/ Language: Español / Genre:thriller

A Golpe De Magia

Kelley Amstrong

A diferencia de las que salen en los cuentos de hadas, las brujas de esta historia no son seres terribles y amenazadores, sino mujeres descendientes de una antigua raza que temen por su supervivencia en un mundo hostil. Paige Winterbourne es una de ellas: a sus 23 años, no sólo tiene que hacer frente a los problemas de cualquier chica de su edad, sino que ha heredado los poderes de su madre y es una de las líderes del Aquelarre Americano, una asociación encargada de velar por los intereses de las brujas. Además, también tiene la responsabilidad de cuidar de Savannah Levine, una bruja adolescente de 13 años extremadamente inteligente y muy rebelde, fascinada por la magia negra y que está en el punto de mira de las poderosas camarillas de hechiceros, los eternos rivales de las brujas. Cuando las cosas comienzan a complicarse, la única persona en la que Paige puede confiar es también la única con la que de ningún modo debería relacionarse: el abogado (y hechicero) Lucas Cortez. Kelley Armstrong consigue en este libro recrear un universo paralelo al mundo corriente, en el que los seres del inframundo, brujas, vampiros, hombres lobo…, tienen las mismas inquietudes y problemas que la gente corriente, aunque, eso sí, ellos pueden resolverlos con un toque de magia… La Serie de Mujeres de otros mundos es una aventura en un mundo donde lo paranormal no sólo existe si no que esta integrado a nuestro alrededor. Sus vecinos podrían ser hombres lobo, o quizá brujas, o incluso medio-demonios. Usted nunca se da cuenta hasta que algo malo sucede. E incluso entonces, puede usted darse cuenta solo antes de morir.

Kelley Amstrong

A Golpe De Magia

Para mi padre, por todo su apoyo y aliento.

Prologo

Todd se acomodó en su asiento de cuero y sonrió. Eso sí que era darse la buena vida: conducir su coche por la costa de California mientras la ruta se extendía ante él, sin bajar de los ochenta kilómetros por hora, a veinte grados, con un café brasileño caliente en el soporte térmico para tazas. Hay quien podría pensar que sería mejor estar cómodamente despatarrado en el asiento trasero en vez de tener que conducir el automóvil, pero a Todd le gustaba estar donde estaba. Era mejor ser guardaespaldas que necesitar uno.

Russ, su predecesor, había sido un tipo más ambicioso, lo cual podría explicar su desaparición dos meses atrás. Los comentarios vertidos en torno al bidón de agua fría de la oficina estaban muy divididos. La mitad daba por sentado que Kristof Nast se había cansado de la insubordinación de su guardaespaldas y la otra mitad opinaba que Russ había sido víctima de las ambiciones de Todd. Una hipótesis descabellada, desde luego. Y no porque a Todd no le hubiese gustado conseguir ese trabajo, pero Russ era un Ferratus. Todd ni siquiera habría sabido cómo matarlo.

Todd supuso que quienes estaban detrás de la repentina desaparición de Russ eran los Nast, pero eso no le molestaba. Cuando uno decide trabajar con el miembro de una camarilla, ya sabe a qué atenerse. Si se le ofrece respeto y lealtad se obtiene el trabajo más fácil y agradable del mundo sobrenatural. Si se les traiciona, ellos se vengarán en nuestra otra vida. Al menos, los Nast no eran tan malos como los St. Cloud. Si fueran ciertos los rumores sobre lo que los St. Cloud le hicieron a ese chamán… Todd se estremeció. Vaya si se alegraba de que…

Unos faros se reflejaron en el retrovisor del automóvil. Todd los observó y descubrió que le seguía un coche de la policía. Por Dios, ¿de dónde había salido? Miró el velocímetro. Ochenta kilómetros por hora, clavados. Estaba acostumbrado a hacer ese trayecto dos veces al mes y sabía que el límite de velocidad no cambiaba en ese tramo.

Redujo la velocidad y supuso que la policía seguiría su camino. Pero no, permaneció tras él. Sacudió la cabeza. ¿Cuántos coches lo habían adelantado a toda velocidad en la última hora, corriendo a ciento diez kilómetros o más? Claro, que no eran limusinas Mercedes con un diseño tan especial como el suyo. Lo mejor sería detenerse para evitar una posible multa. Si intentaban multarle, se habrían equivocado de automóvil. Kristof Nast no se tomaba la molestia de sobornar a simples agentes de tráfico.

Mientras encendía el intermitente y se salía de la carretera, Todd bajó el cristal que lo separaba de su pasajero. Nast estaba hablando por su teléfono móvil. Dijo algo y después apartó el teléfono del oído.

– Nos están obligando a detenernos, señor. Pero no he sobrepasado en ningún momento el límite de velocidad.

Nast asintió.

– No pasa nada. Tenemos tiempo. Limítate a coger la multa.

Todd levantó la mampara y bajó el cristal de su ventanilla. Por el espejo retrovisor observó que el agente se aproximaba. No, no era un hombre, sino una mujer policía. Y muy bonita, por cierto. Delgada, de unos treinta años, con una cabellera roja que le llegaba a los hombros y un bronceado típicamente californiano. Pero su uniforme no se ajustaba demasiado bien a su cuerpo. Parecía un par de tallas demasiado grande; probablemente lo habría heredado de algún colega masculino.

– Buenos días, agente -la saludó mientras se quitaba sus gafas de sol.

– Carné del conductor y documentación del vehículo.

Se los entregó con una sonrisa. La cara de ella permaneció impasible, mientras sus ojos y su gesto seguían ocultos tras sus gafas de sol.

– Por favor, descienda del vehículo.

Todd suspiró y abrió la puerta.

– ¿Cuál es exactamente el problema, agente?

– Tiene un faro trasero roto.

– Ah, vaya. Entonces hágame un parte y ya lo arreglaremos en San Francisco.

Al bajarse del coche y pisar la carretera, la mujer se giró y señaló la parte trasera del vehículo.

– ¿Puede usted explicarme esto?-preguntó.

– ¿Explicar qué?

Al acercarse a ella, el corazón de Todd comenzó a latir un poco más deprisa, pero se convenció pronto de que no podía tratarse de un problema serio. Los Nast jamás usaban el coche de la familia para nada ilegal. Pero, por si acaso, apretó las manos y cerró los puños.

Observó el coche policial aparcado apenas a 60 centímetros de distancia del suyo. Estaba vacío… Espléndido. Si la situación se complicaba, sólo tendría que ocuparse de la mujer.

La policía se metió en el angosto espacio que había entre los dos vehículos, se agachó y revisó algo justo a la derecha de la luz trasera izquierda. Frunció el entrecejo, salió de ese espacio y señaló el parachoques.

– Explíqueme eso -ordenó.

– ¿El qué?

Ella le hizo señas para que lo comprobara él mismo. Todd tuvo que ponerse de lado para meterse entre ambos coches. ¿Ella no podía haber dado marcha atrás un poco con el suyo? Tenía que haber notado que él era un hombre corpulento. Se agachó tanto como pudo y examinó el parachoques.

– Yo no veo nada.

– Más abajo -respondió ella secamente.

La muy perra. ¿Qué le costaría ser más cortés? Después de todo, él no se había puesto a discutir con ella.

Se puso de rodillas. Dios, ese espacio era mucho más estrecho de lo que pensaba, ¿o es que estaba engordando? El parachoques delantero del coche de la policía se le clavó en la espalda.

– ¿No podría alejar un poco su automóvil? ¿Por favor?

– Oh, lo lamento. ¿Así está mejor?

El coche avanzó hasta aprisionarlo por completo. Los pulmones de Todd se quedaron sin aire. Abrió la boca para gritarle que diera marcha atrás, pero de pronto se dio cuenta de que ella seguía de pie junto al coche… que ni siquiera tenía el motor encendido. Se agarró del parachoques de la limusina y empujó. El olor a goma quemada impregnaba el aire.

– Oh, vamos -dijo la mujer, inclinada sobre él-. Seguro que puede hacerlo mucho mejor. Póngale más entusiasmo.

Cuando intentó golpearla, ella retrocedió hasta quedar fuera de su alcance y se echó a reír. Él trató de hablar, pero no pudo aspirar suficiente aire para hacerlo. De nuevo, empujó el parachoques. El revestimiento de goma que lo cubría se derritió contra sus dedos, pero el vehículo ni se movió.

– ¿Solamente un Igneus? -preguntó ella-. Los miembros de la Camarilla deben de andar muy escasos de semidemonios. Quizá ahora habrá una vacante para mí. No se mueva, enseguida vuelvo.

Leah abrió la puerta del conductor y subió al asiento delantero de la limusina. Miró las dos hileras de botones del tablero de instrumentos. Cuánto derroche electrónico… ¿Cuál sería el que…?

El cristal que había entre los asientos de delante y de atrás zumbó. Bueno, eso solucionaba su problema.

– ¿Todo salió…? -comenzó a decir Nast. Pero entonces la vio y enmudeció. Levantó la mano, apenas sobre las rodillas, y movió los dedos al tiempo que abría los labios.

– Vamos, vamos -dijo Leah-. Nada de hechizos.

El cinturón de seguridad de Nast lo ciñó con tanta fuerza que el hombre jadeó.

– Ponga las manos donde yo pueda verlas-le ordenó Leah.

Nast la fulminó con la mirada. Sus dedos se movieron y la chica se echó hacia atrás y se golpeó con el tablero de instrumentos.

– Está bien, me lo merecía -reconoció ella sonriendo mientras se enderezaba. Miró el cinturón de seguridad y lo aflojó un poco-. ¿Así está mejor?

– Le aconsejo que piense bien lo que está haciendo -fue la respuesta de Nast, quien se arregló la chaqueta y se echó hacia atrás en el asiento-. Dudo mucho que esté haciendo lo correcto.

– No soy estúpida ni suicida. No he venido aquí a hacerle daño. Ni siquiera le he hecho nada a su guardaespaldas. Bueno, al menos no le he hecho nada que unas pocas semanas de cama no curen. Estoy aquí para hacer un trato con usted, Kristof… Vaya, lo siento, quería decir… señor Nast. Se trata de su hija.

Nast levantó la barbilla y la miró a los ojos por primera vez.

– Y ahora que al fin cuento con su atención…

– ¿Qué pasa con Savannah?

– Usted la ha estado buscando, ¿no es así? Ahora que Eve ya no está, no hay nadie que le impida tomar lo que es suyo. Y yo soy la persona indicada para ayudarle a conseguirlo. Sé exactamente dónde está su hija.

Nast se levantó un poco la manga, consultó su reloj y luego miró a Leah.

– ¿Mi chofer puede reanudar su tarea?

Ella se encogió de hombros.

– Lo dudo mucho.

– En ese caso, espero que usted sea capaz de hablar y de conducir al mismo tiempo.

Hechizada, fastidiada y confundida

De nuevo volvía a tener problemas con las hermanas Mayores.

Yo había supuesto un verdadero problema para ellas durante toda mi vida y ahora, a mis veintitrés, ya no me valía la excusa de seguir siendo una adolescente rebelde.

– Hay que hacer algo con Savannah. -La voz de Victoria Alden sonaba especialmente angustiada al otro lado del teléfono.

– Aja. -Mis dedos volaron sobre el teclado y comenzaron a golpear la siguiente línea de código.

– Te oigo teclear -dijo Victoria-. ¿Estás escribiendo algo, Paige?

– Es por los plazos de entrega. La ampliación de los Servicios Legales Springfield de la página web. Es dentro de dos días, y ya sabes lo rápido que pasa el tiempo. Mira, ¿podemos hablar de esto más adelante? La semana que viene estaré en la reunión del Aquelarre y…

– ¿La semana que viene? Me parece que no te estás tomando esto en serio, Paige. Levanta el teléfono, deja de trabajar y habla conmigo. ¿Dónde aprendiste esos modales? No de tu madre, que en paz descanse.

Descolgué el teléfono, me lo apoyé entre el hombro y la oreja y traté de seguir tecleando muy despacio.

– Se trata de Savannah -explicó Victoria.

¡Vaya novedad! Una de las pocas ventajas de ocuparse de la custodia de Savannah Levine, de trece años, era que mis rebeldías parecían mínimas en comparación con las suyas.

– ¿Qué ha hecho ahora? -pregunté. Entré en mi archivo de funciones informáticas. Estaba segura de haber escrito una función para este último año. Maldita sea, ahora no la encontraba.

– Bueno, anoche estaba charlando con Grace y ella me expresó su preocupación acerca de algo que Savannah le dijo a Brittany. Ahora bien, Grace reconoce que Brittany puede haber interpretado mal los detalles, lo que tampoco me extraña nada. No solemos exponer a las neófitas del Aquelarre a esta clase de cosas, así que no me sorprendería que Brittany no hubiera entendido de qué estaba hablando Savannah. Parece que… -Victoria hizo una pausa y respiró hondo, como si le costara continuar-. Parece que Brittany está teniendo problemas con algunas chicas en el colegio, y que Savannah se ofreció a…, bueno a ayudarla a preparar una pócima que haría que esas chicas no pudieran asistir al baile del colegio.

– Aja. -Ah, allí estaba la función. Acababa de salvar el medio día que me había pasado codificando-. ¿Y qué?

– ¿Y qué? ¡Savannah se ofreció a hacer que esas chicas se pusieran malas!

– Tiene trece años. A su edad a mí me habría gustado hacer que muchas personas enfermaran.

– Pero no lo hiciste. ¿Verdad que no?

– Solo porque no conocía los hechizos. Eso fue una suerte, porque de lo contrario se habría producido una epidemia bastante seria.

– ¿Lo ves? -Dijo Victoria-. Precisamente a eso me refería. Esta actitud tuya…

– Creía que hablábamos de la actitud de Savannah.

– Justamente. A eso me refiero. Yo estoy tratando de hablarte de un problema serio y tú me sales con una gracia. Con esta frivolidad tuya nunca llegarás a ser una líder del Aquelarre.

Reprimí las ganas de recordarle que, desde la muerte de mi madre, yo era una líder del Aquelarre. Si lo hubiera hecho, ella me habría «recordado» que yo era una líder sólo de nombre, y nuestra conversación habría pasado de irritante a desagradable en un abrir y cerrar de ojos.

– Savannah es responsabilidad mía -dije-. Vosotras, las Hermanas Mayores, lo habéis dejado bien claro.

– Tenemos buenas razones para ello.

– Ya, que la madre de Savannah practicaba magia negra. Oh, qué miedo. Bueno, ¿sabes una cosa? Lo único que da miedo de ella es lo rápido que está creciendo y lo pequeña que se le queda enseguida la ropa. Es una criatura, una adolescente normal y rebelde, no una bruja dedicada a la magia negra. Le dijo a Brit que podía prepararle una pócima. ¡Qué pecado tan grande! Te apuesto diez contra uno a que ni siquiera sabría cómo hacerlo. Seguro que lo único que quería era lucirse o escandalizarnos. Es típico en los adolescentes.

– La estás defendiendo.

– Por supuesto que la estoy defendiendo. Nadie más lo hará. La pobrecita pasó un verano infernal. Antes de morir, mi madre me pidió que cuidara de Savannah…

– Al menos, eso fue lo que esa mujer te dijo.

– Esa mujer es amiga mía. ¿No te parece lógico que mi madre me pidiese que cuidara de Savannah? Desde luego que sí que lo es. Ése es nuestro trabajo: proteger a nuestras hermanas.

– No si con ello corres el riesgo de ponernos en peligro.

– ¿Desde cuándo es más importante…?

– No tengo tiempo para discutir contigo, Paige. Habla con Savannah o lo haré yo..

Colgó.

Estrellé el auricular contra la base y salí de mi oficina murmurando todo lo que desearía haberle dicho a Victoria. Sabía cuándo callarme, aunque a veces saber cuándo hacer algo y hacerlo son cosas muy diferentes. Mi madre era la diplomática de la familia. Trabajó durante años para poder introducir pequeños cambios en las leyes del Aquelarre, suavizando siempre los asuntos más polémicos y defendiendo su punto de vista con una sonrisa.

Ahora ya no estaba entre nosotras. Había sido asesinada hacía nueve meses. Nueve meses, tres semanas y dos días. Mi mente hizo el cálculo automáticamente, por su cuenta, abriendo en mí ese pozo de dolor. Volví a cerrarlo enseguida. Ella no habría deseado que fuera de otra manera.

A mí me trajeron a este mundo por una razón. A los cincuenta y dos años, después de una vida demasiado atareada para ocuparse de los hijos, mi madre observó detenidamente el Aquelarre y no vio ninguna posible sucesora que valiera la pena, de modo que encontró una «donante genética» adecuada. Una hija nacida y criada para dirigir el Aquelarre. Ahora que ella ya no estaba, yo debía honrar su memoria cumpliendo ese propósito, y lo haría, lo quisieran o no las Hermanas Mayores.

* * *

Apagué el ordenador. La llamada de Victoria se había llevado consigo todo mi interés por la programación. Cuando me sentía así, necesitaba hacer algo que me recordara lo que yo era y lo que quería lograr. Eso significaba practicar mis hechizos, pero no los aprobados por el Aquelarre, sino la magia que ellos prohibían.

Una vez en mi dormitorio, aparté la pequeña alfombra, abrí con mi llave la trampilla de mi pequeño escondite y extraje una mochila. Después me agaché, metí la mano hasta el fondo del agujero, descorrí un pasador secreto, abrí un segundo compartimiento y saqué dos libros. Eran mis grimorios, mis manuales secretos de hechicería. Después de meter los libros en el bolso me dirigí a la puerta trasera.

Me estaba poniendo las sandalias cuando vi que giraba el pomo de la puerta. Consulté mi reloj: las tres de la tarde. Savannah no salía del colegio hasta las cuatro menos cuarto, razón por la que había supuesto que tenía casi una hora por delante para practicar antes de prepararle su merienda. Sí, Savannah ya era demasiado grande para aquella costumbre de la leche con bizcochos, pero yo lo seguía haciendo todos los días sin falta. Seamos sinceros, a los veintitrés años yo no estaba nada preparada para ejercer como madre de una adolescente; así que estar en casa cuando ella regresaba del colegio era lo mejor que podía ofrecerle.

– ¿Qué ha pasado? -Pregunté mientras me dirigía deprisa a la entrada-. ¿Está todo bien?

Savannah retrocedió como si temiera que yo hiciera alguna temeridad, como abrazarla, por ejemplo.

– Hoy hay reunión de profesores. Por eso nos han dejado salir más temprano, ¿no te acuerdas?

– ¿Me lo habías dicho?

Se frotó la nariz y trató de decidir si tendría éxito diciendo una mentira.

– Lo olvidé. Pero te habría llamado si tuviera un teléfono móvil.

– Tendrás un móvil cuando puedas pagar las llamadas que hagas.

– ¡Pero soy demasiado joven para tener un trabajo!

– Entonces eres también demasiado joven para tener un móvil.

Era una vieja discusión. Y, siempre, cada una de nosotras se mantenía en sus trece. Es una de las ventajas de ser diez años mayor que Savannah; recuerdo haber utilizado la misma estrategia con mi madre, así que sabía cómo manejarla. Insistir. No dar señales de cansancio. Con el tiempo, ella se rendiría… cosa que yo nunca hice.

Savannah miró por encima de mi hombro hasta dar con mi mochila, algo que no le costaba mucho dado que superaba en más de cinco centímetros mi metro cincuenta y cinco. Cinco centímetros más alta y alrededor de catorce kilos más delgada. Yo podía explicar la diferencia de peso señalando que Savannah es de estructura pequeña, pero, para ser sincera, peso alrededor de siete kilos más que el peso ideal para mi altura, según dicen la mayoría de las revistas femeninas.

Savannah, en cambio, es muy alta para su edad; alta, delgada y juguetona, aunque algo desgarbada; un conjunto de ángulos extraños y extremidades largas. Yo siempre le digo que se acabará llevando bien con su cuerpo, del mismo modo en que lo hará con sus enormes ojos azules. Pero ella no me cree. Tampoco me creyó cuando le aconsejé que no se cortase la maravillosa cabellera que le llegaba a la cintura. Ahora lucía una melena lacia y rala que sólo conseguía destacar aún más los ángulos de su cara. Como es natural, me culpaba a mí por no haberle prohibido que se cortara el pelo en lugar de haberme limitado a decirle que no lo hiciera.

– ¿Sales a practicar hechizos? -Me preguntó señalando mi mochila-. ¿En qué estás trabajando?

– Te estoy preparando un tentempié. ¿Quieres leche o chocolate?

Savannah suspiró.

– Vamos, Paige, sé muy bien qué clase de cosas practicas. Y no te culpo. Esos hechizos del Aquelarre son para crios de cinco años.

– Los crios de cinco años no hacen hechizos.

– Tampoco los hace el Aquelarre. No auténticos hechizos. Mira, podríamos trabajar juntas. Tal vez yo podría hacer que ese hechizo de viento funcionara para ti.

Me quedé mirándola.

– En tu diario escribiste que tenías problemas con ese hechizo -siguió ella-. Yo creo que se trata de un hechizo genial. Mi madre nunca tuvo nada así. Te diré qué haremos: si tú me lo enseñas yo te mostraré algo de magia auténtica.

– ¿Has leído mi diario?

– Sólo la parte de la práctica de hechizos. No tu diario personal.

– ¿Cómo sabes que tengo un diario personal?

– ¿Lo tienes? ¿Sabes qué ha pasado hoy en el colegio? El señor Ellis me ha dicho que va a enviar a enmarcar dos de mis pinturas. La semana que viene las van a colgar el día de la graduación.

Savannah se dirigió a la cocina sin parar de hablar. ¿Debía yo insistir en lo de mi diario de prácticas? Lo pensé, pero después deseché la idea, agarré la mochila y me fui a mi cuarto para volver a ponerla en su escondite.

Si Savannah había leído mi diario personal, significaba que se estaba interesando en mí. Y eso era bueno. Es decir, a menos que lo hubiera hecho con la esperanza de encontrar algo que pudiera usar para chantajearme a fin de que le comprara el maldito móvil. Esta segunda opción ya no sería tan buena. De todos modos, ¿qué había escrito exactamente en mi diario…?

Mientras guardaba mi bolso oí que sonaba el timbre de la puerta de la calle y que Savannah gritaba «Yo abro» mientras corría por la entrada haciendo un enorme estruendo. Cuando entré en el comedor unos minutos después, se encontraba de pie en el vestíbulo levantando una carta hacia la luz y mirándola con los ojos entrecerrados.

– ¿Estás poniendo a prueba tus habilidades psíquicas? -le pregunté-. Un abrecartas funciona mucho más rápido.

Pegó un salto, bajó la carta, vaciló un momento y me la entregó.

– Ah, es para mí. En ese caso lo que te recomendaría es abrirla con vapor. -Tomé la carta-. ¿Correo certificado? Entonces ya no sería un simple fraude postal, sino un fraude postal con falsificación. Espero que no estés usando esa habilidad para firmar con mi nombre algunas calificaciones en el colegio.

– Como si valiera la pena -dijo ella y regresó a la cocina-. ¿Qué sentido tendría vaguear en clase en esta ciudad? No hay centros comerciales ni Starbucks ni nada.

– Podrías dedicarte a perder el tiempo con el resto de los chicos.

Ella bufó y desapareció en la cocina.

El sobre era de tamaño estándar, no tenía membrete, sólo mi nombre y dirección escritos a mano con trazos precisos y limpios y un remitente preimpreso en la esquina superior izquierda. ¿El remitente? Un bufete de abogados de California.

Rasgué el sobre. Mi mirada se centró enseguida en la primera línea, en la que se pedía -no, se exigía- mi presencia en una reunión convocada para la mañana siguiente. Lo primero que pensé fue «Mierda». Supongo que ésa es la reacción normal de cualquiera que recibe una citación legal inesperada.

Imaginé que tendría algo que ver con mi actividad. Había creado y manejado páginas web para mujeres cansadas de los diseñadores especializados que creían que lo único que ellas podían desear era algo tan poco espectacular como papel para empapelar con estampado floral. Cuando se trata de Internet, la cuestión de la propiedad intelectual es tan confusa y retorcida como el contrato prenupcial de un famoso, de modo que al ver una carta llena de jerga legal di por sentado que habría hecho algo como diseñar una secuencia «flash» que inadvertidamente tenía alguna similitud con una que había en una página web del Zaire.

Entonces leí la siguiente línea.

«La finalidad de esta reunión es analizar la solicitud de nuestro cliente de obtener la custodia de la joven Savannah Levine…».

Cerré los ojos e inspiré profundamente. Muy bien, sabía que eso podía ocurrir. El único familiar vivo de Savannah era una de las Hermanas Mayores del Aquelarre, pero yo siempre supuse que la madre de Savannah podría haber tenido amigos que se preguntarían qué habría sido de Eve y de su hija pequeña. Cuando descubrieran que una tía abuela había obtenido la custodia de Savannah y luego me la había entregado a mí, sin duda querrían tener respuestas. Y era muy posible que también quisieran tener a Savannah.

Desde luego, yo lucharía. El problema era que la tía Margaret de Savannah era la más débil de las tres Hermanas Mayores, y si Victoria insistía en conseguir que Margaret renunciara a la custodia, lo lograría. Los Hermanas Mayores detestaban los problemas y se transformaban en un enjambre de avispas ante la sola perspectiva de atraer atención hacia el Aquelarre. Para contar con su apoyo necesitaría persuadirlas de que se enfrentarían a un peligro personal mucho más grave si renunciaban a Savannah que si la conservaban. Con las Hermanas Mayores, las cosas siempre se reducían a eso: qué era lo mejor para ellas, lo más seguro para ellas.

Leí el resto de la carta pasando por encima la jerga legal en busca del nombre del demandante. Cuando lo encontré, se me cayó el alma a los pies. No me lo podía creer. No, en realidad sí que me lo creía. Y me maldije por no haberlo previsto.

¿Les he mencionado cómo murió mi madre? El año pasado, un grupo pequeño de humanos se enteró de la existencia del mundo sobrenatural y quiso aprovechar nuestros poderes, así que secuestraron a unos cuantos poderosos sobrenaturales. Uno de ellos era Eve, la madre de Savannah. Savannah tuvo la mala suerte de estar en su casa y no en el colegio ese día, de modo que también se la llevaron.

Sin embargo, muy pronto Eve demostró ser mucho más peligrosa de lo que sus secuestradores esperaban, así que la mataron. Para sustituirla, se fijaron en mi madre, la líder de más edad del Aquelarre. Se la llevaron, junto con Elena Michaels, una mujer lobo. Allí conocieron a otra secuestrada, una semidemonio que más tarde mataría a mi madre y le echaría la culpa a Savannah como parte de un complicado plan para hacerse con el control de Savannah y, de ese modo, dominar a una bruja neófita joven, maleable y extremadamente poderosa.

¿El nombre de esa semidemonio? Leah O'Donnell. El mismo nombre que ahora me miraba desde el recurso de custodia.

Seguridad en casa

Leha era una semidemonio telequinética del más alto rango. Un semidemonio es el hijo o hija de un demonio y un humano. Los semidemonios siempre tienen aspecto humano y un gran parecido con su madre. Lo que heredan de su padre depende de qué clase de demonio sea él. En el caso de Leah, ese poder era la telequinesia. Eso significa que podía mover cosas con el poder de su mente. Pero no os imaginéis cosas como doblar cucharas, más propias de un espectáculo de magia. Pensad más bien en arrojar un escritorio de acero contra una pared; literalmente, arrojarlo dentro de una pared, con tanta fuerza que se quede incrustado en el yeso y destruya todo lo que encuentre a su paso.

Por este motivo es lógico que mi primera reacción al leer aquella carta fuera correr a tomar la mayor cantidad de medidas de seguridad para mi casa. Después de cerrar las puertas con llave y de bajar las persianas, tomé otras medidas menos convencionales. En cada puerta lancé un hechizo de cerrojo que las mantendría cerradas incluso si los pestillos fallaban. Después utilicé hechizos perimetrales en todas las puertas y ventanas. Los hechizos perimetrales son algo así como un sistema sobrenatural de seguridad: con ellos, nadie podría entrar en la casa sin que yo me enterara.

Todos estos hechizos habían recibido la aprobación del Aquelarre, aunque hace algunos meses una bruja consideró que era su deber señalar que un hechizo de cerrojo podía ser utilizado para el mal, si alguna vez se nos ocurría encerrar a alguien dentro de un cuarto en lugar de mantener a la gente fuera. ¿Podéis creer que el Aquelarre convocó una reunión especial de las Hermanas Mayores para discutir este asunto? Peor aún, las Hermanas Mayores quisieron prohibir el hechizo de segundo nivel, dejándonos sólo el de primer nivel, que era posible anular con el simple recurso de hacer girar con tuerza el pomo de la puerta en cuestión. Por fortuna, mi voto tenía un peso adicional, así que la moción fracasó.

Savannah entró justo cuando yo estaba lanzando el hechizo perimetral dentro de la chimenea que jamás usábamos.

– ¿A quién intentas mantener fuera de aquí? -preguntó-. ¿A Papá Noel?

– Esta carta… es de Leah.

Parpadeó, sorprendida pero no preocupada. La envidié por ello.

– Está bien -dijo-. Es algo que esperábamos. Estamos listas para hacerle frente, ¿no es así?

– Por supuesto. – ¿Era mi imaginación o lo había dicho con voz temblorosa? Me ordené inspirar, expirar, inspirar, expirar… Ahora debía repetirlo una vez más y con confianza. -Absolutamente. -Sí, ahora sonaba más firme, casi como un gatito acorralado y con tres patas rotas. Me puse a lanzar hechizos perimetrales en las ventanas del comedor.

– ¿Qué contenía la carta? -Preguntó Savannah-. ¿Amenazas?

Dudé. No sé mentir. Bueno, sí sé, pero lo hago muy mal. Mis mentiras son tan obvias que no me extrañaría nada que me creciera la nariz.

– Bueno, lo que Leah quiere… es tener tu custodia.

– ¿Y?

– No hay ningún y. Quiere tener tu custodia legal.

– Sí, y yo quiero un teléfono móvil. Es una bruja. Díselo de mi parte. Y también dile que se vaya a la…

– Savannah.

– Tú me diste permiso para decir «bruja». No puedes culparme por pasarme un poco de la raya. -Se metió una Oreo en la boca.

– La secuencia correcta es: masticar, tragar, hablar.

Puso los ojos en blanco y tragó.

– Sabes lo que quiero decir. «Brujaesclava» no es precisamente lo que yo deseo ser de mayor. Dile que a mí no me interesa lo que vende.

– Eso no está mal, pero podría hacer falta algo más para hacerla cambiar de idea.

– Y tú puedes arreglarlo, ¿verdad que sí? Lo has hecho antes, así que vuelve a hacerlo ahora.

Debería haberle explicado que lo conseguí con mucha ayuda, pero mi ego se resistió a esa aclaración. Si Savannah pensaba que yo había desempeñado un papel significativo en derrotar a Leah la última vez, no había ninguna necesidad de abrirle los ojos ahora. Necesitaba sentirse segura. De modo que, en aras de fortalecer esa seguridad, volví a mis hechizos perimetrales.

– Me ocuparé de las ventanas de mi dormitorio -dijo.

Asentí, sabiendo que yo volvería a hacerlo cuando no me viera. No porque Savannah careciera de eficiencia en lanzar hechizos de segundo nivel. Aunque detestaba tener que admitirlo, ya me había superado en todos los niveles de la magia del Aquelarre. Me limitaba a reforzar sus hechizos porque así me sentía más tranquila. De lo contrario me preocuparía que se hubiera olvidado de una ventana o que el encantamiento hubiera sido demasiado apresurado o algo por el estilo. Esto no me pasaba sólo con Savannah; haría lo mismo con cualquier otra bruja. Me sentiría mejor sabiendo que lo había hecho yo.

* * *

A las siete, Savannah se encontraba ya en su habitación, lo cual podría haberme preocupado, pero ella solía desaparecer después de la cena casi todas las noches -antes de que yo tuviera tiempo de pedirle que me ayudara a quitar la mesa- y se pasaba las siguientes horas en su cuarto haciendo sus tareas escolares, que alguna vez incluían llamadas de noventa minutos a sus compañeros de estudios. Tareas de grupo en casa… ¿Qué podía decir yo?

Cuando supe que Savannah estaba en su dormitorio, volví a centrar mi atención en la carta. Exigía mi presencia en una reunión que se llevaría a cabo a la mañana siguiente a las diez. Hasta entonces, no podía hacer otra cosa que no fuera esperar. Detestaba eso. A las siete y media decidí que tenía que hacer algo, cualquier cosa.

Al menos tenía una pista. La carta era de un abogado llamado Cubrid Sandford, que trabajaba en Jacobs, Sandford y Schwab, en los Ángeles. Extraño. Muy extraño, ahora que lo pensaba. Tener un abogado en Los Ángeles sería lógico para alguien que viviera en California, pero Leah era de Wisconsin.

Yo sabía que Leah no se había mudado; había hecho averiguaciones discretas dos veces por semana en su destacamento. Con «destacamento» me refiero a su comisaría. No, no estaba presa… aunque había motivos para ello. Leah era ayudante del sheriff. ¿La ayudaría eso en su recurso de custodia…? No tenía sentido preocuparme por ese detalle hasta saber más.

» De nuevo me centré en el abogado de Los Ángeles. ¿Podría tratarse de una estratagema? Quizá este caso no era en realidad un caso legal. Tal vez Leah había inventado la existencia de ese abogado con el recurso de situarlo en una ciudad enorme y lo más lejos posible de Massachussets, y dio por sentado que yo no lo investigaría.

En el membrete figuraba un número de teléfono, llamé al 411 para verificarlo. Me dieron otra dirección y teléfono para Jacobs, Sandford y Schwab. Llamé al bufete, puesto que en la Costa Oeste eran apenas las cuatro y media. Cuando pedí hablar con Gabriel Sandford, su secretaria me informó de que se encontraba ausente de la ciudad en viaje de negocios.

A continuación, comprobé la existencia de Jacobs, Sandford y Schwab en Internet. Encontré varias referencias en la lista de sitios de estudios de abogados en LA. Todas las menciones eran discretas y ninguna alentaba nuevos negocios. No parecía la clase de firma legal que un policía de Wisconsin vería anunciada en un programa de televisión de medianoche. Muy extraño, pero para averiguar más tendría que esperar hasta el día siguiente.

Al amanecer se me presentó un nuevo dilema: qué hacer con Savannah. No pensaba permitirle ir al colegio sabiendo que Leah estaba en la ciudad. Y tampoco pensaba llevarla conmigo. Decidí dejarla con Abigail Alden. Abby era una de las pocas brujas del Aquelarre a quien le encomendaría a Savannah, alguien que la protegería sin hacer preguntas y que no les diría nada a las Hermanas Mayores.

East Falls quedaba a sólo unos sesenta y cinco kilómetros de Boston. Sin embargo, a pesar de su cercanía, la gente de aquí no trabajaba en Boston, no hacía sus compras en Boston y ni siquiera iba a conciertos o a ver obras de teatro en Boston. A la gente que vivía en East Falls le gustaba la forma de vida de su pequeña ciudad y luchaba ferozmente contra cualquier invasión de esa malévola gran urbe del sur.

También se oponía a incursiones de cualquier otra clase. Esta región de Massachussets abunda en hermosos pueblos, llenos de maravillosos ejemplos de arquitectura de Nueva Inglaterra. Entre ellos, East Falls ocupaba un lugar prominente como uno de los mejores. Cada edificio del centro se remontaba por lo menos a doscientos años atrás y era cuidado y mantenido con esmero, según lo exigían las ordenanzas de la ciudad. Rara vez se veían turistas en East Falls. La ciudad no sólo no promocionaba el turismo sino que trabajaba activamente para evitarlo. A nadie se le permitía abrir un hotel, una posada o un bed and breakfast, ni ninguna clase de tienda que pudiera atraer turistas. East Falls era sólo para los residentes de East Falls. Ellos vivían allí, trabajaban allí, y ninguna otra persona era bienvenida en la ciudad.

Hace cuatrocientos años, cuando el Aquelarre llegó por primera vez a East Falls, era un pueblo de Massachussets en el que reinaban los prejuicios religiosos, la estrechez de miras, la intolerancia y una moralidad farisaica. En la actualidad, East Falls sigue siendo un pueblo de Massachussets en el que imperan los prejuicios religiosos, la estrechez de miras, la intolerancia y una moralidad farisaica. Durante los juicios a brujas de Nueva Inglaterra mataron aquí a cinco mujeres inocentes y tres brujas del Aquelarre, entre ellas una de mis antecesoras. Entonces, ¿por qué sigue allí el Aquelarre? Ojala lo supiera.

No todas las brujas del Aquelarre vivían en East Falls. La mayoría, como mi madre, se habían mudado más cerca de Boston. Cuando yo nací, mi madre compró una pequeña casa victoriana de dos plantas situada en un amplio terreno junto a un suburbio antiguo de Boston, una pequeña comunidad maravillosamente unida. Cuando ella falleció, las Hermanas Mayores insistieron en que me mudara a Last Falls. Como condición para darme la custodia de Savannah, querían que yo viviera donde ellas pudieran controlarnos de cerca. En aquella época tan triste de mi vida, tomé esa condición como excusa para paliar recuerdos muy dolorosos. Durante veintidós años mi madre y yo habíamos compartido aquella casa. Después de su muerte, cada vez que oía ruido de pasos, una voz, el sonido de una puerta que se cerraba, pensaba: es mamá…, y luego caía en la cuenta de que no era así y que eso nunca volvería a suceder. Así que cuando me pidieron que vendiera, lo hice. Ahora lamento mi debilidad, tanto haberme sometido a sus exigencias como renunciar a una casa que significaba tanto para mí.

El abogado de Leah iba a celebrar la reunión en la oficina del Estudio de Abogados de los Cary en East Falls. Eso no era nada extraño. Los Cary eran los únicos abogados de la ciudad y ponían su despacho a disposición de cualquier letrado visitante por un precio razonable; una muestra de la típica mezcla de la hospitalidad de una ciudad pequeña y del sentido comercial de una gran ciudad.

Los Cary de East Falls eran abogados muy célebres. Según se dice, incluso estuvieron presentes durante los juicios a brujas que se realizaron en East Falls, aunque los rumores están divididos sobre cuál de las partes defendieron ellos.

En la actualidad, el estudio tenía dos abogados: Grantham Cary y Grantham Cary hijo. El único asunto legal al que me había enfrentado en East Falls tuvo que ver con la transferencia del título de mi casa, un tema que llevó Grantham hijo, quien me invitó a tomar un trago después de nuestro primer encuentro, lo cual no habría supuesto ningún problema si su esposa no hubiera estado en el piso inferior ocupando el escritorio de recepción.

Desde que los Cary eran abogados, siempre habían ejercido su profesión en una mansión colonial monstruosa de tres plantas ubicada en plena calle principal. Yo llegué a la casa a las diez menos diez. Una vez dentro, observé la posición de cada uno de los empleados. Lacey, la esposa de Gratham hijo, se encontraba frente al escritorio del piso principal, y una serie de preguntas corteses me confirmaron que ambos Grantham estaban en el piso superior, en sus respectivas oficinas. Bien. Era poco probable que Leah intentara algo sobrenatural habiendo humanos tan cerca.

Después de cumplir con el requisito inevitable de dos minutos de conversación trivial con Lacey, me senté en una silla junto a la ventana del frente. Diez minutos después, se abrió la puerta de la sala de reuniones y apareció un hombre con un traje de tres piezas hecho a medida. Apuesto, con el estilo pulcro y artificial de un muñequito Ken. Decididamente, era un abogado.

– ¿Señora Winterbourne? -preguntó al acercarse a mí con el brazo extendido-. Soy Gabriel Sandford.

Al ponerme de pie y mirar a Sandford a los ojos supe con certeza por qué se iba a ocupar del caso de Leah. Gabriel Sandford no era sólo un abogado de Los Ángeles. No, era algo mucho peor que eso.

Una estrategia brillante, cuatro siglos demasiado tarde

Abriel Sandford era un hechicero. Lo supe en cuanto lo miré a los ojos; un reconocimiento visceral e inmediato. Ésta es una peculiaridad específica de nuestras razas. Sólo necesitamos mirarnos a los ojos para que una bruja reconozca a un hechicero y un hechicero reconozca a una bruja.

Las brujas son siempre mujeres y los hechiceros, hombres, pero los hechiceros no son el equivalente masculino de las brujas. Somos dos razas separadas, con diferentes poderes que, no obstante, tienen elementos en común. Los hechiceros puede lanzar hechizos de brujas, pero con una potencia reducida, del mismo modo en que nuestra capacidad para utilizar embrujos de hechiceros es parcial.

Nadie sabe cuándo se originaron los hechiceros y las brujas ni cuál surgió en primer lugar. Al igual que la mayoría de las razas sobrenaturales, han estado aquí desde los inicios de la historia, comenzando con un puñado de personas «dotadas» que se convirtieron en una raza como tal, todavía lo suficientemente poco numerosa como para ocultarse del mundo de los humanos, pero bastantes para formar su propia microsociedad.

Las referencias más tempranas acerca de las brujas auténticas demuestran que se las valoraba por sus habilidades curativas y mágicas, pero en la Europa medieval las mujeres con esos poderes eran vistas con creciente recelo. Al mismo tiempo, el valor de los hechiceros comenzó a incrementarse cuando los aristócratas competían por tener sus propios «magos» privados. Las brujas no necesitaban lanzar hechizos con pronósticos meteorológicos para saber de qué lado soplaba el viento y crearon para ellas un papel nuevo en ese nuevo orden mundial.

Hasta ese momento, los hechiceros sólo podían lanzar hechizos sencillos utilizando movimientos de las manos. Las brujas les enseñaron a aumentar su poder añadiendo otros elementos para ese fin: conjuros, pócimas, objetos mágicos, etcétera. A cambio de esas enseñanzas, las brujas les pidieron a los hechiceros que se unieran a ellas en una alianza ventajosa para ambos. Si un noble quería que le ayudaran a derrotar a sus enemigos, consultaba a un hechicero, quien transmitía ese deseo a las brujas. Juntos, efectuaban los hechizos apropiados. Después, el hechicero regresaba junto al caballero y cobraba su recompensa. A su vez, el hechicero aseguraría el sostén económico de las brujas y las protegería con su dinero y su posición social. El sistema funcionó durante siglos. Los hechiceros ganaron poder tanto en el mundo de los humanos como en el sobrenatural, al tiempo que las brujas ganaron seguridad, protección e ingresos seguros.

Entonces llegó la Inquisición.

Los hechiceros fueron uno de los primeros blancos de la Inquisición en Europa. ¿Cuál fue su reacción? Nos traicionaron. ¿Los inquisidores querían herejes? Los hechiceros les dieron brujas. Libres de las restricciones morales impuestas por los Aquelarres, los hechiceros se dedicaron a una magia más poderosa y más oscura. Mientras las brujas morían quemadas en la hoguera, los hechiceros hicieron lo que mejor sabían: volverse más ricos y poderosos.

Hoy, los hechiceros han llegado a ser algunos de los hombres más importantes del mundo. Políticos, abogados, empresarios…; revisad las filas de cualquier profesión conocida en busca de codicia, ambición y una típica falta de escrúpulos y encontraréis un conjunto de hechiceros. ¿Y las brujas? Mujeres comunes y corrientes que viven existencias comunes y corrientes, casi todas temen tanto ser perseguidas que nunca se animaron a aprender un hechizo que mate algo más grande que un pulgón.

– Era previsible -murmuré lo suficientemente fuerte como para que Sandford lo oyera.

Si entendió lo que yo quería decir, no lo demostró; se limitó a tenderme la mano y a sonreír. Decliné ambas cosas con una mirada gélida, pasé junto a él y entré en la sala de reuniones. En su interior se encontraba sentada una mujer pelirroja de estatura media, delgada, de alrededor de treinta años, con un magnífico bronceado y una sonrisa evidentemente preparada. Leah O'Donnell.

Sandford movió una mano en mi dirección.

– Te presento a la muy estimada líder del Aquelarre Norteamericano.

– Paige -dijo Leah y se puso de pie-. ¡Qué aspecto tan saludable tienes! -exclamó después de escrutar cada uno de mis kilos de más.

– ¿No se te ocurre ningún otro insulto para mí? -pregunté-. Si es así, desahógate ya mismo porque detestaría que esta noche estuvieras en la cama, insomne, pensando en todos los improperios que te tragaste.

Leah se dejó caer en su asiento.

– Oh, vamos -continué-. Adelante. Ni siquiera me vengaré. Las réplicas ingeniosas nunca han sido mi estilo.

– ¿Y cuál es tu estilo, Paige? -Preguntó Leah y señaló mi vestido-. Laura Ashley, supongo. Realmente, qué apropiado… para una bruja.

– En realidad -intervino Sandford-, por lo que tengo entendido, la mayoría de las brujas del Aquelarre prefieren los pantalones de poliéster. Azules, para que hagan juego con el tinte de su pelo.

– ¿Quieres tomarte algunos minutos para pensar en algo más ingenioso? Yo puedo esperar.

– Vayamos al grano de una vez -exclamó Leah-. Tengo cosas que hacer, lugares a los que ir, vidas que arruinar. -Mostró los dientes en una sonrisa y se balanceó hacia atrás en su silla.

Yo puse los ojos en blanco, me senté y me dirigí a Sandford.

– Leah tiene razón, terminemos con esto de una buena vez. Es sencillo. No obtendrás la custodia de Savannah. Al organizar esta absurda reunión para la custodia, lo único que has conseguido es alertarme. Si te has creído que podrías asustarme con papeles falsos te has equivocado de bruja.

– Pero es que no son falsos -anunció Sandford.

– Aja. ¿En qué va a basar su argumentación? ¿En mi edad? Leah no es mucho mayor que yo. ¿Que no estoy emparentada con Savannah? Tampoco lo está Leah. Yo tengo un negocio próspero, una casa sin ninguna hipoteca, antecedentes sólidos de servicio comunitario y, lo que es más importante, la bendición del único familiar vivo de Savannah.

En los labios de Sandford se dibujó una sonrisa.

– ¿Está segura?

– Sí, estoy segura. ¿Ése es su plan? ¿Persuadir a Margaret Levine de que renuncie a la custodia?

– No, lo que quiero decir es si está segura de que la señorita Levine es el único familiar vivo de Savannah. El hecho de que su madre haya muerto no convierte a Savannah en una huérfana.

Me llevó un segundo entender lo que quería decir.

– ¿Su padre? Savannah ni siquiera sabe quién es. Oh, déjeme adivinar. De alguna manera se las ha ingeniado para encontrarlo y convencerlo de que se pusiera de parte de Leah. ¿Cuánto le ha costado? -Sacudí la cabeza… -No importa. Inténtelo. Seguirán contando mis ventajas contra las carencias de Leah, una batalla que estoy dispuesta a librar en cualquier momento.

– ¿Quién dijo que soy yo la que quiere obtener la custodia? -Preguntó Leah desde el otro extremo de la mesa-. ¿Lo dijiste tú, Gabe?

– Desde luego que no. Es obvio que Paige saca conclusiones equivocadas. Aquí dice textualmente… -Levantó su copia de la carta que me había enviado y simuló estar preocupado, algo tan poco creíble como si se hubiera golpeado la frente con la mano. -No puedo creerlo. Esa nueva secretaria que tengo… Le dije que incluyera tu nombre como testigo. ¿Y qué hace ella entonces? Te anota como la demandante. Increíble.

Los dos sacudieron la cabeza y después permanecieron en silencio.

– ¿Entonces quién es la parte demandante? -pregunté.

– El padre de Savannah, por supuesto -respondió Sandford-. Kristof Nast.

No reaccioné, Leah se inclinó hacia Sandford y le dijo en un susurro teatral:

– No creo que sepa de quién se trata.

Los ojos de Sandford se abrieron de par en par.

– ¿Es posible? ¿La líder del poderosísimo Aquelarre Norteamericano no conoce a Kristof Nast?

Debajo de la mesa, me clavé los dedos en los muslos para obligar a mi lengua a no pronunciar palabra.

– Es el heredero de la Camarilla Nast -continuó Sandford-. Sabe lo que es una Camarilla, ¿verdad que sí, bruja?

– He oído hablar de ellas, sí.

– ¿Ha oído hablar de ellas? -Sandford se echó a reír. -Las Camarillas son corporaciones de miles de millones de dólares con intereses internacionales. Son el logro supremo de los hechiceros, y Paige «ha oído hablar de ellas».

– Este tal Nast, ¿es un hechicero?

– Naturalmente.

– Entonces no puede ser el padre de Savannah, ¿no?

Sandford asintió.

– Reconozco que es difícil entender cómo un hechicero, en particular uno de la talla del señor Nast, pudo rebajarse a acostarse con una bruja. Sin embargo, debemos recordar que Eve era una joven muy atractiva y terriblemente ambiciosa, razón por la cual resulta comprensible que hubiera seducido al señor Nast, a pesar de la repugnancia de semejante unión.

– No olvides -intervino Leah- que Eve no era sólo una bruja. Era también un semidemonio. Alguien realmente sobrenatural.

– ¿En serio? -dije-. ¿Un ser sobrenatural que no puede transmitirle sus poderes a sus hijos? Más una aberración que una raza, ¿no les parece? -Antes de que Leah pudiera contestarme, miré a Sandford. -Sí, coincido con que me resulta imposible pensar en que cualquier bruja se acueste con un hechicero mientras haya alguien más con un pito sobre el planeta, pero aparte de eso, existe también una imposibilidad biológica. Un hechicero sólo engendra hijos varones. Una bruja sólo tiene hijas. ¿Cómo podían entonces reproducirse? Es totalmente imposible.

– ¿Eso es una ley? -preguntó Sandford.

– Desde luego que lo es -afirmó Leah-. Paige lo sabe absolutamente todo. Estudió en Harvard.

Sandford soltó una risotada de desprecio.

– La universidad más sobrevalorada del país, y ahora hasta admiten a brujas. Cuánto se han rebajado.

– A usted no lo aceptaron, ¿verdad? -dije-. No sabe cuánto lo lamento. Sin embargo, si encuentra una prueba de que una bruja y un hechicero pueden tener hijos juntos, por favor, envíemela por fax a mi casa. De lo contrario, daré por sentado que tengo razón.

– El señor Nast es el padre de Savannah -afirmó Sandford-. Y ahora que su madre ya no está entre nosotros, él quiere asegurarse de que tenga la clase de poder que se merece, la clase de poder que Eve habría querido para ella.

– Buen argumento -dije-. Me gustaría que se animara a presentarlo en un juzgado.

– No tendremos necesidad de hacerlo -repuso Sandford-. Usted renunciará a la custodia de Savannah mucho antes de que lleguemos a ese punto.

– ¿Y cómo se proponen lograrlo?

Leah sonrió.

– Con hechicería.

– ¿Qué?

– O nos das a Savannah o le diremos al mundo lo que en realidad eres.

– ¿Quieres decir…? -No pude evitar echarme a reír. ¿Planeas acusarme de practicar la brujería? Ése sí que es un gran plan. O lo habría sido hace cuatrocientos años. ¿Brujería? ¿A quién le importa? Suena muy viejo, la verdad.

– ¿Está segura de que es así? -preguntó Sandford.

– La práctica de la hechicería es una religión aceptada por el Estado. No pueden discriminarme por mis creencias religiosas. Debería haber hecho sus deberes, abogado.

– Claro que los hice.

Sonrió y, después, los dos abandonaron la sala.

Las furias descienden

Los seres sobrenaturales caminamos sobre una línea muy, muy delgada en el mundo de los humanos. Las reglas y leyes humanas con frecuencia tienen poco significado en nuestra vida. Tomemos, por ejemplo, el caso de Savannah: una muchacha joven, una bruja inmensamente poderosa, perseguida por facciones sombrías que matarían por atraerla a su lado mientras ella todavía es joven y maleable. Con su madre muerta, ¿quién la protegerá? ¿Quién debería protegerla? El Aquelarre, desde luego; nuestras hermanas brujas pueden ayudarla a utilizar y controlar su poder.

Ahora mirémoslo desde la perspectiva de las leyes y los servicios sociales de los humanos: una chica de trece años, sin su madre, entregada a una tía abuela que jamás había visto, quien a su vez se la pasa a una mujer con quien no tiene ningún parentesco y que apenas ha terminado la universidad. Tratad de presentaros ante un juez y de explicarle esas circunstancias.

Para el resto del mundo, Eve sólo se encontraba ausente, y seguiría estándolo, puesto que nadie podría encontrar jamás su cuerpo. Esto había hecho que fuera más fácil tomar la custodia de facto de Savannah porque, técnicamente, yo sólo cuidaría de ella hasta que su madre regresara. Mientras proporcionara a Savannah un buen hogar, a nadie se le ocurriría alegar que yo debería entregarla a los servicios sociales para que entrara en el sistema de adopción. Sin embargo, siendo sincera, yo no estaba segura de si mi alegato tendría o no suficiente peso en un juzgado.

La perspectiva de librar una batalla con un semidemonio telequinético, si bien algo desalentadora, entraba para mí dentro de lo comprensible. Pero, ¿librar una batalla legal? La educación que había recibido no me preparaba para una cosa semejante. Así que, enfrentada a este juicio por la custodia de Savannah, como es natural elegí investigar, no el aspecto legal, sino el aspecto sobrenatural, comenzando por informarme sobre las Camarillas.

Había oído hablar de las Camarillas, pero mi madre siempre les restó importancia. Según ella, eran en el mundo sobrenatural el equivalente del cuco, una verdad a medias que había sido distorsionada de modo desproporcionado. Aseguró que no eran importantes. Que no eran importantes ni para las brujas ni para el consejo interracial sobrenatural.

Como líder del Aquelarre, mi madre también había presidido el consejo interracial y, como futura heredera, yo había asistido a las reuniones desde que tenía doce años. Algunos genios comparaban el consejo con algo así como una versión sobrenatural de las Naciones Unidas. No es una mala comparación. Al igual que la ONU, se supone que nuestra misión es mantener la paz y terminar con la injusticia en nuestro mundo. Por desgracia, y del mismo modo que su homólogo humano, nuestro poder radica más en una reputación casi mítica que en la realidad.

No hace mucho yo misma oí por casualidad a mi madre discutir con Robert Vasic, un compañero del consejo, acerca de la importancia de las Camarillas. En aquellos días, Robert actuaba como un asesor del consejo, ya que había cedido sus responsabilidades como delegado a Adam, su hijastro, quien, igual que Robert, era un semidemonio. Aunque Robert aseguraba que estaba retirándose de la actividad por cuestiones de salud, yo sospechaba que se sentía frustrado por lo limitada que era la influencia del consejo y su incapacidad para luchar contra el auténtico mal de nuestro mundo. En la discusión que escuché, trataba de convencer a mi madre de que debíamos prestar más atención a las Camarillas. Ahora, de pronto, yo me inclinaba a darle la razón.

Cuando llegué a casa llamé a Robert, pero no tuve respuesta. Robert era también profesor de Demonología en Stanford, así que traté de localizarlo en su despacho y le dejé un mensaje en el contestación Después estuve a punto de marcar el viejo número de Adam antes de recordar que se había mudado de vuelta a su casa el mes anterior, tras inscribirse en Stanford para hacer un nuevo intento de obtener su título de licenciatura.

Adam era un año mayor que yo y también había asistido a las reuniones del consejo desde su adolescencia, con el fin de prepararse para su papel de delegado. Hemos sido amigos desde entonces, sin contar nuestro primer encuentro, donde lo llamé «tonto de remate» y él me quemó literalmente por ello, dejándome unas marcas que me duraron semanas. Con eso pueden hacerse una idea de qué tipo de semidemonio se trata.

Después me preparé para una llamada mucho más difícil: debía hablar con Margaret Levine. Si Leah y Sandford hablaban en serio del juicio por custodia, tendrían, forzosamente, que ponerse en contacto con ella. Yo debería haber pensado en ello el día anterior, pero mi reacción instintiva fue no decírselo a las Hermanas Mayores.

Aún no había terminado de marcar aquel número de teléfono, cuando Savannah salió de su habitación con el inalámbrico en la mano.

– ¿Has llamado a Adam? -preguntó.

– No, a Robert. ¿Cómo lo sabes?

– He marcado la rellamada.

– ¿Por qué estás revisando los números que he marcado?

– ¿Le has contado a Adam lo de Leah? Apuesto que a él le gustaría reencontrarse con ella. Oh, ¿y qué me dices de Elena y Clay? También vendrían si se lo pidieras. Bueno, Clay no lo haría. No si tú se lo pidieras. Pero Elena sí y él la acompañaría-. Se dejó caer en el sofá, junto a mí-. Si volviéramos a reunidos a todos, podríais armar un buen lío, como en la época del complejo, ¿recuerdas?

Sí, lo recordaba. Pero lo que más recordaba era el olor… el hedor abrumador de la muerte. Cadáver sobre cadáver, todos esparcidos por el suelo. Aunque yo no había matado a nadie, sí había participado. Estaba de acuerdo en que todos los humanos implicados en el secuestro de seres sobrenaturales debían morir para preservar nuestros secretos. Sin embargo, seguía despertándome en medio de la noche una vez al mes, empapada de sudor y sintiendo aquel olor a muerte.

– Por ahora, veamos si podemos hacernos con el asunto nosotras solas -dije.

– No les has contado nada a las Hermanas Mayores, ¿verdad?

– Pero lo haré. Es que…

– No lo hagas. Ellas solo empeorarán las cosas. Tienes razón, nosotros podemos manejar la situación. Lo único que necesitamos es encontrar a Leah. Entonces podremos matarla.

Savannah lo dijo con tanta indiferencia que a mí se me cortó la respiración. Antes de poder responder, sonó el timbre de la puerta.

Eran las Hermanas Mayores. Las tres estaban de pie en mi porche, y sus expresiones iban de una confusión insulsa (Margaret), a una preocupación llena de zozobra (Therese) y a una furia apenas contenida (Victoria).

Margaret Levine, Therese Moss y Victoria Alden habían sido las Hermanas Mayores del Aquelarre desde que yo tenía uso de razón. Eran grandes amigas de mi madre y, como tales, formaban desde siempre parte de mi vida.

Therese era la imagen misma de las brujas según Gabriel Sandford, con el tinte azul del pelo y los pantalones ajustados de poliéster; el estereotipo de la abuela con un enorme regazo y suficientes provisiones como para soportar un asedio de varios días. Margaret, la tía de Savannah, era, a sus sesenta y ocho años, la más joven de las Hermanas Mayores. Fue una verdadera belleza en su juventud y aunque seguía siendo sumamente atractiva, lamentablemente, representaba otro estereotipo: el de la guapa tonta. ¿Y Victoria Alden? Era el modelo de la ejecutiva del siglo XXI, una mujer enérgica e impecablemente acicalada, que usaba trajes de chaqueta y pantalón a la inglesa y pantalones militares de color caqui en los campos de golf y despreciaba a los ejecutivos menos activos como si cualquier deterioro físico o mental que padecieran se debiera sólo a su propia negligencia.

Anulé los hechizos perimetrales y abrí la puerta. Victoria entró con paso decidido y se dirigió al comedor sin molestarse en quitarse los zapatos. Mala señal. Según las leyes de etiqueta del Aquelarre -que guardaban un inquietante parecido con las de Emily Post, de 1950- uno siempre debía quitarse los zapatos en la puerta de una casa como señal de cortesía hacia la dueña. Entrar con los zapatos puestos representaba estar al borde del insulto. Por fortuna, Therese y Margaret sí se quitaron su calzado ortopédico, y eso me indicó que la situación no era del todo crítica.

– Tenemos que hablar -dijo Victoria.

– ¿Os gustaría una taza de té primero? -pregunté-. Creo que tengo también muffins recién hechos, si Savannah no se los ha comido todos.

– No estamos aquí para comer, Paige -dijo Victoria desde el comedor.

– ¿Té, entonces?

– No.

Rechazar dulces caseros ya era alarmante, pero, ¿rechazar una bebida caliente? Eso nunca había ocurrido en los anales de la historia del Aquelarre.

– ¿Cómo has podido mantenernos al margen de esto? -Me espetó Victoria cuando me reuní con ellas en el salón-. Una lucha por la custodia es algo muy grave. Pero una batalla legal destinada a eso es…

– No se trata de una batalla legal por la custodia -intervino Savannah, apareciendo por un rincón-. Obtener mi custodia sería algo así como secuestrarme, entrar en esta casa por la fuerza y sacarme a rastras. Así es como veo yo esa batalla por la custodia. Victoria se dirigió a mí.

– ¿De qué habla esta muchacha?

– Savannah, ¿qué tal si llevas a tu tía al sótano y le enseñas tus obras de arte?

– No.

– Savannah, por favor. Nosotras tenemos que hablar.

– ¿Y? Es sobre mí, ¿no?

– ¿Lo veis? -Victoria giró hacia Therese y Margaret y sacudió la mano en dirección a Savannah y a mí-. Éste es el problema. La muchacha no siente el menor respeto por Paige.

– La muchacha tiene nombre -dije.

– No me interrumpas. Tú no estás preparada para esto, Paige. Te lo advertí desde el principio. Jamás deberíamos haberte permitido que te la llevaras. Eres demasiado joven y ella es demasiado…

– Estamos muy bien -la interrumpí y apreté tanto los dientes que me dolieron.

– ¿No quieres ver mis obras de arte, tía Maggie? -Preguntó Savannah-. Mi maestra asegura que tengo mucho talento. Ven, acompáñame y te mostraré mis cosas. -Se puso de pie de un salto, se alejó un poco y en su cara se pintó una sonrisa de «buena chica» que pareció dolerle tanto como mis dientes apretados. -Ven, tía Maggie -la llamó Savannah con un canturreo agudo-. Te voy a enseñar mis cómics.

– ¡No! -grité al ver que Margaret la seguía-. Muéstrale los óleos, por favor. Los óleos. -De alguna manera, dudaba de que Margaret pudiera entender el humor de los sombríos cómics de Savannah. Lo más probable era que le produjeran un infarto… justo lo que yo necesitaba.

Cuando desaparecieron, Victoria me recriminó:

– Deberías habernos hablado de esto.

– Recibí la noticia ayer mismo, después de hablar contigo por teléfono. No quise tomármelo en serio ni preocuparos. Después, cuando esta mañana me reuní con ellos, me di cuenta de que sí era algo serio, y ahora estaba a punto de llamar a Margaret…

– Sí, claro. Me lo imagino.

– Vamos, Victoria -murmuró Therese.

– ¿Sabes con qué te están amenazando? -Prosiguió Victoria-. Con desenmascararte, con revelar lo que eres. Y con desenmascararnos también a nosotras. Alegan que no sirves como tutora porque eres una bruja en prácticas.

– También lo son miles de madres en este país -dije yo-. Se llama Wicca, y es una elección religiosa reconocida.

– Eso no es lo que nosotras somos, Paige. No mezcles las cosas.

– No lo estoy haciendo. Cualquiera que lea ese recurso de custodia dará por sentado que con «bruja» quieren decir «Wiccana».

– No me importa a qué conclusión lleguen. Lo que me importa es proteger el Aquelarre. No permitiré que nos expongas a ningún peligro.

– ¡Es eso! Por supuesto. Ahora lo comprendo. Por eso ella me acusa de hechicería. No porque piense que ganaré el juicio. Lo que quiere es asustarnos con lo que más teme una bruja: con quedar expuesta. Nos amenaza con eso y vosotras me obligáis a renunciar a Savannah.

– Un pequeño precio a pagar…

– Pero no podemos dejar que Leah gane. Si su estrategia triunfaba, la volverán a usar. Cada vez que un sobrenatural quiera algo del Aquelarre, recurrirá a la misma treta, -Victoria vaciló.

Yo me apresuré a continuar.

– Dame tres días. Después de eso, te prometo que no volvería a oír nada más acerca de brujas en East Falls. Al cabo de un momento, Victoria asintió.

– Tres días.

– Me queda sólo otra cosa que decirte. Y te lo cuento no porque lo crea sino porque no quiero que te enteres a través de otra persona. Dicen que el padre de Savannah es un hechicero.

– No me sorprendería. Hay algo decididamente extraño en esa muchacha.

– No hay nada… -empecé a decir, pero enseguida me interrumpí-. Pero no es posible, ¿no es así? ¿Que una bruja y un hechicero tengan una hija?

– ¿Cómo quieres que lo sepa? -respondió Victoria.

Al oír a Victoria contestarme de tan mal modo pensé en cómo habría respondido mi madre. Por muchas preguntas que le hiciera o por tontas que parecieran, ella siempre encontraba tiempo para contestármelas o para buscar una respuesta. Reprimí la oleada de pena que sentí y seguí adelante.

– ¿Por lo menos has oído que sucediera alguna vez? -pregunté.

– Desde luego que no. Las brujas del Aquelarre jamás harían una cosa así. Pero sí lo creería de Eve Levine. Te acuerdas de Eve, ¿verdad, Therese? Ella haría una cosa así simplemente porque no era nada normal.

– ¿Qué opina Savannah? -preguntó Therese.

– No tiene idea de quién es su padre. Pero yo no le he mencionado lo del juicio por paternidad. Ella cree que Leah es la única que piensa luchar por su custodia.

– Bien -dijo Victoria-. Mantengamos las cosas así. No quiero que nadie del Aquelarre sepa esto. No dejaré que piensen que hemos permitido que una bruja con sangre de un hechicero forme parte de nuestro Aquelarre o se preocupen de que un hechicero pueda venir a East Falls.

– ¿Un hechicero? ¿En la ciudad? -preguntó Therese, aterrada.

Victoria entrecerró los ojos.

– Él no está todavía en la ciudad, ¿verdad que no?

– Que yo sepa, Kristof Nast se encuentra aún en Los Ángeles -respondí y decidí no complicar más la situación mencionándoles a Sandford-. Yo me ocuparé de la acusación de brujería y del desafío por la custodia.

Therese asintió.

– Tienes que manejar la situación adecuadamente, querida. Consigue un abogado. Los Cary son excelentes.

¿Meter a un abogado humano en este lío? No me parece oportuno. Un momento: a lo mejor no es tan descabellado después de todo.

Acababa de darme una idea.

La belleza de la ciencia

Una vez que la puerta de la calles se cerró tras las Hermanas Mayores, lancé de nuevo hechizos de cerrojo y los perimetrales; después, cogí el listín telefónico. En ese momento entró Savannah.

– De modo que realmente hay una batalla por la custodia, ¿no? -dijo mientras se dejaba caer en el sofá.

– Creí que lo sabías.

– Cuando dijiste que Leah quería mi custodia, supuse que ella sólo quería que tú me entregaras.

– No importa. Ellos no tienen argumentos de peso…

– ¿Así que Leah ha conseguido un abogado y todo? ¿Qué es él? Apuesto a que se trata de un hechicero.

– Sí, pero no tienes por qué preocuparte.

– A mí no me asusta ningún hechicero. Ni ningún abogado. ¿Sabes una cosa? Deberíamos contratar uno.

– Justamente estaba pensando en llamar al señor Cary.

– Me refería a un abogado hechicero. Realmente son muy buenos en lo suyo. Los mejores abogados son hechiceros. Bueno, hasta que envejecen y se transforman en políticos. Eso era lo que decía siempre mamá.

Esa conversación podría ser el principio perfecto para seguir indagando en la paternidad de Savannah, bastaba con preguntarle algo parecido a «¿tu madre conocía a muchos hechiceros?». Por supuesto no se lo pregunté. Jamás pregunto nada acerca de Eve. Si a Savannah le apetecía decírmelo, ya lo haría.

– Las brujas no suelen trabajar con hechiceros -dije.

– Oh, por favor, eso solo sirve para las brujas del Aquelarre. Una bruja auténtica trabaja con cualquiera capaz de ayudarla. Un abogado hechicero podría sernos muy útil, siempre y cuando lo eligiéramos cuidadosamente. La mayoría son verdaderos imbéciles y no quieren tener nada que ver con brujas, pero mamá conocía a algunos que sí llevarían un caso como éste si les pagáramos lo suficiente.

– Yo no pienso contratar a un hechicero. Prefiero un abogado humano.

– No seas estúpida, Paige. No puedes…

– ¿Por qué no puedo? Ellos no se lo esperan. Si tomo un abogado humano, Leah tendrá que llevar adelante su recurso de manera exclusivamente legal. Si quieren acogerse a las leyes de los humanos, que lo hagan. Les seguiré el juego.

Ella se recostó en los cojines del sofá.

– Tal vez esa idea no sea tan estúpida como parece.

– Me alegra que la apruebes.

¡

* * *

La mañana del viernes arrancó con una sensación muy familiar. Una vez más, decidí mantener a Savannah en casa, fuera del colegio, cogí sus libros y sus deberes, la llevé a casa de Abby y después me fui al bufete de Cary para otra reunión a las diez en punto.

Esta vez la reunión era con Grant Cary hijo. Sí, elegí a Grant hijo. A pesar de los recelos que me provocaba su conducta moral, era un buen abogado. Y me conocía… Bueno, no tan bien como él quisiera, pero lo suficientemente bien. Cuando hablé con él por teléfono el día anterior, pareció interesarse en el caso. Concertamos encontrarnos a las diez y entrevistarnos con Leah y Sandford a las once.

* * *

Ya llevaba veinte minutos sentada en la oficina de Cary, mirando por el enorme ventanal que había detrás de su escritorio mientras él leía los papeles que le había llevado. Hasta el momento todo había salido sobre ruedas. Aparte de quedarse mirando mis tetas, no había hecho ninguna otra cosa inadecuada. Creo que tal vez me había mostrado demasiado severa con él. No sé por qué, pero suelo atraer a los tipos como Cary, casados y de cuarenta y tantos, hombres que deben verme no como una belleza despampanante, pero sí como una mujer joven capaz de disfrutar y de apreciar las atenciones de un hombre maduro.

Por lo que yo intuía de Grantham Cary II, lo más probable era que tuviera un lío con cada mujer que conocía. Era el clásico muchacho norteamericano de 1975, la estrella más brillante de la ciudad, todas las chicas babeaban si él se dignaba siquiera mirarlas. Avanza directo al siglo XXI Su partido semanal de golf ya no logra compensar su falta de aventuras amorosas, últimamente tiene que peinarse de una manera especial para cubrir su calva incipiente, entrecierra los ojos para no tener que usar los bifocales que esconde en el cajón de su escritorio, y pasa sus días en una oficina llena de trofeos deportivos pertenecientes a décadas pasadas. Todavía atractivo, pero más codiciado por su cuenta bancaria que por sus bíceps.

– Muy bien -dijo Cary al pasar la última página-. Esto es, ciertamente, bastante inusual.

– Yo… Bueno, puedo explicarlo -dije… ¿realmente podía hacerlo?

– Deja que adivine -me interrumpió Cary-. En realidad tú no eres una bruja, simplemente es una estratagema para obtener la custodia de Savannah con el recurso de sacar a relucir un elemento incómodo del pasado de East Falls y aprovechar la paranoia histórica de esta región de Nueva Inglaterra.

– Sí, claro -respondí-. Algo así.

Cary se echó a reír.

– No te preocupes, Paige, es un plan muy transparente, imaginado por personas sin mucha idea del Massachussets actual. Dices que ese tal Kristof Nast no tiene ninguna prueba de que es el padre de Savannah. Pero supongo que estará dispuesto a someterse a un análisis de ADN, ¿no?

– ¿ADN?

– Su palabra no es suficiente en este asunto.

Por supuesto que no. Éste era un tribunal humano, que se regía por reglas humanas. Cualquier sobrenatural sabía que no podíamos correr el riesgo de que los humanos estudiaran nuestro ADN, pero para un juez era una prueba tan común que rehusar someterse a ella equivaldría a reconocer que se trataba de un fraude.

– Él no querrá someterse a una prueba de ADN -dije.

Cary levantó las cejas.

– ¿Estás segura de lo que acabas de decirme?

– Absolutamente -respondí y sonreí-. ¿Eso es bueno?

Cary se echó hacia atrás en su sillón y se rió.

– Es mejor que bueno. Es maravilloso, Paige. Si el cliente de Sandford se niega a someterse a una prueba de ADN, no tiene ninguna posibilidad de ganar el juicio. Me ocuparé de que así sea.

– Gracias.

– No me agradezcas nada todavía -dijo él-. Aún no has visto la cuenta de mis honorarios.

Soltó una sonora carcajada tras su gastada broma y, como yo me sentía de buen humor, también me eché a reír. Pasamos los siguientes treinta minutos discutiendo el caso. Después nos preparamos para la reunión que mantendríamos con Leah y Sandford. No les había dicho que Cary me representaría. Ellos creían que tendrían una conversación privada solamente conmigo.

Me encantan las sorpresas.

Me encontraba sola en la sala de reuniones, cuando Lacey hizo pasar a Sandford y a Leah a las once en punto. Cary había aceptado esperar algunos minutos antes de reunirse con nosotros.

Leah entró casi dando saltos, con la excitación de un niño nervioso el día de Navidad. Sandford la seguía mientras intentaba disimular -sin conseguirlo- su sonrisa de autosuficiencia.

– ¿Habéis traído los papeles? -pregunté impostando un cierto temblor de voz.

– Desde luego. -Sandford me los deslizó desde el otro lado de la mesa.

Durante algunos minutos me quedé mirando esas hojas en las que yo renunciaba a mis derechos de custodia de Savannah. Respiré hondo y luego dije:

– No puedo hacer esto.

– Sí que puede -dijo Sandford.

– No, realmente no puedo -insistí y empujé los papeles hacia él con una sonrisa parecida a la suya-. No pienso renunciar a ella.

– ¿Qué? -exclamó Leah.

– Oh, sí, ha sido un plan muy astuto; eso lo reconozco. Amenazar con desenmascararme y asegurarse de que las Hermanas Mayores se enteraran de ello, para que si yo no cedía, ellas me obligaran a hacerlo. Pues bien, subestimasteis el Aquelarre. Con su apoyo, voy a luchar contra este recurso.

Se quedaron descompuestos. Memoricé bien su expresión para no olvidar el placer de aquel momento.

– ¿Qué opina de esto Margaret Levine? -preguntó Leah.

– ¿Realmente quieres saberlo? -Cogí el teléfono-. Llámala. Estoy segura de que tienes el número. Llama a todas las Hermanas Mayores. Pregúntales si me apoyan.

– Esto es descabellado-. Leah fulminó con la mirada a Sandford, como si todo fuera culpa suya.

– No -dije yo-, no tiene nada de descabellado. Os aseguro que entiendo perfectamente que éste es un asunto legal serio y, como tal, lo estoy tratando con mucha seriedad. Por ese motivo he conseguido alguien que me represente legalmente.

Me dirigí a la puerta y le hice señas a Cary, quien aguardaba en el hall.

– Creo que ya conocen al señor Cary -dije.

Ambos se quedaron estupefactos. Bueno, quizá no tanto, pero casi.

– Pero es un… -comenzó a decir Leah antes de frenarse.

– Es un excelente abogado -aseguré-. Y me alegra que haya aceptado representarme.

– Gracias, Paige. -En la sonrisa de Cary noté más calidez personal de lo que me hubiera gustado, pero me sentía demasiado feliz como para que me importara-. Ahora aclaremos el quid de la cuestión. Con respecto a la prueba de ADN, ¿puedo dar por sentado que su cliente está dispuesto a someterse a ella inmediatamente?

Sandford palideció.

– Nuestro… mi cliente es un… es un hombre muy ocupado. Sus intereses comerciales hacen que le resulte totalmente imposible alejarse en este momento de Los Ángeles.

– De lo contrario estaría aquí ahora -intervine-. Caramba, ¿no es raro? Está muy interesado en obtener la custodia de su hija, pero no puede conseguir unos días libres para volar hasta aquí y conocerla.

– Podría someterse a esa prueba en California -dijo Cary-. Aunque nuestra firma es pequeña, tenemos contactos en San Francisco. Estoy seguro de que ellos supervisarían el análisis con gusto.

– Mi cliente no desea someterse a una prueba de ADN.

– Sin ADN no hay causa posible -afirmó Cary.

Sandford me lanzó una mirada feroz.

– Jaque mate -dije. Y sonreí.

Cuando Sandford y Leah se fueron, Cary regresó junto a mí y sonrió.

– Ha ido todo muy bien, ¿no te parece?

– Más que bien. ¡Perfecto! Te lo agradezco muchísimo.

– Con suerte, todo terminará aquí. No creo que quieran seguir con el juicio sin la prueba del ADN. -Consultó su reloj-. ¿Tienes tiempo para un café? Así hablamos de algunos detalles antes de mi próximo compromiso.

– ¿Detalles? Pero si todo ha terminado…

– Eso esperamos, pero es necesario prever cualquier complicación posible, Paige. Le diré a Lacey que nos vamos.

Acorralada

Cary y yo caminamos juntos hasta la pastelería Melinda's, en la calle State. Incluso para los estándares de una gran ciudad, Melinda's era una pastelería de primer nivel. Solamente por el café que allí se servía ya resultaba tolerable vivir en East Falls. ¿Y los bollos? Si alguna vez lograba persuadir a las Hermanas Mayores a que nos permitieran mudarnos de allí, seguro que todas las semanas acabaría yéndome hasta East Falls para comer sus bollos con pasas.

Habría preferido una mesa junto a la ventana, pero Cary eligió una al fondo del local. Es verdad que ni en la calle principal de East Falls tiene demasiada gracia ver pasar a la gente, y puesto que estábamos conversando de asuntos confidenciales, entendí que Cary eligiera un sitio más privado.

Cuando nos sentamos, él señaló mi bollo.

– Me alegra ver que no eres una de esas chicas que siempre está a dieta. Me gustan las mujeres que no temen parecer mujeres.

– Aja.

– Hoy en día, muchas mujeres están tan flacas que uno no sabe si son chicas o muchachos. Tú eres diferente. Estás tan… -su mirada descendió hacia mi pecho-… bien dotada. Y es agradable ver a una joven que todavía usa faldas y vestidos.

– Dime, ¿crees que abandonarán el caso?

Cary agregó tres pequeños envases de crema a su café y lo removió antes de responder.

– Estoy razonablemente seguro -dijo-. Pero todavía me quedan algunas cosas más que hacer.

– ¿Como qué?

– Papeleo. Hasta en el caso más sencillo siempre hay papeleo. -Bebió un sorbo de su café. -Ahora bien, supongo que quieres saber cuánto te va a costar esto.

Sonreí.

– Bueno, no puedo decir que esté impaciente por saberlo, pero debería. ¿Tienes una cifra aproximada?

Sacó un bloc de papel legal, arrancó la primera hoja y comenzó a escribir números en una página nueva. A medida que la lista crecía, mis ojos se abrían cada vez más. Cuando sumó el total, me atraganté.

– ¿Eso es…? Por favor, dime que en esa cifra falta la coma de un decimal.

– La asesoría legal no es algo barato, Paige.

– Ya lo sé. En mi actividad, recurro a asesorías legales todo el tiempo, pero las cuentas no se parecen nada a la tuya. -Tomé el bloc y lo giré. – ¿Qué es esto? ¿Nueve horas facturables acumuladas? Sólo nos hemos reunido hoy, desde las diez hasta… -consulté mi reloj-… las once y cuarenta.

– Tuve que revisar el caso anoche, Paige.

– Lo revisaste esta mañana. Delante de mí. ¿Recuerdas?

– Sí, pero anoche estuve estudiando casos similares.

– ¿Durante siete horas?

– Horas facturables es un concepto complejo que no necesariamente corresponde al tiempo real empleado.

– Bromeas… ¿Y qué es esto? ¿Trescientos dólares en fotocopias? ¿Qué hiciste? ¿Contrataste a monjes franciscanos para que transcribieran mi archivo a mano? Yo puedo hacer copias por diez céntimos la página.

– Bueno, Paige, no se trata del coste directo del copiado. También debes tener en cuenta el precio del trabajo.

– Tu esposa hace el trabajo de secretaria. Y tú ni siquiera le pagas.

– Entiendo que no te resulte fácil pagar esto, Paige. Ése es uno de los problemas fundamentales de la abogacía: que quienes más se merecen nuestra ayuda, con frecuencia, no pueden pagarla.

– No es que yo no pueda pagarte…

Él levantó una mano para hacerme callar.

– Lo entiendo. Es una carga difícil de soportar para alguien que sólo trata de hacer lo que es mejor para una cría. Obligarte a pagarme esta cantidad no sería justo. Yo sólo quería mostrarte cuánto podría costar algo como esto.

Me recosté hacia atrás en el asiento.

– Está bien. Así que…

– Lamentablemente, ésta es la cantidad que tanto mi padre como Lacey esperan que te cobre. Lo que necesitamos hacer es analizarlo un poco más, ver de qué manera podemos reducir los costes. -Consultó su reloj-. Tengo un cliente dentro de veinte minutos, de modo que no podemos hacerlo ahora. ¿Qué te parecería que yo le pusiera punto final al caso y que después nos reuniéramos para almorzar y habláramos de los honorarios? -Sacó su agenda-. ¿Digamos el lunes?

– Supongo que sí.

– Espléndido. Iremos a algún sitio agradable… algún lugar de Boston. ¿Todavía tienes aquel vestido que usaste para el picnic de la fiesta del 4 de julio? Póntelo ese día.

– ¿Que me lo ponga…?

– Y pídele a alguien que se quede con Savannah después del colegio. Probablemente no volveremos hasta bien tarde.

– ¿Bien tarde…?

Sonrió.

– Me gustan las sesiones de negociación. Las sesiones muy largas y muy intensas. -Se inclinó hacia adelante y comenzó a frotar una pierna contra la mía-. Sé lo difícil que debe resultarte a ti, Paige, vivir en East Falls. Cuidar de una niña. En esta ciudad no hay demasiados jóvenes solteros, y dudo que tengas muchas oportunidades de salir y conocer gente. Eres una joven muy atractiva. Necesitas a alguien que sepa apreciar tus… cualidades. Sería una alianza muy ventajosa para ti, y no me refiero sólo a obtener ayuda legal gratuita.

– Ah, entiendo… me estás diciendo que rebajarás tus honorarios si me acuesto contigo.

La mitad de los presentes en la confitería giraron la cabeza hacia nosotros. Cary se inclinó hacia adelante para hacerme callar.

– Pero la cuenta sólo suma un par de miles -dije-. Por esa cantidad tendrás suerte si consigues a alguien que te la chupe.

Me hizo señas para que me callara y sus ojos miraron en todas direcciones para comprobar si alguien me había oído.

– ¿Lacey tiene noticia de estos arreglos financieros tan creativos? -continué-. ¿Qué te parecería que yo la llamara y se lo preguntara? Para comprobar si está dispuesta a renunciar a toda esa ganancia para que su marido pueda tirarse a otra mujer.

Saqué el móvil de mi cartera. Cary trató de arrancármelo, pero yo lo puse fuera de su alcance. Presioné algunas teclas. Él voló por encima de la mesa, con las manos extendidas como un jugador de rugby que salta para agarrar un pase decisivo para el partido. Aparté la silla y luego me incliné hacia adelante y dejé caer el teléfono en la cartera. Cary se quedó tendido sobre la mesa un par de segundos, se incorporó lentamente, se enderezó la corbata y miró hacia todos lados, como tratando de convencerse de que no todos los presentes lo estaban mirando.

– Detesto comer y tener que salir corriendo enseguida -dije y me puse de pie-, pero tengo que ir a buscar a Savannah. Por si no lo has adivinado, la respuesta es no. No te lo tomes a mal. No es sólo porque estás casado, sino porque has estado casado mucho más tiempo del que yo he vivido.

Una risita tonta se oyó detrás de nosotros, seguida por una risa apenas disimulada. Cuando pasé por el mostrador, Nellie, la cajera, levantó discretamente los pulgares en señal de felicitación.

Savannah se acostó a las nueve y media sin protestar, después de pasar toda la tarde ayudándome con algunos trabajos gráficos para un sitio web. Sí, no sólo pasamos un rato muy agradable las dos juntas sino que ella me ofreció su experiencia artística sin siquiera pedirme -aunque fuera en broma- la más mínima compensación por ello. Fue uno de esos días perfectos que suceden una vez entre un millón, una especie de recompensa kármica por la terrible situación que me había visto obligada a vivir.

A las diez llevé una taza de té al comedor y me preparé para instalarme en el sofá hecha un ovillo, con un libro, con ganas de relajarme un rato. Al sentarme, advertí una luz titilante en el porche. Dejé a un lado mi taza de té, me incliné hacia adelante, aparté las cortinas y escruté la noche. Alguien había colocado una vela encendida en el extremo más alejado de la barandilla del porche. Brujas, velas…, ¿lo captan? Lo único que faltaba era que colgaran unicornios de cristal en el buzón. Oh, los chicos.

Pensé en no prestar atención a la vela hasta terminar el té, pero mi vecina de enfrente, la señorita Harris, la había visto, y lo más probable era que llamara a los bomberos y me acusara de querer incendiar todo el vecindario.

Al salir al porche vi la vela con claridad y se me cortó la respiración. Tenía la forma de una mano humana y en la punta de cada uno de sus dedos brillaba una pequeña llama. La Mano de la Gloria. Esto superaba cualquier broma inocente de un chiquillo. Quienquiera que lo hubiera hecho sabía algo acerca de lo oculto y tenía una mente muy retorcida.

Me acerqué a la vela y, al levantarla, mis dedos se cerraron no sobre la cera dura sino sobre piel fresca. Pegué un salto hacia atrás y la arrojé al suelo. Una llama seguía encendida y un hilo de humo se elevaba hacia el cielo. Volví a bajar los escalones a la carrera y agarré de nuevo la mano, pero cuando toqué la piel helada, mi cerebro no quiso saber nada y una vez más la dejé caer al suelo.

Las luces se encendieron en casa de la señorita Harris. Me arrodillé para ocultar la mano y traté de apagar la llama golpeándola contra un montón de césped segado que Savannah había metido debajo del porche. Las llamas me chamuscaron los dedos. Reprimí un grito y seguí golpeando el fuego contra el césped hasta que se apagó.

Cerré los ojos, recobré el aliento y me di la vuelta para observar esa cosa que yacía sobre la hierba. Era una mano cortada, con piel de color gris marronáceo, un trozo de hueso aserrado asomaba por la parte inferior, la piel estaba arrugada y despedía un fuerte olor a conservantes. Cada dedo, cubierto con cera, tenía incrustado un pabilo.

La Mano de la Gloria.

Me puse de pie de un salto y vi que Savannah estaba apoyada en la barandilla.

– La señorita Harris está mirando hacia aquí -le pregunté en voz muy baja.

Savannah miró hacia la calle de enfrente.

– Observa a través de las persianas, pero lo único que alcanza a ver es tu trasero.

– Entra en la casa y consígueme algo para envolver esto.

Un momento después Savannah me arrojó una toalla de mano. Una de mis toallas de mano buenas. Vacilé un instante y luego envolví la mano con ella. No era momento para preocuparme por la toalla. En cualquier instante la señorita Harris saldría a su porche para ver mejor lo que ocurría.

– Esto debe de ser obra del hechicero -dijo Savannah-. Leah no sabría cómo hacer algo así. ¿La mano está seca?

No le contesté. Permanecí de pie, con mis dedos temblorosos sujetando el paquete. Savannah extendió las manos por encima de la barandilla para cogerlo. Le hice señas de que entrara en casa y subí deprisa los escalones.

Una vez dentro, arrojé el paquete de la toalla con la mano debajo del fregadero de la cocina y después corrí al baño y abrí el agua caliente. Savannah entró cuando yo me estaba restregando las manos.

– La enterraré más tarde -dije.

– Tal vez deberíamos conservarla -opinó Savannah-. Ya sabes que no es algo nada fácil de hacer.

– No, no lo sé -salté.

Silencio. Por el espejo, vi a Savannah detrás de mí, con una expresión inescrutable y los ojos cerrados.

– No he querido decir… -comencé a disculparme.

– Sé muy bien lo que has querido decir -respondió y luego se dio media vuelta, entró en su cuarto y cerró la puerta. No dio un portazo, sino que la cerró con mucha suavidad.

* * *

La Mano de la Gloria es la herramienta de un ladrón. Según la leyenda, se supone que impide que los ocupantes de una casa se despierten. Algo emparentado con lo delictivo, de eso no cabe duda, pero ni dañino ni peligroso. ¿Acaso Leah se proponía entrar en mi casa esa noche? De ser así, ¿por qué dejar la mano junto a la barandilla del porche cuando todavía no era demasiado tarde? ¿O puso allí esa vela macabra sólo para llamar la atención y causarme más problemas? Eso tampoco tenía sentido. Al colocarla del otro lado de la ventana del frente, lo más probable era que yo la viera y me librara de ella antes de que alguien notara su presencia.

Tendida en la cama traté de imaginar las razones de Leah, pero sólo podía pensar en esa mano, envuelta en una toalla en el fregadero. El hedor que despedía invadió toda mi casa. No podía sacarme de la cabeza el recuerdo de haberla tocado, no podía olvidar que seguía estando allí, no podía dejar de preocuparme acerca de cómo deshacerme de ella. Estaba aterrada. Y es posible que, después de todo, eso fuera lo que Leah se proponía.

Puse el despertador a las dos de la madrugada, pero no debería haberme molestado en hacerlo. No pude dormir; sólo me quedé acostada, contando los minutos. Y a la una y media decidí que ya era suficientemente tarde.

Se inicia la segunda fase

Antes de abandonar mi habitación, me cubrí el camisón de seda con un kimono haciendo juego. Por alguna razón, esto me pareció más sensato que vestirme. Del armario de la entrada elegí las viejas botas de goma que mi madre solía usar para sus tareas de jardinería. Las había conservado con la leve esperanza de que alguna vez tendría habilidad para imitarla.

Salí por la puerta de atrás, lanzando a mi paso hechizos perimetrales. Había dejado la mano en el fregadero, así que si alguien me veía cavando, al menos no sabría qué enterraba en ese hoyo. Sí, como si eso sirviera de algo si me descubrían en el bosque después de la medianoche cavando una fosa, vestida con un kimono rojo de seda y botas de goma negras.

Una vez afuera, olí humo. Cuando se me cerró el estómago, maldije el miedo que me produjo. En el primer año de psicología había leído la teoría de que las fobias principales son el resultado de la memoria hereditaria, que nuestros antepasados lejanos tenían buenos motivos para temerles a las serpientes y a las alturas, de modo que la evolución pasó esos miedos a las generaciones futuras. Tal vez eso explique el miedo que las brujas le tienen al fuego. Yo lucho contra él, pero al parecer no logro superarlo del todo.

Luchando contra el instinto, olisqueé el aire en busca de la fuente de ese olor. ¿Era el humo de una chimenea apagada varias horas antes? ¿Brasas todavía encendidas después de haber quemado basura la noche anterior? Mientras trataba de penetrar esa oscuridad con la vista, advertí también un resplandor anaranjado en el este, en el bosque que estaba al otro lado de la cerca trasera de casa. Seguramente se trataba de una reunión de jóvenes. Ahora que mejoraba el tiempo, los adolescentes locales parecían haber encontrado algo mejor que hacer un viernes por la noche que permanecer en el aparcamiento del centro comercial. Fantástico. Ahora la mano tendría que quedarse en mi casa hasta mañana por la noche. No me atrevía a enterrarla con todo aquel posible público cerca.

Cuando me di la vuelta para entrar de nuevo en la casa me llamó la atención el silencio reinante. Un silencio total. ¿Desde cuándo en sus fiestas los adolescentes permanecían sentados y en silencio alrededor de una fogata? Por mi mente desfilaron otras excusas para un fuego encendido por la noche. East Falls era una ciudad demasiado pequeña para albergar una población de personas sin techo. ¿Podría un fósforo o un cigarrillo encendido haber producido un incendio en el sotobosque? ¿Alguien podía estar quemando secretamente material peligroso? Sea cual fuera el origen de ese fuego, era preciso hacer algo al respecto inmediatamente.

Avancé de puntillas sobre el césped y me pregunté si me vería obligada a apagar otro fuego. Dos en una sola noche… ¿Una coincidencia? Por favor, que no sea una segunda Mano de la Gloria. Inspiré profundamente y traté de no prestar atención a la repugnancia que esa idea me producía. Si lo era, por lo menos yo la había visto antes que ninguna otra persona.

Al llegar a la cerca me alegró no haber cometido la estupidez de llamar a los bomberos. Allí, sobre el césped, había un círculo de velas negras alrededor de una tela roja con la cabeza de un macho cabrío bordada en ella. Era un altar satánico.

Con una imprecación, corrí a apagar las velas. Entonces vi que rodeaban un montículo cubierto de sangre. Durante un momento terrible e interminable pensé que se trataba del cuerpo de un chiquillo. Después vi la cabeza y comprendí que se trataba de un gato. Un gato desollado, una masa sin vida, hecha de sangre, músculos y dientes desnudos que parecían dibujar una amenaza sin labios.

Retrocedí ante aquel horror. Algo me abofeteó la cara, algo frío y húmedo. Mientras intentaba quitármelo de encima con desesperación, caí hacia atrás, y mi mano quedó atrapada en un aro pegajoso de goma. Reprimí un grito. Levanté la vista y vi contra qué me había golpeado: otro gato despellejado, éste colgado de un árbol, totalmente despanzurrado y con las vísceras que caían hacia afuera. Y lo que me rodeaba la mano era un trozo de tripa.

Logré liberarme de un golpe a tiempo para llevarme las manos a la boca y reprimir así un alarido. Caí de rodillas, jadeando, con náuseas y sin poder respirar. Tenía las manos cubiertas de sangre. Vomité. Durante varios minutos me quedé agazapada, incapaz de moverme.

– ¿Paige? -El susurro de Savannah flotó hasta mí desde el jardín trasero de mi casa.

– ¡No! -Le grité y me puse de pie de un salto-. ¡Quédate donde estás!

Corrí hacia ella y la sujeté justo cuando doblaba la esquina. Tenía los ojos abiertos de par en par y me di cuenta de que lo había visto todo, pero a pesar de ello la aparté de ese horrible espectáculo.

– Vamos, vuelve a casa -le dije-. Yo, bueno, tengo que limpiar todo eso.

– Te ayudaré.

– ¡No!

Silencio.

– Lo lamento. No quise… -Me di cuenta de que le estaba ensuciando la bata con vómito y sangre y me aparté. -Lo siento. Entra y límpiate. No, aguarda. Pon tu bata en una bolsa. La quemaré…

– Paige…

– Yo… me ducharé -tartamudeé-. Pero deja las luces apagadas. No enciendas ninguna. Ni la radio ni las luces ni nada. Tampoco abras las persianas y…

– ¡Paige! -Gritó Savannah agarrándome de los hombros-. Puedo ayudarte -dijo, pronunciando cada palabra como si a mí me costara entenderla-. Está bien. He visto antes esta clase de cosas.

– No, no es así. Entra y…

– Sí, te aseguro que sí. Maldita sea, Paige…

– No digas eso.

Savannah parpadeó y por un segundo tuve la impresión de que estaba a punto de echarse a llorar.

– Yo sé qué significan esas cosas, Paige. Y también qué es una Mano de la Gloria. ¿Por qué sigues fingiendo que no lo sé?

Cuando se separó de mí, comencé a seguirla, pero una luz se encendió en la casa de al lado y me quedé petrificada. Mi mirada pasó de Savannah, que se alejaba, al resplandor de las velas a mis espaldas. No tenía tiempo de ir tras ella… no ahora. Leah había montado esa escena horripilante por una razón, y yo dudaba mucho de que se hubiera tomado todo ese trabajo nada más que para asustarme. La policía recibiría una llamada anónima: vayan a ver lo que hay detrás de la casa de Paige Winterbourne. Tenía que eliminar todo eso antes de que alguien fuera advertido.

A la izquierda del altar, una columna de humo se elevaba de un promontorio ennegrecido, y llevaba consigo el hedor de carne quemada. Cerré los ojos para recuperar un poco la compostura; después, me acerqué a ese montículo humeante y me agaché para observarlo. A primera vista no supe de qué se trataba. Tuve ganas de alejarme enseguida de allí, de buscar una pala y enterrar todo sin siquiera saberlo. Pero tenía que averiguarlo. De lo contrario, permanecería despierta toda la noche preguntándome qué se había quemado.

Tomé un palo y lo hundí en el montículo. Enseguida se desarmó y quedó a la vista una caja torácica. Oprimí una mano con fuerza sobre mis ojos y respiré hondo. El sabor de ese humo me llenó la boca y volví a vomitar lo que me quedaba en el estómago.

Oh, Dios, no podía hacerlo. Realmente no podía. Pero tenía que hacerlo. Era mi problema, mi responsabilidad.

Me obligué a mirar de nuevo esos huesos chamuscados y me esforcé en examinarlos con la mirada de un científico. Gracias a mis años de biología podía diferenciar entre la caja torácica de un bípedo y la de un cuadrúpedo. Ésta pertenecía a un cuadrúpedo. Para estar más segura la moví con el palo cerca del final de la espina dorsal, y apareció entonces un rabo. Sí, decididamente era de un animal. Probablemente, de otro gato. Muy bien, ahora podía ocuparme de eso. El truco era observarlo sin verlo realmente.

Permanecí un momento de pie examinando la totalidad de la escena. Mi cerebro procesó los detalles sin hacer ningún juicio ni permitir ninguna reacción. Sobre el altar improvisado había un cáliz lleno de sangre. Sí, eso era previsible. La Misa Negra era una inversión y perversión de la Misa católica. En un curso universitario sobre folclore yo había elegido los cultos satánicos como tema de mi examen trimestral, y en él me preguntaron si podían o no incluirse en la definición estándar de leyenda contemporánea, de modo que sabía qué buscar y qué necesitaba encontrar y hacer desaparecer.

Tendría que haber un crucifijo invertido… sí, allí estaba, colgando de un árbol. Me acerqué y lo bajé. ¿Pentagramas? No, parecían haber pasado eso por alto… Un momento, allí, dibujado en la tierra… Comencé a borrarlo con la bota y después utilicé un manojo de hierbas para que no quedaran marcas de pisadas. Las velas negras estaban sobre el altar. Muy bien, eso parecía ser todo.

A continuación necesitaba enterrar los cadáveres. Giré la cabeza hacia el gato eviscerado que colgaba del árbol. Me obligué a centrar mi mirada más allá del pobre animal para estudiar en cambio la forma en que estaba colgado para saber qué necesitaría para liberarlo, pero no pude evitar ver su cuerpo meciéndose con la brisa.

¿Qué clase de personas eran capaces, no sólo de matar un gato sino también de…? Volví a sentir náuseas y tuve que doblarme en dos. Esta vez mi estómago ya estaba vacío, así que fueron sólo arcadas y un hilo delgado de bilis. Escupí para sacarme ese regusto amargo de la boca y luego, todavía agachada, me limpié la cara. Después me dirigí al cobertizo en busca de una pala.

Veinte minutos más tarde había terminado de enterrar a los gatos y comenzaba a desmantelar el altar.

– ¿Paige?

El susurro de Savannah me hizo pegar un salto. Me di media vuelta y la vi corriendo por el jardín.

– Un coche está dando vueltas por la manzana -dijo-. Lo he estado observando por la ventana del frente.

Savannah tenía los ojos rojos. ¿Acaso había estado llorando? ¿Por qué yo lo estropeaba siempre todo? Antes de tener tiempo de disculparme, ella me agarró del brazo y me arrastró por el jardín.

Al entrar por la puerta de atrás, me vi de reojo en el espejo de la entrada. Tenía la cara, las manos y el kimono cubiertos de sangre, vómito y suciedad. Justo en ese momento, unos faros iluminaron las ventanas del salón. Y se oyó el sonido de un motor que se apagaba.

– Dios Santo -murmuré con la vista fija en el espejo-. No puedo…

– Yo estoy limpia -dijo Savannah-. Abriré la puerta. Tú ve a lavarte.

– Pero…

Sonó el timbre de la puerta. Savannah me empujó hacia dentro. Me agaché y corrí sin ser vista hacia el otro extremo de la casa.

Ted Fowler, el sheriff local, se encontraba de pie junto a la puerta de mi casa. Leah no se había contentado con marcar el número de la comisaría y dejar una llamada anónima en el contestador. Nada de eso; había llamado a Fowler a su domicilio particular para quejarse histéricamente por las luces extrañas y los gritos provenientes del bosque que había detrás de mi casa.

Fowler se había puesto una ropa que, por sus arrugas, parecía haber cogido directamente del suelo de su dormitorio para venir enseguida hacia aquí. Como recompensa a su esfuerzo, encontró los restos de un altar satánico apenas a unos tres metros del jardín trasero de casa.

Al amanecer, tanto mi casa como el jardín estaban repletos de policías. Al deshacerme de los cadáveres de los gatos había empeorado las cosas. Cuando Fowler encontró rastros de sangre y ningún cuerpo, su imaginación llegó a la peor conclusión posible: homicidio.

Puesto que East Falls no estaba preparada para algo tan grave como un homicidio, llamaron a la policía estatal. De camino, los detectives despertaron a un juez y le hicieron firmar una orden de allanamiento. Llegaron poco después de las cinco, y Savannah y yo pasamos las siguientes horas acurrucadas en mi dormitorio, respondiendo preguntas y escuchando el sonido de desconocidos que destrozaban nuestro hogar.

Cuando oí que abrían la puerta del horno, recordé que había puesto la Mano de la Gloria debajo del fregadero. Corrí hacia la entrada y después controlé mis pasos y entré en la cocina. Un agente registraba mis armarios mientras otro pasaba una luz especial sobre los contenidos de mi frigorífico. Me miraron, pero como no dije nada, continuaron su tarea.

Con el corazón latiéndome como un loco, esperé a que el que revisaba los armarios se alejara un poco. En voz muy baja lancé un hechizo. Era un tipo de hechizo de encubrimiento, capaz de distorsionar el aspecto exterior de un objeto. Si bien no habría funcionado en el exterior, donde estaba emplazado el altar satánico, sí conseguiría su cometido sobre aquel paquete.

Cuando el hombre abrió la puerta, pronuncié las últimas palabras y dirigí el hechizo al objeto que era preciso ocultar. Sólo que allí no había ningún objeto. La mano y la toalla habían desaparecido. El agente hizo una inspección somera y después cerró la puerta del armario. Me apresuré a volver al dormitorio.

– ¿Qué hiciste con eso?-le susurré a Savannah.

Ella levantó la vista de su revista.

– ¿Con que?

Bajé la voz un poco más.

– Con la Mano de la Gloria.

– La cambié de sitio.

– Espléndido. Gracias. Yo la había olvidado por completo. ¿Dónde la pusiste?

Rodó hasta quedar acostada boca abajo y volvió a concentrarse en la revista.

– Está a salvo.

– ¿Señora Winterbourne?

Giré sobre mis talones y me topé con el detective jefe de la policía estatal parado junto a la puerta de mi dormitorio.

– Hemos encontrado unos gatos -dijo.

– ¿Gatos?

– Tres gatos muertos enterrados a poca distancia.

Hice señas hacia Savannah y me llevé un dedo a los labios para indicar que no quería que se hablara de ese tema delante de ella. El detective se dirigió al salón, donde varios agentes se encontraban sentados en mi sofá y mis sillas, con sus zapatos embarrados sobre mi mesa. Me tragué la furia y miré al detective.

– ¿De modo que era sangre de gato? -pregunté.

– Eso parece, aunque debemos hacer pruebas para estar seguros.

– De acuerdo.

– Matar gatos tal vez no esté en la misma escala de un homicidio, pero es una ofensa muy grave. Realmente grave.

– Debería serlo. Cualquiera capaz de hacer una cosa así… -No tuve que fingir un estremecimiento al recordar el espectáculo de esos cuerpos mutilados. -No puedo creer que alguien haga eso… Alguien capaz de simular un altar satánico detrás del jardín de mi casa.

– ¿Que alguien lo ha simulado? -Preguntó el detective-. ¿Qué le hace pensar que no es un altar satánico de verdad?

– A mí me pareció muy real -dijo uno de los agentes mientras agitaba con la mano un bizcocho que se parecía sospechosamente a los que yo tenía en la alacena.

Había llenado de migas mi alfombra color marfil. Miré las migas, las pisadas de barro que las rodeaban, la estantería con mis libros y fotos y recuerdos convertidos en pilas de formas caprichosas, y sentí que algo se quebraba en mí.

– ¿Y usted afirma eso basándose en haber presenciado exactamente cuántos altares satánicos? -le pregunté.

– Hemos visto fotos -murmuró él.

– Sí, claro, fotos. Creo que probablemente habrá una foto auténtica que circula sin cesar por todo el país. Atención a todas las unidades. Tengan cuidado con los cultos satánicos. ¿Saben ustedes qué son los cultos satánicos? Son el fraude más grande que se ha perpetrado jamás en los medios norteamericanos. ¿Saben quién construye todos esos supuestos altares satánicos de los que oyen hablar? Los chicos. Adolescentes aburridos y furiosos. Y el ocasional homicida estúpido que ya está planeando su defensa. «El diablo me obligó a hacerlo». Altar satánico, un cuerno. Lo que ustedes han visto ahí atrás es una travesura… Una travesura muy, muy enferma.

Silencio.

– Por lo visto, usted sabe mucho sobre este tema -dijo uno de los agentes.

– Se llama educación universitaria. -Me dirigí después al detective-. ¿Piensa acusarme de algo?

– No, todavía no.

– Entonces salga de mi casa para que pueda limpiar la pocilga en que la han convertido.

Después de una breve admonición acerca de que no debía abandonar la ciudad y de sugerirme «tal vez le convenga buscarse un abogado», los policías se fueron.

Pizza “Misa Negra”

Apenas se habían ido los policías, cuando Savanah salió de su habitación y se dejó caer junto a mí en el sofá.

– Misa Negra -dijo-. No puedo creer que sigan creyendo en esas cosas. Los humanos son estúpidos.

– No deberías decir eso -respondí, sin demasiada convicción.

– Es verdad. Al menos, en lo del satanismo. Todos se vuelven locos con ese asunto. Uno trata de decirles la verdad, que Satanás sólo es uno más entre miles de demonios y que a él no le importamos un rábano, y ellos siguen convencidos de que es posible conjurarlo para que les dé cualquier cosa que le pidan. Qué disparate. -Se recostó contra los cojines del sofá. -Mamá tenía un amigo, un nigromante, que solía ganar bastante dinero vendiendo Misas Negras.

– ¿Vendiendo Misas Negras?

– Ya sabes, montándolas para la gente. Su negocio se llamaba Ritos Satánicos, los ritos satánicos de Jorge. Su nombre real es Bill, pero le pareció que podía cobrar más llamándose Jorge. Proporcionaba todas las cosas falsas, las armaba y suministraba guiones para el espectáculo. Si realizaba una Misa Negra completa, que costaba mucho, nos compraba una pizza. La llamábamos pizza Misa Negra. Tratábamos de comerla boca abajo, pero al ver que las cosas que llevaba encima se caían, nos conformábamos con comerla de atrás para adelante. -Se incorporó en el asiento-. Todavía queda pizza de anoche, ¿no? Eso es lo que comeré para el desayuno. Pizza Misa Negra. ¿Quieres un poco?

Negué con la cabeza. Savannah trotó hasta la cocina sin dejar de hablar. Y yo me desplomé en el sofá.

Dos horas más tarde seguía en el sofá, después de no haber prestado atención a ocho llamadas telefónicas ni a tres mensajes en el contestador, todos de reporteros que soñaban con dar la primicia «Satanismo en una pequeña ciudad». Al igual que la policía, esas personas no sabían nada acerca del verdadero satanismo… Tampoco yo estoy de acuerdo con ese sistema de creencias, pero al menos no tiene que ver con gatos mutilados y pentagramas sangrientos.

Esos miedos al culto satánico que surgen periódicamente sólo son una forma nueva de caza de brujas. La gente siempre está tratando de explicar el mal, de encontrar una racionalización que sitúe la culpa fuera del reino de la naturaleza humana. Los chivos expiatorios cambian con notable facilidad. Herejes, brujas, posesión demoníaca, iluminados, todos han sido el blanco de fuentes ocultas del mal en el mundo.

Desde la década de los sesenta, los cultos satánicos han sido los grupos preferidos para expiar culpas ajenas. La maldita prensa amarilla publica tanta basura sobre el tema que lo transforma en un ciclo que se autoperpetúa. Publican una nota, algún psicópata la lee y copia los métodos descritos, y ellos sacan a la luz su historia. Y esto continúa. En 1996, el gobierno de los Estados Unidos gastó 750.000 dólares para asegurarle al público norteamericano que los cultos satánicos no operaban en las guarderías de la nación. Vaya, yo duermo mucho mejor por las noches desde que eso quedó bien aclarado.

Tras lo sucedido, decidí no enviar a Savannah al colegio. Por fortuna, era sábado, así que eso no era un problema. Después de almorzar bajó al sótano a pintar un poco. Sí, sé que a la mayoría de los pintores les gustan los estudios grandes y ventilados, llenos de luz natural y de un silencio tranquilizador. Pero no a Savannah. A ella le gustaba ese sótano casi en tinieblas y la música estridente a todo volumen.

Cuando sonó el timbre de la puerta, sospeché que era uno de los reporteros que no se conformaba con una simple llamada. No le presté atención y seguí vaciando el lavaplatos. El timbre volvió a sonar. Me di cuenta entonces de que podía ser la policía. Lo último que necesitaba era tener más policías invadiendo mi casa; ya me habían causado demasiados destrozos.

Fui deprisa a la entrada, anulé los hechizos y al abrir la puerta de par en par me encontré con un hombre joven. Medía alrededor de un metro ochenta, era delgado y tenía una cara tan común y corriente que dudaba de que alguien la recordara cinco minutos después de conocerlo. Pelo oscuro y corto, rostro afeitado, hispano. Presumiblemente ojos negros detrás de sus anteojos con armazón metálica, pero él se negaba a mirarme a los míos. Permaneció allí, con la mirada baja, aferrando una pila de papeles, con un bolso desvencijado colgado de un hombro. ¿He mencionado que vestía de traje? ¿En sábado? Maravilloso. Justo lo que necesitaba… Un testigo de Jehová.

– Lucas Cortez -dijo, se pasó el fajo de papeles a la mano izquierda y me tendió la derecha-. Soy su nuevo abogado.

– Mire, no me interesa… -callé un momento-. ¿Ha dicho usted «abogado»?

– Tomaré su caso a partir de ahora, señora Winterbourne. -A pesar de mirar hacia abajo, su voz era firme y segura-. Creo que deberíamos entrar.

Pasó junto a mí sin esperar una invitación. Mientras me quedaba un momento clavada allí, estupefacta, Cortez se quitó los zapatos, entró en el comedor y paseó la vista por el lugar como evaluando mi capacidad para pagar sus servicios.

– Supongo que este desorden se debe al allanamiento -dijo-. Esto es inaceptable. Les hablaré de este asunto. Imagino que tenían una orden de allanamiento, ¿no? Ah, aquí está.

Levantó el documento de la mesa baja, lo sumó a sus papeles y se dirigió a la cocina.

– Espere un momento -exclamé mientras corría tras él-. Usted no puede llevarse eso.

– ¿Tiene una fotocopiadora?

Entré en la cocina. Se había instalado en la cabecera de la mesa, había movido a un lado mis cosas y comenzaba a desparramar encima sus papeles.

– El café me gusta sin leche.

– Pues entonces puede tomárselo en un bar, a menos que me diga quién lo envió aquí.

– Usted necesita asistencia legal, ¿verdad?

Vacilé.

– Ah, entiendo… nadie lo ha enviado. ¿Cómo los llaman a ustedes? ¿Buitres carroñeros? Pues a mí no me interesa. Y si trata de cobrarme esta visita…

– No pienso hacer nada semejante. Esta visita es completamente gratis, una muestra de mis servicios. Me he tomado la libertad de familiarizarme con su caso, y ya tengo una estrategia para defenderla. -Movió dos papeles sobre la mesa y los giró hacia mí-. Como puede ver, éste es un simple contrato que estipula que, al aceptar hablar conmigo hoy, de ninguna manera se compromete a contratar mis servicios y no le será cobrada esta reunión.

Examiné el contrato. Al tratarse de un documento legal, era sorprendentemente directo; una sencilla manifestación que me eximía de toda obligación por esta consulta inicial. Miré a Cortez, quien en ese momento leía la orden de allanamiento. No podía tener más de veintiocho o veintinueve años, probablemente acababa de terminar sus estudios de Derecho. En una ocasión, yo había salido con un abogado recién licenciado y sabía lo difícil que podía resultarles conseguir trabajo. Al ser yo misma una joven empresaria, ¿podía culpar a ese individuo por su agresividad a la hora de vender sus servicios? Si, como sugería la policía, yo necesitaba un abogado, no sería ciertamente alguien tan joven como ése… pero tampoco perdía nada con escucharlo.

– Comencemos por hablar de sus credenciales -pedí.

Sin levantar la vista de los papeles, contestó:

– Permítame asegurarle, señora Winterbourne, que no hay nadie tan cualificado como yo para llevar su caso.

– Entonces, dígame, por favor: ¿dónde estudió Derecho? ¿Dónde practica su profesión? ¿Cuántos casos de custodia ha manejado? ¿Qué porcentaje de ellos ha ganado? ¿Tiene experiencia en la difamación de personas? Porque posiblemente de eso se trate este caso.

Más lectura de documentos. Y más crujido de papeles que se mezclan. Yo estaba a un tris de echarlo de casa, cuando él giró la cabeza hacia mí, con los ojos todavía bajos.

– Terminemos entonces con esto de una buena vez, ¿no le parece? -dijo.

Y entonces levantó la vista y me miró. Yo dejé caer el contrato. Lucas Cortez era un hechicero.

Nuestro Joven Hechicero

Salga de mi casa -ordené

– Como puede ver, estoy perfectamente cualificado para manejar su caso, Paige.

– ¿De modo que ahora me llama Paige? ¿Lo ha contratado Savannah?

– No -dijo sin sorprenderse lo más mínimo, como si pensara que una niña bruja que contrata a un abogado hechicero no es algo tan raro.

– ¿Entonces quién le ha enviado?

– Como usted misma ha dicho, nadie me envía. Me ha llamado buitre carroñero, y yo no se lo he discutido. Aunque le confieso que esa expresión me resulta censurable, la motivación que implica se me puede aplicar con exactitud. Hay dos maneras de que un abogado sobresalga en el mundo sobrenatural: unirse a una Camarilla o hacerse famoso por luchar contra ellas. Yo he elegido el segundo camino. -Se calló un momento-. ¿Ahora puedo tomar ese café?

– Sí, claro. Sólo tiene que salir por la puerta, girar a la izquierda y buscar el cartel del bar donde venden rosquillas. Imposible perderse.

– Como le decía, al ser un abogado joven que busca hacerse un nombre fuera de las Camarillas, debo, por desgracia, andar a la caza de casos. Me enteré del intento del señor Nast de obtener la custodia de Savannah y, precisamente porque buscaba una oportunidad, la seguí. Tengo entendido que el señor Nast todavía no ha abandonado su desafío, ¿es así?

– Se niega a someterse a una prueba de ADN, y eso significa que no puede demostrar que es el padre de Savannah, cosa que a su vez significa también que no tiene ningún argumento para sostener su demanda, razón por la cual yo no necesito un abogado. Ahora bien, si necesita que le dé de nuevo la dirección de…

– Aunque su negativa a someterse a una prueba de ADN puede parecer ventajosa, permítame asegurarle que no elimina el problema. Gabriel Sandford es un excelente abogado y ya le encontrará la vuelta a esto, probablemente sobornando a un laboratorio médico para que proporcione resultados falsos.

– ¿Y su disposición para sobornar a funcionarios lo convierte en un abogado excelente?

– Sí.

Abrí la boca, pero no me salió ningún sonido.

Cortez prosiguió:

– Si él intenta esa maniobra, yo insistiré en que el tribunal supervise la realización de la prueba. -Volvió a concentrarse en sus papeles-. Ahora bien, he preparado una lista de pasos que deberíamos seguir para…

Savannah entró en la cocina y se paró en seco al ver a Cortez y evaluar su aspecto y sus papeles diseminados sobre la mesa.

– ¿Qué hace aquí este vendedor ambulante? -preguntó. Después miró a Cortez a la cara. Ni siquiera parpadeó; sólo apretó los labios-. ¿Qué quieres, hechicero?

– Prefiero que me llames Lucas -respondió él y le tendió la mano-. Lucas Cortez. Represento a Paige.

– ¿Representas a…? -Savannah me miró-. ¿De dónde lo has sacado?

– De las Páginas Amarillas -respondí-. Bajo la letra N de no solicitado y no deseado. Él no es mi abogado.

Savannah volvió a observar a Cortez como si lo estuviera midiendo.

– Mejor así, porque si lo que quieres es un abogado hechicero, puedes encontrar uno mucho mejor que éste.

– Estoy seguro de que sí-admitió Cortez-. Sin embargo, puesto que yo soy el único que está aquí, quizá pueda serles de alguna ayuda.

– No, no puede -dije-. Mire, por si se ha olvidado dónde está la puerta…

– Un momento -intervino Savannah-. Es bastante joven, así que probablemente no es un abogado caro. A lo mejor nos servirá hasta que consigamos alguien mejor.

– Mis servicios son extremadamente razonables y los honorarios los estableceremos de común acuerdo y de antemano -dijo Cortez-. Aunque en este momento pueda parecer que Nast no tiene pruebas verdaderas…

– ¿Quién es Nast? -preguntó Savannah.

– Se refiere a Leah -dije y le lancé a Cortez una mirada de «no me lo discuta»-. Es O'Donnell, no Nast.

– El error es mío -se apresuró a decir Cortez-. Como les decía, Leah no ha retirado su petición de custodia y no da señales de querer hacerlo. Por consiguiente, debemos dar por sentado que planea seguir adelante. O sea que nuestro propósito principal será frustrar sus planes. Con esa finalidad, he redactado una lista de pasos a seguir.

– ¿Un programa de doce pasos para «desdemonizar» mi vida?

– No, son sólo siete pasos, pero si usted ve la necesidad de que sean más, podemos añadir otros.

– Aja.

– ¿A quién le importan las listas? -Masculló Savannah-. Lo único que tenemos que hacer es matar a Leah.

– Me alegra comprobar que te tomas tanto interés en esto, Savannah. No obstante, debemos proceder de manera lógica, lo cual, lamentablemente, descarta la posibilidad de salir a asesinarla. Tal vez deberíamos empezar por repasar la lista que he preparado para ustedes. Primer paso: hacer los arreglos necesarios para que las tareas escolares le sean traídas a Savannah a su casa por una maestra o alumna conocida tanto por ella como por Paige. Segundo paso…

– Este hombre bromea, ¿no es así? -dijo Savannah.

– No tiene importancia -dije yo-. No lo estoy contratando, Cortez.

– Realmente prefiero que me llamen Lucas.

– Y yo preferiría que encontrara el camino a la puerta de la calle. ¡Ahora! No lo conozco y no confío en usted. Tal vez sea lo que asegura ser, pero, ¿cómo me lo demuestra? ¿Cómo sé que no ha sido Sandford el que lo ha enviado aquí? «El abogado de Paige renunció, de modo que enviémosle uno nuestro y veamos si se da cuenta».

– Yo no trabajo para Gabriel Sandford ni para ningún otro.

Sacudí la cabeza.

– Lo lamento, no le creo. Usted es un hechicero. No importa lo mucho que necesite conseguir trabajo, me resulta imposible creer que se ofrezca a trabajar para una bruja.

– Yo no tengo ningún problema con las brujas. Las limitaciones de sus poderes son hereditarias. Estoy seguro de que intentará por todos los medios usarlos en todo su potencial.

Me puse tensa.

– Salga ya mismo de mi casa o le enseñaré cuáles son las limitaciones de mis poderes.

– Usted necesita ayuda, mi ayuda, tanto en mi carácter de asesor legal como de protección adicional para usted y Savannah. Mi habilidad para lanzar hechizos no es sobresaliente, pero sí suficiente.

– La mía también lo es. No necesito su protección, hechicero. Si llegara a necesitar ayuda, puedo obtenerla de mi Aquelarre.

– Ah, sí, el Aquelarre.

Algo en su voz, un matiz, una inflexión, fue el detonante que hizo que yo perdiera lo que me quedaba de control de mi furia.

– Lárguese ya mismo de mi casa, hechicero.

Él recogió sus papeles.

– Entiendo que ha tenido un día difícil. Aunque es preciso que repasemos esta lista pronto, no es necesario que lo hagamos con tanta premura. Mi consejo sería que descanse. Si me permite escuchar sus mensajes telefónicos, puedo contestar las llamadas de los medios, después de lo cual podemos revisar esta lista…

Le arranqué el papel de las manos y lo rompí en dos.

– Si eso la hace sentirse mejor, adelante, hágalo -dijo él-. Tengo copias. Le dejaré una nueva. Por favor, añada cualquier cosa que le preocupe y que pueda habérseme pasado por alto…

– No pienso repasar ninguna lista. Usted no es mi abogado. ¿Quiere saber cuándo contrataría a un hechicero para que me represente? Diez minutos después de ser atropellada por un transporte y declarada con muerte cerebral. Hasta entonces, lárguese.

– ¿Que me largue? -Las cejas de Cortez se elevaron varios milímetros.

– Váyase. Desaparezca. Hágase humo. Elija la palabra que más le guste y llévesela consigo.

Él asintió y se puso a escribir algo.

– Escúcheme -insistí-, tal vez no estoy siendo clara…

– Sí que lo está siendo. -Terminó su anotación, metió los papeles en su bolso y dejó una tarjeta sobre la mesa-. Por si llegara a recapacitar su decisión… o a experimentar una lamentable colisión con un enorme camión, pueden llamarme a mi teléfono móvil.

Aguardé hasta que se hubo marchado y después lancé nuevos hechizos hacia todas las puertas y me juré no responder nunca más al timbre de la puerta. Al menos no durante los próximos días.

* * *

Después de la partida de Cortez, Savannah decidió ver la televisión, así que bajé al piso de abajo para lanzar algunos hechizos. Tras lo sucedido la noche anterior, no podía dejar que mis vecinos me vieran deslizándome hacia los bosques para lanzar conjuros. El bosque es mi lugar preferido para practicar hechizos. La naturaleza no sólo ofrece paz y soledad sino que parece proporcionar una energía especial. Desde los tiempos más ancestrales, los chamanes y los lanzadores de conjuros han buscado siempre los bosques, el desierto o la tundra para conectarse con sus poderes. Necesitamos hacerlo. Es la única manera en que puedo explicarlo.

Mi madre me enseñó a lanzar hechizos en el exterior. Sin embargo, pese a lo mucho que ella creía en esta práctica, jamás pudo imponerla en el Aquelarre. A lo largo de varias generaciones, el Aquelarre ha enseñado a sus hijas a practicar en el interior de sus casas, preferentemente en una habitación cerrada con llave y sin ventanas. Al obligar a las jóvenes a hacerlo en cuartos cerrados, mi impresión es que están perpetuando la idea de que estamos haciendo algo malo, algo vergonzoso, una idea que se les recalca a las neófitas a través de la manera en que el Aquelarre maneja la ceremonia de su primera menstruación. Esta ceremonia representa el pasaje a la auténtica brujería, es decir, cuando una bruja adquiere la totalidad de sus poderes. Los poderes de una bruja se incrementan automáticamente en ese momento, pero ella debe someterse a una ceremonia en el octavo día para poder liberarlos realmente; si esa ceremonia se salta, la persona perderá para siempre ese poder adicional. El Aquelarre considera que si una madre deseaba que su hija participara de dicha ceremonia, debía encontrar los ingredientes, estudiar los rituales y realizarlos ella misma. Resulta comprensible que muy pocas lo hicieran. Sin embargo, mi madre sí lo hizo así para mí y, cuando llegara el momento, yo haría lo mismo para Savannah.

Me dirigí al sótano. Es una habitación sin tabiques, amplia y sin terminar que ocupa todo el largo de la planta. El extremo más alejado, justo debajo del dormitorio de Savannah, era el lugar que ella había habilitado para sus estudios artísticos. Hasta el momento me había conformado con separar ambos espacios con una simple alfombra mal colgada, pero planeaba poner un tabique para hacerle un cuarto independiente.

En realidad, no entiendo el arte de Savannah. Sus pinturas y cómics sombríos tienden a ser muy macabros. Sus temas comenzaron a preocuparme el pasado otoño, así que lo hablé con Jeremy Danvers, el hombre lobo Pack Alpha, que es el único pintor que conozco. Él examinó los trabajos de Savannah y me dijo que no me preocupara. Yo confío en su juicio y aprecio el aliento y la ayuda que le está dando a Savannah.

El año pasado debió de ser una pesadilla para ella, y Savannah ha demostrado tener tanta fortaleza que a veces me preocupa. Tal vez allí, en esas telas cubiertas con manchones furiosos color carmesí y negro, encuentra el modo de desahogar su dolor. Si es así, entonces yo no debo intervenir, por fuerte que sea la tentación de hacerlo.

* * *

Cuando lanzo hechizos en el sótano, lo hago en la zona del lavado, casi al pie de las escaleras. Así que me instalé en el piso, extendí el Manual frente a mí y comencé a hojear las páginas amarillentas. Poseía dos de esos libros de hechizos, antiguos y con olor a viejo, un olor que, de alguna manera, era a la vez repulsivo y seductor. Esos libros contenían hechizos no aprobados por el Aquelarre, aunque fueran de su propiedad. En verdad, el Aquelarre podía buscarse algún que otro problema al conservar esos libros donde cualquier bruja joven rebelde podía encontrarlos. Pero al Aquelarre no le preocupaba eso. ¿Por qué? Porque, en su opinión, esos hechizos no funcionaban. Y al cabo de tres años de fracasar en mis intentos, mucho me temía que el Aquelarre casi tenía razón.

De los sesenta y seis hechizos contenidos en esos tomos, yo había conseguido lanzar con éxito sólo cuatro, incluyendo un hechizo bola de fuego. Con mi fobia al fuego, ese hechizo en particular me ponía muy nerviosa, pero eso no hacía más que aumentar su atractivo, haciendo que me sintiera mucho más orgullosa de mí misma cuando llegaba a dominarlo. Eso reforzaba mi decisión de aprender a emplear el resto, y me convencía de que lo único que necesitaba hacer era encontrar la técnica adecuada.

Sin embargo, en dos años sólo un hechizo más había dado signos de tener éxito. A veces me preguntaba si el Aquelarre no estaría en lo cierto al afirmar que sólo se trataba de Manuales falsos, conservados como rarezas históricas. Sin embargo, yo no podía dejar de lado esos libros. Había en ellos mucha magia, magia de auténtico poder; hechizos elementales, conjuros, hechizos cuyo significado ni siquiera lograba descifrar. Eso era lo que debería ser la verdadera magia de las brujas, lo que yo quería que fuera.

Estuve trabajando en el hechizo de viento que Savannah había visto mencionado en mi diario de prácticas. Era el hechizo que había dado señales de que con el tiempo podría surtir efecto. En realidad se trataba de un hechizo para asfixiar a una persona, para privarla de oxígeno. Un hechizo letal, sí, pero mi experiencia durante el año anterior me había enseñado que necesitaba tener por lo menos un hechizo letal en mi repertorio, un hechizo para utilizar como último recurso. Ahora, con Leah en la ciudad, lo necesitaba más que nunca.

Después de treinta minutos me di por vencida, sin haber conseguido que funcionase el hechizo. Saber que Savannah se encontraba sola en el piso de arriba, aunque estuviera protegida por hechizos de seguridad, me impedía concentrarme.

Savannah estaba viendo la televisión en el salón. Permanecí un momento junto a la puerta, preguntándome qué programa habría encontrado un domingo por la tarde. Al principio pensé que se trataba de una teleserie. La mujer que llenaba la pantalla parecía una actriz: era una pelirroja voluptuosa de poco menos de cuarenta años a la que le habían puesto gafas y moño en un intento risible de hacerla parecer erudita. Cuando la cámara se alejó, vi que caminaba entre el público con un micrófono sujeto a la blusa y caí en mi error: era un anuncio comercial. Nadie sonríe tanto a menos que se proponga vender algo. A juzgar por la forma en que se «trabajaba» al público presente, casi parecía una reunión de evangelistas. Pesqué algunas frases sueltas y comprendí que lo que vendía era una clase diferente de seguridad espiritual.

– Estoy percibiendo a un hombre mayor -decía la mujer-. Algo así como una figura paterna, pero que no es tu padre. Un tío, quizá un amigo de la familia.

– Oh, por favor -dije-. ¿Cómo puedes ver esta porquería?

– No es una porquería -se molestó Savannah-. Es Jean Vegas. Es la mejor.

– Es un fraude, Savannah. Un truco.

– No, no lo es. Ella realmente puede hablar con los muertos. Hay otro tipo que también lo hace, pero el estilo de Jean es mejor.

En la pantalla apareció un anuncio. Savannah cogió el mando a distancia del vídeo y pulsó el botón para pasar rápido.

– ¿Lo tienes grabado? -pregunté.

– Por supuesto. Jean no tiene su propio programa de televisión. Dice que prefiere viajar por todas partes, conocer gente, pero en El Programa de Keni Bales aparece todos los meses y yo la grabo.

– ¿Desde hace cuánto tiempo?

Se encogió de hombros.

– Mira, querida -dije entrando en la habitación-, es un fraude, ¿no lo entiendes? Escúchala. Hace conjeturas con tanta rapidez que nadie nota si se equivoca o no. Las preguntas son tan abiertas… ¿Has escuchado la última? Ha dicho que tenía un mensaje para alguien cuyo hermano murió en los últimos años. ¿Qué posibilidades hay de que entre el público alguien haya perdido recientemente a un hermano?

– Tú no lo entiendes.

– Sólo un nigromante es capaz de establecer contacto con el otro mundo, Savannah.

– Apuesto a que nosotras podríamos hacerlo si lo intentáramos. -Giró la cabeza para mirarme-. ¿Nunca se te ha ocurrido? ¿Contactar con tu madre?

– La nigromancia no funciona así. No es como si se pudiera grabar a los muertos.

Entré en la cocina y descolgué el teléfono. La visita de Lucas Cortez había tenido un resultado positivo en la medida en que me recordó mis preguntas acerca de las Camarillas, y eso, a su vez, me recordó que Robert no me había devuelto mi llamada. No era propio de él no hacerlo, así que repetí la misma rutina de llamar a su casa, a su oficina y revisar mis correos electrónicos. Sin embargo, una vez más no obtuve respuesta, por lo que comencé a preocuparme. Ya eran casi las cuatro… Llamé de nuevo al número del trabajo de Adam, aunque dudaba que el bar del campus estuviera abierto a la una de la tarde. Tonta de mí… Por supuesto que estaba abierto.

Cuando hablé con uno de los empleados me enteré de que Adam se había ausentado una semana para asistir a una conferencia. Entonces recordé algo… Volví al ordenador, revisé mi correo electrónico más reciente y encontré uno de dos semanas antes en el que Adam mencionaba que iría con sus padres a una conferencia sobre el papel de la glosolalia en el movimiento carismático. No porque a Adam le importaran lo más mínimo los carismáticos o la glosolalia (término que quiere decir «hablar en distintas lenguas»), sino porque la conferencia se realizaba en Maui, un lugar que poseía una cuota mayor de atracciones para un individuo de veinticuatro años. Las fechas de la conferencia eran del 12 al 18 de junio. Hoy era 16 de junio.

Pensé en tratar de localizarlo en Maui. Ni Robert ni Adam tenían móvil; Robert no creía en ellos y el servicio de Adam había sido cancelado por impago de la última cuenta. Para ponerme en contacto con ellos necesitaría llamar a la conferencia en Hawai y dejar un mensaje. Cuanto más lo pensaba, más tonta me sentía. Robert estaría de vuelta dentro de dos días. Y detestaría que se pensara que me había entrado un ataque de pánico. Lo único que podía contarle eran mis temores, nada más. Podía esperar.

* * *

La visita de Lucas Cortez me había ayudado a recordar dos cosas que necesitaba hacer. Además de comunicarme con Robert, tenía que conseguir un abogado. Aunque no había vuelto a tener noticias del policía, y dudaba que las tuviera en el futuro, realmente debería tener a mano el nombre de un letrado por si llegaba a necesitarlo.

Llamé a la abogada de Boston que llevaba los asuntos legales de mi negocio. Aunque ella sólo se ocupaba de cuestiones comerciales, debería poder proporcionarme el nombre de otro abogado capaz de manejar un caso de custodia o, si era preciso, de un caso penal. Era domingo, así que no había nadie en la oficina. Dejé un mensaje bien detallado en su contestador preguntándole si me podía llamar el lunes con una recomendación.

Después me dirigí a la cocina, tomé un libro de recetas y busqué algo que pudiera preparar para la cena. Mientras repasaba las distintas posibilidades, Savannah entró en la cocina, tomó un vaso del estante y se sirvió leche. La puerta del armario chirrió al abrirse. Después se oyó el crujido de una bolsa.

– Nada de galletitas a esta hora -dije-. La cena estará lista dentro de treinta minutos.

– ¿Treinta minutos? No puedo esperar… -Se paró-. ¿Paige?

– ¿Sí? -Miré por encima del libro y la vi espiando por la puerta de la cocina en dirección a la ventana del salón.

– ¿Se supone que debe haber gente acampando en nuestro jardín delantero?

Mi incliné para mirar por la ventana y luego cerré el libro y me encaminé a la puerta.

Ni en el infierno hay furia como la de un cincuentón despechado

Abrí resueltamente la puerta principal y salí al porche. Una videocámara giró para darme la bienvenida.

– ¿Qué está pasando? -pregunté.

El hombre de la videocámara dio un paso atrás para encuadrarme en su visor. No, no era un hombre, sólo un chico, tal vez de diecisiete o dieciocho años. Junto a él estaba otro muchachito de más o menos la misma edad, bebiendo Gatorade. Los dos vestían de negro y con ropa varias tallas más grandes, con camisetas enormes y gorras de béisbol echadas hacia atrás, botas de combate y pantalones caídos casi hasta los pies.

En el extremo opuesto del jardín, lo más lejos posible de los jóvenes cinéfilos, dos mujeres de mediana edad se encontraban de pie ataviadas con vestidos propios de maestras de escuela antiguas confeccionados con feas telas estampadas. A pesar del día caluroso de junio, las dos usaban rebecas desgastadas de tanto lavado. Cuando me di la vuelta para mirar a las mujeres, dos hombres cincuentones salieron de una furgoneta aparcada muy cerca, los dos con trajes grises de una talla que no era la suya y tan gastados como los vestidos de las mujeres. Se acercaron a ellas y las flanquearon, como para proporcionarles protección.

– Allí está ella -susurró una de las mujeres con voz bastante alta a sus compañeros-. La pobrecita.

– Por favor -dije-, no pasa nada- Aprecio el apoyo que me dan, pero…

Callé al darme cuenta de que no me miraban a mí. Me di la vuelta y vi a Savannah junto a la puerta.

– Está bien, preciosa-gritó un hombre-. No te asustes. Estamos aquí para ayudarte.

– ¿Para ayudarme? -Preguntó ella entre mordisco y mordisco a un bizcocho-. ¿Ayudarme a qué?

– Ayudarte a salvar tu alma inmortal.

– ¿Eh?

– No temas -intervino la segunda mujer-. No es demasiado tarde. Dios sabe que eres inocente, que te han llevado a pecar contra tu voluntad.

Savannah puso los ojos en blanco.

– Oh, por favor. ¡Llévensela de aquí!

Empujé a Savannah hacia el interior de la casa, cerré la puerta y me quedé fuera.

– Miren -dije-, no es mi intención negarles su libertad de expresarse, pero no pueden…

– Sabemos lo de la Misa Negra -dijo el muchachito sin la cámara-. ¿Podemos verla?

– No hay nada que ver. Fue una broma macabra, eso es todo.

– ¿Realmente mató usted a un par de gatos? ¿Los desolló y los cortó en pedacitos?

– Alguien mató tres gatos -expliqué-. Y espero que encuentren a la persona responsable.

– ¿Qué me dice del bebé? -preguntó su amigo, el de la cámara.

– ¿El bebé?

– Sí. He oído decir que encontraron partes que no pudieron identificar y que piensan que pertenecen al bebé que desapareció de Boston y…

– ¡No! -Grité, y mi voz sonó punzante en el silencio de la calle-. Encontraron gatos, nada más. Si quieren obtener más información, les sugiero que se pongan en contacto con la policía de East Falls o la policía estatal, porque yo no tengo nada más que añadir. Mejor aún, ¿qué les parece si yo misma llamo a la policía y los acuso de allanar mi propiedad? Porque así se llama esto, como sin duda saben.

– Debemos hacer lo que nuestra conciencia nos dicta -dijo el segundo hombre con la voz grave de un orador-. Nosotros representamos a la Iglesia de la Salvación Bendita de Cristo y nos hemos comprometido a luchar contra el mal en todas sus formas.

– ¿En serio? -le interrumpí-. Entonces deben de tener la dirección equivocada. Aquí no hay ningún mal. Prueben en algún otro lugar. Estoy segura de que encontrarán algo que valga la pena denunciar.

– Ya lo hemos encontrado -dijo una de las mujeres-. La Misa Negra. Una perversión del rito más sagrado de la Cristiandad. Sabemos lo que esto significa. Y otros también lo sabrán y también vendrán y se unirán a nosotros.

– ¿Ah sí? Caramba, lástima que se me hayan terminado el café y las rosquillas para tanto invitado. Detesto ser una mala anfitriona.

El jovencito dejó caer la videocámara. Cuando se tambaleó hacia adelante, levanté la vista y vi a Savannah espiando por entre las cortinas. Me sonrió y después levantó una mano y el muchachito se sacudió hacia atrás y cayó sobre el césped.

– Eso no tiene nada de gracioso -dije y fulminé con la mirada al adolescente mientras luchaba por ponerse de pie-. No pienso quedarme aquí parada y que alguien se mofe de mí cayéndose de culo. Si tienes algo que decirme, habla con mi abogado.

Entré en la casa hecha un basilisco y di un portazo.

Savannah estaba tendida en el sofá, muerta de risa.

– Estuviste fantástica, Paige.

Crucé la habitación y corrí las cortinas.

– ¿Qué demonios crees que estabas haciendo?

– Oh, ellos no se dieron cuenta de que fui yo. Por favor, sonríe un poco. -Espió por debajo de las cortinas. -Ahora se está mirando los cordones de los zapatos, como si se hubiera tropezado con ellos o algo así. Los humanos son tan estúpidos.

– Deja de decir eso. Y aléjate de esa ventana. Me propongo no prestarles atención y preparar la cena.

– ¿No comemos afuera?

– ¡No!

Terminamos saliendo a comer.

Y no fue porque Savannah me hubiera insistido. Mientras descongelaba el pollo para la cena no hacía más que pensar en la gente que estaba en mi jardín y, cuanto más pensaba en ellos, más me enfadaba. Y cuanto más me enfurecía, más decidida estaba a no permitir que ellos me trastornaran… o, por lo menos, a que no supieran que me habían trastornado. Si yo quería salir a comer, no me lo impedirían. En realidad, no tenía ganas de comer fuera, pero una vez que tomé la decisión, la mantuve sin vacilar, aunque sólo fuera para dejar bien clara mi actitud.

Nadie hizo nada para evitar que subiésemos al coche. Los adolescentes filmaron nuestra salida, como si esperaran que mi coche se transformara en un palo de escoba y levantáramos el vuelo. Los salvacionistas ya se habían retirado a su furgoneta antes de que llegáramos a la esquina. Seguro que nuestra escapada les vino muy bien para poder sentarse.

Savannah decidió que quería comprar comida para llevar en el Golden Dragón. Ese restaurante chino local era gestionado por Mabel Higgins, quien jamás había puesto un pie fuera de Massachusetts en toda su vida y, a juzgar por su manera de cocinar, jamás había abierto un libro de cocina asiática. Su idea de la cocina china era, básicamente, el chop suey norteamericano: macarrones y carne picada. Por desgracia, aparte de la pastelería, el Golden Dragón era el único restaurante en East Falls. La pastelería cerraba a las cinco, así que no me quedó más remedio que comprar también la cena en el Golden Dragón. Decidí pedir arroz blanco. Ni siquiera Mabel era capaz de arruinar un plato tan sencillo como ése.

Aparqué en la calle. En East Falls, casi todos los coches aparcan junto a la acera, sobre todo en el centro de la ciudad, donde todos los edificios son anteriores a la era del automóvil. Yo nunca llegué a dominar el aparcamiento en paralelo -prefiero caminar una manzana antes que intentarlo-, así que dejé el coche en un lugar vacío frente al supermercado, que también cerraba a las cinco.

– ¿No podrías haber aparcado un poco más cerca? -Protestó Savannah-. Estamos como a un kilómetro y medio del restaurante.

– Más bien a unos cien metros. Vamos, baja del coche.

Soltó un rosario de quejas, reproches y gimoteos, como si le estuviera pidiendo que recorriera más de treinta kilómetros en mitad de una nevada.

– Espera aquí, entonces -dije-. ¿Qué quieres que te traiga?

Me dio su pedido. Después le advertí que la encerraría en el coche, y así lo hice, tanto con el mando a distancia del automóvil como con hechizos.

* * *

Cuando regresaba al coche, me fijé en un 4 x 4 aparcado justo detrás de mi coche y aceleré la marcha. Sí, estaba paranoica. Sin embargo, como no había ningún otro vehículo estacionado en por lo menos media docena de espacios con respecto al mío, me pareció extraño, incluso alarmante. Mientras corría hacia mi coche, vi la cara del conductor del 4x4. No era Leah. Tampoco era Sandford.

Era Grantham Cary hijo.

– Fantástico -farfullé.

Reduje el paso y saqué las llaves de la cartera. En voz baja anulé los hechizos con que había protegido el automóvil y después accioné el control remoto para poder subir al coche sin detenerme el tiempo suficiente para que él se me acercara. Cuando estuve casi al lado del vehículo oí el ruido sordo del motor de su coche. Mantuve la vista fija en el mío, atenta al sonido de la puerta del suyo que se abría. En cambio, oí el golpeteo de su transmisión cuando él desplazó la palanca de cambios.

– Bien -me dije-, sigue adelante.

Por el rabillo del ojo lo vi retroceder para salir de su aparcamiento. Después avanzó hacia adelante, siempre hacia adelante, hasta estrellarse contra mi coche. Savannah salió volando contra el salpicadero.

– ¡Hijo de puta! -grité, dejé caer la bolsa con la comida para llevar y eché a correr hacia el vehículo.

Cary giró y aceleró a fondo.

Corrí hacia la puerta del acompañante y la abrí de par en par. Adentro, Savannah trataba de detener con las manos la hemorragia de su nariz.

– Estoy bien -dijo-. Sólo me he golpeado la nariz.

Tomé un puñado de pañuelos de papel de la caja que había detrás de su asiento y se los pasé, y después le examiné el puente de la nariz. No me pareció que se lo hubiera roto.

– Estoy bien, Paige. En serio. -Se miró la camiseta con manchas de sangre-. ¡Mierda! ¡Mi camiseta nueva de Gap! ¿Te has fijado en el número de la matrícula? Ese tipo va a tener que pagarme la camiseta.

– Va a tener que pagar mucho más que tu camiseta. Y no necesito tener el número de su matrícula. Sé quién era.

Saqué el teléfono móvil, llamé a la operadora y pedí que me pusiera con la policía.

– No dudo que haya sido Cary -dijo Williard-. Lo que te pregunto es si puedes probarlo.

De los tres asistentes del sheriff de East Falls, Travis Willard era el que yo esperaba que mandaran. Era el asistente más joven de la ciudad -apenas unos años mayor que yo- y el más agradable del grupo. Su esposa Janey y yo habíamos participado juntas en varias asociaciones benéficas, y era una de las pocas personas de la ciudad que me hacía sentir a gusto en ella. Ahora, sin embargo, comencé a dudar de si era realmente sensato llamar a la policía.

Willard se sentó conmigo en mi coche, y todos los que pasaban junto a nosotros se fijaban y nos observaban. Apenas doce horas antes la policía había encontrado un altar satánico detrás de mi casa y, sin duda, esa noticia se había propagado por la ciudad antes del mediodía. Ahora, al verme hablando con un policía, era evidente que volverían a correr rumores con nuevas especulaciones. Como si eso ya no fuera suficientemente malo, comencé a caer en la cuenta de que acusar a un miembro respetado de la ciudad de haberme golpeado con su coche para darse después a la fuga no resultaba nada fácil de creer.

– Alguien debe de haberlo visto -dijo Savannah-. Había gente alrededor.

– Y ninguna de esas personas se quedó cerca para cumplir con su deber cívico -agregué-. Pero se necesitan pruebas… No causó un gran destrozo, pero sí que ha rayado la pintura de mi coche. ¿No puedes revisar su 4 x 4?

– Sí puedo -respondió Willard-. Y si llego a encontrar pintura plateada en su parachoques puedo pedirle al sheriff Fowler que solicite una prueba de laboratorio y él se reirá en mi cara. No intento ponértelo difícil, Paige. Lo que te sugiero es que quizá ésta no es la manera en que debes llevar este asunto. He oído que ayer tuviste una discusión con Cary en la pastelería.

– ¿Ah sí? -Dijo Savannah-. ¿Qué sucedió?

Willard giró la cabeza hacia el asiento de atrás y le pidió que se bajara un momento del coche. Cuando lo hubo hecho, él volvió a mirarme.

– Sé que fue contra ti. Ese tipo es un… -Willard se detuvo y sacudió la cabeza-. Trata de tirarse a todas las chicas bonitas que hay en la ciudad. Si hasta intentó seducir a Janey cuando ya estábamos casados. Yo podría haberle… -Otra vez sacudió la cabeza-. Pero no lo hice. No hice nada. Algunas cosas acarrean más problemas de lo que valen.

– Lo entiendo, pero…

– No te preocupes por el coche. Para tu compañía de seguros lo registraré como un choque cuyo autor se dio a la fuga. Y es posible que le haga una visita a Cary y le dé a entender que debería pagar los daños.

– No me importan esos daños… Sólo es un coche. Lo que me cabrea es el hecho de que Savannah se encontrara dentro. Podría haber salido volando por el parabrisas.

– ¿Crees que Cary sabía que ella estaba allí?

Vacilé un momento y después negué con la cabeza.,

– Eso es lo que también supongo yo -dijo Willard-. No podría haberla visto por encima del asiento. Pasaba por aquí, vio tu coche y aparcó detrás pensando que estaba vacío. Cuando te vio caminar hacia el vehículo, se estrelló contra la parte de atrás de tu coche. Un tarado, como te dije. Pero no lo es tanto como para hacer daño a propósito a una cría.

– De modo que no harás nada.

– Si insistes, tendré que presentar un informe, pero te advierto que…

– Está bien. Lo comprendo.

– Lo lamento, Paige.

Me puse el cinturón de seguridad y le hice señas a Savannah de que subiera al coche.

Siguiente parada: el 52 de Sprice Lañe, hogar del señor y la señora Grantham Cary hijo.

Los Cary vivían en una de las mejores casas de East Falls. Era una de las cinco etapas del paseo anual entre jardines de East Falls. No porque su jardín fuera espectacular; de hecho era bastante vulgar y ella tendía a podar en exceso los arbustos y a cultivar rosas con nombres de fantasía y ninguna fragancia. No obstante, cada año la finca participaba del recorrido, y cada año la gente de East Falls pagaba su entrada para recorrer la casa y sus jardines. ¿Por qué? Porque cada año Lacey contrataba a un decorador de primera línea para que redecorara una habitación de la casa, que entonces establecía el estándar de esa temporada para el diseño de interiores en East Falls.

– ¿Te parece una buena idea? -preguntó Savannah.

– Nadie lo va a hacer por nosotras.

– Mira, estoy a favor de patearle el trasero a ese individuo, pero hay otras maneras, y lo sabes. Mejores maneras. Yo podría lanzarle un hechizo que…

– Nada de hechizos. No quiero venganza. Lo que quiero es justicia.

– Un buen hechizo de piojos sería justicia.

– Quiero que él sepa lo que hizo.

– Entonces le mandaremos una postal que diga: «piojos por cortesía de Paige y Savannah».

Subí los escalones del porche y estrellé la aldaba en forma de querubín contra la puerta de madera. En el interior de la casa se oyeron unos pasos. Una cortina se movió. Una serie de voces murmuraron algo. Entonces Lacey abrió la puerta.

– Me gustaría hablar con Grantham, por favor -saludé con toda la cortesía que fui capaz de demostrar.

– No está aquí.

– ¿Ah, no? Qué extraño. Veo su 4 x 4 en el jardín. Parece que se le ha rayado el parachoques delantero.

El rostro quirúrgicamente estirado de Lacey permaneció imperturbable.

– Yo no sé nada de eso.

– Mira, por favor, ¿podría hablar con él? Esto no tiene nada que ver contigo, Lacey. Sé que está aquí. Este es su problema. Deja que él le haga frente.

– Voy a tener que pedirte que te vayas de aquí.

– Ha estrellado su coche contra el mío. A propósito. Savannah estaba dentro.

Ni un asomo de reacción.

– Voy a tener que pedirte que te vayas ya mismo.

– ¿Me has oído? Grantham se estrelló contra mi coche.

– Te equivocas. Si lo que intentas es hacer que nosotros paguemos los daños…

– ¡No me importa el coche! -Exclamé mientras arrastraba a Savannah cerca de esa mujer mostrándole su nariz y su camiseta ensangrentadas-. ¡Este es el daño que me importa! Ella apenas tiene trece años.

– A los chicos les sangra la nariz todo el tiempo. Si te propones llevarnos a juicio…

– ¡No quiero demandaros! Quiero que él venga y vea lo que ha hecho. Eso es todo. Sácalo de ahí adentro para que yo pueda hablarle.

– Tendré que pedirte que te vayas de mi casa.

– Deja de protegerlo, Lacey. No se lo merece. Ese hombre no hace más que acosar…

No seguí. Mi problema era con Grantham, no con Lacey, y por mucho que me hubiese gustado decirle a Lacey a qué otra cosa se dedicaba su marido, no era justo. Además, lo más probable era que ella ya lo supiera. No podía rebajarme a algo tan mezquino y tan rastrero como aquello.

– Dile que esto no ha terminado -añadí y después me di media vuelta y bajé por los escalones del porche.

Al acercarme al coche me di cuenta de que Savannah no estaba detrás de mí. Giré y la vi frente a la casa. En el interior, las luces se encendían y se apagaban. El televisor atronaba con su sonido, se apagaba y luego volvía a atronar.

– ¡Savannah! -mascullé entre dientes.

Una de las cortinas del piso principal se abrió y Lacey espió nuestra marcha. Savannah levantó la vista y movió los dedos. Después corrió hacia mí.

– ¿Qué crees que estás haciendo? -le pregunté.

– Sólo una advertencia -sonrió-. Una advertencia amistosa.

* * *

Cuando llegamos a casa, los adolescentes filmaban el gato negro de mi vecino. No les presté atención y metí el coche en el garaje.

Mientras Savannah volvía a calentar su cena, escuché los mensajes del contestador y devolví las llamadas a varias amistades de Boston que habían visto en los informativos lo que me había pasado. ¿Mi altar satánico había aparecido en los telediarios de Boston? Cada una de esas personas me aseguró que sólo se había tratado de una mención al cambiar un canal, pero eso no me hizo sentir mejor.

Los adolescentes se fueron a las diez menos cuarto, probablemente a la hora de su toque de queda. El cuarteto de los de más edad se quedó, turnándose para sentarse en la furgoneta y montando guardia en mi jardín. No llamé a la policía; eso solo habría logrado despertar más atención hacia mi persona. Si yo no reaccionaba, los salvacionistas muy pronto se cansarían lo suficiente como para volver a sus casas, dondequiera que estuvieran.

Me fui a acostar a las once. Sí, triste pero cierto. Yo era joven, soltera y me acostaba a las once de un sábado por la noche, como lo había hecho casi todas las noches durante los últimos nueve meses. Desde la llegada de Savannah he tenido que luchar para mantener incluso a mis amistades. Salir con hombres queda descartado; Savannah es muy celosa de mí tiempo y de mi atención. O, dicho más exactamente, no le gusta no tenerme cerca cuando se le antoja. Como he dicho, la estabilidad era una de las pocas cosas que yo podía ofrecerle, así que no intenté cambiar nada en ese aspecto.

Antes de acostarme, espié a través de la cortina de la ventana. Dos hombres seguían de pie en el jardín delantero, con dos mujeres en un automóvil cercano, pero tanto los rostros como el vehículo habían cambiado. ¿Se iban relevando? Maravilloso.

Esa noche pasé demasiado tiempo reflexionando acerca de Cary. Como si enfrentarme a una batalla por una custodia y a un altar satánico no fuera suficiente, ahora me acechaba un abogado en plena crisis de la madurez. ¿Qué hacía yo para meterme en todos estos líos? Quizá humillar públicamente a Cary no era la mejor idea que había tenido jamás, pero ¿cómo iba a adivinar que él se vengaría como un muchachito de dieciséis años, rechazado por una chica en el baile de gala del colegio?

Estaba también Travis Willard. Willard me gustaba, y eso hacía que su actitud de escurrir el bulto me resultara mucho más grave. Si él no podía apoyarme contra Cary, ¿entonces quién lo haría? Yo podría alegar que East Falls era una ciudad pequeña típica, insular y protectora, pero crecí en una comunidad pequeña y aquello no se parecía a lo que sucedía aquí. Si tan sólo las Hermanas Mayores me dieran permiso para marcharme… Pero eso me llevaba a una nueva línea de pensamientos y ya había tenido suficiente como para que mis cavilaciones me duraran toda la noche.

* * *

Todo estaba tranquilo a la mañana siguiente; nada sorprendente, porque era domingo y estábamos en East Falls. A las nueve de la mañana sonó el timbre del teléfono. Me fijé en el identificador de llamadas: ponía PRIVADO. Cuando alguien evita que se vea su identidad, es bastante probable que no se trate de alguien con quien uno desea hablar.

Dejé que el contestador registrara su llamada y puse la tetera sobre el fuego. El que llamaba cortó la comunicación.

Diez minutos después, el teléfono volvió a sonar. Otro vez una persona misteriosa. Bebí mi té y esperé que colgara. En cambio, el que llamaba me dejó un mensaje que parecía enviado desde un móvil.

– Paige, soy Grant. Quiero hablar contigo sobre lo de anoche. Estaré en la oficina a las diez.

Cogí el auricular, pero él ya había colgado. Barajé mis opciones; después tiré el resto de mi té al fregadero y avancé por el pasillo hacia el dormitorio de Savannah.

– ¿Savannah? -Llamé a la puerta-. Es hora de levantarse. Tenemos que hacer unos recados.

Volando por el aire con toda facilidad

Cuando llegamos a la oficina de Cary, la recepción se encontraba desierta. No me sorprendió en absoluto; dudo mucho que Cary quisiera que Lacey oyera esta conversación. Nuestras pisadas resonaron mientras cruzábamos el suelo de madera.

– ¡Hola! -Saludó la voz de Cary desde su oficina del primer piso-. ¡Enseguida estoy con ustedes!

Enfilé hacia las escaleras, seguida de cerca por Savannah. Un crujido de papeles se oyó en la oficina de Cary, seguido por el chirrido de su sillón.

– Lo lamento -dijo, todavía oculto de mi vista-. Me temo que no hay recepcionista los domingos. Mi esposa no… -Salió de su oficina y parpadeó-. ¿Paige? ¿Savannah?

– ¿A quién esperabas?

Volvió a desaparecer en su oficina. Le seguí y le hice señas a Savannah de que hiciera lo mismo.

– A un nuevo cliente -respondió Cary-. Pero no vendrá hasta las diez y media, así que supongo que puedo concederos algunos minutos. Lacey me dijo que anoche pasasteis por casa. Al parecer estrellé mi coche contra el tuyo en la calle State. Sí, fui al centro para recoger algo de la tintorería. No puedo decir que recuerde haber chocado contra nada, pero sí vi un raspón en el parachoques delantero. Por supuesto, lamento muchísimo…

– Basta de gilipolleces. Sabes perfectamente qué hiciste. Si me llamaste y me hiciste venir para ponerme excusas, no quiero escucharlas.

– ¿Yo te llamé y te hice venir? -Frunció el entrecejo mientras se instalaba en su sillón. Estudié su cara en busca de alguna señal de encubrimiento, pero no hallé ninguna.

– Tú no me llamaste, ¿verdad? -dije por fin.

– No, yo… bueno, desde luego, iba a llamarte…

– ¿Dónde está Lacey?

Las arrugas de su frente se hicieron más profundas.

– En la iglesia. Esta semana le toca ayudar al reverendo Meachan a prepararlo todo.

– Es una trampa -murmuré. Miré a Savannah-. Tenemos que salir de aquí. Ya.

– ¿Qué está sucediendo? -preguntó Cary y se puso de pie.

Empujé a Savannah hacia la puerta, pero después lo pensé mejor y la situé detrás de mí antes de seguir avanzando. Ella se agarró de mi brazo.

– Ten cuidado -murmuró.

Correcto. Salir disparadas hacia la puerta probablemente no era la mejor idea. Yo tenía muy poca experiencia en echar a correr y luchar por mi vida. Savannah ya tenía demasiada.

Después de colocar a Savannah a mis espaldas, avancé muy lentamente hacia la puerta, me apreté contra la pared y espié hacia el corredor. Estaba vacío.

– ¿Pasa algo? -preguntó Cary.

Tomé a Savannah de la mano. Arrastrándola tras de mí, me aventuré a salir al corredor. Fuimos caminando de lado a lo largo de la pared en dirección a la escalera. A mitad de camino me detuvo y escuché. Silencio.

– ¿Tenéis algún problema? -La voz de Cary flotó desde su oficina y resonó en el pasillo.

Me deslicé de nuevo hacia la oficina y cerré la puerta; después lancé un hechizo de cerrojo para trancarlo desde dentro. No necesitaba haberme molestado. Era obvio que Cary no tenía ninguna intención de arriesgar el pescuezo, y eligió en cambio quedarse sentado detrás del escritorio y hacerse el tonto.

El corredor estaba flanqueado por hileras de puertas cerradas, con las escaleras a lo largo de la pared izquierda. Hice señas a Savannah para que me siguiera, atravesé el pasillo con rapidez y me di la vuelta para que mi espalda quedara contra la otra pared. De nuevo me deslicé de lado, esta vez deteniéndome a sesenta centímetros de la escalera.

– Aguarda -me susurró Savannah.

Le pedí por señas que se callara y me incliné hacia la escalera. Savannah se cogió de mi manga y me tiró hacia atrás y después me hizo señas de que me agachara o me inclinara antes de mirar hacia afuera. Está bien, tenía sentido, en lugar de asomar la cabeza exactamente en el lugar en que alguien esperaría verla. Me acurruqué y miré hacia abajo por el hueco de la escalera. Vacía. Escruté la sala de espera del piso de abajo. También vacía. A un metro y medio de la base de la escalera estaba mi meta: la puerta principal.

Cuando me eché hacia atrás alcancé a vislumbrar un reflejo de luz de sol, me paralicé y volví a mirar. La puerta estaba abierta unos tres centímetros o más. ¿Savannah la había dejado abierta cuando entramos?

La miré.

– Cúbrete -le susurré en voz muy baja.

Los labios de Savannah se tensaron y el desafío brilló en sus ojos. Antes de que tuviera tiempo de abrir siquiera la boca, la miré a los ojos.

– Cúbrete ahora -le dije.

Otro resplandor de furia; después, bajó los párpados. Sus labios se movieron y, cuando terminaron de hacerlo, había desaparecido. Era invisible. Siempre y cuando no se moviera, nadie podría verla. Hice una pausa de un segundo para asegurarme de que seguía estando a cubierto y después salí a la escalera.

Descender me llevó una eternidad. Un paso abajo, pausa, escuchar, agacharme y mirar, otro paso abajo. Bajar por una escalera es más peligroso de lo que os imagináis. Si esa escalera está encerrada, como lo estaba ésta, entonces alguien de pie en el nivel inferior la vería a una mucho antes de que una pudiera verlo. Por eso necesitaba detenerme, agacharme y mirar. Eso me hacía sentir más segura, aunque dudo que me hubiera salvado si alguien me esperaba abajo con una pistola en la mano.

En realidad, a mí no me preocupaban demasiado las armas de fuego; los sobrenaturales no suelen usarlas. Si Leah estaba allí abajo, era más probable que empleara telequinesis para controlar los pies que me sostenían y arrastrarme hacia abajo por las escaleras, rompiéndome la columna para que siguiera viva, pero quedara tendida en el suelo, paralizada, cuando ella me aplastara con un mueblearchivo que volase por el aire. Mucho mejor que un simple tiro. Desde luego.

Cuando finalmente llegué abajo, me lancé hacia el pomo de la puerta. Lo agarré, tiré de él… y casi me di de cara contra el cristal cuando la puerta no se movió. Cuando recuperé el equilibrio miré en todas direcciones y volví a tirar del pomo. Nada. La puerta seguía entreabierta unos tres centímetros pero ni se abría ni se cerraba. ¿Un hechizo de barrera? No lo parecía, pero por si acaso lancé un conjuro que rompe las barreras. No sucedió nada. Aferré el borde de la puerta. Mis dedos pasaron a través del espacio sin ninguna resistencia, pero no logré abrirla. Lancé un hechizo para abrirla. Nada.

Tenía plena conciencia del paso del tiempo, de haberme convertido en un blanco fácil al estar allí parada, a plena vista de todos, tirando de la puerta, mientras Savannah permanecía escondida en el pasillo del piso de arriba, sin duda perdiendo la paciencia. Después de un último intento de romper hechizos, apoyé la espalda contra la pared para recuperar el aliento.

Estábamos atrapadas. Realmente atrapadas. Ahora en cualquier momento, Leah y Sandford y sólo Dios sabía qué otra clase de sobrenaturales llegarían y nosotras…

¡Por el amor de Dios, Paige, reacciona! La puerta delantera está atrancada. ¿Y qué? ¿Qué me dices de las otras puertas? ¿Qué me dices de las ventanas?

Alcancé a vislumbrar luz de sol a través de la puerta que había detrás del escritorio de Lacey. Manteniéndome siempre cerca de la pared, avancé algunos pasos hacia la izquierda para poder ver a través del marco de la puerta. Conducía a una amplia sala de reuniones, detrás de la cual había una larga serie de puertas que daban al patio.

Me agaché y atravesé la habitación como una exhalación. Después fui avanzando muy lentamente a lo largo de la pared opuesta en dirección a la puerta. Al deslizarme en la otra habitación, una sombra cruzó el piso iluminado por la luz del sol. Me escondí detrás de un sillón sin animarme casi a respirar, sabiendo que ese sillón no era un buen escondite porque no me ocultaba del todo. Entonces lancé un hechizo de protección.

La sombra volvió a moverse sobre el suelo. ¿Acaso ya me habían descubierto? Miré hacia la izquierda, procurando mover solamente los ojos. La sombra regresó. Al darme cuenta de que era demasiado pequeña para pertenecer a una persona, levanté la vista y vi hojas que se mecían con el viento justo del otro lado de las puertas que daban al patio.

Cuando comenzaba a salir de detrás del sillón oí pasos en la entrada. Volví a ocultarme y lancé otro hechizo de protección. Los pasos giraron hacia la izquierda, se alejaron, regresaron, se dirigieron al extremo derecho, prácticamente se desvanecieron y luego volvieron. Sin duda revisaban las habitaciones. ¿Ahora vendrían hacia mí? Sí… No… Se detuvieron. Un ruido de zapatos que caminaban rápidamente. Pasos que se hacían cada vez más fuertes.

Cerré los ojos y preparé un hechizo de bola de fuego. Cuando una forma se movió a través de la puerta, lancé la bola. Una esfera encendida voló desde el cielo raso. Me tensé, lista para echar a correr. Cuando la bola cayó, la intrusa pegó un grito y levantó los brazos para protegerse. Al ver su cara, corrí desde mi escondite y la saqué de la trayectoria de la bola de fuego. Las dos caímos juntas al suelo.

– Me prometiste enseñarme ese hechizo -dijo Savannah al soltarse de mis brazos.

Le tapé la boca con una mano, pero ella la apartó.

– Aquí no hay nadie -dijo-. Lancé un hechizo sensor.

– ¿Dónde lo has aprendido?

– Tu madre me lo enseñó. Es de cuarto nivel… Tú no puedes hacerlo. -Calló y después agregó algo a manera de consuelo-: Todavía.

Inspiré profundamente.

– Está bien. Bueno, la puerta delantera está atrancada, así que pensaba intentarlo con éstas -dije e indiqué las que daban al patio-. Es probable que también estén atrancadas, pero podríamos romper los cristales.

Una vez más avanzamos pegadas a la pared por si alguien de afuera estaba mirando hacia adentro. Cuando llegué a las puertas miré fuera. El patio se abría a un pequeño jardín, pero sin césped, cubierto con ladrillos rodeados de plantas perennes. Al extender la mano para coger el pomo, una sombra osciló a lo largo del cerco de tejos que había en el extremo más alejado del patio. Pensé que se trataba de otra rama de árbol que se mecía con el viento y di un paso adelante.

Leah se encontraba de pie junto a los arbustos. Levantó una mano y nos saludó.

Cuando me giré hacia Savannah, el tiempo pareció detenerse y lo vi todo a cámara lenta. Leah levantó las dos manos e hizo un ademán hacia sí misma, como invitándonos a acercarnos a ella, pero su mirada estaba enfocada en algo que había por encima de nuestras cabezas. Después vino aquel ruido de cristales rotos. Y el grito.

Me lancé hacia Savannah y las dos caímos al suelo. Cuando rodábamos, una forma oscura se desplomó en picado hacia afuera, hacia el suelo. Lo que vi primero fue el sillón -el sillón de Cary-, que caía como una roca. No, más rápido que una roca, volaba a tanta velocidad que se golpeó contra los ladrillos antes de que mi cerebro hubiera procesado la imagen de su caída. Mentalmente seguía viendo el sillón en el aire, inclinado hacia atrás, con Cary sentado en él, con los brazos y las piernas extendidos hacia afuera por la fuerza, la boca abierta, gritando. Todavía podía oír ese grito flotando en el aire cuando el sillón se estrelló contra los ladrillos y una lluvia de gotas de sangre se diseminó hacia afuera.

Cuando levanté la cabeza, Leah vio mi mirada, sonrió, saludó con la mano y se alejó.

Me puse de pie de un salto y corrí hacia las puertas del patio, que se abrieron sin la menor resistencia. Mientras corría hacia Cary sabía que era demasiado tarde. La fuerza del impacto, esa horrible lluvia de sangre. A sesenta centímetros de él me frené en seco, me doblé en dos y tuve arcadas.

Grantham Cary hijo había caído del sillón y se encontraba tendido en el suelo con las piernas y los brazos extendidos, la cabeza aplastada formando un charco de sangre y de tejido cerebral. La intensidad del impacto había sido tal que un trozo enorme de vidrio le había atravesado el estómago de lado a lado, con tanta fuerza que su brazo, al golpear contra el borde de una moldura, le había sido amputado y su mano separada seguía aferrada al apoyabrazos. Contemplé eso y recordé a Leah sonriendo y saludando con la mano, y no supe con seguridad cuál de las dos cosas era peor.

– ¿Paige? -susurró Savannah. Al levantar la cabeza vi su cara, blanca como el papel, mirando a Cary como si no pudiera apartar la vista. -Creo que, bueno, deberíamos irnos de aquí.

– No -dijo una voz detrás de nosotras-. Me parece que no.

En ese momento el sheriff Fowler cruzaba las puertas abiertas del patio.

Ruleta de abogados

Leha me había tendido una trampa para incriminarme en el asesinato de Grantham Cary hijo.

Tomemos a una mujer acusada de brujería y satanismo, una mujer que ha tenido una pelea pública con el hombre asesinado y que, además, lo ha acusado de haber estrellado intencionadamente su coche lesionando así a su pupila. Esta mujer, con falsos pretextos, conspira para reunirse con su ex abogado en su oficina, un domingo, a la hora en que su esposa se encuentra en la iglesia. La policía recibe la llamada de una vecina preocupada por los gritos de furia que proceden del despacho del abogado. La policía llega a la escena del crimen. El abogado está muerto. La casa está vacía. No hay nadie allí, salvo la mujer y su pupila. ¿Quién es el asesino? No hace falta ser Sherlock Holmes para descubrirlo.

Una vez más, el departamento de policía de East Falls no estaba preparado para un caso así, de modo que solicitaron la colaboración de la policía estatal, quienes me condujeron a la comisaría. Me interrogaron durante tres horas… Las mismas preguntas una y otra vez, insistiendo, tanto que yo seguía oyendo sus voces en mi cabeza cuando salían para fumar un cigarrillo o beber un café.

Tomaron todo lo que yo había hecho en los últimos dos días y lo retorcieron para que encajara en su teoría. ¿Mi diatriba acerca del satanismo? Era la prueba de que yo tenía un temperamento malvado y resultaba fácil provocarme. ¿Mi estallido en la pastelería? Era la prueba de que yo era paranoica y recibía una sencilla invitación a tomar un café como una proposición sexual. ¿Mi acusación con respecto al accidente con el coche? Era la prueba de que yo quería vengarme de Cary.

Todos mis argumentos sobre la Misa Negra se veían de repente como una protesta exagerada, que representaba negar la existencia misma de los cultos satánicos para cubrir mi propia participación en dichas prácticas. Tal vez Cary había averiguado la verdad y por eso se había negado a seguir representándome. O quizá yo lo había golpeado y había montado una escena cuando él me rechazó. Tal vez era cierto que él había intentado seducirme, pero ¿acaso yo esperaba que ellos creyeran que el hecho de que lo hubiera rechazado era razón suficiente para que estrellara su flamante Mercedes 4x4 contra mi Honda de seis años de antigüedad? Los hombres grandes no hacían cosas así. Al menos no los hombres como Grantham Cary hijo. Yo estaba paranoica. O delirante. O sencillamente loca. ¿Acaso no había irrumpido en su casa como una demente, lanzando acusaciones descabelladas y jurando vengarme? ¿Y qué decir de la denuncia de Lacey acerca del mal funcionamiento de la energía eléctrica en su casa después de mi visita? La policía no me estaba acusando de brujería -las personas racionales no creen en semejante tontería-, pero resultaba evidente que yo había hecho algo. Al menos, era culpable de haber asesinado a Grantham Cary hijo.

Al cabo de la tercera hora, los dos detectives se ausentaron para tomarse un descanso. Un momento después, la puerta se abrió y entró en el cuarto una mujer de treinta y tantos años que se presentó como la detective Flynn.

Estaba paseándome por la habitación, con un nudo en el estómago que tenía desde hacía tres horas: estaba tan preocupada por Savannah… ¿Ella también estaba en la comisaría? ¿O la policía había llamado a Margaret? ¿Y si éste era el plan de Leah, hacer que me encerraran mientras ella se apoderaba de Savannah?

– ¿Puedo ofrecerle algo? -preguntó Flynn al entrar-. ¿Café? ¿Una bebida fría? ¿Un sándwich?

– No voy a contestar más preguntas hasta que alguien me diga dónde está Savannah. No he hecho más que preguntarlo y lo único que me contestan es: «Está a salvo». Eso no me basta. Necesito saber…

– Está aquí..

– ¿Exactamente dónde? Savannah es la protagonista de una batalla por su custodia. Ustedes no parecen entender…

– Lo entendemos, Paige. En este momento Savannah se encuentra en la habitación contigua, jugando a las cartas con dos agentes. Dos policías estatales armados. No le sucederá nada. Le dieron una hamburguesa para el almuerzo y está muy bien. Podrá verla en cuanto terminemos.

Finalmente, alguien que no me trataba como una homicida juzgada y condenada. Asentí y tomé asiento frente a la mesa.

– Entonces terminemos de una buena vez -dije.

– Espléndido. Ahora bien, ¿seguro que no puedo traerle algo de comer?

Sacudí la cabeza. Se instaló en una silla frente a mí y se inclinó sobre la mesa, con sus manos casi rozando las mías.

– Sé que usted no hizo esto sola -dijo-. He visto lo que le sucedió a Grantham Cary. Dudo que ni siquiera Mister Universo hubiera sido capaz de hacerle eso a una persona, y mucho menos una mujer joven de su tamaño.

De manera que ésta era la policía buena, la que se suponía iba a hacer que confesara todo; una mujer mayor, maternal y comprensiva. Mientras yo permanecía allí sentada mirándola, me di cuenta de que esa rutina policial tan usada funcionaba. Porque después de horas de recibir gritos y de que me hubieran hecho sentir una degenerada barata, estaba desesperada por una confirmación, por oír que alguien me dijera «Usted no es un asesina a sangre fría y no se merece que la traten de esta manera».

Sabía que a esa mujer yo no le importaba en absoluto. Sabía que lo único que quería era una confesión para que pudiera ganar a sus colegas, quienes la observaban a través del espejo unidireccional. Me costaba no confiar en ella para ganarme al menos una sonrisa, una mirada de comprensión. Pero sabía cuál era la realidad, así que la miré con frialdad y le dije:

– Quiero un abogado.

En la boca de Flynn se dibujó una sonrisa afectada que tiñó su calidez.

– Bueno, eso podría ser difícil, Paige, teniendo en cuenta que acaban de llevárselo a la morgue del condado. Quizá no comprende la gravedad…

La puerta se abrió, interrumpiéndola.

– Ella entiende perfectamente bien la gravedad de su situación -dijo Lucas Cortez al entrar-. Por eso solicita un abogado. Quiero creer, detective, que usted se disponía a cumplir esa petición.

Flynn empujó su silla hacia atrás.

– ¿Quiénes usted?

– Su abogado, desde luego.

Traté de abrir la boca, pero no pude. La tenía cerrada, no por desesperación ni por miedo, sino por un hechizo. Un hechizo de traba.

– ¿Y cuándo lo contrató Paige? -preguntó Flynn.

– Se llama señora Winterbourne, y contrató mis servicios ayer, a las dos de la tarde, poco después de despedir al señor Cary por acoso sexual.

Cortez dejó caer sobre la mesa una pequeña carpeta. Cuando Flynn leyó la primera página y las líneas de su frente se profundizaron con cada palabra, yo logré forzar la vista lo suficiente para ver a Cortez. Él simuló estar estudiando el póster que había detrás de mi cabeza, pero su mirada estaba fija en mí, como debía estar durante un hechizo de traba.

De modo que el «joven hechicero» conocía un poco la magia de una bruja. Algo sorprendente, pero no alarmante. Yo conocía hechizos mejores, varios de los cuales deseaba con todas mis fuerzas lanzar hacia él en ese momento, pero el hecho de ser incapaz de hablar frenó mi impulso. Me resultó desconcertante que pudiera lanzar un hechizo de traba, algo que ni siquiera yo había perfeccionado del todo. Un momento: un pensamiento fugaz desfiló por mi mente. Si yo no podía lanzar un hechizo de traba perfecto, ¿podría hacerlo Cortez? Hmmmm…

– De acuerdo, así que usted es su abogado -dijo Flynn y dejó a un lado los papeles de Cortez-. Puede sentarse y tomar notas.

– ¿Antes de tener algunos minutos en privado para consultar con mi cliente? En fin, detective, digamos que no aprobé ayer el examen para ingresar en el Colegio de Abogados. Ahora bien, si tiene la amabilidad de conseguirnos un cuarto privado…

– Éste está bien.

Cortez le dedicó una sonrisa formal.

– Sí, me lo imagino, con espejo unidireccional y cámara de vídeo. Una vez más, detective, le estoy pidiendo un cuarto privado y algunos minutos a solas…

Cortez seguía hablando, pero yo no lo escuchaba. Toda mi fuerza mental estaba concentrada en hacer un último intento de moverme. De pronto, sentí una sacudida en la pierna. Cortez siguió hablando, sin percatarse de que yo había roto su hechizo.

Me quedé muy quieta, no dije nada y aguardé. Un minuto después, Flynn salió de la habitación para buscarnos un cuarto privado.

– ¿De modo que falsificando mi firma sobre un documento legal, hechicero? -murmuré en voz baja.

Me decepcionó que él no reaccionara. Que ni siquiera parpadeara. Aunque me pareció advertir un brillo de consternación en sus ojos cuando se dio cuenta de que yo había roto su hechizo, pero tal vez era un efecto de la iluminación. Antes de que Cortez pudiera contestar, Flynn regresó y nos escoltó hasta otra habitación. Esperé hasta que hubo cerrado la puerta a sus espaldas y entonces me senté.

– Muy oportuno -dije-. ¿Cómo es que aparece usted cada vez que necesito un abogado?

– Si supone que de alguna manera estoy aliado con Gabriel Sandford o con la Camarilla Nast, permítame asegurarle que nunca se me ocurriría envilecer mi reputación con una asociación semejante.

Me eché a reír.

– Es demasiado joven para ser tan cínica -me contestó y volvió a enfrascarse en sus papeles.

– Hablando de juventud, si trabaja para Sandford, dígale que para mí es un insulto que no se molestara siquiera en enviarme un hechicero hecho y derecho. ¿Qué edad tiene? ¿Veintisiete? ¿Veintiocho?

Continuó hojeando sus papeles.

– Veinticinco.

– ¿Qué? Entonces acaba de aprobar el examen de ingreso en el Colegio de Abogados. Ahora sí que me siento insultada.

Él no levantó la vista de la carpeta y ni siquiera cambió de expresión. Demonios, ese hombre no se alteraba por nada.

– Si estuviera trabajando para los Nast, entonces lógicamente ellos enviarían a alguien de más edad y, presumiblemente, más competente, ¿no le parece?

– Tal vez, pero existen ventajas en enviar a un individuo con una edad más cercana a la mía.

– ¿Como por ejemplo?

Abrí la boca para responderle y luego miré de nuevo a Cortez -su traje barato, sus gafas tristonas, su expresión perpetuamente fúnebre- y supe que en este juego nadie apostaba tampoco por la seducción.

– Bueno, no sé si sabe -dije-, que yo podría tener una mejor actitud, mostrarme más comprensiva…

– Las desventajas de mi juventud superarían con mucho las ventajas de la similitud que existe entre nuestras respectivas edades. En cuanto a la conveniencia de que yo me presente cada vez que usted necesita un abogado, digamos que eso no requiere poseer información confidencial ni poderes psíquicos. Los homicidios y los altares satánicos no suceden todos los días en East Falls. Un abogado emprendedor sólo tiene que cultivar un contacto local igualmente emprendedor y persuadirlo de que se mantenga al día de cualquier nuevo rumor sobre la situación.

– ¿O sea que está sobornando a alguien de la ciudad para que le informe sobre mí?

– Lamentablemente, es más fácil, y más barato, de lo que supone. -Cortez retiró a un lado los papeles y me miró a los ojos-. Este caso podría catapultar mi carrera, Paige. Normalmente, la competición por un caso así sería dura, pero, puesto que usted es una bruja, dudo mucho que cualquier otro hechicero deseara convertirse en mi rival.

– Pero usted está dispuesto a hacer una excepción. Qué… noble de su parte.

Cortez se recolocó las gafas y se tomó más de algunos segundos para hacerlo, como si estuviera utilizando esa pausa para decidir cuál era la mejor manera de proceder.

– Es ambición, no altruismo. No simularé lo contrario. Yo necesito este caso y usted necesita un abogado. Es así de simple.

– No, no es así de simple. A mí aún no se me han acabado las opciones. Estoy segura de que todavía puedo conseguir un abogado.

– Si más adelante decide reemplazarme, no hay problema -dijo él-. Pero en este momento yo soy la única persona aquí. Es evidente que a su Aquelarre no le interesa ayudarla, porque de lo contrario le habrían conseguido un abogado. Por lo menos estarían aquí para ofrecerle apoyo moral. Pero no están, ¿no es así?

Casi lo había logrado, casi se había ganado mi confianza, pero con esos últimos comentarios anuló todos sus esfuerzos. Me puse de pie, me dirigí a la puerta y traté de girar el pomo. Estaba cerrada con llave desde afuera, por supuesto. Un hechizo abrecerraduras era impensable allí; ya estaba metida en suficientes problemas. Cuando levanté el puño para golpear la puerta, Cortez me agarró la mano desde atrás. No me la apretó, solamente me la cogió y la sostuvo.

– Permítame que trabaje en su liberación -pidió-. Acepte mis servicios, sin ningún coste, en este único asunto, y después, si no queda satisfecha, despídame.

– Bueno, bueno, una prueba gratis. ¿Cómo podría negarme? Muy sencillo. No hay trato, abogado. No quiero su ayuda.

Liberé mi mano y la levanté en alto para llamar a golpes a la detective. Cortez apoyó una mano contra la puerta, con los dedos desplegados, bloqueando así el camino de mi puño.

– Me estoy ofreciendo a sacarla de aquí, Paige. -La formalidad desapareció de su voz y me pareció, apenas por un instante, detectar en ella cierta ansiedad-. ¿Por qué habría de hacer algo así si estuviera trabajando para la Camarilla Nast? Ellos la quieren a usted aquí, donde no puede proteger a Savannah.

– Saldré. Me fijarán una fianza y podré hacerlo.

– Yo no hablo de una fianza, hablo de sacarla de aquí. Para siempre. Sin ninguna acusación ni ninguna mancha en su expediente.

– Yo no soy…

– ¿Y si deciden no fijar una fianza? ¿Cuánto tiempo está dispuesta a permanecer en la cárcel? ¿Ya dejar a Savannah al cuidado de otros? -Me miró a los ojos-. Sin usted para protegerla.

Esa flecha dio en el blanco. Mi talón de Aquiles. Por un instante fugaz mi resolución flaqueó. Miré a Cortez. Él estaba allí de pie esperando que yo aceptara. Y aunque no vi ninguna presunción en su cara, supe que daba por sentado que aceptaría.

Lancé mi puño contra la puerta y tomé desprevenido a Cortez. Al segundo golpe, Flynn la abrió.

– Este hombre no es mi abogado -dije.

Le di la espalda a Cortez y avancé hacia el pasillo.

Después de la marcha de Cortez me llevaron de regreso a la sala privada de entrevistas. Pasó otra hora. Flynn no volvió a interrogarme. Nadie lo hizo. Solamente me dejaron allí. Me dejaron para que siguiera sentada, para que me sintiera presionada, tanto fue así que comencé primero a caminar por la habitación y, después, me puse a golpear la puerta para llamar la atención de alguien.

Savannah estaba allí fuera, desprotegida, con desconocidos que no tenían idea del peligro que corría. Una vez más yo me encontraba regida por leyes humanas. Legalmente, ellos podían mantenerme allí durante «cualquier tiempo razonable» antes de acusarme. ¿Cuánto era un tiempo razonable? Dependía de la persona que lo definiese. En ese momento, por lo que a mí me importaba, podían seguir adelante y acusarme de homicidio, siempre y cuando yo pudiera pagar una fianza y llevarme a Savannah a casa.

Pasaron casi dos horas antes de que la puerta volviera a abrirse.

– Es su nuevo abogado -dijo un agente que todavía no conocía.

Por un momento muy breve, un momento desesperado de esperanzas ingenuas, pensé que las Hermanas Mayores habían encontrado a alguien que me representara. En cambio, el que entró fue Lucas Cortez.

Un plan de doce pasos

Maldición -grité-. Ya les he dicho que este hombre no es mí…

Antes de que pudiera terminar la frase, me encontré una vez más presa de un hechizo de traba. El agente, que no prestó atención a lo que estaba sucediendo, me dejó a solas con Cortez. Cuando la puerta se cerró, Cortez anuló el hechizo. Extendí el brazo en dirección a la puerta, pero él me cogió la mano.

– ¡Hijo de puta intrigante y manipulador! No puedo creerlo. Se lo he dicho a ellos, también a esa detective, pero nadie me escucha. Pues bien, ahora me van a escuchar. No he firmado nada, y si usted tiene papeles con mi firma, demostraré que es una falsificación. Cualquiera que sea la pena por falsificación…

– No habrá ninguna acusación.

Pausa.

– ¿Qué?

– No tienen suficientes pruebas para acusarla ahora, y dudo que encuentren alguna vez las pruebas que necesitan. Las injurias al señor Cary hacen que sea imposible alegar que usted lo empujó por la ventana. Lo que es más, he demostrado que no existen pruebas que indiquen que usted estableció contacto físico con el señor Cary en el momento de su muerte. Su oficina fue limpiada el sábado por la noche. Las únicas huellas dactilares que encontraron en ella pertenecen al señor Cary y a la persona encargada de la limpieza, igual que las únicas huellas halladas en la alfombra de su escritorio. La escena no muestra señales de lucha. Tampoco el cuerpo de la víctima. Parece que el sillón del señor Cary fue levantado del piso sin intervención humana y arrojado con enorme fuerza por la ventana.

– ¿Y cómo explican ellos eso?

– No lo hacen. Si bien cabe la posibilidad de que crean que usted lo hizo, no pueden probarlo.

– Entonces cómo… -Callé-. ¿Ellos creen que usé un hechizo?

– Ése es el consenso general, aunque han tenido el buen tino de no mencionarlo en los documentos oficiales. Como una acusación así jamás sería aceptada por un jurado, usted está en libertad. -Cortez consultó su reloj-. Deberíamos irnos. Creo que Savannah se está impacientando. Pero antes de que puedan dejarla en libertad es preciso que rellenemos una serie de papeles. Debo insistirle que se abstenga de hablar con ningún agente de las fuerzas del orden que encontremos durante nuestra marcha. Como su abogado, de aquí en adelante me encargaré de todas las comunicaciones externas.

– ¿Como mi abogado…?

– Creo haber demostrado que mis intenciones son…

– ¿Irreprochables? -Lo miré a los ojos y mantuve un tono de voz suave-. Pero no lo son, ¿verdad?

– Yo no trabajo para…

– No, probablemente no. Acepto su historia, me creo incluso que está aquí para ofrecer sus servicios a fin de favorecer su carrera… a mis expensas.

– Yo no…

– ¿Lo estoy culpando por ello? No. Yo también tengo un negocio y sé lo que alguien de su edad necesita para poder progresar. Yo necesito debilitar a la competencia. Usted necesita llevar casos que la competencia no quiere ni tocar. Si quiere pasarme sus honorarios por lo de hoy, hágalo. Se lo ha ganado. Pero no puedo trabajar con usted, y no lo haré. Usted es un desconocido. Es un hechicero. No puedo confiar en usted. Todo se reduce a eso.

Me di media vuelta y me alejé.

Terminar todo aquel papeleo no resultó fácil. El empleado de administración, de rostro lúgubre, llenaba los formularios con tanta lentitud que cualquiera pensaría que tenía la muñeca rota. Peor aún, Flynn y los otros detectives permanecieron a un lado, observándome con miradas desafiantes que parecían decirme que no les engañaba, que era otra asesina más que salía impune de su crimen.

Cortez, como cabía esperar, no aceptaba con facilidad la derrota. Se quedó allí para ayudarme con los trámites, y yo se lo permití. ¿Por qué? Porque seis horas de cautiverio eran suficientes para mí. Si la policía supiera que mi libertad había sido arreglada por un hombre que había simulado ser mi abogado, ¿podrían meterme de nuevo en la cárcel? ¿Acusarme de fraude? Probablemente no, pero ahora que estaba libre, no iba a comenzar a formular preguntas hipotéticas que podían hacerme aterrizar en la celda de una prisión. No dije que Cortez era mi abogado y tampoco dije que no lo era. Lo ignoré y dejé que la policía sacara sus propias conclusiones.

Cuando fui a buscar a Savannah, Cortez se marchó. Sólo susurró un adiós. Para ser honesta, me dio un poco de lástima. Hechicero o no, me había ayudado, y eso no le había servido de nada. Yo esperaba que aceptara mi ofrecimiento de pagarle sus honorarios. Al menos en ese caso, su trabajo tendría cierta recompensa.

Encontré a Savannah en la sala de espera pública, entre media docena de desconocidos, ninguno de los cuales era el «policía estatal armado» mencionado por la detective Flynn. Cualquiera podría haber entrado en esa sala, incluyendo a Leah. Además de ira, sentí un agradecimiento silencioso a Lucas Cortez por haber logrado mi libertad. Si no me cobraba su trabajo, me prometí que trataría de localizarlo para pagarle de todos modos.

La sala de espera era como las salas de espera de todas partes, con muebles baratos, pósters amarillentos y pilas de revistas viejas. Savannah se había hecho con una hilera de tres sillas y estaba acostada sobre ellas, profundamente dormida.

Me arrodillé junto a ella y con mucha suavidad le sacudí un hombro. Farfulló algo y me apartó la mano.

Abrió los ojos. Parpadeó y trató de enfocar la vista.

– ¿Vamos a casa? -Se apoyó sobre un codo y sonrió-. ¿Te han dejado libre?

Asentí.

– Estoy libre para irme. No presentarán cargos.

Al oír mis palabras, una mujer mayor volvió la cabeza para mirarme y luego le murmuró algo al hombre que tenía al lado. Sentí la imperiosa necesidad de explicarme, de dirigirme a esos desconocidos y aclararles que yo no había hecho nada malo, que mi presencia allí era un error. Pero reprimí ese impulso y ayudé a Savannah a ponerse de pie.

– ¿Has estado aquí todo este tiempo? -le pregunté.

Ella asintió con cara soñolienta.

– Lo lamento, querida.

– No es culpa tuya -dijo y disimuló un bostezo-. Estuvo bien. Había policías cerca. Leah no intentaría nada aquí-. Me miró-. ¿Qué sucedió allá adentro? ¿Te tomaron las huellas dactilares y todo eso?

– Vamos. Salgamos de aquí y te explicaré lo que pueda.

* * *

Frente a la puerta principal había un pequeño grupo de personas. Bueno, era pequeño en comparación con, digamos, la multitud que había en Fenway Park el día de la apertura. Vi algunos tipos que parecían pertenecer a los medios, otros que agitaban pancartas, algunos mirones morbosos… y enseguida decidí que había visto suficiente. Lo más probable era que estuvieran cubriendo un evento «real», algo que no tenía nada que ver conmigo, pero por si acaso opté por salir por la puerta de atrás para no perturbar la vigilia de esa gente.

La policía había llevado mi automóvil a la comisaría, así que no tuve problema para encontrar transporte, pero eso también significaba que lo habían registrado a fondo. Aunque suelo mantener mi automóvil muy ordenado, ellos se las habían ingeniado para mover lo que no estuviera firmemente sujeto, y había rastros de polvo en todas partes.

Polvo para huellas dactilares, supuse, aunque no tenía idea de por qué trataban de encontrarlas en mi coche. Dada la baja tasa de homicidios en esta zona, probablemente aprovechaban cada uno que se presentaba como una oportunidad para practicar las técnicas que habían aprendido en la academia de policía.

Tenía una reunión del Aquelarre a las siete y media en Belham, de modo que comí algo rápido con Savannah y nos dirigimos directamente allá sin pasar por casa.

Eran las 19.27 cuando llegamos al centro comunitario de Belham. Sí, he dicho centro comunitario. Teníamos una reserva permanente para el tercer domingo de cada mes, fecha en que nuestro «club del libro» se reunía en el salón principal del centro. Hasta habíamos contratado los servicios de la pastelería local para cada uno de nuestros eventos. Cuando las mujeres de la ciudad solicitaban asociarse a nuestro club, les decíamos, con profundo pesar, que no teníamos ni una plaza libre, pero anotábamos su nombre para incluirlas en la lista de espera.

Nuestro Aquelarre tenía catorce brujas iniciadas y cinco neófitas. Las neófitas son chicas de entre diez y quince años. Las brujas logran sus plenos poderes la primera vez que menstrúan. El día que cumplen dieciséis años, suponiendo que ya han tenido su primera menstruación, pasan a ser iniciadas, lo cual significa que adquieren el derecho a voto y comienzan a aprender hechizos de segundo nivel. A los veintiún años se gradúan en el tercer nivel, y a los veinticinco en el cuarto y último. Puede haber excepciones. Mi madre me pasó al tercer nivel a los diecinueve y al cuarto, a los veintiuno. Y yo me habría sentido muy orgullosa por ello si Savannah no me hubiera superado ya, y eso que todavía no había obtenido la plenitud de sus poderes.

Cuando Savannah y yo cruzamos el aparcamiento, una furgoneta se detuvo. Yo también lo hice y esperé hasta que Grace, la hermana mayor de Abby, logró que sus dos hijas se bajaran. Brittany, de catorce años, nos vio, nos saludó con la mano y corrió hacia nosotras.

– Hola, Savannah y Paige -saludó-. Mamá dijo que no ibais a…

– Creí que no vendríais -dijo Grace con el entrecejo fruncido mientras se acercaba.

– Yo casi no lo logro, la verdad -respondí-. No te imaginas el día que he tenido.

– Sí, ya me he enterado.

– ¿Ah, sí? Qué rápido corren las noticias.

Grace se volvió para gritarle algo a Kylie, de diecisiete, que todavía estaba en el vehículo hablando por su móvil.

¿Así que en el Aquelarre ya estaban enteradas de la muerte de Cary? De alguna manera, esperaba que no lo supieran, porque si la noticia no había llegado todavía a sus oídos, eso explicaría que nadie hubiese acudido a ayudarme.

Las palabras de Cortez acerca del Aquelarre todavía resonaban en mi cabeza y me molestaban. Sabía por qué no me habían apoyado en la comisaría: no podían correr el riesgo de que las relacionaran conmigo. Pero lo cierto es que, discretamente, podrían haberme conseguido un abogado, ¿no? O, por lo menos, podrían haber llevado a Margaret para que comprobase cómo se encontraba Savannah.

Grace caminó junto a mí en silencio hasta la entrada, momento en que de pronto recordó que había dejado algo en la furgoneta. Me ofrecí a acompañarla, pero ella rehusó mi ofrecimiento moviendo la mano. Cuando Brittany trató de seguir a Savannah al interior del edificio, su madre la llamó. Al empujar las puertas del centro comunitario alcancé a oír cómo se susurraban algo al oído.

Cuando entré, todas las conversaciones cesaron y todas las cabezas giraron hacia mí. Victoria estaba en el frente del salón hablando con Margaret. Therese me vio y le hizo señas a Victoria, quien levantó un momento la vista y pareció anonadada. Le dijo algo a Margaret y caminó hacia mí.

– ¿Qué haces aquí? -Preguntó cuando estuvo suficientemente cerca como para que nadie la oyera-. ¿Alguien te ha seguido? ¿Alguien te ha visto entrar? No puedo creer que tú…

– ¡Paige! -me llamó una voz desde el otro lado del salón.

Era Abby, quien vino hasta mí con los brazos abiertos de par en par y una sonrisa igualmente amplia. Me rodeó con un enorme abrazo.

– Lo lograste -dijo-. ¡Menos mal! Qué día tan horrible debes de haber tenido. ¿Cómo te sientes, querida?

Me sentí tan agradecida que casi me emociono entre sus brazos.

– Retiraron todos los cargos -explicó Savannah.

Me apresuré a corregirla.

– Ni siquiera hubo cargos. La policía no presentó ninguno.

– Es maravilloso -dijo Abby-. Nos alegra tanto ver que estás bien. -Se volvió hacia las demás-. ¿Verdad que todas nos alegramos mucho?

Se oyeron algunos murmullos de asentimiento. No se puede decir que fuera un rugido ensordecedor de apoyo pero, en ese momento, me bastó.

Abby volvió a abrazarme y aprovechó para susurrarme al oído:

– Ve a sentarte, Paige. Éste es tu lugar y te pertenece. No permitas que te digan lo contrario.

Victoria me fulminó con la mirada y después se colocó en su lugar al frente del salón. Yo la seguí y tomé asiento en la silla de mi madre. Y la reunión comenzó.

Después de tratar el tema del embarazo de Tina Moss y del desagradable episodio de varicela de Emma Alden, de ocho años, Victoria finalmente se dignó reconocer mi presencia. Y dejó bien claro que se trataba indudablemente de mi problema. Que desde el principio se habían opuesto a que yo tuviera la custodia de Savannah, y lo sucedido sólo confirmaba sus temores. Lo que más les preocupaba ahora no era que yo perdiera a Savannah sino que hubiese puesto en peligro al Aquelarre. Todo se reducía a ese temor. Así que yo tenía que actuar por mi cuenta. Y, al hacerlo, no debía involucrar a ninguna otra bruja del Aquelarre. Me estaba prohibido incluso pedirle ayuda a Abby para cuidar de Savannah, porque eso creaba un lazo público entre nosotras.

Cuando Victoria terminó, abandoné el edificio hecha una furia, anulé el hechizo de traba y después me abrí paso por el perímetro de seguridad confiando en que la alarma mental les provocara a las Hermanas Mayores una jaqueca colectiva. ¡Cómo se les ocurría! El Aquelarre existía con dos finalidades: regular los negocios de las brujas y ayudarlas. Prácticamente habían renunciado a la primera regla en favor del consejo interracial. Y ahora negaban toda responsabilidad en lo tocante a la segunda. ¿En qué demonios nos estábamos convirtiendo? ¿En un club social para brujas? Tal vez deberíamos transformarnos en un auténtico club del libro. Al menos entonces podríamos mantener de vez en cuando una conversación inteligente.

Atravesé furiosa la cancha vacía de baloncesto, sabiendo que no podía irme. Savannah todavía se encontraba dentro del edificio.

Las Hermanas Mayores no permitirían que ella o ninguna otra persona salieran a buscarme. Me trataban como a una niña en plena rabieta y daban por sentado que se me pasaría y que regresaría.

– ¿Puedo suponer que las cosas no andan nada bien?

Me giré y vi a Cortez detrás de mí. Antes de que tuviera tiempo de maldecirlo, él prosiguió:

– Ayer vi en su agenda que tenía un compromiso a las siete y media de la tarde en un club del libro, y temí que fuera lo suficientemente obstinada como para asistir, a pesar del peligro que le supone continuar con sus actividades habituales…

– Hable como la gente normal -salté.

Él continuó, imperturbable:

– Sin embargo, ahora me doy cuenta de que no estaba actuando precipitadamente al asistir a un club del libro, sino que, en cambio, se proponía sabiamente conversar con su Aquelarre y asegurarse su ayuda en nuestro plan. Ahora bien, como recordará, el tercer paso de la lista inicial requiere incorporar a miembros de su Aquelarre para que la apoyen discretamente…

– Olvídelo, abogado. No me apoyarán, ni discretamente ni de ninguna otra manera. Se me ha prohibido importunar a cualquier miembro del Aquelarre con mi problema. Mi problema.

Lamenté mis palabras tan pronto como las pronuncié. Pero antes de que pudiera dar marcha atrás, Cortez murmuró:

– Yo me ocuparé -y se fue. Por un instante, sentí pánico al comprender qué se proponía. Cuando eché a correr tras él, Cortez ya se encontraba a las puertas del centro comunitario. Con un ademán, anuló los hechizos de traba y las cruzó.

Un zorro en el gallinero

Llegué a la puerta de la sala de reuniones justo en el momento en que Cortez comenzaba a hablar.

– Señoras -empezó-. Ante todo, les pido disculpas por interrumpir su reunión.

Un abucheo colectivo ahogó sus palabras cuando dieciocho brujas se dieron cuenta de que estaban en presencia de un hechicero. ¿Y qué hicieron? ¿Echarle un maleficio? ¿Lanzarle hechizos de repulsa? Para mi incomodidad -y mi vergüenza-, se armó un gran revuelo y todas se pusieron a hablar entre ellas como un puñado de gallinas que ven a un zorro en el gallinero. ¡Brujas de primer nivel, brujas con cincuenta años de experiencia en lanzar hechizos, acobardándose frente a un hechicero de veinticinco años! Sólo Savannah permaneció donde estaba, sentada sobre la mesa de los pasteles.

– ¿Usted de nuevo? -dijo-. Por lo visto no sabe entender una indirecta, ¿verdad?

– Él es un… -tartamudeó Therese-. Es un…

– Un hechicero -dijo Savannah-. ¿Y qué?

– Lucas Cortez -se presentó él mientras se dirigía al frente del salón-. Como ustedes saben, Paige se enfrenta a un recurso de custodia y, por culpa de esa situación, ahora se ve implicada en una investigación por homicidio. Con el fin de impedir futuros procedimientos legales y de proteger también la reputación de Paige, debo pedirles varias cosas a cada una de ustedes.

A esas alturas yo podría haberlo interrumpido para dejar bien claro que él no era mi abogado. Pero no lo hice. Todavía seguía dolida por el rechazo del Aquelarre. Tal vez si ellas pensaban que yo me había visto obligada a aceptar ayuda externa -y nada menos que la ayuda de un hechicero-, cambiarían de idea. Y quizá, sí, quizá a una pequeña parte dentro de mí le gustaba ver a las Hermanas Mayores en un brete.

Cortez colocó su bolso sobre la mesa.

– Supongo que no tendrán un retroproyector, ¿no?

Nadie contestó. Nadie se movió siquiera. Savannah se bajó de un salto de la mesa, atravesó la habitación, le entregó un marcador y le señaló un tablero. Entonces regresó a la mesa de los pasteles, sonriendo, y me guiñó un ojo antes de instalarse allí nuevamente.

Tendría que hablar con Savannah y decirle que no estaba bien disfrutar del malestar de otras personas. Aunque confieso que la situación me resultó bastante cómica: Cortez de pie, escribiendo su lista y explicando cada uno de sus puntos, tan serio y decidido, mientras todas las brujas del Aquelarre lo observaban boquiabiertas. Todas ellas parecían repetirse mentalmente: «¿Un hechicero? ¿Es realmente un hechicero?»

– ¿Alguna pregunta? -dijo Cortez después de su presentación.

Silencio.

Megan, de once años, la neófita más joven, levantó una mano.

– ¿Es usted un hechicero malo?

– Me falta perfeccionarme en los hechizos de primer orden, pero, aun a riesgo de resultar pedante, debo decir que hay hechiceros peores que yo.

Tosí para disimular la risa.

– El señor Cortez tiene razón -intervino Abby-. Todas debemos unirnos y ayudar a Paige en lo que podamos.

Silencio. Silencio total.

– ¿Qué tal? -murmuré en voz muy baja.

– Cortez -susurró Sophie Moss, quien a los noventa y tres años era la bruja de más edad del Aquelarre y estaba sucumbiendo vertiginosamente al Alzheimer-. Yo conocía a un Cortez. Benicio Cortez. Allá por el setenta y dos, no, el setenta y nueve. El asunto de Miami. Horrible… -Calló, parpadeó, frunció el entrecejo y después miró a Cortez-. ¿Quién eres tú, muchacho? Ésta es una reunión privada.

Y con ese comentario, revelador de una gran agudeza mental, la reunión llegó a su fin.

* * *

Cuando se levantó la sesión, Savannah se acercó a Cortez mientras las demás brujas se tropezaban entre sí para alejarse lo más posible de él. Yo me dirigía hacia ellos cuando las Hermanas Mayores me abordaron.

– ¡Esto es inaudito! -Exclamó Victoria-. Tu madre se debe de estar retorciendo en su tumba. Contratar a un hechicero…

– No lo he contratado -respondí-. Pero debo reconocer que estoy pensando hacerlo. Al menos, alguien se ofrece a ayudarme.

– ¿Un hechicero, Paige? -Preguntó Margaret-. Realmente, me sorprende muchísimo que hagas esto contra nuestra opinión. El simple hecho de hablar con un hechicero se opone a la política del Aquelarre y es obvio que es lo que has estado haciendo. -Miró hacia el frente del salón, donde Savannah charlaba con Cortez-. Y permites que mi sobrina haga lo mismo.

– Eso se debe a que tu sobrina no está recibiendo ninguna ayuda de su tía -contesté.

Therese me hizo señas para que bajara la voz. No lo hice.

– Sí, he hablado con él. ¿Por qué? Porque es la única persona que se ha ofrecido a ayudarme. Hoy me ha sacado de la cárcel. Vosotras tres ni os molestasteis en enviar a Margaret a la comisaría para asegurarse de que Savannah estuviera a salvo. Yo no soy la clase de persona a quien le gusta pedir ayuda, pero os la estoy pidiendo ahora.

– No necesitabas un hechicero.

– No, necesito la ayuda del Aquelarre.

– Deshazte del hechicero -ordenó Victoria.

– Si lo hago, ¿me ayudaréis?

– No te estoy proponiendo un trato -respondió ella-. Te estoy dando una orden. Deshazte de él… ahora.

Y con esas palabras se dio media vuelta y se fue, seguida por las otras dos.

Cortez se materializó junto a mi hombro.

– ¿No le interesaría reconsiderar mi ofrecimiento? -murmuró.

Vi que las Hermanas Mayores nos observaban. La mirada feroz de Victoria me ordenaba librarme de Cortez. La necesidad imperiosa que sentí de hacerle un gesto obsceno fue casi abrumadora. En cambio, me conformé con hacerle una especie de equivalente metafórico.

– Tiene razón -le dije a Cortez en voz bien alta-. Deberíamos hablar. Ven, Savannah, nos vamos.

Y le hice señas a Cortez para que nos siguiera.

Fuimos al Starbucks de Belham, por supuesto, en coches separados. Después de aparcar, Cortez ocupó el lugar delante de mí y se las ingenió para estar junto a mi puerta antes de que yo quitara la llave. No intentó abrirme la puerta, pero cuando yo lo hice, me la sostuvo mientras me bajaba.

Para Savannah pedí un chocolate caliente pequeño. Ella cambió el pedido por un café moca. Yo se lo rebajé a un café moca pequeño descafeinado. Ella negoció un brownie con chocolate y cerramos trato. En ese sentido, las cosas se me estaban haciendo más fáciles y, justo ahora, Kristof Nast quería arruinármelo todo. ¡Qué injusto!

Aunque el lugar no estaba precisamente lleno a las nueve y media de la noche de un domingo, Cortez optó por un salón lateral donde los empleados ya habían puesto las sillas sobre las mesas. Cuando entramos, la cajera se inclinó sobre el mostrador, y un cuarto de kilo de collares y amuletos golpearon la encimera.

– Esa sección está cerrada -dijo.

– Dejaremos todo bien ordenado cuando terminemos -fue la respuesta de Cortez, quien nos condujo a la mesa más alejada. Una vez sentados, le dijo a Savannah-: Me temo que ésta va a ser una de esas conversaciones muy aburridas. Allí hay revistas. -Abrió su billetera-. ¿Puedo comprarte alguna para que leas?

– Buen intento -dijo ella y tragó una bocanada de crema batida.

– Está bien. Entonces, revisemos la lista que te di.

– No la he traído.

– No hay problema. -Apoyó su bolso sobre la mesa-. Tengo otras copias.

– Maravilloso -dijo ella y tomó el billete de cinco dólares que él tenía en la mano-. No sé por qué te has molestado si no vamos a contratarte. Si quisiéramos tener un abogado hechicero, yo podría conseguir uno de mucha más edad y mucha más experiencia que tú.

– Lo recordaré.

Mientras observaba a Savannah comprar una revista, Cortez se puso a hojear los papeles. Solo cuando ella se instaló en otra mesa, fijé mi atención en él.

– Muy bien -empecé-. ¿Usted quiere convencerme de que está de mi parte? Olvídese de las listas. Dígame todo lo que sepa acerca de las Camarillas. Y quiero decir todo.

– ¿Todo? -Consultó su reloj-. Creo que este local cierra dentro de un par de horas.

– Tiene treinta minutos -dije-. Adelante.

Lo hizo. Yo había supuesto que me daría tan sólo algunos datos y confiaría que eso bastaría para hacerme callar. En cambio, me lo contó literalmente todo, e incluso me dibujó diagramas y mapas, me mostró una lista de figuras clave, etcétera.

En resumen, prácticamente todo lo que yo había oído decir acerca de las Camarillas era verdad. Las Camarillas eran grupos establecidos desde hacía mucho y formados alrededor de una familia central de hechiceros, algo así como un negocio familiar, pero más parecidos a la Mafia que a una asociación de vecinos. Esa comparación es mía, no de Cortez; él en ningún momento mencionó a la Mafia, aunque los paralelismos eran evidentes. Ambas eran organizaciones familiares ultrasecretas. Ambas exigían una lealtad completa de sus integrantes, reforzadas por amenazas de violencia. Ambas mezclaban actividad delictiva con empresas legítimas. Cortez no trató de minimizar las partes más siniestras, sencillamente las describió como un hecho y siguió adelante.

Sin embargo, estructuralmente, una Camarilla tenía más de Donald Trump que de Al Capone. En el vértice superior estaba el CEO, el cabeza de la familia de hechiceros. A continuación venía la junta de directores, compuesta por la familia del CEO, en la que el poder iba de hijos a hermanos a sobrinos y a primos. En los escalones inferiores se encontraban los hechiceros que no pertenecían a la familia, semidemonios, nigromantes, chamanes…, todo aquél a quien la Camarilla pudiera contratar. Pero nada de hombres lobo ni vampiros. Según Cortez, las Camarillas tenían políticas muy estrictas que impedían contratar a cualquier ser sobrenatural capaz de equivocarse y confundirlos con su almuerzo.

En una Camarilla todos los miembros, los importantes y los que no lo eran tanto, tenían las mismas metas: ganar dinero y poder para la Camarilla. Cuantos más negocios hacían, más rápido escalaban posiciones. Cuanto más lucrativa era la compañía, más bonos y opciones de acciones recibían los empleados a fin de año. Sí, los integrantes de una Camarilla figuraban en la Bolsa de Valores de Nueva York. Podría ser una buena inversión, sobre todo si a uno no le importaba que los dividendos llevaran consigo un poco de sangre.

En apariencia, las Camarillas daban la impresión de ser más benignas que la Mafia: nada de coches bomba ni de tiroteos. Los hechiceros no eran maleantes comunes y corrientes. Nada de eso; eran hombres de negocios serios. Si uno llegaba a traicionar a su Camarilla, la organización no pondría una bomba en su casa ni mataría a su familia. En cambio, haría que un semidemonio incendiario le prendiera fuego al lugar y lo hiciera parecer un accidente eléctrico. Después, un nigromante torturaría a su familia hasta conseguir que la persona en cuestión le diera a la Camarilla lo que ellos querían. Cortez no me lo describió así, pero sí me dijo lo suficiente como para permitirme leerlo entre líneas.

Si todo esto era cierto, ¿por qué el consejo interracial no hacía algo al respecto? Ahora entendía la preocupación de Robert Vasic.

– ¿Qué papel desempeña Leah en todo esto? -pregunté.

– Sólo un miembro de la Camarilla Nast podría responder esa pregunta con total certeza. Cualquier información que yo le diera estaría basada puramente en rumores, y prefiero limitarme a los hechos.

– Me conformaré con lo que sabe de oídas. ¿Qué es lo que ha oído decir?

– Bueno, no me siento cómodo con…

– Entonces permítame que yo empiece. Leah y un hechicero llamado Katzen idearon un modo de secuestrar a seres sobrenaturales, Katzen como informante y Leah como cautiva. Su plan era que Katzen señalara a los sobrenaturales más poderosos, dejar que los humanos corrieran el riesgo de capturarlos y contenerlos. Una manera barata de reclutar sobrenaturales para la Camarilla Nast…

– No estaban trabajando para ninguna Camarilla; eso sí lo sé con seguridad. Se supone que intentaban montar su propia organización, una versión reducida de una Camarilla.

– Continúe.

Él dudó un momento, y luego dijo:

– Se dice que Leah se acercó a la Camarilla Nast después de que usted matara a Katzen.

Reprimí una negativa. Yo no había matado a Katzen… Sólo había contribuido a las circunstancias que condujeron a su muerte. Pero quizá no me vendría mal que ese hechicero pensara que yo era capaz de matar a alguien de su clase.

Cortez continuó:

– Desde hace años ha habido rumores acerca de la paternidad de Savannah, aunque Kristof no pudo localizar a la pequeña o, tal vez, no quiso que cayera sobre él la ira de Eve al interferir en la vida de ambas. Con Eve fuera del mapa, Leah le brindó su ayuda para encontrar a Savannah.

– ¿De modo que usted piensa que Nast realmente es su padre?

– No lo sé, y creo que eso tiene poca relación, si es que tiene alguna, con el caso. Los Nast quieren a Savannah… Eso es lo único que importa.

Bebí un sorbo de mi té.

– ¿En qué medida ese tal Kristof es un ser perverso? Bueno, quiero decir, tal vez usted no lo considere «malo», pero… ¿hasta qué punto es un criminal?

– Entiendo el concepto del bien y del mal, Paige. La mayor parte de los hechiceros también lo entienden, pero sencillamente eligen el bando equivocado. Entre los hechiceros, la reputación de Kristof Nast goza de un término medio, lo que significa que usted debería considerarlo un hombre peligroso. Como heredero de la Camarilla Nast, cuenta con el respaldo de infinidad de recursos.

Me eché hacia atrás y sacudí la cabeza.

– Por lo menos ahora sé de dónde viene el mito de los illuminati.

– Si surge de las Camarillas, las conexiones son, en el mejor de los casos, muy débiles. Se creía que los illuminati eran un grupo secreto de hombres poderosos que empleaban medios sobrenaturales para derrocar al gobierno. El interés de un miembro de una Camarilla en la política es mínimo y mucho más mundano. Sí, existen integrantes de las Camarillas en el gobierno, pero sólo para apoyar políticas fiscales que benefician a su organización. Todo está relacionado con el dinero. Recuerde siempre eso, Paige: los que pertenecen a una Camarilla no hacen nada contra sus propios intereses financieros. No son los illuminati ni la Mafia sobrenatural ni el culto satánico. No cometen asesinatos rituales. No secuestran, ni violan, ni matan a niños…

– Oh, de acuerdo, Savannah tiene trece años, así que técnicamente no es una niña.

Prosiguió sin alterar la serenidad de su discurso.

– Lo que quiero decir es que no responden a la descripción clásica de un culto satánico, en el sentido de que no secuestran chicos con finalidades rituales. Para la Camarilla, Savannah sólo significa ganancias. Atienda siempre al balance final y entonces estará más preparada para enfrentarse a los de las Camarillas.

Consulté mi reloj.

– Sí, lo sé -dijo Cortez-. Se me acabó el tiempo.

Acabé mi té ya casi frío y me quedé mirando los diagramas trazados por Cortez. Y ahora, ¿qué? ¿Despedir de nuevo a Cortez? No le encontraba sentido; seguro que él volvería una vez más. Para ser sincera, era algo más que eso. Ese individuo me había ayudado. Me había ayudado de verdad.

Es un mundo triste éste en el que una bruja tiene que confiar en un hechicero necesitado de trabajo…, pero yo no podía perder más tiempo lamentándome acerca de cómo deberían ser las cosas. Cortez me estaba ofreciendo asistencia cuando nadie más quería hacerlo, y sería una tonta si volvía a rehusarla. No había encontrado ninguna prueba de que fuera otra cosa distinta a lo que aseguraba ser: un joven abogado dispuesto a tomar los casos más terribles para progresar en su carrera.

– ¿Cuánto me cobraría? -le pregunté.

Él tomó una hoja y pasó los siguientes minutos explicándome sus honorarios. Sus términos eran razonables y justos, con una garantía escrita de que cada cargo sería explicado de antemano y que no haría ningún trabajo que yo no hubiera aprobado antes.

– En cuanto tenga la sensación de que mis servicios ya no cumplen con sus expectativas, puede dar por terminado nuestro acuerdo -dijo-. Eso estará claramente estipulado en un contrato, que le sugiero haga examinar por otro profesional legal antes de firmarlo.

Al ver que yo vacilaba, plegó la hoja con su plan de honorarios por la mitad y me la pasó, y después puso su tarjeta comercial encima.

– Tómese esta noche para pensarlo. Si, entretanto, se le ocurren otras preguntas, llámeme, no importa qué hora sea.

Extendí las manos en busca del papel, pero él apoyó los dedos sobre él y me miró a los ojos.

– Recuerde, Paige, que yo puedo ofrecerle más que una asesoría legal normal. Ningún abogado humano que contrate entenderá la situación como lo hago yo. Más que eso, si necesitara una protección adicional, puede contar conmigo. Como le dije, tal vez no soy el hechicero más experimentado, pero puedo ayudarla, y estoy dispuesto a hacerlo. Creo que todo puede reducirse a eso.

– Ya lo sé.

Él asintió.

– Entonces la llamaré por la mañana.

Y con esas palabras, recogió sus papeles y se fue.

Aloha

De regreso a casa, Savannah preguntó que me había dicho Cortez. Al principio decidí no contarle nada, pero después me lo pensé mejor y le hablé de toda la historia que me había relatado Cortez.

– No lo entiendo -dijo ella cuando terminé-. De acuerdo, tal vez Leah me quiere para su Camarilla. Eso tiene sentido. Las Camarillas siempre están reclutando gente. Mamá me dijo que si alguien alguna vez trataba de engancharme, yo debería… -Savannah hizo una pausa-. Sea como fuere, me dijo que eran mala gente. Que era como unirse a una pandilla callejera. Que cuando se entra a formar parte de una, es para toda la vida.

– ¿Tu madre te explicó algo más acerca de las Camarillas?

– En realidad, no. Dijo que vendrían tras de mí, así que lo que Leah está haciendo tiene sentido. Pero si me quiere, ¿por qué no se apodera de mí? Ella es una Voló. Sería capaz de sacar nuestro coche del camino y secuestrarme antes de que supiéramos qué fue lo que nos golpeó. Entonces, ¿por qué no lo hace?

Savannah me miró fijamente a través de la oscuridad del interior del coche. Yo fijé la vista en el espejo retrovisor y desvié la mirada. Muy bien, esto ya había ido demasiado lejos. Tenía que decir algo.

– Cortez dice que Leah trabaja para la Camarilla Nast.

– Aja.

– ¿Has oído hablar de ellos?

Negó con la cabeza.

– Mi madre nunca mencionó nombres.

– Pero sí dijo que era probable que un miembro de la Camarilla viniera por ti. ¿Te mencionó alguna Camarilla en particular? ¿O por qué quieren tenerte?

– Oh, bueno, yo sé por qué me quieren.

Contuve la respiración y esperé a que continuara.

– Las Camarillas contratan solamente a una bruja, ¿entiendes? Seguramente preferirían no contratar a ninguna, pero nosotras tenemos los mejores hechizos de protección y sanadores, así que tuvieron que ignorar la famosa contienda bruja hechicero y contratar a una de nosotras. Como tienen que contratar a una bruja, quieren que sea una buena. Mi madre era una bruja realmente buena, pero los mandó a la mierda. Dijo que vendrían a por mí y que yo no debía escuchar ninguna de sus mentiras.

– ¿Mentiras? -La miré-. ¿Alguna mentira en particular?

Savannah sacudió la cabeza.

Yo vacilé y luego me obligué a seguir presionándola.

– Podría ser tentador que te ofrezcan un lugar en una Camarilla. Dinero, poder… Lo más probable es que tengan mucho que ofrecer.

– No a una bruja. En las Camarillas una bruja sólo es una empleada. Le dan su sueldo, pero nada de beneficios adicionales.

– Ya, ¿y si recibieras esos beneficios? ¿Y si te ofrecieran más que el salario habitual?

– No soy tonta, Paige. No importa lo que me ofrecieran, sabría que me están mintiendo. Da igual lo buena que yo sea como bruja, para ellos sería sólo una bruja más.

Una respuesta estremecedoramente precisa y pronunciada con tanta facilidad… ¿Cómo se debe sentir alguien siendo tan joven y, al mismo tiempo, teniendo tanta conciencia del lugar que ocupa en el mundo?

– Es raro, ¿sabes? -continuó-. Todas esas veces que mamá me advirtió y yo casi ni la escuché. Pensaba, ¿por qué me está diciendo esto? Si vienen a por mí, ella estará aquí. Siempre estará aquí. Es lo que una piensa. Jamás se te pasa por la cabeza que tal vez no estará. ¿Tú pensaste alguna vez que tu madre…, que algo así podía suceder? ¿Que un día estaría allí y después ya no estaría más?

Negué con la cabeza.

Savannah prosiguió:

– A veces… A veces sueño que mamá me sacude suavemente y yo me despierto y le cuento lo que ha sucedido, y ella se echa a reír y me dice que nada más era una pesadilla y que todo está bien, pero entonces realmente me despierto y ella no está allí.

– Sí, he tenido esa clase de sueños.

– Duele, ¿no?

– Más de lo que pude imaginar jamás.

Seguimos avanzando varios kilómetros en silencio. Entonces Savannah se movió en su asiento y carraspeó.

– ¿Y? ¿Vas a contratar a Lucas?

Logré esgrimir una sonrisa forzada.

– ¿De modo que ahora es «Lucas»?

– Sí, ese nombre le queda bien. ¿Y? ¿Vas a contratarlo o no?

Mi inclinación natural, como siempre, era darle una respuesta simple y firme, pero tuve la sensación de que en los últimos días habíamos entreabierto la puerta que se levantaba entre nosotras, y ahora no quería cerrarla de golpe. Así que la entreabrí unos centímetros más contándole cuáles eran las supuestas motivaciones de Cortez para tomar el caso, y después di un paso más y le pregunté qué opinaba.

– Tiene sentido -dijo-. Él tiene razón, con los de las Camarillas una está con ellos o contra ellos. En especial si una es una bruja. Esos abogados que mi madre conocía, los que te dije que podrían ayudarte, hacen lo mismo que hace Lucas. Toman casos contra las Camarillas.

– ¿Y eso no es peligroso?

– No del todo. Sí es un poco raro. Si a un sobrenatural se le ocurre ir contra las Camarillas, ellas lo aplastarán como a un insecto. Pero a un abogado con un cliente que luchó contra las Camarillas, o a un médico que curó a un sobrenatural atacado por las Camarillas… A ellos no. Mamá decía que los de las Camarillas son bastante justos en ese sentido. Si una no los molesta, ellos no la molestan a una.

– Bueno, yo no los he molestado y ¡vaya si me están molestando a mí!

– Pero tú eres solamente una bruja. Lucas es un hechicero. Eso marca una diferencia, ¿sabes? ¿Vas a contratarlo?

– Tal vez. Probablemente. -La miré-. ¿Qué opinas tú?

– Creo que deberías hacerlo. Me parece una buena persona… Para ser un hechicero.

Había gente delante de mi casa. Eran más que unas pocas personas. Mientras me aproximaba, nadie giró siquiera la cabeza. Probablemente no reconocieron mi automóvil… todavía. A seis metros de distancia, oprimí el botón del control remoto para abrir la puerta del garaje y metí allí el coche antes de que cualquiera pudiera impedírmelo. Después entramos en casa por la puerta que unía el garaje con la entrada, evitando así cualquier enfrentamiento.

Después de enviar a Savannah a la cama me enfrenté al temido contestador automático. En la pantalla aparecía una cifra casi escandalosa: 34. ¿Treinta y cuatro llamadas? Por favor, ¿cuánta capacidad tenía ese aparato?

Por fortuna, la mayoría de los mensajes sólo requerían escuchar las primeras palabras. Por ejemplo, Chris Walters de Canal 6… Borrar. Marcia Lu de World Weekly News… Borrar. Jessie Lake del Canal 7… Borrar. De las primeras doce llamadas, siete eran de los medios, incluyendo tres de la misma emisora de radio, que probablemente trataba de conseguir una entrevista en directo para su programa.

De los mensajes que no pertenecían a los medios, uno era de un ex novio y otro de una amiga que no veía desde que se mudó a Maine en séptimo grado. Realmente muy agradable. Mejor que los dos siguientes. El primero comenzó (omitiendo las palabras obscenas del principio) con «Eres una mentirosa y una asesina. Pero espera, ya recibirás tu merecido. Quizá los policías no…». Me tembló el dedo al oprimir la tecla de borrado. Bajé el volumen antes de pasar al siguiente mensaje. Savannah no necesitaba oír esa porquería. Yo tampoco, pero me dije que tendría que acostumbrarme a eso, conseguir que esa inmundicia me resbalase por completo.

La siguiente llamada era más de lo mismo, así que la borré después del primer insulto. Después vino un mensaje que escuché en su totalidad, uno que comenzaba diciendo: «Señora Winterbourne, usted no me conoce, pero lamento mucho enterarme de lo que le ha estado pasando», y continuaba sembrando más comprensión y una promesa de rezar por mí. Justo lo que necesitaba, qué duda cabe. Una pasada rápida por los siguientes nueve mensajes reveló siete personas de los medios, una mujer furiosa que condenaba mi alma a los fuegos eternos del infierno, y uno realmente dulce de un Wiccan de Salem ofreciéndome apoyo moral. ¿Veis? No eran del todo malos. Sólo un sesenta por ciento de ellos pertenecían a desconocidos deseosos de quemarme en una hoguera.

Oprimí la tecla de avance rápido a lo largo de otras cuatro llamadas de los medios y después escuché una que me hizo pegar un salto.

«¿Paige? ¿Paige? ¡Vamos, levanta el auricular!», gritó una voz conocida sobre una música fuerte de rock y un murmullo de conversación de muchos decibelios. «Sé que estás ahí. Son las ocho de la noche. ¿Dónde más podrías estar? ¿En una cita?». Una carcajada y luego un pito que casi me perforó el tímpano para lograr mi atención desde cualquier rincón de la casa donde yo pudiera estar agazapada. «¡Soy Adam! ¡Contesta!». Pausa. «Muy bien, a lo mejor no estás en casa. Yo todavía estoy en Maui. Llamé a casa y recibí tu mensaje. En este momento papá está en una conferencia. Yo acababa de salir a tomar un trago, pero por tu voz me pareció que no estabas nada bien, así que volveré al hotel y le daré el mensaje. ¡Aloha!».

¿Qué hotel? ¿Un nombre? ¿Quizá un número de teléfono? ¡Típico! De nuevo oprimí la tecla de avance rápido hasta el final de los mensajes con la esperanza de no haberme perdido la llamada de Robert, casi segura de que estaba allí.

«¿Paige? Soy Robert. Llamé a casa y recibí tus mensajes… Uno nunca puede confiar del todo en Adam para que transmita un mensaje de manera coherente. Impaciente como siempre, parece que solo escuchó el primero tuyo. No le diré nada acerca del que tiene que ver con Leah o tomará el primer vuelo para ayudarte, cosa que seguro que es lo último que quieres. Supongo que estás buscando la información que me pediste que reuniera sobre los semidemonios Voló. Por suerte, la tengo aquí conmigo. Sabes de sobra cómo preparo mi equipaje: un bolso de mano con ropa y dos maletas repletas de libros y notas que no necesito. Ahora mismo te estoy enviando por fax las notas relativas a los Voló. Dentro de una hora salimos para tomar nuestro vuelo, pero si regresas a casa antes de eso, llámame al (808) 555 3573. De lo contrario, yo te llamaré mañana».

Le había pedido a Robert información sobre los Voló hacía varios meses, en un impulso de previsión que después olvidé continuar. Tendría que esperar al día siguiente para averiguar qué pensaba Robert de las Camarillas. Hasta entonces, no me vendría nada mal saber todo lo posible acerca de Leah.

Demonología 101

El fax estaba tirado en el suelo, justo donde mi máquina lo había escupido. Gracias a Dios la policía no había pasado por casa para realizar otro registro. Imaginen lo que habrían pensado si encontraban esto. «No, detective, en realidad no soy satanista. ¿Que por qué, entonces, estoy recibiendo faxes sobre Demonología? Bueno, es por esta nueva idea de diseño en la Web en la que estoy trabajando…». A partir de ahora tendré mucho más cuidado con respecto a lo que dejo tirado en casa.

Para encontrarle sentido a lo que Robert me dijo acerca de los Volos era preciso conocer algunos antecedentes de los demonios. Sobre la Demonología 101, por así decirlo.

Los demonios existen tanto en el mundo físico como en el espiritual. Están ordenados en jerarquías, según su grado de poder. Probablemente existe un demonio que rige a todos, alguien que realmente uno no desea invocar, pero sospecho que ese cargo cambia de manos, como gran parte de los liderazgos en nuestro mundo.

Entre los distintos niveles, desde cortesanos a archiduques, tenemos buenos demonios y malos demonios o, para utilizar la terminología correcta, eudemonios y cacodemonios. Cuando digo «buenos» demonios, o eudemonios, no me refiero a que corren de aquí para allá ayudando a la gente de nuestro mundo. A la mayoría de los demonios no les importamos un pepino. Por eudemonios me refiero a los que no buscan activamente arruinar el mundo humano.

Una descripción más exacta sería dividirlos en demonios caóticos y no caóticos. Los demonios caóticos o cacodemonios son, casi exclusivamente, de la clase que entra en contacto con el resto de nosotros. Un hechicero o bruja podría convocar a un eudemonio, pero de todos modos, la mayoría de nosotros conoce tan poco acerca de la demonología que no sería capaz de distinguir un eudemonio de un cacodemonio. Incluso si alguien afirmara ser un eudemonio, lo más probable sería que estuviera mintiendo. Alguien capaz de lanzar hechizos se mostraría suficientemente sensato como para no invocar absolutamente a ninguno.

Pasemos de los demonios a los semidemonios. Una de las formas predilectas de los cacodemonios de causar problemas en nuestro mundo consiste en engendrar hijos. Además, la parte sexual les fascina bastante. Para lograrlo, adoptan forma humana, porque ya han descubierto que ninguna mujer con menos de un litro de whisky en vena responde favorablemente a la seducción por parte de bestias monstruosas, cubiertas de escamas y con pezuñas.

Para ser sincera, debo reconocer que no sabemos cuál es la verdadera forma de un demonio, y que lo más probable es que no se parezca en absoluto al mítico monstruo con pezuñas y cuernos. Cuando entran en el mundo físico, toman cualquier forma que les permita lograr sus fines. ¿Quieren seducir a una mujer joven? Utilizan el disfraz de «muchachito muy apuesto y atractivo de veinte años». ¿Mi consejo a las chicas jóvenes a las que les gusta ligar con tipos en bares? Pues que los condones no sólo evitan las enfermedades venéreas.

Los semidemonios heredan el poder de sus padres. El poder de Adam es el fuego. El de Robert es un Tempestras, término que significa que fue engendrado por un demonio de tormenta, y por tanto, tiene cierto control sobre los elementos climáticos, como el viento y la lluvia. El grado de poder depende del rango que ocupa el demonio dentro de la jerarquía. Tomemos, por ejemplo, a los llamados demonios del fuego. Un ígneo sólo puede causar quemaduras de primer grado. Un Aduro puede provocar quemaduras y, además, encender objetos inflamables. Un Exustio, como Adam, no sólo puede quemar y encender, sino también incinerar. El número de demonios decrece por nivel. Hay probablemente una docena de demonios ígneos allá afuera engendrando bebés. Pero hay sólo un Exustio, y ello significa que lo más probable es que Adam sólo tenga dos o tres «vastagos» en el mundo.

Pasemos entonces a Leah. Ella es una Voló, que representa la categoría superior de un demonio telequinético. Al igual que Adam, es una rareza, engendrada por un demonio singular del más alto rango. La diferencia es que Adam, a los veinticuatro años, hace muy poco que aprendió a usar sus poderes en plenitud. Como sucede con los especializados en lanzar hechizos, el aprendizaje lleva su tiempo. Aunque Adam era capaz de infligir quemaduras cuando tenía doce años, tardó otros doce en poder incinerar. Lo más probable es que Leah, a los treinta y un años, haya estado en total posesión de su poder durante por lo menos cinco años, algo que le ha permitido tiempo más que suficiente de práctica.

La muerte de Cary era una buena prueba de lo que Leah podía hacer, y constituía, además, el único ejemplo que yo tenía de sus poderes. Sí, nos habíamos encontrado con ella el año pasado y muchos objetos habían volado por los aires, pero hubo un problema. Yo no sólo no había presenciado nada de primera mano, sino que hubo un hechicero involucrado, o sea, que era difícil saber dónde terminaban las contribuciones de él al caos y dónde comenzaban las de Leah.

Las investigaciones de Robert indicaban que un Voló podía impulsar un objeto tan grande como un automóvil, aunque la precisión, la distancia y la velocidad disminuyen a medida que el peso del objeto aumenta. Por ejemplo, podría desplazar un coche que estuviera aparcado alrededor de medio metro. En cambio, podría arrojar un objeto tan pequeño como un libro a través de una habitación con suficiente fuerza como para decapitar a una persona. Los Volos tampoco necesitan ver lo que están moviendo. Si pueden lograr una imagen visual de una habitación cercana gracias a la memoria, son capaces de desplazar objetos que se encuentran dentro de ella.

¿Por qué Leah no me había matado? No lo sé. Quizá la Camarilla se lo estaba impidiendo. Cortez dijo que preferían usar métodos legales para resolver disputas, minimizando de esta manera el riesgo de quedar expuestos. Así que es probable que confiaran en hacerse con Savannah en una batalla legal, aunque ello no impidiera que Leah utilizara otros métodos si esa táctica fracasaba.

Por perturbador que me resultara el informe de Robert, se limitaba a confirmar lo que ya intuía y esperaba, basándome en mi trato con Leah hasta la fecha. Sin embargo, él había descubierto dos datos que reforzaron mi optimismo: dos posibles métodos de desbaratar los planes de Leah. No, nada que ver con cruces ni agua bendita; esas cosas sólo funcionan en los cuentos de hadas.

En primer lugar, las investigaciones de Robert indicaban que, a diferencia de los semidemonios Exustio como Adam, los poderes de los Volos se iban a pique cuando se enfurecían. Si se enfadan en exceso, se ponen demasiado nerviosos para concentrarse. Psicología básica, en realidad.

En segundo lugar, todos los Volos presentaban un indicio, una peculiaridad física reveladora que precedía a su ataque. Podía ser algo tan discreto como un parpadeo o tan obvio como una hemorragia nasal, pero todos hacían algo antes de iniciar el ataque. Aunque claro, eso significaba que uno debía provocarlos una serie de veces antes de descubrir esa peculiaridad.

* * *

Al despertar, me obligué a espiar por las cortinas. La calle estaba vacía. Qué alivio. Me duché, me vestí y luego desperté a Savannah para el desayuno. Cuando terminamos, llamé por teléfono a su colegio y dejé un mensaje diciendo que no asistiría ese día a clase, pero que más tarde pasaríamos por allí para averiguar cuáles eran sus tareas escolares.

Después hice otra llamada. Al tercer timbre, contestó.

– Lucas Cortez.

– Soy yo… Paige. Creo que… -tragué fuerte e hice otro intento-. Me gustaría probar. Quiero contratarlo.

– Me alegra oírlo. -Su teléfono móvil comenzó a zumbar, como si él se estuviera moviendo-. ¿Puedo sugerirle que nos reunamos esta mañana? Me gustaría establecer un plan concreto de acción lo antes posible.

– Por supuesto. ¿Desea venir a casa?

– Si a usted le parece bien, creo que eso nos brindaría mayor privacidad.

– De acuerdo.

– Digamos… ¿a las diez y media?

Estuve de acuerdo y corté la comunicación. Al hacerlo sentí un enorme alivio. Todo iba a salir bien. Había hecho lo correcto. De eso estaba segura.

A las nueve y media Savannah y yo estábamos trabajando; yo en mi estudio y ella en la mesa de la cocina. A las diez menos cuarto abandoné toda esperanza de poder hacer algo y centré mi atención en el correo electrónico.

Mi bandeja de entrada se había llenado durante el fin de semana; el noventa y cinco por ciento de los mensajes provenían de direcciones que no reconocí. Eso me pasa por llevar un negocio y tener en las Páginas Amarillas mi dirección de correo electrónico, mi número de teléfono particular y mi número de fax. Creé una carpeta titulada «El infierno: primera semana», revisé la lista de remitentes y, si no reconocía el nombre, pasaba el mensaje a esa carpeta sin leerlo. Habría preferido borrarlos, pero el sentido común me dijo que no debía hacerlo. Si algún maníaco entraba por la fuerza en mi casa y degollaba a esta «hija de puta adoradora de Satanás» mientras dormía, tal vez la policía encontraría el nombre de mi asesino enterrado en esa pila de basura electrónica.

Hice otro tanto con los faxes: un repaso rápido de la primera página y, si contenía las palabras «entrevista» u «ojala te quemes en el infierno», los metía en una carpeta y después la colocaba bajo la letra /, de infierno… Cuando terminé de clasificar todo me sentí muy orgullosa por haber podido manejar la situación con tanta calma y eficiencia. Más de dos docenas de faxes y mensajes electrónicos me condenaban a la perdición eterna, a pesar de lo cual mis manos casi no habían temblado.

Después cometí el error increíblemente estúpido de buscar en Internet las referencias a mi historia. Me dije que necesitaba saber qué había allí sobre el tema, qué se estaba diciendo. Después de leer el primer titular -«Ritos satánicos practicados por una bruja cerca de Salem»-, me di cuenta de que no era una gran idea. Pero tenía que seguir. De los tres artículos que examiné, dos mencionaban el rumor acerca del «bebé de Boston desaparecido», uno decía que yo había sido vista merodeando alrededor de la sociedad humana local, dos me acusaban de ser miembro de algún club satánico de Boston y los tres aseguraban que yo había sido encontrada en el lugar del asesinato de Cary «cubierta de sangre». Después de eso, decidí que la ignorancia era una bendición, y apagué mi ordenador.

Las diez y cuarto. Era hora de poner al fuego agua para servirle un café a Cortez. Cuando medía el café para ponerlo en el filtro, sonó el teléfono. Miré el display: número privado. ¿Contestar o no contestar? Decidí esto último, pero pulsé el botón «Hablar» por si llegaba a oír una voz amiga.

– Señora Winterbourne, soy Julie de Seguros Bay.

¿Seguros? Acaso estaba asegurada en una compañía llamada…; no, Seguros Bay era un nuevo cliente. Cuando la voz continuó, oprimí el botón «hablar», pero la máquina siguió adelante.

– … cancelar nuestra orden. Dada la, bueno, publicidad, hemos decidido que es lo mejor. Por favor envíenos la factura por cualquier trabajo que haya realizado hasta la fecha.

– Hola -dije-. ¡Hola!

Demasiado tarde, ya había colgado. Acababa de perder el contrato. Cerré los ojos, respiré hondo y sentí una punzada. ¿Por qué no había imaginado esto, que mi negocio podía quedar dañado por la publicidad? Pero no debía preocuparme por eso. Si ellos no querían mis servicios, que se fueran al diablo. ¡Como si yo tuviera problemas para encontrar clientes! Una o dos veces por semana debía rechazar alguno porque mi carpeta de clientes estaba llena. Además, sí, bueno, es verdad que podía perder algunos contratos, pero también era posible que ganara otros.

Mientras esperaba a que el café estuviera listo, decidí recorrer lentamente el resto de mis mensajes telefónicos. Como para demostrarme que yo tenía razón, tres llamadas más tarde encontré este mensaje: «Hola, soy Brock Summers, de Boston. Pertenezco al Grupo Percepción de Nueva Inglaterra, y nos encantaría encargarle que hiciera algo por nuestra página web…

Tal vez el viejo dicho era cierto: no hay nada mejor que una mala publicidad.

– … ya tenemos una página web -continuó el señor Summers-, pero estamos muy interesados en que usted haga algunas mejoras. He visto su trabajo y conozco a varias personas en su campo a quienes también les interesaría…

Esto era bueno. Realmente bueno.

– … por favor revise nuestra actual página web en www. exorcismosrus.com. Se escribe exorcismosrus, así, en una sola palabra. Hacemos sesiones espiritistas, exterminación de espíritus burlones y ruidosos, exorcismos, desde luego…

Golpeé la tecla «borrar» y me dejé caer en una silla de la cocina.

– ¿Qué pasa, Paige?

Savannah se encontraba de pie junto a la puerta de la cocina, con unos prismáticos en la mano y una mirada preocupada en los ojos. Miró por encima de su hombro en dirección a la ventana del frente.

– Permíteme adivinar: tenemos nuevos adornos en el jardín.

Ella no sonrió.

– No, no es eso… Bueno, sí, los tenemos, pero hace rato que están ahí. Estuve mirando para comprobar cuántos eran. Entonces, hace algunos minutos, me pareció ver una mujer pelirroja de pie en la calle, así que busqué los prismáticos para asegurarme.

Me levanté de la silla de un salto.

– Leah.

Savannah asintió y jugueteó con los prismáticos.

– La estaba observando…

– No te preocupes, querida. Robert me envió anoche por fax algunas notas sobre los Volos, y si ella se encuentra a más de veinte metros de aquí, está demasiado lejos para hacernos daño. Algo bueno de tener ese gentío ahí permanentemente es que no se atreverá a acercarse más.

– Bueno, no es… No es eso. -Volvió a mirar hacia la ventana y entrecerró los ojos como si tratara de ver a Leah a distancia-. Yo estaba mirándola… Y un coche se acercó. Ella bajó a la carretera y el conductor detuvo el coche y… -Savannah me pasó los prismáticos-. Creo que debes ver esto. Lo verás mejor desde mi cuarto.

Entré en la habitación de Savannah y miré por la ventana. Había una fila de por lo menos media docena de coches en nuestra calle, pero mi mirada se dirigió enseguida al que se encontraba aparcado justo a cinco casas. Al ver el pequeño vehículo blanco de cuatro puertas, contuve la respiración. Me dije que estaba equivocada.

Que era un coche bastante común. Pero incluso cuando levanté los prismáticos hacia mis ojos, supe lo que iba a ver.

Había dos personas en el asiento delantero del coche. Leah ocupaba la butaca del acompañante, y en la del conductor estaba Lucas Cortez.

– Quizá existe una explicación -murmuró Savannah.

– Si es así, la pienso obtener ahora mismo.

Caminé deprisa a la cocina, levanté el teléfono inalámbrico y oprimí la tecla de rellamada. La línea se conectó con el teléfono móvil de Cortez, quien respondió al tercer repique.

– Lucas Cortez.

– Hola, soy yo, Paige -saludé, obligándome a decirlo con un tono de forzada frivolidad-. ¿Existe alguna posibilidad de que pueda comprarme un poco de nata camino hacia aquí? En una esquina de la ruta hay un supermercado. ¿Ya ha llegado allí?

– No, todavía no. Voy con un poco de retraso.

La mentira le salió fácil, sin un instante de vacilación. El muy hijo de puta. Hijo de puta mentiroso. Apreté el teléfono con fuerza.

– ¿Prefiere nata de guisar o para montar, o mitad y mitad? -preguntó.

– Mitad y mitad -logré decir.

Levanté los prismáticos. Todavía estaba allí. Junto a él, Leah se reclinaba contra la puerta del acompañante.

Proseguí.

– Ah, y tenga cuidado cuando llegue aquí. Hay mucha gente alrededor de casa. No recoja a ningún autoestopista, por si acaso.

Ahora, una pausa. Una vacilación breve, pero vacilación al fin.

– Sí, por supuesto.

– En especial, no suba a su coche a las semidemonios pelirrojas -dije-. Son las peores.

Una pausa prolongada, como si estuviera sopesando la posibilidad de que se tratara de una broma.

– Puedo explicarlo-dijo por último. ›

– Oh, sí. Estoy segura de que puede hacerlo.

Y colgué.

Autocondolencias

Después de colgar a Cortez, salí de la cocina hecha un basilisco y estrellé el teléfono contra su base con tanta fuerza que rebotó. Traté de atraparlo antes de que cayera al suelo. Las manos me temblaban tanto que casi no conseguí volver a ponerlo en su lugar.

Me quedé mirando mis manos. Me sentía… Me sentía traicionada, y la intensidad de ese sentimiento me sorprendió. ¿Qué esperaba? Era como la parábola del escorpión y la rana. Yo sabía lo que era Cortez cuando le permití entrar en mi vida. Debería haber esperado una traición. Pero no lo hice. En algún nivel profundo confiaba en él, y de alguna manera su traición me dolía incluso más que la del Aquelarre, de quienes había esperado apoyo sabiendo que no me lo darían. Lo de ellas sólo era rechazo, no una traición. Cortez se había aprovechado de ese rechazo para meterse en mi vida.

– ¿Paige?

Al girar la cabeza vi a Savannah.

– Yo también creí que todo iba bien -dijo-. Nos ha engañado a ambas.

Sonó el teléfono. Sabía quién era sin mirar el identificador de llamadas. Apenas había tenido tiempo de sacar a Leah de su coche. Dejé que la máquina respondiera.

– ¿Paige? Soy Lucas. Por favor, póngase al teléfono. Quisiera hablar con usted.

– Sí -murmuró Savannah-. Estoy segura de que sí.

– Puedo explicarlo todo -prosiguió él-. Me dirigía a su casa y vi que Leah me hacía señas para que me detuviera. Como es natural, sentí curiosidad, así que frené y ella me pidió hablar conmigo. Acepté y…

Levanté el receptor del teléfono.

– No me importa por qué demonios habló con ella. Lo que sé es que me mintió.

– Y eso fue un error. Lo reconozco, Paige. Usted me pilló desprevenido cuando me llamó y…

– Y usted tuvo que tartamudear y buscar una excusa, ¿no? Mentiras. Me mintió sin vacilar siquiera. Y lo hizo tan bien que apuesto a que un detector de mentiras no lo habría descubierto. No me importa de qué estaba hablando con Leah, pero sí me importa la facilidad con que mintió y, ¿sabe por qué? Porque ahora sé que posee un verdadero talento para eso.

Una breve pausa.

– Sí, eso es cierto, pero…

– Bueno, al menos lo confiesa. Es un hábil mentiroso, Cortez, y eso me dice que no puedo creer en nada de lo que me ha contado hasta ahora.

– Entiendo que…

– Lo que he visto hoy me convence de que mi primera reacción fue la correcta: usted trabaja para los Nast. Me dije que eso no tenía sentido, pero ahora lo comprendo. Ellos se aseguraron de que no tuviera sentido.

– ¿Cómo…?

– Yo soy programadora, ¿no? Pienso de manera lógica. Envíenme un hechicero desenvuelto, sofisticado y bien vestido, y enseguida descubriría el chanchullo. Pero lo enviaron a usted y yo pensé: este individuo no puede trabajar para una Camarilla. No sería lógico. Y ésa era la idea.

Una pausa tan prolongada que creí que había cortado la comunicación.

– Creo que puedo aclararlo -dijo finalmente.

– ¿Ah, sí?

– No he sido del todo sincero con usted, Paige.

– Vaya, no me diga.

– No me refiero a que esté asociado con los Nast, porque no es así. Y mi motivación, tal como le dije, no era del todo inexacta, aunque soy culpable más de omisión que de engaño.

– No siga -le corté-. Lo que va a decirme a continuación sólo serán más mentiras. Y no quiero oírlas.

– Paige, por favor escúcheme. Le di la versión de mi historia que creí le resultaría a usted más agradable y, por consiguiente…

– Voy a cortar -dije.

– ¡Espere! Tengo entendido que conoce bien a Robert Vasic. Y que es amiga de Adam, su hijastro. ¿Confía en él?

– ¿En Adam?

– En Robert.

– ¿Qué tiene que ver Robert con…?

– Pregúntele a Robert quién soy yo.

– ¿Qué?

– Pregúntele a Robert quién es Lucas Cortez. Él no me conoce personalmente, pero tenemos amistades comunes, y si Robert no se siente capaz de avalar mi integridad, entonces podrá recomendarla a alguien que sí puede hacerlo. ¿Lo hará?

– ¿Qué me va a decir él?

Cortez calló de nuevo un momento.

– Creo que, quizá, a estas alturas, sería mejor que primero lo oyera de labios de Robert. Si se lo digo yo, y usted decide no creerme, tal vez tampoco llame a Robert. Por favor, llámelo, Paige. Y después póngase en contacto conmigo. Estaré en el motel.

Corté.

– ¿Qué ha dicho? -preguntó Savannah.

Sacudí la cabeza.

– La verdad, no tengo ni idea.

– Sí, a veces yo tampoco. Demasiadas palabras grandilocuentes.

Dudé un momento. Después marqué el número de Robert, pero saltó el contestador automático y no me molesté en dejar un mensaje. Todavía oprimía con el dedo la tecla de desconectar cuando sonó el teléfono. En la pantalla apareció «Estudio Legal Williams & Shaw» y un número de teléfono de Boston. ¿Mi abogado comercial había encontrado a alguien dispuesto a representarme? Esperaba que sí…

– ¿Puedo hablar con Paige Winterbourne? -preguntó una voz femenina y muy nasal.

– Soy yo.

– Le habla Roberta Shaw. Soy una abogada del bufete Williams & Shaw. Nuestra firma trabaja con la Oficina Legal Cary de East Falls. El señor Cary me pidió ayuda con los trabajos pendientes de su hijo. Y entre la pila de carpetas cayó en mis manos la suya.

– Sí, es verdad. De hecho, estoy buscando alguien que lleve el caso. Si a alguien de su firma llegara a interesarle…

– Nada de eso -dijo Shaw con un tono tan helado que bordeaba el Ártico. Sencillamente la llamo para pedirle que tome posesión inmediatamente de su legajo. No está en orden, pero no le voy a pedir al señor Cary ni a su nuera que transcriban ninguna de las notas. En las presentes circunstancias, creo que no deberían volver a ver esa carpeta. Por consideración a la familia, le pido que en adelante se comunique exclusivamente conmigo. Los honorarios también saldrán de mi oficina.

– Mire -dije-, no sé qué ha oído decir usted, pero yo no tuve nada que ver con…

– No me corresponde a mí discutir ese asunto. Hoy tengo por delante revisar muchas carpetas, señora Winterbourne. Me gustaría que usted recogiera la suya esta misma tarde.

– De acuerdo. Pasaré a buscarla por la oficina…

– Bueno, eso no sería del todo apropiado, ¿verdad?

Apreté los dientes.

– Entonces, ¿dónde sugiere usted…?

– Estaré toda la tarde en la Funeraria Barton. Me han cedido allí una oficina para poder hacerle las consultas que me parezcan necesarias al señor Cary molestándolo lo menos posible. Puede reunirse allí conmigo a la una.

– ¿En el velatorio de Grant Cary? Eso sí que me parece inapropiado.

– Entrará por la puerta de servicio -dijo, mordiendo cada palabra como si le costara un esfuerzo enorme hablar conmigo-. En un lateral del edificio hay una zona de aparcamiento. Debe doblar en… -ruido de movimiento de papeles-… en Chestnut. Supongo que sabe dónde queda la funeraria.

– En la calle Elm -respondí-. Junto al hospital del condado.

– Bien. Reúnase allí conmigo a la una, en el aparcamiento lateral, junto a la puerta de servicio. Buenos días, señora Winterbourne.

Ahora, con Cortez fuera del caso, actuaba oficialmente por mi cuenta. Si esto hubiera sucedido hace un año, no lo habría considerado un problema y me habría alegrado de tener la oportunidad de probarme a mí misma. El último otoño, cuando el resto de las del consejo se mostraron reacias a rescatar a Savannah, me sentí lista para hacerlo sola. Si lo hubiera hecho ahora estaría muerta, de eso no cabe ninguna duda. Estaría muerta y podría haber contribuido a que, en el proceso, mataran también a Savannah. Entonces aprendí mi lección.

Ahora, me enfrentaba a otra gran amenaza, sabía que necesitaba ayuda y estaba preparada para pedirla. Pero si se la pedía a alguien del consejo, las pondría en peligro por algo que era un problema de brujas y, por lo tanto, debería ser manejado por brujas. Pero nuestro Aquelarre nos había abandonado. ¿Dónde nos dejaba eso?

Traté, en cambio, de concentrarme en hacer exactamente lo que Cortez se había propuesto: trazar un plan de acción. Pero aquí estaba yo, bloqueada. Si salía y seguía la pista a Sandford y a Leah, tendría que llevar a Savannah conmigo, y probablemente terminaría por entregársela en sus propias manos. De momento, el mejor plan a seguir parecía ser mantenerse en la retaguardia, defendernos de sus ataques y confiar en que ellos terminarían por comprender que Savannah representaba más trabajo del que valía. Si bien me fastidiaba tomar una posición defensiva, a estas alturas me negaba a correr riesgos con la vida de Savannah.

A las doce y media miré hacia la gente que montaba guardia afuera. Tal vez fuera un exceso de optimismo, pero me pareció que eran menos. Cuando fui a decirle a Savannah que se preparara para salir, la encontré acostada de espaldas en la cama. Abrió los ojos cuando entré.

– ¿Estás echándote la siesta? -pregunté.

Ella sacudió la cabeza.

– No. No me encuentro muy bien.

– ¿Estás enferma? -Me alarmé y corrí junto a la cama-. Deberías habérmelo dicho, querida. ¿Te duele la cabeza o la barriga?

– Las dos cosas. O bueno, no, ninguna de ellas. No lo sé. -Frunció la nariz-. Me siento… rara.

No le noté ninguna señal evidente de enfermedad. Su temperatura era normal, no tenía la piel irritada y sus ojos estaban cansados pero despejados. Probablemente se trataba de estrés. Tampoco yo me había sentido demasiado bien últimamente.

– Tal vez estás a punto de coger alguna enfermedad -dije-. Pensaba salir, pero puedo esperar.

– No -dijo Savannah y se incorporó-. Quiero acompañarte. Lo más probable es que afuera me sienta mejor.

– ¿Estás segura?

Asintió.

– Quizá podríamos alquilar algunas películas.

– Está bien, entonces. Prepárate.

* * *

– Apuesto a que lo han puesto en un ataúd cerrado -dijo Savannah cuando torcí hacia Chestnut.

La imagen del cuerpo destrozado de Cary cruzó por mi mente y yo traté de borrarla.

– Bueno, nunca lo sabremos -dije-. No pienso acercarme siquiera a ese salón.

– Una pena que no lo pusieran en uno de esos velatorios con cristales que se pueden contemplar al pasar con el coche. Entonces podríamos verlo sin que nadie lo supiera.

– ¿Cómo es eso?

– ¿No has oído hablar de ellos? Tenían uno en Fénix cuando mamá y yo vivíamos allá. Una vez pasamos para verlo. Es como un cajero automático al que se tiene acceso desde el coche, sólo que cuando uno mira por la ventanilla, del otro lado hay un muerto.

– Autocondolencias.

– Hoy en día la gente está muy ocupada. Hay que facilitarles las cosas. -Sonrió y se movió en su asiento-. ¿No te parece extraño? Quiero decir, piénsalo un poco. Uno va hasta allí, ¿y después qué? ¿Le habla al tipo a través de un micrófono? ¿Le dice cuánto lo va a echar de menos?

– Con tal de que a él no se le ocurra incorporarse en el ataúd y preguntarte si quieres unas patatas fritas.

Savannah se echó a reír.

– Los humanos son tan raros -afirmó y volvió a moverse en su asiento.

– ¿Qué te pasa? ¿Tienes ganas de ir al baño?

– No. Es que me duele quedarme mucho tiempo sentada y quieta.

– Apenas hemos avanzado cinco calles.

Se encogió de hombros.

– No sé. A lo mejor estoy resfriándome.

– ¿Cómo está tu estómago?

– Supongo que bien.

Enumeré mentalmente todo lo que había comido durante el último día. De pronto sentí un nudo en la garganta.

– ¿Anoche Cortez se acercó en algún momento a tu café moca?

– ¿Qué? -Me miró-. ¿Crees que me ha envenenado? No. Ni siquiera tocó mi taza. Además, las pócimas no actúan así. Si alguien te da una, te pones mal enseguida. Lo mío viene y va. Espera… Ya se me fue. ¿Has visto? -Giró la cabeza para mirar por encima del hombro-. ¿Ésa no es la funeraria de la calle Elm?

– Sí… ¡Maldición!

Seguí hasta la siguiente bocacalle y di la vuelta. Como dije, la funeraria estaba al lado del hospital local. En realidad, los dos edificios estaban juntos para facilitar el transporte de los enfermos fallecidos. El hospital también tenía una excelente vista del cementerio local adyacente, que a los pacientes debía de resultarles muy alentador.

El aparcamiento junto a la funeraria estaba repleto, de modo que tuve que dejar el coche detrás del hospital. Seguida de cerca por Savannah, corrí hacia la funeraria, tan preocupada por la posibilidad de que alguien me viera que atravesé un seto alto en lugar de ir por el camino. Una vez en el aparcamiento de la funeraria, miré en todas direcciones para estar segura de que nadie llegaba o se iba y después corrí hacia la puerta lateral y llamé.

– Creo que una rama me ha raspado la espalda -dijo Savannah-. ¿Qué importa si alguien nos ve? Tú no mataste a ese tipo.

– Ya lo sé, pero sería una falta de respeto. Y no quiero causar más problemas.

Antes de que pudiera contestarme, la puerta se abrió de par en par. Una mujer de cuarenta y tantos años espió hacia fuera, su cara se veía blancuzca con una expresión de pocos amigos que parecía más un hábito que intencional.

– ¿Sí? -Antes de que yo tuviera tiempo de contestar, ella asintió-. Señora Winterbourne. Muy bien. Pase.

Preferiría haberme quedado afuera, pero ella soltó la puerta y desapareció dentro de la habitación antes de que pudiera protestar. Escolté a Savannah y después entramos en un depósito. Entre las pilas de cajas había una silla plegable y una mesa cubierta de carpetas.

Roberta Shaw usaba un vestido de lino bastante a la moda y hecho a medida; mi madre tenía su propia tienda de ropa, así que yo conocía bien la diferencia entre una prenda buena y una mala. Aunque el vestido era de mucha calidad, en ella era un desperdicio. Como suelen hacerlo muchas mujeres corpulentas, Shaw había cometido el error de elegir ropa demasiado grande, con lo cual había convertido un vestido caro en un trozo informe de arpillera que caía en pliegues alrededor de su cuerpo.

Cuando mi vista se adaptó a ese depósito en penumbra, Shaw se instaló en su silla y se concentró en sus papeles. Yo aguardé algunos minutos y después carraspeé.

– Me gustaría irme de una vez -dije-. No me siento cómoda aquí.

– Espere.

Lo hice durante otros dos minutos. Entonces, antes de poder volver a hacer un comentario, Savannah suspiró… muy fuerte.

– No sé si sabe que no tenemos todo el día -dijo Savannah.

La mirada de Shaw fue feroz, pero no estaba dirigida a mi pupila sino a mí, como si la descortesía de Savannah sólo pudiera ser culpa mía.

– Lo siento -me disculpé-. No se encuentra bien. Si usted no está lista, podríamos ir a comer algo y regresar después.

– Tome -dijo y me arrojó una carpeta-. La cuenta está encima. Necesitamos un cheque certificado, que puede enviar a la dirección que aparece ahí. Bajo ninguna circunstancia le está permitido establecer contacto con los Cary en lo referente al pago o a ninguna otra cosa relacionada con su casa. Si tiene alguna pregunta…

– Debo llamarla por teléfono. Capto la idea.

Me dirigí a la puerta, tiré del picaporte y caí hacia atrás cuando no se abrió. ¿Qué tal eso para una salida triunfal? Recuperando el equilibrio y mi dignidad volví a tomar el pomo, lo giré y tiré. Nada.

– ¿Hay una cerradura? -pregunté y miré debajo del pomo.

– Sólo gire y tire, como con cualquier puerta.

Qué perra. Casi lo dije en voz alta. Pero, a diferencia de Savannah, la educación que había recibido no me permitía hacer una cosa así. Hice un nuevo intento de abrir la puerta. No pasó nada.

– Está atascada -anuncié.

Shaw suspiró y se levantó trabajosamente de la silla. Atravesó la habitación, me hizo señas de que me apartara de su camino, tomó el pomo y tiró de él. La puerta permaneció cerrada. Desde el otro lado oí voces.

– Alguien está ahí afuera -dije-. Tal vez ellos pueden abrir la puerta desde el exterior…

– No. No permitiré que moleste a los deudos. Llamaré al vigilante.

– Hay una puerta delantera, ¿no? -preguntó Savannah.

Una vez más, Shaw me fulminó con la mirada.

– Por razones obvias, no saldrán por allí -dijo y cogió su teléfono móvil.

Suspiré y me recosté contra la puerta. Al hacerlo, pesqué un trozo de conversación del otro lado… Y reconocí las voces.

– … realmente demasiado fácil -decía Leah.

Sandford se echó a reír.

– ¿Qué esperabas? Es una bruja.

Las voces se desvanecieron, presumiblemente alejándose… Volví a tirar de la puerta, esta vez murmurando un hechizo para destrabarla. Nada sucedió.

– Leah -murmuré en voz baja a Savannah y después me dirigí a Shaw-. Olvídese del vigilante. Nos vamos. Ahora.

– Ustedes no pueden… -comenzó a decir Shaw.

Demasiado tarde. Yo ya había abierto la puerta interior y empujaba a Savannah a través de ella. Shaw aferró la parte de atrás de mi blusa, pero logré soltarme y empujé a Savannah al pasillo.

Un velatorio para recordar

Una vez en el pasillo, le di un codazo a Savannah para que siguiera adelante.

– Cruza la primera puerta que veas -le susurré-. Date prisa, estoy justo detrás de ti.

Hacia la izquierda, un corredor vacío serpenteaba por un territorio desconocido. El sol se colaba a través de una puerta a menos de seis metros hacia la derecha… Seis metros de corredor repletos de familiares de aspecto sombrío. Giré a la izquierda. Siguiendo mi consejo, sin embargo, Savannah torció a la derecha, hacia la puerta del frente, entre la gente.

– Sav… -susurré en voz no demasiado baja, pero ella ya se encontraba fuera de mi alcance y avanzaba deprisa.

Bajé la vista, recé para que nadie me reconociera y la seguí. Había caminado menos de un metro y medio cuando la voz de Shaw resonó detrás de mí.

– Paige Winterbourne, no te atrevas a…

No escuché el resto. Mi nombre flotó por el aire a lo largo del pasillo y provocó una explosión de murmullos.

– ¿Winterbourne?

– ¿Paige Winterbourne?

– ¿No es la que…?

– Dios mío…

– ¿Es ella?

Mi primer impulso fue mantener la cabeza bien alta y caminar hasta la puerta. Tal y como Savannah había dicho, yo no había hecho nada malo. Pero la prudencia venció a mi orgullo y, como deferencia a los deudos, bajé la cabeza, murmuré mis disculpas y corrí detrás de Savannah. Los susurros me persiguieron, pero poco a poco se fueron apagando antes de convertirse en difamación.

Obligué a mis labios a pronunciar más disculpas y me abrí paso con fuerza entre la multitud. Más adelante, cuatro personas amontonadas parecieron devorar la delgada figura de Savannah. Levanté la cabeza, aumenté mi velocidad y corrí casi de puntillas para tratar de verla.

El gentío que me rodeaba se trocó en un conjunto de susurros, de sonidos secretos que crecieron hasta ser un parloteo. Una breve conmoción se desató más adelante, a mi derecha, del otro lado de dos enormes puertas dobles. No le presté atención y seguí avanzando, preocupada por encontrar a Savannah y no establecer contacto visual con los familiares. Algunos me agarraron del brazo. Yo me volví apenas, pero sólo alcancé a ver una cabellera rubia debajo de un sombrero negro.

– Lo lamento -murmuré, sin dejar de escrutar el gentío que tenía delante, siempre en busca de Savannah.

Sin mirar, aparté esas manos de mi brazo y traté de alejarme. Alguien gritó «¡Allí!» Una cabeza negra, de espaldas, apareció cerca de la salida. Me lancé hacia adelante, pero las manos volvieron a apresarme y una serie de uñas se me clavaron en el brazo.

– Lo lamento -volví a decir, distraída-. Realmente tengo que…

Giré para liberarme de mi atacante, pero al ver su cara me detuve en seco. Lacey Cary me miraba con sus ojos ribeteados de tristeza roja y maquillaje negro. A nuestro alrededor, la gente se quedó en silencio.

– ¿Cómo te atreves? -siseó-. ¿Qué clase de broma macabra es ésta?

– Lo siento tanto, tanto -dije-. Yo no quise… Fue un error… recoger mi carpeta.

– ¿Tu carpeta? -La cara de Lacey se descompuso-. Tú…, ¿tú has irrumpido en el velatorio de mi marido para venir a preguntarme por tu carpeta?

– No, me dijeron que viniera a buscarla… -Callé al darme cuenta de que no era momento para corregirla. Paseé la vista por el lugar en busca de Savannah, pero no la vi-. Lo lamento tanto. Me iré…

Alguien empujó a alguien entre la multitud detrás de mí. Las ondas de movimiento despertaron mi atención y vi a Shaw moverse en una brecha abierta a unos tres metros y medio por la entrada.

Shaw sacó algo de los pliegues de su vestido. Una muñeca. Esa visión fue tan inesperada que hice una pausa, apenas lo suficiente para verla mover los labios… y comprender que esa muñeca no era en realidad una muñeca.

– Un títere -susurré-. Oh, Dios…

Giré sobre mis talones para echar a correr, pero justo antes pude ver a Leah detrás de Shaw. Levantó una mano y movió un dedo hacia mí.

– ¡Savannah! -grité, liberándome de Lacey y lanzándome hacia la multitud que me cerraba el paso.

Algo estalló encima de mi cabeza… una pequeña explosión. Luego otra y otra más. Trozos de vidrio volaron por todas partes, pequeños fragmentos de cristal afilados como navajas. Cristales rotos de bombillas eléctricas. Hasta los apliques de la pared explotaron, dejando el pasillo en penumbra, iluminado sólo por la luz que se colaba a través de la salida, cubierta con una cortina en el otro extremo. Corrí hacia la puerta delantera, arañando a todo y todos los que se me cruzaban en el camino. Una puerta interior se cerró con un golpe, bloqueó el camino hacia el vestíbulo del frente y sepultó el pasillo en la oscuridad. También otras puertas se cerraron con fuerza. La gente comenzó a gritar.

Alguien me golpeó. No se trataba de una sola persona, sino de todos los presentes. Todos los que me rodeaban parecieron volar por el aire y fuimos disparados a través de un corredor como una masa que gritaba, bullía y pateaba. Las enormes puertas dobles se cerraron detrás de nosotros, apagando los gritos y alaridos de los que quedaron atrapados en el pasillo.

Mientras luchaba por levantarme de la alfombra, paseé la vista por el lugar. Estábamos en una habitación muy grande adornada con cortinajes. Grupos dispersos de familiares tenían la vista fija en nosotros. Alguien corrió a ayudar a Lacey a incorporarse.

– ¿Qué está pasando?

– ¿Alguien ha llamado a…?

– Maldición…

Con ese coro de gritos confusos recuperé mis sentidos y me puse de pie de un salto. Oí un pequeño estallido, un sonido ahora familiar. Levanté la vista y vi una araña de luces sobre mi cabeza. Me tiré al suelo y me cubrí la cabeza mientras las bombillas comenzaban a explotar.

Sólo cuando los pedazos de cristal dejaron de caer sobre mí abrí los ojos esperando toparme con la oscuridad. En cambio, pude ver un poco. La luz titilaba de una única bombilla intacta de un candelero, que proporcionaba suficiente iluminación para que yo pudiera saber dónde estaba.

De nuevo me puse de pie de un salto y traté de encontrar una salida. Todos gritaban, aullaban, sollozaban. Golpeaban la puerta cerrada y gritaban a voces con sus teléfonos móviles. No fue mucho lo que logré ver. Solo podía pensar en una única palabra: Savannah. Debía encontrar a Savannah.

Me paré, extrañamente despejada entre tanta confusión, e hice un análisis rápido de mi situación. La puerta principal bloqueaba la nuestra, que se encontraba cerrada con llave. No había ventanas ni puertas auxiliares. La habitación medía aproximadamente seis metros cuadrados y estaba rodeada de sillas. Contra la pared más alejada había… un ataúd.

En ese momento comprendí dónde estaba: en la sala del velatorio. Por fortuna, tal y como Savannah había adivinado, el ataúd estaba cerrado. De todos modos, el corazón me dio un vuelco al saberme tan cerca del cadáver de Cary.

Me obligué a mantener la calma. A mi alrededor, todos parecían ir serenándose también, y los gritos se habían transformado en sollozos y en palabras de aliento, convencidos de que alguien vendría a ayudarnos.

Volví a examinar lo que me rodeaba. No había ventanas… Entre el murmullo de susurros y sollozos me pareció oír un leve gemido. Un gemido y un ruido de uñas que arañaban algo. Me dio miedo averiguar el origen de esos sonidos. No necesitaba hacerlo. Sin comprobar que el ruido venía de la pared más alejada, pude saberlo. Procedía del ataúd.

Mentalmente vi a Shaw de nuevo, sosteniendo el títere y recitando el conjuro. La vi y supe qué era ella en realidad: una nigromante.

Los arañazos se convirtieron en golpes. A medida que el ruido aumentaba, en la habitación comenzó a reinar un completo silencio. Todas las miradas convergieron en el ataúd. Un hombre dio un paso adelante y lo tocó.

– ¡No! -grité y me tiré sobre él-. ¡No lo haga…!

Él abrió la cerradura justo en el momento en que mi cuerpo golpeaba contra el suyo y lo arrojaba a un lado. Traté de ayudarlo a levantarse, pero mis piernas se entrelazaron con las suyas, tropecé y casi me di contra el féretro. Y, mientras luchaba por liberarme, la tapa del cajón se entreabrió.

Quedé petrificada, con el corazón disparado contra el pecho; luego cerré los ojos y apreté los párpados lo más fuerte que pude, como cuando tenía cuatro años y confundí el crujido de las tuberías con un monstruo metido en mi armario. En la habitación se hizo un silencio total, tan grande que alcanzaba a oír la respiración de los que tenía más cerca. Abrí un ojo y vi… No vi nada. Desde el suelo sólo podía ver la tapa abierta de un ataúd.

– Cierren la tapa -susurró alguien-. Por el amor de Dios, ¡ciérrenla!

Solté un suspiro de alivio. Shaw no era una nigromante. Lo más probable era que Leah hubiera simulado ese ruido en el cajón para mover algo en su interior, para obligar a uno de los familiares a abrirlo y revelar los restos destrozados de Cary. Otro truco grotesco, cuya finalidad era detenerme allí, evitar que pudiera reunirme con Savannah.

Un gemido interrumpió mis pensamientos. Todavía estaba doblada en dos sobre el suelo, tratando de ponerme de pie. Al levantarme, vi al hombre que se había acercado deprisa para cerrar el ataúd. Se quedó parado junto al féretro, una mano sobre la tapa abierta, los ojos abiertos de par en par. Otro gemido sacudió la habitación, y por un momento, un momento bastante optimista, me convencí de que el sonido procedía de ese hombre. Hasta que una mano maltrecha asomó por el forro de satén del féretro y se agarró a uno de sus bordes.

Nadie se movió. Estoy segura de que durante los siguientes diez segundos ningún corazón latió en aquel salón. La mano se agarró con fuerza a la caja mortuoria y después se distendió y se movió un poco hacia abajo, como acariciando esa madera pulida. Otro gemido… Un gemido húmedo que más parecía un borboteo, hizo que me estremeciera por completo. Los tendones de la mano se flexionaron cuando se agarró con más fuerza. Entonces Cary se incorporó.

En la penumbra de ese salón, hubo un instante fugaz en que Grantham Cary hijo pareció estar vivo. Vivo, entero y bien. Tal vez fue un truco de la oscuridad o el engaño de una mente esperanzada. Se sentó y parecía vivo. Lacey soltó un jadeo, no de horror sino de exaltación. Detrás de mí, Grantham padre sollozó, pero fue un conmovedor grito de alegría, y en su cara apareció tal expresión de anhelo y de esperanza que tuve que apartar la vista.

Cary se levantó para salir del ataúd. ¿Cómo? No lo sé. Después de haber presenciado su muerte, sabía que en su cuerpo no podría haber ni un solo hueso que no estuviera fracturado. Sin embargo, era poco lo que yo entendía de esta parte de la nigromancia. Sólo puedo decir que, mientras lo observábamos, él luchó por salir del ataúd y se puso de pie. Y cuando la luz iluminó su forma, esa bendita ilusión de integridad se desvaneció.

Los de la funeraria habían hecho bien su trabajo, limpiando toda la sangre… Pero lo único que no lograron ocultar fue la monstruosa realidad de sus heridas. El otro lado de su cabeza estaba afeitado, desgarrado, cosido y aplastado -sí, aplastado-; había perdido un ojo, la mejilla estaba hundida y destrozada, y la nariz… No, con eso ya es suficiente.

Por un momento, el silencio continuó mientras Cary permanecía allí, de pie, con la cabeza meciéndose sobre su cuello roto, el ojo restante esforzándose por enfocarnos, y el borboteo que brotaba de sus labios tan rítmico como una respiración. Entonces vio a Lacey. Pronunció su nombre, o una terrible parodia de su nombre, mitad hablado, mitad gruñido.

Cary comenzó a dirigirse hacia su esposa. Parecía no caminar sino arrastrarse, tambaleándose y sacudiéndose, y obligándose a avanzar. Una mano se extendió hacia ella. La otra se sacudió, como si tratara de levantarla pero no pudiera hacerlo. Se dejaba caer y se retorcía, y la tela de la manga le raspaba contra un costado.

– L… a… cey -articuló.

Lacey gimió. Dio un paso atrás. Cary se detuvo. Su cabeza se balanceaba y se meneaba y sus labios se retorcían.

– ¿L… a… cey?

Trató de tocarla. Entonces ella se desmayó y se cayó al suelo antes de que nadie tuviera tiempo de sostenerla. Con su caída, toda la habitación volvió a la vida. La gente corrió hacia la puerta y comenzó a gritar.

– … pa… -gruñó Cary.

Su padre se quedó paralizado. Al mirar a su hijo, sus labios se movieron pero no brotó ningún sonido de ellos. Entonces se llevó la mano al pecho. Alguien lo sostuvo y gritó que pidieran una ambulancia. Del otro lado del salón, una mujer se echó a reír con una risa aguda que muy pronto se convirtió en una mezcla de hipo y sollozos. Cary giró la cabeza y observó a la llorosa mujer.

– Qué… qué… qué… qué…

– ¡Peter! -gritó una voz femenina-. Peter, ¡dónde demonios estás!

Todos los que no estaban paralizados por la impresión miraron cómo una mujer de vestido verde salía de los cortinajes tras el ataúd de Cary.

– ¡Peter! ¡Te mataré!

La mujer se dirigió al centro del salón, se detuvo e inspeccionó a la multitud.

– ¿Quiénes demonios son ustedes? ¿Y dónde está Peter? ¡Juro por Dios que esta vez mataré a ese hijo de puta!

La mujer era joven, tal vez sólo algunos años mayor que yo. Una gruesa capa de maquillaje ocultaba un ojo falso. Era delgada, sumamente delgada, con la clase de delgadez derivada de las drogas y la desidia. Al pasear la vista por la habitación con el entrecejo fruncido, se apartó un mechón de pelo rubio con raíces negras del rostro… y entonces apareció en su sien un orificio de bala del tamaño de un cráter.

– Ella está… está… -dijo alguien.

La mujer miró al que lo dijo y se abalanzó sobre él. El hombre gritó y se tambaleó hacia atrás cuando ella lo atacó y le clavó las uñas en la cara.

Una mujer entrada en años retrocedió y chocó contra Cary. Al ver contra qué se había golpeado, lanzó un grito y giró sobre sus talones, pero tropezó con sus propios pies. Cayó e instintivamente se aferró del brazo inútil del muerto. Cary también se tambaleó. Al caer, el brazo se le desprendió del cuerpo, con la mujer todavía aferrada a su mano, y rompió las puntadas que los de la funeraria habían realizado para reconectarle ese miembro amputado.

Yo me di media vuelta en el momento en que Cary vio que el brazo se le separaba del cuerpo y que sus gritos incomprensibles se fusionaban con el griterío general. Casi sin conciencia de lo que estaba haciendo, corrí hacia la pared cubierta por cortinajes desde la que la mujer muerta había emergido.

Me dirigí tan rápido como pude a la puerta oculta tras la cortina y de pronto me encontré en una pequeña habitación en tinieblas. Un ataúd vacío se encontraba sobre algo que parecía la camilla de un hospital. Detrás del cajón me pareció advertir la forma de una puerta. Aparté la camilla, agarré el pomo de la puerta, lo giré y lo empujé, y casi caí hacia adelante cuando se abrió y la crucé a trompicones.

Magia de pacotilla

Corrí por el pasillo vacío. A mis espaldas aún podía oír los gritos de los que se encontraban atrapados con los cadáveres. Otras voces sonaron por el pasillo, al parecer procedentes de dos direcciones, sonaban diferentes en su tono pero no menos aterrorizadas. Miré en ambos sentidos, pero sólo vi puertas y varias salas adyacentes.

Un resplandor tenue brillaba a lo lejos a mi derecha, miré hacia él y vi una multitud de personas, todas apretujadas contra una puerta cerrada, que gritaban y la golpeaban. Esto me pareció extraño y me hizo preguntarme por qué mi propio pasillo se encontraba vacío; de todos modos, seguí adelante. Al doblar por una esquina mi salvación apareció a la vista: una puerta de salida con una cortina negra por cuyos bordes se filtraba la luz del sol.

Corrí hacia la puerta y cuando estaba a tres metros de ella una luz color carmesí apareció en mi camino. Por un instante esa tenue nube roja y negra se retorció y palpitó. Después explotó y se convirtió en una boca abierta con colmillos que se abalanzó hacia mi cuello.

Grité, me di la vuelta y choqué con un cuerpo. Cuando volví a gritar, unas manos me agarraron los hombros. Me puse a aporrear y a patear al dueño de esas manos, pero mi atacante me sostuvo con más fuerza.

– Está bien, Paige. Shhh… No pasa nada.

El hecho de haber reconocido esa voz le ganó la partida al pánico que sentía, y al levantar la vista vi a Cortez. Por un segundo sentí un alivio tremendo. Hasta que recordé su traición. Cuando traté de apartarme de él noté que le faltaban las gafas. De hecho, su atuendo de abogado de tres al cuarto había sido sustituido por unos pantalones color caqui, una chaqueta de cuero y una camisa Ralph Lauren: una vestimenta mucho más adecuada para un joven abogado de una Camarilla. ¿Cómo me había dejado engañar con tanta facilidad?

– Oh, Dios… Savannah -musité.

Me liberé de él y me lancé hacia la puerta. El perrodemonio volvió a la vida y se abalanzó sobre mí. Giré sobre mis talones y empujé fuerte a Cortez, tratando de pasar junto a él y correr en dirección opuesta. Él me agarró de la cintura y me levantó por el aire.

– Savannah está por aquí, Paige. Tienes que atravesar eso.

Y empezó a empujarme hacia los colmillos de la bestia. Yo le clavé las uñas, lo arañé, lo pateé, lo golpeé. Mis uñas chocaron con algo y él jadeó y aflojó su presión lo suficiente para que yo me soltara. Me arrojé hacia adelante, pero él volvió a sujetarme y me rodeó el pecho con los brazos.

– Maldita seas, Paige, ¡escúchame! ¡Savannah está detrás! Allí no hay nada… No es más que una alucinación.

– No es una alucina…

Me hizo girar para enfrentar la bestiademonio. Había desaparecido.

– ¡Maldición, ten cuidado! -gruñó cuando le clavé el codo en el estómago.

Sujetándome con un brazo, agitó la mano en el aire delante de nosotros. La nube de humo rojo volvió y se transformó en un imponente par de mandíbulas que gruñían. Luché con fuerza renovada, pero Cortez se las ingenió para no soltarme y obligarme a mirar. El humo se retorció y se transformó en algo que parecía un dragón, con colmillos, lengua bífida y ojos de los que brotaba fuego. Entonces el dragón desapareció y se convirtió una vez más en el perrodemonio, que babeaba y se agitaba como si estuviera sujeto por una correa muy corta.

– Es una alucinación -dijo él-. Un conjuro. Magia de pacotilla. Gabriel Sandford los instaló en todas las salidas. Mira, Savannah está a salvo y nos espera…

Lo empujé y corrí en la dirección opuesta. Delante de mí, una forma emergió de un pasillo. No reduje la marcha, sólo extendí las manos, lista para hacer a un lado a esa persona. Entonces giró hacia mí. Era un hombre, desnudo, cuya piel pálida resplandecía en esa tenue luz. Le faltaba la parte superior de la cabeza. Tenía el torso cortado en forma de Y, desde los hombros hasta el pecho y la pelvis. Alcanzaba a verle las costillas rotas. Cuando dio un paso adelante algo cayó de su pecho y golpeó el suelo. Sus labios se entreabrieron y me miró. Yo lancé un grito.

Cortez cerró las manos alrededor de mi cintura. Me levantó por el aire y me arrastró hacia la entrada. Cuando llegamos al lugar donde habíamos forcejeado antes, el dragón reapareció. Cerré los ojos y luché con más fuerza.

Segundos después sentí una corriente de aire y, al abrir los ojos, vi que Cortez abría la puerta de salida. Detrás de nosotros, el perrodemonio babeaba y mostraba los dientes hacia la nada. Cortez me alzó y ambos cruzamos la puerta. Sólo cuando estuvimos en el aparcamiento me bajó al suelo.

– Si miras hacia allá -dijo, jadeando-, verás a Savannah en tu automóvil.

Cuando mis pies tocaron el suelo lo empujé y paseé la vista por el aparcamiento del hospital. Vi mi coche… Pero no había nadie adentro.

– ¡Maldición! -Gritó él y miró en todas direcciones mientras se secaba la sangre en las heridas que yo le había hecho en la mejilla-. ¿Dónde demonios está Savannah?

– Juro que si la has hecho algún daño…

– Allí está -dijo él y se alejó un poco-. ¡Savannah! Te dije que te quedaras en el coche.

– ¿Y creíste que te obedecería? -le replicó Savannah desde detrás de mí-. Lanzaste un hechizo para trabar las puertas, hechicero. Eh, Paige, ven aquí. Tienes que ver esto.

Y echó a correr. Salí tras ella, seguida por Cortez. Al doblar la esquina la vimos junto a otra puerta. Antes de que yo pudiera impedírselo, desapareció en el interior. Logré sujetar la puerta antes de que se cerrara. Savannah se encontraba dentro de pie, dándonos la espalda.

– Mirad-dijo.

Sacudió la mano delante de ella. Por un segundo, nada sucedió. Después, una serie de partículas grises flotaron desde todas direcciones hasta formar una pelota sobre la cabeza de Savannah. Me preparé para toparme con otra bestia amenazadora. En cambio, el polvo gris se transformó en la cara de una mujer, y luego trozos de ella comenzaron a desprenderse y a caer y a revelar una calavera sonriente. La boca se abrió en una risa silenciosa y el cráneo giró tres veces y luego se esfumó.

– Fabuloso, ¿no? -Se sorprendió Savannah-. Es cosa de hechiceros. ¿Tú puedes hacer eso, Lucas?

– Ésa es magia de pacotilla -respondió él, resollando mientras recuperaba el aliento.

Ella le sonrió.

– No puedes, ¿verdad? Te apuesto a que yo sí podría. -Volvió a mover la mano y a provocar el hechizo-. Es genial. Uno se acerca a la puerta y se materializa. Está en todas las puertas. Deberías ver a todos los policías que hay ahí. -Me miró por primera vez-. No tienes buen aspecto, Paige. ¿Te sientes bien?

– Leah… Sandford -logré decir, todavía sumida en el pánico-. Debemos irnos. Antes de que ellos…

– Ellos se fueron hace rato -dijo Savannah-. Cuando yo conseguí salir vi a Leah, y estaba a punto de echar a correr cuando Lucas me sujetó. Le propiné un buen golpe y… -Calló y señaló los arañazos que él tenía en la cara-. Eh, ¿yo te hice eso?

– No, creo que ésa fue Paige. El moratón de tu golpe todavía no ha tenido tiempo de aparecer. Ahora, como Savannah intenta contarte, Leah y Sandford se fueron…

– Sí, así es -continuó Savannah-. De modo que Lucas me atrapa y yo lucho con él, y entonces Leah nos manda volando por el aire. Pero antes de que consiga acercarse a mí, ese otro tipo, supongo que Sandford, la detiene, le dice algo y los dos se van.

– ¿Así? ¿Sin más? -le pregunté a Cortez-. Qué oportuno, ¿no?

– No, espera -me interrumpió Savannah-. Ésa es la mejor parte. Como sabrás, ellos no pueden tocar a Lucas porque él es…

– Ahora no, Savannah -dijo Cortez.

– Pero debes decírselo, o no podrá entenderlo.

– Sí -les interrumpí-, tienes que decírmelo.

– Debo suponer que no llamaste a Robert.

– No está en la ciudad. Y quiero oírlo de tus labios. Ya mismo.

Cortez sacudió la cabeza.

– Me temo que querrás que te dé una explicación detallada, para lo cual no hay tiempo en este momento. Sin embargo, te lo explicaré tan pronto como estemos a salvo y lejos de este lugar.

– Eh, Paige -dijo Savannah-. ¿Has visto la bicicleta de Lucas?

Ella echó a correr y dobló la esquina antes de que yo pudiera impedírselo. Cuando llegué junto a ella, la encontré acurrucada, no junto a una bicicleta sino a una motocicleta.

– Es una Scout -explicó-. Una Indian Scout. Una reliquia. ¿De qué año dijiste que era?

– De 1926 -respondió Cortez-. Pero ahora debemos irnos, Savannah.

– Es una pieza de colección -comentó Savannah-. Una pieza realmente única.

– Y supongo que también bastante cara, ¿no? -Dije y miré a Cortez-. Igual que esa camisa de marca. Algo muy exclusivo para un abogado que busca trabajo.

– Yo mismo reparé la moto. En cuanto a la ropa, un traje y una corbata no son precisamente la vestimenta apropiada para montar en moto. Mi guardarropa contiene una cantidad limitada de ropa deportiva, que, en su gran mayoría, ha sido regalo de mi familia, que tiene más presupuesto y gusto que yo. Ahora deberíamos…

– Yo no pienso ir a ninguna parte -afirmé.

Cortez hizo un ruido que se pareció mucho a un gruñido de frustración.

– Paige, éste no es momento para…

– No estoy siendo difícil. Simplemente, no me parece una buena idea huir de aquí. La gente que está ahí dentro me ha visto. Se lo dirán a la policía, que me perseguirá y se preguntará por qué me fui.

Él dudó un momento y después asintió.

– Tienes razón. Sugeriría entonces que buscáramos un agente de policía para que presentes tu declaración.

– Primero pienso sacar a esa gente de ahí antes de que a alguien le dé un infarto.

Savannah puso los ojos en blanco.

– Oh, por favor. ¿A quién le importa esa gente? Ellos no te ayudarían a ti. Díselo, Lucas.

– Paige tiene razón. Creo que sí deberíamos sacarlos de allí.

– No me digas que tú también opinas lo mismo -refunfuñó Savannah-. Oh, Dios, estoy rodeada.

Le hice una señal para que se callara y fuimos hacia la puerta de atrás.

* * *

No les haré un relato minuto a minuto de lo que sucedió a continuación. Entre Cortez y yo logramos anular todos los hechizos de Sandford, o sea que desbloqueamos las puertas y neutralizamos las ilusiones ópticas.

En cuanto a Cary y a los otros muertos vivientes, sencillamente dejaron de caminar. Cuando todo el mundo ya había escapado y las autoridades entraron en el edificio, los conjuros de los nigromantes habían dejado de tener efecto. Al menos, eso fue lo que Cortez explicó. Como ya dije, yo no sé nada acerca de levantar a los muertos. Cualquier nigromante puede hacerlo, pero yo no conocía a ninguno que se atreviera. Los nigromantes que trato utilizan su poder sólo para comunicarse con los espíritus. Devolverle el alma a un cuerpo muerto está contra todo código moral en el mundo sobrenatural.

En el caos que había en el exterior de la funeraria, me llevó veinte minutos encontrar un agente de policía, quien insistió en que debía acompañarlo a la comisaría para presentar mi declaración.

Como es natural, la policía pensó que yo había desempeñado un papel en todo lo sucedido. Pero no sabían qué había sucedido. Sí, claro, habían oído distintas versiones; todos los testigos contaban su historia balbuceando cosas acerca de muertos que caminaban y hablaban. Pero cuando la policía entró en el edificio, sólo encontró una serie de cadáveres tendidos en el piso. Horripilante, sí, pero no era una prueba de que hubiera ocurrido nada sobrenatural.

Cuando presenté mi declaración, repetí solo las partes más creíbles: que me habían convocado mediante un engaño en la funeraria y me obligaron a cruzar en el pasillo atestado de familiares. Después se apagaron las luces. Alguien me empujó hacia la sala del velatorio y atrancó la puerta. Había escuchado gritos de la gente pero casi no pude ver nada en esa oscuridad. Muy pronto encontré el camino hacia un pasillo posterior y conseguí escapar. Reconocí que, mientras lo hacía me topé con una imagen truculenta que bloqueaba la entrada, pero que pasé a través de ella sin ningún incidente y supuse que debía de tratarse de un holograma.

Por último, aturdidos por la incredulidad y por una sobrecarga de información, los policías me dejaron ir. Mi relato tenía sentido y se veía respaldado por el de los testigos, salvo en el hecho de que yo no había visto levantarse a los muertos. No sin cierta reticencia, me dejaron libre.

Rebelde con causa

Nosotras habíamos ido a la comisaría en mi coche y Cortez había dejado la motocicleta frente a la funeraria. Cuando salimos de la comisaría, ya eran cerca de las cinco y Savannah me recordó que todavía no había almorzado. Puesto que Cortez aún me debía una explicación, decidimos comprar algo en uno de esos restaurantes de carretera en los que no hace falta bajarse del coche y buscar algún sitio tranquilo para conversar.

Nos detuvimos en el primer restaurante por el que pasamos. El plan era comprar la comida desde el coche, pero de pronto Savannah dijo que tenía que ir al baño y no tuve más remedio que reconocer que a mí también me vendría bien, así que entramos. Al hacerlo, algunas personas nos miraron. Traté de convencerme de que era sencillamente fruto de la curiosidad de unos cuantos comensales aburridos, pero de repente, una mujer de mediana edad se agachó y le susurró algo a sus compañeros, y todos giraron la cabeza para mirarme. No, no para mirarme, sino para fulminarme con la mirada.

– Si me decís qué queréis comer, lo pediré mientras vais al baño -murmuró Cortez.

– Gracias.

Le dijimos lo que queríamos y le di algo de dinero, después de lo cual nos dirigimos al baño. Cuando salimos, Cortez nos aguardaba junto al mostrador, con las bolsas en la mano.

– Yo debería hacer lo mismo antes de que nos vayamos -dijo Cortez y miró hacia los cuartos de baño-. ¿Os acompaño primero al coche?

– No hace falta.

Tomé las bolsas y conduje a Savannah hacia afuera. Sentí varias miradas feroces en nuestra dirección, pero nadie dijo nada. Algunos minutos después, Cortez se reunió con nosotras en el automóvil.

– ¿Te has quitado las lentillas? -Preguntó Savannah cuando él subió al coche-. ¿Y eso?

– Son apropiadas para usarlas debajo de un casco, pero en las demás situaciones prefiero usar gafas.

– Qué extraño.

– Gracias.

Saqué una patata frita de la bolsa mientras todavía estaban calientes.

– Hablando de cascos, ¿qué me dices de la motocicleta? Esta mañana tenías un coche alquilado.

– Y todavía lo tengo, en el motel. Después de nuestro altercado de esta mañana, me pareció mejor realizar una vigilancia discreta por si llegaba a hacer falta mi ayuda. Sé por experiencia que una motocicleta resulta mucho más útil en un trabajo de vigilancia. Va muy bien en los callejones y pasajes donde no cabría un coche. Además, el casco es una buena excusa para ocultarse la cara. Por lo general resulta poco llamativo, aunque ahora me doy cuenta de que tal vez eso no se aplique a East Falls.

– Población de motociclistas: cero. Hasta hoy.

– Tal cual. Después de esto, aparcaré la moto y me conformaré de nuevo con mi coche de alquiler.

Detuve el automóvil en una zona de picnic vacía a un lado de la carretera. Mientras yo salía del coche, Cortez le dijo algo a Savannah. Ella asintió, tomó su bolso y se dirigió a una mesa para picnics en el extremo más alejado del terreno. Cortez me condujo a una mesa más cerca del coche.

– ¿Qué le has dicho?-pregunté.

– Sencillamente que podría ser más fácil para ti y para mí hablar en privado.

– ¿Y con cuánto dinero la has sobornado para que te haga caso?

– Con nada.

Miré a Savannah, que sacaba la comida de su bolsa. Notó que la observaba, sonrió, me saludó con la mano y se sentó a comer.

Le dije a Cortez:

– ¿Quién eres y qué has hecho con la auténtica Savannah?

Él sacudió la cabeza y se instaló en el banco.

– Savannah es una jovencita muy intuitiva. Entiende la importancia de conseguir ayuda en esta situación. Está dispuesta a darme una segunda oportunidad, pero comprende que tal vez no me resulte fácil persuadirte de que tú hagas lo mismo.

Abrió su hamburguesa y rompió un sobrecito de ketchup.

– Eso nos lleva a la primera parte de mi última pregunta -dije-. ¿Quién eres?

– Ya te dije que no estoy asociado a la Camarilla Nast y que no trabajo para ninguna Camarilla. Eso es cierto. Sin embargo, es posible que te haya dado la impresión equivocada de que no tengo nada que ver con ellas.

Mordisqueé la punta de una patata frita mientras trataba de entender esa última frase.

– De modo que estás «asociado» a una Camarilla. ¿En concepto de qué? ¿De empleado contratado?

– No, como ya te dije, trabajo por mi cuenta. -Cortez cerró el sobrecito semivacío de ketchup y lo puso a un lado-. En la reunión del Aquelarre, una mujer mayor mencionó a Benicio Cortez.

– Ah, supongo que un pariente.

– Mi padre.

– Deja que adivine… Tu padre trabaja para una Camarilla.

– Sería más exacto decir que una Camarilla trabaja para él. Mi padre es el CEO de la Camarilla Cortez.

Tosí y estuve a punto de escupir una patata frita a medio comer.

– ¿Tu familia controla una Camarilla?

Cortez asintió.

– ¿Y es… grande?

– La Camarilla Cortez es la más poderosa del mundo.

– Creí haberte oído decir que la más grande era la Camarilla Nast.

– Lo es. Pero la de mi padre es la más poderosa. Lo digo por una simple cuestión de precisión, no para vanagloriarme de ello. No obstante, yo no desempeño ningún papel en la organización de mi padre.

– Pero ayer me dijiste que las Camarillas son organizaciones familiares dirigidas por un hechicero y sus hijos.

– En la práctica, eso es cierto. El hijo del jefe de una Camarilla es introducido en la organización al nacer, y en casi todos los casos es allí donde permanece. Pero, aunque un hijo puede escalar posiciones en la Camarilla, también se le exige que se someta a una iniciación formal el día que cumple dieciocho años. Como, teóricamente, ser integrante de una Camarilla es algo voluntario, un hijo puede negarse a ser iniciado. Y eso es lo que yo hice.

– ¿De modo que, sencillamente, dijiste: «Lo siento, papá, pero no quiero ser parte del negocio familiar»?

– Bueno… -Se colocó las gafas-. Técnicamente, como no acepté la iniciación, no soy un miembro de la Camarilla. Y tampoco me considero así. Sin embargo, esto es muy poco frecuente, por lo que me encuentro en una posición en la que la mayoría de las personas me consideran parte de la organización de mi padre. En líneas generales, se acepta que esta rebelión es una situación transitoria…, algo que, lamentablemente, mi padre comparte y promueve, lo cual significa que se me dan los privilegios y la protección que una posición así me proporcionaría.

– Aja.

– Esa posición me concede un cierto estatus en el mundo de las Camarillas, y aunque yo me resisto a aprovecharme de esa asociación, en algunos casos es beneficiosa y me permite ciertas actividades que los de la Camarilla no me consentirían si yo no fuera quien soy.

– Aja. -Sentí que comenzaba a dolerme la cabeza.

– Sencillamente, he decidido que el mejor uso que puedo hacer de mi posición, una posición que no deseo ni aliento, es contrarrestar algunos de los peores abusos de poder de mi raza. Obviamente, sacar a una joven bruja del Aquelarre y ponerla en manos de una Camarilla representa un abuso. Al enterarme de las intenciones de Kristof Nast, seguí a Leah y a Gabriel y esperé el momento oportuno para presentar mis servicios.

– Aja. A ver si he entendido bien: después de abandonar la fortuna de la familia, ahora utilizas tu poder para ayudar a otros sobrenaturales. Como el Hombre Murciélago… pero disfrazado permanentemente de Clark Kent.

Habría jurado que le hice sonreír. Por lo menos le temblaron los labios.

– El Hombre Murciélago es Batman, y su alter ego, Bruce Wayne. Clark Kent es Superman. Me temo que ninguna de las dos comparaciones es cierta. Me falta el erotismo atormentado de Batman y, lamentablemente, todavía no he aprendido a volar. Aunque sí conseguí flotar algunos metros por el aire cuando esta tarde Leah me arrojó hacia arriba.

No pude evitar reírme.

– De acuerdo, pero ¿sabes cómo suena esa historia de Rebelde con causa?

– Inverosímil… Ya lo sé.

– No. Suena directamente descabellada, loca, disparatada.

– No he oído antes esos adjetivos, sin duda sólo porque nadie se atreve a decírmelos a la cara. -Apartó a un lado su hamburguesa intacta-. Antes de que pienses que mi historia es falsa, por favor, habla con Robert Vasic. Confío en que él sabrá cómo avalar mi sinceridad.

– Eso espero.

– Puedo ayudarte, Paige. Conozco las Camarillas, las conozco más íntimamente que cualquiera que esperes o quisieras contratar. Puedo trabajar dentro de ese mundo con poco temor de ser víctima de represalias. Como Savannah vio hoy, los Nast no se atreven a tocarme. Y eso puede resultar muy útil.

– Pero, ¿por qué? ¿Por qué quieres pasar por todo esto para salvar a una desconocida?

Él miró hacia donde estaba Savannah.

– Es algo disparatado, como tú dices. No puedo imaginar a nadie que haga una cosa así.

Partí una patata frita, me quedé mirándola y la arrojé al suelo. Un cuervo se acercó para observarla mejor y después me miró con sus ojos negros y helados, como preguntándome si sería seguro o no comérsela.

– A pesar de todo, me mentiste -dije-. Acerca de Leah.

– Sí. Y, como tú dices, lo hago muy bien. Los Cortez aprendemos a mentir mientras otros chicos aprenden a jugar al béisbol. Para mí, mentir es una forma de supervivencia. En toda situación donde decir la verdad puede ser arriesgado, miento con frecuencia incluso antes de haber tomado la decisión consciente de hacerlo. Lo único que puedo decir en mi defensa es que me esforzaré muchísimo en no repetirlo.

– Hazlo, entonces. Ya me cuesta bastante tener que confiar en este trato… En vincularme con un hechicero.

– Perfectamente comprensible.

– Y primero voy a hablar con Robert. Necesito hacerlo, para mi propia tranquilidad.

– De nuevo, muy comprensible. ¿Esperas que regrese pronto?

– Lo más probable es que ya haya llamado a casa tratando de localizarme.

– Bien. Entonces te acompañaré a tu casa, puedes entrar y devolverle la llamada, y después trazaremos un plan de acción.

– ¿Y qué me dices de tu motocicleta?

– La recogeré más tarde. En este momento, aclarar esta situación es mi primera prioridad.

Una multitud exaltada

Cuando doblé en la segunda esquina antes de mi casa, Cortez se sentó de lado en su asiento para poder vernos a Savannah y a mí.

– Ahora bien, como dije, es posible que algunos periodistas se hayan instalado en el vecindario. Tenéis que estar preparadas. Tal vez deberíamos repasar nuestro plan. Lo que es más importante recordar es…

– Nada que comentar, nada que comentar, nada que comentar -repetí y Savannah me acompañó con un canturreo.

– Aprendéis rápido.

– Danos un guión sencillo y hasta nosotras, las brujas, podremos aprenderlo.

– Estoy realmente impresionado. Ahora, cuando salgamos del coche, manteneos muy cerca de mí…

Savannah se inclinó en el asiento.

– Y tú nos protegerás con relámpagos, rayos, granizo y fuego del infierno.

– Yo no podré protegerte si Paige frena en seco y tú sales volando por el parabrisas. Así que ponte el cinturón de seguridad, Savannah.

– Lo tengo puesto.

– Entonces ajústatelo.

Ella se deslizó hacia atrás en el asiento.

– Dios, eres tan insoportable como Paige.

– Como iba diciendo -prosiguió Cortez-, nuestro principal objetivo es… Oh.

Con esa única palabra, se me cortó la respiración. Una simple palabra; en realidad ni siquiera una palabra sino un mero sonido, una exclamación de sorpresa. Pero para que Cortez se sorprendiese -peor aún, para que interrumpiese la explicación de uno de sus grandes planes- debía haber visto algo realmente alarmante.

Acababa de doblar hacia mi calle. Cuatrocientos metros más allá estaba mi casa… o eso supuse. No podía estar segura porque los dos lados de la calle estaban ocupados por automóviles, camiones y furgonetas apiñados en todos los espacios disponibles, algunos incluso en doble fila. En cuanto a mi casa, no podía verla, no por culpa de los vehículos sino del gentío que llenaba el jardín, las aceras y la calle misma.

– Entra en el siguiente camino de acceso -dijo Cortez.

– No puedo aparcar allí -contesté y levanté el pie del acelerador-. Estoy segura de que mis vecinos ya están suficientemente furiosos conmigo.

– No te pido que aparques sino que gires.

– ¿Quieres que huya?

– Por ahora, sí.

Agarré con fuerza el volante.

– No puedo hacer eso.

Seguí mirando hacia adelante, pero sentí sus ojos clavados en mí.

– No va a ser fácil entrar en tu casa, Paige -dijo él, ya con voz más suave-. Esta clase de situación… En fin, no saca precisamente lo mejor de la gente. Nadie podría culparte por dar la vuelta.

Por el espejo retrovisor miré a Savannah.

– Paige tiene razón -me apoyó-. Si retrocedemos ahora, Leah sabrá que le tenemos miedo.

– Muy bien, entonces -dijo Cortez-. Métete en cualquier lugar donde veas un hueco.

Mientras buscaba ese lugar, nadie dijo nada. Mi mirada pasó de un grupo al siguiente; de los equipos del informativo nacional que bebían café del Starbucks a las personas diseminadas aquí y allá con videocámaras y miradas curiosas; de los policías estatales que discutían con cinco hombres calvos de túnicas blancas a los hombres, mujeres y chicos que caminaban por la acera portando pancartas que condenaban mi alma a la perdición eterna.

Desconocidos. Todos desconocidos. Paseé la vista por el gentío y no vi ningún periodista local, ningún agente policial de la ciudad, ni una sola cara conocida. Todos estaban dispuestos a borrar el sol y las brisas frescas de junio si eso significaba que también podían borrar lo que estaba sucediendo en el 32 de Walnut Lañe. Borrarlo y confiar en que desaparecería para siempre. Esperar que nosotras desapareciéramos del barrio para siempre.

– Bajad en cuanto Paige pare el coche -dijo Cortez-. Desabrochaos ya el cinturón de seguridad para estar listas. Cuando estéis fuera, seguid caminando, no os detengáis. Paige, toma de la mano a Savannah y dirigíos hacia la parte de adelante del coche. Yo me reuniré allí con vosotras y os abriré camino.

Cuando terminamos de doblar la esquina, algunas personas nos miraron; no tantas como cabría suponer, teniendo en cuenta que estaban esperando que un desconocido llegara, pero quizá hacía tanto tiempo que estaban allí y habían visto a tantos desconocidos pasar en coche, que habían dejado de sorprenderse cada vez que aparecía un nuevo vehículo. Cuando el coche redujo la marcha, más personas miraron hacia nosotros. Pude ver sus caras: aburridas, impacientes, casi enojadas, listas para abalanzarse sobre el siguiente curioso que hubiera despertado falsamente sus expectativas. Entonces me vieron a mí. Un grito. Otro. Una ondulación de movimientos que aumentaba hasta convertirse en una corriente de agua y después en una ola.

Giré el volante para dejar el coche justo detrás de una camioneta de periodistas. Por un segundo no vi nada salvo las letras de un canal de televisión de Providence. Después, una oleada de gente se tragó la camioneta. Una horda de desconocidos se arrojó sobre el coche y comenzó a sacudirlo. Un hombre, golpeado por la multitud, salió volando y cayó sobre el capó. El coche se sacudió. El hombre se incorporó. Le vi la mirada, advertí en ella odio y excitación, y por un momento me quedé paralizada de terror.

Mientras esa marea de gente rodeaba el vehículo, comprendí que estábamos expuestos a la posibilidad real de quedar atrapados.

Agarré el manillar de mi puerta y la abrí con todas mis fuerzas, sin importarme a quién golpeaba. Salté del coche y agarré a Savannah cuando ella se bajó.

– Señora Winterbourne, ¿usted…?

– ¿Usted ha…?

– … acusaciones de…

– Paige, ¿qué hace usted…?

El ruido incomprensible de las preguntas me golpeó como un viento de ochenta kilómetros por hora y casi me arrojó de vuelta al coche. Oí voces, palabras, gritos, que se fusionaban en una única voz vociferante. Recordé que Cortez había dicho que se reuniría con nosotras delante del coche. ¿Dónde estaba la parte delantera del coche? Tan pronto como me alejé un poco del vehículo, la gente me rodeó y el ruido me envolvió. Una serie de dedos se me clavaron en el brazo. Pegué un salto hacia atrás y en ese momento vi a Cortez junto a mí, con una mano en mi codo.

– Sin comentarios -dijo y me sacó de la refriega.

La multitud me soltó durante un momento, pero luego volvió a engullirme.

– ¿…usted…?

– … muertos vivientes…

– … Grantham Cary…

– … dragones y…

Abrí la boca para decir «Sin comentarios», pero de mi boca no salió ningún sonido. En cambio, sacudí la cabeza y dejé que Cortez lo dijera por mí.

Cuando logró liberarnos nuevamente, atraje a Savannah más cerca de mí y le ceñí la cintura con mi brazo. Ella no se resistió. Traté de mirarla, pero todo lo que nos rodeaba se movía tan rápido que sólo alcancé a verle una mejilla.

La muchedumbre trató de nuevo de encerrarnos, pero Cortez consiguió abrirse paso y nos arrastró con él. Habíamos avanzado unos tres metros cuando ese tropel de gente aumentó. Otras personas se unieron a los de los medios y el tono de esa única voz que gritaba pasó de una excitación predatoria a una furia feroz.

– ¡Asesina!

– ¡Satánica!

– ¡Bruja!

Un hombre apartó bruscamente a una periodista que estaba en nuestro camino y se plantó delante de Cortez. Su mirada era salvaje y tenía los ojos inyectados en sangre. De sus labios voló un salivazo.

– ¡Bruja del demonio! Hija de puta asesina…

Cortez levantó una mano hasta la altura del pecho. Por un momento pensé que iba a golpearlo. En cambio, sencillamente chasqueó los dedos. El hombre se tambaleó hacia atrás, tropezó con una mujer mayor que estaba parada detrás de él, y después la insultó y la acusó de haberlo empujado.

Cortez nos guió a través de la brecha que iba abriendo. Si alguien no se movía con la rapidez suficiente, él lo hacía a un lado con los hombros. Si trataban de cerrarnos el paso, chasqueaba los dedos al nivel de la cintura y con eso los obligaba a retroceder con la fuerza suficiente para que pensaran que alguien los había empujado. Al cabo de cinco minutos interminables, finalmente llegamos al porche de casa.

– Entrad -ordenó Cortez.

Él giró velozmente y nos empujó a Savannah y a mí mientras bloqueaba los escalones del porche. Yo traté de abrir la puerta cerrada con la llave, y mentalmente busqué un hechizo, algo que pudiera distraer o ahuyentar a esa turbamulta hasta que Cortez pudiera entrar en la casa. Repasé todo mi repertorio y comprendí que no tenía nada con ese fin… Sí, conocía algunos hechizos agresivos, pero mi selección era tan limitada que no tenía ninguno que se adecuara a la situación que estábamos viviendo. ¿Qué iba a hacer? ¿Lograr que una persona se desmayara? ¿Hacer caer una lluvia de bolas de fuego? Ellos ni se darían cuenta de lo primero, y lo segundo atraería demasiada atención. La líder rebelde del Aquelarre, tan orgullosa de sus hechizos prohibidos, se sentía impotente, completamente indefensa.

Mientras entrábamos en la casa, Cortez consiguió frenar a la multitud bloqueando físicamente esos escalones angostos, con una mano plantada a cada lado de la barandilla. Esto duró apenas el tiempo suficiente para permitirnos cruzar la puerta. Hasta que alguien empujó con mucha fuerza y un hombre fornido dio un golpe contra un hombro de Cortez. Cortez retrocedió justo a tiempo para evitar ser derribado. Sus labios se movieron y, por un momento, el gentío se detuvo frente a los escalones, frenado por un hechizo de barrera.

Cortez corrió entonces hacia la puerta y anuló el hechizo antes de que se volviera obvio. Y la hilera delantera de la multitud se tambaleó hacia adelante.

Abrí de par en par la puerta mosquitera. Cortez la sostuvo. Y mientras entraba como una exhalación, alcanzamos a ver que una sombra pasaba por encima de su cabeza. Un hombre joven saltó la barandilla. El hechizo voló de mis labios antes de que tuviera siquiera tiempo de pensar. El hombre se frenó en seco y su cabeza y sus extremidades pegaron un salto hacia atrás. Entonces el hechizo de traba se quebró, pero él ya había perdido impulso y cayó sobre el porche a cierta distancia de la puerta. Cortez cerró primero la puerta mosquitera y después la interior.

– Buena elección -aprobó.

– Gracias -dije yo, evitando mencionar que era mi única opción y que tuve suerte de que hubiera surtido efecto, aunque sólo fuera por pocos segundos. Cerré bien la puerta, lancé un hechizo de traba y otro perimetral y me dejé caer contra la pared-. Por favor dime que no tendremos que volver a salir… nunca más.

– ¿Significa eso que no podremos pedir una pizza para la cena? -gritó Savannah desde el salón.

– ¿Tú tienes los cincuenta dólares para la propina? -respondí-. Ningún repartidor de pizza conseguirá pasar a través de esa turba por menos de eso.

Savannah lanzó una exclamación, mitad grito, mitad chillido. Cuando corrí hacia ella murmuró algo que no pude entender. El cuerpo de un hombre voló por el pasillo que conducía al dormitorio y la primera parte suya que golpeó contra la pared fue la cabeza. Se oyó primero un crujido y luego un golpe seco cuando se desplomó en el suelo sobre la alfombra. Cortez pasó corriendo junto a Savannah y se arrodilló a un lado del hombre.

– Está fuera de juego -dijo-. ¿Lo conocéis?

Miré al individuo -un hombre de edad mediana, calva incipiente, cara comprimida- y sacudí la cabeza. Mi vista subió por la pared hasta el agujero de diez centímetros con grietas que se irradiaban hacia afuera como una araña gigantesca.

– Leah -dije-. Está aquí…

– Yo no creo que Leah haya hecho esto -me respondió Cortez.

Se hizo un momento de silencio y después miré a Savannah.

– Él me sorprendió -se excusó.

– ¿Tú has hecho eso?

– Tiene excelentes reflejos -se admiró Cortez mientras sus dedos se movían hacia la parte posterior de la cabeza del individuo-. Es posible que tenga traumatismo craneal. Le aparecerá un buen chichón. Pero nada serio. ¿Os parece que veamos a quién tenemos aquí?

Cortez lo fue palpando y finalmente extrajo una billetera del bolsillo posterior del pantalón. Cuando miré hacia Savannah, ella retrocedió hacia su cuarto. Me disponía a seguirla cuando Cortez me entregó una tarjeta para que la examinara.

Al cogerla, sonó el teléfono. Di un salto y sentí que cada uno de mis nervios crispados volvía a la vida. Con una imprecación, cerré los ojos y esperé hasta que el teléfono dejara de sonar. El contestador automático tomó la llamada.

– ¿Señora Winterbourne? Habla Peggy Daré, del Departamento de Servicios Sociales de Massachusetts…

Enseguida abrí los ojos.

– Nos gustaría hablar con usted acerca de Savannah Levine. Estamos un poco preocupados…

Corrí hacia el teléfono. Cortez trató de cortarme el paso y apenas si me pareció oír que decía algo acerca de prepararnos y después devolver la llamada, pero no pude escucharlo. Me apresuré hacia la cocina, levanté el receptor y oprimí la tecla STOP del contestador automático.

– Habla Paige Winterbourne -dije-. Lamento la tardanza en atender, pero he estado controlando las llamadas.

– Me lo imagino. -La voz del otro lado de la línea sonaba agradable y comprensiva, como la de una vecina bondadosa-. Estos días parece haber bastante lío alrededor de su casa.

– Ya lo creo.

Se oyó una leve risa entre dientes y luego la mujer volvió a ponerse seria.

– Me disculpo por sumarme a lo que debe de ser un momento muy difícil para usted, señora Winterbourne, pero le confieso que nos preocupa el bienestar de Savannah. Tengo entendido que se enfrenta usted a un recurso de custodia.

– Sí, pero… i

– Normalmente no interferimos en esas cuestiones a menos que exista una seria amenaza de daño a la criatura en cuestión. Si bien nadie alega que Savannah haya sido maltratada, nos preocupa el presente clima en que está viviendo. Debe de provocarle una gran confusión. Pensemos que su madre desapareció y justo después sucede todo esto mientras vive con usted.

– Estoy tratando de mantenerla al margen de lo que ocurre.

– ¿Hay algún otro lugar al que Savannah podría ir? ¿Transitoriamente? ¿Quizá un medio… más estable? Creo que tiene una tía en la ciudad.

– Es Margaret Levine, su tía abuela. Así es. Yo había pensado en dejar que Savannah se quedara con ella hasta que todo esto haya terminado. Sí, de acuerdo.

– Por favor, hágalo. Además, me han pedido que vaya a visitarla. Debemos evaluar la situación. En estos casos, lo mejor suele ser una visita al hogar. ¿Le parece bien mañana a las dos de la tarde?

– Por supuesto. -Eso me daba apenas veinticuatro horas para hacer desaparecer el circo que había afuera.

Corté la comunicación y luego miré a Cortez.

– El Departamento de Servicios Sociales vendrá de visita mañana por la tarde.

– ¿Servicios Sociales? Eso es lo último que… -Calló, se empujó las gafas hacia arriba y se oprimió el puente de la nariz-. Está bien. Cabía esperar que ellos demostraran algún interés. Interés en una menor. ¿Mañana por la tarde, has dicho? ¿A qué hora?

– A las dos.

Sacó su agenda y lo anotó, y después me entregó la tarjeta que yo había dejado caer cuando corrí hacia el teléfono. La miré por un segundo sin verla y después vi al hombre inconsciente tendido en el pasillo y lancé un gemido.

– Ya estamos en la crisis número veintiuno -dije.

– Me parece que es la veintidós; la veintiuno era la turba furiosa. O, puesto que no han dado señales de irse, diría que ellos son aún la veintiuno.

Gemí y me dejé caer en una de las sillas de la cocina, y después levanté la tarjeta. El nombre del desafortunado individuo que había violado nuestra propiedad era Ted Morton. Si alguien me hubiera dicho hace una semana que yo estaría sentada frente a la mesa de mi cocina, colaborando con un hechicero y pensando cuál era la mejor manera de desembarazarnos de un desconocido a quien Savannah había derribado a golpes, habría… Bueno, no sé qué habría hecho. Era demasiado descabellado. Sin embargo, teniendo en cuenta todo lo acontecido la última semana, esto tampoco era demasiado grave. Se encontraba, por cierto, varios grados por debajo de ver a un hombre arrojado por el aire hasta encontrar su muerte o contemplar cómo un cadáver destrozado volvía a la vida delante de su familia y sus amigos.

El señor Morton era un supuesto investigador paranormal. Yo no tengo paciencia con esos tipos. Jamás conocí uno que no tuviera una enorme necesidad de una vida real. Tal vez me estoy mostrando intolerante, pero estos individuos son una lata más grande que las cucarachas en un albergue de vagabundos de Florida. Merodean por todas partes inventando historias, atrayendo a artistas embaucadores y, muy de vez en cuando, descubren un mínimo atisbo de verdad.

A lo largo de toda la escuela secundaria trabajé en una tienda de informática y mi jefa era presidenta de la Sociedad para la Explicación de lo Inexplicable de Massachusetts. ¿Alguna vez consiguió explicar cómo me hacía humo cada vez que ella venía a buscar a alguien que fuera a una tienda de comida rápida a recoger un pedido? Se dirigía a la oficina del fondo, yo lanzaba un hechizo de encubrimiento, y ella murmuraba: «Caramba, habría jurado que había visto a Paige volver hacia aquí», y entonces iba en busca de otra víctima.

– Tiene sentido -dije y le arrojé la tarjeta de vuelta a Cortez-. ¿Cómo se las arreglan los de la Camarilla con estas personas?

– Con bloques de cemento y puertos de agua profunda.

– Parece un buen plan. -Miré a Morton por encima del hombro y suspiré-. Supongo que deberíamos hacer algo antes de que despierte. ¿Alguna sugerencia?

– Imagino que no tienes una buena provisión de cal viva.

– Dime que bromeas.

– Desafortunadamente, sí. Nos hace falta algo más que una solución discreta. Nuestra mejor respuesta sería una que pusiera al señor Morton fuera de la casa, pero no necesariamente demasiado lejos para no correr el riesgo de llamar la atención por el esfuerzo. También sería preferible poder conseguir que él olvidara que estuvo en el interior de esta casa, lo cual, una vez más, centraría la atención en nosotros cuando relate su historia. Supongo que no sabes nada de hipnosis, ¿no?

Sacudí la cabeza.

– Entonces tendremos que contentarnos con…

Savannah apareció junto a la puerta.

– Tengo una idea. ¿Qué tal si lo arrojamos al sótano, justo debajo de la trampilla de salida? Podríamos romper la cerradura de esa puerta o, quizá, dejarla entreabierta. Entonces, cuando despierte, es posible que piense que entró por allí, se cayó y se golpeó la cabeza.

Cortez dudó un momento pero después asintió.

– Si eso significa que no tenemos que volver a salir, estoy de acuerdo.

Cortez se puso de pie y enfiló hacia la entrada trasera.

– Lo siento -se disculpó Savannah-. No fue mi intención causar más problemas. Él me sorprendió, eso es todo.

La toqué en un hombro.

– Ya lo sé. Será mejor que le demos a Cortez…

Alguien llamó a la puerta de atrás. Esto, a diferencia del teléfono y el timbre de la puerta delantera, era la primera vez que sucedía. Antes, al mirar por la ventana de la cocina, mi jardín estaba vacío, posiblemente porque nadie se animaba a ser el primero en subirse al seto. Ahora, hasta ese santuario había sido invadido.

Mientras escuchaba esos golpecitos impacientes, sentí que mi indignación crecía y caminé hacia la puerta hecha una furia, preparada para enfrentar a mi nuevo «visitante». Y al mirar por la ventana de la puerta de atrás vi a Victoria y a Therese. Lo que es peor, ellas me vieron a mí.

La amenaza

Regresé al Salón.

– Las Hermanas Mayores -le susurré a Cortez, que estaba en la sala de atrás poniendo de nuevo la billetera de Morton en el bolsillo de su dueño-. Son las Hermanas Mayores del Aquelarre.

– No les abras la puerta.

– Me han visto.

Cortez maldijo en voz baja.

– Lo lamento -dije.

– No es culpa tuya. Hazlas esperar. Cuenta hasta cinco, déjales entrar y después distráelas durante algunos minutos. Pero mantenías en la entrada.

Corrí de vuelta a la entrada, abrí la cortina del costado y calculé que me llevaría un minuto abrir la puerta. Entonces anulé el hechizo de traba y el perimetral y perdí tanto tiempo abriendo la puerta que cualquiera diría que tenía por lo menos cincuenta cerraduras. Hice entrar a las Hermanas Mayores, pero al mismo tiempo les impedí que pasaran más.

– ¿Habéis conseguido pasar entre la muchedumbre? -pregunté-. Caramba, a nosotros nos costó…

– Tuvimos que venir por los bosques -dijo Victoria-. Una experiencia de lo más desagradable. Therese se rasgó la blusa.

– Teníamos que venir -intervino Therese-. ¿Es verdad? ¿Es cierto lo que dicen acerca del pobre Grantham?

– Hemos venido porque nos mentiste, Paige. Dijiste que no había un hechicero en la ciudad.

– Yo jamás dije…

– Pero lo diste a entender, dejándonos a todas vulnerables frente a cualquier ataque. Mira lo que ha sucedido. Ese hechicero hizo resucitar al señor Cary.

– No ése fue el nigromante. Los hechiceros no son capaces de devolverles la vida a los muertos.

– Lo cual nos hace sentir mucho mejor -dijo Victoria y en su cara apareció una mueca nada propia de una dama-. Hemos sido invadidas, Paige… No sólo por un semidemonio sino por un hechicero y un necrófilo…

– Nigromante -la corregí-. Un necrófilo es alguien que tiene relaciones sexuales con muertos. Los nigromantes no lo hacen… Al menos espero que no… Pensándolo mejor, no sigamos…

– ¡Paige Winterbourne! Ya he tenido suficiente de tu…

De pronto sonó un ruido seco. Algo cayó por el hueco de la escalera. Enseguida flotó hacia nosotras el susurro de Savannah:

– ¡Mierda! Lo siento, Lucas. Me resbalé.

Él la hizo callar, pero era demasiado tarde. Victoria me apartó con un empujón y se dirigió a la puerta del sótano. Corrí tras ella y me le puse a la par cuando estaba a un paso de las escaleras que daban al sótano. Me arrojé hacia adelante para cerrar la puerta, pero era demasiado tarde.

– ¿Qué demonios…?

– Por el amor de Dios -murmuró Therese, mirando por encima del hombro de Victoria-. Han matado a un hombre.

– No hemos matado a nadie -salté-. Ese hombre irrumpió en nuestra casa y… y yo…

– Hubo una lucha -intervino Cortez desde la base de la escalera-. Accidentalmente lo golpeé y quedó inconsciente. Lo estamos llevando al sótano, desde donde puede irse por la trampilla. Después de haber recibido un golpe en la cabeza, sin duda se sentirá desorientado y probablemente pensará que se cayó al entrar por ese camino. Como pueden ver, tenemos todo bajo control.

– ¿Bajo control? -Me gritó Victoria-. ¿Esto es lo que tú llamas tener todo bajo control, Paige? ¿Muertos que merodean en las funerarias? ¿Un hechicero en tu casa, arrastrando a un hombre medio muerto a tu sótano? Empezaste con una situación sencilla y cada día que pasa, no, con cada hora que pasa, no has hecho más que empeorarla.

– Victoria -dijo Therese y tomó el brazo de su amiga.

Victoria le sacudió la mano.

– No, es preciso que se lo diga. Le pedimos que dejara las cosas tranquilas…

– ¡Pero si yo no he hecho nada! -exclamé.

– Nos has desobedecido. Nos has desobedecido descaradamente, como lo vienes haciendo desde hace años. Por tu madre, Paige, te lo toleramos. Siguiendo sus deseos en el lecho de muerte, dejamos que te llevaras a la niña, aunque Dios sabe bien que no te confiaríamos ni un periquito.

– Ya es suficiente -dijo Cortez mientras subía por la escalera.

Le hice señas de que retrocediera y me giré hacia Victoria.

– Dime qué es lo que he hecho. Por favor. Dime en qué me equivoqué. Consulté un abogado, como tú me aconsejaste. Cooperé con la policía cuando Leah mató a ese abogado. Estuve sentada en la comisaría y respondí las preguntas de la policía y esperé recibir ayuda. Vuestra ayuda.

– No es tarea del Aquelarre ayudar a quienes atraen problemas sobre sí mismos. Tú te llevaste a la muchachita, sabiendo que esa mujer demonio iba tras ella, sabiendo que era la hija de Eve y, por consiguiente, no debía de estar en ningún lugar cerca del Aquelarre.

– Es misión del Aquelarre ayudar a todas las brujas. No hay ninguna que no pertenezca a esa organización.

– Es ahí donde te equivocas. -Victoria miró hacia Savannah, que se encontraba en la escalera, y después a mí-. Tienes veinticuatro horas para buscar una solución alternativa al cuidado de Savannah. Una solución permanente. Si no lo haces, nunca más serás bienvenida en el Aquelarre.

Me quedé estupefacta.

– ¿Qué has dicho?

– Ya me has oído, Paige. Soluciona esto ahora o serás expulsada del Aquelarre.

– No podéis expulsarme… ¡Yo soy la líder del Aquelarre!

Victoria se echó a reír.

– No, tú no eres…

– Victoria-repitió Therese-.Por favor.

– ¿Por favor, qué? ¿Quieres que continúe con esta farsa? Somos demasiado viejas para este juego, Therese. Deberíamos haberle puesto punto final el año pasado. Tú no eres la líder del Aquelarre, Paige. ¿Realmente crees que permitiríamos ser conducidas por una muchacha tan incompetente que convierte un sencillo recurso de custodia en una encarnizada cacería de brujas?

Cortez apareció junto a mi hombro.

– Por favor, váyanse. Ya.

– De lo contrario ¿qué hará? ¿Me derribará a golpes y me pondrá en el sótano junto a ese pobre hombre?

– No es a él a quien deberían temer -dijo una voz suave. Savannah subió por la escalera y le sonrió a Victoria-. ¿Quieres ver lo que mi madre me enseñó realmente?

Traté de hacerla callar con un movimiento de la cabeza, pero antes de que yo tuviera tiempo de decir algo, Victoria salió de la cocina con Therese pisándole los talones. Antes de llegar a la puerta de atrás, se volvió y me miró a los ojos.

– Ésta no es una simple amenaza, Paige. Encuentra un hogar para esa chiquilla y ordena todo esto… o no serás bien recibida en el Aquelarre.

* * *

¿Qué hice yo a continuación? ¿Retirarme a mi dormitorio, llorar un rato y preguntarme en qué momento mi vida se había arruinado de esa manera? Si bien esa tentación existía, no podía darme el lujo de compadecerme de mí misma. Tenía una multitud furiosa en el jardín de mi casa, un investigador paranormal inconsciente en la escalera del sótano y, en alguna parte allá afuera, un buen número de equipos de proyectos especiales de las Camarillas se dedicaban a arruinarme la vida. En el fondo, sabía que la amenaza de las Hermanas Mayores podía destruir la meta que yo me había fijado en la vida, el sueño de mi madre: conducir al Aquelarre a una nueva era. Pero ahora no podía preocuparme por eso. Realmente, no podía.

Fui a la cocina y comencé a escuchar los mensajes telefónicos. Pasé por dos antes de que Cortez apareciera detrás de mí, extendiera el brazo y oprimiera la tecla STOP.

– No necesitas escuchar eso -dijo.

– Pero es que sí lo necesito. Robert… O alguien… -La voz me temblaba tanto como las manos. Cerré los puños y traté de serenarme-. Tendría que escuchar esos mensajes. Tal vez alguno sea importante.

Él vaciló y luego asintió.

– Te prepararé un café.

– A ella le gusta más el té -dijo Savannah a mis espaldas-. Ven, te diré dónde está.

Él siguió a Savannah y yo me puse a escuchar de nuevo los mensajes.

La sexta llamada pertenecía a una voz conocida. Positiva.

– ¿Paige? Soy Elena. Jeremy leyó algo acerca de ti en el periódico. Me parece que estás metida en un buen lío. Ponte en contacto conmigo cuando puedas.

– ¿Puedo llamarla yo? -preguntó Savannah y bajó de la mesada, donde había estado sentada supervisando la forma en que Cortez preparaba el té.

– Será mejor que lo haga yo -respondí-. Puedes hablar con ella cuando yo haya acabado.

Fui a mi habitación, llamé a Elena y le expliqué todo lo que había sucedido. Me hizo bien desahogarme, hablar con alguien capaz de entenderme. Se ofreció a venir a ayudarme, y no puedo describir lo maravilloso que fue oírselo decir. Lamentablemente, tuve que rehusar.

Leah y Elena se conocían, pues ambas habían estado cautivas. Leah se hizo amiga de Elena y después la traicionó. Más tarde, cuando regresamos en busca de Savannah, Clayton, el amante de Elena, mató al amante de Leah, Isaac Katzen. Indudablemente, Leah seguía teniendo cuentas que ajustar con esa mujer lobo. Si Elena llegaba a presentarse aquí, era más que probable que Leah decidiera vengarse, y lo último que necesitaba cualquiera de nosotros en este momento era un ajuste de cuentas entre una mujer lobo y una semidemonio en pleno centro de East Falls.

Elena lo entendió, pero prometió quedarse cerca de casa durante algunos días. Si yo cambiaba de idea, sólo tenía que llamarla. No creo que supiera lo mucho que aprecié su gesto.

Antes de cortar la comunicación, le dije a Savannah que hablara y regresé a la cocina.

– ¿Sueles ponerle algo a tu té? -preguntó él.

– No, así está bien -respondí y tomé la taza-. Gracias.

– Tal vez deberías llamar a Robert. Yo me sentiría mejor si…

Un quejido procedente del sótano lo interrumpió. Morton estaba consciente. Al menos, yo confiaba en que se tratara de Morton, pero, viendo los acontecimientos de los últimos días, no me habría sorprendido nada que, al abrir la puerta del sótano, encontrara un zombie en descomposición subiendo por la escalera. Ninguno de nosotros se movió cuando sonaron pisadas. Al oír un golpe en la puerta del sótano, hasta Cortez dudó un momento antes de responder.

Cualquier esperanza de que Morton despertara y decidiera huir rápidamente de casa se desvaneció cuando siguió golpeando y gritando. Él estaba en la casa y, maldita sea, no pensaba abandonarla sin una pelea. Y Cortez se la proporcionó. No fue, desde luego, una pelea literal. No podía imaginarme a Cortez arremangándose la camisa y dándose golpes con alguien. Su fuerza residía en sus palabras, y al cabo de algunos asaltos verbales, Morton decidió irse entre disculpas, convencido de que realmente se había caído por la trampilla del sótano.

La camarilla original

Cuando Morton se fue, oí que Savahhah se despedía de Elena. Ni siquiera había salido del dormitorio y el teléfono volvió a sonar. Sonó una vez y después la voz bulliciosa de Savannah flotó por el pasillo. A pesar de poder oír sólo el tono de su voz y nada de lo que decía, supe quién llamaba.

– De ninguna manera -dijo ella al entrar en la cocina, con el auricular contra la oreja-. Sí, correcto. Como si te necesitáramos. -Soltó una risotada-. Por supuesto, seguro. Bueno, podrías incinerarlos. Sigue soñando.

Hizo una pausa para escuchar y después reprimió una risita. Sólo había una persona que hacía reír así a Savannah, aunque ella preferiría morir que reconocerlo… y probablemente mataría a cualquiera que tuviera el atrevimiento de mencionarlo.

– Es para ti -me dijo y me pasó el teléfono-. Es Adam. Cree que va a ayudarnos. Como si pudiera…

– Hola -saludé.

– ¡Ya era hora! ¿Sabes cuántas veces te he llamado desde esta tarde? Papá se dio por vencido hace horas. O bien la línea está ocupada o responde el contestador. ¿Dónde has estado?

– No quieras saberlo.

– Apuesto a que puedo adivinarlo. Mamá estaba viendo hace un rato el informativo, un programa de tu zona, ¿y a qué no sabes la cara de quién vio?

– La mía. Déjame adivinar… Dijeron que yo era satanista, ¿no es así?

– Diablos, no. Dijeron que eras una bruja. ¿Ahora también eres satanista? Genial. Si llegas a ver al «que te dije», ¿podrías pedirle que le pase un mensaje a mi padre? Dile que está realmente muy atrasado en sus pagos de las mensualidades para su hijo.

– Jajá.

– Cuéntame entonces qué está sucediendo… -Adam calló y suspiró-. Tendrás que decírmelo más tarde. Papá está aquí, impaciente y haciendo muecas. Será mejor que hables con él. Después vuelve conmigo, ¿vale?

Adam le pasó el teléfono a Robert.

– Paige. -La calidez de Robert parecía colarse a través de la línea telefónica-. Deberías haber tratado de localizarme en la conferencia. Esto tiene una pinta horrible.

– Y eso que no conoces ni la mitad -dije y me dirigí a mi cuarto.

– Cuéntame, entonces. Lo hice.

– ¿Cómo puedo ayudarte? -me preguntó cuando terminé mi relato.

Podría haberme echado a llorar. Me siento tonta al admitirlo, pero esas tres palabras significaron mucho para mí.

– El material referente a Leah es fantástico -dije-. Pero también necesito alguna información sobre las Camarillas. -Vacilé, casi temerosa de seguir-. ¿Has oído hablar de la Camarilla Cortez?

– Claro que sí. -Hizo una pausa-. ¿Son ellos los que están tras Savannah?

– No.

– Me alegra escucharlo. Los Cortez son el grupo más peligroso de los peligrosos… Se trata de la Camarilla original.

– ¿Quieres decir la primera?

– Así es. Aguarda un minuto. Estoy en mi estudio. Déjame buscar la carpeta. -A estas palabras siguió el sonido de llaves-. Aquí está. La Camarilla Cortez fue fundada durante la Inquisición española. Ellos precipitaron la ruptura…

Se me cortó la respiración.

– ¿La escisión entre las brujas y los hechiceros? ¿Así que fueron ellos los que nos entregaron?

– Exactamente. Después de hacerlo, la familia Cortez formó un grupo originalmente basado en el concepto de un Aquelarre, aunque rápidamente adoptó un enfoque totalmente diferente. El nombre «Camarilla» vino más adelante, después de que se mudaran al Nuevo Mundo. Es un juego de palabras, una mezcla de verdad e ironía. Supongo que sabes cuál es el significado de la palabra.

– Sí. Una sociedad secreta formada para conspirar contra algo, por lo general el gobierno.

– Eso es lo irónico, desde luego. Es algo así como una broma a expensas del mito de los illuminati. La única cosa que un hechicero perteneciente a una Camarilla se propone hacer es ganar dinero. El nombre también deriva de «cabala», vinculándolo con la hechicería y el misticismo. Por último, hay cierta alusión a «caballero», un gentilhombre español, cosa que, por supuesto, ellos eran.

– Acerca de la Camarilla Cortez…

– Ah, sí. Lo lamento. -Rió por lo bajo. -Supongo que la etimología no te sirve de mucho, ¿verdad? ¿Hay algo en particular que quieres saber sobre ellos? Si no están detrás del ataque a Savannah…

– Tienen algo que ver. Necesito saber cosas acerca de la familia, la familia principal.

– La Camarilla Cortez está liderada por Benicio Cortez y sus hijos. Creo que son uno o dos hermanos, a los que se suma un conjunto de sobrinos y primos.

– Los hijos… ¿Sabes cómo se llaman?

– Déjame ver. Está Héctor, después… No estoy seguro del nombre de los dos del medio, pero el menor es, desde luego, Lucas.

– ¿Desde luego?

– Fuera del mundo de la Camarilla, Lucas Cortez es el más conocido de los cuatro hermanos. Es bastante famoso… -Robert calló un momento y luego se echó a reír-. Creo adivinar por dónde vas. ¿Es que has conocido al joven Cortez?

– Podría decirse que sí.

– Entonces déjame adivinar: quiere ayudarte a proteger a Savannah de los otros integrantes de la Camarilla.

– No sé por qué, pero supongo que hace esta clase de cosas con mucha frecuencia. ¿Qué opinas tú de esta… cruzada suya?

– Bueno, veamos. La versión menos agradable de la situación es que sólo se trata de una suerte de gamberro juvenil: un delincuente arruinado protegido por un padre que lo adora ciegamente. La versión que en general tiene más aceptación es que sólo representa una etapa del desarrollo: el hijo pródigo que se rebela contra su familia, una revuelta moral que sólo durará hasta que él comprenda que la pobreza no es nada divertida, momento en que regresará al rebaño. La versión más optimista, desde luego, es la de que realmente está comprometido con lo que hace.

– Salvar al mundo de las malévolas Camarillas.

– Tiene más o menos tu edad, ¿verdad? La edad del idealismo. El momento apropiado para apoyar protestas y adherirse a causas. Para alistarse en el Cuerpo de Paz. Para luchar contra las malévolas Camarillas. Para postergar la propia vida a fin de educar a una desconocida de trece años.

– Mmmmm…

– Si Lucas Cortez se ofrece a ayudarte, no lo rechaces. No importa lo que la gente del mundo de las Camarillas diga de él, nadie puede negar la honestidad de sus intenciones. Dada tu situación con Savannah, diría que ese muchacho está perfectamente capacitado para ayudarte. Nadie sabe más que él acerca del mundo de las Camarillas, y es capaz de operar en él con total impunidad.

– Con respecto a las Camarillas -dije-. Parecen mucho más… importantes de lo que creía. De lo que mi madre creía.

El silencio se hizo en la línea.

– Tu madre y yo teníamos diferentes opiniones con respecto a algunos temas relativos al consejo y sus mandatos.

– Ella eligió no prestar atención a las Camarillas.

– Ella… -Robert hizo una pausa, como tratando de elegir sus palabras con cuidado-. Ella pensaba que nuestros esfuerzos estarían mejor dirigidos hacia otra parte. Yo quería investigar más a fondo a las Camarillas, aunque sólo fuera para saber más acerca de ellas. Tu madre no compartía mi posición.

– De modo que abandonaste el consejo.

– Bueno, sentí que ya no era la persona adecuada para ese cargo. Mis intereses estaban en otra parte. Tu madre y yo comenzábamos a envejecer, nos sentíamos cansados y desalentados. Pensé que debíamos pasarle el relevo a la generación más joven, a ti y a Adam. Pero ella no estaba lista para eso.

– Quizá porque pensaba que yo no estaba preparada aún. Yo… Voy a tener que cortar. ¿Puedo volver a llamarte si tengo más preguntas que hacerte?

– Aunque no las tengas, te agradecería que me tuvieras al tanto de todo cuando tengas tiempo, y estoy segura de que a Adam le gustaría hablar contigo. Postergaremos sus preguntas por ahora, pero llámalo cuando tengas oportunidad de hacerlo.

Le prometí que lo haría y después colgué.

* * *

Encontré a Cortez solo frente a la mesa de la cocina, leyendo un ejemplar del Boston Globe de la semana anterior.

– ¿Dónde está Savannah? -pregunté.

Él plegó el periódico y lo apartó.

– En su habitación, si la música que se oye puede tomarse como punto de referencia. ¿Has hablado con Robert?

Asentí.

– Y él me ha confirmado todo lo que dijiste. Lamento haberte dado tantos problemas.

– Fue perfectamente comprensible. Si yo hubiera esperado que confiaras en mí, te habría dicho la verdad desde el principio. Tienes todos los motivos para mostrarte cautelosa, tanto de los hechiceros como de cualquiera conectado con las Camarillas; una cautela que te sugiero mantengas. En casi todos los casos tu desconfianza estará bien fundada.

Me paré en el medio de la cocina y miré en todas direcciones, no muy segura de qué buscaba.

– ¿No hay nada más? -preguntó él.

Sacudí la cabeza.

– Sólo que siento… -Me encogí de hombros-. Cierto desasosiego, como diría mi madre.

Al mencionar a mi madre, pensé en lo que Robert me había dicho acerca de la reticencia de mi madre en darme un papel más importante en el consejo. Ella siempre me hacía sentir como si no hubiera nada que yo no pudiera hacer, ningún desafío al que yo no fuera capaz de responder. ¿Había sido eso sólo el apoyo de una madre hacia su hija?

Las palabras de Victoria volvieron a sonar en mi cabeza: Dios sabe bien que no te confiaríamos ni un periquito… Una muchacha tan incompetente que transforma un sencillo recurso de custodia en una encarnizada cacería de brujas.

– ¿Paige?

Caí en la cuenta de que Cortez me observaba.

– Las cosas se van a poner más difíciles, ¿verdad? -dije-. Esto es sólo el principio.

– Lo estás haciendo muy bien.

De pronto me sentí incómoda y puse mi taza en el horno. Volví a calentar el té y mantuve la cara hacia el microondas hasta que estuvo listo. Cuando me di media vuelta, me obligué a sonreír.

– Debo de ser la peor anfitriona del mundo, ¿no es así? Dejar que mi invitado me prepare té. ¿Qué puedo ofrecerte? ¿Café? ¿Una gaseosa? ¿Cerveza? ¿Algo más fuerte?

– Tentador, pero creo que esta noche será mejor que siga con el café. No quiero dormir demasiado profundamente con toda esa gente ahí afuera. Tú, por otro lado, te has ganado unos tragos de lo que puedas encontrar.

– Si quieres mantenerte sobrio para montar guardia, lo mismo haré yo. -Bebí un sorbo de té, hice una mueca y lo arrojé al fregadero-. Prepararé café para los dos.

Savannah irrumpió en la cocina y nos sobresaltó a ambos.

– Bueno, por fin soltaste el teléfono. Lucas y yo queríamos hablar contigo.

– No, no es así -negó Cortez y miró a Savannah-. Dije que mañana. Esta noche todos necesitamos descansar.

– ¿Mañana? ¡Yo no puedo esperar hasta mañana! Me están volviendo loca ahora.

– ¿Quién te está volviendo loca? -pregunté.

– ¡Ellos! -contestó y movió el brazo indicando el salón. Cuando yo no respondí, ella fulminó a Cortez con la mirada-. ¿Lo ves? Te dije que está en pleno período de negación.

– Savannah se refiere al gentío que está afuera -explicó Cortez-. Lo nuestro no es negación, Savannah. Lo que estamos haciendo es no prestarles atención, que, como te expliqué, es la mejor táctica en estas circunstancias. Ahora bien, quizá mañana…

– ¡Pero me están fastidiando ahora!

– ¿Te han hecho algo? -pregunté, mirando alternativamente a Savannah y a Cortez.

– ¡Están allí! ¿Eso no es suficiente? Tenemos que hacer algo.

– ¿Como qué?

Cortez le lanzó a Savannah una mirada de advertencia, pero ella lo ignoró.

– Ya sabes -dijo ella-. Magia. Estaba pensando en granizo.

– ¿Granizo? ¿Lo dices en serio, Savannah? ¿Tienes idea de los problemas en que estoy metida?

– Esto ya lo hablamos -intervino Cortez-. Le expliqué a Savannah que, por útil que pueda resultar la magia, en algunos casos, como en éste, sería mucho más perjudicial que beneficiosa.

– ¿Qué problema hay con el granizo? -preguntó ella-. Sólo es un fenómeno atmosférico, ¿no?

– No cuando la temperatura no ha descendido lo bastante -respondí mirando a Cortez-. No te preocupes. No sabe cómo hacer que granice.

– Yo no, pero tú sí -soltó Savannah.

Cortez me miró.

– ¿En serio? He oído hablar de esos hechizos, pero nunca he visto ninguno.

– Es porque es magia propia de brujas -explicó Savannah-. Una magia especial de brujas. Paige tiene unos Manuales antiguos geniales en los que está trabajando, y…

– No vamos a conjurar una tormenta de granizo -la interrumpí-. Ni vamos a utilizar ninguna otra clase de magia para librarnos de esas personas. Se irán por su cuenta.

– Eso es negación -le susurró Savannah a Cortez en voz suficientemente alta como para que yo la oyera.

– Es hora de irse a la cama -dije-. Son casi las once.

– ¿Y? Ya ni siquiera sé si volveré alguna vez a ir al colegio.

– Irás tan pronto este lío se calme. Hasta entonces, deberías mantener tu rutina normal. Y ya pasó tu hora de acostarte. Vete ya a la cama.

Y ella lo hizo, enfurruñada.

Juegos de bar

Cogí el paquete de café en grano de la despensa.

– Supongo que no me dejarás ver ese hechizo que produce una tormenta de granizo.

– Lo de «tormenta de granizo» es una exageración. Puedo conjurar un puñado de bolitas de hielo casi congeladas. Diría que es más una lluvia de nieve medio derretida. De todos modos, ¿cómo están las cosas ahí afuera? ¿Siguen siendo desastrosas?

– Digamos que, si la temperatura llega a descender mucho esta noche, yo te recomendaría probar con ese hechizo de granizo.

Fui al salón y, al apartar un poco las cortinas, vi una masa sólida de gente; incluso más personas de las que había cuando llegamos. Aunque eran ya las once de la noche, todas las linternas y los faroles de campamento iluminaban suficientemente el jardín como para jugar al fútbol. Las furgonetas con cámaras flanqueaban el camino, con las ventanillas bajas y sus equipos técnicos en su interior, bebiendo café, como policías en un operativo de vigilancia. Si bien los medios se limitaban a ocupar la calle, la gente cubría casi cada centímetro de mi jardín. Desconocidos sentados en sillas de camping bebiendo gaseosas; desconocidos con videocámaras que filmaban todo lo que se les cruzaba por delante; desconocidos agrupados en círculos con Biblias en la mano; desconocidos que portaban enormes pancartas que decían Satanás vive aquí y No se debe permitir que una bruja esté con vida.

Cortez me siguió hasta la ventana.

Sin soltar la cortina, me volví y lo miré.

– Esta tarde, cuando llegamos aquí, dijiste que sería mejor que fuéramos a un hotel. ¿Crees que…? Quiero decir… -Sacudí la cabeza y sonreí con cierta ironía-. Yo no sirvo demasiado para pedir consejos.

– ¿Lo que quieres saber es si sigo pensando que deberíamos irnos de aquí?

– Sí. Gracias.

– No, pienso que no. Mi preocupación inicial tenía que ver con los peligros y dificultades inherentes a poder pasar por entre la multitud. Una vez que lo hicimos, me parece que, como le dije a Savannah, lo mejor es que nos quedemos aquí y que no les prestemos atención. -Suavemente apartó la cortina de mi mano y dejó que cayera en su lugar-. Ese gentío es preocupante, claro. Sin embargo, la presencia de los medios bastará para contrarrestar cualquier impulso a la violencia, y el tamaño mismo de la multitud hace que resulte poco probable que un simple elemento agresivo y hostil pueda hacerse con el control de la situación.

– Pero yo entiendo lo que quiso decir Savannah. -Miré la cortina cerrada y me estremecí-. Me siento… sitiada.

– Es verdad, pero ¿por qué no lo piensas, en cambio, como una especie de escudo protector? Ningún integrante de una Camarilla haría nada con semejante gentío como testigo. Estás mucho más segura aquí de lo que te encontrarías en un hotel aislado.

– Pero si no suelen actuar frente a testigos… ¿Cómo explicas lo de la funeraria? No lo hicieron precisamente en privado.

– Es verdad, y puedo prometerte que quienquiera se presentara aquí con un plan semejante se ganaría una reprimenda muy grave. En aquella ocasión, alguien actuó sin autorización, y será castigado como se merece. Yo ya he informado del incidente. Será objeto de una revisión judicial interna en la Camarilla.

– Aja. Y supongo que eso es algo malo.

Los labios de Cortez se curvaron en el inicio de una sonrisa.

– No te aburriré con explicaciones, pero sí, es malo. De ahora en adelante el equipo de Gabriel Sandford actuará según las reglas aceptadas por la Camarilla.

– ¿Ellos tienen reglas para…? -Sacudí la cabeza. -Prepararé el café antes de necesitar algo más fuerte.

Entré en la cocina y me volví.

– ¿No quieres que te cocine algo? Me parece que ninguno de nosotros dos nos comimos nuestras hamburguesas esta tarde.

– Si tú comes algo, yo te acompañaré, pero no…

– ¿Qué te parecerían unos bizcochos? ¿Te gustan con trozos de chocolate?. Asintió. Después de encender el horno, tomé una placa de debajo de la cocina y saqué del frigorífico un envase con masa para bizcochos. Lo destapé y lo incliné para mostrarle a Cortez las pequeñas pelotitas de masa que contenía.

– Son para hacer galletitas instantáneamente -dije.

– Buena idea.

– Es una idea de mamá, no mía. Las madres se saben todos los trucos, ¿no te parece?

– La cocina nunca fue el fuerte de mi madre. Una vez tratamos de preparar galletitas, pero después, ni el perro quiso probarlas.

Hice una pausa mientras iba poniendo las bolitas de masa en la placa de horno. O sea, ¿que él había vivido con su madre? Evidentemente, sí. ¿Con su madre y su padre? ¿Los hechiceros dejaban a sus hijos con sus madres? ¿O se casaban? Estaba deseando preguntarle todo eso, poder comparar historias. Era como aprender trucos de cocina de mi madre; otras razas forzosamente debían de haber aprendido tácticas para vivir en el mundo humano, tácticas que quizá podría aplicar al Aquelarre para hacer que nuestra vida fuera más fácil, menos furtiva. Pensé en formularle esas preguntas, pero me pareció demasiado indiscreto hacerlo.

Una vez que los bizcochos estaban en el horno, llené la cafetera y me excusé para ir al baño. Cuando regresé, Cortez servía el café recién hecho en un par de tazas.

– ¿Con o sin leche?-preguntó.

– El té lo tomo sin nada; el café, con crema -respondí y abrí la nevera-. Ya sé que suena medio raro, pero el café sin leche o sin crema me parece demasiado fuerte. Es así como lo tomas tú, ¿verdad?

El asintió de nuevo.

– Me acostumbré en la universidad. En Derecho, uno pasa demasiadas noches con la vista fija en los libros, así que se aprende rápido a hacerlo con fuertes dosis de cafeína.

– De modo que realmente eres abogado. Confieso que cuando dijiste que no te habías presentado adecuadamente al principio, confié en que no quisieras decir que esa parte no era cierta.

– No tienes por qué preocuparte. El año pasado pasé el examen para entrar en el Colegio de Abogados.

– Bastante joven, ¿no? Debes de haber hecho la carrera muy rápido. -Giré la cabeza para observar la luz del horno y me agaché para ver cómo andaban los bizcochos.

– Sí, así es -confirmó-. Y tengo entendido que tú también.

Le sonreí mientras me incorporaba.

– Por lo visto, hiciste los deberes, ¿no es así, abogado?

– Un doctorado en Informática, cursado hace casi tres años. Y nada menos que en Harvard.

– No es tan estupendo como parece. Hay facultades mucho mejores para estudiar Informática, pero yo quería quedarme cerca de casa. Mi madre estaba envejeciendo. Yo estaba preocupada. -Me eché a reír-. Caramba, me estoy acostumbrando a decir eso, tanto que casi me convenzo a mí misma. Lo cierto es que mamá estaba bien y yo no me sentía lista para abandonar el nido. Mamá tenía un negocio exitoso, y siempre llevó una vida sencilla, de modo que había ahorrado suficiente dinero para que yo eligiera dónde quería estudiar. Obtuve una beca parcial y nos decidimos por Harvard. Y, por supuesto, quedaba muy bien en mi curriculum.

– Saqué dos platos pequeños de la alacena-. ¿Dónde estudiaste tú? No, espera; apuesto a que puedo adivinarlo.

Él levantó las cejas, intrigado.

– Es una teoría -expliqué-. Bueno, en realidad, es como un juego, pero me gustaría darle cierto barniz de respetabilidad científica. Mis amigas y yo tenemos la hipótesis de que siempre se puede saber dónde estudió alguien por la forma en que nombra a su alma máter.

Otra vez Cortez enarcó las cejas.

– Lo digo en serio. Tomemos, por ejemplo, Harvard. No importa de dónde se es oriundo, al cabo de tres años de estudiar en Harvard es Hahvahd, así sin erre.

– ¿Así que antes de ir a Harvard, pronunciabas la erre?

– No. Yo soy de Boston, de modo que siempre fue Hahvahd. Espera un momento, los bizcochos ya están casi listos-. Apagué el reloj cinco segundos antes de que sonara, y después saqué la placa del horno y puse los bizcochos humeantes sobre una rejilla.

– A ver si entiendo esa teoría -dijo Cortez-. Si alguien perteneciente a la zona de Boston asistiera a alguna otra universidad, dejaría entonces de pronunciar Harvard como Hahvahd.

– Por supuesto que no. No dije que fuera una teoría perfecta.

Se inclinó hacia atrás contra la mesa y sus labios se curvaron apenas.

– Está bien, entonces. Pon a prueba tu hipótesis. ¿Dónde estudié yo?

– Primero cómete un bizcocho, antes de que se enfríen.

Cada uno tomó un bizcocho de la rejilla. Después de algunos mordiscos, me aclaré la garganta con un sorbo de café.

– Muy bien -empecé-. Voy a enumerarte algunas universidades. Tú debes repetir el nombre de cada una en una frase, como si de pronto yo me hubiera olvidado cómo se llamaba. En primer lugar, Yale.

– Yo fui a Yale.

– No. Inténtalo con Stanford.

Le presenté una lista de las mejores universidades. Una por una, él repitió cómo se llamaban.

– Maldición -dije-, no está funcionando. Di Columbia, de nuevo.

Él lo hizo.

– Sí… no. Oh, me doy por vencida. Aunque la última fue la que más cerca estuvo. ¿Es Columbia?

El sacudió la cabeza y tomó otro bizcocho.

– ¿Puedo insinuar que tu sistema no es válido?

– Jamás… Bueno, está bien. Como te previne, no es una teoría perfecta.

– No me refiero a la teoría sino a que hayas dado por sentado que asistí a una de las más afamadas facultades de Derecho.

– Desde luego que lo hiciste. Es obvio que eres suficientemente inteligente como para poder ir a una de las mejores y tu padre tenía posibilidades de enviarte a cualquiera de ellas, así que tú elegiste la mejor.

Savannah apareció junto a la puerta ataviada con un camisón de franela con estampado floral. Alguien del Aquelarre se lo había regalado para Navidad, pero ella jamás se lo había puesto hasta esta noche. La etiqueta todavía le colgaba de una manga. Sin duda, lo había rescatado de las profundidades de su ropero; una concesión por el hecho de que hubiera un hombre en la casa.

– No puedo dormir -anunció mirándonos-. Ya me parecía que olía a bizcochos. ¿Por qué no fuiste a buscarme?

– Porque se suponía que estabas durmiendo. Toma uno y vuelve a la cama.

Ella cogió dos bizcochos.

– Ya te ha dicho que no puedo dormir. Están haciendo demasiado ruido.

– ¿Quiénes?

– ¡La gente! ¿Recuerdas? ¿Esa multitud que está fuera de casa?

– Yo no oigo nada.

– ¡Porque estás empeñada en negarlo todo!

Cortez apoyó su taza vacía sobre la mesa.

– Lo único que yo oigo es un murmullo de voces, Savannah. Menos de lo que tú oirías si tuviéramos la televisión encendida.

– Ve a dormir a mi cuarto -le sugerí-. Desde allí no deberías oír ningún ruido.

– Ahora también hay gente al fondo.

– A la cama, Savannah -dijo Cortez-. Por la mañana evaluaremos la situación y analizaremos qué medidas tomar.

– No entendéis nada.

Se apoderó del último bizcocho y se fue muy enfadada. Yo esperé hasta oír el portazo y después suspiré.

– Ya sé que esto es difícil para ella -dije-. ¿Crees que realmente le impiden dormir?

– Lo que le impide dormir es el hecho de saber que están ahí.

– Haría falta mucho más que una multitud furiosa para asustar a Savannah.

– No está asustada. Sencillamente le resulta intolerable la idea de verse atrapada por los humanos. Cree que, como ser sobrenatural que es, no debería tener que soportar semejante intrusión. Es una afrenta, un insulto. Oírlos le recuerda constantemente su presencia.

– Sí, claro, supongo que ver rodeada nuestra casa podría considerarse una amenaza indirecta. Pero nadie está arrojando piedras contra las ventanas ni tratando de entrar.

– A Savannah eso no le importa. Hay que entender las cosas desde su punto de vista, en el contexto de su historia y de su infancia. Ha sido criada…

– Un momento. Lo siento, no quise… ¿Oyes eso?

– ¿Qué?

– La voz de Savannah. Estaba hablando con alguien. Oh, espero que no esté tratando de provocar… Deje la frase inconclusa y corrí a la habitación de Savannah. Cuando llegué allí, todo estaba en silencio. Llamé a la puerta y luego la abrí sin esperar a que me invitara a pasar. Savannah lanzaba miradas asesinas contra el otro lado de la ventana.

– ¿Les has dicho algo?-pregunté.

– ¿Tú qué crees?

Se acercó a la cama y se arrojó sobre el colchón. Me fijé en el teléfono. Estaba en el otro extremo del cuarto y no había sido tocado.

– Me ha parecido oírte hablar -dije.

Cortez apareció junto a mi hombro.

– ¿Qué hechizo has lanzado, Savannah?

– ¿Hechizo?-exclamé-. ¡Oh, mierda! ¡Savannah! Ella se dejó caer de espaldas.

– Bueno, vosotros no ibais a hacer nada al respecto.

– ¿Qué hechizo?-pregunté.

– Tranquilízate. Sólo fue un hechizo de confusión.

– ¿El hechizo de confusión de un hechicero? -preguntó Cortez.

– Por supuesto. ¿Qué otro podría ser?

Cortez se volvió, bajó a la entrada y corrió hacia la puerta de calle. Yo lo seguí.

La revuelta

Savannah ya había lanzado un hechizo de confusión en otra ocasión anterior. Aunque yo no había presenciado los resultados, Elena me contó lo que había ocurrido. Durante su intento de huir, Elena había ido hacia un pasillo en tinieblas para desarmar a un par de guardias. Un ascensor lleno de guardias que respondía a la alarma estaba detrás de ella. Las puertas se abrieron. Savannah lanzó un hechizo de confusión. Los guardias comenzaron a disparar sus armas… contra sus compañeros, contra Elena, contra todo lo que tenían a la vista. Ella nunca le dijo a Savannah que había estado a punto de perder la vida y yo no creí que tuviera sentido sacarlo a relucir más adelante. Ahora sí le encontré sentido.

Cortez corrió hacia la puerta de la calle, después se detuvo y se dirigió hacia la de atrás.

– Aguarda aquí -dijo y abrió la puerta posterior-. Voy a neutralizar ese hechizo.

– ¿No puedes hacerlo desde adentro?

– Tengo que estar en el locus de su hechizo, en la supuesta zona del blanco.

– Iré a su ventana y te dirigiré desde allí.

– No… -Se detuvo y luego asintió-. Pero ten cuidado. Si algo llega a suceder, aléjate de los cristales.

Se aseguró de que nadie estuviera mirando y luego salió. El gentío de la parte de atrás era menos de un tercio del delantero, no más de una docena de personas. Con las luces del patio apagadas y la sombra adicional que arrojaba el saliente del techo, la puerta posterior se encontraba en total oscuridad, de modo que Cortez pudo deslizarse por ella sin ser visto.

Fui deprisa al cuarto de Savannah. Ella todavía estaba tendida sobre la cama, con los brazos cruzados. Me acerqué a la ventana.

Cortez apareció un momento después. Algunos de los que seguían allá afuera debían haberlo visto escoltarme a casa, pero nadie dio señales de reconocerlo. A medida que Cortez se deslizaba entre la multitud, observé ese mar de rostros en busca de una señal de pánico o de confusión. Nada. Cortez se movió detrás de una pareja que vendía latas de refrescos y después miró hacia la ventana. Me moví hacia la izquierda y me coloqué donde Savannah debía de haber estado. De puntillas era tan alta como ella.

– Sois peores que las Hermanas Mayores -gruñó Savannah-. Armáis un alboroto por nada.

Le hice señas a Cortez de que se moviera un poco hacia la derecha y, después, que se detuviera. Sus labios se movieron al lanzar un hechizo que anularía el de Savannah. Cuando terminó, miró en todas direcciones, como para determinar si el hechizo de Savannah había quedado anulado. Aunque, de hecho, no hubo ninguna señal de que hubiera tenido efecto.

Le hice señas de que entrara. Él sacudió la cabeza, me indicó que me alejara de la ventana y fue hacia la multitud. Yo solté la cortina pero no me alejé, sólo salí del radio de su mirada. Él atravesó el gentío y se detuvo aquí y allá antes de seguir avanzando.

– Creo que no ha funcionado -dije.

– Desde luego que sí. Mis hechizos siempre funcionan.

Me mordí la lengua y mantuve mi atención centrada en Cortez. Cuando alguien gritó, pegué un salto. Un hombre se echó a reír y yo seguí ese sonido con la vista hasta localizar a un par de muchachos que peleaban y reían entre sorbos de una botella cubierta con una bolsa de papel. Por lo visto, mi jardín había reemplazado la Pista Belham como fuente principal de entretenimiento de la comunidad.

Al apartar la vista de los muchachos para buscar a Cortez, los gritos de uno de los dos se volvieron airados. El otro le propinó un puñetazo en la mandíbula. La botella voló de la mano del primer muchacho y golpeó el hombro de una mujer sentada. Cuando la mujer pegó un grito, su marido se puso de pie de un salto con los puños en alto.

Cortez se acercó corriendo desde el otro lado del gentío. Yo agité los brazos para pedirle que se detuviera y para tratar de transmitirle que la pelea no tenía nada que ver con el hechizo. Entonces alguien me vio. Y un grito se elevó hasta mí.

Trastabillé hacia atrás. Una pelota de barro golpeó contra el cristal de la ventana. Alguien gritó. Los gritos perdieron su tono de excitación y se volvieron furiosos, hasta que finalmente parecieron alejarse de la ventana.

– Ve a mi habitación -ordené.

Savannah apretó los dientes y miró hacia el techo.

– ¡Te he dicho que te vayas a mi cuarto!

No se movió. Los gritos se volvieron frenéticos. Alguien lanzó un ladrido. Agarré a Savannah del brazo y la arrastré a mi dormitorio, lejos del frente de la casa. Después corrí al salón.

Entreabrí las cortinas con la esperanza de ver a Cortez y comprobar que estaba bien. Tan pronto moví la tela, algo golpeó el cristal. Caí hacia atrás, con la cortina todavía en las manos. Cuando levanté la vista, un hombre estaba aplastado contra la ventana. Dos mujeres con aspecto de matronas lo sostenían por el pelo mientras una tercera le aporreaba el estómago. Dejé que la cortina cayera y corrí a la puerta de calle.

Hace tiempo salí con un aficionado al fútbol. Cierta tarde, cuando veíamos por televisión un partido que se jugaba en Europa, se armó un alboroto tremendo. Yo me quedé observando la pantalla, horrorizada, incapaz de creer que semejante estallido de violencia pudiera ocurrir por algo tan trivial como un acontecimiento deportivo. La escena que tenía lugar ahora en el exterior de casa me recordó aquel tumulto. Tenía que ayudar, hacer algo. Si esto se parecía en algo a la revuelta que había visto, la gente terminaría lastimada, y una de esas personas podría ser el individuo inocente que había salido solamente para tratar de impedirlo.

Salí enseguida al porche delantero. Nadie notó mi presencia. La multitud se había transformado en un hervidero, en una masa compacta de cuerpos que golpeaban, pateaban, mordían, arañaban. Un desconocido atacaba a otro desconocido mientras los demás se acurrucaban en el suelo y trataban de protegerse del ataque. Alrededor de media docena de personas había logrado escapar del amontonamiento y observar desde lejos lo que acontecía, como si les resultara imposible apartarse de la situación.

Desde la ventanilla de un coche, la lente de una cámara tomó la escena. Tuve que reprimir el impulso de acercarme, arrancarle la cámara y destrozarla contra el pavimento. No sé por qué, pero incluso con todo lo que estaba sucediendo, eso fue lo que más me molestó. Después de lanzarle una mirada feroz al conductor, comencé a buscar a Cortez entre el gentío.

Encontrar a una persona en medio de ese mar de gente era como localizar a un amigo en la liquidación de un Día del Descubrimiento de América. Me subí al porche para ver mejor y me acerqué a la barandilla. Mientras lo hacía, me di cuenta de que me estaba haciendo así más visible de lo que mi seguridad exigía. También pensé que eso sería lo mejor que podía hacer: desviar la atención del gentío al poner en evidencia el objeto de su vigilancia desde hacia tanto tiempo.

– ¡Eh! -grité-. ¿Alguien quiere una entrevista?

Nadie giró siquiera la cabeza. No, tachad eso. Alguien sí lo hizo: Cortez. En ese momento sostenía con fuerza a un hombre fornido para impedir que atacara a una mujer de edad avanzada. Cortez tenía al individuo sujeto con una llave, pero el hombre debía de pesar por lo menos cuarenta y cinco kilos más que él, y cada vez que balanceaba un brazo, Cortez volaba por el aire. Salté de la barandilla y corrí hacia el campo de batalla.

Me resultó sorprendentemente fácil avanzar por entre la multitud. Bueno, sí, algunos puñetazos volaron hacia mí, pero como yo seguía moviéndome, mis supuestos atacantes se toparon con blancos menos activos. Con un hechizo de confusión, a nadie le importa a quién ataca, siempre y cuando pueda atacar a alguien.

Cuando llegué junto a Cortez sujeté a la mujer mayor para conducirla a un lugar seguro.

– ¡Bruja asquerosa! -gritó-. ¡Quítame de encima tus manos inmundas!

Me clavó las uñas en la cara y me pegó un puñetazo en el estómago y, cuando me doblé en dos, me derribó al suelo. Un hombre tropezó contra mi cuerpo tendido boca abajo, se enderezó y siguió corriendo. Cuando intenté ponerme de pie, el hombre que Cortez sujetaba se soltó y echó a correr entre el gentío detrás de la mujer anciana. Yo intenté sujetarlo, pero Cortez me agarró del brazo.

– No podemos -jadeó y se secó la sangre de la boca-. No sirve de nada. Tenemos que anular el hechizo. ¿Tú conoces la forma de hacerlo?

– No. -Vi a una mujer arrastrándose entre la gente y tratando de esquivar los golpes-. No parece afectarles a todos.

– Sí que les afecta. Todos están confundidos. Sólo que algunos no reaccionan de manera tan violenta.

– Entonces llevaré a esas personas a un lugar seguro. Tú sigue trabajando con tu contrahechizo.

Corrí hacia la mujer que se arrastraba, la ayudé a ponerse de pie y la guié por entre la multitud. Al llegar a la calle, ambas la cruzamos y la dejé sentada del otro lado de la acera antes de regresar. Tardé varios minutos en encontrar a otra persona que trataba de escapar y varios más sacarla de allí.

Al regresar comprendí que mi misión era algo parecido a salvar del matadero a cachorros de focas sin sus madres. Mientras yo rescataba a una persona, por lo menos otras dos eran golpeadas hasta dejarlas inconscientes. O bien el contrahechizo de Cortez no estaba teniendo efecto o la violencia había cobrado suficiente impulso como para seguir funcionando por su cuenta.

– Pensabas que te podías escapar, ¿no? -dijo una voz junto a mi oído. Era uno de los salvacionistas. Me estrelló una Biblia en la cara-. ¡Vete de aquí, Satanás!

Una mano me agarró el brazo. Cuando traté de ver quién era me encontré con los ojos en blanco de una mujer joven.

– ¡Perra! -me gritó-. ¡Mira lo que le hiciste a mi camisa! -La cogió y tiró de la pechera hacia afuera con tanta fuerza que la costura cedió. Estaba cubierta de mugre y de sangre. Más sangre le cubría la mano. En el otro puño blandía un cortaplumas del Ejército, con su hoja afilada también cubierta de sangre.

Sin pensarlo siquiera, traté de apoderarme del cortaplumas. Su filo me cortó la palma de la mano. Pegué un grito y caí hacia atrás. Cortez apareció entonces y sujetó a la mujer. Ella se giró y lo atacó. Esa hoja afilada y cortante se hundió en el costado de Cortez. Ella se la extrajo y se apartó un poco para lanzar una segunda estocada.

Lancé un hechizo de traba, que detuvo a la mujer en mitad de su ataque. Me arrojé sobre ella, la derribé y le quité el cortaplumas. En ese momento se quebró el hechizo y la mujer comenzó a luchar, a patear y a gritar. Cortez cayó de rodillas y trató de ayudarme a sujetarla, pero la adrenalina pareció triplicar la fuerza de esa mujer y fue como tratar de someter a un animal salvaje. Los dos lanzamos hechizos de traba, pero ninguno tuvo éxito. Si tan sólo pudiéramos calmar a la gente. Sí, desde luego: un hechizo tranquilizador. Lancé uno, después otro, y lo seguí recitando sin fin hasta sentir que las piernas de la mujer cedían debajo de mí.

– Eh-dijo-, qué estás haciendo… Suéltame. ¡Ayuda! ¡Fuego!

Alrededor de nosotros, la gente había dejado de luchar y caminaba en círculos, secándose las narices ensangrentadas y murmurando cosas confusas.

– Perfecto -dijo Cortez-. Sigue haciéndolo.

Lo hice. Nos pusimos de pie y, con Cortez haciendo de escudo, avancé entre la multitud mientras repetía el hechizo tranquilizador. No tuvo efecto en todos. Como lo temía, la agresión había adquirido vida propia, y algunas personas no querían parar, pero muchos sí que cesaron, de modo que fueron capaces de dominar a los que seguían luchando.

– Ahora, a casa -dijo Cortez-. ¡Rápido!

– Pero hay más…

– Ya es suficiente. Si te quedas aquí más tiempo la gente comenzará a reconocerte.

Así que corrimos hacia la puerta principal.

Una vez dentro, Cortez llamó a la policía. Después lo llevé al cuarto de baño, donde podríamos evaluar las heridas recibidas. Savannah se quedó en mi dormitorio, con la puerta cerrada. Yo no le dije que todo había terminado. En ese momento tuve miedo de qué otra cosa podría estar tentada de responder.

El corte en mi mano no era la peor de mis heridas… Me puse un vendaje y centré mi atención en Cortez, empezando con una compresa fría para su labio ensangrentado. Después, la herida del cortaplumas. La hoja se le había hundido en el lado derecho. Le levanté la camisa, limpié la herida y se la examiné mejor.

– Tiene buen aspecto -dije-. Pero te vendrían bien un par de puntadas. Tal vez cuando llegué aquí la policía podremos llevarte al hospital.

– No es necesario. He tenido heridas peores.

Eso podía verlo. Aunque sólo le había levantado la camisa unos centímetros, alcancé a ver que una gruesa cicatriz le cruzaba el abdomen. Era un hombre muy delgado, pero más musculoso de lo que cabría esperar. Supongo que hay más riesgos en luchar contra los de una Camarilla que los que se dan en los juzgados y el papeleo.

– Te prepararé una cataplasma. Por lo general cierra mejor una herida que los puntos. Y tiene, además, la ventaja de dejar menos cicatriz.

– Muy útil. Tendré que pedirte una copia de la receta.

Abrí el botiquín del baño y saqué los ingredientes para la cataplasma.

– Todo esto es culpa mía. Savannah ya lanzó ese hechizo en otra ocasión, con resultados incluso peores. Debería haberle dicho que lo borrara de su repertorio.

– Yo no iría tan lejos. El hechizo de confusión puede resultar muy útil en las circunstancias adecuadas, o como un último recurso. Pero el que lo lanza tiene que comprender eso, algo que obviamente no le pasó a Savannah.

– ¿Siempre funciona de esa manera?

– No. La intensidad con que ella lanza los hechizos es muy grande. Jamás había visto que un hechizo de confusión afectara a tantas personas y de una manera tan negativa. El hechizo siempre exacerba cualquier tendencia subyacente hacia la violencia. Quizá en estas circunstancias debería haber esperado una reacción así, suponiendo que la clase de personas que se congregan alrededor de una historia semejante no son precisamente las que poseen un mayor equilibrio mental.

– Eso es quedarse corto.

Sonó el timbre de la puerta de la calle.

– La policía -dije-. O eso espero.

* * *

Era la policía. Pero no se quedaron demasiado tiempo. Afuera, el gentío o bien se había ido o reanudaba su vigilancia como si nada hubiera pasado. La policía tomó algunas declaraciones, ayudó a la gente a llegar a los médicos y clausuró la zona. Después, dejó en la retaguardia un coche policial y dos agentes de guardia.

Savannah apareció cuando yo le estaba poniendo la cataplasma a Cortez.

– No esperéis que os diga que lo lamento -anunció, de pie junto a la puerta del baño-. Porque no es así.

– Tú… ¿Tú sabes lo que has hecho? -Crucé el baño y abrí la ventana-. ¿Ves eso? ¿Las ambulancias? ¿Los médicos? Ha habido gente herida, Savannah. Personas inocentes.

– No deberían haber estado allí. Son humanos estúpidos. ¿A quién le importan los humanos?

– ¡A mí me importan! -Salté y me quité el vendaje de la mano-. Supongo que tampoco te importa esto. Pues bien, hay algo que sí debería importarte…

La tomé de los hombros y la hice girar para que enfrentara a Cortez, y después señalé su labio hinchado y la herida que tenía en el costado.

– ¿Te importa eso algo? Este hombre está aquí para ayudar, Savannah. Para ayudarte a ti. Podrían haberlo matado cuando estuvo ahí afuera tratando de anular el hechizo que tú lanzaste.

– Yo no le pedí que lo anulara. Si los dos terminasteis heridos, es culpa vuestra por haber salido al jardín.

– Tú… -le bajé el brazo-. Vete a tu cuarto, Savannah. ¡Ya!

En sus ojos brillaron lágrimas, pero se limitó a pisar fuerte y a mirarnos con furia.

– ¡No lo lamento! ¡No lo lamento en absoluto!

Y corrió hacia su dormitorio.

Todo sobre Eve

Lo siento tanto -Dije cuando entramos en el salón. -. Sé que debería poder manejarla, sí, realmente debería hacerlo. No hago más que decirme que voy progresando, que le estoy enseñando a controlarse, pero de pronto ocurre algo como lo de hoy y se hace obvio que no le he enseñado nada en absoluto.

Me dejé caer en el sofá. Cortez eligió un sillón y antes de sentarse lo movió para ponerse frente a mí.

– A ella no le gustan los humanos -proseguí-. Detesta el Aquelarre. Y probablemente me detesta a mí. A veces me pregunto por qué sigue aquí.

– Porque su madre se lo pidió. Antes de que Eve muriera, le dijo a Savannah que si algo llegaba a pasarle, debía recurrir al Aquelarre y encontrar refugio allí.

– ¿Quién te lo dijo?

– Savannah. Estuvimos hablando. Tiene algunas preocupaciones y pensó que yo podría mediar en su nombre.

– ¿Qué te ha contado? No, déjame adivinar: que como tutora suya soy una maravilla, que la comprendo y que siempre digo y hago lo que es mejor.

Una leve sonrisa.

– Savannah reconoció que vosotras dos no siempre os lleváis bien. Como es natural, dice que tú no la entiendes, que no delegas en ella suficiente responsabilidad, que eres sobreprotectora. En una palabra, todo lo que un adolescente le dice siempre a un adulto. ¿Sabes qué otra cosa añadió? Que tienes potencial.

– Que yo tengo… -No pude reprimir una leve sonrisa-. Yo tengo potencial.

– No te lo tomes a mal. Ella dice que también yo tengo potencial. Ninguno de los dos está todavía a su altura, pero al menos parece haber esperanzas para nosotros.

Miré hacia las cortinas.

– Sin embargo, con potencial o sin él, no me parece que yo sea lo que Eve tenía en mente cuando le dijo a Savannah que buscara refugio en el Aquelarre. El problema es… -Callé-. Dios, estoy parloteando y diciendo disparates. ¿Qué hora es?

– No muy tarde. ¿Qué estabas diciendo?

Vacilé. Quería seguir hablando. Quizá el agotamiento había minado mis defensas. O tal vez Cortez tenía el aspecto de una persona con la que se podía hablar.

– A veces, bueno, me pregunto si las Hermanas Mayores no tendrán razón. Si no estaré poniendo en peligro al Aquelarre al tener aquí a Savannah.

– ¿Quieres decir que desearías que otra persona cuidara de ella?

– Dios, no. Lo que quiero decir es que tal vez las dos estamos poniendo en peligro al Aquelarre al quedarnos aquí. Que yo debería irme y llevármela conmigo. Sólo que no puedo. Esta… Ésta es mi vida… Piensa que soy la líder del Aquelarre. Quisiera… Quisiera que… -Oí la emoción que había en mi voz, algo muy parecido a la desesperación. Tenía las mejillas encendidas-. Son muchas las cosas que quiero hacer. No puedo irme. -Aparté la vista, incómoda por mi arrebato. Quería detenerme, pero, después de haber empezado, no podía hacerlo hasta decir todo lo que quería decir-. Con respecto a Savannah -seguí-, quiero demostrarle cómo asumir sus poderes y emplearlos para el bien. Sólo en algunas ocasiones, como esta noche, me parece que eso sea imposible. Al parecer, no logro que comprenda la diferencia entre el bien y el mal. No consigo que le importe.

Él miró hacia la habitación de Savannah.

– ¿Deberíamos usar un hechizo de privacidad?

Asentí. Un hechizo de privacidad es magia de brujas. Permite que dos personas conversen sin que nadie las oiga. Los dos interlocutores son capaces de lanzarlo, cosa que ambos hicimos. Cortez no lo logró la primera vez, pero hizo un nuevo intento y tuvo éxito.

– ¿Qué es lo que sabes acerca de Eve? -preguntó Cortez.

– Que fue expulsada del Aquelarre por usar magia negra. Pero aparte de eso… No sé. No debió de ser algo demasiado malo o el consejo habría quedado involucrado. -Sacudí la cabeza-. De acuerdo, eso es escurrir el bulto. Sabíamos que estaba metida en asuntos turbios; no lo suficientemente turbios como para atraer nuestra atención, pero sí que practicaba magia negra. Es sólo que, bueno, no podemos ponernos a perseguir a todos, debemos elegir…

– Debéis elegir qué casos exigen vuestra atención. No hace falta que me expliques eso, Paige. Por difícil que resulte, a veces no tenemos más remedio que renunciar a andar a la caza de las peores ofensas y elegir en cambio las batallas que podemos ganar. Sí, Eve practicaba magia negra, y de la peor clase. Sin embargo, su objetivo no era emplearla, sino enseñársela a brujas y hechiceros, a quien estuviera dispuesto a pagar sus honorarios.

– ¿Enseñar? ¿Por qué?

Se encogió de hombros.

– Era un negocio muy lucrativo. Dicha información es muy difícil de obtener por fuentes estándar.

– De modo que no usaba magia negra en su propio beneficio, sino que se la enseñaba a docenas de otras personas. Eso no es mucho mejor; incluso creo que es peor.

– Totalmente de acuerdo, pero en los círculos sobrenaturales, la elección de Eve les proporcionaba cierto barniz de respetabilidad. Ella tenía muy buena reputación como maestra.

En el exterior sonó el ruido de la puerta de un vehículo que se cerraba. Pegué un salto y oí que un motor se ponía en marcha.

– Otro invitado que se va -comenté-. ¿Crees que el hechizo de Savannah los asustó? ¿O sólo es porque ya pasó su hora de acostarse?

Cortez abrió la boca, pero enseguida la cerró.

Yo esbocé una sonrisa.

– Ibas a mentirme, ¿no es así? Ibas a decirme lo que yo quería oír, que ellos se han asustado tanto que jamás se les ocurrirá volver a pisar mi propiedad.

– Pero no lo he hecho.

– Y te lo agradezco -dije, y mi sonrisa se volvió genuina-. Aprecio el sentimiento, pero aprecio más la sinceridad.

Nos miramos por un momento. Después yo me agaché y levanté un almohadón que se había caído un rato antes. Lo sacudí para que no quedara tan aplastado y lo puse en su lugar.

– Volvamos entonces a Eve -pedí-. Ella era una maestra. ¿Mantuvo alguna conexión con la Camarilla? ¿En algún momento la contrataron?

– No. Todas las Camarillas la habían vetado, a sus miembros les estaba prohibido recibir sus enseñanzas.

– ¿Porque era una bruja?

– No, porque impartía hechizos peligrosos sin enseñar los métodos de control necesarios para usarlos. No estoy defendiendo a las Camarillas. Ellos fijan límites para el tipo de magia que permiten, aunque son límites de viabilidad, no morales. A medida que la maldad de la magia aumenta, también lo hace el peligro. La magia de Eve era de la peor clase. Y conste que eso lo digo no basándome en rumores, sino por experiencia.

– ¿Conociste a Eve?

– Decir que la conocí sería una exageración. Me topé con ella. Hace varios años estuve investigando a un hechicero que había lanzado hechizos demasiado avanzados para sus capacidades y era responsable de varias muertes bastante truculentas. Después de manejar la situación busqué la fuente de sus hechizos, y eso me condujo a Eve Levine. Logré confiscar varios de sus Manuales, pero antes sufrí en carne propia algunas pruebas de su poder.

– ¿Ella te venció?

Cortez se frotó la boca con una mano.

– Bueno, se podría decir que sí. -Cuando bajó la mano, en su boca se dibujó una levísima sonrisa-. Para ser honesto, debo reconocer que fue un poco más humillante que eso…

– Puedes contármelo. Mis labios están sellados.

– Eve empleó magia de hechicero contra mí, y me considero muy afortunado de haber logrado escapar de ella. Su competencia superaba la de la mayoría de los hechiceros. Ésa es la razón por la que Isaac Katzen decidió tratar de reclutarla.

– Te refieres a quien la secuestró el año pasado.

– Exactamente. Una decisión muy imprudente, por cierto. Una vez más nos adentramos en el reino de los rumores, pero dado mi conocimiento de primera mano del poder de Eve, me inclino a creer esa historia. Se dice que Eve sobrevivió sólo un día en cautiverio antes de que sus captores la mataran. Katzen había dado por sentado que sus propios poderes serían más grandes que los de la bruja más poderosa y, por consiguiente, hizo que los humanos creyeran que sería fácil manejar a Eve. Ellos no estaban preparados para su nivel de experiencia y, al enfrentarse con la posibilidad de perderlas a ella y a Savannah, eligió matarla a ella y conservar a su hija, a quien creía más fácil de manejar. Pero ése fue su error más grande: llevarse a Savannah., No se debe arrinconar a una leona con su cachorro.

– ¿Acaso crees que… quiero decir, cuando conociste a Eve, qué impresión te llevaste de ella como madre? ¿Era buena con Savannah?

– Jamás vi a Savannah. Por lo que he oído, eso era lo normal. A nadie que no perteneciera al círculo íntimo de amigos de Eve le estaba permitido relacionarse con la pequeña. Desde luego, yo no estoy cualificado para hacer ese juicio, pero por lo que he visto a Savannah, diría que Eve era una madre decente, tal vez incluso más que decente. En algunos sentidos podría haber sido mejor que Eve fuera negligente. Savannah tiene un vínculo muy fuerte con su madre, eso debes recordarlo siempre. Cuando hablas en contra de la magia negra, hablas contra Eve.

– Sé bien que necesito entender mejor a Eve -reconocí y callé un momento-. Pero no puedo, no es así como me criaron. Sé que…

Miré a Cortez. Me miraba fijamente y esperaba mis palabras con una mezcla de sereno interés y comprensión que me hicieron querer continuar.

– Yo debería haber hablado con Savannah acerca del hechizo de confusión -dije-. Debería haberle dicho lo que ocurrió la última vez. Deberíamos haber analizado juntas cuándo usarlo y cuándo no usarlo. Sé todo esto, lo entiendo… Pero no puedo hacerlo. La magia negra…

Bajé la vista y me toqué la venda que tenía en la mano. Cortez seguía mirándome, y en su cara vi la misma expresión de paciente espera.

– Mi madre me crió… Me enseñó desde niña que la magia negra era algo malo. Siempre. Sin excepciones. Y ahora veo excepciones, pero… -Me apreté las manos contra los ojos-. Dios, estoy tan cansada. No puedo creer que esté hablando de esta manera.

– No lo estás…

Lo interrumpí desactivando el hechizo de privacidad y después me puse de pie.

– Supongo que pasarás la noche aquí.

– Sí, pensé que sería lo mejor. Pero…

– Ven, te mostraré dónde guardo las cosas para los invitados -dije y fui hacia el pasillo trasero-. Tengo cepillos de dientes adicionales… y debería haber también un desodorante unisex.

– No es necesario, Paige. He traído las bolsas que llevo en la moto y en ellas hay de todo lo que pueda necesitar para pasar la noche fuera.

– ¿Están en el coche?

– Sí. Puedo ir a buscarlas más tarde. Sé que esto es difícil para ti, Paige. Si deseas hablar…

– Ya te he cansado suficiente, ¿no te parece? -Forcé una sonrisa mientras me dirigía al pasillo y cogía mis llaves. -Aquí tienes las llaves de mi coche. Mientras vas a buscar tus bolsas yo prepararé la cama en el sofá. Encontrarás toallas limpias en el armario del baño, junto con champú, jabón y cualquier otra cosa que necesites.

Fui al salón. Cuando él regresó con las bolsas yo ya estaba en mi habitación.

La llegada

¡Estas levantada!

Desperté de golpe cuando Savannah atravesó la habitación y se desplomó en mi cama.

– Gracias a Dios, porque Lucas está preparando el desayuno y te confieso que eso me preocupa un poco.

Me incorporé en la cama, miré en todas direcciones y luego a Savannah. ¿Estaba soñando? La última vez que las dos habíamos hablado ella se fue a su cuarto, furiosa, y ahora rebuscaba en mi armario y conversaba como si nada hubiera pasado.

– Dice que está preparando una tortilla, pero yo no estoy tan segura. No se parece a ninguna tortilla que haya visto antes. ¿No piensas levantarte? Son casi las ocho y media. -Cogió mi suéter de cachemira verde hasta su pecho y sonrió-. ¿Qué te parece? ¿Este invierno, quizá?

– ¿A quién más vas a meter ahí adentro contigo?

– Supongo que sabes que no deberías hablar así delante de mí. Las mujeres jóvenes son muy susceptibles a las percepciones negativas de la imagen corporal. Lo leí el mes pasado en una revista. Tú no estás precisamente gorda. Pero al menos tienes una buena delantera. -Giró hacia el espejo, se apretó con fuerza la camiseta contra su pecho plano y frunció el entrecejo-. ¿Seré de las que maduran tarde? ¿O crees que siempre seguiré siendo una tabla de planchar?

¿Ésta era la misma chica que provocó una revuelta en el jardín del frente de casa? ¿La que después aseguró que no le importaba quién había sido herido? Yo le había dicho a Cortez que necesitaba entenderla. ¿Cómo? Hacía que un montón de desconocidos se atacaran entre sí y, al momento, era una chiquilla normal de trece años a quien le preocupaban la ropa y el tamaño de sus pechos.

– … es hora de que vayamos de compras, quiero ropa interior nueva. Como la tuya, de encaje y raso y de colores. Auténtica lencería, y no esas cosas de algodón. No olvides que el año que viene empiezo la secundaria. Tendré que cambiarme para gimnasia delante de otras chicas. Aunque no tenga buenos pechos, no puedo seguir con el aspecto de una niña.

– Savannah -llamó Cortez desde el pasillo-. Te pedí que no… -Se detuvo al verme sentada en la cama en camisón. Rápidamente retrocedió y desapareció de mi vista-. Mis disculpas. Savannah, te pedí que no molestaras a Paige. Necesita descansar. Se suponía que estarías haciendo los deberes, ¿recuerdas?

– Oh, por favor. Corro el riesgo de ser entregada a un semidemonio psicópata, quien me lavará el cerebro para convertirme en esclava de sobrenaturales mafiosos. ¿Crees que a alguien le preocupa si sé o no sé conjugar verbos?

– Pues ve a conjugarlos, Savannah -pedí-. Por favor.

– Y por favor cierra la puerta del cuarto de Paige para que ella pueda descansar.

Savannah suspiró y salió volando de mi dormitorio, pero dejando la puerta entreabierta. Yo me desplomé hacia atrás y contemplé la posibilidad de quedarme un rato más en la cama, pero sabía que si lo hacía tal vez no volvería a levantarme nunca. Había llegado el momento de afrontar el día… no importaba lo que trajera consigo.

* * *

Cuando entré en la cocina, Cortez estaba junto a la encimera, de espaldas a mí.

– Savannah vetó mi tortilla, pero te aseguro que es bastante comestible. Si lo prefieres, creo que puedo prepararte tostadas.

– La tortilla estará perfecta. Mejor que perfecta. Mañana pondré el despertador. Los invitados no deberían tener que arreglárselas solos.

– No necesitas jugar a ser la anfitriona conmigo, Paige. Ya tienes bastantes cosas de qué preocuparte.

Tomé dos vasos y los llené con zumo de naranja.

– Mira, acerca de anoche… No fue mi intención cargarte con mis problemas.

– No lo hiciste. Tienes preocupaciones más que lógicas y creo que deberíamos hablar de ellas. Si deseas hacerlo…

– Me gustaría trazar un plan. Ayer estaba medio loca y corría en todas direcciones como un pollo al que acaban de cortarle la cabeza, pero por lo general no soy tan desorganizada. Después del desayuno me gustaría que nos sentáramos y trazáramos un plan de acción.

– Excelente idea.

Al contrario de lo que Savannah había dado a entender, la tortilla parecía magnífica y estaba muy sabrosa. Cuando los dos estábamos sentados y comiendo, advertí que la luz del teléfono relampagueaba. Cortez siguió mi mirada.

– Apagué el sonido para permitirte dormir -explicó-. ¿Quieres que…?

– No, déjalo apagado. Tenías razón ayer, debería comenzar a revisar los registros de llamadas. No necesito estar oyendo todo el tiempo el teléfono, y realmente tampoco necesito escuchar esos mensajes. ¿El contestador está apagado?

Él sacudió la cabeza.

– Sólo bajé el volumen. Me pareció más seguro.

– Buena idea. -Al oír un golpe seco procedente del cuarto de Savannah, miré hacia la entrada trasera-. ¿Al menos te ha pedido disculpas?

– Creo que el objetivo de su buen humor de hoy es algo así como disculparse.

– Mostrarse cordial.

– Exactamente.

Bajé la voz.

– ¿Te parece que lo lamenta? ¿Que de veras se arrepiente?

– Es difícil saberlo.

– Eh -dijo Savannah desde la puerta de la cocina-, ¿alguien ha notado lo silencioso que está todo esta mañana? Acabo de mirar por la ventana y, ¿a que no sabéis qué? Se han ido. Pasmaos. -Sonrió-. Como por arte de magia.

– Sí, ya lo había notado -dijo Cortez y comió otro bocado de su tortilla.

– ¿No me vas a decir nada?

– ¿Como qué?

Ella suspiró.

– Oh, vamos, Lucas. No sigues enfadado conmigo, ¿verdad que no? No seas así. Reconoce que, después de todo, no fue una idea tan mala.

– ¿Qué no fue tan mala idea? -pregunté-. ¿El hechizo de confusión? Espero que lo hayas dicho en broma, Savannah.

Sus ojos se nublaron.

– No, lo he dicho muy en serio. Mira hacia afuera. Mira. Se fueron. Yo los hice irse.

– En primer lugar, no todos se han ido -intervino Cortez-. Todavía queda un pequeño contingente. Sin embargo, la mayoría se fue, debido quizá en parte por tus acciones, pero muy probablemente debido más a esto… -Se acercó a la mesa y recogió varias hojas de papel-. Todo parece indicar que Est Falls se ha cansado de su reciente afluencia de turistas.

Colocó las hojas sobre la mesa para Savannah y para mí. Eran impresos de una página web que cubría las noticias locales.

– Espero que no te importe, Paige, pero esta mañana me tomé la libertad de usar tu ordenador. Después del problema de anoche, temí que el número de curiosos aumentara. Cuando vi que había sucedido todo lo contrario, sentí curiosidad.

Examiné los artículos. El titular del primero decía Una «evitación» a la antigua impide un ataque furioso de los medios. En la Nueva Inglaterra colonial, uno de los castigos más severos que una comunidad puritana podía infligir a sus miembros era la «evitación». En lugar de exiliar a una persona, la desterraban socialmente, simulaban que esa persona no existía. Los padres siempre han sabido lo exasperante que es ese castigo; lo peor que se le puede hacer a un niño es ignorarlo, no prestarle atención. Eso fue lo que East Falls les hizo a las multitudes de extranjeros que sintieron curiosidad por mi historia.

Después de medio día de ser acosados por una plaga de langostas, los habitantes de East Falls se habían retirado a sus hogares, cerrado sus puertas y descolgado los teléfonos. Eso hizo que los medios buscaran en vano citas y chismes. Entonces, cuando llegó la hora de la cena, nadie conseguía encontrar un restaurante abierto en treinta kilómetros a la redonda de East Falls. Hasta los supermercados y los bazares habían cerrado sus puertas temprano. Cuando trataron de encontrar alojamiento, cada motel, hotel y bed and breakfast del condado se encontraba completo.

Sí, claro, la gente podía ir en coche a Boston en busca de comida y refugio… siempre y cuando tuvieran suficiente combustible, pues todas las estaciones locales de servicio habían cerrado a las nueve. Esto no impidió que los reporteros y necrófagos más intrépidos se quedaran en el lugar, pero la mayoría decidió que sencillamente no valía la pena hacerlo. Nadie iba a aceptar entrevistas. Yo no pensaba salir de casa. Los muertos no se levantaban de sus tumbas en el cementerio local. En realidad, en East Falls no había nada que valiera la pena ver. Al menos por ahora.

– Son mentiras -dijo Savannah y barrió los periódicos de la mesa-. La gente no se ha marchado por esa razón. Todos se han ido gracias a mí, a mi hechizo.

– Es bastante posible que tu hechizo haya atemorizado a algunos -admitió Cortez-. Pero en circunstancias normales eso sólo habría aumentado el nivel de interés del público. Sí, algunos se habrían ido: aquellos que fueron meras víctimas del hechizo y que no desempeñaron ningún papel activo en la violencia. Un hechizo de confusión exacerba las tendencias agresivas. Quienes disfrutaban de esa descarga emocional se quedarían. Y llegarían más; la clase de personas que confían en una repetición de las situaciones. Sin esa «evitación» a rechazo, la situación sólo habría empeorado. Sé que tú no entiendes por completo las ramificaciones del hechizo que lanzaste.

La mirada de ella se endureció.

– Yo sabía exactamente lo que estaba haciendo, hechicero.

– No le hables así -intervine.

Cortez levantó una mano.

– No, tú no lo entendías, Savannah. Lo sé. Nadie te responsabiliza…

– ¡Pero es que yo soy responsable! Yo me libré de ellos. ¡Yo! Tú… Vosotros dos… no tenéis idea… -Agarró el mantel, lo arrancó de la mesa y arrojó los platos al suelo. Después se dio media vuelta y se alejó.

Cuando me puse de pie para seguirla, sonó el timbre de la puerta.

– ¡Maldición! -farfullé-. ¿Es que esto no acabará nunca? -Deja que yo me ocupe de la puerta. Y, por el momento, te aconsejo que no le prestes atención a Savannah. Se dirigió a la puerta y yo lo seguí.

* * *

Cortez me persuadió de que esperara en un rincón mientras él abría. Aunque detestaba la sola idea de esconderme, la posición de Cortez tenía cierto sentido. Había todavía nueve o diez personas en mi jardín esperando que yo apareciera. Después del alboroto de la noche anterior, no podía arriesgarme a otra escena parecida.

– Buenos días, agente -saludó Cortez.

Me aplasté contra la pared. ¿Y ahora, qué? En los últimos días había visto más policías que en un maratón de fin de semana de Ley y orden.

– Son del Departamento de Servicios Sociales -dijo el agente-. Vienen a ver a la señora Winterbourne. Me pareció que era mejor acompañarlos hasta la puerta.

¿Qué podía ser peor que una visita policial en ese momento? La visita de una asistente social.

– Tengo entendido que su cita era para esta tarde -dijo Cortez-. Si bien apreciamos su interés en el bienestar de Savannah, realmente debo pedirle que regrese entonces. Anoche tuvimos aquí un incidente y, como puede imaginar, mi cliente pasó una noche difícil y no está todavía preparada para recibir visitas.

– Ese «incidente» es precisamente la razón por la que vengo temprano -respondió una voz de mujer-. Estamos muy preocupados por la niña.

¿La niña? Ah, sí… Mi amorosa pupila, la adolescente atrincherada en este momento en su cuarto. Oh, Dios. ¿Querrían ver a Savannah? Por supuesto que sí. Para eso estaban aquí, para evaluar mis habilidades como tutora. Me habría echado a reír si no estuviera a punto de llorar.

Cortez estuvo discutiendo durante varios minutos, pero pronto fue evidente que comenzaba a ceder. No lo culpé. Si nos negábamos a recibir a los de Servicios Sociales, ellos pensarían que teníamos algo que ocultar. Pues bien, sí teníamos algo que ocultar. De hecho, bastante. Pero tal vez si no los dejábamos pasar ahora, las cosas podían empeorar cuando volvieran.

– Está bien -dije apareciendo en la entrada-. Pasen, por favor.

Una mujer de cincuenta y tantos años con melena color castaño rojizo se presentó como Peggy Daré. No pesqué el nombre de la rubia tímida que la acompañaba. No importaba; la mujer me saludó con un hilo de voz y nunca volvió a hablar. Las escolté al salón y les ofrecí café o té. Ellas rehusaron.

– ¿Podemos ver a Savannah? -preguntó Daré.

– Está descansando -respondió Cortez-. Como les he dicho, la de anoche fue una jornada muy difícil para todos nosotros. Como es natural, Savannah, dada su juventud, se vio particularmente afectada por la violencia.

– Está muy trastornada -logré decir.

– Lo entiendo -dijo Daré-. Ésa, desde luego, es la razón por la que estamos aquí. Si nos permitiera hablar con ella, tal vez nosotros podríamos verificar el grado del daño sufrido.

– ¿Daño? -Preguntó Cortez-. ¿No es eso establecer un juicio?

– No fue esa mi intención. Hemos venido con una actitud abierta, señor Cortez. Sólo queremos lo que sea mejor para la pequeña. ¿Podemos verla, por favor?

– Sí, pero a menos que me equivoque, parte de su misión es evaluar el medio físico que la rodea. Tal vez podríamos comenzar con eso.

– Yo preferiría empezar hablando con Savannah.

– Como le he dicho, ella está durmiendo, pero…

– ¡No estoy durmiendo, Lucas! -Gritó Savannah desde su habitación-. ¡Qué mentiroso que eres!

– Está muy trastornada -repetí.

Cortez giró hacia el pasillo.

– ¿Savannah? ¿Podrías, por favor, venir un momento? Aquí hay algunas personas de Servicios Sociales a quienes les gustaría hablar contigo.

– ¡Diles que se vayan a la porra!

Silencio.

– Hacía mucho que no oía ésa -dije, luchando por no reírme-. Lo siento. He procurado inculcarle buenos modales. Pero hoy anda bastante alterada.

– Más que alterada -añadió Cortez-. Los acontecimientos de anoche fueron extremadamente traumáticos. Paige ha estado toda la mañana tratando de tranquilizarla. Es posible que necesite ayuda profesional.

– ¡Yo no soy la que necesita ayuda profesional! -Gritó Savannah-. Yo no voy corriendo de un lugar a otro tratando de salvar el mundo. Me pregunto qué diría de eso un terapeuta.

– ¿De qué habla? -preguntó Daré.

– Está confundida -respondí.

– ¡No soy yo la que está confundida! Y no me refería sólo a Lucas. Me refería también a ti, Paige. Vosotros dos sí que estáis locos. Locos de remate.

– Discúlpeme -dije y corrí hacia el pasillo.

Cuando llegué al cuarto de Savannah, la puerta se abrió. Ella me lanzó una mirada asesina, luego se dirigió al baño y cerró la puerta con llave. Agarré el pomo y lo sacudí.

– Abre la puerta, Savannah.

– ¿No puedo hacer pis primero? ¿O ahora quieres controlar también eso?

Vacilé y después volví al salón. Daré y su compañera se encontraban sentadas en el sofá, atónitas, y parecían un par de sujetalibros.

– Parece que usted está teniendo algunos problemas con la disciplina -dijo Daré.

Savannah gritó. Yo corrí hacia la puerta del cuarto de baño y mientras lo hacía lancé en voz muy baja un hechizo abrecerraduras. Antes de que tuviera tiempo de girar el pomo, la puerta se abrió de par en par y Savannah salió a trompicones al pasillo.

– ¡Está aquí! -exclamó-. ¡Finalmente! Comenzaba a pensar que nunca llegaría.

– ¿Qué es lo que está aquí? -pregunté y me fui hacia ella-. ¿Cuál es el problema?

– No es ningún problema. -Sonrió-. Estoy sangrando.

– ¿Sangrando? ¿Dónde? ¿Qué ha sucedido?

– Ya sabes. El período. Mi primera menstruación. ¡Está aquí!

Se arrojó en mis brazos, me abrazó y me besó en la mejilla. Fue la primera muestra espontánea de afecto que me había demostrado jamás, y lo único que atiné a hacer fue quedarme allí parada como una idiota rematada, pensando que eso explicaba muchas cosas.

– ¿Tienes la regla?

– ¡Sí! ¿No es maravilloso? -Se puso a bailotear y a girar-. Ten cuidado, Leah. Yo… -Calló al advertir la presencia de Daré y de su compañera de pie en el pasillo. ¿Quiénes demonios son ustedes?

Por fin un plan

Librarnos de las asistentes sociales resultó facilísimo. Después de ese espectáculo, estaban impacientes por correr a su oficina y presentar su informe. Traté de que se quedaran y realizaran una entrevista completa -ahora que Savannah estaba tan complaciente-, pero ninguna de las dos quiso saber nada más.

Minutos después se habían ido. Cortez no había hecho nada para ayudarme a persuadirlas de que se quedaran. Tan pronto se fueron, nos condujo al salón, nos indicó que nos sentáramos en el sofá y comenzó a pasearse de aquí para allá. No era una buena señal.

– ¿Estás completamente segura? -le preguntó a Savannah.

– ¿Acerca de que Paige es una buena tutora? Por supuesto que sí. Por eso lo dije, pero no creo que me estuvieran escuchando. Le expliqué a la rubia que yo quería seguir viviendo aquí, pero ella pegó un salto hacia atrás como si yo tuviera mononucleosis o algo por el estilo.

– No me refiero a eso -dijo Cortez-. Tu menstruación, ¿estás segura de que te ha llegado?

– Sí, claro. Las chicas no solemos sangrar sin ninguna razón.

– Tiene sentido -dije-. Ella no se ha sentido demasiado bien últimamente… A eso hay que sumarle sus cambios de humor.

– ¿Qué cambios de humor? -preguntó Savannah.

– No es nada, querida. Está todo bien. Me siento muy feliz por ti. Los dos estamos felices.

Cortez no parecía nada feliz. Estaba agitado; no es una descripción precisa cuando se aplica a la mayoría de las personas, pero en Cortez era equivalente a un colapso nervioso.

– ¿Estás enterada de lo de la ceremonia? -preguntó.

– Precisamente iba a hablar con Paige acerca de eso -contestó ella-. ¿Y cómo es que tú sabes lo de la ceremonia, hechicero?

Lo dijo con una sonrisa, pero él no le prestó atención y me miró.

– Sí -asentí-. Conozco la ceremonia de la menstruación.

– ¿Estás enterada de lo que implican sus posibles variaciones? -preguntó él.

– ¿Variaciones?

– Lo tomo como un no. -Fue hasta la ventana y volvió. Después se detuvo, se pasó una mano por el pelo, se colocó bien las gafas y se serenó. Antes de continuar, se instaló en el sillón, frente a nosotras-. Os mencioné antes que el interés de la Camarilla Nast en Savannah está muy relacionado con secuestrarla a una edad temprana. Eso tiene sus razones, y muy buenas, por cierto. Si a una bruja se la captura antes de que comience a menstruar, es mucho más fácil de manejar.

– Lavado de cerebro -dije.

– Reclutar, persuadir, lavado de cerebro, llámalo como quieras. Una bruja que no ha alcanzado la pubertad es la candidata ideal. Eso, en sí mismo, no es sorprendente, por tratarse de una edad muy vulnerable, como cualquiera con algunos conocimientos de la psicología de los jóvenes puede decirte.

Savannah resopló.

Cortez continuó:

– Sin embargo, en el caso de una bruja, hay algo más que eso. Al variar la ceremonia de la menstruación es posible asegurarse lealtad.

– Esclavizarla, quieres decir.

– No, no. El hecho de alterar la ceremonia puede imponer ciertas limitaciones a los poderes de una bruja, algo que luego puede emplearse para persuadirla de permanecer junto a la Camarilla. No es fácil de explicar. Existen matices e implicaciones que yo no entiendo del todo. El quid de la cuestión es éste: se altera la ceremonia y se obtiene una recluta ideal. Pero si la ceremonia se mantiene inalterable no hay nada que hacer.

– ¿De modo que si conseguimos celebrar la ceremonia sin ningún cambio ellos ya no querrán a Savannah? Eso no tiene nada de malo, abogado.

– Salvo por dos pequeños inconvenientes. Primero, si descubren que Savannah ha llegado a la menstruación, harán todo lo que esté a su alcance para secuestrarla antes de la octava noche.

– ¿Cómo podrían averiguarlo? -preguntó Savannah.

– Por los chamanes-dije-. Tienen chamanes, ¿no?

Cortez asintió.

– Los de la Camarilla tienen de todo.

– Un chamán puede diagnosticar enfermedades y también sabría si has madurado hasta el punto de tener la primera menstruación. Lo único que un chamán tiene que hacer es tocarte. Bastaría con que te empujara en medio de una multitud. Ellos deben de haber hecho que alguien te investigara antes de empezar con todo esto.

– ¿Me estás diciendo que tengo que quedarme encerrada aquí adentro durante una semana? Bromeas, ¿verdad? Ya sabes que la semana que viene es mi graduación. Siempre y cuando me permitan graduarme después de todo esto.

– Lo harán -afirmó Cortez-. Yo me aseguraré de que así sea. No obstante, nuestra principal preocupación será impedir que la Camarilla Nast se entere de tus buenas noticias. Paige, ¿esta casa está protegida contra las proyecciones astrales?

– Siempre.

– Entonces tenemos el segundo inconveniente. Una vez que Savannah haya completado la ceremonia inalterada, ellos ya no la querrán. Sin embargo, dada la reputación de su madre y el problema que les causó a las Camarillas, los Nast no se limitarán a darse por vencidos. Si no pueden tener a Savannah, se asegurarán de que nadie más pueda tenerla.

– Lo que quieres decir es que me matarán -dijo ella.

– Savannah no necesita oír esto.

– Pues a mí me parece que sí, Paige.

– Bueno, disiento. Savannah, vete a tu cuarto, por favor.

– Él tiene razón, Paige -dijo ella, muy serena-. Yo necesito oír esto.

– Necesita saber exactamente cuál es el peligro al que se enfrenta -explicó Cortez-. Debemos protegerla hasta después de la ceremonia, y entonces decirles que su oportunidad ha pasado.

– ¿Qué? -exclamé-. Pero si ellos saben eso la matarán. Tú mismo lo has dicho.

– No. Lo que yo dije fue que podrían matarla si creyeran que ha completado la ceremonia inalterada. Sin embargo, si la octava noche pasara sin una ceremonia, los poderes de Savannah se verían irrevocablemente debilitados. Por consiguiente, ella no representaría ninguna amenaza.

– No pienso saltarme la ceremonia -afirmó ella.

– No lo harás -dije yo-. Sólo tenemos que convencerlos de que sí te la saltaste.

* * *

Durante tres horas trabajamos en nuestro plan; compartimos información, presentamos ideas, redactamos listas… Las listas de Cortez, desde luego. Savannah permaneció con nosotros durante la primera hora, hasta que decidió que las conjugaciones verbales le resultaban más divertidas.

Teníamos una semana por delante… Era un período demasiado largo para permanecer encerrados en la casa. Debatimos las ventajas de quedarnos en ella frente a las de encontrar un lugar seguro para toda la semana. Después de barajar distintas opciones, convinimos en que nos quedaríamos en casa hasta tener noticias de los pasos que daban los de la Camarilla Nast. Ellos se habían tomado mucho trabajo para convertir mi vida en un infierno, y Cortez sospechaba que era posible que ahora sencillamente se echaran atrás y aguardaran a que yo me derrumbara. Si huíamos, seguramente nos seguirían. Por ahora parecía mejor esperar y ver qué sucedía durante uno o dos días.

Aunque la ceremonia de Savannah no tendría lugar hasta dentro de ocho días, había algunas cosas que debían hacerse la primera noche, como por ejemplo recoger el enebro. Eso significaba que debíamos salir de casa. Asimismo, el libro de la ceremonia se guardaba en la casa de Margaret, y Cortez aceptó que yo necesitaba repasarlo lo antes posible, así que sumamos eso a nuestra lista de tareas para la noche. Hasta entonces, sólo nos restaba esperar.

Después del almuerzo, mientras Cortez hacía algunas llamadas de tipo legal relacionadas con la visita de las del Departamento de Servicios Sociales, yo decidí despejarme practicando algunos hechizos. Saqué los Manuales de mi mochila y los puse en otro bolso que escondí en el segundo compartimiento debajo del suelo de mi dormitorio. Llegaba a la entrada cuando alguien llamó a la puerta principal.

Retrocedí y volví a poner la mochila en su escondite. Cuando llegué a la entrada, Cortez ya desactivaba sus hechizos trabapuertas. Cuando traté de abrir, le hice señas.

– Ya la tengo.

Él vaciló un momento y luego se puso detrás de mí cuando yo abrí la puerta. Eran dos policías del Estado. Probablemente los había visto antes -el destacamento del condado no era numeroso-, pero ya había superado el punto de molestarme en vincular nombres con caras.

– ¿Sí? -pregunté a través de la puerta mosquitera.

El agente de más edad dio un paso adelante pero no hizo ningún intento de abrir la puerta ni de exigir que lo dejáramos pasar. Tal vez disfrutaba de tener un público más amplio. Lamentablemente para él, la mayor parte del gentío y los equipos de televisión ya no estaban, aunque los muchachos con las videocámaras habían regresado.

– El municipio de la ciudad nos pidió que escoltáramos a estas buenas personas a su puerta.

Dio un paso atrás. Un hombre y una mujer, a los que yo conocía sólo vagamente, dieron un paso adelante.

– Los concejales Bennett y Phillips -presentó el hombre, sin indicar quién era quién-. Nos gustaría comunicarle… -Hizo una pausa, carraspeó y luego levantó la voz para beneficio de los grupos que presenciaban la situación… -Nos gustaría comunicarles una petición del Ayuntamiento de la ciudad de East Falls. -Hizo una pausa de efecto-. El municipio ha decidido, con gran magnanimidad, despojarla de esta propiedad por un valor de mercado justo.

– Despo… ¿ha dicho usted despojarme…?

– Por un valor de mercado justo -repitió él con voz un poco más alta. Miró en todas direcciones para estar seguro de que tenía la total atención de su público-. Además de los gastos de mudanza. Es más, estimaremos el valor de su casa tal como estaba antes de que sufriera ningún daño.

– ¿Por qué directamente no me cubren de alquitrán y de plumas?

– Tenemos una petición. Una petición firmada por más del cincuenta por ciento de la población votante de East Falls. Solicitan que usted, a la luz de los recientes sucesos, considere la posibilidad de mudarse de aquí, y con sus firmas avalan el generoso ofrecimiento de la ciudad.

La mujer desplegó un rollo de papel y, como si se tratara de una especie de bando medieval, dejó que el extremo cayera al suelo. En él vi docenas de nombres, nombres de personas que yo conocía: vecinos, dueños de tiendas, personas con las que yo había trabajado en cenas de beneficencia en Navidad, padres de chicos que asistían a la misma escuela que Savannah, incluso maestras que le habían enseñado… Todos pedían que me mudara. Que me fuera.

Tomé la lista, la rasgué por la mitad y arrojé la otra mitad en las manos de los concejales.

– Llévenle esto al municipio y díganles dónde se pueden meter su generosa oferta. Mejor aún, díganles a todos los que figuran en esta lista que será mejor que se acostumbren a verme, porque no pienso irme de aquí.

Y di un portazo.

Me quedé un momento de pie entre el salón y la entrada, inmóvil allí como sujeta por un hechizo. No hacía más que ver esa lista y repetir mentalmente los nombres. Gente que yo conocía. Gente que creí que me conocía. Desde luego, no me conocían bien. Pero yo no era una desconocida. Había ayudado en cada evento escolar y de caridad. Les había comprado dulces a cada boy scout. Había donado mi tiempo, mi dinero, mis esfuerzos, cualquier cosa que hiciera falta, dondequiera que hiciera falta, todo porque sabía lo crucial que era para el futuro de Savannah que yo me integrara en East Falls. Y, ahora, ellos pasaban todo eso por alto y me daban la espalda. No sólo eso sino que me echaban de la ciudad.

Sí, lo que había sucedido en East Falls era terrible: el atroz descubrimiento del altar satánico y sus gatos mutilados, el abominable horror de la muerte y el funeral de Cary. Yo no culpaba a la ciudad por no correr en mi ayuda con comida y condolencias. Todos se sentían confundidos, todos tenían miedo. Pero hacer un juicio tan flagrante, decir «no te queremos aquí», un rechazo así dolía mucho más que cualquier epíteto gritado por un desconocido.

Cuando finalmente logré salir de mi trance, atravesé la habitación y me desplomé en el sofá. Savannah se sentó junto a mí y me puso una mano sobre la rodilla.

– No los necesitamos, Paige. Si ellos no nos quieren aquí, que se vayan al carajo, podemos tomar su dinero y conseguir un lugar mejor. A ti te gusta Boston, ¿no? Siempre dijiste que era allí donde querrías que viviéramos, y no en este basural de mala muerte. Nos mudaremos allí. Las Hermanas Mayores no podrán quejarse. Es culpa de la ciudad, no nuestra.

– Yo no me iré.

– Pero, Paige…

– Tiene razón, Savannah -intervino Cortez-. A estas alturas, sería como confesarse culpable. Cuando esto termine, Paige puede reconsiderar la oferta si le apetece. Hasta entonces, no podemos tener en cuenta esa posibilidad. -Su voz se suavizó-. Ellos están equivocados, Paige. Tú lo sabes y sabes también que no te mereces esto. No les des la satisfacción de permitirles que te trastornen.

Cerré los ojos y me los tapé con las manos, deteniendo así las lágrimas incipientes.

– Llevas razón. Tenemos trabajo que hacer.

– No hay nada que debamos hacer ahora mismo -dijo Cortez-. Te sugiero que descanses.

– Iré a practicar mis hechizos. ›

Cortez asintió.

– Lo entiendo. Quizá yo podría… -Se frenó en seco-. Sí, es una buena idea. Practicar hechizos te ayudará a no pensar en otras cosas.

– ¿Qué era lo que ibas a decir?

Cogió su agenda de la mesa baja.

– Había un par de hechizos… que pensé que… Bueno, quizá más adelante, cuando hayamos hecho más llamadas y tú hayas tenido un poco de tiempo para ti… Si no tienes inconveniente, hay algunos hechizos de brujas acerca de los cuales me gustaría hacerte algunas preguntas.

Hojeó su agenda, la vista fija en cada página, como si no estuviera aguardando una respuesta. No pude evitar sonreírme. Ese hombre podía manejar con una autoconfianza implacable a policías homicidas, a reporteros sedientos de sangre y a muertos que caminaban, pero bastaba que la conversación cambiara a algo tan remotamente personal como pedirme que habláramos de hechizos para que, de pronto, pareciera tan aturdido y confundido como un escolar.

– Te enseñaré los míos si tú me enseñas los tuyos -dije-. Hechizo por hechizo, eso sí me parece justo. ¿Trato hecho?

Levantó la vista de su agenda con una expresión cómplice en los labios.

– Trato hecho.

– Haz tus llamadas, entonces, y dame una hora para despejarme. Después hablaremos.

Él estuvo de acuerdo y yo me dirigí al piso inferior.

Transcurrió una hora. Una hora de prácticas, una hora de fracasos. ¿Es que no había en el mundo alguna fuerza benévola que recompensara la perseverancia y las buenas intenciones? Si un ser así existía, ¿no podía bajar ahora la vista y observarme, compadecerse de mí y decir: «Démosle aunque sea una recompensa miserable a esa pobre criatura?».

Un buen hechizo de muerte para proteger a Savannah… Eso era todo lo que yo pedía. Bueno, de acuerdo, si existía alguna fuerza benévola allá arriba, probablemente no estaría dispuesta a darle a nadie el poder de matar. Pero yo necesitaba saber cómo hacerlo. ¿No podía quienquiera que fuera el ser supremo que gobernaba la brujería realizar una cosa así? Sí, ya lo sé. Si una entidad así existía, probablemente ya me estaría diciendo muerto de la risa: «¡Esos hechizos no funcionan, tontita!».

– Esos hechizos no funcionan -susurró una voz junto a mi oído.

Pegué un salto y casi caí de rodillas. Savannah espió mi Manual.

– Bueno, en realidad no funcionan, ¿no es así? -dijo-. Aparte de los pocos que conseguiste que tuvieran efecto, el resto fracasó, ¿verdad?

– ¿Tú los has probado?

Ella se dejó caer junto a mí.

– No. Nunca consigo descubrir dónde escondes los Manuales. Pero sé que los estás practicando para tu diario, ¿recuerdas? Me preguntaba si debería decirte que no funcionan, pero supuse que no me escucharías. Lucas cree que debería decírtelo, para que no sigas perdiendo el tiempo.

Eso me dolió, me fastidiaba enormemente la sola idea de que Savannah hubiera hablado con un desconocido de cosas que no quería hablar conmigo. Sin embargo debía reconocer que ella tenía razón. Yo no la habría escuchado. No quería oír nada que tuviera que ver con sus antecedentes, con su madre. Eso debía cambiar.

– ¿Por qué crees que no tendrán efecto?

– No es que lo piense; lo sé.

– Muy bien, entonces, ¿por qué sabes que no tendrán efecto?

– Porque es magia de brujas.

– ¿Y qué tiene de malo la magia de brujas? No hay nada…

– ¿Ves? Le dije a Lucas que reaccionarías así.

Volví a arrodillarme.

– Lo siento, Savannah. Por favor, continúa.

Ella sonrió.

– Vaya, eso me gusta más.

– No te acostumbres demasiado. Ahora habla.

– Ningunos de los hechizos fuertes de brujas funcionan porque les faltan las partes centrales. Por eso tanto mi madre como otras brujas, brujas que no pertenecían al Aquelarre, usan magia de hechiceros, por la fuerza que tienen esos hechizos.

– ¿Ellas usan magia de hechiceros?

– ¿No lo sabías?

– Mmmmm, bueno, yo… -Me costó pronunciar esas palabras-. No, no lo sabía.

– Sí, claro, todos los hechizos realmente poderosos son magia de hechiceros. Lo único que nosotras podemos hacer son cosas simples de brujas, como los hechizos del Aquelarre, además de algunos otros, pero para los hechizos fuertes necesitamos usar magia de hechiceros. Ése es el problema, ¿entiendes? Mi madre solía enfadarse mucho por eso. Culpaba al Aquelarre de haber perdido la parte central de los hechizos. Al menos, ellas dijeron que la habían perdido, pero mamá siempre pensó que la habían tirado. Dijo que eso estaba muy mal, porque les negaba a las brujas…

Savannah no siguió cuando Cortez apareció junto a la puerta.

– Lamento interrumpir. -Sus labios se movían como si estuviera reprimiendo una sonrisa-. Parece que tenemos una nueva situación justo al fondo de la casa… No quisiera importunar tu práctica, Paige, pero se me ocurrió que tal vez te vendría bien un descanso.

– Aguarda un segundo -dije-. Savannah me estaba contando algo importante.

– Eso puede esperar -dijo ella y se puso de pie de un salto-. ¿Qué pasa afuera?

– Creo que una descripción verbal no le haría justicia -fue la respuesta de Cortez, quien sonrió.

Savannah salió y se dirigió a la escalera.

No están desnudas están vestidas de cielo

Cuando acabé de subir las escaleras aparté de la ventana de la cocina a una Savannah casi histérica, levanté las persianas y al mirar hacia afuera vi a cinco mujeres arrodilladas, formando un círculo, sobre mi jardín. Cinco mujeres desnudas, no en topless o sucintamente vestidas, sino completamente desnudas.

Salté hacia atrás tan rápido que tropecé con Cortez.

– ¿Qué demonios es eso? -pregunté.

– Creo que el término más comúnmente aceptado es Wiccanas.

– ¿Wiccanas?

– O quizá debería decir que es así como se presentaron cuando me aventuré a pedirles que se vistieran y abandonaran los terrenos de esta propiedad. Me indicaron que son miembros de una pequeña secta de Wiccanas, perteneciente a un Aquelarre de alguna zona de Vermont. Supongo que no tienen ninguna relación con el tuyo, ¿verdad?

– Ja, ja.

– Parecen bastante inofensivas. Están realizando una ceremonia de limpieza en tu beneficio.

– Qué… agradable.

– Eso pensé. -Sonrió entonces, algo que jamás creí que su cara fuera capaz de hacer-. Me parece que me corresponde deciros otra cosa. En beneficio de ellas. Por su petición. Algo que te aconsejaría que aceptaras.

– ¿Qué es?

– Han pedido que te unieras a ellas.

Si yo no hubiera sido una firme convencida de la no violencia, juro que lo habría matado. En cambio, me dejé caer contra la mesa, muerta de risa. Riendo con mucha más intensidad de lo que la situación exigía. Al cabo de una semana de infierno, debo admitir que un grupo de Wiccanas desnudas en el jardín trasero de casa era una diversión muy bienvenida.

– ¿Debo interpretar eso como un no? -preguntó Cortez sin dejar de sonreír.

– Me temo que sí.

– Entonces les diré que lo lamento enormemente y les pediré que se vayan.

– No -dije-. Lo haré yo.

– ¿Estás segura?

– Eh, son las primeras personas que veo que me apoyan. Lo menos que puedo hacer es decirles yo misma que se muden.

– ¿Puedo acompañarte? -preguntó Savannah.

– No -dijimos al unísono Cortez y yo.

* * *

Antes de salir espié por la puerta de atrás.

Salvo por las Wiccanas, mi jardín estaba vacío. En cuanto salí, las Wiccanas interrumpieron su ceremonia, giraron todas al mismo tiempo y me dedicaron sonrisas beatíficas. Me acerqué lentamente a ellas. Cortez me pisaba los talones.

– Hermana Winterbourne -saludó la líder del grupo.

Abrió los brazos de par en par, me abrazó, me estampó un beso en los labios y otro en el pecho izquierdo. Yo solté un grito. Cortez hizo un ruido como si se atragantara, que sonó sospechosamente parecido a una risa reprimida.

– Mi pobre, pobre criatura -dijo ella, tomó mis dos manos y se las llevó al pecho-. Te han asustado tanto. Pero no te preocupes. Estamos aquí para ofrecerte el apoyo de la Diosa.

– Alabada sea la Diosa -entonaron las otras.

La líder oprimió mis manos.

– Hemos iniciado la ceremonia de limpieza. Por favor, desecha tus vestimentas mundanas y únete a nosotras.

Cortez volvió a atragantarse de la risa y luego se inclinó y me murmuró al oído:

– Yo tendría que ir a ver cómo está Savannah. Si decides cumplir con su súplica, avísame. Por favor.

Se dirigió a la casa, víctima de un repentino ataque de tos. Yo tomé la túnica que tenía más cerca.

– ¿Podría ponerse esto? ¿Podrían todas por favor cubrirse?

La mujer se limitó a sonreírme.

– Nosotras estamos como nos lo exige la Diosa.

– ¿La Diosa les exige que estén desnudas en mi jardín?

– Pero es que no estamos desnudas, criatura. Estamos vestidas de cielo. La ropa impide las vibraciones mentales.

– Sí, bueno, correcto. Mire, sé que todo esto es muy natural, lo de la forma humana y todo eso, pero ustedes no pueden hacer esto. No aquí. Es ilegal.

Otra sonrisa beatífica.

– A nosotras no nos importan las leyes de los hombres. Si vienen a llevarnos, nos iremos sin presentar lucha.

– Dios santo.

– Diosa, querida, no Dios. Y no tome su nombre en vano.

– Alabada sea la Diosa -canturrearon las otras.

– Eso es… Quiero decir… -Sé cortés y educada, me recordé. Las brujas deberían respetar a las Wiccanas, aunque no entendamos del todo eso del culto a la Diosa. Yo conocía a algunas Wiccanas y eran personas muy agradables, aunque debo reconocer que nunca se habían presentado desnudas en mi jardín ni me habían besado las tetas-. Tengo entendido que ustedes son de Vermont -logré articular. Eso era suficientemente cortés de mi parte, ¿no?

– Somos de todas partes -respondió la líder-. Somos misioneras ambulantes, espíritus libres que no están esclavizados por ningún sistema tradicional de creencias. La Diosa nos habla de manera directa y nos envía donde ella lo desea.

– Alabada sea la Diosa -corearon sus compañeras.

– Sí, bueno, eso es muy bonito -dije-. Si bien aprecio su apoyo -Oh, Dios, ¡que por favor salgan de mi jardín antes de que alguien las vea!-, me parece que éste no es el mejor momento para hablar.

– Podríamos volver -propuso la líder.

– ¿De veras podrían hacerlo? Sería maravilloso. ¿Qué les parecería el próximo lunes? ¿Digamos, a las ocho de la mañana?

Recogí las túnicas y comencé a repartirlas y con las prisas estuve a punto de tropezar y caer. Muy pronto las Wiccanas estaban vestidas y se dirigían al portón lateral.

– En realidad -les dije-, creo que sería mejor que salieran por atrás. A través del bosque. Es una caminata maravillosa. Plena naturaleza.

La líder asintió y sonrió.

– Suena estupendo. Haremos eso. Ah, un momento. -Metió la mano en los pliegues de su túnica y me entregó una tarjeta-. Aquí está el número de mi teléfono móvil y mi dirección de correo electrónico, por si deseara ponerse en contacto conmigo antes del lunes.

– De acuerdo. Y gracias.

Abrí la puerta que conducía a los bosques y la sujeté mientras ellas la cruzaban. Justo cuando la última se alejaba, una figura pasó junto a ellas y sujetó la puerta antes de que la cerrara. Leah pasó por ella y giró la cabeza para observar a las Wiccanas que se alejaban.

– Qué amigas tan agradables -dijo-. También brujas, imagino.

– Lárgate de aquí.

– Vaya, por lo visto estás malhumorada. ¿Una semana difícil, quizá?

– ¿Qué quieres?

– He venido -arrancó una rama y la blandió- a desafiarte a un duelo. No, espera, no es eso. He venido a hablar contigo, aunque un duelo sería bastante divertido, ¿no te parece?

– Sal de mi propiedad.

– De lo contrario… -Miró por encima de mi hombro y calló-. Oh, mira quién sigue estando aquí: el bebé Cortez.

Cortez se colocó detrás de mí.

– Esto es incorrecto, Leah.

Ella se echó a reír.

– Ah, eso me gusta. Incorrecto. No sorprendente, descortés o temerario. No, es incorrecto. Tiene una manera especial de usar las palabras, ¿no opinas lo mismo?

– Me has entendido perfectamente bien -dijo Cortez.

– Así es, pero quizá deberíamos explicarlo mejor en beneficio de nuestra amiga, que no pertenece a la Camarilla. Lo que Lucas quiere decir es que mi presencia aquí, sin la compañía de Gabriel Sandford, el hechicero y, por consiguiente, el líder del proyecto, constituye una violación directa de las reglas de compromiso de la Camarilla. -Sonrió-. Ahí lo tienes, casi he hablado como él, ¿no? Entre tú y yo, Paige, estos tipos tienen demasiadas leyes. Dime, Lucas, ¿tu papá sabe que estás aquí?

– Si no lo sabe, estoy seguro de que se enterará, aunque eso no cambiará para nada la situación.

Leah se dirigió a mí.

– En inglés, eso significa que a su papá, Cortez le importa un cuerno… Siempre y cuando su precioso bebé no salga herido. Si crees que estoy loca, deberías conocer a su familia. -Se apoyó un dedo en la sien y lo hizo girar-. Todos locos de remate. Éste corre de aquí para allá como si fuera el último de los caballeros templarios. ¿Y qué hace entonces su papá? Se siente orgulloso de su hijito. El pequeño dirige negocios arriesgados y lucrativos para su propia familia, y su papá no podría sentirse más orgulloso. Tenemos, además, a su madrastra… ¿Se puede llamar a alguien madrastra cuando esa persona se casó con el padre tanto antes como después de la concepción? -Leah se inclinó hacia mí y dijo, en un susurro teatral-: Este nació en el lado equivocado de las sábanas.

– Tengo entendido que el término técnico es «bastardo» -dijo Cortez-. Ahora bien, si ya has terminado…

– Hasta este momento, Lucas, ¿cuál es la recompensa?

– Te estoy pidiendo que te vayas.

– Dame el gusto. ¿De cuánto es? ¿De un millón? ¿Dos? A mí me vendría bien esa clase de dinero.

– No me cabe ninguna duda. Ahora…

– ¿Paige sabe lo de la recompensa? Apuesto a que no. Apuesto a que te olvidaste mencionarle ese detalle, como probablemente te olvidaste también mencionar el porqué. Aquí tienes un dato, Paige. Si alguna vez quieres hacer una fortuna, conversa un poco con Delores Cortez. O con uno de los hermanos de Lucas. Todos están dispuestos a pagar una buena suma para librarse de él. ¿Adivinas por qué?

– Porque mi padre me nombró su heredero -contestó Cortez-. Una estratagema política, como tú bien sabes, Leah, así que por favor deja de tratar de armar bronca. Estoy seguro de que a Paige lo que menos le importa es mi situación personal.

– ¿No te parece que podría molestarle involucrarse tanto con un futuro líder de la Camarilla?

– Estoy seguro de que ella sabe perfectamente que esa coronación jamás tendrá lugar. Aunque mi padre insista en ello, yo no tengo ningún interés en ocupar ese cargo.

– Oh, vamos. Todos hemos visto El padrino. Todos sabemos cómo terminará esta historia.

– Coge tus malditas mentiras y vete -dije-. Nada de lo que dices me interesa.

– ¿Ah, no? ¿Y si te hago un ofrecimiento que no podrás rehusar? -Sonrió y me guiñó un ojo-. A estos tipos de la Camarilla hay que hablarles en un lenguaje que ellos entiendan.

Hubo en Leah algo tan cautivador, tan infantil, que resultaba difícil permanecer de pie frente a ella y recordar lo peligrosa que era. Mientras hacía carantoñas y bromeaba, tuve que repetirme todo el tiempo: «Ésta es la mujer que mató a mi madre».

– Ahora entraré en casa -anuncié.

– Ambos lo haremos -agregó Cortez y apoyó una mano en mi codo.

Leah puso los ojos en blanco.

– Vaya, vaya. No sois nada divertidos. De acuerdo. Entonces me pondré seria. Quiero que hablemos.

Yo me alejé y Cortez me siguió. Cuando estuvimos adentro, cometí el error de mirar por la ventana de la cocina. Leah seguía allí parada blandiendo un teléfono móvil. Vi la luz de una llamada que se encendía en mi teléfono y descolgué.

– ¿Así es mejor? -preguntó ella-. El alcance de un Voló es de aproximadamente quince metros, algo que estoy segura que tú ya sabes, siendo tan inteligente como eres. ¿Qué tal si yo empiezo a caminar hacia atrás y tú me dices cuándo te sientes segura?

Con un golpe colgué el teléfono y traté de serenarme.

– No puedo hacer esto -susurré-. Ella… Ella mató a mi madre.

– Ya lo sé -dijo Cortez y apoyó una mano en mi espalda-. Deja que yo lleve esto.

Un grito brotó del jardín delantero. Tratando de hacerme insensible… entré en el salón y espié por la cortina. Una cámara de vídeo rodó por el jardín como una planta rodadora, y su dueño adolescente corrió dando trompicones tras ella. La docena de curiosos que había observaban y reían. Entonces, voló por los aires el sombrero de una mujer.

– Esa bi… -me mordí el resto de la palabra, di la vuelta y fui a la cocina-. ¿Quiere que hablemos? Pues bien, hablaremos. Saldré y le demostraré que no me asusta.

– No -dijo la voz serena de Savannah detrás de nosotros-. Deja que entre. Demuéstrale que realmente no nos asusta.

* * *

Dejamos entrar a Leah. Tal como dijo Cortez, en casa no podía causar más daño del que causaría afuera. Triste pero verdadero. Si Leah quería matarnos, tenía un radio de quince metros en el que actuar. Ninguna pared podía detenerla. Lo único que todos podíamos hacer era estar alerta.

– Tiene algo que la delata -le dije a Cortez-. Cada vez que está a punto de mover algo, se le nota. Trata de estar atento a los tics, las sacudidas, los movimientos repentinos… cualquier cosa.

Él asintió y salió para escoltar a Leah al interior de casa. Un minuto después, la puerta de atrás se abrió. Leah entró y paseó la vista por el lugar. Después sus ojos brillaron al ver a Savannah y sonrió.

– Savannah -saludó-. Por Dios, qué grande estás, criatura. Ya eres casi tan alta como yo.

Savannah la miró durante diez segundos interminables y luego se fue a su cuarto. Leah la siguió con la mirada y frunció el entrecejo como si ese recibimiento la hubiera dejado perpleja.

– ¿Qué le has hecho? -preguntó.

– ¿Yo? Tú eres la que…

Cortez levantó las manos.

– Como Leah mencionaba antes, a nosotros los hechiceros nos gustan las reglas. La regla cardinal de la negociación, y estoy segura de que Leah la conoce bien, es que a ninguna de las partes les está permitido mencionar agravios pasados o menospreciar a la otra. ¿Entendido?

– ¿Por qué me miras a mí? -Preguntó Leah-. Fue ella la que empezó.

– No, me parece que fuiste tú. Sin ninguna duda, en este asunto Paige es la parte injuriada. Si la ofendes, la negociación termina.

– ¿Qué te hace pensar que estoy aquí para negociar?

– Si no es así, puedes irte ahora mismo.

Puso los ojos en blanco.

– Por Dios, qué divertido es, ¿no te parece, Paige? -Entró en el salón y se instaló en mi sofá-. Qué bonita casa. Debes de haber recibido una buena herencia.

– Fuera de aquí -ordenó Cortez-. Sal de aquí ahora mismo, Leah.

– ¿Qué he hecho ahora? Solo felicité a Paige por su casa y comenté que… ¡Caramba! -Sonrió-. Supongo que ahora me doy cuenta de que ese último comentario puede haber sido «incorrecto».

– Déjala hablar -dije y apreté tan fuerte los puños que sentí que se juntaba sangre allí donde las uñas se me clavaban en las palmas de las manos-. ¿Para qué has venido?

– No me gusta la forma en que esto se está desarrollando -dijo ella, y se recostó contra los cojines-. Estos miembros de las Camarillas son tan desastrosos como Isaac me dijo. Todo son reglas y códigos de conducta. ¡Y el papeleo! Te juro que no podrías creerlo, Paige. Matas a un humano de mierda y te obligan a llenar un millón de formularios, y por triplicado. Una vez le disparé accidentalmente a un delincuente y ni siquiera Asuntos Internos me hizo llenar tantos formularios. ¿Podrás creer que Kristof nos regañó por lo que sucedió en la funeraria? Parece que fue un «exceso de autoridad» y que «nuestro juicio fue cuestionable» y ahora está furioso porque habrá una especie de audiencia disciplinaria de todas las Camarillas sobre el tema. Dios, te aseguro que esos perros guardianes de las Camarillas tienen tanto sentido del humor como el bebé Cortez.

– ¿Qué es lo que quieres, Leah? -pregunté.

– En primer lugar, inmunidad. Si yo me aparto de este trato, la Camarilla Nast me romperá el trasero. Quiero que Lucas me prometa la protección de su papá.

– Yo no desempeño ningún papel en la Camarilla Cortez…

– Oh, déjate de tonterías. Tú eres un Cortez. Si dices que yo estoy protegida, entonces lo estaré. Lo segundo que quiero es la custodia compartida de Savannah.

– ¿Eso es todo? -pregunté-. Caramba, pensé que querías algo grande. ¿Qué te parecería tenerla los fines de semana?

Leah movió un dedo en dirección a Cortez.

– Creo que Paige no se está tomando esto en serio.

– Y que lo digas -murmuró Cortez.

– ¿Puedo preguntarte para qué quieres tener la custodia compartida de Savannah?

– Porque la pequeña me gusta. Porque creo que tú le arruinarás la vida. Y porque podría resultarme útil.

– De modo que, a cambio de recibir esas dos cosas, ¿harás qué? ¿Te enfrentarás por nosotros a toda la Camarilla Nast?

Se echó a reír.

– No tengo tendencias suicidas, Paige. Si tú me das lo que quiero, yo me apartaré de la lucha.

– ¿Eso es todo?

– Debería ser suficiente. Soy la mejor arma que tienen. Harías bien en ponerte ahora de mi lado, Paige. Es algo que incluso tú deberías tener en cuenta, Lucas.

– Intenta hacerme un ofrecimiento que yo no pueda rechazar -dijo él-. Creo que hablo en nombre de Paige al decirte que te largues de aquí ahora mismo, Leah. Nos estás haciendo perder el tiempo.

Ella se sentó bien erguida y se inclinó hacia adelante. De sus ojos había desaparecido todo rastro de humor.

– Te estoy haciendo un ofrecimiento serio, hechicero. Tú no me quieres en esta pelea.

– ¿No? Si tu posición es tan fuerte, seguramente no estarías aquí ahora. Las Camarillas siempre recompensan el talento. ¿Quieres que yo arriesgue una conjetura con respecto al porqué de este repentino cambio de actitud tuyo?

– Aguarda -intervine-. Deja que yo haga primero un intento. Soy nueva en esto de las Camarillas, así que quiero estar segura de que lo entiendo bien. Tú dices que estás aquí porque no te gusta la elección que hiciste al aliarte con la Camarilla. Creo que en eso dices la verdad. Pero no porque tengan demasiadas reglas. Sino porque, de pronto, ya no tienes autoridad. Tienes, sí, un poder increíble, pero eso es todo. No eres nadie, apenas un soldado raso. ¿Me estoy acercando?

Los ojos de Leah dejaban ver todo su odio.

Continué.

– Todo esto empezó porque tú te acercaste a la Camarilla Nast y les ofreciste un trato. Quizá averiguaste lo del padre de Savannah, o tal vez sólo diste con un nombre por azar y ellos inventaron la historia de la paternidad. Aceptaron tu oferta y después asumieron el mando de la situación. Creo que posiblemente lo único que obtendrás es un buen bono de fin de año y una oficina con ventana. Y lo que es peor, perdiste a Savannah. La traicionaste por esa triste oficina.

Una urna de bronce voló del estante de la biblioteca, navegó por la habitación y se incrustó en la pared. Leah se levantó del sofá y me lanzó una mirada de odio antes de pasarle esa mirada a la urna.

– Bueno, bueno -dije-. ¿Erraste el tiro? A lo mejor no eres tan buena como crees.

Esta vez, toda la biblioteca se sacudió, se balanceó una vez y luego se detuvo, todavía erguida. Yo lancé un hechizo de traba antes de que ella hiciera un nuevo intento.

– En cuanto te suelte, te marchas -dije-. No creas que he olvidado lo que le hiciste a mi madre. Y no creas ni por un instante que no puedo matarte ahí, justo donde estás, o que en este mismo momento no estoy pensando en esa posibilidad.

Cuando anulé el hechizo de traba, Leah me lanzó una mirada feroz y después, bramando de rabia, se fue dando un portazo.

– De modo que su poder disminuye a medida que sus emociones aumentan -comentó Cortez-. Muy interesante.

– Y útil. ¿Has descubierto qué es lo que la delata?

Cortez sacudió la cabeza.

– Maldición. Bueno, no puedo preocuparme por eso ahora. Necesito hablar de algo con Savannah. -Comencé a alejarme pero de pronto me detuve. – ¿Debería estar preocupada? Me refiero a una posible represalia.

– ¿De Leah? No. Las Camarillas la limitan muchísimo. Ella sabe cuál es el castigo por actuar sin su consentimiento, sobre todo si esas acciones ponen en peligro un proyecto actual. Se considera que es una traición y se castiga con la muerte. Una muerte muy desagradable, por cierto.

– Espléndido.

Cortez se colocó bien las gafas.

– Bueno, he terminado mi trabajo. Después de que hayas hablado con Savannah, tal vez podríamos… bueno, eso es si te sientes como para…

– El intercambio de hechizos -dije con una sonrisa-. No te preocupes, no lo he olvidado. Es el punto siguiente de mi lista. Primero permíteme que termine con Savannah.

La llave

Háblame de nuevo de los encantamientos de los hechiceros.

Estábamos sentadas cruzadas de piernas sobre la cama de Savannah.

– Prácticamente cualquier hechizo fuerte que lanza una bruja es magia de hechicero -explicó Savannah-. Como el hechizo de estupor que yo usé. El mismo que Lucas empleó con la gente que estaba en el jardín. Conoces algunos hechizos de hechiceros, ¿no?

– Sí, algunos.

– Yo puedo enseñarte más. O Lucas puede hacerlo. Son bastante buenos, pero la magia de brujas sería mejor… Ya sabes, todo eso acerca de que cada una de nosotras podría ser mejor con nuestros propios hechizos. Salvo que las brujas no tienen elección. Quiero decir, todas tenemos los hechizos básicos, y algunos de ellos son buenos, como el hechizo de traba o sujeción. Los hechiceros no pueden ganarnos en lo relativo a hechizos de protección y de sanación. Por eso las Camarillas recluían brujas. Pero si nosotras tuviéramos nuestros propios hechizos, seríamos mucho más poderosas.

– Pero los Manuales que yo tengo son magia de brujas. Magia poderosa de brujas.

– Correcto. Eso fue también lo que dijo mamá. No sé si sabrás que ésos eran sus libros.

– ¿Mis Manuales?

– Sí. -Savannah tomó su osito de peluche, le alisó el pelo y mantuvo la mirada en el juguete cuando continuó-. Ella solía hablar de ellos. De los libros perdidos. Sólo que no estaban perdidos, imagino, sino que el Aquelarre se los escondió. Ella lo supuso. Sea como fuere, todo el tiempo hablaba de ellos, de lo mucho que deseaba volver a tenerlos, aunque los hechizos no funcionaran.

Luché por mantenerme a la par con lo que Savannah me estaba diciendo, por juntar todos los fragmentos del rompecabezas. Un millón de preguntas desfilaron por mi mente, pero decidí empezar por el final.

– ¿Ella no consiguió que ninguno funcionara?

– Ninguno. Pero tú has podido, lo cual es extraño. Tú eres muy buena en eso de lanzar hechizos, pero mamá era sorprendente. Bueno, probablemente tenía tu edad cuando los probó, así que a lo mejor… -Savannah se interrumpió-. Es muy raro, ¿no? Yo no había pensado en eso… En que las dos lo intentasteis, las dos más o menos a la misma edad. Eso significa… -Sus labios se movieron como si estuviera calculando algo-. Tú ya habías nacido cuando mamá se fue, ¿verdad?

Asentí.

– Entonces yo debía de tener cuatro o cinco años, pero no la recuerdo. ¿Sabes?, nunca se me ocurrió pensarlo, pero apuesto a que aquí en alguna parte debe de haber fotos de tu madre, seguramente en uno de los viejos álbumes de fotos de la mía. Ella siempre sacaba fotos en los picnics y reuniones del Aquelarre. Tiene que haber fotografías.

– ¿De veras lo crees? -Preguntó Savannah y apartó su osito de peluche-. Sería genial. Yo no tengo ninguna foto de ella.

– ¿No? Dios, desde luego que no. Nunca pensé…

– Está bien. Cuando nos mudamos, noté que no volviste a poner las fotos de tu madre. Me pregunté por qué no, pero después me pareció entender la razón. A veces es suficientemente difícil como para que algo nos lo recuerde.

Nuestras miradas se encontraron. Sentí que en mis ojos se agolpaban lágrimas así que me los froté con la mano y me los cubrí.

– Buscaré esas fotos tan pronto como pueda -dije.

Savannah asintió.

– Está bien. Lucas te está esperando, así que hablemos de los Manuales.

– Muy bien. Dime, ¿por qué dijo tu madre que no funcionaban?

– Porque son hechizos tri… tre… no, terciarios, eso es. Eso significa que es preciso conocer primero los hechizos del medio. Sólo que no los tenemos, me refiero a las brujas. Sólo tenemos los primarios. El Aquelarre se deshizo de los del medio.

– ¿Se deshizo de ellos?

– Eso fue lo que supuso mamá. El Aquelarre decidió que esos hechizos eran demasiado fuertes, así que los quemó o algo por el estilo.

– ¿Quién le dijo eso? ¿Mi madre?

– No, no. Mamá nunca tuvo ningún problema con tu madre. Lo que sucedió no fue culpa de ella. Fueron las Hermanas Mayores.

– De modo que las Hermanas Mayores alegaron que ellas destruyeron los libros.

– No, lo que quise decir es que fue culpa de las Hermanas Mayores el que mamá abandonara el Aquelarre. Ellas no sabían nada de los libros secundarios. Otra bruja le habló a mamá de ellos.

Me froté las sienes. Esto no parecía tener ningún sentido. Deseé pedirle que no siguiera, retroceder y proceder de manera lógica desde el principio, pero casi tenía miedo de que, si lo hacía, lo perdería todo, como una voluta de humo que debía apresar antes de que se desvaneciera.

– Así que una bruja que no pertenecía al Aquelarre le dijo a tu madre que esos hechizos intermedios faltaban.

– Correcto. Mamá encontró a esa bruja, que tenía una copia de uno de esos Manuales.

– ¿Los Manuales que yo tengo ahora?

– Así es. Mamá robó esos Manuales de la biblioteca de tía Margaret. Ella era la custodia o como se llame de esos libros. Hablo de la tía Margaret.

– Y todavía lo es. De modo que tu madre se llevó los libros y descubrió que no funcionaban.

– Sí. Así que fue a ver a tía Margaret y le preguntó por qué. Tía Margaret dio por sentado que mamá se los había robado, y se lo contó a Ruth y a las Hermanas Mayores. Tu madre dijo que no importaba, puesto que los hechizos no funcionaban, pero Victoria perdió los estribos y armó un gran escándalo, y entonces mamá se hartó y abandonó el Aquelarre.

– Aja. -Empecé a sentir dolor de cabeza.

– ¿Cómo es que tú los tienes?

– ¿Qué?

– ¿Dónde encontraste los Manuales?

Tuve que hacer una pausa y tratar de despejarme la mente, incluso para recordar.

– Los encontré en la biblioteca del Aquelarre. En la colección de Margaret.

– Vaya, así que después de todo ella no los tiró. Extraño, ¿verdad?

– Muy extraño. Cuando vayamos allí más tarde a buscar el libro de la ceremonia, tendré algunas preguntas que hacerle.

Savannah asintió. Terminamos de hablar y entonces bajé para reunirme con Cortez.

* * *

Al oír a Cortez haciendo ruido en la cocina, sonreí y apresuré el paso, de pronto impaciente para… ¿Para qué? Me detuve en el pasillo y me tomé un momento para caer en la cuenta de que me estaba apresurando para contarle las novedades acerca de los Manuales.

Como es natural, estaba excitada. Si lograba desvelar el secreto de esos hechizos, no sólo tendría hechizos más poderosos para proteger a Savannah sino que también tendría hechizos más poderosos para ofrecerles a todas las brujas. Esto podría representar realmente la llave a todo lo que había soñado. Con esos conjuros podría ayudar a las brujas a recuperar el lugar que les correspondía en el mundo sobrenatural.

Las implicaciones eran alucinantes y, por supuesto, quería compartirlas con alguien, pero había en ello algo más que eso. Yo no quería contárselo a cualquiera; quería decírselo a Cortez. Como es lógico, como hechicero, lo más probable era que a él no le importara nada todo lo referente a esos hechizos de brujas recientemente descubiertos, o que, si le importaba, querría hacerlos desaparecer para asegurar la supremacía de su raza. Sin embargo, yo no podía imaginar a Cortez haciendo una cosa así. De alguna manera, y por tonto que parezca, tenía la sensación de que él se alegraría por mí o, quizá e incluso más importante, de que él me entendería. Yo podría llevar esta noticia a cada una de las brujas del Aquelarre, y tal vez algunas me felicitarían y hasta se alegrarían por mí, pero en realidad no lo entenderían. Con Cortez, en cambio, sentí que sería… diferente.

Me detuve un momento en el pasillo y reflexioné acerca de si se lo diría o no. Lo pensé seriamente. Pero decidí hablar primero con Margaret y después, si realmente tenía lo que creía tener, se lo contaría a Cortez.

Al cruzar la puerta de la cocina vi a Cortez mirando dos latas con té.

– No quieres la de la izquierda -dije-. Es un brebaje para dormir.

– Eso era lo que trataba de averiguar. Savannah me dijo que el brebaje para dormir era el de la derecha, pero me parece que ella guardó las latas en los lugares equivocados.

– No lo dudo. A veces creo que lo hace a propósito, para que yo no le pida que ordene las cosas. Recuerdo haber intentado esa estratagema con mi madre, sólo que ella decidió que eso quería decir que yo necesitaba más práctica en poner orden en casa. -Tomé las latas-. Sin embargo, el contenido de las dos latas está libre de cafeína, de modo que por hoy creo que prefiero café.

– Acabo de preparar una taza.

– Maldición, qué perfecto eres. Bebamos café, entonces, y comencemos con el intercambio de hechizos.

«Monopoly de hechizos«

Antes de comenzar, metí una lasaña congelada en el horno para la cena. Luego cogí mi Manual del Aquelarre y mis diarios de lanzamiento de hechizos y llevé a Cortez al salón. Con su ayuda, moví la mesa de centro a un lado. Después me instalé en la alfombra, con las piernas cruzadas estilo Buda.

– ¿Así está bien?-le pregunté. Él asintió y se sentó frente a mí.

– Esto es todo lo que tengo -dije mientras desplegaba mi Manual y mis diarios-. Bueno, al menos todo lo que funciona. Estos son los hechizos aprobados por el Aquelarre, y en mis diarios he anotado algunos otros que he ido recogiendo. Es posible que no tenga lo que estás buscando.

– No, seguro que sí. Creo que todos estarían aprobados por el Aquelarre y serían de nivel tres o cuatro. Yo todavía estoy luchando por hacerme con los del nivel tres, pero hay un par de hechizos de nivel cuatro sobre los que me gustaría hablar contigo, a ver si puedo progresar al menos hasta ahí.

– O sea, que conoces tus niveles -dije-. Espléndido. ¿Entonces cómo es que…? No te ofendas, pero eres hijo de un CEO de la Camarilla, así que debes de tener acceso a los mejores hechizos que existen, incluso a los de las brujas.

– Obtener hechizos de brujas no es una cuestión tan sencilla como podría parecer, sobre todo debido a la hostilidad actual entre ambas razas. La mayoría de los hechiceros no han querido sacar provecho de la magia de las brujas, por práctica que pudiera ser. A aquellos que, como yo, desean obtener ese conocimiento, nos resulta muy difícil lograrlo. Las brujas, como es muy comprensible, se muestran reacias a darnos acceso a su poder. Los hechizos de los niveles inferiores son muy conocidos, pero los de nivel superior han sido bien guardados por las pocas brujas capaces de lanzarlos.

– Cualquier bruja decente puede hacerlos funcionar. Ni siquiera los de cuarto nivel son difíciles, siempre y cuando se tenga la experiencia necesaria. -Vacilé un momento al recordar lo que Savannah había dicho-. A menos, desde luego, que se trate de una bruja que prefiera la magia de los hechiceros, en cuyo caso supongo que es posible que nunca alcance ese nivel de experiencia.

– Precisamente. Ni siquiera a las brujas de la Camarilla que son capaces de lanzar los hechizos de brujas más difíciles les gusta compartir esa información. Dada mi posición en la Camarilla, ellas no se atreven a negarme nada, pero sospecho que omiten una o dos palabras básicas del conjuro, de modo que parezca que lo que sucede es que a mí me falta la habilidad necesaria para lanzarlo de manera adecuada.

– Ésas son las brujas pasivoagresivas. Por aquí también tenemos algunas. -Tomé un bizcocho de la fuente que Cortez había colocado entre los dos-. Muy bien, ¿qué es lo que quieres saber?

– En primer lugar, quiero aprender el hechizo de encubrimiento o de protección.

Hice como que me atragantaba con el bizcocho.

– Empecemos desde el principio, ¿vale? Junto con el hechizo de sujeción, ésa es probablemente nuestra mejor arma defensiva. Con razón las brujas de la Camarilla te están dando hechizos falsos.

– ¿Debo tomarme eso como un no?

– Es un sí, pero te costará caro, y no me refiero al dinero, aunque no sería una mala manera de rebajarme los honorarios que tengo que pagarte.

Cortez tomó un bizcocho.

– Hablando de mis honorarios, eso fue sólo parte del disfraz inicial que usé como abogado desesperado por conseguir dinero. Mis servicios los ofrezco sin cargo alguno, por así decirlo. Pero si tú prefieres pagarme, entonces, si tengo que elegir entre pago en dinero o en magia, prefiero mil veces esta última opción.

– ¿De verdad prefieres que te pague con nuevos hechizos antes que con dinero? -Sonreí-. Éstos son los tipos que me gustan… Pero te advierto que, como tú y yo somos parecidos, preferiría pagar tus honorarios con un cheque y hacer un intercambio de hechizos.

Esbozó una sonrisa torcida.

– Acepto. Entonces, con respecto al hechizo de encubrimiento…

– Bueno, en esto tienes ventaja, porque yo no conozco muchos hechizos de hechiceros. Hay uno que utilizaste el otro día y que creo que Savannah llamó hechizo de estupor, pero ella sí lo conoce, así que le pediré que me lo enseñe. También tenemos el hechizo anticonfusión que, aunque no pareció tener éxito, con Savannah aquí puedo necesitar conocerlo.

– Y tú lanzaste el hechizo de sedación, que sí funcionó. Me gustaría conocerlo.

Bebí un sorbo de café mientras buscaba mentalmente más hechizos de hechiceros.

– El hechizo de barrera… Ése lo quiero también.

– ¿El hechizo de barrera? -Cortez enarcó las cejas. Ése, como tú dices, sí que te va a costar. Yo sigo trabajándolo.

– ¿Hechizo de encubrimiento por hechizo de barrera?

Él asintió y tomó otro bizcocho.

– Y el de sedación por el de anticonfusión -me eché a reír-. Tengo la sensación de estar cambiando contigo cromos de béisbol. O jugando al Monopoly: yo te doy una calle y tú me das otra.

– ¿Es así como se juega al Monopoly? Siempre sospeché que mi padre lo jugaba mal.

– ¿Y cómo lo jugaba tu padre? ¿O es muy atrevido de mi parte preguntarlo?

Le dio un mordisco a su bizcocho y lo masticó antes de contestar.

– Se lo tomaba muy en serio. La meta era el dominio global, a cualquier precio. Para ganar, uno tenía que controlar todas las propiedades y llevar a la bancarrota a su oponente. Sobornos, préstamos con interés, comisiones secretas… Era muy complicado, un juego asesino.

– Suena, bueno, suena muy divertido.

– Parecía excitante, pero uno se quedaba con la sensación de haber logrado relativamente poco, a costa de un precio moral abrumador. Y, como puedes imaginar, no era muy divertido. Con el tiempo comencé a alegar que se precisaba una división de bienes más equitativa, con tasas de interés adecuadas a las necesidades y ayuda financiera para los que experimentaban una disminución transitoria de su fortuna. Por supuesto, mi padre no estuvo de acuerdo, pero tampoco logró hacerme cambiar de idea, y muy pronto dejé de jugar con él. Una señal temprana de los tiempos que vendrían, me temo.

Me eché a reír y sacudí la cabeza.

– Así que ya no juegas al Monopoly.

– Ese juego no está hecho para mí.

– ¿Y cuál es tu juego? ¿Qué te gusta hacer cuando no estás salvando el mundo?

Él terminó su bizcocho.

– Los juegos nunca han sido mi fuerte. Y los deportes, menos todavía. Sin embargo, soy razonablemente hábil con el póquer. Miento bastante bien, un arte que me ha permitido ganar algunos dólares cuando lo he necesitado.

Sonreí.

– Me lo imagino. ›

– ¿Y tú?

– Tampoco soy una maravilla con los deportes. Pero sí me gustan los juegos. Cualquier cosa que sea divertida. Los dardos son mi pasatiempo favorito.

Él levantó las cejas.

– ¿Los dardos?

– ¿Qué pasa? ¿No doy la impresión de que puedo ser una jugadora excepcional? Los dardos son un juego fantástico. Jugar me ayuda a concentrarme y a tener más precisión para lanzar hechizos. Si puedes hacer un buen tiro en un bar en el que hay un barullo tremendo, con amigos que tratan de arruinártelo y algunas botellas de cerveza navegando por tu cuerpo, entonces puedes lanzar un hechizo en las peores circunstancias.

– Tiene sentido. Admito que me vendría bien incrementar mi práctica de lanzar hechizos en situaciones adversas. ¿Qué piensas de…?

Un silbido estridente lo hizo callar. Frunció el entrecejo y miró en dirección al sonido, a través del pasillo que conducía a la cocina y hacia el contestador automático que estaba sobre la mesa.

– Parece que tu contestador, abrumado por la sobrecarga de trabajo, se ha dado por vencido -dijo.

Cuando la máquina volvió a silbar me puse de pie.

– No es el contestador.

Fui a la cocina y aumenté el volumen.

– ¡Paige! ¡Levanta el auricular! -Los gritos de Adam resonaron por toda la cocina-. Si no contestas voy a pensar en lo peor y tomaré el próximo vuelo…

Descolgué.

– Buena excusa. Estoy segura de que puedes adivinar perfectamente por qué no estoy contestando el teléfono.

– Porque estás abrumada y escasa de personal o de amigos.

– ¿Escasa de amigos?

– Que te falta el apoyo de los amigos… Debería haber una palabra para expresar eso. Lo cierto es que te vendría bien mi ayuda.

– Y para ello, ¿qué tendría que hacer, contestar el teléfono? -Cubrí el micrófono y me giré hacia Cortez, que todavía estaba en el salón-. Lo siento, pero tengo que contestar esta llamada. Estaré de vuelta contigo en un par de minutos.

Llevé el teléfono a mi dormitorio y le conté a Adam lo que estaba sucediendo, pero no le hablé de los Manuales. Si lo hubiera hecho, puedo imaginarme cuál habría sido su respuesta. Yo le habría dicho que era posible que finalmente hubiera descubierto los secretos de la auténtica magia de brujas, y entonces él me diría algo como «Vaya, qué fantástico, Paige… Ah, eso me recuerda que yo por fin he conseguido que mi jeep dejara de hacer ese ruidito tan molesto». Adam es un gran tipo y un amigo maravilloso, pero hay cosas en mi vida que él, sencillamente, no comprende.

Charlamos hasta que oí, desde lejos, el reloj del horno.

– Caramba -dije-. He perdido la noción del tiempo. La cena está lista, así que debo cortar.

– ¿Seguro que no me necesitas?

– Seguro. Y no trates de llamar a casa; me comunicaré contigo para darte las novedades en cuanto pueda.

Puse punto final a la conversación y me dirigí al pasillo. La voz de Savannah flotó desde la cocina:

– … sólo amigos. Buenos amigos, pero eso es todo.

Oí el ruido de la puerta del horno que se cerraba. Al entrar vi que Cortez sacaba la lasaña mientras Savannah lo observaba apoyada en la mesa.

– ¿Lo estás supervisando? -pregunté.

– Alguien tiene que hacerlo -sonrió ella.

– Ya que estás ahí, saca los platos. -Mi incliné para apagar el horno-. Yo me haré cargo a partir de ahora. Gracias.

Cortez asintió.

– Yo lavaré los platos.

Savannah lo observó alejarse y después se puso de pie de un salto y se me acercó.

– Me estaba haciendo preguntas acerca de Adam -anunció en un susurro teatral.

Le quité el papel metálico a la lasaña.

– ¿Hmmm?

– Lucas me estaba preguntando acerca de Adam. De ti y Adam. Yo vine, tú no estabas y él me dijo que estabas hablando por teléfono, así que miré la pantalla de mi teléfono y le dije que era Adam. Entonces añadí que tardarías un rato porque soléis tener conversaciones interminables, y entonces él dijo: «Oh, así que son realmente muy amigos», o algo así.

– Aja. -Hice un pequeño corte en el medio de la lasaña para estar segura de que estaba bien cocida-. Creo que la lechuga ya estará seca, pero ¿podrías echarle un vistazo?

– Paige, te estoy hablando a ti.

– Ya te he oído. Lucas preguntó si Adam era amigo mío.

– No, no preguntó si era un amigo. Bueno, sí, lo hizo, pero lo que quiso decir fue, ya sabes, si Adam era un amigo. No solamente estaba preguntando, estaba preguntando, ¿entiendes?

Fruncí el entrecejo y la miré por encima del hombro. Cortez entró en la cocina. Savannah me miró, levantó las manos y se dirigió al baño.

– ¿Cambios de humor? -preguntó Cortez.

– Mala comunicación. Te juro que las chicas de trece años hablan un lenguaje que ningún lingüista ha logrado descifrar jamás. Recuerdo algo de ese lenguaje, pero nunca conseguí decodificar conversaciones enteras. ¿Tomarás vino con la cena? ¿O es demasiado arriesgado?

– Algo de vino sería maravilloso.

– Sí tú bajas las copas del estante que está sobre la cocina, yo bajaré a buscar una botella.

Después de la cena, mientras Cortez y Savannah quitaban la mesa, yo me cambié de ropa. Recoger enebro requería salir a buscarlo en el bosque, así que me cambié la falda por el único par de vaqueros que tenía. Con una madre modista, crecí adorando las telas -el lujurioso crujido de la seda, la calidez cómoda de la lana, el tacto suave del lino- y jamás entendí el atractivo de los vaqueros acartonados y del algodón sin cuerpo de las camisetas. A menos, desde luego, que el plan de salida incluyese recorrer el bosque en busca de ingredientes para un hechizo. Finalmente, opté por dejarme puesta la blusa de seda de manga corta y echarme encima un abrigo.

Una vez vestida, fui al salón y aparté un poco la cortina para ver si la cantidad de gente seguía siendo suficientemente reducida como para una huida fácil. Pero no pude ver nada porque la ventana estaba tapada con papel.

– Bueno, entonces yo tampoco quiero veros a vosotros -murmuré.

Estaba a punto de dejar caer la cortina en su lugar cuando vi algo escrito en las hojas de papel. No, no escrito sino impreso. Eran periódicos. Alguien había recortado artículos sobre mi persona y después los había pegado sobre el cristal de la ventana del frente de casa.

Había decenas de artículos, recortados no sólo de los periódicos sensacionalistas sino también de revistas aparecidas en Internet y periódicos comunes y corrientes. La prensa amarilla era la que tenía titulares más truculentos: Abogado asesinado en un horripilante rito satánico; Cuerpos mutilados vuelven a la vida. Los artículos de Internet eran más sobrios pero al mismo tiempo más desagradables, menos preocupados por la amenaza de ser acusados de difamación:

Bebé secuestrado es brutalmente asesinado en una misa de magia negra; El culto a los zombies provoca un infierno en las funerarias de Massachusetts.

Pero las voces más inquietantes eran, sin embargo, las aparentemente más tranquilas, los titulares lúgubres y casi asépticos de la prensa normal: Homicidio vinculado a acusaciones de brujería; Los familiares alegan la presencia de cadáveres resucitados. Revisé el nombre de los periódicos en los que habían aparecido los artículos: The Boston Globe, The New York Times, incluso The Washington Post. No eran noticias de primera plana, pero un poco más atrás aparecía mi historia, y mi nombre, salpicado en las publicaciones de los medios más importantes de la nación.

– Todavía están afuera. -Cortez me arrancó la cortina de la mano y la dejó caer, ocultando de mi vista los papeles-. No son muchos, pero no te recomiendo que saquemos el coche. Seguramente los Nast han asignado a alguien para que vigilara la casa, y no queremos que ellos nos sigan.

– Decididamente no.

– Puesto que debemos pasar por la casa de Margaret Levine, te sugiero que caminemos hasta allí, lo hagamos a través del bosque y nos llevemos prestado su coche.

– Si es que nos lo presta. ¿Y qué hay de tu coche alquilado… o de tu motocicleta? La dejamos en la funeraria. Habría qué llamar a un remolque y…

– Ya lo he hecho.

– Bien. ¿La llevaron a un lugar seguro?

El dudó un momento y luego dijo:

– Yo no estaba allí cuando llegaron. ¿Podrías avisar a Savannah? Llamé a su puerta, pero tiene la música a todo volumen no me debe de haber oído, y no me animé a entrar.

– ¿Lo que quieres decir es que tu moto no estaba allí? ¿Que alguien la robó?

– Eso parece. No importa. La policía ya ha sido informada y, si eso no resulta, igual tengo una excelente póliza de seguros.

– Mejor así. Lo siento. Debería de haber pensado… Ayer olvidé por completo lo de tu moto.

– Teniendo en cuenta todo lo que pasó, la motocicleta era la menos importante de mis preocupaciones. Tú sugeriste que volviéramos a buscarla antes de venir aquí, y yo decidí que no, así que es absolutamente culpa mía. Ahora, si llamas a Savannah…

– Lo lamento tanto. Deberías habérmelo mencionado. Dios, qué mal me siento.

– Que es precisamente la razón por la que no te dije nada. Comparado con lo que tú has perdido estos últimos días y lo que estás dispuesta a perder, yo tenía seguro y puedo reemplazarla. -Consultó su reloj-. Debemos irnos ya. Busca a Savannah y reúnete conmigo junto a la puerta de atrás.

Suavemente me apartó de su camino y se dirigió a la cocina para recoger sus papeles. Estaba a punto de seguirlo cuando las campanas del reloj dieron las seis, y eso me recordó que de veras teníamos que apurarnos; la tienda de Salem que vendía algunos de los materiales necesarios para la ceremonia de Savannah cerraba a las nueve.

Llamé a la puerta de Savannah.

– Un segundo -gritó. La música cesó, seguida por el sonido de la puerta y varios cajones de la cómoda que se abrían y cerraban. Por último, abrió la puerta y me entregó una bolsa de plástico de compras.

– Sostén esto -dijo, después tomó su cepillo y se lo pasó por el pelo-. He descubierto cómo llegar adonde queremos sin que nos vean. Debería haberlo pensado más temprano, pero lo olvidé.

– ¿Qué es lo que olvidaste?

Ella señaló la bolsa.

– Eso.

La abrí y solté un grito.

Las herramientas del oficio

De acuerdo, no grité. En realidad fue más un aullido. Un chillido.

¿Qué había en la bolsa? La ya casi olvidada Mano de la Gloria… Justo lo que yo quería ver.

Al oír mi chillido, Cortez vino volando desde la entrada. Una vez que le aseguramos que nadie estaba mortalmente herido, le expliqué cómo acabó aquella mano en posesión de Savannah.

– …y después me olvidé por completo de la mano -concluí.

– También yo -afirmó Savannah-. Hasta ahora. Hasta que empecé a guardar los libros del colegio y vi la bolsa.

– ¿Pusiste esa cosa en tu mochila del colegio?

– Envuelta, desde luego. A la policía jamás se le ocurriría buscar aquí. Ahora podemos usarla para salir de la casa. Lo único que tenemos que hacer es encender los dedos y llevarlos fuera. Nos volverá invisibles. Bueno, tal vez no exactamente invisibles, pero impedirá que la gente nos vea.

Cortez sacudió la cabeza.

– Me temo que eso es un mito, Savannah. La Mano de la Gloria sólo impide que la gente dormida despierte, y ni siquiera para eso es muy eficaz.

– ¿La has probado? -preguntó ella.

– Varias veces, hasta que aprendí un hechizo que funcionaba mejor. -Levantó la mano de la bolsa-. Y tenía un olor mejor. Esta mano está mal hecha. Y, además, bastante fresca. Eso debilita su poder. Quien fabricó esto ni siquiera siguió los métodos adecuados para su embalsamamiento y preservación. Me sorprendería que funcionara. Diría que su finalidad se limita a asustar.

– ¿Magia de pacotilla? -preguntó Savannah.

– Seguro. ¿Ves aquí? ¿Dónde sobresale el hueso? Pues si esto estuviera bien hecho…

Me estremecí.

– ¿Yo soy la única a quien esa cosa le resulta terriblemente desagradable?

Los dos me miraron como si no me entendieran.

– Por lo visto, sí-murmuré-. ¿Puedo saltarme esta lección? Salgo ahora mismo a casa de Margaret; vosotros podéis alcanzarme después.

– Paige tiene razón -dijo Cortez y volvió a meter la mano en la bolsa-. No tenemos tiempo para esto. Sin embargo, os sugeriría que lleváramos la mano con nosotros, para poder desembarazarnos de ella lejos de casa.

Asentí y fuimos a la puerta de atrás. Cortez tomó su chaqueta de cuero y después dobló la bolsa lo más pequeña que pudo y la metió en uno de sus bolsillos. Yo no pude evitar estremecerme. Sí, sé que yo había resuelto que lo mejor era aceptar el lado más oscuro de la naturaleza de Savannah, pero nunca la pude imaginar llevando de aquí para allá partes corporales como si fueran herramientas, como cálices y Manuales.

Cuando salimos, ya había comenzado a refrescar, y Savannah, que llevaba puesta una camiseta que le dejaba al descubierto parte del torso, decidió correr de vuelta a casa en busca de un suéter.

Cuando se hubo ido, señalé el bolsillo que contenía la bolsa.

– ¿Realmente usáis cosas así?

– Yo uso cualquier cosa que funcione.

– Lo siento. No he querido parecer…

– Hay muchos objetos mágicos que yo no emplearía. Igual que la magia. Uno puede negarse a aprender los hechizos más fuertes y desagradables, o puede reconocer que, en algunas circunstancias, pueden ser necesarios.

– Eso ya lo sé. Me refiero a los hechizos. Pero yo… -Vacilé y después continué-. Tengo problemas con eso. Me ronda en la cabeza la idea de que tal vez me veré obligada a…

– ¿A hacer el mal para hacer el bien?

Logré esbozar una leve sonrisa.

– Exactamente. Eso es algo que pienso mucho: la posibilidad de tener que matar a alguien para proteger a Savannah. Sé que eso puede suceder, pero yo nunca… ¿Y si tuviera que hacer algo más que inhabilitar a un enemigo? ¿Y si protegerla implica lastimar a un espectador inocente? Realmente… -respiré hondo-. Realmente, eso me da muchos quebraderos de cabeza.

– A mí también.

Levanté la vista y lo miré, pero antes de que pudiera decir nada, Savannah cruzó de pronto la puerta.

– ¿Todo listo? -pregunté.

Ella asintió y partimos.

Durante nuestra caminata de diez minutos a casa de Margaret no dejé de pensar en los Manuales. Lo que más me molestaba era darme cuenta de que si Savannah se hubiera sentido cómoda hablando conmigo de su madre, podríamos haber aclarado esto hacía meses. Ahora que yo finalmente estaba lista para escuchar, tal vez era ya demasiado tarde.

Seguía tratando de entender la historia de Savannah. Ella me había contado que los hechizos aprobados por el Aquelarre eran hechizos primarios, hechizos que era preciso dominar antes de poder pasar a los secundarios. Sólo una vez que uno conocía los hechizos secundarios podía entonces confiar en lanzar con éxito un hechizo terciario, como los que figuraban en mis Manuales secretos. Nunca antes había oído nada parecido.

Aunque los hechizos del Aquelarre están divididos en cuatro niveles, hipotéticamente una bruja podría empezar en el nivel cuatro. Sería tremendamente difícil, pero no imposible. Es como aprender idiomas. Le hacen a uno empezar con algo fácil. Uno aprende eso y después pasa a idiomas más complejos. Eso no quiere decir que no se puede saltar directamente a un idioma de nivel superior; la gente lo hace todo el tiempo. Pero si uno ha dominado algo más básico, la dificultad de aprendizaje con respecto a otros idiomas disminuye significativamente. Uno entiende y domina conceptos abstractos como estructuras y funciones sintácticas, aplicables para el estudio de cualquier otro idioma.

Lo que Savannah me había dicho implicaba algo completamente diferente. Si yo la había entendido bien, cada hechizo del Aquelarre era un hechizo primario, el componente básico de toda la magia de las brujas. Sin embargo, eso no explicaba por qué yo había dominado cuatro hechizos de los Manuales terciarios. Savannah dijo que Eve no había podido hacer que ninguno de ellos funcionara. Ahora bien, a mí me encantaría creer que yo los había dominado porque tenía habilidades superiores para lanzar hechizos, pero ni siquiera yo soy tan presumida como para pensar algo así.

Eve le había robado los Manuales a Margaret. Y yo… Bueno, prácticamente había hecho lo mismo. El Aquelarre tiene una biblioteca. Los libros se guardan en una estancia cerrada de la casa de Margaret Levine. Con aviso previo, las brujas pueden consultar la colección. Algunos libros no pueden ser sacados de su casa, mientras que otros pueden tomarse prestados. Para llevarse uno prestado es preciso llenar una tarjeta y devolver el libro en el curso de una semana. Creo que la única razón por la que las Hermanas Mayores no han exigido multas por el retraso en la devolución es porque yo soy la única que pide prestado algo. A las brujas del Aquelarre no les está siquiera permitido entrar en la habitación y examinar la colección. Margaret tiene una lista adherida en la parte interior de la puerta, de la que ellas deben elegir sus libros. Sólo las Hermanas Mayores y la líder del Aquelarre pueden entrar en esa estancia.

Hace tres años, mientras yo fastidiaba a Margaret en busca de un libro mejor de referencias acerca de hierbas, alguien llamó a la puerta de entrada y ella se alejó para contestar, abandonando así la biblioteca. Fue como dejar a un chico frente a una alacena abierta repleta de dulces y caramelos. En cuanto se fue, yo me metí en el recinto. Sabía exactamente lo que quería: los libros de hechizos prohibidos.

Ahora, lo que quería eran respuestas. Más que eso, tenía la esperanza, por leve que fuera, de que Savannah tuviera razón y al mismo tiempo no la tuviera, de que estuviera en lo cierto con respecto a la existencia de un Manual que revelaría los hechizos que yo poseía ahora, pero que se equivocara al creer que el Aquelarre lo había destruido.

Llegamos a casa de Margaret, un edificio de dos plantas en Beech. Opté por la puerta de atrás, como cortesía y para que a ella no la asustara el hecho de que yo me presentara en el umbral de su casa para que todo East Falls me viera. Ser la paria de la ciudad hace que las visitas sociales resulten muy molestas.

Persuadí a Savannah de que esperara afuera con Cortez. Savannah entendía a su tía abuela suficientemente bien como para saber que Margaret hablaría con más libertad conmigo si yo estaba sola.

Llamé al timbre. Un minuto después Margaret espió por la cortina. Le llevó otro minuto decidir si abrir o no la puerta. Incluso cuando lo hizo, sólo abrió la puerta interior y mantuvo una mano sobre el pomo de la puerta mosquitera.

– No deberías estar aquí -susurró.

– Ya lo sé.

Abrí la puerta mosquitera y entré. Fue una grosería, lo sé, pero no tenía tiempo para mayores delicadezas.

– ¿Dónde está Savannah? -preguntó.

– A salvo. Necesito hablar contigo acerca de algunos Manuales.

Ella hizo una pausa y después espió por encima de mi hombro y paseó la vista por el jardín, como si yo hubiera llevado todo un séquito de reporteros conmigo. Cuando no vio a nadie, cerró la puerta y me condujo al salón, que estaba lleno de cajas con libros.

– Por favor, no te fijes en el desorden -pidió-. He estado organizando las donaciones para la venta de libros de la biblioteca. Una tarea que me destroza los nervios. Absolutamente horrible.

Pensé en sugerirle que cambiáramos de lugar y que ella manejara las Misas Negras y los muertos vivientes durante un tiempo, pero sabiamente cerré la boca y me limité a asentir con expresión compasiva.

Margaret, una voluntaria, era la jefa de bibliotecarias de la biblioteca de East Falls (abierta dos noches por semana y los sábados por la tarde). Ocupaba ese cargo después de jubilarse como bibliotecaria de la Escuela Secundaria de East Falls. Esto podría dar la impresión de que Margaret Levine era una tímida viejecita con un rodete color gris acero y gafas de alambre, pero no. Margaret medía cerca de un metro ochenta de estatura y, en su juventud, había sido acosada por cada firma de modelos de Boston. A los sesenta y ocho años seguía siendo hermosa, con piernas y brazos largos y una belleza que su desgarbada sobrina nieta parecía obvio que iba a heredar. El único defecto físico de Margaret era una ciega insistencia en teñirse el pelo color negro azabache, un color que debió de favorecerle a los treinta, pero que ahora le confería un aspecto algo ridículo.

El único rasgo típico de las bibliotecarias que Margaret poseía era la timidez. No la timidez calculada de un intelectual, sino la timidez vacía de los, bueno… de los intelectualmente débiles. Siempre he creído que Margaret decidió ser bibliotecaria no porque amara los libros sino porque eso le permitía parecer inteligente mientras se ocultaba del mundo real.

– Victoria está muy enojada contigo, Paige -me dijo mientras quitaba algunos libros de una silla-. No deberías trastornarla así. Su salud no es buena.

– Mira, necesito hablar contigo acerca de un par de Manuales que me llevé prestados de la biblioteca. -Me quité la mochila del hombro, la abrí y saqué los libros-. Estos.

Ella frunció el entrecejo. Después sus ojos se abrieron de par en par.

– ¿De dónde los sacaste?

– De la biblioteca del piso superior.

– Se supone que no debes tenerlos, Paige.

– ¿Por qué? Oí decir que no funcionan.

– Y es así. Nosotros no deberíamos tenerlos, pero tu madre insistió en que los guardáramos como reliquias históricas. Yo me olvidé por completo de ellos. Dámelos y me ocuparé de preguntarle a Victoria qué quiere que haga con ellos.

Volví a meter los libros en mi mochila.

– No puedes llevártelos -dijo-. Son propiedad de la biblioteca.

– Entonces múltame. Ya tengo muchos problemas con Victoria, así que quedarme con estos libros no tendrá importancia.

– Si ella llega a enterarse de…

– En ese caso, no se lo digamos. Ahora, cuéntame, ¿qué sabes tú acerca de estos Manuales?

– Que no funcionan.

– ¿De dónde salieron?

Ella frunció el entrecejo.

– De la biblioteca, por supuesto.

La charla no parecía llevarme a ninguna parte. Me bastó una mirada al rostro de Margaret para tener la certeza de que no me estaba ocultando nada. Ella no sabría cómo hacerlo. Así que le expliqué lo que Eve le había dicho a Savannah acerca de esos libros.

– Oh, eso es una tontería -aseguró Margaret agitando sus dedos largos-. Una verdadera tontería. Como sabes, esa muchacha no estaba en sus cabales. Me refiero a Eve. No estaba nada bien. Siempre buscando camorra, tratando de aprender nuevos hechizos, acusándonos de impedir que progresara, lo mismo que…

– Lo mismo que hacéis conmigo -dije.

– No he querido decir eso, querida. Yo siempre te he tenido afecto. Es, cierto, eres un poco impetuosa, pero no te pareces nada a esa sobrina mía…

– Está bien -dije. Y, para mi sorpresa, lo estaba. Yo sabía que no me parecía nada a Eve y tampoco quería parecerme, pero la comparación no me resultó tan humillante como me habría parecido tiempo antes. Proseguí-: Has dicho que estos hechizos no funcionan, ¿no es así? ¿Cómo puede ser, entonces, que yo pueda lanzar con éxito cuatro de ellos?

– Eso no es posible, Paige. No empieces a contar historias…

– ¿Quieres que te lo demuestre? -Saqué el primer Manual de mi bolso, lo abrí en una página marcada y se lo arrojé-. Toma, síguelo en el texto. Es un hechizo de bola de fuego.

Margaret cerró el libro con fuerza.

– No te atrevas a…

– ¿Por qué? Has dicho que estos hechizos no funcionan. Yo digo que sí. Y creo saber por qué.

– Sé sensata, Paige. Si funcionaran, ¿por qué habríamos de ocultarlos?

Y eso, creo, fue la cosa más inteligente que Margaret Levine dijo jamás. Nadie estaba ocultando nada. El Aquelarre realmente no creía que esos hechizos funcionaran; de lo contrario, no los habrían ocultado. Qué horrible me parecía tener que reconocer que el grupo designado para apoyar y ayudar a las brujas fuera capaz de destruir su fuente más poderosa de magia.

– Quiero ver los Manuales -dije-. Todos.

– No estamos tratando de ocultarte nada, Paige. Tienes que dejar de acusarnos…

– No te estoy acusando de nada, solo quiero ver la biblioteca.

– No me parece que…

– Escúchame. Por favor, escúchame. ¿Por qué crees que estoy aquí? ¿Por un capricho repentino de aprender nuevos hechizos? Estoy aquí porque necesito saber que he hecho todo lo que está a mi alcance para proteger a Savannah, para proteger a tu sobrina. Eso es lo único que quiero. Permíteme ver la biblioteca y te juro que, cuando todo esto haya terminado, le podrás decir a Victoria lo que hice. Cuéntale que robé los Manuales, no me importa. Déjame ver qué es lo que hay allá arriba.

Margaret levantó las manos y se dirigió a la escalera.

– Muy bien. Si no me crees, sube conmigo y compruébalo con tus propios ojos. Pero estás perdiendo el tiempo.

Una visita por un hechizo

Lo primero que hice fue revisar la biblioteca en busca de compartimentos secretos. Ya saben, paneles que se deslizan, tablas del piso sueltas, libros enormes con títulos grandilocuentes y aburridísimos, que en realidad escondan Manuales prohibidos… Esa clase de cosas.

Mientras lo revisaba todo, Margaret se paseaba detrás de mí haciendo ruiditos de exasperación. No le presté atención. Pero finalmente no me quedó más remedio que aceptar que no había ningún escondite secreto ni libro oculto, así que examiné las hileras de títulos para ver si encontraba el tomo dedicado a ceremonias. Cuando Margaret se alejó un poco, deslicé ese libro delgado en mi mochila. Lo más probable es que ella me lo hubiera dado de todos modos, pero no quería correr el riesgo de que no lo hiciera.

Con el Manual de ceremonias en mi bolso, centré mi atención en los hipotéticos Manuales de segundo nivel. No me llevó demasiado tiempo. De los cuarenta y tres libros de la biblioteca, sólo había cuatro que yo no había leído. Después de hojear cada uno de ellos, me quedé convencida de que eran tan aburridos e inútiles como sus títulos anunciaban.

– Los Manuales están todos ahí-dijo Margaret y con un movimiento de la mano indicó un medio estante cerca del nivel del pecho-. Todos.

Su todos incluía exactamente seis libros. Uno contenía la colección actual de hechizos aprobados por el Aquelarre. Otro incluía hechizos que habían sido eliminados en las últimas décadas y que mi madre me permitió copiar de su Manual a mis diarios. Los otros cuatro eran libros de hechizos prohibidos desde hacía mucho tiempo por las brujas del Aquelarre. Existían dos razones por las que no habían sido destruidos: primero, mi madre jamás lo habría permitido; segundo, esos conjuros malditos eran prácticamente inservibles.

Durante años yo había sabido que esos libros de hechizos prohibidos existían. Durante años había hostigado a mi madre pidiéndole que me permitiera verlos. Finalmente accedió y los sacó a escondidas de la biblioteca para dármelos como regalo de cumpleaños. En el interior de esos libros encontré hechizos inservibles, como aquéllos cuya finalidad era evaporar un charco de agua o apagar una vela. Yo no me había molestado en dominar más que dos docenas de los ciento y pico de hechizos que había en esos libros. La mayoría eran tan malos que casi no culpaba a las Hermanas Mayores por haberlos eliminado del Manual del Aquelarre, aunque sólo fuera para tener más espacio disponible.

Como último recurso hojeé uno de esos Manuales. Me detuve en un hechizo que había aprendido, un conjuro para producir una pequeña luz titilante, como una vela. El hechizo de la bola de luz, aprobado por el Aquelarre, resultaba mucho más útil. Yo lo había aprendido sólo porque involucraba fuego, y siempre estaba tratando de superar el miedo que sentía frente a las llamas.

Cuando repasé el hechizo, algo me llamó la atención, algo me hizo pensar. Bajo el título de «Hechizo menor de iluminación», el autor había añadido «elemental, fuego, clase 3». Yo había visto esa misma anotación antes, hacía muy poco. Extraje uno de los dos Manuales secretos de mi bolso y lo abrí en la página en que estaba el hechizo de la bola de fuego. Allí estaba, debajo del título; «elemental, fuego, clase 3».

Oh, Dios, ¿sería lo que estaba buscando? Las manos me temblaban cuando pasé a otro hechizo que había aprendido en el Manual de tercer nivel, un hechizo para producir viento. Y, debajo del título, estaba escrito: «elemental, viento, clase 1». Me devané los sesos tratando de recordar el nombre de las dos docenas de hechizos que había aprendido en los Manuales prohibidos. ¿Cómo era aquél…? ¡Sí, eso era! Un hechizo para extinguir el fuego. Un hechizo pequeño y tonto que convocaba a un soplo de viento, apenas capaz de apagar una vela. Yo lo había intentado algunas veces, logré que funcionara y seguí adelante. Tomé otro Manual del estante y lo hojeé hasta encontrar lo que buscaba. Allí estaba. «Hechizo menor para convocar el viento: elemental, viento, clase 1».

Ésos eran los Manuales secundarios. Ahora sabía por qué había podido dominar cuatro hechizos terciarios: porque había aprendido los hechizos secundarios de esos libros.

Sonó el timbre de la puerta de la calle. Margaret pegó un salto como un gato asustado.

– Es Savannah -dije.

Tomé los cuatro Manuales del estante, los arrojé en mi bolso junto con los otros dos y me dirigí a la escalera.

– No puedes llevarte esos libros -gritó Margaret a mis espaldas.

Bajé de prisa por la escalera y abrí la puerta trasera de la casa.

– Lucas dice que debemos irnos -dijo Savannah-. Se está haciendo tarde.

– Ya estoy lista. Deja que tome mis zapatos. -Recordé nuestro otro propósito y me dirigí a Margaret. – ¿Podrías prestarme tu coche? Sólo por esta noche. ¿Por favor?

– No creo que…

– Lo cuidaré mucho. Le llenaré el depósito con gasolina, lo lavaré, lo que sea. Por favor, Margaret.

– ¿Savannah? -Por primera vez advirtió la presencia de su sobrina-. ¿La dejaste sola afuera, Paige? ¿En qué estabas pensando?

– No la dejé sola. Necesito llevarme tu coche.

– ¿Quién…? -Ella espió hacia afuera y su mirada pescó la forma de Cortez en el jardín. Cerró la puerta con un golpe-. Ése es… ¿Dejaste a mi sobrina con un hechicero?

– Es que me está costando mucho encontrar niñera.

– Lucas es bueno, tía Margaret -dijo Savannah-. ¿Puedes prestarnos tu coche? Necesito todo lo que hace falta para mi primera menstrua…

– Savannah acaba de tener su primera regla -la interrumpí-. Yo no tengo té menstrual en casa, y ella tiene calambres muy dolorosos.

Savannah puso cara de estar muy dolorida.

– Ah, sí, entiendo. -La voz de Margaret se suavizó-. Es tu primera vez, ¿no es así, querida?

Savannah asintió y miró a su tía abuela con la expresión de un cachorrito herido.

– La verdad es que me duele mucho.

– Sí, bueno… Supongo que sí, si de veras necesitáis usar mi coche…

– Por favor-dije.

Margaret buscó las llaves y me las entregó.

– Ten cuidado en los aparcamientos. La semana pasada alguien me abolló la puerta.

Le di las gracias y empujé un poco a Savannah hacia la puerta antes de que Margaret tuviera tiempo de cambiar de idea.

Siguiente parada: Salem, Massachusetts, el mundialmente famoso epicentro de la locura norteamericana de la caza de brujas.

Se puede discutir acerca de las causas de la caza de brujas que asoló Salem en 1692. Las teorías abundan. Recientemente leí incluso algo que atribuyó esa locura a una suerte de infortunio que cayó sobre las cosechas de centeno, un moho o algo por el estilo que enloquece a la gente. Lo que sí sabemos, sin la menor duda, es que la vida no era demasiado divertida para las chicas adolescentes en la Norteamérica puritana. En los duros inviernos de Nueva Inglaterra era aún peor. Al menos, los muchachos podían salir de caza y a armar trampas. Las chicas debían permanecer encerradas en sus casas y eran esclavas de sus tareas domésticas, pues la ley de los puritanos les prohibía bailar, cantar, jugar a las cartas o participar en prácticamente cualquier forma de entretenimiento.

Mientras viajábamos hacia Salem, imaginé a Savannah inmersa en ese mundo. Controlada, reprimida y censurada. Muerta de aburrimiento. ¿Sorprende entonces que estuvieran deseosas de diversión? ¿Quizá también de travesuras? En el invierno de 1692 las chicas de Salem encontraron exactamente eso en la forma de una mujer anciana, una esclava llamada Tituba.

Tituba era la esclava del reverendo Samuel Parris, además de la niñera de su hija Betty, a quien se dice que adoraba. Para divertirse durante esos largos meses de invierno, Tituba les enseñó a Betty y a sus amigas algunos trucos de magia, probablemente trucos de prestidigitación que había aprendido en Barbados. A medida que transcurría el invierno, comenzó a correrse la voz de esta nueva forma de diversión entre la comunidad de chicas adolescentes, quienes una por una encontraron razones para visitar a ese personaje.

En enero, Betty, la más joven del grupo, enfermó, quizá porque a su conciencia puritana le perturbaban todos esos rumores de magia y hechicería. Muy pronto otras chicas contrajeron también la misma «fiebre». El reverendo Parris y otras personas insistieron en que las chicas les dieran el nombre de sus torturadores. Betty nombró a Tituba, y a fines de febrero la vieja esclava fue arrestada acusada de hechicería.

Y así comenzó todo. Las chicas muy pronto se convirtieron en centro de la atención de la gente. Ya no eran meras esclavas de la casa y la cocina, sino que se transformaron en celebridades. La única forma de prolongar sus quince minutos de fama era subir la apuesta, exhibir una conducta cada vez más salvaje, más endemoniada. Denunciar a más brujas. Y eso hicieron. Muy pronto, cualquier mujer que no les cayera bien a las chicas era convertida en víctima.

Cuatro brujas del Aquelarre murieron. ¿Por qué? Los cazadores de brujas con frecuencia tenían como blanco a quienes mostraban desviaciones sociales o de género, en particular a las mujeres que no cumplían con el papel femenino aceptado. Esto afectaba a muchas brujas del Aquelarre. Francas e independientes, vivían con frecuencia sin un marido -aunque eso no quería decir que fueran célibes-; un estilo de vida que no debía ser nada popular en la Nueva Inglaterra puritana. Fue ese estilo de vida, y no la práctica de la hechicería, lo que las llevó a ser condenadas a muerte.

Una vez intenté explicar todo eso a las brujas del Aquelarre. ¿Cómo reaccionaron ellas? Estuvieron en total acuerdo conmigo y declararon que si esas mujeres hubieran tenido el buen sentido de mantener la cabeza baja y comportarse como se esperaba de ellas, no habrían muerto. Recuerdo que tuve ganas de golpearme la cabeza contra la pared.

* * *

Hoy, la caza de brujas de Salem es una atracción turística. Me pone los pelos de punta, pero lo cierto es que hay infinidad de Wiccanas practicantes en esa zona, y varias tiendas New Age en Salem que venden ingredientes que a mí me costaría mucho encontrar en alguna otra parte.

La mayor parte del Salem «turístico» se había cerrado alrededor de la hora de la cena, pero la tienda que buscábamos se encontraba abierta hasta las nueve. Las calles estaban tranquilas y encontramos aparcamiento con facilidad, después de lo cual nos dirigimos al centro turístico: varias calles flanqueadas por árboles en las que estaba restringido el tráfico peatonal. Nos llevó menos de veinte minutos reunir todo lo que necesitábamos, tras lo cual volvimos a subirnos al coche de Margaret y nos dirigimos a la autopista.

* * *

– Todavía nos quedan dos horas -dije cuando giramos-. ¿Se os ocurre alguna idea? No podemos recoger el enebro hasta después de la medianoche.

– ¿Y para qué necesitamos enebro? -preguntó Savannah.

– Para que nos proteja contra la interferencia de espíritus malignos.

– Bueno, está bien. ¿Y cuándo conseguiremos la tierra de una tumba? Eso tiene que ser recogido justo a medianoche.

– Quizá tendremos la suerte de encontrar un enebro en el cementerio -apuntó Cortez.

– ¿En qué cementerio? -pregunté-. En la ceremonia no se dice nada acerca de tierra de una tumba, Savannah. Ya tenemos todo lo que necesitamos, excepto el enebro.

– Necesitamos tierra de una tumba.

– Savannah, conozco bien la ceremonia. Yo misma la pasé y sé que no hace falta tierra de una tumba.

– ¿Ah, sí? Pues mi madre me lo contó todo acerca de la ceremonia, y yo sé que se necesita tierra de una tumba.

– Lo que necesitas es tierra y punto. Tierra común y corriente recogida en cualquier momento y en cualquier lugar.

– No, yo necesito…

– ¿Puedo hacer una sugerencia? -Nos interrumpió Cortez-. Para evitar futuros problemas, os aconsejo que pongáis en común lo que sabéis cada una de vosotras sobre la ceremonia.

– ¿Qué? -dijo Savannah.

– Que comparéis notas -respondió él-. Un poco más adelante hay un cartel que indica aparcamiento. Detén el coche allí, Paige. Como has dicho, tenemos tiempo de sobra.

– Eso no forma parte de la ceremonia -afirmé mientras caminaba entre dos árboles y escuchaba a Savannah-. No podría ser.

– ¿Por qué? ¿Porque el Aquelarre lo dice? Esto es lo que mi madre me dijo que hiciera, Paige.

– Pero no es la ceremonia correcta.

Cortez carraspeó.

– ¿Otra sugerencia? Tal vez deberíamos tener en cuenta la posibilidad de que sea una variante de la ceremonia del Aquelarre.

– No lo es -insistí-. No puede serlo. Escuchad las palabras. Dicen… No, no importa.

– Aún controlo el latín, Paige -dijo Cortez-. Entiendo el pasaje adicional.

– Tal vez entiendas las palabras, pero no el significado.

– Sí que lo entiendo. Tengo algunos conocimientos de la mitología de las brujas. El pasaje adicional es una invocación a Hécate, la diosa griega de la hechicería, una deidad que el Aquelarre y la mayoría de las brujas modernas ya no reconocen. La invocación le pide a Hécate que le conceda a la bruja el poder de descargar su venganza contra sus enemigos y de liberarla de toda restricción de sus poderes. Ahora bien, con respecto a la capacidad de Hécate para conceder ese deseo, reconozco que atribuyo poca credibilidad a la existencia de tales deidades.

– A mí me pasa lo mismo. ¿De modo que lo que tú dices es que ese pasaje no tiene nada que ver, que no hay ningún daño en hacerlo?

Él permaneció un momento en silencio, reflexionando.

– No. Si bien yo dudo de la existencia de Hécate como tal, ambos debemos reconocer que existe alguna fuerza que nos da nuestro poder. -Miró a Savannah, quien se había sentado frente a una mesa para picnics-. ¿Podrías disculparnos, Savannah? Me gustaría hablar con Paige a solas.

Savannah asintió y, sin protestar, se dirigió a un columpio vacío que estaba en el otro extremo del parque. Definitivamente, tenía que aprender de Cortez cómo conseguía hacerlo.

– Ya te hablé acerca de la variación de la Camarilla con respecto a tu ceremonia -dijo Cortez cuando Savannah se hubo alejado-. ¿No es posible que existan otras variantes?

– Supongo que sí. Pero esto… Esto es… -Sacudí la cabeza-. Tal vez ese pasaje adicional no significa nada, quizá da lo mismo, pero no puedo correr ese riesgo. Estaría pidiendo que a Savannah le fuera concedido algo que no creo que ninguna bruja debería tener.

– Estarías pidiendo que le concedieran a Savannah poderes plenos, sin ninguna restricción. ¿Ésa es una habilidad que no crees que ninguna bruja debería tener?

– No tergiverses mis palabras. Yo me sometí a la ceremonia de mi madre y estoy muy bien.

– Sí, lo estás. Yo no digo que…

– Y no estoy pidiendo garantías. Savannah ya lanza hechizos con mucha más fuerza que yo. ¿Puedes imaginar lo peligrosa que podría ser con más poder?

– Eso no te lo voy a discutir. Tú eres la bruja, tú eres la única que puede realizar la ceremonia para ella. -Dio unos pasos hacia mí y apoyó las puntas de sus dedos en mi brazo-. Ve a hablar con ella, Paige. Debemos resolver esto antes de la medianoche.

Un grave dilema

No lo haré-Gritó Savannah, y su voz resonó por ese aparcamiento vacío-. ¡No haré tu estúpida ceremonia del Aquelarre! ¡Prefiero no tener ninguna ceremonia antes que ser una bruja inútil del Aquelarre!

– Como yo.

– No he querido decir eso, Paige. Tú no eres como ellas. No sé por qué pierdes tu tiempo con ellas. Puedes hacerlo todo mucho mejor.

– Yo no quiero ser mejor que ellas. Lo que quiero es contribuir a que las cosas sean mejores. Para todas nosotras.

Ella sacudió la cabeza.

– No me someteré a tu ceremonia, Paige. No lo haré. Será la mía o no habrá ceremonia. ¿No lo entiendes? Eso fue lo que mi madre me dijo que hiciera. Es lo que ella quería para mí.

No supe cómo responder y en la cara de Savannah apareció una expresión de intensa furia.

– Es eso, ¿no? Tú no quieres hacerlo porque la información viene de mi madre, porque no confías en ella.

– No es que no confíe…

– No, tienes razón, no es eso. Es simplemente porque la odias. La consideras una especie de monstruo.

Me acerqué a Savannah, pero ella me apartó con tanta fuerza que me tambaleé contra la mesa para picnics.

– Mi madre me cuidó. Ella no habría permitido que Leah volviera a acercarse a mí.

Yo me estremecí.

– Savannah, yo…

– No, cállate. Estoy harta de escucharte. ¿Piensas que mi madre era mala porque practicaba magia negra? Eso no la convertía en mala, sino en alguien inteligente. Por lo menos tuvo el coraje de salirse del Aquelarre en lugar de quedarse allí aprendiendo estúpidos hechizos para bebés y creyéndose la reina de las brujas.

Retrocedí un paso, tropecé de nuevo con la mesa y caí pesadamente sobre el banco. Cortez vino corriendo del bosque, donde había estado enterrando la Mano de la Gloria. Yo sacudí la cabeza para advertirle que se mantuviera a distancia, pero Savannah entró en mi línea de visión y miró por encima de mí.

– ¿Sabes qué? -dijo-. Sé por qué no quieres hacer esa ceremonia para mí. Porque tienes celos. Porque tu madre te hizo pasar por esa ceremonia inútil del Aquelarre y ahora es demasiado tarde, tienes que aguantarte. No puedes retroceder en el tiempo y hacerlo de nuevo. No puedes ser más poderosa de lo que eres. Así que quieres impedir que yo lo sea porque tu madre no…

– Ya basta -la cortó Cortez y apartó a Savannah de mi lado-. Es suficiente, Savannah.

– Apártate, hechicero -dijo ella.

– Hazlo tú, Savannah -replicó él-. Ahora mismo.

De pronto toda la furia de Savannah pareció desvanecerse en un instante.

– Vuelve a los columpios y serénate, Savannah -le ordenó él.

Ella obedeció e hizo un pequeño movimiento de asentimiento con la cabeza.

– Deja que se vaya -me susurró Cortez cuando yo hice un ademán de ponerme en pie-. Estará bien. Tienes que tomar una decisión.

Y, con eso, se sentó junto a mí y no dijo ni una palabra más mientras yo tomaba esa decisión.

¿Obligaría a Savannah a conformarse con menos de su potencial total? Una vez tomada la decisión, ya no había marcha atrás. Una bruja tiene exactamente una noche para torcer el rumbo de su destino. Melodramático, pero cierto.

¿Sentía celos de Savannah porque ella todavía tenía la oportunidad de convertirse en una bruja mucho más poderosa? No. Esa idea ni se me había cruzado por la cabeza hasta que ella lo mencionó. Sin embargo, ahora que lo había hecho, sí me daba algo en qué pensar. La oportunidad ya había pasado para mí. Si, como aseguró Eve, esta otra ceremonia haría que una bruja fuera mucho más poderosa, entonces, sí, confieso que me dolía pensar que me lo había perdido. Si me hubiesen dado la posibilidad de elegir, habría optado por la ceremonia más fuerte. Aun sin saber si funcionaba o no, incluso sin saber cuánto más poder podía brindarme. Yo habría corrido ese riesgo.

¿Confiaba yo en una Savannah con todo ese poder? Dadme a mí la capacidad de matar y nadie tendría por qué preocuparse de que estrangulara a algún estúpido que no me dejara adelantarle en la autopista; el solo hecho de saber que poseía ese poder sería más que suficiente para controlarme. Pero Savannah era diferente. Ya tenía la costumbre de utilizar su poder frente a la menor provocación. El día anterior, cuando encontramos a ese investigador en nuestra casa, Savannah lo había arrojado contra la pared. ¿Se habría conformado con eso si hubiera podido matarlo? Pero lo cierto era que yo no podía esperar a comprobar si con los años ella superaría esa actitud temeraria; o realizaba esa ceremonia al día siguiente o no lo hacía nunca. Y junto con ésa venía otra responsabilidad: si yo le daba a Savannah esos poderes, tendría que enseñarle a controlarlos. ¿Podría hacerlo?

Savannah había heredado de su madre algunas actitudes con las que yo no estaba nada de acuerdo, pero Eve había amado a su hija y deseado lo mejor para ella. Y creía que «lo mejor» era esa ceremonia. ¿Me atrevería yo a rebatir eso?

¿Cómo podía tomar una decisión semejante con tanta rapidez? Necesitaba días, quizá semanas. Y sólo tenía minutos.

* * *

Me acerqué a Savannah por detrás mientras ella se columpiaba y sus zapatillas arrastraban la arena del suelo.

– Haré la ceremonia -dije-. Tu ceremonia.

– ¿En serio? -Al ver mi expresión, congeló su sonrisa-. Realmente no fue mi intención, Paige… Me refiero a lo que dije.

– Lo dicho, dicho está. Y volví al automóvil.

Conduje en silencio, respondiendo sólo las preguntas que se dirigían expresamente a mí.

– ¿Puedo ver los Manuales, Paige? -preguntó Savannah desde el asiento de atrás. Asentí-. A lo mejor puedo ayudarte a aprender esos hechizos. O podemos aprenderlos juntas.

Tenía que decir algo. No sirvo para guardar rencor; se parece demasiado al enfurruñamiento.

– Sí, claro -dije-. Sí… Suena muy bien.

Cortez miró hacia atrás en dirección al Manual que Savannah tenía en las manos, y después me miró a mi. No dijo nada, pero su mirada rezumaba curiosidad.

– Más tarde -le dije, moviendo sólo los labios.

Él asintió y el silencio reinó entre nosotros hasta que llegamos a las afueras de East Falls.

– Muy bien -dije cuando entramos en la ciudad-, tenemos una decisión que tomar. Necesitamos tierra de una tumba, pero yo no pienso ni acercarme al cementerio de East Falls. Lo último que necesito es que alguien mire hasta allí desde el hospital y me vea merodeando entre las tumbas. Así que tenemos dos opciones. Una, podemos ir al cementerio del condado. Dos, podemos ir al que está aquí en la ciudad y tú te ocupas de conseguir la tierra, Cortez.

Él suspiró.

– Está bien, supongo que eso contesta mi pregunta… Iremos entonces al cementerio del condado.

– No me oponía a tu propuesta.

– ¿Qué pasa entonces?

– Nada.

Savannah se apoyó en el respaldo de los asientos de delante.

– Está enfadado porque sigues llamándolo…

Cortez la interrumpió.

– No estoy enfadado por nada. El cementerio de la ciudad queda más cerca. Yo recogeré la tierra.

– ¿No te importa?

– En absoluto. Creo que podré recoger tierra a través del alambrado sin necesidad de entrar en el cementerio y, por consiguiente, sin correr el riesgo de ser visto.

– ¿Es allí donde sepultaron a Cary? -Preguntó Savannah-. ¿Junto al alambrado?

– Creo que fue incinerado.

Cortez asintió.

– Esperad un segundo -dijo Savannah-. Si ellos incineraron a Cary, ¿cómo vamos a tomar tierra de su tumba?

– No lo haremos.

– Pero es que Lucas no puede recogerla de cualquier tumba -dijo Savannah-. Tiene que ser de la tumba de alguien que fue asesinado.

– ¿Qué?

– Caramba, ¿no os lo había mencionado?

– No.

– Vaya… Lo siento.

– Tenemos -consulté mi reloj- cuarenta y cinco minutos para encontrar la tumba de alguien que fuera asesinado. Fantástico. Una maravilla.

– Detén nuevamente el coche -dijo Cortez-. Necesitaremos pensar bien esto.

Estuvimos detenidos en el arcén durante casi diez minutos. Por último, suspiré y sacudí la cabeza.

– No se me ocurre nadie que haya sido asesinado en East Falls. La hija de los Willard fue atropellada por un conductor borracho antes de Navidad, pero no estoy segura de que eso cuente.

– No deberíamos correr ese riesgo.

Me recliné hacia atrás.

– Muy bien, dejadme pensar -dije y me senté bien erguida en el asiento-. ¡Ya lo tengo! La mujer de la funeraria. La que estaba del otro lado de la cortina. Alguien la mató de un tiro. No conozco bien la historia -probablemente porque últimamente he evitado leer los periódicos-, pero eso fue un asesinato, ¿no? ¿O podría ser homicidio involuntario?

– Involuntario o no, parece un claro caso de homicidio, y eso será suficiente. ¿Está enterrada en la ciudad?

– Oh, Dios. No lo sé. Probablemente no era de East Falls, pero no puedo estar segura. ¡Mierda! Oh, esperad. Eso debió de haber salido en los periódicos locales, ¿no? Si pudiéramos conseguir un ejemplar de la semana pasada…

– ¿Y cómo vamos a lograr eso? -preguntó Savannah.

– Espera un poco, déjame pensar. -Estuve un momento en silencio y después sonreí-. Ya lo tengo. Elena. Ella es periodista. Y debería tener recursos para averiguarlo, ¿verdad?

– Y tendrá acceso a noticias y servicios telegráficos online. -Cortez me pasó su teléfono móvil-. Dile que busque todo lo que encuentre de Katrina Mott.

– ¿Cómo sabes su nombre? -preguntó Savannah.

– Por la placa que había ayer frente a la funeraria. Allí figuraban sólo dos servicios.

– Qué buena memoria -dije.

Él asintió y encendió el teléfono para mí.

Tal y como yo pensaba, Elena todavía no se había acostado, aunque ya eran más de las once de la noche de un día de semana. No porque su agenda fuera más atareada que la mía -ella se quedaba bastante en su casa, que estaba a varias horas de cualquier club nocturno cercano-, pero tenía la ventaja de vivir con personas de más de trece años, ninguno de los cuales debía levantarse temprano para trabajar o ir al colegio. Además estaba todo el asunto de ser mujer lobo, con frecuencia necesitaba salir tarde por las noches. Cuando llamé, estaba afuera jugando a la pelota con compañeros de la Jauría de visita. Qué vida tan dura, ¿no? Buscó la información y me volvió a llamar cinco minutos después.

– Katrina Mott -dijo-. Falleció el viernes 15 de junio. Murió de un tiro que le disparó su amante durante una discusión porque él, y cito sus palabras literalmente, «quería cerrarle la boca para siempre». Para mí, eso es asesinato, sin duda. Espero que al muy hijo de puta le den cadena perpetua.

– La vida en prisión y toda una vida de estar acosado por sus recuerdos, si es que en el mundo hay todavía justicia. ¿La noticia dice dónde fue sepultada?

– Ah… Sí, aquí. Fue velada en la Funeraria de East Falls y luego sepultada el jueves por la mañana en el Cementerio Pleasant View.

– El cementerio del condado. Perfecto. Gracias.

– Ningún problema. ¿Seguro que no necesitas ayuda? Nick está aquí este fin de semana. Los tres podríamos ir: Clay, Nick y yo. ¿O eso es exactamente lo que no necesitas?

– Más bien lo segundo. No te ofendas, pero…

– No me ofendo en absoluto. Si necesitas músculos un poco más sutiles, yo podría escabullirme e ir sin Clay. Al menos por un rato. Hasta que él me encuentre. Pero me da la impresión de que lo tienes todo bajo control.

Hice un ruido indefinido.

– Llámame si me necesitas, ¿vale? -continuó-. Aunque sólo quieras un guardaespaldas para Savannah. Ella todavía piensa venir por aquí el mes que viene, ¿no?

– Claro.

Se echó a reír.

– ¿Me equivoco o noto alivio en tu voz? Tenemos muchas ganas de tenerla aquí.

– Aja. Déjame adivinar. Ese plural «tenemos» se refiere a ti y a Jeremy.

Otra risa.

– Clay no tiene problemas. No es que cuente exactamente los días, pero tampoco se queja. Con Clay, eso es casi una señal de aprobación.

– Aprobación con respecto a Savannah, no a mí.

– Dale tiempo. Tú sigues pensando en quedarte el fin semana, ¿verdad? ¿Y después nos iremos a Nueva York en coche? ¿Nosotras dos?

– Por supuesto.

Savannah me hacía señas de que le pasara el teléfono.

– Tengo que dejarte -dije-. Savannah te quiere hablar.

– Pásamela. Yo te llamaré pronto.

Cuando le pasé el teléfono a Savannah y encendí el motor del coche no pude evitar sonreír. Durante dos minutos me había olvidado de todo lo demás. Dos minutos en los que pude ver de nuevo lo que ocurriría en el futuro, tal como yo lo había planeado, antes de que comenzara todo esto. Lograría superarlo. Después, me dedicaría a disfrutar de mi verano. Durante una semana estaría libre de Savannah y podría pasar tiempo viendo a mis amistades de Boston, además de disfrutar de un fin de semana en Nueva York con mi amiga Elena.

Por primera vez desde que Leah llegó a East Falls pude imaginar un día en que todo esto sería nada más que un mal recuerdo, algo que contarle a Elena mientras tomábamos una copa en algún club nocturno carísimo de Nueva York. Con eso sentí un estallido de renovado optimismo. Lograría salir adelante.

Ahora sólo tenía que conseguir tierra de la tumba de una mujer asesinada antes de que el reloj diera las doce. Eso también era posible.

Un bello paseo arruinado

El cementerio pleasant view hacía honor a su propio nombre y ofrecía una vista agradable, aunque dudo mucho que sus residentes lo apreciaran. Pleasant View tenía menos de cien años de antigüedad, pero ya poseía cuatro veces el tamaño de su homólogo de East Falls, debido a una ordenanza municipal de un siglo antes que prohibía a todo «recién llegado» comprar un terreno en la ciudad. El argumento fue que el cementerio de East Falls no podría expandirse, de modo que para asegurar que los pobladores pudieran ser sepultados junto a sus antepasados, era preciso tener ya un lote familiar allí. Ésta es la versión de East Falls de un club de campo. En serio. En mi primer picnic en la ciudad, tres personas encontraron la manera de sacar el tema de su eventual inclusión en esta sociedad de élite:

– ¿Has visto nuestro cementerio local? Es una hermosura, ¿no te parece? No sé si sabes que mi familia tiene una parcela allí.

– ¿Ves ese roble que está junto a los columpios? Hay uno igual en la parcela de nuestra familia en el cementerio.

– Soy Emma Walcott. Mi familia es dueña de un mausoleo en el cementerio de la ciudad. Pásame la salsa, por favor.

Aunque ya tiene muchas más tumbas que East Falls, el Pleasant View es tan grande que las sepulturas se colocan de manera muy espaciada: algunas en los valles, otras en medio de unos bosquecillos, otras entre prados llenos de flores silvestres. La leyenda dice que un filántropo anónimo donó el terreno y decretó que la naturaleza se conservara intacta todo lo posible. Los miembros de la élite de East Falls aseguran que el anciano se desprendió de la propiedad para desgravar impuestos y que los del condado están celosos porque se van a pasar toda la eternidad rodeados de un hospital, una funeraria y un Seven Eleven.

El aparcamiento del Pleasant View estaba vacío, como cabía esperar a las once y media de un martes por la noche, pero yo preferí llevar el coche a un camino lateral.

– ¿Cómo haremos para encontrarla? -preguntó Savannah mientras entrecerraba los ojos para escudriñar la oscuridad que había más allá de nuestro vehículo.

– En el portón principal hay un mapa que muestra dónde está enterrada cada persona.

– Qué oportuno.

– Oportuno y necesario -expliqué-. Algunas de estas tumbas están prácticamente ocultas entre los árboles. El único problema es que tal vez no hayan añadido todavía el nombre de la señorita Mott, en cuyo caso no nos quedará más remedio que iniciar una búsqueda.

* * *

Cuando nos acercamos al mapa, un horrible pensamiento me asaltó. ¿Y si Mott no había sido sepultada ese día? Los avisos fúnebres indicaban que el funeral se realizaría esta mañana, pero eso fue antes de que su cuerpo reviviera y comenzara a repartir golpes a todo el mundo.

Para mi alivio, la tumba de Katrina Mott estaba indicada con lápiz en el mapa.

– ¿Quieres que yo recoja la tierra? -preguntó Cortez.

Negué con la cabeza. -Aquí no hay ningún riesgo de que me vean, así que lo haré yo. Vosotros podéis esperarme en el coche.

– Aja -dijo Savannah-. Es mi tierra. De modo que yo te ayudaré a recogerla.

– Yo montaré guardia en el cementerio -dijo Cortez.

– No hace falta -dije-. Es un lugar oscuro y aislado. Nadie podrá vernos.

La tumba de Katrina Mott se encontraba casi en el centro, como acurrucada en medio de un grupo de cedros plantados en forma de u. Parecía bastante fácil de encontrar, y probablemente lo era… de día. Por la noche, sin embargo, todos los árboles parecían iguales y mi habilidad para juzgar las distancias se veía gravemente comprometida por el hecho de que sólo alcanzaba a ver un metro y medio en cualquier dirección. Si había una luna en el cielo, sin duda se había ocultado en el momento preciso en que entramos en el cementerio.

Después de tropezar sobre dos tumbas, lancé un hechizo de bola de luz. Una bola resplandeciente apareció enseguida en la palma de mi mano. La arrojé hacia adelante y comenzó a revolotear delante de mí y a iluminarme el camino.

– Eso sí que ha sido oportuno -comentó Cortez.

– ¿Este hechizo no lo conoces? -pregunté.

Él sacudió la cabeza.

– Tendrás que enseñármelo.

– Primero me lo tiene que enseñar a mí -replicó Savannah-. Después de todo, yo soy la bruja.

Cortez se disponía a contestarle, pero se detuvo y miró en todas direcciones.

– Allí -señaló-. La señorita Mott está enterrada sobre esa colina.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Savannah.

En los labios de él se dibujó una levísima sonrisa.

– Magia.

– Ha memorizado el mapa -dije yo-. Indicaba hondonada, colina, tres robles y luego otra colina. Allí están los robles. Ahora movámonos. Solo tenemos diez minutos.

– No tiene que ser precisamente al dar las doce -dijo Cortez-. Me temo que eso es un elemento romántico pero ilógico. Ilógico porque…

– Porque «al dar las doce», según el reloj de alguien, probablemente no será la misma hora en el de otro ni en todos los lugares de la Tierra. No creo que sea algo de una precisión tan absoluta.

– ¿Qué quiere decir eso, entonces? -preguntó Savannah.

– Sencillamente que se debe recoger la tierra más o menos a la medianoche, hora más, hora menos.

– Bueno, pues yo no pienso quedarme aquí -dije-. Si puedo recogerla ahora, lo haré enseguida.

– Adelante, entonces -dijo Cortez-. Allí veo unos enebros. Los cortaré y después montaré guardia a mitad de camino de la colina.

– ¿No te parece que este lugar es casi fantasmal? -preguntó Savannah mientras trepábamos por la colina, dejando atrás a Cortez.

– No, yo diría que en realidad es un sitio muy sereno, muy lleno de paz.

– Quizá. Pero bastante aburrido, ¿no crees?