad, y no es otra que ir a ver qué les ha sucedido a mis tíos. Nadie va a impedírmelo, Ferdinand, ni siquiera tú.

– ¡Vaya, me reprochas mi trabajo! ¡No sabía que te molestaba tanto!

– ¿Tu trabajo? No, Ferdinand, no te reprocho tu trabajo, te reprocho tu ceguera, que te dejes utilizar, manipular. Todo lo que me has ido contando de ese conde y sus amigos me inquieta. ¿Qué tienes que ver con un grupo de gente que busca el Grial? ¿Por qué les ayudas?

– ¡Yo no les ayudo! No tengo nada que ver con esa investigación.

– ¡Eso es de lo que intentas convencerte! ¡Ni tú mismo te puedes engañar tanto! ¿Sabes por qué estás irritado, por qué casi no hablas, por qué esquivas la conversación sobre la crónica de fray Julián? Yo te lo diré: porque no estás satisfecho, porque sabes que estás colaborando con algo que no te gusta, con gente oscura.

– ¡Te expliqué cómo el conde azotó a su hijo por insultar al nuestro! ¿Te parece poca prueba de su actitud y convicciones? -Me parece muy inteligente ese conde.

– ¡Por favor, no discutáis más! -casi suplicó David-. Mamá se va… Vamos a estar muy preocupados, y no me gustaría que se fuera triste.

Miriam abrazó a su hijo, conmovida. Le quería más que a su vida. No sólo porque era su hijo; también por su sensibilidad, por su capacidad para ponerse en la piel de los demás y sentir compasión por quienes sufren.

Desde que regresó de aquel viaje al castillo d'Amis, David les había pedido a sus abuelos que le explicaran qué tenía que hacer para ser un buen judío. Ahora iba a la sinagoga con frecuencia y acompañaba a sus abuelos a todas las celebraciones religiosas; incluso se había colgado una diminuta estrella de David en el cuello. Le habían escupido la palabra «judío» y necesitaba saber qué se escondía detrás de ese término para despertar tanto odio. Aunque se decía a sí mismo que ser judío no le hacía sentirse diferente al resto de sus amigos, le obsesionaba encontrar la diferencia.

Ferdinand se había rendido a la súplica de David y se acercó a la madre y al hijo para abrazarles a la vez.

– Lo siento, siento no ser capaz de explicar mejor mi preocupación, ¡os quiero tanto!

– Y nosotros a ti, papá. Yo tampoco quiero que mamá se vaya, pero sé que tiene que hacerlo, y prefiero que nos vea contentos.

Salieron del apartamento cogidos de la mano y hablando de naderías.

Durante el trayecto a la Gare de Lyon, Ferdinand disimulaba su angustia concentrándose en la conducción, mientras David no cesaba de parlotear con su madre.

El pitido del tren anunciando su salida les quebró el ánimo a los tres. David no pudo evitar que se le escapara una lágrima ahora que la veía partir y Ferdinand se reprochaba haber discutido con Miriam.

– ¡Cuídate! ¡Por favor, cuídate! -dijo Ferdinand.

– Mamá, vuelve pronto -suplicó, a su vez, David.

Ella, con ternura, les dijo adiós enviándoles un beso a través de la distancia que iba estableciendo el tren.

Ferdinand estaba ensimismado leyendo unos papeles cuando Martine entró como una exhalación en su despacho.

– ¡No lo soporto más!

Se la quedó mirando inmóvil, incapaz de decir nada. Martine se dio cuenta de la sorpresa que se reflejaba en el rostro de su amigo.

– Perdona, pero no aguanto más a tanto fascista. Cuando he llegado a clase me he encontrado sentado a mi mesa a un chico haciendo una exaltación de las esencias de Francia y las malas influencias extranjeras. El idiota me ha dicho que era miembro de las Juventudes Patrióticas. He instado al rector a que le abriera un expediente y le expulsara de la universidad. Habrá una reunión informal del claustro, por eso he venido a buscarte. Sabía que estarías aquí encerrado, trabajando sin enterarte de nada.

Ferdinand se levantó como un autómata. Cada día se sucedían incidentes de este tipo y Martine parecía haberse convertido en la Juana de Arco contra el fascismo. La profesora estaba especialmente empeñada en no tolerar ninguna manifestación contraria a lo que ella creía que encarnaba la República.

– Siento no poder ir a esa reunión -se excusó él-. Le prometí a David que iría a buscarle al liceo.

Cuando llegó, su hijo ya se había marchado, lo que le provocó un sentimiento de angustia. Se dirigió a su casa rezando para encontrarle allí.

David escuchaba la radio en el salón sin poder disimular su sufrimiento.

– Mamá… -musitó-, no sabemos nada de mamá, y está allí… Tienes que llamar a la embajada…

Se sentó junto a su hijo y escuchó las noticias que con voz grave iba relatando el locutor.

El teléfono les sobresaltó. David acudió raudo a responder.

– Es el abuelo Jean -dijo, mientras le daba el teléfono a su padre.

– Papá… sí… lo sé, nosotros estamos bien. No, no sabemos nada de Miriam.

Ferdinand a duras penas lograba responder a su padre, preocupado por la suerte de Miriam.

– No, dile a mamá que esté tranquila, no necesitamos nada, ya os llamaré. De acuerdo, de acuerdo, iremos a cenar esta noche a vuestra casa. Sí, a las siete, no te preocupes.

Cuando colgó el teléfono se sintió inundado por un sudor frío que le corría desde la nuca por la espalda. David continuaba sentado junto a la radio como si aguardara que de un momento a otro el locutor fuera a darle noticias de su madre.

– ¿Qué vamos a hacer, papá?

– No lo sé, hijo, no lo sé. Paul Castres, un compañero de la universidad, tiene un cuñado que trabaja en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Puede que a través de él consigamos saber algo.

Su amigo prometió llamarle en cuanto pudiera hablar con su cuñado, aunque le pidió paciencia: «Ya sabes, en este momento incluso a mí me será difícil comunicar con él».

Pasaron el resto del día hablando por teléfono y recibiendo llamadas a su vez de familiares y amigos, esperando siempre que cuando sonara el teléfono fuera Paul Castres.

– Ella prometió llamarnos -musitaba David-, lo prometió.

Ferdinand no tenía respuestas para su hijo. Desde que se fue Miriam no les había llamado, y el teléfono de sus tíos, Yitzhak y Sara, no respondía. En realidad llevaban días preocupados por la falta de noticias.

Padre e hijo se sentían desorientados, sin saber qué hacer o a quién recurrir que pudiera aconsejarles en medio de su desesperación.

– No quiero ir a casa de los abuelos hasta que no te llame tu amigo -pidió David a su padre.

Eran cerca de las seis cuando por fin telefoneó el profesor Paul Castres.

– No puedo decirte mucho, sólo que nuestra embajada en Berlín intentará hacer alguna gestión. Mi cuñado me pide la dirección de los tíos de tu mujer y su número de teléfono; alguien de la embajada intentará ponerse en contacto con ellos, pero entiende que es un momento de gran confusión y que la posición de Francia es muy comprometida… Mi cuñado dice que Hitler engañó bien engañado al presidente Daladier en la Conferencia de Munich.

A Ferdinand le importaban poco los engaños de Hitler al presidente de Francia. En ese momento su única preocupación era la suerte de Miriam.

Cuando llegaron a casa de sus padres, se encontró también con sus suegros. Intentó animarles, y también reconfortarse a sí mismo, comunicándoles que la embajada de Francia en Berlín iba a ocuparse directamente de localizar a Miriam.

Apenas probaron bocado pese a la insistencia de su madre, empeñada en que comieran «porque en los malos momentos es cuando se necesita tener fuerzas», como si el hecho de comer un filete pudiera insuflarles la energía que necesitaban para encontrar a Miriam.

Pero era David quien parecía estar noqueado. No había palabra que sirviera para disipar su angustia. Tanto sus abuelos paternos como los maternos hicieron lo imposible por sacarle de su mutismo, pero él se mantuvo callado. Sólo deseaba estar con su padre y compartir su desesperanza.

Al día siguiente David se negó a ir al liceo, y a duras penas soportó la presencia de alguna de sus dos abuelas, que habían acordado acudir indistintamente a su casa para ocuparse de ellos.

Hacían las labores de la casa, cocinaban y, sobre todo, procuraban que no se sintieran solos, aunque ambos hubiesen preferido estarlo.

Paul Castres animaba a su colega cuando le encontraba por los pasillos de la facultad; su cuñado le ayudaría, estaba seguro. Cuatro días después Paul se le acercó para decirle que su cuñado les recibiría en su despacho del Quai d'Orsay.

Ferdinand y David se presentaron a la hora prevista en la puerta del ministerio, donde les esperaba Castres para acompañarles hasta el despacho de su cuñado. Atravesaron pasillos donde funcionarios circunspectos parecían ir muy deprisa a alguna parte. Llegaron ante una puerta igual que el resto y Paul llamó con los nudillos; escucharon un «pasen» seco y cortante.

El cuñado de Paul era un hombre a punto de jubilarse, un funcionario que llevaba toda su vida en aquel edificio, que conocía mejor que su propia casa.

– Bien, señor Arnaud, la única noticia que puedo darle es que no hay noticias.

– ¿Cómo? ¿Qué quiere decir? -preguntó preocupado Ferdinand.

– Le pedí a un amigo de la embajada que cuando tuviera un momento se acercara a casa de sus familiares. Hace tiempo que allí no vive nadie. La librería de la planta baja… Bueno, creo que ya no existe… En cuanto a la vivienda de la primera planta, lleva un tiempo desocupada, según le informaron unos vecinos. Sencillamente sus familiares se han ido, no han dejado ninguna dirección; en cuanto a su esposa… Bien, nadie la ha visto. La embajada ha realizado algunas indagaciones, discretas dada la situación, porque no estamos en armonía con las autoridades alemanas; pero siempre se tienen amigos, y el Ministerio del Interior alemán no tiene noticias de ningún accidente ni ningún suceso en el que esté implicada su esposa. Casi hubiera sido una buena noticia poder decirle que había sufrido un accidente de tráfico o que estaba hospitalizada y que por eso no tenían noticias de ella, pero desgraciadamente la realidad es que nadie ha visto a su esposa.

Ferdinand sintió como si le hubieran golpeado en la cabeza, mientras que David no fue capaz de contenerse y rompió a llorar.

Se sentían perdidos en una pesadilla en la que a Miriam se la tragaba la tierra sin que ellos pudieran hacer nada para rescatarla.

– ¿Qué se puede hacer? -preguntó Paul Castres por ellos, puesto que tanto Ferdinand como su hijo parecían incapaces de reaccionar.

– Nada, no se puede hacer nada más. He pedido a la embajada que de vez en cuando y en la medida de lo posible, se acerque a casa de sus familiares para ver si regresan y que, en fin, en los contactos con las autoridades insistan sobre cualquier noticia que puedan tener respecto a su esposa.

– Iré a Berlín -afirmó Ferdinand con seguridad.

– No creo que sirva de mucho, se lo desaconsejo. Bien… Me gustaría hablar con usted un momento a solas. Paul, ¿podrías salir con el joven? No tardaremos mucho.

Cuando se quedaron solos, el funcionario miró incómodo a Ferdinand, como si no encontrara palabras para expresarse.

– Bueno… yo… verá, señor Arnaud, me gustaría que no se sintiera ofendido pero… no sé… quizá su mujer…

– No sé qué quiere decirme…

– Perdone que le haga una pregunta personal, pero ¿se llevaban ustedes bien?

Ferdinand captó lo que el cuñado de su amigo no se atrevía a decir.

– ¿Me está preguntando si creo que mi mujer me ha abandonado?

– Bueno, esas cosas pasan. Si no estuviéramos en medio de una crisis bélica la situación sería menos dramática… quizá su esposa se haya… se haya ido con alguien…

– Yo mismo la acompañé al tren -respondió Ferdinand, nervioso.

– Sí, claro, usted la pudo acompañar al tren, pero eso no significa que no hubiese alguien en ese tren con el que ella hubiera decidido marcharse.

– No, señor, eso no ha sucedido. Somos una familia feliz, sin problemas, nos querernos, se lo aseguro -acertó a decir mientras, fruto de la humillación, sentía una oleada de calor.

– Bueno, era una posibilidad… no quería exponérsela delante de su hijo.

– Muy considerado por su parte -dijo Ferdinand reprimiendo la ira que le empezaba a invadir.

– No puedo decirle más. Si tuviéramos alguna noticia, no dude que nos pondríamos en comunicación con usted de inmediato. Pero le ruego que no haga tonterías. No intente ir a Berlín, no en estas circunstancias.

– ¿Cuándo entraremos en guerra?

– No puedo responderle a esa pregunta, pero soy pesimista, muy pesimista. Extraoficialmente le diré que creo que Hitler intentará invadir Francia. Esta opinión no es compartida por muchos de mis colegas, tampoco por nuestro Gobierno, pero mi olfato me dice que eso es lo que sucederá. Verá, he estado destinado en Berlín hasta hace un año y nada de lo que está sucediendo me sorprende, por más que nuestro Gobierno quiera hacernos creer que no se lo esperaban.

– Tenemos la línea Maginot.

– No tenemos nada, señor Arnaud, hay que ser muy ingenuos para creer que estamos protegidos por una línea imaginaria. -Entonces…

– En mi opinión, es cuestión de tiempo que Hitler decida invadir Francia, pero le insisto en que ésa es mi opinión, no la del Quai d'Orsay. No creo que tardemos mucho en entrar en guerra con Alemania.

Con expresión grave y gesto de preocupación, el profesor Arnaud se despidió del diplomático con un fuerte apretón de manos.

Tomaron la decisión entre los dos, sin discusiones. Estaban de acuerdo en que no podían cruzarse de brazos y aceptar sin más la desaparición de Miriam.

Se lo comunicaron al resto de la familia: Ferdinand iría a Berlín e intentaría localizar a su esposa y sus tíos, Yitzhak y Sara.

Los padres de Miriam lloraron agradecidos. No podían aceptar sin más la desaparición de su hija. David se quedaría con ellos hasta el regreso de su padre; el joven hubiese preferido esperar en su casa, pero Ferdinand le aseguró que sólo sabiéndole seguro se iría tranquilo.

Pidió al profesor Castres que hablara con su cuñado del Quai d'Orsay, para ser recibido en la embajada de Berlín.

Estaba en su despacho corrigiendo unos exámenes cuando recibió la inesperada visita del conde d'Amis.

– Mi querido profesor, perdone que me haya presentado de improviso. Estoy en París por negocios, y he pensado en hacer un alto y pasar a visitarle. ¿Le molesto?

No se atrevió a decirle que efectivamente le molestaba, que estaba trabajando contra reloj y le faltaba tiempo para dejar todo listo antes de viajar a Berlín, de manera que le invitó a sentarse, haciendo patente su falta de entusiasmo.

– En realidad -continuó diciendo el conde mientras tomaba asiento-, quería anunciarle que hemos recibido refuerzos. Un grupo de estudiantes alemanes, alumnos del profesor Marbung, se han unido a nosotros. Son muy eficientes y entusiastas, de manera que su presencia nos será de gran ayuda.

– Me alegro por usted -respondió Ferdinand con sequedad.

– Estamos estudiando las estelas discoidales…

– Son monumentos funerarios que nada tienen que ver con los cátaros. ¿Sabe, conde? Me sorprende que un hombre inteligente como usted persiga una fantasía. No hay ningún tesoro cátaro; aquel oro y plata, aquellas monedas que sacaron de Montségur sirvieron para ayudar a los Buenos Cristianos que vivían en la semiclandestinidad a causa de la Inquisición y para seguir haciendo sus obras de caridad.

– Es a mí a quien sorprende su empeño en lo contrario. Es usted el único experto en catarismo que niega que exista el tesoro, el único que rechaza la existencia del Grial, el único que asegura que esos extraños dibujos que hemos encontrado en las cuevas cercanas a Montségur son simples garabatos y no un código secreto dejado por los cátaros…

– Le aseguro que no soy el único. Puedo presentarle al menos a una docena de profesores que le dirán lo mismo que yo, pero será inútil; usted no quiere escuchar. En cualquier caso, quiero recordarle lo que le he dicho en otras ocasiones: no comparto las teorías ni de usted ni de sus amigos respecto al catarismo. Gustosamente puedo pedir que les permitan indagar en archivos históricos, pero no quiero colaborar en nada más.

– Hemos encontrado otros dibujos grabados en una cueva desconocida hasta el momento. Ha sido una casualidad, y me gustaría que fuera a Montségur a echar un vistazo. Podría venir conmigo, regreso mañana…

– Lo siento, no puedo; me marcho a Berlín -respondió Ferdinand hastiado de la insistencia del aristócrata.

– ¿A Berlín? -preguntó asombrado el conde d'Amis.

– Sí, a Berlín.

– ¿Asuntos académicos? -insistió el conde.

– Asuntos personales… -Ferdinand se quedó unos segundos dudando, luego pensó que aquel conde con amigos influyentes alemanes quizá podría ayudarle-. Voy a buscar a mi mujer. Ha desaparecido.

– ¿Su esposa ha desaparecido? ¿Dónde? ¿En Berlín…? -El tono de voz del conde reflejaba el asombro por la confesión de Ferdinand.

– Mi esposa es judía. Fue a localizar a sus tíos, que también son judíos, de los que no teníamos noticias desde hacía tiempo. Supimos que un grupo de salvajes habían destrozado su librería, una de las más antiguas y prestigiosas de Berlín, y que ellos habían recibido una paliza brutal. Luego no supimos más. Les llamábamos pero su teléfono no respondía. Mis suegros se pusieron en contacto con amigos alemanes y nadie supo darnos razón de ellos. Habían desaparecido, de manera que Miriam tomó la decisión de ir a Berlín. No quería quedarse sin hacer nada, sufría por la suerte que pudieran haber corrido sus tíos. Se marchó el 20 de abril y desde entonces no hemos sabido nada de ella.

El conde le escuchaba en silencio mirándole fijamente, como si intentara captar un sentido oculto en sus palabras. Ferdinand esperaba que D'Amis se ofreciera a ayudarle, pero el silencio instalado entre los dos se alargaba demasiado.

– Me voy a Berlín, de manera que no puedo ocuparme de sus dibujos, y malditas las ganas que tendría de hacerlo -dijo Ferdinand sin ocultar su enojo y decepción.

– ¿Qué quiere? -preguntó el conde d'Amis, con voz queda.

– Usted conoce gente importante en Alemania. Podría ayudarme.

El conde volvió a quedarse en silencio meditando la petición de Ferdinand. Luego se levantó y le tendió la mano para despedirse.

– Veré lo que puedo hacer. ¿En qué hotel de Berlín estará?

– En realidad no lo sé, iré a casa de los tíos de Miriam, y luego… no lo sé, supongo que encontraré un hotel.

– Bien, apúnteme los nombres de esas personas desaparecidas y cuando llegue a Berlín llámeme. Le diré con quién puede ponerse en contacto y si es posible hacer algo. No va usted en el mejor momento, no creo que un francés sea bien recibido.

Ferdinand escribió deprisa el nombre de Sara y Yitzhak, así como su dirección, además del nombre de Miriam. Cuando le entregó al conde la nota pudo leer en sus ojos un aire de desprecio. No se dieron la mano ni se dijeron nada más. Ferdinand se quedó en pie, mirando al aristócrata mientras salía de su despacho, sin saber si aquel hombre por el que sentía una oculta aversión era su única y última esperanza.

6

En Berlín no hacía frío, pero llovía y la humedad se metía entre la ropa hasta llegar a los huesos. El taxista que le conducía a casa de los tíos de Miriam era un entusiasta de Hitler, al que ponderaba como un hombre providencial para Alemania. Ferdinand callaba, no quería discutir con aquel hombre; en realidad no quería discutir con nadie sobre nada. Sólo quería encontrar a Miriam.

Cuando el coche se detuvo delante de la tienda el taxista le miró con suspicacia.

– Aquí debían de vivir judíos… -dijo mirando la casa con ojo experto.

– ¿Y cómo lo sabe? -preguntó Ferdinand con irritación.

– Mire cómo está esa tienda… Seguro que ha recibido la visita de nuestros valerosos jóvenes. Nuestros hijos son lo mejor de Alemania, valientes, decididos. Ellos son la avanzadilla de nuestra revolución. Seguro que han dado una buena lección a los judíos que tenían esta tienda.

Ferdinand le pagó dominando el deseo de darle un puñetazo. Nunca había pegado a nadie; ni siquiera cuando era niño le gustaban las peleas, pero aquel hombre era capaz de sacar lo peor de él. Se quedó quieto aguardando a que el taxi se perdiera entre el tráfico berlinés antes de dirigirse a la puerta.

La librería estaba arrasada. No había nada dentro, parecía un esqueleto descarnado. No quedaba ni un solo libro y los estantes donde antes estuvieron aparecían destrozados en el suelo junto a multitud de pequeños cristales y restos de hojas rotas y pisoteadas.

Se dirigió al final de la estancia, a la puerta que daba paso a una pequeña sala de donde partían unas escaleras que comunicaba la librería con el primer piso, donde tía Sara y su esposo tenían la vivienda: un apartamento pequeño y coqueto compuesto por dos habitaciones, una sala, el despacho de tío Yitzhak, una cocina y el baño. La puerta estaba destrozada, los goznes arrancados y tanto la mesa redonda como las cuatro sillas que antaño tenía alrededor estaban partidas. Subió las escaleras sintiéndose desolado.

La vivienda estaba en el mismo estado que la librería: la cama volteada, el sofá acuchillado, platos y tazas rotos y desparramados por la cocina… Pensó que sólo unos bárbaros serían capaces de un destrozo tan gratuito.

Luego vio la foto, con el marco roto, pisoteado, junto a otros marcos y otras fotografías. Se agachó a recogerla. Allí estaba él junto a Miriam y David y sus tíos cuando cinco años atrás visitaron Berlín. Posó la mirada más tiempo en su hijo. David tenía entonces doce años y para él había sido un acontecimiento el viaje a Berlín.

– Lo han destrozado todo.

Se volvió sobresaltado y se encontró con una mujer joven, de no más de veinticinco años, de mediana estatura, cabello castaño y ojos azules. Ni guapa ni fea, era una chica de rostro anónimo, fácil de olvidar, que llevaba un niño de apenas un año entre los brazos.

– ¿Quién es usted? -preguntó Ferdinand en alemán. Afortunadamente, no había perdido soltura con ese idioma.

– ¿Y usted?

– Soy… soy sobrino de… bueno en realidad mi mujer es sobrina de Sara, la esposa de Yitzhak Levi.

– Me llamo Inge Schmmid, ayudaba a sus tíos.

– No lo sabía… ¿Qué hace aquí?

– Quería limpiar un poco todo esto. He venido varias veces antes, pero nunca me había decidido a hacerlo. Quizá esperaba que aparecieran en algún momento…

– ¿En qué ayudaba a mis tíos?

– Llevaba apenas un año con ellos. Hacía un poco de todo: vender en la tienda, encargarme del correo, colocar y limpiar estantes… Supongo que sabrá que Sara tenía vértigo, y Yitzhak lumbago, de manera que buscaron a alguien para echarles una mano.

La miró sorprendido, ¿cómo aquella joven se había atrevido a trabajar para un matrimonio judío? Sabía que Sara y Yitzhak, como tantos otros, llevaban cosida la estrella de David en sus abrigos, que estaban señalados por ser judíos, y significarse teniendo tratos con judíos no era fácil.

– Necesitaba un trabajo donde pudiera estar con mi hijo -explicó Inge-. Soy madre soltera, mi familia no quiere saber nada de mí, el padre de mi hijo desapareció antes de que el niño naciera. Una dienta de la tienda de sus tíos que es vecina mía nos puso en contacto y ellos aceptaron que viniera con Günter. Sus tíos eran muy buenos.

– ¿Eran? -preguntó Ferdinand, alarmado.

– Bueno no lo sé, son, eran… La verdad es que no sé qué habrá sido de ellos.

– Dígame qué sabe de lo sucedido.

– Yo no estaba, fue un sábado por la noche. Llegó un grupo de camisas pardas, apedrearon la luna y la destrozaron; luego entraron en la librería; empezaron a tirar estantes y a romper los libros, subieron a la vivienda. Sus tíos estaban asustados, abrazados temiendo que ése podía ser el último día de su vida. Al parecer se conformaron con apalearles, con dejarles en el suelo ensangrentados.

– ¿Y nadie hizo nada? ¿Ningún vecino acudió a socorrerles?

– ¿Sabe? El resto de Europa no quiere enterarse de lo que sucede en Alemania; tampoco los alemanes quieren planteárselo, de manera que Hitler tiene el campo libre para hacer lo que quiera.

– No ha respondido a mi pregunta: ¿por qué nadie hizo nada?

– Porque nadie ayudaría a unos judíos. Eso sería colocarse en una situación difícil, bajo sospecha, de manera que cuando se trata de judíos nadie oye ni ve nada.

– ¿Quién dio la voz de alarma?

– Sara me contó que cuando la pesadilla terminó y los camisas pardas se fueron, se quedaron mucho rato tirados en el suelo. No podían moverse y el cable del teléfono estaba arrancado. Yo vivo a dos calles de aquí y por casualidad me encontré a la portera de esta casa el domingo por la mañana. Me contó riendo que mis jefes habían tenido «visita» y que me había quedado sin trabajo porque ya no había libros para vender. Vine corriendo con Günter en brazos y les encontré tendidos en el suelo, temblando y sufriendo por las heridas y los golpes. Me dijeron que llamara a unos amigos suyos, un matrimonio mayor, judíos; él es médico, aunque está retirado. Vinieron de inmediato junto con otros amigos. Entre todos logramos poner esto decente, aunque no nos atrevimos a hacer nada en la librería, ya que eso podría suponer que volvieran los camisas pardas. Creo que su tía se puso en contacto con su familia de Francia; hablaban de marcharse, de escapar de aquí.

Inge calló mientras buscaba un lugar donde dejar al niño. Puso una silla en pie y le sentó.

– No te muevas, Günter -le pidió mientras depositaba un sonoro beso en la mejilla del bebé-. Si quiere le ayudo a adecentar un poco esto.

– Si no le importa…

Ferdinand no tenía muy claro que sirviera de algo intentar devolver la apariencia de casa a aquel lugar destrozado, pero al menos la actividad le ayudaba a tranquilizarse mientras continuaba escuchando a Inge, que con una rapidez asombrosa levantaba muebles, sacudía colchones, barría los restos de la loza diseminados por el suelo de la cocina… Él la seguía por donde quiera que ella fuera, haciendo lo que le ordenaba.

– ¿Y luego? ¿Qué ocurrió?

– Durante unos días parecía que había vuelto la normalidad, esa extraña normalidad en la que vivíamos. Yo acudía a verles todos los días. No podía hacer nada en la librería pero sí ayudarles aquí, ya que apenas podían moverse por los golpes recibidos.

»Un viernes me despedí de ellos. Me insistieron en que me tomara el sábado libre, que ellos podrían arreglarse solos. La verdad es que recibían visitas de algunos amigos. Vine el domingo para ver cómo estaban y encontré la casa como usted la ha visto. Ellos no estaban; bajé a preguntar a la portera y me dijo que no sabía nada. Le insistí para saber si había venido alguien a por ellos, si habían decidido ir a casa de algún amigo, pero me aseguró que no sabía nada. Subí a preguntar a los vecinos del segundo y tercer piso, a los del cuarto, y la respuesta fue siempre la misma: no sabían nada, no habían visto nada, no habían oído nada.

– ¿Cuándo fue eso?

– A mediados de marzo.

– ¿Y no se puso usted en contacto con los amigos de mis tíos?

– Su agenda había desaparecido, pero yo sabía la dirección del médico y fui a verle. También había desaparecido y su casa… bueno, su casa estaba arrasada como ésta.

– ¡Pero tiene que saber de otros amigos, de otras direcciones! -gritó Ferdinand.

– No se altere; la verdad es que no sé dónde viven los amigos de sus tíos, tampoco tendría por qué saberlo. Ya le he dicho que busqué una agenda, algún cuaderno, algo donde pudieran tener apuntadas direcciones o teléfonos, pero no encontré nada; a lo mejor usted tiene más suerte.

Ferdinand temió de repente que Inge se enfadara y le dejara allí, que desapareciera el único vínculo con Sara y Yitzhak, su única pista para encontrar a Miriam.

– Lo siento, siento haber gritado… estoy… estoy mal… mi mujer vino aquí y también ha desaparecido.

– ¿Su mujer? ¿Cuándo? Yo no la he visto…

– Salió el 20 de abril de París, prometió llamarnos cuando llegara pero no lo hizo. La embajada ha intentado buscarla pero no ha tenido éxito, yo… estoy desesperado. Miriam vino para llevarse a Sara y Yitzhak a París, para sacarles de esta pesadilla. Tiene razón, nadie quiere ver nada, nadie quiere ver lo que pasa aquí; nos escandalizamos cuando nos dicen que los judíos llevan la estrella de David cosida en sus abrigos, pero no hacemos nada, nos decimos que ya pasará, que esto no puede durar, que los judíos alemanes son sobre todo alemanes…

– Bueno, nunca he visto a nadie aquí hasta hoy. Preguntaremos a la portera, pero ya le digo que será inútil; es nazi, puede que fuera ella quien denunció a sus tíos, quien alertó de que se querían ir… no lo sé.

– ¿Y el resto de los vecinos de esta casa?

– Gente mayor, con miedo. Nadie se atreve a mostrar compasión por los judíos, temen que les confundan, que piensen que su sangre no es pura… en fin, todas esas locuras.

– ¿Y usted? ¿No teme…?

– A mí no me pasará nada. Mi padre es nazi, mi madre es nazi, mis tíos son nazis… Están bien relacionados. Yo soy la oveja negra de la familia, no me aceptan pero procuran no perjudicarme. Mi padre es policía, mi tío es policía… de manera que…

– ¿Y el padre de su hijo?

– El padre de mi hijo era comunista y judío. No me abandonó, sé que no me abandonó, simplemente desapareció. A mi familia les causa horror que uno de los suyos, mi hijo, lleve sangre judía, de manera que prefieren no saber nada de mí, tenerme lejos, para que yo ami vez no les comprometa.

– ¿Dónde cree que está el… el padre de su hijo?

– No lo sé. Quizá muerto, o tuvo que huir de repente… no lo sé, me puse en contacto con algunos amigos… no confían del todo en mí precisamente a causa de mi padre y de mi tío. Ya ve, soy una indeseable para todo el mundo.

Inge le había contado su historia con sencillez, sin alterarse, como si cuanto le había sucedido no fuera nada extraordinario. Se la quedó mirando con otros ojos, intentando descubrir algo detrás de su anodino aspecto de buena chica.

– ¿De qué vive?

– Limpio las casas de algunos de mis vecinos. Me pagan poco, me explotan porque saben que no tengo otra opción. No tengo con quién dejar a Günter.

– ¿Y su madre?

– Para mi madre soy una decepción: no soy nazi, no me he casado, he tenido un hijo, tengo tratos con comunistas y judíos… No quiere verme, tiene miedo de que la contamine.

– Lo siento -acertó a decir Ferdinand.

– Ya he hablado bastante de mí. Ahora hablemos de usted.

– Ya se lo he dicho, mi mujer vino a ver qué sucedía con sus tíos y no hemos vuelto a saber nada de ella. Tenemos un hijo, David; se puede imaginar la angustia que está pasando.

Inge entró en el pequeño cuarto de baño con la escoba en la mano para barrer los fragmentos de cristales desparramados por el suelo.

– Tendría que haber adecentado esto, pero tengo poco tiempo -se excusó.

– Déjelo, ya lo haré yo, aunque en realidad… bueno, supongo que está bien ordenarlo un poco.

Estaba terminando de barrer cuando Ferdinand se agachó hacia el recogedor donde había visto un objeto entre los cristales.

– Pero ¿qué hace? -exclamó Inge.

– Esto… esto es de Miriam -respondió él balbuceando. Inge miró lo que Ferdinand había cogido: un lápiz de labios pisoteado.

Ferdinand lo contempló acariciándolo como si de la propia Miriam se tratara. Se había quedado mudo e inerme. Aquel lápiz de labios le había producido una conmoción. Salió del baño seguido por Inge y se sentó en una silla.

– ¿Está seguro de que es de su mujer? Sara también se pintaba los labios.

– Sé muy bien cómo era el lápiz de labios de Miriam. Siempre ha utilizado el mismo, desde que nos conocimos en la universidad no la he visto usar otra marca, otro color…

– Entonces su esposa ha estado aquí. Vamos a buscar si hay algo más -propuso Inge.

Durante una hora revisaron los restos de cuanto había quedado en el apartamento; cuando metieron la mano en la basura, se cortaron al rebuscar entre los vidrios rotos. Günter les observaba y de vez en cuando requería con lloros la atención de su madre. Ferdinand estuvo tentado de decirle que se fuera, que se ocupara de su hijo, pero temía quedarse solo: Inge era lo único que le vinculaba a los tíos de Miriam y a la propia Miriam, de manera que a pesar de los sollozos del niño, suplicó que le siguiera ayudando. Ella parecía leerle el pensamiento.

– Tiene suerte de que hoy sea sábado -dijo Inge-. De lo contrario, no podría estar aquí. Pero por fortuna los fines de semana nadie me pide que vaya a fregar, así que me quedaré para arreglar esto y ver si encontramos algo más.

Tres horas después, el apartamento ofrecía un aspecto más presentable, aunque el sofá seguía destripado. A la mesa del comedor le faltaban dos patas, los colchones estaban reventados y el frío se colaba por las ventanas carentes de cristales.

Ferdinand había guardado el lápiz de labios como si fuera un tesoro.

– Le propongo que venga a mi casa. Le invito a comer algo y a tomar un té antes de que vaya a su hotel. ¿Dónde se aloja?

– No lo sé -respondió Ferdinand-, no lo he pensado. Dígame uno que no esté lejos de aquí.

Inge sopesó al hombre y pareció dudar unos segundos antes de hablar.

– Si quiere le alquilo una habitación. En mi casa tengo un cuarto libre, hay baño, y… bueno, no hay lujos pero creo que puede estar cómodo y tengo teléfono. No le oculto que el dinero me vendrá bien.

Aceptó la propuesta de la joven. No se sentía capaz de estar solo. Necesitaba una presencia humana a su lado, alguien que le diera esperanzas.

– Antes de irnos, me gustaría hablar con la portera -pidió Ferdinand.

– Bajaremos a buscarla.

Iban a salir cuando se dieron de bruces con una mujer oronda, con el pelo estirado sobre la nuca y recogido en un moño. Ferdinand pensó que aquella mujer tenía la maldad aflorando en cada poro de su rostro.

– Otra vez usted aquí… -le reprochó la portera a Inge-. Ya le he dicho que no me gusta verla merodear; aquí no hay nada de usted, la policía me dijo que les avisara si venía alguien, de manera que tendré que decirles que usted tiene un interés malsano en esta casa.

– ¿Avisó usted a la policía de la visita de la mujer francesa? -le preguntó Ferdinand ante el estupor de la oronda mujer, que hasta ese momento no le había prestado atención.

– ¿Quién es usted? ¿Qué le importa lo que yo haga? -le gritó a Ferdinand.

– Soy un familiar de los señores Levi; y mi mujer vino aquí y…

– ¡Otro judío asqueroso! -gritó ella.

Inge rogó a Ferdinand con la mirada que se callara.

– No, señora Bruning, él no es judío, es un familiar indirecto de los Levi, su esposa era la sobrina. Al parecer vino aquí a interesarse por su suerte, seguro que usted la tuvo que ver.

La portera miró con odio a Inge antes de empujarles a ambos para que se fueran.

– Aquí no ha venido nadie; afortunadamente ya no tenemos a sucios judíos contaminando esta casa. Márchense o llamo a la policía.

Ferdinand esquivó uno de los empujones de la portera y le plantó cara girándose hacia ella.

– Mi mujer ha estado aquí -afirmó-. Dígame dónde ha ido, si le dijo algo…

– ¡Váyase! Aquí no ha venido nadie.

– ¿Dónde están Yitzhak y Sara? -preguntó Ferdinand-. Tiene que saberlo, a usted no se le escapa nada.

– ¡Y yo qué sé! Se marcharon y ya está. ¡Ojalá no regresen nunca esos sucios judíos!

– Tuvieron que despedirse, decir dónde iban… -insistió Ferdinand.

– No lo hicieron. De esa gente no se puede esperar nada, no tienen nuestros valores ni nuestra educación, se fueron sin más.

– Mi esposa le preguntó por ellos cuando estuvo aquí -afirmó Ferdinand, haciendo un esfuerzo por resultar amable.

La portera le miró con desprecio, pero Ferdinand leyó en sus ojos algo más. Interpretó que había visto a Miriam y que era dueña de un secreto que la hacía sentirse superior.

– Por favor -rogó-, dígame qué sabe, le daré todo lo que tengo.

– Márchese, no sé de qué me habla, y lo de darme… usted no puede darme nada, no quiero nada de los judíos ni de sus amigos.

Mientras Günter lloraba asustado, Inge tiró de la manga de la gabardina de Ferdinand para que la siguiera, pese a que él se resistía a marcharse.

– Señora, lo único que quiero es que me diga dónde están los tíos de mi esposa, y si la ha visto a ella… ¡por favor!

– Llamaré a la policía si no deja de molestarme.

– Puede llamar a la policía, pero no puede echarme de aquí; ésta es la casa de unos familiares y si quiero me quedaré. Usted no puede expulsarme, veremos qué dicen las autoridades. Hablaré con mi embajada.

La mujer le miró asombrada. Aquel hombre que hablaba alemán con acento francés se atrevía a plantarle cara. Dudó un segundo pero de inmediato volvió a dominar la situación.

– Muy bien, llame a su embajada o a quien quiera, ya veremos qué pasa cuando se lo cuente a la policía.

– Señora Bruning, me parece que todo esto es innecesario -terció Inge-, yo doy fe de que este hombre es familiar de los Levi, de manera que usted no puede impedir que estemos aquí.

– ¡Márchense! -gritó la mujer empujándoles fuera del portal y cerrándolo de un portazo.

Cuando se encontraron en la calle Ferdinand hizo un gesto para volver atrás, pero Inge le pidió que no lo hiciera.

– Ahora estará llamando a los camisas pardas, éstos vendrán y… bueno, es mejor que no estemos aquí; ya volveremos.

– Soy ciudadano francés.

– Aquí no es nadie, ni yo, ninguno somos nada, sólo ellos. Primero le darán una paliza, luego le tirarán cerca de un estercolero; y nadie habrá visto nada ni nadie sabrá nada, dirán que se ha metido en algún lío, que es un delincuente, cualquier cosa que se les ocurra, y su embajada no hará nada. ¿No creerá que Francia declarará la guerra a Alemania por usted?

Ferdinand guardó silencio encogiéndose dentro de la gabardina. Se sentía más impotente que nunca.

– Miriam estuvo en casa de sus tíos -afirmó con apenas un hilo de voz.

– Puede ser, pero ellos ya no estaban allí.

– Si preguntó a esa mujer…

– Si lo hizo, no sabemos lo que pasó.

– Pero estoy seguro de que estuvo en la casa. Necesito hablar con los otros vecinos; alguien tiene que saber algo.

Inge se detuvo bruscamente, se situó frente a él con rostro muy serio.

– Quiero ayudarle, pero de manera inteligente. No sabe a lo que se está enfrentando.

– ¿Y usted sí?

– Yo sí. Yo vivo aquí, yo he visto a miles de judíos inscribirse en un censo como judíos, prenderse una estrella amarilla en la ropa para salir a la calle; yo he visto sus comercios y sus casas destruidos como los de Yitzhak y Sara, y también he visto desaparecer a compañeros de la universidad, comunistas como el padre de mi hijo, y he podido comprobar que la gente a mi alrededor no ve nada. Se lo explico pero se niega a creerme.

– La creo, Inge -musitó Ferdinand-, pero ahora sé que Miriam ha estado aquí y tengo que hacer algo.

– Y lo hará. Pero volver ahora a la casa de Sara y Yitzhak no serviría de nada. Tengo la llave del portal; podremos regresar por la noche o en otro momento.

Inge le explicó a la portera del edificio donde vivía que Ferdinand era pariente de unos amigos, que estaba por negocios en Berlín y que ella le iba a alquilar un cuarto durante su estancia.

– ¿Es también nazi? -le preguntó él mientras subían la escalera hacia el piso.

– No lo es de la forma de la señora Bruning, pero está encantada con Hitler. Dice que va a devolver la grandeza a Alemania. A su manera es amable conmigo; fue ella la que habló con algunos vecinos para decirles que yo estaba disponible como asistenta.

Entraron en el apartamento, situado en la última planta. Era una buhardilla de techos inclinados, donde apenas se podía estar de pie en algunos lugares. El vestíbulo, diminuto, daba paso a una sala y a dos puertas. Una conducía a la cocina, la otra al baño. La sala a su vez tenía otras dos puertas que daban a los dos únicos dormitorios de la casa.

– Vine aquí cuando mi novio desapareció; el alquiler no es muy alto, la dueña vive en la primera planta y alquila las buhardillas. Hay cuatro en total; al lado está el piso de esa vecina que le dije que compraba libros a sus tíos. Es maestra, soltera, sin hijos, y buena persona, que aborrece lo que está pasando en Alemania. Otra buhardilla la ocupan un músico y su esposa, un matrimonio ya mayor a los que les cuesta subir las escaleras. Él se gana la vida tocando el piano en un restaurante. Y en la cuarta buhardilla vive Hans. No sé su apellido, todos le llaman Hans; estudia medicina. Son buenos vecinos, nosotros somos los pobres del edificio. En las plantas de abajo vive gente acomodada.

Ferdinand deshizo la pequeña maleta que había llevado consigo. Un traje, un jersey, otros pantalones y unos zapatos, además de ropa interior y un par de camisas. El cuarto era pequeño, con una ventana ovalada desde la que se veía la calle. Una cama, una mesa, una mesilla y un par de sillas, además del armario, ocupaban la estancia sin dejar un hueco libre. Pero el cuarto era cómodo, alegre y limpio. Se sentía extraño por estar allí, pero seguía pensando que lo prefería a estar solo.

Telefoneó a sus suegros para explicarles lo sucedido hasta el momento y se alegró de que David no estuviera en casa. Temía el momento que tuviera que decirle que aún no sabía nada de su madre. Explicó a su suegro que se quedaría en casa de la empleada de tío Yitzhak y tía Sara porque le ayudaría a intentar encontrarlos y les dio el número de teléfono para que le llamara David cuando regresara. También les pidió direcciones y números de teléfono de amigos judíos de Yitzhak y Sara, alguien que le pudiera dar, por pequeña que fuera, una pista sobre ellos.

7

Inge no tardó en preparar una comida ligera: una tortilla con un poco de queso. Después le ofreció un té. Günter tomó una papilla hecha con harina a la que añadió un huevo. El niño comió sin rechistar y luego, cansado, se quedó dormido en brazos de su madre.

– Siento no tener nada mejor que darle; vivo con lo justo -se excusó.

– La tortilla estaba buena y además no tengo hambre. Pero ya que he de estar aquí, tenga -le entregó unos cuantos billetes de la cartera-. Además del alquiler del cuarto, que ya me dirá cuánto es, esto ayudará a pagar mis gastos, la comida, el teléfono… en fin… No quiero ser una carga para usted.

– Gracias -dijo ella mientras cogía el dinero-, en cuanto al alquiler… deme lo que considere; lo que decida me vendrá bien.

Acordaron una cantidad por el alquiler de la habitación durante una semana. Ferdinand creía que en ese tiempo habría podido dar con alguna pista de Miriam y de sus tíos, y con suerte regresar con ellos a Francia. Inge no quiso contradecirle. Ella estaba segura de que las cosas no serían tan fáciles.

Después de comer Ferdinand se fue a la embajada de Francia pero no encontró al funcionario amigo del cuñado de Paul Castres. Solicitaron una tarjeta con su nombre y le dijeron que regresara al día siguiente a las ocho.

Cuando salió de la embajada paró un taxi y dio una de las direcciones que le había facilitado su suegro.

El taxista le observaba a través del espejo retrovisor; Ferdinand empezó a sentirse incómodo.

– Usted es francés -adivinó el taxista.

– Sí, soy francés.

– Habla bien alemán pero el acento…

– Ya -admitió Ferdinand.

– Va usted a una zona donde viven muchos judíos -dijo el taxista, atento a su reacción.

Ferdinand decidió no responder; ¿qué podía decirle a aquel hombre que a lo mejor era un nazi?

– Aquí las cosas están mal para los judíos -insistió el taxista.

– Sí, lo sé -respondió con desgana.

– Al parecer tienen la culpa de todo -dijo el taxista en tono de broma.

– No lo sabía…

– Bien, hemos llegado, ésa es la casa que busca y ese coche negro que ve aparcado es de la policía.

Se bajó del taxi y se dirigió con paso rápido al edificio señalado. Apretó varias veces el timbre de la puerta hasta que una mujer menuda y nerviosa abrió la puerta mirándole con terror.

– Quisiera ver al profesor Bauer -dijo a modo de saludo.

– ¿Quién es usted? -preguntó la mujer.

– Verá, al parecer los tíos de mi mujer, Sara y Yitzhak Levi, conocen al profesor y también a mis suegros. Ellos me han dado esta dirección. Tenga mi tarjeta, soy profesor en la Universidad de París.

La mujer le examinó con pena, dudando qué hacer, luego decidió franquearle la entrada.

– Pase.

Le acompañó hasta una sala en la que le pidió que aguardara.

El profesor Bauer no tardó mucho en hacer acto de presencia. El hombre, ya entrado en años, aún conservaba cierta prestancia física: era alto, ancho de espaldas y sus ojos, de un azul oscuro intenso, brillaban con energía.

– ¿Quién es usted?

– Me llamo Ferdinand Arnaud, mi esposa Miriam es sobrina de Sara y Yitzhak Levi. Han desaparecido, mi mujer vino a Berlín y… también ha desaparecido.

En los ojos del profesor Bauer se dibujó la compasión que le producía aquel hombre, que se había presentado de improviso en su casa.

Le veía desesperado, haciendo acopio de un enorme esfuerzo para no volverse loco como a tantos otros les había sucedido.

– Conozco a Sara y Yitzhak y sé a ciencia cierta que han desaparecido. De su esposa no tengo noticias. Lo siento.

La mujer entró con una bandeja y un servicio de té y lo colocó diligente encima de una mesa baja, luego salió sin decir nada.

– Mi mujer, Lea, era muy amiga de Sara. En realidad fue la primera amiga que Sara tuvo en Berlín.

– Mi suegro me lo ha contado… -murmuró Ferdinand.

– A sus suegros les conocí hace unos años, luego les vi en un par de ocasiones cuando vinieron a ver a Yitzhak y Sara.

– ¿Qué les ha sucedido? -preguntó Ferdinand temiendo todas las respuestas que le pudiera dar el profesor Bauer.

– Les han hecho desaparecer. No son los primeros, tampoco serán los últimos. Un día nos sucederá a nosotros.

– Pero ¿cómo es posible?

– Somos judíos.

– Pero…

– No sabemos mucho, señor Arnaud. Sólo que a algunos judíos se los llevan a campos de trabajo. Tampoco sabemos a ciencia cierta dónde están esos campos. Nadie ha vuelto para decirlo.

– Pero ¿por qué? No puedo entenderlo.

– Ya se lo he dicho: somos judíos, sólo judíos. De repente hemos dejado de ser alemanes.

– Y eso significa…

– Que nos despojan de nuestras posesiones, que no tenemos derecho a tener nada, que malvivimos, que nos llevan a campos de trabajo para hacer funcionar las fábricas de armamento, que no podemos andar por la calle como ciudadanos normales, que hemos perdido nuestros trabajos… Yo he perdido mi cátedra, señor Arnaud. He enseñado medicina durante cuarenta años, pero como soy judío parece ser que puedo contaminar a los jóvenes alemanes. Ahora vivo recluido en casa, aunque tengo suerte: otros colegas ya han desaparecido, les han hecho desaparecer.

– ¿Y usted cómo…?

– ¿Cómo continúo aquí? En medio del mal también es posible encontrar el bien. No todos los alemanes son iguales, aunque la mayoría prefiere mirar hacia otro lado y no enterarse; pero hay gente buena, gente que hace lo imposible por luchar contra la injusticia aun a riesgo de su bienestar. Tengo amigos que intentan protegerme, profesores como yo, colegas, pacientes a los que salvé la vida como médico, que hacen lo imposible para que vivamos, para que no desaparezcamos como tantos otros judíos. Pero sé que no seremos una excepción, que es cuestión de tiempo que vengan a por nosotros. Un día desapareceremos, lo mismo que Yitzhak y Sara.

– ¡Lo que dice es una locura! ¡No puede ser!

El profesor Bauer le miró con pena. No quería dar falsas esperanzas a aquel hombre, por grande que fuera su desesperación.

– Sabemos que los camisas pardas destrozaron la librería de Yitzhak e hicieron una hoguera con los libros. Les pegaron hasta romperles varios huesos; otro amigo nuestro, el doctor Haddas, fue a socorrerles avisado por una joven que trabajaba para ellos. Pero los camisas pardas volvieron unos días después, y Yitzhak y Sara desaparecieron, como también desapareció el doctor Haddas y su familia. ¿Cree que no hemos intentado indagar sobre su paradero? Pero es como chocar contra un muro, nadie sabe nada.

– Mi esposa llegó a Berlín hace unos días. Sé que estuvo en casa de sus tíos porque he encontrado esto -y Ferdinand le enseñó el lápiz de labios que había envuelto en su pañuelo-. Lo encontré tirado en el cuarto de baño, entre los objetos destrozados en el suelo. La portera… yo creo que la portera sabe algo, nos echó.

El profesor le pidió a Ferdinand que se calmara y le explicara con detenimiento todo lo sucedido desde su llegada. Le escuchó en silencio, sintiendo la angustia profunda que destilaba cada palabra.

– Las porteras, los vecinos… muchos son la punta de lanza de los grupos de los camisas pardas. Se apresuran a denunciar que en sus edificios viven judíos… y luego, una noche, llegan esos salvajes y destruyen todo. Puede que ella viera a su esposa, pero nadie le obligará a confesarlo; ella se siente fuerte. En Alemania tanto da un judío más que un judío menos.

– Pero puedo denunciarla.

– ¿Qué va a denunciar? Dirá que encontró un lápiz de labios que pertenecía a su esposa y que sospecha que la portera la vio. Nada más. Desengáñese, nadie hará nada al respecto.

– Pero ¿quién la ha hecho desaparecer? -preguntó Ferdinand elevando la voz.

– La policía, los camisas pardas, la Gestapo… el régimen, señor Arnaud. Acuda a la policía, hágase acompañar por alguien de su embajada, ponga una denuncia, pero nadie hará nada porque no se van a investigar a ellos mismos.

– Mi esposa es francesa.

– No sé lo que ha sucedido, no lo sé, pero por lo que me ha contado no es difícil imaginar algunas de las cosas que han podido ocurrir. Acaso discutió con la portera al preguntarle por Yitzhak y Sara; acaso esa nazi la denunció y sus amigos de la policía o los camisas pardas se presentaron a detenerla. Estamos en guerra, profesor, su embajada presentará todas las requisitorias que sean necesarias, pero si a alguien se le ha ido la mano con su esposa… o alguien decidió castigarla por su actitud si se enfrentó a ellos… entonces puede haber sucedido cualquier cosa.

Ferdinand ocultó el rostro entre las manos y se puso a llorar. No soportaba escuchar aquellas palabras. Aquel hombre no le estaba dejando ni un solo resquicio a la esperanza. Se negaba a admitir que en la Alemania que él había conocido, la de la razón y la inteligencia, pasara esto. Claro, que ahora apenas reconocía el país.

– ¿Me está diciendo que me rinda y regrese a Francia? -preguntó al médico, con la voz quebrada.

– Le estoy describiendo la situación, nada más. Perdóneme por hacerlo.

– ¿Sara y Yitzhak podrían haberse escondido en casa de algún amigo?

Bauer dudó antes de darle una respuesta:

– Profesor Arnaud, si estuvieran escondidos lo sabríamos, nos lo habrían hecho saber, se lo aseguro.

– ¿Qué puedo hacer? ¿Qué haría usted?

– Ya se lo he dicho: intentaría buscarles, pero sabiendo a qué se enfrenta.

En ese momento entró Lea, la esposa del doctor Bauer. Era una mujer menuda y nerviosa que se apretaba las manos en un gesto de impotencia.

– Profesor Arnaud, hace unos meses desaparecieron nuestro hijo y su esposa con nuestros dos nietos, el mayor de veintiún años, el pequeño de diecisiete. Hemos hecho lo imposible por saber su paradero, los amigos que tan generosamente nos ayudan lo han intentado todo pero no hemos logrado saber nada, sólo que probablemente están en un campo de trabajo, sólo eso; pero ni siquiera tenemos la certidumbre de que estén vivos. Por eso mi marido no le engaña ni le dice palabras de consuelo.

La mujer se puso a llorar secándose las lágrimas con un pañuelo.

El profesor Bauer se levantó y la abrazó.

– Vamos, querida, vamos, no llores.

– Lo siento -musitó Ferdinand-, lo siento…

– No se disculpe, entendemos su dolor porque es el nuestro, y como el de tantos otros de nuestra comunidad que un día han visto desaparecer a sus padres, sus hijos, un sobrino, un nieto. Todos los días nos llegan noticias de esas desapariciones. Su esposa es francesa, a lo mejor tiene suerte y logra… No quiero ser cruel con usted pero será difícil que se la devuelvan precisamente porque es francesa. Si la han maltratado, si la han enviado a un campo, ¿cómo admitirlo? Lo siento, señor Arnaud, siento haber sido yo el que le diga esta verdad. Mi esposa y yo sabemos lo que está sufriendo…

El profesor Bauer le entregó una lista con las direcciones de los amigos más íntimos de Sara y Yitzhak, insistiendo en que fuera prudente, puesto que era posible que la policía ya estuviera siguiéndole los pasos.

– Seguramente la portera de la casa de Yitzhak ha dado aviso a sus amigos de que usted está pidiendo información sobre su esposa y sus tíos. Tenga cuidado, por usted y por nosotros.

– Inge… bueno, ¿Yitzhak y Sara se fiaban de ella? Me ofreció alquilarme una habitación, y acepté; no sé si me he precipitado…

– Es una buena chica -aseguró Lea-, comunista como su novio, sólo que no la han cogido, o, como ella dice, su padre, pese a no hablarle, la protege y evita que la detengan.

– ¿También es comunista? -preguntó Ferdinand sorprendido.

– Sí, eso me contó Sara. Ella y su novio estaban en la misma célula y él un buen día desapareció. Tenía que repartir unas octavillas en la universidad; debieron detenerle, porque nunca se ha vuelto a saber de él. Inge tuvo su hijo, y parece que se ha alejado un poco de sus antiguos compañeros, pero no lo sé bien. Creo que puede confiar en ella.

– Gracias… no sé cómo agradecerles lo que han hecho por mí.

– No hemos hecho nada, salvo desesperanzarle aún más.

– Por favor, salude a sus suegros -le pidió el profesor Bauer-, fueron unos anfitriones encantadores cuando estuvimos en París.

Al salir, Ferdinand tomó nota de que en la esquina continuaba aquel coche negro con dos individuos que se le antojaron siniestros. Decidió caminar para poner en orden sus emociones. Estaba agotado, no sólo porque aún no había descansado del viaje sino por todo lo que había vivido en las últimas horas.

Se detuvo en una tienda que estaba a punto de cerrar. Compró manzanas, café, té, harina, galletas, pasta, mantequilla y jamón, confiando, de esta manera, en contribuir a hacer su estancia menos onerosa para Inge.

Tuvo que andar más de lo previsto hasta encontrar un taxi, sintió alivio cuando se montó en uno. Conocía Berlín, pero no lo suficiente para no perderse.

Inge acababa de bañar a Günter y le estaba dando una papilla. El niño tenía sueño y se durmió apenas su madre le metió en la cama.

Ferdinand le relató su visita a la embajada y a los Bauer, además de lo que éstos le habían contado, excepto que la creían una militante comunista. Parecía ensimismada, como si estuviera en otra parte.

– ¿Puedo pedirle un favor?

Ferdinand la miró sorprendido. Se puso tenso, era él quien necesitaba favores, pero le respondió afirmativamente.

– Necesito salir una hora, quizá dos… Günter es muy bueno y duerme de un tirón toda la noche, pero yo estaría más tranquila sabiendo que usted está pendiente de él. Sólo le pido que deje la puerta de su cuarto entreabierta por si se despierta y se pone a llorar.

Le dijo que podía contar con ese favor, aunque bromeó diciéndole que estaba tan cansado que lo mismo se dormía tan profundamente que no oiría nada. Ella sonrió distraída y una vez que recogió los platos de la cena se despidió.

– No volveré tarde, muchas gracias por cuidar del niño.

¿Dónde iría? Intuyó que seguramente iba a reunirse con sus camaradas comunistas.

Decidió llamar a David y hablar con él ahora que estaba solo.

Su hijo le preguntó con angustia sobre el paradero de su madre y él se las vio y deseó para no quitarle la esperanza. Luego volvió a hablar con su suegro, que le pidió que siguiera buscando a Miriam y le insistió en que no se preocupara por David, que ellos le cuidaban como si fuera una joya.

Cuando por fin se metió en la cama sintió un deseo profundo de llorar. ¿Dónde estaba Miriam? ¿La volvería a ver o habría desaparecido para siempre?

Le costó dormirse; eran las dos de la madrugada cuando miró el reloj por última vez. Inge no había regresado, ¿le habría pasado también algo a ella?

– Despierte, o llegará tarde.

En el umbral de la puerta, Inge, a pesar de estar perfectamente vestida y peinada, mostraba falta de sueño.

– Son las seis y media, voy a hacer café y a tostar pan, ¿quiere desayunar?

Ferdinand asintió, y se dirigió al baño donde después de una ducha se aplicó a afeitarse con rapidez. Veinte minutos después ambos estaban sentados a la mesa saboreando el desayuno.

– Esto es un lujo -dijo Inge-, normalmente no me puedo permitir comprar café, es demasiado caro para mí.

Después del desayuno despertó a Günter, le dio leche con galletas y le vistió con rapidez.

– Hoy tengo tres casas para limpiar, de manera que no le veré hasta la tarde, salvo que quiera venir a almorzar. A las doce vuelvo a casa para dar de comer a Günter y luego continúo trabajando…

– No, no se preocupe por mí. Tengo que ir a la embajada y quiero visitar a algunos otros amigos de Sara y Yitzhak, no tengo otras pistas.

Ella se mordió el labio. Iba a decirle algo, pero se arrepintió. Luego salió con el niño en brazos.

8

En la embajada le estaban esperando. El funcionario le escuchó con paciencia y amabilidad hasta que Ferdinand terminó su relato.

– Bien, como ya le habrán informado, hemos hecho gestiones para encontrar a su esposa. Yo mismo fui al domicilio de los señores Levi, y desde luego la actitud de la portera no fue colaboradora. Estaba deseando que me marchara y no me dio ninguna explicación salvo que los tíos de su esposa ya no estaban. Hemos hablado con algunos amigos que nos quedan en la policía y con el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Todos han prometido poner el máximo interés en el caso, pero hasta ahora no han sabido darnos razón alguna de lo sucedido.

– Pero ¿están haciendo algo? -preguntó Ferdinand sin ocultar su desesperación.

– Oficialmente cursan nuestras peticiones, nos escuchan y nos aseguran que harán todo lo que esté en su mano.

– ¿Y usted qué cree?

El funcionario bajó la vista, buscó un cigarrillo, le ofreció otro a Ferdinand y luego respondió. Había necesitado esos segundos para evaluar si podía dar una respuesta relativamente sincera a aquel hombre desesperado.

– Mis opiniones personales no cuentan, señor Arnaud. Usted sabe lo que está pasando: Alemania está en guerra, primero fueron los Sudetes, después… ya veremos, pero Hitler seguirá haciendo avanzar a sus ejércitos hasta doblegar a toda Europa. En estos momentos la posición de Francia es muy comprometida. Hitler se cree invencible, no teme a nada ni a nadie, no hay nación a la que respete.

– Por favor, ya sé cuál es la situación política.

– ¿De verdad lo sabe? Bien, entonces no le será difícil entender que en el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán el menor de sus problemas es su esposa. Siento decírselo así.

– ¿Al Ministerio de Asuntos Exteriores alemán no le preocupa la desaparición y denuncia de una ciudadana francesa?

– No, no les preocupa. Ésa es la verdad. Toman nota, me han hecho rellenar varios formularios y ya está.

– ¿Y la policía? -preguntó Ferdinand como si no hubiera escuchado las últimas palabras.

– La policía dice que nosotros aseguramos que su esposa cogió en París un tren con destino a Berlín, pero que eso no significa que haya llegado a la ciudad, pudo bajarse en cualquier estación… Nadie la ha visto, no tenemos ni un solo testigo de que su esposa llegara a Berlín.

Ferdinand sacó del bolsillo de su chaqueta un pañuelo en el que había envuelto el lápiz de labios.

– Lo encontré en el suelo del cuarto de baño de sus tíos; es de Miriam.

El hombre miró el objeto sin tocarlo.

– Bien, enviaré una nota a la policía y al Ministerio de Asuntos Exteriores dando cuenta del hallazgo, ¿le parece bien?

– Sí, pero haga algo más. Pregunte a la policía si ha interrogado al revisor del tren. Tuvo que pedirle el billete. Él puede decir si se bajó en Berlín.

– ¿Tiene una foto de su esposa?

– Sí, he traído varias.

Sacó de la cartera cuatro fotos de Miriam. El funcionario las miró con curiosidad. Las imágenes eran de una mujer madura, de unos cuarenta años, alta, delgada, melena corta, cabello castaño claro y ojos marrones.

– Ahora dígame qué más puedo hacer -preguntó con desesperación el profesor.

– Esperar, nada más. Si quiere regresar a París, nosotros nos pondremos en contacto con usted si se produce alguna novedad.

– ¿Qué haría usted si fuera su esposa la que ha desaparecido en estas circunstancias?

– Rezar.

Ferdinand no esperaba una respuesta que pudiera sobrecogerle tanto el alma.

– ¿Qué le ha pasado a mi mujer? -preguntó ya sin fuerzas.

– Le aseguro que no lo sé. Le doy mi palabra que hacemos cuanto está en nuestras manos.

– Pero sin confianza, sin fe. Para ustedes es un asunto rutinario.

– Señor Arnaud, le aseguro que entiendo su angustia, pero por increíble que parezca, es difícil hacer más de lo que hacemos. Hitler ha cambiado las reglas, se lo he dicho, desprecia tanto a sus enemigos como a sus aliados y en Alemania él es la ley.

– Quiero que interroguen al revisor -insistió Ferdinand.

– Lo pediré.

Quedaron en verse unos días más tarde. No tenía otra cosa que hacer, así que se dirigió él mismo a la estación. Allí paseó de arriba abajo hasta que se decidió a acercarse a una ventanilla y preguntar por el jefe de la estación.

Cuando logró dar con el hombre, éste le escuchó impaciente como si se tratara de un loco. El tren de París ya había llegado y el revisor estaba descansando. Podía probar suerte otro día, aunque difícilmente iba a acordarse de una pasajera precisamente en ese tren. ¿Acaso tenía algo de especial? En el libro de incidencias no había ninguna reseñada el 20 de abril.

Le despidió sin muchas contemplaciones y Ferdinand se sintió tan solo como nunca imaginó que podía llegar a sentirse.

Decidió continuar las visitas a la lista de amigos de Yitzhak y Sara que su suegro le había proporcionado.

La tienda de los Landauer no estaba lejos, de manera que fue andando.

El edificio era señorial y los transeúntes de aquella calle daban la impresión de ser gente acomodada. Buscaba una tienda de antigüedades; su suegro le había dicho que se trataba de una de las mejores de Berlín. Debió de serlo, pero ahora estaba cerrada y con las lunas rotas. Era evidente que la tienda de los Landauer había recibido la visita de los camisas pardas. Entró en el portal de al lado y preguntó a la portera por la familia Landauer.

– Se han marchado -dijo la mujer-. No creo que regresen.

– Y con la tienda, ¿qué ha pasado?

– Eran judíos -respondió la mujer a modo de justificación.

– Que yo sepa, eran alemanes.

– Ferdinand se sentía dominado por la ira. Judíos, eran judíos -insistió ella.

– ¿Dónde se los han llevado?

– ¿Llevado? Yo no he dicho que se los hayan llevado, sólo que se han marchado. Y ¿usted quién es? ¿Otro judío?

La observó con rabia, iba a decirle que no, que él no era judío, pero hizo lo contrario.

– Sí, yo también soy judío, corra a denunciarme a sus amigos.

Salió del portal con paso rápido, tanto como su respiración. ¿Es que todas las porteras de Berlín eran iguales? Se preguntó si aquella mujer, si todos los que habían convertido a los judíos en los chivos expiatorios de sus locuras, iban a misa, si serían cristianos, si se daban cuenta de que el cristianismo había nacido de Jesús, un judío.

No tuvo mejor suerte en las dos siguientes direcciones. Nadie supo darle noticias de las familias por las que preguntaba. Se habían marchado, decían; nada más.

Pero en la última dirección le abrió la puerta una mujer de unos treinta años, con el cabello lleno de canas y el miedo asomándole en los ojos.

– Por favor, quisiera hablar con el señor Schneider.

– Es mi padre, pero no está. ¿Quién es usted?

Ferdinand le explicó con brevedad quién era y por qué estaba allí; la mujer entonces le invitó a pasar.

– Yitzhak y Sara son amigos de mis padres, les conozco bien, hemos celebrado muchos sabbats con ellos. Les visitamos cuando… cuando lo de la librería; luego desaparecieron. Mi padre se ha acercado varias veces a su casa, con mucha precaución, ya sabe que los judíos no somos bien recibidos en ninguna parte.

– Ustedes al menos continúan aquí.

– ¿Por cuánto tiempo? Usted mismo lo está comprobando. De repente un día la gente desaparece, deja de existir. Dicen que a los judíos nos llevan a campos de trabajo. Pero a los ancianos y niños ¿por qué? Tengo dos hijas y he logrado sacarlas de Alemania, es de lo único que me siento satisfecha.

– ¿Sacarlas? ¿A dónde?

– Tenemos familia en Estados Unidos, un hermano mío se fue allí hace unos años. Yo… yo trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores hasta que me echaron; allí se oían muchas cosas, también hay gente buena aunque esté tan asustada como nosotros. Se lo contaré: mi jefe era un buen hombre, y un día me llamó para decirme que tenía que despedirme, que yo no era de confianza para los nuevos amos de Alemania, y me dio un consejo: «Márchate, hazlo antes de que sea demasiado tarde, vete con tus hijas, yo te ayudaré ahora que puedo». Yo no quería dejar aquí a mis padres, porque ellos se resistían a abandonar su ciudad, me decían que éramos alemanes. Pero decidí que si aquel hombre me hablaba así era por algo muy grave, de manera que me puse en contacto con mi hermano y le pregunté si podía hacerse cargo de mis hijas. Le doy gracias a Dios porque viven seguras en Nueva York.

– ¿Dónde están sus padres ahora?

– Han ido a reunirse con amigos, espero que no les pase nada. Cuando sales de casa nunca sabes si vas a regresar.

No se quedó mucho tiempo más; sabía que la mujer no podía aportar ninguna luz sobre la desaparición de Yitzhak y Sara, y mucho menos de Miriam.

Vagó por la ciudad sin rumbo y entró en varias tiendas para comprar comida para llevar a Inge. Cuando ella le vio llegar cargado de paquetes le regañó.

– No debería comprar tantas cosas; se lo agradezco, pero no quiero que se sienta obligado, usted ya paga por su habitación.

– No quiero ofenderla -se excusó.

– No, no me ofende; al contrario, soy yo la que no quiero que se sienta usted comprometido a ayudarme. Yo acepto la vida como viene. En realidad, yo he elegido lo que me pasa.

Ferdinand se indignó al escucharla hablar así. No, ella no había elegido a unos nazis como familia, ni nacer en un país al borde de la locura, ni que su novio hubiera desaparecido, ni que no pudiera trabajar en otra cosa que limpiando casas. Él no había elegido lo que le estaba pasando, de ninguna manera había elegido aquella pesadilla.

Cenaron casi en silencio, Günter se había dormido hacía rato. Inge estaba cansada, y él también; le ayudó a recoger los platos y después le pidió permiso para llamar a su hijo. La conversación con David se le hacía difícil, pero no podía engañarle ni darle falsas esperanzas.

– Hijo, continúo buscándola, hago lo imposible, pero si supieras cómo está este país…

A David poco le importaba la situación de Alemania; lo único que quería era recuperar a su madre, no aceptaba que hubiese desaparecido ni que le hubiese abandonado sin más. Él sabía que por nada del mundo les dejaría.

Durmió de un tirón toda la noche, y se sorprendió cuando a la mañana siguiente le despertó Inge.

– Tengo que irme a trabajar; le he dejado café en la cocina.

– ¿Qué hora es?

– Las ocho. Como no me dijo que tenía que madrugar, he pensado que le vendría bien dormir un poco más.

En cuanto oyó la puerta cerrarse saltó de la cama. No tenía nada que hacer. Ya había visitado a los amigos de Yitzhak y Sara que su suegro conocía y al funcionario de la embajada tenía que darle tiempo: no podía presentarse a requerir noticias todos los días. De repente pensó en el conde d'Amis. Le había pedido ayuda y él no se había pronunciado.

Cuando el conde se puso al teléfono le notó malhumorado y durante la conversación se mostró seco y cortante; pero después de mucho insistir aceptó darle el teléfono del barón Von Steiner para que le llamara en su nombre.

El barón se extrañó al recibir su llamada, pero aceptó recibirle esa misma tarde a las tres en su despacho.

Ferdinand regresó a la estación. Tampoco esta vez tuvo suerte, ya que no encontró al revisor del tren procedente de París. Paseó por Berlín sin rumbo fijo. Sabía que no lograría nada, pero decidió regresar a la casa de los tíos de Miriam.

Dio unas caminatas de arriba abajo por la acera, fijándose en las lunas rotas de la librería, en cuya puerta habían clavado unas maderas para impedir la entrada a los intrusos. No vio a la portera ni tampoco entrar ni salir a nadie del portal. Parecía una casa deshabitada, aunque sabía que no lo estaba. Volvió a tener la sensación de que era observado por alguien desde la segunda planta, pero no alcanzó a identificarle.

Regresó a casa de Inge justo en el momento en que ésta daba de comer a su hijo.

– ¿Quiere que le prepare algo? -se ofreció ella.

– No, no se preocupe, no tengo hambre; tomaré un té y unas galletas.

– Tiene que comer, no le servirá de nada no hacerlo. Uno piensa mal con el estómago vacío.

– Ya, pero no tengo ganas, luego cenaré. A las tres voy a ver a un hombre, al barón Von Steiner.

– ¿Von Steiner? ¿Le conoce?

– Le conocí hace poco más de un año, en el sur de Francia, en el castillo del conde d'Amis. Ya le he dicho que soy medievalista y doy clases en la Universidad de París.

– Es un hombre muy bien relacionado; si alguien le puede ayudar es él, debería haber empezado por ahí.

– ¿Conoce a Hitler?

– Imagino que sí; tiene mucho dinero y es de los que decían que la providencia nos ha traído a Hitler para salvar a Alemania.

– ¿Y cómo sabe lo que dice?

– Porque leo los periódicos y escucho la radio, supongo que como usted.

Inge terminó de dar de comer a Günter y dejó al pequeño sentado en el suelo rodeado de sus juguetes mientras ella se preparaba de nuevo para salir.

– Hoy no tengo tanto trabajo, pero ayer me quedaron cosas por planchar en casa de mi casera, así que estaré un par de horas abajo. ¿Le espero para cenar?

– Si no le importa…

– ¡Pues claro que no! Aunque no seamos muy buena compañía el uno para el otro porque ambos tenemos problemas, es mejor cenar juntos que solos.

Faltaban cinco minutos para las tres cuando apretaba el timbre del despacho de Von Steiner, situado en un edificio céntrico de la ciudad.

Un hombre le abrió la puerta y le invitó a pasar a una sala de espera donde cada detalle evidenciaba no sólo buen gusto, sino la posición económica de su propietario: los cuadros, la alfombra, los sillones de cuero, la mesa de caoba…

A las tres en punto le acompañó al despacho del barón.

– ¡Señor Arnaud, qué sorpresa!

– Lo sé, barón, gracias por recibirme.

– Dígame, ¿qué hace usted en Berlín? ¿Tiene algo que ver con sus investigaciones sobre fray Julián? -rió el barón celebrando su ocurrencia.

– No, barón, tiene que ver con mi esposa.

– ¿Su esposa?

Ferdinand volvió a explicar lo sucedido: de tanto hacerlo ya había depurado el discurso hasta dejarlo en lo esencial.

El barón le escuchaba sin inmutarse. Cruzó las manos encima del escritorio y pareció dudar un instante antes de hablar.

– Lo que usted cuenta es muy extraño. Sinceramente, me cuesta creer que alguien pueda desaparecer así a no ser…

– A no ser…

– A no ser que esa desaparición sea voluntaria, perdone mi franqueza.

Esta vez fue Ferdinand quien dudó de la respuesta. Era la tercera vez que alguien sugería que Miriam había desaparecido voluntariamente. Primero el funcionario del Quai d'Orsay, luego el de la embajada y ahora el barón. Se sentía impotente y airado ante estas insinuaciones. Le parecía sucio tener que justificarse así ante desconocidos.

Pero una vez más lo hizo, sintiendo la impaciencia del barón que disimuladamente miró el reloj.

– … no quiero quitarle tiempo, sólo le pido ayuda; usted puede conseguir que la policía se tome en serio el caso, que investiguen, que interroguen al revisor. En cuanto a la desaparición de los tíos de Miriam, para sorpresa mía no son los únicos; al parecer los alemanes judíos desaparecen de un día a otro, y nadie sabe nada de ellos, salvo que les conducen a campos de trabajo. ¿Por qué? ¿Cómo pueden desaparecer así? ¿Qué pasa con sus negocios, con sus trabajos? Me parece terrible lo que está sucediendo aquí.

El barón dio un puñetazo sobre la mesa sin ocultar su indignación.

– ¿Cómo se atreve a juzgarnos? Los judíos… aquí nadie desaparece, hay muchos delincuentes que van a campos de trabajo. Los judíos han recibido mucho de Alemania y es hora de que devuelvan algo de lo que han recibido, en estos momentos en que se necesitan manos en las fábricas para afrontar los retos fijados por el Führer. Nuestros jóvenes se preparan para ir al frente, los mejores hombres de Alemania están listos para morir por su patria, y usted se preocupa porque unos cuantos… unos cuantos judíos trabajen. ¡Es indignante!

No supo si callarse o traicionar sus convicciones. Fue un momento difícil en el que se sintió desgarrado, pero al final decidió que traicionarse a sí mismo era traicionar a Miriam y a David.

– Barón, no comparto la política de su Führer, y mucho menos la que se refiere a los judíos. Los tíos de Miriam son alemanes, los judíos que viven en Alemania son alemanes. Cada hombre debe poder rezar al Dios que quiera sin que eso tenga que ver con su patriotismo o su lugar de nacimiento. Entre las mejores cabezas de Alemania encontrará muchos judíos, no se puede escribir la historia de su país sin ellos y usted lo sabe. Pero no he venido a discutir sino a pedirle ayuda, ¿puede dármela?

El barón Von Steiner le miró fijamente y luego se levantó de su butaca.

– Dele a mi secretaria todos los datos de su esposa y sus tíos. Le llamaré. Y ahora, señor Arnaud, tengo mucho que hacer. Le recuerdo que nuestros países no están precisamente en sus mejores relaciones.

Se despidieron con una ligera y fría inclinación de cabeza. La secretaria le acompañó a la puerta tras anotar con rapidez la información que le dio el profesor.

Ferdinand miró el reloj. No había estado ni veinte minutos en aquel despacho. Respiró hondo, reconfortado por el aire frío y la lluvia que comenzaba a caer con fuerza. Ya sólo quedaba esperar a que la embajada o el barón le dieran alguna pista. La espera, por corta que fuera, se le íba a hacer eterna.

Cuando llegó a casa, Inge estaba haciendo la cena y escuchando la radio mientras Günter jugaba sentado en el suelo. Parecía contenta.

– ¿Qué tal le ha ido con Von Steiner? -preguntó.

– No muy bien, pero espero que me ayude.

Y le contó lo sucedido; también su sentimiento de vergüenza por tener que defender su matrimonio ante desconocidos. Luego le pidió permiso para llamar a David. Habló con su hijo, al que notó aún más angustiado. La madre de Miriam se puso a continuación para decirle que David apenas comía, que había días en que se negaba a ir al liceo y que casi no dormía. Pidió volver a hablar con su hijo para intentar convencerle de que fuera fuerte.

– Tienes que serlo, por ti, por ella y también por mí. Tu madre no flaquearía, esté donde esté, de manera que nosotros tampoco podemos hacerlo.

– Pero ¿dónde está? ¿Dónde crees tú que está? -gritó David.

La conversación con su hijo le deprimió aún más. Se sentía inútil, perdido, sin saber el rumbo que debía tomar. Inge le observaba en silencio mientras ponía la mesa. Se fue a su habitación, necesitaba estar solo.

Una hora más tarde Inge llamó suavemente a la puerta del dormitorio.

– Günter se ha quedado dormido, ¿quiere que cenemos? Ya sé que no hay nada que celebrar, pero he preparado una strudel con las manzanas que compró. Espero que le guste; no es que sea muy buena cocinera, pero hacer tartas me encanta.

Estaban cenando en silencio cuando el timbre les sobresaltó. Inge se levantó y fue a abrir la puerta. La escuchó hablar con un hombre, luego entró con él en la sala.

El joven era alto y llevaba uniforme militar. Llevaba a Inge cogida de la mano, a ella se la veía tranquila a su lado.

– Ferdinand, le presento a mi hermano Gustav; acaba de llegar de permiso. Es el único de la familia con quien me trato. De vez en cuando me da la sorpresa de visitarme.

Se estrecharon la mano y el joven se sentó con ellos a compartir la cena. Inge le explicó quién era su huésped y por qué estaba allí; Gustav escuchaba y hacía preguntas; interesado por cuanto Ferdinand le relataba.

– Siento lo que le está pasando, aunque no me extraña. En Alemania están ocurriendo tantas cosas…

Gustav dio noticias a su hermana del resto de la familia. Su madre cada día se mostraba más fanática: adoraba a Hitler y había colocado su foto en una hornacina como si de un santo se tratara. Su padre se quejaba de las muchas horas de trabajo por la necesidad de limpiar las calles de escoria, «es decir, a judíos, comunistas, homosexuales… todo el que no es nazi».

Su hermana pequeña, Ingrid, seguía en la escuela y sus padres la estaban convirtiendo en la perfecta nazi.

Ferdinand se interesó por la opinión del hermano de Inge sobre lo que estaba ocurriendo en su país.

– Yo quería ser soldado antes de que sucediera todo esto, supongo que porque mis padres desde pequeño me decían que lo mejor era tener un puesto seguro en el Estado. No me gustaba ser policía, aborrezco lo que hace mi padre y lo de ser soldado me parecía más digno, pero ahora… sé que tendré que combatir, pero no porque tengamos ningún enemigo sino porque Hitler ha decidido «salvar» a Europa y para ellos nada mejor que quien dirija Europa sea Alemania. Soy soldado y obedezco. No hago preguntas, pero pienso, claro que pienso, y aunque no comparto las ideas de Inge no creo que deba morir por ellas, como tampoco que los judíos sean la causa de los problemas de Alemania. Pero, como le digo, yo no decido, sólo obedezco.

Cuando terminaron de cenar, Ferdinand se ofreció a recoger los platos mientras los dos hermanos hablaban. Después, les dio las buenas noches; no quería imponerles su presencia. Notaba que Inge estaba ávida de noticias de su familia. Se tumbó en la cama y se puso a leer mientras le llegaba el sueño.

Por la mañana desayunó con Inge y se ofreció a quedarse con Günter puesto que no tenía nada que hacer.

– Si quiere le puedo llevar al parque, hoy no llueve…

– ¿Y si le llaman?

– Bueno, usted está limpiando en el piso de abajo, de manera que le llevaría al niño de inmediato.

Ella aceptó encantada, le dijo que así le cundiría más el trabajo y acabaría antes, lo que le vendría bien para descansar un poco. El trabajo era duro, le dolía la espalda y también las rodillas de estar tantas horas agachada fregando.

– ¿Por qué no intenta acabar sus estudios? -le preguntó él.

– Yo estudiaba filología, quería ser maestra, pero es un sueño que he enterrado, ya le dije que acepto la vida tal como es. No seré maestra, seré lo que ahora soy. Al menos puedo mantener a mi hijo y salir adelante.

Ferdinand se llevó al niño a pasear. Günter era un niño apacible y a pesar de ser tan pequeño parecía saber que tenía que portarse bien y no ser un incordio para su madre cuando ésta trabajaba, ya que por eso le permitían ir con él.

Le llevó al parque y le hizo dar unos pasos agarrado de su mano. Sería una sorpresa para Inge ver esos avances ya que se quejaba de que el niño llevaba cierto retraso en aprender a caminar.

9

Los días comenzaron a tener su propia rutina. Por la mañana salía con Günter, que evolucionaba muy rápidamente y prácticamente ya andaba solo, y por la tarde acostumbraba a acercarse a la casa de los Bauer o de los Schneider, para saber si tenían alguna noticia de Yitzhak y Sara. También había ido en un par de ocasiones más a la estación para tratar de ver, sin éxito, al revisor.

Diez días después de su llegada a Berlín recibió la llamada del funcionario de la embajada citándole para el día siguiente a las ocho.

Acudió puntual y nervioso, temiendo oír que seguían sin tener noticias de Miriam.

– Señor Arnaud, aquí tengo el informe que me ha enviado el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán.

Le entregó un folio cuyo contenido era desolador. No había constancia de que ninguna ciudadana francesa hubiera sufrido ningún accidente en Alemania, ni que estuviera ingresada en ningún hospital. Tampoco de que hubiera habido ningún incidente en el que hubiera estado mezclada una ciudadana francesa, por lo que ni en las comisarías ni en los centros de detención tenían noticias sobre ella. No había constancia de que dicha ciudadana hubiera llegado a Berlín. El Ministerio de Asuntos Exteriores alemán daba por cerrado el asunto.

– ¿Así de simple? -preguntó Ferdinand, decepcionado.

– Así de simple. Oficialmente no hay caso.

– ¿No puede insistir? -rogó al funcionario.

– Puedo hacerlo, pero no se molestarán en hacer nada. Volverán a mandarme un oficio como éste.

– ¿Cree que han hecho algo, que la han buscado?

– Señor Arnaud, lo que yo crea da igual. Ellos dicen que lo han hecho y éste es el resultado. Lo que sí sé es que no harán nada más.

– ¿Y la policía?

– Ya sabe que nosotros tenemos algún contacto, pero no nos han dicho nada. Esta mañana antes de que usted llegara hablé con el hombre que conocemos, y me aseguró que no sabían nada de su esposa y que estaban convencidos de que nunca llegó a Berlín.

– ¿Y han interrogado al revisor?

– Al parecer le localizaron y le enseñaron la foto de su esposa, pero no la recuerda. El embajador me ha dicho que le transmita que continuaremos haciendo todos los esfuerzos que estén a nuestro alcance, pero que no le podemos dar esperanzas prometiéndole resultados. Es como buscar a un fantasma.

– Mi mujer es real. Ella llegó a Berlín y estuvo en casa de sus tíos.

– No lo dudo, señor Arnaud, pero debe entender que no podemos hacer más de lo que estamos haciendo.

– Creo que las autoridades alemanas no están haciendo nada -sentenció Ferdinand-. Lo que no sé es por qué.

El hombre se quedó callado mientras le sostenía la mirada. Era un diplomático, pero para esa pregunta él tampoco tenía respuesta.

Salió vencido de la embajada. Sabía que no iban a hacer nada más, si acaso de cuando en cuando enviarían una información concisa: sin noticias del paradero de la señora Arnaud.

Si regresaba a París admitiría que daba a Miriam por perdida para siempre; no se sentiría capaz de afrontar la angustia de su hijo ni de sus suegros, ni la suya propia. Tenía que seguir pero no sabía qué dirección tomar.

Volvió a pasear sin rumbo por aquella ciudad que cada vez odiaba más y sintió las gotas de lluvia mezclándose con sus lágrimas.

«Dónde estás, Miriam? ¿Dónde estás?», susurró mientras lloraba. Algunas personas se volvían a mirarle e imaginaban que aquel hombre pasaba por algún duelo que no era capaz de ocultar. Poco le importaban los demás. Se sentía desgarrado por dentro y era demasiado el dolor para preocuparse por aquellos que le miraban con curiosidad.

Llegó empapado a casa de Inge. Fue directamente a su dormitorio para evitar que le viera en ese estado, pero ella le siguió preocupada.

– Perdone, no quiero incomodarle, pero ¿ha tenido alguna noticia? ¿Ha sucedido algo?

La miró entre lágrimas incapaz de hablar y ella, con timidez, se acercó para abrazarle e intentar transmitir un consuelo que sabía que era inútil. Después salió del cuarto para dejar que se recuperara.

Al cabo de unos minutos, Ferdinand se reunió con ella.

– Estuve esta mañana en la embajada.

Inge esperó que fuera él quien le relatara lo sucedido porque no quería ahondar en las heridas de aquel hombre.

– Mi mujer se ha convertido en un fantasma, ha dejado de existir. Sólo me queda esperar la gestión de Von Steiner, si es que la hace.

– La hará, esté seguro, de lo contrario no se habría molestado en pedirle los datos de su esposa y de sus tíos. Puede que él tenga más suerte.

– No lo sé, Inge. Lo peor es que no se me ocurre qué más puedo hacer. Sé que está aquí, pero ¿dónde? He pensado en poner anuncios en los periódicos.

– Me parece buena idea; puede que alguien la haya visto y le den una pista. No pierde nada por intentarlo. Puedo acompañarle esta tarde. Hoy no tengo más trabajo.

Fueron a poner el anuncio en los periódicos más importantes, y ofrecieron una pequeña recompensa por cualquier información sobre Miriam. Inge confiaba en que eso diera resultado y Ferdinand necesitaba creer que a lo mejor era así.

Esa noche volvieron a cenar en silencio. Cualquier palabra hubiera estado de más.

Al día siguiente los periódicos mostraron la foto de Miriam y Ferdinand permaneció todo el día sin salir de casa junto al teléfono pero nadie llamó. El segundo día sí se produjo una llamada: la secretaria del barón le citaba para esa misma tarde.

Por primera vez desde que era niño, rezó con todas sus fuerzas para que esa tarde le dijeran algo sobre el paradero de Miriam, lo que fuera, algo que evidenciara que no se había convertido en un fantasma.

El barón le recibió de pie en el despacho, como un anuncio de que la entrevista no duraría demasiado.

– Señor Arnaud, dada la amistad que me une al conde d'Amis y la recomendación de éste para que le ayude, he intentado indagar sobre el paradero de su esposa. Ya he visto que usted ha acudido a los periódicos…

– Estoy desesperado, barón -admitió Ferdinand-, haré cualquier cosa por encontrarla.

– Bien, he molestado a algunas personas importantes, y sé que se han tomado el debido interés por darme una respuesta satisfactoria, pero siento decirle que la desaparición de su esposa es un enigma. Se ha interrogado al revisor del tren, incluso a otros empleados, y nadie la recuerda. Se la ha buscado por…

Ferdinand le interrumpió ante el asombro del barón.

– Hospitales, comisarías, cárceles… y nada, ni rastro. Como si la señora Arnaud no existiera, o nunca hubiera tomado un tren con destino a Berlín.

El gesto del barón delataba la incomodidad que le había producido la interrupción de Ferdinand. Aquel hombre le exasperaba, como cuando D'Amis les presentó en su castillo.

– Usted no quiere admitir la verdad, señor Arnaud.

– ¿Y cuál es esa verdad, barón?

– Que su esposa ha desaparecido voluntariamente, que le ha dejado, señor Arnaud. No me corresponde a mí saber por qué, pero ésa es la única evidencia.

– Se equivoca, barón; mi mujer llegó a Berlín y fue a casa de sus tíos. Encontré su lápiz de labios en el cuarto de baño de su casa, una casa arrasada por los camisas pardas, a ellos se los llevaron por ser judíos, imagino que a uno de esos campos de trabajo, pero ¿y a Miriam? ¿Qué han hecho con ella? Ella es francesa, no es alemana, no tiene nada que ver con ustedes.

El barón permaneció en silencio escuchándole, impasible, como si nada de lo que Ferdinand dijera pudiera conmoverle.

– ¿Qué hacen con la gente, barón? ¿Es usted nazi? ¿Es uno de esos desalmados? No le imagino aliado con esa gentuza.

– Entiendo su preocupación y desconcierto, pero nada puedo hacer. Usted no se conforma con la verdad, de manera que, señor Arnaud…

– Ya me voy, barón. No hace falta que me acompañe a la puerta; soy sólo el esposo de una judía desaparecida. ¿A quién le importa una judía más o menos?

Esta vez las lágrimas eran de rabia. Salió del despacho del barón con la ira reflejada en cada músculo del rostro.

Paró un taxi para regresar a casa. Hablaría con David y con sus suegros y entre todos decidirían qué hacer.

Cuando llegó a casa de Inge la encontró hablando con Deborah, la hija de los Schneider, la mujer de cabello canoso que había enviado a sus hijos a Nueva York. La mujer triste que le había recibido atemorizada.

– Perdone que me haya presentado aquí, pero vimos la foto de su esposa en los anuncios de los periódicos y mi padre me ha pedido que me acercara para ver cómo se encuentra. Queremos que sepa que no está solo en su desesperación.

– Cada vez que hablan de mi mujer siento que la intentan ensuciar con sus palabras.

– No sé cómo podemos ayudarle -se lamentó Deborah Schneider-. A mis padres y a mí nos gustaría poder hacer algo, lo que podamos, cuente con nosotros…

– Gracias. Ustedes al igual que los Bauer me han ayudado a no desfallecer, son el único nexo con los tíos de Miriam y, por tanto, con ella misma en estas circunstancias. El problema es que no sé qué hacer…

– Se tendrá que marchar -afirmó Deborah-, aquí no puede quedarse indefinidamente y si ella… bueno, si su esposa logra salir de donde esté, les buscará.

– Pero ¿dónde está? Dígamelo usted.

– No lo sé. Quizá tuvo un enfrentamiento con la portera de la casa de sus tíos y ésta avisó a los camisas pardas. O se la llevaron porque es judía aunque les dijera que era francesa. Puede que haya sucedido eso y ahora no se atrevan a dejarla marchar porque entonces diría lo que no quieren que nadie sepa.

– Si fuera así, significaría que no la dejarán libre nunca, que la retendrán para siempre…

– Es lo único que se me ocurre que puede haber ocurrido…

– Entonces tengo que seguir buscándola -afirmó él-. ¿Dónde se llevan a los judíos que hacen desaparecer? ¿Dónde están esos campos de trabajo?

– Nadie ha regresado para contarlo -afirmó Deborah-. Sólo la gente importante del régimen lo sabe.

– Se me ocurre que volvamos a ver a la portera -propuso Inge-, a lo mejor si intenta sobornarla… no será fácil, porque es una fanática, pero nunca se sabe con esa gente. También podemos intentar ver a algún vecino de sus tíos; quizá se atrevan a decirnos algo.

– Lo haré -dijo Ferdinand-, iré ahora mismo.

Deborah Schneider aceptó cuidar a Günter, deseosa de que la visita a la casa de los Levi diera sus frutos. Sentía lástima por aquel hombre que buscaba con tanta desesperación a su esposa. Y rezó dando las gracias a Dios por haberla iluminado para que enviara a sus hijos a Norteamérica: ella podría desaparecer como tantos otros judíos, pero al menos sus hijos vivirían.

La oscuridad envolvía Berlín pese a no ser más de las siete de la tarde. El taxi paró en la puerta de la casa de Yitzhak y Sara. La puerta de la tienda estaba cubierta por tablas clavadas de mala manera pero que cumplían la función de impedir el paso de intrusos. El portal estaba cerrado, pero Inge tenía las llaves. Había decidido visitar primero a los vecinos antes de enfrentarse a la portera. Subieron con paso firme las escaleras hasta la segunda planta donde había dos viviendas. Llamaron a la puerta de la derecha, pero por más que insistieron nadie respondió: o no había nadie en aquella casa o no querían visitas de extraños. Luego probaron suerte con la puerta de la izquierda, y casi de inmediato apareció una mujer.

– ¿Qué desean? -preguntó con desconfianza.

– Buenas tardes, señora; verá, yo era ayudante de los Levi, seguro que me ha visto en alguna ocasión por la librería, y este señor es sobrino, bueno, su esposa es sobrina de los Levi…

– ¿Y a mí qué me importa quiénes sean ustedes? ¿Qué es lo que quieren? -respondió la mujer de mala manera.

– Querríamos saber adónde se han llevado a Yitzhak y Sara. A lo mejor ha oído algo… y también preguntarle por el incidente que se produjo aquí a mediados de abril cuando la sobrina de los Levi llegó a la casa encontrándose… ya sabe, los destrozos que han sufrido la tienda y la vivienda.

– Yo no sé nada, ni he visto nada, ni he oído nada.

La mujer estaba dispuesta a cerrarles la puerta pero Ferdinand se lo impidió.

– Señora, no le estamos pidiendo que revele ningún secreto inconfesable, sólo queremos que nos diga dónde cree que han llevado a los Levi y si usted vio a mi esposa cuando estuvo aquí.

– No sé de qué me habla, déjeme en paz o llamaré a la policía.

– ¿A la policía? ¿Y por qué? ¿Porque le hemos preguntado por unos ancianos y su sobrina? ¿Es eso un delito en Alemania? -Ferdinand no podía contener su irritación.

La mujer cerró la puerta bruscamente sin darles tiempo a reaccionar. Inge le miró y haciendo un gesto le invitó a seguirla a la tercera planta.

No tuvieron más suerte que con la mujer del segundo piso. Después de decirles que no sabían nada, les cerraron de inmediato como si el hecho de hablar con ellos pudiera provocarles algún problema.

Así fueron subiendo planta por planta hasta llegar a la última, donde había tres puertas.

– Éstas deben de ser buhardillas como en mi casa.

Se llevaron una sorpresa cuando llamaron a la primera puerta y se encontraron de bruces con la portera.

– Buenas tardes, señora Bruning, ¿podemos pasar a hablar con usted? -pidió Inge con una sonrisa.

La portera, tan desconcertada como ellos, abrió la puerta y, antes de que pudiera decirles nada, se encontró con que Inge y Ferdinand estaban ya dentro de la casa. Al fondo, un hombre sentado escuchaba la radio con un periódico en las manos. No les fue difícil deducir que era el marido de la portera.

– Les dije que no volvieran por aquí-dijo ella en tono amenazante.

– Señora Bruning -comenzó a hablar Ferdinand-, sé que es usted una mujer sensible y por eso he vuelto. Usted, que tiene familia, puede entender la desesperación de alguien que no encuentra a su esposa; imagínese que a usted le sucediera algo así, que su esposo desapareciera de repente, sin dejar rastro…

La mujer le miró dudando de la respuesta. El tono apenado de Ferdinand parecía haberla conmovido, pero sólo fugazmente, porque al instante les regaló una mirada cargada de desprecio.

– ¿Y a mí por qué me pregunta por su esposa? -gritó-. Si le ha dejado, busque en otra parte; usted sabrá con qué clase de mujer está casado.

Ferdinand levantó la mano para abofetearla pero Inge se interpuso entre los dos temiendo las consecuencias. El marido de la portera se acercó al escuchar los gritos de su mujer.

– Ursula, ¿qué pasa?

– ¡Preguntan por esa gentuza!

– ¿Qué gentuza?

– Los Levi, ésta es la que les ayudaba en la librería -dijo apuntando con el dedo a Inge- y éste el marido de su sobrina. ¡Y me preguntan a mí por esa gentuza! ¡Estarán con el Diablo en el infierno, del que espero no les dejen salir!

– Cálmate, mujer, y vete adentro que ya me hago cargo yo. ¿Qué es lo que quieren de nosotros? -les increpó el hombre, tan orondo como su esposa y sin un solo pelo en la cabeza.

Inge cogió del brazo a Ferdinand e intentó calmarle. Luego se dirigió al energúmeno y le dijo:

– Señor Bruning, no queremos molestarles, disculpe si hemos llegado en mal momento, pero verá, si no fuera importante, no nos habríamos atrevido a hacerlo.

Durante unos minutos le habló como si de un niño se tratara, para que el hombre respondiera a las preguntas que tanto enfurecían a su esposa. Él les observaba con la frialdad impersonal del que odia por propia impotencia.

Fuera por el tono de voz neutro y sosegado de Inge, fuera por sentirse importante ante los intrusos, lo cierto es que el hombre escuchó hasta el final a pesar de los improperios que su esposa lanzaba desde la sala pidiéndole que les echara a patadas.

– Si su esposa ha desaparecido, vaya a la policía; nosotros no sabemos nada -dijo con desprecio mirando a Ferdinand-. En cuanto a los Levi, eran basura humana, judíos, están donde deben estar.

– ¿Dónde? -preguntó Inge suavemente con la mejor de sus sonrisas.

– No lo sé, en cualquier lugar en que hagan algo útil por este país al que han sangrado con su avaricia. Si vuelven, les echaremos a patadas.

– Pero aquí está su casa, su tienda les pertenece -acertó a decir Ferdinand.

– Si no regresan, les dejará de pertenecer y pasará a ser de buenos alemanes. Ya hemos soportado bastante a los judíos en este país. El Führer sabe lo que hay que hacer con ellos. Son un cáncer.

Ferdinand iba a replicar pero Inge le apretó el brazo con fuerza; era su manera de pedirle que la dejara a ella tratar con los Bruning.

– ¿Sabe dónde se llevaron a su sobrina? Sabemos que estuvo aquí, encontramos algunas de sus cosas, de manera que no hay duda, y nos gustaría saber…

Inge no pudo continuar la frase porque la portera se había plantado en el vestíbulo y les empujó con rabia.

– ¡Fuera de aquí, asquerosos amigos de los judíos! ¡Fuera de aquí!

Acabaron en el descansillo, con la puerta cerrada y oyendo los improperios de la portera y los gritos de su marido.

Se sentían exhaustos, con la rabia de la frustración a flor de piel.

Llamaron al timbre de las otras dos viviendas, pero nadie respondió. Se sabían observados por la mirilla.

Entraron en el piso de los Levi y lo volvieron a examinar de arriba abajo en busca de alguna otra pista. No encontraron nada, pero notaron que alguien había estado allí después que ellos. Algunas cosas no estaban como las dejaron. Inge sugirió que tal vez la policía había ido a buscar algún indicio de la presencia de Miriam a instancias de la embajada. Tampoco eso le servía de consuelo a Ferdinand. Allí, en aquella casa, se perdía el rastro de Miriam, allí se había esfumado; pero seguía sin saber qué había ocurrido exactamente.

Deborah parecía encantada con Günter. La encontraron en el suelo jugando con el pequeño. La mujer se entristeció al escuchar el relato de lo sucedido y antes de marcharse dio un consejo a Ferdinand.

– Sé que es muy duro lo que voy a decirle, pero regrese a París. Vuelva con su hijo, es lo único real que le queda.

– ¿Y abandonar a Miriam? No, no puedo hacerlo.

10

Los días siguientes se convirtieron en una pesadilla. No tenía dónde ír ní nada que hacer. Llamó a la embajada un par de veces y amablemente le dijeron que no se había producido ninguna novedad; tampoco entre los amigos de Sara y Yitzhak se produjo ningún acontecimiento relevante.

Inge no le decía nada, pero en realidad tampoco hablaban mucho. Trabajaba todo el día y cuando se veían a la hora de cenar estaba demasiado cansada. En tres o cuatro ocasiones le volvió a pedir que cuidara de Günter mientras ella salía por la noche. Un día le confesó que se reunía con sus camaradas del Partido Comunista porque habían vuelto a aceptarla.

Por su parte, David insistía en que se quedara en Berlín y buscara a su madre. En las palabras entrecortadas de sus suegros interpretaba que tampoco se resignaban a que regresara sin Miriam.

El transcurrir del tiempo se le empezó a hacer insoportable. Estaba en Berlín para sentirse cerca de su mujer, pero acaso, se decía, era una manera de calmar su conciencia más que otra cosa. Porque se sentía culpable, culpable por haberle permitido emprender el viaje, culpable por no haber sido capaz de ver lo que estaba pasando en Alemania pese a que no era ningún secreto que Hitler había puesto en marcha leyes raciales cuyas primeras víctimas eran los judíos.

Una mañana recibió una llamada del conde d'Amis.

– Señor Arnaud, ¿cuándo piensa regresar a Francia? -le preguntó el conde sin más preámbulo.

Le dijo que se quedaría hasta encontrar a Miriam y le sorprendió la reacción brutal del conde.

– Si no regresa de inmediato y termina el trabajo sobre la crónica de fray Julián me veré obligado a romper el acuerdo con usted y su universidad. He sido paciente con sus problemas personales, pero comprenderá que no puedo, ni quiero, seguir esperando. Además, le necesito en el castillo para que oriente a mi grupo de trabajo. Tengo aquí a una veintena de personas aguardando sus indicaciones; le recuerdo que era parte del trato. Y por cierto: he hablado con el rector de su universidad, le anuncio que le llamará. Decídase pronto, señor Arnaud, no voy a esperar mucho más.

Apenas le dio tiempo a protestar. El conde no atendía a más razones que a sus propios intereses. Tal como le había anunciado, a los pocos minutos recibió una llamada de la universidad. El coordinador del departamento de Historia se mostró cordial y amigable. Naturalmente, todos entendían el drama que estaba viviendo, podía tomarse el tiempo que necesitara, pero ¿podría volver a París unos días para arreglar algunas cosas? Alguien debía sustituirle en las clases; en cuanto al trabajo sobre la crónica de fray Julián, también había que adoptar decisiones. La universidad se había comprometido a su edición, quizá él mismo podría aconsejar quién podía terminar la labor.

Para Ferdinand aquellas dos llamadas le devolvieron a la realidad. Antes de la desaparición de Miriam era otro hombre: tenía una familia, un trabajo que le apasionaba, amigos y colegas, publicaba estudios sobre la Francia medieval, daba conferencias por toda Europa… pero él mismo se había convertido en un fantasma; no estaba allí donde antes tenía una vida. O regresaba o se despedía de todo lo que había sido.

Tenía que tomar una decisión que iba a resultar crucial para el resto de su vida; porque quedarse en Berlín también significaba separarse de David, y tendría que pensar de qué iba a vivir; los ahorros de toda la vida no le durarían siempre si seguía sin hacer nada. Un colega le había sugerido que pidiera una excedencia…

– Yo que usted volvería -le aconsejó Inge durante la cena-. Ahora es difícil que la encuentre, tal vez más adelante. Podría venir de vez en cuando.

– No quiero abandonarla.

– Si va y viene no la abandona, pero tampoco abandona a su hijo. No puede destruir todo lo que hicieron entre ambos. La vida no es o todo o nada, a veces hay que buscar soluciones intermedias para sobrevivir.

– Usted es como los camaleones -le reprochó él-, incluso me asombra que acepte que su jefe Stalin firme acuerdos con Hitler y eso no le haga replantearse nada.

– Stalin sabe que no es el momento del todo o nada y espera.

– Y mientras, los comunistas se pudren en las cárceles alemanas -le recordó.

– Sí, incluso algunos se han suicidado porque no pueden entenderlo, se sienten traicionados. Pero la vida no es como uno quiere sino como es. Los chinos dicen que hay que ser como los juncos, que se doblan cuando les azota el viento pero no se rompen y continúan de pie.

– Y usted es un junco.

– No tengo más remedio, no puedo ni quiero dejar de creer en lo que creo. Soy comunista, sí, y sé que tenemos la razón, pero no basta con tenerla, hay que esperar el momento y, mientras, dejarnos doblar por el viento.

– ¿Y si nunca regresa el padre de su hijo?

– Con eso ya cuento.

– ¿Acepta que no volverá a verlo?

– Sí; es más que probable que nunca regrese.

– ¿Y no le duele?

– Hasta el fondo del alma, pero no está en mis manos hacer más de lo que he hecho, de lo que hago todos los días sacando adelante a nuestro hijo.

– Los cristianos a eso lo llaman resignación…

– No se equivoque, aceptar la realidad no es resignación, es una manera de afrontarla. No tengo poder para cambiar las cosas. Hitler va a continuar con su política racista, va a seguir pactando con Stalin y encarcelando a los comunistas; nada va a cambiar porque yo quiera o me lamente.

– Es muy joven para expresarse con tanta dureza; me da pena oírle hablar así.

– ¿Preferiría verme llorar y que mi hijo se muera de hambre? ¿Preferiría verme actuar como una heroína de novela y correr el riesgo de desaparecer? ¿De verdad es eso mejor?

– No la juzgo, Inge, porque deseo que no me juzguen a mí.

– Si al final decide regresar a París, pero venir de cuando en cuando a Berlín para seguir buscando a Miriam, me gustaría que siguiera alquilándome el cuarto; me viene muy bien el dinero y es un huésped que no da problemas. Quizá si viene una o dos veces al mes… no sé, piénselo…

Optó por seguir el consejo de Inge. A pesar de que la joven no había cumplido los veinticinco años, parecía rezumar sentido común y experiencia. Ella también había visto desaparecer al padre de su hijo y aguantaba impertérrita; pero ¿qué esperaba?

11

Por fin había sucedido. Alemania y Francia estaban en guerra, pero no se combatía. Los periódicos franceses calificaban la situación de «guerra boba». Algunos consideraban que el ultimátum dado por el gobierno francés a Hitler para que se retirara de Polonia había sido un gesto de cara a la galería pero, gesto o no, oficialmente los dos países estaban en guerra. De manera que, pensó él, tampoco habría podido alargar por mucho tiempo su estancia en Berlín.

El reencuentro con David no fue fácil. Su hijo le reprochaba con sus silencios que no hubiera sido capaz de encontrar a su madre. Le oía gritar por la noche entre pesadillas que le atenazaban el alma, y a veces discutían porque no estudiaba. La vida había perdido interés para el joven.

Sus colegas de la universidad se alegraron de verle y escucharon preocupados y circunspectos sus relatos sobre el gobierno de Hitler. Sí, desaparecía gente, judíos, comunistas, gitanos, todo aquel que molestara al régimen, y nadie decía nada, nadie parecía preocuparse por aquello. «Van a campos de trabajo, nada más que eso.»

Al principio había ido a Berlín con cierta frecuencia. Se quedaba en casa de Inge y durante tres o cuatro días se dedicaba a llamar a la embajada, visitar a los amigos de los tíos de Miriam, que a su vez le presentaban a otros exiliados en su propia patria. Luego regresaba a París con el alma llena de congoja, diciéndose que estaba cumpliendo con un rito para calmar su conciencia, un rito ineficaz y estéril. Pero desde que Hitler invadió Polonia y Francia había entrado oficialmente en guerra no había podido regresar.

Cuando, unos meses después, el 10 de mayo de 1940, Francia cayó como una fruta madura en manos del dictador nazi, al mismo tiempo que Holanda y Bélgica, fue de los pocos franceses que no se sorprendió. En menos de cuatro semanas las tropas francesas estaban de retirada, y París se encontraba sin defensas ante los soldados del Tercer Reich.

Las tesis del general Maxime Weygand y del vicepresidente del Gobierno el mariscal Pétain acabaron imponiéndose en el gabinete de crisis: prefirieron negociar el alto el fuego con Alemania que seguir combatiendo sin éxito.

Una tarde que se encontraba en su despacho de la universidad, Martine entró a hablar con él.

– Me marcho. Quería despedirme de ti antes de que lo sepan los demás.

– ¿Te vas? Pero ¿por qué?

– ¿No te has enterado?

– ¿Qué ha pasado?

– Lo previsto: hoy 22 de junio el general Huntziger y el mariscal Keitel han firmado un armisticio en Compiégne. Se acabó.

– ¿Qué quieres decir con que se acabó?

– Lo que se dice es que Pétain se va a hacer cargo de todo, que el primer ministro Reynaud le deja el campo libre, dimite. Te puedes imaginar lo que va a suceder.

– ¿Y adónde quieres ir?

– ¿Nunca te he dicho que soy judía?

Él la miró perplejo, sin saber qué decir.

No, no se lo había dicho; además, por el apellido Dupont jamás hubiera pensado que lo fuera.

– Mi madre lo es, mi padre no. Pero tanto da, yo lo soy. Entiéndeme, nunca me había dado cuenta de que lo era. Mi madre es una judía laica, jamás la he visto ir a la sinagoga y mi padre, un cristiano igualmente laico, jamás entra en una iglesia, de manera que he vivido bastante al margen de la religión, pero ahora…

– Tú eres francesa, Martine -protestó él.

– Sí, pero francesa judía. Antes era sólo francesa, aunque tú sabes que ni nuestro país se escapa del antisemitismo, lo mismo que el resto de Europa. No quiero ir con una estrella de David cosida en la solapa del abrigo, no podría soportarlo…

Él se quedó callado sin saber qué decir. Martine le cogió la mano y se la apretó con afecto.

– ¿Dónde irás? -quiso saber él.

– A Palestina.

– ¡Estás loca! ¿Qué vas a hacer allí?

– Aún no lo sé, por lo pronto voy a un kibbutz. Hace dos años se fueron unos amigos y, bueno, dicen que aquello es toda una aventura. Quizá ha llegado el momento de que haga cambios en mi vida; ya te diré cómo se me da plantar lechugas.

– Pero ¿por qué no te vas a Estados Unidos? Allí saldrías adelante, eres una profesora con prestigio.

– No es tan fácil y además creo que en estos momentos debo ir allí, quiero saber qué significa ser judía, qué sensaciones tendré cuando pise la Tierra Prometida.

– ¿Allí estarás a salvo?

– Pues no lo sé. Mis amigos me cuentan que duermen con un fusil en la mano, ya sabes que en el 36 hubo una rebelión árabe contra la presencia de judíos en Palestina. Parece que a pesar de los británicos, la situación no es una balsa de aceite. Por lo que sé, los ingleses hacen lo imposible por impedir que lleguen más judíos, pero aun así van llegando…

– Perdona si soy indiscreto, pero ¿tus amigos a qué se dedicaban antes de irse allí?

– Jean es abogado y Marie perfumista; eran vecinos y amigos, y creo que me aconsejan bien diciéndome que vaya antes de que no pueda hacerlo.

– ¿Cómo lo harás?

– No te lo vas a creer, pero me va a ayudar un sacerdote; es hermano de una amiga mía.

– Te echaré de menos, Martine -le confesó él.

– Yo a ti también, eres el mejor amigo que tengo aquí. Ya verás cómo vendrán todos a preguntarte si sabías que yo era judía.

La decisión de Martine le recordó a Deborah Schneider y su explicación de por qué se había separado de sus hijos enviándolos a Nueva York. Se dijo que tal vez debería reflexionar sobre el futuro de David. Por increíble que le resultara admitirlo, su hijo era para las nuevas autoridades judío, sólo judío.

Le costó tomar la decisión que sabía iba a provocar una conmoción en su familia, pero estaba decidido a imponer su voluntad. Primero habló con su hijo, luego convocó en su casa a sus padres, a sus suegros y al resto de la familia.

– Sé que lo que os voy a decir os sorprenderá, pero he decidido enviar a David a Palestina.

Sus suegros le miraban atónitos, sus padres no sabían qué decir, su hermano mayor carraspeó incómodo y la mujer de éste se apretó las manos nerviosa.

– No voy a irme, papá -le interrumpió David-. No me iré a ninguna parte hasta que aparezca mamá.

– Ya sé que no quieres irte, lo hemos hablado, pero lo siento, hijo, tu opinión en este caso no cuenta; lo importante es tu vida, y aquí hoy ya no estás seguro, no quiero…

Guardaron silencio y todos imaginaron el rostro de Miriam. -Una amiga mía se va dentro de unos días. David irá con ella. ¿Tenéis familia allí? -preguntó a sus suegros.

– Sí, claro -respondió la madre de Miriam-, tengo dos hermanas y varios sobrinos. La vida no es fácil en esa zona…

– Lo sé, pero al menos ser judío no es un estigma como aquí.

– Esto es Francia -le interrumpió su hermano mayor.

– Sí, esto es Francia. ¿Y qué ha pasado en la culta y exquisita Alemania donde un cabo se ha convertido en el referente de toda la nación? Te recuerdo que nuestros gobernantes son marionetas que mueven desde Berlín. Lo he visto con mis propios ojos. Me niego a que mi hijo desaparezca un día en una calle de París o que le den una paliza a la salida del liceo, o que lleve una estrella de David en la solapa del abrigo; Miriam no lo habría soportado. Ya os podéis imaginar lo que va a suponer para mí su ausencia, pero al menos sabré que está vivo y eso es lo único que me importa.

– Ferdinand tiene razón -dijo su padre-. Esto es Francia, hijo, pero ¿qué ha estado haciendo con los republicanos españoles? A muchos los devolvieron, otros fueron enviados a campos, los periódicos les han calificado de «desechos humanos», «peligrosos invasores»…

La madre de Ferdinand interrumpió a su marido para recordarle que Le Populaire o L'Oeuvre les apoyaban y que el cardenal Verdier había roto muchas lanzas en su favor y que, incluso, algunos escritores católicos como Jacques Maritain o Francois Mauriac les defendían contra viento y marea.

Pero el padre de Ferdinand insistió en que David estaría mejor fuera de Francia; el profesor agradeció su apoyo. Sabía que estaba indignado por la actitud del gobierno francés con los refugiados españoles, entre los que había rescatado a algún pariente. Ni su padre ni él se fiaban de la nueva Francia: los dos estaban cansados de ver cómo los hombres se cegaban los ojos para no ver.

David suplicó a su padre que le dejara quedarse, pero Ferdinand se mantuvo firme en su decisión aunque se preguntaba en silencio si todo aquello no era una locura.

– ¿Y tú qué harás, papá?

– Me quedaré aquí, cerca de tu madre, esperándola, y continuaré estudiando la crónica de fray Julián. Es una historia tan trágica como hermosa.

– Pero si no te gusta ir al castillo…

– No, hijo, no me gusta esa gente y afortunadamente hace tiempo que no voy, no es imprescindible para mi trabajo. Además, creo que el conde también prefiere tenerme a cierta distancia. Después de lo de tu madre… me es difícil soportar a nadie que simpatice con los nazis.

– De manera que te vas a encerrar con el pasado -dijo David, apesadumbrado.

– Mientras tú haces el futuro, yo me refugiaré en el pasado; no es un mal acuerdo, hijo. En cuanto te marches me reencontraré con fray Julián.

12

… Carecemos de piedad, precisamente nosotros que deberíamos dar ejemplo. Pero a fray Ferrer le brilla la ira en los ojos y cree que sólo el fuego puede purificar lo que los herejes han tocado. Por eso ordenó quemar hasta las últimas piedras de Montségur, para purificar el lugar contaminado por la presencia de los herejes.

– Sólo el fuego purificará estas piedras -clamaba fray Ferrer.

Ya he perdido la cuenta de los días que han pasado desde que dejamos Montségur, también he perdido la cuenta de las declaraciones de herejes dispuestos a delatar a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos y a sus vecinos para salvar la vida. ¿Dónde están los mártires de Montségur? ¿Qué ha sido de su ejemplo?

Ahora que ningún ejército vendrá a salvarles, los antes heroicos hombres y mujeres que se hacían llamar Buenos Cristianos sólo son eso, hombresy mujeres asustados.

Confieso que ya no me impresionan como antaño, cuando les respetaba y admiraba en secreto por la firmeza de sus convicciones. Ahora sé que son iguales que yo, tienen miedo, y les desprecio tanto como me desprecio a mí mismo.

Mentiría si dijera que todos se han rendido. No es así, pero son los menos. No quiero ni imaginar lo que habría sufrido doña María sí hubiera visto tantas traiciones.

He estado en Carcasona, y en Limoux, en Bram y en Lagrasse, y en todos los lugares sucede lo mismo. Cuando llegamos, nos están esperando para hablar de otros y así salvarse.

Y yo, señor, continúo enfermo, sin que las hierbas del caballero Armand me alivien. Ya os expliqué en mi anterior misiva que el caballero templario compañero de armas de don Fernando pasaba por ser una eminencia en el arte de curar, y doy fe de que sus hierbas han resultado hasta ahora conmigo. Quizá es el olor a carne quemada el que embota mis sentidos y cierra mi estómago, o acaso sea el olor del miedo, el miedo que desprenden esos desgraciados que confiesan sus faltas ante mí.

Rezo a Dios para que esta carta llegue a vuestras manos, porque tiemblo al pensar en que caiga en la de mis amigos. Fray Ferrer me mandaría a arder directamente al Infierno e incluso el bueno de fray Peire no perdonaría mi traición.

Os he dicho que he perdido la noción del tiempo y así es, pero como siento que la enfermedad avanza, quisiera pediros una gracia. Sé que no la merezco, que vos nunca me mirasteis como hijo, pero por más que os desagrade la idea, lo cierto es que lo soy, y por eso me atrevo a pediros que me deis sepultura en Aínsa. Siento que no viviré mucho y pronto pediré licencia para visitaron.

Quiero que la tierra que me cubra sea la que me vio nacer; os solicito que me entierren como a un Aínsa, bastardo, sí, pero fruto de vuestra sangre.

Perdonad mi desvarío, pero la cabeza me arde por la fiebre, y el dolor se agarra a las entrañas. Sueño con el agua helada de nuestro manantial y aquellas mañanas frías en que corría camino del pajar para hacer cuanto me ordenabais.

Sí, pediré licencia a fray Ferrer y Dios quiera que se apiade de mi enfermedad y me permita ir a despedirme de vos y poder morir en paz.

¿Sabéis, don Juan, que los muertos me visitan a cualquier hora del día, y escucho sus plegarias fundirse con mi cerebro?

Veo sus rostros lastimados, sus dedos crispados deshechos por el fuego, que me reclaman justicia. Pero no seré yo quien pueda hacerlo, eso lo sabía bien doña María. Por eso su empeño en que dejara escrita la crónica de lo que sucedió en Montségur, que está a buen resguardo en casa de doña Marian y su esposo don Bertran d'Amis.

Algún día, mi señor, alguien vengará la sangre inocente que hemos derramado en nombre de la cruz, porque tanta sangre no puede quedar impune. Donde hoy hay traición algún día habrá orgullo y sed de venganza. Sí, mi señor, algún día alguien vengará con furia la sangre de los inocentes. Mientras, os ruego, mi señor, que me acojáis a vuestro lado para bien morir.

Ferdinand continuó leyendo la carta que había encontrado en el archivo de una familia emparentada con los Aínsa. No le había resultado fácil seguir la pista a fray Julián, porque estaba empeñado en buscar su rastro por Carcasona y Toulouse, pero una mañana se despertó sintiendo nostalgia de Miriam y David y entonces pensó que si él sólo quería estar con los suyos, fray Julián también habría sentido lo mismo.

Había tardado más de lo previsto en poder concluir la historia, pero ¿acaso importaba cuando tanta gente había muerto a causa de la guerra? Por más que el castillo d'Amis fuera una isla en medio de la desolación de Europa, ni siquiera el conde había podido mantener de manera permanente a esos grupos que acudían a escarbar entre las piedras de Montségur.

En pocos días presentaría su trabajo a la Universidad de París y se reuniría con el conde para explicarle las peripecias de algunos de sus antepasados.

Había tenido que hacer algunos viajes al castillo para leer legajos y buscar en los archivos familiares, siempre procurando que sus estancias fueran cortas y dejando de lado a aquellos grupos de alemanes que formaban parte del equipo de investigación del conde.

Le repugnaba encontrarse con ellos, de manera que no se alojaba en el castillo; prefería hacer unos cuantos kilómetros y dormir en Carcasona. El conde tampoco ocultaba la antipatía que sentía por él, pero seguía sin ponerle trabas para continuar indagando en la crónica de fray Julián.

Había viajado cuanto había podido, siguiendo el rastro de los archivos de la Inquisición y buceando en crónicas medievales en busca de pistas que le condujeran a aquella familia que se creía llamada a conservar la memoria de la rendición de Montségur. También en los archivos familiares de los Aínsa había encontrado algunos tesoros.

La familia ya no existía como tal, salvo en la rama francesa de los D'Amis, y algunos parientes lejanos, pero sus archivos se hallaban en un museo local.

Además de Fernando de Aínsa, su hermano, ¿alguien había querido a fray Julián? En el archivo de los Aínsa no había encontrado ningún documento que dejara constancia de aquel hijo bastardo. Don Juan había muerto un año después que fray Julián, quedando la hacienda a cargo de doña Marta, la hija viuda y con dos hijos que había encontrado protección junto a su padre.

Entre los documentos de la familia, otra de las joyas eran las cartas enviadas a su padre por doña Marian, la esposa del caballero Bertran d'Amis, el hombre de confianza del conde de Tolosa.

Querido padre, siento vuestro dolor, porque es el mío, por la pérdida de mi madre. Sé que nunca entendisteis su decisión de abandonar el solar de la familia para, encomendando su vida a Dios, servir a los Buenos Cristianos y a todos cuantos han deseado saber la Verdad. Ahora que mi madre ha muerto, quiero deciros que cuantas veces estuve con ella en los últimos años, no ocultaba cuánto le pesaba en el alma vuestra ausencia. Nunca quiso a nadie tanto como a vos, ni siquiera a sus hijos y nietos. En la vida de mi madre hubo dos grandes amores: Dios y vos.

En cuanto a la vida en la corte del conde, ha cambiado mucho y os confieso que tengo miedo. Mi esposo es persona de confianza del conde de Tolosa, pero Raimundo es un superviviente que como sabéis tiene que contentar al Rey de Francia y al Papa, quienes, pese a que le han perdonado, no confían en él. En su corte continúa habiendo algunos Buenos Cristianos y credentes como nosotros, pero nos ha pedido discreción. Hace unos días, a uno de sus amigos más queridos le suplicó con lágrimas en los ojos que volviera a los brazos de la Iglesia para no verse obligado a entregarle él mismo a la Inquisición. Y es que a don Raimundo le azuzan los «canes» del Papa que señalan a algunos de sus amigos como sospechosos de herejía.

Yo no tengo la fortaleza de mi madre, tampoco mi esposo, y nos hemos acomodado a la nueva situación, de manera que procuramos ser discretos y acompañamos al conde en cuantas misas y liturgias participa, por más que lloremos por dentro al tener que arrodillarnos ante la cruz. Mi esposo me conmina a no pensar, a ver en la cruz un trozo de madera sin valor alguno, que tanto da que hagamos reverencias, que son sólo gestos. Pero cada vez que hago la señal de la cruz siento que estoy traicionando a mi madre y condenando mi alma, porque la sangre de los inocentes clama justicia.

Perdonadme, padre, esta confesión, puesto que vos sois un buen católico al que la fe de mi madre y mía tanto daño os ha causado, pero os tengo por generoso y bueno, y cuento con vuestro perdón lo mismo que perdonasteis a mi madre…

Esta carta de doña Marian estaba fechada meses después de la derrota de Montségur. En un pliegue del pergamino había encontrado dos palabras manuscritas por don Juan de Aínsa: «Pobre hija».

Dos sencillas palabras que acaso sugerían el dolor de aquel hombre, no sólo por la pérdida de su esposa, sino por las dificultades que afrontaba doña Marian, o quizá fueran un lamento por la pérdida de su alma.

Había encontrado en la iglesia pruebas de la fe de don Juan: donaciones en vida a conventos e iglesias; en su testamento también se había mostrado generoso.

En el archivo local se guardaba una relación de los bienes donados por los Aínsa a lo largo de los siglos y sorprendía comprobar que algunos habían sido entregados por la propia doña Marian. A Ferdinand no le suponía ningún misterio debido a la correspondencia de la hija con su padre. Ella, como el conde de Tolosa, Raimundo VII, también había optado por sobrevivir.

Mi muy amado y respetado padre, os escribo en un momento de dolor profundo. Nuestro señor don Raimundo se ha visto obligado a enviar a la hoguera a ochenta Buenos Cristianos de Agen, ciudad situada junto al Garona, donde los perfectos vivían apaciblemente, aunque siempre con el temor de que los «canes» del Papa clavaran sus colmillos en ellos.

Don Raimundo no ha podido negarse a condenar a la hoguera a estas buenas personas, aunque tiene el alma triste y los ha llorado durante varios días, sin querer tomar alimento ni ocultar su tribulación.

El buen conde está enfermo y se lamenta de las pruebas que le exigen el Rey y el Papa. Yo misma le he visto lamentar la traición a sus súbditos con lágrimas en los ojos, pero ¿qué podía hacer?

Ayer reunió a un grupo de amigos fieles entre los que estaba mi esposo don Bertran. Les agradeció que en estos años no le hayamos causado quebrantos haciendo alarde de nuestra verdadera fe. Por fidelidad a él nos hemos mantenido discretos, traicionando la Verdad con los gestos, pero nunca con el corazón.

Pero mi señor el conde Raimundo teme por lo que pueda suceder cuando falte, y por eso, padre, quiero solicitaros protección por si tuviéramos que dejar Tolosa por un tiempo; sí vos no pudierais recibirnos, iríamos a Pavía o Génova, donde sabemos que sus nobles se muestran benevolentes con los Buenos Cristianos.

Si nos acogéis no os causaremos problema alguno, puesto que ya sabéis que aparentamos ser hijos de la Iglesia, de manera que asistiremos al culto junto a vos y mi hermana y mis dos sobrinos, que ardo en deseos de conocer…

En la siguiente carta, doña Marian anunciaba a su padre la muerte del conde de Tolosa y le avisaba de que se había puesto en marcha en dirección a Aínsa.

Mi muy querido padre, nuestro buen conde Raimundo de Tolosa se ha liberado de su cuerpo y yace en Fontevrault, donde descansará para siempre junto a su madre doña Juana, su tío Ricardo y sus abuelos don Enrique y doña Leonor.

Os supongo enterado de que el conde enfermó de fiebres en Millau, aunque su salud estaba resentida por tantos sufrimientos.

Su herencia es ahora de doña Juana, su hija, y su esposo Alfonso de Poitiers, a los que Dios aún no ha concedido hijos.

Mi esposo don Bertran cree que estaré más segura con vos, y hasta que se aclare la situación, os agradecería que aceptéis que vaya a visitaron con mis hijos.

Espero no ser una carga y que mi estancia no se prolongue en el tiempo, puesto que como sabéis quiero a mi esposo y me entristece la separación…

Quizá la verdadera joya era la carta enviada por doña Marian a fray Julián al poco de partir de casa de su padre, donde se refugió unos cuantos meses.

Por el tono de la misiva no resultaba difícil deducir que la dama y el fraile habían pasado muchas veladas de conversación. Doña Marian debió de llegar a Aínsa a finales de 1449 o principios de 1450, pocos meses después de haber fallecido el conde de Tolosa, de manera que pudo despedirse de su padre ya enfermo.

Mi buen fraile, extraño me resulta llamaros así puesto que los frailes han sido fuente constante de desdichas en mi vida y en la de los míos, pero estos meses pasados en el solar familiar he entendido por qué mi madre confiaba tanto en vos. Por más que os escandalice, fray Julián, sois un buen cristiano, aunque viváis confundido creyendo que Jesús está representado en ese objeto de tortura que es la cruz. Pero esta misiva no es para prolongar las discusiones y charlas que hemos mantenido, sino para agradeceros vuestra bondad. Habéis confortado a mi padre en sus últimos días y sois una ayuda para mi hermana doña Marta y mis dos sobrinos.

No creo que nos volvamos a ver; por eso quiero reiteraros que el compromiso que asumisteis con mi madre, doña María, se cumplirá. Vuestra crónica saldrá a la luz algún día, y los hombres sabrán cuán grande ha sido la iniquidad del Rey y del Papa.

Sabed que mis hijos son ya depositarios de la verdad de cuanto ha acaecido durante estos años y ellos, aunque se guardan bien de demostrar que profesan la verdadera fe y no os crearán problemas, sueñan con el día en que puedan vengar la sangre de los inocentes. Serán ellos o sus hijos, o los hijos de sus hijos, pero algún día la familia D'Amis vengará la sangre derramada, porque sólo entonces podrán descansar los inocentes…

13

Norte de España, 1946

Ferdinand guardaba, como si de oro se tratara, las copias de la correspondencia de doña Marian que, por lo que había podido reconstruir, había regresado junto a su esposo, con el tiempo leal vasallo de Alfonso de Poitiers, marido de doña Juana, única hija de Raimundo VII, conde de Tolosa.

Era evidente que la fe de doña Marian y don Bertran d'Amis no les impedía querer vivir, y, aunque los cátaros soñaban con dejar este mundo y desprenderse de la cáscara maldita que consideraban que era el cuerpo, en el caso de estos dos nobles pesaban más otros intereses, puesto que murieron ancianos.

Sintió asco. ¡Cuánto fanatismo! ¡Cuánta sangre derramada en el nombre de Dios! Pensó que Dios no podía perdonar a quienes utilizaban su nombre para torturar y asesinar a otros seres humanos. Era imposible que así fuera, ¡qué más le daba a Él cómo le rezaran, cómo le sintieran!

Y se acordó de David, su hijo querido, al que habían arrancado la inocencia y se había convertido en un sionista radical.

Había cumplido veinticinco años y continuaba en Palestina. No quería regresar a Francia. «Soy judío -decía-, ellos hicieron que me sintiera diferente y eso es lo que soy: diferente.» Y preguntaba: «¿Dónde estaban los que ahora se escandalizan con lo sucedido en los campos de exterminio? Si algo hemos aprendido los judíos es que sólo contamos con nosotros mismos; por eso debemos tener una patria de la que no nos puedan echar».

David ya no se sentía parte de él, ni del pasado común, sino que había entroncado con su madre desaparecida y había construido sobre esa desaparición su razón de ser.

Cuando acabó la guerra le pidió que le acompañara a Berlín para intentar buscar algún rastro de Miriam, pero su hijo se negó.

– Les odio, padre, les odio tanto que si saliera a la calle y pensara que cualquier persona podría ser la culpable de la muerte de mi madre, no lo soportaría. No puedo ir, sólo deseo matarles a ellos y a sus amigos, a todos los que con su silencio han colaborado.

– No todos los alemanes son unos asesinos, David, allí hay gente que ha sufrido mucho. Tus tíos eran alemanes.

– Tienes razón, padre, pero no puedo evitar sentir como siento, de manera que es mejor que no te acompañe. Permíteme que sea injusto y arbitrario. Soy judío, me lo puedo permitir después de seis millones de muertos.

Comprendía a su hijo, que había perdido a su madre y a sus abuelos por ser judíos.

Ferdinand aún recordaba aquel 17 de julio de 1942 cuando en París sus suegros fueron detenidos junto con otros miles de judíos. La mayoría eran mujeres, niños, ancianos. Les llevaron al Velódromo de Invierno. Él se enteró por un amigo de su suegro que acudió a avisarle a la universidad.

– ¡Se los han llevado! -gritó el hombre irrumpiendo en su despacho.

Inmediatamente, corrió hacia su casa y no los encontró. Daba gracias a Dios por haber logrado sacar a David de Francia.

No pudo hacer nada, por más que llamó a todas las puertas imaginables. Los padres de Miriam, junto al resto de los judíos de París, fueron conducidos al campo de Pithiviers y después al de Drancy, antes de ser trasladados a Auschwitz, de donde no iban a regresar.

Todo eso lo supo mucho más tarde. En aquellos días, los hombres del Régimen de Vichy se comportaban como los burócratas alemanes: no sabían nada, no decían nada, simplemente actuaban. Primero promulgaron un Estatuto para los Judíos, luego crearon una Comisaría General de Cuestiones Judías y más tarde se los llevaron a los campos de exterminio.

Tardó en decírselo a David porque sabía que su hijo no soportaría otra pérdida, y durante un tiempo cuando le preguntaba por sus abuelos esquivaba responderle directamente.

Un día su hijo no le preguntó, sencillamente afirmó: «Se los han llevado, ¿verdad?». Escuchaba los sollozos de David, refrenándose para que él no escuchara los suyos, a través del teléfono.

Sí, David se podía permitir ser arbitrario después de seis millones de muertos

Ahora su hijo trabajaba en un kibbutz, y decía estar bien, incluso ser feliz. Le confesó que tenía un sueño: formar parte de la Haganá, un grupo de defensa secreto que estaban organizando a unos cientos de judíos civiles en Palestina, dispuestos a luchar por aquel trozo de tierra y convertirlo en su patria. Pero por lo pronto se tenía que conformar con ayudar a la defensa de su propio kibbutz. En una de sus primeras cartas le hablaba de un nuevo amigo.

Estoy aprendiendo árabe, me lo enseña un palestino, que vive en una granja cerca del kibbutz. Mi amigo se llama Hamza, tiene mi edad. Yo le enseñó francés y algunas veces salirnos juntos por el campo. Le gusta el fútbol y a mí también, ya lo sabes. El jefe del kibbutz dice que no confíe demasiado en él, pero yo confío, es una buena persona que lo único que quiere es lo mismo que yo: vivir en paz, tener un trozo de tierra que sienta suya. Esta tierra es pequeña pero cabemos todos, yo se lo digo al jefe del kibbutz: tenemos que poder vivir juntos. Hamza piensa como yo. El otro día salirnos a cazar; la verdad es que no cazamos nada pero nos divertirnos mucho. En su casa me reciben como amigo, me han invitado varias veces a compartir con ellos la cena. Hamza también viene al kibbutz, antes nunca se había atrevido a entrar, a veces me ayuda con las tareas del campo. No me gustan pero tengo que hacerlas. ¡Estoy tan contento con tener un amigo palestino! Yacob, nuestro jefe, cree que algún día tendremos problemas, pero yo no estoy de acuerdo, aunque sé que algunos palestinos temen nuestra presencia. Yo le digo a Hamza que el reto es conseguir hacer un país donde quepamos nosotros y ellos; al fin y al cabo todos somos hijos de Abraham…

Las cartas de David estaban llenas de entusiasmo. Al menos eso le confortaba el alma. Su hijo continuaba siendo una buena persona. Iría a verle, pero antes tenía que regresar a Berlín y, desde luego, terminar el trabajo sobre fray Julián.

Volvió a sentir náuseas al acordarse del conde d'Amis, de aquella gente estrafalaria que habían perforado en los alrededores de Montségur buscando un tesoro inexistente. En su fuero interno se burlaba de ellos, era su venganza ante la idiotez de la que hacían gala.

Sentía desprecio y asco por el conde. Le había costado lágrimas seguir con la investigación sabiendo al conde d'Amis un devoto del Régimen de Vichy. Un colega de Toulouse le había advertido sobre los amigos alemanes del conde: «Buscan el Grial para Hitler». Pero aquello ya lo sabía. Le había parecido tal disparate que no le había querido dar importancia, aunque con el paso del tiempo había advertido que, pese a los esfuerzos del conde por la discreción, le delataba su fanática obsesión por la independencia del Languedoc. Si el conde apoyaba a Alemania era con la esperanza de ver su tierra separada de Francia y recobrar la autonomía perdida con las guerras cátaras.

Sabía que en Montségur se habían reunido los seguidores de Otto Rahn, y que formaban parte de los grupos de trabajo del conde; pero éste era inteligente y nunca le había sentado con ellos. Él tampoco lo habría aceptado, aunque en ciertas ocasiones se había cruzado con algunos de ellos, que llegaban exhaustos de agujerear Montségur.

A él tanto le daba la vida después de la desaparición de Miriam. Mantenía la esperanza de que alguna vez alguien le diera una pista y entonces intentar presionar al conde para que moviera los hilos de sus amigos alemanes. Pero eso no había ocurrido. La guerra se había mostrado con toda su crudeza, Francia se había dividido en dos y todas las historias personales habían quedado arrinconadas. La suya también.

14

Desde su retiro, Ferdinand continuó recordando los meses inmediatamente posteriores al fin de la guerra.

Fue a Alemania sin David, a casa de Inge, que había sobrevivido a todos los avatares del conflicto. Juntos volvieron a buscar a Miriam, yendo de un sitio a otro para hacerse con las listas de los prisioneros de los campos de exterminio. En una de esas listas encontró a los Bauer, en otra a Deborah, y les lloró con rabia y con pena.

Habían encontrado la fecha en que Sara y Yitzhak llegaron a Dachau y en la que fueron conducidos a la cámara de gas. Pero ni rastro de Miriam.

– Tendremos que esperar a que se sepa la verdad -le dijo Inge-, que algún día nos cuenten cuánta gente murió en las comisarías. Supongo que a Miriam se la llevaron los camisas pardas, y quién sabe si la mataron de una paliza, o murió torturada por la Gestapo. Hace falta tiempo para que los archivos se abran. Los alemanes no pueden soportarse a sí mismos y preferirían seguir sin saber todo lo que han hecho y han dejado hacer.

– ¿Y tú, Inge, qué sientes? -le preguntó.

Tras unos instantes en silencio, ella se mordió el labio y cruzó las manos sobre el regazo antes de responder.

– Siento asco. Asco de mí misma, de mi país, de la gente. No será fácil reconciliarnos con nosotros mismos, a Alemania le perseguirá para siempre esta pesadilla.

– Vosotros erais la pesadilla -respondió con dureza Ferdinand.

– Tienes razón, y además sabes que soy de las que no quieren evitar un ápice de responsabilidad, ni siquiera personal, a lo que ha sucedido. Yo estaba aquí, podría haberme jugado la vida como tantos otros y no lo hice. Mi única obsesión ha sido vivir y esperar a que terminara todo esto.

Había encontrado también al padre de su hijo. La fecha de su ingreso en Auschwitz y la de su ejecución. Sabía que jamás le iba a volver a ver, que no regresaría de dondequiera que estuviese.

– ¿Y ahora, Inge?

– Espero poder encontrar un trabajo mejor.

También le confesó que durante la guerra había llegado a trabajar como prostituta de las tropas para poder dar de comer a Günter.

– Cuando no me llamaban para limpiar, no tenía más remedio que salir a la calle. Me dieron la dirección de un local donde solían ir oficiales alemanes cuando estaban de permiso en Berlín. Fui en unas cuantas ocasiones.

Él sabía que aquello la había dejado marcada, pero Inge no lo diría, no desfallecería ante nadie. Su única obsesión era continuar adelante.

– ¿Qué quieres hacer? -le pregunto él.

– Me gustaría terminar la carrera y ser maestra; a lo mejor lo consigo. Günter tiene siete años, ya no me necesita tanto. Podré disponer de tiempo para estudiar por la noche y mientras tanto continuaré con el trabajo del que te hablé.

Había comenzado a trabajar como telefonista en un hotel, y se sentía satisfecha a pesar de que el salario fuera exiguo. Pero ella se arreglaba.

Inge era espartana, estaba acostumbrada a sobrevivir, de manera que lo hacía con lo justo.

– ¿No has pensado en marcharte a otro lugar?

– ¿Adónde y para qué? No, no creo que sea buena idea, aquí… bueno… aquí sé cómo puedo vivir, y en otro sitio seguramente me costaría más. No puedo correr riesgos por Günter; él tiene derecho a una vida mejor, y este país, pese a lo que te dije antes, saldrá adelante; ya verás, incluso puede que Alemania se convierta en una tierra de oportunidades, está todo por hacer.

– ¿Sigues siendo comunista? -le preguntó con curiosidad.

– No, no soy nada, sólo soy yo.

En realidad siempre había sido así, pero su respuesta le impresionó. Inge aún no había cumplido treinta años y hablaba como una anciana sin fe.

– ¿Y tú qué eres, Ferdinand? -le había preguntado a su vez.

– No sé qué responderte, aunque los europeos debemos estar muy agradecidos a tus amigos rusos además de a los norteamericanos. Ambos han ganado la guerra y nos han librado del infierno.

– Sí, le debemos mucho ala madrecita Rusia, ya te dije un día que Stalin esperaba su momento.

– Pero el pacto Molotov-Ribbentrop fue una puñalada.

– Fue política.

– La peor política, una página negra en la historia de los comunistas.

– ¿De todos los comunistas?

– Sí, de todos. En mi país algunos dirigentes comunistas nos quieren hacer creer ahora que Hitler quería la guerra con Francia y que la política de Stalin le frenó un tiempo.

– Y fue así.

– ¿Y qué me dices de la «cesión» de Hitler a la URSS de los Países Bálticos y el este de Polonia?

– Acabas de decirme que le debemos mucho a Rusia.

– Pero yo pienso en la gente, en los soldados, en las madres, pienso en personas de carne y hueso que se han sacrificado.

– Si Napoleón no pudo con los rusos, menos lo iba a conseguir Hitler -dijo ella esbozando una sonrisa.

Un día le pidió a Inge que le acompañara a casa de los tíos de Miriam. Quería ver a la portera, a la señora Bruning. Quizá ahora le dijera la verdad.

Inge intentó disuadirle, sabiendo que aquello le desgarraría, pero aceptó ir con él.

La señora Bruning había sobrevivido a la guerra y estaba más gorda que cuando la vieron la última vez.

Cuando les abrió la puerta les reconoció en el acto y palideció.

– ¡Ustedes…! ¿Qué quieren…? Ya les dije que no sé nada…

Pero ambos notaron que la mujer carecía de la soberbia y de la fortaleza de las que hizo gala cuando ondeaba la esvástica desde la ventana de su casa.

– Señora Bruning, de usted depende lo que le vaya a pasar -le amenazó Ferdinand marcándose un farol-. Ahora somos nosotros los que hacemos listas con los colaboradores de los nazis, con quienes denunciaban a la buena gente… Hable y a lo mejor decido darle una oportunidad.

– Hable, señora Bruning, no tiene otra opción -espetó Inge.

La mujer se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Desprendía el olor del miedo. Vacilaba sin saber qué hacer, luego les invitó a pasar.

– Mi esposo ha muerto -les anunció-. Me he quedado sola, con una hija y dos nietos. El marido de mi hija murió en Rusia. Si ustedes me denuncian… no sé qué sería de nosotros…

Inge agarró del brazo a Ferdinand para evitar que insultara a la mujer. Aquella queja resultaba impúdica en boca de una nazi. Pero la única manera de saber la verdad era no presionarla más de lo debido.

– La escuchamos, señora Bruning -dijo Inge suavemente.

– Ella llegó por la mañana, se enfadó mucho cuando vio la librería. Yo… le pedí que se callara, pero me insultó, me dijo que éramos unos salvajes, que qué clase de pueblo era aquel que saca los libros a la calle, los quema y hace desaparecer a dos pobres ancianos. Me amenazó, a mí… se atrevió a amenazarme. Le dije que era una perra judía y se volvió riendo y diciéndome que sí, que era judía y que nunca se había sentido más orgullosa de serlo que en aquel momento. Le ordené que se fuera y siguió riéndose. Me dijo que quién era yo para echarla de casa de sus tíos. Le avisé que si no se iba… Luego vinieron ellos. El hermano de mi yerno era un jefe de los camisas pardas, y un cuñado trabajaba en la Gestapo. Ella se enfrentó a ellos, les dijo que no le pusieran las manos encima, que era ciudadana francesa, que llamaran a su embajada… Entonces uno la golpeó y ella le mordió la mano. La volvieron a golpear y se la llevaron.

Las lágrimas empapaban el rostro de Ferdinand. Veía a Miriam enfrentarse a aquellos salvajes; ella, tan racional, tan segura del poder de la razón y de la fuerza de la ley, se había enfrentado a aquel ejército del mal.

Inge le apretó la mano intentando, en vano, darle consuelo.

– Señora Bruning, dígame dónde estaba el cuartel general de esos camisas pardas, y en qué departamento de la Gestapo trabajaba el cuñado de su yerno -le requirió Inge con voz firme.

La portera lo apuntó todo en un papel mientras lloraba pidiendo que se apiadaran de ella y de sus nietos.

– Les he ayudado… díganles que lo tengan en cuenta… les he ayudado… -imploraba entre sollozos-. Yo no sé lo que pasó después, nadie me dijo nada…

– ¿Sabe usted cómo han muerto Yitzhak y Sara Levi? -le espetó Inge con frialdad.

– No… no sé nada… no sabía que habían muerto…

– En una cámara de gas. ¿Se imagina lo que es morir así? ¿Y sabe por qué murieron? -continuó Inge.

– No… no -gimió la portera.

– Porque el mal existe y porque usted forma parte de él. Creo que merece una muerte horrible, pero no me corresponde ami procurársela. Usted responderá por lo que ha hecho, señora Bruning, la gente que ha muerto por su culpa no le permitirán descansar. No cierre los ojos, señora Bruning, porque están ahí…

La mujer lloraba presa de la histeria, sintiéndose rodeada de fantasmas.

– Ahora nos vamos, pero alguien vendrá a por usted. Debe ser juzgada y pagar por lo que ha hecho -sentenció Inge, sabiendo que a aquella mujer no le pasaría nada.

Llevaba a Ferdinand del brazo, como si de un niño perdido se tratara. Le sentía destruido, inerme, con un dolor imposible de soportar. Aquel momento había sido peor que todos aquellos años sin noticias de Miriam. Por fin estaba a punto de encontrarla y no lo podía soportar. Ahora el sufrimiento que ella había pasado adquiría los tintes sórdidos de la realidad. Miriam estaba dejando de ser un fantasma para volver a adquirir sustancia humana.

Durante varios días, acompañado de un funcionario de la embajada, fue de un lado para otro, reuniéndose con los nuevos administradores de la ciudad, ahora con los norteamericanos, ahora con los rusos… Había comités por todas partes, intentando reconstruir lo que había sucedido en la Alemania de la esvástica, indagando sobre el paradero de los desaparecidos y cotejando las listas de los asesinados en masa en los campos de exterminio. No fue fácil que le hicieran caso: el suyo era un caso aislado, uno entre miles, pero tuvo la suerte de que un funcionario norteamericano, John Morrow, quedara impresionado por su caso.

Morrow era un profesor de historia de Oxford, un hombre que había decidido alistarse para combatir a los nazis porque no concebía un mundo dominado por aquel puñado de asesinos y psicópatas. Fue a la guerra por convicción moral y ahora se encontraba destinado en Berlín, en el Cuartel General, intentando ayudar a poner orden en el caos de aquella ciudad.

– Comprendo su angustia, señor Arnaud, si mi esposa hubiese desaparecido me habría vuelto loco. Le haré una confidencia: ella también es judía. Es de Nueva York, pero sus abuelos llegaron a Norteamérica desde Polonia en busca de una oportunidad. Siento una rabia profunda cuando veo lo que han hecho los nazis. Han escrito la peor página de la historia.

Así que John Morrow le ayudó, abriendo puertas que permanecían cerradas, hasta dar con los archivos de una comisaría de un barrio berlinés donde el 21 de abril de 1939 Miriam había sido conducida después de su detención. Una escueta nota daba fe de que la detenida había fallecido ese mismo día por parada cardiorrespiratoria y su cuerpo había sido arrojado a una fosa común.

Ferdinand lloró como un niño mientras leía aquel papel amarillento que un funcionario puntilloso había guardado en el archivo de una comisaría de barrio.

Le dejaron llorar a solas sin intentar consolarle. Sabían que nada de cuanto pudieran decirle tendría sentido para él.

No hacía falta mucha imaginación para saber lo que pasó: a Miriam debieron de golpearla cuando la detuvieron en casa de sus tíos, y también en la comisaría. La paliza le habría causado la muerte. Así de simple, así de cruel.

Durante dos días anduvo como un zombi, incapaz de hablar, comer o dormir. Inge y John Morrow se las ingeniaron para no dejarle solo; temían que perdiera la razón, que no quisiera regresar al mundo de los vivos, ensimismado como estaba en su prolongada y silenciosa conversación con Miríam.

Fue Inge la que tomó la decisión de llamar a David y John el que logró localizarle en su kibbutz cerca de Haifa.

Ella entró en el cuarto donde él estaba tumbado en la cama con la mirada perdida en el techo. Llevaba barba de varios días, y olía a sudor y a lágrimas.

– Tu hijo está al teléfono, levántate.

El profesor pareció no escucharla, pero luego volvió los ojos hacia ella, mirándola sin verla.

– David está al teléfono, levántate -repitió Inge.

Se incorporó con dificultad como si el cuerpo le pesara una tonelada y sus brazos y piernas no le respondieran. Inge se acercó y le tendió la mano ayudándole a levantarse para llevarle a la sala.

Ferdinand cogió el teléfono pero permaneció mudo. Entonces Inge se lo quitó de las manos y se puso para pedirle a David: «Tu padre está al teléfono, háblale».

Durante unos segundos Ferdinand continuó encerrado en el silencio, luego rompió a llorar. Inge salió de la sala y se fue a la cocina, dejándole solo, sabiendo que aquella conversación entre padre e hijo no debía tener testigos.

Ahora que habían pasado unos meses de lo sucedido, Ferdinand se sentía aún más agradecido a Inge. La recordaba volviendo a la sala, sentándose enfrente de él, cogiéndole la mano y diciendo muy bajito:

– Estás roto, totalmente hecho añicos, pero tienes que recomponerte poco a poco, juntar los pedazos; eso o morir, y yo no creo que debas morir, Miriam no te lo perdonaría. Muerto, no le sirves de nada, y sin embargo vivo puedes ayudar a tu hijo, a lo que ella más quería.

Le acompañó al baño y abrió la ducha.

– Arréglate, estás hecho un asco.

El día en que dejaba Berlín, John Morrow acudió al aeropuerto a despedirle y le entregó un sobre cerrado.

– Me pediste que indagara sobre los padres de Miriam y lo he hecho. Como puedes suponer, murieron en un campo de exterminio. Aquí está todo el recorrido que hicieron: del campo de Pithiviers les llevaron al de Drancy y de allí a Auschwitz. Lo siento. Los alemanes son los principales culpables de lo sucedido pero no lo hicieron solos. ¿De verdad los políticos de Vichy no sabían lo que significaba mandar a sus conciudadanos a Auschwitz? No lo puedo creer… ¿Sabes, Ferdinand? Creo que algún día Europa tendrá que hacer examen de conciencia, porque esta locura es fruto del antisemitismo, pero no sólo de un loco, sino también de siglos de persecución a los judíos, de considerarlos culpables de todo, de presentarles como los asesinos de Jesucristo. Es curioso, se olvidan de que Cristo era judío y de que no quiso ser otra cosa que judío por más que su mensaje fuera universal… La izquierda también tiene que hacer examen de conciencia, Ferdínand, por más que les horrorice, todo esto ha pasado porque había un caldo de cultivo de siglos. Tú eres profesor de la universidad, como yo, y tenemos la obligación de alzar la voz y poner a los nuestros frente a sus contradicciones. No hay eximentes para lo sucedido.

En el avión abrió el sobre y leyó aquellos folios donde, someramente, se relataba la tragedia de los padres de Miriam. No sólo tendría que contarle a David lo sucedido a su madre, también el horror sufrido por sus abuelos.

Cuatro días después, se encontraba con su hijo en París. Lloraron juntos hasta vaciarse de lágrimas; hablaron de Miriam, de los abuelos, del tiempo pasado y del futuro.

– Gracias, papá, por haberme enviado a Israel. Me salvaste la vida, tú viste lo que iba a pasar… ¡y yo que no quería ir! Si me hubiese quedado…

– No pienses en eso. Te fuiste y vives, eso es lo que importa. Debes vivir por ti, por tu madre, por tus abuelos. Seguro que ellos, cuando sufrían en Auschwitz, pensaban en ti y se sentían aliviados sabiendo que estabas a salvo.

David había cambiado. Ahora era un joven seguro de sí mismo, con un ideal por el que luchar.

– Sí, soy sionista, papá, el sionismo no es otra cosa que el retorno a la patria, es lo que debimos hacer hace muchos siglos; silo hubiéramos hecho esto no habría pasado. Por eso hemos creado grupos para defendernos. Los ingleses están contra nosotros, no es que formemos un ejército, papá, porque no tenemos uniformes y apenas armas, pero estamos dispuestos a luchar por nuestra tierra. Los judíos necesitamos una patria. De lo contrario nos volverá a pasar lo de Alemania. ¿Cuántas veces nos han expulsado de los que creíamos nuestros países, de nuestras casas? ¿Cuántos pogromos más tendremos que soportar? No, se acabó, no volveremos a permitir que nos lleven al matadero como ovejas por ser judíos, no volveremos a sentirnos ciudadanos de segunda. Voy a luchar, papá, tengo que hacerlo. Mamá lo habría querido. Tú me lo has contado: se enfrentó a esa cerda de la señora Bruning, por eso le pegaron, por eso le dieron una paliza que acabó con su vida. Si ella estuviera viva pensaría como yo y te animaría a que vinieras con nosotros a Palestina. Continúan llegando inmigrantes a pesar de los ingleses, y parece que se ha formado un comité anglonorteamericano que está estudiando el horrible Libro Blanco que los ingleses impusieron en 1939 restringiendo la inmigración de judíos a Palestina. Los muy cerdos…

– ¡David!

– Papá, ahora los judíos pueden venir y es lo que están haciendo. Me gustaría tanto que estuvieras allí conmigo…

– Tienes razón, David, debes luchar. Para mí sería una impostura ir allí; puedo visitarte, pasar temporadas contigo, pero no me siento capaz de participar en tu sueño de construir un Estado judío. Si tu madre viviera… Es tu sueño, David, yo te apoyo con toda mi alma, hagas lo que hagas, aunque no me guste. Sólo te pido que no olvides algunas de las cosas que te enseñamos tu madre y yo; no te olvides de que no importa cómo se llame a Dios ni de qué manera se le rece. No te vuelvas un fanático, te lo pido por tu madre, ella nunca lo habría sido.

Y entonces su hijo le miró muy serio y se puso a llorar.

– ¿Dios? Yo no creo en Dios, papá, no creo en Dios porque le pedí que me devolviera a mi madre y no lo hizo. Si existiera no habría permitido que murieran seis millones de inocentes en las cámaras de gas. ¿Crees que ellos no le rezaron pidiéndole compasión y piedad? ¿Dónde estaba Él? ¿No ha querido evitar la muerte de los inocentes? ¿No ha podido? ¿Por qué permitió que mataran a mi madre?

– Hijo, no culpes a Dios de lo que ha hecho Hitler.

– Si existe Dios, ha permitido una matanza. Vosotros me disteis una educación laica; por tanto no me hables de Dios ahora. Yo voy a luchar para que nunca más nadie pueda matar judíos impunemente. Voy a luchar para que los judíos tengan un hogar, para que no nos persigan más. Yo no he contado para Él cuando le necesitaba y Él ha dejado de contar para mí, ¿qué más nos puede hacer?

No tuvo respuestas para las preguntas de su hijo, tampoco las tenía para las suyas; ni siquiera sabía por qué le preocupaba Dios. Acaso por las muchas horas de estudio y reflexión sobre los cátaros o la persecución de herejes, la Inquisición y tantas otras barbaridades cometidas por los hombres en su nombre.

Sintió desgarrarse por dentro cuando de nuevo se despidió de David. Su hijo regresaba a Eretz Israel, como él llamaba a Palestina.

Lo único que le fijaba a la tierra, a su propia existencia, era David, de manera que tendría que buscar la manera de que no se rompiera el vínculo.

Ahora añoraba el momento en que se reencontraría con su hijo, en un mes o dos. En cuanto entregara el trabajo sobre fray Julián y la universidad lo presentara como uno de sus documentos de investigación sobre el pasado. También el conde d'Amis aguardaba ansioso el resultado de tantos años de trabajo interrumpido por los avatares de la guerra.

15

Un mes después, cuando estaba a punto de ir a Israel para ver a David, el director del departamento de Historia le convocó con urgencia a su despacho. Allí se sorprendió al encontrar tres sacerdotes junto a su colega.

– Ferdinand, estos caballeros son el padre Nevers, de la nunciatura en Francia, el padre Grillo, de la Secretaría de Estado del Vaticano, y su secretario, Ignacio Aguirre.

– Encantado -dijo dándoles la mano sin entender la razón de su presencia.

– Ellos le explicarán el motivo de su visita y el requerimiento que nos han hecho -explicó el director del departamento.

El padre Nevers y el padre Grillo intercambiaron una mirada rápida en la que decidieron cuál de los dos tomaba la palabra primero. Lo hizo el francés.

– Profesor Arnaud, iré directamente al asunto.

– Sí, si es tan amable -respondió Ferdinand cada vez más extrañado.

– Sabemos que ha estado usted trabajando para el conde d'Amis.

– Siento contradecirle, pero no es exactamente así -le interrumpió-; supongo que el director del departamento les habrá explicado que he llevado a cabo una investigación sobre una crónica escrita por un fraile dominico durante el asedio de Montségur. Esa crónica llegó a mis manos a través del conde d'Amis, que quería que la autentificara. A partir de entonces el conde autorizó a la universidad a que yo trabajara con ese documento, permitiendo que iniciara un trabajo académico cuyo fin era ampliar los conocimientos que tenemos sobre lo que significó la persecución del catarismo y, sobre todo, la configuración de Francia tal y como la conocemos. Eso es lo que he hecho, entre otras cosas, en los últimos años. Mi trabajo ha sido para la universidad, no para un particular. El resultado de ese trabajo ha sido publicado con el sello de la universidad.

– Pero usted ha estado en contacto permanente con el conde d'Amis -aseveró a su vez el padre Grillo en un excelente francés.

– Sí, claro, he tenido que investigar en sus archivos familiares, de manera que he ido con cierta frecuencia al castillo d'Amis, una frecuencia interrumpida por los avatares de la guerra.

– Estos caballeros ya conocen su trabajo publicado por la universidad -terció el director del departamento-, lo que me ha sorprendido gratamente.

– Supongo que a ustedes les molesta que ahora se publique un estudio sobre lo que significó aquella cruzada contra los cátaros, pero les aseguro que mi trabajo es puramente académico, no tengo ninguna intención de hacer daño a la Iglesia por sus errores pasados -afirmó Ferdinand en un tono de voz en el que se vislumbraba cierto enojo.

– Señor Arnaud, no hemos venido a debatir aquellas circunstancias históricas ni el porqué de las acciones de la Iglesia; en estos momentos lo que nos preocupa es el presente, no lo que un estudio académico pueda deducir de lo que sucedió en el siglo XIII -le respondió el representante de la nunciatura, el padre Nevers.

– Bien, pues díganme qué quieren -les conminó Ferdinand.

– En estos años, a pesar de la guerra, grupos de… no sé bien cómo llamarlos, ¿estudiosos? alemanes y también franceses, han excavado la zona de Montségur, buscando… buscando un tesoro, y sabemos que usted los ha dirigido -afirmó el padre Nevers.

– ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¡Yo no he dirigido nada! -protestó Ferdinand.

– Testimonios aseguran que sí lo ha hecho.

– Les explicaré exactamente lo que he realizado y lo que no, pero antes díganme qué sucede, qué quieren…

El padre Grillo carraspeó. Ferdinand le miró de hito en hito. Era un hombre de mediana edad, con el cabello salpicado de canas perfectamente peinado, de tez morena y manos finas y largas. Había en él un toque aristocrático.

– Señor Arnaud, le diremos lo que sucede -dijo el padre Grillo-. Desde hace unos meses nos llegan noticias del trabajo que un grupo de filonazis está realizando en los alrededores de Montségur. Desde 1939 buscan el tesoro de los cátaros, un tesoro que algunos creen que es el Grial.

Ferdinand soltó una carcajada que sorprendió a los tres sacerdotes y al director del departamento, que le miró con enfado.

– ¡Por favor! ¡Supongo que ustedes no se creerán esas historias fantásticas! Señores, tengo libros publicados sobre ese período de la historia de Francia y sobre la persecución de la herejía. En algún capítulo he tratado del tesoro, dejando claro que no eran más que monedas y joyas que fueron sacadas de Montségur para que los supervivientes pudieran continuar con la Iglesia de los Buenos Cristianos. No existe ningún misterio sobre ese tesoro, ninguno. No hay Grial, no existe el Grial, ustedes no deberían leer libros esotéricos o los de aquel nazi, Otto Rahn, muy brillante por cierto. Soy historiador, no fabulador, de manera que no encontrarán ningún escrito mío que avale la absurda teoría del Grial.

– Entonces, ¿cuál ha sido su relación con esos grupos de trabajo? -preguntó el director del departamento de Historia.

– Usted lo sabe muy bien -respondió airado Ferdinandporque se lo he explicado en más de una ocasión. El conde d'Amis, efectivamente, tenía grupos de chicos excavando la zona; los dirigía algún que otro profesor de universidades alemanas, que influidos por las historias de Rahn, estaban seguros de encontrar el tesoro de los cátaros. Esos grupos aparecían y desaparecían; lo único que el conde me pidió en alguna ocasión era que yo examinara los papeles de sus conclusiones y trabajos, y siempre respondí lo mismo: que eran conclusiones falsas, absurdas, que allí no había ningún tesoro y que el Grial no existía, aunque nunca me dijeron directamente que lo buscaran. Era el pequeño tributo que tenía que pagar para que nos permitiera investigar en sus archivos. Sí, eran filonazis como ustedes dicen -y miró a los sacerdotes-; en realidad no eran distintos de tantos franceses que colaboraron con Alemania. La verdad es que nunca les presté mucha atención. No me gustaban; como tampoco me gustaba el conde. Mi único objetivo era investigar, ahondar en la historia de fray Julián. Ahí está mi trabajo; si lo han leído no pueden tener dudas al respecto.

– Querríamos que usted nos contara todo lo que recuerda de esos grupos, de lo que realmente buscaba el conde -insistió el padre Nevers.

– Ya se lo he dicho: buscaban el tesoro de los cátaros. Ustedes saben que hubo un pintoresco escritor, Napoleon Peyrat, pastor de la Iglesia Reformada, que escribió La historia de los albigenses; en realidad él reescribió la historia con mitos, leyendas, cuentos de niños… en fin, hay que reconocerle que era un buen narrador, lo mismo que lo ha sido Otto Rahn. Las fábulas de Peyrat dieron lugar a que se pusiera de moda todo lo provenzal y que algunos hayan sustentando estrafalarias ideas nacionalistas sobre el Languedoc perdido. Otros personajes, menores, esotéricos y ocultistas, han desarrollado otras historias sobre los cátaros y el Languedoc; otro escritor, Maurice Magret, ha contribuido mucho a esa moda. Dedicaba un capítulo alucinante a los cátaros en su obra Los nuevos magos. Antes de la guerra tenía muchísimos seguidores, sin ir más lejos al propio Otto Rahn.

– ¿Y qué tiene que ver con todo esto el conde d'Amis? -insistió el padre Grillo.

– Es descendiente de una perfecta, una mujer quemada en Montségur. La crónica de fray Julián la han ido guardando y pasándola de padres a hijos durante generaciones. Si hubiera caído en manos de la Inquisición, les habrían quemado a todos, incluido él mismo a pesar de ser dominico. De manera que a esa crónica siempre la rodeó cierto secreto; no querían darla a conocer para que nadie pudiera señalarles como herejes. Les recuerdo que no hace tanto Pío X, que fue papa, como ustedes saben, entre 1905 y 1914, incluyó a la Inquisición cuando reorganizó la Curia, que pasó a denominarse Congregación del Santo Oficio; es decir, que aunque oficialmente ya no existía, existe. Y la memoria de Montségur y de la persecución de los herejes ha pasado de generación en generación. De mis conversaciones con el conde he podido deducir que sueña con la independencia del Languedoc; creo que sus simpatías hacia Alemania eran proporcionales al desprecio que siente por Francia por haber anexionado, como él dice, su tierra, el Languedoc. Ya lo ven, hay gente que no asume la historia, que el paso de los siglos y sus aconteceres no tienen importancia para ellos. El conde sueña con un Languedoc independiente y desde luego siente pocas simpatías por la Iglesia católica, pero eso son deducciones mías. Tampoco puedo afirmarlo, porque siempre ha procurado ser discreto a la hora de expresar opiniones políticas o religiosas.

– ¿Eso es todo? -preguntó el padre Grillo.

– Eso es todo lo que sé y lo que les puedo contar. Mi querido colega también conoce al conde, lo mismo que otras personas de esta universidad; hace muy poco le hicimos entrega oficial del resultado de mi trabajo. Yo diría que no está muy satisfecho del mismo, que esperaba algo más, pero no dijo nada. En cuanto a si continúa alentando a esos grupos que se dedican a agujerear el Languedoc en busca del tesoro, la verdad es que no me ha preocupado.

– Señor Arnaud, corre el rumor de que el conde d'Amis habría encontrado algo muy especial -afirmó el padre Nevers.

– ¿Y qué es ese algo tan especial? -preguntó Ferdinand con curiosidad.

– Eso es lo que no sabemos, lo que querríamos averiguar -explicó el padre Grillo-. Verá, durante la guerra eran insistentes los rumores de que el mismo Heinrich Himmler estaba detrás de algunas de las excavaciones de Montségur y que sus agentes estaban en contacto con algunos de los grupos del conde. Incluso… bueno, aunque parezca un disparate, otro rumor apunta a que Alfred Rosenberg sobrevoló Montségur en 1944 el 16 de marzo, coincidiendo con el septingentésimo aniversario de la rendición del castillo. Y luego está el peor de los rumores: la posibilidad de que hayan encontrado algo que ponga en peligro a la Iglesia.

– ¿Qué es lo que a ustedes les preocupa? De los nazis puedo creer cualquier cosa; después de haber asesinado a seis millones de personas en cámaras de gas no voy a sorprenderme de que el teórico del nazismo favorito de Hitler, Rosenberg, haya podido subirse en un avión para sobrevolar Montségur o que un personaje tan siniestro como Himmler haya podido interesarse por cuentos esotéricos. No, no me sorprende nada de lo que me puedan contar de esa gente, pero creo que en torno a Montségur se tejen muchas patrañas, y puede que durante la guerra hubiera gente interesada en difundir éstas y otras cosas. A mí tanto me da. La mayoría de los trabajos que se publican sobre Montségur y el tesoro cátaro son simples rumores, por eso no creo que se haya encontrado nada que pueda poner en dificultades a la Iglesia, salvo que ustedes, señores, tengan un secreto inconfesable que guardan bajo siete llaves y temen que se desvele. Lo que no alcanzo a entender es qué tiene que ver ese secreto con Montségur.

– Señor Arnaud, la Iglesia no tiene secretos inconfesables -respondió con enfado el padre Nevers.

– A mí me da igual; sólo me interesaría como historiador, y en estos momentos ni siquiera eso -respondió Ferdinand con absoluta frialdad.

– ¿Qué cree usted que es el Grial? -le preguntó con voz queda el padre Grillo permaneciendo ajeno a la tensión entre el padre Nevers y el profesor Arnaud.

– No lo sé, eso me lo tendrían que decir ustedes -sentenció Ferdinand-. Como comprenderán, no creo que la copa en la que bebió Jesús en la Última Cena se haya conservado durante veinte siglos. ¿Es que alguno de los apóstoles pensó aquella noche en la posteridad y decidió conservar aquella copa? ¿Y por qué no el plato en que comieron? Es absurdo, y ustedes lo saben. El negocio de las reliquias nunca me ha interesado. Entiendo que hay millones de personas que de buena fe creen que tal o cual hueso es de un santo, o que un trozo de madera es parte de la cruz en que Cristo fue crucificado, o que la copa de la Última Cena se guardó y ha llegado hasta hoy, pero eso son cuentos para niños que estoy seguro que ni ustedes creen. La fe es otra cosa, Dios es otra cosa.

– No le sabíamos teólogo -ironizó el padre Grillo.

– Ni yo les considero a ustedes idiotas; si lo fueran no habrían sobrevivido dos mil años -afirmó Ferdinand.

– Bien, hemos llegado a un punto de reconocimiento -admitió el padre Grillo-. Ahora viene la segunda parte: ¿podría ayudarnos a averiguar qué es exactamente lo que han encontrado en Montségur?

– No hay nada que encontrar, no hay nada que averiguar.

– Para la Iglesia es importante saber a lo que se enfrenta -dijo el padre Nevers.

– Ustedes no se tienen que enfrentar a nada; si acaso a una patraña que no les costará deshacer.

– ¿Podría visitar al conde e intentar averiguarlo? -le pidió directamente el padre Grillo-. Tal vez uno de nosotros podría acompañarle.

– Mis relaciones con el conde son… digamos que tensas, precisamente porque me he mantenido lejos de sus grupos de trabajo; en cuanto a ustedes… en fin, se les nota mucho que son sacerdotes, y no creo que el conde sienta ningún deseo de confesarse, a lo mejor…

– ¿A lo mejor…? -preguntó el padre Grillo.

– No sé; usted -respondió dirigiéndose al joven- no tiene aspecto de cura, puede que le pudiera hacer pasar por uno de mis alumnos.

Ignacio Aguirre dio un respingo al sentir todas las miradas en él, y a su vez pidió auxilio al padre Grillo con la mirada.

– ¡Ah, el joven Aguirre! Es un muchacho capaz, con buenas dotes que podrá desarrollar en la Secretaría de Estado, pero es sólo un ayudante, un escribiente; aún no tiene ni formación ni experiencia. De hecho, le tengo conmigo porque su superior me ha pedido que estos meses de verano permanezca a mi lado haciendo prácticas, pero su futuro está por determinar. Aún no ha finalizado sus estudios.

– Si usted me acompañara al castillo el conde no tardaría ni un segundo en darse cuenta de que es algo más que, pongamos, un estudioso en historia medieval. Se nota demasiado que es un hombre de iglesia, en cuanto al padre Nevers… Creo recordar haber visto alguna foto suya en los periódicos. Por eso se me ha ocurrido lo de este joven. En todo caso puedo ir solo y probar suerte, aunque les insisto en que el conde no está precisamente satisfecho con mi trabajo y no sé cómo me recibirá.

El padre Grillo y el padre Nevers volvieron a intercambiar una de esas miradas con las que parecían entenderse sin necesidad de palabras.

– Mandaremos con usted al joven Aguirre; así se irá fogueando. ¿Cuándo puede ir usted? -quiso saber el padre Grillo.

– Mañana, a lo más tarde pasado. Dentro de diez días me marcho de viaje, voy a ver a mi hijo a Israel, y les aseguro que no voy a interrumpir el viaje por nada ni por nadie.

– No le pedimos tanto, señor Arnaud. Sabemos lo que han sufrido usted y su hijo. Le estaremos agradecidos si puede averiguar algo -respondió el padre Nevers.

– Creo que este joven -sugirió Ferdinand- debería leerse mi libro sobre fray Julián y ponerse al día en lo que se refiere a los cátaros. Si les parece, pasado mañana saldremos para el castillo. Llamaré al conde para anunciarle nuestra visita, espero que no se niegue a recibirnos. ¡Ah! Y lo mejor es que se vista como un estudiante o difícilmente podría pasar por alumno mío.

16

Durante el trayecto en el tren, Ignacio Aguirre le insistió en que le explicara la «verdadera» historia de los cátaros.

– Sé que debería saber más, pero no es mi fuerte -le confesó. Ferdinand se explayó. Pero poco antes de llegar a la estación sacó una carta de David que había encontrado en el buzón antes de partir.

Hace unos días cené en casa de Hamza. Su madre preparó cordero con unas hierbas aromáticas. Es el mejor cordero que he comido nunca. Yo les llevé pan ácimo del que hacemos en el kibbutz y una cesta con fruta de nuestro huerto. Hamza se rió y me dijo que no me tenía que haber molestado en llevarla porque ya se encargaba él de quitárnosla de cuando en cuando. Estuvimos hablando hasta tarde. Ellos creen que les queremos echar de su tierra y me han contado que sus líderes quieren que desconfíen de nosotros. El padre de Hamza cree que al final tendremos que enfrentarnos, pero yo les he dicho que lo podemos evitar, que sólo depende de nosotros. Ayer vino Hamza a cenar conmigo al kibbutz; le recibieron bien, él al principio se muestra siempre tímido, luego, cuando coge confianza, se siente como en su casa. Le sorprende que lo compartamos todo, que comamos todos juntos, que nadie tenga nada y que no haya categorías sociales. Aquí lo mismo vale un ingeniero que un campesino, todos hacemos el mismo trabajo. También le llama la atención que los niños vivan juntos en una casa común cuidados cada día por dos madres mientras las otras trabajan. Le he enseñado todos los rincones del kibbutz y él me ha confesado que a veces cuando estamos distraídos coge algunas manzanas de nuestros árboles. Nos hemos reído por eso, y le ha sorprendido que no me enfade, aunque le he pedido que procure que no le vean. Luego, durante la cena, hemos hablado de lo bueno que hubiera sido que se hubiera podido formar un Estado judeopalestino tal y como propuso en 1937 la Sociedad de Naciones. Pero los líderes árabes lo rechazaron y yo le digo que fue un error porque podríamos formar un Estado como Suiza. En fin, ya no hay vuelta atrás, pero me resisto a que un día Hamza y yo tengamos que estar enfrente el uno del otro porque los políticos así lo decidan.

Ni él ni yo somos tan diferentes a pesar de venir de dos mundos distintos. Por cierto, Hamza dice que se me entiende ya algo cuando hablo en árabe, y la verdad es que él ha aprendido más francés que yo su idioma. Es muy listo, en realidad es mi mejor amigo. Te gustará conocerle. Estoy deseando que vengas, te recibirán con los brazos abiertos, sé que te sorprenderá la vida en el kibbutz, esto sí que es socialismo puro. ¡Ah! Y los padres de Hamza me han dicho que te invitarán a cenar…

La carta continuaba contando más anécdotas de la vida cotidiana en aquel rincón de Israel.

La vida de David no estaba exenta de privaciones y dificultades, pero al menos era feliz, o así lo creía ver Ferdinand en las cartas que tan a menudo recibía.

– ¿Buenas noticias? -preguntó Ignacio Aguirre.

– Es una carta de mi hijo; sí, está bien.

– ¿Se encuentra muy lejos?

– En Palestina. David es judío, su madre era judía. Lo dijo con un tono de desafío en la voz que hizo enrojecer al sacerdote.

– Sabemos lo que ha sufrido -acertó a decir éste.

– ¿Me han investigado? -preguntó Ferdinand con curiosidad.

– ¡Oh, no! Nada de eso, pero cuando empezaron a llegar noticias de lo que pasaba en Montségur y salió su nombre… bueno, me imagino que la nunciatura de París preguntaría quién era usted.

– Ya, de manera que además de leerse mí trabajo sobre fray Julián quisieron saber qué clase de persona era, ¿no?

El sacerdote no respondió directamente a la pregunta. Esbozó una sonrisa mientras ganaba tiempo.

– Tiene usted el reconocimiento de la comunidad universitaria. Y su trabajo sobre fray Julián es muy interesante, parece como si fuera de carne y hueso.

– Es que fue de carne y hueso. Un hombre como usted y como yo, al que las dudas le hicieron enfermar. Quería ser leal a Dios y a su familia, y eso significaba vivir una impostura.

– Él sólo traicionó a Dios; se mantuvo fiel a su familia, a una familia que no le terminaba de aceptar.

– ¿De verdad cree que traicionó a Dios?

– Sí -respondió el sacerdote.

– Yo creo que no lo hizo. Simplemente intentó conciliar dos lealtades, pero nunca dudó de Dios.

– No sabía a qué Dios servir.

– Siempre sirvió al mismo Dios, puesto que sólo hay uno, se le llame como se le llame, se le rece como se le rece, se le perciba como se le perciba. Y nunca renegó de la cruz aunque le asqueaba lo que se hacía en su nombre. ¿A usted no le habría sucedido lo mismo?

Ignacio Aguirre dudó, y se hizo a sí mismo la pregunta. ¿Cómo se habría sentido él? ¿Habría podido soportar el comportamiento fanático de aquellos a quienes tenía por hermanos?

– No se puede juzgar a los hombres fuera del contexto en que han vivido -respondió el sacerdote-. No hay que acercarse a la historia con los ojos de hoy.

– Ahora entiendo por qué, siendo tan joven, trabaja en la Secretaría de Estado.

El sacerdote soltó una carcajada que desconcertó a Ferdinand.

– ¡Pero si no trabajo allí! Ya se lo explicó el padre Grillo: me tienen provisionalmente durante el verano porque mi superior, que es amigo del padre Grillo, le pidió que me diera trabajo para que me fuera fogueando. Hago de todo: archivar, ir a por café, pasar a limpio cartas, traducciones… En realidad el padre Grillo me ha traído porque su secretario está de vacaciones, creo que su madre había enfermado y le han dado permiso para visitarla. De manera que me he encontrado con este regalo. Porque venir a Francia ha sido un regalo.

– Pues habla usted bastante bien francés.

– Soy vasco.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Pues que tengo una tía casada con un francés de Biarritz y he pasado con ella y con mis primos algunos veranos. Dicen que tengo facilidad para los idiomas; mi director asegura que si alguien es capaz de hablar vasco puede hacerlo en cualquier idioma.

– No quiero ser indiscreto, pero ¿cómo un joven como usted ha decidido ser cura?

– Porque tengo vocación de servir a Dios. Mis padres me llevaron al seminario para que estudiara, ya sabe que cuando no hay mucho dinero en una familia una manera de estudiar es ir al seminario, y en mi caso encontré la vocación. Ya sabe que mi tierra es la de san Ignacio, y un sacerdote jesuita pariente lejano de mi padre me ha ayudado; gracias a él he podido estudiar estos últimos años en Roma.

– Es usted un joven con futuro; lo mismo un día llega a ser Papa, aunque sin la sotana no parece un cura, sino un chico normal…

– Soy jesuita, serviré donde me manden, pero lo de ser Papa me parece difícil -matizó Ignacio con humor-. ¿Y usted es creyente?

– En realidad soy agnóstico, pero tengo un profundo respeto por los que creen y por Dios.

– A pesar de ser agnóstico, habla de Dios como si para usted existiera.

– No, no tengo certidumbres, sólo respeto. Mis padres también son agnósticos, y durante estos años no he visto la huella de Dios en ninguna parte, de manera que casi me parece un milagro seguir siendo agnóstico.

La conversación estaba adquiriendo tintes demasiado personales. Mientras llegaban a la estación, Ferdinand decidió desviarla hacia los cátaros y fray Julián.

17

Raymond les recibió en la puerta del castillo. El hijo del conde se había convertido en un muchacho alto y robusto. En su rostro destacaban sus intensos ojos verdes, llenos de curiosidad y al mismo tiempo marcando las distancias.

– Sea bienvenido, profesor -saludó a Ferdinand-, y usted también, señor…

– Aguirre -dijo Ferdinand. El sacerdote todavía estaba un poco desconcertado por la situación.

– Mi padre regresará mañana, pero cuando le llamé para decirle que quería visitarnos me pidió que le recibiera y me pusiera a su disposición. He mandado que le preparen la habitación de siempre, y a usted, señor Aguirre, una justo al lado. Espero que estén cómodos. El almuerzo se servirá dentro de dos horas, si me necesitan para algo estaré encantado de ayudarles.

– Ignacio es un excelente alumno; creo que llegará a saber de los cátaros más que yo y en estos últimos meses me ha ayudado con el libro, creí que le debía enseñar el lugar de mis desvelos…

– Desde luego, profesor. ¿Se acercarán a Montségur?

– Eso me gustaría. Le he explicado a Ignacio que cuando uno se acerca a la montaña siente algo especial, te das cuenta de que la historia se ha quedado impregnada en la tierra.

– Así es, nadie que se acerque a Montségur puede permanecer indiferente -respondió Raymond.

Vieron llegar un jeep con dos hombres; uno de ellos joven, el otro de la edad de Arnaud.

– Los dos caballeros que llegan también son invitados de mi padre, han salido de excursión -les explicó Raymond mientras los dos hombres descendían del todoterreno y entregaban las llaves a uno de los criados.

– Les presento al profesor Arnaud y a su ayudante el señor Aguirre. Los señores Stresemann y Randall.

Se saludaron sin entusiasmo e iniciaron una conversación intrascendente sobre el tiempo y la belleza del lugar antes de subir a sus habitaciones.

No había pasado mucho tiempo cuando el mayordomo llamó a la puerta de Ferdinand para avisarle de que Raymond les esperaba para acompañarles donde gustaran.

Ferdinand e Ignacio se reunieron con el hijo del conde, deseoso de demostrar sus dotes como señor de la casa.

– Así que a usted también le apasiona la historia de los cátaros -le preguntó a Aguirre.

– Sí, el profesor Arnaud me ha contagiado su entusiasmo -respondió el joven sacerdote ruborizándose al tener que responder una pregunta tan directa, pero, sobre todo, por tener que mentir.

– ¿Ha llegado a conocer bien la historia de fray Julián?

– Bueno… sí… en realidad… es una historia apasionante. ¡Cuánto sufrimiento!

Decidido a no intervenir, Ferdinand escuchaba a los dos jóvenes mientras iniciaban un paseo alrededor del castillo. Pensó que a lo mejor Raymond cometía una indiscreción, como le ocurrió en aquella ocasión con David. Se le notaba la rígida educación recibida, así como su convicción de que algún día, cuando fuera él el conde d'Amis, tendría que estar a la altura de la historia de su familia, o al menos de lo que su padre le había inculcado que se esperaba de él.

– No admito la intolerancia de la Iglesia cuando pretende imponer a hierro y fuego sus creencias, incapaz de respetar las del prójimo, como si fuera la guardiana de la verdad. Antes de que la Iglesia existiera había otras religiones, de manera que, ¿por qué va a tener la Iglesia católica el monopolio de la verdad? -exclamó Raymond.

– Tiene la verdad revelada por Dios -respondió Ignacio, incómodo por no poder extenderse, ya que Ferdinand le había hecho un gesto para que no discutiera.

– ¿La verdad revelada? Eso es un cuento de niños… -sentenció Raymond con convicción-. ¿Cuántos concilios se han tenido que celebrar para ponerse de acuerdo en lo que los católicos tienen que creer? No hay ninguna verdad revelada, sino una poderosa máquina de poder dirigida a dominar a los incautos.

– ¿Y usted, en qué cree? -le preguntó Ignacio.

– ¿Yo? En la razón y en el derecho de los habitantes de esta tierra a creer en quien quieran. ¿Sabe por qué la Iglesia de los Buenos Cristianos estuvo a punto de derrotar a la Iglesia católica? Sencillamente porque sus perfectos vivían como buenos cristianos dando ejemplo de humildad y pobreza. Por eso la Iglesia necesitó acabar con ellos: no podía soportar su ejemplo. En mi familia hubo perfectos.

– Sí, doña María -dijo Ignacio, al que cada vez le costaba más contenerse sin responder a Raymond como él creía que se merecía.

– Doña María, su hija doña Marian, don Bertran, sus hijos… -continuó Raymond.

– Pero supongo que usted no será cátaro…

– No, no… ya le he dicho que sólo creo en la diosa razón, pero ésta continúa siendo tierra de cátaros, aunque no se manifiesten.

– ¿Continúa habiendo cátaros? -preguntó Ignacio con sorpresa.

– ¡Claro que sí! No se puede aplastar las ideas ni las creencias. No hay familia en Occitania que no descienda de cátaros.

Ferdinand escuchaba a Raymond con preocupación, ya que en sus palabras parecía aflorar cierto fanatismo.

El almuerzo lo compartieron con los otros dos invitados del conde, que dijeron ser estudiosos del catarismo.

Ignacio permaneció en silencio, escuchando rebatir a Ferdinand algunas de las teorías de los dos estudiosos, hasta que sorprendió a todos al dirigir una pregunta al aire.

– ¿Y ustedes creen que existe el Grial?

Ferdinand le miró con asombro y Raymond con curiosidad, mientras los señores Stresemann y Randall guardaron silencio.

– Bueno, lo pregunto porque he leído mucho al respecto. Hay historiadores que creen que el tesoro de los cátaros era el Grial. Mi profesor no lo cree y nos ha enseñado que es un cuento, pero… no sé, perdóneme, profesor Arnaud, que yo no tenga su convicción -explicó Ignacio.

Nadie parecía tener prisa por responder, incluido Ferdinand, que había captado con admiración la trampa que pretendía tenderles el joven sacerdote.

– Tan posible puede ser la teoría del profesor Arnaud como las que apuntan que, efectivamente, hay un tesoro cátaro escondido y que ese tesoro puede ser el Grial -aseveró el señor Randall.

– No hay por qué descartar nada a priori -apostilló el señor Stresemann.

– Sí, los historiadores descartamos las fantasías y elucubraciones de escritores de novelas esotéricas. Señores, la investigación histórica es una ciencia que no podemos dejar que se contamine con la imaginación desbordante de quienes no son científicos -explicó Ferdinand muy serio-. En cuanto a mi querido alumno… veo que no he tenido demasiado éxito con mis enseñanzas… y eso que ha obtenido sobresaliente en mi asignatura y que con el tiempo espero se convierta en mi ayudante.

– ¿Y ustedes, qué creen que puede ser el Grial? -preguntó Ignacio aparentando una inocencia que no dejaba de sorprender a Ferdinand-. Se supone que es la copa en la que Cristo bebió durante la Última Cena…

– ¿Ha leído la obra de Wolfram von Eschenbach? -preguntó el señor Stresemann.

– Sí, es una obra bellísima. En Parsifal el Grial es algo más, algo que proporciona un poder ilimitado a quien lo posea.

– Exactamente -asintió aquel invitado, que por su acento parecía alsaciano.

– ¡Ojalá alguien lo encontrara! -exclamó con entusiasmo Ignacio.

– Hay mucha gente empeñada en encontrarlo, pero no se puede encontrar lo que no existe -sentenció Ferdinand, que parecía reprobar a su alumno.

– Puede que se lo llevaran los templarios -insistió el sacerdote.

– Son falsas las supuestas relaciones entre cátaros y templarios; eso también lo expliqué en clase, y que yo sepa fue uno de los temas del examen final.

– ¿Cómo puede asegurar usted que los templarios no protegían a los cátaros? -preguntó con aire de enfado el señor Randall.

– No lo digo yo, son los hechos los que lo demuestran. El Temple tenía castillos y encomiendas en el Languedoc y una buena relación con los señores de estas tierras, pero eso no significaba que participaran de sus querellas. Lo único cierto es que los templarios estaban luchando contra los musulmanes también en España, y no consideraban que su misión fuera combatir a otros cristianos, por muy herejes que fueran. Tampoco nadie se lo requirió.

– ¿Y no cree que el Santo Grial pudieron traerlo los templarios y esconderlo aquí, en el Languedoc? -intervino Raymond.

– No, porque el Grial no existe, de manera que difícilmente pudieron traer lo que no existe.

– Pero, profesor, hay estudiosos que aseguran que los templarios encontraron una cámara oculta debajo del Templo de Salomón, en Jerusalén, y que allí había importantes secretos, que les dieron mucho poder y que pudieron chantajear a la Iglesia, que temía que se pudieran difundir…

– Eso son elucubraciones esotéricas que no se basan en ninguna prueba. Los templarios se convirtieron en un estorbo para Felipe IV de Francia, que quiso unificar las órdenes militares y someterlas al poder de la Corona, y desde luego quedarse con sus bienes. El rey estaba enfrentado con el papa Bonifacio VIII y organizó una campaña contra él, precisamente porque éste se oponía a que el monarca francés se hiciera con los impuestos sobre los bienes de la Iglesia que el rey necesitaba porque sus arcas estaban secas a cuenta de la guerra contra Inglaterra. Y su hombre fiel, el consejero Guillaume de Nogaret, fue el brazo ejecutor de la política del rey contra el Papa y los templarios.

– Se les acusaba de escupir en la cruz -recordó Raymond esbozando una sonrisa-, lo mismo que los cátaros, que la rechazaban.

– Fue un templario expulsado de la Orden quien empezó a difundir las acusaciones de blasfemia, sodomía, ritos iniciáticos secretos… Este hombre le sirvió en bandeja a Nogaret la excusa para que Felipe iniciara el proceso contra el Temple. Nogaret convenció al inquisidor de Francia, confesor además del rey, para que comenzara a investigar al Temple. En ese momento ya era papa Clemente, que reprendió al inquisidor y protestó al rey por meterse en camisa de once varas. Pero Felipe, a través de Nogaret, volvió a desatar una campaña contra el Papa; aun así, Clemente se resistió cuanto pudo, y hay que recordar que al principio los templarios fueron declarados inocentes por el Papa, que luego decidió que se investigarían las actuaciones de los caballeros, pero individualmente para no acusar a la Orden en su conjunto, ya que algunos templarios habían admitido esas prácticas de las que se les acusaba, aunque otros se retractaron alegando que habían confesado bajo tortura…

– Pero ¿escupían o no en la cruz? -interrumpió tajantemente Raymond.

Ferdinand observó la mirada burlona de Raymond acorde con la intención de la pregunta. El joven sólo aceptaría un «sí» o un «no», poco le importaban las explicaciones o los matices.

– Después de haber sido torturados, algunos templarios confesaron crímenes horrendos, pero en mi opinión, ateniéndome a documentos, es decir, a los hechos, el Temple no era una orden esotérica, por más que algunos novelistas los utilicen como recurso literario presentándolos como unos caballeros misteriosos. La disolución del Temple fue un pulso entre el rey de Francia y el Papa, por motivos que nada tenían que ver con los estrictamente religiosos. Felipe, entre otras cosas, pretendía que Clemente condenara a su antecesor Bonifacio VIII por herejía, a lo que el nuevo Papa se opuso, pero Clemente tampoco podía enfrentarse del todo al rey y terminó cediendo con los templarios.

– No ha respondido mi pregunta -insistió Raymond.

– Si te torturaran, a ti o a cualquiera de nosotros, terminaríamos confesando lo que nos pidieran, de manera que los testimonios obtenidos bajo torturas no tienen un cien por cien de fiabilidad. Por más que muchos se empeñen en presentar al Temple como una orden misteriosa, la realidad es que no lo fue, aunque tuvieron la mala suerte de que su último gran maestre, Jacques de Molay, no fue un dechado de inteligencia y tampoco un político avezado. No diré que tuvo responsabilidad en lo sucedido, pero sí que no era el hombre para hacer frente a una circunstancía tan difícil como aquélla.

– De manera que no niega que escupieran en la cruz -afirmó Raymond satisfecho.

– Sí lo niego: todas esas historias estrafalarias sobre que encontraron el Grial y otros secretos que pueden poner en dificultades a la Iglesia son cuentos, ¡por favor, no confundamos las novelas con la historia!

– Usted le tiene declarada la guerra a los novelistas -apuntó Ignacio.

– Una novela que trata de historia puede ser muy entretenida, pero eso no significa que esté ofreciendo una versión real de lo sucedido.

Cuando concluyó el almuerzo Ravmond se ofreció para hacerles de guía por Carcasona. Al día siguiente, a primera hora, saldrían para Montségur.

A Ferdinand le llamaba la atención la capacidad del jesuita para ganarse la confianza de Raymond; lo hacía cuestionando la verdad histórica para dar cabida a la fabulación, que era el terreno donde desde hacía años se empeñaban en moverse tanto el conde como su hijo.

Ignacio se mostró entusiasmado por Carcasona, y Ferdinand entendió que en eso era sincero.

Por la noche alegó un fuerte dolor de cabeza y cansancio para no bajar a cenar. Lo había acordado con Ignacio, puesto que su presencia coartaba al hijo del conde, que parecía sentirse cómodo con el sacerdote.

Sin embargo, la cena fue decepcionante, ya que ni Raymond ni los otros invitados dijeron nada sustancial ni dieron ninguna pista sobre el supuesto hallazgo del Grial e Ignacio no se atrevió a preguntarles.

A la mañana siguiente se levantaron al amanecer para ir a Montségur. Allí Raymond, dejándose llevar por la magia del entorno, confesó a Ignacio lo que estaban buscando en un momento en que Ferdinand deliberadamente se separó de ellos.

– El profesor Arnaud es un escéptico. Por eso su trabajo sobre fray Julián carece de pasión, por más que todos digan que es espléndido. En realidad mi padre esperaba más.

– ¿Y qué esperaba?

– Alguna pista sobre el tesoro.

– Pero ¿cómo iba a saber fray Julián dónde estaba el tesoro?

– Doña María confiaba en él; no olvides que ella bajó de Montségur con los dos perfectos que llevaban el tesoro.

– Tienes razón -accedió Ignacio-. Y vosotros que lleváis tanto tiempo excavando, ¿no lo habéis encontrado?

Raymond decidió fiarse de aquel joven con el que tanto congeniaba.

– No hemos encontrado nada, ésa es la verdad. Nada que podarnos decir que es el Grial. Hay estudiosos que creen que el Grial es una piedra caída del cielo con poderes ilimitados y que está guardada en algún lugar de por aquí. Otros estudiosos piensan que se la llevaron los templarios a Escocia y que la enterraron en Edimburgo. Y… bueno, un profesor que ha estado aquí sostiene otra teoría: piensa que a lo mejor el Grial no es un objeto.

– ¿Y entonces qué es?

– Puede ser una persona.

– ¿Una persona?

– ¿Tú crees que Jesús era célibe?

– Bueno, vo creo lo que nos han enseñado…

– Hay documentos muy antiguos que atestiguan que se casó con María Magdalena e incluso tuvieron hijos. Puede que… bueno, puede que el Grial sean los descendientes de Jesús.

Ignacio no sabía si reírse o indignarse, pero optó por no hacer ninguna de las dos cosas para no alertar a aquel joven que, pese a todo, le caía bien.

– ¿Y cómo llegaron aquí los descendientes de Jesús?

– Puede que con María Magdalena, o puede que siglos más tarde. Puede que los templarios encontraran esos documentos y fuera lo que han guardado tan celosamente.

– Esto es lo que el profesor Arnaud diría que son cuentos esotéricos, seudoliteratura barata.

– En realidad al profesor Arnaud nunca le ha interesado encontrar el Grial; todo su esfuerzo lo concentró en la crónica de fray Julián. Cuando mi padre le pedía que viniera al castillo y escuchara a algún otro profesor, él se excusaba; y si por casualidad estaba aquí, siempre rebatía cualquier teoría que no se ajustara a las suyas, ni escuchaba lo que le decían. Pero mi padre decía que era mejor contar con él por su prestigio, porque eso abría puertas a nuestros otros expertos, que es lo que de verdad le importaba.

– Entonces, ¿no habéis encontrado nada? -preguntó de nuevo Ignacio.

– Nada; sólo manejamos esas teorías que te he dicho antes, pero seguimos buscando pruebas. Están aquí, es sólo cuestión de tiempo que demos con ellas. ¿Te gustaría trabajar para nosotros? -preguntó Raymond con entusiasmo.

– Pues… la verdad es que sería muy interesante pero no creo que pueda… Verás, tengo que terminar mis estudios, aún no estoy suficientemente preparado.

– ¡No seas modesto! El profesor Arnaud dice que eres su mejor alumno.

– Sí, pero eso no significa que lo sepa todo. Pero… bueno, sí, me gustaría saber si encontráis algo, sería apasionante…

– Si alguna vez quieres venir sin el profesor Arnaud, llámame. Serás bien recibido y te puedes unir a nuestros grupos de trabajo aunque sea temporalmente. Ahora tenemos gente buscando en Edimburgo, porque tampoco es descabellada la teoría de que el Grial lo escondieron allí los templarios.

– Y si lo encontráis, ¿qué haréis?

– Ya sabes lo que dice fray Julián en su crónica: alguien debe vengar la sangre de los inocentes, nuestra familia no puede dejar impunes los crímenes de la Iglesia católica. Lo que queremos es destruirla, que pague por su fanatismo y por haber acabado con la libertad de esta tierra. Es una responsabilidad que asumimos los D'Amis de generación en generación, y mi padre sueña ser él quien lleve a cabo la venganza.

– Pero ¿tú crees que es tan fácil destruir a la Iglesia?

– Sí. Si nos hacemos con el Grial, sea éste lo que sea, lo conseguiremos. Se lo debemos al Languedoc. Me gustaría que vinieras de vez en cuando por aquí, creo que te entenderías con mi padre, y seguro que con lo que sabes podrías contribuir a nuestra búsqueda.

Ignacio le sonrió mientras tragaba saliva y asimilaba todas las barbaridades que acababa de oír. De repente Raymond se le antojaba un loco y temía aún más cómo pudiera ser su padre, el conde d'Amis, al que conocería esa noche.

Lo que no sabía calibrar era si aquél era un grupo de fanáticos peligrosos o pacíficos. Volvió a sonreír sabiéndose observado por la mirada de Raymond.

– Te supongo un caballero, de manera que te pido que me des tu palabra de que no comentarás nada de lo que hemos hablado con el profesor Arnaud. Sé que le debes lealtad como alumno pero yo me he confiado a ti… seguramente no debería de haberlo hecho, de manera que sólo me quedaré tranquilo si me das tu palabra.

Raymond le miraba muy serio mientras esperaba ese compromiso e Ignacio se sintió ruin. Tendría que confesarse y pedir perdón a Dios por lo que estaba a punto de hacer. Se sintió sucio cuando tendió la mano a Raymond mientras le aseguraba:

– No te preocupes, guardaré el secreto.

– ¡Ah! Y tampoco le comentes nada a mi padre… no me perdonará la indiscreción. Él cree que soy demasiado confiado… en fin… espero no haberme equivocado contigo.

Les interrumpió Ferdinand, que se había mantenido alejado mientras fumaba un par de cigarrillos yendo de un lado a otro, aparentando un inopinado interés por las ruinas.

– Creo que deberíamos pensar en marcharnos. Me gustaría ver a tu padre, Raymond -afirmó el profesor.

– Sí, como guste.

18

El conde d'Amis estuvo frío y distante con Ferdinand, aunque se mostró más receptivo con Ignacio, debido al interés en el muchacho mostrado por su hijo. Aquella noche apenas hablaron de la crónica de fray Julián o de los cátaros. El conde no estaba demasiado locuaz y sus invitados parecían apesadumbrados. Todos se retiraron a sus habitaciones cuando la cena terminó.

– ¡El daño que están haciendo tantos novelistas de tres al cuarto! -exclamó Ferdinand después de haber escuchado el relato minucioso que Ignacio le había hecho de su conversación con Raymond.

– Y de usted no se fían demasiado -apuntó Ignacio.

– La desconfianza es mutua. ¡Qué personajes! Lo increíble es que gente formada y seria se crea esas patrañas puestas en circulación por desalmados. ¡Así que tenemos entre nosotros a los descendientes de Jesús! En un mundo donde no hay secretos, porque ni los hubo en el pasado, ni los hay en el presente, ni los habrá en el futuro, resulta que, a través de los siglos, se han mantenido ocultos a los hijos de Jesús y María Magdalena. Pero algo así habría sido imposible de guardar.

– Bueno, eso o el Grial está escondido en Edimburgo.

– Son capaces de agujerear todos los castillos buscando un objeto mágico que sólo existe en sus mentes. ¡Están enfermos!

– Su objetivo es destruir a la Iglesia católica, así me lo dijo Raymond -explicó Ignacio.

Ferdinand comenzó a reírse.

– ¡Pero cómo se les ocurre tamaña idiotez! ¡Destruir a la Iglesia!

– Bueno, yo no le veo la gracia -protestó Ignacio. Ferdinand se puso serio y clavó la mirada en los ojos preocupados de Ignacio.

– ¿Cree que pueden destruir el mensaje de Jesús? ¿Cree que quienes tienen fe y creen en Dios dejarían de creer en Él porque resultara que era un hombre? Jesús era judío, un rabí, y en aquella sociedad los rabís estaban casados. Yo no sé si lo estuvo o no, tanto me da, pero lo cierto es que no nos han llegado pruebas serias sobre ello. Me resulta difícil creer que si de verdad tuvo esposa e hijos eso se convirtiera en un secreto por parte de los apóstoles, que eran gente sencilla, casados, con familia y para los que tener esposa e hijos era lo normal, de manera que no creo que aquellos hombres se confabularan para ocultar a la esposa de Jesús. ¿Con qué objeto? Ellos no estaban inventando el cristianismo, no podían imaginar lo que Jesús había puesto en marcha, lo que iba a suponer su mensaje a través de los siglos… En todo caso, si Jesús hubiera estado casado, eso no destruiría a la Iglesia, pero tendría que aceptar que los sacerdotes puedan casarse. Y lo mismo que un concilio decidió que no podían, otro concilio podría determinar lo contrario. Nada más. Sinceramente no creo que ése fuera un problema para ningún cristiano.

– ¡Y usted se dice agnóstico! -exclamó Ignacio maravillado por la convicción de Ferdinand en la solidez de la Iglesia.

– Agnóstico sí, pero no tonto. Puedo entender las razones de la Iglesia para preferir a sus sacerdotes célibes, pero no me parece que el edificio se pueda tambalear porque Jesús hubiera estado casado, aunque insisto, no hay ninguna prueba histórica solvente que lo indique, así que… asunto terminado.

– Precisamente lo que buscan es esa prueba.

– No la van a encontrar, porque no existe.

– ¡Usted habla ex cátedra! -protestó Ignacio.

– No, yo hablo desde el sentido común. Estoy seguro de que Roma tendría un buen número de respuestas si apareciera una prueba en esa dirección. Pero no se preocupe, que salvo en especulaciones seudoliterarias no encontrará ninguna.

– Es curioso, usted utiliza la razón para reafirmar la posición de la Iglesia.

– ¡Vaya conclusión! Soy historiador y analizo las cosas con perspectiva. La familia d'Amis no va a tirar por la borda dos mil años de Iglesia católica por mucho que les obnubile su papel de vengadores. No se preocupe, Ignacio, y tenga un poco más de fe en su Iglesia. Lo importante es que va a poder decir a sus superiores: «Misión cumplida». Usted es el perfecto espía.

Ahora fue Ignacio el que rió con ganas. No había disfrutado esos dos días engañando a Raymond, por más que se había dicho a sí mismo que disimulaba y casi mentía por proteger un bien mayor, pero aun así su conciencia le aguijoneaba.

– No me ha gustado nada lo que he hecho -confesó.

– No ha hecho nada de lo que deba avergonzarte. A mí no me habrían contado nada; ni el conde ni mucho menos Raymond. Ha sido un acierto que haya venido; se va con una información precisa, de manera que su Iglesia ya sabe a lo que hacer frente si es que al final encuentran algo de lo que buscan, cosa harto improbable.

– Espero que lo que hayamos averiguado sea suficiente…

– Lo es, claro que lo es. Lo peor que puede suceder es no saber a lo que se enfrenta uno, pero cuando eso se sabe es más fácil organizar la defensa. Ya verá cómo el padre Grillo y el padre Nevers lo ven así.

– Me da pena Raymond. Es tan joven… pero el ambiente en que vive le ha trastornado. Su padre le ha imbuido de tal fanatismo que le veo capaz de cualquier cosa -se lamentó Ignacio.

– Sí, es una víctima de su padre. Cuando le conocí apenas era un niño, y recibía castigos severos: le pegaban cuando no estaba a la altura de lo que su padre esperaba de él. Le han estado lavando el cerebro desde que nació y por lo que he visto ha asumido como suyas las absurdas obsesiones del conde. Es una pena, pero ahí sí que no podemos hacer nada ni usted ni yo. Creo que mi relación con los D'Amis ha llegado a su fin, y siento alivio.

– Para usted ha sido muy importante la crónica de fray Julián, ¿verdad?

– Es bellísima. Me conmovió en lo más profundo cuando la leí y es un documento histórico importante: un dominico, bajo las órdenes del terrible fray Ferrer, que relata en primera persona lo que sucede en los dos campos de la contienda. Pero sobre todo es la historia de un conflicto humano expuesto con toda crudeza. Me parecía importante darlo a conocer y que otros historiadores lo tuvieran a su disposición para seguir desentrañando ese período de la historia de Francia.

– Y de la historia de la Iglesia.

– Algún día la Iglesia tendrá que pedir perdón por todos los desatinos que ha cometido -apostilló Ferdinand.

Ignacio no respondió. No podía hacerlo, porque tenía que admitir que también a él le sobrecogía que se hubiera podido matar en el nombre de Dios.

A Ferdinand le extrañó ver a su padre en el andén. Nunca había ido a esperarle al regreso de ningún viaje, de manera que si estaba allí se debía a que había sucedido algo grave.

Se bajó del tren rápidamente.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó sin más preámbulo.

– David… está en el hospital… le hirieron en una emboscada. Está grave. Han avisado esta mañana, te llamaron a casa y a la universidad, y el rector nos llamó a nosotros… Tu madre te ha preparado la maleta, y yo he sacado los billetes de tren y de barco. Si no te importa, quiero acompañarte.

Pero Ferdinand ya no le escuchaba. Se le había contraído el rostro en una mueca de dolor y el aire parecía no llegarle a los pulmones. Estaba pálido, con los ojos desorbitados, mudo, incapaz de emitir sonido alguno. En el bolsillo de la chaqueta llevaba la última carta de David, palabras rebosantes de alegría, ganas de vivir y de esperanza. Y de repente aquellas palabras de tinta de su hijo se habían convertido en sangre.

Ignacio no sabía qué hacer ni qué decir, luego le agarró del brazo con fuerza y le instó a caminar.

– ¡Vamos, dese prisa!

Caminaron en silencio hasta que Ferdinand se recobró del estado de shock.

– ¿Está vivo? -musitó.

– Sí, está vivo, pero muy grave -respondió su padre.

– Se recuperará -afirmó Ignacio-, rezaremos y se recuperará…

– Dios nunca ha estado cuando le hemos necesitado -afirmó Ferdinand con un hilo de voz-, hace tiempo que tanto a mí como a mi hijo nos abandonó.

El profesor miró a su padre con los ojos enrojecidos. Sólo quería una respuesta a su pregunta: ¿Qué le ha ocurrido a David? ¿Qué le ha pasado?

19

Jerusalén, semanas antes

– Hamza, tienes que decidirte. -El tono del hombre no admitía dudas, y su mirada de color negro parecía taladrar los ojos de Hamza.

– No nos han hecho nada, ¿por qué no podemos hablar, llegar a un acuerdo? -respondió Hamza con cierto desafío en la voz a pesar de que el hombre le daba miedo.

– Los sionistas están consiguiendo que el mundo les apoye, hace unos años quisieron que formáramos un Estado juntos, ahora quieren partir nuestra tierra en dos. ¡No podemos aceptarlo! ¡O ellos o nosotros! -gritó el hombre.

– Por favor, cálmate… mi hijo es joven y no entiende bien lo que pasa… -intercedió el padre de Hamza.

– Verás, Rashid, o tu hijo es un traidor, en cuyo caso tú mismo resolverás el problema, o es un cobarde y también deberás resolverlo, o se une a nosotros y demuestra que es un patriota.

– No soy ni traidor ni cobarde, Mahmud -protestó Hamza-, sólo que pienso por mi cuenta.

– ¡Calla! -le conminó su padre, que sí estaba asustado porque sabía de lo que era capaz Mahmud.

Hamza bajó la cabeza consciente de que Mahmud no le dejaba ninguna salida y que desobedecerle podría costarle a él y a su familia la vida.

Su hermano Ali, de diez años, le observaba con ojos asustados sentado en el suelo, al lado de su hermano pequeño. Sus dos hermanas estaban en un cuarto junto a su madre, aquélla era una conversación de hombres.

– Lucharemos, casa por casa, huerto por huerto, con nuestros hermanos de Siria, de Jordania, de Egipto, de Irán… todos los hermanos árabes nos respaldan. No podernos dejarnos quitar la tierra por los judíos; los echaremos al mar -sentenció Mahmud-. O formas parte del Ejército de Salvación, o de nuestro grupo, o mueres con ellos, Hamza, decídelo tú.

– Luchará con vosotros -sentenció Rashid, el padre de Hamza-y yo también. Somos palestinos y buenos musulmanes. Tienes razón, ésta es nuestra tierra, debemos luchar por ella, los judíos son engañosos. Primero vinieron a establecerse junto a nosotros, pero ahora quieren quedarse con todo. Les echaremos al mar.

Hamza miró a su padre con asombro. No le reconocía en esas palabras que acababa de decir. Aún resonaban en sus oídos las palabras de paz de su padre, su convencimiento de que el enfrentamiento con los judíos sólo traería desgracias.

– Nosotros no tenemos que pagar lo que ha sucedido en Europa. Hitler no hizo bien su trabajo -dijo riéndose Mahmud-, si quieren posesiones que les den California, o la Selva Negra, o Provenza, pero que no nos las quiten a nosotros; nos quieren robar nuestra tierra para acallar sus conciencias.

– Tienes razón, Mahmud -respondió Rashid-, tienes razón, no tenemos por qué cederles nuestras tierras y convertirnos en invitados en nuestra propia casa. Lucharemos; estamos dispuestos a morir.

– Por ahora es suficiente con tu hijo mayor. Es a él a quien necesitamos, pero no dudes que te pediremos a tus otros hijos y tu propia vida si fuera necesario -dijo Mahmud en tono amenazante-. Mañana te mandaré llamar -le dijo a Hamza a modo de despedida.

Cuando Mahmud y sus hombres se fueron, Rashid se sentó junto a la mesa sabiéndose vencido. Su esposa salió de la habitación junto a las dos niñas y se acercó a él poniéndole una mano sobre el hombro para darle ánimos.

– Has obrado bien, Rashid, lo has hecho con inteligencia. No podemos hacer otra cosa -dijo la mujer.

– ¿No podemos o no queremos? -le interrumpió Hamza con rabia.

– Uno tiene que saber cuando no hay puertas en la pared. Si no lo ves estás perdido.

– Lo que yo veo es que esta guerra ya la han decidido por todos nosotros; ni siquiera ha sido Mahmud. ¿Crees que los pobres contamos? Mahmud es sólo uno de los muchos tontos útiles para morir y hacer morir a otros. Esta guerra la organizan en El Cairo, o en Damasco… Lo que sí sé es que nosotros, y los que son como nosotros, debemos morir -respondió Hamza.

– No te engañes, hijo, tus amigos judíos se defenderán y matarán, lo mismo que nosotros -afirmó su madre.

– ¿Y si no quiero luchar? -preguntó Hamza desafiando a su madre.

– Tienes dos hermanas. Están comprometidas para cuando sean un poco más mayores. Las rechazarán. Pero, además, un día nos levantaremos y nuestro huerto habrá sido destruido. Y otro día a tu padre le obligarán a matarte porque de lo contrario nos matarán a todos nosotros. Yo no he hecho las leyes, Hamza, las acepto como son, y tú debes hacer lo mismo para no traer a tu familia la vergüenza, el deshonor y la miseria. Lucha, hijo, lucha.

La mujer se acercó a su hijo y le acarició el rostro mirándole con pena.

Los dados de la suerte estaban echados. A ella le correspondía sacrificar al mayor de sus hijos y se veía incapaz de impedirlo.

– Hamza, no puedes volver a ver a David -le dijo su padre con voz cansada-. Evita a ese chico judío. Es lo mejor para ti y también para él.

– ¿Y qué debo decirle? Hola, David, hay gente que ha decidido que debemos matarnos. ¡Ah! Y no te ofendas, esto no es nada personal; tú y yo no somos nadie, no contamos, nuestra obligación es matarnos cuando nos digan que debemos hacerlo y ya está. ¿Quién disparará primero, tú o yo? -Hamza hacía una parodia amarga de lo que le diría a David.

Su padre, su madre y sus hermanos le miraban con pena. Le veían sufrir, pero al mismo tiempo se sentían incapaces de aplacar su dolor. Desde ahora Mahmud era uno de ellos. Había pasado de destripar terrones a dirigir hombres, y estaba dispuesto a hacer cuanto le pidieran: tenía fe en sí mismo y en la causa a la que iba a servir.

– Hamza, nuestra vida depende de ti -añadió su padre con tristeza-, no te puedo obligar a que luches, pero si no lo haces…

– Lo haré, padre, lo haré -asintió Hamza con los ojos bañados en lágrimas, mientras salía de la casa en busca de las sombras de la noche.

Caminó un buen rato sin rumbo. A pesar de la negra noche, conocía como su mano cada palmo del terreno y no necesitaba ver.

Había nacido en aquel trozo de tierra. Su madre le había traído al mundo en aquella casa modesta rodeada de árboles frutales y una acequia donde chapoteaba cuando era niño.

Había sido feliz. No necesitaba más de lo que tenía: su familia, el huerto donde trabajaban, acompañar a su padre a vender las frutas y verduras a la ciudad a lomos del burro… Disfrutaba también de las cenas en el patio, cuando sus tíos acudían a visitarles y podía jugar con sus primos a trepar por los árboles y esconderse entre los arbustos.

Su mundo se quebraba porque de repente tenía enemigos. Unos enemigos que ni siquiera había podido elegir.

Pensó en David. ¿Qué le diría? No la verdad: nos estamos organizando para echaros al mar. Tendría que esquivarle, procurar no coincidir con él, poner distancias…

Tuvo ganas de reír recordando la primera vez que se vieron. Él espiaba a los del kibbutz a través de la cerca; en realidad, le estaba echando el ojo a una chiquilla de su edad, de pelo rubio como el trigo y hermosos ojos azules, con la que cruzaba miradas cada vez que se encontraban y que le provocaba sentimientos contradictorios. El suyo no era un mundo de mujeres, y éstas no le habían interesado demasiado, pero aquella chica parecía tan delicada, tan irreal, que no le asustaba.

Le sonreía y le saludaba con la mano y a él se le aceleraba el corazón. Le hubiera gustado saltar la cerca y ayudarla a recoger naranjas o a limpiar la tierra de las malas hierbas. Eso es lo que hacía David la primera vez que le vio. Estaba preparando la tierra para sembrar, y se le notaba un rictus de dolor en el rostro; de vez en cuando se llevaba las manos a los riñones y se los frotaba con fuerza. Se le notaba que nunca había labrado la tierra. Pero en el kibbutz todos trabajaban por igual, no importaba de dónde vinieran ni a qué se dedicaran antes de llegar allí: vivían de la tierra, lo mismo que su familia y él.

David había levantado la mirada y le había visto. Se incorporó y caminó hacia la cerca. Le sonreía, así que no salió corriendo como en otras ocasiones cuando le pillaba Yacob, el jefe del kibbutz, un hombre delgado y adusto que siempre parecía estar de pésimo humor.

Empezaron a hablar en inglés, idioma que los dos chapurreaban, y en pocos minutos parecía que se conocían de siempre. David le confesó que estaba reventado y le dolía todo el cuerpo; Hamza se ofreció a ayudarle y, para sorpresa suya, aceptó. Fue la primera vez que entró en el kibbutz, y tuvo la suerte de ver más de cerca a la chica de sus sueños: era rusa, se llamaba Tania, tenía quince años y apenas sabía unas palabras en inglés.

Desde entonces entraba y salía del kibbutz con familiaridad, la misma con la que David iba a su casa, donde siempre había sido bien recibido. Ahora tendría que decirle que no volviera. Él tampoco volvería a cruzar la cerca.

Mahmud había dicho que al día siguiente le mandaría a buscar para comenzar su entrenamiento militar. No sabía disparar, sólo arar, pero tendría que aprender a empuñar un arma y matar. Matar. La palabra se le antojaba terrible e irreal. ¿Cómo sería matar? ¿Qué sentiría al ver desplomarse a un hombre ante él? ¿Y si era él quien resultaba muerto?

Siguió caminando sin rumbo hasta sentirse agotado. No sabía cuánto tiempo había andado; tanto le daba: temía la llegada de la mañana.

– No te deberías fiar tanto de él; algún día nos tendremos que enfrentar, es irremediable -sentenciaba Yacob dirigiéndose a David y al grupo de jóvenes con los que departía después de la cena.

– Es mi amigo y nunca lucharé contra él. Podemos hablar y discutir las diferencias, no hay por qué matarse. Nuestro problema son los ingleses, no los palestinos -argumentaba David.

– Nuestro problema es todo el mundo. Los ingleses ya han aflojando la cuerda y permiten la entrada de inmigrantes. Sabemos que muy pronto habrá una nueva resolución de Naciones Unidas proponiendo la creación de dos Estados, pero los árabes se negarán -explicaba Yacob con un deje de impaciencia.

– Estás muy seguro de que dirán que no, pero si consultan a los palestinos a lo mejor os lleváis una sorpresa… -alegaba David.

– Sigues siendo francés -le respondió un hombre mayor que fumaba en pipa-. Esto es Oriente, aquí no funcionan las reglas de la democracia. Nadie va a consultar a los palestinos, serán los egipcios, los jordanos, los sirios, los saudíes, los que decidan por ellos. Llevan tiempo organizándose. Ya hemos tenido enfrentamientos, nos han atacado, en otros kibbutzim se han producido bajas por ataques guerrilleros. ¿Por qué crees que patrullamos la cerca durante toda la noche? Nos atacarán, les ordenarán que lo hagan y lo harán.

David iba a replicar pero se calló. Todos respetaban a Saul, el tipo de la pipa, un hombre que había nacido en Israel, como sus padres, sus abuelos y los padres y los abuelos de éstos. Toda su familia había permanecido en aquella tierra sagrada siglo tras siglo, sobreviviendo a romanos, árabes, cruzados, tártaros, turcos y, también, al protectorado británico. Saul formaba parte de la Haganá, las fuerzas de defensa que habían puesto en marcha para defenderse de los ingleses y de los ataques de los árabes. Recorría el país, iba de un lugar a otro, hablaba árabe a la perfección y podía confundirse con cualquier palestino. Saul era una leyenda porque había vivido en uno de los primeros kibbutzim, en Tell Hay, y también símbolo de valentía y de bravura para todos aquellos que llegaban a Eretz Israel, porque había resistido y repelido los ataques de los árabes del norte.

Eran pocas las cosas que se escapaban a la mirada de Saul, porque tenía amigos en todas partes y, como decía Yacob, fuentes de información hasta en el infierno.

Continuaron hablando un rato más sobre lo que se podía avecinar si finalmente Naciones Unidas votaba a favor de la formación de dos Estados. Saul aseguró que los países árabes rechazarían la fórmula y que entonces se recrudecerían los conflictos con los palestinos.

– Sólo contamos con nosotros mismos, no lo olvidéis -les recordaba Yacob-. Nadie vendrá a ayudarnos, de manera que tendremos que defendernos casa por casa, piedra por piedra.

Yacob destilaba amargura. Era alemán, de Munich, y había llegado a Israel en 1920 a instancias de su padre, que veía cómo la inflación monetaria y el avance del antisemitismo prendían con fuerza entre los alemanes.

Como otros jóvenes, Yacob dejó atrás a su familia, su hogar, sus amigos, su vida. Había participado en la fundación de la primera asociación obrera israelí, y luego ayudó a fundar aquel kibbutz que ahora dirigía.

Sus padres, al igual que la mayoría de su familia, habían muerto en las cámaras de gas. Era el único superviviente de su entorno, y había perdido la sonrisa para siempre.

Saul y Yacob les anunciaron que desde el día siguiente iban a dedicar más tiempo a la instrucción militar, tanto ellos como ellas. Ya no se trataba simplemente de pasearse alrededor de la cerca con un fusil de caza al hombro. Además el kibbutz, al igual que otros, iba a dedicarse a la producción de armas ligeras y munición.

– ¿Y quién nos va a enseñar a hacerlas? -preguntó ingenuamente Tania, la chica rusa que tanto le gustaba a Hamza.

– Vendrá gente de la Haganá, ellos os enseñarán. Necesitamos más armas, debemos estar preparados. No es suficiente con lo que tenemos de los británicos y los polacos. Nadie nos regala nada, por más que nuestra gente hace lo imposible por conseguirlas. Estamos mal armados frente a los árabes, y necesitamos poder defendernos. Debéis aprender a disparar una pistola, una metralleta… También a luchar con vuestras manos o con un cuchillo. A partir de mañana dedicaremos unas horas a la instrucción, así como a construir armas -les anunció Saul.

– Entonces, es inevitable… -murmuró David.

– Lo es, y cuanto antes lo asumas, mejor para ti y para todos -replicó Yacob-. Antes estabas dispuesto a luchar, decías que no podíamos dejarnos quitar la tierra, que sólo si teníamos un hogar no se repetiría lo que le ha sucedido a tu madre y a tus tíos. ¿No lo recuerdas? ¿Por qué dudas ahora?

– ¡Claro que quiero luchar por esta tierra! Sé que los judíos necesitamos un hogar propio, y que no podemos continuar de prestado en países que luego nos tratan como ciudadanos de segunda o nos matan. No tengo dudas sobre eso, sólo que… sólo que yo creo que es posible vivir en paz con los palestinos, que es posible llegar a acuerdos con ellos, que nuestros derechos son compatibles con los suyos.

El alegato apasionado de David era bien recibido por el resto de los jóvenes. Saul se daba cuenta de que a pesar de la dureza de la vida en el kibbutz, de los discursos alertándoles de los peligros, ellos tenían fe, no sólo en el futuro, sino también en sus congéneres, fueran quienes fueran, y que estaban hartos de tener enemigos.

– Mañana vendrás conmigo, David. Tengo que visitar a algunos amigos palestinos. Son jefes en sus respectivas comunidades, mi familia y las suyas se conocen desde siempre. Son amigos, David, amigos a los que quiero y contra los que tendré que luchar, y ellos contra mí. Vendrás conmigo para que te expliquen lo que va a suceder por más que no nos guste.

David no lograba conciliar el sueño aquella noche. Se despertó un par de veces envuelto en sudor atacado por la misma pesadilla: se veía en una refriega, disparando, y luego sentía un dolor in-tenso en el estómago y se despertaba angustiado.

Optó por levantarse y sentarse a leer, pero no lograba concentrarse. Aún no había terminado el libro de su padre sobre fray Julián. No sabía por qué, acaso sentía rechazo, no tanto por aquel fraile que le parecía tan pusilánime, sino por su descendiente, aquel conde al que aborrecía con toda su alma. En su fuero íntimo pensaba que todas sus desgracias habían comenzado en el castillo del conde d'Amis. Además, la obsesión de su padre por la crónica de fray Julián también les había alejado. Nunca se lo había dicho, pero le reprochaba que no quisiera reconocer qué clase de gente era el conde y sus amigos; él no tenía duda de que se trataba de nazis o por lo menos simpatizantes, por más que su padre le hubiera dicho que buena parte de los franceses no tenían motivos de sentirse orgullosos de lo sucedido durante el Régimen de Vichy. Todo el mundo miraba hacia otra parte, era la manera de resistir, decía. Pero no era verdad; hubo gente que resistió de verdad, que se enfrentó a los nazis, que murió luchando. Su abuelo paterno le había hablado de los republicanos españoles, de aquellos hombres que habían organizado la Resistencia, que no se habían rendido y aguantaron hasta el final.

Pasó la mano por encima de la tapa del libro sin decidirse a abrirlo. Quería leerlo antes de que llegara su padre para comentárselo, pero no había pasado de la página diez. Sabía que su padre no le haría ningún reproche si no lo leía, aunque para él sería una satisfacción que lo hiciera. Lo intentaría al día siguiente. En ese momento se sentía demasiado conmocionado por la charla de Saul y Yacob. No quería ser enemigo de los palestinos aunque sabía que éstos desconfiaban de los colonos judíos, porque así se lo habían dicho Hamza y su padre Rashid. «El problema -se decía- es que nadie hace nada para que nos sentemos a hablar los unos con los otros y decidir cómo queremos vivir y organizarnos. ¿Por qué nadie se decide a hacer ese esfuerzo? ¿Por qué?» Si les dejaran a Hamza y a él, seguro que lo arreglaban sin problemas; discutirían, sí, pero llegarían a un acuerdo.

A lo mejor Hamza y él tenían que dedicarse a la política para hacer entrar en razón a sus gentes.

20

Aún no se había puesto el sol cuando unos golpes secos en la puerta despertaron a Hamza. Se restregó los ojos y miró la hora en el despertador. Fuera del cuarto que compartía con sus hermanos se oía ruido. Su madre y sus hermanas ya estarían trajinando en las labores de la casa, y su padre estaría a punto de dar de comer a los animales antes de salir al campo.

Unas voces le alertaron. Su padre hablaba con alguien en voz baja; un segundo después abría la puerta del cuarto. -Levántate, Hamza, te esperan.

Se aseó deprisa y se vistió con mayor rapidez todavía. Sentía los latidos de su corazón y pensaba que los demás también los escucharían. Su madre había colocado un tazón de leche de cabra encima de la mesa y le indicó que se lo tomara rápido.

Un hombre, que permanecía de pie en el umbral de la puerta, le miró con impaciencia.

– No tenemos todo el día. Hay que irse antes de que se despierten los judíos. Mejor que no te vean.

Apenas dio un sorbo a la leche, se secó la boca con el dorso de la mano y le dijo al hombre que estaba listo.

Salieron de la casa sin hacer ruido. Sentía la mirada de sus padres clavada en la espalda. Ese día comenzaba el resto de su vida e intuía que sería mucho peor que la que dejaba atrás.

El hombre dijo llamarse Mohamed y le explicó que irían andando hasta la carretera, donde había dejado un camión. No había querido llegar con él hasta la casa para no alertar a los del kibbutz. Luego irían a buscar a otros muchachos antes de llegar al lugar donde iban a enseñarles a manejar las armas.

Hamza conocía a uno de los chicos que fueron a buscar. Vivía en una casa cercana y su familia era campesina como la suya; pero a diferencia de él, parecía contento con el cambio de vida.

– Yo voy a probar con éstos -le dijo bajando voz-, pero si no hay acción me voy con otros. Tengo un primo que tiene contactos importantes.

Otro de los chicos que recogieron era maestro de un pueblo cercano. Alto y delgado, con la mirada brillante, parecía también feliz por haber sido reclutado. El resto, hasta completar el número de diez, eran campesinos como él que también parecían satis-fechos. Hamza empezó a pensar si no era él el equivocado.

El camión traqueteaba por un camino sin asfaltar. Mohamed les aconsejó que evitaran la carretera y que si los británicos les detenían dijeran que iban a trabajar a una granja cercana. En realidad Mohamed les llevaba hacia el sur, cerca de la frontera transjordana.

El camión estacionó junto a un grupo de tiendas beduinas. Mohamed les dijo que bajaran pero que no se separaran del camión. Le obedecieron y durante unos minutos no pasó nada. Observaron que las mujeres beduinas, con el rostro cubierto, parecían ensimismadas contemplando los pucheros en los que preparaban alimentos. Unos ancianos se hallaban sentados delante de una tienda fumando y bebiendo té. Más allá, un grupo de chiquillos corría y jugaba. De pronto se vieron rodeados por una docena de hombres del desierto armados de fusiles. Uno de ellos, sin duda el jefe, habló a Mohamed.

– Llegas con retraso.

– No es fácil despistar a los ingleses y a los judíos. Están por todas partes y ahora se sienten seguros porque los británicos hacen la vista gorda a cuanto hacen.

– ¿Estos son todos? -preguntó el jefe mirando al grupo de chicos de Mohamed.

– Debería de llegar otro camión con unos cuantos más; vienen con un tío mío, pero salió después que el nuestro.

– Empecemos cuanto antes.

Para sorpresa de todos, el hombre que parecía un jefe beduino se destapó el rostro.

– Soy vuestro instructor -les dijo-, mi nombre es Husayn. Soy oficial de la Legión Árabe y os voy a enseñar a manejar armas, montar bombas y pelear. Os quedaréis un par de días, a lo máximo tres, de manera que poned atención y no perdáis ni me hagáis perder el tiempo. Seguidme.

Le siguieron hasta un lugar donde había más hombres vestidos a la manera de los beduinos. Husayn les entregó ropas como las que llevaban aquellos nómadas.

– Así pasaréis inadvertidos -dijo-, y si viene alguien os haremos pasar por jóvenes de esta tribu.

Luego les llevó a un lugar lleno de armas distribuidas por el suelo.

No les habían ofrecido agua ni tampoco comida; no parecían dispuestos a perder ni un segundo en cortesías, algo extraño en los hombres del desierto. Apenas había pasado una hora cuando otro grupo de jóvenes llegados de otros pueblos se les unieron. Al igual que ellos, también vestían como beduinos.

Durante varias horas estuvieron familiarizándose con diferentes armas: les enseñaron a montar y desmontar pistolas, los rudimentos para hacer una bomba o disparar con fusil.

Husayn se mostraba implacable. No les dejaba descansar un solo segundo en la instrucción. Cuando comenzaba a caer la tarde y parecía anunciarse la noche, un beduino se acercó a caballo, intercambió unas palabras con Husayn y éste levantó la mano indicándoles que se detuvieran.

– Ahora beberéis y comeréis. Os aconsejo que después no os entretengáis con nada que no sea dormir. Antes de que salga el sol estaré de nuevo aquí, y la jornada será larga. No habéis aprendido lo suficiente, con lo que sabéis no podríais ni sobrevivir.

Dicho esto, Husayn se subió a un jeep donde le aguardaban tres hombres y desapareció entre las sombras del crepúsculo.

– No se te da mal -reconoció Mohamed a Hamza, mientras se acercaban a uno de los fuegos, en derredor del cual un grupo de hombres comían cordero.

Abrieron el círculo invitándoles a compartir con ellos la cena. Los hombres hablaban de guerra. Habría guerra contra los judíos; los hermanos de Jordania, de Siria y de Egipto, de Arabia y de tantos otros países habían prometido ayudarles a conservar la tierra sagrada. No compartirían nada con los judíos, ¿por qué tendrían que hacerlo?

Hamza escuchaba mientras comía pero prefería no hablar. No podía discutir con tantos hombres convencidos de una causa. Le tacharían de traidor, no le comprenderían. Hablar allí de las ventajas de tener un Estado propio y dejar de estar bajo la protección de los ingleses o antes de los otomanos, habría sido una opinión que crearía rechazo. ¿Por qué no podía haber dos Estados e incluso uno compartido con los judíos? Que él supiera, nunca habían tenido un Estado, el suyo nunca había sido un país, siempre habían estado bajo la protección de otros, y ahora iban a rechazar esa oportunidad porque sus jefes decían que no iban a dejarse doblegar. Sin embargo, Hamza pensaba que siempre habían estado doblegados y que, precisamente, se trataba de dejar de estarlo.

Durmió de un tirón envuelto en una manta junto a los rescoldos del fuego. Estaba agotado y con las emociones a flor de piel.

Tal y como les había anunciado, Husayn se presentó a las cuatro de la mañana, cuando aún era noche cerrada. Junto a Mohamed no se anduvo con contemplaciones a la hora de despertarles.

En menos de media hora estaban preparados y entrenando de nuevo. Tenían que montar y desmontar las armas sin luz, avanzar arrastrándose por el suelo… Hasta bien entrada la mañana Husayn no les permitió beber agua.

– Tenéis diez minutos para descansar y beber, ni uno más.

Efectivamente, no tuvieron un segundo de regalo. Hambrientos y sedientos, esperaron a que cayera la noche para regresar al campamento de los beduinos, donde esta vez Husayn se sentó con ellos.

– Algo habéis aprendido -explicó Husayn-, lo suficiente para matar e intentar evitar que os maten. Si tenéis fe y valor conservaréis la vida, pero si dudáis la perderéis. Que nunca os conmueva la mirada de un enemigo, no importa que sea un soldado, una mujer o un niño. Será él o vosotros, vuestra vida o la suya, y si dudáis la perderéis; ya veis que las reglas a las que os debéis atener son muy simples. Cuando tengáis que atacar disparad primero, sin pensar.

– ¿Cuándo habrá guerra? -preguntó el maestro.

– No lo sé, pero debemos estar preparados. Los judíos quieren quedarse con nuestra tierra, tenemos que demostrarles que no podrán. Puede que se evite la guerra o puede que no; los políticos discuten en las Naciones Unidas para darles lo que los judíos llaman un «hogar». Que se lo den, pero no el nuestro. Nuestros hermanos combaten también con las armas de la política, debemos esperar, pero hasta que llegue el momento nuestra misión es hacerles la vida difícil a los judíos, que no se sientan seguros, que no puedan cultivar la tierra sin llevar un fusil al hombro, que no puedan ir por la carretera sin temor a ser atacados, que sus mujeres tengan miedo a caminar solas por el campo, que sus hijos no puedan salir de las cercas de sus casas o de sus kibbutzim. Vamos a atacarles, a causarles bajas. La táctica es sencilla. Llegamos a un sitio, les cogemos por sorpresa, matamos y nos vamos. Que no duerman tranquilos, que esta tierra se convierta en su sepultura si insisten en quedarse.

»Cada uno de vosotros formará parte de un grupo con un jefe; él será quien marque los objetivos de acuerdo con nosotros.

Debéis obedecer. Vuestras familias saben que a partir de ahora habrá ocasiones en que os marcharéis, pero ni a ellos podréis decirles ni dónde ni qué vais a hacer. El que no obedezca o nos traicione recibirá un castigo, que sólo puede ser la muerte, y vuestra familia también sufriría las consecuencias.

Se escucharon unos murmullos de protesta. Los jóvenes aseguraban que estaban deseando matar a los judíos y echarlos al mar. Pero Husayn no parecía conmovido con aquellas proclamas de fidelidad. No sabría de qué clase de hombres se trataba hasta que no les llegara la hora de matar, algo que harían muy pronto, porque cuanto antes mataran antes se sentirían parte del grupo y comprometidos con la causa. La sangre derramada era la mejor alianza entre los combatientes.

Mohamed les despertó de nuevo al amanecer, azuzándoles para que se metieran deprisa en el camión. Regresaban a casa.

Los beduinos les observaron marchar con indiferencia; apenas les dio tiempo de despedirse del otro grupo de jóvenes con los que habían compartido las jornadas de instrucción.

Hamza pensó que lo peor aún estaba por venir.

21

Saul esperaba a David sentado en el coche con la puerta abierta y el motor en marcha.

– Te has retrasado -le dijo sin disimular su enfado.

– Lo siento, no pensaba que iba en serio cuando me dijo que hoy iría con usted.

– Yo siempre hablo en serio, todos nosotros hablamos en serio. ¿Crees que esto es un juego?

– Lo siento, discúlpeme.

Fueron en silencio un buen rato. David observaba a Saul; parecía ensimismado en sus pensamientos, como si estuviera muy lejos de allí. No se atrevía a hacerle ninguna pregunta temiendo una respuesta malhumorada. Le parecía que el hombre había exagerado el enfado, puesto que su retraso no había sido más que de diez minutos.

– Abre la guantera -le ordenó de pronto Saul- y saca la pistola. Está metida en una bolsa.

David obedeció. Se disponía a dársela cuando Saul le hizo un gesto negando con la cabeza.

– No es para mí, la mía la llevo dentro de la chaqueta; es para ti; la carretera de Jerusalén no es segura. Hace dos días mataron a cuatro de los nuestros.

– ¡Pero yo no sé disparar bien! -protestó David, sintiendo que una oleada de miedo le recorría el cuerpo.

– Si nos disparan tendrás que disparar: o te defiendes o te dejas matar, así de sencillo.

– Ya le he dicho que no lo sé hacer bien. Hasta ahora en el kibbutz no he tenido que disparar a nadie.

– Has tenido suerte, pero otros no la han tenido, y tú mismo has visto cómo, en alguna escaramuza, han herido a compañeros tuyos. Que te hayas librado sólo significa que hasta ahora has tenido suerte.

Saul le explicó cómo manejar el arma, aunque insistiendo en que aquello no tenía misterio.

Luego, durante un buen rato, volvieron a quedarse en silencio, aunque David notaba que Saul estaba alerta.

– ¿Qué sabes de ese chico palestino del que te has hecho tan amigo? -le preguntó de repente.

– ¿De Hamza? Es mi amigo, me está enseñando árabe y yo a él francés; nos entendemos en inglés que, por cierto, lo habla mejor que yo.

– Sí, aquí todos hemos tenido que aprenderlo para entendernos con los británicos. Pero ¿qué más sabes?

– Bueno, usted debe de saber más que yo, le he visto hablar con Rashid, su padre, en alguna ocasión.

– Les conocemos desde hace tiempo, su huerta está pegada a nuestra cerca, hemos comerciado con ellos, y las puertas de nuestro kibbutz siempre han permanecido abiertas para ellos. Rashid es un buen tipo, supongo que su hijo también lo es, pero me gustaría saber de qué habláis y qué piensa de lo que está pasando.

– Pensamos lo mismo. Creemos que si nos dejaran entendernos directamente a los judíos y a los palestinos podríamos llegar a un acuerdo, pero hay gente empeñada en envenenarnos. Hamza coincide conmigo en que deberíamos crear un Estado común, una confederación, pero si no es posible, lo mejor es que haya dos Estados. Todo, menos luchar.

– Pero luchará. Sus jefes se encargarán de ello. Mahmud ya les ha visitado.

– ¿Mahmud? ¿Quién es?

– Uno de los jefes de la guerrilla. Dirige un grupo en nuestra zona que ya ha llevado a cabo asaltos a algún kibbutz y ha tendido alguna emboscada en la carretera. Mahmud está reclutando gente entre los chicos de las granjas y las aldeas, y ha estado en casa de Rashid. Por ahora se conformará con llevarse a Hamza.

– ¡Pero eso es imposible! ¡Hamza no luchará! Está en contra de la guerra, no cree que los problemas se resuelvan a tiros. Él quiere su tierra, quiere que prospere, tiene dignidad pero cree que se puede luchar sin matar.

– Todo eso son sólo palabras y buenos deseos. Pero hav que enfrentarse a la realidad y Hamza lo sabe; no tendrá más remedio que hacer lo que le pidan.

– ¿Y qué le van a pedir?

– Que mate, que ayude a echarnos al mar. Eso es lo que dicen algunos líderes árabes. ¿Sabes?, Amin Husayni, el gran muftí de Jerusalén, era aliado de los nazis, siempre fue bien recibido por Hitler, y desgraciadamente su influencia ha sido y sigue siendo determinante en esta tierra.

– No lo sabía…

– Pues ya va siendo hora de que pierdas la inocencia. David iba a protestar pero Saul no le dejó.

– ¡Agárrate!

De repente dio un volantazo y se metió en el otro lado de la carretera, sin casi dar tiempo a que el joven se sujetara. El coche durante unos segundos derrapó, y a punto estuvieron de volcar. Un coche que había pasado como una exhalación hizo la misma maniobra que ellos y giró para pasar al otro lado de la carretera.

– ¡Agárrate otra vez!

De nuevo Saul realizó la misma maniobra volviendo al carril por donde iban antes. El coche que les perseguía aún no había terminado de estabilizarse cuando quiso volver al otro carril, pero esta vez derrapó y se salió de la carretera.

– Pero ¿qué ha pasado? -gritó David temblando de miedo.

– Hace rato que venían detrás de nosotros, y la única manera de saber si era casualidad o nos seguían era ésta.

– ¡Podía habernos matado!

– Sí, yo podía fallar y estrellarnos, o ellos disparar y acabar con nosotros. No había muchas opciones. Se trata de decidir la menos mala, aunque a veces todas sean igual de malas.

– ¡Está usted loco! -le gritó David.

– ¡Cálmate! No quiero chicos histéricos. ¿No eras tú el que decía que los judíos no podíamos permitir más que nos mataran? ¿No te he escuchado asegurar que necesitamos un hogar, una patria, una tierra nuestra? ¿Cómo crees que la vamos a conseguir? -gritó Saul-. ¿Acaso piensas que nos la van a regalar? No, nadie lo hará, ahora sienten horror por lo que ha pasado, por los seis millones de judíos asesinados, pero olvidarán y, cuando pase el tiempo, si pueden, si no nos hemos hecho fuertes, nos volverán a matar. ¿Es que no has aprendido nada en este tiempo?

David se sentía tan furioso como humillado. La vida no había sido fácil para él desde que llegó a Israel. Había aprendido lo que era la soledad, se había despellejado las manos trabajando en el campo, lavaba platos, cambiaba pañales, reparaba la cerca, daba de comer a los animales… Había dejado atrás una vida confortable donde se sentía querido por los suyos; sabía que su padre había acertado al mandarle allí porque le había salvado la vida, pero al mismo tiempo él había pagado un precio íntimo, terrible, por conservarla. Sí, él creía que tenían que luchar por conservar ese trozo de tierra, pero la lucha siempre la había visto como algo abstracto. De repente le decían que tenía que aprender a matar y se reprochaba a sí mismo sus escrúpulos, porque en realidad no hacía mucho soñaba con entrar a formar parte de la Haganá.

Había sido su amistad con Hamza la que le había cambiado. Cuanto más profundizaban en las conversaciones que mantenían, cuanto más se abrían el corazón el uno al otro, más había ido transformando sus ansias de luchar sustituidas por el deseo de hablar, de encontrar a través de la palabra una solución a aquellos problemas que parecían irresolubles. ¿Serían unos estúpidos Hamza y él?

Saul se equivocaba si pensaba que no había aprendido nada desde que llegó a Israel. Había aprendido que era parte de una sociedad que hasta hacía no mucho sentía como extraña. Había aprendido que aquélla era la tierra de la que un día salieron sus antepasados y que la única posibilidad de sobrevivir era regresar a ella, había aprendido que en la Tierra Prometida no llovía maná, y que cada fruto que les daba les había costado horas y sudor. Había aprendido lo que era la soledad.

Pero no le dijo nada de todo esto a Saul; sabía que nada de esto le conmovería, puede que ni le llegara a entender. Él admiraba a Saul, pero no era como él.

– Vamos a tener que luchar todos. Ya no se trata de enfrentarnos a los británicos, ahora se vuelve a tratar de supervivencia. O luchamos por quedarnos, por tener un trozo de esta tierra, por tener un Estado, o de nuevo nos espera la Diáspora, y eso hasta que decidan volver a matarnos. Lo siento.

Saul había pronunciado estas últimas palabras con cansancio. Continuó conduciendo en silencio, y fue David el que habló.

– ¿Cómo sabe lo de la visita de ese… Mahmud… a casa de Rashid y Hamza?

– Porque mi obligación es saberlo. Yo respondo de la seguridad del kibbutz.

– Entonces significa que espía a la familia de Rashid…

– Entonces significa que tu vida y la de todos los del kibbutz puede depender de lo que yo sepa o no sepa. Hasta ahora no hemos tenido demasiados problemas, ya te he dicho que Rashid es un buen hombre, pero tendrá que obedecer, él lo sabe y yo lo sé.

– Nunca han confiado en mí para las cuestiones de defensa del kibbutz.

– No es cierto. Tú has patrullado como el resto y has hecho guardias; si nos hubieran atacado habrías tenido que defendernos.

– ¿Por qué no me han pedido que me una a la Haganá?

– Todo a su tiempo.

– Pero algunos amigos míos ya han sido elegidos.

– Tienes que aprender a aceptar lo que se decide, si hasta ahora no te hemos pedido que te unas a la Haganá es porque pensamos que no estabas preparado.

– ¿Por qué? ¿Crees que no puedo ser un buen soldado?

– Eso se aprende; de hecho todos vais a aprender a disparar, a utilizar explosivos, a utilizar el armamento de que podamos disponer, que no es mucho. Pero formar parte de la Haganá requiere… bueno, ya irás aprendiendo.

– ¿Cree que soy débil, que no tengo valor?

– No, no lo creo. Eres un superviviente, y para serlo se requiere valor.

– ¿Tan mal estamos de armas que tenernos que fabricarlas? -preguntó David queriendo cambiar de tema.

– Ya sabes que tenemos algunas armas británicas y polacas, pero hasta ahora nadie nos quería vender ni una pistola. Por eso, después de la guerra empezamos a montar pequeñas fábricas clandestinas y produjimos munición y armas pequeñas. Pero vamos a necesitar muchas más. Por eso nuestro kibbutz dispondrá de un taller en el que todos tendremos que trabajar.

Saul detuvo el coche bruscamente y le invitó a bajarse. A lo lejos se vislumbraba Jerusalén reluciendo bajo los tibios rayos del sol de medio día. Vista desde allí parecía sumida en la calma. Estuvieron unos minutos en silencio hasta que el balido de una cabra les devolvió a la realidad.

– Vamos, no quiero llegar demasiado tarde.

– Aún no me ha dicho dónde vamos.

– Ya lo verás.

Condujo el coche hasta cerca de la ciudad, desviándose por un camino de tierra que les llevó hasta una cerca tras la cual se levantaba una casa de piedra dorada, de dos plantas, rodeada de frutales y de palmeras.

Saul se detuvo ante la cerca y aguardó. Dos palestinos con la kufiya en la cabeza y fusiles al hombro aparecieron de repente, pero Saul no pareció preocuparse. Los hombres le miraron y uno de ellos le sonrió. Luego abrieron la verja dándoles paso.

Había otros armados custodiando el amplio jardín; detrás de la vivienda se abría en una inmensa huerta que asemejaba un vergel. Un grupo de niños corría riendo y gritando. Uno de ellos se acercó al coche agitando la mano; no debía de tener más de doce o trece años.

– ¡Saul, qué bien que ha venido!

– ¡Hola, Ibrahim! ¿A que no sabes qué te traigo?

– ¿Te has acordado de mi cumpleaños?

– ¡Pues claro que sí! Toma, ve a abrir el paquete y luego me dices si te gusta.

Saul hablaba en árabe, y David se congratuló al comprobar que las lecciones recibidas de Hamza le permitían entender lo que decían. No salía de su asombro al comprobar la familiaridad del niño palestino con Saul ni que en aquella casa fueran tan bien recibidos.

Una mujer joven, de no más de treinta o treinta y cinco años, apareció en el umbral de la puerta. Vestía a la occidental, una blusa y una chaqueta ajustadas y una falda que le llegaba casi hasta el tobillo; el cabello era muy negro, lo mismo que los ojos.

– ¡Saul, qué alegría! Ven, llegas a tiempo para tomar café, sé que lo prefieres al té.

Él le cogió las dos manos y se las apretó en señal de saludo y afecto, y luego le presentó a David.

– Te presento a David Arnaud. Es francés, y lleva ya un tiempo con nosotros.

– ¿Vive en el kibbutz?

– Sí, a su madre la mataron en Alemania.

– Lo siento -musitó la mujer mientras le tendía la mano y le saludaba con simpatía-. Cuesta creer lo que hicieron…

David no sabía qué decir. Optó por esbozar una sonrisa y guardar silencio.

– Pasa. Abdul está con unos amigos, pero querrá verte enseguida, ya le he mandado avisar.

Pasaron al vestíbulo y a David le sorprendió la sobriedad y elegancia de la casa. La mujer desapareció por una puerta haciéndoles un gesto para que esperaran. Un minuto después se abrió otra puerta y un hombre alto, moreno y vestido también a la occidental, con traje y corbata, abrió los brazos para abrazar a Saul.

– ¡Saul! Pasa, buen amigo, no te esperaba. Estoy con algunos amigos, y es una suerte, porque así podremos hablar contigo de lo que está pasando.

Saul le presentó a Abdul, y David se dio cuenta de que estaba ante un hombre especial. Con ademanes elegantes se dirigió a él en inglés con el acento de las clases altas, antes de que Saul le dijera que podía hablar y entender árabe. Emanaba poder.

Pasaron a una sala amplia donde una mesa grande ocupaba todo el centro. A su alrededor varios sofás bajos llenaban la estancia. Diez hombres, algunos bebiendo café, otros té, charlaban animadamente.

Les recibieron con cordialidad y enseguida les acomodaron entre ellos.

Después de unos minutos de charla intrascendente dedicada a formalidades, Saul se dirigió a Abdul y todos los hombres presentes.

– Estamos cerca de conseguir que Naciones Unidas proponga la creación de dos Estados. Nosotros aceptaremos; es una oportunidad para todos, pero nuestras noticias no son buenas: cada vez hay más kibbutzim atacados, la carretera de Jerusalén se ha convertido en una trampa y algunos de los nuestros han sido ametrallados… ¿Qué podéis decirme, amigos míos?

Los hombres le habían escuchado en silencio con preocupación y antes de que Abdul hablara lo hizo un hombre ya mayor, con la cabeza cubierta con la kufiya.

– Estamos divididos. Muchos de los nuestros no os quieren aquí. Primero llegaron unos pocos y luego más y más. Los nuestros temen que os quedéis con todo, que seamos nosotros quienes paguemos lo que han hecho los alemanes.

– ¿Y tú qué piensas? -le preguntó Saul.

– A esta tierra nunca la han dejado vivir en paz, pero es nuestra; nosotros estábamos aquí, y ahora, ¿qué pasará? Creo que podríamos vivir en paz, pero hay fuerzas importantes que creen lo contrario, os prefieren fuera de aquí, no quieren un Estado judío en nuestra tierra. ¿Qué podemos hacer nosotros?

– Decir que podemos vivir juntos y en paz.

– ¿Y podemos? -preguntó el anciano.

– Nosotros queremos que así sea; sólo necesitamos un hogar.

– ¿Quitándonos el nuestro?

– No éramos libres antes de que comenzaran a llegar judíos. Tu familia siempre ha estado aquí, la mía también, sufriendo a británicos, turcos, tártaros y, antes también, a árabes y a romanos… Pero creemos que juntos podemos vivir en paz.

– Nuestros líderes religiosos no lo ven así-respondió el anciano.

– Vuestro principal líder es un nazi y lo sabéis bien; Amin Husayni era amigo de Hitler y ha envenenado a muchos de vosotros inoculando el odio hacia nosotros. Pero ha llegado la hora de decir no a los locos.

– No es tan fácil, Saul -intervino Abdul-. ¿Crees que no lo hemos intentado? Muchos de nosotros llevamos semanas viajando, yendo de un lugar a otro, hablando. Pero estamos divididos, y los que creemos que es posible vivir juntos tememos ser tachados de traidores. ¿Tenemos que regalar nuestra tierra? Eso es lo que nos preguntan, ¿y por qué hemos de hacerlo? Nos están invadiendo, arrinconando, quedándose con todo… es lo que dicen.

– Tú sabes, Abdul, que la tierra que tenemos o era nuestra o la hemos comprado. No hemos robado nada a nadie, no nos queremos quedar con todo. Sólo necesitamos un pedazo de tierra para tener un hogar, un Estado. Es el momento de que vosotros también tengáis un Estado y que dejéis de ser súbditos y de depender de otros, es el momento de que nosotros y vosotros cojamos las riendas de nuestros propios pueblos y hagamos algo juntos.

– No será posible -terció de nuevo el anciano.

– No lo será si no queremos que lo sea -afirmó Saul.

David les escuchaba en silencio. No comprendía todo lo que decían porque hablaban con rapidez, pero sí lo suficiente para darse cuenta de que Saul y aquellos hombres eran amigos, se conocían y se respetaban, para confirmar que si dependiera de ellos no habría enfrentamientos.

– ¿Y por qué no un Estado palestino en que podáis vivir los judíos? -propuso un hombre de mediana edad, vestido a la occidental, lo mismo que Abdul.

– No, Hattem -respondió Saul-, no vamos a vivir en ningún Estado que no sea el nuestro. Si tú gobiernas sé que nadie me perseguirá, pero ¿y si lo hace otro? Los judíos necesitamos una patria y sólo puede ser la que siempre ha sido. De aquí se fueron muchos de los míos, que ahora están regresando, y otros se quedaron. Nosotros decimos que podemos vivir juntos, que debéis poner fin a los ataques a los kibbutzim, no tenemos por qué enfrentarnos. Estamos a tiempo de evitar una guerra.

– ¿Estás seguro de que Naciones Unidas os permitirán crear un Estado? -preguntó Hattem.

– Es lo más probable, sí. Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia apoyan la creación del Estado de Israel. ¿Tiene sentido que os opongáis? Eso nos llevará a la guerra y perderemos todos, vosotros y nosotros, sólo que nos tendréis que matar a todos, no podréis dejar ni a un solo judío vivo, porque lucharemos todos. Esta vez no nos dejaremos matar. No, eso no sucederá nunca más.

Discutieron un buen rato sin ponerse de acuerdo. Un sirviente entraba de vez en cuando con agua fresca, té, café y fruta.

David se removía en el sillón, cansado de la inmovilidad y de aquella discusión, que veía no conducía a ninguna parte.

Hasta dos o tres horas después no se marcharon los invitados de Abdul; entonces se quedaron a solas con su anfitrión.

– Lo siento, Saul, he perdido -confesó Abdul levantando las manos en un gesto de impotencia.

– Entonces…

– Entonces estaremos en bandos distintos, lucharemos y nos mataremos y de nada servirá tu muerte y la mía.

– ¿Lucharás?

– Debo estar donde estén los míos. Aunque se equivoquen. Tú harías lo mismo.

– Sí, Abdul, yo haría lo mismo. Rezaré para no encontrarnos en ninguna batalla.

– Yo también rezaré porque no me perdonaría tener que matarte, hermano mío.

Los dos hombres parecían emocionados. David se daba cuenta de que entre ellos el afecto era tan profundo como sincero y se preguntó qué era lo que les unía. Él, que había juzgado con dureza a Saul creyéndole incapaz de entender su amistad con Hamza, descubría que tenía lazos de afecto firmes como las rocas con aquel hombre llamado Abdul.

– Quedaos a dormir esta noche en mi casa -les invitó. -No podemos, he de visitar a algunos amigos -respondió Saul.

– No tendremos muchas oportunidades más -se lamentó Abdul.

– Las buscaremos. ¿Crees que alguien puede destruir nuestra amistad? No, Abdul, aunque tuviéramos que matarnos seguiríamos siendo amigos, yo te llevaré siempre en mi corazón. Te debo la vida -recordó Saul riendo.

– ¡Es que siempre fuiste un imprudente! -respondió Abdul con otra carcajada.

– Cuando éramos pequeños me caí en una acequia -explicó Saul a David que les miraba atónito-, aún no sabía nadar, y él tampoco, pero se tiró a por mí y me sacó. No sé cómo lo consiguió, porque yo me agarraba a su cuello con fuerza y Abdul pateaba el agua con las manos y los pies intentando mantenernos a flote a los dos. Consiguió agarrarse al saliente de una piedra y tirar de mí hasta que logramos salir. Creo que no he bebido más agua en mi vida.

– Ni yo, amigo mío, ni yo…

Abdul y Saul conversaron durante un rato sobre otras anécdotas de cuando eran niños. David les veía reír mientras recordaban, pero sus risas estaban cargadas de nostalgia.

Caía el sol cuando se despidieron de Abdul y de su esposa en el umbral de la casa. Era palpable la emoción que sentían ambos y la tristeza de la esposa de Abdul.

Estaban subiendo al coche cuando Abdul les llamó:

– ¡Saul, ésta siempre será tu casa! ¡Aquí estarás a salvo, pase lo que pase!

Saul se bajó del coche y se dirigió a la casa; de nuevo ambos hombres se fundieron en un abrazo, ante el asombro de David al ver a aquellos dos hombres, dos guerreros, tan emocionados porque tenían que enfrentarse y luchar.

– Yo vivía en aquella casa -le dijo Saul señalando una construcción de piedra muy parecida a la de Abdul, localizada a pocos metros de donde se encontraban.

– Y ya no vive nadie allí…

– Mis padres murieron y yo comencé a trabajar con los grupos de judíos que llegaban a Eretz Israel. Y aunque sabes que nunca estoy en ningún sitio fijo, donde más tiempo paso es en el kibbutz.

Llegaron frente a una verja más baja que la de la casa de Abdul, pero a diferencia de ésta no salió ningún hombre armado. Saul condujo el coche hasta la puerta de la casa, de la que en ese momento salía un anciano vestido a la manera tradicional de los palestinos, con la kefiya cubriéndole la cabeza.

– ¡Saul!

El anciano abrazó a Saul y ambos entraron en la casa sin prestar atención a David que los seguía con curiosidad.

Una mujer palestina con un traje desde el cuello hasta los pies y con el cabello cubierto con el hiyab empujaba a su marido para poder abrazar a Saul.

– ¡Cuánto tiempo sin venir! ¿Qué te ha pasado? -le reprochó la mujer.

– Trabajo, mucho trabajo -se excusó Saul-, pero siempre me acuerdo de vosotros.

– Puedes estar tranquilo, guardamos tu casa como si fuera nuestra -afirmó el anciano.

– Lo sé.

La mujer fue corriendo a por agua, té, fruta y dulces, que colocó primorosamente en una bandeja.

David notó que la vivienda tenía una estructura parecida a la de Abdul, incluso sala con sofás rodeando una mesa que ocupaba el centro.

Se sentaron y Saul escuchó las explicaciones del hombre sobre la última cosecha, las novedades entre los vecinos y el dolor de huesos por la edad.

– Habrá guerra, Marwan.

– Lo sé, Saul, lo sé, pero nos quedaremos aquí, y así salvarás tu casa.

– No quiero pedirte tanto.

– No me lo pides, lo hemos decidido nosotros. Mi esposa está de acuerdo y mis hijos… unos sí y otros no. Pero no nos moveremo de aquí, también es nuestra casa. Aquí nací y aquí han nacido mis hijos. Mi abuelo y mi padre vivieron aquí, ayudaron a los tuyos a trabajar la tierra.

– Lo sé, Marwan, hemos sido siempre amigos, pero ahora…

– Ahora habrá guerra, pero nosotros no nos enfrentaremos. Nosotros nos quedaremos cuidando tu casa y cuando todo acabe vendrás. Todas las guerras acaban, Saul, todas.

Saul y Marwan hablaron de lo que había que hacer en la casa y en el huerto y, para sorpresa de David, Saul entregó una importante cantidad de dinero a Marwan.

– ¡Pero si no lo necesitamos! He ido recibiendo la ayuda que nos mandas, ya te enseñaré las cuentas.

– No necesito verlas. Este dinero es por si ocurre algo; es mejor que tengas una reserva, no sé cuándo podré volver.

– ¡Pero es mucho…!

– Espero que sea suficiente.

La mujer insistió en que se quedaran a cenar y a dormir. Saul dudó, pero luego se dejó convencer, aunque les dijo que primero tenían que hacer unas gestiones.

– ¿Y ahora adónde vamos? -quiso saber David.

– A un kibbutz cerca de aquí. Tengo que reunirme con algunos oficiales de la Haganá. Me esperan a las siete.

– ¿Y qué haré yo?

– No te viene mal escuchar.

– Ya, y esos palestinos que cuidan tu casa… Se nota que te quieren…

– Los conozco desde que era niño, les confiaría mi vida.

Entonces, ¿por qué me reprochas que sea amigo de Hamza?

– No te he reprochado nada, simplemente te he advertido de lo que va a pasar. También yo soy amigo de Abdul. Crecimos juntos, tuvimos los mismos maestros, la primera vez que nos enamoramos fue de la misma chica, una prima suya; pero ambos sabemos que tendremos que luchar el uno contra el otro. Se lo has oído decir a él mismo.

– Todo esto me parece una locura. Por una parte tenemos amigos palestinos y por otra ellos nos atacan, nosotros nos defendemos, les matamos, nos matan…

– Sí, a veces hasta a mí me cuesta entenderlo. Pero es muy simple: ésta era nuestra patria, llegaron los romanos, la conquistaron y a partir de ahí no han parado de invadirnos. Muchos judíos se marcharon, y a lo largo de los siglos han vivido en otros lugares, formando parte de ellos, sintiéndose de otra tierra pero siempre añorando ésta. No te voy a dar una lección de historia, hablándote de los pogromos o de la Inquisición, hasta llegar al Holocausto. Ahora se trata de recuperar nuestra patria y que no haya en el mundo un judío sin hogar.

– Yo me sentía francés, sólo francés, hasta que desapareció mi madre. No me había dado cuenta de lo que significaba ser judío. En realidad no me sentía judío.

– Pues ahora ya sabes lo que eso significa.

– ¿Somos tan diferentes como para no poder entendernos?

Saul pensó la respuesta durante unos segundos. En realidad él no se sentía diferente a Abdul, ni a Marwan, ni a tantos otros amigos con los que había crecido.

– La diferencia estriba en que la mayoría de los judíos que están llegando venís de Occidente, y vuestra manera de ver las cosas y organizar la sociedad es occidental. Ahí radica la diferencia, el abismo. Yo he nacido aquí, al igual que toda mi familia, de manera que mi cabeza es más de Oriente que de Occidente, por eso comprendo sus miedos y temores, por eso sé que es inevitable lo que va a pasar.

– Pero has intentado convencer a Abdul.

– Abdul es un jeque respetado por otros muchos jeques, a él le escuchan. Él y yo no nos engañamos, sabemos lo bueno y lo malo que hay en nosotros mismos, en lo que defendemos y en lo que queremos. Su gente ha dicho no, y él estará con ellos por más que crea que se equivocan.

»El viejo rey Abdullah de Cisjordania también era partidario de entenderse con nosotros, y ya ves cómo le mataron. La vida y la muerte no tienen el mismo valor en Oriente. Eso no lo entienden en Occidente. Ni tú tampoco.

Llegaron a un kibbutz situado en las orillas del desierto de Judea. Estaba fortificado y se veían hombres armados recorriendo todo el perímetro.

Saul le dejó con otros jóvenes mientras él asistía a una reunión de oficiales de la Haganá. Le enseñaron el kibbutz, mucho más grande que el suyo, y le preguntaron cómo se las apañaban cuando les atacaban. Muchos de los jóvenes que vivían allí formaban parte de la Haganá, y estaban preocupados por lo que sabían que se avecinaba.

Una hora después, Saul fue a su encuentro para regresar a Jerusalén.

– Es una estupidez volver, pero lo haremos, Marwan y su esposa se llevarían un disgusto. Además, ¡quién sabe cuándo podré volver a dormir en casa!

Aquella noche David no pudo conciliar el sueño; se preguntaba por qué Saul le había llevado consigo. Pero estaba seguro de que lo había hecho por algo: no era hombre de gestos vacíos.

22

Mahmud observaba cómo preparaban las armas. Había organizado tres grupos formados por quince hombres cada uno. Ninguno sabía cuál sería su objetivo, lo único que les había dicho era que debían estar preparados para antes del amanecer.

Hamza pensaba en David. Apenas se habían visto en los últimos días. Él le había evitado, pero David también a él. Se habían saludado a través de la cerca haciéndose señales de que se verían más tarde, pero ninguno de los dos buscó al otro. ¿Acaso David sospechaba algo?, se preguntaba Hamza para, de inmediato, desechar este pensamiento: ¿qué podía saber? Nadie podía haberle dicho que ahora formaba parte de un grupo guerrillero.

También a él le había chocado no ver a David durante un par de días.

«A lo mejor estamos dejando de ser amigos porque no confiamos el uno en el otro. Yo tengo un secreto y puede que él desconfíe de mí o tenga otro», pensó.

– Bien, así me gusta, el arma limpia, bien preparada -le dijo Mahmud interrumpiendo sus pensamientos-; esta noche demostrarás lo que vales y lo que has aprendido.

Hamza no respondió y continuó en cuclillas, aspirando el humo del tabaco. Ahora fumaba sin parar, por más que su madre se quejara. Su padre estaba más callado que de costumbre y se le había agriado el carácter.

Hamza se preguntaba por qué Mahmud no les quería adelantar cuál sería su objetivo; creía que más que por desconfianza era por alardear de autoridad.

Hasta las cuatro de la madrugada no empezó a dar las órdenes.

– El grupo de Ehsan arrasará la aldea; el de Ali, asaltará el almacén, y el tuyo, Hamza, atacará el kibbutz que linda con la huerta de tu casa. Conoces bien el lugar y has ido allí en ocasiones. Os meteréis sin que os vean y colocaréis las cargas de dinamita. Luego entraréis en las habitaciones y dispararéis antes de que les dé tiempo a despertar; cuando salgáis, detonad la dinamita. Yo os acompañaré. He elegido vuestro grupo para combatir esta noche.

– En ese kibbutz viven veinte niños -dijo Hamza horrorizado-, morirán…

– Sí, puede que mueran todos o algunos, pero eso a nosotros no nos importa. Son judíos -respondió Mahmud riéndose entre dientes-. Si no tienes valor, no vayas -añadió de manera amenazante.

Mahmud le apuntaba directamente a la sien. Hamza sabía que no dudaría en disparar. Notaba que Mahmud estaba deseando encontrar una excusa para matarle y se lamentó por su apego a la vida.

Escuchó las instrucciones de Mahmud dominando la náusea que intentaba abrirse paso en su estómago. Sentía la risa seca de Mahmud regocijándose por su angustia. Aquélla era la prueba a la que le sometía para saber si podía confiar en él. Si era capaz de matar a quienes conocía, sería capaz de matar a cualquiera. Era una ecuación simple y terrible.

Dirigió al grupo reptando entre los arbustos para aproximarse a la cerca. Conocía bien los lugares por donde patrullaban las gentes del kibbutz. Cortaron la cerca y se adentraron en el recinto sin casi atreverse a respirar. Escuchó las voces de los que patrullaban y creyó reconocer la de David.

Rogó a Alá que no fuera así, que su amigo no estuviera de guardia aquella noche. Si no lo estaba, podría salvar la vida; de lo contrario, no sabía qué podía suceder.

Indicó a los hombres cómo repartirse. Ya les había señalado dónde colocar las cargas. Una en el taller, otra en el silo, otra más en las cocinas, que a esa hora estarían vacías; en el recinto donde guardaban los tractores, en el corral de los animales, en el pozo, para dejarles sin agua, en el tendido telefónico… Sus compañeros se movían con rapidez y sigilo entre las sombras de la noche mientras él y otros hombres aguardaban el momento para matar a los que patrullaban, irrumpir en las habitaciones y ametrallar a cuantos dormían. Sabía dónde estaba el cuarto de David y allí no entraría. Tampoco permitiría que lo hiciera nadie.

No tardaron mucho en distribuir las cargas y cuando se agruparon, hizo una señal. Se desplegaron en abanico y comenzaron a abrir las puertas con una patada mientras ametrallaban a los que en ese momento dormían plácidamente. En un minuto los gritos rasgaron el silencio de la noche; el traqueteo de otras armas automáticas comenzó a responder a las suyas. Los niños lloraban, hasta que su llanto era interrumpido por una bala.

Fuera de sí, Hamza disparaba sin pensar, corriendo de un lado a otro seguido por Mahmud, que parecía complacerse con el caos y la muerte.

Vio caer a algunos de sus compañeros por las balas de la gente del kibbutz; se sorprendió al ver a Tania disparando mientras gritaba. Entonces recordó que entre los judíos no se hacía distingo con las mujeres y que éstas recibían instrucción militar y manejaban armas. Luego la vio caer, con el rostro destrozado por la metralla.

De repente sucedió lo que más temía. Vio a David con una pistola en la mano disparando a quemarropa. Le sorprendió la falta de expresión en el rostro de su amigo, la firmeza con la que actuaba. El encuentro fue inevitable. Mahmud le incitaba a avanzar hacia el rincón del kibbutz que David defendía, hasta que, de pronto, se encontraron frente a frente. David le miró con pena pero sin sorpresa, como si hubiera estado esperando ese momento. Hamza iba a decirle que se cubriera y bajó la pistola. No pensaba matar a su amigo, aunque se arriesgara a que Mahmud le matara después a él. Pero David no vaciló como él. Avanzó hacia donde estaba disparando. Sintió un dolor agudo en el vientre y escuchó a Mahmud gritarle sin entender qué le decía. Luego se llevó la mano al estómago y se percató de que manaba sangre, volvió a mirar a David y pudo apreciar la angustia reflejada en el rostro de su amigo. Le sonrió mientras tiraba el arma y caía al suelo.

Mahmud saltó por encima del cadáver disparando una ráfaga de subfusil contra aquel hombre que acababa de matar a Hamza. Poco le importaba la muerte de su compañero, pero sintió una oleada de satisfacción cuando vio caer al joven junto al cuerpo de Hamza. El muy estúpido había dudado, había bajado el arma, incluso había sonreído a su asesino. Merecía morir como un perro por su cobardía.

Dio orden de replegarse y, mientras salían del kibbutz, se escucharon las explosiones de la dinamita. Se sentía satisfecho, la operación había sido un éxito: aquel kibbutz había desaparecido de la faz de la tierra.

Era un milagro que aún estuviera vivo. Los disparos de Mahmud le habían reventado un pulmón, hecho añicos la clavícula, perforado el estómago y destrozado una pierna.

Durante varios días transitó por el mundo de los muertos. Los doctores que le atendían se sorprendieron de la resistencia de su corazón y de que no cejara de luchar por la vida.

El ataque al kibbutz había sido una carnicería. Sólo cinco niños habían salvado la vida; de los cien adultos habían sobrevivido treinta, entre ellos él mismo.

Aún no podía hablar: una máscara de oxígeno le ayudaba a respirar y se sentía sin fuerzas siquiera para abrir los ojos. Había creído ver a Martine una vez que los abrió, quizá también a Saul, pero no estaba seguro.

Escuchaba a los médicos decir que aún no le habían rescatado de las garras de la muerte, que era pronto para decir si viviría. Tanto le daba. Prefería dormir, sumirse en los brazos de los fármacos que le suministraban para aliviar los dolores. Cuando recobraba la razón, por tenue que fuera, veía a Hamza sonreírle, ir hacia él con la pistola bajada. Sí, había visto con claridad cómo su amigo no tenía ninguna intención de dispararle, pero él, en cambio, no había dudado un segundo. Le vio caer sonriéndole como si se tratara de un juego, como queriendo decirle algo.

No podría vivir con la mirada de Hamza en su retina. En ningún momento de su vida mientras estuviera despierto podría dejar de ver el rostro sonriente de Hamza y su mano bajando la pistola. En ese instante Hamza había demostrado su valor y él su cobardía. Ese instante le perseguiría como una pesadilla, y él no aceptaría convertirse en un fugitivo. Mejor morir. ¿Por qué no se rendía su corazón? ¿Por qué se empeñaba en latir? Si tuviera fuerzas, se arrancaría todos esos tubos que le tenían aprisionado a la cama, que entraban y salían de su cuerpo uniéndole a unos aparatos que se le antojaban monstruosos.

Tanto esfuerzo por salvarle la vida, ¿para qué? Si la recuperaba, se la quitaría él mismo. Eso es lo que quería decirles pero no le oían, acaso porque no le salían las palabras.

– David, hijo, ¿me oyes?

Creyó escuchar la voz de su padre e intentó abrir los ojos, pero los sentía pesados. No podía ser. Era otro sueño. Otra pesadilla. -Doctor, ¿cree que me oye?

– No lo sé, no se lo puedo decir; es un milagro que aún viva, pero desconozco la evolución que tendrá, ni sé si se podrá mover, o no… Es su corazón el que se ha resistido a morir, un corazón joven y fuerte que no ha dejado de latir. Sigue en coma, no sé cuánto tiempo continuará así…

La voz de su padre murmurándole palabras de aliento le llegaba hasta lo más recóndito del cerebro en aquel sueño del que parecía no poder despertar.

También creía escuchar la voz de su abuelo alentándole a abrir los ojos y a luchar.

– No te rindas, David, estamos aquí, vive, tienes que vivir. A veces les escuchaba con más claridad; otras el sonido se perdía en la negrura de su mente.

– Mi hijo sufre, lo sé -creyó escuchar a su padre. -No, no sufre, está sedado, no se preocupe, no piensa ni siente -respondía el médico.

– Usted se equivoca, lo veo en la expresión de su cara. David sufre, sufre un dolor profundo e insoportable… haga algo… no le deje padecer.

– Le aseguro que no sufre, está totalmente sedado, es imposible que sienta nada.

– Mi hijo siente, doctor, mi hijo siente… yo lo sé, yo siento que siente.

Hamza le sonreía y le tiraba de la mano. No estaba enfadado con él. Quiso hablarle pero no le salían las palabras. Necesitaba pedirle perdón por haberle matado, pero su amigo no quería escucharle, sólo tiraba de su mano llevándole consigo hacia la eternidad.

Ferdinand notó que la mano de su hijo se había quedado helada. Se la apretó con fuerza y luego llamó a la enfermera, gritando.

Entraron otros dos médicos y más enfermeras, mientras él se encomendó a Dios pidiéndole que esta vez no le fallara. No recordaba haber rezado desde la niñez, salvo cuando buscaba a Miriam. Entonces no se había apiadado de él; no podía volver a abandonarle.

Se abrió la puerta de la habitación en la que su hijo yacía monitorizado desde hacía dos largos meses. Las enfermeras salían con la expresión del rostro contraída, como quien acaba de sufrir una dolorosa derrota, dejando que fueran los médicos los que se acercaran a él.

Antes de que dijeran nada, Ferdinand supo lo que iba a oír.

Gritó. Un grito desgarrado repleto de un dolor insoportable. Le sujetaron para evitar que se golpeara la cabeza contra la pared, le obligaron a sentarse, mientras una enfermera le descubría el brazo para inyectarle un calmante, como si algo pudiera calmar el dolor del alma.

Le enterraron en el kibbutz, cerca de la verja que les separaba de la huerta de Rashid. Ferdinand vio a aquel hombre mirarle a través de los árboles y reconoció en sus ojos el mismo dolor que él sentía. Su hijo había matado al hijo del árabe y otro hombre había matado al suyo.

No tenían nada que decirse, ni siquiera habrían sido capaces de darse consuelo.

Cuando la última pala de tierra cubrió la tumba, Ferdinand supo que había perdido definitivamente. Su vida ya carecía de sentido. Su padre le sujetaba cubriendo su espalda con el brazo, y al otro lado, Inge le daba la mano. Se había presentado allí junto a John Morrow. Como siempre, Inge estaba presente en los momentos más trágicos de su vida.

Detrás de ella, Martine lloraba en silencio.

Miriam no tenía tumba. Había desaparecido en una fosa común en Berlín. Su hijo se quedaba en aquel rincón del mundo, en una patria que quería para sí, en un lugar que proclamaba que sólo luchando se podría evitar lo que le sucedió a su madre.

Un hombre con una pipa vacía en la mano se le acercó.

– No hay palabras para consolar a un hombre que ha perdido a un hijo, pero quiero que sepa que su asesino está muerto.

Luego se dio la media vuelta y se marchó. Ferdinand, inmóvil y sin saber qué hacer o decir, escuchó a Martine que le susurró una explicación.

– Se llama Saul y es un oficial de la Haganá. Anoche vengó la muerte de David: buscó al hombre que le había disparado, averiguó su nombre. Se trataba de Mahmud, un dirigente de la guerrilla. Saul le mató y se jugó la vida para hacerlo. Fue solo, le sorprendió en su casa cenando con algunos de sus hombres y acabó con la vida de todos.

– ¿De qué me sirve su muerte? -preguntó Ferdinand.

– Ojo por ojo, diente por diente, ésa es la ley en Oriente. Si matan a uno de los nuestros, tienen que saber que no podrán esconderse, porque los encontraremos y los mataremos. Estamos solos, Ferdinand, muy solos; rodeados de enemigos por todas partes, no podemos permitirnos el lujo de la debilidad. Para Saul no ha sido sólo una respuesta que había que dar; él tenía afecto a tu hijo, sabía lo que para David representaba Hamza, y temió siempre el momento en que tuvieran que enfrentarse.

– Fue David el que mató a Hamza.

– Sí, le disparó, le enseñaron a defenderse. No puedes imaginar el infierno de aquella noche, quince niños murieron asesinados…

– Lo sé, Martine, lo sé. No juzgo a nadie, sólo sé que mi hijo está muerto y que otro joven también lo está, que ni sus padres ni yo tendremos consuelo. A ellos les quedan otros hijos, a mí no me queda nada salvo esperar el momento de mi propia muerte.

– Eres un gran historiador…

– Soy un hombre perdido en su propia historia.

23

Ignacio rezaba en la capilla cuando un sacerdote se le acercó para decirle que le llamaban del Vaticano.

Se levantó, nervioso, preguntándose quién podía llamarle desde Roma un sábado.

La voz del padre Grillo le sobresaltó. Hacía dos meses que había terminado su trabajo temporal en la Secretaría de Estado y había regresado a sus estudios en la universidad. Aquel tiempo transcurrido entre los muros del Vaticano le había afectado, aunque en realidad lo que más le había marcado había sido su extraño viaje a Francia.

– Te prometí que te daría noticias del profesor Arnaud. Acabo de recibir un telegrama de Jerusalén. Su hijo ha muerto, le enterraron hace unos días y el profesor regresa a Francia.

– ¡Dios mío, pobre hombre! -exclamó Ignacio.

– Sí, el profesor Arnaud es un hombre al que Dios ha mandado unas pruebas terribles… debe de estar destrozado.

– Sólo tenía a su hijo -musitó Ignacio-, pensé que Dios se iba a mostrar misericordioso con él salvándole la vida.

– No pudo salir del coma profundo en que estaba; si ha resistido tanto tiempo es porque su corazón era joven, pero los médicos nunca creyeron que pudiera vivir.

– He rezado tanto por él… -se lamentó el joven sacerdote.

– Todos hemos rezado.

– ¿Cree que podría darme la dirección y el teléfono del profesor Arnaud?

– Cuando vengas te los daré. ¿Podrías acudir ahora al despacho?

– ¿Ahora?

– Sí, he hablado con tu superior y no tiene inconveniente en que vengas, salvo que tú no puedas por algo.

– No, no tengo nada especial que hacer, iré.

– Te espero.

La llamada del padre Grillo le desconcertó. ¿Qué podían querer de él un sábado por la tarde en la Secretaría de Estado?

Se habían vuelto a ver en un par de ocasiones en las que el padre Grillo había visitado la casa de los Jesuitas. Encuentros afectuosos y breves, con apenas tiempo para evocar lo vivido en Francia.

Recordaba al profesor Arnaud corriendo por el andén seguido de su padre hasta perderse entre la multitud. A él le habían llevado a la nunciatura donde le esperaban el padre Grillo, el padre Nevers, el nuncio, y dos hombres que le presentaron como miembros de los servicios de seguridad franceses, ansiosos por saber lo que habían averiguado en el castillo d'Amis.

– Es un grupo extraño. Se les podría calificar de fanáticos o de locos; la verdad es que resultan inquietantes. Creen que van a encontrar el Grial, y especulan con lo que pueda ser.

Le escucharon muy serios, preocupados, sin interrumpirle ni hacerle preguntas hasta que no terminó de describir cuanto había visto y escuchado en el castillo.

– Raymond, el hijo del conde, es un pobre chico asustado por su padre. Y el conde me pareció tenebroso. En cuanto a sus invitados… el señor Randall es norteamericano, con aspecto de militar, hablaba poco y escuchaba mucho, y el señor Stresemann decía ser un estudioso de los cátaros y sin duda es alemán.

Uno de los hombres de los servicios secretos franceses había expuesto con claridad que el conde d'Amis era un hombre inteligente, a quien antes de la guerra se le atribuían contactos con el régimen de Hitler, que nunca se habían podido demostrar. Su castillo había permanecido siempre resguardado de miradas indiscretas y aquellos grupos de jóvenes a los que patrocinaba en busca de vestigios arqueológicos parecían tan inocentes como una mañana clara de primavera. Aun así, persistían las sospechas de que tras las búsquedas arqueológicas había algo más.

– Pues ya les he contado lo que hay: buscan el Grial. Creen que o es un objeto mágico que conferirá poderes extraordinarios a quien lo posea, o que pueden ser los descendientes de Jesús y María Magdalena. El profesor Arnaud se ríe de estas teorías, y dice que son seudoliteratura barata. Asegura que no van a encontrar el Grial porque no existe.

Para los franceses la cuestión no era tanto que el conde d'Amis buscara el Grial, sino que mantuviera relaciones con alguna sociedad secreta de antiguos nazis; algunos habían escapado de Alemania, esparciéndose a lo largo y ancho del mundo, y no se podía descartar que D'Amis diera refugio a alguno.

– Lo que menos nos podemos permitir es el escándalo de tener nazis refugiados en Francia -comentó con preocupación uno de los integrantes del servicio de seguridad.

Para la Iglesia, en cambio, el problema giraba en torno a las especulaciones sobre el Santo Grial. El padre Grillo había coincidido con el juicio del profesor Arnaud: «Es mejor saber a qué nos enfrentamos, porque así podremos preparar la respuesta».

Le habían felicitado por sus averiguaciones. El padre Grillo, incluso, insinuó que en el futuro se podría convertir en un buen diplomático y llegar a trabajar en la Secretaría de Estado de manera no provisional.

Y ahora, meses después, se producía la llamada del padre Grillo para anunciarle la muerte del hijo del profesor Arnaud y citarle en el Vaticano.

Fue a decirle al director de su casa que salía porque el padre Grillo le había citado.

– Sí, he hablado con él. Creo que ha llegado tu oportunidad.

– ¿Mi oportunidad?

– ¿No te gustaba la diplomacia? Estás a punto de acabar tus estudios y el padre Grillo dice que fuiste un buen secretario. Te lo dirá él, pero parece que su secretario tiene una enfermedad del corazón y el médico le ha aconsejado una vida tranquila, algo impensable en la Secretaría de Estado. Me parece que te va a ofrecer que le sustituyas.

Ignacio no ocultó su satisfacción. Trabajar en el Vaticano le había supuesto una experiencia extraordinaria y deseaba regresar.

El padre Grillo, desde su despacho, hablaba por teléfono en japonés y le hizo una seña a Ignacio, indicándole que aguardara a que terminara la conversación.

– Bien, me alegro de que hayas podido venir.

– Sí, claro, bueno… me alegro de que me haya llamado.

– ¿Aunque no sepas para qué?

Ignacio bajó la cabeza intentando ocultar el rubor que sentía en la frente.

– ¿Ya te lo ha dicho tu superior? -dijo riéndose el padre Grillo.

– Sí, algo me ha comentado…

– Si no tienes otros planes, me gustaría proponerte que trabajaras conmigo. Este verano lo hiciste bien, y ya sabes un poco la mecánica de la casa, hablas a la perfección inglés, francés, español, italiano y creo que casi dominas el árabe, lo que nos será muv necesario.

– Y vasco.

– ¿Cómo dices?

– Que también hablo vasco.

– Bueno, en principio no creo que hablar en vasco te sea muy necesario aquí, pero nunca se sabe. ¿Podrás compaginar la terminación de tus estudios con el trabajo aquí?

– Creo que podré hacerlo. Dormiré un poco menos por la noche.

– Eso no lo dudes, pero no sólo porque te tengas que quedar estudiando, sino porque aquí no hay horarios.

– ¿Cuándo quiere que empiece?

– Ahora mismo.

Ignacio no rechistó. Su superior tenía razón: aquélla era su oportunidad y no podía desaprovecharla.

– Tengo un montón de cartas por responder y un problema en una diócesis francesa. Hay que preparar, además, la visita que el presidente de Estados Unidos va a hacer al Papa. Y el secretario de Estado necesita los papeles para ayer, y estamos en hoy…

No almorzaron ninguno de los dos, aunque tomaron varios cafés muy cargados. Pasaron lo que restaba de la mañana y buena parte de la tarde trabajando. Pero no eran los únicos en la Secretaría de Estado, incluso el cardenal se pasó por la oficina a despachar asuntos urgentes a pesar de ser sábado. El padre Grillo tenía razón: en el Vaticano no se descansaba nunca.

Eran cerca de las nueve de la noche cuando el padre Grillo dio por terminada la jornada de trabajo.

– En vista de que no te he permitido almorzar, te invito a cenar; es lo menos que puedo hacer.

Le llevó a una trattoria del Trastevere poco frecuentada por turistas.

– Llevas todo el día deseando preguntarme por el profesor Arnaud -le alentó el padre Grillo.

– Sí, me gustaría saber lo que ha pasado. El profesor me impresionó. Se consideraba agnóstico pero hablaba de Dios como si fuera una presencia permanente en su vida. La muerte de su hijo habrá sido terrible para él. Ya le dije que quiero escribirle; no creo que le importe lo que yo le pueda decir, pero siento que debo hacerlo.

– No sólo eso, dentro de poco irás a París.

– ¿A París? Tengo exámenes…

– Procuraremos que no coincidan con tu viaje. Quiero que regreses al castillo d'Amis y hagas un informe de evaluación de la situación. Pero no viajarás hasta dentro de un par de meses, como poco.

– ¿Quiere saber si han encontrado algo?

– Queremos saber qué están haciendo, eso es todo. Es un grupo inquietante. Nuestros amigos franceses nos piden colaboración y, como el interés es común, trataremos de ver qué podemos hacer.

– No sé si me recibirán…

– Dijiste que el hijo del conde, Raymond, te había invitado a ir cuando quisieras.

– Sí, pero eso son cosas que se dicen en un momento dado; creo que al conde no le caí tan bien.

– En todo caso lo intentaremos, pero no ahora. Ya te diré cuándo.

Estaba nervioso. Cuando llamó al profesor Arnaud se había mostrado muy seco a través del teléfono. Accedió a recibirle sin ningún entusiasmo. Y ahora temía encontrarse con él.

No se levantó para saludarle; simplemente le indicó que se sentara. En pocos meses Ferdinand Arnaud se había convertido en un anciano. El cabello blanco, los ojos apagados, la mirada crispada, las manos con la piel llena de manchas… Le costaba reconocer en aquel hombre al que meses atrás había acompañado hasta el castillo d'Amis, lleno de vitalidad y de esperanza en el futuro que contaba los días para viajar a Israel y ver a su hijo.

– Profesor, gracias por recibirme.

No le respondió. Permaneció en silencio, apático, indiferente.

Ignacio tragó saliva, no sabía cómo abordar aquella situación. Se daba cuenta de que nada de lo que le dijera le podía interesar; ni siquiera consuelo podía ofrecerle, nadie podía reparar el daño que había recibido.

– Siento la muerte de su hijo.

Ferdinand continuaba sin moverse, mudo, aguardando a que el sacerdote terminara de hablar y se marchara dejándole en paz.

– No quiero molestarle, sólo… en fin, necesitaba decirle cuánto lo siento, y que estos meses he rezado por usted y por su hijo.

La expresión de Ferdinand continuaba siendo la misma, para desesperación de Ignacio que, derrotado, decidió marcharse.

– Me voy, no quería molestarle. Siento haberle importunado con mi presencia.

No había terminado de levantarse cuando Ferdinand le indicó con la mano que volviera a sentarse.

– No tengo nada que decir, ni a usted ni a nadie. No soporto que me den el pésame, ni que me hablen de David. En realidad, lo único que espero es el momento de morir. Si tuviera valor ya no estaría aquí.

La confesión de Ferdinand le dejó noqueado. Seguía sin encontrar las palabras para comunicarse con él, para hacerle patente que sentía como suyo su sufrimiento, que haría cualquier cosa que estuviera en su mano por ayudarle.

– Me alegro de que le falte ese valor y siga aquí -acertó a decir-, su muerte no arreglaría nada.

– Eso ya lo sé, pero serviría para dejar de sufrir. Usted no sabe lo insoportable que puede llegar a ser el dolor del alma.

No, no lo sabía, de manera que no pensaba engañarle diciéndole que sí. No sabía lo que era perder a la mujer amada, buscarla desesperadamente, para saber años después que ha sido asesinada. No sabía lo que era perder a un hijo y que ese hijo también hubiera arrancado la vida de otros como él. En realidad, su vida había transcurrido sin nada relevante, y por tanto sin sufrimiento. De manera que no podía decirle que sabía lo que estaba sufriendo porque ni remotamente podía intuirlo. Y, sin embargo, era sacerdote y suponía que su misión era también consolar a los que padecen. Pero hacerlo en ese momento habría sido una impostura.

– He accedido a verle porque me lo ha ordenado el rector. No voy a estar aquí mucho tiempo más, me voy, pero mientras tanto tengo que aparentar normalidad.

– ¿Dónde irá?

– A ninguna parte, a mi casa, a esperar el momento de mi entierro.

– Usted no es culpable de nada.

– No, claro que no. No crea que me estoy castigando porque me siento culpable de nada; simplemente no tengo ganas de vivir. Aquí me he convertido en un incordio. No soporto a mis alumnos y ellos ya no me soportan a mí. Me da igual que aprendan o que no, que entiendan lo que les cuento o no. No les veo, ante mí atisbo formas extrañas que se mueven y hablan sin sentido. Es mejor que me marche y eso es lo que haré cuando termine el curso.

– ¿Cree que su esposa y su hijo estarían satisfechos?

– Un día le dije que era agnóstico; ahora tengo las cosas más claras: no hay nada, no hay Dios. De manera que ni mi esposa ni mi hijo existen más allá de mi cabeza y en las de quienes les han conocido. No piensan, no sienten, no existen; por tanto no pueden sentirse ni satisfechos ni insatisfechos con lo que hago. Por favor, ahórrese los falsos consuelos de cura.

– No era mi intención molestarle, comprendo que usted no crea en nada, pero para mí su esposa y su hijo existen. Permítame que yo también defienda mis certezas.

– Como comprenderá, no tengo ganas de discutir sobre creencias; tanto me da lo que usted crea. Dígame qué quiere, para qué ha pedido verme.

– Sentía la necesidad de hacerlo, de decirle lo mucho que siento lo que le ha pasado. Sí, ya sé que a usted le costará creer que a un desconocido le pueda importar algo de lo que le ha sucedido, pero el caso es que a mí me importa, y no porque sea sacerdote, me importa como ser humano. Puede que usted sea la primera persona a la que he visto sufrir de verdad, y su sufrímiento me haya afectado de tal manera que no puedo dejar de sentirme involucrado en él.

– ¿Esto es todo lo que quería decirme? El rector me habló de que usted quería volver al castillo.

– Así es, pero le aseguro que eso no tiene nada que ver con mi deseo de verle.

– ¿Por qué quiere regresar allí?

– Porque los servicios de seguridad tienen informes sobre las actividades del conde que les inquietan, y porque la Iglesia quiere saber si han avanzado algo en su búsqueda.

– No le acompañaré.

– No se lo he pedido.

– Mejor así.

– ¿Ya no significa nada para usted la crónica de fray Julián?

– Fue un trabajo, nada más.

– Siempre pensé que había sido algo diferente para usted.

– Lo fue, pero eso pertenece al pasado. En el presente no me importa. No sé si se ha dado cuenta de que estoy muerto.

24

Esta vez el viaje en tren se le antojó pesado. Miraba al frente y veía el asiento vacío. En menos de un año su vida había sufrido muchos cambios.

Había terminado sus estudios con buenas calificaciones, trabajaba en la Secretaría de Estado, en un par de ocasiones había estado cerca del Santo Padre… Su familia se sentía orgullosa de él y presumían ante los vecinos. Cada día que pasaba se sentía más seguro de la decisión de haberse hecho sacerdote. Nada podía colmarle más que servir a Dios donde pudiera necesitarle Su Iglesia.

Esperaba estar a la altura de la misión que le habían encomendado. No le iba a resultar fácil; no se sentía cómodo engañando. Temía, además, que en cualquier momento se dieran cuenta de la impostura. Cuando telefoneó a Raymond éste pareció alegrarse, pero luego dudó cuando le anunció que iba a Carcasona y le gustaría visitarle. Le pidió que esperara unos minutos, mientras consultaba a su padre si podían recibirle. Sintió alivio cuando Raymond le dijo que le invitarían a almorzar. De manera que su estancia en el castillo sería corta, ya que la invitación incluía sólo el almuerzo.

Le pareció que Raymond estaba más alto que la vez anterior. Seguramente aún estaba en edad de crecer. Le recibió en la puerta del castillo con cordialidad, pero con la mirada alerta, como si no estuviera cómodo con su presencia.

– Me alegro de volver a verle -le dijo al estrecharle la mano-, ha sido una sorpresa su llamada.

– Espero no haberle molestado. Tenía que venir a Carcasona a mirar unas cosas en los archivos y pensé en pasarme a saludarle, fueron ustedes muy amables conmigo cuando estuve con el profesor Arnaud.

– ¡Ah, el profesor Arnaud! Dicen que ha enloquecido. Ignacio se sintió molesto con el comentario y no fue capaz de contenerse.

– Pues les han informado mal; el profesor está estupendamente.

– Nos habían dicho que la muerte de su hijo le había trastornado…

– Bueno, lo normal en estos casos, imagínese a su padre si a usted le sucediera algo… Pero el trabajo le ayuda a superar este mal momento, y poco a poco vuelve a ser el de siempre.

Raymond no hizo ningún comentario más, pero clavó su mirada en Ignacio y éste supo que no le había creído.

Comenzaron a caminar por los jardines del castillo sin rumbo fijo ni saber muy bien cómo romper el hielo que ambos notaban.

– ¿Cómo va la búsqueda? -planteó Ignacio directamente.

– ¿La búsqueda? ¿A qué búsqueda se refiere?

– Al Grial. Cuando estuve aquí me contó que estaban a punto de encontrarlo.

– Le rogaría que no hiciera mención de esto delante de mi padre ni de sus invitados. Fui indiscreto, hablé demasiado, algo imperdonable en mí.

– ¡Por favor, no se preocupe! Naturalmente que no diré nada delante de su padre. Si le he preguntado es porque como historiador que aspiro a ser, esa misión me parece la más extraordinaria de cuantas se puedan acometer.

– Lo es, pero desafortunadamente aún no lo hemos conseguido. Llevará tiempo y mucha paciencia, pero mi padre está seguro de que lo lograremos.

– Ese día, aun a riesgo de resultar maleducado, le pediré que me permita ver lo que encuentren.

Raymond rió halagado. Se sentía poderoso ante ese joven aspirante a historiador que parecía estar suplicándole que le permitiera meter las manos en el pastel.

– No se lo puedo prometer, no dependerá de mí, pero le aseguro que lo intentaré.

– ¿En qué fase están?

– Buscamos documentos, tenemos gente investigando en Escocia, seguimos excavando… nada nuevo, pero lo encontraremos, no lo dude, el Grial será nuestro.

El almuerzo transcurrió casi en silencio. Al igual que en la ocasión anterior el conde se mostró seco y distante, en el límite para no ser tachado de mal anfitrión.

Los invitados del conde eran un grupo heterogéneo formado por chicos jóvenes de la edad de Raymond y hombres de la edad del conde. Ninguno hizo alusión a las razones que les habían llevado a estar allí.

Después del almuerzo todos desaparecieron dando las excusas más variopintas. Raymond invitó a Ignacio tomar café antes de que el coche le llevara a Carcasona.

– ¿Sabe? Parece cada vez más evidente que el Grial es la sangre de Jesús. Sí lo confirmamos, adiós Iglesia. Son patéticos esos curas arrodillados ante la cruz, ante un objeto de tortura. Están enfermos. Lo peor es la cantidad de estúpidos que les creen.

– Es una teoría interesante -acertó a decir Ignacio-, pero difícil de probar.

– A la Iglesia le haría daño que se difundiera. A lo mejor algún día escribo algo al respecto; veríamos la reacción.

– ¿Escribir? Pero ¿qué?

-Un libro sobre los secretos de Montségur, una recopilación de leyendas… incluso una novela.

– Pero nada de eso sería una demostración de lo que quieren probar.

– Ya sabe que si se repite algo millones de veces…

– Ésa es una frase de Goebbels.

– Por desgracia, no por ello deja de ser verdad.

– ¿Se trata sólo de hacer daño a la Iglesia?

– Se trata de muchas cosas, pero de eso también. Tienen que pagar por lo que han hecho. Han derramado mucha sangre inocente; recuerde la crónica de fray Julián.

* * *

Regresó a Roma insatisfecho. Había fracasado en el intento de acercarse al profesor Arnaud, y tampoco era extraordinaria la información que había obtenido en el castillo.

El padre Grillo no pensaba lo mismo. Creía que Raymond le había dicho más de lo que habría querido.

– Van a empezar a difundir especulaciones sobre Jesús y María Magdalena, y habrá mucha gente deseosa de creerlo. El propio Raymond te lo ha dicho: el objetivo es hacer daño a la Iglesia, encontrarán quien escriba uno o varios libros, pueden inundar las librerías con novelas, falsos ensayos… intentarán polemizar con nosotros. Debemos estar preparados para cuando eso suceda y ponderar la respuesta.

– La mejor respuesta es que no haya respuesta -propuso Ignacio.

– ¿Que no digamos nada?

– Eso pienso. La Iglesia no debe responder a infundios ni a teorías peregrinas, sólo puede responder a hechos. -Transmitiré tu opinión al secretario de Estado.

– No se burle de mí.

– No me estoy burlando; cuando despache con él sobre este asunto, le diré lo que opinas. Puede que tu consejo sea el acertado.

Hasta un mes después el padre Grillo no volvió a mencionar el asunto. Cuando entró en su despacho, en su rostro serio Ignacio vio el preámbulo de una mala noticia.

– En primer lugar quiero decirte que el secretario de Estado ha decidido que te hagas responsable del asunto francés. De ahora en adelante te encargarás de procurar que tengamos noticias de los trabajos del conde y sus amigos, de estar alerta a cualquier publicación sobre el Grial; dispondrás de los medios que necesites. Quién iba a imaginar que un fraile dominico de la Inquisición nos iba a dar tanto trabajo y quebraderos de cabeza. Fray Julián se ha convertido en una pesadilla.

– Bueno, el pobre fraile no tiene la culpa de lo que hagan los descendientes de su familia.

– Esa crónica… en fin, no le voy a juzgar. Es evidente que el pobre sufría.

– Supongo que algún día la Iglesia tendrá que revisar algunas de sus actuaciones para poder explicarlas a la luz de hoy.

– Eso, Ignacio, no es asunto ni tuyo ni mío; bastante tenemos con estar alerta frente a lo que pueda hacer la familia de fray Julián. No te separes de su crónica, porque es la causante de todo. Y… bueno… tengo que darte una mala noticia; sé que te afectará.

Ignacio tragó saliva y esbozó una oración pidiendo que no se refiriera a su familia.

– El profesor Arnaud ha muerto de un infarto. Ha tenido un final triste. Al parecer llevaba dos días sin ser visto y en la universidad se preocuparon; se pusieron en contacto con su familia y… bueno, le encontraron muerto.

– No, no murió, ya estaba muerto.

– ¡Ignacio…!

Ignacio salió del despacho con la Crónica de fray Julián en la mano. Sabía que aquel libro le había unido para siempre con Ferdinand Arnaud.