/ Language: Español / Genre:detective

Nemesis

Jo Nesbø

Una cámara de seguridad muestra a un atracador en un banco de Oslo apuntando a un empleado. Le ha dado veinticinco segundos al director para que vacíe el cajero. Dispara. Ha tardado treinta y uno. A Harry Hole, el impredecible detective que ha dado fama mundial a Jo Nesbø, la imagen granulada del homicidio no se le va de la cabeza. Junto a la inexperta Beate Lønn deberá encontrar al asesino. Siguen la pista hasta un famoso atracador. Sólo que está en la cárcel. Además, Harry Hole tiene un gran defecto: nadie como él sabe crearse problemas y casi siempre huelen a alcohol. Cuando parecía que su vida privada había alcanzado la paz con Rakel y sus problemas en la comisaria estaban resueltos, amanece con una resaca que despierta sus peores pesadillas. Sólo recuerda la insensatez que cometió la noche anterior: atender la llamada y la invitación de Anna, una antigua novia, nada más. Lo peor es que Anna ha aparecido muerta esa misma mañana. Y él es el sospechoso, a menos que pueda aclarar y demostrar lo que ha hecho durante las últimas doce horas.

Jo Nesbø

Nemesis

Harry Hole 4

PRIMERA PARTE

1

El plan

Voy a morir. Y no tiene sentido. No era éste el plan, por lo menos, no era el mío. Puede que siempre haya estado de camino hacia ese punto sin saberlo. Pero no era éste mi plan. Mi plan era mejor. Mi plan tenía sentido.

Estoy mirando al cañón de un arma y sé que de ahí saldrá él. El mensajero. El barquero. El momento para una última carcajada. Si ves luz al final del túnel, puede que sea una llamarada. El momento para una última lágrima. Tú y yo podríamos haber hecho algo mejor de esta vida. Si hubiéramos seguido el plan. Un último pensamiento. Todos se preguntan cuál es el sentido de la vida, pero nadie indaga cuál es el sentido de la muerte.

2

Astronauta

Harry pensó en un astronauta al ver a aquel hombre mayor. Sus pasos cortos tan cómicos, la rigidez de sus movimientos, la mirada muerta y sombría, y el arrastrar de las suelas de los zapatos por el parqué. Como si tuviese miedo de perder el contacto con el suelo y salir flotando por el espacio.

Harry miró el reloj de la porción de pared de hormigón blanco que había sobre la puerta de salida. Las 15.16 horas. Al otro lado de la ventana, en la calle Bogstadveien, la gente pasaba con las prisas propias de un viernes. El sol bajo de octubre se reflejaba en el espejo retrovisor de un coche atrapado en el tráfico de la hora punta.

Harry se fijó en el hombre mayor. Llevaba sombrero y una elegante gabardina gris que, a decir verdad, necesitaba pasar por la tintorería. Debajo de la gabardina vestía una chaqueta de tweed, corbata y unos pantalones grises raídos con la raya muy marcada. Zapatos bien lustrados con tacones desgastados. Era uno de esos jubilados que parecían abundar en el barrio de Majorstua. No era una suposición. Harry sabía que August Schultz tenía ochenta y un años, que había sido comerciante de confección y que había vivido en Majorstua toda su vida, salvo durante la guerra, que pasó en un barracón de Auschwitz. Y la rigidez de sus rodillas se debía a una caída de un puente peatonal de la calle Ringveien, cuando cruzaba para acudir a una de las habituales visitas a casa de su hija. La posición de los brazos, doblados en ángulo recto por el codo, reforzaba la impresión de muñeco mecánico. Del antebrazo derecho colgaba un bastón marrón, y en la mano izquierda sostenía un giro bancario que estaba a punto de entregar al joven de pelo corto que había al otro lado del mostrador número dos. Harry no podía verle la cara, pero sabía que miraba al hombre mayor con una mezcla de compasión y de enfado.

Eran ya las 15.17 horas y August Schultz había llegado, por fin. Harry suspiró.

Stine Grette, del mostrador número uno, contaba las setecientas treinta coronas del chico de gorro azul que acababa de entregarle un cheque nominal. El diamante que lucía en su anular izquierdo centellaba cada vez que dejaba un billete en el mostrador.

Harry tampoco podía verlo pero sabía que, a la derecha del chico, delante del mostrador número tres, había una mujer que mecía un cochecito por pura distracción, seguramente, ya que el pequeño estaba dormido. La mujer estaba esperando que la atendiera la señora Brænne la cual, a su vez, se afanaba ruidosamente en explicarle por teléfono a un señor que podía pagar mediante un autogiro aunque el destinatario no hubiese firmado nada, y que la que trabajaba en el banco era ella, no él. De modo que, ¿por qué no dar por concluida la discusión?

En ese instante se abrió la puerta de la sucursal bancaria y dos hombres, uno alto y otro de baja estatura, vestidos con monos oscuros idénticos, entraron rápidamente en el local. Stine Grette levantó la cabeza. Harry miró su reloj y empezó a contar. Los hombres se dirigieron a la esquina donde estaba Stine. El alto se movía como si sortease pequeños charcos a zancadas, y el pequeño se contoneaba al caminar como quien ha adquirido más músculos de los que su cuerpo es capaz de alojar. El chico del gorro azul se dio la vuelta lentamente y empezó a caminar hacia la puerta, tan concentrado en contar su dinero que no se percató de ellos.

– Hola -le dijo el alto a Stine, adelantándose para soltar de golpe un maletín negro en el mostrador. El pequeño se ajustó unas gafas de sol de cristal reflectante, se acercó y colocó al lado un maletín idéntico-. ¡El dinero! -exclamó con voz clara-. ¡Abre la puerta!

Fue como pulsar el botón de «pausa» y todos los movimientos que se estaban produciendo en la sucursal se congelaron en el acto. Tan sólo el tráfico que discurría al otro lado de la ventana confirmaba que el tiempo no se había detenido, así como el segundero del reloj de Harry, que ahora indicaba que habían pasado diez segundos. Stine pulsó un botón que tenía debajo de su mesa. Se oyó un zumbido y el más bajo empujó con la rodilla la pequeña puerta giratoria del fondo, junto a la pared.

– ¿Quién tiene la llave? -preguntó-. ¡Rápido, no tenemos todo el día!

– ¡Helge! -gritó Stine, por encima del hombro.

– ¿Qué? -respondió una voz procedente del único despacho del banco que, además, tenía la puerta abierta.

– ¡Tenemos visita, Helge!

Asomó entonces un hombre con pajarita y gafas para leer.

– Estos señores quieren que les abras el cajero automático, Helge -dijo Stine.

Helge Klementsen miró impasible a los dos hombres, que ya habían pasado al otro lado del mostrador. El más alto oteaba la puerta visiblemente nervioso, pero el bajito no apartaba la vista del director de la sucursal.

– Ah, sí, por supuesto -jadeó Klementsen, como si acabara de recordar una cita olvidada, y estalló en una risa ansiosa y estentórea.

Entre tanto, Harry no movió ni un músculo, concentrado en absorber con la vista los detalles de sus gestos y movimientos. Veinticinco segundos. Continuó mirando el reloj que colgaba sobre la puerta, pero en el límite de su campo de visión observó que el director de la sucursal abría desde dentro el cajero automático, extraía dos cajas metálicas alargadas llenas de billetes y se las entregaba a los dos hombres. Todo ocurrió con suma rapidez y en silencio.

– ¡Éstas son para ti, viejo!

El hombre bajito había sacado dos cajas idénticas del maletín, que ahora le entregó a Helge Klementsen. El director de la sucursal tragó saliva, asintió, las cogió y las colocó en el cajero.

– ¡Buen fin de semana! -exclamó el bajito, irguiéndose después de coger el maletín.

Un minuto y medio.

– Un momento, no tan deprisa-advirtió Helge.

El pequeño se detuvo.

Harry apretó las mejillas, intentando concentrarse.

– El recibo… -dijo Helge.

Los dos hombres se quedaron mirando un instante al menudo hombre canoso y el más bajito rompió a reír. Era una risa chillona y aguda, con un punto de histeria, como se ríe la gente que se ha tomado un chute de speed.

– No creerás que íbamos a largarnos sin tu autógrafo, ¿no? Y entregar dos millones sin recibo, ¡vamos!

– Ya, claro -dijo Helge Klementsen-. Pero a un compañero vuestro casi se le olvida la semana pasada.

– Hay mucha gente nueva en el trasporte de valores estos días -admitió el bajito mientras él y Klementsen firmaban y se repartían las copias amarilla y rosa.

Harry esperó a que la puerta de salida se cerrase tras ellos antes de mirar el reloj otra vez. Dos minutos y diez segundos.

A través del cristal de la puerta marrón vio alejarse la furgoneta blanca con el logotipo del banco Nordea.

Entonces se reanudaron las conversaciones entre las personas que había en el local. Harry no necesitaba contarlas, pero lo hizo de todas formas. Eran siete. Tres detrás del mostrador y tres delante, incluidos el bebé y el tío de los pantalones de peto que se había detenido ante la mesa del centro del local, para apuntar el número de cuenta en un formulario de ingreso a favor de Saga Solreiser, cosa que Harry sabía.

– Adiós -dijo August Schultz, arrastrando los pies en dirección a la puerta.

Eran exactamente las 15.21.10, el instante en que todo empezó.

Cuando se abrió la puerta, Harry vio que Stine Grette levantaba la vista de sus documentos un segundo para volver a ellos enseguida. Pero pronto volvió a levantar la cabeza, muy despacio esta vez. Harry miró hacia la entrada. El hombre que acababa de acceder al local ya se había bajado la cremallera del mono y estaba sacando un fusil AG3 de color negro y verde aceituna. Un pasamontañas azul oscuro le cubría toda la cara, a excepción de los ojos. Harry empezó a contar de cero otra vez.

El pasamontañas empezó a moverse como una muñeca de Henderson justo en el lugar donde debería estar la boca:

– This is a robbery. Nobody moves.

No lo dijo muy alto, pero el silencio que se hizo en el pequeño local del banco podría haber sucedido al disparo de una salva de cañón. Harry miró a Stine. El hombre cargó el fusil y, al ruido del tráfico, se impuso con claridad el deslizante chasquido de las piezas de un arma bien lubricada. El hombro izquierdo de Stine descendió imperceptiblemente.

«Una chica valiente -se dijo Harry-. O quizá muerta de miedo.» Aune, el profesor de psicología de la Academia de Policía, decía que la gente, cuando está lo bastante aterrada, deja de pensar y actúa según se espera de ella. La mayoría de los empleados de la banca pulsan el botón de alarma silenciosa que avisa de un atraco en un estado rayano a la parálisis. En estado de conmoción, sostenía Aune, refiriéndose a que después, cuando han de dar cuenta de lo sucedido, muchos no recuerdan si activaron o no la alarma. Funcionaron con el piloto automático. «Igual que un atracador de bancos que se ha programado a sí mismo para dispararle a todo aquel que intente detenerle -explicaba Aune-. Cuanto más miedo tenga, menos probable es que nadie lo haga cambiar de idea.» Harry no se movió, sólo intentaba ver los ojos del atracador. Eran azules.

El atracador se quitó la mochila negra y la dejó caer en el suelo, entre el cajero y el hombre del peto, que seguía con la punta del bolígrafo en el último círculo del número ocho que tenía a medias. El hombre de negro recorrió los seis pasos que lo separaban de la pequeña puerta del mostrador, se sentó en el borde, pasó las piernas por encima y se quedó de pie justo detrás de Stine, que permanecía inmóvil con la vista al frente. «Bien hecho -pensó Harry-. Se sabe las instrucciones y no provocará al atracador mirándolo a la cara.»

El hombre encañonó el arma contra la nuca de Stine, se inclinó y le susurró algo al oído.

La joven aún no había caído presa del pánico, pero Harry veía palpitar su pecho, como si su cuerpo menudo no pudiese inspirar el aire suficiente bajo la blusa blanca que, súbitamente, parecía demasiado estrecha. Quince segundos.

Stine carraspeó. Una vez. Dos veces. Hasta que sus cuerdas vocales respondieron por fin.

– Helge. Las llaves del cajero -pidió en voz baja y ronca, totalmente distinta de aquella con la que había pronunciado casi las mismas palabras hacía tan sólo tres minutos.

Harry no lo veía, pero sabía que Helge Klementsen había oído la frase inicial del atracador y que ya estaba en la puerta de su despacho.

– Rápido -lo acució Stine-. De lo contrario… -su voz era apenas audible y, en la pausa que siguió, sólo se oyeron las suelas de los zapatos de August Schultz contra el parqué, como un par de palillos que se arrastran despacio sobre la piel seca de un tambor- me pega un tiro.

Harry miró por la ventana. Seguramente habría allí fuera un coche con el motor en marcha, pero desde donde se encontraba no podía avistar más que vehículos que iban y venían y personas que caminaban con paso más o menos despreocupado.

– Helge… -repitió Stine en tono suplicante.

«Vamos, Helge», pensó Harry animando mentalmente al director de la sucursal, al que también conocía bastante. Sabía que tenía dos caniches gigantes, una esposa y una hija embarazada y recién abandonada por su novio, que lo esperaban en casa. Sabía que tenían ya listas las maletas para irse a la cabaña de la montaña en cuanto Helge Klementsen llegara a casa. Sin embargo, Klementsen tenía ahora la sensación de estar sumergido bajo las aguas en uno de esos sueños en que todos los movimientos son lentos por más que uno intente apresurarse. El director de la sucursal entró en el campo de visión de Harry. El atracador había girado la silla de Stine de manera que seguía detrás de ella, pero mirando a Helge Klementsen. Como un niño temeroso que va a alimentar a un caballo, Klementsen asomaba con el cuerpo hacia atrás y sosteniendo las llaves en la mano, lo más lejos posible. El atracador volvió a susurrarle algo a Stine y giró el arma para apuntarle a Klementsen, que reculó trastabillando unos pasos.

Stine carraspeó.

– Dice que abras el cajero y metas las cajas nuevas en esa mochila negra.

Helge Klementsen miró como hipnotizado el fusil con que le apuntaba el atracador.

– Tienes veinticinco segundos antes de que dispare. A mí. No a ti.

Klementsen abrió la boca, como para decir algo, y la cerró enseguida.

– Ahora, Helge -lo apremió Stine.

El mecanismo de apertura de la puerta emitió un zumbido y Helge Klementsen salió del despacho y pasó al local.

Habían transcurrido treinta segundos desde que comenzó el atraco. August Schultz casi había alcanzado la puerta de salida. El director de la sucursal cayó de rodillas delante del cajero, mirando fijamente las cuatro llaves del llavero.

– Quedan veinte segundos -avisó la voz de Stine.

«La comisaría de policía de Majorstua -pensó Harry-. Sus coches están en camino. Ocho manzanas. Los atascos de los viernes.»

Helge Klementsen seleccionó una de las llaves con mano temblorosa y la introdujo por el ojo de la cerradura. A mitad de camino, se detuvo. Helge Klementsen empujó más fuerte.

– Diecisiete segundos.

– Pero…-balbució.

– Quince segundos.

Helge Klementsen sacó la llave y probó con una de las otras, que entró, pero no giró.

– Pero por Dios…

– Trece segundos. Usa la del adhesivo verde, Helge.

Helge Klementsen miró el llavero como si lo viera por primera vez.

– Once segundos.

La tercera llave entró. Y giró. Helge Klementsen abrió la puerta y se volvió hacia Stine y el atracador.

– Tengo que abrir otra cerradura para poder sacar las caj…

– ¡Nueve segundos! -gritó Stine.

A Helge Klementsen se le escapó un sollozo mientras apretaba los dedos contra los dientes de las llaves como si estuviera ciego y los dientes pudiesen revelarle cuál era la llave adecuada.

– Siete segundos.

Harry se concentraba en escuchar. Aún no se oían las sirenas de la policía. August Schultz agarró el picaporte de la puerta de salida.

Las llaves cayeron sobre el parqué y se oyó un tintineo metálico.

– Cinco -susurró Stine.

Entonces se abrió la puerta y los sonidos de la calle llenaron el local. A Harry le pareció oír a lo lejos el aullido lastimero y familiar subiendo y bajando y volviendo a subir. Las sirenas de la policía. La puerta se cerró.

– ¡Dos, Helge!

Harry cerró los ojos y contó hasta dos.

– ¡Ya! -gritó Helge Klementsen. Había logrado abrir la segunda cerradura y forcejeaba en cuclillas tironeando de las cajas, que parecían haberse atascado-. ¡Espera, ya sólo tengo que sacar el dinero! Yo…

Y entonces lo interrumpió un grito estridente. Harry miró hacia el otro lado del local, donde una clienta muerta de miedo miraba al atracador que, inmóvil, sostenía el arma contra la nuca de Stine. La mujer parpadeó y señaló con la cabeza el cochecito del bebé, mientras el pequeño iba subiendo el tono de su llanto.

Helge Klementsen estuvo a punto de caer de espaldas cuando logró sacar de la guía la primera caja. Cogió la mochila negra. En seis segundos, metió las cajas en la mochila. Klementsen siguió la orden de cerrar la cremallera y de colocarse contra el mostrador, todo expresado por la voz de Stine, que ahora sonaba sorprendentemente firme y serena.

Un minuto y tres segundos. El atraco había concluido. El dinero estaba en la mochila, en el suelo. Dentro de unos segundos, llegaría el primer coche patrulla. Dentro de cuatro minutos, otros coches patrulla habrían cerrado las rutas de fuga más próximas al lugar del atraco. Todas las células del cuerpo del atracador deberían estar gritándole que era hora de largarse de una puta vez. Pero entonces ocurrió algo que Harry no podía entender. Simplemente, no tenía sentido. En lugar de echar a correr, el atracador le dio la vuelta a la silla de Stine de modo que él y la joven quedaron cara a cara. El tipo se inclinó para susurrarle algo al oído. Harry entrecerró los ojos. Tendría que ir a revisarse la vista un día de éstos. En cualquier caso, no cabía duda de lo que estaba viendo. Stine miraba fijamente a aquel atracador sin rostro mientras que el de la joven sufría una lenta transformación a medida que iba entendiendo lo que el sujeto le susurraba. Sus cejas, finas y bien cuidadas, dibujaron sendas eses sobre los ojos que, por su parte, parecían querer salirse de las órbitas; torció hacia arriba el labio superior al tiempo que las comisuras descendían, dando lugar a una grotesca mueca. El pequeño dejó de llorar tan súbitamente como había empezado. Harry inspiró aire. Porque él sabía que aquello era una foto fija, una foto maestra. La imagen de dos personas capturadas en el instante en que la una acaba de comunicarle a la otra su sentencia de muerte, el rostro enmascarado a dos palmos de distancia del rostro desnudo. El verdugo y su víctima. El cañón del fusil apunta a la garganta, adornada con un pequeño corazón de oro que cuelga de una fina cadena. Harry no lo ve, pero siente latir el pulso debajo de la delicada piel de la joven.

Un sonido tenue y quejumbroso. Harry afina el oído. Pero no son las sirenas de la policía, sino un teléfono que resuena en la habitación contigua.

El atracador se vuelve y mira a la cámara de vigilancia que hay en el techo, detrás del mostrador. Levanta una mano y separa los cinco dedos enfundados en un guante negro, cierra la otra mano y enseña el dedo índice. Seis dedos. Han sobrepasado en seis segundos el tiempo estipulado. Se vuelve otra vez hacia Stine, agarra el fusil con ambas manos, lo sostiene a la altura de la cadera y levanta la boca hasta que le apunta a la cabeza, separa un poco las piernas para amortiguar la fuerza de retroceso. El teléfono suena sin cesar. Un minuto y doce segundos. El anillo de diamantes brilla en la mano de Stine cuando la joven la levanta un poco, como para despedirse de alguien.

El disparo se produce a las 15.22.22 horas exactamente. Una detonación corta y sorda. La silla de Stine sale despedida hacia atrás, su cabeza cuelga del cuello bailando, como si de una muñeca rota se tratase. La silla se vuelca. Su cabeza retumba contra el borde del escritorio y desaparece de la vista de Harry, que tampoco puede ver el anuncio del nuevo plan de pensiones de Nordea, pegado en el exterior del cristal, encima del mostrador cuyo fondo, de pronto, aparece rojo. Lo único que Harry percibe es el teléfono que no para de emitir su timbre persistente e irritado. El atracador pasa al otro lado del mostrador, corre hacia la mochila que está en el suelo. Harry tiene que tomar una decisión. El atracador coge la mochila. Harry se decide. Se levanta de la silla de un salto. Seis largos pasos. Llega al teléfono. Y levanta el auricular.

– Háblame.

Durante la pausa que sigue oye el sonido de las sirenas de la policía procedente de la tele del salón, una canción de moda paquistaní de la casa de los vecinos y unos pasos rotundos en el rellano de la escalera que se parecen a los de la señora Madsen. Oye entonces una dulce risa al otro lado del hilo telefónico. Una risa de un pasado remoto. No medido en tiempo, pero remoto al fin y al cabo. Como el setenta por ciento del pasado de Harry, que le sobreviene a intervalos irregulares, como rumores difusos o como pura invención suya. Sin embargo, ésta era una historia que podía confirmar.

– ¿De verdad sigues utilizando ese método machista, Harry?

– ¿Anna?

– Vaya, me impresionas.

Harry notó un calor dulce que se le extendía por el estómago, casi como el whisky. Casi. Vio en el espejo una foto que había colgado en la pared de enfrente. Eran él y Søs durante unas lejanas vacaciones de verano en Hvisten, cuando eran pequeños. Ambos sonríen como lo hacen los niños, cuando todavía creen que nada malo puede ocurrirles.

– Y dime, Harry, ¿qué haces una noche de domingo?

– Bueno -Harry notó que su voz automáticamente imitaba la de ella. Más profunda y titubeante que de costumbre. Pero eso no era lo que quería. Ahora no. Carraspeó hasta encontrar otro tono más neutral-. Lo que la mayoría de la gente.

– ¿O sea?

– Ver un vídeo.

3

House of pain

– ¿Has estado viendo un vídeo?

La silla desportillada chirrió sonoramente cuando el agente Halvorsen se inclinó hacia atrás para mirar a su colega, el comisario Harry Hole, nueve años mayor que él. Ostentaba en su joven y candorosa cara una expresión de incredulidad.

– Eso es -confirmó Harry pasándose el índice y el pulgar por la fina piel de las ojeras bajo sus ojos enrojecidos.

– ¿Todo el fin de semana?

– Desde la mañana del sábado hasta el domingo por la noche.

– Entonces, lo pasaste bien el viernes por la noche, por lo menos -concluyó Halvorsen.

– Sí. -Harry sacó del bolsillo de la gabardina una libreta azul y la dejó sobre el escritorio que había enfrente del de Halvorsen-. Leí la trascripción de los interrogatorios.

Del otro bolsillo sacó una bolsa gris con café de la marca French Colonial. Él y Halvorsen compartían un despacho casi al final del pasillo, en la zona roja de la sexta planta de la Comisaría de Policía de Grønland, y hacía dos meses que habían comprado una máquina de café expreso Rancilio Silvio, a la que habían asignado un lugar de honor sobre el archivador, debajo de una fotografía enmarcada que representaba a una chica sentada con los pies apoyados encima de un escritorio. Su cara pecosa parecía esforzarse por hacer un mohín, pero la risa había podido con ella. Las paredes del despacho le servían de fondo.

– ¿Sabías que tres de cuatro agentes de policía no son capaces de deletrear correctamente la expresión «carente de interés»? -preguntó Harry mientras colgaba la gabardina en el perchero-. O lo escriben sin la e entre la te y la erre y dicen intresante o…

– Interesante.

– ¿Qué hiciste este fin de semana?

– El viernes me lo pasé en un coche frente a la residencia del embajador norteamericano, debido a una amenaza anónima de coche bomba que algún loco había anunciado por teléfono. Falsa alarma, por supuesto, pero se pusieron tan nerviosos que tuvimos que quedarnos hasta bastante tarde. El sábado intenté encontrar a la mujer de mi vida. El domingo llegué a la conclusión de que no existe. ¿Qué decían los interrogatorios sobre el atracador? -preguntó Halvorsen mientras dosificaba el café en un filtro doble.

– Nada -dijo Harry, quitándose el jersey. Debajo llevaba una camiseta gris marengo que fue negra en su día y de la que casi había desaparecido la leyenda «Violent Femmes». Se desplomó en la silla con un suspiro-. No tenemos a nadie que viera al ladrón en las inmediaciones del banco antes del atraco. Un tipo salió del 7-Eleven de enfrente, en la calle Bogstadveien, y vio al atracador subir la calle Industrigata a la carrera. Se fijó en él por la capucha. La cámara de vigilancia del exterior del banco los grabó cuando el atracador rebasó al testigo a la altura de un contenedor de hierro situado enfrente del 7-Eleven. Lo único interesante que pudo contarnos, y que no se aprecia en el vídeo, es que varios metros más arriba el atracador cruza dos veces la calle Industrigata, de la acera derecha a la izquierda.

– Un tío al que le cuesta decidirse por una acera. A mí me suena poco interesante -Halvorsen puso el filtro doble en el portafiltros-. Con su e entre la te y la erre, vaya.

– De verdad que no sabes mucho de atracos a bancos, Halvorsen.

– ¿Y por qué iba a saber? Nosotros trincamos a asesinos, los ladrones son cosa de los de Hedmark.

– ¿Los de Hedmark?

– ¿No te has fijado al pasar por el Grupo de Atracos? Se oyen sus dialectalismos y se ven jerséis típicos por todas, partes. Pero dime, ¿cuál es la clave?

– La clave es Victor.

– ¿Los guías caninos?

– Por lo general, ellos son de los primeros en acudir a la escena del crimen y eso lo sabe cualquier atracador experto. Un buen perro puede seguir a un atracador que huya a pie por la ciudad, pero si cruza la calle y circulan coches por donde ha pasado, el perro pierde el rastro.

– ¿Y qué?

Halvorsen apretó el café con la cucharilla hasta torcerla. Luego se puso a alisar la superficie, lo que, según él, permitía distinguir a los profesionales de los aficionados.

– Eso refuerza la sospecha de que se trata de un atracador bien entrenado. Lo que a su vez nos permite reducir el número de personas en las que centrarnos mucho más drásticamente que si no hubiéramos tenido esa información. El jefe del Grupo de Atracos me dijo…

– ¿Ivarsson? Creía que no erais muy amigos, precisamente.

– No lo somos, habló para el grupo de investigación del que formo parte. Y dijo que los que se dedican a cometer atracos en Oslo son menos de cien personas. De ellos, cincuenta son tan estúpidos, están tan drogados o tan mentalmente idos que se los atrapa casi siempre. La mitad de ellos están en prisión, de modo que quedan excluidos. Otros cuarenta son buenos artesanos que logran escapar si alguien les ha ayudado antes con la planificación. Y luego están los diez que son profesionales, los que se dedican a los transportes de valores y a las centrales de cómputo, y para atraparlos necesitamos un poco de suerte. Intentamos mantenernos al tanto de dónde se encuentran esos diez en cada momento. Hoy están comprobando sus coartadas.

Harry le echó una mirada a Silvia, que resopló desde el archivador.

– Y el sábado hablé con Weber, de la científica.

– Yo creía que Weber se jubilaba este mes.

– Alguien debe de haber calculado mal. No es hasta el verano.

Halvorsen se echó a reír.

– Entonces me figuro que estará más malhumorado que de costumbre, ¿no?

– Sí, pero no es por eso -aseguró Harry-. Él y su grupo no han encontrado una mierda.

– ¿Nada?

– Ni una sola huella. Ni un pelo. Ni siquiera una fibra de ropa. Y las huellas de los zapatos indican que eran completamente nuevos.

– Así que no podrán cotejar el desgaste con otros zapatos, ¿no es eso?

– Correcto -confirmó Harry, poniendo énfasis en la o.

– ¿Y el arma utilizada en el atraco? -preguntó Halvorsen mientras llevaba una de las tazas de café hasta la mesa de Harry. Cuando lo miró, vio que Harry había enarcado una ceja hasta el mismo nacimiento de su cabello rubio peinado de punta-. Perdón, quiero decir, ¿el arma del crimen?

– Gracias. No se ha encontrado.

Halvorsen se sentó a su lado de la mesa, bebiendo a sorbitos el café.

– Así que, resumiendo, un hombre entra en un banco lleno de gente, a plena luz del día, coge dos millones de coronas y mata a una mujer, sale caminando y luego sube por una calle del centro de la capital de Noruega, una calle poco transitada de gente pero con bastante tráfico, situada a unos cien metros de la comisaría de policía. Y resulta que nosotros, profesionales remunerados, miembros de la real autoridad policial, no tenemos nada, ¿no es eso?

Harry asintió despacio con la cabeza.

– Casi. Tenemos el vídeo.

– Que tú te sabes ya de memoria segundo a segundo, si no te conozco mal.

– Bueno. Cada décima de segundo, supongo.

– ¿Y puedes citar de memoria los informes de los testigos?

– Sólo el de August Schultz. Nos contó muchas cosas interesantes sobre la guerra. Mencionó los nombres de sus rivales en el gremio de la confección, hombres que fueron lo que se llamaba buenos noruegos, y que participaron durante la guerra en la confiscación de propiedades a su familia. Sabía exactamente a qué se dedicaban hoy todos y cada uno. Pero no te lo pierdas, no se enteró de que se había cometido un atraco.

Se terminaron el café en silencio. Las gotas de lluvia repiqueteaban contra la ventana.

– A ti te gusta esta vida -declaró Halvorsen de pronto-. Pasarte el fin de semana solo persiguiendo fantasmas.

Harry sonrió, pero no contestó.

– Creía que habías abandonado tu faceta de hombre solitario ahora que tienes compromisos familiares.

Harry reconvino con la mirada a su joven colega.

– No sé si yo lo veo así -dijo despacio-. Ya sabes que ni siquiera vivimos juntos.

– No, pero Rakel tiene un hijo pequeño y eso cambia las cosas, ¿no es verdad?

– Sí, Oleg -dijo Harry empujando la taza hasta el archivador-. Se fueron a Moscú el viernes.

– ¿Y eso?

– Un juicio. El padre del niño quiere la custodia.

– Es verdad. ¿Cómo es ese tipo? ¿Qué clase de persona es?

– Bueno. -Harry miró la cafetera, que se había quedado un poco torcida-. Es profesor. Rakel lo conoció cuando trabajaba allí y se casó con él. Pertenece a una familia muy rica e influyente y, según Rakel, tiene mucha mano en la esfera política.

– En ese caso, me figuro que también conocerá a algún juez.

– Seguramente, pero pensamos que todo va a salir bien. El tipo está loco de remate y todo el mundo lo sabe. Un alcohólico listo con escaso control de sus impulsos, ya sabes.

– Sí, creo que sí.

Harry levantó la vista súbitamente, justo a tiempo de ver que Halvorsen borraba una sonrisa burlona.

En efecto, los problemas de Harry con el alcohol eran de sobra conocidos en la comisaría. Ser alcohólico no es, en sí, una razón de despido para un funcionario público, pero acudir al trabajo en estado de embriaguez sí lo es. La última vez que Harry recayó, fueron los de los pisos superiores quienes sugirieron que se le apartara del cuerpo pero, como de costumbre, el comisario jefe Bjarne Møller, jefe de la Brigada de Delitos Violentos, le echó a Harry una mano protectora argumentando que existían circunstancias atenuantes de carácter especial. Dichas circunstancias se llamaban Ellen Gjelten, la chica de la foto que tenía colgada encima de la máquina de café, compañera de trabajo y buena amiga de Harry, que había sido asesinada con un bate de béisbol en un camino junto al río Akerselva. Harry se había recuperado, pero la herida aún dolía. Sobre todo porque, en opinión de Harry, el caso no estaba resuelto. Cuando Harry y Halvorsen encontraron las pruebas técnicas que inculpaban al neonazi Sverre Olsen, el comisario Tom Waaler se presentó rápidamente en el domicilio de Olsen para llevar a cabo la detención. Pero Olsen le disparó a Waaler que, a su vez, mató a Olsen de un tiro en defensa propia. Todo ello según el informe de Waaler. Y ni los hallazgos del lugar del crimen, ni la investigación de Asuntos Internos indicaban otra cosa. Sin embargo, tampoco se llegó a aclarar el motivo que pudiera haber tenido Olsen para asesinar a Ellen, salvo que la policía hubiese descubierto algún indicio de su posible implicación en la venta ilegal de armas que, en los últimos años, había sembrado Oslo de armas cortas.

Harry solicitó volver a la Brigada de Delitos Violentos para poder seguir investigando el caso de Ellen, después de haber trabajado un breve periodo en el Servicio de Información, en la última planta. Allí se alegraron de perderlo de vista. Y Møller se alegró de que volviera a la sexta planta.

– Le llevaré esto a Ivarsson, al Grupo de Atracos -dijo Harry blandiendo en la mano la cinta de VHS.

– Quería echarle un vistazo junto con la nueva niña prodigio que tiene allí arriba.

– Ah sí. ¿Quién es?

– Una que terminó la Academia de Policía este verano y que, por lo visto, ha resuelto ya tres casos de atraco sólo mirando los vídeos.

– Vaya. ¿Y está buena, o qué?

Harry suspiró.

– Los jóvenes sois demasiado predecibles. Sólo espero que sea buena, lo demás no me interesa.

– ¿Estás seguro de que es una chica?

– Seguro que al señor y la señora Lønn les pareció muy divertido llamar Beate a su hijo.

– Presiento que está buena.

– Espero que no -dijo Harry antes de, por instinto, agacharse para hacer pasar sus ciento noventa y cinco centímetros por debajo del dintel.

– ¿Y eso?

– Los policías competentes son feos -respondió desde el pasillo.

A primera vista, el aspecto de Beate Lønn no daba ninguna indicación ni de lo uno ni de lo otro. No era fea, habría incluso quien dijese que era bonita como una muñeca. Principalmente, porque todo en ella era pequeño, la cara, las orejas, el cuerpo. Beate era, ante todo, pálida. Su piel y su cabello eran tan incoloros que a Harry le recordó el cadáver de una mujer que él y Ellen izaron una vez del fiordo Bunnefjorden. Pero al contrario de lo sucedido con el cadáver, Harry tenía la sensación de que olvidaría el aspecto de Beate Lønn en cuanto la perdiese de vista. Algo que a Beate Lønn no pareció importarle mientras se presentaba con un susurro y dejaba que Harry estrechase su pequeña mano húmeda.

– Hole es una especie de leyenda en esta casa, ¿sabes? -dijo el comisario jefe Rune Ivarsson que, de espaldas a ellos, manoseaba un llavero. Encima de la puerta metálica de color gris que tenían delante se veía escrito en caracteres góticos «House of Pain». Y debajo: Habitación del grupo 508-. ¿No es así, Hole?

Harry no contestó. No había razón para dudar de a qué categoría de leyenda se refería Ivarsson. Nunca se había esforzado mucho en ocultar que, en su opinión, Harry Hole era una vergüenza para el cuerpo, y que debía haber sido expulsado hacía tiempo.

Finalmente Ivarsson logró abrir la puerta y pudieron entrar. House of Pain era una habitación especial que el Grupo de Atracos utilizaba para estudiar, redactar y copiar grabaciones de vídeo. En el centro había una mesa grande y tres puestos de trabajo y no tenía ventanas. Las paredes estaban cubiertas por una estantería repleta de cintas de vídeo, una docena de notas con fotos de atracadores buscados, una gran pantalla, un mapa de Oslo y diferentes trofeos de caza de malos con final feliz. Por ejemplo, el que colgaba al lado de la puerta, dos mangas de jersey con agujeros para ojos y boca. Por lo demás, la decoración se componía de ordenadores grises, televisiones negras, reproductores de VHS y DVD, y de un montón de máquinas de diversas clases cuya utilidad Harry ignoraba.

– ¿Qué ha sacado en claro del vídeo la Brigada de Delitos Violentos? -preguntó Ivarsson, dejándose caer en una de las sillas.

Había pronunciado la palabra «delitos» con una i exageradamente larga.

– Alguna cosa -dijo Harry dejando la casete en la estantería.

– ¿Alguna cosa?

– No mucho.

– Es una pena que no vinierais a las conferencias que di en la cantina en septiembre. Todos los grupos acudieron, menos vosotros, si no recuerdo mal.

Ivarsson era alto, tenía las extremidades largas y un flequillo rubio que ondeaba encima de sus ojos azules. Su cara presentaba unos rasgos muy masculinos, como los de los modelos de ropa de marca alemana del estilo de Boss, y aún conservaba el bronceado de tantas tardes de verano como había pasado en la pista de tenis, o quizá, de alguna que otra hora en el solario del gimnasio. Rune Ivarsson era lo que la mayoría llamaría un hombre guapo y, bien mirado, confirmaba la teoría de Harry sobre la relación entre aspecto físico y competencia policial. Pero Rune Ivarsson sabía compensar su falta de talento para la investigación con su olfato para el politiqueo y las alianzas dentro de la jerarquía de la comisaría. Ivarsson tenía, además, esa confianza en sí mismo que mucha gente confunde con las dotes de mando. En el caso de Ivarsson, dicha seguridad se debía únicamente a que había sido bendecido con una ceguera total para sus propias limitaciones, lo que, indefectiblemente, lo llevaría a ascender hasta el día en que se convirtiese en jefe directo o indirecto de Harry. A priori, Harry no veía razón alguna para lamentar que se recurriese al ascenso con objeto de apartar de la investigación a los mediocres, pero el peligro con personas como Ivarsson era que fácilmente podía ocurrírseles que debían dirigir el trabajo de los que sí entendían de investigación.

– ¿Nos perdimos algo? -preguntó Harry, pasando un dedo por las pequeñas etiquetas manuscritas que ilustraban el dorso de las casetes.

– Puede que no -dijo Ivarsson-. A no ser que uno se interese por los pequeños detalles decisivos para la resolución de los casos criminales.

Harry logró resistir la tentación de decir que no había asistido porque sabía por anteriores oyentes que se trataba de una conferencia fanfarrona, cuya única finalidad era contarle al mundo que desde que él, Ivarsson, ocupaba el puesto de jefe del Grupo de Atracos, el porcentaje de casos resueltos había ascendido del 36% al 50%. Sin mencionar, claro está, que su traslado a ese puesto había coincidido con la fecha en la que se dobló la plantilla del grupo, con una ampliación generalizada de las autorizaciones de métodos de seguimiento, y sin mencionar que el grupo se vio libre de su peor investigador: Rune Ivarsson.

– Me considero bastante interesado -dijo Harry-. Así que cuéntame cómo resolvisteis éste. -Sacó una de las casetes y leyó en voz alta lo que decía la etiqueta-: «20.11.94, Caja de ahorros NOR, Manglerud.»

Ivarsson sonrió.

– Con mucho gusto. Los cogimos como se ha hecho siempre. Cambiaron de coche en el vertedero de Alnabru y le prendieron fuego al que dejaron. Pero no se quemó del todo. Encontramos los guantes de uno de los atracadores y dentro había un rastro con ADN. Lo cotejamos con las personas que nuestros hombres habían señalado como posibles autores después de haber visto el vídeo. A aquel idiota le cayeron cuatro años por disparar contra el techo. ¿Quieres saber algo más, Hole?

– Bueno -Harry manoseaba la cásete-. ¿Qué clase de rastro de ADN era?

– Ya te digo, uno que coincidía. -La comisura del ojo izquierdo de Ivarsson se encogió en un tic.

– Bien, pero ¿qué era? ¿Piel muerta? ¿Una uña? ¿Sangre?

– ¿Acaso importa? -la voz de Ivarsson sonaba ahora incisiva e impaciente.

Harry se dijo a sí mismo que debería callar. Que debería abandonar ese tipo de proyectos quijotescos. Que la gente como Ivarsson no aprendía nunca, de todos modos.

– Puede que no -se oyó decir-. A no ser que uno se interese por los pequeños detalles decisivos para la resolución de los casos criminales.

Ivarsson miró fijamente a Harry. En aquella sala especialmente insonorizada, podía sentirse el silencio como una presión física en los oídos. Ivarsson abrió la boca para responder.

– Pelos de nudillo.

Harry e Ivarsson se volvieron hacia Beate Lønn. Harry casi había olvidado que estaba allí. Ella los miró alternativamente y repitió casi en un susurro:

– Pelos de nudillo… Esos pelos que crecen encima del dedo… no se llaman…

Ivarsson carraspeó.

– Cierto que era un pelo. Aunque era un pelo de la mano, pero no creo que debamos dedicarle mucho tiempo. ¿No es verdad, Beate? -Sin esperar la respuesta, dio un golpecito con el índice en la esfera de su gran reloj-. Yo tengo que irme a toda prisa. Pasadlo bien con el vídeo.

Tan pronto como la puerta se cerró tras Ivarsson, Beate cogió la casete que Harry tenía en la mano y la insertó enseguida en el reproductor de VHS, que la absorbió con un zumbido.

– Dos pelos -explicó la joven-. En el guante izquierdo. Pelos del nudillo. Y el vertedero era el de Karihaugen, no el de Alnabru. Pero lo de los cuatro años es correcto.

Harry la miró asombrado.

– Pero, ¿eso no pasó bastante antes de que tú llegases aquí?

Ella se encogió de hombros y pulsó el botón de reproducir del mando a distancia.

– No hay más que leer los informes.

– Ya -dijo Harry observándola de soslayo con mucho interés. Se acomodó bien en la silla.

– Vamos a ver si éste ha dejado algún pelo de nudillo.

El reproductor emitió un leve chirrido y Beate apagó la luz. Un segundo después, mientras aún brillaba la imagen azul de pausa en la pantalla, en la cabeza de Harry daba comienzo otra película. Una película breve, de tan sólo un par de segundos, una escena bañada en la luz azul de Waterfront, un club de Aker Brygge cerrado hacía ya mucho. Entonces no sabía cómo se llamaba la mujer de ojos castaños y risueños que intentaba decirle algo y hacerse oír a pesar de la música. Ponían música punk. Green On Red. Jason and The Scorchers. Le puso Jim Bean a la Coca-Cola y le importó un bledo cómo se llamaba. Pero la noche siguiente lo supo: en la cama soltaron todas las riendas del caballo sin cabeza del cabecero, y empezaron su viaje inaugural. Harry sintió en el estómago el calor de la noche anterior cuando oyó su voz al teléfono.

Entonces, prosiguió la otra película.

El hombre mayor había empezado su marcha para cruzar el local en dirección al mostrador mientras la cámara iba cambiando el ángulo de la toma cada cinco segundos.

– Thorkildsen, el de TV2 -explicó Beate Lønn.

– No, August Schultz -dijo Harry.

– Me refiero al montaje -dijo ella-. Parece un trabajo de Thorkildsen, el de TV2. Faltan unas décimas de segundo aquí y allá…

– ¿Que faltan? ¿Cómo ves…?

– Por varias razones. Fíjate en el fondo. El Mazda rojo que se ve en la calle estaba en el centro de la imagen en dos cámaras cuando cambió. Un objeto no puede estar en dos sitios a la vez.

– ¿Quieres decir que alguien ha manipulado la grabación?

– No, hombre. Todo el material de las seis cámaras del interior del local y de la exterior se ha grabado en una sola cinta. En la cinta original, la imagen cambia muy rápidamente de una cámara a otra, de forma que sólo se ve una película. Por eso hay que montar la película de forma que obtengamos secuencias continuas más largas. A veces recurrimos a gente de las cadenas de televisión, si nosotros no somos capaces de hacerlo. Ya sabes, la gente de la tele, como Thorkildsen, hace alguna trampa con la sincronización para que resulte más bonito, no tan intermitente. Una neurosis laboral, supongo.

– Neurosis de trabajo -repitió Harry, extrañado de que una chica tan joven utilizara una expresión tan anticuada como aquélla.

¿O no sería tan joven como él creyó en un principio? Algo pasó en cuanto se apagó la luz, el lenguaje corporal de su silueta se relajó, la voz se volvió más firme.

El atracador entró en el banco y gritó en inglés. Su voz resonó lejana y sorda, como a través de un edredón.

– ¿Qué opinas de esto? -preguntó Harry.

– Es noruego. Habla inglés para que no reconozcamos su dialecto, su acento o palabras típicas que podamos relacionar con algún atraco anterior. Lleva ropa lisa que no deja fibras que luego podamos encontrar en el coche de la fuga, en un apartamento de tapadera o en su propia casa.

– Ya, ¿alguna otra cosa?

– Todas las aberturas de la ropa estaban tapadas con cinta adhesiva para no dejar rastros de ADN. Como pelos o sudor. Puedes ver que las perneras están sujetas con cinta alrededor de las botas, y las mangas, a los guantes. Apuesto a que llevaba cinta adhesiva alrededor de toda la cabeza y cera en las cejas.

– Es decir, ¿se trata de un profesional?

Ella alzó los hombros.

– El ochenta por ciento de los atracos a bancos se preparan con menos de una semana de antelación y los llevan a cabo personas que actúan bajo los efectos del alcohol o de las drogas. Este atraco estaba planificado y el atracador parece estar sobrio.

– ¿Y eso cómo lo ves?

– Si contásemos con mejor iluminación y mejores cámaras, podríamos ampliar las imágenes y ver las pupilas, pero aquí no tenemos nada de eso, así que estudio su lenguaje corporal. Movimientos pausados y pensados, ¿lo ves? Si ha consumido algo, lo más probable es que no sea ni speed ni nada que lleve anfetamina. Rohypnol, quizás. Es la droga favorita.

– ¿Por qué?

– Un atraco a un banco es una experiencia extrema. No necesitas speed, sino todo lo contrario. El año pasado hubo un tipo que entró en el banco DnB, el de la plaza de Solli, con un arma automática, pegando tiros al techo y a las paredes y al final salió corriendo sin el dinero. Le dijo al juez que había tomado tantas anfetaminas que tenía que soltarlas de algún modo. A mí me gustan más los atracadores que toman Rohypnol, no sé si me entiendes.

Harry señaló la pantalla con la cabeza.

– Mira los hombros de Stine Grette en el mostrador uno, ahí pulsa la alarma. Y, de pronto, el sonido, de la reproducción se vuelve mucho mejor. ¿Por qué?

– La alarma está conectada a una máquina de vídeo, y cuando se dispara, la película empieza a pasar mucho más deprisa. Eso mejora bastante las imágenes y el sonido. Tanto, que podemos efectuar un análisis de la voz del atracador. Y entonces no le sirve de nada haber hablado en inglés.

– ¿De verdad que es tan eficaz como dicen?

– El sonido de nuestras cuerdas vocales es como las huellas dactilares. Si al analista de voces de la Universidad Politécnica de Trondheim le damos diez palabras en una cinta, él puede cotejar dos voces con un acierto del noventa y cinco por ciento de fiabilidad.

– Ya. Pero no podría hacerlo con la calidad de sonido que se obtiene antes de que salte la alarma.

– No, entonces no es tan fiable.

– Así que por eso grita primero en inglés y luego, cuando calcula que se ha disparado la alarma, utiliza a Stine Grette para que hable por él.

– Eso es.

Estudiaron en silencio al atracador vestido de negro mientras lo veían saltar por encima del mostrador y ponerle a Stine Grette el cañón del arma en la cabeza antes de susurrarle sus órdenes al oído.

– ¿Qué te parece la reacción de ella? -preguntó Harry.

– ¿Qué quieres decir?

– La expresión de su cara. Parece bastante tranquila, ¿no crees?

– A mí no me llama la atención. Por lo general, se puede sacar poca información de una expresión. Apuesto a que rondaba las 180 pulsaciones.

Apareció después Helge Klementsen, trajinando en el suelo delante del cajero.

– Espero que a ése le ofrezcan una buena terapia -observó Beate meneando la cabeza-. Conozco casos de personas que han quedado como auténticas inválidas psíquicas después de pasar por ese tipo de atracos.

Harry no hizo ningún comentario, pero pensó que sería una afirmación que habría oído de cualquier colega de más edad.

El atracador se dio la vuelta y les enseñó seis dedos.

– Interesante -murmuró Beate al tiempo que anotaba algo en el bloc que tenía delante, sin bajar la vista.

Harry seguía de reojo los movimientos de la joven agente y vio que, cuando se produjo el disparo, Beate brincó literalmente en la silla. Mientras el atracador, en la pantalla, saltaba por encima del mostrador, cogía la mochila y se dirigía a la puerta, Beate se quedó boquiabierta y hasta se le cayó el bolígrafo de la mano.

– El último fragmento no lo hemos colgado en internet, ni se lo hemos dado a las cadenas de televisión -dijo Harry-. Mira, ahora aparece en la cámara situada en el exterior del banco.

Vieron al atracador que, con el semáforo en verde, cruzaba deprisa el paso de peatones de la calle Bogstadveien antes de subir por la calle Industrigata y desaparecer de la imagen.

– ¿Y la policía? -preguntó Beate.

– La comisaría más próxima está en la calle Sørkedalsveien, justo después de pasar la estación de peaje, a tan sólo ochocientos metros del banco. Aun así, transcurrieron tres minutos desde que se activó la alarma hasta su llegada. Por lo tanto, el atracador tuvo unos dos minutos para escapar.

Beate miró pensativa a la pantalla donde los coches y las personas desfilaban como si nada hubiese ocurrido.

– La huida estaba tan bien planeada como el atraco. Tendría el coche para la fuga a la vuelta de la esquina, a fin de que las cámaras del exterior del banco no lo captasen. Ha tenido suerte.

– Puede -dijo Harry-. Por otro lado, no da la impresión de que sea un individuo que se confíe a la suerte, ¿no?

Beate se encogió de hombros.

– La mayoría de los atracos parecen bien planeados si salen bien.

– De acuerdo pero, en este caso, la probabilidad de que la policía tardara, era bastante alta, ya que el viernes a esa hora todas las patrullas estaban ocupadas en otro sitio, es decir…

– …frente a la residencia del embajador estadounidense -exclamó Beate dándose una palmada en la frente-. La llamada anónima sobre el coche bomba. Yo libré el viernes, pero lo vi todo en las noticias de lá tele. Y con la histeria general reinante, todos acudieron allí, claro.

– No encontraron ninguna bomba.

– Por supuesto que no. Es un truco clásico, inventar algo que mantenga a la policía ocupada en otro sitio, justo antes de un atraco.

Se quedaron sentados en silencio viendo la última parte de la grabación. August Schultz, que esperaba delante del paso de peatones. El hombrecito verde cambió a rojo y otra vez a verde sin que el anciano se moviese. ¿A qué esperaba?, se preguntó Harry. Una anomalía, una secuencia de hombrecito verde de longitud superior a la normal. ¿Una especie de año bisiesto de los semáforos? Bueno. No tardaría en llegar. Oyó a lo lejos las sirenas de la policía.

– Hay algo que no encaja -observó Harry.

Beate Lønn respondió suspirando cansadamente como una anciana.

– Siempre hay algo que no encaja.

Entonces terminó la película y una violenta nevada asoló la pantalla.

4

Eco

– ¿Nieve?

Harry gritaba por el móvil mientras subía a la acera.

– Vaya que sí -confirmó Rakel a través de la mala conexión de Moscú, que prolongó su respuesta en un eco vibrante-:… ííí.

– ¿Hola?

– Aquí hace un frío horrible… ble-ble-ble. Tanto dentro como fuera… era-era-era.

– ¿Y en la sala de vistas?

– Allí también estamos bajo cero. Cuando vivíamos aquí, hasta su madre decía que debería mudarme con Oleg. Ahora se ha sumado a los demás y me lanza miradas llenas de odio… dio.

– ¿Cómo va el asunto?

– ¿Cómo quieres que lo sepa?

– Bueno. En primer lugar, porque eres abogada y, en segundo lugar, porque hablas ruso.

– Harry, al igual que otros ciento cincuenta millones de rusos, no entiendo una palabra del sistema judicial de aquí, ¿vale?… le?

– Vale. ¿Qué tal lo lleva Oleg?

Harry repitió la pregunta una vez más, pero no obtuvo respuesta, y apartó el móvil para comprobar si se había cortado la conexión, pero en la pantalla pasaban los segundos de la llamada en curso, de modo que volvió a llevarse el aparato a la oreja.

– ¿Hola?

– Hola, Harry, te oigo… go. Te echo de menos… nos. ¿Por qué te ríes?… es?

– Te repites, es el eco.

Harry ya había llegado a la puerta, sacó las llaves y entró en el portal.

– ¿Te parezco una pesada, Harry?

– Por supuesto que no.

Harry saludó con la cabeza a Ali, que estaba intentando pasar el trineo por la puerta del sótano.

– Te quiero. ¿Estás ahí? ¡Te quiero! ¿Hola?

Decepcionado, Harry apartó la vista del teléfono muerto y se encontró con la sonrisa radiante de su vecina paquistaní.

– Sí, a ti también, Ali -murmuró mientras intentaba marcar el número de Rakel otra vez.

– El botón de rellamada -advirtió Ali.

– ¿Qué?

– Nada. Oye, avísame si quieres alquilar el trastero del sótano. No lo utilizas mucho, ¿no?

– Ah, pero ¿tengo un trastero en el sótano?

Ali alzó la vista al cielo.

– ¿Cuánto hace que vives aquí, Harry?

– Te decía que te quiero.

Ali miró inquisitivo a Harry que, por señas, le explicó que había recuperado la conexión. Subió corriendo las escaleras empuñando la llave como si fuera la vara de un zahori.

– Por fin, ya podemos hablar -dijo Harry una vez en el interior de su espartano pero pulcro apartamento de dos habitaciones, que a tan buen precio había adquirido a finales de los años ochenta, cuando el mercado inmobiliario estaba en su momento de mayor corrupción. Harry había pensado en más de una ocasión, que, con aquella compra, había agotado su porción de buena suerte para el resto de su vida.

– Me habría gustado que estuvieras aquí con nosotros, Harry. Oleg también te echa de menos.

– ¿Lo ha dicho?

– No hace falta que lo diga. En eso os parecéis.

– Oye, acabo de decir que te quiero. Tres veces. Con el vecino escuchando. ¿Sabes lo que cuesta eso?

Rakel se echó a reír. Harry amaba esa risa desde la primera vez que la oyó. E, instintivamente, sabía que haría cualquier cosa para poder escucharla a menudo. A ser posible, todos los días.

Se quitó los zapatos y sonrió al ver que el contestador de la entrada parpadeaba, avisándole de que había un mensaje. No le hacía falta ser adivino para saber que era de Rakel, de aquella mañana. Sólo ella lo llamaba a su casa.

– ¿Cómo sabes que me quieres? -preguntó Rakel con voz melosa. El eco había desaparecido.

– Noto cierto calor en… ¿cómo se llama?

– ¿El corazón?

– No, no, está un poco más abajo y por detrás del corazón. ¿Serán los ríñones? ¿El hígado? ¿El bazo? Sí, eso es, noto cierto calor en el bazo.

Harry no estaba seguro de si lo que se oyó al otro lado fue llanto o risa. Pulsó el botón para reproducir los mensajes del contestador.

– Espero que podamos estar de vuelta dentro de catorce días -oyó decir a Rakel en el móvil, antes de que su voz quedase ahogada por la del contestador.

«Hola, soy yo otra vez…»

A Harry le dio un vuelco el corazón y reaccionó sin pensar siquiera. Pulsó el botón de parada, pero se diría que el eco de las palabras pronunciadas por aquella voz de mujer, algo ronca e insinuante, seguía flotando en el aire.

– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Rakel.

Harry tomó aire. Una idea intentó abrirse camino hasta su cerebro antes de que pudiera responder, pero llegó demasiado tarde.

– Nada, la radio. -Carraspeó ligeramente-. Cuando lo sepas, dime en qué vuelo llegáis para que vaya a buscaros.

– Claro que sí -aseguró Rakel, extrañada.

Se hizo un silencio algo incómodo.

– Harry, tengo que irme ya -dijo Rakel-. Nos llamamos esta tarde sobre las ocho, ¿vale?

– Sí. Bueno, no, a esa hora estaré ocupado.

– ¿Ah, sí? Espero que esta vez sea algo divertido.

– Bueno -dijo Harry respirando hondo-. Al menos voy a salir con una mujer.

– Vaya. ¿Quién es la afortunada?

– Beate Lønn. Una agente nueva del Grupo de Atracos.

– ¿Y cuál es el motivo de la cita?

– Una conversación con el marido de Stine Grette, la empleada de banco a la que mataron durante el atraco de la calle Bogstadveien, ya sabes. También hablaremos con el director de la sucursal.

– Bueno, que lo pases bien. Nos llamamos mañana. Oleg quiere darte las buenas noches.

Harry oyó unos pasitos acelerados y, enseguida, la respiración agitada del pequeño en el auricular.

Después de colgar, Harry se quedó un rato en la entrada, mirando fijamente el espejo que había sobre la mesa del teléfono. Si su teoría era correcta, el agente de policía al que ahora observaba tenía que ser bastante eficiente. Un par de ojos enrojecidos emplazados a ambos lados de una narizota surcada de una red de venillas azuladas, todo ello plantado en una cara pálida y huesuda hollada de profundos poros. Las arrugas parecían muescas de cuchillo grabadas al azar en una viga de madera. ¿Cómo se produjo el cambio?

Vio en el espejo la pared que tenía a su espalda, donde colgaba la foto de un niño risueño y bronceado, con su hermana. Pero Harry no buscaba la belleza o la juventud perdida. En efecto, la idea de hacía unos minutos había logrado abrirse camino, por fin. Buscaba en su fisonomía ese rasgo traicionero, esquivo y cobarde que acababa de incitarlo a romper una de las promesas que se había hecho a sí mismo: que nunca, jamás, fuese como fuese, le mentiría a Rakel. De todas las piedras que pudiesen hallar en el camino, y no eran pocas, su relación con Rakel nunca tropezaría con la de la mentira.

Entonces, ¿por qué lo hizo? Era cierto que él y Beate iban a interrogar al marido de Stine Grette, pero ¿por qué no le contó que había quedado con Anna después? Una vieja historia, ¿y qué?

Fue una aventura breve y tormentosa que dejó cicatrices, pero ninguna lesión permanente. Hablarían, tomarían un café, se contarían cómo les iban las cosas. Y luego se marcharían cada uno por su lado.

Harry pulsó el botón para escuchar el resto del mensaje del contestador. La voz de Anna inundó el vestíbulo.

«Me alegro de que vayamos a vernos esta noche en M. Sólo quería decirte dos cosas. ¿Podrías pasarte por el cerrajero de la calle Vibe y recoger unas llaves que encargué? Está abierto hasta las siete, y he dejado tu nombre para retirarlas. Y, por favor, ¿podrías ponerte los vaqueros que sabes que tanto me gustaban?»

Una risa profunda y algo ronca.

Era la misma, sin duda.

5

Némesis

En medio de la oscuridad prematura del cielo de octubre, la lluvia describía líneas veloces a contraluz del farolillo suspendido sobre la placa de cerámica en la que Harry leyó «Aquí viven Espen, Stine y Trond Grette». «Aquí» era una casa adosada de Disengrenda. Tocó el timbre y miró a su alrededor. Disengrenda consistía en cuatro hileras de casas adosadas en medio de un extenso descampado llano, rodeado por bloques de viviendas que a Harry le recordaron a los intentos de los colonizadores por protegerse de los ataques de los indios. Y quizá fuese ésa la intención. Aquellas casas adosadas se construyeron en los años sesenta con la idea de alojar a la creciente clase media. La mermada población obrera autóctona de los edificios de Disenveien y Traverveien habría comprendido ya por aquel entonces que ésos eran los nuevos vencedores, los que asumirían la hegemonía del país en construcción.

– Parece que no está en casa -observó Harry llamando al timbre una vez más-. ¿Estás segura de que entendió que veníamos esta tarde?

– No.

– ¿Cómo que no?

Harry se volvió hacia Beate Lønn, que tiritaba debajo del paraguas. Llevaba falda y zapatos de tacón y, cuando la recogió delante del Schrøder, tuvo la impresión de que se había vestido para ir de visita.

– Grette confirmó la cita dos veces cuando llamé -aseguró la joven-. Pero parecía bastante… alterado.

Harry se asomó por la barandilla de la escalinata y pegó la nariz a la ventana de la cocina. Dentro estaba oscuro y no vio más que un calendario blanco con el logo de Nordea colgado en la pared.

– Pues nos vamos -declaró.

En ese momento, se abrió de golpe la ventana de la cocina de la casa vecina.

– ¿Buscáis a Trond?

La pregunta resonó con el acento de Bergen, con un deje tan marcado que todas las erres sonaban como el descarrilamiento de un tren de cercanías. Harry se dio la vuelta y vio la cara de una mujer morena y arrugada que parecía querer sonreír y adoptar un aspecto grave al mismo tiempo.

– Sí -dijo Harry.

– ¿Sois parientes?

– Policías.

– Ya -respondió la señora, borrando enseguida de su cara la expresión de funeral-. Creí que veníais a presentarle vuestras condolencias. El pobre está en la pista de tenis.

– ¿En la pista de tenis?

La mujer señaló con el dedo.

– Al otro lado del descampado. Lleva ahí desde las cuatro.

– Pero si es de noche -observó Beate-. Y está lloviendo.

La señora se encogió de hombros.

– Será el dolor -concluyó la mujer.

Arrastraba tanto las erres, que Harry recordó su infancia en Oppsal y los trozos de papel que solían colocar en las ruedas de las bicicletas para que golpeasen los radios.

– Ya veo que tú también eres de la parte este de la ciudad -le dijo Harry a Beate mientras caminaban en la dirección indicada por la vecina-. ¿O me equivoco?

– No -respondió Beate.

La pista de tenis estaba en el descampado, a medio camino entre los bloques de pisos y las casas adosadas. Se oían los golpes sordos de la pelota mojada contra las cuerdas de la raqueta y, al otro lado de una malla muy elevada, divisaron la silueta de un hombre que se disponía a hacer un saque en el repentino ocaso otoñal.

– ¡Hola! -gritó Harry al llegar a la malla.

El hombre que estaba al otro lado no contestó. Hasta entonces no habían visto que llevaba chaqueta, camisa y corbata.

– ¿Trond Grette?

El hombre lanzó una pelota que dio en un charco negro, rebotó en la malla y arrojó contra ellos una fina ducha de agua de lluvia que Beate paró con el paraguas.

Beate tironeó de la puerta.

– Ha cerrado por dentro -susurró.

– ¡Somos Hole y Lønn, de la policía! -gritó Harry-. Teníamos una cita, ¿podemos…? ¡Joder!

Harry no vio la pelota hasta que ésta fue a estrellarse contra la malla, donde se quedó incrustada a un palmo de su cara. Se secó el agua de los ojos y se miró la ropa. Parecía recién pintada a pistola, con agua sucia de color marrón rojizo. Al ver que el hombre lanzaba al aire la siguiente pelota, Harry se puso de espaldas.

– ¡Trond Grette! -el grito de Harry resonó haciendo eco entre los bloques.

Una pelota dibujó una parábola en el resplandor de las luces del bloque, antes de quedar engullida por la oscuridad y aterrizar en algún lugar del descampado. Harry se dio la vuelta, mirando otra vez a la pista, justo a tiempo de escuchar un grito salvaje y ver que una persona salía de la negrura y se le abalanzaba a toda velocidad. La malla acogió con un chirrido al jugador. Éste cayó a cuatro patas en la gravilla, se levantó, tomó impulso y se lanzó contra la malla una vez más. Volvió a caer, se levantó y reemprendió la embestida.

– Dios mío, se ha vuelto majareta -murmuró Harry.

De pronto aparecieron ante él una cara pálida y un par de ojos desencajados y Harry, de forma instintiva, retrocedió un paso. Era Beate que, tras encender la linterna, la apuntaba ahora hacia Grette, que se había quedado colgado de la malla. Tenía el cabello oscuro empapado y pegado a la frente blanca, y la mirada como si buscase un objetivo en el que fijar su atención mientras se deslizaba hacia abajo por la malla, igual que chorrea la nieve sucia por la ventanilla de un coche, hasta quedar inmóvil en el suelo.

– ¿Qué hacemos ahora? -musitó Beate.

Harry notó que algo le crujía entre los dientes, se escupió en la mano y, a la luz de la linterna, vio que era gravilla roja de la pista de tenis.

– Tú llamas a una ambulancia mientras yo busco unos alicates en el coche -respondió.

– ¿Y le administraron algún tranquilizante? -preguntó Anna.

Harry asintió con la cabeza al tiempo que le daba un trago a la Coca-Cola.

Los clientes del local, todos pijos y apenas adultos, ocupaban los taburetes que había a su alrededor, bebían vino en copas relucientes o tomaban cola light. M era, como la mayoría de los bares de Oslo, un establecimiento urbano un tanto provinciano y naiff pero, al mismo tiempo, despertaba una simpatía que a Harry le recordaba a Re, aquel chico de su clase de secundaria, educado y empollón, al que pillaron con un librito donde iba anotando las expresiones de la jerga que utilizaban los chicos más populares de la clase.

– Llevaron al pobre hombre al hospital. Luego hablamos otro ratito con la vecina y ella nos contó que se había pasado las noches haciendo saques desde que le asesinaron a la mujer.

– Jo, ¿por qué haría tal cosa?

Harry se encogió de hombros.

– No es de extrañar que la gente se vuelva sicótica cuando pierde de esa forma a un ser querido. Hay quienes, simplemente, lo niegan todo y fingen que el muerto sigue vivo. Según la vecina, Stine y Trond Grette hacían muy buena pareja en dobles mixtos y, en verano, se pasaban casi todas las tardes entrenando.

– ¿Así que era como si esperara que la mujer le devolviera el saque?

– Podría ser.

– ¡Qué barbaridad! ¿Me pides una cerveza mientras voy al baño?

Anna bajó del asiento contoneándose y desapareció hacia el fondo del local. Harry intentó no mirarla cuando se alejaba. No tenía por qué, ya había visto lo que necesitaba ver. Anna tenía ahora algunas arrugas alrededor de los ojos y un par de canas en su melena negra; por lo demás, era la misma. Los mismos ojos negros de mirada como acosada bajo unas cejas muy juntas, la misma nariz fina sobre unos labios carnosos y vulgares, y las mejillas hundidas que a veces le otorgaban una expresión hambrienta. Quizá no pudiera decirse que era guapa, tenía unas facciones demasiado duras y grandes, pero su cuerpo esbelto conservaba aún suficientes curvas como para que al menos dos hombres, según contó Harry, perdieran el hilo al verla pasar hacia los servicios.

Harry encendió otro cigarrillo. Después de visitar a Grette fueron a ver a Helge Klementsen, el director de la sucursal, que tampoco les proporcionó gran cosa con la que trabajar. El hombre seguía en una especie de estado de shock, y lo encontraron sentado en un sillón de su casa, en la calle Kjelsås, con la mirada fija en el caniche gigante que correteaba entre sus piernas, y en su mujer, que correteaba entre la cocina y el salón para servirles un café y las pastas más secas que Harry había probado en su vida. La indumentaria elegida por Beate armonizaba más con el hogar burgués de la familia Klementsen que los Levis raídos y las botas Doctor Martens de Harry. Aun así, fue sobre todo Harry quien conversó con la señora Klementsen, que no detenía su nervioso deambular, sobre la cantidad inusual de precipitaciones de este otoño y sobre el arte de hacer galletas, interrumpidos de vez en cuando por el sonido de pasos y sollozos procedentes del piso de arriba. La señora Klementsen les explicó que su hija Ina, pobrecita, estaba embarazada de seis meses de un hombre que acababa de largarse; a la isla de Kos, porqué el tipo era griego. Harry estuvo a punto de escupir sobre la mesa la galleta que tenía en la boca cuando por fin Beate tomó la palabra. Con total serenidad se dirigió a Helge Klementsen, quien ya no tenía por qué seguir al perro con la mirada puesto que el animal acababa de salir por la puerta del salón, y le preguntó:

– ¿Qué estatura diría que tenía el atracador?

Helge Klementsen la miró y se llevó la taza de café casi hasta la boca donde, necesariamente, tuvo que mantenerla en el aire, pues no podía beber y hablar al mismo tiempo.

– Era alto. Dos metros, quizá. Stine siempre llegaba puntual al trabajo.

– Tan alto no era, señor Klementsen.

– Bueno, uno noventa. Y siempre iba bien vestida.

– ¿Y cómo iba vestido el atracador?

– Llevaba algo negro, como de goma. Este verano se tomó unas vacaciones de verdad por primera vez. Se fue a Kos.

La señora Klementsen resopló.

– ¿Cómo que de goma? -preguntó Beate.

– Sí, como de goma. Y llevaba capucha.

– ¿De qué color, señor Klementsen?

– Roja.

Beate dejó de tomar notas. Minutos después, ya estaban sentados en el coche camino del centro.

– Si los jueces y los jurados supieran lo poco fiables que son los testimonios de los testigos en relación con atracos de este tipo, no nos permitirían utilizarlos como pruebas -aseguró Beate-. Es fascinante el margen de error de las reconstrucciones mentales de los testigos; es como si el miedo les pusiera una lente a través de la cual los atracadores parecen más altos y más negros, las armas, más numerosas y los segundos, más largos. El atracador tardó poco más de un minuto, pero la señora Brænne, la mujer que estaba en el mostrador más próximo a la entrada, dijo que estuvo en el banco cinco minutos como mínimo. Y no mide dos metros, sino 1,78 cm. A no ser que utilizase plantillas, lo que tampoco es inusual entre los profesionales.

– ¿Cómo puedes estar tan segura de su estatura?

– Por el vídeo. Mides la altura en el marco de la puerta cuando el atracador entra. Estuve en el banco esta mañana, tracé unas marcas con tiza, saqué nuevas fotos y medí.

– Ya. En la Brigada de Delitos Violentos encomendamos ese tipo de trabajos de medición a la científica.

– La medición de la estatura a partir de un vídeo es algo más complicada de lo que parece. La científica se equivocó en tres centímetros en la estatura del atracador del banco DnB de Kaldbakken en 1989, así que prefiero hacer mis propias mediciones.

Harry la miró pensando si debía preguntarle por qué se había hecho policía, pero optó por preguntarle si podía dejarlo delante del cerrajero de la calle Vibe. Antes de bajarse del coche, le preguntó también si se había fijado en que Klementsen no derramó una sola gota de la taza de café que sostenía en el aire mientras ella lo interrogaba, pero Beate no se había percatado de ese detalle.

– ¿Te gusta esto? -preguntó Anna, sentándose otra vez en el taburete.

– Bueno -Harry miró a su alrededor-. No es mi tipo de bar.

– El mío tampoco -respondió Anna al tiempo que cogía el bolso y se levantaba-. Vamos a mi casa.

– Acabo de pedirte una cerveza -observó Harry, señalando con la cabeza la pinta de líquido espumoso.

– Es tan aburrido beber sola -se lamentó Anna con un mohín-. Relájate, Harry. Ven.

Fuera había dejado de llover y el aire fresco y recién purificado olía bien.

– ¿Recuerdas aquel día de otoño en que nos dirigimos en coche al valle de Maridalen? -preguntó Anna al tiempo que echaba a andar cogida de su brazo.

– No -dijo Harry.

– ¡Claro que te acuerdas! En ese lamentable Ford Escort tuyo al que no se le pueden bajar los asientos.

Harry exhibió media sonrisa.

– Te estás ruborizando -exclamó ella entusiasmada-. Entonces, seguramente recordarás también que aparcamos y nos adentramos en el bosque. Y todas aquellas hojas amarillas eran como un… -Anna le apretó el brazo- un lecho. Un lecho robusto y dorado. -Se echó a reír y le dio una palmadita-. Y después tuve que ayudarte a empujar aquel cadáver de coche. Supongo que ya te habrás deshecho de él, ¿no?

– Bueno -dijo Harry-. Está en el taller. Ya veremos…

– Vaya, cualquiera diría que tienes un amigo en el hospital con un tumor o algo así. -Y añadió, suavemente-: No deberías haberte rendido tan fácilmente, Harry.

Él no contestó.

– Es aquí -dijo ella-. De eso sí que te acuerdas, ¿no?

Se habían detenido delante de una puerta azul en la calle Sorgenfrigata.

Harry se liberó con delicadeza.

– Escucha, Anna -comenzó intentando ignorar su mirada de advertencia-. Tengo una reunión mañana muy temprano con la unidad de vigilancia personal del Grupo de Atracos.

– Ni lo intentes -dijo ella abriendo la puerta.

De pronto, Harry recordó el encargo, metió la mano en el bolsillo interior de la gabardina y le entregó a Anna un sobre amarillo.

– Toma, es del cerrajero.

– Ah, la llave. ¿Algún problema para retirarla?

– El tío de la cerrajería estudió mi identificación con detenimiento. Y tuve que firmar. Un tipo muy raro.

Harry miró el reloj y bostezó.

– Son muy estrictos a la hora de entregar esas llaves especiales -dijo Anna rápidamente-. Valen para todo el edificio, la puerta de entrada, la del sótano, la del apartamento, para todo. -Dejó escapar una risa repentina y nerviosa-. Para admitir el encargo de esta copia, pidieron una autorización escrita de la comunidad.

– Comprendo -dijo Harry, que se balanceó sobre los talones y tomó aire dispuesto a darle las buenas noches.

Ella se le adelantó y, con voz casi suplicante, le propuso:

– Sólo un café, Harry…

La misma araña colgaba sobre los mismos muebles antiguos del comedor del gran salón. Harry creía recordar que las paredes eran claras, de color blanco o quizás amarillo pálido, pero no estaba seguro. En cualquier caso, ahora eran azules y la habitación parecía más pequeña. Tal vez Anna hubiese querido reducir el vacío. No debe de ser fácil, para una persona sola, llenar un piso de tres salones y dos dormitorios enormes con techos de tres metros y medio de altura. Según recordaba Harry, Anna le había contado que también su abuela había vivido sola allí, aunque no pasaba mucho tiempo en el apartamento pues era una célebre soprano y, mientras pudo cantar, viajó incansablemente por todo el mundo.

Anna se fue a la cocina y Harry echó una mirada al salón contiguo. No había muebles ni decoración alguna, pero sí un potro con dos aros en la parte superior. Estaba en el centro de la habitación, era tan alto como un poni islandés y descansaba sobre cuatro patas de madera. Harry se acercó al potro y pasó la mano por la piel marrón y lisa.

– ¿Has empezado a hacer gimnasia? -le preguntó a Anna alzando la voz.

– ¿Te refieres al potro? -respondió Anna desde la cocina.

– Creía que era un aparato para hombres.

– Y lo es. ¿Estás seguro de que no te apetece una cerveza, Harry?

– Totalmente seguro -confirmó-. Pero dime, en serio, ¿por qué lo tienes aquí?

Harry se sobresaltó cuando, de repente, oyó la voz de Anna justo a su espalda.

– Porque me gusta hacer cosas de hombres.

Harry se dio la vuelta. Anna se había quitado el jersey y permaneció en el umbral de la puerta. En el último instante, Harry logró no mirarla como en el ascensor.

– Se lo compré a la Asociación de Gimnasia de Oslo. Se convertirá en una obra de arte. Un montaje. Como el que llamé «Contacto», que seguramente recordarás.

– ¿Te refieres a aquella caja que colocaste sobre una mesa cubierta por una cortina y en la que había que meter la mano? Tenía un montón de manos artificiales dentro y se suponía que había que estrecharlas, ¿no?

– O acariciarlas. O flirtear con ellas. O rechazarlas. Dentro había unos radiadores que mantenían las manos artificiales a la temperatura del cuerpo humano, y así daban el pego, ¿no es cierto? La gente creía que había alguien escondido debajo de la mesa. Ven, deja que te enseñe otra cosa.

Harry la siguió hacia el salón del fondo. Anna abrió unas puertas correderas, cogió a Harry de la mano y lo condujo hacia el interior a oscuras. Cuando encendió la luz, Harry se quedó mirando la lámpara. Era una lámpara de pie dorada con forma de mujer, que sostenía una balanza en una mano y una espada en la otra. Tenía tres focos que coronaban la punta de la espada, la balanza y la cabeza de la mujer, respectivamente, y cuando Harry se dio la vuelta vio que los focos iluminaban sendas pinturas al óleo. Dos de ellas estaban colgadas de la pared y la tercera, que parecía inacabada, descansaba en un caballete de cuya esquina izquierda pendía una paleta con manchas ocres y amarillas.

– ¿Qué son estos cuadros? -quiso saber Harry.

– Son retratos, ¿no lo ves?

– Ya. ¿Esto de aquí son los ojos? -preguntó señalando con el dedo-. ¿Y eso, la boca?

Anna ladeó la cabeza.

– Si a ti te lo parece. Son tres hombres.

– ¿Alguno que yo conozca?

Anna se quedó pensativa y miró a Harry un buen rato antes de contestar.

– No, creo que no conoces a ninguno de ellos. Pero puedes llegar a conocerlos. Si lo deseas de verdad.

Harry estudió detenidamente los cuadros.

– Dime lo que ves.

– Veo a mi vecino en un trineo. Veo a un tío saliendo al mismo tiempo que yo de la trastienda del cerrajero. Y veo al camarero del M. ¡Ah!, y al presentador Per Ståle Lønning.

Anna rompió a reír.

– ¿Sabías que la retina invierte los objetos y que el cerebro primero los percibe invertidos? Para ver las cosas como son realmente, hay que observarlas en un espejo. Si lo hicieras, verías en los cuadros a otras personas totalmente distintas. -Anna hablaba con el brillo del entusiasmo en la mirada y Harry no tuvo valor para contradecirla y decirle que la retina invierte las imágenes en vertical y no en horizontal-. Ésta será mi obra maestra, Harry. La obra por la que se me recordará.

– ¿Estos retratos?

– No, ellos sólo constituyen una parte del conjunto de la obra. Aún no está terminada. Pero ya la verás.

– Ya. ¿Cómo piensas llamarla?

– Némesis -declaró en voz baja.

Harry la miró inquisitivo y sus miradas quedaron en suspenso un instante.

– Por la diosa, ya sabes.

Una mitad de su rostro estaba en sombras. Harry desvió la mirada. Ya había visto bastante. Tenía la espalda arqueada, como esperando una pareja de baile, un pie un poco adelantado, como indeciso sobre si ir o venir, el pecho jadeante y el cuello, esbelto y surcado por una vena donde Harry creyó distinguir sus latidos. Se sentía acalorado, como aquejado por cierto mareo. ¿Qué fue lo que le dijo Anna? «No deberías haberte rendido tan fácilmente.» ¿Fue eso lo que hizo?

– Harry…

– Tengo que irme -dijo él.

Le quitó el vestido; ella cayó de espaldas, entre risas, sobre la sábana blanca. Soltó la hebilla del cinturón mientras la luz turquesa que se filtraba desde las palmeras ondeantes del salvapantallas del portátil que había sobre el escritorio, recorría los diablillos y demonios que gruñían boquiabiertos desde las imponentes tallas del cabecero.

Anna le había contado que la cama perteneció a su abuela y que llevaba allí cerca de ochenta años. Le mordió la oreja y le susurró al oído palabras en un idioma desconocido. Luego dejó de susurrar y se tumbó sobre él gimiendo, riendo, murmurando e invocando a los dioses mientras él deseaba que aquello durase siempre. Y justo antes de que se corriera, ella se detuvo de repente, le sujetó la cara entre las manos y le preguntó en un susurro:

– ¿Mío para siempre?

– Ni de coña -respondió él riéndose antes de darse la vuelta para quedar encima de ella.

Los demonios de madera se reían.

– ¿Mío para siempre?

– Sí -gimió. Y se corrió.

Ya calmadas las risas, sudorosos y abrazados sobre el edredón, Anna le contó que la cama se la había regalado a su abuela un noble español.

– Después de un concierto que dio en Sevilla en 1911 -dijo levantando un poco la cabeza para coger con los labios el cigarrillo que Harry le ofrecía-. La cama llegó a Oslo tres meses después, en el vapor Elenora. El azar y algo más quiso que Jesper Nosecuántos, el capitán danés del barco, se convirtiera en el primer amante de la abuela, que no el primer amor, en visitar esta cama. Al parecer, Jesper era un hombre muy apasionado y por eso, según la abuela, le faltaba la cabeza al caballo de la parte superior del cabecero. El capitán Jesper lo arrancó de un mordisco en pleno éxtasis.

Anna reía y Harry sonrió. El cigarrillo se había consumido y volvieron a hacer el amor mecidos por el crujir y el vaivén de la madera española, lo que inspiró a Harry a imaginar que se hallaban a bordo de un barco y que nadie llevaba el timón, pero que no importaba.

Hacía ya mucho de aquello y fue la primera y la última noche que Harry se durmió sobrio en la cama de la abuela de Anna.

Se dio la vuelta en la estrecha cama de hierro. La pantalla del reloj que tenía en la mesilla indicaba las 03.21 horas. Lanzó una maldición. Cerró los ojos y su pensamiento regresó poco a poco al recuerdo de Anna y del verano que pasaron sobre las sábanas blancas de la cama de su abuela. Estuvo borracho la mayor parte del tiempo, pero las noches que recordaba fueron rosas y maravillosas, cual tarjetas eróticas. Hasta las últimas palabras que pronunció al finalizar aquel estío fueron una frase hecha dicha con calor y mucho sentimiento por su parte: «Te mereces a alguien mejor que yo».

Por aquel entonces bebía tanto que se abocaba a un único final posible. Y en uno de sus momentos de lucidez decidió no arrastrarla a ella en la caída. Anna lo maldijo en su lengua extranjera y le juró que algún día le pagaría con la misma moneda: le arrebataría lo único que había amado.

Habían pasado ya siete años y aquello no duró más que seis semanas. Después, sólo la había visto en dos ocasiones. La primera en un bar: ella se le acercó y le rogó llorando que se fuera a otro sitio, cosa que hizo. Y la segunda en una exposición a la que Harry había llevado a Søs, su hermana pequeña. Él le dijo que la llamaría, pero no lo hizo.

Harry se giró otra vez a mirar el reloj. Las 3.32. La besó. Ahora, aquella noche. Después de cruzar la puerta de cristal rugoso de su apartamento y ya sintiéndose seguro, se inclinó para darle un abrazo de buenas noches que se convirtió en un beso. Fácil e inocuo. O al menos, fácil. Las 3.33. ¡Mierda! ¿Desde cuándo era tan sensible como para sentir remordimientos por darle a una vieja amiga un beso de buenas nqches? Harry intentó respirar hondo ya un ritmo acompasado, y concentrarse en las posibles rutas para escapar desde la calle Bogstadveien pasando por la calle Industrigata. Aspirar. Espirar. Aspirar otra vez. Aún era capaz de recordar su olor. El dulce peso de su cuerpo. Los sonidos ásperos y acuciantes del músculo de su lengua.

6

Guindilla

Los primeros rayos de sol despuntaban apenas por la cima de la colina de Ekebergåsen, por debajo de la persiana a medio subir de la sala de reuniones de la Brigada de Delitos Violentos, y fueron a dar en los pliegues del contorno de los ojos entrecerrados de Harry. Al otro lado de la larga mesa estaba Rune Ivarsson balanceándose sobre los talones, con las piernas ligeramente separadas y las manos a la espalda. En un bloc gigante que colgaba detrás de Ivarsson se leía en letras mayúsculas, grandes y rojas la palabra «BIENVENIDO». Harry imaginaba que lo habría aprendido en algún seminario de presentación, e hizo un leve intento de ahogar un bostezo en cuanto el jefe de brigada empezó a hablar.

– Buenos días a todos. Los ocho agentes congregados hoy alrededor de esta mesa formamos el grupo de investigación responsable del atraco cometido el viernes en la calle Bogstadveien.

– El asesinato -murmuró Harry.

– ¿Perdón?

Harry se irguió un poco en la silla. Fuera cual fuese la postura adoptada los dichosos rayos del sol lo cegaban por completo.

– Lo correcto sería considerarlo un asesinato y llevar a cabo la investigación de acuerdo con ese presupuesto.

Ivarsson exhibió media sonrisa que no dedicó a Harry, sino a los demás participantes de la reunión, a quienes fue mirando de uno en uno.

– Había pensado comenzar por las presentaciones, pero parece que nuestro amigo de la Brigada de Delitos Violentos ya ha empezado. Bjarne Møller, el jefe de dicha brigada, nos ha cedido amablemente al comisario Harry Hole, especialista en homicidios.

– Asesinatos -puntualizó Harry.

– Asesinatos. A la izquierda de Hole tenemos a Torleif Weber, de la científica, responsable de examinar el lugar de los hechos. Weber es, como algunos de vosotros ya sabéis, nuestro rastreador más experto. Conocido por sus dotes analíticas y su infalible intuición. El comisario jefe llegó a decir en una ocasión que le gustaría incorporar a Weber en su grupo de cacería de Trysil… como perro.

Estallaron las risas en torno a la mesa, pero Harry no tuvo que mirar a Weber para saber que él no sonreía. Weber no sonreía casi nunca y, desde luego, no le sonreía a quien no le gustaba, y a Weber no le gustaba casi nadie. Y mucho menos le gustaba el grupo de jefes jóvenes constituido, en su opinión, por trepas incompetentes, sin interés alguno por el trabajo ni por el cuerpo, pero con una afición desmesurada al poder y la influencia burocrática a la que accederían representando el papel de actor invitado en la Comisaría Central.

Ivarsson sonrió balanceándose satisfecho, como un capitán en medio del oleaje, a la espera de que cesaran las risas.

– Beate Lønn, nuestra especialista en análisis de audiovisuales, es novata en este contexto.

Beate se puso como un tomate.

– Beate es la hija de Jørgen Lønn, que durante más de veinte años trabajó en la Brigada de Robos y Delitos Violentos, como se llamaba entonces. Por ahora, parece que no defraudará la memoria legendaria de su padre, pues ya ha contribuido de forma decisiva al esclarecimiento de varios casos. No sé si lo he mencionado antes, pero en el Grupo de Atracos hemos incrementado el porcentaje de resolución de casos cerca de un cincuenta por ciento, lo que en un contexto internacional se considera…

– Sí, Ivarsson, ya lo has mencionado.

– Gracias.

Esta vez Ivarsson miró directamente a Harry al lanzar esa tiesa sonrisa suya de reptil que dejaba al aire parte de la dentadura. Y, con ella pintada en la cara, siguió hasta terminar las presentaciones. Harry conocía a dos de los colegas. Magnus Risan, un chico joven de Tomrefjorden que pasó seis meses en la Brigada de Delitos Violentos y dejó una buena impresión. El otro era Didrik Gudmundson, el investigador más experto de los allí congregados y el segundo de a bordo de la brigada. Un policía de talante sereno que trabajaba metódicamente y con el que Harry jamás había tenido problemas. Los dos últimos, apellidados Li, también pertenecían al Grupo de Atracos, pero Harry constató enseguida que no eran gemelos precisamente. Toril Li era una mujer alta y rubia de boca fina y rostro hermético, y Ola Li era un hombre bajo y pelirrojo con cara de gnomo y ojos risueños. Harry se había cruzado con ellos por los pasillos lo bastante como para considerar natural saludarlos, pero nunca se le había ocurrido hacerlo.

– Me imagino que a mí ya me conocéis -dijo Ivarsson para terminar la ronda-. Pero sólo para dejarlo dicho, soy el jefe del Grupo de Atracos, y se me ha encomendado la dirección de esta investigación. Y, en respuesta a tu observación del principio, Hole, no es la primera vez que investigamos un atraco que haya derivado en homicidio.

Harry intentó no hacerlo. Se esforzó de verdad. Pero la sonrisa de cocodrilo se lo impidió.

– ¿Con un porcentaje de esclarecimiento justo por debajo del cincuenta por ciento también en esos casos?

Sólo se rió uno de los presentes, pero lo hizo con ganas. Y fue Weber.

– Perdón, creo que se me olvidó deciros algo sobre Hole -intervino Ivarsson, ya sin sonreír-. Tiene grandes dotes cómicas. He oído decir que es casi tan bueno como el gran Rene Arve Opsahl.

Se hizo un incómodo silencio, seguido de la risita breve y ruidosa de Ivarsson y de un aciago rumor que se extendió por toda la mesa.

– Vale, empecemos con una síntesis.

Ivarsson pasó la primera hoja del gran bloc. La siguiente estaba en blanco, salvo por el titular «CIENTÍFICA». Retiró el tapón del rotulador y se dispuso a escribir.

– Adelante, Weber.

Karl Weber se levantó. Era un hombre de baja estatura, con barba y una cabellera leonada y cenicienta. Su voz resonaba como un murmullo ominoso de baja frecuencia, pero lo bastante claró.

– Seré breve.

– No te preocupes -lo tranquilizó Ivarsson poniendo el rotulador en la hoja-. Tómate el tiempo que necesites, Karl.

– Seré breve porque no necesito mucho tiempo para decir lo que tengo que decir -gruñó Weber-. No tenemos nada.

– Entiendo -dijo Ivarsson y bajó el rotulador-. Cuando dices nada, ¿a qué te refieres exactamente?

– Tenemos una huella de una zapatilla Nike, totalmente nueva, del cuarenta y cinco. Casi todo lo relativo a este atraco es de lo más profesional, de modo que lo único que me indica este dato es que probablemente no sea ése el número real del atracador. Los chicos de balística ya han analizado el proyectil. Munición estándar de 7,62 milímetros para AG3, la munición más corriente de las utilizadas en todo el reino de Noruega, pues es la habitual en cualquier barracón militar, en todos los arsenales de armamento y en los hogares de los oficiales del ejército o de los miembros de la milicia local de este país. En otras palabras, es imposible de rastrear. Aparte de eso, es como si nunca hubiera estado allí dentro. O fuera, por cierto, pues también hemos buscado rastros en el exterior.

Weber se sentó.

– Gracias, Weber, ha sido… esclarecedor.

Ivarsson pasó a la siguiente página, titulada «TESTIGOS».

– ¿Hole?

Harry se hundió un poco más en la silla.

– Todos los que estaban en el banco durante el atraco prestaron declaración inmediatamente después, y ninguno puede contarnos nada que no se vea en la grabación de vídeo. Bueno, recuerdan un par de cosas que sabemos positivamente que no son ciertas. Un testigo vio al atracador desaparecer subiendo por la calle Industrigata. No disponemos de más testimonios.

– Lo cual nos lleva al siguiente punto, que son los coches de fuga -explicó Ivarsson-. ¿Toril?

Torn Li se acercó y encendió el proyector, donde ya había una transparencia con la lista de los coches robados durante los últimos tres meses. En su duro acento de Sunnmøre, señaló los cuatro coches más probables, en su opinión, para efectuar la fuga, basándose en que pertenecían a marcas y modelos muy comunes, tenían colores neutrales y claros y eran lo bastante nuevos como para que el atracador confiara en que no iban a fallar. Uno de los coches, un Volkswagen Golf GTI aparcado en la calle Maridalsveien, resultaba especialmente interesante, ya que había sido robado la noche anterior al atraco.

– Los atracadores suelen robar el coche de la huida lo más cerca posible del momento del atraco, de modo que no figuren aún en los listados de los policías que patrullan las calles -explicó Toril Li, apagando el proyector y sacando la transparencia antes de volver a su sitio.

Ivarsson asintió con la cabeza.

– Gracias.

– De nada -susurró Harry a Weber.

El titular de la siguiente hoja era «ANÁLISIS DE VÍDEO». Ivarsson había vuelto a tapar el rotulador. Beate tragó saliva, carraspeó, tomó un sorbo del vaso que tenía delante y volvió a carraspear antes de empezar, con la mirada clavada en la mesa.

– He medido la estatura…

– Por favor, habla un poco más alto, Beate. -Dijo Ivarsson con su sonrisa de reptil.

Beate carraspeaba una y otra vez.

– He medido la estatura del atracador a partir de la imagen del vídeo. Mide 1,79 m. Lo he consultado con Weber, que está de acuerdo.

Weber asintió con la cabeza.

– ¡Estupendo! -gritó Ivarsson con forzado entusiasmo en la voz, quitó el tapón del rotulador y anotó: «ESTATURA 179 cm».

Beate continuó con su exposición.

– Acabo de hablar con Aslaksen, de la Politécnica de Oslo, nuestro analista de voces. Ha estudiado las cinco palabras que el atracador dice en inglés. Dijo que… -Beate lanzó una mirada angustiada en dirección a Ivarsson, ahora de espaldas, listo para anotar- dijo que la grabación era de muy mala calidad, inservible.

Ivarsson bajó el brazo al mismo tiempo que el sol desaparecía detrás de una nube y el gran rectángulo de luz que se reflejaba en la pared posterior pareció desaparecer al mismo tiempo. Se hizo un silencio total en la sala de reuniones. Ivarsson tomó aire y se puso de puntillas, a la ofensiva.

– Menos mal que hemos guardado el triunfo para el final.

El jefe del Grupo de Atracos pasó a la hoja final del bloc: «VIGILANCIA DE PERSONAS».

– Probablemente debamos explicar a los que no hayáis trabajado en el Grupo de Atracos que los primeros a los que implicamos cuando disponemos de una grabación de un atraco es a los compañeros de vigilancia. En siete de cada diez casos, una buena grabación revela quién es el atracador, siempre que se trate de un viejo conocido nuestro.

– ¿Aunque estén enmascarados? -preguntó Weber.

Ivarsson hizo un gesto afirmativo.

– Un observador atento detectará a un viejo conocido por la constitución, el lenguaje gestual, la voz, la forma en que habla durante el atraco, todos esos detalles que no puedes ocultar tras una máscara.

– Pero no basta con saber quién es -intercaló, Didrik Gudmundson, el segundo de Ivarsson-. Necesitamos…

– Exacto -lo interrumpió Ivarsson-. Necesitamos pruebas. Un atracador puede deletrearle su nombre a la cámara de vigilancia pero, mientras permanezca enmascarado y no deje pruebas técnicas, estamos en las mismas, desde un punto de vista jurídico.

– ¿Y cuántos de los siete que reconocéis por las grabaciones son condenados por robo?-intervino Weber

– Algunos -respondió Gudmundson-. En cualquier caso, es mejor saber quién es el autor de un atraco aunque luego no lleguen a condenarlo porque así adquirimos información sobre sus pautas y métodos. Y la próxima vez que lo intentan, los atrapamos.

– ¿Y si no hay una próxima vez? -preguntó Harry, a quien no pasó inadvertido el modo en que se dilataban las venas que pasaban justo por encima de las orejas de Ivarsson cuando éste se reía.

– Querido experto en asesinatos -respondió Ivarsson, aún risueño-. Si miras a tu alrededor, verás que la mayoría de los aquí presentes se ríe en tu cara de lo que acabas de preguntar. Y la razón es muy sencilla: un atracador que lleva a cabo un buen golpe siempre, siempre lo intentará otra vez. Es la ley de la gravedad del atraco.

Ivarsson miró por la ventana y se permitió otra risa más antes de girarse bruscamente sobre los talones.

– Si estamos de acuerdo en dar por finalizada la sesión de educación de adultos, quizá podamos pasar a comprobar si tenemos a alguien en el punto de mira. ¿Ola?

Ola Li miró a Ivarsson, no estaba seguro de si debía levantarse o no, y al final optó por permanecer sentado.

– Sí, resulta que yo estaba de guardia el fin de semana. A las ocho de la tarde del viernes teníamos un vídeo preparado, así que llamé a los de vigilancia que estaban de guardia para repasarlo en House of Pain. A los que no estaban de guardia se les pidió que lo estudiaran el sábado. Un total de trece personas de vigilancia estuvieron presentes, el primer grupo, el viernes a las ocho, y el segundo…

– Muy bien, Ola -atajó Ivarsson-. Sólo cuéntanos lo que encontrasteis.

Ola soltó una risita nerviosa que sonó como un intento de graznido de gaviota.

– ¿Y bien?

– Espen Vaaland está de baja -explicó Ola-. Él conoce a la mayoría de los delincuentes del mundillo del robo. Internaré qué venga mañana.

– ¿Qué es lo que intentas decir?

Los ojos de Ola recorrieron fugaces las caras de los reunidos en torno a la mesa.

– No mucho -confesó en voz muy baja.

– Ola es todavía bastante nuevo en esto -aclaró Ivarsson, mientras Harry observaba que se le tensaba la mandíbula-. Ola persigue una identificación al cien por cien segura, y eso es muy loable pero demasiado pedir. El atracador…

– El asesino.

– … va enmascarado de arriba abajo, es de mediana estatura, no abre la boca, intenta moverse atípicamente y lleva unos zapatos demasiado grandes. -Ivarsson elevó el volumen de su voz-. Así que será mejor que nos des tu lista, Ola. ¿Quiénes son los posibles culpables?

– No hay posibles…

– ¡Tiene que haberlos!

– No -reiteró Ola tragando saliva.

– ¿Estás intentando decirnos que nadie tenía ninguna propuesta, que ninguna de nuestras ratas de alcantarilla voluntarias que se enorgullecen de codearse a diario con los peores delincuentes de Oslo, de todos esos celosos maderos que en nueve de cada diez casos de atraco se enteran oficiosamente de quién conducía el coche, quién llevaba las sacas con el dinero y quién vigilaba la puerta… de repente, ninguno se atreve a especular siquiera?

– Sí, especular sí especularon. Mencionaron seis nombres.

– ¡Pues desembucha de una vez, hombre!

– He comprobado todos los nombres. Tres están en la cárcel. A otro lo vio un colega de vigilancia en el bar Plata, justo a la hora en que se cometió el atraco. Otro está en Pattaya, Tailandia, lo he confirmado. Y luego… había uno en el que coincidieron todos por tener una constitución parecida y por la ejecución tan profesional, me refiero a Bjørn Johansen, de la banda de Tveita.

– ¿Sí?

Se diría que Ola deseaba meterse debajo de la mesa más que nada en el mundo.

– Pues que estaba en el hospital de Ullevål. Lo operaron el viernes, de aures alatae.

– ¿Aures alatae?

– Orejas prominentes -suspiró Harry secándose una gota de sudor de la ceja-. Te aseguro que Ivarsson estaba a punto de estallar. ¿Hasta dónde has llegado?

– Acabo de pasar veintiuno. -La voz de Halvorsen resonó chillona entre las paredes de hormigón. A esa hora tan temprana de la tarde, tenían el gimnasio de la comisaría prácticamente para ellos solos.

– ¿Has cogido un atajo o qué? -Harry apretó los dientes y consiguió aumentar un poco la frecuencia del pedaleo. Ya se había formado un charco de sudor alrededor de la bicicleta ergométrica, en tanto que Halvorsen apenas tenía la frente húmeda.

– Así que estáis totalmente en blanco, ¿no? -preguntó Halvorsen con una respiración regular y tranquila.

– A no ser que haya algo relacionado con lo que Beate Lønn dijo al final, es verdad que no tenemos mucho.

– ¿Y qué dijo?

– Está trabajando en un programa de ordenador que compone una imagen tridimensional de la cabeza y las facciones del atracador a partir de las imágenes del vídeo.

– ¿Con máscara?

– El programa utiliza la información que recibe de las imágenes. Luz, sombra, concavidades, protuberancias. Cuanto más apretada esté la máscara, más fácil es componer una imagen que se parezca a la persona que se esconde debajo. De todos modos sólo será un boceto, pero Beate dice que puede utilizarlo para cotejarlo con fotos de sospechosos.

– Pero, ¿con qué lo hace? ¿Con el programa de identificación del FBI? -Halvorsen se volvió hacia Harry y constató con cierta fascinación que la mancha de sudor que empezó en el pecho, a la altura del logo de Jokke & Valentinerne, se había extendido ya a toda la camiseta.

– No, Beate tiene un programa mejor -aseguró Harry-. ¿A qué frecuencia vas?

– Veintidós. ¿Qué programa es?

– Gyrus fusiforme.

– ¿De Microsoft o de Apple?

Harry se señaló con el dedo la frente, enrojecida por el esfuerzo.

– Aplicaciones conjuntas. Se encuentra en la región temporal del cerebro y su única función es reconocer rostros. No hace otra cosa. Esa pequeña porción nos capacita para diferenciar cientos de miles de rostros humanos, pero apenas una docena de hipopótamos.

– ¿Hipopótamos?

Harry apretó bien los ojos en un intento por liberarse de las ardientes gotas de sudor.

– Era un ejemplo, Halvorsen. Pero, por lo visto, Beate Lønn es un caso muy especial. Su giro fusiforme tiene un par de vueltas adicionales que le permiten recordar casi todos los rostros que ha visto durante toda su vida. Y no estoy hablando sólo de personas que conoce o con las que haya hablado, sino hasta de una cara encubierta por un par de gafas de sol que haya pasado a su lado por la calle, entre la multitud y hace quince años.

– Estás de coña.

– No. -Harry relajó el cuello para recuperar la respiración y poder continuar-. Sólo se conocen unos doscientos casos de personas como ella. Didrik Gudmundson dijo que en la Academia de Policía superó una prueba que la reveló muy superior a todos los programas de identificación conocidos. Esa mujer es un fichero de rostros ambulante. Si te pregunta dónde te ha visto antes, seguro que no es sólo un truco para ligar.

– ¡Madre mía! ¿Qué hace en la policía? Con ese talento, quiero decir.

Harry se encogió de hombros.

– ¿Recuerdas al investigador que sufrió un tiroteo durante aquel atraco en Ryen, en los años ochenta?

– Yo aún no era policía entonces.

– El hombre se encontraba en los alrededores por casualidad cuando se emitió el aviso, fue el primero en llegar y entró en el banco dispuesto a negociar, pese a no estar armado. Lo ametrallaron con un arma automática y nunca atraparon a los atracadores. Después, su caso se utilizó en la Academia de Policía como ejemplo de lo que no se debe hacer cuando se llega al lugar de un atraco.

– Hay que esperar a que acudan los refuerzos y no hay que enfrentarse a los atracadores, para evitar exponer a peligros innecesarios tanto a uno mismo, como a los empleados del banco y a los propios delincuentes.

– Correcto, eso dicen los manuales. Lo extraño es que aquel policía era uno de los mejores y más expertos investigadores con que contaban entonces. Jørgen Lønn. El padre de Beate.

– Ya. ¿Y tú crees que ésa es la razón por la que ella se hizo policía?

– Puede ser.

– ¿Está buena?

– Es muy capaz. ¿Por dónde vas?

– Acabo de pasar veinticuatro, faltan seis.

– Veintidós. Sabes que te alcanzaré, ¿verdad?

– Esta vez no -aseguró Halvorsen, y aumentó la frecuencia.

– Sí, porque ahora vienen las cuestas y a mí se me dan mejor, mientras que tú te pondrás nervioso y tenso. Como siempre.

– Esta vez no -reiteró Halvorsen apretando el ritmo. Una gota de sudor se abrió paso por su tupida cabellera. Hárry sonrió y se inclinó sobre el manillar.

Bjarne Møller miró alternativamente la lista de la compra que le había dado su mujer y la estantería donde se hallaba lo que él creía era cilantro. Margrete se había vuelto una entusiasta de la comida tailandesa desde las vacaciones pasadas en Puket el invierno anterior, pero el jefe de la Brigada de Delitos Violentos no estaba aún familiarizado del todo con las diferentes verduras que volaban a diario desde Bangkok hasta la tienda de comestibles de Grønlandsleiret.

– Es guindilla verde, jefe -resonó una voz justo a su lado. Bjarne Møller dio un respingo y, al volverse, vio la cara sudorosa y acalorada de Harry-. Con dos de ésos y unas rodajas de jengibre se hace una sopa torn yam con la que echas humo por las orejas, pero el sudor ayuda a eliminar muchas toxinas.

– Vaya, Harry, pues se diría que es lo que acabas de comer tú.

– No, vengo de un pequeño duelo en bicicleta con Halvorsen.

– Ah, ¿sí? ¿Y qué es eso que llevas en la mano?

– Japonesa. Un tipo de guindilla roja.

– No sabía que guisaras.

Harry miró la bolsa de guindillas con cierta sorpresa, como si también fuera una novedad para él.

– Jefe, me alegro mucho de que nos hayamos encontrado. Tenemos un problema.

Møller empezó a sentir un molesto picor en el cuero cabelludo.

– No sé quién habrá decidido poner a Ivarsson al frente de la investigación del asesinato de la calle Bogstadveien, pero no funciona.

Møller dejó la lista de la compra en la cesta.

– ¿Cuánto tiempo lleváis trabajando juntos? ¿Dos días enteros?

– Ésa no es la cuestión, jefe.

– Sólo por una vez, Harry, ¿no podrías dedicarte exclusivamente a la investigación y dejar que otros decidan cómo se organiza? No tienes que llevar siempre la contraria y, en cualquier caso, no sufrirás daños irreparables por probar, ¿no?

– Yo sólo quiero que el caso se resuelva pronto, para continuar con el otro asunto, ya sabes.

– Sí, lo sé. Pero llevas trabajando en ese asunto más de los seis meses que te concedí y no puedo justificar el empleo prolongado de tiempo y de recursos basándome en consideraciones personales y sentimentales, Harry.

– Era nuestra colega, jefe.

– ¡Lo sé! -estalló Møller con brusquedad. Luego miró a su alrededor y continuó en voz más baja-. ¿Cuál es el problema, Harry?

– Ellos están acostumbrados a trabajar sólo con atracos y, además, Ivarsson no tiene el menor interés por las ideas constructivas.

Bjarne Møller no pudo evitar sonreír al pensar en «las ideas constructivas» de Harry. Éste se le acercó un poco más y, con la mayor soltura y vehemencia, le explicó:

– ¿Qué es lo primero que nos preguntamos cuando se comete un homicidio, jefe? El porqué. Cuál es el móvil, ¿no es cierto? En el Grupo de Atracos están tan seguros de que el móvil es el dinero que ni siquiera se plantean la pregunta.

– ¿Y cuál crees tú que es el móvil?

– Yo no creo nada, la cuestión es que están aplicando un método equivocado.

– Otro método, Harry, están aplicando otro método. Tengo que terminar la compra e irme a casa, Harry, así que cuéntame qué quieres.

– Quiero que hables con quien tienes que hablar para que pueda llevarme a uno de los otros colegas y trabajar en solitario.

– ¿Desligarte del grupo de investigación?

– Llevar una investigación paralela.

– Harry…

– Así fue como atrapamos al Petirrojo, ¿lo recuerdas?

– Harry, no puedo inmiscuirme…

– Quiero llevarme a Beate Lønn. Los dos empezaremos desde el principio. Ivarsson ya está a punto de quedarse en punto muerto y…

– ¡Harry!

– ¿Sí?

– ¿Cuál es la verdadera razón?

Harry cambió de postura para descansar el peso del cuerpo sobre otro pie.

– No puedo trabajar con ese cocodrilo.

– ¿Ivarsson?

– Si sigo ahí, no tardaré en cometer alguna puta estupidez.

Bjarne Møller frunció el entrecejo con expresión displicente.

– ¿Es una amenaza?

Harry le puso la mano en el hombro.

– Sólo este favor, jefe. Y nunca más te pediré nada. Nunca.

Møller gruñó descontento. A lo largo de los últimos años, ¿cuántas veces había puesto la mano en el fuego por Harry, en lugar de seguir el bienintencionado consejo de colegas de más edad y experiencia y mantener a una distancia prudencial a Harry y sus caprichos? Una cosa era segura con respecto a Harry Hole: algún día las cosas se pondrían realmente feas. Sin embargo, nadie había podido tomar cartas en el asunto de forma terminante, puesto que, hasta ahora, Harry y él siempre habían salido airosos de un modo u otro. Hasta ahora. En cualquier caso, la cuestión más interesante era, en realidad, ¿por qué le hacía caso? Miró a Harry. Un alcohólico. Un liante. Un cabezota insoportable y arrogante a veces. Y su mejor investigador junto con Waaler.

– No hagas tonterías, Harry. De lo contrario, te mando de una patada a un despacho y cierro con llave, ¿comprendes?

– Recibido, jefe.

Møller suspiró.

– Mañana me reúno con el comisario jefe y con el comisario jefe principal de la Policía Judicial. Ya veremos. Pero no te prometo nada, ¿me oyes?

– Sí, señor. Recuerdos a su señora.

Antes de salir, Harry se dio la vuelta.

– El cilantro está al fondo a la izquierda, jefe, en la estantería de abajo.

Cuando Harry salió del establecimiento, Bjarne Møller se quedó mirando la cesta de la compra. Sí, ya había caído en cuál era el porqué: le gustaba aquel cabezota liante y alcoholizado.

7

Rey blanco

Harry saludó a uno de los clientes habituales y fue a sentarse a una mesa situada bajo los estrechos ventanales de cristal esmerilado que daban a la calle de Waldemar Thrane. En la pared a su espalda colgaba un cuadro grande que representaba a unos señores con chistera. Los elegantes caballeros saludaban joviales a unas damas provistas de parasol en la plaza de Youngstorget. El contraste no podía ser mayor con la perenne y mortecina luz otoñal y con el silencio vespertino casi piadoso que reinaba en el restaurante Schrøder.

– Me alegro de que hayas podido venir -le dijo Harry al hombre corpulento que tomó asiento a su misma mesa.

Saltaba a la vista que no era cliente asiduo, no por la elegante chaqueta de tweed ni por la pajarita de lunares rojos que lucía, sino por cómo removía el té en la taza blanca, sobre un mantel perfumado de cerveza y perforado de renegridas marcas de cigarrillos. El insólito cliente no era otro que el psicólogo Ståle Aune, uno de los mejores del país en su campo, cuyos servicios periciales habían proporcionado muchas alegrías a la policía de Oslo, aunque también algunos sinsabores, pues era hombre extremadamente honrado y celoso de su integridad, que nunca se pronunciaba en un juicio a menos que pudiese esgrimir un fundamento científico al cien por cien. Y, dado que en psicología no existe fundamento para casi nada, a menudo sucedía que, durante su actuación como testigo de la fiscalía, se convertía en el mejor amigo de la defensa, pues las dudas que sembraba solían favorecer al acusado.

Harry llevaba tantos años recurriendo a la pericia de Aune para esclarecer casos de asesinato que había empezado a considerarlo más bien un colega. Por otro lado, Aune tenía algo de tierna arrogancia, pero era un hombre bueno y sabio, y Harry le había confiado su condición de alcohólico hasta tal punto que, en un momento de debilidad, podría incluso considerarlo un amigo.

– ¿Así que éste es tu refugio? -preguntó Aune.

– Así es -dijo Harry haciéndole una seña a Maja.

La camarera, que estaba junto a la barra, reaccionó enseguida y desapareció por la puerta batiente de la cocina.

– ¿Y eso qué es?

– Guindilla japonesa.

Una gota de sudor se deslizó por el tabique nasal de Harry, agarrándose un momento a la punta de la nariz, antes de caer y dar contra el mantel. Aune miró sorprendido la mancha.

– Termostato lento -dijo Harry-. He estado entrenando.

Aune frunció la nariz.

– Como terapeuta supongo que debería aplaudir, pero como filósofo cuestiono la exposición del cuerpo a ese tipo de tensión.

Ante Harry aterrizaron una jarra de acero y una taza.

– Gracias, Maja.

– Sentimiento de culpa -dijo Aune-. Algunos sólo consiguen afrontarlo castigándose. Como cuando tú recaes, Harry. En tu caso el alcohol no es una escapatoria, sino una forma sublime de flagelarte.

– Gracias, ya te había oído ese diagnóstico.

– ¿Por eso entrenas tan duramente? ¿Cargo de conciencia?

Harry se encogió de hombros. Aune bajó la voz.

– ¿Estás pensando en Ellen?

La mirada de Harry se disparó hacia arriba para encontrarse con la de Aune. Se acercó lentamente la taza de café a los labios y bebió un buen rato antes de dejarla otra vez en la mesa con una mueca.

– No, no es el caso de Ellen. No avanzamos nada, pero no es porque hayamos hecho un mal trabajo. Algo aparecerá, hemos de ser pacientes.

– Bien -dijo Aune-. No es culpa tuya que asesinaran a Ellen, quédate con este pensamiento. Y no olvides que todos tus colegas creen que cogieron al verdadero culpable.

– Puede ser. Y puede que no. Está muerto y no puede responder.

– No dejes que se convierta en una obsesión, Harry. -Aune metió dos dedos en el bolsillo del chaleco de tweed y sacó un reloj de plata, al que echó una rápida ojeada-. Pero, supongo que no querías hablar de sentimientos de culpa.

– No -Harry sacó un taco de fotos del bolsillo interior-. Quiero saber qué opinas de esto.

Aune cogió las fotos y empezó a ojearlas.

– Parece un atraco a un banco. No sabía que éste fuera un asunto de la Brigada de Delitos Violentos.

– La siguiente foto te dará la explicación.

– Ah, ¿sí? Le enseña el dedo a la cámara.

– Perdón, la siguiente.

– Vaya. ¿La matan…?

– Sí, casi no se ve salir fuego del cañón porque es un AG3, pero acaba de disparar. Como ves, la bala entra en la frente de la mujer. En la siguiente foto ha salido por la nuca y se ha incrustado en la madera contigua a la ventanilla de cristal.

Aune dejó las fotos en la mesa.

– ¿Por qué tenéis que enseñarme siempre estas fotos horribles, Harry?

– Para que sepas de qué estamos hablando. Mira la siguiente foto.

Aune suspiró.

– El atracador acaba de recibir el dinero -dijo Harry, señalando-. Lo único que falta es la fuga. Es un profesional, está tranquilo y decidido, y ya no hay razón para asustar u obligar a nadie a hacer nada. Aun así opta por retrasar la huida todavía unos segundos para dispararle a la empleada del banco. Solamente porque el jefe de la sucursal tardó seis segundos de más en vaciar el cajero.

Aune movió la cucharilla lentamente haciendo odios en el té.

– ¿Y ahora te preguntas cuál era su móvil?

– Bueno. Siempre hay un móvil, pero es difícil saber en qué lugar de la sensatez hay que buscarlo. ¿Alguna idea?

– Graves trastornos de personalidad.

– Pero parece tan racional en todo lo que hace.

– Padecer trastornos de personalidad no implica ser tonto. Las personas con estos trastornos son buenas, a menudo mejores, a la hora de conseguir lo que quieren. Lo que las diferencia de nosotros es que quieren otras cosas.

– ¿Qué me dices de los estupefacientes? ¿Hay alguna sustancia que vuelva a una persona normal tan agresiva como para que llegue a matar?

Aune negó con la cabeza.

– Un estupefaciente sólo intensifica o atenúa inclinaciones que ya están ahí. Quien pega a su mujer cuando está borracho, también ha sentido ganas de pegarle estando sobrio. La gente que comete homicidios planeados como éste, está dispuesta a ejecutarlos casi siempre.

– Entonces, lo que dices es que este tipo está loco de remate.

– O programado.

– ¿Programado?

Aune hizo un gesto afirmativo.

– ¿Te acuerdas del atracador al que nunca pillaron, Raskol Baxhet?

Harry negó con la cabeza.

– Gitano -explicó Aune-. Durante muchos años circularon rumores sobre esta misteriosa figura considerada el cerebro de todos los atracos importantes a transportes de valores y centrales de cómputo de Oslo en los años ochenta. Pasaron muchos años antes de que la policía se convenciera de su existencia real y, aun así, no se consiguieron pruebas contra él.

– Ahora empiezo a recordar -dijo Harry-. Pero creo que lo cogieron.

– No es correcto. Lo máximo que consiguieron fue que dos atracadores prometieran testificar contra Raskol a cambio de una reducción de pena, pero desaparecieron de repente en extrañas circunstancias.

– No es inusual -dijo Harry sacando un paquete de Camel.

– Lo es, si están en la cárcel -observó Aune.

Harry silbó bajito.

– Sigo pensando que acabó en la trena.

– Y es correcto -dijo Aune-. Pero no lo cogieron. Raskol se entregó voluntariamente. De repente, un día se presenta en la recepción de la Comisaría General y dice que quiere confesar un montón de viejos atracos. Naturalmente, se arma un gran revuelo. Nadie entiende nada, y el mismo Raskol se niega a explicar por qué ha acudido allí. Antes de la vista de la causa, me llaman a mí para que averigüe si está bien de la cabeza, si las confesiones valdrán ante un juez. Raskol consiente en hablar conmigo con dos condiciones. Que juguemos una partida de ajedrez; no me preguntes cómo sabía que yo lo practico con asiduidad. Y que acuda con una traducción al francés de El arte de la guerra, un antiquísimo libro chino sobre tácticas de guerra.

Aune abrió la caja de puritos Nobel Petit.

– Pedí que me enviaran el libro desde París y me llevé un tablero de ajedrez. Entré en su celda y saludé a un hombre que más que nada parecía un monje. Me pidió prestada mi pluma, empezó a hojear el libro y me indicó con un movimiento de cabeza que podía iniciar la partida de ajedrez. Coloco las piezas, elijo la apertura Reti, una apertura que no ataca al contrario hasta que se ocupan las posiciones centrales, a menudo efectiva contra jugadores de nivel medio. Tras un solo movimiento, es imposible que conozca mi intención, pero este gitano fija la vista en el tablero por encima del libro, se tira de la perilla, me mira con una sonrisa sabihonda, anota en el libro…

La llama de un mechero de plata toca la punta del purito.

– … y prosigue la lectura. Entonces le digo: «¿No vas a mover pieza?». Veo que su mano sigue escribiendo en el libro con mi pluma, y me contesta: «No es necesario. Estoy anotando cómo transcurrirá la partida, jugada tras jugada. Acaba cuando tú tumbas a tu rey». Le explico que es imposible saber cómo se sucederá la partida tras un solo movimiento. «¿Apostamos algo?», me pregunta. Intento tomarlo a risa, pero insiste. Consiento en apostar un billete de cien para que se sienta más cómodo durante la entrevista. Quiere ver el billete de cien, debo dejarlo junto al tablero, donde él lo vea. Entonces levanta una mano, como para mover pieza, y todo pasa muy deprisa.

– ¿Ajedrez rápido?

Aune sonrió mientras aventaba un anillo de humo azul hacia el techo.

– Un instante después me vi fuertemente sujeto, con la cabeza forzada hacia atrás y mirando al techo, mientras una voz me susurraba al oído. «¿Sientes la hoja de la navaja, gadzo?» Ya lo creo que la sentía; el acero afilado y fino como una cuchilla de afeitar me oprimía la laringe, como deseoso de penetrarme la piel. ¿Lo has sentido alguna vez, Harry?

El cerebro de Harry recorrió rápidamente el registro de vivencias semejantes, pero no encontró ninguna que se pareciera del todo. Negó con la cabeza.

– Era una sensación fuerte, como dicen algunos de mis pacientes. Tenía tanto miedo que pensé que me mearía en los pantalones. Entonces me susurró al oído: «Tumba el rey, Aune». Aflojó un poco y pude levantar el brazo y tumbar mis piezas. Entonces, con la misma brusquedad, me soltó. Se situó a mi lado de la mesa y esperó a que yo me levantara y recobrara el aliento. «¿Qué coño es esto?», suspiré. «Esto es un atraco», contestó. «Primero planeado y luego llevado a cabo.» Volvió el libro donde había anotado la evolución del juego. Lo único que estaba escrito era mi primera jugada y «rey blanco capitula». Entonces preguntó: «¿Responde esto las preguntas que tenías para mí, Aune?».

– Y tú, ¿qué dijiste?

– Nada. Llamé al guardia a gritos. Pero, antes de que abriera la puerta, le hice a Raskol una última pregunta, porque sabía que me iba a volver loco pensando si no obtenía una respuesta en ese momento. Pregunté: «¿Lo habrías hecho? ¿Me habías cortado el cuello si no hubiera tumbado al rey? ¿Sólo por ganar una estúpida apuesta?»

– ¿Y él qué contestó?

– Sonrió y me preguntó si sabía lo que es la programación.

– ¿Y?

– Eso fue todo. Abrieron la puerta y salí.

– Pero, ¿qué quiso decir con lo de la programación?

Aune apartó la taza de té.

– Uno puede programar el cerebro para seguir cierta pauta de conducta. El cerebro se esfuerza por dominar otros impulsos y sigue las reglas programadas de antemano, pase lo que pase. Resulta útil en situaciones donde la tendencia natural del cerebro consistiría en sentir pánico. Como, por ejemplo, cuando el paracaídas no se abre. En ese caso es de esperar que el paracaidista tenga programado un protocolo de emergencia.

– ¿O soldados en combate?

– Eso es. Pero existen métodos para programar a una persona tan a fondo que la hacen entrar en un trance del que no la saca ni una influencia externa extrema, la convierten en un robot viviente. La verdad es que esto, que es el sueño frustrado de todos los generales, es muy fácil de conseguir si se conocen las técnicas necesarias.

– ¿Estás hablando de hipnosis?

– A mí me gusta llamarlo programación, no suena tan misterioso. Se trata solamente de abrir y cerrar vías para impulsos. Los buenos consiguen programarse a sí mismos con facilidad, es la llamada autohipnosis. Si Raskol se había autoprogramado para matarme en caso de que no tumbara al rey, se habría impedido a sí mismo cambiar de opinión.

– Pero no te mató.

– Toda clase de programación tiene un botón de cancelación, una clave que interrumpe el trance. En este caso podía consistir en que se tumbara al rey blanco.

– Ya. Fascinante.

– Y con esto llego a la cuestión.

– Creo que entiendo -dijo Harry-. El atracador de la foto pudo programarse para disparar si el jefe de sucursal no conseguía reaccionar a tiempo.

– Las reglas de una programación tienen que ser sencillas -dijo Aune, que dejó caer el purito en la taza del té y colocó el plato encima-. Para conseguir que alguien entre en trance hay que crear un pequeño sistema lógicamente cerrado que impida el acceso a otros pensamientos.

Harry puso el billete de cincuenta coronas junto a la taza de café, y se levantó; Aune lo observó en silencio mientras recogía las fotos, antes de preguntar:

– No te crees nada de lo que digo, ¿verdad?

– No.

Aune se levantó también y se abotonó la chaqueta por encima del estómago.

– Entonces, ¿qué crees?

– Creo lo que me ha enseñado la experiencia -dijo Harry-. Que los malos en general son tan estúpidos como yo, que eligen soluciones fáciles, que tienen móviles poco complicados. Resumiendo, que las cosas suelen ser lo que parecen. Apuesto a que este atracador estaba totalmente colocado o que le entró pánico. Lo que hizo fue una gilipollez y, por lo tanto, concluyo que es un gilipollas. Fíjate en ese gitano que tú obviamente consideras tan listo. ¿Cuánto le echaron, por ejemplo, por aquella agresión con navaja?

– Nada -respondió Aune con una sonrisa sardónica.

– Ah, ¿sí?

– Nunca encontraron la navaja.

– Me pareció oír que estabais encerrados bajo llave en su celda.

– ¿Te ha pasado alguna vez que, mientras estás tumbado boca abajo en la playa, tus amigos te dicen que te quedes completamente quieto porque sostienen carbón incandescente justo encima de tu espalda, y entonces alguien dice «¡vaya!» y, un instante después, sientes que te caen trozos de carbón y te achicharran la espalda?

El cerebro de Harry repasó los recuerdos de las vacaciones de verano. Fue rápido.

– No.

– ¿Pero luego resulta que era una broma y que no eran más que cubitos de hielo…?

– ¿Y?

Aune lanzó un suspiro.

– A veces me pregunto dónde has pasado los últimos treinta y cinco años que dices que has vivido, Harry.

Harry se pasó la mano por la cara. Estaba cansado.

– Vale, pero, ¿qué quieres decir, Aune?

– Que un buen manipulador puede hacerte creer que el borde de un billete de cien coronas es el filo de una navaja.

La mujer rubia miró a Harry directamente a los ojos y le prometió sol, aunque se nublaría según fuera avanzando el día. Harry pulsó el botón de off y la imagen se encogió hasta formar un pequeño punto luminoso en el centro de la pantalla de catorce pulgadas. Pero, cuando cerró los ojos, fue la imagen de Stine Grette la que se le quedó en la retina, junto al eco de la voz del reportero «… todavía no hay sospechosos en el caso».

Harry volvió a abrirlos y estudió el reflejo en la pantalla negra. Él, el viejo sillón verde de orejas de Elevator y la desnuda mesa de salón, sólo decorada con marcas de vasos y botellas. Todo seguía igual que siempre. El televisor portátil había permanecido en aquel estante, entre la guía de Tailandia de Lonely Planet y el mapa de carreteras de NAF, durante todo el tiempo que él había vivido allí, y no se había desplazado ni un metro en aquellos siete años escasos. Había leído algo acerca del picor sieteñal, consistente en que cada siete años era típico que la gente empezara a tener ganas de cambiar de lugar de residencia. O de pareja. Él no lo había sentido. Y llevaba casi diez años en el mismo trabajo. Harry miró el reloj. Anna le dijo a las ocho.

En cuanto a pareja, nunca le habían durado lo suficiente como para confirmar esa teoría. Aparte de las dos relaciones que quizás habrían podido perdurar, sus romances finalizaron debido a lo que Harry llamaba el picor de las seis semanas. Ignoraba si su reticencia a implicarse se debía al hecho de haber sido agraciado con una tragedia las dos veces que había amado a una mujer, o si la culpa la tenían sus fieles amantes, investigación de asesinatos y el alcohol. Sin embargo, antes de conocer a Rakel hace un año, había empezado a pensar que no estaba hecho para mantener una relación estable. Recordó su dormitorio grande y fresco, en Holmenkollen. Sus gruñidos codificados en la mesa del desayuno. El dibujo de Oleg en la puerta de la nevera con tres personas tomadas de la mano y donde la figura que portaba las letras HARRY debajo aparecía tan alta como el sol amarillo en el cielo sin nubes.

Harry se levantó del sillón, encontró el papelito con el número al lado del contestador y lo marcó en el móvil. Sonó cuatro veces antes de que alguien levantase el auricular al otro lado.

– Hola, Harry.

– Hola. ¿Cómo sabías que era yo?

Una risa baja y profunda.

– ¿Dónde has estado los últimos años, Harry?

– Aquí. Y allá. ¿He metido la pata?

Ella se rió más alto.

– Ya, ves el número desde el que llamo en la pantalla. Soy tonto.

Harry se dio cuenta de lo bobo que sonaba, pero no le pesó, lo más importante ahora era pronunciar lo que quería decir y colgar. Colorín, colorado.

– Escucha Anna, en cuanto a la cita de esta noche…

– ¡No seas infantil, Harry!

– ¿Infantil?

– Estoy preparando el mejor curry del siglo. Y, si temes que te seduzca, debo defraudarte. Sólo pienso que nos debemos el uno al otro más horas disfrutando de una cena y charlando un poco. Recordar viejos tiempos. ¿Te acuerdas de la guindilla verde?

– Bueno. Sí.

– ¡Bien! A las ocho en punto. ¿De acuerdo?

– Bueno…

– Bien.

Harry se quedó mirando el teléfono después de que ella colgara.

8

Jalalabad

– Te mataré muy pronto -dijo Harry agarrando fuertemente el frío metal del rifle-. Sólo quiero que lo sepas. Que lo pienses un momento. Abre la boca.

La gente que había a su alrededor eran figuras de cera. Inmóviles, sin alma, deshumanizadas. Harry sudaba ya tras la máscara, y la sangre le latía en las sienes; cada latido dejaba un dolor sordo. No quería mirar a la gente que lo rodeaba, no quería toparse con sus ojos acusadores.

– Mete el dinero en una bolsa -le dijo a la persona sin rostro que tenía ante sí-. Y ponte la bolsa en la cabeza.

El personaje sin rostro se echó a reír y Harry volvió el rifle para pegarle en la cabeza con la culata, pero falló. Entonces también el resto de las personas del local estallaron en risas, y Harry las miró a través del corte irregular de los agujeros de la capucha. De repente le parecieron conocidos. La chica del otro mostrador se parecía a Birgitta. Y juraría que el hombre de color situado junto al dispensador de números para la cola era Andrew. Y la mujer canosa que llevaba un cochecito de niño…

– ¿Madre? -susurró.

– ¿Quieres el dinero, o no? -preguntó la persona sin rostro-. Quedan veinticinco segundos.

– ¡Yo decido el tiempo que va a durar esto! -gritó Harry introduciendo el cañón del rifle en la negrura de su boca abierta-. Eras tú, lo he sabido siempre. Morirás, en seis segundos vas a morir. ¡Siente miedo!

Un diente pendía de un hilo de carne y la sangre manaba de la boca de la persona sin rostro, pero ella hablaba como si no le importara:

– No puedo defender que dediquemos tiempo y recursos basándonos en consideraciones personales.

En algún lugar, un teléfono empezó a sonar frenéticamente.

– ¡Siente miedo! ¡Siente tanto miedo como el que sintió ella!

– Cuidado, Harry, no dejes que se convierta en una obsesión.

Harry notaba cómo la boca amasaba el cañón del rifle.

– ¡Ella era una colega, cabrón! Era mi mejor… -La máscara se pegaba a la boca de Harry y le dificultaba la respiración. Pero la voz de la persona sin rostro continuó sin inmutarse.

– Vete a la mierda.

– … amiga.

Harry apretó el gatillo hasta el fondo. No pasó nada. Abrió los ojos.

Lo primero que se le ocurrió fue que sólo se había echado una cabezada. Estaba sentado en el mismo sillón verde de orejas, mirando la negra pantalla del televisor. Pero la gabardina era un elemento nuevo. Lo tapaba y le cubría la mitad de la cara, tenía el sabor de la tela mojada en la boca. Y la luz del día inundaba el salón. Entonces notó el mazo. Golpeaba contra un nervio situado justo detrás de los ojos, una y otra vez, con precisión implacable. El resultado fue un dolor a la vez sorprendente y bien conocido. Intentó recapitular. ¿Había terminado en el Schrøder? ¿Había empezado a beber en casa de Anna? Pero su memoria estaba tal como se temía: a oscuras. Recordaba haberse sentado en el salón tras hablar con Anna por teléfono, pero después de eso, todo estaba en blanco. En ese momento afloró el contenido de su estómago. Harry se inclinó fuera del sillón y escuchó el chasquido del vómito en el parqué. Suspiró, cerró los ojos e intentó obviar el timbre del teléfono, que no paraba de sonar. Cuando saltó el contestador, se había dormido.

Era como si alguien cortase su tiempo con unas tijeras y dejara caer los trozos. Harry despertó de nuevo, pero esperó un momento antes de abrir los ojos para averiguar si sentía alguna mejoría. No notaba nada. La única diferencia era que los mazazos se habían extendido a un área algo mayor, que apestaba a vómito, y que sabía que no iba a poder dormirse otra vez. Contó hasta tres, se levantó, se tambaleó encorvado los ocho pasos que lo separaban del baño y dejó que el estómago volviera a vaciarse. Permaneció en pie agarrado a la taza del retrete mientras recuperaba la respiración y, para su sorpresa, vio que la materia amarilla que caía en la blanca porcelana contenía partículas microscópicas rojas y verdes. Consiguió atrapar uno de los trozos rojos entre el dedo índice y el pulgar y lo llevó hasta el lavabo, donde lo lavó y lo alzó a la luz. Colocó el trozo cuidadosamente entre los dientes y masticó. Hizo una mueca cuando notó el jugo picante de guindilla verde. Se lavó la cara y se incorporó. Entonces vio el enorme moratón en el espejo. La claridad del salón le molestaba en los ojos cuando activó el contestador.

– Aquí Beate Lønn. Espero no molestar, pero Ivarsson dijo que tenía que llamar a todos enseguida. Se ha producido otro atraco. En el banco DnB en la calle Kirkeveien, entre el parque Frognerparken y el cruce de Majorstua.

9

La niebla

El sol había desaparecido tras una capa de nubes de color gris acero que se habían venido acercando lentamente a baja altura desde el fiordo de Oslo y, como un preludio a la anunciada lluvia, el viento del sur acudió en coléricas ráfagas. Los canalones silbaban, y las marquesinas que ribeteaban la calle Kirkeveien emitían un persistente traqueteo. Los árboles estaban ahora totalmente desnudos, como si le hubieran arrebatado a la ciudad sus últimos colores y Oslo se hubiera quedado en blanco y negro. Harry se encogió contra el viento y sujetó la gabardina con las manos en los bolsillos. Comprobó que el último botón le había dicho adiós, probablemente en algún momento a lo largo de la tarde o la noche, y no era lo único que le faltaba. Cuando se dispuso a llamar a Anna para que lo ayudase a reconstruir la noche, reparó en que también había perdido el teléfono móvil. Y al llamarla desde el fijo, una voz que Harry creyó reconocer vagamente como la de una antigua locutora le respondió que la persona a la que llamaba no estaba disponible en ese momento, pero que podía dejar su número o un mensaje. Entonces desistió.

Se había recuperado bastante rápido y venció con una facilidad sorprendente las ganas de seguir, de enfilar el camino, demasiado corto, hasta el Vinmonopolet, el comercio estatal del alcohol, o de ir directamente al Schrøder. Se duchó y se vistió y caminó desde la calle Sofie pasando por el estadio de Bislett y la calle Pilestredet, bordeó luego el parque Stensparken y continuó por Majorstua. Le habría gustado saber qué había bebido. En lugar de los obligados dolores de estómago con los que solía firmar el Jim Bean, todos sus sentidos se hallaban envueltos en un manto de niebla que ni las frescas ráfagas de viento lograban despejar.

Ante la sucursal de DnB había dos coches patrulla con la luz azul encendida. Harry mostró la tarjeta de identificación a uno de los agentes uniformados, se agachó para pasar la cinta policial y se dirigió a la puerta de entrada donde Weber hablaba con uno de los colegas de la científica.

– Buenas tardes, comisario -dijo Weber poniendo el énfasis en tardes. Enarcó una ceja al ver el moratón de Harry.

– ¿Ha empezado a pegarte tu mujer?

A Harry no se le ocurría ninguna respuesta ocurrente y optó por sacar un cigarrillo del paquete:

– ¿Qué tenemos aquí?

– Un tipo enmascarado con un rifle AG3.

– ¿Y el pájaro ha volado?

– Más que volado.

– ¿Alguien ha hablado con los testigos?

– Sí, Li y Li están en ello en la comisaría.

– ¿Ya tenemos algunos detalles sobre lo que pasó?

– El atracador le dio a la jefa de la sucursal veinticinco segundos para abrir el cajero mientras él mantenía el rifle contra la cabeza de una de las mujeres que había tras el mostrador.

– E hizo que la mujer hablase por él.

– Sí. Y cuando entró en el banco dijo lo mismo en inglés.

– This is a robbery, don't move -dijo una voz detrás de ellos, seguida de una risa corta y balbuciente-. Me alegro de que pudieses venir, Hole. Vaya, ¿resbalaste en el baño?

Harry encendió el cigarrillo con una mano al tiempo que ofrecía el paquete a Ivarsson, que declinó con la cabeza.

– Ésa es una mala costumbre, Hole.

– Tienes razón. -Harry metió el paquete en el bolsillo interior-. Uno no debe ofrecer sus cigarrillos sino dar por sentado que un caballero compra los suyos propios. Benjamín Franklin dijo eso.

– ¿De verdad? -preguntó Ivarsson ignorando la sonrisa burlona de Weber-. Te has dado cuenta de muchas cosas, Hole. A lo mejor te has dado cuenta también de que el atracador ha atacado de nuevo, tal como dijimos que haría, ¿no?

– ¿Cómo sabes que era él?

– Como habrás notado, es una copia exacta del caso del banco Nordea de la calle Bogstadveien.

– Ah, ¿sí? -dijo Harry inhalando con fuerza-. ¿Dónde está el cadáver?

Ivarsson y Harry se midieron con la mirada. Apareció un destello en los dientes de reptil. Weber terció con una aclaración.

– La jefa de la sucursal fue rápida. Logró vaciar el cajero en veintitrés segundos.

– Ninguna víctima mortal -añadió Ivarsson-. ¿Desilusionado?

– No -dijo Harry y dejó salir el humo por la nariz.

Una ráfaga de aire se llevó el humo, pero la niebla de la cabeza no levantaba.

Halvorsen apartó la vista de Silvia cuando se abrió la puerta.

– ¿Puedes hacer un expreso con muchos octanos, pronto? -preguntó Harry desplomándose en la silla.

– Yo también te deseo buenos días -ironizó Halvorsen-. Tienes una pinta horrible.

Harry apoyó la cara entre las manos:

– No recuerdo una mierda de lo que pasó anoche. No tengo ni idea de lo que bebí, pero no voy a probar ni una gota de eso nunca más.

Miró entre los dedos y vio que el colega tenía una honda arruga de preocupación en la frente.

– Relájate, Halvorsen, son cosas que pasan, ahora estoy sobrio como un mueble.

– ¿Qué pasó?

Harry emitió una risita forzada.

– El contenido del estómago indica que estuve cenando con una vieja amistad. He llamado varias veces para confirmarlo, pero ella no contesta.

– ¿Ella?

– Sí. Ella.

– Te comportaste como un policía poco bueno, ¿quizá? -preguntó Halvorsen con cierto tiento.

– Concéntrate en el café -gruñó Harry-. Sólo una antigua amiga. Todo muy inocente.

– ¿Cómo lo sabes si no te acuerdas de nada?

Harry se frotó el mentón sin afeitar con el dorso de la mano. Teniendo en cuenta que, según Aune, la ebriedad sólo incide en las inclinaciones que ya se tienen, no sabía si sentirse tranquilo. Algunos detalles ya habían empezado a aflorar. Un vestido negro. Anna llevaba puesto un vestido negro. Y él estuvo tumbado en unas escaleras. Le ayudó una mujer. Con media cara. Igual que en los retratos de Anna.

– Siempre me causa pérdidas de memoria -explicó Harry-. Esta vez no es peor que las demás.

– ¿Y ese ojo?

– Supongo que me di contra un armario de la cocina al llegar a casa, o algo así.

– No quiero fastidiarte, Harry, pero tiene pinta de que fue algo más pesado que un armario de cocina.

– Bueno -dijo Harry cogiendo con las dos manos la taza de café-. ¿Doy la impresión de estar arrepentido? Las veces que he tenido peleas estando borracho ha sido con gente que tampoco me caía bien estando sobrio.

– Tengo un recado de Møller. Me pidió que te dijera que parece que se arreglará, pero no dijo qué.

Harry saboreó el café en la boca antes de tragar.

– Vas mejorando, Halvorsen, vas mejorando.

Aquella misma tarde, el grupo de investigación repasó los detalles del atraco durante la reunión de puesta al día celebrada en la comisaría. Didrik Gudmundson explicó que transcurrieron tres minutos desde que sonó la alarma hasta que la policía llegó al banco, pero el atracador ya se había ido del lugar de los hechos. Además de la hilera interior de coches patrulla que enseguida acordonó las calles circundantes, durante los diez minutos siguientes se estableció un cordón exterior en las vías más importantes: la E 18 de Fornebu, la circunvalación 3 de Ullevål, la calle Trondheimsveien que pasaba por el hospital de Aker, la calle Griniveien que pasaba por Bærum, y la intersección de la plaza de Carl Berner.

– Me gustaría poder llamarlo un cordón de hierro, pero ya sabéis cómo son las cosas con el personal del que disponemos hoy día.

Toril Li le había tomado declaración a un testigo que había visto a un hombre con una capucha sentarse en el asiento del copiloto en un Opel Ascona blanco que aguardaba con el motor en marcha en la calle de Majorstuveien. El coche giró a la izquierda para subir por la calle Jacob Aal. Magnus Rian contó que otro testigo había visto un coche blanco, posiblemente un Opel, entrar en un garaje de Vindern y justo después vio salir del mismo lugar un Volvo azul. Ivarsson miró el mapa que colgaba de la pizarra digital.

– No suena del todo improbable. Ola, inicia también una búsqueda de Volvos azules. ¿Weber?

– Hebras de tela -dijo Weber-. Dos tras el mostrador por el que saltó, una en la puerta.

– Yess! -Ivarsson agitó un puño cerrado. Había empezado a caminar alrededor de la mesa por detrás de Harry, cosa que a éste le resultaba muy enervante-. Entonces sólo hay que empezar a buscar candidatos. Colgaremos el vídeo del atraco en internet en cuanto Beate termine de redactarlo.

– ¿Estás seguro de que es buena idea? -preguntó Harry inclinando las silla hacia la pared de forma que interrumpía el paso a Ivarsson.

El jefe de brigada lo miró sorprendido.

– No sé si es buena idea o no, pero no nos importaría que alguien llamara diciendo quién es la persona del vídeo.

Ola interrumpió:

– ¿Alguien recuerda a aquella madre que llamó diciendo que había visto a su hijo en el vídeo de un atraco en internet y que luego resultó que ya estaba en la cárcel por otro atraco?

Risas. Ivarsson sonrió.

– Nunca decimos «no, gracias» a un testigo nuevo, Hole.

– ¿Y a un nuevo imitador?

Harry colocó las manos detrás de la cabeza.

– ¿Un imitador? No te pases, Hole.

– ¿Ah, sí? Si yo fuera a atracar un banco ahora, sin duda imitaría al atracador más buscado de Noruega en estos momentos para que las sospechas recayesen sobre él. Todos los detalles del atraco de la calle Bogstadveien se pueden ver en internet.

Ivarsson negó con la cabeza.

– Me temo que el atracador medio no es tan sofisticado en la vida real, Hole. ¿Alguien más tiene ganas de explicarnos cuál es el rasgo más típico de un atracador en serie? No, pero es que siempre, y con una precisión minuciosa, repite lo que hizo en el último atraco que le salió bien. Hasta que el atraco fracasa, porque no consiga llevarse el dinero o porque lo pillen, el atracador no cambia su forma de actuar.

– Eso convierte tu teoría en probable, pero no descarta la mía -puntualizó Harry.

Ivarsson echó una mirada alrededor de la mesa, como pidiendo ayuda.

– De acuerdo, Hole. Podrás comprobar tus teorías. Acabo de decidir que vamos a introducir un método de trabajo nuevo. Se trata de que una pequeña unidad opere de forma independiente pero paralelamente al grupo de investigación. He tomado la idea del FBI, y la razón es evitar que nos estanquemos en una sola forma de enfocar el caso, algo que ocurre a menudo con grupos grandes donde consceente e inconscientemente se crea un consenso en torno a las líneas generales. La unidad pequeña aporta nuevos puntos de vista porque trabaja con independencia sin recibir influencias del otro grupo. El método ha resultado efectivo en casos complicados. Creo que la mayoría de vosotros estará de acuerdo en que Harry Hole tiene dotes naturales para participar en una unidad así.

Risas dispersas. Ivarsson se detuvo detrás de la silla de Beate.

– Beate, tú estarás con Harry en esa unidad.

Beate se sonrojó e Ivarsson apoyó una mano paternal en su hombro.

– Si resulta que no funciona, avísame.

– Lo haré -dijo Harry.

Harry iba a abrir el portal cuando decidió caminar los diez pasos que lo separaban de la tienda de comestibles a la que Ali acarreaba cajas de fruta y verdura desde la acera.

– ¡Hola, Harry! ¿Estás mejor?

Ali le dedicó una amplia sonrisa y Harry cerró los ojos un instante. En efecto, tal como se temía.

– ¿Me ayudaste, Ali?

– Sólo a subir las escaleras. Cuando abrimos la puerta me dijiste que ya podías solo.

– ¿Cómo llegué? ¿Andando o…?

– En taxi. Me debes ciento veinte.

Harry suspiró y siguió a Ali hasta el interior de la tienda.

– Lo siento, Ali. De verdad. ¿Puedes ofrecerme una versión abreviada sin demasiados detalles desagradables?

– Tú y el taxista discutisteis en la calle. Y, como sabes, nuestro dormitorio mira en esa dirección. -Con una sonrisa amable añadió-: Es una mierda tener una ventana que da a la calle.

– ¿Y cuándo fue eso?

– Muy entrada la noche.

– Tú te levantas a las cinco, Ali; no sé qué significa «muy entrada la noche» para una persona como tú.

– Las once y media. Por lo menos.

Harry prometió que aquello nunca volvería a suceder mientras Ali asentía con la cabeza una y otra vez, como cuando se escuchan historias que ya nos sabemos de memoria desde hace mucho tiempo. Harry le preguntó cómo podía agradecérselo, y Ali contestó que le alquilara el trastero vacío del sótano. Harry dijo que lo pensaría más aún de lo que ya lo había hecho, y le pagó a Ali una cola y una bolsa de pasta y albóndigas.

– Entonces estamos en paz -dijo Harry.

Ali negó con la cabeza.

– Los gastos de comunidad de tres meses -dijo el presidente, tesorero y señor manitas de la comunidad.

– Mierda, lo había olvidado.

– Eriksen -sonrió Ali.

– ¿Quién es?

– Uno que me mandó una carta este verano. Me pidió que le enviase el número de cuenta para pagar los gastos de comunidad de mayo y junio de 1972. Según él, era la razón por la que no había dormido bien los últimos treinta años. Le escribí diciendo que nadie en la casa lo recordaba, así que no hacía falta que pagase. -Ali señaló a Harry con un dedo-. Pero eso no te va a pasar a ti.

Harry levantó los brazos.

– Rellenaré un giro, mañana.

Lo primero que hizo al entrar en el apartamento fue marcar otra vez el número de Anna. Le contestó la misma locutora. Pero no había acabado de vaciar la bolsa de pasta y albóndigas en la sartén, cuando oyó el timbre del teléfono por encima del chisporroteo. Acudió corriendo a la entrada y descolgó el auricular.

– ¡Diga! -gritó.

– Hola -lo saludó una voz muy familiar de mujer ligeramente sobresaltada.

– Ah, ¿eres tú?

– Sí. ¿Quién creías que era?

Harry cerró fuertemente los ojos.

– Un, colega. Ha habido otro atraco.

Sus palabras le sabían a bilis y a guindilla. Y allí estaba de nuevo, ese dolor sordo que se alojaba detrás de los ojos.

– Intenté llamarte al móvil -dijo Rakel.

– Lo he perdido.

– ¿Perdido?

– Me lo he dejado, o me lo han robado, no lo sé, Rakel.

– ¿Pasa algo malo, Harry?

– ¿Malo?

– Se te oye tan… estresado.

– ¿A mí…?

– ¿Sí?

Harry inspiró aire con vehemencia.

– ¿Cómo va el juicio?

Harry escuchaba, pero no lograba barajar las palabras para construir frases que tuvieran sentido. Atinó a oír «situación económica», «lo mejor para el niño» y «conciliación», y comprendió que no había nada nuevo, que la próxima vista había quedado aplazada hasta el viernes y que Oleg se encontraba bien, pero harto de vivir en un hotel.

– Dile que tengo ganas de que volváis -dijo.

Después de colgar, Harry se quedó pensando si debía volver a llamarla. Pero ¿para qué? ¿Para decirle que había cenado con una vieja amiga y que no tenía ni idea de lo que había pasado? Harry puso la mano sobre el teléfono, pero en ese mismo momento pitó el detector de humos de la cocina. Y, tras retirar la sartén y abrir la ventana, el teléfono sonó de nuevo.

Más tarde, Harry pensaría que todo podía haber sido muy distinto si Bjarne Møller no hubiera llamado justo esa noche.

– Ya sé que acabas de terminar tu guardia -dijo Møller-. Pero andamos un poco escasos de gente y han encontrado a una mujer muerta en su apartamento. Parece que se ha pegado un tiro. ¿Puedes darte una vuelta a ver?

– Por supuesto, jefe -dijo Harry-. Te debo una. A propósito, Ivarsson presentó lo de la investigación parálela como una idea suya.

– ¿Qué harías tú si fueras el jefe y hubieras recibido esa orden desde arriba?

– La sola idea de que yo fuera jefe deja fuera de juego a la razón, jefe. ¿Cómo entro en ese apartamento?

– Espera en casa, irán a buscarte.

Veinte minutos más tarde zumbó el timbre; oía aquel sonido tan pocas veces que se sobresaltó. La voz que dijo que el taxi había llegado se percibía metálicamente distorsionada a través del portero automático pero, aun así, Harry notó que se le erizaban los pelos de la nuca. Y cuando bajó y vio el deportivo rojo y bajo, un Toyota MR2, sus sospechas se confirmaron.

– Buenas noches, Hole.

La voz salió de la ventanilla abierta, pero ésta quedaba tan baja que Harry no podía ver a quien hablaba. Harry abrió la puertezuela y lo recibieron los acordes de un bajo funky, de un órgano sintético como un caramelo azul y una conocida voz en falsete:

– You sexy mother fucka!

Harry se sentó con esfuerzo en el estrecho asiento.

– Así que esta noche seremos tú y yo -constató Tom Waaler abriendo apenas su mandíbula teutónica y enseñando una impresionante hilera de dientes perfectos en un rostro tostado por el sol, aunque los ojos, de color azul polar, permanecían fríos.

Harry sólo conocía una persona que lo odiara de verdad. Harry sabía que a ojos de Waaler él era un representante indigno del Cuerpo de Policía, y por lo tanto, un insulto hacia su persona. Harry había expresado en varias ocasiones que no compartía los puntos de vista de Waaler y algunos otros colegas sobre maricas, comunistas, defraudadores de la Seguridad Social, paquistaníes, asiáticos, negros, gitanos y sudacas, y Waaler, a su vez, lo había llamado «borracho periodista de rock». Pero Harry sospechaba que la verdadera razón de su odio radicaba en que bebía. Porque Waaler no soportaba la debilidad. Y a ello atribuía Harry la razón de que pasara tantas horas en el gimnasio dando patadas y golpes contra sacos de arena y aporreando al nuevo sparring de turno. En la cantina, Harry había escuchado a uno de los agentes jóvenes describir con entusiasmo en la voz cómo Waaler había utilizado ambos brazos con uno de los chicos de karate de la banda de los vietnamitas en la estación de Oslo S. Dadas las ideas de Waaler sobre el color de la piel, para Harry era una paradoja que aquel colega se pasara tanto tiempo en el solario del gimnasio, aunque tal vez fuera verdad lo que afirmaban algunas mentes ocurrentes: que Waaler en el fondo no era racista. Repartía tundas entre neonazis y negros por igual. Aparte de lo que todo el mundo sabía, faltaba añadir lo que nadie sabía y algunos intuían. Hacía un año que Sverre Olsen, la única persona capaz de contar por qué Ellen Gjelten fue asesinada, apareció en la cama con una pistola detonada en la mano, y la bala de Waaler entre los ojos.

– Ten cuidado, Waaler.

– ¿Cómo dices?

Harry estiró la mano y atenuó el volumen de los suspiros amorosos.

– Esta noche está resbaladiza. Por la lluvia.

El motor traqueteaba como una máquina de coser, pero era un sonido engañoso porque la aceleración hizo que Harry sintiera la dureza del respaldo. Subieron la cuesta volando, pasaron por el parque Stensparken y continuaron por la calle Suhm.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Harry.

– Aquí -dijo Waaler, torciendo bruscamente a la izquierda justo ante un coche que venía a su encuentro.

La ventanilla seguía abierta y Harry percibía el sonido chasqueante de las hojas que lamían los desgastados neumáticos.

– Bienvenido de nuevo a la Brigada de Delitos Violentos -dijo Harry-. ¿No te querían en el CNI?

– Reestructuración -explicó Waaler-. Además, el jefe de la policía judicial y Møller querían que volviese. No sé si te acuerdas de que logré resultados bastante buenos en esta brigada.

– ¿Cómo iba a olvidarlo?

– Bueno, se dicen tantas cosas sobre los efectos a largo plazo del consumo de alcohol.

Harry tuvo el tiempo justo para apoyar un brazo en el salpicadero antes de que el brusco frenazo lo desplazara hasta el parabrisas. La puerta de la guantera se abrió y algo pesado golpeó la rodilla de Harry antes de caer al suelo.

– ¿Qué coño era eso? -suspiró.

– Jericho 941, una pistola de la policía israelí -dijo Waaler apagando el motor-. No está cargada. Déjala, hemos llegado.

– ¿Por qué no? -preguntó Harry sorprendido, al tiempo que se agachaba para contemplar el edificio amarillo que tenía delante.

Harry notaba que el corazón le empezaba a latir con violencia. Y, mientras buscaba la manilla de la puerta, uno de los muchos pensamientos que le pasaron por la cabeza permaneció: debía llamar a Rakel.

Había vuelto la niebla. Llegó muy despacio desde la calle, desde las rendijas que rodeaban las ventanas cerradas, desde detrás de los árboles de la avenida de la ciudad; salía por la puerta azul que se abrió después de que oyeran el breve ladrido que lanzó Weber a través del portero automático; surgía de las cerraduras de las puertas que iban dejando atrás al subir las escaleras. Envolvió a Harry como un edredón de algodón y, cuando cruzaron la puerta del apartamento, Harry tuvo la sensación de ir caminando sobre nubes y de que todo en su derredor, las personas, las voces, el chisporroteo de los intercomunicadores, la luz parpadeante del flash, habían adquirido un aura de ensueño, un baño de indolencia, porque aquello no era, no podía ser, real. Pero, al llegar ante la cama en la que yacía la muerta con una pistola en la mano derecha y un agujero en la sien, no soportó ver la sangre en la almohada, ni fijar la vista en la de ella, vacía y acusadora, y optó por mirar hacia ese lugar del cabecero hacia el caballo de la cabeza arrancada a mordiscos, a la espera de que la niebla se disipara pronto y él despertase.

10

Sorgenfri

Las voces iban y venían a su alrededor.

– Soy el comisario Tom Waaler. ¿Alguien me puede dar una versión abreviada de los hechos?

– Llegamos hace tres cuartos de hora. Fue este electricista quien la encontró.

– ¿A qué hora?

– A las cinco. Llamó a la policía enseguida. Su nombre es… vamos a ver… Rene Jensen. Aquí tengo su número de identidad y también su dirección.

– Bien. Llama para que te den sus antecedentes.

– Vale.

– ¿Rene Jensen?

– Soy yo.

– ¿Puedes acercarte? Me llamo Waaler. ¿Cómo entraste?

– Como le dije al otro policía, con esta llave de repuesto, ella se pasó por la tienda el martes porque no iba a estar en casa cuando viniera a hacerle un trabajo.

– ¿Porque estaría trabajando?

– No tengo ni idea. No creo que trabajase. Me refiero a un trabajo normal. Dijo que iba a organizar una exposición grande de no sé qué cosas.

– Artista, supongo. ¿Alguien de aquí ha oído hablar de ella?

Silencio.

– ¿Qué hacías en el dormitorio, Jensen?

– Buscaba el baño.

Otra voz.

– El baño está detrás de esa puerta.

– Vale. ¿Te pareció notar algo extraño cuando llegaste al apartamento, Jensen?

– Pues… extraño, ¿cómo qué?

– ¿Estaba cerrada la puerta? ¿Había alguna ventana abierta? ¿Algún olor o sonido fuera de lo normal? Lo que sea.

– La puerta estaba cerrada. No vi ninguna ventana abierta, pero tampoco me fijé mucho. El único olor era como a disolventes…

– ¿Trementina?

La otra voz:

– Hay útiles de pintura en uno de los salones.

– Gracias. ¿Te fijaste en alguna otra cosa, Jensen?

– ¿Qué fue lo último que preguntaste?

– Por algún sonido.

– ¡Eso, sonido! No, no oí ningún ruido, un silencio sepulcral. Bueno…, ja, ja, no era mi intención…

– No pasa nada, Jensen. ¿Conocías a la difunta?

– Nunca la había visto antes de que viniera a la tienda. Parecía muy segura de sí misma.

– ¿Qué clase de trabajo te encargó?

– Arreglar los cables del termostato de la calefacción, en el baño.

– ¿Puedes hacernos el favor de mirar si realmente hay algún problema? Si es verdad que el termostato está estropeado, vamos.

– Por qué… ya entiendo, por si lo había planeado todo para que la encontrásemos, ¿no es eso?

– Algo así.

– Vale, pero el termostato está kaputt.

– ¿Kaputt?

– Estropeado.

– ¿Cómo lo sabes?

Pausa.

– Te dijeron que no tocases nada, ¿verdad, Jensen?

– Sí, pero tardasteis tanto en llegar que me puse un poco nervioso; necesitaba hacer algo.

– ¿De modo que ahora la difunta tiene un termostato que funciona?

– Bueno…, je, je… sí.

Harry intentó salir de la cama, pero los pies no querían moverse. El médico había cerrado los ojos de Anna, y ahora parecía dormida. Tom Waaler había mandado al electricista a su casa con la advertencia de que permaneciera localizable durante los días siguientes, y despachó a los agentes de guardia que se habían presentado. Harry no creía que pudiera llegar a sentirlo alguna vez, pero se alegraba de que Tom Waaler estuviese presente. De no ser por la presencia de aquel colega experimentado, no se habría planteado ninguna pregunta racional, ni tampoco habría tomado ninguna decisión sensata.

Waaler le preguntó al médico si podía emitir alguna conclusión preliminar.

– Obviamente, la bala ha entrado por el cráneo, ha destruido el cerebro y, por lo tanto, paralizó todas las funciones vitales. Si damos por supuesto que la temperatura ambiente ha permanecido constante, la temperatura corporal indica que lleva por lo menos dieciséis horas muerta. No hay señales de otro tipo de violencia. Pero… -El médico hizo una pausa calculada-. Las cicatrices de las muñecas indican que ha intentado hacer esto anteriormente. Una conjetura meramente especulativa, pero cualificada, es que era maníaca depresiva o únicamente depresiva y suicida. Apuesto a que hallaremos algún expediente sobre ella en la consulta de algún psicólogo.

Harry intentó decir algo, pero la lengua tampoco obedecía.

– Lo sabré con más seguridad cuando la estudie más a fondo.

– Gracias, doctor.

– ¿Quieres decir algo, Weber?

– El arma es una Beretta M92F, un arma muy común. Encontramos sólo una serie de huellas dactilares localizadas en la empuñadura y que, necesariamente, tienen que ser de ella. El proyectil estaba alojado en uno de los listones de la cama, y el tipo de munición se corresponde con el del arma, así que el análisis balístico indica que el proyectil se disparó con esta pistola. Pero tendréis el informe completo mañana.

– Muy bien, Weber. Una cosa más. Entiendo que el apartamento estaba cerrado cuando llegó el electricista. Me fijé en que la cerradura era de pestillo y no de resorte, lo cual descarta que alguien pudiera haber estado dentro del apartamento y luego saliera por la puerta. A no ser que tal persona se llevase la llave de la difunta para abrir, claro. Si encontramos su llave podemos acercarnos a una conclusión rápida.

Weber asintió con la cabeza y levantó un lápiz amarillo del que colgaba un manojo de llaves.

– Estaba encima de la cómoda de la entrada. Es una llave que no se puede copiar, de esas que sirven para el portal y todos los cuartos comunes. Lo he comprobado, y abre la cerradura de este apartamento.

– Estupendo. Entonces sólo nos falta una carta de suicidio firmada. ¿Alguna objeción a que lo consideremos un caso claro?

Waaler miró a Weber, al médico y a Harry.

– Vale. Entonces podemos comunicar la triste noticia a los allegados y éstos podrán venir a identificarla.

Salió al pasillo y Harry permaneció en pie junto a la cama. Al momento, Waaler volvió a asomarse.

– ¿A que es cojonudo cuando el solitario sale enseguida? ¿Hola?

El cerebro de Harry mandó un mensaje a la cabeza para que emitiera un gesto de asentimiento, pero no tenía ni idea de si obedeció.

11

La ilusión

Pongo el primer vídeo. Al pasarlo fotograma a fotograma veo la llamarada. Las partículas de pólvora que aún no se han trasformado en energía pura, cual enjambre candente de asteroides que ha seguido al cometa grande hasta el interior de la atmósfera, y allí se consume mientras el cometa continúa adentrándose inmutable. Y no hay nada que hacer porque ésa es la órbita que se decidió hace millones de años, antes de la humanidad, antes de los sentimientos, antes de que nacieran el odio y la misericordia. La bala penetra en la cabeza, cercena el pensamiento, da una vuelta en torno a los sueños. Y en el núcleo de la esfera craneal se astilla la última reflexión, que es un impulso nervioso del centro del dolor, un último SOS contradictorio para uno mismo antes de que todo enmudezca. Hago clic en el vídeo con el otro título. Miro por la ventana mientras el ordenador ronronea y busca en la noche cibernética de internet. Hay estrellas en el cielo, y pienso que cada una de ellas es una prueba de la inmovilidad del destino. No tienen ningún sentido, se elevan por encima de la necesidad humana de lógica y coherencia. De ahí su belleza, pienso.

Ya está listo el otro vídeo. Pulso play. Play a play. Es como un teatro ambulante que representa la misma obra, pero en un escenario nuevo. Los mismos diálogos y movimientos, la misma indumentaria, la misma escenografía. Sólo los extras han cambiado. Y la escena final. No hubo tragedia esta noche.

Estoy contento de mí mismo. He encontrado la esencia del personaje que represento: el frío antagonista que sabe lo que quiere y mata si debe hacerlo. Nadie intenta prolongar el tiempo, nadie se atreve a hacerlo después de lo de Bogstadveien. Por eso soy Dios durante esos dos minutos, ciento veinte segundos que me he concedido a mi mismo. Y la ilusión funciona. La gruesa ropa debajo del mono, las plantillas dobles, las lentes de contacto de color, y los estudiados movimientos.

Apago el ordenador y la habitación se queda a oscuras. Lo único que me llega del exterior es un lejano zumbido urbano. Hoy he visto al Príncipe. Un tío raro; me da la sensación ambivalente de un Pluvianus aegytius, el chorlito egipcio, ese pequeño pájaro que se dedica a limpiar la boca del cocodrilo. Me dijo que todo está bajo control; el Grupo de Atracos no ha encontrado ninguna pista. Le entregué su parte y él me dio la pistola Israeli que me había prometido.

Debería estar contento, pero no hay nada que me pueda volver íntegro otra vez.

Después llamé a la Comisaría General desde una cabina pero no quisieron transmitirme ninguna información hasta que dije que era un familiar. Me comunicaron que había sido un suicidio, que Anna se había pegado un tiro. El caso se ha archivado. Tuve el tiempo justo de colgar antes de echarme a reír.

SEGUNDA PARTE

12

Freitot

– Albert Camus dijo que el suicidio es el único problema serio de la filosofía -articuló Aune olfateando el cielo gris que se extendía sobre la calle Bogstadveien-. Porque la decisión sobre si vale la pena vivir o no contesta la pregunta básica de la filosofía. Todo lo demás, si el mundo tiene tres dimensiones o el alma nueve o doce categorías, viene después.

– Ya -dijo Harry.

– Muchos de mis colegas han investigado por qué se suicida la gente. ¿Sabes cuál es la causa más frecuente?

– Eso es lo que esperaba que tú me respondieras.

Harry tuvo que practicar eslalon entre la gente que transitaba la estrechez de la acera para mantenerse al lado del rechoncho psicólogo.

– Que ya no quieren vivir más -dijo Aune.

– Suena como para ganarse el premio Nobel.

Harry llamó a Aune la noche anterior para quedar en acercarse a buscarlo a las nueve a su despacho de la calle Sporveisgata. Pasaron por delante de la sucursal de Nordea y Harry reparó en que el contenedor de basura verde todavía estaba delante del 7-Eleven, al otro lado de la calle.

– A menudo olvidamos que la decisión de suicidarse la suelen tomar personas racionales y mentalmente sanas que piensan que la vida ya no tiene nada que ofrecerles -dijo Aune-. Personas mayores que han perdido a su pareja de toda la vida o cuya salud empeora (o ya es mala), por ejemplo.

– Esta mujer era joven y estaba sana. ¿Qué motivos racionales podía tener?

– Primero habría que definir qué entendemos por racional. Cuando una persona deprimida elige escapar del dolor quitándose la vida, hay que suponer que lo ha sopesado. Por otro lado, es difícil ver el suicidio como algo racional en la situación típica en que una persona que intenta salir del bache encuentra fuerzas para ejecutar ese acto planificado que es el suicidio.

– ¿Tú crees que el suicidio puede ser un acto espontáneo?

– Por supuesto que puede serlo. Pero es más normal que se empiece por intentos de suicidio, especialmente entre las mujeres. En EE.UU. se calcula que, entre las mujeres, por cada suicidio consumado, se producen diez casos de lo que llamamos intentos de suicidio.

– ¿Llamamos?

– La ingesta de cinco pastillas de somníferos es una petición de socorro, lo cual también es serio pero no lo considero un intento de suicidio cuando el resto del frasco está medio lleno en la mesilla.

– Ésta se pegó un tiro.

– Un suicidio masculino, entonces.

– ¿Masculino?

– Una de las razones por las que los hombres consiguen suicidarse más a menudo que las mujeres es precisamente que eligen métodos más agresivos y letales que ellas. Armas y edificios altos en lugar de cortes en las muñecas y sobredosis de pastillas. Es muy raro que una mujer se pegue un tiro.

– ¿Raro hasta el punto de que resulte sospechoso?

Aune miró a Harry.

– ¿Tienes razones para pensar que no fue un suicidio?

Harry negó con la cabeza.

– Sólo quiero asegurarme por completo. Tuerce a la derecha, el apartamento está en esta calle.

– ¿La calle Sorgenfri? -Aune lanzó un aullido y miró al cielo cargado de amenazantes nubes-. Por supuesto.

– ¿Por supuesto?

– Sorgenfri. Sans souci. Sin pena. Ése era el nombre del palacio de Christophe, el rey haitiano que se suicidó al ser apresado por los franceses. Fue él quien enfiló sus cañones contra el cielo para vengarse de Dios, ya sabes.

– Bueno…

– Y sabrás lo que dijo el escritor Ola Bauer sobre esta calle, ¿no?: «Me mudé de la calle Sorgenfri, pero eso tampoco me sirvió de ayuda».

Aune se rió tan de buena gana que le temblaba la papada.

Halvorsen los esperaba delante del portal.

– Me encontré con Bjarne Møller al salir de la comisaría -dijo-. Me dio a entender que este asunto ya estaba zanjado.

– Sólo vamos a comprobar los últimos cabos sueltos -explicó Harry mientras abría la puerta con la llave que le había dado el electricista.

Habían retirado las cintas policiales de la puerta del apartamento y ya habían levantado el cadáver; por lo demás, todo estaba como la noche anterior. Entraron en el dormitorio. La sábana blanca de la gran cama destacaba en la penumbra.

– Bueno, ¿qué estamos buscando? -quiso saber Halvorsen mientras Harry retiraba las cortinas.

– Una llave de repuesto del apartamento -aclaró Harry.

– ¿Por qué?

– Hemos supuesto que tenía una sola llave de repuesto, la que le dio al electricista. He investigado un poco.

– No se pueden hacer copias de las llaves maestras en cualquier sitio; hay que encargarlas al fabricante a través de un cerrajero autorizado. Puesto que la llave abre zonas comunes, como el portal y la puerta del sótano, la comunidad quiere llevar un control de las llaves. Por eso los inquilinos necesitan un permiso escrito de la comunidad para encargar llaves nuevas, ¿verdad? Y según un acuerdo con la comunidad, el cerrajero autorizado es responsable de mantener un registro sobre las llaves entregadas a cada apartamento. Ayer por la tarde llamé al cerrajero de la calle Vibe. Anna Bethesen recibió dos llaves de repuesto, de modo que en total son tres llaves. Una la encontramos en el apartamento, y el electricista tenía otra. Pero ¿dónde está la tercera llave? Mientras no se encuentre, no podemos descartar que hubiera alguien aquí cuando ella murió y que después saliera y cerrara con llave tras de sí.

Halvorsen asintió lentamente con la cabeza.

– Así que buscamos la tercera llave.

– La tercera llave. Puedes empezar a buscarla aquí dentro, Halvorsen, mientras tanto le enseño otra cosa a Aune.

– De acuerdo.

– Ah sí, lo olvidaba. No te extrañes si encuentras mi teléfono móvil. Creo que me lo dejé aquí ayer por la tarde.

– ¿No me dijiste que lo habías perdido anteayer?

– Lo encontré. Y lo volví a perder. Ya sabes…

Halvorsen meneó la cabeza. Harry condujo a Aune por el pasillo hasta los salones.

– Te he pedido que vengas porque no conozco a nadie más que sepa pintar.

– Eso es mucho decir.

Aune todavía respiraba con dificultad después de subir las escaleras.

– Vale, pero por lo menos tienes idea de arte y esperaba que pudieras explicarme algo sobre esto.

Harry abrió las puertas correderas del salón del fondo, encendió la luz y señaló. Pero en vez de contemplar los tres cuadros, Aune susurró un suave «oh» y se dirigió hacia la lámpara de pie de tres cabezas. Extrajo las gafas del bolsillo interior de la americana de tweed, se inclinó y leyó el pesado pie.

– ¡Fíjate! Una lámpara auténtica de Grimmer.

– ¿Grimmer?

– Bertol Grimmer. Un diseñador alemán mundialmente famoso. Entre otras cosas, diseñó el monumento de la victoria que Hitler erigió en París en 1941. Podría haberse convertido en uno de los artistas más importantes de nuestros tiempos pero, justo cuando estaba en la cima de su carrera, se supo que era gitano en un setenta y cinco por ciento. Lo enviaron a un campo de concentración y borraron su nombre de todos los edificios y obras de arte en los que había participado. Grimmer sobrevivió, pero sufrió un accidente en la cantera donde trabajaban los gitanos que le aplastó los dedos. Continuó trabajando después de la guerra pero, debido a la lesión, no alcanzó nunca su antiguo nivel. Sin embargo, apostaría a que esta lámpara data de los años posteriores a la guerra.

Aune levantó la pantalla.

Harry carraspeó.

– Yo me refería más bien a estos retratos.

– De aficionado -dijo Aune-. Mejor que contemples esta esbelta figura de mujer. La diosa Némesis, el motivo favorito de Bertol Grimmer. La diosa de la venganza. La venganza es también un motivo habitual de suicidio, ¿sabes? Uno cree que los demás tienen la culpa de que su vida haya sido un fracaso y entonces se suicida para que se sientan culpables. Bertol Grimmer también se suicidó, después de matar a su mujer porque tenía un amante. Venganza, venganza, venganza. ¿Sabías que el ser humano es el único ser vivo que practica la venganza? Lo interesante en relación con la venganza…

– ¿Aune?

– Ya, vale, se trata de estos cuadros. Quieres que intente interpretarlos, ¿verdad? Bueno, se asemejan algo a las impresiones de tinta de Rochach.

– Ya. ¿Esas imágenes que utilizáis para que los pacientes establezcan asociaciones?

– Correcto. Así que el problema en este caso es que si interpreto estos cuadros diré más de mi vida interior que de la de ella. Por otra parte, ya no hay nadie que crea en las impresiones de tinta de Rochach, así que ¿por qué no? Vamos a ver… Estos cuadros son bastante oscuros. Reflejan más enojo que depresión, quizá. Pero es obvio que uno de ellos está inacabado.

– ¿A lo mejor tiene que ser así, a lo mejor forman un todo?

– ¿Qué te hace decir eso?

– No lo sé. Tal vez porque la luz de cada una de las tres lámparas ilumina perfectamente cada uno de los cuadros.

– Ya. -Aune se llevó un brazo al pecho y reflexionó un momento con el dedo índice en los labios-. Tienes razón. Sí que tienes razón. Y, ¿sabes qué, Harry?

– Bueno. No.

– Eso no me dice, perdona la expresión, una mierda. ¿Hemos acabado?

– Sí. Espera, un pequeño detalle, ya que pintas. Como ves, la paleta está a la izquierda del caballete. ¿Eso no es poco práctico?

– Sí, a menos que uno sea zurdo.

– Entiendo. Ayudaré a Halvorsen a buscar. No sé cómo agradecértelo, Aune.

– Ya lo sé. Añadiré una hora en la próxima factura.

Halvorsen había terminado en el dormitorio.

– No poseía gran cosa -dijo-. Casi tengo la sensación de estar buscando en una habitación de hotel. Sólo hay ropa y artículos de aseo, una plancha, toallas, ropa de cama y cosas así. Pero ni un retrato de familia, una carta o documentos personales.

Una hora más tarde Harry entendió a qué se refería Halvorsen. Habían registrado todo el apartamento y estaban de vuelta en el dormitorio sin haber encontrado ni siquiera una factura de teléfono o un extracto bancario.

– Es lo más extraño que he visto nunca -insistió Halvorsen sentándose junto a Harry en el escritorio-. Tiene que haberlo recogido ella. A lo mejor quería llevarse todo lo referente a su persona, o a cualquier persona, al irse, ya me entiendes.

– Comprendo. ¿No viste signos de que hubiera habido un laptop en el escritorio?

– ¿Lap-top?

– Un ordenador portátil.

– ¿De qué hablas?

– ¿No ves este pálido cuadrado en la madera? -Harry señaló el escritorio-. Parece que aquí hubo un lap-top pero que alguien lo ha retirado.

– Ah, ¿sí?

Harry notó la mirada escrutadora de Halvorsen.

Ya en la calle se quedaron observando las ventanas de Anna en la fachada de color amarillo pálido, mientras Harry se fumaba un cigarrillo que, arrugado como un acordeón, había encontrado en el bolsillo interior de la gabardina.

– Es curioso lo de los allegados -dijo Halvorsen.

– ¿El qué?

– ¿Møller no te lo ha contado? No encontraron dirección alguna ni de padres, ni de hermanos, ni nada, sólo de un tío que está en prisión. Møller mismo tuvo que llamar a la funeraria para que se llevasen a la pobre chica. Como si no fuera bastante solitario morirse.

– Ya. ¿A qué funeraria?

– Sandemann -dijo Halvorsen-. El tío quería que la incinerasen.

Harry le dio una calada al cigarrillo y observó el ascenso del humo hasta que desapareció. El fin de un proceso iniciado cuando un agricultor sembró semillas de tabaco en un campo de México. En cuatro meses la semilla se convirtió en una planta de tabaco alta como un hombre y, dos meses más tarde, se recolectó, se prensó, se secó, se clasificó, se empaquetó y se envió a las fábricas de RJ Reynolds en Florida o en Texas, donde se convirtió en un cigarrillo con filtro dentro de miles de cajetillas de Camel, amarillas y envasadas al vacío, apiladas en un fardo que se cargó en un barco rumbo a Europa. Ocho meses después de ser la hoja de una planta verde que germinaba bajo el sol de México, se cae del paquete de cigarrillos alojado en el bolsillo de la gabardina de un hombre borracho cuando éste se precipita por unas escaleras o sale a trompicones de un taxi, o utiliza la gabardina como manta porque no puede, o no se atreve a abrir la puerta del dormitorio con tantos monstruos debajo de la cama. Y entonces, cuando al fin encuentra el cigarrillo, arrugado y lleno de restos del bolsillo, introduce un extremo en su boca maloliente y lo enciende. Y, luego, cuando la hoja de tabaco seca y desmenuzada pasa un breve instante de placer dentro de este cuerpo, sale expulsada de nuevo y finalmente…, finalmente es libre. Libre para deshacerse, para convertirse en nada. Para caer en el olvido.

Halvorsen carraspeó un par de veces.

– ¿Cómo sabías que había encargado las llaves precisamente al cerrajero de la calle Vibe?

Harry dejó caer la colilla y se arrebujó en la gabardina.

– Parece que Aune tenía razón -dijo-. Va a llover. Si vas directamente a la comisaría, me gustaría ir contigo.

– Seguramente, Harry, en Oslo hay cien cerrajeros.

– Ya. Llamé al vicepresidente de la comunidad. Knut Arne Ringnes. Un tipo amable. Llevan veinte años recurriendo a la empresa de cerrajería Låsesmeden. ¿No vamos?

– Me alegro de que hayas venido -dijo Beate Lønn cuando Harry entró en House of Pain-. Anoche descubrí algo. Mira esto. -Rebobinó el vídeo y pulsó el botón de pausa. Una imagen temblorosa del rostro de Stine Grette mirando al atracador encapuchado llenaba la pantalla-. He aumentado un campo del vídeo. Quería ver el rostro de Stine lo más grande posible.

– ¿Por qué? -preguntó Harry dejándose caer en una silla.

– Si miras el contador verás que esto ocurre ocho segundos antes de que el Dependiente dispare…

– ¿El Dependiente?

Ella sonrió incómoda.

– Es un apelativo que le he asignado para entenderme yo. Mi abuelo tenía una granja, así que yo… bueno.

– ¿Dónde?

– Valle, en Setesdal.

– ¿Y allí viste matanzas de animales?

– Sí.

Su tono de voz no invitaba a abundar en el tema. Beate pulsó el botón de slow, y el rostro de Stine recobró vida. Harry la vio parpadear a un cuarto de la velocidad normal y mover los labios. Había empezado a temer el disparo cuando Beate detuvo el vídeo.

– ¿Lo has visto? -preguntó ansiosa.

Pasaron unos segundos antes de que Harry se percatase.

– ¡Stine dijo algo! -exclamó-. Dice algo justo antes de que le dispare pero en la grabación sonora no se oye nada.

– Porque está susurrando.

– ¡Cómo no me he dado cuenta antes! Pero ¿por qué? Y, ¿qué dice?

– Confío en saberlo pronto. He conseguido un especialista del Centro de Sordos que podrá leer los labios. Está en camino.

– Bien.

Beate miró el reloj. Harry se mordió el labio inferior, respiró hondo y dijo:

– Oye, Beate…

Notó que la colega se ponía tensa al llamarla por su nombre de pila.

– Tuve una colega que se llamaba Ellen Gjelten.

– Lo sé -dijo ella, rápidamente-. Fue asesinada junto al río Akerselva.

– Sí. Cuando ella y yo nos estancábamos, solíamos utilizar diferentes técnicas para activar la información que queda registrada en el subconsciente. Juegos de asociación en los que anotábamos palabras en un papel, y cosas así. -Harry sonrió algo incómodo-. A lo mejor suena un poco vago, pero a veces daba resultado. Así que pensé que nosotros podíamos intentar lo mismo.

– ¿Ajá?

Harry se dio cuenta otra vez de que Beate parecía mucho más tranquila cuando se concentraban en un vídeo o en la pantalla de un ordenador. Ahora lo miró como si le hubiera propuesto jugar al póquer pagando prendas.

– Quisiera saber lo que sientes en relación con este caso -dijo.

Ella se rió algo insegura.

– Lo que siento…

– Olvida los hechos por un momento. -Harry se inclinó sobre la silla-. No actúes con corrección. No tienes que demostrar lo que digas. Sólo di lo que te dicte el corazón.

Ella se quedó mirando fijamente a la mesa. Harry esperó. Ella levantó la vista y lo miró a los ojos:

– Creo que es un caso B.

– ¿Un caso B?

– Que gana el contrario. Que es uno de los cincuenta casos de cada cien que no vamos a poder resolver.

– De acuerdo. ¿Por qué no?

– Simple matemática. Si piensas en todos los idiotas que no logramos capturar, un hombre como el Dependiente, que lo tiene todo muy bien pensado y evidentemente sabe cómo trabajamos, tiene prácticamente todas las de ganar.

– Ya. -Harry se frotó la cara-. Así que eso es lo que sientes, o sea, tus entrañas sólo hacen cálculos mentales.

– No solamente. También me guío por la forma en que lo hace. Tan decidido. Como si estuviese empujado por algo…

– ¿Qué es lo que lo empuja, Beate? ¿Codicia?

– No lo sé. En las estadísticas sobre atracos la codicia es el móvil número uno, y la emoción el número dos y…

– Olvida las estadísticas, Beate. Ahora estás investigando, ahora no te limitas a analizar tomas de vídeo sino tus propias interpretaciones subconscientes de lo que has visto. Créeme, es la herramienta más importante con la que cuenta un investigador para guiarse. -Beate lo miró. Harry sabía que estaba a punto de lograr que se lanzara-. ¡Venga! -insistió-. ¿Qué empuja al Dependiente?

– Sentimientos.

– ¿Qué tipo de sentimientos?

– Sentimientos intensos.

– ¿Qué tipo de sentimientos, Beate?

Ella cerró los ojos.

– Amor u odio. Odio. No, amor. No lo sé.

– ¿Por qué le disparó?

– Porque él… no.

– Venga. ¿Por qué le disparó?

Harry había desplazado la silla hasta la de ella, a menos de un palmo de distancia.

– Porque tiene que hacerlo. Porque está decidido… de antemano.

– Bien. ¿Por qué está decidido de antemano?

Y, entonces, llamaron a la puerta.

Harry habría preferido que Fritz Bjelke, del Centro de Sordos, no se hubiera dado tanta prisa en acudir a ayudarles pedaleando por las calles del centro. Pero ya estaba en la puerta, un hombre rechoncho y sonriente con gafas redondas y casco de bicicleta de color rosa. Bjelke no era sordo y, desde luego, tampoco mudo. Para que Bjelke adquiriera toda la información posible sobre las posturas labiales de Stine Grette, pusieron en primer lugar la parte inicial del vídeo, en la que se oía lo que decía. Bjelke no paró de hablar mientras la cinta estuvo en marcha.

– Soy especialista pero, en realidad, todos leemos los labios a pesar de oír lo que dice la persona que habla. Por eso nos resulta tan molesto que el sonido y la imagen no estén sincronizados, aunque sólo se trate de un desfase de centésimas de segundo.

– Bueno -observó Harry-. Yo personalmente no saco nada de los movimientos de sus labios.

– El problema es que sólo un treinta o un cuarenta por ciento de las palabras se puede leer directamente en los labios. Para entender el resto hay que fijarse en la expresión facial y el lenguaje corporal, y utilizar el sentido lingüístico y la lógica adecuados para introducir las palabras que faltan. Pensar es tan importante como ver.

– Aquí empieza a susurrar -dijo Beate.

Bjelke cerró rápidamente la boca, y siguió los imperceptibles movimientos labiales de la pantalla profundamente concentrado. Beate paró la grabación antes de que se produjera el disparo.

– Vale -dijo Bjelke-. Otra vez.

Y a continuación:

– Otra vez.

Y luego:

– Otra vez, por favor.

Después de siete veces hizo un gesto afirmativo indicando que había visto suficiente.

– No entiendo lo que quiere decir -declaró el experto. Harry y Beate intercambiaron una mirada desconcertada-. Pero creo que sé lo que dice.

Beate tuvo que correr un poco para seguir a Harry.

– Está considerado como el mejor experto del país en esto -observó la colega.

– Da igual -sentenció Harry-. Él mismo afirmó que no estaba seguro.

– ¿Y qué pasaría si dijo lo que dice Bjelke?

– No concuerda. Tiene que haber pasado por alto un «no».

– No estoy de acuerdo.

Harry se detuvo de pronto y Beate estuvo a punto de chocar con él. Ella miró con cierto temor los ojos muy abiertos de Harry.

– Bien -dijo él.

Beate estaba confundida.

– ¿Qué quieres decir?

– Los desacuerdos son buenos. El desacuerdo implica que a lo mejor has visto o entendido algo que ni tú misma sabes, de momento. Y yo no he entendido nada. -Él echó a andar, de nuevo-. Así que vamos a suponer que tienes razón. Pensemos adonde nos lleva eso.

Se detuvo ante el ascensor y pulsó el botón de llamada.

– ¿Adónde vas ahora? -preguntó Beate.

– A comprobar un detalle. No tardaré ni una hora en volver.

Las puertas del ascensor se abrieron y de él salió el comisario jefe Ivarsson.

– ¡Vaya! -exclamó con una sonrisa-. ¿Los maestros detectives detrás de la pista? ¿Algo nuevo de lo que informar?

– Supongo que el meollo del asunto de los grupos paralelos está en que no tenemos que andar siempre informando -dijo Harry al tiempo que esquivaba a Ivarsson y entraba en el ascensor-. Si es que os he entendido bien a ti y al FBI.

Ivarsson sonrió ampliamente y consiguió sostenerle la mirada.

– Por supuesto que hay que compartir la información clave.

Harry apretó el botón del primer piso pero Ivarsson se colocó entre las puertas y las bloqueó.

– ¿Y bien?

Harry se encogió de hombros.

– Stine Grette le susurró algo al atracador antes de que éste le disparase.

– ¿Y qué?

– Creemos que le susurró «Es culpa mía».

– ¿Es culpa mía?

– Sí.

Ivarsson frunció el entrecejo.

– Eso no puede ser correcto, ¿no? Sería más lógico que dijera «no es culpa mía», es decir, que no era culpa suya que el jefe de la sucursal tardara seis segundos de más en meter el dinero en la bolsa.

– Estoy en desacuerdo -dijo Harry mirando el reloj con descaro-. Hemos contado con la ayuda de uno de los mejores expertos del país en ese campo. Pero Beate te puede facilitar los detalles.

Ivarsson se apoyó en una de las hojas de la puerta del ascensor que, obcecado, le golpeaba la espalda insistentemente con la otra.

– Así que, con el aturdimiento, se olvida del «no». ¿Es eso todo lo que tenéis, Beate?

Beate se sonrojó.

– Acabo de empezar a ver el vídeo del atraco de la calle Kirkeveien.

– ¿Alguna conclusión?

Su mirada vagó de Ivarsson a Harry.

– Nada, de momento.

– Así que nada-dijo Ivarsson-. Entonces, seguramente os alegrará saber que hemos localizado a diez sospechosos que hemos traído para que presten declaración. Y tenemos un plan para soltar al fin a Raskol.

– ¿Raskol? -preguntó Harry.

– Raskol Baxhet, el mismísimo rey de los ratones -explicó Ivarsson con una sonrisa satisfecha antes de agarrarse las presillas del cinturón, aspirar ufano y subirse los pantalones-. Pero seguramente Beate podrá facilitarte los detalles.

13

Mármol

Harry tenía claro que, respecto a algunas cosas, era un ser mezquino. Con la calle Bogstadveien, por ejemplo. No le gustaba la calle Bogstadveien. No sabía exactamente por qué, a lo mejor era porque en esa calle, adoquinada a base de oro y petróleo, el summum de la felicidad en el país de la Felicidad, nadie sonreía. Él tampoco sonreía, pero él vivía en Bislett, no le pagaban por sonreír, y en este momento tenía un par de buenas razones para no sonreír. Claro que eso no significaba que a Harry, como a la mayoría de los noruegos, no le gustara que le sonrieran a él.

En su fuero interno, Harry intentó disculpar al chico que había detrás del mostrador del 7-Eleven pensando que quizás odiase su trabajo, que tal vez él también viviese en Bislett y que empezaba a llover de nuevo.

Aquel rostro pálido salpicado de acné enrojecido y virulento miró con desinterés la tarjeta de identificación policial de Harry.

– ¿Cómo voy a saber cuánto tiempo lleva ahí ese contenedor?

– Porque es verde y porque te tapa la mitad de la vista de la calle Bogstadveien -dijo Harry.

El chico dejó escapar un suspiro y se apoyó las manos en las caderas que apenas le sujetaban los pantalones.

– Una semana. Más o menos. Oye, hay una cola de gente esperando detrás de ti.

– Ya. He mirado dentro. No contiene casi nada, salvo unas botellas vacías y algunos periódicos. ¿Sabes quién lo encargó?

– No.

– Veo que tienes una cámara de vigilancia encima del mostrador. Por el ángulo, parece cubrir el contenedor situado ante la ventana.

– Si tú lo dices.

– Si aún conservas la grabación del viernes pasado, me gustaría verla.

– Llama mañana, estará Tobben aquí.

– ¿Tobben?

– El jefe comercial.

– Entonces propongo que llames a Tobben ahora mismo para que te autorice a darme la cinta, y no os molestaré más.

– Mira a tu alrededor -insistió el joven con el rostro más encendido aún-. Ahora no tengo tiempo de ponerme a buscar un vídeo.

– ¿Ah, no? -dijo Harry sin volverse-. ¿A lo mejor después de cerrar?

– Tenemos abierto las veinticuatro horas -dijo el chico alzando la vista al cielo.

– Era una broma -dijo Harry.

– Vale, jajá -dijo el chico con voz de sonámbulo-. ¿Vas a comprar algo o qué?

Harry negó con la cabeza y el chico miró por encima del hombro de Harry:

– ¡Caja libre!

Harry suspiró y se volvió hacia la cola que se apiñaba en dirección al mostrador.

– Nada de caja libre. Soy de la policía de Oslo -dijo mostrando la tarjeta de identidad-. Esta persona está detenida por pronunciar mal el noruego.

Como ya se ha dicho, Harry era mezquino en relación con ciertas cosas. Pero ahora se alegró de la reacción conseguida. Le gustaba que le sonrieran.

Aunque no con la sonrisa que parece integrar la formación profesional de predicadores, políticos y agentes funerarios. Sonríen con los ojos mientras hablan y eso confirió al señor Sandemann, de la Funeraria Sandemann, un fervor que, unido a la temperatura de la sala de camillas situada bajo la iglesia de Majorstua, hizo sentir a Harry escalofríos. Miró a su alrededor. Dos féretros, una silla, una corona, un agente funerario, un traje negro y un peluquín.

– Está tan bonita -observó Sandemann-. Llena de paz. Plácida. Digna. ¿Es usted de la familia?

– No exactamente.

Harry le enseñó su identificación policial con la esperanza de que el fervor estuviera reservado para los allegados. No lo estaba.

– Es trágico que una persona se vaya de esa manera -sonrió Sandemann mientras juntaba las palmas de las manos.

Los dedos del agente eran excepcionalmente delgados y torcidos.

– Me gustaría revisar la ropa que llevaba la difunta cuando la encontraron -dijo Harry-. En la agencia dijeron que tú la habías traído aquí.

Sandemann asintió con la cabeza, buscó una bolsa de plástico blanca y explicó que la guardaba por si podía entregársela a los padres o hermanos, si se presentaban. Harry buscó en balde algún bolsillo en la falda negra.

– ¿Busca usted algo en particular? -preguntó Sandemann en un tono inocente, mirando por encima del hombro de Harry.

– Una llave -dijo Harry-. ¿No encontrasteis nada cuando… la desnudasteis?

Sandemann cerró los ojos y negó con la cabeza. Lo único que tenía bajo la ropa era a sí misma. Aparte de la foto que llevaba en el zapato, claro.

– ¿Una foto?

– Sí. Extraño, ¿verdad? Seguramente, una costumbre de ellos. Todavía está en el zapato.

Harry sacó de la bolsa un zapato negro de tacón alto, y al momento la vio en el umbral de la puerta al llegar. Vestido negro, zapatos negros, boca roja. Una boca muy roja.

La imagen era una fotografía arrugada de una mujer y tres niños en una playa, parecía una foto veraniega tomada en algún lugar de Noruega, con rocas vivas y pinos altos en las colinas del fondo.

– ¿Ha venido algún familiar? -preguntó Harry.

– Sólo su tío. Según un colega suyo, claro.

– ¿Claro?

– Sí, entiendo que está cumpliendo condena.

Harry no contestó. Sandemann se inclinó hacia delante encorvando la espalda, la pequeña cabeza se hundió entre los hombros otorgándole el aspecto de un cuervo.

– ¿Qué habrá hecho? -Su voz, susurrante, sonaba también como el grito gutural de un ave-. Para que ni siquiera lo dejen asistir al funeral, quiero decir.

Harry carraspeó.

– ¿Puedo verla?

Sandemann parecía decepcionado, pero señaló cortésmente uno de los féretros.

Como de costumbre, a Harry le impresionó hasta qué punto podía llegar a embellecer un cadáver el trabajo de un profesional. Anna parecía realmente estar en paz. Le tocó la frente. Fue como tocar un bloque de mármol.

– ¿Qué es ese collar? -preguntó Harry.

– Monedas de oro -dijo Sandemann-. Lo trajo el tío.

– ¿Y qué es esto?

Harry levantó un fajo de papel atado con una goma ancha y marrón. Eran billetes de cien.

– Es una costumbre que tienen -explicó Sandemann.

– ¿De quiénes hablas?

– ¿No lo sabía? -Sandemann dibujó una sonrisa con sus labios finos y húmedos-. Era de etnia gitana.

Todas las mesas de la cantina de la comisaría estaban ocupadas por colegas que conversaban animadamente. Menos una. Y a ella se dirigió Harry.

– Con el tiempo conocerás gente -auguró. Beate lo miró sin entender, y él comprendió que tal vez tenían más en común de lo que había pensado. Se sentó y dejó delante de ella la cásete de VHS-. Ésta es de la tienda 7-Eleven que hay frente al banco, del día del atraco. Y esta otra, del jueves anterior. ¿Puedes ver si hay algo interesante

– ¿Ver si el atracador pasó por allí, quieres decir? -murmuró Beate con la boca llena de pan y foie-gras.

Harry contempló las rebanadas de pan preparadas en casa.

– Bueno -dijo-. Siempre cabe abrigar la esperanza.

– Claro -convino ella y se le llenaron los ojos de Jágrimas mientras intentaba tragar-. En el 93 hubo un atraco en el banco Kredittkassen de Frogner y el atracador llevaba bolsas de plástico para el dinero. Las bolsas tenían propaganda de la gasolinera Shell, de modo que supervisamos las grabaciones de vigilancia de la gasolinera de Shell más próxima. Resultó que el atracador había pasado por allí para comprar las bolsas diez minutos antes del atraco. Con la misma ropa, pero sin capucha. Lo detuvimos media hora más tarde.

– ¿Nosotros, hace diez años? -se extrañó Harry.

El rostro de Beate cambió de color como un semáforo. Cogió la rebanada de pan e intentó esconderse detrás de ella.

– Mi padre -murmuró.

– Lo siento, no era mi intención…

– No importa -respondió enseguida.

– Tu padre…

– Falleció -lo atajó ella-. Hace mucho.

Harry permaneció sentado oyéndola masticar y mirándose las manos.

– ¿Por qué has traído una cinta de la semana anterior al atraco? -preguntó Beate.

– Por el contenedor -'dijo Harry.

– ¿Qué pasa con el contenedor?

– Llamé a la empresa encargada del servicio de contenedores para preguntar. Lo solicitó el martes un tal Stein Støbstad, de la calle Industrigata, y se entregó en el lugar acordado el día siguiente, justo delante del 7-Eleven. Hay dos Stein Støbstad en Oslo, y ambos niegan haber encargado un contenedor. Mi teoría es que el atracador lo mandó poner ahí para tapar la visibilidad a través de la ventana, para que la cámara no lo filmase de frente cuando cruzara la calle al salir del banco. Si estuvo comprobando la ubicación del contenedor en el 7-Eleven el mismo día que hizo el encargo, quizá veamos en el vídeo a alguna persona mirando a la cámara y por la ventana para estudiar los ángulos y esas cosas.

– Eso, si tenemos suerte. El testigo que estaba delante del 7-Eleven dice que el atracador seguía enmascarado cuando cruzó la calle. ¿Por qué iba a tomarse entonces tantas molestias con el contenedor?

– A lo mejor el plan era quitarse la capucha mientras cruzaba la calle. -Harry lanzó un suspiro-. No lo sé, sólo sé que pasa algo con ese contenedor verde. Lleva ahí una semana y, aparte de alguna persona que arroja basura dentro al pasar, nadie lo ha utilizado.

– Vale -dijo Beate al tiempo que cogía la película de VHS y se levantaba.

– Otra cosa -dijo Harry-. ¿Qué sabes sobre ese Raskol Baxhet?

– ¿Raskol? -Beate frunció el ceño-. Era una especie de mito hasta que se entregó. Según los rumores, tenía algo que ver en el noventa por ciento de los atracos de Oslo. Apuesto a que es capaz de identificar a todo el que haya cometido un atraco en esta ciudad en los últimos veinte años.

– Así que Ivarsson lo va a utilizar para eso. ¿Dónde se encuentra?

Beate señaló con el dedo pulgar por encima del hombro.

– Brigada A, al otro lado de ese campo de ahí fuera.

– ¿En la cárcel de Botsen?

– Sí. Y en todo el tiempo que lleva ahí, se ha negado a hablar con la policía.

– ¿Y cómo piensa Ivarsson que lo va a conseguir?

– Por fin ha dado con algo que Raskol quiere y con lo que puede negociar. En Botsen dicen que es lo único que Raskol ha pedido desde que llegó. Se trata de un familiar recién fallecido.

– ¿Ah, sí? -dijo Harry, confiando en que no lo delatara la expresión de su rostro.

– La entierran dentro de dos días y Raskol le ha enviado al director de la prisión una petición en la que le ruega encarecidamente que le permitan asistir.

Cuando Beate se marchó, Harry permaneció sentado. Había terminado la hora del almuerzo y la cantina se iba quedando vacía. Era lo que se llama luminosa y acogedora y estaba regentada por Las Cantinas del Estado, así que Harry prefería almorzar fuera. Pero de repente recordó que fue precisamente aquí donde había bailado con Rakel en la fiesta de Navidad, justo en aquel lugar se decidió a abordarla. O al revés. Aún recordaba la sensación de aquella espalda arqueada contra la palma de su mano.

Rakel.

Anna sería enterrada dentro de dos días y no cabía duda de que había muerto por su propia mano. La única persona que había estado allí y que podía contradecirlos a todos era él mismo, pero no recordaba nada. Entonces, ¿por qué no lo dejaba estar? Tenía mucho que perder y nada que ganar. ¿Por qué no se olvidaba de todo el asunto aunque sólo fuera por ellos, por Rakel y él?

Harry se acodó en la mesa y apoyó la cara en las manos.

Si hubiera podido contradecirlos, ¿lo habría hecho?

Los colegas de la mesa contigua se volvieron al oír el decidido arañazo de la silla contra el suelo y vieron que aquel policía de mala reputación, pelo muy corto y piernas largas salía de la cantina a toda prisa.

14

Lotería

La campanilla del estrecho y oscuro quiosco sonó con furia cuando ambos hombres entraron corriendo. Elmers Frukt & Tobakk era uno de los últimos quioscos de este tipo, con revistas especializadas sobre vehículos de motor, caza, deporte y pornografía ligera en una pared, y en la otra, cigarrillos y puros, y tres montoncitos de quinielas en el mostrador entre regaliz y cerditos de mazapán secos y grises con un lazo navideño del año anterior.

– Justo a tiempo -aseguró Elmer, un hombre delgado y calvo que rondaba los sesenta, con bigote y acento norteño.

– Joder, éste ha venido muy deprisa -se lamentó Halvorsen sacudiéndose la lluvia de los hombros.

– El típico otoño de Oslo -dijo el norteño con su forzado acento de Oslo.

– O sequía o lluvia torrencial. ¿Un Camel de veinte?

Harry asintió con la cabeza y sacó la cartera.

– ¿Y dos rascas para el joven agente?

Elmer le entregó a Halvorsen los dos boletos de lotería y el joven sonrió algo incómodo mientras se los guardaba rápidamente en el bolsillo.

– ¿Puedo fumarme un cigarrillo aquí dentro, Elmer? -preguntó Harry mirando el chaparrón que caía en la acera, de pronto vacía de gente, al otro lado de la sucia ventana.

– Por supuesto -dijo Elmer entregándoles el cambio-. Veneno y juego son mi medio de vida.

Inclinó levemente la cabeza y pasó detrás de una cortina marrón que colgaba torcida y tras la cual se oía el borboteo de una cafetera.

– Ésta es la foto -dijo Harry-. Solamente quiero que descubras quién es la mujer.

– ¿Solamente?

Halvorsen miró la foto granulada y arrugada que le entregó Harry.

– Empieza por averiguar dónde la hicieron -dijo Harry en medio de un ataqué de tos que sufrió al intentar retener el humo en los pulmones-. Parece un lugar de vacaciones. Si es así, habrá una pequeña tienda de comestibles, alguien que alquile cabañas, cosas así. Si la familia de la foto va con asiduidad en vacaciones, alguno de los que trabajen allí sabrá quiénes son. Cuando lo sepas, me dejas el resto a mí.

– ¿Todo esto porque la foto estaba en un zapato?

– No es un lugar muy corriente para guardar una foto, ¿no?

Halvorsen se encogió de hombros y miró hacia la calle.

– No para -dijo Harry.

– Lo sé, pero tengo que irme a casa.

– ¿A qué?

– A algo que se llama vida. Nada que te interese.

Harry levantó las comisuras para dar a entender que había captado la broma.

– Pásalo bien.

Resonaron las campanillas y la puerta se cerró detrás de Halvorsen. Harry dio una calada y, mientras estudiaba la selección de lecturas de Elmer, pensó que compartía pocos intereses con los noruegos corrientes. ¿Sería porque ya no tenía ninguno? La música sí, pero nadie había hecho nada bueno en diez años, ni siquiera los viejos héroes. ¿Películas? Hoy día se sentía afortunado cuando salía de ver una película sin sentirse lobotomizado. Por lo demás, nada. En otras palabras, lo único que aún le interesaba era encontrar a la gente y encerrarla. Y ni siquiera eso hacía latir su corazón con tanta rapidez como antaño. Lo que lo asustaba, pensó Harry y puso una mano sobre el mostrador frío y liso de Elmer, era que la situación no lo preocupara. Que se hubiera rendido. Que envejecer sólo le resultara liberador.

Las campanillas volvieron a sonar con furia.

– Se me olvidó contarte lo del joven que detuvimos ayer por posesión ilegal de armas -dijo Halvorsen-. Roy Kvinsvik, uno de esos cabezas rapadas de la pizzeria de Herbert. Estaba en el umbral de la puerta mientras la lluvia le bailaba alrededor de los zapatos mojados.

– ¿Sí?

– Era evidente que tenía miedo así que le dije que me diera algo que me sirviera para dejarlo ir sin más.

– ¿Y?

– Dijo que vio a Sverre Olsen en Grunerløkka la noche que Ellen fue asesinada.

– ¿Y qué? Tenemos varios testigos que lo vieron.

– Sí, pero ese tipo vio a Olsen sentado en un coche hablando con una persona.

A Harry se le cayó el cigarrillo al suelo. No lo recogió.

– ¿Sabía quién era? -preguntó muy despacio.

Halvorsen negó con la cabeza.

– Sólo conocía a Olsen.

– ¿Te lo describió?

– Sólo recuerda que el tío le pareció un agente de policía. Pero dijo que probablemente lo reconocería.

Harry sintió el calor bajo la gabardina y pronunció cada palabra con absoluta claridad.

– ¿Te dijo qué modelo de coche era?

– No, pasó muy deprisa.

Harry asintió con la cabeza, pasando la mano de un lado a otro del mostrador.

Halvorsen carraspeó.

– Pero creía que era un deportivo.

Harry miró el cigarrillo que humeaba en el suelo.

– ¿Color?

Halvorsen hizo un gesto cansino con la mano.

– ¿Era rojo? -preguntó Harry quedamente, con la voz empañada.

– ¿Qué dices?

Harry se enderezó.

– Nada. No olvides su nombre. Y vete a casa y a tu vida. Y volvieron a tintinear las campanillas.

Harry dejó de pasar la mano por el mostrador, la dejó quieta. De repente dio la impresión de que su mano fuese de frío mármol.

Astrid Monsen tenía cuarenta y cinco años y vivía de traducir literatura francesa en la oficina de su casa, en la calle Sorgenfrigata, y no había ningún hombre en su vida, aunque sí una grabación continua del ladrido de un perro que se repetía sin cesar junto a la puerta y que activaba por las noches. Harry oyó sus pasos al otro lado y el ruido de, por lo menos, tres cerraduras, antes de que la puerta se entreabriera dando paso a una cara menuda y pecosa que lo miraba bajo unos rizos negros.

– Huy -profirió aquel rostro al ver la figura voluminosa de Harry.

A pesar de ser una cara desconocida, tuvo la sensación de haberla visto antes. Con total probabilidad, debido a la detallada descripción que Anna le hizo de su temerosa vecina.

– Harry Hole, de la Brigada de Delitos Violentos -se presentó enseñando la tarjeta-. Perdone que la moleste tan tarde. Tengo algunas preguntas que hacerle sobre la noche en que murió Anna Bethsen.

Intentó exhibir una sonrisa tranquilizadora al ver que a la chica le costaba cerrar la boca. Harry vio a lo lejos el movimiento de la cortina que cubría la ventanita de la puerta del vecino.

– ¿Puedo entrar señora Monsen? Sólo será un momento.

Astrid Monsen retrocedió dos pasos y Harry aprovechó la oportunidad para colarse y cerrar la puerta tras de sí. Ahora también pudo examinar todo su peinado afro. Obviamente, estaba teñido de negro y envolvía su pequeña cabeza como un enorme globo terráqueo.

Se quedaron de pie uno frente al otro en la entrada escasamente iluminada, decorada con flores secas y un póster enmarcado del Museo Chagall de Niza.

– ¿Me había visto ya en alguna otra ocasión? -preguntó Harry.

– ¿Qué… quiere decir?

– Sólo si me había visto antes. Ya hablaremos de lo otro.

La boca de ella se abrió y se cerró. Luego negó con la cabeza.

– Bien -dijo Harry-. ¿Estaba en casa el martes por la noche?

Ella afirmó vacilante con la cabeza.

– ¿Vio u oyó algo?

– Nada -respondió la mujer, con demasiada premura, a juicio de Harry.

– Tómese su tiempo y piénselo -dijo intentando sonreír con amabilidad, aunque no era ése el más ensayado de su reducido repertorio de gestos faciales.

– En absoluto -dijo ella mientras buscaba con la mirada la puerta detrás de Harry-. Nada en absoluto.

Harry encendió un cigarrillo en cuanto salió a la calle. Había oído a Astrid Monsen echar el cierre de seguridad tan pronto como él salió por la puerta. Pobrecita. Ella era la última de la ronda y podía concluir que nadie del edificio había visto ni oído nada en la escalera, ni a él ni a nadie más, la noche que murió Anna.

Tiró el cigarrillo después de dos caladas.

Ya en casa pasó un buen rato sentado en el sillón de orejas mirando el ojo rojo del contestador antes de pulsar el botón de reproducción. Eran Rakel, que llamó para darle las buenas noches, y un periodista que quería unas declaraciones sobre ambos atracos. Después rebobinó la cinta y escuchó el mensaje de Anna: «¿Y podrías, por favor, ponerte los vaqueros que sabes que tanto me gustan?».

Se frotó la cara. Sacó la cinta y la tiró a la basura.

Fuera caía la lluvia y, dentro, Harry practicaba un poco de zapping. Balonmano femenino, telenovelas y un concurso para hacerse millonario. Harry se detuvo en SVT, donde un filósofo y un antropólogo social discutían el concepto de venganza. Uno afirmaba que un país como EE.UU., representativo de ciertos valores morales como la libertad y la democracia, tiene la responsabilidad moral de vengar ataques contra su territorio puesto que también representan una agresión a esos valores. Sólo la promesa de venganza -y su materialización- puede proteger un sistema tan vulnerable como una democracia.

– ¿Y si esos mismos valores representados por la democracia se convierten en la víctima de un acto de venganza? -replicó el otro-. ¿Qué pasa si se vulneran los derechos de otro país contemplados en el derecho internacional? ¿Qué clase de valores defendemos cuando civiles inocentes se ven privados de sus derechos por dar caza a los culpables? Y, ¿qué hay de la moral que nos enseña a poner la otra mejilla?

– El problema -dijo el otro sonriendo-, es que sólo tenemos dos mejillas, ¿verdad?

Harry apagó el televisor. Pensó en llamar a Rakel pero resolvió que era demasiado tarde. Intentó leer algo de un libro de Jim Thompson, pero se dio cuenta de que le faltaban las páginas desde la veinticuatro a la treinta y ocho. Se levantó y echó a andar de un lado a otro del salón. Abrió la nevera y miró con desinterés un queso blanco y un tarro de mermelada de fresa. Cerró la puerta de la nevera de golpe. ¿A quién quería engañar? Le apetecía una copa.

A las dos de la madrugada se despertó en el sillón con la ropa puesta. Se levantó, fue al baño y bebió un vaso de agua.

– Mierda -se dijo a sí mismo en el espejo.

Se dirigió al dormitorio y encendió el ordenador. Encontró 104 artículos sobre suicidio en la red, pero ninguno sobre venganza, sólo palabras sueltas y un motón de referencias a motivos de venganza en la literatura y en la mitología griega. Iba a apagarlo cuando reparó en que no había abierto el correo en varias semanas. Tenía dos mensajes. Uno era de su operador, que lo informaba de un corte, de hacía quince días. El otro lo remitía anna.beth@chello.no. Pulsó y leyó el mensaje: «Hola, Harry. Acuérdate de las llaves». Anna. La hora del envío indicaba que lo había mandado dos horas antes de que la viera por última vez. Volvió a leer el mensaje. Tan corto. Tan… simple. Supuso que era el tipo de correo que la gente se manda. «Hola, Harry». Supuso que cualquier extraño los percibiría como viejos amigos, pero sólo se habían conocido durante seis semanas, en el pasado, y él ni siquiera sabía que ella tuviera su dirección de correo electrónico.

Cuando se durmió, soñó de nuevo que estaba en el banco con el rifle. Las personas que había a su alrededor eran de mármol.

15

Gadzo

– ¡Vaya día bueno que hace hoy! -exclamó Bjarne Møller al entrar en el despacho de Harry y Halvorsen a la mañana siguiente.

– Tú lo sabrás porque tienes ventana -dijo Harry levantando la vista de la taza de café-. Y una silla de oficina nueva -añadió cuando Møller se dejó caer en el defectuoso asiento de Halvorsen, que emitió un lamento de dolor.

– Vaya -dijo Møller-. Hoy parece que tienes un mal día, ¿no?

Harry se encogió de hombros.

– Me acerco a los cuarenta y empiezo a volverme un poco cascarrabias, ¿pasa algo?

– En absoluto. Por cierto, me gusta verte con traje.

Harry levantó la solapa sorprendido, como si acabara de darse cuenta del traje oscuro que llevaba puesto.

– Ayer hubo una reunión de la brigada -dijo Møller-. ¿Quieres la versión completa o la abreviada?

Harry removía el café con un lápiz.

– No nos dejan seguir investigando el caso de Ellen. ¿Es eso?

– El caso está resuelto hace mucho, Harry. Y el jefe de la Brigada Científica dice que le estás dando la lata para que comprueben toda clase de antiguas pistas técnicas.

– Hay un testigo nuevo que ayer…

– Siempre hay un testigo nuevo, Harry. Simplemente, no quieren saber nada de todo eso.

– Pero…

– Punto final, Harry. Lo siento.

Møller se dio la vuelta en el umbral.

– Sal al sol. A lo mejor es el último día cálido en una buena temporada.

– Se rumorea que hace sol -dijo Harry cuando entró a ver a Beate en House of Pain-. Sólo para que lo sepas.

– Apaga la luz -dijo ella-. Te voy a enseñar algo.

Sonaba preocupada cuando lo llamó por teléfono, pero no le había dicho por qué. La joven levantó el mando a distancia.

– No encontré nada en la cinta del día que encargaron el contenedor, pero mira ésta, del día del atraco.

Harry vio en la pantalla una imagen general del 7-Eleven. Vio el contenedor verde fuera, delante de la ventana, y dentro, los dulces de luz en el expositor, la nuca y la raja del culo del chico con el que había hablado el día anterior. Estaba atendiendo a una chica que compró leche, la revista Det Nye y unos condones.

– La grabación es de las 15.05, es decir, quince minutos antes del atraco. Mira ahora.

La chica cogió sus cosas y se fue, la cola avanzó, y un hombre con un mono negro, gorra de visera y orejeras bien encajadas señaló algo en el mostrador. Mantuvo la cabeza gacha y no pudieron verle la cara. Debajo del brazo llevaba doblada una bolsa negra.

– Hay que joderse -susurró Harry.

– Es el Dependiente -dijo Beate.

– ¿Seguro? Mucha gente usa monos negros, y el atracador no llevaba gorra.

– Cuando se aleja del mostrador se ve que son los mismos zapatos que los del vídeo del atraco. Y fíjate en el abultamiento que hay en el lado izquierdo del mono. Es el AG3.

– Lo lleva pegado al cuerpo con cinta adhesiva-. Pero ¿qué demonios hace en el 7-Eleven?

– Espera a que llegue el transporte de valores y necesita un punto de observación donde nadie se fije en él. Ha estado en el lugar anteriormente y sabe que Securitas llega entre las 15.15 y 15.20. Mientras tanto no puede andar dando vueltas por ahí vestido con pasamontañas para anunciar que piensa atracar un banco, por eso utiliza una gorra que le cubre la cara al máximo. Cuando llega a la caja se ve, si te fijas muy bien, un pequeño rectángulo de luz que se mueve por el mostrador. Es el reflejo del cristal. Lleva gafas de sol, puto Dependiente.

Ella hablaba bajito, pero rápido y con una excitación que Harry no le había oído antes.

– Obviamente, sabe que hay una cámara de vigilancia también en el 7-Eleven, no nos deja ver nada de su cara. ¡Fíjate cómo está pendiente de los ángulos! Lo hace bastante bien, hay que reconocerle el mérito.

El chico de detrás del mostrador le entregó al hombre del mono un dulce de luz y, al mismo tiempo, cogió la moneda de diez coronas que éste había dejado sobre el mostrador.

– ¡Mira! -exclamó Harry.

– Exacto -dijo Beate-. No lleva guantes. Pero no parece que haya tocado nada en la tienda. Y ahí se ve ese rectángulo de luz del que te hablé.

Harry no vio nada.

El hombre salió de la tienda mientras atendían al último de la cola.

– Ya. Tenemos que volver a buscar testigos -dijo Harry levantándose.

– Yo no sería demasiado optimista -advirtió Beate con la mirada todavía fija en la pantalla-. Acuérdate de que sólo se presentó un único testigo que había visto al Dependiente fugarse en medio de la aglomeración del viernes. La muchedumbre es el mejor escondite del atracador.

– Bien, pero ¿tienes alguna otra idea?

– Que te sientes. Te estás perdiendo el clímax.

Harry la miró ligeramente sorprendido y se volvió hacia la pantalla. El chico del mostrador se había vuelto hacia la cámara con un dedo enterrado en lo más hondo de la nariz.

– Vaya clímax-masculló Harry.

– Fíjate en el contenedor, al otro lado de la ventana.

Había reflejos en el cristal, pero se veía con claridad al hombre del mono negro. Estaba fuera de la acera, entre el contenedor y un coche aparcado. Le daba la espalda a la cámara y miraba hacia el banco mientras se comía el dulce. Había dejado la bolsa sobre el asfalto.

– Ése es su punto de vigilancia -dijo Beate-. Encargó el contenedor y lo mandó poner exactamente ahí. Es una idea simple y genial. Le permite estar al tanto de cuándo llega el transporte de valores al mismo tiempo que lo oculta de las cámaras de vigilancia del banco. Y fíjate en su manera de estar de pie. Primero, la mitad de la gente que pasa por la acera ni siquiera lo ve, por el contenedor. Y luego, la gente que lo consigue, ve a un hombre con mono y gorra al lado de un contenedor, un obrero de la construcción, un empleado de una empresa de mudanzas, un empleado de la limpieza. Resumiendo, nada que se quede grabado en la corteza cerebral. No es extraño que no consigamos testigos.

– Deja unas buenas huellas dactilares en ese contenedor -observó Harry-. Lástima que no haya parado de llover esta última semana.

– Pero ese dulce de luz…

– También se come las huellas dactilares -suspiró Harry.

– … le da sed. Fíjate ahora.

El hombre se inclinó, abrió la cremallera de la bolsa y extrajo una bolsa de plástico blanca de la que sacó una botella.

– Coca-cola -susurró Beate-. Utilicé el zoom en el fotograma antes de que vinieras. Es una botella de vidrio con un corcho de vino.

El hombre del mono sujetó la parte superior de la botella mientras sacaba el corcho. Luego se inclinó hacia atrás, sostuvo la botella en alto y la vertió. Vieron salir del cuello de la botella la última gota, pero la gorra tapaba tanto la boca abierta como la cara. Volvió a meter la botella en la bolsa de plástico, la ató e iba a meterla en la bolsa, pero se detuvo.

– Fíjate, está pensando -susurró Beate quedamente-. ¿Cuánto espacio ocupará el dinero? ¿Cuánto espacio ocupará el dinero?

El protagonista del vídeo miró el interior de la bolsa. Miró el contenedor. Se decidió y, con un rápido movimiento del brazo, lanzó la bolsa con la botella, la cual voló formando un arco hasta aterrizar en el centro del contenedor abierto.

– Canasta de tres puntos -rugió Harry.

– ¡Victoria en casa! -gritó Beate.

– ¡Joder! -exclamó Harry.

– ¡No! -suspiró Beate golpeando el volante con la frente, en plena desesperación.

– Seguro que acaban de estar aquí -dijo Harry-. ¡Espera!

Abrió la puerta de golpe delante de un ciclista que logró esquivarla, cruzó la calle, entró en el 7-Eleven hasta el mostrador.

– ¿Cuándo retiraron el contenedor? -le preguntó al chico que estaba cobrando dos salchichas Big-Bite a un par de chicas culonas.

– Joder, espera tu turno -le replicó el chico sin levantar la vista.

Una de las chicas emitió un gruñido de indignación cuando Harry se inclinó hacia delante bloqueando el acceso a la botella de ketchup para agarrar la pechera verde del chico.

– Hola, soy yo otra vez -dijo Harry-. Atiende bien lo que digo, de lo contrario, te meteré la salchicha por el…

La expresión de miedo del chico hizo que Harry se controlase. Lo soltó y señaló hacia la ventana a través de la cual ahora se veía la sucursal de Nordea, al otro lado de la calle, debido al vacío que había dejado el contenedor verde.

– ¿Cuándo retiraron el contenedor? ¡Responde!

El chico tragó saliva y miró a Harry.

– Ahora. Ahora mismo.

– ¿Cuándo es ahora?

– Hace… dos minutos -respondió con la piel de gallina.

– ¿Adónde fueron?

– ¿Cómo lo voy a saber? Yo no entiendo nada de contenedores.

– ¿Que no entiendes?

– ¿Qué?

Pero Harry ya se había largado.

Harry se apretó el móvil rojo de Beate contra el oído.

– ¿ La Central de Tratamiento de Residuos de Oslo? Llamo de la policía, soy Harry Hole. ¿Dónde vierten sus contenedores? Sí, los privados. ¿Metódica, dónde está…? La calle Verkseier Furulundsvei, en Alnabru. Gracias. ¿Qué? ¿O Grønnmo? ¿Cómo sabré cuál…?

– Mira -dijo Beate-. Hay atasco.

Los coches formaban una pared aparentemente impenetrable en dirección al cruce delante de Lorry, en la calle Hegdehaugsveien.

– Teníamos que haber tomado la calle Uranienborgveien -se lamentó Harry-. O la calle Kirkeveien.

– Lástima que no eres tú quien conduce -dijo Beate subiéndose a la acera con la rueda delantera derecha mientras tocaba el claxon y pisaba el acelerador.

La gente saltó para hacerse a un lado.

– ¿Hola? -dijo Harry al teléfono-. Acabáis de recoger un contenedor verde en la calle Bogstadveien, cerca del cruce con la calle Industrigata. ¿Dónde está ahora ese contenedor? Sí, espero.

– Vamos a Alnabru -propuso Beate metiéndose en el cruce del tranvía.

Las ruedas cayeron sobre los raíles metálicos antes de alcanzar el asfalto y Harry tuvo una vaga sensación de déjà vu.

Habían llegado hasta la calle Pilestredet cuando el hombre de la Central de Tratamiento de Residuos volvió al auricular para comunicarle que no localizaban al conductor, pero que probablemente el contenedor iba camino de Alnabru.

– Bien -dijo Harry-. ¿Podéis llamar a Metódica y pedirles que esperen para vaciar el contenido en el horno hasta que nosotros…? ¿Que tienen la centralita cerrada entre las once y media y las doce? Pero… ¡Ten cuidado! No, no, hablo con el conductor. No, con mi conductor…

Cuando atravesaban el túnel de Ibsen, Harry llamó a la comisaría de Grønland para que mandasen un coche patrulla a Metódica, pero el vehículo más cercano estaba a una distancia de por lo menos quince minutos.

– ¡Mierda!

Harry arrojó el móvil por encima de su hombro y dio un golpe en el salpicadero.

En la rotonda entre Byporten y Plaza, Beate se coló por la línea blanca entre un autobús rojo y una Chevy Van y, cuando bajaron desde el nudo a ciento diez y derrapó haciendo chirriar los neumáticos y manteniendo el control en la cerrada curva que había delante de la estación de ferrocarril de Oslo S, Harry comprendió que aún había esperanza.

– ¿Quién demonios te ha enseñado a conducir? -preguntó agarrándose mientras hacían eses por entre los coches, en la vía de tres carriles que los conduciría al túnel de Ekeberg.

– Yo -respondió Beate.

En medio del túnel de Vålerenga apareció ante ellos un camión grande y feo que escupía diesel. Circulaba despacio por el carril derecho y en la plataforma de carga, sujeto por dos brazos elevadores amarillos a ambos lados, había un contenedor verde con las letras «Oslo Vaktmesterservice».

– Yess! ¡Síííí! -exclamó Harry.

Beate giró para situarse delante del camión, redujo la velocidad y puso el intermitente derecho. Harry bajó la ventanilla y sacó un brazo con la tarjeta de identificación, al mismo tiempo que hacía señales con la otra mano para que el camión se apartara a un lado de la vía.

Al conductor no le importaba que Harry echara un vistazo al interior del contenedor, pero le parecía mejor que esperasen a llegar a Metódica donde podrían verter el contenido en el suelo.

– No queremos que se rompa la botella -gritó Harry desde la plataforma, intentando hacerse oír pese al ruido de los coches que pasaban.

– No, más que nada pensaba en el traje tan bueno que llevas -respondió el conductor.

Pero Harry ya se había subido al contenedor. Un instante después se oyó un estruendo, como un trueno procedente del interior del contenedor, y el conductor y Beate oyeron a Harry maldecir en voz muy alta. Luego lo oyeron escarbar… Y finalmente, un nuevo «yess!» antes de que asomara por el borde del contenedor blandiendo una bolsa de plástico blanca, como un trofeo.

– Dale la botella a Weber enseguida y dile que es urgente -ordenó Harry mientras Beate arrancaba el coche-. Salúdalo de mi parte.

– ¿Eso nos será de ayuda?

Harry se rascó la cabeza.

– No. Di sólo que es urgente.

Ella se rió. Con brevedad y poco entusiasmo, pero Harry se percató de ello.

– ¿Siempre eres tan entusiasta? -preguntó la colega.

– ¿Yo? ¿Y tú qué? Estabas dispuesta a que nos matáramos mientras conducías para conseguir esta prueba, ¿no?

Beate sonrió, pero no contestó. Se limitó a mirar un rato el espejo retrovisor antes de girar. Harry miró el reloj.

– ¡Demonios!

– ¿Llegas tarde a alguna cita?

– ¿Podrías llevarme a la iglesia de Majorstua?

– Por supuesto. ¿Es ésa la razón por la que llevas traje oscuro?

– Sí. Un… amigo mío.

– Entonces, mejor que te quites esa plasta marrón que tienes en el hombro.

Harry volvió la cabeza.

– Del contenedor -dijo y se sacudió-. ¿Ha desaparecido ya?

Beate le dio un pañuelo.

– Inténtalo con un poco de saliva. ¿Era un buen amigo?

– No. Bueno, sí… Por un tiempo lo fue, quizá. Pero hay que ir al funeral, ¿no?

– ¿Hay que ir?

– ¿Tú no vas?

– Sólo he estado en un único funeral en toda mi vida.

Permanecieron en marcha durante un rato en silencio.

– ¿Tu padre?

Ella asintió con la cabeza.

Pasaron el cruce de Sinsen. En Muselunden, el gran descampado que se extendía debajo de Haraldsheimen, un hombre y dos chiquillos habían logrado volar una cometa. Los tres tenían la vista fija en el cielo azul y llegaron a ver que el hombre cedía la seda al mayor de los niños.

– Todavía no hemos encontrado al que lo hizo -observó Beate.

– No, así es -dijo Harry-. Todavía no.

– Dios nos da y Dios nos quita -dijo el pastor mirando hacia los bancos vacíos y al hombre alto de pelo corto que acababa de entrar de puntillas y buscaba un sitio al fondo.

Esperó mientras el eco de un sollozo alto y desgarrador moría bajo la bóveda.

– Aunque a veces nos da la impresión de que sólo quita.

El pastor puso énfasis en quita, y la acústica elevó la palabra y la llevó hacia atrás. El sollozo volvió a aumentar de intensidad. Harry miró a su alrededor. Creía que Anna, tan sociable y vivaracha, tendría muchos amigos pero Harry sólo contó ocho personas, seis en el primer banco y cuatro más atrás. Ocho. Bueno. ¿Cuántas irían a su propio funeral? No estaría tan mal que fueran ocho personas.

El sollozo venía del primer banco, donde Harry distinguió tres cabezas tocadas de pañuelos de vivos colores, y tres hombres con la cabeza descubierta. Las otras dos personas que habían acudido eran un hombre, sentado a la izquierda, y una mujer junto al pasillo central. Reconoció el peinado afro en forma de globo terráqueo de Astrid Monsen.

Entonces crujieron los pedales del órgano y resonó la música. Un salmo. Misericordia de Dios. Harry cerró los ojos y percibió lo cansado que estaba. Los acordes del órgano ascendían y descendían, las notas altas fluían despacio como el agua por un tejado. Las débiles voces entonaban cánticos sobre el perdón y la nada. Tuvo ganas de zambullirse en algo, pero en algo capaz de calentarlo y esconderlo durante un rato. El Señor juzgará a los vivos y a los muertos. La venganza de Dios, Dios como Némesis. Las notas del registro bajo del órgano hicieron vibrar los bancos de madera vacíos. La espada en una mano, la balanza en la otra, venganza y justicia. O ninguna venganza e injusticia. Harry abrió los ojos.

Cuatro hombres portaban el féretro. Harry reconoció al agente Ole Li detrás de unos hombres morenos con trajes de Armani desgastados y camisas blancas con el cuello sin abotonar. La cuarta persona era un hombre tan alto que descompensaba completamente el féretro. Llevaba un traje demasiado grande para su cuerpo escuálido, pero era el único que no parecía oprimido por el peso. Fue sobre todo el rostro de aquel hombre lo que llamó la atención de Harry. Alargado, bien modelado, con grandes ojos marrones que reflejaban el sufrimiento desde las hondas cuencas. Llevaba el pelo negro recogido en una trenza larga que dejaba al descubierto su frente alta y brillante. La boca sensual, en forma de corazón, estaba enmarcada por una barba larga pero cuidada. Se diría que la talla de Jesucristo hubiese descendido del altar situado detrás del sacerdote. Pero había otro detalle. Algo que no se puede decir de muchos semblantes: el de aquel hombre relucía. A medida que los cuatro porteadores se acercaban a Harry por el pasillo central, él se esforzó por ver por qué brillaba. ¿Por el dolor? ¿Por su bondad? ¿Por su maldad?

Sus miradas se cruzaron un instante cuando pasaron de largo.

Los seguía Astrid Monsen con la mirada baja, un hombre de mediana edad con pinta de interventor de banco y tres mujeres, dos mayores y una más joven, vestidas con faldas multicolores. Sollozaban y gritaban lamentos a viva voz, mientras movían los ojos y daban palmadas como un mudo acompañamiento.

Harry permaneció de pie mientras el pequeño séquito salió de la iglesia.

– Interesante lo de esos gitanos, ¿verdad, Hole?

Las palabras resonaron en la nave de la iglesia. Harry se dio la vuelta. Ivarsson sonreía vestido con traje oscuro y corbata.

– Cuando era pequeño teníamos un jardinero gitano. Ursarios. Iban de un lugar a otro con osos que bailaban, ya sabes. Se llamaba Josef. Música y jaleo todo el tiempo. Pero la muerte, ya lo ves… Esta gente tiene una relación con la muerte más difícil aún que la nuestra. Temen a los mule, a los muertos. Creen que se aparecen. Josef solía ir a ver a una mujer que sabía espantarlos; por lo visto, sólo las mujeres saben hacerlo. Ven.

Ivarsson se agarró ligeramente del brazo de Harry, que hubo de hacer un esfuerzo para no zafarse de un tirón. Salieron a la escalinata. El ruido del tráfico de la calle Kirkeveien ahogaba las campanas. Un Cadillac negro con la puerta trasera abierta aguardaba al cortejo fúnebre en la calle Schøning.

– Llevarán el féretro a Vestre Krematorium -explicó Ivarsson-. Incineración, una costumbre hindú. En Inglaterra queman la caravana del difunto, aunque ya no está permitido dejar dentro a la viuda -continuó con una risotada-. Pero sí objetos de valor. Josef contaba que la familia gitana de un dinamitero húngaro metió el resto del lote de dinamita en el féretro e hizo saltar por los aires todo el crematorio.

Harry sacó el paquete de Camel.

– Sé por qué estás aquí, Hole -dijo Ivarsson y dejó de sonreír-. Querías ver si se presentaría la oportunidad de hablar con él, ¿no es verdad?

Ivarsson señaló con la cabeza el cortejo y la alta y delgada figura que avanzaba a zancadas grandes y lentas, mientras los otros tres caminaban a paso ligero para poder seguirlo.

– ¿Es ése el tal Raskol? -preguntó Harry colocándose un cigarrillo entre los labios.

Ivarsson asintió con la cabeza.

– Es su tío.

– ¿Y los demás?

– Dicen que son conocidos.

– ¿Y la familia?

– No reconocen a la difunta.

– ¿Y eso?

– Es la versión de Raskol. Los gitanos tienen fama de mentirosos, pero lo que dice encaja con las historias que contaba Josef sobre su forma de pensar.

– ¿Y cómo es esa forma de pensar?

– Pues una en la que el honor de la familia lo es todo. Ésa es la razón por la que fue expulsada. Según Raskol, la casaron con un gringo-gitano de habla griega en España cuando tenía catorce años pero, antes de que se consumara el matrimonio, ella se fugó con un gadzo.

– ¿Un gadzo?

– Alguien que no es de etnia gitana. Un marinero danés. Lo peor que se puede hacer. Una vergüenza para toda la familia.

– Ya. -El cigarrillo sin prender saltaba en la boca de Harry mientras hablaba-. Parece que has intimado con el tal Raskol, ¿no?

Ivarsson espantaba el humo imaginario del cigarrillo.

– Hemos hablado. Yo lo llamo esgrima de tanteo. Las conversaciones sustanciales llegarán cuando se cumpla nuestra parte del acuerdo. Es decir, después de que haya asistido a este funeral.

– Así que hasta ahora no ha dicho gran cosa.

– No, de momento no ha dicho nada que sea relevante para la investigación. Pero ha habido buen ambiente.

– Tan bueno que, según veo, la policía le ayuda llevando a sus parientes a la tumba.

– El pastor preguntó si Li o yo podíamos prestarnos a portar el féretro porque no eran suficientes. No pasa nada, estamos aquí para vigilarlo, de todas formas. Y vamos a seguir haciéndolo. Vigilarlo, quiero decir.

Harry cerró los ojos al intenso sol otoñal.

Ivarsson se volvió hacia él.

– Seré directo. Nadie tiene permiso para hablar con Raskol hasta que acabemos con él. Nadie. Durante tres años he intentado llegar a un acuerdo con el hombre que lo sabe todo. Y ahora lo he conseguido. Nadie va a estropearlo, ¿entiendes lo que te digo?

– Ivarsson, ya que estamos solos… -comenzó Harry quitándose una brizna de tabaco de la lengua-, dime si este caso se ha vuelto de repente una competición entre tú y yo.

Ivarsson giró la cara hacia el sol con un gorgorito a modo de risa.

– ¿Sabes qué haría en tu lugar? -preguntó con los ojos cerrados.

– ¿Qué? -preguntó a su vez Harry cuando el silencio se volvió insoportable.

– Mandaría ese traje al tinte: parece que has estado tumbado en un vertedero. -Se llevó dos dedos a la frente-. Que tengas un buen día.

Harry se quedó solo fumando en las escaleras mientras seguía el vuelo sesgado del féretro blanco sobre la acera.

Halvorsen giró la silla al oír entrar a Harry.

– Me alegro de que hayas venido, tengo buenas noticias. He… ¡Joder, cómo apestas!

Halvorsen se tapó la nariz con la mano y dijo:

– ¿Qué has hecho con el traje?

– Resbalé en un contenedor de basura. ¿Qué noticias son ésas?

– Ee… sí, pensé que la foto sería de algún lugar de veraneo del sur del país. Así que envié un correo a todas las comisarías en Aust-Agder. Y atiné. Enseguida me llamó un agente de Risør que me aseguró que conocía bien esa playa. Pero ¿sabes qué?

– Pues no, no lo sé.

– ¡No está en el sur del país, sino en Larkollen!

Halvorsen miró a Harry con una sonrisa de expectación y, al ver que Harry no reaccionaba, añadió:

– En Østfold. Al lado de Moss.

– Sé dónde está Larkollen, Halvorsen.

– Sí, pero este agente es de…

– A veces pasa que los del sur también se van de vacaciones. ¿Llamaste a Larkollen?

Halvorsen alzó la vista al cielo con una expresión entre el desánimo y la impaciencia.

– Que sí, que llamé al camping y a dos sitios donde alquilan cabañas. Y a las dos únicas tiendas de comestibles.

– ¿Algo positivo?

– Sí. -El rostro de Halvorsen volvió a iluminarse-. Mandé la foto por fax y el tipo de una de las tiendas de comestibles la reconoció. Tiene una de las mejores cabañas del lugar, de vez en cuando le lleva la compra.

– ¿Y la señora se llama?

– Vigdis Albu.

– ¿Albu? ¿Como codo en noruego?

– Sí. Sólo hay dos personas en Noruega con ese apellido, una nació en 1909. La otra tiene cuarenta y tres años y vive en Bjørnetråkket 12, en Slemdal, con Arne Albu. Y, por arte de birlibirloque, aquí tienes el número de teléfono, jefe.

– No me llames así -protestó Harry mientras buscaba el teléfono.

Halvorsen lanzó un suspiro.

– ¿Qué pasa? ¿Estás enfadado o qué?

– Sí, pero no lo digo por eso. Møller es el jefe. Yo no soy jefe, ¿de acuerdo?

Halvorsen estuvo a punto de replicar, pero Harry levantó una mano conminatoria.

– ¿La señora Albu?

Alguien había invertido mucho dinero, mucho tiempo y mucho espacio para construir la casa de los Albu. Y mucho gusto. En opinión de Harry, mucho mal gusto. Daba la impresión de que el arquitecto, si es que hubo alguno, intentó fusionar el estilo de las cabañas noruegas tradicionales con el de las plantaciones de los estados sureños y cierto toque de rosa, reflejo de la felicidad de los suburbios florecientes. A Harry se le hundían los pies en la gravilla del acceso para coches que atravesaba un jardín bien cuidado con arbustos decorativos y un pequeño ciervo de bronce que bebía de una fuente. En el tejado de la doble plaza de garaje había una placa ovalada de cobre que exhibía una bandera azul con un triángulo amarillo en el centro.

De detrás de la casa llegaba el sonido de graves ladridos. Harry subió la ancha escalinata entre columnas, llamó al timbre y casi esperaba que abriera una sirvienta negra con delantal blanco.

– Hola -pió una voz al mismo tiempo que se abría la puerta.

Vigdis Albu parecía recién salida de uno de esos anuncios para ponerse en forma que Harry veía de vez en cuando en la televisión cuando llegaba a casa por la noche. Tenía la misma sonrisa blanca, el pelo descolorido de la muñeca Barbie, el cuerpo firme y entrenado de la clase alta enfundado en unas mallas y un top corto. Y, si los pechos eran comprados, al menos había tenido el sentido común de no exagerar con el tamaño.

– Harry…

– ¡Adelante! -sonrió con apenas un atisbo de arrugas alrededor de los ojos grandes y azules, discretamente maquillados.

Harry accedió a una entrada habitada por cuatro trolls gordos y feos, tallados en madera, que le llegaban a altura de la cadera.

– Estoy limpiando -explicó Vigdis Albu exhibiendo su blanca sonrisa y retirándose el sudor con el dedo índice con sumo cuidado, a fin de no extender el rímel.

– Entonces me quito los zapatos -dijo Harry que recordó en el acto el agujero que llevaba en el calcetín derecho.

– No, por Dios, no estoy limpiando el suelo, eso tengo quien me lo haga -rió ella-. Pero me gusta lavar mi ropa. Hay que delimitar hasta dónde permitimos que un extraño entre en nuestra vida privada, ¿no te parece?

– Sí, probablemente -murmuró Harry, y se vio obligado a dar grandes zancadas para seguirla escaleras arriba.

Pasaron por una cocina impresionante y entraron en el salón. Había una gran terraza tras unas puertas correderas de cristal. La pared principal aparecía decorada por una construcción de ladrillo enorme, algo intermedio entre el Ayuntamiento de Oslo y un mausoleo.

– Diseñado por Per Hummel cuando Arne cumplió cuarenta años -explicó Vigdis-. Per es buen amigo nuestro.

– Sí. Se ve que Per ha diseñado una buena… chimenea.

– Habrás oído hablar de Per Hummel, el arquitecto, ¿no? Ya sabes, la nueva capilla de Holmenkollen…

– Lo siento -dijo Harry al tiempo que, sin más rodeos, le enseñó la foto-. Quiero que mires esto.

Observó que el rostro de la mujer quedaba dominado por la sorpresa.

– Pero… si es una foto que Arne sacó el año pasado en Larkollen. ¿Cómo la has conseguido?

Harry tardó en contestar para comprobar si ella conseguía mantener la sincera expresión de asombro. Lo logró.

– La encontramos en el zapato de una mujer que se llama Anna Bethsen -explicó.

Harry fue testigo de una reacción en cadena de pensamientos, razonamientos y sentimientos que se perfilaba como una telenovela reproducida a velocidad de rebobinado en el rostro de Vigdis Albu. A la sorpresa inicial siguió el asombro, sucedido por la mayor confusión imaginable. Más tarde, Vidgis pareció abrigar una idea repentina que, si bien rechazó con una risa incrédula en un primer momento, no llegó a desecharla del todo, pues su germen pareció crecer y trasformarse en un incipiente entendimiento. Finalmente un rostro hermético con la leyenda «hay que delimitar hasta dónde permitimos que un extraño entre en nuestra vida privada, ¿no te parece?»

Harry manoseaba el paquete de cigarrillos que había sacado. Un gran cenicero de cristal dominaba el centro de la mesa del salón.

– ¿Conoce a Anna Bethsen, señora Albu?

– No. ¿Debería?

– No lo sé -dijo Harry con toda sinceridad-. Está muerta. Sólo quiero saber qué hacía una foto suya tan personal en el zapato de Anna. ¿Alguna idea?

Vigdis Albu intentó dibujar una sonrisa condescendiente pero la boca pareció no querer obedecerla. Se conformó con negar con un gesto.

Harry aguardó. Inmóvil y relajado. Del mismo modo que los zapatos se habían hundido en la gravilla, ahora sentía que el cuerpo se le hundía en el hondo sofá blanco. La experiencia le había enseñado que de todos los métodos para hacer hablar a la gente, el silencio era el más eficaz. Cuando dos personas extrañas permanecían sentadas una frente a otra, como en esta ocasión, el silencio era como un vacío que succionaba las palabras. Permanecieron así durante diez interminables segundos. Vigdis Albu tragó saliva.

– Puede que la asistenta la encontrara en algún lugar de la casa y se la llevase… Y luego se la diese a esa tal… ¿se llamaba Anna?

– Ya. ¿Le importa que fume, señora Albu?

– Procuramos evitar el humo, ni mi marido ni yo… -Se llevó una mano rápidamente a la trenza del cabello-. Y Alexander, el pequeño, tiene asma.

– Lo siento. ¿A qué se dedica su marido?

– Es inversor. Vendió la empresa hace tres años.

– ¿Qué empresa?

– Albu AS. Importaba toallas y alfombrillas de baño para hoteles y grandes inmuebles.

– Parece que vendió muchas toallas. Y alfombrillas de baño.

– Teníamos la representación de toda Escandinavia.

– Enhorabuena. La bandera del garaje, ¿no es una de esas de los consulados?

Vigdis Albu había recuperado la calma y se quitó la gomilla del pelo. A Harry le pareció que se había hecho algo en la cara. Algo no cuadraba en las proporciones. Es decir, cuadraban demasiado bien, tenían una simetría casi artificial.

– Santa Lucía. Mi marido fue cónsul noruego allí durante once años. Hay una fábrica que cose las alfombrillas de baño. Y también tenemos una pequeña casa allí, ¿usted ha estado…?

– No.

– Una isla fantástica, maravillosa y agradable. Todavía quedan algunos indígenas ancianos que hablan francés. Es verdad que no se les entiende muy bien, pero son encantadores.

– Francés criollo.

– ¿Cómo?

– Nada, algo que he leído. ¿Cree que su marido sabrá por qué la difunta tenía esta foto?

– No lo creo. ¿Por qué lo iba a saber?

– Bueno -Harry sonrió-. Puede que sea tan difícil de responder como la pregunta de por qué alguien guardaba la foto de una desconocida en el zapato. -Se levantó-. ¿Dónde puedo localizarlo, señora Albu?

Mientras anotaba el número de teléfono y la dirección de la oficina de Arne Albu, miró por casualidad el sofá donde había estado sentado.

– Oh -dijo al ver que Vigdis Albu había seguido su mirada-. Resbalé en un contenedor de basura. Naturalmente, lo…

– No importa -interrumpió ella-. La funda irá a la tintorería la semana que viene, de todos modos.

Ya fuera, en la escalinata, ella le preguntó si podía esperar para llamar a su marido hasta después de las cinco.

– Para entonces ya habrá llegado a casa y no estará tan ocupado.

Harry no respondió y esperó mientras las comisuras de Vigdis subían y bajaban.

– Para que entre los dos estudiemos… si podemos facilitarle alguna información.

– Gracias. Muy amable de su parte, pero llevo coche y la oficina está de camino, de modo que pasaré por allí a ver si lo encuentro.

– Bien, muy bien -respondió ella sonriendo con valentía.

Los ladridos de los perros siguieron el descenso de Harry por la larga entrada. Una vez en la verja, volvió la cabeza. Vigdis Albu seguía en las escaleras ante el edificio rosa de plantación sureña. Tenía la cabeza baja y el sol relucía en su cabello arrancándole destellos al chándal. En la distancia, se asemejaba a un pequeñísimo ciervo de bronce

Harry no encontró ni un solo espacio donde estuviera permitido aparcar en la dirección de Vika Atrium, ni tampoco a Arne Albu. Únicamente halló a una recepcionista que le informó de que Albi tenía alquilada allí una oficina junto con tres inversores más, y que había salido a almorzar con los representantes de una «empresa de agentes de bolsa».

Comprobó al salir que los agentes de tráfico habían tenido tiempo de dejarle una multa bajo el limpiaparabrisas. Una multa que Harry se llevó, junto con su mal humor, al DS Louise, que no era un barco de vapor sino un restaurante, en el muelle de Aker Brygge. A diferencia de lo que ocurría en el restaurante Schrøder, servían platos comestibles a clientes solventes cuyas oficinas se hallaban en lo que, con algo de buena voluntad, cabría llamar la Wall Street de Oslo. Harry nunca se había sentido del todo cómodo en Aker Brygge, pero probablemente se debía a que él era de Oslo y no un turista. Intercambió unas palabras con un camarero que le indicó una mesa junto a la ventana.

– Señores, lamento interrumpir -anunció Harry.

– Ah, por fin -exclamó uno de los tres ocupantes de la mesa retirándose el flequillo de la frente.

– ¿Es esto lo que usted llama un vino a temperatura ambiente maître?

– Yo lo llamo vino tinto noruego, embotellado en un envase de Clos des Papes -dijo Harry.

El del flequillo observó atónito a Harry y su traje oscuro de arriba abajo.

– Es broma -dijo Harry sonriendo-. Soy de la policía.

El asombro se transformó en temor.

– No soy de Delitos Económicos.

El alivio se tornó en interrogante. Harry oyó una risa jovial. Tenía decidido cómo proceder, pero ignoraba cuál sería el resultado.

– ¿Arne Albu?

– Soy yo -respondió el que se reía, un hombre delgado de oscuro cabello corto y rizado, con finas arrugas alrededor de los ojos, lo que indicaba que se reía mucho y que probablemente superaba los treinta y cinco años que Harry le había calculado en un principio-. Lamento el malentendido -continuó con voz aún risueña-. ¿En qué puedo ayudarle, agente?

Harry lo miró intentando captar una rápida impresión antes de continuar. Tenía una voz sonora y la mirada firme. Las puntas del cuello de la camisa, blanquísimas detrás de un nudo de corbata perfecto, aunque no demasiado apretado. El hecho de que no se hubiera limitado a decir «soy yo», sino que hubiera añadido una disculpa y un «puedo ayudarle, agente», aunque con cierto énfasis irónico en la palabra «agente», indicaba bien que Arne Albu era una persona muy segura de sí misma, o bien que tenía mucha práctica en causar esa impresión.

Harry se concentró. No en lo que iba a decir, sino en captar la reacción de Albu.

– Sí, puede ayudarme, Albu. ¿Conoce a Anna Bethsen?

Albu observó a Harry con una mirada tan azul como la de su mujer, y respondió alto y claro después de un segundo de reflexión.

– No.

El rostro de Albu no reveló ninguna señal que le indicara a Harry lo que no dijo. Pero Harry tampoco había contado con ello. Hacía mucho que no creía en el mito de que quien trata a diario con la mentira, aprende a reconocerla. Durante un juicio en el que un agente de policía afirmó que por su experiencia notaba que el acusado mentía, Aune había vuelto a favorecer a la defensa cuando, tras ser preguntado, contestó que los estudios indican que ningún colectivo profesional es mejor que otro para desenmascarar una mentira: un empleado de la limpieza es igual de bueno que un psicólogo o un policía. Es decir, igual de malo. Los únicos que habían conseguido mejores resultados que la media en los estudios de investigación eran los agentes del Servicio Secreto. Pero Harry no era un agente del Servicio Secreto. Era un tío de Oppsal que andaba mal de tiempo, estaba de mal humor y que, en aquel momento, daba muestras de tener poco juicio. En efecto, en primer lugar, no resultaba nada eficaz enfrentar a un hombre a hechos probablemente comprometedores sin que existieran motivos de sospecha y, por si fuera poco, en presencia de otros. En segundo lugar, tal argucia no podía llamarse juego limpio. En otras palabras, Harry sabía que no debía hacer lo que estaba haciendo.

– ¿Alguna idea sobre quién pudo darle esta foto?

Los tres hombres miraron la foto que Harry había dejado sobre la mesa.

– No tengo ni idea -confesó Albu-. ¿Mi mujer? ¿Alguno de los niños, quizás?

– Ya.

Harry buscó alguna alteración en las pupilas, signos de aceleración del pulso, como sudor o rubor.

– No sé de qué va esto, agente, pero ya que se ha tomado tantas molestias en encontrarme aquí, supongo que no se trata de ninguna tontería. Y, en ese caso, tal vez podríamos hablar de esto a solas cuando el banco Handelsbanken y yo hayamos terminado. Aguarde, le pediré al camarero que le asigne una mesa en la zona de fumadores.

Harry no pudo determinar si la sonrisa de Albu era burlona o simplemente amable. O ni siquiera eso.

– No tengo tiempo -dijo Harry-. Si pudiéramos sentarnos…

– Me temo que yo tampoco tengo tiempo -lo interrumpió Albu, con voz firme y serena-. Estoy trabajando, así que hablaremos esta tarde… si aún cree que puedo serle de alguna ayuda, claro.

Harry tragó saliva. Se sentía impotente y notó que Albu se había percatado de ello.

– De acuerdo -dijo Harry, consciente de lo indeciso que sonaba.

– Gracias, agente -Albu sonrió y le hizo un gesto afirmativo con la cabeza a Harry-. Por cierto, probablemente tenga razón en cuanto al vino. -Se volvió hacia los representantes de Handelsbanken-. ¿Hablabas de Opticon, Stein?

Harry se guardó la foto y atisbo la mal disimulada sonrisa del agente de bolsa antes de salir del restaurante.

Ya en el muelle encendió un cigarrillo, pero no le supo bien y lo tiró, irritado. El sol se reflejaba en una ventana de la fortaleza de Akershus y el mar estaba tan en calma que parecía cubierto por una fina capa de hielo transparente. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué aquel intento de humillar a un hombre al que no conocía para acabar él mismo expulsado con sedosa suavidad?

Expuso la cara al sol, cerró los ojos y pensó que, para variar, debería hacer algo sensato. Como olvidarlo todo, por ejemplo. Porque no había nada raro, aquél era, sencillamente, el habitual estado caótico e incomprensible de las cosas.

Resonó el carillón del Ayuntamiento.

Aún no sabía que habría de darle la razón a Møller: aquél sería el último día cálido del año.

16

Namco G-Com 45

El valiente Oleg.

– Saldrá bien -dijo por teléfono una y otra vez, como si tuviera un plan secreto-. Mamá y yo volveremos pronto.

Harry estaba junto a la ventana del salón mirando el cielo sobre el tejado del otro lado del patio, donde el sol vespertino teñía de rojo y naranja la base de una fina y arrugada capa de nubes. Camino de casa, la temperatura descendió repentina e inexplicablemente, como si alguien hubiera abierto una puerta invisible por la que se escapó todo el calor. El frío ya había empezado a ascender por los listones de madera del suelo de su apartamento. ¿Dónde tendría las zapatillas de fieltro, en el trastero del sótano o el del desván? ¿Tenía zapatillas de fieltro? Ya no se acordaba de nada. Suerte que había anotado el nombre del chisme para la Playstation que había prometido comprarle a Oleg si éste conseguía batir el récord de Harry en el Tetris de la Gameboy. Namco G-Com 45.

En el aparato de catorce pulgadas aparecen a su espalda las noticias. Otra gala benéfica de artistas en favor de las víctimas. Julia Roberts daba muestras de compasión mientras Silvestre Stallone atendía llamadas telefónicas de donaciones. Y luego, la otra cara. Imágenes de laderas bombardeadas salpicadas de humo negro, de piedras. Nada crecía en este paisaje desierto. Sonó el teléfono.

Era Weber. En la comisaría, Weber tenía fama de ser un terco cascarrabias con quien resultaba difícil trabajar. Harry opinaba todo lo contrario. Sólo había que tener en cuenta que si uno le daba la lata o iba de enterado, Weber se cerraba en banda.

– Ya sé que esperas una respuesta -dijo Weber-. No encontramos rastro de ADN en la botella, pero sí una buena huella.

– Bien. Tenía miedo de que se hubieran estropeado, pese a estar dentro de una bolsa.

– Suerte que era una botella de cristal. Una de plástico podría haber absorbido la grasa de la huella después de tantos días.

Harry alcanzó a oír de fondo el repiqueteo del instrumental de laboratorio.

– ¿Todavía estás en el trabajo, Weber?

– Sí.

– ¿Cuándo podremos cotejar la huella con la base de datos?

– ¿Me estás metiendo prisa? -masculló el viejo y desconfiado investigador.

– En absoluto. Tengo un montón de tiempo, Weber.

– Mañana. No estoy muy puesto en ordenadores y los jóvenes ya se han ido.

– ¿Y tú?

– Sólo voy a cotejar la huella con unos cuantos candidatos posibles, pero a la antigua usanza. Que duermas bien, Hole, el patrón de los policías velará por ti.

Harry colgó, entró en el dormitorio y encendió el ordenador. La alegre musiquilla futurista de Microsoft acalló un segundo la retórica vengativa del televisor. Buscó el vídeo del atraco de la calle Kirkeveien. Pasó el fragmento de película una y otra vez sin llegar a ninguna conclusión concreta. Marcó el icono del correo electrónico. Apareció el reloj de arena y la leyenda «recibiendo mensaje 1 de 1». En la entrada volvió a sonar el teléfono. Harry miró el reloj antes de echar mano del auricular y dijo «hola» con la voz suave que reservaba para Rakel.

– Soy Arne Albu, siento llamarlo a su teléfono privado a estas horas, pero mi mujer me dijo su nombre y pensé que me gustaría aclarar este asunto cuanto antes. ¿Llamo en mal momento?

– No, no hay problema -dijo un tanto avergonzado y adoptando un tono de voz normal.

– He hablado con mi esposa y ninguno de los dos conocemos a esa mujer, ni sabemos cómo llegó a sus manos esa foto. Pero el revelado se hizo en un estudio fotográfico y puede que algún empleado se llevara una copia. Además, en nuestra casa entra y sale mucha gente. Así que, caben muchas explicaciones, una cantidad increíble de posibles explicaciones.

– Ya.

Harry se percató de que la voz de Albu no denotaba la misma seguridad de que había hecho gala por la mañana. Tras unos segundos de molesto silencio, fue Albu quien retomó la conversación.

– Si considera necesario volver a abundar en este asunto, quiero que se ponga en contacto conmigo en mi oficina. Tengo entendido que mi mujer le facilitó el número de teléfono.

– Y yo entendí que no quería que lo molestara en horas de oficina, señor Albu.

– Que no quería… Bueno, mi mujer está muy nerviosa. Compréndalo, ¡una mujer muerta con su foto en un zapato, Dios mío! Quiero que hable de esto directamente conmigo.

– Comprendo. Pero la foto es de ella y de los niños.

– ¡Ya he dicho que ella no sabe nada de esto! -Y añadió como arrepentido del tono de voz empleado-. Prometo investigar todas las posibilidades que se me ocurran y que puedan explicar lo sucedido.

– Le agradezco la oferta pero, en cualquier caso, debo reservarme el derecho de hablar con ellos si lo considero oportuno. -Harry escuchó la respiración de Albu antes de añadir-. Espero que lo comprenda.

– Escuche…

– Lo siento, señor Albu, me temo que esto no es discutible. Me pondré en contacto con usted o con su mujer cuando quiera saber algo.

– ¡Espere! No lo entiende. Mi mujer se pone… muy nerviosa.

– Tiene razón, no lo entiendo. ¿Está enferma?

– ¿Enferma? -repitió Albu sorprendido-. No, pero…

– Entonces propongo que pongamos fin a esta conversación ahora mismo. Buenas noches, Albu.

Colgó y volvió a mirar al espejo. Ya no quedaba ni rastro de la sonrisa mezquina, de la satisfacción por el mal ajeno, de la sordidez, del sadismo. Las cuatro eses de la venganza. Pero había otra cosa. Algo que no concordaba, una carencia. Estudió la imagen del espejo. A lo mejor sólo era la forma en que la luz incidía sobre él.

Harry se sentó al ordenador pensando que tenía que acordarse de comentarle a Aune lo de las cuatro eses de la venganza: él recopilaba cosas así. El correo que había recibido procedía de una dirección que no había visto antes: furie@bolde.com. Lo abrió.

Y así fue como, mientras estaba allí sentado, el frío se apoderó del cuerpo de Harry Hole para el resto del año.

Ocurrió mientras leía lo que ponía en la pantalla. Se le erizó el vello de la nuca y la piel se le encogió como una prenda de vestir cuando se lava a más temperatura de la debida.

¿Jugamos? Imaginemos que cenas en casa de una mujer y al día siguiente la encuentran muerta. ¿Qué harías?

S#MN

Resonó el timbrazo del teléfono. Harry sabía que era Rakel. Lo dejó sonar.

17

Las lágrimas de Arabia

Halvorsen se sorprendió mucho al ver a Harry cuando abrió la puerta del despacho.

– ¿Ya en tu puesto? Sabes que no son más que las…

– No podía dormir -murmuró Harry que, de brazos cruzados, contemplaba la pantalla del ordenador-. ¡Joder, qué lentas son estas máquinas!

Halvorsen miró por encima del hombro de Harry.

– Depende de la velocidad de transferencia cuando se busca en internet. Ahora estás en una línea normal de ISDN, pero alégrate, pronto tendremos banda ancha. ¿Buscas artículos en el periódico Dagens Næringsliv?

– Eh… sí.

– ¿Arne Albu? ¿Conseguiste hablar con Vigdis Albu?

– Pues sí.

– ¿Qué tienen ellos que ver con el atraco al banco?

Harry no levantó la vista. No había dicho que se tratara del atraco, pero tampoco había dicho lo contrario así que era lógico que su compañero lo relacionara. Harry no tuvo que contestar porque en ese momento el rostro de Arne Albu llenó la pantalla que tenían ante sí. Sobre el nudo firme de la corbata apareció la sonrisa más amplia que Harry había visto en su vida. Halvorsen chasqueó la lengua emitiendo un sonido fuerte y leyó en voz alta:

– Treinta millones por la empresa familiar. Hoy, Arne Albu ingresará treinta millones de coronas en su cuenta corriente, después de que la cadena hotelera Choice se hiciera cargo ayer de todas las acciones de Albu AS. Arne Albu ha declarado que la principal razón de que venda la próspera empresa es su deseo de dedicar más tiempo a la familia. «Quiero ver crecer a mis hijos -aseguró Albu-. La familia es mi mayor inversión.»

Harry pulsó «imprimir».

– ¿No vas a mirar el resto del artículo?

– No, sólo quiero la foto -dijo Harry.

– Treinta millones en el banco, ¿y se dedica a atracarlos?

– Te lo explicaré luego -dijo Harry al tiempo que se levantaba-. Entre tanto, me gustaría que me explicaras cómo se puede averiguar quién es el remitente de un correo electrónico.

– La dirección del remitente figura en el correo que recibes.

– Y luego la encuentro en la guía telefónica, ¿no?

– No, pero puedes saber qué servidor lo ha enviado. Eso aparece en la dirección. Y los dueños del servidor guardan un registro con el abonado al que pertenece cada dirección. Muy sencillo. ¿Has recibido algún correo interesante?

Harry negó con la cabeza.

– Dame la dirección y te lo buscaré en un tris -dijo Halvorsen.

– ¿Conoces una dirección de servidor que acabe en «bolde.com»?

– No, pero puedo averiguarlo. ¿Cómo es el resto de la dirección?

Harry titubeó.

– No me acuerdo -mintió.

Pidió un coche en el garaje y condujo despacio a través de Grønland. Un viento desapacible arremolinaba a lo largo del bordillo de las aceras las hojas resecas por el sol del día anterior. La gente llevaba las manos metidas en los bolsillos y la cabeza hundida entre los hombros.

En la calle Pilestredet, Harry se situó detrás de un tranvía y buscó NRK Todo Noticias, de la radio nacional noruega. No dijeron una palabra sobre el asunto de Stine. «Se teme que, durante el crudo invierno afgano, mueran cien mil niños refugiados. Ha muerto un soldado estadounidense. Una entrevista con la familia. La familia clama venganza…» A la altura de Bislett, Harry halló el desvío.

– ¿Sí? -aquel monosílabo pronunciado a través del portero automático bastó para saber que Astrid Monsen sufría un fuerte catarro.

– Harry Hole. Me gustaría hacerte un par de preguntas. ¿Tienes tiempo?

Ella se sonó un par de veces antes de contestar.

– ¿Sobre qué?

– Preferiría no tener que hacerlo desde aquí fuera.

Volvió a sonarse otras dos veces.

– ¿No te viene muy bien? -preguntó Harry.

La cerradura emitió un zumbido y Harry empujó la puerta.

Cuando Harry subió las escaleras, Astrid Monsen aguardaba en el rellano con un chal sobre los hombros y los brazos cruzados.

– Te vi en el funeral -dijo Harry.

– Pensé que al menos uno de los vecinos debía hacer acto de presencia -respondió la traductora como a través de un megáfono.

– Quería saber si conoces a esta persona.

Cogió la arrugada fotografía con un gesto vacilante.

– ¿A cuál de ellas?

– A cualquiera de las dos.

La voz de Harry retumbaba en el rellano.

Astrid Monsen miró la imagen fijamente. Un buen rato.

– ¿Y?

Ella negó con la cabeza.

– ¿Segura?

La mujer hizo un gesto afirmativo.

– Ya. ¿Sabes si Anna tenía novio?

– ¿Un novio?

Harry respiró hondo.

– ¿Quieres decir que tenía varios?

Ella se encogió de hombros.

– Aquí se oye todo. Digamos que a veces se oían pasos en la escalera.

– ¿Algo serio?

– No lo sé.

Harry esperó. Ella no resistió demasiado.

– Este verano había un papel con un nombre pegado junto al suyo en el buzón. Pero no sé si sería algo muy serio…

– ¿No?

– Parecía escrito por ella. Sólo ponía «Eriksen». -Sus delgados labios apenas insinuaron una sonrisa-. ¿A lo mejor se había olvidado de decirle su nombre de pila? De todas formas, el papelito desapareció a la semana.

Harry miró hacia arriba desde la barandilla. Era una escalera empinada.

– Una semana quizá sea mejor que ninguna, ¿no?

– Para algunas, puede -dijo ella poniendo la mano en el picaporte-. Tengo que irme, he oído que acaba de entrarme un mensaje de correo electrónico.

– Bueno, no se te va a escapar, ¿verdad?

De repente, sufrió un ataque de estornudos.

– No, pero tengo que contestar -dijo con los ojos llorosos-. Es el autor. Estamos discutiendo unos aspectos de la traducción.

– Entonces seré breve -dijo Harry-. Sólo quiero que le eches un vistazo a esto también.

Le entregó una hoja de papel. Ella la cogió, echó una ojeada y miró a Harry con desconfianza.

– Observa bien la foto -le advirtió Harry-. Tómate el tiempo que necesites.

– No hace falta -dijo ella devolviéndole el folio con la foto impresa.

Harry tardó diez minutos en cubrir la distancia existente entre la comisaría y la calle Kjølberggata, número 21A. El viejo edificio de hormigón había sido, a lo largo de los años, una curtiduría, una imprenta, una forja y, seguramente, varias cosas más. Un recordatorio de que Oslo albergó industrias en otro tiempo. Ahora lo ocupaba la Policía Científica. A pesar de la modernidad de la iluminación y del interior, el edificio tenía cierto aire industrial. Harry encontró a Weber en uno de los grandes y fríos habitáculos.

– Mierda -dijo Harry-. ¿Estás completamente seguro?

Weber le dedicó una sonrisa cansina.

– La huella de la botella es tan buena que si estuviera en nuestros archivos, el ordenador la habría identificado. Por supuesto que podríamos buscar manualmente para asegurarnos al cien por cien, pero tardaríamos dos semanas y no encontraríamos nada. Te lo garantizo.

– Sorry -dijo Harry-. Es que estaba tan seguro de que ya lo teníamos… Contaba con que la probabilidad de que un tío así nunca haya estado detenido era microscópica.

– El hecho de que este tipo no figure en nuestros archivos sólo significa que debemos buscar en otro sitio. Ahora, al menos, tenemos pistas concretas. Esta huella y algunas fibras de la calle Kirkeveien. Si encontráis al hombre, tenemos pruebas incriminatorias. ¡Helgesen! -rugió Weber.

Un joven que pasaba se detuvo de repente.

– Recibí este gorro de Akerselva en una bolsa sin sellar -gruñó el criminalista-. Esto no es un establo de ovejas. ¿Entendido?

Helgesen asintió y cruzó con Harry una mirada elocuente.

– Tienes que afrontarlo como un hombre -dijo Weber, dirigiéndose otra vez a Harry-. Por lo menos te libraste de lo que le pasó a Ivarsson hoy.

– ¿A Ivarsson?

– ¿De verdad que no te has enterado de lo que ha pasado hoy en el túnel subterráneo de Kulvert?

Harry negó con la cabeza y Weber emitió una risita de satisfacción y se frotó las manos.

– Pues huellas no, pero una buena historia sí que te vas a llevar, Hole.

El relato de Weber se parecía a sus informes. Frases cortas y rudimentarias que narraban los hechos sin descripciones pintorescas de sentimientos, sin inflexiones de la voz ni expresiones faciales. Pero a Harry no le costó lo más mínimo rellenar los huecos. Visualizó perfectamente al comisario jefe Rune Ivarsson y a Weber entrando en una de las salas de visita de la Brigada A y escuchando el cierre de la puerta con llave tras ellos. Ambas salas estaban en la zona de recepción y se destinaban a visitas de familiares. Allí, el preso podía pasar un rato con sus más allegados sin que nadie lo molestase; era una sala que incluso pretendía ser algo acogedora, con muebles sencillos, flores de plástico y un par de acuarelas en la pared.

Raskol estaba de pie cuando entraron. Llevaba un libro grueso debajo del brazo, y sobre la mesa baja que tenía delante, descansaba un tablero de ajedrez con las fichas ya dispuestas. No dijo ni una palabra, se limitó a mirarlos con sus ojos castaños y afligidos. Vestía una camisa a modo de túnica que casi le llegaba hasta las rodillas. Ivarsson parecía incómodo y, con voz imperiosa, se dirigió al altísimo y escuálido gitano pidiéndole que se sentara. Raskol obedeció con una leve sonrisa.

Ivarsson llevaba consigo a Weber, en lugar de a cualquiera de los jóvenes del grupo de investigación, porque creía que él, como el viejo zorro astuto que era, podría ayudarle a «tomarle el pulso a Raskol», según sus propias palabras. Weber arrimó una silla a la puerta y sacó un bloc de notas, e Ivarsson se sentó frente al mal afamado prisionero.

– Por favor, comisario jefe Ivarsson -dijo Raskol, invitando al agente a iniciar la partida de ajedrez con un gesto de su mano abierta.

– Hemos venido para recabar información, no a jugar -atajó Ivarsson, desabrido, al tiempo que dejaba sobre la mesa una hilera de fotos del atraco de la calle Kirkeveien.

– Queremos saber quién es este sujeto.

Raskol fue cogiendo las fotos una a una y las examinó con sonoros carraspeos.

– ¿Me prestas un bolígrafo? -preguntó después de verlas todas.

Weber e Ivarsson se miraron.

– Toma el mío -dijo Weber, entregándole su pluma.

– Prefiero uno normal y corriente -dijo Raskol sin apartar la vista de Ivarsson.

El comisario jefe se encogió de hombros, sacó un bolígrafo del bolsillo interior, y se lo dio.

– Primero quiero explicaros algo sobre el principio de los cartuchos de tinta -comenzó Raskol mientras desenroscaba el bolígrafo blanco que, casualmente, llevaba el logo del banco DnB-. Como sabéis, los empleados de banca siempre intentan meter un cartucho de tinta junto con el dinero si los atracan. En los cajetines del cajero automático el cartucho ya está montado. Algunos cartuchos de tinta están conectados a un emisor que se activa cuando alguien los mueve, digamos, al meterlos en una bolsa. Otros se activan al pasar por un sensor instalado sobre la puerta del banco, por ejemplo. El cartucho de tinta puede llevar un microemisor conectado a un receptor que lo dispara cuando llega a cierta distancia del receptor, por ejemplo, cien metros. Otros explotan con un sistema de retardo después de haberse activado. El cartucho puede tener muchas y muy variadas formas, pero debe ser tan pequeño que se pueda esconder entre los billetes. Algunos son así de pequeños. -Raskol marcó una distancia de dos centímetros con el pulgar y el índice-. La explosión no es peligrosa para el atracador; el problema es la tinta.

Sacó el cartucho de tinta del bolígrafo.

– Mi abuelo fabricaba tinta. Él me enseñó que, antiguamente, se utilizaba goma arábiga para hacer tinta de hierro. La goma viene de la acacia y se llama «lágrimas de Asia» porque se extrae en gotas amarillentas de este tamaño.

Aquí formó con el pulgar y el índice un círculo del tamaño de una nuez.

– La importancia de la goma es que da cuerpo y hace que la tinta no sea tan fluida. Se necesita también un disolvente. Antiguamente se recomendaba el agua de lluvia o vino blanco. O vinagre. Mi abuelo decía que se debe usar vinagre en la tinta cuando se le escribe a un enemigo, y vino si se le escribe a un amigo.

Ivarsson carraspeó, pero Raskol continuó sin inmutarse.

– La tinta era, en principio, invisible. Cuando se encontraba con el papel se hacía visible. Los cartuchos tienen un polvo de tinta roja que da lugar a una reacción química cuando entra en contacto con el papel de los billetes y hace que no se pueda borrar. El dinero queda marcado para siempre como dinero procedente de un atraco.

– Ya sé cómo funcionan los cartuchos de tinta -interrumpió Ivarsson-. Prefiero saber…

– Paciencia, querido comisario jefe. Lo fascinante de esta tecnología es su simplicidad. Resulta tan simple que yo mismo podría fabricar uno de esos cartuchos de tinta y colocarlo en cualquier sitio para hacerlo explotar cuando el receptor se situara a cierta distancia. Todo el equipo necesario cabría en una fiambrera.

Weber había dejado de tomar notas.

– Pero el principio del cartucho de tinta no consiste en su tecnología, comisario jefe Ivarsson. Sino en que delata. -En este punto, la cara de Raskol se iluminó con una gran sonrisa-. La tinta se adhiere también a la ropa y la piel del atracador. Y es tan potente que si ya te ha manchado las manos, no se puede quitar. Poncio Pilatos y Judas, ¿verdad? Sangre en las manos. Una sangría. El tormento del juez. El castigo del soplón.

A Raskol se le cayó el cartucho de tinta al suelo, al otro lado de la mesa y, mientras se agachaba para recogerla, Ivarsson hizo señales a Weber pidiéndole el bloc de notas.

– Quiero que escribas el nombre de la persona de la foto -dijo Ivarsson, dejando el bloc en la mesa-. No estamos aquí para jugar.

– ¿Jugar? No -dijo Raskol y enroscó el bolígrafo lentamente-. Te prometí que te daría el nombre de quien cogió el dinero, ¿verdad?

– Ése era el trato -convino Ivarsson inclinándose ansioso hacia delante cuando Raskol empezó a escribir.

– Nosotros, los xoraxanos, sabemos lo que es un trato -aseguró el gitano-. Aquí te escribo no sólo su nombre sino también el de la prostituta a la que visita regularmente, y el de la persona con la que contactó para que le rompiera la rodilla al joven que hace poco le rompió el corazón a su hija. Por cierto, que esa persona no aceptó el trabajo.

– Ee… estupendo.

Ivarsson se volvió rápidamente hacia Weber sonriendo entusiasmado.

– Toma -dijo Raskol entregándole a Ivarsson bloc y bolígrafo.

El comisario se apresuró a leer.

Y enseguida se esfumaron su entusiasmo y su sonrisa.

– Pero… -titubeó-. Helge Klementsen. Ése es el director de la sucursal. -De pronto, se le hizo la luz y preguntó-: ¿Está implicado?

– Por supuesto -dijo Raskol-. Fue él quien cogió el dinero, ¿no es verdad?

– Y lo metió en la bolsa del atracador -gruñó Weber bajito, desde la puerta.

La expresión de Ivarsson fue cambiando despacio de inquisitoria a rabiosa.

– ¿Qué clase de bobada es ésta? Prometiste ayudarme.

Raskol estudiaba su larga y puntiaguda uña del dedo meñique derecho. Afirmó seriamente con la cabeza, se inclinó sobre la mesa y le indicó con un gesto a Ivarsson que se acercara.

– Ésa es mi ayuda. Aprende de qué va la vida. Siéntate y observa a tu hijo. No es tan fácil encontrar las cosas que has perdido, pero es posible. -Propinó una palmada en el hombro al comisario jefe, se reclinó hacia atrás, cruzó los brazos e hizo un gesto hacia el tablero de ajedrez-. Te toca a ti, comisario jefe.

Ivarsson iba echando espumarajos de rabia mientras él y Weber correteaban por Kulvert, una galería de trescientos metros que unía la cárcel de Botsen con la Comisaría General.

– ¡Me he fiado de un tipo que ha resultado ser uno de los inventores de la mentira! -resopló Ivarsson-. ¡He confiado en un gitano de mierda!

El eco retumbó en las paredes de hormigón. Weber aceleró la marcha, quería salir del frío y húmedo túnel cuanto antes. El Kulvert se utilizaba para trasladar a los presos cuando había que interrogarlos en la Comisaría General, y no eran pocos los rumores que circulaban sobre las cosas que habían sucedido allí abajo.

Ivarsson se arropaba con la chaqueta y seguía caminando a saltitos.

– Prométeme una cosa Weber. No le cuentes nada de esto a nadie. ¿De acuerdo?

Se volvió hacia Weber arqueando una ceja.

– ¿Estamos?

La respuesta a la pregunta del comisario jefe iba a ser un sí, de hecho; pero, justo entonces, al llegar al punto donde el Kulvert estaba pintado de color naranja, Weber oyó un pequeño paf. Ivarsson dejó escapar un grito de pavor, cayó de rodillas sobre un charco y se llevó una mano al pecho.

Weber se giró rápidamente, miró a uno y otro lado del túnel. No había nadie. Se volvió hacia el comisario jefe que, presa del pánico, se miraba la mano teñida de rojo.

– Estoy sangrando -gimió-. Voy a morir.

Weber observó que los ojos de Ivarsson parecían aumentar de tamaño.

– ¿Qué pasa? -preguntó Ivarsson con voz inquieta al ver la expresión atolondrada de Weber.

– Tienes que ir al tinte -dijo Weber.

Ivarsson volvió a fijarse en la mancha. El color rojo se había extendido por toda la pechera de la camisa y parte de la americana de color verde lima.

– Es tinta roja -dijo Weber.

Ivarsson extrajo del bolsillo los restos del bolígrafo de DnB. La microexplosión lo había partido en dos mitades. Permaneció sentado con los ojos cerrados hasta que recobró la respiración. Luego fijó la mirada en Weber.

– ¿Sabes cuál fue el mayor pecado de Hitler? -preguntó alargándole la mano limpia. Weber la asió y le ayudó a levantarse. Ivarsson miró con encono hacia el lugar por el que habían venido-. Que no hizo mejor su trabajo con los gitanos.

– Ni una palabra de esto -dijo Weber riendo entre dientes y remedando al jefe-. Ivarsson se fue directo al garaje y se marchó a casa. La piel quedará impregnada de tinta durante tres días, como poco.

Harry meneó incrédulo la cabeza.

– ¿Y qué hicisteis con Raskol?

Weber se encogió de hombros.

– Ivarsson dijo que se encargaría de que lo llevaran a una celda de aislamiento. Pero no creo que vaya a cambiar nada. Ese tío es… diferente. A propósito de diferente, ¿cómo os va a ti y a Beate? ¿Tenéis algo más que la huella dactilar?

Harry negó con la cabeza.

– Esa chica es especial -dijo Weber-. Me recuerda a su padre. Puede llegar a ser muy buena.

– Lo es. ¿Conociste al padre?

Weber afirmó con la cabeza.

– Un buen hombre. Leal. Una pena que acabara así.

– Es extraño que un policía con tanta experiencia metiera la pata de ese modo.

– No creo que fuera una metedura de pata -dijo Weber mientras enjuagaba la taza de café.

– ¿Y eso?

Weber murmuró.

– ¿Qué has dicho, Weber?

– Nada -gruñó-. Sólo digo que estoy convencido de que tenía alguna razón para actuar como lo hizo.

– Puede que «bolde.com» sea un servidor -dijo Halvorsen-. Pero no está registrado en ningún sitio. Por ejemplo, podría encontrarse en un sótano de Kiev y tener abonados anónimos que se intercambian pornografía. ¡Yo qué sé! Cuando alguien tiene mucho interés en que no lo localicen en medio de esa jungla, los simples mortales como nosotros lo tenemos crudo para dar con él. Para eso tienes que recurrir a un sabueso, a un especialista de verdad.

Llamaron a la puerta con un toque tan discreto que Harry no lo oyó, pero Halvorsen gritó:

– Entre.

La puerta se abrió despacio.

– Hola -dijo Halvorsen-. Beate, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza y se dirigió a Harry:

– He intentado localizarte. Ese número tuyo de móvil que está en la lista de teléfonos…

– Ha perdido el móvil -explicó Halvorsen levantándose-. Siéntate mientras yo preparo un expreso a la Halvorsen.

Ella titubeó.

– Gracias pero… hay algo en House of Pain que te quiero enseñar, Harry. ¿Tienes tiempo?

– Todo el tiempo del mundo -aseguró Harry, retrepándose en la silla-. Weber sólo ha podido aportar malas noticias. Ninguna coincidencia con la huella digital. Y Raskol le ha tomado el pelo a Ivarsson hoy mismo.

– ¿Y ésa es una mala noticia? -se le escapó a Beate que, asustada, se tapó la boca con la mano. Harry y Halvorsen rompieron a reír.

– No dudes en volver, Beate -la invitó Halvorsen antes de que ella y Harry salieran. No obtuvo respuesta, sólo una mirada escrutadora de Harry que lo dejó algo avergonzado.

Harry vio una manta arrugada sobre el sofá de IKEA de dos plazas que ocupaba un rincón de House of Pain.

– ¿Has dormido aquí esta noche?

– Sólo un poco -respondió Beate poniendo en marcha el reproductor de vídeo-. Observa al Dependiente y a Stine en esta imagen.

La joven señaló la pantalla, donde había congelado la imagen del atracador y de Stine inclinada hacia él. Harry notó que se le erizaba el vello de la nuca.

– Hay algo extraño en esta imagen, ¿no te parece?

Harry observó al atracador y luego a Stine. Y enseguida lo supo: esa imagen fue la causante de que hubiera estado estudiando el vídeo una y otra vez. Buscaba algo que estaba allí pero que a él se le escapaba… y seguía escapándosele.

– Dime qué es -le rogó-. ¿Qué es lo que no veo?

– Inténtalo.

– Ya lo he intentado.

– Fija el fotograma en la retina, cierra los ojos y reflexiona sobre lo que sientes…

– Sinceramente…

– Venga, Harry-le sonrió Beate-. En eso consiste la investigación, ¿no es así?

Harry la miró con cierta sorpresa, se encogió de hombros e hizo lo que ella le pedía.

– ¿Qué ves, Harry?

– El interior de mis párpados.

– Concéntrate. ¿Qué es lo que no encaja?

– Es algo entre ellos dos. Algo sobre… la posición de los dos cuerpos.

– Bien. ¿Qué pasa con la posición?

– Están… no lo sé, sólo sé que no cuadra.

– ¿Qué no cuadra?

Harry experimentó la misma sensación de estar hundiéndose que en la casa de Vigdis Albu. Vio a Stine Grette inclinada hacia delante. Como para oír bien las palabras del atracador. Y éste, a través de los orificios de la capucha, miraba directamente a la cara de la persona a la que no tardaría en matar. ¿Qué pensaba? ¿Y qué pensaba ella? ¿Acaso intentaba, en ese instante congelado, averiguar quién era el hombre que se escondía bajo la capucha?

– ¿Qué no cuadra? -insistió Beate.

– Están… están demasiado cerca el uno del otro.

– ¡Muy bien, Harry!

Él abrió los ojos. Su campo de visión se llenó de estrellas y fragmentos de algo que identificó como amebas.

– ¿Muy bien? -repitió en un murmullo-. ¿Podrías ser más explícita?

– Has conseguido expresar en palabras lo que hemos tenido ante las narices todo el tiempo. Porque es eso, Harry, están demasiado cerca.

– Sí, ya sé lo que he dicho, pero ¿demasiado cerca en relación con qué?

– En relación con la distancia que mantienen dos personas que no se han visto nunca.

– ¿Ah, sí?

– ¿Has oído hablar de Edward Hall?

– No mucho.

– Antropólogo. Fue el primero en demostrar la correspondencia que hay entre la distancia que mantienen las personas cuando hablan, y la relación que existe entre ellas. Es bastante concreto.

– Sigue.

– La distancia social que media entre las personas que no se conocen va de uno a tres metros y medio. Ésa es la distancia que mantenemos cuando las circunstancias lo permiten; piensa en la cola de un autobús o de un aseo. En Tokio se sienten cómodos aunque estén más cerca, pero las variaciones de una cultura a otra son, en realidad, mínimas.

– El atracador no habría podido susurrarle nada a más de un metro de distancia.

– No, pero no le habría costado hacerlo a lo que se denomina una distancia personal, que varía entre un metro y cuarenta y cinco centímetros. Ésa es la distancia que mantenemos con amigos y con lo que llamamos conocidos. Pero, como ves, el Dependiente y Stine rebasan ese límite. He medido el espacio que los separa: es de veinte centímetros. Eso quiere decir que se encuentran a una distancia propia de una relación de intimidad. En tal situación se está tan cerca, que no alcanzas a ver enfocado el rostro de la otra persona y resulta inevitable sentir su olor y su calor corporal. Es una distancia que se reserva a la pareja y a familiares cercanos.

– Ya -dijo Harry-. Me impresionan tus conocimientos, pero estamos ante dos personas que se hallan en una situación extrema.

– Pues claro, ¡eso, precisamente, es lo fascinante! -exclamó Beate agarrándose a los reposabrazos de la silla, como para no salir disparada-. Si nadie nos obliga, no rebasamos los límites de los que habla Edward Hall. Y a Stine y al Dependiente no los obliga nadie.

Harry se frotó el mentón.

– Vale, vamos a llevar ese razonamiento a sus últimas consecuencias.

– Yo creo que el Dependiente conocía a Stine Grette -declaró Beate-. Y que la conocía bien.

– Vale, vale. -Harry apoyó la cara en las palmas abiertas y continuó hablando a través de los dedos-. Así que Stine conoce a un atracador de bancos profesional que comete el atraco perfecto antes de dispararle. Ya sabes adonde nos conducirá esa hipótesis, ¿no?

Beate asintió con la cabeza.

– Iré enseguida a indagar cuanto pueda sobre Stine Grette.

– Estupendo. Después nos pondremos en contacto con alguien que haya frecuentado su compañía.

18

Un buen día

– Este sitio me da escalofríos -se lamentó Beate.

– Aquí tuvieron ingresado a un paciente famoso, Arnold Juklerød -dijo Harry-. Según él, esto era el cerebro mismo del monstruo aquejado de patologías psiquiátricas. Bueno, entonces, ¿no encontraste nada sobre Stine Grette?

– No. Siempre observó una conducta intachable. Y sus cuentas bancarias indican que no tenía problemas económicos. Ningún uso desmesurado de tarjetas en tiendas de ropa ni en restaurantes. Ningún pago en el hipódromo de Bjerke Travbane ni otros indicios de que jugara. Lo más extravagante que encontré fue un viaje a São Paulo que hizo este verano.

– ¿Y su marido?

– Más de lo mismo. Solvente y poco gastoso.

Pasaron por debajo del pórtico del Hospital de Gaustad y entraron en una plaza rodeada por grandes edificios de ladrillo rojo.

– Parece una cárcel -observó Beate.

– Obra de Heinrich Schirmer -dijo Harry-. Arquitecto alemán del siglo xix. El mismo que diseñó la cárcel de Botsen.

Un enfermero acudió a buscarlos a la recepción. Llevaba el pelo teñido de negro y tenía pinta de ser miembro de una banda de música, o quizá diseñador. Como así era, en efecto.

– Grette se pasa casi todo el tiempo mirando por la ventana -les explicó mientras caminaban por el pasillo hacia la Brigada G 2.

– ¿Está lo bastante lúcido como para hablar? -preguntó Harry.

– Sí, hablar sí que habla…

El enfermero, que había pagado seiscientas coronas para que aquel flequillo negro pareciese naturalmente descuidado, desplazó ahora uno de los mechones y miró a Harry a través de sus gafas negras de pasta, que le conferían el aspecto de un empollón, para que su auditorio comprendiera que nada más lejos.

– Mi colega se refiere a si Grette está lo bastante bien como para hablar de su mujer -aclaró Beate.

– Podéis intentarlo -dijo el enfermero, volviendo a colocar el mechón delante de las gafas-. Si presenta una reacción sicótica, es que no está en sus cabales.

Harry no preguntó cómo se sabe si una persona presenta una reacción sicótica. Una vez al final del pasillo, el enfermero usó una llave para abrir una puerta con ojo de buey en la parte superior.

– ¿Es preciso tenerlo encerrado? -quiso saber Beate echando un vistazo a la acogedora sala de estar.

– No -respondió el enfermero sin más explicaciones y señalando hacia la figura solitaria que, envuelta en un batín, ocupaba la silla más próxima a la ventana-. Yo estaré en el puesto de guardia que hay en el lado izquierdo del pasillo cuando os vayáis.

Se acercaron al hombre de la silla que, vuelto hacia la ventana, sólo movía la mano derecha, con la que desplazaba lentamente un bolígrafo sobre un bloc de dibujo, a trazos cortos y mecánicos, como si de la garra de un robot se tratara.

– ¿Trond Grette? -preguntó Harry.

No reconoció a la persona que se dio la vuelta. Grette se había rapado el pelo, tenía la cara escuálida y la expresión feroz de la noche que lo vieron en la pista de tenis había dado paso a una mirada abismal, serena y vacía, que los atravesaba. Harry ya lo había visto antes, en las personas que cumplían condena por primera vez, después de las primeras semanas de prisión. E intuía que así, precisamente, se sentía el hombre de la silla, como quien cumple condena.

– Somos de la policía -se presentó Harry.

Grette dirigió la mirada hacia donde se encontraban.

– Veníamos por lo del atraco y queríamos hablar de tu mujer.

Grette entrecerró los ojos, como si tuviera que concentrarse para entender lo que le decía Harry.

– ¿Podríamos hacerte unas preguntas? -dijo Beate alzando un poco la voz.

Grette asintió despacio con la cabeza y Beate acercó una silla y se sentó a su lado.

– ¿Podrías contarnos algo de ella? -preguntó.

– ¿Contaros algo?

Su voz chirriaba, como una puerta mal engrasada.

– Sí -dijo Beate sonriendo con dulzura-. Queremos saber quién era Stine. Qué hacía. Qué le gustaba. Cuáles eran vuestros planes comunes. Esas cosas.

– ¿Esas cosas? -Grette miró a Beate y dejó el bolígrafo-. Íbamos a tener un hijo. Ése era el plan. Inseminación artificial. Ella esperaba que fueran gemelos. Dos más dos, decía siempre. Dos más dos. Estábamos a punto de empezar. Justo ahora -precisó cuando ya las lágrimas acudían a sus ojos.

– ¿Justo ahora?

– Hoy, creo. O mañana. ¿Qué fecha es hoy?

– Diecisiete -dijo Harry-. Llevabais un tiempo casados, ¿no?

– Diez años -dijo Grette-. No me habría importado que no quisieran jugar al tenis. No se puede obligar a los hijos a que les guste lo mismo que a sus padres, ¿verdad? A lo mejor habrían preferido montar a caballo. Montar a caballo está muy bien.

– ¿Qué clase de persona era?

– Diez años -repitió Grette, volviéndose de nuevo hacia la ventana-. Nos conocimos en 1988. Yo ya había empezado mis estudios de economía y ella estaba en el último curso de la escuela de secundaria de Nissen. Era la chica más guapa que había visto en mi vida. Claro que eso es lo que dice todo el mundo, la más guapa es siempre la que no conseguiste y seguramente has olvidado. Pero, en el caso de Stine, era verdad. Y nunca dejaré de pensar que era la más guapa. Empezarnos a vivir juntos al mes de conocernos y permanecimos juntos día y noche durante tres años. Aun así, no me lo podía creer cuando aceptó convertirse en Stine Grette. Es extraño, ¿verdad? Cuando se ama tanto a alguien no entiendes que te pueda querer a ti. Debería ser al revés, ¿no?

Una lágrima fue a estrellarse contra el reposabrazos.

– Era una buena persona. No hay mucha gente que sepa apreciar esa cualidad, hoy día. Era de fiar, fiel y siempre estaba de buen humor. Y era valiente. Aunque yo durmiera, ella se levantaba y bajaba al salón cuando le parecía oír algún ruido. Yo le decía que debía despertarme porque, ¿qué pasaría el día que de verdad hubiera ladrones allí abajo? Pero ella se reía diciendo «pues lo invito a gofres, así te despertarás tú». Yo me despertaba con el olor de los gofres cuando los preparaba… sí.

Respiró con fuerza por la nariz. Las ramas desnudas del abedul los saludaban con las ráfagas de viento.

– Deberías haber preparado gofres -dijo en un susurro.

Intentó reír, pero sonó como un llanto.

– ¿Qué tipo de amigos tenía? -preguntó Beate.

Grette no había terminado de sollozar y Beate tuvo que repetir la pregunta.

– Le gustaba estar sola -explicó Grette-. Quizá porque era hija única. Se llevaba bien con sus padres. Y nos teníamos el uno al otro. No necesitábamos a nadie más.

– Bueno, podía relacionarse con otras personas sin que tú lo supieras, ¿no? -sugirió Beate.

Grette la miró.

– ¿Qué quieres decir?

Beate se sonrojó y, con una sonrisa, precisó:

– Quiero decir que a lo mejor no te contaba cada conversación que mantenía con todas las personas con las que hablaba.

– ¿Por qué no? ¿Adónde queréis llegar?

Beate tragó saliva e intercambió una mirada con Harry, que aprovechó para relevarla.

– Hay ciertas circunstancias que siempre investigamos en relación con un atraco, no importa lo improbables que parezcan. Y una de ellas es que puede darse el caso de que algún empleado del banco haya sido cómplice del atracador. A veces ocurre que el atracador cuenta con la ayuda de alguien de dentro, tanto para planificar el atraco como para llevarlo a cabo. Por ejemplo, no cabe duda de que el atracador sabía la hora en que se reponía el dinero del cajero automático. -Harry estudiaba la cara de Grette por si veía alguna reacción. Pero su mirada indicaba que los había abandonado, otra vez-. Hemos hablado de esto con todos los demás empleados -mintió Harry.

Fuera se oyó el graznido de una urraca. Quejumbroso, solitario. Grette asintió. Primero lentamente, luego más afanoso.

– Ya -dijo-. Comprendo. Creéis que mató a Stine por eso. Creéis que Stine conocía al atracador. Y cuando ya no le era útil, la mató para borrar posibles conexiones. ¿No es verdad?

– Cuando menos, es una posibilidad teórica -puntualizó Harry.

Grette negó con la cabeza y rió con una risa cavernosa y triste.

– Es obvio que no conocíais a mi Stine. Ella nunca haría algo así. ¿Y por qué lo iba a hacer? Si llega a vivir un poco más, habría sido millonaria.

– ¿Y eso?

– Walle Bødtker, su abuelo. Ochenta y cinco años y dueño de tres edificios en el centro de la ciudad. Le confirmaron cáncer de pulmón este verano y desde entonces sólo ha ido a peor. Cada uno de sus nietos heredará un edificio.

La pregunta de Harry salió como un acto reflejo.

– ¿Quién heredará ahora el edificio de Stine?

– Los otros nietos -aclaró Grette, dejando traslucir la repulsa que le producía la insinuación implícita en la pregunta-. Y ahora investigaréis si tienen coartada, ¿no?

– ¿Crees que no deberíamos hacerlo, Grette? -preguntó Harry.

Grette estaba a punto de responder pero se calló cuando su mirada se cruzó con la de Harry. Se mordió el labio inferior.

– Lo siento -se disculpó pasándose la mano por el corto cabello-. Por supuesto que debería alegrarme de que investiguéis todas las posibilidades. Sólo que se me antoja tan imposible. Y absurdo. Aunque lo atrapéis, nunca podré vengar lo que me ha hecho. Ni siquiera una pena de muerte puede hacerlo. Perder la vida no es lo peor que le puede pasar a una persona. -Harry ya sabía lo que venía a continuación-. Lo peor es perder la razón de vivir.

– Bueno -dijo Harry levantándose-. Aquí tienes mi tarjeta. Llámame si te acuerdas de algo. También puedes preguntar por Beate Lønn.

Grette se había vuelto otra vez hacia la ventana y no vio la tarjeta que Harry le tendía, así que éste la dejó sobre la mesa. Fuera ya era casi de noche y la luz arrancaba reflejos transparentes, casi fantasmagóricos, a los vidrios de las ventanas.

– Tengo la sensación de que lo vi -dijo Grette-. Los viernes suelo ir directamente del trabajo a jugar a squash en las instalaciones de SATS, en la calle Sporveisgata. No tenía pareja, así que me quedé entrenando en el gimnasio. Levantando algunas pesas, haciendo bicicleta, y esas cosas. Pero hay tanta gente a esas horas que te pasas la mayor parte del tiempo haciendo cola.

– Lo sé -dijo Harry.

– Estaba allí cuando mataron a Stine. A trescientos metros del banco. Deseando darme una ducha e ir a casa para empezar a preparar la cena. Yo siempre hacía la cena los viernes. Me gustaba esperarla. Me gustaba… esperar. No a todos los hombres les gusta.

– ¿Qué quieres decir con que lo viste? -preguntó Beate.

– Vi pasar a una persona que entró en el vestuario. Llevaba ropa ancha y negra. Un mono o algo así.

– ¿Y capucha?

Grette negó con la cabeza.

– ¿Gorra con visera, a lo mejor? -preguntó Harry.

– Llevaba la gorra en la mano. Podía ser una capucha. O una gorra con visera.

– ¿Le viste la ca…? -comenzó Harry, pero Beate lo interrumpió.

– ¿Estatura?

– No sé -dijo Grette-. Estatura normal. ¿Qué es normal? Uno ochenta, a lo mejor.

– ¿Por qué no nos has contado esto antes? -preguntó Harry.

– Porque…, como digo, fue una sensación. Sé que no era él -terminó Grette, apretando los dedos contra el cristal de la ventana.

– ¿Cómo estás tan seguro? -preguntó Harry.

– Porque dos colegas vuestros vinieron hace unos días. Ambos se llamaban Li. -Se volvió bruscamente hacia Harry-. ¿Son familia?

– No. ¿Qué querían?

Grette retiró la mano. Las marcas de grasa de la ventana aparecían rodeadas de rocío.

– Querían comprobar si Stine fue cómplice del atracador. Y me enseñaron fotos del atraco.

– ¿Y?

– El mono de la foto era negro y sin etiquetas. El que yo vi en SATS tenía unas letras grandes y blancas en la espalda.

– ¿Qué letras eran? -preguntó Beate.

– P-O-L-I-C-I-A -explicó Grette mientras borraba las marcas de los dedos sobre el cristal-. Luego, cuando salí a la calle, oí las sirenas de la policía en Majorstua. Lo primero que pensé fue que era extraño que los ladrones escaparan con tanta presencia policial.

– De acuerdo. ¿Por qué crees que pensaste eso en aquel momento?

– No lo sé. A lo mejor porque alguien me había robado la raqueta de squash en el vestuario mientras entrenaba. Lo siguiente que pensé fue que estaban atracando el banco de Stine. Son cosas que se te ocurren cuando dejas que el cerebro fantasee libremente, ¿no? Luego me fui a casa y preparé lasaña. A Stine le encantaba la lasaña.

Grette intentó sonreír, y las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos.

Harry desvió la vista hacia la hoja donde había estado escribiendo Grette para evitar ver llorar a aquel hombre adulto.

– Según tu cuenta corriente, has retirado una suma importante en los últimos seis meses. -La voz de Beate sonó dura y metálica-. Treinta mil coronas en São Paulo. ¿En qué las gastaste?

Harry la miró, sorprendido. La joven colega no parecía afectada por la situación.

Grette sonrió entre lágrimas.

– Stine y yo celebramos allí nuestro décimo aniversario de boda. A ella le quedaba una semana de vacaciones y se fue una semana antes que yo. Nunca habíamos estado separados tanto tiempo.

– Te pregunté en qué gastasteis treinta mil coronas en moneda brasileña -insistió Beate.

Grette miró por la ventana.

– Es un tema privado.

– Y un tema que trata de un asesinato, señor Grette.

Grette se volvió hacia Beate y la miró durante un buen rato.

– Nunca has tenido el amor de nadie, ¿verdad?

El rostro de Beate se ensombreció de pronto.

– Los joyeros alemanes de São Paulo se cuentan entre los mejores del mundo -dijo Grette-. Allí compré el anillo de diamantes que Stine llevaba cuando murió.

Dos enfermeros acudieron a buscar a Grette. Hora de comer. Harry y Beate se quedaron observándolo junto a la ventana mientras esperaban al enfermero que los acompañaría hasta la salida.

– Lo siento -se excusó Beate-. Metí la pata… yo…

– No pasa nada -dijo Harry.

– Siempre comprobamos la situación económica de los sospechosos en casos de asesinato, pero en éste creo que me he…

– Te digo que no pasa nada, Beate. Nunca pidas perdón por lo que has preguntado, sólo por lo que no hayas preguntado.

El enfermero vino y les abrió la puerta.

– ¿Cuánto tiempo pasará aquí? -quiso saber Harry.

– Lo mandan a casa el miércoles -respondió el enfermero.

En el coche, camino del centro, Harry le preguntó a Beate por qué los enfermeros siempre «mandan a casa» a los pacientes.

– ¿Por qué no «los dejan ir», simplemente? ¿Acaso los pacientes no deciden por sí mismos si quieren ir a casa o a cualquier otro lugar? Entonces, ¿por qué no dicen «se va», o le «damos el alta»?

Beate no manifestó ninguna opinión al respecto y Harry se concentró en contemplar el cielo gris pensando que ya empezaba a parecer un viejo malhumorado. Antes sólo estaba malhumorado.

– Ha cambiado de peinado -dijo Beate-. Y se ha puesto gafas.

– ¿Quién?

– El enfermero.

– Ah, ¿sí? No pensé que os conocierais.

– No nos conocemos. Lo vi una vez en la playa de Huk. Y en el cine Eldorado. Y en la calle Stortingsgata, creo que era… De eso hará unos cinco años.

Harry la miró.

– No sabía que fuera tu tipo de hombre.

– Y no lo es -le aseguró la joven.

– Ah, ya -dijo Harry-. Olvidaba que tienes un problema cerebral.

Ella sonrió.

– Oslo es una ciudad pequeña.

– ¿Ah, sí? ¿Cuántas veces me habías visto a mí antes de entrar en la Comisaría General?

– Una vez. Hace seis años.

– ¿Dónde?

– En la tele. Acababas de resolver aquel caso de Sidney.

– Ya. Entiendo que aquello te impresionara.

– Sólo recuerdo que te presentaron como a un héroe, a pesar de haber fracasado.

– No me digas…

– Nunca llevaste al culpable ante los tribunales, le disparaste.

Harry cerró los ojos y pensó en cómo iba a saborear la primera calada del próximo cigarrillo y se palpó el bolsillo interior para asegurarse de que llevaba el paquete. Sacó un papel doblado y se lo mostró a Beate.

– ¿Qué es esto?-preguntó la colega.

– La hoja donde Grette hacía garabatos.

– «Un buen día» -leyó.

– Lo ha escrito trece veces. Como El resplandor, ¿no?

– ¿El resplandor?

– Ya sabes, esa película de terror. Stanley Kubrick. -La miró de reojo-. En la que Jack Nicolson escribe la misma frase una y otra vez, desde un hotel.

– No me gustan las películas de miedo -dijo ella quedamente.

Harry se volvió a mirarla. Iba a decir algo, pero decidió que era mejor dejarlo.

– ¿Dónde vives? -le preguntó Beate.

– En Bislett.

– Está de camino.

– Ya. ¿Adónde?

– A Oppsal.

– ¡Vaya! ¿Qué parte de Oppsal?

– La calle Vestlandsveien. Cerca de la estación. ¿Sabes dónde está la calle Jørnsløkkveien?

– Sí, hay una casa de madera grande y amarilla haciendo esquina.

– Eso es. Ahí vivo yo. En el segundo piso. Mi madre vive en el primero. Es la casa donde me crié.

– Yo me crié en Oppsal -dijo Harry-. Puede que tengamos conocidos comunes.

– Puede -dijo Beate mirando por la ventanilla.

– Bueno, es poco probable -dijo Harry.

Recorrieron el resto del camino en silencio.

Llegó la noche y arreció el viento. La previsión del tiempo anunciaba vendaval al sur de Stadt y aumento de la nubosidad en el norte. Harry tosía. Buscó el jersey que su madre le había tejido a su padre, y que éste le había regalado a él en Navidad unos años después de que ella muriera. A Harry le pareció un gesto muy extraño. Preparó pasta y albóndigas y luego llamó a Rakel para hablarle de la casa donde había crecido.

Ella no decía gran cosa, pero él notó que le gustaba oírlo hablar de su habitación. De los juguetes y la pequeña cómoda. Que inventaba historias con los motivos del papel pintado, como si fuesen cuentos en clave. Y de aquel cajón de la cómoda que su madre y él acordaron que sería sólo suyo y que ella jamás lo tocaría.

– Allí guardaba todos mis cromos de fútbol-confesó Harry-. El autógrafo de Tom Lund. Y una carta de Sølvi, una chica que conocí durante mis veraneos en Åndalsnes. Y, más tarde, mi primer paquete de tabaco. Y el de condones. Se quedó sin abrir hasta que caducó. Estaban tan secos que reventaron cuando mi hermana y yo los inflamos.

Rakel se rió. Harry seguía contando, sólo para oírla reír.

Después deambuló de un lado a otro, sin un objetivo concreto. Las noticias parecían la repetición del día anterior. Tormentas crecientes sobre Jalalabad.

Entró en el dormitorio y encendió el ordenador. Mientras el aparato traqueteaba y se ponía en marcha vio que había recibido otro correo. Notó que se le aceleraba el pulso. Lo abrió.

Hola Harry.

El juego ha empezado. La autopsia confirmó que tú pudiste estar presente cuando ella murió. ¿Por eso te lo guardas para ti? Seguramente, no es mala idea. A pesar de que, en apariencia, fue un suicidio. Porque hay un par de cosas que no encajan, ¿verdad? La próxima jugada es tuya.

S#MN

Harry se sobresaltó al oír un estruendo y entonces se dio cuenta de que había golpeado la mesa con todas sus fuerzas con la palma de la mano. Miró a su alrededor en la oscura habitación. Estaba enfadado y tenía miedo, pero lo más frustrante era la sensación de que el remitente estaba muy… cerca. Extendió el brazo y apoyó la mano aún dolorida en la pantalla del ordenador. El frío cristal le refrescó la piel en un primer momento, pero enseguida sintió que el calor, como el de un cuerpo vivo, aumentaba desde el interior de la máquina.

19

Los zapatos en el cable de acero

Elmer caminaba deprisa por Grønlandsleiret saludando sonriente, aunque fugaz, a clientes y empleados de las tiendas vecinas. Estaba enfadado consigo mismo, había vuelto a quedarse sin cambio y había tenido que colgar un cartel en la puerta cerrada del quiosco con la leyenda «Vuelvo enseguida» para ir al banco a toda prisa.

Abrió la puerta, entró pronunciando su acostumbrado «buenos días» y se apresuró hacia el dispensador de números de turno. Nadie correspondió al saludo, pero ya estaba acostumbrado, allí sólo trabajaban noruegos blancos. Había un hombre reparando el cajero automático y los dos únicos clientes que pudo ver estaban junto a la ventana, mirando hacia la calle. Reinaba un silencio insólito. ¿Estaría pasando fuera algo de lo que no se dio cuenta?

– Veinte -gritó una voz de mujer.

Elmer miró su número. Ponía cincuenta y uno pero, como todos los mostradores estaban libres, se acercó a la ventanilla de donde provino la voz.

– Hola Cathrine, guapa -le dijo sin dejar de mirar por la ventana lleno de curiosidad-. Cinco paquetes de monedas, de cinco y de una.

– Veintiuno.

Entonces se volvió sorprendido hacia Cathrine y, al hacerlo, se dio cuenta de que había un hombre a su lado. En un primer momento, le pareció que era negro, pero luego vio que llevaba un pasamontañas negro. El cañón del rifle AG3 que sostenía giró y se detuvo ante Elmer.

– Veintidós -gritó Cathrine con voz hueca.

– ¿Por qué aquí? -preguntó Halvorsen mirando con los ojos entrecerrados hacia el fiordo de Oslo, que fluía a sus pies.

El viento le alborotó el flequillo que aleteaba de un lado a otro de la frente. Habían tardado menos de cinco minutos en conducir desde el contaminado barrio de Grønland hasta Ekeberg, que sobresalía como una torre de vigilancia verde en la esquina sudeste de la ciudad. Bajo los árboles hallaron un banco con vistas al viejo y bello edificio que Harry seguía llamando la Academia de Marineros, a pesar de que ahora formaba a empresarios.

– En primer lugar, porque aquí se está muy bien -aseguró Harry-. Segundo, porque es buen sitio para enseñarle a un forastero algo de la historia de la ciudad. La silaba Os de Oslo significa colina y se refiere a la que tenemos aquí, Ekebergåsen, «la colina de Ekeberg». Y la sílaba lo alude a esa planicie que ves allí abajo -explicó señalando con el dedo-. La tercera razón es que contemplamos esta colina a diario y, por eso, es importante ver también lo que hay detrás, ¿no crees?

Halvorsen no respondió.

– No quería hablar de esto en la oficina -dijo Harry-. Ni en la tienda de Elmer. Tengo que contarte algo.

A pesar de la distancia que los separaba del mar, a Harry le parecía notar cierto olor a agua salada en las fuertes ráfagas de viento.

– Yo conocía a Anna Bethsen -confesó.

Halvorsen asintió con la cabeza.

– No pareces muy sorprendido -dijo Harry.

– Me lo imaginaba.

– Pero hay más.

– ¿Sí?

Harry se llevó a la boca un cigarrillo aún sin encender.

– Antes de seguir, debo advertirte que esto debe quedar entre nosotros, lo cual puede plantearte un dilema. ¿Comprendes? Así que si no quieres verte implicado, no te digo nada más y lo dejamos aquí. ¿Quieres que siga o no?

Halvorsen miró a Harry. Si se lo pensó, no invirtió mucho tiempo, pues asintió enseguida.

– Alguien me está mandando correos electrónicos a casa -dijo Harry-. En relación con esa muerte.

– ¿Alguien que conoces?

– No tengo ni idea. La dirección no me dice nada.

– ¿Así que por eso me preguntaste ayer sobre el rastreo de direcciones electrónicas?

– No tengo ni puta idea sobre estas cosas, pero tú sí. -Harry hizo un intento fallido de encender el cigarrillo entre las ráfagas de viento-. Necesito ayuda. Creo que Anna fue asesinada.

Mientras el aire del noroeste arrancaba las últimas hojas de los árboles de Ekeberg, Harry le habló de los extraños correos recibidos de un remitente que parecía estar al corriente de cuanto ellos sabían, e incluso de más. No aludió al hecho de que el contenido de los mensajes lo situaba a él en la escena del crimen la noche que Anna murió, pero mencionó la pistola que ella tenía en la mano derecha, a pesar de que la paleta, la fotografía del zapato y la conversación con Astrid Monsen revelaban que era zurda.

– Astrid Monsen me aseguró que nunca había visto a Vigdis Albu ni a los niños de la foto, pero cuando le enseñé la imagen de su marido, Arne Albu, en el periódico Dagens Næringsliv le bastó con una simple ojeada. Lo había visto varias veces recogiendo el correo. Venía por la tarde y se iba entrada la noche.

– Eso se llama hacer horas extras.

– Le pregunté a Monsen si sólo se veían entre semana, y me dijo que a veces venía a buscarla en coche algún que otro fin de semana.

– A lo mejor les gustaba variar un poco con excursiones a la verde campiña.

– Puede, salvo que el campo no estaría verde. Astrid Monsen es una mujer muy meticulosa y observadora. Me contó que nunca venía en verano. Eso fue lo que me hizo pensar.

– ¿Pensar sobre qué? ¿La posibilidad de mirar en hoteles?

– Quizá, pero uno también puede hospedarse en un hotel en verano. Piensa, Halvorsen. Piensa en lo más natural.

Halvorsen hizo una mueca acompañada de un gesto con el que indicó que no tenía sugerencia alguna. Harry sonrió y expulsó el humo con vehemencia.

– Tú mismo encontraste el sitio.

Halvorsen enarcó las cejas, sorprendido.

– ¡La cabaña! Por supuesto.

– ¿Verdad? Un nido de amor lujoso y discreto cuando la familia ha vuelto a casa, y los vecinos curiosos han cerrado las contraventanas. Y sólo a una hora de Oslo en coche.

– Y ¿qué? -preguntó Halvorsen-. Eso no nos dice gran cosa.

– No digas eso. Si podemos probar que Anna ha estado en esa cabaña, Albu, como poco, tendrá que dar explicaciones. No necesitamos mucho. Una pequeña huella dactilar. Un cabello. Un comerciante observador que de vez en cuando les llevara pedidos.

Halvorsen se frotó el mentón.

– Pero ¿por qué no ir directamente al grano y buscar huellas dactilares de Albu en el apartamento de Anna? Tiene que estar lleno.

– Porque dudo que quede alguna. Según Astrid Monsen, hará un año que, repentinamente, dejó de aparecer por allí. Hasta un sábado del mes pasado en que fue a buscarla en coche. Monsen lo recuerda muy bien porque Anna llamó a su puerta para pedirle que estuviera al tanto durante su ausencia, por si oía a algún ladrón.

– ¿Y tú crees que se fueron a la cabaña?

– Yo creo -dijo Harry arrojando a un charco la colilla humeante, que chisporroteó un instante antes de extinguirse- que existe una razón para que Anna tuviera esa foto en el zapato. ¿Te acuerdas de lo que aprendiste en la Academia de Policía sobre cómo asegurar pruebas técnicas?

– Sí, bueno, lo poco que nos enseñaron. ¿Y tú?

– No. Hay un maletín con el equipo estipulado en tres de los coches patrulla. Polvos, pincel y láminas de plástico para las huellas dactilares. Cinta métrica, linterna, tenazas, cosas así. Quiero que reserves uno de esos coches para mañana.

– Harry…

– Y llama antes a ese comerciante para que te indique cómo llegar hasta allí. Pregunta con amabilidad, para no levantar sospechas. Di que estás construyéndote una cabaña y que el arquitecto con el que trabajas te ha mencionado la de Albu como referencia. Que sólo quieres verla.

– Harry, ¿no podemos simplemente…?

– Tráete también una palanca.

– ¡Escúchame!

La subida de tono de Halvorsen espantó a dos gaviotas que, lanzando roncos chillidos, alzaron el vuelo rumbo al fiordo. Halvorsen fue contando con los dedos.

– No tenemos la hoja azul con la orden de registro, no tenemos pruebas que nos la faciliten, no tenemos… nada. Y lo más importante, nosotros, es decir, yo, no tengo toda la información. Porque no me lo has contado todo, ¿verdad, Harry?

– ¿Qué te hace…?

– Muy simple. No tienes un móvil lo bastante bueno. Conocer a la tía no es un móvil suficiente para que de repente infrinjas todas las normas y entres ilegalmente en la cabaña arriesgando tu puesto de trabajo. Y el mío. Sé que quizás estés un poco loco, Harry, pero no eres idiota.

Harry miró la colilla tnojada que flotaba en el charco.

– ¿Desde cuándo nos conocemos, Halvorsen?

– Hace casi dos años.

– ¿Te he mentido alguna vez en todo este tiempo?

– Dos años no es mucho.

– ¿Te he mentido alguna vez? Te pregunto.

– Seguramente.

– ¿He mentido alguna vez sobre algo realmente importante?

– No, que yo sepa.

– De acuerdo. Tampoco pienso mentirte ahora. Tienes razón, no te lo he contado todo. Y sí, estás poniendo en peligro tu trabajo ayudándome. Lo único que puedo decirte es que te meterías en problemas mucho más graves si te lo contara todo. Tal como están las cosas, tienes que confiar en mí. O no. Todavía estás a tiempo de dejarlo.

Permanecieron sentados mirando al fiordo. Las gaviotas se habían convertido en dos pequeños puntos allá a lo lejos.

– ¿Tú qué harías? -dijo Halvorsen.

– Dejarlo.

Los puntos empezaron a crecer: las gaviotas emprendían el regreso.

De vuelta en la Comisaría General, se encontró un mensaje telefónico de Møller.

– Vamos a dar una vuelta -le dijo el jefe cuando Harry le devolvió la llamada.

– A donde sea -añadió Møller, ya en la calle.

– A la tienda de Elmer -dijo Harry-. Tengo que comprar tabaco.

Møller siguió a Harry por un sendero fangoso que atravesaba el césped entre la comisaría y la entrada adoquinada de Botsen. Harry se dio cuenta de que los de planificación no parecen entender que la gente siempre encontrará el camino más corto entre dos puntos, independientemente de dónde construyan las calles. Al final del camino había una señal medio tumbada que decía: «Prohibido pisar el césped».

– ¿Te has enterado del atraco que se ha producido esta mañana en Grønlandsleiret? -preguntó Møller.

Harry asintió con la cabeza.

– Es curioso que elija hacerlo a unos cientos de metros de la comisaría.

– Tuvo la suerte de que la alarma del banco se estaba reparando.

– No creo en la suerte -dijo Harry.

– ¿Ah, no? ¿Crees que tenía información de alguien del banco?

Harry se encogió de hombros.

– O de alguna otra persona que supiera lo de la reparación.

– Sólo el banco y el técnico saben esas cosas. Bueno, y nosotros, claro.

– Pero no querías hablarme del atraco de hoy, ¿verdad, jefe?

– No -admitió Møller bordeando el charco de puntillas-. El comisario jefe ha mantenido una conversación con el alcalde. Todos estos atracos le preocupan.

Por el camino se pararon para dejar pasar a una mujer que llevaba tres niños a rastras. Les reñía con voz cansada e irritada, y evitó mirar a Harry a los ojos. Era la hora de las visitas en la cárcel de Botsen.

– Ivarsson es competente, nadie lo duda -dijo Møller-. Pero este Dependiente parece ser de una pasta distinta a la habitual. Puede que el comisario jefe piense que, en esta ocasión, no bastarán los métodos convencionales.

– A lo mejor no. ¿Y qué? Una victoria más o menos en campo contrario; no es tan grave.

– ¿Victoria en campo contrario?

– Un caso sin resolver. Es una jerga habitual, jefe.

– Nos jugamos más que eso, Harry. Los periodistas llevan todo el día dándonos la lata, es una absoluta locura. Le llaman el nuevo Martin Pedersen. Y la edición digital del periódico VG se ha enterado de que le llamamos el Dependiente.

– Así que estamos con la misma historia de siempre -observó Harry cruzando la calle en rojo con Møller pisándole los talones-. Son los periodistas quienes deciden a qué debemos dar prioridad.

– Bueno, al fin y al cabo, ha matado a una persona.

– Sí, pero los asesinatos de los que no se habla se archivan.

– ¡Ah no! -exclamó Møller-. No estoy dispuesto a discutir ese asunto una vez más.

Harry se encogió de hombros mientras pasaba por encima de un expositor de periódicos que había volcado en el suelo. En la acera yacía un periódico, cuyas páginas pasaban a una velocidad de vértigo.

– Entonces, ¿qué es lo que quieres? -preguntó Harry.

– Como es natural, al comisario jefe le preocupa el prestigio en este asunto. Un atraco aislado a una oficina de correos se olvida mucho antes de que se archive; nadie se da cuenta de que el atracador no ha sido detenido. Y cuanto más se habla del atraco a un banco, más curiosidad despierta. Martin Pedersen no fue más que un hombre corriente que hizo lo que muchos sueñan con hacer, un Jesse James moderno, un fugitivo de la justicia. Estos sucesos crean mitos y héroes y generan empatía. Y así aparecen nuevos aspirantes para el gremio de los atracadores de bancos. El número de atracos aumentó sensiblemente en todo el país mientras la prensa escribía sobre Martin Pedersen.

– Teméis el efecto de contagio. Vale. ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

– Ivarsson es competente, nadie lo duda -dijo Møller-. Pero este Dependiente no es un atracador convencional. El comisario jefe no está satisfecho con los resultados obtenidos hasta ahora. -Møller señaló hacia la cárcel con un gesto-. Se ha enterado del episodio con Raskol.

– Ya.

– Estuve en el despacho del comisario jefe antes del almuerzo y se mencionó tu nombre. Varias veces, por cierto.

– Vaya, ¿debo sentirme halagado?

– Al menos eres un investigador que en otras ocasiones ha obtenido resultados con métodos poco convencionales.

Harry torció la boca en un intento por sonreír.

– El rasgo atractivo de un kamikaze…

– El mensaje es el siguiente, Harry. Deja todo lo que tengas entre manos y avísame si necesitas más gente. Ivarsson continuará como antes con su equipo. Pero apostamos por ti. Y… otra cosa… -Møller se acercó más a Harry-. Te damos rienda suelta. Estamos dispuestos a aceptar que te saltes algunas reglas. Siempre y cuando no salga del cuerpo, por supuesto.

– Ya. Me parece que lo he entendido. ¿Y si no es así?

– Te apoyaremos hasta donde sea posible. Pero, por supuesto, hay un límite.

Elmer se dio la vuelta cuando sonaron las campanillas que colgaban sobre el umbral de la puerta y señaló con la cabeza hacia la pequeña radio portátil que tenía enfrente.

– Y yo que creía que Kandahar era una marca de sujeción de esquíes. ¿Un paquete de Camel de veinte?

Harry asintió con la cabeza. Elmer subió el volumen de la radio y la voz del reportero que daba las noticias se mezcló con el zumbido de los sonidos del exterior: los coches, el viento que se afanaba por aferrarse a la marquesina, las hojas que crujían sobre el asfalto…

– ¿Y qué quiere tu colega?

Elmer señaló con la cabeza hacia la puerta, donde se había quedado Møller.

– Quiere un kamikaze -dijo Harry abriendo el paquete.

– ¿Ah, sí?

– Pero se ha olvidado de preguntar el precio -añadió Harry, que no tuvo que volverse para darse cuenta de la sonrisa maliciosa que exhibía Møller en su cara.

– ¿Y cuánto se le paga a un kamikaze en los tiempos que corren? -preguntó el quiosquero al tiempo que le devolvía el cambio a Harry.

– Si sobrevive, suele pedir permiso para hacer después lo que quiera -respondió Harry-. Es su única condición. Y la única que acepta.

– Es razonable -opinó Elmer-. Que tengan un buen día, señores.

Durante el camino de vuelta, Møller dijo que hablaría con el comisario jefe de la posibilidad de que Harry trabajara tres meses más en el caso de Ellen. Por supuesto, suponiendo que se atrapara al Dependiente. Harry asintió con la cabeza. Møller vaciló ante la señal de «Prohibido pisar el césped».

– Es el camino más corto, jefe.

– Sí -convino Møller-. Pero se le ensucian a uno los zapatos.

– Haz lo que quieras -dijo Harry y echó a andar por el sendero-. Los míos ya están sucios.

El atasco se disolvió justo después del desvío de Ulvøya. Había parado de llover y, en Llan, el asfalto ya estaba seco. Luego la carretera se ampliaba a cuatro carriles y era como si, al llegar la primavera y tras haberlos tenido encerrados durante el invierno, soltaran todos los coches que, ansiosos de velocidad, circulaban como el rayo. Harry miró a Halvorsen pensando cuándo oiría también él los desgarradores chirridos del limpiaparabrisas, pero Halvorsen no oía nada porque se había tomado al pie de la letra la invitación de la canción que sonaba en la radio:

– ¡Sing, sing, siiing!

– Halvorsen…

– For the love you bring…

Harry bajó el volumen de la radio, y Halvorsen le miró sin entender.

– Los limpiaparabrisas -observó Harry-. Ya los puedes apagar.

– Oh, sí. Sorry.

Continuaron en silencio. Dejaron atrás el desvío de Drøbak.

– ¿Qué le dijiste al tipo de la tienda de comestibles? -preguntó Harry.

– No creo que quieras saberlo.

– Pero dime, ¿llevó algún pedido de comida a la cabaña de Albu el jueves de hace cinco semanas?

– Eso dijo.

– ¿Antes de que llegase Albu?

– Dijo que solía abrir la puerta con la llave, entrar y dejar la comida sin más.

– Así que tiene llave.

– Harry, con un pretexto tan endeble no podía preguntar demasiado.

– ¿Y cuál era el pretexto?

Halvorsen suspiró.

– Le dije que era agrimensor provincial.

– ¿Agrimen…?

– … sor provincial.

– ¿Qué es eso?

– No lo sé.

Larkollen se encontraba en un desvío, a trece kilómetros interminables y catorce curvas, bastante cerradas, de la carretera principal.

– A la derecha, donde la casa roja, después de la gasolinera -iba repitiendo Halvorsen de memoria antes de girar por un camino de gravilla.

– Vaya, esto son muchísimas alfombrillas de ducha -murmuró Harry cinco minutos más tarde, cuando Halvorsen detuvo el coche y señaló hacia la gigantesca cabaña de madera que se atisbaba entre los árboles.

Parecía un refugio de montaña aquejado de gigantismo que, por algún malentendido, había ido a parar al lado del mar.

– Parece que no hay nadie -observó Halvorsen mirando hacia las cabañas vecinas-. Sólo gaviotas. Una cantidad horrible de gaviotas. A lo mejor cerca hay un vertedero.

– Ya. -Harry miró el reloj-. De todos modos, vamos a aparcar un poco más arriba.

El camino desembocaba en una rotonda para cambiar de sentido. Halvorsen detuvo el motor y Harry abrió la puerta y salió del coche. Se desentumeció la espalda y prestó atención a los chillidos de las gaviotas y al lejano rumor del embestir de las olas contra las rocas de la playa.

– ¡Ah! -exclamó Halvorsen llenando los pulmones con deleite-. Esto es otra cosa, y no el aire de Oslo, ¿no?

– Desde luego -dijo Harry buscando el paquete de tabaco-. ¿Has traído el maletín?

Camino de la cabaña, Harry se fijó en una gaviota grande, de color blanco amarillento, que se había posado sobre un poste de la valla y que fue girando la cabeza despacio mientras pasaban. Harry creyó sentir en la espalda la penetrante mirada del ave durante todo el trecho, hasta llegar arriba.

– Esto no va a ser fácil -auguró Halvorsen tras examinar la sólida cerradura.

Había colgado la gorra en una lámpara de hierro forjado que había encima de la robusta puerta de roble.

– Ya. Empieza tú, yo echaré un vistazo por los alrededores.

– ¿A qué se debe que de repente fumes más que antes? -preguntó Halvorsen mientras abría el maletín con herrajes y refuerzos metálicos.

Harry se detuvo un instante. Miró hacia el bosque.

– Es para que tengas una oportunidad de ganarme corriendo en bicicleta.

Troncos de madera negros como el carbón, ventanas sólidas. Todos los detalles de la cabaña parecían sólidos e impenetrables. Harry pensó que podían entrar por la impresionante chimenea de piedra, pero descartó la idea. Bajó por el sendero, lleno de oscuro fango por la lluvia de los últimos días. Le resultó fácil imaginar pequeños pies desnudos de niño en verano, bajando a la carrera por un sendero ardiente por el sol, camino de la playa que se ocultaba tras los montes pelados. Se detuvo y cerró los ojos. Permaneció así hasta que logró evocar aquellos sonidos. El zumbido de los insectos, el rumor de la alta hierba meciéndose al amor de la brisa, una radio lejana con una canción que llevaba el viento, y los gritos complacidos de niños desde la playa. Él tenía diez años, y se había acercado a la tienda para comprar leche y pan. La gravilla se le clavaba en la planta de los pies, pero apretaba los dientes, porque estaba decidido a curtirse los pies ese verano para correr descalzo con Øystein cuando volviese a casa. Durante el camino de vuelta, la pesada bolsa de la compra parecía querer hundirlo en la gravilla del sendero y sentía como si pisara carbón incandescente. Pero entonces fijaba la vista en algo que había ante él en el camino, una piedra más grande o una hoja, y se proponía como meta llegar hasta allí, cubrir sólo esa corta distancia. Cuando, hora y media más tarde, por fin llegó a casa, la leche se había estropeado con el sol y su madre estaba enfadada. Harry abrió los ojos. Bandadas de nubes grisáceas surcaban el cielo muy deprisa.

Miró a su alrededor y pensó que no hay nada tan solitario como una casa de verano en otoño. Saludó a la gaviota al subir hacia la cabaña.

Halvorsen estaba inclinado resoplando sobre la cerradura con una ganzúa eléctrica en la mano.

– ¿Qué tal va eso?

– Mal.

Halvorsen se enderezó y se secó el sudor.

– No es una cerradura para aficionados. A menos que quieras usar una palanca, habrá que rendirse.

– Nada de palancas. -Harry se frotó el mentón-. ¿Has mirado debajo del felpudo?

Halvorsen suspiró.

– No. Y tampoco lo voy a hacer.

– ¿Por qué no?

– Porque hemos cambiado de milenio y la gente ya no deja la llave de su cabaña debajo del felpudo. Sobre todo, tratándose de cabañas millonarias. A no ser que estés dispuesto a jugarte cien coronas. Simplemente no me apetece. ¿Te parece bien?

Harry asintió con la cabeza.

– Bien -dijo Halvorsen y se puso en cuclillas para guardar las herramientas en el maletín.

– Quería decir que acepto lo de las cien coronas -dijo Harry.

Halvorsen lo miró.

– ¿Te cachondeas de mí?

Harry negó con la cabeza.

Halvorsen levantó el borde del felpudo de fibra sintética verde.

– Come seven -murmuró retirando la alfombra de un tirón.

Tres hormigas, dos piojos de mar y una tijereta reaccionaron arrastrándose por la piedra gris, pero no vieron la llave.

– A veces eres increíblemente ingenuo, Harry -dijo Halvorsen y le tendió la mano-. ¿Por qué iban a dejar una llave?

– Porque… -dijo Harry, que no vio la mano, pues se había concentrado en la lámpara de hierro forjado que colgaba junto a la puerta-… la leche se agria si se queda al sol.

Se acercó a la lámpara y empezó a desenroscar la parte superior.

– ¿Qué quieres decir?

– La comida se trajo el día antes de que llegara Albu, ¿verdad? Es obvio que la dejaron dentro de la casa.

– ¿Y qué? ¿Crees que puede haber una llave en la tienda de comestibles…?

– No lo creo. Pienso que Albu quería estar totalmente seguro de que nadie pudiera entrar de repente, cuando él y Anna estuvieran en la casa. -Volcó la parte superior y miró dentro-. Y ahora ya estoy seguro.

Halvorsen retiró la mano mascullando una protesta.

– Fíjate en el olor -dijo Harry cuando entraron en el salón.

– Huele a detergente para suelos -dijo Halvorsen-. Alguien ha estado fregando hace poco.

La robustez de los muebles, las antigüedades rústicas y la gran chimenea de esteatita, todo reforzaba la impresión de estar en un ambiente de montaña. Harry avanzó hasta una librería de pino que había al otro lado del salón y cuyos estantes aparecían poblados de libros viejos. Ojeó los títulos que figuraban en los lomos desgastados, pero tuvo la impresión de que nunca se habían leído. Al menos no en aquella cabaña. Quizás hubiesen comprado un lote en algún anticuario de Majorstua. Viejos álbumes. Cajones. Y en los cajones había cajas de puros de Cohiba y Bolívar. Uno de ellos estaba cerrado con llave.

– Mira lo que ha durado la limpieza-dijo Halvorsen.

Harry se dio la vuelta y vio a su colega señalando hacia las huellas húmedas y marrones que afeaban el suelo. Dejaron los zapatos en la entrada, buscaron una bayeta en la cocina y, después de limpiar el suelo, acordaron que Halvorsen se ocuparía del salón, mientras Harry se dedicaba a los dormitorios y el baño.

Lo que Harry sabía sobre registros lo había aprendido en una calurosa aula de la Academia de Policía, un viernes después de comer, cuando todos querían irse a casa, ducharse y salir de juerga. No tenían libro de texto, sino las enseñanzas de un inspector jefe llamado Røkke. Y aquel viernes, precisamente, le dio a Harry un consejo que luego habría de servirle como única guía a la hora de efectuar un registro: «No pienses en lo que buscas, piensa en lo que encuentras. ¿Por qué está ahí? Si debe estar ahí. ¿Qué significa? Es como leer, si piensas en una l mientras miras una k, no ves bien las palabras».

Lo primero que vio Harry al entrar en el primer dormitorio fue la gran cama doble y la fotografía en la mesilla del señor y señora Albu. La foto no era muy grande, pero sí llamativa, porque era la única que había y estaba colocada de forma que miraba hacia la puerta. Se veía desde la entrada.

Harry abrió uno de los armarios. El olor a ropa de otras personas le abofeteó la cara. No era ropa deportiva, sino vestidos de fiesta, blusas y un par de trajes. Y, además, unos zapatos de golf con la suela de clavos.

Harry realizó un registro sistemático de los tres armarios. Llevaba como investigador el tiempo suficiente como para que no le molestara ver y palpar las pertenencias de otras personas.

Se sentó en la cama y observó la foto de la mesilla. Al fondo sólo se distinguían el cielo y el mar, pero la forma en que la luz incidía sobre los retratados le sugirió a Harry que se había tomado en algún rincón del sur. Arne Albu estaba bronceado y tenía en la mirada la misma expresión burlona y jovial que Harry detectó en el restaurante de Aker Brygge. Cogía a su esposa por la cintura con tal fuerza que el torso de Vigdis Albu parecía sobresalir.

Harry levantó la colcha y el edredón. Si Anna había dormido en aquellas sábanas, encontraría algún cabello, restos de piel, saliva o residuos de flujos sexuales. O quizás incluso un poco de todo. Pero fue tal como suponía. Pasó una mano por la tiesa sábana, acercó la cara a la almohada para olerla de cerca. Recién lavado. Mierda.

Abrió el cajón de la mesilla. Un paquete de chicles Extra, una caja sin abrir de Paralgin, un llavero con una llave y una placa de latón con las iniciales A.A., la fotografía de un bebé encogido como una larva en un cambiador, y una navaja suiza.

Estaba apunto de coger la navaja cuando se oyó el grito solitario y gélido de una gaviota. Inconscientemente se estremeció y miró por la ventana. La gaviota había desaparecido. Iba a reanudar la búsqueda, pero volvió a verse interrumpido por el agudo ladrido de un perro.

Al mismo tiempo apareció Halvorsen por la puerta.

– Sube gente por el sendero.

El corazón se le aceleró como si fuese un motor turbo.

– Yo cojo los zapatos -dijo Harry-. Tú trae el maletín y el equipo.

– Pero…

– Saltaremos por la ventana cuando entren. ¡Rápido!

Los ladridos se volvieron más audibles e intensos. Harry echó a correr hacia la entrada mientras Halvorsen se acuclilló ante la estantería para guardar en el maletín los polvos, el cepillo y el papel de contacto. El perro ya estaba tan cerca que se oía el profundo gruñido entre un ladrido y el siguiente. Pasos en la escalera. La puerta no estaba cerrada con llave; demasiado tarde. ¡Lo iban a pillar con las manos en la masa! Harry tomó aire y se quedó de pie. Era mejor enfrentarse a la situación en aquel momento y tal vez Halvorsen pudiera escapar. De este modo no tendría que cargar con la culpa del despido de su colega.

– ¡Gregor! -gritó una voz de hombre desde el otro lado de la puerta-. ¡Ven aquí!

Los ladridos se alejaron y oyó que el hombre bajaba las escaleras.

– ¡Gregor! ¡Deja en paz a los ciervos!

Harry se adelantó dos pasos y dio una vuelta a la cerradura. Recogió los dos pares de zapatos y se dirigió de puntillas hasta el salón, mientras oía el sonido de unas llaves al otro lado de la puerta. Cerró la del dormitorio tras de sí, al tiempo que oía abrirse la puerta de la entrada. Halvorsen estaba sentado en el suelo, bajo la ventana, mirando a Harry con los ojos como platos.

– ¿Qué pasa? -susurró Harry.

– Estaba intentando salir por la ventana cuando llegó ese perro loco -susurró Halvorsen-. Es un rottweiler enorme.

Harry asomó la cabeza por la ventana y se encontró con las fauces del animal, que daba dentelladas en el aire, y sus patas delanteras apoyadas en la pared. Al ver a Harry, el perro empezó a dar saltos sobre la pared, ladrando y babeando como un poseso. Desde el salón se oían unas pisadas decididas. Harry se dejó caer en el suelo junto a Halvorsen.

– Máximo setenta kilos -susurró-. Pan comido.

– Para ti. Yo he visto un ataque de rottweiler en Victor, la unidad canina.

– Ya.

– Perdieron el control del perro durante el entrenamiento. Al agente que hacía de malo tuvieron que coserle la mano al brazo en Rikshospitalet.

– Creía que llevaban un buen acolchado.

– Y lo llevan.

Se quedaron sentados escuchando los ladridos. Ya habían dejado de oírse los pasos en el salón.

– ¿Salimos a saludar? -susurró Halvorsen-. Sólo es cuestión de tiempo que…

– ¡Calla!

De nuevo se oyeron los pasos, que ahora se acercaban a la puerta del dormitorio. Halvorsen cerró los ojos, como si quisiera guardar fuerzas ante la inminente humillación. Cuando volvió a abrirlos, vio que Harry mantenía el índice contra los labios.

Oyeron una voz al otro lado de la ventana del dormitorio.

– ¡¡Gregor!! ¡Ven! ¡Vamos a casa!

Tras unos ladridos más, se hizo un repentino silencio. Harry sólo oía una respiración bronca y entrecortada, aunque ignoraba si era la suya o la de Halvorsen.

– Muy obedientes, esos rottweilers -susurró Halvorsen.

Aguardaron hasta oír que el coche arrancaba y entonces salieron corriendo hasta el salón. Harry tuvo tiempo de ver desaparecer carretera abajo la parte trasera de un Jeep Cherokee azul marino. Halvorsen se desplomó en el sofá y echó la cabeza hacia atrás.

– Dios mío -suspiró-. Ya me imaginaba una deshonrosa retirada hasta Steinkjer. ¿Qué coño quería ése? Apenas ha estado aquí dos minutos.

Halvorsen se levantó de un salto.

– ¿Crees que volverá? A lo mejor sólo van a la tienda…

Harry negó con la cabeza.

– Se han ido a casa. Esa gente no miente a sus perros.

– ¿Estás seguro?

– Claro que sí. Un día le gritará: «A tu sitio, Gregor, vamos al veterinario a sacrificarte».

Harry echó una mirada a su alrededor. Avanzó hasta la librería, donde pasó un dedo por los lomos de los libros que tenía delante, desde el estante superior hasta el de más bajo.

Halvorsen hizo un gesto afirmativo y sombrío, y miró al infinito.

– Y Gregor obedecerá moviendo la cola. Esto de los perros es curioso.

Harry se detuvo y se echó a reír.

– ¿Te arrepientes, Halvorsen?

– Bueno. No me arrepiento más de esto que de otras cosas.

– Empiezas a hablar como yo.

– Es que estaba citándote. Es lo que dijiste cuando compramos la máquina de café. ¿Qué buscas?

– No lo sé -admitió Harry al tiempo que sacaba y abría un volumen grueso y de gran formato-. Veamos. Un álbum de fotos. Interesante.

– ¿Ah, sí? Me he vuelto a perder.

Harry señaló hacia abajo, a su espalda. Halvorsen se levantó y miró. Y comprendió, pues el suelo aparecía surcado por una serie de huellas húmedas de un par de botas que describían una línea recta desde el umbral de la puerta hasta la librería, justo hasta el lugar donde se encontraba Harry.

Dejó el álbum en su sitio, extrajo otro, y empezó a hojearlo.

– Exacto -dijo después de transcurridos unos segundos.

Se apretó el álbum contra la cara.

– Eso es.

– ¿El qué?

Dejó el álbum sobre la mesa, delante de Halvorsen, y señaló una de las seis fotos que cubrían la página de color negro. Una mujer y tres niños les sonreían desde una playa.

– Es la misma foto que encontré en el zapato de Anna -explicó-. Huélela.

– No es necesario, huele a pegamento desde aquí.

– Correcto. Acaba de pegar la foto; si tiras un poco de ella se nota que el pegamento aún está blando. Pero huele la foto también.

– Vale. -Halvorsen pegó la nariz a las caras sonrientes de la instantánea-. Huele a… sustancias químicas.

– ¿Qué sustancias químicas?

– Como huelen las fotos recién reveladas.

– Correcto otra vez. ¿Y qué podemos deducir de eso?

– ¿Que… le gusta pegar fotos?

Harry miró el reloj. Si Albu se fue directo a su casa, llegaría en una hora.

– Te lo explicaré en el coche -le dijo-. Ya tenemos la prueba que necesitamos.

Cuando salieron a la E 6, comenzó a llover. Las luces de los coches que venían de frente se reflejaban en el asfalto mojado.

– Ya sabemos de dónde procedía la foto que Anna llevaba en el zapato -dijo Harry.

– Apuesto a que Anna se las ingenió para cogerla del álbum la última vez que estuvieron en la cabaña.

– Pero ¿para qué querría ella esa foto?

– Quién sabe. Para ver lo que se interponía entre ella y Arne Albu, quizá. Para entender algo. O para tener algún objeto con el que practicar vudú.

– Y cuando le enseñaste la foto, ¿sabía de dónde procedía?

– Por supuesto. Las huellas de los neumáticos del Cherokee de la cabaña son las mismas que las que vimos al llegar, lo que indica que estuvo en la cabaña hace un par de días, como mucho, puede que incluso ayer.

– ¿Para limpiar la cabaña y borrar todas las huellas?

– Y para comprobar su sospecha de que faltaba esa foto en el álbum. De modo que, cuando llegó a casa, buscó el negativo de la foto y lo llevó a una tienda de revelado.

– Seguramente a uno de esos sitios donde revelan en el acto. Y hoy ha vuelto a la cabaña para ponerla en lugar de la otra.

– Ajá.

Las ruedas traseras del camión que circulaba delante de ellos dejaron en el parabrisas una película de agua sucia y oleosa y los limpiaparabrisas iban a toda velocidad.

– Albu se ha esforzado mucho por eliminar cualquier rastro de su aventura amorosa -dijo Halvorsen-. Pero ¿crees realmente que mató a Anna Bethsen?

Harry miró fijamente la leyenda de la puerta trasera del camión: «AMOROMA-tuyo para siempre».

– ¿Por qué no?

– No me parece un asesino. Un tío normal, con estudios, buen padre de familia sin antecedentes penales y que ha levantado su propia empresa.

– Ha sido infiel.

– ¿Y quién no?

– Sí, quién no -repitió Harry despacio cuando, de forma súbita e inesperada, exclamó irritado-: ¿Es que vamos a quedarnos comiendo mierda detrás de este camión hasta Oslo o qué?

Halvorsen miró el espejo retrovisor y se deslizó al carril izquierdo.

– ¿Y cuál sería su móvil, según tú?

– Se lo preguntaremos -dijo Harry.

– ¿Qué quieres decir? ¿Insinúas que vamos a ir a su casa a interrogarle? ¿A decirle que conseguimos pruebas de forma ilegal y que de paso nos despidan?

– Tú no tienes que ir; lo haré solo.

– ¿Y qué crees que conseguirás con eso? Si se sabe que hemos entrado en la cabaña sin orden de registro, no habrá un juez en todo el país que no rechace la prueba.

– Precisamente por eso.

– Precisamente… Perdona, pero empiezo a cansarme de tanto acertijo, Harry.

– Porque no tenemos nada que pueda usarse en un juicio, tenemos que provocarlo para que nos proporcione algo que sí podamos utilizar.

– Entonces deberíamos llevarlo a una sala de interrogatorios, ofrecerle una silla cómoda, servirle café y poner en marcha una cinta.

– No. No necesitamos un montón de mentiras en una cinta cuando lo que sabemos no puede utilizarse para probar que miente. Lo que necesitamos es un aliado. Alguien que lo desenmascare por nosotros.

– ¿Y quién será ese aliado?

– Vigdis Albu.

– Ah. ¿Y cómo…?

– Si Arne Albu le ha sido infiel, cabe la posibilidad de que Vigdis quiera llegar al fondo del asunto. Y también hay bastantes probabilidades de que ella tenga la información que necesitamos. Y nosotros sabemos un par de cosas que le ayudarán a saber aún más.

Halvorsen bajó el espejo para que no lo deslumhraran las luces del camión que se les colocó justo detrás.

– ¿Estás seguro de que es una buena idea, Harry?

– No. ¿Sabes qué es un anagrama?

– No tengo ni idea.

– Un juego de letras. Palabras que se leen igual hacia delante y hacia atrás. Mira el camión por el retrovisor. AMOROMA. Resulta la misma palabra, da igual por dónde empieces a leer.

Halvorsen estuvo a punto de decir algo, pero cambió de idea y se limitó a hacer un gesto de desesperación.

– Llévame al Schrøder -le pidió Harry.

El aire del Schrøder estaba viciado de sudor, humo de tabaco y ropa empapada por la lluvia y por los pedidos de cerveza que los clientes exigían a gritos desde las mesas. Beate Lønn aguardaba sentada a la misma mesa que había ocupado Aune. Resultaba tan difícil de distinguir como una cebra en una vaquería.

– ¿Llevas mucho esperando? -preguntó Harry.

– No -mintió la joven.

Delante de ella, sobre la mesa, había un vaso de cerveza intacto y ya sin espuma. Beate observó que Harry se fijaba en la bebida y echó mano del vaso, para disimular.

– Aquí no te obligan a beber -aseguró Harry buscando a Maja con la mirada-. Sólo lo parece.

– No sabe tan mal -respondió ella dando un sorbo brevísimo-. Mi padre solía decir que no se fiaba de quienes beben cerveza.

En ese momento aterrizaron en la mesa, delante de Harry, una cafetera y una taza. Beate se sonrojó.

– Yo solía tomar cerveza -dijo Harry-. Tuve que dejarlo.

Beate clavó la mirada en el mantel.

– Pero es el único vicio del que me he quitado -continuó Harry-. Fumo, miento y soy vengativo. -Alzó la taza, como para brindar-. ¿Cuáles son tus vicios, Beate? ¿Aparte de estar enganchada a las cintas de vídeo y de recordar todas las caras que has visto en tu vida?

– No tengo muchos más -dijo mientras levantaba el vaso de cerveza-. Bueno, aparte de sufrir el mal de Setesdal.

– ¿Es grave?

– Bastante. En realidad se conoce como enfermedad de Huntington. Es hereditaria y muy común en el valle de Setesdal.

– Y ¿por qué allí?

– Es… es un valle angosto entre montañas altas. Y alejado del resto del mundo.

– Comprendo.

– Tanto mi padre como mi madre son de Setesdal y, al principio, ella no quería relacionarse con él porque creía que una tía suya padecía la enfermedad. Aquella tía de mi padre, decían, iba por ahí estirando los brazos de repente, de modo que la gente solía guardar las distancias con ella.

– ¿Y tú tienes esa enfermedad?

Beate sonrió.

– Mi padre solía tomarle el pelo a mi madre con eso cuando yo era pequeña. Cuando papá y yo jugábamos a darnos puñetazos, yo era tan rápida y pegaba tan fuerte que él decía que seguro que se debía al mal de Setesdal. A mí me parecía divertido, yo… quería tener la enfermedad de Setesdal. Pero un día mi madre me contó que te puedes morir de la enfermedad de Huntington. -Beate se quedó manoseando el vaso-. Y ese mismo verano aprendí lo que significa la muerte.

Harry saludó con la cabeza a un marinero veterano de guerra que ocupaba la mesa vecina, pero el marinero no le devolvió el saludo. Harry carraspeó y retomó la conversación.

– ¿Y qué hay de las ansias de venganza, también padeces de eso?

Ella lo miró.

– ¿Qué quieres decir?

– Mira a tu alrededor. La humanidad no consigue funcionar sin ese impulso. Venganza y revancha, ésa es la fuerza motriz del pequeñajo acosado en el colegio que luego se convierte en multimillonario; y del atracador que piensa que la sociedad lo ha tratado injustamente. Y míranos a nosotros. La venganza acalorada de la sociedad disfrazada de revancha fría y racional, ésa es nuestra profesión.

– Así ha de ser -dijo ella sin mirarlo a los ojos-. Sin castigo, la sociedad no funcionaría.

– Sí, pero hay algo más, ¿verdad? La catarsis. La venganza conlleva una suerte de purificación. Aristóteles escribió que el alma del ser humano se purifica con el miedo y la compasión que le infunde la tragedia. Es una idea aterradora, ¿no? A través de la tragedia de la venganza satisfacemos el deseo más íntimo del alma.

– No he leído mucha filosofía.

Levantó el vaso y tomó un buen trago.

Harry inclinó la cabeza.

– Yo tampoco. Sólo intento impresionarte. ¿Seguimos con el asunto?

– En primer lugar, la mala noticia -dijo Beate-. La reconstrucción de la cara que habría debajo de la máscara no funcionó. Sólo tenemos la nariz y el contorno de la cabeza.

– ¿Y la buena noticia?

– La mujer que utilizaron de rehén en el atraco de Grønlandsleiret cree que reconocería la voz del atracador. Dijo que era una voz tan excepcionalmente clara que casi pensó que se trataba de una mujer.

– Ya. ¿Algo más?

– Sí. He hablado con los empleados del gimnasio SATS y he averiguado un par de cosas. Trond Grette llegó a las dos y media, y se fue sobre las cuatro.

– ¿Cómo puedes estar segura de eso?

– Porque cuando llegó pagó la hora de squash con tarjeta. El banco BBS registró el pago a las 14.34. Y ¿recuerdas la raqueta de squash que le robaron? Pues, como es natural, se lo dijo a los empleados. La chica que trabajaba ese viernes anotó el tiempo que Grette pasó allí en el informe del día. Se fue del gimnasio a las 16.02.

– ¿Y ésa era la buena noticia?

– No, la buena viene ahora. ¿Te acuerdas del hombre con el mono que Grette vio pasar por delante de la sala de entrenamiento?

– ¿El que llevaba el letrero de «policía» en la espalda?

– Ése. He visto el vídeo. Podría ser una cinta adhesiva que el Dependiente hubiese pegado en la espalda y el pecho del mono.

– ¿Y?

– Si era el Dependiente, quizá tuviera distintivos policiales en cinta adhesiva que pegó en el mono cuando ya no lo captaban las cámaras.

– Ya.

Harry sorbió ruidosamente el café.

– Eso explicaría que nadie reparase en una persona con un mono negro: después del atraco, el lugar estaba infestado de uniformes policiales negros.

– ¿Qué dijeron los de SATS?

– Eso es lo más interesante. La empleada de turno se acuerda de un hombre con mono y que ella creyó que era agente de policía. Pasó a la carrera y la joven pensó que no querría llegar tarde a su hora de squash o algo así.

– ¿De modo que no tienen el nombre del individuo?

– No.

– Esto no es muy halagüeño…

– No, pero ahora viene lo mejor. La razón por la que se acuerda del tipo es que pensó que sería un GEO o algo así, porque el resto de su vestimenta era muy hortera. Bueno yo… -Beate guardó silencio y lo miró temerosa-. Yo no quería…

– No importa -la tranquilizó Harry-. Continúa.

Beate movió el vaso, y Harry creyó ver una minúscula sonrisa triunfal en aquella boca pequeña.

– Llevaba un pasamontañas bajado hasta la mitad. Y unas grandes gafas de sol le tapaban el resto de la cara. Y, según la empleada, iba cargado con una gran bolsa negra que parecía muy pesada.

Harry se atragantó con el café.

Unos zapatos viejos colgados por los cordones pendían del cable que había tendido entre los edificios de ambos lados de la calle Dovregata. La farola a la que estaba conectado el cable hacía lo que podía para iluminar el camino de adoquines, pero era como si la oscuridad del otoño ya hubiera vampirizado toda la luz de la ciudad. A Harry no le importaba, conocía a ciegas el camino al Schrøder desde la calle Sofie. Lo había comprobado en varias ocasiones.

Beate había conseguido la lista de las personas que tenían reservada hora para un partido de squash o una sesión de aeróbic en el gimnasio SATS a la hora en que estuvo allí el hombre del mono, y empezaría a llamarlos al día siguiente. Si no conseguía localizar al tipo, al menos cabía la posibilidad de que alguien que hubiese estado en los vestuarios cuando se cambió pudiera describirlo.

Harry pasó por debajo del par de zapatos del cable. Llevaba años viéndolos allí colgados y tenía la convicción de que nunca sabría cómo habían acabado allí.

Cuando entró, Ali estaba fregando la escalera.

– Supongo que odiarás el otoño noruego -comentó Harry limpiándose los zapatos-. No trae más que mierda y agua embarrada.

– En la ciudad donde vivía en Pakistán, la visibilidad era de cincuenta metros por la contaminación -sonrió Ali-. Todo el año.

Harry oyó un sonido lejano pero familiar. Hay una ley que dice que los teléfonos siempre suenan cuando puedes oírlos pero no llegar a tiempo para cogerlos. Miró el reloj. Las diez. Rakel le dijo que llamaría a las nueve.

– El trastero que tienes en el sótano… -comenzó Ali.

Pero Harry ya corría escaleras arriba e iba dejando una huella de sus Doctor Martens cada cuatro peldaños. En cuanto abrió la puerta, el teléfono dejó de sonar.

Se quitó las botas, se pasó las manos por la cara, se acercó hasta el teléfono y levantó el auricular. El número de teléfono del hotel estaba pegado en el espejo con un post-it. Lo cogió y vio reflejado en el espejo el primer correo de S#MN. Lo había impreso y lo tenía colgado en la pared. Una vieja costumbre: en la Brigada de Delitos Violentos solían decorar las paredes con fotografías, cartas y otras pistas de utilidad, a fin de inspirarse y encontrarles una relación o activar de alguna manera el subconsciente. Harry no conseguía leer la carta invertida, pero tampoco lo necesitaba:

Imaginemos que cenas en casa de una mujer y al día siguiente la encuentran muerta. ¿Qué haces?

S#MN

Cambió de idea, se fue al salón, encendió la tele y se desplomó en el sillón de orejas. Al rato se levantó de golpe, volvió a salir al pasillo y marcó el número.

Rakel sonaba cansada.

– En el Schrøder -dijo Harry-. Acabo de volver.

– Te he llamado al menos diez veces.

– ¿Pasa algo?

– Tengo miedo, Harry.

– Ya. ¿Tienes mucho miedo?

Harry se colocó en el umbral de la puerta del salón, sujetando el auricular entre el hombro y la oreja mientras bajaba el volumen del televisor con el mando a distancia.

– Mucho no -dijo ella-. Un poco.

– Tener un poco de miedo no es peligroso. Uno se hace fuerte con un poco de miedo.

– ¿Y si me entra mucho miedo?

– Sabes que iré enseguida. Sólo tienes que pedírmelo.

– Ya te he dicho que no puedes, Harry.

– En este momento te concedo el derecho a cambiar de opinión.

Harry observó al hombre que aparecía en la pantalla de la tele con turbante y uniforme de camuflaje. Su cara le resultó extrañamente familiar, se parecía a alguien.

– El mundo se está derrumbando -dijo ella-. Sólo necesitaba saber que hay alguien ahí.

– Pues hay alguien aquí.

– Pero suenas ausente.

Harry dejó de mirar la tele y se apoyó en el umbral.

– Lo siento. Pero estoy aquí y pienso en ti, a pesar de sonar ausente.

Ella empezó a llorar.

– Perdona, Harry. Pensarás que soy una llorona empedernida. Ya sé que estás ahí -susurró ella-. Sé que puedo confiar en ti.

Harry tomó aire. El dolor de cabeza llegó lento pero implacable, como una cinta de hierro ciñéndose despacio alrededor de su frente. Cuando colgaron, notaba cada pulsación en la sien.

Apagó el televisor y puso un disco de Radiohead, pero no soportó la voz de Thom Yorke. Fue al baño y se lavó la cara. Luego fue a la cocina y echó una mirada frívola al interior de la nevera. Ya no podía retrasarlo más. Entró en el dormitorio. La pantalla del ordenador cobró vida y lanzó su luz fría y azul a la habitación. Estableció contacto con el resto del mundo. Informó de que había recibido un mensaje de correo electrónico. Ahora era perfectamente consciente.

La sed. Tiraba de las cadenas como una jauría de perros queriendo soltarse. Pulsó sobre el icono del correo.

Debí mirar en sus zapatos. La foto estaría encima de la mesilla de noche y ella la cogió mientras yo cargaba el arma. Está claro que esto añade emoción al juego. Un poco más.

S#MN

PD: Anna pasó miedo. Sólo quiero que lo sepas.

Harry se metió la mano en el bolsillo y sacó el llavero. Tenía una placa de latón con las iniciales A.A.

TERCERA PARTE

20

El aterrizaje

¿Qué piensa una persona que se enfrenta al cañón de un arma? A veces creo que no piensa. Como esa señora de hoy. «No me dispares», dijo. ¿De verdad creía que podía cambiar las cosas con semejante petición? En su tarjeta de identificación ponía DnB y Catherine Schøyen, y cuando le pregunté por qué había tantas ees y haches en su nombre, me miró con cara de vaca boba y repitió las mismas palabras.

– No me dispares.

Estaba apunto de perder el control, mugí y le disparé entre los cuernos.

Veo el tráfico detenido ante mí. Noto el asiento contra la espalda, pegajosa, sudorosa. La radio está sintonizada en la emisora NRK Todo Noticias. Aún no han dicho nada. Miro el reloj. Si todo fuese normal, estaría a salvo en la cabaña dentro de media hora. El coche que me precede tiene un condensador y yo apago el ventilador. Ha empezado el atasco de la tarde, pero el tráfico es más lento que de costumbre, si es que puede ser. ¿Habrá habido un accidente más adelante? ¿O la policía habrá montado los controles? Imposible. La bolsa con el dinero está bajo una chaqueta, en el asiento trasero, junto al rifle AG3. El motor que tengo delante acelera con determinación antes de que el conductor consiga soltar el embrague y hacer avanzar el coche dos metros. Volvemos a estar parados. Sopeso si aburrirme, preocuparme o, simplemente, sentirme decepcionado. Y entonces los veo. Dos personas se acercan a pie por la línea que separa ambos carriles. Una es una mujer de uniforme, la otra un hombre alto con gabardina gris. Escrutan atentos los coches de la derecha y de la izquierda. Una de las dos personas se detiene e intercambia unas palabras amables con un conductor que, al parecer, no lleva puesto el cinturón de seguridad. Será un control rutinario. Se acercan. En el informativo de NRK Todo Noticias, una voz nasal anuncia en inglés que la temperatura ambiente supera los cuarenta grados y recomienda tomar precauciones para evitar la insolación. Automáticamente empiezo a sudar, aunque sé que fuera hace frío. Están justo delante de mi coche. Es el comisario Harry Hole. La mujer se parece a Stine. Me mira al pasar. Respiro aliviado. Estoy a punto de romper a reír cuando alguien golpea la ventanilla. Me giro despacio. Muy despacio. Ella me sonríe y reparo en que la ventanilla ya está bajada. Es raro. Ella dice algo pero sus palabras quedan ahogadas por el motor del coche de delante que está acelerando.

– ¿Cómo? -pregunto y vuelvo a abrir los ojos.

– ¿Could you please put your seat in an upright position?

– ¿El respaldo? -pregunto confuso.

– We'll be landing shortly, sir.

Ella vuelve a sonreír y desaparece.

Me froto los ojos para ahuyentar el sueño y todo se repite. El atraco. La fuga. La maleta, con el billete de avión, preparada en la cabaña. Los SMS del Príncipe avisándome de que hay vía libre. Pero, aun así, esa pequeña punzada de nerviosismo cuando enseñé el pasaporte en el mostrador de facturación de Gardermoen. La salida. Todo fue según lo previsto.

Miro por la ventanilla. Es obvio que aún no me he despertado del todo porque, por un momento, tengo la sensación de que volamos por encima de las estrellas. Pero entonces comprendo que son las luces de la ciudad y empiezo a pensar en el coche de alquiler que he reservado. ¿Sería mejor pasar la noche en un hotel de esa gran ciudad humeante y pestilente, y continuar mañana? No, mañana estaré igual de cansado debido al jet-lag. Mejor llegar a puerto cuanto antes. El lugar al que voy es mejor de lo que dicen, incluso viven allí algunos noruegos con quienes podré hablar. Despertar para ver el sol, el mar y vivir una vida mejor. Ése es el plan. Al menos, el mío.

Me aferró a la copa que conseguí rescatar antes de que la azafata doblase la mesita que tenía delante. Entonces, si ése es mi plan, ¿por qué no confío en él?

El ruido del motor se intensifica y se amortigua. Ahora noto que descendemos. Cierro los ojos y tomo aire automáticamente sabiendo lo que vendrá. Ella. Lleva el mismo vestido que la primera vez que la vi. Dios mío, ya la estoy deseando. El hecho de que sea un deseo imposible de saciar aunque estuviera viva, no cambia nada. Porque todo lo relacionado con ella era imposible. La virtud y el frenesí. El cabello que debía usurpar toda la luz pero que, sin embargo, brillaba como el oro. La risa obstinada mientras las lágrimas descendían por sus mejillas. Esa mirada llena de odio cuando la penetraba. Sus falsas declaraciones de amor y la alegría sincera cuando yo venía con pobres excusas después de haber faltado a alguna cita. Las mismas que repetía cuando permanecía a su lado en la cama con la cabeza hundida en la huella dejada por otra. De eso hace ya mucho tiempo. Millones de años. Cierro los ojos con fuerza para no ver lo que sigue. El disparo que le pegué. Sus pupilas se abrieron lentamente, como una rosa, la sangre fluía lenta, caía y aterrizaba acompañada de débiles suspiros. El ángulo de la cabeza, ésta cayendo hacia atrás. Y ahora la mujer que amo está muerta. Es tan sencillo… Pero sigue sin tener sentido. Por eso es tan bello. Tan sencillo y bello que resulta casi imposible convivir con eso. La presión de la cabina desciende. Oprime. Desde dentro. Una fuerza invisible presiona los tímpanos y el cerebro. Algo me dice que sucederá así: nadie me encontrará, nadie me arrebatará mi secreto. Pero el plan se irá al traste de todas formas. Desde dentro.

21

Monopolio

La alarma de la radio y las noticias despertaron a Harry. El bombardeo se había intensificado. Sonaba como una retransmisión.

Intentaba recordar alguna razón para levantarse.

La voz de la emisora contaba que el peso medio del hombre y de la mujer en Noruega había aumentado trece y nueve kilos, respectivamente, desde 1975. Harry cerró los ojos y pensó en algo que había dicho Aune: que el escapismo tiene una mala reputación inmerecida. Llegó el sueño. La misma sensación dulce y cálida que experimentaba de niño cuando, desde su cama, con la puerta abierta, oía a su padre recorrer la casa apagando una a una las lámparas y él notaba que, a medida que las apagaba, aumentaba la oscuridad.

«Tras los atracos con violencia registrados en Oslo durante las últimas semanas, los empleados de banca de la capital noruega exigen vigilancia armada en las sucursales más vulnerables del centro. El atraco perpetrado ayer en la sucursal de Gjensidige NOR de Grønlandsleiret se suma a la lista de robos que la policía atribuye al llamado Dependiente. La misma persona que disparó y mató a…»

Harry posó la planta de los pies en el frío linóleo. La cara en el espejo del baño se parecía a la de un Picasso del último periodo.

Beate estaba hablando por teléfono. Hizo un gesto de negación al ver a Harry en el umbral de la puerta. Él asintió con la cabeza y ya se marchaba cuando ella le indicó con un gesto que se quedara.

– De todas formas, gracias por la ayuda -dijo ella antes de colgar.

– ¿Molesto? -preguntó Harry mientras le ponía delante una taza de café.

– No, mi gesto era por el resultado: negativo. El tipo con el que acabo de hablar era el último de la lista. De todos los hombres que sabemos que estaban en SATS a la hora en cuestión, sólo uno recuerda vagamente a un hombre que llevase mono. Y ni siquiera estaba seguro de haberlo visto en el vestuario.

– Ya.

Harry se sentó y miró a su alrededor. El despacho de Beate estaba tan ordenado como esperaba. Aparte de una conocida planta cuyo nombre ignoraba, la estancia estaba tan despojada de objetos decorativos como la suya. Sobre la mesa vio el reverso de un marco. Intuía quién aparecía en la foto.

– ¿Sólo has hablado con hombres? -preguntó.

– En teoría, entró en el vestuario masculino para cambiarse, ¿no?

– Para luego andar por las calles de Morristown como un hombre cualquiera. Sí, sí. ¿Alguna novedad sobre el atraco de ayer en Grønlandsleiret?

– Tanto como novedad, no. Más bien una repetición, diría yo. La misma clase de indumentaria y un AG3. Utilizó a un rehén para comunicarse. Se llevó el dinero del cajero, tardó un minuto y cincuenta segundos. Sin pistas. Resumiendo…

– El Dependiente -concluyó Harry.

– ¿Qué es esto?

Beate levantó la taza y miró dentro.

– Capuchino. Halvorsen te manda saludos.

– ¿Café con leche? -preguntó arrugando la nariz.

– A ver si lo adivino -dijo Harry-. Tu padre decía que no se fiaba de la gente que no toma el café solo.

No había acabado de pronunciar aquellas palabras cuando se arrepintió al ver la sorpresa en el rostro de Beate.

– Perdona -se disculpó quedamente-. No era mi intención… no venía a cuento.

– Bueno, ¿qué hacemos ahora? -preguntó Beate rápidamente mientras toqueteaba el asa de la taza-. Hemos vuelto a la casilla de salida.

Harry se escurrió en la silla mirándose la punta de las botas.

– Directos a la cárcel.

– ¿Qué?

– Vete directamente a la cárcel y, si pasas por la casilla de salida, no cobres las dos mil coronas.

– ¿De qué estás hablando?

– De las tarjetas de la suerte del Monopoly. Es lo único que nos queda. Probar suerte. A la cárcel. ¿Tienes el número de teléfono de Botsen?

– Esto es una pérdida de tiempo -dijo Beate.

Su voz retumbaba en los muros del túnel Kulvert mientras correteaba junto a Harry.

– Puede ser -admitió él-. Como el noventa por ciento de lo que se hace en cualquier investigación.

– He leído todos los informes y los informes de interrogatorios que se han escrito sobre él. Nunca dice nada. Aparte de un montón de tonterías filosóficas que no tienen nada que ver con el caso.

Harry pulsó el interfono que había a un lado de la puerta de hierro gris, al final del túnel.

– ¿Has oído el dicho sobre buscar lo que se ha perdido donde hay luz? Supuestamente, ilustra la vanidad humana. Para mí es sentido común.

– Coloque la tarjeta de identificación delante de la cámara -dijo la voz del interfono.

– ¿Por qué tengo que acompañarte si quieres hablar con él a solas? -quiso saber Beate colándose por la puerta detrás de Harry.

– Es un método que utilizábamos Ellen y yo cuando interrogábamos a los sospechosos. Uno interrogaba y el otro se limitaba a escuchar. Si el interrogatorio se atascaba, hacíamos una pausa. Si yo llevaba el interrogatorio, me iba y Ellen empezaba a hablar de cosas cotidianas. Como dejar de fumar o de que en la tele no dan más que mierda. O de que ella empezaba a notar el pago del alquiler porque había roto con su novio. Después de hablar de esas cosas durante un rato, yo me asomaba y anunciaba que me había surgido algo y que ella debía continuar con el interrogatorio.

– ¿Funcionaba?

– Siempre.

Subieron las escaleras y cruzaron el portón blindado de acceso a la cárcel. El vigilante que había al otro lado del grueso cristal de seguridad los saludó con la cabeza y pulsó un botón.

– El guardia vendrá enseguida -dijo una voz nasal.

El guardia era un hombre de baja estatura con abultados músculos que caminaba con el contoneo propio de un enano. Los condujo hasta el ala de las celdas, donde una galería de tres pisos ribeteados de hileras de puertas de color celeste rodeaba un patio ovalado. Entre los pisos había una red de acero tensada. No se veía ni un alma y el silencio sólo se rompió con el eco de una puerta que se cerró de golpe.

Harry había estado allí en muchas ocasiones, pero cada vez que iba le parecía igual de absurdo que tras aquellas puertas hubiera personas que la sociedad se había visto obligada a encerrar contra su voluntad. Harry no entendía muy bien por qué aquella idea le parecía tan monstruosa. Pero guardaba alguna relación con su visión de aquello como la manifestación física de la venganza oficial, institucionalizada, del crimen.

La balanza y la espada.

El manojo de llaves del guardia sonó cuando abrió la puerta con la palabra «VISITAS» en letras negras.

– Adelante. Llamen cuando quieran salir.

Entraron y la puerta se cerró tras ellos. En el silencio que siguió, Harry percibió el suave murmullo de un tubo fluorescente y las flores de plástico de la pared arrojaban pálidas sombras sobre los desvaídos colores de las acuarelas. Había un hombre sentado en una silla detrás de una mesa, justo en el centro de la pared pintada de amarillo. Tenía los brazos sobre la mesa, a ambos lados de un tablero de ajedrez. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, por encima de las orejas, muy tiesas. Vestía un traje liso y gris, parecido a un mono. Las marcadas cejas y la sombra que caía a un lado de la nariz recta dibujaban una te nítida cada vez que se apagaba el fluorescente. Pero, sobre todo, Harry recordaba la mirada del funeral, con esa mezcla contradictoria de sufrimiento e inexpresión que incitó a Harry a pensar en otra persona.

Harry hizo un gesto a Beate para que se sentara junto a la puerta. Él arrimó una silla a la mesa y se sentó frente a Raskol.

– Gracias por dedicarnos tu tiempo.

– El tiempo aquí es barato -respondió Raskol con una voz sorprendentemente fina y suave.

Hablaba como los europeos del este, con erres fuertes y una dicción clara.

– Ya. Soy Harry Hole y mi colega se llama…

– Beate Lønn. Te pareces a tu padre, Beate.

Harry oyó que Beate se quedaba sin respiración y se dio la vuelta. No se había ruborizado, al contrario, su piel blanca había palidecido aún más y por la dura mueca que perfilaba su boca parecía que la hubieran abofeteado.

Harry carraspeó mirando hacia la mesa y, hasta ese momento, no se había dado cuenta de que la simetría casi tétrica en torno al eje que dividía a Raskol y la habitación en sentido longitudinal, se veía interrumpida por un pequeño detalle. El rey y la reina del tablero de ajedrez.

– ¿Dónde te he visto antes, Hole?

– Paso la mayor parte, del tiempo cerca de personas muertas -dijo Harry.

– Ah, sí, en el funeral. Eras uno de los perros guardianes del comisario jefe, ¿no?

– No.

– Así que no te gusta que te considere su perro guardián. ¿Hay enemistad entre vosotros?

– No -Harry recapacitó-. Pero no nos caemos bien. Tú y él tampoco, por lo que deduje.

Raskol sonrió benigno y el fluorescente se encendió.

– Espero que no se lo tomara como algo personal. Además, parecía un traje muy barato.

– No creo que fuera el traje lo que más le dolió.

– Quería que le contase algo. Así que le conté algo.

– ¿Que los soplones quedan marcados para siempre?

– No está mal, comisario. Pero esa tinta se quita con el tiempo. ¿Juegas al ajedrez?

Harry intentó no darse cuenta de que Raskol había utilizado su graduación. Quizás acertó por casualidad.

– Me pregunto cómo conseguiste esconder después el emisor -dijo Harry-. Oí que pusieron toda esta ala patas arriba.

– ¿Quién dice que escondí algo? ¿Blancas o negras?

– Dicen que aún eres el cerebro de la mayoría de los atracos importantes que se cometen en Noruega, que ésta es tu base de operaciones y que tu parte del botín se ingresa en una cuenta en el extranjero. ¿Por eso te las arreglaste para acabar aquí, en la Brigada A de Botsen, porque es precisamente aquí donde encuentras a quienes cumplen condenas cortas y saldrán pronto para llevar a cabo lo que planeas? ¿Y cómo te comunicas con ellos cuando están fuera? ¿Tienes teléfonos móviles aquí dentro también?

Raskol suspiró.

– Empezaste muy prometedor, comisario, pero ya estás empezando a aburrirme. ¿Jugamos o no?

– Jugar es aburrido -dijo Harry-. A menos que se haga una apuesta.

– Encantado. ¿Qué apostamos?

– Esto.

Harry levantó un llavero con una sola llave y una placa de latón.

– ¿Y qué es eso? -preguntó Raskol.

– Nadie lo sabe. A veces hay que correr un riesgo para comprobar si lo que se apuesta tiene algún valor.

– ¿Por qué iba yo a hacer eso?

Harry se inclinó hacia delante.

– Porque te fías de mí.

Raskol rió con ganas.

– Dame una razón para que me fíe de ti, spiuni.

– Beate -dijo Harry sin apartar la vista de Raskol-. Déjanos solos, por favor.

Escuchó los golpes en la puerta y el ruido de llaves a su espalda. La puerta se abrió y la cerradura emitió un clic al cerrarse.

– Echa un vistazo.

Harry dejó la llave sobre la mesa.

Raskol preguntó, sin apartar la vista de Harry:

– ¿A.A.?

Harry cogió el rey blanco del tablero. Estaba tallado a mano y era de gran belleza.

– Son las iniciales de un hombre que tiene un problema muy delicado. Era rico. Tenía mujer e hijos. Casa y cabaña. Perro y amante. Todo parecía ir sobre ruedas. -Harry le dio la vuelta a la figura-. Pero, con el paso del tiempo, el hombre rico cambió. Los acontecimientos hicieron que un día reconociera que la familia era lo más importante para él. Vendió la empresa, se deshizo de su amante y se prometió a sí mismo y a su familia que a partir de entonces viviría sólo para ellos. El problema fue que la amante empezó a amenazar con desvelar que habían mantenido una relación. Y bueno, quizá también le pidió dinero. No tanto porque fuera grisk sino más bien porque era pobre. Y porque estaba a punto de acabar una obra de arte que consideraba su obra maestra y necesitaba dinero para mostrársela al mundo. Lo presionó más y más, hasta que una noche él decidió hacerle una visita. No era una noche cualquiera; era una noche especial porque ella le había dicho que recibiría la visita de un antiguo amor. ¿Por qué se lo contó? ¿Para ponerlo celoso? ¿O para que viera que había otros hombres que la deseaban? No sintió celos. Se alegró. Aquello era una oportunidad única.

Harry miró a Raskol. Se había cruzado de brazos y observaba a Harry.

– El hombre esperó fuera. Esperó y esperó mientras miraba hacia arriba, a las ventanas iluminadas del apartamento de ella. Justo antes de la medianoche la visita se marchó. Era un hombre cualquiera; en caso necesario, no tendría coartada y, además, se suponía que más tarde alguien sabría que había estado con Anna hasta esa hora. Sin duda, su insomne vecina Astrid Monsen lo habría oído llamar al timbre poco antes. Pero nuestro hombre no llamó al timbre. Nuestro hombre tenía llave. Subió la escalera con sigilo y abrió la puerta del apartamento con la llave.

Harry levantó el rey negro para compararlo con el blanco. Podría creerse que eran iguales, si no se examinaban bien.

– El arma no está registrada. Quizá fuese de Anna, quizá pertenecía al hombre. Yo no sé exactamente qué pasó en el apartamento. Quizás el mundo no lo sepa jamás, porque ella está muerta. Y la policía, por su parte, ha cerrado el caso como suicidio.

– ¿Yo no sé?. ¿La policía, por su parte…? -preguntó Raskol mesándose la barba de chivo-. ¿Por qué no nosotros y por nuestra parte? ¿Simulas ir por libre en esto, comisario?

– ¿A qué te refieres?

– Sabes bien a qué me refiero. Veo que ese truco de mandar fuera a tu colega no tenía otro fin que hacerme creer que esto es un asunto entre tú y yo. Pero… -dijo entrelazando las manos-. Eso no tiene por qué significar que no sea así, después de todo. ¿Sabe alguien más lo que tú sabes?

Harry negó con la cabeza.

– Entonces, ¿qué quieres? ¿Dinero?

– No.

– Yo no respondería tan rápido si fuera tú, comisario. Aún no he tenido tiempo de decirte cuánto vale esa información para mí. Puede que estemos hablando de cantidades de dinero muy sustanciosas. Si puedes probar lo que dices. Y el castigo del culpable se puede llevar a cabo, digamos, en plan privado, sin la intervención innecesaria de las autoridades.

– Ésa no es la cuestión -observó Harry esperando que el sudor de la frente no fuera visible-. La cuestión es cuánto vale para mí la información que tú puedas facilitarme.

– ¿Qué propones, spiuni?

– Lo que propongo -comenzó Harry sosteniendo ambos reyes en la misma mano-… es un trueque. Tú me dices quién es el Dependiente. Yo consigo pruebas contra el hombre que mató a Anna.

Raskol se rió bajito.

– Ya me lo has dicho. Puedes irte, spiuni.

– Piénsalo, Raskol.

– No es necesario. Yo me fío de la gente que persigue el dinero, no de héroes y cruzados.

Se miraron. El fluorescente parpadeó. Harry hizo un gesto afirmativo, dejó las piezas en la mesa, se levantó, se dirigió a la puerta y la golpeó.

– Debes de haberla querido -dijo de espaldas a Raskol-. El apartamento de la calle Sorgenfrigata estaba registrado a tu nombre, y yo sé muy bien que Anna andaba mal de dinero.

– ¿Ah, sí?

– Como el apartamento es tuyo, he avisado al albacea para que te manden la llave. Llegará por mensajero a lo largo del día de hoy. Propongo que la compares con la que yo te he dado.

– ¿Por qué?

– Había tres llaves del apartamento de Anna. Anna tenía una, la segunda la tenía el electricista. Yo encontré ésta en el cajón de una mesilla de noche en la cabaña del hombre del que te hablé. Es la tercera y última llave. La única que pudo usar el asesino de Anna, si fue asesinada.

Oyeron pasos al otro lado de la puerta.

– Y si esto puede avalar mi credibilidad, sólo me interesa salvar mi propio pellejo -terminó Harry.

22

America

La gente bebedora bebe en cualquier parte. Por ejemplo, en el Malik, en la calle Therese. Era una hamburguesería y no tenía nada de lo que convierte al Schrøder en un lugar para, pese a todo, beber con cierta dignidad. Cierto que las hamburguesas que daban en el Malik tenían fama de ser mejores que las de la competencia y, con buena voluntad, se podía decir que la decoración, de inspiración ligeramente india y con fotografías de la familia real noruega, tenía un encanto particular. Pero seguía siendo un local de comida rápida donde a la gente dispuesta a pagar por labrarse cierta reputación de alcohólico jamás se le ocurriría tomarse una cerveza.

Harry nunca había sido uno de ellos.

Hacía mucho que no iba al Malik pero, cuando miró a su alrededor, constató que todo seguía igual. Øystein estaba sentado con varios amigos y una amiga a una mesa de fumadores. Por encima de una gramola de superéxitos de música pop, el Eurosport y el chisporroteo del aceite, mantenía una conversación jovial sobre premios de lotería, el caso Orderud y la escasa moral de un amigo ausente.

– ¡Vaya, Harry, hola! -la voz ronca de Øystein se abrió camino entre la contaminación acústica.

Con un movimiento de cabeza se apartó las greñas largas y grasientas, se frotó la mano en el pantalón y se la ofreció a Harry.

– Éste es el madero del que os hablé, chicos. El que le disparó a aquel tío en Australia. Le diste en la cabeza, ¿no?

– Bien -dijo otro de los dueños, del que Harry no llegó a ver la cara porque estaba inclinado hacia delante con la larga melena como una cortina alrededor del vaso de cerveza-. Saca de aquí esa basura.

Harry señaló hacia una mesa desocupada y Øystein asintió con la cabeza, apagó el cigarrillo, se guardó el sobre de tabaco Petterø en el bolsillo delantero de la camisa vaquera y se concentró en llevar hasta la mesa el nuevo vaso de cerveza sin derramarlo.

– ¡Cuánto tiempo! -exclamó Øystein, que empezó a liarse otro cigarrillo-. Lo mismo me pasa con el resto de los chicos. No los veo nunca. Todos se han mudado, se han casado y han tenido críos. -Øystein se rió con una risa dura y amarga-. Todos sentaron la cabeza, a pesar de todo. ¿Quién lo diría?

– Ya.

– ¿Pasas alguna vez por Oppsal? Tu padre sigue viviendo en la casa, ¿no?

– Sí. Pero no voy mucho por allí. Hablamos por teléfono de vez en cuando.

– ¿Y tu hermana? ¿Está mejor?

Harry sonrió.

– No se mejora del síndrome de Down, Øystein. Pero se las arregla bien. Vive sola en un apartamento en Sogn. Tiene un novio.

– Vaya. Ya es más de lo que tengo yo.

– ¿Qué tal el trabajo en el taxi?

– Acabo de cambiar de jefe, el último me decía que olía mal. Puto loco.

– ¿Y sigues sin estar interesado en volver a dedicarte a la informática?

– ¡Desde luego! ¿Estás loco? -Øystein se sacudía con una risa sincera mientras pasaba la fina punta de la lengua por el papel de liar-. Un millón de sueldo al año y una oficina tranquila, ¡por supuesto que me gustaría! Pero ese tren ya pasó, Harry. En la informática, ya pasó el tiempo de los locos del rock and roll como yo.

– Hablé con un tipo que trabaja en seguridad de datos para el banco DnB. Dijo que te siguen considerando un pionero en descodificación.

– Pionero significa viejo, Harry. Comprenderás que a nadie le interesa un hacker venido a menos que no ha seguido en la brecha durante los últimos diez años. Y, además, todo el jaleo que hubo.

– Ya. ¿Qué es lo que pasó, en realidad?

– ¿Que qué pasó? -Øystein levantó la vista al cielo-. Ya me conoces. Una vez maté un gato… Necesitaba pasta. Me metí con una clave que no tenía que haber tocado. -Encendió el cigarrillo y buscó un cenicero, pero sin éxito-. ¿Y qué pasa contigo? ¿Enroscaste el corcho para siempre, o qué?

– Lo intento. -Harry se estiró para coger el cenicero de la mesa de al lado-. Salgo con una tía.

Le habló de Rakel y de Oleg y del juicio en Moscú. Y de la vida en general. No le llevó mucho tiempo.

Øystein le contó cosas del resto de los amigos de la pandilla que habían crecido juntos en Oppsal. De Siggen, que se había mudado a Harestua con una tía que Øystein encontraba demasiado refinada para él; y de Kristian, que acabó en silla de ruedas después de que un coche lo embistiera al norte de Minnesund, mientras iba en la moto, aunque los médicos opinaban que aún había esperanza.

– ¿Esperanza para qué? -preguntó Harry.

– Para que pueda volver a follar -dijo Øystein apurando el resto del vaso.

Y Tore, que era profesor y se había divorciado de Silje.

– Tiene pocas posibilidades -opinó Øystein-. Ha engordado treinta kilos. Por eso ella se largó. ¡Es verdad! Torkild se la encontró en el centro y ella le dijo que no soportaba toda esa grasa. -Dejó el vaso-. Pero no me habrás llamado para esto, ¿no?

– No, necesito ayuda. Estoy trabajando en un caso.

– ¿Para pescar a los malos? ¿Y acudes a mí? ¡Caramba!

Øystein rompió a reír, pero su risotada se convirtió en tos.

– Es un asunto en el que estoy implicado personalmente -continuó Harry-. Es un poco difícil de explicar con detalle, pero se trata de rastrear a alguien que me escribe correos electrónicos a mi ordenador personal. Creo que los manda desde un servidor con abonados anónimos instalado en algún lugar del extranjero.

Øystein asintió pensativo.

– O sea, ¿tienes problemas?

– Puede ser. ¿Por qué te lo parece?

– Soy un taxista que bebe demasiado y que no está al tanto de las últimas novedades en el campo de la comunicación informática. Y todos los que me conocen saben que no soy de fiar cuando se trata de trabajo. En pocas palabras, la única razón para que vengas a verme es que soy un viejo amigo. Lealtad. Sé mantener la boca cerrada, ¿no es verdad? -Dio otro sorbo del vaso-. Y es verdad que bebo, pero no soy estúpido, Harry. -Se detuvo y dio una honda calada-. Bueno, ¿cuándo empezamos?

La oscuridad de la noche se posaba sobre Slemdal. Se abrió la puerta y aparecieron en la escalera un hombre y una mujer. Se despidieron risueños del anfitrión y descendieron por el camino cubierto de gravilla que crujía bajo los zapatos negros y relucientes mientras, entre susurros, hacían comentarios acerca de la comida, los anfitriones y el resto de los invitados. De ahí que, al salir a la calle Bjørnetråkket, no se fijasen en el taxi que esperaba estacionado un poco más abajo. Harry apagó el cigarrillo, subió el volumen de la radio del coche y escuchó el tema Watching the Detectives de Elvis Costello. En la emisora P4. Se había dado cuenta de que, cuando sus melodías transgresoras favoritas se volvían lo bastante añejas, acababan sonando en emisoras de radio no tan transgresoras. Por supuesto, sabía que eso sólo significaba una cosa, que él también había envejecido. El día anterior, sin ir más lejos, habían puesto a Nick Cave en el programa de las nueve.

Una sugerente voz nocturna anunció Another Day in Paradise y Harry apagó la radio. Bajó la ventanilla y escuchó las atenuadas pulsaciones del bajo que provenía de la casa de Albu, el único sonido que rompía el silencio. Una fiesta para adultos. Conocidos del trabajo, vecinos y antiguos compañeros de estudios del Instituto de Dirección de Empresas. No podía decirse que fuese el baile de los pajaritos, precisamente, pero tampoco una fiesta rave; más bien de gin-tonic, Abba y Rolling Stones. Gente con estudios a punto de cumplir los cuarenta. En otras palabras, de la que se vuelve pronto a casa y tiene canguro. Harry miró el reloj. Pensaba en el nuevo correo que había recibido en su ordenador cuando él y Øystein lo encendieron.

Me aburro. ¿Tienes miedo o es sólo que eres un estúpido?

S#MN

Le había dejado el ordenador a Øystein que, a su vez, le prestó el taxi, un destartalado Mercedes de los años setenta, que fue balanceándose como un viejo colchón de muelles al surcar los badenes de la zona residencial pero, aun así, conducirlo era un sueño. Cuando vio que, de la casa de Albu, salía gente vestida de fiesta, decidió esperar. No había razón para armar un escándalo. Y, de todos modos, debía pensárselo dos veces antes de cometer una estupidez. Harry había intentado mantener la calma pero aquel me aburro se lo impedía.

– Ya lo has pensado -se dijo Harry ante el retrovisor-. Ya puedes cometer una estupidez.

Vigdis Albu abrió la puerta. Había ejecutado ese truco de magia que sólo las malabaristas femeninas dominan y cuyo truco los hombres como Harry nunca consiguen averiguar. Se había convertido en una belleza. Y la única explicación lógica que Harry pudo encontrar fue que llevaba un traje de noche de color turquesa a juego con sus enormes ojos azules, ahora sorprendentemente abiertos.

– Siento molestarla tan tarde, señora Albu. Quisiera hablar con su marido.

– Tenemos invitados -explicó la mujer-. ¿No puede esperar a mañana?

Le sonrió suplicante, pero a Harry no le pasaron inadvertidas sus ganas de cerrar la puerta.

– Lo siento -se lamentó él-. Su marido mintió cuando declaró que no conocía a Anna Bethsen. Y creo que usted también la conocía.

Harry no supo si fue el vestido de noche o lo delicado de la situación lo que lo animó a tratarla de usted. La boca de Vigdis Albu fue a pronunciar una O que enmudeció en sus labios.

– Tengo un testigo que los ha visto juntos -siguió el comisario-. Y ya sé de dónde procede la foto.

Ella parpadeó un par de veces.

– ¿Por qué…? -balbució-. ¿Por qué…?

– Porque eran amantes, señora Albu.

– No, quiero decir, ¿por qué me cuentas esto? ¿Quién te ha dado derecho a contarme tal cosa?

Harry abrió la boca para responder. Iba a decir que, en su opinión, ella tenía derecho a saberlo; que, de todas formas, algún día tendría que salir a la luz, etc. Sin embargo, se quedó mirándola sin pronunciar palabra, pues sabía por qué se lo contaba, pero él mismo no lo había sabido hasta ese momento. Tragó saliva.

– ¿Derecho a qué, querida?

Harry vio a Arne Albu que bajaba la escalera. Le brillaba la frente por el sudor y la pajarita del esmoquin colgaba suelta sobre la pechera de la camisa. Harry oyó que David Bowie afirmaba erróneamente This is not America desde el salón.

– Habla bajito, Arne, vas a despertar a los niños -le advirtió Vigdis sin apartar su mirada implorante de Harry.

– Venga, no se despertarían aunque cayera una bomba atómica -farfulló el marido.

– Creo que es lo que acaba de hacer Hole -observó ella quedamente-. Y por lo que parece, con el deseo de causar el mayor daño posible.

La mirada de Harry se cruzó con la de la mujer.

– ¿Y bien? -sonrió Arne Albu rodeando con el brazo los hombros de su esposa-. ¿Puedo jugar yo también? -Era una sonrisa jocosa y, al mismo tiempo, franca, casi inocente, como la expresión del regocijo irresponsable de un chiquillo que ha tomado prestado el coche de su padre sin permiso.

– Lo siento -dijo Harry-. Pero se acabó el juego. Tenemos las pruebas que necesitamos. Y, en este instante, un experto en informática está rastreando la dirección desde donde has mandado los correos.

– ¿De qué está hablando? -rió Arne-. ¿Pruebas? ¿Correos electrónicos?

Harry lo miró.

– La foto que había en el zapato de Anna la había cogido ella misma de un álbum de fotos el día que ella y tú estuvisteis juntos en la cabaña de Larkollen, hace unas semanas.

– ¿Unas semanas? -preguntó Vigdis mirando a su marido.

– Lo supo cuando le enseñé la foto -le explicó Harry a la mujer-. Y volvió a Larkollen ayer, para dejar una copia en su lugar.

Arne Albu frunció el entrecejo, sin dejar de sonreír.

– ¿Has bebido, agente?

– No debiste decirle que iba a morir -prosiguió Harry, consciente de que estaba a punto de perder el control-. O, al menos, no debiste perderla de vista después. Ella consiguió meter la foto en el zapato, y con ello, consiguió delatarte, Albu.

Harry escuchó la pesada respiración de la señora Albu.

– El zapato…, el zapato… -respondió Albu, mientras le acariciaba la nuca a su mujer-. ¿Sabes por qué los empresarios noruegos no son capaces de hacer negocios en el extranjero? Olvidan el detalle de los zapatos. Usan zapatos comprados en las rebajas de las tiendas de Skoringen, y los combinan con trajes de Prada de quince mil coronas. A los extranjeros les resulta sospechoso. -Albu señaló hacia abajo-. Mira, zapatos italianos hechos a mano. Mil ochocientas coronas. Un precio ridículo cuando pretendes comprar confianza.

– Lo que me gustaría saber es por qué ese empeño tuyo en hacerme saber que existías -continuó Harry-. ¿Por celos?

Arne rompió a reír negando con la cabeza, mientras la señora Albu le apartaba el brazo.

– ¿Creías que yo era su nuevo amante? -insistió Harry-. ¿O quizá que no me atrevería a mover un dedo en un caso en el que podría verme implicado y querías jugar un poco conmigo, acosarme, que me diera cabezazos contra la pared? ¿Era eso?

– ¡Vamos, Arne! ¡Christian quiere pronunciar un discurso!

Un hombre con una copa y un puro en la mano se bamboleaba en lo alto de la escalera.

– Empezad sin mí -respondió Arne-. Voy a despedir a este amable caballero.

El hombre frunció el ceño.

– ¿Hay algún problema? ¿Qué ocurre?

– No, no -lo tranquilizó Vigdis rápidamente-. Vuelve con los demás, Tomas.

El hombre se encogió de hombros y desapareció sin más.

– Siento tener que repetirme, agente -farfulló Albu-. Pero ¿qué correos… electrónicos son ésos?

– Bueno. Mucha gente cree que para enviar un correo anónimo basta con utilizar un servidor que no exija el registro nominal, pero esas personas se equivocan. Un amigo hacker me ha explicado que todo, absolutamente todo lo que se hace en la red, deja una huella electrónica que se puede rastrear, y en este caso se rastreará, hasta el ordenador que lo envió. Sólo es cuestión de saber buscar.

Harry sacó un paquete de tabaco del bolsillo interior de la chaqueta.

– Por favor, no… -comenzó Vigdis, antes de callarse de repente.

– Dime, Albu, ¿dónde estuviste la noche del martes de la semana pasada, entre las once y la una de la madrugada? -preguntó Harry mientras encendía un cigarrillo.

Arne y Vigdis Albu intercambiaron una mirada cómplice.

– Puedes contestar aquí o en la comisaría -añadió Harry.

– Estuvo aquí -dijo Vigdis.

– Como acabo de decir… -Harry exhaló el humo por la nariz, consciente de que estaba exagerando, pero un follón a medias era un follón malogrado, y ya no había vuelta atrás-, puedes contestar aquí o en la comisaría. ¿Queréis que informe a los invitados de que se ha acabado la fiesta?

Vigdis se mordió el labio inferior.

– Pero… te digo que él estaba… -comenzó vacilante.

Ya no quedaba ni rastro de su belleza.

– Está bien, Vigdis -dijo Albu tranquilizándola con unas palmaditas en el hombro-. Vete a atender a los invitados mientras yo acompaño a Hole hasta la verja.

Harry apenas notaba el aire, pero más arriba, por encima de él, debía de soplar el viento con intensidad, pues las nubes avanzaban deprisa por el cielo y de vez en cuando ocultaban la luna. Él y Albu caminaban despacio.

– ¿Por qué aquí? -preguntó Albu.

– Lo estabas pidiendo.

Albu asintió con la cabeza.

– Sí, es posible. Pero ¿por qué ha tenido que enterarse de esta forma?

Harry se encogió de hombros.

– ¿De qué forma querías que lo supiera?

La música había cesado y desde la casa se oía alguna que otra risa. Christian ya había empezado con sus chistes.

– ¿Puedo pedirte un cigarrillo? -preguntó Albu-. En realidad, lo había dejado.

Harry le dio el paquete.

– Gracias. -Albu se puso el cigarrillo en los labios y se inclinó hacia la llama del mechero que le ofrecía Harry-. ¿Qué quieres? ¿Dinero?

– ¿Por qué todo el mundo me pregunta lo mismo? -murmuró Harry.

– Estás solo. No traes una orden de detención e intentas lanzarme el farol de que me vas a llevar a comisaría. Y si has entrado en la cabaña de Larkollen, tú también tienes problemas.

Harry negó con la cabeza.

– Así que no es dinero, ¿no? -Albu echó la cabeza hacia atrás. Unas estrellas solitarias brillaban en el cielo-. ¿Algo personal, entonces? ¿Erais amantes?

– Creía que lo sabías todo sobre mí -dijo Harry.

– Anna se tomaba el amor muy en serio. Amaba el amor. No, lo adoraba, ésa es la palabra. Ella adoraba el amor. Era lo único que ocupaba un lugar en su vida. Eso, y el odio. -Señaló con la cabeza hacia el cielo-. Esos dos sentimientos eran como estrellas de neutrones en su vida. ¿Sabes qué son las estrellas de neutrones?

Harry negó con la cabeza. Albu alzó el cigarrillo.

– Son residuos estelares tan densos y con tal atracción gravitatoria que si dejara caer este cigarrillo en uno de ellos, impactaría con la misma fuerza que una bomba atómica. Y lo mismo ocurría con Anna. La atracción gravitatoria que sentía hacia el amor y el odio era tan intensa que no cabía nada más en el espacio que quedaba entre ambos sentimientos. Y el más mínimo desencadenante provocaba una explosión nuclear. ¿Entiendes? En realidad, pasó algún tiempo hasta que yo lo comprendí. Era como Júpiter, oculta tras una capa de nubes de azufre. Y humor. Y sexo.

– Venus.

– ¿Cómo dices?

– Nada.

La luna asomó entre dos nubes y el ciervo de bronce emergió de entre las sombras del jardín como un animal fabuloso.

– Anna y yo habíamos quedado en vernos a medianoche -explicó Albu-. Me dijo que conservaba algunos objetos personales que quería devolverme. Yo esperé en el coche, que tenía aparcado en la calle Sorgenfrigata, de doce a doce y cuarto. Habíamos quedado en que la llamaría desde el coche, en lugar de llamar al timbre. Por una vecina muy fisgona, me dijo. Ignoro por qué, pero Anna no contestó a mi llamada, de modo que me fui a casa.

– Así que tu mujer mintió.

– Por supuesto. El mismo día que viniste con la foto quedamos en que me daría una coartada.

– ¿Por qué mencionas esa coartada ahora?

Albu rió relajado.

– ¿Qué importancia tiene eso? Somos dos personas que hablan con la luna por mudo testigo. Después puedo negarlo todo. Si tengo que ser sincero, dudo que puedas utilizar nada en mi contra.

– Entonces, ¿por qué no me cuentas el resto?

– ¿Que la maté, quieres decir? -Volvió a reír, con más fruición que antes-. Tu trabajo es averiguarlo, ¿no?

Había llegado a la verja.

– Sólo pretendías ver cómo íbamos a reaccionar, ¿no es cierto? -Albu aplastó la colilla contra la piedra de mármol-. Y querías vengarte, por eso se lo has contado a ella. Estabas enfadado. Un niño pequeño y enfurruñado que golpea donde puede. ¿Estás satisfecho?

– En cuanto localice la dirección de correo, te tengo -le advirtió Harry.

Ya no estaba enfadado. Sólo cansado.

– No encontrarás una dirección de correo -auguró Albu-. Lo siento, querido amigo. Podemos seguir jugando, pero no vas a ganar.

Y Harry le golpeó. Sus nudillos emitieron un sonido quedo y breve al estrellarse contra la carne. Albu se tambaleó, retrocedió unos pasos y se llevó la mano a la ceja.

Harry vio el vaho gris de su propia respiración en la oscuridad de la noche.

– Tendrán que darte puntos -observó.

Albu vio la sangre que manchaba su mano y volvió a reír.

– Dios mío, Harry, ¡qué mal perdedor eres! ¿Puedo llamarte por tu nombre de pila? Siento que esto nos ha acercado, ¿tú no?

Harry no contestó y Albu rió aún más alto.

– Me pregunto qué vio Anna en ti, Harry. A ella no le gustaban los perdedores. Y mucho menos dejaba que se la follaran.

La risa se intensificaba y se atenuaba a su espalda mientras caminaba en dirección al taxi con la llave tan fuertemente apretada en la mano que sentía los dientes como un mordisco.

23

La nebulosa cabeza de caballo

Cuando sonó el teléfono, Harry se despertó y miró el reloj. Las 7.30. Era Øystein. Hacía sólo tres horas que había salido del apartamento de Harry. Para entonces, había logrado rastrear el servidor hasta Egipto; ahora había llegado más lejos.

– He estado escribiéndome con un viejo conocido. Vive en Malasia y todavía se dedica un poco al pirateo informático. El servidor está en El-Tor, en la península del Sinaí. Tienen varios servidores. Al parecer, aquello es una especie de centro para ese tipo de asuntos. ¿Dormías?

– En cierto modo. ¿Cómo vas a encontrar a nuestro abonado?

– Me temo que sólo hay una forma. Viajar hasta allí con un fajo gordo de americanos verdes.

– ¿Cuánto?

– Lo suficiente para que alguien nos diga con quién hay que hablar. Y para que la persona con la que haya que hablar quiera contar con quién hay que hablar realmente. Y para que la persona con quien haya que hablar realmente quiera…

– Comprendo. ¿Cuánto?

– Mil dólares deberían bastar para un rato.

– ¿Qué me dices?

– Hablo por hablar. ¿Qué coño sabré yo de esas cosas?

– Vale. ¿Te encargas tú?

– Depende.

– Yo quiero pagar lo mínimo. Viajarás con el vuelo más barato y te alojarás en un hotel de mierda.

– Trato hecho.

Eran las doce, y la cantina de la comisaría estaba atestada. Harry apretó los dientes y entró. No era que sus colegas le disgustaran por principio, sólo por instinto. Y la cosa iba a peor a medida que pasaban los años.

Una paranoia completamente normal, a decir de Aune.

– Yo mismo la sufro. Creo que todos los psicólogos van a por mí cuando, en realidad, no serán más de la mitad.

Harry paseó la mirada por el local y vio a Beate con su tartera y la espalda de alguien que estaba con ella. Intentó obviar las miradas de los colegas que ocupaban las mesas por las que pasaba. Algunos murmuraban «hola», pero Harry supuso que lo decían con ironía y siguió sin responder.

– ¿Molesto?

Beate miró a Harry con la expresión de quien se siente descubierto in fraganti.

– En absoluto -dijo la voz familiar del acompañante, que ya se levantaba-. Estaba a punto de irme.

A Harry se le erizó el vello de la nuca, no por principio, sino por instinto.

– Nos vemos esta noche -dijo Tom Waaler dirigiendo con una sonrisa inmaculada al rostro encendido de Beate.

Cogió su bandeja, saludó a Harry y desapareció. Beate clavó la mirada en el queso de cabra que tenía delante mientras intentaba adoptar una expresión facial neutra. Harry se sentó a su lado.

– ¿Y bien?

– ¿Qué? -dijo fingiendo no saber a qué se refería.

– Había un mensaje en mi contestador en el que decías que tenías novedades -dijo Harry-. Supuse que era urgente.

– Ya lo he solucionado. -Beate dio un sorbo del vaso de leche-. Era por los dibujos que realizó el programa de la cara del Dependiente. Estaba nerviosa, porque me recuerdan a alguien.

– ¿Te refieres a las copias que me enseñaste? Pero si no contienen nada que se aproxime siquiera a una cara, no son más que rayas en un folio.

– Aun así.

Harry se encogió de hombros.

– Tú eres la del gyrus fusiforme. Explícate.

– Anoche me di cuenta de quién era.

Ella tomó otro sorbo y se limpió con la servilleta el bigote blanco que le había dejado la leche.

– ¿Sí?

– Trond Grette.

Harry la miró.

– Me tomas el pelo, ¿verdad?

– No -dijo ella-. Sólo digo que existe cierto parecido. Y, al fin y al cabo, Grette estaba cerca de la calle Bogstadveien a la hora del asesinato. Pero, como te dije, ya lo he solucionado.

– ¿Y cómo…?

– Llamé al hospital de Gaustad. Si se trata del mismo atracador que actuó en la sucursal de la calle Kirkeveien, no puede ser Grette. A esa hora, él se encontraba en la sala de televisión con tres enfermeros, como mínimo. Y envié a dos chicos de la científica a casa de Grette para conseguir sus huellas dactilares. Weber acaba de cotejarlas con las huellas de la botella de refresco. Sin lugar a dudas, no son las suyas.

– Es decir, ¿te has equivocado, aunque sólo sea por una vez?

Beate negó con la cabeza.

– Buscamos a una persona con ciertos rasgos físicos idénticos a los de Grette.

– Lamento decirlo, pero Grette no posee ninguna característica física, ni de otro tipo. Es un interventor con aspecto de interventor. Yo ya ni me acuerdo de cómo es.

– Bueno -objetó la joven colega retirando el envoltorio de la siguiente rebanada de pan-. Pero yo no lo he olvidado. Y eso ya es una referencia.

– Ya. Yo tengo una noticia que podría ser buena.

– ¿Sí?

– Voy a ir a Botsen. Raskol quiere hablar conmigo.

– Vaya. Pues suerte.

– Gracias. -Harry se levantó. Vaciló. Se decidió-. Sé que no soy tu padre pero ¿puedo decirte algo?

– Adelante.

Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los oía.

– Yo en tu lugar tendría cuidado con Waaler.

– Gracias. -Beate dio un buen mordisco a la rebanada de pan-. En cuanto a lo que dijiste sobre tú y mi padre, es correcto.

– Llevo toda la vida en Noruega -dijo Harry-. Me crié en Oppsal. Mis padres eran maestros. Mi padre está jubilado y, desde la muerte de mi madre, vive como un sonámbulo que sólo visita a los vivos de tarde en tarde. Mi hermana pequeña le echa de menos. Yo también, supongo. Les echo de menos a los dos. Ellos creían que iba a ser profesor. Yo también lo creía. Pero acabé en la Academia de Policía. Con unos cursos de derecho. Si me preguntas por qué elegí ser policía, puedo darte diez razones verosímiles, pero yo mismo no me creo ninguna de ellas. No pienso mucho en ello. Es un trabajo por el que me pagan y a veces creo que hago las cosas bien, con eso basta. Era alcohólico antes de cumplir los treinta. Puede que antes de cumplir los veinte. Según se mire. Dicen que se lleva en los genes. Es posible. De mayor me enteré de que mi abuelo de Åndalsnes se pasó borracho todos y cada uno de sus días, durante cincuenta años. Allí, en Åndalsnes, pasamos todos los veranos hasta que cumplí los quince, y no le noté nada a mi abuelo. Por desgracia, no heredé esa habilidad. He hecho cosas que no han pasado inadvertidas precisamente. Para abreviar diré que es un milagro que aún conserve mi puesto en la policía.

Harry miró el cartel de «no fumar» y encendió un cigarrillo.

– Anna y yo fuimos amantes durante seis semanas. Ella no me amaba. Yo no la amaba a ella. Cuando dejé de verla le hice un favor más grande a ella que a mí mismo, pero ella no lo vio así.

El otro hombre de la habitación hizo un gesto de afirmación.

– He amado a tres mujeres en mi vida -prosiguió Harry-. La primera fue un amor de juventud y estuve a punto de casarme con ella antes de que ambos nos arruináramos la vida. Ella se suicidó mucho después de que yo dejara de verla; aquello no tuvo nada que ver conmigo. La segunda fue asesinada por un hombre al que perseguí hasta la otra punta del mundo. Lo mismo le ocurrió a una colega, Ellen. No sé a qué se debe, pero las mujeres que hay a mi alrededor acaban muriendo. Quizá sean los genes.

– ¿Y qué pasó con la tercera mujer que amaste?

La tercera mujer. La tercera llave. Harry pasó los dedos por las iniciales A.A. y por los dientes de la llave que Raskol le había puesto en la mesa en cuanto entró. Raskol asintió con un gesto cuando Harry le preguntó si era idéntica a la que había recibido por correo.

Luego le pidió a Harry que le contase cosas sobre su vida.

Raskol le escuchaba con los codos apoyados en la mesa y los dedos largos y finos entrelazados, como si rezara. Habían cambiado el fluorescente defectuoso y la luz incidía sobre su rostro como una película de polvo de color azul blanquecino.

– La tercera mujer está en Moscú -dijo Harry-. Creo que es capaz de seguir con vida.

– ¿Es tuya?

– Yo no lo expresaría así.

– ¿Pero sois pareja?

– Sí.

– ¿Y tenéis pensado pasar el resto de la vida juntos?

– Bueno. No hacemos planes. Es un poco pronto para eso.

Raskol sonrió triste.

– Tú no haces planes, quieres decir. Pero las mujeres sí. Las mujeres siempre hacen planes.

– ¿Como tú?

Raskol negó en silencio.

– Yo sólo sé planear atracos de dinero. Cuando se trata de atracar corazones, todos los hombres somos unos aficionados. Creemos que la hemos conquistado, como un mariscal de campo conquista un fuerte y, tarde, o incluso nunca, nos damos cuenta de que nos han embaucado. ¿Has oído hablar de Sun Tzu?

Harry hizo un gesto afirmativo. Un general y estratega chino, autor de El arte de la guerra.

– Dicen que escribió El arte de la guerra. Personalmente, creo que fue obra de una mujer. El arte de la guerra es un libro de tácticas en el campo de batalla pero, en el fondo, describe cómo ganar en conflictos. O, para ser más preciso, el arte de conseguir lo que quieres al menor precio posible. El vencedor no es, necesariamente, el que gana la guerra. Muchos ganaban la corona, pero perdían tantos hombres que sólo podían reinar a expensas del enemigo aparentemente vencido. Las mujeres no son víctimas de la vanidad que aqueja a los hombres en lo que al poder se refiere. Ellas no necesitan que el poder sea visible, sólo quieren el poder para conseguir el resto de las cosas que quieren. Seguridad. Alimento. Gozo. Venganza. Paz. La mujer es el ser humano racional y calculador que piensa más allá de la batalla, más allá de la celebración de la victoria. Y, como posee el don natural de ver las debilidades de su víctima, sabe instintivamente cuándo y dónde debe atacar. Y cuándo no debe hacerlo. Esas cosas no se pueden aprender, spiuni.

– ¿Por eso estás en la cárcel?

Raskol cerró los ojos y se rió en silencio.

– Te puedo responder a eso, pero no creas ni una palabra de lo que diga. Sun Tzu sostiene que el principio fundamental de la guerra es la tromperie, el engaño. Créeme, todos los gitanos mienten.

– Ya. ¿Creerte, como en la paradoja griega?

– Vaya, un policía que conoce algo más que el código penal. Si todos los gitanos mienten y yo soy gitano, no es verdad que todos los gitanos mientan. Si yo digo la verdad y, en efecto, todos los gitanos mienten, entonces, yo miento. Un círculo cerrado lógico del que es imposible salir. Así es mi vida y ésa es la única verdad.

Rió con una risa suave, casi femenina.

– Bueno. Ya has visto mi apertura. Te toca mover.

Raskol miró a Harry. Asintió con la cabeza.

– Me llamo Raskol Baxhet. Es un nombre albano, pero mi padre negaba que fuésemos albanos, decía que Albania era el culo de Europa. Así que a mí y a todos mis hermanos nos contaron que somos nacidos en Rumania, bautizados en Bulgaria y circuncidados en Hungría.

Raskol le contó que su familia era probablemente meckarier, la más numerosa entre los grupos de gitanos albanos. Escaparon de la persecución de gitanos de Enver Hoxha cruzando las montañas hasta Montenegro y emigrando hacia el este.

– Adonde quiera que llegábamos, nos expulsaban a palos. Decían que robábamos. Claro que lo hacíamos, pero ni siquiera se preocupaban por conseguir pruebas. La prueba era que éramos gitanos. Te cuento esto porque para entender a un gitano hay que comprender que ha nacido con una marca de baja ralea en la frente. Nos han perseguido todos y cada uno de los regímenes de Europa. En esto no hay distinción entre fascistas, comunistas o demócratas. Los fascistas sólo fueron un poco más eficaces. Los gitanos no tenemos una visión especial del Holocausto porque no notamos gran diferencia con la persecución a la que ya estábamos habituados. Parece que no me crees.

Harry se encogió de hombros. Raskol cruzó los brazos.

– En 1589, Dinamarca aprobó la pena de muerte para los gitanos -continuó-. Cincuenta años después, los suecos decidieron que había que colgar a todos los hombres gitanos. En Moravia, a las mujeres gitanas les cortaban la oreja izquierda; en Bohemia, la derecha. El arzobispo de Maguncia decretó que todos los gitanos fueran ejecutados sin juicio porque su forma de vida estaba prohibida. En la Prusia de 1725 se decidió que todos los gitanos mayores de dieciocho años fueran ejecutados sin juicio, aunque más tarde se modificó esta ley: se redujo el límite de edad a catorce años. Cuatro de los hermanos de mi padre murieron en cautividad. Sólo uno de ellos durante la guerra. ¿Sigo?

Harry negó con la cabeza.

– Pero eso también es un círculo cerrado lógico -aseguró Raskol-. La razón por la que nos persiguen y por la que sobrevivimos es una y la misma. Somos, y queremos ser, diferentes. Igual que no nos permiten entrar en su mundo, nosotros tampoco permitimos que los gadzos entren en el nuestro. El gitano es ese ser misterioso, extraño y amenazador del que no sabes nada, pero del que oyes toda clase de rumores. Durante muchas generaciones, la gente pensó que los gitanos eran caníbales. Donde yo crecí, en Balteni, a las afueras de Bucarest, decían que somos descendientes de Caín y que estamos condenados a la perdición eterna. Nuestro vecino gadzo nos pagaba para que nos mantuviéramos alejados de ellos.

La mirada de Raskol vagaba por las paredes sin ventanas.

– Mi padre era herrero pero, después de la caída de Chauchescu, en Rumania no había trabajo para los herreros. Tuvimos que mudarnos al vertedero de la periferia de la ciudad, donde vivían los gitanos calderas. En Albania, mi padre fue bulibas, jefe gitano y juez, pero allí, entre los gitanos calderas, no era más que un herrero sin trabajo.

Raskol exhaló un hondo suspiro.

– Nunca olvidaré la expresión de sus ojos el día que llegó a casa arrastrando detrás un pequeño oso pardo domesticado, amarrado a una cuerda. Se lo había comprado a un grupo de domadores de osos con el poco dinero que le quedaba. «Sabe bailar», dijo mi padre. Los comunistas pagaban por ver animales que supiesen bailar. Les hacía sentirse mejor. Stefan, mi hermano, intentó dar de comer al oso, pero el animal no quiso, y mi madre le preguntó a mi padre si estaba enfermo. Él contestó que habían venido andando desde Bucarest y que sólo necesitaba descansar un poco. El oso murió cuatro días después.

Raskol cerró los ojos y exhibió aquella sonrisa suya tan triste.

– Ese mismo otoño, Stefan y yo nos escapamos. Dos bocas menos que alimentar. Nos dirigimos al norte.

– ¿Cuántos años teníais?

– Yo tenía nueve y él, doce. El plan era llegar hasta la Alemania Occidental. Por aquel entonces permitían la entrada a fugitivos de todo el mundo y les daban de comer; quizás una forma de hacer penitencia. Stefan opinaba que cuanto más jóvenes fuéramos, más posibilidades había de que nos dejasen pasar. Pero nos detuvieron en la frontera de Polonia. Conseguimos llegar a Varsovia, donde pasamos la noche bajo un puente, cada uno con su manta, dentro del recinto vallado de Wschodnia, la estación de ferrocarril del este de Varsovia. Sabíamos que allí encontraríamos a un sclepper, un traficante de personas. Después de buscar durante días, dimos con uno que hablaba romani y afirmaba ser guía fronterizo; nos prometió llevarnos a la Alemania Occidental. No teníamos dinero para pagar el precio, pero él dijo que tenía una solución. Conocía a unos hombres que pagaban bien por chicos gitanos jóvenes y guapos. Yo no entendí de qué estaba hablando pero, obviamente, Stefan sí. Se llevó al guía aparte y discutieron mucho mientras el guía señalaba hacia mí. Stefan negó varias veces con la cabeza y, al final, el guía se dio por vencido. Stefan me dijo que esperase hasta que él regresara y se fue en un coche. Yo obedecí, pero pasaron horas. Anocheció, me dormí. Las dos primeras noches que pasamos bajo el puente me había despertado con el chirrido de los frenos al paso de los mercancías, pero mis jóvenes oídos aprendieron rápido que no eran ésos los sonidos que debían preocuparme. Me dormí, pues, y no me desperté hasta escuchar pasos sigilosos en mitad de la noche. Era Stefan. Se metió debajo de la manta y se apretó contra el muro mojado. Lo oí llorar, pero fingí no enterarme y cerré los ojos. Al cabo de un rato, sólo oía los trenes. -Raskol levantó la cabeza-. ¿Te gustan los trenes, spiuni?

Harry hizo un gesto afirmativo.

– El guía volvió al día siguiente. Necesitaba más dinero. Stefan se fue otra vez con él en el coche. Cuatro días más tarde me desperté tempranísimo y vi a Stefan. Había pasado toda la noche fuera. Estaba echado con los ojos entreabiertos, como solía, y vi el vaho de su aliento suspendido en el aire frío de la mañana. Tenía sangre en la frente y un labio hinchado. Cogí la manta y me fui a la Estación Central, ante cuyos servicios se había asentado una familia de gitanos calderas que se dirigían al oeste. Hablé con el mayor de los chicos. Él me contó que la persona que creíamos un schlepper era en realidad un chulo que merodeaba por la estación. A sus padres les había ofrecido treinta zlote si dejaba ir con él a los dos chicos menores. Le enseñé mi manta al chico. Era gruesa y buena, robada de un tendedero de Lublin. Le gustó. Pronto llegaría diciembre. Le pedí que me enseñara su cuchillo. Lo llevaba debajo de la camisa.

– ¿Cómo sabías que tenía una navaja?

– Todos los gitanos llevan navaja. Para comer. Ni siquiera los miembros de una misma familia comparten cubiertos, existe el riesgo de mahrime, de contagio. El chico hizo un buen trueque. Su navaja era pequeña y roma pero, por suerte, pude afilarla en la forja del taller del ferrocarril.

Raskol se pasó la uña del meñique derecho, larga y puntiaguda, por el puente de la nariz.

– Esa misma noche, después de entrar en el coche, Stefan le preguntó al chulo si no tenía un cliente para mí también. Cuando volvió, yo estaba oculto entre las sombras, debajo del puente, mirando los trenes que entraban y salían de la estación. «Ven, sinti -me gritó el chulo-. Tengo un buen cliente. Un hombre rico del partido. ¡Ven, no hay tiempo!» Yo contesté: «Hemos de esperar el tren de Cracovia». Él se me acercó y me agarró del brazo con fuerza. «Tienes que venir ahora, ¿entiendes?» Yo sólo le llegaba al pecho. «Allí viene», dije yo, señalando con la mano. Me soltó y miró hacia arriba. Era una caravana negra de vagones de acero que pasó llena de pálidos rostros que nos miraban. Entonces llegó lo que yo esperaba. El chirrido del acero contra el acero al accionarse los frenos. Un grito que lo encubría todo.

Harry cerró los ojos apretando con fuerza, como si así pudiese dilucidar mejor si Raskol le estaba mintiendo.

– Al paso lento de los últimos vagones, vi un rostro de mujer que me miraba desde una de las ventanillas. Parecía un fantasma. Me recordaba a mi madre. Levanté la navaja ensangrentada y se la enseñé. ¿Y sabes qué, spiuni? Fue el único momento en mi vida en que he sentido auténtica felicidad. -Raskol cerró los ojos como queriendo revivir aquel instante-. Koke per koke. Cabeza por cabeza. Es la expresión albana para aludir a la venganza de sangre. Es la mejor y la más peligrosa embriaguez que Dios ha otorgado al ser humano.

– ¿Qué pasó después?

Raskol volvió a abrir los ojos.

– ¿Sabes lo que significa baxt, spiuni?

– No tengo ni idea.

– El destino. Suerte y karma. Eso es lo que guía nuestras vidas. En la cartera del chulo encontré tres mil zlote. Stefan volvió, cruzamos las vías con el cadáver y lo metimos en uno de los vagones del tren de mercancías que iba rumbo al este. Y nosotros nos encaminamos al norte. Dos semanas más tarde nos colamos en un barco de Danzig que nos llevó a Gotemburgo. Desde allí fuimos a Oslo. Llegamos a Toyen, a un campamento donde había cuatro caravanas, tres de ellas habitadas por gitanos. La cuarta era muy vieja, tenía el eje roto y estaba abandonada. Se convirtió en nuestro hogar durante cinco años. Allí celebramos mi noveno cumpleaños, en Nochebuena, con un vaso de leche y galletas, debajo de la única manta que teníamos. El día de Navidad, cometimos nuestro primer robo en un quiosco y comprendimos que habíamos llegado al lugar adecuado. -Raskol exhibió una amplia sonrisa-. Fue como robar golosinas a unos niños.

Permanecieron un buen rato en silencio.

– Aún tengo la impresión de que no me crees -dijo Raskol al fin.

– ¿Acaso importa? -preguntó Harry.

Raskol sonrió.

– ¿Cómo sabes que Anna no te amaba? -preguntó.

Harry se encogió de hombros.

Cogidos de la mano, atravesaron el Kulvert encadenados por unas esposas.

– No des por hecho que sé quién es el atracador -le advirtió Raskol-. Puede que se trate de uno de fuera.

– Ya lo sé -dijo Harry.

– Bien.

– Entonces, si Anna era hija de Stefan y él vive en Noruega, ¿por qué no vino al funeral?

– Porque está muerto. Hace varios años, cayó de una casa que estaban reformando.

– ¿Y la madre de Anna?

– Ella se fue con su hermana y su hermano a Rumania, después de la muerte de Stefan. Desconozco su dirección. Dudo que tenga.

– Le contaste a Ivarsson que la razón por la que la familia no acudió al funeral fue porque Anna los había deshonrado.

– ¿Eso hice? -Harry vio el regocijo reflejado en los castaños ojos de Raskol-. ¿Me crees si te digo que mentí?

– Sí.

– Pues no mentí. A Anna la habían expulsado de la familia. Ella ya no existía para su padre, que le había prohibido a todo el mundo que pronunciaran su nombre. Para evitar mahrime. ¿Comprendes?

– Creo que no.

Entraron en la Comisaría General y se detuvieron a esperar el ascensor. Raskol murmuró algo para sí antes de decir en voz alta:

– ¿Por qué te fías de mí, spiuni?

– ¿Tengo elección?

– Siempre se tiene elección.

– Es más interesante saber por qué te fías tú de mí. Aunque la llave que te di es igual a la que recibiste del apartamento de Anna, no tiene por qué ser verdad que la encontré en la casa del asesino.

Raskol negó con la cabeza.

– Me malinterpretas. Yo no me fío de nadie. Sólo me fío de mi propio instinto. Y mi instinto me dice que tú no eres un imbécil. Todo el mundo tiene algo por lo que vivir. Algo que se le puede quitar. Tú también. Es así de sencillo.

Se abrieron las puertas del ascensor y entraron los dos hombres.

Harry observó a Raskol en la penumbra mientras éste comprobaba el vídeo del atraco. Estaba sentado con la espalda recta y las palmas de las manos unidas, sin hacer el menor gesto. Ni siquiera cuando el distorsionado sonido del disparo del rifle llenó el aire de House of Pain.

– ¿Quieres verlo otra vez? -preguntó Harry cuando llegaron las últimas imágenes.

– No es necesario -dijo Raskol.

– ¿Y bien? -dijo Harry intentando ocultar su nerviosismo.

– ¿Tienes algo más?

Harry pensó que aquello no tenía buena pinta.

– Bueno. Tengo un vídeo del 7-Eleven que hay al otro lado de la calle, donde estuvo vigilando antes del atraco.

– Pónmelo.

Harry lo pasó dos veces.

– ¿Y bien? -repitió cuando la pantalla se inundó de puntos blancos y negros.

– Tengo entendido que ha cometido varios atracos y también podríamos verlos -dijo Raskol mirando el reloj-. Pero sería una pérdida de tiempo.

– Me pareció que dijiste que tienes todo el tiempo del mundo.

– Una mentira evidente -aclaró antes de ponerse de pie y tenderle la mano-. Tiempo es precisamente lo único que me falta. Tendrás que encadenarme otra vez a ti, spiuni.

Harry maldijo para sus adentros. Esposó a Raskol y caminaron de lado entre la mesa y la pared, hasta llegar a la puerta. Harry asió el tirador.

– La mayoría de los atracadores son almas simples -dijo Raskol-. Por eso se convierten en atracadores.

Harry se detuvo.

– Uno de los atracadores más famosos de la historia fue el estadounidense Willie Sutton -prosiguió Raskol-. Cuando lo atraparon y lo llevaron ante los tribunales, el juez le preguntó por qué atracaba bancos. Sutton respondió: «Because that's where the money is». Se ha convertido en una frase habitual en el lenguaje coloquial estadounidense y, supuestamente, demuestra cómo decir las cosas de forma directa y genial. A mí sólo me demuestra que cogieron a un idiota. Los buenos atracadores no tienen fama ni renombre. Nunca oyes hablar de ellos, porque nunca los han cogido. Porque no son directos ni simples. El que buscáis es de ésos.

Harry esperó.

– Grette -dijo Raskol.

– ¡¿Grette?! -Beate miraba a Harry con los ojos casi desorbitados-. ¿Grette? -repitió con las venas del cuello a punto de estallar-. ¡Grette tiene una coartada! ¡Trond Grette es un interventor que tiene problemas de nervios, no un atracador! Trond Grette es… es… es…

– Inocente -dijo Harry-. Ya lo sé. -Harry había cerrado la puerta del despacho tras de sí y se desplomó en la silla-. Pero no me refería a Trond Grette.

La boca de Beate se cerró con un húmedo chasquido fácilmente perceptible.

– ¿Has oído hablar de Lev Grette? -preguntó Harry-. Raskol dijo que sólo necesitaba ver los treinta primeros segundos, pero quiso ver el resto para asegurarse. Porque nadie ha visto a Lev Grette desde hace varios años. Lo último que sabía Raskol era que Grette vivía en algún lugar del extranjero.

– Lev Grette -repitió Beate con la mirada ausente-. Era uno de esos wonderboys, recuerdo que mi padre me habló de él. He leído informes sobre atracos en los que se sospecha que participó cuando sólo tenía dieciséis años. Se convirtió en una leyenda porque la policía nunca lo atrapó y, cuando desapareció para siempre, ni siquiera teníamos sus huellas digitales. -Miró a Harry-. ¿Cómo pude ser tan estúpida? La misma complexión. La similitud de los rasgos faciales. Es el hermano de Trond Grette, ¿no?

Harry afirmó con un gesto.

Beate frunció el entrecejo.

– Pero… eso significa que Lev Grette asesinó a su propia cuñada.

– Bueno, eso hace que encajen un par de cosas más, ¿no es cierto?

Ella asintió despacio.

– Los veinte centímetros entre ambas caras. Se conocían.

– Y si Lev Grette sabía que le habían reconocido…

– Naturalmente -dijo Beate-. Stine era un testigo y él no podía correr el riesgo de que lo desenmascarase.

Harry se levantó.

– Le pediré a Halvorsen que nos prepare algo muy fuerte. Y ahora, veamos el vídeo.

– Apuesto a que Lev Grette no sabía que Stine Grette trabajaba allí -dijo Harry mirando la pantalla-. Lo interesante es que probablemente la reconociera y, aun así, decidiera utilizarla como rehén. Tenía que saber que ella le reconocería de cerca, al menos, por la voz.

Beate movió la cabeza sin entender mientras observaba las imágenes del banco cuando todo estaba aún en calma y August Schulz, arrastrando los pies, seguía a medio camino de su mostrador.

– Entonces, ¿por qué lo hizo?

– Es un profesional. No deja nada al azar. Stine Grette quedó condenada a muerte desde ese momento. -Harry congeló la imagen donde el atracador había entrado por la puerta y acababa de escanear el local con la mirada-. Cuando vio a Grette y entendió que había alguna posibilidad de que lo identificara, supo que ella tenía que morir. Por eso podía utilizarla como rehén.

– Frío como el hielo.

– Cuarenta bajo cero. Lo único que no acabo de entender es que llegue al extremo de cometer un asesinato para no ser reconocido, cuando ya está en busca y captura por otros atracos.

Weber entró en el salón con la bandeja del café.

– Sí, pero Lev Grette no está en busca y captura por atraco -puntualizó Weber posando la bandeja sobre la mesa con cuidado.

El salón parecía haberse amueblado allá por los años cincuenta y, desde entonces, ninguna mano de hombre lo había modificado. Las sillas de felpa, el piano y las plantas llenas de polvo del alféizar, irradiaban un extraño silencio; hasta el péndulo del reloj de pared de la esquina oscilaba silenciosamente. La mujer canosa y de ojos brillantes cuyo retrato colgaba enmarcado sobre la chimenea sonreía sin emitir sonido alguno; era como si el silencio se hubiera instalado allí cuando Weber enviudó hace ocho años, como si cuanto había a su alrededor hubiese enmudecido; incluso parecía imposible arrancarle una nota al piano. El apartamento estaba en el primer piso de un viejo edificio de Tøyen, pero el ruido de los coches sólo acentuaba el silencio del interior de la casa. Weber se sentó en uno de los dos sillones de orejas, con cuidado, como si fuera una pieza de museo.

– Nunca encontramos la menor prueba concreta de que Grette estuviera implicado en ninguno de los atracos. Ninguna descripción de testigos, ningún soplón del entorno, ninguna huella dactilar ni cualquier otra pista técnica. Los informes sólo lo tomaban por sospechoso.

– Ya. Si Stine Gette no podía delatarlo, era un hombre sin antecedentes.

– Correcto. ¿Una galleta?

Beate negó con la cabeza.

Era el día libre de Weber, pero Harry había insistido por teléfono en que era urgente que hablasen. Notó que a Weber no le gustaba recibir visitas en su casa, pero no dio importancia a ese detalle.

– Hemos hablado con el responsable de guardia en la científica para cotejar las huellas dactilares de la botella de refresco de cola con las de los anteriores atracos que se sospechan cometidos por Lev Grette -afirmó Beate-. Pero no encontró equivalencias.

– Es lo que te digo -insistió Weber comprobando que la tapa de la cafetera estaba bien encajada-, Lev Grette nunca dejó pistas en la escena del crimen.

Beate hojeó sus notas.

– ¿Estás de acuerdo con Raskol en que Lev Grette es el atracador?

– Bueno. ¿Por qué no? -Weber empezó a servir el café.

– Porque nunca se ha recurrido a la violencia en ninguno de los atracos que se le imputan. Y porque ella era su cuñada. Matar por temor a que te reconozcan es un móvil bastante flojo, ¿no crees?

Weber dejó de servir y dedicó una mirada inquisitiva primero a ella y luego a Harry, que se encogió de hombros.

– No -respondió Weber categórico antes de seguir sirviendo las tazas.

Beate se sonrojó hasta las cejas.

– Weber pertenece a la escuela clásica -explicó Harry exculpándolo-. En su opinión, el asesinato excluye por definición un móvil racional. Sólo existen grados de móviles confusos que de vez en cuando parecen sensatos.

– Exacto -confirmó Weber y dejó la cafetera en la mesa.

– Lo que me intriga es por qué Lev Grette se fugó del país si la policía no tenía nada contra él -insistió Harry.

Weber fingió retirar unas motas invisibles del reposabrazos.

– No lo sé con seguridad.

– ¿Con seguridad?

Weber apretó la delgada y fina asa de porcelana de la taza entre el dedo pulgar, grande y grueso, y un dedo índice que amarilleaba de nicotina.

– Por aquel entonces circulaba un rumor. Nada de fiar. Se contaba que no huyó de la policía. Alguien había oído decir que el último atraco no había salido del todo según el plan. Que Grette dejó a su compinche en la estacada.

– ¿En qué sentido? -inquirió Beate.

– Nadie lo sabía. Algunos pensaban que Grette iba de conductor y que escapó del lugar del atraco cuando llegó la policía, aunque el otro aún estaba en el banco. Otros decían que el atraco había salido bien pero que Grette se había largado al extranjero con el dinero de ambos. -Weber tomó un sorbo y dejó la taza sobre la mesa con mucho mimo-. Pero lo interesante para el caso que nos ocupa ahora probablemente no sea cómo pasó, sino quién era la otra persona.

Harry miró a Weber.

– ¿Quieres decir que era…?

El viejo policía de la científica asintió con un gesto.

– Mierda -se lamentó Harry.

Beate puso el intermitente izquierdo y esperó a encontrar un hueco en la hilera de coches que venían desde la derecha, de la calle Tøyengata. La lluvia tamborileaba en el techo. Harry cerró los ojos. Sabía que, si se concentraba, conseguiría que el ruido de los vehículos que pasaban sonase como el de las olas que azotaban la proa del ferry durante aquel vendaval que pasó mirando hacia abajo, a la blanca espuma del mar, cogido de la mano de su abuelo. Pero no tenía tiempo.

– Así que Raskol tiene un asunto pendiente con Lev Grette -dijo Harry antes de abrir los ojos-. Y lo señala a él como el atracador. ¿Es realmente Grette el del vídeo o debemos suponer que Raskol sólo quiere vengarse? ¿O es otra de las jugarretas de Raskol para engañarnos?

– O, como dijo Weber, no es más que un rumor -precisó Beate.

Seguían llegando coches por la derecha mientras ella tamborileaba en el volante con impaciencia.

– A lo mejor tienes razón -admitió Harry-. Si Raskol quisiera vengarse de Grette, no necesitaría la ayuda de la policía. Pero, si sólo es un rumor, ¿por qué señala a Grette si fue él el autor?

– ¿Una ocurrencia?

Harry negó con un gesto.

– Raskol es un estratega. No señala al hombre equivocado sin una buena razón. No es seguro que el Dependiente esté solo en esto.

– ¿Qué quieres decir?

– A lo mejor es otra persona quien planea los atracos. Alguien que está dentro de la red que suministra las armas. El coche para la fuga. El piso franco. Un deaner que después haga desparecer la ropa y las armas del atraco. Y un washer que blanquee el dinero.

– ¿Raskol?

– Si lo que Raskol pretende es desviar nuestra atención del verdadero culpable, ¿qué resulta más ingenioso que enviarnos a buscar a un hombre cuyo paradero todos ignoran, un tipo que esté muerto y enterrado o que viva en el extranjero con otro nombre, un sospechoso al que nunca podríamos eliminar del caso? Al endosarnos un proyecto eterno como ése, nos hará perseguir nuestra propia sombra, en lugar de a su hombre.

– ¿Así que crees que miente?

– Todos los gitanos mienten.

– ¿Ah, sí?

– Cito a Raskol.

– Por lo menos tiene sentido del humor. ¿Y por qué no iba a mentirte a ti si ha mentido a todos los demás?

Harry no contestó.

– Por fin un hueco -dijo Beate pisando ligeramente el acelerador.

– ¡Espera! -dijo Harry-. Gira a la derecha. Hacia la calle Finnmarksgata.

– De acuerdo -respondió Beate sorprendida antes de girar ante el parque de Tøyen.

– ¿Adónde vamos?

– Vamos a casa de Trond Grette, tenemos que verle.

Habían retirado la red de la cancha de tenis. Y no había luz en ninguna de las ventanas de Grette.

– No está en casa -dedujo Beate después de llamar dos veces al timbre.

Se abrió la ventana de la vecina.

– Trond está en casa -les informó un rostro arrugado de mujer que Harry halló más bronceado que la vez anterior-. Pero no quiere abrir. Siga llamando un buen rato y acabará por venir a abrir.

Beate mantuvo pulsado el botón del timbre y, al cabo de un minuto, oyeron un ruido espantoso procedente del interior de la casa. La ventana cercana se cerró y enseguida vieron aparecer un pálido rostro de mirada indiferente enmarcada por dos anillos de color negro azulado. Trond Grette llevaba puesta una bata amarilla. Parecía recién levantado después de dormir una semana entera aunque se veía que no había sido suficiente. Sin mediar palabra, levantó una mano para indicarles que entrasen. La luz del sol le arrancó un destello al anillo de diamantes del dedo meñique.

– Lev era diferente -dijo Trond-. Estuvo a punto de matar a un hombre cuando tenía quince años.

Sonrió al aire como si evocara un recuerdo entrañable.

– Era como si nos hubieran dado una serie completa de genes para repartir entre los dos. Lo que él no tenía, lo tenía yo, y viceversa. Nos criamos aquí, en Diesengrenda, en esta casa. Lev era una leyenda entre el vecindario, pero yo sólo era el hermano pequeño de Lev. Entre mis primeros recuerdos hay uno del colegio, del día que Lev se puso a hacer equilibrios por el canalón durante el recreo. Era un edificio de cuatro pisos y los profesores no se atrevieron a subir a buscarlo. Los demás le animábamos desde abajo, mientras él bailaba en las alturas con los brazos extendidos. Todavía veo su silueta perfilada contra el cielo azul. En ningún momento tuve miedo, ni se me pasó por la cabeza que mi hermano mayor se pudiera caer. Y creo que todo el mundo sintió lo mismo. Lev era el único capaz de dar una paliza a los hermanos Gausten, de los bloques de la calle Traverveien, a pesar de que eran dos años mayores y habían pasado por un reformatorio. Lev le quitó el coche a mi padre cuando tenía catorce años, se fue hasta Lillestrom y volvió con una bolsa de caramelos Twist que había robado en el quiosco de la estación de tren. Mi padre no se dio cuenta de nada. Y la bolsa de Twist me la dio a mí.

Daba la impresión de que Trond Grette intentaba reír. Estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina. Trond había hecho chocolate caliente. Había sacado los polvos de cacao de una lata que se quedó mirando un buen rato. Alguien había escrito «KAKAO» con rotulador en la lata de metal. La letra era esmerada y femenina.

– Lo peor es que Lev pudo haber sido algo grande -dijo Trond-. El problema era que enseguida se cansaba de todo. Todos decían que era el mejor talento futbolístico que Skeid había tenido en muchos años pero, cuando lo llamaron para una concentración del equipo nacional de alevines, no le dio la gana de presentarse. A los quince años pidió prestada una guitarra y, dos meses después, actuó en el colegio con composiciones propias. Más tarde, un tipo llamado Waaktar le ofreció tocar en un conjunto de Grorud, pero él dijo que no porque eran muy malos. A Lev todo se le daba bien. Habría sacado buenas notas en el colegio si hubiera hecho los deberes y no hubiera faltado tanto. -Trond exhibió una sonrisa amarga-. Me pagó con chucherías robadas para que imitara su caligrafía y escribiera por él sus trabajos escolares. Así, por lo menos, sacó buenas notas en noruego. -Trond se rió pero enseguida recobró el aspecto grave-. Luego se cansó de la guitarra y empezó a juntarse con una panda de chicos de Årvoll, todos mayores que él. A Lev nunca le importó dejar lo que tenía entre manos porque siempre había algo más, algo mejor, algo emocionante tras la siguiente curva.

– A lo mejor suena tonto preguntarle esto a un hermano, pero ¿dirías que lo conoces bien? -quiso saber Harry.

Trond se lo pensó un poco.

– No, no es una pregunta tonta. Sí, hemos crecido juntos. Y sí, Lev era extrovertido y divertido y todos, chicos y chicas, querían conocerle. Pero Lev era, en realidad, un lobo solitario. Me dijo una vez que nunca había tenido amigos de verdad, sólo novias y adeptos. Había muchas cosas de Lev que yo no entendía. Como cuando los hermanos Gausten venían a armar bronca. Eran tres, y todos mayores que Lev. Los otros chicos del barrio y yo nos largábamos en cuanto los veíamos. Pero Lev se quedaba. Estuvieron dándole palizas durante cinco años. Hasta que un día vino el mayor solo, Roger. Nosotros nos piramos, como siempre. Cuando asomé la cabeza por la esquina, vi a Roger tumbado en el suelo, debajo de Lev. Le había inmovilizado los brazos con las piernas y sostenía un palo. Me acerqué a mirar. Aparte de la acelerada respiración, no emitían sonido alguno. Fue entonces cuando vi que Lev le había metido el palo en el ojo a Roger.

Beate se revolvió en la silla.

– Lev estaba totalmente concentrado, como si fuera algo que le exigiese gran precisión y cuidado. Como si intentase extraerle el globo ocular. Y Roger lloraba sangre que resbalaba del ojo a la oreja y del lóbulo de la oreja al asfalto. Era tal el silencio, que se oía la sangre contra el suelo. Plop, plop.

– ¿Y qué hiciste tú? -preguntó Beate.

– Vomité. Nunca he soportado la sangre, me marea y me pone mal cuerpo. -Trond hizo un gesto con la cabeza-. Lev soltó a Roger y me llevó a casa. A Roger le curaron el ojo pero después de aquello nunca más volvimos a ver a los hermanos Gausten por el barrio. En momentos así pensaba que mi hermano mayor se trasformaba en otra persona, en un desconocido que, de vez en cuando, nos hacía una visita inesperada. Por desgracia, con el tiempo aquellas visitas cada vez fueron más frecuentes.

– Dijiste que había intentado matar a un hombre.

– Fue una mañana de domingo. Lev cogió un destornillador y un lápiz y se fue en bicicleta hasta uno de los pasos elevados para peatones que hay sobre la calle Ringveien. Habréis pasado por alguno, ¿no? Da un poco de miedo porque vas caminando sobre las cuadrículas del enrejado metálico y ves el asfalto a siete metros por debajo de ti. Como digo, era un domingo por la mañana y había poca gente. Lev soltó los tornillos de una de las rejillas de hierro. Sólo dejó dos tornillos en un lado y puso el lápiz en una esquina para apoyar la rejilla en él. Luego esperó. Primero llegó una mujer que, según Lev, «parecía recién follada». Llevaba ropa de fiesta, estaba despeinada, maldecía y cojeaba porque tenía un tacón roto. -Trond rió bajito-. Lev sabía mucho para tener quince años. -Se llevó la taza a la boca y miró sorprendido por la ventana de la cocina: allí estaba el camión de la basura que se detuvo ante los contenedores situados detrás del tendedero-. ¿Hoy es lunes?

– No -dijo Harry, que no había tocado su taza-. ¿Cómo le fue a la chica?

– Hay dos hileras de rejillas de hierro. Ella pasó sobre la fila de la izquierda. Mala suerte, lo llamó Lev. Dijo que habría preferido que fuese ella en lugar del hombre mayor. Luego vino el viejo, que tomó la hilera derecha. La rejilla suelta estaba un poco más alta que las otras por el lápiz de la esquina y Lev pensó que el viejo se había dado cuenta del peligro, porque fue aminorando el ritmo de su marcha a medida que se acercaba. Cuando iba a dar el paso decisivo, se quedó congelado en el aire.

Trond movía lentamente la cabeza mientras veía cómo el camión de la basura masticaba los desperdicios del vecindario.

– Cuando puso el pie en la rejilla, ésta se abrió como una trampilla, ya sabéis, eso que se usa en los ahorcamientos. El viejo se fracturó ambas piernas por las pantorrillas cuando se dio contra el asfalto. Si no hubiera sido porque era un domingo por la mañana, lo habrían atropellado en el acto. Lev lo llamó mala suerte.

– ¿Eso también se lo contó a la policía? -preguntó Harry.

– Sí… la policía… -dijo Trond mirando el interior de la taza-. Llamaron al timbre dos días más tarde. Y fui a abrir. Preguntaron si la bicicleta que había fuera pertenecía a alguien de la casa. Dije que sí. Al parecer, un testigo había visto a Lev salir del paso elevado y había descrito la bicicleta y a un chico que llevaba una chaqueta roja. Así que les enseñé la chaqueta roja que Lev llevaba puesta.

– ¿Tú delataste a tu hermano? -preguntó Harry asombrado.

Trond suspiró.

– Dije que la bicicleta era mía. Y la chaqueta, también. Y Lev y yo nos parecemos bastante.

– ¿Por qué demonios hiciste eso?

– Sólo tenía catorce años y era demasiado joven para que me hicieran algo. A Lev lo habrían enviado al mismo reformatorio que había ido Roger Gausten.

– Pero ¿qué dijeron tu madre y tu padre?

– ¿Qué iban a decir? Todos los que nos conocían sabían que Lev había sido el autor de aquello. Él era el loco que mangaba chucherías y tiraba piedras, y yo era el niño bueno que hacía los deberes y ayudaba a las señoras mayores a cruzar la calle. Después, nunca más se habló de aquello.

Beate carraspeó.

– ¿Quién propuso que tú asumieses la culpa?

– Yo. Yo quería a Lev a más que nada en el mundo. Pero lo puedo decir ahora que el caso ha prescrito. Y el hecho es que… -Trond sonrió con esa risa ausente tan suya-. Algunas veces deseaba haber sido yo quien se hubiera atrevido a hacerlo.

Harry y Beate removían sus tazas en silencio. Harry se preguntaba quién de ellos acabaría formulando la pregunta. Si hubiera venido con Ellen, lo habrían notado.

– ¿Dónde…? -empezaron al unísono. Trond parpadeó confuso. Harry le hizo un gesto afirmativo a Beate.

– ¿Dónde está tu hermano ahora? -preguntó ella.

– ¿Dónde… está Lev? -Trond la miró sin entender.

– Sí -dijo ella-. Sabemos que ha estado desaparecido.

Grette se volvió hacia Harry.

– No dijisteis que se tratara de Lev… -El tono de voz era acusador.

– Dijimos que hablaríamos de unas cosas y de otras. Y hemos acabado hablando de esto -constató Harry.

Trond se levantó de repente, cogió la taza, se dirigió a la pila y vertió el cacao.

– Pero Lev… está… ¿Qué relación iba a tener él con esto?

– Probablemente nada -dijo Harry-. En tal caso, nos gustaría contar con tu ayuda para eliminarlo del caso.

– Ni siquiera vive en el país -suspiró Trond volviéndose hacia ellos.

Beate y Harry intercambiaron una mirada elocuente.

– ¿Y dónde vive? -preguntó Harry.

Trond titubeó una décima de más antes de contestar.

– No lo sé.

Harry miró el camión de basura amarillo que pasaba por la calle.

– No eres muy bueno mintiendo, ¿verdad?

Trond lo miró fijamente sin contestar.

– Ya -dijo Harry-. A lo mejor no podemos esperar que nos ayudes a encontrar a tu hermano. Pero, por otro lado, es tu mujer quien fue asesinada. Y tenemos un testigo que ha señalado a tu hermano como el asesino.

Levantó la vista hacia Trond al pronunciar la última palabra, y vio saltar su nuez debajo de la piel blanquecina. En el silencio que siguió oyeron una radio encendida en el apartamento contiguo.

Harry carraspeó.

– Así que, si hubiera algo que nos quisieras contar, te lo agradeceríamos mucho.

Trond negó con la cabeza.

Se quedaron un rato más, y luego Harry se levantó.

– Bien. Sabes dónde encontrarnos si recuerdas algo.

De nuevo en la escalera, Trond tenía la misma cara de cansado que cuando llegaron. Harry entrecerró sus ojos enrojecidos a la luz del sol bajo que asomaba por entre las nubes.

– Comprendo que no es fácil, Grette -dijo-. Pero quizá sea hora de quitarse esa chaqueta roja.

Grette no contestó, y lo último que vieron antes de salir del aparcamiento fue a Grette en la escalera tironeando del anillo de diamantes que lucía en el dedo meñique, y una cara morena y arrugada tras la ventana vecina.

Las nubes se disiparon por la tarde. Al final de la calle Dovregata, cuando volvía a casa desde el Schrøder, Harry se detuvo a contemplar las estrellas. Los astros fulguraban en un cielo sin luna. Una de las luces pertenecía a un avión que avanzaba hacia el norte, a Gardermoen. La nebulosa Cabeza de Caballo, en la constelación de Orion. La nebulosa Cabeza de Caballo. Orion. ¿Quién le había hablado de eso? ¿Fue Anna?

Cuando llegó al apartamento, encendió el televisor para ver las noticias de NRK. Más historias heroicas de bomberos estadounidenses. La apagó. En la calle, una voz de hombre gritó un nombre de mujer, parecía borracho. Harry buscó en los bolsillos el papelito con el nuevo número que le había dado Rakel, y descubrió que, en uno de ellos, aún conservaba la llave con las iniciales A.A. La dejó en el fondo del cajón de la mesa del teléfono antes de marcar el número. Nadie contestó. Así que, cuando sonó el teléfono estaba seguro de que sería ella, pero distinguió la voz de Øystein en el carraspeo de la línea.

– ¡Joder, cómo conducen aquí!

– No hace falta que grites, Øystein.

– ¡Parece que intentan cargarse todo lo que circule por la carretera, coño! Cogí un taxi desde Sharm ash-Shaykh. Un viaje tranquilo, pensé, directamente a través del desierto, poco tráfico, carretera recta… ¡Pues estaba equivocado! Te juro que es un milagro que esté vivo. ¡Y hace un calor horrible! ¿Y has escuchado los grillos de aquí, los grillos del desierto? Es el canto de grillos más escandaloso del mundo. Por el tono, quiero decir. Se te mete directamente en el córtex cerebral, una cabronada. Y el agua de aquí es de locos. ¡Terrible! Totalmente turbia, con un tono verdoso. Mantiene la misma temperatura que el cuerpo, así que tampoco la notas. Ayer salí del mar y, ¡joder!, no podría asegurar que había estado dentro…

– Deja las temperaturas del baño, Øystein. ¿Has encontrado algún servidor?

– Sí y no.

– ¿Qué significa eso?

Harry no obtuvo respuesta. Obviamente, los había interrumpido una discusión al otro lado, y Harry oyó fragmentos de «The Boss» y «The Money».

– Harry. Sorry, los chicos de aquí están un poco paranoicos. Yo también. ¡Hace un calor de cojones! Pero he encontrado lo que creo que es el servidor correcto. Es posible que los chicos intenten engañarme, pero mañana voy a ver la máquina y a encontrarme con el jefe. Tres minutos al teclado y sabré si es el correcto. Espero. Te llamo mañana. Tendrías que ver los cuchillos que tienen estos beduinos…

La risa de Øystein resonó cavernosa.

Lo último que hizo Harry antes de apagar la luz del salón fue consultar una enciclopedia. La nebulosa Cabeza de Caballo era una nebulosa oscura de la que no se sabía gran cosa; tampoco de Orion, aparte de que se consideraba una de las constelaciones más hermosas. Pero Orion también era una figura de la mitología griega, un titán y gran cazador, ponía. Fue seducido por Eos, y Artemisa lo mató presa de la ira. Harry se acostó con la sensación de que alguien pensaba en él.

Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, tenía los pensamientos revueltos y a jirones, con una vaga imagen de cosas que recordaba a medias. Era como si alguien hubiera practicado un registro en su cerebro y el contenido, que antes estaba ordenado en cajones y armarios, se hubiera desparramado por todas partes. Seguramente, había soñado algo. El teléfono de la entrada sonaba sin cesar.

Harry se obligó a levantarse. Era Øystein, otra vez; estaba en una oficina de At Tur.

– Tenemos un problema -dijo.

24

São Paulo

La boca y los labios de Raskol dieron forma a una sonrisa afable. Por tanto, resultaba imposible saber si en ese momento sonreía con afabilidad o no. Harry hubiera jurado que no.

– Así que tienes un amigo que está buscando un número de teléfono en una ciudad de Egipto -dijo Raskol sin que Harry fuera capaz de descifrar si el tono de voz era sarcástico o sólo constataba un hecho.

– Sí, en At Tur -explicó Harry frotando la palma de la mano contra el reposabrazos de la silla.

Sentía un intenso malestar. No sólo por hallarse una vez más en la aséptica sala de visitas de la cárcel, sino por todo el asunto. Había sopesado las posibilidades que le quedaban: pedir un préstamo personal; contárselo todo a Bjarne Møller; vender el Ford Escort al taller donde ya se encontraba. Pero ésta era la única posibilidad realista, lo único lógico que podía hacer. Y era una locura.

– El número de teléfono no es sólo un número -dijo Harry-. Nos llevará al abonado que me ha enviado el correo electrónico. Un correo que demuestra que tiene información detallada sobre la muerte de Anna y que no podría tener a menos que hubiese estado con ella justo antes de su muerte.

– Tu amigo dice que el servidor pide sesenta mil libras egipcias. ¿Es eso?

– Alrededor de ciento veinte mil coronas.

– ¿Y pretendes que yo te las dé?

– Yo no pretendo nada, sólo te cuento cómo está la situación. Quieren el dinero, y no lo tengo.

Raskol se pasó un dedo por el labio superior.

– ¿Por qué iba a ser esto un problema mío, Harry? Hemos hecho un trato, y yo he cumplido con mi parte.

– Yo cumpliré con mi parte, pero sin dinero tardaré más.

Raskol negó con la cabeza, estiró los brazos y murmuró algo que Harry supuso romaní. Øystein se había mostrado desesperado por teléfono. Había dicho que no tenía duda de que habían encontrado el servidor correcto. Pero él se había imaginado una antigualla oxidada dentro de una caseta que funcionase a trancas y barrancas, y un tratante con turbante que pidiera tres camellos y un cartón de cigarrillos estadounidenses a cambio de pasarle toda la lista de abonados. Sin embargo, había acabado en una oficina con aire acondicionado donde el joven y trajeado egipcio que atendía desde el otro lado del escritorio lo miró a través de unas gafas con montura de plata diciendo que el precio era «non negotiable», que el pago debía ser en efectivo para que no pudiera rastrearse mediante los sistemas bancarios, y que la oferta sólo se mantendría durante tres días.

– Supongo que has pensado en las consecuencias si se llega saber que has recibido dinero de alguien como yo estando de servicio.

– No estoy de servicio -dijo Harry.

Raskol se frotó ambas orejas con las palmas de las manos.

– Sun Tzu dice que si no controlas los acontecimientos, ellos te controlan a ti. No controlas los acontecimientos, spiuni. Eso quiere decir que has metido la pata. No me fío de las personas que meten la pata. Por lo tanto, tengo una propuesta. Propongo que lo hagamos fácil para ambas partes. Tú me das el nombre de ese hombre, y yo me encargo del resto.

– ¡No! -Harry dio una palmada en la mesa-. No podemos denigrarlo a tercera clase dejándolo en manos de tus gorilas. Lo quiero encerrado.

– Me sorprendes, spiuni. Si te he entendido bien, tu situación a causa de este asunto es ya algo incómoda. ¿Por qué no dejar que se haga justicia de la manera menos dolorosa posible?

– Nada de vendetta. Ése era el trato.

Raskol sonrió.

– Eres duro de pelar, Hole. Me gusta. Y respeto los acuerdos. Pero empiezas a meter la pata, ¿cómo puedo estar seguro de que este hombre es el correcto?

– Tú mismo comprobaste que la llave que encontré en su cabaña era idéntica a la de Anna.

– Y ahora vienes a pedirme ayuda otra vez. Así que tienes que darme algo más.

Harry tragó saliva.

– Cuando encontré a Anna, tenía una foto en el zapato.

– Continúa.

– Creo que tuvo el tiempo justo para meterla allí antes de que el asesino le pegara el tiro. Es una foto de la familia del asesino.

– ¿Eso es todo?

– Sí.

Raskol negó con la cabeza. Miró a Harry y repitió el gesto.

– No sé quién es más tonto en este caso. Tú, que te dejas engañar por tu amigo, o tu amigo, que cree que podrá esconderse después de haberme robado el dinero. -Exhaló un hondo suspiro-. O yo, por daros ese dinero.

Harry pensó que sentiría alegría o, cuando menos, alivio. Pero lo único que experimentó fue que el nudo del estómago se acentuaba.

– ¿Y qué datos necesitas?

– Sólo el nombre de tu amigo y el banco de Egipto de donde quiere retirar el dinero.

– Lo tendrás dentro de una hora.

Harry se levantó.

Raskol se frotó las muñecas como si acabara de quitarse unas esposas.

– Espero que no creas que me entiendes, spiuni -le dijo bajito y sin levantar la vista.

Harry se detuvo.

– ¿Qué quieres decir?

– Soy gitano. Mi mundo podría ser un mundo al revés. ¿Sabes cómo se dice Dios en romani?

– No.

– Devel. Extraño, ¿no? Cuando uno quiere vender su alma, debe saber a quién se la vende, spiuni.

Halvorsen creía que Harry parecía cansado.

– Define cansado -lo retó Harry, inclinándose hacia atrás en la silla-. O bueno, mejor no.

Cuando Halvorsen preguntó qué tal iban las cosas, y Harry respondió que definiera «ir», Halvorsen lanzó un suspiro y salió del despacho para comprobar si tenía más suerte con Elmer.

Harry marcó el número que le había dado Rakel, pero volvió a oír la voz rusa que, según suponía, le comunicaba algún tipo de incidencia. Llamó a Bjarne Møller e intentó transmitirle al jefe la impresión de que no pasaba nada relevante. Møller no quedó muy convencido.

– Quiero buenas noticias, Harry. No informes sobre en qué inviertes tu tiempo.

En ese momento entró Beate y le dijo que había estado mirando el vídeo diez veces más, y que ya no le cabía duda de que el Dependiente y Stine Grette se conocían.

– Creo que lo último que le comunica es que va a morir. Se le nota en la mirada. Como retadora y aterrada a la vez, igual que en las películas de guerra donde la gente de la resistencia aparece junto al pelotón justo antes de ser fusilada.

Pausa.

– ¿Hola? -Beate agitó la mano delante de la cara de Harry-. ¿Estás cansado?

Harry llamó a Aune.

– Soy Harry. ¿Cómo reaccionan las personas cuando las van a fusilar?

Aune cacareó una risotada.

– Se concentran -dijo-. Se concentran en el tiempo.

– ¿Y tienen miedo? ¿Sienten pánico?

– Depende. ¿De qué tipo de ejecución estamos hablando?

– Una ejecución pública. En un banco.

– Comprendo. Déjame que te llame dentro de dos minutos.

Harry miró el reloj mientras esperaba. Tardó ciento diez segundos.

– El trance de la muerte, igual que el trance de un parto, es un acontecimiento muy íntimo -le explicó Aune-. La razón por la que la gente desea esconderse en esos momentos no estriba únicamente en que se siente físicamente vulnerable. Morir en presencia de otras personas, como ocurre en las ejecuciones públicas, es un castigo doble, porque atenta del modo más terrible contra el pudor del condenado. Ésa era una de las razones por las que se creía que, tratándose del pueblo, las ejecuciones públicas resultarían más eficaces para prevenir la criminalidad que los ajusticiamientos en la intimidad de una celda. Aun así, se tenían en cuenta ciertas consideraciones, como ponerle una máscara al verdugo. Al contrario de lo que cree mucha gente, no se hacía así para ocultar su identidad; todo el mundo sabía quién era el matarife local. La máscara se le ponía por consideración hacia el condenado a muerte, para no obligarlo a estar tan cerca de un extraño en el momento de morir.

– Ya. El atracador también llevaba máscara.

– El uso de máscaras forma parte de un pequeño campo de estudio para nosotros, los psicólogos. Por ejemplo, permite darle la vuelta al concepto moderno de que el uso de una máscara nos inhibe. Las máscaras pueden despersonificarnos de modo que, por el contrario, nos sintamos más libres. ¿Por qué crees que eran tan populares los bailes de máscaras en tiempos de la reina Victoria? ¿O el empleo de máscaras en los juegos sexuales? En cambio los atracadores de bancos tienen, por supuesto, razones más prosaicas para utilizar una máscara.

– Puede ser.

– ¿Puede ser?

– No lo sé -suspiró Harry.

– Pareces…

– Sí, cansado. Hasta luego.

La posición de Harry sobre la esfera terrestre giraba lentamente apartándolo del sol, y poco a poco anochecía antes. Los limones que había ante la tienda de Ali lucían como pequeñas estrellas amarillas y una fina lluvia regaba las calles en silencio cuando Harry subió por la calle Sofie. Había pasado toda la tarde organizando la transferencia a At Tur. No fue muy complicado. Habló con Øystein, anotó su número de pasaporte y la dirección del banco situado junto al hotel donde se alojaba, y luego comunicó la información vía telefónica al Gjengangeren, el periódico de los presos, para el que Raskol estaba escribiendo un artículo sobre Sun Tzu… Ahora sólo cabía esperar.

Harry ya había llegado al portal y estaba buscando la llave cuando oyó pasos sigilosos en la acera, a su espalda. No se volvió.

No, hasta que oyó un ligero gruñido.

En realidad, no le sorprendió. Cuando se pone al fuego una olla a presión, se sabe que tarde o temprano algo pasará.

La cara del perro, negra como la noche, ponía la blancura de los dientes al descubierto. La tenue luz de la lámpara que colgaba sobre la puerta se reflejó en una gota de baba suspendida de uno de los terribles colmillos del can.

– ¡Siéntate! -le ordenó una voz familiar desde la penumbra, bajo la entrada al garaje, al otro lado de la estrecha calle tranquila…

El rottweiler posó sus caderas anchas y musculosas en el asfalto mojado de mala gana, pero no dejó de mirar a Harry con sus brillantes ojos marrones, que no inspiraban las asociaciones que solían adscribirse a la mirada dócil de un perro.

La sombra de la visera se proyectó sobre el rostro del hombre que se acercaba.

– Buenas noches, Harry. ¿Te dan miedo los perros?

Harry contempló el interior de las carnosas fauces abiertas que tenía delante. Recordó un fragmento de los conocimientos adquiridos con el Trivial. Los romanos habían utilizado los ancestros de los rottweiler para conquistar Europa.

– No. ¿Qué quieres?

– Hacerte una oferta, nada más. Una oferta que no puedes… ¿cómo se dice?

– Vale, limítate a comunicarme la oferta, Albu.

– Armisticio. -Arne Albu levantó la visera de la gorra de Ready. Intentó dibujar su típica sonrisa de chaval, pero no le salió tan natural como la vez anterior-. Tú me dejas en paz, y yo te dejo en paz.

– Interesante. ¿Y qué ibas a hacer tú contra mí, Albu?

Albu dibujó en el aire un gesto hacia el rottweiler que, más que sentado, estaba listo en posición de saltar.

– Tengo mis métodos. Y no carezco por completo de recursos.

– Ya. -Harry deslizó la mano hacia el paquete de tabaco que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, pero se detuvo cuando el gruñido aumentó peligrosamente-. Pareces cansado, Albu. ¿Estás cansado de correr?

Albu negó con la cabeza.

– No soy yo quien corre, Harry, sino tú.

– Ah, ¿sí? Acabas de pronunciar una amenaza algo difusa contra un agente de policía, en plena calle. Para mí eso es un signo de agotamiento. ¿Por qué no quieres jugar más?

– ¿Jugar? ¿Así es como lo ves tú? ¿Como una especie de parchís en el que se pone en juego el destino de las personas?

Harry vio aflorar la ira en los ojos de Arne Albu. Pero también apreció otra cosa. Tenía las mandíbulas tensas e hinchadas las venas de las sienes y de la frente. Estaba desesperado.

– ¿Tienes idea de lo que has provocado? -dijo casi en un susurro, sin hacer el menor esfuerzo por sonreír-. Me ha dejado. Se ha… llevado a los niños y se ha marchado. Por una aventura tonta. Anna ya no significaba nada para mí.

Arne Albu se acercó a Harry.

– Anna y yo nos conocimos un día que fui con un amigo a conocer su galería. Casualmente, ella exponía allí. Compré dos de sus cuadros, no sé exactamente por qué. Dije que eran para la oficina. Naturalmente, nunca los colgué. Cuando llegué para recoger los cuadros al día siguiente, Anna se me acercó, empezamos a hablar y, sin saber cómo, la invité a comer. Después quedamos para cenar. Y dos semanas más tarde, pasamos un fin de semana en Berlín. Las cosas fueron demasiado deprisa. Me enganchó y ni siquiera intenté soltarme. Hasta que Vigdis descubrió lo que pasaba y amenazó con dejarme.

Hablaba con voz trémula.

– Le prometí a Vigdis que había sido un desliz aislado, un enamoramiento estúpido como el que sufren alguna vez los hombres de mi edad cuando se encuentran con una mujer joven que les recuerda lo que fueron una vez. Jóvenes, fuertes e independientes. Pero le juré que se había acabado. Bueno, cuando tengas hijos lo entenderás…

Se le apagó la voz y respiraba con dificultad. Hundió las manos en los bolsillos de la gabardina y retomó su discurso.

– Anna amaba con tanta fogosidad… Aquello no era normal. Nunca era capaz de renunciar. Literalmente, tuve que soltarme a la fuerza. Me rompió una chaqueta cuando intenté salir por la puerta. Creo que entiendes a qué me refiero; una vez me contó cómo lo pasó cuando tú te fuiste y me dijo que casi se derrumbó del todo.

Harry estaba demasiado sorprendido para poder contestar.

– Pero supongo que me daba pena -prosiguió Albu-. Si no, no habría aceptado volver a verla. Le había dejado muy claro que lo nuestro se acabó, pero me dijo que sólo quería darme un par de cosas. Y yo no sabía que ibas a llegar tú a sacarlo todo de quicio. A hacer que pareciera que habíamos… vuelto a empezar donde lo habíamos dejado. -Agachó la cabeza-. Vigdis no me cree. Dice que no lo hará jamás. Nunca volverá a creerme.

Levantó la cara y Harry vio la angustia en su mirada.

– Me quitaste lo único que tengo, Hole. Son lo único que tengo. No sé si volverán…

Su cara se contrajo de dolor.

Harry esperaba la reacción de la olla a presión. Ya faltaba poco.

– La única posibilidad que tengo es que tú… que tú no…

Harry reaccionó instintivamente cuando vio que Albu acercaba una mano al bolsillo de la gabardina. Le dio una patada que lo alcanzó en la rodilla, y Albu se desplomó de bruces contra la acera. En ese mismo instante, el rottweiler se lanzó sobre él y se cubrió la cara con el antebrazo; oyó el sonido de la tela al rasgarse y notó cómo los dientes atravesaban la piel y se adentraban en la carne. Esperaba que se quedara sujeto pero el maldito animal logró soltarse. Harry intentó propinarle una patada a aquel conjunto de músculos negro y desnudo, pero falló. Oyó los arañazos de las garras contra el asfalto y vio que las fauces abiertas se le acercaban. Alguien le había dicho que antes de cumplir tres semanas de vida, los rottweiler ya saben que la manera más eficaz de matar consiste en rasgar el cuello, y ahora aquella máquina de músculos de cincuenta kilos de peso se abalanzaba contra él. Harry aprovechó la inercia de la patada para terminar un giro. Cuando las mandíbulas del perro se cerraron no fue sobre su cuello, sino sobre la nuca. Pero eso no acabó con sus problemas. Se llevó las manos atrás, agarró la mandíbula inferior y la superior con cada una de ellas y tiró con todas sus fuerzas. Pero, en vez de soltarse, las mandíbulas se hundieron unos milímetros más en la nuca. Era como si los tendones y los músculos de la boca del animal estuvieran hechos de cable de acero. Harry retrocedió y se lanzó de espaldas contra la pared. Oyó que al perro se le rompían varios huesos de las costillas, pero las mandíbulas no cedieron. Empezaba á dominarle el pánico. Había oído hablar de ello, de cómo las mandíbulas de algunos animales se cerraban herméticamente, de hienas que se quedaban aferradas al cuello del león mucho después de que las leonas las mataran a bocados y dentelladas. Sintió que le corría la sangre por la espalda, por dentro de la camiseta, y se dio cuenta de que había caído de rodillas. ¿Habría empezado a perder el sentido? ¿Dónde estaba todo el mundo? La calle Sofie era una vía tranquila pero, en opinión de Harry, nunca la había visto tan desierta como en aquel momento. Pensó que todo había ocurrido en silencio, sin gritos, ni ladridos, sólo el sonido de la carne contra la carne, desgarrándose. Quiso gritar, pero no consiguió emitir sonido alguno. Empezó a perder la visión periférica y comprendió que tenía la aorta aplastada, que sólo le quedaba la visión tubular porque le llegaba riego suficiente al cerebro. Los relucientes limones del exterior de la tienda de Ali empezaban a apagarse. Algo negro, plano, húmedo y pegajoso se alzó y le estalló en la cara. Notó el sabor de la gravilla del asfalto. A lo lejos oyó la voz de Arne Albu: «¡Suelta!».

Notó que cedía la presión en la nuca. Pero la posición de Harry sobre la esfera terrestre seguía girando lentamente, apartándose del sol, y la noche ya había caído por completo cuando oyó la voz de alguien que, inclinado sobre él, le preguntaba:

– ¿Estás vivo? ¿Me oyes?

Entonces oyó junto a la oreja el clic del acero. Piezas de un arma. El crujido del cargador.

– Jod…

Oyó un ligero suspiro y el chasquido de un vómito contra el asfalto. Más tintineos metálicos. Han soltado el seguro… Dentro de unos segundos todo habrá terminado. Así se sentía. Sin desesperación, miedo, ni siquiera pesadumbre. Sólo alivio. No dejaba atrás gran cosa. Llenó los pulmones de aire. La red de venas succionó el oxígeno y lo trasportó de golpe hasta el cerebro.

– Ahora es… -comenzó la voz, pero calló de repente, cuando el puño de Harry aterrizó en su garganta.

Harry consiguió ponerse de rodillas. No fue capaz de levantarse más. Intentó mantener el conocimiento mientras esperaba el golpe decisivo. Transcurrió un segundo. Dos segundos. Notaba en la nariz el cortante olor a vómito. Volvió a enfocar la visión y a distinguir las farolas, que parecían suspendidas sobre él. La calle seguía desierta. Totalmente desierta, salvo por el hombre que, tumbado a su lado, hacía gárgaras vestido con un plumífero azul y algo que parecía una camisa de pijama que asomaba por el cuello. La luz de la farola le arrancó un destello a un objeto de metal. No era una pistola, sino un encendedor. Fue entonces cuando Harry vio que aquel hombre no era Arne Albu, sino Trond Grette.

Harry dejó una taza de té muy caliente sobre la mesa de la cocina, delante de Trond, que aún respiraba entrecortadamente y con dificultad, con los ojos tan saltones y empañados por el pánico que se le salían de las órbitas. Él mismo se sentía aturdido y mareado, y el dolor le bombeaba la nuca como si de una quemadura se tratase.

– Bebe -le animó Harry-. Le he puesto muchísimo limón, que tiene un efecto anestésico sobre la musculatura y la relaja. Respirarás mejor.

Trond obedeció. Y, para gran sorpresa de Harry, su remedio pareció funcionar. Después de varios sorbos y un par de ataques de tos, las pálidas mejillas de Trond empezaron a recuperar el color.

– Stsss común… -masculló entre dientes.

– ¿Cómo dices?

– Tienes una pinta horrible.

Harry sonrió y palpó la toalla que se había puesto alrededor del cuello. Estaba totalmente empapada de sangre.

– ¿Por eso vomitaste?

– No soporto la sangre -dijo Trond-. Me vuelvo… -se interrumpió y alzó la mirada al cielo.

– Bueno. Podía haber sido peor. Tú me salvaste.

Trond negó con la cabeza.

– Estaba bastante lejos cuando os vi y lo único que hice fue gritar. No estoy seguro de que fuese ésa la razón de que le ordenara al perro que te soltase. Siento no haberme fijado en la matrícula pero, por lo menos, vi que era un Jeep Cherokee.

– Sé quién es -respondió Harry.

– ¿Y eso?

– Un tipo al que estoy investigando. Pero ¿por qué no me cuentas lo que hacías tú por este barrio, Grette?

Trond jugueteaba con la taza de té.

– Decididamente, deberías ir a urgencias con esa herida.

– Lo pensaré. ¿Has reflexionado un poco desde que hablamos la última vez?

Trond asintió despacio.

– ¿Y a qué conclusión has llegado?

– Que ya no puedo ayudarle más.

A Harry le costó determinar si susurró la respuesta sólo por el dolor en la garganta.

– Entonces, ¿dónde está tu hermano?

– Quiero que le contéis que fui yo quien os lo dijo. Él lo entenderá.

– De acuerdo.

– Porto Seguro.

– Bien.

– Es una ciudad de Brasil.

Harry arrugó la nariz.

– Bien. ¿Cómo lo encontramos?

– Sólo me contó que allí tiene una casa. No ha querido darme la dirección, sólo un número de móvil.

– ¿Por qué no? No está en busca y captura.

– No estoy seguro de que esto último sea cierto -observó Trond dando otro sorbo-. De todas formas, él dijo que lo mejor para mí era que no conociera su dirección.

– Ya. ¿Es una ciudad grande?

– Según Lev, ronda el millón de habitantes.

– De acuerdo. ¿No tienes nada más? ¿Alguien que también lo conozca y pueda saber cuál es su dirección?

Trond titubeó antes de negar con un gesto.

– Venga -dijo Harry.

– La última vez que nos vimos en Oslo, Lev y yo tomamos café. Dijo que sabía aún peor que de costumbre, que se había habituado a beber cafezinho en un ahwa local.

– ¿Ahwa? ¿Pero eso no es un local de café árabe?

– Correcto. Por lo visto, el cafezinho es una variante brasileña algo fuerte. Lev dijo que va allí casi todos los días. Toma café, fuma narguile y juega al dominó con el propietario turco que ya es algo así como un amigo. Me acuerdo de su nombre: Muhammed Ali. Como el boxeador.

– Y como cincuenta millones de árabes más. ¿Te dijo tu hermano cómo se llamaba ese café?

– Seguro, pero no me acuerdo. ¿No puede haber tantos ahwas en una ciudad brasileña, ¿no crees?

– A lo mejor no.

Harry reflexionó un instante. Al menos, era algo concreto a partir de lo cual ponerse a trabajar. Quiso llevarse una mano a la frente, pero le dolía la nuca si intentaba extender el brazo.

– Una última pregunta, Grette. ¿Qué te hizo decidirte a contarme esto?

Trond hacía girar la taza entre sus manos.

– Sabía que él estaba en Oslo.

Harry sintió la toalla como una pesada soga alrededor del cuello.

– ¿Cómo?

Trond se rascó el mentón un buen rato antes de contestar.

– Llevábamos dos años sin hablar y de pronto, un día, me llamó diciendo que estaba en la ciudad. Nos vimos en un café y hablamos un buen rato.

– ¿Cuándo fue eso?

– Tres días antes del atraco.

– ¿De qué hablasteis?

– De todo. Y de nada. Cuando te conoces desde hace tanto tiempo como nosotros, lo significativo ha crecido hasta tal punto que prefieres hablar de lo insignificante. De… las rosas para la tumba de papá y de esas cosas.

– ¿A qué clase de cosas significativas te refieres?

– Cosas que no se debían de haber hecho. Ni dicho.

– ¿Así que hablasteis de rosas?

– Yo me encargué de cuidar las rosas de mi padre cuando Stine y yo fuimos a vivir a la casa adosada donde él había vivido. Allí es donde crecimos Lev y yo. Y allí era donde yo quería que crecieran nuestros hijos. -Se mordió el labio inferior. Tenía la mirada fija en el hule marrón y blanco que, por cierto, era lo único que Harry había heredado de su madre.

– ¿No dijo nada del atraco?

Trond negó con la cabeza.

– ¿Eres consciente de que el atraco ya estaría planeado? ¿Que iba a asaltar el banco donde trabajaba tu mujer?

Trond exhaló un hondo suspiro.

– Si hubiera sido como siempre, a lo mejor lo habría sabido y habría podido evitarlo. Lev disfrutaba mucho hablando de sus atracos. Consiguió copias de los vídeos que guardaba en el desván de Diesengrenda, y de vez en cuando insistía en que los viéramos juntos. Para que viera lo bueno que era mi hermano mayor, supongo. Cuando me casé con Stine y empecé a trabajar, le dejé muy claro que no quería saber nada más de sus asuntos, porque podían comprometerme.

– Ya. ¿Así que él no sabía que Stine trabajaba en el banco?

– Le conté que trabajaba en Nordea, pero creo que no le dije en qué sucursal.

– ¿Pero ellos dos se conocían?

– Se habían visto algunas veces. En reuniones familiares. Lev nunca fue muy partidario de esas cosas.

– ¿Y qué tal se llevaban?

– Bien. Lev era un tipo encantador cuando quería -dijo con media sonrisa-. Como os dije a ti y a tu colega, nos repartimos un único paquete de genes. Me alegraba que quisiera mostrarle a ella su lado bueno. Y, como le había comentado el modo en que llegaba a comportarse con quienes no le gustaban, ella se sintió halagada. La primera vez que estuvo en nuestra casa se la llevó por los alrededores para enseñarle todos los lugares donde jugábamos de niños.

– El paso elevado de peatones no, ¿verdad?

– No, ése no. -Trond levantó las manos y se las miró pensativo-. Pero no creas que lo hizo por él. Lev contaba con mucho gusto todo lo malo que había hecho. Lo hizo porque sabía que yo no quería que ella conociera la verdadera naturaleza de mi hermano.

– Ya. ¿Estás seguro de que no le atribuyes a tu hermano un corazón más noble del que tiene?

Trond negó con la cabeza.

– Lev tiene un lado claro y otro oscuro. Igual que el resto del mundo. Moriría por aquellos a quienes ama.

– Pero no en prisión.

Trond abrió la boca, pero no pudo articular respuesta. Harry observó un tic en el párpado inferior del ojo de Grette, suspiró y se levantó con pie vacilante.

– Voy a pedir un taxi para ir a Urgencias.

– Yo tengo coche -respondió Trond.

El motor del coche zumbaba bajito. Harry miró las farolas de la calle que iluminaban el cielo oscuro, el salpicadero y el volante donde el diamante del dedo meñique de Trond brillaba débilmente.

– Mentiste sobre el anillo que llevas puesto -susurró Harry-. El diamante es demasiado pequeño para valer treinta mil. Apuesto a que costó alrededor de cinco y que lo compraste para Stine en una joyería de Oslo. ¿No es así?

Trond hizo un gesto afirmativo.

– Te viste con Lev en São Paulo, ¿verdad? El dinero era para él.

Trond hizo un gesto afirmativo, una vez más.

– Dinero suficiente para una temporada -dijo Harry-. Suficiente para pagarse el billete de avión cuando decidió volver a Oslo -susurró Harry-. Quiero ese número de móvil.

– ¿Sabes qué? -Trond giró despacio a la derecha en la plaza de Alexander Kielland-. Anoche soñé que Stine entraba en el dormitorio y me hablaba. Iba vestida de ángel. No como los ángeles reales, sino con uno de esos trajes de mentira que se usan en carnaval. Me dijo que ella no pertenecía a la esfera de allá arriba. Y cuando me desperté, pensé en Lev. Pensé en cuando se sentó en el borde del tejado de la escuela con las piernas colgando, mientras nosotros entrábamos a la siguiente clase. Parecía un puntito pequeño, pero yo recuerdo lo que pensé. Pensé que él pertenecía a la esfera de allá arriba.

25

Baksheesh

Había tres personas sentadas en el despacho del comisario jefe. El propio Ivarsson, tras su pulcra mesa, y Beate y Harry al otro lado, en sendas sillas algo más bajas. El truco de utilizar sillas más bajas es una técnica de dominación tan conocida que cabía pensar que ya no funcionaba, pero Ivarsson sabía que sí. Su experiencia le decía que las técnicas elementales nunca caducan.

Harry había orientado su silla en diagonal para mirar por la ventana. Las vistas daban al Hotel Plaza. Un enjambre de nubes redondeadas se arrastraba por encima de la torre de cristal y de toda la ciudad sin llegar a descargarse en forma de lluvia. Harry no había dormido a pesar de que en Urgencias le dieron calmantes después de la vacuna del tétanos. La explicación que les dio a los compañeros y la historia de un perro indómito y sin amo era lo bastante insólita como para resultar verosímil, y se acercaba tanto a la verdad que pudo contarla de un modo medianamente convincente. Tenía la nuca hinchada y la venda, muy apretada, le rozaba la piel. Harry sabía exactamente el tipo de dolor que sentiría si intentaba girar la cabeza hacia Ivarsson, que estaba hablando en ese momento. Y sabía que tampoco lo habría hecho aunque no le doliera.

– Así que queréis billetes de avión con destino a Brasil para buscar allí -dijo Ivarsson limpiando con la mano la mesa y simulando reprimir una sonrisa-. Mientras el Dependiente, en realidad, está atracando bancos aquí, en Oslo.

– No sabemos en qué lugar de Oslo está -dijo Beate-. Ni si está en Oslo. Pero esperamos encontrar la casa que tiene en Porto Seguro, según afirma su hermano. Si la localizamos, encontraremos también huellas dactilares. Y, si se corresponden con las que tomamos en la botella de cola, tendremos pruebas contundentes. Eso debería justificar el viaje.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué huellas son esas que nadie más ha encontrado?

Beate intentó en vano establecer contacto visual con Harry. Tragó saliva.

– Como la idea inicial era que investigáramos el caso por separado, lo hemos mantenido en secreto. De momento.

– Querida Beate -comenzó Ivarsson guiñando el ojo derecho-, hablas de nosotros, pero yo sólo oigo a Harry Hole. Aprecio el celo de Hole por acatar mi método, pero no debemos dejar que los principios obstaculicen los resultados que podamos conseguir juntos. Así que, repito: ¿qué huellas dactilares son ésas?

Beate miró a Harry desesperada.

– ¿Hole? -dijo Ivarsson.

– Seguiremos como hasta ahora -dijo Harry-. De momento.

– Como quieras -respondió Ivarsson-. Pero olvídate del viaje, de hablar con la policía brasileña y de pedirle que os ayude a conseguir las huellas dactilares.

Beate carraspeó.

– Me he informado. Hay que enviar una solicitud por escrito a través del jefe de policía del Estado de Bahía para que un fiscal brasileño revise el caso y autorice un registro de la vivienda. El que me informó sostiene que, sin contactos dentro de la burocracia brasileña, sabe por experiencia que se tarda entre dos meses y dos años.

– Hemos reservado billetes de avión para mañana por la noche -dijo Harry escrutándose a fondo una uña-. ¿Qué dices?

Ivarsson se echó a reír.

– ¿Tú qué crees? Venís pidiendo dinero para viajar en avión hasta el otro lado del mundo sin estar dispuestos a fundamentar las razones. Y pensáis efectuar un registro sin permiso de forma que, si realmente encontráis pruebas técnicas, el juez tendrá que rechazarlas por proceder de una actuación ilegal.

– El truco del ladrillo -dijo Harry en voz baja.

– ¿Cómo dices?

– Una persona rompe una ventana con un ladrillo. Por casualidad, la policía pasaba por allí y no necesita una orden de registro para entrar. Les huele a hachís en el salón. Una impresión sujetiva, pero una razón que justifica un registro inmediato. Se aseguran pruebas técnicas, como por ejemplo, huellas dactilares. Todo perfectamente legal.

– Es decir, ya hemos pensado en tus argumentos -se apresuró a añadir Beate-. Si encontramos la casa, intentaremos obtener huellas dactilares de forma legal.

– ¿Ah, sí?

– Esperemos que sin ladrillo.

Ivarsson negó con la cabeza.

– No es suficiente. La respuesta es un no alto y claro. -Miró el reloj para indicar que la reunión había terminado y, con una maliciosa sonrisa de reptil, añadió-: De momento.

– ¿No podías haberle dado algo, al menos? -preguntó Beate cuando recorrían el pasillo desde el despacho de Ivarsson.

– ¿Como qué? -preguntó Harry moviendo el cuello con cuidado-. Ya lo tenía decidido de antemano.

– Ni siquiera le diste la oportunidad de que nos brindara esos billetes.

– Le di la oportunidad de que no se viera atropellado.

– ¿Qué quieres decir?

Se detuvieron delante del ascensor.

– Lo que te conté sobre que nos han concedido ciertas licencias en este caso.

Beate se volvió para mirarlo.

– Creo que lo entiendo -dijo despacio-. ¿Y qué va a pasar ahora?

– Un atropello. Acuérdate de la crema solar.

En ese, preciso momento, se abrieron las puertas del ascensor.

Más tarde, ese mismo día, Bjarne Møller comunicó a Harry que a Ivarsson le había sentado muy mal que el comisario jefe hubiera ordenado personalmente que Harry y Beate se fueran a Brasil, y que los gastos del viaje y la estancia se cargaran a los presupuestos del Grupo de Atracos.

– ¿Ahora estás satisfecho? -preguntó Beate a Harry antes de que éste se fuera a casa.

Sin embargo, cuando Harry pasó ante el hotel Plaza y por fin las nubes abrieron sus compuertas, curiosamente no sintió satisfacción alguna. Sólo vergüenza, falta de sueño y dolor en la nuca.

– ¿Baksheesh? -le gritó Harry al auricular-. ¿Qué cono es Baksheesh?

– Propina -dijo Øystein-. Nadie en este puto país levanta un dedo sin eso.

– ¡Mierda!

Harry le dio una patada a la mesa que había delante del espejo. El aparato cayó y el auricular se le fue de la mano.

– ¿Hola? ¿Estás ahí, Harry? -se oyó entre los chisporroteos procedentes del auricular que estaba en el suelo.

A Harry le entraron ganas de dejarlo allí. De largarse. O de poner un disco de Metallica a todo volumen. Uno de los viejos.

– ¡No te derrumbes ahora, Harry! -lloriqueó Øystein.

Harry se agachó con la nuca tiesa y cogió el auricular.

– Sorry, Øystein. ¿Cuánto más dices que quieren?

– Veinte mil egipcios. Cuarenta mil noruegos. Dicen que con eso me dan los números de abonado al momento.

– Nos están exprimiendo, Øystein.

– Desde luego. Pero ¿queremos a ese abonado o no?

– Tendrás el dinero. Tú sólo procura que te extiendan un recibo, ¿vale?

Harry se echó en la cama mirando al techo mientras esperaba que surtiera efecto la dosis triple de analgésicos. Lo último que vio antes de sumirse en la oscuridad fue a un chico sentado allá arriba que lo observaba moviendo las piernas.

CUARTA PARTE

26

D'Ajuda

Fred Baugstad tenía resaca. Treinta y un años, divorciado y operario de perforación de la plataforma petrolífera Statfjord B. Era un trabajo duro sin probar un trago de cerveza mientras duraba la jornada, pero el salario era estupendo, había televisión en las habitaciones, comida de gourmet y, lo mejor de todo, al cabo de tres semanas de trabajo correspondían cuatro semanas libres. Algunos se iban a casa con la mujer y se limitaban a mirar las paredes, otros trabajaban de taxistas o reformaban la casa para no enloquecer de aburrimiento y otros hacían lo que Fred: irse a un país cálido para matarse a copas. De vez en cuando escribía una tarjeta postal a Karmoy, su hija, o su bebé, como seguía llamándola a pesar de que ya había cumplido diez años. ¿O eran once? De todos modos, era el único contacto que mantenía con tierra firme, por suerte. La última vez que habló con su padre, éste se le quejó de que su madre lo había vuelto a pillar robando galletas Kaptein en la tienda de Rimi.

– Rezo por ella -le dijo su padre antes de preguntarle si, cuando viajaba al extranjero, se llevaba una Biblia en noruego.

– Es un libro tan imprescindible para mí como el desayuno -le respondió Fred.

Lo cual no era sino la pura verdad, pues Fred nunca tomaba nada antes del almuerzo cuando estaba en D'Ajuda, a menos que la caipirinha pudiera considerarse un alimento. Era una cuestión de definición, claro, ya que, a cada copa, le añadía como mínimo cuatro cucharadas de azúcar. Fred Baugstad bebía caipirinha porque sabía realmente mal. En Europa, aquel cóctel gozaba de una inmerecida buena fama porque se preparaba con ron o con vodka en lugar de con cachaza, ese aguardiente crudo y amargo, extraído de la caña de azúcar brasileña que convertía la ingesta de caipirinha en el ejercicio de penitencia para el que Fred la consideraba inventada. Los dos abuelos de Fred habían sido alcohólicos y, con una herencia genética como aquélla, él prefería prevenir y beber algo que supiera tan mal que nunca le creara adicción.

Aquel día había ido a ver a Muhammed a las doce y se había tomado un café solo y un brandy para, bajo el intenso calor estival, coger después el estrecho camino de gravilla que, lleno de baches, discurría entre el sinfín de casitas de ladrillo bajas y más o menos blancas. La casa que alquilaban él y Roger era de las menos blancas. El enlucido se había caído a trozos y, en el interior, las paredes grises sin pintar estaban tan empapadas por el viento húmedo procedente del Atlántico que, al sacar la lengua, se notaba el amargo sabor a cemento. Pese a todo, la casa no estaba tan mal. Tres dormitorios, dos colchones, una nevera, una cocina. Además de un sofá y una tabla de aglomerado apoyada sobre dos piedras, el mobiliario de la habitación que definían como salón, y que tenía en la pared un agujero casi cuadrado que llamaban ventana. Cierto que habrían debido limpiar un poco más a menudo. En la cocina había montones de hormigas rojas o lava pés como las llaman los brasileños, cuyos mordiscos son temibles, pero Fred no entraba en ella muy a menudo desde que trasladaron la nevera al salón. Cuando entró Roger, él estaba tumbado en el sofá, planeando su próxima ofensiva del día.

– ¿Dónde has estado? -preguntó Fred.

– En la farmacia de Porto -respondió Roger con una sonrisa que abarcaba toda su cabeza rojiza-. Ni de coña te creerías lo que venden allí sin preguntar. Despachan material que en Noruega no te dan ni con receta.

Vació el contenido de la bolsa de plástico y empezó a leer en voz alta el texto de los prospectos.

– Tres miligramos de benzodiazepina. Dos miligramos de flunitrazepam.

– ¡Joder, Fred, eso es casi Rohypnol!

Fred no contestó.

– ¿Te encuentras mal? -preguntó Roger con voz cantarina-. ¿No has comido nada todavía?

– Nao. Sólo un café donde Muhammed. Un tipo misterioso le preguntó a Muhammed por Lev.

Roger levantó rápidamente la vista de los medicamentos.

– ¿Por Lev? ¿Qué pinta tenía?

– Alto, rubio, ojos azules. Parecía noruego.

– Joder, Fred, no me asustes.

Roger prosiguió con la lectura.

– ¿Qué quieres decir?

– Digamos que si fuera alto, delgado y moreno habría llegado la hora de largarse de D'Ajuda. Y del hemisferio occidental también. ¿Tenía pinta de madero?

– ¿Qué pinta tiene un madero?

– Son… olvídalo.

– Parecía bebedor. Por lo menos sé qué pinta tiene un bebedor.

– Vale. A lo mejor es un amigo de Lev. ¿Le ayudamos?

Fred negó con la cabeza.

– Lev ha dicho que vive aquí completamente in… in…, bueno, no sé qué palabra latina que significa «en secreto». Muhammed fingió que nunca había oído hablar de Lev. El tipo dará con Lev si Lev quiere.