/ / Language: Español / Genre:thriller

El sueño de los dioses

Javier Negrete

En un remoto pasado, el dios Tubilok exploró las dimensiones del tiempo y el espacio, y en su busca del poder y el conocimiento absolutos perdió la razón. Durante siglos ha dormido fundido en la roca, pero ahora despierta de su sueño milenario, dispuesto a aniquilar a la humanidad y sembrar la locura y la destrucción por las tierras de Tramórea. Voluntariamente o por la fuerza, el resto de los dioses lo acompañan en su demencial cruzada. Sólo quedan tres magos Kalagorinôr, «los que esperan a los dioses». Para enfrentarse a la amenaza necesitarán la ayuda de los grandes maestros de la espada. Esta vez, Derguín y Kratos tendrán que llevar la guerra a escenarios insospechados. Al hacerlo desvelarán su pasado y nuestro futuro, y descubrirán los secretos que se ocultan en las tres lunas y en las entrañas de Tramórea.

Javier Negrete

El sueño de los dioses

© Javier Negrete, 2010

© de los mapas, Pablo Uría, 2010

A Juan Miguel Aguilera, novelista, creador de mundos,

generoso con las ideas y dueño de una de las

imaginaciones más fértiles que conozco.

Sobre todo, amigo.

¡Éste va por ti, campeón!

10 DE BILDANIL DEL AÑO 1002 DE TRAMÓREA

NARAK

Esto es lo que queda de la orgullosa Narak…

Derguín se secó los ojos. Quiso pensar que las lágrimas se debían al viento frío que soplaba allí arriba y no a la tristeza por la destrucción que estaban contemplando. Para divisar mejor la Buitrera, el distrito alto donde había vivido durante dos años, se inclinó sobre el cuello del terón, aferrándose con la mano izquierda a la cresta naranja que coronaba la cabeza de la gran bestia alada. Después de un día entero viajando a dos mil metros sobre el suelo, el vértigo inicial se había mitigado. Al fin y al cabo, ¿no había ascendido hasta las alturas inconcebibles de Etemenanki, donde incluso el azul del cielo se convertía en el negro de una noche perpetua?

– Dijiste que pensabas apoderarte de ella a sangre y fuego -comentó Mikhon Tiq. Aunque viajaba a horcajadas detrás de su amigo y agarrado a sus hombros, era él quien controlaba al terón con sus poderes de Kalagorinor.

– Sabes que no hablaba en serio. No soy un Aifolu sediento de sangre.

Aquellas palabras las había pronunciado Derguín en la noche de la celebración, tras la increíble victoria en la batalla de la Roca de Sangre. Después de recibir la corona de oro como guerrero más valeroso del combate, había estado bebiendo, comiendo y bebiendo todavía más hasta que el sol asomó sobre las cumbres nevadas de Atagaira. Era disculpable que se le hubiera calentado la boca al recordar lo sucedido en Narak dos meses antes: un jurado de cincuenta ciudadanos Narakíes lo había condenado a muerte por el supuesto asesinato de su amigo Krust; el politarca Agmadán, principal dirigente de la ciudad, le había arrebatado a la hermosa Neerya y le había robado su espada Brauna, un tesoro heredado de su padre; y una turba de presuntos descontrolados había incendiado su casa y su academia militar y había asesinado en una cobarde emboscada a sus cadetes, los Ubsharim.

Derguín llevaba desde entonces rumiando su venganza, masticándola como cebada mezclada con cáscara de huevo y granos de arena. Ansiaba desquitarse de Agmadán y unos cuantos traidores más, pero jamás habría quemado o derruido ni uno solo de los edificios de Narak, la ciudad más hermosa que había conocido, con permiso de la montañosa Acruria, capital de Atagaira.

La belleza de Narak era ya sólo un recuerdo. Guiado por Mikha, el terón sobrevoló en círculo el contorno de la caldera. Pasaron a apenas diez metros sobre el aguzado pico de la Buitrera, la roca más alta de la ciudad. Bajo aquella pared vertical se abrían varias terrazas, unas naturales y otras excavadas. En ellas, a casi mil metros sobre las aguas de la bahía, se levantaban el Arubshar y la morada de Derguín. O más bien se habían levantado: ambas habían ardido dos meses atrás, en la conspiración urdida por Agmadán y el sobrino de Krust.

Pero ahora sus ruinas humeaban de nuevo, y esta vez las columnas negras no brotaban de las vigas de madera, los muebles o los cortinajes, sino de los propios sillares de piedra, como si los hubieran abrasado las llamas sobrenaturales de un dragón. De los cientos de árboles que sombreaban miradores y galerías no quedaba ni rastro, y el resto de los edificios de la Buitrera habían sufrido el mismo destino que el Arubshar.

Mientras el terón proseguía su vuelo, Derguín comprobó que los templos y mansiones de los otros dos distritos altos, la Acrópolis y el Nido, se habían convertido también en amasijos fundidos de formas irreconocibles.

La bestia batió un par de veces sus alas, más de quince metros de punta a punta, haciendo restallar el aire como la vela de un navío, y con aquel impulso le bastó para seguir trazando el círculo de la caldera. Derguín apartó su manto, que le revoloteaba ante el rostro como una bandera, y miró al oeste. Allí se alzaban el Morro y el Colmillo, los dos promontorios de roca que cerraban la bahía como vigías silenciosos. De los fortines aparentemente inexpugnables que los coronaban apenas quedaban los cimientos. La torre de Barust, donde Derguín había pasado varios días cautivo antes del juicio, ya no existía: quienquiera que la hubiese destruido, lo había hecho con tal saña que incluso había abierto un enorme boquete en la roca natural donde antes se apoyaba el edificio, como un barbero que al arrancar una muela se hubiese llevado de paso media encía y un trozo de mandíbula.

– Vamos a descender -dijo Derguín-. Quiero ver qué ha ocurrido en la parte baja de la ciudad.

A la altura de la bahía, la devastación era incluso peor. Los puertos de Namuria y Tatros se habían unido en una sola ensenada. El farallón que los separaba había desaparecido. Allí debía estar el Albatros, la taberna donde Derguín solía reunirse con Krust y con el navarca Narsel; pero era como si nunca hubiese existido. Del crestón de piedra sobre el que se encaramaba tan sólo quedaban unas rocas requemadas que apenas sobresalían del agua. Los muelles antes grises se veían ahora negros y resquebrajados: sectores enteros se habían hundido en la bahía y otros se habían levantado en ángulos imposibles, como dientes cariados surgidos de la tierra.

Derguín tragó saliva. ¿Qué fuerza podía romper y desplazar de tal forma aquellas enormes masas de hormigón fraguado? De los centenares o miles de barcos que normalmente amarraban en ambos puertos no se veía ni rastro, y los montones de escoria de los que aún brotaban oscuras columnas de humo debían de ser las grandes grúas de estiba.

– Ningún ejército podría haber causado una destrucción así -murmuró Derguín, entre horrorizado y fascinado.

– Ni siquiera Gankru y Molgru tenían tanto poder -corroboró Mikhon Tiq.

Al recordar a Gankru, el demonio de metal candente contra el que había luchado durante la batalla de la Roca de Sangre, Derguín se llevó la mano a la cintura. Allí debía haber encontrado el pomo de Zemal.

Pero sólo halló la empuñadura de una espada normal, cuya hoja estaba forjada en acero y no en plasma ardiente. Los dedos de Derguín se contrajeron y un doloroso calambre le corrió hasta el codo. Sus pulsaciones se desbocaron y, pese al aire fresco que soplaba contra su rostro, notó cómo la cabeza se le calentaba y la frente se le perlaba de sudor.

Ni un borracho privado de vino durante un mes habría sufrido tal malestar físico. Como había hecho a menudo desde que conquistó a Zemal en la isla de Arak, Derguín se preguntó si él era el dueño de la Espada de Fuego o la Espada de Fuego lo señoreaba a él.

– No pienses en ella ahora -le dijo Mikha. Los dedos de su amigo se clavaron en sus hombros, y de ellos brotó una corriente cálida que atravesó el cuerpo de Derguín y disolvió la bola ácida que se había formado en su estómago.

El Zemalnit -el Zemalnit desposeído, se recordó- respiró hondo y controló aquella crisis.

Al menos controló los síntomas del cuerpo. Resultaba más difícil interrumpir la reata de pensamientos que acudía a su mente.

Era la segunda vez que lo apartaban de la Espada de Fuego. La primera había sido por la traición de Agmadán, un personaje de quien cabía imaginar cualquier felonía.

Pero Ariel… ¿Cómo iba a esperar que la pequeña Ariel, la misma que le había salvado la vida en las tierras salvajes de los inhumanos y le había bordado el estandarte antes de la gran batalla, le robara el arma de los dioses?

Era cierto que Ariel poseía una ventaja sobre Agmadán. Por algún extraño hechizo, obra tal vez del herrero divino Tarimán, la niña podía blandir la Espada de Fuego impunemente. Cualquier otro que intentara sacarla de la vaina se convertiría en un montón de cenizas. De modo que, quienquiera que hubiese convencido a Ariel para hurtársela, no sólo quería privar a Derguín de su arma. También pretendía que Ariel la utilizase.

Derguín estaba seguro de quién era la inductora de tal fechoría: Ziyam, la flamante reina de las Atagairas, a la que no había conseguido ver después del robo. En cuanto al motivo, mucho se temía que aquella aniquilación que contemplaban guardara alguna relación directa o indirecta con la Espada de Fuego.

Lo cual, como Zemalnit, su legítimo propietario, lo convertía a él, de algún modo, en responsable de la destrucción de Narak.

El terón se posó en una roca y plegó las enormes alas, apoyando las garras en la piedra. Aun dobladas, las alas se levantaban sobre su cabeza casi cinco metros, como las velas de un balandro. Sus pasajeros pusieron pie en tierra. Derguín abrió las musleras de la armadura y se masajeó las piernas y las caderas, doloridas de viajar a horcajadas durante horas.

Allí, en la parte central de la bahía, se extendía antes la playa de la Espina, así como el paseo marítimo donde se montaban los tenderetes del gran mercado de Narak. Ahora tanto la playa como el paseo habían desaparecido, y sólo quedaban cascotes abrasados contra los que se estrellaban las olas.

Derguín se volvió y levantó la mirada. A poca distancia se alzaba un farallón vertical, la pared exterior del templo de Manígulat, un santuario excavado en la roca. Allí había antes un relieve pintado de más de treinta metros de altura que representaba el combate del rey de los dioses contra su hermano, el rebelde Tubilok. De aquella magnífica obra no quedaba ni rastro, y la roca antaño rojiza del fondo se veía ahora negra y surcada por profundas hendiduras, como arañazos de una bestia colosal.

Saltaron entre las rocas azotadas por la marea, salpicados por una espuma más gris que blanca, sucia de cenizas, escorias y restos difíciles de identificar. Por fin llegaron a una zona donde al menos el suelo seguía siendo casi horizontal. Allí, entre la explanada y una ladera menos pronunciada que las demás paredes de la caldera, se extendía el populoso distrito del Nidal. Ahora no era más que una escombrera. En muchas zonas la roca se había fundido, adoptando formas caprichosas. Al ver algunas de ellas, Derguín no pudo dejar de pensar en deyecciones de vacas gigantes, una imagen incongruente entre tanta desolación.

– Hay algunas que todavía están al rojo -le dijo Mikhon Tiq, señalando unas piedras candentes y retorcidas que debieron ser las dovelas de un arco.

Apenas encontraron restos humanos ni animales. O los habitantes de Narak habían conseguido huir a tiempo o, como se temía Derguín, el fuego sobrenatural que había arrasado la ciudad los había reducido a vapor o a cenizas arrastradas por el viento.

– ¿Ese islote estaba allí? -preguntó Mikha.

Su amigo señaló al centro de la bahía, usando la siniestra vara negra que le había quitado al nigromante Ulma Tor. Derguín negó con la cabeza. Desde las alturas ya había reparado en aquel cambio. Cuando Narak aún existía, allí las aguas eran de un azul intenso y la profundidad, según las plomadas, superaba los quinientos metros. Pero ahora se veía un anillo de aguas más claras, verdosas, y en su centro se levantaba una isla nueva. Tenía unos treinta metros de diámetro y era de piedra negra, surcada por cicatrices rojas de las que se alzaban columnas de vapor. Roca fundida, había pensado Derguín al verlas. En el centro de aquel islote se abría un gran boquete, un embudo aún más negro que el basalto que la circundaba, como una cavidad conectada directamente con el oscuro corazón de Tramórea.

La brisa les trajo un olor a azufre y a ceniza tan intenso que Derguín tosió y tuvo que escupir para aclararse la garganta.

– Sospecho que lo que haya destruido Narak brotó de esa isla -dijo Mikhon Tiq.

Y Derguín sospechaba que tenía que ver con Ariel y con la espada. O, más bien, lo sabía. La noche anterior, mientras Mikhon Tiq invocaba al terón sobre una peña de los montes Crisios, él había recibido una segunda visión de Zemal. Confusa y caótica, imposible de interpretar. Pero en ella había fuego y poder desatado, ira y locura apenas contenidas. Y por un segundo había visto el rostro de Ziyam, alumbrado por las llamas, con los ojos congelados en un gesto de puro terror.

¿Qué habéis hecho las dos? ¿Qué maldición habéis despertado?

Derguín cerró los ojos, y durante un segundo vio de nuevo la pesadilla de su niñez. Las tres lunas que formaban un ojo triple en el cielo, un ojo que le prometía una implacable eternidad de frío y desnudez…

Derguín notó un roce en el hombro y dio un respingo.

– Mira arriba -le dijo Mikha.

Torció el cuello para escudriñar las alturas. Faltaban un par de horas para el anochecer. Rimom debería verse como una mancha azulada coronando el primer cuadrante de la bóveda celeste, pero brillaba casi como si fuese de noche y en fase de plenitud. ¿A qué se debía aquel resplandor innatural?

El prodigio aún no había terminado. El disco de Rimom siempre había sido liso, como el de las otras dos lunas. Pero ante los ojos atónitos de ambos amigos, se formaron en su superficie unas líneas oscuras que en cuestión de segundos trazaron el dibujo de un rostro severo y barbudo.

– ¿Qué portento es éste? -preguntó Derguín-. ¿De quién es esa cara?

– Yo lo sé. Ignoraba que lo sabía, pero lo sé.

Derguín se volvió hacia Mikha. Su amigo había hablado con voz inexpresiva y no parpadeaba.

– ¿Qué quieres decir?

Mikha pestañeó y salió de aquel breve trance.

– Soy un Kalagorinor, Derguín. Acuérdate de lo que nos dijo Linar: los Kalagorinór somos los que esperan a los dioses. Para esperarlos, debemos conocer sus rostros. Y ahora lo he recordado.

Derguín tragó saliva. Quizá todos los que estaban mirando al cielo en ese preciso momento tenían la misma impresión, pero lo cierto es que le pareció que los ojos de aquel semblante dibujado en el firmamento lo miraban a él, para recordarle que no era más que un insecto, un piojo pegado a la piel de Tramórea.

– ¿Quién es?

– Esa cara que ves en la luna azul es la de Manígulat.

¡Manígulat! El rey de los todopoderosos Yúgaroi, el señor de los dioses.

Unas semanas antes, en su agonía, el hechicero conocido desde tiempos ancestrales como el Rey Gris le había dicho a Derguín: «Yo vigilaba a los dioses. Ahora volverán. Yo se lo impedía. Los dioses vendrán».

Y había añadido algo más, pues consideraba culpable de su muerte a Derguín.

«No sabes lo que has hecho.»

– ¡Otro portento, Derguín! -exclamó Mikha, señalando hacia el norte.

En plena tarde, el cielo se llenó de luces, una lluvia de estrellas que se precipitaron desde las alturas y desaparecieron hacia el norte, a la derecha del promontorio del Morro, dejando durante unos segundos regueros incandescentes en el firmamento.

– Muchos creían que el fin del mundo sería el año Mil -dijo Mikhon Tiq con voz grave-. Al parecer, los dioses decidieron concedernos dos años de tregua. Pero ahora nuestro tiempo se agota.

Las estrellas fugaces eran algo más que una señal. Mil seiscientos kilómetros al norte, el fuego del cielo aniquiló a dos ejércitos que combatían bajo una ciudadela sitiada. Aunque ni Derguín ni Mikhon Tiq lo sabían todavía, la guerra contra los dioses ya había comenzado.

Y en esa guerra Derguín Gorión poco podría hacer sin Zemal, la Espada de Fuego que había empuñado en la batalla de la Roca de Sangre y que había perdido por una traición inconcebible.

Traición que había sido provocada por amor. El amor que tres mujeres, cada una a su manera, sentían por él.

25 DE ANFIUNDANIL (DOS SEMANAS ANTES)

EL MAULAR, REGIÓN DE MALABASHI

Derguín oteaba el panorama desde una elevación que, según le habían explicado las guerreras Atagairas, era conocida como el Maular. Allí, a media ladera, habían plantado el puesto de observación. El sol bajaba hacia el horizonte mientras frente a ellos, en la llanura que se extendía entre el Maular y el colosal monolito conocido como la Roca de Sangre, ya había empezado la batalla.

Un combate más que desigual. Los diez mil Invictos de la Horda Roja contra los cien mil guerreros fanáticos del Martal. Los ruidos de la lucha llegaban como una mezcla de rugiente marea estrellándose contra las rocas y batintín de martillos y yunques en una herrería.

Derguín se volvió. Tras él formaban ocho mil Atagairas. Seis mil de ellas venían montadas a caballo. Las otras dos mil, la fuerza de reserva, cabalgaban urimelos, una especie de cruce entre camello, cabra y caballo, una bestia lanuda capaz de trepar y brincar por pendientes inverosímiles.

– ¿Por qué no atacamos ya? -preguntó Derguín.

– No seas impaciente -le contestó la reina Tanaquil-. Debemos esperar a que se ponga el sol.

Todas las Atagairas, salvo la morena Baoyim, cubrían sus cuerpos albinos con mantos y capuchas a la espera de que el sol se ocultara.

Tanaquil le pasó a Derguín el catalejo.

– Tú tienes ojos más jóvenes. Dime qué ves.

Derguín, que aún no se había puesto el casco, se llevó el catalejo al ojo derecho.

– Las tropas de la Horda han salido ya de la cárcava. ¡Están locos! Entre esas paredes de roca podrían haber resistido, pero ahora los van a rodear.

»Veo a sus falanges. Avanzan hacia las tiendas de los Aifolu, pero aún tienen muchos enemigos en medio. También hay choque de tropas de caballería, pero no distingo bien a unos de otros. Hay demasiado polvo.

– ¿Y qué tenemos aquí abajo?

Derguín apuntó el catalejo más cerca, a unos mil quinientos metros de donde se encontraban.

– El centro del campamento. Hay una gran tienda amarilla y una empalizada. Dentro de ésta se levantan tres tiendas negras. -Parecen el ojo de las tres pupilas, pensó, y se estremeció al recordar que bajo la armadura llevaba escondido el ojo rojo que le había arrebatado al Rey Gris-. Luego veo tropas de infantería, jinetes desmontados…

– ¿Qué hacen los Glabros? -preguntó la reina.

Se había sabido que aquellos salvajes de cráneos afeitados eran los responsables del ultraje sufrido por una compañía de doscientas Atagairas. Los Glabros las habían atado al suelo, las habían violado una y otra vez y luego habían dejado que murieran abrasadas bajo el descarnado sol de la meseta.

Entre esas mujeres se hallaba Tildara, primogénita de la reina. Ya había perdido dos años antes a otra de sus hijas, Tylse, en el certamen por la Espada de Fuego. Tan sólo le quedaba la menor, la bella e intrigante Ziyam. Y no se trataba precisamente de su favorita.

– ¿Qué hacen, tah Derguín? -se impacientó Tanaquil.

Prácticamente al pie de la ladera del Maular, los Glabros estaban ensillando a sus monturas, unas aves carniceras de tres metros de altura, patas musculosas, alas atrofiadas y grandes picos de color naranja aguzados como sables.

– ¡Están montando en sus pájaros del terror! Deben haberlos llamado a la batalla.

– Mejor -respondió la reina-. No quiero sorprenderlos desmontados. Mi intención es aplastarlos junto con esas bestias repugnantes que montan.

Derguín devolvió el catalejo a la reina. Había oído una pequeña algarabía detrás y volvió la mirada para comprobar qué pasaba. Entre la primera fila de guerreras montadas se había colado una pequeña figura que corría hacia él. Era Ariel.

Ya me ha vuelto a desobedecer, pensó Derguín. Volvió grupas a Riamar para encontrarse con la niña antes de que se acercara demasiado a la reina.

– ¡Mi señor! ¡Te he traído esto!

Ariel le entregó un bulto de tela negra. Derguín lo desenrolló. Era un estandarte. En el centro, cosidas con hilos rojos, ardían unas llamas que rodeaban una espada negra con la punta hacia abajo. En la interpretación de Ariel, el fuego era tan intenso que hasta devoraba la empuñadura.

– He pensado que no podías ir a la batalla sin un estandarte, señor -dijo

Ariel.

Derguín desmontó de Riamar y, con cuidado de no acercarse demasiado a la niña para no clavarle los pinchos y crestas de la armadura, la besó en la frente.

– Muchas gracias, Ariel. Es verdad que el Zemalnit no debe cabalgar sin su propia bandera.

– Ya sé que Zemal no tiene esas llamas tan grandes, pero no sabía muy bien cómo bordarla -dijo Ariel.

– Me encanta tu sorpresa. Ahora, volverás a la retaguardia y te quedarás allí, ¿verdad? Ésta no es la tierra de los inhumanos. ¿Me prometes que no te moverás?

– Te lo prometo, señor.

Mientras Ariel se alejaba corriendo hacia las alturas del Maular, donde estaban plantadas las tiendas de campaña, Derguín volvió con Tanaquil y le preguntó:

– ¿Crees que alguna de tus guerreras querría ser mi portaestandarte?

Baoyim se adelantó y se inclinó ante la reina.

– Majestad, con tu venia, sería un honor para mí llevar el estandarte del Zemalnit.

Tanaquil inclinó la cabeza con un gesto magnánimo.

– Por lo que veo, tah Derguín, inspiras una gran fidelidad entre mis súbditas. Es algo que ningún varón ha conseguido en toda la historia de Atagaira.

– Y que me honra, majestad.

Esa zorra de piel renegrida, pensó la princesa Ziyam al ver a Baoyim, y se tocó la mejilla izquierda. Aunque los bordes de la cicatriz seguían doliéndole como mil demonios, los recorrió como si quisiera memorizar su diseño en las yemas de los dedos.

Derguín y, sobre todo, Baoyim habían frustrado su intento de derrocar y asesinar a la reina. Una vez desbaratados sus planes, su madre la habría ejecutado sin pestañear. Pero Tildara había muerto pocos días antes, y Tanaquil no tenía más herederas. Así se lo había explicado ella misma, antes de aplicarle el hierro candente con su propia mano.

– No quiero que mi linaje se extinga. Sólo eso te salva.

Ziyam siempre había estado muy pagada de su belleza, que destacaba incluso en una raza de mujeres tan saludables y bien proporcionadas como las Atagairas. De hecho, a sus espaldas la llamaban Nenúfar. [1]

La niña que aún habitaba en su interior había estado a punto de llorar: «¡Mamá, no me quemes la cara, por favor!». Pero la mujer en que se había convertido sabía que, una vez que su madre tomaba una decisión, nada podía disuadirla. De modo que rechinó los dientes y se obligó a sí misma a no cerrar los ojos para no perder de vista el fulgor rojo de la cruz de hierro que se acercaba a su mejilla.

– Es más un castigo para mí que para ti, hija. Salta a la vista que no te he sabido educar.

Ahora, en la ladera del Maular, Ziyam volvió a apretar los dientes para no gritar, pues incluso el recuerdo de la quemadura le dolía. Apartó los dedos de la herida, los metió bajo el yelmo y se tocó las puntas de la cabellera, ásperas como un cepillo. Su madre le había cortado el pelo como si esquilara a un urimelo. Pero, al menos, su melena de cobre volvería a crecer.

Cuando sea reina, ya encontraré un modo de borrar esta cicatriz, se consoló la princesa.

Tras entregarle el estandarte a aquella furcia de Baoyim, Derguín volvió a montar en su magnífica bestia, aquel caballo blanco que se había revelado como un unicornio gracias a que el Zemalnit le había pintado el cuerno invisible con pan de oro. Pese al odio que sentía por el joven Ritión, Ziyam pensó que jinete y corcel componían una estampa digna de ser esculpida incluso en los acantilados de Acruria.

¿^ quién pretendes engañar?, se dijo. Bien sabía la princesa que no era odio lo que albergaba su corazón, o al menos no era todo lo que albergaba. Por eso mismo, y porque estaba acostumbrada a que las demás mujeres se enamoraran de ella y había aprendido a detectar los síntomas de la pasión con la frialdad de una médico, Ziyam era perfectamente consciente de cómo miraban otras mujeres a Derguín.

Ariel, por ejemplo. Mientras le entregaba a su señor el estandarte, la cría lo miraba con un brillo húmedo en los ojos y le hablaba con un tenue vibrato en la voz que traicionaba su adoración por él.

Baoyim también sentía algo por Derguín. Una pasión más animal, seguramente. Desde donde estaba, Ziyam casi podía olfatear en su sudor el deseo, por no hablar de la forma en que la capitana se tocaba la melena negra cada vez que se dirigía al Zemalnit.

A Ziyam lo de la niña le parecía simplemente patético: una sierva enamorada de su señor. Con el tiempo, cuando le crecieran las tetas, lo más que conseguiría de él sería un par de revolcones y un hijo bastardo. Pero lo de Baoyim la indignaba.

Era evidente que Derguín, demasiado joven y distraído con otras cosas, no se daba cuenta de hasta qué punto resultaba atractivo para las hembras. O tal vez Ziyam, obsesionada con él, pensaba que todas las mujeres lo veían igual que ella.

No era por su físico, o al menos no era sólo por su físico. En el harén de Acruria se encontraban especímenes más espectaculares por su estatura, por sus músculos o por otros atributos. Entre ellos el propio Mazo, aquel gigante barbudo que había llegado a Atagaira con Derguín y al que Ziyam había clavado dos dardos en la espalda. El Mazo era casi el doble de grande que Derguín, y en cuanto a otros atributos… Ciertamente, en Atagaira no se habían visto demasiados machos como aquel gigante. En ese sentido, su arma era bastante superior a la del Zemalnit.

En realidad, Ziyam, la princesa Nenúfar, vivía demasiado absorta en sí misma como para haber aprendido a percibir y expresar los dones de otras personas, y por eso no alcanzaba a comprender por qué la atraía Derguín. No muchos días después, otra mujer que compartía su afición por el Zemalnit le diría de él: «Es por sus ojos. Son profundos y nobles, y tan jóvenes como el mundo antiguo. En ellos hay tormenta y calma, y un extraño destino que ni yo misma alcanzo a leer».

Una explicación que no era completa. Porque a esa mujer que pronto conocería Ziyam le ocurría lo mismo que a la princesa: ambas se habían encaprichado de Derguín porque no lo poseían, porque el Zemalnit se resistía a ser suyo.

Visunam, la jefa de la guardia personal de la reina, levantó el estandarte. Las Atagairas se pusieron en marcha, y el cadencioso paso de miles de cascos de caballos resonó en aquel suelo seco y rojizo como ladrillo.

Bajaron por un declive pronunciado, hasta llegar a una ladera más suave y ancha donde hicieron otro alto. Abajo, a poco más de mil metros, se hallaban los odiados Glabros. Sus centinelas habían advertido la llegada de las Atagairas, y sus trompas de alarma resonaron roncas como cuervos sobre el estrépito de la batalla.

La reina se dirigió a Derguín. Ziyam se encontraba lo bastante cerca como para oír sus palabras.

– Éste es un buen lugar para iniciar la carga. Quiero que te guardes esto ahora, Zemalnit -dijo, tendiéndole un papel doblado.

– ¿Qué es?

– Mi epitafio. Ya te hablé de él. Pero no debes leerlo hasta que llegue el momento.

Mi epitafio, se repitió Ziyam. Varias guardias Teburashi, más fieles a la princesa que a la reina, habían insinuado que en plena batalla una lanza amiga mal arrojada podía acabar en la espalda equivocada. Ziyam había prohibido cualquier maniobra de ese tipo. Su madre la tenía demasiado vigilada.

Mas, al parecer, la misma Tanaquil presentía que su final estaba cercano.

Si así ha de ser, madre, no seré yo quien llore tu muerte.

La pendiente, sin ser tan pronunciada como para que los caballos corrieran peligro de despearse, ofrecía un buen impulso para la carga. La jefa de la marca de Faretra se acercó a la reina acompañada por su portaestandarte.

– Te pido que me concedas el honor de abrir la carga, Majestad.

Tanaquil asintió. Era una formalidad: la táctica ya se había decidido antes. Baoyim se volvió hacia el Zemalnit y le dijo:

– Vas a contemplar algo que no olvidarás fácilmente, tah Derguín.

Ziyam creyó ver lascivia en la sonrisa de la Atagaira morena, y la sangre se le subió al rostro. Ya querrías que las tetas que viera Derguín fueran las tuyas y no las de las Faretrias, pensó.

Estás celosa. Respiró hondo. Era ella, Ziyam, quien siempre desataba en los demás el monstruo ingobernable de los celos, no quien lo sufría. Y no era momento de dejar que aquel velo rojo nublase su vista justo antes de la batalla.

El sol ya se hundía en el horizonte. A un gesto de Tanaquil, la abanderada hizo ondear el estandarte en alto, y entre las filas de las Atagairas cientos de trompetas respondieron a su señal.

La batalla iba a empezar. Curiosamente, las pulsaciones de Ziyam, que se habían acelerado al ver cómo Baoyim sonreía a Derguín, se calmaron. Ahora entraban en los dominios de Taniar, la diosa de la guerra, tan caóticos y resbaladizos como los de Pothine, señora del amor; pero se trataba de un terreno que cualquier Atagaira prefería.

Las mujeres de Faretra arrancaron en un suave trote que aceleraron poco a poco al bajar por el declive. Formaban cuatro escuadrones de cien, que se fueron abriendo al llegar a la parte baja del Maular. Desde la llanura, los pájaros del terror ya cargaban contra ellas, y se oían sus estridentes graznidos.

– ¡Ahora nosotras! -exclamó la reina, y añadió-: ¡Hoy las Atagairas nos cobraremos todas nuestras deudas!

Quizá yo me cobre alguna de las mías, madre, pensó Ziyam, y aferró con fuerza la lanza y el asa del escudo. Su peso y el tintineo metálico de las piezas de la armadura rozando y entrechocando en cada bote la hacían sentirse más segura, casi invulnerable.

El paso de los caballos se convirtió en trote, y el tamborear de los cascos compitió con el voznar de los pájaros del terror. Las Faretrias ya habían llegado al final de la ladera y tras ellas, divididas por escuadrones, cabalgaban las demás Atagairas.

– ¡Ahora, Riamar! -exclamó Derguín. En lugar de sofocar la voz del Zemalnit, el casco parecía amplificarla.

Ziyam sintió el deseo casi pueril de combatir cerca de él para impresionarlo, y taloneó a su montura para no quedar rezagada.

Fue entonces cuando, incluso a través de la capa y la armadura, percibió ese momento inconfundible para cualquier Atagaira: el sol se estaba poniendo. Como llevaba haciendo desde que aprendió a hablar, Ziyam cantó su despedida y su homenaje al astro cegador, y para su sorpresa escuchó la grave voz del Zemalnit entonando el himno a coro con las demás Atagairas.

UUOOOMMMMOOMMOOOOMMM…

A sus espaldas resonó la poderosa llamada de la gran Bukala, la trompa que utilizaban las Atagairas para enviar señales de valle en valle y de montaña en montaña. Era el momento. Ziyam se soltó el broche de cobre y la capa parda resbaló sobre sus hombros y la grupa de su yegua Cellisca. Miles de capas más cayeron al suelo. Ya las recogerían, si es que vencían en la batalla. Si no, quedarían allí como testigos mudos de su final o se convertirían en botín del enemigo.

De pronto, aquella marea de color terroso se había convertido en un río de metal que bajaba por la ladera. Miles de amazonas Atagairas, el mayor ejército que salía de las montañas desde hacía siglos. Debería haberlo mandado yo, pensó Ziyam. Mas a su pesar, participar en aquella carga hizo que se le erizase la piel perfectamente depilada de sus níveos antebrazos.

A duras penas, la princesa había llegado a la altura de Derguín, que cabalgaba a su izquierda. Ataviado con aquella extraña armadura entre negra y obsidiana, cubierta de crestas, pinchos y signos geométricos, y tocado con el casco coronado de espinas, el Zemalnit casi parecía un inhumano. La princesa giró el cuello hacia él. Mírame, le ordenó mentalmente.

Derguín captó su pensamiento, o bien su mirada, porque se volvió hacia ella. Tras el visor de cristal -¡De cristal! ¡Qué locura!, pensó Ziyam-, apenas se intuían sus ojos.

¿ Ves bien la cicatriz, cabrón? Ya te haré pagar por ella. Pero se calló aquel pensamiento y, en su lugar, exclamó:

– ¡La vista al frente, tah Derguín!

El Zemalnit enderezó el cuello para mirar por encima del cuerno dorado de su montura. Ziyam sonrió al notar que Derguín daba medio respingo sobre la silla del unicornio.

No era de extrañar. Como todas las demás Atagairas, las Faretrias se habían despojado de sus capas. Pero ellas iban completamente desnudas y así, en cueros, cargaron contra los Glabros y sus pájaros del terror, mientras se ponían de pie sobre los estribos y tensaban los arcos. Su desnudez era un gesto destinado a demostrar a aquellos salvajes cuánto los despreciaban las Atagairas y, de paso, a sembrar el desorden en sus filas. Aunque era una locura pensar algo así cuando quedaban segundos para el choque, el acero y la sangre, para encontrarse con las garras y los picos de aquellos monstruos emplumados, Ziyam se excitó y en cierto modo envidió a las Faretrias.

El Zemalnit le dijo algo a su montura. El unicornio levantó la cabeza, emitió un desafío que parecía más el toque de una trompeta que un relincho, y aceleró su galope cual si en lugar de cascos tuviera alas. Aunque Ziyam volvió a talonear a Cellisca, no pudo evitar quedarse tan rezagada como Baoyim, su madre y las guardias que la rodeaban.

No sabes lo que haces, Derguín, pensó Ziyam. Si pretendía unirse al ataque de las mujeres desnudas, no lo iba a conseguir. En ese momento las Faretrias, que se hallaban a unos cincuenta metros de los enemigos, se dividieron en dos formaciones, a derecha e izquierda, y empezaron a disparar andanadas de flechas contra los Glabros. Se decía que las mujeres de esa marca eran las mejores arqueras de Atagaira. Ahora lo demostraron con creces, pues la mitad de ellas se vieron obligadas a disparar por el flanco derecho de sus caballos como si fueran zurdas, y aun así abatieron a muchos adversarios.

Derguín se quedó solo, convertido en el ariete de aquella carga. Ziyam esperaba que refrenara a su montura para esperar a la reina y sus Teburashi, pero el joven desenvainó la Espada de Fuego y la levantó sobre su cabeza.

– ¡Bravo por ti, Zemalnit! -se le escapó a Ziyam, y de nuevo sintió que se le ponía la piel de gallina. Aunque Derguín fuese un varón, un ser inferior a cualquier Atagaira, había que reconocerle el valor.

Derguín, su unicornio y su arma flamígera penetraron en la primera línea enemiga como un cuchillo caliente en la mantequilla. Segundos después, las cabezas de dos pájaros del terror volaron por los aires, y un ensordecedor grito de victoria recorrió las filas de las Atagairas.

– ¡Seguid al Zemalnit! -rugió la reina, con voz tan potente que no hizo falta que Visunam amplificara su orden.

Ziyam rechinó los dientes, embrazó con fuerza el escudo y levantó la lanza sobre su cabeza. Ya había elegido a su propio enemigo, un Glabro que, tras la embestida de Derguín, trataba de hacerse con el control de su siniestra montura.

– ¡Ánimo, Cellisca! -gritó Ziyam-. ¡No es más que un pollo más cebado de la cuenta!

Y un segundo después se desató la locura.

LAGO DE BÓRAX

Apenas un par de días después, bardos y juglares cantarían cómo el Zemalnit se abrió paso hasta el centro del campamento de los Aifolu, y cómo con la hoja ígnea de Zemal hizo trizas a Gankru, el demonio alado de fuego y metal que había sembrado la destrucción en las murallas de Malib y de la desdichada Ilfatar.

En aquella lucha lo acompañaron varios escuadrones de Atagairas. Pero el grueso de sus fuerzas, mandado por la reina, se enzarzó en un sañudo combate contra los Glabros y sus pájaros del terror.

Durante la batalla, Ziyam comprobó que los Glabros eran contrincantes tan peligrosos como se esperaba de ellos. Con sus dientes negros y afilados y los colores casi fosforescentes con que se pintaban el cráneo, parecían serpientes venenosas, impresión reforzada por los insultos que proferían en su salivoso y silbante lenguaje.

Sus gigantescas aves poseían cierta belleza siniestra, pero de cerca olían mucho peor que los caballos y los urimelos: su aliento hedía a sangre corrompida y a matadero. Y mordían a la mínima oportunidad, de modo que las Atagairas no sólo debían protegerse de las lanzas y los machetes de los Glabros, sino también de los aguzados picos de sus monturas. Uno de esos picos precisamente le había arrancado la cabeza a Visunam, jefa de las Teburashi, tan cerca de Ziyam que a ésta le había salpicado la sangre. Por suerte, los corceles de las Atagairas estaban protegidos con bardas y testeras de metal o de cuero acolchado. Incluso a través de la armadura, un picotazo de un pájaro del terror resultaba tan doloroso como el tajo de una espada, pero los caballos los resistían con tanta bravura como sus amazonas.

La batalla se prolongó durante horas. Las Atagairas lograron apartar a los Glabros del resto del Martal y los llevaron hasta las orillas de un lago cercano. Taniar se acercó al horizonte oeste y lo tiñó de sangre, y su luz roja pareció fundirse con los numerosos fuegos que empezaban a levantarse en el campamento enemigo. En aquel momento, los Invictos acababan de romper las filas de los Aifolu, pero las Atagairas todavía no lo sabían.

Rimom pintaba de azul las aguas del lago a cuyo borde luchaban los Glabros, muchos de ellos ya descabalgados. Se decía que cuando un jinete perdía a su ave, los demás lo descuartizaban y se lo daban como alimento a los demás pájaros. Pero eso debía ocurrir lejos del combate. Ahora, con monturas o sin ellas, los Glabros se resistían literalmente con uñas y, sobre todo, con sus aguzados dientes.

Poco a poco, los enemigos quedaron cercados entre las aguas del lago y unas escarpas cárdenas que se levantaban del suelo como las crestas que los inhumanos desplegaban en sus espaldas. Antea, segunda capitana de la guardia personal y ahora convertida en su jefa por la muerte de Visunam, rugía:

– ¡Haced todos los prisioneros que podáis! ¡La reina pagará una moneda de oro por cada Glabro que capturéis con vida!

Las Atagairas no necesitaban el acicate del oro para esforzarse por apresar cautivos. Durante días, sus conversaciones se habían centrado en

imaginar rebuscados tormentos para vengar la violación colectiva de la princesa Tildara y sus guerreras. Si en general consideraban a los varones de otras razas seres inferiores, y a los suyos poco más que bestias de trabajo y crianza, a los Glabros los habían convertido en paradigma de todo mal y vileza. Aquellos criminales no se merecían una muerte honorable en combate, de modo que las Atagairas intentaban enganchar con lazos y cuerdas a todos los que podían para arrastrarlos fuera de sus líneas, con la intención de torturarlos sin prisas después de la batalla.

La refriega se había estancado. Aunque los enemigos habían dejado miles de hombres y bestias sobre el terreno, los supervivientes se replegaron formando un frente de apenas veinte metros entre las rocas y el agua y, desmontados, levantaron una muralla de picas y machetes. Con tales angosturas, las Atagairas apenas podían aprovecharse de la superioridad numérica que habían ganado tras las dos primeras horas de batalla.

Cuando el último resplandor rojo de Taniar se apagó en el horizonte, los ojos de Ziyam, habituados a la oscuridad como los de todas las Atagairas, vieron cómo sobre las crestas de roca que dominaban el lago se recortaban centenares de siluetas.

– ¡Ahora! -gritó la reina, y Antea transmitió su orden, que se convirtió en un toque de trompeta.

No habría sido necesario. Los urimelos bajaron por aquellos peñascos saltando como cabras montesas. Sobre sus lomos, las amazonas se sacudían y agitaban como si fueran a descoyuntarse, mas pese a los brincos de sus monturas conseguían disparar lanzas y flechas contra los Glabros. Aquella reserva de dos mil guerreras cayó sobre la retaguardia enemiga como un rayo de Manígulat, y los Glabros se vieron de repente encerrados entre dos frentes.

Era la primera batalla de Ziyam, que hasta entonces sólo había combatido en escaramuzas. Una veterana guerrera que había sido amante suya le había dicho:

– Al final del combate, cuando parece que ya todo está resuelto, es cuando debes tener más cuidado si quieres conservar la vida.

Sus palabras debían de ser proféticas: fue en ese momento cuando Ziyam se encontró ante las fauces de la muerte. Decenas de Glabros montados rompieron su propio frente, pisoteando a sus compañeros, y embistieron contra las Atagairas. En medio del caos, la yegua de Ziyam se encabritó y giró de lado, ofreciendo el costado izquierdo a los enemigos. Un pájaro del terror se lanzó sobre Cellisca, le clavó el pico en la ijada y abrió una herida por la que sacó una ristra de intestinos ensangrentados.

La yegua se desplomó y Ziyam, fatigada tras varias horas de cabalgar y luchar, no fue lo bastante ágil para sacar la pierna a tiempo y su pantorrilla derecha quedó atrapada bajo el peso de Cellisca. Ni siquiera sintió el dolor. Tan sólo vio cómo una enorme garra de tres dedos se posaba sobre el pecho de la yegua y un cuello alargado bajaba desde las alturas. El pico naranja de la bestia, del que colgaba un trozo de carne hedionda, se acercó a su cara, y unos ojos que parecían de vidrio la miraron sin parpadear.

Un salpicón de sangre le cayó sobre la mejilla. El pico del ave golpeó contra la loriga que cubría su pecho, no contra su cabeza. Con un grito de miedo y rabia, Ziyam consiguió sacar la pierna de debajo de la yegua.

Mientras se apartaba y se ponía de pie, usando la espada a modo de bastón, vio cómo el cuerpo del pájaro del terror caía junto al de Cellisca. Su madre, que había decapitado a la bestia de un tajo, estaba levantando el brazo sobre la cabeza para acabar con el jinete Glabro, que había perdido el equilibrio al caer su montura.

Mi madre me ha salvado la vida, pensó Ziyam, con una mezcla de alivio y rencor, pues no quería deberle nada. Un instante después, ella misma atacó al Glabro por el lado izquierdo y le clavó una estocada entre las costillas.

Sobre el gorgoteo ahogado de aquel demonio se oyó un alarido de dolor. Ziyam levantó la mirada. La reina se había quedado con el brazo en alto, congelada en el gesto de descargar el tajo. El arma resbaló de su mano y ella trató de agarrarse al arzón de la silla para no caer.

El Glabro que la había alanceado por detrás profirió un alarido salvaje: ¡Kashúuuuk! Su triunfo fue fugaz. Las Teburashi que rodeaban a la reina lo hirieron desde tres puntos a la vez, y una vez abatido los hicieron picadillo a él y a su montura a golpe de espada.

Ziyam se acercó a su madre y le puso una mano en el costado para evitar que resbalara de la silla.

– ¡Estoy bien! -exclamó Tanaquil-. ¡No necesito tu ayuda!

Cuando Tanaquil hizo girar a la yegua que montaba, Ziyam vio que una mancha oscura se extendía poco a poco por su espalda. Aprovechando que la lucha se alejaba de ella, recogió del suelo la lanza que había herido a su madre. La sangre fresca manchaba casi un palmo de la moharra de hierro. La herida había sido profunda. De haber recibido un tajo de machete, los anillos de la loriga la habrían detenido y, aunque se habrían hundido en la carne produciendo una fea contusión, la herida no habría pasado más allá del hueso. Pero una punta tan aguzada… Tras abrir los anillos, debía haber penetrado entre las costillas e interesado el pulmón. Ahora mismo su madre debía estar respirando sangre, con el pecho cada vez más encharcado.

Para Ziyam, la conclusión estaba clara.

Vas a ser reina.

Sabía que la acusarían a ella, que en la corte más de una pensaría que alguna de sus partidarias había herido a traición a su propia soberana.

Le daba igual. Ya reprimiría esas calumnias con mano dura.

– ¡Alteza, toma mi montura!

Ziyam levantó la mirada. Una guerrera de la marca de Acruria acababa de desmontar y le tendía las riendas de su yegua. Ziyam le agradeció el gesto, pisó el estribo y se encaramó a la silla. Pero una vez montada, se cuidó mucho de acercarse a ningún otro Glabro. La suerte le había sonreído esa noche, y no era cuestión de tentarla más.

CAMPAMENTO DEL MARTAL

Tras encabezar la carga de las Atagairas y romper las filas de los Glabros, Derguín había destruido al demonio Gankru, salvando así a su maestro Kratos. Después se había enfrentado al nigromante Ulma Tor, y durante ese combate Mikhon Tiq consiguió por fin salir del encierro de su syfron y unirse a su cuerpo petrificado. Entre ambos, y con la irrupción del mago Kalitres, habían derrotado a Ulma Tor.

Demasiadas emociones seguidas. Cuando se quedó a solas con Mikhon Tiq, Derguín no pudo resistir más, se quitó la coraza y se abrazó a su amigo.

– Te he echado de menos, Mikha. Me sentía solo sin ti.

Mikhon Tiq estaba tan aturdido que durante un rato se quedó con las manos caídas a los costados, sin saber qué hacer. Por fin, devolvió el abrazo a su amigo.

– No puedes hacerte idea de lo solo que me he sentido yo, Derguín.

Los dos rieron y lloraron un rato, apartándose para mirarse incrédulos.

– Ahora eres un Kalagorinor -dijo Derguín.

– Y tú eres el Zemalnit -respondió Mikha.

Por fin, Derguín volvió a ponerse la coraza y el yelmo.

– Qué curiosa armadura -dijo su amigo.

– Con ella parezco una criatura de otro mundo, ¿verdad?

No sabes hasta qué punto, pensó Mikhon Tiq, rozando la coraza con los dedos. Tenía algo de metálico, pero no era de auténtico metal. Eso despertó recuerdos de conocimientos adquiridos, o más bien recuperados, dentro de su syfron. Pero por el momento no le dijo nada a Derguín. Recién regresado al mundo «real», era preferible esperar, observar y comprender antes de ofrecer información alegremente.

Estoy haciendo justo lo que no soportaba en el viejo Linar, pensó.

– ¿Adónde vas ahora, mi señor Zemalnit? -preguntó con una sonrisa un tanto forzada.

– La batalla no ha terminado, Mikha. Y quiero ver qué tal está Kratos. Ha pasado demasiado rato en Urtahitéi. ¿Me acompañas?

– Quiero saludar a ese calvo gruñón. Pero no ahora. Tengo que pensar algunas cosas.

– ¿No has tenido tiempo más que de sobra para pensar?

Escondido detrás del visor de cristal, era difícil saber si Derguín pretendía ser irónico. Mikha le hizo un gesto con la mano.

– Tranquilo. Me reuniré contigo luego.

– Estamos en un campo de batalla. ¿No crees que deberías…?

– Estaré a salvo, Derguín. No te preocupes por mí.

Cuando su amigo se fue, Mikha observó a su alrededor. La tienda en la que él y Derguín habían combatido contra Ulma Tor había volado por los aires, arrastrada por el vendaval sobrenatural conjurado por Kalitres. A unos cuantos metros se veían otros dos pabellones negros, con las lonas desgarradas.

Por lo demás, se hallaba solo dentro de aquella empalizada. Dejando aparte los cadáveres, claro está. Cuerpos retorcidos, contraídos en extrañas

posturas, con la piel grisácea y quebradiza y las mejillas encogidas, cual si llevaran años muertos y embalsamados.

Más allá se veían pasar grupos de soldados, algunos organizados y otros más anárquicos. Había hombres armados y otros que llevaban las manos atadas, y los primeros conducían a los segundos en reatas como si fueran ganado. También había mujeres guerreras; sin duda, Atagairas. Mikhon Tiq no sabía quién había combatido contra quién ni por qué. Ya tendría tiempo de enterarse.

Tiempo.

Tiempo.

Ahora el tiempo significaba algo muy distinto para él. Durante diecinueve años había llevado una vida más o menos normal: su infancia en Malirie, sus estudios frustrados en la Academia de la Guerra de Koras, después su aprendizaje con Yatom…

Pero todo eso había terminado junto a un pino. El pino del que lo había ahorcado Linar. El pino junto al que había muerto. Para después despertar, o más bien resucitar, como un Kalagorinor. Un hombre sin corazón, o al menos con un corazón inútil, parado. Su sangre seguía corriendo por arterias y venas, pero ya no lo hacía a empujones partiendo desde aquel músculo encerrado entre costillas y pulmones. Ahora lo hacía en un flujo suave y constante, un río interno que parecía fluir siempre cuesta abajo, movido por la energía que formaba el núcleo de su syfron.

Morir a los diecinueve años estrangulado por una soga de cáñamo no era una experiencia agradable. Pero aquel recuerdo había resultado fácil de olvidar o al menos de arrinconar, ya que Mikhon Tiq estaba embriagado por el descubrimiento de la syfron que había heredado de Yatom y de los poderes que se escondían en ella.

Mas esos poderes se le habían concedido con una limitación. Era como si a Derguín le hubieran entregado la Espada de Fuego añadiendo una cláusula: «Jamás debes sacarla de su funda». Cuando Mikhon Tiq realizaba algún conjuro simple, un hechizo que podría haber realizado cualquier encantador de feria, todo iba bien. Pero si empleaba más poder, si la emisión de energía de su syfron superaba cierto punto, el suelo empezaba a temblar bajo sus pies y una colosal criatura subterránea despertaba y acudía a su llamado, tan voraz como un tiburón al olor de la sangre.

Una cruel iniciación como Kalagorinor. El destino le había entregado la llave de un poder cuyo alcance apenas empezaba a concebir, y se la había arrebatado un segundo después. Mikhon Tiq se sentía como un eunuco vigilando un harén poblado por las mujeres más bellas del mundo.

A la postre, aquella maldición se había revelado útil. Siete eran los Kalagorinor, «los que esperan a los dioses». De uno de ellos, Kalitres, no se había sabido nada durante siglos. Otros cuatro habían sido corrompidos por el nigromante Ulma Tor, de modo que en el certamen por la Espada de Fuego habían decidido apoyar al príncipe Togul Barok, pese a que sus ojos de dobles pupilas proclamaban que pertenecía al linaje de los dioses.

Contra esos cuatro combatieron Mikhon Tiq y Linar en los pantanos de Purk, y si consiguieron derrotarlos fue precisamente gracias a la maldición: el poder desatado de Mikhon Tiq invocó al leviatán subterráneo, que devoró en sus inmensas fauces a los Kalagorinór renegados. Cuando los cuatro magos perecieron, sus syfrones colapsaron, provocando una explosión que se elevó a los cielos como un monstruoso hongo de vapor coronado por un sol en miniatura.

¿Había destruido aquella catástrofe a la criatura subterránea? Al principio, Mikhon Tiq quiso creer que sí, que a partir de aquel momento era libre para utilizar su poder. Cuando en aquella selva insalubre se enfrentó contra Ulma Tor, el joven mago desató todas sus energías, y sin embargo no llegó a sentir en el suelo la trepidación que anunciaba la llegada de la bestia.

Pero aquel combate había sido muy breve, tal vez demasiado para alertar al monstruo de la tierra. Apenas llevaban unos minutos peleando cuando Ulma Tor se había abrazado a Mikhon Tiq y le había besado en la boca. Durante aquel beso, el joven Kalagorinor sintió cómo algo inmaterial penetraba en él, una especie de garfio formado por una cinta que se enrollaba sobre sí misma en más dimensiones de las que podía definir la geometría convencional. Aquel anzuelo enganchó el túnel que unía el cuerpo de Mikhon Tiq con su syfron, y al engancharlo se convirtió en un lazo, apretó y cerró el pasillo.

Era como si un ratero hubiese usado ese lazo para robarle una bolsa con un tesoro dentro. El tesoro era su syfron, el castillo que había heredado de Yatom, donde moraba su espíritu y de donde obtenía su poder. De repente, Mikhon Tiq se había encontrado atrapado dentro de sí mismo, desterrado en un mundo fuera del mundo.

De este modo había empezado su encierro. Su inacabable encierro. En su nuevo universo no existía nada más que el castillo, rodeado por una nada oscura y cubierto por un firmamento negro en el que no brillaban lunas ni estrellas. El único ritmo que medía el paso de las jornadas lo marcaba el reloj interno del propio Mikhon Tiq.

Y gracias a ese reloj había llevado la larga cuenta de los días. Veintiséis mil trescientos. Más de setenta años.

Convertirse en Kalagorinor significaba dejar de ser mortal y apartarse del resto de la humanidad, un destino para almas solitarias. Pero la soledad dentro del mundo no podía compararse con la que había sufrido Mikhon Tiq confinado entre los muros de su syfron. Desesperado, no había tardado en crear compañeros, sirvientes del castillo con los que al menos podía conversar: el chambelán Kuraufur, el bibliotecario Panuque o el más fiel de todos, el alcaide Subiluntar. Sin embargo, cuando hablaba con ellos no conseguía olvidar que estaba conversando consigo mismo, con efluvios emanados de su propio ser.

A la larga, la única distracción que alivió el tedio de aquellos años consistió en explorar el castillo. En su primer viaje por la syfron, cuando Linar lo despertó/mató, encontró una reja de hierro con un cartel y una advertencia: NO PASES DE AQUÍ, MIKHON TIQ. Pero la desobedeció, descendió a las mazmorras del castillo y allí despertó a la criatura subterránea. Desde entonces, no se había atrevido a trasponer de nuevo la reja.

Pero después de miles de jornadas encerrado en su syfron, había decidido que no tenía nada que perder. Y cruzó de nuevo la reja, bajó hasta los mismísimos cimientos del castillo y se asomó a un pozo mucho más hondo y negro que aquel en que despertara al leviatán.

No debes asomarte aquí, Mikha, le alertó la voz de su maestro Yatom. Es demasiado pronto. Sólo cuando sea el momento, cuando lleguen los dioses…

¿Demasiado pronto?, se preguntó Mikhon Tiq. Llevaba una eternidad dentro del castillo e ignoraba cuánto tiempo le quedaba aún, o si alguna vez saldría de aquel encierro. En los límites de su syfron había sentido los embates del enemigo, arietes de energías oscuras embistiendo contra los muros que lo protegían, y sabía que era Ulma Tor, intentando penetrar en aquel reducto fuera del espacio y el tiempo normales. Para luchar contra aquella criatura maligna, que no era un Kalagorinor ni un dios ni ningún poder de este mundo, sino una entidad surgida de las entrañas del infernal Prates, necesitaba todo conjuro y todo conocimiento que pudiera invocar.

De modo que se asomó al pozo negro, subió al brocal… y se dejó caer al abismo. Al insondable abismo que él mismo llevaba dentro.

Y, como dijo un filósofo en una era tan remota que ni siquiera los cielos eran los mismos, el abismo le devolvió la mirada.

Mikhon Tiq sacudió la cabeza. Sus recuerdos tomaban la forma de volúmenes perfectamente organizados en una enorme biblioteca dividida en salas. Ahora cerró el libro en el que guardaba la memoria de la lucha en los sótanos del castillo y lo colocó en su anaquel. Ya llegaría el momento de rememorar aquello.

Abrió los ojos. Casi había olvidado dónde estaba. A su alrededor continuaban los sonidos de la batalla, o más bien de la matanza. Algunas tiendas de campaña ardían mientras otras, las más lujosas, eran saqueadas y se convertían en botín de los vencedores. Mikhon Tiq alzó la cabeza y observó las estrellas, el cinturón de Zenort y la luna azul. ¡Qué placer contemplar un firmamento con luces después de una vida entera bajo una cúpula de negra nada!

Aunque ese mismo firmamento escondía una amenaza que Mikhon Tiq intuía cada vez más cercana. Comprendía ahora que el Mito de las Edades que les contó Linar no era más que una burda simplificación narrada desde una época que ya no podía comprender la ciencia y el conocimiento del pasado, y que las luchas entre dioses, humanos y otras criaturas indefinibles habían sido mucho más complicadas.

¿Lo sabría también Linar? La syfron del mago tuerto era un bosque, no una fortaleza. ¿Escondería en el corazón de la espesura algún rincón prohibido, el equivalente vegetal de las mazmorras de su castillo? ¿Se habría atrevido a visitarlo para consultar los recuerdos más profundos? Mikhon Tiq sospechaba que no, pues en caso contrario Linar también habría despertado a la bestia subterránea.

Se dio cuenta de que seguía teniendo en la mano el fragmento de lanza. La lanza de Prentadurt, que perteneció al rey de los dioses, Manígulat, y que en aquel entonces, según el mito, era roja. Después, cuando Tubilok se apoderó de ella, se convirtió en negra.

Pero no tenía por qué ser negra ni roja. Mikhon Tiq se la acercó al rostro para examinarla mejor y acarició su superficie con los dedos. Aunque ahora parecía de madera, no lo era en realidad, sino que estaba fabricada en algún tipo de materia transmutable. ¡El sueño de un alquimista!

– Bronce -pronunció Mikhon Tiq en Ritión. No ocurrió nada. Pensó en recurrir al lenguaje de los Arcanos y dijo-: Khalkós.

Bajo la mano notó una corriente, un suave calambre que recorrió sus dedos, y la vara renegrida se convirtió en bronce frío y dorado. Y sin embargo, del mismo modo que no había sido madera, Mikhon Tiq percibió que no era del todo bronce, sino una especie de falso metal que tan sólo lo parecía en su superficie.

Pero lo más interesante estaba en su interior. Para verlo y sentirlo mejor, pronunció Krústallos y la vara se hizo transparente.

Dentro de ella latía un finísimo hilo de luz azulada. Mikhon Tiq cerró los ojos y recurrió a otros sentidos que no poseía cuando era un simple mortal.

Aquel tenue resplandor ocultaba, en realidad, una energía mucho mayor. Muchísimo mayor. El hilo era una especie de grieta en el espacio, una irregularidad geométrica en la que se concentraba tanta masa como en una gigantesca montaña. Si Mikhon Tiq podía levantar la vara era porque esa grieta estaba rodeada por un cilindro forjado de un material que no cumplía las leyes de este mundo, un elemento que, de haberlo soltado en el aire, en lugar de caer al suelo se habría elevado hacia las alturas huyendo de la masa de la tierra.

Tanto el hilo de luz como el cilindro de materia antinatural estaban rodeados por una delicada filigrana de hilos y pequeños relieves interiores, tan minúsculos que ni siquiera los sentidos acrecentados del Kalagorinor podían discernir sus detalles. Y dentro de esa filigrana se escondía algo más.

Almas. Eran vidas humanas, absorbidas por el poder de la vara. Diminutas luces orbitando alrededor del hilo central. Mikhon Tiq comprendió por qué los cadáveres tendidos en el suelo parecían momias. La lanza de Prentadurt había absorbido su esencia, los había drenado de aquello que los convertía en personas, algo más vital que la misma sangre.

Pero allí dentro había muchísimas más almas que cadáveres dentro de la empalizada, miles de veces más. ¿Cuántas vidas habría arrebatado aquel objeto diabólico?

– Xúlon -dijo Mikhon Tiq, y la materia transmutable del exterior se convirtió de nuevo en madera.

Aquella vara era una maravilla creada por una magia o una ciencia ya perdidas. En su interior albergaba grandes poderes en liza, fuerzas primordiales que se contraponían y anulaban. Pero Mikhon Tiq sospechaba que el equilibrio era inestable y que, si manejaba el fragmento de lanza sin precaución, podía sembrar la destrucción a su alrededor y aniquilarse a sí mismo.

Decidió abandonar aquel lugar y buscar de nuevo a Derguín. Absorto en el objeto que llevaba en la mano, casi se tropezó con una máscara de madera. Bajó la mirada y la observó unos segundos. Era triangular, casi tan grande como un escudo. Tenía tres rubíes encastrados, grandes como huevos de codorniz. Nada que pudiera interesar a un Kalagorinor, así que Mikhon Tiq la apartó con la puntera.

De haberla recogido del suelo, Mikhon Tiq tal vez habría salvado a Narak. O tal vez no, porque, como rezaba un antiguo proverbio Ritión: Lo que está por pasar tiene mucha fuerza.

TIENDA DE BINARG-ULISHA-RHAIMIL

Pese a que apenas unas semanas antes habían estado a punto de declararse la guerra -sólo la lejanía física había impedido que entraran en combate-, los Invictos de la Horda Roja y las Atagairas comprendieron que el destino los había convertido en aliados forzosos y, sin necesidad de intercambiar heraldos ni juramentos, alcanzaron el acuerdo tácito de no agredirse ni mantener conflictos hasta que llegara el momento de administrar la victoria.

Aún faltaban algunas horas para el amanecer cuando las Teburashi evacuaron a la reina del campo de batalla. La tienda de Ulisha era tan grande que las Atagairas pudieron alojar a Tanaquil en una de sus dependencias. El azar o el capricho de Kartine quisieron que ambos, el general supremo del Martal y la soberana de Atagaira, agonizaran al mismo tiempo a unos metros de distancia, separados tan sólo por compartimentos de tela y biombos de madera y papel de seda.

Tanaquil se empeñó en recibir a Derguín antes de morir. Mientras la reina y el Zemalnit hablaban, Ziyam se mantuvo alejada, descansando en un sitial de cedro con incrustaciones de marfil. Agradecía sentarse, porque la pierna derecha, que había quedado atrapada bajo el peso de su yegua, le dolía horrores. La tenía amoratada, casi negra, pero la médica la tranquilizó. Cualquier golpe en la piel albina de una Atagaira producía unos negrales que en personas de tez más oscura habrían hecho pensar en gangrena.

Derguín y su madre hablaban casi en susurros, demasiado bajo para que Ziyam captara sus palabras. El Zemalnit se había despojado de su armadura. Llevaba la almilla verde tan empapada que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando sus músculos y también sus costillas. «¿Por qué estás tan delgado, si he visto que comes como un lobo?», le había preguntado Ziyam en su alcoba de Acruria, mientras le recorría la línea de los abdominales con la uña. «Es Zemal. Su fuego me consume», le contestó él. Entonces, la princesa no supo si hablaba en serio o en broma. Ahora sospechaba que había sido sincero.

Aparte del sudor, no se apreciaba en Derguín ninguna otra señal de que hubiera combatido durante horas: ni una herida, ni un moratón, ni siquiera una escoriación de la armadura. Con ese aspecto, podría venir de una sesión de entrenamiento y no de una batalla. Como un dios, pensó Ziyam con esa amarga mezcla de admiración y rencor que le despertaba el joven Ritión.

Mírame, Zemalnit. Mírame, te estoy mirando, repitió mentalmente la princesa, entrecerrando los párpados, como si a través de ellos quisiera enviar las ondas de un hechizo.

Por fin, Derguín debió notar aquellos ojos azules clavados en la nuca, porque volvió la cabeza un segundo. Ziyam le sonrió con suficiencia, tratando de transmitirle en un gesto toda la satisfacción de la victoria. Al final he conseguido ser reina. Pero, para su propia desazón, notó cómo las pulsaciones se le aceleraban y la boca del estómago se le encogía. Era una sensación desconocida para ella: tener algo al alcance de la mano, tan cerca, y no poder cogerlo.

Derguín apartó la mirada y siguió hablando con la reina. Ziyam respiró hondo. En dos o tres días como mucho, tendría que volver a Atagaira con el ejército y quizá nunca volvería a ver al Zemalnit. Aquel pensamiento le resultaba insoportable.

Maldita estúpida, se recriminó. Derguín sólo era un hombre, un ser inferior, un pene dotado de dos piernas que lo transportaban de un lado a otro.

Nunca, se repitió. Nunca volverás a verlo. Olvídalo…

¿Nunca? Tal vez no… Ziyam tenía todavía una última carta, un dado cargado con plomo. Con ciento cincuenta kilos de plomo, de hecho. Pensando en ello, se permitió una sonrisa.

– Pronto serás reina, mi señora -le susurró al oído Tyanna, una de sus partidarias en la corte. Sin duda había malinterpretado su gesto.

Por fin, Derguín se fue de la tienda. Tanaquil estaba empeorando con rapidez y ningún varón debía ver morir a la reina. Pero antes de salir, el Zemalnit se volvió y echó una última mirada atrás.

Directamente a Ziyam.

¡Él también siente algo por mí! No puede evitarlo, siente algo por mí. La princesa notó cómo se le subía la sangre al rostro, pero poseía el suficiente dominio sobre sí misma como para controlar incluso aquel rubor.

La nueva jefa de las Teburashi, Antea, se acercó a Ziyam y le dijo:

– La reina quiere hablar contigo.

– Sus deseos son órdenes para mí -contestó Ziyam a la jefa de la guardia, sin apenas reprimir el sarcasmo.

Si la piel de las Atagairas es blanca, la de Tanaquil ahora parecía de mármol, de un mármol que hubiera perdido todo su lustre. Sus ojos de acero empezaban a empañarse como los de un pez que llevara demasiado tiempo en la cesta de la pescadería.

– Tengo que pedirte perdón, hija mía -dijo la reina, con voz entrecortada. El aliento le olía a sangre y a muerte, y Ziyam tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarse de ella.

– ¿Pedirme perdón, madre? ¿Por qué?

¿Por haberme marcado como si fuera una vaca? ¿Por haber arruinado mi rostro? ¡Qué tontería!

– Fui demasiado blanda e indulgente contigo. Tenías dos hermanas mayores. Nunca pensé que te tocaría sobrellevar la pesada carga de reinar.

¿Blanda? ¿Indulgente? Había que tener mucha desfachatez para pensar eso. Pero Ziyam se mordió la lengua y se limitó a responder:

– Intentaré ser digna de ti y de mis hermanas, madre.

Tanaquil le agarró la mano y tiró de ella para acercarla más.

– Debes madurar, Ziyam.

– Sí, madre.

– Ser reina no consiste en satisfacer todos tus caprichos ni en ver cumplida siempre tu voluntad. No consiste en recompensar a quienes te adulen y castigar a quienes te critiquen.

– Qué poco me conoces si piensas que…

– ¡Escúchame! -Tanaquil tosió, y unas gotas de sangre mancharon la mejilla de Ziyam. Ésta intentó reprimirse, pero no pudo evitarlo y se limpió con el dorso de la mano. Su madre prosiguió-: Debes ser grande. Hoy hemos triunfado en una gloriosa batalla, y por toda Tramórea se cantarán romances celebrando nuestra carga temeraria contra esos monstruos del infierno. Pero el corazón me dice que vendrán tiempos más duros y pruebas más arduas.

– Las afrontaré, madre.

– ¡Sé grande!

– Sí, madre, ya me lo has dicho.

– ¡Debes conseguir que no hablen de ti como Ziyam, hija de Tanaquil, sino que me recuerden a mí como Tanaquil, la madre de Ziyam!

El esfuerzo de aquella breve perorata pareció consumir del todo a la reina, que cerró los ojos durante unos segundos. ¿Ya está?, se preguntó Ziyam. Pero Tanaquil volvió a abrirlos y la miró. Estaba llorando. Ziyam nunca la había visto llorar, ni cuando le anunciaron que Tylse había muerto en las lejanas tierras del oeste ni cuando supo que los Glabros habían violado y matado a Tildara.

– Las Atagairas te necesitarán. El futuro es más oscuro que los…

Todavía dijo algo más, pero con voz tan débil que Ziyam no entendió sus palabras. La mirada de la reina empezó a quedarse fija, y su hija comprendió que la muerte ya agitaba sus alas negras sobre su pecho. Un segundo antes de que los dedos de Tanaquil perdieran sus últimas fuerzas, Ziyam los soltó. Fue una minúscula revancha, un segundo de venganza. La reina de Atagaira expiró buscando en vano los dedos de su hija para un último apretón.

Durante un largo rato nadie habló alrededor del lecho. Después, la médica acercó un espejito a la boca de Tanaquil y comprobó que no se empañaba. Se volvió hacia Antea y asintió.

La jefa de las Teburashi tomó la mano izquierda de la reina. En ella, y no en la derecha, de modo que no la estorbara para empuñar la lanza ni la espada, llevaba el sello real: un anillo de oro que representaba a un dragón terrestre, de cuerpo de serpiente y cabeza barbada.

La misma señal que la gran Iluanka había tatuado en el cuerpo de Ariel, la mocosa de Derguín, pensó Ziyam con rencor. Su propia marca era una cabeza de águila a media espalda. Una marca regia, sin duda. Pero habría preferido una dragona, el emblema de la gran Iluanka, que moraba bajo tierra, enemiga de los dioses del cielo.

Pues, aunque las Atagairas rendían culto a los Yúgaroi por no malquistarse con ellos, no les tenían demasiado cariño, y menos a los varones. Sabían que, desde las alturas del Bardaliut, acechaban y aguardaban el momento de volver a apoderarse de Tramórea y esclavizar a los humanos.

Que lo hicieran, si así era su voluntad. Las Atagairas, protegidas por la gran Iluanka, sabrían defenderse de ellos.

– Mi señora…

Ziyam se había abismado tanto en sus pensamientos que llevaba un rato sin ver ni escuchar. Antea volvió a carraspear y le tendió el sello que había pertenecido a su madre y a su abuela, y antes que ellas a un larguísimo linaje de mujeres.

Ziyam extendió la mano izquierda. Antea le tomó la punta de los dedos. La princesa percibió en ella un leve temblor. Habían sido amantes. Tan sólo una vez. Antea había querido repetir la experiencia, pero Ziyam se negó: solía racionar sus encantos y sus favores para crear vínculos que más bien eran grilletes de acero.

La jefa de las Teburashi le puso el sello en el dedo corazón. Tenía un tacto frío, casi como hielo, y Ziyam comprendió que en realidad no era de oro, sino de algún metal creado con mezcla de orfebrería y magia. Los dedos de la princesa eran muy finos, mientras que los de su madre eran bastos y espatulados. Pero el anillo pareció fluir como si se fundiera de nuevo en el crisol, se abrazó al dedo de Ziyam y se ajustó a él.

– La reina Tanaquil ha muerto -declaró Antea, cerrando los párpados de Tanaquil. Después desenvainó la espada, casi seis palmos de hoja, y la levantó sobre su cabeza-. ¡Larga vida a la reina Ziyam!

Sonó un prolongado chirrido cuando decenas de espadas salieron de sus fundas. Muchas estaban melladas tras la batalla y algunas seguían manchadas de sangre.

– ¡Larga vida a la reina Ziyam! -aclamaron las demás mujeres que atestaban la tienda.

Ziyam levantó las manos y las saludó a todas, girando sobre sus talones. Luego se miró el anillo y recorrió el delicado relieve con los dedos. Ahora era reina y muchas cosas antes vedadas quedaban al alcance de su mano. El poder que ansiaba era suyo.

Pero, mientras acariciaba el grabado de Iluanka, no le pidió a la dragona acrecentar su reino, vencer a los varones extranjeros en mil batallas o engendrar Atagairas que heredaran su gloria. Para su propia sorpresa, musitó:

– Haz que el Zemalnit sea mío.

27 DE ANFIUNDANIL RUINAS DE NIDRA

Mientras mandaba la Horda, el duque Forcas mantuvo la costumbre de enviar cayanes a Mígranz. De este modo mantenía comunicación con el general Grondo, que se había quedado en la fortaleza con poco más de mil hombres.

Kratos había decidido conservar esa práctica. Tras matar a Ihbias y convertirse en jefe de los Invictos, había mandado un mensaje a Mígranz para contárselo a Grondo. Después, cuando se vieron asediados en el Kimalidú por los Aifolu, despachó un segundo cayán para pedir a sus hermanos Invictos que hicieran sacrificios y rogaran por su salvación.

Ahora entregó al cayanero una nota para que la atara a la pata del ave. Se la había dictado a Ahri, que escribía con una letra mucho más menuda y apretada que él. En el mensaje le hablaba de la gloriosa victoria conseguida contra el Martal,

«… el ejército de fanáticos que había sembrado el terror y la destrucción por media Tramórea y que amenazaba con destruir la otra media. Contra fuerzas diez veces superiores en número -y no es exageración retórica, como suele suceder en las crónicas-, los Invictos han conseguido la más hermosa y rutilante de las victorias».

Lo de «rutilante» era sugerencia de Ahri, muy dado a salpimentar sus escritos con palabras exóticas y rimbombantes.

«Es un honor para mí, como general en jefe de la Horda Roja, comunicarte esta buena nueva, Grondo. Te ruego que proclames la noticia en la plaza de armas de Mígranz y que hagas sacrificios en honor de Anfiún y Taniar, que nos han otorgado esta gran victoria.»

Una vez enrollado el mensaje en la pata, el cayanero susurró algo junto al oído del ave, que gorjeó y emprendió el vuelo. Apenas habían pasado unos segundos, el cayán pareció esfumarse en el aire. Sus plumas habían adoptado el color azul del cielo.

Durante un par de minutos, Kratos, Ahri y el cayanero siguieron inmóviles sobre el adarve de la muralla de Nidra. Cuando iban a marcharse, oyeron un aleteo, y el ave regresó aparentemente de la nada y se posó en el antebrazo extendido de su adiestrador. Poco a poco, sus plumas adquirieron el matiz terroso de los alrededores.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Kratos-. ¿Se ha desorientado?

– Eso es imposible, tah Kratos -respondió el cayanero, examinando el pico y las patas del ave-. Éste no es el mismo pájaro.

– Si tú lo dices… Ah, espera.

Aunque para un profano era tarea peliaguda distinguir entre dos cayanes, Kratos se percató de que aquella ave no llevaba un solo mensaje, sino dos, uno atado a cada pata. ¿Qué tendría que contarle Grondo que precisaba tanto espacio?

El cayanero desenrolló las cartas y se las tendió. La letra era tan pequeña que a Kratos le resultaba ilegible.

– Maldita edad -gruñó, acercándose el papel hasta que le dolió la cabeza-

. Cada vez veo menos. Prueba tú, Ahri.

El Numerista se puso bizco en el intento.

– Yo tampoco lo veo demasiado bien, tah Kratos.

– No será por falta de ojos. -Los exorbitados globos oculares de Ahri eran el rasgo más llamativo de su rostro, por el que se había ganado el apodo de Búho.

– Se me ocurre algo. ¿Puedes hacer que venga Bran, tah Kratos?

Bajaron de la muralla y se dirigieron a la casa donde se había instalado Kratos. Cuando entraron, Aidé salió a recibirlos. Llevaba unos pantalones de montar y el mismo chaleco de la primera vez que Kratos y ella hablaron durante el viaje a Malabashi.

– Pareces preocupado -dijo. Le dio un rápido beso en los labios y le acarició la nuca rasurada con las uñas, algo que a él le ponía la piel de gallina. ¿Malas noticias?

– Aún no lo sé.

Ahri extendió los rollos de papel sobre la mesa de mapas, pisando las esquinas con pequeños pesos de plomo. Cuando llegó Bran, le pidió el catalejo y empezó a desmontarlo.

– ¿Qué haces? -protestó el jefe de los batidores-. No te haces idea de lo que me costó ese artefacto. Si no me lo dejas de nuevo como estaba, rellenaré el tubo con tus ojos.

Sin hacerle caso, Ahri sacó la lente de aumento y la puso encima del documento. Kratos se acercó. Ahora sí podía leer las letras.

– Vete fuera, Bran. No te preocupes por tu catalejo. Si no te lo devolvemos en buen estado, yo mismo te pagaré el doble de lo que te costó.

Se quedaron a solas Kratos, Ahri y Aidé. La joven comentó:

– O Grondo tiene un gnomo que le escribe las cartas, o su escriba también ha utilizado una lente.

– No es necesario -respondió Ahri-. Hay personas tan cortas de vista que no reconocerían tu rostro a dos pasos, pero que pueden leer y escribir miniaturas.

– Silencio -ordenó Kratos, que no poseía demasiada soltura leyendo. Después de un rato murmurando entre dientes, dijo-: Mígranz está en peligro.

– ¿Cómo? -preguntó Aidé, alarmada.

– Una horda de Trisios la ha asediado. Escuchad: «Recordaréis que la caída de aquel bólido celeste en Trisia extendió una plaga que se propagó hacia el sur. En las tierras afectadas por esa plaga, los pastos no alimentan a los caballos, pero tampoco las cosechas de cereales sacian el hambre de los humanos. Cuentan que uno puede estar comiendo días un pan tan blanco como el mejor que podrías comprar en el mercado, y morir con la panza hinchada y entre charcos de diarrea.

»Para evitar que la plaga siguiera extendiéndose, los campesinos de la región de Ghuyya, al nordeste de Mígranz, quemaron bosques y sembrados hasta crear una gran franja devastada de más de cinco kilómetros de anchura. En esa tarea colaboraron nuestros hombres, pues comprendíamos que si ese azote se esparcía más también nosotros moriríamos de hambre. Por el momento, este verano hemos podido recoger las cosechas al suroeste de la zona quemada, y no están contaminadas.

»Pero a quienes no ha podido detener la franja es a los Trisios. Desde que cayó el bólido, al norte de los montes de Shirta ha habido cientos de miles de muertos, o tal vez millones, pues nadie sabe muy bien cuántos bárbaros nómadas pueblan las estepas de Maitmah. Unos han perecido por la hambruna y otros por las guerras que se han desatado entre las tribus por los escasos alimentos que les quedaban.

»Los supervivientes, llevados por la necesidad, han olvidado sus rencillas ancestrales y se han unido bajo el mando de un caudillo del clan de los Kotarios llamado Ilam-Jayn. Ha logrado que en su ejército marchen juntos los Trisios salvajes del norte de los montes de Shirta, conocidos en Tramórea por "greñudos", con los del sur, más civilizados.»

– No hay Trisios civilizados -dijo Aidé. Nacida ya en tierras de Málart, compartía el odio y la desconfianza que los nativos de esa región sentían hacia los Trisios.

– Veamos, que he perdido la línea… -dijo Kratos, moviendo la lente sobre la carta-. «Ilam-Jayn trae con él treinta mil jinetes. Una fuerza más que respetable, sobre todo porque son muy belicosos y se desplazan a tal velocidad que parece cosa de demonios cómo un día aparecen a casi doscientos kilómetros de donde partieron. Viajan en vanguardia para evitar que los pueblos amenazados tengan tiempo de recoger el alimento de sus graneros y huir con sus bestias. Pero detrás de ellos vienen diez mil guerreros más con el resto de las tribus: mujeres, niños y los pocos ancianos que siguen con vida.»

El mensaje seguía ofreciendo detalles sobre la organización de los Trisios, y en la segunda hoja añadía que los treinta mil jinetes de la vanguardia ya habían llegado a Mígranz y la habían rodeado.

– Los Trisios nunca han sido expertos en asediar ciudades -dijo Aidé-. No conseguirán nada.

– Lo mismo les pasaba a los Aifolu -repuso Kratos-, y sin embargo consiguieron tomar Malib.

– Pero ellos tenían a los demonios de metal, y además los Pashkriri les habían entregado armas de asedio. ¿Dónde podrían conseguir armas los Trisios? Además, aunque las tuvieran no conseguirían acercarlas a nuestras murallas. Antes tendrían que superar los riscos, y es imposible -añadió Aidé, en un tono orgulloso que a Kratos le irritaba un poco. Su padre había hecho construir la fortaleza, lo que explicaba que la joven, aunque estuviera a miles de kilómetros, siguiera llamándola «nuestra».

– El problema no será que los Trisios tomen o no tomen la ciudad al asalto, sino el hambre -dijo Ahri-. Normalmente en Mígranz había provisiones para tres años. Pero cuando nos marchamos de allí los almacenes se estaban quedando vacíos. Además nos llevamos la parte proporcional a nuestro número, dejando allí menos de un décimo.

– Eso es lo que comenta Grondo -dijo Kratos-. Y se queja de que les ha sido muy difícil conseguir más comida. Los precios se han quintuplicado en toda la región, y muchos campesinos se niegan a vender por más dinero que se les ofrezca. Para colmo, Mígranz se les ha llenado de refugiados. Un cúmulo de desastres…

– ¿Y qué pide Grondo? -preguntó Aidé.

– Que acudamos a ayudarle.

– ¿Que le ayudemos? Él fue quien vaticinó que moriríamos de hambre en el camino a Malabashi y se burló de nosotros. Ahora el destino que nos profetizó cae sobre él por cobarde.

Kratos miró de reojo a Aidé. Por suaves que fueran sus rasgos, podía ser dura como una roca y no perdonaba una. Aunque la amaba, no olvidaba que esa mujer le había pedido que matara a Forcas. No hay nada que se le ponga por delante, pensó, y no por primera vez. En eso Aidé se parecía a su padre Hairón, el anterior Zemalnit.

– Yo nunca simpaticé con Grondo, pero…

No hizo falta que añadiera el motivo. Grondo era uno de los capitanes que se hallaba con Aperión el día en que éste le mostró a Kratos la cabeza cortada de su amante, Shayre. Cuando Kratos entró en Urtahitéi, Grondo tuvo los reflejos necesarios para retroceder y dejar que fuesen otros quienes sufrieran la ira de su espada Krima. Con el tiempo, Forcas lo ascendió a general, y Kratos y él hicieron las paces. Grondo se había disculpado alegando: «Aperión me obligó». Un argumento que Kratos tuvo que escuchar de más de un oficial.

– … pero me entristece no poder ayudarle. Mígranz se encuentra muy lejos. Para cuando quisiéramos llegar, todo habría terminado. Además, nuestro sitio está en el sur. Lejos de la plaga, lejos de los Trisios y lejos de Áinar.

A él mismo, Ainari como era, le pareció mentira haber pronunciado esas palabras. Pero sospechaba que en las fronteras de Áinar pronto iban a producirse movimientos militares. Aunque la Horda había conseguido derrotar al Martal, no era cuestión de tentar a la suerte. El nuevo emperador, Togul Barok, podía movilizar incluso más soldados que los Aifolu y, sobre todo, mucho más disciplinados.

Ahri, que había seguido leyendo la carta por su cuenta, dijo:

– Pues, por lo que cuenta Grondo, también están pensando en pedir ayuda a los Ainari. Eso parece más lógico.

– Si se la dan, convertirán Mígranz en un puesto avanzado de Áinar – respondió Aidé-. Mi padre se revolverá en su tumba.

– Es mejor pertenecer a Áinar que ser aniquilado por los Trisios -dijo Kratos-. En cuanto a la tumba de tu padre, estoy seguro de que los Ainari la respetarán.

– No me refería a eso, y lo sabes. Era una forma de hablar.

Creo que hoy vamos a acabar discutiendo, pensó Kratos. Mejor sería que se buscara algo que hacer lejos de ella, como organizar los festejos por la victoria. Pero, por el momento, debía responder a la petición de sus hermanos del Norte. Con un pesado suspiro, le dijo a Ahri:

– No es necesario que uses la lente para escribir. No será un mensaje tan largo. Apunta. «Mi querido Grondo. Por desgracia…»

TIENDA DE LA REINA ZIYAM, QUE ANTES LO FUE DE ULISHA

Al día siguiente a la batalla, Ziyam tuvo que reunirse con Kratos May. Puesto que Invictos y Atagairas se habían convertido en aliados improvisados, la reina y el general de la Horda decidieron redactar y firmar un pacto por el que se comprometían a no luchar jamás entre ellos. Kratos pidió a Ziyam que respetara el derecho de los Invictos a asentarse en Pasonorte, el feudo que les había prometido la reina de Malib.

– No nos gusta tener un ejército como el vuestro tan cerca de Atagaira – objetó Ziyam.

– Hay más de doscientos kilómetros hasta vuestras montañas -respondió Kratos-. Ni el más exagerado de los poetas podría decir que eso es «cerca».

En realidad, Ziyam ya había pensado en ceder a aquella exigencia, que consideraba razonable. Había más motivos para no empecinarse. Meses antes, cuando llegó la noticia de que la Horda Roja iba a establecerse en las tierras de Malabashi, la mayoría de las Atagairas se dedicaron a alardear de cómo iban a arrebatarles a sus miembros el título de «Invictos», junto con otros atributos. Pero a la hora de la verdad, las impresionaron el valor y la disciplina de aquellos hombres que se habían atrevido a lanzar un ataque contra un ejército diez veces superior. Ya no las entusiasmaba tanto la idea de enfrentarse a ellos, en parte por admiración y en parte por un sano temor.

De modo que Ziyam accedió, con la intención de apretarle las clavijas a Kratos en la negociación por el botín. Éste era mucho mayor de lo esperado; tanto que, al ver las cuentas, a los oficiales que acompañaban a Kratos y a las Atagairas del séquito de la reina se les iluminó la mirada con el brillo del dinero, y hubo quienes se frotaron las manos y se relamieron sin el menor recato. Telas, pieles, vestidos, especias, vino, cerveza, ganado, esclavos, ebanistería, candelabros, trípodes, calderos, herramientas, armas incontables, joyas, y sobre todo plata y oro en lingotes y en monedas. Millones y millones de monedas, tantos que tuvieron que usar los dedos para no perder la cuenta de los ceros.

– Oí decir que los Aifolu despreciaban las posesiones materiales -comentó un hombre delgado y de ojos saltones, con una estrella de siete puntas tatuada en la frente. Kratos lo había presentado como Ahri, su contable y nomenclador. En ambos aspectos demostraba sus cualidades. Había memorizado a la primera los nombres de las quince Atagairas que acompañaban a Ziyam, y manejaba a tal velocidad los cálculos que Yidharil, la tesorera de la reina, apenas podía seguirle con el ábaco.

– Para nuestra suerte, se ve que no era así -respondió Kratos.

Ziyam propuso repartir el botín a partes iguales. Algunos de los oficiales de Kratos se opusieron.

– Nosotros cargamos con el peso de la batalla, y hemos sufrido muchas más bajas. ¡Debemos llevarnos al menos dos tercios! -protestó uno de ellos, un tipo siniestro con una cicatriz que le atravesaba la cuenca vacía del ojo. Al mirarlo, Ziyam estuvo a punto de tocarse la marca de la mejilla, pero se contuvo. «Una reina no se rasca, ni se toca las narices ni las orejas, ni nada»,

solía decir su madre.

La discusión se prolongó cerca de una hora. Sin embargo, Kratos parecía un hombre razonable y finalmente impuso su criterio sobre el de sus oficiales.

– Recordad que la avaricia agujerea la bolsa más que una polilla. La mitad de este botín es mucho más de lo que habríamos ganado al servicio de Samikir durante veinte años. Yo estoy de acuerdo con la reina.

De modo que Ahri y Yidharil se quedaron trabajando sobre las listas del botín, mientras los demás abandonaban la reunión.

Al salir juntos de la tienda del ya difunto Ulisha, Kratos se acercó a Ziyam sin llegar a rozarla y le dijo en voz baja:

– Dicen que «del viejo el consejo». ¿Me permites uno, majestad?

– Cuentan que no luchaste precisamente como un viejo, tah Kratos. Pero te escucho.

– Si quieres que te traten como reina, compórtate como reina. Ya es suficiente con una Samikir.

A Ziyam se le borró la sonrisa del rostro.

– No te entiendo.

– Seguro que sí, majestad. Tienes unos ojos muy bonitos. Pero no es necesario que lo recuerdes a cada momento parpadeando con tanta languidez.

Con una inclinación de cabeza, Kratos se marchó. Caminaba con zancadas de soldado, largas y rápidas. Cuando Ziyam quiso pensar en una réplica, ya estaba demasiado lejos. ¿Se había atrevido a insinuar que ella había estado coqueteando con él?

¿Y si era cierto? Ziyam se mordió el labio. No podía evitarlo, le gustaba clavar sus grandes ojos azules en los demás, varones o mujeres, y comprobar los estragos que causaban. Ahora eres reina, no princesa. Debía intentar imitar a su madre, fría como un témpano y lejana como el Cinturón de Zenort.

Por otra parte, cuando vio a Kratos montar a caballo y alejarse con su séquito hacia el Kimalidú, la Roca de Sangre, no pudo evitar que ciertas imágenes fantasiosas acudieran a su mente. Decían de él que era un gran Tahedorán, acaso el mejor de Tramórea, superior incluso a Derguín. ¿Sería tan buen amante como espadachín? Atractivo no le faltaba. Era evidente que atesoraba más experiencia que el Zemalnit, y también irradiaba más autoridad.

Se preguntó qué le parecería a Derguín si ella y Kratos se acostaban. ¿Se pondría celoso? ¿Furioso con su antiguo maestro? Por un momento fantaseó con Derguín desenvainando la Espada de Fuego para pelear por ella.

Deja de pensar en el maldito Zemalnit, estúpida, se dijo, furiosa al notar que, como cada vez que pensaba en él, se le había hecho un nudo en la boca del estómago. ¿Qué maldición le había lanzado Pothine? ¿Qué pecado había cometido contra la diosa del amor para merecer tal castigo?

Lo mejor que le podía ocurrir, concluyó, era que Derguín desapareciera de su vida. O directamente del mundo de los vivos. Esta última también era una posibilidad interesante.

Al caer la tarde, se celebraron los funerales por las guerreras caídas, a las que enterraron en el mismo lugar en el que la caballería de las Atagairas había chocado contra los Glabros y sus pájaros del terror. Las exequias de la reina tendrían que esperar, ya que debían celebrarse en Acruria. Mientras tanto, para que no se corrompiera, su cuerpo fue introducido en un féretro lleno de nieve y hielo de las montañas. Aquel ataúd era una reliquia de épocas pretéritas, cuando las Atagairas dominaban saberes ya perdidos. Por fuera era de madera, pero su interior estaba recubierto por una sustancia plateada que mantenía el frío durante semanas y semanas. Era una tradición llevarlo a la guerra por si la reina moría en combate.

Como nueva monarca, Ziyam tuvo que asistir a los funerales, pronunciar las plegarias a Taniar y a Iluanka y un elogio a las caídas. La ceremonia terminó casi al amanecer. Cuando regresó a la tienda, Antea le dijo:

– Majestad, deberíamos hablar de nombramientos y condecoraciones, porque hemos tenido…

– Después, Antea. Después. Ahora tengo que descansar. No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí.

Ziyam creyó leer en los ojos de Antea un reproche. Tu madre primero cumplía su deber y después dormía, o algo así. Pero la jefa de la guardia se limitó a asentir con gesto grave.

Pese a la fatiga, le costó conciliar el sueño. Se había acostado en la tienda de Ulisha, que les había correspondido a las Atagairas por el expeditivo procedimiento de los dados. Acostumbrada a las estancias excavadas en la roca de Acruria, la alcoba del pabellón se le hacía demasiado grande, de modo que la había dividido con biombos y cortinas. Aun así, extrañaba la cama y no encontraba postura en que la pierna magullada no le doliera.

En el entresueño, la imagen de Derguín le acudía una y otra vez a la cabeza. Hubo un momento en que oyó nítidamente su voz, llamándola con dulzura.

– Ziyam… Ziyam…

Al abrir los ojos creyó por un momento que estaba de vuelta en su habitación de paredes de piedra. Pero seguía siendo la tienda, y aunque las cortinas estaban cerradas no evitaban que se filtrara la luz del día. Quien la llamaba era Antea, que como jefa del Teburash ejercía también funciones de chambelán y ayuda de cámara.

Ziyam se dio cuenta de que, por debajo de la manta, tenía ambas manos entre los muslos, impregnadas de la calidez de sus ingles y de algo más. ¿Habría llegado a gemir en sueños imaginándose a Derguín?

Maldito seas mil veces, se dijo al recordar al causante de sus tormentos.

– Perdona, majestad. Ya ha pasado el mediodía.

Ziyam apartó la manta y se incorporó. Antea la ayudó a vestirse. En las cuevas de Acruria habría llevado una suave túnica, pero aquí, en campaña, se puso un pantalón de montar y una camisa de lino, y sobre ésta un jubón acolchado con el escudo de la dragona. Ropa demasiado cálida para un día de postrimerías de verano en aquel sequedal azotado por el sol, pero era una reina en guerra, y como tal debía ataviarse.

– Ya han empezado a traer el botín y lo están clasificando, majestad. ¿Quieres verlo?

– ¿Por qué no? Comprobemos qué les gustaba robar a esos bárbaros Aifolu.

– Por lo que parece, lo saqueaban todo, majestad. Odiaban las ciudades, pero no los refinamientos que encontraban en ellas.

Los despojos se hallaban en el compartimento más amplio de la tienda, donde, según les habían contado los prisioneros, Ulisha y el Enviado reunían a los generales y capitanes del Martal para hacerles beber una extraña pócima que aumentaba su valor y su agresividad antes del combate. Allí estaban también la tesorera y oficiales de las trece marcas del reino, anotándolo todo en rollos de papiro.

– Despídelas, Antea. Quiero ver esto a solas. Que se quede nada más Yidharil.

– Majestad, tu madre siempre…

– Yo no soy mi madre. Acostúmbrate a ello cuanto antes -replicó Ziyam, que no quería rendir cuentas a nadie de lo que repartía o se quedaba para ella.

Era como un gran bazar, sólo que sin vendedores pregonando sus mercancías. Ziyam se fijó en un vestido azul largo y entallado que sin duda realzaría el color de sus ojos y en una diadema de rubíes que le vendría que ni pintada a su cabellera. Pero enseguida perdió la cuenta de las cosas que le llamaban la atención. Paseó, se agachó, metió las manos en los cofres y dejó que las preseas y las monedas de oro resbalaran entre sus dedos.

Al pasar junto a un montón de cadenas y ajorcas de oro y plata, sintió algo extraño, un pequeño vuelco en el corazón, como si le hubiera dejado de palpitar un instante para luego acelerarse. Sin saber muy bien por qué, se detuvo allí y abrió un hueco en la pila con la punta de la bota.

Debajo había un escudo de madera, de forma vagamente triangular, con el lado superior recto y los otros dos redondeados. Tenía tres enormes rubíes rojos encastrados, y en cada rubí había tres diminutas perlas negras.

El escudo desprendía un intenso hedor. Ziyam lo levantó del suelo y examinó su interior. Dentro había restos de piel y de carne pegados. Tardó unos segundos en comprender que era una cara humana adherida a la madera.

– No sé cómo puede haber llegado esta porquería aquí, majestad -dijo Yidharil-. Ordené que le arrancaran los rubíes y la tiraran, pero…

– ¿Qué clase de objeto es éste? -Pese al olor, Ziyam era incapaz de apartar la mirada de aquella cara vista del revés, como un molde de cera.

– Según los prisioneros, es la máscara que llevaba Yibul Vanash, el profeta al que llamaban el Enviado. Nadie llegó a contemplar nunca su verdadero rostro.

– Pues yo lo tengo delante ahora mismo. Aunque, visto así, es difícil imaginar cómo eran sus rasgos. -Le entregó la máscara a Yidharil-. Que le arranquen la carne y la limpien bien, y que me la traigan.

– Esta misma noche haré que…

– Media hora.

En el tiempo exigido, la tesorera le trajo de vuelta la máscara. Ziyam no habría sabido decir por qué la quería, pero lo cierto era que al verla se había olvidado de todos los tesoros, incluso de los vestidos que había pensado en probarse.

– Han tenido que arrancar la carne con cuchillos, y luego la han limpiado a conciencia con un cepillo de crin -explicó la tesorera.

Ziyam acercó la nariz. Sólo olía a jabón. Era extraño, porque la madera suele retener los olores. Pero luego se percató de que en la parte interior del cambuj había una superficie negra donde debía encajar el rostro. Su tacto era liso, como de metal, pero no tan frío, y estaba sembrada de minúsculas púas doradas que dibujaban una extraña trama simétrica.

Al acercarse para examinar mejor aquellas púas, Ziyam sintió la extraña tentación de ponerse la máscara. Acababan de arrancar de ella unos pingajos de carne y piel que una vez fueron el rostro de un hombre, lo que demostraba que no era precisamente inofensiva, y sin embargo el impulso de taparse la cara con ella resultaba tan intenso como una llamada.

De hecho, creyó oír una vocecilla, susurrante como el viento entre la nieve. Ziyam. Ziyam. No provenía de la máscara; sonaba dentro de sus oídos, como si aún hubieran quedado en ellos los restos del sueño.

– Acompáñame -ordenó a Antea, y a Yidharil le dijo-: Sigue con el recuento del tesoro. Pero borra esta máscara de la lista.

– No estaba en ella, majestad.

– En tal caso, no la incluyas.

Ziyam se retiró a la alcoba y se sentó en la cama. La tentación era cada vez mayor. Si le hubieran puesto delante a Derguín, el objeto de su obsesión, no le habría hecho ningún caso. Sólo tenía ojos para los tres rubíes y las nueve perlas.

Ojos. Eso era. Comprendió que se trataba de tres ojos, cada uno con otras tantas pupilas. Los ojos del dios que exigía a los Aifolu sacrificar decenas de miles de vidas.

– Me la voy a poner, Antea.

– Majestad, es peligroso. Ya has visto lo que le hizo a la cara de ese hombre.

– ¿Qué sabes tú del Enviado, Antea?

– He oído que llevó esta máscara puesta durante años. No se sabe cómo podía ver con ella, pero lo cierto era que se las arreglaba. Pese a que era cojo, dicen que nunca daba un traspié.

– Quiero saber qué veía el Enviado.

– Esa máscara es un objeto demoníaco, majestad -dijo Antea, haciendo una higa contra los maleficios.

– No pienso dejármela puesta durante años, Antea. -Al lado de la cama había una mesilla con un pequeño reloj de arena-. Dale la vuelta. Cuando la ampolleta de abajo marque la primera raya, quítamela.

Conteniendo el aliento, Ziyam se acercó la máscara al rostro. Entre las púas quedaban unos huecos. Comprendió que eran para los ojos. Al menos, no se clavaría en ellos aquellos pinchos. Estás cometiendo la mayor insensatez de tu vida, se dijo, pero sus manos habían cobrado voluntad propia y siguieron acercando la máscara a su rostro.

Cuando su piel entró en contacto con las púas estuvo a punto de gritar, pero descubrió que la voz no le brotaba de la garganta. Los pinchos, que no medían más de medio centímetro, se alargaron de repente y se clavaron en su rostro como finísimos puñales, cientos de ellos, taladrando y hurgando sus mejillas, su frente y su nariz. Sintió un dolor tan intenso como cuando, a los quince años, entró en la cueva sagrada y los tentáculos de Iluanka se clavaron en su cuerpo.

Pero el dolor desapareció tan rápido como había venido. Ziyam notaba las púas dentro de su carne, pero ahora en lugar de hacerle daño irradiaban un extraño cosquilleo. Los músculos de su rostro empezaron a moverse por sí solos respondiendo a esas corrientes, como si los manejaran los hilos de un titiritero, y Ziyam escuchó una voz que susurraba en tonos casi inaudibles. Se dio cuenta de que esa voz brotaba de su propia garganta y se modulaba en su boca, pero no era la suya. Pues la máscara se había apoderado de su rostro.

¿Quieres a ese hombre? Yo te lo daré. Te lo entregaré para lo que tú quieras hacer con él. Amarlo, humillarlo, encadenarlo a tu lecho, torturarlo, convertirlo en tu rey, quemarlo en una pira.

¿Qué debo hacer?, quiso decir Ziyam, pero no era dueña ni de su garganta ni de sus cuerdas vocales, y la pregunta quedó silenciada en su mente.

No importaba. La máscara sabía leer sus pensamientos.

Debes venir a pedírmelo. Yo te lo daré, pero sólo si me lo pides en persona.

¿ Y dónde estás? ¿Adónde debo acudir a pedírtelo?

Has de viajar hacia el sol poniente y…

De pronto la luz volvió. Antea le había quitado la máscara.

– ¡No! ¡Iba a decírmelo! ¡Iba a decirme dónde debo ir!

– ¡Majestad! Nadie iba a decirte nada. Eras tú quien hablaba en un idioma que no había oído en mi vida. Sólo entendí algo del Zemalnit. Después…

De pronto, Antea se calló y se llevó la mano a la boca. Al darse cuenta de que la estaba mirando fijamente, Ziyam recordó cómo los pinchos de metal se habían clavado en su piel y en su carne. ¿En qué desecho sanguinolento habrían convertido su rostro?

– ¡Dame el espejo, rápido!

Al contemplar su imagen comprendió el asombro de Antea. Las púas de la máscara no habían dejado ninguna herida en su cara, ni siquiera signos de rojez o eczemas.

Lo más pasmoso era que la marca del hierro candente había desaparecido.

– ¡Santa Pothine! -exclamó Ziyam. Por si los ojos la engañaban, se tocó la mejilla izquierda, y después se la apretó y la pellizcó. La piel estaba tan suave como en el resto de la cara.

– ¿Cómo puede ser que lo que destruyó el rostro de aquel hombre haya curado el tuyo, majestad?

Ziyam sonrió. No podía apartar los ojos del espejo. En aquel momento, hechizada por su propia imagen, sin duda merecía el apodo de Princesa Nenúfar.

– La magia de esta máscara es poderosa. -Si ha hecho esto con mi rostro, seguro que puede cumplir su palabra y entregarme a Derguín, pensó. Por fin, dejó el espejo sobre la cama-. No le dirás nada de esto a nadie, Antea.

– Pero, majestad, aunque yo calle tu cara lo dirá todo. Cuando te vean pensarán que tu curación es obra de brujería.

– Consígueme una venda y esparadrapos. Me taparé la mejilla y diré que me he puesto un emplasto para curarme. Cuando pase un tiempo, me lo quitaré.

– Es una buena idea, majestad.

– Pues ¿a qué esperas para traerme lo que he pedido?

Antea frunció el ceño y esperó sin moverse.

– ¿Y bien?

– No creo que sea prudente que vuelvas a ponerte la máscara, majestad. De momento te ha hecho bien, pero los objetos mágicos son caprichosos. Quién sabe qué podría ocurrirte si la utilizas de nuevo.

– ¿Y qué podría ocurrirme según tú?

– Quizá ahora te deje una marca igual en la otra mejilla, o te produzca úlceras en los ojos, o haga que te broten verrugas en la nariz.

De imaginarse algo así, a Ziyam se le pusieron los pelos de punta. Lo que decía la jefa de su guardia tenía sentido.

– No tocaré la máscara, puedes estar tranquila. Bien está lo que ha pasado hasta ahora. No tentaré al destino.

Y así lo hizo. De momento. Cuando Antea regresó, la máscara reposaba dentro del arcón donde la joven reina guardaba sus túnicas. Antea le colocó una venda blanca en la mejilla y se la pegó con cuidado. Ziyam se dio cuenta de que al tocarla le temblaban un poco los dedos. A ella, capaz de levantar en horizontal una espada de dos kilos y medio sin que se le moviera un ápice la punta.

Deseo. Admiración. Tal vez deberían volver a ser amantes, al menos una vez, para reforzar la lealtad de Antea. Más adelante, se dijo la reina. Personalmente, no sentía una gran atracción por aquella mujer tan alta y musculosa. Pero sabía que su cuerpo, como ahora sus riquezas y su poder, era una posesión que podía negar y conceder a capricho.

CERCANÍAS DEL PRATES

La máscara!

Alguien había vuelto a utilizar la máscara. Mucho antes de lo esperado.

De haberse encontrado encarnado en su aspecto humano, Ulma Tor habría sonreído. Pero ahora era una gran sombra alada, compuesta a medias de sustancia normal y de materia oscura: la forma más parecida que podía adoptar a la que tenía antaño, cuando era uno de los Tíndalos en la vastedad del Onkos, cuando podía desplazarse a su antojo por diez de las once dimensiones.

Antes de su fallida rebelión por conquistar la undécima.

Era mejor apartar a un lado los recuerdos, porque sobrepasaban su capacidad. La complejidad del Onkos era tal que, para abarcarlo, la mente de Ulma Tor tendría que haber pensado en más dimensiones de las que tenía a su disposición. Ahora su cerebro se veía obligado a procesar informaciones, previsiones y memorias sujetándose a las limitaciones de la Brana en la que estaba desterrado. O más bien refugiado.

Volvamos a la máscara. Todo a su tiempo, pensó con cierta tristeza, pues cuando habitaba en el Onkos el tiempo no suponía ninguna limitación.

Extendió las alas, para lo cual tuvo que aplanar aún más su cuerpo. Se dejó flotar en aquel enorme espacio como una hoja en el viento, disfrutando de la cálida luz que recibía su superficie inferior, bañándose en el haz de energía azulada que brotaba del polo norte del Prates y mantenía el campo de contención de la ciudad prohibida de Tártara.

Reponiendo fuerzas.

Había intentado hacerlo dos años y medio atrás, después de luchar contra el cachorro de Kalagorinor en una selva perdida al oeste de Tramórea. En aquel entonces, cuando volaba hacia el Prates para recuperarse, acabó prisionero de Undraukar. El llamado Rey Gris lo encerró en la torre espacial de Etemenanki, donde se dedicó a atormentarlo físicamente y, casi peor, a sermonearlo con lecciones de historia, de ciencia y de filosofía.

Gracias a Derguín Barok, o Gorión como él quería ser llamado, Ulma Tor había logrado escapar de su encierro. Como beneficio subsiguiente, y de ningún modo desdeñable, el Rey Gris había muerto. Eso significaba que los sortilegios que mantenían a los dioses alejados de Tramórea habían desaparecido.

A Ulma Tor los dioses de esta Brana le resultaban casi tan indiferentes como los humanos. Que lucharan entre ellos, que se creyeran omnipotentes si así se divertían.

Sólo le interesaba uno de ellos. Y ése no habitaba en el Bardaliut como los demás, sino que dormía encerrado dentro de una tumba de basalto. Tubilok, el llamado dios loco, era la clave para regresar al Onkos y desafiar al poder infinito de las Moiras. De hecho, Tubilok lo había intentado y había fracasado, como después fracasaría Ulma Tor.

Ellos dos no eran los primeros que se habían rebelado. El destino habitual de los temerarios que querían suplantar a las tres Moiras era la aniquilación. En algunos casos, no sólo la suya, sino también la de las Branas de las que procedían. Las vastas energías liberadas en aquellas destrucciones servían a las Moiras para crear nuevos universos en su juego eterno.

Tubilok había conseguido salvarse de tal destino refugiándose de regreso en su propia Brana -ejemplo que luego imitó Ulma Tor-. En opinión del Rey Gris, la incursión en el Onkos le había costado la cordura: aunque Tubilok se considerara un dios, no dejaba de ser en origen una criatura nacida en un universo que sólo poseía tres dimensiones espaciales y una temporal. Pero ¿qué sabría el Rey Gris?

Además, si Tubilok estaba loco, a Ulma Tor le daba igual. Cualquiera capaz de concebir en su cerebro la realidad del Onkos, de asomarse a él, tenía por fuerza que parecer un demente en este limitado mundo, en esta cárcel a la que Ulma Tor se veía constreñido.

Loco o cuerdo, si Tubilok accedía a aliarse con él, ambos podrían abrir la puerta del Prates, regresar al Onkos y, combinando sus conocimientos, enfrentarse a las Moiras con algunas posibilidades de éxito.

Para eso había fabricado la máscara, que permitía comunicarse con el dios dormido saltándose las limitaciones del espacio y atravesando las barreras con las que Tarimán había rodeado su tumba de basalto. Dicha comunicación la realizaba Ulma Tor utilizando intermediarios humanos por dos razones. La primera, evitar que las Moiras o sus esbirros los Tíndalos, sus antiguos congéneres, rastrearan dónde se encontraba.

La segunda era que, cuando Tubilok se adentró en el Onkos y libró su guerra contra las Moiras, Ulma Tor no sólo no lo ayudó, sino que luchó contra él. En cierto modo, Tubilok podía tener motivos para considerar que Ulma Tor lo había traicionado, y eso no lo haría precisamente más receptivo a la idea de una alianza.

Por eso era mejor para Ulma Tor no buscar un acercamiento directo. Ya que Yibul Vanash y su horda de fanáticos habían desaparecido del tablero de juego, ¿por qué no aprovecharse de aquella mujer que había respondido a la llamada de la máscara?

Además, podía producirse una deliciosa ironía. Gankru y Molgru, los llamados hijos de Tubilok, los demonios metálicos que Ulma Tor pensaba utilizar para romper los encantamientos que encerraban al dios loco en su tumba, habían sido destruidos. El tercero, Aridu, no había llegado a activarse, y lo más probable era que a estas alturas ya fuera inservible para los propósitos de Ulma Tor.

La ironía estribaba en que a uno de ellos, a Gankru, lo había destruido Derguín usando la Espada de Fuego. La misma arma que, desaparecidas las tres criaturas metálicas, tal vez serviría ahora para liberar a Tubilok de su encierro.

Sí, aquello habría merecido una sonrisa, de haber tenido labios. Ulma Tor siguió flotando plácidamente sobre el haz de energía. El juego había cambiado, pero aún tenía opciones de ganar si usaba sus piezas con habilidad.

Por el momento, permitiría que aquellas piezas actuaran por su cuenta. Presentía que todas ellas iban a moverse por sí solas hasta situarse en las casillas que a él más le convenían.

Quién sabe, pensó. No era imposible que todo se malograra, que la alianza entre Ulma Tor y Tubilok no llegara a cuajar. Como tampoco lo era que, aunque ambos unieran sus poderes para luchar contra las Moiras, fracasaran de nuevo en su empeño y acabaran destruidos junto con Tramórea y todo el patético universo en el que flotaba aquel patético mundo.

Pero Ulma Tor tenía alma de jugador. Por el premio merecía la pena correr cualquier riesgo, pues no era otro que el dominio absoluto de toda la realidad.

28 DE ANFIUNDANIL RUINAS DE NIDRA

Cuando Derguín subió al estrado a recibir una diadema de oro en forma de hojas de roble, Ziyam le sonrió y le dijo: -Espero que nos despidamos sin rencores, Zemalnit. Las puertas de Atagaira estarán siempre abiertas para ti.

Derguín torció la comisura de la boca al oír sus palabras, mientras Ziyam se preguntaba cómo ni el joven ni Kratos oían los furiosos latidos de su corazón. La Atagaira tuvo que apretar los puños para reprimir el impulso de tocar a ese hombre al que odiaba y amaba al mismo tiempo.

Con la entrega de la corona de oro al valor terminaron las ceremonias rituales. Cuando los presentes dejaron de vitorear a Derguín y éste volvió a envainar la Espada de Fuego, empezó la auténtica fiesta por la victoria. El vino, la cerveza y cualquier otra bebida confiscada a los Aifolu y sus aliados pasaban de mano en mano en barriles, picheles, botellas, botijos, odres y porrones. Se espetaron y asaron corderos, lechones y cabritos, y hasta se aprovecharon los restos de algunos caballos, siempre del enemigo. Hubo valientes que se atrevieron incluso con los pájaros del terror. Los muslos eran muy carnosos y, bien cocinados, llegaban a quedar casi tiernos; aunque, como bestias carniceras que eran, tenían un sabor fuerte y ácido. Para disimularlo había que aderezar las porciones con pimienta, cúrcuma y guindilla en abundancia.

Conforme el alcohol fue surtiendo efecto, muchos Invictos y Atagairas se dedicaron a intimar más de lo que era habitual en aliados de guerra. De relatar una y otra vez anécdotas de la batalla, pronto se pasó a conversaciones más picantes. Las ruinas de Nidra y la cárcava de la Roca de Sangre ofrecían muchos rincones, algunos oscuros y otros no tanto, en los que se improvisó otro tipo de celebraciones.

La mezcla del olor a vino en el aliento de la gente, a carne churruscada y grasa quemada, a sudor ácido y a puro celo animal resultaba insoportable para Ziyam, que tenía ganas de vomitar. Hacía mucho bochorno, y notaba cómo los goterones de sudor le corrían por la espalda y los más molestos se introducían entre sus nalgas. Además, le resultaba casi imposible apartar la mirada de Derguín, que se hallaba a unos metros compartiendo bebida y comida con Kratos y un joven delgado de ojos muy oscuros. Atenta a lo que hablaban sin llegar a escucharlo, las conversaciones que ella misma mantenía se le antojaban ajenas e insulsas, y cada palabra que pronunciaba le costaba un mundo, como si sus mandíbulas y su lengua se hubieran vuelto de corcho.

No sólo era por Derguín. También la atormentaba el recuerdo de la máscara, que seguía susurrándole en los oídos: Yo te daré a ese hombre. Pero debes venir a pedírmelo. Yo te daré a ese hombre y mucho más. Serás la más grande de las reinas. No sólo soberana de Atagaira, sino señora de los mundos. Pero debes venir a pedírmelo. A veces se volvía a los lados, pues le parecía increíble que nadie más escuchara aquella voz.

– Ya he tenido bastante fiesta por hoy, Antea -dijo por fin.

– ¿Quieres que ordene a las guerreras que se retiren ya al campamento? -preguntó la jefa de su guardia. Por su gesto, era evidente que no le parecía buena idea interrumpir el festejo cuando la mayoría de las Atagairas estaban borrachas y buena parte de ellas se dedicaban a fornicar entre las sombras.

– No. Se merecen la fiesta. Pero yo no estoy de humor para seguir aquí.

– Entiendo, majestad. El dolor por tu madre…

– No pretendas que disimule contigo, Antea. Sé que eras leal a mi madre. Y tú sabes de sobra que ni he derramado ni derramaré una sola lágrima por ella.

La veterana guerrera apretó la mandíbula y las venas de sus sienes se marcaron.

– Y tú sabes que yo te seré tan leal a ti como se lo fui a ella, mi señora. Pero, con el debido respeto, no deberías decir en voz alta ese tipo de cosas.

– ¿Te escandalizo, Antea?

– A veces sí, majestad.

– ¿Consideras una carga insoportable ser la jefa de mi Teburash? -Ziyam se sentía rabiosa y tenía que pagarlo con alguien-. Porque hay miles de guerreras deseando desempeñar ese puesto. Y seguro que muchas lo harían mejor que tú.

– Esa decisión no es mía, majestad. -Antea agachó la mirada, haciendo un esfuerzo visible por contenerse-. Si no me consideras digna…

– ¡Vamos, Antea! Dignidad es lo que más te sobra. Podrías repartirla entre todas las Teburashi y todavía te sobrarían quince tazas. -Ziyam se levantó del asiento-. Meterse contigo es tan aburrido como tener una orgía con los varones de nuestra raza. ¡Me marcho de aquí!

– ¿Adónde vas, majestad?

Ziyam no se molestó en contestar, y tampoco se despidió de las diez marquesas supervivientes ni de las demás altas oficiales de su ejército. Por supuesto, su madre jamás se habría saltado así el protocolo. Que se acostumbren a que el protocolo lo impongo yo. Sin mirar atrás, se alejó de los círculos de antorchas y hogueras y bajó por el terraplén en el que los Invictos habían resistido el primer ataque de la caballería Aifolu. Allí la esperaba Nieve, su segunda yegua de guerra, tan blanca como lo había sido Cellisca. Montó con ayuda de la palafrenera, ya que todavía le dolía mucho la pierna derecha, y taloneó a Nieve para cabalgar lejos del Kimalidú. De pronto, era como si todo el peso de aquel enorme monolito de arenisca lo cargara ella sobre sus hombros. Quería marcharse, dejar de oír voces humanas, respirar aire fresco.

Sin saber muy bien cómo, había llegado al lago de Bórax. En la orilla norte quedaban restos de la batalla; nadie se había molestado en enterrar a los Glabros. En vida, aquellos salvajes olían a queso agrio y a cuero mal curtido, y la muerte no había mejorado su aroma. Ziyam se humedeció el dedo índice y lo levantó. El viento venía del sur, así que hacia allí cabalgó, huyendo del insoportable hedor a cadaverina.

Siguiendo la orilla, llegó a una estrecha cala. Al ser el último día del mes, las tres lunas se habían mostrado durante un rato en conjunción sobre el horizonte oeste y después se habían escondido. Ahora las estrellas y el Cinturón de Zenort dominaban el cielo. Pero su luz era suficiente para Ziyam, nictálope como todas las Atagairas.

La joven desmontó. Coronando la cuesta que daba acceso a la cala se adivinaban tenues siluetas a caballo. Antea y varias Teburashi, sin duda. Ziyam había oído los cascos de sus monturas galopando tras ella, pero la jefa de su guardia había tenido el buen criterio de no acercarse a menos de cincuenta metros de su reina.

Allí sólo olía a sal, como si se encontrara a orillas del mar. Se le habían pasado las ganas de vomitar, pero seguía teniendo mucho calor. No sabía si la noche era así de tórrida o si el ardor provenía de su propio cuerpo.

Debes venir a pedírmelo, seguía llamándola la máscara. Vuelve a tu tienda, úsame. Te enseñaré cosas que nunca has soñado.

El reclamo de la voz era más intenso cuanto más se alejaba de la máscara, como si Ziyam estuviera unida a ella por una correa elástica de alcance infinito. Sabía que cedería a la voz, que en cuanto regresara a la tienda no resistiría la tentación y se pondría otra vez el cambuj.

Pero ahora era más urgente enfriarse, librarse del sudor que cubría su cuerpo como una capa de melaza. Se despojó del manto y abrió los cierres que sujetaban la coraza de gala. Aunque era más ligera que la de combate, seguía teniendo piezas de metal y cayó al suelo como una piedra. Después se soltó los broches de la túnica, que se deslizó por su cuerpo cosquilleándole hasta los tobillos.

Aún le sobraba algo. La venda que disimulaba la milagrosa curación de su mejilla. Se la arrancó, y por fin se sintió desnuda del todo.

En cueros, el aire parecía más fresco, pero no lo suficiente. Incluso el flojo viento que soplaba antes se había encalmado. Las aguas del lago se habían convertido en un enorme cristal negro sembrado de débiles puntos de luz, reflejos de estrellas que sólo los ojos gatunos de una Atagaira podían distinguir.

Ziyam acarició la cabeza de su yegua. «Espérame aquí», le musitó, y caminó descalza hasta la orilla, maldiciendo entre dientes cada vez que un guijarro se clavaba en sus delicados pies.

El agua estaba tibia, pero en su piel febril se notaba casi gélida, y sintió un escalofrío al entrar. Aun así, siguió adelante sin vacilar. Apenas había avanzado cuatro pasos cuando comprobó que cubría lo suficiente y se zambulló. O más bien lo intentó. Aquellas aguas poseían alguna extraña virtud o defecto que hacía casi imposible hundirse en ellas. Picaban en los ojos como un demonio, y aunque Ziyam sabía nadar lo bastante bien como para no tragar agua, notó en los labios un intenso sabor a sal. Una vez se había bañado en el mar, en una visita a Pabsha, el país situado al este de Atagaira, que comerciaba con ellas y les pagaba tributo. Pero ni siquiera aquellas aguas estaban tan saladas como las del lago de Bórax.

Siguió nadando, o más bien deslizándose sobre la superficie, con cuidado de no volver a meter la cabeza. Al principio la magulladura de la pierna le escocía, pero pronto se acostumbró, e incluso el picor de la sal le resultó en cierto modo calmante. Pasado un buen rato, descubrió que había llegado a una zona donde el agua no la cubría más allá del ombligo y se puso de pie para descansar.

Se dio la vuelta para comprobar cuánto se había alejado de la orilla y descubrió que a su alrededor se estaba levantando un anillo de niebla. Ocurrió tan rápido, en cuestión de segundos, que comprendió que no podía ser un fenómeno natural. Las pulsaciones se le aceleraron y el miedo le atenazó el estómago. Estaba desarmada, desnuda y sola en un extraño lago saturado de sal, a merced de cualquier amenaza. Le pareció oír la voz de Antea. Has cometido una imprudencia, majestad, a lo que su madre añadió: Una imprudencia no: una soberana estupidez.

La niebla siguió levantándose a su alrededor, hasta formar una especie de cúpula. Se trataba de una bruma espesa, fosforescente, como si estuviera formada por una nube de minúsculas luciérnagas.

A apenas dos metros de la Atagaira, las aguas verdosas se abrieron lentamente y de ellas surgió una cabeza humana. Era una mujer joven, de largos cabellos de tizón y ojos rasgados. Con una sonrisa apenas perceptible y más amenazante que cualquier gesto de furia, la desconocida avanzó hacia Ziyam. Al hacerlo pisando el fondo, su cuerpo surgió poco a poco del lago. Estaba tan desnuda como ella y, aunque ni sus rasgos ni su piel fueran de Atagaira, la reina tuvo que reconocer que su belleza era arrebatadora.

Pero al ver aquellos pechos perfectos perlados de agua, Ziyam no sintió la menor excitación. Sobre todo porque por ellos trepaba, enroscándose, una serpiente de ojos rojos que refulgían como brasas.

La serpiente se soltó de la mujer y cruzó las aguas en tres rápidos culebreos. Cuando Ziyam quiso darse cuenta, el ofidio ya le había inmovilizado los brazos y sus mandíbulas abiertas se acercaban a su cuello. Los colmillos goteaban veneno, un veneno cuyo hedor ácido impregnó el aire mezclándose con el olor a aguasal.

– Debería matarte -dijo la mujer de cabellos negros, usando el idioma de las Atagairas. Su voz era grave, un punto ronca. Ziyam, que tenía veintidós años, había pensado al pronto que la desconocida era más joven que ella. Pero aunque su cutis era liso e intachable, había algo en su voz o tal vez en su aplomo que sugerían más edad. Muchísima más edad.

– No te conozco -respondió Ziyam. Pese a la cercanía de las fauces del reptil, consiguió que no le temblara la voz-. ¿Qué ofensa puedes tener contra mí?

– Hace más de dos años, envié un enjambre de serpientes contra una mujer de tu raza. Se llamaba Tylse. Pereció entre horribles dolores.

Ziyam tragó saliva y miró de soslayo a la serpiente, cuyos ojos despedían destellos de rubí.

– ¿Por qué la mataste?

– Sé que era tu hermana. La noche anterior a su muerte había fornicado con Derguín Gorión.

– No lo sabía -dijo Ziyam, repentinamente celosa. Se acostó con mi hermana y no me lo dijo el muy cerdo.

– Yo le había dicho a Derguín que debía serme fiel. Le salvé la vida. Él me debía fidelidad. ¿Era tanto pedirle?

La mujer dio un paso más. Tenía unos iris tan oscuros que parecían fundirse con las pupilas. Si se acerca más, me lanzaré a por ella, pensó Ziyam. Probablemente podría vencerla en una pelea cuerpo a cuerpo. Al fin y al cabo, era una Atagaira, superior a cualquier hembra humana.

Si es que aquella mujer era realmente humana…

Además, estaba la serpiente. Aunque Ziyam lograse hacer fuerza suficiente como para desembarazarse del anillo que rodeaba sus brazos, el ofidio estaba tan cerca de su cuello que la mordería antes de que pudiera darse cuenta.

– Yo no sabía nada de eso -dijo Ziyam, y añadió mintiendo sin el menor prurito-: De haberlo sabido, jamás habría dejado que él me sedujera.

– ¿Que te sedujera? Ambas conocemos a ese muchacho. Tiene la cabeza en las nubes. Sólo piensa en el Tahedo y en la Espada de Fuego. Son las mujeres quienes lo seducen a él, precisamente por verlo tan inalcanzable. Sé de sobra que fuiste tú quien lo metió en tu cama.

– En la orilla están mis Teburashi. Basta con que levante la voz para que entren en el lago y te hagan pedazos.

– Para cuando intenten llegar aquí, tú ya estarás muerta y yo me habré esfumado. El agua, aunque sea una salmuera como ésta, es mi elemento, reina de Atagaira.

Entonces, ¿por qué no me has matado todavía?, pensó Ziyam. Su pregunta obtuvo respuesta enseguida.

– Derguín Gorión me obligó a prometerle que no haría daño a ninguna hembra que se le acercara. Lo tuve que jurar por Zemal, y aún guardo este recuerdo. -La mujer le enseñó la muñeca derecha. Tenía cinco marcas rojas, como si la hubieran quemado con otros tantos tizones-. Podría haberme curado, pero no lo hice porque son sus dedos, ardientes por la Espada de Fuego. Ahora mismo es lo único que poseo de él.

– Si no me vas a matar, ¿qué quieres de mí? ¿Que renuncie a él?

Los colmillos de una serpiente a dos centímetros de su garganta eran una razón más que disuasoria. Pero de pronto Ziyam se sentía furiosa y aún más posesiva, como si en vez de haber sido amante de Derguín una sola noche llevara casada veinte años con él. ¿Quién se creía que era esa intrusa para quitárselo?

– No pretendo hacerte daño, reina de las Atagairas. Es a él a quien quiero perjudicar. Mi deseo es vengarme de Derguín Gorión.

Eso a Ziyam ya le gustaba más. Siempre que ella participara de la venganza.

– Aparta esta alimaña de mí y te escucharé.

La desconocida silbó en un tono casi inaudible, y la serpiente soltó a Ziyam y se alejó deslizándose sobre el agua hasta perderse más allá de la bruma fosforescente. La joven Atagaira exhaló muy despacio para que la otra no percibiera su alivio.

– ¿Qué es lo que más puede dañar a Derguín Gorión? -preguntó la mujer de las aguas-. No me refiero a matarlo, no es eso lo que ni tú ni yo deseamos.

– En ese caso, deberíamos arrebatarle lo que más quiere.

– ¿Y qué es lo que más quiere en el mundo? Tú lo sabes tan bien como

yo.

– Es cierto, pero ¿cómo…?

– Conozco a la persona adecuada -dijo la mujer-. Sólo debes convencerla.

1 DE BILDANIL RUINAS DE NIDRA

Ariel estaba jugando a guardias y ladrones con otros chavales, hijos de soldados de la Horda, en una plazuela sembrada de sillares, tejas, pedestales y columnas rotas. La mayoría de los cascotes estaban cubiertos de musgo y hierbajos, y había que tener cuidado al remover las piedras porque de cualquier oquedad o resquicio podían salir correteando tarántulas y escorpiones, y algunas escolopendras tan grandes que hasta las ratas huían despavoridas al verlas.

Según le había contado Mikhon Tiq, el amigo de su señor Derguín, si la ciudad de Nidra estaba en ruinas era porque había sido destruida durante la primera gran invasión de los Aifolu, casi seiscientos años atrás. Por aquel entonces, los Aifolu tan sólo luchaban por conquistar y saquear, como cualquier otro pueblo de Tramórea, y todavía no habían caído en las garras del Enviado y su fanática religión.

– Es paradójico que una ciudad destruida por los Aifolu haya servido para derrotarlos siglos después -había añadido Mikhon Tiq, que después tuvo que explicarle a Ariel el significado de la palabra «paradójico».

Darkos estaba jugando en el equipo de los ladrones, como Ariel. Pero cuando se hallaban a media partida, prácticamente empatados, su padre vino a buscarlo para llevárselo a la Torre de la Sangre. Al ver que Derguín los acompañaba, Ariel corrió hacia él y le dijo:

– ¡Yo también quiero ir, mi señor!

– No puede ser. No es lugar apropiado para alguien de tu edad.

– ¡Pero yo he estado contigo en el bosque de los inhumanos, y también en Atagaira, y en aquel poblado donde nos ofrecieron…!

Derguín le puso un dedo en los labios.

– Es cierto que has estado en todos esos sitios, pero eran más que inadecuados para ti. Me siento culpable por ello.

– Tú no tienes la culpa de nada, mi señor.

– Da igual. Ya es hora de que empieces a hacer cosas más propias de una niña que de un mercenario desharrapado. Fíjate en ella -añadió, señalando a una chica sentada sobre un bloque de piedra.

La muchacha era Rhumi, la novia de Darkos. Ella negaba serlo, y cuando Ariel o algún otro chico le mencionaba a «su novio» con cierto retintín, se ponía colorada y se enfadaba. Pero no podía negarlo. Desde que se había dado cuenta de que Ariel no sabía leer, Rhumi la utilizaba como recadera para enviarle notitas a Darkos. Ariel sentía a veces la tentación de llevarle aquellas cartas a alguien que se las leyera en voz alta, pero le había prometido a Rhumi que no lo haría, así que no le quedaba más remedio que aguantarse la curiosidad.

Tampoco le hacía falta saber lo que se escribían: con mirarles a la cara cuando leían le bastaba para saber que estaban colados el uno por el otro.

Ahora, Rhumi estaba sentada muy modosita, con las piernas bien juntas y la falda estirada, observando cómo jugaban los demás. A sus catorce años, se consideraba ya demasiado mayor para esas actividades.

– Yo no quiero ser como ella, mi señor -respondió Ariel.

– Pues es una chica muy guapa y educada, y sabe cantar y recitar poemas.

– Eso también lo sé hacer yo.

– Cierto, pero Rhumi sabe además leer y hacer cuentas. Con un poco de suerte, se convertirá en la nuera del jefe de la Horda Roja.

– Yo no quiero ser nuera de nadie, mi señor. Yo quiero manejar una espada y convertirme en Tahedorán como tú.

– Me temo que eso va a ser complicado.

– ¡Soy Atagaira, y tú me dijiste que hay Atagairas que también son Tahedoranes!

La mirada de Derguín se nubló: Ariel comprendió que había dicho algo inoportuno. Eso le recordó algo que le había contado su madre. «Tu padre me traicionó con una de esas viragos de Atagaira, que se hacía llamar maestra de la espada. Esa ramera lo pagó caro.»

Trató de borrar aquel pensamiento. Su madre y la cueva de Gurgdar eran el pasado. Para ella sólo había un presente: tah Derguín, el Zemalnit.

– ¿Vienes ya, Derguín? -llamó Kratos-. ¡No tenemos toda la tarde!

– Cierto -respondió Derguín-. La Torre de la Sangre no es el mejor lugar para que a uno le sorprenda la noche. -Se agachó, le dio un beso a Ariel en la frente y añadió-: Sigue jugando y divirtiéndote. Cuando nos vayamos de aquí ya tendremos tiempo de atender a tu educación.

Al principio, Ariel estuvo enfurruñada un rato. Pero después le fue imposible no seguir el consejo de Derguín y se divirtió, porque no dejaba de ser una niña que había gozado de muy pocas ocasiones para jugar con chicos de su edad. Además, aunque no tenía las piernas tan largas como algunos de los muchachos, era flexible y escurridiza como una anguila y sabía hacer recortes y quiebros en un palmo de terreno. Y si se cansaba de correr, le bastaba subir de un brinco a un cascote y gritar «¡Santuario!» para que, según las normas del juego, no pudieran cogerla.

Llevaba un rato encaramada a un pedestal de mármol mientras los demás críos se perseguían a unos cuantos metros de ella. Aburrida de tanta seguridad, se estaba pensando si bajar y volver al juego, a riesgo de que los guardianes la capturaran. Fue entonces cuando vio acercarse a una figura ataviada con una capa parda cuya capucha le cubría la cabeza.

– Oh-oh… -murmuró Ariel.

Por la estatura y la anchura de los hombros podría haberse tratado de un hombre, y un hombre bastante alto, pero el andar era ligeramente -sólo ligeramente- femenino. Además, Ariel conocía de sobra esas capas. Entre otras cosas, porque junto con otras pajes le había tocado recoger miles de ellas de las laderas del Maular al día siguiente de la batalla, y clasificarlas por los nombres bordados para devolverlas a sus dueñas.

Así que sabía perfectamente que quien venía hacia ella era una Atagaira.

Se tocó el tatuaje del cuello. Todavía le dolía. Sólo habían pasado dos semanas desde que los tentáculos del ser al que llamaban Iluanka le dejaran una marca.

Aquel recuerdo, y otros peores, como el de ahogarse en el líquido que llenaba el bulbo central de la criatura mientras sentía cómo sus garras le rascaban el interior del cráneo, significaban que era Atagaira de adopción. Así lo había reconocido la reina Tanaquil, y además Ariel había cabalgado con las demás Atagairas desde las montañas hasta el campo de batalla.

Empero, no las tenía todas consigo. En primer lugar, su señor Derguín no estaba delante para protegerla. Tampoco Baoyim, que había entrado con él a la Torre de la Sangre. Y tomando en cuenta que la nueva reina era Ziyam la pelirroja, la misma que había exigido que la ejecutaran por entrar en Atagaira disfrazada de chico…, en fin, Ariel no esperaba nada bueno de ella.

La desconocida se detuvo a un par de pasos. Encaramada al pedestal, Ariel quedaba a su misma altura, pero aquella mujer debía medir uno noventa. Se encontraban bajo la sombra de las altas paredes de la Roca de Sangre, de modo que la Atagaira se bajó la capucha. Aun así, la luz debía de molestarla, porque arrugó la frente y entrecerró los ojos. Tenía los iris rosados, el rostro tan blanco que se le transparentaban las venillas y su cabello era del color de la arena. A su manera era bella, como casi todas las Atagairas, pero también inquietante. Ariel la reconoció: Antea, la jefa de las Teburashi.

– La reina quiere verte.

– ¿Para qué?

– Eso no se le pregunta a una reina, niña.

– Pues yo sí se lo pregunto. ¡Y no pienso ir contigo!

Estar encima de la piedra podía protegerla jugando a guardias y ladrones, pero no en la vida real. Ariel sabía que si esa musculosa guerrera la agarraba por el brazo o se la echaba al hombro como un fardo, no podría escapar de ella. Pero no se encontraban en Atagaira, ni siquiera en el campamento de las Atagairas. Si empezaba a gritar -y cuando quería, sabía chillar como un gorrinillo en la matanza-, acudirían en su auxilio.

La mujer estiró el brazo. Ariel reculó, sin bajarse aún del trozo de columna.

– No pretendo llevarte por la fuerza. Sólo quería apartarte el pelo un poco para ver una cosa. ¿Me dejas?

Ariel refunfuñó algo que podría haber significado Está bien. Desde que dejó de fingir que era un niño no se había vuelto a cortar el cabello. Después de tanto tiempo pelándose, la melena caoba le había empezado a crecer con una rapidez asombrosa y ya le llegaba casi a los hombros.

– Llevas la marca de la dragona. Eres una privilegiada, ¿sabes? La reina Tanaquil también tenía un dragón. Ni siquiera una entre cada mil mujeres recibe ese tatuaje.

Antea se arremangó y le enseñó el suyo, ligeramente por encima del

codo.

– El mío es un barbo. Se parece a tu dragón porque tiene esa especie de barbas, pero no es más que un pez. No dice mucho de mí. ¿Qué crees que puede significar? ¿Que tengo la piel resbaladiza, que soy más boba que un pez o que los sobacos me huelen a pescado?

Aunque fuera una Atagaira, y tan alta y musculosa que su presencia imponía temor, Antea tenía algo que inspiraba confianza. A Ariel se le escapó una carcajada; sólo oír la palabra «sobacos» le hacía gracia. Sin embargo, después añadió:

– Me parece muy bien. Pero, si no me dices para qué quiere verme la reina, no pienso ir.

– ¡Qué testaruda eres! El Zemalnit y tú llegasteis a Atagaira con un amigo. Un hombre barbudo y grande como un oso.

– ¡El Mazo!

Ariel sintió un nudo en el estómago. Si en el harén de Acruria no hubieran descubierto que él era en realidad ella, una niña infiltrada ilegalmente en Atagaira, El Mazo no habría muerto acuchillado por la espalda. ¡Y era Ziyam, precisamente Ziyam, quien lo había apuñalado!

– Hay algo que no sabes -añadió Antea-. Tu amigo está muerto, pero no muerto del todo.

– ¿Cómo se puede no estar muerto del todo?

Durante su breve experiencia fuera de la cueva donde se había criado, Ariel había presenciado violencia más que de sobra, y por el momento no había visto a ningún cadáver levantarse del suelo. Según su señor Derguín, Togul Barok lo había hecho después de que él lo atravesara de parte a parte con la espada. Pero se suponía que Togul Barok tenía sangre divina, y El Mazo no.

– Hay magias muy poderosas en este mundo, más de lo que una jovencita como tú puede sospechar -insistió Antea.

Ariel puso los brazos en jarras.

– Yo he visto el poder de la Espada de Fuego. Y una vez yo misma la…

¡Mierda!, pensó al momento, y se tapó la boca para no seguir hablando. Derguín le había ordenado que no le contara a nadie que en aquel bosque de los inhumanos había utilizado a Zemal.

– La Espada de Fuego también tiene algo que ver con lo que la reina quiere decirte. -Antea extendió su mano ancha y callosa con la palma hacia arriba-. Escúchame, Ariel de la poderosa Dragona. Yo, Antea del resbaladizo Barbo, te doy mi palabra de que te traeré aquí después de tu audiencia con la reina y de que no recibirás ni el menor rasguño.

– ¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?

– Le debo obediencia a mi reina en todo, salvo en una cosa -respondió la Atagaira con voz grave-. Nada ni nadie, ni los propios dioses bajando del Bardaliut, podrán obligarme jamás a faltar a mi palabra.

Ariel extendió su propia mano, que desapareció dentro la de la guerrera, y ambas sellaron el pacto con un apretón.

INTERIOR DE LA TORRE DE LA SANGRE DE NIDRA

Mientras Ariel discutía con Antea, el pequeño grupo que acompañaba a Kratos y Derguín bajaba por la escalera que corría pegada a la pared interior de la Torre de la Sangre. Con ellos iban el medio Aifolu Kybes, la Atagaira Baoyim, el Numerista Ahri, Gavilán y el gigante Trescuerpos, que con su voz grave y pastosa no dejaba de quejarse de su dolor crónico de rodillas.

También estaba Darkos. Cuando llegaron a Nidra y entraron por primera vez en aquel siniestro edificio, el muchacho, que guardaba recuerdos escalofriantes de la Torre de la Sangre de Ilfatar, no se había atrevido a bajar con ellos. Ahora su padre lo había convencido.

– Cuando veas cómo destruimos al demonio Aridu, dejarás de sufrir pesadillas con esas criaturas. Tú mismo viste cómo ese hechicero que no levanta tres palmos del suelo aniquilaba a uno, y yo vi cómo Derguín acababa con el otro. No hay que tener miedo a ninguna cosa que se pueda cortar con una espada.

Aunque esa espada sea Zemal y no esté en tu mano, añadió Kratos para sí. Siempre sentía amargura al recordar que él podría haber sido el dueño de la Espada de Fuego. Tenía que reconocer que Derguín había demostrado ser un digno y valiente Zemalnit, pero eso no borraba la nostalgia por algo que en realidad no había llegado a perder, que jamás le había pertenecido.

Bajaban muy despacio. Algunos del grupo no se habían recuperado del todo de la resaca de la noche anterior, y la escalera voladiza era estrecha y traicionera y no tenía balaustrada. Las lámparas de luznago proyectaban óvalos de luz en la pared, alumbrando miles de líneas de una escritura tupida e incomprensible.

– Vosotros, los eruditos -dijo Kratos, dirigiéndose a Ahri y a Derguín-, ¿tenéis alguna idea de lo que pone aquí?

– No conozco esta escritura -respondió Derguín-, así que mal puedo saber qué idioma representa.

– Yo sospecho que es algo más que una escritura -dijo Ahri-. Creo que hay también ecuaciones y símbolos matemáticos.

– ¿Y qué dicen?

– Lo ignoro.

– Entonces, ¿por qué sabes que son ecuaciones? -intervino Gavilán, y añadió que el Búho era capaz de encontrar fórmulas matemáticas hasta en la distribución de los pelos de cierta zona íntima femenina. Baoyim, que parecía encontrar divertidas aquellas bromas, soltó una carcajada.

– Mi hijo no tiene por qué escuchar tu lenguaje patibulario, capitán -dijo Kratos.

– Perdón. Aún no me he acostumbrado al refinamiento de la vida de oficial -respondió Gavilán. Hasta hacía muy poco había sido sargento de la compañía Terón, que ahora comandaba.

– Prescindiendo de groserías -intervino Derguín-, siento curiosidad por tu razonamiento, Ahri. ¿Por qué crees que en este galimatías hay fórmulas matemáticas?

– Hay demasiados signos para que sea un alfabeto, y demasiado pocos para un sistema jeroglífico -explicó Ahri-. Por otra parte, he encontrado un símbolo que no parece de puntuación, sino el signo de igualdad, y la distribución a ambos lados del mismo…

– ¿Te has dedicado a contar los signos mientras bajábamos? -preguntó Kratos.

– Es la segunda vez que desciendo. La primera memoricé noventa y tres signos diferentes, pero hoy he encontrado dos más. Sospecho que no puede haber muchos más que se me hayan escapado.

– No tritures -dijo Darkos-. Eso es imposible.

– Un Numerista es capaz de eso y de mucho más -dijo Derguín.

– Mi natural modestia me impedía jactarme de eso. Gracias por salir en mi defensa, tah Derguín -dijo Ahri.

Por fin, llegaron al fondo. Trescuerpos pidió permiso para sentarse un rato en el borde de la escalera y descansar las piernas. Los demás se acercaron al centro, donde se levantaba el pretil del pozo interior, tan elevado que más parecía una gran chimenea.

– La Torre de la Sangre de Ilfatar era igual -explicó Kybes, que se había infiltrado como espía de Derguín en el Martal-. Allí era donde caían los cadáveres que arrojaban… que arrojábamos desde arriba. Dentro ardía un fuego que no sé si encendían ellos o se prendía por alguna magia negra propia de la torre. Supongo que los cuerpos quedaban incinerados, porque día y noche se levantaba una columna de humo oscuro que brotaba del pozo.

– ¿Por qué el suelo tiene esta inclinación hacia el centro? -preguntó Gavilán-. Parece una especie de cuenco.

Kybes señaló hacia arriba. Allí, a cien metros de altura, se encontraba el templete con los seis altares donde se realizaban los sacrificios humanos. En alguna época pasada habían arrancado el techo de aquella Torre de la Sangre, por lo que en las alturas se divisaba un estrecho círculo de claridad. Un recordatorio de que allí arriba reinaba la luz del sol, aunque sus rayos no alcanzaban a iluminar las tinieblas interiores de aquel lóbrego santuario consagrado a la muerte.

– La sangre caía desde allí. -Su dedo siguió la trayectoria, hasta apuntar al suelo-. Luego resbalaba por aquí hacia el pretil del pozo. Y subía y subía, hasta tapar al demonio de metal.

– Para eso hace falta mucha sangre -comentó Gavilán.

– Si en Ilfatar murieron cincuenta mil víctimas -dijo Ahri-, considerando que un cuerpo humano tiene como media cinco litros de sangre, eso supondría doscientos cincuenta metros cúbicos, que teniendo en cuenta la forma de embudo del fondo de esta torre, la inclinación y la posición de…

– Ahórranos tus desagradables cálculos, Ahri -dijo Kratos-. Es evidente que consiguieron cubrir de sangre al demonio y despertarlo.

– Doy fe de ello -corroboró Kybes-. Si salí vivo de allí, fue de milagro.

Mientras se acercaban al centro de la torre, Kratos oyó cómo Ahri susurraba algo al oído de Derguín y éste asentía. Sin duda, el Numerista había terminado de explicar sus cálculos a alguien que creía que los apreciaría. Kratos esbozó media sonrisa. Ahri atesoraba muchas virtudes, pero mezcladas con algunos defectos difíciles de soportar, como el de no callarse ni con la cabeza sumergida en un barril de cerveza.

Rodearon el pretil central. Al otro lado, tendido en el suelo y con los cuatro brazos extendidos como si durmiera panza arriba, se hallaba el tercero de los demonios que los Aifolu habían pretendido despertar. Aridu.

Al verlo y recordar su lucha contra Gankru, otro de los demonios de metal candente, Kratos se estremeció. Con sus cuatro brazos plagados de armas diabólicas, aquella criatura había sembrado la muerte entre sus hombres, y también había matado a su viejo caballo Amauro y quebrado la hoja de su espada Krima. Kratos sobrevivió gracias a que entró en Urtahitéi, la tercera aceleración, mucho más tiempo del prudencial. Pero de no haber sido por la oportuna llegada de Derguín, el monstruo lo habría aniquilado.

Eso significaba que estaba en deuda con Derguín. Una vez más, ya que lo había rescatado del castillo de Grios durante el certamen por la Espada de Fuego.

Lo que suponía otro motivo de resentimiento contra el joven Ritión. Y de enojo consigo mismo: sabía en su fuero interno que estaba siendo mezquino con él.

Deja de darle vueltas y hagamos aquello a lo que hemos venido, se dijo.

– Antes nos fue imposible hacerle ni una muesca a esta criatura -añadió en voz alta-. Pero tal vez ahora que sus hermanos han sido destruidos haya perdido algo de poder…

– Permíteme que lo dude -respondió Derguín.

– No obstante, haremos la prueba. Trescuerpos…

El gigante, que se había reincorporado al grupo, enarboló sobre su cabeza un martillo de guerra de diez kilos y descargó un titánico mazazo en uno de los brazos del monstruo. Como había ocurrido unos días antes, el arma rebotó con un sonido apagado. Una capa gomosa cubría el blindaje metálico del demonio.

– ¿Pruebo otra vez, tah Kratos? -preguntó Trescuerpos. Kratos se oponía a que lo llamaran general o mariscal: para él no había título más honroso que el de Tahedorán delante de su nombre.

– Déjalo. Lo único que vamos a conseguir es que te descoyuntes los hombros. Maese Zemalnit, es todo tuyo.

El joven Ritión desenvainó la hoja forjada por Tarimán. A su luz, sus rasgos se veían mucho más afilados que cuando Kratos lo adiestraba para convertirlo en Tahedorán. Era como si en esos dos años hubiera envejecido diez. Tal vez Zemal suponía una carga demasiado pesada.

Y una mierda, se respondió el mismo Kratos al instante. Aunque pesara diez veces más que el martillo de Trescuerpos, aunque consumiera sus carnes y su espíritu en menos de cinco años, Kratos habría dado lo que fuera por ser él quien empuñara aquella arma de poder.

Derguín descargó el primer tajo directamente sobre la cabeza del demonio. La hoja se hundió más de una cuarta en aquel yelmo o cráneo de metal, y el golpe levantó una lluvia de chispas azuladas.

– Sigo sin entenderlo… -murmuró Derguín.

– ¿Qué es lo que no entiendes? -le preguntó Darkos, que contemplaba con mal disimulada admiración al Zemalnit y su arma.

Lo que me faltaba, pensó Kratos. Se queda con la espada y ahora me roba también la atención de mi hijo.

– He rebanado sillares de granito de un metro de espesor sin sentir la menor resistencia. Pero cuando golpeo a estas criaturas infernales es como si cortara un pernil de cerdo con una espada normal. Lo consigo, pero me cuesta trabajo. Y eso me preocupa.

– ¿Por qué? -insistió Darkos-. Aunque te cueste un poco más, puedes destruirlos. ¡No tritures, eres el Zemalnit!

Kratos chasqueó la lengua, disgustado. A veces su hijo utilizaba unos términos muy extraños. Kratos dominaba lo suficiente el Ritión como para saber que el «no tritures» y el «cómo alapanda» carecían de significado, y no le hacía ninguna gracia que hablara así.

– Puede haber criaturas más poderosas que éstas -respondió Derguín-. No sé qué ocurrirá cuando Zemal se mida contra ellas. Si no es capaz de penetrar…

– ¡No hables de eso, y menos en este lugar!

Todos se volvieron al oír aquella voz. Mikhon Tiq bajaba por la escalera. Llevaba en la mano la vara negra que había pertenecido al Enviado. El joven había encastrado en su extremo superior unos prismas de esmeralda que Derguín le había regalado de su parte del botín y que, considerando su tamaño, debían valer una pequeña fortuna. Cuatro finos ganchos de metal se curvaban sobre las gemas, sugiriendo la forma de una esfera que no llegaba a cerrarse.

Ahora las esmeraldas brillaban con un intenso resplandor verde. Su luz proyectaba en la pared la sombra de Mikha, una sombra tan agigantada que hizo a Kratos pensar en Linar.

El joven aprendiz de mago también había crecido y cambiado, como Derguín. Cuando viajaron a Koras junto a Linar, los dos muchachos siempre estaban gastando bromas y riéndose de cualquier tontería que, por lo general, Kratos no solía encontrar graciosa. Ahora parecían haber madurado varias décadas de golpe. En cierto modo, Kratos echaba de menos el atolondramiento de entonces.

– ¿Por qué no hay que hablar de eso? -preguntó Darkos. Era evidente que no le hacía gracia quedarse sin respuesta.

– Cállate ya -dijo Kratos, preocupado por que su hijo pareciera demasiado insolente-. Has gastado tu cupo de palabras y de preguntas para toda la mañana.

El muchacho pareció a punto de contestar, pero se mordió la lengua. Mejor. Desde que lo conoció, Kratos no le había puesto la mano encima ni albergaba intención de hacerlo, pero si tenía que castigarlo no dudaría en hacerlo con severidad.

– Mikha tiene razón -dijo Derguín-. Hay cosas de las que no se debe hablar delante de tanta gente.

– Todos somos de confianza -repuso Kratos-. ¿O es que ambos pensáis volveros tan enigmáticos como el viejo Linar?

Mikha, que ya había llegado al fondo de la torre, intercambió una mirada con Derguín que lo dijo todo.

No sé cuál es vuestro juego, amigos, pensó Kratos. Pero si queréis contar conmigo y con mi ejército para él, tendréis que explicármelo todo en algún momento.

– Me gustaría que hicieras una prueba, Derguín -dijo Mikha, acercándose al monstruo dormido. Le pasó la contera de la lanza por uno de los brazos y el roce levantó chispas. Para sorpresa de los demás, aunque el joven Kalagorinor no parecía haber hecho ningún esfuerzo, aquel leve contacto dejó un fino surco en la película mate que cubría el blindaje.

¿Qué magia escondería aquella vara? Kratos estaba harto de sentirse prácticamente desvalido e inerme ante poderes que lo superaban. Su mano buscó por instinto la empuñadura de su nueva hoja. Era la espada de Biyómides, hermano gemelo de Dolmatus. Kratos lo había vencido y decapitado en duelo, por lo que su arma le correspondía como trofeo. Se trataba de una buena espada, bien equilibrada, con una hermosa línea de templado: un arma digna. Pero no era Krima.

Y ni siquiera blandiendo a Krima habría sido rival para un Zemalnit, un Kalagorinor o un monstruo metálico y alado. No era justo. Tramórea debería pertenecer a los hombres, no a magos, dioses ni demonios. Kratos se sentía como una pieza de ajedrez. Y no un caballo o un alfil, sino un simple peón.

– ¿Qué prueba, Mikha? -preguntó Derguín-. Por lo que sospecho, tú podrías destruir a esta criatura con menos esfuerzo que yo.

– Eso está por ver. Precisamente se trata de esfuerzo, sí, sólo que de otra forma. Vuelve a desenvainar a Zemal.

Derguín hizo como le pedía su amigo.

– No golpees todavía. Aprieta la empuñadura con ambas manos y mira a la hoja.

– ¿Así?

– Gírala. Pon el plano mirando hacia tu rostro.

Por los filos de la espada corrían chispas que brotaban de ella, se curvaban y volvían a hundirse en su superficie, arcos de luz juguetones como duendecillos de los bosques. Todos guardaron silencio, sin apenas respirar, mientras Derguín miraba fijamente a la hoja.

– Ya entiendo -murmuró.

Las venas de su frente se hincharon como cordones dibujando una V, y las de su cuello también. Derguín empezó a resollar como un fuelle y sus brazos temblaron por la contracción de sus músculos.

La luz de Zemal se intensificó. Los reflejos azulados que la recorrían se convirtieron en violetas, casi negros en contraste con el brillo blanco de la hoja. El rostro de Derguín se perló de sudor y no sólo por el esfuerzo, sino por el calor que desprendía el arma. Cada vez resultaba más difícil fijar la vista en ella sin quedar deslumbrado. Kratos cerró los ojos un momento y siguió viendo una imagen fantasmal de la espada, una Zemal de color verde, como si llevara un rato mirando al sol.

– ¡Ahora! -dijo Mikha.

Derguín levantó la espada sobre su cabeza y descargó un tajo sobre el demonio de metal. La lluvia de chispas que se levantó llegó tan lejos que todos se apartaron, sobresaltados, y Kratos notó que una de ellas le quemaba el dorso de la mano. Se produjo una breve explosión de luz. Cuando el resplandor se desvaneció comprobaron que Derguín estaba agachado, empuñando todavía la espada. La hoja había atravesado limpiamente la cintura del monstruo. El aire olía a metal recalentado, a azufre y a tormenta a punto de estallar.

Derguín se enderezó, alzó de nuevo la Espada de Fuego sobre su cabeza y retrocedió. El brillo de la hoja volvía a ser el de antes, casi débil en comparación con el fulgor que los había deslumbrado.

Tras partir en dos a Aridu, el golpe había abierto en el suelo una grieta de bordes rojos que durante unos segundos creció a ambos lados. Kratos comprendió que Zemal había fundido la piedra. El calor era tan intenso que se transmitía más allá de la hendidura y licuaba también la zona contigua del suelo.

Derguín respiró hondo, besó la empuñadura de la espada y la guardó. A Kratos le pareció mentira que una simple vaina de cuero pudiera contener el poder que acababa de derretir la roca.

– Nunca había hecho esto -reconoció Derguín-. También es cierto que nunca lo había intentado.

– ¿Cómo lo has conseguido? -preguntó Darkos, olvidándose de las instrucciones de su padre.

Derguín se acercó a él y le revolvió el pelo como si fuera un crío, aunque Darkos era casi tan alto como él. Al muchacho no pareció molestarle.

– Es difícil de explicar. Cuando yo muera y te conviertas en Zemalnit, lo comprenderás. -Mirando a Kratos, Derguín añadió-: ¿Quién más apropiado que el hijo del mayor Tahedorán de Tramórea para empuñar la Espada de Fuego?

No había el menor sarcasmo en su voz. Kratos asintió con la barbilla, agradeciendo la alabanza.

Pero después de eso se sintió aún más triste. Pese a las nueve marcas de maestría que adornaban su brazalete, dos más que Derguín, él jamás podría empuñar un arma tan poderosa como Zemal. Su ocasión y su tiempo habían pasado.

KIMALIDÚ

Antea y Ariel salieron de la cárcava donde Invictos y Aifolu habían librado la primera parte de la batalla. Después giraron hacia el este, pegadas a la abrupta pared del Kimalidú.

Ya estaba atardeciendo. Fuera del refugio de la roca el viento era más fresco. Ariel notó cómo la túnica empapada de sudor se le pegaba al cuerpo. El sol declinante hacía que su sombra pareciese la de una mujer adulta y la de Antea la de una giganta. Caminaron durante un par de kilómetros, hasta llegar a una cueva abierta en la pared del enorme monolito de arenisca. Ariel pensaba que la reina se alojaba en una gran tienda de campaña, en el antiguo campamento del Martal. Pensó en preguntarle a Antea por qué no iban allí, y luego recordó: «A las reinas no se les hacen preguntas».

Dentro de la cueva hacía más frío, o al menos se notaba más humedad que en el exterior, y Ariel empezó a lamentar no haber cogido su capa. En el suelo había varios globos de papel de seda con luznagos rojos que zumbaban y revoloteaban dentro. Sus movimientos proyectaban en las paredes luces fantasmales y juguetonas, como rescoldos que se apagaran y encendieran obedeciendo a los caprichos de un fuelle.

Ziyam esperaba sentada junto a una pequeña charca en la que cada pocos segundos caía una gota de agua del techo. Plip… Plip… Plip… Le habían instalado un sitial de madera y una alfombra a los pies. No había más decoración en la cueva.

¿Cómo comportarse ante su reina adoptiva, aunque la odiara? Ariel ejecutó una torpe reverencia y, como le pareció poco, clavó la rodilla derecha en la alfombra. A Ziyam debió hacerle gracia, porque respondió con una carcajada tan cristalina como el goteo del agua en la charca.

– Antea, ¿no le has explicado a nuestra joven súbdita que una Atagaira no se arrodilla ni siquiera delante de otra Atagaira?

– Pasé por alto esa lección, majestad. Lo siento.

Ziyam se levantó del sitial, se acercó a la niña y le tomó las manos para levantarla. De pronto se había vuelto todo sonrisas. Hacía días que Ariel no la veía tan de cerca -había procurado eludir su presencia todo lo posible-, y no recordaba lo guapa que era, lo grandes y azules que tenía los ojos ni lo llamativos que eran los reflejos de cobre de sus cabellos. Aunque ya había recibido lecciones dolorosas, Ariel era todavía demasiado joven y le resultaba difícil conciliar belleza y maldad, como si fueran dos realidades incompatibles no ya en una misma persona, sino en el mundo. ¿De verdad se encontraba ante la misma mujer que había asesinado al Mazo?

– Levanta, Ariel. Toda Atagaira es una mujer libre desde que nace hasta que muere. Ni siquiera ante los dioses nos postramos. Todo lo más, inclinamos la barbilla ante ellos.

No te fíes de ella, advirtió a Ariel una voz interior. En una ocasión se había fiado de un supuesto amigo, el grumete Bor, y entre él y el repugnante Gargajo estuvieron a punto de violarla.

Pero no podía apartar los ojos del rostro de Ziyam. ¡Era tan guapa!

Aunque… ¿no debería tener una cicatriz en la mejilla? ¿Qué había sido de ella?

– Sé que me equivoqué contigo, Ariel -dijo Ziyam-. Es uno de tantos errores que he cometido, pero estoy dispuesta a repararlos.

– ¿Cómo? -Mataste a mi amigo, pensó en decir, pero incluso a una niña tan desinhibida como ella le pareció un comentario demasiado directo y grosero. En un intento de ser diplomática, lo modificó un poco-. Mi amigo está muerto. Eso ya no se puede arreglar.

– ¿De veras lo piensas? El poder de una reina de Atagaira llega más lejos de lo que crees. Sígueme.

Ziyam tomó del suelo un globo de luznago y se dirigió hacia un rincón de la gruta hasta entonces sumido en sombras. Ariel miró a Antea, que le hizo un gesto con la barbilla, como recordándole: Puedes fiarte de mí. Ve con ella.

Unos metros más allá, junto a una pared, se veía un gran bulto tapado con una manta. A Ariel se le aceleró el corazón cuando la reina tiró de una esquina para apartarla. Sospechaba lo que iba a ver.

Allí estaba tendido el enorme corpachón del Mazo, boca arriba. Llevaba puestas las mismas calzas con las que lo había visto la última vez en el harén de machos de Acruria. Tenía desnudo el torso, una masa de músculos recubiertos por una alfombra de vello que se curvaba en espesos rizos.

– ¡Mazo! -gritó Ariel.

Se arrodilló a su lado y trató de abrazarlo y levantarle la cabeza. Pero aquel cuello de toro estaba rígido y frío como el mármol y no consiguió moverlo. Con los ojos arrasados en lágrimas, Ariel se volvió hacia Ziyam.

– ¡Está muerto! ¿Para qué lo has traído aquí, para burlarte de mí? ¿Por qué no lo enterraste como se merecía?

– Ya hace más de dos semanas que murió…

– ¡Tú lo mataste! -Ariel había olvidado todo respeto debido a la reina, que de pronto ya no le parecía tan guapa. El cuerpo del Mazo le recordaba hasta qué punto podía ser cruel y traicionera.

La cara de Ziyam se contrajo en un rictus, pero enseguida recuperó la sonrisa.

– Ya te he dicho que he cometido muchos errores. Pero me habría gustado verte a ti en mi situación. Este hombre mató a dos de mis guerreras con las manos desnudas. Tenía que protegerme y proteger al resto de las Atagairas.

– ¡Lo hizo por defenderme a mí!

Ariel tomó la mano del Mazo y, con mucho esfuerzo, logró levantarla un poco. Pero sus dedazos estaban tan fríos y tiesos como el resto del cuerpo.

– ¿A qué te huele, Ariel?

La niña volvió la mirada a Ziyam.

– No te entiendo.

– Es una pregunta fácil. ¿A qué te huele?

– No me huele a nada.

– ¿Te parece normal? Antes de que interrumpieras a tu reina, te estaba diciendo que hace más de dos semanas que murió. A estas alturas, su piel debería estar verde, su estómago tendría que estar más hinchado que este globo de papel, y debería desprender tal hedor que ni siquiera habrías podido entrar en esta cueva sin vomitar.

Eso era cierto. Ariel acercó la nariz al cuello y el pecho del Mazo y olisqueó. Tenía una nariz muy fina, mucho más que la mayoría de la gente que la rodeaba, algo que a menudo resultaba desagradable: podía olfatear una muela cariada a más de cinco metros de distancia.

No captó nada raro. Desde luego, no olía a putrefacción. Más bien a sudor masculino retenido entre los pelos del pecho como rocío en la hierba. ¿Cómo podía ser? ¿Qué extraña magia mantenía al Mazo intacto, como si acabara de morir?

– Ya has comprobado cuál es el poder de la dragona Iluanka -dijo Ziyam como si le hubiera leído el pensamiento-. Para ella no hay nada imposible.

– Pero aunque no huela a cadáver ni se haya podrido, está muerto igual – dijo Ariel, con la voz más aguda a cada momento. Se le estaba formando un nudo en la garganta que apenas le dejaba emitir un hilo de aire. No era lo mismo recordar a su amigo que verlo allí, tendido en el suelo delante de ella, grande como un monte, y no poder hablar con él ni recibir sus abrazos de oso.

– Para la dragona no hay nada imposible, te repito.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Ariel, enjugándose las lágrimas y volviéndose hacia Ziyam.

– Hay algunas personas que regresan de la muerte. Es algo bien conocido. Sabemos de mujeres que fueron enterradas, tan muertas como tu amigo, y sin embargo resucitaron dentro de la tumba al cabo de un par de días.

– ¿Y qué les pasó?

– La mayoría sufrieron una muerte definitiva dentro del ataúd, porque nadie escuchó sus gritos y se asfixiaron. Pero mi madre me contó que una de ellas, una tía suya, tuvo la suerte de que sus familiares acudieran a llevarle ofrendas y oyeran cómo aporreaba y rascaba la tapa del féretro. Gracias a ello pudieron sacarla a tiempo, y la anciana vivió todavía cinco años más.

»Por eso mismo, porque conocía la historia de esa mujer, que era mi tía abuela, decidí no enterrar a tu amigo. Pensé que, si la dragona Iluanka había decidido conservar incorrupto su cadáver, algún motivo debía tener.

¡Ser enterrada viva! ¡Qué horror! Al menos, pensó Ariel, Ziyam no había tenido la crueldad de sepultar al Mazo en esa especie de semivida o semimuerte en que parecía estar sumido.

– He consultado con mujeres más sabias que yo, iniciadas en los misterios de Iluanka -prosiguió Ziyam, acuclillándose junto a Ariel y tomándole una mano entre las suyas-. Me han dicho que el error se puede reparar, que la naturaleza de tu amigo es vigorosa y que posee tanta fuerza vital que todavía podemos rescatarlo de las garras de la muerte. Pero para eso necesitamos una magia muy poderosa. No podemos hacerlo sin tu ayuda.

– ¡Quiero que El Mazo vuelva a estar vivo! -exclamó Ariel.

– Lo que te voy a pedir no es fácil -advirtió Ziyam.

Ariel se soltó la mano y se apartó un poco de ella.

– ¿Qué quieres decir?

– Al principio pensarás que lo que te pido es traicionar a tu padre.

– ¿Mi padre? Yo no tengo padre. No sé de qué me hablas -dijo Ariel. La sangre le subió hasta las orejas. Se enfureció consigo misma por delatarse así, y eso hizo que se ruborizara más.

– Soy tu reina. -Los ojos de Ziyam eran dos lagos en los que Ariel se veía muy, muy pequeña-. No puedes ocultarme nada. Sé que Derguín Gorión es tu padre.

– ¡Eso es imposible! ¡Él sólo tiene veintiún años! No cumple veintidós hasta… -Ariel se calló. No tenía por qué revelarle a Ziyam el cumpleaños de Derguín. Tal vez podría utilizar esa fecha para elaborar algún conjuro contra él, del mismo modo que otras brujas se servían de pelos o recortes de uñas.

– Sé que has pasado la mayor parte de tu vida en una cueva. ¿No es así, Ariel?

– Sí, pero eso…

– La cueva de Gurgdar. Allí se curó Derguín Gorión de sus heridas durante el certamen por la Espada de Fuego. Creyó pasar en su interior tres meses cuando en realidad sólo fueron dos días.

¡Gurgdar! Así se llamaba la caverna donde había vivido tantos años. ¿Cómo sabía todas esas cosas Ziyam? ¿Cómo se había enterado de secretos que ella jamás le había contado a nadie?

– La virtud de Gurgdar -prosiguió Ziyam- es que en su interior el tiempo transcurre a un ritmo diferente, a veces más rápido y a veces más despacio que en el exterior. Sé que tu madre utilizó Gurgdar para que maduraras en menos de dos años y pudieras encontrar a tu padre cuanto antes. Tú crees que escapaste de esa cueva, pero en realidad fue ella quien te dejó huir.

– ¿Cómo sabes todo eso?

– Ya te he dicho que lo conozco todo sobre mis súbditas. El poder de la dragona es infinito.

– Si es verdad, dime cómo se llama mi madre.

– ¿Necesitas más pruebas? Tu madre es Tríane de las Niryiin, la misma que curó a Derguín, fue su amante durante esos tres meses y te concibió a ti.

Ariel se incorporó y retrocedió hasta chocar con la pared de la cueva. De pronto sentía claustrofobia, como si volviera a encontrarse en Gurgdar. Pero Ziyam y, más atrás, Antea le bloqueaban la salida.

– Sé que adoras a tu padre. Yo también amo al Zemalnit, Ariel. Más de lo que puedes imaginar. ¿Te acuerdas de cómo lloró delante del cadáver de su amigo?

Ariel asintió con la barbilla. Lo recordaba, aunque aquel día apenas podía ver nada a través de sus propias lágrimas.

– Si le devuelves al Mazo, a su íntimo amigo, le harás tan feliz que te perdonará lo que en el momento podrá parecer una travesura, una pequeña desobediencia.

– ¿Qué debo hacer? -preguntó Ariel con voz débil.

– Por la magia de Iluanka, El Mazo no ha llegado a atravesar las puertas del Prates. Pero si queremos traerlo de entre los muertos necesitamos invocar a un poder tan grande que no pertenece a este mundo. Y ese poder sólo nos escuchará si lo despertamos usando las llamas del arma forjada por los dioses.

– Pero… no puedo hacerlo. Tú quieres que…

– Sí, Ariel. Eso es lo que quiero. Para resucitar a tu amigo El Mazo, tendrás que robarle a tu padre la Espada de Fuego.

1 DE BILDANIL

MÍGRANZ

Quedaba apenas una hora de luz. El sol descendía hacia las montañas de Misia, que cerraban la frontera nororiental de Áinar.

El heraldo que llevaba la propuesta de rendición atravesó la tierra de nadie que se extendía entre la empalizada del campamento Trisio y Mígranz. Vista desde abajo, la fortaleza parecía inexpugnable, sensación acentuada al compararla con el paraje que la rodeaba: la comarca en muchos kilómetros a la redonda era una planicie de pastos, sembrados y algunos bosquecillos dispersos, sin una triste elevación que rompiera la monotonía de la llanada. Tan sólo el peñasco que se alzaba como una excrecencia de la tierra, una muela solitaria y tozuda que se negara a caer de las encías de un anciano.

Las paredes de aquel risco, conocido como la Espuela, se alzaban más de cien metros sobre la llanura. A ésos había que añadirles otros quince que medían las murallas de la fortaleza, construidas al borde del abismo como una prolongación de la roca, sin tan siquiera un mísero caminillo que permitiera rodear el bastión.

El heraldo levantó la mirada. El adarve estaba poblado de defensores. Desde allí arriba, él debía parecerles poco más que una lagartija arrastrándose por el suelo. Muchos de ellos le apuntaban con los arcos. La aguzada vista del emisario comprobó que había unos cuantos tensados, de tal manera que bastaría un pulgar más sudado de la cuenta para lanzarle una flecha. Y si a quien estaba al mando de aquel sector de muralla se le antojaba dar la orden de disparar, por lejos que estuviera el heraldo podía apostar a que algún proyectil lo alcanzaría.

Pero esperaba que no fuese así. Llevaba una bandera blanca atada a la punta de su largo báculo. Además, antes de venir con la oferta de Ilam-Jayn, ambos bandos habían intercambiado mensajes y los defensores de Mígranz habían jurado por Vanth que no le harían ningún daño.

La única cara accesible de la Espuela era la meridional. El heraldo emprendió la subida por un camino serpenteante labrado en la piedra. Era lo bastante ancho y liso como para que subiera un carromato, pero no convenía despistarse, pues no había vallas ni pretiles a los lados y la caída seguramente sería mortal. Cada pocos metros se veían nichos tallados en las rocas que rodeaban el sendero, y arqueros apostados en ellos para cerciorarse de que por allí no subía nadie que albergara malas intenciones.

Después de retorcerse en tantas revueltas que era fácil perder la cuenta, el camino desembocó en una mínima explanada, apenas cuarenta metros cuadrados, delante de una gran puerta cuyos batientes de roble estaban reforzados con barras de hierro. Sobre ella había ocho estrechas aspilleras desde las que vigilaban otros tantos arqueros, y más arriba un matacán cuyo voladizo estaba sembrado de huecos por los que podían arrojarse piedras, aceite hirviendo, arena caliente o cualquier otro agasajo dedicado a posibles agresores.

En la puerta había un postigo que a su vez contenía un ventanuco. Primero se abrió éste, y por él asomó un rostro surcado de arrugas y cicatrices. Por los ojos rasgados, el emisario supuso que se trataba de un Ainari, sospecha que se confirmó cuando se dirigió a él en ese idioma:

– ¿Eres el heraldo?

Una pregunta innecesaria. Su bandera llevaba bordado el antiquísimo emblema de las dos serpientes cruzadas, símbolo ancestral de los mensajeros protegidos por los dioses. En el báculo del emisario, sin embargo, sólo había tallada una serpiente solitaria con las fauces abiertas y dos pequeños granates encastrados en los ojos.

– Así es.

– ¿Hablas Ainari?

Otra pregunta superflua, puesto que en tal lenguaje le había contestado. Tras esperar en vano la respuesta, el soldado del interior se decidió a abrir el postigo. El heraldo dobló el cuello para trasponerlo, y aun así tuvo que doblar las rodillas para no darse un coscorrón con el dintel.

– Caramba, amigo -dijo el soldado, que parecía tener al menos sesenta años. Tal vez fuera efecto de las arrugas y las escasas guedejas de cabello que le caían por las sienes-. Qué crecidito estás. Dicen que los Trisios soléis ser bajitos.

– Yo no soy Trisio.

– ¿Y eso?

El soldado señaló la larga trenza blanca que colgaba desde la sien izquierda del emisario, cruzada sobre su pecho.

– Los Trisios se trenzan el cabello en la nuca y lo dejan colgar por la espalda, hasta las nalgas -respondió.

– Ya. He oído que, cuando crecen lo suficiente, se limpian el culo con

ellas.

– Jamás les he visto hacerlo. Prefieren usar piedras o manojos de hierba.

– ¿De dónde eres entonces?

– Te diré de dónde no soy. No soy de Trisia.

– Para trabajar como mensajero, eres muy poco comunicativo.

– Y tú, para ser Ainari, pareces demasiado parlanchín.

– ¡Ah, como ves, no siempre los tópicos se cumplen!

Atravesaron un patio interior, rodeado por más aspilleras en las que se intuían rostros hostiles. La siguiente puerta era un rastrillo de hierro, izado a media altura. Tras cruzarlo, se encontraron en el interior de Mígranz.

El emisario lo examinó barriendo a derecha e izquierda con una rápida mirada. Rodeando la muralla había una calle pavimentada de unos cinco metros de anchura, con escaleras que subían al adarve cada diez metros. Pasada la calle empezaban las casas y los almacenes. Y después, en las plazas y los patios de instrucción, las tiendas. Había tiendas de campaña por todas partes, y toldos, cañizos y sombrajos, y también carromatos que tras servir de transporte ahora se habían convertido en viviendas.

Sin duda, se trataba de los refugiados de la comarca de Málart, que habían acudido a la fortaleza huyendo del avance de los Trisios. El heraldo, que disponía de sus propios cauces de información, sabía que no todos los que solicitaban asilo eran admitidos. Se exigían condiciones muy estrictas para entrar: llevar comida para mantenerse por sí mismos, y nada de traer ancianos ni enfermos. De entre los adultos, sólo podían pasar aquellos capaces de mantenerse en pie y defender las murallas. Con los niños se mostraban más indulgentes: al menos, la guerra no les había robado todavía ese vestigio de humanidad.

Allí dentro reinaba una mezcla de caos y orden, de bazar y cuartel. En el improvisado campamento de refugiados se abrían calles despejadas que se cruzaban en ángulos rectos, y por ellas desfilaban los soldados que acudían a la muralla a llevar provisiones o a relevar a los defensores. Unos eran de la Horda, sonaban a metal al andar y caminaban con el aire seguro, casi desafiante, que les había contagiado su fundador Hairón. Otros eran más bisoños, convertidos en militares por las circunstancias, y se les notaba en el porte y en el armamento: petos acolchados o cuero hervido como mucho, en lugar de lorigas de anillas o corazas de placas.

Se oían voces, llantos, susurros, relinchos, rebuznos, balidos y un incesante zumbido de moscas. Risas, pocas. Tampoco se escuchaban los animados reclamos de los vendedores. En el aire flotaban cientos de olores, pero entre ellos predominaba el hedor a excrementos, humanos y animales por igual. Aunque Mígranz tenía letrinas y pozos negros, y vertederos que desaguaban los residuos al abismo, la fortaleza estaba abarrotada y los sistemas de limpieza no daban abasto.

Todos observaban con curiosidad al emisario, tal vez porque le sacaba una cabeza de estatura a la mayoría de la gente o porque querían saber qué condiciones leoninas les impondrían los Trisios. Él prefería no mirar fijamente a nadie. Había demasiado miedo y dolor en aquellos ojos, y hacía tiempo que había decidido que compartir las emociones ajenas sólo acarreaba sufrimiento inútil.

Algo le hizo levantar la vista. Su ojo experto había captado un borrón que se dirigía hacia el torreón central. Aunque apenas se distinguía del color del cielo, supo que era un cayán. Probablemente llevaba la respuesta de algún aliado al que habían solicitado ayuda desde Mígranz. ¿Cuál sería? El heraldo sospechó que malas noticias, y que los Invictos que decidieron quedarse en la fortaleza no tardarían mucho en perder ese título del que tanto se habían enorgullecido durante años.

Atravesaron un pasaje poblado de herrerías. Al menos ahí, en lugar de a mierda, olía a carbón y a hierro recalentado. Las chispas saltaban de un lado a otro de la calle, y entre el batintín de los martillos y los martinetes aporreando metal se escuchaban voces impacientes urgiendo a trabajar más deprisa.

Tras dejar atrás aquella calle, subieron una escalera estrecha y se encontraron en una plaza cuadrada, rodeada de muros y con el suelo adoquinado. En el centro se elevaba el torreón que durante unos minutos habían perdido de vista, tapado por las angosturas de las calles aledañas.

– El centro y el alma de Mígranz: nuestro patio de armas -explicó el veterano que ejercía de guía. No había dejado de hablar en todo el camino. El emisario no se creía ni la mitad de lo que le había dicho. ¿Veinte mil soldados y cinco mil refugiados? Más bien calculaba que debía de haber dos mil defensores armados, y que los demás, como mínimo cuarenta mil civiles, podrían utilizar como mucho piedras y palos contra los atacantes, y eso siendo optimistas.

Incluso en el patio de armas había cobertizos y tendajos montados. Al menos, habían dejado libres las inmediaciones del torreón. Éste, rodeado por un perímetro de soldados, era un edificio circular construido con sillares de granito y coronado por un chapitel de pizarra negra sobre el que, a cuarenta metros sobre la plaza, ondeaba el pendón de la Horda: un narval blanco nadando sobre fondo rojo.

Era una copia. El estandarte original se lo habían llevado los Invictos que meses atrás tuvieron la previsión de abandonar Mígranz y aquella región maldita sobre la que se cernía la plaga.

Caminaron hacia la puerta del torreón. Sobre ella, a unos ocho metros del suelo, se veía una gran vidriera. Estaba destinada a ser contemplada desde dentro, atravesada por los rayos del sol. Pero ya empezaba a anochecer y se adivinaban al trasluz lámparas encendidas y sombras que se movían.

– Ésa no es la vidriera original -le explicó el soldado-. La que había la rompió Kratos May con su cuerpo al huir del tirano Aperión. ¿Has oído hablar de Kratos?

– Algo me han contado sobre él. Un espadachín, ¿no?

– El término correcto es Tahedorán, amigo. Si Kratos te oyera llamarle espadachín, te ensartaría antes de que pudieras decir «amén». No te haces idea de lo rápido que se pueden mover esos Tahedoranes, y Kratos es el mejor de todos.

– ¿Y dices que rompió esa vidriera?

– Así es. Yo estaba aquí abajo, en el patio, y lo vi todo. La atravesó limpiamente y voló toda esa distancia como un pájaro. -Su dedo cruzó el aire dibujando una parábola hasta un gran tilo que todavía conservaba algunas flores amarillas y que se hallaba a diez metros del torreón.

Seguramente el hombre se creía su propio relato. El emisario lo escuchó escéptico. Recurriendo a la aceleración, un Tahedorán podría haber roto esa ventana con el cuerpo, pero lo más probable es que los fragmentos de cristal le hubieran causado graves heridas. Por lo que a él le constaba, Kratos May había destrozado la vidriera lanzando contra ella un pesado sillón de madera, y luego había cruzado el vano libre de cristales de un salto. Que, eso sí, había sido tan portentoso como narraba el veterano.

– Aperión volvió a encargar otra vidriera igual, pero tuvo la desfachatez de hacer que a Hairón lo representaran con su rostro. ¡Con el de Aperión! ¿Te lo puedes creer?

Sí, pensó el heraldo, claro que se lo podía creer. El difunto Aperión podría haber servido de modelo para un tratado filosófico sobre la soberbia.

– Cuando el duque Forcas se convirtió en nuestro jefe, ordenó que cambiaran la cara de Aperión y volvieran a retratar al auténtico fundador de la Horda. Todo por deseo de su amante, que no era otra que Aidé, la hija de Hairón. ¡Pobre duque! Esa muchacha era un diablillo, lo sé bien, y seguro que ahora, estén donde estén, es ella quien lleva los pantalones.

El soldado, que disfrutaba más contando esos chismorreos que si narrara una batalla, prosiguió:

– ¿Ves ese tipo alto y barbudo que le está entregando la Espada de Fuego a Hairón?

– Ajá.

– Pues es Tarimán, el dios herrero, el mismísimo que la forjó.

– ¿Eso también lo viste? ¿Viste en persona a un dios? -preguntó el heraldo, mirando a su interlocutor por primera vez desde hacía un largo rato.

El soldado vaciló. Se notaba que se moría de ganas de contestar que sí, pero no se atrevía a presumir de haber recibido tal epifanía divina.

– No. Pero conozco a otras personas que sí estuvieron presentes.

El emisario ladeó la cabeza, un gesto casi imperceptible de negación que su interlocutor no captó. La escena de la vidriera no era más que una idealización. Hairón tuvo que competir por la Espada de Fuego con otros candidatos, igual que décadas más tarde hizo Derguín Gorión. Tarimán forjó a Zemal más de mil años atrás, pero nunca la entregó en persona a nadie, ni siquiera a Zenort el Libertador, su primer dueño.

Mas no tenía sentido discutir de tales asuntos con aquel lenguaraz.

De pronto, las sombras que se movían tras la ventana se hicieron más grandes. Se oyó un gran ruido, compuesto de agudos chasquidos y crujidos, y la vidriera estalló. La gente que estaba debajo se llevó las manos a la cabeza y corrió para apartarse. Entre una lluvia de cristales de colores, un cuerpo se precipitó desde arriba y, por apenas dos palmos, se estrelló boca abajo sobre los adoquines en lugar de aplastar a un centinela que montaba guardia junto a la puerta.

El heraldo se acercó al cuerpo y le dio la vuelta con el pie. Si el hombre no hubiera muerto por la caída, como parecía que había ocurrido, lo habría hecho por la cuña de cristal que se le había clavado en la yugular.

– ¿Quién es?

– Oh, oh. Me parece que vamos a tener que elegir un nuevo general -dijo el veterano.

El emisario comprendió. De modo que el hombre al que acababan de arrojar por la ventana era Grondo, el mismo a quien debía presentar la abusiva oferta de Ilam-Jayn, jefe de los Trisios. Al parecer, ahora tendría que buscar otro interlocutor.

RUINAS DE NIDRA

Derguín se alojaba en un viejo templete circular que conservaba parte del techo. En la sección que quedaba a la intemperie habían encendido un fuego, y en él estaban asando panceta, que acompañaban con pan, queso y vino de Pashkri, cortesía del difunto Binarg-Ulisha-Rhaimil, Puño del Destructor. En aquel sencillo banquete lo acompañaba su pequeño séquito o, como los llamaba Kybes, la «corte del Zemalnit»: el propio Kybes y la Atagaira Baoyim que, por la cuenta que le traía, procuraba evitar a sus compatriotas y sobre todo a su enemiga, la reina.

Y Ariel, por supuesto, a quien Kybes denominaba campanudamente «paje del Zemalnit». Era la encargada de mezclar vino con agua para servírselo a los mayores. Cada vez estaba siendo más generosa con el vino, con la intención de embriagarlos lo antes posible. Estaba muy nerviosa, tanto que por dos veces vertió la bebida fuera de la copa de Kybes y le manchó los pantalones.

– ¿Qué te pasa, rapaza? -preguntó el joven Aifolu. Sus ojos de córneas amarillas habrían resultado inquietantes si no fuera porque siempre estaba sonriendo y luciendo unos dientes que aún parecían más blancos por contraste con su rostro atezado-. ¿Es que la llegada del otoño te altera la sangre?

– No, señor.

– ¿Tengo que decirte otra vez que me llames Kybes a secas? Claro, quizá no te acuerdas. La última vez se lo dije en Narak a un chico que se hacía llamar Ariel. ¿No lo conocerás por casualidad?

Ariel terminó de echarle el vino con una sonrisa en la que, casi sin darse cuenta, se le escapó una pizca de coquetería. En balde, ya que a Kybes no le atraían las mujeres.

– Anda, bandida -dijo el Aifolu-, que nos la colaste bien. Aunque casi me parecías demasiado guapo para ser un chico.

– ¿Y como chica ya no te parezco guapa?

Flirtear era una buena forma de disimular los nervios por lo que estaba a punto de hacer. Bajo el cinturón llevaba la bolsita con los polvos somníferos que le había entregado Antea. Ella le había jurado que no le harían ningún daño a Derguín ni a sus amigos. Ariel creía en Antea, pero ¿y si Ziyam la había engañado a ella y en realidad se trataba de un veneno letal?

No deberías hacer esto. Tendrías que contárselo todo a Derguín, se repetía. Pero otra voz luchaba por hacerse oír en su conciencia y porfiaba en que ella había causado la muerte del Mazo y sólo ella podía arreglar el desaguisado.

¿Y si todo era mentira? ¿Y si Ziyam no podía resucitarlo? Ariel había presenciado suficientes prodigios como para sentir un gran respeto por la magia. Pero su breve experiencia la hacía sospechar que los muertos bien muertos estaban.

Claro que, si El Mazo estaba muerto del todo, ¿por qué su cadáver no se había podrido? ¿Por qué no se lo estaban comiendo los gusanos, como pasaba con cualquier animal muerto que se encontraba por el campo?

Qué complicado es todo, pensó. Como le solía ocurrir en esos casos se

apretó la tripa, pues empezaba a sentir retortijones.

Para terminar de embrollar lo que ya era complicado, cuando tenía a Derguín, Baoyim y Kybes un poco borrachos y parecía el momento oportuno para mezclar los polvos sin que se dieran cuenta, apareció Mikhon Tiq y se sentó junto a la hoguera.

A Ariel el mago le parecía un joven guapo, más que Derguín, aunque sus rasgos, de tan delicados, resultaban casi femeninos. Pero al mirarlo no podía olvidar que durante muchas semanas había estado contemplando ese mismo rostro congelado en piedra, y sentía un poco de repeluzno.

– No le mires tan fijamente. Puede echarte mal de ojo -le susurró Baoyim. Ariel se preguntó si hablaba en serio o también le tomaba el pelo, como solían hacer Kybes, Darkos e incluso el propio Derguín. A veces parecía que todos la tomaban por tonta.

Aunque lo cierto era que debía de serlo. De lo contrario, no se vería envuelta en tales líos.

– ¿Has vuelto a ver a Kalitres? -preguntó Derguín a su amigo.

– No -respondió Mikhon Tiq, haciendo girar el báculo entre las manos-. Ha desaparecido sin más.

– Tu compañero Kalagorinor es de lo más peculiar -dijo Derguín, trabándose un poco al pronunciar «Kalagorinor»-. Él y Linar harían una pareja de juglares de lo más cómica: el punto y la i. Aunque también es un personaje un poco impresentable, debes reconocérmelo.

Mikhon Tiq soltó una carcajada seca, pero no respondió. Por su parte, Kybes levantó la mano izquierda en el aire y se pasó entre los dedos una moneda de cobre con la soltura de un prestidigitador.

– Pues yo no tengo la menor queja de Kalitres. Desde que os convirtió a todos en zurdos, me apaño mucho mejor con esta mano.

Ariel no entendía a qué se refería con que los demás se habían vuelto zurdos: todos allí eran diestros. El único que manejaba la mano izquierda era Kybes, y porque no le quedaba otro remedio, ya que en la derecha le faltaban todos los dedos menos el pulgar.

– ¿Se ha llevado el ojo? -preguntó Derguín, con voz más seria.

Mikhon Tiq miró a ambos lados.

– No creo que deba hablar aquí de esos asuntos.

– Estás ante la corte del Zemalnit. Baoyim es mi portaestandarte, Ariel mi paje y Kybes mi jefe de espías. Todos ellos gozan de mi confianza. Lo que les cuentas a ellos es como si me lo contaras a mí, y lo que me cuentas a mí es como si… Bueno, tú ya me entiendes.

– Me parece que se te ha subido el vino, Derguín.

– ¿A él sólo? -dijo Baoyim, con una carcajada, tendiéndole la copa a Ariel para que volviera a escanciarle.

– Me vendrá bien para dormir -contestó Derguín-. Ya sabes que me cuesta conciliar el sueño. -Tocó la empuñadura de la Espada de Fuego-. A veces Zemal es una maldición de la que me gustaría librarme.

Eso era cierto, pensó Ariel. Cuando llegó a Narak, a menudo le cantaba dulces baladas a Derguín para que se quedara dormido, pues por culpa de la espada sufría de insomnio crónico. De modo que lo que iba a hacer tampoco era tan horrible.

– Pero te he preguntado por el ojo, Mikha, no me cambies de conversación -insistió Derguín.

– Sí, se lo ha llevado. Es justo. Él lo tenía antes de que se lo robara Ulma

Tor.

– ¿Qué virtud posee ese ojo?

– Yo no la llamaría virtud. Todo lo relacionado con su dueño es maligno y peligroso.

– Virtud o propiedad. No nos pongamos tiquismiquis con las palabras.

– Ese ojo puede ver en el espacio. Su poseedor debe dirigirlo hacia el lugar que quiere examinar, y el ojo atravesará todas las barreras hasta mostrar lo que se busca: árboles, paredes, montañas. Incluso la curvatura del horizonte.

– Se me ocurren usos bastante lascivos para ese ojo -sugirió Baoyim. Mikhon Tiq la miró enarcando una ceja, tal vez sorprendido de que una mujer hablara así. Ariel pensó que si hubiese pasado tanto tiempo con las Atagairas como ella, no se escandalizaría en absoluto.

– No lo había pensado, pero seguro que Kalitres sí -reconoció el joven mago-. Por lo que sé, ese ojo es muy difícil de manejar. Lo único que una persona inexperta conseguiría ver sería un torbellino de imágenes confusas, hasta marearse y vomitar.

– Aun así, yo me atrevería a intentarlo -dijo Baoyim-. Me gustaría mirar con él al corazón de la tierra y ver a la gran dragona en todo su esplendor.

– No es conveniente que los mortales indaguen los secretos que se esconden bajo tierra -repuso Mikhon Tiq. Ariel no sabía qué truco utilizaba el Kalagorinor para agravar tanto la voz cuando quería hablar en serio, pero notó cómo las palabras «bajo tierra» le hacían vibrar las costillas.

– Linar tenía un ojo parecido debajo de su parche -dijo Derguín-. También era rojo y con tres pupilas negras.

– ¿Cuándo te lo enseñó? Ni siquiera yo llegué a verlo.

– Fue cuando tenía que decidir quién cruzaba hasta la isla de Arak para enfrentarse con Togul Barok, si Kratos o yo. Se levantó el parche y me miró con él. No fue una experiencia agradable.

– Según Kalitres, ese ojo es el que ve en el tiempo.

– En los tiempos, más bien. No contemplé mi futuro, sino muchos futuros. Tantos que me cuesta recordarlos todos… Pero en la mayoría de ellos había fuego y destrucción.

– En ese caso, aprovechemos el presente para disfrutar -dijo Kybes-. ¡Rapaza, vuelve a llenarme la copa!

Las palabras de Derguín trajeron a la memoria de Ariel algo que le había contado Kybes al llegar a Narak. Cuando pasaron ante el templo de Manígulat, vieron un enorme relieve pintado que representaba al rey de los dioses agarrando de la barba a un enemigo con una mano y arrojándole el fuego del cielo con la otra.

– Es Manígulat derrotando a su hermano -le había explicado Kybes-. ¿Ves el rostro del dios loco?

– ¿Es que está llorando?

– No. No son lágrimas, sino gotas de sangre, porque Manígulat le acaba de arrancar los ojos.

– ¿Y qué hizo Manígulat con ellos?

– Nadie lo sabe bien. Hay quienes cuentan que los devoró un dragón, pero otros aseguran que unos magos muy poderosos los guardan en los confines del mundo y los utilizan para realizar sus conjuros.

Con aquel recuerdo, la conversación cobraba más sentido. Uno de esos magos debía de ser el hombrecillo al que a veces llamaban Kalitres y a veces Gran Barantán. A Ariel, que le sacaba medio palmo de estatura, no le parecía tan poderoso. Sin embargo, según Darkos, había destruido a uno de los demonios de metal lanzándole rayos del cielo.

El otro mago tenía que ser ese Linar del que Derguín hablaba a menudo.

– ¿Quién tiene el otro ojo? -preguntó Ariel, olvidándose por un momento de su arriesgada e ilícita misión.

Mikhon Tiq la miró como si reparara por primera vez en su presencia.

– No tengo ni idea. Y tampoco sé para qué sirve, si es lo que me vas a preguntar a continuación.

No está diciendo la verdad, pensó Ariel, pero no se atrevió a comentarlo en voz alta.

Derguín y Mikhon Tiq siguieron hablando, mientras Baoyim y Kybes se acurrucaban junto al fuego y se adormilaban poco a poco. A Derguín también se le escapaban amplios bostezos, pero de momento aguantaba despierto.

– ¿No tienes idea de adónde ha podido ir Kalitres? -preguntó a su amigo.

– No ha tenido la delicadeza de comunicármelo. Ha dejado el carromato abandonado, igual que los caballos. Adondequiera que vaya, parece que viaja a pie.

– No llegará muy lejos con esas patas tan cortas.

– Es un Kalagorinor. No lo subestimes.

Derguín soltó una carcajada.

– Perdona, Mikha. No acabo de imaginármelo viajando veloz como el viento, pero supongo que esconde muchas sorpresas. ¿Crees que habrá ido a buscar a Linar?

– Lo ignoro. Se me ocurren dos posibilidades. Una es que viaje a Etemenanki. No parecía tan convencido de que hubieras conseguido matar al Rey Gris.

– Prefiero no hablar de ese asunto -dijo Derguín, repentinamente serio-. ¿Y la otra posibilidad?

– Que se dirija al este, a Zenorta. Si recuerdas, Linar nos contó que no muy lejos de Zenorta se hallaba la ciudad prohibida de la que salió tu antecesor, el primer Zemalnit. Según el mito, en esa ciudad se conservaba parte del poder y la sabiduría de los antiguos, cuando los hombres todavía eran capaces de enfrentarse a los dioses casi en igualdad de condiciones.

– ¿Crees que esa ciudad prohibida existe de verdad?

– Ni siquiera sé si Zenorta sigue existiendo.

Ariel percibió de nuevo que Mikhon Tiq se reservaba información. Su instinto le decía que el Kalagorinor era bueno -siendo tan joven, Ariel todavía dividía el mundo en buenos y malos, sin refinar mayores matices-, pero que se callaba muchas cosas.

– En ese caso -dijo Derguín-, ¿qué debemos hacer nosotros?

– No estoy seguro. Por mí intentaría seguir a Kalitres, pero si se ha marchado sin avisar supongo que no desea compañía.

– ¿Entonces?

– Tu plan de volver a Narak no me parece mal. Quizá pueda acompañarte, al menos un trecho, y conseguir que tu viaje sea más rápido.

Hubo un rato de silencio. Derguín debió de acordarse de Neerya, de sus cadetes asesinados y de la espada que perteneció a su padre, porque se puso melancólico, con la vista absorta en las llamas, apuró la copa de un trago y pidió más vino a Ariel. Al cabo de unos minutos, se le empezaron a cerrar los párpados y la barbilla le cayó sobre el pecho.

Así no tendré que mezclarle esos polvos, pensó Ariel, aliviada.

Mikhon Tiq esperó un rato, con la contera del bastón clavada en el suelo, girándolo entre las manos y absorto en los destellos que la hoguera arrancaba a las esmeraldas. Después se levantó, con la flexibilidad y la aparente falta de esfuerzo de un gato. Ariel había observado que los movimientos del resto de la gente, incluso de personas consideradas gráciles y elegantes, parecían componerse de minúsculos tirones y sacudidas. En cambio, Mikhon Tiq fluía de un sitio o de una posición a otra como si todo su cuerpo fuera una corriente de aire.

Y tan silencioso como el aire se plantó ante ella y se inclinó. A la luz de las llamas, sus ojos oscuros parecían carbones encendidos.

– Sé quién eres, Ariel.

La niña, que estaba en cuclillas, se acurrucó aún más, cruzándose de brazos para disimular que estaba temblando de miedo. Ha descubierto mi plan.

El joven mago le acarició el pelo. Su boca sonrió, pero lo que más tranquilizó a Ariel fue que sus ojos también lo hicieron, y el fuego de sus pupilas ardió con calidez y no como una amenaza.

– Sé que has sido fiel a tu amo. Y también sé que Derguín es algo más que tu amo. Al serle leal y acompañarle en su viaje, ayudaste a que mi cuerpo petrificado no se perdiera. Por eso te doy las gracias, Ariel.

– No tiene importancia, señor.

– Soy Mikha para mis amigos, y espero que tú lo seas.

– Claro, señor.

– Claro, ¿qué?

– Claro…, Mikha.

– Eres hija de poderosos progenitores, Ariel, ¿lo sabes?

– Creo que sí. -Él también se ha enterado de quién es mi madre, pensó.

– Pero no debes dejar que eso imponga tu destino. Pues, por encima de todo, tú serás hija de tus obras.

Sin añadir más, Mikhon Tiq se dio la vuelta y un momento después había desaparecido del templete en ruinas. Ariel se quedó cavilando. Resultaba curioso que alguien que parecía incluso más joven que Derguín le diera consejos como si fuera un anciano.

Pero era de suponer que a los magos no se les podían aplicar las mismas reglas que al resto de los mortales.

Ariel aguardó unos minutos. Kybes y Baoyim se habían quedado dormidos boca arriba y roncaban, él con un estertor largo y profundo, como una sierra cortando leños, y ella con resuellos más breves, separados por rápidas vibraciones de los labios. Al oírla, Ariel tuvo que taparse la boca para no reír, porque aquello le recordaba a las pedorretas que se hacen soplándose en el dorso de la mano.

Derguín no roncaba, pero estaba tumbado de lado y su respiración era lenta y profunda. A su lado tenía a Zemal, guardada en la vaina y al alcance de la mano, pero se había desabrochado el cinturón para estar más cómodo.

Ariel sabía ser silenciosa como un gato, o más bien no entendía por qué el resto de la gente hacía tanto ruido al moverse. De puntillas, se inclinó sobre Derguín. Primero desenganchó el pequeño mosquetón que unía la vaina al cinto. Después agarró el pomo con una mano y la funda de cuero con la otra y se incorporó.

Una pausa.

Kybes y Baoyim seguían roncando. Derguín ni se había movido.

Perdóname, padre. Te la devolveré pronto, y también te devolveré a tu amigo.

Al menos, eso esperaba.

Salió del templete de puntillas, con la espada escondida debajo de un manto. Aunque los días eran calurosos, por la noche refrescaba, y más ahora que empezaba el otoño. Nadie se extrañaría de verla abrigada y con la cabeza cubierta. Recorrió las calles de Nidra a oscuras, esquivando los escombros gracias a la visión nocturna que había desarrollado tras tantos años -reales o mágicos- viviendo dentro de una cueva.

Por el camino se cruzó con una patrulla de guardia. Quizá no le habrían dicho nada, ya que todo el mundo sabía que era la sirvienta del Zemalnit. Pero, por si acaso, se agazapó entre las sombras hasta que pasaron de largo. Contaba con la ventaja de que los soldados se movían en el centro de esferas de luz proyectadas por antorchas y luznagos, mientras que ella se deslizaba en la oscuridad.

Salió una vez más de la cárcava. Pero ahora, en lugar de seguir caminando junto a la pared del Kimalidú, se dirigió al nordeste, hacia el lago de Bórax, tal como le había indicado Ziyam.

No tardó en divisar unos puntos de luz a la orilla del lago. Al acercarse más, comprobó que eran globos de luznago, azules y rojos. A su alrededor había un grupo de gente.

Todas eran mujeres, Atagairas cubiertas por capas pardas. Había ocho, diez o tal vez más. A Ariel no se le daba bien contar, y menos si esas mujeres se movían en la oscuridad y se tapaban unas a otras.

Cuando se encontraba a unos pasos de ellas, se le acercaron Antea y Ziyam. A la primera la reconoció por su estatura y sus andares, y a la segunda porque el luznago rojo que llevaba arrancaba reflejos de fuego de sus cabellos de cobre.

– ¿La has traído? -susurró la reina.

Ariel asintió.

– Enséñanosla.

Antea y Ziyam se juntaron y abrieron las capas como alas para que las demás no pudieran ver a Ariel. Al ver a Zemal, la reina extendió una mano para rozar el pomo, pero la jefa de su guardia le agarró la muñeca.

– Detente, majestad. Dicen que sólo rozar su empuñadura basta para morir convertida en cenizas.

La reina torció el gesto, pero apartó la mano.

– Desenváinala, Ariel.

– ¿Aquí, majestad?

– Sólo un poco. Lo justo para que comprobemos que es la auténtica.

Ariel cerró la mano en torno a la empuñadura y tiró muy despacio. Entre los gavilanes y el brocal metálico que guarnecía la vaina apareció una línea blanca y resplandeciente. Ariel siguió sacando a Zemal hasta mostrar un palmo de hoja. Por los filos saltaban arcos de luz azulada que se cruzaban entre sí y volvían a la espada. El olor a ozono anuló el de la sal que impregnaba el aire. Ziyam acercó de nuevo la mano y la detuvo a medio metro del arma.

– Es la auténtica. Noto cómo la piel se me pone de gallina -añadió, con una risita que a Ariel le pareció absurda-. Puedes guardarla, Ariel. Y hazlo bien. En ello te va la vida. Vamos.

Al acercarse al lago, Ariel pudo contar mejor. Había otras nueve mujeres, que con Antea y Ziyam sumaban once. Vio también, al borde del agua, dos balsas fabricadas con pellejos cosidos y, por el olor, impermeabilizados con grasa de urimelo. Sobre una de ellas había un saco muy abultado que, por el tamaño, debía de contener el cuerpo del Mazo.

¿Adónde pretendían ir con esas balsas? Por lo que sabía Ariel, cruzar el lago de Bórax no las acercaría demasiado a las montañas de Atagaira, que era el lugar donde sospechaba que se dirigían para realizar el ritual que resucitaría al Mazo.

Una mano se posó en su hombro. La niña se volvió.

– Me alegro de verte.

Ariel dio un respingo y retrocedió un paso. La mujer que se acababa de bajar la capucha no era Atagaira. Era más baja y estrecha de hombros que cualquiera de ellas, y tenía una cabellera tan negra que parecía devorar el resplandor de los luznagos como un pozo. Sus ojos rasgados y su barbilla afilada resultaban inconfundibles.

– Madre…

LAGO DE BÓRAX

Ya tenían en su poder la Espada de Fuego! Había sido mucho más fácil de lo previsto, sobre todo porque Ziyam no había tenido que arriesgarse personalmente. Cuando vio el resplandor de la hoja asomando de la vaina y sintió la corriente que electrizaba el aire, trató de imaginarse la tortura que experimentaría Derguín al despertar y descubrir que se la habían robado.

El mismo tormento que sufro yo por su culpa.

Sin embargo, al pensar en él ahora parecía que todo amor y anhelo habían desaparecido. Ya ni siquiera quedaba odio. Tan sólo indiferencia. Como si el turbión de pasiones que la había poseído sólo hubiese estado encaminado a conseguir la Espada de Fuego.

Mejor que fuera así. Ojalá que fuera así. Si el enamoramiento que cantaban las poetisas consistía en ese sinvivir que había sufrido, prefería no volver a caer en las garras de tal enfermedad.

Aunque, en el fondo de su conciencia, algo le decía que había caído en otro mal más siniestro e insidioso. La llamada de la máscara.

Después de la primera ocasión, había cedido dos veces más a su reclamo, pese a que cuando se la acercaba a la cara no podía evitar la horrenda visión de un espejo que le mostraba su rostro como una calavera con repugnantes colgajos de carne adheridos.

Pero la pulsión era demasiado poderosa, como un abismo que la invitara a arrojarse a él o una hoguera cuyas llamas le canturrearan irresistibles: Mete la mano, siente nuestra caricia… Además, se argüía, a ella le había quitado la cicatriz. Eso significaba que no podía hacerle lo mismo que a Yibul Vanash, que el numen que se comunicaba con ella a través de la máscara no pretendía destruir ni su semblante ni su espíritu.

En su segundo contacto, a solas con Antea en la gruta, había visto durante unos segundos el lugar del que provenía la voz. Era una vasta cúpula alumbrada por luces fantasmales, por ríos fosforescentes que flotaban en su centro dibujando anillos imposibles y rodeando un cilindro negro del que brotaban a la vez la llamada y una amenaza oscura y seductora. Debes abrir el cilindro. Sácame de mi prisión, despiértame de esta pesadilla y te daré lo que anhelas. Todo lo que anhelas.

Tan sólo unas horas después había vuelto a recaer. Esta vez había contemplado una gran bahía en forma de C, rodeada por altos acantilados rojizos y ocupada por una ciudad cuyos edificios crecían no sólo junto al mar, sino adheridos a cualquier superficie que le ofrecían las paredes, oportunistas como mejillones adosados a las rocas.

Sigue mis sueños, búscame aquí y lo tendrás todo. Yo sé recompensar a quienes me son fieles, mujer.

Ambas visiones habían sido muy breves: Antea no permitía tan siquiera que la arena del reloj llenara media ampolleta. Cada vez que le quitaba la máscara, Ziyam reaccionaba con más rabia. Había llegado al extremo de abofetear a la jefa de las Teburashi para que le devolviera la grotesca careta, mientras Antea la levantaba sobre su cabeza estirando los brazos y

manteniéndola fuera de su alcance.

Cuando Ziyam dejó de saltar como una niña para arrebatarle la máscara y se aburrió de propinarle patadas en las espinillas, Antea le preguntó:

– Con todo respeto, majestad, ¿tan maravillosas son las visiones que contemplas al ponerte este trozo de madera en la cara?

– ¿Trozo de madera? No entiendes nada. -Ziyam respiró hondo y trató de controlarse-. Lo entenderías si tú misma te la pusieras, pero…

– Creo que es mejor que no lo haga, majestad.

– ¡Por supuesto que no! La máscara me pertenece.

O yo empiezo a pertenecerle a ella, se dijo, sin saber que Derguín había comentado algo parecido de la Espada de Fuego. Pues tal era la virtud de los objetos fabricados por los antiguos dioses.

¿Cómo explicarle a la leal pero obtusa Antea que, cuando se ponía la máscara, las visiones que recibía eran infinitamente más sólidas y reales que las que le ofrecían sus propios ojos? ¿Que veía colores que no sabía que existían, formas que se escondían dentro de las formas? ¿Que sentía que se asomaba a un gran vacío que no era un abismo, sino la infinitud del conocimiento absoluto?

Y el conocimiento era a la vez poder y placer. Las dos drogas más adictivas del universo. ¿Cómo explicar eso, cómo resistirse a ese reclamo?

La voz de Antea la sacó de su ensimismamiento.

– Ya tienes el arma y también tienes la máscara, majestad. ¿Adónde se supone que nos dirigimos ahora?

– No es tu misión hacer preguntas.

– Castígame si quieres, pero mi misión es protegerte de todo mal, aunque sea de ti misma. -Antea había subido la voz, pero al darse cuenta de que las demás guerreras intentaban escucharla volvió a bajarla-. Eres nuestra reina. Tu sitio está en Atagaira.

– Mi lugar está donde yo decida. Demasiado tiempo he hecho lo que otras querían.

– Ser reina no consiste en hacer lo que se quiere en cada momento, majestad. Tienes responsabilidades con tus súbditas. Debes hacer justicia, repartir cargos para cubrir las bajas y ratificar herencias, renovar el feudo con Pabsha, asegurar la prosperidad…

Ziyam interrumpió aquella retahíla con una bofetada.

– ¡Deja de sermonearme!

Antea mostró los dientes durante un segundo, como un mastín a punto de morder. Después agachó la cabeza y dijo:

– Es tu debilidad la que me abofetea, majestad. La verdadera fuerza no necesita mostrarse. Es como Zemal. Le basta estar guardada en su funda para que percibamos su poder.

Ziyam respiró hondo, hasta sentir que el aire llegaba al fondo de sus pulmones, y después lo exhaló. Antea era una carga que había heredado de su madre, tenía el fastidioso hábito de decir lo que pensaba y, todavía peor, la nefasta costumbre de pensar de manera opuesta a Ziyam. Pero también era una mujer fuerte y capaz que, por ahora, le resultaba útil.

Le puso la mano en la barbilla y la obligó a mirarla a la cara. Sabía que, cuando fijaba los ojos en otra persona abriéndolos mucho y sin parpadear, su interlocutor solía creer que era sincera.

– Perdóname por lo que acabo de hacer, Antea. No voy a explicarte por qué. Pero te ruego que aceptes mi palabra cuando te digo que el viaje que vamos a hacer es muy importante.

– Majestad, siempre aceptaré tu palabra. Pero mi misión es ver problemas y peligros y aconsejarte.

Tu misión es darme la razón, por lo menos de vez en cuando, pensó Ziyam, pero se mordió la lengua.

– ¿Qué peligros ves ahora?

– Sólo llevas unos días reinando. Es posible que alguna de las marquesas crea que eres joven y débil y que puede aprovechar el momento para usurparte el trono. Si te ausentas…

– La marquesa de Faretra será una buena regente. Pero si a ella o a cualquier otra, o a todas juntas, se les ocurre aprovecharse de mi ausencia, descubrirán para su pesar que cuando regrese lo haré con mucho más poder del que puedan alcanzar a soñar. Muchísimo más poder. ¿Eres capaz de entenderlo?

Antea parecía reacia a dar su brazo a torcer. Pero en ese momento las llamó Tríane.

– ¡Venid ya! ¡Ha llegado el momento de partir!

La extraña mujer se acercó a la orilla hasta introducir los pies descalzos en el agua y empezó a salmodiar algo en un idioma que despertó reminiscencias en Ziyam. ¿No era acaso la lengua en que Iluanka habló dentro de su cabeza cuando tenía quince años y sufrió la ordalía que la convirtió en guerrera? Pero en aquella ocasión Ziyam comprendió sus palabras, y ahora aquel idioma le resultaba una jerigonza ininteligible.

Un viento seco y frío que venía del norte hacía ondear los faldones de las capas y rizaba la superficie del lago. Pero a un par de metros de la orilla, cerca de una gran roca, se formó un círculo de quietud perfecta, un remanso que más parecía un cristal. Tríane bajó las manos, y el círculo empezó a hundirse por el centro formando una concavidad cada vez más profunda, como si una gran esfera invisible flotara en la superficie del lago y se hundiera poco a poco.

– Tu madre siempre decía que tratar con hechiceras es de insensatas – murmuró Antea casi al oído de Ziyam. Las demás Atagairas habían retrocedido unos pasos, apartándose del agua, y contenían el aliento. La única que no parecía sorprendida era Ariel.

Lógico, pensó Ziyam. Tríane era su madre. ¿Qué mezcla habría heredado la pequeña diablilla del Zemalnit y de aquella ninfa que se jactaba de dominar el reino de las aguas?

La superficie siguió hundiéndose. El hueco se convirtió en un semicilindro que se alargó hasta llegar por un lado a la orilla donde estaban las Atagairas y por el otro hasta la roca que cerraba la cala en su parte oeste. Finalmente, las aguas de la pequeña ensenada quedaron divididas a derecha e izquierda por un pasillo que llegaba hasta el fondo del lago. Al retirarse, dejaron al descubierto un gran agujero circular excavado en la roca, oculto hasta entonces bajo la superficie.

– Ése es el túnel que nos llevará a nuestro destino -anunció Tríane.

Algunas guerreras murmuraron entre sí e hicieron gestos apotropaicos.

Aunque Ziyam las había seleccionado por su lealtad y su disciplina a rajatabla, se las veía más asustadas que cuando tuvieron que cargar contra los Glabros. Al menos, a los pájaros del terror los tenían a la vista y sabían qué podían esperar de ellos, mientras que ahora se enfrentaban a lo desconocido.

Es el momento de dar ejemplo. Bajó hasta la orilla y, antes incluso que Tríane, caminó por aquel pasaje sobrenatural que se había abierto en las aguas del lago.

– ¡Ya habéis visto a vuestra reina! -exclamó Antea-. ¡Coged las balsas y seguidla!

Dos de las guerreras levantaron en vilo una de las balsas, mientras que para transportar la otra, en la que iba el cuerpo del Mazo, hicieron falta seis. Ziyam siguió adelante sin mirar atrás, pero cuando llegó a la boca del túnel, un círculo perfecto de dos metros de diámetro, se detuvo.

– Haces bien -le dijo Tríane-. Sólo una necia hace de guía en un terreno que desconoce.

– ¿Y tú? ¿Sabes adónde nos llevas?

– ¿Sabes orientarte tú en las montañas de Atagaira? -Sin esperar respuesta, Tríane atravesó la boca del túnel. A pocos pasos la siguió Ariel, que no parecía dar albricias por el reencuentro con su madre, pero tampoco se separaba de ella.

Ziyam se decidió a entrar, con el luznago rojo en la mano izquierda y la diestra apoyada en el pomo de la espada.

El túnel tenía corte circular, como la entrada, y bajaba hacia la oscuridad en una suave pendiente. Las paredes se veían tan lisas como en las galerías más antiguas de Acruria, excavadas en la montaña del Kisel hacía ya varias centurias. Cuando Derguín preguntó a Ziyam cómo habían logrado tallar la roca con tal perfección que al deslizar la mano no se notaba la menor arista ni rugosidad, ella le había contestado: Noshir.

Noshir significaba algo de lo que no se hablaba. El Zemalnit había llegado a creer que querían ocultarle aquel secreto porque se trataba de un tabú para los extranjeros. Pero si las Atagairas no hablaban de ello era porque se negaban a reconocer que habían olvidado el secreto de labrar la roca de aquella manera. Según las consejas que contaban las abuelas, sus antepasadas conocían la técnica de fundir la piedra con antorchas mágicas, aunque otras historias aseguraban que quienes habían horadado aquellas galerías eran pequeños vástagos de la dragona Iluanka.

Al parecer, tales artes no eran privativas de las Atagairas. Ahora estaban caminando por una prueba evidente.

Habían avanzado unos quince metros cuando encontraron agua en el fondo del túnel. El agua brotaba de una rejilla metálica y fluía siguiendo la pendiente natural de la galería.

– Ya podéis botar las balsas. A partir de aquí navegaremos hasta nuestro destino -dijo Tríane.

– Las mujeres querrían saber cuál es, majestad -susurró Antea.

– Lo sabrán cuando llegue el momento -contestó Ziyam.

Las Atagairas estaban acostumbradas a vivir en cuevas y túneles, y rehuían la luz del sol siempre que podían. Pero Ziyam no sabía cómo reaccionarían si les confesaba que las aguardaba un viaje de más de mil kilómetros bajo la superficie de la tierra. Pues las visiones que le había enviado la máscara sólo podían corresponderse con una ciudad de Tramórea: Narak.

RUINAS DE NIDRA

¡La espada!

Derguín despertó de golpe y se incorporó sobresaltado. Las brasas apenas emitían un tenue resplandor. Su mano palpó a la derecha, buscando la familiar empuñadura de Zemal.

No estaba allí.

La había visto en su sueño. Era como si hubiese mirado a través de los minúsculos ojos de la cabeza tallada en el pomo. Muchas sombras a su alrededor y una superficie plana y oscura en la que se reflejaban las estrellas y el Cinturón de Zenort.

Tenía que ser una pesadilla. Nadie podía coger la Espada de Fuego, y menos guardándola él tan cerca de su cuerpo. Había un candil apoyado en una pared, pero tenía demasiada prisa y estaba demasiado nervioso para entretenerse encendiendo fuego. Tomó el globo de papel de seda en el que dormitaba el luznago y lo zarandeó hasta despertar al insecto. Su resplandor azul se avivó poco a poco y alumbró la estancia.

Baoyim se tapó los ojos y empezó a removerse. Kybes siguió roncando panza arriba, con la boca abierta.

La manta de Ariel estaba extendida en el suelo, pero la niña no se encontraba ni encima ni debajo de ella. Tampoco había rastro de Zemal.

Una de las cosas que Derguín había aprendido del maestro que le enseñó las primeras letras y números en Zirna era que dos y dos siempre suman cuatro. En la historia conocida de la Espada de Fuego, sólo una persona que no fuera el legítimo Zemalnit la había empuñado y sobrevivido para contarlo. O más bien, para no contarlo, ya que Derguín se lo había prohibido de forma tajante.

Y esa persona era la pequeña Ariel.

Nunca le había puesto la mano encima, pero ahora empezó a mascullar que le iba a despellejar el trasero, que le iba a cortar la melena al cero y amenazas similares. Cogió las botas para ponérselas, pero incluso en su impaciencia recordó que antes había que darles la vuelta y hurgarlas con un palo. El calzado humano era uno de los dormitorios favoritos de las tarántulas y escorpiones que infestaban la zona.

Mientras tanto, la Atagaira se incorporó, se frotó las sienes refunfuñando entre dientes, buscó el botijo y le dio un buen trago. Quien con vino se acuesta, con agua se levanta, pensó Derguín, pero no se hallaba de humor para decirlo en voz alta.

– Sigue durmiendo, Baoyim. No pasa nada.

– Cualquiera lo diría, tah Derguín. Parece que te hubiera picado una avispa. ¿Te ayudo?

– No, gracias. -Era la segunda vez que se le escapaba la lazada de la bota izquierda. Por fin, consiguió anudarla y se puso en pie-. Ya te he dicho que sigas durmiendo. Es noche cerrada.

Aunque Baoyim no fuera observadora, que lo era, se habría dado cuenta de que la espada que Derguín se ató a la cintura era un sable de Tahedo de

hoja curva.

– ¿Dónde está Zemal?

Derguín respiró hondo y trató de serenarse. El pánico empezaba a apoderarse de él y un sudor helado le corría por la frente y la espalda. ¿Que dónde está Zemal? Eso es lo que yo quisiera saber.

– Se la he dejado a Ariel para un recado.

– ¿Para qué clase de recado se puede usar esa espada?

Baoyim ignoraba que Ariel había utilizado a Zemal en el bosque de los inhumanos. Nadie lo sabía más que ellos dos. O eso creía Derguín hasta ahora.

Cerró los ojos y trató de concentrarse en el sueño, si es que era un sueño y no una visión. Esa superficie lisa como un espejo… Sólo podía ser agua.

– ¡El lago de Bórax!

Baoyim se había calzado sus propias botas y ya estaba en pie, un poco tambaleante.

– ¿Qué ha ocurrido, tah Derguín? ¿Es que Ariel te ha robado la espada? Eso es imposible.

– Debería serlo. Pero Zemal no está. Debo ir al lago.

– ¡Te acompaño!

– No hace falta.

– No te estoy pidiendo permiso, tah Derguín. -Baoyim levantó del suelo el peto, que tintineó como una cascada de monedas, y se lo echó por encima de los hombros-. Ayúdame a abrochármelo -añadió, ofreciéndole la espalda a Derguín-. ¿Despertamos a Kybes?

– No. Cuantas menos personas sepan lo que ha pasado, mejor. Tenemos que solucionar esto cuanto antes.

Derguín se dio cuenta de que estaba hablando muy rápido, tanto que casi tartamudeaba. Controla el miedo, se dijo, recordando un adagio de Uhdanfiún, o tu miedo será el dueño de tus acciones.

– Ponte tu armadura, tah Derguín -le dijo Baoyim.

– No tengo tiempo para eso ahora.

– Sin Zemal eres más vulnerable, y no sabemos qué está pasando. Podría ser una trampa. Recuerda que tienes enemigos. Que ambos tenemos enemigos.

Ziyam, pensó Derguín. Sí, tal vez era mejor perder unos minutos poniéndose la extraña armadura que le había servido para comunicarse con los inhumanos de Iyam.

Cuando terminaron, Kybes seguía roncando con tanto estrépito como un aserradero a pleno funcionamiento. Lo dejaron allí y salieron del edificio. Al atravesar las ruinas se cruzaron con una patrulla de vigilancia. Derguín prefirió no preguntar si habían visto a Ariel. Además, sabía que la niña podía ser sigilosa y huidiza como un duende.

– ¿Vamos a buscar mi yegua, tah Derguín?

– No. Si vamos a las caballerizas a estas horas organizaremos mucho revuelo.

Recorrieron la pequeña explanada delimitada por las paredes de la cárcava, un espacio en forma de U que antes de la batalla Kratos había bautizado como «la Palestra». Dejaron atrás los llamados «Cuernos» y salieron a la llanura por la que en época de lluvias corría el Argatul, que ahora de río sólo tenía el nombre.

A unos doscientos metros al norte se hallaba el antiguo campamento del Martal, donde durante los últimos días se habían acantonado las Atagairas. Se veían más luces de lo normal a esas horas de la noche y se oían voces, ruidos metálicos y relinchos.

– Están recogiendo el campamento -dijo Derguín-. ¿Lo tenían previsto para esta noche?

– No que yo sepa -respondió Baoyim-. Aunque no es que mis hermanas estén muy comunicativas conmigo últimamente.

No puede ser casualidad que se marchen sin decir nada justo la noche en que desaparece Zemal, pensó Derguín. Todo apuntaba a Ziyam.

Pero la visión le había mostrado el lago de Bórax, de modo que dejaron el campamento a su izquierda y se dirigieron al este.

– ¿Qué tal ves en la oscuridad, Baoyim?

– Me temo que poco mejor que tú.

Baoyim, una mutante entre las suyas, gozaba de la ventaja de no tener que cubrirse de día: su cabello, sus cejas y sus ojos eran oscuros y su piel se bronceaba bajo el sol. Como contrapartida, no era nictálope como el resto de las Atagairas.

Aunque lo agobiaba, Derguín decidió ponerse el yelmo. Tras el visor, las líneas del Maular dejaron de ser vagas sombras y se convirtieron en perfiles nítidos y recortados contra el negro del firmamento.

No tardó en encontrar huellas que a través del cristal se veían anaranjadas. Las pisadas correspondían a unos pies pequeños y cambiaban de separación a ratos: quien las había dejado alternaba entre caminar y correr.

Derguín se volvió hacia Baoyim. Con el visor aparecía pintada de colores extraños: la cara y las manos rojas, el pelo verdoso, el manto prácticamente azul. Comprendió que el casco captaba la temperatura. Si las huellas se veían anaranjadas, eso debía significar que eran lo bastante recientes para conservar el calor de su dueño. O, más bien, de su dueña.

En ese momento oyó el tamborileo de unos cascos y un familiar gorjeo. Se dio la vuelta y vio a Riamar. El unicornio no dormía en las caballerizas: Derguín lo dejaba libre para que pudiera vagar adonde se le antojase.

Tras el visor, su cuerpo blanco aparecía bañado en fantasmales tonos rojizos y amarillos, y el cuerno normalmente invisible brillaba como un retorcido estoque azul.

– Gracias, Riamar -dijo Derguín, palmeando el lomo del unicornio-. Contigo viajaremos más rápido.

Baoyim lo ayudó a montar, y luego Derguín le dio la mano a ella para que la Atagaira pudiera trepar, ya que el unicornio no llevaba silla ni estribos. Riamar arrancó en un ágil trote hacia el nordeste, siguiendo las indicaciones de Derguín.

No tardaron en llegar al lago. Allí, en una cala de orillas empinadas, Derguín encontró muchas más huellas. Baoyim seguía sin verlas, hasta que Derguín le prestó el casco.

– ¡Esto es cosa de brujería! -exclamó la Atagaira, que se dedicó a mirar en derredor para admirar el paisaje en esos nuevos tonos. Después se volvió hacia Derguín-. Es curioso, tu cara se ve roja, pero la armadura es completamente negra, como si ni siquiera existiera.

– Observa las huellas, por favor. ¿Reconoces el calzado?

Baoyim se agachó, sujetando el casco para que no se le moviera.

– Son botas de montar, y diría que de las nuestras.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque están mucho mejor fabricadas que las tuyas o las de la Horda… y tienen más tacón.

– Ya.

– Espera. También hay unos pies descalzos. No mucho más grandes que los de Ariel. O es un chico joven, o una mujer.

– ¿Cuántas pisadas distintas dirías que hay?

– No soy rastreadora, tah Derguín. Las huellas están muy mezcladas. Pueden ser cinco, diez, veinte, qué sé yo.

También encontraron señales de dos objetos anchos que habían sido arrastrados hasta el agua, uno más pesado que otro a juzgar por la profundidad del surco.

– Deben de ser dos barcas -dijo Baoyim, pasándole el casco a Derguín.

– O más bien balsas. El fondo es plano, sin marca de quilla. Si han cruzado el lago…

– Tendrán que haber desembarcado en algún otro sitio, y allí habrán vuelto a dejar huellas. El lago no es tan grande, tah Derguín. Podemos rodearlo.

En realidad, debía de tener cerca de treinta kilómetros de circunferencia, pero a lomos de Riamar no tardaron más de tres horas en recorrer sus orillas. Aunque se iban turnando con el yelmo, no hallaron más pisadas. La única muestra de vida eran algunos flamencos que dormitaban apoyados en una sola pata. A través del cristal se veían prácticamente tan rosados como a la luz del día.

Cuando llegaron de nuevo a la cala, las pisadas ya se veían de un tenue color verdoso que empezaba a confundirse con el suelo.

– Nos hemos saltado algo -dijo Derguín-. Tiene que haber huellas en algún otro lugar. En el lago no estaban, y no pueden haber desaparecido sin dejar rastro.

– No nos hemos saltado nada, tah Derguín. La magia de tu yelmo es poderosa. Si hubiesen dejado más huellas, nos las habría revelado.

– ¿Por qué me ha hecho eso? No puedo creerlo. Ariel…

– Esto es cosa de Ziyam -dijo Baoyim-. Podría haberlo dudado si no hubiera visto las pisadas de esas botas.

– Yo también lo sospecho. Pero ¿por qué habrá accedido Ariel a seguirle el juego?

No podía creer que Ariel lo hubiera traicionado. Sus nervios se tensaban más a cada instante, como cuerdas de arco. Ya había estado una semana sin Zemal, y había sido una enfermedad, con fiebres, insomnio, vómitos y temblores. De pensar en lo que le esperaba, los síntomas se le empezaban a agravar.

– ¿Qué vas a hacer ahora, tah Derguín?

– De momento, no decir nada a nadie.

– Por mi parte, mis labios están sellados. Pero deberías buscar algún sustituto para Zemal. O al menos para su empuñadura.

Derguín asintió. Ya lo había pensado.

Cuando regresaron a las inmediaciones del Kimalidú, las Atagairas ya habían terminado de levantar el campamento, en el que habían dejado abandonadas muchas tiendas. Demasiadas prisas, pensó Derguín. Al norte se veía una hilera de luces que subía por la ladera del Maular como una interminable procesión de luciérnagas.

– Debe de ser la retaguardia -dijo Baoyim.

– Vamos allá. Tengo que hablar con Ziyam.

– ¿Crees que es buena idea? No tienes a Zemal…

– Soy bien consciente de ello, no hace falta que me lo recuerdes. -Derguín tragó saliva y trató de respirar hondo, llenando el abdomen. Pero le costaba inspirar más que unas bocanadas de aire-. Lo siento, Baoyim.

– No importa, tah Derguín. Yo también estaría alterada si me hubieran… robado algo tan valioso.

– Es peor de lo que crees. Me contaste que en Atagaira hay mujeres tan adictas a la queruba que si dejan de masticarla un solo día sufren convulsiones y les salen espumarajos por la boca. Zemal es una droga mucho peor. Si no la recupero pronto, vas a ver cosas que no te gustarán.

Baoyim le rodeó el cuerpo con los brazos. Era el contacto más íntimo que podía conseguir, blindados como iban ambos.

– Soy tu portaestandarte, Zemalnit. Hagas lo que hagas, cabalgaré contigo hasta el fin del mundo y más allá.

Algo le dijo a Derguín que tal vez la Atagaira tendría que cumplir su promesa.

La caravana había tomado un sendero angosto pero poco empinado para ascender a la meseta que las llevaría hasta las montañas de su patria. Aun cargado con Baoyim, con Derguín y con las armaduras de ambos, Riamar subió ágilmente la misma ladera por la que había cargado contra los pájaros del terror, y así adelantó a la retaguardia de las Atagairas.

Una vez coronaron la cresta del Maular, siguieron galopando y preguntando a las unidades que se encontraban a su paso. Por lo que les dijeron, como ya sospechaba Baoyim, el batallón de Acruria viajaba en segundo lugar, mientras que las guerreras de la marca de Bruma cabalgaban en vanguardia por si surgía algún peligro.

Infatigable, Riamar siguió adelantando unidades, hasta que llegaron al segundo batallón de marcha. Allí, una oficial del Teburash informó a Derguín de que la reina estaba indispuesta y viajaba en el mismo carruaje cerrado que transportaba el féretro de la difunta Tanaquil.

– Necesito hablar con ella.

– Es imposible, Zemalnit. La reina ha dado orden de que nadie la moleste. Nadie te incluye a ti.

De haber tenido la Espada de Fuego, Derguín se las habría arreglado para saltarse esa orden. Evidentemente, en tal caso no se habría molestado en perseguir a la caravana de las Atagairas en una noche sin lunas.

– Esto me huele muy raro -comentó, mientras se apartaban del convoy y desmontaban para descansar un rato-. ¿La reina viajando en carro?

– Nuestra Nenúfar siempre fue muy delicada. ¿Has oído el relato de la princesa que durmió sobre siete colchones y aun así notó el garbanzo que le habían puesto debajo?

Derguín conocía el cuento, pero meneó la cabeza.

– No creo que sea eso. La he visto cabalgar a la batalla. Sabe ser dura cuando quiere. Creo que no viaja con la caravana. Se dirige a algún otro sitio.

– ¿Por qué? ¿Qué podría pretender?

– No tengo ni idea. ¿Convertirse en una especie de Zemalnit a través de Ariel?

Mientras circunvalaban el lago, Derguín le había confesado a Baoyim lo que pasó en aquel bosque de Iyam cuando Ariel empuñó la espada.

– Deberíamos regresar, tah Derguín. De momento, no podemos hacer nada más.

Baoyim llevaba razón. Lo único que podía esperar Derguín era que Ariel volviese a desenvainar la Espada de Fuego. Tal vez así recibiría alguna pista de su paradero.

Por desgracia, eso tardaría varios días en ocurrir. Y para entonces ya no habría modo de detener el desastre.

UN RÍO SUBTERRÁNEO

Por eso quieres acompañarme? -preguntó Ziyam-. ¿Para vengarte de esa mujer?

Ariel había estado soñando con Narak. Era de nuevo su primer día en la ciudad, cuando conoció a Derguín y se coló en su casa haciendo equilibrios sobre un alféizar alargado que colgaba sobre el abismo. En el sueño, sus pies resbalaban y ella caía al vacío gritando, pero cuando estaba a punto de chocar con las rocas, extendía los brazos y alzaba el vuelo como un águila.

Entreabrió los ojos, pero los volvió a cerrar al ver que su madre y Ziyam estaban hablando a proa. Mejor seguir haciéndose la dormida en el fondo de la balsa y descubrir qué tramaban ambas.

– Neerya no es rival para mí -respondió Tríane.

Por eso he soñado con Narak y la casa de mi padre, pensó Ariel. Había conocido a Neerya precisamente ese día. Al oír su nombre debía haberlo incorporado en su entresueño.

– Pero él te amenazó con Zemal para que juraras no hacerle daño -dijo Ziyam.

– No hacerle daño a ninguna mujer que lo tocara, no a ella en particular. Algo que a ti te vino de perlas para fornicar con él.

– Debes dirigirte a la reina como «majestad» -dijo Antea, que bogaba a popa. Las balsas bajaban por sí solas arrastradas por la corriente, ya que aquel túnel inacabable tenía un ligero desnivel. Pero remar aceleraba el viaje y además ofrecía algo que hacer, por tedioso que fuese.

No es buena idea hablarle así a mi madre, pensó Ariel. Ziyam debió opinar lo mismo, porque dijo:

– Tranquila, mi fiel Teburashi. Tríane y yo somos viejas amigas y entre nosotras no existen protocolos ni secretos.

¿Será verdad?, pensó Ariel. Claro, por eso Ziyam sabía que ella era hija de Derguín. Pero ¿cuándo podían haberse conocido ambas?

Las dos mujeres siguieron hablando un rato, en voz más baja. Ariel hizo como que se rebullía en sueños para acercarse un poco más y oírlas mejor.

– … una suerte que encontraras la máscara -decía su madre-. Pero debes usarla con cuidado.

– Eso lo sé, no es necesario que todas me advirtáis a cada momento. No soy tan estúpida. Pero has dicho que era una suerte. ¿Por qué?

– La partida de ajedrez ha empezado. Iba a ocurrir de todas formas, pero Derguín ha acelerado las cosas matando al Rey Gris.

– El hechicero de Etemenanki…

– Ahora los dioses regresarán, furiosos porque durante siglos no se les ha permitido inmiscuirse en los asuntos de Tramórea. Ellos son jugadores muy poderosos, pero no los únicos.

– ¿Quién más está en la partida?

– El rey oscuro está despertando. De una forma o de otra, no tardará en salir de su encierro. No será su hermano Manígulat quien lo libere, pero entre los dioses hay muchas facciones. De hecho, cada dios es una facción en sí, así que no faltará quien traicione a Manígulat y decida liberar a Tubilok.

– Tubilok es… el que habla a través de la máscara.

– Así es. El rey oscuro, el dios loco, el señor de la puerta del tiempo, el que todo lo quiere saber. De muchas maneras se le conoce.

– ¿Eres seguidora suya?

– No soy seguidora de nadie. Pero sé que, en la eterna rueda del tiempo, vuelve a llegar el turno de que él mande. Así ha sido en el pasado y así volverá a ser en el futuro. Ahora, si nosotras le ayudamos, cuando llegue el nuevo reparto nos encontraremos en una posición privilegiada.

El dios loco, pensó Ariel. Si se despertaba, seguramente lo haría muy enfadado con quienes le habían robado los tres ojos. No se imaginaba al menudo Kalitres enfrentándose a un ser tan siniestro y, al parecer, tan poderoso.

– Tus Atagairas también pueden aprovecharse -prosiguió Tríane-. Se avecina la destrucción de los reinos de los hombres, tanto de los nuevos como de los más antiguos. Ni siquiera Tártara resistirá esta vez.

– Tártara. No había oído ese nombre en mi vida.

– Pero un reino de mujeres sería otra cosa -prosiguió Tríane, como si no hubiera oído a Ziyam, con lo cual dejó a Ariel con la curiosidad de saber qué o quién era Tártara-. Aunque a Tubilok lo llamen «loco», en el pasado era el más inteligente de los dioses y se podía negociar con él.

– ¿Quién eres tú, Tríane? ¿Por qué sabes todas esas cosas?

No te lo va a decir, pensó Ariel. Corroborando su sospecha, Tríane respondió:

– Mi identidad carece de importancia, majestad. Todo lo que necesitas saber de mí es que te conviene estar en mi mismo bando.

Ariel sintió un pie descalzo que le rozaba el cuello. Esos dedos tan finos y suaves eran inconfundibles.

– ¡Deja de hacerte la dormida, perillana! -le dijo su madre-. Sé que llevas un rato escuchándonos.

Ariel se incorporó frotándose los ojos y fingiendo un gran bostezo que, incluso antes de cerrar la boca, supo que no había sido demasiado convincente.

– No he oído nada, madre. Estaba soñando con Narak -dijo, mintiendo sólo en parte.

– Allí nos vendrás muy bien. Las ciudades no me gustan. Tú serás nuestra guía. -Tríane le rodeó el hombro y la apretó contra su cuerpo. Ariel le devolvió el abrazo y enterró la nariz en su cuello. Le encantaba aquel olor a flores frescas de estanque y a lluvia recién caída.

– Cuando esto acabe, le devolveremos la espada a mi padre, ¿verdad?

– Claro que sí, hija -respondió Tríane, acariciándole el pelo y besándola en el cuello-. Claro que sí.

3 DE BILDANIL

MÍGRANZ

El heraldo no tardó en averiguar por qué los propios oficiales de su batallón habían arrojado a Grondo por la ventana. El principal motivo era la frustración, sobre todo contra ellos mismos, que se sentían furiosos y engañados por haber seguido su consejo y quedarse en Mígranz en lugar de acompañar al resto de la Horda Roja en su aventura en el sur.

El cayán que el heraldo había visto sobrevolar el patio era el segundo que recibían ese mismo día. El primero les había informado de la inesperada victoria de sus hermanos Invictos en un lugar lejano conocido como la Roca de Sangre. Hasta las tierras del Norte habían llegado noticias del devastador avance del Martal, una hueste innumerable de salvajes Aifolu ayudados por enormes aves antropófagas y demonios de pesadilla, que arrasaban las ciudades a su paso y asesinaban a todos sus habitantes.

Los Invictos, mandados por Kratos May, habían derrotado a los Aifolu. Superados diez a uno, los habían aniquilado, y el Martal era ya sólo un nombre de pesadilla que se utilizaría en el futuro para asustar a los niños.

Aquella noticia no había alegrado demasiado a los oficiales reunidos con Grondo. En lugar de compartir la gloria y el botín con Kratos y sus hombres, se veían encerrados en Mígranz, con miles de refugiados que sólo les servían de estorbo y rodeados por un ejército que no los decuplicaba, sino que los superaba treinta a uno.

Para colmo, el segundo cayán les había traído la respuesta de Kratos a su petición de auxilio. En ella, se lamentaba de no poder ayudar a sus hermanos y les recomendaba que se rindieran con la condición de que los Trisios les dejaran salir de Mígranz provistos de armas y alimentos y dirigirse al sur. «Donde os esperamos con los brazos abiertos», añadía el Tahedorán.

Aunque todos aquellos oficiales habían tenido la oportunidad de acompañar al duque Forcas y la habían rechazado, la memoria humana es frágil, o más bien creativa, y se convencieron a sí mismos de que era Grondo quien los había persuadido, engañado o incluso obligado a permanecer en Mígranz. Resultaba más fácil culpar a una sola persona que a veinte -o a mil, pues todos los soldados que quedaron atrás lo habían hecho por propia voluntad-, de modo que eligieron a su general como chivo expiatorio y lo depusieron por el expeditivo procedimiento de la defenestración.

Aun siendo algo que atentaba contra sus principios, ya que la Horda siempre se había considerado autosuficiente, los defensores de Mígranz suplicaron ayuda a Áinar enviando no un cayán, sino tres, por si alguno caía en las garras de un águila o un halcón. Para reforzar su petición, eligieron como nuevo general a un Ainari natural de Tíshipan llamado Trekos, como el río que desembocaba en su ciudad.

Mientras aguardaban la respuesta, Trekos y cinco oficiales más recibieron al heraldo en la sala de consejos. Ese día soplaba el viento y, como no tenían medios ni tiempo de reparar la vidriera, habían cubierto la ventana rota con una pantalla de pergamino que se hinchaba y flameaba con el aire, produciendo un repiqueteo constante que no contribuía a calmar los nervios de los presentes.

– Escúchanos, heraldo -dijo Trekos, sentado en un sitial que le venía grande en todos los sentidos: las puntas de sus pies apenas rozaban el suelo-. Transmítele a tu amo Ilam-Jayn nuestras condiciones. Que se retire dos jornadas de camino al norte de Mígranz. Nosotros recogeremos nuestra impedimenta, nos llevaremos la mitad de las provisiones que hay en los graneros, un arma por soldado y una bestia por cada diez hombres y nos marcharemos, dejando la fortaleza intacta para uso de tu señor.

– Os he escuchado por cortesía y porque no me cuesta nada -contestó el emisario-, pero no es a escuchar a lo que he venido.

– ¡Contén tu lengua si no quieres que te la corte! -dijo uno de los oficiales, desenvainando un cuchillo. Desde el sitial, Trekos lo contuvo con un gesto. El general estaba muy pálido: era evidente que sabía que su propuesta no era más que una baladronada que no podía prosperar.

– Éstas son las condiciones de Ilam-Jayn, que nunca ha sido ni será mi amo -dijo el heraldo, sin hacer caso a la amenaza-. Saldréis antes de dos días sin armas, sin animales, con la ropa que cada uno lleve puesta, sin mudas ni calzado de repuesto, con una moneda de plata por persona y provisiones para dos jornadas de camino. Lo que ocurra después no es asunto que incumba a Ilam-Jayn.

– Pero… ¡eso es inhumano! -exclamó Trekos-. ¡No hay alimentos en todo Málart! ¡Moriremos de hambre mucho antes de llegar a la Ruta de la Seda!

– Son condiciones duras. Mas vuestras protestas no ablandarán a los Trisios. Dice Ilam-Jayn que, una vez salgáis de Mígranz, podéis matar a los campesinos y sus familias, y así tendréis alimento para más jornadas de viaje. O bien podéis comeros sus cadáveres.

– ¡Cómo te atreves a decir eso, bastardo sacrílego! -gritó el oficial del cuchillo, avanzando con intención de agredir al emisario. Pero cuando éste proyectó hacia él la punta de su báculo y los ojos rojos de la serpiente tallada lo miraron, el oficial se lo pensó mejor y se detuvo a cinco pasos de él.

– Son palabras de Ilam-Jayn, no mías. Cuando el hambre entra por la puerta la piedad y la humanidad salen por la ventana. Hace meses que los Trisios dejaron de hacerle ascos a la carne humana. No les aflige que vosotros os veáis forzados a recurrir al asesinato o el canibalismo. Al fin y al cabo, desde su punto de vista sois animales. El término que utilizan para todos los que no son Trisios es «carneros».

– ¿Incluyéndote a ti, heraldo? -preguntó otro capitán.

– Incluyéndome a mí. -El emisario se permitió una leve sonrisa que no subió más allá de las comisuras de su boca-. Pero este carnero tiene ya muchos años y el pellejo muy duro.

Los oficiales se miraron entre sí y luego se volvieron hacia Trekos. El general bisoño se retorcía los dedos, estudiándose las manos como si en ellas pudiera hallar una solución milagrosa.

– ¿Qué sugieres que hagamos? -dijo por fin.

– ¿Le estás preguntando a un mensajero? ¿A un puto mensajero? – exclamó el oficial que había desenvainado el cuchillo.

– Dicen que también habéis pedido ayuda a Áinar -respondió el heraldo-. Áinar está más cerca que vuestros ex compañeros. Quizá acuda en vuestro auxilio. Mientras, podéis resistir aquí arriba. Los Trisios no disponen de máquinas de asedio.

– ¿Se aburrirán y se marcharán? -preguntó Trekos.

– Antaño lo habrían hecho. Ahora pasan hambre, y aquí arriba hay comida.

– Menos de la que creen. No aguantaremos una semana.

– Pues entonces una semana es el tiempo que os queda.

– ¿Nos recomiendas que rechacemos las condiciones de Ilam-Jayn?

– Si las aceptáis, la mayoría de vosotros morirá en el camino. Además, Ilam-Jayn no podrá controlar a sus jinetes, de modo que os acosarán mientras viajáis hacia el sur para robaros incluso lo poco que os permitan llevar. En cualquier caso, como carneros que sois, no se considerará obligado por ningún juramento que os preste.

– ¿Y si los Ainari no acuden?

– En ese caso, moriréis en una semana. Son más días de los que os ofrecen los Trisios.

Trekos frunció el ceño y se retrepó en la silla.

– ¿Y tú sirves a Ilam-Jayn? No pareces un lacayo muy fiel.

– Yo sólo sirvo a la verdad.

– ¡Un amo inútil en estos tiempos que corren!

– La verdad es la verdad, crean en ella muchos, pocos o nadie.

Con estas palabras, el heraldo se dio la vuelta y abandonó la sala de consejos. Era la segunda vez que la visitaba. Años antes, se había presentado ante Hairón. De haber vivido, el fundador de la Horda habría bajado a romper el asedio. Pero él tenía más soldados y, sobre todo, a Zemal. Los presuntos Invictos sitiados en Mígranz no tenían nada.

RÍO SUBTERRÁNEO

Aquel viaje estaba siendo tan monótono que a Ariel le recordaba los años pasados en la cueva de Gurgdar. El túnel siempre recto, las paredes siempre curvas y lisas, el agua fluyendo siempre a la misma velocidad. Navegaron por él un tiempo indeterminado. La única iluminación que tenían procedía de los luznagos, que seguían emitiendo su resplandor mientras les dieran de comer hormigas y moscas secas y los mantuvieran despiertos sacudiendo los globos de papel de seda.

Empezaron durmiendo por turnos, pero luego cada una daba cabezadas cuando le apetecía. En aquel túnel no había escollos, peligros ni grandes novedades, o así lo aseguraba su madre. El agua era potable, estaba limpia y bastante fría. Cuando tenían que hacer sus necesidades iban a proa de las balsas, sacaban el trasero fuera y, agarrándose a las manos de otra para no caerse, solventaban la cuestión. Después frenaban con los remos y dejaban que la corriente alejara de ellas sus propios desechos.

– Lo único que las Atagairas envidiamos a los varones es ese tubillo tan práctico que les cuelga entre las piernas -bromeaba Antea cuando sujetaba a Ariel.

Por fin, cuando Ariel calculaba que llevaban por lo menos dos semanas navegando aquella claustrofóbica corriente, su madre anunció:

– Hemos llegado. Detened las balsas y esperad.

Fue una suerte, porque entre las Atagairas que viajaban en la otra balsa empezaban a surgir peleas y una había estado a punto de acuchillar a otra. ¿Qué pasaría si todas se volvían locas? Ariel pensó que entonces tal vez tendría que usar la Espada de Fuego, pero después recordó cómo su hoja había cortado en trozos a los inhumanos, se imaginó haciendo lo mismo con aquellas mujeres y se le revolvió el estómago.

El punto del túnel en que frenaron paleando al revés parecía igual que cualquier otro. Pero Tríane debía conocerlo bien, porque levantó las manos y salmodió una invocación en Arcano, la misma lengua en que hablaba con Ariel cuando estaban a solas. Lo hizo entre dientes, tan bajo que su hija no captó más que palabras sueltas.

La corriente se enlenteció y finalmente se paró del todo, como si se hallaran en un estanque o un remanso. Después se empezaron a oír ruidos lejanos, como grandes bloques de piedra que chocaran y rozaran entre sí, y el nivel del agua empezó a bajar. Al cabo de un rato, el suelo del túnel estaba prácticamente seco. Tríane se puso de pie y salió de la balsa.

– Ya no nos harán falta estas embarcaciones.

Las demás recogieron armas y fardos, incluido el cuerpo del Mazo, y desembarcaron. Tríane apoyó la mano en una de las paredes y volvió a pronunciar sus encantamientos. El suelo tembló un instante y después se oyó un rechinar áspero y continuo, como decenas de amoladeras afilando cuchillos a la vez. Ariel notó una sensación extraña en los pies. Parecía que de pronto pesaba un poco más.

– ¿Qué ocurre ahora? -preguntó Ziyam. Aunque ella y las demás

Atagairas procuraban disimular su miedo, todas miraban alrededor con los ojos muy abiertos. Pero no había nada que ver. Todo parecía igual que antes, excepto el ruido y las extrañas sensaciones.

– Estamos subiendo -contestó Tríane, alzando la voz para hacerse oír por encima de aquel chirrido incesante-. Tenemos que ascender todo lo que hemos bajado.

– ¿Lo que hemos bajado? ¿Qué quieres decir?

– Es muy sencillo. ¿Por qué crees que la corriente fluía en nuestra misma dirección y hemos podido viajar tan rápido? Porque íbamos cuesta abajo. Una cuesta muy suave, sí, pero hemos recorrido toda la distancia que nos separaba del mar de Ritión. Por poca pendiente que haya, eso significa mucha profundidad. Y ahora subimos.

– ¿Qué fuerza o qué magia nos sube? -preguntó Ziyam.

– La magia de los antiguos. Las entrañas de Tramórea esconden muchos más secretos de los que la gente ignorante cree.

– Nosotras no somos ignorantes -intervino Antea-. Las Atagairas sabemos que bajo el suelo mora la gran dragona Iluanka, tan poderosa como los dioses o incluso más.

Aunque era dos cabezas más baja que la musculosa guerrera, Tríane la miró de reojo con un punto de altanería.

– Vosotras no sabéis de la ceremonia la media. La que llamáis Iluanka tan sólo es uno de los Arcaontes.

– ¿Quiénes son los Arcaontes? -preguntó Ziyam.

Eso, ¿quiénes son?, pensó Ariel, a quien su madre jamás le había hablado de tales asuntos.

El chirrido se hizo más agudo. Todo el túnel se sacudió como si hubiera un terremoto. Las Atagairas se agacharon y trataron de agarrarse a las paredes, pero su superficie lisa no ofrecía ningún asidero y varias de ellas cayeron de espaldas. Tríane sonrió, sin inmutarse, y cuando el ruido volvió a aminorar dijo:

– Acertáis al hablar del poder de Iluanka, pues los Arcaontes son criaturas de gran poder. Pero, por suerte para los humanos, no aman la luz del sol, y por eso no compiten con ellos. Son los Arcaontes quienes crean las montañas y los valles, quienes causan los terremotos y las fuentes de roca fundida.

Arcaontes, pensó Ariel. Una vez había oído hablar a Derguín de un sueño recurrente, una extravagante pesadilla que conectaba su espíritu con el de Togul Barok. En él, recorría con un grupo de personas llamadas simplemente «la Tribu» un laberinto de pasadizos subterráneos. En una ocasión atravesaron un túnel mucho mayor que los otros, y once de ellos perecieron aplastados por el paso de una criatura gigantesca a la que la Tribu adoraba como uno de los dioses de las profundidades.

De modo que Derguín había soñado con un Arcaonte…

– ¿Y son los Arcaontes quienes nos están subiendo? -preguntó Ariel.

Tríane sonrió con algo parecido al orgullo.

– Buena pregunta, hija. No exactamente. La misma energía que nutre a los Arcaontes es la que estamos aprovechando ahora para ascender a cielo abierto. Se trata de secretos que incluso a mí se me escapan. -Entonces miró a Ziyam, que aferraba la bolsa de piel donde guardaba esa extraña máscara, y añadió-: Aunque, si todo va bien, pronto conoceremos a aquel que nos puede brindar todas las respuestas.

Por fin, el chirrido se detuvo. Más allá de la zona que alumbraban sus lámparas se abrió un círculo de luz. Caminaron hacia él y no tardaron en salir al exterior.

Se encontraban sobre un promontorio asomado al mar. Estaba atardeciendo. Por el olor del aire y la humedad del suelo, se notaba que acababa de llover. El agua había lavado la atmósfera y, a través de las escasas nubes que se veían en el cielo, un abanico de rayos de sol lo bañaba todo con una pátina dorada. Después del largo viaje en la oscuridad, a Ariel se le antojó el espectáculo más hermoso que había visto en su vida.

El aire estaba tan diáfano que se apreciaban con nitidez los detalles más lejanos. En el horizonte oeste, sobre la línea del mar, se adivinaba el contorno morado de una isla.

– Ésa es Narak -dijo Tríane-. Nuestro destino.

Bajaron por un sendero tortuoso que discurría al borde de un acantilado. Las guerreras Teburashi jadeaban por el esfuerzo de cargar con aquel pesado bulto envuelto en un saco, y más de una vez estuvieron a punto de perder el equilibrio y caer por el precipicio. Pero finalmente llegaron a una bahía en la que había una ciudad amurallada y un puerto.

La aparición de tantas mujeres viajando solas y armadas hasta los dientes sorprendió a los guardianes de la muralla. Pero Trímor, que así se llamaba la ciudad, era un lugar hospitalario y pacífico donde se admitía a todo viajero que llevara la bolsa llena de monedas.

Para asombro de Ariel, los centinelas las informaron de que estaban a 5 de Bildanil. No habían pasado dos semanas bajo tierra, sino tan sólo cuatro días. Preguntando a las Atagairas, descubrió que a ellas el viaje también les había parecido más largo, pero a ninguna tanto como a Ariel.

– Es normal -le dijo Antea-. Cuando yo era niña, daba la impresión de que cada invierno duraba cuatro años por lo menos.

– Ya no soy tan niña -respondió Ariel.

– Dejémoslo en dos años entonces -dijo la Teburashi, de buen humor.

Al día siguiente embarcaron en un navío mercante que se dirigía a la ciudad de Narak. Pertenecía a la flota de Narsel, pero Ariel no encontró a bordo ningún rostro familiar. Se preguntó si alguien la habría reconocido ahora que ya no vestía como un chico y llevaba el pelo más largo.

Antes de subir a bordo, compraron una caja para meter al Mazo. En el momento de guardar el saco, Ariel se empeñó en que lo abrieran. Quería comprobar cómo estaba su amigo.

El cuerpo seguía frío y rígido, pero intacto. Sin embargo, a Ariel le pareció notar un pequeño cambio.

– ¿Qué es esta marca que tiene en el hombro? -No recordaba haber visto aquel pinchazo.

Bedilse, una de las guerreras que custodiaba el cadáver, se apresuró a cerrar el saco sin dar explicaciones. Ariel se preguntó si le estarían inyectando en el cuerpo algún líquido embalsamador, como hacían con los cadáveres de la gente importante en Malabashi. Pero éste debía ser un líquido milagroso, porque al parecer los cuerpos de esas personas se convertían en momias secas y arrugadas como cecina, mientras que El Mazo conservaba la piel tersa y sus músculos no habían perdido volumen.

Comparada con la travesía por el túnel, la navegación por el mar de Ritión resultó muy divertida. Había un grupo de músicos que ensayaban en cubierta por las tardes y la noche antes de llegar a Narak se celebró una fiesta, hubo baile e incluso pelea: un fanfarrón que pretendió propasarse con una Atagaira acabó volando por encima de la borda.

– No estamos muy lejos de la costa -dijo el capitán, encogiéndose de hombros-. Que nade o que se ahogue.

Arribaron a su destino el 9 de Bildanil. Aun cubiertas y encapuchadas, las Atagairas llamaban tanto la atención que la gente las señalaba con el dedo en el puerto de la Seda.

Ariel apretó la espada. La llevaba atada a la espalda por debajo de la capa. Le daba la impresión de que todo el mundo clavaba los ojos en ella y murmuraba: ¡Mirad, es la ladrona que ha robado a Zemal! Pero su madre le apretó el hombro y le sonrió.

– No seas boba, Ariel. Nadie sabe lo que llevas encima.

– Entonces, ¿por qué nos miran tanto?

– ¿Tú no mirarías si vieras desembarcar a esas nueve machorras juntas? -dijo su madre, señalando a las Atagairas.

A Ariel no le parecían machorras en absoluto, quizá porque en el fondo empezaba a tomarse en serio lo de ser Atagaira de adopción. Pero la consoló percatarse de que, en realidad, el foco de atención eran las guerreras y no ella.

Al bajar a tierra, alquilaron una carretilla de dos ruedas para transportar con más comodidad la caja donde guardaban el cuerpo del Mazo. Ariel recordó cuando hacía tres meses, que ahora se le antojaban una eternidad, había desembarcado en ese mismo puerto con Narsel y un marino llamado Urmas empujaba una carretilla con un cajón parecido, aunque no tan grande ni pesado.

Aquel cajón contenía el cuerpo petrificado de Mikhon Tiq. Pese a que parecía imposible, la estatua se había convertido de nuevo en un ser humano. Ariel cruzó los dedos y rezó para que El Mazo corriera la misma suerte. ¿Acaso era más difícil resucitar un cadáver que convertir la piedra en carne? Seguro que no.

– ¿Ahora adónde vamos, madre? -preguntó Ariel, levantando la mirada hacia la Buitrera, donde había pasado los días más felices de su vida con su padre.

– Tú nos lo dirás. Eres nuestra guía aquí.

9 DE BILDANIL

NARAK

Agmadán, politarca de Narak, desayunaba sentado ante un velador de mármol en una de las terrazas de la mansión de su concubina Neerya, en el distrito del Nidal. El cielo estaba despejado, el sol calentaba lo justo y el aire, que en las alturas solía soplar con fuerza, no pasaba de una brisa que apenas revolvía el pelo de Neerya. La vista era espléndida, pero al atardecer, cuando el sol se pusiera entre los promontorios que cerraban la bahía, tiñendo las rocas de rojo y el mar de oro líquido, sería todavía más hermosa.

Desde allí arriba, el politarca tenía la ilusión de dominarlo todo. Si extendía la mano ante los ojos como un pintor, podía utilizarla como escala para medir todo lo que veía. Los puertos de Namuria y Tatros, la playa de la Espina, el paseo marítimo con sus suelos enlosados, sus palmeras y sus sombreadas columnatas, las casas y los templos de los otros dos distritos de las alturas, la Acrópolis y la Buitrera: cada uno de esos lugares, visto desde allí, medía poco más que la palma de su mano. Para tapar los edificios individuales o los barcos que entraban y salían le bastaba con la uña del pulgar. En cuanto a la gente que pululaba en los puertos y empezaba a llenar el mercado de la Espina, sólo se divisaba como una masa confusa e indiferente.

Lo que era.

Narak constituía una anomalía. Una democracia, el gobierno del pueblo. Ciudadanía con plenos derechos para todos. Los mismos para el necio que para el inteligente, para el ganapán que para el terrateniente o el empresario. Las masas malolientes que se apiñaban en las casuchas del Nidal, que con suerte se bañaban una vez al año, que se colgaban encima bastas ropas de arpillera y pergal, que se regalaban en sus fiestas horribles ídolos de barro pintados con colores chillones como si fueran obras de arte, que en sus bodas entonaban obscenas canciones en las que sólo se hablaba de falos hinchados y novias lujuriosas, recibían los mismos derechos y privilegios que los educados aristócratas que vestían lino y seda, frecuentaban las termas, se perfumaban con nardo y jazmín, se extasiaban ante las maravillosas esculturas de la Acrópolis o los delicados poemas de amor de Baryún, criaban caballos de carreras y perros de caza y sabían apreciar los mejores vinos de Kahurna.

Por suerte, la anomalía política estaba desapareciendo. Tras el golpe que Agmadán y sus aliados habían asestado contra la familia de los Barustanes, asesinando a tah Krust, jefe del clan, y cargándole literalmente el muerto a Derguín Gorión, la celebrada democracia de Narak ya era sólo una farsa. Los ciudadanos con una renta anual inferior a cincuenta imbriales, que suponían ocho de cada diez, aún tenían derecho a asistir a la asamblea, pero ya no podían tomar la palabra en ella. Por «comodidad», el lento procedimiento del recuento de manos se había sustituido por el voto por aclamación: el bando que gritaba más fuerte ganaba. Ya cuidaba Agmadán de que los funcionarios que se escondían tras los biombos para juzgar el volumen de los gritos oyeran

lo que él quería que oyeran.

Sobre todo, se había decretado una nueva ley por la que el Consejo de las Siete Familias podía vetar cualquier propuesta aprobada por la Asamblea. Una potestad que ejercía con mucha liberalidad.

Puesto que el Consejo de las Siete Familias lo dominaban los Agmadánidas y él era el jefe del clan, el politarca Agmadán no andaba tan descaminado cuando al contemplar desde las alturas la bahía y ciudad de Narak sentía que todo aquello era su predio particular.

La guinda de aquella inmensa tarta se sentaba a su lado. Neerya, la mujer más hermosa de Narak. Así, al menos, era considerada. A Agmadán no le deleitaba tanto contemplar su belleza como saber que el resto de la ciudad pensaba que no tenía parangón y lo envidiaba a él por compartir su lecho.

El politarca sólo disfrutaba de lo mejor. Incluyendo la mansión de Neerya. Él poseía la suya propia, por supuesto; no en el Nidal, sino en la Acrópolis, no muy lejos de la sede del Consejo. Pero no pasaba demasiado tiempo en ella. Era una casa antigua, algo incómoda, y no gozaba de tan buenas vistas por culpa del templo de Tarimán, edificio que con mucho gusto habría hecho demoler para que le dejara contemplar la bahía.

Sobre todo, en esa casa vivía su esposa legítima. Una mujer que había sido bella y que lo seguiría siendo si no tuviera siempre en la cara ese gesto acre, como si alguien le estuviera ofreciendo un pincho de boñiga de cabra en un banquete. Esa grosera definición se la había oído a Krust, pero por una vez Agmadán no había tenido más remedio que estar de acuerdo con el difunto Tahedorán.

Al pensar en su mujer, Agmadán estiró la mano y rozó los dedos de Neerya. Ella se volvió y le sonrió.

Sólo con la boca, no con la mirada. Sus ojos de ámbar siempre estaban tristes. Quizá eso contribuía a realzar su belleza. En opinión de Agmadán, una mujer que reía a carcajadas era tan vulgar como cualquier pescadera del puerto.

Un sirviente les escanció un vino blanco muy suave. Neerya ni lo probó. Tampoco había tocado la comida, tan sólo había mordisqueado un albaricoque.

– Deberías comer más. Se te empiezan a notar las costillas. No quiero que la gente piense que te mato de hambre.

– No lo pensarán, querido. Todo el mundo conoce la proverbial generosidad de Agmadán.

El politarca se preguntó si estaría siendo irónica. Cuando era uno más de sus pretendientes, Agmadán le hacía regalos muy valiosos. Gracias a esos obsequios y los de otros amantes, la mansión de Neerya disponía de lujos como una piscina al aire libre en la terraza contigua. Estaba construida sobre un hipocausto, por lo que se podía bañar en ella incluso en las noches de invierno.

Pero desde que Neerya le prometió ser sólo suya a cambio de permitir que el Zemalnit fuera desterrado y no ejecutado, Agmadán no se molestó en hacerle ni un regalo más. Era un hombre práctico, y ahora que Neerya se había convertido en un activo seguro le convenía más invertir su fortuna en bienquistarse a otras personas. No resultaba fácil mantenerse en la cúspide del poder cuando en las Siete Familias había aristócratas tan ambiciosos y con el colmillo tan retorcido como él.

– Señora…

Neerya se volvió hacia el ama de llaves.

– Ha venido un mensajero con un recado para el noble politarca. ¿Debo dejarle pasar?

Cuando decía «noble politarca», la vieja bruja lo miraba con cierta ojeriza. A Agmadán le irritaba que los sirvientes de Neerya se dirigieran primero a ella cuando él estaba delante. Era algo que tendría que cambiar.

Pocos minutos después apareció el mensajero, un criado de Agmadán.

– Te traigo una carta, señor. Ha llegado esta misma noche con un cayán. El escriba me encarga que te diga que la ha copiado en letra más grande para que no tengas que…

– Ya, ya -dijo Agmadán, impaciente. Su vista ya no era la de antes, pero no había por qué propalarlo. Tomó el papel y despidió al criado.

El mensaje era de Lirib, una ciudad de Malabashi con la que Agmadán llevaba años haciendo negocios. Su agente comercial le informaba de importantes noticias que provenían del este.

– ¿Qué te ocurre, querido? -le preguntó Neerya-. ¿Es que el vino está agrio?

– No, querida. El vino está excelente.

Al parecer, en los últimos días del mes de Anfiundanil se había librado una batalla al este de Lirib, no lejos de las montañas de Atagaira. El combate había enfrentado a la Horda Roja contra el Martal, el ejército Aifolu que acababa de arrasar la populosa ciudad de Malib.

En la batalla, contra todo pronóstico, el Martal había sido derrotado, y no sólo derrotado, sino prácticamente borrado de la faz de Tramórea. Hasta ahí, la noticia era buena. Por culpa de esa hueste de fanáticos, el comercio con las ciudades del continente casi se había interrumpido, lo que a Agmadán le suponía perder cerca de la mitad de sus beneficios.

El mensaje detallaba que los Invictos habían lanzado una carga de infantería y caballería contra el Martal, pese a que éste los superaba en número. Pero su gallarda acción no habría servido de nada si en aquel momento los Aifolu no hubiesen recibido un ataque inesperado desde el otro flanco: por primera vez en mucho tiempo, el ejército de Atagaira en pleno había bajado de las montañas para ir a la guerra.

Lo que había hecho apretar los labios a Agmadán en su típico gesto de dispepsia era lo que venía a continuación. En vanguardia de las Atagairas, rompiendo la formación enemiga, había cargado el mismísimo Zemalnit Derguín Gorión, armado con la Espada de Fuego.

Con la Espada de Fuego.

– Esto no puede ser verdad -rezongó.

– ¿Qué no puede ser verdad, querido?

Agmadán la miró con ira. ¿Ese brillo en sus ojos casi amarillos no era acaso de alegría, de secreta o no tan secreta burla? Arrojó la carta sobre la mesa y le ordenó:

– Léela.

Los ojos de Neerya se deslizaron por las líneas de la misiva a toda velocidad. Al principio su gesto era inexpresivo, como si las noticias no fueran con ella. Pero de pronto todo cambió. Sus ojos se iluminaron como gotas de oro bajo la luz del sol, sus mejillas se volvieron más tirantes y en las comisuras de su boca aparecieron dos hoyuelos que Agmadán no recordaba. Fue como una vela que colgara mustia y de pronto se hinchara al recibir una racha de viento.

Agmadán tiró del papel para quitárselo de las manos.

– ¡Espera, no he terminado de leer!

– Esto es un engaño. Debe ser un infundio, inventado para explicar una victoria inesperada. ¡La Espada de Fuego está aquí, a buen recaudo!

Neerya trató de adoptar una expresión neutra, pero saltaba a la vista que le costaba trabajo controlar las comisuras de la boca y que aquel chispeo no había abandonado sus ojos.

Agmadán la agarró de la muñeca y apretó.

– ¿Qué sabes tú de esto?

– Suéltame. Me estás haciendo daño.

– ¿Es alguna trama vuestra? ¿Has robado la espada y has hecho que se la envíen?

– ¿Cuándo iba a hacer eso, querido? ¿En qué momento dejan de vigilarla tus hombres? Interrógalos si quieres.

Eres capaz de haberte acostado con todos para sobornarlos, pensó Agmadán. Pero incluso él conocía los límites y sabía lo que podía y no podía decirle a su concubina.

– Tiene que ser mentira -dijo, más para sí que para ella-. Zemal se halla bien custodiada en el templo de Tarimán. No hace falta ni comprobarlo.

Pero, contradiciendo sus palabras, apuró la copa de vino, se limpió los labios con la servilleta de lino, la arrojó al suelo como si tuviera la culpa de su enfado y se marchó de allí.

Cruzar del monte del Nido a la Acrópolis suponía bajar más de cien metros de desnivel y volverlos a subir. Había un puente colgante que unía ambos distritos. No todos los Narakíes se atrevían a utilizarlo, pues oscilaba con el viento y entre los huecos de las tablas se veía perfectamente el vertiginoso abismo. Pero Agmadán lo cruzó con paso furioso, sin tan siquiera agarrarse a las sogas del pasamanos.

El templo de Tarimán se hallaba al borde de un farallón, a poca distancia de su casa. En Narak reinaba una especie de extraña telepatía por la que la gente se enteraba de todo lo que pasaba casi al momento. Por eso a Agmadán no le extrañó ver a su esposa, rodeada de criadas y asomada a un balcón que daba a los jardines que separaban la mansión del templo. No se molestaron en saludarse.

El politarca entró al santuario. Tras la alargada sala de ofrendas y sacrificios se hallaba la cella. Las puertas estaban cerradas y ante ellas montaban guardia seis centinelas, que abrieron paso a Agmadán.

Dentro había otros seis soldados. Al principio Agmadán tenía a treinta hombres custodiando la Espada de Fuego, pero con el tiempo relajó la vigilancia.

En el centro de la estancia se alzaba la estatua de Tarimán. No era de las más grandes que podían encontrarse en Narak, pero en un espacio tan reducido sus cuatro metros de altura intimidaban. Se trataba de una de las esculturas más antiguas de la ciudad, del tipo que llamaban Xóanos, una palabra que no parecía significar nada en ninguna lengua conocida de Tramórea. Estaba tallada en madera y la pintura se veía descolorida por el tiempo. Se decía que los Xóanos eran anteriores al año Cero. Agmadán se mostraba escéptico con esas cosas. Como su padre solía decir, «los hombres siempre exageran la antigüedad de las obras de arte, el número de soldados de los ejércitos enemigos, la belleza de sus amantes y la longitud de sus miembros viriles».

– ¿Para qué forjarías esa mierda de espada? -le preguntó directamente a la estatua. Su blasfemia provocó carraspeos nerviosos entre los vigilantes. Pero el dios de la barba roja siguió mirando al frente impertérrito, con el enorme martillo aferrado entre ambas manos.

Zemal seguía donde debía estar, al pie del Xóanos. Para asegurarse de que no se la llevaran, habían rodeado la vaina con tres argollas de hierro atornilladas al mármol del pedestal. Si alguien quería robar el arma, tendría que agarrarla por la empuñadura y extraerla de su funda, lo que para el pobre desgraciado significaría convertirse en un montón de cenizas humeantes.

Agmadán se agachó y examinó la empuñadura oscura. Acercó los dedos a la cabeza desgastada que remataba el pomo, pero dudó. ¿Y si el mensaje era una trampa destinada a que, creyendo que no era la auténtica Espada de Fuego, muriera abrasado al desenvainarla?

Mejor que ese riesgo lo corriera otra persona.

Salió de la cella y ordenó a los soldados que le trajeran a algún convicto. Por desgracia, la torre de Barust se hallaba al otro lado de la bahía, y entre el traslado en barca y la subida en el funicular se hizo casi media tarde. En su zozobra, Agmadán no fue capaz de probar bocado y se dedicó a dar impacientes paseos por el templo y los alrededores.

Por fin le trajeron al prisionero, un hombrecillo de mentón huidizo al que habían condenado a muerte por destripar a un ciudadano en un callejón para robarle la bolsa.

– Soy inocente, señor -fue lo primero que dijo-. El hombre que atestiguó contra mí era mi cuñado -añadió, como si con eso quedara dicho todo.

– ¿Cuándo se ejecutará tu sentencia?

– Dentro de dos semanas, señor.

– Si haces lo que te digo, me las arreglaré para que te la conmuten por quince latigazos.

– ¿Puedes hacer eso, señor? Te lo agradecería mucho, mucho -dijo el hombrecillo, tomándole la mano y untándosela de besos-. ¿Qué debo hacer?

Agmadán lo condujo al interior de la cella, le enseñó la espada atornillada al pedestal y se lo explicó.

– ¡No me pidas eso, señor! ¡No hay nadie en toda Tramórea que no sepa que sólo el Zemalnit puede coger su arma! ¡No quiero morir así!

– ¿Crees que es mucho mejor morir ahorcado? Existen sospechas de que ésta no es la auténtica Zemal. Al menos tendrás alguna posibilidad más. ¿Es que de niño no te enseñaron matemáticas?

– ¿Matequé, señor?

El jefe de los guardias se acercó a Agmadán y le susurró al oído:

– ¿Es esto prudente, señor? Si resultara ser la auténtica Zemal, este hombre podría atacarnos con ella y escapar…

– ¿Cómo puedes ser tan mentecato? ¿No le has oído a él? ¿O es que eres el único en Tramórea que no sabe lo que ocurrirá si es la espada de verdad?

El oficial se ruborizó y retrocedió sin decir nada. Agmadán se volvió de nuevo al convicto.

– Entre una muerte segura y otra tan sólo probable cualquiera sabe lo que debe elegir.

– Yo no, señor. Ya mi padre me decía que yo era muy ignorante y que no sabía lo que me convenía.

Agmadán bufó de impaciencia.

– Te condono también los latigazos. Si no es la auténtica espada, saldrás de aquí como un hombre libre.

– ¿Y qué haré entonces, señor? Nunca he aprendido un oficio. Al final tendré que volver a robar y me condenarán de nuevo.

– ¿No decías que eras inocente, rata de alcantarilla? Está bien, haz lo que te digo y si sobrevives te daré diez radiales.

– Eres muy generoso, señor, pero con eso…

– Con eso puedes montar un negocio o, mejor aún, comprarte a una esclava que tenga más cabeza que tú y lo lleve por ti. No hay más ofertas. ¡O aceptas o te juro que yo mismo te ejecutaré en el acto clavándote una espada en los intestinos para que mueras entre tu propia mierda!

Por fin, el condenado accedió. Apretándose la tripa de puro miedo, se hincó de hinojos junto a la espada y rodeó la empuñadura con los dedos. Aguantó así un par de segundos y se levantó de un brinco.

– ¡Ya está! ¡No ha pasado nada!

– ¿Cómo que ya está? ¡Tira de ella y sácala de la vaina!

El hombre volvió a arrodillarse, empuñó de nuevo la espada y, con los ojos tan apretados que se le formaron dos abanicos de arrugas en las sienes, empezó a tirar del arma.

– ¡Sigue! ¡Hasta que veamos la punta! -le ordenó Agmadán.

No era más que una espada normal y corriente, algo oxidada y con los filos mellados. Agmadán sintió que se le subía la sangre a la cabeza, a medias por la cólera y a medias por la vergüenza de haber sido engañado, para colmo delante de testigos.

– Vuelve a envainar la espada.

– Me alegro de haberte hecho este servicio, señor -dijo el hombrecillo tras obedecer la orden-. Si necesitas cualquier otra cosa de mí…

– Contaré contigo, no lo dudes. Siempre me vienen bien los hombres valientes y con iniciativa. Ahora, estos soldados te acompañarán a mi casa, donde mi tesorero te entregará los diez radiales.

Mientras dos de los tres soldados sacaban al convicto de la cella, Agmadán se acercó al oficial y le dijo:

– No quiero que esto salga de aquí. Si se sabe, haré que a ti y a tus hombres os despellejen.

– Sí, señor. Pero ¿crees que el prisionero…?

– Muy mala suerte sería que se aleje más de diez metros del templo sin dar un resbalón y caer por el acantilado.

– Entendido, señor. Un resbalón. Por encima del pretil.

– ¡Fuera de aquí, vamos! Quiero estar solo.

Cuando el último soldado cerró la puerta de la cella tras de sí, Agmadán se acuclilló junto a la espada. Pese a lo que acababa de presenciar, los dedos le temblaban cuando los acercó al puño del arma. Por fin, se decidió a cerrarlos y tiró. Con un rechino oxidado, la hoja salió un palmo.

– ¡Estás muerto, Agmadán!

Al oír la voz sobre su cabeza, dio un respingo y retrocedió, todavía en cuclillas, hasta caer sobre el trasero. El susto le había acelerado tanto el corazón que se llevó la mano al pecho para apretárselo y aliviar el dolor.

Levantó la mirada. Tarimán había inclinado el cuello y lo miraba sonriente. Agmadán se puso de pie y salió corriendo de la cella, despavorido.

Cuando unos minutos después volvió a entreabrir la puerta y asomó medio rostro por el resquicio entre las jambas, vio que la estatua seguía mirando a la nada, tan hierática como siempre.

Mejor que no le contara aquello a nadie. Ya había hecho bastante el ridículo por un solo día.

– Tú lo sabías.

Agmadán la miró con la boca tan apretada que sus labios, ya de por sí finos, habían desaparecido. Neerya estuvo a punto de contestarle: ¿Qué se supone que sabía? Pero sospechaba a qué se refería.

– Así que durante todo este tiempo lo que has estado vigilando no era la auténtica Espada de Fuego…

– ¡Ríete en mi cara, si te parece! ¡Estabas conchabada con él!

Neerya meneó la cabeza. Estaba sentada en un pequeño mirador asomado al oeste, aprovechando las últimas luces del día para bordar. Normalmente a esa hora solía leer, pero las noticias sobre la batalla y la posibilidad de que Derguín hubiese recuperado la Espada de Fuego habían tensado sus nervios como cuerdas de laúd a punto de romperse. Bordar era más relajante y la mente podía divagar.

– Eso no es cierto y lo sabes.

– ¿Por qué voy a saberlo?

Porque he llorado de rabia cada noche cuando tú te dormías, pensando que nos habías vencido a Derguín y a mí. ¿Crees que habría llorado así de haber sabido que el engañado eras tú?

No podía decirle eso, de modo que calló.

– Tu silencio es más elocuente y dañino que una puñalada -dijo el politarca.

– ¡Te juro por todos los dioses del Bardaliut, y que me fulminen con mil plagas si miento, que yo creía que el arma que había en el templo de Tarimán era la auténtica Zemal!

Neerya le miró a los ojos tratando de transmitirle la verdad de sus palabras. Era sincera. Pertenecía a los Bazu, un clan de origen Pashkriri que había extendido su red comercial por las regiones más civilizadas de Tramórea y que administraba y explotaba las principales rutas comerciales, incluidos los cinco mil kilómetros de la Ruta de la Seda. Algunos de sus miembros poseían el don congénito de influir en las mentes de los demás mediante una combinación de miradas y tonos de voz. Su madre, por ejemplo, atesoraba aquel talento. Pero quien había llegado a dominarlo más era su tío segundo Urusamsha, de quien se contaba que podía leer una mente con más facilidad que una carta. Urusamsha había aprovechado sus aptitudes para convertirse en el jefe de facto del clan y amasar una inmensa fortuna repartida en bancos de Pashkri, Ritión, Malabashi y Áinar.

La capacidad de Neerya de influir en la conducta de otras personas, sobre todo varones, era limitada y no se basaba en ningún don sobrenatural, sino en una mezcla de belleza e inteligencia. De haber sido como Urusamsha, habría aprovechado su poder para conseguir que Agmadán se despeñara por los acantilados de Narak o se cortara las venas de muñecas y tobillos.

Pero desde niña había comprobado que podía captar las emociones, ya que no los pensamientos, y sabía cuándo alguien mentía o decía la verdad. La última vez que vio a Derguín, encadenado en la mazmorra, lo encontró sinceramente desesperado, convencido de que lo había perdido todo. No, él no la había engañado, del mismo modo que ella no engañaba a Agmadán al asegurarle que no sabía nada.

Lo que suscitaba otras preguntas. ¿Qué había ocurrido? ¿Quién o qué había ayudado a Derguín a recuperar la Espada de Fuego?

Agmadán llevaba un rato callado, mirando al suelo y moviendo la cabeza a los lados como si discutiera con una presencia invisible. Cuando un criado le trajo una copa de oro con vino tinto fresco, hizo ademán de rechazarla. Pero luego cambió de opinión, chasqueó los dedos para que le volviera a traer la copa, la vació de un trago y le ordenó que se la llenara de nuevo.

– Es posible que no lo supieras, que ese tipejo lograra engañarte a ti como hizo con los demás -dijo por fin.

No es necesario que le insultes, pensó Neerya. Pero prefirió no avivar más la cólera del politarca.

– Es tal como te he dicho.

– ¡Pero no puedes negar que te alegras! ¡Lo veo en tu cara! ¡Te alegras de que me haya dejado en ridículo!

– Lo que ocurra dentro de mi corazón es asunto mío.

– ¡Juraste pertenecerme sólo a mí, puta!

Neerya no soportaba la vulgaridad ni la grosería, y ahora fue ella quien estalló. De un palmetazo, arrancó la copa de la mano de Agmadán y derramó el vino en el suelo.

– ¡Pero no juré olvidarme de él! ¡Ningún juramento puede domar los recuerdos!

Agmadán levantó el brazo derecho para abofetearla. En vez de eludirlo, Neerya se acercó más, y casi le escupió en la cara al decir:

– ¡Adelante! ¡Pégame! ¡Ya sabes que también te juré otra cosa!

Pocos días después de que la Rauda se llevara a Derguín de Narak, Agmadán se enojó con Neerya por una simple mirada que le pareció insolente, la agarró del pelo y le propinó dos guantazos. Ella se libró de él y corrió hasta la balaustrada que había junto a la piscina, se subió a ella, sacó las piernas fuera, colgando sobre el abismo, y dijo:

– Por el voto que hice, no puedo tomar represalias contra ti. Pero si vuelves a ponerme la mano encima, juro por todos los demonios del Prates y el inframundo que me tiraré desde aquí.

Agmadán tragó saliva recordando aquello.

– Juramentos, juramentos… Ya que los sacas a colación, te recordaré a qué te obligan los tuyos. ¡Ve a la alcoba y espérame allí!

9 DE BILDANIL DEL AÑO 1002 DE TRAMÓREA

PASONORTE

A media mañana, el grueso de la Horda Roja ha llegado a la región conocida como Pasonorte, limitada al este por los montes Crisios, al oeste por las nevadas montañas de Atagaira, al sur por la planicie de Malabashi y al norte por el fértil país de Abinia. La vanguardia, formada por trescientos jinetes, alcanzó su destino tres días antes. En lugar de tomar el desvío al este que nos acercó a los demás a las inmediaciones de Atagaira, los exploradores cabalgaron en línea recta hacia el norte, atravesando con meritorios sacrificios un vasto y árido pedregal.

A nuestra llegada, dichos ojeadores nos informaron de que en la comarca de Pasonorte existen una ciudad digna de tal nombre, tres villas y una docena de aldeas. Todas ellas, a partir de ahora, pertenecen al feudo de la Horda Roja, según cédula concedida y firmada por la Divina Samikir, reina de Malib, que por propia voluntad acompaña graciosamente a nuestra expedición, junto con el noble Urusamsha-go-Bazu. Aunque por el campamento han corrido rumores de que ambos son en realidad rehenes, este cronista, por orden expresa del general en jefe de la Horda Roja, tah Kratos, desmiente aquí tal infundio.

Tah Kratos no desea desalojar a los habitantes de las mencionadas poblaciones ni, por el momento, mezclar a los Invictos con ellos. En el extremo occidental de Pasonorte, en las últimas estribaciones de los montes Crisios, hay una ciudad en ruinas que fue destruida por un terremoto en el año 923. Las crónicas de la época cuentan cómo días antes de la catástrofe se percibía en las calles un olor fétido, similar a los efluvios mefíticos que se captan cerca de ciertas ciénagas, y cómo desaparecieron misteriosamente todos los insectos, sabandijas y alimañas de los alrededores. El terremoto se produjo de noche y, según algunos supervivientes, se abrió en el centro de la ciudad una abismal grieta de la que brotaron unos monstruosos tentáculos de lodo que recorrieron las calles, derribaron edificios, atraparon a decenas de vecinos y los arrastraron a las profundidades.

Como fuere, la ciudad de Tolkar, pues tal era su nombre, no volvió a ser habitada desde entonces. Pero tah Kratos y los oficiales de su estado mayor han considerado que, puesto que se eleva más de cien metros sobre las tierras de Pasonorte y domina la región, se trata de un enclave asaz apropiado para que la Horda asiente aquí sus reales. Las ruinas se hallan en un estado no mucho menos calamitoso que las de Nidra, pero, tomando en cuenta la fuerza de trabajo de la Horda, los sueldos que gracias al botín arrebatado a los Aifolu se pueden pagar a los lugareños, la cantidad de materia prima disponible en el propio lugar y las condiciones del clima de Pasonorte, este humilde cronista calcula que la reparación de las murallas, menester el más urgente de todos, podrá terminarse en tres meses, y la del resto de la ciudad en un máximo plazo de un año, un mes y dos semanas, tres días arriba, tres días abajo.

Por el momento, la Horda Roja se ha instalado en las ruinas de Tolkar, y

el estandarte de nuestro orgulloso narval ondea en el único torreón que permanece intacto, sobre el baluarte meridional. Hoy, 9 de Bildanil, se han llevado a cabo los rituales deprecatorios para propiciarse a los espíritus de los antiguos moradores de la ciudad, y también se han ofrecido sacrificios a la gran estatua de Anfiún que, milagrosamente, se ha encontrado intacta entre los escombros de un templo. También se ha procedido a cambiar el nombre de la ciudad, para lo cual se ha votado en asamblea formal de guerreros. Algunos nostálgicos han propuesto el nombre de Mígranz. Otros, llevados por la admiración a nuestro nuevo general, que no por vulgar adulación, han sugerido llamarla Kratine, Kraturia u otras variantes, cada uno ateniéndose a las reglas de su propio idioma. Tah Kratos, de natural modesto y discreto, se ha negado a que la nueva capital de la Horda Roja lleve su nombre y ha propuesto, tras consultar al joven erudito Mikhon Tiq, versado en lenguas del pasado, que sea conocida como Nikastu, que en el idioma de los Arcanos significa «ciudad de la victoria».

La moción ha sido aprobada por aclamación. Así termino esta entrada del diario oficial de la Horda Roja hoy, 9 de Bildanil, en la ciudad refundada de Nikastu. De lo que queda constancia con mi firma y con la de tah Kratos, general en jefe de los gloriosos Invictos.

AHRI DE ÁTTIM, Diario de la Horda Roja

Mientras a más de mil kilómetros de distancia Neerya se tumbaba boca arriba en el lecho y se dejaba hacer pensando en el hombre al que amaba, éste se retorcía las manos, tratando de aliviar la torturante comezón que le producía la ausencia de la Espada de Fuego.

– Deberías comer, tah Derguín. Así al menos tendrías algo en que entretener los dedos -le dijo Kybes.

Estaban sentados en El Mirador de Nikastu, la primera taberna de la joven ciudad, inaugurada por Gavilán. El capitán de la compañía Terón no había perdido el tiempo. «Es la primera noche en nuestra nueva ciudad», había dicho, «y sería de muy mal agüero que no la celebráramos con una buena borrachera.» Por el momento, las paredes de la cantina, allí donde las había, no levantaban más de un metro del suelo, pues el lugar que había elegido Gavilán era un solar donde antes del terremoto debió levantarse una mansión señorial.

Según explicaba a la clientela mesa por mesa, Gavilán había escogido aquel lugar por las vistas: el solar se hallaba en la parte norte de la ciudad, en una elevación que superaba incluso la altura de la muralla. Desde allí se divisaban las llanuras de Abinia y el aire que soplaba era fresco. Tal vez en exceso. Entraba el otoño y el viento venía del norte, donde el clima era más húmedo y menos cálido que en la tórrida Malabashi.

A ratos, Derguín no notaba el frío y a ratos se estremecía. Como había previsto, estaba sufriendo constantes accesos de fiebre. Llevaba ya siete días sin la espada, tantos como la vez anterior. En aquella ocasión había supuesto – erróneamente que Zemal se encontraba en su casa, escondida dentro de la armadura hallada en Arak. Ahora no tenía la menor idea de en qué rincón de Tramórea podía hallarse. Había decidido acompañar a la Horda Roja en su viaje, en lugar de regresar a Narak, por dos razones. En primer lugar, sin la Espada de Fuego no tenía el poder necesario para vengarse de Agmadán y recuperar a Neerya. En segundo lugar, no quería distanciarse demasiado de Atagaira: estaba convencido de que Ziyam y Zemal no podían hallarse muy lejos la una de la otra.

En parte acertaba y en parte se equivocaba.

– ¿No has oído a Kybes? -preguntó Baoyim-. Come algo, por favor.

Kybes y Baoyim estaban muy entretenidos dando cuenta de una ración de caracoles. En la tercera jornada de viaje desde el Kimalidú, mientras seguían una ruta en forma de arco que los había acercado a las montañas de Atagaira, les había llovido durante varias horas. Al día siguiente la Horda había pasado junto a un bosquecillo en el que los críos, durante el descanso de mediodía, se habían dedicado a atrapar caracoles que Gavilán les había comprado a buen precio.

A Derguín siempre le habían gustado aquellos moluscos, pero ahora se le revolvía el estómago al ver cómo Kybes y Baoyim hurgaban en sus conchas con alfileres para sacar sus cuerpos blandos y viscosos, y antes de llevárselos a la boca los contemplaban con tanta satisfacción como balleneros que hubieran arponeado un cachalote. Tampoco había sido capaz de probar el pollo asado que les habían servido antes, así que la causa no era que la textura de aquellos moluscos fuese más o menos babosa. Simplemente, tenía la garganta y la boca del estómago cerradas con un candado.

Escondió las manos debajo de la mesa y se clavó las uñas en los muslos hasta hacerse daño. Por fin llegó la siguiente ronda de cervezas. Derguín había pedido una jarra doble, pensando que había pocos camareros atendiendo las mesas y que acabaría con su bebida antes de que tuvieran la suerte de que volvieran a atenderlos.

Cuando dio el primer trago, largo como el beso de dos amantes que se reencuentran, comprobó con el rabillo del ojo que sus amigos lo observaban con preocupación. Sí, estoy bebiendo mucho, pensó. Y, con el estómago vacío, la cerveza se le estaba almacenando toda en un lugar situado justo encima de sus cejas. ¿O era más bien en su nuca? Hambre no tenía, pero sed sí, una sed monstruosa, y además la única forma que se le ocurría para conciliar el sueño era embotarse a fuerza de beber.

La tragantada fue tan larga que se le llenaron los ojos de lágrimas. Para despejarlos, se los frotó y parpadeó, mientras miraba a su alrededor. Había unas treinta mesas, de diversas formas, maderas y tamaños, y el surtido de sillas no era menos abigarrado. No muchos días atrás, en esas mismas mesas y sillas se habían sentado los oficiales del Martal para banquetear y celebrar sus masacres. Gavilán, que llevaba tiempo pensando en montar su propio negocio, había comprado las de más calidad a aquellos a quienes les habían correspondido en el reparto del botín, y otras las había rescatado de una gran montonera destinada a convertirse en leña.

Presidía la fiesta de inauguración una estatua de seis metros de altura. La habían encontrado a poca distancia de allí, sepultada entre una pila de cascotes y tejas, pero incólume. Era una talla de madera maciza, y muy pesada, que representaba a Anfiún. Tras hacerle los sacrificios de rigor,

Gavilán había convencido a Kratos de que el mejor lugar para el dios, que como buen guerrero tenía fama de borrachín, era El Mirador de Nikastu, así que la había hecho traer y encaramar sobre un pedestal.

Ahora el rostro severo y barbudo del dios los contemplaba desde arriba, tal vez envidioso del festín que se estaban dando a su alrededor todos aquellos soldados. No obstante, para contentarlo, lo tenían rodeado de velas encendidas, pasteles de ofrenda e incluso una enorme jarra con veinte litros de hidromiel, que según la tradición era su bebida favorita.

– Es un Xóanos -comentó Derguín. Sus amigos, que llevaban un rato comentando el clima de la región y tratando de incluirlo a él en la conversación, se quedaron callados.

– ¿Un Xóanos? -preguntó Kybes al cabo de unos segundos-. Disculpa mi incultura, tah Derguín. ¿Eso qué es?

– Una estatua de una era anterior. De antes del año Cero.

– ¿Tiene más de mil años? ¿Una talla de madera? ¿No crees que debería estar podrida?

– Si se trata bien, la madera puede durar mucho tiempo -dijo Baoyim.

– ¿Cómo lo sabes? Ignoraba que fueras ebanista.

– Y no lo soy. Pero he trabajado para varias escultoras y algo entiendo de materiales.

– ¿Que has trabajado para escultoras? ¿Qué hacías, les sujetabas los cinceles, les barrías el taller?

– Posaba -dijo Baoyim, agachando la mirada y ruborizándose un poco.

– Te has puesto colorada. No me digas que posabas… ¿desnuda?

– Bueno, yo… A veces.

– ¡Guau! No me lo imaginaba de la severa capitana Baoyim -dijo Kybes, chupándose la salsa del último caracol de los dedos de la mano izquierda. La que él, en la peculiar visión del mundo que le había imbuido la magia de Kalitres, consideraba su diestra.

– En Atagaira se considera un honor que una artista te elija como modelo. -La respuesta de Baoyim contestaba implícitamente a una crítica, puesto que en Ritión y otros reinos tan sólo las cortesanas se desnudaban para pintores y escultores. En cualquier caso, la Atagaira decidió desviar de su persona el foco de la conversación-. ¿Cómo sabes que esa estatua es tan antigua, tah Derguín?

– El estilo. Todos esos Xóanos tienen un aire similar. Sonrisa enigmática, ojos algo rasgados, la pierna derecha ligeramente adelantada, el torso recto. – Derguín contuvo un estremecimiento, pero sólo a medias-. No sé, tienen algo que me da escalofríos.

– Pues no se parece en nada al demonio de metal que destruiste en la Torre de la Sangre -dijo Kybes, girándose y acodándose en la silla para estudiar mejor la estatua.

– No, pero ya no me sorprendería que cualquier objeto inanimado volviera a la vida. -Derguín recordó las últimas palabras del Rey Gris y, con la mirada perdida, repitió-: Los dioses vendrán…

– Con todo respeto, tah Derguín, ¿no estás un poco obsesionado con los dioses? Hemos vencido cuando todo parecía perdido, tú destruiste a uno de los tres demonios y también hemos evitado que despertara el tercero.

– ¿Adónde quieres ir a parar, Kybes?

– A que hemos salvado al mundo de un mal horrible, de una crueldad y una devastación como no se habían conocido jamás en la historia de Tramórea. Deberíamos disfrutar un poco de las mieles del triunfo. Los dioses oscuros han sido derrotados, tah Derguín. Los dioses tradicionales -añadió, señalando a la estatua- están de nuestra parte. Creo que las cosas van a mejorar. ¡Y brindo por ello! -añadió, levantando su jarra.

Derguín miró con tristeza a sus dos amigos. ¿Cómo explicarles que no podían confiar en los dioses tradicionales?

Él mismo no sabía qué pensar. «Somos los que esperan a los dioses», insistía Linar, y Mikha le seguía la corriente. Pero a Derguín le costaba trabajo creer que las divinidades a las que se rendía culto en toda Tramórea fueran tan malignas como el siniestro Tubilok y sus demonios. ¿Qué papel desempeñaba, por ejemplo, Tarimán, el herrero que había forjado la espada con la que fue derrotado Tubilok?

Sobre todo, ¿cómo pensar en enfrentarse con todos los Yúgaroi del Bardaliut? Antes de desaparecer sin despedirse, Kalitres les había dicho: «Con suerte, los siete Kalagorinor juntos podríamos haber derrotado a dos o tres dioses a la vez».

Su mano volvió bajo la mesa, buscando en vano la empuñadura de Zemal, y al palpar sólo aire volvió a cerrarse con tal fuerza que las uñas le hicieron heridas en la palma.

No seré yo quien luche ya contra los dioses. La amargura se mezclaba con un extraño punto de alivio. Intuía que esta vez no iba a recuperar el arma de Tarimán. De algún modo, Ariel se había convertido en la nueva Zemalnit. Podía empuñar y usar la Espada de Fuego saltándose las normas del certamen. ¿Una prueba de que los tiempos estaban cambiando, de que la época de los humanos llegaba a su fin?

¿Quién era Ariel en realidad? Una criatura que se presentó como niño siendo una niña, que era incapaz de aprender a leer y al mismo tiempo entendía cualquier idioma de forma innata, que se embrollaba contando monedas y sin embargo memorizaba un poema con escucharlo una sola vez. ¿No sería ella misma de la raza a la que Linar llamaba «el antiguo pueblo» y a la que pertenecía Tríane?

Ariel te ha sido leal, se repitió. Te salvó la vida en el bosque de los inhumanos. Te bordó el estandarte de Zemal. Debe tener alguna razón para lo que está haciendo.

Pero ¿realmente importaban las razones de Ariel? No era más que una cría, manejada por la intrigante Ziyam, quién sabía con qué propósito. Al menos, esperaba que la reina de las Atagairas no se atreviera a hacerle daño. Si tienes que usar la espada, ¡úsala!, pensó Derguín, como si pudiera proyectar aquella orden mental a través de incontables kilómetros de distancia.

A kilómetros parecían estar sus dos amigos, o así los veía él, incapaz de dejarse contagiar por su animación. Kybes insistía en que los tiempos iban a mejorar, ya que la derrota del Martal sólo podía complacer a los auténticos dioses, que en agradecimiento recompensarían a los humanos con una nueva era de prosperidad. Baoyim no parecía tan convencida.

– Las Atagairas no nos fiamos demasiado de los dioses celestes. Somos criaturas de Tramórea y tenemos los pies en el suelo. Nuestra verdadera protectora es Iluanka, la gran dragona.

– No tenéis ni idea ninguno de los dos -dijo Derguín, súbitamente irritable y con ganas de polemizar.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Baoyim, dilatando las aletas de la nariz, como solía hacer cuando algún comentario la molestaba.

– Vivís en una isla de ignorancia y oscuridad. -Su memoria, entrenada con Ahri el Numerista, le gastó una extraña jugarreta: creyéndolas suyas, repitió literalmente las palabras que Linar había pronunciado ante Mikha, Kratos y él al calor de la lumbre-. Siempre ha habido hechos que se ocultan a la mayoría, y también otros que se ofrecen a la vista de todos pero que nadie alcanza a entender. Os movéis en un estrecho sendero, rodeados por sombras que apenas atisbáis, salvo en vuestras peores pesadillas. Gracias a eso continuáis vuestro camino en la creencia de que todo a vuestro alrededor es luz.

– Me temo que hablas y no dices nada, tah Derguín -repuso Baoyim-. Amenazas oscuras, sombras… Me parece que son obsesiones tuyas. O más bien producto de eso. -Señaló con un gesto harto elocuente a la jarra de cerveza. Lo cual sirvió a Derguín para percatarse de que no le quedaba sino medio sorbo, que se apresuró a apurar.

– ¿Obsesiones mías? Si hubierais escalado al cielo como yo -Si tuvierais las pesadillas que tengo yo, añadió mentalmente-, si supierais cómo es el mundo en realidad, os asustaríais tanto que cavaríais un hoyo en el suelo, enterraríais la cabeza en él y ya no la sacaríais de allí.

– ¿Crees que lo que vi yo en Ilfatar es propio de un ignorante? -preguntó Kybes. Como Baoyim, estaba empezando a sentirse molesto y a levantar la voz, y por primera vez en toda la noche su sempiterna sonrisa se le había borrado del rostro-. ¡Si hubieras olido la sangre en el fondo de aquella torre, si hubieras visto el rostro de la niña a la que me ordenaron degollar…!

Derguín golpeó con la jarra en la mesa.

– ¡No hace falta que me recuerdes que te mandé al infierno! ¿Crees que no lo sé, y que no me atormenta haberte ordenado algo que debería haber hecho yo?

Kybes y Baoyim se mordieron los labios al mismo tiempo y cruzaron una mirada de entendimiento. Empiezan a sentirse violentos, pensó Derguín. Comprendía la razón, pero no conseguía controlarse. La cabeza le daba vueltas y sus pensamientos saltaban de un lugar a otro sin anidar en ningún sitio, contradiciéndose entre sí como en un duelo de Tahedoranes.

Es por culpa de Zemal. Con ella su vida era un tormento de insomnio y nervios, pero sin ella era mucho peor.

Maldita la hora en que me sacaron de Zirna.¡Malditos Linar, y Kratos, y maldito Mikha que les habló de mí!

Volvió a aporrear la mesa y exclamó:

– ¡¿Qué hay que hacer aquí para que a uno le sirvan una cerveza de una maldita vez?!

La camarera que se acercó a atenderlos era una moza rubia, de caderas rotundas y ojos vivaces. Como todas las contratadas por Gavilán para su taberna, también había ejercido o ejercía de prostituta.

– No es necesario levantar tanto la voz, joven Derguín -le dijo con una sonrisa, mientras le cambiaba la jarra vacía por otra llena-. Tú no eres como ésos -añadió, señalando una mesa en la que se aglomeraban quince soldados en el sitio de diez. Llevaban jubones negros con el emblema del batallón Jauría, y estaban entonando canciones obscenas con voces destempladas. Como todos los demás clientes, venían desarmados. Gavilán había puesto a la entrada de la taberna una armería, donde cada parroquiano que entraba dejaba espadas, cuchillos, hachas o lo que trajera, previa entrega de un recibo. En la puerta, el gigante Trescuerpos garantizaba que nadie se saltara la norma.

– ¿Que no soy como ésos? -preguntó Derguín-. ¿Qué te hace pensar tal cosa, guapetona?

La palabra «guapetona» salió casi chirriando de sus labios. Debía de ser la primera vez que la pronunciaba en su vida. Pero más inesperado resultó el comportamiento de su mano derecha, que, como si hubiera cobrado vida independiente, se levantó para propinarle un azote en las nalgas a la camarera. Tenía los glúteos tan prietos que se hizo daño en la palma.

La joven dio un respingo y le miró con un destello de ira.

– ¡Eh, no te pongas así! ¡Que he visto cómo ése de ahí te daba otro y le sonreías! -dijo Derguín, señalando a la mesa del batallón Jauría. «Ése de ahí» era su general, el tuerto Abatón.

La camarera se limitó a sacudir la cabeza, masculló algo ininteligible y se

largó.

– ¿Por qué has hecho eso, tah Derguín? -preguntó Baoyim-. No es propio de ti.

– En tu país tratáis a los hombres como si fueran animales. ¿Tienes algo que opinar de cómo tratamos aquí a las mujeres?

Kybes agarró la jarra de Derguín y tiró de ella.

– Mejor será que me la tome yo. Creo que tú ya has bebido suficiente.

Si en el repertorio de frases hay una que jamás conseguirá aplacar a un borracho, es ésa. Derguín sintió que se le subía la sangre a la cabeza. Fluido que, mezclado con el alcohol que ya la ocupaba, sólo contribuyó a que todo girara en un remolino más vertiginoso aún.

– ¡Aunque ya no sea el puto Zemalnit, aún tengo dinero y cojones para decidir cuándo me bebo una cerveza y cuándo no!

¿Quién es el que está hablando por mi boca? Dentro de sí mismo, hundido en un pozo oscuro, debía de esconderse el Derguín de siempre. Pero alguien había tapado el brocal y su vocecilla apenas se escuchaba como el chillido de una rata ahogándose.

Kybes empujó la cerveza de vuelta.

– Jamás he dudado de eso. Bébetela hasta que te salga por las orejas, tah Derguín.

Siguió un incómodo silencio. Por fin, Derguín lo rompió.

– Será mejor que me dejéis solo. Hoy no soy buena compañía para nadie.

Baoyim y Kybes se miraron de nuevo. ¿Crees que es buena idea?, parecieron preguntarse sin palabras. Pero finalmente se levantaron y lo dejaron allí, con un escueto «Adiós».

– Lo siento. Es por la espada. Todo por la puta espada -dijo Derguín, cuando ya no podían oírlo.

Levantó la mano derecha y la observó. Los dedos le temblaban como si tocaran un teclado invisible, y corrientes de dolor le atravesaban el antebrazo hasta llegar al hombro, donde emprendían el camino de regreso. Se clavó los dedos en el músculo radial, cerca de la zona del codo que en Uhdanfiún llamaban «el hueso de la risa» porque cuando se golpeaban en ella con las espadas de madera les entraban carcajadas y una extraña flojera que les hacía soltar el arma.

Ahora vio las estrellas y sintió cualquier cosa menos ganas de reír, pero volvió a hincarse los dedos con saña.

Sin saber cómo, la jarra estaba otra vez casi vacía. Al menos, el torpor que le producía la cerveza mitigaba otras sensaciones. Mejor estar borracho que notar cómo el corazón se desbocaba constantemente, sentir el puño que le apretaba la boca del estómago y sufrir los calambres que le recorrían el cuerpo.

Tal vez podré dormir, se dijo, empinando la jarra y apurando el último dedo de cerveza. Estaba apoyando las manos en la mesa para levantarse cuando alguien le plantó delante un pichel de estaño, con un golpe tan brusco que la cerveza le salpicó. Derguín levantó la mirada y se encontró con el rostro arrugado de Gavilán.

– Es invitación de aquel caballero -dijo el soldado-tabernero, señalando al general Abatón, que desde la otra mesa levantó su propia jarra en saludo.

– Gracias.

– Dáselas a él -dijo Gavilán, disponiéndose a irse-. Por mí, no te la habría puesto.

– ¡Un momento!

El tabernero se volvió a medias y lo miró de soslayo.

– ¿Te he hecho algo, Gavilán? ¿O es que estás de mal humor porque sí?

Gavilán dio la vuelta a la silla que había ocupado Kybes y se sentó en ella cruzando los brazos sobre el respaldo. A la luz de las antorchas y las velas, sus arrugas parecían más profundas, grietas en un sequedal. Como le faltaba un incisivo y el pelo le raleaba bastante, parecía tener más de sesenta años. Sin embargo, a Derguín le constaba que era poco mayor que Kratos.

Gavilán señaló a la camarera a la que Derguín le había propinado la nalgada. Estaba llevando ocho jarras a una mesa, cuatro en cada mano.

– Orbaida es, en el fondo, una romántica. Como les pasa a muchas seguidoras del campamento. -Era un eufemismo con el que solían referirse a las prostitutas que viajaban con el ejército-. Sabe leer y todo.

– Sorprendente -respondió Derguín, fingiendo indiferencia.

– Le gustan las novelas Ritionas. Una chorrada, ya sabes. El duque Forcas, que los dioses tengan en su gloria, también las leía. Así nos iba a todos, claro.

– Sé de qué me hablas. En el taller de mi padre copié más de una de esas novelas.

– La realidad es más asquerosa y desagradable que los libros, claro. Los que nos dedicamos a la guerra sabemos que es mucho más sucia que esas batallas que describen, y que no existen caballeros tan nobles ni galantes.

– Ajá.

– Ella también lo sabe de sobra. Ha tenido una vida muy dura.

– ¿Piensas llegar a alguna parte, Gavilán?

– Tú eres el Zemalnit. Eres una chispa de luz en este mundo tan oscuro y hediondo.

– Yo ya no soy quien…

– Cállate un rato.

Derguín enrojeció, pero cerró la boca y se concentró en el pichel para disimular su rubor.

– He oído hablar a Orbaida de cómo cabalgaste tú solo contra miles de pájaros del terror, como si lo hubiera presenciado con sus propios ojos. Para ella eres el personaje de una de las novelas que lee cuando tiene un rato libre. ¿Lo entiendes?

– Un personaje.

– Sí, un personaje. No una persona. No puedes permitirte ser vulgar como el viejo Gavilán, porque no eres un soldado, sino un símbolo. Debes ser sublime y elegante como un dios.

Gavilán se levantó.

– No voy a decirte que no vuelvas a entrar en mi local, tah Derguín. Tampoco te voy a pedir que desde ahora bebas agua de la fuente. Pero te ruego que no olvides quién eres.

Menudo sermón filosófico me ha echado el viejo, pensó Derguín. Le dio un trago a la cerveza, y de pronto le supo amarga como metal recalentado. Sí, era mejor irse y dejar de defraudar a la gente que tanto esperaba de él.

Yo sólo era el que empuñaba la espada. Ahora la espada no está, y yo no soy nadie. Sólo aire condensado que parece tomar la forma de una persona, pero no tengo más entidad que el personaje de una novela. Y la mía ya se ha terminado.

– ¡Eh, tah Derguín! ¡Zemalnit! ¡Ven aquí!

Derguín levantó la mirada. Desde la mesa del Jauría, Abatón le hacía señas y lo llamaba con voces estentóreas. Derguín hizo un gesto de negativa, tratando de no mostrarse desdeñoso, y bajó la mirada a la mesa.

Un minuto después, una mano dura como una tenaza lo agarró del codo y tiró de él sin contemplaciones.

– ¡Ven a beber con nosotros!

El general en persona se había levantado a buscarlo. Eran los privilegios y las servidumbres de ser el Zemalnit. De haber sido el Zemalnit, el símbolo, el personaje. ¿Qué pasaría cuando todos se enteraran de que había extraviado la Espada de Fuego? El secreto sólo lo conocía gente de confianza: Mikha, Kratos, Baoyim y Kybes. Pero aunque fuesen mudos como tumbas, eran cuatro personas al corriente. Demasiadas.

No convenía malquistarse con Abatón. Kratos le había hablado de él, definiéndolo como alguien a quien no se le debía dar la espalda. De modo que Derguín se puso en pie y se resignó a aceptar la invitación.

Abatón era diez centímetros más alto que él y tenía el cuerpo de un atleta. Con un parche en el ojo su aspecto habría mejorado bastante, pero debía considerar que la cuenca vacía y atravesada por una cicatriz le otorgaba un aspecto más temible y autoritario. Sin soltar el brazo de Derguín, lo condujo hasta su mesa y lo acomodó a su derecha.

Si quince estaban apretados, con un comensal más los codos y los hombros no hacían más que chocar, y los pies se enredaban por debajo de la mesa y golpeaban patas o espinillas. Abatón se empeñaba en hablarle como si estuviera sordo, acercándose tanto que lo rociaba con su saliva. Derguín sabía que, después de tantas cervezas, su aliento no debía de oler precisamente a rosas, pero el del general lo estaba mareando. Se sumaba el tufo rancio y apelmazado de la ropa transpirada, más el olor grasiento y ya revenido de los restos de un enorme muslo de ave que reposaban en el centro de la mesa. Algunos opinaban que, transcurridos unos días, la carne de los pájaros del terror estaba más sabrosa, como la de las perdices. Pero en ese momento Derguín, con el estómago revuelto, no podía estar de acuerdo.

La conversación era estridente, rápida y a la vez repetitiva, un enjambre de abejas que pasaban zumbando junto a sus oídos. A Derguín le daba vueltas todo y a ratos le parecía que veía moverse los labios de un hombre mientras que la voz de otro le llegaba con retraso o quizá con adelanto.

– ¿Nos enseñas la corona al valor, tah Derguín?

– ¡Qué estupidez! ¿Crees que la lleva encima?

– Yo la llevaría encima hasta para cagar si me la dieran. Pero, claro, yo soy un vulgar soldado, y en la vida me concederán una condecoración como ésa.

– Tú no eres amigo del comandante en jefe. Siempre hay clases.

– Tampoco cargaste tú solo contra esos chiflados de los Glabros.

– ¡Solo no, rodeado de tías en pelotas! ¡Ya me habría gustado estar allí!

– No habrías tenido cojones.

– ¿Cómo que no? Dame una armadura, una espada mágica y un unicornio, y verás cómo cargo contra todos los dioses del Bardaliut si hace falta.

¿Conque ésas tenemos?, pensó Derguín, y contestó al audaz:

– Pues ánimo, que a lo mejor te hará falta.

– ¿Crees que no lo haría? -El soldado, que tenía una barba fosca y salpicada de espuma, lo miró entrecerrando los ojos-. ¿Te burlas de mí?

– ¡Nada más lejos de mi intención!

– Porque yo tuve que cargar a pie contra esos putos demonios de ojos amarillos.

– De ojos amarillos como el mariquita de tu amigo, Zemalnit -intervino

otro.

– Y lo hice con una lanza y una espada mellada, y un peto de cuero al que le faltan la mitad de las escamas. ¿Por qué no me dan a mí el premio al valor?

– Te propondré para él, descuida -replicó Derguín-. Aunque vuestra compañía me es muy grata, creo que voy a irme a dormir.

Trató de levantarse, pero Abatón lo agarró del brazo y lo volvió a sentar, aprovechando que el equilibrio de Derguín era un tanto precario.

– ¡Por favor, Zemalnit, no nos prives de tu compañía! ¿O debería decir ex Zemalnit?

Derguín notó cómo le huía la sangre del rostro. Así que de esto va todo, pensó.

– Ya te he dicho que me voy. Tengo sueño y he bebido más que suficiente. Gracias por tu invitación. Os dejaré pagada otra ronda.

Abatón seguía sin soltarle, y de nuevo le asperjó de babas la mejilla al decirle:

– Cuentan que en Narak también te quitaron la espada. ¿Sabes que eres

el único Zemalnit de la historia que la pierde dos veces?

– No sé de qué estás hablando.

– Los rumores corren, tah Derguín. Sabemos que tu espada ha desaparecido. ¿A quién se la regalaste, a esa zorra pelirroja de las Atagairas?

Sabía que no debería haberse sentado allí. Abatón estaba muy borracho y era de esos tipos que tienen mal vino. O malas intenciones. O ambas cosas a la vez.

Pero no era el único que lo estaba acosando. Los quince hombres del Jauría parecían orbitar y danzar a su alrededor cual lebreles hostigando a su presa. En todos los ojos brillaba el mismo odio.

En Narak le había ocurrido algo similar. Después de dos años allí, Derguín creía que los Narakíes lo admiraban, para descubrir al final que en realidad lo aborrecían. O quizá estaban divididos; pero el odio y la envidia siempre saben gritar en voz más alta que el amor y la admiración.

Recordó la frase de su acusador en el juicio de Narak: «¿Quién se cree que es ese Zemalnit para llevar siempre la espada colgada a la cintura con la vaina hacia atrás, como un Ainari, como si no le importara ensartar a alguien con ella?». Cuando alguien está en tu contra, cualquier detalle, el más nimio, lo interpreta como una muestra de hostilidad o prepotencia.

En cualquier caso, lo mejor era poner pies en polvorosa cuanto antes.

Derguín logró zafarse de la garra del general y volvió a ponerse de pie. Todos en la taberna lo estaban mirando, como si en las otras treinta mesas no hubiese nada interesante de lo que hablar. Cientos de ojos escudriñándolo, cientos de oídos escuchándolo.

Y todos parecían saber que le habían robado la Espada de Fuego.

No puede ser, se dijo. Todos no pueden saberlo. La mezcla del alcohol y la privación de Zemal lo estaban volviendo paranoico.

– Hay gente a la que crees tu amiga y que no es tan de fiar como parece, tah Derguín -insistió Abatón, y volvió a agarrarlo, aunque esta vez no consiguió que se sentara.

– Eso es asunto mío.

– Tú se lo dijiste a Kratos, a tu amigo del alma Kratos. Pero no hay nada que sepa él que no me cuente. ¡Somos uña y carne!

– Me alegro de saberlo.

¿Kratos lo había traicionado? Derguín le había dejado bien claro que no debía contar nada, que incluso podía poner su vida en peligro.

– Quieres irte, ¿verdad, Zemalnit? Pues es lo mejor que puedes hacer. Nosotros somos soldados honrados, soldados de verdad.

– ¡Bien por el general!

– No necesitamos magia para sentirnos más hombres. Combatimos con esto -se aporreó el corazón- y con esto -se apretó los testículos, lo cual, por alguna razón, le hizo soltar un eructo.

– ¡Bien dicho!

– No somos críos de teta a los que quitan de escribanos para regalarles un premio que no se merecen. ¡Kratos sería mil veces mejor Zemalnit que tú!

Derguín bajó la voz, mirando fijamente a los ojos a Abatón. O más bien al ojo. La órbita vacía del otro le resultaba demasiado repugnante.

– Te ruego que me sueltes, general. Esta conversación ha dejado de interesarme hace rato.

– ¡Qué importante es el niñato! -dijo otro de los soldados.

Abatón seguía sin soltarlo. Hacía ya mucho rato que el contacto había pasado de amistoso a molesto, y de molesto a ofensivo.

Con la ira, a Derguín se le estaba despejando la borrachera y casi se había olvidado de los calambres del brazo. Así pues, la ira debía ser algo bueno.

– Suéltame, general -repitió en voz muy baja.

– O si no, ¿qué? -dijo Abatón, poniéndose en pie y acercándole la cara como si fuera a propinarle un cabezazo-. Sin tu espada llameante no eres nadie.

– ¿Has oído hablar del Arbalipel?

– ¿Del Arbaliqué? ¡Aaaaay!

Derguín agarró la muñeca de Abatón con la mano izquierda y la dobló hacia arriba, forzándola al máximo. Después tiró de él con todas sus fuerzas. El general no tuvo más remedio que seguir el movimiento para reducir el dolor en su muñeca y evitar que se la luxara.

Arbalipel.

«Porque alguna vez no tendréis a mano una espada ni una lanza ni un arco, ni tan siquiera un mísero cuchillo», les había dicho Hriros, su maestro instructor de Arbalipel en la academia de Uhdanfiún.

«¿Vas a enseñarnos a huir sin pagar de las casas de putas?», le había preguntado Deilos, que siempre se hacía el gracioso. Él fue quien voló por los aires con la primera llave de Hriros.

Ahora, Derguín siguió acompañando y acelerando el movimiento de Abatón. Cuando lo soltó, el general iba tan rápido -y tan borracho- que dio un traspiés y cayó sobre una mesa en la que Orbaida acababa de depositar una bandeja con patatas y salchichas humeantes.

Resultaba complicado explicar a aquellos comensales que Derguín no había tenido la culpa. Tanto como razonar con los soldados de Abatón. De repente, se encontró solo contra más de veinte hombres borrachos como cubas y con ganas de pelea.

– ¡A por él, Invictos! -gritó uno.

Un hombre del Jauría agarró a Derguín por el cuello de la casaca para darle la vuelta y propinarle un puñetazo. Mejor habría hecho pegándole directamente. Derguín cerró la mano y, con el impulso de su propio giro, le dio un golpe de martillo en la oreja y le rompió el cartílago.

No había mucho tiempo para pensar. El tipo de la barbaza estaba levantando su jarra para estampársela en la cabeza, mientras que por detrás alguien le acababa de clavar el puño entre los omóplatos.

Eran muchos. Demasiados. Si caía al suelo, tardaba en levantarse y empezaban a pegarle patadas en las costillas y en la cabeza… En las calles de Koras había visto morir así a más de un infortunado, en peleas que empezaban medio en broma y terminaban en entierro.

Pero hoy no sería el funeral de Derguín Gorión.

Observó la distancia que lo separaba de la salida de la taberna y calculó una fracción de segundo a qué aceleración recurrir. La serie de números de Mirtahitéi desfiló a toda velocidad por su cabeza.

Notó un calor ardiente y un desgarrón que partían de su zona lumbar, un latigazo cruzó su columna vertebral y un fuego líquido recorrió sus venas.

Los últimos vapores del alcohol se esfumaron, y el mundo entero se volvió más estable y más lento.

Él sabía que no estaba ocurriendo así, que nada había cambiado en el exterior. Era su percepción del tiempo la que se había modificado y por eso sus rivales parecían moverse a la mitad de velocidad. Si en ese momento Derguín hubiera competido en una carrera de cien metros con un caballo, lo habría derrotado por varios cuerpos de ventaja.

Con las fuerzas que le brindaba Mirtahitéi, levantó sobre su cabeza al tipo de la barba y lo propulsó por los aires. El soldado, que pesaba más de noventa kilos, cayó sobre tres de sus compañeros y los derribó.

Acelerado, era fácil caer en la tentación de descargar sus nudillos contra la mandíbula de alguien. Mirtahitéi no endurecía los huesos, así que, aparte de dejar sin dientes a su contrincante, lo único que podía conseguir de ese modo era romperse una mano. Mejor utilizar otros objetos.

En el Arbalipel también les habían enseñado a manejar palos, cadenas, sillas, incluso platos. La clave estribaba en improvisar un arma con cualquier cosa. Derguín tomó el taburete más cercano y lo rompió contra la mesa. Pertrechado con una pata en cada mano, empezó a repartir golpes por doquier.

Por suerte para él, aparte de la envidia que muchos pudieran sentir por el Zemalnit, no había que olvidar la rivalidad entre compañías y batallones. La pelea se generalizó en la taberna, pero no todos luchaban contra él.

Poco a poco se fue abriendo paso hacia la puerta, que no era más que un hueco abierto entre dos muretes. Superado por un número abrumador de adversarios, no tenía tiempo de andarse con contemplaciones y los golpes que descargaba surtían efectos demoledores. Aunque él los oía más lentos y graves, los chasquidos de los huesos al romperse eran inconfundibles. Se agachó, se levantó, giró el cuerpo, esquivó puños y patadas, siempre moviendo los palos a ambos lados como aspas de un molino impulsadas por un huracán. En alguna ocasión hundió las punteras de sus botas en vientres y testículos, y a un infortunado le partió la rodilla con el talón; pero procuró levantar los pies lo menos posible, pues no habría sido muy oportuno resbalar con la pierna de apoyo y caer al suelo. Avanzó describiendo giros, barriendo a su espalda con las patas del taburete para que nadie creyera que podía atacarlo impunemente por detrás.

Ya sólo faltaban tres metros para la puerta y no quedaba nadie interponiéndose en su camino. Pero en la entrada había aparecido una figura que conocía de sobra, con la cabeza rapada y la espada de Tahedorán a la cintura.

– ¿Quéeessstáaaa paasaaandoaaquíii?

Detrás de Kratos se cernía la mole de Trescuerpos. La llegada de ambos detuvo la pelea por arte de magia. Derguín se desaceleró. Jadeando y con las pulsaciones disparadas, se dio la vuelta.

En los laterales de la taberna, la lucha se había librado entre Invictos, que ahora procuraban ponerse firmes ante su general en jefe, con más o menos éxito. Pero en la parte central había un reguero de mesas y sillas desvencijadas y cuerpos derribados. Algunos estaban tumbados, otros de

rodillas, había quienes se habían sentado en el suelo agarrándose una pierna dolorida o gateaban buscando sus dientes.

A ojo de buen cubero, Derguín calculó que había dejado fuera de combate a quince hombres.

No está mal para un Zemalnit sin espada, se dijo con una sonrisa.

NARAK

Pese a que la sometió y utilizó de todas las maneras posibles, el coito no mejoró el humor de Agmadán. Aun así, al terminar se quedó dormido. Ya no estaba en su mejor forma y para culminar el acto tuvo que sudar tanto que dejó las sábanas empapadas.

Cuando lo oyó roncar, Neerya se apartó hasta el borde de la cama, lejos de su calor pegajoso, de su olor acre y de la humedad del lecho. Estaba pensando en levantarse, salir de la casa y nadar en la piscina, pero prefería esperar a que el sueño de Agmadán fuese lo más profundo posible.

No soportaba al hombre que dormía a su lado. Como cortesana, a menudo había tenido que fingir agrado por hombres ricos y poderosos que en realidad no la atraían. Pero a Agmadán lo aborrecía física y moralmente. Cada vez que la acariciaba sentía como si una tarántula le recorriera la piel y tenía que hacer esfuerzos para contener los escalofríos.

Su solemne juramento, aquel que había tenido que pronunciar para salvarle la vida a Derguín, la ataba a Agmadán. Sólo la muerte podía liberarla de él.

Pero suicidarse sin más sería desperdiciar su vida. Mientras contemplaba los bordados del dosel, pensó que si había de morir se lo llevaría a él por delante.

¿Por qué no ahora? En la mesita tenía los alfileres de platino que se había quitado del pelo al meterse en la cama. Tomó uno, se volvió hacia Agmadán y acercó la punta a uno de sus párpados.

Si aprieto aquí, en el lacrimal, y tuerzo la punta hacia arriba, le taladraré el cerebro y lo mataré. La idea hizo que se le aceleraran los latidos, pero no de miedo, sino por una extraña euforia. Sí, comprendió, era muy capaz de hacerlo.

Pero… No. Hoy le había llegado una nueva esperanza. Durante varias semanas había ignorado si Derguín estaba vivo o muerto. Sin embargo, ahora sabía que, pese a las acechanzas de Agmadán, el joven Ritión seguía siendo el Zemalnit. No sólo eso, sino que había realizado una proeza digna de cantares épicos. Se lo imaginó cabalgando por delante de las afamadas Atagairas, blandiendo sobre su cabeza la Espada de Fuego y sembrando el terror entre los enemigos, y aquel pensamiento hizo que se le erizara la piel de los brazos y de la nuca. Si Derguín conservaba a Zemal, con ella tendría poder suficiente para regresar a Narak y vengarse de Agmadán.

Estaba sonriendo en la oscuridad y frotándose casi sin darse cuenta un muslo contra otro cuando un nuevo pensamiento congeló su sonrisa y paró los latidos de su corazón.

¿Por qué no había venido ya? ¿A qué estaba esperando? ¿Por qué, en lugar de regresar a Narak a buscarla, había viajado más de mil kilómetros al este para embarcarse en una guerra lejana?

Alguna razón tendría, pensó.

No, ningún motivo podía justificar abandonarla a ella en manos de Agmadán. ¿Qué hombre de verdad dejaría a su amada en el lecho de otro? ¿Quién soportaría la idea de imaginar las manos de otro recorriendo la piel de su amante?

En realidad nunca llegamos a ser amantes, recordó, y la tristeza de aquel pensamiento fue tan profunda que los ojos se le llenaron de lágrimas, y tuvo que darse la vuelta en la cama y morder la almohada para sofocar los sollozos.

En ese momento notó algo frío y puntiagudo que apretaba su espalda desnuda entre dos vértebras. Una voz de mujer con acento extranjero le dijo:

– Si gritas o dices una sola palabra, morirás.

PASONORTE

Kratos se apoyó en las almenas del torreón donde se alojaba con su familia y sus oficiales más cercanos. Era el único edificio intacto de las fortificaciones y, según el jefe de ingenieros, no existía peligro de que se derrumbara. Estaba situado en la parte sur de la muralla. De día, se divisaba desde su terrado la rojiza llanura de Malabashi. Según le habían contado, en mañanas claras se alcanzaba a columbrar desde allí la silueta del Kimalidú, la Roca de Sangre. De ese modo tendrían siempre a su alcance el recordatorio de la victoria.

Ahora, de noche, mirando hacia el este, Kratos podía ver la amplia franja de Pasonorte, bañada por la luz azul de Rimom, y más allá la cordillera de Atagaira. Taniar no había asomado aún, pero su resplandor rojo se adivinaba como un fino contorno de sangre dibujando el perfil de las montañas. Aún más lejos, si entrecerraba los párpados, vislumbraba una delgada línea de luz que subía hasta perderse en las alturas. La fabulosa Etemenanki, la torre que llegaba al cielo.

Oyó los pasos de Derguín a su espalda y respiró hondo. Sin volverse todavía, escondió las manos dentro de las amplias mangas de su casaca, un gesto típico Ainari, para evitar que los movimientos de sus dedos delataran su enfado.

Apenas una hora antes, unos soldados que habían salido de la taberna le habían contado que Derguín estaba emborrachándose, levantando la voz, insultando a los clientes y dando pellizcos a todas las camareras que pasaban junto a él. Al acudir a comprobar qué pasaba se lo había encontrado en medio de una gresca multitudinaria.

Quizá Kratos debería haber considerado que esos informes eran exagerados, que tal vez eran otros quienes habían insultado y provocado a Derguín y que los pellizcos se habían reducido a un azote. Pero en los últimos días tendía a sentirse irritable e intolerante con su antiguo discípulo. ¿Cómo podía haber perdido la Espada de Fuego dos veces? ¿Qué creía que era, la típica bolsa de comida con la que un crío va a la escuela y que le birlan en el recreo? No, se trataba de un objeto de poder, un poder mucho mayor del que ambos habían sospechado cuando compitieron en el certamen contra otros cinco Tahedoranes. ¡Derguín tenía una responsabilidad, pero se comportaba de forma más inmadura que su hijo! Valiente ejemplo para Darkos, que parecía obsesionado con tomar al Zemalnit como modelo.

Por fin, se volvió hacia Derguín.

– Te sentirás orgulloso de lo que has hecho.

– No ha estado del todo mal -dijo Derguín, encogiéndose de hombros. Aquel gesto de indiferencia enojó aún más a Kratos.

– ¿Que no ha estado del todo mal? ¿Presumes de ello?

– No, pero tampoco tengo por qué pedir perdón.

– ¿Cómo que no? ¿Acaso te parece edificante que el Zemalnit se involucre en una riña de taberna?

– Supongo que habría sido mucho más edificante dejar que me rompieran

unas cuantas costillas.

– Deberías haber eludido el combate. Siempre hay recursos para ello. No superamos la prueba del Espíritu del Hierro para utilizar con frivolidad el poder que se nos da. ¿Qué mérito tiene dar una paliza a una pandilla de borrachos entrando en Urtahitéi?

– No me hizo falta. Con Mirtahitéi me bastó.

– ¡Y encima alardeas de ello!

– No alardeo, me limito a enunciar un hecho.

¿Era una falsa percepción debida al enfado, o su antiguo alumno estaba bordeando la insolencia?

– ¡No seas pueril, Derguín, por favor! Eres un Tahedorán, y eso implica responsabilidades. Como no deshonrar las enseñanzas que te impartieron en Uhdanfiún.

– Sabes bien lo que opino de Uhdanfiún.

– ¡Tu opinión salta a la vista por tu conducta de esta noche! Por si lo has olvidado, te recordaré que un maestro de la espada debe observar una conducta intachable y no caer en provocaciones.

– ¿Todo maestro de la espada, o sólo yo?

– ¿Qué quieres decir?

– Te recuerdo que cuando entramos en Koras para que los Pinakles nos revelaran el paradero de Zemal, estuviste a punto de decapitar a un oficial llamado Amorgos porque pretendía que dejaras a tu caballo en la muralla. ¡Una conducta muy fría y juiciosa, desenvainar la espada contra un hombre que sólo pretendía cumplir la ley!

– Yo no perdí los estribos en ningún momento. Corrí un riesgo calculado para dejar claros mis privilegios.

– ¿Un riesgo calculado? Si no ando atento y detengo la flecha del guardia, no estarías vivo.

– ¿Vas a echarme en cara los favores que me has hecho?

– La verdad, no tengo tiempo ahora. ¡Se nos haría de día! ¿Cuántas veces te he salvado el pellejo, tah Kratos?

– «El que lleva la cuenta de los favores prestados es como si jamás los hubiera hecho.» Un refrán Ainari, ¿lo recuerdas?

– Recuerdo mejor este proverbio Ritión: «No le hagas favores al ingrato, porque será como si le debieras dinero a él».

– ¿Me llamas ingrato? ¿Me estás llamando ingrato?

– Interprétalo como quieras.

Kratos resopló, sacó las manos de las mangas y se las pasó por la nuca.

– Estamos perdiendo los papeles, Derguín.

– Los estás perdiendo tú, mi ilustre maestro.

Calma, pensó Kratos. Vamos a intentar arreglar esto.

– Abatón me ha pedido que te castigue. Más bien me lo ha exigido. Pero

le…

– ¿Vas a hacer caso a sus exigencias? -saltó Derguín, como si le hubiera picado una avispa, y la posibilidad de arreglo se perdió por el sumidero-. ¿Pretendes azotarme en público como si fuera uno de tus subordinados?

– ¡Por supuesto que no! Él no es el jefe de los Invictos. Además, tú ni siquiera perteneces a la Horda. ¿Cómo voy a castigarte? Pero mañana, cuando ambos estéis más tranquilos, quiero que os deis un apretón de manos en público.

– Bien lo has dicho. No pertenezco a la Horda. ¡No puedes obligarme a nada!

Kratos respiró hondo y bajó el tono de voz. Tal vez recurriendo a los sentimientos…

– Es algo que te pido como favor personal, Derguín.

– ¡De nuevo con los favores! Escúchame bien: lo único que le apretaré al tuerto ése será el gaznate. El muy bastardo me invitó a su mesa para tenderme una encerrona.

– No debes interpretar la conducta de un borracho como si se tratara de un plan elaborado.

– Sabía que me han robado a Zemal. ¿Cómo diantres se ha enterado?

Eso dejó a Kratos sin palabras durante unos segundos.

– ¿Que se ha enterado? ¿Cómo es posible?

– Ésa es mi pregunta. Contéstame tú. Eres su superior. De las cuatro personas que lo saben, el único que tiene contacto directo con él eres tú.

– ¿Crees que yo me he ido de la lengua? ¿Tan poco me conoces?

– Creía conocerte. Creía que eras mi amigo. Todo eso creía…, pero empiezo a dudarlo. Si uno no puede confiar ni en el gran Kratos May, es que el mundo ya no tiene pies ni cabeza.

Derguín se sentó en el vano entre dos almenas, dando la espalda al vacío, y apoyó la cabeza en las manos. Kratos se quedó mirándolo, dudando si acercarse o no. De pronto sólo parecía un joven desvalido, no el poderoso Zemalnit que destrozó a un demonio invencible.

La Espada de Fuego le viene muy grande. Linar debió darse cuenta. El Kalagorinor había dicho que si Kratos ponía el pie en la isla de Arak para luchar contra Togul Barok, moriría. «Derguín, tal vez no», había añadido.

Cuestión de fortuna. Derguín había tenido mucha suerte. Y era un talento natural para la espada, eso era irrefutable. Pero le faltaba el temple del acero.

Y ahí estaba demostrándolo, agitándose y llorando, presa de sollozos incontenibles.

– Vamos, tah Derguín. Un maestro no debe llorar.

– ¿Por qué? ¿Es que los dioses nos crearon sin lágrimas? -dijo él, levantando la mirada. Los ojos le brillaban y su mano derecha, colgada sobre la rodilla, se sacudía con un temblor incontrolable.

Kratos había visto ese tipo de espasmos en personas que habían recibido una herida en la cabeza y que poco después morían entre convulsiones. ¿Qué le estaba ocurriendo a Derguín?

– No sé si servirá de algo, pero te juro por todos los dioses del Bardaliut que no le he contado a Abatón ni a nadie que Ariel te ha robado la espada. Ni siquiera a Aidé, que comparte mi lecho.

– Quisiera creerlo, quisiera confiar en ti. Pero de algún modo ha tenido que enterarse -dijo Derguín, enjugándose las lágrimas y poniéndose en pie.

De pronto, en aquel estado mercurial en que se movían sus emociones, pasó de gimoteante a retador.

– ¡Y los juramentos por los dioses no me valen! ¡Tu palabra no me sirve de nada! -añadió, apuntándolo con el dedo.

Si había algo de lo que se enorgullecía Kratos era de ser hombre veraz. ¿Cómo se atrevía ese jovenzuelo Ritión a ponerlo en duda? Dio dos zancadas hacia él, y con una mano lo agarró de la casaca y con la otra le retorció el dedo que le estaba señalando.

– ¡No eres quien para dudar de mi palabra! ¡No estás a la altura! – exclamó, dándole un empujón tan fuerte que lo estampó contra una almena. A un nivel inconsciente, se asombró de lo poco que pesaba Derguín. ¿Cuánto habría perdido en esa última semana? ¿Cuatro kilos, cinco? Y ya antes no le sobraban.

Pero aquel pensamiento en parte compasivo quedó apagado por su ira, ahogado como una margarita entre cardos.

Derguín agachó la barbilla como si fuera a embestir y lo miró fijamente.

– ¿Que no estoy a la altura? ¿A la altura del gran Kratos, señor de la Horda Roja, vencedor de los Aifolu?

– ¡Guárdate tus sarcasmos! Sé por dónde vas. -Sí, tú me salvaste de ese demonio, se dijo, pero fue un pensamiento fugaz como un relámpago remoto, apenas la pausa entre dos palabras-. No eres nadie para echarme nada en cara, Derguín.

– ¿Por qué no soy nadie? ¡Dilo! ¡Estás deseando decirlo! -gritó Derguín, con los puños apretados.

– Porque eres el único Zemalnit al que le han quitado la Espada de Fuego. ¡No una, sino dos veces! Eres una… una…

Una vergüenza. Incluso a él le pareció demasiado insultante y se dio la vuelta para no mirar a Derguín.

– ¿Dos veces? ¿Dos veces? -A su espalda, el joven estalló en unas carcajadas agudas, casi histéricas-. ¿Y tú me lo dices?

– Sí. Yo te lo digo -repuso Kratos, sin volverse y apretando los dientes.

– ¡A ti te rompieron tu espada Krima, y yo conseguí que te la reforjaran! Pero ¿de qué te sirvió, si te la rompieron por segunda vez? ¡Tú eres una vergüenza como Tahedorán y una decepción como maestro!

– ¡Allawéeee!

Algún genio benigno frenó el brazo de Kratos justo a tiempo. Durante un instante había visto un chispazo blanco entre sus ojos, cegador como el chasquido de un rayo. Ahora estaba mirando de nuevo a Derguín. La hasha de su espada se había detenido a menos de cinco dedos del cuello del joven. Que ni había intentado apartarse ni había acercado la mano al pomo de su propia arma.

La nuez de Derguín subió y bajó dos veces. Pero no había miedo en sus ojos, sino una extraña determinación.

– A orillas del mar Ignoto te dije: «Eres mi maestro, tah Kratos. Jamás levantaré la espada contra ti, aunque en ello me vaya la vida». Nadie podrá decir que Derguín Gorión no es un hombre de palabra. Pero si tienes una lista de discípulos, bórrame de ella, porque yo ya he dejado de considerarte mi maestro. Puesto que tanto te he decepcionado, quédate con esto.

Derguín se quitó el brazalete de oro cruzado por siete estrías rojas y lo arrojó a los pies de Kratos, que aún no había envainado su espada. Después se dirigió a la trampilla. Cuando el brazalete de Tahedorán dejó de tintinear en el suelo, Derguín ya había desaparecido.

– ¡Maldita sea! -gritó Kratos.

Levantó la espada sobre su cabeza, la puso de plano y descargó un tremendo cintarazo contra la crestería del torreón. Tuvo que repetir el golpe hasta tres veces, pero al fin consiguió quebrar la hoja de acero.

Después se apoyó entre dos almenas. Había empujado a Derguín, que chocó contra la piedra, pero que también podría haberse colado por uno de los huecos y caer al vacío. Y después había desenvainado su espada contra él. ¡Contra el hombre que le había salvado la vida!

– Padre…

Darkos estaba subiendo las escaleras que llevaban al terrado.

– No es un buen momento, hijo. Déjame solo.

Darkos se dio la vuelta, agachando la cabeza, y se dispuso a bajar de nuevo.

He estado trece años sin verlo, pensó Kratos. ¿Cómo podía decirle que no era buen momento?

– Espera, Darkos. Ven. ¿Qué tenías que decirme?

El muchacho se acercó con pasos cortos, frotándose las manos y con la cabeza gacha. No era propio de él, que tendía a llevar la barbilla alta y a mirar a los ojos con cierto descaro.

– Yo… He oído algo de lo que ha pasado, lo siento…

– Con los gritos que hemos dado, se nos debe haber oído hasta en el Bardaliut. Soy yo quien lo lamenta, hijo.

– Tengo que… Tengo que decirte algo.

¿Qué habrás hecho ahora? ¿ Tendré que castigar a alguien más?, pensó Kratos. ¿Por qué le temblaba la voz de aquella manera?

– Habla, Darkos.

Su hijo reparó en el brazalete caído en el suelo. Se agachó, lo recogió y se lo tendió a su padre. Éste hizo un gesto con la mano para que esperara.

– Te he dicho que hables, Darkos.

– Yo… os oí conversar a ti y a tah Derguín hace unos días.

– ¿También estábamos gritando?

– No… Es sólo que estaba cerca… y os escuché… Fue en Nidra, antes de marcharnos.

– Continúa.

– Oí el nombre de Ariel. Estaba preocupado porque no la había vuelto a ver. No debería haberlo hecho, pero…

– Pero pusiste la oreja.

Darkos asintió, rehuyéndole la mirada.

– ¿Y qué oíste?

– Todo.

– ¿Todo?

– Lo de la espada.

Kratos respiró hondo. Al final, Derguín iba a tener razón. Al final iba a ser culpa suya que Abatón lo supiera.

– ¿A quién se lo contaste?

– ¡A nadie, padre! Yo… -Darkos tragó saliva y levantó por fin la mirada-. No, no es cierto. No debí hacerlo, pero se lo conté a Rhumi.

– ¿Y a quién se lo contó ella?

– No lo sé, padre. Tiene una amiga que fue prisionera como ella, Dayar. Lo mismo se lo ha dicho.

– Y la tal Dayar se lo habrá contado a alguien más. ¿Entiendes la gravedad de lo que has hecho, Darkos?

– Sí, padre. Siento que por mi culpa hayas discutido con tah Derguín. Deberíais hacer las paces y olvidar lo…

– ¿Deberíamos? ¿Vas a decirnos tú lo que deberíamos hacer?

– Yo… No quería decir eso, era una forma de hablar.

– Estoy enfadado y decepcionado. No quiero castigarte ahora, así que prefiero que te vayas de mi presencia.

Darkos asintió, se dio la vuelta sin decir más y caminó hacia la trampilla.

– Pero hay una cosa que sí te digo, Darkos -añadió Kratos-. No volverás a ver a esa muchacha.

Darkos se revolvió.

– ¿Cómo? No tritures, ¿por qué?

– Ha demostrado que no es de fiar. Lo que tú le contaste, en su boca debió quedar guardado. Además, ha sido esclava de los Aifolu.

– No te entiendo, padre.

– Sí me entiendes. Esclava y deshonrada, no es apropiada para pertenecer a nuestra familia.

– ¡Eso es injusto!

– Olvídate de ella, Darkos. Y ahora, vete a acostar. Mañana hablaremos.

El muchacho bajó la escalera, sin privarse de cerrar la trampilla con un golpazo que levantó una nube de polvo del terrado.

Un par de minutos después, la portezuela volvió a abrirse. ¿Y ahora con quién me toca discutir?, pensó Kratos.

Era Aidé.

– ¿Tú también has estado escuchando?

– Me temo que hay que tapar unos cuantos agujeros en este techo, al menos si lo quieres seguir utilizando como sala de confidencias -dijo ella, avanzando muy despacio hacia él, con los brazos cruzados y balanceándose. Una actitud que a veces presagiaba una noche de acción. Pero sólo si Aidé traía la barbilla baja y los ojos levantados en un gesto de falso pudor. Ahora el mentón venía alzado, de modo que, aunque Aidé medía menos que Kratos, parecía mirarlo desde arriba.

– Mañana haré que arreglen esos agujeros.

– ¿Por qué eres tan injusto con él?

– ¿Con quién? ¿Con mi hijo? Eso no es asunto tuyo…

Ella se detuvo a unos pasos y siguió desafiándolo con sus ojos azules. Por un momento, Kratos sintió como si se presentara a dar novedades ante su antiguo general Hairón.

– Siento lo que he dicho, Aidé. Hoy no me estoy luciendo precisamente…

– No me refería a Darkos, aunque lo has castigado movido por la ira, y sabes que no debes tomar decisiones así. Pero hablaba de Derguín.

– ¿Crees que he sido injusto con él?

– Creo que llevas tiempo siendo injusto con él. ¿Por qué estás tan resentido?

Kratos volvió a apoyarse en las almenas y miró a la nada. Ésa era la misma pregunta que se hacía él.

NARAK

E hombre que dormía en la cama con Neerya se incorporó de un salto. La luz de Rimom que entraba por la celosía reveló que estaba tan desnudo como ella.

– ¿Quiénes sois? ¿Qué significa…?

Antea se echó sobre él y lo derribó en la cama tapándole la boca. Después desenvainó un cuchillo curvo, le tiró de la oreja hacia fuera como una maestra regañona y le cortó el lóbulo. Una mancha oscura se extendió sobre la sábana. El hombre, al que Ariel conocía como Agmadán, politarca de la ciudad, gritó de dolor, pero la manaza de la Teburashi sofocó su voz.

– No digas nada más -susurró Ziyam-. Si no, te cortaremos otra cosa que aprecias más y ya no podrás disfrutar de tu putita.

– ¡Gggmmmm!

– Si piensas que no vamos a cumplir nuestra amenaza porque somos débiles mujeres, te diré que somos Atagairas. No tenemos nada que ver con vuestras hembras ni con vosotros. Di «sí» con la barbilla si lo has entendido.

Pese a su rostro angelical, Ziyam podía hablar con una frialdad que helaba la sangre en las venas. Agmadán asintió, con los ojos abiertos de pavor. A Ariel no le gustaba nada de lo que estaba pasando, salvo ver en apuros al politarca. Él había sido el causante de la ruina de Derguín y la muerte de los cadetes de su academia. Se merecía todo lo peor que le pudiera pasar.

– Ahora los dos vais a vestiros en silencio -añadió Ziyam-. Sólo contestaréis, y en voz baja, cuando yo os pregunte algo.

La madre de Ariel carraspeó. Ziyam la miró de reojo y se corrigió.

– Cuando ella o yo os preguntemos. ¿Entendido?

Ambos asintieron. Después, siguiendo órdenes, recogieron sus ropas de un diván al lado de la cama. Agmadán podría haber seguido desnudo y exhibiendo su tripa flácida y su vello gris todo el tiempo que hubiese querido, porque nadie lo miraba. Todos los ojos estaban clavados en Neerya. Ariel recordaba perfectamente su belleza, ya que le había dado un masaje y había comprobado las proporciones perfectas de su cuerpo no sólo con los ojos, sino también con los dedos. Las demás mujeres parecían incapaces de apartar la vista de ella. Algunas la contemplaban con mal disimulado deseo, mientras que Ziyam y Tríane la miraban de arriba abajo con gesto escéptico, como si fueran tratantes de ganado buscándole tachas a una ternera.

El asalto a la mansión de Neerya no había sido el primer plan de Ziyam y Tríane. Durante el viaje, Ariel había espiado suficientes conversaciones entre ellas como para saber que la reina poseía una máscara gracias a la cual recibía visiones de un ser muy poderoso, un hechicero o tal vez un dios que la llamaba desde Narak.

Pero Ziyam no estaba segura de cómo llegar hasta él. Al poco de desembarcar, cuando recorrían el paseo de la Espina, se quedó asombrada contemplando el enorme frontispicio del templo de Manígulat. Al ver el relieve en el que éste tiraba de la barba al dios loco, la reina dijo a las demás:

– Tiene que ser aquí.

Sin embargo, al entrar en la sala abierta a los fieles, una larga bóveda de más de quince metros de altura excavada en la roca a partir de una cueva natural, Ziyam sacudió la cabeza.

– No. No es esto lo que he visto. Vámonos.

Les explicó que en sus visiones había contemplado otro santuario que también era una gruta, pero mucho más pequeño y en forma de domo, y para entrar en él había que atravesar un boquete circular, una especie de ventana.

– ¿Has visto algún templo así en Narak, Ariel? -preguntó Tríane.

– No, madre. Sólo me enseñaron los de Manígulat y Tarimán. Y el de Tarimán no se parece en nada a lo que la reina nos ha dicho.

Por eso habían decidido recurrir a alguien que conociera bien la ciudad. Ariel sabía dónde estaba la mansión de Neerya, ya que había acompañado a Derguín en varias visitas, y no se le ocurría ninguna otra persona que pudiera guiarlas.

A Ziyam y a Tríane les había parecido una excelente idea. Tanto que ambas habían felicitado a Ariel. Ésta no comprendía el motivo. Pero ahora, al ver con qué desdén miraban a la hermosa cortesana, Ariel empezó a sospechar que la causa estaba relacionada con Derguín Gorión, y temió por la vida de Neerya.

Si tengo que defenderla, lo haré, pensó. Neerya había sido muy dulce y amable con ella desde que la conoció, y sabía que Derguín se entristecería mucho si le pasaba algo. Al pensar en defenderla, Ariel se llevó la mano a la espalda y, bajo la capa, rozó el pomo de Zemal. Por instinto, se le había escapado el mismo gesto que habría hecho su padre.

Una vez vestidos los prisioneros, les ataron las manos por delante, amenazándolos con retorcerles los brazos a la espalda y apretar las ligaduras si daban algún problema. Después, Ziyam les preguntó por algún santuario que cumpliera las características de su visión, sin mencionar cómo había recibido ésta. Neerya y Agmadán cruzaron una mirada. Fue el politarca quien habló.

– Debe de ser el templo de Rimom. Allí hay una oniromante que interpreta los sueños de los fieles.

¡La oniromante! Ariel no había acompañado a Derguín al santuario, pero sabía que allí se había consumado la traición. Su padre se había dormido abrazado a la sacerdotisa para invocar sueños proféticos, y después había despertado sin Zemal y encerrado en una mazmorra de la torre de Barust.

Sin Zemal… Ariel se preguntó cómo se sentiría ahora. Sabía que para él alejarse de la espada era una tortura. Seguramente no habría dormido ni probado bocado desde el robo. ¡Y ya estaba lo bastante flaco! Padre, te prometo que te compensaré, pensó, como si él pudiera escucharla. Te devolveré la espada y a tu amigo con vida, y no permitiré que le pase nada malo a Neerya, y yo misma me vengaré de Agmadán si hace falta.

– Esa espada que tienes colgada en la pared me resulta familiar. ¿No es Brauna, la espada de Derguín Gorión? -preguntó su madre, dirigiéndose a Neerya.

Ella miró de reojo a Agmadán y asintió. Ariel recordó que el politarca le había robado la espada a Derguín.

– Nos la llevamos también -dijo Ziyam, haciéndole una seña a una de las Teburashi para que la descolgara de la pared.

Al salir de la casa pasaron junto a varios cuerpos, los cadáveres de los criados que habían intentado detener a las intrusas, y también el de un enorme mastín que vigilaba la puerta y al que Antea había despachado decapitándolo de un tajo. Neerya miró a Ariel, con los ojos llenos de lágrimas. La niña se sintió aún más culpable.

¿Por qué para conseguir algo bueno hay que hacer cosas tan horribles?, se preguntó. Sin saberlo, se estaba planteando una cuestión que obsesionaba a más de un filósofo en Ritión y otros países.

El grupo bajó de la Acrópolis por unas larguísimas y sinuosas escaleras, con abismos vertiginosos que se abrían a cada lado de las barandillas. A esa hora los funiculares no funcionaban. Agmadán había sugerido despertar a los encargados para que sacaran del establo a los percherones que hacían girar el gran cabrestante, pero Ziyam se negó.

– No haremos nada que llame la atención. No nos vas a engañar, Narakí.

Tardaron tanto en descender que cuando llegaron a la altura de la bahía la luz de Taniar empezaba a mezclarse con la de Rimom y sobre sus cabezas el firmamento se teñía de violeta. Al pie de las escaleras las aguardaban dos de las Teburashi con la carretilla que cargaba el cuerpo del Mazo.

Recorrieron las calles tortuosas del barrio del Nidal, con las ruedas de la carretilla traqueteando en el suelo. En algunas esquinas y plazuelas vislumbraron sombras furtivas, tal vez ladrones que, al ver a un grupo tan numeroso y bien armado, desistieron de cualquier mala intención.

Por fin llegaron ante el templo de Rimom, una pagoda de madera pegada a una de las crestas verticales que subían hacia el distrito del Nido. Las esquinas de los tres tejados estaban vigiladas por gárgolas grotescas que, bañadas en el tenue resplandor violáceo de la noche, parecían mirarlos con severidad. Agmadán -siempre contestando a una pregunta de Ziyamles explicó que el templo lo habían sufragado inmigrantes Ainari y por ese motivo lo habían construido con el estilo arquitectónico de su tierra.

La puerta estaba cerrada. Si había candado, se encontraba en el interior.

– ¿Un santuario del sueño no debería estar abierto de noche? -preguntó Antea.

– Hoy no es día propicio para las consultas -contestó Agmadán.

– Mejor así -dijo Ziyam-. Niña, abre la puerta.

– ¿Cómo? -preguntó Ariel.

– Usa lo que ya sabes.

– ¡Zemal no es una vulgar ganzúa! ¡Es un deshonor utilizarla para abrir una puerta!

– ¿Quién te ha enseñado a hablar así? -preguntó su madre-. Eres una cría. Tú no entiendes de honor. Haz lo que te mandan.

– ¿Ha dicho Zemal? -preguntó Agmadán.

– Silencio, Narakí -le ordenó Antea, imitando con los dedos el corte de unas tijeras a la altura de la entrepierna.

Ariel se quitó la capa y descolgó de su espalda el tahalí al que había enganchado la vaina. Mientras lo hacía, su mirada se cruzó con la de Neerya. Volvió a sentirse culpable, pero la cortesana le sonrió. Fue sólo un segundo, un gesto clandestino que, sin embargo, la reconfortó, como si Neerya le dijera: Confío en ti.

Ariel aferró con la mano izquierda la vaina y con la derecha la empuñadura de Zemal. Después respiró hondo, muy hondo, y tiró de ella.

A la luz de la hoja vio el gesto de asombro de Agmadán. Sin embargo, Neerya no parecía tan sorprendida de que Ariel pudiera empuñar el arma sin morir fulminada. La niña recordó que, cuando se conocieron, la cortesana la miró con ojos penetrantes y le dijo: «Hay en ti más de lo que parece a simple vista». Después había añadido «y también menos», pero eso Ariel tendía a olvidarlo, ya que no le sonaba tan halagador y además no entendía qué podía significar.

Todos se apartaron de ella, sabedores de que un simple roce con el filo del arma podía rebanarles un dedo. Ariel dudó un momento, sosteniendo la vaina de cuero en la zurda y la espada en la diestra. No se atrevía a manejarla con una sola mano. Por fin, se acercó a Neerya y, apartando la punta de Zemal lo más posible, le tendió la funda.

– ¿Me la guardas, por favor?

Ella volvió a sonreír e hizo ademán de cogerla, pero su madre fue más rápida y se adelantó.

– Me la quedaré yo, si no te importa, querida -dijo, mirando a Neerya con una intensidad que a Ariel no le gustó nada.

¿Por qué la odia, si es buena?, se preguntó ingenuamente.

Empuñando el arma con ambas manos, Ariel acercó la punta a la puerta. Volvió a respirar hondo y luego empujó un poco. Sin que notara resistencia alguna, la espada penetró limpiamente y unas volutas de humo se levantaron de los bordes de la hendidura recién abierta.

Con sumo cuidado, como un arquitecto que diseñara unos planos, Ariel dibujó un gran óvalo con la espada. Cuando terminó, retiró el arma. El corte había sido tan limpio y suave que la pieza de madera seguía en su sitio.

– ¡Vamos allá! -dijo Antea.

Sin la menor contemplación, dio una patada y el óvalo serrado cayó al interior del templo. Después entró agachándose y blandiendo su propia espada en posición de ataque. Tres Teburashi la siguieron.

Dentro se oyeron voces, unos cuantos golpes sordos y dos gritos que al instante se convirtieron en estertores ahogados. Pasado un breve rato, Antea asomó la cabeza por la puerta y dijo:

– Despejado.

Tríane le devolvió a su hija la funda, y Ariel envainó la hoja y volvió a colgársela a la espalda. Al entrar al templo vio dos cuerpos tendidos en el suelo sobre sendos charcos de sangre que empezaban a mezclarse en uno solo. Eran un hombre de unos cincuenta años y un chico que no debía ser mucho mayor que la propia Ariel.

– Esto es un sacrilegio -dijo Agmadán-. Declaro ante los dioses que yo no tengo nada que ver con esto y que no estoy obrando por propia voluntad.

– A los dioses les importa un comino lo que digas o hagas o incluso tu mera existencia -dijo Tríane-. Pronto lo comprenderás.

A Ariel la escandalizaron las palabras de su madre. Jamás en la cueva la había oído hablar en ese tono contra los dioses, y de hecho siempre le había dicho que debía temerlos y respetarlos. ¿Por qué parecía haber cambiado de opinión?

A la derecha, tal como había explicado Ziyam, se hallaba el boquete circular que daba acceso al sanctasanctórum. Estaba a un metro del suelo, de modo que tendrían que hacer algunas contorsiones para entrar.

– Vosotras quedaos aquí con el Narakí -ordenó Ziyam a tres de las Teburashi-. Por el momento no nos será necesario, pero si intenta huir o simplemente se pasa de listo, convertidlo en filetes de cerdo.

Por si Agmadán no lo había entendido, repitió las órdenes en su versión del Ritión, que no sonaba demasiado académica, pero sí contundente. El politarca suspiró aliviado, pero añadió, señalando a Neerya:

– Ella tampoco os hace falta, y es mía. Dejadla aquí.

– Qué extraño país, donde un varón puede decir que una mujer es suya sin que le corten los testículos en el acto -dijo Antea, acercando la punta ensangrentada de su espada a las ingles de Agmadán-. Aunque todo tiene remedio.

Por su parte, Ziyam enarcó una ceja y, con gesto burlón, preguntó a la cortesana:

– ¿Tú te consideras suya?

– Yo no soy de nadie -respondió Neerya, mirando desafiante a Agmadán-. Pero hice un juramento.

– ¿Que te obliga a estar con él?

Neerya asintió. Ziyam desenvainó un estilete y lo acercó al cuello de la cortesana. ¡La va a matar como mató al Mazo!, se alarmó Ariel.

– Esto es un caso de fuerza mayor -dijo la reina, punzando ligeramente junto a la yugular de Neerya-. O vienes con nosotras o mueres aquí mismo. Creo que eso te exime momentáneamente de tu juramento. ¿Estás de acuerdo?

Neerya miró a Ziyam a los ojos con gesto desafiante, pero volvió a asentir.

– Iré con vosotras.

Ziyam se apartó y volvió a guardar el estilete en su estrecha vaina.

– Todo arreglado. -Cambiando de nuevo al idioma de Atagaira y señalando a la carretilla, ordenó a las tres Teburashi-: Cuidad bien de eso.

Ariel comprendió que con «eso» se refería al cuerpo del Mazo.

– ¡No puedes dejarlo aquí dentro de esa caja!

Antea la tomó por los hombros, la apartó un poco y se agachó junto a ella.

– Mis guerreras han hecho un gran esfuerzo cargando con él desde Atagaira y Malabashi, a un mundo de distancia. Pero ahora es casi imposible pasarlo por ese agujero. Aquí no le va a ocurrir nada, Ariel.

– ¿Me lo prometes?

– No te lo puedo prometer, porque no depende de mí. Pero si la dragona ha tenido a bien mantener incorrupto su cuerpo, seguro que es porque guarda algún designio para él. Confía en tu señora Iluanka -añadió, acariciando el tatuaje de la niña.

Tras su breve plática con Ariel, Antea se encaramó a la abertura circular y volvió a entrar la primera, retorciéndose con una flexibilidad insospechada en una mujer tan alta y ancha de hombros. Después la siguieron las otras cinco Teburashi, y Ariel, Ziyam y Tríane.

El corazón del santuario era una especie de cúpula natural, más pequeña que la cueva de Gurgdar. Las paredes estaban encaladas y llenas de nichos en los que ardían cientos de velas, y del techo colgaban las raíces de un árbol.

La oniromante estaba sentada en un taburete. Vestía una túnica extravagante que mezclaba todos los colores del arco iris y algunos más, y tenía la cabeza rapada y llena de tatuajes rojos y azules.

– ¿Qué venís a buscar al templo de los sueños? -preguntó en Ritión-. Para consultar a los dioses no hace falta recurrir a la violencia.

– De aquí parte un túnel que baja a las profundidades de la tierra -dijo Ziyam-. ¿Dónde está, bruja?

– Tampoco es necesario faltar al respeto a los sirvientes de los dioses.

– Eres una hembra mortal y no mereces el respeto de una Atagaira. ¡Contesta a mi pregunta y no tientes mi paciencia!

– Esta cueva no tiene otra entrada o salida que la que habéis visto.

La madre de Ariel se acercó también a la sacerdotisa.

– Eso no es posible. Nosotros venimos a despertar al Durmiente. Debes revelarnos cómo llegar hasta él.

La mujer abrió los ojos con espanto.

– ¿Despertar al Durmiente? Locas son quienes quieren invocar al padre de toda locura. ¡Marchaos de aquí por vuestro propio bien!

– Nuestro bien o nuestro mal son decisión nuestra. Dinos lo que queremos saber, mujer.

– Tú… -La sacerdotisa pareció comprender y señaló a Tríane con el dedo. Tú eres de los Antiguos. No deberían…

No añadió nada más. Con una velocidad sorprendente, Tríane sacó un puñal que hasta entonces había llevado oculto bajo la capa y se lo clavó en el pecho. La mujer murió al instante, pero se quedó sentada en un extraño equilibrio y con la barbilla apoyada sobre el esternón.

Ariel se llevó las manos a la boca, horrorizada. Sabía que su madre podía ser dura, casi despiadada, pero era la primera vez que la veía asesinar a alguien.

Una mano le apretó el hombro. Por el tacto suave y el calor de los dedos, comprendió que era la de Neerya. Pero no se dio la vuelta para mirarla. No se atrevía a contrariar a su madre y, después de lo que acababan de ver, temía que desatara su ira sobre la cortesana.

– Tendré que preguntarle al Durmiente -dijo Ziyam, que ni había pestañeado al ver morir a la oniromante.

– Me temo que así es -respondió Tríane.

La reina abrió una bolsa de piel de la que no se desprendía un instante y sacó la máscara. Aunque no parecía más que un tosco trozo de madera con tres rubíes, a Ariel le daba escalofríos. Parecía que las tres gemas eran ojos que la miraban a ella, sólo a ella, y le decían: Eres una ladrona. Has traicionado a tu padre. Por tu culpa mataron al Mazo, y ahora dejas abandonado su cuerpo. Eres cómplice de asesinato, y todavía morirá mucha más gente por tu culpa.

– No, no, no -susurró, tapándose los ojos.

Cuando volvió a mirar, el cuerpo de la sacerdotisa estaba tirado en el suelo sobre una piel de cabra y su lugar en el escabel lo había ocupado Ziyam. La reina de las Atagairas se había puesto la máscara, que, sin cuerdas para atarla a la nuca, se sujetaba por sí sola sobre su rostro.

Fue sólo cuestión de segundos. Las manos de Ziyam, apoyadas sobre sus rodillas, empezaron a temblar como si sufriera de convulsiones. Cuando las sacudidas se extendieron a sus piernas, Antea dio un tirón de la máscara y se la quitó.

– ¡Nooooo! -gritó la reina. Tríane la agarró por los hombros y le susurró algo al oído que consiguió calmarla. En eso su madre era muy buena. Experta en curar.

Lo que Ariel ignoraba hasta entonces era que también fuese experta en matar.

Cuando Ziyam se calmó un poco, se levantó y miró en derredor. Sus ojos parecían ver más allá de las paredes, con la vista enfocada a lo lejos. Ariel se preguntó si no habría perdido la razón. Máxime cuando la reina se acercó al punto opuesto al orificio por el que habían entrado y empezó a palpar y a pegar la oreja a la pared enjalbegada.

– Aquí. Es aquí. No pueden engañar al Durmiente. Es aquí.

Antea aporreó la zona con el pomo de su espada. Los golpes en las paredes sonaban opacos y apagados, TUZZZ, TUZZZ, pero en la zona que señalaba Ziyam parecían más huecos, TOC, TOC.

– Usa la espada, hija -dijo Tríane, poniendo las manos en la espalda de Ariel y empujándola adelante.

Estaba empezando a tomarle el gusto a tal poder. Volvió a desenfundar a Zemal. En la cueva olía a moho y humedad, y ahora también a la sangre derramada de la sacerdotisa, de modo que Ariel aspiró con fruición el pungente aroma a ozono que desprendía la hoja.

Clavó la punta en la pared y empujó hasta el arriaz. No tenía modo de saber si estaba hundiendo la espada en roca maciza o traspasando un muro. No encontraba resistencia, tan sólo oía un suave silbido. Volvió a mover la hoja y se puso de puntillas para que el hueco, si conseguía abrirlo, permitiera pasar a todas. Cuando ya estaba terminando, Antea se acercó y apoyó ambas manos en la pared.

– Es para que no te aplaste -le explicó.

Por fin, Ariel terminó, se retiró unos pasos y envainó a Zemal. Antea apartó las manos y dio un brinco a un lado. El óvalo de pared que Ariel había cortado con la espada se desprendió y cayó hacia dentro. Las pieles y alfombras que cubrían el suelo amortiguaron el golpe, pero se levantó una nube de polvo que hizo toser a Ariel.

Gracias a la visión de la máscara, Ziyam había acertado. La roca maciza no era tal, sino una gran losa de unos dos dedos de grosor, disimulada por la capa de cal. Al otro lado se abría un túnel que descendía hacia las tinieblas. El aire que subía de él era más fresco y olía más seco que el de la agobiante capilla.

– Por ahí -dijo Ziyam. Aún tenía la vista nublada, pero parecía estar recuperándose del trance-. El Durmiente nos espera.

El primer tramo de túnel parecía natural. Las paredes eran rugosas, el suelo anfractuoso y el techo tan traicionero que las Atagairas más altas se propinaron algún que otro cabezazo, y una de ellas tuvo que romper un jirón de túnica para tapar la pitera que se había abierto en la coronilla. La bajada era muy pronunciada; en algunos tramos tenían que agarrarse con fuerza a las paredes para no resbalar y caer rodando.

Pasada una media hora, el túnel desembocó en otra galería muy parecida a la que las había traído desde el lago de Bórax, un gran conducto de paredes lisas, pero seco.

– ¿A la derecha o a la izquierda, majestad? -preguntó Antea, señalando a ambos lados con el globo de luz.

– Por allí. -Ziyam señaló a la izquierda sin vacilar-. Siempre bajando.

El descenso seguía siendo muy empinado, pero en el suelo de aquel nuevo túnel había alguna extraña sustancia que parecía adherirse a las suelas y evitaba que se escurrieran. Ariel se agachó y la tocó con la mano. Si apretaba con los dedos y empujaba, era incapaz de moverlos: aquel material no resbalaba. Para avanzar había que levantar los pies casi en vertical, lo que sumado a la pendiente suponía un esfuerzo considerable para los muslos.

Caminaron durante horas sin detenerse. Ariel empezaba a notar pinchazos en la parte anterior de los muslos, a los que les correspondía frenar el descenso. Las Atagairas, avezadas a viajar por las montañas de su tierra, parecían incansables, pero Neerya tenía el rostro perlado de sudor y se mordía los labios como si quisiera sofocar un continuo quejido de dolor. Sin embargo, en ningún momento pidió un respiro.

El túnel describía vueltas y recodos a ambos lados, y a veces la pendiente se acentuaba o se suavizaba. Todas acabaron desorientadas, sin saber a qué profundidad se hallaban, o si lo que tenían encima era la ciudad, algún rincón despoblado de la isla o las aguas del mar.

Llegó un momento en que los luznagos, agotados, empezaron a adormilarse y perder brillo. A Ariel la espantaba la idea de encontrarse encerrada en la oscuridad absoluta. No era la única, a juzgar por las miradas de las demás. Pero conforme los luznagos se debilitaron hasta parecer febles ascuas en una hoguera moribunda, las exploradoras descubrieron que las paredes emitían un tenue resplandor blanquecino.

– ¿Han estado brillando todo el rato? -preguntó una de las Atagairas.

– Seguro que no -dijo Antea-. Me habría dado cuenta.

– Esta luz es nueva -corroboró Tríane-. Debemos estar muy cerca. ¿Ziyam?

La reina marchaba la primera, todavía sumida en un semitrance, aunque no había vuelto a ponerse la máscara.

– Sí -contestó con aire ausente-. Cerca. Muy cerca.

Hasta entonces habían caminado dentro de la zona de luz proyectada por los luznagos, dejando atrás tinieblas y avanzando hacia nuevas tinieblas. Pero ahora divisaron al fondo un pequeño círculo de claridad, más intensa que la difusa fosforescencia emitida por las paredes del túnel. Ziyam apretó el paso y las demás mujeres la imitaron.

Ariel observó a Neerya. Llevaba un rato caminando como una muerta en vida, con los brazos caídos y la mirada perdida. Ariel se acercó a ella, le tomó la mano y le susurró:

– No va a pasar nada. No les voy a dejar que te hagan nada malo.

Neerya pareció despertar al oír sus palabras y esbozó una sonrisa triste.

– ¿Me defenderás con esa espada?

Se lo había preguntado en un idioma que no era Ritión ni el de las Atagairas. Ariel, que comprendía todos los lenguajes sin saber por qué – aunque empezaba a sospechar que era un don heredado de su madre-, tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba hablando en Pashkriri.

– Se la voy a devolver -respondió, como si Neerya le hubiera echado algo en cara.

– Ojalá tengas ocasión. -Neerya se agachó un poco y susurró-: Va a pasar algo terrible. Te suplico que no uses más a Zemal.

– ¡Silencio, ramera de lujo!

Ariel se volvió. Su madre estaba detrás de ellas y también había hablado en Pashkriri.

– Puedes estar segura de que a ti sí te ocurrirá algo terrible si vuelves a dirigirte a mi hija -añadió Tríane, empujando a Ariel para apartarla-. Recuerda a quién tienes que obedecer y ser fiel -le dijo a ella en otro idioma que tampoco era Pashkriri, sino el que hablaba con Ariel cuando era más pequeña. Derguín lo llamaba «Arcano».

– Sí, madre -contestó Ariel. ¿Cómo podía ser fiel a su madre, y también a su padre, y a la vez evitar que Neerya sufriera daño? ¿Por qué la vida tenía que presentarle disyuntivas que era incapaz de resolver?

La luz no había dejado de crecer. Por fin salieron del túnel y se encontraron en una gran sala que, después de tantas horas caminando entre angostas paredes, se les antojó tan espaciosa como la bóveda del cielo.

Ariel tardó unos segundos en darse cuenta de que lo que estaba viendo era una cúpula achatada de más de cincuenta metros de diámetro. El resplandor provenía de cientos de nervaduras blancas de un palmo de ancho que subían como radios por las paredes hasta unirse en el centro, a unos quince metros de altura.

Era precisamente el centro lo que atraía las miradas de todas.

– Ahí aguarda el Durmiente -susurró Ziyam.

durmiente miente dur el dur aguarda guarda miente

Las palabras de la reina habían despertado extraños ecos, voces que no eran la suya y que se mezclaban en ritmos desconcertantes. Esas voces, aunque rebotaban en todas partes, parecían provenir del centro y se clavaban en los oídos como un cristal rayando una pizarra.

– Va a ocurrir algo muy malo -repitió Neerya.

– Estoy de acuerdo contigo, mujer -murmuró una de las Atagairas.

PASONORTE

Mikhon Tiq estaba sorprendido y, en cierto modo, embelesado. Un par de horas antes había utilizado sus poderes para algo insospechado. ¡Había atisbado el origen de la vida! Según las teorías de filósofos y médicos, cuando la semilla de un varón fecundaba el vientre de una mujer, tomaba la forma de un homúnculo, un ser humano en miniatura, prácticamente con las mismas proporciones que un adulto. Muchos de esos autores, como Arkhómenor o Iluhaspur, aseveraban además que la hembra era un simple receptáculo, aduciendo como argumento la frase ritual con que los padres Ritiones ofrecían a sus hijas en los esponsales: «Te entrego a esta mujer para que siembres en ella hijos legítimos». Por supuesto, tales autores obviaban la cuestión del parecido que suele existir entre hijos y madres.

Cuando la joven vino a consultarle, Mikhon Tiq recurrió a sus sentidos de Kalagorinor y «vio» en el interior de su vientre algo que no parecía un ser humano, sino más bien una mezcla entre pez y renacuajo, con dos ojos diminutos e inexpresivos como los de una gamba. Sin embargo, también había captado que todo iba bien, que aquella criatura estaba sana y no era ningún monstruo que fuese a nacer con aletas o cola de pescado.

Y le latía el corazón. El mismo corazón que a Mikhon Tiq se le había parado cuando Linar lo ahorcó de aquel pino.

Cavilando sobre su visión, Mikhon Tiq caminó sin rumbo. Su paseo lo llevó hasta la taberna de Gavilán. Los soldados contaban que Derguín había organizado una buena pelea en ella, aunque Mikhon Tiq sospechaba que más bien se habría visto involucrado contra su voluntad: su amigo nunca había sido proclive a montar broncas. Ahora el local -el solar, más bien- estaba desierto, con las mesas recogidas. Nadie lo vigilaba. Gavilán había grabado su nombre con hierros candentes en todas las mesas y las sillas, y ni el más insensato se habría atrevido a robarle ni tan sólo un mueble.

Allí estaba Derguín, sentado en el suelo ante la estatua de Anfiún.

Sin decir nada, Mikhon Tiq se acercó a la imagen del dios y apoyó la mano en ella. Aparentemente, era madera. Pero transmitía una extraña vibración a su palma, similar a la que notaba al acariciar la vara que le había arrebatado a Ulma Tor. ¿Sería también de materia transmutable? Sintió la tentación de pronunciar la palabra «bronce» o «mármol» para comprobar si la escultura se metamorfoseaba, pero prefirió no hacerlo delante de Derguín.

Había cosas que Derguín no debía saber. Ni ahora ni, tal vez, nunca. ¿Cómo les había dicho Linar en aquella ocasión?

«Siempre ha habido hechos que se ocultan a la mayoría, y también otros que se ofrecen a la vista de todos pero que nadie alcanza a entender. Os movéis en un estrecho sendero, rodeados por sombras que apenas atisbáis, salvo en vuestras peores pesadillas.»

Derguín ya había atisbado las sombras y se había enfrentado a ellas. Pero ¿estaría preparado para afrontar que las más tenebrosas anidaban en el corazón de su mejor amigo?

– ¿No duermes, Derguín?

– ¿Dormir? ¿Qué es eso?

Mikhon Tiq se sentó a su lado, descansando cada pie encima de la rodilla contraria.

– Nunca he conseguido hacer eso -dijo Derguín.

– Este truco es mío, no me lo enseñó Linar. Siempre he sido muy flexible.

Como un junco. Y como un junco tendré que inclinarme ante la tormenta, pues si intento ser de hierro me partiré en dos.

– Dime, Mikha, ¿a ti también te he decepcionado?

Mikhon Tiq captó la amargura en la voz de su amigo. Era una de esas noches en que uno se siente como un jarrón roto y necesita que alguien recoja sus pedacitos del suelo, los pegue y vuelva a poner el jarrón de pie en su peana.

– Dicen por ahí que la fiesta de la taberna ha estado muy animada – aventuró.

– No te haces idea.

– Me la haré si me lo cuentas. Vamos.

Tras unos momentos de duda, Derguín se desahogó y le relató todo lo que había ocurrido en las últimas horas. Se le veía realmente abatido. Estaba convencido de que había defraudado a Baoyim y a Kybes, y también a Gavilán y a una camarera a la que no conocía pero que, al parecer, lo admiraba.

Y, sobre todo, se arrepentía de haber desilusionado a Kratos.

– Por eso te preguntaba a ti. Si no te decepciono pronto, seguro que te sentirás decepcionado. Bonito retruécano, ¿verdad?

Mikhon Tiq rodeó el hombro de Derguín con el brazo y lo atrajo hacia sí.

– Nunca me has decepcionado, Derguín. Desde que impediste que violaran a esa chica en la cacería secreta, supe que siempre serías un héroe para mí.

– Un héroe que se dedica a apalizar borrachos.

– Concedamos, al menos, que apalizar a veinte borrachos no es una proeza al alcance de todo el mundo. Sobre todo si son curtidos mercenarios.

Derguín soltó una carcajada.

– Eso es cierto.

– ¿No has comido ni bebido nada después de la aceleración?

– Un poco, pero lo vomité. Ahora me duele todo el cuerpo, pero me temo que no es por los golpes, sino por la Tahitéi.

– Por eso mismo deberías dormir.

– No puedo pegar ojo. No… No dejo de pensar que he fracasado. Eso me atormenta.

– No digas eso. Te exiges demasiado.

– Soy… Era el Zemalnit. Un veterano al que respeto me dijo que ya no soy una persona, sino un símbolo. Que debo ser sublime en todo momento.

– Nos resulta muy fácil exigir a los demás que sean sublimes, porque siempre esperamos de los otros más de lo que deberíamos. Pero todos somos iguales. Simples mortales, humanos.

Derguín giró la cabeza y lo miró a los ojos.

– ¿Has dicho lo que he creído oír?

– Mi corazón ya no late y mi cuerpo no envejece como el tuyo. Pero no he perdido la condición humana, Derguín.

– ¿Y en qué consiste la condición humana?

Mikhon Tiq se quedó pensativo. No había una respuesta sencilla. ¿Era humana la diminuta criatura que había visto en el vientre de aquella joven? ¿Linar, Kalitres y él eran humanos? ¿Habían sido humanos el fanático Yibul Vanash, los salvajes Glabros? ¿Lo habían sido los dioses en algún momento?

Se dio cuenta de que Derguín llevaba un rato en trance, casi sin respirar, con la mirada perdida en la nada.

– ¿Qué te pasa? Dime algo, Derguín. ¿Qué te ocurre?

– ¡Rimom! ¡El templo de Rimom!

Mikhon Tiq dio un respingo. Derguín se apartó de él y empezó a dar brincos en el suelo como si se hubiera vuelto loco.

– ¿De qué estás hablando?

Su amigo se volvió hacia él, con los ojos muy abiertos.

– ¡La espada! ¡La está usando! ¡He visto algo!

– Cálmate, Derguín.

– Esa sala… ¡Es el templo de la oniromante! ¡Ariel ha usado la espada y está en Narak!

– ¿Para qué?

– No lo sé. Pero al menos…

Tan de súbito como había empezado a saltar, Derguín se desanimó y se desplomó sobre una de las sillas de la taberna.

– ¿Cómo ha podido llegar tan rápido a Narak? Aunque partiera esta misma noche y galopara solo con Riamar, tardaría diez días en alcanzar el mar, y después tendría que encontrar un barco que me llevara hasta la isla. Para cuando llegue, quién sabe dónde podrá estar Ariel.

– No hay caballo en Tramórea que galope más rápido que Riamar, de eso estoy seguro. Pero existen otras formas de viajar.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Recuerdas cuando Kratos, tú y los demás huisteis del castillo de Grios y acabasteis metidos en aquella hondonada, rodeados de arqueros?

Derguín asintió.

– Entonces nos llegó la salvación desde el aire.

– Y así volverá a ser ahora, Derguín.

– Este mismo mes cumpliré cuarenta y un años -dijo Kratos.

– Según Ahri, la plenitud de un hombre se da entre los cuarenta y los cincuenta.

– Aparte de un pelmazo, Ahri es un filósofo y un pensador. Yo soy un guerrero. ¿Cómo voy a estar en la plenitud?

– Sigues en forma. Incluso cuando tenías el hombro lesionado derrotaste a aquel fanfarrón de Malabashi, y después venciste a los dos gemelos Rasgados.

Sí, Kratos seguía en forma, eso era cierto. Pero sólo porque se sometía a una disciplina estricta. Ejercicio todos los días, ni más ni menos de la cuenta. Comidas cada vez más frugales, porque digería peor y porque además la grasa se le acumulaba en la cintura cuando hacía excesos; si había algo que no soportaba era pellizcarse y pillar una lorza de carne blanda entre los dedos. Vino y cerveza con moderación: las noches de juerga le cobraban una factura onerosa, y al día siguiente se le hinchaban las mejillas y se le formaban unas bolsas debajo de los ojos que lo hacían parecer diez años mayor. Teniendo una amante tan joven, cualquier señal de vejez le daba pavor. Al menos, gracias a que se afeitaba el cráneo no se le notaban las entradas ni las canas, lo que parecía conservarlo en una edad más o menos indeterminada.

Sin embargo, el tiempo era inexorable. Por el momento, Kratos aparentaba ser sólido como el torreón, con sólo algunas grietas y boquetes que tapar. Pero pronto empezaría a desmoronarse, y cuando eso ocurriera sería como el resto de esa ciudad, una ruina decrépita.

Y sin posibilidades de reconstrucción.

Aidé le puso las manos en los hombros. Kratos no tenía ganas de contacto, pero no quería herirla; no, después de todo lo que había hecho esa noche, así que dejó que ella le rodeara la cintura con los brazos y le apoyara la cabeza en la espalda.

– No debes estar resentido con Derguín. No es una emoción digna de alguien grande.

– Cierto. Sólo se resienten los pequeños.

– Pero tú eres grande.

– Podría haberlo sido.

– ¡Lo eres! Eres tah Kratos, señor de la Horda Roja, jefe de los Invictos, brillante vencedor de la batalla de la Roca de Sangre…

– Fue Derguín quien me…

– ¡Calla! Derguín pudo llegar al centro del campamento porque tú habías abierto paso con tu carga al frente de la caballería y a lomos de Amauro. ¡Nadie olvidará tu audaz maniobra!

Kratos se volvió hacia ella.

– Esa audaz maniobra me la sugeriste tú, Aidé.

– ¿Yo? ¿Una joven ingenua que nada sabe de la guerra?

– Tú me dijiste que mi primer plan era demasiado sensato, y que si quería vencer a mi enemigo tendría que clavarle una daga en el corazón.

– Sólo fue una sugerencia. Tú la llevaste a la práctica. Eres tú el general de la Horda, no yo.

Aidé siguió abrazándolo y balanceando las caderas, juguetona. Su sonrisa era ahora pícara, casi burlona, algo que extrañó a Kratos tras el tono solemne de la conversación anterior.

– Quieres decirme algo más, ¿verdad?

– Uh, uh -asintió ella.

– No estoy muy lúcido esta noche, Aidé. Explícate, por favor.

– Cuando me interrumpiste antes, iba a decir que eras el jefe de los Invictos, el brillante vencedor de la batalla de la Roca de Sangre… y el infalible amante de Aidé, la hija de Hairón.

– ¿Infalible? ¿Qué quieres decir?

– Desde que soy mujer, mi cuerpo sigue las órdenes de Taniar. La noche de la celebración, cuando las tres lunas entraron en conjunción…, ya me entiendes.

– Más bien no.

– Debería haber ocurrido algo que no ocurrió.

Kratos empezó a sospechar y se apartó un poco para contemplar mejor el rostro de Aidé.

– Has tenido una falta.

– Creo que está en camino el mejor Tahedorán de la historia. Con la sangre de Hairón el Zemalnit y del gran Kratos May, ¿quién sabe hasta dónde podrá llegar?

Kratos echó cuentas. Apenas había pasado un mes desde la primera vez que Aidé y él hicieron el amor en aquel parque de caza.

– ¿Cómo puedes saber que estás embarazada? No soy médico, pero sé que a veces las mujeres tienen faltas o retrasos sin estar preñadas.

– He recurrido a alguien para cerciorarme.

– ¿Alguna vieja bruja te ha hecho orinar sobre semillas de trigo y cebada?

– Más bien ha sido un joven brujo. Tu amigo Mikhon Tiq. Me ha puesto los dedos aquí. -Aidé tomó la mano de Kratos y la apoyó en su vientre. Él no notó nada distinto-. Y lo ha visto.

– ¿Con los dedos?

– Tú me has contado que los Kalagorinor poseen poderes más allá de la comprensión.

– Sí, te lo he contado.

– Pues Mikhon Tiq me ha dicho que llevo en mi tripa una criatura tan pequeña como un renacuajo, pero que ya tiene ojos y un minúsculo corazón que late.

– ¿Y es niño o niña?

– Demasiado pronto para saberlo, según él. -Aidé le echó los brazos al cuello y le besó en los labios-. Pero algo me dice que será un pequeño Kratos, pelón como tú.

Él se apartó un poco.

– Caramba, yo… No me lo esperaba. Tan pronto…

– Ya te dije que eres un amante infalible.

Una nube cruzó por la frente de Kratos. Ella la interpretó al vuelo.

– No llevo un hijo de Forcas en mi vientre, amor. Ulura me preparaba un brebaje que tomaba todos los días antes de irme a la cama con él. Pero el día que fuimos a cazar juntos no lo bebí, ni volví a beberlo nunca. -Aidé le acarició las mejillas y le rozó las comisuras de los párpados-. Cuando nazca, nuestro bebé tendrá los ojos tan rasgados como tú.

Un bebé. Un hijo. Otro.

Casi sin quererlo, Kratos sonrió. De modo que, cuando uno creía que ya no podía haber cambios en la vida y todo emprendía un declive inexorable, aún se podía crecer. Padre, general de la Horda…

– Tienes razón. -Sus pensamientos saltaron tan veloces que a él mismo lo sorprendieron-. He sido muy injusto con Derguín. No tengo motivos para estar resentido con él. ¡He de pedirle perdón!

En ese momento, oyeron un ruido que los sobresaltó, una mezcla de graznido de cuervo y rugido de león. Ambos rompieron su abrazo y se asomaron a las almenas de la parte norte.

Una sombra enorme pasó volando a unos veinte metros del torreón, tan cerca que el viento provocado por su aleteo les rozó la cara.

– ¡Un terón! -exclamó Aidé, entusiasmada. Una de aquellas bestias aladas había anidado en las rocas de Mígranz durante años. Su desaparición había sido uno de los presagios que movió a la Horda Roja a trasladarse al sur-. ¡Es una buena señal!

Kratos no estaba tan seguro. Había dos figuras humanas a horcajadas sobre la espalda del terón. Una de ellas portaba una luz verde. Supo que era Mikhon Tiq y que el resplandor procedía de las esmeraldas de su bastón, y sospechó que el otro debía de ser Derguín. Ya no le podría pedir perdón. Para cuando se vieran de nuevo, si es que volvían a encontrarse, tal vez ya sería demasiado tarde.

BAJO LA BAHÍA DE NARAK

Ahora que se hallaba delante de la presencia que la había invocado a más de mil kilómetros de distancia, la máscara ya no era necesaria. Ziyam la soltó. La careta resbaló por su pierna y se quedó de pie, equilibrada de una forma imposible sobre el vértice que formaba la barbilla, como si en lugar de aire la rodeara una espesa jalea.

En el centro había un cilindro de basalto negro de seis metros de altura. De él provenía la voz, una voz que al salir se quebraba como la luz al atravesar un prisma y se convertía en un coro discordante. Pero Ziyam sabía que sólo había una voluntad detrás. La voluntad que podía dárselo todo, deseos que anhelaba y otros que ni siquiera había concebido hasta entonces.

– Vengo a ti, señor -susurró-. Vengo a ti para cobrar mi recompensa.

llega sueño largos señor despiértame a ti eterna años ah reparación ha sido la hora mi pesadilla mi recomcomcompensa

Las palabras le llegaban en oleadas confusas, y las de la propia Ziyam se mezclaban con las que provenían del cilindro negro. Oyó un desagradable gorgoteo. Al volverse vio que Irundhil, una de las Teburashi, había caído de rodillas para vomitar. Las demás mujeres estaban tan pálidas como ella y algunas se llevaban las manos a la boca para contener las arcadas.

Todo ondulaba a su alrededor. En el barco que las llevó a Narak varias de ellas se habían mareado, y Ziyam misma había sentido naúseas cuando la mar se picaba y la nave empezaba a zarandearse.

Ahora era la cúpula entera la que oscilaba. No como el barco, que se movía como un solo bloque rígido siguiendo el compás de las olas. Aquí era el propio suelo el que parecía formar olas que se contagiaban al aire, como espejismos de calor en la llanura de Malabashi. Se veían y no se veían, pero sobre todo se sentían en el estómago y en los oídos.

– Pídeme lo que quieras, majestad, menos eso.

Ziyam se volvió hacia la jefa de sus Teburashi.

– Acompáñame, Antea.

Reparó entonces en que había oído la respuesta antes de expresar la orden. ¿Y si no lo hubiera hecho, qué habría pasado, si la respuesta ya se la había ofrecido Antea con cara de pavor? Ahora fue Ziyam quien sufrió una arcada, víctima del vértigo temporal. Se tapó la boca para retener en ella aquel flujo ácido y lo volvió a tragar, quemándose la garganta.

– ¿Quién está hablando? -preguntó Ariel. ¿Por qué lo preguntaba, si nadie había dicho…

Se cuenta que Tubilok fue encerrado de la siguiente manera: Tarimán lo arrojó a un pozo de roca fundida, y después ordenó a Belistar, el viento del Norte, que enfriara la lava con su aliento. La lava se solidificó alrededor de Tubilok, que quedó apresado en el corazón de la roca.

… nada?

Ziyam se volvió a los lados, desconcertada por aquella voz de hombre que no había escuchado en su vida. Los radios de luz que convergían hacia el centro de la cúpula eran líneas rectas y a la vez curvas que sin cruzarse se

anudaban.

No pudo aguantar más y se inclinó para vomitar. Hacía tantas horas que no probaba bocado que sólo devolvió una agüilla amarga mezclada con gotas de sangre.

– ¿Quién está hablando?

La pregunta ya la había oído antes. Había sido la niña, pero cuando la escuchó Ziyam pensó: No está hablando nadie.

– Linar. Fue Linar quien dijo eso.

Ahora era Tríane, la maldita Tríane, la maldita madre de la maldita niña, la que había hablado. ¿Linar? ¿Quién era Linar?

– La roca. La roca.

Ziyam estaba caminando hacia el cilindro negro, pero cada vez parecía alejarse más.

– ¡La roca!

Ziyam dio un respingo. Hacía un instante Tríane se encontraba unos metros detrás de ella, junto a Ariel, pero de pronto estaba agarrándola por la cintura y gritándole algo al oído. Y ella todavía no había empezado a caminar.

– ¡El cilindro negro es la roca fundida! ¡Hay que sacarlo de ahí para acabar con esta locura!

Ziyam se encontró caminando otra vez, en el mismo punto en que se hallaba cuando Tríane le gritó: «¡La roca!»

El cilindro no era lo único que había en el centro de la cripta. Algo había aparecido a su alrededor, o tal vez estaba ya antes, si es que «antes» y «después» significaban algo en aquel lugar. Ziyam ya no lo sabía, sólo sentía que dentro de su cabeza tenía un trapo mojado que no dejaba de hincharse y apretarle contra los huesos del cráneo.

Ese «algo» eran unas extrañas cintas que se revolvían en círculos alrededor del cilindro, unas bandas violetas, o de un tono que recordaba al violeta sin serlo. Un color que no era de este mundo y que proyectaba luces fantasmagóricas, del mismo modo que tampoco era de este mundo la geometría de aquellas cintas que se anudaban y desanudaban en lazos y planos imposibles. ¿Cómo podía una cosa estar delante y detrás al mismo tiempo?

Olía a carne quemada. Las cintas formaron un dibujo en cruz y se lanzaron al rostro de Ziyam. De pronto sintió un dolor lacerante en la mejilla y chilló. Se tocó la cara. Allí estaba de nuevo la cicatriz, con sus bordes rugosos y purulentos.

– ¡No, no! -sollozó-. ¿Por qué me haces esto?

Siguió avanzando, dejando detrás o delante el recuerdo del hierro candente, con el rostro intacto un segundo y quemado al segundo siguiente.

Miró atrás. Las demás mujeres estaban a unos quince pasos, que se le habían hecho largos y eternos como un sueño. Ya le quedaba menos para llegar al centro.

sueño ¿sueño? sueño tendrás despiértame

Cada vez le costaba más mover las piernas. En las montañas de Atagaira había experimentado algo similar, cuando soplaban ventiscas tan fuertes que por más que intentaba avanzar prácticamente se quedaba clavada en el sitio. Pero aquí era distinto. No sentía aire soplando en su cara. Era más bien como si el suelo se empinara ante ella, aunque sus ojos le decían que era llano.

De niña, su hermana Tylse le regaló dos piedras negras que poseían magia, dos imanes que se atraían cuando los acercaba. Pero si ponía uno de ellos al revés y trataba de juntarlos notaba una extraña fuerza que los repelía, como si el aire entre las piedras se volviera sólido.

Era lo mismo que le ocurría ahora. Ella era uno de los imanes. El otro se encontraba en el centro del remolino de cintas violetas y no violetas. Cuanto más se acercaba, más fuerte era la repulsión.

Debo llegar, debo llegar…

Tenía el cuerpo empapado en sudor y sentía calambres en las piernas. Los últimos dos pasos habían sido como escalar un acantilado.

– No lo intentes. No podrás hacerlo.

Se volvió a su derecha. Allí estaba Tríane, a su lado, y también las demás mujeres. El cilindro volvía a encontrarse muy lejos, en el mismo lugar donde había estado o iba a estar.

– Ya lo he intentado y no he podido -respondió.

Tríane la miró con gesto de perplejidad.

– Es cierto, ya lo has intentado -reconoció.

Siguió un diálogo absurdo que aún le provocó más náuseas temporales. Las guerreras rogaron a su reina que no les ordenara acercarse a aquel cilindro custodiado por demonios flotantes, pero ella no se lo había pedido todavía. Tríane le dijo que ella tampoco podía hacerlo, que había poderosos encantamientos que le impedían traspasar las cintas de color alienígena.

– Debe hacerlo mi hija.

– Antea, lleva a tus guerreras al centro. -Ahora sí se lo he pedido.

– Ella tiene la Espada de Fuego. Sólo Zemal puede…

– Es cierto, ya lo has intentado.

– Tríane, inténtalo tú entonces.

Las preguntas y las respuestas se mezclaban como cartas barajadas. Olía a vómito, y luego a más vómito, y a carne quemada y a hierro al rojo vivo.

– ¡Me va a estallar la cabeza! -gritó Neerya, de rodillas y apretándose las sienes. Irundhil estaba tumbada en el suelo, expulsando una repugnante baba verde por la boca y agitando las piernas como si sufriera un ataque del mal sagrado.

– ¡BASTA!

El aire olía a ozono ahora. Ariel había desenvainado la Espada de Fuego y la sostenía ante sí, aferrándola con ambas manos y rechinando los dientes.

Ariel ya no resistía esa locura. Era como si le hubieran levantado la tapa del cráneo y un cocinero loco removiera sus sesos con una cucharilla.

Pero al empuñar a Zemal todo pareció calmarse. Las imágenes dejaron de vibrar y mezclarse, y los sonidos se centraron alrededor del zumbido de la hoja.

– Debes ser tú, hija -le estaba diciendo Tríane.

– No quiero, madre. Tengo miedo.

– No va a pasar nada. Cuando esto termine, le devolverás a Derguín Gorión su arma, y le enseñarás a su amigo con vida.

– ¿Cómo lo sabes? No hemos traído al Mazo. ¿Y si esa mujer nos está engañando?

– Ya has visto que en este lugar actúan extraños poderes. Nada es imposible cuando el mismo tiempo puede cambiar de dirección y volver atrás. ¡Ve, hija!

Ariel cerró los ojos y respiró hondo. Cuando su padre practicaba las Inimyas, las series que debe dominar un maestro de la espada, ella lo observaba a hurtadillas e imitaba sus maniobras con el palo de una escoba. Ahora, para darse valor, recitó la invocación a Taniar con la que se empezaba la primera serie de maestría.

– ¡Oh, diosa roja de la sangre, hermosa llama de los cielos, revélame tus secretos movimientos para que el aire silbe y ensordezca a mis enemigos y para que mi kisha sea cegadora como el relámpago de…!

Unas uñas pellizcaron su hombro. Era su madre, con gesto de terror.

– ¡No menciones ese nombre aquí delante de él! Ahora, ve hacia allá – añadió, señalando al cilindro de basalto-. ¡Ánimo!

Con mucha cautela, poniendo un pie delante de otro como una funambulista, Ariel empezó a caminar hacia el centro de la cúpula.

No había avanzado muchos metros cuando notó una extraña resistencia, como si el aire se hubiera vuelto sólido o estuviera lleno de minúsculas manos que la empujaran hacia atrás. Pero levantó con más decisión la Espada de Fuego y apretó la empuñadura.

– ¡Zemal, concédeme tu poder! ¡En nombre de mi padre, el legítimo Zemalnit, ábreme paso!

La luz de la hoja se hizo más intensa. Las chispas azuladas adquirieron un tono violeta tan extraño como el de las cintas que ondulaban alrededor del cilindro negro. A ambos lados de la Espada de Fuego se formó un ángulo de paredes brillantes, más allá de las cuales el aire chisporroteaba y espumeaba como agua hirviendo. Ariel apretó los dientes y siguió caminando, ahora sin encontrar resistencia. Zemal era la quilla de un barco abriendo las olas y ella la timonel.

– En verdad te digo que eres valiente, niña.

Se volvió a su izquierda. Caminando casi pegada a su espalda venía Ziyam, incapaz de resistir la llamada del cilindro negro. Todas las demás se habían quedado atrás, acurrucadas unas contra otras, como si la cercanía física les brindara algún consuelo. Irundhil había dejado de moverse. ¿Se habría dormido de pura fatiga o estaría muerta?

– Mira adelante, Ariel -le dijo Ziyam-. Él está impaciente.

– Ya no le oigo. Qué dice.

– Que vayamos a liberarle.

Ya habían llegado ante las cintas que giraban y se revolvían en el aire. A ratos parecían planas y un instante después adquirían volumen, como enormes gusanos flotantes que se devoraban y engendraban constantemente a partir de bocas y orificios por los que durante fracciones de segundo se entreveían lugares que no podían estar allí, ventanas abiertas a firmamentos de colores imposibles.

Ariel volvió a mirar a Ziyam. Los dientes y las córneas de la Atagaira resplandecían con una fantasmal luz blanca.

– ¿Qué va a pasar? -preguntó Ariel-. ¿Qué nos van a hacer esas cintas?

– Él dice que no ocurrirá nada. ¡Ten valor!

Algo no estaba bien, algo no funcionaba como debía. Ariel notaba que en su interior se removían órganos de los que nunca había sido consciente. Sus pies habían dejado de tocar el suelo. Aun así, siguió avanzando, empujando contra un vacío sólido, y giró un poco las muñecas para proyectar la punta de la espada lo más lejos posible de su cuerpo.

La empuñadura de Zemal se iluminó y por un instante la diminuta cabeza del pomo cobró vida y movió los labios, aunque la vocecilla que brotó de ellos era tan aguda que Ariel sólo la percibió como un zumbido ininteligible. Ya se hallaban a un paso del círculo de cintas, o tal vez dentro. Era complicado saberlo, pues las distancias cambiaban y ondulaban sin cesar.

La hoja de Zemal vibró con tal violencia que Ariel se sobresaltó y estuvo a punto de soltar el arma. Pero no habría podido, porque esa misma corriente contrajo sus dedos, agarrotándolos sobre la empuñadura, y después se transmitió hasta sus dientes, de los que saltaron unas chispas que le quemaron los labios y dejaron un extraño sabor salado en su lengua.

Las cintas que giraban a toda velocidad se quedaron congeladas en el aire durante unos segundos. Después empezaron a moverse en sentido inverso, a absorberse unas a otras de una manera imposible, hasta que al final sólo quedó una, tan larga y gruesa como Lorbográn, el dragón de río que a veces la visitaba en su cueva. Y aquella serpiente abrió una boca de una geometría imposible y en un santiamén se devoró a sí misma y desapareció.

– ¡Hemos acabado con el embrujo! -dijo Ziyam-. ¡El arma de Tarimán ha vencido a los encantamientos de Tarimán!

Ante ellas sólo se alzaba el cilindro de basalto. Ahora que la barrera de las cintas había desaparecido, Ariel percibió con claridad algo que emanaba de la piedra. No podía definir qué era, pero no le gustaba. Era como un olor que no se llega a captar, o como un sonido en el umbral de la percepción. Pero dejaba el inquietante eco de un hedor a podrido y un chirrido ensordecedor.

– ¿Qué debo hacer ahora?

– Acerca la espada a la piedra.

– ¿Resucitarás al Mazo?

– ¡Te lo juro por el Durmiente! ¡Haz como te digo!

Al posar la punta de Zemal en el cilindro, su hoja se convirtió en una fuente de fuego líquido. Llamas y chispas cegadoras fluían desde la empuñadura hasta la punta y se hundían en la piedra negra. El basalto empezó a calentarse y se formó un círculo rojo que se extendió paulatinamente. Ariel volvió a sentir la vibración en la empuñadura, ahora con una frecuencia más lenta, pero las sacudidas eran tan fuertes que apenas las podía controlar con sus pequeños músculos. Los antebrazos se le agarrotaron y los dedos le dolían de soportar aquel temblor.

El calor empezaba a ser insoportable. Ariel estiró los brazos todo lo posible y apartó el rostro a un lado. Ziyam tenía la cara roja, o tal vez era el reflejo de la piedra fundiéndose, y sus cejas humeaban. Ariel sospechó que a ella le estaba pasando lo mismo, lo que explicaba el olor a pelo quemado que se mezclaba con el ozono de la hoja ardiente.

– ¡Ya es suficiente! -dijo Ziyam, tirando de sus hombros para apartarla.

Ariel no se resistió. Si seguía allí unos segundos más, su cabellera se convertiría en una tea encendida. Retrocedieron las dos, con pequeños pasos, sin atreverse a dar la espalda al cilindro.

Toda la piedra estaba al rojo y por su superficie empezaban a caer enormes goterones fundidos. El chirrido que había intuido Ariel se hizo audible, tan penetrante como un berbiquí taladrando sus oídos. Oyó un plop dentro de su cabeza y notó cómo algo cálido le goteaba por el oído derecho.

– ¡Más atrás, más atrás! -dijo Ziyam. Borradas sus cejas, los ojos de la Atagaira parecían aún más grandes. Siguieron apartándose del centro de la cúpula, hasta llegar de vuelta con las demás mujeres.

En el cilindro ahora rojo se abrió una red de grietas por las que brotaron haces de luz mucho más intensa que la que alumbraba la cúpula.

– Protégeme, Zemal -rezó Ariel. Sus dedos estaban tan agarrotados sobre la empuñadura que parecían haber echado raíces en ella-. Soy la hija de tu dueño. ¡No me dejes morir!

Las grietas se ensancharon, los haces de luz dibujaron un laberinto de líneas quebradas en la cúpula.

Y el cilindro estalló.

Fue una explosión extraña, tan ajena a cualquier comportamiento lógico como todo lo que había ocurrido en aquella cripta milenaria. El cilindro se abrió en varios fragmentos que volaron disparados en todas direcciones, pero apenas una fracción de segundo después quedaron congelados en el aire, dejando a la vista un óvalo de resplandor tan cegador como un sol en miniatura.

Se hizo un silencio sobrecogedor, innatural, como si un pozo de vacío hubiera absorbido todo silencio, como si unas ventosas invisibles tiraran de los tímpanos hacia fuera.

– Creo que es mejor tirarse al suelo -dijo Tríane.

Su susurro fue una piedra rompiendo la quietud del estanque. Un segundo después, Antea rugió:

– ¡Cuerpo a tierra!

La imagen congelada se animó de repente. Con un ensordecedor estallido, los trozos de roca ardiente suspendidos en el aire salieron disparados hacia el exterior de la cúpula a una velocidad inconcebible, entre chispas y silbidos de aire.

Ariel no reaccionó a tiempo. Una piedra incandescente del tamaño de una sandía, suficiente para arrancarle la cabeza de cuajo, voló directa hacia su rostro cinco veces más rápida que la flecha de una ballesta.

Zemal debió haber escuchado su plegaria. Por sí misma o porque la niña la levantó por instinto, su hoja se interpuso en la trayectoria del proyectil. La roca se partió limpiamente al chocar con el filo y los dos fragmentos se abrieron en trayectorias divergentes. Ariel, que había cerrado los ojos, notó un zumbido caliente junto a sus oídos.

Pero sobrevivió.

Cuando abrió los párpados, comprobó que no todo el mundo había tenido tanta suerte. Había dos cuerpos boca arriba inmóviles, uno de ellos decapitado y el otro partido en dos. ¿Quiénes serían?

Que no sean Neerya ni mi madre, rezó, y al momento se arrepintió de haber puesto por delante a la cortesana. Pero aquel ruego le había brotado del corazón.

– Guarda la Espada de Fuego.

¡Neerya! Era ella quien le había susurrado al oído. Ariel se volvió para abrazarla, pero la joven la agarró por los hombros, la apartó y dijo con voz apresurada:

– Escóndela bien si quieres salir de aquí con vida. ¡Vamos!

Sin pensárselo, Ariel obedeció la orden de Neerya y volvió a colgarse a Zemal a la espalda. Mientras, la cortesana se puso delante de ella, tapándola con su cuerpo.

– No mires siquiera.

Su madre, Ziyam y Antea ya se habían levantado. Los cadáveres pertenecían a dos de las Teburashi. Una de ellas era Irundhil. O bien una roca la había destrozado cuando seguía tumbada en el suelo, o había tenido la mala suerte de recobrarse de su ataque y levantarse en el momento más inoportuno.

Pese a la orden de Neerya, Ariel se asomó por detrás de su espalda y miró hacia el centro de la cúpula. Donde antes se hallaba el cilindro ahora se alzaba una estatua metálica de tres metros de altura, con los brazos cruzados sobre el pecho. Ariel, que había visto los restos de Gankru, el demonio al que destruyó Derguín, pensó que aquella escultura era similar.

No era ninguna escultura. Ni tampoco un demonio como Gankru. Cuando abrió los brazos, Ariel pudo ver que eran dos y no cuatro, rematados en manos que habrían podido parecer humanas de no ser metálicas y de dedos aguzados como garras.

– El Durmiente ha despertado -musitó Tríane, cayendo de rodillas.

Todos imitaron a su madre, por propia iniciativa o por no llamar la atención. Ariel también clavó las rodillas en el suelo, siempre detrás de Neerya.

El ser de metal abandonó el centro de la cúpula y se dirigió hacia ellas. Sus pisadas hacían retemblar el suelo y abrían grietas en la piedra, como si caminara sobre un charco helado.

– Dioses del Bardaliut, protegedme -murmuró Neerya. El cuerpo le temblaba como las hojas de un álamo.

La estatua viviente se detuvo a unos pasos de las mujeres arrodilladas. Llevaba una armadura entre plateada y oscura, plagada de crestas y pinchos. O tal vez no era un blindaje sino su cuerpo; resultaba difícil saberlo. En su rostro, si es que era en verdad un rostro, no se apreciaban más rasgos que tres huecos negros, dos donde habrían estado los ojos y otro en el centro de la frente. Coronaban su cabeza tres cuernos que reflejaban la luz con destellos metálicos y se movían como las antenas de un insecto.

Pero eso no era todo. La armadura vibraba y se borraba de la vista como un reflejo inestable en el agua, y dejaba adivinar lo que había debajo. O, sospechó Ariel, lo que una vez hubo.

Dentro de la armadura se entreveía una figura que parecía humana, un hombre muy alto, vestido de blanco, con largos cabellos de plata que le caían sobre los hombros, iluminado por una purísima luz interior. En lugar de tres órbitas vacías tenía dos ojos, azules como el cielo a mediodía, limpios y tranquilizadores.

El hombre les sonrió. Todas ellas sonrieron en respuesta, incluso Ariel.

Pero al mismo tiempo seguía viendo la armadura de metal alternándose en fugaces imágenes con la figura resplandeciente, y notaba el estómago contraído de miedo, como si se hubiera tragado una bola de sal mojada.

– Siete mujeres.

Hablaban dos voces al unísono. Una era dulce y empastada, la otra metálica y plagada de aristas. «Siete mujeres», había dicho. Ariel, agazapada tras Neerya, miró a su alrededor y contó. Su madre, Neerya, Ziyam, Antea y tres guerreras Teburashi. Con ella misma sumaban ocho, no siete. Nunca se le habían dado bien los números, pero no llegaba a ser tan torpe.

A mí no me ha visto, pensó. Pero Neerya no podía taparla tanto, y menos ocultarla de unos ojos que las estaban contemplando desde tres metros de altura.

– Cuantas menos mujeres, mayor la parte de honor. Alguien dijo eso…

El rostro que se transparentaba a ráfagas dentro del casco dudó, tratando de evocar un recuerdo muy lejano.

– Has dormido un largo sueño, mi señor -dijo Tríane.

– Morir, dormir. Dormir, tal vez soñar. Yo soñé que estuve aquí de aquellas cadenas cargado. ¿Quién despertó a Tubilok el Pionero, hermosas damas?

Ariel se agazapó aún más. No pensaba reclamar ningún premio.

Quien sí se incorporó fue Ziyam, que se acercó al que se había denominado a sí mismo «Pionero» con paso cauteloso, casi tímido. Tubilok, que se había estabilizado en su aspecto más humano y reconfortante, se arrodilló junto a ella y le puso ambas manos en la cara, acariciando sus mejillas.

– ¿Quieres compartir el saber y el poder de Tubilok? ¿Quieres comer del fruto de los dioses para que tus ojos se abran y conozcas el bien y el mal?

– ¡Sí, mi señor! -dijo ella con gesto arrobado.

De pronto, Tubilok miró hacia las alturas, como si hubiera escuchado un ruido que a las demás se les escapaba.

– Cambios -murmuró-. Han convocado una reunión. No invitaron al hada malvada al bautizo, dejaron fuera de la boda a la Discordia. Una conducta impropia de hermanos.

Una extraña sonrisa contrajo sus rasgos, que ya no parecían tan puros, y durante un segundo la imagen fantasmal de un ojo rojo se encendió en su frente.

Se había olvidado de la presencia de Ziyam. La imagen blanca desapareció, tragada de nuevo por la armadura. Los dedos que acariciaban el rostro de la Atagaira se convirtieron en guanteletes terminados en puntas metálicas. El dios se incorporó. Al apartar las manos del rostro de Ziyam dejó diez surcos sangrantes en sus mejillas. La Atagaira se desplomó entre alaridos de dolor.

– Quien dijo que Tubilok es un tirano devorador de regalos y ajeno a la justicia no era él mismo justo.

La armadura andante regresó al centro de la cúpula, haciendo estremecerse de nuevo el suelo. Pero ahora se notaba otro movimiento: toda la bóveda empezaba a subir hacia las alturas.

– Cuando llegue el reino de Tubilok y la puerta que las Moiras cierran se abra, éste no será un mundo compatible con la vida humana. Mas, por el momento, me habéis servido y os recompenso con un consejo.

Se volvió un momento hacia las ocho mujeres -siete para él-. No quedaba nada del hombre resplandeciente, sólo esa armadura que ahora absorbía toda luz, más negra que las mismas tinieblas. Tubilok levantó los brazos hacia la cúpula y sus manos se iluminaron con un fulgor rojo que no presagiaba nada bueno.

– Huid mientras podáis.

BARDALIUT

Según los antiguos poetas, el Bardaliut, hogar de los dioses inmortales y bienaventurados, es una ciudad cuyos cimientos no se sustentan en la tierra, sino que flotan sobre las cabezas de los hombres, más allá de las cimas de las montañas y de las alturas donde vuelan los gigantescos terones, e incluso por encima de los rasgados cirros que anuncian con sus reflejos la salida del Sol y de las lunas. Los palacios del Bardaliut son inalcanzables. Por esa razón ni tan siquiera el Rey Gris con toda su ciencia pudo llegar a ellos cuando intentó asaltar los cielos en su impía y temeraria guerra contra los dioses.

Muchos autores han elucubrado sobre la ubicación del Bardaliut. Varum Mahal lo sitúa flotando sobre las inhóspitas montañas de Halpiam; Mibiusha asegura que sus palacios proyectan sus sombras sobre las Tierras Antiguas; y Fliantro afirma que sobrevuela el mar de los Sueños. Pero nosotros creemos que buscar el emplazamiento exacto del Bardaliut es tan inútil como tratar de hallar al ebanista que talló el cofre donde Manígulat guarda encerrados a los siete vientos. Pues, por la propia naturaleza volátil del Bardaliut, no está atado a ningún lugar, sino que puede viajar a voluntad allá donde quieran los dioses, y unas veces se encuentra más cerca del suelo y en otras ocasiones se aleja tanto que va más allá incluso del Cinturón de Zenort y alcanza el reino de las tres lunas.

KENIR, Teoría de los orbes celestes, II, 4-5

Por primera vez en siglos, los dioses están reunidos.

«Siglos» no es una palabra que para los Yúgaroi signifique lo mismo que para los humanos. Cuando un ser afronta la perspectiva de la inmortalidad, de un futuro que se extiende como un horizonte plano e ilimitado, cualquier unidad de tiempo carece de significado estable. Los años pueden percibirse como días, los días como siglos, las horas como eones, y eras enteras pueden convertirse en recuerdos tan concentrados como una tarde de verano.

Pero, como sea, los dioses se han reunido. Pues algo les ha hecho percibir que la situación ha cambiado, de tal suerte que han decidido reengancharse al flujo del tiempo.

Allí se encuentran Anurie y Anfiún, Taniar, Himdewom y Eleris, Shirta, Rimom y Pothine, Diazmom, Vanth, Ashine y Dirpiom, y más dioses aún, hasta llegar a treinta. A todos ellos se les han consagrado templos en los reinos y naciones de Tramórea.

Y, por supuesto, preside aquella asamblea el soberano de todos ellos, el gran Manígulat, señor del rayo y del fuego celeste.

En el pasado los Yúgaroi fueron muchos más de treinta. Los humanos los consideran inmortales, pero no se trata del adjetivo más adecuado para ellos. «Duraderos» sería más preciso. Entre ellos mismos pueden destruirse, como así ha ocurrido en el pasado. Hubo otros que perecieron en las guerras contra los humanos, cuando éstos poseían una ciencia lo bastante avanzada como para ser enemigos dignos de tal nombre.

Como fuere, el número de los moradores del Bardaliut se reduce ahora a tres decenas. Podrían haberse reproducido por medios naturales, artificiales o mixtos -«natural» es otro de los conceptos que para ellos ha adquirido un significado brumoso con el tiempo-. Pero no han mostrado interés en ello.

Algunos pensadores, como Brauntas, Segundo Profesor de la orden de los Numeristas, creen que los Yúgaroi, los grandes dioses, son eternos en el sentido filosófico; es decir, que no tienen principio ni final y que siempre han existido.

Lo cual no es cierto. Pero los dioses llevan siendo dioses desde hace tanto tiempo que el recuerdo de un tiempo anterior a su apoteosis no acude con facilidad a sus mentes.

De hecho, su memoria no es como la de los mortales. Los dioses almacenan siglos, milenios de recuerdos. Si todos se presentaran sin ser convocados cada vez que un sabor, un sonido, un olor o un pensamiento despertaran una asociación mental, sus cerebros se convertirían en caóticos enjambres de imágenes del pasado.

Entre los humanos, los Numeristas son los que más se han esforzado por encontrar un modo racional de organizar los recuerdos, y gracias a sus trucos mnemotécnicos sorprenden a los profanos. Pero su sistema no deja de ser imperfecto, ya que se basa en cerrar los ojos, imaginarse dentro de una biblioteca y pasear por sus salas y recorrer sus anaqueles buscando los volúmenes que quieren consultar.

Los dioses no imaginan bibliotecas metafóricas. Los dioses poseen bibliotecas reales: minúsculas estancias de metal y otros materiales más extraños incrustadas dentro de sus cabezas y en el mismísimo corazón de sus células, donde cada libro o su equivalente -cada imagen, sonido, pensamiento, textura o sabor- se almacena en un recipiente tan pequeño que dentro de un grano de arena cabrían tantos como granos de arena caben en una playa.

Así pues, los Yúgaroi pueden recordarlo todo, siempre que haya ocurrido, lo hayan almacenado en su biblioteca y no hayan decidido borrarlo por propia voluntad.

Pero remembrar el pasado no es una ocupación que les complazca. Incluso la prodigiosa ciencia que creó sus memorias perfectas está, en cierto modo, olvidada. Las maravillas del Bardaliut funcionan por sí solas, o así lo parece. Los dioses no necesitan pensar en ellas. Si no les queda otro remedio, tan sólo han de entrecerrar los ojos y, con una orden mental, solicitar los conocimientos necesarios a los minúsculos bibliotecarios que albergan en sus cuerpos.

Para esos bibliotecarios y para el resto de los diminutos duendes que viven en simbiosis con ellos, los Yúgaroi utilizan un término antiquísimo: nanos. Hay nanos en su cabeza, en sus músculos, en sus huesos, en el icor que fluye por sus venas, en el corazón de cada una de sus células, en toda la magia que los rodea.

Sólo hay dos de los Yúgaroi que no relegan a las sombras su origen ni reniegan de él. Uno no se halla presente en esta asamblea, ni será bienvenido cuando aparezca -que pronto aparecerá-. El otro sí está, aunque de una forma un tanto peculiar que los demás desconocen, pues es maestro de astucias. Se trata de Tarimán, el herrero, el inventor, el dios cojo.

Cuando Tarimán piensa en sus compañeros de raza o en los mortales que habitan en Tramórea, suele acordarse de una frase enunciada en tiempos tan remotos que por aquel entonces sólo una luna flotaba en el cielo: Cualquier tecnología lo bastante avanzada no se distingue de la magia.

En Tramórea perduran algunos restos de la tecnología o ciencia arcana, aunque los hombres los ignoren o los consideren magia. Por ejemplo, la Mixtura que beben los candidatos a convertirse en Tahedoranes y que les permite acelerar sus cuerpos y multiplicar su fuerza no es más que una solución de metales y compuestos orgánicos, en la que nadan billones de criaturas similares a los nanos que pululan en los organismos de los dioses.

Sólo que los más dotados de entre los humanos conocen tres aceleraciones. Los dioses dominan cinco.

Todo esto lo sabe y no lo olvida Tarimán. Pero de momento se limita a guardar silencio mientras observa a los demás. Antes de que empiece la propia asamblea, los dioses forman parejas y grupitos, y conversan entre sí de viva voz o recurriendo a la telepatía, sea ésta compartida o privada.

Una de las creencias humanas es que entre los Yúgaroi existen parejas eternas e indisolubles. Poetas y sacerdotes afirman que el rey Manígulat está casado con su hermana Himíe, señora de la luz del cielo, del mismo modo que la delicada Anurie es esposa inseparable del belicoso Anfiún, o que Rimom, el dios que trae el manto de la noche, es marido fiel de la amorosa y sensual Pothine.

Paparruchas.

Los dioses llevan tantos milenios viviendo, tantos evos, eones o como quieran llamarlos, que han tenido tiempo de aburrirse de sus parejas y de sí mismos, y no una sino varias veces. En algunos momentos, por pura probabilidad, se han formado vínculos como los que les atribuyen los humanos. Pero en otros Manígulat se ha acostado con Vanth, o con Ashine, o con Iyal, o con otros dioses varones, sea manteniendo su sexo o convirtiéndose él mismo en diosa, y también ha habido tríos, cuartetos y otras combinaciones que han durado más o menos tiempo.

Menos es lo habitual. Porque los dioses, en realidad, son seres solitarios. La mayor parte del tiempo lo pasan encerrados en sus estancias privadas, a veces reviviendo recuerdos, más a menudo recombinándolos con fantasías creadas por ellos en escenarios imaginarios pero más convincentes que la propia realidad, o simplemente mirando a las estrellas con la mente en blanco. Pues la eternidad es muy larga.

En el fondo, estos dioses fueron creados como hombres y por los hombres, a imagen y semejanza de los humanos. Como tales, no están preparados para la inmortalidad, para contemplar ante sí un futuro inacabable en el que apenas quedan planes que trazar ni novedades que experimentar, pues todo ha sido probado ya mil veces.

Y por eso estamos tan locos, piensa Tarimán, el dios que no renuncia a recordar.

– Ejem.

Un ronco carraspeo de Manígulat sirve para anunciar a todos que ha empezado la asamblea. No hay asiento ni trono. El rey de los dioses está de pie sobre un suelo de mármol blanco. Sus tres metros de estatura no proyectan sombra sobre las baldosas. Éstas emiten un suave resplandor que se combina con el de las paredes y el techo -que en realidad forma parte del suelo-, inundando la estancia con un baño de luz homogénea.

Los demás dioses forman un semicírculo a una distancia prudencial de Manígulat. Por propia decisión, no hay nadie entre ellos que supere en estatura al señor del fuego celeste. O casi nadie. Es una muestra de respeto, como lo es guardar silencio ante una señal tan leve y tan breve como una simple tos.

¿Por qué los dioses sienten, si no reverencia ni devoción, sí un sano temor por Manígulat? Sin duda es un ser poderoso. Sus huesos están hechos de una fibra de carbono más dura que el diamante y más resistente que el acero. Sus uñas pueden convertirse en garras de un palmo, capaces de rayar la piedra más dura o atravesar un blindaje de bronce. La pupila exterior de cada uno de sus ojos puede proyectar un rayo de luz roja que abrasa la carne y corta el metal como mantequilla. En lugar de nervios que transmiten las órdenes a los músculos mediante lentas sinapsis químicas, posee fibras superconductoras por las que los impulsos y la información viajan a la velocidad de la luz. Dentro de su pecho, en lugar de corazón y pulmones, alberga una batería de microfusión que suministra energía a su cuerpo y, entre otros refinamientos, un anillo de materia híbrida que, con los estímulos adecuados, puede convertirse parcialmente en materia exótica y crear campos de repulsión que le permiten volar.

Pero todo eso, al fin y al cabo, lo poseen los demás dioses.

Sin embargo, Manígulat monopoliza secretos que, a cambio de ciertos privilegios, le brindó Tarimán hace mucho tiempo. En el universo que habitan los Yúgaroi existen cinco fuerzas fundamentales -afirmación que no sería correcta si nos internáramos en otras Branas o en la vastedad del Onkos-. Gracias a lo que Tarimán denomina sus «artilugios», en esencia una configuración especial de los superconductores que recorren su cuerpo, el rey de los dioses puede dominar o más bien trampear una de dichas fuerzas.

Pronto se comprobará cuál de ellas es, pues a no mucho tardar alguien desafiará a Manígulat. Pero por el momento, los demás lo escuchan.

– Mirad, hermanos -dice el rey de los Yúgaroi-. Lo que no podíamos ver y ahora vuelve a estar ante nuestros ojos.

El suelo desaparece debajo de Manígulat y el resto de los dioses. Muchos son los prodigios que pueden obrar. Uno de ellos el de levitar. Pero en este preciso momento no flotan sobre la nada: siguen pisando el mismo suelo que unos segundos antes parecía de mármol y que ahora se ha convertido en un purísimo cristal. Como tantas otras construcciones de los dioses, prácticamente todo el Bardaliut es de materia transmutable. No se trata de magia alquímica, sino de una técnica que manipula las capas exteriores de la sustancia base y hace que parezca y se comporte como lo que no es: hierro, oro, titanio, cuarzo, jaspe, carbono, porcelana, diamante. Una materia transmutable puede ser opaca o transparente, lisa o rugosa, cálida o gélida, tan sólida y estable como una roca o tan líquida y huidiza como el mercurio. Sólo necesita una inyección de energía y las instrucciones pertinentes.

Como los demás, el divinal herrero mira hacia abajo. En el centro de aquella negrura cuajada de estrellas se extiende el mundo de los hombres. Algunos autores mortales lo llaman Kthoma, que en la lengua arcana significa «Tierra». Pero para los dioses siempre ha recibido el nombre de su continente principal.

Tramórea.

Para Tarimán se trata de algo más, algo muy personal. El proyecto Tramórea. Del que él fue artífice principal.

Sólo hay dos grandes masas de tierra. Al norte Tramórea, que da nombre a todo el mundo, y al sur Aifu. Desde las alturas del Bardaliut, en Tramórea se mezclan muchos colores, pero prevalece el verde de los bosques, los prados y los campos cultivados. En cambio, Aifu es mucho más seco y en su mayor parte se ve ocre o rojizo como el ladrillo.

Ambos continentes están rodeados por las que sus habitantes consideran masas de agua separadas, el mar Ignoto y el mar de los Sueños. En realidad, forman un único e inmenso océano. Ahora, el Sol empieza a alumbrar el extremo occidental de Tramórea y el mar Ignoto sigue envuelto en sombras. Pero cuando pasen las horas, desde el Bardaliut se podrá comprobar que miles de kilómetros mar adentro hay tinieblas aún más profundas que ni los rayos del sol pueden iluminar.

Los marinos suelen ser gente supersticiosa y cuentan que si un barco navega lo bastante lejos hacia poniente, acabará llegando al fin del mundo y topándose con una inmensa catarata donde las aguas se vierten hacia la nada entre rugidos de espuma. Es una creencia que se remonta a mucho tiempo atrás, antes de que Tramórea y los propios dioses existieran.

En su momento era una noción absurda -si las aguas se vierten, ¿cómo es que los mares no se han vaciado ya?-, pero en el presente no se halla tan alejada de la realidad. Sin embargo, los pocos navegantes que, arrastrados por alguna tempestad, han llegado hasta tan lejos y han descubierto el borde de aquel abismo insondable no han tenido alimentos ni agua potable suficiente para regresar y contar la razón por la que el océano no se derrama.

– Tramórea -murmura Tarimán. El orgullo de los dioses, ya que fueron ellos quienes la crearon. El reino por el que combatieron contra los mortales que son al mismo tiempo sus antepasados y sus sucesores. El mundo del que se retiraron después de varias guerras y que les ha estado vedado por la ciencia de un enemigo poderoso.

Hasta ahora.

– ¿Ha ocurrido lo que creemos? -pregunta Himíe.

Himíe goza de unas proporciones perfectas y un rostro que ella misma ha diseñado para que sea bellísimo y, sin embargo, posea al mismo tiempo una personalidad acusada. Casi todas las diosas imitan su ejemplo. Excepto, paradójicamente, Pothine, a la que los mortales consideran la divinidad de la belleza y el deseo sexual. Pothine ha elegido otro tipo de perfección, la de la esfera: está tan gorda que puede esconder brazos y piernas entre las grasas de su cuerpo y rodar sobre sí misma, una forma de desplazarse que, al parecer, la divierte sobremanera.

Como ya quedó dicho, la cordura y el equilibrio mental no son las principales virtudes de los dioses.

– Así es -responde Manígulat-. Undraukar ha muerto.

Ese nombre no significaría nada para los humanos, que lo conocían como «el Rey Gris», seguramente por el color del exoesqueleto metálico que utilizaba. Undraukar era muy viejo, aunque no tanto como los dioses. No le faltaban conocimientos para ascender a divinidad y, a pesar de que se le ofreció, siempre se negó a renunciar del todo a su naturaleza humana. En la guerra entre acrecentados -alias Yúgaroi, alias dioses- y naturales, él se puso de parte de los segundos. O más bien, testarudo y contradictorio como era, en contra de los primeros.

«Principios», decía él.

Unos principios absurdos, en opinión de Tarimán. En lugar de alterar su cuerpo y su mente con nanos, superconductores, retrovirus, memorias genéticas mutables y otros adelantos, el Rey Gris decidió recurrir a ayudas externas como el exoesqueleto, conexiones por cable y dolorosos tratamientos antisenescentes. Puesto que ni eso le bastaba para ser inmortal, acabó recurriendo a una cámara de estasis en la que pasaba la mayor parte del tiempo, o más bien del no-tiempo. Economizando como un viejo avaro los años que le quedaban, pensaba llegar a conocer el lejano futuro.

Y era él quien les vedaba el acceso a Tramórea. De ahí la pregunta de Himíe. Durante mucho tiempo, Tramórea ha estado prohibida e incluso oculta de su vista. Por debajo del Cinturón de Zenort se extendía un campo de invisibilidad. O más bien de distorsión: lo que los dioses observaban al fijar la vista en el lugar donde deberían contemplar Tramórea era el firmamento que había detrás, rayos de luz doblados sobre sí mismos para rodear el mundo de los humanos.

Existían otras trampas más insidiosas. De haber intentado atravesar físicamente esa barrera, el campo que el Rey Gris proyectaba desde Etemenanki habría alterado los nanos regeneradores que hacían inmortales a los dioses, convirtiéndolos en una especie de diminutos caníbales que los habrían reducido a materia descompuesta en cuestión de minutos.

Tres de los Yúgaroi, entre ellos Ubshar, al que los humanos consideraban el dios de las aguas saladas, lo habían comprobado en sus propias carnes. Sus muertes no habían sido rápidas ni indoloras, devorados y corrompidos desde el interior de sus cuerpos.

– ¿Eso significa que podemos volver a Tramórea? -pregunta Himíe.

– Y muchas más cosas -responde Manígulat.

Para demostrarlo, levanta una mano. Ahora es el falso techo el que se transparenta. Tan sólo las paredes siguen siendo opacas e impiden que la ilusión de estar suspendidos en el vacío sea total.

Sobre ellos flota la luna azul, Rimom. Desde Tramórea, los humanos la ven como si fuera una moneda flotando en el cielo. Para los Yúgaroi, que están a la mitad de la distancia, orbitando entre los fragmentos del Cinturón de Zenort, su faz es mucho más amplia y brillante.

Y esa faz se altera delante de los ojos de los dioses, y en ella se dibuja el semblante de Manígulat.

Por supuesto, los Yúgaroi no necesitan manipular artefactos con sus dedos, empujar palancas ni girar ruedecillas. Las instrucciones parten directamente de la mente de Manígulat, son obedecidas por mecanismos del Bardaliut y enviadas hacia la luna azul, todo ello en menos de un segundo.

– ¡Hemos recuperado el control de las lunas! -exclama precisamente Rimom, que recibe el nombre del segundo satélite y que en imitación de su superficie hace tiempo que pigmentó su piel de azul.

– Así es -declara con orgullo Manígulat. Cualquier otro de los dioses podría hacer algo similar. Pero el Bardaliut, que es un ser vivo a su manera, sabe que debe obedecer primero a Manígulat, y a los demás sólo si sus órdenes no chocan con las instrucciones del señor de los dioses.

– ¿Por qué no le has puesto mi rostro? -pregunta Rimom con voz quejosa-. Sería más justo.

– No digas sandeces -responde Taniar, que pese a llevar el nombre de la luna roja tiene la piel negra como el ébano. Taniar siempre ha sido más partidaria de Manígulat que el mismo Manígulat.

– Las únicas sandeces suelen salir de tu boca -replica Anfiún, aunque nadie le ha dado cirio en este funeral.

Los mortales creen que Taniar y Anfiún son amigos y camaradas. Lo cierto es que se detestan. La mayoría de los dioses sienten indiferencia unos por otros, pues el odio soporta tan mal como el amor la prueba del tiempo. Pero estos dos, en concreto, se aborrecen desde hace tanto que no recuerdan por qué. Y ese odio es el que ha incitado a Anfiún a intervenir.

Tarimán, un poco apartado de los demás, observa que Anfiún está muy crecido. En el sentido literal del término: su ojo experto calibra que en este momento mide tres metros y cinco centímetros, treinta y cinco milímetros más que Manígulat. Anfiún siempre se ha creído su papel de dios de la guerra, lo que hace que el cuerpo que se ha construido con el tiempo sea absurdamente ancho y musculoso, con unas manos más grandes que su cabeza y unos bíceps y deltoides en proporción.

Anfiún se adelanta, calzado con unas botas de metal ultrapesado que suenan TUDD, TUDD al pisar en ese falso vacío.

– Yo afirmo que lo que dice Rimom no es ninguna sandez. Yo afirmo que los tiempos han cambiado. ¿Acaso has sido tú quien ha matado a Undraukar, hermano Manígulat?

– Vuelve a tu sitio. No te me acerques.

– Te repito la pregunta. ¿Eres acaso tú quien ha matado a Undraukar? ¿Te debemos a ti poder regresar a Tramórea, verla a nuestros pies? ¿Quieres que nos pongamos de rodillas y rindamos homenaje a esa ridícula imagen de ti que has plantado en los cielos? -pregunta Anfiún, señalando a la luna azul.

– ¡Vuelve a tu sitio!

Pothine interviene. Su cuerpo esférico está apenas tapado por una malla de rombos. Pese a sus grasas, se mueve con agilidad e incluso con cierta gracia, dado que además en la sala de control de Bardaliut todos pesan la décima parte de lo que pesarían en su mundo de origen.

– ¡No le calles, hermano! -grita-. ¡Contesta a su pregunta! ¡Vienes aquí pavoneándote delante de nosotros como si de pronto, después de todos estos siglos, hubieras derrotado a nuestros enemigos!

Manígulat parece desconcertado. Se peina la barba con los dedos en un gesto que él siempre ha considerado propio de su majestad. Seguramente esperaba un coro de extasiados Ooooos y Aaaaas cuando enseñara a sus hermanos la esfera multicolor de Tramórea y su ingenioso truco con la luna azul.

Son unos desagradecidos, le transmite a Tarimán por una frecuencia privada.

Lo son, hermano, siempre te lo he dicho, responde el dios herrero, que en un plano más privado aún, suyo tan sólo, piensa: ¿Qué creías que tenían que agradecerte si no has hecho nada? Fueron Derguín Gorión y Ulma Tor, ese oscuro vampiro de las Moiras, quienes acabaron con el Rey Gris, no tú.

– Lo importante no es por qué ni cómo ha ocurrido esto -contesta Taniar-, sino el hecho de que ha ocurrido. Como bien ha dicho nuestro señor Manígulat, Tramórea está de nuevo abierta a nosotros y puede ser nuestra. Y también podemos disponer a nuestro antojo de la energía que nos brindan las tres lunas.

– El porqué y el cómo sí importan -responde Anfiún-. Porque del porqué y del cómo depende quién debe ser nuestro jefe a partir de ahora.

– ¿Cuestionas mi autoridad? -pregunta Manígulat.

– Sólo digo que es hora de que pensemos en cómo actuar, pero todos juntos, no obedeciendo los caprichos de uno solo que se cree el más poderoso, cuando sabe de sobra que hay alguien que le supera tanto como…

– ¡CÁLLATE! -ruge Manígulat.

El rey de los dioses levanta una mano con la que señala a Anfiún. En realidad, no le sería necesario hacerlo, pero los gestos siempre cuentan cuando se trata de exhibir el poder.

Un campo de chispas rodea a Anfiún. Sus enormes dedos se crispan y todo su cuerpo se sacude en convulsiones que lo derriban de espaldas. Sus brazos y sus piernas empiezan a aporrear el suelo -un suelo que, para que la lección de modales sea más evidente y eficaz, ha vuelto a transformarse en mármol-. Son golpes frenéticos, veinticinco por segundo según el cálculo de Tarimán.

Los demás se apartan un poco, asustados. Con su dominio de una de las cinco fuerzas, la electromagnética, Manígulat está manipulando las conexiones internas de Anfiún entre su cerebro, sus nervios superconductores y sus huesos y músculos acrecentados. Si insiste, puede sobrecargarlo tanto que se desgarrará y quemará por dentro más allá de toda posible reparación. Así aniquiló en el pasado a varios dioses, como la hermosa Kurui o el soberbio Fiatam.

– ¿Quién es el señor de los dioses?

– ¡Tú, Manígulat! -contestan todos a coro. Son poderosos comparados con los hombres, pero cuando se trata de enfrentarse a alguien que los supera se convierten en tímidos corderos.

Es algo relacionado con la inmortalidad. Los humanos naturales, que pueden aspirar a vivir ochenta, noventa, cien años a lo sumo, le otorgan a su vida un valor que podríamos llamar x, y aunque se aferran a ella, en algunas circunstancias están dispuestos a sacrificarla en nombre de principios como el amor, la dignidad, la ambición, incluso la curiosidad.

Los dioses, que miden su existencia pasada en milenios y la futura en magnitudes inabarcables, multiplican por esas mismas magnitudes el valor de la x. No hay principios que justifiquen arriesgar una inversión tan grande, un tesoro prácticamente infinito. Harán lo que sea por conservar su vida.

En suma, recapitula Tarimán con cierta melancolía, los dioses son unos cobardes. Al hacerlo se toca la pierna coja, siempre dolorida, un pequeño recordatorio de que él no renuncia del todo a su antigua naturaleza y conserva al menos un ápice de valor.

Y de curiosidad.

Anfiún sigue aporreando con manos y piernas el suelo, girando sobre sí como un trompo. A esa velocidad parece más bien una araña, pues sus brazos y sus piernas se mueven tan rápido que dejan imágenes fantasmales en el aire.

– ¿Quién es el dueño del rayo y el amo del trueno?

– ¡Tú, Manígulat!

– ¿Quién es el soberano del fuego celeste?

– ¡Tú, Manígulat!

– ¡Vais a comprobarlo!

Otra vez el suelo se hace transparente, salvo un círculo blanco que rodea a Anfiún y en el que éste sigue prisionero de aquel ataque de epilepsia que podría llamarse con justicia «mal sagrado», ya que afecta a todo un dios.

Bajo ellos vuelve a verse Tramórea, moviéndose lentamente, pues toda la sala de control gira para proporcionar gravedad artificial a los dioses. Pero Manígulat no se conforma con aquel panorama, y ordena que las paredes también se conviertan en cristal.

Es como si flotaran en el espacio.

Desentendiéndose de Anfiún, que sigue sufriendo convulsiones, Manígulat hace otro gesto. Un sector del suelo se convierte en una gran lupa, centrada en la parte noroeste del continente de Tramórea. La imagen lejana muestra ahora un plano más cercano. Una fortaleza aislada en una llanura. Y bajo ella, como hormigas, combaten dos ejércitos de humanos. Un espectáculo que solía entretener mucho a los Yúgaroi y del que se han visto privados durante mil años.

Salvo Tarimán. Por eso él conoce el nombre de aquella fortaleza.

Mígranz.

10 DE BILDANIL

MÍGRANZ

Durante una semana no se produjeron grandes cambios en el asedio de Mígranz, salvo que las provisiones de ambos bandos menguaban con cada jornada.

En aquellos días, el heraldo subió y bajó varias veces entre el campamento de los Trisios y la fortaleza de la Horda. Las amenazas de Ilam- Jayn sonaban más aterradoras en cada ocasión -violar a todas las mujeres, después también a los niños, obligar a las madres a comerse los intestinos de sus hijos, cocer en agua hirviendo a los prisioneros, verterles metal fundido por todos los orificios del cuerpo-. A cambio, el general Trekos respondía con baladronadas cada vez menos creíbles.

Uno de los mensajes que el heraldo llevó a Ilam-Jayn de parte de la Horda sonaba más o menos así:

«Temblad, Trisios. Nuestros hermanos Invictos, después de aniquilar a un ejército mucho más numeroso que el vuestro y conquistar un fabuloso botín, retornan a su hogar de Mígranz, y su general, el grandísimo Tahedorán Kratos May, no se tomará a bien que hayáis asediado su fortaleza. Retiraos ahora que aún estáis a tiempo o pagad las consecuencias. Ni el nombre del pueblo Trisio quedará para el recuerdo.»

Los Trisios ignoraban refinamientos tales como la cartografía. Las regiones que pudiera haber al sur de Mígranz eran para ellos algo tan ignoto como el mar de los Sueños o la superficie de las tres lunas, de modo que bien podían creer que Kratos y los Invictos eran capaces de regresar en unos pocos días. Cuando el heraldo transmitió aquel mensaje en la yurta de Ilam-Jayn, expurgándolo de referencias a la halitosis provocada por beber leche de yegua fermentada y de epítetos como «piojoso», «inculto» o «sanguinario», observó que el caudillo de los Trisios fruncía el ceño con cierta preocupación.

– Kratos May es un gran guerrero. Cuando vino a las llanuras de Trisia, cazamos uros juntos. No quisiera hacer la guerra contra él.

El heraldo había esperado pacientemente. Aunque era obvio que la última frase de Ilam-Jayn pedía a gritos un «pero», el heraldo esperó con paciencia. No era apropiado que un simple intermediario como él completara las frases de un caudillo.

– Pero -prosiguió el Trisio, jugueteando con el collar confeccionado con muelas de enemigos-, mi pueblo sufre necesidad. Aunque bebí la sangre del uro y la leche de la yegua con Kratos como si fuera mi hermano, él gobierna un pueblo de carneros. Si llega aquí y nos guerrea, que así sea.

El heraldo asintió. Sabía que, en el harto improbable caso de que Kratos hubiera accedido a la petición de auxilio, habría tardado meses en llegar. Mucho más tiempo del que les quedaba a los defensores de Mígranz.

Para convencer a los Trisios de lo contrario, los asediados habían arrojado por las murallas veinte sacos de harina y cinco toneles de cerveza, y también habían volcado un carro entero cargado de manzanas. Pretendían demostrar así que les quedaban víveres suficientes para resistir hasta que les llegara la ayuda del grueso de la Horda. Con un poco de suerte, razonaban, los Trisios, que eran de natural inquieto, se aburrirían del cerco y seguirían camino hacia el sur en busca de presas más fáciles.

El problema era que así, aparte de malgastar alimentos, no conseguían sino despertar la codicia de los bárbaros.

– Mejor será confesar que apenas nos queda comida -sugirió un capitán en una de las reuniones del reducido estado mayor de la Horda-. Así comprenderán que no merece la pena el esfuerzo de asediar esta ciudad.

– O, por el contrario, pensarán que pronto nos rendiremos por falta de fuerzas, y que al menos pueden apoderarse de nuestros tesoros -dijo Trekos-. No, nuestra única posibilidad es que abandonen ahora mismo. Al menos, si se marchan podremos recoger las provisiones que nos quedan y dirigirnos al oeste para pedir refugio en Áinar.

De modo que asediados y asediadores se hallaban en un callejón sin salida, y conforme transcurrían los días la situación empeoraba para ambos bandos. El heraldo, como mensajero imparcial, intentaba observarlo todo con una distante ecuanimidad. Le desagradaban la destrucción y la barbarie, los estragos del hambre y la enfermedad. Pero desde hacía mucho tiempo se había fabricado una coraza interior, una malla de anillos tan finos que no dejaba pasar ningún sentimiento. Cuando podía, hacía lo posible por evitar el sufrimiento ajeno. Pero muchas veces no estaba en su mano aliviar los males de los demás, y en otras ocasiones había comprobado que una acción bienintencionada acarreaba consecuencias imprevistas y negativas. Era mejor limitarse a transmitir los mensajes, puesto que las soluciones que él podía proponer a cualquier de ambos bandos se basaban en su propia lógica. Y había comprobado para su pesar que ni la lógica ni la inteligencia eran los principales motores de la conducta humana.

Pero el 10 de Bildanil todo cambió. Al amanecer los sitiados recibieron señales esperanzadoras que se confirmaron durante el día, y por la tarde sus ilusiones empezaron a desmoronarse para de nuevo remontar el vuelo en un momento glorioso y fulgurante.

Y, con la misma rapidez, todo terminó en un desastre inconcebible.

De los cayanes que el general Trekos había enviado pidiendo ayuda a Áinar no se había sabido nada. Pero al amanecer del día 10, se oyeron primero trompetas y luego campanas por todo Mígranz. Sin desayunar, pues magro desayuno habrían tomado en cualquier caso, los defensores de la fortaleza acudieron a las murallas pensando que los Trisios se habían decidido a atacar con las primeras luces.

Fueron los que hacían guardia en el sector occidental quienes descubrieron que las campanas no tocaban a rebato, sino que tañían en señal de júbilo. A lo lejos, pero a este lado del río Trekos, se divisaban tres grandes polvaredas y otras tantas líneas oscuras y muy alargadas que sólo podían significar una cosa: un ejército Ainari avanzando en su habitual triple línea de marcha.

Quiso la suerte que el heraldo estuviera aquella mañana en la fortaleza y

no en el campamento Trisio, al que pensaba regresar por la tarde. Como los demás, acudió al adarve oeste y observó cómo las polvaredas se acercaban a Mígranz. El parapeto se fue llenando de gente durante toda la mañana, hasta que a mediodía el heraldo calculó que no debía quedar nadie en la fortaleza que no estuviera allí. Eso hizo que se formaran varias filas de espectadores que se empujaban y se ponían de puntillas para atisbar algo. Había hombres y mujeres mezclados, algunos con armas, otros con palos y piedras y otros, la mayoría, con las manos desnudas, ya que al enterarse de que llegaba un ejército del oeste se había extendido la convicción de que el destino de Mígranz ya no estaba en manos de sus defensores. La aglomeración llegó hasta tal punto que algunas personas se precipitaron al vacío por los huecos entre almena y almena. A la derecha del heraldo, un padre se empeñó en encaramar al parapeto a su hijo. El crío, un rabo de lagartija que no debía tener más de cinco años, no hacía más que moverse entre los brazos de su padre y al final se escurrió hacia el abismo.

Se oyó una mezcla de gritos: el ¡Nooooo! del padre, el agudo ¡Yiiiiii! de terror del niño y el ¡Ooooh! espantado de la multitud. Pero apenas duró una fracción de segundo. El heraldo, sin tan siquiera pensarlo, inclinó sobre la almena sus dos metros de estatura, extendió su largo brazo y pescó literalmente por los pelos al rapaz. Después lo levantó en vilo y, todavía agarrado de la cabellera, que por suerte era lo bastante rizada y espesa para no resbalar, se lo devolvió al padre.

– G-gracias -tartamudeó éste.

– ¿Cómo un tipo tan viejo se ha podido mover tan rápido? -preguntó una mujer en susurros.

– No sé, yo ni siquiera lo he visto -contestó otra.

El heraldo iba a sugerirle al irresponsable progenitor que se largase lo más lejos posible del borde de la muralla, pero no fue necesario. Anunciado por el tintineo de lorigas metálicas y golpes de conteras de bronce sobre el suelo, el general Trekos apareció en el adarve rodeado de oficiales y de soldados que despejaron la zona sin contemplaciones.

– Tú quédate aquí -le dijo Trekos al heraldo cuando vio que hacía ademán de marcharse.

– Te lo agradezco -respondió el emisario con una leve inclinación de cabeza.

Era raro que el general se asomara a la muralla. En los últimos días apenas salía del torreón. Sabedor de que no estaba a la altura de las circunstancias como gobernante, prefería eludir la compañía de sus gobernados. Pero sus aposentos, los mismos que había ocupado el gran Hairón, se hallaban orientados al este, y desde allí no podía ver lo que pasaba.

– ¡Han contestado a mi llamada de auxilio! -exclamó al divisar la triple columna que se acercaba desde el Trekos.

Pasado el mediodía, el ejército Ainari ya había llegado a unos tres kilómetros de Mígranz y a poco más de dos mil metros de las líneas de Ilam- Jayn. Sin perder el tiempo en montar un campamento, empezó a desplegarse en orden de batalla, mientras un pequeño escuadrón de jinetes galopaba hacia la empalizada de los Trisios.

A esas alturas, un asistente le había traído un catalejo a Trekos. Habían tenido que requisárselo a un oficial que servía en el adarve norte y que hasta ahora lo había mantenido escondido. Aquellos artefactos, que normalmente se importaban desde Pashkri, valían más de lo que ganaba un capitán en dos o tres meses.

– Van a parlamentar -dijo Trekos-. Van a parlamentar, ¿verdad? -repitió, apartando el catalejo y volviéndose para buscar la mirada del heraldo, al que parecía considerar una especie de asesor.

– Algo me dice que no.

– ¿Por qué? Es la costumbre. Hay que ofrecer batalla para que el enemigo la acepte.

– A veces las costumbres se saltan. Observa, general.

Los jinetes Ainari frenaron sus caballos a unos doscientos metros de la empalizada. Desde allí debieron decir algo a los Trisios que los observaban desde la valla, pero el sonido de sus voces no llegó a la fortaleza. Después, descabalgaron y arrojaron sus lanzas contra la estacada enemiga. Los proyectiles se clavaron en tierra de nadie sin haber recorrido ni la cuarta parte de la distancia que los separaba de la empalizada, pero el gesto debió de satisfacer a los Ainari, ya que montaron de nuevo, volvieron grupas y regresaron a la seguridad de sus propias líneas.

Era una declaración unilateral de guerra.

– Entonces es que no hay nada que parlamentar -dijo Trekos-. No piden condiciones ni exigen a los Trisios que se retiren. Quieren batalla.

El heraldo asintió con gesto grave. Batalla era lo que deseaba el general Ainari, sin duda. Lo cual suscitaba algunas preguntas.

El puesto Ainari más cercano era la ciudad de Tigras, en la frontera occidental del imperio. Se hallaba a unos cinco días de marcha, por lo que parecía razonable que les hubiera dado tiempo a recibir las peticiones de auxilio de Mígranz, organizarse rápidamente y ponerse en camino.

Ahora bien, incluso sumando la guarnición de Tigras a las de los fuertes de Amkrit y del Este no podían reunirse más de diez mil hombres. Allí había muchos más, probablemente el triple. La única explicación era que estuvieran acantonados ya en la frontera cuando llegó la petición de auxilio de la Horda.

En cuestión de minutos, los Ainari formaron un frente de unos dos kilómetros, desplegado de norte a sur y compuesto por rectángulos nítidamente separados. En el centro de cada uno de aquellos batallones ondeaban grandes estandartes, pero además la aguzada vista del heraldo vio que uno de cada cinco soldados llevaba a la espalda, cosida o enganchada a la armadura, una banderola del mismo color que el pendón de su unidad. En los huecos entre los batallones se habían apostado tropas de arqueros y ballesteros y en ambos flancos escuadrones de caballería, más diez batallones de infantería de reserva que permanecían en segunda línea.

Todo muy organizado. Al general Trekos le delató su sangre Ainari cuando se volvió sonriendo hacia sus oficiales y les dijo:

– ¡Qué gusto da ver formar a esos hombres!

Sobre todo si vienen a ayudarte, pensó el heraldo. Bien distinto habría sido que acudieran con intenciones de tomar Mígranz.

Aunque sospechaba que era lo que iba a ocurrir. Si el ejército Ainari lograba derrotar a los Trisios o, al menos, convencerlos de que se retiraran, querría cobrarse su ayuda. Durante muchos años Áinar había permitido que Mígranz fuera un enclave independiente a ciento cincuenta kilómetros de su frontera oriental, porque en el fondo les resultaba cómodo que los soldados de la Horda mantuvieran el orden en la región. Pero ahora que la fortaleza había quedado casi desguarnecida, ¿quién se resistiría a devorar un bocado tan fácil y jugoso?

Además, Áinar tenía un nuevo emperador. La noticia se había difundido por las tierras de Málart hacía un par de semanas: Togul Barok, de quien se creía que había perecido en el certamen por la Espada de Fuego, había regresado de entre los muertos o de dondequiera se hubiera perdido. Lo había hecho tan oportunamente que había llegado a tiempo de recoger el último aliento de su padre, el anciano Mihir Barok.

El heraldo conocía muchas cosas sobre Togul Barok; aunque nunca había estado en su presencia, había visto su retrato en las retinas de otra persona y había oído hablar en muchas ocasiones de sus proezas, como también de sus felonías. Un Tahedorán con ocho marcas de maestría resultaba de por sí un guerrero temible, capaz de derrotar a una veintena de hombres si entraba en aceleración. Se añadía a ello que Togul Barok medía dos metros y un palmo, pero no sufría de acromegalia como otros gigantes de su estatura, sino que gozaba de unas proporciones perfectas y aventajaba en coordinación y agilidad a la mayoría de los hombres.

Por si todo ello no lo convirtiera en un personaje lo bastante llamativo, el nuevo emperador de Áinar poseía otra peculiaridad. En cada uno de sus ojos había dos pupilas, situadas a la misma altura y tan juntas que a cierta distancia semejaban un minúsculo reloj de arena tumbado.

Quienes habían visto a Togul Barok aseguraban que aquellas pupilas eran tan inquietantes que producían escalofríos, pero las consideraban una extraña mutación, como ser albino o tener seis dedos en una mano.

El heraldo sabía que no era así. La doble pupila significaba que el emperador compartía la sangre de los dioses. La pregunta que se hacía era cómo podía haber sucedido. Según el llamado Mito de las Edades, el dios Tarimán había jurado al primer Zemalnit que los poderosos Yúgaroi no volverían a inmiscuirse en los asuntos de los humanos. Durante casi mil años aquel voto se había cumplido, y no sólo porque Tarimán respetara su palabra, sino porque Tramórea se hallaba protegida por poderosos hechizos que mantenían alejados a los dioses: la magia del Rey Gris.

¿Cómo habían conseguido burlarlos para engendrar a alguien de su linaje? ¿Y con qué fin?

Si los propósitos de los dioses eran insondables, los de Togul Barok habían resultado diáfanos desde el principio. Ansiaba subir al trono de Áinar cuanto antes para restaurar la pasada gloria de los tiempos de Minos Iyar y convertirse en nuevo señor de toda Tramórea. Cuando todavía era príncipe, había empezado a organizar un pequeño ejército paralelo. Pero antes de que le llegara la oportunidad de levantarse en armas contra su padre, Hairón el Zemalnit había muerto. Como era de esperar, Togul Barok se había convertido en uno de los candidatos al certamen por la Espada de Fuego; sin duda, el poder que podía brindarle Zemal aceleraría el cumplimiento de sus planes. Siete habían sido en total los candidatos: la Jauka de la Buena Suerte según la bautizó Krust, miembro de aquella septena de guerreros. Una buena suerte muy relativa, puesto que de aquella aventura sólo volvieron con vida tres.

Tiempo después, Krust murió asesinado en Narak, pero la reaparición de Togul Barok compensó su pérdida, de modo que tres seguían siendo los supervivientes de la Jauka de la Buena Suerte: Togul Barok, Kratos May y Derguín Gorión. Tres grandes guerreros, los mayores de su época, dignos de parangonarse con los héroes más célebres de los últimos mil años. Si el heraldo lo juzgaba así era con conocimiento de causa. Pocas personas había más versadas que él en la historia de Tramórea.

Dos de esos tres maestros habían luchado a dos mil kilómetros de allí contra la amenaza Aifolu. En cuanto al tercero, el heraldo habría apostado cualquier cosa a que se encontraba allí abajo. Que las tropas de Áinar hubieran acudido con tal prontitud sólo podía deberse a un motivo: el flamante emperador las tenía ya preparadas en la frontera para empezar su reinado con una campaña de conquista. Primero caerían las tierras de Málart con la excusa de detener la invasión de los Trisios, pero después seguirían Abinia y el norte de Ritión, a continuación el centro de Tramórea y probablemente dejaría para el final Pashkri y el mar de Ritión.

– ¿Cuántos soldados habrán traído? -preguntó un oficial del reducido estado mayor de la Horda.

– Yo diría que cien mil -contestó otro.

– Por la distribución de los batallones, deben de ser unos treinta mil -dijo Trekos.

– ¿Sólo?

– Conozco bien cómo funciona el ejército Ainari. Treinta mil hombres desplegados en el campo de batalla ocupan mucho más terreno del que se suele creer.

El heraldo, cuyo ojo de halcón no precisaba de catalejo, asintió de forma casi imperceptible. Había calculado una cifra parecida a la de Trekos. Treinta mil hombres, el ochenta por ciento de infantería pesada. Contra otros tantos enemigos, todos ellos montados a caballo.

A primera vista se antojaban fuerzas parejas. Pero era como mover piezas de ajedrez contra fichas de damas: aunque se jugase en el mismo terreno, las reglas eran distintas.

Los Ainari no perdieron el tiempo. Cuando los enviados que habían declarado la guerra de forma ritual volvieron a sus filas, sin esperar ulterior respuesta, todo el ejército se puso en marcha entre toques de trompeta y batir de timbales. Pese a la distancia, desde la muralla de Mígranz se oyó el retemblar de sus pisadas en la llanura, ya que avanzaban marcando el paso.

– Eso asustará a los bárbaros -dijo Trekos. Lucía una enorme sonrisa de orgullo, como si fuera el general del ejército que estaba a punto de combatir allí abajo.

Pero tenía razón. Si toda la infantería marchaba con la misma cadencia era para infundir temor en los enemigos y ánimo en los corazones de los propios soldados, que se sentían parte de una entidad mayor que los protegía en su seno.

– ¿Por qué están haciendo eso? -preguntó alguien al cabo de unos minutos.

Su extrañeza se debía a que el centro de las líneas Ainari se había adelantado, de modo que su frente había formado una especie de cuña que apuntaba hacia los Trisios.

– Conociendo la disciplina Ainari, debe ser una táctica premeditada – respondió Trekos, que no hacía más que cambiarse el catalejo de ojo, sin decidir por cuál de los dos veía mejor o peor.

– Es una imprudencia -opinó otro oficial-. Deberían avanzar todos juntos y no dejar fisuras. Eso es lo que busca siempre la caballería: fisuras.

– ¡Allá van esos hijos de puta!

La empalizada que rodeaba Mígranz se había abierto por decenas de sitios, y por allí salieron los jinetes Trisios como un enjambre. Pero dicho enjambre también seguía sus reglas, aunque no fuesen las mismas de los Ainari. El aparente tropel se organizó enseguida en seis escuadrones que embistieron contra la infantería enemiga.

– El choque se va a oír hasta en el Cinturón de Zenort -comentó alguien.

– Poco sabes de los Trisios si piensas eso -contestó un oficial que, por su aspecto, debía de llevar algo de sangre Trisia en sus venas. Había tenido la prudencia de cortarse las trenzas: no era buena época para lucirlas en Mígranz.

Aquel hombre sabía lo que decía. Los jinetes de las estepas norteñas no buscaron el choque directo. Cuando se hallaban a unos veinte metros de las líneas Ainari, giraron hacia la derecha y, en medio de una batahola de gritos, dispararon sus flechas. Cada uno de los seis escuadrones pasó así por delante de un sector del frente Ainari, cabalgando durante unos cien metros en paralelo a las primeras líneas. Los Trisios soltaban proyectiles a toda velocidad, mientras controlaban a sus monturas usando sólo sus rodillas. Después de un rato, dejaban de disparar, se volvían de nuevo a la derecha y se retiraban.

Pero se trataba de una falsa retirada. Cuando llegaban cerca de la empalizada descansaban unos momentos, se surtían de flechas si habían agotado las de sus aljabas y emprendían de nuevo el ataque. Vistos desde arriba, los escuadrones Trisios dibujaban seis grandes bucles que giraban a dextrórsum y que nunca llegaban a tocar la formación enemiga.

Al principio, el centro de los Ainari siguió avanzando, pero después se quedó clavado en el sitio ante el acoso enemigo. Desde los huecos que había entre sus batallones también volaban andanadas de flechas, pero resultaba difícil alcanzar a los ágiles jinetes Trisios. Aunque algunos caían, la mayoría salían indemnes de sus arremetidas contra el enemigo.

– ¿Qué está pasando, general? ¿Están cayendo muchos Ainari? – preguntaban los oficiales, ya que no resultaba fácil distinguir los detalles desde el parapeto.

Por el momento, los escudos de roble de los Ainari y sus petos reforzados con placas de metal parecían resistir. Pero después de varias cargas, aquellos escudos empezaban a parecer alfileteros erizados de flechas. Algún soldado intentaba darle la vuelta al suyo para arrancarle los dardos enemigos, pero en la maniobra sólo conseguía ofrecer un blanco fácil, y más de uno cayó con un proyectil Trisio clavado en la boca o entre los ojos.

– ¿Por qué no mandan a su caballería para poner en fuga a los Trisios? – dijo Trekos, cuya sonrisa empezaba a borrarse.

Los flancos del ejército Ainari ni siquiera habían entrado en liza. Era el centro adelantado el que soportaba la presión de los enemigos, y ni avanzaba ni retrocedía. Así transcurrió tal vez media hora. Los defensores de Mígranz se desesperaban viendo que los aliados que habían acudido a su rescate no ganaban ni un palmo de terreno, y que en su frente se estaban abriendo algunos huecos que tenían que rellenar las filas posteriores.

– Los Trisios son unos cobardes -dijo Trekos-. No tienen redaños para luchar hombre a hombre.

– No es su forma de combatir -replicó el oficial de sangre Trisia-. Pero eso no quiere decir que no tengan redaños. ¿Para qué van a chocar cuerpo a cuerpo con tropas blindadas, si saben que perderían? Les basta con contener a los Ainari y desgastarlos poco a poco.

El heraldo inclinó la cabeza junto a él y le susurró:

– Yo que tú me callaría, amigo. Como mensajero, sé que quienes cuentan lo que la gente no quiere oír acaban mal.

El Trisio levantó el cuello para mirarlo e hizo un rictus con la boca, pero siguió su consejo.

El sol empezaba a bajar hacia el oeste. Durante un rato, los testigos de la batalla tuvieron que ponerse las manos encima de las cejas a modo de visera. El resol impedía ver bien y las galopadas de los Trisios habían levantado una polvareda que convertía la mayor parte del frente de batalla en una nube blanquecina de la que apenas destacaban algunas siluetas.

Pero, pasado un rato, se produjo una breve pausa en el combate. El polvo se asentó y unas nubecillas oportunas que venían del oeste taparon el sol. Durante unos minutos, los jinetes Trisios permanecieron junto a la empalizada, aunque algunos se habían vuelto tan audaces que cabalgaban en solitario contra las filas enemigas, disparaban sus flechas y regresaban casi siempre ilesos para recibir las felicitaciones de sus compañeros.

– Eso mina la moral de cualquiera -dijo un oficial.

– La moral de los Ainari es de hierro -contestó Trekos-. Si aguantan así, es porque su general reserva alguna táctica.

– Pues ya va siendo hora de que la utilice.

Como si las palabras de aquel hombre fueran proféticas, la punta de la cuña Ainari se abrió y de ella salió una formación, una unidad desplegada en cuadro que no podía constar de más de doscientos hombres, todos uniformados de negro.

– ¡Están locos! -exclamó Trekos, y le pasó el catalejo a sus oficiales-. ¿Lo veis? ¿Qué pretenden? ¿Desafiar en duelo singular a todos los Trisios?

Aunque los estandartes de cada batallón se distinguían por sus colores y por enseñas particulares, en todos ellos aparecía el tigre de dientes de sable rampante, símbolo de Áinar. Pero en la compañía que se había desgajado del frente ondeaba una bandera amarilla que representaba a un terón bordado en negro.

– ¿Lo habéis visto? -preguntó Trekos, arrebatando el catalejo a un capitán que no había llegado a pegárselo al ojo-. ¡Es el emblema personal de Togul Barok!

El rumor corrió por la muralla: el mismísimo emperador de Áinar había acudido en su auxilio.

– Los hombres de la primera fila llevan escudos enormes que les llegan hasta la barbilla -explicó Trekos-. Casi los arrastran por el suelo.

Tarjas, pensó el heraldo. Normalmente se usaban en formaciones estáticas para proteger a filas enteras de arqueros que disparaban a buen resguardo desde detrás. Pero los hombres que iban en las filas siguientes no eran arqueros, sino soldados de infantería armados con lanzas en la diestra y pequeños broqueles en la izquierda.

Y, si su ojo no lo engañaba, las armas que llevaban a la cintura eran espadas de Tahedo.

El estandarte lo portaba un soldado de la segunda fila que debía medir dos metros. A su lado había un hombre que lo aventajaba en más de media cabeza. Aunque la vista del heraldo no alcanzaba a distinguir si tenía dos pupilas en cada ojo, se habría jugado mil imbriales a que así era.

Mientras la compañía negra seguía avanzando, los soldados del frente Ainari los animaban con cantos rítmicos, marcando las pisadas de aquellos doscientos intrépidos o insensatos.

Era un desafío difícil de resistir, un guante arrojado directamente a la cara del caudillo de los Trisios. El estandarte de Ilam-Jayn, una yegua blanca sobre campo rojo, ondeó entre los jinetes bárbaros y se abrió paso hacia la primera fila. En cuestión de minutos se formó un escuadrón de ataque que cabalgó contra la compañía aislada.

– ¡Son por lo menos mil! -exclamó una mujer-. ¡Los van a aplastar!

No tantos, pensó el heraldo. Cien soldados de caballería cubrían tanto terreno como quinientos de infantería. Aunque la tropa de Ilam-Jayn parecía superar abrumadoramente en número a la unidad de Togul Barok, no debían de ser más de trescientos o cuatrocientos jinetes.

Suficientes, no obstante. Porque los Ainari se encontraban ya a cien metros de sus líneas, formados en un cuadrado que ofrecía un frente protegido por escudos. Pero ¿qué ocurriría cuando los Trisios los rodearan y atacaran a la vez por los flancos y la retaguardia? Quien hubiera concebido aquella maniobra, aquel absurdo reto, fuera Togul Barok o alguno de sus asesores militares, había quebrantado todos los preceptos del arte militar.

Entre ululatos, el escuadrón Trisio cargó contra la compañía negra. El heraldo, que había pasado muchas horas en la tienda de Ilam-Jayn, sabía que los guerreros que cabalgaban a su lado eran sus tres hermanos, dos de sus hijos, sus sobrinos, sus cuñados y decenas de familiares y allegados. ¡Qué gloria iba a suponer para el caudillo de los Trisios cobrarse una presa como el emperador de Áinar, ya que éste había enloquecido hasta el punto de arriesgarse en persona!

Como era de esperar, los jinetes de Ilam-Jayn no llegaron a chocar contra la tupida formación Ainari. Cuando estaban a unos veinte metros, variaron hacia la derecha y empezaron a disparar sus saetas. Pero esta vez no se retiraron, sino que cabalgaron formando un círculo que no tardó en rodear a los Ainari. Dentro de aquel remolino, la unidad del terón parecía patéticamente pequeña y solitaria.

– Esto es un suicidio -sentenció entre dientes el oficial medio Trisio.

Los soldados que formaban a los lados y en la última fila se volvieron hacia el enemigo. El heraldo observó que también llevaban tarjas. En cuestión de segundos, el cuadrado se convirtió en un círculo. Era como si lo tuvieran ensayado, pero ¿por qué? El círculo defensivo era una maniobra desesperada que se reservaba para momentos en que una unidad se veía rodeada por otra más numerosa. ¿Por qué razón los Ainari se habían llevado a sí mismos a una situación extrema?

Los Trisios seguían cabalgando alrededor del círculo, lanzando andanadas de flechas contra los Ainari y siempre lejos del alcance de sus lanzas y sus espadas. Animados por la aparente pasividad de los enemigos, algunos jinetes se acercaban y hacían cabriolas con sus monturas para burlarse de ellos. Llegó un momento en que el mismo Ilam-Jayn le arrebató el estandarte a su abanderado y se separó del escuadrón para hacer una corveta a apenas quince metros del emperador y desafiarlo.

Aquí hay gato encerrado, pensó el heraldo; pero no alcanzaba a imaginar qué maniobra podía sacarse de la manga Togul Barok. Sus soldados estaban recibiendo un diluvio de flechas de todas partes, y aunque interponían los escudos algunos empezaban a caer.

Entonces ocurrió. El heraldo comprendió y se dijo: En la guerra siempre vencen los que se atreven a saltarse las normas.

Rodeados de enemigos, los hombres de la compañía Noche apretaron los dientes y se concentraron en colocar los broqueles sobre sus cabezas para protegerse de las flechas de los Trisios. No se oían voces, ni susurros, ni gemidos de dolor aunque algunos proyectiles se clavaran en su objetivo. La disciplina era absoluta.

Doscientos veinticuatro elegidos formaban la compañía. Nunca en la historia militar de Tramórea esa palabra, «elegidos», había cobrado tanto significado. Para reclutar aquella unidad sagrada Togul Barok había probado a casi dos mil hombres. En el proceso, cien habían sufrido una muerte horrible y casi todos los demás se habían revelado inútiles para lo que el emperador quería de ellos.

Pero doscientos veinticuatro habían demostrado que servían. Tras pasar varios días postrados en el lecho, sufriendo tales accesos de fiebre que muchos perdieron más de cinco kilos de peso, habían despertado convertidos en hombres de la compañía Noche. La unidad militar más mortífera que jamás había existido en Tramórea.

Para crearla, Togul Barok se había saltado todas las normas, violando los precintos del templo de Anfiún y torturando a sus sacerdotes. Ni el Gran Maestre de Uhdanfiún se había salvado del suplicio.

Con suerte, pronto tendría cinco, diez, veinte compañías como ésa. De momento, se veía obligado a racionar la fórmula de su poder: pese al tormento, no había conseguido arrancar a los sacerdotes todos sus secretos. Cuando parecía que iban a ceder, algo se rompía en sus mentes y sus ojos se quedaban en blanco, algunos se mordían y tragaban la lengua y otros simplemente morían, sangrando por la nariz y los oídos.

Todo llegaría. De momento, disponía de su compañía de elegidos. Con estos hombres puedo ir al fin del mundo, pensó.

Togul Barok no cargaba con escudo, ni grande ni pequeño. Atada a la espalda llevaba la vara negra que le había arrebatado al Sabio Cantor de la Tribu en su peregrinación por los túneles subterráneos que se extendían bajo la isla de Arak. En la mano derecha llevaba una lanza arrojadiza de dos metros de longitud, y ceñida a la cintura una espada de Tahedo. Era obra del espadero Jalkeos, la segunda Midrangor o «Justiciera», cuya antecesora se había quebrado al chocar contra Zemal.

No era un recuerdo que lo obsesionara ahora. Zemal ya caería en sus manos como fruta madura, así como la cabeza de su medio hermano Derguín Gorión. Todo llegaría a su tiempo.

De momento, su mundo se reducía a dos círculos. Uno inmóvil, el de sus guerreros. El otro, formado por hombres y caballos, fluía como un río a su alrededor.

Una flecha voló hacia él. Togul Barok no se molestó en apartar la cabeza, aunque el proyectil iba tan cerca del blanco que le rozó el yelmo con un áspero rechinar.

Envalentonado, un jinete con un estandarte se separó de los demás y se plantó a lo que debía creer una distancia segura. Después hizo encabritarse a su caballo y levantó el pendón bien alto sobre su cabeza.

– ¡Soy Ilam-Jayn, perro Ainari! -gritó, mirándolo directamente-. ¡Voy a cortarte la cabeza y a ponerla en la pica delante de mi yurta!

Era el momento esperado. Togul Barok levantó la lanza en la mano derecha y gritó:

– ¡Urtahitéi!

Cuando notaba el fuego que corría por sus venas y entraba en la tercera aceleración, Togul Barok siempre sentía que todo el mundo a su alrededor se frenaba, que el flujo del tiempo se convertía en resina. Esta vez fue distinto.

Esta vez otros doscientos veinticuatro hombres entraron en Urtahitéi con

él.

Los soldados que estaban en el exterior del círculo desembrazaron los enormes escudos y los empujaron al suelo. Después, arrancaron a correr, y los demás los siguieron. A ojos de Togul Barok, sus piernas se movían a velocidad normal, pero los banderines que algunos llevaban cosidos a la espalda ondeaban de repente mucho más despacio, como si el viento hubiera amainado. Y así era para ellos.

Al mismo tiempo que corrían hacia los Trisios, los hombres de la compañía Noche arrojaron sus jabalinas con la energía acrecentada que les prestaba la Urtahitéi.

Los jinetes bárbaros apenas tuvieron tiempo de oír el agudo silbido del aire cuando las jabalinas los alcanzaron a más de trescientos kilómetros por hora. Incluso a esa velocidad casi inconcebible, cada uno de esos proyectiles iba cuidadosamente dirigido, y casi todos ellos acertaron en el blanco. Pues el blanco en cuestión era grande: los Ainari no habían apuntado a los jinetes, sino a sus monturas.

Al menos la mitad de los caballos cayeron en aquella andanada. En algún caso, la lanza impactó con tanta fuerza que atravesó la pierna izquierda del jinete, se abrió paso por el cuerpo del animal, asomó por el costado y su punta llegó a clavarse en la otra pierna humana.

Ciento cincuenta caballos derribados en una formación de trescientos suponían el caos. Los corceles que salieron ilesos tropezaron con los que habían caído, o al intentar esquivarlos chocaron con los que galopaban a su lado.

En cualquier caso, los Trisios no tuvieron tiempo de reorganizarse. Tras disparar las lanzas, los Ainari soltaron los escudos, desenvainaron sus espadas y cargaron contra los Trisios a tal velocidad que ni el más rápido de los caballos habría logrado escapar de ellos.

Togul Barok lanzó su jabalina contra el abanderado y lo atravesó de parte a parte. Pero no era su objetivo principal. Empuñando a Midrangor, corrió hacia Ilam-Jayn y rugió:

– ¡El jefe es mío!

No había disparado contra su caballo porque quería abatir al caudillo Trisio mientras éste aún seguía montado. El corcel de Ilam-Jayn se había quedado congelado en pose rampante, como si lo hubieran bordado en un escudo de armas.

Antes de que volviera a posar en el suelo los cascos delanteros, la espada del emperador le cortó limpiamente las dos patas de apoyo. El caballo cayó con una lentitud que a Togul Barok, en su estado, le pareció casi sobrenatural. Ilam-Jayn saltó de su lomo para evitar que el peso de su montura le cayera encima. Pero al hacerlo se precipitó sobre Togul Barok, que lo interceptó en el aire con la mano izquierda y detuvo su caída.

Los ojos del Trisio se abrieron como platos, sus mandíbulas se separaron en un grito que a Togul Barok le llegó como un lento bramido lleno de úes. Ilam-Jayn intentó desenvainar su propia espada, pero su mano ni siquiera llegó a rozar la empuñadura. Sujetándolo en alto con un brazo, Togul Barok lo decapitó con el otro. Después arrojó el cuerpo al suelo y se agachó para recoger la cabeza.

El estandarte de los Trisios no andaba muy lejos. Mientras sus soldados se dedicaban a masacrar a espadazos a hombres y caballos que parecían moscas atrapadas en miel, Togul Barok arrancó el pendón de Ilam-Jayn y lo sustituyó por su cabeza, clavada en la pica. Después la levantó en el aire con un grito de salvaje victoria.

Era la señal. Con un rugido que brotó de treinta mil gargantas, el ejército de Áinar atacó.

De modo que era aquél el as que se guardaba Togul Barok en la manga. Un segundo antes, el círculo de infantería estaba rodeado por una serpiente de jinetes que giraba a su alrededor. Un segundo después, los Ainari se abrieron como ondas propagándose a velocidad sobrenatural en un estanque y corrieron hacia los Trisios mientras disparaban sus lanzas con tal fuerza que apenas se veía un borrón en el aire y al momento un caballo y su jinete ya estaban en el suelo.

En la muralla, la mayoría de la gente no sabía interpretar lo que estaba ocurriendo ante sus ojos. Pero los veteranos de la Horda, que habían visto utilizar las aceleraciones a su antiguo jefe Hairón, así como a Kratos, Aperión y otros Tahedoranes, sí se dieron cuenta.

– ¡Están en Tahitéi! -exclamó Trekos, asombrado, y empezó a batir palmas.

Mas ni siquiera él podía haber visto a guerreros moviéndose con tal

rapidez. Urtahitéi, la tercera aceleración, era un secreto que sólo debían dominar los maestros del noveno grado, nivel que Togul Barok no había alcanzado todavía.

Que el emperador de Áinar conociera la fórmula de Urtahitéi era un sacrilegio. Que además se la hubiera comunicado a hombres que no eran Tahedoranes, ni tan siquiera Ibtahanes, demostraba que las normas habían dejado de existir.

Un signo de nuestros tiempos, pensó el heraldo, no demasiado sorprendido.

En cuestión de segundos, con tal celeridad que resultaba difícil seguir sus movimientos, los Ainari despacharon a todos sus atacantes, salvo quince o veinte que consiguieron retirarse hacia la empalizada. Sobre la muralla de Mígranz resonó un clamor de alegría, un rugido que recorrió las almenas como la marea.

– ¡El Emperador ha arrancado la cabeza de ese cerdo Trisio y la ha clavado en una pica! -exclamó Trekos.

Durante unos instantes, las figuras negras siguieron saltando entre jinetes y caballos, pero después regresaron al centro y volvieron a formar un cuadrado a la misma velocidad imposible con que lo habían hecho todo. A su alrededor quedó un círculo de bestias y hombres tendidos en el suelo, en el que apenas se movía un brazo aquí o se agitaba una pata allá.

El heraldo sabía que los Ainari debían salir de Urtahitéi, pues la aceleración consumía rápidamente las energías del cuerpo. Pero ya habían logrado su objetivo: acabar con el caudillo de los Trisios y con todos sus parientes.

Sobre todo, habían volteado el rumbo de la batalla. Junto a la empalizada, miles de jinetes Trisios vacilaban, sin saber qué hacer. ¿Retirarse, seguir luchando? ¿A las órdenes de quién? Los pueblos nómadas no conocían la cadena de mando de ejércitos tan jerarquizados como el de Áinar o la misma Horda Roja.

En ese momento sonaron todas las trompetas, los pífanos y los timbales, y el ejército Ainari en masa se lanzó al asalto contra la empalizada. La caballería arremetió desde ambos flancos, las unidades de arqueros y ballesteros corrieron disparando sus proyectiles entre los batallones de infantería pesada, y éstos cargaron al paso ligero mientras entonaban fieros peanes de guerra.

Los Trisios, que sólo conocían una forma de luchar, emprendieron la desbandada. Miles de ellos consiguieron escapar de los confines del campo de batalla, pero muchos quedaron encerrados entre el yunque Ainari y su propia empalizada.

Desde lo alto del adarve de Mígranz, los defensores, hasta ahora angustiados, se dispusieron a presenciar una carnicería. En aquel momento, el heraldo pensó que la batalla se saldaría con unos diez mil muertos: tal era el número de Trisios que no habían conseguido retirarse a tiempo ni reorganizarse para resistir el avance inexorable de los batallones Ainari.

Jamás se le habría ocurrido pensar que apenas cinco minutos después perecerían casi cien mil personas.

BARDALIUT

Los dioses parecen flotar en el espacio, rodeados de estrellas, con Rimom sobre sus cabezas, más allá la verde Shirta y muy por debajo, al otro lado de Tramórea, la roja Taniar. A su misma altura hay una nube de fragmentos de roca que se extienden por ambos lados hasta que, a tanta distancia que apenas se divisa como una línea blanquecina, aquel anillo orbital se curva sobre sí y rodea Tramórea.

El anillo es conocido por los mortales como el Cinturón de Zenort y está formado por los restos de un antiguo cuerpo estelar que se rompió en experimentos a medias fracasados y a medias exitosos.

Ahora, obedeciendo a una señal de Manígulat, una de esas rocas flotantes empieza a resquebrajarse.

El Cinturón de Zenort encierra armas poderosas, y puede ser utilizado en sí como un arma. Pero durante mucho tiempo los campos de interferencia proyectados desde Etemenanki, la torre de Undraukar, el Rey Gris, han impedido que los Yúgaroi puedan utilizarlo. En los últimos siglos, tan sólo uno de los fragmentos del Cinturón ha caído del cielo. No fue algo buscado por los dioses, sino un accidente, algo tal vez inevitable cuando interactúan gravitatoriamente un mundo, tres lunas, el Bardaliut y miles de fragmentos rocosos.

Lo que ocurrió entonces fue que uno de esos fragmentos perdió tanta altura en su órbita que, finalmente, se precipitó sobre Tramórea por sí solo. Aunque el resto de los dioses no se han enterado -al menos todavía-, Tarimán sabe que aquel accidente ha desatado una plaga cruel e insidiosa. El meteorito portaba en su interior un organismo artificial de simetría invertida que ha contagiado su mutación a las plantas; mutación que se extiende de forma lenta pero inexorable en forma de ondas concéntricas. Para los ojos de animales y humanos no hay nada raro en aquellos pastos ni en aquellos cereales. Pero si gozaran de la visión acrecentada de los Yúgaroi, comprobarían que a nivel microscópico son como sacacorchos trucados que en vez de extraer el tapón lo clavan aún más. En suma, alimentos que los naturales no pueden digerir.

Aquel accidente es la causa de que dos ejércitos combatan bajo las murallas de Mígranz. La clave de la vida es la lucha por los recursos. Y ahora esos millares de humanos combaten por los que les quedan.

Aleccionador. Tarimán prevé que los dioses pronto lucharán también por recursos. Salvo que lo harán a un nivel infinitamente superior.

Mientras Tarimán y los demás Yúgaroi, salvo Anfiún, contemplan el combate que se desarrolla miles de kilómetros bajo ellos, la gran roca que señaló Manígulat con su majestuoso dedo ha terminado de romperse en cientos o tal vez miles de pedazos. En otro gesto tan innecesario como dramático, el rey de los dioses baja la mano. Esos pedazos, que hasta ahora han estado compartiendo la órbita del resto del Cinturón de Zenort, se detienen en el vacío. Como la única forma de mantenerse en las alturas es moverse, en el preciso momento en que se frenan caen.

Al principio, los fragmentos se borran de la vista. Pero un instante

después reaparecen como una miríada de puntos de luz, pues, al entrar en la atmósfera, el rozamiento con el aire calienta la capa externa de esas rocas hasta volverlas incandescentes. Sin duda, vistas desde la superficie de Tramórea ofrecerán un espectáculo bellísimo y al mismo tiempo aterrador. Algunas de las rocas se vaporizarán antes de llegar al suelo.

Pero sólo algunas.

Las demás impactarán como bólidos de fuego y destrucción. Aunque no sean los proyectiles más precisos del mundo, golpearán en la zona elegida por el gran Manígulat, señor del fuego celeste.

Lo cual supone un pequeño problema para Tarimán, que chasquea la lengua en un gesto muy humano. Pues allí abajo está una de sus creaciones, alguien que cree ser hijo de la diosa Himíe y en cierto modo lo es… aunque su madre lo ignore.

MÍGRANZ

El ejército Ainari se precipitó contra los enemigos, dos kilómetros de incontenible marea de bronce y de hierro erizada de banderas rojas, azules, verdes y amarillas, y acompañada de una batahola de trompetas, tambores y gritos. La compañía Urtahitéi, tal como la había bautizado mentalmente el heraldo, retrocedió lentamente hasta dejarse sobrepasar por la primera línea de su propia infantería. Mientras, la caballería imperial había conseguido llegar a la empalizada por el norte y el sur, terminando de embolsar a diez mil Trisios. Más allá de los límites del campo de batalla, grupos de jinetes que habían dejado de ser tropas para convertirse en hordas huían de la matanza sin ninguna intención de auxiliar a sus compañeros encerrados.

El heraldo no tenía mayor interés por contemplar la masacre. Sin despedirse del general Trekos, que se abrazaba a sus oficiales como si la victoria fuese suya y no de Togul Barok y su ejército, se dio la vuelta y se dispuso a marcharse.

El parapeto estaba abarrotado. La gente seguía pugnando por acercarse a las almenas y presenciar con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo. De modo que atravesar los cuatro metros de anchura del adarve y llegar hasta la siguiente escalera se antojaba una misión imposible.

Pero no para él. Alzó su báculo y, bien fuera por la visión de los ojos de rubí de la serpiente tallada, por la propia estatura del heraldo o por alguna otra razón, logró abrirse paso como el tajamar de una nave entre las olas.

Mientras bajaba la escalera, quienes intentaban en vano subir al parapeto le preguntaron cómo iba la batalla. El heraldo se limitó a levantar un pulgar, como diciéndoles Todo va bien, pero en realidad no habría sido necesario, pues era evidente que los gritos que llegaban desde el adarve eran de alivio y júbilo, y no de consternación.

Atravesó la calle que rodeaba la muralla, dirigiéndose hacia el centro de la ciudad. Por fin se quedó solo. Se detuvo unos segundos e inhaló una larga bocanada de aire. Puro, o casi puro, por fin. Entre la multitud olía a establo y revoloteaban tantas moscas como en un muladar.

Suspiró de cansancio. No era agotamiento físico: para sentirlo habría tenido que someter su cuerpo a pruebas mucho más duras que aguantar a pie firme durante horas contemplando una batalla. Era la fatiga de la edad, del viaje que había hecho, de los viajes que todavía lo aguardaban, de moverse entre los hombres, hablar sus lenguas y seguir sus costumbres.

Después de muchos años de retiro, el heraldo había abandonado su morada para dirigirse al oeste y recorrer más de mil quinientos kilómetros hasta las orillas del mar Ignoto. Llegado a aquel confín del mundo, visiones y sucesos variados hicieron que se despertara su afán de conocer qué ocurría en el otro extremo de Tramórea. Por ello, abandonó a quienes hasta entonces habían sido sus compañeros de viaje y emprendió una larguísima y solitaria peregrinación.

Su ruta lo había llevado a las vastas estepas de Maitmah. Estaba atravesándolas cuando una luz cegadora surcó el cielo y un fragmento del

Cinturón de Zenort se estrelló a quinientos kilómetros al oeste de donde se hallaba, lo bastante cerca para que notara la sacudida del suelo y atisbara en el horizonte una columna de humo negro.

Que aquello hubiera ocurrido era extraño, una señal de que tal vez los hechos que temía se estuvieran adelantando. Pero decidió que ya indagaría más adelante: las montañas de Halpiam se intuían al este y las respuestas que quería encontrar se hallaban al otro lado. O eso creía.

Incluso para un viajero tan experimentado como él, aquella barrera resultó infranqueable. En el mapa del geógrafo Tarondas, el macizo de Halpiam, que en su parte central medía mil kilómetros de oeste a este, se estrechaba al norte hasta convertirse en una cordillera de tan sólo -era un decir- cien kilómetros de anchura.

Pero la cartografía de Tarondas solía ofrecer errores cuando representaba los confines más alejados y despoblados de Tramórea. El heraldo empezó a subir montañas que se sucedían en líneas inacabables. Conforme viajaba, cada vez ascendía más. Llegó un momento en que incluso los desfiladeros que separaban los picos estaban cubiertos de nieves perpetuas. Desde que se acercó a las estribaciones de Halpiam no había vuelto a encontrar huellas de habitación humana, y conforme se internó en las montañas también dejó de ver animales. Ni siquiera los terones, poco amantes de climas tan fríos, sobrevolaban esos picos. Comprendió que la única forma de vida en aquel reino de hielo y nieve era él. Entre las cumbres, el aire estaba tan enrarecido que para dar un solo paso tenía que respirar quince veces.

O habría tenido que hacerlo de ser alguien como los demás. Ciertamente, se le podía definir como «forma de vida», pero distinta y peculiar, pues antes de alcanzar su actual naturaleza había tenido que morir.

Mas incluso a alguien como él, que había sufrido la muerte y regresado de ella, le acabó embargando el desánimo. Detrás de cada línea de montañas había otra todavía más alta. ¿Quién podría atravesar mil kilómetros de cordilleras? ¿Y si eran más? ¿Y si los picos seguían subiendo y subiendo, hasta llegar a un punto donde el aire fuera tan tenue que el cielo dejara de ser azul?

¿Quién conocía aquella parte del mundo? En la esquina superior derecha del mapa de Tramórea, al norte de Zenorta -cuyo nombre aparecía escrito entre signos de interrogación-, se veía una vasta región anónima. En otras versiones espurias del mapa la habían bautizado como «Desierto sin nombre», aunque en realidad nadie sabía si allí había un desierto, una vasta extensión de bosques, más montañas o simplemente nada.

El heraldo había emprendido el viaje persiguiendo una oscura intuición, un rincón oculto en lo más profundo del bosque que formaban sus largas memorias. No osaba internarse en aquel escondrijo, ya que mil señales de aviso le advertían de que no lo hiciera. Pero a veces se había atrevido a asomarse ligeramente entre la espesura, apenas una ojeada de soslayo. Y entre los recuerdos sepultados y prohibidos había vislumbrado una imagen.

Una ciudad flotando en el vacío.

Se hallaba al este, más allá de las montañas de Halpiam. El heraldo intuía que allí había respuestas sobre el pasado y tal vez sobre el futuro. Y sabía que allí había poder.

¿Sería esa ciudad el mítico Bardaliut? Casi todos los autores lo situaban en los confines orientales de Tramórea, de modo que era posible. Pero, si en verdad era el Bardaliut lo que buscaba, ¿qué haría al llegar allí? ¿Presentarse ante los poderosos Yúgaroi y pedirles las respuestas que buscaba? Difícil lo veía, puesto que por naturaleza era su enemigo.

Durante cientos de jornadas de camino había eludido contestar sus propias preguntas. Una ventaja de viajar. Mientras los pies se mueven y el horizonte va cambiando, nos invade una vaga sensación de finalidad y destino que nos impulsa adelante sin necesidad de concretarla. Sólo debemos pensar seriamente en el futuro cuando nos plantamos demasiado tiempo en el mismo lugar.

Pero llegó el momento en que él tuvo que plantarse. A quién sabe qué altura -¿siete, ocho, nueve mil metros?- lo detuvo una salvaje ventisca que soplaba a más de doscientos kilómetros por hora. Ni siquiera alguien como él podía seguir avanzando. Agazapado entre unos enormes peñascos, rodeado por el aullido de una tormenta que tras tanto tiempo de soledad se le antojaba la voz inarticulada de un espíritu, pasó cuatro días abismado contemplando los ojos de la serpiente tallada en su bastón.

Y se rindió.

En su largo regreso, visitó la región donde se había estrellado la roca del cielo. En decenas de kilómetros a la redonda observó que los árboles de los bosquecillos que moteaban la vasta estepa estaban tirados en el suelo, unos tronchados por la base y otros desgajados de raíz. Todos los troncos se hallaban alineados, apuntando como flechas a un lugar que, conjeturó el heraldo, debía ser donde se había producido el impacto.

Siguiendo la orientación que le brindaban los árboles, llegó hasta un cráter de casi dos kilómetros de anchura y más de trescientos metros de profundidad. Cerca del borde halló varios altares de piedra que, obviamente, debían haberse erigido tras la caída de la roca celeste; de lo contrario, la explosión los habría volatilizado.

Más tarde, cuando encontró a refugiados que huían hacia el oeste, el heraldo averiguó el motivo de la construcción de aquellos altares. El meteorito se había precipitado justo encima del campamento invernal de los Rotekios, de los que no había dejado ni rastro. Los Rotekios, mucho más belicosos y salvajes que el resto de los Trisios, se hallaban enemistados con casi todos sus vecinos, a los que robaban constantemente ganado y mujeres. Las tribus de las inmediaciones -considerando la amplitud de los territorios que los nómadas cubrían en sus desplazamientos, para ellos «inmediaciones» era una distancia de ciento cincuenta kilómetros- habían recibido la caída de la roca como una bendición. Cuando el cráter dejó de humear se acercaron a él para levantar altares y presentar ofrendas a los dioses del cielo por haberles librado de los Rotekios.

Al hacerlo, descubrieron algo que entonces creyeron una segunda bendición y que también agradecieron a las divinidades; un fenómeno que el heraldo comprobó por sí mismo bajando al fondo del cráter. En lugar de encontrar el suelo negro y carbonizado que esperaba, el cráter estaba cubierto por un tapiz de un verde intenso. Al examinarlo más de cerca, el heraldo comprobó que se trataba de una especie de musgo cuyas hebras se deshacían entre los dedos y del que emanaba un olor vagamente dulzón.

El color esmeralda de aquel musgo se había contagiado a los pastos de los alrededores, que además crecían un palmo más altos de lo habitual. Al ver su aspecto tan fresco y jugoso, los Trisios pensaron que sus caballos y su ganado engordarían mucho más rápido apacentándose con aquellas hierbas.

Poco después, los animales empezaron a morir entre diarreas, reducidos a afilados costillares y panzas hinchadas. Podían pasarse días enteros pastando, que les habría dado igual alimentarse de aire.

La plaga se había extendido en todas direcciones y también había contaminado las cosechas de cereales, por lo que los siguientes afectados fueron los humanos. Algunas tribus emigraron hacia el este, y con ellas se había cruzado el heraldo antes de ver con sus propios ojos el cráter del meteorito. Venían a pie, sin apenas animales, famélicos y perdiendo a sus ancianos y sus niños por el camino. Había clanes enteros muertos, desperdigados en siniestros regueros sobre los pastizales baldíos.

Pero la mayoría de las tribus Trisias habían decidido que el oeste era más prometedor. En su camino se cruzaron y libraron sangrientas luchas entre ellas por apoderarse de las escasas provisiones que no habían sido emponzoñadas por la plaga. Los supervivientes de aquellas guerras habían decidido unir sus fuerzas bajo el estandarte de Ilam-Jayn para combatir contra los carneros de Málart y las regiones del sur.

Con ellos había viajado el heraldo y había compartido su comida. Si bien era capaz de resistir privaciones extremas, agradecía abrir una hogaza de pan recién horneado y amasado con harina de verdad, y no con aquella imitación antinatural fruto de la plaga que sólo producía descomposición y gases.

Ahora, el viaje había terminado a los pies de la fortaleza de Mígranz. Al menos, el de los Trisios. Los que sobrevivieran a la batalla volverían a luchar entre sí por los escasos alimentos que pudieran encontrar en aquella región. Y los que no se exterminaran en esa lucha fratricida, seguramente acabarían barridos por el ejército de Áinar: el heraldo estaba seguro de que, una vez conseguida la victoria, Togul Barok no iba a retirarse de nuevo a sus fronteras.

La pregunta era qué haría él. ¿Adónde se dirigiría? Su larguísimo viaje había resultado estéril. O no. Tal vez había conseguido lo que quería: estar solo. Engañarse a sí mismo, persuadirse de que cumplía con su responsabilidad participando en los asuntos del mundo y buscando respuestas, pero por el camino más largo y solitario.

La tentación de olvidarse de todo y regresar al viejo hogar que había abandonado hacía casi tres años era muy fuerte. Su casa se encontraba a quinientos kilómetros, una distancia que, después de las inmensidades que había recorrido, se le antojaba un pequeño paseo.

Pero la caída de la roca celeste y la plaga tenían que significar algo. Las cosas iban a cambiar, sin duda. En esa convicción había pasado el heraldo la mayor parte de su vida, esperando unos acontecimientos que temía y deseaba a la vez. Por afrontar ese destino se había convertido en lo que era, de modo que retirarse del mundo no era una opción que le estuviera permitida.

Sin embargo, si los cambios eran inminentes, ¿por qué no se habían producido más portentos, como era de esperar? Algo no cuadraba. Algo estaba demorando lo inevitable.

Sumido en sus cavilaciones y ajeno a los ruidos de la batalla, el heraldo había llegado al patio de armas de la fortaleza. Unos cuantos soldados que hacían plantón bajo la torre estaban señalando al cielo.

El heraldo levantó la mirada. El primer portento ya estaba allí, en la faz de Rimom. El segundo empezó unos instantes después.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió en su vientre una sensación que, según recordaba, debía parecerse mucho al miedo.

Los Noctívagos -sonoro nombre con que se habían bautizado a sí mismos los miembros de la compañía Noche- habían cumplido con todo éxito. Habían logrado aniquilar al enemigo sin perder un solo hombre. Los únicos alcanzados por las flechas de los Trisios no parecían heridos de gravedad.

Como estaba previsto, tras la rápida masacre regresaron al amparo de sus propias filas, sin molestarse en recoger del suelo las tarjas. No necesitaban la protección de aquellos pesados escudos: entre los miles de jinetes que habían presenciado desde la empalizada aquella especie de torneo de campeones, ni uno solo se atrevió a perseguirlos ni a disparar contra ellos.

Mientras los Noctívagos retrocedían, el resto de las líneas Ainari avanzaban. A derecha e izquierda de la compañía Noche pasaron otras unidades de infantería de choque, entonando peanes y blandiendo las lanzas sobre los hombros, mientras cientos de estandartes y banderines de colores tremolaban sobre sus cabezas.

Togul Barok y sus elegidos siguieron caminando hasta la retaguardia. Allí les aguardaban las provisiones. Las aceleraciones exigían mucho esfuerzo y agotaban rápidamente los recursos físicos. La compañía Noche había despachado a sus enemigos en menos de un minuto, un tiempo prudencial para permanecer en Urtahitéi. Aun así, volvían algo renqueantes y con los músculos doloridos. Los sirvientes les ofrecieron cerveza, arroz hervido y patatas asadas. Togul Barok había comprobado que esos alimentos eran los mejores para recuperarse cuanto antes. La carne también venía bien, pero un poco después.

Los hombres se palmeaban la espalda y comentaban entre sí el combate mientras daban cuenta de aquel sencillo festín. Togul Barok, aunque las Tahitéis le afectaban mucho menos que a los demás, compartió la cerveza con ellos. Comprendía que estuvieran eufóricos.

No era la primera vez que mataban como unidad. Habían realizado un ensayo con armas reales contra dos compañías disciplinarias, formadas por cuatrocientos veteranos que se habían rebelado en la frontera norte, hartos de combatir contra las incursiones de los Équitros sin que les permitieran licenciarse. Togul Barok les prometió que, si vencían a sus elegidos, les perdonaría la vida y además les pagaría los atrasos.

Por supuesto, todos los insurrectos habían perecido, sin que ninguno de ellos consiguiera herir a uno solo de los Noctívagos.

Pero esto era distinto. Ahora se trataba de la guerra de verdad, contra bárbaros y no contra compatriotas Ainari. Además, habían derrotado a arqueros montados a caballo. Para un soldado de infantería, se trataba de la peor de las especies, el paradigma de la cobardía: el caballo para huir, el arco para herir de lejos.

Tras compartir un rato de camaradería con sus hombres, Togul Barok se encaramó a una atalaya de madera de cuatro metros que había hecho construir en la retaguardia para observar el transcurso de la batalla.

Uno de los problemas de un general era que, situado a la misma altura que sus hombres, resultaba muy difícil enterarse de nada. Según el Táctico de Bolyenos, todo general debe mantener un equilibrio muy difícil. Si lucha en el frente da ejemplo a sus hombres y acicatea su moral; los soldados siempre están más dispuestos a morir por un comandante que comparte sus peligros, se salpica con su sangre y su sudor y se roza los hombros con ellos. Por otra parte, el general que se aparta de la primera línea puede gozar de mejor perspectiva, observar lo que pasa en todo el campo de liza y maniobrar sus unidades para enviarlas allí donde son más necesarias.

Togul Barok se sentía satisfecho. En la primera batalla que dirigía como general había conseguido ese equilibrio. Había combatido con la compañía Noche y él en persona se había cobrado como trofeo la cabeza del jefe enemigo. ¿Qué más podía hacer para levantar la moral de sus tropas? Ahora ya podía alejarse del combate y estudiarlo desde cierta altura. Empero, sospechaba que no iba a necesitar grandes refinamientos tácticos para poner en fuga a esos bárbaros y exterminar a todos los que no consiguieran huir a tiempo.

Cuando subió la escalerilla que llevaba a la plataforma de madera se sintió decepcionado. El frente de lucha estaba tapado por nubes de polvo en las que apenas se distinguían sus unidades como bultos oscuros de los que destacaban algunos estandartes. Ni siquiera sus dobles pupilas podían atravesar las polvaredas. Al cabo de un rato, se aburrió de no distinguir nada y levantó la mirada.

Por detrás de la empalizada Trisia se alzaba la Espuela, aquella peña solitaria de la que tanto había oído hablar. Era más alta que la Mesa, el otero rocoso que dominaba la ciudad de Koras. Puesto que también había estudiado fortificación y poliorcética, Togul Barok estudió con ojo de entendido el castillo de Mígranz. Sus murallas le recordaron otra fortaleza construida sobre paredes rocosas: Grios, cerca del límite occidental de Áinar. Allí había conseguido encerrar a todos sus rivales en el certamen por la Espada de Fuego.

Salvo a Derguín Gorión.

Olvídate de él, pensó. Al acordarse del joven Ritión sintió una dolorosa presión en la sien derecha, un minúsculo martillo que le golpeaba el cráneo por dentro. Era la presencia oscura de su gemelo colérico, una voz que susurraba dentro de sus oídos. Aunque hablaba en voz baja, siempre le incitaba a la furia y le pedía que le dejara tomar el control.

Dame las riendas a mí, le dijo ahora. La batalla ya está ganada. ¡Yo también tengo derecho a disfrutar! Deja que cabalgue contra esos perros Trisios y siembre el pavor y la destrucción. ¡Que nadie olvide este día!

La imagen era tentadora. Su prestigio entre los hombres se acrecentaría aún más. Como en Tramórea las noticias volaban literalmente, atadas a las patas de los cayanes mensajeros, en Áinar ya corrían relatos admirativos sobre la carga del Zemalnit contra una horda de bárbaros que montaban en pájaros del terror; bestias bien conocidas en Koras, ya que había dos especímenes en el zoológico de la ciudad.

Carga tú ahora solo contra los bárbaros Trisios, demuestra que no necesitas una espada flamígera para sembrar la destrucción.

Sabía que si cedía el control a su gemelo, el dolor de cabeza desaparecería. Pero se resistió. He venido aquí como general y emperador. Mi gloria consiste en que otros campeones luchen por mí. Además, ¿y si quedaba aislado entre cientos de jinetes Trisios?

Somos invulnerables a sus heridas. Ya lo comprobaste cuando Derguín Gorión te atravesó con su acero de parte a parte.

Pero ¿y si recibo muchas heridas a la vez? ¿ Y si despedazan mi cuerpo?

Eso es imposible. Somos demasiado poderosos. Tú déjame.

Eres imprudente, lo sé.

Tenemos la lanza de la muerte. Si las cosas se ponen muy feas…

¡Cállate ya! Éste es mi momento y quiero recordarlo bien. Cuando te dejo controlar, es como si los ojos se me llenaran de sangre y luego los recuerdos son confusos. ¡Lárgate!

Todo le había ocurrido por pensar en su medio hermano Derguín. ¡Maldito fuera!

YO soy tu hermano, no él.

Togul Barok volvió a levantar los ojos hacia la fortaleza. Sobre las almenas, miles de personas observaban el transcurso de la batalla.

¿Lo ves? Una multitud de espectadores, como cuando vencí en los juegos de Taniar. ¡Nos aclamarán!

Los juegos en honor de Taniar…

Por aquel entonces Togul Barok sólo poseía siete marcas de maestría. Había ido eliminando rivales sin grandes problemas hasta llegar al último combate. En éste, su adversario era un Ainari llamado Yamhir. Lo apodaban Comadreja porque era sumamente escurridizo, y tan rápido que algunos lo acusaban de hacer trampas y entrar en Tahitéi, un truco prohibido en las competiciones. El Comadreja había llegado a la final economizando recursos, tocando a sus adversarios las veces justas y, sobre todo, impidiendo que lo tocaran a él gracias a su velocísimo juego de piernas.

Aquel día había diez mil personas sentadas en el anfiteatro de madera montado para la ocasión. El público estaba en contra de Yamhir; su forma de combatir, si bien resultaba harto eficaz, aburría incluso a las ovejas, por lo que lo motejaban de cobarde.

Unos minutos antes de empezar, el Gran Maestre de Uhdanfiún, que jamás había disimulado su predilección por Togul Barok, le aconsejó que tuviera paciencia.

– Con esos brazos tan largos, tarde o temprano lo alcanzarás. No te dejes llevar por las prisas.

Sin embargo, en cuanto el árbitro pronunció la señal de inicio del combate, ¡Tahedo-hin!, el gemelo colérico se apoderó de él. Togul Barok no recordaba más que vagas sensaciones. Griterío, mucho griterío, diez mil personas puestas en pie rugiendo y pidiendo sangre, aunque las espadas estaban embotadas y cubiertas por un baño de resina y ambos rivales se protegían con petos y yelmos de cuero acolchado.

Cuando se quiso dar cuenta, Togul Barok tenía un pie plantado sobre el pecho de Yamhir el Comadreja y levantaba la espada sobre su cabeza recibiendo los vítores entusiastas del público. Después, él mismo tendió la mano a su rival para ayudarle a incorporarse. Pero lo único que levantó fue un guiñapo, un títere roto. Su último golpe había sido un mandoble aterrador de derecha que, pese a las protecciones reforzadas del cuello, había partido las vértebras de su rival.

¿ Ves cómo no es un mal recuerdo? Deja que vuelvan a aclamarme. ¡Tengo derecho! ¡Llevo toda la vida encerrado aquí, hermano!

– Cállate -le ordenó Togul Barok en voz alta. Algo sobre las murallas le había llamado la atención.

Por encima de las almenas se alzaba el pináculo del torreón, donde ondeaba el estandarte de la Horda Roja. A su derecha se vislumbraba la sombra de Rimom, un círculo borroso de un azul apenas más vivo que el del cielo.

Pero aquel círculo se estaba perfilando cada vez con más nitidez, como si en su interior se hubiera prendido un gran fuego. Nunca había visto Togul Barok resplandecer así una luna en pleno día.

De la nube de polvo llegaba el fragor de la batalla: relinchos, gritos, entrechocar de aceros, tamborear de atabales marcando el ritmo del avance. Pero entre los mismos combatientes debió correr la voz de que algo extraño sucedía en el cielo. Los ruidos se fueron acallando, y al tiempo que se hacía el silencio la nube de polvo se asentó.

La refriega se había detenido. Todos los ojos estaban clavados en las alturas para contemplar el prodigio. No sólo Rimom brillaba en pleno día como si no compartiera el firmamento con el Sol, sino que en su superficie se había dibujado un rostro humano.

O más bien divino. Sólo un dios podía obrar tamaño portento. Togul Barok sintió un estremecimiento de temor. Un poder capaz de dibujar su rostro en una luna era capaz de cualquier cosa.

Como no tardó en demostrarse.

Por debajo de Rimom se encendieron puntos de luz, decenas de estrellas que un instante después cayeron del cielo.

Hubo unos segundos de silencio sobrecogido. Después se oyó un potente batir de alas y miles de aves echaron a volar a la vez y cubrieron el cielo.

Enseguida desaparecieron de la vista, huyendo hacia el sur. Sus graznidos se perdieron en la distancia, sustituidos por un gemido de consternación colectiva. Todos habían presenciado lluvias de meteoritos en ciertas épocas del año. Pero esas estrellas fugaces eran débiles, caían espaciadas y enseguida desaparecían de la vista.

En cambio, las luces que veían ahora se habían encendido simultáneamente, y en lugar de esfumarse brillaban cada vez más intensas. Si las estrellas fugaces solían atravesar el firmamento de lado a lado, éstas se abrieron en un enorme abanico que cada vez cubría mayor parte del cielo.

Togul Barok había estudiado suficiente geometría para saber lo que significaba esa forma aparente de desplegarse: los meteoritos se dirigían justo hacia ellos.

Como heraldo adelantado de los demás, un bólido se acercó a Mígranz dejando un reguero de humo detrás, en un silencio tan extraño que Togul Barok comprendió que debía viajar más rápido que el propio sonido.

El proyectil celeste chocó contra el pináculo del torreón, reventando en cientos de bolas de fuego que salieron disparadas en todas direcciones. Un pavoroso estampido resonó en el aire, como si un gigante hubiera hecho restallar un látigo de un extremo a otro de la bóveda del cielo. Muchos testigos se agacharon tapándose los oídos con los tímpanos rotos. Aquel estallido ensordecedor se mezcló con el estrépito del chapitel derrumbándose y enviando por los aires miles de fragmentos de pizarra y de granito.

Luego se desató la locura.

La siguiente explosión sonó a la izquierda de Togul Barok. Cuando miró para allá vio el rastro de humo oscuro flotando en el aire, y una bola de fuego que se elevaba del suelo a unos quinientos metros de donde se encontraba.

8 0 2

9 2 2

0 8 1

Visualizó los números de Urtahitéi casi por instinto. El mundo se volvió tres veces más lento a su alrededor. Sobre la bola de fuego vio volar cuerpos mezclados con rocas, árboles, trozos de suelo, caballos enteros o desmembrados. Una ráfaga de calor azotó su costado, la atalaya se movió a los lados como si la zarandeara un gigante y Togul Barok cayó desde arriba. Se revolvió en el aire y cuando chocó con el suelo lo hizo rodando sobre sí como un trompo.

– ¡Compañía Noche! -gritó-. ¡Noctívagos, reuníos a mi alrededor!

Parecía imposible que alguien pudiera oírlo en medio del estrépito y los gritos de pavor. Pero muchos de sus hombres, aunque no estaban recuperados del todo de la Urtahitéi, se aceleraron también y corrieron a formar una piña alrededor de su emperador y general.

Las luces y los regueros de humo ocupaban ya todo el cielo. Varios bólidos más impactaron en las murallas de Mígranz, destrozándolas como si fuera un castillo de arena. Había cuerpos saltando por todas partes, con tal violencia que una mujer con los cabellos ardiendo se estrelló a apenas quince metros de Togul Barok, tras volar casi dos kilómetros desde las almenas.

Togul Barok comprendió que las estrellas no eran otra cosa que rocas incandescentes, como aquel fragmento del Cinturón de Zenort que se había estrellado en Trisia y había provocado esta guerra. Algunas se volatilizaban antes de llegar al suelo; otras, del tamaño de puños, caían sobre las tropas como proyectiles de asedio, sólo que a una velocidad infinitamente superior, tanto que ni siquiera se veían venir. A apenas unos pasos de Togul Barok, hubo un destello blanco y la cabeza de un hombre desapareció, salpicando de sangre y sesos a todos los que estaban alrededor.

Por sí solos, esos meteoritos podrían haber diezmado al ejército de Áinar como una letal descarga de arqueros celestiales. Pero entre aquellos miles de proyectiles volaban otras rocas más pesadas, algunas tan grandes como carromatos, que al estrellarse se fundían en cegadoras llamaradas y abrían enormes boquetes que devoraban a compañías enteras.

Y había fragmentos aún mayores. Uno de ellos, del tamaño de una casa de tres pisos, impactó en el centro de Mígranz con tal violencia que convirtió toda la fortaleza en una bola de fuego. Una monstruosa bofetada de aire caliente derribó a los hombres de la compañía Noche. Togul Barok aguantó de pie a duras penas, pero un instante después el suelo se sacudió a los lados y arriba y abajo, y ya le fue imposible mantener el equilibrio.

No veía nada. A su alrededor todo eran llamaradas, nubes de humo y de polvo, lluvia de tierra, de pavesas y de jirones de ropa ardiendo. Pero ahora estaba deslumbrado, el centro de su visión lo ocupaba la bola de luz que había terminado de destruir Mígranz y un zumbido en sus oídos amortiguaba el rugido de las explosiones.

Comprendió que era cuestión de segundos que lo alcanzara un proyectil de piedra, o que uno de los meteoritos mayores lo vaporizara junto con su compañía y lo convirtiera en menos que un recuerdo.

Pese a las sacudidas del suelo, logró ponerse de rodillas. Trató de agarrar la lanza por el asta para tirar de ella y sacarla de las anillas que la unían al espaldar de su coraza, pero estaba tan nervioso que las manos no le respondían y se hizo un corte en la palma con el filo.

– Sodse hemás! -gritó, aferrándola en ambas manos y levantándola sobre su cabeza.

Una fina línea negra brotó de la moharra. Tras subir unos cuatro metros, se abrió en el aire como un surtidor y empezó a formar una cúpula de cristal.

Togul Barok contuvo el aliento. La cúpula se había cerrado sobre ellos, llegando hasta el suelo. Muchos de los miembros de la compañía quedaron encerrados en su interior, pero a algunos, los que estaban más cerca del perímetro exterior, la caída de aquella pantalla de cristal les mutiló un brazo o un pie, y hubo varios a los que partió por la mitad.

El estrépito ensordecedor de la catástrofe había desaparecido. Dentro de la cúpula, junto al zumbido de sus tímpanos, Togul Barok pudo oír los jadeos de sus hombres e incluso los latidos de su corazón. Comprendiendo que no era necesario seguir en Tahitéi, se desaceleró y ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo.

Pensó que la bóveda no debía ser de vidrio, sino de algún otro material mágico. Era en cierto modo como cristal, pero un cristal bañado en ondas de luz que partían desde el centro, como si estuviera cayendo sobre la cúpula un intenso chaparrón que barriera su superficie con oleadas de agua. El color era azul, entreverado de brillos rojizos y bandas más oscuras que se movían a una velocidad desconcertante. Aunque la cúpula no dejaba pasar ningún sonido del exterior, permitía que se filtrara luz suficiente para comprobar que a su alrededor seguían cayendo meteoritos.

Uno de ellos, tan grande como una vaca, golpeó el techo de la bóveda. O más bien no llegó a golpearla: simplemente se desvió antes de chocar y se estrelló contra el suelo unos metros más allá, convirtiendo en cenizas a decenas de hombres.

El suelo debería haber temblado, pero no lo notaron. A cambio, experimentaban la desconcertante sensación de no tener peso. Uno de los soldados dio un respingo al ver que aquel meteorito caía sobre ellos. Al hacerlo se levantó del suelo y empezó a flotar hacia el techo de la cúpula. Sin embargo, no llegó a tocarlo, porque al acercarse a medio metro de ella algo lo detuvo y lo envió de nuevo hacia abajo.

Mientras el infierno seguía desatado allá fuera, algunos de los soldados intentaron tocar la pantalla que los protegía, e informaron a Togul Barok de que era imposible acercarse. Una fuerza invisible los repelía.

– Es la misma fuerza que nos protege -afirmó él, con una seguridad que estaba lejos de sentir-. Permaneced en el sitio y esperad.

Procuró quedarse quieto. Cualquier movimiento provocaba reacciones extrañas, sobre todo en las vísceras, que parecían flotar a su antojo dentro del cuerpo. Era como navegar en una mar picada, pero sin ver las olas ni poder anticipar las sacudidas del barco. Pronto empezaron a oírse arcadas y la cúpula se llenó de olor a vómitos.

A cambio de salvar la vida, aquel inconveniente no era más que una fruslería. Al cabo de unos minutos, dejaron de ver lo que había más allá de la fluctuante pared de la cúpula: todo era polvo y un humo negro impenetrable.

– ¿Cuándo acabará esto? -preguntó alguien.

– Paciencia, soldado -respondió el oficial al mando-. Confía en nuestro emperador. Nos ha mantenido vivos hasta ahora, y nos llevará vivos hasta el final.

Capitán. Así se llamaba el oficial. Como los demás miembros de la compañía, había renunciado a su familia, amigos y propiedades por convertirse en uno de los elegidos del emperador. Incluso de sus nombres se habían despojado. Ahora cada uno de ellos tenía un apodo. El portaestandarte era Atalaya, por su altura. El jefe, Capitán. El más menudo y rápido de los Noctívagos, Colibrí. El más duro y musculoso, Roquedal. El más callado, simplemente Silencio.

Era un experimento de Togul Barok para crear espíritu de cuerpo, y de momento parecía ir bien. Encerrados en aquella cúpula, aislados del ruido exterior, sabedores de que tal vez serían los únicos supervivientes de su ejército, con el estómago revuelto por las extrañas sensaciones producidas por la magia que a la vez los protegía, se mantuvieron en formación, silenciosos y disciplinados.

Cuando la cúpula desapareció por sí sola, el sol rozaba las cumbres de las montañas. Pero sólo los ojos de doble pupila de Togul Barok pudieron localizar dónde se hallaba. Estaban rodeados por una nube de polvo que no dejaba ver a apenas diez pasos.

– Todos detrás de mí -le dijo a Capitán.

– ¡Agrupaos todos! -ordenó el oficial-. ¡Formad por orden de lista, y que cada hombre tenga localizado al anterior y al siguiente! ¡No quiero que nadie se pierda!

Descubrieron que habían sobrevivido ciento veinte, aparte del propio emperador. Tan sólo la mitad de la compañía, pensó Togul Barok. Pero eso no era nada comparado con el resto de lo que sospechaba que había perdido.

El paisaje resultaba irreconocible. Antes de la catástrofe, era una llanura de pastos ya agostados que esperaban las lluvias de otoño, sembrada de pequeñas arboledas dispersas.

Ahora el llano se había convertido en un terreno sembrado de cráteres y socavones de todos los tamaños, a veces unos dentro de otros. Intentaron caminar rodeándolos, pero en ocasiones no les quedaba más remedio que bajar al fondo de aquellos agujeros. Algunos estaban todavía tan calientes que humeaban, y los hombres procuraban apartarse de ellos. El suelo estaba sembrado de cenizas, polvo y fragmentos de roca. Muchas piedras se habían fundido, convirtiéndose en bloques de vidrio que aún quemaban. Como a su vez habían recibido nuevos impactos, se habían roto en esquirlas aguzadas, de modo que había que pisar con cuidado para que no les atravesaran las botas y se clavaran en sus pies como puñales.

El aire estaba muy caliente, mucho más que unas horas antes, cuando luchaban bajo el sol del mediodía. Era peor que un día de canícula; hacía un calor seco que irritaba la nariz y la garganta. Caminaban entre toses y escupitajos, atragantados por el polvo que flotaba en el ambiente. Togul Barok sospechaba que parte de lo que estaban respirando eran cenizas humanas y animales.

En los socavones más pequeños encontraron restos de carne, algunos chamuscados como si los hubieran asado en una parrilla. En los bordes se veían tripas y músculos desgarrados. De sangre no quedaba resto: el fuego del cielo parecía haber evaporado todo líquido. Por otra parte, en los cráteres mayores no había más que polvo y cenizas: si hubo seres humanos allí, habían quedado reducidos a nada. En el fondo de uno de aquellos agujeros la temperatura seguía siendo tan alta que vieron un charco de roca borboteando al rojo vivo.

Había algunos supervivientes. Unos cuantos se sumaron a los restos de la compañía Noche en su deprimente exploración, pero la mayoría estaban tan malheridos o se hallaban en tal estado de estupor que se quedaron en el sitio. Lo más extravagante que vio Togul Barok, y que casi le resultó onírico, fue a un hombre que caminaba a duras penas sobre los nudillos y los muñones de las piernas, al parecer, cauterizados en el acto. Aquel tipo estaba examinando dos pantorrillas de distintos cadáveres tiradas en el suelo, como si dudara cuál elegir. ¿Acaso pensaba que se las podía coser a su cuerpo? ¿Quería quedarse con las botas?

Incluso el guía más experimentado se habría desorientado sorteando cráteres, hoyos, cuerpos, peñascos, terrones arrancados del suelo, para colmo en medio de un manto de polvo y ceniza y columnas de humo. Pero cuanto más caía la oscuridad más se activaba la doble visión de Togul Barok; un rasgo que durante muchos años creyó compartir con el resto de la humanidad y que ahora le permitía saber por dónde se acababa de poner el sol y dónde se hallaba la masa rocosa de la Espuela.

Tú no eres humano, le recordó su gemelo colérico, que después de un rato de silencio -la lluvia de fuego debía haberlo asustado- había vuelto a llamar con su martillito dentro del hueso temporal, toc, toc, toc. El humano soy yo, tú eres el monstruo.

Por el momento, Togul Barok estaba demasiado concentrado explorando el terreno como para hacerle caso. Llegaron a las inmediaciones de la empalizada, o más bien de sus restos: apenas quedaban en pie algunos troncos solitarios y carbonizados. En un incendio normal, todavía estarían ardiendo.

Pero aquello no había sido un incendio normal, evidentemente.

En esa zona había más cadáveres de caballos. Entre cuerpos y restos irreconocibles se movían los heridos, y también los supervivientes que habían resultado ilesos, con las ropas y las armaduras grises de polvo. Ainari y Trisios se mezclaban, pero ya había pasado el tiempo de combatir. Todos estaban tan superados por lo ocurrido que vagaban sin hablar, como almas en pena, cabizbajos buscando no se sabía qué entre los restos.

Es lo que ocurre cuando el cielo se desploma sobre tu cabeza, pensó Togul Barok.

– Ya sé de quién es la faz que apareció en la luna -dijo un soldado de la compañía apodado Dardo.

– Será de Rimom, ¿de quién si no? -preguntó otro al que llamaban Castor por el tamaño de sus incisivos.

– No. Tiene que ser Manígulat. Esto sólo puede habérnoslo mandado el señor del fuego celeste. En algo debemos haberle ofendido.

Togul Barok se volvió. A los primeros hombres que le seguían los veía con su visión normal, pero los que se hallaban más alejados aparecían entre el polvo como perfiles y superficies de colores que revelaban la temperatura de sus cuerpos.

– ¿Tenéis miedo de los dioses? -les preguntó. Poseía una voz en consonancia con el tamaño de su cuerpo y no le hacía falta esforzarse demasiado para que sus palabras llegaran a las últimas filas.

Nadie contestó. ¿Qué podían decirle? Responder «no» sería una impiedad, y lo contrario sería reconocer una emoción desterrada de la compañía Noche: el miedo.

Pero cuando los dioses deciden aniquilarte derrumbando el cielo sobre tu cabeza, es el momento de elegir entre ser impío o valiente. Y Togul Barok tenía clara su respuesta.

– ¡Os he hecho una pregunta! ¿Os dan miedo los dioses?

Unas cuantas voces contestaron que no, pero en tono timorato y vacilante.

– No lo decís en voz alta, y menos delante de mí, pero sé que muchos pensáis que mis pupilas dobles significan que comparto la sangre de los dioses. ¿Es así?

Se oyó un confuso murmullo que podía ser de asentimiento, o de lo contrario.

– ¡Os he hecho una pregunta! ¡Bajaos los testículos de la garganta y contestad como soldados de la compañía Noche! ¿Pensáis lo que os he dicho o no?

– ¡Sí, señor!

Eso ya empezaba a parecerse al rugido que debía brotar de sus gargantas. En el rostro de Togul Barok se dibujó una torva sonrisa que casi nadie pudo ver.

– Entonces, ¿creéis que soy del linaje de los dioses?

– ¡Sí, señor!

– Pues bien, yo os digo esto: ¡si los dioses han decidido aniquilar al ejército de Áinar, que asuman las consecuencias! ¡Aún me quedan muchos batallones en Koras! ¡Y, sobre todo, me quedáis vosotros, mis hermanos, la compañía Noche!

– ¡Letales como el rayo, señor! -Era el lema de la compañía.

– ¡Si hemos de pelear contra los dioses, lo haremos!

– ¡Sí, señor!

El trémolo temeroso que vibraba antes en sus voces estaba desapareciendo. Bien.

– ¿Qué es lo peor que nos puede ocurrir? ¿Morir? ¡Eso ya lo damos por hecho! Deberíamos haber muerto como todos los demás, pero nos ha salvado el poder de mi lanza -dijo Togul Barok, levantando el arma mágica sobre su cabeza-. ¿Qué somos ahora?

– ¡Muertos!

– ¿A qué debemos temer miedo?

– ¡A nada!

– ¿Quiénes somos?

– ¡Noctívagos!

– ¿Quiénes somos?

– ¡¡NOCTÍVAGOS!!

Togul Barok bajó la voz. Ahora que sus hombres habían recobrado el ardor guerrero, era momento de serenarlos de nuevo.

– Pues como Noctívagos que somos, seguiremos explorando en la noche hasta que reunamos a nuestros supervivientes y encontremos provisiones. Si los dioses han pretendido doblegar nuestro espíritu, no lo conseguirán.

Al menos, mi espíritu no, añadió entre dientes, mientras seguía caminando hacia la gran roca donde unas horas antes se había alzado la orgullosa fortaleza de Mígranz.

RUINAS DE NARAK

Muchos creían que el fin del mundo sería el año Mil-dijo Mikhon Tiq-. Al parecer, los dioses decidieron concedernos dos años de tregua. Pero ahora nuestro tiempo se agota.

Ambos amigos seguían mirando a las alturas, donde las luces de la lluvia de estrellas se precipitaban hacia el norte como bengalas de Malabashi.

– Tarde. Hemos llegado tarde -se lamentó Derguín.

– O tal vez no.

– ¿Qué quieres decir?

– Que si hubiésemos aparecido antes, tal vez ahora la brisa de la bahía estaría aventando nuestras cenizas.

Con el rabillo del ojo, Derguín creyó ver una luz más cercana que las que resplandecían en el cielo. Se volvió hacia su amigo. La contera de la lanza rota solía verse roja como hierro oxidado, a no ser que Mikha lo dispusiera de otra forma. Pero ahora se había iluminado y emitía un suave zumbido, como si en su interior aleteara un luznago.

– ¿Qué está pasando?

Mikha giró el bastón y observó la contera con gesto de estupor.

– Esto no es cosa mía.

– Habéis llegado tarde. Vuestro tiempo se agota. ¡Qué obsesión con el tiempo! ¿Qué diríais si hubierais perdido más de mil años durmiendo?

Ambos se volvieron para enfrentarse a la voz que había sonado a sus espaldas. O más bien a las voces: eran dos que hablaban al mismo tiempo, pero en intervalos discordantes y sutilmente desincronizados.

Ante ellos se alzaba una figura que los doblaba en estatura. Estaba cubierta de pies a cabeza por una armadura negra en cuya superficie bruñida los reflejos deformados de ambos se movían como mercurio. ¿Cómo era posible que no hubieran oído llegar a alguien de tal tamaño?

Derguín retrocedió al mismo tiempo que buscaba el arriaz de la espada y visualizaba la fórmula de la Urtahitéi. Pero no había llegado al tercer dígito cuando un pie metálico de medio metro lo golpeó en el pecho.

El desconocido de la armadura disminuyó de tamaño. Derguín tardó un instante en darse cuenta de la razón. Él estaba volando hacia atrás, impulsado por aquella terrible coz que le había robado el aliento.

¿Qué habrá a mi espalda? Era como hundirse en un pozo, pero en horizontal. Todo parecía ocurrir muy despacio, aunque no había llegado a entrar en aceleración. Debía ser esa ralentización del tiempo de la que hablan los que están al borde de la muerte y viven para contarlo.

Derguín no llegó a repasar su vida entera como aquellas personas. Tan sólo recordó que una vez, tiempo atrás, un corueco lo había lanzado contra una pared. El corueco no tenía ni la mitad de fuerza que el pie inhumano que lo había golpeado.

Después todo se volvió negro. La memoria humana, que suele ser misericordiosa, borró de su recuerdo el impacto contra la pared de piedra.

– Te dije que te largaras de Narak y no volvieras jamás.

Derguín abrió los ojos a duras penas. Sólo quería seguir durmiendo, o muriéndose, o lo que le estuviera ocurriendo.

Tenía la vista desenfocada y el cuerpo lleno de dolores. El más intenso provenía de la cabeza.

No sabía dónde estaba, ni siquiera en qué posición. Trató de mover los dedos de manos y pies dentro de la armadura para saber si se había roto la espalda y, en caso afirmativo, a qué altura.

Pese a que le costó un gran esfuerzo, comprobó que todos los dedos intentaban moverse. Si no lo conseguían apenas era por culpa de la armadura. Tras haber adelgazado en la última semana, le quedaba un poco holgada. Sin embargo ahora la notaba muy ajustada, como si se hubiera hinchado por dentro.

Poco a poco fue consciente de la posición de su cuerpo. Se hallaba tendido de costado, con el brazo derecho bajo el tronco y la espalda contra una pared. Ninguno de los dolores que sentía parecía tan lacerante como para sugerir que se hubiera roto un hueso. El peor era el de la cabeza. ¿A qué se debía el extraño calor en la parte posterior de su cráneo? ¿Una hemorragia, sangre ya seca, sesos desparramados?

– ¿No me oyes, Zemalnit? ¿Es que no te dignas oírme?

Había cerrado los ojos sin darse cuenta. La voz le resultaba familiar. Sobre todo por el odio y el desprecio que destilaba. Es el general Abatón, pensó, casi esperando encontrarse con la cuenca vacía de su ojo sobre él. Pero no podía ser; Abatón se había quedado en Pasonorte con la Horda.

La vista se le enfocó poco a poco. Aunque lo habría visto todo mucho más nítido si aquel tipo se alejara un poco más de él. Por primera vez se sintió identificado con su padre cuando tenía que apartar una carta todo el largo de sus brazos para poder leerla.

Ese rostro. Le era tan familiar como la voz. Pero lo recordaba rodeado con más pelo.

– Agmadán -musitó.

A pesar de que ya había empezado a anochecer, la luz del ocaso combinada con la de Rimom le bastó para comprobar que la cara morena del politarca estaba llena de ampollas y tan roja como un cangrejo hervido. De las elegantes canas de sus sienes no quedaban más que unas hebras quemadas.

Tiene que doler, se dijo.

El politarca estaba arrodillado a su lado, tan cerca de él que podía oler el hedor de su pelo quemado. Al ver que Derguín por fin lo reconocía, Agmadán se incorporó. Llevaba una espada en la mano derecha. Apoyó su punta en el cuello del joven, justo por encima del borde de la armadura.

– Es por tu culpa. Por culpa de tu maldita Zemal -dijo con voz ronca y quejumbrosa. Tenía un ojo lleno de lágrimas. El otro parecía seco y opaco, y el párpado inferior estaba en carne viva. Derguín se preguntó si aún podía ver por él.

– Qué… quieres… decir.

– Has destruido mi ciudad, Zemalnit.

– Yo… no estaba aquí.

Podrían habérsele ocurrido argumentos mejores. Pero sentía la cabeza tan embotada como si tuviera el cráneo relleno del mismo acolchado que le impedía moverse dentro de la armadura.

Acelérate.

Ocho. ¿Uno? ¿Dos? ¿Otro ocho? Los números siempre se le habían presentado rápidamente en una matriz de tres filas y tres columnas, de suerte que no necesitaba ni un segundo para entrar en Tahitéi. Pero ahora bailaban burlones ante los ojos de su mente. Fijarlos era como tratar de escribir en la arena del desierto durante un simún.

La espada. La hoja estaba sucia de hollín, pero Agmadán debía haber limpiado el filo usando su propia ropa y entre la roña se apreciaba un fino ondulado que recorría el acero.

Para un Tahedorán era imposible confundir aquella línea de templado. La espada que apretaba su nuez y amenazaba degollarlo era la misma que fabricó el célebre Amintas hacía más de tres siglos. Brauna, la herencia de su padre Cuiberguín Gorión, alias Kubergul Barok.

Se dio cuenta de que estaba bizqueando para estudiar mejor la afilada hasha. La kisha le era imposible verla, porque la tenía debajo de la barbilla.

Ocho. Uno. Dos. Nueve. Dos. Tres. Ocho. Dos.

Maldita sea, ¿por qué no pasaba nada? No, no. No sólo se había equivocado con los números, sino que ni siquiera había visualizado nueve. Cóncentrate, Derguín Gorión. Pero no era fácil aclarar los pensamientos con aquel dolor de cabeza y, para colmo, viendo a tan poca distancia a un enemigo mortal con el rostro abrasado, ojos de demente y una espada afilada en la mano.

– Quiero que sepas esto antes de morir. Me he acostado con Neerya hasta aburrirme de ella, le he hecho todo lo que un hombre puede hacerle a una mujer y luego se la he entregado a mis esclavos para que la posean por turnos.

Ocho. Uno. ¡Dos! Nueve. Dos. Dos. Cero. Nueve. Uno.

Nada. Entre la armadura hinchada por dentro y el dolor de su espalda y de su cabeza, Derguín sabía de sobra que no conseguiría desarmar a Agmadán. Éste tan sólo necesitaba una fracción de segundo para clavarle la espada en el cuello hasta toparse con las vértebras.

– Después la he matado. ¡La he matado hoy mismo, Derguín! Si vieras cómo lloraba cuando la degollé, cómo gorgoteaba su voz…

– Mientes.

– Y también maté a esa criada tuya. ¿Ariel? Sí, así se llamaba. A ella también le he cortado el gaznate.

– Sigues mintiendo.

– ¡Cállate!

Agmadán apretó. No demasiado, sólo lo suficiente para rasgar la piel. Derguín no vio cómo se hundía la punta, pero notó el cálido reguero de sangre gotéandole por la clavícula.

Por los dioses, ¿qué podía haberle hecho al politarca para que lo aborreciera tanto? Apenas habían conversado dos o tres veces en su vida.

– Te daré pruebas de que las maté para que sepas que no te irás al infierno solo.

– No… las tienes.

– Ariel te robó la Espada de Fuego.

Derguín dejó de parpadear un instante y Agmadán lo notó.

– ¡Ah, ahora sabes que no te miento! La niña vino con unas Atagairas y con su madre. Que, por cierto, te conoce…

Una sombra enorme apareció detrás de Agmadán. El gigante de la armadura. ¿Le había parecido poco la patada y venía a rematarlo?

– … y se llama Trí…

Una mano enorme y oscura tapó la boca de Agmadán y tiró de él hacia arriba. El politarca trató de utilizar la espada, pero otra mano le aferró la muñeca con violencia y le obligó a soltarla. Brauna tintineó al chocar contra el suelo. Que no se haya despuntado, pensó Derguín por reflejo de propietario.

Trató de mover el brazo derecho para cogerla, pero la armadura y su propio peso se lo impedían. Estiró la mano izquierda buscando la espada y al hacerlo se quedó tendido boca abajo. El contacto del pomo, aunque fuera a través del guantelete, le infundió algo de energía. Con parsimonia de anciano más que agilidad de Tahedorán, consiguió arrodillarse y después, haciendo fuerza con la mano derecha en el muslo para ayudarse, se levantó.

En todo ello empleó una eternidad.

Agmadán tenía los pies colgando en el aire y forcejeaba por zafarse de las manos que le amordazaban la boca y la nariz y le apretaban la garganta. Sus movimientos eran cada vez más débiles y sus gemidos sonaban más ahogados. No tardó en dejar de patalear, y un desagradable olor a amoníaco delató que sus esfínteres se habían relajado.

Su agresor lo arrojó a un lado como una marioneta rota. No era tan gigantesco como el desconocido de la armadura, pero medía más de dos metros. Pese a que se le veía más delgado y con la cara, la barba y el pelo perdidos de ceniza y hollín, era imposible confundir aquel rostro y, sobre todo, aquel corpachón.

Sólo había un detalle nimio, una minucia que no cuadraba.

Se suponía que estaba muerto.

– ¿Así es como me saludas, Derguín?

Esa ronca voz de oso no podía ser la de un cadáver ni un fantasma. Derguín avanzó dos pasos titubeantes y se abrazó a aquel hombre, o más bien se dejó caer contra su pecho.

– ¡Mazo! ¡Mazo!

Él lo apartó un poco agarrándolo de los hombros.

– ¡Mazo! -volvió a decir Derguín, con voz ahogada. Se dio cuenta de que estaba viendo a su amigo a través de un velo de lágrimas.

El Mazo le hizo dar la vuelta y le examinó por detrás.

– Te has dado un buen coscorrón, muchacho. Tienes la nuca llena de sangre seca.

– Mazo…

– ¿Qué pasa, que el golpe te ha entontecido tanto que sólo sabes decir una palabra?

Los dedazos del antiguo Gaudaba le revolvieron el pelo sin miramientos para despegar la costra de sangre.

– ¡Ay! -se quejó Derguín, dando un respingo.

– Vaya, por fin pronuncias otra palabra. Está bien, parece que no se te ve el hueso ni se te han salido los sesos. Ésa debe ser una buena noticia.

– Pero tú estabas muerto. ¡Yo te vi muerto! ¿Qué ha pasado? Cuéntame qué ha ocurrido.

– ¿Por qué no empiezas tú? Me gustaría que alguien me explicara qué pinto en Narak y por qué demonios esos gusanos de fuego han destruido la ciudad.

– ¿Gusanos de fuego?

Tras un minuto de intercambiar frases atropelladas e incoherentes, decidieron que lo que más urgía en aquel momento era comer algo. El Mazo confesó que, después de cómo lo habían tratado en los últimos tiempos, se sentía bastante flojo.

– ¿Flojo? -Derguín señaló el cuerpo inerte de Agmadán y añadió-: Seguro que si le preguntas por tu flojera tendrá algo que opinar.

Derguín llevaba colgado en bandolera un zurrón con comida y bebida. Por suerte, aunque el pan y el queso habían quedado algo espachurrados por el choque contra la pared, el odre de vino no había reventado y la morcilla embuchada estaba milagrosamente intacta.

Mientras El Mazo embaulaba casi sin respirar, Derguín se despojó de la armadura entre gruñidos de dolor. Cuando la tuvo extendida y abierta en el suelo, comprobó que la capa interior había cambiado. Hasta entonces era como el exterior, de aquel material verde obsidiana que resistía los golpes mejor que cualquier metal. Ahora, sin embargo, le había brotado por dentro un extraño acolchado que, examinado de cerca, parecía una espuma gris compuesta de minúsculas burbujas.

Ante sus ojos, la espuma se deshinchó entre silbidos casi inaudibles. Segundos después, el interior de la armadura volvía a ser como siempre.

Una magia poderosa. La armadura debía haber reaccionado por sí sola al recibir la patada en el pecho, creando una capa amortiguadora para proteger a su dueño. Y probablemente le había salvado la vida.

Ahora que se había quedado tan sólo con la almilla y los pantalones, Derguín comprobó que tenía mucho más calor que antes. El aire era tan sofocante y el suelo se notaba tan caliente como si estuvieran a pleno sol en la llanura de Malabashi. La ropa se le empapó de sudor y se le pegó al cuerpo casi inmediatamente.

Volvió a recoger la espada, que había dejado en el suelo. ¡Brauna! Recorrió la hoja con los dedos con tanta fruición como si acariciara la piel de Neerya.

¿Había llegado a acariciarla alguna vez, o eran imaginaciones tantas veces invocadas que las había trocado en recuerdos? Por temor a causar la muerte de la bella Bazu, prácticamente no la había tocado. Mucho se temía que ya no tendría ocasión de hacerlo.

Ella no está muerta. Ariel tampoco, se dijo, testarudo. Tenía que tratarse de un engaño de Agmadán, a quien no le bastaba con matarle, sino que también quería que muriera sumido en la desesperación. Ellas no podían estar muertas.

Pero al mirar en derredor y contemplar toda la bahía de Narak convertida en una escombrera humeante, pensó que, si no a manos de Agmadán, sí era más que probable que Neerya hubiese perecido abrasada. Ariel quizá contaba con más posibilidades de haber sobrevivido gracias a Zemal.

¿Y qué había pasado con Mikhon Tiq? ¿Habría luchado contra el gigante de la armadura negra? ¿Con qué resultado? ¿O había decidido huir a lomos del terón, dejándolo a él abandonado a su suerte?

Eran demasiadas preguntas, demasiadas dudas. Debía intentar responderlas poco a poco.

– Toma, Derguín -le dijo El Mazo, tendiéndole el zurrón-. A ti también te vendrá bien comer. Te estás quedando tan flaco como un galgo.

Derguín se negó, pero luego pensó que le convenía meter algo de alimento en el cuerpo. Los imprevistos se sucedían a la velocidad del rayo. Ahora que no tenía a Zemal para enfrentarse a ellos al menos necesitaba reponer fuerzas.

Mientras Derguín comía algo de pan y queso, la cuarta parte de la ración que había devorado El Mazo, éste le sujetó a Brauna. El gigante deslizó los dedos por el filo y, como era de esperar, se hizo una herida en la yema del índice. Ya le había ocurrido en las Kremnas, la agreste comarca de Áinar donde se habían conocido. En aquel momento, Derguín estaba atado a un poste, prisionero de los Gaudabas. El joven recordó que entonces también tenía el pelo pegajoso de sangre por culpa de la pedrada que le había asestado un forajido.

Parece que la historia se imita a sí misma. Aquel pensamiento lo reconfortó un poco. Si el pasado servía como ejemplo, si los acontecimientos tendían a repetirse en círculos, él debía encontrarse de nuevo en el momento más bajo del ciclo. A partir de ahora sólo podía remontar el vuelo.

– Ésta es tu vieja espada, ¿no? La que te regaló tu padre.

– Sí -contestó Derguín, con la boca llena.

Dio un trago de vino, guardó la bota en el zurrón y dejó éste en el suelo. Después examinó la espada que había traído de Pasonorte, una hoja recta que había encargado a un herrero de la Horda y por la que le había pagado dos imbriales. La empuñadura era oscura y el pomo estaba rematado por una cabeza tallada sin orejas ni pelo. Sus rasgos no eran tan finos ni delicados como los de Zemal. Se suponía que la había encargado para dar el pego de lejos, no en un examen cercano.

Para lo que me ha servido, pensó. El robo de la Espada de Fuego debía de ser la comidilla de toda la Horda Roja.

– Si no te importa, te voy a cambiar el arma -le dijo al Mazo, tendiéndole la espada de los dos imbriales.

– Estás más contento de recuperar a Brauna que de verme a mí resucitado, ¿eh?

Mientras intercambiaban armas, Derguín pensó en hacer algún comentario jocoso, pero se le llenaron los ojos de lágrimas. No sabía si era por su amigo, por la espada o porque después del golpe se sentía débil, y más aún sin Zemal. Para disimular, se dio la vuelta como si quisiera examinar mejor las líneas de templado bajo la luz de la luna. Aunque el cielo estaba cada vez más oscuro, Rimom brillaba con el doble o el triple de su intensidad habitual y desde su superficie seguía observándolos el rostro ceñudo de Manígulat.

Derguín no tenía vaina para Brauna. La de la imitación de Zemal no servía para acomodar una hoja curva. Si no se acababa el mundo entre hoy y mañana, ya encontraría algún talabartero que le confeccionase una funda. Por el momento, debía pergeñar alguna solución para no llevar desnuda una espada que cortaba casi con mirarla.

Se acercó al cadáver de Agmadán, lo volteó con la punta del pie para no tener que verle la cara y le rasgó la parte de atrás de la túnica. Usando aquellos harapos rodeó la hoja con varias vueltas de tela y utilizó los cordones de las botas de Agmadán para atar y apretar bien la improvisada funda. Envuelta así, no podría hacer una Yagartéi, pero al menos no se cortaría con el filo. Al final de tu vida has sido útil para algo, señor politarca, pensó.

Arreglada de momento la cuestión de la espada, decidió volver a ponerse la armadura. El Mazo tuvo que ayudarle, porque Derguín se encontraba tan dolorido como un nonagenario reumático.

Para su sorpresa, cuando se cubrió todo el cuerpo sintió que la temperatura de su piel bajaba de forma perceptible. Se preguntó qué ocurriría si se ponía también el casco, pero prefirió seguir llevándolo levantado a la espalda, colgado de las bisagras que lo sostenían. No quería hablar con El Mazo desde detrás de la visera de cristal.

– Deberíamos lavarte esa herida -comentó su amigo cuando terminó de ajustarle los cierres de la coraza.

– Creo recordar que por allí había una fuente -contestó Derguín, señalando hacia su izquierda y poniéndose en camino.

Por allí, la larga pared del acantilado describía un entrante, una C menor dentro de la enorme C de la caldera de Narak. En aquella zona estaba el barrio del Nidal, donde residían los ciudadanos más humildes. Si Derguín no andaba muy desorientado, algo muy probable teniendo en cuenta que la ciudad que conoció se había convertido en un montón de ruinas, por esa zona se encontraba el templo de Rimom, el santuario que había vislumbrado en la visión que los había traído a él y a Mikha desde Pasonorte.

Había recibido una segunda visión mientras sobrevolaban el borde de la meseta de Malabashi. Pero ésta era mucho más confusa y no pertenecía a ningún sitio que reconociera. En ella aparecía también Ziyam, con el rostro sudoroso y enrojecido de calor, y un cilindro de basalto que se fundía bajo el fuego de Zemal.

Sus pulsaciones se aceleraron al recordarlo. Cuando Mikha y él contemplaron la devastación que había sufrido Narak, el primer pensamiento que se pasó por su cabeza fue: El dios loco ha despertado. Según el mito que les había contado Linar, Tarimán encerró a Tubilok en roca fundida y después lo arrojó a la fosa más profunda del mar. Tal vez la bahía de Narak no se correspondiese con esa descripción de forma literal, pero sus aguas eran ciertamente hondas.

Los acontecimientos se habían sucedido a demasiada velocidad: la hermosa Narak arrasada, el rostro de Manígulat dibujado en la luna, la lluvia de estrellas. Y cuando aún no había tenido tiempo de asimilar aquellos desastres y portentos, un gigante blindado de tres metros había estado a punto de reventarlo de una patada. Derguín intuía de quién se trataba, pero ni en voz baja quería expresar su sospecha.

Has sobrevivido a tu encuentro con Tubilok…

¡Cállate!, se ordenó a sí mismo. Si esa especie de demonio era Tubilok, ¿qué destino habría corrido Mikha? ¿Había salvado a su amigo de las acechanzas de Ulma Tor tan sólo para dejar que cayera en manos de una criatura más maligna y poderosa?

Paso a paso, se repitió. No era cuestión de atormentarse pensando a la vez en las personas que podía haber perdido ni en el cúmulo de errores que había cometido. No todo eran desastres. Allí estaba El Mazo, milagrosamente resucitado.

O no. Un principio de los Numeristas que le había enseñado Ahri era: «Si tienes dos explicaciones para un hecho, una natural y otra sobrenatural, no lo dudes». ¿Y si El Mazo no había resucitado porque en realidad no había muerto?

La inspiración lo asaltó como un fogonazo.

– ¡Veneno de inhumano!

El Mazo se frenó en seco y se volvió hacia él.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque a veces me sorprende mi propia sagacidad.

– Y tu modestia, sin duda.

– ¿Qué tal si me cuentas la historia de tu muerte y resurrección? Debe ser un relato apasionante.

– ¿Y si tú me cuentas por qué demonios me he despertado en Narak justo el día de su destrucción?

– Vayamos por partes. Aunque seas Ainari, seguro que eres capaz de hablar y andar a la vez -Derguín tomó del brazo a su amigo y tiró un poco de él. Quería llegar cuanto antes al santuario de Rimom, o a lo que quedase de él. Explícame qué pasó en Atagaira, o al menos qué recuerdas tú.

El Mazo le contó cómo los «machos» del harén de Acruria habían desnudado a Ariel para tirarla a la piscina, si bien pasó de puntillas sobre la clase de actividades en las que andaba enfrascado él mientras eso ocurría. Cuando se descubrió que Ariel era una niña, se había organizado un buen barullo. El Mazo había quitado de en medio a dos guardianas, Falfar y Biariya, de un modo bastante expeditivo. Biariya murió más tarde por el golpe, pero Falfar se salvó.

– No era lo que aseguraba Ziyam. Según ella, mataste a las dos guardianas.

– Pues no fue así.

Cuando estaba negociando con Ziyam para que les dejara salir con vida del harén, El Mazo cometió el error de darle la espalda. Recordaba que ella lo había apuñalado una vez y, cuando estaba perdiendo el conocimiento, notó vagamente otro pinchazo.

– Lo sorprendente es que yo vi tu cadáver.

– ¿Seguro?

– ¿Cuántos osos barbudos de dos metros y tan feos como tú crees que puede haber en toda Tramórea?

– Sería yo, pero no estaba muerto.

– Evidentemente. Por eso he pensado en el veneno de los inhumanos.

– Muy listo. Se nota que eres hombre de lecturas.

– Esta vez no han sido mis lecturas, sino mi experiencia. Después de tu supuesto entierro, cuando estábamos en Iyam, los Fiohiortói le clavaron a Ariel sus espinas y la dejaron paralizada. Al principio creí que había muerto, porque tenía el cuerpo helado y no le notaba la respiración ni pegándole la oreja a la boca.

El Mazo contuvo el aliento un instante.

– Pero…

– Se salvó, no te preocupes. -Para robarme a mí la espada, añadió mentalmente, pero de eso ya hablarían luego-. ¿Cómo te metió el veneno en el cuerpo exactamente? ¿Untó en él un puñal?

El Mazo se volvió hacia él y le mostró una marca roja en el hombro izquierdo, por encima de la clavícula. Parecía un pinchazo.

– Di cómo me lo mete, porque lleva haciéndolo constantemente desde entonces. Esa furcia siempre lleva encima una especie de estilete. En realidad es una empuñadura en la que encastra una espina de inhumano.

Derguín abrió los dedos y los separó unos diez centímetros.

– Las espinas de inhumano son así de largas. No parecen un arma tan impresionante. Además, a Ariel le clavaron cinco y despertó al amanecer.

– Ziyam tiene una buena provisión de espinas de un palmo de largo -dijo El Mazo, abriendo bien la mano para mostrar la longitud-. Se las arrancan a los machos más grandes. Por lo que me contó, le cuestan un buen dinero. Atrapar a uno de esos machos es más peligroso que cazar un jabalí a pedradas.

Derguín silbó entre dientes.

– Un palmo de los tuyos. No es ninguna menudencia.

– La pelirroja tuvo la amabilidad de enseñarme una de esas espinas de cerca antes de clavármela. No están untadas de veneno como yo creía.

– Ya. Tienen un agujerito muy pequeño en la punta, y el veneno…

– ¿Quién está contando la historia, tú o yo?

– Perdona. Sigue, por favor.

– El veneno está dentro de la espina. Cuando los inhumanos disparan esos dardos, fffut, fffut-El Mazo acompañó su onomatopeya con un rápido movimiento de los dedos-, hay una especie de bolsita dentro de la parte posterior de la espina que cuando choca con algo revienta, lanza el veneno por el agujero y lo eyacula dentro de su víctima.

– Lo inocula -le corrigió Derguín, conteniendo una carcajada.

– Lo que tú digas. Para hacer lo mismo, Ziyam tiene que asestar un buen golpe con ese estilete, no vale tan sólo con pinchar la piel. ¡Y mira que lo disfruta la muy puta!

– ¿Cuántas veces te ha inoculado ese veneno?

– He perdido la cuenta.

El Mazo le explicó que en su primer despertar tras su supuesto fallecimiento se encontró encadenado a una cama de piedra, fuera del harén. La alcoba que describió era como todas las de Acruria, de paredes talladas en la roca; no obstante, por la descripción de los relieves Derguín supuso que no era la de Ziyam. Lógico por otra parte, ya que tras su intento simultáneo de regicidio y matricidio la princesa estaba muy vigilada.

– Ziyam me contó que Ariel y tú me habíais visto en un ataúd y que os habíais ido al país de los inhumanos convencidos de que yo estaba muerto. «Da igual», me dijo Ziyam, «porque no van a regresar vivos de allí.» Yo le contesté que no te conocía bien.

– ¡Gracias por tu fe en mí!

– De todos modos, la zorra pelirroja me dijo que me iba a conservar con vida por si volvías, para tener algo con lo que chantajearte. Por si le hacía falta.

– Es una mujer práctica y utilitaria. Eso hay que reconocérselo.

– A mí, desde luego, me utilizó a conciencia.

Esta vez fue Derguín quien se detuvo y se quedó mirando a su amigo de hito en hito.

– ¿Cómo has dicho?

– ¿Hace falta que te lo explique? Ella me… ¿Por qué pones esa cara? No me digas que a ti también te…

– Sí, a mí también me.

El Mazo soltó una carcajada.

– Vaya, pues eso no me lo contó.

Derguín siguió caminando y apretó el paso. A sabiendas de que era ilógico, le había invadido un absurdo ataque de celos. Ziyam podía resultar taimada y malvada como una serpiente, pero no dejaba de ser princesa y ahora reina de Atagaira, amén de una mujer bellísima. Aunque haber hecho el amor con ella le hubiese acarreado muchos inconvenientes, era algo que mentalmente guardaba entre los trofeos que había conquistado sólo gracias a ser Zemalnit. ¡Y ahora resultaba que Ziyam también se había acostado con ese oso velludo de las Kremnas!

Otrosí, Derguín había tenido más de una ocasión de ver al Mazo desnudo y no le hacía gracia que pudieran establecerse ciertas comparaciones.

– ¿Y cómo has acabado en Narak? -preguntó por cambiar de tema cuanto antes.

– Eso es lo que me gustaría saber. Sé que me sacaron de Atagaira para llevarme a una batalla, pero la pelirroja sólo me dejaba despierto el tiempo suficiente para darme de comer y, si le apetecía, para ponerse en…

– Ya sé a qué te refieres. Sigue.

– No hacía más que clavarme esas malditas espinas. Normalmente aquí. – El Mazo se frotó los glúteos-. Debo tener el culo como un alfiletero. Los pocos ratos que me despertaba, me sentía tan mareado como si me hubiera bebido un barril de cerveza. Al final, no sabía ni dónde estaba ni quién ganó esa batalla ni nada.

– ¿Y del viaje hasta aquí recuerdas algo?

El Mazo sacudió la cabeza.

– A veces creí que me despertaba, pero no debía ser cierto, porque soñaba que navegaba por un túnel oscuro y oía susurros y salpicar de agua. Llegué a pensar que a fuerza de pinchazos la pelirroja me había matado de verdad y estaba en el inframundo.

Después de subir algunas rampas y escaleras agrietadas, sorteando cascotes, rescoldos humeantes y restos que podrían ser cuerpos humanos abrasados, habían llegado al lugar que buscaba Derguín. De los hermosos jardines de Orbine no quedaban más que unos troncos calcinados y un manto de ceniza gris que la víspera debió ser hierba fresca. Al menos, por la fuente que brotaba del saliente del acantilado seguía manando agua. Derguín acercó las manos con precaución. Estaba más caliente de lo que esperaba, pero parecía limpia. Primero bebió y luego metió la cabeza bajo el caño y se lavó lo mejor que pudo. Cuando terminó, El Mazo le separó los pelos para buscar la herida.

– Bah, un rasguño sin importancia. ¿Cómo te lo has hecho?

Derguín se incorporó. No sabía muy bien cómo explicárselo.

– Creo que deberíamos seguir cierto orden temporal. Mejor será que termines de contarme tú y luego hablo yo. ¿Qué pasó cuando te despertaste?

– Sígueme y te lo explico.

Caminaron unos veinte metros junto a la pared de roca. Allí se levantaba antes la pagoda de Rimom. Ahora sólo quedaban maderos negros que seguían humeando. En el suelo, entre los escombros, encontraron varios cadáveres. Era difícil contar su número. Algunos huesos, aunque carbonizados, conservaban la forma, pero muchos otros habían quedado reducidos a cenizas y sus restos se habían entremezclado. En cuanto al olor a brasas y aire recalentado, Derguín ya tenía la nariz tan saturada que ni lo notaba.

– Fue aquí donde me desperté.

Aquélla, recordó Derguín, era la antesala del santuario, donde habían sacrificado al cordero lechal antes de que la oniromante lo recibiera.

– Estaba envuelto en un saco y metido dentro de una caja de madera. ¡No sé cómo no me ahogué! Pero a lo mejor eso me salvó la vida, porque cuando desperté noté que todo temblaba.

– ¿Un terremoto?

– Eso debía ser. Al principio no estaba seguro, porque nunca en mi vida he sentido un terremoto. Primero pensé que me estaban zarandeando para despertarme o algo así, pero el ruido era tremendo, mucho peor que una tormenta. Entonces oí un crujido muy fuerte y noté que algo pesado caía sobre la caja y la madera se rompía. Luego vi que era una viga del techo. ¡No me aplastó la cabeza por dos dedos!

Cuando el suelo dejó de moverse, prosiguió, logró desenvolverse del saco y salir de la caja. Se encontraba a cielo abierto. Los tres pisos de la pagoda se habían venido abajo; pero, por fortuna para él, en vez de derrumbarse en el sitio, la mayor parte del edificio se había vencido a un lado, como un árbol talado por un hacha. De lo contrario, El Mazo habría perecido aplastado.

Al ponerse en pie entre escombros, tejas y vigas rotas, vio que en el suelo había cinco cadáveres. Dos eran varones que debían pertenecer al personal del templo. Los otros tres eran guerreras Atagairas. Dos tenían el cráneo aplastado y a otra se le había clavado en la yugular una larga esquirla de vidrio.

– ¿Estaba Ziyam?

– No. Ninguna era pelirroja.

La reina Atagaira merecía morir, sin duda, pero Derguín se sintió aliviado a su pesar. De haber estado Baoyim, seguro que le habría repetido su habitual cantinela: «Los hombres sólo tenéis la cabeza para que avise a vuestro pene a tiempo de que no se choque con las esquinas de las mesas».

Se le ocurrió otro pensamiento inquietante.

– Y Ariel…

– No, ella tampoco estaba. Seguro.

Derguín suspiró de alivio. El Mazo continuó su relato. Una de las Atagairas muertas debía ser la encargada de que El Mazo no despertara, porque tenía en la mano un estilete como el de Ziyam. De hecho, El Mazo recordaba su rostro vagamente, por los escasos ratos en que lo dejaban

despierto y le daban de comer y beber para que no muriera de inanición.

Pese a que la cabeza le daba más vueltas que un derviche, El Mazo salió de las ruinas de la pagoda. Por la luz y el frescor de la brisa, debía haber amanecido hacía unos minutos. Alrededor del templo había muchas casas derrumbadas y se oían voces y lamentos por doquier. La gente empezaba a salir de los edificios, arrastrando fuera a los heridos y a algunos muertos.

Pero el desastre no había hecho más que empezar.

El suelo empezó a trepidar otra vez. Aunque el temblor era menos violento, El Mazo pensó que era mejor apartarse del acantilado, donde podrían caer rocas o cascotes desde las alturas, y dirigirse a la playa de la Espina. No fue el único a quien se le ocurrió, de modo que se organizó una marea humana que bajó por las estrechas calles del Nidal hacia la bahía. Pese a que seguía algo mareado, El Mazo aprovechó su corpachón y logró abrirse paso entre la multitud.

Cuando llegó al extremo norte de la playa, a pocos metros del espigón que cerraba el puerto de la Seda, descubrió que el centro de la bahía borboteaba como un caldero hirviendo. Ante los ojos estupefactos de millares de personas, las aguas se rompieron y de ellas brotó una columna de vapor blanco que se levantó en el aire más de cien metros entre silbidos pavorosos.

El suelo seguía temblando. Por las laderas y paredes de la gran C que formaba la caldera corrían regueros de polvo debidos a los desprendimientos de rocas, y también a la caída de muros de contención, árboles, lienzos y casas enteras que se precipitaban al vacío. Alguien apartó la vista del agua y señaló hacia las alturas con un grito de horror.

– ¡Los funiculares!

Había tres funiculares en Narak, uno por cada uno de los distritos altos. Los cables de los tres oscilaban como cuerdas de laúd a punto de romperse mientras las torres de sujeción se sacudían a los lados. El primero que se derrumbó fue el de la Buitrera, el mismo que El Mazo utilizaba cuando quería visitar a Derguín en su casa. Había tres o cuatro cabinas bajando en aquel momento, y todas ellas se estrellaron contra las rocas y se hicieron añicos. Los otros dos funiculares cayeron poco después.

Los ruidos en el agua atrajeron de nuevo las miradas al centro de la bahía. Entre la nube blanca estaba apareciendo una isla que surgía de las aguas como una gran bestia negra. En cuestión de minutos se levantó hasta una altura de más de quince metros. El islote tenía forma de cono, pero de pronto, sin previo aviso, la parte superior reventó con una aterradora explosión cuya onda expansiva se notó a un kilómetro como una violenta bofetada de calor.

Un chorro de llamaradas rojas y amarillas mezcladas con un espeso humo negro subió a las alturas. El Mazo creyó ver una figura humana que volaba entre las llamas.

– Fue tan rápido que pensé que mis ojos me habían engañado. Pero a mi lado había más gente que también lo había visto.

Era él, se dijo Derguín, pensando en el gigante de la armadura oscura.

Lo peor estaba por llegar. Mientras el suelo seguía temblando, del boquete que había quedado tras la explosión del cono central de la isla surgió una criatura espantosa, un gusano gigantesco cuya aparición provocó más gritos de pánico entre la muchedumbre.

– ¡Era de fuego, Derguín! Imagínate una lombriz o una babosa, pero más grande que una ballena o un karchar, y tan largo que cuando su cabeza ya había llegado al agua su cola aún salía por el agujero de la isla. Su cuerpo era como un hierro al rojo vivo, casi blanco. Si cerrabas los ojos, seguías viéndolo en color verde, como cuando te quedas mirando el sol demasiado rato. Estaba tan caliente que en cuanto tocó el agua empezaron a levantarse chorros de vapor.

El Mazo aderezaba su relato con abundantes gestos y onomatopeyas, en este caso un largo siseo para describir cómo hervía el agua de la bahía. Por sus cálculos, aquel gusano de fuego medía al menos sesenta metros de longitud y seis o siete de grosor. Derguín habría pensado que exageraba tanto como un pescador hablando de sus capturas, si no fuera porque los estragos que contemplaba ante sus ojos sólo podían ser obra de fuerzas titánicas.

El gusano desapareció bajo las aguas, pero era fácil adivinar su trayectoria por el resplandor que se vislumbraba en las profundidades y por el reguero de vapor siseante que se levantaba a su paso. Los gritos de terror se calmaron un poco cuando la gente comprobó que se dirigía hacia el puerto de Namuria, en el otro extremo de la bahía. Cuando emergió allí, su luz pareció hacerse más intensa, y en apenas un minuto el bosque formado por los cientos de mástiles de los barcos de guerra estaba en llamas. Alrededor del Mazo hubo llantos y gemidos de consternación: la clave del poder de la ciudad, su flota, estaba ardiendo ante los ojos de los Narakíes.

Sin dejar apenas respiro, tres gusanos más pequeños, de entre diez y quince metros de longitud, salieron a la vez del boquete central. Con una rapidez sorprendente reptaron por la isla y se arrojaron al agua para dirigirse hacia la costa. Su fulgor aún se veía bajo las aguas cuando brotó un quinto gusano, tan gigantesco como el primero, seguido de otros dos menores.

Los tres gusanos adelantados salieron del agua en el extremo sur de la playa de la Espina, a unos seiscientos metros de donde se hallaba El Mazo. Uno de ellos empezó a reptar escaleras arriba hacia la Buitrera arrasándolo todo a su paso. El puro contacto de sus cuerpos incandescentes convertía la arena en vidrio y hacía arder la madera con violentas llamaradas. Por si esto fuera poco, aquellas criaturas movían a los lados la cabeza, abrían un orificio en forma de estrella que debía hacer las veces de boca y vomitaban unos chorros cegadores que lo fundían y abrasaban todo.

Cuando el segundo gusano gigante asomó la cabeza a menos de doscientos metros del Mazo, éste comprendió que la playa no era lugar seguro. Pese a que el suelo seguía sacudiéndose, se dio la vuelta y decidió que lo mejor que podía hacer era regresar a las ruinas de la pagoda. Si un cascote o una piedra le partían en dos la crisma, sería un fin más rápido que quemarse vivo.

De nuevo su corpulencia le sirvió para abrirse paso, ahora en sentido contrario. La multitud gritaba de pánico y cada uno pugnaba y empujaba por huir a un sitio distinto, ya que era imposible adivinar por dónde iba a surgir la siguiente amenaza. De la isla seguían saliendo gusanos incandescentes. El fragor de los chorros de fuego que vomitaban se mezclaba con el grave runrún del trepidar que agitaba el suelo, el estrépito de las rocas que se derrumbaban, el siseo del agua hirviente e incontables chillidos de pavor.

Mientras nadaba casi literalmente entre el gentío, procurando alejarse del mar, El Mazo sintió un intenso calor en la nuca. Desobedeciendo a su instinto, giró el cuello y vio que otra de esas monstruosas lombrices había salido de las aguas en la zona donde él mismo se encontraba unos minutos antes. La bestia abrió aquella obscena boca estrellada y arrojó un surtidor de fuego que cayó sobre la gente. Cientos de personas se convirtieron en antorchas humanas que aullaban de dolor apenas unos segundos antes de desplomarse convertidos en montones de cenizas.

El Mazo braceó con más fuerza, apartando y pisoteando sin contemplaciones, mirando hacia atrás constantemente para ver a qué distancia se hallaba el gusano. La bestia giró la cabeza hacia la izquierda, y su siguiente chorro de fuego trazó un arco de más de cien metros en el aire para caer sobre los barcos mercantes anclados en el puerto de la Seda. El incendio se transmitió de vela en vela y de maderamen en maderamen a una velocidad imposible, hasta que todo el puerto, mil metros de lado a lado, fue pasto de las llamas.

El Mazo siguió empujando, sin hacer caso de los puñetazos y patadas que le propinaban a él. A su derecha, los gusanos más pequeños trepaban por las escaleras que llevaban a los distritos altos de la ciudad. Uno de ellos, pese a su tamaño, subía pegado al frontispicio del templo de Manígulat como una monstruosa oruga que trepara por el tronco de un árbol, lanzando chorros de fuego que fundían la roca y borraban el relieve que representaba al dios.

Volvió a sentir el calor en la nuca y le llegó un nauseabundo hedor a carne y pelo achicharrados. Esta vez El Mazo ni siquiera miró atrás, sólo aceleró más, juntando los brazos ante su cuerpo como una cuña y corriendo a través de la gente.

– No sé cómo, pero logré llegar a esa zona de allí -dijo, señalando hacia las cuestas que los habían conducido hasta las ruinas de la pagoda.

Unos días antes eran calles estrechas y tortuosas en las que se sucedían rampas y escaleras. Cuando El Mazo las atravesó, resultaba aún más difícil avanzar, pues estaban llenas de escombros derrumbados durante el temblor.

– Pero luego llegaron los gusanos. Como ves, dejaron el terreno mucho más despejado.

Derguín asintió. Cuando acudió a consultar a la oniromante, desde aquel lugar no se veía el mar, tapado por los edificios. Sin embargo, ahora podía contemplar la bahía y el vivo reflejo azul de Rimom en sus aguas. El paso de aquellos monstruos ígneos había abierto nuevas calles y aplastado y fundido los escombros.

Varum Mahal, autor de la célebre Historia de las islas de Ritión, había escrito hacía casi doscientos años un opúsculo titulado Sobre las entrañas de Tramórea en el que aseguraba que la capa exterior del suelo se sustentaba sobre un gran lecho de barro primordial. Dicho barro podía ser frío o ardiente y surgir a la superficie en forma de arcilla, cieno o lava. Pero Mahal también sostenía que en esa capa subterránea moraban criaturas mucho mayores que las que habitaban la superficie. «Si el aire, las aguas y la tierra bullen de todo tipo de animales, ¿por qué el lodo primigenio va a estar muerto y desprovisto de vida?»

Derguín pensó que a Varum Mahal le habría gustado comprobar que su hipótesis era cierta. Por desgracia, no habría sobrevivido para escribir un apéndice a su opúsculo.

– Cuando llegué a las ruinas del templo, decidí que la única escapatoria era meterme aquí -dijo El Mazo, señalando al agujero circular que daba acceso a la cueva donde moraba la oniromante.

– ¿Encerrarte? En vez de achicharrarte al aire libre, ¿preferías abrasarte dentro de esta ratonera?

– ¿Y qué habrías hecho tú? Las llamas estaban cada vez más cerca de

mí.

El Mazo se volvió hacia la bahía y trazó un arco con el brazo para indicar por dónde se movían los incendios. Después señaló a la derecha, por encima del puerto de la Seda. Allí, a unos quinientos metros del santuario de Rimom, estaba la Costana del Norte, una calle muy empinada que salía de Narak. Tampoco deberían haberla visto desde donde se hallaban, pero ya no había nada que les ocultara el panorama.

– Ésa habría sido la única escapatoria. Pero por allí no podía ir. Un gusano que no sé de dónde demonios saldría había llegado ya a ese camino y estaba convirtiendo en cenizas a todos los pobres diablos que trataban de huir de la ciudad.

Derguín había recorrido esa calzada más de una vez para pasear por los acantilados que rodeaban el norte de la isla y llegar hasta la hermosa y tranquila playa de Arubak. La costana estaba festoneada de álamos que brindaban una agradable sombra. Ahora no quedaba ni un árbol y, pese a que no alcanzaba a verlo desde allí, sospechaba que los adoquines de la calzada se habrían convertido en asfalto fundido por el paso del gusano de fuego.

Se volvió hacia el agujero en la pared.

– Así que entraste por este hueco. No debió ser fácil con tu tamaño.

– No, no lo fue. Pero acerté.

Derguín asomó la cabeza. Recordaba que la cueva tenía forma de pequeña cúpula, pero ahora su interior estaba sumido en sombras.

– Eso es evidente. Estás vivo.

– La cueva de dentro era muy pequeña, y me di cuenta de que si un gusano se acercaba y soplaba su chorro de llamas me cocería como en un horno. Pero resulta que en la pared de enfrente había otro agujero así -explicó El Mazo, trazando un dibujo en el aire.

– Un óvalo.

– Eso es.

– No recuerdo la existencia de esa puerta.

El Mazo se encogió de hombros.

– Supongo que la abrieron hace poco cortando la pared. La losa que habían arrancado estaba tirada en el suelo, ni se habían molestado en quitarla.

– ¿Y dices que habían cortado la pared?

– Limpiamente. Pasé la mano por los bordes y ni siquiera raspaban.

¡Zemal! Sólo la Espada de Fuego podía practicar un corte así. De modo que aquella puerta la había abierto Ariel. ¿Para escapar de los gusanos de fuego… o para despertar a alguien que yacía en las profundidades?

El Mazo le contó que en el interior de la cámara había visto otro cadáver.

Por su descripción, debía de ser la oniromante. No encontró cascotes caídos que explicaran su muerte; pero no le sobraba precisamente tiempo para indagar, así que se adentró en el túnel que se abría al otro lado del agujero.

Y lo hizo justo a tiempo. A sus espaldas oyó el rugir de las llamas, y en el suelo del túnel vio su propia sombra recortada contra una intensa luz y sintió el calor en la espalda.

Derguín tocó la pared que rodeaba al agujero circular. Estaba negra, pero no había llegado a fundirse. Tal vez el gusano de fuego no se había acercado mucho, o sus llamas habían perdido fuerza. Pero de no ser por el túnel que penetraba en el acantilado, estaba seguro de que su amigo habría muerto achicharrado o asfixiado en la cueva de la oniromante.

El Mazo siguió contándole que había bajado por el túnel hasta que dejó de oír ruidos y sentir calor. Después había aguardado un tiempo prudencial, que a él se le antojó un día entero, pero que al parecer no había pasado de doce horas.

– El resto ya lo sabes. Salí de aquí y vi que los gusanos habían desaparecido y la mayoría de los incendios se habían apagado ya.

Derguín imaginó que eso ocurría porque las llamas de los gusanos debían alcanzar tal temperatura que lo consumían todo y agotaban rápidamente el combustible. No era extraño que, pese a que se había hecho de noche, siguiera haciendo más calor que en un día de verano.

– Estaba que me caía de hambre, así que me puse a buscar algo de comer, pero no había nada. Entonces, cuando llegué a la playa de la Espina, poco antes del templo de Manígulat, te vi tirado junto a la pared y a ese individuo amenazándote con la espada. Y ya está.

– ¿No has encontrado a ningún otro superviviente entre las ruinas?

El Mazo negó con la cabeza.

– Supongo que, si alguien más s