/ / Language: Español / Genre:thriller

Atlántida

Javier Negrete

Gabriel Espada, un cínico buscavidas sin oficio ni beneficio, quizá el más improbable de los héroes, tiene ante sí una misión: descubrir el secreto de la Atlántida. La joven geóloga Iris Gudrundóttir intuye que se avecina una erupción en cadena de los principales volcanes de la Tierra y confiesa sus temores a Gabriel. Para evitar esta catástrofe, que podría provocar una nueva Edad de Hielo, Gabriel tendrá que bucear en el pasado. El hundimiento de la Atlántida le ofrecerá la clave para comprender el comportamiento anómalo del planeta. Una mezcla explosiva de ciencia y arqueología y, sobre todo, aventura en estado puro.

Javier Negrete

Atlántida

José Negrete.

Creador, soñador,

cantante, actor,

músico, escritor,

visionario.

Y, sobre todo,

amigo y hermano.

Prólogo

Critias: Escucha, Sócrates, un relato de lo más peculiar, pero completamente verídico, tal como lo narró una vez Solón, el más sabio de los Siete Sabios.

Él le contó a nuestro abuelo Critias que esta ciudad, Atenas, llevó a cabo en el pasado hazañas grandes y asombrosas, pero que cayeron en el olvido por culpa del tiempo y de la extinción de los hombres. Pues se han producido y se producirán muchas extinciones humanas, las más graves por causa del fuego y el agua.

Cuentan los escritos cómo vuestra ciudad acabó con un imperio que, lleno de soberbia, extendía su poder a la vez por Europa y Asia.

Había una isla frente al estrecho que llamáis las Columnas de Heracles. Esta isla se hallaba entre Libia y Asia* [1]. Y los viajeros de aquel entonces podían pasar de esta isla a las demás islas y desde éstas al continente.

En esta isla, la Atlántida, unos reyes habían fundado un imperio grande y asombroso. El imperio de la Atlántida dominaba la isla entera, y muchas otras islas y parte del continente.

Fue en aquel momento cuando el poder de Atenas brilló ante el resto de los hombres por su fuerza y su heroísmo. Primero a la cabeza de los demás griegos, después abandonada por los demás, corrió los mayores peligros, derrotó a los opresores y liberó a todos los demás pueblos.

Pero después hubo violentos terremotos y cataclismos. En un día y una noche funestos, todo vuestro ejército se hundió bajo tierra.

En esa misma catástrofe, la isla de la Atlántida desapareció bajo el mar.

Fragmentos del diálogo Timeo, de Platón, adaptados por el profesor César Valbuena.

* * * * *

El 1 de mayo de 20**, a las 02:09, hora de Greenwich, varios millones de personas sufrieron un sueño extraño y perturbador. Al mismo tiempo, los GPS de todo el mundo enloquecieron durante unos instantes y una tormenta de estática interfirió en aparatos electrónicos desde la más remota punta de Patagonia hasta las tierras más gélidas de Siberia.

Al principio el anómalo suceso no trascendió al público. Tan sólo uno de cada mil durmientes experimentó las alteraciones: no llegó a reunirse suficiente masa crítica en las aldeas, los bloques de viviendas, los hospitales o los centros de trabajo para que unos pudieran comunicar a otros sus sueños y descubrir que no se trataba de experiencias únicas e individuales, sino de una sensación colectiva.

Pero cuando pasaron los días y aquellas personas comentaron en voz alta su pesadilla, todas coincidieron en que sugería un desastre inminente.

Curiosamente, había ocurrido así en todos los rincones de la Tierra.

PRIMERA PARTE

MADRUGADA DEL VIERNES AL SÁBADO

Capítulo 1

España, Málaga .

Entre las personas afectadas por aquel sueño se hallaba Gabriel Espada, varón caucásico de mediana edad y escasa solvencia económica cuya tarjeta de visita rezaba: «Investigador de lo oculto».

En tiempo subjetivo la pesadilla le pareció muy larga, pero no debió durar más de uno o dos segundos. Después, Gabriel abrió los párpados y se incorporó con el corazón latiendo como un tambor.

Muévete. Huye. Salta. Vuela lejos.

Sobrevive.

Por el momento, la huida que le aconsejaba aquella voz interior fue de corto alcance, pues Gabriel se limitó a salir a la terraza del apartamento.

* * * * *

Minutos después, C., la joven que compartía la cama con Gabriel, se despertó con una sensación de frío y vacío en el costado. Se volvió hacia la izquierda buscando el calor del hombre con el que llevaba durmiendo dos semanas, pero sólo encontró un hueco desarropado.

C. se levantó de la cama con un escalofrío. La puerta corredera de la terraza estaba medio abierta, y ella tenía la ropa desperdigada por el parquet. Al entrar con Gabriel, se la había arrancado con tanta prisa que el suéter se le había enganchado en la cabeza y los pantalones se los había quitado a la pata coja.

Recogió el tanga y la camiseta, se los puso y salió a la terraza. Gabriel estaba allí, mirando al mar. C se puso a su lado y durante un rato contempló cómo las crestas plateadas de las olas rompían en la arena.

Había salido demasiado ligera de ropa. La noche estaba despejada, pero un tanga y una camiseta de tirantes eran poco abrigo para primeros de mayo. C notó cómo los pezones se le endurecían bajo la tela y aquella caricia involuntaria la excitó.

– ¿No vuelves a la cama? -ronroneó.

Gabriel tardó unos segundos en girar el cuello para mirarla, como si la voz de C le llegase a través de un fluido enrarecido que retardara el sonido. Cuando por fin se volvió, a C se le detuvieron las pulsaciones por un segundo. La culpa era de aquellos ojos verdes, casi fosforescentes.

Parpadeaban despacio, como el diafragma de una cámara que tomara una foto para guardársela y luego examinarla a solas.

La chica se preguntó qué pensaría Gabriel cuando estudiara la instantánea que le acababa de tomar. ¿Miraría la imagen con ternura o la examinaría con la frialdad de un entomólogo contemplando su colección de insectos? La angustiaba no saber qué se escondía detrás de aquella mirada, misteriosa y remota como la de un gato que en cualquier momento se escapa por los tejados para no regresar.

Un gato. Gabriel Espada le recordaba en cierto modo a ese animal. Medía casi uno noventa y, por lo delgado y zanquilargo, uno se esperaba que se moviera con desgarbo. Sin embargo, sus ademanes poseían la flexibilidad casi sinuosa de un felino.

– Qué bonita se ve la luna -dijo C, buscando una excusa para apartar la mirada de él.

– Sí.

– ¿Te has desvelado?

– Eso parece.

– ¿Has soñado algo raro?

El entornó los ojos, como si tratara de recordar algo. La chica aprovechó para mirarlo de reojo otra vez y contemplar su perfil.

No podía decirse que Gabriel Espada fuera guapo. Sus rasgos eran duros y afilados, tenía la frente muy alta, la nariz larga y la boca y los dientes demasiado grandes, por no hablar de las arrugas de edad y expresión que no se molestaba en retocar con inyecciones cosméticas. Pero el conjunto orbitando alrededor de aquellos ojos de fósforo, poseía una extraña armonía que había fascinado a C.

En opinión de C, uno de los detalles que convertía en atractivo a Gabriel era que no parecía consciente de serlo. No se preocupaba demasiado por su imagen ni se complicaba vistiendo. Téjanos sin marca y camisetas de grupos prehistóricos, ionio Metallica o un tal Jethro Tull. Una cazadora vaquera envejecida por el uso, no de fábrica.

Y nunca se entretenía delante de los espejos. Incluso parecía huir de ellos como un vampiro.

– Ha sido algo muy raro -dijo Gabriel.

Había pasado tanto rato que ella casi se había olvidado de la pregunta. «El sueño», recordó.

– Pues cuéntamelo.

El volvió a entornar los ojos. Después meneó la cabeza.

– Era inquietante. Sentía como si algo hubiera penetrado en mi cerebro.

– ¿Una especie de posesión?

Gabriel se quedó pensativo antes de responder.

– Era más bien como si yo me hubiera convertido en ese algo. Como si me hubiera fundido con otra mente.

– Y esa mente ¿qué pensaba?

– No sé. Era tan ajena, tan inhumana… Podría haber sido la inteligencia de una nebulosa, o de una colmena formada por millones de individuos. Por dentro era como inmensas burbujas rojas, como nubes de gas flotando en la atmósfera de Júpiter. Chocaban entre ellas, subían, reventaban, se fundían…

Gabriel hizo una pausa, como si buscara palabras más precisas.

– Esa mente estaba llena de energía. Una energía aletargada, pero a punto de despertar.

Gabriel seguía hablando más para sí mismo que para C, pero lo hacía en un tono tan serio que la joven empezó a asustarse.

– ¿Y qué ocurrirá cuando esa mente despierte?

– No lo sé. En el sueño tenía la sensación de que esa energía iba a desatarse de forma devastadora, y de que yo tenía que ir… Da igual.

C se dio cuenta de que esta vez Gabriel no se había interrumpido por falta de palabras, sino porque había algo que no quería decir.

– Tú has escrito sobre el significado de los sueños. ¿Qué crees que significa éste?

– La conclusión que saqué al escribir fue que los sueños no significan nada.

Ella no sabía por qué a Gabriel le salía tan a menudo aquella sonrisa amarga. Al fin y al cabo, era un hombre con una vida apasionante. Cuando se conocieron en aquella discoteca de Madrid, C le había preguntado a qué se dedicaba.

– Es una ocupación un poco absurda. Me da vergüenza decirlo -había contestado él.

– Venga, ¿qué eres? ¿Vigilante de parking? -preguntó C. Fue entonces cuando él le dio una tarjeta negra con letras blancas.

Gabriel Espada. Investigador de lo oculto.

Antes de lanzarse al primer morreo con él, C se había metido en el servicio con M, y ambas habían comprobado en el móvil el nombre de Gabriel Espada. Al parecer, había publicado dos novelas, tres libros sobre telepatía, ovnis, la Atlántida, los misterios de las pirámides y cosas así, y además había escrito artículos para varias revistas. También había trabajado en Ultrakosmos, un programa sobre esoterismo. ¡Incluso había estado en la isla de Pascua!

Se trataba de una vida muy interesante comparada con la que llevaban -o con la que C suponía que llevaban- otros cuarentones o cincuentones que conocía. Por eso no entendía la amargura de su sonrisa ni la tristeza de sus ojos.

«Tarde o temprano conseguiré que se le borre».

Tenía un recurso infalible. C sabía que estaba buena y, además, se le daba bien el sexo. Gabriel nunca se resistía a su cuerpo. Usándolo, C pretendía conquistar su alma.

«El amor siempre vence», se dijo. Lo había oído en tantas series y películas que para ella se había convertido en una verdad científica.

– ¿Volvemos a la cama? -preguntó, abrazándolo por la cintura y restregándose los pechos contra su brazo.

El titubeó un instante.

– Sí, claro.

Se acariciaron un rato, pero no llegaron a hacer el amor. C, que tenía el sueño fácil, se quedó dormida enseguida sobre el hombro de él. Su última imagen fue la de Gabriel mirando al techo, con la mano izquierda tras la nuca y los ojos fosforescentes clavados en el techo.

A C no le quedaría más remedio que atesorar esa imagen. Cuando volvió a despertarse a las nueve de la mañana, ni Gabriel ni su vieja bolsa de viaje estaban allí.

* * * * *

El supuesto investigador de lo oculto había huido siguiendo el impulso de estampida de su sueño. Vuela lejos. Sobrevive. De haber sabido que su huida a Madrid lo llevaría a encontrarse con dos mujeres que iban a arrastrarlo hasta la fuente de la que emanaba aquel sueño aterrador, tal vez Gabriel habría tomado un tren o un avión a cualquier otro lugar.

Capítulo 2

Italia, Pozzuoli (cerca de Nápoles)

A la misma hora en que Gabriel Espada se despertó, también lo hizo en su caravana el vulcanólogo islandés Eyvindur Freisson. Tenía casa en Nápoles, muy cerca de las oficinas del Observatorio Vesubiano, pero a menudo se quedaba a pasar la noche en el remolque que le servía de laboratorio móvil.

Hacía un tiempo que no dormía bien. Exactamente, desde que le diagnosticaron el cáncer. Por eso aquella pesadilla no le extrañó demasiado. La ira ajena que Gabriel Espada no había sabido descifrar, Eyvindur la juzgó como expresión onírica de su propia furia ante la sentencia de muerte que le habían dictado los médicos. En cuanto a las inmensas burbujas rojas que Gabriel imaginaba como bolsas de gas en Júpiter u otro planeta gigante, Eyvindur las interpretó como visiones normales de algo que lo obsesionaba en sus horas de vigilia: los movimientos del magma fundido en el corazón de la Tierra.

Se incorporó en la cama y se quitó el antifaz de fieltro. Dormía con los ojos tapados porque en la caravana había un sinfín de aparatos y monitores siempre encendidos. Después consultó el medirreloj que, con cierta malicia, le habían regalado sus compañeros del Observatorio por su sesenta y dos cumpleaños.

No era extraño que notara el corazón como un tambor. La pesadilla había elevado sus pulsaciones a ciento cincuenta y su tensión sistólica a veinte.

Aparte de medir el ritmo cardíaco y la tensión, el medirreloj desempeñaba la anticuada función de dar la hora. Eran las 03:11. Mal momento para ir a ningún sitio. Pero el sueño había provocado en él un impulso inconsciente de huida, y lo calmó saliendo al exterior.

La caravana estaba situada en un extremo de la Solfatara, en el corazón de la gran zona volcánica conocida como los Campi Flegri. Se trataba una serie de estructuras circulares similares a los cráteres de la Luna que hacían que en las imágenes por satélite el terreno pareciera un queso de gruyer. Algunos de esos círculos, como el de Astrosi, estaban cubiertos de vegetación, mientras que otros se habían convertido en lagos, como el Averno, un nombre infernal que a Eyvindur le parecía de lo más apropiado.

El más conocido de esos cráteres era la Solfatara, una gran elipse cuyo fondo yermo y blanquecino estaba sembrado de fumarolas que expulsaban gases sulfurosos y dióxido de carbono, y también de charcos de barro hirviente en los que las burbujas de lodo reventaban con sonoros plop.

Bajo la luz de la luna, la explanada de la Solfatara se veía bañada en una luz fosforescente, casi fantasmagórica. En el aire flotaba el olor a huevo podrido característico del azufre. Para la gente normal, los civiles, como llamaba Eyvindur a la inmensa mayoría de la humanidad que no se dedicaba a la vulcanología, aquel hedor resultaba desagradable. Pero dentro de la Solfatara él se sentía en su hogar.

De hecho, pasaba muchas noches en el pequeño laboratorio de la caravana, analizando los datos obtenidos de la torre de perforación instalada a veinte metros del remolque.

Eyvindur encendió uno de los porros de marihuana que guardaba ya liados por prescripción médica y se lo fumó poco a poco dando un paseo bajo las estrellas. Para cuando terminó, se notaba mucho más tranquilo y volvió a la caravana.

Antes de acostarse de nuevo, examinó las lecturas de los diversos monitores. Así descubrió que unos minutos antes se había producido una anomalía magnética. Algunos aparatos incluso se habían reiniciado por culpa de aquel fenómeno. Según los magnetómetros, el campo magnético había saltado de 40 a más de 800 microteslas en cuestión de un segundo, luego se había hundido hasta casi desaparecer y por último había vuelto a la normalidad.

Eyvindur pensó que, si esa alteración magnética era local, algo muy extraño debía estar ocurriendo bajo sus pies, en la inmensa cámara de magma de los Campi Flegri. Pero enseguida comprobó que la perturbación se había producido en todo el mundo.

– ¿Vamos a tener una inversión del campo magnético terrestre? -se preguntó en voz alta.

Si era así, esperaba que aquel fenómeno ocurriera antes de su muerte. La última inversión se había producido hacía 780.000 años. Nadie sabía muy bien qué efectos tendría que el polo norte magnético se convirtiera en el sur y viceversa, pero Eyvindur sospechaba que serían espectaculares.

Después verificó los monitores que mostraban las lecturas de las sondas de la torre de perforación. Las más profundas se hallaban a seis mil metros bajo el suelo.

– ¡Helvitis!

Esas sondas eran la niña de los ojos de Eyvindur, su carísimo capricho, y para conseguirlas había tenido que emplear todos sus encantos otoñales con Adriana Mazzello, la directora del Osservatorio. Pero gracias a ellas disponía de lecturas en tiempo real de la actividad biológica en la corteza terrestre: era como consultar un microscopio electrónico incrustado en la roca a cinco kilómetros de profundidad.

Y ahora ese microscopio le mostraba que el número de nanobios se había duplicado. Aquellos minúsculos organismos, diez veces menores que las bacterias más diminutas, eran capaces de vivir en ambientes extremos, desde las profundidades ardientes de la Tierra hasta meteoritos procedentes de Marte.

– ¿Celebráis una fiestecita, pequeños? -murmuró Eyvindur, mientras consultaba las lecturas de sondas situadas en otros lugares del mundo. La más profunda se halaba en la depresión de Nankai, a nueve mil metros bajo el fondo marino, en las primeras capas del manto.

Allí, a más de trescientos grados de temperatura, donde no deberían existir formas de vida, había también nanobios, pululando en los diminutos poros de las rocas.

Eyvindur calculaba que la biomasa de los organismos microscópicos que habitaban bajo la superficie terrestre superaba entre cuatro y diez veces la de las formas de vida que moraban al aire libre y en los océanos. Aquellos minúsculos desconocidos eran, en cierto modo, los amos del planeta.

A menudo, otros científicos lo tildaban de excéntrico por considerar que la vida primigenia se había desarrollado bajo el suelo, lejos de los rayos del sol, y que esa vida subterránea seguía siendo la forma biológica dominante. No sólo en puro volumen: Eyvindur -y aquí lo habrían tachado directamente de loco- sospechaba que la inmensa biomasa de los nanobios controlaba la vida terrestre en otros aspectos insospechados.

Los datos de la sonda de Nankai parecían confirmarlo. Allí también había crecido la actividad nanobiana. Para que aquellos diminutos microorganismos pudieran multiplicarse, necesitaban una fuente de energía. Y esa energía en aumento sólo podía provenir de las profundidades de la Tierra.

Eyvindur empezaba a sospechar que en sus últimos días de vida iba a presenciar algo mucho más grande que una erupción volcánica. Al parecer, la Gran Madre Tierra les tenía reservada una sorpresa a sus hijos.

Pero dudaba de que esa sorpresa fuera agradable para aquellos que moraban sobre la superficie. Sobre todo, para la especie conocida como Homo sapiens. Pues tal vez no sobreviviría a lo que estaba a punto de pasar.

Capítulo 3

Madrid, la Castellana

A las 03:11, una persona que era y a la vez no era Femina sapiens se incorporó en la cama del ático de la Castellana que utilizaba como vivienda cuando pasaba por Madrid.

Sybil Kosmos, la megamillonaria heredera conocida como SyKa por los medios de comunicación, apenas había llegado a adormilarse, pues no mucho rato antes había llegado de una fiesta para promocionar el estreno del último 007. En ella se había aburrido. «Mortalmente» habría sido el adverbio habitual para complementar aquel verbo, pero Sybil no solía aplicarse esa palabra a sí misma.

Además, lo cierto era que casi siempre se aburría. Quienes decían de ella que era una joven de vuelta de todo acertaban mucho más de lo que sospechaban al recurrir a aquel tópico.

SyKa miró a los lados. Sus empleados, Adriano y Fabiano Sousa, se habían quedado dormidos después de una breve sesión de sexo que había resultado no mucho más apasionante que el cóctel. Sybil recurrió durante un segundo al Habla y les envió una señal de alerta para despertarlos. Después, le bastó chasquear los dedos para que ambos gemelos se levantaran, recogieran sus ropas del suelo y salieran de la alcoba pisando de puntillas. Los dientes de Fabiano, implantes de cristal bioluminiscente, brillaron en la oscuridad como un diminuto enjambre de luciérnagas antes de desaparecer tras la puerta.

Sybil tomó el móvil de la mesilla, pronunció un nombre de dos sílabas y añadió: «Sólo audio».

– Así que tú también lo has notado -afirmó una voz masculina al otro lado de la línea.

– Sí.

Hubo un instante de silencio. Habían hablado tanto entre ellos que muchas veces no encontraban palabras que decir.

– Tú eres la mujer. Eres quien mejor entiende cómo funciona su mente -dijo él por fin.

– Una vez creíste que había otra mujer que podía entenderla mejor.

– Escucha…

– Y por eso lo echaste todo a perder.

– No fue culpa mía, Isa. -Aquél era el diminutivo de su antiguo nombre, un nombre que sólo él conocía-. Además, aquello ocurrió hace mucho.

– Ya sabes que yo nunca perdono.

«Y por eso nunca volviste a tener mi cuerpo, ni lo tendrás», añadió Sybil para sí.

– Está bien -dijo él-. Hazme todos los reproches que quieras, pero dime cómo lo interpretas.

– La Gran Madre ha despertado cargada de energías -respondió Sybil-. Es una lástima que no podamos aprovecharlas.

– Todo se puede aprovechar.

– No, a menos que consigamos que ella nos oiga. Y ya no tenemos la herramienta que necesitamos.

– Quizá sí. Ayer recibimos una lectura magnética que podría deberse a lo que buscamos.

«La cúpula de oricalco», pensó Sybil. Las pulsaciones se le aceleraron, pero respondió en tono indiferente.

– ¿Cuántas veces has creído que la habías encontrado?

– Esta vez será la buena. Confía en mí.

– Yo no confío en nadie. Por eso sigo viva.

Sybil cortó la llamada y encendió un cigarrillo, un lujo prohibido por la ley y los médicos de todo el mundo. Podía dejarlo cuando quisiera, pero sabía que el tabaco no hacía daño a sus pulmones y, además, le gustaba el aire retro de aquel vicio.

SyKa sonrió en la oscuridad. Ella también presentía que la cúpula estaba a punto de salir de nuevo a la luz. Con ella, las cosas serían muy distintas. El poder de ambos se había diluido mucho entre más de siete mil millones de humanos. Ahora, Sybil sospechaba que pronto surgiría un nuevo escenario en el que los dos dominarían de nuevo sin rivales.

Aunque antes tendrían que asegurarse de que los pocos que eran como ellos y podían plantearles competencia, si es que todavía existían, desaparecieran de la faz de la Tierra.

Capítulo 4

Santorini, Grecia

A la misma hora en que Gabriel Espada, Eyvindur Freisson y Sybil Kosmos se despertaban, la arqueóloga Rena Christakos fumaba un cigarrillo acodada en la barandilla del mirador de su habitación. No la había desvelado ningún sueño. Ella misma había programado la alarma de su móvil para despertarse en mitad de la noche. Ahora, mientras apuraba el cigarro, se preguntó si tendría valor para cumplir su plan: colarse como una intrusa en las ruinas de la ciudad minoica de Akrotiri.

Jugar a espías a los cincuenta y dos años no parecía una gran muestra de madurez. Sobre todo, teniendo en cuenta que Rena Christakos era la vicedirectora de esas excavaciones.

«Vicedirectora por poco tiempo», se recordó.

La luna creciente brillaba en el cielo, tapada de cuando en cuando por jirones de nubes grises como el hierro. El viento soplaba con fuerza y el aire estaba impregnado del olor a azufre del volcán que dormitaba en el centro de la bahía.

Rena contempló cómo el reflejo de la luna se quebraba en hilos de plata sobre las aguas de la gran bahía central de Santorini, doscientos metros más abajo. Su habitación se levantaba sobre el Puerto Viejo, encaramada a un acantilado cuyas capas de ceniza y piedra pómez revelaban la historia de antiguas erupciones. El panorama que contemplaba cada vez que abría la puerta o las ventanas encarecía el precio un cincuenta por ciento. Pero, aunque conocía de sobra aquel paisaje, la seguía cautivando su belleza.

Belleza que escondía una inquietante amenaza. Mucho tiempo antes, casi toda la bahía era tierra firme coronada por una montaña volcánica. Pero hacía tres mil quinientos años, tras una erupción de proporciones apocalípticas, el volcán se hundió y todo el centro de Santorini desapareció en una explosión equivalente a sesenta mil Hiroshimas.

Aquella catástrofe sembró la devastación en el Egeo en forma de nubes ardientes, tsunamis y lluvias de ceniza, y acabó con la floreciente civilización minoica. Pero a cambio cubrió la antigua ciudad de Akrotiri, en el sur de Santorini, con una capa de ceniza que la preservó en una especie de cámara del tiempo para la posteridad.

Akrotiri. La joya arqueológica del Mediterráneo. Casas y calles perfectamente conservadas, pinturas que pese al tiempo no habían perdido una pizca de su frescura.

Desde que tenía ocho años y visitó Santorini por primera vez, Rena Christakos había soñado con convertirse en arqueóloga y trabajar desenterrando Akrotiri. Aquel sueño se había cumplido, pero ahora el duro despertar parecía inminente. El patrocinador de las excavaciones, el anciano megamillonario Spyridon Kosmos, le había dejado bien claro que no iba a renovarle el contrato.

– Con un director es más que suficiente -le había dicho esa misma mañana, engarfiando los dedos sobre los brazos de su silla de ruedas y clavándole aquella mirada oscura que hacía que a más de uno le temblaran las piernas.

Los ojos de Rena buscaron la sombra oscura del islote de Kameni, en el centro de la bahía. Allí, en el mismísimo corazón del volcán, parpadeaban las luces de Nea Thera, la mansión del señor Kosmos. Rena volvió a preguntarse cómo el Gobierno griego había permitido aquella tropelía urbanística. Puestos a edificar en lugares inverosímiles, ¿por qué no le habían permitido construirse un chalet dentro del Partenón?

Una de las excusas para otorgar a Kosmos la licencia de construcción era que su mansión respetaba las antiguas tradiciones del Egeo. Nea Thera era un edificio diseñado al estilo minoico, como el palacio cretense de Cnosos: un laberinto de columnas rojas y azules que se ensanchaban en el capitel, terrados con cornisas que se sucedían en niveles escalonados siguiendo el accidentado relieve del islote y puertas coronadas por el doble cuerno minoico.

Existía otra razón incluso más fácil de entender: el dinero. Spyridon Kosmos no sólo financiaba las excavaciones, sino que había invertido grandes sumas de dinero en la reconstrucción de Santorini tras la erupción y el terremoto de 2012. En cierto modo, el anciano se había convertido en dueño del pequeño archipiélago.

Por eso podía hacer y deshacer a su antojo. Siempre con la inestimable ayuda de Telamón Sideris, director de las excavaciones y superior directo de Rena, que más que como un asalariado de Kosmos se comportaba como un auténtico esbirro.

Rena sabía de sobra que, si iba a perder su puesto, era por intervención directa de Sideris, pues el resto del equipo de arqueólogos estaba contento con su labor. Pero lo que más la torturaba ahora, mientras apuraba el cigarro contemplando la bahía, era la convicción de que Sideris le estaba ocultando algo. Aquel viejo zorro se guardaba un descubrimiento espectacular que no sacaría a la luz hasta que se librara de ella. Sólo así podría llevarse todo el mérito a solas.

Extractos de la entrevista emitida por la NNC (Net News Channel) el 28 de abril a las 03:00.

Entrevistador: Tenemos con nosotros a los arqueólogos Telamón Sideris y Rena Christakos, director y subdirectora de las excavaciones de la ciudad minoica de Akrotiri, en Santorini. Buenas noches, profesores.

Sideris: Buenas noches.

Rena: Buenas noches.

Entrevistador: ¿Podrían explicarnos en pocas palabras qué era la cultura minoica y por qué tiene tanto interés para los occidentales del siglo XXI? Doctor Sideris…

Sideris: Por caballerosidad, prefiero ceder la palabra a mi colega.

(Rena lo mira de reojo antes de contestar).

Rena: La minoica fue una civilización muy próspera que se desarrolló en la isla de Creta y alcanzó su mayor esplendor entre los años 2000 y 1500 antes de Cristo. Pero no se limitó a Creta, sino que extendió su influencia a buena parte del Egeo y del Mediterráneo oriental, y se relacionó en igualdad de condiciones nada menos que con el poderoso país de Egipto.

Entrevistador: Si apareció en Creta, ¿por qué no la llaman cultura cretense?

Sideris: Es una tradición llamarla «minoica» porque, según los mitos griegos, en Creta reinó un soberano llamado Minos. Este Minos poseía una flota tan poderosa que dominaba los mares y recibía tributo de todas las islas y ciudades del Egeo.

Entrevistador: ¿No era ese mismo Minos el padre del Minotauro, el monstruo mitad hombre y mitad toro?

Sideris: Eso no es del todo correcto. Se trata de una cuestión algo escabrosa…

Entrevistador: Tranquilo, doctor Sideris. No estamos en horario infantil.

Sideris: Verá, la esposa de Minos tuvo relaciones sexuales con un toro…

Entrevistador: ¡Prefiero no imaginarme cómo lo hizo!

Sideris: Yo tampoco. El caso es que de esa unión nació el Minotauro. Así que no podemos decir que dicho monstruo fuera exactamente hijo de Minos…

Rena: Aunque sí es cierto que fue el rey Minos quien hizo construir el Laberinto para encerrar al Minotauro.

Entrevistador: ¿Qué tenían de especial los minoicos para que nos interesen tanto hoy día?

Sideris: En primer lugar, que influyeron muchísimo en Grecia. Los griegos de la Época Clásica debían a los minoicos mucho de su arte, su religión o sus mitos.

Entrevistador: Y todos sabemos que Grecia es la cuna de Occidente…

Sideris: Así es. Eso significa que, en realidad, buena parte de lo que somos hoy día se lo debemos a los minoicos. En Creta, y sobre todo en Santorini, estamos desenterrando las verdaderas raíces de Europa y de toda la civilización occidental.

Entrevistador: Muy inspirador, doctor Sideris.

Rena: Mi ilustre colega tiene un gran talento para las frases grandiosas. Pero, por bajarnos un poco de la retórica y ceñirnos a nuestros hallazgos arqueológicos, me gustaría añadir que la cultura material de los minoicos era increíblemente avanzada para la época.

Entrevistador: ¿Puede ponerme algún ejemplo?

Rena: Claro. En sus palacios y en muchas de sus casas disfrutaban de agua corriente y de retretes, un lujo que después desapareció y sin el que hoy día no seríamos capaces de vivir.

Entrevistador (riéndose): Yo, desde luego, no.

«Debería haber sido más diplomática con Sideris en aquella entrevista», pensó Rena. Al fin y al cabo, él era su superior.

«Para eso tendría que volver a nacer», se corrigió a sí misma. No soportaba a Sideris, la exasperaban su falsa galantería, su vanidad y su afán por arrogarse todos los méritos de un equipo de más de doscientas personas.

Y, sobre todo, la sacaba de quicio pensar que le estaba ocultando algo.

«Decidido», pensó, aplastando la colilla en el cenicero. Iba a entrar en las excavaciones y descubrir qué escondía Sideris.

Rena subió las escaleras que serpenteaban entre los apartamentos colgados sobre el acantilado, ciento cincuenta peldaños de dimensiones irregulares que quemaban las piernas de cualquiera. Al llegar arriba, respiró hondo y se masajeó los muslos. Tras un breve descanso, cruzó la carretera, entró en su coche y arrancó.

Por el camino se cruzó con dos motoristas que no llevaban casco; lo habitual entre los lugareños, incluso en pleno invierno. Como solía ocurrirle, se sintió un poco culpable por haber alquilado un coche en lugar de una moto. Iris Gudrundóttir, la joven islandesa miembro del equipo de vulcanología, solía reprocharle:

– ¿No te parece absurdo usar una máquina que pesa más de una tonelada para transportar a una persona que no llega a sesenta kilos?

Rena ya no se veía con edad para acostumbrarse a conducir una moto. Además, con el viento que solía soplar en la isla, temía que cualquier racha la arrojara por un acantilado. Al menos, el coche que llevaba era eléctrico, tan silencioso que el ruido del aire en el exterior ahogaba el zumbido de su motor.

Cuando llegó al primer cruce, Rena tomó el camino de la derecha. Al cabo de un rato, la carretera se apartó de los acantilados y empezó a descender hacia la costa sur por un valle recubierto de capas de ceniza volcánica en las que la erosión había trazado diseños tan caprichosos como los dedos de un niño en la arena de la playa.

Cuando llegó a las excavaciones, Alex, el guardia que estaba de turno aquella noche, dejó la videoconsola y salió de la caseta.

Rena lo había calculado bien. Alex se llevaba bien con ella y, sobre todo, no soportaba a Sideris a raíz de una bronca que le había echado delante de veinte personas.

– ¿Cómo es que viene a estas horas, doctora?

– Me he dejado unas notas. -«Y tengo que terminar un artículo muy importante esta misma noche», pensó en añadir; pero se dijo que dar demasiadas explicaciones a un subordinado haría menos verosímil su excusa.

– ¿La acompaño? -preguntó Alex, desenganchándose del cinturón una gruesa linterna-. Es fácil tropezar ahí dentro y…

«Y romper algo», podría haber completado. Obviamente, no se atrevió a explicarle a una arqueóloga con treinta años de experiencia lo delicado que era el yacimiento.

– No hace falta -dijo Rena, encendiendo su propia linterna.

Rena tomó la antigua entrada, situada en el lado sur. Durante décadas, las excavaciones habían estado abiertas al público. Pero en 2005 se había producido un accidente un tanto esperpéntico. El yacimiento estaba protegido por un tejado de uralita sostenido sobre columnas de Dexion. Para minimizar el impacto visual sobre el medio ambiente, se decidió recubrir la uralita con una capa de tierra y musgo, de tal manera que desde las alturas que rodeaban el valle de Akrotiri las excavaciones resultaran prácticamente invisibles.

Para que el musgo se mantuviera verde, los operarios lo regaban de vez en cuando. La tierra se fue empapando hasta compactarse y aumentar de peso, y la carga debilitó poco a poco la estructura. Un fatídico día de septiembre un sector entero de techo se vino abajo. Un turista gales murió y seis personas resultaron heridas.

Desde entonces, los turistas no habían vuelto a entrar en las ruinas de Akrotiri. El mismo mes en que estaba previsto abrirlas al público, en abril de 2012, el volcán habló de nuevo y todos los planes cambiaron. Ahora la razón para cerrar las excavaciones a los turistas no era la seguridad, sino que los visitantes podían entorpecer el trabajo de los arqueólogos, que trabajaban durante todo el año, pese al viento, la lluvia o el frío.

Entrevistador: Como nuestros espectadores sabrán, el año 2012 no fue el fin del mundo.

Rena: ¿Es que alguien lo esperaba en serio?

Entrevistador: No obstante, Santorini sufrió una erupción volcánica acompañada de un fuerte terremoto. El yacimiento en el que ustedes trabajan sufrió importantes destrozos, ¿no es cierto?

Sideris: Así es.

Entrevistador: Según los informes de los expertos, es posible que en el futuro se produzca una erupción mucho más violenta. Dicha erupción podría dañar de forma irreparable las ruinas de Akrotiri. ¡Dañar unas ruinas! Suena paradójico, ¿verdad?

Sideris: Sí, pero se trata de una amenaza muy real. Por eso, desde que el consorcio presidido por nuestro patrocinador, el señor Spyridon Kosmos, tuvo a bien nombrarme director de las excavaciones, he multiplicado por diez el ritmo de trabajo.

Entrevistador: ¡Por diez! Eso sí que es mejorar resultados.

Sideris: Quiero desenterrar todos los edificios y obras de arte que pueda para fotografiarlos, estudiarlos y, en lo posible, trasladarlos a un lugar seguro antes de que se produzca la erupción.

Rena: Aunque aquello que no podamos desenterrar seguirá bien protegido bajo una capa de unos cuantos metros de ceniza que, simplemente, será más gruesa. (Sideris mira de reojo a Rena y frunce el ceño, pero no dice nada).

Era la primera vez que Rena entraba de noche en la antigua ciudad. Un aquel silencio espectral, apenas iluminado por las luces de emergencia y el haz de su linterna, le pareció oír las voces de los niños que jugaban por los callejones, y sintió una mezcla de reverencia y temor.

Caminó entre casas de dos, tres y hasta cuatro pisos de altura que se levantaban arracimadas unas con otras. Las calles eran estrechas y tortuosas, construidas en aparente desorden. Sin embargo, ofrecían sombra en verano y en invierno sus ángulos cambiantes protegían de los ventarrones tan habituales en la isla. El empedrado estaba pulido por el paso de los viandantes, y bajo él corrían las alcantarillas que llevaban los residuos de los retretes privados a los pozos negros.

Todo el conjunto se había salvado gracias a la gran erupción de la Edad de Bronce. En circunstancias normales, los vecinos de Akrotiri habrían construido viviendas nuevas encima de las antiguas, borrando así las huellas del pasado. Pero el volcán hizo que los habitantes evacuaran la población y después enterró las casas bajo una espesa capa de cenizas, como una fotografía eternamente congelada.

Rena llegó a la calle que habían bautizado como «de los Caldereros» porque allí habían hallado calderos de cobre y de bronce. Algo raro en Akrotiri: antes de evacuar la ciudad, los habitantes se habían llevado prácticamente todos los objetos de valor, y eso incluía los enseres metálicos.

Sospechaba que era en esa zona donde Sideris había hecho algún hallazgo espectacular que quería ocultar hasta que llegara el mejor momento para sacarlo a la luz y colgarse todas las medallas. Desde hacía varias semanas, cada vez que Rena se acercaba a la calle de los Caldereros le salía al paso algún miembro de la cuadrilla personal de Sideris para consultarle dudas o hacerle comentarios intrascendentes. Era como si quisieran ganar tiempo para tapar algo.

En teoría, todo lo que había en el subsuelo de Akrotiri aparecía en las imágenes del radar de penetración terrestre. Pero, sin ser ninguna hacker, Rena sabía muy bien que las lecturas en 3D del radar se podían ocultar y cifrar, sustituyéndolas por otras para engañarla a ella y a la mayoría del equipo.

Para frustración de Rena, el aspecto que presentaban la calle y las casas era el mismo de todos los días. «Era evidente que no podía ser tan fácil», pensó.

Estaba planteándose dar media vuelta cuando se detuvo en seco. Sintió un vacío en el estómago y empezó a sudar frío.

Se miró los antebrazos. Tenía el vello erizado.

Bajo sus pies notó una vibración sorda, y después escuchó una grave trepidación, como si las tripas de la Tierra rugieran de hambre. Brrrrmmmm…

Medio segundo después llegó el terremoto. El rugido se convirtió en un bramido ensordecedor y el suelo se sacudió como una cuna agitada por las manos de un gigante loco.

Rena recordó las instrucciones de su madre, que había vivido más de un temblor de tierra. «Si no te da tiempo a salir a la calle, ponte bajo el dintel de una puerta».

Ahora, la «calle» se hallaba debajo de un cielo de metal que en el pasado ya se había derrumbado con consecuencias letales. Rena prefirió correr hacia la derecha y refugiarse bajo la puerta de una casa, sin pensar que aquel dintel tenía tres mil quinientos años y seguramente no resistiría mucho.

Pero no fueron ni la pared ni la viga de madera del dintel las que cedieron, sino el suelo. Con un grito de terror, Rena se hundió bajo tierra.

Entrevistador: Ustedes dos trabajan en las excavaciones de Akrotiri, a la que muchos han llamado «la Pompeya del Egeo». ¿Por qué esa comparación?

Rena: Porque, al igual que Pompeya, la ciudad de Akrotiri quedó enterrada bajo las cenizas de un volcán hace tres mil quinientos años.

Sideris: Sólo que la erupción de Santorini fue muchísimo más violenta que la del Vesubio. Su magnitud fue tal que precipitó el fin de la civilización minoica no sólo en Santorini, sino también en Creta, cien kilómetros al sur. En Egipto provocó las tinieblas que se mencionan en la Biblia, y a nivel global hizo bajar las temperaturas en todo el mundo.

Entrevistador: Eso no nos vendría mal hoy día con el calentamiento…

Sideris: Algunos expertos, entre los que me encuentro, postulan que esa tremenda catástrofe originó el mito de la Atlántida.

Entrevistador: Eso es muy interesante. Pero seguro que usted tiene otra opinión, doctora Christakos. ¿Cree que Santorini pudo haber sido la Atlántida?

Rena: Sólo en un sentido muy metafórico. Es cierto que el volcán hundió bajo las aguas más de media isla. Pero Santorini no era el centro de una auténtica civilización, sino una colonia de Creta.

Sideris: Siento disentir, con todo respeto, de las opiniones de mi colega la doctora Christakos. Creo que en las excavaciones que dirijo encontraremos pruebas de que Santorini no era una simple colonia. Se trataba de una metrópoli por derecho propio que no dependía de Creta, sino que ejercía una gran influencia sobre ella. En mi opinión, Santorini era el verdadero corazón de la civilización minoica.

Rena: Discrepo. También con todo respeto, por supuesto.

Sideris: No esperaba menos de usted, mi querida Rena.

Rena: Akrotiri, la ciudad que ambos excavamos, debió tener unos doce mil habitantes. Se trataba de una cifra respetable para la Edad de Bronce, pero estaba lejos de ser una urbe tan populosa como Cnosos. Yo sigo fiel a la ortodoxia: el núcleo de la civilización minoica se hallaba en Creta.

Sideris: Mi querida Rena, da usted por supuesto que sólo había una ciudad en Santorini. Pero los espectadores han de saber que en el centro de la bahía se alzaba una isla coronada por un volcán.

Rena: Aunque así fuera…

Sideris: Estoy convencido de que en las laderas de ese volcán había otra ciudad mucho mayor que Akrotiri, y que era la auténtica capital de la isla. Pero todo eso se hundió bajo las aguas durante el gran cataclismo.

Entrevistador: ¿No hay restos de esa capital?

Rena: No, no los hay.

Sideris: Todavía no se han descubierto, lo que no significa que no existan. Gracias al generoso mecenazgo de nuestro patrocinador, el señor Spyridon Kosmos, el buque oceanográfico Poseidón está rastreando los fondos de la bahía en busca de vestigios de esa ciudad perdida.

Entrevistador: ¿Y creen ustedes que los hallarán?

Rena: Nada me agradaría más que equivocarme, pero dudo que el Poseidón encuentre nada de interés.

Sideris: Yo soy más optimista. La erupción del año 2012 ha elevado y removido el fondo de la bahía. Presiento que pronto encontraremos alguna sorpresa que ha permanecido oculta durante siglos. Entrevistador: ¿Sorpresa que corroboraría su teoría de que Santorini era la auténtica Atlántida?

Sideris: Prefiero no anticipar acontecimientos.

Mientras el suelo cedía bajo sus pies y el mundo rugía y chirriaba a su alrededor, Rena resbaló casi dos metros, tratando de cubrirse la cabeza con los antebrazos por si le caía encima algún cascote.

Pasados unos diez segundos, el suelo dejó de sacudirse. Durante u n rato se oyeron rechinos de metal, como lamentos de un robot oxidado desperezándose en una mañana invernal. Rena volvió a acurrucarse y se tapó la cabeza, temiendo que las vigas de acero y el techo de uralita se vinieran abajo.

Poco a poco, los crujidos se apagaron y toda la estructura pareció asentarse. Rena contuvo la respiración. Esperaba escuchar de un momento a otro cómo se desplomaba alguna casa. Por alguna razón pensó que, si aquello ocurría, todos los edificios de Akrotiri se derrumbarían como piezas de dominó. Pero no se oyó nada.

Por suerte, llevaba la linterna atada a la muñeca y no la había perdido. Se incorporó y alumbró a su alrededor. Estaba sobre una escalera de piedra que se hundía bajo tierra. Miró hacia arriba y comprobó que se había caído al pisar en la juntura entre dos planchas de hierro estriado que se habían desplazado con el seísmo.

Obviamente, aquellas planchas no eran de la Edad de Bronce. Alguien las había cubierto con tierra y ceniza para que no se notara su presencia.

¡Tenía razón! No era ninguna paranoica: Sideris le ocultaba algo.

A lo lejos escuchó la voz de Alex.

– ¡Doctora Christakos! ¡Doctora Christakos!

No estaba bien dejar que el vigilante se preocupara por ella. Pero tenía que bajar por aquella escalera y comprobar adonde conducía. Sólo así desenmascararía los manejos de Telamón Sideris.

«Te ha salido el tiro por la culata, mi querido Sideris. De ésta acabo con tu carrera».

Rena bajó quince escalones, sin pensar en el peligro que suponía entrar en el sótano de un edificio construido hacía miles de años, y mucho más después de un temblor de tierra. O tal vez lo pensó, pero le dio igual. La emoción del descubrimiento y la furia por haber sido engañada neutralizaban cualquier otra sensación.

En el sótano había varias metretas, grandes ánforas ordenadas en hileras de cuatro. Entre ellas se alzaban vigas metálicas de Dexion que apuntalaban el techo.

Rena se sintió defraudada, pero su decepción apenas duró dos segundos. En una de las paredes se abría otra puerta de la que partía una segunda escalera.

Respiró hondo y emprendió el descenso a las tinieblas. Cuando llevaba un rato bajando se detuvo a olisquear. El aire no era tan rancio como esperaba. El túnel debía tener conductos de ventilación construidos por los antiguos teranos y reabiertos por Sideris.

Los peldaños estaban tallados en la roca viva. Rena alumbró las paredes y las tocó. Eran de ignimbrita rojiza, producto de una erupción anterior a la que había enterrado la ciudad, en aquella capa se habían encontrado algunas cuevas excavadas por el hombre, tumbas de tiempos prehistóricos.

Pero el túnel que recorría Rena parecía más moderno. Sospechaba que lo habían excavado en la Edad de Bronce, tal vez ampliando alguna galería natural. «Esto debe de conducir a algún tipo de santuario», pensó.

Había perdido la cuenta de los peldaños cuando el haz de la linterna alumbró el final de la escalera. Rena volvió a aguantar la respiración al vislumbrar los vivos colores de un fresco. En Akrotiri se habían hallado decenas de pinturas murales, pero cada nuevo hallazgo suponía una emoción indescriptible. Y mucho más en un pasadizo secreto excavado bajo tierra.

Entrevistador: Tengo entendido que la cultura minoica también destacó por sus artes.

Rena: Así es. La prueba son los frescos que decoran los palacios y las casas de Creta y Santorini. Son increíblemente vivos y elegantes, y demuestran que los minoicos eran un pueblo que amaba la naturaleza y que sabía disfrutar de la vida.

Entrevistador: Hay quien dice que eran prácticamente pacifistas… (Sideris carraspea).

Sideris: Llamarlos pacifistas resulta un tanto excesivo. Es cierto que sus ciudades no tenían murallas…

Rena: Lo cual ya demostraría algo sobre ellos.

Sideris: Sólo demuestra que no necesitaban murallas porque su flota dominaba los mares y no temían invasiones del exterior. Por otra parte, en contra de esa visión tan pacifista está el asunto de los sacrificios humanos.

Entrevistador: ¿Sacrificios humanos? Eso no suena muy civilizado. ¿A qué se refiere?

Sideris: En un lugar llamado Anemospilia se encontraron pruebas de que dos sacerdotes, un hombre y una mujer, habían sacrificado a un joven.

Entrevistador: ¿Qué tiene que decir ante eso, doctora Christakos?

Rena: Yo no generalizaría a partir de ese hecho. Un solo sacrificio no es más que una anécdota en una civilización que duró tantos siglos. Me cuesta creer que la misma cultura que otorgaba tanta importancia a la mujer y prefería representar fiestas que batallas se complaciera arrancando corazones humanos.

El pasadizo desembocaba en una sala rectangular. La pared sur era de roca viva, pero las otras tres estaban recubiertas de yeso y pinturas. Olía a resina acrílica, lo que significaba que Sideris había empezado con las tareas de conservación: en algunos puntos se veían tiras de gasa y papel japonés que evitaban que los fragmentos descascarillados se desprendieran.

Las escenas representadas en la sala eran tan complejas y abigarradas que Rena decidió estudiarlas poco a poco, empezando por la pared occidental.

Allí había una ciudad, representada por unas quince casas apelotonadas cuyos moradores estaban asomados a las ventanas y subidos a las azoteas. Sobre sus cabezas se elevaba un risco por encima del cual se veía el suave azul del cielo. Y allí estaba lo que más sorprendió a Rena.

Escritura. Cinco signos nítidamente trazados en negro.

Era la primera vez que veía escritura y pintura combinadas en el arte minoico. Se trataba de Lineal A, un sistema de caracteres silábicos cuya equivalencia fonética se conocía, aunque el idioma que plasmaban aun no había sitio descifrado por completo.

– A… ta… na… ke… mi -silabeó Rena.

En la parte derecha de la pared, unos barcos abandonaban la ciudad. En ellos viajaban jóvenes desnudos y muchachas vestidas tan sólo con faldellines. Aunque apenas se les apreciaban los pechos, Rena supo que eran mujeres, pues el arte minoico siempre representaba a las hembras con la piel blanca, en contraste con la tez bronceada de los varones.

Cruzó al otro lado de la sala para examinar el mural oriental. La figura principal era una mujer sentada sobre una plataforma con cojines. Vestía una falda larga de volantes y una chaquetilla que mostraba sus senos. Debía tratarse de la gran diosa de la Tierra, la divinidad principal de la religión minoica. O de su sacerdotisa. O tal vez de ambas cosas a la vez: una mujer mortal poseída por el espíritu de la divinidad.

A Rena se le erizó el vello de la nuca al ver la escena que se desarrollaba a los pies de la diosa. Había un altar blanco, y sobre él un hombre y una mujer, ambos desnudos. Un sacerdote estaba abriendo el pecho del varón con un cuchillo. En cuanto a la mujer, la sacerdotisa le había extraído va el corazón y se lo ofrecía a la diosa con sus manos ensangrentadas.

«Sideris ya había visto esto cuando nos hicieron la entrevista», pensó. Por eso había insistido tanto en el asunto de los sacrificios humanos. ¿Qué más información privilegiada guardaba el endiosado director?

Rena se acercó a la pared norte, la última que le quedaba, listaba cubierta prácticamente del suelo al techo por una gran escena mural que representaba dos poblaciones.

En la ciudad que se encontraba en la parte inferior del fresco había unas veinte casas de colores ocres y azulados. Los vecinos del lugar miraban hacia la izquierda, por donde llegaba un barco que, aparentemente, procedía de la ciudad representada en el primer fresco que había examinado.

Junto a las casas había otros cuatro signos de lineal A. Rena los leyó uno por uno.

– Qwe… ra… ke… mi-después volvió a acercarse a la pared oeste y alumbró los símbolos que había leído antes-. A… ta… na… ke… mi.

Si prescindía de los dos últimos símbolos, que eran iguales, le quedaban dos palabras: Qwera y Atana.

– Un momento -susurró, volviendo a la pared norte y a la población pintada en su parte inferior. Qwera era la forma antigua del nombre de…

– ¡Tera!

Aquella ciudad tenía que ser la propia Akrotiri, en cuyos subterráneos se encontraba ahora mismo. Por lo tanto, Atana no podía ser otra que Atenas. Y Kemi debía significar «ciudad».

A-ta-na-ke-mi, «la ciudad de Atenas». Qe-ra-ke-mi, «la ciudad de Tera».

Las pulsaciones de Rena volvieron a acelerarse. Los barcos que partían de Atenas en dirección a Tera llevaban a bordo a jóvenes desnudos. Sin duda, se trataba de las mismas víctimas que se sacrificaban ante la Gran Diosa en el fresco que tenía a su derecha.

Pensó en el mito del Minotauro. Cada cierto tiempo, los atenienses enviaban a catorce jóvenes de ambos sexos para ser sacrificados en el Laberinto de Creta. Siempre se había pensado que aquella leyenda obedecía a una razón histórica: hacia el año 1500 antes de Cristo, los minoicos de Creta dominaban todo el Egeo, y las islas y ciudades ribereñas se veían obligados a mandar tributos al palacio de Cnosos, un edificio tan grande y de planta tan enrevesada que había inspirado la leyenda del Laberinto.

Pero, según el fresco, el lugar donde los atenienses enviaban a aquellos infortunados jóvenes no era Cnosos, sino la isla de Tera. De ser así, el centro del imperio marítimo del fabuloso rey Minos no se hallaba en Creta, sino en Santorini. Un descubrimiento de tal calibre obligaría a modificar los manuales de historia antigua y a reinterpretar muchos mitos.

«En mi opinión, Santorini era el verdadero corazón de la civilización minoica», había dicho Sideris en la entrevista. ¿En su opinión? El viejo granuja tenía pruebas, y las había ocultado. ¿Qué más sorpresas escondía aquel fresco?

El haz de la linterna trepó poco a poco por la pared, buscando nuevos detalles. Sobre las casas de la ciudad se veía una cinta azul, una circunferencia de agua que debía representar la bahía central de Santorini.

En medio de la bahía se levantaba una gran montaña. De su cumbre brotaban dos penachos negros que se retorcían en volutas: gases volcánicos. Pero lo que más le llamó la atención fueron las construcciones que se alzaban bajo la cima de aquel volcán.

Allí había otra ciudad.

«Estoy convencido de que en las laderas de ese volcán había otra ciudad mucho mayor que Akrotiri, y que era la auténtica capital de la isla».

Sideris había jugado sobre seguro en aquella entrevista. Si todo le salía bien, los titulares hablarían de LA PRODIGIOSA INTUICIÓN DE UN VETERANO ARQUEÓLOGO.

«Ya procuraré yo que le retiren incluso la licencia para excavar», pensó Rena. El engaño de Sideris la enfurecía, pero el asombro y el deleite ante lo que estaba descubriendo superaban su indignación.

Bajo la cima del volcán se veía un edificio de forma triangular -¿una pirámide?- coronado por una cúpula amarilla. Rena jamás había visto una cúpula en el arte minoico, pero aquélla era sólo una sorpresa más entre las maravillas que estaba encontrando.

Sobre el tejado del edificio, justo bajo la cúpula, había un hombre y una mujer. Ella vestía una falda y un corpiño que mostraba sus pechos, y parecía una versión a escala reducida de la diosa que recibía el corazón sangrante en la pared de la derecha.

En cuanto al hombre, llevaba sobre la cabeza unos cuernos de toro. ¿Sería el auténtico rey Minos? ¿Explicarían aquellos cuernos la leyenda del Minotauro?

Pero Minos reinó en Creta. Al menos, según la tradición. ¿Y si la tradición se equivocaba?

Al pie de la pirámide, los jóvenes prisioneros que venían de Atenas se acercaban en dos hileras, desnudos y con las cabezas cubiertas por capuchas. ¿Era allí donde les arrancaban el corazón?

«¿Qué mejor lugar para ofrecer un sacrificio a la Gran Diosa Tierra que junto al cráter de un volcán?», pensó Rena.

A unos centímetros de la cúpula se veían otros ocho signos de Lineal A, esta vez trazados en azul sobre el ocre del volcán. Rena se acercó a menos de un palmo y los alumbró. No recordaba cómo se leía el cuarto. Cerró los ojos y se concentró en visualizar la tabla de silabogramas.

Na. ¿Na? Sí, sin duda era «na».

Volvió a abrir los ojos y leyó muy despacio.

– A… ta… ra… na… ti… da… ke… mi. La ciudad de Ataranatida.

Aquellos silabogramas sólo tenían una pronunciación posible.

Conteniendo la respiración, Rena alumbró de nuevo la cúpula amarilla y recordó una palabra que aparecía en un diálogo de Platón. Oricalco. El «bronce de la montaña», un metal dorado que sólo se encontraba en…

– La Atlántida -dijo una voz a sus espaldas.

Rena se volvió. Sin que ella lo oyera, alguien había entrado en la cripta.

«Es imposible. No puede haber salido de la pared», se dijo, a sabiendas de que era un pensamiento absurdo.

Al igual que la figura del fresco, el hombre iba tocado con dos cuernos de toro y vestido tan sólo con un faldellín rojo. Las llamas de la antorcha que empuñaba en la mano derecha arrancaban brillos cobrizos a su torso musculoso y untado de aceite. Llevaba el rostro tiznado como un soldado de operaciones especiales, de tal modo que sólo se distinguía el blanco de sus ojos.

Toparse con un desconocido en una cripta enterrada bajo los restos de una ciudad muerta era razón suficiente para asustarse. Pero el terror que invadió a Rena fue tan intenso que a ella misma le pareció sobrenatural.

Tal vez la causa estaba en los ojos de aquel hombre. Apenas parpadeaban, y tenían unos iris como manchas de tinta que se confundían con las pupilas. Ante aquella mirada, Rena sintió un retortijón en el vientre, como si se hubiera tragado un bloque de hielo obtenido de una charca putrefacta.

«Son los ojos del mal», pensó.

Rena echó a correr hacia la salida. En lugar de impedírselo, el intruso se apartó a un lado. Pero cuando Rena empezó a subir la escalera, sintió unos pasos descalzos tump, tump- que la perseguían.

Sin girar la cabeza., apretó el paso. A su edad no se habría imaginado subiendo peldaños de dos en dos como Cuando era adolescente, pero el miedo cerval que la poseía le otorgaba fuerzas insospechadas.

Mientras el haz de su linterna bailaba como un fantasma huidizo sobre los escalones, Rena tuvo una extraña visión en la que se contempló a sí misma tumbada en un altar bajo una cúpula dorada y con el corazón arrancado del pecho.

Y fue el corazón lo que empezó a dolerle, incluso antes que las piernas. Jamás había tenido problemas con él ni con la circulación, salvo unas pequeñas varices de las que se había operado tres años antes. Pero cuando llegó a la bodega de las ánforas y a la escalera por la que se había caído durante el seísmo, notó cómo las pulsaciones se le aceleraban más de lo que recordaba haber sentido en toda su vida.

Me va a dar un infarto», pensó.

Sin embargo, no podía dejar de correr. Salió a la calle de los Caldereros y giró hacia el sur, buscando la salida de las excavaciones.

– ¡Alto!

La orden taladró su nuca y sus riñones como un clavo. Rena se frenó en seco y se dio la vuelta. El hombre de los cuernos de toro, que había salido ya del sótano, avanzó hacia ella con la antorcha en la mano, pero se detuvo a unos pasos.

Rena apoyó las manos sobre las rodillas y trató de recuperar el aliento. Le fue imposible. El miedo que le infundía aquel hombre era algo animal, visceral, y le impedía respirar más que unas breves bocanadas de aire que apenas llenaban sus pulmones.

Lejos de ralentizarse, sus pulsaciones se dispararon. Al mismo tiempo que una nueva oleada de miedo encogía sus tripas, Rena sintió cómo un puño helado entraba en su pecho y le estrujaba el corazón. El dolor era tan insoportable que Rena cayó de rodillas al suelo.

«Es imposible. No se puede morir de miedo», se dijo.

Fue su último pensamiento.

SEGUNDA PARTE

SÁBADO

Capítulo 5

España, Málaga .

Gabriel Espada. Investigador de lo oculto.

Sentado en una cafetería de la estación de tren, Gabriel miró la tarjeta negra, la última que le quedaba, y la hizo pedacitos.

Hoy cumplía cuarenta y cinco años. Un buen día para empezar a librarse de su pasado.

Según las estadísticas, y teniendo en cuenta que no fumaba, no tenía sobrepeso y solía hacer deporte -a cambio, había días, y sobre todo noches, en que bebía más de la cuenta-, Gabriel estaba justo a la mitad de su vida. Así se lo había confirmado la web www.howmanyyearsoflife.com

El problema era que, a los cuarenta y cinco, ya era demasiado mayor como para hacerse ilusiones. Era posible que a Gabriel le quedasen otros cuarenta y cinco años de vida. Pero a esas alturas ya sabía que durante ese tiempo no iba a hacer nada importante, nada que pudiera emocionarlo. Nada que dejara la huella con la que había soñado cuando era más joven y se le daba tan bien engañarse a sí mismo como engañar a los demás. Simplemente, no le quedaban fuerzas.

Tienez un menzaje, gorunko, canturreó el teléfono con la voz de Gordimandias, el personaje más popular de una serie de dibujos animados.

09:30

dnde stas? xq no kntxtas? no se k te e exo para k te vayas asi.

eres un fraude, un puto FRAUDE, Gabriel Espada.

Era el quinto mensaje que le mandaba C en menos de media hora, por no hablar de las llamadas.

Gabriel no podía sentirse ofendido. Ella tenía razón, era un fraude y llevaba siéndolo mucho tiempo. Lo peor era que se empeñaba en engañarse a sí mismo.

Al menos, C se había ganado una despedida.

Eres una gran chica. Te mereces algo mejor y lo tendrás. No te preocupes por mí. Siempre caigo de pie.

«Sólo que cada vez caigo más abajo», añadió para sí Gabriel. Tras enviar el mensaje, entró en el servidor de Vodafone para cambiar su número. Cuando se le ofreció la opción ¿Enviar nuevo número a todos los contactos?, Gabriel eliminó de la lista el nombre de C Después borró a cuatro personas más de las que se había ido distanciando en los últimos tiempos.

Una buena forma de cortar amarras y empezar a simplificar su vida.

Cuando terminó, se sentía culpable, pero también aliviado. Durante ese tiempo no había pegado un palo al agua, y además había gastado tanto dinero que desde hacía una semana no se atrevía a consultar su cuenta bancada.

Por no hablar del sexo. En las dos semanas y pico desde que la conoció en aquel garito habían copulado como conejos. Lo habían hecho incluso en el Audi deportivo de ella y en una carretera no tan secundaria, y después Gabriel había tenido agujetas durante tres días por los contorsionismos amatorios. En un momento dado, más ahíto y agotado de lo que él mismo querría reconocer, había perdido la cuenta de los polvos. Para que no se le cayeran los pantalones -el poco tiempo que ella le dejaba llevarlos puestos- había tenido que abrirse un agujero más en el cinturón.

La noche anterior, dándole vueltas a la decisión que tenía que tomar y al daño que, irremediablemente, le haría a la chica, Gabriel había tardado en dormirse.

Fue entonces cuando le llegó aquel sueño.

Se había despertado empapado en sudor, con el corazón desbocado y repitiéndose: «Tengo que salir de aquí». Un pensamiento parecido al último que había albergado antes de cerrar los ojos. Pero ahora la razón no era la chica, sino algo que había presentido en el sueño, y la nueva urgencia de huida superaba a la anterior en un orden de magnitud. Por eso había saltado de la cama y había salido de la terraza.

Ahora, mientras esperaba al AVE sentado en una cafetería de la estación, volvió a pensar en el sueño. Al tratar de recordarlo, las imágenes retrocedieron como la espuma del mar, dejando sensaciones imposibles de interpretar. Bultos informes, masas de oscura incandescencia que se movían con una lógica que a Gabriel se le escapaba, y sin embargo impulsadas por una voluntad hostil, ajena y tan intensa que su cercanía lo abrasaba.

Huye. Vuela. Sobrevive.

Pensó en pedir otro café por hacer algo, pero ya estaba bastante nervioso con el sueño, la huida de madrugada y sus calamitosas finanzas. A la hora de sacar el billete de tren con la VISA había sufrido un momento de sudor trío, aunque la máquina expendedora se lo había entregado sin problemas. Durante su fuga a ninguna parte con C y sus amigos pijos, cada vez que usaba la tarjeta lo hacía tapándose los ojos para no mirar el estado de la cuenta.

Ahora, sentado en la cafetería, Gabriel decidió afrontar lo inevitable y entró en la página de su banco. En la cuenta corriente le quedaban 150 euros, más una deuda de 2.354 euros en la tarjeta de crédito. Mordisqueó el puntero del móvil (no le gustaba manchar la pantalla con los dedos). Normalmente pagaba la VISA el día 10 de cada mes, pero ahora le iba a ser imposible. Por suerte, estaba en lo que él llamaba «los días intermedios»: desde el día 5, en que el banco le cerraba el recibo de la VISA, podía disponer de todo su crédito, que era de 3.000 euros.

Transferir dinero de tarjeta de crédito a cuenta corriente. ¿Aceptar?

Gabriel pulsó en Sí.

La entidad emisora de la tarjeta le cobrará un interés del 5%. ¿Está seguro?

«Qué remedio», pensó, y pulsó en Aceptar. La transferencia entre el mundo virtual del crédito y el mundo apenas un poco menos ficticio del dinero en efectivo fue instantánea. Ahora Gabriel tenía 2.550 euros, sacados de la VISA para pagar el recibo de la propia VISA que le llegaría tres días después. Una especie de canibalismo inverso. A partir del 10 se quedaría pelado y con una deuda de 2.400 euros más 120 de intereses que tendría que abonar en poco más de treinta días.

Y era de suponer que durante ese tiempo tendría que comer y pagar algún que otro recibo.

Por más que uno intente empezar de nuevo, a veces el banco no se lo permite. Marcó el número de Elena Collado, su «agente».

– Ése soy yo.

– …

– Sí, lo sé. Lo siento. Estaba oxigenándome. Me hacía falta.

– …

– No me encontraba bien de ánimo. Ya te he dicho que lo siento.

– …

– Pues era precisamente lo que te iba a…

– …

– Muy simpática, Elena. Yo también te quiero. Necesito que me busques clientas.

– …

– No, no te pases. Dos por noche como mucho. Cansa más de lo que crees.

– …

– Sí, esta misma tardenoche podría.

– …

– Vale, luego hablamos.

«Si mi padre me viera…». Era un pensamiento que le asaltaba muy a menudo. Su madre también estaba muerta -un derrame cerebral en la última noche de Reyes-, pero Gabriel no sentía su presencia como la de un ángel guardián o un superyó freudiano, cosa que sí le ocurría con su padre.

Don Hernán Espada, profesor de Física y director de instituto. Un hombre que, hasta que enfermó de cáncer, no había faltado jamás a clase, ni siquiera cuando nacieron sus hijos Gabriel y Natalia. Que nunca había comprado nada a plazos. A quien nadie en su vida vio borracho ni tan siquiera achispado. Que nunca había llamado a un fontanero, a un pintor o a un electricista, porque para eso, como decía él, tenía dos manos y un cerebro. Un hombre modélico, en suma. Al parecer, sólo había hecho algo mal en su vida.

Tener un hijo como él. C había resumido su existencia en una sola palabra.

Fraude.

Su padre había muerto cuando Gabriel estaba en la primera de las tres facultades por las que había pasado -Psicología, Historia y Periodismo-. Así pues, no había presenciado cómo no llegaba a licenciarse ni en Psicología ni en Histona ni en Periodismo. Tampoco había llegado a ver publicados los libros de su hijo, pero seguramente no se habría sentido orgulloso de ellos.

Su primera novela, Crisálidas de la galaxia, era un proyecto que arrastraba desde el instituto y que terminó poco después de casarse. La segunda, Sembradores de cometas, le Llevó otros cuatro años. Ambas eran obras muy ambiciosas sobre universos completos y coherentes, en las que hacía profundas especulaciones sociológicas. Habían supuesto un enorme trabajo y las críticas especializadas fueron excelentes. De la primera, Crisálidas, llegó a vender en total 417 ejemplares. Sembradores había tenido algo más de éxito y había rozado la barrera de los mil. Por la parte de abajo.

– ¿Sabes a cuánto te ha salido la hora de trabajo con Sembradores? -le dijo Marisa cuando Gabriel le habló de un nuevo proyecto aún más largo y ambicioso, La plenitud del inicio. Gabriel no se esperaba esa salida de Marisa.

– Seguro que tú ya lo has calculado.

– Pues sí. Han sido unas cuatro mil horas de trabajo, que has cobrado a sesenta y dos céntimos la hora, Gabriel. ¡Sesenta y dos céntimos! ¿Te das cuenta de que fregando escaleras ganarías diez veces más?

El comentario de Marisa le había dolido tanto a Gabriel que ya no volvió a escribir novelas. Desde entonces, había decidido probar con la divulgación a medias entre lo esotérico y lo científico, un género que solía tener buenas ventas.

Para su desgracia, Gabriel era, intelectualmente hablando, demasiado honrado. Al final las conclusiones de sus libros eran las mismas: la telepatía no estaba demostrada, aunque tal vez en el futuro se encontraran pruebas de ella; probablemente no existía más vida inteligente en el Universo; era muy posible que la Atlántida sólo fuese una broma pesada de Platón…

Aquello no era lo que la gente quería leer. Sus ensayos habían funcionado algo mejor que las novelas, entre los dos mil y los cuatro mil ejemplares, pero seguía sin ganar dinero de verdad.

– ¿Por qué no puedes mentir en tus libros, o al menos embellecer un poco la verdad? -le preguntó Marisa cuando publicó Desmontando la Atlántida y otros mitos.

Por aquel entonces llevaban divorciados un año. Además, Gabriel había perdido su puesto como redactor y presentador del programa Ultrakosmos. Era un trabajo bien pagado, pero a él no se le había ocurrido otra cosa que desenmascarar en directo al supuesto mentalista Diño Sbarazki, saltándose el guión que él mismo había escrito.

Precisamente, Marisa se acababa de liar con Saúl Alborada. Excompañero de colegio de Gabriel, directivo de la cadena Kosmovisión que producía y emitía el programa, Alborada era el tipo más competitivo que había conocido en su vida. Al recibirlo en su despacho, perfectamente trajeado como siempre, le había dicho en tono dramático: «Estás acabado. ¡Para volver a trabajar en televisión tendrás que hacerlo por encima de mi cadáver!».

A esas alturas, el dinero que pudiera ganar Gabriel le daba igual a Marisa, ya que no le pasaba ninguna pensión. Lo que más le dolía a él era saber que su ex mujer quería que vendiera más libros porque le tenía lástima y porque, en cierto modo, se sentía culpable por compartir la cama de un triunfador.

Ya que si algo tenía claro Gabriel sobre sí mismo era que los términos «Gabriel Espada» y «triunfador» nunca habían ido juntos ni irían en el futuro.

Capítulo 6

Tren de alta velocidad entre Málaga y Madrid .

OBITUARIO

Muerte de una arqueóloga

La arqueóloga Rena Christakos, de cincuenta y dos años, ha sido encontrada sin vida en las excavaciones de Akrotiri, en Santorini (Grecia). Su fallecimiento coincidió con un terremoto que sacudió la isla, pero al parecer la causa de la muerte fue un infarto agudo de miocardio. De origen griego y nacionalidad estadounidense, Rena Christakos se doctoró en Arqueología en la Universidad de Nueva York. Participó en numerosas excavaciones en Grecia, Turquía y Macedonia y, entre otros libros, escribió el manual Volcanes y arqueología. Actualmente era vicedirectora de las excavaciones de Akrotiri. Al tener noticia del fallecimiento, el director de dichas excavaciones, Telamón Sideris, declaró: «Rena era una mujer temperamental con la que me unía un fuerte afecto. El destino ha querido que muera sobre las mismas ruinas en las que falleció mi admirado maestro, el profesor Marinatos. Nunca la olvidaremos».

Por alguna razón, aquella noticia apenó a Gabriel. Había leído algunos fragmentos de Volcanes y arqueología como bibliografía para su propio capítulo sobre la Atlántida, y la autora le había caído simpática por su tono mordaz y hasta un tanto pendenciero. «Qué mala suerte para una mujer morir de un infarto», pensó. Era como si le hubiera tocado el antigordo de la lotería.

Ya había visto la película que ponían en el AVE, de modo que siguió viendo noticias en su móvil. Abundaban los tonos catastrofistas. Unos vendavales cada vez más Inertes seguían arrastrando arena de las estepas de Mongolia, enterrando las tierras cultivables de la región nororiental de China y haciendo la vida aún más difícil a los habitantes de Pekín. En Estados Unidos la temporada de tornados estaba siendo peor que nunca, o al menos así lo proclamaba la prensa, y los vientos del oeste que azotaban el centro del país recordaban la terrible época de la Dust Bowl.

En general, el clima se encontraba más revuelto que nunca, como si una horda de diablillos traviesos alimentara el sistema con nuevas dosis de energías para atizar el caos.

Incluso la corteza terrestre, cuyos movimientos y cambios solían producirse en una escala mucho más pausada, parecía haberse contagiado de la inquietud de la atmósfera. En las últimas horas se habían producido temblores de tierra en diversos lugares del globo, como en Santorini o el interior de Alaska. En Indonesia, un seísmo de más de 7 grados en la escala Richter había provocado casi mil muertos.

Algunos volcanes parecían dispuestos a sumarse a la fiesta. Un titular rezaba:

Nuevas señales de alerta en el Vesubio. Cuatro millones de personas amenazadas.

Gabriel pinchó en la noticia, cuyo enfoque le resultó peculiar. El sábado anterior se había celebrado en Nápoles un ritual que se repetía tres veces al año. Delante de miles de fieles congregados en la catedral, el obispo había levantado el relicario con las dos pequeñas ampollas que contenían la sangre deshidratada de San Genaro, patrón de la ciudad. Al acercar el relicario al lugar donde reposaban los restos del santo, la sangre debería haberse licuado. Pero esta vez, para gran consternación de los napolitanos, el milagro no se produjo.

Bajo una anciana que hablaba y gesticulaba en primer plano aparecieron unos diminutos subtítulos. Gabriel activó el proyector del móvil para ver la imagen ampliada sobre el respaldo del asiento delantero.

«Esto anuncia grandes desgracias», vaticinaba la mujer. «San Genaro ha retirado su protección a Nápoles porque aquí reinan el vicio y el pecado. Pero el fuego lo purificará todo».

La siguiente escena mostraba una hondonada humeante de la que sobresalía una torre de perforación metálica. Junto a una caravana, un periodista, micrófono en mano y con la nariz arrugada como si olisqueara comida putrefacta, entrevistaba a un científico.

«Estamos en la Sulfatara de Pozzuoli con Eyvindur Freisson, investigador asociado del Osservatorio Vesubiano. ¿Qué opina de que la sangre de San Genaro no se haya licuado, profesor? Cree que los napolitanos deberíamos alarmarnos?»

Gabriel esperaba una respuesta propia de un científico, desde un neutral «Las cuestiones de ciencia no deben mezclarse con la fe» hasta un despectivo «Eso son paparruchas». Pero el científico, que con su barba blanca y sus ojos azules y burlones irradiaba un atractivo entre patriarcal y canallesco, respondió:

«Lo más sensato que pueden hacer ahora mismo todas las personas que viven en el Golfo de Nápoles es empaquetar sus posesiones más valiosas, montarse en coche, en tren o en avión y poner tierra de por medio».

El periodista se quedó tan estupefacto como Gabriel.

«Profesor Eyvindur, sin duda sus palabras van a sembrar la alarma entre la población».

«Y, sin embargo, tu cadena las está emitiendo», pensó Gabriel. Seguramente, aquellas declaraciones sensacionalistas subirían la audiencia.

«De eso se trata, joven. De sembrar la alarma», respondió el científico.

«¿Tan grave es que no se haya licuado la sangre del santo?».

«No diga necedades. Mi advertencia se debe a razones científicas. En los últimos días el subsuelo de esta región se ha mostrado más agitado que una sesión del parlamento italiano».

«¿Cree que el Vesubio puede estallar?»

«Es probable, pero existe una amenaza aún peor bajo nuestros pies».

El periodista agachó la mirada, como si aquel suelo humeante fuera a tragárselo de un momento a otro.

«¿En este mismo sitio?»

«Así es. Nos encontramos sobre una bestia mucho más peligrosa que el Vesubio: los Campi Flegri».

La realización mostró una imagen por satélite de la región al oeste de Nápoles. El terreno estaba sembrado de estructuras circulares, restos de antiguas erupciones que en cierto modo parecían cráteres lunares. Una cruz roja señalaba el emplazamiento de la Sulfatara de Pozzuoli, donde estaban entrevistando al científico.

«¿Por qué los Campi Flegri son más peligrosos que el Vesubio, profesor Eyvindur?»

«Porque se encuentran sobre una inmensa cámara de magma que en las últimas semanas no ha hecho más que llenarse de roca fundida».

«¿Y eso qué significa?»,

«Que podríamos sufrir una erupción cien veces más destructiva que la que aniquiló Pompeya y Herculano hace casi dos mil años».

El tal Eyvindur se volvió, buscando la mirada de los posibles espectadores, como un locutor profesional. Gabriel pensó que debía estar muy familiarizado con las cámaras. «Un científico mediático», pensó. Entre los hombres de ciencia no se trataba de la especie más rigurosa, pero sí de la preferida por los periodistas.

«Mientras hablamos, tres millones de personas corren peligro de muerte. No hagan caso a las autoridades cuando les digan que la situación está controlada. Nada ni nadie puede controlar la ira de la madre Tierra. Lo único que se puede hacer es alejarse de ella».

Durante un segundo, Gabriel esperó que por detrás del científico aparecieran dos tipos vestidos con batas blancas para embutirlo en una camisa de fuerza y llevárselo a rastras. Aunque todavía quedaban veinte segundos de contenido, cerró la noticia y pinchó en otro titular que le había llamado la atención.

Anomalía magnética a nivel mundial.

Un tipo de rostro cetrino informó de que a las dos y nueve de la madrugada, hora de Greenwich, una hora más en hispana, se había producido en diversos lugares del inundo lo que él denominó un «incidente magnético».

«… dificultades con sus sistemas de navegación aérea. Problemas de orientación que también han afectado al reino animal.

Treinta ballenas grises han varado en la isla de Vancouver, donde, a pesar de los esfuerzos de los servicios de vigilancia costera y de cientos de voluntarios, la mayoría han perecido aplastadas por tu propio peso».

Lo más curioso era el momento del incidente: poco antes de las tres y diez. Gabriel se había despertado justo a esa hora con el corazón desbocado. ¿Estarían relacionados la anomalía magnética y aquel extraño sueño?

Eso le recordó que apenas había pegado ojo. Quedaba una hora para llegar a Madrid. Apoyó la cabeza en el respaldo y trató de dormir.

Capítulo 7

California, Fresno .

Joey Carrasco, estudiante de noveno grado, intentaba escribir una redacción sobre la inmortalidad. Un asunto que lo obsesionaba, y del que no podía sospechar que acabaría sabiendo mucho más de lo que se puede aprender en un instituto.

Miró la hora en la pantalla del ordenador. Ya eran casi las once de la mañana, y llevaba desde las nueve con el trasero pegado a la silla, tecleando y buscando datos. Para un chaval de catorce años, una eternidad, y más en una mañana de sábado.

¿Y si en vez de consultar tanto en Internet visitaba la caravana que estaba a cuatro parcelas de su casa móvil y le preguntaba a Randall? Su amigo, pese a sus problemas de memoria, sabía todo tipo de cosas raras. De paso, seguro que le invitaba a una coca-cola.

Su madre no le dejaba beber más de una al día, porque decía que con la cafeína Joey se aceleraba más que Speedy González. Randall opinaba algo parecido, pero siempre le daba otra coca-cola -«Que tu madre no se entere»-. Si era por la mañana, él se abría otra. Si era por la tarde, acompañaba a Joey tomándose una cerveza, la única del día.

En el parque de caravanas South Fresno Paradise, un hombre que se conformaba con beber una cerveza al día era algo tan exótico como un esquimal con un abrigo de foca en el desierto de Mojave. Pero no era aquélla la única rareza de Randall.

Aunque los padres de Joey respetaban a Randall, no dejaba de extrañarles aquella amistad entre un adulto y un adolescente. En una ocasión, la madre de Joey le preguntó:

– ¿Alguna vez se ha acercado demasiado a ti? ¿Te ha enseñado fotos raras o te las ha querido hacer?

– ¡Mamá, por favor! Randall no es ningún pederasta, si es eso lo que quieres saber.

Pero los padres de Joey habían comprobado que Randall suponía una buena influencia para él. No le dejaba fumar ni beber alcohol, le enseñaba a ser respetuoso con los demás y con el medio ambiente y además le insistía en que estudiara. Joey era uno de los pocos chicos del SF Paradise que seguía yendo al instituto a su edad, lo cual le valía de vez en cuando insultos de los demás, que lo llamaban «empollón», «comelibros» y cosas peores.

Nadie sabía de dónde había venido Randall. Ni siquiera él mismo. Cuando llegó al parque de caravanas, cinco años atrás, no recordaba de dónde venía ni en qué otro sitio había vivido. Sin embargo, era capaz de hablar de muchos lugares y describirlos como si los hubiera visitado en persona.

Por no acordarse, no se acordaba del año en que había nacido, ni siquiera de la fecha de su cumpleaños. A Joey le resultaba difícil calcular la edad de Randall, pero su madre decía que aquel hombre debía tener menos de cuarenta.

– Si se afeitara la barba y se cortara un poco el pelo, seguro que se quitaba veinte años de encima.

Pero a Joey le gustaba la barba de Randall, una cascada espesa y patriarcal que le llegaba más abajo del pecho. Entre ella y el flequillo castaño no se le veía demasiado la cara; pero era cierto que en la parte del rostro que quedaba a la vista no se apreciaban arrugas.

Randall tampoco recordaba su país de origen ni quiénes eran sus padres. Guardaba una vaga idea de haber tenido hijos, pero cuando intentaba pensar en el asunto se le torcía el gesto, lo que hacía pensar a Joey que, si esos hijos existían, Randall no debía de llevarse bien con ellos.

Su aspecto físico no ayudaba a deducir su procedencia. Tenía los ojos oscuros y algo juntos, la nariz aguileña y la piel morena.

– Esperemos que no sea un terrorista árabe infiltrado -comentaba el padre de Joey, que le veía un aire semita.

El trabajo de Randall era muy humilde: barría la hojarasca del parque de caravanas, recogía la basura y rastrillaba las zonas de hierba. En ello empleaba bastantes horas, ya que los vecinos de las doscientas ocho viviendas del SF Paradise no eran la gente más limpia del mundo. A Cambio de eso, el propietario del parque, el señor Espinosa, le había cedido a Randall gratis una vieja caravana y le pagaba ciento cincuenta dólares a la semana. Una miseria, pero a él le sobraba, porque apenas tenía gastos.

Además, Randall tenía una ocupación extra. Resumido en pocas palabras, ayudaba a la gente. Su auxilio consistía en solucionar ciertos problemas de comportamiento, como una especie de psiquiatra aficionado. Ni él mismo sabía muy bien como lo hacía, o al menos a Joey no se lo quería explicar.

Por ejemplo, había curado a William Ramírez de su adicción al crack. Cuando William, que era muy violento, le intentó dar un navajazo, Randall extendió las manos, le dijo «Cálmate» y el muchacho soltó la navaja y se tranquilizó al instante. Después se sentó frente a él en el suelo, le puso las manos en las sienes, le miró a los ojos y se quedó así un rato. Cuando se levantó y dejó a William, éste ni siquiera se acordaba de qué era el crack, y no quiso volver a probarlo.

También había conseguido curar dolencias más raras, como la fobia de la señora Cowan, que hacía tres años que no se atrevía a salir de su casa ni para ir al supermercado. En cambio después de hablar con Randall se pasaba casi todo el día en la calle, sentada en su tumbona de lona y charlando con cualquiera que pasara por delante.

Y estaban los ridículos tics de Frank Sallares, que iba pisando todas las juntas de las baldosas de la acera, pegaba palmadas en las farolas diciendo «¡tong!» y pellizcaba el lóbulo de la oreja izquierda a la gente con la que hablaba. Eso le había acarreado muchas burlas y más de un puñetazo. Pero en cuanto Randall le impuso las manos y le miró a los ojos, Sallares se convirtió en el tipo más normal y aburrido del parque de caravanas.

Randall se negaba a que le pagaran por arreglar lo que él llamaba «achaques mentales». Lo que no podía evitar era que las personas beneficiadas le llevaran comida: galletas caseras, pozole, tartas, pizzas o enchiladas. Pero entre los ingredientes nunca podía haber carne, pues Randall era vegetariano.

Otra de sus peculiaridades era la excursión anual. Cada verano se iba varios días a las montañas.

– Cuando acabes el instituto te llevaré conmigo -le había prometido a Joey.

En su marcha anual, Randall llegaba hasta la caldera de Long Valley casi en la frontera con el estado de Nevada. A Joey le parecía asombroso, porque Long Valley se hallaba a ciento treinta kilómetros a vuelo de pájaro de Fresno, y además había que atravesar las grandes alturas de Sierra Nevada. Si Randall era capaz de hacer etapas de cuarenta o cincuenta kilómetros al día, no era extraño que estuviera tan fibroso. Debía tener los pies duros como cuero curtido, porque en sus marchas llevaba tan sólo unas sandalias sin Calcetines y sin embargo regresaba sin ampollas.

¿Siempre vas al mismo sitio? -le había preguntado Joey después de la última excursión. -¿Por qué?

– No sé… Hay más lugares en California. El curso pasado nos llevaron de excursión al Parque Nacional de las Secuoyas. ¿No has estado allí nunca? -Puede que sí. No me acuerdo. Dicen que las secuoyas son los seres vivos más viejos que existen. El General Sherman, por ejemplo, tiene dos mil quinientos años.

Randall había puesto cara de escepticismo.

– ¿No crees que tenga tantos años? -le preguntó Joey

– No creo que ese General Sherman sea el ser vivo más viejo del mundo. Sospecho que aún quedan supervivientes de épocas más remotas -contestó con aire enigmático.

Joey, siempre curioso, quiso saber por qué Randall se empeñaba en visitar Long Valley Su amigo le explicó que aquel lugar era una antigua caldera volcánica.

– ¿Una caldera?

– La clase de volcán más grande del mundo. Imagínatelo. Ese volcán llegó a medir treinta kilómetros de largo por casi veinte de ancho. Hace más de setecientos mil años entró en erupción. ¿Te imaginas cómo pudo ser aquello?

Joey comprendió que a Randall le entusiasmaban los volcanes.

– Claro. El curso pasado nos pusieron un vídeo en 3D de la erupción del St. Helens.

– Pues la de Long Valley fue quinientas veces mayor dijo Randall, abriendo las manos en el aire y acompañando sus palabras con un ruido de explosión-. Aquella erupción cubrió de cenizas más de la mitad de Estados Unidos.

Joey empezó a sentirse intranquilo. Había oído que Long Valley era un volcán, pero hasta ahora creía que estaba demasiado lejos de Fresno para ser peligroso.

– ¿Qué pasaría si volviera a entrar en erupción? ¿Llegaría hasta aquí la lava?

– No creo. Pero hay algo peor que la lava. Los flujos piroclásticos. Si viste el documental del St. Helens, recordarás que cuando su cumbre estalló brotaron del cráter una especie de nubes que caían por sus laderas.

– ¡Es verdad! Pero no parecían tan peligrosas. Eran como nubes de algodón.

– De lejos pueden parecer inofensivas, pero son mortíferas. Están a más de trescientos grados de temperatura, y todo lo que tocan a su paso lo abrasan. Las víctimas mueren con los pulmones cauterizados, los ojos reventados y la piel carbonizada y llena de grietas.

A Joey le sorprendía la cantidad de cosas que sabía Randall. Siempre que no tuvieran que ver con su propio pasado, claro.

– Menos mal que esas nubes van despacio -dijo, recordando el documental.

– A ti te pareció que iban despacio porque las imágenes estaban tomadas desde muy lejos y las nubes eran muy grandes. Pero los flujos piroclásticos del St. Helens se movían a más de quinientos kilómetros por hora. Ni en el coche más rápido habrías podido escapar de ellos.

Joey tragó saliva. De pronto se imaginó corriendo perseguido por una nube ardiente y sin poder avanzar, como en una pesadilla.

– Pero esos flujos piroclásticos no llegarían aquí, ¿verdad? Estamos a más de cien kilómetros.

– Quién sabe. Si a los volcanes como Long Valley y Yellowstone los llaman «supervolcanes» es por algo. Por eso me gusta ir todos los años y estudiar el panorama. -Randall se sacó la pipa de la boca y se tocó la punta de la nariz-. O más bien olerlo. El olfato puede decirte muchas más cosas de las que te imaginas.

– ¿Crees que ese supervolcán volverá a entrar en erupción pronto? -preguntó Joey, con una mezcla de miedo y fascinación morbosa.

– Antes te habría contestado que no. Sin embargo, lo que me dijo mi nariz la última vez no me gustó. Los científicos dicen que no hay riesgo de erupción. Pero me temo que en las tripas de la vieja Tierra se está cocinando algo y ellos se lo callan para que no cunda el pánico.

AI ver el gesto de alarma de Joey, Randall soltó una carcajada.

No te preocupes. En cuanto recele del peligro, os avisaré para que tengáis tiempo de huir.

¿Y cómo te enterarás? Randall meneó la cabeza, confuso.

La verdad es que no sé cómo. Lo que sí sé es que, cuando haya peligro, lo sabré.

Joey Carrasco. Noveno grado, grupo C Trabajo de Biología. LA INMORTALIDAD

No tendríamos que envejecer ni morir si no fuera por culpa de Adán y Eva. ¿Qué culpa tenemos los demás de que se comieran la dichosa manzana? No me parece justo que Dios nos haga pagar a todos sólo por culpa de dos personas.

Joey se quedó pensativo. Quizá no era buena idea criticar a Dios de esa manera. Pero la profesora de Biología no parecía una beaturrona de las que aceptan la Biblia como si fuera una verdad literal, y pese a las presiones de algunos padres se negaba a enseñar el creacionismo en clase.

Precisamente para redactar el trabajo, Joey había consultado los primeros capítulos del Génesis y se había encontrado con un pasaje muy curioso:

«Cuando la humanidad empezó a multiplicarse por la faz de la tierra y les nacieron mujeres, los hijos de Dios se fijaron en las hijas de los hombres y, al ver que eran hermosas, tomaron de entre ellas como esposas a las que más les gustaban. […] Por aquel entonces aún existían en la tierra los nefilim, cuando los hijos de Dios se unían con las hijas de los hombres y tenían descendientes de ellos».

– ¿Quiénes eran esos hijos de Dios? -le preguntó a su madre, porque su padre era ateo y no quería ver la Biblia ni en pintura-. ¿No se supone que todos somos hijos de Adán y Eva?

Pero su madre no se había fijado jamás en aquellos versículos, que estaban al principio del capítulo 6, justo antes del relato del Diluvio, así que no supo explicárselos. Joey le había preguntado a Randall, que volvió a rascarse la cabeza como si tratara de recordar algo.

– Esto tiene una explicación -dijo-. Pero ahora mismo no consigo acordarme de cuál es.

«Qué raro», pensó Joey con cierto sarcasmo. A veces se preguntaba si la extraña amnesia de Randall no sería una excusa para callarse algunas cosas y no reconocer que ignoraba otras.

– Si esos tipos eran hijos de Dios, quiere decir que no descendían de Adán y Eva, ¿verdad? -preguntó Joey.

– Supongo que no.

– Entonces, el pecado original no pudo afectarles. -Lógicamente.

– Así que, si Dios no los castigó, seguían siendo inmortales.

– Supongo que sí.

– Luego, si eran inmortales, esos nefilim o hijos de Dios deberían seguir vivos ahora mismo, entre nosotros.

– Creo que no deberías tomarte la Biblia de forma tan literal, Joey. Al fin y al cabo, es una gran enciclopedia llena de tradiciones muy variadas, y a veces se contradice a sí misma.

– Ya lo sé -respondió Joey-. Pero me gusta pensar que entre nosotros existe una raza de inmortales que llevan viviendo miles de años.

– ¿Por qué?

– Porque así podríamos estudiar su ADN y copiarlo dentro de nuestras células para ser inmortales también.

Otra de las cosas que diferenciaba a Joey de los chicos de su edad era que pensaba mucho en la muerte. Y no le hacía ni pizca de gracia.

No acabo de entender por qué los humanos envejecemos y acabamos muriendo.

Las casas también envejecen. Los grifos empiezan a gotear, él frigorífico se estropea, la madera se pudre, los tornillos se oxidan y las cortinas se llenan de grasa. Pero si uno arregla los grifos y los aparatos o los sustituye, si va cambiando también las planchas de madera, los ladrillos, las tuberías, etc., podría tener una casa inmortal.

¿Por qué entonces, si las células de nuestro cuerpo van cambiando y dicen que nos renovamos del todo cada siete anos, los humanos nos vamos arrugando y cada vez estamos más enfermos y estropeados? Es como si yo voy a la carpintería a comprar tablones para mi casa y le digo al encargado: «Póngame treinta tablones de madera podrida», o voy a la tienda de fontanería y pido: «¿Me da un grifo oxidado y con goteras, por favor?». Vamos, que hay que estar tonto.

La cuestión, por desgracia, no era tan fácil. Consultando en internet, Joey había averiguado que las células del corazón y del cerebro -qué maldita casualidad, precisamente los órganos más importantes- no se reproducían ni se renovaban. Además, con cada división los extremos de los cromosomas, los llamados telómeros, se iban arrugando y estropeando, de modo que cada copia salía peor que la anterior

Para colmo, las células de todo el cuerpo se llenaban de porquerías como los radicales libres y funcionaban cada vez peor. Y luego había no sé qué problema con las mitocondrias, que por los dibujos parecían una especie de frijoles que vivían dentro de las células y que tenían su propio ADN. Por lo visto, las mitocondrias también se deterioraban con la edad y lo llenaban todo de toxinas.

Pero Joey acababa de encontrar una web muy interesante. Pertenecía al Proyecto Gilgamesh, una fundación de investigaciones sobre el envejecimiento y la muerte. Debían tener bastante dinero, ya que su principal patrocinador y presidente de honor era Spyridon Kosmos, un anciano megamillonario muy excéntrico que vivía en una isla del Egeo. Eso le gustó a Joey, pues opinaba que no había problema más grave en el mundo que la muerte, y había que dedicar todos los fondos que hicieran falta para vencerla.

Una de las páginas del Proyecto Gilgamesh ofrecía un resumen de las líneas de estudio que estaban siguiendo sus científicos para solucionar todos y cada uno de los problemas del envejecimiento. Según contaba, las personas que habían nacido después del año 2000 podían contar con una esperanza de vida media de entre ciento veinte y ciento cincuenta años.

– O sea, que todavía me quedarían más de ciento treinta años -murmuró Joey, que enseguida se apuntó a la cifra más alta. Aquello no era la inmortalidad, pero al menos ofrecía la posibilidad de seguir tirando hasta que se descubriera la verdadera fórmula para vencer a la muerte de una vez por todas.

Joey ya estaba cansado de leer y escribir, y le apetecía más tomarse su coca-cola con Randall que seguir pensando en la muerte. Seleccionó la página entera, la pegó en el procesador de texto y salió al salón.

Su padre estaba pulsando en vano los botones del mando de la televisión, que sólo mostraba una pantalla azul.

– Este cacharro sigue descarajado -dijo en español. La víspera, poco después de las siete de la tarde, se había producido una subida de tensión o algo parecido que había afectado a casi todos los aparatos de la casa. En aquel momento, Joey estaba viendo unos viejos episodios de Star Trek en el ordenador. La lámpara de su mesa dio un fogonazo y la pantalla empezó a vibrar como si a la Enterprise la hubieran alcanzado con un proyectil termonuclear. Al mismo tiempo el teclado, el ratón y el control de voz dejaron de funcionar. Fue cuestión de unos segundos, pero después Joey había tenido que restablecer manualmente todas las conexiones inalámbricas y había tardado más de media hora en recuperar Internet.

– ¡Todo es culpa de Espinosa! -se quejó ahora su padre, apretando los botones del mando con tanta fuerza que los dedos se le ponían blancos, como si así fuese a conseguir algo-. Si sigue ahorrándose dinero en las instalaciones eléctricas, cualquier día vamos a tener un incendio.

Cuando sus inquilinos se quejaban del abandono del lugar, el señor Espinosa contestaba que qué querían por la miseria que les cobraba de alquiler por las parcelas.

¿Adónde vas, por cierto? -preguntó el señor Carrasco a su hijo.

A ver a Randall, papá. Pues antes ayúdame a arreglar la tele.

Joey suspiró y se dispuso a perder un rato restableciendo la configuración del televisor. Su padre y la tecnología no hacían buenas migas.

Cuando consiguió sintonizar de nuevo todos los canales, Joey buscó uno de noticias, pues su padre quería ver los resultados deportivos. Allí encontró una referencia a un incidente que los científicos denominaban una «anomalía magnética» y que había afectado a muchísimos aparatos electrónicos. En California se había producido poco después de las siete de la tarde del día anterior, justo cuando se estropearon los aparatos. Pero, al parecer, había ocurrido en todo el mundo de forma simultánea.

Así que fue eso no más -dijo el señor Carrasco-. Creo que por el momento mejor no le diré nada a Espinosa.

Al leer la noticia, Joey pensó que aquello era muy emocionante, como si lo que le había ocurrido a su ordenador y a la tele del salón formase parte de una vasta catástrofe global. Pero cuando salió de casa para visitar a Randall se olvidó del asunto.

Capítulo 8

Madrid, La Latina.

Más que dormir, Gabriel estuvo dando cabezadas hasta que llegaron a Atocha. En aquel duermevela tuvo extrañas visiones hipnagógicas de gigantescas burbujas rojas que brotaban del interior de la Tierra. Cuando bajó del tren, se encontraba aún más cansado.

Quería llegar a casa cuanto antes. Pero un taxi era un lujo que no se podía permitir en aquel momento, de modo que tomó el metro hasta Tirso de Molina y desde ahí caminó un cuarto de hora hasta llegar a su casa, no muy lejos del Viaducto.

El paseo le abrió el apetito, y pensó en prepararse una buena ensalada. Después de tantos días de abusos etílicos quería cuidarse un poco. Aunque no se lo reconocía a sí mismo, le daba pavor acercarse a la edad en que su padre había muerto de cáncer de colon. Por eso alternaba las semanas de vida descontrolada con otras de deporte intenso y dieta frugal abundante en fibra.

Para entrar en el apartamento tuvo que cruzar un callejón cerrado en forma de triángulo isósceles, ya que el viejo edificio donde vivía estaba incrustado como una cuña entre dos bloques más nuevos. El bloque tenía cuatro pisos con otros tantos apartamentos. El casero, que era también dueño del Luque, el bar donde solía tomar cervezas y raciones con sus amigos Herman y Enrique, le cobraba sólo 500 euros al mes. Una ganga tratándose de Madrid. Incluso así, Gabriel se retrasaba y a veces juntaba dos pagos en uno y hasta tres. Por fortuna, Luque era un tipo comprensivo.

Las escaleras eran tan empinadas que Gabriel podía tocar los peldaños estirando el brazo. Pasó los dos primeros pisos, que estaban vacíos, y empezó a notar un olor a medias pútrido y a medias ácido. «Me temo que viene de mi casa», pensó.

Al llegar al tercero, abrió la puerta y pasó directamente al salón, pues el apartamento no tenía recibidor. Pulsó el interruptor de la luz, pero no ocurrió nada.

– Oh-oh -murmuró. Había luz en la escalera. El diferencial no había saltado. Eso auguraba causas más preocúpentes para el apagón.

La casa se hallaba en penumbras, pues la única ventana exterior se asomaba al angosto triángulo entre los dos bloques. Gabriel, que solía dejar las luces encendidas incluso de día, tenía una linterna cerca de la puerta para las frecuentes ocasiones en que se fundían los plomos de aquella instalación digna de la posguerra. Armado con la linterna, entró en la cocina siguiendo el rastro del olor. Rastro muy breve, como no podía ser de otra forma en un apartamento de veinticuatro metros cuadrados.

La fuente del hedor era el frigorífico. Al parecer, el apartamento llevaba bastantes días sin luz, tal vez tantos como había durado la ausencia de su dueño. Adiós al proyecto de ensalada y a cualquier otra alternativa. Las zanahorias estaban tan fofas que se podía hacer un lazo con ellas. El pan bimbo se había convertido en morada de una colonia de moho que no parecían dispuestos a compartirla, y a los tomates les había pasado lo mismo que al melón: se habían deshinchado y colapsado bajo su propio peso como estrellas de neutrones. Pero si una estrella deja como residuo de su catastrófico final un agujero negro, los tomates y el melón habían convertido parte de su masa crítica en unos líquidos oscuros que chorreaban por la puerta del frigorífico y formaban en el suelo un charco pútrido en el que no se habría atrevido a abrevar ni la cucaracha que había salido huyendo cuando el haz de la linterna alumbro la cocina.

Sospechando la verdad, Gabriel entró en la web de la compañía eléctrica. El banco había devuelto su último recibo. «¿No nos pagas? Pues te dejamos sin luz». Misterio resuelto.

La lavadora le dio otra alegría. La noche en que conoció a C la había dejado funcionando.

De aquello habían pasado más de dos semanas.

Al menos, la ropa estaba seca, aunque podría haber olido mejor. Gabriel sacó aquel mazacote de tejidos varios, que cayó sobre el barreño con el sordo impacto de un ladrillo. No había más remedio que lavarlo todo otra vez, pero mientras arreglaba sus problemas con la compañía eléctrica lo mejor sería tenderla para que el viento se llevara consigo algunos microorganismos.

Cargado con el barreño, Gabriel subió el último tramo de escaleras. El tendedero estaba en la terraza del cuarto piso y era comunal, lo que significaba que en aquel momento lo compartían Gabriel y el vecino que vivía encima de él, un tipo del que sospechaba que era camello.

Entre sus propias blasfemias al ver que no tenía luz, los insultos dirigidos contra la compañía eléctrica y los gruñidos de asco al abrir el frigorífico, Gabriel no había oído los gemidos que venían del piso de arriba. Al llegar al tendedero se encontró con la causa. Un cachorrito de color canela estaba lloriqueando junto a la puerta del cuarto.

Gabriel llamó con los nudillos a la puerta del vecino.

– ¡Eh, que te has dejado fuera a tu amiguito!

No obtuvo respuesta.

El cachorro se acercó a Gabriel meneando su minúscula colita. Gabriel se agachó y le acarició la cabeza redondeada. Era de una especie indeterminada, con ciertos rasgos de pequinés pero el morro más alargado. No debía haber cumplido ni un mes y era poco más que una bolita de pelo. En su collar de cuero se leía un nombre. Frodo.

– ¿Tienes hambre, Frodo?

Gabriel dejó el barreño en un rincón de la terraza y se dirigió a su apartamento. El perrito le siguió, pero al Llegar al primer escalón se acobardó. Para él, el peldaño era como una tapia de dos metros. Gabriel lo cogió en la mano derecha, agarrándole bien por la tripa para no hacerle daño, y bajó con él. El cachorro estaba tibio y el pequeño corazón le palpitaba a toda velocidad.

En el frigorífico había un cartón de leche abierto que, cuando Gabriel lo tiró al fregadero, contribuyó a enriquecer la mezcla aromática de la cocina con una nota agria de cuajarones de yogur. Buscando en la pequeña alacena, lo único que encontró fue un minibrik de batido de chocolate. También le quedaban cuatro galletas ya rancias, pero cuando las desmigajó sobre el batido Frodo se las comió con gran entusiasmo.

Tienez un menzaje, gorunko, le avisó el móvil. Era de Elena Collado.

Tienes una clienta a las ocho. Se llama Iris pero no me ha querido decir el apellido. Habla español con acento extranjero. Procura k kede contenta.

«Menos mal que no recibo a las clientas en mi casa», pensó Gabriel. Tenía que limpiar a fondo el frigorífico y el suelo con estropajo y lejía, pero estaba tan cansado que de momento se dejó caer sobre el taburete de la cocina. Frodo volvió a gemir, reclamando compañía, y Gabriel lo cogió y se lo puso en la rodilla. Después marcó el número de su amigo Herman, nombre de guerra de Germán Gil.

– ¿Qué pasa, tío? -contestó Herman-. Iba a llamarte para felicitarte por tu cumpleaños.

– Puedes ahorrártelo. No hay nada que felicitar.

– Tú siempre tan agradecido.

– Escucha, estoy de vuelta en Madrid. Necesito tu piso a las ocho.

– Joder, Gabriel, siempre me avisas deprisa y corriendo. ¿ Y si he quedado con una tía?

– Las únicas tías con las que quedas tú son las hermanas de tu padre cuando te invitan a tomar chocolate a su casa.

– No sé si tengo partida de rol.

– Hoy es sábado. La partida de rol es los viernes.

Gabriel sabía que Herman estaba enfadado porque se había largado quince días de Madrid sin avisarle. A veces era más celoso que una novia.

– Bueno -resumió-, un poco antes de las ocho estoy en tu casa. Cuando termine con ella, nos tomamos algo en el Luque, ¿vale?

Al mismo tiempo que colgaba, Gabriel sintió algo cálido en su muslo. Frodo se había orinado en su pantalón. Dejó al cachorro en el suelo y se dijo:

– Feliz cuarenta y cinco cumpleaños.

Si alguien le hubiera dicho que ese mismo día empezaría a verse involucrado en la salvación del mundo, Gabriel Espada se habría reído en su cara.

Capítulo 9

California, Fresno

La puerta de la caravana de Randall estaba entreabierta. Joey llamó con los nudillos y pasó directamente.

Randall estaba sentado en el suelo de linóleo, en la posición del loto, leyendo un libro que tenía aspecto de ser bastante antiguo.

– ¡Hola, Randall! -saludó Joey-. ¿Qué estás haciendo?

Al ver que su amigo no respondía, Joey se acercó más a él y se inclinó para mirarle la cara.

– Randall…

Tenía los ojos abiertos, aparentemente clavados en el libro. Pero cuando Joey le pasó la mano por delante, ni siquiera parpadeó.

– ¿Qué te pasa? ¿Estás haciendo yoga o algún rollo jedi?

«Está soñando con los ojos abiertos», pensó Joey. Había escuchado o leído en alguna parte que despertar a un sonámbulo podía ser fatal, así que prefirió dejarlo por el momento.

Detrás de Randall, sobre la mesa que por las noches convertía en cama, había varios libros más, diez o doce. Joey no los había visto nunca, así que imaginó que Randall debía tenerlos guardados en el arcón que había bajo la mesa-cama. Pasó al lado de su amigo, culebreando entre él y el pequeño frigorífico, ya que la caravana era bastante estrecha.

Los volúmenes, que no tenían título ni portada, estaban encuadernados en piel. Al abrirlos, comprobó que no estaban impresos, sino escritos a mano con una letra indescifrable. No por defecto de la caligrafía, pues los caracteres se veían trazados con pulso nítido y firme y en líneas perfectamente paralelas. Pero a Joey el alfabeto le resultaba tan desconocido como el élfico o el klingon.

Las hojas, con los bordes cortados a mano, no eran de papel, sino de un material amarillento más grueso y rígido. Al tocarlas, Joey las notó resbaladizas al tacto, como si estuvieran untadas en aceite, y pensó que tal vez eran de pergamino.

Mientras se dedicaba a pasar páginas, todas ellas garrapateadas con los mismos caracteres desconocidos, se preguntó quién habría escrito todo aquello. Joey habría jurado que algunos de esos libros tenían siglos de antigüedad. ¿Serían una herencia de la olvidada familia de Randall?

En varios de los manuscritos se veían ilustraciones coloreadas con tinta aguada. Algunos dibujos reproducían plantas, otros animales. También había figuras geométricas que parecían representar constelaciones o signos zodiacales, hombres y mujeres desnudos o vestidos con ropas muy extrañas, y paisajes y ciudades de arquitecturas diversas.

Tengo que dejarlo ya», pensó Joey, mirando de reojo a Randall. Pero su amigo seguía inmóvil, tanto que se acercó de nuevo a él para comprobar si respiraba.

Poniendo la mano delante de su nariz, notaba un leve soplo en el dorso. Cronometrando con su móvil, comprobó que esa espiración se repetía cada veintisiete segundos. ¿Cómo no se asfixiaba con tan poco aire?

– Randall. Randall, ¿estás bien?

Pero su amigo seguía absorto en su trance. Joey se inclinó sobre el libro que tenía apoyado en los muslos. Estaba escrito con la misma caligrafía que los demás, pero sus hojas se veían incluso más amarillentas.

Lo que más le llamó la atención fue el dibujo que había en la parte superior de la doble página, pero no lo distinguía bien, porque estaba al revés. Como no se atrevía a coger el libro para darle la vuelta, le hizo una foto con el móvil. Después, invirtió la imagen y la proyectó sobre la puerta de la caravana para examinarla.

El dibujo representaba una isla, o más bien dos. Había una isla exterior en forma de anillo, con una pequeña abertura por la que salía un barco, y otra en el centro de la bahía interior. Esa isla era en realidad una montaña, o más bien un volcán, a juzgar por la columna de humo y llamas que brotaba de su cima. Todo estaba rotulado con títulos ininteligibles, ya que el autor había empleado la misma caligrafía que para el resto de los libros.

Había también dos ciudades, una en cada isla. Las casas y los habitantes estaban representados con un tamaño desproporcionado, pues si el autor los hubiera dibujado a escala con el volcán habrían sido poco más que puntos de tinta.

En la ciudad interior, construida sobre la ladera del cráter, se levantaba una pirámide escalonada, como los teocalis de Chichen Itzá que Joey había visto en simulaciones 3D. Estaba rematada por una cúpula amarilla. Junto a ella, en lo alto de la pirámide, se veía a una mujer con falda de campana y una chaqueta abierta que dejaba ver sus pechos, y un tipo que la agarraba de la mano y llevaba unos cuernos en la cabeza.

Delante de la pareja había una especie de altar, y sobre el altar un hombre desnudo al que alguien le estaba arrancando el corazón. De nuevo, la imagen le recordó a Joey a los sacrificios mayas y aztecas.

«Esto se lo tengo que enseñar a los colegas de clase», pensó Joey, mientras enviaba la imagen directamente a su página de VTeeny.

El algoritmo de encriptación del móvil de Joey era tan sólo de 64 bits. De ellos, la mitad consistían en código vacío, pues desde hacía años a las autoridades les interesaba controlar las comunicaciones telefónicas y las compañías no les oponían demasiada resistencia. En cuanto a los archivos del VTeeny de Joey, ni siquiera estaban codificados, ya que ni se le había pasado por la cabeza protegerlos: no tenía cuentas bancarias, documentos comprometedores, ni guiones de cine que pudieran plagiarle.

Apenas habían pasado un par de minutos cuando un potentísimo motor de búsqueda que rastreaba Internet constantemente detectó unos patrones familiares en las imágenes que Joey acababa de enviarse a sí mismo. Fue la peculiar caligrafía de los libros de Randall la que disparó una señal de alarma, pues el buscador estaba programado para rastrear un sistema de escritura singular del que, hasta el momento, sólo se conocía una muestra en el mundo: el misterioso manuscrito conocido como el Códice Voynich.

Sin saberlo, Joey acababa de revelar el paradero de Randall a dos enemigos que llevaban buscándolo desde tiempo inmemorial.

.

Capítulo 10

Madrid, La Latina .

Iris Gudrundóttir nunca había hecho algo así. Estaba tan nerviosa que, cuando llamó al timbre de la vieja casa que le habían indicado, le temblaban las rodillas.

«Acabo de cumplir treinta años. Ya soy mayorcita y puedo hacer lo que quiera. Incluso esto».

Se imaginó a Finnur diciéndole «Me has decepcionado». Desde luego, no so lo pensaba contar. Ni ahora ni nunca.

«No tienes por qué sentirte culpable», se repitió. A veces una mujer necesita algo distinto. Sobre todo si su pareja se empeña en no comprender lo que pide. «Estoy en crisis», se justificó, y la voz de su superyó le respondió: «Y por eso vas a gastarte cuatrocientos euros en algo que no te atreverás a confesarle a tu novio».

Volvió a llamar al timbre. Por fin, dentro de la vivienda se oyó el crujir de unos pasos sobre un suelo de madera y la puerta se abrió rechinando.

Al otro lado apareció un hombre de cuarenta y tantos años. Llevaba gafas, tenía entradas y lucía unas patillas largas y espesas. Debía medir cerca de uno ochenta y era muy corpulento. No habría sido correcto llamarlo «gordo», sino más bien fuerte, pero la camiseta de Lobezno se ceñía a una panza que sugería afición a la cerveza y a la comida rica en colesterol.

– ¿Vienes a buscar a Ragnarok?

Iris suspiró aliviada. No era él.

– Sí.

– Pasa.

Entraron a un recibidor que comunicaba con un larguísimo corredor. El hombre abrió la primera puerta de la derecha y le cedió el paso.

Ragnarok. Si Iris se había decidido a contratar sus servicios era por el nombre que había elegido. Ragnarok, el Crepúsculo de los Dioses, el día del fin del mundo. La batalla definitiva entre los Aesir, los dioses que habitaban en la mansión celeste de Asgard, y los poderes del Caos.

Iris se había criado escuchando la mitología nórdica. Cuando se acostaba, su madre le leía relatos de una versión para niños del Edda de Snorri Sturlurson. Pero le gustaba mucho más cuando se los contaba su abuela Brynja, que se los sabía de memoria y ponía voces distintas a cada uno de los personajes: el sabio y poderoso Odín; el noble heraldo Heimdal; Loki, el astuto dios del fuego; Midgard, la aterradora serpiente mundial; la gélida Hel, soberana de la muerte…

Ya nadie le leía ni le contaba historias del Edda. Su madre y su abuela habían muerto. En cuanto a Finnur, no le gustaban los mitos, y cuando veía a Iris leyendo algo sobre los antiguos dioses le decía: «Cualquier día te vestirás de vikinga para juntarte con esos chalados del Ásatrúarfélagiδ [2]

– Espera aquí, por favor. Perdona, ¿cómo te llamas?

– Iris.

– ¿Iris a secas?

Iris Gudrundóttir

El tipo de las patillas hizo esfuerzos visibles y audibles para repetir y memorizar su nombre, y después le dijo:

Voy a ver si Ragnarok ya está disponible. Enseguida le aviso.

Iris se quedó a solas en la habitación. El mueble más llamativo era una enorme pantalla de televisión conectada a un par de consolas de videojuegos. Sobre la alfombra raída se veían varios mandos, volantes, sensores de movimiento y hasta una espada inalámbrica, todo ello tirado sin la menor pretensión de orden. Al lado había un sillón con ruedas y un puf, pero Iris estaba demasiado nerviosa para sentarse y prefirió examinar las estanterías que cubrían dos de las paredes.

En ellas tan sólo encontró cómics. Sobre todo de Marvel, aunque no faltaban algunos de DC como Batman o Sandman. Su dueño los había organizado por orden alfabético, Iris encontró a Thor en la T y, por curiosidad, sacó un ejempla r. «Qué inmadurez», pensó al ver al dios del trueno combatiendo contra villanos ataviados con ridículos disfraces. Pero cuando siguió hojeando y encontró una página doble en la que Asgard y el puente del arco iris se recortaban contra las estrellas, se quedó embobada.

– Ya puedes pasar.

Casi dio un respingo, porque estaba tan distraída que no había visto entrar a su anfitrión. Pasó a su lado para salir de la estancia, pero luego le oyó soltar un gruñido y se volvió.

Con las prisas, Iris no había metido bien el cómic en la estantería. El tipo corpulento de las patillas terminó de encajarlo y después alisó toda la hilera de tebeos con la mano para comprobar que quedaban al mismo nivel.

«Son de él, no de Ragnarok», pensó Iris con alivio. Mejor así. No estaba dispuesta a ponerse en manos de un hombre con complejo de Peter Pan que aún leía tebeos. Ella no era como su madre, que se había casado con un tuno golfo e inmaduro.

O eso quería creer.

Volvieron al pasillo y dejaron atrás un par de puertas. Su guía abrió otra habitación y le hizo un gesto.

– Pase, señorita Gutlun… Gudrundóttir. Suerte.

«Me llamo Iris», pensó ella. Para los islandeses, el nombre verdadero es el de pila. A veces usan también el apellido, que es el nombre del padre o en ocasiones el de la madre seguido de los prefijos son, 'hijo', o dóttir, 'hija'. Por eso los apellidos van cambiando de generación en generación. Algo que despistaba a los amigos españoles de Iris y que disgustaba a su padre. «No entiendo esa manía de no querer llevar mi apellido», se quejaba a veces. Pero él debería saber de sobra que en Islandia Iris no podía empadronarse como Bermejo, ni menos como Bermejodóttir, porque no era un nombre oficial.

La puerta se cerró a sus espaldas. El tipo corpulento se quedó fuera.

Aquella estancia también tenía estanterías, pero éstas almacenaban libros de verdad, muchos de ellos encuadernados en piel. Iris no pudo distinguir mucho más, porque todo estaba bastante oscuro. Sólo había un flexo que proyectaba su foco sobre un escritorio y una silla vacía. Al hombre sentado al otro lado -¿Ragnarok?- se lo veía apenas perfilado contra la librería que tenía detrás. La luz del flexo deslumbraba ligeramente a Iris y no le dejaba distinguir sus rasgos. Aquello le recordó una sala de interrogatorios.

– Por favor, Iris. Siéntese aquí.

La voz de Ragnarok era profunda, bien modulada. Además, la había llamado de la forma adecuada, sólo por su nombre. Iris se acercó con paso cauteloso, y el viejo parquet crujió bajo sus pies. Olía a madera vieja y al cuero de las encuadernaciones, mezclado con el incienso de vainilla que ardía en un quemador de bronce. Sonaba una música oriental que en circunstancias normales habría sido relajante, pero Iris se sentía cualquier cosa menos relajada. Cuando se sentó, preguntó forzando un tono de broma que no sonó nada auténtico:

– ¿Me va a doler?

* * * * *

– ¡Tío, está como un queso! -le dijo Herman cuando vino a avisarle de que la clienta ya había llegado.

– Eso siempre es un incentivo -contestó Gabriel-. ¿Le has sacado el nombre?

– Iris Gurdu… Gudlun… Joder, qué nombrecito. Gudundótir o algo así.

A Gabriel le sonaba que aquel apellido debía ser islandés. Iris, hija de Gudrun. Según recordaba del Anillo de los Nibelungos, Gudrun era nombre de mujer. Lo cual significaba que su clienta había decidido tomar el apellido de su madre y no el de su padre. Eso tenía que revelar algo sobre su personalidad, así que Gabriel lo anotó mentalmente.

– ¿Cuántos años le calculas?

– Treinta. Dos arriba, dos abajo. Bueno, me bajo al Luque. No te enrolles mucho.

– La gracia de este trabajo está en enrollarse. Por eso me pagan.

Da igual. No tardes, que me aburro. Encima que me echas de mi casa…

No era cierto del todo. Aquel piso no era de Herman, sino de sus padres. Desde que se jubilaron, pasaban casi todo el año en la Manga, de modo que Herman podía fingir que la vivienda era suya.

Mientras aguardaba, Gabriel reparó en un extraño cosquilleo en el estómago. Estaba nervioso, casi ilusionado. No sólo porque la clienta fuera atractiva, sino por la pincelada exótica del nombre islandés. Normalmente atendía a cuarentonas o cincuentonas aburridas, más o menos acomodadas y que casi siempre venían con las mismas historias y los mismos problemas.

Cuando entró Iris, Gabriel la examinó con detenimiento, parapetado tras la zona de sombra que creaba la lámpara. Era alta, tal vez uno setenta y cinco, y tenía buen tipo. No demasiado pecho. Vestía de forma práctica, con un toque algo masculino.

Cuando se volvió un instante para ver cómo Herman cerraba la puerta tras ella, Gabriel la estudió de perfil y comprobó que el pantalón militar se le ceñía al trasero de una forma muy tentadora. Era el único detalle que se acercaba a lo pecaminoso en una vestimenta de lo más decente: camiseta color limón de cuello cerrado y sobre ella una camisa azul desabrochada y suelta.

Ella sí que estaba nerviosa. Sin duda, era la primera vez que hacía esto y se sentía algo tonta. Cuando se sentó, la joven se frotó las manos, aunque no hacía frío. Tenía las uñas cortas y no demasiado cuidadas. Gabriel sospechó que trabajaba con las manos.

– ¿Me va a doler?

Sonrió con timidez, y se le formaron dos hoyuelos junto a las comisuras de la boca. Su pelo, muy corto, era de un negro intenso que parecía natural. ¿Herencia por parte de padre? Eso explicaría que una islandesa hablara español.

«Dios, qué ojos», se dijo. Los tenía algo rasgados, pero lo que más llamaba la atención era el color. Tal vez parecían incluso más azules por contraste con el cabello negro. Pero no podía ser sólo el color, se dijo Gabriel. Era lo que transmitían y a la vez escondían.

No era la primera vez que se enamoraba de unos ojos. En una ocasión había viajado a Francia haciendo autostop por perseguir los ojos casi negros de una mulata. Pero entonces era muy joven. Ahora no tenía edad para hacer esas tonterías.

Eso, al menos, quería creer.

Gabriel recordó su papel. Bajando el tono de su voz para hacerla más solemne, respondió:

– Depende de lo que traigas contigo, Iris. Pronto lo descubriremos. ¿Es tu primera vez?

Ella juntó las palmas, refugió las manos entre sus piernas y, encogiendo un poco el cuello, asintió con la barbilla.

Gabriel sacó el mazo y se lo tendió a Iris. Sus dedos se rozaron un instante, y se le aceleró el pulso.

«Esto es un negocio», se recordó. «Sólo un negocio».

– Por favor, baraja las cartas lentamente y piensa en las cosas que más te importan.

Tras barajar el mazo, Iris se lo devolvió. Gabriel repartió las cartas en tres montones, el pasado, el presente y el futuro, mientras observaba a la joven. Empezó por la primera carta del mazo del pasado. Era el cinco de bastos.

– Una carta reveladora. Te sientes dividida. En tu pasado hay dos raíces contradictorias que pugnan entre sí por tu espíritu. -Gabriel jugaba casi sobre seguro, convencido de que ella era hija de padre español. Sin embargo, llevaba el apellido de su madre. Allí debía existir un conflicto, soterrado o no-. ¿Lo que te he dicho significa algo para ti?

Iris asintió. Gabriel observó que tenía un labio inferior adorable. Sus mejillas eran altas, de huesos elegantes. Aquel rostro era hermoso por su propia estructura y lo seguiría siendo dentro de muchos años.

Por no hablar de aquellos ojos de zafiro.

«Como si fuese a volver a verla», pensó con tristeza.

Gabriel le dio la vuelta a otra carta. El Emperador boca abajo.

– Tus dos herencias son ricas, culturalmente hablando. No obstante, te sientes más identificada con el legado de tu madre. ¿Es correcto?

– Mi padre es… era español, y mi madre era islandesa. Pero yo me considero cien por cien islandesa. No es por ofender, también me gusta mucho España, pero… Bueno, mi lugar es Islandia. Es allí donde pertenezco.

Iris era de esas clientas a las que les gustaba hablar. Poco a poco, Gabriel fue tirando del hilo y le sonsacó la historia de su familia, arriesgándose de vez en cuando con algunas conjeturas.

Supuso, por ejemplo, que era más probable que Gudrun, la madre de Iris, hubiera conocido a su padre en España que en Islandia, y acertó. Resultaba más fácil imaginarse a una joven nórdica viniendo a disfrutar del sol y las playas del Mediterráneo que a un español viajando a Islandia.

Después, gracias a que Iris reconoció que su padre era un hombre divertido, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra, Gabriel «pescó» un poco más y averiguó que era tuno. Precisamente había aprovechado un viaje de la tuna de Derecho para viajar a Islandia y devolver la visita a Gudrun. Y ya se quedó en la isla, como le contó Iris de buen grado. Que su madre se casó embarazada fue una suposición de Gabriel con la que dio en el clavo y se ganó varios puntos ante Iris.

– El cinco de copas. Hummm. Veo pérdida y ruptura.

Las pupilas de la islandesa se dilataron. «Pérdida» y «ruptura» eran términos muy genéricos. ¿Quién no las experimenta a lo largo de su vida? Pero la respuesta emocional de Iris parecía implicar que para ella habían sido muy inmediatas. Al hablar de su padre había vacilado. «Es… era español». Debía haber fallecido hacía poco, y ella aún no se había acostumbrado a cambiar de tiempo verbal.

Por otra parte Iris, que no se sentía española, se encontraba en Madrid. ¿Qué podía haberla traído allí sino un asunto familiar?

– Tus padres finalmente no consiguieron conciliar sus contradicciones, ¿me equivoco?

– No. Ni finalmente ni desde el principio. Lo poco que recuerdo de ellos juntos son discusiones. Se separaron cuando yo tenía seis años y mi padre volvió a España. Desde entonces, yo lo veía un mes en verano y dos semanas en Navidades.

– Hemos hablado de pérdida. Una de ellas es muy reciente. -Gabriel apoyó la mano sobre el cinco de copas como si la carta pudiera transmitirle alguna vibración-. Tu padre…

Ella aguardó sin decir nada, pero todo en su lenguaje corporal decía «Sí».

– Has venido a España a solucionar asuntos relacionados con su muerte.

– Sí.

– Él ha muerto hace menos de una semana.

– Aja.

– Intuyo un problema en la zona del pecho.

Gabriel no estaba arriesgando demasiado. La mayoría de la gente moría por problemas coronarios o cáncer. Un ex tuno, aficionado a la juerga, el alcohol y probablemente el tabaco, era un buen candidato a cualquiera de los dos males. Por otra parte, el pecho se hallaba a un palmo de distancia de todo lo demás -la cabeza, el estómago, los intestinos- por si tenía que rectificar. Pues una de las reglas de lo que estaba haciendo Gabriel, conocido entre los expertos como «lectura en frío», era que el vidente acertaba siempre de una manera o de otra. El único que podía equivocarse era el cliente.

– Tenía cáncer de pulmón -dijo ella.

Tenía. Eso parecía indicar un proceso largo.

– Tu padre resistió un tiempo…

– Cuatro años. Le hicieron un trasplante, pero… -Iris se llevó la mano al pecho y se apretó el esternón con la palma. Fue sólo un instante, pero Gabriel tomó nota. Opresión.

A Iris se le habían empañado los ojos, lo que los embellecía todavía más. No odiaba a su padre, aunque tal vez en algunos momentos de su vida sí había llegado a hacerlo. Con la ayuda de Iris, Gabriel trazó un retrato de aquel hombre: superficial, voluble, fantasioso, encantador pero poco de fiar.

Por alguna razón se sintió incómodo pensando en sí mismo. Aunque estaba oculto tras las sombras y protegido tras su papel de Ragnarok el Vidente, sospechaba que, si ella descubría quién y cómo era en realidad, no le gustaría. ¿Qué pensaría de alguien que había pasado años aprendiendo los trucos de los falsos videntes para desenmascararlos, y que ahora los aprovechaba para hacer una lectura en frío de su cliente y sacarle el dinero?

«No seas idiota», se dijo. «En primer lugar, no eres como su padre. En segundo lugar, no quieres gustarle». Pero ninguna de las dos negaciones acabó de convencerlo a él mismo.

Sobre todo la segunda. Cuanto más contemplaba a la islandesa, más adorable le parecía y más le apetecía perderse mirando aquellos ojos que le hablaban de la lejana isla de hielo y de fuego.

«A tu trabajo», volvió a recordarse.

– Ahora vamos a centrarnos en el presente -dijo, dándole la vuelta a la primera carta de la pila central-. Espero que no te parezca una grosería si te digo tu edad.

– No, claro que no.

– Eres muy joven -dijo Gabriel. Un comentario así nunca molestaba a nadie-. Pero los treinta están llamando a tu puerta.

– La verdad es que los cumplí el mes pasado.

– Se trata de una edad muy importante. Te hallas ante la encrucijada fundamental de tu vida.

Iris asintió muy seria. No podía ser de otra manera: para toda persona, el momento más importante os el que esta viviendo ahora mismo, en el presente. Gabriel podría haberle dicho que la crisis que ella estaba atravesando a los treinta no era nada en comparación con la que le espetaba cuando, como él, sobrepasara los cuarenta y entrara oficialmente en la «mediana edad».

– Últimamente sientes opresión en el pecho.

– ¡Es verdad! ¿Crees que debo preocuparme?

– Tú no fumas.

– No, yo…

– No era una pregunta. Sé que no fumas. No debes temer que te pase lo mismo que a tu padre.

– Entonces, si no estoy enferma, ¿qué es lo que me pasa? -Tienes angustia vital. -No entiendo.

– Cuando eras pequeña estabas protegida de la gran amenaza por dos barricadas: tus abuelos y tus padres. Luego, poco a poco, las murallas fueron cayendo y sólo te quedó una, tu padre. Ahora has perdido la última línea de defensa y te encuentras cara a cara con el mayor enemigo.

– ¿A qué enemigo te refieres?

– Tú lo sabes.

«Como yo mismo lo sé», se dijo Gabriel, porque por primera vez desde el fallecimiento de su madre estaba expresando en voz alta pensamientos a los que ni siquiera se había atrevido a dar nombre.

Para desenmascarar a falsos psíquicos y mentalistas, Gabriel había aprendido algo de prestidigitación. Tenía una carta en la manga, literalmente. Ahora, aprovechando que Iris miraba hacia su rostro en sombras, la sacó de allí y la puso sobre el mazo del presente como si acabara de darle la vuelta.

– La Muerte.

Al ver al caballero de la armadura oscura y el pendón negro, Iris se estremeció.

– ¿Me voy a morir pronto?

¡No, claro que no! El azar ha hecho que te encuentres en primera línea de cómbate demasiado pronto. Pero eso no quiere decir que tu tiempo se agote. Simplemente que debes afrontar antes de lo esperado la verdad desnuda y abandonar las falsas ilusiones de tu infancia.

»Pero la carta de la Muerte significa también otras cosas. Transición. Al cerrar la puerta de esas ilusiones abres otra puerta, la que te enseña el verdadero camino.

– ¿Y cuál es ese camino?

– Debes hallarlo dentro de ti. Las cartas sólo ponen ante tus ojos lo que ya sabes en el fondo de tu corazón.

Gabriel dio la vuelta a la primera de las cartas de la pila del futuro. Era el tres de copas, y estaba al revés. Se quedó pensando en cómo utilizarlo.

– Comunidad y amistad, pero puestas al contrario.

Gabriel volvió a mirar las manos de Iris. No llevaba ningún anillo. Sin embargo, sospechaba que tenía pareja o la había tenido hasta hacía poco. Era demasiado atractiva para estar sola mucho tiempo.

– Hay una persona importante en tu vida. Muy importante. Pero la relación que tienes con esa persona no es satisfactoria para ti, al menos en este momento.

– ¿Cómo lo sabes?

Había muchas respuestas posibles para la pregunta de Iris.

Primera: de estar satisfecha no habría acudido a un vidente.

Segunda: según la estadística, a los treinta años las probabilidades de ser infiel a la pareja se multiplican, y también es cuando se producen más divorcios.

Tercera: por alguna estúpida razón, Gabriel no quería que la relación de Iris con su pareja fuese satisfactoria.

Nada de esto le dijo, por supuesto.

– Eres tú quien lo sabe, Iris, y quien me lo está contando por medio de las cartas. Yo soy un simple intermediario.

Gabriel descubrió otra carta. La Gran Sacerdotisa. -En tu interior se alberga un gran potencial latente. Pero no lo has desarrollado del todo porque ciertas personas a tu alrededor te coartan. -Gabriel acababa de recurrir a una «afirmación Barnum» que prácticamente podía aplicarse a cualquier persona. -Eso es verdad.

La Gran Sacerdotisa sugiere que ese potencial latente…

– ¡Qué gracia! Él me llama así. Es increíble… «Y tan increíble», pensó Gabriel, decidido a aprovechar su suerte.

– Tu pareja…

– Es mi novio.

– Así que tu novio te llama «Gran Sacerdotisa».

– Dice que tengo ideas muy místicas, y que parece mentira que me dedique a la ciencia. Bueno, también me llama «Madre Gaia», aunque lo que menos soporto es que me diga «kanina».

– Hablábamos de tu potencial dormido. En realidad, creo que eres muy buena en lo que haces.

Ella acababa de decir que se dedicaba a la ciencia. ¿A cuál en concreto? No tenía aspecto de ratita de laboratorio ni de biblioteca, sino de moverse al aire libre. «Su novio la llama Madre Gaia». Gabriel pensó que aquel comentario debía referirse a la llamada «hipótesis Gaia», según la cual la Tierra era un sistema complejo que se autorregulaba y conseguía mantener las condiciones necesarias para la vida. Para algunos la propia Gaia, a su manera, era un ser vivo.

De modo que el trabajo de Iris guardaba relación con la ecología. Mientras pensaba, Gabriel le dio la vuelta a otra carta.

– Tu trabajo es interesante. Te mueves al aire libre… -Normalmente sí.

– Estás muy unida a la tierra, y te relacionas con la Naturaleza. Veo un lugar que…

Capítulo 11

S antorini

Gabriel levantó la mano de la carta como si le hubiera picado una serpiente. Al hacerlo movió el flexo, que le deslumbró un instante. Intentó doblar de nuevo el tubo metálico para apartar la luz de su rostro, pero Iris le agarró la mano y no le dejó.

– ¿Cómo sabes eso?

– ¿El qué?

– Lo de Santorini.

Sin darse cuenta, Gabriel lo había dicho en voz alta. Ahora se estaban mirando a los ojos, y por primera vez Iris podía ver los suyos. Gabriel trató de controlar la emoción.

Le había vuelto a suceder.

Por segunda vez en su vida, había visto dentro de la mente de otra persona. Como un fogonazo amarillo, el nombre de Santorini se había materializado en su mente.

Lo que le acababa de ocurrir era inexplicable, pero Gabriel llevaba casi treinta años intentando explicárselo. Debido a aquella primera vivencia telepática con Valbuena, su profesor de historia, sus intereses se habían dirigido a la parapsicología y las ciencias ocultas. En cierto modo, por culpa de aquella experiencia había tirado su vida al desagüe.

Y ahora le ocurría de nuevo.

«Sólo que ahora ya no puedo caer más bajo», pensó. No tenía nada que perder.

– Ya te lo he dicho, Iris. -Intentó que su voz sonara tan neutra como una pila descargada-. No puedo saber más que lo que tú misma sabes.

– Estoy trabajando en Santorini. Me encontraba allí cuando me llamaron por lo de mi padre.

Un acierto como aquél habría bastado para terminar la sesión y cobrar su tarifa, y hasta el doble o el triple. Pero ahora era Gabriel quien quería saber más sobre Iris. ¿Qué había unido sus mentes durante aquel instante? ¿Por qué se había repetido el mismo fenómeno que había experimentado en el examen de Valbuena?

«Madre Gaia». Iris se dedicaba a una ciencia relacionada con la Tierra, y trabajaba en Santorini. Gabriel había consultado información sobre Santorini para uno de sus libros: según ciertas teorías Platón se inspiró en ese lugar para el mito de la Atlántida, pues hacía más de tres mil años había sufrido un cataclismo volcánico en el que buena parte de la isla se había hundido bajo las aguas.

«Ella es islandesa». Islandia, tierra de volcanes. Decidió arriesgar.

– Eres vulcanóloga.

– ¡Sí! ¡Es increíble!

Iris estaba feliz. Quería creer en las cartas. Quería creer en él.

– Ha llegado el momento de atisbar el futuro, Iris.

Gabriel dio la vuelta a la primera carta del último montón. La Luna. Apenas la miró.

– ¿Has tenido últimamente una sensación de desastre Inminente? ¿La impresión de que va a ocurrir algo malo?

Iris volvió a ponerse la mano sobre el esternón y asintió.

– Me siento un poco estúpida. Estoy convencida de que va a pasar algo terrible, pero Finnur me dice que soy una aprensiva y que exagero mucho los síntomas.

– Te refieres… a tu trabajo.

– Sí, eso es.

– Temes que el volcán de Santorini entre en erupción mientras estáis allí. Temes que vuestras vidas corran peligro.

– Temo algo mucho peor.

– ¿Qué puede ser peor que la erupción de un volcán?

– Una cadena de erupciones.

– Ahora soy yo el que no entiende -confesó Gabriel. Aquello había dejado de ser una lectura en frío para convertirse en algo que ya no controlaba.

– Yellowstone, Long Valley, los Campi Flegri. ¿Te suenan esos nombres?

– Algunos de ellos -contestó Gabriel. Yellowstone era conocido por todo el mundo, y todavía recordaba la entrevista en la que aquel científico de la barba blanca había alertado sobre el peligro de los Campi Flegri.

– Son supervolcanes, y cada uno de ellos podría matar por sí solo a millones de personas y cambiar el clima terrestre.

– ¿Es que pueden entrar en erupción todos a la vez?

– Estadísticamente no debería ser así. Es un suceso tan improbable que, aunque hay señales de aviso, la mayoría de los vulcanólogos piensan que no puede ocurrir. -Iris meneó la cabeza-. Pero lo cierto es que algo muy raro está pasando.

«Empiezo a creer que sí», pensó Gabriel. Iris tragó saliva y añadió:

– Si nadie lo remedia, creo que los humanos vamos a desaparecer de la faz de la Tierra.

Capítulo 12

Madrid, barrio de Salamanca

No pain, no gain. No pain, no gain…

Tumbado en una esterilla, Saúl Alborada apretó los dientes para aguantar la siguiente andanada de abdominales. Cuando los electrodos adhesivos transmitieron la corriente del estimulador, los músculos de su estómago y su vientre se contrajeron. A veces se ponían tan tirantes que llegaba a temer que se desgarraran. Pero cuando después pasaba los dedos por encima y notaba el relieve, tan marcado como las tabletas de chocolate que jamás se permitía comer, pensaba que merecía la pena. Aún usaba la misma talla que cuando tenía veinticinco años y jugaba al fútbol en Segunda División.

No pain, no gain. No hay ganancia sin dolor.

Mientras sus abdominales sufrían, Alborada buscaba los últimos titulares en la pantalla del salón. Una de las normas del código Alborada, clave de su éxito en la vida, era hacer siempre dos cosas a la vez. Al menos.

Anomalía magnética a nivel mundial.

La corriente eléctrica cesó durante un rato. Alborada aprovechó para seleccionar la noticia y ampliarla en la pantalla. En Canadá habían muerto casi treinta ballenas por culpa de aquella anomalía, que las había desorientado. También se habían producido desperfectos en muchos equipos electrónicos.

Según las declaraciones de una científica entrevistada para reportaje, aquella anomalía podía ser la antesala de una inversión del campo magnético de la Tierra. Alborada, Que no tenía noticia de que tal fenómeno pudiera ocurrir, subió el volumen.

«Sabemos que en el pasado el campo magnético de la Tierra ha sufrido inversiones, de tal manera que el Polo Norte magnético ha estado en la Antártida y el Polo Sur cerca del Ártico. La última se produjo hace 750.000 años».

«¿Qué ocurre durante esas inversiones?», preguntó el periodista.

«El campo magnético de la Tierra nos protege de las partículas de energía más peligrosas emitidas por el Sol, desviándolas Inicia los polos, donde producen el espectacular fenómeno conocido como "aurora boreal". En el caso de una inversión, es muy posible que el campo magnético quede anulado durante un tiempo indeterminado».

La corriente eléctrica lo atacó casi por sorpresa. Alborada se arqueó y apretó los abdominales. No pain, no gain…

Aquella posible inversión magnética era un asunto interesante. Podían enfocarlo de forma seria en Kosmonoesis, el programa científico de referencia de la cadena. Y de forma sensacionalista en la basura de Ultrakosmos, que era el más rentable.

Su móvil sonó en ese momento. Alborada puso el electroestimulador en pausa y consultó la pantalla. El número le era desconocido.

– Saúl Alborada-contestó.

– Buenos días. Siento molestarle a estas horas. Soy Adriano Sonsa. Le llamo de parte de Sybil Kosmos.

Al oír el nombre de Sybil, la famosa SyKa, el estómago de Alborada se encogió. Había pasado una semana de aquello, y al no tener noticias de ella casi había llegado a creer que no había ocurrido, que la violación era una ilusión, un falso recuerdo.

El hombre que hablaba por el móvil era moreno, vestía un traje oscuro y tenía el cabello recogido con una coleta. Por un momento, Alborada pensó que era el mismo tipo que conducía la limusina el día en que conoció a Sybil. Pero aquél tenía una dentadura muy extraña, con dientes de cristal que despedían destellos de colores. ¿Serían gemelos?

– Le escucho.

– Ella quiere verle cuanto antes en su casa. Tiene pistas sobre un misterioso documento llamado códice Voynich en el que está muy interesada, y cree que usted puede ayudarla a encontrarlo.

– La que se encarga de los misterios es mi mujer -respondió Alborada. Marisa seguía siendo redactora de Ultrakosmos, algo que a él no le hacía mucha gracia, pues despreciaba aquel programa.

– Sybil quiere verle a usted. Cuanto antes. Le envío la dirección.

Alborada recibió dos archivos. Uno era un mensaje de texto. El otro era un vídeo. Aunque sospechaba y temía lo que se iba a encontrar, lo abrió. Cuando se vio a sí mismo en el despacho de Sybil Kosmos, tumbado encima de la joven, se apresuró a cerrarlo. De pronto había empezado a sudar frío.

– Dígale que estaré en una hora -dijo.

Después de colgar, apagó el electroestimulador, se estiró en el suelo y cerró los ojos. No estaba de humor para completar la serie de abdominales.

«No. No voy a cambiar mis rutinas por nada», se dijo. Volvió a encender el aparato y se castigó por su momentáneo arrebato de dejadez subiendo la corriente diez puntos más.

¿Qué demonios era el códice Voynich y qué tenía que ver con él? Mientras seguía con los abdominales, hizo una búsqueda en el móvil y la pasó a la pantalla de la televisión.

El códice Voynich se llamaba así por Wilfrid Voynich, un librero americano que lo había comprado a principios del siglo XX. Se trataba de un libro escrito a mano en un alfabeto desconocido que llevaba siglos derrotando a todos los criptógrafos que intentaban descifrarlo. Ni siquiera las poderosas herramientas informáticas de finales del XX y principios del XXI habían conseguido penetrar en sus secretos.

Muchos estudiosos pensaban que no había secretos, que el manuscrito era la broma pesada de alguien que quería burlarse de la posteridad proponiendo un acertijo sin solución. A Alborada, que jamás había perdido el tiempo en su vida, no le cabía en la cabeza que alguien se molestara en escribir a mano un galimatías de más de 240 páginas simplemente por divertirse.

«¿Y si está escrito en un idioma que ya no existe y además encriptado en una clave secreta?», pensó Alborada. O peor, ¿y si el autor había utilizado más de una clave y más de un idioma? En tal caso, la pesadilla para los descifradores estaría garantizada.

Cuando vio en la pantalla las primeras palabras del códice, por un momento se preguntó si no estaría contemplando una fórmula secreta que explicaba el origen y el significado del Universo, algo así como el verdadero nombre de Dios.

«Paparruchas», se dijo. «Eres un hombre racional».

Según los datos de Internet, lo último que se sabía del códice Voynich era que el abuelo de Sybil, Spyridon Kosmos, había comprado el original pagándole una buena suma a la Universidad de Yale. De modo, pensó Alborada, que el interés de SyKa le venía de familia.

Pero ¿por qué recurría a él? ¿Al mismo hombre que la había violado?

De momento, era inútil preguntárselo. Le pidiera lo que le pidiera Sybil, tendría que obedecer. Después de lo que había hecho, estaba en sus manos.

La sesión de abdominales terminó por fin. Alborada se despegó los electrodos, recogió los cables meticulosamente hasta dejarlos tal y como venían de fábrica y guardó el aparato en el estuche. Después se levantó del suelo y fue al salón.

Marisa estaba leyendo en el sofá. El hijo de ambos, de nueve años, estaba delante de la televisión, ejecutando una especie de movimientos de karate. En la pantalla, un corpulento luchador en 3D recibía los golpes del niño.

– Muy bien, Luis -dijo Alborada, acariciándole la cabeza-. Tienes la misma coordinación que tu padre.

– ¿Qué has dicho, papá? -dijo el niño, quitándose los auriculares inalámbricos. El juego entró en pausa automáticamente.

– Nada, hijo. Sigue.

Aquel niño era uno de los pequeños milagros de Alborada. A los veintiséis años, le habían detectado un cáncer de testículos con metástasis en los pulmones. Aunque aquella enfermedad tenía una tasa de supervivencia alta, a él se lo habían detectado tarde. El médico se empeñó en que tenían que extirparle ambos testículos, pero Alborada se negó.

– Nada ni nadie me ha derrotado en mi vida. El cáncer no va a ser una excepción.

La lucha contra el cáncer duró casi dos años y estuvo a punto de costarle la vida. Después de aquello, no le renovaron el contrato en el equipo de fútbol. Alborada comprendió que debía cambiar radicalmente su proyecto de vida, y entre sesiones de quimioterapia, empezó a estudiar comunicación audiovisual.

A los treinta estaba curado, con un solo testículo perfectamente fértil, un título universitario bajo el brazo y un puesto de trabajo en la productora de Ultrakosmos.

El otro milagro era Marisa, su mujer. Alborada llevaba enamorado de ella desde los quince años, pero Marisa había cometido la estupidez de fijarse en Gabriel, el malote de la clase.

El problema de los chicos malos que tanto atraen a las mujeres es que, más que malos, acaban siendo dañinos. En opinión de Alborada, su antiguo compañero de colegio Gabriel Espada era una bomba de plutonio andante, que contaminaba a todo aquél a quien tocaba, empezando por el mismo. Personalmente, Alborada despreciaba la basura parapsicológica que se emitía en Ultrakosmos. Pero era un programa de la cadena, en el que él mismo había empezado su carrera en los medios, y había que respetarlo. Que Gabriel Espada, un presentador, ridiculizara a un invitado en directo era imperdonable, una gamberrada propia de alguien que todavía debía creer que seguía en el instituto.

Definición de Gabriel Espada: «Prototipo de capullo pretencioso que se las arregla para convertir en mierda todo lo que toca». Un tipo con talento natural, pero carente de toda disciplina. Uno de los principios básicos del código Alborada era: «El hombre que no sabe adónde va jamás llegará a ninguna parte». Y siempre que lo repetía en voz alta se imaginaba el rostro de Gabriel Espada.

Por suerte, Marisa había visto la luz y se había dado cuenta por fin de que seguir con Gabriel era arrojar su vida al vertedero.

No, se corrigió Alborada. No había sido por suerte. Si había convencido a Marisa de que dejara a Gabriel había sido gracias a su empeño. Como todo en su vida. Y sin saltarse las reglas: ni siquiera la había besado hasta que tuvo firmados los papeles del divorcio. Para Alborada no existían los atajos.

«Cuánto la quiero», pensó ahora, al verla sentada en el sofá, con la larga cabellera negra suelta sobre la camiseta, las piernas encogidas de lado y un libro sobre las rodillas.

Sabía exactamente por qué lo estaba pensando. Por culpa de Sybil Kosmos.

«Si la quisieras tanto, no habrías hecho lo que hiciste». Pero, por más que las imágenes que visualizaba al cerrar los ojos dijeran lo contrario, en realidad no había sido él, sino algo ajeno, una entidad extraña que lo había poseído.

«Cuéntale eso a la policía y al juez», se dijo.

– Tengo que salir, cariño -dijo, inclinándose para besar a Marisa en la frente-. Asunto de trabajo.

Marisa apartó el libro un momento y le miró.

– ¿Un sábado y a estas horas?

La conspiración del vanadio, rezaba el título. Una novela, y además de papel.

Alborada nunca había entendido por qué la gente leía libros que hablaban sobre cosas que sólo habían ocurrido en la mente de sus autores. Él, que había recibido varios seminarios de lectura rápida, sólo leía ensayos e informes, y con eso ya ocupaba horas más que suficientes como para perder el tiempo con ficciones.

Pero ahora prefirió ser amable y preguntarle a Marisa por el libro. Así podría cambiar de tema y no tendría que explicarle que iba a reunirse con Sybil Kosmos.

– ¿Qué tal está la novela? ¿Te gusta?

– No está mal. Pero no acaba de convencerme el malo -dijo Marisa.

– ¿Y eso?

– No sé, no tengo muy claras sus motivaciones.

– ¿Es que los malos tienen que tener motivaciones?

– Yo creo que sí. Incluso cuando se comete el peor de los crímenes, uno tiene un motivo, seguro.

«¿Y si uno no posee un motivo?», se preguntó Alborada. «¿Y si es el motivo el que lo posee a él?».

Capítulo 13

Madrid, La Latina

Cuando Gabriel le preguntó qué significaba la frase «Creo que los humanos vamos a desaparecer de la faz de la Tierra», Iris le brindó un curso acelerado de vulcanología.

– Los volcanes aparecen cuando las presiones y las tensiones del interior de la Tierra salen a la superficie, como el chorro a vapor de una olla. ¿Has oído hablar de la tectónica de placas?

La estudié. Pero me vendría bien refrescar la memoria.

La joven islandesa le pidió un folio y un bolígrafo, y dibujó un corte transversal de la Tierra. Ahora que estaba hablando de un tema que dominaba, se la veía mucho más relajada que mientras se movía a ciegas por los brumosos pantanos del tarot.

Por su parte, y casi sin darse cuenta, Gabriel se había despojado de la máscara de Ragnarok el Vidente. Ahora que era Iris quien hablaba, las convenciones del lenguaje corporal le permitían mirarla a los ojos sin apartar la vista de ellos.

– Esto que ves a la izquierda es una placa oceánica explicó Iris-. La dé la derecha es continental. En la superficie de la Tierra existen unas veinte placas de diversos tamaños. Unas son oceánicas y otras continentales, pero todas ellas flotan sobre la parte exterior del manto.

– Las capas de la Tierra -recordó Gabriel-. Corteza, manto y núcleo, ¿no es eso?

– Cierto.

El manto se encuentra debajo de la corteza y, como la temperatura asciende con la profundidad, allí abajo todo es roca fundida.

– Eso ya no es tan cierto. Debido a la enorme presión, las rocas que normalmente estarían fundidas mantienen el estado sólido.

– Eso pasa por hablar sin saber -reconoció Gabriel.

Iris le disculpó con una sonrisa.

– No te has equivocado del todo. La astenósfera, la capa superior del manto que se encuentra en contacto directo con la corteza, sí está fundida. Al menos en parte. Las placas de la corteza flotan encima de esa capa semilíquida y se desplazan muy lentamente.

Un el dibujo, la placa oceánica de la izquierda chocaba con la continental y, al hacerlo, se hundía debajo de ella en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados.

– Esto es lo que se llama un borde de subducción. La placa oceánica está compuesta por una roca más densa y pesada, principalmente basalto. En cambio la continental es sobre todo de granito, una roca más ligera.

Gabriel miró al pesado pisapapeles de granito que tenía a su derecha y deslizó sus dedos por su superficie pulida. Nunca habría pensado en aquella roca como algo ligero. Obviamente, todo era relativo.

– La placa más densa -continuó Iris- se introduce por debajo de la más ligera. De este modo, todo el material que antes formaba parte del fondo del mar se hunde paulatinamente. Y al hundirse…

– Se va calentando.

– Así es. Llega un momento en que toda esa roca se funde. Entonces se forman grandes burbujas de magma. Como son líquidas y tienen menos densidad que el resto de la roca, empiezan a subir. Es lo mismo que pasa con el gas en una copa de champán.

– Hasta ahí lo entiendo.

– Las burbujas de magma fundido y caliente llegan hasta el borde inferior de la placa continental. Su contacto hace que la roca inferior de la corteza se caliente y se acabe fundiendo, con lo que se convierte a su vez en magma que también intenta subir.

Iris dibujó cerca de la superficie un óvalo y lo rellenó de puntos.

– Cuando a pocos kilómetros por debajo de la superficie terrestre se acumula mucha roca fundida, forma lo que denominamos una cámara de magma. Ese magma se sigue calentando porque por debajo recibe la inyección constante de más material fundido.

– Y si se sigue calentando, se hará menos denso…

– …y querrá subir todavía más -completó Iris-. La presión del magma hace que busque fracturas o grietas entre las rocas, o si no las construye él mismo. Por esas chimeneas sube la roca fundida hasta que, por fin, llega a la superficie y sale al aire libre.

Y entonces tenemos un volcán.

Correcto. Siempre que tengamos en cuenta que por Loa volcanes no brota sólo lava fundida. El magma contiene vapor de agua y otros gases, comprimidos por las altísimas presiones del manto. Pero cuando el magma se acerca a la superficie, las burbujas de gas se expanden de forma brutal y… ¡pummmml

La joven imitó una explosión con las manos, acompañada por un sonido onomatopéyico que le hizo hinchar las mejillas. Aunque un gesto así no solía favorecer a nadie, a Gabriel le resultó simpático.

No. Simpático no. En realidad, le pareció adorable. Había conocido chicas más guapas que Iris. C, sin remontarse apenas en el tiempo. Pero aquella joven llegada del Círculo Polar Ártico poseía una calidez especial en la mirada y en la sonrisa que contradecía todos los tópicos que Gabriel había aprendido sobre los nórdicos.

– El magma caliente revienta en infinitas partículas que se proyectan por los aires -continuó Iris-: Fragmentos de piedra a los que llamamos «bombas», cenizas, aerosoles. Eso es lo que forma el penacho volcánico que se eleva a veces a más de treinta kilómetros de altura.

– Pensé que ese penacho consistía sólo de humo.

– No, hay mucho material sólido que acaba cayendo al suelo. Pero cuanto más pequeño sea ese material, más lejos llega. Las cenizas pueden caer a cientos de kilómetros de un volcán. Los aerosoles, que son partículas aún más pequeñas, pueden dar la vuelta al mundo y quedarse años suspendidos en las capas superiores de la atmósfera. Absorbiendo luz solar y provocando que la tierra se enfríe, de paso.

Gabriel volvió a mirar el croquis. Le venía bien que Iris lo hubiera dibujado. Así tenía una excusa para apartar la vista de ella. Sin saber por qué, al mirarla, en lugar de dirigir sus pupilas a la parte superior del rostro y la frente, tendía a centrar el foco más abajo, en el triángulo íntimo que se formaba entre los ojos y los labios.

En realidad sí sabía por qué. Porque le gustaban sus ojos, porque le gustaba ella. Lo malo era que, si insistía en mirarla así, iba a darse cuenta.

Pensó que sería mejor enfriarse centrándose, paradójicamente, en el magma fundido.

– Entonces, todos los volcanes aparecen cerca de las zonas donde chocan las placas tectónicas.

– No todos, aunque sí muchos. -De pronto Iris enrojeció levemente y apartó la mirada-. Debo estar aburriéndote. Los volcanes me apasionan tanto que cuando me pongo a hablar de ellos pierdo la noción del tiempo.

– De ninguna manera-respondió Gabriel, con toda sinceridad. Además, había decidido que no quería que Iris se fuese todavía. Herman podía esperar.

– No te he ofrecido nada. ¿Quieres tomar un café, un refresco?

Ella pareció sorprenderse, pero fue sólo un instante. -¡Claro! Un café me vendría bien. «Tampoco tiene muchas ganas de irse», pensó Gabriel.

– Ven conmigo -le dijo, levantándose de su trono de vidente.

Mientras recorrían el largo pasillo de camino a la cocina, Iris siguió explicándole.

– Como hemos visto, la corteza oceánica se hunde debajo de la continental en los bordes de subducción. Eso significa que tiene que levantarse por otra parte. De lo contrario, la Tierra encogería como una manzana vieja.

Al oír lo de la manzana, Gabriel se acordó por un instante de los contenidos de su propio frigorífico y arrugó la nariz. «Espero que Herman tenga su cocina más limpia que yo la mía», pensó. Pero cuando entraron en ella comprobó que se hallaba en perfecto estado de revista. No gracias a su amigo, que no era precisamente un estajanovista del hogar, sino a la señora Petro, que venía dos veces a la semana para limpiar.

Mientras Gabriel encendía la cafetera exprés y cargaba el filtro, Iris continuó con su explicación. Cuando decía que el tema la apasionaba, no mentía: por más que la interrumpieran, no perdía el hilo.

– Los lugares donde se crea corteza nueva son las llamadas dorsales oceánicas. Hay una de esas dorsales que atraviesa el centro del Atlántico, y de ella brota una placa hacia el este y otra hacia el oeste.

– Por eso Europa y África se alejan cada vez más de América -comentó Gabriel, que iba recordando poco a poco lecciones del libro de ciencias naturales.

– Justo. Esas dorsales son auténticas cordilleras submarinas, y a veces las montañas son tan altas que se levantan por encima del agua. Es lo que sucede con Islandia. Mi país está partido en dos por la fosa atlántica, y por eso no deja de crecer tanto hacia el este como hacia el oeste.

– O sea, que el que posea terrenos justo encima de esa fosa sólo tiene que sentarse para ver cómo crece su inversión.

– Si tiene mucha paciencia, sí.

– Ajá.

– Además, Islandia sufre más actividad volcánica que otros lugares porque está situada encima de una pluma del manto.

– Una pluma del manto. Eso es nuevo. ¿Entra también para el examen, profesora?

– Lo siento. -Iris sonrió y se le volvieron a marcar los hoyuelos-. Intento simplificar todo lo que puedo. No sabemos muy bien por qué, pero hay ciertas zonas fijas del interior de la Tierra en las que, independientemente de los movimientos de la corteza, se levantan gigantescas burbujas de roca fundida a las que llamamos plumas. ¿Has visto alguna lámpara de lava?

– Sí.

Pues las plumas son como esas burbujas de cera coloreada que suben por el aceite cuando se calientan. Es posible que las plumas sirvan como mecanismo de disipación del calor del núcleo de la Tierra.

– Calor del núcleo. Sube formando corrientes de convección, ¿no?

– Así es. Pero cuando las plumas del manto suben cerca de la superficie, aunque sea en una zona donde no existan bordes de placas, también crean volcanes. Por ejemplo, los de las islas Hawaii, que fue donde estudié la carrera.

– Después de los fríos de Islandia, debió ser todo un contraste estudiar junto a las playas del Pacífico -dijo Gabriel.

Sin querer, se imaginó a Iris en biquini tumbada junto a una palmera. O paseando por una playa aún más paradisíaca y solitaria en la que ni siquiera le haría falta el biquini.

«Pon las neuronas a refrigerar», se ordenó a sí mismo.

Iris debió captar algo en su mirada, porque apartó los ojos, nerviosa. Gabriel aprovechó para apretar el botón de la cafetera. El ruido del vapor y de los chorros de café que caían sobre las dos tazas sirvió para romper aquel pequeño instante de tensión.

– A ver si he asimilado la lección. Tenemos volcanes en tres sitios: en los bordes de choque de placas, en las regiones donde aparece placa nueva y también encima de las plumas del manto, ¿es así?

– Bien resumido. En términos más precisos, diríamos los bordes de subducción, las dorsales oceánicas y los hotspots, los «puntos calientes» situados encima de las plumas del manto. Por lo demás, perfecto.

– Y en todo esto, ¿dónde aparecen los supervolcanes?

Al hacerle esa pregunta, Iris dejó de sonreír. Al parecer, se tomaba aquella amenaza muy en serio.

– Hay algunos geólogos a los que no les gusta ese nombre. Finnur… Mi novio dice que el nombre de «supervolcanes» sólo sirve para la televisión y la prensa sensacionalista.

«Prefiere decir "mi novio" que individualizarlo con su nombre», pensó Gabriel. Era una forma de alejarlo de ella. Algo así como quitarse el anillo de casada si lo hubiera llevado.

«Estás extrapolando demasiado, señor Ragnarok», se dijo Gabriel, mientras le ofrecía a Iris la taza de café.

– ¿Tienes leche?

– En el frigorífico.

Gabriel se arrepintió de haberlo dicho en cuanto Iris lo abrió. El frigorífico de Herman era el ideal de un soltero, en las baldas superiores se hallaban las fiambreras de la señora Petro, y en las inferiores había un surtido de cervezas tan variado y abundante como para que diez varones sedientos como cosacos sobrevivieran durante una final entera del Mundial de fútbol con prórroga y penaltis.

– A Herman le gusta cuidarse -se apresuró a decir.

– ¿Herman?

– Es el que te abrió la puerta. La casa es suya.

«No vayas a pensar que yo soy un borrachuzo como él», sugería el tono de Gabriel. Luego se dio cuenta de que sus palabras implicaban otras preguntas. ¿Vives con tu amigo? ¿A tus años tienes que compartir piso con alguien? ¿O es que tu casa es peor que ésta y te avergüenza recibir a tus «clientas» en ella?

El catastrofismo geológico acudió en su ayuda. Al tiempo que sacaba la leche y se apresuraba a cerrar la nevera, Gabriel preguntó:

– Aunque a tu novio no le guste el nombre, ¿a qué llamáis un supervolcán?

– Un supervolcán es un volcán a una escala mucho mayor -continuó Iris-. Increíblemente mayor, de hecho. La erupción más potente de la historia fue la del monte Tambora en 1815. Las cenizas y los gases que expulsó el Tambora cambiaron el clima de toda la Tierra, hasta tal punto que al año siguiente lo llamaron «el año sin verano».

– Parece una amenaza grave, pero no creo…

– No me he explicado bien. La de Tambora fue una erupción devastadora, pero no un supervolcán. Un supervolcán puede ser diez, veinte, treinta veces más potente que el Tambora y expulsar miles de kilómetros cúbicos de magma y material volcánico. Ya no estamos hablando de un año sin verano, sino de muchos. ¿Qué crees que ocurriría si, durante varios años seguidos, las nieves de las montañas y los hielos de los casquetes polares no llegaran a fundirse en verano y siguieran avanzando en invierno?

– Una glaciación -aventuró Gabriel.

Iris asintió con gesto serio.

– O sea -dijo Gabriel-, que después de tanto preocuparnos por el calentamiento global, al final la peor amenaza podría ser el frío.

– No sabes hasta qué punto. En realidad, en los tres últimos millones de años los periodos cálidos como el que vivimos han sido más una anomalía que la regla general.

– Si el hombre de Neanderthal supo adaptarse a los hielos, no veo por qué no podríamos hacerlo nosotros.

– ¿Que por qué no? Entre otras razones, porque ahora somos más de siete mil millones de habitantes y hemos llenado todos los rincones de la Tierra como una plaga de langosta. Si los hielos cubren el norte de Europa y de Asia, Canadá, Estados Unidos…, ¿dónde crees que irá toda esa gente?

– Al sur, claro -murmuró Gabriel. De pronto se imaginó a casi trescientos millones de estadounidenses llamando a las puertas de México. Una ironía histórica. Pero algo le decía que los mexicanos no iban a recibir a sus vecinos gringos con los brazos abiertos. Simplemente, no tendrían sitio ni recursos para todos ellos.

¿Y qué pasaría en España cuando se produjera una nueva invasión de los bárbaros del norte, cientos de millones de refugiados desesperados huyendo del avance de los hielos?

Para empezar, que Herman podría despedirse de sus cervezas.

– ¿De verdad un volcán puede causar una glaciación?

– Ya ha ocurrido en el pasado. Hace 70.000 años se produjo una súpererupción en la isla de Sumatra, en un lugar llamado Toba. Las temperaturas de toda la Tierra bajaron cerca de ocho grados, y de resultas de ello murió el noventa y cinco por ciento de la población humana mundial. En realidad, nuestra especie estuvo a punto de extinguirse.

Gabriel hizo unos cálculos mentales.

– Si ocurriera ahora algo parecido, morirían siete mil millones de personas y quedarían vivas poco más de trescientos millones.

– No es la única vez que ha ocurrido algo así. Los supervolcanes han provocado extinciones aún mayores. Hace 250 millones de años, a finales del periodo pérmico, desaparecieron el 95 por ciento de las especies marinas y el 70 por ciento de las terrestres. La razón fue una inmensa erupción en Siberia que alteró de forma drástica el clima de la Tierra.

«Cincuenta millones de años después, más de la mitad de las especies se extinguieron, y dejaron un hueco que ocuparon los dinosaurios como animales dominantes. Esta vez la causante fue la llamada Provincia Magmática del Atlántico Central.

»Pero a los dinosaurios también les tocó su turno, y abandonaron el escenario hace sesenta y cinco millones de años.

– Un momento -la interrumpió Gabriel-. Que yo sepa, los dinosaurios se extinguieron por el impacto de un meteorito en el Yucatán.

– Muchos científicos siguen aceptando esa hipótesis, pero cada vez hay más pruebas de que la verdadera causa fue la actividad volcánica en la llanura del Decán, en la India.

– De modo que es un modelo que se repite cíclicamente. Supervolcán y extinción.

Iris asintió.

– Así es. Es como si la Tierra mudara su piel cada cierto tiempo. Al hacerlo, aunque no lo intente, acaba con sus parásitos. Que somos nosotros, los seres vivos.

– No resulta muy halagador imaginarnos a los humanos como piojos…

– Pero así es, desde el punto de vista de la Tierra. ¿Qué crees que va a ocurrir ahora?

Iris suspiró y se cruzó de brazos, como si quisiera protegerse de algo.

– Mi temor es que se avecine algo mucho peor que todo lo anterior. Normalmente los movimientos geológicos son muy lentos, pero ahora se están acelerando. Las plumas están subiendo del manto a mucha más velocidad de la prevista, y han aparecido otras nuevas. Las cámaras que hay bajo Long Valley, Yellowstone, los Campi Flegri, el Krakatoa y Santorini están recibiendo inyecciones de magma fundido. Todas a la vez. Es como si la Tierra entera estuviera acumulando presión, igual que una caldera gigante a punto de estallar.

– ¿Qué está ocurriendo allí abajo?

Gabriel empezaba a preocuparse de verdad. Iris llevaba un rato sin sonreír. Era evidente que se tomaba muy en serio lo que decía, y la corriente inconsciente de feromonas que flotaba entre ambos se había interrumpido.

– El flujo de energía de la Tierra se ha acelerado de forma exponencial. No es normal que disipe calor con tanta rapidez como ha empezado a hacerlo. Algo… algo extraño está pasando en las profundidades, más abajo incluso del manto. Es como si el núcleo de la Tierra fuera un corazón, y ahora le hubiera entrado taquicardia.

Gabriel recordó las noticias que había visto en el tren.

– ¿La perturbación magnética de esta noche tiene algo que ver?

Iris asintió, y volvió a coger la taza para dar un sorbo de café.

– Sin duda. El campo magnético de la Tierra se debe a los movimientos del metal fundido que forma el núcleo externo. La Tierra es una dinamo gigante que se ha vuelto errática.

– He oído que, si se invierte el campo, se producirá una gran extinción.

– Una inversión del campo magnético puede causar enfermedades, y seguramente problemas en nuestra tecnología. Pero ésa será la menor de nuestras preocupaciones.

– A mí no me parece tan menor…

– La verdadera extinción masiva se producirá cuando la 'I'ierra expulse de golpe decenas de miles de kilómetros Cúbicos de magma. Prácticamente todo el planeta quedará cubierto por una capa de cenizas. No se podrá cultivar nada. Cuando respiremos, las cenizas se mezclarán con las mucosidades de nuestros pulmones para convertirse en cemento dentro de nuestro cuerpo. Las tinieblas se extenderán por todo el mundo y las temperaturas se desplomarán.

– El final de la vida en la Tierra…

– Eso es casi imposible. Las bacterias sobrevivirán, y tal vez algún que otro organismo pluricelular. Los nanobios que viven bajo la superficie no se verán afectados.

– ¿Los nanobios? -se extrañó Gabriel.

Pero Iris, ensimismada en sus lúgubres pronósticos, no le escuchó y prosiguió.

– Pero nosotros… La humanidad sobrevivió a duras penas al supervolcán de Toba. Contra la combinación de varios supervolcanes no tenemos nada que hacer.

Los dedos de Gabriel repiquetearon sobre la taza como si rasgueara una guitarra. Como Ragnarok, se suponía que era él quien tenía que ofrecer respuestas sobre el futuro, pero no pudo evitar preguntar:

– ¿Cuándo ocurrirá todo eso?

– No lo sé. Puede que se produzcan varias crisis volcánicas separadas a lo largo de unos meses. Pero, por la forma en que se está acelerando el flujo de energía, sospecho que las erupciones van a estar mucho más concentradas. Puede ser cuestión de semanas…, quizá de días. No nos queda mucho tiempo.

– Tiempo ¿para qué?

Iris volvió a sonreír, pero esta vez no había la menor alegría en su gesto.

– En realidad, para nada. Si la amenaza procediera del espacio, si fuera un asteroide o un meteorito gigante, podríamos intentar desviarlo con cohetes nucleares.

– Como Bruce Willis… Ella negó con gesto triste.

– Ante una reacción en cadena de supervolcanes y un cambio climático como jamás se ha visto en este planeta, no hay nada que hacer. O algo desconocido hace que la dinámica de la propia Tierra cambie, o estamos condenados. Aquí no hay Bruce Willis ni héroes que valgan.

Una lástima, pensó Gabriel. Cuanto más se abismaba en aquellos ojos azules, más le habría apetecido ser el héroe que salvara al mundo para ganarse un beso de la protagonista.

Cuando Gabriel iba a salir de casa, recibió un mensaje de Herman.

Estoy con Enrique en el ruso. Nos invita a cenar. Aprovecha.

El restaurante ruso se encontraba a unos cuatrocientos metros de su casa, en una calleja escondida. Gabriel, que vivía en el barrio, había oído rumores sobre los negocios turbios del cocinero y dueño, un tal Vassily. Pero la comida era buena y abundante, y siempre disponía de mesas libres.

El local era una especie de laberinto, con varios comedores pequeños unidos en ángulos desconcertantes. Al no encontrar a sus amigos, Gabriel tuvo que bucear hasta el fondo culebreando entre las mesas. Por fin los vio solos en el último comedor, un lugar penumbroso y tan recóndito que los móviles perdían la cobertura.

– El hapkido es mucho más útil que el karate -estaba diciendo Herman. No encontrarlo discutiendo habría sorprendido y decepcionado a Gabriel-. El karate es una chorrada. Por eso lo dejé. En cuanto empecé a entrenar con mi maestro de hapkido me enseñó técnicas útiles de verdad para sobrevivir en la calle.

– ¿Como cuáles?

– Por ejemplo, ¿a que a ti en karate no te enseñaron a pelear en una cabina usando el cable del teléfono para estrangular al rival?

– Hombre, pues no.

– ¿Y a luchar dentro de un coche que se ha caído al agua?

– ¡Por favor, Herman! -Enrique levantó las manos en gesto de desesperación-. ¡Ya ni siquiera hay cabinas telefónicas! ¿Y quién quiere pelear en un coche dentro del Manzanares?

Tras decir esto, Enrique se volvió hacia Gabriel y le estrechó la mano por encima de la mesa. Siempre lo hacía al saludar y al despedirse, aunque se vieran tres días seguidos. También devolvía instantáneamente las llamadas, los mensajes y los correos electrónicos, se acordaba de los cumpleaños de todo el mundo y a los amigos que tenían hijos les preguntaba por sus pañales y sus biberones y, cuando se hacían mayores, por sus estudios.

En suma, todos aquellos detalles sin importancia que a Gabriel siempre se le olvidaban.

– Bienvenido de nuevo a la urbe.

– Me gusta tu camiseta -respondió Gabriel.

Sobre el pecho de Enrique se movía un cartel con efectos 3D creado por nanofibras luminiscentes o alguna otra tecnología que, en cualquier caso, empezaba por «nano». Unas letras explotaban como bengalas. Morpheus. Después las sustituía un eslogan, frase por frase, cada una en un color diferente. «Haz el sueño realidad. Sueña. Cuando quieras. Donde quieras».

– Veo que ya habéis empezado con el marketing -añadió Gabriel-. ¿Cuándo pensáis comercializarlo?

– Aún tenemos que pasar un par de pruebas, y luego conseguir la autorización sanitaria. Pero creo que estará listo para navidades.

– ¿Se puede saber de qué estáis hablando? -preguntó Herman. Al parecer, llevaba más de una hora viendo la camiseta de Enrique y no se le había ocurrido preguntarle por ella.

– El Morpheus es el mayor avance científico que verás en los próximos diez años -aseguró Enrique.

Mejor que así fuese, pensó Gabriel. El Morpheus era un proyecto de Onirocorp, una empresa cuyo fundador era íntimo amigo de Enrique, y éste había invertido un dineral en su desarrollo.

Y la palabra «dineral» referida a Enrique no tenía el mismo significado que si se hubiera tratado de Gabriel.

– Vale, muy bien -dijo Herman-. Pero ¿para qué sirve?

– Ya lo dice la camiseta -contestó Enrique, señalándose al pecho-. Para soñar.

– No lo entiendo.

– A ver, ¿cuánto dinero te gastas al año en pastillas para dormir?

– ¿Yo? Ni un euro. Esas mariconadas son para las tías y la gente fina como tú.

– El único somnífero que conoce Herman es la birra -intervino Gabriel, que a veces había tenido que despertarlo a pescozones para sacarlo del bar.

– Pues hay gente que no es tan afortunada y tiene que tomar barbitúricos -dijo Enrique-. Ahora, gracias al Morpheus, pasarán a la historia. ¡Adiós a las adicciones y a los intentos de suicidio de los adolescentes que asaltan el botiquín de mamá!

– Entonces, ¿no se trata de una pastilla?

– No. Es un aparato que induce ondas cerebrales para que el usuario se quede dormido al instante. Basta con ajustarse el Morpheus y programarlo para disfrutar en menos de un minuto de un sueño profundo y reparador, o echarte una cabezada más ligera si sólo quieres sacudirte el sopor.

Gabriel aplaudió.

– ¡Bravo! Veo que te tienes bien aprendido el rollo para venderlo.

– Y se venderá. Puedes estar seguro. Y si era así, se dijo Gabriel, su amigo se haría aún más rico.

Diez años atrás, Enrique había atravesado una crisis personal cuando salió del armario y tuvo que confesárselo a sus padres, unos señores encantadores, pero de derechas de toda la vida. Ahora, aunque él no lo reconociera, se hallaba en pleno proceso de abandonar un segundo armario y reconocer abiertamente que era rico.

Aparte de invertir en los proyectos de otros, como el Morpheus, Enrique poseía su propia empresa, V20, dedicada a crear efectos especiales más reales que la vida misma. Hacía tan sólo cuatro años la había sacado a la venta en bolsa y le había ido tan bien que, por el simple acto de firmar un documento, se había convertido en millonario entre las doce y veinte y las doce y veintiuno del mediodía. A sus amigos se lo había contado poco a poco, siempre enmascarando las cifras. Gabriel y Herman le calculaban un patrimonio de sesenta millones de euros, pero Gabriel empezaba a sospechar que se habían quedado cortos y que tal vez la cifra tenía tres dígitos más los seis ceros de los millones.

Enrique quería seguir viviendo como siempre, o al menos fingía quererlo. De ahí que todavía tuviera pendiente su segunda salida del armario. Por el momento, le daba miedo vivir con demasiado lujo y atraerse la envidia ajena, y además se sentía culpable cuando pagaba por lujos en los que antes ni siquiera había soñado.

Gabriel sabía que Enrique empezaba a concederse ciertos caprichos. Por ejemplo, comprarse un jet privado, aunque fuese de segunda mano. Tras sonsacarlo, Gabriel había averiguado que le había costado cinco millones de euros.

¡Cinco millones! Gabriel sabía que esas cifras existían. Al menos, en teoría. Desde que se divorció, los mayores números que había visto en sus cuentas tenían cuatro dígitos, y el primero de ellos raras veces había subido de 5.

Al pensar en dinero, se palpó el bolsillo y notó el bulto de los billetes plegados y apretados.

Cuatrocientos euros, un dinero más negro que el alma de Stalin. Al recibirlo, Gabriel le había devuelto a Iris una moneda de cincuenta céntimos.

– Es simbólica -le dijo con el tono solemne de Ragnarok.

No mentía del todo: esos cincuenta céntimos tenían algo de simbólico. Si a Iris o cualquier otra clienta se le ocurría denunciarlo por considerar que sus vaticinios eran una estafa, los tribunales tan sólo lo podrían condenar por falta, ya que el valor del dinero estafado sería inferior a 400 euros, frontera a partir de la cual se habría adentrado en el terreno mucho más peligroso del delito.

«Cuatrocientos euros en el bolsillo y ahora una cena gratis», hizo cuentas Gabriel. Al menos, sobreviviría un par de días.

Sus amigos ya habían acabado con un par de entrantes. Gabriel sabía positivamente que el ochenta por ciento reposaban en el estómago de Herman. Enrique, que medía menos de uno setenta y no era de complexión fuerte, comía con mucha más moderación que ellos.

– ¿Quieres que pidamos otros dos entrantes, Gabriel? -preguntó Enrique.

– Yo ya no tengo tanta hambre -dijo Herman.

– Me ha preguntado a mí. Además, al final te los vas a comer igual.

Herman se palmeó la barriga, como diciendo «Tengo que ponerme a dieta», y luego meneó la cabeza procrastinando la decisión. La historia de siempre.

Finalmente, Enrique pidió unos blinis de caviar de beluga y unas setas con nata y huevo. De segundo, Herman pidió un solomillo.

– ¿Hecho, en su punto o poco hecho, señor? -preguntó el camarero, que efectivamente tenía acento ruso.

– Muy poco hecho. Quiero que cuando llegue al plato suelte un mugido, ¿de acuerdo? -dijo Herman.

– Como quiera el señor.

Gabriel eligió un steak tartar, mientras Enrique, que procuraba cuidar su silueta, pidió un bacalao.

La discusión había cambiado sin que Gabriel se diera cuenta. A él no le gustaba el fútbol, pero sus dos amigos eran madridistas acérrimos. Al parecer, la polémica se centraba en un delantero centro del Real Madrid. Llegaron los blinis y los huevos con setas, y Herman, que supuestamente no tenía mucha hambre, se las arregló para zamparse más de la mitad de cada plato sin parar de hablar.

– Pero ¿qué sabrá de fútbol alguien como tú, a quien le gustan los tíos? -dijo.

Enrique puso los ojos en blanco y musitó: «Ay señor, señor». Mientras, Gabriel se dio cuenta de que la segunda ronda de entrantes había desaparecido y él tan sólo había conseguido ensartar una triste seta. El camarero se llevo los platos, mientras el estómago de Gabriel emitía unos ruiditos similares a los gemidos de Frodo.

– Ya que no me dejáis opinar de tíos musculosos que corren en pantalón corto porque soy marica, hablaré de mujeres atractivas. Ayer estuve en la presentación de la última película de James Bond y ¿adivináis con quién tomé una copa de champán? ¡Con la mismísima SyKa!

– ¡Dios da pañuelo a quien no tiene narices! -exclamó Herman.

Gabriel asintió. SyKa, alias de Sybil Kosmos, era jefa suprema de Kosmovisión, división audiovisual del imperio Kosmos a la que pertenecía la productora que realizaba Ultrakosmos, el antiguo programa de Gabriel. El no la conocía en persona, y por supuesto Sybil tampoco debía saber quién era él. Probablemente se había limitado a rascarse una oreja antes de firmar la autorización de su despido cuando se la pusieron delante.

– ¿Está tan buena en directo como en pantalla? -preguntó Herman.

– ¡Mucho más! Incluso a mí me estaba poniendo nervioso, Enrique miró a Gabriel y bajó la voz, ligeramente ruborizado-. No hacía más que rozarme el brazo, y os juro que empecé a notar cómo… Vamos, que casi tengo una… Ya me entendéis.

– ¿Que te empalmaste con una tía? -dijo Herman-. No jodas, a ver si te estás curando de tu perversión.

Normalmente, a Enrique le excitaban tanto las mujeres como a Gabriel las canciones de Julio Iglesias. Pensando que una hembra que había conseguido tal proeza debía tener algo especial, Gabriel quiso saber más sobre ella, y Enrique le puso en antecedentes.

Sybil Kosmos era nieta del multimillonario griego Spyridon Kosmos. Y, en teoría su única heredera, pues Kosmos sólo había tenido una hija: Alexia, madre (soltera) que murió al dar a luz a Sybil, algo casi inverosímil en las postrimerías del siglo XX. Hasta los dieciocho años, el señor Kosmos había tenido a su nieta oculta y encerrada, como una perla exquisita a la que trató de cultivar educándola con los mejores profesores, entre ellos un par de premios Nobel.

Al llegar a la mayoría de edad, la joven Sybil había irrumpido en la jet-set mundial con el fulgor de un bólido; con la diferencia de que siete años después su brillo todavía no se había apagado.

SyKa era una exhibicionista nata. Había desfilado como modelo en las mejores pasarelas luciendo transparencias que no dejaban nada a la imaginación y había aparecido en la portada de varias revistas, como el Vogue, donde posó ataviada tan sólo con un bolso de Hermès y unos zapatos de tacón decorados con diamantes.

Al ver precisamente las fotos del Vogue en el móvil de Herman, Gabriel comentó:

– Vaya con la presidenta de Kosmovisión. Tiene un cuerpazo.

– En realidad, Sybil es directora general -dijo Enrique-. Su abuelo ejerce la presidencia de todas las divisiones de sus empresas.

– ¿Y qué opina el abuelito Kosmos de que su nieta se exhiba?

– Que yo sepa, no dice nada. -Enrique se encogió de hombros-. Los megarricos tienen una moral y una mentalidad que no podemos entender.

– ¿Y lo dices tú, que estás forrado? -preguntó Herman.

Enrique torció el gesto. Le molestaba más que Herman sacara a relucir sus millones que sus comentarios homófobos.

– Kosmos no tiene nada que ver conmigo, con vosotros o con el resto de los mortales. Ahora mismo está en el puesto número 4 de la lista Forbes. Se le calculan casi cien mil millones de dólares de patrimonio personal.

«Y yo tan contento con mis cuatrocientos euros en el bolsillo», pensó Gabriel.

– A ver cuánto le duran a su nieta -dijo Herman.

– No creo que ella dilapide la fortuna familiar. Aunque tenga pinta de modelo, no es ninguna cabeza hueca. Cuando habla en las reuniones del consejo de administración de Kosmovisión, nadie se atreve a rechistarle.

Enrique miró a los lados y bajó la voz, aunque no había nadie más en el pequeño comedor.

– Hace unas semanas nuestra joven y frívola SyKa tuvo una agarrada nada menos que con un ex ministro que pertenece a veinte consejos de administración.

– Un chupóptero, vamos -dijo Herman.

– SyKa lo puso firme delante de todo el mundo. Al final, al ex ministro tuvieron que sacarlo de allí entre otros dos consejeros, porque sufrió tal crisis de ansiedad que creyeron que le había dado un infarto. Perdonad, porque estamos cenando, pero me han contado que se le soltaron los esfínteres.

– ¡Se cagó encima! -dijo Herman-. Esos parásitos arrogantes se quedan en nada en cuanto les quitan el coche oficial.

Gabriel se quedó pensativo. Así que Sybil era una mujer que conseguía que un gay tuviera una erección y que un antiguo ministro se ensuciara los pantalones.

Cuando empezó a indagar sobre la telepatía, una de las pistas que había seguido era la emisión de feromonas. No había tardado en abandonarla, porque tenía la impresión de que aquellas sustancias químicas transmitían mucha emoción, pero muy poca información. En cambio, en sus brevísimas experiencias telepáticas -eran dos con la de Iris- él siempre había recibido datos muy concretos.

Aun así, se preguntó si Sybil Kosmos no tendría la capacidad innata de emitir feromonas capaces de provocar en otros humanos emociones tan primarias como deseo sexual o pánico. Aquel procedimiento un tanto primitivo equivaldría, en la práctica, al control mental.

– Disculpadme un momento -dijo Enrique, levantándose-. Voy al baño.

Aprovechando su ausencia, Gabriel bajó la voz y dijo:

– Me ha vuelto a pasar.

– Que te ha vuelto a pasar, ¿qué?

– Lo mismo que cuando estábamos en COU, ¿no te acuerdas de que te lo conté?

– Vamos, hombre, no jodas. Eso es imposible.

– Te lo digo yo, Herman. Le he leído la mente a esa chica.

* * * * *

Gabriel, Herman y Enrique habían estudiado en el Galileo, un colegio privado del centro de Madrid. Se antojaba incoherente que Gabriel, hijo del director de un instituto público, recibiera clases en la enseñanza privada. Pero, como nunca había sido un estajanovista de los estudios, sus padres habían decidido matricularlo en un centro donde lo tuviesen más controlado.

En COU les había tocado como profesor de Historia del mundo contemporáneo César Valbuena, conocido simplemente como «el Valbuena» o, más a menudo, como «el cabronazo del Valbuena». Aquel hombre sabía un poco de todo, pero su verdadera pasión era la historia de Grecia. Para su desgracia, el programa oficial sólo le permitía explicarla durante poco más de una semana a los alumnos de primero de BUP, cuyas mentes eran todavía inmaduras para captar las excelencias de la cultura helénica.

– Y no se crean que las suyas están mucho más formadas -les decía a los de COU, mientras se atusaba las guías de su bigote imperial.

En clase, el profesor Valbuena solía hacer largos paréntesis para hablar de Alejandro Magno, las guerras médicas y, sobre todo, Platón, de quien era un fanático. Mientras que al explicar la asignatura oficial de Historia lo hacía con tanta desgana que contagiaba su aburrimiento a los alumnos, Gabriel aún recordaba la impresión que le habían dejado sus apasionadas versiones del mito de Er, el de la caverna y, sobre todo, de la Atlántida.

Con aquellas digresiones, Valbuena perdía casi un tercio de las clases. Después, cuando recordaba que la Selectividad se cernía sobre los alumnos como la sombra de un patíbulo, pisaba el acelerador y explicaba el reparto de África o la política de alianzas de Bismarck a más velocidad que un copiloto de rallys dando instrucciones al conductor.

A la hora de hacer exámenes, Valbuena era partidario de plantear preguntas breves que se pudieran responder en apenas diez palabras.

– Bastante tiempo intelectual me hacen perder ustedes intentando desembrutecer sus mentes -les decía a sus alumnos-. No pretenderán que, cuando regreso a la paz de mi hogar, deje de leer al divino Platón para sufrir las necedades que acostumbran escribir en los folios de examen.

Los exámenes de Valbuena demostraban un matiz de refinado sadismo. Siempre hacía diez preguntas, y para corregirlas utilizaba la lógica implacable de un circuito eléctrico. Todo o nada. O se acertaba o no. Con cinco aciertos, como era de esperar, se obtenía un cinco. Con cuatro, se suspendía.

Pero el toque magistral de Valbuena era que dictaba las preguntas de una en una, con una separación de dos minutos cronometrados. De esa manera, el alumno podía ir contando las cuestiones que había contestado bien, las que no, las dudosas…, y sufrir hasta el final de lo que, más que un examen, era una ordalía.

En aquella ocasión estaban en mayo. Gabriel quería aprobar COU y la Selectividad porque, si lo conseguía, sus padres le darían permiso para ir a la playa con Herman y otros dos amigos.

El último examen de todos era el de Valbuena. Los minutos fueron pasando y, para cuando llegaron a la novena pregunta, a Gabriel las cuentas no le salían demasiado bien. Tenía cuatro cuestiones en las que estaba seguro de que había acertado y había dejado cinco en blanco. Todo dependía de la última.

En aquel examen, Valbuena se había cebado especialmente con la época del colonialismo. Gabriel no dejaba de preguntarse para qué tenían que aprenderse de memoria el reparto de África si a España no le había correspondido casi nada.

Él, en concreto, se había saltado aquel tema. Tenía prisa y le costaba mucho memorizar las correspondencias entre países africanos y europeos. Como haría siempre a lo largo de su vida, había decidido racionar su esfuerzo. Tan sólo era una lección entre cinco más. ¿Quién iba a prever que Valbuena elegiría la mitad de las preguntas de allí?

Se cumplieron los dos minutos. Valbuena seguía de pie, con las manos enlazadas tras la espalda, y miraba fijamente a Gabriel. Podía ver que se había dejado en blanco todas las preguntas sobre África.

Por fin llegó el momento.

– ¿Qué explorador de origen italiano fundó Brazzaville, la capital del Congo?

Ranilla, el empollón de la clase, levantó del papel sus gafas de culo de vaso para exclamar:

– ¡Oiga, que eso no entraba!

Sonó un murmullo de indignación. Si lo decía Ranilla, que se estudiaba hasta los pies de las fotos, era indudable que no entraba. Pero Valbuena frunció el ceño, lo señaló con el dedo como Zeus tonante y dijo:

– Señor Ranilla, fuera del examen.

– ¡Que yo no he hecho…!

– Fuera.

Ranilla, conteniendo unas lágrimas de rabia, le entregó el examen a Valbuena, quien lo rompió de forma ostentosa y lo tiró a la papelera.

Más tarde, la directiva del colegio aprobó a Ranilla puenteando a Valbuena, porque nadie quería verse en problemas con el padre. Pero de momento, al ver lo que acababa de hacer, a Gabriel le pareció ver cómo a Valbuena le crecían cuernos y rabo y le brotaba un tridente en la mano, e incluso le pareció notar el olor a huevo podrido del azufre infernal.

«No me voy a poder presentar a Selectividad», pensó, y un reguero de sudor frío empezó a correr por su espalda. Si aquel inconcebible desastre caía sobre él, le esperaba un verano entero encerrado en casa con los libros.

– Repito. ¿Qué explorador de origen italiano fundó Brazzaville, la capital del Congo?

Valbuena volvió a mirar fijamente a Gabriel, como si quisiera taladrarlo con los ojos.

Fue entonces cuando algo inexplicable pasó entre ellos, como una chispa eléctrica entre los hilos de una bujía. De pronto, un nombre penetró en la cabeza de Gabriel. Ni entonces ni después habría sabido explicar cómo. Simplemente, apareció en su mente, prístino y esencial como las ideas platónicas de las que solía hablarles Valbuena, y él se apresuró a escribirlo antes de que se borrara.

PlERRE SAVORGNAN DE BRAZZA

Estaba seguro de que no lo había oído mentar en su vida. Al ver que lo escribía, Valbuena dejó de parpadear durante unos segundos.

– Me suena por un documental de la segunda cadena -dijo Gabriel, que se sentía culpable de no sabía qué pecado.

Aquel examen acarreó consecuencias trascendentales para su vida. No por la nota: Valbuena reculó -«Es verdad, eso no entraba», reconoció, aunque no por ello se molestó en pegar con papel celo los fragmentos del examen de Ranilla-, y la décima pregunta envió a Gabriel a septiembre y lejos de la playa.

Pero lo ocurrido lo había obsesionado. Gabriel decidió estudiar Psicología para comprender por qué había sentido aquel contacto mental. Allí no averiguó nada fiable ni consistente sobre la telepatía, de modo que abandonó la carrera y decidió indagar por otros conductos que lo llevaron a la parapsicología y el periodismo de investigación.

Convencido de que la telepatía existía, puesto que él la había experimentado, fue volviéndose cada vez más intolerante con los falsarios que pretendían ejercerla. La búsqueda de la verdad en un terreno tan propicio a las mistificaciones estancó y acabó hundiendo una carrera que, de haber sido más cínico, podría haberlo convertido en un personaje famoso y haber multiplicado los ceros de su cuenta corriente.

No, Gabriel no le guardaba ninguna gratitud al profesor Valbuena. A la larga, aquel instante de telepatía había arruinado su vida, haciéndolo correr detrás de una quimera tan inalcanzable como el rayo de luna que perseguía el joven Manrique en la leyenda de Bécquer.

Pero ahora el rayo de luna había vuelto a asomar entre las ramas del bosque.

* * * * *

– ¿Cómo iba yo a saber que trabajaba en Santorini?

– Casualidad.

– ¡Casualidad! Como si no hubiera lugares en el mundo. Sólo en el Egeo hay decenas de islas. ¡Te digo que lo vi en su mente! ¿Es que no me crees?

Herman le miró a los ojos unos segundos. Por fin, agacho la cabeza y asintió.

– Vale, te creo.

– Menos mal.

– Pero ¿de qué te vale? Si ni siquiera la primera vez te sirvió para aprobar aquel examen. Olvídate de ello.

– ¡Ahora es distinto! Esto significa que las cosas van a cambiar.

– ¿Por qué?

Gabriel se quedó pensativo. Ni él mismo lo sabía, pero albergaba la convicción de que tenía que ser así, de que la experiencia que acababa de sufrir suponía una especie de cierre en bucle. Como si ambas intromisiones telepáticas, la que recibió a los dieciocho y la que acababa de sentir el día en que cumplía cuarenta y cinco, fueran dos paréntesis que clausuraban una etapa larga e improductiva de su vida.

Enrique volvió del servicio. Gabriel se calló. Aunque Enrique era más sensible que Herman y seguramente más inteligente, prefería no contarle nada. Si invirtieran la situación y Enrique le contara que había tenido no una, sino dos experiencias telepáticas, Gabriel no lo creería. Puestos a elegir entre la palabra de un amigo y las leyes físicas más ortodoxas, tenía bien claro dónde estaban sus prioridades.

– Os he pillado -dijo Enrique al captar aquel embarazoso silencio-. Estabais hablando de mí.

Pero su comentario era jocoso, y él mismo inició otra conversación. En ese momento, con un cuarto de hora de retraso, el camarero trajo los platos de Herman y Enrique. Gabriel empezó a salivar al oler las salsas que acompañaban al solomillo y al bacalao.

– Id comiendo, que se enfría -dijo-. No esperéis por mí.

Como era de esperar, Enrique se negó tan siquiera a coger los cubiertos por más que Gabriel insistió en lo contrario. Herman debió hacer propósito de imitar a su amigo, pero la buena intención le duró apenas quince segundos y enseguida se aplicó a la autopsia del solomillo.

– Oh, oh.

Al ver que fruncía el ceño, Gabriel auguró problemas.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó en tono resignado. Herman pinchó un trozo de carne y se lo enseñó a Gabriel.

– Le he dicho al camarero que quiero que el filete muja. ¿Se lo he dicho, o no se lo he dicho? ¿Vosotros me habéis oído?

Enrique y Gabriel reconocieron que sí.

– ¿Le veis pinta de mugir a esta carne?

Aunque no estaba quemado, el solomillo, de dos dedos de grosor, mostraba en el centro tan sólo una estrecha franja de color levemente rosado. Ni el comensal más optimista habría podido etiquetarlo como «poco hecho».

– Vamos, Herman, no es para ponerse así -dijo Enrique.

– Dame a mí el solomillo y te comes mi steak tartar -se ofreció Gabriel-. Más crudo que eso no vas a encontrar nada.

– ¡A mí no me gusta la carne cruda! ¡La quiero poco hecha, que no es lo mismo! ¡Por treinta euros tengo derecho a exigir matices!

Herman no hacía más que mirar hacia la puerta de la cocina, esperando que volviera a salir el camarero.

– Ahora, encima, tendré que esperar a que venga ese incompetente. ¡Pues no estoy dispuesto!

– No creo que tarde tanto. Tiene que traer mi segundo -dijo Gabriel.

Sin hacerle caso, Herman se levantó de la mesa con el plato en la mano y empezó a llamar con los nudillos a la claraboya de la puerta que daba a la cocina.

– Oh, Dios mío, qué vergüenza -dijo Enrique, tapándose los ojos.

El camarero que los había atendido salió con cara de pocos amigos.

– ¿Qué ocurre, señor? ¿Algún problema?

– ¿Cómo que qué ocurre? ¿Te acuerdas de cómo te pedí el solomillo?

– Perdón, señor, si me deja pasar…

El camarero, que llevaba en la mano izquierda el plato con el tartar, intentó sortear a Herman. Pero éste se movió a un lado y lo interceptó con su corpachón.

– ¡Muy poco hecho! ¡Y subrayé el «muy»!

– Señor, si no le importa, tengo que hacer mi trabajo.

– Ah, ¿ahora pretendes hacer tu trabajo? ¿Ahora?

El camarero, desesperado de abrirse paso por las buenas, extendió la mano derecha para apartar a Herman.

Fue un error. Herman lo agarró por la muñeca y, en un movimiento increíblemente fluido para su corpulencia, cerró la llave sobre el hombro con la otra mano. Se oyó un crujido de huesos, y en un abrir y cerrar de ojos el camarero apareció estampado contra una pared, el plato acabó hecho añicos en el suelo y el steak tartar de Gabriel desparramado como comida para perros.

De pronto, Herman pareció darse cuenta de lo que había hecho y retrocedió unos pasos. El camarero, que había caído sentado, se levantó agarrándose la muñeca.

– ¿Qué coño has hecho, animal? ¡Me la has dislocado!

Herman se volvió hacia Gabriel.

– El me ha agredido. Lo habéis visto. Yo sólo he repelido la agresión. Es un gesto automático en artes marciales.

Al ver que la ira se había desvanecido, Gabriel agarró a su amigo del codo y tiró de él. Los batientes de la puerta volvieron a abrirse y apareció Vassily, el dueño del local, blandiendo un cuchillo de carnicero. Era un tipo enjuto, con el pelo muy rubio y corto y los ojos de un azul tan claro que daban miedo. Sobre todo si estaban abiertos de ira como ahora.

– ¡Tú, fuera de aquí! -dijo, señalando con el cuchillo a Herman. Luego se volvió hacia Gabriel y Enrique-. ¡Y tú y tú, también! ¡Todos, fuera de aquí, españoles gilipollas!

Enrique, muy colorado, se levantó y dejó dos billetes de cincuenta junto a su bacalao, que seguía intacto en el plato.

– ¡Que no os vuelva a ver aquí! ¿Habéis entendido? ¡No volváis a asomar cara vuestra por restaurante!

Al pasar junto a la mesa, Gabriel cogió los billetes y se puso a pensar a toda velocidad. ¿A quién se los estaba quitando, a su amigo o a Vassily? Enrique ya se había desprendido de ellos como pago por la cena interrumpida, ergo como símbolo de intercambio ya no le pertenecían. Habían entrado a formar parte de la economía de Vassily el ruso. El mismo personaje que les estaba prohibiendo la entrada en su restaurante in aeternum y al que, probablemente, Gabriel no volvería a ver.

De modo que se guardó los cien euros en el bolsillo mientras seguía a Enrique.

En los dos comedores más cercanos a la puerta exterior había varias mesas ocupadas cuyos comensales se giraron para ver la retirada, no demasiado digna, del trío. Enrique trataba de taparse el pecho para que no se viera el logo luminiscente de MORPHEUS y no dejaba de musitar: «Qué bochorno, qué bochorno». Cuando salieron del restaurante, cruzó la calle y no paró de andar hasta llegar a la siguiente esquina. Allí recompusieron filas.

– Esta vez sí que te has superado -dijo Gabriel. No estaba avergonzado como Enrique, sino furioso porque apenas había conseguido meterse cincuenta calorías en el cuerpo.

– Él me ha agredido, lo habéis visto. La culpa ha sido suya.

– ¡Qué demonios va a haberte agredido! Lo único que quería era quitarte de en medio para pasar.

– Bueno, todavía podemos ir a comer unas raciones al Luque. Os invito yo, ya que os empeñáis en echarme la culpa.

En ese momento, recuperada la cobertura, el teléfono de Gabriel sonó. Tienez un videomenzaje, gorunko. Lo miró de reojo, sin prestarle mucha atención, pero al darse cuenta del nombre que aparecía en pantalla se quedó tan extrañado que volvió a comprobarlo.

Celeste del Moral. Era una amiga psiquiatra con la que había estado liado una temporada, poco después de divorciarse. ¿Cuánto había pasado de aquello? Nueve o diez años. Desde entonces, sólo se habían visto un par de veces, y siempre acompañados por otras personas.

– Esperad un momento -dijo.

Se apartó unos pasos. Herman seguía explicando que todo había sido un automatismo provocado por el movimiento del propio camarero. Enrique, que nunca quería hurgar en las heridas ajenas, decía que sí, que lo comprendía, pero que se olvidara ya de aquel asunto tan desagradable.

En el videomensaje, Celeste aparecía con el pelo suelto sobre el cuello de una bata blanca. De pronto se había vuelto rubia, pero no le quedaba mal.

– Gabriel, tengo algo que creo que te puede interesar. Una mujer de ochenta años, demenciada y en fase terminal de Alzheimer, ha empezado a hablar en sueños en un idioma desconocido.

Celeste hizo una pausa ante la cámara de su teléfono y sonrió.

– Y esto es lo que te llamará la atención, don «Investigador de lo oculto». De las palabras que dice, sólo hay una que entiendo. Atlántida. Llámame cuando quieras. Chao.

En el cerebro de Gabriel se encendió un diodo luminoso:

Atlántida.

Gabriel había pensado en la Atlántida al leerle las cartas a Iris y al acordarse de Valbuena. Ahora, el nombre del continente perdido se le presentaba por tercera vez en el mismo día. ¿casualidad?

«Algo me dice que mi suerte va a cambiar», se dijo. Quería pensar que para bien, pero lo cierto fue que sintió un escalofrío.

Era de suponer que Celeste lo llamaba porque él había escrito Desmontando la Atlántida y otros mitos. En realidad, sólo había dedicado a la Atlántida un capítulo de poco más de diez páginas, pues nunca le había concedido demasiada importancia a aquella historia. Pese a las enseñanzas de Valbuena, estaba convencido de que la Atlántida no era más que un invento de Platón, un juego intelectual que con el tiempo había hecho correr tantos ríos de tinta que casi se había convertido en una broma pesada.

Que una anciana con la mente devastada soñase con la Atlántida tal vez no significara nada. Si la buena señora había sido aficionada a las lecturas esotéricas, el nombre «Atlántida» podía habérsele grabado en la memoria. Por eso ahora brotaba de sus labios, mezclado con balbuceos inconexos que alguien podría tomar por un idioma desconocido.

Pero Celeste era una persona inteligente y de pensamiento compacto, poco dada a fantasías. Como psiquiatra, debía haber visto de todo. Si ella pensaba que allí había algo interesante, sin duda tenía razones fundadas.

Quizá se debía al desazonante sueño de la noche anterior, al momento de comunicación mental con Iris o a la acumulación de referencias y recuerdos sobre la Atlántida en un mismo día. O, simplemente, a que estaba a dos velas y necesitaba sacar dinero de cualquier parte. Lo cierto era que Gabriel se encontraba en un estado de lo más receptivo, así que, mientras caminaba tras sus amigos de regreso a sus cuarteles de invierno en el Luque, llamó a Celeste.

– ¡Hola! -contestó una voz alegre tras apenas tres pitidos-. No esperaba recibir tu llamada tan pronto.

«Porque siempre has sido un impresentable y un informal», comunicaba el subtexto.

– Te habría contestado incluso antes, pero es que el restaurante no tenía cobertura.

– ¡Qué excusa más buena para no coger el teléfono!

«Cuando uno tiene mala fama, no hay remedio», se resignó Gabriel.

– He visto en el mensaje que llevabas la bata. ¿Estás de guardia? Por cierto, se te ve estupenda.

– Gracias. Pues sí, estoy de guardia este fin de semana. Trabajo en la clínica Gilgamesh. Cuando quieras, puedes venir a verme.

– ¿Qué te parece ahora mismo?

– ¡Caramba! Sí que te interesa la Atlántida. Te mando la dirección.

Gabriel no sabía muy bien en qué podía desembocar aquello. Pero si el caso de aquella anciana con Alzheimer resultaba interesante, o al menos lo parecía, tal vez podría sacarle provecho.

Recordó la melodramática frase de Alborada: «Para volver a trabajar en televisión tendrás que hacerlo por encima de mi cadáver».

Cierto era que Gabriel no había dejado muy buena fama en el mundillo de la comunicación. Demostrar en directo que los poderes telepáticos de una estrella mediática como Sbarazki eran una patraña no había sido una de sus mejores ideas. Pero todo se olvida, y los medios tan poderosos como Kosmovisión siempre tenían enemigos. Alguno de ellos podía darle trabajo si le llevaba un reportaje interesante.

– Chicos, me voy a casa -dijo a sus amigos cuando ya se veía el cartel luminoso del Luque. La calle estaba llena de grupos que salían de cenar o de tomar cañas y se dirigían a los locales de copas.

– ¡Pero tío, que llevamos un montón sin verte! -dijo Herman.

– Estoy hecho polvo, de verdad. Anoche no pegué ojo. Pero no has comido nada -dijo Enrique-. Por lo menos pica algo.

– Tranquilo, se me ha quitado el hambre -respondió Gabriel, aunque tenía un agujero negro en el estómago.

De pronto se le ocurrió algo. Fuera verdad o mentira la existencia de la Atlántida, había una persona que lo sabía todo sobre ella: Valbuena.

– Herman, tú sigues en el Socialnet del instituto, ¿verdad?

– ¿Qué marrón me quieres colocar ahora? -Averigua si nuestro querido profesor Valbuena sigue vivo.

– ¿Para qué demonios quieres saberlo? -preguntó Herman sin pensar. Luego añadió-: Ah, es por lo de la chica islandesa…

Gabriel habría querido fulminarlo con los ojos. Pero Enrique también le estaba mirando, así que interrumpió a Herman antes de que revelara más.

– Tú búscalo. No creo que esté en el Socialnet, pero seguro que hay algún antiguo profesor que te puede dar su dirección.

– ¿Por qué no entras tú mismo?

– Porque yo no estoy en el Socialnet.

– Pues apúntate -respondió Herman, y añadió con cierto retintín-: Es gratis.

– ¿Para qué? ¿Para humillar a todos mis ex compañeros cuando vean que soy el único de la clase que ha triunfado en la vida? Mañana te llamo para preguntarte.

Gabriel se despidió con un cabeceo de Herman. Este no dejaba de refunfuñar, pero Gabriel estaba seguro de que lo primero que haría al día siguiente sería entrar en el Socialnet para buscar la información que le había pedido.

A Enrique le estrechó la mano, y al hacerlo le dio los cien euros que había recogido de la mesa, mientras pensaba: «Mira que soy idiota».

– ¿Qué haces?

– Si te parece, después de que el ruso nos haya amenazado en plan Jack el Destripador todavía le dejamos propina.

Enrique meneó la cabeza, pero se guardó el dinero. Después rebuscó en su bandolera y le dio a Gabriel un paquetito envuelto en papel burdeos.

– ¿Y esto?

– Feliz cumpleaños.

Enrique se dio la vuelta y se alejó hacia el Luque, siguiendo a Herman. A Gabriel le pareció ver que se había vuelto a poner colorado.

Capítulo 14

Madrid, la Castellana.

Una de las normas del código Alborada era: «Controla siempre la situación». Pero ahora, mientras subía en el ascensor privado que llevaba al ático de Sybil Kosmos, Alborada se dio cuenta de que no tenía la menor idea de lo que iba a ocurrir en los próximos minutos. Mucho se temía que no dependía de él. Todo se le había ido de las manos después de aquello.

Cuando se abrió el ascensor, el hombre que le había llamado le estaba esperando.

– Adriano Sousa -se presentó, estrechándole la mano.

– Creí que lo conocía ya -aventuró Alborada-. Pero cuando le he visto en el móvil me ha despistado.

– ¿Se refiere usted a esto? -preguntó Sousa, señalándose los dientes.

Alborada asintió. El hombre que conducía la limusina de SyKa era idéntico al que tenía delante, pero tenía implantes de cristal bioluminiscente en la dentadura.

– A quien vio fue a Fabiano, mi hermano.

– ¿Gemelos?

– Nuestra madre era la única que nos distinguía. Decía que yo era el Sousa Malo, y él el Sousa Peor.

Alborada sonrió como si aquel comentario fuera una broma. Pero Adriano Sousa, el Malo, tenía aspecto de ser un hombre muy peligroso, lo cual le hizo preguntarse cómo sería el Peor.

– Acompáñame al living, por favor.

El llamado living era un salón de casi cien metros cuadrados. Las paredes estaban pintadas de blanco y decoradas con cuadros que, calculó Alborada en un rápido barrido, debían valer entre cinco y diez millones de euros. En el centro había una estantería con antigüedades griegas y egipcias. Sin duda eran auténticas, pero ignoraba su cotización.

Adriano le ofreció algo de beber. Alborada pidió agua mineral mientras esperaba a Sybil. La puerta del baño más cercano al salón estaba entreabierta y se oía correr el agua en la ducha.

Pasados los cuarenta años, Alborada consideraba que se había ganado el derecho a no esperar por nadie. No era la primera vez que abandonaba la antesala de alguien que se creía un pez gordo por hacerle aguardar más de dos minutos.

Pero con Sybil Kosmos era diferente. Alborada podía conseguir reservas de un día para otro en los restaurantes más exclusivos, y los presidentes de las compañías y los secretarios de estado le cogían el teléfono. A SyKa tan sólo le hacía falta aparecer por la puerta para que el maître perdiera el trasero buscándole mesa, y eran ministros y jefes de estado quienes la llamaban a ella.

Además, hablando en plata, Sybil lo tenía cogido por los huevos.

Se oyó el deslizar metálico de la mampara al abrirse y después el zumbido del secador. Sybil salió del baño poniéndose una bata. Terminó de cerrársela en el mismo instante en que cruzaba la puerta, ofreciéndole a Alborada una fracción de segundo de cuerpo desnudo.

«Qué exhibicionista», pensó. Sybil medía uno sesenta y cinco, pero sus miembros estaban tan proporcionados que parecía más alta, efecto que procuraba reforzar usando tacón hasta en las zapatillas de baño. Tenía el pelo de color cobre, los ojos muy oscuros y algo juntos, la nariz ligeramente aguileña y los labios carnosos. Por separado no eran rasgos perfectos. Sin embargo, las cámaras la adoraban. Y su efecto en vivo resultaba aún más devastador.

Pero lo que más sorprendió a Alborada era que, tan sólo siete días después, en su rostro no quedaba la menor huella de los golpes.

* * * * *

Alborada había conocido personalmente a Sybil tres semanas antes, cuando asistió a su primera reunión como miembro del consejo directivo de Kosmovisión. Alguien llamó para decirle que no llevara coche, que pasarían a buscarlo.

Cuando la limusina llegó a la puerta de su casa, el chófer bajó y le abrió. Alborada recordaba haber pensado que aquel tipo tenía aspecto de matón, y cuando le sonrió luciendo unos dientes de cristal que brillaban como bengalas de colores, pensó que era como un malo de película. «Fabiano Sousa, el Peor», se apuntó ahora.

En la parte trasera de la limusina iba sentada la mismísima SyKa. Mientras el coche se dirigía a la Torre de Cristal, donde se encontraban las oficinas de Kosmovisión en Madrid, Sybil, sin tan siquiera presentarse, se arrodilló delante de Alborada y le abrió la bragueta.

Durante un par de segundos, Alborada tuvo la tentación de dejarse hacer. ¡Una felación de Sybil Kosmos, nada menos!

Probablemente, las cosas le habrían ido mejor de haberlo permitido.

– No, por favor.

El se subió de nuevo la cremallera y se deslizó a un lado en el asiento. Agarrar a la joven millonaria de la cabeza para apartarla de su entrepierna le habría parecido excesivo.

Sybil lo miró con un destello de ira en los ojos. Fue una fracción de segundo, pero provocó en Alborada una punzada de miedo que le subió desde los riñones hasta la nuca y que ni él mismo comprendió. De alguna manera, se dio cuenta de que era un temor innatural.

– ¿Por qué no? -preguntó ella.

– Estoy casado.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

La joven se lo preguntó con incredulidad e incomprensión totales, como si Alborada le hubiera dado alguna razón peregrina: «No me puedes hacer una mamada porque la ballena azul está en peligro de extinción».

– Soy fiel a mi mujer.

– ¿Siempre lo eres?

– Estoy comprometido con ella. Y siempre soy fiel a mis compromisos.

Sybil se sentó junto a la puerta y se recompuso la falda, que se le había arremangado al arrodillarse.

– Me habían dicho que eres muy íntegro. Un hombre de una sola pieza.

– Así me gusta considerarme -respondió él, con cierta vanidad-. Siempre he seguido mi propio código.

– Un hombre de una sola pieza… -repitió Sybil, mirando por ventanilla con aire ausente.

Alborada no sospechó entonces que desde ese mismo momento SyKa había empezado a planear su demolición.

* * * * *

El 24 de abril, dos semanas después de su primer encuentro, Sybil lo había citado en su despacho de la Torre de Cristal. Alborada sospechaba que quizá intentaría seducirlo de nuevo, pero venía mentalmente preparado. No porque la joven SyKa no lo atrajese. Como cualquier otro varón, sentía impulsos sexuales por otras mujeres, y no sólo por la suya. Pero el código Alborada le prohibía permitir que los impulsos primarios guiaran su conducta. Eso se lo dejaba a los tarambanas con complejo de Peter Pan como Gabriel Espada.

Sybil estaba apoyada en el ventanal. Eran las cinco de la tarde de un día otoñal y el sol empezaba a declinar. Su luz hacía que el vestido malva que llevaba la joven se transparentara ligeramente.

Cuando oyó los pasos de Alborada, Sybil dejó sobre el escritorio la copa de champán que estaba bebiendo y se acercó a él contoneándose.

– Quiero pedirte disculpas por lo que te hice el otro día en la limusina. Respeto a los hombres íntegros.

Olía a perfume de violetas, y a algo más que flotaba en el aire como una nube fantasmal en forma de mano.

– Mejor dicho, respetaría a los hombres íntegros si hubiera conocido a uno solo en mi vida -prosiguió Sybil-. No creo que tú seas tan honesto como crees.

Sybil Kosmos era directora general de Kosmovisión, una mujer que cortaba cabezas pulsando una sola tecla de su móvil. Pero en ese momento Alborada no fue capaz de pensar en la empresa, ni en su carrera profesional, ni siquiera en la ley.

De pronto las ingles le ardieron de lujuria. Eso lo habría podido comprender. Lo que no entendía era el odio irracional que se había apoderado de él. Sólo quería borrar la sonrisilla condescendiente del rostro de aquella niñata rica.

– Te vas a burlar de quien yo te diga -dijo, y le dio un bofetón.

El golpe fue tan violento que restalló como un trallazo y ladeó la cabeza de Sybil. La joven se llevó la mano al labio, que empezó a sangrar al momento, y lo miró con un genuino gesto de terror.

– ¿Qué demonios pretendes?

«¿Demonios?», pensó Alborada. Esa era la palabra apropiada. De pronto se sentía poseído por algo o alguien que, desde luego, no era él. Era como si unos dedos invisibles hurgaran dentro de su cuerpo y arrancaran emociones primarias y violentas de sus mismas vísceras, como si los hilos de un titiritero escondido manejaran sus miembros a su antojo.

Cuando se quiso dar cuenta, tenía a Sybil en el suelo. Con una fuerza que ni él mismo sabía que poseía, le desgarró el vestido de arriba abajo, riiiiiiiip.

– ¿Qué estás haciendo? -dijo ella.

«La estás violando», se contestó él mismo. «Crimen. Cárcel». Pero no podía detenerse, sólo quería poseerla con la mayor humillación posible, hacerle daño y escuchar su llanto y sus gritos. Cuando terminó, su orgasmo fue casi sobrenatural, tan intenso que le dolió como si le hubieran clavado un tizón en las entrañas.

Y, de pronto, el odio y el deseo habían desaparecido. Sólo vio a una muchacha desnuda, tendida sobre los restos de su propio vestido, con el cuerpo lleno de contusiones y marcas de dientes en los pechos. Alborada comprendió de golpe la enormidad de lo que había hecho, se levantó, se colocó la ropa como mejor pudo y huyó de allí.

Antes de salir por la puerta un extraño impulso, como un imán que atrajera la carne, le hizo volverse. Sybil se había puesto en pie y le miraba, con los brazos cruzados sobre sus pechos desnudos. Pero no era un gesto para protegerse. Aunque tenía el rostro ensangrentado, SyKa estaba sonriendo.

«Sólo he hecho lo que ella quería», se dijo.

Desde ese momento, Alborada comprendió que se había convertido en esclavo y rehén de Sybil Kosmos.

* * * * *

Alborada sacudió la cabeza, pero no consiguió ahuyentar de su mente la escena.

«Yo no soy culpable», se repitió. Durante lo que mentalmente llamaba aquello no había sido dueño de sus actos. Por supuesto, era lo mismo que alegarían muchos violadores. Pero Alborada sabía que lo que le había ocurrido no tenía nada que ver con sus propios impulsos.

Cuando pensaba en ello -algo que intentaba evitar, en vano-, se decía que no había sido exactamente una posesión mental, porque en el interior de su cerebro sus pensamientos seguían siendo independientes. Pero un instinto animal que parecía salir de sus entrañas se había apoderado de su cuerpo, y un torrente de emociones primarias y tan intensas como un ciclón tropical había dominado sus actos.

Ignoraba cómo lo había hecho Sybil. Lo que sí sabía era que no podía ser natural.

Y también sospechaba el motivo de que Sybil lo hubiera manipulado para convertirlo de repente en una bestia viólenla y lasciva. «Eres un hombre de una pieza», le había dicho ella en la limusina. Probablemente hablaba en serio y creía que él era alguien íntegro y fiel a su propio código.

Y por eso mismo, como un niño caprichoso y malvado que ve a otro construir en la playa un hermoso castillo de arena, Sybil se había empeñado en destruirlo.

Cosa que conseguiría si divulgaba el vídeo que el Sousa Malo le había enviado al móvil.

Ahora, Sybil se acercó a él, vestida con una bata de seda.

– Perdona por sacarte de casa a estas horas, Alborada.

– No importa. Pero te advierto de antemano que no soy experto en criptografía ni documentos antiguos.

Sybil se acercó más a él y estiró el cuello para darle un rápido beso en los labios. Alborada sintió un arrebato de cálida ternura que no se correspondía en absoluto con lo que estaba pensando.

«Me está manipulando de nuevo», se dijo. ¿Cómo lo hacía? ¿Tenía algún aparato electromagnético que inducía estados de ánimo o se trataba de un don natural?

– El Códice no tiene tanta importancia. En realidad, estoy buscando a una persona. El dueño de este libro.

La televisión del salón se encendió. La imagen que apareció en pantalla era de un manuscrito antiguo. Alborada se acercó, y comparó las letras con las capturas del códice Voynich que había guardado en el móvil.

– Es la misma caligrafía, desde luego-dijo.

Lo más curioso era la ilustración. Una isla con un volcán en el centro, y bajo el volcán una pirámide rematada por una cúpula amarilla. Sobre la pirámide, un sacerdote le arrancaba el corazón a una víctima, ante la atenta mirada de un hombre con cuernos en la cabeza y una mujer vestida con una falda de campana.

Por alguna razón, sintió un escalofrío, como si aquel dibujo representara una amenaza real para él.

– ¿Qué significa esa ilustración?

– Es la Atlántida poco antes de su hundimiento.

– ¿Qué tiene que ver la Atlántida con el Códice Voynich?

– Que la persona que lo escribió es un superviviente de la Atlántida.

Alborada miró a Sybil a la cara para saber si hablaba en serio.

«De verdad se cree lo que me está diciendo», concluyó.

– ¿Quieres que lo entrevistemos para que diga: «Yo sobreviví a la Atlántida»? Yo ya no trabajo en Ultrakosmos. Si tu idea es que le…

– Ese hombre tiene algo que me pertenece. Quiero que vayas a buscarlo y lo traigas aquí.

– ¿Dónde?

– Estados Unidos.

– ¿No puedes precisar más?

– Lo sabrás en su momento.

Alborada se volvió hacia el Sousa Malo, que aguardaba a unos pasos con los brazos cruzados. Después miró de nuevo a Sybil y bajó la voz.

– ¿Por qué debo ir yo? Soy un ejecutivo, no un ejecutor. Seguro que conoces gente mucho más persuasiva y eficaz que yo.

– Es un asunto importante para mí, Alborada. No puedo confiar en cualquiera. Y tú me dijiste que eras un hombre de principios. Sé que me puedo fiar de ti.

Sybil se acercó más a él. A Alborada le pareció sentir, a través del aire, la tibieza de su piel bajo la bata.

– Aquello no tuvo importancia -susurró, como si le hubiera leído la mente-. Ven conmigo ahora. Te daré lo que cogiste por la fuerza, y mucho más.

Sybil lo tomó de la mano y tiró de él hacia la puerta de su alcoba. Aunque por el momento no había vuelto a utilizar su extraño poder, Alborada decidió que era inútil resistirse.

Antes de llegar al dormitorio, Sybil se soltó la bata, que resbaló sobre su cuerpo. Alborada se volvió y vio que Adriano Sousa estaba mirando. Debía estar ya muy acostumbrado a esas escenas, pero él se sintió avergonzado. Esto no está bien», se dijo. «Soy un hombre casado».

Era mejor olvidar sus principios por un rato.

– Si quieres que haga bien las cosas -dijo mientras entraban a la habitación-, tendrás que darme más información, Sybil. ¿Qué tiene ese hombre que te pertenece?

La joven se volvió y le sonrió.

– Algo diminuto y muy valioso, Alborada. Se trata de ADN.

Alborada se quedó sorprendido. ¿ADN?

Pero no tardó mucho en olvidar las palabras de Sybil. Lo que ocurrió en aquella alcoba hizo que la violación anterior pareciera un juego de niños.

Capítulo 15

Clínica Gilgamesh, al norte de Madrid

El taxi tomó una salida lateral de la carretera de La Coruña poco antes de llegar a Villalba. Después paró ante la clínica Gilgamesh.

– Son ochenta y cuatro euros, señor.

«Para qué le habré devuelto el dinero a Enrique», pensó Gabriel.

– Por ese dinero, podría haberme ido a la playa en tren.

– Es la tarifa.

Cuando Gabriel dejó en la bandeja dos billetes de cincuenta, el taxista los miró como si le hubiera ofrecido una muestra de heces.

– ¿No tiene electrocash o tarjeta, señor?

– Lo siento. La policía me tiene bloqueadas las cuentas.

Gabriel se acercó a la mampara de plexiglás y añadió en susurros:

– Tráfico de armas.

– Señor, este taxi incorpora una cámara conectada con la policía.

– ¡Pues dese prisa! ¡Cóbreme antes de que aparezca el coche patrulla!

A regañadientes, el taxista le devolvió un billete de diez, otro de cinco y un euro en calderilla. Gabriel, que no estaba para dispendios, lo recogió todo y salió del coche.

La clínica Gilgamesh era una instalación de aire moderno, con dos edificios de tres plantas unidos por un pabellón alargado. Los techos estaban sembrados de placas fotoeléctricas y las ventanas también eran solares. Ahora emitían una suave luminiscencia azul; una manera de malgastar la energía acaparada durante el día, pero ofrecían una imagen muy vistosa. «Aquí hay dinero», pensó Gabriel.

Se acercó a la verja de entrada y llamó al portero automático. En la pantalla apareció el rostro moreno de una empleada de seguridad.

– Vengo a ver a Celeste del Moral.

– ¿Su nombre?

– Gabriel Espada.

La mujer tecleó algo en una terminal y, al cabo de un rato, dijo en tono adusto:

– Espere un momento. La doctora del Moral saldrá a buscarle.

«Qué hospitalidad». Gabriel se arrebujó en la cazadora. El viento parecía arreciar cada vez más y traía consigo la seca gelidez de la sierra. No debía haber mucho más de diez grados. Se metió las manos en los bolsillos y encogió los hombros. Enrique le había regalado en navidades uno de sus gadgets, unas bolsitas de nanotejido que se guardaban en los bolsillos y que, al apretarlas varias veces, desprendían un calor muy agradable. Quién le iba a decir que le habrían venido bien en el mes de mayo.

Se acordó de que Enrique le acababa de dar otro regalo. Abrió el paquete y dentro encontró un llavero plateado. Tenía un botón y una especie de pantalla circular. Gabriel pulsó el botón y, para su sorpresa, apareció ante él, flotando en el aire, un holograma de la Tierra de unos dos palmos de diámetro. España y Europa estaban sumidas en las sombras, pero en la parte occidental de América aún no había anochecido. Conociendo a Enrique, el holograma estaría recibiendo en aquel preciso instante datos en tiempo real de toda una red de satélites.

«Es preciosa», pensó, extasiado ante el majestuoso giro del planeta virtual.

La Tierra. La Gran Madre.

«Creo que los humanos vamos a desaparecer de la faz de la Tierra».

Por una parte, a Gabriel le había gustado tanto la joven islandesa que deseaba creerla y no pensar que se trataba de una histérica con arrebatos paranoicos.

Por otra, de aceptar sus palabras, el fin del mundo era inminente. Una perspectiva poco prometedora. Aunque en los últimos tiempos Gabriel había pensado más de una vez «que paren el mundo, que me bajo», los detalles desagradables concretos que podían acompañar a una catástrofe global -frío glacial, hambrunas, guerras, canibalismo- no le atraían en absoluto.

Mientras esperaba a Celeste, Gabriel activó una búsqueda con las palabras clave «alerta», «volcanes» y «cámara de magma». Después refinó resultados y comprobó que varios artículos científicos mencionaban actividad geológica no sólo en los Campi Flegri de Nápoles, como había visto por la mañana en el tren, sino también en otros volcanes de Estados Unidos, Japón y Java. En las primeras frases se repetían términos como new magmatic injections, que hablaban por sí solos, o resurgent domes, que se referían a cúpulas de lava cada vez más altas. Sin embargo, nadie parecía estar poniendo en común esos datos. ¿Existía algún tipo de autocensura o de silencio oficial para evitar un pánico general?

Tal vez no fuese algo voluntario. Recordó unas líneas de La llamada de Cthulhu que se le habían quedado grabadas. Según Lovecraft, los humanos vivimos engañados en una isla de ignorancia y evitamos juntar los fragmentos dispersos de nuestro conocimiento, porque la visión total de la realidad que descubriríamos bastaría para enloquecernos.

Un fantasma pálido apareció en la periferia de su visión. Gabriel casi dio un respingo, pero al apartar la vista del móvil comprobó que no era ninguna criatura lovecraftiana, sino Celeste, que venía andando hacia la verja. El viento hacía revolotear su bata blanca y le agitaba el cabello teñido de rubio. Lo que más le llamó la atención era que cojeaba y se apoyaba con el brazo derecho en una muleta de codo. Algún problema con el menisco o los ligamentos de la rodilla, pensó. A Celeste siempre le había gustado el deporte, jugaba muy bien al tenis y el pádel, y esquiaba siempre que podía. «Ya no tenemos edad para ciertas cosas», pensó Gabriel.

Estudió su figura con ojo crítico. Las caderas se veían un poco más anchas. Comprensible después de tener dos hijos.

Gabriel no los conocía. Tampoco había asistido a su boda. Habría sido una situación incómoda. Había empezado a acostarse con Celeste cuando ella, que por entonces llevaba el pelo de color natural, empezaba a plantearse romper con Pedro, su pareja. Se trataba de la típica crisis de los treinta que Gabriel había utilizado durante la lectura en frío de Iris. Sólo que, en el caso de Celeste, ella había salido de su encrucijada vital reforzando su relación. Al menos, desde el punto de vista legal.

En parte, si Celeste había emprendido la huida adelante casándose con su novio era porque Gabriel no se había atrevido a seguir con ella. Una noche, después de hacer el amor, Celeste encendió un cigarrillo, se tumbó boca arriba en la cama y le dijo:

– Se lo he contado todo a Pedro.

Aquello hizo dar marcha atrás a Gabriel, y más aún cuando ella añadió: «Te quiero». Una de Las primeras cosas que ella y Gabriel habían pactado era que estaba prohibido enamorarse. Típicas palabras que a la larga nunca servían para nada.

Celeste plantó la mano izquierda sobre una cerradura dactilar y la verja se abrió. Después aguardó sin trasponer el límite, mientras trataba de arreglarse el peinado. Ahora comprendía Gabriel por qué había tardado tanto en aparecer. Venía maquillada como quien sale a cenar, no como quien tiene guardia en una clínica.

– Tienes buen aspecto -dijo ella.

– El tuyo es mucho mejor que bueno -respondió Gabriel, con sinceridad.

Se besaron. Ella seguía haciéndolo igual que cuando se conocieron en aquella fiesta: le besó en las mejillas, pero rozándole las comisuras de los labios. Olía al mismo perfume de Verino que usaba diez años antes, y Gabriel se dio cuenta al instante de que seguía habiendo química entre ambos.

«Danger, danger, danger», le avisó su alarma interior.

– Hace frío -dijo Celeste, apoyando un momento la muleta en la verja para cerrarse mejor la bata-. Vamos dentro.

Cuando vio que volvía a coger la muleta, Gabriel se decidió.

– ¿Cómo ha sido, esquiando o jugando al tenis?

– Oh, no pasa nada. Ya está mucho mejor. Voy recuperando poco a poco, con rehabilitación.

Atravesaron un camino asfaltado con una especie de tartán rojizo y rodeado por un jardín muy cuidado. Las puertas de cristal se abrieron. Al ver a Gabriel junto a Celeste, la guardia de seguridad le saludó con más amabilidad.

– Si hubieras venido mejor vestido, a lo mejor te habría dejado pasar -susurró Celeste con una sonrisa traviesa.

Todo en el vestíbulo se veía nuevo, luminoso y de tonos alegres. Más que un centro para estudios geriátricos podría parecer una maternidad. Había mármol brillante, cuadros minimalistas de colores vivos y un par de estructuras retorcidas de metal plateado que quizá representaran algo. O quizá no.

– No conocía esta clínica -dijo Gabriel.

– Pertenece a la fundación del mismo nombre. El Proyecto Gilgamesh nació para combatir la mayor enfermedad del siglo XXI: el envejecimiento. Este es su primer centro en España, y uno de los más importantes que tiene en el mundo.

– Gilgamesh era un héroe babilonio, ¿no?

– Sumerio -le corrigió Celeste mientras llamaba al ascensor-. Gilgamesh tenía tanto miedo a la muerte que atravesó el mundo buscando al único hombre inmortal, un anciano llamado Utnapishtim que había sobrevivido al diluvio universal.

Al oír mencionar aquella catástrofe mítica, Gabriel tuvo una sensación de deja vu. La puerta del ascensor se abrió. Celeste siguió hablando, de forma casi automática. Debía de ser un discurso ensayado para los visitantes a los que querían sacar donativos.

– Utnapishtim le dijo que no podía enseñarle el secreto de la vida eterna, pues él sólo era inmortal por voluntad de los dioses. A cambio, le hizo un regalo: una planta con la que podía recuperar la juventud.

– Qué detalle.

– Nosotros intentamos hacer lo mismo. De momento, no tenemos una fórmula mágica para convertir a los humanos en inmortales. Pero podemos paliar los efectos de la vejez mientras esa fórmula llega.

– ¿Cuántos años vivió Gilgamesh?

– Por desgracia, cuando se estaba bañando una serpiente le robó la planta. Por eso las serpientes se renuevan cambiando la piel. -Celeste sonrió con cierta melancolía-. La mayoría de la gente no me pregunta el final de la historia. Me la has estropeado un poco.

Salieron del ascensor en el piso 3 y recorrieron un pasillo impoluto, decorado con más cuadros minimalistas y con plantas.

– Parece que aquí hay dinero.

– Lo hay. Uno de nuestros principales patrocinadores es Spyridon Kosmos. Tiene casi noventa años, así que está más que interesado en que hallemos cuanto antes una forma de detener el envejecimiento. Aunque no creo que a él le llegue a tiempo.

– Spyridon Kosmos. Qué curioso -murmuró Gabriel. Habían hablado de él esa misma noche. Las coincidencias parecían acumularse.

– ¿Por qué lo dices?

– Por nada. Pero entonces no tenéis dinero sin más, sino muchísimo dinero.

– ¿Te molesta?

– ¿Y por qué iba a molestarme?

– Hay gente que critica que se invierta dinero en estudios geriátricos. He llegado a leer artículos de periodistas que aseguran que existe un nuevo lobby de ancianos adinerados, y que por su culpa se desvían fondos que serían más útiles tratando otras enfermedades. Lo más gracioso es que esos tipos hablan como si no fueran a pasar por el mismo trance.

– A lo mejor pretenden suicidarse cuando cumplan los sesenta y cinco. Sería un gran alivio para el erario público.

– No lo sabes tú bien.

Se cruzaron con un enfermero, y Celeste cruzó unas breves palabras con él. Después, siguió dándole explicaciones a Gabriel, como si fuera un inversor ante el que justificara los gastos.

– Ya ha empezado a jubilarse oficialmente la vanguardia de nuestro babyboom. Ahora mismo hay un veinte por ciento de la población española que tiene más de sesenta y cinco años.

– Un país de jubilados.

– Todavía no. El grueso de los babyboomers se encuentra en edad de cotizar, como tú. De hecho, estrictamente hablando perteneces a la última generación del babyboom.

– Siempre llegué el último a todo.

– Lo cual significa que dentro de veinte años te tocará jubilarte.

«No sé de qué me voy a jubilar», pensó Gabriel.

– Para entonces -siguió Celeste-, nuestra pirámide de población parecerá más bien una seta. Además, el número de octogenarios superará al de mujeres de entre cuarenta y cinco y sesenta años.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– ¿Quién cuida a los ancianos? -preguntó Celeste, abriendo la puerta de la habitación 321.

«Las mujeres», pensó Gabriel, pero no dijo nada, temiéndose que le cayera de rebote algún comentario sobre la inmadurez o el egoísmo masculinos.

– En ese caso, no entiendo por qué tanto empeño en alargar la vida. No es que defienda la eutanasia, pero si me lo pintas tan negro…

– No se trata de prolongar la vida sin más. Lo que queremos es retrasar el envejecimiento lo bastante como para que todos tengamos vidas activas más largas.

– ¿Pretendéis hacerme trabajar hasta los setenta y cinco años?

– Aquí sólo hacemos milagros, Gabriel. Lo imposible se lo dejamos a Dios -dijo Celeste. «Touché», pensó Gabriel.

La habitación no era muy grande, pero se veía tan limpia y nueva como el resto del edificio. Había una cama con una mujer durmiendo, y una mampara extensible tras la que se recortaba la sombra de otro lecho.

– No se trata sólo de trabajar más años -dijo Celeste-, sino de que los ancianos puedan valerse solos durante más tiempo. De lo contrario, la Seguridad Social será inviable. Ahora mismo hay grandes dificultades para mantenerla en pie, y mucha gente se está quedando fuera del sistema. Como estas dos mujeres.

Se acercaron al pie de la primera cama. La mujer tenía la cara cubierta por una máscara blanca de un material brillante que la hacía parecer un androide de película de ciencia ficción.

– ¿Ésta es tu octogenaria con Alzheimer?

– No. Es una indigente a la que apalearon en un paso subterráneo. Después, por si era poco, le arrojaron ácido en la cara.

– Qué hijos de Satanás. -Por el moldeado que dibujaba la sábana sobre su cuerpo, Gabriel dedujo que no era ninguna anciana. De hecho, parecía tener buena figura-. No parece mayor. ¿Qué hace aquí?

– Tengo una amiga en Urgencias del Gregorio Marañón. Allí siempre están colapsados. Cuando mi amiga intentó averiguar quién era esta mujer, le fue imposible averiguar incluso su nombre. Tiene amnesia global. No sólo no se acuerda de nada de su pasado, sino que es incapaz de fijar los recuerdos recientes.

– ¿Síndrome de Korsakov? -Al ver que Celeste enarcaba las cejas, añadió-: Recuerda que empecé Psicología.

– Se parece mucho a un Korsakov. De hecho, sufre amnesia retrógrada y anterógrada. Pero el Korsakov auténtico suele ser resultado de alcoholismo crónico, así que esta mujer debería tener las transaminasas y otros indicadores por las nubes. Sin embargo, su sangre está limpia. Es un caso interesante.

– No acabo de entender qué pinta esta paciente en un centro de estudios sobre el envejecimiento.

– No es tan complicado de entender.

– Ilumíname.

– Mi papel en la clínica Gilgamesh es estudiar el deterioro de la memoria. Un Korsakov o un pseudoKorsakov en una persona joven pueden ayudarnos a comprender mejor los mecanismos del recuerdo y el olvido. Mi amiga sabe que me interesan esos casos, y por eso me ha derivado a esta mujer. Sólo lleva aquí tres días, pero cuando se cure un poco le pondremos los electrodos para monitorizar sus ondas cerebrales y le haremos una resonancia.

– Muy bien, madre Teresa. ¿Por qué no me enseñas a tu otra paciente, la que sueña con la Atlántida?

* * * * *

Pasaron al otro lado de la mampara. La mujer que dormía en la segunda cama era realmente anciana, y olía a la mezcla inconfundible de la edad y los hospitales, aunque la habían perfumado con una colonia de bebés que tenía un toque a limón.

– Se llama Milagros Romero. Alzheimer terminal, como te dije. Ni se levanta ni habla. Tampoco tiene medios económicos, así que ahora está bajo la tutela del Estado, que paga su estancia aquí gracias a un convenio con la clínica.

– ¿No tiene familia?

– Vivía con un hijo, su único pariente vivo, que sufría una psicosis depresiva y se tiró de un sexto piso.

Milagros tenía en la cabeza unos electrodos que monitorizaban su sueño y mostraban las ondas cerebrales en una pantalla situada sobre el cabecero de la cama.

– Éstas son ondas theta. Y esto de aquí son los complejos K -dijo Celeste, señalando unos picos que destacaban del trazado general-. Nos indican que Clara se encuentra en la fase 2 del sueño. Si ocurre como anoche, cuando entre en la fase 4 y aparezcan las ondas delta, empezará a hablar en sueños.

– Un momento. Si no recuerdo mal, el sueño se produce en la fase REM [3], no cuando uno está en la fase 4, durmiendo como un tronco.

Celeste sincronizó la pantalla con su móvil. El electroencefalograma quedó minimizado en una ventana lateral, mientras la imagen principal mostraba un vídeo de Milagros. Por la fecha, Celeste lo había grabado la noche anterior.

La cámara hizo un zoom muy rápido sobre los párpados de la anciana. Estaban cerrados y bajo ellos no se apreciaba movimiento ninguno de los globos oculares, como habría ocurrido en sueño REM. En un barrido que mareó a Gabriel -Celeste no tenía futuro como directora de cine-, La imagen se centró en el electro.

– ¿Ves? Ésas son ondas delta, así que cuando Milagros empezó a hablar estaba en la fase 4. El sueño más profundo de todos. Pero observa estos picos.

Alternando con las delta, que eran muy amplias, se veían episodios muy breves de ondas que parecían los dientes de una sierra diminuta.

– ¿Eso es normal?

– No. Nunca había visto esta mezcla de ondas -respondió Celeste-. Ahora, escucha lo que pasó.

La grabación volvió a centrarse en el rostro de la anciana, que había empezado a hablar. Lo que decía resultaba ininteligible, pero parecía un lenguaje articulado. A ratos cambiaba de tono, como si varios personajes dialogaran en su interior. Gabriel pensó en los endemoniados de la Biblia -«Mi nombre es Legión»- y sintió un escalofrío. Habia visto supuestos casos de posesión diabólica, pero esto era mucho más estremecedor.

– Impresiona un poco, ¿verdad? -dijo Celeste.

– Es como si hablara desde el más allá.

Celeste aceleró un poco la imagen.

– Vamos al minuto 16. Escucha esto.

Gabriel acercó la oreja al pequeño altavoz de la pantalla. Pudo distinguir por dos veces, claramente pronunciada, la palabra Atlántida, separada por diez segundos de más jerigonza incomprensible.

– A ver si sé resumirlo -dijo, enderezándose y apartándose un poco de la anciana-. Una mujer que hace semanas perdió la capacidad de hablar se dedica a soltar parrafadas en la fase más profunda del sueño, cuando según todos los manuales no debería ser capaz de soñar. Además, lo hace en un idioma desconocido y mencionando un lugar que nunca existió.

Así es. Investigue lo oculto, señor Espada. Es su trabajo. Yo no sé qué pensar.

– ¿Se lo has contado a alguien?

– No. Ya te he dicho que esta grabación la tomé anoche. Aún no lo he comentado con nadie, más que contigo.

– ¿Has hecho dos guardias seguidas?

– Y hasta tres. -Celeste puso cara de circunstancias-. Quiero mudarme de casa.

– Entiendo. Así que a tu marido le toca cuidar de los niños.

Celeste suspiró. Gabriel observó que apretaba la empuñadura de la muleta con fuerza, hasta que los nudillos se le ponían blancos.

En ese momento, el móvil de Celeste emitió un pitido.

– Perdona, tengo que dejarte un momento.

– Tranquila. Si alguna de las dos sufre una crisis le haré un bypass modular sinérgico. Es mi especialidad.

– No lo dudo. -Celeste le tiró de la oreja, en un gesto muy suyo-. Madura, Gabriel Espada. Madura.

– Sí, mami. Por cierto, ¿no tendrás una chocolatina? El restaurante donde he cenado era algo tacaño con las raciones.

– Veré lo que puedo hacer.

Frente a ambas camas había un sillón tapizado en color crema que estaba pidiendo a gritos que alguien lo usara. Cuando Celeste salió de la habitación, Gabriel se sentó en él, pulsó un botón que tenía junto al brazo derecho y comprobó que al hacerlo salía una extensión para estirar las piernas. Habían diseñado el asiento para alguien más bajo que él y el reposapiés apenas le llegaba por debajo de las rodillas, pero resultaba bastante cómodo.

Gabriel cerró los ojos. Mientras pensaba en ondas del sueño, las beta propias de la vigilia se convirtieron en alfa y su respiración empezó a acompasarse. Sus pensamientos empezaron a vagar en asociaciones libres, apenas controlados por su voluntad. Iris, Celeste y la jovencísima C le hablaban de volcanes que hundían continentes perdidos, mientras el camarero le traía una y otra vez un steak tartar achicharrado y se lo volvía a llevar.

Sus ondas se hicieron más lentas y amplias, su respiración se volvió más profunda y su cabeza se venció sobre la mullida oreja del sillón. Cuando aparecieron los complejos K, Gabriel ya no podía pensar en ellos. Se había hundido en las oscuras aguas de Morfeo, y estaba tan cansado que siguió buceando en picado hasta las ignotas profundidades de las ondas delta.

Y fue entonces, en el momento en que su mente debía hallarse en vacío y reposo absolutos, cuando empezó a soñar.

O algo parecido a soñar.

Capítulo 16

En algún tiempo y lugar

Extraño. Ajeno.

Fuera. Dentro.

Todo era distinto. Las dimensiones. Las formas. Los huecos. Los salientes. Erróneos.

Gabriel levantó los brazos sobre la cabeza, y al hacerlo notó que eran más cortos. «¿Me he vuelto más pequeño?», pensó.

A su alrededor se oían voces. Muchas. Decenas de voces hablando en un idioma desconocido y que, sin embargo, entendía.

Gabriel quiso mirar a la derecha, pero giró el cuello a la izquierda. Se dio cuenta de que no controlaba los movimientos. Los movimientos. No sus movimientos. Estaba escondido detrás de unas pupilas que no eran las suyas, agazapado entre unos tímpanos que no le pertenecían.

Estaba dentro de otra persona.

Por alguna razón, Gabriel pensó que aquella persona se hallaba tan desorientada como él. Era como si a ambos, a Gabriel Espada y a su anfitrión, los hubieran trasladado allí desde otro lugar.

No. En el caso de la persona en cuyo cuerpo se había aposentado Gabriel no había «otro lugar». Un pensamiento teñido de perplejidad y miedo resonó en el interior de su cabeza, y Gabriel captó sus reverberaciones como si aquel pensamiento lo hubiera concebido él mismo:

«No recuerdo nada antes de este momento».

Los ojos de su anfitrión giraron en derredor, explorando su entorno. Se encontraba en un patio de suelo enlosado, rodeado por una columnata de dos pisos e iluminado por antorchas que arrojaban luces y sombras cambiantes entre los pilares pintados de rojo y ocre. Las paredes del piso inferior se veían decoradas con hermosos frescos que representaban paisajes. Una balaustrada de madera rodeaba la galería del segundo piso, y sobre ella se acodaban decenas de personas, tal vez más de cien, hombres y mujeres mezclados. Era de noche, pero Gabriel no podía saber si lucían las estrellas o había nubes, pues el cielo se veía como una mancha negra e indistinta contra el perfil crepitante de las llamas.

Los hombres, de cabellos largos y trenzados, llevaban el torso al descubierto, salvo algunos más ancianos que vestían túnicas largas. Las prendas más comunes eran faldellines o taparrabos largos, muchos de ellos con taleguillas ceñidas que marcaban los genitales. Las mujeres, maquilladas y adornadas con diademas, collares y ajorcas de oro, vestían largas faldas de volantes de colores y vistosos corpiños que algunas llevaban abiertos para exhibir sus pechos.

El anfitrión de Gabriel siguió girando sobre sí mismo con los brazos en alto. Se hallaba en el centro del patio, pisando las losas frías con los pies descalzos. Pese a que aquella persona, fuese quien fuese, no recordaba cómo había llegado allí, sabía al menos que ese suelo era resbaladizo y que debía tener cuidado si no quería correr un grave peligro.

«Peligro, ¿por qué?», se preguntaron a la vez Gabriel y su anfitrión.

Además de la gente de la balaustrada superior, había tres personas más en el patio. Dos eran varones, jóvenes de veinte años como mucho. Ataviados con simples taparrabos, en sus cuerpos flexibles y morenos no sobraba una gota de grasa. La tercera era una muchacha de talle de junco, con el cabello recogido tras la nuca en una trenza rodeada por un cordón de oro. Vestía tan sólo una faja de tela alrededor de la cintura y las ingles, como los hombres. Cuando alzó los brazos para saludar, sus pechos, muy generosos para ser una joven tan delgada, se juntaron marcando una profunda línea de sombra entre los pezones pintados de bermellón.

La noche era fresca a pesar de las antorchas. Gabriel notó cómo sus propias tetillas se ponían de punta. Su anfitrión las miró de reojo, y Gabriel comprendió las sensaciones raras que estaba experimentando en diversos lugares de su anatomía.

La persona en cuya mente y cuyo cuerpo se había incrustado en silenciosa simbiosis era una mujer.

«Y bastante joven», pensó Gabriel, juzgando por su piel y el aspecto de sus pechos. A Gabriel se le habían erguido las tetillas de frío en muchas ocasiones, pero aquella impresión era más intensa, dolorosa y placentera al mismo tiempo. Sin embargo, lo más extraño para él era lo que tenía entre las piernas y lo que a la vez le faltaba, la sorda y palpitante presencia / ausencia de algo que no alcanzaba a comprender.

El aire estaba empapado de olores. Las maderas aromáticas y la resina que ardían en antorchas y pebeteros, el sudor mezclado con el aceite que impregnaba cabelleras y pieles, perfumado a su vez con rosa, mirto o canela. El yeso húmedo de una pared recién blanqueada. El aroma pungente del ozono en la atmósfera, presagiando tormenta.

Entonces captó otro olor dulzón y pesado. Desagradable para Gabriel, neutral para su anfitriona. Olor a establo. La joven se dio la vuelta.

Un toro enorme, negro como la noche, entró en el patio por una puerta de madera claveteada cuyos batientes se acababan de abrir. El animal emitió un mugido ronco y profundo y cargó contra ella. No era un toro de lidia, pero tampoco un buey ni un cabestro, sino un semental agresivo y con instinto de embestida, armado de cuernos ceñidos con guirnaldas de oro y tan largos y aguzados como espadas.

La joven no tenía recuerdos. Era como si acabara de nacer en aquel momento. Sin embargo, obedeciendo a un instinto grabado en algún rincón inaccesible de su ser, se puso de puntillas y danzó en el sitio, con las manos en alto y el corazón palpitando como un timbal. Gabriel quiso gritarle que se apartara, que huyera, pero ella aguantó mientras el toro se le venía encima con la inercia de un furgón blindado sin frenos.

En el último momento, la muchacha se revolvió sobre sí misma como una peonza, acompañando el giro con una torsión de cintura. El cuerno derecho del toro pasó a apenas dos dedos de su cuerpo y Gabriel sintió su aliento húmedo y caliente en la piel del costado. En la balaustrada superior del patio se oyeron chillidos de terror y excitación, seguidos por un «ooohh» de alivio y admiración que no necesitaba traducción.

– ¡Kiru, bien! ¡Kiru, bien! -gritaron varias voces, y Gabriel y su anfitriona comprendieron que aquél era su nombre.

La muchacha se apartó del toro y las ajorcas que rodeaban sus tobillos tintinearon como cascabeles. Un extraño calor corrió por su vientre, mezcla de miedo, emoción y placer al oírse aclamada por la gente.

El animal embistió en vano contra los demás participantes en el ritual, que lo burlaron con graciosos recortes, y luego se quedó en el centro del patio, confuso. La muchacha de los pechos opulentos se volvió hacia la anfitriona de Gabriel y gritó:

– ¡Kiru, tú! ¡Tú, Kiru!

La joven llamada Kiru volvió a levantar los brazos y correteó en círculos, tentando al toro como un banderillero, pero con las manos desnudas. Cuando el cornúpeta se decidió a embestir, Kiru corrió aún más rápida que él, directa contra sus astas. Gabriel habría querido cerrar los párpados, pero no le obedecían a él. No tuvo más remedio que ver cómo la negra testuz del toro y aquellos ojos que parecían de obsidiana se hacían cada vez más grandes al acercarse a Kiru y a él.

El pie derecho de la joven batió con fuerza en el suelo, y todo lo que veía Gabriel cambió de perspectiva. Kiru plantó las manos en la frente del toro, se revolvió en el aire sobre el corpachón negro y por un instante lo que estaba arriba pareció encontrarse abajo. Los pies de la chica volvieron a chocar con las losas del suelo y su cuerpo rodó en una ágil voltereta para absorber el impacto del golpe. Un segundo después estaba de nuevo en pie, contemplando cómo se alejaba la grupa del toro burlado y levantando los brazos a la gente que rodeaba el patio.

– ¡Kiru, bien! ¡Kiru, bien! -volvieron a gritar.

* * * * *

Después de aquello hubo un temblor, una ligera discontinuidad, como cuando se producían cortes en las desgastadas películas que se proyectaban en los cines de barrio. Gabriel vivió otra escena, y otra, y otra. Las imágenes y las sensaciones se sucedieron. A veces, Gabriel no estaba seguro de si pasaba de nuevo por la misma situación o se trataba de otra ligeramente distinta. Kiru y sus compañeros volvieron a saltar sobre toros negros, pero también sobre otros blancos, marrones o pintos.

Los jóvenes que acompañaban a Kiru en el patio también recibían aplausos y jaleos. Pero Kiru era la favorita de la gente. Ella aguantaba más tiempo que nadie antes de recortar al toro y arriesgaba con las cabriolas más originales, muchas veces sin apoyar siquiera las palmas sobre el animal o saltando tic espaldas, guiada tan sólo por el sonido de sus pasos. Gabriel empezó a pillarle el gusto a aquel ritual, como si estuviera participando en un videojuego hiperrealista.

En aquellas tauromaquias no se mataba al toro. Cuando el animal estaba cansado de correr en vano, le abrían la puerta y le dejaban salir de nuevo. Ya fuera del patio, lo apresaban con lazos y lo sacrificaban a Isashara y a Minos, y hombres y mujeres compartían su carne asada sobre brasas mientras bebían vino rebajado con agua y endulzado con miel.

Cuando Kiru pensó en Isashara y Minos, Gabriel leyó sus pensamientos y supo que eran los grandes dioses que moraban en la lejana montaña de fuego, cruzando el Gran Azul, al norte del país de Widina donde ahora vivía.

«¿Minos?», se preguntó Gabriel. ¿Sería el mismo Minos de la leyenda del Minotauro?

A veces Kiru no participaba en el rito, sino que asistía desde la balaustrada junto a Unulka, una de las sacerdotisas del Palacio de las Hachas. Al parecer, Unulka era su madre. Al menos, se comportaba como tal, aunque Kiru no tenía recuerdos de su infancia con ella, e ignoraba quién era su padre.

En realidad, Kiru no guardaba recuerdos anteriores al momento en que Gabriel se había unido a su mente y ambos habían bailado delante del toro. Antes de aquel instante sólo intuía una bruma amarilla y espesa como una nube de azufre. Y un nombre que flotaba en ese bruma.

Atlas…

* * * * *

En una de las ocasiones en que Kiru participaba en la tauromaquia desde la galería, una muchacha llamada Gubaini que intentaba rivalizar con ella en audacia apuró demasiado en un recorte. En el momento en que giraba sobre sus talones para esquivar al toro, el astado se revolvió y la hirió en el costado. Entre gritos de horror y excitación del público, Gubaini cayó al suelo, y cuando intentó levantarse sus pies resbalaron en las losas.

Kiru y los dos jóvenes corrieron hacia el toro, gritando para atraerlo y apartarlo de Gubaini. Pero el animal los ignoró, clavó el cuerno en el vientre de la muchacha y hurgó hasta sacarle los intestinos.

Gabriel empezó a pensar que aquello no era un videojuego.

* * * * *

Otras jóvenes se casaban y tenían hijos. Pero para Kiru el tiempo era como resina endurecida en una noche de helada. Su madre le decía que eligiera marido entre los mozos del palacio.

– Pues los hay muy apuestos. Incluso para una joven gacela como tú es dulce dejarse atrapar por la red del cazador en el lecho. ¿Es que no quieres escoger?

– Kiru no tiene prisa, madre. ¿Por qué habría de tenerla?

Unulka la miraba con gesto preocupado, y Gabriel comprendía que ella veía en su hija algo extraño que la propia Kiru no alcanzaba a captar.

Por ejemplo, que siempre hablara de sí misma en tercera persona.

– Las cosechas pasan, las nieves caen y se vuelven a fundir, pero para ti cada primavera es la misma, Kiru.

– Tus palabras suenan extrañas para Kiru, madre.

Durante una tauromaquia en la que Kiru no participaba, ella y Gabriel notaron algo extraño, un contacto inmaterial en su piel, como una débil corriente eléctrica. Kiru se volvió a la derecha y vio a un joven más alto que los demás, con hombros anchos y rectos y las sienes rapadas. Sus ojos en forma de almendra estaban clavados en sus pechos, de los que Kiru se sentía tan orgullosa. Ella apartó la mirada, sonrió y se cubrió el escote con el abanico, fabricado con plumas de un ave gigante que vivía en las lejanas tierras del sur, allí donde las arenas arden. Pero luego se volvió a destapar.

* * * * *

En el siguiente recuerdo, Kiru paseaba por las salas y pasillos del palacio, al atardecer. Las sombras empezaban a brotar de los rincones como manchas de tinta extendiéndose por el papel. Era el amparo de la oscuridad lo que buscaba Kiru. Llegó a una sala vacía, un almacén al que pronto traerían las grandes tinajas llenas de aceite de oliva recién exprimido. Allí la esperaba el joven alto con el que se había citado por medio de una sirvienta.

Kiru sentía el cuerpo tenso y las rodillas blandas. Se acercó a él contoneándose, y su cimbreo hizo que todas sus joyas tintinearan con un sonido cristalino. El joven sonrió y se tocó la taleguilla que tenía entre las piernas.

– Si sigues mirándome así, esto no me va a caber dentro.

Kiru se desató los lazos de su chaquetilla roja y sus pechos, comprimidos hasta ahora, subieron enhiestos con un ligero bote, como dos bailarines citando al toro. El toro, que en este caso era el joven apuesto, acudió al reclamo, rodeó el talle de Kiru, enterró la cara entre sus pechos y empezó a lamerlos. Kiru le agarró del pelo para que no se apartara y cerró los ojos. Una deliciosa corriente le subió por detrás de las orejas y un calor líquido le bajó desde el vientre hasta las ingles húmedas.

Gabriel habría querido esconderse, pero no podía huir de aquellas sensaciones tan intensas. Estaba excitado y a la vez asustado de lo que temía que iba a ocurrir. A Kiru, por razones distintas, le ocurría algo parecido.

De súbito, el joven se apartó de Kiru. En la penumbra de la bodega, los círculos negros de sus pupilas se veían rodeados de blanco.

– ¿Qué me estás haciendo? -El muchacho se golpeó con los nudillos en sus sienes rasuradas, tan fuerte que el hueso sonó como un pequeño tambor-. ¡Sal de mi cabeza! ¡Sal de mi cabeza!

El joven salió corriendo del almacén, sin dejar de gritar. Kiru se quedó con los brazos abiertos en el aire, los pechos desnudos y el vientre tembloroso de deseo, sin comprender qué había sucedido.

«Es una telépata activa», pensó Gabriel. Eso explicaría por qué estaba recibiendo sus visiones. Lo que no sabía era de qué manera las vivencias de Kiru habían cruzado el mar de tiempo que sin duda los separaba. ¿A través de la mente de la anciana? Pero ¿cómo?

* * * * *

En el siguiente ritual del toro, Kiru salió al patio con los demás jóvenes. Estaba frustrada, porque le habían puesto en la boca el dulce fruto del deseo para quitárselo de los labios. Gabriel quiso advertirla, pues se había dado cuenta de que Kiru parecía menos concentrada que otras veces, pero la comunicación entre ellos era unidireccional.

Kiru arrancó a correr hacia el toro. Tenía pensado empezar con una voltereta poniendo las manos sobre la cabeza del astado. Pero en su mente se cruzó la imagen de sí misma haciendo un trompo sin apoyarse, y en el último momento dudó sobre la maniobra que iba a realizar. La duda provocó que su pie derecho hiciera un extraño y resbalara en las losas.

Sobre el grito de la gente se oyó otro más agudo, el alarido de su madre. Kiru vio cómo la punta del cuerno se acercaba a su piel, y por un instante esperó el milagro de que rebotara en ella, inofensivo, pues ¿cómo podía ocurrirle lo mismo que le había ocurrido a la infortunada Gubaini? Esas cosas siempre les sucedían a los demás.

Pero el pitón rasgó la piel, desgarró los músculos del seno derecho y se abrió paso entre las costillas. Kiru notó una sacudida muy fuerte, y en el interior de su cuerpo ella y Gabriel pudo oír el áspero crujido de asta contra hueso. Un volteo, y de pronto el toro ya no estaba. Las piernas de sus compañeros se veían raras, torcidas en ángulo recto, y el cielo se había convertido en pared. Kiru estaba tumbada en el suelo, comprendió Gabriel. Los dos notaron cómo la boca se le(s) llenaba de sangre.

«Dios mío», pensó Gabriel. ¿Se podía morir en sueños? Corno en las pesadillas de su infancia, trató de abrir los ojos e incorporarse en el lecho. Pero en lugar de abrírsele se le cerraron, y todo se volvió oscuro.

* * * * *

Las tinieblas no duraron mucho. Kiru estaba sentada delante de un espejo. Detrás de ella, su madre le desenvolvía las vendas que le rodeaban el torso. Kiru no sentía nada. Gracias a las drogas que le habían administrado, el dolor lacerante de los primeros días había desaparecido. Pero temía el destrozo que se iba a encontrar al descubrir sus senos. ¿Se atrevería a lucirlos de nuevo, como las demás damas elegantes del palacio?

Su madre parecía incluso más aprensiva que ella cuando terminó de desenrollar la última vuelta. El espejo de cobre pulido no ofrecía un reflejo tan fiel como Gabriel habría querido. Pero, cuando Unulka emitió un gemido ahogado, vio lo suficiente para comprender el motivo de su desazón.

En el pecho de Kiru no se veía nada, ni el menor resto de la terrible cornada que había taladrado su pecho.

– Sabía que así sería -dijo Unulka-. Sabía que así sería, pero me decía con mi propia lengua que no.

– ¿Qué sabías, madre?

Unulka le puso las manos en los hombros y la hizo girar sobre el escabel para mirarla a la cara. Cuando la vio de cerca, fuera del espejo, Gabriel comprendió a qué se refería la mujer. Sus manos estaban surcadas de arrugas, como su rostro. Los párpados formaban bolsas y la piel del cuello empezaba a descolgarse en pliegues como una cortina. La Unulka de las primeras visiones no podía tener más de treinta y cinco años. Esta debía rondar los sesenta.

Kiru se miró sus propias manos y sus brazos. Su piel seguía tan tersa como en su primer recuerdo, cuando bailó ante el toro. Kiru no envejecía. Gabriel había compartido con ella visiones y momentos a saltos, a veces entremezclados y desordenados. Por eso no se había dado cuenta de la verdad. Pero ¿cómo podía haberle pasado desapercibida a la propia Kiru? ¿Acaso percibía la realidad en fragmentos inconexos como los que le mostraba a Gabriel?

– Tú no eres fruto de mi vientre, Kiru -dijo Unulka-. Llegaste aquí hace años en un barco de mercaderes, y yo te compré para que sirvieras en el templo. Pero cuando bailaste ante el toro con tanta gracia como yo lo había hecho de joven, te adopté como hija.

– Kiru no recuerda lo que dicen tus palabras, madre.

– Lo sé. Hubo un día en que olvidaste que no habías nacido de mis entrañas, y mi corazón se llenó de júbilo, porque siempre te he amado como a una auténtica hija. Mas con el tiempo empecé a recelar que había algo raro en ti. La prueba del tiempo me decía que eras uno de ellos.

«¿Quiénes son ellos?», se preguntó Gabriel. Al parecer, Kiru sí sabía de qué le hablaba su madre, porque no dijo nada.

– Pero mucho me quería engañar yo, y pensaba que los dioses te habían otorgado una larga juventud -prosiguió Unulka-. Sin embargo, aunque me negué a creer la prueba del tiempo, a la prueba de la muerte no puedo resistirme.

Unulka hizo una pausa para tragar saliva. Tenía la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas.

– Tu destino es grande y terrible, hija mía -dijo por fin-. Cuando la Madre Tierra me reciba en su cálida morada, tú seguirás. Cuando reciba también a tus hermanos y los hijos de tus hermanos, tú seguirás.

– Kiru seguirá aquí, madre -respondió Kiru, casi como en una letanía.

– ¡No, aquí no, Kiru!

– ¿Por qué, madre?

– Tu sitio no está aquí. Debes dejar el Palacio de las Hachas y el país de Widina y surcar el mar hacia las estrellas del norte. Los bienaventurados Isashara y Minos han enviado un barco para que acudas a su lado.

– Kiru tiene miedo.

Unulka la besó en la frente.

– El miedo y la locura son tu destino, hija mía. Debes ir a la montaña de fuego y soñar los sueños de la Madre Tierra bajo la cúpula de oro de la Atlántida.

Capítulo 17

Clínica Gilgamesh, al norte de Madrid .

Cuando abrió los ojos estaba solo. Ya no oía a Kiru ni dentro ni fuera de su cabeza.

El rostro que se apartaba del suyo tras haberlo besado no era el de Unulka, sino el de una mujer con el pelo amarillo que se apoyaba en una muleta.

Gabriel se tocó los labios. La mujer no le había besado en la mejilla, sino en la boca.

– Lo siento -dijo ella, al darse cuenta de que la habían pillado-. Tenías cara de niño bueno.

Gabriel se levantó tambaleándose. De golpe, sentía su cuerpo más grande y pesado, su piel olía distinta y era consciente de dolores en las rodillas y en los hombros que antes no parecían estar ahí.

Se hallaba en la habitación de un hospital. Quería saber la hora. Tenía la cazadora doblada sobre el respaldo del sillón. Buscó el móvil en el bolsillo.

– Tres cuarenta y cinco a.m. Dos de mayo. ¿Cuánto he dormido? -preguntó, mirando desorientado a su alrededor.

– Ha sido algo menos de una hora. Tenías cara de estar muy cansado, así que me daba lástima despertarte. ¿Qué te ocurre? -preguntó la mujer rubia, agarrándolo del brazo-. Gabriel, por favor, me estás preocupando.

– No pasa nada. Déjame un momento.

Gabriel entró al cuarto de baño, abrió el grifo del agua fría y se lavó la cara a conciencia. Ignoraba dónde estaba, cómo había llegado allí y quién era la mujer que lo había besado. Sabía que no tardaría en recordarlo, pero algo retardaba el acceso a esos archivos de memoria.

Cuando se miró en el espejo, no estaba muy seguro de qué cara iba a encontrar. Por un momento vislumbró una imagen tenue, como un reflejo en agua turbia. Un semblante de mujer, joven, con el cabello recogido tras las orejas, los ojos verdes y rasgados, los pómulos altos y los labios carnosos. El rostro de Kiru.

Pero aquella visión se esfumó al instante, y en su lugar encontró el rostro de un varón cuarentón, ojeroso y de rasgos afilados al que no le vendría mal afeitarse.

La mujer que le esperaba fuera del baño se llamaba Celeste. Él se encontraba en la clínica Gilgamesh. Había llegado allí para investigar un sueño sobre la Atlántida.

Y lo había encontrado. Pero de una forma mucho más dramática de lo que esperaba.

«Eso no ha sido un sueño», se corrigió. Conocía bien la naturaleza cambiante y tornadiza de los sueños, listaba convencido de que, si se pudieran rodar, las imágenes resultantes serían mucho más anárquicas e incoherentes de lo que la gente solía creer, y apenas podrían obtenerse dos fotogramas seguidos con un mínimo de continuidad.

La prueba más evidente la tenía cuando intentaba leer en sueños, en la típica pesadilla en que volvía al instituto y tenía que contestar un examen que, simplemente, no en tendía: las palabras que formaban las preguntas se retorcían y mutaban sobre el papel convirtiéndolo todo en un galimatías sin sentido que nunca se estaba quieto.

La impresión que le habían dejado las visiones que acababa de tener era muy distinta. Era como asistir a una sesión de cine sensorial, con la particularidad de que había compartido los pensamientos de la protagonista, y también el dolor, la excitación, el miedo, el tacto, los olores e incluso las sensaciones internas del cuerpo, desde el hambre a los movimientos intestinales o, algo mucho más desconcertante para él, las secreciones vaginales.

La experiencia había sido tan intensa, maravillosa y aterradora, que al pronto pensó en contárselo a Celeste. Pero, reflexionando algo más, se dio cuenta de que le convenía que lo sucedido reposara un poco en su mente. Antes de que los demás lo tomaran por loco, quería saber si él mismo se consideraba un chiflado.

– ¿Cómo han sido las ondas de Milagros? -preguntó al salir del baño-. ¿Ha hablado?

– Parece que a ratos. No he estado todo el tiempo aquí, pero he dejado el móvil grabando su voz. ¿Te encuentras mejor?

– Sólo estaba un poco aturdido. A veces me pasa cuando me despierto de golpe -dijo Gabriel, mientras se ponía la cazadora. Aunque en la habitación reinaba el calor típico de los hospitales, se había quedado frío-. Por cierto, ¿he hablado yo?

– ¿Tú? Tranquilo, no has pronunciado el nombre de otra mujer en sueños, si eso es lo que te preocupa.

– ¿He hablado o no?

– Pues que yo sepa no. No entiendo por qué…

– ¿Puedes pasarme la grabación de Milagros al móvil?

La anciana seguía durmiendo, pero ahora parecía hallarse en la fase 2 del sueño, con ondas theta y complejos K. Mientras la observaba, Gabriel escuchó algunos momentos de la grabación.

Al oírla, sintió una intensa emoción, y de nuevo tuvo la tentación de contarle a Celeste lo que le había pasado. De pronto las palabras le resultaban familiares. Sabía que las había escuchado en el sueño y notaba que estaba a punto de captarlas. Era como tener algo en la punta de la lengua, pero al revés. ¿Cómo se diría, «en la punta de la oreja»?

– Widina -repitió en voz alta al oírselo a la anciana.

– ¿Qué has dicho?

– Nada, nada.

Era uno de los nombres que recibía el país donde vivía Kiru. Y la joven sabía que la Atlántida se encontraba al norte del país de Widina.

¿Dónde se hallaba Widina? El estilo de la ropa, la forma de las columnas del palacio, los frescos que decoraban las paredes, el ritual del toro: todo apuntaba a Creta y a la cultura minoica.

Cruzando el mar hacia las estrellas del norte. Para Kiru la Atlántida y su montaña de fuego eran un lugar remoto. Pero, por lo que sabía Gabriel de ella, apenas había salido del Palacio de las Hachas en toda su vida. Una distancia de cien kilómetros atravesando el mar podía ser para ella como viajar a la Luna.

¿Qué había al norte de Creta? Santorini y su isla principal, Tera.

El lugar donde trabajaba Iris. El nombre que había leído en su mente. ¿Era Santorini la Atlántida?

Hacía poco más de veinticuatro horas que Gabriel había saltado de la cama, empujado por el pánico que había provocado en él un sueño incomprensible. Desde entonces, todo parecía moverse en el mismo terreno surrealista y onírico. Ahora, mientras escuchaba la grabación y contemplaba aquel rostro devastado por la edad y la demencia, se pellizcó con fuerza el dorso de la mano. La sensación era todo lo real que podía serlo, pero no más que las que había experimentado en sueños. De hecho, era muchísimo menos vivida y dolorosa que la cornada que había desgarrado su seno en el patio del viejo palacio.

De algo estaba seguro. No se había vuelto loco. Gracias a la anciana con Alzheimer, había recibido una visión del remoto pasado.

Una visión de los tiempos de la Atlántida.

TERCERA PARTE

DOMINGO

Capítulo 18

Pozzuoli, cerca de Nápoles.

Eyvindur Freisson amaba los volcanes. Por egolátrico que fuese, ya que el mundo debía terminarse para él, no le parecía mal que se acabara también para todos los demás y que la causa de aquel Menschendammerung fueran los monstruos de fuego y lava a los que había consagrado su vida.

Tal como había empezado su relación con los volcanes, su sentimiento hacia ellos debería haber sido de odio. Eyvindur había nacido en Heimaey, una isla de pescadores que medía poco más de diez kilómetros cuadrados y se hallaba a menos de una hora en barca de Islandia.

Una madrugada de enero, cuando tenía dieciséis años, Eyvindur soñó que se precipitaba por un acantilado mientras buscaba huevos de frailecillo. Al despertar, descubrió que se había caído de la cama y que todo el suelo temblaba como si un gigante de Jotunheim sacudiera la casa con sus manazas de roca.

Minutos después, con los ojos llenos de legañas, se encontraba en la calle junto con sus padres y su hermana. Al este de la ciudad, a apenas un kilómetro de su casa, un espectacular penacho de lava incandescente se recortaba contra la oscuridad de la noche. Por lo que supieron luego, en el suelo de la isla se había abierto de repente una grieta de más de kilómetro y medio de longitud que empezó a escupir lava, cenizas y gases ardientes.

Eyvindur se quedó boquiabierto contemplando aquel surtidor rojo. Estaba a más de mil metros de su casa, pero el calor de la roca fundida le llegaba a las mejillas y el fragor de la erupción retumbaba en el aire como diez tormentas juntas. Se habría quedado allí hasta que la lava lo alcanzara, pero su padre lo agarró del brazo y tiró de él.

– ¿Estás loco? Tenemos que recoger todo lo que podamos y marcharnos de aquí.

Por suerte, como estaban en pleno invierno y hacía muy mal tiempo, todos los barcos y botes pesqueros de la isla se hallaban amarrados en el puerto. Apenas había pasado media hora cuando la mayoría de los cinco mil habitantes de la isla navegaban hacia Islandia en setenta embarcaciones.

Pero hubo doscientas personas que se quedaron atrás para luchar contra la erupción y salvar la ciudad. Entre ellas se encontraba Eyvindur, que saltó a última hora de uno de los botes, pese a que sus padres le gritaron y amenazaron para que volviera atrás. La mayoría de los ciudadanos que se quedaron en la isla de Heimaey lo hicieron por sentido del deber, por altruismo o por salvar sus propias casas. Pero Eyvindur actuó impulsado por la curiosidad. El espectáculo de los chorros de lava incandescente recortándose contra el cielo lo tenía hipnotizado, y cada vez que un nuevo estampido hacía retemblar la isla la adrenalina despertaba en sus venas un calor tan ardiente como el de la roca fundida.

La lucha contra el volcán fue una tarea épica que en parte fracasó y en parte logró su objetivo. Las mangueras que bombearon más de cinco millones de toneladas sobre la lava consiguieron enfriarla lo suficiente para detener su avance sobre el puerto, la clave de la economía de Heimaey. Pero la erupción destruyó casi cuatrocientas viviendas. La pared de roca candente avanzaba tan inexorable como Elli, la diosa de la vejez a la que ni el gran Thor había podido derrotar.

Cuando la lava llegó al barrio de Eyvindur, éste contempló cómo el techo de su casa se desplomaba y las paredes de madera ardían. Pero, en vez de llorar como tantos otros, se quedó fascinado ante aquella demostración del poderío de la Tierra y de la fragilidad del hombre. Mientras perdía su hogar, se juró a sí mismo consagrar su vida a aquella maravilla que al mismo tiempo que destruía, también creaba: cuando la erupción terminó en julio, la ciudad había perdido la tercera parte de sus casas, pero la isla medía dos kilómetros cuadrados más.

Tras terminar sus años de framhaldsskóli, Eyvindur estudió Ciencias de la Tierra en Islandia y después se especializó en Seattle, donde presenció y sufrió la erupción del Si. Helens, una experiencia que consideraba uno de los mayores privilegios de su vida.

Para él no había lugar mejor que las cercanías de un volcán. En Hawaii había dormido junto al Halema'uma'u de Kilauea, y en el Congo había trepado hasta el lago de lava ardiente de la cima del Nyiragongo. En 1991 había estado en la erupción del monte Unzen, en Japón, y sólo por cuestión de minutos se había salvado de la nube ardiente que mató a dos de sus ídolos, los vulcanólogos franceses Katia y Maurice Krafft.

Eyvindur siempre había pensado que el destino le reservaba morir en una erupción, igual que los Krafft. Pero ahora empezaba a sospechar que no sería así. Cuatro semanas antes le habían diagnosticado un tumor cerebral. El nombre de aquella hidra maligna era «glioblastoma multiforme». Eyvindur le había pedido a la doctora una opinión sincera.

– Con su edad, la esperanza de vida media es de siete meses.

– ¿Y con tratamiento?

– El plazo que le he dado es con tratamiento. Sin él, es posible que muera antes de tres meses.

Después de informarse de todas las opciones, Eyvindur había decidido que no se sometería a una operación. Si había de morir, prefería hacerlo con el cerebro intacto, sin verse reducido a una silla de ruedas y, sobre todo, sin perder los recuerdos que había atesorado persiguiendo volcanes por todo el mundo. Por eso se las había ingeniado para conseguir una cápsula de cianuro que llevaba siempre encima.

Ahora abrió la cajita donde la guardaba junto a las pastillas de viagra y la revolvió entre los dedos. «Siempre hay tiempo para morir», pensó. Pero sabía que no era así. Lo malo de las enfermedades que afectan al cerebro es que es el propio cerebro el que sufre sus efectos y a la vez debe detectarlos. ¿Y si su mente se deterioraba sin que él lo percibiera y llegaba a un punto sin retorno en el que no ya no tendría el valor ni la lucidez necesarios para ingerir el cianuro?

El móvil sonó. Eyvindur, que estaba sentado en una silla de camping delante de la caravana, se volvió a la derecha. El teléfono estaba encima de la nevera portátil. Para cogerlo tenía que levantarse, y en ese momento no le apetecía.

Eyvindur se cruzó los dedos sobre el vientre y dejó que el móvil sonara un rato, mientras observaba el paisaje que lo rodeaba. El resol que reverberaba en la explanada blanca de la Solfatara le hizo entornar los párpados. Sus ojos nórdicos, evolucionados para ver bajo la mortecina luz del Septentrión, no acababan de acostumbrarse a los brillos duros y cortantes del Mediterráneo.

El teléfono seguía sonando. Ya debía llevar más de un minuto dando timbrazos. Eyvindur suspiró, se levantó de la silla y miró la pantalla del móvil. Quien llamaba era Adriana Mazzella, directora del Osservatorio Vesuviano. Su jefa.

– Hola, Adriana.

– ¿Dónde estás, Eyvindur?

– Al pie del cañón. Como siempre.

Adriana y él habían sido amantes durante un mes. Era la única persona del Osservatorio que sabía que Eyvirndur padecía un cáncer incurable. En otras circunstancias, ella tal vez le habría sugerido que dejara de trabajar un domingo y se dedicara a disfrutar del tiempo de vida que le quedaba. Pero ahora su voz sonaba tan sulfurosa como los chorros de gas que brotaban del suelo del cráter.

– Quiero que vengas ahora mismo a las oficinas.

– Me encantaría complacerte, Adriana, pero los antiinflamatorios me están volviendo impotente.

– No estoy para bromas, Eyvindur. Si no he hablado contigo hasta ahora es porque no he parado de hacer llamadas para apagar los fuegos que has encendido con esa entrevista tan irresponsable. ¿Cómo se te ocurre recomendar a la gente que evacué la región sin encomendarte a nadie?

Eyvirndur reprimió una sonrisa. Le encantaba ver a los directivos en apuros burocráticos.

– ¿Cuánta gente crees que ha abandonado la región? En la radio he oído que cerca de doscientas mil personas.

– Lo dices como si estuvieras orgulloso de desatar el pánico.

BRRROARRRR

El suelo trepidó bajo sus pies durante unos segundos y las latas de cerveza repiquetearon al sacudirse dentro de la nevera. Eyvindur abrió los brazos como un funambulista, aunque el temblor no fue tan potente como para hacerle perder el equilibrio. Cuando el pequeño seísmo se calmó, los turistas que contemplaban los charcos de lodo, a unos cien metros de la caravana de Eyvindur, empezaron a gritar y a bracear, como si pidieran explicaciones a la agencia de viajes.

– ¿Has notado eso, Adriana?

– ¿Qué ha pasado?

– Un temblor. -Eyvindur entró en la caravana y miró el sismógrafo-. Tres coma cinco. Y el foco está a sólo nueve kilómetros de profundidad.

– ¿Crees que eso te da la razón? ¿Que es motivo suficiente para provocar el pánico entre la gente?

– Lo que menos quiero es llevar la razón. Prefiero equivocarme y que no ocurra nada, aunque yo quede como un viejo tonto.

Eyvindur no era del todo sincero. A una parte de él le horrorizaba la perspectiva de una catástrofe que podría matar a cientos de miles de personas. Pero otra parte quería presenciar una erupción colosal como grandioso colofón a sus días sobre la Tierra.

– Tú siempre has querido llevar la razón, incluso cuando defiendes teorías inverosímiles.

– No quiero hacerte perder el tiempo, Adriana. Si lo que quieres es que me presente allí para firmar mi dimisión, puedes aceptarla por teléfono.

– No es lo que yo habría querido, y lo sabes.

– No te preocupes por mí. Si crees que ser expulsado de una organización burocrática supone un borrón para terminar mi carrera, es que no me conoces.

– Eyvindur, eres injusto y…

«Y lo sabes», repitió mentalmente Eyvindur mientras apretaba el botón rojo para cortar la llamada.

Sí, había sido injusto con ella. Como directora del Osservatorio, Adriana tenía que terciar entre los políticos, con sus corruptelas y sus servidumbres, y los científicos, con sus teorías contradictorias y sus egos muchas veces más hinchados que las burbujas de barro que reventaban en las charcas ardientes de la Sulfatara.

En noviembre de 2012, se había producido en Pozzuoli un seísmo de 5,2 en la escala de Richter. En aquel entonces el director del Osservatorio Vesuviano era Aldo Baressi. Cuando un periodista le preguntó si los Campi Flegri podían entrar en erupción, Baressi cayó en la trampa de ofrecer respuestas ambiguas como «no es imposible», «si se cumplieran las condiciones que usted dice podría ocurrir», «no podemos descartarlo al cien por cien».

Los titulares de los medios más sensacionalistas rezaron: «La catástrofe de 2012 empezará en los Campi Flegri». Sin encomendarse ni al Osservatorio ni a Protección Civil, la alcaldesa de Pozzuoli decretó la evacuación inmediata. Casi cien mil personas trataron de abandonar la ciudad a la vez. Las carreteras se colapsaron y se produjeron saqueos, suicidios, asesinatos y todo tipo de desmanes. Al final, cuando no ocurrió nada, los medios -los mismos que habían provocado la alarma- hablaron de una «grandiosa scorreggia» o «colosal flatulencia» que había costado decenas de muertos. Baressi fue despedido; pero, curiosamente, la alcaldesa (ir)responsable mantuvo su puesto.

La primera consecuencia de aquella falsa alarma fue que Adriana Mazzella, hasta entonces jefa de geodesia, se convirtió en nueva directora del Osservatorio. La segunda, que desde entonces nadie del centro vulcanológico estaba dispuesto a ser el primero en dar la voz de alarma a no ser que se abriera bajo sus pies una grieta conectada directamente con el centro de la Tierra.

Para Eyvindur, la moraleja de aquella historia era muy clara, el público exige certezas a los científicos y no puede entender que, aunque el mundo se rija por leyes más o menos conocidas, su conducta es tan compleja y depende de tantas variables que es imposible prever con exactitud lo que va a ocurrir en cada momento. ¿Cómo hacer comprender que, por mucho que se mejoren las previsiones del clima, el tráfico, la economía o la propia vulcanología, siempre hay elementos que, con una mínima variación, pueden causar un comportamiento impredecible y aparentemente caótico y desatar un tornado, un atasco o una crisis financiera? O una erupción.

Eyvindur estaba convencido de que la catástrofe iba a producirse en cuestión de días. Pensó que, ahora que ya no tenía trabajo, podría alejarse de la zona. Pero ¿para qué? Llevaba diez años en el Osservatorio. ¿Iba a huir ahora que se acercaba la erupción que había estado esperando durante todo ese tiempo? Además, si las cosas se ponían muy feas y se veía en peligro de morir abrasado por un flujo piroclástico o ahogado en sus propias flemas por culpa de las cenizas y los gases, siempre podía recurrir a la cápsula de cianuro.

Todo apuntaba a un final inminente. En un momento así, uno debía pensar en los herederos. Eyvindur tenía dos hijas y un hijo de dos ex esposas y una amante. A todos les había pagado las pensiones correspondientes, los llamaba una vez al mes y los visitaba de vez en cuando. Ya se repartirían sus cuentas y sus propiedades, que no le aportarían a cada uno más de cincuenta mil euros. Pero lo que realmente importaba a Eyvindur era su herencia intelectual.

Tenía una hipótesis sobre lo que estaba a punto de ocurrir, sobre el motivo por el que el corazón de la Tierra se había puesto a bombear magma fundido como si estuviera al borde del infarto. De todas las teorías peregrinas que había defendido en su vida, ésta era la más descabellada. Sólo se le ocurría una persona a la que sugerírsela.

Pero, por supuesto, no se la iba a exponer así, sin más ni más. Como cuando era su estudiante de postgrado, Iris tendría que llegar a la respuesta por sí misma.

Capítulo 19

Madrid, aeropuerto de Barajas, terminal 4 .

Iris solía llegar con tiempo de sobra a todas partes. Ya había pasado por el control de la Guardia Civil y el detector de metales y, sentada ante la puerta de embarque, esperaba a que llegara el momento de formar la cola para subir al avión. Aún quedaba más de una hora para que despegara el vuelo a Atenas, donde tomaría el pequeño reactor de turbohélices que la llevaría a Santorini. Sentada frente a los enormes ventanales que daban a la pista, Iris observaba distraída los aterrizajes y despegues bajo un cielo de un azul impoluto.

La mente se le iba constantemente a la lectura de tarot de la víspera y al individuo que se hacía llamar Ragnarok. ¿Qué tenía aquel hombre? Era como si hubiera conocido a dos personas en una, y ambas la habían marcado. Estaba el que se escondía en las sombras y con voz profunda desgranaba los secretos de Iris. Y también el hombre de rasgos afilados y ojos verdes y melancólicos al que ella le había endosado una lección magistral de vulcanología.

«Dios mío, he hablado como una cotorra», pensó. Pero Ragnarok parecía haber escuchado con atención aquella larga disertación geológica.

«¿Qué más te da si no le vas a volver a ver?».

Iris pensó que debía haber muchas otras personas que hubiesen tenido experiencias similares con las cartas. Para comprobarlo, sacó del bolso su tableta. Cuando la pantalla se iluminó, Iris escribió en ella algunas palabras clave. No Solo «tarot», sino también «telepatía», pues se preguntaba si no se habría producido ese fenómeno entre Ragnarok y ella. ¿Cómo si no había podido averiguar cosas tan personales sobre ella, su familia y su profesión? Sobre todo, ¿de qué modo había descubierto que Iris trabajaba precisamente en Santorini?

Entre los resultados, uno rezaba «telepatía en la lectura del tarot». Lo pulsó, buscando algo que la reafirmara en su impresión. Pero el texto completo decía «aparente telepatía en la lectura del tarot».

Iris no quería que nadie le estropeara la ilusión, así que pensó en buscar otra página. Pero, cuando ya tenía el dedo sobre el botón Atrás, recordó que era científica y que, como tal, no debía taparse los ojos a la verdad, de modo que amplió el artículo.

El texto era un extracto de Desmontando la Atlántida y otros mitos, un libro escrito por un tal Gabriel Espada. «Qué coincidencia», pensó Iris, recordando la vieja teoría según la cual la Atlántida estaba emplazada en Santorini. Pagó los dos euros que costaba el libro y se lo bajó. Decidió reservar la parte de la Atlántida para el vuelo y acudió directamente al capítulo sobre el tarot.

Apenas llevaba unos minutos leyendo cuando se dio cuenta de que le ardían las mejillas. Levantó la mirada de la pantalla y miró a su alrededor con gesto avergonzado, como si los pasajeros que se sentaban en los asientos de la sala de espera pudieran leer en su rostro que era una crédula que se había dejado engañar.

Según el libro, lo que Ragnarok había hecho con ella era conocido como «lectura en frío». La palabra «lectura» resultaba muy apropiada, ya que los buenos videntes leían a sus clientes como si fueran manuales de párvulos.

Para ello, se basaban en parte en el lenguaje corporal; pero, sobre todo, en la propia información que pescaban gracias a la colaboración de los clientes.

«La clave», afirmaba el libro, «radica en que los clientes que han pagado un dinero quieren creer que lo están empleando en algo útil. Por eso colaboran de buen grado y ofrecen información al vidente a poco que éste la insinúe».

A Iris la había sorprendido que Ragnarok supiera que la enfermedad de su padre tenía que ver con el pecho.

Ahora descubrió que aquél era un recurso de manual: más de la mitad de las enfermedades mortales se situaban en el pecho o las inmediaciones. Al fin y al cabo, explicaba el libro, la muerte se acababa produciendo por un paro cardíaco, así que de algún modo el vidente siempre llevaba razón. Que era lo importante.

«Qué idiota he sido», pensó, apartando la mirada de la pantalla libro. Fuese quien fuese Gabriel Espada, parecía que hubiera escrito aquellas páginas pensando en ella, en la pobre crédula de Iris Gudrundóttir, compungida por la muerte de su padre, recién entrada en la crisis de los treinta y replanteándose la relación con su novio y su futuro personal.

Y, sin embargo, Iris no conseguía explicarse cómo Ragnarok había sabido que ella trabajaba en Santorini. ¿Por qué no en Hawaii o en su Islandia natal o en cualquier otra región volcánica del mundo? Eso no lo explicaba el libro.

«Quieres creer en él porque te resulta atractivo», se dijo. Pero lo cierto era que le había pagado a aquel hombre cuatrocientos euros por que le tomara el pelo. Menos mal que, aunque la idea se le había pasado por la cabeza, no había llegado a besarlo. «Dios mío, ¿y si me hubiera acostado con él?», pensó, ruborizándose todavía más.

El timbre del teléfono «extraoficial» la sacó de sus pensamientos.

Iris tenía dos nokias iguales de color blanco, cada uno con un número y una cuenta bancaria diferentes. Había decidido comprar el segundo hacía un par de años, harta de que Finnur le trasteara con el móvil. Su novio no sólo le cogía las llamadas cuando ella estaba en la ducha, sino que le leía los mensajes y a veces los respondía por ella. También le borraba o le cambiaba los móviles de antiguos compañeros de clase o de amigos que considerase atractivos y, por tanto, peligrosos.

Desde entonces, Iris siempre dejaba al alcance de Finnur el móvil oficial y se guardaba junto a ella el otro, con el que se ponía en contacto con todas aquellas personas que su novio no habría aprobado.

Entre ellos, el hombre que la estaba llamando ahora: Eyvindur Freisson. Vulcanólogo y biogeoquímico, y profesor de postgrado de Iris en el Osservatorio Vesuviano.

Iris dudó un segundo. No le quedaban muchas ganas de hablar ahora, pero Eyvindur siempre tenía algo curioso que contar, y le vendría bien para olvidarse del estúpido engaño que había sufrido el día anterior. De modo que contestó.

– ¿A que no sabes el lío que he organizado esta vez? -dijo Eyvindur sin más preámbulos.

– Pues no, la verdad. He tenido unos días algo agitados. Mi padre ha muerto.

– Ah -se limitó a contestar Eyvindur.

Iris no se ofendió por su laconismo, pues lo conocía de sobra. Eyvindur debía estar pensando en lo que él quería contarle a Iris, no en lo que podía escuchar. Aunque era un hombre atractivo y un auténtico encantador de serpientes, cuando su mente se concentraba en algo, su empatía se reducía a cero y no le importaba un comino lo que su interlocutor pudiera sentir o pensar.

Excepto, claro, que se tratara de una interlocutora y quisiera acostarse con ella. Seducir mujeres en general y jovencitas en particular se le daba de perlas. Iris lo sabía de primera mano, pues ella y Eyvindur habían sido amantes durante los meses que estudió en el Osservatorio Vesuviano. Por aquella época, había roto con Finnur después de un noviazgo de año y medio. Después volvieron, pero en el ínterin se produjo el affaire con Eyvindur.

Era algo que Finnur no le perdonaba, y se lo sacaba a colación siempre que podía.

– ¿Cómo pudiste acostarte con un viejo como ése?

– No era tan viejo. Sólo tenía cincuenta y pocos años -contestaba Iris. En realidad, eran cincuenta y siete.

– ¿Sólo? -preguntaba Finnur con retintín, y luego se explayaba en una descripción de lo que, según él, debía ser un amante cincuentón. El vello corporal largo, blanco y áspero, la barriga flácida y colgante (al igual que otras partes del cuerpo, se apresuraba a añadir), el olor dulzón a enfermedad y hospital que exudaban los viejos.

De nada servía que Iris le dijera que Eyvindur se conservaba en forma en todos los sentidos y que, por supuesto, no era tan viejo como para oler a asilo. Pues, después de criticar el físico de Eyvindur, Finnur la emprendía con sus teorías.

Los ataques de Finnur eran claramente ad hóminem y se debían a un ataque de cuernos injustificado, por cuanto en aquellos meses Iris y él no eran novios oficiales. Pero había que reconocer que Finnur no estaba solo en sus argumentos: a lo largo de su carrera, Eyvindur se había ganado más detractores que admiradores.

Todos reconocían que era un hombre brillante. Como biogeoquímico, sus estudios sobre el uso de microorganismos para descomponer plásticos a gran escala y convertirlos en materias reutilizables podrían haberle valido el Nobel. Pero en lo personal y profesional se saltaba todas las normas. Su adagio favorito lo había extraído de las Fundaciones de Asimov: «Nunca permitas que tu sentido de la moral te impida hacer lo que está bien».

En cuanto a lo intelectual, tenía un impulso irrefrenable que lo llevaba a abrazar teorías que él consideraba heterodoxas y otros tildaban directamente de «descabelladas». Iris creía en muchas de ellas, en parte porque ella misma era un poco iconoclasta y en parte porque Eyvindur la fascinaba. Pero normalmente no se atrevía a expresar esas teorías en voz alta ni por escrito.

– Cuéntame cuál es ese lío, Eyvindur.

– ¿No has visto las noticias?

– Hay millones de noticias en la red. ¿A qué te refieres;'

– La gente ha empezado a evacuar Nápoles. ¿Se ha anunciado una alerta por el Vesubio? Ni se ha anunciado ni ha sido por el Vesubio.

– ¿Qué quieres decir? -A Eyvindur le gustaban los rodeos y las adivinanzas, algo que a veces divertía a Iris, pero que en otras ocasiones la sacaba de quicio.

– Que no hay alerta oficial. Fui yo quien dijo ante las cámaras de televisión que lo mejor que podía hacer todo el mundo era preparar las maletas y marcharse lo más lejos posible.

– ¿Y la gente te ha hecho caso?

– Los napolitanos tienen mucha pachorra, ya sabes. Recuerda ese hospital que inauguraron a siete kilómetros del Vesubio.

– Sí, no es que se preocupen mucho por el volcán.

– Yo calculo que me habrá hecho caso la décima parte de la población, sobre todo porque las autoridades y el propio Osservatorio se han apresurado a desmentirme. Pero con ese diez por ciento ha bastado para colapsar las carreteras.

El vulcanólogo sonreía como un niño satisfecho de su última trastada.

– ¿Y lo dices con esa calma?

Eyvindur se encogió de hombros.

– He perdido mi puesto en el Osservatorio. Pero no me preocupa.

– Claro, a estas alturas qué más te da.

– Me duele que me malinterpretes precisamente tú, Iris. No tiene que ver con mi edad ni con la jubilación. He hecho lo correcto. Y ya te he dicho que no se trata del Vesubio.

– ¿Los Campi Flegri?

Eyvindur asintió.

– Ya sabes que esta zona siempre ha destacado porque el terreno sube y baja muy despacio, como se puede comprobar por el nivel de la costa.

– Aja -dijo Iris. Aquel fenómeno se llamaba «bradiseísmo».

– Ahora el suelo lleva varias semanas subiendo, algo que ha ocurrido otras veces, pero no tan rápido.

– ¿Cuánto?

– Cuarenta centímetros en la última semana.

Cuando Iris silbó entre dientes, Eyvindur sonrió satisfecho.

– No es sólo eso. Se están produciendo microtemblores que aquí no son normales. También hay cambios en la composición de la Solfatara, y el lago Averno muestra un contenido muy alto de dióxido de carbono.

– O sea, que…

– … que la cámara de magma está llenándose a gran velocidad. Y no hablamos de una cámara como la del Vesubio, sino de algo mucho más grande. Muchísimo más grande.

– ¿Y por qué el Osservatorio no ha dado todavía la alarma?

– Tienen miedo de volver a pifiarla como en 2012. Acabarán dando la alarma, seguro, pero me temo que ya será demasiado tarde.

– Igual que en Santorini -dijo Iris-. Todo está ocurriendo demasiado rápido.

– Más incluso de lo que te imaginas. Pero no te llamaba exactamente por eso.

– Cuéntame. -Iris levantó la mirada hacia la pantalla. Quedaban tres minutos para el embarque-. Rápido, no tengo mucho tiempo.

– He detectado nanobios más abajo que nunca, Iris. Y además se están multiplicando.

Iris asintió.

Una de las razones por las que muchos colegas miraban con escepticismo a Eyvindur era su obsesión por estudiar la vida que bullía bajo la corteza terrestre.

Eyvindur había adoptado y desarrollado las hipótesis del astrónomo Thomas Gold; otro personaje que, como él mismo, se había adentrado en campos alejados de su especialidad. Según la teoría de ambos, el origen de los combustibles fósiles era muy distinto del que aceptaba la ciencia oficial.

La creencia más extendida era que el petróleo se había formado a partir de los restos de enormes masas de plancton y algas enterrados hacía millones de años bajo capas de sedimentos.

En cambio, Eyvindur sostenía, siguiendo a Gold, que esos combustibles procedían de épocas aún más antiguas, cuando cuerpos protoplanetarios de gran tamaño colisionaron entre sí para crear la Tierra. En muchos de esos cuerpos había metano en abundancia y otros compuestos de carbono, y las presiones y el calor del interior de la Tierra los habían transformado en hidrocarburos.

A partir de entonces, esos compuestos habían ido migrando poco a poco hacia las alturas, aprovechando grietas y fisuras entre las rocas, lo que explicaba que aparecieran nuevas reservas de petróleo cuando ya se creían agotadas. En su viaje a la superficie, los hidrocarburos alimentaban la vida que bullía bajo la corteza terrestre.

Que, según Eyvindur, era la vida originaria.

– Aunque nos pueda parecer lo contrario -sostenía en sus conferencias-, hace miles de millones de años bajo la corteza terrestre reinaba un entorno mucho menos hostil para la vida que en la superficie. Cuando aparecieron los primeros microorganismos, la Tierra estaba sometida a un bombardeo constante de asteroides y cometas, además de los rayos cósmicos que habrían alterado y destruido el código genético de cualquier forma embrionaria de vida. Así que la superficie no era precisamente el lugar más seguro.

¿De qué vivían esas primitivas formas de vida, según Eyvindur? No dependían del flujo energético del sol, sino de interceptar el flujo de los hidrocarburos hacia la superficie, de parasitar el «sudor» de la Tierra.

– Se están multiplicando. Los nanobios -repitió Iris, como si leyera el planteamiento de un problema en un examen-. ¿Y qué tiene que ver eso con el aumento de actividad en el núcleo de la Tierra?

– Piensa en ello.

Iris no tenía ganas de pensar, pero intentó seguir el razonamiento de su antiguo mentor.

– Al haber más energía en el interior de la Tierra, los nanobios disponen de más suministro y pueden multiplicarse. ¿Es así?

– Ésa sería la explicación más fácil.

«Otra vez con sus adivinanzas». Como profesor, los exámenes de Eyvindur eran un suplicio para los estudiantes con poca imaginación. Nunca planteaba preguntas del tipo: «Hábleme del gradiente térmico de la Tierra», sino más bien como: «Imagínese un planeta sin gradiente térmico. ¿A qué causas podría deberse tal situación?»

– Vale, ahora me saldrás con la teoría de la complejidad, seguro. «El todo es más que la suma de las partes».

– Lo cual se aplica también a los nanobios, claro está.

Eyvindur sostenía que, aunque los nanobios eran tan pequeños que el contenido genético que cabía en su interior era muy reducido, lo intercambiaban entre sí. De algún modo, según él, se asociaban creando redes orgánicas que, en sí mismas, eran formas de vida superiores.

Iris aceptaba la existencia de los nanobios. Pero le resultaba más difícil creer que de la suma de esas minúsculas partes surgiera una especie de organismo colectivo. ¿Qué sería lo siguiente que defendería Eyvindur? ¿Que aquel organismo constituido por cuatrillones de nanobios poseía una mente propia?

– Piensa en ello, Iris. Y no olvides tampoco el Alan Hills.

Lo que faltaba. El meteorito Alan Hills 84001. Aparte de sostener que los nanobios eran la forma de vida primigenia, Eyvindur aseguraba que su origen era extraterrestre.

Panspermia. Semillas de todo. Aquél era el nombre de la hipótesis según la cual la vida está diseminada por todo el Universo. ¿Cómo había llegado esa vida a la Tierra? Según Eyvindur, en forma de nanobios que viajaban dentro de meteoritos y cometas, alimentándose de los compuestos orgánicos que había en su interior.

De ser así, la vida en la Tierra podría ser resultado de un juego de billar cósmico. Literalmente. Ahí entraba en juego el Alan Hills. Millones de años atrás, el impacto de un asteroide sobre Marte arrancó fragmentos de roca que alcanzaron suficiente velocidad como para huir de la gravedad marciana. Uno de dichos fragmentos, después de un viaje de cientos de millones de kilómetros, acabó estrellándose en la Antártida.

Y en aquel meteorito, catalogado como Alan Hills 84001, se habían encontrado restos de microorganismos.

El Alan Hills 84001 no era el origen de la vida en la Tierra, pues había caído cuando ya existían seres humanos en ella. Pero, según Eyvindur, mostraba claramente el mecanismo de la difusión de la vida en el Cosmos.

¿Qué demonios tenía que ver todo eso con la posible erupción de los Campi Flegri, de Santorini y de otros supervolcanes?

– Señoras y señores pasajeros del vuelo 2038 con destino a Atenas, en breves momentos se va a proceder al embarque en la puerta 45.

Iris suspiró aliviada. No se encontraba con fuerzas para seguir pensando.

– Eyvindur, tengo que dejarte. Mi vuelo va a salir.

– El vuelo es la clave, Iris. No lo olvides -respondió Eyvindur, y antes de que ella pudiera añadir algo más, colgó.

«Si esperas que me pase dos días dándole vueltas a tu adivinanza, estás listo», se dijo Iris, guardándose el móvil.

No obstante, se quedó unos instantes pensativa. Cuando quiso darse cuenta, la cola ya se había formado y ella, que había llegado casi la primera a la sala de espera, se había quedado la última. Mientras esperaba a que los demás pasajeros pasaran por el mostrador, volvió a desenrollar la tableta con la intención de buscar más información sobre los nanobios.

Pero al encontrarse con el texto que estaba leyendo cuando la llamó Eyvindur, recordó la lectura del tarot y el beso de Ragnarok y so olvidó de todo lo demás.

Se preguntó quién era el autor de ese libro y, en concreto, de ese capítulo que parecía especialmente escrito para una incauta como ella. Volvió a mirar el nombre. Gabriel Espada.

Al teclearlo junto con el título del libro, la entrada del buscador le sugirió una entrevista. Iris pinchó, por curiosidad. Cuando la ventana de vídeo se abrió en la pantalla, sintió que el estómago se le encogía como si acabara de tragarse un bloque de hielo.

Era él.

«Sólo una vez en mi vida me ha sucedido algo que me haya hecho pensar que lo paranormal puede existir», decía Gabriel Espada, alias Ragnarok. «Una única experiencia positiva contra decenas de pruebas negativas».

«¿Puedes decirnos cuál fue esa experiencia positiva?».

El entrevistado sonrió, socarrón.

«Es un secreto que sólo podrás arrancarme si tienes el don de la telepatía. Pero todo el mundo sabe que la telepatía no existe…».

– Será hijo de puta… -masculló Iris.

Al oírla, el pasajero que hacía cola delante de ella, un hombre trajeado de unos treinta y cinco años, se dio la vuelta.

– ¿Le pasa algo, señorita?

Iris se dio cuenta de que tenía los ojos llorosos. Se los enjugó con el dorso de la mano, cerró la pantalla del lector y negó con la cabeza. El hombre sonrió protector.

– Si puedo ayudarla en algo…

Iris volvió a negar. Esperaba que no le tocara sentarse al lado de aquel tipo. Como intentara ligar con ella durante el vuelo, iba a pagar por las faenas que le habían hecho todos los hombres del mundo.

Capítulo 20

California , Fresno

Los domingos por la mañana Joey solía dormir hasta las once, aprovechando que su madre trabajaba en el restaurante y que a su padre también se le pegaban las sábanas. Por eso, cuando empezaron a aporrearle la puerta con violencia, se despertó con el corazón en la boca.

– ¡Levanta, Joey! -gritaba su madre-. ¿Qué horas son éstas de seguir en la cama?

No eran más que las diez. ¿Qué hacía su madre en casa a esa hora? Lo curioso era que, pese a la premura de su voz, no parecía enfadada. Más bien acelerada.

Joey salió de la habitación frotándose los ojos. Su padre, que la noche antes había bebido alguna cerveza de más, apareció en el pasillo bostezando y rascándose el trasero.

– ¿Se puede saber qué haces tan temprano de vuelta, Teresa? -preguntó.

– Pues resulta que se inundó el restaurante -contestó la madre de Joey.

– ¿Pero cómo? Si últimamente no llovió nada…

– Pues ya ves. Reventaron unas cañerías y quedó todo hecho una porquería. El dueño tiene que cerrar diez días. ¿Adivinaron qué? -añadió la madre, mirándolos a los dos.

Joey se lo había imaginado. Su madre quería visitar a Linda. Después de casarse, la hermana de Joey se había mudado a San Diego. Su marido Charlie trabajaba en la base naval como personal de mantenimiento y Linda había conseguido un puesto como maestra en un parvulario. La pareja incluso había comprado una casa de verdad, no un móvil cuyas paredes se podían atravesar con una patada.

Sin embargo, el reclamo irresistible que atraía a la madre de Joey no era aquella casa, sino su nieta Andrea, que tenía quince meses. La habían visto durante las vacaciones de primavera, ya que Linda y su marido habían venido a visitarlos; pero aquel permiso improvisado era una ocasión que la abuela Carrasco no iba a dejar escapar, máxime cuando su esposo estaba en paro.

– Mamá, yo no puedo ir -dijo Joey.

Aquello provocó una breve discusión. Joey explicó que tenía que entregar varios trabajos y que tanto el jueves como el viernes le esperaban exámenes importantes. Su madre titubeó. Su deber materno exigía que se preocupara sobre todo de su hijo de catorce años, pero su instinto de abuela la llevaba a San Diego a ver a una criatura que, por otra parte, se encontraba perfectamente atendida.

Luisa lo organizó todo con rapidez. Pasó revista al congelador, habló con Rosa Moral, la vecina del 115, que prometió echarle un ojo a Joey, y pegó un papel sobre la nevera con todo lo que debía comer y no comer su hijo durante esos días.

– Tranquila, mamá -dijo Joey-. Además, está Randall.

A Joey también le apetecía ver a su hermana. Más, por otra parte, no tardaba en aburrirse de las absurdas conversaciones que sostenían los mayores delante de Andrea, compuestas de monosílabos, balbuceos y palmadas, todo ello aderezado con sonrisas bobaliconas, gestos exagerados y ojos abiertos como platos. Además, la perspectiva de quedarse solo unos días le resultaba emocionante.

El resto de la mañana se pasó en preparativos frenéticos. A mediodía, los padres de Joey ya tenían listo el equipaje. Una vez cargado el viejo coche familiar, su madre le regaló unos cuantos consejos e instrucciones más ya en la puerta.

– Me portaré bien, mamá. No te preocupes.

– Una coca-cola al día no más, que te conozco, ¿eh?

– Sí, mamá.

Joey ya tenía sus planes. Se frotaba las manos por dentro pensando en sus noches temáticas de Star Trek, Dune y El señor de los anillos en 3D, regadas con coca-cola y alimentadas con varios sabores de pizza. Ya procuraría luego hacer desaparecer los cartones de las pizzas y reponer las latas de refresco.

De pronto su madre se quedó mirándolo muy seria, y Joey se temió: «Me ha leído el pensamiento».

Creo que deberías venir con nosotros.

Mamá, que tengo el instituto.

Ella lo abrazó con fuerza.

– No sé, de pronto he tenido un mal presentimiento, como si no fuéramos a volver a vernos en mucho tiempo.

– Sólo os vais una semana, mamá. Ya verás qué pronto se pasa.

Cuando por fin montaron en el coche, la madre de Joey tenía los ojos húmedos. No mucho después, Teresa Sánchez comprendería que la inundación del restaurante les había salvado la vida a ella y a su marido.

La suerte que pudiera correr Joey era otra cosa.

Capítulo 21

Madrid, La Latina.

Gabriel pasó la mañana del domingo durmiendo a saltos. No era capaz de conciliar un sueño profundo, pero cuando se despertaba tampoco conseguía estar lo bastante alerta. Sus pensamientos vagaban en asociaciones libres, a veces absurdas, de tal manera que luego le resultó difícil recordar cuándo había estado dormido y cuándo en vigilia. Sus propias vivencias se mezclaban con las de Kiru, a la que en un momento dado llevó a un cóctel ofrecido por Sybil Kosmos en el palacio más chic de la Atlántida. «Hola, Kiru. Te presento a Sybil. Mira, ésta es Iris. Seguro que os lleváis muy bien».

Entre cabezada y cabezada, consiguió que la compañía eléctrica le restableciera el suministro, aunque a costa de entramparse más con la tarjeta de crédito. Si la fortuna no le sonreía con un buen golpe en cuestión de dos o tres semanas, Gabriel se veía haciendo el hatillo y escapando de Madrid.

«Que paren el mundo, que me bajo», pensó por enésima vez en los últimos días. Y luego recordó que, según Iris, tal vez él y todos los demás habitantes del planeta se iban a ver apeados en marcha.

A la una y media bajó a la tienda de la esquina por provisiones. Entre otros víveres, compró leche y galletas para Frodo, que había pasado la noche en su casa. Gabriel había oído en algún sitio que a los cachorros les tranquilizaba dormir oyendo el tictac de un reloj, porque se parecía a los latidos del corazón de su madre. Antes de salir de casa para leerle las cartas a Iris, había sacado de un cajón un viejo despertador, lo había envuelto en una toalla de tocador y lo había metido en la caja de cartón que se había convertido en la cama de Frodo.

Al parecer, el arreglo había sido satisfactorio. También lo fue la nueva ración de leche y galletas desmenuzadas, a juzgar por la forma en que el cachorro agitaba la cola mientras comía.

A las dos le llamó Herman.

– Ya he localizado a Valbuena. Vive en la calle Arroyo de Fontarrón, en Morátalaz. También he conseguido su telefono.

Al ver el prefijo 91, Gabriel preguntó:

– ¿No tiene móvil?

– Se ve que no.

– Debe ser uno de los pocos humanos desmovilizados que quedan sobre la Tierra.

– Tampoco tiene correo electrónico ni está en el Socialnet. He tenido que buscar en la guía de teléfonos.

– ¿Y cómo sabes entonces que es él y no cualquier otro C. Valbuena?

– Porque le llamé a mediodía para venderle una enciclopedia y me dijo: «Señor mío, aquí en mi hogar guardo más de quince mil libros selectos y perfectamente catalogados. ¿Qué le hace a usted pensar que necesito su refrito do saberes estereotipados y superficiales de segunda mano?»

– Ese es nuestro Valbuena. Voy a hablar con él ahora mismo. Luego te cuento.

Gabriel colgó y después marcó el número de Valbuena. Mientras oía las señales, tragó saliva, y se dio cuenta de que se le había acelerado el pulso. «El que es tu profesor lo sigue siendo siempre», pensó.

– Dígame -respondió una voz neutra.

– ¿Don César Valbuena? -preguntó Gabriel. Por más años que hubieran pasado, no se atrevía a apearle el tratamiento.

– Sí. Dígame.

Con muchos rodeos, Gabriel le explicó que era un antiguo alumno del centro al que no había dado clase, pero que gracias a terceros había oído hablar de él y de sus conocimientos del mundo antiguo. Puesto que estaba escribiendo precisamente una monografía, ¿le importaría recibirle para una entrevista sobre los mitos de Platón y, en particular, la Atlántida?

– ¿Cómo se llama usted? -preguntó Valbuena.

– Eh… Guillermo Escudero.

Gabriel había leído en alguna parte que los humanos somos incapaces de librarnos del todo de nuestro nombre, incluso cuando queremos ocultarlo. Ahora se dio cuenta de que había improvisado un alias con las mismas iniciales que el suyo.

– Tuve un alumno que se llamaba así.

«Vaya por Dios, qué maldita casualidad».

– No era yo. -En eso no mentía.

– Venga a verme esta tarde. A las cinco. Puedo hablar con usted una hora.

Gabriel le dio las gracias a la nada, pues Valbuena colgó directamente. Respiró hondo. Se sentía como si hubiera concertado una cita con el dentista. Después llamó de nuevo a Herman para que lo acompañara. Podría haber ido a Moratalaz en metro o en autobús, pero no le apetecía enfrentarse solo a su ex profesor.

Capítulo 22

California, Fresno .

Por la tarde, Joey se acercó a la caravana de Randall. La víspera, lo había dejado sumergido en su trance, con aquel extraño libro en el regazo. ¿Seguiría igual?

Obtuvo la respuesta antes de lo esperado, ya que por el camino se cruzó con él.

– Qué casualidad -dijo Randall-. Precisamente iba a buscarte. Me gustaría hablar con tus padres.

– Pues no están. Se han ido unos días para ver a mi hermana.

– Tu hermana vive en San Diego, ¿no es así?

– Sí.

Randall se pasó los dedos por la larga barba y dijo con aire pensativo:

– Bueno, eso no está tan mal. Quizá es lo bastante lejos.

– ¿A qué te refieres?

Randall tardó unos segundos en contestar. Por fin, volvió a enfocar la mirada en Joey y le dijo de repente:

– Mañana tengo que hacer un viaje.

– ¿ Adonde vas?

– A Long Valley. Este año no quiero esperar al verano. Y añadió con voz seria:

– Me vendría bien que me acompañaras. Era lo que quería decirles a tus padres.

Joey pensó la contestación que debía dar. «No puedo ir. Tengo clase. Si mi madre se entera de que hago novillos me castigará». Etc. Pero todas las objeciones se esfumaron de su cabeza como hojarasca barrida por el viento. Le apetecía correr una aventura con su amigo Randall, el hombre misterioso que arreglaba las chifladuras de la gente, que entraba en trance como un faquir y que guardaba en su caravana libros escritos en un alfabeto incomprensible.

En realidad, no fueron sólo sus propias apetencias las que le impulsaron a decirle que sí a Randall. Éste procuraba no utilizar con Joey el misterioso poder que, por alguna razón que él mismo no recordaba, denominaba Habla. Pero albergaba el presentimiento de que se acercaban horas muy oscuras, y prefería que aquel chico al que tanto apreciaba estuviera con él, aunque para ello tuviera que manipularlo sin que se diera cuenta.

Cuando llegaron a la caravana de Randall, Joey vio un viejo todo terreno, un Wrangler Renegade cuyo rojo descolorido disimulaba un poco las manchas de óxido.

– Me lo ha prestado Espinosa -explicó Randall.

– No tenía ni idea de que sabías conducir.

– Tengo carnet. Mira. -Randall le enseñó con orgullo el documento plastificado, como si se lo acabaran de entregar en la autoescuela.

Joey miró el carnet con ojo crítico. No era auténtico. Si él se daba cuenta de ello, más se percataría la policía. Randall debía habérselo agenciado en el mismo parque de caravanas encargándoselo a algún falsificador de poca monta.

– ¿Zebadiah Randall? ¿De veras te llamas Zebadiah?

Randall se encogió de hombros y se guardó el carnet antes de que Joey pudiera mirar la fecha y el lugar de nacimiento. De todos modos, se dijo el muchacho, seguro que se los había inventado, como ese ridículo nombre.

Cuando entraron en la caravana, Joey vio dos bolsas de deporte en el suelo. Mientras su amigo sacaba del frigorífico una coca-cola y una cerveza, él empujó ligeramente ambas bolsas con la punta del pie. Una se deslizó con facilidad sobre el linóleo. Ropa. La otra pesaba bastante más.

¿Serían los libros escritos en aquel misterioso alfabeto? ¿Para qué querría Randall llevárselos de viaje?

¿No estaría pensando en un viaje sin regreso?

– Cuando vuelvas a casa, mete toda la ropa que puedas -dijo Randall, dándole la lata de coca-cola.

– Pero ¿cuándo vamos a volver? -preguntó Joey, escamado.

– Seguramente mañana mismo. Sólo es por si acaso. En la montaña el tiempo cambia de golpe.

– Hay un problema. Mi madre ha hablado con Rosa, la vecina. Si mañana no me ve, llamará a mi madre.

– Tranquilo, ya me encargo yo de explicárselo a Rosa. Siento que pierdas las clases, pero va a ser un viaje muy instructivo.

– ¡Y que lo digas! -Joey estaba cada vez más emocionado-. ¡Voy a ver un supervolcán!

– A lo mejor te decepciona. El volcán no está a la vista. En realidad, el volcán es todo el valle que vamos a ver, incluyendo unas cuantas montañas. Pero lo importante está bajo tierra, en la cámara de magma. No pienses que vas a ver nada demasiado espectacular.

– Qué pena…

– No creas. Te aseguro que no querrías estar en medio de una erupción.

– ¿Tú has estado?

Randall se pasó los dedos por la barba.

– No sé. Tengo el recuerdo de haber olvidado que una vez vi estallar un volcán.

Durante un buen rato, Joey se quedó pensando qué significarían aquellas palabras.

Capítulo 23

Madrid, Moratalaz

Mientras esperaba que llegara la hora de visitar a Valbuena, Gabriel buscó textos e imágenes sobre la Atlántida en Internet y los estudió en la pantalla de televisión. También repasó la hipótesis de los griegos Marinatos y Galanopoulos y del norteamericano Mavor, que ya había leído y desechado en su momento.

Según estos autores, el mito de la Atlántida, el continente que había desaparecido en un gran cataclismo, se basaba en la destrucción de Santorini por una colosal erupción. Los efectos de aquella catástrofe -el estampido sónico, el tsunami, la caída de cenizas, tal vez los flujos piroclásticos- habían debilitado tanto a la poderosa civilización de Creta que poco después había sido presa fácil de los invasores micénicos, procedentes de Grecia continental.

De modo que, cuando Platón escribió sus diálogos sobre la Atlántida, el Timeo y el Critias, se basaba en el recuerdo de la perdida cultura minoica.

Indagando sobre los minoicos, Gabriel encontró pinturas similares a las que había visto en su sueño: paisajes floridos, antílopes, monos, fabulosos grifos. También había hombres vestidos con faldellines y fundas genitales, y mujeres de cabellos rizados que enseñaban los pechos.

Estaba claro que el lugar con el que había soñado, Widina, era la Creta de la Edad de Bronce. Y que la Atlántida, la isla de la montaña de fuego donde Kiru debía reunirse con Minos e Isashara, no podía ser otro lugar que Santorini, al norte de Creta.

A las cuatro y media bajó a la calle. Durante más de diez minutos no dejó de dar vueltas sobre sus propios pasos y mirar la hora en el móvil. Cuando por fin apareció su amigo, Gabriel le regañó.

– Son casi menos cuarto. Hemos quedado a las cinco. ¿No te acuerdas de que Valbuena no dejaba entrar a nadie después del timbre?

– Tranquilo. Hoy es domingo, y con la burra llegamos enseguida.

La «burra» era un escúter de gasolina. Herman levantó el asiento y sacó el casco de reserva. Era del tipo que llamaban «calimero» y no cubría más que el cráneo. Gabriel no se sentía demasiado seguro con él. Tenía la sospecha de que sólo lo protegería si salía disparado por los aires y caía de cabeza, perpendicular como un clavo.

Tras varias maniobras de kamikaze, llegaron a las cinco menos dos minutos a la dirección indicada, en una calleja que se apartaba de la vía principal como una especie de capilar sanguíneo. El bloque, de ladrillo rojo, no tenía ascensor. Valbuena, como era de esperar por las leyes de Murphy, vivía en el cuarto piso. Gabriel subió los escalones de dos en dos, seguido por Herman, que no dejaba de rezongar.

A las paredes de la escalera no les habría venido mal una mano de pintura para tapar las grietas. Aquella barriada era de la época de la explosión demográfica y, como empezaba a pasarlos ya a los baby boomers de los que hablaba Celeste, pedía a gritos una terapia de rejuvenecimiento.

A Gabriel no le extrañó demasiado que Valbuena viviera allí. La única propiedad material que valoraba aquel hombre tan despegado eran los libros. Cuando sufrían sus clases, Gabriel y otros alumnos se preguntaron a menudo por qué alguien con tantos conocimientos no se presentaba a las oposiciones para la enseñanza pública, donde se impartían menos horas de clase y, sobre todo, se cobraba más sueldo. Unos años después se enteró de la razón gracias a un antiguo compañero, que le explicó:

– En realidad, Valbuena estudió Filosofía, no Historia, y se presentó a las oposiciones de esa asignatura a finales de los setenta.

El tema que tuvo que defender Valbuena ante los examinadores versaba sobre los filósofos presocráticos. Pero su visión era algo heterodoxa. Cuando relacionó a Empédocles, Parménides y Pitágoras con el chamanismo, la reencarnación y los viajes astrales, los profesores que formaban el tribunal empezaron a interrumpirlo para rebatir sus argumentos.

A la tercera vez que le discutieron, Valbuena, que tenía veintipocos años, cortó en seco su exposición y dijo:

– Ustedes cinco carecen de preparación para juzgarme a mí. Me niego a seguir con esta pantomima legal. Buenas tardes.

Con estas palabras dejó sentado y boquiabierto al tribunal y se marchó a su casa. Jamás volvió a presentarse a las oposiciones.

Por suerte para él, el director del colegio Galileo, que era amigo de su familia, lo contrató. Como la plaza de filosofía ya estaba ocupada, Valbuena empezó a dar clases de historia, y seguía impartiéndolas cuando pasaron por sus manos Gabriel y Herman. Como a tantos otros alumnos, les había dejado una huella indeleble, y no precisamente para bien. Pero ahora Gabriel esperaba que su antiguo profesor, por una voz, le fuera útil.

Aunque Gabriel solía correr por el parque y nunca había fumado, cuando llegó al cuarto piso tenía las pulsaciones aceleradas. Llamó al timbre y aguardó.

– Espere un momento.

La voz sonaba pegada a la puerta, por lo que Gabriel no comprendió a qué debía esperar. Mientras tanto, Herman apareció en el rellano resoplando y descansó unos segundos apoyando las manos en las rodillas.

– Tengo que perder diez kilos -jadeó.

Unos segundos después, la puerta se abrió. Al otro lado, Valbuena comprobaba la hora en un reloj plateado.

– Las cinco en punto -dijo con aire satisfecho, recogiendo meticulosamente la leontina y guardando el reloj en el bolsillo de la chaqueta.

Valbuena vestía un traje gris con corbata oscura, como cuando les daba clase. No era un modelo de último diseño, y tal vez ni siquiera del siglo xxi. Llevaba la barba muy recortada y su sempiterno bigote imperial con las guías enhiestas, todo ello teñido de negro, como el cabello, sin el menor rubor.

– Señor Espada, señor Gil, no los esperaba. Se supone que iba a recibir la visita de un tal Guillermo Escudero, pero tal vez escuché mal. Pasen, por favor.

Atravesaron el salón, lleno de estanterías con los anaqueles combados por el peso de los libros. Había una puerta cerrada que debía dar al dormitorio. Por lo que sabían, Valbuena era un solterón recalcitrante. No había allí fotos familiares ni cuadros con paisajes, ni juegos de café, cerámicas de Talavera o cualquier otro cachivache de los que acaban apoderándose de los salones a modo de okupas. Ni siquiera tenía televisión.

Las otras dos habitaciones abiertas también estaban plagadas de libros. En una de ellas había un escritorio, y hacia él los guió Valbuena. Para entrar, Gabriel y Herman tuvieron que agacharse, pues el profesor había aprovechado tanto el espacio que tenía incluso estanterías de escayola rebajando La altura de los dinteles.

– Ésta es la sala griega -les explicó.

Tenía los libros colocados de forma tan meticulosa como Herman sus tebeos. Los tomos azul celeste, les explicó, eran textos originales griegos editados por Oxford. Los de color teja eran de Hachette, los verdes ediciones bilingües de Loeb y los de color azul oscuro eran traducciones anotadas de Gredos. Por supuesto, todos los volúmenes estaban clasificados por autor.

Gabriel observó el escritorio, intrigado. No había ordenador ni nada que se le pareciera. Lo más avanzado de aquella sala era una pizarra veleda montada sobre un caballete.

– ¿Está buscando algún tipo de artefacto informático, señor Espada?

– Bueno, no esperaba que…

– Sin duda están pensando que soy un vejestorio chapado a la antigua. Durante unos años instalé un ordenador con Internet en otra de las habitaciones. Pero lo quité. ¿Adivina por qué, señor Gil?

– No sé -respondió Herman-. Porque le parece que Internet es una chorrada, supongo.

– Se equivoca. No pensé que Internet fuera… ese término tan chocarrero que acaba de utilizar. En absoluto, comprobé que en Internet podían encontrarse informaciones muy interesantes. Pero el ruido superaba a la comunicación en un noventa y nueve por ciento. Por no hablar de la denominada «multitarea». «Nulitarea» la llamaría yo. ¿Saben que me jubilé el curso pasado?

– No creí que tuviera edad para eso -lo aduló sin rebozo Gabriel.

– Sé que parezco más joven. Se debe a que no fumo, no mantengo relaciones sexuales, jamás he practicado deporte y por las noches me tomo una copita de coñac.

Pese a que la voz y el gesto eran severos, la mirada tras las gafas relucía con una chispa peculiar, casi picara. ¿Les estaría tomando el pelo?

– Pues bien -prosiguió Valbuena-, ahora que contemplo con visión retrospectiva mis cuarenta años de experiencia docente, puedo asegurarles que, en comparación con los intelectualmente desconcentrados, económicamente consentidos y emocionalmente volátiles alumnos de ahora, ustedes parecían casi personas. Todo ello hemos de agradecérselo a las nuevas tecnologías de la desinformación y a la tan cacareada nulitarea.

Gabriel y Herman intercambiaron una mirada. El gesto de Herman decía algo así como: «¿Tú crees que es un insulto o un cumplido?».

– Tras su pueril intento de engañarme con un nombre falso para que accediera a recibirlo, ¿qué tiene usted que decirme, señor Espada?

– En realidad no era mi intención. Guillermo Escudero es el seudónimo que utilizo para escribir.

– Será ahora, porque cuando escribió esa nadería insustancial titulada Desmontando la Atlántida firmó con su propio nombre.

¿Quién se iba a imaginar que Valbuena se rebajaría a hojear un libro de divulgación? Gabriel oyó una especie de estertor perruno y se dio la vuelta. Era Herman, que tenía la cabeza agachada e intentaba contener la risa.

– Por eso mismo. Como ya escribí un libro sobre la Atlántida y en el que estoy redactando ahora sostengo teorías diferentes, no quería confundir a los lectores usando el mismo nombre.

– ¿Qué teorías sostiene ahora, señor Espada?

¡Ah, aquella mirada, como en los viejos tiempos, cuando les ordenaba levantarse y les hacía una sola pregunta! Cero o diez. «Vale ya -se dijo Gabriel-. Tienes cuarenta y cinco años. No eres un colegial asustado».

– Ahora mismo las he borrado de mi cabeza. Digamos que lo he hecho de modo temporal. Me gustaría escucharle a usted sin prejuicios previos.

– No sea redundante. Todos los prejuicios son previos.

– Disculpe, profesor. Recuerdo que usted nos hablaba de la Atlántida en clase, pero nunca había suficiente tiempo por culpa del programa, y me daba la sensación de que se le quedaban en el tintero muchos datos interesantes. Me gustaría oír más.

Valbuena casi sonrió.

– Dejando aparte la manida expresión «se le quedaban en el tintero», inapropiada para referirse a una exposición oral, me satisface su interés. Veamos primero qué recuerdan. Señor Gil, hábleme de la Atlántida.

– Oiga, que yo sólo he venido de chófer. Los libros los escribe éste.

– La ignorancia siempre encuentra mil excusas para no abrirse camino a ninguna parte. Repito, señor Gil: hábleme de la Atlántida.

– Pues…, era un ¿continente que se hundió. Y estaba en el Atlántico. Por lo visto, los atlántidos…

– Los atlantes.

– Los atlantes, sí. Tenían naves espaciales, centrales nucleares y tecnología genética muy avanzada.

– ¿De dónde ha sacado esa majadería?

– ¿Dónde has leído esa gilipollez?

Valbuena y Gabriel casi se pisaron la palabra. Herman los miró a ambos y se encogió de hombros.

– Por ahí.

– Todos esos elementos a los que usted se ha referido son delirios sensacionalistas destinados a vender. Para comprender algo hay que remontarse a su verdadero origen. Veamos: ¿quién es el primer autor documentado que habla de la Atlántida?

– Platón -respondió Herman.

– Al menos, eso no lo ha olvidado.

Valbuena sacó de la estantería un volumen de Oxford y lo abrió por un pasaje marcado.

– Observen bien lo que dice el divino Platón: «Akue de, o Sócrates, logu mala men atopu, pantápasi gue men alezús, hos ho ton heptá sofótatos Sólon pot'éfe».

– Disculpe, profesor, poro hicimos letras mixtas. Nunca dimos griego -dijo Gabriel.

– ¿Y cómo pretende usted escribir sobre la Atlántida sin saber griego? En fin…

Valbuena abrió el libro ante ellos y, siguiendo el texto griego con el dedo índice como si les fuera a servir para algo, tradujo:

– «Escucha, Sócrates, un relato de lo más peculiar, pero completamente verídico, tal como lo contó una vez Solón, el más sabio de los Siete Sabios». ¿Se dan cuenta? Completamente verídico. Un hombre de la altura moral e intelectual de Platón no afirmaría algo así gratuitamente.

»Platón no escribió sobre la Atlántida hasta el final de su vida, cuando tenía más de setenta años -prosiguió Valbuena-. Lo hizo en un diálogo completo, Timeo, y en otro que dejó inacabado, Critias. Es probable que pensara en completar una trilogía con un tercer diálogo llamado Hermócrates, pero o bien no lo escribió o, si lo hizo, se perdió. Pero ¿de qué fuente obtuvo Platón la historia de la Atlántida?

Gabriel había repasado todo aquello antes de presentarse ante su ex profesor.

– En ambos diálogos, la persona que narra el relato es Critias, un político ateniense que era pariente de Platón. Al parecer, Critias había oído contar la historia a su abuelo, quien a su vez la había escuchado de Solón, el mítico legislador de Atenas.

– Solón no tiene nada de mítico, señor Espada. Sabemos que en el año 594 antes de Cristo reformó las leyes de Atenas, entre otras cosas porque él mismo lo explicó en versos que han llegado hasta nuestros días.

– Supongo que dije «mítico» porque volví a dejarme llevar por el tópico.

– Es el mal de nuestros días. Los periodistas, y también muchos escritores, ya no combinan palabras, sino clichés enteros. «La lluvia hizo acto de aparición». ¡Bufff!

– Se le han olvidado los políticos -dijo Herman-. Los políticos son los que peor hablan.

Gabriel intentó centrar de nuevo la conversación.

– Estábamos con Solón. Él había escuchado la historia de la Atlántida en Egipto. Si no recuerdo mal, se la contaron unos sacerdotes.

– Así es. Sin embargo, creo que el relato pudo llegarle por otros conductos. Los egipcios eran tan xenófobos y estaban tan encerrados en su propia cultura que no se interesaban por las historias de otros pueblos.

»Sospecho que Solón pudo escuchar el relato en Sais, una ciudad situada en el Delta del Nilo donde existía una populosa colonia extranjera. Pero quienes se lo contaron no debieron ser sacerdotes egipcios, sino descendientes de los supervivientes de la Atlántida.

»A Solón le impresionó tanto el relato que intentó componer un poema extenso, una epopeya que superaría a la Ilíada y la Odisea. Aunque la tarea superó sus fuerzas y nunca llegó a completarla, dejó unas notas escritas. -Valbuena volvió a abrir el libro de Oxford-. Como dice Cridas: «Esos escritos estaban en casa de mi abuelo, y todavía boy están en la mía, y los estudié mucho cuando era niño». ¡Por tanto, existía una fuente escrita anterior a Platón, señores!

– ¿Qué quería narrar Solón en ese poema?

– Una gran guerra. La Atlántida dominaba los mares con puño de hierro, y la ciudad de Atenas fue la única que se opuso a su tiranía. Pero en plena guerra entre ambas, se produjo una catástrofe. -Valbuena volvió a leer-: «Pero después hubo violentos terremotos y cataclismos. En un día y una noche funestos, todo el ejército ateniense se hundió bajo tierra. En esa misma catástrofe, la isla de la Atlántida desapareció bajo el mar».

Valbuena devolvió el libro a la estantería y se volvió hacia Gabriel.

– Aunque usted lo niegue en su… llamémoslo «opúsculo», es evidente que el relato de Platón se basa en una realidad histórica.

– Sí, lo negué, pero creo que estoy cambiando de opinión.

– Veamos cuan sincera es su conversión, señor Espada. ¿Qué realidad histórica puede esconderse tras el relato de la Atlántida?

– La civilización minoica que dominó Creta durante la Edad de Bronce -respondió Gabriel, con la lección bien aprendida.

– ¿Qué elementos en común encontramos entre la civilización minoica y la Atlántida?

– Bueno, parece que los minoicos dominaron los mares como los atlantes.

– «Talasocracia» es el término preciso. El historiador Tucídides, el más fiable de la antigüedad, asegura que el rey cretense Minos ejerció esa talasocracia. Existen pruebas arqueológicas, pero ese dominio marítimo también ha dejado huellas en el mito. -Valbuena se volvió hacia Herman-. Una pregunta fácil para usted, señor Gil. ¿Quién era el Minotauro?

– ¿No era ese monstruo que tenía cuerpo de hombre y cabeza de toro?

– Al menos los años no han borrado del todo la pequeña pizarra de su cerebro. ¿Qué comía el Minotauro?

– Carne humana. Los atenienses le mandaban chicos y chicas cada año, o cada nueve años. No me acuerdo muy bien.

– Porque las versiones varían, como suele ocurrir en las tradiciones orales. Lo que está claro es que tanto los atenienses como los demás habitantes del Egeo tenían la obligación de enviar un tributo humano a la isla de Creta. Eso demuestra que los minoicos ejercían un poder casi absoluto en aquella región. En cuanto al Minotauro, debe representar un recuerdo deformado de los ritos taurinos que se celebraban en Creta.

Gabriel recordó las piruetas de Kiru sobre el toro e inconscientemente se llevó la mano al pecho, donde se le había clavado el asta.

– De nuevo para usted, señor Espada. ¿Encuentra más paralelos entre la Atlántida y la Creta minoica? Me refiero concretamente al final de ambas civilizaciones.

– Bien, la Atlántida se hundió en el mar por culpa de un cataclismo acompañado de temblores de tierra. Desde luego, Creta no se llegó a hundir, pero…

– ¿Pero?

– A poco más de cien kilómetros al norte está el archipiélago de Santorini. Allí se produjo una erupción volcánica de gran magnitud, y cuando la cámara de magma no pudo mantener la presión, el volcán colapso sobre sí mismo y la mayor parte de la isla se hundió.

– Veo que utiliza términos muy precisos. Me parece bien. ¿En qué afectó esa erupción a Creta?

– La propia erupción y el hundimiento de la isla provocaron un tsunami que debió acabar con casi toda la flota minoica. A partir de ese momento los cretenses no podían dominar los mares. Pero, además, las ciudades costeras quedaron destruidas, las poblaciones que se encontraban tierra adentro sufrieron incendios y los campos quedaron sepultados bajo una capa de cenizas volcánicas.

– Por no hablar de la bajada de temperaturas subsiguiente que arruinaría las cosechas. -Valbuena esbozó media sonrisa. Parecía satisfecho, más de lo que Gabriel le había visto jamás en sus clases-. El imperio minoico se convirtió en una pálida sombra de su antiguo esplendor, y después en un vago recuerdo. Ni siquiera los griegos de la Época Clásica llegaron a las cotas de civilización alcanzadas por los minoicos en Creta y en su colonia de Santorini.

Por las vivencias de su sueño, Gabriel sospechaba que, en realidad, Creta era colonia de la Atlántida-Santorini, y no al contrario. El temor con que hablaban de la Atlántida en el palacio así lo sugería. Pero de momento no dijo nada.

Sin embargo, usted no creía que Santorini fuese la Atlántida -prosiguió Valbuena-. ¿Por qué?

– Ya le he dicho que ahora empiezo a verlo de otra forma.

Le he preguntado por qué no creía. En pasado.

Gabriel carraspeó.

– Las fechas. El tamaño. El lugar. En todos ellos hay dificultades, porque el texto se contradice con los hechos. Me parecía imposible conciliar los diálogos de Platón con lo que se sabe de Santorini y de los minoicos.

– ¿Le parecía o le parece?

– La verdad es que… todavía no he despejado esas dificultades.

– Sin embargo, aunque las ve no le parecen tan importantes. Ha descubierto usted algo que le parece una prueba sólida de la existencia de la Atlántida.

Gabriel agachó la cabeza, sin saber qué decir.

– Usted me oculta algo, señor Espada. Pero obraremos como en la religión antigua. El principio de reciprocidad. Do ut des.

– «Te doy para que me des» -respondió Gabriel, que sí había estudiado varios cursos de latín.

– Así es. Yo despejaré sus dudas y usted me contará lo que sabe.

– ¿Por qué cree que oculto algo?

– Jamás un alumno se copió en un examen sin que yo lo supiera. Ahora tiene usted esa misma cara. Do ut des?

– Do ut des, profesor.

– Vayamos por partes. Las fechas. Según Platón, ¿cuándo ocurrió la catástrofe que hundió la Atlántida?

– Nueve mil años antes de la época de Solón. O sea, casi en el diez mil antes de Cristo.

– ¡Eso es casi en la era hyboria! -dijo Herman.

Valbuena, que jamás debía haber mancillado sus dedos con tinta de tebeo o con literatura pulp, y que seguramente ignoraba quién era Conan el bárbaro, enarcó una ceja. Gabriel le hizo un gesto a Herman para que cerrara el pico y prosiguió.

– Esa fecha es imposible. En aquella época Grecia ni siquiera se encontraba en el neolítico.

– Imaginemos que las fuentes que transmitieron esa historia a Solón, los supervivientes de la Atlántida, hubieran cometido un error. Si en vez de «hace nueve mil años» le hubiesen dicho «hace novecientos», sólo habría que restar nueve siglos a la fecha en que vivió Solón, y obtendríamos una fecha cercana al 1500 antes de Cristo. Que se corresponde con la época aproximada de la erupción de Santorini.

– Perdone, profesor -dijo Herman-. Confundir nueve mil con novecientos es fácil si a uno se le olvida escribir un cero. ¡Pero es que los griegos no conocían el cero!

– ¿Ah, no?

– Claro que no. Lo inventaron los árabes.

– Su ignorancia alcanza proporciones homéricas, señor mío. Cuando al Germán Gil de la Grecia clásica le preguntaba su profesor: «Si tienes tres dracmas y te quito tres, ¿cuántas te quedan?», ¿qué cree usted que contestaba? ¿«No lo sé, no hemos inventado el cero»?

– Dicho así suena absurdo…

– Porque lo es. Los griegos conocían de sobra el concepto de cero, pero no se les ocurrió utilizarlo como notación para ocupar un puesto vacío. Y quienes lo introdujeron con esa función no fueron los árabes, sino los matemáticos indios, señor Gil. Como recompensa por ser tan ignaro, vaya usted a la cocina a preparar café. El filtro está puesto y cargado.

Herman soltó un bufido, pero obedeció. Gabriel consultó su reloj. Había pasado ya más de la mitad de la hora que le había concedido Valbuena. Si había decidido ofrecerles café era porque se sentía cómodo y ya no tenía tanta prisa. Aparte de que la cuestión de la Atlántida lo apasionara, pensó que, en el fondo, ahora que estaba jubilado debía disfrutar teniendo cerca a unos ex alumnos a los que pudiera llamar «burros» de forma más o menos disimulada.

– En cualquier caso prosiguió Valbuena-, la cuestión de la fecha y el tamaño de la Atlántida tiene una importancia relativa. Los griegos tendían a exagerar la antigüedad de los acontecimientos a los que querían otorgar más prestigio. Convertir novecientos en nueve mil pudo ser un error numérico en base diez, o simplemente una hipérbole de Platón o sus fuentes para impresionar más a las personas que iban a escuchar la historia de la Atlántida.

Herman volvió con una bandeja de plástico, tres tazas de duralex con café ya servido, un viejo azucarero de latón y una jarrita, también de duralex, llena de leche. Tomaron el café de pie, porque en el estudio sólo había un asiento y Valbuena no sugirió en ningún momento traer sillas de otro cuarto o cambiar de estancia.

– Ya nos hemos enfrentado a la objeción de las fechas -dijo Valbuena-. ¿Qué tiene que decirme del lugar?

– La Atlántida no podía hallarse en el Mediterráneo -intervino Herman, inasequible al desaliento-. Tenía que estar en el Atlántico. Su propio nombre lo dice.

– La Atlántida se llamaba así porque era la isla de Atlas, un dios que pertenecía a la estirpe maldita de los titanes. El Atlántico recibió ese nombre también por él. Los griegos creían que Atlas sostenía sobre sus hombros la cúpula del cielo, y que cumplía esa misión en los confines del mundo. Por eso, conforme fueron ampliando sus horizontes geográficos hacia el oeste, bautizaron con el nombre de Atlas los lugares que descubrían. ¿Por qué creen ustedes que hay en Marruecos unos montes llamados Atlas? De haber descubierto América, los griegos seguramente la habrían bautizado como Tierra de Atlas.

– Entiendo parte del argumento -dijo Gabriel-. Los griegos usaban el nombre de Atlas para lugares cada vez más alejados hacia el oeste. Entonces ¿por qué le dieron su nombre a Santorini, que se halla en el centro de las Cicladas?

– En eso tengo una teoría personal. Como ya les he dicho, Atlas era el titán que sostenía el cielo. Para los antiguos, el cielo consistía en una bóveda sólida situada a una gran altura, pero no a una distancia infinita. La erupción de Santorini levantó una columna de materiales volcánicos de más de 30 kilómetros de altura. Para quienes la contemplaron desde las islas del Egeo, desde Creta o desde la costa griega, debió parecer un gigante que se estiraba para alcanzar el cielo. Como Atlas.

– Luego, según usted, el nombre de Atlántida se lo pusieron los griegos ya después de la catástrofe…

– Tal es mi sospecha, señor Espada.

«En esto te equivocas, amigo», pensó Gabriel. Había oído claramente cómo la madre de Kiru le decía que tenía que viajar a la Atlántida. Lo que significaba que en la Edad de Bronce la isla ya recibía ese nombre. Si se lo debía a un fundador llamado Atlas, tal vez éste fuese un personaje histórico real al que la posteridad había convertido en dios.

Pero Gabriel aún tenía más objeciones, y quería saber cómo las afrontaba Valbuena.

– Hay más datos en contra de Santorini. Platón dijo que la Atlántida estaba más allá de las Columnas de Hércules. Bueno, él lo llamaría Heracles, claro.

– Eso es el estrecho de Gibraltar -apuntó Herman, y después masculló algo sobre «esos cabrones de los ingleses».

– En épocas más antiguas -respondió Valbuena-, los griegos llamaron Columnas de Heracles a los cabos de Malea y de Ténaro, que se encuentran en el Peloponeso, en el extremo sur de Grecia. Desde el punto de vista de un ateniense, para llegar a Santorini o a Creta había que navegar más allá de esos dos promontorios.

– Ignoraba ese dato -confesó Gabriel.

Inesperadamente, Valbuena no aprovechó esa confesión para hurgar sobre la cuestión de la ignorancia, sino que añadió:

– Algo más sobre la situación, señor Espada. Platón asegura en sus escritos que la Atlántida era mayor que Asia y Libia juntas. Pero…

Valbuena escribió en la pizarra dos palabras griegas. Μειζου y μεσου. Debajo las transcribió: meizon y meson.

– Meizon significa 'mayor'. «Mayor que Asia y Libia». Eso es lo que se lee en la versión oficial del texto platónico. En cambio, mesón significa 'entre, en medio'. Con una pequeña corrección leeríamos que la Atlántida está «entre Asia y Libia».

Gabriel se imaginó el mapa. Para los griegos, Asia era Turquía, y Libia el norte de África. Ciertamente, Santorini se encontraba entre ambas.

– La confusión es sencillísima -prosiguió Valbuena-. Máxime cuando en época de Platón meizon se escribía mezon, sin la i. Un error de copista, algo muy típico en la tradición manuscrita, y que además debe remontarse a los tiempos del propio Platón. Sus objeciones han quedado destruidas.

– Ya veo.

– Ahora bien, si no conocía usted mis contraargumentos, ¿qué le ha llevado a cambiar de opinión? Dice usted que tiende a creer ahora que la Atlántida estaba en el Egeo. ¿Por qué?

Gabriel sacó el móvil del bolsillo, subió el volumen al máximo y lo dejó sobre la mesa.

– Me gustaría que escuchara esto, profesor. Es la grabación de una anciana que está en las últimas fases del Alzheimer y que habla en sueños. Tengo razones para creer que el idioma que usa es la lengua de la Atlántida.

En la pantalla apareció el rostro de Milagros Romero. Gabriel pulsó el play y la anciana enferma empezó a hablar.

– ¡Dios, esto parece El exorcista! -dijo Herman.

– Por favor, señor Gil, refrene sus comentarios. Quiero oír esto.

Sería tal vez la extraña cualidad de la voz de Milagros, que sonaba deformada por una especie de posesión demoníaca, tal como había sugerido Herman. Pero el caso es que Valbuena se sentó ante el móvil, formó un triángulo con las manos en la barbilla y miró y escuchó con atención.

– Rebobine la grabación, por favor -dijo al final. Tecnológicamente, Valbuena debía haberse quedado anclado en los tiempos del magnetófono y las cintas de vídeo.

Esta vez cerró los ojos para concentrarse mejor en lo que oía. Antes de que terminara, dijo:

– Párelo. Es suficiente.

Valbuena se levantó de nuevo y, sin decir nada, sacó de la estantería un volumen que debía pesar tres o cuatro kilos. Con cierto esfuerzo lo puso sobre la mesa. Scripta Minoa, rezaba el título. «Inscripciones minoicas», tradujo mentalmente Gabriel.

– Ésta es una edición muy reciente -dijo Valbuena, pasando los dedos sobre las tapas del libro como si acariciara un tesoro-. Los Scripta Minoa originales los publicó sir Arthur Evans, el descubridor del palacio de Cnosos. Pero aquella obra tiene más de un siglo, y ya le hacía falta una revisión.

Cuando empezó a pasar páginas, Gabriel reconoció algunas imágenes que había visto en Internet. Las fotografías, de gran calidad, reproducían tablillas de barro escritas en lineal A, una escritura silábica que representaba la antigua lengua de la Creta minoica. Al lado de cada fotografía aparecía otra versión de la tablilla, dibujada con trazos negros para que los signos se distinguieran con más nitidez, y por último una versión transcrita al alfabeto latino en la que cada sílaba aparecía separada por un guión.

– En realidad, aún no se ha conseguido descifrar el lineal A, pero al menos podemos leer la mayoría de las sílabas -dijo Valbuena.

Al final del libro había una lista de vocabulario de aquella lengua desconocida, en la que se sugerían posibles significados para algunos términos. Valbuena señaló ku-rai y ku-ro.

– Estas dos palabras han sonado varias veces en la grabación. Como ven aquí, se cree que pueden significar «todas» y «todo», respectivamente. Pero observen esta otra -dijo, retrocediendo un poco-. Se trata de a-ko-a-ne, que podría significar…

– Madre -dijo Gabriel, aunque el dedo de Valbuena tapaba la traducción.

– Así es. ¿Cómo…?

– ¿Podría leerse algo así como akkuane?

– Sí. El sistema silábico es bastante impreciso. También he escuchado en la grabación appardumba…

– Padre -dijo Gabriel, con decisión.

No podía decir que el idioma de los minoicos se hubiera grabado por completo en su mente después del sueño. Pero si alguien le ofrecía una pista, como estaba haciendo ahora Valbuena, las palabras salían como carpas enganchadas a un anzuelo. Según Platón, el conocimiento es recuerdo de saberes adquiridos en vidas anteriores. Ahora Gabriel estaba experimentando la reminiscencia, el auténtico conocimiento platónico.

– Isashara -musitó al recordar otro nombre importante.

– ¿Qué ha dicho? -preguntó Valbuena-. Repítalo, por favor.

– Isashara. También se escucha en la grabación. Es la gran diosa que vive en una montaña de fuego, al norte de Creta.

El dedo de Valbuena señaló otra de las columnas del vocabulario. Iasasarame, y la traducción: «Posible nombre de la Gran Diosa Madre de la religión cretense».

– ¿Acaso se dedica ahora a estudiar lineal A, señor Espada?

– Le puedo asegurar que lo único que sé de esa lengua lo he encontrado en Internet poco antes de venir a verle.

– Entonces, ¿cómo puede saber qué significan esas palabras?

Gabriel esperaba aquel momento. También lo temía, porque tendría que tomar una decisión. Contar la verdad -o al menos lo que él había vivido como tal-, o callarse. Dentro de su mente, arrojó una moneda al aire.

Salió cara. El rostro de la verdad.

Así que habló, y les contó la visión que había recibido del ritual del toro, de la herida de Kiru y su milagrosa curación. Y de la Atlántida.

Cuando terminó, Gabriel estaba convencido de que Valbuena se iba a reír de él, o a echarlo de su casa por hacerle perder el tiempo con una historia tan absurda. Sin embargo, su antiguo profesor se atusó las puntas del bigote, pensativo.

Estaban en la cocina. A Valbuena, el relato le había parecido lo bastante interesante como para sugerir que se tomaran otro café, y por fin les había invitado a sentarse, aunque fuera en aquellas sillas de contrachapado forradas de fórmica y con patas de metal.

– Es evidente que ha sufrido usted una experiencia extrasensorial en la que se han combinado un contacto telepático con un fenómeno de regresión a vidas anteriores.

La convicción con que emitió su dictamen sorprendió a Gabriel.

– La telepatía no existe -afirmó Herman. Luego, un poco menos rotundo, matizó-: O no debería existir.

– ¿Ah, no, señor Gil? Imagine que es sordo de nacimiento y no tiene la menor idea de en qué consisten los fenómenos de la audición y el sonido. Suponga también que el señor Espada sale de la habitación y, desde el pasillo, fuera de nuestra vista, recita una serie de números que usted le ha enseñado previamente en un papel y que yo no he visto. Luego yo, que los he oído, escribo ante usted esos mismos números. ¿No pensará que se ha producido entre nosotros un intercambio telepático de información?

– No, porque sé que Gabriel le ha dicho esos números en voz alta desde el pasillo.

– He dicho que tiene que imaginarse que es sordo de nacimiento, cosa que a veces parece por sus respuestas.

– Lo que quiere decir el profesor -intervino Gabriel- es que para alguien que no posea ni conozca el sentido del oído, la comunicación verbal podría parecer un fenómeno tan inexplicable como para nosotros la telepatía.

– He dado clase durante casi cuarenta años, señor Espada. No necesito que nadie explique lo que quiero decir. Aunque he de reconocer que lo ha expresado usted de una forma aproximada. ¿Conocen el cuento de Herbert George Wells En el país de los ciegos?

Ambos negaron con la cabeza.

– No puedo decir que me siento decepcionado por su ignorancia, señor Gil, pero del señor Espada esperaba algo más. En ese cuento, un hombre llamado Núñez se pierde en los Andes y llega a un valle aislado del resto del mundo en el que vive una tribu cuyos miembros son genéticamente ciegos, y ni tan siquiera han oído hablar del sentido de la vista. El bueno de Núñez recuerda el refrán de «en el país de los ciegos, el tuerto es rey» y decide convertirse en soberano de aquel pequeño lugar.

– Iba a decir que está chupado conseguirlo, pero supongo que me equivoco, ¿no? -dijo Herman en tono de resignación.

– Me alegro de comprobar que no es del todo inmune al aprendizaje por ensayo y error, señor Gil. Efectivamente, Núñez descubre que su ascenso al poder no es tan sencillo. Cuando les habla de la visión, de la luz y de las imágenes, los ciegos piensan que Núñez no es más que un pobre loco. No sólo no les parece un ser privilegiado al que podrían confiarle sus destinos, sino que creen que se trata de un tarado obsesionado con algo que no existe. De hecho, cuando Núñez se enamora de una muchacha del lugar, incluso se plantea la posibilidad de que le extirpen los ojos para que dejen de tomarlo por loco.

– ¿Y se los arrancan o no?

– Lea usted mismo el cuento, señor Gil. El desenlace es irrelevante en estos momentos. ¿Por qué cree que he mencionado este relato?

Herman iba a contestar, pero Gabriel se adelantó.

– Porque si existieran auténticos telépatas entre nosotros que se comunicaran mediante otro vehículo físico que no fuera la luz o el sonido, también los tomaríamos por locos.

– ¿Piensa usted en algún vehículo físico en particular? -le preguntó Valbuena.

– En mi opinión, si la telepatía existe, debe tratarse de un fenómeno electromagnético. Hay animales capaces de captar el campo magnético de la Tierra y orientarse de una forma que a nosotros nos parece milagrosa. Del mismo modo, puede haber personas que de alguna forma perciben el débil campo magnético que produce la actividad cerebral de otros humanos. De hecho -añadió tras una breve pausa-, es muy posible que yo sea una de esas personas.

Valbuena asintió y dijo:

– «Telepatía» es un término más bien vago que significa «sensación a distancia». Incluso la comunicación visual y la verbal, ya que sirven para compartir información a distancia, serían formas de telepatía. La diferencia es que ambas las conocemos y dominamos todos los humanos, salvo lesión o enfermedad.

»En cambio, la telepatía a la que nos referimos sólo estaría al alcance de dos tipos de personas. Unas capaces de percibir los campos magnéticos cerebrales ajenos y obtener información de ellos, y otras con la facultad de modular sus propios campos con más potencia y usarlos para transmitir datos. A las primeras las llamaríamos «telépatas receptores» y a las segundas «emisores».

«Usted mismo fue una vez telépata emisor sin saberlo», pensó Gabriel, pero no dijo nada.

– Resumamos -dijo Valbuena-. Mediante esa telepatía de la que hablamos, usted se ha puesto en contacto con una mente que, tal vez por estar vacía de contenidos actuales debido a su enfermedad, ha sufrido una regresión a vidas pasadas.

Gabriel era más escéptico con la reencarnación que con la telepatía, pero no dijo nada.

Valbuena se levantó y se estiró la chaqueta. Era obvio que daba por terminada la visita.

– Lo que debe hacer, señor Espada, es volver a esa clínica cuanto antes. Esa mujer es un valiosísimo nexo con un pasado que creíamos perdido para siempre. Debe usted ponerse en contacto con su mente de nuevo, antes de que muera. Espero que cuando lo haga me mantenga informado. Buenas tardes.

Los acompañó hasta la puerta, pero no les dio la mano. A Gabriel no le extrañó. En la cocina -curiosamente en la cocina, y no en el salón- había visto una foto en blanco y negro. En ella aparecían un hombre y una mujer que debían de ser los padres de Valbuena. La madre tenía cogida de la mano a una niña de unos nueve o diez años, que agarraba a su vez a otra un poco más pequeña. Esta tendía la mano a su izquierda, pero en vano. El niño de cuatro o cinco años que cerraba la foto se había apartado un paso y mantenía los puños firmemente apretados contra los costados, mientras miraba al suelo con cara enfurruñada. Obviamente, no podía ser otro que Valbuena.

CUARTA PARTE

LUNES

Capítulo 24

California, Yosemite y Long Valley.

Joey notó una mano en el hombro.

– Tienes que ver esto.

Abrió los ojos y se enderezó en el asiento, desorientado. Estaba soñando que jugaba al fútbol como delantero, le pasaban el balón y, tras regatear a un defensa, se quedaba solo ante la portería. Pero de repente la portería so había convertido en la salida de un túnel y las mallas do la red en un intrincado diseño de sombras y luces al fondo de su visión.

Las sombras y luces eran árboles.

– Bienvenido al parque nacional de Yosemite.

Joey se volvió a su izquierda. Randall conducía.

– Me he dormido un poco.

– Eso parece.

El todoterreno que Espinosa le había prestado a Randall, aparte de estar lleno de abolladuras, no tenía lector de MP5, ni siquiera algún antepasado como el MP4 o el antediluviano MP3. El equipo de música consistía en un viejo lector de discos compactos y una radio. Durante el camino, Randall había sintonizado una emisora de música country porque, según él, era la más apropiada para conducir a través de los bosques. No era extraño que Joey se hubiera quedado dormido nada más tomar la estatal 41.

Ahora, mientras avanzaban por el valle de Yosemite en busca del desvío que los llevaría a Long Valley, Randall se masajeó las sienes y su boca se torció en un rictus raro.

– ¿Te duele la cabeza?

– Un poco. No es nada. Debe ser por el tiempo. Está un poco revuelto.

Joey miró a su derecha. El cielo que se veía sobre las abruptas paredes de roca era tan azul como los que él pintaba en el parvulario. ¿A qué le llamaba Randall «tiempo revuelto»?

– ¿Por qué tienes tanta prisa por llegar a Long Valley?

– Quiero comprobar algo. ¿Recuerdas lo que te conté del supervolcán?

– Que puede explotar en cualquier momento -dijo Joey

– Espero que no ocurra ahora. Si no, no te llevaría allí. -Randall volvió a quedarse callado un rato, y movió ligera mente la cabeza como si escuchara una voz interior-. Aunque no sé. Algo me dice que para arreglar las cosas debemos estar donde más feas se pongan.

– No entiendo nada, Randall.

– Yo tampoco entiendo mucho, Joey. Mi cabeza no funciona tan bien como querría. Cuando intenté recordar, yo…

Randall se quedó callado a mitad de la frase. Pasados unos segundos, dijo:

– Es igual. Vamos a estirar las piernas un rato.

Randall aparcó el coche junto a un prado. Aunque era lunes, había muchos vehículos estacionados y decenas de turistas que tomaban fotos y vídeos del paisaje. A la derecha el sol arrancaba destellos blancos de la gran catarata de Brideveil. Las aguas caían con estrépito casi doscientos metros hasta el fondo del valle levantando cortinas de espuma que dibujaban arcoíris en el aire.

Joey respiró hondo. Olía a pino, a hierba húmeda y a mil flores cuyos olores no sabía distinguir. Se le antojó que el color de los bosques y de la pradera era mucho más intenso y real del que estaba acostumbrado a ver en Fresno. Era como si aquí, en Yosemite, Dios hubiese utilizado una barra de cera verde de la marca más cara para pintarlo todo de modo que pareciera más auténtico.

Al otro lado del valle se veía la masa vertical del Capitán. Joey distinguió puntos de colores que subían por el acantilado. Por allí había escalado el almirante Kirk en la quinta película de Star Trek; una de las antiguas, de las que sólo veía él, el bicho raro de la clase.

Randall levantó el portón trasero del todoterreno. Dentro llevaba una nevera de la que sacó una coca-cola para Joey y una lata de té con limón para él. Después abrió una de las bolsas de lona. Como Joey sospechaba, estaba llena de libros.

– Todavía nos queda un rato de viaje -dijo Randall-. He pensado que podrías fotografiar estos libros con tu móvil.

– ¿Fotografiarlos? ¿Por fuera? -respondió Joey, tragando saliva. ¿Se habría dado cuenta Randall de que el sábado había entrado en su caravana mientras él estaba en trance?

– No. Necesito imágenes de todas las páginas.

– ¿De todas? Puedo tirarme horas y horas. Es un rollo.

– Es crucial para mí, Joey. Estos libros pesan mucho. Si las cosas se complican no sé si podremos llevarlos encima. Necesito que lo guardes todo, Joey. No quiero perder esa información.

De pronto, Joey se sintió importante.

– Puedo subir las fotos a Internet. Tengo memoria de sobra en mi VTeeny. Pero ¿por qué es tan crucial?

– Justo por lo que has dicho, Joey.

– No te entiendo.

– La memoria. Esos libros guardan mis recuerdos. He recuperado algunos, pero no todos. Y me temo que voy a tener que hacerlo en breve.

«Mi amigo está loco», pensó Joey. Pero eso era parte de su encanto.

* * * * *

Después de la parada se desviaron hacia el oeste, salieron del valle y, tras un largo rodeo en forma de C, volvieron a dirigirse al este por la carretera de Tioga Pass. El camino fue ascendiendo poco a poco y los lados de la carretera se llenaron de nieve. Aunque aquella ruta tenía poco más de 70 kilómetros, tardaron una hora y media en recorrerla. La carretera era sinuosa y en varios tramos se abrían precipicios más que inquietantes. Las cifras que aparecían en los carteles seguían subiendo, hasta que superaron los tres mil metros. «¡Una carretera a tres mil metros!», se asombró Joey al ver la señal.

Pese al vertiginoso panorama, procuraba asomarse a la ventanilla lo menos posible y concentrarse en su tarea. Nunca se había mareado en coche, pero llevar la cabeza baja y la mirada fija en los libros para fotografiar sus páginas acabó revolviéndole el estómago.

¿Aquéllos eran los recuerdos de Randall? ¿Por qué los había garabateado en letras ininteligibles? Y, sobre todo, ¿qué hacían los recuerdos de un hombre del siglo XXI escritos en libros de pergamino que parecían más pieza de museo que de biblioteca?

Por fin empezaron a descender, y poco después llegaron al gran lago de Mono. Allí giraron a la derecha por la 320, que pronto se convirtió en autovía. Joey respiró hondo después de las cuestas y las curvas del parque, y volvió a concentrarse en su tarea.

Cuando quiso darse cuenta, el coche iba más despacio. Levantó la mirada. Estaban llegando a Mammoth Lakes. Era el típico lugar al que muchos de sus compañeros iban a esquiar en navidades o en las vacaciones de primavera. El pueblo no llegaba a los ocho mil habitantes censados, pero gracias a los visitantes su población real se multiplicaba varias veces.

Sobre las casas de tejados rojos se levantaba la mole del monte Mammoth, coronado por tres cimas de las que bajaban pistas de esquí, telesillas y teleféricos. Joey la miró con el mismo anhelo irrealizable con que los niños de las novelas de Dickens pegaban la nariz a los escaparates de las pastelerías. Había esquiado en simuladores en el centro comercial y le había parecido emocionante. ¿Cómo sería hacerlo de verdad? Mucho se temía que el esquí no entraba en los planes de Randall.

– ¿Esa montaña es el volcán?

– Sólo parte del volcán.

Joey silbó entre dientes.

– Ya te dije que la caldera mide más de treinta kilómetros de este a oeste por veinte de norte a sur. Ahora mismo nos encontramos sobre ella.

– ¿Quieres decir que debajo de nosotros hay lava hirviendo?

– Bueno, técnicamente cuando está bajo tierra la llaman magma, pero sí. Estamos encima de una caldera de miles de kilómetros cúbicos.

Pararon en una gasolinera. Randall llenó el depósito del Renegade y se quejó de que aquel jeep bebía más que un cosaco. Con las restricciones al consumo de carburantes fósiles, pronto no quedaría más remedio que jubilarlo. Mientras echaba gasolina, el móvil de Joey empezó a sonar para indicar que había recibido un mensaje.

– ¡Eh, chico! -le dijo otro conductor-. ¡Lárgate de aquí! ¿Es que quieres provocar una explosión?

– Entra en esa cafetería de ahí -le señaló Randall, que volvió a frotarse las sienes para aliviar el dolor de cabeza-. Ahora mismo voy, si es que consigo aparcar.

Joey apretó el paso, porque fuera hacía frío. Aunque lucía el sol, según los termómetros de la calle se hallaban a seis grados. Mientras caminaba hacia la cafetería, un bonito edificio de ladrillo pardo con tejado rojo a dos aguas, consultó el móvil.

Era un mensaje oficial, una especie de alarma que debían estar recibiendo todos los teléfonos activos en la zona.

ALERTA AMARILLA

Por información recibida del USGS (Servicio de Inspección Geológica), el Departamento de Servicios de Emergencia de California informa de que ha iniciado una operación de campo centrada en Mammoth Lakes para monitorizar la actividad sísmica y la deformación del terreno en la zona de la caldera de Long Valley. Esta actividad es síntoma de movimientos magmáticos en la corteza. Lo más probable es que la actividad descienda a niveles normales dentro de unas semanas. Existe, sin embargo, una pequeña posibilidad de que la actividad pueda aumentar y evolucionar hasta convertirse en una erupción volcánica, por lo que queremos avisar a la población.

Cuando terminó de leerlo ya había llegado a la cafetería. Randall no tardó mucho en llegar.

– He conseguido aparcar antes de lo que esperaba. Había un par de coches con mucha prisa por marcharse.

Joey iba a enseñarle el móvil, pero no fue necesario. Al entrar, lo primero que vieron fue el mensaje de la alerta amarilla en una gran pantalla al fondo del local.

– ¿Es muy grave? -preguntó Joey. Una alarma oficial parecía un asunto grave.

– ¡Quiá! -dijo el camarero que se acercó a atenderlos. Era una especie de motero con larga barba gris, coleta trenzada a la espalda y barriga cervecera-. Es el mismo rollo de siempre. Al gobierno le encanta jodernos el negocio. ¿Qué va a ser?

Joey pidió una hamburguesa doble con queso y patatas fritas, y Randall un sandwich vegetal. Cuando venía a cenar a casa de los Carrasco, nunca quería carne ni pescado. Joey nunca le había preguntado la razón, pero ahora su pequeña aventura les otorgaba cierta complicidad.

– ¿Eres vegetariano?

– Más o menos.

– ¿No te gusta la carne?

– No es por eso. Prefiero no acabar con ninguna vida. No existe nada en el Universo más importante que la vida. Cada vida es algo único e irrepetible, Joey.

– Ya, pero cuando te comes una lechuga o una coliflor primero las tienes que arrancar del suelo, así que es como si las hubieras asesinado.

– Muy agudo, Joey. Pero algo tengo que comer, ¿no crees? Al menos, las lechugas y las coliflores poseen menos grado de conciencia que las vacas y los cerdos, así que confío en que sufran menos por su muerte.

– Ya, pero algo sufrirán. Aunque sea muy poco.

– Si por mí fuera, me comería las piedras. Pero me temo que mi estómago no las digiere bien. Además -añadió Randall en tono misterioso-, incluso las rocas están vivas a su modo.

– Pero ¿y si te estuvieras muriendo de hambre en una isla desierta y sólo tuvieras a mano gallinas y cerdos?

– Esperaría a que las gallinas pusieran huevos y me los comería.

– Vale. ¿Y si fueran pollos?

– Entonces no tendría más remedio que comérmelos a ellos.

– Pues no eres vegetariano de verdad.

– Ya te he dicho que para mí lo más importante es la vida. El que ama la vida tiene que empezar por amar la suya propia, ¿no te parece?

– O sea, que matarías a un ser vivo por sobrevivir, ¿no?

– Si no me quedara otro remedio…

– ¿Y si fuera una persona?

– Depende. Si se trata de una persona de catorce años que se dedica a hacer preguntas indiscretas…, me lo pensaría.

– Muy gracioso -dijo Joey, poniendo los ojos en blanco, un gesto que sacaba de, quicio a su madre-. Pero ¿alguna vez has matado a…?

– Chssss. Se acerca el camarero. No querrás que te escuche y me incrimine por homicidio, ¿verdad?

El camarero plantó ante ellos la hamburguesa y el sandwich, más una coca-cola y un vaso de té helado. En una mesa cercana, un hombre y una mujer miraban constantemente a la pantalla. Cuando se repitió la alerta, ambos se levantaron y salieron de la cafetería. Un matrimonio con dos niños imitó su ejemplo. Los pedidos de ambos aún no habían salido de la cocina.

– ¡Lo que les decía! -gruñó el camarero, dirigiéndose a Randall y Joey-. Ya han empezado a fastidiarme el negocio. ¿Ustedes también van a salir corriendo?

– Sólo cuando tengamos el estómago bien lleno -respondió Randall.

– Mire a su alrededor. ¿Ve a toda la gente que está de pie en la barra?

Echaron un vistazo. Por la confiada familiaridad con que consumían sus cafés, sus hamburguesas y sus ensaladas, Joey pensó que la mayoría de los clientes de la barra debían de ser lugareños.

– Son de aquí, ¿verdad?

– Usted lo ha dicho. ¿Ve que alguno se ponga nervioso por lo que sale en esa maldita pantalla?

Si lo estaban, pensó Joey, lo disimulaban muy bien. Todo lo más, alguno miraba de reojo a la pantalla y hacía un comentario despectivo. Por fin, el anuncio de alerta desapareció, sustituido por imágenes de un campeonato de esquí.

– Mire -prosiguió el camarero-, yo ya he visto lo mío en este lugar. Acabo de cumplir sesenta años, ¿sabe?

– ¿De veras? -preguntó Randall-. ¡Quién lo diría!

El tipo sonrió, halagado. Desde la cocina le gritaron algo, él contestó que le dejaran en paz y siguió hablando con Randall.

– Pues sí, señor. Me acuerdo perfectamente de los terremotos que tuvimos aquí en 1980. No se crea que fueron poca cosa: más de seis en la escala de Richmond.

– Se llama escala de… -empezó a corregir Joey, pero Randall le dio un codazo para que se callara.

– No llegó a pasar nada, porque aquí las casas están tan bien construidas como en la falla de San Andrés. Pero esto se llenó de geólogos que no hacían más que decir: «Es una señal. ¡Va a estallar el volcán!». Por cada geólogo que aparecía, se largaba un turista y las casas bajaban diez mil dólares. ¡USGS! ¿Sabe cómo lo llamamos aquí? United States Guessing Survey [4].

– Muy ingenioso -dijo Randall.

– Por cierto, ¿no será usted geólogo y ha venido aquí a gafarme el negocio?

– ¡Dios me libre!

El camarero sonrió de medio lado, le rellenó el vaso de té helado y, por fin, se acercó a la cocina a recoger la siguiente comanda.

En ese momento empezó a sonar el móvil de Joey. Era su madre. Apagó el volumen y contestó con un mensaje. «No puedo hablar ahora, mamá. Estoy en clase». El truco todavía le serviría un par de horas más. Luego ella empezaría a escamarse.

Cuando se guardó el móvil en el bolsillo sintió una leve trepidación bajo los pies. A veces notaba lo mismo en el instituto, cuando los chicos de la clase del primer piso salían al recreo. Pero no creía que debajo de la cafetería hubiera un aula. Aquello tenía que ser un terremoto.

Randall también se había dado cuenta.

– Termínate la hamburguesa cuanto antes. No debería haberte traído aquí.

– Soy californiano. No me asusta un temblor de nada.

Randall se puso serio un momento, y después sonrió.

– Eres valiente. Pero siento no haber estado atento cuando tus padres se fueron el domingo.

– ¿Por qué?

– De haber sabido que iban a San Diego, les habría dicho que te llevaran con ellos. San Diego puede ser un buen sitio si las cosas se ponen feas. Quizá deberías decirles que tengan preparado su equipaje por si tienen que bajar a México.

– Si les digo eso se preocuparán todavía más por mí.

– En eso tienes razón. Ya se lo dirás más tarde. ¿Has terminado? Vámonos.

Randall dejó veinte dólares encima del mostrador, hizo un gesto al camarero para despedirse y salió de la cafetería. Joey dio un último sorbo a su coca-cola y corrió tras él.

– ¿Dónde vamos? ¿Volvemos a Fresno?

– No. Ya que hemos llegado hasta tan lejos quiero comprobar algo. No tardaremos ni media hora en llegar.

* * * * *

Tras montar en el coche, se dirigieron hacia la montaña, pero en lugar de acercarse a las pistas de esquí se desviaron hacia el sur dejando la mole de roca y nieve a su derecha. La carretera se adentró entre bosques de pinos y abetos y empezó a ascender poco a poco. Aunque se cruzaron con varios automóviles, resultaba imposible saber si sus ocupantes huían del lugar asustados por la alerta amarilla o simplemente bajaban al pueblo a comer. También se toparon con un coche de la policía, pero los agentes no les detuvieron ni les advirtieron de nada.

A pesar de que en los arcenes y debajo los árboles quedaban restos de nieve, los lagos que se encontraron por el camino se habían deshelado y parecían espejos azules en cuya superficie se reflejaban los árboles y las caprichosas formas de los picos que se alzaban sobre ellos. Comparado con Fresno y el SF Paradise, a Joey aquel lugar le parecía un paraíso de tranquilidad y aire puro. Le costaba creer que una amenaza letal latía semidormida bajo sus pies.

Miró el retrovisor por el rabillo del ojo y vio que había un vehículo detrás de ellos. Lo perdió de vista tras una curva, pero luego volvió a aparecer a la misma distancia que antes. Era un todoterreno azul, un híbrido que llevaba placas solares en el techo para complementar las baterías internas.

Por un momento Joey pensó que los estaban siguiendo. Pero al cabo de un rato, el todoterreno se detuvo en el arcén.

Siguieron entre los árboles, pasando junto a varios lagos. Randall, que conocía bien la zona, le fue diciendo los nombres. Primero los Lagos Gemelos, después el Mary y el pequeño lago Mamie. Por encima de éste y de la espesura se levantaba un picacho que destacaba entre los demás, solitario y afilado como un hacha gigantesca abandonada por un hombre prehistórico.

– Crystal Crag -dijo Randall.

– Hace rato que no nos cruzamos con ningún coche -dijo Joey, consultando su móvil con cierta aprensión. De momento, no había recibido más alertas.

– En esta zona vienen más pescadores y senderistas que esquiadores, y todavía hace algo de frío para ellos. Por eso hay tan poca gente.

Después de seguir un kilómetro más entre coníferas, llegaron junto a otro lago. En su lado norte, en una cuesta que preludiaba la ladera de la montaña, había un aparcamiento en forma de doble bucle. En él vieron otro todoterreno, pero estaba vacío.

– Deben ser excursionistas o pescadores que lo han dejado aquí para seguir hasta el lago McLeod -le explicó Randall, mientras paraba el Renegade y echaba el freno de mano, una acción que en los coches modernos ya era innecesaria.

– ¿Y este lago como se llama?

– Horseshoe.

El móvil de Joey vibró en el bolsillo.

ALERTA NARANJA

La intensa actividad sísmica centrada actualmente en diversos focos de la caldera de Long Valley indica que cierto volumen de roca fundida está siendo inyectado en la corteza. Existe una alta probabilidad de que el magma alcance la superficie y produzca una erupción volcánica en las próximas horas o días.

No es posible predecir con precisión dónde saldrá el magma a la superficie, ni especificar la magnitud, duración o tipo de la erupción. Incluso es posible que el magma se detenga a cierta distancia de la superficie y no dé como resultado una erupción.

El mensaje seguía, mucho más largo que el de la alerta amarilla. ¿Cuántas palabras tendría la roja? Joey le pasó el teléfono a Randall, que leyó las primeras líneas con cara de preocupación.

– La verdad es que no entiendo por qué he venido aquí. -Randall meneó la cabeza. Después levantó la mirada hacia el lago y le devolvió el móvil a Joey-. Éste es un buen lugar para dar la vuelta. Pero antes quiero comprobar algo. Serán cinco minutos como mucho.

Ambos bajaron del coche. La brisa era gélida, pero los rayos de sol calentaban la ropa y lo poco de piel que Joey tenía expuesta al aire.

Estaban a unos cien metros del lago, que formaba una especie de triángulo cuyo vértice norte apuntaba hacia el aparcamiento. Pero lo que más llamó la atención a Joey se encontraba hacia el oeste, donde una flecha de madera anunciaba AL LAGO McLEOD.

En esa zona se veían tocones cortados y árboles caídos en el suelo. A partir de ese punto se levantaba todo un bosque fantasmal, cientos, tal vez miles de pinos con las ramas peladas, flacos y desnudos como prisioneros de un campo de concentración vegetal. La parte inferior de los árboles se veía blancuzca e insana, descolorida como si los hubieran sumergido en lejía durante años, y bajo ellos no crecía ni una brizna de hierba.

Tampoco se oían pájaros.

Joey se acercó al borde del bosque muerto. En el suelo había un cartel de metal, boca abajo. Joey le dio la vuelta. Bajo una calavera roja, unas grandes letras negras advertían: «Peligro. Zona de riesgo. CO2».

Su profesora de biología les había dicho que el dióxido de carbono era peligroso, pero a largo plazo, porque provocaba el calentamiento global. ¿Qué riesgo inmediato podía suponer allí, junto al lago? Joey pensó que como los árboles se habían muerto ya no debían producir oxígeno, por lo que tal vez en esa zona había un exceso de CO2. Su madre le había dicho una vez que era malo dormir en una habitación con plantas, porque de noche absorbían el oxígeno.

Olisqueó el aire. No sabía si era por culpa del CO2, pero en el aire se percibía un ligero tufo a huevo podrido.

Se volvió hacia Randall para comentárselo. Su amigo estaba arrodillado, con los ojos cerrados y el cuerpo inclinado hasta el suelo, como un musulmán mirando a La Meca. O más bien, pensó al verlo con la oreja pegada a la arena, como un guía indio en las películas del Oeste.

Antes de que pudiera decirle nada, Joey oyó ruido de neumáticos. Por el primer bucle del aparcamiento acababa de entrar el todoterreno azul que había visto antes.

El coche aparcó a poca distancia del Renegade. De él salieron tres hombres. Había uno más, pero se quedó dentro, sentado en el asiento del copiloto.

Aquellos tipos le dieron mala espina a Joey. No tenían aspecto de turistas ni se comportaban como tales. Iban abrigados con chaquetones y gorras, pero por debajo llevaban pantalones de traje y zapatos de vestir.

Los tres hombres se separaron, formando un abanico. En el centro iba el que parecía ser el líder, un tipo con coleta que era el único que llevaba la cabeza al descubierto.

Joey no tardó en comprobar que su primera impresión había sido acertada. Los recién llegados se detuvieron a unos veinte metros, buscaron bajo sus chaquetones durante unos segundos y los encañonaron con tres pistolas.

– Randall -murmuró Joey-. Randall…

Su amigo se incorporó lentamente y se giró. Al hacerlo, un punto rojo apareció en su frente y otro en su pierna derecha.

Joey notó una especie de mosca luminosa sobre su propia nariz. Bizqueó, y descubrió que la tercera mirilla lo estaba apuntando a él.

Tenía entendido que una pistola no era un arma de gran precisión. Pero si aquellas armas tenían dispositivos láser…

Sonó un disparo, seco como un estacazo. Joey cerró los ojos y oyó algo que silbaba a su lado. Cuando se atrevió a mirar de nuevo, vio que habían disparado a Randall. Su amigo había caído de rodillas y tenía una herida en el muslo. La sangre le manchaba el pantalón corto, pero la hemorragia no parecía tan abundante como para poner en peligro su vida.

– ¡Ese he sido yo! -gritó el hombre de la coleta. Empuñaba la pistola en ambas manos, delante de su cara, con las piernas separadas como un tirador profesional. Hablaba con acento extranjero, tal vez hispano-. La próxima bala irá a su cabeza. Levante los brazos para demostrar que me ha entendido.

Randall hizo lo que le ordenaban. Joey, por si acaso, se arrodilló y levantó los brazos también.

– Sabemos de lo que es capaz, señor Randall -siguió el hombre de la coleta-. Uno de nosotros se va a acercar a usted para esposarle y taparle la cabeza. Si intenta utilizar el Habla con él dispararemos a matar. Ahora, ponga las manos detrás de la nuca. El chico también.

– ¡Deje que se marche! ¡Él no tiene nada que ver conmigo!

Otro estacazo. El tipo de la coleta apenas se movió para disparar. Joey miró de reojo a Randall. Entre sus piernas se había levantado una pequeña columna de polvo.

– Esta vez he fallado. O tal vez no. Si vuelve a hablarme, no habrá más advertencias. Tengo que llevármelo conmigo, pero no es imprescindible que sea vivo. Ahora, las manos tras la nuca. ¡Los dos!

Ambos obedecieron. Joey casi agradecía estar de rodillas y con los glúteos apoyados sobre los talones. Con el tembleque que le había entrado tras los dos disparos no habría aguantado de pie.

Uno de los hombres se adelantó, con la pistola en la mano derecha y unas esposas y una bolsa de lona en la izquierda. Aprovechando que sus pisadas crujían en la arena y amortiguaban un poco su voz, Randall susurró:

– Va a ocurrir algo. Cuando pase, tírate al suelo y no respires. Luego me sigues. Sin respirar.

Joey tragó saliva, aterrorizado. ¿Que iba a ocurrir algo? ¿Y qué otra cosa podía ser sino que los iban a freír a tiros?

Por otra parte, si los desconocidos actuaban así era porque ellos también tenían miedo. ¿Qué le habían dicho a Randall? «Si intenta utilizar el Habla…». Joey no tenía la menor idea de a qué se referían. Pero, si su amigo se guardaba un as, era un momento inmejorable para sacarlo de la manga.

El tipo de la bolsa ya había llegado junto a ellos. Tenía la corpulencia de un culturista y medía cerca de dos metros. Sin contemplaciones, le retorció las manos a Randall detrás de la espalda y se dispuso a colocarle las esposas.

– No necesito pistola para romperte las vértebras, así que procura no abrir el pico -dijo. Por sus músculos, parecía capaz de cumplir la amenaza.

En ese momento el suelo volvió a trepidar. Joey captó algo con el rabillo del ojo y miró a su derecha. La superficie del lago se estaba levantando en una única e inmensa burbuja, como si un niño gigante jugase a hacer pompas de jabón debajo del agua.

– ¡Toma aire, Joey! -gritó Randall.

Joey se tiró boca abajo y llenó los pulmones como si fuera a bucear en la piscina. Durante una fracción de segundo esperó oír la seca detonación de un arma y, después, el chasquido de su propio cráneo al romperse antes de la negrura y el olvido total.

Pero lo que escuchó fue un ruido enorme, un estruendo como jamás en su vida había oído. Una vez habían llevado a los chicos de su clase a ver cómo demolían con dinamita un centro comercial. Pero este estrépito fue mucho más fuerte, una explosión ensordecedora que acalló cualquier otro ruido. El suelo tembló, una especie de huracán que parecía brotado de la nada sacudió a Joey y una lluvia caliente le salpicó la espalda.

«No respires», se repitió, muerto de pánico.

Una mano se cerró sobre su chaquetón y tiró de él. Joey se puso de pie y corrió detrás de Randall, que incluso cojeando por la herida se movía a una velocidad sorprendente. Una niebla sobrenatural los rodeaba, arrastrada por un viento que empujaba a Joey hacia la izquierda como si lo quisiera alejar del lago. Enseguida tuvo que cerrar los ojos, porque aquella niebla era corrosiva, y siguió a ciegas a Randall, que tiraba de él con fuerza hacia el coche.

«Estamos perdidos», pensó, notando ya cómo los pulmones le ardían por el esfuerzo y la falta de oxígeno. Pero aunque se estaba asfixiando no se atrevió a inhalar ni una brizna de aire. Debían encontrarse dentro de una nube de ácido. En el remoto caso de que llegaran vivos al coche, estaba convencido de que cuando se mirara en el espejo vería cómo la piel y la carne de la cara se le caían a tiras.

La aventura con Randall había dejado de parecerle tan emocionante.

* * * * *

Para Alborada, todo aquello era una especie de sueño absurdo.

Adriano Sousa y él habían salido de Madrid la noche del domingo al lunes en un reactor privado, un lujoso Gulfstream propiedad de Sybil Kosmos. Durante el vuelo, Alborada se enteró de que su destino era Fresno, en California.

Llegaron el lunes poco antes de amanecer. Alborada no había dormido apenas. Le costaba conciliar el sueño en los aviones, aunque fueran de lujo.

En el aeropuerto de Fresno los recibieron dos individuos de aspecto poco tranquilizador. No podría decirse de ellos que tuvieran aspecto patibulario, ya que venían afeitados y vestían trajes a medida con corbatas de seda, pero jamás los habría invitado a una fiesta en su casa. El mayor de los dos, un tal Monroe, les dijo que, gracias a la señal del móvil que había fotografiado los códices, tenían localizado al «objetivo» en la zona sur de Fresno. Al parecer, la zona era un parque de caravanas.

– Allí vive escoria de todo tipo -les explicó-. Habrá que andar con cuidado.

«El objetivo», pensó Alborada. Aquello parecía casi una operación militar. Según Sybil, el tipo al que buscaban tenía algo que le pertenecía a ella: su ADN. ¿Alguna mutación que quería patentar? No iba a ser fácil: el asunto de las patentes de genes humanos estaba sometido a discusión en varios tribunales internacionales.

«Como si a Sybil le importara lo que pueda decir la ley», pensó Alborada. Y el mercado de la genética movía cantidades indecentes de dinero.

Cuando llegaron al parque de caravanas, la señal del móvil que rastreaban se había alejado de allí. El pertenecía a un usuario llamado Joey Carrasco. Sabían que la persona a la que buscaban se ocultaba tras un nombre falso. Pero no podía ser Joey Carrasco, pues según la base de datos se trataba de un crío de catorce años.

Animado por unos cuantos billetes, el dueño del parque de caravanas les dijo que Joey Carrasco había salido de viaje con un tal Randall. Por su descripción, bien podía ser el individuo al que buscaba Sybil.

Al parecer, Randall y el muchacho se dirigían a Mammoth Lakes, un destino típico de vacaciones para los californianos. Se hallaba a más de cuatro horas en coche; pero no muy lejos del pueblo se encontraba el pequeño aeropuerto de Mammoth Yosemite, y en el reactor apenas necesitarían una hora para llegar.

Por culpa de los trámites necesarios, esa hora se había convertido en dos y media. Alborada, que apenas había pegado ojo durante el vuelo desde España, consiguió dar por fin una cabezada, pero fue tan breve que se despertó aún peor.

De modo que, cuando por fin localizaron a su presa, Alborada se encontraba de un humor perruno. Tenía Bueno, acidez de estómago y dolor de cabeza, y su cazadora no era lo bastante gruesa para el frío que hacía en aquel lugar. «La soleada California», pensó con sarcasmo.

El paraje donde encontraron al tal Randall era tranquilo y solitario. Cosa que no resultaba extraña teniendo en cuenta que los móviles de todos ellos habían recibido una alerta por posible erupción volcánica.

– No se ponga nervioso -le había dicho Monroe-. En California estamos acostumbrados a las alarmas. Cuando no es un terremoto es un incendio.

– Pero no es lo mismo. Ahora se trata de un volcán -respondió Alborada, mientras leía el largo mensaje de un organismo geológico yanqui cuya existencia desconocía hasta entonces.

Dentro de una hora estaremos despegando de vuelta a España -le dijo Sonsa. Tranquilícese.

Aunque Alborada siempre se había considerado un tipo con temple, era difícil estar tranquilo. Cuando vio que Sousa y sus dos secuaces americanos bajaban de los coches armados con pistolas de mirilla láser, pensó que, si la policía los detenía, sus alegaciones de que él no tenía nada que ver no resultarían nada convincentes.

Además, el muchacho que acompañaba a su «objetivo» era un crío. ¿Qué pretendían hacer con él? ¿Pegarle un tiro, secuestrarlo, llevárselo de Estados Unidos como si tal cosa?

– Yo me quedo en el coche -le dijo Alborada a Sousa-. No contéis conmigo para esto.

– ¿Qué te pasa? ¿No tienes nervio?

– Piensa lo que quieras. No voy a jugar a comandos.

«Y menos cuando no tengo a Sybil delante para manipular mi mente», pensó.

Desde el coche, Alborada observó cómo Sousa y los dos mercenarios se desplegaban con disciplina de paramilitares y apuntaban a Randall y al niño. Después oyó un disparo y vio a Randall caer de rodillas. ¿Tan peligroso era aquel individuo que tres tipos musculosos y armados no se atrevían a acercarse a él y tenían que dispararle desde lejos?

Alborada decidió cambiarse de asiento y ocupar el puesto del conductor. Si las cosas se ponían demasiado feas, siempre podía largarse de allí.

«De hecho -pensó-, debería salir pitando ahora mismo».

Fue entonces cuando llegó la locura.

Primero se oyó un runrún sordo en el subsuelo y el coche empezó a moverse a los lados como una cuna agitada por un epiléptico. Apenas unos instantes después sonó una explosión que hizo a Alborada dar un respingo y cerrar los ojos. Lo primero que pensó fue que Sousa y los matones habían disparado contra Randall y el chico, pero que lo habían hecho utilizando una batería de cañones antiaéreos.

Las ruedas del lado izquierdo del todoterreno se levantaron en el aire. Alborada se agarró al volante como pudo, temiendo que el vehículo de dos toneladas y media volcara. Pero tras unos segundos de indecisión, el coche volvió a posarse en el sitio y Alborada se golpeó con la cabeza en el techo.

Delante de él, todos habían caído al suelo, pero Alborada no pudo distinguir demasiados detalles. Tras el estampido sónico, el coche recibió una segunda embestida, esta vez un fuerte turbión de viento y agua que lo zarandeó. Alborada miró hacia el lago. De él había brotado una espesa nube blanca, una niebla fantasmal como las que salían de las ciénagas en las películas de miedo. Aquella bruma cubrió el descampado del aparcamiento con la velocidad de un vendaval.

«No se te ocurra salir del coche», le avisó una voz a la que estaba más que decidido a obedecer.

La puerta del copiloto se abrió, y por ella se colaron gruesos cuajarones de niebla. De entre ellos apareció una sombra que se abalanzó contra Alborada, le dio un cabezazo y lo estrelló contra la puerta. Tardó un segundo en darse cuenta de que era el chico. Después el tipo al que buscaban, Randall, entró a toda prisa y cerró la puerta con violencia.

– ¿Qué demonios está pasando? -preguntó Alborada en inglés. La bruma que había entrado en el vehículo empezó a disolverse en jirones, pero olía a pólvora e irritaba la garganta.

El muchacho intentó contestarle, empezó a toser y escupió en el suelo. Él y Randall venían empapados de agua maloliente.

– Arranque el coche y vaya hacia allí -dijo Randall, señalando hacia el bosque-. Cuesta arriba.

Pese a tener cierta pinta de homeless, aquel hombre hablaba con la seguridad de quien estaba acostumbrado a que lo obedecieran. Alborada, que no sabía qué estaba ocurriendo, decidió que lo más conveniente era seguir sus instrucciones. Arrancó el motor, encendió las luces y pisó el acelerador, dirigiendo el vehículo hacia los árboles que se intuían entre la niebla. Mientras, el chico seguía tosiendo y escupiendo.

El lado derecho del vehículo se levantó, como si la rueda pasara sobre algo blando. Alborada comprendió que acababan de atropellar a alguien. Luego oyó un porrazo en el cristal. Al girarse vio a sólo unos centímetros el rostro de Sousa, que golpeaba con la mano en la ventanilla mientras emitía un ronco estertor. Tenía el rostro amoratado y los ojos hinchados como dos huevos duros. Pero el vehículo siguió adelante, Sousa cayó al suelo y se perdió en la bruma.

– ¿Qué está pasando? -volvió a preguntar Alborada.

– Tenemos que salir de aquí si queremos seguir vivos -contestó Randall. Pese a que lo habían amenazado, le habían disparado en una pierna y además había tenido que correr cojeando a través de una nube tóxica, parecía tan tranquilo como si viajara en un vagón de metro.

Habían salido del aparcamiento y avanzaban por la arena, entre escuálidas sombras de árboles que con la niebla parecían huesos clavados en el suelo.

– ¿No debería volver a la carretera? -preguntó Alborada, temiendo chocar en cualquier momento con algún obstáculo surgido de la bruma.

– La carretera baja. Tenemos que subir -dijo Randall.

Alborada dio un volantazo para esquivar un pino que se les venía encima. No iban a más de cuarenta kilómetros por hora, pero con aquella visibilidad se le antojaba una velocidad suicida.

El muchacho seguía tosiendo. Alborada vio que en la guantera de su puerta tenía agua. Soltó la mano izquierda del volante apenas un segundo y le pasó la botella. El chico bebió, aunque con los tumbos del vehículo la mitad del líquido cayó al suelo. Volvió a escupir, pero después empezó a respirar mejor.

– Gracias -le dijo. Era delgado y tenía rasgos indios, con unos ojos grandes y oscuros que ahora se veían irritados y rojos por aquella niebla asesina.

Alborada siguió avanzando en medio de aquella pesadilla, con árboles que brotaban de entre la niebla extendiendo hacia ellos sus ramas muertas como brazos de zombis. Las ruedas patinaron en el suelo y el todoterreno se atrancó en una pendiente. Era evidente que le faltaba potencia.

– ¿Por qué no entra el motor de gasolina? Con la batería no saldremos de aquí -se quejó Alborada, pisando y soltando el acelerador alternativamente.

– No puede funcionar con tan poco oxígeno -respondió Randall.

Alborada empezó a balancearse hacia delante casi sin liarse cuenta, como si quisiera contribuir al empuje del coche. El muchacho hacía lo mismo. Poco a poco, aunque seguramente no por sus movimientos, el vehículo salió del atasco con un agudo rechinar de goma y arena.

El panorama empezó a despejarse. Cuando los jirones de niebla se abrieron un poco, el motor de gasolina entró en funcionamiento y el todoterreno dio un tirón, animado por el nuevo empuje. En su camino aparecieron una mujer y un hombre negro equipados con mochilas, que empezaron a hacer aspavientos para que se detuvieran. Alborada estuvo a punto de atropellarlos, pero los vio a tiempo y dio un frenazo que lanzó a Randall y al chico contra el salpicadero.

– ¡Suban, rápido! -les dijo.

El hombre y la mujer abrieron las puertas de atrás, entraron en el coche a toda prisa y volvieron a cerrar. Aunque la bruma era mucho menos espesa, algo de aquel olor pungente se coló de nuevo. Alborada, que ya traía dolor de cabeza por la falta de sueño, se dio cuenta de que empezaba a marearse. «Necesito aire puro», pensó. Pero, obviamente, aún no estaban en el sitio indicado para abrir las ventanillas.

¿Vienen de allí abajo? -preguntó la mujer.

– Sí -contestó Alborada.

Nosotros teníamos el coche en el aparcamiento. Menos mal que la explosión nos ha pillado más arriba. Si no…

– Siga hacia arriba -dijo el hombre-. Cuanto más subamos, más seguros estaremos. Ese gas es más pesado que el aire y tiende a bajar.

– ¿Hasta dónde tenemos que subir? -preguntó Alborada.

– Por aquí se llega al lago McLeod. Está cien metros más alto que el Horseshoe. Allí deberíamos estar a salvo.

El hombre sacó su móvil e hizo una llamada. Mientras, la mujer les explicó que ella se llamaba Suzette y él Derrick, y que ambos trabajaban para el USGS, el Servicio Geológico. Estaban haciendo mediciones sobre el terreno. Eran ellos los que apenas unos minutos antes habían activado la alerta naranja.

– Pero nos hemos quedado cortos -reconoció.

Su compañero, Derrick, les hizo un gesto para que se callaran.

– ¿LVO? Aquí Derrick. Di a todos que… No, es mucho mejor que… ¡Escúchame, joder! Ha habido una explosión de CO2 en el lago Horseshoe.

– ¿No puede explotar también el lago McLeod? -preguntó Randall.

Derrick tapó su auricular un momento. Alborada dio otro volantazo y se coló entre dos pinos tan juntos que el espejo de la derecha se metió para dentro con un sonoro golpetazo.

– Espero que no lo haga por ahora. No tenemos otra salida. -Después siguió hablando por el móvil-. La nube de CO2 baja hacia el pueblo. Por la fuerza de la explosión, creo que puede moverse a cien kilómetros por hora. Dad la alarma. Que la gente se meta en las casas y cierre todas las ventanas.

El aire parecía limpio ahora. La mujer bajó su ventanilla y olisqueó.

– Ya se puede respirar mejor.

Alborada abrió también su cristal y sacó la cabeza. Inspiró hondo, y al captar el olor de los pinos se dio cuenta de lo cargada que estaba la atmósfera del coche.

«Hemos salido vivos de ésta», pensó. Pero sospechaba que aquella locura no había hecho más que empezar.

* * * * *

– ¿El CO2 es venenoso? -preguntó Joey, que había recuperado el aliento. Había comprobado en su garganta y en sus propios pulmones que el dióxido era tóxico, pero no entendía la razón.

– En pequeñas cantidades no -le respondió Suzette, una chica rubia y algo rellenita, pero muy guapa-. Con más de un uno por ciento en el aire, empiezan los mareos. Más de un ocho por ciento hace perder el conocimiento. La nube que ha brotado del lago era de dióxido de carbono casi puro, que puede matar en menos de un minuto por asfixia.

– ¿Por eso olía así?

– No. El dióxido de carbono es inodoro, pero también hay gases sulfúricos en la mezcla. ¿Qué tal te encuentras?

– Estoy bien. Pero me pica todo -dijo Joey, tocándose los ojos y la garganta.

– Eso es porque cuando el CO2 se mezcla con la saliva y los fluidos corporales forma ácido carbónico. La sensación es como la de esos polvos picantes que estallan en la boca.

El estrecho sendero por el que subía el todoterreno se abrió. Ante ellos había otro lago, más pequeño que el anterior y rodeado de nieve. Lo bordearon hasta la orilla oeste, sobre la que se alzaba un peñasco casi vertical. Allí aparcaron el coche y salieron.

Los pinos y los abetos que circundaban el lago no permitían ver lo que habían dejado atrás. Pero los inspectores del Servicio Geológico querían contemplar el panorama, de modo que empezaron a trepar por la pendiente nevada que subía hasta el pie de la pared de roca. Randall los siguió, y Joey, aunque todavía le dolían las piernas tras aquella carrera sin respirar, subió tras él. El tipo moreno y delgado que venía con los malos, pero que le había dado agua cuando se estaba ahogando, también los acompañó.

Pasado un rato, se encaramaron a una roca que les sirvió como mirador. Aunque la nube blanca seguía flotando sobre el lago Horseshoe, ya se atisbaban huecos en ella. El gas mortífero había seguido su camino entre los árboles y formaba una especie de río vaporoso que bajaba hasta cubrir los Lagos Gemelos y más allá. El pueblo no se divisaba desde allí, pero Joey recordaba perfectamente que estaba a menos altura que los lagos. Si el dióxido de carbono tendía a descender…

– Que Dios les proteja -murmuró Derrick, como si le hubiera leído el pensamiento.

– ¿Tan malo es? -preguntó el desconocido.

– En los años ochenta ocurrió algo parecido en un lago de Camerún. Murieron casi dos mil personas. Espero que el aviso haya llegado a tiempo.

– Pero ¿la gente no sabía que había peligro de CO2? -preguntó Joey-. He visto el cartel.

– Eso lleva allí más de veinte años. Hace mucho tiempo que empezó a filtrarse dióxido de carbono en el suelo del lago, pero sólo afectaba a las raíces de los árboles. Mientras uno no se quedara dormido en una tienda de campaña cerrada y con la cabeza pegada al suelo, no había problema.

– La última semana el nivel de CO2 había subido -dijo Suzette-. Pero era imposible prever… Dios mío, ¿cómo íbamos a saberlo?

– Todo ha ido demasiado rápido -dijo Derrick-. Era imposible predecirlo. Estas cosas siempre van más despacio.

– Además, la gente nunca quiere escuchar. Hace muchos años se construyó una carretera de evacuación para la zona norte de Mammoth Lakes. La gente del pueblo dijo que llamarla Vía de Evacuación ahuyentaba el turismo, así que le cambiaron el nombre. ¿Saben cómo la llamaron? Ruta Panorámica de Mammoth Lakes. ¡Nunca han querido ver el peligro!

A Joey le dio la impresión de que los dos se sentían culpables y trataban de justificarse. Mientras tanto, Randall se quitó el chaquetón y desgarró una manga de su camiseta para improvisar una venda.

– ¿Qué le ha pasado en la pierna? -preguntó Suzette.

– No tiene importancia.

– Eso es una herida de bala -dijo Derrick.

– Ya les he dicho que no se preocupen.

La voz de Randall sonó con un filo metálico poco habitual en él. Miró a los geólogos sin parpadear, y ellos no tardaron en apartar los ojos para dirigir su atención de nuevo al este, como si se hubieran olvidado de la herida.

– Es como ella -murmuró el desconocido.

Randall se volvió hacia ellos. Cuando lo hizo, Joey sintió un extraño temor que lo alcanzó casi de refilón. El tipo moreno se encogió, como si Randall lo hubiera amenazado con un arma.

– No es momento -dijo Randall, y aquel miedo se desvaneció como una nubecilla de humo-. Ya hablaremos de ello.

En ese instante el suelo empezó a sacudirse. El temblor duró apenas unos segundos y no fue demasiado fuerte, poro algunas piedras rodaron por la pendiente y una de ellas golpeó a Joey en la pantorrilla.

– Aquí tampoco estamos seguros -dijo Suzette-. Tendremos que bajar al pueblo.

– ¿Hablan en serio? -dijo el desconocido-. Allí está el gas venenoso.

– Escuche… ¿Cómo se llama usted? -preguntó Derrick.

– Alborada. Soy ciudadano español.

«Un gachupín», pensó Joey, pues así llamaba su padre a los españoles de Europa. Ahora comprendió por qué le sonaba raro su acento.

– Señor Alborada -dijo Derrick-, el CO02 no tardará en disiparse en el aire. Y nosotros tenemos que alejarnos do aquí cuanto antes.

– ¿Por qué?

– Porque estamos encima de un volcán. Y puede entrar en erupción en cualquier momento.

En ese momento, el móvil de Joey le avisó de que había recibido un mensaje.

– Es la señal de alerta roja -dijo Suzette.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Joey.

– Porque la he mandado yo.

* * * * *

Los geólogos les informaron de que el único camino para salir de allí era el mismo por donde habían venido. Al oeste y al sur sólo había bosques y montañas en los que no encontrarían otro sendero asfaltado en más de cuarenta kilómetros, y eso a vuelo de pájaro, pues por los caminos forestales el rodeo sería mucho mayor.

Cuando llegaron de nuevo al lago Horseshoe, el panorama que encontraron era tétrico. Las aguas, que antes de la explosión de CO2 parecían un espejo azul, se veían ahora de color rojizo. Además, el tsunami en miniatura había derribado pinos y abetos en todo el perímetro del lago.

Había otros cadáveres de aspecto más siniestro que los árboles muertos. Los tres hombres que habían amenazado a Joey y a Randall yacían entre la arena del bosque fantasma y el asfalto del aparcamiento, retorcidos en extrañas posiciones junto a sus pistolas.

– Dios mío -dijo Suzette, tragando saliva.

A Joey no le impresionó tanto. A sus catorce años, había visto más de un cadáver: drogadictos muertos junto a las vías del tren y un par de víctimas de un tiroteo en el parque de caravanas. Además, esa gente les había amenazado y le habían pegado un tiro a Randall en la pierna. Si no hubiese sido por la explosión de CO2, tal vez serían ellos dos los que estarían muertos ahora.

«Sobre todo yo», pensó Joey. Estaba claro que habían venido a buscar a Randall y que él no les servía para nada.

En algún momento tendría que preguntarle a Randall qué tenían o habían tenido en su contra aquellos tipos. Pero ahora no era buen momento, en presencia de los dos geólogos y, sobre todo, de Alborada. Aunque parecía buena persona, había venido con los malos.

– Esos hombres tenían armas -dijo Derrick-. No me diga que…

Randall frenó junto al vehículo de los geólogos.

– Ya no hay nada que puedan hacer por ellos -dijo-. Creo que es mejor que intenten ayudar en el pueblo.

Aunque Derrick y Suzette fueran funcionarios del gobierno, era evidente quién mandaba allí. Sin decir más, se bajaron del coche con gesto aturdido y se dirigieron a su propio vehículo. Alborada volvió a decirle a Randall:

– Usted es como ella. No lo niegue.

– ¿A quién se refiere?

– A Sybil Kosmos. Cuando ella habla, los demás obedecen.

– Eso da igual ahora. ¿Cómo ha llegado aquí?

– En un reactor privado. Está en el aeropuerto.

– Pues llévenos allí cuanto antes. ¡Rápido!

Alborada pisó el acelerador y salió del aparcamiento. Al darse cuenta de que dejaban allí el Renegade con los libros en el maletero, Joey pensó que Randall debía ver la situación realmente mal para salir con tanta prisa, y se estremeció.

Siguieron por la carretera que los había traído hasta allí. En la superficie del lago Mary y de los Lagos Gemelos vieron piraguas vacías a la deriva, o con los dueños tendidos en ellas y con los brazos colgando flácidos por la borda. También encontraron algunos ciclistas tirados en el suelo, uno de ellos en el centro de la carretera, por lo que Alborada se vio obligado a dar un volantazo para no aplastar el cadáver.

– Conduce usted muy bien -le dijo Joey. Sospechaba que Randall ya se habría estrellado diez veces, y su padre no menos de veinte.

Alborada le miró y le sonrió. Era la primera vez que le veía hacerlo. Joey pensó que al sonreír se quitaba de golpe diez años.

Cuando dejaron atrás los lagos y tomaron el tramo de carretera que conducía al pueblo, Joey miró hacia la izquierda. No se veía a nadie esquiando en las pistas. Por lo que contaban los geólogos, la nube de CO2 no podía haber llegado tan arriba, pero era obvio que los esquiadores que estuvieran en la cima de la montaña se habían quedado allí, sin atreverse a bajar por la ladera.

El suelo volvió a temblar. La sacudida era relativamente débil, pero constante, acompañada por un sordo fragor que poco a poco iba aumentando de volumen. A pesar de que todo se movía a su alrededor, Alborada siguió pisando el acelerador con decisión. Al cabo de unos segundos, el temblor remitió.

– ¿Qué está pasando? -preguntó Alborada.

– Se acerca la erupción -contestó Randall.

– Pero ¿dónde está el volcán? -Alborada se volvió a los lados. Joey se imaginó que andaba buscando el típico volcán de los dibujos y las fotos-. ¿Es esa montaña? -dijo, señalando la mole de Mammoth Mountain.

– Todo esto, en muchos kilómetros a la redonda, es una caldera volcánica. Puede estallar por cualquier parte, pero creo que va a empezar aquí abajo. Si no queremos aparecer en la estratosfera, tenemos que acelerar.

– ¿Quién es usted? ¿Cómo sabe todo eso?

– Lo sé, simplemente. Y usted debería saber quién soy yo, ya que estaba dispuesto a secuestrarme.

«Bien dicho», pensó Joey, mirando a Alborada para ver cómo respondía a aquello. El español sacudió la cabeza, sin soltar el volante.

– Yo sólo sé que Sybil Kosmos está interesada en usted por causa de un manuscrito que nadie ha conseguido descifrar, conocido como el Códice Voynich. Me dijeron que usted poseía otros textos similares, escritos en un alfabeto desconocido.

«Oh, oh», pensó Joey. ¿Quién había subido la foto de aquel libro a Internet? Él. ¿Quién tenía la culpa de lo sucedido? Él.

Decidió desviar la atención.

– ¿Por eso su amigo el de la coleta le disparó a Randall en la pierna?

– Te doy mi palabra de que ese individuo no era amigo mío, chico.

– Me llamo Joey.

En el mismo momento en que Joey terminó de pronunciar su nombre, el suelo se estremeció de nuevo. Pero esta vez el fragor fue mucho más sonoro, como si detrás de ellos estallara una gran bomba, y después otra y otra. En el retrovisor de dentro Joey pudo ver cómo una sombra negra aparecía de la nada. Se retorció como pudo en el asiento para mirar atrás.

Junto a la ladera izquierda de la montaña, en la zona de los lagos, una enorme nube negra había brotado del suelo. Pero en vez de bajar hacia el valle como había hecho la niebla tóxica, aquella nube subió disparada hacia el cielo, hasta que pronto ocupó toda la ventanilla trasera. Alborada aceleró aún más, mientras todo a su alrededor oscurecía.

– ¿Eso es la erupción? -gritó Alborada.

– ¡Sí! -respondió Randall.

Era casi imposible escuchar nada en medio de aquel estruendo. Apenas habían pasado unos segundos cuando empezó a llover.

Joey se corrigió. Lo que repiqueteaba sobre el techo y el capó del coche no era agua, sino piedrecillas. Pronto empezó a caer también ceniza oscura sobre ellos. Por encima de sus cabezas, la nube del volcán apareció en el cielo. Los había adelantado.

Cuando llegaron a Mammoth Lakes, la sombra de la erupción ya se cernía sobre el pueblo como un gigantesco manto de algodón negro. Alborada había puesto los limpiaparabrisas para quitar la ceniza del cristal. El rugido seguía en aumento, como si se encontraran metidos dentro de las cataratas del Niágara, y el cristal trasero parecía una ventana abierta a la boca de las tinieblas.

Al entrar en el pueblo encontraron decenas de cuerpos tendidos tanto en los arcenes como sobre el asfalto. Al parecer, la llegada de la nube tóxica había sorprendido a mucha gente en la calle. Alborada iba tan rápido que no pudo esquivar el cadáver de una mujer, y el todoterreno dio un bote al pasar sobre ella. Aun así, Joey observó que seguía reaccionando con la rapidez y la sangre fría de un piloto profesional.

«Hemos tenido suerte de que esté aquí», pensó.

Tras las ventanas de las casas y hoteles se veían luces encendidas y rostros aterrorizados pegados a los cristales. Muchas de las personas que habían sobrevivido al CO2 salían ahora y se apresuraban a montar en sus coches para huir de la erupción, aunque aún quedaban jirones e hilazas de aquella niebla mortal, escondidas en las concavidades del suelo como siniestros ectoplasmas extraterrestres.

Más adelante, la avenida se encontraba bloqueada por un choque entre varios vehículos. Alborada giró bruscamente a la derecha y tomó una calle lateral, aunque era de dirección prohibida. Otro coche venía de frente hacia ellos tocando el claxon. El español dio un nuevo volantazo para esquivarlo, y al hacerlo pasó tan cerca de otro vehículo aparcado que arrancó de cuajo el espejo retrovisor de la derecha.

– ¡Cuidado! -gritó Joey.

– Confía en él -dijo Randall.

– Me temo que no les queda otro remedio -respondió Alborada.

El todoterreno derribó una alambrada y entró en un campo de golf. Allí había más cadáveres, tal vez veinte o treinta, gente que no había recibido a tiempo el aviso sobre la nube asfixiante o que no había encontrado un lugar cercano donde refugiarse. Alborada atravesó el césped a más de ochenta kilómetros por hora, mientras la lluvia volcánica seguía repiqueteando sobre la chapa.

Tras salir del campo, entraron de nuevo por las calles del pueblo. Se oían gritos, cláxones, sirenas de bomberos y de ambulancias, todo ello ahogado por el ronco estruendo del volcán. Por delante del coche, el borde de la nube oscura seguía avanzando en el cielo: sólo al este se divisaba algo de azul, como una promesa de salvación cada vez más lejana.

Los limpiaparabrisas no descansaban, y producían un desagradable rechinar al arrastrar la ceniza sobre el cristal. Alborada recurrió un par de veces al chorro de agua, pero procuraba ahorrarla por si la lluvia de ceniza espesaba. Delante de ellos, una roca negra del tamaño de una sandía cayó sobre un coche aparcado y le destrozó el capó. Otras piedras, grandes corno puños, caían silbando al rojo vivo. Una golpeó en la cabeza a una cría de tres o cuatro años, y la madre que la llevaba de la mano tiró de ella varios metros sin darse cuenta de que su hija estaba muerta.

Al verlo, Joey se encogió en el asiento. Pensó que en las películas de catástrofes los niños solían salvarse. Pero al volcán que había despertado de su letargo bajo Long Valley no le conmovía la edad de sus víctimas.

– Dios Santo… -musitó Alborada. Joey se volvió hacia él. Tenía los ojos empañados y la boca tan apretada que los labios casi no se le veían.

«Seguro que tiene hijos», pensó Joey, sin saber muy bien por qué.

Quedaba poco para salir del pueblo, pero se encontraron otro atasco. Un choque o los propios temblores de tierra habían derribado un par de semáforos en un cruce, y se había organizado el caos. Alborada dio otro volantazo, derribó un cubo de basura y entró en la acera. Aunque redujo la velocidad, sembró el pánico entre un par de familias que salían de un hotel cargados con las maletas. Uno de ellos, un tipo gordo, saltó con una agilidad insospechada, mientras el todoterreno se llevaba por delante su maleta y la reventaba. Una camisa blanca quedó por un instante pegadla al cristal como un fantasma, y luego salió volando.

«¿Es que la gente quiere salvarse con todas sus posesiones?», pensó Joey. Entonces volvió a recordar los manuscritos de Randall, con su letra indescifrable y sus minuciosas ilustraciones. Probablemente ya habían volado por los aires junto con el Renegade. Se palpó el bolsillo para comprobar que seguía llevando el móvil. En su tarjeta de memoria estaban los recuerdos de su amigo.

Debía conservarlos como fuera.

Por fin salieron del pueblo. Aún no había muchos coches delante de ellos: el impulso con el que habían entrado en Mammoth Lakes huyendo de la erupción les había hecho cobrar ventaja. Joey se dio la vuelta. La lluvia de ceniza emborronaba todo su campo de visión, pero aun así alcanzó a ver que algo se movía en las pistas de esquí.

Era la nieve. El monte Mammoth se la estaba quitando de encima, como un perro que se sacude el agua al volver de un paseo. El fragor general amortiguaba el ruido de la avalancha, pero Joey vio cómo toneladas y toneladas de nieve se precipitaban ladera abajo hacia las casas más cercanas a la montaña.

De pronto, un pedrusco cayó sobre el parabrisas. Joey dio un bote en el asiento y gritó. El cristal se había convertido de pronto en una superficie blanquecina y agrietada que apenas dejaba ver lo que había al otro lado. Alborada soltó el volante y dio un puñetazo a la luna. Al ver lo que pretendía, Randall y Joey le ayudaron. Los minúsculos trozos de cristal cayeron sobre el capó, en el salpicadero y dentro del vehículo.

El aire entró como un huracán gélido. Alborada no tuvo más remedio que levantar el pie del acelerador. Los ojos de Joey empezaron a llorar por el frío y la ceniza. Recordó que tenía unas gafas de sol en la cazadora, y se las puso. Pese a ellas, el aire se colaba entre el cristal y las mejillas y le hacía lagrimear. Alborada también se puso unas gafas, más grandes que las de Joey, casi como las de los policías de las películas.

Joey miró a Randall, que llevaba los ojos entrecerrados. Su melena, llena de cenizas, parecía la cola de una cometa al viento, y la barba se le pegaba al pecho ondeando como una banderola gris.

El aire olía a pólvora y dejaba un regusto amargo en el fondo de la garganta. Compartieron lo poco que quedaba de agua en la botella, apenas unos sorbos. Joey pensó que la próxima piedra que les lanzara el volcán ya no se encontraría con el cristal, sino que podía caer directamente dentro y abrirles la cabeza como a aquella pobre niña. Recordó sus oraciones y empezó a rezar en español: Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…

* * * * *

No sabían muy bien cómo, pero llegaron al aeropuerto, que estaba a menos de diez kilómetros del pueblo. En realidad, más que aeropuerto era una especie de aeródromo grande, con dos pistas y sin torre de control. Mientras se acercaban por la autovía, Joey vio cómo despegaba un pequeño jet con hélices.

– ¿Ése era el nuestro? -preguntó. Mentalmente ya se había apoderado del avión, su única vía de escape rápida si la erupción, como sugería Randall, empeoraba.

– ¡No, no es ése! -gritó Alborada para hacerse oír.

– ¿Estará esperando? -preguntó Randall.

– ¡Conociendo a Sybil Kosmos, el piloto no se habrá atrevido a despegar sin usted!

Alborada aparcó el coche junto a la terminal. Cuando salieron de él, Joey comprobó que el todoterreno estaba lleno de arañazos y abolladuras, y la flamante pintura azul había desaparecido, tapada por una capa de polvo gris.

Randall le estrechó la mano a Alborada.

– Gracias por habernos traído vivos hasta aquí. Tiene usted dos pelotas.

El español esbozó una sonrisa.

– No exactamente, amigo. Pero le acepto el cumplido.

Otro avión despegó de la pista con todas las luces encendidas, como si fuera do noche, Era de pasajeros, pero de tamaño mediano; no debía llevar ni siquiera a cien personas.

– ¿La ceniza no es mala para los motores? -preguntó Alborada.

– Sospecho que buena no es -respondió Randall.

Al menos, el viento soplaba del norte y se llevaba lo peor de la nube volcánica hacia el valle de Yosemite y más al sur. Allí de momento se respiraba bien, aunque en el aparcamiento ya había una fina capa de polvo.

Cuando entraron en la terminal y se quitaron las gafas, Joey comprobó que a Alborada y a él se les habían marcado unos antifaces blancos en la costra de ceniza. En cuanto a Randall, se le veía sucio hasta el pliegue de los párpados, con lo cual las venillas enrojecidas de sus ojos llamaban aún más la atención. No estaban precisamente como para asistir a una cena de gala. Al menos, Joey agradeció el calor de la terminal. Por debajo de la ceniza, la cara se le había quedado como un témpano.

La sala de espera se encontraba atestada. Dentro se seguía oyendo el fragor de la erupción, pero ni siquiera el volcán conseguía acallar las voces de cientos de personas que hablaban y gritaban a la vez. En los mostradores no quedaba nadie: el personal de tierra debía haberse escondido para evitar las iras de la gente. En las puertas acristaladas que daban a las pistas había cuatro policías armados que habían abierto a su alrededor un semicírculo de seguridad de cuatro metros. La única persona que lo había atravesado yacía en el suelo, sobre un charco de sangre.

Al otro lado de las puertas se veía la pista, y en ella el único avión que quedaba en el aeropuerto.

– Ése es -dijo Alborada-. Pero creo que no va a ser fácil subir a él. ¿No podríamos continuar en coche?

Randall meneó la cabeza.

– Ya había mucho tráfico en la autovía, pero antes de media hora todas las carreteras desde aquí hasta San Bernardino y Las Vegas estarán colapsadas. Además, no basta con alejarse cien kilómetros. La erupción va a empeorar.

– ¿Cómo lo sabe?

– Lo sé.

Como si la tierra quisiera darle la razón a Randall, sobre el rugido de la erupción se escuchó un nuevo estallido aún más fuerte. El suelo de la terminal tembló, los cristales de las puertas se sacudieron amenazando con romperse y los gritos de pánico se redoblaron.

– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Joey.

Randall le puso la mano en el hombro y le hizo girar hacia la puerta por la que habían entrado. Al otro lado del cristal, una nube oscura se levantaba hacia el cielo, hinchándose como una seta monstruosa a la que le iban brotando nuevos bulbos que desde allí parecían copos de algodón negro. En la base de la nube se veían luces rojas que a ratos se levantaban en llamaradas mezcladas con el humo y la ceniza.

– Debe estar a unos ocho o diez kilómetros -dijo Randall-. Por allí, en el lago Crowley, se encuentra el extremo oriental de la caldera. Así que ahora la erupción tiene dos bocas, una en el borde oeste y otra en el este.

– ¿Estamos rodeados? -preguntó Alborada.

– De momento sí. Pero en cualquier momento se puede abrir otra chimenea bajo nuestros pies. Cuando eso ocurra, me temo que ni siquiera nos daremos cuenta.

Joey se volvió hacia Randall y le miró angustiado. Su amigo observaba la nueva erupción con la misma frialdad con que podría haberla contemplado en un documental de televisión. Con la cara y la barba llenas de cenizas parecía un venerable patriarca bíblico abstraído en sus pensamientos.

– ¡Haz algo, Randall! ¡Sácanos de aquí!

Randall parpadeó, y después miró a Joey.

– Tienes razón. Hay que actuar ya.

* * * * *

Intentaron abrirse paso entre la gente para llegar a las puertas donde estaban apostados los policías. Pero era casi imposible, porque varias de las personas a las que tuvieron que apartar so revolvieron. Un hombre corpulento amenazó con el puño a Randall.

– ¡Deje de empujarme! ¡No pienso dejarle pasar!

– ¡Ese avión que está en la pista es nuestro! -dijo Alborada-. ¡Está esperando por nosotros!

– Y a mí me está esperando el Air Forcé One, ¿no te digo? ¡Si quieren adelantarme, tendrán que hacerlo por encima de mi cadáver!

«Pronto todos seremos cadáveres», pensó Alborada.

A poca distancia de ellos se oían llantos angustiados. Alborada miró a su derecha. Allí había un grupo de veinte o treinta niños, que habían formado un corro rodeados por un hombre y dos mujeres que debían de ser sus monitores. Los críos tendrían seis o siete años como mucho. Llevaban puestas las ropas de abrigo, como si acabaran de salir de la pista de esquí. Al parecer habían llegado al aeropuerto antes de la lluvia de ceniza, porque estaban bastante limpios. Los monitores intentaban mantener la calma y tranquilizar a los niños, pero era evidente que estaban tan asustados como ellos. La mayor de los tres, una joven rubia de mejillas coloradas, intentaba convencer a la gente para que les dejaran acceder a la pista.

– ¡Dejen al menos que los niños monten en el avión! ¡Son sólo críos! ¡Nosotros tres podemos quedarnos aquí!

– ¡Nosotros también tenemos niños! -le dijo una mujer que sujetaba de la mano a un crío incluso más pequeño que los del grupo.

La discusión proseguía. Los cuatro policías parecían incapaces de organizar aquel caos. Bastante tenían con proteger la puerta y evitar que la gente los aplastara. El jefe era un negro muy corpulento que no pesaría menos de ciento cuarenta kilos y que, al igual que sus compañeros, mantenía en todo momento la pistola empuñada en ambas manos y apuntando a la multitud. El cadáver que yacía en el suelo era la prueba palmaria de que estaba dispuesto a disparar.

– ¡Que nadie se acerque! -gritaba-. ¡Hasta que no se calmen no saldrá nadie de aquí!

Pero con el fragor de una segunda erupción sumándose a la primera, era imposible que la gente se calmara.

– De un momento a otro van a embestir contra ellos para abalanzarse sobre el avión -dijo Randall-. Lo que no entiendo es cómo el piloto del jet no ha despegado todavía.

– No le habrán dado permiso en la torre de control.

– Este aeropuerto no tiene torre de control. Además, ¿usted esperaría permiso para despegar?

– No -reconoció Alborada-. Pero ya le he dicho que el temor a Sybil Kosmos es una fuerza muy poderosa.

– Llega un momento en que el pánico a lo inmediato es más fuerte. Tenemos que hacer algo ya. ¿Cree que todos esos niños podrían montar en el avión?

Alborada los miró y echó cálculos. El avión en el que habían venido era un Gulfstream 650. En teoría, tenía capacidad para 18 pasajeros. Cada uno de aquellos niños pesaba como mucho la mitad que un adulto. Si se apretaban bien, tal vez conseguirían entrar. No podrían ponerse los cinturones, pero en aquel momento ése parecía el menor de los riesgos.

– Sí. Caben todos.

Se acercaron al grupo escolar. Mientras no intentaran aproximarse a las puertas, abrirse paso entre la gente era más o menos factible. Randall se dirigió a la monitora rubia:

– ¿Cuántos niños traen?

– ¡Treinta! ¿Es que usted…?

– Síganme. Vamos a montar ahora mismo.

La mujer pareció dudar, pero fue sólo un segundo. El mismo Alborada, que estaba al lado de Randall, notó de pronto una cálida oleada de confianza que parecía subir desde su estómago. De pronto, estaba convencido de que iban a salir vivos de allí. ¿Por qué no? Él tenía derecho a montar en el avión y nadie podía disputárselo. ¿Acaso no había venido en él?

Randall se giró y caminó hacia la puerta. Esta vez no necesitó usar los brazos para empujar. Simplemente, se abrió paso como un cuchillo caliente entre mantequilla. La gente se apartaba dejando una distancia de al menos dos metros con él, y las voces y los gritos cesaban a su paso.

Randall los llevó a las puertas de cristal como un nuevo Moisés. Joey y Alborada caminaban detrás de él, abriendo una cuña que se prolongaba en el triángulo formado por los niños y sus monitores.

Para Alborada, la experiencia resultó onírica, casi delirante. Detrás de Randall se sentía capaz de dominar el mundo. Si le hubiera ordenado cargar a caballo contra una horda de cien mil enemigos, le habría obedecido sin dudar. Sin embargo, bastaba con que adelantara un poco el brazo y lo sacara del triángulo protector para que el vello de la mano se le erizara y un violento temblor le corriera hasta el codo.

Cuando era niño y se despertaba de noche en mitad de una pesadilla le ocurría algo parecido. Procuraba abrir mucho los ojos para no caer de nuevo en el sueño que le había aterrorizado y, aunque hiciera calor, se arrebujaba bajo las sábanas y escondía los brazos de modo que los poderes de la oscuridad no pudieran apoderarse de ellos.

Ahora, al adelantar la mano, sintió algo igual, como si hubiera metido los dedos en el reino de las tinieblas y el terror. La sensación era tan escalofriante y desazonadora que enseguida retiró el brazo, y la confianza volvió a recorrer todo su cuerpo.

Pero ahora comprendía por qué la gente se apartaba delante de Randall, y por qué incluso se empujaban y algunos tropezaban y caían para alejarse lo más posible de él. Todo ello en medio de un silencio sobrecogedor en el que sólo se oía el grave rugido de la doble erupción.

– Ahora no me lo puede negar -le susurró a Randall-. Usted es igual que Sybil.

– Siempre existe un aire de familia entre un padre y una hija.

Alborada se quedó de piedra. Había investigado sobre Sybil Kosmos. Nieta del magnate Spyridon Kosmos, nunca se había sabido quién era su padre, ya que su madre se negó a decir nada durante el embarazo y después murió al dar a luz. ¿De modo que una especie de hippy que vivía en una caravana era el progenitor de una de las mayores herederas del planeta?

«Él tiene algo que me pertenece», había dicho Sybil.

Su ADN…

Indudablemente, Randall sabía ejercer sobre los demás un influjo tan poderoso como el de Sybil, si no más.

«Así debe sentirse un dios», pensó Alborada al ver cómo algunas personas incluso se arrodillaban al paso de Randall. De pronto, concibió una absurda esperanza. Tal vez una divinidad podría absolverlo de sus pecados y de los crímenes que había cometido junto a Sybil Kosmos.

Cuando llegaron ante los policías, éstos se apartaron. Aunque siguieron encañonando a la gente, en ningún momento apuntaron al grupo de Randall.

– ¡Pasen rápido! -dijo el policía negro-. ¡No sé cuánto tiempo podré contener a la multitud!

Pero no hacía ninguna falta que la contuviera. Nadie se atrevió a seguirlos cuando las puertas se abrieron.

* * * * *

Cuando salieron a la pista, Joey miró su reloj. Sólo habían pasado treinta minutos desde que empezó la gran erupción. Durante esa media hora que le había parecido tan larga como un curso escolar, habían recorrido poco más de diez kilómetros por la carretera y unos cuantos metros en la terminal del aeropuerto que resultaron casi más difíciles de atravesar que todo lo anterior.

Más allá del avión que los llevaría a la tierra prometida se levantaba la inmensa columna del volcán que había estallado cerca de Mammoth Lakes. Era diez veces más alta que la montaña, tanto que a Joey le dolía el cuello de torcerlo para ver dónde terminaba aquel penacho negro o, más bien, dónde se juntaba con el dosel de tinieblas que cubría el cielo.

Mientras corrían hacia el avión, se giró un instante para ver lo que dejaban atrás. Al otro lado de la terminal se alzaba la segunda nube, que poco a poco crecía para alcanzar la misma altura que su hermana. Ambas parecían dos pilares que sujetaran la bóveda del firmamento, sólo que el humo, los gases y la ceniza que vomitaban habían sustituido la cúpula cristalina y sembrada de estrellas que se veía por las noches por otra igual de negra, pero sucia, turbia y cuajada de relámpagos que estallaban por doquier.

En la pista soplaba un viento racheado y caótico. El aire olía a azufre y traía turbonadas calientes. En general, la temperatura había subido algunos grados. A Joey no le asombró. La tierra estaba expulsando la fiebre de sus entrañas.

El reactor tenía unos treinta metros de largo, demasiado pequeño para la tranquilidad de Joey, que jamás había montado en avión. Su fuselaje era de un suave color crema que se apreciaba sobre todo en la panza y en la parte inferior de las alas, ya que por arriba la fina lluvia de ceniza lo había teñido del mismo gris sucio que poco a poco iba convirtiéndolo todo en una deprimente fotografía en blanco y negro.

Algo cayó delante de Joey. Se agachó a recogerlo por curiosidad. Era una piedra pequeña, de color claro. Estaba llena de poros y apenas pesaba. Sin saber muy bien por qué, se la guardó en el bolsillo. Aunque lo ignoraba, aquella piedra pómez sería el último fragmento de tierra de California que volvería a tocar en mucho tiempo.

Por la escalerilla del avión bajaba una azafata morena y muy guapa que se plantó delante de ellos.

– ¿Qué hacen? Estamos esperando al señor Sousa y a…

– ¡Nos estás esperando a nosotros! -gritó Alborada.

Sólo entonces la azafata pareció reconocerlo por debajo de la ceniza; pero no se apartó hasta que Randall se acercó a ella y le hizo un gesto imperioso con la mano.

Los monitores y los niños subieron en tropel por la pequeña escalerilla. Los críos gritaban con una mezcla de júbilo y nerviosismo, pero todos se portaron bien y obedecieron a sus cuidadores. Randall se quedó el último. Joey le esperó abajo. Aunque tenía tanta prisa como cualquiera por salir de allí, eran compañeros de aventura, y no quería dar la impresión de cobarde.

Además, de pronto había recordado las palabras de Randall en la cafetería del pueblo. «No existe nada en el Universo más importante que la vida».

Durante un instante, en la terminal, Joey había pensado que su amigo utilizaba a los niños como una especie de salvoconducto sentimental para convencer a la gente y a los policías de que los dejaran pasar. Luego, cuando observó o más bien sintió el efecto que causaba en todos el aura de Randall, se dio cuenta de que aquellos críos no le hacían falta. Quería salvarlos porque sí.

«Cada vida es algo único e irrepetible».

Era fácil comprender la lógica de Randall. Treinta niños eran treinta vidas por el mismo peso y volumen de quince adultos. Además, cada uno de ellos tenía al menos ochenta años por delante. Ochenta por treinta eran dos mil cuatrocientos.

Joey temía que su amigo hubiera decidido quedarse en la pista y sacrificarse a cambio de salvar para el futuro esos dos mil cuatrocientos años de vida. Por eso se quedó a su lado al pie de la escalerilla. No para acompañarlo si decidía no subir, sino para recordarle algo más que había dicho en la cafetería. «El que ama la vida tiene que empezar por amar la suya propia».

Además, algo le hacía sospechar que iba a tardar en ver a sus padres. Algunos días Joey se sentía muy mayor e independiente. Pero hoy no. ¿Qué sería de él sin Randall?

Pero se tranquilizó al oír lo que le preguntaba a la azafata.

– ¿En cuánto tiempo podemos despegar?

«Podemos». No «pueden». Joey suspiró de alivio. Se le había incrustado en la mento la absurda idea de que Randall se iba a sacrificar por los demás.

– Ya deberíamos haberlo hecho. Mejor será que suban cuanto antes, por favor. Las condiciones son cada vez peores -añadió la azafata, en tono casi sumiso.

Arriba, los niños atestaban la cabina de pasajeros. El interior estaba forrado en maderas claras y el tapizado de cuero era de color crema, a juego con el fuselaje. Pero, aunque los tonos pretendían sugerir amplitud y espacio, el avión era más pequeño que un autobús escolar. Los monitores colocaron a dos niños en cada asiento y, apretándolos un poco, consiguieron ponerles los cinturones de seguridad por parejas.

Randall se acercó a la cabina del piloto, y Alborada le siguió. Joey, decidido a enterarse de todo, se pegó a ellos.

Más que la cabina de un avión le pareció el puente de mando de la Enterprise , pues estaba llena de aparatos, visores, pantallas y luces de todos los colores. Sin embargo, Joey observó con cierta alarma que en dos de las pantallas más grandes aparecía constantemente el mensaje: error. No se reciben datos suficientes. Error. No se reciben datos suficientes.

– ¿Dónde está Sousa? -preguntó el piloto, volviéndose hacia ellos. La piloto, se corrigió Joey. Era una mujer rubia y delgada que hablaba inglés con acento extranjero, pero no español-. Nadie contesta al móvil.

– Ni contestará -respondió Alborada-. Antes de la erupción explotó una nube tóxica. Yo me he salvado de milagro.

Mientras hablaban, el copiloto trasteaba con los mandos. El zumbido de fondo de los motores del avión se aceleró y subió de tono sobre el grave fragor de las erupciones.

– Esto no puede ser -dijo la piloto-. Sé que son niños, pero este avión es propiedad de Sybil Kosmos y tengo que responder ante ella si no…

– Deje que yo responda ante Sybil -la cortó Randall- Usted despegue. Le sugiero un rumbo noroeste para salir cuanto antes de las cenizas.

La mujer pareció a punto de responder, pero se mordió los labios. Aunque esta vez no la percibió, Joey pensó que Randall debía estar usando de nuevo su aura.

– Está bien -dijo la piloto-. Vamos a despegar. Siéntense y abróchense los cinturones.

Joey se volvió. Todos los asientos estaban ocupados por los niños. Sus monitores pasaban entre ellos, intentando tranquilizar a los más asustados.

– ¡Me parece que vamos a tener que ir de pie! -dijo. Para su disgusto, su propia voz le sonó tan aguda como las de los críos.

La piloto meneó la cabeza, sin volverse.

– Pues agárrense a lo que puedan. Este viaje puede ser movido.

Joey no tardó en comprobar que la piloto tenía razón.

Mientras el pequeño jet recorría la pista, el suelo empozó a temblar de nuevo. Ahora sí que se sintió de verdad en el puente de la Enterprise , en una de esas escenas en que los klingon u otros enemigos disparaban sus proyectiles contra la nave y todo se sacudía y Kirk, Spock y los demás salían volando sobre los asientos. Joey se agarró con fuerza al respaldo de un sillón de la primera fila. Aun así se vio proyectado contra Alborada. El español le rodeó los hombros con fuerza. Entre el zumbido ensordecedor de los motores y el estruendo que provenía de la tierra, oyó cómo Alborada le gritaba al oído:

– ¡Tranquilo, Joey! ¡Vamos a salir de ésta!

Por alguna razón, oír su nombre le tranquilizó un poco.

Pese al terremoto que sacudía la pista, la piloto aceleró la nave con decisión, y el zumbido de los motores subió de volumen como una taladradora que diera vueltas cada vez más rápido. De pronto, el avión se levantó en un ángulo que a Joey le pareció inverosímil. Algunos niños aplaudieron, pero a él no le quedaron ganas, porque la aceleración le eslava apretando el pecho contra la parte posterior del sillón.

Mientras subía, el avión seguía zarandeándose como un coche que viajara por una carretera plagada de baches y socavones. De pronto, en la zona de la cola sonó una terrible explosión, tan fuerte como la que Joey había escuchado en el lago. Si hasta ese momento el reactor parecía moverse, ahora se convirtió en una hoja arrastrada por el viento. Joey se acuclilló entre el sillón y la pared que separaba la cabina del compartimento de los pasajeros, se tapó las manos con la cara y volvió a rezar.

QUINTA PARTE

MARTES

Capítulo 25

Santorini.

– Estarás contenta, ¿no? Por fin ha estallado tu supervolcán. ¡El fin del mundo se acerca!

Iris se volvió hacia Finnur. Su novio la miraba con esa sonrisilla entre condescendiente e irónica que tanto la molestaba.

– Yo no he hablado de supervolcán. Pero en la caldera de Long Valley se han abierto ya tres chimeneas separadas por varios kilómetros. Eso indica que la cámara de magma es inmensa.

– No todo el magma tiene por qué estar fundido ahí abajo. Se pueden haber formado dos subcámaras independientes en su interior, o sea, dos volcanes vulgares y corrientes. Pero tú siempre tienes que elegir la peor opción.

«No lo sabes tú bien», pensó Iris. Al parecer, en los últimos tiempos sólo sabía fijarse en gilipollas como Finnur -el insulto lo pronunció mentalmente en español- o en sinvergüenzas como Gabriel Espada.

Cuando pensó en Gabriel, se le subió la sangre a la cara.

– ¿Por qué te has puesto tan colorada, kanina? -preguntó Finnur, entrecerrando los ojos.

Lo malo de haber heredado de su madre la piel pálida era que cuando Iris se ruborizaba sus mejillas parecían semáforos. Apartó la mirada de Finnur y volvió a concentrarse en los monitores.

Ambos se hallaban a bordo del Poseidón, un yate reconvertido en barco de investigación oceanográfica. Estaban en el antiguo comedor, una sala provista de grandes claraboyas por las que entraba la luz de una mañana casi veraniega. Apenas soplaba viento y las olas rompían blandas contra el Poseidón, sin levantar espuma.

En una mesa situada en ángulo recto con la de los dos vulcanólogos se sentaba Tiara, una joven griega seria y delgada que cada mañana corría quince kilómetros en ayunas. Especializada en arqueología submarina, mostraba la misma fuerza de voluntad casi fanática en todo lo que hacía.

Los instrumentos del barco estaban preparados para monitorizar el fondo de la bahía de Santorini. El Poseidón contaba con sonares de barrido y con un vehículo robot provisto de focos y cámaras. El paisaje que mostraban las imágenes era similar al de la propia isla: grandes rocas oscuras arrojadas por la erupción de la Edad de Bronce y depósitos de piedra pómez, todo sobre un fondo de cenizas claras y arenas volcánicas negras.

Además, el barco tenía un perfilador de fondos, un aparato que usaba descargas eléctricas de miles de voltios para crear burbujas de aire. La presión del agua hacía colapsar esas burbujas y provocaba un estampido sónico. Parte de las ondas sonoras se reflejaban en el fondo, pero la mayoría penetraban en el material sólido cientos de metros. Si en el camino se topaban con rocas u objetos de distinta densidad, rebotaban de regreso a los sensores del barco. Los datos obtenidos, combinados con los del magnetómetro, ofrecían una información muy valiosa sobre la estructura interna del subsuelo marino.

n aquel momento el Poseidón estaba sondeando las aguas al oeste de la isla de Kameni para averiguar qué cambios se habían producido en la bahía después del terremoto del viernes. Tiara observaba su monitor con la esperanza de que el seísmo hubiera removido el fondo lo suficiente para sacar restos arqueológicos o al menos acercarlos al alcance del perfilador.

Al hacerlo seguía instrucciones directas de Sideris. El director de las excavaciones estaba convencido de que en el interior de la bahía, bajo el propio volcán, había existido una ciudad mayor que Akrotiri. Si era así, la erupción tuvo que destruirla. Pero cuando se produjo el colapso final y toda la caldera se hundió, algunos restos de la ciudad debieron quedar sepultados en las profundidades.

Al menos, ésa era la esperanza de Sideris. Rena Christakos estaba convencida de que aquella búsqueda suponía una pérdida de tiempo.

Al recordar a la arqueóloga grecoamericana, a Iris se le empañaron los ojos. Era la única amiga de verdad que había hecho en Santorini. Mientras ella enterraba a su padre en Madrid, Rena había muerto por un infarto en las excavaciones. Iris se preguntó qué haría allí a esas horas de la noche, justo cuando se había producido el terremoto. ¿Habría muerto de puro y simple miedo por culpa del seísmo?

– ¿Te pasa algo? -preguntó Finnur. Iris se tocó con disimulo las comisuras de los párpados para enjugar la humedad.

– No es nada.

Mientras Tiara buscaba los restos de aquella ciudad perdida, Iris y Finnur monitorizaban el comportamiento del volcán y los diversos síntomas de su actividad. En una ventana situada en la parte izquierda de la pantalla recibían los datos de los sismógrafos instalados en la isla. Sus lecturas indicaban vibraciones constantes en el subsuelo: aunque no eran perceptibles para los humanos, su dibujo revelaba que el pulso de la Tierra estaba acelerado, como si la vieja señora hubiera tomado más café de la cuenta.

– Hay tremor volcánico. Todos los datos hablan de una erupción inminente -insistió Iris.

– ¿A qué le llamas inminente, kanina?

«Conejito». Las primeras mil veces que Finnur llamó así a Iris incluso le hicieron gracia. Eso fue muchos años atrás.

– Creo que cualquiera entiende qué significa «inminente», Finnur.

Gracias a los datos de los GPS y de la batimetría del fondo, sabían que toda la caldera estaba ascendiendo y que la isla central de Kameni se hallaba diez centímetros más alta que hacía dos semanas. Esa deformación del suelo podía indicar que la cámara de magma se estaba rellenando con grandes masas de roca fundida que subía desde las profundidades de la Tierra. Las lecturas gravimétricas sugerían lo mismo, así como el volumen de dióxido de sulfuro que brotaba del suelo.

– Por la velocidad a la que asciende el magma, todavía deben faltar varias semanas para tu supuesta erupción -dijo Finnur-. Y puede que el proceso se detenga por sí solo. Es lo que suele ocurrir.

– Tú lo has dicho. «Suele» ocurrir. Pero a veces sucede lo peor. Y la velocidad de ascenso del magma no ha dejado de crecer en las últimas semanas. Si sigue en esa progresión geométrica, podemos tener una erupción antes de siete días.

– ¡Qué feliz serías entonces, Gran Sacerdotisa de las Catástrofes! ¿A que te encantaría presenciar una explosión como la de Long Valley y ver cómo todo esto vuela por los aires, aunque se lleve tu bello culo por delante?

Iris resopló y se mordió el labio. No iba a caer en la tentación de pelear.

– Deberíamos dar la alarma, Finnur. De nivel naranja por lo menos.

– Nosotros sólo tenemos que rendir cuentas a Sideris y al señor Kosmos. Que den la alerta los del ISMOSAV [5]. Es su trabajo.

– Sabes que no lo harán hasta el último momento -dijo Iris, convencida de que no habría alerta en Santorini, ni roja ni naranja ni amarilla, hasta que así lo decidiera Kosmos, el auténtico dueño de la isla.

– Aun así, el plan de evacuación es muy eficaz -dijo Finnur-. El ejército puede sacar de Santorini a todo el mundo en cuestión de horas. No te preocupes tanto, kanina.

– Nuestro trabajo es preocuparnos.

– Al turismo de Santorini le ha costado mucho recuperarse después de la última erupción. ¿Qué quieres, hundirlo de nuevo?

– No tergiverses las cosas. Siento mucho si el turismo se hunde. Pero nuestra misión no es hacer de relaciones públicas. Estamos aquí para observar, medir e interpretar hechos.

– Vivimos y trabajamos en esta isla, kanina. Si por tu culpa se decreta una evacuación general y luego no ocurre nada, no serás el personaje más popular de Santorini.

– Seguro que en Long Valley había gente que pensaba lo mismo que tú, y mira lo que ha pasado.

– Eh, mirad. ¿Qué demonios es eso? -exclamó Tiara, sorprendida.

Iris se volvió hacia ella. La arqueóloga tenía la vista clavada en la ventana que mostraba las lecturas del perfilador de fondos. Iris la maximizó en su propia pantalla para estudiarla mejor.

El suelo de la bahía se veía como una línea clara salpicada de bultos marrones. Por debajo predominaban los colores blancos y azules, pero en la zona sobre la que acababan de pasar había aparecido una mancha oscura con un diseño sorprendente.

– ¿Eso no se lo estará inventando el ordenador? -Preguntó Iris-. ¿No le estará dando una geometría que en realidad no tiene?

– No -contestó Tiara con sequedad-. El perfilador alcanza una resolución de unos pocos centímetros, y el objeto tiene cinco metros de diámetro. El ordenador no se está inventando nada. Eso que vemos es lo que hay.

Aquel objeto enterrado bajo una capa de ceniza y arena tenía una forma inesperada y casi imposible en la naturaleza.

Una semiesfera de proporciones perfectas.

– Mirad las lecturas del magnetómetro. ¿Qué os parecen? -preguntó Tiara.

El objeto estaba rodeado por un campo magnético de cierta intensidad, que además fluctuaba en un patrón aparentemente caótico.

– Es como si fuera una especie de dinamo -dijo Iris.

– Y de metal -añadió Tiara-. O sea, que ahí abajo tenemos una cúpula metálica que produce un campo magnético.

– Eso no puede ser natural. Tiene que ser un objeto fabricado por el hombre.

– Ni en Creta ni en Tera se construían cúpulas, y menos de metal -dijo Tiara. De pronto pareció recordar algo, frunció el ceño y apartó la vista de la pantalla para mirar a la pareja-. No digáis nada de esto.

– Conocemos las normas, Tiara -dijo Finnur, que llevaba un rato callado.

Por orden del señor Kosmos, Sideris había obligado a todo el personal de las excavaciones a firmar cláusulas de confidencialidad. Era como si en lugar de desenterrar una ciudad antigua estuvieran diseñando un arma secreta

Por lo que había hablado con Rena, Iris sabía que aquel exagerado sigilo era algo insólito en unas excavaciones. Pero Kosmos ponía el dinero y, por ende, las normas. Cuando los miembros de una cuadrilla realizaban algún descubrimiento, se lo comunicaban tan sólo al director Sideris, quien a su vez se lo contaba a Kosmos. Entre ambos decidían lo que se publicaba y lo que se mantenía en secreto.

Antes del accidente, Rena le había dicho a Iris que aquel modo de proceder le recordaba a Schliemann. Mientras desenterraba las ruinas de Troya, el arqueólogo alemán escondía los objetos que iba encontrando para luego sacarlos todos juntos a la luz de forma mucho más espectacular.

– Sideris debe estar preparando dar un bombazo parecido ante los medios -le dijo Rena.

– Bueno, eso no tiene nada de malo.

– Si se dice la verdad, no. Si se falsean los hechos, es inmoral. Y peor todavía, es mentira.

Mentira parecía lo que estaban viendo ahora. Una cúpula de metal sepultada bajo los restos de un volcán que había estallado hacía tres mil quinientos años. La fantasía de Iris imaginó una espléndida ciudad de bóvedas y minaretes dorados refulgiendo bajo el sol, como en una visión de Las mil y una noches bajo el cielo del Egeo.

Se volvió hacia Finnur para decirle algo, pero la expresión que vio en su rostro hizo que olvidara aquel comentario.

– ¿Pasa algo, kanina? -dijo él, apresurándose a fingir una sonrisa.

Iris negó con la cabeza y apartó la mirada. El gesto entre hermético y taimado de Finnur, con los labios apretados y los ojos ausentes, había sido muy revelador.

El hallazgo de aquella semiesfera magnetizada no era ninguna sorpresa para él. Eso quería decir que alguien, Sideris o Kosmos, o incluso ambos, andaba buscando esa cúpula de metal y había informado de ello a Finnur. Pero ¿cómo se habían enterado de la existencia de un artefacto teóricamente imposible?

Por alguna razón, Iris pensó que el volcán que latía bajo la bahía no era la única amenaza que se cernía sobre su futuro inmediato.

Como si la madre Gaia quisiera contradecirla, la tierra volvió a temblar.

Y a unos kilómetros de Santorini, un volcán submarino que llevaba siglos aletargado despertó de repente.

SEXTA PARTE

MIÉRCOLES

Capítulo 26

Madrid, La Latina.

Eran las siete de la tarde cuando Gabriel entró en el bar Luque. Tenía los ojos irritados y le dolía la cabeza. Llevaba dos días pegado a la pantalla, empapándose en un curso intensivo sobre las culturas egeas de la Edad de Bronce. ¿Por qué les habrían puesto unos nombres tan parecidos? A la de Creta la llamaban «minoica» y a la de Grecia continental «micénica»: no era extraño que los estudiantes de historia las confundieran.

Había acordado con Celeste que el jueves volvería a la clínica Gilgamesh para grabar las palabras de la anciana enferma de Alzheimer. Aunque la visita sería por la mañana, como Milagros se pasaba casi todo el día dormitando, era muy probable que en algún momento entrara en fase de sueño profundo y volviera a sufrir aquellas extrañas visiones del mundo de la Atlántida.

Lo que Gabriel no le había confesado a Celeste era que él también las había compartido. Y su intención era repetir la experiencia.

Había recibido las visiones mientras dormía. Al parecer, en el estado de sueño su mente era más permeable a las «emisiones» de Milagros. Sabía que, desde que se quedó dormido en el sofá de la habitación hasta que Celeste volvió y lo despertó, no había pasado mucho tiempo. Eso le hacía sospechar que no había llegado a entrar en la laso REM, sino que se había sumido en el sopor de las ondas delta, el primer estadío del sueño y el más profundo, donde no se producían los procesos mentales conocidos como «sueños». (Cuando había escrito algo sobre el asunto, Gabriel se lamentaba a menudo de que el español no tuviese dos términos distintos como el inglés: sleep para el acto de dormir y dream para el acto de soñar).

Si quería unirse de nuevo con la mente de Milagros, tendría que sumergirse en sueño profundo a media mañana. ¿Cómo conseguirlo? Las dos primeras ideas que se le vinieron a la cabeza, emborracharse y empastillarse, no le convencieron. Mientras vivía las extrañas memorias de Kiru, su mente había conservado una extraña lucidez. No sabía en qué podrían afectarla el alcohol o los barbitúricos, pero no quería correr el riesgo.

Por suerte, Enrique tenía la solución y había prometido traérsela hoy.

Enrique y Herman estaban sentados en su mesa habitual, situada en el centro del bar, el punto estratégico para ver los partidos de fútbol en la pantalla grande. Ambos estaban discutiendo; lo contrario habría sorprendido a Gabriel.

– El problema de los chavales de ahora es que no hacen la mili -sostenía Herman, clavando su dedazo en la mesa-. Ahí sí que nos enseñaban respeto y disciplina. Y también aprendíamos a dominar nuestro cuerpo, en lugar de dejarnos dominar por él. ¡Ah, esas marchas de cincuenta kilómetros bajo el sol! ¡Qué bien les vendrían a estos gandules de ahora!

Al ver a Gabriel, Herman se volvió y sonrió, como si evocara algún recuerdo placentero.

– ¿Os había dicho que me enseñaron cinco formas distintas de matar a alguien sin que llegue a emitir ni un sonido?

– Sin duda es lo que les haría falta a los jóvenes de hoy día -dijo Enrique, en tono resignado. Tenía un maletín de cuero sobre la mesa-. Hola, Gabriel -saludó, estrechándole la mano-. Te lo he traído. Te recuerdo que es un prototipo. Prefiero no decirte cuánto cuesta, no sea que te pongas tan nervioso que se te caiga al suelo.

– Tranquilo. Lo cuidaré.

Enrique abrió el maletín. Dentro había un extraño aparato, una especie de araña de cuerpo negro y brillante y patas blancas y elásticas rematadas por electrodos.

– Ésta es la correa para sujetárselo a la barbilla. No te olvides de abrochártela, por favor.

– El nombre para esa correa es «barbuquejo» -precisó Herman, recordando de nuevo sus tiempos de la mili.

– Éste es el mando a distancia. Tiene varias posiciones. La alfa es para ondas relajantes. La theta para un sueño ligero. La delta para pasar a sueño profundo, y la REM es por si el usuario quiere soñar.

Aquél era el Morpheus, el aparato inductor del sueño en el que Enrique había invertido varios millones de euros, incluyendo camisetas con logos en tres dimensiones.

– También puedes programar la duración del sueño -dijo Enrique, señalando la pantalla del mando a distancia-. Marcas por ejemplo las ocho, y unos minutos antes el Morpheus empieza a activar tus ondas cerebrales para que estés despierto, alerta y descansado a la hora elegida.

– ¿Y para qué coño quieres ese cacharro, Gabriel? -preguntó Herman-. No será para…

Gabriel clavó los ojos en Herman y entrecerró los párpados. Su amigo comprendió el mensaje y se calló. A Enrique sólo le había dicho que estaba realizando un estudio sobre el sueño (en sus dos facetas, dream y sleep) para escribir un libro por el que le iban a pagar un suculento anticipo. Nada de telepatía ni visiones de la Atlántida: se sentía ridículo hablando de aquello en voz alta.

No obstante, Enrique debió darse cuenta de algo, porque miró a Herman con suspicacia.

– ¿Qué ibas a decir, Herman?

En ese momento, la televisión acudió en ayuda de Gabriel.

noticias nnc. última hora sobre el posible supervolcán de california.

– ¡Dale voz, Luque! -dijo Gabriel.

– A ver si ahora nos va a cortar el partido de fútbol -rezongó Herman.

– Calla, Herman -le espetó Enrique, en un tono brusco muy poco habitual en él. Acababa de consultar algo en su móvil que le había demudado el rostro. Gabriel se preguntó qué podía ser.

Capítulo 27

Santorini, Nea Thera.

Era la primera vez que Iris iba a visitar Nea Thera, la mansión minoica de Spyridon Kosmos. El magnate celebraba su nonagésimo cumpleaños, y por alguna razón desconocida, en lugar de rodearse de ministros, banqueros o estrellas del cine y el deporte, había invitado al equipo de las excavaciones de Akrotiri.

Estaban cruzando la bahía en un barco de madera cuyos esbeltos mástiles sólo servían de adorno, pues la propulsión la brindaba un ruidoso motor. Desde allí, podían ver el palacio de Kosmos, encaramado sobre las rocas volcánicas del islote. Y, por encima del palacio, el penacho blanco de la fumarola, una columna de humo que se elevaba a varias decenas de metros, como la chimenea de una central térmica.

No era la actividad geológica en el centro de la bahía lo más preocupante. La boca volcánica de Kameni sólo estaba eructando unos cuantos gases, como un bebé aquejado de cólicos. La propia Iris sabía que de momento el magma acumulado a miles de metros bajo ellos no intentaría salir a la superficie. Aunque «de momento» podía significar cuatro o cinco días.

La joven volvió la mirada hacia la popa. Por encima de los abruptos acantilados de Tera se levantaba otra nube, pero mucho más alta y oscura que la de Kameni. Provenía del volcán submarino de Kolumbo, a unos ocho kilómetros al nordeste de Santorini.

La última erupción de Kolumbo se había producido en el año 1650, y los gases y flujos piroclásticos mataron a más de setenta personas en Santorini. Desde entonces el volcán había dormido bajo las aguas.

El martes, sin embargo, se había producido un temblor de 5,4 mientras Iris y Finnur examinaban el fondo de la bahía con el Poseidón. Aquel seísmo fue el heraldo del inesperado despertar del Kolumbo, que los había pillado por sorpresa tanto a ellos como a los miembros del ISMOSAV.

Durante unos minutos, las aguas habían borboteado. Después, el volcán empezó a arrojar lava a más de quince metros por encima de las olas y la columna de gases sulfúricos se elevó hasta tres kilómetros de altura. El espectáculo atrajo a los turistas en masa a la parte este de Tera, sobre todo por la noche: en la oscuridad, la lava brillaba sobre las aguas como un corazón palpitante al rojo vivo.

Pero la misma noche del martes empezaron a caer cenizas sobre Santorini, y el viento trajo gases que irritaban los ojos y la garganta y se agarraban a los bronquios. Las autoridades decretaron la alerta naranja y la evacuación empezó el miércoles por la mañana. Durante todo el día no habían dejado de aterrizar y despegar aviones en el pequeño aeropuerto de la isla, y el tráfico de ferrys atestados de pasajeros era constante.

– Pandilla de cobardes… -mascullaba Sideris, sentado en la proa.

Se refería al resto del equipo. De las treinta personas a las que había invitado Kosmos, sólo diez acudían a la fiesta. De hecho, Iris sabía que muchos trabajadores de las excavaciones, incluyendo arqueólogos titulados, habían solicitado plaza en los vuelos de evacuación. Algunos ya ni siquiera estaban en la isla.

Por supuesto, eso no se aplicaba a ella ni a Finnur. Como vulcanólogos, se encontraban donde debían. Además, en teoría no corrían peligro. Aunque el volcán de Kolumbo produjera un tsunami, la masa de Tera, la isla mayor de Santorini, protegía a Kameni en una especie de abrazo.

No obstante, Iris no las tenía todas consigo. La erupción de Kolumbo parecía relativamente pequeña. Por ahora. Tal como se estaba comportando la Tierra en los últimos días, temía que en cualquier momento el volcán submarino recibiera una inyección suplementaria de roca fundida a modo de anabolizantes. Si eso ocurría y la presión aumentaba lo suficiente, la explosión resultante podría lanzar sobre Santorini una nube de gases tóxicos o, aún peor, flujos piroclásticos.

* * * * *

Cuando el barco llegó a Kameni, los invitados del señor Kosmos desembarcaron en una minúscula bahía. Después emprendieron la subida, rodeados por cenizas y rocas volcánicas agrupadas en zonas amarillas, rojizas, blanquecinas, negras; todas ellas, restos de erupciones independientes.

Sideris tenía que esforzarse para aguantar el paso de los demás. Su retraso no era sólo cuestión de edad, sino también de la abultada panza que cultivaba cenando asados de cordero y cerdo en Simos, la taberna donde cenaba casi todas las noches. Aprovechando que había que detenerse de vez en cuando a esperar al jefe, Iris se volvía y contemplaba el penacho de gases de Kolumbo. El fragor de la erupción se oía desde allí como una tormenta alejada, pero que no dejaba de tronar.

– Tranquila, kanina -le dijo Finnur-. No se va a convertir de repente en un supervolcán porque tú dejes de mirarlo.

– ¿Quién ha hablado de supervolcán?

– Estás obsesionada con lo de Long Valley, lo sé.

«Parece mentira que un vulcanólogo no comprenda la gravedad de lo que está pasando en California», pensó Iris. Según las noticias, en Long Valley se habían abierto ya tres bocas volcánicas que no dejaban de vomitar rocas y cenizas en volúmenes que no se habían visto en tiempos históricos. Ni siquiera en 1815, cuando la erupción del Tambora provocó el llamado «año sin verano».

«Es cierto que, por mucho que piense en ello, no voy a remediarlo», se dijo Iris.

El camino pasó junto a una elevación de basaltos negros y quebrados, un tipo de lava que los vulcanólogos llamaban aa. Allí giraron a la izquierda. El olor a huevo podrido se hizo más intenso, pues se acercaban a la chimenea del volcán. Pero lo que más saltaba a la vista en aquel lugar no eran las fumarolas blanquecinas que brotaban del suelo, sino la mansión de Kosmos, que trepaba terraza tras terraza sobre el abrupto relieve.

– Esa reconstrucción no es más que una falsificación hortera -le había dicho Rena en una ocasión, refiriéndose a Nea Thera.

No siendo arqueóloga, Iris no era ni de lejos tan purista. Cuando entraron en la mansión no pudo evitar una emoción casi infantil. Por un instante se sintió la joven princesa Ariadna recorriendo el laberinto encargado por su padre Minos para contener al Minotauro. Caminaron entre columnas rojas y ocres que sustentaban un artesonado de madera pintado en vivos colores. En las paredes se veían frescos donde sacerdotisas vestidas con faldas de volantes enseñaban los pechos y jóvenes acróbatas brincaban sobre los cuernos de grandes toros.

– ¿Te gusta, kanina? -preguntó Finnur. Como pelotillero número dos de Kosmos, había visitado muchas veces Nea Thera.

– Es muy bonito -reconoció Iris.

– El señor Kosmos siempre ha tenido un gusto exquisito -dijo Sideris, el pelotillero número uno. Todo en una clasificación que había inventado Iris y que sólo compartía con Rena. O que había compartido, se corrigió.

El sirviente que vino a recibirlos vestía tan sólo un faldellín enrollado a la cintura, como los jóvenes de los frescos.

– El señor Kosmos los espera en el mirador -les dijo. Tras cruzar varias estancias decoradas con el mismo estilo, llegaron a una escalera interior que salvaba los desniveles entre Las diversas plantas del palacio, adaptadas al relieve de la ladera. Junto a la escalera había un detalle anacrónico, el único que Iris había visto hasta ahora: una rampa con una barandilla eléctrica preparada para subir una silla de ruedas.

La escalera desembocaba en una amplia azotea. Desde allí bastaba con girar sobre los talones para contemplar todo Santorini: a un lado los acantilados de Tera, al otro los de su hermana pequeña Terasia, e incluso el islote de Aspronisi en la bocana suroeste de la bahía. Hacía años las autoridades habían puesto en venta Aspronisi. Todos los habitantes de Santorini se rieron. ¿Quién iba a estar tan loco de comprar aquel pegote de roca?

No podían sospechar entonces que alguien lo bastante loco y con suficiente dinero compraría una isla mucho más grande y peligrosa: Kameni, el corazón del volcán.

El loco en cuestión, Spyridon Kosmos, estaba asomado a una balaustrada decorada con pinturas de delfines y pájaros. Al oír las pisadas de los invitados, accionó el mando de la silla de ruedas para dar la vuelta.

Iris no conocía en persona a Kosmos, y apenas había visto fotos de él. Cuando el millonario se acercó, acompañado por el leve zumbido del motor eléctrico de su silla, Iris pensó que no envejecía con demasiada dignidad. Se había teñido el pelo de un color negro que más parecía betún para zapatos y llevaba el rostro maquillado como un actor de cine mudo.

Para completar el cuadro, Kosmos llevaba un traje blanco de lino tan arrugado y mal puesto que lo hacía parecer aún más contrahecho. La impresión que ofrecía el anciano era de suma debilidad, como si cualquiera de las fuertes rachas de viento que solían soplar en Santorini pudiera levantarlo sobre el pretil y arrojarlo a la bahía tras destrozar aún más su cuerpo contra los picudos relieves del basalto.

– Bienvenidos a mi morada -les saludó. Su voz sonaba más limpia y enérgica de lo que su aspecto habría hecho sospechar.

– Es un honor para nosotros compartir con usted una fecha tan especial -dijo Sideris, haciendo una reverencia más propia de un japonés que de un griego.

Tras tan breve salutación, Kosmos se despidió de ellos hasta la cena. El sirviente acompañó a los invitados escaleras abajo, y procedió a repartir las habitaciones.

Los dormitorios también estaban decorados al estilo minoico, y disponían de cuartos de baño que mezclaban detalles antiguos con instalaciones modernas. Había varios candiles encendidos, pero la iluminación principal provenía de luces eléctricas tan disimuladas que apenas se veían. La ilusión de encontrarse en un auténtico palacio de la Edad de Bronce era casi completa.

Mientras Finnur se lavaba los dientes y orinaba, complaciéndose en el potente gorgoteo de su chorro sobre el agua de la taza, Iris se sentó en un taburete y abrió su tableta para buscar información sobre la erupción de Long Valley. Al parecer, la NNC iba a emitir un reportaje especial en menos de media hora.

«Justo durante la cena», pensó Iris. Tenía que buscar la forma de verlo. Lo que estaba ocurriendo en Long Valley era mucho más importante que cualquier fiesta de cumpleaños, por muy rico e importante que fuera el homenajeado.

Capítulo 28

Madrid, La Latina.

La erupción había empezado cuarenta y ocho horas antes, en un lugar de California llamado Long Valley. Gabriel estaba casi seguro de que Iris lo había mencionado.

Según el noticiario, a mediodía -ya de noche en España se había abierto una boca eruptiva en un centro turístico conocido como Mammoth Lakes. Aquello había ocurrido sin apenas avisar. Tan súbita como una explosión nuclear y mucho más potente, la erupción había superado en pocas horas los efectos del monte St. Helens, hasta entonces el volcán más destructivo de la historia de Estados Unidos.

En realidad, no se trataba de una sola erupción: apenas unos minutos después se había abierto una segunda chimenea a diez kilómetros de la primera. Y, pasadas doce horas, había ya un tercer foco.

En una imagen por satélite, las tres bocas de la erupción aparecían señaladas con puntos rojos que palpitaban como diminutos corazones. Una línea de puntos marcaba un óvalo apaisado de más de 30 kilómetros de este a oeste. El reportaje era americano, pero lo habían traducido, y la locución en español se superponía a la voz de la periodista de color que lo presentaba.

«Esa línea señala el contorno de la caldera de Long Valley. Se trata de una gran depresión, el vestigio de una erupción gigantesca que se produjo hace 750.000 años.

»En la peor hipótesis posible, la mayor parte de las rocas que rellenan esa caldera pueden haberse fundido a miles de metros de profundidad. Se habría formado así un inmenso depósito de magma a presión, magma que estaría empujando para salir a la superficie».

El montaje dio paso a un hombre que hablaba delante de un atril. Estaba tan gordo que la corbata se hundía bajo la papada como el dogal en el cuello de un ahorcado. Bajo él se leía: Lewis Spawforth. Director de la FEMA, Federal Emergency Management Agency.

– ¿Por qué no traducen también eso? -se quejó Herman.

– Agencia de gestión de emergencias federales -dijo Enrique.

– Chssss -dijo Gabriel.

«La prensa ha aireado con mucha ligereza el término "supervolcán"» declaró el tal Spawforth. «No hay por qué ser alarmistas. La erupción está siendo extremadamente violenta. Pero por eso mismo es más probable que la presión del magma fundido que hay en la caldera baje rápidamente y la erupción se detenga o adquiera proporciones más… manejables».

– ¿Cómo se maneja una erupción? -comentó Gabriel.

«Aunque se ha declarado la condición de catástrofe en California, Nevada y Arizona, queremos tranquilizar a los ciudadanos. Pronto llegarán suministros a las zonas afectadas. Debemos añadir que en el resto de la nación no se prevé mayor peligro que, tal vez, una ligera caída de cenizas».

– ¿No os da la impresión de que a ese tipo le está creciendo la nariz? -dijo Enrique.

– Los políticos son iguales en todas partes -comentó Herman-. Siempre mintiendo al pueblo.

– No le queda otro remedio -dijo Gabriel-. En este momento se debe estar desatando el pánico por medio país.

Como si los autores del reportaje le hubieran leído la mente, en la siguiente escena apareció un supermercado. Todos los estantes se habían quedado vacíos y la gente hacía cola ante las cajas con los carritos llenos a rebosar. Aquello estaba ocurriendo en Washington, a más de tres mil kilómetros.

Otras imágenes mostraron escaparates rotos. Un par de saqueadores se llevaban a cuestas una enorme pantalla de televisión. «¿Para qué querrán una tele gigante si se hunde la civilización?», pensó Gabriel.

«Como se puede ver», prosiguió la periodista, «las declaraciones del director de la FEMA no han tranquilizado a todo el mundo».

– Eso es evidente -dijo Enrique, que llevaba un rato trasteando con su móvil.

– ¿A qué te refieres?

Enrique bajó la voz y se acercó a Gabriel.

– No se lo digas a nadie -susurró-. Pero me acaban de enviar un confidencial.

– ¿Y qué dice?

– Que se van a suspender las cotizaciones en Wall Street. Indefinidamente.

Gabriel se apartó un poco y miró a su amigo. Era evidente que estaba muy preocupado.

– ¿Y eso en qué te afecta a ti?

– En todo. Quieren evitar que la bolsa se hunda. Pero lo que va a ocurrir es que, en cuanto se sepa, los mercados de todo el mundo se van a venir abajo. Todo está interconectado.

Gabriel comprendió. La fortuna de su amigo se hallaba en la cuerda floja. Sus acciones, sus opciones, incluso sus cuentas bancarias: si se producía una catástrofe como la que había vaticinado Iris, la economía mundial se hundiría a tales profundidades que las crisis del 29 y del 2009 parecerían por comparación épocas doradas.

Y los que tenían números rojos en sus cuentas, como él, se encontrarían en la misma situación que los ricos como Enrique. Todos igualados en la miseria.

– No soy un gran consejero bursátil -dijo Gabriel-. Pero te recomendaría comprar cosas materiales, productos que se puedan tocar e intercambiar. Sobre todo comida. Mucha comida. Y un lugar seguro y alejado de la ciudad donde poder almacenarla.

– Puede que la crisis producida por ese volcán nos afecte económicamente, pero no creo que…

– Créeme, Enrique. Las cosas se van a poner mucho peores. Ese volcán es sólo el principio.

Enrique le miró a los ojos unos segundos. Después asintió.

– Voy a la calle un momento. Tengo que hacer unas gestiones.

Enrique salió del bar, tecleando en la pantalla del móvil con dedos frenéticos. En la televisión, la presentadora proseguía:

«También hay voces discordantes entre la comunidad científica. Veamos a continuación una entrevista con Eyvindur Freisson, miembro hasta hace pocos días del Osservatorio Vesuviano, que acaba de presentar su dimisión por una presunta falsa alarma de erupción en Nápoles».

En la siguiente imagen apareció un hombre con cabello y barba blancos. Gabriel recordaba haberlo visto en una breve entrevista durante el viaje en AVE de Málaga a Madrid. De modo que aquella alarma le había costado el puesto. Y, aun así los medios seguían recurriendo a él.

El personaje había despertado su curiosidad. Gabriel hizo una búsqueda en su móvil y descubrió que era vulcanólogo y biogeoquímico. El nombre le sonaba a islandés, lo que le impulsó a hacer una segunda búsqueda cruzada con el nombre de Iris Gudrundóttir.

¡Bingo! Eyvindur había sido profesor de Iris, y ambos habían publicado dos artículos a medias.

Inconscientemente, Gabriel se tocó la mejilla, donde le había besado Iris al despedirse.

«Olvídate de esa chica, gilipollas romántico», se dijo al darse cuenta de su gesto. En bastantes líos se había metido ya como para buscarse un amor al otro lado del Mediterráneo.

Sin embargo, mientras el reportaje seguía en la tele, sus dedos recorrieron la pantalla para abrir la carpeta de contactos y buscar el móvil de Iris.

Capítulo 29

Santorini .

De momento, el señor Kosmos no se había dignado a aparecer en su propia cena. El único recordatorio de la fiesta era una gran tarta cubierta de nata, con unas letras de chocolate que lo felicitaban, Xαpουμενα γενεθλια σας Κοσμος, y dos velas apagadas en forma de 9 y de 0. Mientras los comensales entretenían la espera de los entrantes mojando pan en tsatsiki, Iris recibió un mensaje en su móvil extraoficial. Era de Eyvindur.

¿Estás viendo la NNC, Iris? No deberías perdértelo.

A Iris le daba tanta rabia no estar viendo el informativo especial sobre de Long Valley como a un hincha futbolero perderse una final de la Copa de Europa.

– Ya lo verás más tarde, kanina -le había dicho Finnur mientras bajaban al comedor.

– Lo que está pasando allí es muy grave.

– ¿Y crees que por verlo en directo vas a salvar el mundo? Vamos, Iris, no podemos desairar al señor Kosmos.

Hasta entonces, la joven había reprimido su curiosidad. Pero al recibir el mensaje de Eyvindur no pudo aguantar más y se levantó. Para colmo, en ese momento Sideris acababa de desempolvar una de sus historias de la época en que era estudiante y trabajaba con el gran Marinatos. Iris ya se sabía de memoria aquel relato, que culminaba con la muerte del legendario arqueólogo en las ruinas de Akrotiri.

Mientras Sideris se extendía en un panegírico de Marinatos que, en realidad, era más bien alabanza propia, Iris se acercó a una bonita joven de ojos almendrados vestida con corsé y falda de campana.

– ¿Hay alguna pantalla en esta sala?

La muchacha asintió y la condujo hasta la pared más apartada de la mesa. Después pulsó un mando que llevaba entre los volantes de la falda, y un fresco que representaba delfines azules saltando entre las olas se transparentó y se convirtió en una pantalla de televisión. Cuando sintonizó la NNC, la primera imagen que apareció fue la de un volcán vomitando nubes de humo negras. La joven puso cara de preocupación.

– ¿Crees que estamos en peligro aquí? -preguntó en voz baja.

– No. El volcán de Kolumbo está controlado. Si las cosas se ponen realmente feas, lo sabremos con tiempo -respondió Iris. No tenía sentido inquietar más a la joven.

Al ver que estaban entrevistando a Eyvindur, Iris no se resistió a la tentación de llamarlo.

– Sæl, Iris! -respondió Eyvindur, sonriendo desde la pantallita del teléfono-. ¿Cómo estás?

– Viéndote por duplicado en la tele y en mi móvil.

– Yo también me estoy viendo. Debo ser la celebridad del momento -dijo Eyvindur, y su sonrisa creció aún más. Siempre había sido bastante vanidoso.

– ¿Lo están poniendo a la misma hora en Italia?

– Y en todos los países. Es porque se cumplen cuarenta y ocho horas de la erupción.

– ¿Cuándo te han entrevistado?

– Calcúlalo tú misma.

A la espalda del vulcanólogo se divisaba la silueta del Vesubio. Aunque no se veía el sol, por la luz rojiza que bailaba el volcán debía de estar atardeciendo.

– ¿Hace unas tres horas?

– Más o menos. Ha sido una periodista. Morena, joven y guapa. No se me ocurre nada más positivo que decir de ella.

La joven en cuestión apareció en pantalla con un grueso micrófono que lucía el logotipo de la cadena. Mientras intentaba que el viento no le alborotara demasiado los rizos negros, preguntó a Eyvindur:

«La velocidad del proceso eruptivo… ¿Se dice así, profesor Freisson?».

«Eyvindur, por favor. Sí, puede llamarlo así, si quiere».

«La velocidad del proceso eruptivo ha asombrado a los científicos. O a casi todos los científicos. Hay voces discrepantes, y una de ellas es la suya. ¿Qué nos puede usted decir?».

«Llevo meses alertando de que algo así podía suceder. Y no sólo en Long Valley. También podría ocurrir aquí».

«¿Se refiere usted al Vesubio?». La joven se soltó el pelo para señalar hacia el volcán. Sus rizos se descontrolaron y algunos se le metieron en la boca.

«Me refiero a una bestia mucho más peligrosa que el Vesubio, señorita. Y nos encontramos justo sobre esa bestia: los Campi Flegri, o Campos Llameantes».

La realización mostró una imagen por satélite de la región al oeste de Nápoles, un lugar que Iris conocía bien, sembrado de cráteres circulares.

– Kanina…

Iris se volvió. Finnur la había agarrado por el codo y tiraba ligeramente de ella.

– ¿Por qué no vuelves a la mesa? No es muy educado dejar a Sideris con la palabra en la boca.

– Que yo sepa, no se la he quitado. Tiene público de sobra -repuso Iris, tapando el móvil para que Eyvindur no la viera ni oyera-. Lo que está pasando en Long Valley es más urgente que cualquier anécdota que pueda contarte tu jefe.

– A mí también me interesa informarme sobre la erupción, kanina. Pero podemos volver a ver el reportaje cuando queramos.

«Si vuelve a llamarme conejito le doy un puñetazo». No era la primera vez que Iris lo pensaba, pero de momento no se había atrevido a llevar a cabo su amenaza.

– Estoy hablando con Eyvindur -dijo, a sabiendas de que eso molestaría a Finnur-. Déjame, por favor.

– ¿Te sigue poniendo ese carcamal? ¿No ves cómo está babeando con la periodista? ¡Qué asco!

– He dicho por favor.

Finnur abrió los dedos como si soltara una serpiente y regresó a la mesa. Pero antes de sentarse se volvió y le dirigió una mirada que Iris conocía y temía de sobra. Cuando se quedaran a solas en el apartamento, la esperaba una ristra de reproches enumerados con una voz tan glacial como la de Hel, reina de los muertos en el Niflheim. Al final, Iris siempre acababa llorando. Y luego, cuando apagaban la luz y fingían dormir, se odiaba a sí misma por ser débil y eso hacía que llorara todavía más.

Pero hoy no ocurriría.

– ¿Sigues ahí, Iris?

– Sí, perdona la interrupción -dijo Iris, destapando el móvil. En la tele, un Eyvindur más grande proseguía con sus explicaciones.

«Que la Tierra se haya comportado de un modo lento y más o menos previsible desde que existen observaciones científicas no quiere decir que vaya a comportarse así siempre».

«¿Qué quiere usted decir? ¿Que nuestro planeta puede hacer cosas imprevisibles?».

«A su manera, la Tierra es un inmenso ser vivo. Los seres vivos, como usted o como yo, podemos atravesar largos periodos de estabilidad. Tan largos que creemos que la estabilidad es la norma y que tenemos nuestras vidas controladas».

«Muy interesante, profesor. Pero…».

«Sin embargo, en el momento más inesperado e inconveniente sufrimos crisis emocionales, accidentes o enfermedades agudas que provocan cambios espectaculares y terribles en nuestra existencia. Y todo eso en muy breve espacio de tiempo».

«De todo lo que nos ha comentado, ¿qué diría que le está pasando a la Tierra? ¿Sufre una enfermedad aguda?»

«Enfermedad no es la palabra apropiada. Lo comparo más bien a la crisis emocional que mencionaba».

«No le entiendo».

«Ya me doy cuenta. Verá: la Tierra está preparándose para un gran cambio. Una transición, un paso de la adolescencia a la madurez. De esa transición surgirá una nueva Tierra, completamente transformada. Y, sin embargo, nuestro planeta seguirá siendo tan activo y tan rico en vida como siempre. En cambio, nosotros los humanos…».

El vulcanólogo meneó la cabeza con una sonrisa triste.

«¿Qué quiere decir? ¿Tan grave es el peligro?».

«Somos los piojos de la Tierra. ¿Qué les ocurre a los piojos si el animal al que parasitan cambia de piel? No es una cuestión personal. La Tierra tiene sus propios intereses… que pueden chocar con los nuestros».

El reportaje abandonó a Eyvindur, al menos de momento. La presentadora del programa volvió a aparecer, recortada sobre una imagen por satélite del oeste de Estados Unidos.

«Los comentarios de Eyvindur Freisson pueden sonar apocalípticos. Pero los estragos que ha causado el volcán de Long Valley en tan sólo 48 horas parecen darle la razón. Las tres chimeneas están arrojando millones de toneladas de lava, cenizas y gases volcánicos.

– Millones no. Miles de millones-comentó Iris, que tenía facilidad para el cálculo.

– Así es -dijo Eyvindur por el móvil-. En el primer día ya vomitó más material que el St. Helens en dos meses.

«Las impactantes imágenes que les vamos a mostrar son de las primeras horas de la erupción, cuando el volcán sólo tenía dos bocas activas».

Unas cámaras lejanas mostraban dos nubes negras gemelas que se elevaban hacia el cielo, como gigantescos hongos que se esparcían en las alturas hasta formar un oscuro dosel que se extendía poco a poco.

Después se vieron unos planos tomados desde el suelo por la cámara de un aficionado, un turista que se encontraba en Mammoth Lakes y que intentaba huir en su todoterreno junto con su mujer y sus hijas, pero que al verse parado en un atasco había decidido bajar del coche para rodar imágenes.

Sólo desde el nivel del suelo se apreciaba la verdadera magnitud de aquellas nubes que ocupaban casi todo el campo de visión y que no dejaban de crecer y devorar en sus entrañas los rayos del sol, como agujeros negros en expansión.

«La persona que tomó este vídeo lo subió a Internet al mismo tiempo que lo rodaba. Gracias a eso podemos presentar este impresionante testimonio».

«¡Papal ¡Papal». La cámara de vídeo se volvió hacia el todoterreno. Una niña rubia aporreaba la ventanilla. Sus palabras apenas se distinguían entre el fragor de la erupción, pero las habían subtitulado. «¡Métete al coche! ¡Corre!».

El turista se giró hacia su izquierda. El sonido de la cámara, que se oía muy distorsionado por el estruendo del volcán, terminó de saturarse.

Conforme las cenizas habían cubierto el cielo, la imagen se había oscurecido con rapidez. Pero cuando la cámara se volvió hacia la izquierda, su objetivo encontró una nueva fuente de luz. Una nube alargada, como el frente de un alud inmenso, descendía hacia las casas del pueblo. Su textura era algodonosa, con excrecencias y bulbos móviles, una especie de coliflor monstruosa dotada de movimiento. La luz procedía de aquella nube.

– Es un plano magnífico -dijo Iris, a su pesar.

Bajo la sombra casi impenetrable del inmenso hongo de cenizas, el calor de la nube hacía que ésta resplandeciera como una miríada de brasas ardientes mientras arrasaba los edificios y los árboles del pueblo y avanzaba hacia el todoterreno.

El turista volvió la cámara hacia su propio rostro. Sus rasgos, iluminados por el resplandor rojizo de la nube, parecían los de un condenado. Y sus ojos mostraban la resignación opaca de quien, como los que entraban en el infierno de Dante, había abandonado toda esperanza.

La voz del hombre sonó chirriante y entrecortada. Los subtítulos tradujeron sus palabras:

«Les informó Walter Morrell para la NNC. Que Dios nos proteja a todos…».

La cámara se volvió una vez más hacia la nube piroclástica, que cubrió los últimos metros con la voracidad de un depredador llameante. Entre el estruendo se oyó algo parecido a un grito que los subtítulos interpretaron como: «¡Dios, Dios, Dios…A». Después todo se volvió negro y hubo dos segundos de silencio.

En aquel silencio, Iris pudo oír el latido de su corazón. Nadie hablaba en la sala. Se dio la vuelta y comprobó que todos en la mesa estaban mirando la pantalla. Incluso Sideris se había callado.

Miró de nuevo a la televisión. Recuadrada en una esquina pantalla, apareció una foto de Walter Morrell, sonriente y con un micrófono de la NNC en la mano. Con gesto serio, la reportera que presentaba el informativo dijo:

«Walter Morrell era redactor de la NNC. Tenía treinta y cuatro años, estaba casado y tenia dos hijas. Los cuatro disfrutaban de unos días de vacaciones en Mammoth Lakes. Hasta el último momento cumplió con su deber como periodista. Desde aquí, sus compañeros queremos rendirle un último homenaje. Descanse en paz».

– Siempre corporativos estos plumillas -dijo Eyvindur.

– Por Dios, Eyvindur -susurró Iris, volviendo la mirada hacia el móvil-. Ten un poco de sensibilidad.

– Lo que intento es perderla, Iris. Vamos a contemplar muchas imágenes como ésta. Lamento la muerte de ese hombre, pero me alegro de que estuviera allí con esa cámara y tuviera la presencia de ánimo de subir el vídeo a la red.

Según mostraban las imágenes térmicas del satélite, la nube ardiente se había precipitado sobre el pueblo de Mammoth Lakes a más de cuatrocientos kilómetros por hora. Los habitantes que habían sobrevivido a la amenaza anterior, una nube asfixiante de dióxido de carbono, habían encontrado a cambio una muerte horrible. Para ilustrarlo, el reportaje mostró la fotografía de una víctima de los flujos piroclásticos del Monte Pelado en 1902. El cuerpo de aquel hombre había alcanzado tal temperatura que sus propios intestinos le habían reventado el abdomen y habían brotado de su cuerpo como la clara de un huevo que se rompe al hervirlo.

Iris había visto muchas veces esa antigua foto en blanco y negro, pero se estremeció al pensar en el destino de Walter Morrell, de su familia y de los demás residentes de Mammoth Lakes. Según los cálculos, más de quince mil personas habían muerto en apenas un minuto. Iris se imaginó el grito colectivo de quince mil gargantas abrasadas en las llamas del infierno, y después el silencio escalofriante de un vasto cementerio.

Para ilustrar el desastre, la NNC mostró cómo era Mammoth Lakes apenas unas horas antes, un pueblo pintoresco al pie de una montaña nevada, rodeado de verdes pinares y lagos que brillaban como espejos. Sobre esa imagen superpuso la grabación tomada por un drone, un avión por control remoto que había penetrado bajo el gran manto negro de cenizas para grabar un vídeo. En aquellas condiciones, el aparato no había tardado en estrellarse. Pero antes de hacerlo envió un vídeo infrarrojo que, una vez tratado por ordenador, mostraba un paisaje lunar del que brotaban columnas de humo. Iris aceptó que aquel paraje era el mismo de antes porque así se lo decían, pero no encontraba el menor parecido entre ambos. Era como si el Enola Gay hubiera arrojado su bomba atómica sobre Mammoth Lakes.

«Pero esto es sólo el principio», dijo la presentadora.

– Por una vez, tiene razón -comentó Eyvindur. Iris y él llevaban un rato callados, cruzando de vez en cuando miradas a través de la pantalla del móvil.

Un pequeño sobre amarillo apareció sobre el rostro de Eyvindur. Un mensaje de texto.

¿Ha empezado ya lo que temías, Iris? ¿Cuál será el siguiente lugar?

A Iris se le aceleró el corazón al comprobar que el número era el de Ragnarok, alias Gabriel Espada. De un modo absurdo, se alegró de tener noticias suyas, de saber que seguía existiendo y se acordaba de ella. Pero fue una fracción de segundo, y luego pensó en español: «Cabrón mentiroso».

Borró el mensaje sin contestar. De haber podido, en vez de borrarlo lo habría incinerado.

«La nube de cenizas ha cruzado ya los límites del estado de California y, tras sobrepasar Sierra Nevada, empieza a amenazar las grandes llanuras cerealísticas del centro», proseguía la presentadora.

En una imagen virtual de la zona occidental de Norteamérica, tan alejada que se apreciaba la curvatura de la Tierra, se veía cómo brotaban tres penachos negros del suelo. Conforme subían, el humo y las cenizas so desplegaban en las alturas como una sombrilla en forma de elipse desplazada hacia la parte derecha de la pantalla.

«Esos chorros no dejan de inyectar cenizas y aerosoles en la parte superior de la estratosfera, y los vientos dominantes están arrastrando ese material hacia el este. Aquí pueden ver la extensión actual de la nube…».

– Fíjate, Iris -dijo Eyvindur desde el móvil-. Sólo han pasado cuarenta y ocho horas. Mira hasta dónde llegan las cenizas.

En la imagen aparecieron unas líneas amarillas que marcaban las fronteras interestatales. La nube ocupaba prácticamente toda California, y también los estados vecinos de Nevada, Utah y Arizona, y empezaba a internarse en Nuevo México y Colorado.

En Santa Fe, a unos mil kilómetros del volcán, la gente acostumbrada a un sol cegador caminaba cabizbaja bajo un cielo plomizo. La mayoría llevaba el rostro tapado con pañuelos, algunos con mascarillas sanitarias y otros incluso con bolsas de plástico agujereado. En primeros planos se veía a algunas personas con el pelo lleno de cenizas, como si les hubieran volcado sobre la cabeza los rescoldos de una chimenea. Sus rostros parecían de zombis, con los ojos irritados como manchas sangrientas entre la ceniza.

Los coches avanzaban con los limpiaparabrisas en marcha, pero era una solución momentánea. Enseguida se les agotaba el agua de los depósitos y la mezcla de la ceniza formaba sobre los cristales una capa de barrillo en la que las escobillas se atascaban. La gente terminaba dejando los vehículos en los arcenes o directamente en medio de la calzada, lo que había provocado atascos de decenas de kilómetros. Finalmente, aquellas trombosis automovilísticas se habían unido en una sola y la red de carreteras se había colapsado víctima de una necrosis total. Los coches paralizados poco a poco eran enterrados por la ceniza, que en algunos casos cubría ya por completo las ruedas.

«Todo esto que ven ustedes sucede a mil kilómetros del foco de la erupción. Apenas recibimos noticias de lo que está pasando más cerca, pero se teme que las imágenes sean dantescas. Hay lugares con los que se han perdido prácticamente las comunicaciones. Ocurre con buena parte de Nevada y Arizona y, por supuesto, con casi toda California».

– Y sólo han pasado cuarenta y ocho horas -murmuró Iris-. ¿Qué ocurrirá si no se detiene la erupción?

– Nada bueno, Iris -respondió Eyvindur-. Nada bueno.

Capítulo 30

Port Hurón, Michigan, Estados Unidos.

Joey no estaba viendo el documental, porque por fin había conseguido hablar con su familia, tras dos días de intentarlo en vano. Cuando le cogió el teléfono, su madre rompió a llorar.

– ¡Oh, Joey, gracias a Dios que estás bien! Nos habían dicho que Fresno estaba destruida, pero no nos lo creíamos… -Mamá, no estoy en Fresno. Estoy en Michigan.

– ¿Cómo? ¿Qué haces ahí?

Joey se lo explicó rápidamente. Tras huir de la erupción a bordo del Gulfstream, habían atravesado los Estados Unidos en dirección noreste. Pero cuando el reactor ya se encontraba cerca de la frontera con Canadá, el control de vuelo de la región aérea en la que habían entrado les ordenó tomar tierra en el Aeropuerto Internacional de Clair County. Pese a su rimbombante título, se trataba de una instalación modesta con categoría de reliever o «alivio» que servía para reducir la congestión de tráfico en aeropuertos comerciales mayores.

Llegados allí, los estaban esperando ocho agentes de policía de Port Hurón, la ciudad más cercana. A los niños y a sus monitores los montaron en un autocar, mientras que a Joey, Randall y Alborada los llevaron en un coche patrulla.

Era la primera vez que Joey viajaba en un vehículo de la policía. Aunque no los habían esposado, sentado en aquellos asientos de plástico sin tapizar se sentía un poco delincuente.

– ¿Qué le pasa a tu amigo? -le había susurrado Alborada en español-. ¿Por qué no nos saca de aquí?

Randall llevaba callado desde un rato antes del aterrizaje. Apenas parpadeaba y tenía la vista perdida en la nada, como en el extraño trance que había experimentado el día de la anomalía magnética. Joey se preguntaba si se debía a que se había pasado casi todo el vuelo examinando en el móvil las fotografías de los libros que habían abandonado en Long Valley.

«Son mis recuerdos», le había dicho a Joey. ¿Había recuperado por fin su memoria gracias a esos textos ininteligibles? Y, si así era, ¿habían provocado aquellos recuerdos algún trauma que bloqueaba su mente?

Al menos, los policías eran bastante amables, y durante el breve viaje les informaron a Alborada y a Joey de dónde se encontraban. Port Hurón, al sur del lago Hurón, una ciudad de poco más de treinta mil habitantes, de casas bajas, sembrada de pinos y muy tranquila. De lo poco que podían alardear era que Thomas Alva Edison había vivido allí durante diez años.

La jefatura de policía estaba a orillas del río St. Clair. Cuando el coche de patrulla aparcó y les hicieron bajar de él, Joey pensó que la vista no estaba mal. El río era tan ancho y azul que más parecía un brazo de mar, y al otro lado se veían los edificios de Sarnia, la vecina canadiense de Port Hurón.

Por desgracia, la habitación en que lo confinaron, separado de sus compañeros de aventura, no tenía ventanas.

Eso no le habría importado tanto. Pero no tener televisión…

– ¿Y por qué les han detenido? -le preguntó su madre cuando Joey terminó con sus explicaciones.

– Dicen que no estamos detenidos. Sólo retenidos.

– ¿Y por qué? -insistió su madre.

– No tengo ni idea -respondió Joey.

Era la pura verdad. Al llegar a la comisaría, le habían separado de Randall y de Alborada sin explicarle el motivo. Después, al día siguiente, lo habían llevado al despacho de la jefa de policía, donde ésta le preguntó qué hacía un estudiante de Fresno en Mammoth Lakes un día de colegio y en compañía de un individuo como Randall.

Joey contestó que sus padres estaban de viaje en San Diego, que antes de irse habían encargado a Randall que le echara un ojo, ya que era amigo de la familia, y que Joey lo había convencido para que lo llevara a Mammoth Lakes para hacer un trabajo sobre el efecto del dióxido de carbono sobre los árboles. La jefa de policía no pareció muy convencida, pero no le preguntó nada más.

Seguramente a su madre tampoco le habría convencido aquella historia del dióxido, pero ni siquiera le preguntó. Le bastaba con saber que su hijo estaba a salvo a miles de kilómetros de la erupción.

– Es increíble, Joey. La vemos desde aquí.

– ¿Dónde están, mamá?

– En la frontera -respondió ella, apuntando con el móvil a su esposo, que estaba sentado al volante, empapado en sudor y con cara de muy pocos amigos. Después enfocó a Linda, la hermana de Joey, que iba en el asiento trasero con su bebé en brazos.

– ¡Hola, Joey! -le saludó. Sonreía, pero tenía los ojos tristes.

Cuando Joey le preguntó dónde estaba su marido, Linda se puso a llorar. Fue su madre quien le explicó que William había tenido que quedarse en la Base Naval de San Diego, donde trabajaba. Al parecer, todos los barcos estaban zarpando para alejarse lo más posible de los efectos de la erupción.

Después, la madre de Joey salió del coche e hizo una panorámica con el móvil. Primero apuntó en la dirección de la carretera. Estaban detenidos en un atasco del que no se divisaba el final, y por todas partes se oían bocinas y gritos airados.

– Estamos intentando entrar en México, hijo. Pero nos quedan más de dos kilómetros para llegar a la aduana, y esto está parado. Todo el mundo quiere salir de aquí.

– ¿Por qué? -preguntó Joey, aunque ya sospechaba la respuesta.

Su madre se volvió hacia el norte y apuntó con la cámara hacia el cielo. Desde allí podía verse una inmensa nube negra que ocupaba medio cielo y en cuyo interior no dejaban de saltar relámpagos. Era como si en aquella zona fuese de noche. Cuando su madre hizo zoom con la cámara, a Joey se le antojó que la gran nube era una flota de siniestros acorazados gigantes navegando por el aire.

– La gente está muy asustada, Joey -dijo su madre, intentando controlar el temblor de su voz-. Dicen que cuando esa nube nos alcance moriremos todos.

– Tranquila, mamá. Esa nube sólo lleva ceniza.

– ¿Y no quema?

«¿Quema o no? -se preguntó Joey-. Supongo que no».

– No, no. Sólo les manchará el pelo y ensuciará los cristales del coche.

– ¡Contento se va a poner tu papá!

Joey se mordió los labios. Lo de mancharse sólo era el principio. Luego empezarían las toses, la asfixia… Cuando el reactor consiguió alejarse de la erupción, Joey le había preguntado a Randall qué ocurriría si seguía cayendo ceniza y más ceniza.

– A la larga, la ceniza es incompatible con la vida -le había contestado su amigo.

Por supuesto, no se lo dijo a su madre. Bastante angustiada se la veía mientras apuntaba con el móvil hacia aquella masa tan negra como las montañas de Mordor.

– No hay derecho -se indignó Joey-. ¿Por qué no abren la frontera y les dejan pasar a todos ustedes? ¡Es una emergencia!

– Eso es lo mismo que decimos nosotros, Joey -respondió su madre-. Pero aquí nadie nos atiende ni nos hace caso.

En segundo plano oyó a su padre blasfemando y comentando algo sobre la chingada que había parido a la policía de fronteras. Normalmente su queja era la contraria, pues no tenía problemas para entrar en México, sino para volver a Estados Unidos.

«Ahora los mexicanos se están vengando», pensó Joey.

– Aguarda, hijo, que te paso a tu papá -le dijo su madre.

– ¿Qué tal, Joey? Espero que a ti…

La imagen y la voz se cortaron. Joey pulsó la rellamada, pero el mensaje que recibió fue el mismo que llevaba dos días escuchando. El móvil solicitado está apagado o fuera de cobertura.

Al menos sabía que sus padres estaban vivos. Los niños que habían viajado con ellos en el avión no podían decir lo mismo.

Capítulo 31

Santorini .

«Lo escalofriante de esta erupción», continuó la presentadora del reportaje, «no es sólo que haya arrojado en un solo día más material que el monte St. Helens en dos meses, sino la increíble violencia con que lo expulsa. Los penachos volcánicos han llegado a casi cincuenta kilómetros de altura, un récord que supera a cualquier otro volcán de tiempos históricos. Incluso han caído fragmentos de roca de varios kilogramos de peso a más de mil kilómetros de Long Valley».

La imagen mostró un coche con el capó perforado por una de aquellas piedras. A continuación intervino Dolores Pendergast, una vulcanóloga americana con la que Iris había coincidido en varios congresos.

«A juzgar por la distancia que han alcanzado estos fragmentos volcánicos, la presión en el interior de la cámara de magma debe ser increíblemente alta. Tanto que quizá algunos proyectiles hayan superado los 11,2 kilómetros por segundo».

«¿Por qué esa velocidad en concreto?», preguntó la presentadora.

«Es la velocidad de escape de la gravedad terrestre. Significa que esos fragmentos se han convertido en pequeños cohetes espaciales que han abandonado nuestro campo gravitatorio, y que podrían acabar en la Luna o Dios sabe dónde».

– Velocidad de escape, Iris -dijo Eyvindur desde el móvil-. ¿Sabes lo que implica eso?

– Que la erupción es incluso más violenta de lo que esperábamos.

– Eso ya lo ha dicho incluso la periodista, Iris. Piensa un poco, por favor.

– No sé a qué te refieres…

– Iris, por favor, ¿no te parece que ya has hablado suficiente?

Finnur se había vuelto a levantar. Pero, en vez de agarrarla por el codo como antes, la esperaba a metro y medio de distancia, con los brazos cruzados y tamborileando en el suelo con la puntera de la bota derecha.

Iris le hizo un gesto para que se apartara un poco.

– Vamos, Iris -dijo Eyvindur-, lo único que tienes que hacer es relacionar. No te ciñas tan sólo a lo evidente.

– Déjate de enigmas. -Iris se tocó la cuenca del ojo izquierdo. Empezaba a dolerle allí, lo que vaticinaba una buena jaqueca en cuestión de una hora o menos-. Explícame qué quieres decir.

– Ah, no, Iris. Tú misma tendrás que averiguar la respuesta si quieres que te cuente más…

Eyvindur la había seducido con juegos intelectuales y emocionales de ese tipo. Pero Iris no se encontraba de humor para acertijos.

– Mira, Eyvindur, dímelo o no me lo digas, pero no me hagas pensar más. No me encuentro en condiciones.

– La mente de un científico debe estar siempre en condiciones. Cuando estés dispuesta a pensar, vuelve a llamarme -dijo Eyvindur, y colgó.

De repente, su voz había sonado gélida, como la de un catedrático encaramado en su tarima. Cuando no le seguían el juego, Eyvindur solía enfurruñarse como un niño consentido. «Malditos hombres», se dijo Iris, pensando tanto en él como en Finnur, que seguía mirándola ceñudo.

Cuando se iba a guardar el móvil, sonó una llamada. En la pantallita apareció el número de Ragnarok.

«Malditos hombres», se repitió Iris. Rechazó la llamada y empezó a escribir un mensaje mientras volvía a la mesa. Apenas reparó en la mirada de furia de Finnur.

Capítulo 32

Madrid, La Latina.

Gabriel sabía que Iris había recibido el mensaje, pues así lo certificaba el informe de entrega. Una voz interior, la racional, le dijo que si ella no se apresuraba a contestarle era porque probablemente tenía algo más importante que hacer en ese momento. Pero otro impulso que no tenía voz, que más bien era una sensación irracional aferrada a las tripas, le hizo sentirse menospreciado, y mientras seguía viendo el informativo de la NNC se dio cuenta de que las pulsaciones se le habían acelerado. En aquel instante sintió un odio intenso e instantáneo por Iris, una mujer a la que apenas conocía.

«Oh, oh», le avisó una segunda voz, susurrando por debajo de la primera y tratando de elevarse por encima de aquel impulso de adrenalina y latidos. «Si la odias por una tontería así es que estás…».

«¡Silencio!», ordenó a todas sus voces e instintos.

Trató de concentrarse en las imágenes del reportaje, y casi lo consiguió durante la estremecedora secuencia de la nube ardiente que devastaba el pueblo de Mammoth Lakes. Pero sus pensamientos volvían de nuevo a Iris, y también a la visión de la Atlántida.

Notaba una extraña desazón en su interior. De algún modo, se veía a sí mismo en el centro de una vasta red tejida por el azar, como si el azar lo hubiera señalado a él con su dedo implacable para decirle: «Tienes una misión».

Gabriel había estudiado suficiente psicología para saber que la sensación de ser el protagonista de acontecimientos importantes, una especie de elegido, era típica de muchos delirios paranoides. «¿Cree que hay una conspiración global contra su persona? ¿Siente que el futuro inmediato de todo el mundo depende de usted?» eran preguntas típicas de cuestionario para detectar tales psicopatías.

Sin embargo, se habían producido demasiadas coincidencias a su alrededor como para no pensar que sobre él se cernía algo grande, un destino que lo sobrepasaba. Como si las Parcas quisieran encomendarle a él, a un cuarentón fracasado que tenía que trampear para llegar a mediados de mes, una misión digna de Superman.

Pero ¿cómo no pensar que lo que le había ocurrido en los últimos días ocultaba un significado? Primero había conocido a Iris, una vulcanóloga que trabajaba en Santorini. Al hablar con ella, se le había vuelto a despertar la capacidad telepática, algo que sólo había experimentado una vez en su vida, hasta el punto de que él mismo dudaba si no se trataría de un recuerdo adornado o inventado con el paso del tiempo.

Esa capacidad se había vuelto a manifestar horas después con Milagros. Una mujer cuyo cerebro devastado debería haber sido una pizarra en blanco, y que sin embargo soñaba con la Atlántida, situada en Santorini y destruida por su volcán.

Volcán que lo llevaba de nuevo hasta Iris, la geóloga que le había alertado del fin de toda la especie humana debido a la amenaza de supervolcanes como el que estaba viendo en directo en la televisión.

Iris, la Atlántida, la telepatía, Santorini, los volcanes, otra vez Iris… Era imposible no ver allí algún tipo de designio.

«Voy a llamarla», decidió, saltándose su propio manual de relaciones con las mujeres. Artículo 1: «Nunca manifiestes demasiado interés por ellas».

Para su sorpresa, Iris le rechazó la llamada. «Puede estar en una reunión o…». ¿O tal vez dándose un revolcón en la cama con su novio? Censuró ese pensamiento, que debería serle indiferente, y fingió ante sí mismo que se concentraba en el reportaje.

Tienez un menzaje, gorunko, le avisó el móvil.

Sé quién eres, Gabriel Espada. Tu propio libro me ha hecho ver que he sido una tonta estafada. Contarás en otro libro cómo engañaste a una crédula islandesa? Gracias por la lección que me has enseñado. Vale de sobra los cuatrocientos euros.

P.S. Eres un fraude.

– Mierda -dijo Gabriel, y se guardó el teléfono. ¿Cuántas veces lo habían llamado «fraude» en los últimos días? «Será que es verdad», se dijo.

– ¿Pasa algo? -le preguntó Herman, que había estado más atento a sus movimientos que al volcán de la tele.

– Nada. Otra cagada de las mías.

En ese momento, Luque cambió de canal.

– ¡Eh, vuelve a poner eso, que no ha terminado! -protestó Gabriel.

– ¿Estás tonto? -respondió el camarero-. Va a empezar el partido del Madrid.

Cuando Gabriel intentó persuadir al resto de la parroquia de que lo que estaba pasando en California era más importante que una semifinal de la Copa de Europa, fracasó de forma lamentable, incluso con Herman. Uno de los clientes, el señor Eugenio, opinó que todo aquello del volcán era un rollo de los americanos para llamar la atención como siempre, y que, en cualquier caso, que se jodieran.

En ese momento sonó el teléfono de Gabriel.

«Es Iris», pensó, y se apresuró a sacarlo del bolsillo.

Pero se trataba de su ex mujer. Aunque Gabriel no estaba de humor para hablar con ella, sabía lo insistente que podía ser Marisa, de modo salió del bar para oír mejor. Al hacerlo, se cruzó con Enrique, que entraba guardándose el móvil en el bolsillo.

– ¿Te vas ya? -preguntó Enrique, con cara de desilusión.

– No, sólo salgo a hablar.

Una vez fuera, Gabriel aceptó la llamada.

– Hola, Marisa. ¿Qué tal estás?

Era evidente que muy preocupada, a juzgar por su gesto.

– Alborada está allí -respondió ella. Siempre lo llamaba por su apellido.

– ¿Dónde?

– En California. ¿No lo estás viendo por la tele?

– ¿En California? ¿Qué demonios hacía allí?

– El domingo salió de viaje de repente. Era un encargo personal de ese zorrón de Sybil Kosmos, pero no me explicó para qué.

En la mente de Gabriel se encendió un diodo luminoso. ¿Más coincidencias? Apenas unos días antes había hablado de Sybil Kosmos con Herman y Enrique.

– Cuando intento llamarle al móvil me sale una voz diciendo que las comunicaciones están colapsadas por culpa de la erupción.

«Con un poco de suerte, el chorro volcánico habrá enviado a Alborada directo a la estratosfera», pensó Gabriel. Pero Marisa tenía los ojos hinchados y se notaba que hacía esfuerzos por contener las lágrimas, así que trató de tranquilizarla.

– Seguro que habrá ido a San Francisco o Los Ángeles. Allí hay problemas con la ceniza, pero no creo que haya muerto nadie. -Ni él mismo estaba muy convencido de lo que decía.

– No me dijo adonde iba.

– Cuando la gente va a California, va a esas ciudades, no a Long Valley. ¿A que ni siquiera sabías que existía un sitio llamado así?

– No, pero…

– Seguro que él está intentando llamarte o volver cuanto antes, pero ya sabes cómo son los americanos. Apuesto a que han restringido las comunicaciones y los vuelos.

– Ojalá tengas razón -dijo Marisa.

«Bueno, parece que sólo ha llamado para que la tranquilice un poco», pensó Gabriel. Pero se equivocaba. Mansa cambió de tema sin transición y le dijo:

– Me he enterado de que has visto hace poco a Celeste.

Gabriel enarcó una ceja.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque ella y yo hablamos a veces. Deberías tener cuidado con ella.

– Sé protegerme yo solo, no te preocupes.

– Lo digo por ella, Gabriel, que nos conocemos.

– También es mayorcita.

– Mira, Gabriel. Tú eres material radiactivo, y lo sabes. Toda mujer a la que te acercas acaba jodida, y lo digo en todos los sentidos. Celeste está hecha polvo y como tú…

– ¿Hecha polvo? ¿Por qué, si está felizmente casada?

Hubo un segundo de silencio.

– ¿Es que no te has enterado?

– ¿De qué?

– Su marido y ella tuvieron un accidente de tráfico hace unos meses. El murió en el acto.

La sorpresa de Gabriel duró sólo unos segundos. De pronto, comprendió por qué Celeste llevaba muleta y por qué, cuando él le había comentado algo sobre su esposo, ella había cambiado de tema y desviado la mirada.

– No lo sabía, de verdad. De todos modos, se trata de un asunto profesional. Ahora, si no te importa…

Pero a Marisa sí le importaba. Estaba nerviosa y tenía ganas de hablar. Una de las características de su ex mujer era que no captaba fácilmente las señales que suelen dar por terminada una conversación. «De todos modos, Luque ha cambiado de canal», pensó Gabriel, y se resignó a escucha r a Marisa otro rato.

* * * * *

– Estoy preocupado por Gabriel -dijo Enrique, mirando hacia la ventana del bar. Al otro lado de los cristales, Gabriel hablaba por el móvil. Por los aspavientos que hacía con la mano izquierda, debía de estar discutiendo-. Deberíamos hacer algo.

– Ya. ¿Como qué?

Sin apartar la vista de la televisión, Herman tendió la mano hacia la jarra de cerveza. Enrique se la quitó y la colocó en su parte de la mesa, casi en el borde. Los dedos de Herman tan sólo agarraron aire. No tuvo más remedio que volverse hacia Enrique, con cara de sorpresa.

– Como olvidarnos unos minutos del partido y hablar de ello.

– Tío, que es una semifinal…

– Seguro que Gabriel vuelve enseguida. Quiero hablar ahora que no está delante. ¿No te das cuenta de que está más callado que nunca? Le pasa algo.

– Será la depresión de los cuarenta, que todavía le dura. -Herman se encogió de hombros-. Ya saldrá de ella, como todos.

– No lo creo. La gente se suele replantear su vida a esa edad. Incluso cuando te va bien, tiendes a preocuparte de más y a pensar que has fracasado. Pero piensa en los palos que se ha llevado Gabriel últimamente.

– El los aguanta bien. Está acostumbrado a vivir con poco dinero. Yo le veo igual que siempre.

Enrique meneó la cabeza.

– Tienes menos empatía que un cactus de plástico, Herman.

– Será porque yo no voy por la vida de sensible como vosotros.

Enrique pensó que el «vosotros» debía incluir a todo el colectivo gay, pero no embistió contra aquel capote.

– Tengo la impresión de que Gabriel puede desmoronarse de un momento a otro -dijo Enrique-. Aunque cuando está contigo le gusta decir burradas y hacerse el insensible como tú, te aseguro que es más frágil de lo que parece. Si se hunde en una depresión, va a ser muy difícil sacarlo de ella.

– ¿Y qué se te ocurre para evitar que se hunda?

– No sé, una nueva relación sentimental. -Enrique enrojeció un poco. «Se me va a notar demasiado. Y sabes de sobra que Gabriel no es de ésos», pensó-. O un éxito profesional. Si acertara a escribir sobre un tema interesante…

Herman bajó la voz.

– Escucha, creo que Gabriel ya ha encontrado un tema interesante. Pero prométeme que no le vas a decir que te lo be contado.

– Te lo prometo -contestó Enrique, intrigado.

– Te lo voy a contar rápido -dijo Herman, mirando de reojo hacia la ventana. Ahora que se trataba de revelar un secreto que debería guardar, parecía más interesado en la conversación-. Así que, aunque te suene increíble, no me preguntes nada. El caso es que…

* * * * *

– Tenías razón. Suena increíble -dijo Enrique cinco minutos después, retrepándose en la silla. Herman sólo se había interrumpido para brincar celebrando un gol del Madrid, pero había sido un salto frustrado, porque el árbitro lo había anulado por fuera de juego.

– Yo tampoco me lo creí al principio. Pero el profesor Valbuena me convenció. Créeme, ese tío siempre ha sido un cabronazo con pintas, pero sabe lo que dice.

Gabriel seguía manoteando al otro lado de la ventana, con el móvil pegado a la oreja. Enrique se acarició la barbilla.

– Si esa historia de la Atlántida llegara a alguna parte… Gabriel no sólo podría publicar un libro. Incluso podría hacer un reportaje para televisión. A lo mejor eso relanzaba su carrera.

– Bueno, su carrera nunca estuvo muy lanzada -dijo Herman, que solía ser implacable con la trayectoria profesional del prójimo-. Pero sí que podrían readmitirlo en esa chorrada de Ultrakosmos.

– ¡No! Con lo mal que se le da la política de pasillos, seguro que su ex mujer y Alborada se llevan todo el mérito del reportaje.

– En eso tienes razón. A su ex se le da genial eso de rebañarle el poco dinero que gana.

Ni Enrique ni Herman habían tragado nunca a Marisa. En el caso del primero, tan amable, atento y cumplidor con todo el mundo, la razón era un misterio para todos.

Aunque él la conocía de sobra. No tenía nada en contra de Marisa, salvo que había sido la mujer de Gabriel.

De pronto se le ocurrió algo.

– ¡Ya está! Voy a hablar con Sybil Kosmos.

– ¿Con SyKa? Pero si dirige la misma cadena que expulsó a Gabriel…

– Fue Alborada quien se encargó de eso. Vamos a puentearlo. Con un poco de suerte, le darán una producción propia. Tú déjalo de mi mano. Esto lo arreglo yo.

Capítulo 33

Madrid, la Castellana

Cuando Sybil Kosmos recibió el correo de un tal Enrique Hisado, estuvo a punto de borrarlo, como hacía con la mayoría de los que recibía. Pero su móvil tenía activado un programa que rastreaba palabras clave. Y en ese mensaje había varias de ellas.

Atlántida.

Santorini.

Kiru.

Tras leer el correo, dejó el móvil en el borde de la bañera y pensó, mientras los chorros de agua masajeaban su cuerpo.

No estaba sola en el cuarto de baño. Fabiano Sousa, vestido con un traje gris, aguardaba junto al lavabo, con las manos cruzadas como un soldado en posición de descanso. A su lado, en una pose similar, se encontraba Luh, una joven de asombrosos ojos negros a la que Sybil había contratado en su último viaje a Bali. Ambos la contemplaban sin apartar la mirada de su cuerpo desnudo, apenas tapado por los islotes do espuma que flotaban en el agua.

Pese a lo que se contaba sobre SyKa en muchos programas del corazón, no se trataba de exhibicionismo gratuito. Sybil necesitaba que la miraran. Constantemente. Cuando no sentía unos ojos posados en ella, todo se volvía negro en su interior, como si su mente fuera un televisor apagado.

¿Quién había dicho «El hombre creó a los dioses a su imagen y semejanza»? A Sybil, que no era mujer de muchas lecturas, le sonaba la frase, pero no el autor. Hasta cierto punto, enunciaba una verdad. Los verdaderos dioses habían llegado al mundo después que los hombres, una versión mejorada del Homo sapiens.

Más, a pesar de ser superiores, los dioses se habían acostumbrado a depender de los humanos. No podían existir sin ellos, sin sus miradas de adoración, sin sus sacrificios, sin el tributo de sus vidas. Lo contrario habría sido como volver a aquella isla pequeña y mísera en la que sus parientes y ella tenían que competir por la comida y el agua como náufragos famélicos.

No obstante, tampoco era necesario que existieran tantos humanos. Ya había más de siete mil millones, una plaga de cucarachas que infestaban la Tierra. Con un millón, incluso menos, había más que de sobra. Sobre todo, ahora que quedaban tan pocos del linaje de Sybil. Durante un tiempo había llegado a pensar que su hermano y ella estaban solos.

Pero en los últimos días había recibido una pista sobre el Primer Nacido, el odiado padre de todos ellos. Y ahora también sobre Kiru.

«Kiru ugundukwa», la insultó en un idioma tan antiguo que hasta las lenguas que descendían de él se habían perdido en el olvido.

Sybil se levantó y salió de la bañera. Mientras Luh la secaba con una toalla gr