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La estrella del diablo

Jo Nesbø

En un verano excepcionalmente caluroso en Oslo, el cuerpo de una joven aparece en el suelo de su apartamento, en medio de un charco de sangre. Tiene amputado un dedo de la mano izquierda, y bajo un párpado le han colocado un pequeño diamante rojo con la forma de una estrella de cinco puntas: el símbolo de las tinieblas, el emblema del diablo. Cinco días después del tétrico hallazgo, un hombre denuncia la desaparición de su esposa. Otro dedo cercenado aparece en escena: lleva un anillo con un diamante rojo engarzado, tallado como una estrella de cinco puntas. Tendrán que pasar cinco días más para que aparezca el tercer cadáver… y se repita el ritual. Son demasiadas coincidencias, y todo apunta a que un asesino en serie está actuando en la ciudad. Harry Hole no tiene vacaciones, por lo que el jefe Moller le asigna el caso y le impone como compañero a Tom Waaler, un tipo corrupto, implicado en el tráfico de armas y de alguna manera responsable de la muerte de Hellen Gjelten, compañera y amiga de Hole, en el transcurso de una investigación. Harry está decidido a demostrar que sus sospechas sobre Waaler están fundadas, e incluso empieza a preguntarse si no estará relacionado con los crímenes. Los demonios reales y los imaginarios se mezclan en la mente del policía, que se tiene que enfrentar a un criminal sanguinario y a un enemigo implacable dentro del departamento. Sólo tiene una cosa clara: la estrella de cinco puntas es la clave para resolver el misterio.

Jo Nesbø

La estrella del diablo

Harry Hole 05

PRIMERA PARTE

1

Viernes. Huevos

El edificio se construyó en 1898 sobre un suelo de arcilla que había cedido levemente por la parte oeste, de modo que el agua pasaba por el umbral también por ese lado, hacia el que estaba descolgada la puerta. Desde allí discurría hasta el suelo del dormitorio dibujando en el parqué de roble una línea húmeda, siempre hacia el oeste. En su fluir se posaba un momento en una hendidura del parqué, hasta que una nueva onda de agua la desplazaba empujándola por detrás y haciéndola correr como a una rata asustada hasta el listón de la pared. Una vez allí, se deslizaba hacia ambos lados, buscando y olisqueando por debajo del listón antes de encontrar una ranura en el ángulo que formaba la pared con el extremo de los listones de parqué. En la ranura había una moneda de cinco coronas acuñada con el perfil del rey Olav en 1987, un año antes de que la moneda cayera del bolsillo del carpintero. Pero eran tiempos de prosperidad, había que rehabilitar rápidamente muchos áticos y el carpintero no se había molestado en buscar la moneda perdida.

El agua no precisó mucho tiempo para encontrar el camino por el que atravesar el suelo, bajo el parqué. Salvo una fuga registrada en 1968, el mismo año en que se renovó el tejado del edificio, los maderos llevaban secándose y encogiéndose ininterrumpidamente desde 1898, con lo que la ranura entre los dos maderos de pino interiores ya casi medía medio centímetro. Y bajo la ranura, el agua caía sobre una de las vigas que la llevaba hacia el oeste, hasta la parte interna de la pared exterior. Y desde allí, se filtraba por el enlucido y el mortero que, más de cien años atrás, preparó Jacob Andersen, albañil y padre de cinco hijos. Al igual que los otros albañiles de la época, Andersen mezclaba su propio mortero y su propio enlucido. Y no sólo componía una mezcla única de cal, agua y arena, sino que incluía además dos ingredientes especiales: cerdas de caballo y sangre de cerdo. En opinión de Jacob Andersen, las cerdas y la sangre aglutinaban, y eso aportaba a la mezcla una fuerza añadida. Al ver la actitud incrédula de sus colegas, Andersen les aseguraba que no se trataba de una invención suya. Su padre y su abuelo, ambos escoceses, habían utilizado los mismos ingredientes, pero de cordero. Y pese a haber renunciado a su apellido escocés y haber adoptado el de su maestro de albañilería, no veía razón alguna para despreciar seiscientos años de experiencia. Algunos de los albañiles opinaban que aquello era inmoral; otros, que parecía una práctica diabólica, pero la mayoría de los colegas simplemente se burlaban de él. Con toda probabilidad, fue uno de ellos el que puso en circulación la historia que llegó a circular de boca en boca por aquella ciudad en vías de crecimiento, entonces conocida como Kristiania. Un cochero de Grünerløkka se casó con una prima suya de Varmland y la pareja se mudó a la calle Seilduksgata, a un pisito de una habitación y cocina, de uno de los edificios en cuya construcción había participado Andersen. El primer hijo del matrimonio tuvo la mala suerte de nacer con el cabello rizado y oscuro y los ojos marrones. Dado que ambos progenitores eran rubios y de ojos azules, el marido, de talante particularmente celoso, llevó a su mujer al sótano una noche y la emparedó. Las gruesas paredes de ladrillo de doble capa entre las que quedó atada y aprisionada ahogaron sus gritos con suma eficacia. El marido pensó sin duda que moriría por falta de aire, pero si algo eran capaces de hacer bien los albañiles, era conseguir que éste circulara. Al final, la pobre mujer intentó derribar la pared con los dientes. Tal intento habría podido dar resultado, pues el escocés Andersen pensaba que, ya que utilizaba sangre y cerdas, bien podía ahorrar en la cal de la mezcla, que era más cara, con lo que sus paredes resultaban porosas y se deshicieron bajo los duros ataques de los dientes de Varmland. Por desgracia, las ansias de vivir de la mujer la empujaron a morder bocados de mortero y ladrillo demasiado grandes. Hasta que llegó un momento en que no pudo masticar, tragar, ni escupir, y la arena, las lascas y el lodo le taponaron el esófago. Se le puso la cara azul, el corazón empezó a latir despacio y la mujer dejó de respirar.

Estaba lo que la mayoría de las personas llamarían muerta.

Sin embargo, según el mito, el sabor a sangre de cerdo hizo que la desgraciada creyera que seguía con vida, de modo que se deshizo sin dificultad de las cuerdas que la tenían atada, atravesó la pared y echó a andar. Algunos ancianos de Grünerløkka aún recuerdan la historia que oían en su infancia sobre aquella mujer con cabeza de cerdo que se paseaba con un cuchillo para cortarles la cabeza a los niños pequeños que andaban por la calle a altas horas de la noche, porque necesitaba el sabor de sangre en la boca para no desaparecer del todo. Pocos conocían, sin embargo, el nombre del albañil y Andersen seguía haciendo su singular mezcla sin inmutarse. Tres años después de haber terminado el edificio por el que ahora discurre el agua, Andersen se cayó de un andamio y dejó por toda herencia doscientas coronas y una guitarra. Todavía tenían que transcurrir casi cien años para que los albañiles empezasen a utilizar fibras artificiales parecidas al pelo en sus mezclas de cemento y para que en un laboratorio de Milán se descubriese que los muros de Jericó estaban reforzados con sangre y cerdas de camello.

La mayor parte del agua no se filtró por la pared, sino que fluyó hacia abajo. Porque el agua, la cobardía y el deseo buscan siempre el fondo más abismal. Las primeras cantidades de agua las absorbió la arcilla grumosa que había entre las vigas, pero el líquido elemento seguía filtrándose, la arcilla empezaba a saturarse y el agua terminó por penetrarla y por mojar el periódico Aftenposten del 11 de julio de 1898 que había quedado atrapado en el interior de la pared y que informaba de que, seguramente, la buena racha de la construcción en Kristiania había alcanzado ya el límite y de que cabía esperar que a los especuladores inmobiliarios carentes de escrúpulos se les avecinasen tiempos menos prósperos. En la página tres decía que la policía continuaba sin tener pistas sobre el asesinato de una joven costurera a la que habían encontrado apuñalada en su baño la semana anterior. Ya en mayo habían sacado del río Akerselva el cadáver de una joven asesinada y mutilada de la misma forma, pero la policía no quería pronunciarse sobre la posibilidad de que existiese alguna relación entre ambos casos.

El agua se filtró, pues, desde el periódico por entre las tablas de madera de debajo y traspasó el techo. Y puesto que ya lo habían perforado en 1968 para localizar la fuga, el agua rezumaba por los agujeros formando gotas que se quedaban adheridas a la pintura hasta que adquirían el peso suficiente como para que la gravedad venciera la resistencia de la adhesión a la superficie, momento en el que se soltaban para caer desde una altura de tres metros y ocho centímetros, sin encontrar obstáculos en su camino. Y allí aterrizaba y se detenía el agua. Sobre más agua.

Vibeke Knutsen chupó el cigarrillo con fuerza y exhaló el humo por la ventana abierta del cuarto piso. Era por la tarde y el aire templado que ascendía desde el asfalto del patio caldeado por el sol se llevaba el humo hacia arriba a lo largo de la fachada azul claro, sobre cuya superficie terminaba disipándose. Al otro lado del tejado se oía el ruido de algún que otro coche que pasaba por la calle Ullevålsveien, por lo general muy transitada. Ahora, sin embargo, en el periodo vacacional, la ciudad había quedado prácticamente evacuada. Una mosca yacía patas arriba tumbada en el alféizar, no había tomado la precaución de escapar del calor. Hacía más fresco en aquella parte del apartamento, que daba a la calle de Ullevålsveien, pero a Vibeke Knutsen no le gustaba esa panorámica. El cementerio de Vår Frelser. Lleno de celebridades. De celebridades muertas. En el bajo había un local comercial donde vendían «Monumentos», según rezaba la placa, es decir, lápidas. Proximidad a la fuente del mercado, dicen que se llama.

Vibeke apoyó la cabeza en el fresco cristal de la ventana.

Se había alegrado cuando llegó el calor, pero la alegría no tardó en esfumarse y ya echaba de menos que las noches fuesen más frescas y que hubiese gente por la calle. Cinco clientes habían entrado ese día en la galería antes de la hora de comer, y después del almuerzo, sólo tres. Se había fumado un paquete y medio de cigarrillos de puro aburrimiento, sufría palpitaciones y le dolía tanto la garganta que apenas podía hablar cuando la llamó el jefe para preguntar qué tal iban las cosas. Aun así, no había hecho más que llegar a casa y poner una olla de agua a hervir para cocer patatas, cuando de nuevo sintió ganas de fumar.

Vibeke había dejado de fumar hacía dos años, cuando Anders entró en su vida. Y no porque él se lo hubiese impuesto, al contrario. Cuando se conocieron en Gran Canaria, él le pidió un cigarrillo. Sólo por gusto. Y un mes después de regresar a Oslo, cuando se fueron a vivir juntos, una de las primeras cosas que dijo fue que su relación debería cargar con la culpa de que Vibeke lo convirtiera en un fumador pasivo, que los investigadores del cáncer seguramente exageraban un poco y que, con el tiempo, se acostumbraría a que su ropa oliese a tabaco. Vibeke tomó la decisión al día siguiente y unos días más tarde, cuando él le dijo mientras almorzaban que hacía mucho que no la veía con un cigarrillo, ella le contestó que nunca se había considerado fumadora. Anders se inclinó y le acarició la mejilla con una sonrisa.

– ¿Sabes qué, Vibeke? Ésa fue también mi impresión.

Vibeke oía el agua hervir a borbotones en la cacerola, a su espalda, y miró el cigarrillo. Tres caladas más. Dio la primera. No sabía a nada.

No recordaba bien cuándo había empezado a fumar otra vez. Quizás el verano anterior, cuando las ausencias de Anders por viajes de trabajo empezaron a prolongarse. ¿O fue después de Año Nuevo, cuando Anders empezó a hacer horas extras casi todas las noches?

¿Era porque se sentía desgraciada? ¿Acaso era desgraciada? Nunca discutían. Tampoco hacían el amor muy a menudo, pero eso, según le dijo Anders, dando así el tema por zanjado, era por lo mucho que él trabajaba. Tampoco es que ella lo echase tanto de menos. Las escasas ocasiones en que hacían el amor sin mucho entusiasmo era como si él no estuviera allí. De modo que Vibeke había decidido que ella tampoco tenía por qué estar presente.

Sin embargo, no discutían. A Anders no le gustaba que se levantase la voz.

Vibeke miró el reloj. Las cinco y cuarto. ¿Dónde estaría? Por lo menos solía avisar cuando se retrasaba. Apagó el cigarrillo y lo dejó caer al suelo del patio interior, se dio la vuelta y le echó un vistazo a las patatas. Pinchó la más grande con un tenedor. Casi listas. Unos pequeños grumos negros flotaban en el agua que hervía a borbotones. ¡Qué raro! ¿Serían de las patatas o de la cacerola?

Intentaba recordar para qué la había utilizado la última vez, cuando oyó la puerta de entrada y enseguida una respiración jadeante y el ruido de alguien que se quitaba los zapatos. Al cabo de un instante, Anders entró en la cocina y abrió el frigorífico.

– ¿Y bien? -preguntó.

– Hamburguesas.

– Vale -Anders elevó el tono al final, como marcando una interrogación cuyo significado ella conocía aproximadamente: «¿Otra vez carne? ¿No deberíamos comer pescado más a menudo?».

– Seguro que está rico -continuó Anders con poco entusiasmo, inclinándose sobre los fogones.

– ¿Qué has estado haciendo? Estás empapado en sudor.

– No voy a poder entrenar esta tarde así que he recorrido en bicicleta el trayecto de ida y vuelta al lago Sognsvann. ¿Qué son esos grumos negros que flotan en el agua?

– No lo sé -admitió Vibeke-. Acabo de verlos.

– ¿Que no lo sabes? ¿No decías que estuviste a punto de ser cocinera?

Dicho esto, cogió raudo uno de los grumos entre el índice y el pulgar y se lo metió en la boca. Ella le miraba el cogote de hito en hito. El pelo fino y castaño que tanto le gustó al principio. Corto y bien cuidado. Con la raya al lado. Tenía un aspecto tan decente. Como de alguien con futuro. Para más de una persona.

– ¿A qué sabe? -preguntó Vibeke.

– A nada -respondió Anders aún inclinado sobre la placa-. A huevos.

– ¿A huevos? Pero si fregué bien esa cacerola la última vez…

Vibeke se interrumpió de pronto.

Él se dio la vuelta.

– ¿Qué pasa?

– Está… goteando -dijo señalándole la cabeza con el dedo.

Anders frunció el entrecejo y se pasó la mano por el cogote. Entonces ambos levantaron simultáneamente la vista al techo, de donde pendían dos gotas. Vibeke, que era un poco miope, no habría distinguido las gotas si éstas hubieran sido trasparentes. Pero no lo eran.

– Parece que Camilla tiene una fuga -constató Anders-. Tendrás que subir a avisarle mientras yo busco al portero.

Vibeke entornó los ojos con la vista aún en el techo y luego observó los grumos en la cacerola.

– Dios mío -susurró sintiendo otra vez las palpitaciones.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó Anders.

– Tú vete a buscar al portero. Y luego vais los dos a casa de Camilla. Entre tanto, yo llamaré a la policía.

2

Viernes. Lista de vacaciones

La comisaría general de Grønland, sede principal del distrito policial de Oslo, está situada en la loma que se extiende desde Grønland hasta Tøyen, con vistas a la zona este del centro de la ciudad. Se construyó en acero y cristal y la terminaron en 1978. No presenta ninguna inclinación, se halla perfectamente nivelada y les valió un diploma a los arquitectos Telje, Torp y Aasen. El montador de telecomunicaciones responsable del cableado de los dos largos pasillos flanqueados de despachos en los pisos séptimo y noveno recibió una pensión y una bronca de su padre cuando se cayó del andamio y se fracturó la columna.

– Nuestra familia lleva siete generaciones de albañiles que se pasaron la vida haciendo equilibrios entre el cielo y la tierra, hasta que la gravedad ha terminado siempre por aplastarnos contra el suelo. Mi abuelo intentó escapar a la maldición, pero ésta lo persiguió y cruzó con él el mar del Norte. Así que, el día que tú naciste, me prometí que no permitiría que sufrieras el mismo destino. Y creí que lo había logrado. Montador de telecomunicaciones. ¿Qué coño hace un montador de telecomunicaciones a seis metros del suelo?

En cualquier caso, precisamente a través del cobre de los cables instalados por el hijo del albañil pasó aquel día la señal que, desde la Central de Emergencias, atravesó los empalmes entre las plantas construidas con una mezcla de cemento de fabricación industrial, hasta alcanzar el despacho de Bjarne Møller, jefe del grupo de Delitos Violentos, situado en el sexto piso. Justo en aquel momento cavilaba Møller sobre si le hacía o no ilusión pasar las inminentes vacaciones en la cabaña que la familia había alquilado en Os, a las afueras de Bergen. En el mes de julio, Os significaba, con un alto grado de probabilidad, un tiempo de perros. En realidad, Bjarne Møller no tenía inconveniente en cambiar por algo de lluvia la ola de calor anunciada en Oslo, pero entretener a dos chiquillos muy activos cuando caían chuzos de punta sin más medios que una baraja a la que le faltaba la jota de corazones era todo un reto.

Bjarne Møller estiró sus largas piernas y escuchó el mensaje mientras se rascaba detrás de la oreja.

– ¿Cómo lo descubrieron? -preguntó.

– La vecina tenía una gotera -respondió la voz de la Central de Emergencias-. El portero y el vecino fueron a su casa y nadie les abrió. Sin embargo, la puerta no estaba cerrada con llave, así que entraron.

– Bien, enviaré a dos de nuestros hombres.

Møller colgó, exhaló un suspiró y pasó el dedo por la lista de turnos de guardia que tenía debajo del cartapacio de plástico del escritorio. La mitad del grupo estaba ausente, como era habitual durante las vacaciones de verano, lo que no significaba que los habitantes de Oslo corriesen peligro, ya que, al parecer, a los malos de la ciudad también les gustaba disfrutar de algún descanso en julio, un mes que, decididamente, era temporada baja para los delitos que correspondían a su grupo.

El dedo de Møller se detuvo en el nombre de Beate Lønn. Marcó el número de la Científica, cuyas oficinas se hallaban en la calle Kjølberggata. Nadie contestó. Esperó hasta que transfirieron la llamada a la centralita.

– Beate Lønn se encuentra en el laboratorio -dijo una voz clara.

– Soy Møller, de Delitos Violentos. Búscala.

Y se dispuso a esperar. Fue Karl Weber, el recién jubilado jefe de la policía Científica, quien se había llevado a Beate Lønn de Delitos Violentos a la Científica. Møller lo consideró otra prueba más de la teoría de los neodarwinistas que promulgaba que el único impulso del individuo es perpetuar sus propios genes. Y al parecer, en opinión de Weber, Beate Lønn los tenía de sobra. A primera vista, Karl Weber y Beate Lønn podrían parecer muy diferentes. Weber era taciturno e irascible, Lønn, en cambio, era una joven tranquila y discreta que, cuando llegó de la Academia de Policía, se sonrojaba en cuanto alguien le dirigía la palabra. Pero sus genes policiales eran idénticos. Ambos pertenecían al tipo del policía pasional que, cuando huele una presa, es capaz de aislarse de todo y de todos y de concentrarse sólo en una pista técnica, en un indicio, en una grabación de vídeo, en una descripción vaga, hasta que, al final, empieza a verle alguna lógica. Las malas lenguas difundían la opinión de que el lugar idóneo para Weber y Lønn era el laboratorio, más que el trabajo con personas, donde los conocimientos del investigador sobre la naturaleza humana eran, pese a todo, más importantes que una huella de pisada o una fibra.

Weber y Lønn estaban de acuerdo en lo del laboratorio y en desacuerdo en lo de las huellas y las fibras.

– Aquí Lønn.

– Hola, Beate. Soy Bjarne Møller. ¿Estás ocupada?

– Por supuesto. ¿Qué pasa?

Møller le refirió brevemente el motivo de su llamada y le dio la dirección.

– Yo también enviaré a dos de mis chicos -dijo.

– ¿A quién?

– Pues a ver a quién encuentro, ya sabes, las vacaciones.

Møller colgó y siguió pasando el dedo por la lista.

Se detuvo en el nombre de Tom Waaler.

La casilla de vacaciones no estaba marcada. Bjarne Møller no se sorprendió. Uno podía pensar que el comisario Tom Waaler nunca cogía vacaciones, incluso que prácticamente no dormía. Como investigador, era una de las mejores cartas del grupo. Siempre disponible, siempre en acción y casi siempre aportaba resultados. Y, a diferencia del otro as del grupo de investigación, en Tom Waaler se podía confiar. Su hoja de servicios era intachable y contaba con el respeto de todos. Resumiendo, una joya de subordinado. A ello se unían sus indiscutibles dotes de mando: las cartas predecían que, llegado el momento, él ocuparía el puesto de Møller como jefe de grupo.

La señal de llamada de Møller sonaba a través de los tabiques.

– Aquí Waaler -contestó una voz sonora.

– Soy Møller. Tenemos…

– Un momento, Bjarne. Tengo que terminar otra conversación.

Bjarne Møller se puso a tamborilear con los dedos en la mesa mientras esperaba. Tom Waaler podía llegar a ser el jefe del grupo de Delitos Violentos más joven de la historia. ¿Era su edad lo que infundía en Møller cierta inquietud al pensar que aquella responsabilidad recaería precisamente en Tom? ¿O quizás eran los dos tiroteos en los que se había visto envuelto? El comisario Waaler había hecho uso del arma en dos ocasiones durante sendas detenciones y, puesto que era uno de los mejores efectivos del Cuerpo, había acertado fatalmente las dos veces. Sin embargo, Møller sabía también que, paradójicamente, esos dos episodios podrían resolver la elección del nuevo jefe a favor de Tom. La investigación llevada a cabo por Asuntos Internos no había descubierto nada que refutase que Tom hubiese disparado en defensa propia, al contrario, concluyeron que Waaler había demostrado buen juicio e iniciativa en situaciones críticas. ¿Y qué mejor calificación podría otorgarse al solicitante de un puesto de jefe?

– Lo siento, Møller. El móvil. ¿Qué puedo hacer por ti?

– Tenemos un caso.

– Por fin.

El resto de la conversación duró diez segundos. Ahora sólo faltaba el último.

Møller había pensado en el agente Halvorsen, pero en la lista ponía que estaba de vacaciones en su casa de Steinkjer.

Continuó con la lista en orden descendente. Vacaciones, vacaciones, baja por enfermedad.

El comisario dejó escapar un hondo suspiro cuando el dedo se detuvo en un nombre que había deseado evitar.

Harry Hole.

El solitario. El borracho. El enfant terrible del grupo. Pero, junto con Waaler, el mejor investigador del sexto piso. De no ser por esa circunstancia, y por el hecho de que, a lo largo de los años, Bjarne Møller había desarrollado una inclinación perversa a jugarse el cuello por ese gran agente alcoholizado, Harry Hole habría sido expulsado del Cuerpo de Policía hacía tiempo. En condiciones normales, Harry habría sido el primero al que Møller habría llamado para un trabajo como aquél, pero las condiciones no eran normales.

O mejor dicho, eran más anormales que de costumbre.

Las cosas terminaron por complicarse del todo cuatro semanas atrás. En efecto, desde que, el pasado invierno, retomó el viejo asunto del asesinato de su colega Ellen Gjelten, liquidada a golpes a orillas del río Akerselva, Hole había perdido el interés por todos los otros casos. El problema era que el caso de Ellen llevaba ya mucho tiempo resuelto, pero Harry se mostraba cada vez más obsesionado hasta el punto de que Møller empezó a preocuparse por su salud mental. La situación había llegado al límite hacía un mes, cuando Harry se presentó en su despacho y le expuso su teoría sobre una espeluznante conspiración. Sin embargo, en resumidas cuentas, resultó que no disponía de pruebas que hicieran plausibles sus fantasiosas acusaciones contra Tom Waaler.

A partir de aquel momento, Harry desapareció sin más. Al cabo de unos días, Møller llamó al restaurante Schrøder, donde le confirmaron lo que ya temía, que Harry había recaído de nuevo. Møller incluyó a Harry en la lista de los que estaban de vacaciones, para encubrir su ausencia. Una vez más. Por regla general, Harry terminaba dando señales de vida a la semana de ausentarse. En esta ocasión habían transcurrido cuatro. Se le habían terminado las vacaciones.

Møller miró al auricular del teléfono, se levantó y se colocó junto a la ventana. Eran las cinco y media y, aun así, el parque que se extendía ante la comisaría estaba casi vacío, con la única presencia de algún amante del sol ocioso que desafiaba al calor. En la plaza de Gr0nlandsleiret no había más que unos tenderos solitarios bajo los toldos de sus quioscos con sus verduras por toda compañía. Hasta los coches -cero atascos de hora punta- circulaban más despacio. Møller se alisó el pelo hacia atrás, una costumbre de toda la vida, aunque su mujer le había advertido que debía dejarlo, porque la gente podía sospechar que estuviera colocándose bien la cortinilla. ¿De verdad que no tenía más alternativa que Harry? Møller siguió con la vista a un hombre que bajaba haciendo eses por Grønlandsleiret. «Apuesto a que intenta entrar en el Raven. Apuesto a que no se lo permiten. Apuesto a que terminará en el Boxer. El mismo lugar en que se puso punto final al caso de Ellen. Y quizá también a la carrera policial de Harry Hole.» Møller se sentía bajo presión, tenía que tomar una decisión sobre cómo resolver el problema «Harry». Pero eso sería a largo plazo, ahora debía centrarse en aquel caso.

Møller levantó el auricular y pensó que estaba a punto de meter a Harry y a Tom Waaler en el mismo caso. Las vacaciones colectivas eran una mierda. El impulso eléctrico partió del monumento que Telje, Torp y Aasen habían erigido en honor a la sociedad del orden y, en algún lugar donde reinaba el caos, empezó a sonar el teléfono. En un apartamento de la calle Sofie.

3

Viernes. Despertar

Ella gritó una vez más y Harry Hole abrió los ojos.

El sol brillaba entre las cortinas que aleteaban perezosas mientras el chirrido del tranvía al frenar en la calle Pilestredet iba muriendo despacio. Harry intentó orientarse. Estaba tumbado en el suelo de su propia sala de estar. Vestido, aunque no muy elegante. Y si no vivía, por lo menos estaba vivo.

El sudor le cubría la cara como una película de maquillaje húmedo y pegajoso y el corazón parecía comportarse de un modo ligero y frenético, como una pelota de pimpón botando en un suelo de cemento. Lo peor era la cabeza.

Harry dudó un instante antes de decidirse a seguir respirando. El techo y las paredes le daban vueltas, pero no había en todo el apartamento un solo cuadro ni una sola lámpara de techo donde fijar la vista. En la periferia de su campo de visión atisbó una estantería Ivar, el respaldo de una silla y una mesa de salón verde de Elevator, que también daban vueltas. Pero por lo menos ya no tenía que seguir soñando.

Había sufrido la misma pesadilla de siempre. Se sentía clavado al suelo, sin posibilidad de moverse, e intentaba cerrar los ojos para ahorrarse la visión de aquella boca abierta y torcida en un grito afónico. Los ojos grandes y vacíos con una acusación muda. Cuando era niño, eran los ojos y la boca de Søs, su hermana pequeña. Ahora, en cambio, eran los de Ellen Gjelten. Antes los gritos eran mudos, ahora resonaban como el lamento metálico de unos frenos. No sabía qué era peor.

Harry se quedó totalmente quieto mirando a la calle de hito en hito por entre las cortinas, contemplando el sol vibrante que parecía suspendido sobre las calles y los edificios de Bislett. Sólo el tranvía quebrantaba el silencio estival. No parpadeaba. Se quedó mirando fijamente hasta que el sol se transformó en un corazón amarillo y saltarín que latía bombeando calor sobre el fondo de una fina membrana de un color azul lechoso. De pequeño, su madre le decía que a los niños que miraban directamente al sol se les quemaba la vista y se pasaban el resto de su vida con la luz del sol en el interior de la cabeza. Y eso era lo que intentaba conseguir ahora: que la luz del sol le inundase la cabeza y lo quemase todo. Que, por ejemplo, quemase la imagen de la cabeza de Ellen reventada a golpes en la nieve a orillas del río Akerselva con una sombra que se proyectaba sobre ella. Llevaba tres años intentando atrapar aquella sombra. Pero tampoco lo había conseguido. Apenas osaba creer que la tenía, cuando todo se iba a la mierda de pronto. No había conseguido nada.

Rakel…

Harry levantó la cabeza despacio y miró el ojo negro y muerto del contestador. Había dado señales de vida en las semanas transcurridas desde que volvió a casa después de la reunión que celebró en el restaurante Boxer con el comisario jefe de la Policía Judicial y con Møller. Seguramente, eso también lo habría quemado el sol.

¡Mierda, qué calor hace aquí dentro!

Rakel…

Ahora se acordaba. En un momento del sueño la cara había cambiado por la de Rakel. Søs, Ellen, su madre, Rakel. Caras de mujeres, que en un movimiento constante, palpitante, pulsante, cambiaban y se fundían unas en otras.

Harry dejó escapar un suspiro y volvió a apoyar la cabeza en el parqué. Vio la botella que hacía equilibrios en el borde de la mesa, por encima de él. «Jim Beam from Clermont, Kentucky.» El contenido había desaparecido. Evaporado. Rakel. Cerró los ojos. No quedaba nada.

No tenía ni idea de la hora que era, sólo sabía que era demasiado tarde. O demasiado pronto. Que, en cualquier caso, era la hora equivocada de despertarse. O mejor dicho, de dormir. Uno debería estar haciendo otra cosa a aquella hora del día. Uno debería estar bebiendo.

Harry se puso de rodillas.

Algo vibraba en sus pantalones. Eso era lo que lo había despertado, ahora lo notaba. Una polilla atrapada aleteaba desesperadamente. Metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil.

Harry caminaba lentamente hacia la colina de St. Hanshaugen. El dolor de cabeza le bombeaba detrás de los globos oculares. La dirección que le había dado Møller se encontraba a un paso, se había refrescado la cara con un poco de agua, encontró un poco de whisky en una botella que tenía en el armario, debajo del lavabo, y salió con la esperanza de que el paseo le despejara la mente. Harry pasó por delante del restaurante Underwater. Abierto de cuatro a tres, de cuatro a una los lunes y cerrado los domingos. No era un lugar que él frecuentase, ya que su sitio habitual, el restaurante Schrøder, estaba en la calle paralela, pero como la mayoría de los alcohólicos, Harry disponía en su cerebro de un fichero en el que los horarios de apertura de los bares se guardaban automáticamente.

Le dedicó una mueca a la imagen que le devolvían las ventanas ennegrecidas. Otra vez sería.

Cuando llegó a la esquina, giró hacia la derecha y bajó por la calle Ullevålsveien. A Harry no le gustaba pasar por aquella calle, era una vía apropiada para los coches, no para las personas. Lo mejor que podía decirse de la calle Ullevålsveien era que en la acera de la derecha había algo de sombra en días como aquél.

Harry se detuvo delante del número que le habían indicado y lo examinó despacio.

En el bajo había una lavandería con las lavadoras de color rojo. En el cristal del escaparate un letrero anunciaba que abrían todos los días de ocho a veintiuna horas y la oferta de un secado de veinte minutos al precio reducido de treinta coronas. Junto a uno de los tambores en movimiento, una mujer morena con un pañuelo en la cabeza miraba al infinito. En el local contiguo a la lavandería había una exposición de lápidas y, algo más allá, en un luminoso de color verde, se leía «KEBABGÅRDEN», una combinación de quiosco de comida rápida y tienda de ultramarinos. Harry paseó la vista por la fachada mugrienta. La pintura aparecía agrietada en las viejas ventanas, pero los miradores del tejado indicaban que habían construido nuevos áticos sobre las cuatro plantas originales. Encima de los timbres recién instalados, junto a la puerta de hierro llena de óxido, habían montado también una cámara. El dinero de la parte oeste de la ciudad fluía lento pero incesante hacia la parte este. Llamó al timbre de arriba, donde se leía el nombre de Camilla Loen.

– ¿Sí? -se oyó preguntar por el interfono.

Møller le había avisado. Aun así, se sobresaltó al oír la voz de Waaler.

Harry quería contestar pero no conseguía que sus cuerdas vocales reaccionasen. Carraspeó un poco y lo intentó de nuevo.

– Soy Hole. Ábreme.

La puerta emitió un zumbido y Harry agarró el picaporte de hierro negro, frío y áspero.

– ¡Hola!

Harry se dio la vuelta.

– Hola, Beate.

Beate Lønn era un poco más baja que la media, tenía el pelo corto y rubio y los ojos azules, ni guapa ni fea. Resumiendo, nada en ella llamaba la atención, a excepción de la vestimenta, un mono blanco tipo astronauta.

Harry le sujetó la puerta para que pasara con dos maletines de acero.

– ¿Llegas ahora?

– No, he tenido que volver al coche para recoger el resto de mi equipo. Llevamos aquí media hora. ¿Te has hecho daño?

Harry se pasó el dedo por la costra de la nariz.

Obvio.

Harry la siguió por una segunda puerta que daba a las escaleras.

– ¿Cómo están las cosas allí arriba?

Beate dejó los maletines delante de la puerta verde del ascensor y le echó una rápida ojeada.

– Yo creía que uno de tus principios era mirar primero y preguntar después -dijo pulsando el botón de llamada.

Harry asintió con la cabeza. Beate Lønn pertenecía a esa parte de la humanidad que se acuerda de todo. Era capaz de recitar detalles de casos criminales que a él se le habían olvidado hacía mucho y que habían sucedido antes de que ella empezara en la Academia de Policía Además, tenía muy desarrollado el gyrus fusiforme, esa parte del cerebro que hace que recordemos las caras. Un gyrus fusiforme que había dejado atónitos a los psicólogos que lo habían puesto a prueba. Sólo faltaba que se acordara también de lo poco que Harry había tenido tiempo de enseñarle mientras trabajaron juntos durante la oleada de atracos del año anterior.

– Sí, me gusta estar lo más receptivo posible la primera vez que veo la escena de un crimen -confirmó Harry, que se sobresaltó cuando la maquinaria del ascensor reanudó la marcha de repente. Empezó a buscar los cigarrillos en los bolsillos-. Pero es que no creo que vaya a trabajar en este caso.

– ¿Por qué no?

Harry no contestó. Sacó del bolsillo izquierdo del pantalón un paquete de Camel arrugado.

– ¡Ah, sí! -sonrió Beate-. Me dijiste que esta primavera os ibais de vacaciones. A Normandía, ¿no? ¡Qué suerte tienes…!

Harry se puso el cigarrillo entre los labios. Sabía a mierda y tampoco le haría mucho bien a su dolor de cabeza. Sólo una cosa le ayudaría. Miró el reloj. Lunes. De cuatro a una.

– Lo de Normandía se anuló.

– ¿Ah, sí?

– Sí, así que no es por eso. Es porque quien lleva este asunto es el que está ahí arriba.

Harry aspiró el humo con fuerza y señaló hacia arriba con la cabeza.

Beate lo miró con atención.

– Procura que no se convierta en una obsesión, Harry. Pasa página.

– ¿Que pase página?

Soltó el humo.

– Hiere a la gente, Beate. Tú deberías saberlo.

Ella se sonrojó.

– Tom y yo tuvimos una relación breve, Harry. Eso es todo.

– ¿No fue en la época en que llevabas aquellos moratones en el cuello?

– ¡Harry! Tom nunca me…

Beate se dio cuenta de que había levantado la voz y se calló enseguida. El eco de las voces se elevó en el aire, pero se ahogó cuando el ascensor se detuvo ante ellos con un estruendo sordo.

– No te gusta -constató Beate-. Por eso te imaginas cosas. Tom tiene algunos lados buenos que tú desconoces.

– Ya.

Harry apagó el cigarrillo contra la pared mientras Beate abría la puerta del ascensor y entraba.

– ¿No vas a subir? -preguntó mirando a Harry, que se había quedado fuera con la vista clavada en algo. El ascensor. Tenía en el lado interior de la puerta una verja corredera. Una verja de hierro negra y sencilla que tenía que levantar y cerrar una vez dentro para que el ascensor pudiera arrancar. Y nuevamente, el grito. El grito mudo. Sintió cómo le brotaba el sudor por todo el cuerpo. El trago de whisky no había sido suficiente. Ni de lejos.

– ¿Pasa algo? -preguntó Beate.

– No -dijo Harry con voz bronca-. Es sólo que no me gustan estos ascensores antiguos. Subiré por las escaleras.

4

Viernes. Estadística

Resultó que, en efecto, el edificio tenía áticos. Dos, para ser exactos. La puerta de uno de ellos estaba abierta, pero acordonada con una de las cintas de plástico naranja de la policía sujeta a cada lado. Harry flexionó sus ciento noventa y dos centímetros, pasó por debajo y tuvo que apresurarse a dar un paso de apoyo cuando se incorporó al otro lado. Se vio en medio de una sala de estar con parqué de roble y techo abuhardillado con pequeñas claraboyas. Hacía tanto calor como en una sauna. El apartamento era pequeño y estaba decorado con un estilo minimalista, como el suyo, pero ahí terminaba el parecido. En efecto, en éste el sofá era el más moderno de la tienda Hilmers Hus, la mesa de salón era de R.O.O.M., y el televisor, un Philips de quince pulgadas en plástico azul hielo transparente, a juego con el equipo de música. Harry echó una ojeada a la cocina y a un dormitorio cuyas puertas estaban abiertas. Eso era todo. Reinaba allí un silencio peculiar. Un policía de uniforme y con los brazos cruzados junto a la puerta de la cocina sudaba copiosamente mientras se balanceaba sobre los talones y observaba a Harry enarcando una ceja. Al ver que Harry iba a sacar su identificación, el hombre le dedicó media sonrisa y negó con un gesto.

«Todos conocen al mono de feria», se dijo Harry. «El mono no conoce a nadie.» Se pasó la mano por la cara.

– ¿Dónde está la Científica?

– En el baño -dijo el agente, señalando con la cabeza al dormitorio-. Lønn y Weber.

– ¿Weber? ¿Han empezado a recurrir a los jubilados?

El agente se encogió de hombros.

– Las vacaciones.

Harry echó un vistazo a su alrededor.

– De acuerdo, pero a ver si acordonan la escalera y la puerta. La gente entra y sale del edificio como quiere.

– Pero…

– Oye, la escalera y la entrada son parte de la escena del crimen, ¿de acuerdo?

– Comprendo… -comenzó el agente con voz destemplada. Harry comprendió que, con un par de frases, se había ganado un nuevo enemigo. La lista era larga.

– … pero he recibido órdenes estrictas de… -continuó el agente.

– De quedarte vigilando aquí -se oyó una voz desde el dormitorio.

Acto seguido, apareció en el umbral Tom Waaler.

A pesar del traje oscuro, no se le veía ni una gota de sudor bajo la espesa línea del nacimiento de su cabello negro. Tom Waaler era un hombre guapo. Quizá no exactamente atractivo, pero tenía las facciones regulares y simétricas. No era tan alto como Harry, pero, curiosamente, muchos dirían que lo era. Quizá debido a su porte altanero. O a su relajada confianza en sí mismo, que no sólo impresionaba a la mayoría de los que tenía a su alrededor, sino que además se les contagiaba haciendo que también ellos se relajasen y hallasen su lugar natural en el mundo. El aspecto de hombre guapo bien podía deberse a su condición física: no había traje capaz de ocultar cinco sesiones semanales de levantamiento de pesas y de kárate.

– Y ahí va a seguir vigilando -continuó Waaler-. Acabo de enviar a un tío al ascensor para que acordone lo que haga falta. Todo bajo control, Hole.

Pronunció la última frase tan quedamente que uno podía elegir entre entenderlo como una constatación o como una pregunta.

Harry carraspeó.

– ¿Dónde está?

– Aquí dentro.

La expresión de Waaler reveló cierta preocupación cuando se hizo a un lado para que Harry pasara.

– ¿Te has dado un golpe, Hole?

El dormitorio era sencillo, pero estaba decorado con gusto y con un toque romántico. La cama, hecha para una persona pese a ser de matrimonio, estaba pegada a un pilar donde habían tallado algo que parecía un corazón sobre una figura triangular. «Tal vez la marca de un amante», pensó Harry. En la pared, sobre la cama, colgaban tres fotografías de desnudos masculinos, un detalle erótico y políticamente correcto, que se situaban entre una variante pornográfica suave y un elemento de arte popular. Ninguna fotografía familiar ni otros objetos personales, por lo que pudo ver.

Detrás del dormitorio se hallaba el cuarto de baño, con el espacio justo para un lavabo, un inodoro, una ducha con cortina y el cadáver de Camilla Loen. La mujer estaba tendida en el suelo de baldosas, con la cara vuelta hacia la puerta, pero mirando hacia arriba, a la alcachofa de la ducha, como si esperase que siguiera cayendo agua.

No llevaba nada debajo del albornoz abierto y empapado de agua que tapaba el desagüe. Beate sacaba fotos desde la puerta.

– ¿Alguien ha verificado cuánto tiempo lleva muerta?

– El forense está en camino -explicó Beate-. Pero aún no presenta los rasgos típicos del rigor mortis y no está del todo fría. Calculo que, como mucho, un par de horas.

– ¿Es verdad que el grifo de la ducha estaba abierto cuando la encontraron el vecino y el portero?

– Sí, ¿por?

– El agua caliente puede haber mantenido el calor corporal retrasando la aparición del rigor mortis.

Harry miró el reloj. Las seis y cuarto.

– Creo que podemos decir que murió alrededor de las cinco.

Era la voz de Waaler.

– ¿Por qué? -preguntó Harry sin volverse.

– No hay nada que indique que el cuerpo haya sido trasladado, así que podemos suponer que la asesinaron mientras se estaba duchando. Como ves, el cuerpo y el albornoz tapan el desagüe. Eso fue lo que originó la inundación. El portero, que cerró la ducha, dijo que estaba abierta al máximo y yo he comprobado la presión del agua. Bastante buena para ser de un ático. En un baño tan pequeño, el agua no tardaría mucho en cruzar el umbral y llegar al dormitorio y tampoco tardaría muchos minutos en encontrar el camino hasta la casa del vecino. La señora de abajo dice que eran exactamente las cinco y veinte cuando detectaron la fuga.

– De eso no hace más de una hora -observó Harry-. Y vosotros ya lleváis aquí treinta minutos. Parece que todo el mundo ha reaccionado con una rapidez excepcional.

– Bueno, no todos, ¿no? -preguntó Waaler.

Harry no respondió.

– Me refiero al forense -continuó Waaler con una sonrisa-. Ya debería estar aquí.

Beate dejó de sacar fotos e intercambió una mirada con Harry.

Waaler la cogió del brazo.

– Avísame si hay novedad. Bajaré a la tercera planta para hablar con el portero.

– Vale.

Harry aguardó hasta que Waaler hubo salido de la habitación.

– ¿Puedo…? -preguntó.

Beate asintió con la cabeza y se hizo a un lado.

Las suelas de Harry chasqueaban sobre el suelo mojado. El vapor se había condensado en todas las superficies planas del baño y ahora chorreaba hacia el suelo. El espejo parecía haber estado llorando. Harry se puso en cuclillas, pero tuvo que apoyarse en la pared para no perder el equilibrio. Respiró por la nariz, pero solamente notó el olor a jabón y ninguno de los otros olores que sabía que deberían estar presentes. Disosmia, había leído Harry que se llamaba, en el libro que le prestó Aune, el psicólogo del grupo de Delitos Violentos. Había algunos olores que el cerebro sencillamente se negaba a registrar y, según el libro, esa pérdida parcial del olfato solía deberse a un trauma emocional. Harry no estaba muy seguro de que ésa fuese la razón, sólo estaba seguro de que era incapaz de reconocer el olor a cadáver.

Camilla Loen era joven. Harry calculó que tendría entre veintisiete y treinta años. Guapa. Rellenita. Tenía la piel lisa y tostada por el sol, aunque con esa palidez subyacente que los muertos adquieren enseguida. El pelo, ahora oscuro, se vería seguramente algo más rubio en cuanto se secase. Y presentaba un pequeño orificio en la frente que no se notaría cuando los de la funeraria hubiesen terminado su labor. Por lo demás, no tendrían mucho que hacer, sólo un poco de maquillaje sobre algo que parecía una hinchazón en la cuenca del ojo derecho.

Harry se concentró en el orificio negro y redondo de la frente. Su diámetro no era mucho mayor que el de una moneda de una corona. A veces le sorprendía lo pequeños que podían ser los agujeros que mataban a la gente. Claro que, a menudo, esos orificios resultaban engañosos, porque se contraían después. Harry opinaba que, en este caso, el proyectil era más grande que el orificio que ahora se apreciaba.

– Mala suerte que haya estado metida en agua -se lamentó Beate-. De lo contrario, quizás habríamos encontrado huellas dactilares del asesino, o restos de tejido o de ADN en el cadáver.

– Ya. La frente, por lo menos, ha estado fuera del agua y al parecer tampoco le ha caído tanta agua de la ducha.

– ¿Y?

– El borde del orificio de entrada presenta un cerco de sangre oscura y coagulada, así como ennegrecimiento en la piel circundante a causa del impacto. Puede que este pequeño orificio nos cuente algunas cosas ahora mismo. ¿Una lupa?

Sin apartar la vista de Camilla Loen, Harry alargó la mano, sintió en ella el peso rotundo de la óptica alemana y empezó a examinar la zona alrededor de la herida de bala.

– ¿Qué ves?

La voz queda de Beate le resonó cerca de la oreja. Siempre tan dispuesta a aprender. Harry sabía que, dentro de muy poco, no tendría nada más que enseñarle.

– El tono gris del ennegrecimiento de la entrada indica que el disparo se efectuó desde una distancia corta, pero sin contacto -explicó Harry-. Apuesto a que quien le disparó se encontraba a medio metro más o menos.

– ¿Y qué más?

– La asimetría del ennegrecimiento revela que la persona que disparó se encontraba a más altura que ella y que apuntaba en diagonal hacia abajo.

Harry volvió cuidadosamente la cabeza de la víctima. La frente aún no estaba del todo fría.

– No hay orificio de salida -constató-. Lo que corrobora la hipótesis de un disparo en diagonal. Es posible que estuviese de rodillas ante el asesino.

– ¿Puedes deducir el tipo de arma utilizado?

Harry negó con la cabeza.

– Eso tendrá que determinarlo el forense, junto con los chicos de Balística. Pero la intensidad del ennegrecimiento es decreciente, y eso apunta al uso de un arma corta. O sea, una pistola.

Harry empezó a recorrer metódicamente el cadáver con la mirada en un intento de registrarlo todo, pero se dio cuenta de que el parcial aturdimiento provocado por el alcohol le impedía apreciar detalles que habrían podido serle útiles. O mejor, serles útiles a ellos. Aquél no era su caso. Como quiera que fuese, cuando llegó a la mano, advirtió que faltaba algo.

– El Pato Donald -murmuró inclinándose hacia la mano mutilada.

Beate lo miró sin comprender.

– Así lo dibujaban en los tebeos -explicó Harry-. Con cuatro dedos.

– Yo no leo tebeos.

Le habían amputado el dedo índice. Quedaban fibras negras de sangre coagulada y los hilos brillantes de los tendones. Era un corte limpio. Harry posó cuidadosamente la yema del dedo en el lugar donde se apreciaba un punto blanco en medio de la carne rosada. La superficie de la fractura era lisa y plana.

– Con unos alicates -aclaró Harry-. O con un cuchillo muy afilado. ¿Habéis encontrado el dedo?

– Nones.

De repente, Harry sintió náuseas y cerró los ojos. Respiró hondo un par de veces y volvió a abrirlos. Podían existir muchas razones para amputarle un dedo a una víctima. No había motivo alguno para pensar en el sentido que estaba a punto de dibujarse en su mente.

– Puede que se trate de un cobrador -aventuró Beate-. A ésos les gustan los alicates.

– Puede -murmuró Harry que, al levantarse, descubrió sus propias pisadas en lo que él había creído que eran azulejos rosas. Beate se agachó y sacó un primer plano de la cara de la víctima.

– Pues sí que ha sangrado.

– Es porque ha tenido la mano sumergida en agua -explicó Harry-. El agua evita que la sangre se coagule.

– ¿Toda esa sangre sólo de un dedo amputado?

– Sí, y ¿sabes lo que eso significa?

– No, pero tengo la sensación de que lo voy a saber muy pronto.

– Significa que a Camilla Loen le amputaron el dedo mientras la sangre aún circulaba, es decir, antes de que le pegaran un tiro.

Beate hizo una mueca.

– Bajaré a hablar con los vecinos -dijo Harry.

– Camilla ya vivía en el piso de arriba cuando nosotros nos mudamos -dijo Vibeke Knutsen echando una mirada rápida a su pareja sentimental-. No teníamos mucha relación con ella.

Estaban con Harry en el salón del cuarto piso, justo debajo del ático. Quien no los conociera podría pensar que el que vivía allí era Harry. La pareja estaba sentada algo tiesa en el borde del sofá, en tanto que Harry se había acomodado tranquilamente en uno de los sillones.

A Harry le pareció una pareja desigual. Ambos rondaban los treinta y tantos, pero Anders Nygård era delgado y nervudo como un corredor de fondo. Llevaba una camisa celeste recién planchada y el pelo recién cortado. Tenía los labios finos y un lenguaje corporal inquieto. Pese a lo extrovertido y juvenil de su semblante, irradiaba ascetismo y severidad. La pelirroja Vibeke Knutsen, en cambio, tenía unos hoyuelos muy marcados y un cuerpo lozano y exuberante que realzaba con un top muy ceñido estampado de piel de leopardo. Además, tenía pinta de haber vivido intensamente. Las arrugas que marcaban su labio superior eran indicio de los muchos cigarrillos que había fumado y detrás de las arrugas de expresión que circundaban sus ojos había sin duda muchas juergas.

– ¿A qué se dedicaba? -preguntó Harry.

Vibeke miró a su compañero, pero al ver que éste no respondía, dijo:

– Que yo sepa, trabajaba en una agencia de publicidad. En algo de diseño o algo así.

– Algo así… -repitió Harry tomando notas en el bloc con indiferencia manifiesta.

Era un truco al que recurría cuando interrogaba a la gente. Al no mirarlos, ellos se relajaban más, y, si daba la impresión de que lo que decían le aburría, se esforzaban automáticamente por decir algo que despertase su interés. Debería haber sido periodista. Tenía la impresión de que la tolerancia era mayor para con un periodista que trabajaba bebido.

– ¿Tenía novio?

Vibeke negó con la cabeza.

– ¿Algún amante?

Vibeke se rió con nerviosismo y miró otra vez a su novio.

– No nos dedicamos a escuchar detrás de las puertas -aseguró Anders Nygård-. ¿Crees que lo ha hecho un amante?

– No lo sé -confesó Harry.

– Comprendo que no sepáis nada con certeza.

Harry se percató de la irritación que desvelaba la voz de Anders Nygård.

– Pero comprenderás que los que vivimos aquí queramos saber si se trata de un asunto personal o si tenemos a un asesino loco merodeando por el vecindario.

– Puede que tengáis a un asesino loco suelto por el vecindario -afirmó Harry, que dejó el bolígrafo y aguardó la reacción.

Vio que Vibeke daba un respingo en el sofá, pero centró su atención en Anders Nygård.

Las personas que están asustadas se enfadan más fácilmente. Una enseñanza que se incluía en el plan de estudios del primer curso de la Academia de Policía, como consejo para no provocar sin necesidad a las personas cuando tenían miedo. Harry había comprobado que a él le resultaba más útil lo contrario. Provocarlas. Las personas enfadadas decían a menudo cosas que no pensaban, o, mejor dicho, cosas que no pensaban decir.

Anders Nygård lo miró inexpresivo.

– Pero es más probable que el culpable sea un novio -dijo Harry-. Un amante o alguien con quien estuviese manteniendo una relación y al que ella hubiese rechazado.

– ¿Por qué? -preguntó Anders Nygård rodeando con su brazo los hombros de Vibeke.

Resultó algo cómico, ya que el hombre tenía el brazo bastante corto, mientras que los hombros de ella eran anchos.

Harry se retrepó en la silla.

– Cuestión de estadística. ¿Puedo fumar aquí?

– Intentamos que éste sea un espacio libre de humo -dijo Anders Nygård con una débil sonrisa.

Harry observó que Vibeke bajaba la mirada cuando él volvió a guardar el paquete en el bolsillo del pantalón.

– ¿Qué quieres decir con que es cuestión de estadística? -preguntó el hombre-. ¿Qué te hace pensar que puedes aplicarla a un caso aislado como éste?

– Bueno, antes de responder a tus dos preguntas, ¿tú sabes algo de estadística, Nygård? ¿De distribución normal, significancia, desviación estándar?

– No, pero yo…

– Bien -lo interrumpió Harry-. Porque en este caso, tampoco es necesario. Cien años de estadística delictiva de todo el mundo nos cuentan una única verdad básica: que lo hizo su pareja. Y si la joven no tiene pareja, que lo hizo aquél que habría querido serlo. Ésa es la respuesta a tu primera pregunta. Y ahora la segunda.

Anders Nygård resopló y soltó a Vibeke.

– Eso es totalmente subjetivo, tú no sabes nada de Camilla Loen.

– Correcto -admitió Harry.

– Entonces, ¿por qué afirmas algo semejante?

– Porque tú me has preguntado. Y si ya has terminado con tus preguntas, quizá yo podría continuar con las mías, ¿no?

Nygård hizo amago de ir a decir algo, pero cambió de idea y miró contrariado hacia la mesa. Harry pensó que podía estar equivocado, pero creyó ver una sonrisa levísima entre los hoyuelos de Vibeke.

– ¿Creéis que Camilla Loen tomaba drogas? -preguntó Harry.

Nygård alzó la vista de pronto.

– ¿Por qué íbamos a creer tal cosa?

Harry cerró los ojos y se armó de paciencia.

– No -respondió Vibeke en voz tenue y suave-. No lo creemos.

Harry abrió los ojos y le sonrió agradecido. Anders Nygård la miró lleno de sorpresa.

– Su puerta no estaba cerrada con llave, ¿verdad?

Anders Nygård negó con la cabeza.

– ¿No te resultó extraño? -preguntó Harry.

– No demasiado, puesto que ella estaba en casa.

– Ya. Vosotros tenéis una cerradura sencilla en vuestra puerta y me fijé en que tú…

Señaló a Vibeke con la cabeza.

– … has cerrado con llave cuando he entrado.

– Es un poco miedosa -explicó Nygård dándole a su pareja una palmadita en la rodilla.

– Oslo no es lo que era -apostilló Vibeke.

Su mirada se cruzó fugazmente con la de Harry.

– Tienes razón -convino Harry-. Y parece que Camilla Loen opinaba lo mismo. Su apartamento tiene doble cerradura de seguridad y cadena de seguridad en el interior. No me parece el tipo de mujer que se metería en la ducha sin echar la llave.

Nygård se encogió de hombros.

– ¿Y si quienquiera que fuese abrió la puerta con una ganzúa mientras ella estaba en la ducha?

Harry negó con la cabeza.

– Abrir una cerradura de seguridad con una ganzúa… Eso sólo pasa en las películas.

– ¿Y si ya había alguien con ella dentro de la casa? -sugirió Vibeke.

– ¿Quién?

Harry aguardó en silencio. Cuando comprendió que nadie llenaría aquel silencio, se puso de pie.

– Se os citará para testificar. Es todo por ahora, gracias.

Ya en la entrada se dio la vuelta.

– ¿Quién de vosotros llamó a la policía?

– Fui yo -respondió Vibeke-. Llamé mientras Anders iba a buscar al portero.

– ¿Antes de haberla encontrado? ¿Cómo sabías…?

– Había sangre en el agua que se filtró por nuestro techo.

– ¿Ah, sí? ¿Y cómo lo supiste?

Anders Nygård exhaló un suspiro de exasperación exagerada y posó una mano en la nuca de Vibeke.

– Era roja, ¿verdad?

– Bueno -dijo Harry-. Hay otras cosas que son rojas y que no son sangre.

– Es verdad -admitió Vibeke-. Y no fue el color.

Anders Nygård la miró con sorpresa. Ella sonrió, pero Harry se dio cuenta de que trataba de evitar la mano del novio.

– Viví unos años con un cocinero y juntos llevamos un pequeño restaurante, así que aprendí algunas cosas sobre cocina. Entre otras, que la sangre contiene albúmina y que, si viertes sangre en una cacerola de agua a una temperatura superior a sesenta y cinco grados, se coagula y forma grumos. Igual que cuando rompes un huevo en agua hirviendo. Cuando Anders probó los grumos que había en el agua y dijo que sabían a huevo, comprendí enseguida que era sangre. Y que algo grave había pasado.

Anders Nygård entreabrió la boca ligeramente. De pronto, él también palideció bajo el bronceado.

– ¡Buen provecho! -murmuró Harry antes de marcharse.

5

Viernes. Underwater

Harry odiaba los bares temáticos. Bares irlandeses, bares de topless, bares de noticias o los peores, bares de famosos con fotos de clientes fijos notorios en las paredes. El tema del Underwater era una difusa mezcla marítima de submarinismo y nostalgia de barcos de madera. Pero cuando Harry iba por la mitad de la cuarta pinta de cerveza, los acuarios de agua verdosa y burbujeante, las escafandras y los interiores rústicos de madera crujiente dejaron de preocuparle. Podía haber sido peor. La última vez que estuvo en aquel establecimiento, la gente se levantó de pronto y se puso a cantar viejas arias de ópera, y, por un momento, Harry llegó a creer que los musicales por fin se habían impuesto en la vida real. Miró a su alrededor y constató con alivio que ninguno de los cuatro clientes que había en el local tenía pinta de ir a cantar, de momento.

– ¿Ambiente de vacaciones? -le preguntó a la chica que había detrás de la barra cuando le puso la pinta en la mesa.

– Es que son las siete -explicó ella, dándole el cambio de cien coronas, en lugar de doscientas.

Si hubiera podido, habría ido al Schrøder. Pero tenía la vaga impresión de que le habían prohibido volver y no estaba de humor para ir a comprobarlo. No en un día como aquél. Recordaba fragmentos de un episodio que se había producido el martes. ¿O fue el miércoles? Alguien empezó a hablar de aquella ocasión en que él salió en la tele, cuando hablaron de él como de un héroe policial noruego, porque había disparado a un asesino en Sidney. Un tipo hizo algún que otro comentario insultante. Algunos dieron en el blanco. ¿Le afectaron aquellos comentarios? ¿Se enzarzó en una pelea? No podía descartarse, aunque, por supuesto, las heridas que tenía en los nudillos y en la nariz cuando se despertó podían deberse a que hubiese tropezado y caído sobre los adoquines de la calle Dovregata.

Sonó el móvil. Harry miró el número para constatar enseguida que en esta ocasión tampoco era el de Rakel.

– Hola, jefe.

– ¿Harry? ¿Dónde estás? -Bjarne Møller sonaba preocupado.

– Bajo el agua. ¿Qué pasa?

– ¿Agua?

– Agua. Agua estancada. Agua mineral. Suenas… ¿cómo diría?… alterado.

– ¿Estás borracho?

– No lo suficiente.

– ¿Qué?

– Nada. Se me está agotando la batería, jefe.

– Uno de los policías que vigilaba el escenario del crimen amenazaba con escribir un informe sobre ti. Sostiene que estabas visiblemente «intoxicado» cuando llegaste.

– ¿Por qué «amenazaba» y no «amenaza»?

– Se lo quité de la cabeza. ¿Estabas bebido, Harry?

– Por supuesto que no, jefe.

– ¿Seguro que ahora dices la verdad, Harry?

– ¿Seguro que lo quieres saber, jefe?

Harry oyó a Møller suspirar al otro lado.

– Esto no puede continuar así, Harry. Tengo que decir hasta aquí hemos llegado.

– De acuerdo. Empieza por apartarme de este caso.

– ¡¿Cómo?!

– Ya me has oído. No quiero trabajar con ese cerdo. Pon a otro en este asunto.

– No tenemos hombres suficientes para…

– Entonces, despídeme. Me importa una mierda.

Harry metió el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta. Notó que la voz de Møller vibraba débil contra el pezón. En el fondo, era ligeramente agradable. Apuró el vaso, se levantó y salió tambaleándose a la calurosa noche estival. Al tercer intento, un taxi se detuvo en la calle de Ullevålsveien.

– A la calle Holmenkollveien -dijo apoyando la nuca sudorosa en la piel fresca del asiento trasero. Mientras avanzaban, Harry iba mirando por la ventanilla las golondrinas que cruzaban el pálido cielo azul en busca de comida. A aquella hora del día salían los insectos. Era el marco del tiempo de las golondrinas, su posibilidad de sobrevivir. Desde esa hora hasta que se ponía el sol.

El taxi se detuvo en la calle que conducía hasta un chalé de vigas de madera, grande y oscuro.

– ¿Subimos? -preguntó el taxista.

– No, sólo vamos a quedarnos aquí un rato -explicó Harry.

Miró hacia la casa. Le pareció ver a Rakel en la ventana. Supuso que Oleg estaría a punto de irse a la cama. En aquel momento seguramente estaría dando la tabarra para quedarse un poco más ya que era…

– Hoy es viernes, ¿verdad?

El taxista asintió despacio con la cabeza sin dejar de mirar por el retrovisor.

Los días. Las semanas. Dios mío, lo rápido que crecen esos chicos.

Harry se frotó la cara en un intento de infundir algo de vida en esa máscara de muerte de un pálido otoñal que llevaba.

Aquel invierno la cosa no tenía tan mala pinta.

Harry había resuelto un par de casos importantes, tenía un testigo en el caso de Ellen, no bebía y Rakel y él habían progresado y habían pasado de ser sólo una pareja de enamorados a empezar a hacer cosas juntos como una familia. Y a Harry le gustaba. Le gustaban las excursiones a la cabaña. Las fiestas infantiles con él de cocinero delante de la barbacoa. Le gustaba invitar a su padre y a Søs a comer con ellos los domingos y ver cómo jugaba con Oleg su hermana con síndrome de Down. Y lo mejor de todo, seguían enamorados. Rakel había empezado a insinuar incluso que quizá fuese buena idea que Harry se mudase a vivir con ellos. Recurrió al argumento de que la casa era demasiado grande para ella y Oleg. Y Harry no se esforzó demasiado por encontrar argumentos en contra.

– Ya veremos cuando termine con el caso de Ellen -le dijo.

El viaje que habían reservado a Normandía, donde pasarían tres semanas en una vieja casa solariega y una semana en una barcaza, debería constituir la prueba que les confirmase si estaban preparados.

Y entonces empezaron a torcerse las cosas.

Él estuvo trabajando en el caso de Ellen todo el invierno. Fue un trabajo muy intenso. Demasiado intenso. Pero Harry no conocía otra forma de trabajar. Y Ellen Gjelten no había sido para él una simple colega, sino su mejor amiga y su alma gemela. Tres años habían pasado desde que ambos estuvieron tras la pista de un traficante de armas apodado «el Príncipe», y desde que un bate de béisbol acabó con la vida de Ellen. Los indicios hallados en el lugar del crimen apuntaban a Sverre Olsen, un viejo conocido de los círculos neonazis. Por desgracia, nunca pudieron oír su testimonio, ya que una bala le atravesó la cabeza cuando supuestamente iba a disparar contra Tom Waaler, que había ido a detenerlo. A pesar de todo, Harry estaba convencido de que el verdadero responsable del asesinato era el Príncipe, y había conseguido que Møller le permitiera realizar su propia investigación. Era algo sumamente personal que iba en contra de todos los principios de trabajo por los que se regía el grupo de Delitos Violentos, pero Møller le concedió poder llevarla a cabo un tiempo, como una especie de recompensa por los resultados que Harry había obtenido en relación con otros asuntos. Y aquel Invierno, por fin, sucedió algo positivo. Un testigo había visto a Sverre Olsen en Grünerløkka, sentado en un coche rojo con otra persona, la noche del asesinato, a sólo unos cientos de metros del lugar del crimen. El testigo era un tal Roy Kvinsvik, un tipo con antecedentes y un pasado que lo vinculaba a los círculos neonazis, ahora recién convertido a la Iglesia de Pentecostés de Filadelfia. Kvinsvik no era lo que nadie llamaría un testigo modelo, pero estuvo mirando largo y tendido la foto que Harry le enseñó y, al cabo de un buen rato, aseguró que sí, que aquella era la persona que había visto en el coche con Sverre. El hombre de la foto era Tom Waaler.

Harry llevaba tiempo sospechando de Waaler, pero, aun así, le impresionó que su sospecha se confirmara. Sobre todo porque eso indicaba que debían de existir más topos dentro del Cuerpo. De lo contrario, al Príncipe le habría sido imposible cubrir tantos frentes. Lo que a su vez significaba que Harry no podía fiarse de nadie. Y por esa razón no le había revelado a nadie lo que le dijo Roy Kvinsvik, porque era consciente de que sólo tendría una oportunidad, que la podredumbre había que arrancarla de un único tirón. Debía estar totalmente seguro de que la sacaría de raíz, si no, él estaría acabado.

Por este motivo, y sin decir nada a nadie, Harry empezó a trabajar para conseguir que su caso fuese totalmente impermeable. Sin embargo, aquello resultó más difícil de lo que había imaginado. Dado que ignoraba en quién podía confiar, empezó a buscar en los archivos después de que los demás se hubiesen marchado a sus casas y comenzó a entrar en la red interna y a imprimir correos electrónicos y listas de llamadas entrantes y salientes de las personas que sabía que eran amigos de Waaler. Se pasó tardes enteras sentado en un coche cerca de la plaza de Youngstorget, vigilando la pizzería de Herbert. Según la teoría de Harry, el tráfico de armas se llevaba a cabo a través del círculo neonazi que frecuentaba aquel establecimiento. Pero, viendo que aquello no le conducía a ninguna parte, empezó a vigilar a Waaler y a otros de sus colegas. Se concentró en los que pasaban mucho tiempo manejando armas en el campo de entrenamiento de 0kern. Estuvo un tiempo siguiéndolos de lejos y vigilando delante de sus casas muerto de frío mientras ellos dormían dentro. Llegaba a casa de Rakel de madrugada totalmente agotado y dormía un par de horas antes de ir a trabajar. Al cabo de un tiempo, ella le pidió que se fuese a dormir a su apartamento las noches que hiciese doble turno. No le había contado que aquel trabajo nocturno era off the record, off horas extraordinarias, off sus superiores y, en suma, off casi todo.

Y luego empezó a trabajar también off Broadway. Empezó a pasarse por la pizzería de Herbert. Primero una noche. Luego otra. Habló con los chicos. Les invitó a cerveza. Naturalmente, todos sabían quién era, pero una cerveza gratis era una cerveza gratis, así que los muchachos bebían, reían burlones y callaban. Poco a poco, Harry llegó a la conclusión de que no sabían nada. Aun así, siguió yendo. No se explicaba por qué. Tal vez le diese la sensación de estar cerca de algo, de hallarse cerca de la cueva del dragón, de que lo único que debía hacer era armarse de paciencia, debía esperar a que saliera el dragón. Sin embargo, ni Waaler ni ninguno de sus colegas aparecían nunca por allí, de modo que volvió a vigilar el edificio donde vivía Waaler. Una noche, a veinte grados bajo cero y con las calles vacías, un chico que llevaba una chaqueta corta y finita, se acercó a donde estaba su coche con ese paso entrecortado tan típico de los drogadictos. El joven se detuvo ante la puerta del edificio de Waaler y, tras mirar a derecha e izquierda, forzó la puerta con una palanca. Harry se quedó mirando sin hacer nada, consciente de que, si intervenía, lo descubrirían. Seguramente, el chico estaba demasiado colocado para atinar bien con la palanca, así que, al tirar, se soltó de la puerta una gran astilla de madera que emitió un ruido alto y desgarrador al tiempo que el joven se caía de espaldas, aterrizando en la nieve amontonada en el césped. Y allí se quedó. Se encendieron entonces las luces en algunas de las ventanas. En casa de Waaler se movieron las cortinas. Harry esperó. No pasó nada. Veinte grados bajo cero. Las luces de Waaler seguían encendidas. El chico seguía sin moverse. Harry se preguntaría muchas veces con posterioridad qué coño debería haber hecho. El móvil estaba sin batería a causa del frío, así que tampoco podía llamar al servicio de urgencias médicas. Esperó. Los minutos pasaban. Mierda de drogata. Veintiuno bajo cero. Menudo drogata gilipollas. Por supuesto, podría haber ido a urgencias y dar el aviso. Entonces, alguien salió por la puerta. Era Waaler. Tenía una pinta bastante cómica en albornoz, botas, gorro y manoplas. Se había bajado dos mantas. Harry observaba incrédulo mientras Waaler controlaba al joven el pulso y las pupilas antes de envolverlo en las mantas. Luego Waaler se quedó moviendo los brazos para calentarse y frunció los ojos en dirección al coche de Harry. Unos minutos más tarde la ambulancia se detuvo delante de la puerta.

Aquella noche, cuando Harry llegó a casa, se sentó en el sillón de orejas y se puso a fumar y a escuchar a Raga Rockers y a Duke Ellington, y se fue a trabajar sin haberse cambiado de ropa en cuarenta y ocho horas.

Rakel y Harry tuvieron su primera pelotera aquella noche de abril.

Él canceló a última hora la excursión a la cabaña y ella le advirtió que era la tercera vez en poco tiempo que él cancelaba una cita. Una cita con Oleg, precisó Rakel. Él la acusó de esconderse detrás de Oleg y de que, en realidad, le exigía que él diera prioridad a las necesidades de ella en lugar de dedicarse a dar con los que habían matado a Ellen. Ella le dijo entonces que Ellen era un fantasma y que se había encerrado con una muerta. Que eso no era normal, que se regodeaba en la tragedia, que era necrofilia, que no era Ellen quien le impulsaba, sino su propio deseo de venganza.

– Alguien te ha herido -le dijo Rakel-. Y ahora hay que dejar de lado todas las consideraciones para que tú puedas vengarte.

Antes de salir pitando por la puerta, Harry vislumbró el pijama de Oleg y sus ojos llenos de miedo tras los barrotes de la escalera.

A partir de aquel día, dejó de hacer cualquier cosa que no estuviese encaminada a atrapar a los culpables. Se dedicó a leer correos electrónicos a la luz del flexo, a quedarse mirando fijamente las ventanas a oscuras de diversos edificios y casas unifamiliares, a la espera de personas que nunca salían. Y a dormir poco en el apartamento de la calle Sofie.

Los días empezaban a ser más claros y largos, pero él seguía sin encontrar nada.

Y de repente, una noche, volvió a invadir su sueño una pesadilla de la infancia. Søs. El pelo, que se le quedaba enganchado en algo. La cara de terror de su hermana. Su propia parálisis. Y ese sueño volvió la noche siguiente. Y la siguiente.

Øystein Eikeland, un amigo de juventud que bebía en el bar de Malik cuando no llevaba el taxi, le dijo una noche que parecía estar muy cansado y le ofreció una anfeta barata. Harry rechazó la oferta y continuó su carrera, colérico y agotado.

Era cuestión de tiempo que todo se fuera a la mierda.

El desencadenante fue algo tan prosaico como una factura impagada. Estaban a finales de mayo y llevaba varios días sin hablar con Rakel cuando, sentado en la silla de la oficina, le despertó el sonido del teléfono. Rakel le dijo que la agencia de viajes reclamaba el pago de la casa solariega en Normandía. Les daban de plazo hasta final de la semana; si no pagaban, les ofrecerían su periodo de alquiler a otras personas.

– El viernes se acaba el plazo -fue lo último que dijo Rakel antes de colgar.

Harry se fue al aseo, se echó agua fría en la cara y se encontró con su propia mirada en el espejo. Debajo del pelo rubio mojado cortado al cepillo vio unos ojos enrojecidos sobre unas profundas ojeras y un par de mejillas demacradas. Intentó sonreír. Y se enfrentó a dos hileras de dientes amarillos. No se reconocía a sí mismo. Y comprendió que Rakel tenía razón, que se acababa el plazo para él y Rakel. Para él y Ellen. Para él y Tom Waaler.

Ese mismo día, fue a ver a su superior inmediato, Bjarne Møller, la única persona de la comisaría en quien confiaba plenamente. Mo11er asintió y negó alternativamente con la cabeza cuando Harry le contó lo que quería y le dijo finalmente que, por suerte, aquello no era competencia suya y que Harry debía tratarlo directamente con el comisario jefe de la Policía Judicial. Y también le dijo que, de todas formas, debería pensárselo dos veces antes de ir a verlo. Harry se fue directamente del despacho cuadrado de Møller al ovalado del jefe de la Policía Judicial, llamó a la puerta, entró y le comunicó lo que sabía.

Un testigo que había visto a Tom Waaler en compañía de Sverre Olsen. Y el hecho de que precisamente fuese Tom Waaler quien disparó a Olsen durante la detención. Eso era todo. Eso era cuanto tenía después de cinco meses de duro trabajo, cinco meses de vigilancia, cinco meses al borde de la locura.

El comisario jefe le preguntó a Harry cuál creía él que podría ser el móvil de Tom Waaler para, supuestamente, matar a Ellen Gjelten.

Harry le contestó que Ellen tenía información peligrosa. La misma noche que la asesinaron, le dejó a Harry un mensaje en el contestador diciendo que sabía quién era el Príncipe, el cerebro tras la importación ilegal de armas, el responsable de que los delincuentes de Oslo anduviesen de pronto armados hasta los dientes con armas cortas profesionales.

– Por desgracia, cuando le devolví la llamada era demasiado tarde -confesó Harry intentando leer la expresión en la cara del jefe de la Policía Judicial.

– ¿Y Sverre Olsen? -preguntó el comisario jefe.

– Cuando dimos con él, el Príncipe lo mató para que no delatara al hombre que estaba tras el asesinato de Ellen.

– ¿Y dijiste que el Príncipe es…?

Harry repitió el nombre de Tom Waaler y el comisario jefe asintió con la cabeza sin hablar, antes de concluir:

– Eso quiere decir que es uno de los nuestros. Uno de nuestros comisarios más respetados.

Durante los diez segundos siguientes, Harry tuvo la sensación de hallarse en un vacío, ni un gramo de aire, ningún sonido. Era consciente de que su carrera policial podría terminar allí y en aquel mismo momento.

– Muy bien, Hole. Me entrevistaré con ese testigo tuyo antes de decidir lo que vamos a hacer a partir de ahora. -El jefe de la Policía Judicial se puso de pie-. Y supongo que comprendes que, de momento, esto tiene que quedar entre tú y yo.

– ¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí?

Harry se sobresaltó al oír la voz del taxista. Había estado a punto de dormirse.

– Ya nos vamos -dijo echando un último vistazo al chalé de vigas de madera.

Bajaban por la calle Kirkeveien, cuando sonó el móvil. Era Beate.

– Creemos haber encontrado el arma -dijo-. Y tenías razón. Es una pistola.

– En ese caso, bien por los dos.

– Bueno, no era tan difícil de encontrar. Estaba en el cubo de la basura, debajo del fregadero.

– ¿Marca y número de serie?

– Una Glock 23. El número está lijado.

– ¿Y las marcas del lijado?

– Si quieres saber si son las mismas que las que encontramos en las demás armas cortas que hemos confiscado en Oslo últimamente, la respuesta es sí.

– Comprendo -Harry se cambió el móvil a la mano izquierda-. Lo que no comprendo es por qué me llamas para contarme lodo esto. No es asunto mío.

– Yo no estaría tan segura de ello, Harry. Møller ha dicho…

– ¡Møller y todo el puto Cuerpo de Policía de Oslo pueden irse a la mierda!

El propio Harry se asustó de la estridencia de su voz. Vio en el espejo retrovisor que el taxista enarcaba las cejas.

– Sorry, Beate. Es que… ¿Sigues ahí?

– Sí.

– Ahora mismo estoy un poco fuera de combate.

– Esto puede esperar.

– ¿El qué?

– No hay prisa.

– Venga.

Beate dejó escapar un suspiro.

– Pues, ¿te diste cuenta de la hinchazón que tenía Camilla Loen justo encima del párpado?

– Claro.

– Yo pensé que el asesino la habría golpeado o que se dio ahí al caer. Pero resultó que no era una hinchazón.

– ¿Ah, no?

– El forense apretó el bulto. Estaba duro como una piedra, así que metió el dedo por debajo del párpado y, ¿sabes lo que encontró encima del globo ocular?

– Pues… -dijo Harry-. Pues no…

– Una pequeña gema roja tallada en forma de estrella. Creemos que es un diamante. ¿Qué me dices a eso?

Harry tomó aire y miró el reloj. Aún faltaban tres horas para que dejasen de servir en el Sofie.

– Que no es asunto mío -respondió antes de apagar el teléfono.

6

Viernes. Agua

Hay sequía, pero yo he visto al policía salir de debajo del agua.

Agua para los sedientos. Agua de lluvia, agua de río, agua de feto.

Él no me vio a mí. Se fue tambaleándose por la calle Ullevålsveien, donde intentaba parar un taxi. Nadie quería llevarlo. Como uno de los espíritus inquietos que pasean por la orilla del río y que el tipo del trasbordador no quiere llevar al otro lado. Yo sé en parte lo que se siente. Al verse ultrajado por aquéllos a quienes has dado de comer. Al verse rechazado cuando uno necesita ayuda, por una vez. Al descubrir que te escupen y que tú no tienes a nadie a quien escupir. Al comprender poco a poco lo que uno debe hacer. Lo paradójico es, naturalmente, que al taxista que se apiada de ti, le cortas el cuello.

7

Martes. Despido

Harry se fue hacia el fondo de la tienda, abrió la puerta de cristal del frigorífico donde estaba la leche y se inclinó hacia el interior. Se subió la camiseta sudada, cerró los ojos y sintió en la piel el aire refrescante.

Habían dicho que tendrían una noche tropical y los pocos clientes que había en el establecimiento habían ido a buscar comida para barbacoa, cervezas y refrescos.

Harry la reconoció por el color del pelo. Estaba de espaldas a él, en la sección de la carne. El ancho trasero rellenaba perfectamente los vaqueros. Cuando se dio la vuelta, vio que llevaba un top con una cebra en el centro, aunque igual de ajustado que el de leopardo. Vibeke Knutsen cambió de opinión, dejó los filetes empaquetados, empujó el carro de la compra hasta el arcón frigorífico y sacó dos paquetes de filetes de bacalao.

Harry se bajó la camiseta y cerró la puerta de cristal. No iba a comprar leche. Ni carne, ni bacalao. A decir verdad, quería lo mínimo indispensable, sólo algo para comer. No por el hambre, sino por su estómago. Su estómago se había rebelado la noche anterior. Sabía por experiencia que si no comía algo sólido ahora, no podría retener, ni una gota de alcohol. En su carro de la compra había un pan integral y una bolsa del Vinmonopolef [1] que había al otro lado de la calle.

Lo completó con medio pollo y un paquete de seis cervezas Hansa y caminó errante junto al mostrador de la fruta antes de aterrizar en la cola de la caja justo detrás de Vibeke Knutsen. No lo había planeado, pero quizá tampoco fuese pura casualidad.

La mujer se dio media vuelta y, aunque no lo vio, arrugó la nariz como si oliera mal, algo que Harry no podía descartar. Vibeke Knutsen le pidió a la cajera dos paquetes de cigarrillos Prince Mild.

– Creía que intentabais mantener un espacio libre de humo.

Vibeke se dio la vuelta y lo miró sorprendida. Le dedicó tres sonrisas diferentes. Primero una rápida, automática. Luego, una de reconocimiento. Finalmente y después de pagar su compra, una llena de curiosidad.

– Y por lo que veo, tú vas a dar una fiesta en casa.

La mujer metió la compra en una bolsa de plástico.

– Algo así -murmuró Harry devolviéndole la sonrisa.

Ella inclinó la cabeza levemente. Las rayas de cebra se movían.

– ¿Muchos invitados?

– Varios. Todos sin invitación.

La cajera le entregó el cambio a Harry, pero éste señaló con la cabeza a la caja de monedas del Ejército de Salvación.

– Supongo que podrás echarlos, ¿no? -La sonrisa se reflejaba ya en sus ojos.

– Bueno. Precisamente estos invitados no se dejan ahuyentar tan fácilmente.

Las botellas de Jim Beam tintinearon alegremente contra las cervezas cuando levantó las bolsas.

– Ah… ¿Viejos amigos de juerga?

Harry la miró. Parecía saber de qué hablaba. Le resultó más extraño aún que fuera pareja de un tipo tan serio. O mejor dicho, que un tipo tan serio la tuviese a ella por pareja.

– No tengo amigos -aseguró Harry.

– Una dama, entonces. ¿De las pesadas?

Fue a sujetarle la puerta, pero era de esas automáticas. Al fin y al cabo, sólo había estado en aquella tienda unas doscientas veces… Se quedaron en la acera, el uno frente al otro.

Harry no sabía qué decir. Quizá por eso lo dijo:

– Tres damas. A veces se van, si bebo lo suficiente.

– ¿Qué?

Vibeke se hizo sombra con la mano y lo miró.

– Nada. Sorry. Estaba pensando en voz alta. Es decir, no pienso… pero lo hago en voz alta. Parlotear, creo que se llama. Yo…

No entendía por qué la mujer seguía allí.

– Han estado subiendo y bajando nuestras escaleras todo el fin de semana -dijo ella al cabo de unos segundos.

– ¿Quién?

– La policía.

Harry asimiló lentamente la información de que había pasado un fin de semana desde que estuvo en el apartamento de Camilla Loen. Intentó ver su imagen reflejada en la ventana de la tienda. ¿Todo el fin de semana? ¿Qué pinta tendría ahora?

– No nos queréis revelar nada -dijo ella-. Y los periódicos dicen que no tenéis pistas. ¿Es verdad?

– No es mi caso -dijo Harry.

– Vale -Vibeke Knutsen asintió con la cabeza. Y empezó a sonreír.

– ¿Y sabes qué?

– ¿Qué?

– Supongo que está bien así.

Transcurrieron un par de segundos, hasta que Harry se dio cuenta de lo que quería decir. Y se echó a reír. Hasta que la risa se convirtió en una tos muy fea.

– Es raro que no te haya visto antes en esta tienda -dijo cuando recuperó el aliento.

Vibeke se encogió de hombros.

– ¿Quién sabe? A lo mejor volvemos a vernos pronto.

Le sonrió radiante y echó a andar. Las bolsas de plástico se meneaban de un lado a otro al ritmo del trasero. «Tú y yo somos animales en África.» Harry lo pensó tan alto que, por un instante, temió haberlo dicho.

Había un hombre sentado en la escalera delante de la puerta de la calle Sofie con la chaqueta echada por los hombros y apretándose el estómago con la mano. Tenía la camisa manchada de negros cercos de sudor en el pecho y en las axilas. Cuando vio a Harry, se levantó.

Harry tomó aire y se armó de valor. Era Bjarne Møller.

– Dios mío, Harry.

– Dios mío, jefe.

– ¿Sabes la pinta que tienes?

Harry sacó las llaves.

– ¿Como si no estuviera bien entrenado?

– Se te ordenó participar en la investigación del caso de asesinato durante el fin de semana y nadie te ha visto el pelo. Y hoy ni siquiera has ido a trabajar.

– Me quedé dormido, jefe. Y no está tan lejos de la verdad como tú crees.

– Ajá. ¿Quizá también estuviste dormido las semanas anteriores a este viernes durante las cuales no apareciste?

– Bueno. Las nubes se dispersaron después de la primera semana, así que llamé al trabajo. Pero me dijeron que alguien me había puesto en la lista de vacaciones. Pensé que serías tú.

Harry entró en el portal con paso enérgico y con Møller pisándole los talones.

– Tuve que hacerlo -suspiró sin dejar de apretarse el estómago con la mano-. ¡Cuatro semanas, Harry!

– Bueno, una millonésima de segundo en el universo…

– ¡Y ni una palabra sobre dónde has estado!

Harry guió la llave laboriosamente dentro de la cerradura.

– Eso viene ahora, jefe.

– ¿El qué?

– Una palabra sobre dónde he estado: aquí.

Harry empujó la puerta del apartamento y enseguida sintieron la bofetada de un olor agridulce a basura revenida, cerveza y colillas.

– ¿Te habrías sentido mejor sabiéndolo?

Harry entró y Møller lo siguió con paso vacilante.

– No tienes que quitarte los zapatos, jefe -le gritó Harry desde la cocina.

Møller alzó la vista al cielo con los ojos en blanco y cruzó el salón intentando no pisar las botellas vacías, los platos llenos de colillas y los discos de vinilo.

– ¿Te has pasado aquí cuatro semanas bebiendo, Harry?

– Con algunas pausas, jefe. Algunas pausas largas. Estoy de vacaciones, ¿verdad? La semana pasada no pude probar ni una gota.

– Tengo malas noticias, Harry -gritó Møller soltando el pasador de la ventana y empujando el marco febrilmente. Al tercer empujón, la ventana se abrió por fin. Con un gemido, Møller se desabrochó el cinturón y el primer botón del pantalón. Cuando se dio la vuelta, Harry estaba en el umbral de la puerta del salón con una botella de whisky abierta en la mano.

– ¿Cómo de malas? -Harry miró el cinturón aflojado de su jefe-. ¿Me vas a azotar? ¿O me vas a violar?

– Digestión lenta -explicó Møller.

– Ya -Harry olió la boca de la botella -. Una expresión curiosa ésa de «digestión lenta». Yo también he tenido problemas estomacales, así que he leído sobre el tema. La digestión puede durar de doce a veinticuatro horas. En todo el mundo. En cualquier caso. No es que tus intestinos necesiten más tiempo, es sólo que duelen más.

– Harry…

– ¿Una copa, jefe? A no ser que la quieras limpia.

– He venido a decirte que se acabó, Harry.

– ¿Vas a romper conmigo?

– ¡Basta ya!

Møller dio en la mesa tal puñetazo que hizo saltar las botellas, y se hundió en un sillón orejero de color verde. Se pasó la mano por la cara.

– He arriesgado mi puesto para salvarte demasiadas veces, Harry. Hay personas en mi vida que significan para mí más que tú, personas a las que debo mantener. Se acabó, Harry. No puedo ayudarte más.

– Vale.

Harry se sentó en el sofá y llenó uno de los vasos.

– Nadie te ha pedido que me ayudes, jefe, pero gracias de todos modos. Por el tiempo que duró. Salud.

Møller aspiró profundamente y cerró los ojos.

– ¿Sabes qué, Harry? A veces eres el gilipollas más arrogante, egoísta y estúpido del mundo.

Harry se encogió de hombros y apuró el vaso de un trago.

– He redactado tu carta de despido -dijo Møller.

Harry dejó el vaso y volvió a llenarlo.

– Está en la mesa del jefe de la Policía Judicial. Lo único que le falta es su firma. ¿Comprendes lo que eso significa, Harry?

Harry asintió.

– ¿Estás seguro de no querer un traguito antes de irte, jefe?

Møller se levantó. En el umbral de la puerta del salón se dio la vuelta.

– No te imaginas lo que me duele verte así, Harry. Rakel y este trabajo era todo lo que tenías. Primero pasas de Rakel y ahora pasas del trabajo.

«Perdí ambas cosas hace exactamente cuatro semanas», resonó el pensamiento de Harry.

– Me duele muchísimo, Harry.

La puerta se cerró detrás de Møller.

Tres cuartos de hora más tarde, Harry dormía en el sillón. Había recibido visita. No de las tres mujeres de costumbre. Sino del comisario jefe de la Policía Judicial.

Habían pasado cuatro semanas y tres días. Fue el jefe de la Policía Judicial en persona quien solicitó que la reunión se celebrase en el Boxer. Una taberna para los felices sedientos, a un tiro de piedra de la comisaría y a un par de pasos inseguros del arroyo. Sólo él, Harry y Roy Kvinsvik. Le explicó que, mientras no hubiese tomado una decisión, más valía hacerlo todo de la manera menos oficial posible, para que él mantuviera intactas todas las posibilidades de retroceso.

Nada dijo, eso sí, de las posibilidades de retroceso de Harry.

Cuando Harry llegó al Boxer un cuarto de hora más tarde de lo acordado, el comisario jefe ya estaba sentado al fondo del local, tomándose una cerveza. Harry sintió su mirada mientras se sentaba, aquellos ojos azules que, a ambos lados de su estrecha y majestuosa nariz, brillaban desde la profundidad de sus cuencas. Tenía el pelo gris y tupido y un porte erguido y delgado para su edad. El comisario jefe no se parecía en nada a esos sesentones de los que a uno le cuesta imaginar que hayan sido jóvenes alguna vez. En el grupo de Delitos Violentos lo llamaban «el Presidente» porque su despacho era oval, pero también porque él, sobre todo cuando se trataba de reuniones oficiales, hablaba como si lo fuera. Aquel día, en cambio, fue «lo menos oficial posible». La boca sin labios del jefe de la Policía Judicial se abrió por fin.

– Vienes solo.

Harry le pidió al camarero un agua de Farris, cogió un menú que había sobre la mesa y, mientras examinaba la primera página, dijo descuidadamente, como si se tratara de una información superflua.

– Ha cambiado de opinión.

– ¿Tu testigo ha cambiado de opinión?

– Sí.

El comisario jefe tomó un largo trago de cerveza.

– Se ha pasado cinco meses consintiendo en ser testigo -dijo Harry-. La última vez fue anteayer. ¿Crees que el Eisbein estará bueno?

– ¿Qué ha dicho?

– Habíamos quedado en que yo iría a buscarlo después de la reunión de hoy en la Iglesia de Filadelfia. Cuando llegué, dijo que lo había pensado mejor. Que había llegado a la conclusión de que el hombre al que había visto en el coche con Sverre Olsen no era Tom Waaler.

El comisario jefe miró fijamente a Harry. Luego, con un gesto que Harry interpretó como la finalización de la entrevista, se subió la manga del abrigo y miró el reloj.

– Entonces no nos queda otra que presumir que se trataba de otra persona, y que el hombre al que vio tu testigo no era Tom Waaler. ¿Tú qué dices, Hole?

Harry tragó saliva. Y volvió a tragar. Sin dejar de observar atentamente el menú.

– Eisbein. Yo digo Eisbein.

– Lo que tú digas. Tengo que irme, pero cárgalo en mi cuenta.

Harry se rió.

– Te lo agradezco, pero si he de serte sincero, tengo la desagradable sensación de que voy a quedarme solo con la cuenta de todas formas.

El comisario jefe frunció el entrecejo y habló con la irritación vibrándole en las cuerdas vocales.

– Yo te voy a ser sincero, Hole. Es de sobra sabido que tú y el comisario Waaler no os soportáis. Desde que formulaste esas infundadas acusaciones, he albergado la sospecha de que tu antipatía personal había influido en tu juicio. Y según lo veo yo, acabas de confirmarme tal sospecha.

El comisario jefe empujó el vaso de cerveza medio lleno hacia el centro de la mesa, se levantó y se abrochó el abrigo.

– Por lo tanto, iré al grano y espero que quede claro, Hole. El asesinato de Ellen Gjelten está resuelto y el caso queda cerrado. Ni tú ni nadie ha podido aportar algo nuevo y sustancial que justifique una nueva investigación. Si se te ocurre acercarte a este asunto otra vez, se te considerará culpable de desacato a una orden y tu carta de despido con mi firma irá a parar inmediatamente al consejo de contratación. No hago esto porque sea mi intención consentir la existencia de policías corruptos, sino porque es mi deber mantener la moral de trabajo de este organismo a cierto nivel. No podemos permitirnos tener policías que gritan a destiempo «¡que viene el lobo!». Si descubro que, de alguna manera, intentas seguir adelante con las acusaciones contra Waaler, te apartaré inmediatamente del servicio y el caso pasará a Asuntos Internos.

– ¿Qué caso? -preguntó Harry-. ¿El de Waaler contra Gjelten?

– El de Hole contra Waaler.

Una vez se hubo marchado el comisario jefe, Harry se quedó mirando el vaso de cerveza medio lleno. Podía obedecer al pie de la letra las órdenes del comisario jefe, pero eso no cambiaría nada. Estaba acabado de todas formas. Había fallado, y ahora era un riesgo para los suyos. Un traidor paranoico, una bomba a punto de estallar de la que se desharían a la primera de cambio. Sólo dependía de Harry darles una oportunidad.

Llegó el camarero con la botella de agua y le preguntó si quería comer algo. O beber algo. Harry se humedeció los labios mientras se debatía entre pensamientos contradictorios. Sólo había que darles una oportunidad, otros harían el resto.

Empujó la botella de agua a un lado y respondió a la pregunta del camarero.

Hacía cuatro semanas y tres días. Fue entonces cuando todo empezó. Y terminó.

SEGUNDA PARTE

8

Martes y miércoles. Chow Chow

El martes la temperatura de las zonas umbrías de Oslo subió hasta los veintinueve grados y, a las tres de la tarde, la gente empezó a escapar de las oficinas hacia las playas de Huk y Hvervenbukta. Los turistas acudían en masa a las terrazas de Aker Brygge y al Frognerparken, donde los visitantes sudorosos sacaban la foto obligada del Monolito antes de bajar hasta la fuente con la esperanza de que un golpe de aire les proporcionase una ducha refrescante de agua en polvo.

Aparte de los turistas, todo estaba en calma y la poca vida que había discurría a cámara lenta.

Los obreros se apoyaban en las máquinas con el torso desnudo, sobre los andamios del solar en el que antes estaba el hospital Rikshospitalet los albañiles miraban las calles vacías y los taxistas buscaban paradas con sombra donde, en grupos, discutían el asesinato de la calle Ullevålsveien. Tan sólo había señales de aumento de la actividad en la calle Akersgata, donde los vendedores de sucesos se habían olvidado de las noticias de relleno para lanzarse ávidos sobre las novedades del asesinato aún reciente. Como muchos de los colaboradores fijos estaban de vacaciones, los redactores habían recurrido a todo, desde estudiantes de periodismo que hacían sustituciones durante el verano hasta colegas de la sección de Política que libraban dos días. Sólo se salvaron los periodistas de Cultura. Aun así, todo estaba más tranquilo que de costumbre. Eso podía deberse a que el periódico Aftenposten se había trasladado desde la tradicional calle de los diarios al edificio Postgiro, más cerca del centro de la ciudad, pero en cualquier caso, una variante pueblerina y poco agraciada de un rascacielos que apuntaba a una bóveda celeste sin nubes. Habían intentado arreglar un poco el aspecto del coloso de color marrón dorado para adaptarlo al nuevo proyecto urbanístico de Bjørvika, pero, desde su despacho, el periodista de Sucesos Roger Gjendem sólo tenía vistas al Plata, el mercado de los drogadictos, y su galería de tiro al aire libre detrás de los barracones, donde surgiría aquel nuevo mundo maravilloso. Sin querer, miraba allí abajo de vez en cuando por si veía a Thomas. Pero Thomas estaba en la cárcel de Ullernsmo, cumpliendo condena por haber intentado robar aquel invierno en el edifico donde vivía un agente de policía. ¿Cómo podía nadie ser tan tonto? O estar tan desesperado. Al menos, Roger se ahorraría ver cómo su hermano pequeño se metía una sobredosis en el brazo.

Formalmente, Aftenposten no había contratado a un nuevo encargado desde que el anterior aceptó el paquete económico que formaba parte del plan de reducción de plantilla, sino que habían incluido los Sucesos en la sección de Noticias. En la práctica, eso significaba que Roger Gjendem tenía que hacer de redactor de Sucesos por un salario de periodista raso. Estaba sentado a su mesa con los dedos sobre el teclado, contemplando la cara sonriente de mujer que había escaneado como fondo de pantalla, la misma con cuyo recuerdo se entretenía ahora su mente y que, por tercera vez, había hecho la maleta y se había largado dejándolo solo en el apartamento de la calle Seilduksgata. Sabía que, en esta ocasión, Devi no volvería y que había llegado el momento de seguir adelante. Entró en el panel de control y borró la imagen del fondo. Eso ya era un comienzo. Había tenido que abandonar el asunto sobre heroína en el que estaba trabajando. Y bien estaba: odiaba escribir sobre drogas. Devi insistía siempre en que era a causa de Thomas. Roger intentó olvidarse de Devi y de su hermano pequeño y centrarse en el tema sobre el que debía escribir. Un resumen del asesinato de la calle Ullevålsveien, un artículo de transición mientras esperaban que avanzara el caso, que aparecieran nuevas circunstancias, un sospechoso, o dos. Aquélla debería ser una tarea fácil desde todos los puntos de vista: se trataba de un caso sexual, con la mayoría de los ingredientes que un periodista de sucesos podría desear. Una mujer joven y soltera de veintiocho años asesinada a tiros en la ducha de su propia casa un viernes a plena luz del día. La pistola que la policía encuentra en el cubo de la basura del apartamento resulta ser el arma del crimen. Ningún vecino ha visto nada, no se han observado extraños en el edificio y sólo uno de los vecinos cree haber oído algo que podría ser un disparo. Dado que no existen señales de que hayan forzado la entrada, la policía ha trabajado a partir de la hipótesis de que la misma Camilla Loen dejó entrar al autor del crimen, pero no hay nadie en su círculo de amistades que destaque como sospechoso porque todos tienen coartadas más o menos consistentes. El hecho de que Camilla Loen saliera a las cuatro y cuarto de la oficina de Leo Burnett donde trabajaba como diseñadora y de que hubiese quedado a las seis con dos amigas en la terraza del restaurante Kunstnernes Hus invalida por poco probable la posibilidad de que hubiera invitado a alguien a su casa. Tan improbable como la hipótesis de que alguien hubiese llamado a la puerta de Camilla Loen y hubiese logrado colarse con una identidad falsa, ya que ella pudo ver a la persona por la videocámara.

Y como si no bastara que la redacción pudiera ofrecer titulares como «Asesinato estilo Psicosis», o «El vecino notó sabor a sangre», se filtraron dos detalles que dieron lugar a sendos titulares los días sucesivos: «Camilla Loen tenía amputado el dedo índice izquierdo». Y este otro: «Hallado diamante rojizo en forma de estrella de cinco puntas bajo el párpado de la víctima».

Roger Gjendem comenzó a redactar su resumen en presente histórico para darle más dramatismo, pero se dio cuenta de que el contenido no precisaba de tal recurso y borró lo que había escrito. Permaneció un rato con la cabeza apoyada entre las manos. Hizo doble clic en el icono de la papelera, puso la flecha del ratón en «Vaciar papelera» y dudó un instante. Era la única foto que conservaba de ella. En el apartamento ya había eliminado todos los indicios de su existencia e incluso había lavado el jersey que ella solía pedirle prestado y que a él le gustaba llevar porque conservaba su olor.

– Adiós -murmuró al tiempo que pulsaba el botón.

Repasó la introducción de su síntesis. Decidió cambiar «la calle de Ullevålsveien» por «cementerio de Vår Frelser», sonaba mejor. Empezó a escribir. Y esta vez le salió bien.

A las siete, la gente empezó a volver a regañadientes de las playas, donde el sol seguía calentando desde un cielo limpio de nubes. Dieron las ocho y las nueve, y la gente, con las gafas de sol, bebía cerveza mientras los camareros de los locales sin terraza observaban ociosos. Dieron las diez y media, la colina de Ullernåsen se tiñó de rojo y justo después descendió el sol, pero no la temperatura. Tendrían otra noche de calor tropical y la gente ya se marchaba a sus casas dejando los restaurantes y los bares para ir a acostarse y pasar la noche sin dormir, sudando entre las sábanas.

En la calle Akersgata se acercaba ya la hora de cierre de la edición y las diferentes redacciones se reunían para celebrar la última puesta en común sobre la portada. La policía no les había facilitado más información, pero no porque fuese reacia a darla, sino que más bien parecía que, cuatro días después del asesinato, no tenía nada que contarle a la prensa. Por otro lado, ese silencio policial daba más margen a las especulaciones. Había llegado el momento de ser creativos.

Más o menos a la misma hora sonaba el teléfono en Oppsal, en una casa de madera pintada de amarillo con un huerto de manzanos. Beate Lønn sacó la mano por debajo del edredón pensando si su madre, que dormía en el piso de abajo, se habría despertado con el timbre. Era lo más probable.

– ¿Estabas dormida? -preguntó una voz bronca.

– No -respondió Beate-. ¿Acaso hay alguien que pueda dormir?

– Bueno. Yo me acabo de despertar.

Beate se sentó en la cama.

– ¿Qué tal?

– Pues… ¿qué puedo decir? Sí, bueno, mal. Supongo que eso es lo que puedo decir.

Pausa. No era la conexión telefónica la responsable de que a Beate le sonara lejana la voz de Harry.

– ¿Huellas técnicas?

– Sólo lo que has leído en los periódicos -explicó ella.

– ¿Qué periódicos?

Beate dejó escapar un suspiro.

– Sólo lo que ya sabes. Hemos recogido huellas dactilares y ADN en el apartamento, pero de momento parece que no podemos relacionarlo con el asesino.

– Asesino no -la corrigió Harry-. Homicida.

– Homicida -bostezó Beate.

– ¿Habéis averiguado de dónde procede el diamante?

– Estamos en ello. Los joyeros a los que hemos consultado dicen que los diamantes rojos no son tan raros pero la demanda en Noruega es escasa. Dudan de que los venda un joyero noruego. Si procede del extranjero, aumenta la posibilidad de que el autor del crimen sea extranjero, por supuesto.

– Ajá.

– ¿Qué pasa, Harry?

Harry tosió ruidosamente.

– Sólo quería estar al día.

– Lo último que te oí decir fue algo así como que esto no era unto tuyo.

– Y no lo es.

– Entonces, ¿qué quieres?

– Bueno. Me ha despertado una pesadilla.

– ¿Quieres que vaya a arroparte?

– No.

Otra pausa.

– He soñado con Camilla Loen. Y con el diamante que encontrasteis.

– ¿Y qué?

– Pues que creo que ahí hay algo.

– ¿Como qué?

– No lo sé. Pero ¿sabías que antiguamente solían poner una moneda en el ojo del difunto antes de enterrarlo?

– No.

– Era el pago para el barquero que debía llevar el alma al reino de los muertos. Creían que si el alma no lograba llegar al otro lado, no encontraría la paz. Piénsalo.

– Gracias por la sugerencia, Harry, pero no creo en fantasmas.

Harry no contestó.

– ¿Algo más?

– Sólo una pregunta. ¿Sabes si el comisario jefe también ha iniciado sus vacaciones esta semana?

– Así es.

– ¿No sabrás por casualidad… cuándo vuelve?

– Dentro de tres semanas. ¿Y tú qué?

– ¿Yo qué de qué?

Beate oyó el clic de un mechero. Suspiró.

– Que cuándo vuelves.

Oyó que Harry inhalaba, retenía el humo y lo dejaba escapar lentamente antes de contestar.

– Me ha parecido oírte decir que no crees en fantasmas.

Casi a la misma hora a la que Beate colgaba el teléfono, Bjarne Møller se despertaba en su cama con dolor abdominal. Se quedó tumbado retorciéndose hasta que, hacia las seis, se dio por vencido y se levantó. Desayunó despacio absteniéndose de tomar café y enseguida se sintió mejor. Cuando llegó a la comisaría pasadas las ocho, comprobó con sorpresa que los dolores habían desaparecido. Cogió el ascensor hasta su despacho y lo celebró tomándose el primer trago de café mientras leía los periódicos del día con los pies encima de la mesa.

El Dagbladet tenía en la portada una foto de una Camilla Loen sonriente, debajo del titular: «¿Amante secreto?». La portada del VG llevaba la misma foto, pero con otro titular: «Vidente anuncia celos». Sólo al resumen del Aftenposten parecía interesarle la realidad.

Møller meneó la cabeza, miró el reloj y marcó el número de Tom Waaler, que acababa de poner fin a la reunión matutina con el grupo de investigación.

– Nada nuevo todavía -admitió Waaler-. Hemos ido preguntando de puerta en puerta por el vecindario y hemos hablado con los propietarios y trabajadores de todos los comercios cercanos. Hemos comprobado los taxis que se encontraban en la zona durante el periodo en cuestión, hemos hablado con nuestros informadores y hemos repasado las coartadas de todos los delincuentes con antecedentes de delitos sexuales. Nadie destaca como posible sospechoso, por decirlo de alguna manera. Para ser sincero, no creo que en este caso el culpable sea un tipo al que conozcamos. No hay signos de agresión sexual. El dinero y los objetos de valor estaban intactos. Y tampoco hay ningún aspecto que nos resulte familiar, nada que re-cuerde a algo que hayamos visto con anterioridad. Lo del dedo y el diamante, por ejemplo…

Møller oyó gruñir a sus intestinos. Esperaba que fuera de hambre.

– O sea, que no tienes buenas noticias, ¿no?

– La comisaría de Majorstua nos ha cedido tres hombres, así que ahora somos diez en la investigación técnica. Y a Beate le ayudan a repasar lo que encontramos en el apartamento los técnicos de la KRIPOS. [2] Teniendo en cuenta que es época de vacaciones, no estamos nada mal de personal. ¿Te suena bien?

– Gracias Waaler, esperemos que siga así. Lo del personal, quiero decir.

Møller colgó y giró la cabeza para mirar por la ventana antes de volver a centrarse en la prensa. Pero permaneció así, con el cuello torcido en una postura muy incómoda y la vista orientada al césped que se extendía ante la comisaría. Había divisado una figura que subía a pie desde Grønlandsleiret. No andaba deprisa, pero parecía ir bastante derecho y no cabía duda de qué dirección llevaba. Se encaminaba a la comisaría.

Møller se levantó, salió al pasillo y llamó a Jenny para que trajese otra taza y más café. Volvió a entrar, se sentó y sacó a toda prisa unos viejos documentos de uno de los cajones.

Tres minutos más tarde llamaron a la puerta.

– ¡Adelante! -gritó Møller sin levantar la vista de los documentos, una denuncia de doce páginas en la que el propietario de un perro acusaba a la clínica canina de la calle Skippergata de medicación errónea y de causar la muerte de sus dos perros de raza Chow Chow. Se abrió la puerta y Møller le indicó con un gesto al recién llegado que entrara, sin dejar de ojear las páginas que describían la cría de los perros, los premios obtenidos en exposiciones y la extraordinaria inteligencia de que estaban dotados.

– Vaya -dijo Møller cuando por fin levantó la vista-. Creía que te habíamos despedido.

– Bueno. Como la carta de despido todavía está sin firmar en la mesa del comisario jefe y seguirá así por lo menos otras tres semanas, tendré que presentarme al trabajo mientras tanto. ¿O qué, jefe?

Harry se sirvió café de la jarra que había llevado Jenny y, rodeando la mesa de Møller, se acercó con la taza hasta la ventana.

– Pero eso no significa que trabaje en el caso de Camilla Loen.

Bjarne Møller se dio la vuelta y observó a Harry. Lo había visto ya en un sinfín de ocasiones: Harry podía ser un día el vivo retrato de una experiencia-al-borde-de-la-muerte y, al día siguiente, pasearse por ahí como un Lázaro sanado de ojos enrojecidos. Sin embargo, a él le resultaba igual de sorprendente cada vez.

– Si crees que el despido es un farol, te equivocas, Harry. Esta vez no es un tiro de intimidación, es definitivo. Siempre que has infringido las normas he sido yo quien ha conseguido que te dieran otra oportunidad. Por lo tanto, también ahora tengo que asumir la responsabilidad.

Bjarne Møller buscó señales de petición de clemencia en los ojos lie Harry. No las encontró. Menos mal.

– Así es, Harry. Se acabó.

Harry no contestó.

– Antes de que se me olvide, tu licencia para llevar armas ha sido suspendida con efecto inmediato. Es el procedimiento habitual. Así que vete a la oficina de armas y entrega todas las pipas que lleves encima.

Harry asintió con la cabeza. El jefe lo miró. ¿No vislumbraba en su semblante la expresión confusa del niño que acaba de recibir una bofetada? Møller se llevó la mano al último ojal de la camisa. Entender a Harry no era fácil.

– Si crees que puedes sernos útil estas semanas, a mí no me importa que vengas a trabajar. No estás suspendido del servicio y, de todos modos, tenemos que pagarte el sueldo hasta final de mes. Además, ya sabemos cuál es la alternativa a que estés sentado aquí.

– Bien -dijo Harry en un tono neutro antes de levantarse-. Voy a ver si aún existe mi despacho. Si necesitas algo, jefe, no tienes más que avisar.

Bjarne Møller sonrió condescendiente.

– Gracias a ti, Harry.

– Por ejemplo, con ese caso de los Chow Chow -dijo Harry cerrando la puerta despacio tras de sí.

Harry se quedó de pie en el umbral observando el despacho para dos. Pegada a la suya se hallaba la mesa vacía que Halvorsen había dejado recogida para las vacaciones. En la pared, encima del armario archivador, colgaba una foto de Ellen Gjelten, de cuando ella ocupaba el sitio de Halvorsen. La otra pared aparecía casi totalmente cubierta por un plano de las calles de Oslo marcado con alfileres y trazos, así como con las horas que indicaban dónde se encontraban la noche del asesinato tanto Ellen como Sverre Olsen y Roy Kvinsvik. Harry se acercó a la pared y se detuvo delante del plano. Lo retiró de un brusco tirón y lo guardó en uno de los cajones vacíos del archivador. Sacó una petaca de plata del bolsillo de la chaqueta, tomó un trago y apoyó la frente en la superficie refrescante del armario de metal.

Hacía más de diez años que trabajaba allí, en aquel despacho. Oficina 605. El despacho más pequeño de la zona roja del sexto piso. Cuando se les había ocurrido la extraña idea de ascenderlo a comisario, él había insistido en quedarse allí. La 605 no tenía ventanas, pero él se había pasado aquellos diez años observando el mundo desde allí. En aquellos diez metros cuadrados había aprendido su oficio, había celebrado sus victorias, se había tragado sus derrotas y había aprendido lo poco que sabía sobre la condición humana. Intentó recordar qué otras cosas había hecho durante los últimos diez años. Algo más tenía que haber, nadie trabaja más de ocho o diez horas diarias. Como mucho, no más de doce. Más los fines de semana.

Harry se desplomó en su silla defectuosa y los muelles rotos rechinaron con júbilo. Bueno, no le importaba ocupar aquel asiento un par de semanas más.

A las cinco y veinticinco de la tarde Bjarne Møller solía estar ya en casa con su mujer y sus hijos. Sin embargo, puesto que toda la familia se había ido con la abuela materna, él decidió aprovechar esos días de calma vacacional para ordenar el papeleo que había tenido desatendido. El asesinato de la calle Ullevålsveien había retrasado sus planes hasta cierto punto, pero en aquel momento decidió recuperar el tiempo perdido.

Cuando le avisaron de la Central de Emergencias, Møller respondió algo contrariado de que llamasen a la Policía Judicial de guardia, aduciendo que su unidad no podía empezar a hacerse cargo también de las personas desaparecidas.

– Lo siento, Møller, los de guardia están ocupados con una quema de matojos en Grefsen. El tipo que llamó está convencido de que la persona desaparecida ha sido víctima de un asesinato.

– Pues aquí todos los que no se han ido a casa están ocupados en el asesinato de la calle Ullevålsveien. Tendrá que…

Møller calló de pronto, antes de añadir:

– Bueno, sí. Espera un poco, déjame que haga una consulta…

9

Miércoles. Desaparecida

El policía pisó el freno de mala gana y el coche patrulla se deslizó hasta el semáforo en rojo de la plaza de Alexander Kielland.

– ¿O le damos al niiii-naaaa-niiii-naaaa y pisamos a fondo? -preguntó girándose hacia el asiento del copiloto.

Harry negó distraídamente con la cabeza. Miró al parque que fuera en otro tiempo una explanada de césped con dos bancos, siempre ocupados por tipos sedientos que intentaban acallar el estruendo del tráfico con sus canciones y sus broncas. Un par de años atrás, sin embargo, decidieron invertir unos millones en adecentar la plaza dedicada al escritor y el parque quedó limpio y asfaltado. Plantaron flores y arbustos, trazaron senderos y colocaron en él una fuente impresionante que recordaba a una escala de salmón. No cabía duda de que se había convertido en un escenario aún más atractivo para las canciones y las broncas.

El coche patrulla giró a la derecha y entró en la calle Sannergata, cruzó el puente del río Akerselva y se detuvo ante la dirección que Møller le había facilitado a Harry.

Harry le dijo al policía que volvería por su cuenta, bajó del coche y enderezó la espalda. Al otro lado de la calle había un edificio de oficinas recién construido aún vacío y, según los periódicos, seguiría así una temporada. En sus ventanas se reflejaba el bloque que correspondía a la dirección que él buscaba, un edificio blanco de los años cuarenta aproximadamente, no del todo perteneciente al funcionalismo, aunque sí un pariente indefinido. La fachada estaba profusamente decorada con grafitis firmados marcando terreno. Una chica de piel oscura mascaba chicle con los brazos cruzados en la parada del autobús y miraba una valla publicitaria gigantesca de Diesel que se alzaba al otro lado de la calle. Harry encontró el nombre en el timbre superior.

– Policía -anunció Harry preparándose para subir las escaleras.

Cuando llegó al rellano jadeando, se le presentó a la vista una extraña aparición que lo aguardaba en el umbral de la puerta: un hombre con una cabellera increíblemente abundante y alborotada y la barba negra, la cara de color rojo borgoña y una vestimenta similar a una túnica que lo cubría desde el cuello a los pies, enfundados en un par de sandalias.

– Estupendo que hayáis podido venir tan rápido -se congratuló el hombre tendiéndole la pata. Porque una pata era su mano, tan grande que cubrió por completo la de Harry cuando el hombre se presentó como Willy Barli.

Harry se presentó e intentó retirar la mano. No le gustaba el contacto físico con hombres y aquel apretón de manos parecía más un abrazo. Pero Willy Barli sujetó a Harry como si de un salvavidas se tratase.

– Lisbeth ha desaparecido -murmuró con una voz sorprendentemente clara.

– Sí, Barli, hemos recibido el aviso. ¿Entramos?

– Vamos.

Willy precedía a Harry al interior de otro ático, pero, en tanto que el de Camilla Loen era pequeño y estaba amueblado de forma estricta y minimalista, éste era enorme, suntuoso y ostentoso en su decoración, una especie de pastiche neoclasicista, pero con una exageración que recordaba a una orgía. En lugar de muebles normales para sentarse, en este apartamento había unos artefactos para tumbarse, como en una versión de Hollywood de la antigua Roma, y las vigas de madera estaban recubiertas de escayola imitando columnas dóricas o corintias. Harry nunca aprendió a diferenciarlas, aunque reconoció los relieves en la escayola aplicada directamente sobre la pared blanca de cemento del pasillo. Cuando eran pequeños, su madre los llevó una vez a Søs y a él a un museo de Copenhague donde vieron la obra de Bertel Thorvalsen Jasón y el vellocino de oro. Era obvio que acababan de reformar el apartamento. A Harry no le pasaron inadvertidos los listones recién pintados ni los trozos de cinta adhesiva y también notó el agradable olor a disolvente.

En el salón había una mesa baja puesta para dos personas. Harry siguió a Barli por una escalera que los condujo a una terraza grande con suelo de baldosas, que daba a un patio interior cerrado por cuatro edificios. El estilo allí fuera era noruego actual. Tres chuletas carbonizadas humeaban en la barbacoa.

– En los áticos hace mucho calor por las tardes -explicó Barli a modo de excusa señalando una silla blanca de plástico.

– Ya me he dado cuenta -convino Harry antes de acercarse al borde para mirar al fondo del patio.

Por lo general, no tenía problemas con las alturas, pero después de un largo periodo de mucho beber, incluso alturas relativamente pequeñas podían causarle mareos. Vio dos bicicletas viejas y, quince metros más abajo, una sábana blanca tendida meciéndose al viento, antes de tener que apartar la vista.

En una terraza con la barandilla negra de hierro forjado, dos vecinos alzaron las botellas saludando. La mesa que tenían delante estaba casi repleta de botellas marrones. Harry les devolvió el saludo. No se explicaba que hiciera viento en el patio y no allí arriba.

– ¿Un vino tinto?

Barli ya se estaba sirviendo uno de una botella medio vacía. Harry observó que le temblaba la mano. «Domaine La Bastide Sy», se leía en la botella. El nombre era más largo, pero unas uñas nerviosas habían arrancado el resto de la etiqueta.

Harry se sentó.

– Gracias, pero no bebo cuando estoy de servicio.

Barli hizo un gesto y dejó la botella en la mesa con brusquedad.

– Por supuesto que no. Tienes que perdonarme, pero estoy tan nervioso. Dios mío, yo tampoco debería beber en una situación como ésta.

Se llevó el vaso a la boca y bebió mientras unas gotas le caían en la túnica, en la que una mancha roja empezó a extenderse despacio.

Harry miró el reloj para que Barli se diera cuenta de que debería ir al grano cuanto antes.

– Sólo bajó a la tienda a comprar ensaladilla de patatas para las chuletas -sollozó Barli-. No hace más de dos horas, estaba sentada ahí mismo, donde tú estás ahora.

Harry se encajó las gafas de sol.

– ¿Tu mujer lleva dos horas desaparecida?

– Sí, ya sé que no es mucho tiempo, pero es que sólo iba a la tienda Kiwi, la que está en la esquina.

Las botellas de cerveza de la otra terraza enviaban sus destellos. Harry se pasó la mano por la frente, se miró los dedos mojados preguntándose qué iba a hacer con el sudor. Entonces los posó en el ardiente brazo de plástico de la silla y notó que la humedad se disipaba despacio.

– ¿Has llamado a amigos y conocidos? ¿Has bajado a mirar en la tienda? A lo mejor se encontró con alguien y se fue a tomar una cerveza. A lo mejor…

– ¡No, no, no! -Barli levantó las manos con los dedos separados-. ¡No ha hecho eso! Ella no es así.

– ¿Cómo que no es así?

– Es de las que… vuelven.

– Bien…

– Primero llamé a su móvil, pero se lo había dejado en casa.

Entonces llamé a la gente que conocemos con quienes se podía haber encontrado. He llamado a la tienda, a la comisaría general, a otras tres comisarías, a todos los servicios de urgencias y a los hospitales Ullevål y Rikshospitalet. Nada. Nothing. Rien.

– Comprendo que estés preocupado, Barli.

Barli se apoyó en la mesa. Los labios húmedos le temblaban entre la barba.

– No estoy preocupado, estoy aterrado. ¿Conoces a alguien que salga a la calle sólo con el biquini y un billete de cincuenta coronas mientras las chuletas están en la barbacoa, y que haya pensado de pronto que es una buena oportunidad para pirarse?

Harry dudó un instante. Cuando acababa de decidir que, después de todo, aceptaría un vaso de vino, Barli vertió el resto del vino en su propio vaso. ¿Así que por qué no se levantaba, decía algo tranquilizador sobre la cantidad de casos similares que ocurrían, casi todos ellos con una explicación lógica y desprovista de dramatismo, se despedía y le pedía a Barli que llamara si ella no se presentaba antes de la hora de dormir? A lo mejor era lo del biquini y el billete de cincuenta coronas. O a lo mejor era porque Harry llevaba todo el día esperando que ocurriese algo y que esto era una excusa para aplazar lo que le esperaba en su propio apartamento. Pero, sobre todo, era por el pavor de Barli, desmesurado en apariencia. Harry le había restado importancia a la intuición en otras ocasiones, tanto a la ajena como a la propia, y la experiencia siempre le había costado muy cara.

– Tengo que hacer un par de llamadas -dijo Harry.

Beate Lønn apareció en la calle Sannergata, en el apartamento de Willy y Lisbeth Barli, a las siete menos cuarto de la tarde y, un cuarto de hora más tarde, se presentó un señor de la patrulla canina en compañía de un pastor alemán. El hombre se presentó a sí mismo y al perro como Ivan.

– Pero es casualidad -explicó el hombre-. Éste no es mi perro.

Harry notó que Ivan esperaba algún comentario chistoso, pero no se le ocurrió ninguno.

Mientras Willy Barli iba al dormitorio a buscar alguna foto reciente de Lisbeth y algo de ropa que Ivan el perro pudiese olfatear, Harry se dirigió a los otros dos muy rápido y en voz baja.

– Vale. Esa mujer puede estar en cualquier sitio. Puede que lo haya dejado, puede haber sentido un malestar súbito, puede que haya dicho que iba a otro sitio y él no lo entendió bien. Existe un millón de posibilidades. Pero también puede que ahora mismo esté drogada en un asiento trasero mientras la violan cuatro jóvenes a los que se les fue la olla porque vieron un biquini. Pero yo quiero que no os imaginéis ni lo uno ni lo otro, sólo que busquéis.

Beate e Ivan asintieron con la cabeza, en señal de que lo habían entendido.

– La patrulla de Seguridad Ciudadana no tardará en llegar. Beate, recíbelos tú y les dices que controlen el vecindario, que hablen con la gente. Sobre todo en la tienda a la que se dirigía. Luego, tú misma hablas con la gente que vive en este portal. Yo voy a ver a los vecinos que están en la terraza del otro edificio.

– ¿Crees que saben algo? -preguntó Beate.

– Tienen una vista perfecta de este lado y, a juzgar por la cantidad de botellas vacías, llevan ahí un buen rato. Según el marido, Lisbeth Barli ha pasado todo el día en casa. Quiero saber si la han visto en la terraza y cuándo.

– ¿Por qué? -preguntó el policía tironeando de la correa de Ivan.

– Porque me parecería muy sospechoso que una señora en biquini en este horno de apartamento no hubiera salido a la terraza.

– Por supuesto -murmuró Beate-. Sospechas del marido.

– Sospecho del marido por norma -confirmó Harry.

– ¿Por qué? -repitió Ivan.

Beate sonrió en señal de aprobación.

– Siempre es el marido -dijo Harry.

– La primera norma de Hole -añadió Beate.

Ivan miró varias veces a Harry y a Beate alternativamente.

– Pero… ¿no ha sido él quien ha dado el aviso?

– Sí -admitió Harry-. Pero de todas formas, siempre es el marido. Por eso, Ivan y tú no vais a empezar a rastrear en la calle, sino aquí dentro. Invéntate una excusa si es necesario, pero primero quiero tener controlados el apartamento y los trasteros del desván y del sótano. Después podéis seguir en el exterior. ¿De acuerdo?

El agente Ivan se encogió de hombros mirando a su tocayo, que le correspondió con una mirada de desánimo.

Las dos personas de la terraza resultaron no ser dos chicos, como Harry había pensado cuando las vio desde la terraza de Barli. Harry sabía que ser una mujer adulta, tener fotos de Kylie Minogue en la pared y compartir piso con una mujer de su misma edad con el pelo de punta y una camiseta estampada con la leyenda «El águila de Trondheim», no significaba necesariamente ser también lesbiana. Pero, de momento, se imaginaba que sí. Estaba sentado en el sillón enfrente de las dos mujeres, igual que cinco días antes con Vibeke Knutsen y Anders Nygård.

– Siento pediros que dejéis el balcón -dijo Harry.

La mujer que se había presentado como Ruth se puso la mano en la boca para moderar un eructo.

– No importa, ya hemos tenido bastante -aseguró-. ¿Verdad?

Ruth hizo la pregunta dándole a su compañera un manotazo en la rodilla. De una forma un tanto masculina, observó Harry al tiempo que recordaba lo que Aune, el psicólogo, le había explicado en una ocasión: que los estereotipos se acentúan a sí mismos porque buscan inconscientemente aquello que les sirve para afirmarse. Por esa razón los policías, basándose en lo que llamaban experiencia, opinaban que todo delincuente era tonto.

Harry les expuso un breve resumen de la situación. Las mujeres lo miraban con sorpresa.

– Seguramente todo se arreglará, pero la policía tiene que hacer estas cosas. De momento, intentamos comprobar algunas indicaciones horarias.

Muy serias, las dos mujeres asintieron con la cabeza.

– Bien -dijo Harry probando la «sonrisa Hole», que era el nombre que Ellen le había dado a la mueca que formaban los labios de Harry cada vez que intentaba aparentar un talante amable y jovial.

Ruth contó que, efectivamente, se habían pasado toda la tarde en el balcón. Habían visto a Lisbeth y a Willy tumbados en la terraza hasta las cuatro y media, hora a la que Lisbeth se fue adentro. Al cabo de un rato, Willy encendió la barbacoa. Le gritó a Lisbeth algo sobre una ensaladilla de patatas y ella le contestó desde el interior. Él entró y volvió a salir con los filetes -Harry la corrigió: eran chuletas-, más o menos veinte minutos más tarde. Algo más tarde, calcularon que sería a las cinco y cuarto, vieron a Barli llamando desde el móvil.

– El sonido se transmite bien en este tipo de patios interiores -explicó Ruth-. Y oíamos cómo sonaba el móvil en el interior del apartamento. Barli daba la impresión de estar muy atribulado, porque arrojó el móvil contra la mesa.

– Aparentemente, intentaba llamar a su mujer -intervino Harry.

Observó que las dos mujeres intercambiaban una mirada elocuente y se arrepintió de haber dicho «aparentemente».

– ¿Cuánto se tarda en comprar ensaladilla de patatas en la tienda de la esquina?

– ¿En Kiwi? Yo puedo ir y volver corriendo en cinco minutos, si no hay cola.

– Lisbeth Barli no corre -dijo la compañera en voz baja.

– Así que la conocéis, ¿no?

Ruth y «El Águila de Trondheim» se miraron como para coordinar la respuesta.

– No, pero sabemos quiénes son.

– ¿Y?

– Bueno, supongo que has visto el extenso artículo que publicó el periódico VG sobre Barli, que ha alquilado el Teatro Nacional este verano para montar un musical, ¿no?

– Ruth, sólo era una nota.

– No lo era -dijo Ruth contrariada-. Lisbeth va a ser la protagonista. El artículo incluía fotos de gran tamaño y eso, es imposible que no lo hayas visto.

– Ya -murmuró Harry-. Este verano mi lectura de los periódicos ha sido… algo floja.

– Se armará un gran revuelo. El mundillo cultural consideraba indigno que se estrenara una revista de verano en el Teatro Nacional. ¿Cómo se llama la obra? ¿My Fat Lady?.

– «Fair» Lady -la corrigió en voz baja «El Águila de Trondheim».

– ¿Así que se dedican al teatro? -quiso saber Harry.

– Bueno, al teatro… Willy Barli es uno de esos tipos que se dedican a todo. Revistas, películas y musicales y…

– Él es productor. Y ella canta.

– ¿Ah, sí?

– Seguro que te acuerdas de Lisbeth antes de que se casara, entonces se llamaba Harang.

Harry negó con la cabeza y Ruth exhaló un hondo suspiro.

– Entonces cantaba con su hermana en Spinnin' Wheel. Lisbeth era una verdadera muñeca, un poco como Shania Twain, y tenía verdadera fuerza en la voz.

– No era tan conocida, Ruth.

– Bueno, en cualquier caso, cantó en el programa aquel de Viciar Lønn-Arnesen. Y vendieron un montón de discos.

– Eran cintas, Ruth.

– Yo vi a Spinning' Wheel en la feria de Momarkedet. Todo muy en serio, ¿sabes? Incluso iban a grabar un disco en Nashville. Pero entonces la descubrió Barli. Iba a convertirla en una estrella de musicales, pero parece que está tardando.

– Ocho años -aclaró «El Águila de Trondheim».

– Bueno, Lisbeth Harang dejó lo de Spinnin' Wheel y se casó con Barli. El dinero y la belleza. ¿Te suena?

– ¿Así que la rueda dejó de girar?

– ¿Qué?

– Está preguntando por el grupo, Ruth.

– Ah, bueno. La hermana siguió cantando sola, pero Lisbeth era la estrella. Creo que ahora se dedica a cantar en hoteles de alta montaña, en los barcos que van a Dinamarca y esas cosas.

Harry se levantó.

– Sólo una última pregunta rutinaria. ¿Tenéis alguna impresión sobre cómo funcionaba el matrimonio de Willy y Lisbeth?

«El Águila de Trondheim» y Ruth intercambiaron nuevas señales de radar.

– Como ya dijimos, el sonido se trasmite bien en esta clase de patios -dijo Ruth-. Su dormitorio también da al patio.

– ¿Los oíais discutir?

– No, discutir no.

Miraron a Harry con expresión elocuente. Transcurrieron un par de segundos antes de que él cayese en la cuenta de lo que estaban insinuando y notó con disgusto que se ruborizaba.

– Así que tenéis la impresión de que funcionaba bastante bien, ¿no?

– La puerta de la terraza está entreabierta todo el verano, así que a mí se me ha ocurrido en broma que deberíamos ir de puntillas hasta el tejado, dar la vuelta al edificio y saltar a su terraza -rió Ruth en tono burlón-. Espiar un poco, ¿no? No es difícil, te pones en la barandilla de nuestro balcón, colocas el pie en el canalón y…

«El Águila de Trondheim» le dio a su compañera un empujoncito en el costado.

– Pero realmente no hace falta. Lisbeth es una profesional… ¿cómo se dice?

– De la comunicación -completó «El Águila de Trondheim».

– Eso es. Todas las buenas imágenes están en las cuerdas vocales, ¿sabes?

Harry se frotó la nuca.

– Una potencia indiscutible -intervino «El Águila de Trondheim», sonriendo sin excesos.

Cuando Harry volvió, Ivan e Ivan seguían repasando el apartamento El Ivan humano no paraba de sudar y el pastor alemán tenía la boca abierta y la lengua colgando como un lazo color hígado en la fiesta nacional del 17 de mayo.

Harry se sentó con cuidado en aquella especie de tumbona y le pidió a Willy Barli que se lo contase todo desde el principio. Lo que explicó sobre cómo había transcurrido la tarde y el horario exacto concordaba con lo que le habían dicho Ruth y «El Águila de Trondheim».

Harry vio que la desesperación que reflejaban los ojos del marido era real. Y empezó a creer que si se trataba de un acto criminal, podría -podría- ser una excepción estadística. Pero ante todo, eso lo reafirmó en su creencia de que no tardarían en encontrar a Lisbeth. Si no había sido el marido, no había sido nadie. Estadísticamente hablando.

Beate volvió y le contó que sólo había gente en dos de los pisos del bloque y que no habían visto ni oído nada, ni en las escaleras, ni en la calle.

Llamaron a la puerta y Beate fue a abrir. Era uno de los agentes uniformados de la patrulla de Seguridad Ciudadana. Harry lo reconoció enseguida, era el mismo que estaba de guardia en la calle Ullevålsveien. Se dirigió a Beate, ignorando a Harry por completo.

– Hemos hablado con la gente que había en la calle y en Kiwi y hemos comprobado los portales y los patios del vecindario. Nada. Pero claro, estamos de vacaciones y las calles de este barrio están casi desiertas, así que pueden haber metido a la señora en un coche a la fuerza sin que nadie haya visto nada.

Harry notó que Willy Barli se sobresaltaba a su lado.

– A lo mejor deberíamos hablar con algunos de esos paquistaníes que tienen comercios por aquí -sugirió el agente hurgándose la oreja con el meñique.

– ¿Por qué con ellos precisamente? -preguntó Harry.

El agente se volvió por fin hacia él y preguntó poniendo énfasis en la última palabra.

– ¿No has leído la estadística sobre criminalidad, comisario?

– Sí -dijo Harry-. Y si no recuerdo mal, los dueños de comercios están muy al final de la lista.

El agente estudió su meñique.

– Yo sé algunas cosas sobre los musulmanes que tú también sabes, comisario. Para esa gente, una mujer que entra en la tienda en biquini es una tía que está pidiendo a gritos que la violen. Se puede decir que casi lo ven como una obligación.

– ¿No me digas?

– Exacto, así es su religión.

– Ahora creo que estás mezclando cristianismo e islamismo.

– Bueno, Ivan y yo ya hemos terminado -dijo el policía de la patrulla canina que bajaba las escaleras en ese momento.

– Encontramos un par de chuletas en la basura, eso es todo. ¿Sabes si ha habido aquí otros perros últimamente?

Harry miró a Willy. Éste sólo negó con la cabeza. La expresión de su cara indicaba que no le saldría la voz.

– Ivan reaccionó en la entrada como si hubiese olfateado a algún perro, pero sería otra cosa, supongo. Estamos listos para dar una vuelta por los trasteros. ¿Alguien puede acompañarnos?

– Por supuesto -dijo Willy levantándose.

Salieron por la puerta, y el policía de Seguridad Ciudadana le preguntó a Beate si podía marcharse.

– Pregúntale al jefe -respondió ella.

– Se ha dormido.

Señaló con la cabeza a Harry, que estaba probando la tumbona romana.

– Agente -dijo Harry en voz baja sin abrir los ojos-. Acércate, por favor.

El agente se colocó delante de Harry con las piernas separadas y los pulgares enganchados en el cinturón.

– ¿Sí, comisario?

Harry abrió un ojo.

– Si te dejas convencer por Tom Waaler una vez más y entregas un informe sobre mí, me encargaré de que patrulles en Seguridad Ciudadana durante el resto de tu carrera policial. ¿Entendido, agente?

La musculatura facial del agente se movía inquieta. Cuando abrió la boca, Harry estaba preparado para que salieran por ella sapos y culebras, pero el agente respondió despacio y controlado.

– En primer lugar, no conozco a Tom Waaler. En segundo lugar, es mi deber informar cuando algún policía pone en peligro su vida y la de los demás colegas presentándose bebido al trabajo. Y en tercer lugar, no quiero trabajar en otro sitio que no sea en Seguridad Ciudadana. ¿Puedo irme ya, comisario?

Harry miró fijamente al agente con el ojo de cíclope. Luego lo cerró otra vez, tragó saliva y dijo.

– De acuerdo.

Oyó cómo se cerraba la puerta de entrada y dejó escapar un suspiro. Necesitaba una copa. De inmediato.

– ¿Vienes? -preguntó Beate.

– Vete tú -dijo Harry-. Yo me quedaré y ayudaré a Ivan a rastrear un poco la calle cuando terminen con los trasteros.

– ¿Seguro?

– Completamente.

Harry subió las escaleras y salió a la terraza. Observó las golondrinas y escuchó los sonidos procedentes de las ventanas abiertas al patio interior. Levantó la botella de vino tinto de la mesa. Quedaba un poquito. La apuró, saludó con la mano a Ruth y a «El Águila de Trondheim» que, después de todo, no habían bebido aún lo suficiente, y volvió a entrar.

Lo notó inmediatamente al abrir la puerta del dormitorio. Lo había notado ya en numerosas ocasiones, pero nunca supo de dónde venía aquel silencio de los dormitorios de personas extrañas.

Aún se apreciaban las señales de la reforma.

Delante del armario había una puerta de espejo sin montar y al lado de la cama doble ya hecha, una caja de herramientas abierta. Encima de la cama colgaba una foto de Willy y Lisbeth. Harry no había mirado con detenimiento las fotos que Willy le había entregado a los de Seguridad Ciudadana, pero ahora vio que Ruth tenía razón, Lisbeth era realmente una muñeca. Rubia con brillantes ojos azules y un cuerpo delgado y esbelto. Era diez años más joven que Willy, como mínimo. En la foto se les veía bronceados y felices. Quizá de vacaciones en el extranjero. Detrás de ellos se atisbaba un edificio magnífico y una estatua ecuestre. Un lugar de Francia, Normandía, tal vez.

Harry se sentó en el borde de la cama y se sorprendió al comprobar que cedía bajo su peso. Una cama de agua. Se echó hacia atrás y notó cómo el colchón se acoplaba a su cuerpo. Experimentó una profunda sensación de bienestar al sentir la funda del edredón fresca en sus brazos desnudos. Cuando él se movía, el agua chapoteaba al dar con la cara interior del colchón de goma. Cerró los ojos.

Rakel. Estaban en un río. No, en un canal. Se balanceaban en un barco y el agua besaba los laterales del barco con un chasquido intermitente. Estaban bajo la cubierta y Rakel yacía inmóvil a su lado en la cama. Se rió bajito cuando él le susurró. Ahora fingía estar dormida. A ella le gustaba eso. Fingir que dormía. Era como un juego entre los dos. Harry se dio la vuelta para mirarla. Y su mirada se encontró primero con la puerta del espejo, en el que se reflejaba toda la cama. Luego con la caja de herramientas abierta. Encima había un cincel corto con el mango de madera verde. Cogió la herramienta. Era ligera y pequeña, sin rastro de óxido bajo la fina capa de lubricante.

Iba a devolver el cincel a su lugar cuando detuvo la mano en el aire.

Había un miembro de un ser humano en la caja de herramientas. Ya lo había visto antes en el lugar del crimen. Genitales seccionados. Tardó un segundo en comprender que el pene de color carne no era más que un consolador.

Se volvió a tumbar de espaldas, todavía con el cincel en la mano. Tragó saliva.

Después de tantos años desempeñando un trabajo que incluía revisar las pertenencias y las vidas privadas de la gente, un consolador no causaba demasiada impresión. No fue por eso por lo que tragó saliva.

Aquí, en esta cama.

¡Tenía que tomar esa copa ya!

El sonido se transmite bien a través del patio interior.

Rakel.

Intentó no pensar, pero era demasiado tarde. Su cuerpo pegado al de ella.

Rakel.

Y se produjo la erección. Harry cerró los ojos y notó que la mano de ella se desplazaba, con los movimientos inconscientes y casuales de una persona dormida, para posarse en su barriga. La mano se quedó allí sin más, como si no tuviera intención de ir a ninguna parte. Los labios de ella contra su oreja, su aliento cálido que sonaba como el rugido de algo que arde. Sus caderas que empezaban a moverse en cuanto la tocaba. Los pechos pequeños y suaves con aquellos pezones sensibles que se ponían duros con tan sólo notar su respiración. Su sexo que se abría con la intención de devorarlo. Sintió una presión en la garganta, como si estuviera a punto de romper a llorar.

Harry se sobresaltó cuando oyó abrirse la puerta de abajo. Se sentó, alisó el edredón, se levantó y se miró en el espejo. Se frotó la cara con ambas manos.

Willy insistió en acompañarlos para ver si Ivan, el pastor alemán, lograba olfatear algo.

Justo cuando asomaron a la calle Sannergata, un autobús rojo salía silenciosamente de la parada. Una niña pequeña miró fijamente a Harry desde la ventanilla trasera, su cara redonda fue haciéndose más pequeña a medida que el autobús se alejaba en dirección a Rodeløkka.

Fueron hasta la tienda Kiwi y regresaron sin que el perro reaccionase.

– Eso no quiere decir que tu mujer no haya estado aquí -explicó Ivan-. En una calle de la ciudad con tráfico de vehículos y muchos otros peatones resulta difícil distinguir el olor de una persona en particular.

Harry miró a su alrededor. Tenía la sensación de ser observado, pero en la calle no había nadie, y lo único que vio en las ventanas de la hilera de fachadas era el cielo negro y sol. Paranoia de alcohólico.

– Bueno -dijo Harry al fin-. De momento, no podemos hacer nada más.

Willy los miró con desesperación.

– Todo irá bien, ya verás -dijo Harry.

Willy contestó con voz queda, como el hombre del tiempo:

– No, todo no irá bien.

– ¡Ivan, ven aquí! -gritó el policía tirando de la cadena. El perro había metido el hocico debajo del parachoques frontal de un Golf que estaba aparcado al lado de la acera.

Harry le dio a Willy una palmadita en el hombro, evitando su mirada ansiosa.

– Todos los coches patrulla están avisados. Y si no ha aparecido a la medianoche, emitiremos una orden de búsqueda. ¿De acuerdo?

Willy no contestó.

Ivan seguía colgado de la cadena y no dejaba de ladrarle al Golf.

– Espera un poco -dijo el policía.

Se puso a cuatro patas y pegó la cabeza al asfalto.

– Vaya -dijo alargando el brazo por debajo del coche.

– ¿Has encontrado algo? -preguntó Harry.

El policía se dio la vuelta con un zapato de tacón en la mano. Harry oyó jadear a Willy a su espalda y preguntó:

– ¿Es el zapato de Lisbeth, Willy?

– No irá bien -respondió Willy-. Nada irá bien.

10

Jueves y viernes. Pesadilla

El jueves por la tarde, un vehículo rojo del servicio de Correos se detuvo ante una estafeta de Rodeløkka. El contenido del buzón se había introducido en una saca que habían depositado en la parte trasera de la furgoneta que lo llevó a la central de la calle Biskop Gunerius número 14, más conocida como el edificio Postgiro. Esa misma noche clasificaron el correo en la terminal de clasificación de la central. Lo hicieron por tamaño y el sobre marrón acolchado fue a parar a una bandeja junto con otros sobres de formato C5. El sobre pasó por varias manos, pero lógicamente nadie se fijó en ése en particular, como tampoco repararon en él durante la clasificación geográfica, durante la cual lo depositaron primero en la bandeja de Østlandet y luego en la del código postal 0032.

Cuando el sobre llegó por fin a la saca y fue a parar a la parte trasera del vehículo rojo de Correos, listo para ser distribuido a la mañana siguiente, ya había anochecido y la mayoría de los habitantes de Oslo dormían plácidamente.

– Todo irá bien -aseguró el chico dándole a la niña de la cara redonda unas palmaditas en la cabeza. Notó enseguida que el fino cabello de la pequeña se le pegaba a los dedos. Electricidad estática.

Él tenía once años. Ella sólo siete, y era su hermana pequeña. Habían ido al hospital a ver a su madre.

Llegó el ascensor, el niño abrió la puerta. Un hombre con bata blanca retiró la corredera, les sonrió y salió. Y ellos entraron.

– ¿Por qué tienen un ascensor tan viejo? -preguntó la niña.

– Porque el edificio es viejo -explicó el chico cerrando la cancela.

– ¿Es un hospital?

– No exactamente -respondió el hermano pulsando el botón del primer piso-. Es un lugar donde puede descansar un poco la gente que está muy cansada.

– ¿Es que mamá está cansada?

– Sí, pero todo irá bien. No debes apoyarte en la puerta, Søs.

– ¿Cómo?

El ascensor echó a andar de golpe y el cabello largo y rubio de la hermana se balanceó un poco. «Electricidad estática», pensó observando atentamente cómo se elevaba despacio separándose de la cabeza. La niña se agarró el pelo rápidamente y dejó escapar un grito. Fue un grito débil y estridente que le heló la sangre en el cuerpo al chico. Se había enganchado al otro lado de los barrotes. Se lo había pillado con la puerta del ascensor. El chico intentó moverse, pero era como si él también estuviera enganchado.

– ¡Papá! -gritó la pequeña poniéndose de puntillas.

Pero papá se había adelantado para ir a buscar el coche en el aparcamiento.

– ¡Mamá! -gritó entonces la niña cuando se vio a unos centímetros del suelo del ascensor.

Pero mamá yacía en una cama con una sonrisa helada. Sólo estaba él.

Y ella pataleaba en el aire agarrada a su propio pelo.

– ¡Harry!

Sólo él. Sólo él podía salvarla. Si conseguía moverse.

– ¡Socorro!

Harry se sentó en la cama sobresaltado. El corazón le latía como un bajo de percusión.

– Mierda.

Oyó su propia voz ronca y dejó caer la cabeza de nuevo en la almohada.

Una luz grisácea se filtraba por entre las cortinas. Entornó los ojos. Miró los números digitales que relucían rojos en la mesita de noche: las 4.12 horas. Vaya noche de verano infernal. Vaya pesadilla infernal.

Salió de la cama y se fue al baño. La orina tintineaba en el agua mientras él miraba al frente. Sabía que no volvería a conciliar el sueño.

La nevera estaba vacía, sólo había una botella de cerveza sin alcohol que había llegado a la cesta de la compra por despiste. Abrió el armario que había sobre la encimera. Todo un ejército de botellas de cerveza y de whisky lo miraba en silencio en posición de firmes. Todas vacías. En un súbito ataque de rabia, las derribó de un golpe y, un buen rato después de haber cerrado la puerta, aún seguían haciendo ruido. Miró la hora otra vez. Al día siguiente era viernes. Pero el viernes abrían de nueve de la mañana a seis de la tarde. La tienda de licores no abriría hasta dentro de cinco horas.

Harry se sentó junto al teléfono del salón y marcó el móvil de Øystein Eikeland.

– Oslo Taxi.

– ¿Cómo está el tráfico?

– ¿Harry?

– Buenas tardes, Øystein.

– ¿Son buenas? Llevo media hora esperando una carrera.

– Las vacaciones.

– Ya lo sé. El propietario del taxi se ha ido a su cabaña de Kragero y me ha dejado el cacharro más muerto de Oslo. Y ha huido de la ciudad más muerta del norte de Europa. Joder, ni que hubieran soltado una bomba de neutrones.

– Creía que no te gustaba sudar mucho en el trabajo.

– Pero si estoy sudando como un cerdo, hombre. Ese miserable ha comprado un coche sin aire acondicionado. Coño, tengo que beber como un camello después de los turnos para compensar la pérdida de líquido. Eso también es un gasto. Ayer gasté más en bebidas de lo que gané en todo el día.

– Lo siento de veras.

– Debería limitarme a detectar claves.

– ¿Te refieres al hacking? ¿A lo que hizo que te echaran del banco DnB y te cayeran seis meses de prisión condicional?

– Sí, pero era muy bueno. Esto, en cambio… El propietario del taxi ha pensado reducir su jornada, pero yo ya hago turnos de doce horas y resulta difícil encontrar conductores. ¿No te interesaría sacarte la licencia de taxista, Harry?

– Gracias, lo pensaré.

– ¿Qué quieres?

– Necesito algo que me haga dormir.

– Ve al médico.

– Lo hice. Me dio Imovane, esas pastillas para conciliar el sueño. No funcionaban. Le pedí algo más fuerte, pero se negó.

– No es bueno oler a alcohol cuando vas a pedirle Rohypnol al médico de cabecera, Harry.

– Dijo que era demasiado joven para tomar somníferos potentes. ¿Tú tienes algo?

– ¿Qué? Estás loco, eso es ilegal. Pero tengo Flunipam. Prácticamente lo mismo. Media pastilla te apaga como una vela.

– Vale. Voy un poco justo de efectivo estos días, pero te pagaré cuando cobre. ¿Me ayudará también a dejar de soñar?

– ¿Qué?

– Que si evitará que sueñe.

Se produjo un silencio al otro lado.

– Sabes qué, Harry. Ahora que lo pienso, resulta que no tengo Flunipam. Son cosas peligrosas. Y no dejas de soñar con eso, más bien es al revés.

– Estás mintiendo.

– Puede ser, pero de todas formas, no es Flunipam lo que tú necesitas. Sería mejor que intentaras relajarte un poco, Harry. Tómate un respiro.

– ¿Relajarme? ¿No comprendes que no consigo relajarme?

Harry oyó que alguien abría la puerta del taxi y a Øystein que les decía que se fueran a la mierda. Y de nuevo resonó en el auricular.

– ¿Se trata de Rakel?

Harry no contestó.

– ¿Tienes problemas con Rakel?

Harry oyó un chisporroteo y supuso que se trataba de la radio de la policía.

– ¿Hola? ¿Harry? ¿No puedes contestar cuando un amigo de la infancia te pregunta si las paredes de tu vida todavía están en su sitio?

– No lo están -dijo Harry en voz baja.

– ¿Por qué no?

Harry tomó aire.

– Porque la obligué a que las derribara, poco más o menos. Un asunto de trabajo al que me he dedicado bastante se fastidió. Y no fui capaz de asumirlo. Empecé a beber, estuve tres días totalmente pedo y sin coger el teléfono. El cuarto día, ella vino a mi casa. Al principio estaba enfadada. Me dijo que no podía desaparecer de aquel modo. Y que Møller había preguntado por mí. Me acarició la cara y me preguntó si necesitaba ayuda.

– Y, conociéndote, la echaste de tu casa o algo así.

– Le dije que estaba bien. Y entonces se puso triste.

– Claro. La chica te quiere.

– Eso dijo ella. Pero también dijo que no podría pasar otra vez por lo mismo.

– ¿El qué?

– El padre de Oleg es alcohólico. Eso estuvo a punto de destrozarlos a los tres.

– ¿Y tú qué respondiste?

– Le dije que tenía razón. Que debía evitar a tipos como yo. Entonces empezó a llorar. Y se fue.

– ¿Y ahora tienes pesadillas?

– Sí.

Øystein dejó escapar un hondo suspiro.

– ¿Sabes qué, Harry? No hay nada que te pueda ayudar con ese problema. Excepto una cosa.

– Ya lo sé -dijo Harry-. Una bala.

– Pues no. Iba a decirte que sólo «tú mismo».

– Lo sé. Olvida que te he llamado, Øystein.

– Olvidado.

Harry fue a buscar la botella de cerveza sin alcohol. Se sentó en el sillón de orejas mirando asqueado la etiqueta. La chapa se soltó con un suspiro de alivio. Dejó el cincel en la mesa del salón. El mango era verde y el metal estaba cubierto de una fina capa de enlucido amarillo.

A las seis de la mañana del viernes, el sol ya brillaba en oblicuo desde la loma de Ekebergåsen, haciendo que la comisaría general reluciese como una gema. El guardia de Securitas que había en recepción bostezó y levantó la vista del periódico Aftenposten cuando el primer madrugador metió la tarjeta de identificación en el lector.

– El periódico dice que hará más calor aún -dijo el guardia, contento de ver a un ser humano con el que poder intercambiar unas palabras.

El hombre alto y rubio de ojos irritados lo miró sin responder.

El guardia se fijó en que subía por las escaleras a pesar de que los dos ascensores estaban libres.

Se concentró de nuevo en el artículo del Aftenposten sobre la mujer que había desaparecido en pleno día antes del fin de semana y a la que seguían sin encontrar. El periodista, Roger Gjendem, citó al jefe de grupo Bjarne Møller, que confirmaba que habían encontrado uno de los zapatos de la mujer debajo de un coche aparcado frente a la casa donde ella vivía, y que eso confirmaba la teoría de que se trataba de un acto delictivo, pero que, de momento, nada podía confirmarse.

Harry hojeó el periódico de camino a su casilla de correo, donde recogió los informes de los dos días anteriores sobre la búsqueda de Lisbeth Barli. En el contestador de su despacho había cinco mensajes, todos, excepto uno, eran de Willy Barli. Harry escuchó todos los mensajes de Barli que eran prácticamente idénticos; que debían emplear a más personal, que él sabía de una vidente y que anunciaría en la prensa que pagaría una importante suma de dinero a la persona que les ayudase a encontrar a Lisbeth.

En el último mensaje sólo se oía una voz que respiraba.

Harry rebobinó y volvió a escucharlo.

Y otra vez.

Era imposible determinar si se trataba de una mujer o de un hombre. Y más difícil aún saber si se trataba de Rakel. La pantalla indicaba que la llamada se había recibido a las veintidós diez desde un número desconocido. Exactamente igual que cuando Rakel llamaba desde el teléfono de la calle Holmenkollveien. Pero, si era ella, ¿por qué no había intentado llamarlo a su casa, o al móvil?

Harry repasó los informes. Nada. Los leyó una vez más. Seguía sin ver nada. Puso la mente a cero y empezó otra vez desde el principio.

Cuando terminó, miró el reloj y se fue a la casilla del correo para ver si había llegado algo más. Cogió un informe de uno de los de vigilancia y dejó un sobre marrón con el nombre de Bjarne Møller en la casilla correspondiente antes de volver a su despacho.

El informe del de vigilancia era breve y preciso: nada.

Harry rebobinó el contestador, pulsó el play y subió el volumen. Cerró los ojos, se recostó en la silla. Intentó recordar su respiración. Sentir su respiración.

– Es desquiciante cuando no quieren darse a conocer, ¿verdad?

No fueron las palabras sino la voz que las pronunció lo que hizo que a Harry se le erizaran los pelos de la nuca. Giró muy despacio la silla, que aulló de dolor. Un sonriente Tom Waaler lo miraba apoyado en el marco de la puerta. Estaba comiéndose una manzana y le ofrecía una bolsa abierta.

– ¿Quieres? Son australianas. Saben a gloria.

Harry negó con la cabeza sin quitarle el ojo de encima.

– ¿Puedo pasar? -preguntó Waaler.

Al ver que Harry no respondía, entró y cerró la puerta. Bordeó la mesa y se sentó en la otra silla. Se retrepó y siguió masticando la manzana roja y apetitosa.

– ¿Te has dado cuenta de que tú y yo somos casi siempre los primeros en llegar al trabajo, Harry? Extraño, ¿verdad? También somos los últimos en irnos a casa.

– Estás sentado en la silla de Ellen -observó Harry.

Waaler dio unas palmaditas en el brazo de la silla.

– Es hora de que tú y yo tengamos una charla, Harry.

– Habla -dijo Harry.

Waaler alzó la manzana, la expuso a la luz del techo y guiñó un ojo.

– ¿No es triste tener un despacho sin ventanas?

Harry no contestó.

– Corre el rumor de que vas a dejar el trabajo -dijo Waaler.

– ¿El rumor?

– Bueno, quizá sea un tanto exagerado llamarlo rumor. Tengo mis fuentes, por así decirlo. Supongo que has empezado a mirar otras cosas. Compañías de vigilancia. Compañías de seguros. ¿Cobradoras, quizá? Seguro que hay muchas empresas donde necesitan un investigador con estudios de Derecho.

Sus dientes blancos y fuertes se incrustaban en la fruta.

– A lo mejor no hay tantas empresas que aprecien un expediente con observaciones de episodios de embriaguez, absentismo injustificado, abusos, oposición a las órdenes de un superior y deslealtad hacia el Cuerpo.

Los músculos maxilares machacaban y trituraban.

– Pero bueno -prosiguió Waaler-. A lo mejor no importa que no te quieran contratar. A decir verdad, ninguno de esos trabajos ofrece retos especialmente interesantes para alguien que ha sido comisario y considerado uno de los mejores en su campo. Tampoco pagan muy bien. Y al fin al cabo, de eso se trata, ¿no? Que le paguen a uno por sus servicios. Ganar dinero para comprar comida y pagar el alquiler. Lo suficiente para una cerveza y quizás una botella de coñac. ¿O es whisky?

Harry notó que estaba apretando los dientes con tanta fuerza que le dolían los empastes.

– Lo mejor -continuó Waaler- sería ganar tanto como para permitirse un par de cosas más allá de las necesidades básicas. Como unas vacaciones de vez en cuando. Con la familia. A Normandía, por ejemplo.

Harry sintió que algo chisporroteaba dentro de su cabeza, algo que sonó como un pequeño fusible.

– Tú y yo somos muy diferentes en muchos aspectos, Harry. Pero eso no quiere decir que no te respete como profesional. Eres resuelto, listo, creativo y tu integridad está fuera de toda duda, siempre lo he dicho. Pero ante todo, eres mentalmente fuerte. Es una aptitud muy necesaria en una sociedad donde la competitividad es cada día más dura. Por desgracia, esa competitividad no se desarrolla con los medios que nosotros desearíamos. Pero si uno quiere ser ganador, debe estar dispuesto a emplear los mismos medios que los demás competidores, y una cosa más…

Waaler bajó la voz.

– Hay que jugar en el equipo correcto. Un equipo en el que se pueda ganar algo.

– ¿Qué es lo que quieres, Waaler?

Harry advirtió que le vibraba la voz.

– Ayudarte -respondió Waaler poniéndose de pie-. Las cosas no tienen por qué ser necesariamente como son ahora…, ¿sabes?

– ¿Y cómo son ahora?

– Ahora tú y yo tenemos que ser enemigos. Y el comisario jefe tiene que firmar necesariamente ese documento que tú ya sabes.

Waaler se encaminó hacia la puerta.

– Y tú nunca tienes dinero para hacer lo que es bueno para ti y para aquéllos a los que quieres… -Posó la mano en el picaporte antes de añadir-: Piénsalo, Harry. Sólo existe una cosa capaz de ayudarte en la jungla de ahí fuera.

«Una bala», pensó Harry.

– Tú mismo -sentenció Waaler. Y desapareció.

11

Domingo. Despedida

Ella estaba fumando un cigarrillo en la cama. Estudiaba detenidamente la espalda de él, delante de la cómoda, cómo los omoplatos se movían bajo la seda del chaleco arrancándole destellos en negro y azul. Posó la mirada en el espejo. Miró sus manos, que anudaban la corbata con movimientos suaves y seguros. Le gustaban sus manos. Le gustaba verlas trabajar.

– ¿Cuándo vuelves? -preguntó.

Sus miradas se encontraron en el espejo. Su sonrisa también era suave y segura. Ella hizo un mohín, haciéndose la ofendida.

– En cuanto pueda, mi amor.

Nadie decía «mi amor» como él. Liebling. Con ese acento tan peculiar y aquel tono cantarín que casi consiguió que volviese a gustarle la lengua alemana.

– Mañana, espero, en el vuelo de la noche -respondió él-. ¿Me esperarás?

Ella no pudo evitar una sonrisa. Él se rió. Ella se rió. Mierda, siempre se salía con la suya.

– Estoy convencida de que hay un montón de chicas esperándote en Oslo -dijo ella.

– Eso espero.

Se abotonó el chaleco y cogió la chaqueta de la percha que había colgada en el armario.

– ¿Has planchado los pañuelos, querida?

– Los he puesto en la maleta, junto con los calcetines -respondió ella.

– Estupendo.

– ¿Vas a verte con algunas de ellas?

Él volvió a reír, se acercó a la cama y se inclinó sobre ella.

– ¿Tú qué crees?

– No lo sé. -Le rodeó el cuello con los brazos-. Me parece que hueles a mujer cada vez que vuelves a casa.

– Eso es porque nunca estoy fuera el tiempo suficiente para que el olor a ti desaparezca, querida. ¿Cuánto hace que te conocí? ¿Veintiséis meses? Pues llevo veintiséis meses oliendo a ti.

– ¿Y a nadie más?

Ella se deslizó hacia abajo en la cama y lo atrajo hacia sí. Él la besó ligeramente en la boca.

– Y a nadie más. El avión, mi amor…

Él se liberó de su abrazo.

Ella lo miró mientras se iba acercando a la cómoda, abría un cajón y sacaba el pasaporte y los billetes de avión. Los metió en el bolsillo interior y se abrochó la chaqueta. Todo lo hacía con movimientos sinuosos, con una seguridad y una eficacia desprovistas de esfuerzo que a ella le resultaban sensuales y sobrecogedoras a la vez. De no ser porque la mayoría de las cosas las hacía igual, con el mínimo esfuerzo, ella habría jurado que llevaba toda la vida practicando para hacer aquello: irse. Abandonar.

Curiosamente, a pesar de todo el tiempo que habían pasado juntos los dos últimos años, ella sabía muy poco de él, aunque nunca le había ocultado que había estado antes con muchas mujeres. Él solía decirle que era porque la buscaba a ella desesperadamente. A las otras las iba desechando en cuanto se daba cuenta de que no eran ella y continuó su búsqueda sin descanso hasta que un día de otoño de hacía dos años se conocieron en el bar del Gran Hotel Europa, en Václavské Náměstí.

Era la forma más fina de promiscuidad que ella había oído jamás.

Más fina que la suya, en cualquier caso, que sólo estaba allí por dinero.

– ¿Y qué haces en Oslo?

– Negocios -dijo él.

– ¿Por qué nunca quieres contarme lo que haces exactamente?

– Porque nos queremos.

Cerró la puerta silenciosamente tras de sí. Ella oyó sus pasos en la escalera.

Sola otra vez. Cerró los ojos con la esperanza de que el olor de él permaneciera en las sábanas hasta su vuelta. Se llevó la mano al collar. No se lo había quitado ni una sola vez desde que se lo regaló, ni siquiera cuando se bañaba. Pasó los dedos por el colgante y pensó en su maleta. En el alzacuello blanco y almidonado que había visto al lado de los calcetines. ¿Por qué no se lo comentó? A lo mejor porque tenía la sensación de que ya preguntaba demasiado. No debía contrariarlo.

Suspiró, miró el reloj y volvió a cerrar los ojos. Tenía ante sí un día vacío. Una cita con el médico a las dos, eso era todo. Empezó a contar los segundos mientras sus dedos acariciaban el colgante sin cesar, un diamante rojizo en forma de estrella de cinco puntas.

El periódico VG traía en portada la noticia de que una celebridad de la radio nacional noruega cuyo nombre no se revelaba había mantenido una relación «breve pero intensa» con Camilla Loen. Habían conseguido una foto granulada de unas vacaciones en la que se veía a Camilla Loen en biquini, al parecer para subrayar las insinuaciones del texto sobre el ingrediente principal de la relación.

El mismo día, el periódico Dagbladet publicaba una entrevista con Toya Harang, la hermana de Lisbeth Barli, que, bajo el titular «Siempre se fugaba», declaraba que el comportamiento de su hermana cuando era pequeña podía ser una posible explicación de su extraña desaparición: «Se fugó de Spinnin' Wheels, así que, ¿por qué no ahora?», decía Toya Harang.

Le habían sacado una foto posando delante del autobús de la banda con un sombrero de vaquero. Sonreía. Harry supuso que no había tenido tiempo de reflexionar antes de que sacasen la foto.

– Una cerveza.

Se sentó en el taburete del Underwater y echó mano de un ejemplar del VG. El periódico decía que las entradas para el concierto de Springsteen en Valle Hovin estaban agotadas. Pues muy bien. En primer lugar, Harry odiaba los conciertos que se celebraban en estadios, y en segundo lugar, él y Øystein hicieron autostop hasta Drammenshallen cuando tenían quince años para acudir al concierto de Springsteen con entradas falsas fabricadas por Øystein. Entonces estaban en la cima, tanto Springsteen como Øystein y él mismo.

Harry apartó el periódico y desplegó su propio Dagbladet con la foto de la hermana de Lisbeth. El parecido de las hermanas era obvio. Harry la llamó a Trondheim para hablar con ella, pero la joven no tenía nada que contarle. O mejor dicho, nada interesante. El hecho de que la conversación hubiese durado veinte minutos a pesar de todo no fue culpa de Harry. La joven le explicó que su nombre se pronunciaba con acento en la a, «Toyá». Y que no le habían dado ese nombre por la hermana de Michael Jackson, que se llamaba LaToya, con acento en la o.

Habían pasado cuatro días desde que Lisbeth desapareció. El caso estaba, en pocas palabras, en punto muerto.

Y otro tanto ocurría con el caso de Camilla Loen.

Incluso Beate se sentía frustrada. Se había pasado todo el fin de semana ayudando a los pocos investigadores operativos que no estaban de vacaciones. Era buena chica, Beate. Una pena que esas cosas no se apreciaran.

Camilla Loen era una persona sociable, de modo que pudieron determinar la mayoría de sus movimientos de la semana anterior al asesinato, pero aquellos datos no les condujeron a pistas concretas.

Harry había pensado comentarle a Beate que Waaler se había pasado por su despacho para sugerirle más o menos abiertamente que le vendiese su alma. Pero por alguna razón, no lo hizo. Además, ella ya tenía bastante en lo que pensar. Contárselo a Møller sólo le acarrearía problemas, así que lo descartó de inmediato.

Harry iba ya por la mitad de su segunda pinta de cerveza cuando la vio. Estaba sola, sentada en la penumbra, en una mesa pegada a la pared. Lo miró directamente con una leve sonrisa. Delante de ella, sobre la mesa, había un vaso de cerveza, y entre el índice y el corazón derechos, un cigarrillo.

Harry cogió el vaso y se fue a su mesa.

– ¿Puedo acompañarte?

Vibeke Knutsen señaló la silla vacía con un gesto de la cabeza.

– ¿Qué haces aquí?

– Vivo cerca -dijo Harry.

– Ya me había dado cuenta, pero no te había visto antes por aquí.

– No. El sitio donde suelo ir y yo tenemos opiniones divergentes sobre un incidente ocurrido la semana pasada.

– ¿Te han prohibido la entrada? -preguntó ella con una risa ronca.

A Harry le gustó aquella risa. Y Vibeke Knutsen le parecía guapa. A lo mejor era el maquillaje. Y la penumbra. ¿Y qué? Le gustaban sus ojos, vivos y juguetones. Infantiles y sabios. Como los de Rakel. Pero allí acababa el parecido. Rakel tenía la boca fina y sensual, la de Vibeke era grande y, pintada de rojo intenso, lo parecía aún más. Rakel se vestía con una elegancia discreta y era delgada, casi como una bailarina, sin curvas exuberantes. El top que llevaba Vibeke aquel día tenía rayas de tigre, aunque resultaba igual de llamativo que el leopardo y la cebra. En Rakel, casi todo era oscuro. Los ojos, el pelo, la piel. Nunca había visto una piel resplandecer como la suya. Vibeke era pelirroja y pálida y sus largas piernas, que había cruzado bajo la mesa, lucían blancas en la penumbra.

– ¿Y qué haces aquí tan sola? -preguntó Harry.

Ella se encogió de hombros y tomó un trago de cerveza.

– Anders está de viaje y no vuelve hasta esta noche, así que me estoy divirtiendo un poco.

– ¿Se fue lejos?

– A algún lugar de Europa, ya sabes. Nunca me cuenta nada.

– ¿A qué se dedica?

– Vende mobiliario y elementos de decoración para iglesias. Retablos, púlpitos, crucifijos y esas cosas. Usados y nuevos.

– Ya. ¿Y eso lo hace en Europa?

– El púlpito nuevo de una iglesia de Suiza puede haberse fabricado en Alesund. Y los púlpitos usados, por ejemplo, se restauran en Estocolmo o en Narvik. Viaja constantemente, está más tiempo fuera de casa que aquí. Sobre todo últimamente. En realidad, este último año.

Dio una calada al cigarrillo y añadió aspirando:

– Pero no es creyente, ¿sabes?

– ¿Ah, no?

Negó con la cabeza mientras el humo salía por entre los gruesos labios surcados de finas arrugas.

– Sus padres pertenecían a la congregación de Pentecostés y creció con esas cosas. Yo sólo he asistido a una reunión, pero ¿sabes qué? A mí me da miedo cuando empiezan con la glosolalia y eso. ¿Has estado alguna vez en esas reuniones?

– Dos veces -dijo Harry-. En la congregación de Filadelfia.

– ¿Encontraste la salvación?

– Por desgracia, no. Sólo iba en busca de un tío que me había prometido testificar en un asunto.

– Bueno, si no encontraste a Jesús, por lo menos encontraste a tu testigo.

Harry negó con la cabeza.

– Me dijeron que ya no iba por allí y no está en las direcciones que he conseguido. No, no encontré la salvación.

Harry apuró la cerveza y señaló al bar. Ella encendió otro cigarrillo.

– Intenté localizarte el otro día -dijo ella-. En tu trabajo.

– ¿Ah, sí?

Harry pensó en la llamada sin voz en su contestador.

– Sí, pero me dijeron que no era tu caso.

– Si te refieres al asunto de Camilla Loen, es cierto.

– Entonces hablé con ése que estaba en nuestra casa. El guapo.

– ¿Tom Waaler?

– Sí. Le conté un par de cosas sobre Camilla. Cosas que no podía decir cuando tú estabas en casa.

– ¿Por qué no?

– Porque Anders estaba allí.

Dio una larga calada al cigarrillo.

– No le gusta que diga nada despectivo sobre Camilla. Se enfada mucho. A pesar de que casi no la conocemos.

– ¿Por qué ibas a decir algo despectivo si no la conocías?

Ella se encogió de hombros.

– A mí no me parece despectivo. Es Anders quien opina así. Será la educación. Creo que, en realidad, él opina que las mujeres sólo deben tener sexo con un único hombre en su vida.

Apagó el cigarrillo y añadió en voz baja

– Y casi ni eso.

– Ya. ¿Y Camilla tenía sexo con más de un hombre?

– Bastante más de uno.

– ¿Cómo lo sabes? ¿Se oye todo?

– Entre los pisos no, así que en invierno no se oye mucho. Pero en verano con las ventanas abiertas… Ya sabes, el sonido…

– … se trasmite bien a través de esos patios.

– Exacto. Anders solía levantarse y cerrar de golpe la ventana del dormitorio. Y si a mí se me ocurría decir que Camilla Loen se lo estaba pasando bien, podía llegar a enfadarse tanto que terminaba acostándose en el salón.

– ¿Así que intentaste localizarme para contármelo?

– Sí. Eso y una cosa más. Recibí una llamada. Primero pensé que era Anders, pero normalmente sé por el ruido de fondo que se trata de él. Suele llamar de alguna calle de alguna ciudad de Europa. Lo raro es que el sonido siempre es el mismo, como si cada vez llamase desde el mismo lugar. Bueno, como sea. Esto sonaba diferente. En condiciones normales, habría colgado sin pensar más en ello, pero con lo que le ocurrió a Camilla, y estando Anders de viaje…

– ¿Sí?

– Bueno, no fue nada dramático. -Sonrió como cansada. A Harry le pareció bonita su sonrisa-. Sólo era alguien que respiraba en el auricular. Pero me asusté. Y quería comentarlo contigo. Waaler dijo que lo investigaría, pero por lo visto no pudieron localizar el número desde el que se había realizado la llamada. A veces esos asesinos atacan de nuevo en el mismo lugar, ¿no?

– Creo que eso es más bien en las novelas policiacas -aseguró Harry-. Yo no pensaría demasiado en eso.

Giró el vaso. La medicina empezaba a hacer efecto.

– ¿Tú y tu compañero no conoceréis por casualidad a Lisbeth Barli?

Vibeke enarcó las cejas maquilladas claramente sorprendida.

– ¿La tía que ha desparecido? ¿Por qué demonios íbamos a conocerla?

– Sí, claro, por qué demonios ibais a conocerla -murmuró Harry preguntándose qué era lo que lo había impulsado a preguntar.

Eran cerca de las nueve cuando se encontraban en la acera delante del Underwater.

Harry tuvo que hacer un esfuerzo para guardar el equilibrio.

– Yo vivo en esta calle -le dijo- ¿Qué tal si…?

– No digas nada de lo que te puedas arrepentir, Harry.

– ¿Arrepentirme?

– Llevas la última media hora hablando exclusivamente de esa tal Rakel. No lo habrás olvidado, ¿verdad?

– Ella no me quiere, ya te lo he dicho.

– No, y tú tampoco me quieres a mí. Tú quieres a Rakel. O a una sustituía de Rakel.

Vibeke puso la mano sobre su brazo.

– Y quizá me habría gustado serlo por un rato, si las cosas fueran de otra manera. Pero no lo son. Y Anders no tardará en llegar a casa.

Harry se encogió de hombros y dio un paso de apoyo.

– Al menos, deja que te acompañe hasta la puerta -farfulló.

– Son doscientos metros, Harry.

– Podré hacerlo.

Vibeke se rió de buena gana y se cogió de su brazo.

Caminaron despacio por la calle Ullevålsveien mientras los coches y los taxis ociosos los adelantaban sin prisa, el aire de la noche les acariciaba la piel como sólo ocurre en Oslo en el mes de julio. Harry escuchaba el flujo incesante y monótono de su voz y pensó en lo que estaría haciendo Rakel en aquel momento.

Se detuvieron delante de la puerta negra de forja.

– Buenas noches, Harry.

– Sí. ¿Cogerás el ascensor?

– ¿Por qué lo preguntas?

– Por nada -Harry se metió las manos en el bolsillo del pantalón y estuvo a punto de perder el equilibrio-. Ten cuidado. Buenas noches.

Vibeke sonrió, se fue hacia él y Harry aspiró su olor cuando ella lo besó en la mejilla.

– En otra vida, ¿quién sabe? -le susurró.

La puerta se cerró con un suave chasquido. Harry se quedó inmóvil un instante para orientarse, cuando, de pronto, algo que había en el escaparate que tenía delante llamó su atención. No era el repertorio de lápidas, sino lo que se reflejaba en el cristal. Un coche rojo junto a la acera de enfrente. Si a Harry le hubieran interesado los coches un mínimo, se habría dado cuenta de que aquel exclusivo juguete era un Tommy Kaira ZZ-R.

– Joder -masculló Harry poniendo un pie en la calzada. Un taxi le pasó a un centímetro y su conductor tocó el claxon indignado.

Cruzó hasta el coche deportivo y se detuvo en el lado del conductor. La ventanilla blindada bajó silenciosamente.

– ¿Qué coño haces aquí? -farfulló Harry-. ¿Me estás espiando?

– Buenas noches, Harry -dijo Tom Waaler con un bostezo-. Estoy vigilando el apartamento de Camilla Loen. Observando quién viene y quién va. No es sólo un cliché, ¿sabes?, el autor del crimen siempre vuelve al lugar de los hechos…

– Sí que lo es -dijo Harry.

– Pero, como seguramente habrás deducido, es lo único que tenemos. El asesino no nos ha dejado muchas pistas.

– El homicida -precisó Harry.

– O la homicida.

Harry se encogió de hombros y dio otro paso de apoyo. La puerta del acompañante se abrió de golpe.

– Entra, Harry. Quiero hablar contigo.

Harry miró la puerta abierta. Vaciló. Dio otro paso de apoyo. Rodeó el coche y entró.

– ¿Has pensado en lo que te dije? -preguntó Waaler bajando la radio.

– Sí, lo he pensado -dijo Harry retorciéndose en el estrecho asiento en forma de cubo.

– ¿Y has encontrado la respuesta correcta?

– Parece que te gustan los deportivos japoneses rojos -Harry levantó la mano y golpeó el salpicadero con fuerza-. Sólido. Dime… -Harry se concentraba en articular bien-. ¿Fue así cómo conversaste con Sverre Olsen en Grünerløkka la noche en que mataron a Ellen? ¿Dentro del coche?

Waaler se quedó mirándolo un buen rato, antes de abrir la boca para responder.

– Harry, no sé de qué me estás hablando.

– ¿No? Tú sabías que Ellen había descubierto que tú eras el cerebro de la banda que trafica con armas, ¿verdad? Tú te encargaste de que Sverre Olsen la matara antes de que ella pudiera contárselo a alguien. Y cuando te enteraste de que yo seguía el rastro a Sverre Olsen, te las ingeniaste para que pareciera que él había sacado la pistola cuando ibas a detenerlo. Igual que con ese tío del almacén del puerto. Parece que es tu especialidad, deshacerte de detenidos molestos.

– Estás borracho, Harry.

– He tardado dos años en descubrir algo que te implique, Waaler. ¿Lo sabías?

Waaler no contestó.

Harry rompió a reír y dio otro golpe. El salpicadero emitió un crujido ominoso.

– ¡Claro que lo sabías! El Príncipe Heredero lo sabe todo. ¿Cómo lo haces? Cuéntamelo.

Waaler miró por la ventanilla. Un hombre salió del Kebabgården, se paró y miró a ambos lados antes de empezar a bajar hacia la iglesia Trefoldighetskirken. Ninguno de los dos dijo nada hasta que el hombre se metió en la calle, entre el cementerio y el hospital Vor Frue.

– Vale -dijo Waaler en voz baja-. Puedo confesarme, si eso es lo que quieres. Pero recuerda, cuando se recibe una confesión es fácil encontrarse con dilemas desagradables.

– Benditos dilemas.

– Le di a Sverre Olsen su merecido.

Harry volvió la cabeza lentamente hacia Waaler, que estaba apoyado en el reposacabezas, con los ojos entornados.

– Pero no porque tuviese miedo de que contase que éramos cómplices ni nada por el estilo. Esa parte de tu teoría es errónea.

– ¿Ah, sí?

Waaler suspiró.

– ¿Has pensado alguna vez en por qué la gente como nosotros se dedica a esto?

– No hago otra cosa -aseguró Harry.

– ¿Cuál es tu primer recuerdo nítido, Harry?

– ¿El primer recuerdo de qué?

– Lo primero que yo recuerdo es que es de noche, estoy en la cama y mi padre se inclina sobre mí.

Waaler pasó la mano por el volante antes de continuar.

– Yo tendría unos cuatro o cinco años. Él olía a tabaco y a protección. Ya sabes. Como tienen que oler los padres. Tal y como solía, había llegado a casa cuando yo ya estaba en la cama. Y sé que se habrá ido a trabajar mucho antes de que yo me despierte por la mañana. Sé que, si abro los ojos, sonreirá, me pasará la mano por la cabeza y se marchará. Así que finjo estar dormido para que se quede un ratito más. Sólo a veces, cuando tengo la pesadilla de la mujer con la cabeza de cerdo que deambula por las calles en busca de sangre infantil, me descubro y le pido que se quede un poco más cuando noto que se levanta para irse. Y él se queda y yo me quedo mirándolo. ¿A ti te pasaba igual con tu padre, Harry? ¿Experimentabas lo mismo con él?

Harry se encogió de hombros.

– Mi padre era profesor. Siempre estaba en casa.

– Un hogar de clase media, entonces, ¿no?

– Algo así.

Waaler asintió con la cabeza.

– Mi padre era albañil. Como los padres de mis dos mejores amigos, Geir y Solo. Vivían justo encima de nosotros, en el bloque de Gamlebyen donde me crié. Era uno de los barrios grises de la ciudad, aunque el bloque de viviendas estaba bien cuidado, propiedad de los vecinos. No nos considerábamos de la clase obrera, todos éramos empresarios. El padre de Solo era propietario de un quiosco donde trabajaba toda la familia, de ahí el apodo. [3] Todos trabajaban duro, pero ninguno como mi padre. Él trababa a todas horas. Día y noche. Era como una máquina que sólo se apagaba los domingos. Mis padres no eran muy creyentes, aunque mi padre estudió teología durante medio año en una academia nocturna porque el abuelo quería que fuera pastor. Pero cuando el abuelo murió, él lo dejó. Aun así, íbamos todos los domingos a la iglesia de Vålerenga y luego mi padre nos llevaba de excursión a Ekeberg o a Østmarka. A las cinco de la tarde nos cambiábamos de ropa: los domingos cenábamos en el salón. Puede sonar aburrido, pero, ¿sabes qué? Yo me pasaba toda la semana esperando a que fuera domingo. Al día siguiente era lunes y él desaparecía de nuevo. Siempre estaba en alguna obra donde había que hacer horas extras. Un poco de dinero blanco, un poco de gris y un poco de dinero negro como el carbón. Decía que era la única forma de reunir algunos ahorros en su sector. Cuando yo tenía catorce años, nos mudamos a la parte oeste de la ciudad, a una casa con jardín y manzanos. Mi padre dijo que estaríamos mejor allí. Y yo era el único de la clase cuyo padre no era abogado, economista, médico o algo parecido. El vecino era juez y tenía un hijo de mi edad, Joakim. Mi padre esperaba que yo fuese como él. Dijo que si quería entrar en alguna de esas carreras, era importante tener conocidos dentro del gremio, aprender los códigos, el lenguaje, las reglas no escritas. Pero yo nunca veía al hijo del vecino, sólo a su perro, un pastor alemán que se pasaba las noches ladrando en el porche. Cuando salía del colegio cogía el tranvía hasta Gamlebyen para ver a Geir y Solo. Mis padres invitaron a una barbacoa a todos los vecinos, pero todos presentaron alguna excusa para no acudir. Recuerdo el olor a barbacoa aquel verano, y las risas que resonaban en los otros jardines. Nunca nos devolvieron la invitación.

Harry se concentraba en la dicción.

– ¿Este cuento viene a propósito de algo?

– Eso lo decidirás tú. ¿Dejo de contar?

– Bueno, da igual, esta noche no había nada interesante en la tele.

– Un domingo, cuando íbamos a la iglesia, como de costumbre, yo estaba ya en la calle esperando a mis padres y mirando al pastor alemán que andaba suelto por el jardín. Parecía que quisiera morderme y no dejaba de gruñir desde el otro lado de la valla.

No sé por qué lo hice, pero me acerqué y abrí la verja. Quizá porque creía que el animal estaba enfadado porque estaba solo. El perro saltó, me tumbó y me mordió en la mejilla. Todavía tengo la cicatriz.

Waaler señaló con el dedo, pero Harry no vio nada.

– El juez lo llamó desde la terraza y el animal me soltó. Luego, me dijo con muy malos modos que me largara de su jardín. Mi madre lloraba y mi padre apenas se pronunció mientras me llevaban a Urgencias. Cuando volvimos a casa, tenía un hilo de sutura gordo y negro desde el mentón hasta debajo de la oreja. Mi padre se fue a casa del juez. Cuando volvió tenía la mirada sombría y estuvo menos hablador si cabe. Comimos el asado dominical sin que nadie mediara palabra. Esa misma noche me desperté y me quedé pensando en el porqué. Todo estaba en silencio. Entonces caí en la cuenta. El pastor alemán. Había dejado de ladrar. Oí cerrarse la puerta de entrada e, instintivamente, supe que nunca más volveríamos a oír al pastor alemán. Me apresuré a cerrar los ojos cuando la puerta del dormitorio se abrió silenciosa pero me dio tiempo de ver el martillo. Él olía a tabaco y a protección. Y yo fingí estar dormido.

Waaler limpió una mota inexistente del salpicadero.

– Hice lo que hice porque sabíamos que Sverre Olsen había matado a una colega. Lo hice por Ellen, Harry. Por nosotros. Ahora ya lo sabes, maté a un hombre. ¿Me vas a delatar o no?

Harry lo miraba de hito en hito. Waaler cerró los ojos.

– Sólo teníamos pruebas circunstanciales contra Olsen, Harry. Lo habrían soltado. No lo podíamos permitir. ¿Tú habrías podido, Harry?

Waaler giró la cabeza y se encontró con la mirada fija de Harry.

– ¿Habrías podido?

Harry tragó saliva.

– Hay un tipo que os vio a ti y a Sverre Olsen juntos en el coche. Uno que estaba dispuesto a testificar. Pero eso ya lo sabes, ¿no?

Waaler se encogió de hombros.

– Hablé con Olsen varias veces. Era neonazi y delincuente. Hay que estar al día es nuestro trabajo, Harry.

– El tipo que os vio ha cambiado de opinión repentinamente, ya no quiere testificar. Has hablado con él, ¿verdad? Lo has silenciado con amenazas.

Waaler negó con la cabeza.

– No puedo responder a eso, Harry. Si decides unirte a nuestro equipo, la norma es que sólo se te informará de lo que te hace falta saber para cumplir con tu trabajo. Puede que suene un tanto estricto, pero funciona. Nosotros funcionamos.

– ¿Hablaste con Kvinsvik? -balbuceó Harry.

– Kvinsvik es sólo uno de tus molinos de viento, Harry. Olvídalo. Piensa en ti. -Se inclinó hacia Harry y bajó la voz-: ¿Qué puedes perder? Mírate bien al espejo…

Harry parpadeó perplejo.

– Exacto -dijo Waaler-. Eres un alcohólico de casi cuarenta años, sin trabajo, sin familia, sin dinero.

– ¡Por última vez! -Harry intentó gritar, pero estaba demasiado borracho-. ¿Hablaste con… con Kvinsvik?

Waaler se irguió otra vez en el asiento.

– Vete a casa, Harry. Y reflexiona sobre a quién le debes algo. ¿Al Cuerpo, que te ha triturado con sus dientes y te ha escupido tras hallar que sabes mal? ¿A tus jefes, que salen corriendo como ratones asustados en cuanto se huelen que hay problemas? ¿O quizá es a ti mismo a quien le debes algo? Has trabajado duro año tras año para mantener las calles de Oslo más o menos seguras en un país que protege a sus delincuentes mejor que a sus policías. Realmente, eres uno de los mejores en tu trabajo, Harry. A diferencia de ellos, tú tienes talento y, aun así, eres tú quien percibe un sueldo miserable. Yo te puedo ofrecer cinco veces más de lo que ganas ahora, pero eso no es lo más importante. Te puedo ofrecer un poco de dignidad, Harry. Dignidad. Piénsatelo.

Harry intentó enfocar a Waaler con la mirada, pero su cara se desdibujaba. Buscó el tirador de la puerta, no lo encontró. Malditos coches japoneses. Waaler se inclinó y le abrió la puerta.

– Sé que has intentado encontrar a Roy Kvinsvik -dijo Waaler-. Permíteme que te ahorre la molestia. Sí, hablé con Olsen en Grünerløkka esa noche. Pero eso no significa que tuviera nada que ver con el asesinato de Ellen. Callé para no complicar las cosas. Tú haz lo que quieras, pero créeme, el testimonio de Kvinsvik carece de interés.

– ¿Dónde está?

– ¿Acaso cambiaría algo si te lo dijera? ¿Me creerías entonces?

– Puede ser -respondió Harry-. Quién sabe.

Waaler suspiró.

– Calle Sognsveien, número treinta y dos. Vive en el sótano de la casa de su padrastro.

Harry se dio la vuelta haciendo señas a un taxi que se acercaba con el piloto verde encendido.

– Pero esta noche está ensayando con el coro Menna -advirtió Waaler-. A un paso. Ensayan en la casa parroquial de Gamle Aker.

– ¿Gamle Aker?

– Ha abandonado la iglesia de Filadelfia y se ha convertido a la de Bethlehem.

El taxi libre frenó, el conductor dudó un instante, volvió a pisar el acelerador y desapareció en dirección al centro. Waaler sonrió.

– No es necesario haber perdido la fe para convertirse a otro credo, Harry.

12

Domingo. Bethlehem

Eran las ocho de la tarde del domingo cuando Bjarne Møller cerró el cajón del escritorio con un bostezo y extendió el brazo para apagar el flexo. Estaba cansado, pero satisfecho de sí mismo. Los medios de comunicación ya habían dejado de atosigarlos por el asesinato y por el caso de desaparición, así que había podido trabajar sin que lo molestaran todo el fin de semana. El abultado montón de papeles de cuando comenzaron las vacaciones se veía ahora reducido casi a la mitad. Ya se marchaba a casa, pensando en tomarse un Jameson flojito y en ver la reposición de Beat for Beat. Tenía el dedo en el interruptor de la luz y echó una última mirada al orden que reinaba en su mesa. Entonces se percató del sobre marrón acolchado. Tenía un vago recuerdo de haberlo recogido el viernes en la casilla de correo. Obviamente, se había quedado debajo del montón de papeles.

Dudó un instante. Aquello podía esperar a mañana. Palpó el sobre. Había algo dentro, algo que no era capaz de identificar. Abrió el sobre con un abrecartas y metió la mano dentro. No había ninguna carta. Puso el sobre boca abajo, pero nada. Lo agitó con fuerza y oyó que algo se soltaba del acolchado interior y caía en la mesa. De allí rebotó hasta el teléfono y se quedó sobre el cartapacio, justo encima de la lista de turnos de guardia.

De repente, volvió el dolor de estómago. Bjarne Møller se encogió y se quedó jadeando. Pasó un rato antes de que lograra incorporarse y marcar un número de teléfono. Y, de no haber estado tan fuera de sí, probablemente se habría dado cuenta de que era precisamente el número correspondiente al nombre de la lista de turnos al que apuntaba el objeto que le habían enviado.

Marit estaba enamorada.

Otra vez.

Miró hacia la escalinata del edificio de la congregación. La luz salía por el ojo de buey de la puerta, decorada con la estrella de Belén, e iluminaba la cara de Roy, el chico nuevo. Estaba hablando con una de las otras chicas del coro. Llevaba varios días pensando en qué hacer para que se fijase en ella, pero no se le ocurría una buena idea. Acercarse a él y hablarle sin más sería un mal comienzo. No le quedaba más remedio que esperar hasta que se presentase la ocasión. Durante el ensayo de la semana anterior, él habló de su pasado en voz alta y clara. Contó que antes pertenecía a la congregación de Filadelfia. ¡Y que antes de ser redimido había sido neonazi! Una de las otras chicas había oído decir que llevaba un gran tatuaje neonazi en alguna parte del cuerpo. Estaban totalmente de acuerdo en que era horrible, pero Marit se dio cuenta de que al pensarlo notaba un cosquilleo de excitación. En su fuero interno, ella sabía que aquélla era la razón por la que se había enamorado, por lo nuevo y lo desconocido, por esa ilusión agradable y pasajera, y sabía que, al final, terminaría con otro chico. Uno como Kristian. Kristian era el director del coro, sus padres pertenecían a la congregación y había empezado a predicar en las reuniones de los jóvenes. La gente como Roy solía terminar entre los renegados.

Aquella tarde se quedaron un poco más para ensayar una nueva canción y repasar casi todo el repertorio. Kristian solía hacerlo cuando les llegaba un nuevo miembro, sólo para mostrarle lo bueno que era. Normalmente, ensayaban en sus propios locales de la calle Geitemyrsveien, pero estaban cerrados por vacaciones, así que les habían prestado la casa de la congregación en Gamle Aker, en la calle Akersbakken. A pesar de que era pasada la media noche, se habían quedado fuera como solían. Las voces zumbaban como un enjambre de insectos y aquella noche había una tensión diferente. Sería el calor. O que los miembros que estaban casados o prometidos estaban de vacaciones y no tenían que soportar sus miradas indulgentes pero con un punto de advertencia cuando pensaban que los jóvenes se excedían en sus flirteos. Marit no estaba atenta, respondía cualquier cosa cuando sus amigas le preguntaban y miraba a Roy de reojo. Le hubiese gustado saber dónde tenía el gran tatuaje nazi.

Una de la amigas le dio un codazo y señaló con la cabeza a un hombre que subía por la calle Akersbakken.

– Mirad, está borracho -susurró una de las chicas.

– Pobre hombre -dijo otra.

– Almas perdidas como ésa es lo que quiere Jesús.

Fue Sofie quien se dejó caer con aquello. Como siempre, ella era la que solía decir esas cosas.

Las otras asintieron con la cabeza, Marit también. De repente tuvo una idea. Ya estaba. Ahí tenía la ocasión. Se salió sin dudar del círculo de amigas y se colocó en medio de la calle delante del hombre.

Éste se paró y se quedó mirándola. Era más alto de lo que había pensado.

– ¿Conoces a Jesús? -preguntó Marit con una sonrisa y en voz alta y clara.

El hombre tenía la cara roja y le costaba fijar la mirada.

A espaldas de Marit, la conversación había cesado y, con el rabillo del ojo, vio que Roy y las chicas que estaban en la escalinata se habían vuelto a mirarlos.

– No, lo siento -balbuceó el hombre-. Aunque tú tampoco. Pero igual conoces a Roy Kvinsvik, ¿no?

Marit sintió que se sonrojaba de golpe y la turbación le impidió pronunciar la siguiente frase que tenía preparada: «¿Sabes que él está deseando conocerte?».

– ¿Y bien? -insistió el hombre-. ¿Está aquí?

Le miró la cabeza, el pelo corto y las botas. De repente, sintió miedo. ¿Sería aquel hombre un neonazi, alguien del antiguo círculo de amistades de Roy? ¿Alguien deseoso de vengar la traición o de convencerlo para que volviera con ellos?

– Yo…

Pero el hombre ya la había rebasado.

Marit se dio la vuelta justo a tiempo de ver cómo Roy desaparecía a toda prisa hacia el interior de la casa de la congregación y cerraba la puerta.

El borracho se fue caminando a grandes zancadas sobre la gravilla crujiente y su torso vencido parecía inclinarse como un mástil que cede a un golpe de viento. Delante de la escalinata, el hombre se cayó de bruces.

– Dios mío… -susurró una de las chicas.

El hombre volvió a ponerse en pie.

Marit vio que Kristian se hacía a un lado cuando el hombre comenzó a subir por la escalera. En el último peldaño, empezó a tambalearse. Parecía que iba a caerse hacia atrás, pero consiguió controlar su centro de gravedad. Y agarró el picaporte.

Marit se llevó la mano a la boca.

El hombre tiró. Por suerte, Roy había cerrado con llave.

– ¡Mierda! -gritó el hombre con la voz turbia por el alcohol. Se balanceó hacia atrás, luego hacia delante. Se oyó un suave tintineo: el hombre había roto el ojo de buey con la frente y los fragmentos cayeron al suelo.

– ¡Para! -gritó Kristian-. No puedes…

El hombre se dio la vuelta y lo miró. Tenía clavado en la frente un fragmento de cristal y el pequeño riachuelo de sangre se bifurcó al llegar a la nariz.

Kristian no dijo una palabra.

El hombre abrió la boca y empezó a aullar en un tono frío, como una hoja de acero. Se volvió otra vez hacia la puerta blanca y sólida y, con una fiereza que Marit no había visto jamás, empezó a aporrearla con los puños. Aullaba como un lobo y golpeaba una y otra vez.

Carne contra madera, como golpes de hacha en el silencio matinal de un bosque. El hombre empezó a golpear la estrella de hierro forjado que había en el centro del ojo de buey. A Marit le parecía oír el sonido de la piel al rasgarse cuando los borbotones de sangre empezaron a teñir la puerta blanca.

– ¡Haz algo! -gritó alguien. Marit vio que Kristian sacaba el móvil.

La estrella de hierro se soltó y, de repente, el hombre se cayó de rodillas.

Marit se acercó. Los otros se alejaron, pero ella no podía evitar acercarse. El corazón le latía desbocado en el pecho. Delante de la escalera notó en el hombro la mano de Kristian y se detuvo. Podía oír jadear al hombre allí arriba, como un pez moribundo ahogándose en tierra. Se diría que estaba llorando.

Un cuarto de hora más tarde, cuando el coche de la policía vino a buscarlo, el hombre estaba hecho un ovillo en lo alto de la escalera. Lo pusieron de pie y él se dejó guiar al interior del coche sin oponer resistencia. Una de las policías preguntó si alguien quería denunciar algo. Pero ellos negaron con la cabeza, demasiado asustados como para pensar en la ventana rota.

El coche se alejó. No quedó más que la calurosa noche estival y Marit pensó que era como si aquello nunca hubiera sucedido. Apenas se dio cuenta cuando Roy salió pálido y miserable y desapareció. Ni de que Kristian la había rodeado con su brazo. Miró fijamente la estrella rota de la ventana. Estaba torcida hacia dentro de tal forma que dos de las cinco puntas señalaban hacia arriba y otra hacia abajo. Había visto antes aquel símbolo en un libro. Y a pesar del calor, se abrigó con la chaqueta.

Era más de medianoche y la luna se reflejaba en las ventanas de la comisaría. Bjarne Møller cruzó el aparcamiento desierto y entró en la zona de los calabozos. Una vez dentro, miró a su alrededor. Los tres mostradores de recepción estaban vacíos, pero había dos policías viendo la televisión en el cuarto de guardia. Como admirador de Charles Bronson de toda la vida, Møller reconoció la película, Death Wish. Y también reconoció a Groth, el mayor de los policías, apodado Gråten [4] por la cicatriz de color vino que le recorría la mejilla desde el ojo izquierdo. Hasta donde le alcanzaba la memoria, Groth siempre había trabajado en los calabozos y todo el mundo sabía que, en la práctica, él era quien llevaba el negocio.

– ¿Hola? -gritó Møller.

Sin apartar la vista de la pantalla, Groth señaló con el pulgar al policía más joven, que se giró en la silla con desgana.

Møller les mostró su tarjeta de identificación, algo que, obviamente, estaba de más, ya que lo habían reconocido.

– ¿Dónde está Hole? -gritó.

– ¿El idiota? -resopló Groth al tiempo que Charles Bronson levantaba la pistola dispuesto a ejecutar su venganza.

– En el calabozo 5, creo -dijo el policía más joven-. Pregunta a los abogados de oficio que están allí dentro. Si es que queda alguno.

– Gracias -dijo Møller entrando por la puerta que daba a los calabozos.

Había alrededor de cien celdas y la ocupación dependía de la temporada. Definitivamente, era temporada baja. Møller pasó de visitar el cuarto de guardia de los abogados de oficio y empezó a andar por los pasillos entre las celdas. Oía resonar el eco de sus pasos. Nunca le había gustado la zona de los calabozos. Primero, por el absurdo hecho de que hubiese allí encerrados seres humanos vivos. Segundo, por el ambiente de cloaca y de vidas truncadas. Y tercero, por todas las cosas que él sabía que habían pasado allí. Como, por ejemplo, el detenido que había denunciado a Groth por haberle enchufado la manguera. Asuntos Internos rechazó la denuncia en cuanto desenrollaron la manguera y comprobaron que sólo llegaba a medio camino de la celda donde supuestamente había tenido lugar el lavado. Probablemente, los de Asuntos Internos eran los únicos de la comisaría que ignoraban que, cuando Groth comprendió que iba a haber problemas, cortó un trozo de la manguera.

Igual que los demás calabozos, el número cinco no tenía cerradura, sino un artilugio sencillo que sólo permitía abrir desde fuera.

Harry estaba sentado en medio de la habitación con la cabeza entre las manos. Lo primero en que se fijó Møller fue en la venda totalmente empapada de sangre que llevaba en la mano derecha. Harry levantó la cabeza despacio y lo miró. Llevaba una tirita en la frente y tenía los ojos hinchados. Como si hubiera estado llorando. Olía a vómito.

– ¿Por qué no estás tumbado en la litera? -preguntó Møller.

– No quiero dormir -susurró Harry con una voz irreconocible-. No quiero soñar.

Møller hizo una mueca para disimular que estaba conmovido. Había visto a Harry caer bajo en otras ocasiones, pero no de aquella manera, no tan bajo. Nunca literalmente destrozado.

Carraspeó.

– Venga, nos vamos.

Groth Gråten y el policía joven no se dignaron mirarlos cuando pasaron delante del cuarto de guardia, pero Møller se percató de que Groth meneaba la cabeza con expresión elocuente. Harry vomitó en el aparcamiento. Se quedó encorvado escupiendo y maldiciendo mientras Møller le daba un cigarrillo encendido.

– No te han registrado -dijo Møller-. No se hará oficial. Será extraoficial.

Harry sufrió un ataque de tos a causa de la risa.

– Gracias, jefe. Es bueno saber que van a despedirme con una hoja de servicios más limpia de lo que cabía haber esperado.

– No lo digo por eso. Es que, de lo contrario, tendría que suspenderte con efecto inmediato.

– ¿Y qué?

– Voy a necesitar a un investigador como tú los próximos días. Es decir, el investigador que eres cuando no estás bebido. De modo que la cuestión es si puedes mantenerte sobrio.

Harry se irguió y exhaló el humo con fuerza.

– Sabes muy bien que puedo, jefe. Pero ¿acaso quiero?

– No lo sé. ¿Quieres, Harry?

– Uno debe tener una razón, jefe.

– Sí, supongo que sí.

Møller miró reflexivo a su comisario.

Pensó que estaban solos a la pálida luz de una luna y de una farola plagada de insectos muertos, en medio de un aparcamiento de Oslo en una noche de verano. Pensó en todo lo que habían pasado juntos. En todo lo que habían conseguido y en lo que no. Y, a pesar de todo, después de tantos años, ¿iban a separarse sus caminos allí, de aquella forma tan trivial?

– Desde que te conozco, sólo ha habido una cosa que te haya mantenido de pie -dijo Møller-. Tu trabajo.

Harry no contestó.

– Y ahora resulta que tengo una misión para ti. Si la quieres.

– ¿Y cuál es?

– Hoy he recibido un sobre acolchado que contenía esto. Llevo intentando dar contigo desde que lo abrí.

Møller abrió el puño y estudió la reacción de Harry. La luna y la farola iluminaban la palma de su mano, que sostenía una de las bolsas de plástico transparente de la policía Científica.

– Vaya -dijo Harry-. ¿Y el resto del cuerpo?

La bolsa contenía un dedo fino con la uña pintada de esmalte rojo. El dedo lucía un anillo. Y el anillo, una piedra preciosa en forma de estrella con cinco puntas.

– Esto es cuanto tenemos -dijo Møller-. Un dedo corazón de la mano izquierda.

– ¿Han podido identificarlo?

Bjarne Møller asintió. -¿Tan rápido?

Møller se apretó la mano contra el estómago mientras volvía a asentir.

– Ya -dijo Harry-. Lisbeth Barli.

TERCERA PARTE

13

Lunes. Contacto

Sales en la tele, mi amor. Hay una pared con tu imagen, estás clonada en doce ediciones que se mueven sincronizadamente, duplicados en variaciones de color y de contrastes apenas perceptibles. Estás desfilando por una pasarela en París, te detienes, sacas la cadera y me miras con esa mirada fría llena de odio que os enseñan y me das la espalda. Funciona. El rechazo funciona siempre, tú lo sabes, mi amor.

El reportaje se acaba y me miras con doce miradas severas mientras lees doce noticias iguales, y yo leo veinticuatro labios rojos, pero tú estás muda y por eso te quiero, por tu mudez.

Luego vienen imágenes de inundaciones en algún lugar de Europa. Mira, mi amor, vamos vadeando las calles. Paso el dedo por la pantalla de un televisor apagado y dibujo tu signo astral. A pesar de que el aparato está muerto, puedo sentir la tensión entre la pantalla polvorienta y mi dedo. Electricidad. Vida encapsulada. Y es el contacto con mi dedo lo que le infunde vida.

La punta de la estrella alcanza la acera justo delante del edifico de ladrillo rojo que hay al otro lado del cruce, mi amor. Puedo estudiarlo por entre los televisores de la tienda. Es uno de los cruces con más tráfico de la ciudad y normalmente hay largas filas de vehículos ahí fuera, pero sólo hay coches en dos de las cinco calles que irradia el oscuro corazón de asfalto. Cinco calles, mi amor. Te has pasado el día esperándome en la cama. Sólo tengo que hacer esto y enseguida voy. Si quieres, puedo ir a buscar la carta que hay detrás del ladrillo y susurrarte las palabras. Ya me las sé de memoria. ¡Mi amor! Estás siempre en mis pensamientos. Aún siento tus labios en los míos, tu piel en la mía.

Abro la puerta de la tienda para salir. El sol inunda el espacio. Sol. Inundaciones. Pronto estaré contigo.

El día empezó mal para Møller.

La noche anterior había recogido a Harry en el calabozo y, cuando se despertó aquella mañana, tenía el estómago duro e hinchado como una pelota de playa y le dolía muchísimo.

Pero su día iría a peor.

A las nueve de la mañana, la cosa no tenía tan mala pinta cuando Harry, aparentemente sobrio, entró por la puerta de la sala de reuniones del grupo de Delitos Violentos, en el sexto piso. Sentados a la mesa estaban Tom Waaler, Beate Lønn y cuatro de los investigadores operativos de la unidad, así como dos colaboradores especializados a los que habían ordenado que interrumpieran sus vacaciones y que habían regresado la noche anterior.

– Buenos días a todos -comenzó Møller-. Supongo que ya sabéis lo que se nos ha venido encima. Dos casos, posiblemente dos asesinatos, que apuntan a que se trata del mismo autor. Es decir, se parece mucho a esas pesadillas que se tienen de vez en cuando.

Møller colocó la primera transparencia en el proyector.

– Lo que vemos a la izquierda es la mano de Camilla Loen con el dedo índice izquierdo seccionado. A la derecha vemos el dedo corazón izquierdo de Lisbeth Barli. Me lo enviaron por correo. Todavía no tenemos el cadáver, pero Beate ha identificado el dedo cotejando la huella dactilar con las que había sacado del apartamento de Barli. Buena intuición y buen trabajo, Beate.

Beate se sonrojó mientras tamborileaba con el lápiz sobre el bloc, en un intento por parecer indiferente.

Møller cambió la transparencia.

– Bajo el párpado de Camilla Loen hallamos esta piedra, un diamante rojo en forma de estrella de cinco puntas. En el dedo de Lisbeth Barli encontramos el anillo que veis a la derecha. Como podéis observar, el diamante en estrella del anillo tiene un rojo algo más claro, pero la forma es idéntica.

– Hemos tratado de averiguar de dónde procede la primera estrella de diamante -explicó Waaler-. No ha habido suerte. Mandamos fotos a dos de las empresas más importantes de talla de diamantes de Amberes, pero dicen que lo más probable es que este tipo de talla se haya realizado en otro lugar de Europa. Sugirieron Rusia o el sur de Alemania.

– Pero dimos con una experta en diamantes en De Beers, el comprador de diamantes en bruto más importante del mundo, sin duda -apuntó Beate-. Según ella, se pueden utilizar unas técnicas llamadas espectrometría y microtomografía para saber exactamente de dónde procede un diamante. Esta noche llega de Londres en avión para ayudarnos.

Magnus Skarre, uno de los investigadores más jóvenes, bastante nuevo en Delitos Violentos, levantó la mano.

– Volviendo a lo que dijiste al principio, Møller. No entiendo por qué esto había de ser una pesadilla, si estamos ante un doble asesinato. Eso quiere decir que buscamos a un solo autor, no a dos, así que todos los presentes podemos trabajar con el mismo enfoque. En mi opinión es al contrario…

Magnus Skarre oyó un discreto carraspeo y notó que la atención de la gente se centraba en el fondo de la sala, donde estaba sentado Harry Hole, que hasta el momento había guardado silencio.

– ¿Cómo te llamabas? -preguntó Harry.

– Magnus.

– Apellido.

– Skarre -respondió el joven con impaciencia-. Seguro que te acuerdas de…

– No, Skarre, no me acuerdo. Pero tú debes intentar recordar lo que voy a decirte. Cuando un investigador se enfrenta a un caso de asesinato premeditado y, como el que nos ocupa, a todas luces planeado, sabe que el asesino cuenta con muchas ventajas. Puede haber eliminado rastros técnicos, haberse agenciado una supuesta coartada para el momento del asesinato, haberse deshecho del arma homicida…, entre otras cosas. Pero hay algo que el asesino casi nunca logra esconderle al investigador. ¿El qué?

Magnus Skarre parpadeó un par de veces.

– El móvil -sentenció Harry-. Lo primero que se aprende, ¿verdad? El móvil, por ahí empezamos nuestra investigación operativa. Es tan fundamental que de vez en cuando se nos olvida. Hasta que aparece el asesino protagonista de la peor pesadilla del investigador. O de sus sueños mojados, según cómo tenga amueblada la cabeza. Es cuando aparece el asesino que no tiene un móvil. O mejor dicho, que no tiene un móvil identificable o comprensible.

– Ya, pero te estás poniendo en lo peor, ¿no es así, Hole? -Skarre miró a los demás-. Aún no sabemos si hay un móvil tras estos asesinatos.

Tom Waaler carraspeó.

Møller vio que los músculos de la mandíbula de Harry se tensaban.

– Tiene razón -dijo Waaler.

– Por supuesto que tengo razón -intervino Skarre-. Es obvio que…

– Cállate, Skarre -ordenó Waaler-. Es el comisario Hole quien tiene razón. Llevamos cinco y diez días, respectivamente, trabajando en estos dos casos, sin que haya aparecido ni una sola conexión entre las víctimas. Hasta ahora. Y cuando la única conexión entre las víctimas es la manera en que fueron asesinadas, procedimientos rituales y lo que parecen mensajes codificados, se empieza a pensar en una palabra que propongo que nadie pronuncie en voz alta todavía, pero que todos debemos tener en mente. También propongo que, a partir de ahora, Skarre y todos los demás novatos de la Academia cierren la boca y abran los oídos cuando hable Hole.

Se hizo un denso silencio.

Møller vio que Harry clavaba la vista en Waaler.

– Resumiendo -continuó Møller-. Intentaremos mantener en la cabeza y simultáneamente dos visiones del asunto. Por un lado, trabajaremos de forma sistemática, como si se tratase de dos asesinatos corrientes. Por el otro, nos imaginaremos la peor de las situaciones posibles. Nadie más que yo hablará con la prensa. La próxima reunión será a las cinco. Andando.

El hombre que estaba bajo el foco vestía un elegante traje de tweed, usaba una pipa curva y se balanceaba sobre los talones mientras medía con la mirada a la andrajosa mujer que tenía delante. La miró de pies a cabeza con una expresión de indulgencia.

– ¿Y cuánto había pensado usted pagarme por las clases?

La mujer se puso en jarras y echó la cabeza hacia atrás con desparpajo.

– Ni se le ocurra intentar engañarme, yo sé lo que se cobra. Tengo una amiga que paga dieciocho peniques por una clase de francés con un francés de verdad. Y usted no puede cobrar tanto por enseñarme mi lengua materna, así que le doy un chelín por su trabajo. Al contado.

Willy Barli estaba sentado en la fila doce y dejaba que las lágrimas fluyesen libremente en la oscuridad. Notaba cómo descendían por el cuello para luego adentrarse por la camisa de seda de Tailandia antes de cruzarle el pecho. Y notó que la sal le escocía en los pezones antes de que las lágrimas continuasen su descenso hacia el estómago.

No podía parar.

Se tapó la boca con la mano para no distraer con sus sollozos a los actores ni al director, que estaba en la quinta fila.

De pronto, sintió el peso de una mano sobre su hombro y se sobresaltó. Se dio la vuelta y vio a un hombre alto que se encorvaba sobre él. Se puso rígido y tenso en la silla, como presa de un presentimiento.

– ¿Sí? -susurró lloroso.

– Soy yo -susurró el hombre-. Harry Hole. De la policía.

Willy Barli retiró la mano de la boca y lo observó con más detenimiento.

– Ya lo veo -dijo con voz de alivio-. Lo siento, Hole, está tan oscuro y creía que…

El agente se sentó en el asiento contiguo al de Willy.

– ¿Qué creías?

– Como vas vestido de negro… -Willy calló y se sonó la nariz con el pañuelo-…creí que eras un cura. Un pastor que me traía… malas noticias. ¡Qué necio!, ¿verdad?

Hole no respondió.

– Me has pillado algo sensiblero, Hole. Hoy es el primer ensayo general. Mírala.

– ¿A quién?

– A Eliza Doolitle. Allí arriba. Por un momento, al verla sobre el escenario, pensé que era Lisbeth y que su partida había sido un sueño y nada más. -Willy tomó aire temblando-. Pero entonces empezó a hablar y mi Lisbeth se esfumó.

Willy se dio cuenta de que el policía miraba asombrado hacia el escenario.

– Un parecido espectacular, ¿verdad? Por eso la traje. Éste iba a ser el musical de Lisbeth.

– ¿Es…? -comenzó Harry.

– Sí, es su hermana.

– ¿Tóya? Quiero decir Toyá.

– Hemos conseguido mantenerlo en secreto hasta ahora. La conferencia de prensa tendrá lugar hoy, más tarde.

– Bueno, eso le dará algo de publicidad.

Toya se giró maldiciendo, pues acababa de tropezar. Su interlocutor en el escenario se encogió de hombros y miró al director.

Willy suspiró.

– La publicidad no lo es todo. Como ves, hay bastante trabajo por hacer. Tiene cierto talento innato, pero actuar en el Teatro Nacional no tiene nada que ver con cantar canciones de vaqueros en la Casa del Pueblo de Selbu. Tardé dos años en enseñar a Lisbeth a comportarse sobre un escenario, pero con ella sólo disponemos de dos semanas.

– Si molesto, puedo ser breve, Barli.

– ¿Ser breve?

Willy intentaba descifrar la expresión de Harry en la oscuridad. El miedo volvió a apoderarse de él y, cuando Harry abrió la boca, Barli lo interrumpió.

– No molestas en absoluto, Hole. Yo sólo soy el productor. Ya sabes, uno de esos que ponen las cosas en marcha. A partir de ahora se harán cargo los demás.

Hizo un movimiento circular con la mano y señaló el escenario justo cuando el hombre vestido de tweed gritaba:

«¡Voy a convertir a esta andrajosa en una duquesa!»

– El director, el escenógrafo, los actores… -explicó Barli-. Desde mañana, yo sólo soy un espectador en esta… -Siguió haciendo el mismo movimiento hasta que encontró la palabra-:… comedia.

– Bueno, siempre que uno sepa para qué tiene talento…

Willy rió de buena gana, pero se detuvo cuando vio que la silueta de la cabeza del director se giró de pronto hacia ellos. Se inclinó para acercarse al policía y susurró:

– Tienes razón. Yo fui bailarín durante veinte años. Y si quieres que te diga la verdad, un bailarín bastante malo. Pero el ballet de la Ópera siempre necesita desesperadamente bailarines masculinos, así que el listón no está tan alto. De todas formas, nos retiramos al cumplir los cuarenta, y yo tenía que encontrar otra cosa a la que dedicarme. Entonces comprendí que mi verdadero talento consistía en hacer bailar a los demás. La puesta en escena, Hole. Eso es lo único que sé hacer. Pero ¿sabes qué? Después de un éxito, por insignificante que sea, nos volvemos patéticos. Si, por casualidad, las cosas nos van bien en un par de montajes, creemos que somos dioses capaces de controlar todas las variables, que forjamos nuestra propia suerte en todos los aspectos. Y entonces te ocurre algo así… y te das cuenta de lo desvalido que estás. Yo… -Willy se calló de repente-. Te aburro, ¿no?

El otro negó con la cabeza y carraspeó.

– Se trata de tu mujer.

Willy cerró fuertemente los ojos, como cuando se espera un sonido estridente y desagradable.

– Hemos recibido una carta. Con un dedo seccionado. Siento tener que comunicarte que es suyo.

Willy tragó saliva. Siempre se había considerado un hombre bueno y cariñoso, pero ahora se percató de que el nudo que le había oprimido el corazón desde aquel día empezaba a crecer de nuevo, como un tumor que lo estaba volviendo loco. Y se percató de que tenía color. De que el odio es amarillo.

– ¿Sabes qué, Hole? Casi es un alivio. Lo he sabido todo este tiempo. Sabía que iba a lastimarla.

– ¿A lastimarla?

Willy notó sorpresa en la voz del policía.

– ¿Puedes prometerme una cosa, Harry?

Harry asintió con la cabeza.

– Encuéntrala. Encuéntrala, Harry, y castígalo. Castígalo… duramente. ¿Me lo prometes?

A Willy le pareció ver que Harry asentía en la oscuridad. Pero no estaba seguro. Las lágrimas lo distorsionaban todo.

El policía desapareció y Willy respiró hondo y trató de concentrarse de nuevo en la escena.

– ¡Haré que te atrape la policía! -gritó Toya en el escenario.

Harry se encontraba en el despacho, mirando la superficie del escritorio. Se sentía tan cansado que se preguntaba si podría aguantar mucho más.

Las aventuras del día anterior, la visita al calabozo y otra noche de pesadillas habían causado estragos en su persona. Sin embargo, el encuentro con Willy Barli terminó por agotarlo del todo. Verse allí sentado prometiéndole que iban a atrapar al autor del crimen y, sobre todo, haber callado cuando Barli dijo aquello de que a su mujer la habían «lastimado». Porque, en efecto, si alguna certeza tenía Harry, era la de que Lisbeth Barli estaba muerta.

Harry llevaba desde que se despertó por la mañana con ganas de tomar alcohol. Primero, como una exigencia instintiva del cuerpo, luego bajo la forma de una suerte de temor, de pánico, porque se había negado la medicina al no llevarse la petaca ni dinero. Y ahora, las ganas de beber habían alcanzado la fase del puro dolor físico, de un miedo blanco a ser desgarrado en mil pedazos. El enemigo tiraba de las cadenas allá abajo, los perros intentaban morderle desde el abismo del estómago, desde algún lugar debajo del corazón. Dios mío, cómo los odiaba. Los odiaba tanto como ellos lo odiaban a él.

Harry se levantó bruscamente. El lunes había dejado media botella de Bell's en el archivador. ¿Se acababa de acordar en ese preciso momento o lo había sabido todo el tiempo? Harry estaba acostumbrado a que Harry engañase a Harry, tenía mil tretas a las que recurrir. Estaba a punto de abrir el cajón, cuando se detuvo. Su ojo había apreciado un movimiento. Ellen le sonreía desde la foto. ¿Estaba a punto de volverse loco o acababa de verla mover la boca?

– ¿Qué estas mirando, bicho? -masculló justo antes de que la foto se estrellase contra el suelo. El cristal se hizo añicos. Harry miró fijamente a Ellen, que seguía sonriéndole desde el marco roto. Harry se sujetó la mano derecha. Bajo la venda latía el dolor.

Y hasta que no se dio la vuelta para abrir el cajón no advirtió la presencia de las dos personas que lo miraban desde el umbral. Comprendió que debían de llevar allí un rato y que fue su reflejo en el cristal lo que antes vio moverse en el retrato de Ellen.

– Hola -saludó Oleg, observando a Harry entre sorprendido y asustado.

Harry tragó saliva. Su mano soltó el cajón.

– Hola, Oleg.

Oleg lleva zapatillas de deporte, unos pantalones azules y la camiseta amarilla de la selección nacional de fútbol de Brasil. Harry sabía que en la espalda lucía el número nueve debajo del nombre de Ronaldo. Fue él quien le compró la camiseta en una gasolinera, un domingo en que Rakel, Oleg y él fueron a esquiar a Norefjell.

– Me lo he encontrado abajo -explicó Tom Waaler.

Tenía la mano en la cabeza de Oleg.

– Estaba preguntando por ti en recepción, así que lo he traído. O sea que juegas al fútbol, ¿no, Oleg?

Oleg no contestó, sólo miraba a Harry con aquella mirada suya oscura como la de su madre, una mirada tan dulce unas veces, tan despiadadamente dura otras. En aquellos momentos, Harry no lograba interpretarla. Pero era oscura.

– De delantero, ¿verdad? -insistió Waaler alborotándole el pelo con una sonrisa.

Harry miró los dedos fuertes y nervudos de su colega y el pelo oscuro de Oleg en contraste con el dorso bronceado de su mano. El pelo se le levantaba por sí solo. Sintió que las piernas estaban a punto de fallarle.

– No -dijo Oleg aún sin apartar la vista de Harry-. Soy defensa.

– Oye, Oleg -dijo Waaler mirando a Harry inquisitivo-. Parece que Harry está luchando con un adversario imaginario. Yo también lo hago cuando algo me irrita. ¿Por qué no subimos tú y yo a ver la vista desde la azotea y así Harry podrá recoger esto un poco?

– Me quedo aquí -dijo Oleg con voz inexpresiva.

Harry asintió con la cabeza.

– Vale. Me alegro de verte, Oleg.

Waaler le dio al chico una palmadita en el hombro y desapareció.

Oleg se quedó en el umbral.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí? -preguntó Harry.

– En metro.

– ¿Tú solo?

Oleg asintió con la cabeza.

– ¿Sabe Rakel que estás aquí?

Oleg negó en silencio.

– ¿No vas a entrar? -Harry tenía la garganta seca.

– Quiero que vengas a casa -dijo Oleg.

Transcurrieron cuatro segundos desde que Harry llamó al timbre hasta que Rakel abrió la puerta de golpe. Tenía la mirada sombría y la voz alterada.

– ¡¿Dónde has estado?!

Harry pensó por un instante que la pregunta iba dirigida a los dos, pero la mirada de Rakel pasó de largo ante él y se fijó sólo en Oleg.

– No tenía con quién jugar -se excusó Oleg con la cabeza gacha-. Cogí el metro hasta el centro.

– ¿El metro? ¿Tú solo? ¿Pero cómo…?

Y se le quebró la voz.

– Me colé sin pagar -explicó Oleg-. Mamá, creí que te alegrarías. Como decías que tú también quieres que…

Abrazó a Oleg bruscamente.

– ¿Tienes idea de lo preocupada que me has tenido, hijo?

Rakel miraba a Harry mientras abrazaba a Oleg.

Rakel y Harry estaban junto a la valla del fondo del jardín contemplando la ciudad y el fiordo que se extendían debajo. Guardaban silencio. Los veleros se recortaban como pequeños triángulos blancos sobre el mar azul. Harry se volvió y miró la casa. Revoloteando entre los manzanos, ante las ventanas abiertas, alborotaban las mariposas que habían despegado del césped. Era una gran casa de vigas negras. Una casa construida para el invierno, no para el verano.

Harry la miró. Iba descalza y llevaba una fina rebeca roja de algodón encima del vestido azul claro. El sol brillaba en las pequeñas gotas de sudor que se habían formado en su piel desnuda, debajo de la cruz que había heredado de su madre. Harry pensó que lo sabía todo sobre ella. El olor de la chaqueta de algodón. El arqueo de la espalda bajo el vestido. El sabor de su piel cuando estaba sudorosa y salada. Lo que deseaba en la vida. Por qué no decía nada.

Tanto saber inútil.

– ¿Qué tal va todo? -preguntó.

– Bien -dijo ella-. He conseguido alquilar una cabaña. No nos la entregan hasta agosto. Llamé demasiado tarde.

Lo dijo con un tono de voz neutro, la acusación apenas se percibía.

– ¿Te has hecho daño en la mano?

– Sólo un rasguño -dijo Harry.

El viento le había desprendido un mechón de pelo que le tapó la cara. Harry resistió la tentación de apartarlo.

– Ayer vino un tasador para ver la casa -dijo ella.

– ¿Un tasador? No habrás pensado en venderla, ¿no?

– Es una casa demasiado grande para dos personas, Harry.

– Sí, pero tú le tienes mucho cariño. Has crecido aquí, igual que Oleg.

– No tienes que recordármelo. El caso es que la reforma que me hicieron este invierno costó casi el doble de lo que había pensado. Y hay que renovar el tejado. Es una casa vieja.

– Ya.

Rakel suspiró.

– ¿Qué pasa, Harry?

– ¿No podrías al menos mirarme cuando me hablas?

– No. -No sonó ni enfadada ni indignada.

– ¿Cambiaría algo las cosas si lo dejo?

– No eres capaz de dejarlo, Harry.

– Me refiero a la policía.

– Lo he comprendido.

Harry daba patadas al césped.

– A lo mejor no tengo alternativa -continuó.

– ¿No la tienes?

– No.

– Entonces, ¿por qué expresas la pregunta de una forma hipotética?

Sopló un poco para apartarse el mechón de la cara.

– Podría encontrar un trabajo más tranquilo, estar más tiempo en casa. Ocuparme de Oleg. Podríamos…

– ¡Déjalo, Harry!

Sonó como un estallido. Agachó la cabeza y cruzó los brazos como si, a pesar del calor, sintiese frío.

– La respuesta es no -susurró-. Eso no cambiaría nada. El problema no es tu trabajo, es… -Tomó aire, se dio la vuelta y lo miró directamente a los ojos-. Eres tú, Harry. Tú eres el problema.

Harry vio que se le llenaban los ojos de lágrimas.

– Ahora, vete -susurró.

Harry estaba a punto de decir algo, pero cambió de opinión y señaló con la cabeza las velas que surcaban el fiordo.

– Tienes razón -admitió-. Yo soy el problema. Voy a hablar un poco con Oleg y me largo.

Dio unos pasos, pero se detuvo y se volvió.

– No vendas la casa, Rakel. ¿Me oyes? No lo hagas. Ya inventaré algo.

Ella sonrió en medio del llanto.

– Eres un chico muy extraño -musitó alargando una mano, como si quisiera acariciarle la mejilla. Pero él estaba demasiado alejado y la dejó caer-. Cuídate, Harry.

Cuando Harry se marchó, sintió frío en la espalda. Eran las cinco menos cuarto. Tenía que darse prisa si quería llegar a tiempo a la reunión.

Estoy dentro del edificio. Huele a sótano. Estoy inmóvil, estudiando los nombres del tablón de anuncios que tengo delante. Oigo voces y pasos en la escalera, pero no tengo miedo. No lo pueden ver, pero soy invisible. ¿Te has dado cuenta? «No lo pueden ver, pero…» No es paradójico, mi amor, es sólo que yo lo he formulado como si lo fuera. Todo se puede formular como una paradoja, no es difícil. Lo que pasa es que las paradojas de verdad no existen. Paradojas de verdad, je, je. ¿Ves lo fácil que es? Pero sólo son palabras, la ambigüedad del idioma. Y, por lo que a mí respecta, se acabaron las palabras. Miro el reloj. Éste es mi idioma. Es claro y sin paradojas. Y estoy listo.

14

Lunes. Barbara

Últimamente, Barbara Svendsen había empezado a pensar mucho en el tiempo. Y no porque hubiese sentido una inclinación notable por la filosofía. De hecho, la mayoría de las personas que la conocían habrían afirmado de ella todo lo contrario, seguramente. Lo que pasaba era que nunca había pensado en ese detalle, en que todo tenía su tiempo y que ese tiempo estaba a punto de agotarse. Que no haría carrera como supermodelo era algo que tenía asumido desde hacía años. Tendría que contentarse con el título de ex maniquí. Maniquí sonaba bien, a pesar de que venía del neerlandés y significaba «hombre pequeño». Petter se lo había explicado. Como le había contado la mayoría de las cosas que, en su opinión, ella debía saber. Él fue quien le proporcionó el trabajo en el bar Head On. Así como las pastillas que le daban fuerzas para ir directamente desde el trabajo a la Universidad de Blindern, adonde se suponía que acudía para estudiar y convertirse en socióloga. Pero ya se había agotado el tiempo de Petter, de las pastillas y de los sueños de socióloga y un día se encontró sin Petter y sin título universitario. Sólo tenía las deudas del préstamo de estudio y de las pastillas y un trabajo en el bar de copas más aburrido de Oslo. De modo que Barbara lo dejó todo, pidió un préstamo a sus padres y se fue a Lisboa para enderezar su vida y, quizá, aprender un poco de portugués.

Lisboa fue fantástica… un rato. Los días pasaron volando, pero eso a ella la traía sin cuidado. El tiempo no era algo que pasara, sino algo que venía. Hasta que se acabó el dinero, la fidelidad eterna de Marco y la juerga. Volvió a casa con varias experiencias nuevas, eso sí. Por ejemplo, había aprendido que el éxtasis portugués es más barato que el noruego, pero que te complica la vida de la misma forma, que el portugués es un idioma condenadamente difícil y que el tiempo es un recurso limitado y no renovable.

A continuación, y por orden cronológico, se había dejado mantener por Rolf, Ron y Roland. Sonaba más divertido de lo que en realidad fue. Con excepción de Roland. Roland era bueno, pero pasó el tiempo y Roland con él.

Y sólo cuando volvió a instalarse en la casa de sus padres, el mundo dejó de dar vueltas y el tiempo se apaciguó. Dejó de salir de marcha, logró alejarse de las pastillas y empezó a pensar en la posibilidad de retomar los estudios. Mientras, trabajó para Manpower. Después de cuatro semanas como recepcionista temporal en el bufete de abogados Halle, Thune y Westerlid, que se encontraba en la plaza Carl Berner y, en razón de su estatus, en el nivel más bajo, el de los abogados que se encargaban del cobro a morosos, le ofrecieron un puesto fijo.

De eso hacía ya cuatro años.

La razón por la que había aceptado el trabajo era principalmente que se había dado cuenta de que en la oficina de Halle, Thune y Westerlid el tiempo pasaba más despacio que en ningún otro sitio de los que había estado. La lentitud comenzaba nada más entrar en el edificio de ladrillo rojo y pulsar el número cinco en el ascensor. Transcurría media eternidad hasta que se cerraban las puertas y subían hacia un cielo donde el tiempo pasaba aún más despacio. Desde su puesto detrás del mostrador, Barbara podía registrar el proceso del segundero en el reloj que colgaba encima de la puerta de entrada, el proceso por el que los segundos, los minutos y las horas se arrastraban de mala gana. Había días en que conseguía que el tiempo se detuviera casi del todo, sólo era cuestión de concentración. Lo extraño era que el tiempo parecía pasar mucho más deprisa para la gente que la rodeaba. Como si existiesen en dimensiones de tiempo paralelas pero distintas. El teléfono que tenía delante llamaba sin cesar, la gente salía y entraba como en el cine mudo, pero sentía como si todo fuera ajeno a ella, como si fuese un robot con partes mecánicas que se movían a la misma velocidad que ellos, mientras su vida interior discurría a cámara lenta.

Como la semana anterior. Una agencia de cobros bastante importante había quebrado de repente y todos se apresuraron a llamar como locos. Wetterlid le dijo que era una oportunidad para los buitres, deseosos de hincarle el diente al bocado del mercado que quedaba libre, y una ocasión estupenda para subir a la división de élite. Hasta el punto de que hoy le había preguntado a Barbara si podía quedarse un poco más, ya que tenían reuniones concertadas con los clientes de la empresa y querían dar la impresión de que Halle, Thune y Wetterlid controlaban la situación, ¿verdad? Como de costumbre, Wetterlid le miraba los pechos mientras le hablaba y, como de costumbre, ella sonrió, juntando automáticamente los omoplatos tal y como Petter le había dicho que hiciese cuando trabajaba en Head On. Se había vuelto un acto reflejo. Todo el mundo enseña lo que puede. Por lo menos, eso era lo que Barbara Svendsen había aprendido. Por ejemplo, el mensajero que acababa de pasar. Apostaba a que no había nada notable que ver debajo del casco, las gafas y la protección de la boca; seguramente ésa era la razón por la que no se lo quitaba. El joven le dijo que sabía en qué despacho debía entregar el paquete y se fue despacio por el pasillo con su pantalón corto y ajustado de ciclista para que ella pudiese ver sin obstáculos su trasero bien entrenado. O la señora de la limpieza, que estaba a punto de llegar. Al parecer era budista o hindú o como se llamase, y seguramente Alá le exigía que escondiese su cuerpo bajo un montón de prendas de vestir que parecían sábanas. Pero tenía unos dientes muy bonitos y ¿qué hacía ella? Exacto, se paseaba por las oficinas sonriendo como un cocodrilo colocado de éxtasis. Alardear. Alardear.

Barbara miró el segundero cuando se abrió la puerta.

El hombre que entró por ella era bastante pequeño y rechoncho.

Respiraba con dificultad y tenía las gafas empañadas, así que Barbara supuso que había subido por las escaleras. Cuatro años atrás, cuando se incorporó a aquel trabajo, era incapaz de distinguir un traje de Dressmann de uno de Prada, pero con el tiempo había adquirido experiencia no sólo en valorar trajes, sino también corbatas y, ante todo, lo más importante para decidir el nivel de atención que debía prestar al visitante, los zapatos.

No podía decirse que el recién llegado impresionase con su presencia mientras se limpiaba las gafas. En realidad, a Barbara le recordaba un poco al gordito de la serie Seinfield, cuyo nombre ella ignoraba, puesto que, a decir verdad, no veía la serie. Pero a juzgar por la vestimenta, que era lo que debía hacer, el traje ligero de rayas finas, la corbata de seda y los zapatos hechos a mano presagiaban que Halle, Thune y Wetterlid no tardaría en tener un cliente interesante.

– Buenos días. ¿Puedo ayudarle en algo? -preguntó Barbara con su segunda mejor sonrisa, ya que reservaba la mejor de todas para el día en que el que entrase por la puerta fuese el hombre de su vida.

– Eso espero -respondió el hombre devolviéndole la sonrisa y sacando del bolsillo un pañuelo con el que se enjugó el sudor de la frente-. Estoy citado para una reunión, pero ¿sería tan amable de traerme antes un vaso de agua?

A Barbara le pareció advertir cierto acento extranjero, pero fue incapaz de situarlo. En cualquier caso, el modo educado pero imperioso de preguntar la reafirmó en su convicción de que se trataba de un pez gordo.

– Naturalmente -respondió ella-. Un momento.

Mientras iba por el pasillo recordó que, hacía unos días, Wetterlid había mencionado la posibilidad de premiar a todos los empleados con una gratificación si conseguían un buen resultado aquel año. En tal caso, quizá la empresa también tuviese dinero para instalar esos depósitos de agua potable que ella había visto en otras oficinas. Y en ese momento, de forma imprevista, ocurrió algo extraño.

El tiempo se aceleró como por un empujón. Sólo duró unos segundos y enseguida volvió otra vez a ser el mismo tiempo lento de siempre. Pero era como si, de una manera inexplicable, le hubiesen robado aquellos segundos.

Entró en los servicios de señoras y abrió el grifo de uno de los tres lavabos. Sacó un vaso de plástico del dispensador y aguardó con el dedo bajo el chorro de agua. Tibia. El hombre tendría que esperar un poco. Habían dicho por la radio que el agua de los lagos de Nordmarka rondaba los veintidós grados. Aun así, si la dejabas correr el tiempo suficiente, el agua potable del lago de Maridalen salía fresca y deliciosa. Sin dejar de observar su dedo, pensó en cuál sería la explicación. Si el agua estuviese lo bastante fría, el dedo se volvería blanco y casi insensible. El dedo anular izquierdo. ¿Cuándo le pondrían el anillo de compromiso? Notó una corriente de aire que despareció enseguida y no tuvo ganas de volverse a mirar. El agua seguía tibia. Y el tiempo pasaba. Se derramaba, como el agua. Tonterías. Faltaban más de veinte meses para que cumpliera los treinta, tenía tiempo de sobra.

Un ruido le hizo levantar la cabeza. Vio en el espejo las puertas blancas. ¿Había entrado alguien sin que se diera cuenta?

Casi se sobresaltó cuando el agua empezó a salir helada de repente. Profundos abismos subterráneos. En efecto, por eso terminaba por salir tan fría. Puso el vaso bajo el chorro, que lo llenó rápidamente hasta el borde. Sintió un deseo apremiante de salir de allí. Se dio la vuelta y el vaso se le cayó al suelo.

– ¿Te he asustado?

La voz denotaba una preocupación sincera.

– Perdón -dijo ella olvidándose de contraer los omoplatos-. Estoy un poco asustadiza, hoy. -Se agachó para recoger el vaso y añadió-: Y tú estás en los servicios de señoras.

El vaso había rodado un poco pero finalmente se quedó de pie. Aún había algo de agua dentro y, cuando estiró la mano para cogerlo, Barbara vio su propia cara reflejada en la superficie blanca y circular. Al lado de su cara, en la periferia del pequeño espejo de agua, advirtió algo que se movía. Notó que el tiempo empezaba a discurrir muy lento de nuevo. Y tuvo tiempo de pensar que el tiempo estaba a punto de agotarse.

15

Lunes. Vena amoris

El viejo Ford Escort blanco de Harry se aproximó a la tienda de televisores. En las aceras de las inmediaciones de la plaza de Carl Berner, donde reinaba la tranquilidad de la tarde, se veían como esparcidos al azar dos coches de policía y la maravilla deportiva de Waaler.

Harry aparcó, sacó el cincel verde del bolsillo de la chaqueta y lo dejó en el asiento del copiloto. Como no había encontrado las llaves del coche en el apartamento, se había llevado un poco de alambre y el cincel. Había recorrido el vecindario hasta que encontró su querido coche en la calle Stensberggata. Con las llaves puestas. El cincel verde le vino que ni pintado para abrir en la puerta una ranura suficiente por la que introducir el alambre y levantar el cierre.

Harry cruzó en rojo. Caminaba despacio, el cuerpo no permitía caminar más deprisa. Le dolían el estómago y la cabeza y la camisa sudada se le pegaba a la espalda. Eran las seis menos cinco y hasta ahora se había arreglado sin su medicina, pero no era capaz de prometerse nada.

En el directorio de la entrada, el bufete de Halle, Thune y Wetterlid figuraba bajo el letrero correspondiente al quinto piso. Harry suspiró. Miró el ascensor. Puertas automáticas. Ninguna cancela corredera.

El ascensor era de la marca KONE y, cuando se cerraron las relucientes puertas metálicas, tuvo la sensación de estar dentro de una lata de conservas. Intentó no escuchar los sonidos de la maquinaria del ascensor mientras subía. Cerró los ojos. Pero volvió a abrirlos enseguida cuando las imágenes de Søs aparecieron dentro de sus párpados.

Un colega uniformado de Seguridad Ciudadana abrió la puerta de entrada a las oficinas.

– La encontrarás allí dentro -dijo apuntando con el dedo hacia el pasillo que quedaba a la izquierda de la recepción.

– ¿Dónde está la Científica?

– En camino.

– Seguro que se ponen muy contentos si cierras el ascensor.

– Vale.

– ¿Ha llegado alguno de los chicos de guardia de la Judicial?

– Li y Hansen. Han reunido a los que todavía estaban en la oficina cuando la encontraron. Los están interrogando en una de las salas de reunión.

Harry se adentró por uno de los pasillos. Las alfombras estaban desgastadas y las reproducciones de artistas del Romanticismo noruego que colgaban en las paredes, descoloridas. Aquella empresa había conocido tiempos mejores. O quizá no.

La puerta del servicio de señoras estaba entreabierta y las alfombras amortiguaban el sonido de los pasos de Harry lo bastante como para oír la voz de Tom Waaler a medida que se acercaba. Harry se detuvo justo delante. Waaler parecía estar hablando por el móvil.

– Si procede de él, es obvio que ya no nos tiene como intermediarios. Sí, pero déjamelo a mí.

Harry empujó la puerta y vio a Waaler, que estaba en cuclillas.

Levantó la vista.

– Hola, Harry. Un segundo y termino.

Harry se quedó en el umbral absorbiendo la escena mientras escuchaba el lejano chisporroteo de una voz en el teléfono de Waaler.

La habitación era sorprendentemente amplia, unos cuatro metros por otros cinco, y consistía en dos habitáculos blancos y tres lavabos del mismo color, bajo un espejo alargado. La luz de los fluorescentes del techo imprimía un aspecto de dureza a los azulejos blancos de las paredes. La ausencia de color resultaba casi extraña. El entorno podía ser el responsable de que el cadáver pareciera una pequeña obra de arte, como una exposición cuidadosamente colocada. La mujer era delgada y parecía joven. Se hallaba de rodillas, con la cabeza apoyada en el suelo, como un musulmán orando, si no fuese porque los brazos habían quedado bajo el cuerpo. La falda se le había subido por encima de las bragas, un tanga de color crema. Un hilo de sangre discurría por la junta de los azulejos que había entre la cabeza de la mujer y el desagüe. Se diría que lo hubiesen pintado para conseguir el máximo efecto posible.

El peso del cuerpo se sostenía en cinco puntos: los dos empeines, las rodillas y la frente. El traje, la postura tan extraña y el trasero descubierto, hicieron que Harry pensara en una secretaria que se había preparado para que la penetrase su jefe. Una vez más, un estereotipo. Por lo que él sabía, ella bien podía ser el jefe.

– De acuerdo, pero no podemos discutir eso ahora -dijo Waaler-. Llámame esta noche.

El comisario guardó el teléfono en el bolsillo interior, pero se quedó en cuclillas. Harry observó entonces que la otra mano de Waaler reposaba en la blanca piel de la mujer, justo debajo del borde de las bragas. Posiblemente, con el fin de obtener un punto de apoyo.

– De aquí saldrán buenas fotos, ¿verdad? -dijo Waaler, como si le hubiera leído el pensamiento a Harry.

– ¿Quién es?

– Barbara Svendsen, veintiocho años, de Bestum. Era recepcionista.

Harry se acuclilló al lado de Waaler.

– Como ves, le pegaron un tiro en la nuca -continuó Waaler-. Seguramente, con la pistola que está bajo ese lavabo. Todavía huele a cordita.

Harry miró la pistola negra que estaba en el suelo, en una esquina. Sujeta al cañón, se veía una gran bola negra.

– Una Česká zbrojovka -explicó Waaler-. Una pistola checa. Con silenciador hecho a medida.

Harry asintió con la cabeza. Quiso preguntar si era uno de los productos que Waaler importaba. Y si de eso iba la conversación telefónica que acababa de interrumpir.

– Una postura muy curiosa -dijo Harry.

– Sí, supongo que estaba en cuclillas o de rodillas, y luego se cayó hacia delante.

– ¿Quién la encontró?

– Una de las abogadas. La central de operaciones recibió la llamada a las diecisiete once horas.

– ¿Testigos?

– Ninguna de las personas con las que hemos hablado hasta ahora ha visto nada. Ningún comportamiento extraño, ningún individuo sospechoso que haya salido o entrado en la última hora. Una persona ajena al bufete que había venido a una reunión asegura que Barbara dejó la recepción a las dieciséis cincuenta y cinco para traerle un vaso de agua y que nunca regresó.

– Ya. ¿Y por eso vino aquí?

– Probablemente. La cocina está algo apartada de la recepción.

– Pero ¿nadie más la vio en el trayecto desde la recepción hasta aquí?

– Las dos personas que tienen sus despachos entre la recepción y los servicios se habían ido a casa y las que quedaban se encontraban en sus despachos o en una de las salas de reunión.

– ¿Qué hizo esa persona ajena al bufete al ver que ella no regresaba?

– Tenía una reunión a las cinco y, como la recepcionista no volvió, se impacientó y se fue andando por el pasillo hasta que encontró el despacho del abogado con quien tenía la cita.

– Así que conocía estas oficinas, ¿no?

– Pues no, dice que era la primera vez que venía.

– Ya. Y, que tú sepas, ¿es él la última persona que la vio con vida?

– Exacto.

Harry observó que Waaler no había retirado la mano.

– De modo que debió suceder entre las dieciséis cincuenta y cinco y las diecisiete once.

– Sí, ésa es la impresión que da al tocarla -dijo Waaler.

– ¿Tienes que hacer eso? -preguntó Harry en voz baja.

– ¿El qué?

– Tocarla.

– ¿No te gusta?

Harry no contestó. Waaler se acercó más.

– ¿Estás diciendo que nunca has tocado un cadáver, Harry?

Harry intentó escribir con el bolígrafo, pero no funcionaba.

Waaler se rió.

– No tienes que contestar, lo veo en tu cara. No hay nada malo en ser curioso, Harry. Es una de las razones por las que nos hicimos policías, ¿no es así? La curiosidad y la tensión. De averiguar cómo se siente la piel cuando se acaban de morir, cuando no están ni del todo calientes ni del todo fríos.

– Yo…

Waaler le agarró la mano y a Harry se le cayó el bolígrafo.

– Toca.

Waaler apretó la mano de Harry contra el muslo de la muerta. Harry respiró fuertemente por la nariz. Su primer impulso fue retirarla, pero no lo hizo. La mano de Waaler que sujetaba la suya estaba caliente y seca, pero la piel de ella no parecía humana, era como tocar goma. Goma tibia.

– ¿Lo notas? Eso sí que es tensión, Harry. Tú también te has vuelto adicto, ¿no es cierto? Pero ¿dónde la vas a encontrar cuando dejes este trabajo? ¿Harás como los demás desgraciados, alquilar vídeos o buscarla en el fondo de tus botellas? ¿O prefieres tenerla en la vida real? Toca aquí, Harry. Esto es lo que te ofrecemos. Una vida real. ¿Sí o no?

Harry se aclaró la garganta.

– Yo sólo digo que la Científica querrá asegurar las pistas antes de que toquemos nada.

Waaler se quedó mirando a Harry. Parpadeó alegremente y soltó la mano de Harry.

– Tienes razón. He hecho mal. Un fallo mío.

Waaler se levantó y salió.

Los dolores abdominales estaban a punto de acabar con Harry, pero intentó respirar profundamente. Beate no le perdonaría que vomitara en su escena del crimen.

Apoyó la mejilla en los azulejos, que estaban frescos, y levantó la chaqueta de Barbara para ver qué había debajo. Entre las rodillas y el torso que colgaba arqueado, vio un vaso de plástico blanco. Pero lo que le llamó la atención fue su mano.

– Mierda -susurró Harry-. Mierda.

A las seis y veinte, Beate entró deprisa en las oficinas de Halle, Thune y Wetterlid. Harry estaba sentado en el suelo apoyado en la pared fuera del servicio de señoras, bebiendo de un vaso de plástico blanco.

Beate se paró delante de él, dejó el maletín de metal en el suelo y se pasó el dorso de la mano por la frente húmeda y roja.

– Sorry. Estaba en la playa de Ingierstrand. Tuve que ir primero a casa a cambiarme y pasarme por la calle Kjølberggata para recoger el equipo. Y algún idiota había dado orden de cerrar el ascensor, así que tuve que subir por las escaleras hasta aquí.

– Ya. Supongo que esa persona lo haría para asegurar posibles huellas. Y la prensa, ¿se ha enterado ya?

– Hay gente fuera descansando al sol. No disponen de mucha gente. Son vacaciones.

– Me temo que las vacaciones se han acabado.

Beate hizo una mueca.

– ¿Quieres decir…?

– Ven.

Harry se acercó y se agachó.

– Si miras debajo verás la mano izquierda. Le han cortado el dedo anular.

Beate suspiró.

– Poca sangre -dijo Harry-. Así que tuvo que pasarle después de muerta. Y también tenemos esto.

Levantó el mechón de pelo que le caía sobre la oreja izquierda.

Beate arrugó la nariz.

– ¿Un pendiente?

– En forma de corazón. Totalmente diferente del pendiente de plata que lleva en la otra oreja. Encontré el otro pendiente de plata en el suelo de uno de los aseos. Así que éste se lo ha puesto el asesino. Lo bueno de éste es que se puede abrir. Así. Un contenido poco usual, ¿verdad?

Beate asintió con la cabeza.

– Un diamante rojo de cinco puntas -dijo.

– Y entonces, ¿qué tenemos?

Beate lo miró.

– ¿Podemos decirlo ya en voz alta? -preguntó.

– ¿Un asesino en serie?

Bjarne Møller lo susurró tan bajito que Harry automáticamente se apretó más el móvil contra la oreja.

– Estamos en el lugar del crimen y es el mismo modus operandi -dijo Harry-. Mejor que empieces a anular las vacaciones, jefe. Vamos a necesitar a todo el mundo.

– ¿Un imitador?

– Descartado. Sólo nosotros sabíamos lo de la mutilación y los diamantes.

– Esto es extremadamente inoportuno, Harry.

– Los asesinatos en serie oportunos son muy raros, jefe.

Møller se quedó callado un rato.

– ¿Harry?

– Aquí sigo, jefe.

– Voy a tener que pedirte que utilices tus últimas semanas para ayudar a Tom Waaler en este asunto. Tú eres el único del grupo de Delitos Violentos que tiene experiencia en asesinos en serie. Sé que vas a decir que no, pero te lo pido de todas formas. Sólo para que podamos arrancar, Harry.

– De acuerdo, jefe.

– Esto es más importante que las diferencias entre tú y Tom… ¿Qué has dicho?

– He dicho que vale.

– ¿Lo dices en serio?

– Sí. Pero tengo que irme. Vamos a quedarnos aquí un buen rato. Sería estupendo que pudieras convocar la primera reunión del grupo de investigación para mañana. Tom propone que sea a las ocho.

– ¿Tom? -repitió Møller con voz de sorpresa.

– Tom Waaler.

– Ya sé quién es, pero nunca te he oído llamarlo por su nombre de pila.

– Los demás me están esperando, jefe.

– De acuerdo.

Harry metió el teléfono en el bolsillo, tiró el vaso de plástico a la papelera, se metió en uno de los servicios de caballeros y se agarró a la taza mientras vomitaba.

Después se puso delante del lavabo con el grifo abierto y se miró la cara. Escuchó el susurro de voces del pasillo. El asistente de Beate pedía a la gente que se mantuviera al otro lado de la cinta policial; Waaler dio orden de que emitieran un comunicado diciendo que se buscaba a personas que hubiesen estado cerca del edificio; Magnus Skarre le decía a gritos a un colega que quería una hamburguesa con queso sin patatas fritas.

Cuando el agua empezó a salir fría, Harry metió la cara bajo el grifo. Dejó que le cayera por las mejillas, que le entrara en los oídos, por el cuello, por dentro de la camisa, por los hombros y por los brazos. Bebió con avidez negándose a escuchar al enemigo. Y se fue otra vez a vomitar al aseo.

Fuera ya había anochecido y la plaza de Carl Berner estaba desierta cuando Harry salió, encendió un cigarrillo y, con un gesto disuasorio de la mano, ahuyentó a uno de los buitres periodistas que se le acercaban. El hombre se detuvo. Harry lo reconoció. Gjendem, ¿no se llamaba así? Había hablado con él después del asunto de Sidney. Gjendem no era peor que los demás; algo mejor, incluso.

La tienda de televisores seguía abierta. Harry entró. No había nadie aparte de un hombre gordo con una camisa de franela sucia que leía una revista tras el mostrador. Un ventilador de mesa le estaba estropeando el peinado. Resopló cuando Harry le mostró la identificación y le preguntó si había visto a alguien dentro o fuera de la tienda cuyo aspecto le hubiese resultado extraño.

– Todos tienen algo extraño -dijo-. El vecindario está a punto de irse al infierno.

– ¿Alguien que pareciera que iba a matar a alguien? -preguntó Harry secamente.

El hombre guiñó un ojo apretándolo fuerte al cerrarlo.

– ¿Y por eso han venido tantos coches patrulla?

Harry asintió con la cabeza.

El hombre se encogió de hombros y volvió a concentrarse en la lectura.

– ¿Quién no ha pensado alguna vez en matar a alguien, agente?

Camino a la salida, Harry se detuvo al ver su propio coche en uno de los televisores. La cámara barría la plaza de Carl Berner y se detuvo en el edificio de ladrillo rojo. La imagen volvió al presentador de las noticias de TV2 y, un segundo después, se hallaban en un pase de modelos. Harry dio una intensa calada al cigarrillo y cerró los ojos. Rakel se le acercaba en una pasarela, no, en doce pasarelas, salió de la pared de los televisores, deteniéndose ante él con las manos en las caderas. Lo miró con un gesto altivo de la cabeza, se dio la vuelta y lo dejó allí. Harry volvió a abrir los ojos.

Eran las ocho. Intentó no recordar que había un antro por allí cerca, en la calle Trondheimsveien, donde servían alcohol. La parte más dura de la tarde estaba por venir. Y luego llegaría la noche.

Eran las diez de la noche y a pesar de que el mercurio había tenido la deferencia de bajar dos grados, el aire era caliente y estático, anunciaba viento de poniente, viento de levante, viento procedente del mar, algún viento, en suma. Los locales de la Científica estaban vacíos a excepción del despacho de Beate, donde sí había luz. El asesinato de la plaza de Carl Berner había puesto el día patas arriba y ella aún seguía en el lugar de los hechos cuando su colega Bjørn Holm llamó para informar de que había una mujer en recepción que decía pertenecer a De Beers y que venía a examinar unos diamantes.

Beate se apresuró a volver y ahora prestaba toda su atención a la mujer bajita y enérgica que tenía delante y que hablaba un inglés tan perfecto como cabía esperar de una holandesa afincada en Londres.

– Los diamantes tienen huellas dactilares geológicas que, en teoría, hacen posible rastrearlos hasta el propietario, ya que se emiten certificados donde figura su origen y que constantemente acompañan al diamante. Pero me temo que en este caso no es así.

– ¿Por qué no? -preguntó Beate.

– Porque los dos diamantes que hemos visto son lo que llamamos diamantes de sangre.

– ¿Por el color rojo?

– No, porque lo más probable es que procedan de las minas de Kiuvu, en Sierra Leona. Todos los comerciantes de diamantes del mundo boicotean los diamantes de Sierra Leona porque las minas están controladas por las fuerzas insurgentes, que los exportan para financiar una guerra cuyo fin último no es político, sino económico. De ahí el nombre de diamantes de sangre. Sospecho que estos diamantes son de extracción reciente y lo más probable es que los hayan sacado de Sierra Leona de contrabando y que los hayan llevado a un país donde han podido obtener certificados falsos según los cuales proceden de una mina conocida, del sur de África, por ejemplo.

– ¿Alguna idea sobre el país en el que los introdujeron ilegalmente?

– La mayor parte de estas gemas acaba en algún país del Este. Cuando cayó el telón de acero, los expertos en expedir documentos de identidad falsos tuvieron que buscarse nuevos mercados. Los buenos certificados de diamantes se pagan bien. Pero no es la única razón por lo que apuesto por Europa del Este.

– ¿No?

– No es la primera vez que veo estos diamantes en forma de estrella. Los que he visto otras veces habían salido ilegalmente de Alemania del Este y de la República Checa. Y como éstos, su pulido era mediocre.

– ¿Mediocre?

– Los diamantes rojos son muy bellos, pero más baratos que los blancos y nítidos. Las piedras que habéis encontrado presentan, además, restos notables de carbono sin cristalizar, con lo que no son tan puros como cabría esperar. Los diamantes perfectos no suelen someterse a un pulido tan drástico como el que exige la forma de estrella.

– Así que Alemania del Este y la República Checa. -Beate cerró los ojos.

– Sólo es una suposición fundamentada. Si no deseas nada más, todavía llego a tiempo de coger el avión de la tarde para Londres…

Beate abrió los ojos y se levantó.

– Tienes que perdonarme, ha sido un día largo y caótico. Has sido de mucha ayuda y te damos las gracias por venir.

– No hay de qué. Sólo espero que os sirva para atrapar al culpable.

– Nosotros también. Llamaré a un taxi.

Mientras esperaba a que contestaran de la central de taxis, Beate se dio cuenta de que la experta en diamantes le miraba la mano con que sostenía el auricular. Beate sonrió.

– Es un anillo de diamantes muy bonito. Parece una alianza de compromiso, ¿no?

Beate se sonrojó sin saber por qué.

– No estoy comprometida. Es el anillo de compromiso que mi padre le regaló a mi madre. Al morir él, mi madre me lo dio.

– Ya. Eso explica que lo lleves en la mano derecha.

– Ah, ¿sí?

– Sí, lo normal es llevarlo en la izquierda. O en el dedo corazón de la mano izquierda, para ser exactos.

– ¿En el dedo corazón? Yo creía que se ponía en el dedo anular.

La mujer sonrió.

– No si sigues la creencia de los egipcios.

– ¿Y qué creían ellos?

– Según ellos, una «vena de amor», vena amoris, conecta directamente el corazón con el dedo corazón izquierdo.

Llegó el taxi y, cuando se hubo marchado la mujer, Beate se quedó un instante mirándose la mano. El tercer dedo de la mano izquierda.

Llamó a Harry.

– El arma también era checa -explicó Harry cuando ella le contó lo averiguado sobre los diamantes.

– Puede que ahí tengamos algo -sugirió Beate.

– Puede -dijo Harry-. ¿Cómo dices que se llama esa vena?

– Vena amoris, creo.

– Vena amoris -repitió Harry en un susurro.

16

Lunes. Diálogo

Duermes. Te pongo una mano en la mejilla. ¿Me has echado de menos? Te planto un beso en la barriga. Voy bajando y tú empiezas a moverte, un baile ondulante de elfos. Guardas silencio, finges estar dormida. Ya te puedes despertar, mi amor. Te he descubierto.

Harry se incorporó de golpe. Pasaron unos segundos hasta que comprendió que lo habían despertado sus propios gritos. Escrutó la penumbra, estudió las sombras que se proyectaban junto a las cortinas y el armario.

Volvió a descansar la cabeza en el almohadón. ¿Qué es lo que había soñado? Se vio en una habitación a oscuras. Había dos personas en una cama. Se acercaron la una a la otra. Tenían la cara oculta. Él encendió una linterna y acababa de enfocarlos cuando le despertó el grito.

Miró los números del reloj de la mesilla. Todavía faltaban dos horas y media para las siete. En ese tiempo, cualquiera puede ir y volver del infierno en sueños. Pero tenía que dormir. Tenía que hacerlo. Tomó aire como si fuese a bucear y cerró los ojos.

17

Martes. Perfiles

Harry miraba el minutero del reloj que colgaba de la pared, justo encima de la cabeza de Tom Waaler.

Tuvieron que traer más sillas para acomodar a todos los asistentes en la gran sala de reuniones de la zona verde del sexto piso. Reinaba allí un ambiente casi solemne. Nadie hablaba, nadie tomaba café, nadie leía el periódico, todos escribían en sus blocs y guardaban silencio a la espera de que diesen las ocho. Harry contó diecisiete cabezas, lo que significaba que sólo faltaba una persona. Tom Waaler estaba delante de todos con los brazos cruzados y la mirada clavada en su Rolex.

El minutero de la pared tembló y se detuvo vertical y tembloroso en posición de firmes.

– Empezamos -anunció Tom Waaler.

Hubo un revuelo y se oyó un crujir unísono cuando, como a una señal, todos se enderezaron en las sillas.

– Con la ayuda de Harry Hole, llevaré el mando de este grupo de investigación.

Todas las cabezas se volvieron con asombro hacia Harry, que estaba al fondo de la habitación.

– En primer lugar, quiero dar las gracias a los que, sin rechistar, habéis vuelto de vuestras vacaciones a toda prisa -continuó Waaler-. Me temo que se os va pedir que sacrifiquéis más que vuestras vacaciones en las próximas semanas y no es seguro que tenga tiempo de daros las gracias a todas horas, así que vamos a decir que mi agradecimiento de hoy valdrá hasta final de mes. ¿De acuerdo?

Risas y gestos de asentimiento alrededor de la mesa. Igual que se ríe y se asiente ante un futuro jefe de grupo, pensó Harry.

– Éste es un día singular por varias razones.

Waaler encendió el proyector de transparencias. La primera página del diario Dagbladet apareció en la pantalla que había a su espalda. «¿ANDA SUELTO UN ASESINO EN SERIE?» Sin foto, solamente estas palabras en grandes titulares. Ahora bien, es muy raro que una redacción que respete la profesión utilice preguntas en la portada, y, lo que poca gente y desde luego nadie en la habitación K615 sabía era que la decisión de añadir los interrogantes se había tomado pocos minutos antes de que el periódico pasara a la imprenta después de que el jefe de guardia del Dagbladet llamara al redactor jefe a su cabaña de Tvedestrand para hacerle la consulta.

– Que sepamos, en Noruega no hemos tenido un asesino en serie desde que Arnfinn Nesset hacía de las suyas en los ochenta -observó Waaler-. Los asesinos en serie son poco frecuentes, tanto que este asunto llamará la atención incluso fuera del país. Compañeros, tendremos a mucha gente pendiente de nosotros.

La pausa calculada de Tom Waaler era innecesaria, ya que todos los presentes comprendieron la importancia del caso la noche anterior en cuanto Møller los puso al corriente por teléfono.

– Vale -prosiguió Waaler-. Aun suponiendo que sea verdad que nos enfrentamos a un asesino en serie, estamos de suerte, después de todo. En primer lugar, porque contamos aquí con una persona con experiencia en la investigación de asesinos en serie y que incluso apresó a uno. Doy por hecho que todos los que estáis aquí habéis oído hablar de la hazaña del comisario Hole en Sidney. ¿Harry?

Harry vio que todas las cabezas se volvían hacia él y carraspeó de nuevo.

– No estoy tan seguro de que el trabajo que hice en Sidney sea un ejemplo a seguir -dijo intentando sonreír-. Como recordaréis, la cosa terminó en que maté a aquel hombre de un tiro.

No hubo risas, ni siquiera una sonrisa forzada: Harry no daba el tipo de futuro jefe de grupo.

– Estoy seguro de que nos podemos imaginar finales peores que ése, Harry -dijo Waaler volviendo a mirar el Rolex-. Muchos de vosotros conocéis al psicólogo Ståle Aune, a cuyos servicios de experto hemos recurrido en la investigación de diversos casos. Está dispuesto a ofrecernos una breve introducción al fenómeno de los asesinatos en serie. Para algunos de vosotros, esto no es una novedad, pero no hará daño recordarlo. Debía llegar a las…

La puerta se abrió de golpe y todos dirigieron la vista hacia un hombre que entró jadeando sonoramente. Encima del estómago redondo como una bola, que sobresalía de la chaqueta de tweed, se veían una pajarita naranja y unas gafas tan pequeñas que cabía preguntarse si era posible ver algo a través de ellas. Debajo de la lustrosa calva se hallaba la frente sudorosa y, debajo de ésta, un par de cejas oscuras, posiblemente teñidas, pero en todo caso, cuidadosamente arregladas.

– Hablando del astro rey… -dijo Waaler.

– ¡Aparece fulgurante! -exclamó Ståle Aune, sacando un pañuelo del bolsillo del pecho y enjugándose el sudor de la frente-. ¡Y calienta de cojones!

Se fue hasta el final de la mesa y, con un chasquido, dejó caer en el suelo el desgastado maletín marrón.

– Buenos días, señores. Me alegra ver a tanta gente joven despierta a estas horas del día. A algunos de vosotros ya os conozco, pero de otros me he librado.

Harry sonrió. Él era uno de los que Aune definitivamente no se había librado. Habían pasado muchos años desde la primera vez que Harry acudió a Aune a causa de sus problemas con el alcohol. Aune no estaba especializado en alcoholismo, pero terminaron por entablar una relación que Harry hubo de admitir que se parecía sospechosamente a la amistad.

– ¡Venga, sacad los blocs de notas, pandilla de zánganos!

Aune colgó su chaqueta en una silla.

– Tenéis pinta de estar en un funeral y supongo que, hasta cierto punto, así es, pero quiero ver algunas sonrisas antes de irme. Es una orden. Y prestad atención, esto irá rápido.

Aune cogió un rotulador de la bandeja de la pizarra de transparencias y empezó a escribir a gran velocidad mientras hablaba.

– Hay muchas razones para afirmar que los asesinos en serie han existido desde que ha habido gente a la que matar en este planeta. Pero muchos consideran el llamado Autum of Terror de 1888 como el primer caso de asesinatos en serie de los tiempos modernos. Es la primera vez que se puede documentar un asesinato en serie con un móvil puramente sexual. El asesino mató a cinco mujeres y desapareció sin dejar rastro; se lo llamó Jack el Destripador, pero se llevó su verdadera identidad a la tumba. La más conocida contribución de nuestro país a la lista de asesinatos en serie no es Arnfinn Nesset, que, como todos recordaréis, envenenó a una veintena de pacientes en los años ochenta, sino Belle Gunness, algo tan insólito como una asesina en serie. Belle Gunness se fue a Estados Unidos, donde, en 1902, se casó con un hombre que era muy poca cosa, y con él se asentó en una granja a las afueras de La Porte, en el estado de Indiana. Digo que era poca cosa porque él pesaba setenta kilos y ella ciento veinte.

Aune se tiró ligeramente de los tirantes.

– Y si queréis saber mi opinión, os diré que su peso era del todo adecuado.

Risas.

– Esta mujer regordeta y agradable asesinó a su marido, a algunos niños y a un sinnúmero de pretendientes a los que hacía acudir a la granja por medio de una serie de anuncios de contacto en los periódicos de Chicago. Los cuerpos de estas personas aparecieron en 1908, fecha en la que la granja ardió en extrañas circunstancias. Entre aquellos restos hallaron un torso de mujer decapitado, muy voluminoso y carbonizado. Se sospecha que fue la propia Belle quien plantó allí a la mujer, con la idea de hacer creer a los investigadores que se trataba de su cadáver. La policía recibió varios informes de testigos que afirmaban haberla visto en distintos lugares de Estados Unidos, pero nunca dieron con ella. Y eso es, precisamente, lo que quiero subrayar: los casos como Jack y Belle son, por desgracia, bastante típicos.

Aune había terminado de escribir y dio un fuerte golpe en la pizarra con el rotulador, antes de añadir:

– No se los atrapa.

Los congregados lo miraban en silencio.

– Bien -continuó Aune-. El concepto de asesino en serie es tan polémico como todo lo que voy a contaros. Y esto se debe a que la psicología es una ciencia que todavía está en mantillas y también a que los psicólogos, por naturaleza, son proclives a las disputas. Os voy a exponer unas cuantas cosas que sabemos, que son tantas como las que no sabemos, acerca de los asesinos en serie, que, según muchos psicólogos muy capacitados, es una característica sin sentido de un grupo de enfermedades mentales que, según otros psicólogos, no existen. ¿Está claro? Bueno, veo que algunos de vosotros por lo menos sonreís, y eso es bueno.

Aune dio un golpe con el dedo índice en el primer punto que había escrito en la pizarra.

– El típico asesino en serie es un hombre blanco de entre veinticuatro y cuarenta años. Por regla general, opera solo, pero también puede operar junto con otras personas, por ejemplo, en pareja. El maltrato de las víctimas es señal de que trabaja en solitario. Cualquiera puede convertirse en víctima, pero suelen ser personas que pertenecen a su mismo grupo étnico y a las que sólo conoce de antemano en casos excepcionales.

»Por regla general, encuentra a la primera víctima en una zona que conoce bien. Existe la creencia de que los asesinatos en serie siempre se asocian a algún tipo de ritual. Esto no es así. Sin embargo, cuando hay rituales suelen estar relacionados con asesinatos en serie.

Aune señaló con el dedo el siguiente punto, donde había escrito PSICÓPATA/SOCIÓPATA.

– En cualquier caso, lo más típico del asesino en serie es su condición de americano. Sólo Dios, aparte de un par de catedráticos de Psicología de Blindern, sabe por qué. De ahí que resulte interesante que quienes más saben de asesinatos en serie, el FBI y la Justicia norteamericana, distingan entre estos dos tipos de asesinos. El psicópata y el sociópata. Los profesores que acabo de mencionar opinan que tanto la distinción como el concepto apestan, pero en la patria del asesino en serie la mayoría de los tribunales se atienen a la regla de McNaughton, según la cual sólo el psicópata asesino en serie no sabe lo que hace en el momento de cometer el crimen. A diferencia del sociópata, al psicópata no se lo condena a penas de cárcel ni a lo que tanto se practica en la patria de Dios, a la pena de muerte. Esto se refiere sólo a los asesinos en serie. Bueno…

Tapó el rotulador y enarcó una ceja, sorprendido.

Waaler levantó la mano. Aune asintió con la cabeza.

– La determinación de la condena es interesante -dijo Waaler-. Pero antes tenemos que cogerlo. ¿Tienes algo que podamos utilizar en la práctica?

– ¿En la práctica? ¿Estás loco? Soy psicólogo.

Risas. Aune inclinó la cabeza satisfecho en señal de agradecimiento.

– Sí, a eso voy, Waaler. Pero antes déjame decir que si alguno de vosotros empieza a impacientarse, le esperan momentos difíciles. Sabemos por experiencia que nada lleva tanto tiempo como atrapar a un asesino en serie. Sobre todo si se trata del tipo equivocado.

– ¿Cuál es el tipo equivocado? -preguntó Magnus Skarre.

– En primer lugar, veremos que quienes elaboran los perfiles psicológicos para el FBI distinguen entre asesinos en serie psicópatas y sociópatas. El psicópata suele ser un individuo inadaptado, sin trabajo, sin estudios, con antecedentes y no pocos problemas sociales, al contrario que el sociópata, que es una persona inteligente, aparentemente sociable y con una vida normal. El psicópata destaca y fácilmente se lo considera sospechoso, en tanto que el sociópata pasa inadvertido. Por ejemplo, cuando por fin se desenmascara al sociópata, casi siempre resulta una enorme sorpresa para sus vecinos y conocidos. He hablado con una psicóloga que elabora perfiles en el FBI. Me contó que el primer dato que valora es cuándo se cometieron los asesinatos, ya que asesinar exige tiempo. Para ella, un indicador muy útil es saber si los asesinatos se habían cometido en día laborable, en fin de semana o en un periodo de vacaciones. Esto último indicaría que el asesino trabaja y aumenta la probabilidad de que se trate de un sociópata.

– O sea que, como nuestro hombre asesina durante las vacaciones de verano, hemos de interpretar que tiene trabajo y que es un sociópata, ¿no? -preguntó Beate Lønn.

– Bueno, ni que decir tiene que es algo prematuro sacar ese tipo de conclusiones, pero si sumamos el dato a lo que ya sabemos, podría ser. ¿Es esto lo bastante útil?

– Muy útil -aseguró Waaler-. Pero también son malas noticias, si te he entendido bien.

– Correcto. Nuestro hombre se parece demasiado al tipo de asesino en serie equivocado. El sociópata.

Aune les concedió unos segundos para asumirlo antes de continuar.

– Según el psicólogo americano Joel Norris, los asesinos en serie pasan por un proceso mental de seis fases en relación con cada asesinato. La primera se conoce como fase de aura, en la que el sujeto va perdiendo paulatinamente el contacto con la realidad. La fase del tótem, la quinta, es el asesinato en sí, que constituye el clímax para el asesino. O mejor dicho, el anticlímax. El asesinato no llega nunca a satisfacer del todo los deseos y expectativas de catarsis, de purificación, que el asesino relaciona con la ejecución. Por eso, después de cometerlo, se va directamente a la sexta fase, la fase depresiva. Ésta pasa a su vez a una nueva fase, la de aura, cuando empieza la recuperación para el próximo asesinato.

– Así que vueltas y más vueltas -dijo desde el umbral Bjarne Møller, que había llegado sin que nadie lo advirtiese-. Como un perpetuum mobile.

– Sólo que una máquina de movimiento perpetuo repite sus operaciones sin cambios -objetó Aune-. Mientras que los asesinos en serie pasan por un proceso que, a largo plazo, modifica su comportamiento. Por fortuna, se caracteriza por una pérdida gradual de autocontrol. Pero, por desgracia, también por un mayor ensañamiento. El primer asesinato es siempre el más difícil de superar y por eso el proceso después del llamado enfriamiento es más largo. Esto origina una fase de aura prolongada, durante la cual se prepara para el próximo asesinato y se toma tiempo para planificarlo. Si llegamos al escenario de un asesinato en serie y observamos que se han cuidado los detalles, que se han aplicado los rituales con esmero y con escaso riesgo para el asesino de ser descubierto, sabremos que éste se halla aún al inicio del proceso. En esta fase perfecciona la técnica para ser cada vez más eficaz. Es la peor fase para quienes intentan atraparlo. Pero a medida que comete más asesinatos, los periodos de enfriamiento son cada vez más breves. Tiene menos tiempo para planificar, los escenarios de los crímenes quedan más desordenados, la ejecución de los rituales es más descuidada, y el asesino corre más riesgos. Todo esto indica que su frustración va en aumento. O dicho de otra forma, que su ensañamiento irá a más. Perderá el autocontrol y será más fácil atraparlo. Sin embargo, si, estando a punto de cogerlo en este periodo, no se consigue, puede ocurrir que se asuste y que deje de matar durante un tiempo. Tendrá entonces ocasión para recobrar la calma y empezar otra vez desde el principio. Espero que estas aclaraciones no depriman a los señores…

– Lo resistiremos -dijo Waaler-. Pero ¿podrías hablarnos de lo que ves en este caso concreto?

– De acuerdo -respondió Aune-. Tenemos tres asesinatos.

– ¡Dos asesinatos! -gritó Skarre otra vez-. Por ahora, Lisbeth Barli sólo consta como desaparecida.

– Tres asesinatos -repitió Aune-. Créeme, jovencito.

Se cruzaron varias miradas. Skarre hizo amago de ir a replicar, pero cambió de opinión. Aune continuó.

– Los tres asesinatos se cometieron con intervalos iguales y el ritual de mutilación y posterior adorno del cadáver se ha llevado a cabo en los tres casos. Amputa un dedo y lo compensa dándole a la víctima un diamante. La compensación es una característica corriente en este tipo de mutilaciones, típica de asesinos que han crecido en familias con principios morales muy estrictos. Puede que sea una pista fructífera, ya que en las familias de este país no abundan los principios morales.

Nadie se rió.

Aune suspiró.

– Se llama humor negro. No pretendo ser cínico y, seguramente, mis comentarios podrían haber sido mejores, pero sólo intento que este asunto no acabe conmigo antes de empezar. Os recomiendo que hagáis lo mismo. En fin, como decía, los intervalos entre los asesinatos y el hecho de que se hayan llevado a efecto los rituales son indicio del autocontrol del asesino y de que nos hallamos en la fase inicial.

Se oyó un ligero carraspeo.

– ¿Sí, Harry? -dijo Aune.

– Elección de víctima y lugar -dijo Harry.

Aune puso el dedo índice en el mentón, reflexionó un instante y asintió con la cabeza.

– Tienes razón, Harry.

Los demás congregados en torno a la mesa cruzaron una mirada inquisitiva.

– ¿En qué tiene razón? -preguntó Skarre gritando, como siempre.

– La elección de la víctima y el lugar indican lo contrario -explicó Aune-. Que el asesino está entrando rápidamente en la fase donde pierde el control y empieza a matar sin reparos.

– ¿Cómo? -preguntó Møller.

– Lo puedes explicar tú mismo, Harry -sugirió Aune.

Harry no apartó la vista de la superficie de la mesa mientras hablaba.

– El primer asesinato, el de Camilla Loen, se produjo en un piso donde ella vivía sola, ¿verdad? El asesino podía entrar y salir sin demasiadas probabilidades de que lo detuvieran o identificaran y perpetrar el asesinato y los rituales sin que nadie lo molestase. Sin embargo, ya en el segundo asesinato empieza a correr riesgos. Secuestra a Lisbeth Barli en una zona residencial a pleno día, probablemente con un coche, y los coches, ya sabemos, tienen matrículas. Y el tercer asesinato es, por supuesto, una lotería. En el servicio de señoras del interior de una oficina. Cierto que lo cometió después del horario laboral, pero había por allí el número suficiente de personas, así que tuvo suerte de que no lo descubrieran o, al menos, lo identificaran.

Møller se volvió hacia Aune.

– ¿Y cuál es la conclusión?

– Que no hay conclusión -aseguró Aune-. Que, como mucho, podemos suponer que es un sociópata bien adaptado y que no sabemos si está a punto de volverse loco o si sigue manteniendo el control.

– ¿Qué debemos desear?

– En el primer caso habrá una masacre, pero también cierta posibilidad de cogerlo, ya que correrá riesgos. En el segundo caso, transcurrirá más tiempo entre cada asesinato, pero según todos los pronósticos, no lograremos atraparlo en un futuro previsible. Escoged vosotros mismos.

– Pero ¿por dónde podemos empezar a buscar? -preguntó Møller.

– Si yo tuviese fe en aquellos de mis colegas que creen en las estadísticas, diría que entre los que se hacen pis en la cama, los maltratadores de animales, los violadores y los pirómanos. Sobre todo los pirómanos. Pero no tengo fe en ellos y, por desgracia, tampoco un dios alternativo, de modo que la respuesta es que no tengo ni idea.

Aune le puso el tapón al rotulador. Reinaba un silencio opresivo.

Tom Waaler se levantó repentinamente.

– De acuerdo, compañeros, tenemos cosas que hacer. Para empezar, quiero que todas las personas con las que ya hemos hablado vengan para someterse a un nuevo interrogatorio, quiero que se controle a todos los condenados por homicidio y además una lista de todos los que hayan sido condenados por violación o por provocar incendios.

Harry observaba a Waaler mientras éste distribuía las tareas y tomó nota de su eficacia y del grado de confianza en sí mismo, de su rapidez y agilidad cuando alguien expresaba una objeción práctica relevante.

El reloj que colgaba encima de la puerta indicaba que eran las diez menos cuarto. El día acababa de empezar y Harry ya se sentía exhausto, como un viejo león moribundo que se arrastrara en pos de la manada en la que, un día, fue capaz de retar al que ahora se había erigido en jefe. Ciertamente, nunca abrigó deseos de ser jefe de la manada, pero sentía que la caída era abismal. Mantenerse al margen y esperar a que alguien le arrojase un hueso era cuanto podía hacer…

Resultó que alguien le había arrojado un hueso. Y un hueso grande.

A Harry la acústica atenuada de las pequeñas salas de interrogatorio le producía la sensación de estar hablando debajo de un edredón.

– Importación de audífonos -dijo el hombre fornido y de baja estatura mientras se pasaba la mano derecha por la corbata de seda. Un discreto alfiler de corbata de oro la mantenía sujeta a la camisa de un blanco impecable.

– ¿Audífonos? -repitió Harry mirando el formulario de interrogatorios que le había entregado Tom Waaler. En el espacio para el nombre había escrito «André Clausen» y en el de la profesión, «Autónomo».

– ¿Tiene usted problemas de audición? -preguntó Clausen con sarcasmo, aunque Harry fue incapaz de discernir si el hombre se lo decía a él o a sí mismo.

– Ya. ¿Así que acudiste a las oficinas de Halle, Thune y Wetterlid para hablar sobre audífonos?

– Sólo quería que evaluaran un acuerdo de representación. Uno de sus amables colegas hizo una copia del documento ayer por la tarde.

– ¿Es éste? -preguntó Harry señalando una carpeta de papel.

– Exactamente.

– Lo he estado leyendo hace un rato. Se firmó hace dos años. ¿Iban a renovarlo?

– No, sólo quería asegurarme de que no me engañaban.

– ¿Y no se le había ocurrido hasta ahora?

– Más vale tarde que nunca.

– ¿No tienes abogado fijo, Clausen?

– Sí, pero me temo que se está haciendo mayor.

Clausen sonrió y dejó al descubierto un gran empaste de oro que lanzó un destello antes de que el hombre continuase:

– Solicité una reunión previa para averiguar qué podía ofrecer este bufete de abogados.

– ¿Y pediste una cita antes del fin de semana? ¿Y con un bufete especializado en el cobro ejecutivo?

– No me enteré hasta que no se celebró la reunión. Lo comprendí a lo largo del encuentro. Es decir, en el poco rato que éste duró, hasta que se armó todo el jaleo.

– Si estás buscando un nuevo abogado, supongo que habrás pedido cita con otros bufetes, ¿no? -dijo Harry-. ¿Podrías decirnos con cuál?

Harry hablaba sin mirar a André Clausen a la cara. No era allí donde se revelaría una posible mentira. Cuando se saludaron, Harry comprendió enseguida que Clausen no era de los que permitían que su expresión delatara sus pensamientos. Quizá por timidez, pero también podía deberse al ejercicio de una profesión que requería cara de póquer o a un pasado donde el autodominio se considerase una virtud decisiva. De ahí que Harry buscase otras señales como, por ejemplo, si levantaba la mano de su regazo para pasarla por la corbata una vez más. No lo hizo. Clausen, en cambio, sí que miraba a Harry. No fijamente, sino, al contrario, con los párpados algo caídos, como si no encontrase la situación incómoda, sólo un poco aburrida.

– La mayoría de los bufetes a los que llamé no querían concertar una cita antes de las vacaciones -dijo Clausen-. En Halle, Thune y Wetterlund, en cambio, fueron muy solícitos. Oiga, ¿acaso sospechan de mí?

– Sospechamos de todo el mundo -aseguró Harry.

– Fair enough.

Clausen pronunció las palabras con un acento perfecto de la BBC.

– Observo que tienes muy buen acento en inglés.

– ¿Usted cree? He viajado bastante al extranjero en los últimos años, quizá sea por eso.

– ¿Dónde has estado?

– Bueno, en realidad, la mayoría de los viajes los hice por hospitales e instituciones noruegas. También voy mucho a Suiza a visitar la fábrica del productor de los audífonos. El desarrollo del producto requiere que estemos profesionalmente al día.

Otra vez esa ironía en el tono de voz.

– ¿Estás casado? ¿Tienes familia?

– Si mira los documentos que ha rellenado su colega, verá que no la tengo.

Harry leyó el formulario.

– De acuerdo. Así que vives solo… Veamos… ¿en Gimle Terrasse?

– No, vivo con Truls -corrigió Clausen.

– Ya. Entiendo.

– ¿De verdad? -Clausen sonrió de tal modo que los párpados se le cerraron un poco más-. Truls es un Golden Retriever.

Harry notaba un incipiente dolor de cabeza en la parte posterior de los globos oculares. La lista le indicaba que le quedaban cuatro interrogatorios más antes de la hora de comer. Y cinco, después. No se sentía con fuerzas para enfrentarse a todos ellos.

Le pidió a Clausen que le contara otra vez lo sucedido desde que entró en el edificio de la plaza de Carl Berner hasta que llegó la policía.

– Con mucho gusto, comisario -respondió el hombre con un bostezo.

Harry se retrepó en la silla mientras, con fluidez y seguridad, Clausen le refería cómo llegó en taxi, cogió el ascensor y, después de hablar con Barbara Svendsen, aguardó cinco o seis minutos a que volviese con el agua. Al ver que la joven no regresaba, se adentró en las oficinas hasta que se encontró con una puerta en la que se leía el nombre del abogado Halle.

Harry comprobó que Waaler había anotado que Halle confirmaba la hora en que Clausen llamó a la puerta: las cinco y cinco.

– ¿Viste a alguien entrar o salir de los servicios de señoras?

– Desde el lugar de la recepción donde me encontraba no podía ver la puerta; y no vi a nadie entrar o salir cuando me encaminé a los despachos. Esto lo he repetido ya varias veces, a decir verdad.

– Y más que lo vas a repetir -aseguró Harry bostezando ruidosamente al tiempo que se pasaba la mano por la cara. En ese preciso momento, Magnus Skarre dio unos golpecitos con el dedo en la ventana de la sala de interrogatorios y le señaló a Harry el reloj de pulsera. Harry reconoció a Wetterlid, que estaba detrás de su colega y asintió con la cabeza antes de echar una última ojeada al formulario de interrogatorios.

– Aquí dice que no viste a nadie sospechoso entrar o salir de la recepción mientras estabas allí.

– Es correcto.

– En ese caso, gracias por tu cooperación hasta el momento -dijo Harry antes de guardar el formulario en la carpeta y de detener la grabadora-. Lo más probable es que volvamos a ponernos en contacto contigo.

– No vi a nadie sospechoso -precisó Clausen poniéndose de pie.

– ¿Cómo?

– Digo que no vi a nadie sospechoso en la recepción, pero sí vi llegar a una limpiadora que despareció hacia el interior de las oficinas.

– Sí, ya hemos hablado con ella. Según ha declarado, se fue directamente a la cocina y no vio a nadie.

Harry se levantó y miró la lista. El próximo interrogatorio era a las diez y cuarto en la sala de interrogatorios número cuatro.

– Y al mensajero de la bicicleta, claro -continuó Clausen.

– ¿El mensajero de la bicicleta?

– Sí. Salió por la puerta justo antes de que yo fuese al despacho de Halle. Habría entregado o recogido algo, yo qué sé. ¿Por qué me mira de esa forma, comisario? Un mensajero en un bufete no tiene nada de sospechoso, ¿no?

Una hora y media más tarde, después de haberse informado en Halle, Thune y Wetterlid ASA y en todas las agencias de mensajería de Oslo, Harry tenía claro que el lunes nadie había registrado entrega ni recogida de nada en la oficina de Halle, Thune y Wetterlid.

Y dos horas después de que Clausen hubiese dejado la comisaría, justo antes de que el sol llegase a su cénit, fueron a buscarlo en su oficina para que describiera una vez más al mensajero.

Clausen no supo contarles gran cosa. En torno a un metro ochenta de estatura, complexión normal. Aparte de eso, no se había fijado en más detalles de su aspecto. Lo consideraba carente de interés o impropio entre hombres, dijo; y repitió que el mensajero iba vestido como la mayoría de los mensajeros que iban en bicicleta, camiseta ajustada amarilla y negra, pantalón corto y zapatillas de ciclista que chasquearon cuando pisó la alfombra. Llevaba la cara tapada por el casco y las gafas de sol.

– ¿Y la boca? -preguntó Harry.

– Cubierta con una mascarilla blanca -respondió Clausen-. Como las que utiliza Michael Jackson. Creo haber oído que los mensajeros las utilizan para protegerse de las emisiones de gases de los coches.

– En Nueva York y Tokio, sí, pero esto es Oslo.

Clausen se encogió de hombros.

– Yo no le di mayor importancia.

Harry le dijo a Clausen que podía marcharse y se encaminó al despacho de Waaler que, con el auricular pegado a la oreja, murmuraba «ya, ya, sí sí…», cuando Harry entró por la puerta.

– Creo que tengo una idea sobre cómo entró el asesino en casa de Camilla Loen -dijo Harry.

Tom Waaler colgó el teléfono sin acabar la conversación.

– Hay una cámara de video conectada al portero automático de la entrada del edificio donde vivía, ¿verdad?

– ¿Sí…? -Waaler se inclinó con interés.

– ¿Qué tipo de persona puede llamar a cualquier portero automático, mostrarle a la cámara una cara enmascarada y, aun así, sentirse bastante seguro de que lo dejarán entrar?

– ¿Papá Noel?

– No creo. Pero dejarías entrar a una persona que sabes que trae un paquete urgente o un ramo de flores. Un mensajero ciclista.

Waaler pulsó el botón de ocupado en la base del teléfono.

– Desde que Clausen llegó al bufete hasta que vio al mensajero ciclista salir cruzando la recepción pasaron más de cuatro minutos. Un mensajero entra apresurado, entrega y sale corriendo, no pierde cuatro minutos tontamente.

Waaler asintió despacio con la cabeza.

– Un mensajero -repitió-. Es de una sencillez genial. Alguien con una razón plausible para entrar en cualquier sitio con una mascarilla. Alguien a quien todos pueden ver, pero en quien nadie se fija.

– Un caballo de Troya -apostilló Harry-. Imagínate qué situación más perfecta para un asesino en serie.

– Y a nadie le extraña que un mensajero se aleje de un lugar a toda prisa en un medio de locomoción sin matrícula que posiblemente sea la forma más eficaz de escaparse en una ciudad -dijo Waaler echando mano del teléfono.

– Mandaré gente a preguntar si alguien ha visto a un mensajero ciclista cerca del lugar y la hora de los asesinatos.

– Hay otra medida que debemos considerar -observó Harry.

– Sí -dijo Waaler-. Debemos alertar a la población contra mensajeros ciclistas desconocidos.

– Exacto. ¿Se lo cuentas tú a Møller?

– Sí… Oye, Harry…

Harry se detuvo en la puerta.

– Excelente trabajo -dijo Waaler.

Harry asintió brevemente con la cabeza y se marchó.

Apenas tres minutos después, ya corría por los pasillos del grupo de Delitos Violentos la noticia de que Harry tenía una pista.

18

Martes. Pentagrama

Nikolái Loeb pulsó las teclas con cuidado. Las notas del piano resonaban flojas y frágiles en la habitación de paredes desnudas. Piotr Ilich Tchaikovski, concierto para piano n.° 1 en Re menor. Muchos pianistas opinaban que era extraño y que le faltaba elegancia, pero para el oído de Nikolái, nunca se había compuesto una música más bella. Lo invadía la nostalgia con sólo tocar los pocos compases que se sabía de memoria y sus dedos buscaban automáticamente esas notas cuando se sentaba al piano desafinado en la sala de reuniones de la casa parroquial de Gamle Aker.

Miró por la ventana abierta. Los pájaros trinaban en el camposanto. Le recordaba los veranos en Leningrado y a su padre, que lo había llevado a los viejos campos de batalla, en las afueras de las ciudades, donde el abuelo y todos los tíos de Nikolái yacían enterrados en fosas comunes, olvidados hacía ya mucho tiempo.

– Escucha -le decía su padre-. Escucha cómo cantan, es tan absurdamente hermoso…

Nikolái oyó un carraspeo y se dio la vuelta.

Un hombre alto con camiseta y vaqueros aguardaba en el umbral. Llevaba la mano derecha vendada. Lo primero que se le pasó a Nikolái por la cabeza fue que se trataría de uno de los toxicómanos que acudían allí de vez en cuando.

– ¿Puedo hacer algo por ti? -le gritó Nikolái. La dura acústica de la sala hizo que su voz sonara menos amable de lo que pretendía.

El hombre entró, antes de responder.

– Eso espero -dijo-. He venido a saldar mi deuda.

– Me alegro -respondió Nikolái-. Y lo lamento, porque no puedo confesar aquí. En el pasillo hay una lista con el horario y tendrás que ir a nuestra capilla de la calle Inkognitogata.

El hombre estaba ya a su lado. Al ver las profundas ojeras negras que rodeaban sus ojos enrojecidos, Nikolái dedujo que aquel hombre debía de llevar algún tiempo sin dormir.

– Quiero pagar la deuda por haber roto la estrella de la puerta.

Transcurrieron unos segundos antes de que Nikolái cayera en la cuenta de a qué se refería.

– ¡Ah, bueno! Eso no es asunto mío. Aunque me he dado cuenta de que la estrella está suelta en la puerta y cuelga boca abajo -observó con una sonrisa-. Algo impropio en una iglesia, supongo.

– ¿Quieres decir que no trabajas aquí?

Nikolái negó con la cabeza.

– Sólo alquilamos el local de vez en cuando. Yo pertenezco a la congregación de Santa Olga, la princesa apostólica.

El hombre enarcó las cejas.

– La iglesia ortodoxa rusa -añadió Nikolái-. Soy sacerdote y prefecto. Es mejor que vayas a las oficinas de la iglesia, quizás encuentres allí a alguien que te pueda ayudar.

– Vale, gracias.

El hombre no se movió.

– Tchaikovski, ¿no? ¿El primer concierto para piano?

– Correcto -confirmó Nikolái sorprendido. Los noruegos no eran exactamente lo que se llama un pueblo instruido. Y además éste llevaba camiseta y parecía un mendigo.

– Mi madre solía tocarlo para mí -explicó el hombre-. Decía que era difícil.

– Pues era una madre buena, si tocaba para ti piezas que le resultaban difíciles.

– Sí, era buena. Una santa.

Había algo en la sonrisa torcida del hombre que desconcertaba a Nikolái. Era una sonrisa contradictoria. Abierta y cerrada, amable y cínica, alegre y dolorida. Pero se dijo que, como siempre, estaría interpretando de más.

– Gracias por la ayuda -le dijo el hombre dirigiéndose a la puerta.

– De nada.

Nikolái volvió a concentrarse en el piano. Pulsó una tecla con cuidado para que percutiese la cuerda suavemente y sin emitir ningún sonido, notó cómo el fieltro tocaba la cuerda, cuando cayó en la cuenta de que no había oído la puerta cerrarse. Se volvió y vio al hombre con la mano en el picaporte, mirando fijamente la estrella de la ventana rota de la puerta.

– ¿Pasa algo?

El hombre levantó la vista.

– No, no. Pero ¿a qué te referías al decir que era impropio que la estrella colgase boca abajo?

Nikolái se rió y su risa retumbó en las paredes.

– El pentagrama invertido, ¿no?

El hombre lo miró de tal modo que Nikolái comprendió que no sabía de qué le hablaba.

– El pentagrama es un antiguo símbolo religioso, no solamente en el cristianismo. Como ves, es una estrella de cinco puntas dibujada con una línea continua que se cruza a sí misma varias veces, parecida a la estrella de David. La han encontrado en lápidas con varios miles de años. Pero cuando cuelga boca abajo, es algo totalmente diferente. Es uno de los símbolos más significativos de la demonología.

– ¿Demonología?

El hombre preguntaba con voz tranquila pero firme. Como alguien que está acostumbrado a recibir respuestas, pensó Nikolái.

– La ciencia del mal. El nombre le viene de antiguo, de cuando se pensaba que la maldad se debía a la existencia de demonios.

– Ya. Y ahora los demonios han sido abolidos, ¿no?

Nikolái se dio la vuelta del todo. ¿Se había equivocado con aquel hombre? Parecía demasiado avispado para ser un drogadicto o un vagabundo.

– Soy agente de policía -explicó el hombre en respuesta a sus pensamientos-. Preguntar es lo nuestro.

– De acuerdo. Pero ¿por qué haces concretamente esas preguntas?

El hombre se encogió de hombros.

– No lo sé. He visto ese símbolo recientemente, pero no me acuerdo de dónde, ni si es importante. ¿Cuál es el demonio que utiliza este símbolo?

– Chort -respondió Nikolái presionando tres teclas con cuidado. Una disonancia-. También llamado Satanás.

Al caer la tarde, Olaug Sivertsen abrió las puertas del balcón francés que daba a Bjørvika, se sentó en una silla mirando el tren rojo que se deslizaba por delante de su casa. Era una casa totalmente corriente, un chalé de ladrillos construido en 1891, pero su situación lo hacía excepcional. Villa Valle, así llamada por el hombre que la había diseñado, se hallaba emplazada al lado de las vías del tren, justo delante de la Estación Central de Oslo, dentro del recinto del ferrocarril. Los vecinos más próximos eran unos cobertizos bajos y talleres que pertenecían a la red de ferrocarriles noruegos. Villa Valle fue construida como hogar del jefe de estación, su familia y el servicio, con muros especialmente gruesos para que el jefe de estación y su esposa no se despertasen cada vez que pasara un tren. Por si fuera poco, el jefe de estación le había pedido al albañil al que le encargaron el trabajo -era célebre por utilizar un mortero con el que conseguía unas paredes muy sólidas-, que las reforzara aún un poco más. En el caso de que algún tren descarrilara y fuera a estrellarse contra su casa, el jefe de estación quería que sufriera las consecuencias el conductor del tren y no su familia. Ningún tren se había estrellado hasta el momento contra la casa señorial del jefe de estación, tan extrañamente solitaria, como un castillo de aire encima de un desierto de gravilla negra, donde los raíles brillaban y se entrelazaban como serpientes que relucían bajo el sol.

Olaug cerró los ojos y disfrutó de los rayos del sol.

De joven no le gustaba el sol. Le ponía la piel áspera, se le irritaba, y echaba de menos los veranos húmedos y refrescantes del noroeste del país. Pero ahora ya era vieja, pronto cumpliría ochenta años y había empezado a preferir el calor al frío. La luz a la oscuridad. La compañía a la soledad. El sonido al silencio.

No era así en 1941 cuando, a los dieciséis años, dejó la isla de Averøya, llegó a Oslo por aquellos mismos raíles y entró a trabajar como sirvienta del Gruppenführer Ernst Schwabe y su esposa Randi en Villa Valle. Él era un hombre alto y atractivo y ella procedía de una familia noble. Olaug pasó mucho miedo los primeros días. Pero ellos la trataban con amabilidad y respeto y, después de un tiempo, Olaug comprendió que no tenía nada que temer mientras hiciera su trabajo con el esmero y la puntualidad por los que, no sin razón, se conoce a los alemanes.

Ernst Schwabe era el responsable de la WLTA, la sección de la Wehrmacht encargada del trasporte por carreteras y él mismo había elegido el chalé junto a la estación de ferrocarril. Al parecer, su esposa Randi también ocupaba un cargo en la WLTA, pero Olaug nunca la había visto vestida de uniforme. La habitación de la sirvienta tenía orientación sur y daba al jardín y a las vías del tren. Las primeras semanas, el ruido de vagones de tren, los silbidos y todos los demás sonidos de la ciudad la mantenían despierta por las noches, pero poco a poco se fue acostumbrando a ellos. Y cuando, al año siguiente, fue a casa a pasar sus primeras vacaciones, se quedaba en la cama de la casa donde nació escuchando el silencio y la nada, añorando el bullicio de la vida, de seres humanos vivos.

Muchos fueron los seres humanos vivos que visitaron Villa Valle durante la guerra. El matrimonio Schwabe llevaba una intensa vida social y tanto alemanes como noruegos participaban en sus fiestas. La gente se sorprendería al conocer los nombres de todos los personajes importantes que habían estado allí comiendo, bebiendo y fumando con la Wehrmacht como anfitrión. Lo primero que le habían ordenado después de la guerra era quemar todas las tarjetas de mesa que Olaug había conservado. Ella obedeció y nunca le contó nada a nadie. Claro que había sentido deseos de hacerlo alguna que otra vez, cuando aparecían en los periódicos las mismas caras, pero hablando de lo duro que resultaba vivir bajo el yugo alemán durante la ocupación. Pero ella había mantenido la boca cerrada. Por una razón. Justo al terminar la guerra, la amenazaron con quitarle al niño, lo único que no podía perder de ninguna manera. El miedo aún persistía.

Olaug cerró los ojos al tenue sol de la tarde, que parecía agotado. Y no era de extrañar. El sol se había pasado el día trabajando y haciendo lo posible por carbonizar a las pobres flores que ella tenía en el alféizar. Olaug sonrió. ¡Dios mío, qué joven era entonces! Nadie había sido nunca tan joven. ¿Lo echaba de menos? Quizá no. Pero sí añoraba la compañía, la vida, el bullir de gente. Nunca entendió lo de la soledad de las personas mayores, pero ahora…

Y no era tanto el estar sola como el no ser importante para nadie. Se ponía tan inmensamente triste al despertarse por las mañanas y saber que, si decidía quedarse en la cama todo el día, a nadie le importaría lo más mínimo…

Por ese motivo le alquiló una habitación a una chica muy maja de Trøndelag.

Era extraño pensar que Ina, que sólo era unos años mayor que ella cuando se mudó a la ciudad, ocupaba ahora la misma habitación y que quizá por las noches pensara que le gustaría dejar atrás el ruido de la ciudad y regresar al silencio de algún pueblecito del norte de Trøndelag.

Bueno, cabía la posibilidad de que Olaug estuviese equivocada. Ina tenía un pretendiente. Olaug no lo había visto y mucho menos había hablado con él, pero desde el dormitorio oía sus pasos por la escalera de la parte posterior, por donde Ina tenía su propia entrada. A diferencia de lo que ocurría cuando Olaug era sirvienta, nadie podía negarle a Ina que recibiera visitas masculinas en su habitación. No es que ella quisiera impedírselo, pero esperaba que nadie fuera a quitarle a Ina. Se había convertido en una buena amiga. O tal vez en una hija, la hija que nunca tuvo.

Sin embargo, Olaug también sabía que en la relación entre una señora mayor y una chica joven como Ina, la joven ofrece su amistad en tanto que la mayor la recibe. Por eso procuraba no agobiarla. Ina siempre era amable, pero a veces Olaug pensaba que podría deberse al alquiler tan bajo que pagaba.

Se había convertido en un ritual que Olaug preparase el té y llamase a la puerta de Ina con una bandeja de pastas cada tarde, sobre las siete. Olaug prefería quedarse a tomarlo allí. Por extraño que resultara, seguía encontrándose más cómoda en el cuarto del servicio que en cualquier otra habitación de la casa. Charlaban de todo un poco. Ina mostraba un gran interés por la guerra y por lo que había sucedido en Villa Valle. Y Olaug hablaba. Sobre lo mucho que se habían querido Ernst y Randi Schwabe. Que podían pasar horas hablando en el salón mientras se daban pequeñas muestras de cariño: apartar un mechón de pelo de la frente, apoyar la cabeza en el hombro del otro. A veces Olaug los observaba a escondidas tras la puerta de la cocina. Miraba la figura erguida de Ernst Schwabe, su cabello negro y espeso, la frente alta y despejada, y la mirada, que alternaba rápidamente entre la seriedad, la cólera y la risa, la seguridad en sí mismo para tratar cosas importantes y la confusión juvenil respecto de las pequeñas y triviales. Pero Olaug observaba sobre todo a Randi Schwabe, su cabello rojo y brillante, el cuello blanco y esbelto, los ojos cuyo iris azul claro rodeaba un círculo de azul oscuro y eran los más bonitos que Olaug no había visto jamás.

Cuando Olaug los veía así pensaba que eran almas gemelas, nacidos el uno para el otro, y que nada podría separarlos jamás. Sin embargo, también ocurría, le confesó, que el buen ambiente de las fiestas de Villa Valle daba paso a fuertes discusiones cuando se marchaban los invitados.

Un día, después de una de esas discusiones, Ernst Schwabe llamó a su puerta y entró después de que Olaug se hubiese acostado. Sin encender la luz, se sentó en el borde de la cama y le contó que su mujer se había marchado de casa encolerizada y dispuesta a pasar la noche en un hotel. Olaug le notó en el aliento que había bebido, pero ella era joven y no sabía lo que convenía hacer cuando un hombre veinte años mayor -y al que ella respetaba y admiraba, sí, incluso del que podría ser que estuviera un poco enamorada-, le pedía que se quitase el camisón para poder verla desnuda.

Aquella primera noche no la tocó. Se limitó a mirarla y a acariciarle la mejilla diciéndole que era guapa, más guapa de lo que ella podía comprender. Se levantó y, cuando se fue, a Olaug le pareció que tenía ganas de llorar.

Olaug cerró las puertas del balcón y se levantó. Ya eran casi las siete. Entreabrió la puerta trasera y vio un elegante par de zapatos de caballero en la alfombrilla, delante de la puerta de Ina. Tendría visita. Olaug se sentó en la cama y escuchó.

A las ocho se abrió la puerta. Oyó que alguien se ponía los zapatos y luego los pasos que bajaban la escalera. Sin embargo, advirtió también otro ruido, como de un perro que arañase el suelo con las patas. Se fue a la cocina y puso a hervir agua para el té.

Unos minutos más tarde, cuando llamó a la puerta de Ina, le sorprendió que la joven no contestase. Sobre todo, porque se oía una música suave en el interior de la habitación.

Volvió a llamar, pero seguía sin obtener respuesta.

– ¿Ina?

Olaug empujó la puerta y ésta se abrió. Lo primero que notó fue el aire cargado. La ventana estaba cerrada, las cortinas corridas y la habitación en penumbra.

– ¿Ina?

Nadie contestó. Quizá dormía. Olaug cruzó el umbral y miró hacia la cama desde la puerta. Vacía. Extraño. Sus ancianos ojos se acostumbraron a la oscuridad y entonces vio el cuerpo de Ina. Estaba sentada en la mecedora, junto a la ventana, y parecía estar durmiendo. Tenía los ojos cerrados y la cabeza ladeada. Olaug no era capaz de asegurar de dónde procedía la música.

Se acercó a la silla.

– ¿Ina?

Su inquilina seguía sin reaccionar. Olaug sujetó la bandeja con una mano mientras posaba la otra cuidadosamente en la mejilla de la joven.

Un chasquido suave resonó en la alfombra cuando se le cayó la tetera y, a continuación, dos tazas de té, un azucarero de plata con el águila nacional alemana, un platito y seis galletas Maryland.

Exactamente en el mismo momento en que el juego de té de Olaug, o mejor dicho, de la familia Schwabe, aterrizaba en el suelo, Ståle Aune levantaba su taza. O mejor dicho, la del Distrito Policial de Oslo.

Bjarne Møller estudiaba a aquel psicólogo rechoncho y su dedo meñique tieso preguntándose cuánto de teatro había en aquel gesto y cuánto era, simplemente, un dedo meñique tieso.

Møller había convocado una reunión informativa en su oficina. Además de a Aune, había citado a los responsables de la investigación, es decir, a Tom Waaler, a Harry Hole y a Beate Lønn.

Todos parecían cansados. Probablemente, y sobre todo, porque la llama de esperanza que había avivado el descubrimiento del falso mensajero empezaba a extinguirse.

Tom Waaler acababa de repasar los resultados de la orden de búsqueda que habían emitido por radio y televisión. De las veinticuatro respuestas recibidas, trece procedían de los fijos que llamaban siempre, tuviesen o no información que aportar. De las once restantes, siete estaban relacionadas con mensajeros de verdad que realizaban encargos de verdad. Las otras cuatro les confirmaron lo que ya sabían: que habían visto a un mensajero en bicicleta cerca de la plaza Carl Berner hacia las cinco de la tarde del lunes. La novedad era que lo habían visto bajando por la calle Trondheimsveien. La única información importante la aportó un taxista que dijo haber visto a un ciclista con casco, gafas y camisa amarilla ante la escuela de Bellas Artes, calle Ullevålsveien arriba, hacia la hora en que asesinaron a Camilla Loen. Ninguna de las empresas de mensajería había recibido un encargo que justificase la presencia de un mensajero en aquella calle y a aquella hora. Aunque luego un tío de la empresa Førstemann Sykkelbud se presentó para, algo avergonzado, confesar que se había desviado por la calle Ullevålsveien para tomarse una cerveza en una terraza de St. Hanshaugen.

– La orden de búsqueda no nos ha aportado nada, ¿no es cierto? -quiso saber Møller.

– Aún es pronto -objetó Waaler.

Møller asintió con la cabeza pero, a juzgar por su expresión, no se sentía muy animado. Aparte de Aune, todos los presentes sabían que las primeras reacciones eran las más importantes. La gente olvidaba con demasiada rapidez.

– ¿Qué dice nuestro infradotado departamento forense? -preguntó Møller-. ¿Han encontrado algo que nos pueda ayudar a identificar al autor?

– Desgraciadamente, no -informó Waaler-. Han postergado cadáveres más antiguos y han concedido prioridad a los nuestros, pero por el momento no han obtenido resultado. No hay semen, sangre, pelos, piel ni ningún otro indicio. La única pista física del autor son los agujeros de las balas.

– Interesante -intervino Aune.

Møller preguntó algo irritado por qué aquello era tan interesante.

– Porque indica que no ha abusado sexualmente de las víctimas -explicó el psicólogo-. Y eso es muy poco frecuente cuando se trata de asesinos en serie.

– Puede que esto no esté relacionado con el sexo -observó Møller.

Aune negó con la cabeza.

– Siempre hay un motivo sexual. Siempre.

– Quizá cabría decir lo que dijo Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance: «I like to watch» -apuntó Harry.

Todos lo miraron sin entenderlo.

– Quiero decir que a lo mejor no necesita tocarlas para experimentar satisfacción sexual.

Harry evitó la mirada de Waaler.

– A lo mejor el asesinato en sí y mirar el cadáver es suficiente.

– Eso no puede ser -objetó Aune-. Lo normal es que el asesino desee eyacular, pero puede haber eyaculado sin dejar rastro de semen en el lugar de los hechos. O puede haber tenido el suficiente autocontrol como para esperar a encontrarse en un lugar seguro.

Permanecieron en silencio un par de segundos. Harry sabía que todos pensaban lo mismo que él: qué habría hecho el asesino con Lisbeth Barli, la mujer desaparecida.

– ¿Qué pasa con las armas que encontramos en los distintos escenarios?

– Comprobado -dijo Beate-. Las pruebas de tiro demuestran que hay un noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de probabilidades de que sean las que utilizaron para cometer los asesinatos.

– Eso basta -dijo Møller-. ¿Alguna idea sobre la procedencia de las armas?

Beate negó con la cabeza.

– Los números de serie estaban limados. Las marcas del limado son las mismas que las que vemos en la mayoría de las armas que incautamos.

– Ya -dijo Møller-. O sea que aquí tenemos otra vez a esa misteriosa banda de traficantes de armas. ¿El Servicio de Inteligencia no debería echarle el guante a esa gente?

– La Interpol lleva más de cuatro años trabajando en el caso, sin éxito -intervino Tom Waaler.

Harry balanceó la silla hacia atrás y observó a Waaler. Mientras estaba en esa postura, Harry notó que sentía algo que no había sentido antes por Waaler: admiración. La misma clase de admiración que despierta un animal salvaje que ha perfeccionado lo que hace para sobrevivir.

Møller dejó escapar un suspiro.

– Comprendo. Vamos perdiendo tres a cero y el contrincante aún no nos ha dejado tocar la pelota. De verdad, ¿a nadie se le ocurre una idea brillante?

– No sé si puede considerarse una idea…

– Desembucha, Harry.

– Es más una sensación respecto a los escenarios. Todos tienen algo en común, pero todavía no sé lo que es. El primer asesinato se cometió en un ático en la calle Ullevålsveien. El segundo, alrededor de un kilómetro hacia el nordeste, en la calle Sannergata. Y el tercero a casi la misma distancia de allí, pero directamente hacia el este, en un edifico de oficinas cerca de la plaza de Carl Berner. Se mueve, pero tengo la sensación de que lo hace siguiendo un plan.

– ¿Cómo? -preguntó Beate.

– Marca su territorio -dijo Harry-. Seguro que el psicólogo sabe explicarlo.

Møller se volvió hacia Aune, que acababa de tomar un sorbo de té.

– ¿Algún comentario, Aune?

Aune hizo una mueca.

– Bueno, no sabe precisamente a Kenilworth.

– No me refería al té.

Aune suspiró.

– Lo que acabo de hacer se llama bromear, Møller. Y sí, Harry, entiendo lo que quieres decir. Los asesinos en serie tienen preferencias rigurosas en cuanto al emplazamiento geográfico del lugar del crimen. Se puede hablar de tres tipos.

Aune fue contando con los dedos:

– El asesino en serie estacionario amenaza o tienta a las víctimas para que se le acerquen y las mata en su domicilio. El territorial opera en un área restringida, como Jack el Destripador, que sólo mataba en el distrito de las prostitutas, aunque el territorio también puede abarcar una ciudad entera. Y por último el asesino en serie nómada, el que, probablemente, tiene un mayor número de víctimas sobre su conciencia. Ottis Toole y Henry Lee Lucas recorrieron Estados Unidos y asesinaron a más de trescientas personas en total.

– Bien -dijo Møller-. Aunque yo no veo del todo clara la planificación a la que te refieres, Harry.

Harry se encogió de hombros.

– Ya te digo, jefe, es sólo una sensación.

– Existen elementos comunes -observó Beate.

Los demás se volvieron hacia ella como movidos por un resorte. Las mejillas de la joven se sonrojaron enseguida y dio la impresión de haberse arrepentido de hablar, pero hizo como si nada y continuó:

– El asesino se adentra en territorios donde las mujeres se sienten seguras. En su propio apartamento. En la calle donde vive y a plena luz del día. En el aseo de señoras de su lugar de trabajo.

– Bien, Beate -dijo Harry, que recibió una fugaz mirada de agradecimiento.

– Bien observado, jovencita -opinó Aune-. Y ya que hablamos de pautas de movimiento, quiero añadir algo. Los asesinos en serie de la categoría sociopatológica son, a menudo, muy seguros de sí mismos, como parece el caso que nos ocupa. Una de sus características particulares es que siguen la investigación muy de cerca y aprovechan cualquier ocasión para estar físicamente cerca de donde se lleva a cabo. Pueden percibir la investigación como un juego entre ellos y la policía y muchos han confesado a posteriori que disfrutaban comprobando la confusión de los investigadores.

– Lo que significa que hay por aquí un tipo que se lo está pasando de miedo en estos momentos -dijo Møller juntando las manos-. Bien, es todo por hoy.

– Sólo una cosita más -dijo Harry-. Las estrellas de diamante que el asesino va dejando en cada víctima…

– ¿Sí?

– Tienen cinco puntas. Casi como un pentagrama.

– ¿Casi? Por lo que yo sé, así es exactamente una gema en pentagrama.

– El pentagrama dibujado de un solo trazo cruzado para formar las cinco puntas.

– ¡Ah, bueno! -exclamó Aune- Ese pentagrama. Calculado según la proporción áurea. Una forma muy interesante. Existe una teoría celta según la cual cuando, en la época vikinga, se disponían a cristianizar Noruega, dibujaron un pentagrama sagrado que colocaron sobre la parte sur del país para decidir el emplazamiento de las ciudades y de las iglesias, ¿lo sabíais?

– ¿Y qué tiene que ver eso con los diamantes? -preguntó Beate.

– No con los diamantes en sí, sino con la forma, el pentagrama. Sé que lo he visto en alguna parte. En uno de los escenarios del crimen. Pero no recuerdo dónde. Esto puede parecer un tanto extraño, pero creo que es importante.

– Vamos a ver -dijo Møller apoyando el mentón en la mano-. ¿Te acuerdas de algo que no recuerdas, pero crees que es importante?

Harry se frotó intensamente la cara con ambas manos.

– Cuando estás en el escenario de un crimen, es tal la concentración que el cerebro registra las cosas más periféricas, mucho más de lo que eres capaz de procesar. Y ahí se quedan hasta que pasa algo, por ejemplo, hasta que aparece un elemento nuevo que encaja con otro, aunque ya no te acuerdas de dónde viste el primero. Pero el subconsciente te dice que es importante. ¿Qué tal suena eso?

– Suena a psicosis -dijo Aune bostezando.

Los otros tres se volvieron hacia él.

– ¿Podríais intentar reíros cuando soy chistoso? -preguntó, antes de añadir-: Harry, suena a que tienes un cerebro normal que trabaja duro. Nada por lo que preocuparse.

– Pues yo creo que aquí hay cuatro cerebros que ya han trabajado bastante por hoy -atajó Møller levantándose.

En ese momento, sonó el teléfono.

– Aquí Møller… Un momento.

Le pasó el auricular a Waaler, quien lo cogió y se lo llevó a la oreja.

– ¿Sí?

Todos empezaron a levantarse y a alborotar con las sillas cuando Waaler les indicó con la mano que esperasen.

– Bien -dijo antes de concluir la conversación.

Los otros lo miraron intrigados.

– Se ha presentado una testigo. Dice que vio al mensajero de la bicicleta salir de un inmueble de la calle Ullevålsveien, cerca del cementerio de Vår Frelser, la tarde del viernes, cuando asesinaron a Camilla Loen. Lo recuerda porque le extrañó que el mensajero llevase una mascarilla blanca. El mensajero que fue a tomarse una cerveza en St. Hanshaugen no la llevaba.

– ¿Y?

– No sabía el número de la calle Ullevålsveien, pero Skarre acaba de pasar por allí en coche con la mujer, que le ha señalado el inmueble. Era el de Camilla Loen.

La palma de la mano de Møller cayó rotunda sobre la mesa.

– ¡Por fin!

Olaug estaba sentada en la cama y, con la mano en el cuello, notaba cómo se le normalizaba el pulso.

– Me has asustado muchísimo -susurró con voz ronca e irreconocible.

– Lo siento de veras -aseguró Ina cogiendo la última galleta Maryland-. No te he oído entrar.

– Soy yo quien tiene que pedir perdón -dijo Olaug-. Entrar así, de sopetón… Y luego no vi que llevabas esos…

– Auriculares -rió Ina-. Creo que tenía el volumen demasiado alto. Cole Porter.

– Sabes que no estoy al día en música moderna.

– Cole Porter es un viejo músico de jazz. Además, está muerto.

– Querida, tú que eres tan joven no debes escuchar a personas muertas.

Ina volvió a reír. Cuando notó que algo le tocaba la mejilla, automáticamente alargó la mano y le dio a la bandeja con la tetera. Aún había sobre la alfombra una fina capa blanca de azúcar.

– Era él quien me ponía esos discos.

– Tienes una sonrisa misteriosa -dijo Olaug-. ¿Es ése tu pretendiente?

Se arrepintió nada más decirlo. Ina creería que la estaba espiando.

– Quizás -dijo Ina sonriendo con la mirada.

– Entonces, ¿es mayor que tú?

Olaug quería explicar indirectamente que no se había molestado en echarle un vistazo, y añadió:

– Quiero decir, ya que le gusta la música de hace años…

Se dio cuenta de que eso tampoco sonaba bien, que indagaba y fisgoneaba como una vieja. En un instante de pánico, se imaginó cómo Ina buscaba mentalmente un nuevo sitio donde vivir.

– Sí, un poco mayor.

La sonrisa burlona de Ina la desconcertaba.

– Quizás exista la misma diferencia de edad que entre tú y el Sr. Schwabe.

Olaug se rió con Ina de buena gana, aunque más bien por el alivio que sintió.

– ¡Y pensar que estaba sentado exactamente donde tú estás ahora! -exclamó Ina de repente.

Olaug pasó la mano por el cubrecama.

– Sí, lo que son las cosas.

– La noche que te pareció que estaba a punto de llorar, ¿crees que era porque no podía tenerte?

Olaug seguía pasando la mano por el cubrecama… Le resultaba agradable el tacto de la gruesa lana en la palma de la mano.

– No lo sé -confesó-. No me atreví a preguntarle. Me fabriqué mis propias respuestas, las que más me gustaban. Sueños con los que entretenerme por las noches. Quizá por eso me enamoré tanto.

– ¿Estuvisteis juntos alguna vez fuera de la casa?

– Sí. En una ocasión me llevó en el coche hasta Bygdøy. Nos bañamos. Es decir, yo me bañaba mientras él miraba. Me llamaba su ninfa particular.

– ¿Llegó a enterarse su mujer de que era el padre del hijo que esperabas?

Olaug miró a Ina largamente y luego negó con la cabeza.

– Ellos se fueron del país en mayo de 1945. Nunca volví a verlos. Hasta julio no me di cuenta de que estaba embarazada.

Olaug dio una palmada en el cubrecama.

– Pero querida, estarás aburrida de oír estas viejas historias mías. Hablemos de ti. Dime, ¿quién es ese pretendiente tuyo?

– Un hombre bueno.

Ina seguía teniendo esa expresión soñadora que solía adoptar cuando Olaug hablaba de su primer y último amante, Ernst Schwabe.

– Me ha dado una cosa -dijo Ina abriendo un cajón del escritorio del que sacó un paquetito con una cinta dorada-. Me ha dicho que no lo abra hasta que nos hayamos comprometido.

Olaug sonrió pasando la mano por la mejilla de Ina. Se alegraba por ella.

– ¿Estás enamorada de él?

– Es diferente de los demás. No es tan… bueno, es anticuado. Quiere que esperemos con…, ya sabes…

Olaug asintió con la cabeza.

– Parece que la cosa va en serio.

– Sí.

A Ina se le escapó un pequeño suspiro.

– Entonces tienes que estar segura de que es el hombre de tu vida antes de permitir que siga adelante -dijo Olaug.

– Ya lo sé -afirmó Ina-. Y eso es lo más difícil. Acaba de estar aquí y, antes de que se fuera, le dije que necesito tiempo para pensar. Me respondió que lo entendía, que soy mucho más joven que él, dijo.

Olaug estaba a punto de preguntar si había traído un perro, pero se contuvo, ya había indagado y hurgado bastante. Pasó la mano una última vez por el viejo cubrecama y se levantó.

– Querida, voy a poner a hervir el agua para el té.

Era una revelación. No un milagro, sólo una revelación.

Hacía media hora que los demás se habían ido y Harry acababa de leer los interrogatorios de la pareja de homosexuales vecinas de Lisbeth Barli. Apagó el flexo de la mesa del despacho, guiñó los ojos en la oscuridad y, de repente, lo vio claro. Tal vez fuese porque había apagado la luz igual que cuando estás en la cama y te dispones a dormir, o quizá porque, durante un momento, dejó de pensar. Como quiera que fuese, se diría que alguien le hubiese puesto delante una foto nítida y clara.

Se dirigió a la oficina donde guardaban las llaves de los escenarios del crimen y encontró la que buscaba. Luego fue en coche a la calle Sofie, cogió la linterna y enfiló a pie a la calle Ullevålsveien. Era casi medianoche. En la tintorería del bajo todo estaba cerrado y apagado, pero en la tienda de lápidas había un foco que iluminaba la leyenda: «Descanse en paz».

Harry entró en el apartamento de Camilla Loen.

No se habían llevado ni los muebles ni ningún otro objeto y, aun así, oía el resonar de sus pasos. Como si la muerte de la propietaria hubiese creado en la vivienda un vacío físico antes inexistente.

Al mismo tiempo, tenía la sensación de no estar solo. Él creía en el alma. Y no porque fuera especialmente religioso, sino porque, siempre que veía un cadáver, pensaba que era un cuerpo que había perdido algo, algo que no tenía nada que ver con los cambios físicos naturales que sufre un cuerpo muerto. Los cadáveres se parecían a los caparazones vacíos adheridos a una tela de araña, habían perdido el ser, había desaparecido la luz y habían perdido ese brillo ilusorio que tienen las estrellas que han explotado ya hace tiempo. El cuerpo quedaba desalmado. Y era justamente la ausencia del alma lo que hacía que Harry creyera.

No encendió ninguna lámpara, la luz de la luna que entraba por las ventanas del techo era suficiente. Se fue derecho al dormitorio, donde encendió la linterna, que enfocó hacia la viga maestra que había junto a la cama. Tomó aire. Las marcas que se observaban en la madera marrón eran tan nítidas que debían ser muy recientes. O más bien la marca. Una marca alargada de líneas rectas que se doblaban y entraban y salían de sí mismas. Un pentagrama.

Harry dirigió la linterna al suelo. Se apreciaban sobre el parqué una fina capa de polvo y un par de pelusas. Era evidente que Camilla Loen no había tenido tiempo de limpiar antes de marcharse. Pero allí estaba, al lado de la pata trasera de la cama, la viruta de madera.

Harry se tumbó en la cama. El colchón era blando y adaptable. Miró al techo inclinado concentrándose en pensar. Si de verdad fue el asesino quien talló la estrella sobre la cama, ¿qué significaba?

– Descanse en paz -murmuró Harry cerrando los ojos.

Estaba demasiado cansado para pensar con claridad y había otra pregunta que le rondaba la cabeza. ¿Por qué se había fijado en el pentagrama? Los diamantes no habían sido un pentagrama dibujado con una sola línea, sino que tenían una forma de estrella normal, como cualquier otra. Entonces, ¿por qué había relacionado la forma del diamante y el pentagrama? ¿Los había relacionado en realidad? ¿No habría ido demasiado rápido? ¿No sería que su subconsciente había relacionado el pentagrama con otra cosa, algo que había visto en los escenarios del crimen y que no podía recordar?

Intentó recrear mentalmente los lugares de los hechos.

Lisbeth, en la calle Sannergata. Barbara, en la plaza Carl Berner. Y Camilla Loen. Allí. En la ducha del baño contiguo. Estaba casi desnuda. La piel mojada. Harry la tocó. A causa del efecto del agua caliente, parecía que había pasado menos tiempo desde su muerte. Le tocó la piel. Beate lo miraba, pero él no podía parar. Era como pasar los dedos por una goma caliente y lisa. Alzó la vista y comprobó que estaban solos y sintió el chorro caliente de la ducha. La miró, vio cómo Camilla lo miraba con un extraño brillo en los ojos. Se sobresaltó, retiró las manos y la mirada de la joven se apagó despacio, como la pantalla de un televisor. Curioso, pensó poniéndole una mano en la mejilla. Aguardó mientras el agua caliente de la ducha le calaba la ropa. La mirada de Camilla Loen fue recuperando el brillo. Le puso la otra mano en el estómago. Los ojos recobraron el destello vital y Harry notó que el cuerpo de la joven empezaba a moverse bajo sus dedos. Comprendió que era el contacto con su mano lo que la había despertado, que sin el tocamiento, se extinguiría, moriría. Apoyó la frente en la de la mujer. El agua se le colaba por dentro de la ropa, le cubría la piel y actuaba como un filtro cálido entre los dos. Entonces se dio cuenta de que los ojos de Camilla Loen ya no eran azules, sino castaños. Y los labios ya no estaban pálidos, sino que eran rojos, irrigados por la sangre. Rakel. Pegó los labios a los de ella. Retrocedió de repente al notar que estaban helados.

Lo miró fijamente. Sus labios se movieron.

– ¿Qué haces?

El cerebro de Harry se detuvo en seco. En parte porque el eco de las palabras aún flotaba en la habitación y comprendió que no podía haber sido un sueño, y también porque la voz pertenecía a una mujer. Pero sobre todo porque delante de la cama, medio inclinada sobre él, había una figura.

Entonces el cerebro se le aceleró de nuevo. Harry se dio la vuelta y buscó la linterna, que seguía encendida, pero se le cayó al suelo con un golpe sordo y rodó describiendo un círculo mientras el haz de luz y la sombra del desconocido se deslizaban por la pared.

De repente, se encendió la luz del techo.

Harry quedó cegado y se tapó la cara con los brazos en un primer acto reflejo. Pasó el instante. Nada había sucedido. Ningún disparo, ningún golpe. Harry bajó los brazos.

Reconoció al hombre que tenía delante.

– ¿Qué demonios estáis haciendo? -preguntó el hombre.

Llevaba una bata rosa, pero no tenía pinta de recién levantado. Tenía la raya del pelo perfecta.

Era Anders Nygård.

– Me despertaron los ruidos -explicó Nygård mientras le servía una taza de café a Harry.

– Mi primer pensamiento fue que alguien se había dado cuenta de que el apartamento de arriba estaba vacío y había entrado a robar. Así que subí para comprobarlo.

– Se comprende -aseguró Harry-. Pero creía haber cerrado la puerta con llave.

– Tengo la llave del portero. Por si acaso.

Harry oyó unas pisadas y se dio la vuelta.

Vibeke Knutsen apareció en el umbral en bata, con cara de sueño y el cabello rojo alborotado. Sin maquillar, y a la fría luz de la cocina, parecía más mayor de lo que Harry la había juzgado. Notó que se sobresaltaba al verlo.

– ¿Qué ocurre? -murmuró mirándolos alternativamente.

– Estoy comprobando un par de cosas en el apartamento de Camilla -se apresuró a responder Harry al ver su preocupación-. Me senté en la cama para descansar los ojos un par de segundos y me dormí. Tu marido ha oído el ruido y me ha despertado. Ha sido un día muy largo.

Sin saber exactamente por qué, Harry dejó oír un bostezo, como para corroborarlo.

Vibeke miró a su pareja.

– ¿Qué es lo que llevas puesto?

Anders Nygård miró la bata rosa como si nunca antes la hubiera visto.

– Vaya, parezco una reinona.

Soltó una breve risita.

– Era un regalo para ti, querida. Aún la tenía en la maleta y, con las prisas, no encontré otra cosa que ponerme. Toma.

Desanudó el cinturón de la bata, se la quitó y se la arrojó a Vibeke, que la atrapó asombrada.

– Gracias -dijo vacilante.

– Me sorprende verte levantada -le dijo muy amablemente-. ¿No te has tomado el somnífero?

Vibeke miró a Harry algo incomodada.

– Buenas noches -dijo en un susurro, antes de desaparecer.

Anders dejó la jarra en la placa de la cafetera. Tenía la espalda y los brazos de una palidez casi blanca. Los antebrazos, en cambio, estaban bronceados, como los de un camionero en verano. La misma línea divisoria se apreciaba por encima de las rodillas.

– Por lo general duerme como un lirón toda la noche -explicó Anders.

– Pero no es tu caso, ¿no?

– ¿Por qué lo dices?

– Bueno, si sabes que ella duerme como un lirón…

– Lo dice ella.

– ¿Y sólo te despiertas cuando alguien anda por el piso de arriba?

Anders miró a Harry y asintió con la cabeza.

– Tienes razón, Hole. Yo no duermo. No es tan fácil después de lo que ha pasado. Se queda uno pensando. Entretejiendo toda clase de teorías.

Harry tomó un sorbo de café.

– ¿Algunas que quieras compartir con los demás?

Anders se encogió de hombros.

– Yo no sé mucho de asesinos de masas. Si de verdad es eso lo que hay.

– No lo es. Se trata de un asesino en serie. Existe una gran diferencia.

– Vale, pero ¿no se os ha ocurrido pensar que las víctimas tienen algo en común?

– Son mujeres jóvenes. ¿Hay algo más?

– Son, o han sido, promiscuas.

– ¿Y eso?

– Basta con leer los periódicos. Lo que cuentan del pasado de estas mujeres habla por sí solo.

– Lisbeth Barli era una mujer casada y, por lo que sabemos, una mujer fiel.

– Después de casada sí, pero antes de eso tocaba en una banda de música que viajaba por todo el país. No serás tan ingenuo, ¿verdad, Hole?

– Ya. ¿Y qué conclusión sacas tú de esa similitud?

– Un asesino de ese tipo asume el papel de juez para decidir sobre la vida y la muerte, se cree Dios. Y entonces, según se nos dice en Hebreos trece, versículo cuatro, Dios juzgará a los que fornican.

Harry asintió con la cabeza y miró el reloj.

– Lo tendré presente, Nygård.

Nygård manoseaba su taza.

– ¿Has encontrado lo que buscabas?

– Creo que puede decirse que sí. He encontrado un pentagrama. Me figuro que tú, que trabajas en diseño interior de iglesias, sabes a qué me refiero.

– ¿Te refieres a una estrella de cinco puntas?

– Sí. Dibujada en un trazo continuo de líneas que se entrecruzan. Como la estrella de Belén. Quizá tengas alguna idea de lo que puede significar un símbolo como ése, ¿no?

Harry mantenía la cabeza baja, pero, en realidad, estaba observando la cara de Nygård.

– Bastantes cosas -aseguró Nygård-. El cinco es el número más importante en la magia negra. ¿Cuántas puntas había hacia arriba, una o dos?

– Una.

– Entonces no es el símbolo del mal. El símbolo que describes puede representar la fuerza de la vida y el deseo. ¿Dónde lo has encontrado?

– En una viga, encima de su cama.

– ¡Ah, sí! -dijo Nygård-. Pues es fácil.

– ¿De verdad?

– Sí, es la estrella del diablo.

– ¿La estrella del diablo?

– Un símbolo pagano. Se dibuja encima de la cama o de la puerta de entrada para espantar a la maligna.

– ¿La maligna?

– Sí, la maligna. Un ser femenino que se sienta en el pecho de la persona y la monta como a un caballo mientras duerme para que tenga pesadillas. Los paganos creían que era un espectro. No es extraño, ya que la palabra proviene del indogermánico mer.

– Admito que no estoy muy puesto en indogermánico.

– Significa «muerte». -Nygård miró fijamente a la taza de café-. O, para ser exactos, «asesinato».

Cuando Harry llegó a casa, había un mensaje en el contestador. Era de Rakel. Quería saber si Harry podía quedarse al día siguiente con Oleg en la piscina de Frognerbadet, mientras ella iba al dentista entre las tres y las cinco. Dijo que Oleg quería quedarse con él.

Harry se quedó sentado escuchando el mensaje una y otra vez, para ver si reconocía la respiración de la llamada de unos días atrás, pero tuvo que darse por vencido.

Se quitó toda la ropa y se echó en la cama desnudo. La noche anterior había quitado el edredón y sólo se tapó con la funda. Estuvo un rato pataleando en la cama, se durmió, metió el pie en la abertura de la funda, le entró el pánico y lo despertó el sonido de la tela al rasgarse. Fuera, el atardecer tenía un color grisáceo. Tiró los restos de la funda al suelo, se dio la vuelta y se quedó de cara a la pared.

Y entonces apareció ella. Lo estaba montando. Le metió el bocado entre los dientes y tiró. La cabeza de Harry giró. Ella se inclinó y le sopló en el oído un aliento caliente. Un dragón que echaba fuego. Un mensaje chisporroteante, sin palabras, en un contestador. Ella le azotaba los muslos y las caderas con el látigo; sentía un dolor dulce y ella decía que pronto no sería capaz de amar a otra mujer, sólo a ella, y que más le valía enterarse cuanto antes.

No lo soltó hasta que la luz del sol alcanzó las tejas más altas.

19

Miércoles. Bajo el agua

Justo antes de las tres, cuando aparcó delante de la piscina de Frognerbadet, Harry se dio cuenta de adónde habían ido los que, pese a todo, seguían en Oslo. En efecto, una cola de casi cien metros se extendía delante de la taquilla. Leyó el periódico VG mientras la muchedumbre se desplazaba arrastrando los pies hacia la redención en el cloro.

No había novedades sobre el caso del asesino en serie, pero el diario había encontrado material para llenar cuatro páginas enteras. Los titulares eran algo crípticos e iban dirigidos a quienes llevasen un tiempo siguiendo el caso. Ahora lo llamaban «Los asesinatos del mensajero de la bicicleta». Ya se sabía todo, la policía había dejado de llevarles ventaja a los periodistas de la calle Akersgata y Harry se imaginaba que las reuniones matutinas de las redacciones de los diarios podrían confundirse con las del grupo de homicidios. Leyó declaraciones de testigos a los que ellos habían interrogado, pero que en el periódico recordaban muchos más detalles, encuestas que confirmaban que la gente decía tener miedo, mucho miedo, que estaban aterrorizados; y las protestas de las empresas de mensajería en bicicleta, que opinaban que deberían recibir una compensación porque nadie dejaba entrar a sus mensajeros y así no podían trabajar y, al fin y al cabo, era responsabilidad de las autoridades atrapar a ese tipo, ¿o no? La relación entre los asesinatos del mensajero y la desaparición de Lisbeth Barli ya no se presentaba como una especulación, sino como un hecho. Bajo el titular «Releva a su hermana» había una foto de Toya Harang y Willy Barli delante del Teatro Nacional. El pie de foto rezaba: «El enérgico productor no tiene intención de cancelar el espectáculo».

Harry ojeó el texto que citaba a Willy Barli: «The show must go on es más que una frase hecha, en nuestra profesión se toma muy en serio y sé que Lisbeth está con nosotros sea lo sea lo que haya ocurrido. Es obvio que la situación nos ha afectado mucho, pero intentamos invertir nuestras energías de forma positiva. En cualquier caso, la obra será un homenaje a Lisbeth, una gran artista que todavía no ha podido mostrar su enorme potencial. Pero lo hará. Sencillamente, no me puedo permitir creer otra cosa».

Cuando por fin logró entrar en el recinto, se quedó mirando a su alrededor. Hacía veinte años, como mínimo, que no iba a la piscina Frognerbadet, pero aparte de algunas fachadas renovadas y un gran tobogán azul en el centro, no se apreciaban grandes cambios. El olor a cloro, el agua pulverizada que flotaba en el aire procedente de las duchas hasta las piscinas, creando pequeños arco iris, el sonido de pies descalzos corriendo por el asfalto, niños tiritando con los bañadores empapados haciendo cola a la sombra, delante del quiosco.

Encontró a Rakel y Oleg en la ladera de césped, bajo las piscinas para niños.

– Hola.

Rakel sonrió con la boca, pero era difícil saber qué decían sus ojos tras las grandes gafas de sol de la marca Gucci. Llevaba un biquini amarillo. A muy pocas mujeres les sienta bien un biquini amarillo. Rakel era una de ellas.

– ¿Sabes qué? -tartamudeó Oleg tiritando mientras, con la cabeza ladeada, intentaba sacarse el agua del oído-. He saltado desde el cinco.

Harry se sentó a su lado en el césped, pese a que había mucho espacio en la manta que había llevado Rakel.

– Ahora sí que estás mintiendo como un bellaco.

– ¡Es verdad!

– ¿Cinco metros? Entonces eres todo un stuntman.

– ¿Tú has saltado desde el cinco, Harry?

– Alguna vez.

– ¿Y desde el siete?

– Bueno, creo que desde ahí también me he pegado algún barrigazo que otro.

Harry lanzó a Rakel una mirada de complicidad, pero ella miraba a Oleg que, de repente, dejó de agitar la cabeza y preguntó en voz baja:

– ¿Y del diez?

Harry miró hacia el trampolín desde donde se oían gritos alborotados y al socorrista rugiendo instrucciones por el megáfono. El diez. El trampolín se recortaba contra el cielo azul como una T blanca y negra. No era cierto, no hacía veinte años que no iba a Frognerbadet. Estuvo allí unos años después, una noche de verano. Él y Kristin treparon por la verja, subieron a lo alto del trampolín y se tumbaron el uno junto al otro allí arriba. Permanecieron así, sobre la estera basta y tiesa que les pinchaba la piel y bajo el cielo estrellado, hablando sin parar. Él creyó que Kristin sería su última novia.

– No, nunca he saltado desde el diez -respondió.

– ¿Nunca?

Harry advirtió la desilusión en la voz de Oleg.

– Nunca. Pero sí me he tirado de cabeza.

– ¿Que te has tirado de cabeza? Pero si eso es todavía más guay. ¿Lo vio mucha gente o no?

Harry negó con la cabeza.

– Lo hice de noche. Completamente solo.

Oleg dejó escapar un suspiro.

– ¿Y para qué ser valiente, si nadie te ve?

– Sí, a veces yo también me lo pregunto.

Harry intentó captar la mirada de Rakel, pero las gafas eran demasiado oscuras. Ella había guardado las cosas en la bolsa y se había puesto una camiseta y una minifalda vaquera encima del biquini.

– Pero también es cuando resulta más difícil -explicó Harry-. Cuando estás solo y nadie te ve.

– Gracias por hacerme este favor, Harry -dijo Rakel-. Eres muy amable.

– Es un placer -respondió Harry-. Tómate el tiempo que necesites.

– Que necesite el dentista -puntualizó ella-. Esperemos que no sea mucho.

– ¿Cómo aterrizaste? -preguntó Oleg.

– Como siempre -dijo Harry sin dejar de mirar a Rakel.

– Estaré de vuelta a las cinco -dijo ella-. No os cambiéis de sitio.

– No cambiaremos nada -dijo Harry arrepintiéndose nada más decirlo. Aquel no era el momento ni el lugar para ser patético. Ya vendrían tiempos mejores.

Harry la siguió con la mirada hasta que desapareció. Y se quedó pensando en lo difícil que debió de ser conseguir una cita con el dentista durante las vacaciones.

– ¿Quieres ver cómo salto desde el cinco o qué? -preguntó Oleg.

– Por supuesto -dijo Harry quitándose la camiseta.

Oleg lo miró.

– ¿Nunca tomas el sol, Harry?

– Nunca.

Cuando Oleg ya había saltado dos veces, Harry se quitó los vaqueros y lo acompañó al trampolín. Le explicó a Oleg el salto de la gamba, mientras algunas personas de la cola miraban con desaprobación sus calzoncillos con la bandera de la UE. Harry estiró la mano.

– El arte está en mantenerse vertical en el aire. Impresiona mucho. La gente piensa que vas caer al agua tieso. Pero en el último momento… -Harry juntó el pulgar y el índice-… te doblas por la mitad como una gamba y atraviesas la superficie con las manos y los pies al mismo tiempo.

Harry saltó. Le dio tiempo a oír el pito del socorrista antes de doblarse y la superficie le dio en la frente.

– Oye tú, he dicho que el cinco está cerrado -oyó la voz del megáfono como un balido cuando subió de nuevo a la superficie.

Oleg le hizo señas desde el trampolín y Harry le indicó con el pulgar que lo había comprendido. Salió del agua, bajó las escaleras y se puso al lado de una de las ventanas que daban a la piscina del trampolín. Pasó un dedo por el cristal fresco y se puso a hacer dibujos en el vaho mientras contemplaba el paisaje subacuático de color azul verdoso. Miró hacia la superficie y vio trajes de baño, piernas pataleando y los contornos de una nube en un cielo azul. Y pensó en el Underwater.

Entonces apareció Oleg. Frenó en medio de una nube de burbujas, pero en vez de nadar hacia la superficie, dio una patada y bajó hasta la ventana donde estaba Harry.

Se miraron. Oleg sonreía, le hacía gestos con los brazos y señalaba. Tenía la cara pálida y verdosa. Harry no oía lo que decía, pero vio que Oleg movía la boca mientras su negra cabellera flotaba ingrávida por encima de su cabeza, bailando como si fueran algas y apuntando hacia arriba. A Harry le recordaba algo, algo en lo que no quería pensar en aquel momento. Pero mientras estuvieron así, uno a cada lado del cristal, con el sol rugiendo en el cielo y un muro de sonidos despreocupados a su alrededor y, al mismo tiempo, en medio de un silencio absoluto, Harry tuvo un presentimiento repentino de que iba a ocurrir algo terrible.

Sin embargo, lo olvidó enseguida, porque ese presentimiento dio paso a otro en el momento en que Oleg dio otra patada, desapareció de la imagen y Harry se quedó mirando la pantalla vacía de televisor. La pantalla vacía de televisor. Con las líneas que había dibujado en el vaho. Ya sabía dónde lo había visto.

– ¡Oleg!

Harry subió la escalera corriendo.

En términos generales, a Karl los seres humanos le interesaban poco. Llevaba más de veinte años al frente de la tienda de televisores de la plaza de Carl Berner y, a pesar de ello, nunca se había preocupado por saber lo más mínimo sobre aquel tocayo que había dado nombre a «la plaza». Tampoco tenía interés en saber nada sobre aquel hombre alto que le mostraba su identificación policial, ni sobre el niño con el pelo mojado que estaba a su lado. Ni tampoco sobre la chica de la que hablaba el agente, la que habían encontrado en los servicios del bufete de abogados que había al otro lado de la calle. La única persona que le interesaba a Karl en aquellos momentos era la chica que aparecía en la foto de la revista Vi Menn, su edad, si de verdad era de Tønsberg y si le gustaba tomar el sol desnuda en la terraza para que los hombres que pasaban pudiesen verla.

– Estuve aquí el día que mataron a Barbara Svendsen -dijo el agente.

– Si tú lo dices… -comentó Karl.

– ¿Ves ese televisor apagado que hay al lado de la ventana? -dijo el agente señalando el aparato.

– Philips -dijo Karl apartando el ejemplar de Vi Menn-. Está bien, ¿verdad? Cincuenta hercios. Tubo de imágenes Real Fiat. Sonido envolvente, teletexto y radio. Cuesta 7.900, pero te lo dejo en 5.900.

– ¿Ves que alguien ha dibujado en el polvo?

– De acuerdo -suspiró Karl-. 5.600.

– Me importa un bledo la tele -atajó el agente-. Quiero saber quién lo hizo.

– ¿Por qué? -preguntó Karl-. No pensaba denunciarlo.

El agente se inclinó sobre el mostrador. Karl dedujo de la expresión de su cara que no le gustaban sus respuestas.

– Escucha. Estamos intentando atrapar a un asesino. Y yo tengo razones para creer que ha estado aquí y que ha hecho ese dibujo en la pantalla del televisor. ¿Te basta?

Karl asintió con la cabeza.

– Bien. Y ahora quiero que te esfuerces por recordar.

El agente se dio la vuelta cuando sonó una campanilla a su espalda. Una mujer con una maleta metálica apareció en el umbral.

– El televisor Philips -dijo el agente señalando.

Ella asintió con la cabeza sin pronunciar palabra. Se sentó en cuclillas delante de la pared donde estaba el televisor y abrió la maleta.

Karl los miraba con los ojos como platos.

– ¿Y bien? -dijo el agente.

Karl había empezado a comprender que aquello era más importante que Liz, la chica de Tønsberg.

– No recuerdo a todos los que entran en la tienda -balbució queriendo decir que no recordaba a nadie.

Eso es lo que pasaba. Las caras no significaban nada para él. A aquellas alturas, había olvidado incluso la cara de la joven Liz.

– No necesito que los recuerdes a todos -dijo el agente-. Sólo a éste. Parece que no hay mucho público aquí estos días.

Karl asintió resignado con la cabeza.

– ¿Qué tal si te enseño algunas fotos? -preguntó el agente-. ¿Lo reconocerías?

– No lo sé. No te he reconocido a ti, así que…

– Harry -dijo el niño.

– Pero ¿viste a alguien dibujando en el televisor?

– Harry…

Karl había visto a una persona en la tienda aquel día. Se acordó la misma tarde en que la policía entró para preguntarle si había visto algo sospechoso. El problema era que esa persona no había hecho nada de particular, salvo mirar las pantallas de los televisores. Algo que no resulta muy sospechoso en una tienda donde los venden. ¿Qué iba a decir? ¿Que alguien cuyo aspecto no recordaba había estado en su tienda y que le resultó sospechoso? ¿Y, además, buscarse un lío y llamar una atención que no deseaba?

– No -respondió Karl-. No vi a nadie dibujar en el televisor.

El agente murmuró algo.

– Harry… -el niño tiraba de la camiseta del agente-. Son las cinco.

El agente se puso rígido y miró el reloj.

– Beate -dijo-. ¿Has encontrado algo?

– Demasiado pronto -dijo ella-. Hay suficientes marcas, pero ha pasado el dedo de tal modo que resulta difícil encontrar una huella entera.

– Llámame.

La campanilla que colgaba encima de la puerta volvió a tintinear y Karl y la mujer de la maleta metálica se quedaron solos en la tienda.

Karl atrajo hacia sí una vez más a Liz, la chica de Tønsberg, pero cambió de opinión. La dejó boca abajo y se fue hasta la agente de policía. Estaba utilizando un pequeño pincel para cepillar con cuidado una especie de polvo que había echado sobre la pantalla. Y entonces vio el dibujo en el polvo. Había empezado a ahorrar también en la limpieza, de modo que no era raro que el dibujo siguiera allí después de unos días.

– ¿Qué representa? -preguntó.

– No lo sé -respondió la agente-. Me acaban de decir cómo se llama.

– ¿Y cómo se llama?

– La estrella del diablo.

20

Miércoles. Los constructores de catedrales

Harry y Oleg se encontraron con Rakel justo cuando ella salía por la puerta de la piscina Frognerbadet. Echó a correr en dirección a Oleg y lo abrazó al tiempo que dirigía a Harry una mirada furiosa.

– ¿Qué crees que estás haciendo? -susurró.

Harry se quedó con los brazos caídos y cambiando el peso de un pie a otro. Sabía qué podría haberle contestado. Podría haber dicho que «lo que estaba haciendo» era intentar salvar vidas en la ciudad. Pero incluso eso sería mentira. La verdad era que estaba haciendo sus cosas, únicamente eso, sus cosas, y permitiendo que cuantos había a su alrededor pagasen el precio. Así había sido y así sería siempre, y si, de paso, salvaba vidas, podía considerarse un valor añadido.

– Lo siento -dijo. Y, por lo menos en eso, era sincero.

– Hemos estado en un sitio donde también ha estado el asesino en serie -dijo Oleg alteradísimo, pero se calló enseguida, al ver la mirada incrédula de su madre.

– Bueno… -empezó Harry.

– No -lo interrumpió Rakel-. No lo intentes.

Harry se encogió de hombros y sonrió a Oleg con tristeza.

– Déjame por lo menos que os lleve a casa.

Conocía la respuesta antes de oírla. Se quedó mirando cómo se alejaban. Rakel caminaba con pasos rápidos y decididos. Oleg se volvió y se despidió con la mano. Harry le devolvió el saludo.

El sol le bombeaba bajo los párpados.

La cafetería se hallaba en el último piso de la comisaría. Al entrar por la puerta, Harry se quedó de pie mirando. Aparte de la persona que vio sentada en una de las mesas, de espaldas a él, no había más público en el amplio local. Harry se fue derecho de Frognerbadet a la comisaría. Mientras caminaba por los pasillos desiertos del sexto piso, constató que el despacho de Tom Waaler estaba vacío, aunque con la luz encendida.

Harry se acercó al mostrador, que tenía echada la persiana de acero. En la tele, que estaba colgada en una esquina, daban un sorteo de lotería. Harry siguió con la vista la bola que bajaba hacia la cesta. El volumen del televisor estaba muy bajo, pero Harry pudo oír la voz de una mujer que anunciaba el cinco, «el número ganador es el cinco». Alguien había tenido suerte. Se oyó el ruido de una silla.

– Hola, Harry. El servicio está cerrado.

Era Tom.

– Ya lo sé -respondió Harry.

Pensaba en la pregunta de Rakel. ¿Qué estaba haciendo, realmente?

– Sólo pensaba fumarme un pitillo.

Harry señaló con la cabeza a la terraza, que funcionaba todo el año como sala de fumadores.

La vista que se ofrecía desde allí era espectacular, pero el aire seguía tan ardiente y estático como en la calle. Los rayos del sol vespertino incidían oblicuos sobre la ciudad y el puerto de Bjørvika que, de momento, constaba de una carretera y una zona de almacén y contenedores, excelente escondite para drogadictos, pero que pronto se convertiría en una ópera, hoteles y pisos para millonarios. La riqueza estaba a punto de someter a toda la ciudad. Harry pensó en los peces gato de los ríos de África, ese pez grande y negro que carece de la sensatez suficiente como para escapar hacia aguas más profundas cuando comienza la época de sequía y que, al final, queda atrapado en las charcas lodosas que terminan por secarse poco a poco. Los trabajos de construcción ya habían empezado, las grúas parecían siluetas de jirafas elevándose hacia el sol de la tarde.

– Será impresionante.

No había oído a Tom mientras se acercaba.

– Ya veremos.

Harry dio una calada. No sabía con seguridad a qué había respondido.

– Te gustará -dijo Waaler-. Es cuestión de acostumbrarse.

Harry se imaginó a los peces gato cuando el agua desaparecía y ellos se quedaban allí en el lodo, moviendo la cola, abriendo la boca e intentando acostumbrarse a respirar aire.

– Necesito una respuesta, Harry. Tengo que saber si estás dentro o fuera.

Ahogarse con aire. Puede que la muerte del pez gato no fuera peor que la de otros. Dicen que la muerte por ahogamiento es relativamente agradable.

– Ha llamado Beate -dijo Harry-. Ya ha cotejado las huellas de la tienda de televisores.

– ¿Ah, sí?

– Sólo son huellas parciales. Y el dueño no recuerda nada.

– Una pena. Aune dice que, en Suecia, obtienen buenos resultados con testigos olvidadizos. Quizá debiéramos probar.

– Sí.

– Y esta tarde nos ha llegado una información interesante del forense. Sobre Camilla Loen.

– Ya.

– Estaba embarazada de dos meses. Pero ninguna de las personas de su círculo de amistades con las que hemos hablado tiene idea de quién podría ser el padre. Es más que probable que no tenga nada que ver con el asesinato, pero sería interesante averiguarlo.

– Ya.

Se quedaron en silencio. Waaler se acercó y se inclinó sobre la barandilla.

– Ya sé que no te gusto, Harry. Y no te pido que cambies de parecer de la noche a la mañana. -Hizo una pausa-. Pero si vamos a trabajar juntos tenemos que empezar por algún sitio. Quizá siendo más accesible el uno para el otro.

– ¿Accesible?

– Sí. ¿Suena difícil?

– Un poco.

Tom Waaler sonrió.

– De acuerdo. Pero te dejo que empieces tú. Pregúntame algo que quieras saber sobre mí.

– ¿Sobre ti?

– Sí. Lo que sea.

– ¿Fuiste tú quien dispa…? -Harry se detuvo en mitad de la palabra-. A ver -dijo-. Quiero saber qué te mueve.

– ¿Qué quieres decir?

– Qué es lo que te mueve a levantarte por la mañana y hacer las cosas que haces. Cuál es tu meta y por qué.

– Comprendo. -Tom se quedó pensando. Largo rato. Luego señaló las grúas-. ¿Las ves? Mi tatarabuelo emigró desde Escocia con seis ovejas Sunderland y una carta del gremio de albañiles de Aberdeen. Las ovejas y la recomendación le facilitaron la entrada en el gremio de Oslo. Participó en la construcción de las casas que ves a orillas del río Akerselva y hacia el este, a lo largo del ferrocarril. Después, sus hijos tomaron el relevo. Y luego los hijos de sus hijos. Hasta mi padre. Mi bisabuelo adoptó un apellido noruego, pero cuando nos mudamos a la parte oeste de la ciudad, mi padre volvió a adoptar el apellido Waaler. Wall. Muro. Por orgullo, en cierta medida, pero también porque opinaba que Andersen no era un apellido digno de un futuro juez.

Harry miró a Waaler. Intentó distinguir la cicatriz en la mejilla.

– ¿Ibas a ser juez?

– Ése era el plan cuando empecé a estudiar Derecho. Y, seguramente, habría seguido ese camino, de no ser por lo que pasó.

– ¿Qué pasó?

Waaler se encogió de hombros.

– Mi padre falleció en un accidente laboral. Es curioso, pero cuando desapareció de mi vida la figura del padre, descubrí que había tomado ciertas decisiones casi más por él que por mí mismo. Y me di cuenta de que no tenía nada en común con mis compañeros de estudios. Supongo que era un idealista ingenuo. Creía que lo de ser juez consistía en llevar el estandarte de la justicia y hacer pervivir el estado de derecho moderno, pero descubrí que, para la mayoría, se trataba de conseguir un título y un puesto de trabajo donde ganar lo suficiente para impresionar a la vecina de Ullern. Bueno, tú mismo has estudiado en la Facultad de Derecho…

Harry asintió.

– O quizá sean los genes -dijo Waaler-. A mí siempre me ha gustado construir cosas. Cosas grandes. Desde pequeño construía palacios enormes con las piezas de Lego, mucho más grandes que los de los otros niños. Y con los estudios de Derecho descubrí que yo estaba hecho de otra pasta que las personas insignificantes con ideas intrascendentes. Dos meses después del entierro, solicité la admisión en la Academia Superior de Policía.

– Ya. Y terminaste como el mejor alumno, según los rumores.

– El segundo.

– ¿Y te dieron la posibilidad de construir tu palacio aquí, en la comisaría?

– No me la dieron. A nadie se le da nada, Harry. Cuando era pequeño, les quitaba las piezas de Lego a los otros niños para hacer mis construcciones lo suficientemente grandes. La cuestión es qué es lo que uno quiere. Si sólo pretendes construir casas insignificantes y mezquinas para personas con vidas insignificantes y mezquinas, o si también quieres que haya óperas y catedrales, edificios grandiosos, algo que apunte a algo más grande que uno mismo, algo que alcanzar.

Waaler pasó una mano por la barandilla.

– Ser constructor de catedrales es una vocación, Harry. En Italia se concedía el título de mártires a aquéllos que morían construyendo iglesias. A pesar de que los que construían las catedrales lo hacían para la humanidad, no existe ninguna catedral en la historia que no se haya levantado con huesos humanos, con sangre humana. Eso solía decir mi abuelo. Y así será siempre. La sangre de mi familia ha dado cuerpo a la mezcla utilizada en varios de los edificios que se ven desde aquí. Sólo quiero más justicia. Para todos. Y utilizo los materiales de construcción necesarios.

Harry escrutaba el extremo incandescente del cigarrillo.

– ¿Y has pensado en mí como material de construcción?

Waaler sonrió.

– Es una forma de expresarlo. La respuesta es sí. Si tú quieres. Tengo alternativas…

No acabó la frase, pero Harry sabía cómo acababa: «En cambio, tú no…».

Harry dio una larga calada y preguntó en voz baja:

– ¿Y si digo que sí a lo de subir a bordo?

Waaler enarcó una ceja y miró a Harry de hito en hito, antes de contestar.

– Se te asignará una primera misión que llevarás a cabo tú solo y sin hacer preguntas. Todos tus predecesores han hecho lo mismo. Como una prueba de lealtad.

– ¿Y en qué consistirá esa prueba?

– Lo sabrás a su debido tiempo. Pero implicará quemar algunos puentes de tu vida anterior.

– ¿Significará infringir las leyes noruegas?

– Probablemente.

– Ya veo -dijo Harry-. Así tendréis algo contra mí. Y no caeré en la tentación de descubriros.

– Yo lo expresaría en otros términos, pero has entendido de qué va el asunto.

– ¿Y de qué estamos hablando concretamente? ¿De contrabando?

– Ahora me es imposible responderte a esa pregunta.

– ¿Y cómo puedes estar seguro de que no soy un topo del servicio de Inteligencia o de Asuntos Internos?

Waaler se apoyó en la barandilla y apuntó hacia abajo.

– ¿La ves, Harry?

Harry se acercó y dirigió la vista al parque. Aún había gente que aprovechaba los últimos rayos de sol tumbada en la verde hierba.

– La del biquini amarillo -continuó Waaler-. Bonito color para un biquini, ¿verdad?

Algo se retorció en el estómago de Harry, que se enderezó enseguida.

– No somos tontos -dijo Waaler sin apartar la vista del césped-. Nos informamos acerca de las personas que nos interesa tener en el equipo. Se conserva bien, Harry. Es lista e independiente, según tengo entendido. Pero por supuesto, ella quiere lo que todas las mujeres en su situación. Un hombre que pueda mantenerlas. Es pura biología. Y a ti apenas te queda tiempo. Tías como ésa no duran mucho solas.

A Harry se le cayó el cigarrillo a la calle, y fue dejando un reguero de chispas diminutas.

– Ayer dieron la alarma de riesgo de incendios forestales en toda la parte este del país -observó Waaler.

Harry no contestó. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sintió la mano de Waaler en el hombro.

– En realidad, ya se ha acabado el plazo, Harry. Pero para demostrarte nuestra buena voluntad, te doy dos días más. Si no sé nada de ti antes, retiraré la oferta.

Harry tragaba saliva una y otra vez en un esfuerzo por pronunciar la palabra, pero la lengua se negaba a obedecer y las glándulas salivares parecían cauces de ríos africanos secos.

Pero al final lo consiguió.

– Gracias.

A Beate Lønn le gustaba su trabajo. Le gustaban las rutinas, la seguridad, sabía que lo hacía bien y también lo sabían sus colegas de la policía Científica con los que compartía lugar de trabajo en la calle Kjølberggata 21A. Y puesto que nada le importaba más en la vida que el trabajo, hallaba en él razón suficiente para levantarse cada mañana. Todo lo demás eran los acordes de un intermedio. Beate vivía con su madre en Oppsal, en la segunda planta de la casa. Se llevaban bien. Beate siempre había sido el ojito derecho de su padre cuando él vivía y ella suponía que ése era el motivo por el que se había hecho policía, como él. No tenía ningún hobby. Y, a pesar de que ella y Halvorsen, el agente con quien Harry compartía despacho, eran como una especie de pareja, no estaba segura de que él fuese el hombre de su vida. Había leído en la revista Henne que era normal tener esa clase de dudas. Y que había que correr algunos riesgos. A Beate Lønn no le gustaba correr riesgos ni tener dudas. Por eso le gustaba su trabajo.

De niña y de adolescente se sonrojaba sólo de pensar que alguien reparase en ella y dedicaba la mayor parte de su tiempo a encontrar diferentes formas de esconderse. Seguía sonrojándose, pero había aprendido a localizar buenos escondites. Podía pasarse horas tras las desgastadas paredes de ladrillo rojo de la policía Científica estudiando huellas dactilares, informes de balística, grabaciones de vídeo, comprobaciones de voces, análisis de ADN o fibras textiles, huellas de pies, sangre, una infinidad de huellas técnicas que podían resolver casos importantes y muy sonados en un silencio y una paz perfectos. También se había dado cuenta de que, en el trabajo, no resultaba tan peligroso ser visible, siempre y cuando lograse hablar alto y claro y, al mismo tiempo, neutralizar el pánico que sentía ante la idea de sonrojarse en público, de perder prestigio por la ropa que llevaba o por revelar una vergüenza cuya procedencia ignoraba. La oficina de la calle Kjølberggata se había convertido en su fortaleza, el uniforme y el trabajo, en su armadura mental.

El reloj indicaba las doce y media de la noche cuando el teléfono del escritorio le interrumpió la lectura del informe del laboratorio sobre el dedo de Lisbeth Barli. El corazón empezó a latirle acelerado y temeroso al ver en el display que quien llamaba tenía un número «desconocido». Podría ser él.

– Beate Lønn.

Era él. Las palabras vinieron en rápidos golpes:

– ¿Por qué no me llamaste con lo de las huellas?

Ella contuvo la respiración un segundo antes de responder.

– Harry me dijo que te daría el mensaje.

– Gracias, lo recibí. La próxima vez me llamas a mí primero. ¿Entendido?

Beate tragó saliva, no sabía si por ira o por miedo.

– De acuerdo.

– ¿Le contaste algo más que no me hayas contado a mí?

– No. Sólo que he recibido los resultados de lo que hallaron bajo la uña del dedo que recibimos por correo.

– ¿El de Lisbeth Barli? ¿Y qué era?

– Excrementos.

– ¿Qué?

– Caca.

– Sí, gracias, sé lo que es. ¿Alguna idea de dónde procede?

– Pues sí.

– Corrijo mi pregunta. ¿De quién procede?

– No lo sé seguro, pero puedo especular.

– Te importaría…

– Estos excrementos contienen sangre, puede que de una hemorroide. En este caso, del grupo sanguíneo B. Sólo se encuentra en el siete por ciento de la población. Willy Barli está registrado como donante de sangre. Él tiene…

– Comprendo. ¿Y cuál es la conclusión?

– No lo sé -dijo Beate apresuradamente.

– Pero ¿sabes que el ano es una zona erógena, Beate? ¿Tanto en mujeres como en hombres? ¿O es que lo has olvidado?

Beate cerró los ojos con fuerza. Ojalá no lo sacara a relucir otra vez. Otra vez no. Hacía mucho tiempo…, había empezado a olvidar, a eliminarlo del sistema. Pero allí estaba su voz, dura y resbaladiza como la piel de una serpiente.

– Eres muy buena fingiendo ser una chica decente, Beate. Me gusta. Me gustaba que fingieras rehusar.

«Tú, yo: nadie sabe nada», pensó Beate.

– ¿Halvorsen te lo hace igual de bien?

– Tengo que colgar -dijo Beate.

Su risa le resonó en el oído como una ráfaga. Y en ese momento comprendió que no había dónde esconderse, que podían dar contigo en cualquier sitio, igual que con las tres chicas asesinadas en el lugar en que más seguras se sentían. No existía fortaleza alguna. Ninguna armadura.

Øystein se hallaba en el taxi, en la parada de la calle Therese, escuchando la cinta de los Rolling Stones, cuando sonó el teléfono.

– Oslo ta…

– Hola, Øystein. Soy Harry. ¿Tienes gente en el coche?

– Sólo Mick y Keith.

– ¿Cómo?

– La mejor banda del mundo.

– Øystein.

– Sí.

– Los Stones no son la mejor banda del mundo. Ni siquiera la segunda mejor. Más bien es la banda más sobrevalorada del mundo. Y no fueron Keith ni Mick quienes escribieron Wild Horses, sino Gram Parson.

– ¡Es mentira y tú lo sabes! Pienso colgar ahora mismo…

– ¿Hola? ¿Øystein?

– Dime algo agradable. Rápido.

– Under my thumb está bastante bien. Y Exile On Main Street tiene sus momentos.

– Vale. ¿Qué quieres?

– Necesito ayuda.

– ¿A las tres de la mañana? ¿No deberías estar durmiendo?

– No puedo dormir -dijo Harry-. Me muero de miedo en cuanto cierro los ojos.

– ¿La misma pesadilla de siempre?

– La reposición favorita de los infiernos.

– ¿La historia del ascensor?

– Sí, sé exactamente lo que va a ocurrir y tengo el mismo miedo cada vez. ¿Cuánto tardas en llegar aquí?

– No me gusta esto, Harry.

– ¿Cuánto?

Øystein dejó oír un suspiro.

– Dame seis minutos.

Harry estaba ya con los vaqueros en la puerta del apartamento cuando Øystein subía las escaleras.

Se sentaron en la sala de estar, sin encender la luz.

– ¿Tienes una cerveza? -Øystein se quitó la gorra negra de Playstation y se alisó hacia atrás un flequillo fino y sudoroso.

Harry negó con la cabeza.

– Bueno -respondió Øystein dejando en la mesa un tubo de color negro.

– A éste invito yo. Flunipam. Desmayo garantizado. Basta con una pastilla.

Harry observó la caja con detenimiento.

– No te he pedido que vengas para eso, Øystein.

– ¿Ah, no?

– No. Necesito que me expliques qué se hace para descifrar una clave. Cómo se procede.

– ¿Estás hablando de piratería? -Øystein miraba a Harry perplejo-. ¿Tienes que descifrar una contraseña?

– Algo así. Habrás leído en los periódicos lo del asesino en serie, ¿no? Creo que nos está dando claves. -Harry encendió una lámpara-. Mira esto.

Øystein observó la hoja de papel que Harry tenía sobre la mesa.

– ¿Una estrella?

– Un pentagrama. El asesino ha dejado este símbolo en dos de los lugares del crimen. Uno tallado en una viga, al lado de la cama, y el otro dibujado en la capa de polvo de la pantalla de un televisor, en una tienda enfrente del lugar del crimen.

– ¿Y crees que yo puedo decirte lo que significa?

Øystein observaba la estrella meneando la cabeza.

– No. -Harry apoyó la cabeza entre las manos-. Pero esperaba que pudieras explicarme los principios básicos que hay que seguir para descifrar una clave.

– Las claves que yo descodificaba eran matemáticas, Harry. Las claves entre personas tienen otra semántica. Por ejemplo, soy incapaz de descifrar lo que en realidad dicen las tías.

– Imagínate que esto puede ser ambas cosas. Simple lógica con unos subtítulos.

– Vale, entonces estamos hablando de criptografía. Escritura oculta. Y para descifrar algo así, es preciso recurrir tanto al pensamiento lógico como al llamado analógico. Este último implica utilizar el subconsciente y la intuición, es decir, lo que uno no sabe que sabe. Y luego hay que combinar el pensamiento lineal y el reconocimiento de patrones. ¿Has oído hablar de Alan Turing?

– No.

– Un inglés. Descifró los códigos alemanes durante la guerra. Para abreviar te diré que fue él quien ganó la guerra. Dijo que para descifrar claves primero hay que saber en qué dimensión opera la parte contraria.

– ¿Y eso qué significa?

– Digamos que es un nivel por encima de las letras y los números. Por encima del lenguaje. Respuestas que no explican el cómo, sino el porqué. ¿Entiendes?

– No, pero cuéntame cómo se hace.

– Nadie lo sabe. Se parece a la clarividencia religiosa y puede considerarse más bien como un don.

– Vamos a suponer que sé por qué. ¿Qué pasa después de eso?

– Puedes tomar el camino más largo y combinar las distintas posibilidades hasta morirte.

– No soy yo quien muere. Sólo tengo tiempo para recorrer el camino más corto.

– Entonces sólo conozco un método.

– ¿Y?

– El trance.

– Por supuesto. El trance.

– No estoy de broma. Te concentras observando fijamente la información hasta que dejas de pensar de forma consciente. Es como sobrecargar una pierna hasta que sufre un calambre y empieza a hacer cosas por sí sola. ¿Has visto alguna vez cómo le baila el pie a un escalador atrapado en la montaña? No. Bueno, pero así es. En 1988 entré en el sistema de cuentas del Danske Bank después de cuatro noches en vela y con la ayuda de una gota pequeña y fría de LSD. Si tu subconsciente logra desarticular la clave, te darás cuenta. Si no…

– ¿Sí?

Øystein se rió.

– Te desarticularás tú. Las unidades psiquiátricas están llenas de gente como yo.

– Ya. ¿Trance, dices?

– Trance. Intuición. Y quizás un poquito de ayuda farmacéutica…

Harry cogió el tubo de color negro y lo observó pensativo.

– ¿Sabes qué, Øystein?

– ¿Qué?

Le lanzó la caja, que Øystein atrapó al vuelo.

– Te mentí sobre lo de Under My Thumb.

Øystein dejó la caja en el borde de la mesa y se puso a atarse los cordones de unas zapatillas Puma terriblemente desgastadas y bastante retro. De cuando lo retro estaba de moda, de la ola retro.

– Ya lo sé. ¿Has visto a Rakel?

Harry negó con la cabeza.

– Es eso lo que te atormenta, ¿verdad?

– Puede -dijo Harry-. Me han ofrecido un trabajo que no sé si puedo rechazar.

– Entonces no es una oferta para trabajar para el dueño del taxi que yo conduzco.

Harry sonrió.

– Sorry, no soy el hombre adecuado para facilitar orientación profesional -dijo Øystein levantándose-. Aquí te dejo el tubo. Haz lo que quieras.

21

Jueves. Pigmalión

El jefe de los camareros miró de pies a cabeza al hombre que tenía delante. Sus treinta años de servicio le habían procurado cierto olfato para los problemas, y aquel hombre apestaba. No es que él pensara que la ausencia de problemas fuese beneficiosa. Un buen escándalo de vez en cuando era precisamente lo que esperaban los clientes del Theatercaféen. Pero debía tratarse del tipo de problemas correcto. Como cuando los artistas jóvenes cantan desde la galería del café vienés que ellos son el vino nuevo, o cuando un antiguo galán del Teatro Nacional afirma algo ebrio y en voz muy alta que lo único positivo que puede decir del célebre hombre de negocios de la mesa contigua es que es homosexual y, por lo tanto, es poco probable que se reproduzca. Pero la persona que el jefe de los camareros tenía delante en aquel momento no parecía ir a decir nada espiritual o inapropiado, sino que más bien tenía pinta de ser un tipo con problemas aburridos: cuentas sin saldar, borracheras y reyertas. Los signos externos -vaqueros negros, nariz roja y cabeza rapada- le hicieron pensar al principio que sería uno de los operarios alcoholizados del teatro que solían ir al sótano de Burns. Pero cuando preguntó por Willy Barli, comprendió que se trataba de una de las ratas de alcantarilla del antro de periodistas Tostrupkjelleren, situado bajo aquella terraza que llevaba el apropiado nombre de «La tapa del váter». No sentía respeto alguno por los buitres que, sin escrúpulos, se regodeaban de lo que había quedado del pobre Barli después de la desaparición trágica de su encantadora esposa.

– ¿Está usted seguro de que será bien recibido? -preguntó el jefe de los camareros consultando el libro de reservas, aunque sabía perfectamente que, como de costumbre, Barli había llegado a las diez en punto y se había sentado en su mesa de siempre, en la terraza acristalada que daba a la calle Stortingsgata. Lo inusual, y lo que le hizo preocuparse por el estado mental de Barli, era que, por primera vez y hasta donde le alcanzaba la memoria, el jovial productor se había equivocado de día y había acudido al club un jueves en lugar del miércoles habitual.

– Olvídalo, ya lo he visto -dijo el hombre desapareciendo hacia el interior.

El jefe de los camareros exhaló un suspiro y miró al otro lado de la calle. Eran varias las razones que le inducían a preocuparse últimamente por la salud mental de Barli. Un musical, en el reputado Teatro Nacional y durante las vacaciones. Por Dios santo.

Harry había reconocido a Barli por su maraña de pelo, pero al acercarse dudó y empezó a pensar que se había equivocado.

– ¿Barli?

– ¡Harry!

Se le iluminaron los ojos, pero enseguida se extinguió el destello en su mirada. Tenía las mejillas hundidas y la piel fresca y tostada por el sol de hacía unos días aparecía ahora cubierta por una capa de polvo blanquecino y muerto. Se diría que Willy Barli hubiera encogido, hasta su espalda parecía más estrecha.

– ¿Un poco de arenque? -preguntó Willy señalando el plato que tenía delante-. Es el mejor de la ciudad. Lo como todos los miércoles. Dicen que es bueno para el corazón. Claro que, para eso, hay que tener corazón, y los que venimos a este café…

Willy abarcó con el brazo el local casi vacío.

– No gracias -dijo Harry tomando asiento.

– Coge un trozo de pan, por lo menos -Willy le ofreció la cesta del pan-. Éste es el único sitio de Noruega donde sirven auténtico pan de hinojo. Perfecto para acompañar el arenque.

– Sólo café, gracias.

Willy hizo una señal al camarero.

– ¿Cómo me has encontrado aquí?

– Fui al teatro.

– ¿Ah, sí? Tienen orden de decir que estoy fuera de la ciudad. Los periodistas…

Willy imitó el gesto de estrangular a alguien con las manos. Harry no estaba seguro de si se refería a su propia situación o a lo que deseaba para los periodistas.

– Les mostré mi identificación policial y expliqué que era importante -dijo Harry.

– Bien. Bien.

Willy fijó la mirada en un punto, delante de Harry, mientras el camarero le ponía una taza y le servía el café de la cafetera que estaba en la mesa. Cuando el camarero se hubo alejado, Harry emitió un carraspeo. Willy se sobresaltó y salió de su ensimismamiento.

– Si traes malas noticias, quiero conocerlas enseguida, Harry.

Harry negó con la cabeza y dio un sorbo de café.

Willy murmuró algo inaudible con los ojos cerrados.

– ¿Cómo va la obra de teatro? -preguntó Harry.

Willy le dedicó una sonrisa triste.

– Ayer llamaron de la sección de Cultura del diario Dagbladet para preguntar lo mismo. Le expliqué cómo iba el desarrollo artístico, pero era obvio que quería saber si tanta publicidad en torno a la extraña desaparición de Lisbeth y a la sustitución por su hermana no sería positiva para la venta de entradas.

Willy levantó la vista al cielo.

– Bueno -dijo Harry-, ¿y es así?

– ¿Estás loco de remate, tío? -preguntó Willy con voz estentórea-. Es verano, la gente quiere divertirse, no llorar a una mujer a la que ni siquiera conocen. Hemos perdido el gancho. Lisbeth Barli, un talento rural aún por descubrir. Perder eso justo antes del estreno no es bueno para el negocio.

Desde una mesa situada más al fondo del local se giraron varias cabezas, pero Willy continuó en el mismo tono de voz.

– Apenas si hemos vendido algunas entradas. Bueno, aparte de las del estreno, ésas se las rifaron. La gente es morbosa, olfatea y sigue el rastro del escándalo. Para serte franco, necesitamos unas críticas fantásticas si queremos salir bien parados, pero por el momento…

Willy estampó un puñetazo en el mantel blanco que hizo salpicar el café.

– … no se me ocurre nada menos importante que ese puto negocio.

Willy se quedó mirando fijamente a Harry, y parecía que iba a abundar en su estallido cuando una mano invisible, sin previo aviso, borró la ira de su semblante. Durante un segundo, sólo pareció confundido, como si no supiera dónde se encontraba. Acto seguido se le transformó la cara y se apresuró a esconderla entre las manos. Harry vio que el jefe de los camareros les dedicaba una mirada extraña, casi esperanzada.

– Lo siento -susurró Willy con la voz rota y sin retirar las manos-. No suelo… Es que no duermo… ¡Mierda, qué teatral soy!

Emitió un sollozo, un sonido entre la risa y el llanto, golpeó la mesa una vez más e hizo una mueca que casi logró convertir en una sonrisa desesperada.

– ¿Qué puedo hacer por ti, Harry? Pareces triste.

– ¿Triste?

– Afligido. Melancólico. Poco alegre.

Willy se encogió de hombros y se llevó a la boca un tenedor con un trozo de pan con arenque. La piel del pescado relucía. El camarero se acercó a la mesa silenciosamente y sirvió a Willy más Chatelain Sancerre.

– Tengo que preguntarte algo que quizá te resulte desagradablemente íntimo -explicó Harry.

Willy negó con la cabeza mientras tragaba el bocado con un sorbo de vino.

– Cuanto más íntimo, menos desagradable, Harry. Recuerda que soy artista.

– Estupendo.

Harry tomó un sorbo de café para procurarle a su mente un poco de combustible.

– Hemos encontrado rastros de excrementos y sangre bajo la uña de Lisbeth. El análisis preliminar concuerda con tu grupo sanguíneo. Quiero saber si necesitamos someterlo a una prueba de ADN.

Willy dejó de masticar, puso el dedo índice derecho contra los labios y se quedó pensativo, mirando al infinito.

– No -respondió al cabo de un rato-. No será necesario.

– ¿O sea que sus uñas han estado en contacto con tus… excrementos?

– Hicimos el amor la noche anterior a su desaparición. Lo hacíamos todas las noches. Lo habríamos hecho durante el día también si no hubiese hecho tanto calor en el apartamento.

– Y entonces…

– ¿Te preguntas si practicamos el postillion?

– Bueno…

– ¿Si me folla por el culo? Siempre que puede. Pero con cuidado. Como el sesenta por ciento de los noruegos de mi edad, tengo hemorroides, por eso Lisbeth no se deja las uñas demasiado largas. ¿Practicas el postillion, Harry?

A Harry se le atragantó el café.

– ¿Contigo como objetivo o con otros? -preguntó Willy.

Harry negó con la cabeza.

– Deberías, Harry. Sobre todo porque eres hombre. Dejarse penetrar es algo fundamental. Si te atreves a hacerlo, descubrirás que tienes un registro de sensaciones mucho más amplio de lo que creías. Si aprietas el culo, dejas a los demás fuera en tanto que tú quedas dentro. Pero si te abres, te muestras vulnerable y confiado, brindas a los demás la oportunidad de, literalmente, llegar dentro de ti.

Willy continuó agitando el tenedor mientras hablaba:

– Por supuesto que implica cierto riesgo. Te pueden dañar, rasgarte por dentro. Pero también pueden amarte. Y entonces te envuelve el amor, Harry. Es tuyo. Se dice que es el hombre quien posee a la mujer en el coito, pero ¿es eso cierto? Piénsalo, Harry.

Harry pensaba.

– Lo mismo nos ocurre a los artistas. Hemos de abrirnos, mostrarnos vulnerables, dejarnos penetrar. Para tener la posibilidad de ser amados debemos atrevernos a que nos hagan daño desde dentro. Te hablo de un deporte de riesgo, Harry. Me alegro de haber dejado de bailar.

Mientras Willy sonreía, un par de lagrimones empezaron a discurrir por sus mejillas, primero de un ojo y a continuación del otro, como en un eslalon en paralelo intermitente, hasta perderse en la barba.

– La echo de menos, Harry.

Harry clavó la vista en el mantel. Pensaba que debería marcharse, pero se quedó sentado.

Willy sacó un pañuelo y se sonó con un fuerte trompeteo antes de verter el resto del vino en la copa.

– No es que quiera meterme donde no me llaman, Harry, pero cuando dije que pareces triste, pensé que siempre das la impresión de estar triste. ¿Es por una mujer?

Harry manoseó la taza de café.

– ¿Varias?

Harry iba a contestar de modo que no hubiese más preguntas, pero algo le hizo cambiar de opinión. Asintió con la cabeza.

Willy alzó la copa.

– Siempre son las mujeres. ¿Te has dado cuenta? ¿A quién has perdido?

Harry miró a Willy. Había algo en la mirada del productor barbudo, una sinceridad dolorida, una franqueza indefensa que, debía admitirlo, le transmitía la sensación de que podía confiar en él.

– Mi madre enfermó y murió cuando yo era joven -dijo Harry.

– ¿Y la echas de menos?

– Sí.

– Pero hay otras, ¿no?

Harry se encogió de hombros.

– Hace un año y medio asesinaron a una colega. Rakel, mi novia…

Harry se calló.

– ¿Sí?

– No creo que te interese.

– Comprendo que hemos llegado al meollo del asunto -suspiró Willy-. Vais a dejarlo.

– Nosotros no. Ella. Estoy intentando hacerla cambiar de opinión.

– Ya veo. ¿Y por qué quiere dejarlo?

– Por mi forma de ser. Es una larga historia, pero la versión abreviada es que yo soy el problema. Y ella quiere que sea diferente.

– ¿Sabes qué? Tengo una propuesta. Llévala a ver mi obra.

– ¿Por qué?

– Porque My Fair Lady está basada en un mito griego sobre el escultor Pigmalión que se enamora de una de sus propias esculturas, la bella Galatea. Le ruega a Venus que infunda vida a la estatua para así casarse con ella y la diosa atiende su plegaria. Quizá la obra le enseñe a tu Rakel lo que pasa cuando quieres cambiar a otra persona.

– ¿Que fracasa?

– Todo lo contrario. Pigmalión, representado por el personaje del profesor Higgins, logra todos sus propósitos en My Fair Lady. Sólo produzco obras con final feliz. Es el lema de mi vida. Si no lo tienen, me lo invento.

Harry sonrió meneando la cabeza.

– Rakel no intenta cambiarme. Es una mujer sabia. Prefiere dejarme.

– Algo me dice que quiere volver contigo. Te enviaré dos entradas para el estreno.

Willy le indicó al camarero que quería la cuenta.

– ¿Qué demonios te hace pensar que quiere volver conmigo? -preguntó Harry-. No sabes nada de ella.

– Tienes razón. No digo más que tonterías. El vino blanco con la comida es una buena idea, pero sólo en teoría. Últimamente, bebo más de lo que debiera, espero que me perdones.

El camarero trajo la cuenta. Willy la firmó sin mirarla y le pidió que la uniera a las demás. El camarero desapareció.

– Pero llevar a una mujer a un estreno con las mejores entradas nunca puede ser un fracaso total -Willy sonrió-. Créeme, lo he comprobado.

Harry pensó que la sonrisa de Willy se parecía a la triste y resignada de su padre. La sonrisa de un hombre que mira hacia atrás porque allí están las cosas que lo hacen sonreír.

– Muchas gracias, pero… -empezó Harry.

– Nada de peros. Por lo menos es una excusa para llamarla, si no os habláis últimamente. Déjame que te mande dos entradas, Harry. Creo que a Lisbeth le habría gustado. Y Toya está haciendo progresos. Será un buen montaje.

Harry hurgó distraído en el mantel.

– Lo pensaré.

– Estupendo. Tendré que ponerme en marcha antes de que me quede dormido -Willy se levantó.

– A propósito -Harry se metió la mano en el bolsillo-, encontramos este símbolo en los dos lugares del crimen. Es una estrella del diablo. ¿Recuerdas haberla visto en algún sitio después de que Lisbeth desapareciera?

Willy miró la foto.

– No lo creo.

Harry estiró la mano hacia la foto.

– Espera un poco -Willy se rascó la barbilla.

Harry aguardaba.

– La he visto. Pero ¿dónde?

– ¿En el apartamento? ¿En el portal? ¿En la calle?

Willy negó con la cabeza.

– En ninguno de esos lugares. Y no ahora. En otro lugar, hace mucho tiempo. Pero ¿dónde? ¿Es importante?

– Puede serlo. Llámame si te acuerdas.

Ya fuera, cuando se despidieron, Harry se quedó mirando la calle Drammensveien. El sol brillaba sobre las vías y el aire caliente vibraba y hacía flotar el tranvía.

22

Jueves y viernes. La revelación

Jim Beam está hecho de centeno, cebada y un setenta por ciento de maíz que le da al bourbon ese sabor rotundo y dulce que lo distingue del whisky corriente. El agua del Jim Beam procede de un manantial cercano a la destilería de Clermont, Kentucky, donde también fabrican esa levadura especial que, según algunos, sigue la misma receta que Jacob Beam utilizaba en 1795. El resultado madura durante un mínimo de cuatro años antes de ser enviado a todos los rincones del mundo y de ser adquirido por Harry Hole, que se caga en Jacob Beam y que sabe que el agua de manantial es un truco de comercialización parecido a lo de Farris y el manantial de Farris. Y el único porcentaje que le importa es el que aparece en la letra pequeña de la etiqueta.

Harry se encontraba delante del frigorífico con un cuchillo de tallar en la mano, mirando fijamente la botella de líquido ocre dorado. Estaba desnudo. El calor del dormitorio lo había obligado a quitarse el calzoncillo aún húmedo y con olor a cloro.

Y llevaba cuatro días sobrio. Se dijo que lo peor ya había pasado. Era mentira, lo peor distaba mucho de haber pasado. Aune le había preguntado en una ocasión si sabía por qué bebía. Y él le contestó sin titubear: «Porque tengo sed». Harry lamentaba en varios sentidos el hecho de vivir en una sociedad y en una época en que las desventajas derivadas de beber alcohol en exceso superasen a las ventajas. Sus razones para mantenerse sobrio nunca habían guardado relación alguna con sus principios y sólo eran de tipo práctico. Consumir mucho alcohol resulta agotador y el premio es una vida corta y miserable, llena de aburrimiento y de dolor físico. Para un bebedor periódico, la vida consiste, por un lado, en estar borracho y, por otro, en el resto del tiempo. Dilucidar cuál de esas dos partes es la vida real constituía una cuestión filosófica en la que él no tenía tiempo de profundizar, ya que, de todos modos, la respuesta no le proporcionaría una vida mejor. Ni peor. Porque todo lo que estaba bien -todo- debía rendirse necesariamente tarde o temprano a la ley de la gravedad del alcohólico. La Gran Sed. Así era como había visto el problema de cálculo hasta que conoció a Rakel y a Oleg. Aquel encuentro otorgó una nueva dimensión a la abstinencia. Pero no anulaba la ley de la gravedad. Y ahora ya no aguantaba más las pesadillas. No aguantaba oír los gritos de ella. Ver el miedo en sus ojos fijos y muertos mientras su cabeza subía hacia el techo del ascensor. Tendió la mano hacia el armario. No dejaría nada sin probar. Dejó el cuchillo de tallar al lado de Jim Beam y cerró la puerta del armario. Luego volvió al dormitorio.

No encendió la lámpara, pero un rayo de luz de luna entraba por entre las cortinas.

El edredón y el colchón parecían haber intentado quitarse la ropa húmeda y arrugada.

Se metió en la cama. La última vez que durmió sin pesadillas fue en la cama de Camilla Loen, durante unos minutos. Entonces también soñó con la muerte, pero con la diferencia de que no sintió miedo. Un hombre puede encerrarse, pero tiene que dormir. Y en el sueño nadie puede esconderse.

Harry cerró los ojos.

El rayo de luna parecía temblar al ritmo del vaivén de las cortinas. Incidió sobre la pared que había encima de la cama y sobre las marcas negras de un cuchillo. Debieron de emplear mucha fuerza, porque la hendidura se adentraba profundamente en la madera detrás del papel blanco de la pared. La herida ininterrumpida formaba una gran estrella de cinco puntas.

Ella oía el tráfico de Trojská al otro lado de la ventana y la respiración profunda y regular del hombre que yacía a su lado. A veces le parecía distinguir los gritos del parque zoológico, pero a lo mejor sólo eran los trenes nocturnos del otro lado del río, que frenaban antes de llegar a la estación central. Cuando se mudaron a Trojská, a la cima del signo de interrogación marrón que describía el río Vltava a su paso por Praga, él dijo que le gustaba el sonido de los trenes.

Llovía.

Se había pasado todo el día fuera. En Borna, le dijo. Cuando por fin lo oyó entrar en el apartamento, ella ya se había acostado. Oyó en la entrada el ruido de la maleta antes de que él entrara en el dormitorio. Fingió dormir, pero lo observó a escondidas mientras él colgaba la ropa con movimientos lentos, echando alguna que otra ojeada al espejo que había junto al armario para mirarla. Se metió en la cama. Tenía las manos frías y la piel pegajosa de sudor cuajado. Hicieron el amor al repiqueteo de la lluvia contra las tejas, el cuerpo de él sabía a sal. Después, se durmió como un niño. Por lo general, a ella también le entraba sueño, pero en esta ocasión se quedó despierta mientras la savia de él salía de su cuerpo para ser absorbida por la sábana.

Fingió no saber lo que la mantenía despierta, pese a que sus pensamientos siempre eran los mismos. Que, el lunes por la noche cuando volvió de Oslo, al ir a cepillar la chaqueta del traje, descubrió en la manga un cabello rubio. Que aquel sábado, él volvería a Oslo. Que era la cuarta vez en cuatro semanas. Que seguía sin querer contarle lo que hacía allí. Ni que decir tiene que el pelo podía ser de cualquiera, de un hombre o de un perro.

Él empezó a roncar.

Pensó en la forma en que se conocieron. En su cara abierta y sus confesiones francas, que ella malinterpretó pensando que se hallaba ante un hombre extrovertido. La derritió como la nieve de primavera en la plaza de Václav, aunque, cuando una mujer sucumbía tan fácilmente a un hombre, siempre existía una sospecha que corroía, la de no ser la única que había sucumbido de ese modo.

Pero la trataba con respeto, casi como a un igual, a pesar de que tenía dinero suficiente como para tratarla como a una de las prostitutas de Perlová. Era un premio de la lotería, el único que le había tocado. Lo único que podía perder. Esa certeza la impulsaba a ser cauta, le impedía preguntar dónde había estado, con quién, qué hacía en realidad.

Sin embargo, había pasado algo y ahora tenía que averiguar si él era un hombre en quien pudiese confiar de verdad. Tenía algo mucho más precioso que perder. No le había contado nada, no lo supo con seguridad hasta hacía tres días, cuando fue al médico.

Se levantó de la cama y salió de la habitación de puntillas. Ya en el pasillo, cerró la puerta con cuidado.

Era una maleta moderna de color azul plomo, de la marca Samsonite. Estaba casi nueva pero los cantos aparecían rayados y llenos de pegatinas medio arrancadas de controles de seguridad y de destinos de los que ella ni siquiera había oído hablar.

A la débil luz del vestíbulo observó que la combinación de la cerradura estaba en cero-cero-cero. Siempre lo estaba. Y no necesitaba comprobarlo, sabía que no podría abrir la maleta. Nunca la había visto abierta, a excepción de las veces que él sacaba la ropa de los cajones para meterla en la maleta mientras ella estaba en la cama. Fue pura casualidad que lo hubiese visto la última vez que hizo la maleta. Vio que la combinación de la cerradura estaba en el interior de la tapa. Por otro lado, no es muy difícil recordar tres cifras. No cuando tienes que hacerlo. Olvidar todo lo demás y recordar las tres cifras del número de habitación de un hotel cuando llamaban para decirle que la requerían, qué debía llevar puesto o si había algún otro deseo especial.

Aguzó el oído. Los ronquidos sonaban como una suave fricción detrás de la puerta.

Había cosas que él no sabía. Cosas que no tenía por qué saber, cosas que ella había tenido que hacer, pero que pertenecían al pasado. Puso la punta de los dedos contra las ruedecillas dentadas que había sobre los números y las giró. A partir de ahora, sólo importaba el futuro.

Las cerraduras se abrieron con un suave clic.

Se quedó en cuclillas mirando fijamente el interior de la tapa.

Debajo, encima de una camisa blanca, había una cosa de metal negra y fea.

No necesitaba tocarla para asegurarse de que era una pistola de verdad, las había visto antes, en su vida anterior.

Tragó saliva y notó que la sobrecogía el llanto. Apretó los dedos contra los ojos. Por dos veces, murmuró el nombre de su madre para sus adentros.

Duró sólo unos segundos.

Tomó aire con fuerza y en silencio. Tenía que sobrevivir. Ellos tenían que sobrevivir. Aquello era, desde luego, una explicación de por qué no le podía contar muchos detalles sobre lo que hacía, la razón de que ganase tanto como parecía. Y ella ya había tenido ese pensamiento, ¿no?

Tomó una decisión.

Había cosas que ella ignoraba. Cosas que no necesitaba saber. Cerró la maleta y puso de nuevo a cero los números de la cerradura. Aplicó el oído a la puerta antes de abrirla con cuidado y entró rápidamente. Un rectángulo de la luz del pasillo alcanzó la cama. Si hubiera echado un vistazo al espejo antes de cerrar, le habría visto abrir un ojo. Pero estaba demasiado ocupada con sus propios pensamientos. O mejor dicho, con ese único pensamiento que acudía a su mente una y otra vez mientras oía el tráfico, los gritos del parque zoológico y su respiración rítmica y profunda. Que desde ahora sólo contaba el futuro.

Un grito, una botella al romperse contra la acera, seguido de una risa ronca. Juramentos y pasos corriendo que desaparecen traqueteando por la calle Sofie hacia el estadio de Bislett.

Harry miraba al techo mientras escuchaba los sonidos de la noche. Había dormido tres horas sin soñar antes de despertarse y ponerse a pensar. En tres mujeres, dos escenarios de sendos crímenes y en un hombre que le había ofrecido un buen precio por su alma. Intentó encontrar un sistema en todo aquello. Descifrar la clave. Ver el patrón. Comprender lo que Øystein había llamado la dimensión más allá del dibujo, la pregunta que venía antes de cómo. ¿Por qué?

¿Por qué un hombre se había disfrazado de mensajero ciclista para matar a dos mujeres y, probablemente, a una tercera? ¿Por qué se lo había puesto tan difícil a la hora de elegir el lugar del crimen? ¿Por qué dejaba mensajes? Cuando toda la experiencia atesorada afirmaba que los asesinatos en serie tenían un motivo sexual, ¿por qué no había ninguna señal de que hubiesen abusado sexualmente de Camilla Loen o de Barbara Svendsen?

Harry notó cómo le sobrevenía el dolor de cabeza. Apartó la funda del edredón de una patada y se dio la vuelta. Los números del despertador ardían en rojo. Las dos cincuenta y uno. Las dos últimas preguntas de Harry eran para sí mismo. ¿Por qué aferrarse al alma, si eso significa que se rompa el corazón? ¿Y por qué le importaba un sistema que en realidad lo odiaba?

Apoyó los pies en el suelo y se fue a la cocina. Miró la puerta del armario que había encima del fregadero. Enjuagó un vaso bajo el grifo y dejó que se llenase hasta arriba. Sacó el cajón donde estaban los cubiertos y cogió la caja negra de fotos, quitó la tapa gris y vertió el contenido en la palma de la mano. Una pastilla lo haría dormir. Dos con un vaso de Jim Beam lo volverían hiperactivo. Tres o más podían surtir efectos imprevisibles.

Harry abrió la boca, metió las pastillas y se las tragó con agua tibia.

Luego se fue a la sala de estar, puso un disco de Duke Ellington que había comprado después de ver a Gene Hackman sentado en el autobús nocturno en La conversación, acompañado de unas notas tenues que eran lo más solitario que Harry había oído jamás.

Se sentó en el sillón de orejas.

– Para eso sólo conozco un método -le había dicho Øystein.

Harry empezó por el principio. Por el día que pasó por delante del Underwater haciendo eses camino a la dirección de Ullevålsveien. Viernes. La calle Sannergata. Miércoles. Carl Berner. Lunes. Tres mujeres. Tres dedos amputados. La mano izquierda. Primero el dedo índice, luego el corazón y el anular. Tres lugares. Ningún chalé, barrios con vecinos. Un edificio antiguo de fin de siglo, otro de los años treinta y un bloque de oficinas de los cuarenta. Ascensores. Recordaba los números sobre las puertas del ascensor. Skarre había hablado con las tiendas en Oslo y alrededores especializadas en equipos para los mensajeros ciclistas. No pudieron ayudarle en cuanto a equipos de bicicleta y trajes amarillos, pero gracias al acuerdo con los seguros Falken, pudieron facilitarle una lista de quienes habían comprado bicicletas caras en los últimos meses, como las utilizadas por los mensajeros.

Notó cómo llegaba la anestesia. La tosca lana de la silla le escocía contra las nalgas y los muslos desnudos.

Las víctimas. Camilla, redactora de una agencia de publicidad, soltera, veintiocho años, rellenita. Lisbeth, cantante, casada, treinta y tres años, rubia, delgada. Barbara, recepcionista, veintiocho, vivía con sus padres, castaño oscuro. Ninguna destacaba por su atractivo. El momento de los asesinatos. Suponiendo que a Lisbeth la asesinaran enseguida, sólo días laborables. Por la tarde, justo después de acabar la jornada.

Duke Ellington tocaba veloz. Como si tuviera la cabeza llena de notas que debiese tocar. De pronto, casi se detuvo del todo. Tocaba sólo los puntos necesarios.

Harry no había estudiado la procedencia de las víctimas, no había hablado con familiares ni amigos, sólo había repasado el informe a toda prisa, sin encontrar nada que llamase su atención. Porque no era allí donde encontraría las respuestas. No en quiénes eran las víctimas, sólo en lo que eran, en lo que representaban. Para aquel asesino, las víctimas no eran sino exteriores, elegidas tan al azar como todo lo que las rodeaba. Sólo se trataba de captar lo que era. Captar el dibujo.

De repente, la química se puso en funcionamiento. El efecto recordaba más al de un alucinógeno que a los somníferos. Su mente cedió ante los pensamientos, que navegaban sin control, como en un barril por un río. El tiempo palpitaba, bombeaba como un universo en expansión. Cuando volvió en sí, reinaba a su alrededor un silencio roto únicamente por el sonido de la aguja del tocadiscos que picaba contra la etiqueta.

Se fue al dormitorio, se sentó a los pies de la cama con las piernas flexionadas, como un escriba sentado, y se quedó mirando fijamente la estrella del diablo. Al cabo de un rato, ésta empezó a bailar. Cerró los ojos. Se trataba de captarlo.

Cuando empezó a clarear, él ya había pasado por todos los lugares. Estaba sentado, escuchaba y veía, pero estaba soñando. Cuando lo despertó el chasquido del periódico Aftenposten al caer en la escalera, levantó la cabeza y clavó la mirada en la cruz, que había dejado de bailar.

Todo había dejado de bailar. Ya estaba. Había visto el dibujo.

El dibujo de un hombre entumecido que buscaba desesperadamente unos sentimientos genuinos. Un idiota ingenuo que creía que donde hay alguien que ama, hay amor, que donde hay preguntas, hay respuestas. El dibujo de Harry Hole. En un arrebato de ira, dio con la cabeza en la cruz de la pared. Sintió un profundo dolor y cayó apático sobre la cama. Su mirada se posó en el despertador. Las 5.55. La funda del edredón estaba mojada y caliente.

Entonces, Harry Hole se apagó, como si alguien hubiera pulsado un interruptor.

Ella le llenó la taza de café. Él gruñó un Danke y pasó la página d The Observer. Como de costumbre, había salido a comprarlo en el hotel de la esquina, junto con los cruasanes recién hechos que el panadero del barrio había empezado a vender. El hombre nunca había estado en el extranjero, sólo en Eslovaquia, que no contaba como extranjero, pero le aseguraba que ahora en Praga tenían todo lo que había en otras grandes ciudades de Europa. Tenía ganas de viajar. Antes de conocerlo a él, se había enamorado de ella un hombre de negocios norteamericano. Una empresa farmacéutica de Praga con la que mantenía relaciones comerciales la compró como regalo. Era un hombre agradable, inocente y algo regordete, dispuesto a ofrecérselo todo con tal de que se fuera con él a su casa de Los Ángeles. Naturalmente, ella aceptó. Pero cuando se lo contó a Tomas, su chulo y hermanastro, éste se encaminó directamente a la habitación del americano y lo amenazó con un cuchillo. El americano se fue al día siguiente y ella nunca volvió a verlo. Cuatro días más tarde y muy deprimida, mientras bebía vino en el hotel Gran Europa, de pronto lo vio. Estaba sentado al fondo del local observando cómo ella toreaba a los pelmazos. Decía siempre que eso era lo que lo enamoró. No se trataba del hecho de que otros la desearan, sino de la forma en que ignoraba el cortejo, tan relajadamente desinteresada, tan netamente pudorosa. Dijo que todavía había hombres que sabían apreciar esas cosas.

Lo dejó que la invitara a una copa de vino, le dio las gracias y se fue a casa, sola.

Al día siguiente, llamó a la puerta de su minúsculo apartamento, situado en un semisótano de Strasnice. Nunca le explicó cómo se había enterado de dónde vivía. Pero la vida había pasado de gris a rosa en un abrir y cerrar de ojos. Experimentó la felicidad. Era feliz.

El papel de periódico crujía cada vez que pasaba la página.

Debía haberlo sabido. No debería haber guiñado el ojo otra vez. Ojalá no hubiera sabido lo de la pistola que llevaba en la maleta.

Pero había decidido olvidarlo. Olvidar todo lo demás. Lo otro, lo que no era lo importante. Eran felices. Ella lo quería. Estaba sentada, con el delantal puesto. Sabía que le gustaba que usara delantal. Al fin y al cabo, algo sabía del funcionamiento de los hombres, el secreto estaba en no demostrarlo. Se miró el regazo. Empezó a sonreír, no podía evitarlo.

– Tengo algo que contarte -le dijo.

– ¿Ah, sí? -La página del periódico ondeaba como la vela de un barco.

– Prométeme que no te vas a enfadar -continuó notando que sonreía cada vez con más ganas.

– No puedo prometerlo -respondió él sin levantar la vista.

A ella se le heló la sonrisa.

– Que…

– Supongo que vas a confesarme que registraste mi maleta cuando te levantaste anoche.

Hasta aquel momento, ella no se había percatado de que le había cambiado el acento. Su habitual tono cantarín había desaparecido casi por completo. Dejó el periódico y la miró.

Nunca había tenido que mentirle, gracias a Dios, porque sabía que jamás lo conseguiría. Allí estaba la prueba. Negó con la cabeza pero notó que se le descontrolaba la expresión de la cara.

Él enarcó una ceja.

Ella tragó saliva.

El segundero de aquel reloj grande de cocina que ella compró en IKEA con el dinero de él emitió un silencioso tictac.

Él sonrió.

– Y encontraste un montón de cartas de mis amantes, ¿verdad?

Ella parpadeó desconcertada.

Él se inclinó.

– Estoy bromeando, Eva. ¿Algo va mal?

Ella asintió con la cabeza.

– Estoy embarazada -susurró rápidamente, como si, de pronto, fuese algo urgente-. Yo… nosotros… vamos a tener un hijo.

Se quedó petrificado, mirando fijamente al frente mientras ella le contaba cómo empezó a sospechar, la visita al médico y, finalmente, la certeza. Cuando terminó, él se levantó y salió de la cocina. Volvió y le entregó un pequeño estuche de color negro.

– Visitar a mi madre.

– ¿Qué?

– Quieres saber lo que voy a hacer en Oslo, ¿no? Voy a visitar a mi madre.

– ¿Tienes madre…?

Fue su primer pensamiento: «¿De verdad tiene madre?». Pero añadió:

– ¿Vive tu madre en Oslo?

Él sonrió y señaló la caja con la cabeza.

– ¿No vas a abrirlo, querida? Es para ti. Por el niño.

Parpadeó un par de veces antes de serenarse y poder abrirlo.

– Es precioso -aseguró notando que se le llenaban los ojos de lágrimas.

– Te quiero, Eva Marvanova.

El tono cantarín volvía a animar su acento.

Ella sonrió entre lágrimas cuando la abrazó.

– Perdóname -murmuró ella-. Perdóname. Lo único que necesito saber es que me quieres. El resto no tiene importancia. No tienes que hablarme de tu madre. Ni de la pistola…

Sintió que el cuerpo de él se ponía rígido entre sus brazos. Y le susurro al oído:

– Vi la pistola, pero no necesito saber nada. Nada, ¿me oyes?

Él se liberó cuidadosamente de su abrazo.

– Sí -dijo-. Lo siento, no hay más remedio. Ya no.

– ¿Qué quieres decir?

– Tienes que saber quién soy.

– Pero… ya sé quién eres, mi amor.

– Ignoras a qué me dedico.

– No sé si quiero saberlo.

– Tienes que saberlo.

Cogió el estuche, sacó el collar y lo levantó.

– Me dedico a esto.

El diamante en forma de estrella brillaba como un ojo enamorado a la luz matinal que entraba por la ventana de la cocina.

– Y a esto.

Sacó la mano del bolsillo de la chaqueta. Sujetaba la misma pistola que ella había visto en la maleta, pero alargada con un suplemento de metal negro sujeto al cañón. Eva Marvanova no entendía mucho de armas, pero sabía lo que era. Un silenciador. O como se dice en inglés, tan acertadamente, silencer.

Harry se despertó cuando sonó el teléfono. Tenía la sensación como si alguien le hubiese metido una toalla en la boca. Intentó humedecer la cavidad bucal con la lengua, pero le raspaba contra el paladar como un trozo de pan reseco. El reloj de la mesilla marcaba las 10.17. Un recuerdo fragmentario, una imagen incompleta le vino a la mente. Se dirigió a la sala de estar. El teléfono sonó por sexta vez.

Cogió el auricular.

– Aquí Harry. Habla.

– Sólo quiero decir que lo siento.

Allí estaba, la voz que siempre deseaba oír cuando cogía el teléfono.

– ¿Rakel?

– Es tu trabajo -dijo-. No tengo derecho a estar enfadada. Lo siento.

Harry se sentó en la silla. Algo intentaba abrirse camino entre la maraña de sueños antiguos ya casi olvidados.

– Tienes derecho a estar enfadada -aseguró.

– Eres policía. Alguien tiene que cuidar de nosotros.

– No me refería al trabajo -explicó Harry.

Ella no respondía. Él aguardaba.

– Te echo de menos -dijo de repente con la voz quebrada.

– Echas de menos a la persona que creías que era yo -precisó Harry-. En cambio yo echo de menos…

– Adiós -dijo Rakel de pronto, como una canción que termina en pleno preludio.

Harry se quedó sentado mirando el teléfono. Alegre y triste a la vez. Un residuo del sueño se esforzaba por emerger a la superficie, pero se topó con la cara inferior de una capa de hielo que iba congelándose cada vez más a medida que pasaban los segundos del día. Repasó la mesa en busca de algún cigarrillo y encontró una colilla en un cenicero. Seguía teniendo la lengua medio anestesiada. Suponía que Rakel había interpretado su articulación gangosa como indicio de una borrachera, lo que, en realidad, no se hallaba tan lejos de la verdad, salvo por el hecho de que no sentía ganas de volver a ingerir ese veneno.

Entró en el dormitorio. Miró el reloj de la mesilla. Hora de irse a trabajar. Algo…

Cerró los ojos.

El eco de Duke Ellington continuaba resonándole en el conducto auditivo. No estaba allí, tenía que adentrarse más. Siguió escuchando. Oyó el grito dolorido de un tranvía, pasos de gato en el tejado y un ominoso susurro en el abedul de color verde explosivo que había en el patio trasero. Más adentro aún. Oyó que el edificio se resistía, el crujir de la masilla de los travesaños de las ventanas, el trastero vacío del sótano que emitía un ruido sordo allá abajo, en el abismo. Oyó el agudo raspar de las sábanas contra su piel desnuda y el traqueteo impaciente de los zapatos en el pasillo. Oyó la voz de su madre susurrar como solía hacerlo justo antes de que él se durmiera: «Detrás del armario, detrás del armario, detrás del armario de su madame…».

Y ya estaba dentro del sueño.

El sueño de la noche anterior. Estaba ciego, tenía que estar ciego, porque sólo podía oír.

Oyó de fondo una voz que murmuraba una suerte de plegaria.

Por la acústica, se diría que estaba en una habitación de grandes dimensiones, como de una iglesia, de no ser porque no paraban de caer gotas. Desde debajo de la alta bóveda, si es que era una bóveda, se oía un aleteo acelerado. ¿Palomas? Al parecer, un sacerdote o un predicador dirigía la sesión de espiritismo, pero la liturgia sonaba extraña y exótica. Casi como si hablara en ruso o como si sufriera glosolalia. La congregación entonó un salmo de armonía extraña y líneas breves y cortantes. Ninguna palabra conocida, como Jesús o María. De repente, la congregación dejó de cantar y empezó a tocar la orquesta. Ahora reconoció la melodía. De la tele. Espera un momento. Oyó algo que rodaba. Una bola. Se detuvo.

– Cinco -anunció una voz femenina-. El número es el cinco.

En ese instante, lo comprendió todo.

La clave.

23

Viernes. El número del ser humano

Las revelaciones de Harry solían ser pequeñas gotas heladas que le caían en la cabeza. Sólo eso. Por supuesto que a veces, si miraba hacia arriba siguiendo la dirección de caída, encontraba la relación causal. Aquella revelación era diferente. Era un regalo, un hurto, una gracia inmerecida de los ángeles, música como ésta podía llegar a personas como Duke Ellington, perfectamente acabada como extraída de un sueño, sólo había que sentarse al piano y tocarla.

Y eso era lo que Harry se disponía a hacer en aquellos momentos. Había citado a su público en su despacho a la una de la tarde. Así tendría tiempo suficiente para poner en su lugar lo más esencial, el último trozo de la clave. Para eso necesitaba la estrella guía. Y un mapa de las estrellas.

Cuando se dirigía al despacho, pasó por una librería a fin de comprar una regla, un transportador, un compás, la plumilla más fina que tuvieran y un par de transparencias. Y se puso manos a la obra en cuanto llegó. Sacó el gran plano de Oslo que había descolgado de la pared, puso una cinta adhesiva en un roto, alisó los dobleces y lo colgó en la pared más amplia. Hecho esto, dibujó en el folio un círculo, lo dividió en cinco sectores de exactamente setenta y dos grados cada uno, pasando la plumilla a lo largo de la regla hacia cada uno de los puntos libres que se encontraban más apartados en el círculo, en una línea continua. Cuando terminó, levantó el folio hacia la luz. La estrella del diablo.

El proyector de transparencias de la sala de reuniones no estaba en su lugar, de modo que Harry entró en la sala del grupo de Atracos, donde el jefe de grupo Ivarsson daba su eterna conferencia, que los colegas habían titulado «Cómo llegué a ser tan listo», ante un grupo de sustitutos convocados a la fuerza.

– Esto tiene prioridad -dijo Harry apagándolo y llevándose el carrito con el proyector ante la mirada perpleja de Ivarsson.

De vuelta en su despacho, Harry metió la transparencia en el proyector, enfocó el cuadrado de luz hacia el mapa y apagó la lámpara del techo.

Escuchó su propia respiración en la oscura sala sin ventanas mientras ajustaba la transparencia, acercó y alejó el proyector y enfocó la sombra negra de la estrella hasta que la hizo coincidir. Porque coincidir, coincidía. Vaya si coincidía. Miró fijamente el mapa, trazó dos círculos alrededor de sendos números de un par de calles e hizo unas llamadas.

Estaba listo.

A la una y cinco Bjarne Møller, Tom Waaler, Beate Lønn y Ståle Aune se hallaban quietos y muy juntos, como ratones sentados en sillas prestadas, en el despacho de Harry y Halvorsen. Harry se había sentado en el borde del escritorio.

– Es una clave -declaró Harry-. Una clave muy sencilla. Un denominador común que debíamos haber visto hace mucho. Nos la han comunicado muy explícitamente. Un número.

Todos lo miraban.

– Cinco -dijo Harry.

– ¿Cinco?

– El número es el cinco.

Harry observó la expresión inquisitiva de aquellas cuatro caras.

Entonces ocurrió lo que solía ocurrirle en ocasiones, cada vez con más frecuencia, después de un largo periodo de consumo de alcohol. El suelo desapareció bajo sus pies sin previo aviso. Experimentó la sensación de estar cayendo, de que la realidad se transformaba. Aquellas personas que tenía delante sentadas en su despacho no eran cuatro colegas, no era un caso de asesinato lo que tenían entre manos, no era un caluroso día de verano en Oslo, nunca había existido nadie llamado Rakel ni Oleg. Enseguida volvió a sentir el suelo. Aunque sabía que a ese breve ataque de ansiedad podían seguir otros, que aún estaba pendiente de un hilo.

Harry levantó la taza de café y bebió despacio intentando calmarse.

Decidió que, cuando oyese el golpe de la taza al dejarla en el escritorio, volvería allí, a aquella realidad.

Bajó la taza.

Tocó el escritorio con un golpe suave.

– Primera pregunta -dijo-. El asesino ha marcado a cada una de las víctimas con un diamante. ¿Cuántas caras tenía?

– Cinco -respondió Møller.

– Segunda pregunta. También ha cortado un dedo de la mano izquierda de cada víctima. ¿Cuántos dedos tiene una mano? Tercera pregunta. Los asesinatos y la desaparición tuvieron lugar en tres semanas consecutivas, en viernes, miércoles y lunes, respectivamente. ¿Cuántos días había entre cada uno?

Hubo un corto silencio.

– Cinco -dijo Waaler.

– ¿Y la hora?

Aune carraspeó, antes de contestar:

– Alrededor de las cinco.

– Quinta y última pregunta. Aparentemente, las direcciones donde buscaba a las víctimas fueron elegidas al azar, pero los distintos escenarios tienen un punto en común. ¿Beate?

Ella hizo una mueca.

– ¿Cinco?

Los cuatro miraron a Harry.

– ¡Joder…! -exclamó Beate antes de callar de repente y sonrojarse hasta las orejas-. Perdón, quiero decir… el quinto piso. Todas las víctimas vivían en el quinto piso.

– Exactamente.

Un luminoso amanecer pareció alentar las caras de los demás, mientras Harry se dirigía hacia la puerta.

– Cinco.

Møller lo escupió como si la palabra le ardiese en la boca.

Harry apagó la luz y se hizo una oscuridad total. Sólo su voz les indicaba que se movía de un lado a otro.

– Cinco es un número conocido en muchos rituales. En la magia negra. La brujería. Y en el culto al diablo. Pero también en el cristianismo. Cinco es el número de heridas del Cristo crucificado. Y cinco son los pilares y los momentos de rezo del islamismo. En numerosos escritos se alude al cinco como el número del ser humano, ya que tenemos cinco sentidos y pasamos por cinco fases vitales.

Se oyó un chasquido y, de repente, una cara pálida y luminosa apareció ante ellos. Se oía un zumbido sordo cuya intensidad iba en aumento.

– Perdón…

Harry torció la lámpara del proyector para que el cuadrado de luz dejase de iluminar su rostro y se vertiese sobre la pared blanca.

– Como veis, aquí tenemos un pentagrama de cinco puntas, o una estrella del diablo, tal y como la encontramos dibujada cerca de los cadáveres de Camilla Loen y de Barbara Svendsen. Basada en el llamado corte de proporción áurea. ¿Cómo se calculaba esto, Aune?

– Te aseguro que no lo sé -resopló el psicólogo-. Detesto las ciencias exactas.

– Bueno -dijo Harry-. Yo opté por la forma sencilla, con un transportador. Es suficiente para nuestras necesidades.

– ¿Nuestras necesidades? -preguntó Møller.

– Hasta ahora sólo os he mostrado una coincidencia de números que podría ser casual. Ésta es la prueba de que no es el caso.

– Los tres lugares del crimen se encuentran en un círculo cuyo centro coincide con el de Oslo -explicó Harry-. Además, entre ellos hay exactamente setenta y dos grados. Como veis aquí, encontramos los tres lugares del crimen…

– … en una punta de la estrella -susurró Beate.

– ¡Dios mío! -exclamó Møller asombrado-. ¿Quieres decir que… que el asesino nos ha dado…

– Nos ha dado una estrella como guía -remató Harry-. Una clave que nos anuncia cinco asesinatos. Los tres que ya se han cometido y los dos que faltan. Los cuales, según la estrella, tendrán lugar aquí y aquí.

Harry señaló los dos círculos que había trazado en el mapa, encima de dos de las puntas.

– Y sabemos cuándo -observó Tom Waaler.

Harry asintió con la cabeza.

– Dios mío -repitió Møller-. Cinco días entre cada asesinato, eso será…

– El sábado -completó Beate.

– Mañana -concretó Aune.

– Dios mío -dijo Møller por tercera vez. Y parecía una invocación muy sentida.

Harry continuó hablando, interrumpido por las voces exaltadas de los demás, mientras el sol describía una alta parábola estival en el cielo pálido, por encima de los velámenes blancos que, somnolientos, se henchían indolentes en un tímido intento de llegar a casa. Sobre el nudo de Bjørvika, una bolsa de plástico de Rimi volaba hinchada de aire caliente sobre las carreteras vacías que se entrelazaban como un caótico nido de serpiente. Delante de un almacén junto al mar, en el solar donde se construiría el teatro de la ópera, un chico se afanaba en buscarse una vena debajo de una herida ya infectada, mientras miraba de soslayo a su alrededor como un guepardo hambriento cuando sabe que debe apresurarse antes de que lleguen las hienas.

– Espera un poco -dijo Tom Waaler-. ¿Cómo sabía el asesino que Lisbeth Barli vivía en el quinto, si estaba esperando en la calle?

– No estaba en la calle -apuntó Beate-. Estaba dentro del portal. Comprobamos lo que dijo Barli de que la puerta no se cerraba bien, y resultó ser cierto. Seguramente, estuvo observando el ascensor por si bajaba alguien del quinto y, cada vez que oía llegar a alguien, se escondía en la bajada al sótano.

– Muy bien, Beate -dijo Harry-. ¿Y después?

– La siguió hasta la calle y… no, eso es demasiado arriesgado. La redujo en cuanto salió del ascensor. Con cloroformo.

– No -atajó Waaler con decisión-. Demasiado arriesgado. Entonces habría tenido que llevarla en brazos hasta un coche que estuviera aparcado justo delante, y si alguien los hubiera visto, se habría fijado en la marca del coche y quizás incluso en la matrícula.

– Nada de cloroformo -dijo Møller-. Y el coche estaba a cierta distancia. La amenazó con una pistola y la hizo caminar delante de él mientras llevaba la pistola escondida en el bolsillo.

– Como quiera que sea, eligió a las víctimas al azar -concluyó Harry-. La clave está en el lugar del crimen. Si quien hubiese bajado del quinto piso hubiese sido Willy Barli y no su mujer, él habría sido la víctima -aseguró Harry.

– De ser así… eso explicaría por qué las mujeres no sufrieron agresiones sexuales -terció Aune-. Y el asesino…

– El homicida.

– … el homicida no ha elegido a las víctimas, lo que significa que es una coincidencia que todas sean mujeres jóvenes. En ese caso, las víctimas no son objetos marcadamente sexuales, es el acto en sí lo que le proporciona satisfacción.

– ¿Y qué me dices de los servicios de señoras? -preguntó Beate-. En ese caso, no fue casualidad. ¿No sería más natural para un hombre entrar en el servicio de caballeros si le daba igual el sexo de la víctima? Así no se arriesgaba a llamar la atención si alguien lo veía entrar o salir.

– Puede -respondió Harry-. Pero si se había preparado tan a conciencia como parece, sabía que en una oficina de abogados hay muchos más hombres que mujeres. ¿Comprendes?

Beate parpadeó efusiva.

– Bien pensado, Harry -intervino Waaler-. En el servicio de señoras, el riesgo de que lo interrumpiesen durante el ritual con la víctima era mucho menor.

Eran las dos y ocho minutos y fue Møller quien finalmente cortó por lo sano.

– Vale, compañeros, ya basta de hablar de muertos. ¿Qué os parece si nos centramos en los que todavía siguen vivos?

El sol había empezado a dibujar la segunda mitad de la parábola y las sombras asomaban al patio desierto de una escuela de Tøyen, donde no se oía más que el rebotar monótono de un balón de fútbol lanzado a patadas contra un muro. En el hermético despacho de Harry, el aire se había convertido en una sopa de fluidos humanos evaporados. La punta de la estrella que había a la derecha de la que terminaba en la plaza de Carl Berner apuntaba a un descampado cercano a la calle Ensjøveien, en Kampen. Harry les había explicado que el edificio que se encontraba justo debajo de la punta se construyó en 1912 como sanatorio para tuberculosos, pero que posteriormente lo transformaron en apartamentos. Primero para estudiantes de labores del hogar, luego para estudiantes de enfermería y, finalmente, para estudiantes en general.

La última punta de la estrella del diablo señalaba el dibujo de unas líneas negras paralelas.

– ¿Las vías de la Estación Central de Oslo? -preguntó Møller-. Allí no vive nadie, ¿no?

– Imagínate que esto… -sugirió Harry señalando un cuadrado pequeño que él había dibujado.

– Tiene que ser un almacén, no es…

– No, Harry tiene razón -interrumpió Waaler-. Allí hay una pequeña casa. ¿No os habéis fijado en ella cuando llegáis en el tren? Ese extraño chalé de ladrillos que está totalmente abandonado. Con jardín y todo.

– Te refieres a Villa Valle -dijo Aune-. El domicilio del jefe de estación. Es muy conocida. Supongo que ahora sólo hay oficinas.

Harry negó con la cabeza y dijo que el Registro del Censo tenía inscrito allí a un residente, Olaug Sivertsen, una señora mayor.

– No hay ningún quinto piso en el bloque de apartamentos ni tampoco en el chalé -dijo Harry.

– ¿Eso lo detendrá? -preguntó Waaler dirigiéndose a Aune.

Aune se encogió de hombros.

– No lo creo. Pero estamos hablando de predecir el comportamiento detallado de un individuo, de modo que tus suposiciones serán tan válidas como las mías.

– Bien -dijo Waaler-. Partimos de la base de que va a actuar mañana en el bloque de apartamentos, con lo que nuestra mejor oportunidad es una acción cuidadosamente preparada. ¿De acuerdo?

A lo cual todos asintieron.

– Me pondré en contacto con Sivert Falkeid, del grupo de Operaciones Especiales, y enseguida empiezo a trabajar en los detalles.

Harry detectó el destello en los ojos de Tom Waaler. Lo comprendía. La acción. La detención. Cobrar la pieza de la cacería. El solomillo de la labor policial.

– Entonces yo me llevo a Beate a la calle Schweigaardsgate, a ver si damos con el inquilino -dijo Harry.

– Ten cuidado -le advirtió Møller en voz alta para imponerse al ruido de las sillas-. Hemos de procurar que la información no se filtre, recordad lo que ha dicho Aune, que estos tipos pululan en las inmediaciones de la investigación.

Bajaba el sol. Subía la temperatura.

24

Viernes. Otto Tangen

Otto Tangen se puso de lado. Estaba empapado de sudor después de otra noche de calor intenso, pero eso no fue lo que lo despertó. Extendió el brazo hacia el teléfono y la cama medio rota chirrió peligrosamente. Una noche de hacía más de un año se puso de rodillas mientras follaba con Aud Rita, la de la panadería, los dos atravesados en la cama. Aud Rita era una chica muy delgada, pero aquella primavera, Otto había rebasado los ciento dos kilos. La habitación estaba totalmente a oscuras cuando un gran estruendo les indicó que la cama había sido construida para soportar movimiento a lo largo, no a lo ancho. Aud Rita estaba debajo y Otto tuvo que llevarla a urgencias en Hønefoss con una fractura en la clavícula. Aud Rita montó en cólera y desvariaba gritando que pensaba contárselo a Nils, su compañero sentimental y mejor amigo de Otto, si no prácticamente el único. Por aquel entonces, Nils pesaba ciento once kilos y era célebre por su temperamento. Otto se rió tanto que estuvo a punto de asfixiarse y, desde aquel día, cada vez que entraba en la panadería, Aud sólo lo miraba con cara de pocos amigos. Eso lo entristecía, porque, después de todo, aquella noche había pervivido como un recuerdo entrañable para Otto. Fue la última vez que mantuvo relaciones sexuales.

– Harry Lyd -resopló en el auricular.

Le había puesto a su empresa el nombre del personaje de Gene Hackman en la película que, por más de una razón, había decidido la carrera y la vida de Otto, La conversación, una película de Coppola del año 1974, que trataba sobre un experto en escuchas telefónicas. En el limitado círculo de amistades de Otto, nadie la conocía. Él, en cambio, la había visto treinta y ocho veces. A los quince años, tras haber comprendido las posibilidades de enterarse de las vidas ajenas que le brindaba un modesto equipo técnico, adquirió su primer micrófono y descubrió de qué hablaban sus padres en el dormitorio. Al día siguiente, empezó a ahorrar para su primera cámara. Ahora tenía treinta y cinco años y más de cien micrófonos, veinticuatro cámaras y un hijo de once años con una mujer que, una lluviosa noche otoñal, pernoctó en su autobús de sonido en Geilo. Por lo menos, había conseguido que bautizara al niño con el nombre de Gene. Aun así, Otto diría sin pestañear que la relación de amor que mantenía con sus micrófonos era más estrecha. Claro que habría que señalar que su colección incluía micrófonos de tubo Neuman, de los años cincuenta, y micrófonos de dirección Offscreen. Estos últimos se habían diseñado y fabricado expresamente para las cámaras militares que antes tenía que comprar de contrabando en Estados Unidos, pero que ahora podía conseguir fácilmente por Internet. No obstante, el orgullo de su colección eran tres micrófonos de espía rusos del tamaño de una cabeza de alfiler. No tenían nombre de fabricante y los había conseguido en una feria de Viena. Harry Lyd era, además, la empresa propietaria de uno de los dos únicos estudios de vigilancia profesionales del país. Lo cual implicaba que se pusieran en contacto con él a intervalos irregulares tanto la policía como el POT, [5] el servicio de Inteligencia de la Policía y, aunque rara vez, también el servicio de Información de Defensa. Le habría gustado que sucediera más a menudo: estaba harto de instalar cámaras de vigilancia para 7-Eleven y Videonova, y de formar a empleados que se interesaban muy poco por los aspectos más refinados de la vigilancia de personas que no despertaban sospechas. En este sentido, encontraba más almas gemelas en el seno de la Policía y en el Ejército, pero el equipo de calidad de Harry Lyd era caro y a Otto le daba la impresión de que le contaban la historia de los recortes presupuestarios cada vez con más frecuencia. Decían que les resultaba más barato instalarse con su propio equipo en una casa o en un piso cercano al objeto de vigilancia y, claro, tenían razón. Pero a veces no había una casa a una distancia conveniente, o el trabajo requería un equipo de alta calidad. Y entonces sonaba el teléfono de Harry Lyd. Como ahora.

Otto escuchó. Parecía un encargo fácil. Pero, puesto que debía de haber muchos pisos cerca del objetivo, intuyó que andaban tras un pez gordo. Y en aquellos momentos sólo había un pez gordo en el agua.

– ¿Es el asesino de la bicicleta? -preguntó sentándose con cuidado en la cama para que no se le abriesen las patas. Debería haberla cambiado por una nueva. No estaba seguro de que el constante aplazamiento se debiese a razones económicas. Quizá fuera por sentimentalismo. En cualquier caso, si aquella conversación cumplía lo que prometía de momento, pronto podría comprarse una cama ancha y sólida. Una de esas redondas, a lo mejor. Y quizá también podría intentar una nueva aproximación a Aud Rita. Nils pesaba ahora ciento veintiocho, tenía una pinta asquerosa.

– Es urgente -dijo Waaler sin contestar, aunque a Otto le valió como respuesta-. Quiero tenerlo todo montado esta noche.

Otto se rió de buena gana.

– ¿El portal, el ascensor y todos los pasillos de un edificio de cuatro plantas con cobertura de sonido e imagen, todo montado en una noche? Sorry, compañero, no va a poder ser.

– Se trata de un asunto de la máxima prioridad, contamos con…

– N-O-P-U-E-D-E-S-E-R. ¿Comprendes?

La idea hizo reír tanto a Otto que la cama empezó a moverse.

– Si es tan urgente, lo haremos durante el fin de semana, Waaler. Y te prometo que estará listo el lunes por la mañana.

– Comprendo -dijo Waaler-. Perdona mi ingenuidad.

Si Otto hubiese sido tan bueno interpretando voces como grabándolas, habría comprendido por el tono de voz de Waaler que al comisario no le había gustado lo más mínimo que le deletreara la respuesta. Pero en aquel momento estaba más preocupado por reducir la urgencia e incrementar las horas de trabajo del encargo.

– Bien, entonces estamos en la misma onda -dijo Otto mientras buscaba los calcetines bajo la cama, donde sólo encontró bolas de polvo y latas de cerveza vacías-. Tengo que calcular un plus de nocturnidad. Y, por supuesto, un recargo por fin de semana.

«¡Cerveza! ¿Y si compraba una caja e invitaba a Aud Rita para celebrar el encargo? O, si ella no podía, a Nils.»

– Y también un extra por el equipo que debo alquilar, no tengo aquí todo lo necesario.

– No, claro -dijo Waaler-. Supongo que se encuentra en Asker, en el granero de Stein Astrup.

Otto Tangen estuvo a punto de dejar caer el auricular.

– Vaya -continuó Waaler en voz baja-. ¿He dado en un punto flaco? ¿Hay algo que hayas olvidado contarme? ¿Algo sobre un equipo que llegó en un barco procedente de Ámsterdam?

La cama se fue al suelo con estrépito.

– Nuestros hombres te ayudarán con la instalación -concluyó Waaler-. Mete tus grasas en un pantalón, llévate el autobús milagroso y preséntate en mi despacho para la puesta al día y la revisión de los planos.

– Yo… yo…

– … reboso gratitud -completó Waaler-. Muy bien, los buenos amigos colaboran, ¿no es verdad, Tangen? Piensa inteligentemente, mantén la boca cerrada, procura que éste sea el mejor trabajo que hayas hecho nunca, y todo irá estupendamente.

25

Viernes. Glosolalia

– ¿Vive usted aquí? -preguntó Harry desconcertado.

Desconcertado porque el parecido era tan llamativo que dio un respingo cuando ella abrió la puerta y pudo ver su anciana cara blanca. Eran los ojos. Irradiaban exactamente la misma calma, el mismo calor. Sobre todo, los ojos. Pero también la voz con la que le confirmó que, en efecto, era Olaug Sivertsen.

– La policía -explicó al tiempo que le mostraba la tarjeta de identificación.

– ¿Ah, sí? Espero que no haya ocurrido nada malo…

Un aire de preocupación se perfiló en la red de arrugas y finas líneas que marcaban su rostro. Harry pensó que estaría preocupada por alguien. Tal vez lo pensó porque se parecía a ella, porque también ella se había preocupado por los demás.

– No -dijo automáticamente, repitiendo la mentira y negando con la cabeza-. ¿Podemos entrar?

– Por supuesto.

Ella abrió la puerta del todo y se hizo a un lado. Harry y Beate entraron. Harry cerró los ojos. Olía a jabón de fregar y a ropa vieja. Lógico. Cuando volvió a abrirlos, vio que ella lo observaba con una media sonrisa de curiosidad. Harry le correspondió sonriendo a su vez. Era imposible que ella supiera que él había esperado un abrazo, una caricia en la cabeza y una voz que le anunciase entre susurros que el abuelo los esperaba a él y a Søs en el salón con alguna chuchería.

Los condujo hasta un salón, pero nadie aguardaba allí sentado. El salón, o mejor dicho, los salones, pues había tres consecutivos, tenían en el techo rosetas de las que colgaban arañas de cristal y muebles antiguos y señoriales. Al igual que las alfombras, estaban desgastados, pero todo se veía muy limpio y ordenado como únicamente puede verse en una casa donde vive una persona sola.

Harry estaba pensando en por qué había preguntado si ella vivía allí. ¿Era por la forma en que abrió la puerta? ¿Y por cómo los dejó entrar? De todas formas, casi había esperado ver a un hombre, al señor de la casa, pero parecía que el censo tenía razón. No había nadie más.

– Sentaos -los invitó-. ¿Café?

Parecía más un ruego que una invitación. Harry carraspeó, un tanto incómodo. No estaba seguro de si debía contarle cuanto antes el motivo de su visita.

– Es una buena idea -dijo Beate sonriendo.

La señora le devolvió la sonrisa y se fue a la cocina. Harry miró agradecido a Beate.

– Me recuerda a… -comenzó.

– Ya lo sé -respondió Beate-. Te lo he visto en la cara. Mi abuela también era un poco como ella.

– Ya -dijo Harry mirando a su alrededor.

Eran pocas las fotos de familia que había en la sala. Sólo un par de caras serias en otras tantas fotos desvaídas en blanco y negro, seguramente de antes de la guerra, y cuatro fotos de un niño a diferentes edades. En la foto de adolescente tenía la cara llena de granos, llevaba un peinado de principios de los años sesenta, los mismos ojos de oso de peluche que acababan de encontrarse en la entrada y una sonrisa que era exactamente eso, una sonrisa. Y no sólo ese gesto dolorido que Harry a duras penas había logrado componer a esa edad.

La señora mayor entró con una bandeja, se sentó, sirvió el café y ofreció una bandeja con galletas Maryland. Harry esperó a que Beate terminase para felicitarla por su café.

– ¿Ha leído en los periódicos las noticias sobre las chicas asesinadas en Oslo estas últimas semanas, señora Sivertsen?

Ella negó con la cabeza.

– Aunque me he enterado de lo ocurrido, porque venía en la primera página del Aftenposten. Pero nunca leo esas cosas.

Las arrugas que le ribeteaban los ojos apuntaban en oblicuo hacia abajo cuando sonreía.

– Y me temo que soy una señorita mayor, no una señora.

– Lo siento, creía… -Harry miró hacia las fotos.

– Sí -confirmó la mujer-. Es mi hijo.

Se hizo un profundo silencio. El viento les trajo los ladridos remotos de un perro y una voz metálica que anunciaba que el tren con destino a Halden estaba listo para partir del andén número diecisiete. Soplaba tan débil que apenas movía las cortinas que colgaban delante de la puerta abierta del balcón.

– Bueno -dijo Harry levantando la taza de café, pero se dio cuenta de que, si iba a hablar, lo mejor sería volver a dejarla en la mesa-. Tenemos razones para creer que la persona que mató a las chicas es un asesino en serie, y que una de sus próximos objetivos es…

– Unos pasteles deliciosos, Sra. Sivertsen -interrumpió Beate de repente, con la boca llena. Harry la miró sorprendido. Desde las puertas del balcón se oía el zumbido de los trenes que llegaban a la estación.

La señora mayor sonrió algo confundida.

– Ah, sólo son pasteles comprados, no los he hecho yo -respondió la mujer.

– Permítame que empiece de nuevo, señora Sivertsen -dijo Harry-. En primer lugar, le diré que no hay motivo para inquietarse, tenemos la situación totalmente controlada. En segundo lugar…

– Gracias -dijo Harry cuando bajaban por la calle Schweigaardsgate, ante cobertizos y los edificios bajos de las fábricas. El chalé y el jardín, como un oasis de verdor, contrastaban con la negra gravilla que les rodeaba.

Beate sonrió sin ruborizarse.

– Sólo pensaba que deberíamos evitar una rotura de fémur mental. Está permitido dar rodeos de vez en cuando. Presentar los hechos de una manera más suave.

– Sí, eso dicen. -Harry encendió un cigarrillo-. Nunca se me ha dado bien hablar con la gente. Se me da mejor escuchar. Y puede que…

Guardó silencio.

– ¿Qué? -preguntó Beate.

– Puede que me haya vuelto insensible. Puede que haya dejado de preocuparme. Puede que sea hora de… hacer otra cosa. ¿Te importa conducir?

Le tiró las llaves por encima del techo del coche.

Ella las cogió y se quedó observándolas con una arruga de asombro en la frente.

A las ocho en punto, los cuatro responsables de la investigación se hallaban con Aune congregados otra vez en la sala de reuniones.

Harry informó de la visita a Villa Valle y contó que Olaug Sivertsen se lo había tomado con serenidad. Por supuesto que se quedó impresionada, aunque lejos de sentirse presa del pánico al saber que, posiblemente, se encontraría en la lista mortal de un asesino en serie.

– Beate le propuso que se fuese a vivir con su hijo una temporada -dijo Harry-. Pienso que es una buena idea.

Waaler negó con la cabeza.

– ¿Ah, no? -preguntó Harry sorprendido.

– El asesino puede estar vigilando los futuros escenarios. Si empiezan a ocurrir cosas extrañas, tal vez lo pongamos en fuga.

– ¿De verdad opinas que vamos a utilizar a una señora mayor e inocente como… como… -Beate intentó ocultar su indignación, pero se puso como un tomate y tartamudeó-:…cebo?

Waaler le sostuvo la mirada. Y, por una vez, ella no apartó la suya. Al final, el silencio se hizo tan opresivo que Møller abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, una constelación de palabras al azar. Pero Waaler se le adelantó.

– Sólo quiero estar seguro de que cogeremos a ese tío. Para que todos puedan dormir tranquilos por la noche. Y por lo que yo sé, a la viejecita no le toca hasta la semana que viene.

Møller soltó una risa estentórea y forzada. Y, cuando se dio cuenta de que en realidad no suavizaba nada, se rió aún más alto.

– Da igual -intervino Harry-. Se va a quedar en casa. El hijo vive demasiado lejos, en el extranjero.

– Bien -dijo Waaler-. En cuanto al edificio de los estudiantes, ahora en vacaciones está bastante vacío, como es natural, pero a todos los inquilinos con los que hemos hablado se les ha ordenado que permanezcan en sus viviendas mañana, y poco más al respecto. Hemos dicho que se trata de un ladrón que queremos atrapar con las manos en la masa. Esta noche instalaremos un equipo de vigilancia. Y esperemos que el asesino esté durmiendo.

– ¿Y los chicos del grupo de Operaciones Especiales? -preguntó Møller.

Waaler sonrió.

– Están entusiasmados.

Harry miró por la ventana. Intentaba recordar cómo era estar entusiasmado.

Cuando Møller dio por finalizada la reunión, Harry decidió que las manchas de sudor a ambos lados de la camisa de Aune habían adquirido la forma de Somalia. Los tres se quedaron sentados.

Møller sacó cuatro Carlsberg que guardaba en la nevera de la cocina.

Aune asintió con un destello feliz en la mirada. Harry negó brevemente con la cabeza.

– Pero ¿por qué? -preguntó Møller mientras abría las botellas de cerveza.

– ¿Por qué nos da libremente la clave que revela su próxima jugada?

– Está intentado decirnos cómo podemos cogerlo -explicó Harry al tiempo que abría la ventana.

Por ella entraron los sonidos que llenaban la ciudad en la noche estival y la actividad desesperada de los efímeros efemerópteros: música procedente de coches descapotables que circulaban despacio, risas exageradas, tacones altos que repiqueteaban raudos contra el asfalto. Gente con ilusiones.

Møller miró incrédulo a Harry y luego a Aune, como para obtener su confirmación de que Harry estaba loco.

El psicólogo juntó las yemas de los dedos delante de su pajarita.

– Puede que Harry tenga razón -admitió-. No es raro que un asesino en serie rete y ayude a la policía porque lo que en el fondo desea es que lo atrapen. Hay un psicólogo, Sam Vatkin, según el cual los asesinos en serie desean que los cojan y los castiguen para justificar su superego sádico. Yo me inclino más por la teoría que dice que necesitan ayuda para detener al monstruo que llevan dentro. Que ese deseo de que los descubran se debe a cierto nivel de comprensión objetiva de la enfermedad.

– ¿Saben que son enfermos mentales?

Aune hizo un gesto afirmativo.

– Eso… -dijo Møller levantando la botella-… debe de ser un infierno.

Møller se fue a devolver la llamada a un periodista del Aftenposten que quería saber si la policía apoyaba la recomendación del Defensor del Menor, que pedía que los niños se mantuviesen dentro de sus casas.

Harry y Aune se quedaron sentados escuchando los sonidos remotos de los gritos inarticulados de una juerga y oyendo a The Strokes, interrumpidos por una llamada a la oración que, por alguna razón, de repente, resonaba metálica y quizá blasfema, pero también extrañamente bella, todo lo cual entraba por la misma ventana abierta.

– Sólo por curiosidad -dijo Aune-. ¿Cuál fue el factor desencadenante? ¿Cómo se te ocurrió lo del cinco?

– ¿Qué quieres decir?

– Sé algo acerca de los procesos creativos. ¿Qué pasó?

Harry sonrió.

– Vete a saber. Lo último que vi antes de dormirme esta mañana fue que el reloj de la mesilla mostraba tres cincos. Tres mujeres. Cinco.

– El cerebro es una herramienta extraña -admitió Aune.

– Bueno -dijo Harry-. Según una persona que sabe de claves, necesitamos la respuesta a la pregunta cómo, antes de que hayamos descifrado la verdadera clave. Y esa respuesta no es cinco.

– Entonces, ¿por qué?

Harry bostezó y se estiró.

– El porqué es tu terreno, Ståle. Yo me conformo con que lo cojamos.

Aune sonrió, miró el reloj y se levantó.

– Eres una persona muy extraña, Harry.

Se puso la chaqueta de tweed.

– Ya sé que últimamente has estado bebiendo, pero tienes mejor pinta. ¿Ha pasado ya lo peor, por esta vez?

Harry negó con la cabeza.

– Sólo estoy sobrio.

Un cielo abovedado vestido de gala cubría a Harry mientras se dirigía a su casa.

En la acera, a la luz de la señal de neón que colgaba sobre la entrada de la pequeña tienda de ultramarinos Niazi, junto al edificio de Harry, había una mujer con gafas de sol. Tenía una mano puesta en la cadera y en la otra llevaba una de las bolsas blancas de plástico de Niazi, sin logotipo. Sonreía y parecía que estuviera esperándolo.

Era Vibeke Knutsen.

Harry comprendió que estaba interpretando un papel, una broma en la que quería que él participara. Así que moderó los pasos, intentando devolverle una sonrisa que trasmitiera algo parecido. Que había esperado verla allí. Y por extraño que pudiera parecer, así era, aunque no lo comprendió hasta ese momento.

– No te he visto en el Underwater últimamente, querido -dijo ella levantando las gafas y cerrando un poco los ojos a la luz del sol que todavía aparecía suspendido justo encima de los tejados.

– He estado intentando mantener la cabeza por encima del agua -respondió Harry al tiempo que sacaba el paquete de cigarrillos.

– Vaya, tienes ingenio lingüístico -respondió Vibeke estirándose.

Aquella noche no llevaba puesto ningún animal exótico, sino un vestido de verano azul muy escotado que la joven llenaba de sobra. Le ofreció el paquete y ella cogió un cigarrillo que se puso entre los labios de un modo que Harry no pudo calificar más que como indecente.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó-. Creía que solías hacer la compra en Kiwi…

– Está cerrado. Es casi media noche, Harry. Tuve que venir hasta tu barrio para encontrar algo abierto.

Vibeke Knutsen exhibió una sonrisa más amplia aún y entrecerró los ojos como un gato amoroso.

– Éste es un vecindario algo peligroso para una niña un viernes por la noche -advirtió Harry encendiéndole el cigarrillo-. Podías haber mandado a tu hombre si era una compra tan urgente…

– Refrescos -aclaró ella levantando la bolsa-. Para que las copas sean menos fuertes. Y mi prometido está de viaje. Pero, si esto es tan peligroso, ¿no deberías llevar a la chica a un lugar seguro?

Hizo un gesto hacia el edificio donde él vivía.

– Te puedo invitar a una taza de café -dijo Harry.

– ¿Ah, sí?

– Café soluble. Es todo lo que puedo ofrecer.

Cuando Harry entró en la sala de estar con el hervidor de agua y el tarro de café, Vibeke Knutsen estaba sentada en el sofá, con los zapatos en el suelo y las piernas dobladas debajo del trasero. La piel, blanca como la leche, relucía en la penumbra. Encendió otro cigarrillo, uno de los suyos en esta ocasión. Eran de una marca extranjera que Harry nunca había visto. Sin filtro. A la luz temblona de la cerilla, vio que se le había descascarillado el esmalte de las uñas de los dedos de los pies.

– No sé si aguantaré más -confesó Vibeke-. Ha cambiado tanto… Cuando llega a casa, siempre está intranquilo y anda de un lado para otro en la sala de estar y, si no, se va a entrenar. Parece que le cuesta esperar al próximo viaje. Intento hablar con él, pero me corta o me mira como si no entendiera nada. Desde luego, somos de dos planetas completamente diferentes.

– La suma de la distancia de los planetas y la fuerza de atracción entre ellos es lo que los mantiene en su órbita -explicó Harry sirviendo el café liofilizado.

– ¿Más ingenio lingüístico? -Vibeke retiró una hebra de tabaco de la punta de la lengua, húmeda y rosada.

Harry sonrió.

– Algo que leí en una sala de espera. A lo mejor tenía la esperanza de que fuera cierto. En mi caso.

– ¿Sabes qué es lo más extraño? No le gusto. Y aun así, sé que nunca permitirá que me vaya.

– ¿Qué quieres decir?

– Me necesita. No sé exactamente para qué, pero es como si hubiese perdido algo y me utiliza para sustituirlo. Sus padres…

– ¿Sí?

– No mantiene contacto con ellos. Nunca me los ha presentado, creo que ni siquiera saben que existo. Hace poco sonó el teléfono y era un hombre que preguntaba por Anders. Enseguida tuve la sensación de que se trataba de su padre. No sé cómo, pero se oye en la forma en que los padres pronuncian el nombre de sus hijos. Por un lado, es algo que han dicho tantas veces que resulta el sonido más natural del mundo y, al mismo tiempo, es algo íntimo, una palabra que los desnuda. Y lo pronuncian rápidamente y como avergonzados. «¿Está Anders?» Pero cuando le dije que tenía que despertarlo, la voz empezó a hablar en un idioma extranjero, o… bueno, extranjero no, sino como tú y yo hablaríamos si tuviéramos que inventar palabras sobre la marcha. Igual que hablan en los templos cuando entran en trance.

– ¿Glosolalia?

– Sí, creo que se llama así. Anders ha crecido con esas cosas, pero nunca habla de ello. Me quedé un rato escuchando. Primero oí palabras como Satán y Sodoma. Luego empezó a pronunciar palabras más soeces. Coño y puta y esas cosas. Entonces colgué.

– ¿Qué dijo Anders al respecto?

– Nunca se lo comenté.

– ¿Por qué no?

– Yo… Existe un espacio al que nunca he tenido acceso. Y, seguramente, tampoco quiero tenerlo.

Harry apuró el café. Vibeke no había probado el suyo.

– ¿Te sientes solo, Harry?

Él levantó la vista.

– Como si estuvieras solo -insistió Vibeke-. ¿No desearías veces estar saliendo con alguien?

– Son dos cosas diferentes. Tú sales con alguien. Y te sientes sola.

Vibeke se estremeció como si una corriente helada hubiese cruzado la habitación.

– ¿Sabes qué? -dijo ella-. Tengo ganas de tomar una copa.

– Lo siento, no me queda nada.

Ella abrió el bolso.

– ¿Puedes traer dos vasos, querido?

– Sólo necesitamos uno.

– Vale.

Abrió la petaca, inclinó la cabeza hacia atrás y bebió.

– No me dejan moverme -dijo riéndose mientras una gota dorada rodaba brillante por el mentón.

– ¿Cómo?

– Anders no quiere que me mueva. Y tengo que quedarme totalmente quieta. Y no decir ni una palabra, ni suspirar siquiera. A decir verdad, preferiría que fingiera estar dormida. Dice que, si yo le pongo de manifiesto que tengo ganas, a él se le quitan.

– ¿Y?

Tomó otro trago y enroscó el tapón lentamente, sin dejar de mirarlo.

– Es una representación casi imposible de ejecutar.

Lo miraba de forma tan directa que Harry tomó aire en un acto reflejo y se irritó al notar los golpecitos de la erección incipiente en el interior de los pantalones.

Ella enarcó una ceja, como si también pudiera notarlo.

– Ven a sentarte en el sofá -le invitó.

Su voz se había vuelto áspera y ronca. Harry vio que la arteria carótida se movía azul en su blanco cuello. Sólo era un reflejo, pensó Harry. Un perro de Pavlov que se levantaba babeando al oír la señal de la comida, una reacción condicionada, eso era todo.

– No creo que deba -respondió.

– ¿Me tienes miedo?

– Sí -confesó Harry.

Una dulzura gimiente le inundó las entrañas, como el triste llanto del miembro viril.

Ella se rió a carcajadas, pero calló al ver su mirada. Con un mohín infantil, le dijo en tono de niña suplicante:

– Pero Harry…

– No puedo. Estás muy buena, pero…

La sonrisa de Vibeke quedó intacta, pero guiñó un ojo, como si la hubiera abofeteado.

– No es a ti a quien quiero -dijo Harry.

Su mirada vagaba por la habitación. Las comisuras de los labios se movían como si fuese a romper a reír de nuevo.

– ¡Ja! -exclamó ella.

Lo hizo con la intención de ser irónica, habría sido una exclamación de un histrionismo exagerado. Pero quedó en un suspiro cansino y resignado. Había terminado la función, ambos abandonaban sus papeles.

– Sorry -dijo Harry.

Los ojos de Vibeke se anegaron de llanto.

– Ah, Harry -susurró.

Harry habría preferido que no lo hubiese hecho. Así podría haberle dicho que se marchara enseguida.

– Lo que quiera que busques en mí, no lo tengo -le dijo-. Ella lo sabe. Y ahora, lo sabes tú también.

CUARTA PARTE

26

Sábado. El alma. El día

Otto Tangen repasaba por última vez la mesa de mezclas la mañana del sábado cuando el sol asomaba por la colina de Ekebergåsen con la promesa de otro récord de calor.

El autobús estaba oscuro y el aire cargado, con un olor a tierra y a ropa podrida que ni Wunderbaum ni el tabaco de liar de Harry eran capaces de ahuyentar. A veces se imaginaba sentado en un búnker, en una trinchera. Con el hedor a muerte en las fosas nasales, pero apartado de lo que ocurría justo afuera.

El bloque de apartamentos se encontraba en medio de un terreno rústico por encima de Kampen, con vistas a Tøyen. A cada lado, y casi paralelamente al viejo edificio de ladrillo de cuatro plantas, había dos bloques de pisos más altos, de los años cincuenta. Habían utilizado la misma pintura y colocado el mismo tipo de ventanas en los apartamentos que en los pisos, probablemente en un intento de otorgar a la zona un aire de conjunto. Pero la diferencia de edad no se dejaba camuflar y seguía dando la impresión como si un tornado hubiese llevado el bloque de apartamentos en volandas y lo hubiera depositado despacio en medio de la comunidad de vecinos.

Harry y Waaler habían acordado dejar el autobús en el aparcamiento, junto con los demás coches, justo enfrente de los apartamentos, donde las condiciones de recepción eran buenas y el autobús no llamaba mucho la atención. Aquéllos que, pese a todo, lo mirasen al pasar, constatarían que el oxidado autobús Volvo de color azul con las ventanas cubiertas de poliestireno pertenecía a la banda de rock Kindergarten Accident, tal y como se leía pintado en negro a ambos lados, con una calavera como punto sobre las íes.

Otto se limpió el sudor y comprobó que todas la cámaras funcionaban, que todos los ángulos estaban cubiertos y que todo lo que se movía fuera de los apartamentos quedaría registrado como mínimo por una cámara, a fin de seguir un objetivo desde que entrase por el portal hasta la puerta de cualquiera de los ochenta apartamentos que se sucedían por los ocho pasillos y las cuatro plantas.

Se habían pasado la noche dibujando planos, calculando y montando cámaras en las paredes. Otto aún notaba aquel sabor amargo y como metálico de mortero seco en la boca y en los hombros de su sucia chaqueta vaquera se veía una capa amarilla como de caspa.

Al final, Waaler había seguido su consejo y había admitido que, si querían terminar a tiempo, debían prescindir del sonido. No influiría en la detención y sólo perderían pruebas en el caso de que el objetivo dijera algo de interés.

Tampoco sería posible filmar dentro del ascensor. El hueco de hormigón no permitía la salida del número suficiente de señales para enviar una foto decente hasta el autobús por medio de una cámara inalámbrica, y el problema con los cables era que, los tirasen como los tirasen, quedarían a la vista o se enrollarían con los del ascensor. Waaler no insistió, ya que, de todos modos, el objetivo se encontraría solo en el ascensor. Los inquilinos habían recibido órdenes de no revelar nada a nadie y de permanecer en sus casas entre las cuatro y las seis.

Otto Tangen manipulaba el mosaico de pequeñas fotos que aparecían en las pantallas de los tres ordenadores, ampliándolas hasta que compusieron un todo lógico. En el ordenador de la izquierda, los pasillos que iban hacia el norte, la cuarta y última planta, y la primera. En el centro, el portal. Todos los rellanos y las puertas del ascensor. A la derecha, los pasillos que discurrían hacia al sur.

Otto le dio a «Guardar», entrecruzó los dedos tras la cabeza y se apoyó en el respaldo con un gruñido de satisfacción. Tenía vigilado todo el edificio. Lleno de jóvenes estudiantes. Si hubiesen tenido más tiempo, a lo mejor habría podido instalar algunas cámaras dentro de los apartamentos. Sin que lo supieran quienes vivían allí, claro está. Ojos de pez diminutos colocados en lugares donde nunca nadie los descubriría. Junto con los micrófonos rusos. Estudiantes de enfermería aus Norwegen, jóvenes y cachondas. Podía haberlo grabado en cintas y habérselo vendido a sus contactos. A la mierda el capullo de Waaler. Sólo Dios sabe cómo se habría enterado de lo de Astrup y el granero de Asker. Una idea aleteó cual mariposa por la cabeza de Otto, pero se esfumó enseguida. Hacía mucho que sospechaba que Astrup pagaba a alguien para que vigilara sus operaciones con mano protectora.

Otto encendió un cigarrillo. Las imágenes parecían fotos fijas, ningún movimiento en los pasillos ambarinos ni en el portal revelaba que se tratase de una retransmisión en directo. Quienes pasaban el verano en el bloque de apartamentos aún estarían durmiendo. Pero sí esperaba un par de horas, quizá viese al hombre que había entrado con la tía del 303 hacia las dos de la madrugada. Parecía borracha. Borracha y preparada. Él sólo parecía preparado. Otto pensó en Aud Rita. La primera vez que la vio fue tomando una copa en casa de Nils, que ya le había puesto encima sus manazas. Ella le tendió a Otto la suya, pequeña y blanca, balbuciendo su nombre: «Aud Rita».

Otto exhaló un profundo suspiro.

El capullo de Waaler había estado allí con los agentes del POT, revisándolo todo hasta la medianoche. Otto vio a Waaler y al jefe del grupo discutir fuera del autobús. Más tarde, los chicos del grupo de Operaciones Especiales se apostarían de tres en tres en cada uno de los apartamentos situados al fondo del pasillo de cada planta, un total de veinticuatro agentes vestidos de negro, encapuchados, con los MP3 cargados, gas lacrimógeno y máscaras antigás. En cuanto recibiesen la señal desde el autobús, entrarían en acción si el objetivo llamaba a la puerta o trataba de acceder a alguno de los apartamentos. La mera idea hizo que Otto temblara de expectación. Los había visto en acción en dos ocasiones y esos chicos eran increíbles. Hubo estallidos y luces como en un concierto de rock duro y en ambas situaciones, los objetivos se habían quedado tan paralizados que todo terminó en un par de segundos. A Otto le habían explicado que eso era lo que pretendían, asustar tanto al objetivo que no le diese tiempo de preparase mentalmente para oponer resistencia.

Otto apagó el cigarrillo. La trampa estaba preparada. Sólo había que esperar a la rata.

Los agentes se presentarían allí hacia las tres. Waaler había prohibido que nadie entrara o saliera del autobús tanto antes como después de esa hora. Sería un día largo y caluroso.

Otto se echó encima del colchón que estaba en el suelo. ¿Qué estaría pasando en aquellos momentos en el 303? Echaba de menos su propia cama. Echaba de menos el colchón hundido. Echaba de menos a Aud Rita.

En ese momento se cerró la puerta de la entrada detrás de Harry. Permaneció de pie para encender el primer cigarrillo del día mientras miraba hacia el cielo, donde la bruma matinal se asemejaba a una fina cortina a través de la cual el sol empezaba a abrirse paso. Había dormido. Un sueño profundo y continuo, sin ensoñaciones. Apenas podía creerlo.

– ¡Esto va a apestar hoy de lo lindo, Harry! La predicción del tiempo anuncia que será el día más caluroso desde 1907. Tal vez.

Era Ali, el vecino de abajo y dueño de Niazzi. No importaba lo pronto que Harry se levantase, siempre encontraba a Ali y a su hermano empleados en la tarea cuando él se iba al trabajo. Ali señalaba con la escoba algo que había en la acera.

Harry entrecerró los ojos para ver qué era. Una caca de perro. No la había visto cuando Vibeke estuvo justo en el mismo lugar la noche anterior. Obviamente, alguien había estado poco atento cuando sacó al perro aquella mañana. O aquella noche.

Miró el reloj. Había llegado el día. Dentro de unas horas, tendrían la respuesta.

Harry tragó el humo hasta los pulmones y notó cómo el sistema se despertaba con la mezcla de aire fresco y nicotina. Por primera vez en mucho tiempo, saboreaba el tabaco. Y encima, le sabía bien. Y por un momento se olvidó de todo lo que estaba a punto de perder. El trabajo. Rakel. El alma.

Porque hoy era el día.

Y había empezado bien.

Era, como ya había dicho, casi inconcebible.

Harry notó que se alegraba al oír su voz.

– Ya he hablado con mi padre. Cuidará de Oleg con mucho gusto. Søs también estará allí.

– ¿Un estreno? -dijo con esa risa alegre en la voz-. ¿En el Teatro Nacional? ¡Madre mía!

Estaba exagerando. A veces le gustaba hacerlo, pero Harry se dio cuenta de que estaba emocionada.

– ¿Qué te vas a poner? -preguntó.

– Todavía no has dicho que sí.

– Eso depende.

– El traje.

– ¿Cuál?

– Vamos a ver… El que compré en la calle Hegdehaugsveien para la fiesta del diecisiete de mayo de hace dos años. Ya sabes, ese gris con…

– Es el único traje que tienes, Harry.

– Entonces me lo pondré, definitivamente.

Ella se rió. Esa risa suave, tan suave como su piel y sus besos, pero lo que más le gustaba era su risa. Así de sencillo.

– Pasaré a buscaros a las seis -dijo él.

– Bien. Pero ¿Harry?

– ¿Sí?

– No pienses que…

– Ya lo sé. Sólo es una obra de teatro.

– Gracias, Harry.

– De nada.

Y volvió a reír. Una vez empezaba, Harry podía hacerla reír con cualquier cosa, como si estuvieran dentro de la misma cabeza y mirasen a través de los mismos ojos, no tenía más que señalar con el dedo, sin decir nada concreto. Tuvo que hacer un esfuerzo para colgar.

Había llegado el día. Y seguía siendo bueno.

Habían acordado que Beate se quedaría con Olaug Sivertsen durante la operación. Møller no quería correr el riesgo de que el objetivo -hacía dos días que Waaler había empezado a llamar al asesino «el objetivo» y ahora todo el mundo lo llamaba así- descubriese la trampa y cambiara de repente el orden de los escenarios.

Sonó el teléfono. Era Øystein. Quería saber qué tal le iban las cosas. Harry dijo que todo iba bien y que qué quería. Øystein dijo que sólo quería saber cómo le iban las cosas. Harry se sintió un poco avergonzado, no estaba acostumbrado a un trato tan considerado.

– ¿Puedes dormir?

– Esta noche he dormido -respondió Harry.

– Bien. Y la clave. ¿La has descifrado?

– Parcialmente. Tengo el dónde y el cuándo, sólo me falta el porqué.

– ¿Así que puedes leer el texto, pero no entiendes lo que significa?

– Algo así. Esperaremos hasta que lo hayamos atrapado.

– ¿Qué es lo que no entiendes?

– Mucho. Por ejemplo, que haya escondido uno de los cadáveres. O detalles como que haya cortado los dedos de la mano izquierda de las víctimas, pero dedos diferentes. El índice de la primera, el corazón de la segunda y el anular de la tercera.

– ¿Y en ese orden, dices? A lo mejor es sistemático.

– Sí, pero ¿por qué no empezar por el meñique? ¿Habrá algún mensaje en eso?

Øystein se rió de buena gana.

– Ten cuidado, Harry, las claves son como las mujeres. Si no consigues descifrarlas, acaban contigo.

– Ya me lo habías dicho.

– ¿De verdad? Bien, eso significa que soy considerado. No doy crédito, Harry, pero parece que acaba de entrar un cliente en el taxi. Ya hablaremos.

– De acuerdo.

Harry vio danzar el humo a cámara lenta. Miró el reloj.

Había algo que le había ocultado a Øystein. Que tenía la sensación de que los otros detalles no tardarían en encajar. Y lo harían demasiado bien porque, a pesar de los rituales, los asesinatos emanaban una falta de sensibilidad, una ausencia casi marcada de odio, de deseo, de pasión. O de amor. Estaba ejecutándolos con un exceso de perfección, mecánicamente y según el manual. Le daba la impresión de estar jugando al ajedrez con un ordenador y no con una mente por completo desquiciada. Pero el tiempo lo diría.

Miró el reloj otra vez.

El corazón le latía deprisa.

27

Sábado. La operación

El humor de Otto Tangen estaba mejorando notablemente.

Había dormido un par de horas y se había despertado con un insoportable dolor de cabeza y unos fuertes golpes en la puerta. Cuando abrió entraron Waaler, Falkeid -del POT- y un tipo que dijo llamarse Harry Hole que no tenía pinta de ser comisario. Lo primero que hizo fue quejarse del ambiente que reinaba en su autobús. En cualquier caso, después de haber tomado café de uno de los cuatro termos, con las pantallas encendidas y las cintas de grabación colocadas, Otto experimentó ese maravilloso cosquilleo de excitación que solía notar cuando sabía que el objetivo estaba cerca.

Falkeid explicó que habían tenido policías de paisano alrededor del edificio desde la noche anterior. La unidad canina había peinado la azotea y el sótano para comprobar que no hubiese nadie escondido en el bloque. Cuantos anduvieron entrando y saliendo eran inquilinos. Salvo la chica del 303, que llegó acompañada de un tío, pero, según le explicó al policía de la entrada, era su novio. Los hombres de Falkeid esperaban órdenes en sus puestos.

Waaler asintió con la cabeza.

Falkeid comprobaba las comunicaciones por radio cada cierto tiempo. Era cosa del equipo del grupo de Operaciones Especiales y no responsabilidad de Otto. Éste mantenía los ojos cerrados y disfrutaba de las impresiones acústicas, aquel instante de sonido envolvente que se producía cuando soltaban el botón de emisión y resonaban las claves murmuradas e ininteligibles, como si fuera un lenguaje de los malos sólo para adultos.

– Smork tinne. -Otto formuló las palabras con los labios, sin pronunciarlas, mientras se imaginaba sentado en un manzano una tarde de otoño espiando a los mayores al otro lado de las ventanas iluminadas, susurrando smork tinne en una lata sujeta con un hilo que discurría por encima de la valla a cuyo pie aguardaba agazapado su amigo Nils, con otra lata pegada a la oreja. Si no se había cansado antes y se había marchado a casa a cenar. Esas latas jamás funcionaron como decía el Libro del pájaro carpintero.

– Estamos listos para salir al aire -dijo Waaler-. ¿Tienes el reloj preparado, Tangen?

Otto asintió con la cabeza.

– Mil seiscientos -dijo Waaler-. Exactamente… ¡ahora!

Otto puso en marcha el reloj en la grabadora. Décimas y segundos corrían por la pantalla. Notaba una risa muda, alegre e infantil que le removía las entrañas. Mejor que los bollos de nata de Aud Rita. Mejor que cuando suspiraba ceceando las cosas que quería que le hiciera.

Showtime.

Cuando abrió la puerta a Beate, Olaug Sivertsen sonrió como si se tratara de una visita largamente esperada.

– ¡Usted otra vez! Entre. No se quite los zapatos. Este calor es horrible, ¿no le parece?

Olaug Sivertsen precedió a Beate pasillo adentro.

– No se preocupe, señorita Sivertsen. Parece que este asunto se va a resolver pronto.

– Por mí puede durar lo que sea, mientras siga recibiendo visitas – dijo riendo antes de taparse la boca con repentino temor-. ¡Vaya, qué estoy diciendo! Ese hombre mata a las personas, ¿no?

El reloj de pared del salón marcó las cuatro cuando entraron.

– ¿Té, querida?

– Con mucho gusto.

– ¿Puedo ir a la cocina sola?

– Sí, pero si puedo acompañarla…

– Venga, venga.

Aparte de la encimera y el frigorífico, no parecía que hubiesen renovado la cocina desde los tiempos de la guerra. Beate se sentó en una silla ante la gran mesa de madera mientras Olaug ponía el agua a hervir.

– Aquí huele muy bien -comentó Beate.

– ¿De verdad?

– Sí. Me gustan las cocinas que huelen así. La verdad sea dicha, prefiero la cocina. Los salones no me gustan tanto.

– ¿No? -Olaug Sivertsen ladeó la cabeza-. ¿Sabes qué? Creo que tú y yo no somos tan diferentes. Yo también soy más de cocinas.

Beate sonrió.

– El salón muestra lo que uno quiere aparentar. En la cocina la gente se relaja más, como si allí se le permitiera ser ella misma. ¿Te has fijado en que hemos empezado a tutearnos nada más entrar aquí?

– Sí, creo que tienes razón.

Las dos mujeres se rieron.

– ¿Sabes qué? -dijo Olaug-. Me alegro que te hayan enviado a ti. Me gustas. Y no tienes por qué sonrojarte, querida, no soy más que una anciana solitaria. Reserva esas flores en las mejillas para algún caballero. ¿O acaso estas casada? ¿No? Ah, bueno, pero tampoco es el fin del mundo.

– Y tú, ¿has estado casada?

– ¿Yo?

Se rió mientras sacaba las tazas.

– No, era tan joven cuando tuve a Sven que jamás vi la oportunidad.

– ¿No?

– Sí, supongo que tuve alguna que otra oportunidad. Pero una mujer de mi condición se cotizaba muy bajo en aquellos tiempos, así que las ofertas que recibía procedían en su mayoría de hombres a los que nadie quería. Por eso se dice encontrar «pareja».

– ¿Sólo porque eras madre soltera?

– Porque Sven era hijo de un alemán, querida.

La tetera empezó a silbar suavemente.

– Ya, comprendo -dijo Beate-. Entonces, quizá no lo pasó muy bien de pequeño, ¿no?

Olaug se quedó mirando al infinito sin prestar atención al insistente silbido.

– Peor de lo que puedas imaginar. Aún se me saltan las lágrimas cuando pienso en ello. Pobre chico.

– El agua del té…

– Vaya. Me estoy volviendo senil.

Olaug cogió la tetera y sirvió las tazas.

– ¿A qué se dedica ahora tu hijo? -preguntó Beate mirando el reloj. Las seis menos cuarto.

– Se dedica a la importación. Diferentes mercancías de países de Europa del Este.

Olaug sonrió.

– No sé si se hará rico con eso, pero me gusta cómo suena. «Importación». Es una tontería, pero me gusta.

– Pero eso significa que le ha ido bien. Pese a las dificultades de la infancia, quiero decir.

– Sí, aunque no siempre ha sido así. De hecho, creo que lo encontraréis en vuestros archivos.

– Hay mucha gente en esos archivos. Y muchos que al final han acabado bien.

– Pasó algo cuando se fue a Berlín. No sé exactamente qué, a Sven nunca le ha gustado hablar de lo que hace. Siempre tan misterioso… Pero supongo que iría a buscar a su padre. Y estoy por pensar que fue positivo para la visión que ahora tiene de sí mismo. Ernst Schwabe era un hombre muy apuesto. -Olaug dejó escapar un suspiro, antes de añadir-: Claro que puedo estar equivocada. Lo único cierto es que Sven cambió.

– ¿En qué sentido?

– Se serenó. Antes siempre daba la impresión de estar persiguiendo algo.

– ¿El qué?

– Todo. Dinero. Aventuras. Mujeres. Se parece a su padre, ¿sabes? Un romántico incorregible y seductor de mujeres. A Sven también le gustan las mujeres jóvenes. Y él a ellas. Pero tengo la sospecha de que ha encontrado a alguien especial. Dijo por teléfono que tenía noticias para mí. Sonaba alterado.

– ¿No dijo de qué se trataba?

– Dijo que quería esperar a estar en casa.

– ¿A estar en casa?

– Sí, llega esta noche, después de una reunión. Se queda en Oslo hasta mañana y luego regresará.

– ¿A Berlín?

– No, no. Hace mucho que Sven no vive allí. Ahora vive en Che-quia. En Bohemia, suele decir el muy cursi. ¿Has estado allí?

– ¿En… Bohemia? ¿En Praga?

Marius Veland miraba por la ventana del apartamento 406. Había una chica sobre una toalla extendida en el césped, delante del bloque de apartamentos. Se parecía un poco a la del 303 que él había bautizado con el nombre de Shirley, por Shirley Manson, del grupo Garbage. Pero no era ella. El sol que imperaba sobre el fiordo de Oslo se había escondido tras las nubes. En realidad, había empezado a hacer calor y habían pronosticado una nueva ola para la próxima semana. Verano en Oslo. A Marius Veland le hacía ilusión. La alternativa habría sido volver a su casa, en Bofjord, contemplar el sol de media noche y trabajar durante el verano en la gasolinera. Volver a las hamburguesas de su madre y a las interminables preguntas de su padre sobre por qué había empezado a estudiar medios de comunicación en Oslo, a pesar de tener notas para estudiar ingeniería en la NTNU, la Universidad de Ciencias y Tecnología de Trondheim. Volver a pasar los sábados en la casa del pueblo junto con vecinos borrachos y compañeros de colegio gritones que no habían podido salir del pueblo y que opinaban que quienes lo habían conseguido eran traidores, a las bandas de música de baile que se hacían llamar bandas de blues pero que no tenían el menor reparo en machacar a Creedence y Lynyrd Skyn.yrd. Pero aquélla no era la única razón por la que se quedaba en Oslo ese verano. Había conseguido el trabajo de sus sueños. Iba a escribir. A escuchar discos, a ver películas y le pagarían por teclear su opinión en un ordenador. Se había pasado los dos últimos años enviando sus reseñas a varias de las revistas más conocidas, sin resultado, pero la semana anterior estuvo en el So What!, donde un amigo le presentó a Runar. Runar le contó que estaba liquidando la tienda de ropa que regentaba para fundar Zone, una revista gratuita cuyo primer número saldría, según tenía planeado, en el mes de agosto. El amigo dejó caer que a Marius le gustaba escribir reseñas, Runar le dijo que le gustaba su camisa y lo contrató allí mismo. Como reseñista, Marius tenía que reflejar «valores neourbanitas que abordasen la cultura popular con una ironía que no había de ser fría, sino ferviente, experta e incluyente». Así describió Runar el trabajo que esperaba que realizara Marius, que percibiría por ello una generosa compensación. No en metálico, sino con entradas para conciertos, para el cine, para nuevos locales de alterne, y con el acceso a un ambiente donde podría establecer contactos interesantes con vistas al futuro. Ésta era su oportunidad y debía prepararse convenientemente. Claro que él tenía una visión global bastante completa, pero Runar le había prestado un CD de su colección para que se pusiera aún más al corriente acerca de la historia de la música pop. Los últimos días del rock americano de la década de los ochenta del siglo pasado: REM, Green On Red, Dream Syndicate, Pixies. En aquel momento estaba escuchando Violent Femmes. Sonaba pasado de moda, pero enérgico.

Let me go wild. Like a blister in the sun!

Allá abajo, la chica se levantó de la toalla. Habría empezado a hacer fresco. Marius la siguió con la mirada en su marcha hacia el edificio de al lado. La chica se encontró por el camino con alguien que iba en bicicleta. Parecía un mensajero. Marius cerró los ojos. Podría escribir.

Otto Tangen se frotó los ojos con unos dedos que amarilleaban por la nicotina. Se percibía en el autobús la intranquilidad más absoluta bien habría podido confundirse con la tranquilidad más absoluta. Nadie se movía, nadie dijo nada. Eran las cinco y veinte y no se había producido el menor movimiento en ninguna de las pantallas, sólo pequeños espacios de tiempo que transcurrían en letras blancas en una esquina de la pantalla. Las gotas de sudor caían entre los jamones de Otto. Cuando uno llevaba un rato así, podía obsesionarse y pensar que quizás alguien había manipulado el equipo y que lo que se veía era una grabación del día anterior o algo por el estilo.

Otto tamborileaba con los dedos junto al teclado. El capullo de Waaler les había prohibido fumar.

Otto se inclinó hacia la derecha y expulsó un pedo mudo mientras echaba una ojeada al tipo rubio con el pelo de punta. Se había pasado todo el rato sentado en una silla y, desde que llegó, no había pronunciado una sola palabra. Parecía un portero muerto de hambre.

– No parece que nuestro hombre tenga pensado trabajar hoy -dijo Otto-. Tal vez piense que hace demasiado calor. Puede que haya decidido dejarlo para mañana y que se haya ido a Aker Brygge a tomar una cerveza. El hombre del tiempo dijo que…

– Cierra la boca, Tangen.

Waaler se lo dijo en voz baja, pero lo bastante alto como para que lo oyera.

Otto suspiró profundamente y se encogió de hombros.

El reloj en la esquina de la pantalla indicaba las cinco y veintiún minutos.

– ¿Alguien ha vuelto a ver al tipo del 303?

Era la voz de Waaler. Otto se dio cuenta de que lo estaba mirando a él.

– Yo estuve durmiendo por la mañana.

– Quiero que se controle el 303. ¿Falkeid?

El jefe del grupo de Operaciones Especiales carraspeó.

– No considero que el riesgo…

– Ahora, Falkeid.

Los ventiladores que refrigeraban los equipos zumbaban mientras Falkeid y Waaler se sostenían la mirada.

Falkeid volvió a carraspear.

– Alfa a Charlie dos, entra. Cambio.

Se oyó un rumor.

– Charlie dos.

– Controla el 303 ahora mismo.

– Recibido. Controlo 303.

Otto miró la pantalla. Nada. A ver si…

Allí estaban.

Tres hombres. Uniformes negros, capuchas negras, metralletas negras, botas negras. Pasó muy rápido, pero resultaba extrañamente carente de dramatismo. Era el sonido. No había sonido.

No utilizaron esos explosivos tan prácticos y manejables para abrir la puerta, sino un anticuado pie de cabra. Otto estaba desilusionado. Sería por los recortes.

Los hombres mudos de la pantalla se colocaron en formación, como si estuvieran en la línea de salida de una competición, uno de ellos con el pie de cabra metido bajo la cerradura, los otros dos a un metro de distancia con las armas levantadas. Y, de repente, comenzaron a actuar. Fue como un único movimiento coordinado, como un paso de baile de locos. La puerta se abrió en un segundo, los dos que estaban preparados entraron a la carrera y el tercero los siguió lanzándose literalmente de cabeza. Otto ya estaba pensando en el momento en que le enseñaría la grabación a Nils. La puerta se cerró a medias. Realmente, era una pena que no hubiesen podido instalar cámaras en las habitaciones.

Ocho segundos.

La radio de Falkeid chisporroteaba.

– 303 controlado. Una chica y un chico, no van armados.

– ¿Y están vivos?

– Sí, están muy… vivos.

– ¿Has cacheado al chico, Charlie dos?

– Está desnudo, Alfa.

– Sácalo de ahí -gritó Waaler-. ¡Mierda!

Otto miró fijamente la puerta del 303. Lo habían hecho. Estaba desnudo. Habían estado haciéndolo toda la noche y todo el día. Miró como embrujado hacia la puerta.

– Que se ponga algo de ropa y te lo traes hasta la posición, Charlie dos.

Falkeid dejó el walkie-talkie, miró a los otros e hizo un gesto lento de negación con la cabeza.

Waaler dio un fuerte golpe con la mano abierta en el reposabrazos de la silla.

– El autobús también estará libre mañana -dijo Otto echando una ojeada rápida al comisario.

Ahora había que ir con un poco de cuidado.

– No cobro más por ser domingo, pero tengo que saber cuándo…

– Oye, mira allí.

Otto se dio la vuelta automáticamente. Era el portero que por fin abría la boca. Señalaba la pantalla central.

– En el portal. Entró por la puerta y se fue directamente al ascensor.

Durante dos segundos hubo un silencio total en el autobús. Luego se oyó la voz de Falkeid en el walkie-talkie.

– Alfa a todas las unidades. Posible objeto acaba de entrar en el ascensor. Stand-by.

– No gracias -sonrió Beate.

– Bueno, supongo que estarás harta de galletas -suspiró la señora mayor dejando la caja sobre la mesa-. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Me alegrará ver a Sven ahora que estoy sola.

– Sí, me imagino que puede resultar un poco solitario vivir en una casa tan grande.

– Bueno, hablo bastante con Ina. Pero se fue hoy a la cabaña de ese amigo que tiene. Le he pedido que me lo presente, pero los jóvenes de hoy en día sois tan raros con respecto a esas cosas… Es como si quisierais probarlo todo, al mismo tiempo que pensáis que nada durará, quizá por eso os andáis con tanto misterio.

Beate miró el reloj con disimulo. Harry había prometido llamar en cuanto hubiera acabado todo.

– Estás pensando en otra cosa, ¿verdad?

Beate asintió despacio con la cabeza.

– No importa -dijo Olaug-. Ojalá lo atrapéis.

– Sven es un buen hijo.

– Sí, es verdad. Y si me hubiera visitado siempre tan a menudo como lo hace últimamente, no me quejaría.

– ¿Ah sí? ¿Cómo de a menudo te visita ahora? -preguntó Beate. Debería haber acabado ya. ¿Por qué no llamaba Harry? ¿Acaso no se había presentado al final?

– Una vez por semana en las últimas cuatro semanas. En realidad, con más frecuencia aún: ha venido cada cinco días. Estancias cortas. Estoy convencida de que tiene a alguien esperándolo allí en Praga. Y como dije, creo que esta noche trae noticias.

– Ya.

– La última vez me trajo una joya. ¿Quieres verla?

Beate miró a la señora mayor. Y de repente tomó conciencia de lo cansada que estaba. Cansada del trabajo, del mensajero asesino, de Tom Waaler y de Harry Hole. De Olaug Sivertsen y, sobre todo, de sí misma, de la buena y cumplidora Beate Lønn que creía que podía conseguir algo, cambiar algo, sólo con ser buena, buena y aplicada, aplicada y cumplidora. Ya era hora de cambiar, pero no sabía si tenía ganas de hacerlo. Más que nada, quería irse a casa, esconderse bajo el edredón y dormir.

– Tienes razón -dijo Olaug-. No es gran cosa. ¿Más té?

– Con mucho gusto.

Olaug estaba a punto de servirle otra vez cuando vio que Beate cubría la taza con la mano.

– Perdona -dijo Beate entre risas-. Lo que quería decir era que me gustaría verla.

– Que…

– Ver la joya que te regaló tu hijo.

A Olaug se le iluminó la cara y se encaminó a la cocina.

Buena, pensó Beate. Se acercó la taza a los labios. Llamaría a Harry para saber cómo iban las cosas.

– Aquí está -dijo Olaug.

La taza de té de Beate, es decir, la taza de té de Olaug Sivertsen, o más exactamente, la taza de té de la Whermacht, se detuvo a medio camino.

Beate se quedó mirando fijamente el broche.

– Sven los importa -explicó Olaug-. Al parecer, sólo se tallan de esta manera en Praga.

Era un diamante. Con forma de pentagrama.

Beate pasó la lengua por dentro de la boca para eliminar la sequedad.

– Tengo que llamar a alguien -dijo.

La sequedad no quería remitir.

– ¿Podrías buscar una foto de Sven, mientras tanto? A ser posible, una reciente. Hay cierta urgencia.

Olaug la miró desconcertada pero asintió con la cabeza.

Otto respiraba con la boca abierta, mientras miraba a la pantalla registrando las voces a su alrededor.

– Posible objeto entra en el sector de Bravo dos. Posible objeto se para delante de puerta. ¿Preparados, Bravo dos?

– Aquí Bravo dos. Preparados.

– El objeto se ha detenido. Busca algo en el bolsillo. Podría ser un arma, no le vemos la mano.

La voz de Waaler.

– Ahora. En marcha, Bravo dos.

– Extraño -murmuró el portero.

Al principio, Marius Veland creyó que no había oído bien, pero bajó el volumen de Violent Femmes para asegurarse. Y volvió a oírlo. Llamaban a la puerta. ¿Quién sería? Por lo que él sabía, todos los demás vecinos del pasillo se habían ido a sus casas a pasar el verano. Aunque no Shirley, la había visto en la escalera el día anterior. Estuvo a punto de pararse y preguntarle si quería acompañarlo a un concierto. O a ver una película. O a un estreno. Gratis. Lo que ella eligiera.

Marius se levantó y notó cómo empezaban a sudarle las manos. ¿Por qué? No había ninguna razón lógica para que fuera ella… Miró a su alrededor y se dio cuenta de que, realmente, no se había fijado bien en su apartamento hasta aquel momento. No tenía suficientes cosas para que pudiera estar desordenado. Las paredes estaban desnudas, aparte de un póster de Iggy Pop con rasguños y una triste librería que no tardaría en verse atestada de CD y DVD gratuitos. Era un apartamento patético, sin carácter. Sin… Volvieron a llamar. Remetió a toda prisa una esquina del edredón que sobresalía por el respaldo del sofá cama y se encaminó a la puerta. Abrió. No podía ser ella. No podría… No era ella.

– ¿Señor Veland?

– ¿Sí?

Marius observaba atónito al hombre.

– Tengo un paquete para ti.

El hombre se quitó la mochila, sacó un sobre tamaño A4 y se lo entregó. Marius miró el sobre blanco con un sello. No había nombre escrito.

– ¿Seguro que es para mí? -preguntó.

– Sí. Necesito un recibo…

El hombre le tendió una carpeta con un folio sujeto por una pinza.

Marius lo miró inquisitivamente.

– Lo siento, ¿no tendrás un bolígrafo? -preguntó el hombre sonriendo.

Marius no dejaba de observarlo. Había algo en él que no cuadraba. Algo que no podía precisar.

– Un momento -dijo Marius.

Se llevó el sobre consigo, lo dejó en la estantería, junto al llavero con el cráneo, buscó el bolígrafo en el cajón y se dio la vuelta. Marius se sobresaltó al ver que el hombre estaba tras él en el penumbroso pasillo.

– No te he oído -dijo Marius escuchando resonar su propia risa nerviosa que retumbaba entre las paredes.

No es que tuviera miedo. En su pueblo natal, la gente solía pasar sin más. Para que no saliera el calor. O para que no entrara el frío. Pero había algo extraño en aquel hombre. Se había quitado las gafas y el casco y Marius vio ahora qué era lo que no encajaba. Era viejo. Los mensajeros ciclistas solían ser chicos jóvenes. Tenía el cuerpo delgado y bien entrenado y podía pasar por el de una persona joven, pero la cara pertenecía a un hombre con más de treinta, incluso con más de cuarenta.

Marius estaba a punto de abrir la boca cuando su mirada reparó en el objeto que el mensajero sujetaba en la mano. Había luz en la habitación y el pasillo estaba a oscuras, pero Marius Veland había visto suficientes películas para reconocer el contorno de una pistola alargada por un silenciador.

– ¿Es para mí? -soltó de pronto.

El hombre sonrió y lo encañonó con la pistola. Directamente a él. A su cara. Y entonces Marius comprendió que debía tener miedo.

– Siéntate -dijo el hombre-. El bolígrafo es para ti. Abre el sobre.

Marius se dejó caer en la silla.

– Vas a escribir -explicó el hombre.

– ¡Buen trabajo, Bravo dos!

Falkeid gritaba y tenía la cara de un rojo encendido.

Otto respiraba intensamente por la nariz. En la pantalla se veía al objetivo tumbado en el suelo boca abajo delante del 205, con las manos esposadas a la espalda. Y lo mejor de todo, tenía la cara torcida hacia la cámara, así que se podía apreciar el asombro y ver cómo se retorcía de dolor, ver cómo aquel cerdo poco a poco se percataba de su derrota. Era una primicia. No, era más que eso, era una grabación histórica. El dramático desenlace del verano sangriento de Oslo: «El mensajero asesino detenido cuando estaba a punto de cometer su cuarto asesinato». El mundo entero lucharía por enseñarlo. ¡Dios mío! Él, Otto Tangen, era un hombre rico. Se acabó la mierda de trabajo en el 7-Eleven, nada de capullos tipo Waaler, podría comprar… podría… Aud Rita y él podrían…

– No es él -dijo el portero.

El autobús se quedó en silencio.

Waaler se inclinó en la silla.

– ¿Qué dices, Harry?

– No es él. Dos cero cinco es uno de los apartamentos donde no pudimos dar con el inquilino. Según la lista se llama Odd Einar Lillebostad. Es difícil distinguir lo que lleva el tío en la mano, pero a mí me parece que es una llave. Lo siento, señores, pero apuesto a que Odd Einar Lillebostad acaba de llegar a su casa.

Otto escrutó la imagen. Tenía un equipo por valor de más de un millón, un equipo que había sido adquirido e hipotecado, capaz de sacar un detalle de la mano y de ampliarlo sin dificultad para comprobar si aquel capullo de portero tenía razón. Pero no era necesario. La rama del manzano crujía. La luz entraba a raudales por las ventanas del jardín. Y chisporroteaba en la lata.

– Bravo dos a Alfa. Según su tarjeta de crédito, ese tío se llama Odd Einar Lillebostad.

Otto cayó pesadamente hacia atrás en la silla.

– Tranquilos, señores -intervino Waaler-. Todavía puede presentarse. ¿No es verdad, Harry?

El capullo de Harry no contestó. Y en ese momento le sonó el móvil.

Marius Veland miró los dos folios en blanco que había sacado del sobre.

– ¿Quiénes son tus parientes más próximos? -preguntó el hombre.

Marius tragó saliva con la intención de contestar, pero la voz no le obedecía.

– No te voy a matar -le advirtió el hombre-. Si haces lo que te digo no lo haré.

– Mis padres -respondió Marius en un susurro que sonó como un SOS lastimero.

El hombre le ordenó que escribiera en el sobre los nombres y la dirección de sus padres. Marius apoyó el bolígrafo en el papel. Los nombres. Aquellos nombres que tan bien conocía. Y la dirección de Bofjord. Después miró fijamente lo escrito. Le había salido una letra torcida y como temblorosa.

El hombre empezó a dictarle la carta. La mano de Marius se movía apática sobre la hoja.

«¡Hola! ¡Se me ha ocurrido de repente! Me voy a Marruecos con Georg, un chico marroquí al que conocí no hace mucho. Nos quedaremos en casa de sus padres, en un pequeño pueblo de montaña llamado Hassane. Estaré fuera cuatro semanas. Parece que allí la cobertura telefónica no es muy buena, pero intentaré escribir, aunque, según Georg, el servicio de Correos no es de los mejores. Os llamaré en cuanto vuelva. Saludos…»

– Marius -dijo Marius.

– Marius.

Hecho esto, el hombre le dijo a Marius que metiera la carta en el sobre y que lo guardara en la mochila que él tenía en la mano.

– En el otro folio, escribe «Vuelvo dentro de cuatro semanas». Firma con la fecha de hoy y escribe tu nombre. Vale, gracias.

Marius estaba sentado mirando su regazo con el hombre justo a su espalda. La brisa movía la cortina. Fuera trinaban histéricos los pájaros. El hombre se inclinó y cerró la ventana. Ahora sólo se oía el suave zumbido de la minicadena de la estantería.

– ¿Qué canción es? -preguntó el hombre.

– Like a blister in the sun -respondió Marius. Lo había puesto en Repeat. Le gustaba. Le habría hecho una buena reseña. Una reseña «calurosa e incluyente».

– La he oído antes -aseguró el hombre, que encontró el botón del volumen y lo subió-. Pero no recuerdo dónde.

Marius levantó la cabeza y observó por la ventana el verano acallado tras los cristales, el abedul, que parecía decir adiós, el césped verde. En el reflejo, vio que el hombre, a su espalda, levantaba la pistola y le apuntaba a la nuca.

Let me go wild!, ladraban los pequeños altavoces.

El hombre bajó el arma.

– Perdona. Se me había olvidado soltar el seguro. Ya está.

Like a blister in the sun!

Marius cerró los ojos. Shirley. Pensó en ella. ¿Dónde estaría ahora?

– Ahora caigo -dijo el hombre-. Fue en Praga. Se llaman Violent Femmes, ¿no es verdad? Mi novia me llevó a un concierto. No tocan muy bien, ¿no?

Marius abrió la boca para contestar, pero, simultáneamente, se oyó una tos seca procedente de la pistola y nadie supo jamás su opinión.

Otto seguía mirando la pantalla. Detrás de él estaba Falkeid hablando con Bravo dos en el lenguaje de los malos. El capullo de Harry había cogido el móvil que resonaba estridente. No dijo gran cosa. Seguramente, sería una tía fea que quería que la follase, pensó Otto aguzando el oído.

Waaler no decía nada, simplemente se mordía el nudillo mientras observaba inexpresivo cómo se llevaban a Odd Einar Lillebostad. Sin esposas. Sin indicio razonable de sospecha. Sin una mierda.

Otto seguía sin apartar la vista de la pantalla, con la sensación de hallarse junto a un reactor nuclear. El exterior no revelaba nada, el interior estaba rebosante de cosas con las que uno no querría vérselas por nada del mundo. Los ojos clavados en la pantalla.

Falkeid dijo «cambio y cierro» y dejó el chisme de hablar. El capullo de Harry seguía alimentando el suyo con monosílabos.

– No vendrá -dijo Waaler sin dejar de observar las imágenes de pasillos y entradas vacíos.

– ¡Qué pronto lo has dicho! -protestó Falkeid.

Waaler negó despacio con la cabeza.

– Sabe que estamos aquí. Lo noto. Está en algún lugar, riéndose de nosotros.

En un árbol de un jardín, pensó Otto.

Waaler se levantó.

– Chicos, vamos a recoger. La teoría del pentagrama no ha funcionado. Mañana empezaremos otra vez desde el principio.

– La teoría es válida.

Los otros tres se volvieron hacia el capullo de Harry, que ya se guardaba el móvil en el bolsillo.

– Se llama Sven Sivertsen -afirmó-. Ciudadano noruego con domicilio en Praga, nacido en Oslo en 1946, pero, según nuestra colega Beate Lønn, aparenta ser mucho más joven. Pesan sobre él dos condenas por contrabando. Le ha regalado a su madre un diamante idéntico a los que hemos encontrado junto a las víctimas. Y la madre dice que la ha visitado en Oslo en las fechas en cuestión. En Villa Valle.

Otto vio que Waaler se había quedado pálido y muy tenso.

– Su madre -susurró Waaler-. ¿En la casa que señalaba el último pico de la estrella?

– Sí -confirmó el capullo de Harry-. La mujer está en casa, esperando la llegada de su hijo. Esta noche. Ya va un coche con refuerzos camino de la calle Schweigaardsgate. Yo tengo el mío aquí cerca.

Se levantó de la silla. Waaler se frotó el mentón.

– Hemos de reagruparnos -dijo Falkeid cogiendo el walkie-talkie.

– ¡Espera! -gritó Waaler-. Nadie hará nada hasta que yo lo diga.

Los demás lo miraron expectantes. Waaler cerró los ojos. Transcurrieron dos segundos. Los abrió de nuevo.

– Detén ese coche que está en camino, Harry. No quiero un solo coche de policía a menos de un kilómetro a la redonda de esa casa. Si advierte el menor peligro, habremos perdido. Sé un par de cosas sobre los contrabandistas de los países del Este. Siempre, siempre procuran asegurase la retirada. Ésa es una. La otra es que, si logran desaparecer, nunca vuelves a dar con ellos. Falkeid, tú y tus hombres os quedáis aquí y continuáis el trabajo hasta que se os ordene lo contrario.

– Pero tú mismo has dicho que no…

– Haz lo que te digo. Puede que ésta sea nuestra única oportunidad y, ya que es mi cabeza la que está en juego, me gustaría encargarme personalmente. Harry, tú asumes el mando aquí. ¿Vale?

Otto vio que el capullo de Harry dirigía la vista a Waaler, pero con una mirada ausente.

– ¿Vale? -repitió Waaler.

– De acuerdo -dijo el capullo.

28

Sábado. Consolador

Olaug Sivertsen miraba a Beate con los ojos desorbitados y expresión aterrada mientras la policía comprobaba que todas las balas estaban en su sitio.

– ¿Mi Sven? ¡Pero Dios mío, tenéis que comprender que estáis equivocados! Sven es incapaz de hacer daño a nadie.

Beate metió el cargador del revólver en su lugar y se acercó a la ventana de la cocina que daba al aparcamiento de la calle Schweigaardsgate.

– Esperemos que así sea. Pero, para averiguarlo, antes tenemos que detenerlo.

El corazón de Beate latía algo más rápido, pero no demasiado. El cansancio había desparecido cediendo a una ligereza y falta de ánimo, casi como si estuviera bajo la influencia de algún estupefaciente. Era el viejo revólver de su padre. Le había oído decir a un colega que nunca había que fiarse de una pistola.

– ¿Así que no dijo nada sobre la hora a la que llegaría?

Olaug negó con la cabeza.

– Dijo que tenía algunos asuntos que atender.

– ¿Tiene llave de la puerta principal?

– No.

– Bien. Entonces…

– No suelo cerrar cuando sé que va a venir.

– ¿La puerta no está cerrada?

Beate notó que la sangre se le agolpaba en la cabeza y oyó su voz chillona. No sabía con quién estaba más enfadada. Si con aquella señora mayor que había recibido protección policial, pero que, al mismo tiempo, dejaba la puerta principal abierta para que pudiera entrar su hijo, o consigo misma, por no haber comprobado algo tan elemental.

Respiró profundamente para templar el tono de su voz.

– Quiero que te quedes aquí sentada, Olaug. Yo iré al pasillo para…

– ¡Hola!

La voz resonó a espaldas de Beate, cuyo corazón latía rápidamente, ahora demasiado rápido. Se giró rauda con el brazo derecho extendido y el fino dedo índice doblado en torno al duro gatillo. Una figura llenaba el vano de la puerta. Ni siquiera lo oyó entrar. Buena, muy buena y tonta, muy tonta.

– ¡Guau! -dijo la voz riéndose.

Beate centró la vista en la cara. Vaciló otra fracción de segundo antes de aflojar la presión contra el gatillo.

– ¿Quién es? -preguntó Olaug.

– La caballería, señora Sivertsen -explicó la voz-. El comisario Tom Waaler.

Tras presentarse, le tendió la mano y, mirando a Beate de reojo, dijo:

– Me he tomado la libertad de cerrar la puerta principal, señora Sivertsen.

– ¿Dónde está el resto? -preguntó Beate.

– No hay resto. Sólo estamos…

Beate sintió un escalofrío al ver la sonrisa de Tom Waaler.

– … nosotros dos, querida.

Eran las ocho pasadas.

Las noticias de la tele informaban de que un frente frío se aproximaba a Inglaterra y de que pronto se acabaría la ola de calor.

En uno de los pasillos del edificio Postgiro, Roger Gjendem le comentó a un colega que, últimamente, la policía se mostraba muy misteriosa y que se apostaba cualquier cosa a que se estaba cociendo algo. Había oído el rumor de que habían movilizado al POT, cuyo jefe, Sivert Falkeid, llevaba dos días sin atender el teléfono. Tanto el colega como la redacción opinaban que se hacía ilusiones. De modo que sacaron en primera página la noticia del frente frío.

Bjarne Møller estaba en el sofá viendo el programa Beat for Beat. Le gustaba Ivar Dyrhaug. Le gustaban las canciones. Y no le importaba que en el trabajo opinasen que era un programa familiar un tanto conservador y más bien para señoras mayores. A él le gustaba lo familiar. Y co