/ Language: Español / Genre:sf

El martillo de Lucifer

Larry Niven

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.

Larry Niven y Jerry Pournelle

El martillo de Lucifer

DEDICATORIA

A Neil Armstrong y Buzz Aldrin, los primeros hombres que caminaron por otro mundo; a Michael Collins, que esperó; y a quienes murieron al intentarlo, Gus Grissom, Roger Chaffee, Ed White, Georgi Dobrovolsky, Viktor Patsayev, Nikolai Volkov y todos los demás.

CENSO DE PERSONAJES

Timothy Hamner, astrónomo aficionado.

Arthur Clay Jellison, senador de Estados Unidos, de California.

Maureen Jellison, hija del anterior.

Harvey Randall, productor y director de la emisora de TV NBS.

Señora Loretta Stewart Randall.

Barry Price, Ingeniero supervisor, Proyecto nuclear San Joaquín.

Dolores Munson, secretaria ejecutiva de Barry Price.

Eileen Susan Hancock, ayudante de dirección de «Suministros para instalaciones sanitarias Corrigan», de Burbank.

Leonilla Alexandrovna Malik, doctora en medicina y cosmonauta.

Mark Czescu, motociclista.

Gordon Vanee, presidente de un banco y vecino de Harvey Randall.

Andy Randall, hijo de Harvey Randall.

Charlie Bascomb, cámara.

Manuel Arguílez, técnico de sonido.

Doctor Charles Sharps, científico planetario y director de proyecto, Laboratorios de propulsión a reacción, Instituto de Tecnología de California.

Penelope Joyce Wilson, diseñadora de modas.

Fred Lauren, condenado por delitos sexuales.

Coronel John Baker, Astronauta de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Harry Newcomber, cartero. Servicio Postal de los Estados Unidos.

Señora Dora Cox, ama de casa y esposa del capataz del rancho del senador Jellison.

George Christopher, ranchero, vecino del senador Jellison.

Alice Cox, escolar y amazona.

Joe Corrigan, propietario de «Suministros para instalaciones sanitarias»

Alim Nassor, anteriormente George Washington Carver Davis, antiguo líder político.

Harold Davis, hermano natural de Alim Nassor.

El reverendo Henry Armitage.

Doctor Dan Forrester, miembro del grupo técnico, JPL.

Teniente coronel Rick Delanty, de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, astronauta.

Señora Gloria Delanty.

Brigadier Pieter Jakov, cosmonauta.

Frank Stoner, motociclista.

Joanna McPherson, compañera de cuarto de Mark Czescu.

Colleen Darcy, cajero de un banco.

General Thomas Bambridge, de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, Comandante en jefe, Mando Aéreo Estratégico.

John Kim, secretario de prensa del alcalde de Los Angeles.

El ilustrísimo Bentley Allen, alcalde de Los Angeles.

Eric Larsen, patrullero de Burbank.

Joe Harris, investigador de Burbank.

Guardianes del Cometa, grupo religioso del sur de California.

Mayor Bennet Rosten, de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, comandante del escuadrón de civiles armados para prestar servicios de emergencia.

Señora Marie Vanee, esposa de Gordon Vanee.

Harry Stimms, comerciante del ramo automovilístico, Tujunga, California.

Cabo del Ejército Roger Gillings.

Sargento del Ejército Thomas Hooker.

Marty Robbins, ayudante y vigilante de Tim Hamner.

Jason Gillcuddy, escritor.

Hugo Beck, propietario de una comuna en las estribaciones de Sierra Alta.

PROLOGO

Antes de que el sol ardiera, antes de que los planetas se formaran, existían el caos y los cometas.

El caos era una condensación local en el medio interestelar. Su masa era lo bastante grande para que sus componentes se atrajeran, sostuvieran y condensaran más. Se formaron remolinos. Partículas de polvo y gas congelado fueron arrastradas por la corriente, entraron en contacto y se unieron. Se formaron copos, y luego bolas dispersas de gases helados. La vorágine prevaleció durante una inmensidad de tiempo, ocupando la quinta parte de un año luz. El centro se contrajo todavía más. Remolinos locales, que giraban frenéticamente cerca del centro de la borrasca cósmica, se desgajaron para formar planetas.

Se formó una especie de nube de nieve, lejos del torbellino. Los hielos unieron aquel enjambre; pero lenta, muy lentamente, sólo unas pocas moléculas a la vez. Metano, amoníaco, dióxido de carbono... y, a veces, objetos más densos que chocaban con la masa y se empotraban en ella. Así pues, contenía rocas y hierro. Ahora era una sola masa estable. Se formaron otros hielos y sustancias químicas que sólo podían ser estables en el frío interestelar.

Su extensión era de unos seis kilómetros cuando sobrevino el desastre. El fin fue súbito. En unos cincuenta años, un parpadeo en su existencia, el centro del torbellino se desintegró. Ardió un nuevo sol, tremendamente brillante.

En aquella llamarada infernal destellaron miríadas de cometas que se convirtieron en vapor. Los planetas perdieron sus atmósferas. Un gran viento de presión lumínica arrebató al sistema interno todo el gas disperso y el polvo, y lo lanzó a las estrellas.

Apenas era perceptible. Estaba doscientas veces más alejado del sol que el recientemente formado planeta Neptuno. El nuevo sol no era más que una estrella con un brillo fuera de lo corriente, que ahora disminuía gradualmente.

Abajo, en el remolino, había una actividad frenética. Gases hirvientes abandonaban las rocas del sistema interior. Sustancias químicas complejas se formaban en los mares del tercer planeta. Innumerables huracanes barrían la superficie y el interior de los gigantescos mundos gaseosos. Los mundos internos jamás conocerían la calma.

La única calma auténtica se encontraba al borde del espacio interestelar, en el halo, donde millones de cometas, extendidos en una delgada capa, cada uno tan alejado de su hermano más próximo como la Tierra lo está de Marte, navegan para siempre a través del frío y negro vacío.

Ahí, su interminable sueño tranquilo podría durar miles de millones de años... pero no eternamente.

Nada dura eternamente.

Primera parte

EL YUNQUE

Hasta los mismos dioses luchan en vano contra el aburrimiento.

Nietzsche

ENERO: EL PORTENTO

Se han marchitado los laureles de nuestro país y los meteoros hacen que se oculten de espanto las estrellas fijas en el cielo. La Luna, de pálido rostro, lanza resplandores sangrientos sobre la tierra, y los profetas de semblante escuálido cuchichean anuncios de cambios terribles. Signos son éstos que presagian la muerte o la caída de los reyes.

William Shakespeare, El rey Ricardo II

El Mercedes azul ingresó en el amplio camino circular de la mansión de Beverly Hills exactamente a las seis y cinco. Era muy comprensible que Julia Sutter se quedara sorprendida.

—¡Dios mío, George, si es Tim! Y a la hora en punto.

George Sutter se aproximó a la ventana, donde estaba ella. Sí, aquel era el coche de Tim. Soltó un gruñido y volvió al bar. Las fiestas de su mujer eran siempre acontecimientos importantes, y él no comprendía que, después de varias semanas de cuidadosa preparación, Julia temiera tanto que nadie se presentase. Era una psicosis tan familiar que debería existir un nombre con que designarla.

Pero allí estaba Tim Hamner, y puntual. Aquello era extraño. La fortuna de Tim se remontaba a la tercera generación. Una fortuna antigua, según el criterio de Los Angeles, y una fortuna muy considerable. Tim sólo acudía a las fiestas cuando le apetecía.

El arquitecto de los Sutter había sido un entusiasta del hormigón. La casa tenía muros y ángulos cuadrados, y en los jardines había estanques de formas irregulares, suavemente curvadas. No era una arquitectura extraña para Beverly Hills, pero sorprendía a los visitantes del Este. A la derecha había un chalet en el estilo tradicional de Monterrey, de estuco blanco y rojos tejados, y a la izquierda un castillo normando trasplantado a California como por arte de magia. La mansión de los Sutter estaba situada a una buena distancia de la calle, de modo que parecía divorciada de las altas palmeras que los prohombres municipales habían decretado para aquella zona de Beverly Hills. Un largo camino curvo conducía a la casa. En el porche, ocho diligentes jóvenes, con chaquetas rojas, se ocupaban del aparcamiento.

Hamner dejó el motor en marcha y bajó del coche. Sonó el dispositivo que advertía de que había dejado puesta la llave de contacto. De ordinario, Tim habría soltado una maldición, pero esta vez ni se dio cuenta. Sus ojos tenían una expresión soñadora. Dio unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta y luego deslizó la mano en su interior. El joven encargado del aparcamiento vaciló. Normalmente, la gente no daba propina hasta que se iba. Hamner echó a andar, con su expresión soñadora, y el muchacho se marchó con el vehículo.

Hamner volvió la cabeza para mirar a los jóvenes de las chaquetas rojas y se preguntó si alguno de ellos estaría interesado por la astronomía. Casi siempre eran estudiantes de la UCLA o la Universidad de Loyola. Tal vez... Decidió que no, aunque de mala gana, y entró en la casa, llevándose de vez en cuando la mano al bolsillo para hacer crujir el telegrama entre sus dedos.

Las grandes puertas dobles daban a una enorme área que abarcaba toda la casa. Amplios arcos, bordeados de ladrillo rojo, separaban la entrada del resto de la casa: una mera sugerencia de paredes entre estancias. El suelo, continuo en todo el amplio espacio, estaba compuesto por baldosas marrones con brillantes dibujos incrustados. De más de doscientos invitados que se esperaban, menos de una docena se agrupaban cerca del bar. Su conversación era animada y alegre, en un tono más alto de lo necesario. Parecían aislados en aquel espacio vacío, sólo ocupado por todas aquellas mesas con velas y manteles lujosos. Había casi tantos sirvientes uniformados como invitados. Hamner no observó nada de esto. Estaba acostumbrado a ello desde niño.

Julia Sutter se apartó del pequeño grupo de invitados y se acercó rápidamente a él. La piel que rodeaba sus ojos estaba tensa, pues se había sometido a una operación de cirugía estética y el rostro parecía más joven que las manos. Hizo ademán de besar a Tim, pero apenas le rozó la mejilla.

—¡Tim, cuánto me alegro de verte! —exclamó, y en seguida observó la radiante sonrisa de él. Retrocedió un poco y entornó los ojos—. Por Dios, Tim, ¿qué has estado fumando? —le preguntó en un tono de fingida inquietud que encubría una preocupación real.

Tim Hamner era alto y huesudo. Apenas un indicio de barriga rompía la estilización de sus líneas. Su largo rostro parecía hecho a propósito para reflejar melancolía. La familia de su madre había sido propietaria de un negocio muy rentable que ofrecía servicios de inhumación y depósito de cadáveres, y aquello se notaba. Pero aquella noche su rostro ostentaba la mejor de sus sonrisas, y había una extraña luz en sus ojos.

—¡El cometa Hamner-Brown!

Julia le miró fijamente.

—¿Cómo dices?

Aquello no tenía sentido. Los cometas no se fuman. Trató de descifrar las palabras de Tim mientras dirigía una mirada a su marido para ver si ya estaba tomando la segunda copa, y luego otra a la puerta. Se preguntó cuándo llegarían los demás. Las invitaciones habían sido explícitas. Los invitados importantes solían llegar temprano y no podían quedarse hasta muy tarde...

Oyó el ruido de un potente vehículo en el exterior y, a través de las estrechas ventanas que enmarcaban la puerta, vio a media docena de personas que bajaban de una limosina negra. Tim tendría que cuidar de sí mismo. Julia le dio unas palmaditas en el brazo al tiempo que decía:

—Eso está muy bien, Timmy. ¿Quieres perdonarme, por favor?

Le dirigió una sonrisa cálida pero apresurada y se marchó.

Si aquello molestó a Tim, no hubo signo alguno que lo mostrara. Se dirigió al bar, lentamente, mientras Julia iba a recibir a su invitado más importante, el senador Jellison, con todo su séquito. El senador siempre llevaba a alguien consigo, tanto familiares como ayudantes administrativos. Cuando Tim llegó al bar, su sonrisa seguía siendo resplandeciente.

—Buenas noches, señor Hamner.

—Buenas son, en efecto. Esta noche ando sobre nubes rosas. Felicítame, Rodrigo. ¡Van a darle mi nombre a un cometa!

Michael Rodríguez, que estaba colocando vasos detrás de la barra, estuvo a punto de dejar caer uno.

—¿Un cometa?

—Exactamente. El cometa Hamner-Brown. Se acerca, Rodrigo, puedes verlo... Será alrededor de junio, semana más o menos.

Hamner se sacó el telegrama del bolsillo y lo abrió con un solo movimiento rápido de la mano.

—No lo veremos desde Los Angeles —dijo Rodríguez, riendo—. ¿Qué le sirvo esta noche?

—Whisky con hielo. Puede que lo veas. Podría ser tan grande como el cometa Halley.

Hamner cogió el vaso y miró a su alrededor. Había un grupo alrededor de George Sutter. Aquella aglomeración atrajo a Tim como un imán. Agarró el telegrama con una mano y el vaso con la otra, mientras Julia iba presentando a los recién llegados.

El cuerpo del senador Arthur Clay Jellison era una especie de mole, más musculoso que grueso. Era voluminoso, alegre y tenía espesos cabellos blancos. Resultaba muy fotogénico, y la mitad de la población del país le hubiera reconocido. Su voz sonaba exactamente como en la televisión, resonante, envolvente, de modo que cualquier cosa que dijera adquiría una misteriosa importancia.

Maureen Jellison, la hija del senador, tenía largos cabellos rojizos y la piel muy blanca. Su belleza habría intimidado a Tim en cualquier otra velada. Pero aquella noche no.

Por fin Julia Sutter se dirigió de nuevo a él.

—¿Qué me decías acerca de un...?

—¡El cometa Hamner-Brown! —exclamó Tim mostrando el telegrama—. ¡El observatorio de Kitt Peak ha confirmado mi observación! ¡Es un cometa auténtico, mi cometa, y van a ponerle mi nombre!

Maureen Jellison enarcó ligeramente las cejas. George Sutter vació su vaso antes de hacer la pregunta elemental:

—¿Quién es ese Brown?

Hamner se encogió de hombros. Un poco del líquido de su vaso, todavía sin probar, se derramó sobre la alfombra, y Julia frunció el ceño.

—Nadie ha oído jamás hablar de él —explicó Tim—, pero la Unión Astronómica Internacional afirma que su observación del cometa ha sido simultánea.

—En ese caso, lo que posees es la mitad de un cometa —dijo George Sutter.

Tim se echó a reír con toda naturalidad.

—El día que poseas medio cometa, George, te compraré todos esos bonos que tanto te empeñas en venderme. Y te pagaré todo lo que bebas por la noche.

Terminó su whisky de un par de tragos, en el mismo momento que perdía a su audiencia. George volvía al bar. Julia tomaba al senador Jellison del brazo y le conducía al encuentro de nuevos invitados, seguidos de cerca por los ayudantes administrativos del político.

—Medio cometa es mucho —dijo Maureen Jellison, la única que no se había movido. Tim Hamner se volvió hacia ella—. Dime, ¿cómo puedes ver algo a través de esa atmósfera tan contaminada?

Por el tono de su voz y la expresión de su rostro parecía interesada. Podría haberse marchado con su padre, pero allí estaba. Tim sentía el calorcillo del licor en la garganta y el estómago. Empezó a hablar a la muchacha de su observatorio en la montaña, que estaba a muchos kilómetros después del monte Wilson, pero lo bastante alejado, en las montañas de Los Angeles, para que las luces de Pasadena no estropearan la visión. Allí tenía víveres y un ayudante, y pasaba las noches de meses enteros observando el cielo, siguiendo la trayectoria de asteroides conocidos y de las lunas exteriores, haciendo que su vista y su memoria se familiarizasen con el territorio estelar, buscando siempre el punto luminoso que no debería estar allí, la anomalía que...

Maureen Jellison tenía la mirada inequívocamente vidriosa, y Tim se interrumpió.

—Oye, ¿no te estoy aburriendo? —le preguntó.

—No, no —se apresuró ella a responder—. Perdona. Ha sido sólo... una idea que me ha pasado por la cabeza.

—Sé que a veces me entusiasmo demasiado.

Ella sonrió y meneó la cabeza, haciendo ondear su magnífica cabellera rojiza.

—No, de veras me interesa lo que dices. Papá es miembro del subcomité financiero para la ciencia y la astronáutica. Le gusta la ciencia pura, y me ha contagiado sus preferencias. Estaba pensando que... Eres un hombre que sabe lo que quiere y lo ha encontrado. —De súbito se puso muy seria y añadió—: No son muchos los que pueden decir lo mismo.

Tim se rió, azorado. Todavía no estaba acostumbrado al éxito.

—¿Qué puedo hacer para que se repita ese elogio?

—Eso es, exactamente —replicó ella—. ¿Qué ocurre cuando uno se ha paseado por la luna y luego, de repente, cancelan el programa espacial?

—Pues... no lo sé. Creo que a veces tienen problemas...

—No te preocupes por eso —dijo Maureen—. Ahora estás en la luna. Disfrútalo.

El viento cálido y seco conocido como Santa Ana barrió las colinas de Los Angeles, limpiando a la ciudad de humo y niebla. Al caer la tarde, las luces titilaron con una brillantez desusada. Los ocupantes del Coronado verde que corría con las ventanillas abiertas disfrutaban del agradable clima veraniego en pleno enero. Eran Harvey Randall y su esposa Loretta. Cuando llegaron a la casa de Sutter, Harvey entregó el coche al sirviente de chaqueta roja y aguardó, mientras Loretta componía su sonrisa, antes de cruzar las grandes puertas de entrada.

Les esperaba la habitual escena multitudinaria de una fiesta en Beverly Hills. Un centenar de personas diseminadas entre las mesitas y otro centenar dividido en grupos. En un ángulo, unos mariachis tocaban una alegre música de fondo, y el cantante, a pesar de que no tenía micrófono, se desenvolvía bastante bien, informando a todo el mundo sobre el estado de su corazón. Los recién llegados saludaron a sus anfitriones y se separaron. Loretta encontró en seguida alguien con quien conversar, y Harvey localizó el bar buscando la mayor aglomeración de gente. Recogió dos gintonics mientras fragmentos de conversación rebotaban a su alrededor.

—Le tenemos prohibido que pise la alfombra blanca, y él obedece. El otro día tenía al gato inmovilizado en medio de la alfombra y él recorría su perímetro una y otra vez, como un centinela...

—...una chica preciosa sentada delante de mí, en el avión. Un verdadero bombón, aunque todo lo que podía verle era la cabellera y la parte posterior de la cabeza. Estaba pensando en la manera de entrar en contacto con ella cuando se volvió y dijo: «¡Tío Pete! ¿Qué estás haciendo aquí?»

—...¡Ya lo creo que es una gran ayuda! Cuando llamo y digo que soy el concejal Robbins, todos los caminos se allanan. Ni uno de mis clientes ha perdido una buena opción desde que el alcalde me nombró.

Aquellos retazos de conversación se quedaban grabados en la mente de Harvey Randall. No podía evitar prestarles atención, ni tampoco quería evitarlo: era una deformación profesional, propia de su trabajo en una emisora de televisión. La gente le fascinaba. Le hubiera gustado saber las reacciones que aquellas frases despertaban en otras mentes.

Miró a su alrededor, en busca de Loretta, pero ella era demasiado baja para destacar entre aquella muchedumbre. En cambio vio la cabeza de Brenda Tey, inconfundible por su peinado alto y el color del pelo, de un rojo anaranjado poco convincente. Era la mujer que había hablado con Loretta antes de que Harvey se dirigiera al bar, y él empezó a abrirse camino entre el mar de brazos que sostenían vasos con bebidas.

—¡Veinte mil millones de dólares y todo lo que conseguimos es un montón de piedras! —oyó decir a alguien—. Esos cohetes inmensos no son más que miles de millones tirados al agua. ¿Por qué gastar todo ese dinero en aventuras espaciales cuando podríamos ser...?

—No digas tonterías —le interrumpió Harvey.

George Sutter se volvió, sorprendido.

—Oh, hola, Harv. Ocurrirá lo mismo con esa lanzadera espacial, ni más ni menos. Dinero y más dinero tirado por la ventana.

—Está usted muy equivocado —terció una voz clara, dulce y penetrante, que interrumpió la perorata de George, reclamando atención. George se detuvo a mitad de la frase.

Harvey descubrió a una pelirroja espectacular, con un atrevido vestido de noche verde, que sostuvo su mirada e hizo que él la apartara primero.

—¿Está usted de acuerdo en que dice tonterías? —preguntó Harvey sonriente.

—He dicho, con un poco más de tacto, que está equivocado —replicó ella, devolviéndole la sonrisa. Entonces volvió al ataque—: Señor Sutter, la NASA no invirtió el dinero del Apolo en maquinaria, sino que pagamos la investigación para construirla, y todavía tenemos los resultados. El conocimiento no se tira al agua. En cuanto a la lanzadera espacial, es el precio por llegar allí donde realmente podemos aprender cosas, y en este aspecto no puede considerarse un precio excesivo...

Un pecho y un hombro de mujer se restregaron juguetonamente contra el brazo de Harvey. No podía ser otra que Loretta, y lo era, en efecto. El le ofreció la bebida. Su propio vaso estaba semivacío. Cuando Loretta empezó a hablar, Harvey le hizo un gesto para que se callara, un poco más rudamente de lo que solía, e ignoró la expresión de protesta de la mujer.

La pelirroja conocía sus posibilidades. Si el razonamiento sutil y la lógica bastaban para vencer en una discusión, ella vencía. Pero tenía muchos más recursos: atraía las miradas de todos los hombres y tenía un lento acento sureño que infundía importancia a cada palabra, y una voz tan pura y musical que toda interrupción parecía fuera de lugar.

La desigual contienda finalizó cuando George descubrió que su vaso estaba vacío y, con visible alivio, se dirigió al bar. Sonriendo con expresión de triunfo, la muchacha se volvió hacia Harvey, y él la felicitó con un movimiento de cabeza.

—Soy Harvey Randall. Le presento a mi esposa, Loretta.

—Maureen Jellison. Es un placer. —Frunció ligeramente el ceño—. Ahora recuerdo. Usted fue el último reportero estadounidense en Camboya. —Estrechó las manos que le tendían Harvey y Loretta—. ¿No derribaron allí su helicóptero?

—Sí, dos veces —dijo Loretta con orgullo—. Harvey sacó al piloto, un muchacho de la Fuerza Aérea. Las líneas enemigas cubrían casi cien kilómetros.

Maureen asintió gravemente. Era quince años más joven que los Randall, y parecía muy dueña de sí misma.

—Y ahora está aquí. ¿Son de esta región?

—Yo sí —dijo Harvey—. Loretta es de Detroit...

—De Grosse Pointe —terció Loretta de manera automática.

—...pero yo nací en Los Angeles. —Harvey nunca podía decir la verdad exacta cuando se refería a Loretta—. La verdad es que los naturales de la región somos escasos.

—¿Y ahora a qué se dedica? —preguntó Maureen.

—Documentales. Noticiarios, principalmente.

—Ya sé quién es usted —dijo Loretta con cierto tono admirativo—. Acabo de conocer a su padre, el senador Jellison.

—Así es. —Maureen pareció pensativa, y luego mostró una amplia sonrisa—. Oiga, si usted se dedica a difundir noticias, hay alguien a quien debe conocer. Se llama Tim Hamner.

Harvey frunció el ceño. El nombre le era familiar, pero no lograba situarlo.

—¿Por qué?

—¿Hamner? —preguntó Loretta a su vez—. ¿Un hombre joven que sonríe de una manera inquietante? —Se echó a reír—. Parece un adolescente que ha empinado un poco el codo. No deja hablar a nadie. Posee medio cometa.

—Ese es él —dijo Maureen. Su sonrisa hizo que Loretta sintiera que formaba parte de una conspiración.

—También posee mucho jabón —dijo Harvey.

Ahora fue Maureen quien pareció desconcertada.

—Acabo de recordarlo —explicó Harvey—. Ese muchacho heredó la empresa de jabones Kalva.

—Puede ser, pero está más orgulloso del cometa —dijo Maureen—. No le culpo de ello. Mi querido y viejo padre pudo haber llegado a presidente de la nación en una oportunidad, pero jamás estuvo cerca del descubrimiento de un cometa. —Recorrió la estancia con la mirada hasta que descubrió a su objetivo—. El hombre alto que lleva un traje blanco y marrón. Lo conocerá por su sonrisa. Acérquese a él y se lo dirá todo.

Harvey notó que Loretta le tiraba del brazo, y a regañadientes se apartó de Maureen. Cuando volvió la cabeza, alguien se había llevado a la muchacha. Fue a buscar otras dos copas.

Como de costumbre, Harvey Randall bebió en exceso y se preguntó por qué asistía a las fiestas. En el fondo conocía la respuesta: para Loretta constituían una forma de participar en la vida de su marido. A ella no le gustaban los viajes de Harvey para recoger datos. El único intento de llevarla de excursión con su hijo había sido un desastre. Cuando iba con él para el rodaje de exteriores quería alojarse en los mejores hoteles, y cuando acudía a los pequeños bares y lugares de encuentro preferidos por Harvey, le costaba mucho ocultar su desagrado.

Pero Loretta se encontraba a gusto en fiestas como aquella. Sí, aquella fiesta había sido especialmente grata. Incluso logró sostener una conversación privada con el senador Jellison. Harvey la dejó con el senador y fue en busca de más bebida.

—Poca ginebra, Rodríguez, por favor.

El camarero sonrió y mezcló el brebaje sin hacer ningún comentario. Harvey permaneció de pie con los vasos en las manos. Tim Hamner estaba solo en una de las mesitas. Miraba a Harvey, pero su expresión era nebulosa y no veía nada. Su sonrisa parecía congelada. Harvey cruzó la estancia y se dejó caer en la otra silla, ante la mesa de Tim.

—¿El señor Hamner? Soy Harvey Randall. Maureen Jellison me ha dicho que debo llamarle «cometa».

El rostro de Hamner se iluminó. Su sonrisa pareció ensancharse más, si eso era posible. Se sacó un telegrama del bolsillo y lo agitó.

—¡Correcto! La observación ha sido confirmada esta tarde. Es el cometa Hamner-Brown.

—No vaya tan deprisa, que no le sigo.

—¿Ella no le ha dicho nada? ¡Bien! Soy Tim Hamner, astrónomo. Bueno, no soy profesional, pero mi equipo sí lo es. Y de todos modos me dedico a eso. Soy astrónomo aficionado. Hace una semana descubrí una mancha luminosa no lejos de Neptuno. Una luz muy débil, pero no tenía que estar allí. Seguí observándola y comprobé que se movía. La estudié durante el tiempo suficiente para asegurarme, y luego redacté un informe. Es un cometa nuevo. Kitt Peak acaba de confirmarlo. La Unión Astronómica Internacional le pone mi nombre... y el de Brown.

Por un instante, la envidia sacudió con violencia a Harvey Randall. Fue una sensación fugaz que desapareció con la misma rapidez. El hizo que desapareciera, empujándola al fondo de su mente, donde más tarde pudiera recogerla y analizarla. Estaba avergonzado. Pero sin aquella sensación, su primera pregunta hubiera sido más discreta.

—¿Quién es Brown?

La expresión de Hamner no varió.

—Gavin Brown es un muchacho de Centerville, Iowa. El mismo montó su telescopio. Comunicó el descubrimiento del cometa al mismo tiempo que yo. La Unión Astronómica lo considera una observación simultánea. Si no hubiera esperado para asegurarme... —Hamner se encogió de hombros y prosiguió—: Llamé a Brown esta tarde. Le he enviado un pasaje de avión, pues quiero verle. No quería venir, hasta que le prometí enseñarle el observatorio solar en el monte Wilson. ¡Eso es lo único que en realidad le interesa! ¡Manchas solares! ¡Descubrió el cometa por casualidad!

—¿Cuándo veremos ese cometa? —preguntó Harvey—. Mejor dicho, ¿será visible?

—Es demasiado pronto para decirlo. Espere un mes. Siga las noticias.

—Yo no tengo que seguir las noticias, sino encontrarlas. Y esto podría ser una noticia. Dígame más.

Hamner estaba deseoso de decirle cuanto quisiera. Habló y habló, mientras Harvey asentía con una sonrisa cada vez más ancha. ¡Magnífico! No era necesario saber lo que significaban todas aquellas palabras para comprender que el equipo era caro, y probablemente fotogénico, por añadidura. Un equipo costoso y complicado. El chico con una aguja curvada por anzuelo y una vara de mimbre por caña había capturado un pez tan gordo como el millonario.

—Señor Hamner, si este cometa mereciese que le dediquemos un documental...

—Sí, es posible. El descubrimiento podría ser importante. Hasta qué punto tienen importancia los astrónomos aficionados...

¡Había mordido el anzuelo!

—Lo que iba a preguntarle es si, en el caso de que podamos hacer un documental sobre el cometa, la firma de jabones Kalva estaría dispuesta a patrocinarlo.

El cambio que se operó en Hamner fue sutil pero evidente. Al instante Harvey sospesó la opinión que aquel hombre le merecía. Hamner tenía mucha experiencia con las personas que iban detrás de su dinero. Podía ser un exaltado, pero no era tonto.

—Dígame, señor Randall, ¿no hizo usted aquel programa sobre el glaciar de Alaska?

—Llámeme Harvey. Sí, en efecto.

—Fue malísimo.

—Desde luego —convino Harvey—. El patrocinador insistió en dirigir el asunto. Se hizo con el control, lo mantuvo y así salieron las cosas. Yo no he heredado la mayor parte de las acciones de una gran empresa.

Al infierno contigo, señor Timothy Cometa Hamner, se dijo Harvey para sus adentros.

—Yo sí los he heredado. Y valdría la pena hacerlo... Usted también realizó el documental sobre la presa de la Puerta del Infierno, ¿no es así?

—En efecto.

—Ese sí que me gustó.

—A mí también.

—Bien. —Hamner meneó la cabeza varias veces—. Mire, podría valer la pena patrocinar este documental. Aunque el cometa nunca llegue a ser visible, a pesar de que yo creo que lo será. Dios sabe lo que gastan del presupuesto publicitario patrocinando basura que nadie quiere ver. Por el mismo precio, se podría contar algo interesante. Harvey, su vaso está vacío.

Fueron al bar. La fiesta estaba decayendo con rapidez. Los Jellison se disponían a marcharse, pero Loretta había encontrado a alguien más con quien conversar. Harvey reconoció a un concejal que había tratado de conseguir que su emisora dedicara el programa a un parque que constituía su principal objetivo. Probablemente pensaba que Loretta influiría en Harvey —lo cual era correcto— y que Harvey influiría en la programación de la red y de su emisora en Los Angeles, lo cual era risible.

Rodríguez estaba ocupado en aquel momento, y los dos hombres permanecieron junto al bar.

—Hay toda clase de nuevo y excelente instrumental para el estudio de los cometas —dijo Hamner—, incluido un gran telescopio orbital utilizado una sola vez, para el Kahoutek. Los científicos de todo el mundo querrán saber en qué difieren los cometas, en qué se diferencia el Kahoutek del Hamner-Brown. Aquí mismo hay muchos científicos, los de la Universidad Tecnológica de California y los astrónomos planetarios del JPL. Todos quieren saber más sobre el planeta Hamner-Brown.

Aquel nombre, Hamner-Brown, resonaba en su boca. Era evidente que a Tim Hamner le encantaba.

—Verá —siguió diciendo el astrónomo—, los cometas no son sólo objetos que se encuentran a una gran altura. Son restos de la enorme nube gaseosa que formó el sistema solar. Si pudiéramos averiguar algo positivo sobre los cometas, tal vez enviando una sonda espacial, tendríamos más datos de cómo era la nube primitiva de gas y polvo antes de que se condensara y formara el Sol, los planetas, los satélites y todo lo demás.

—Pero usted está sobrio... —dijo Harvey con asombro.

Aquella observación sorprendió a Hamner, pero no tardó en echarse a reír.

—Tenía la intención de emborracharme para celebrar el acontecimiento, pero creo que he pasado el tiempo hablando en vez de beber.

Rodríguez se acercó y puso dos vasos ante ellos. Hamner alzó el suyo, en un gesto de brindis.

—El brillo de sus ojos me hizo suponer que estaba bebido —dijo Harvey—, pero cuanto dice usted tiene mucho sentido. Dudo que podamos lograr el lanzamiento de una sonda espacial, pero qué diablos, podríamos intentarlo. Sin embargo, una empresa así supondría más que el simple rodaje de un documental. Oiga, ¿hay auténticas posibilidades? Quiero decir si podríamos enviar una sonda al cometa, porque yo conozco algunas personas en la industria aerospacial y...

Y eso sería material noticiable de primera, pensó Harvey. Ya empezaba a barajar los nombres de sus posibles colaboradores. Charlie Bascomb estaba disponible para rodar...

—Jellison también estaría interesado —dijo Hamner—. Pero mire, Harv, yo sé mucho de cometas, aunque no tanto como usted cree. De momento, todo son suposiciones. Faltan varios meses hasta que el cometa llegue al perihelio. Es el punto más cercano al sol —añadió rápidamente—, lo cual no es lo mismo que el punto más cercano a la tierra...

—¿A qué distancia pasará? —preguntó Harvey.

Hamner se encogió de hombros.

—Todavía no he analizado la órbita. Puede que pase cerca. En cualquier caso, el Hamner-Brown se moverá con rapidez cuando rodee al sol. Habrá recorrido toda la distancia desde el halo, más allá de Plutón, y es una larga distancia. Comprenda que yo no voy a calcular realmente la órbita. Tendré que esperar a que lo hagan los profesionales, lo mismo que usted.

Harvey asintió. Los dos hombres alzaron sus vasos y bebieron.

—Pero me gusta la idea —dijo Hamner—. Las iniciativas científicas para estudiar el Hamner-Brown van a ser muy grandes, y no iría mal reforzar la idea con la ayuda del gran público. Me gusta.

—Como es natural —dijo Harvey cautelosamente— deberán disponer de un compromiso firme de patrocinio antes de ponerme a trabajar en el asunto. ¿Está seguro de que le interesaría a Jabones Kalva? El programa podría atraer a una gran audiencia... pero también podría darse el caso contrario.

Hamner asintió.

—Con el cometa Kahoutek se quemaron. Nadie quiere ser defraudado de nuevo.

—Así es.

—Claro que puede contar con Jabones Kalva. Hagamos comprender por qué es tan importante estudiar los cometas aun cuando no sea posible verlos. Porque yo puedo prometer el patrocinio, pero lo que no puedo prometer es que se presente el cometa. Tal vez sea totalmente invisible. No le diga a la gente nada más que eso.

—Tengo una reputación porque los hechos que ofrezco son ciertos.

—Cuando su patrocinador no interviene —dijo Hamner.

—Incluso entonces, los hechos que divulgo son ciertos.

—Bien. Pero de momento no hay hechos. El cometa Hamner-Brown es bastante grande. Tiene que serlo, pues de lo contrario no habría podido verlo a una distancia tan enorme. Y parece que se acerca mucho al sol. Hay una posibilidad de que sea espectacular, pero la verdad es que resulta imposible saberlo. La cola podría extenderse mucho o simplemente desaparecer. Eso depende del cometa.

—Ya, ya —dijo Harvey—. Oiga, ¿puede usted nombrarme a un solo reportero que perdiese su reputación a causa del Kahoutek? —Hizo un gesto de asentimiento mientras el otro le miraba perplejo—. ¿Lo ve? Ninguno. El público culpó a los astrónomos por exagerar tanto el fenómeno, pero nadie echó la culpa a los periodistas.

—¿Por qué habían de hacerlo? Ustedes se limitaban a repetir lo que decían los astrónomos.

—Sí —convino Harvey— pero no siempre: citábamos a los que decían cosas interesantes. Imagine que efectuamos dos entrevistas. Un hombre dice que el Kahoutek será el cometa más grande jamás visto. Otro dice que sí, que será un cometa, pero que tal vez no sea visible sin unas gafas especiales. ¿Adivina qué entrevista aparecerá en el noticiario de las seis?

Hamner se echó a reír y luego se llevó el vaso a los labios. Estaba apurando la bebida cuando se acercó Julia Sutter.

—¿Estás ocupado, Tim? —le preguntó. Y sin aguardar respuesta añadió—: Tu primo Barry está haciendo tonterías en la cocina. ¿Podrías intentar enviarlo a casa?

La mujer hablaba en voz baja y tono perentorio. Harvey la detestaba. Se preguntó si Hamner estaba sobrio y si recordaría lo que habían hablado a la mañana siguiente.

—En seguida estoy contigo, Julia —dijo Hamner, apartándose de ella para volver a Harvey—. Quiero que quede muy claro: nuestra serie sobre el cometa Hamner-Brown va a ser ante todo sincera, aunque nos expongamos a críticas. Jabones Kalva puede permitírselo. ¿Cuándo quiere comenzar?

Harvey pensó que, después de todo, tal vez había un poco de justicia en el mundo.

—En seguida, Tim. Quiero rodar algunas escenas con usted y Gavin Brown en el monte Wilson. Y oír los comentarios de ese muchacho cuando usted le muestre sus instalaciones.

Hamner acogió con una sonrisa las palabras del periodista. Aquello le gustaba.

—Muy bien. Le llamaré mañana.

Loretta dormía apaciblemente en la otra cama.

Harvey había pasado bastante tiempo con la vista fija en el techo. Conocía aquella sensación. Tendría que levantarse.

Se levantó y preparó un gran tazón de cacao que llevó a su estudio. Kipling, el perro, le saludó meneando alegremente la cola, y Harvey frotó distraído las orejas del pastor alemán, mientras abría las cortinas. Al fondo la ciudad de Los Angeles estaba envuelta en una semioscuridad. El viento Santa Ana se había llevado la niebla y el humo. Las autopistas eran ríos de luz en movimiento incluso en una hora tan avanzada. Otras grandes vías urbanas estaban señaladas por una cuadrícula luminosa cuya brillantez amarillo anaranjada Harvey percibió por primera vez. Según Hamner, aquellas luces dificultaban mucho la visión en el observatorio del monte Wilson.

La extensión de la ciudad era interminable. Altos y sombríos bloques de pisos, rectángulos azules de piscinas aún iluminadas, automóviles, brillantes luces destellantes que parpadeaban a intervalos, el helicóptero de la policía municipal. Harvey se apartó de la ventana y fue hasta la mesa, cogió un libro y lo dejó, rascó las orejas del perro y, con mucho cuidado, puesto que no confiaba en la rapidez de sus movimientos, depositó el tazón de cacao sobre la mesa.

Nunca había tenido dificultades para dormir en la montaña, cuando acampaba. En cuanto oscurecía, se metía en el saco de dormir y lo hacía a pierna suelta toda la noche. Solamente en la ciudad sufría de insomnio. Durante años había tratado de combatir aquel problema yaciendo rígidamente boca arriba. En las noches de insomnio se levantaba y permanecía en estado de vigilia todo el tiempo necesario, hasta que empezaba a rondarle el sueño. El miércoles era el único día en que no solía tener dificultades para dormir. Era el día en que hacía el amor con Loretta. Una vez, muchos años atrás, Harvey había tratado de alterar aquella costumbre. Sí, Loretta acudía a su cama un lunes por la noche, pero no siempre y nunca por la tarde, cuando había luz. Por otra parte, en martes o sábado no resultaba tan agradable, porque sabían que el miércoles era su día amoroso, el día en que estaban dispuestos... Y con el tiempo la costumbre se había afirmado como cemento armado.

Harvey desechó estos pensamientos y se concentró en su buena suerte. Hamner había hablado en serio. Haría el documental. Reflexionó en los problemas que surgirían. Necesitarían un experto en fotografía con luz insuficiente; probablemente fotografiar al cometa requeriría largo tiempo. Sería divertido. Tendría que darle las gracias a Maureen Jellison por haberle puesto en contacto con Hamner. Buena chica. Era más auténtica que la mayoría de mujeres que Harvey había conocido. Qué pena que Loretta estuviera presente cuando conversaban...

Apenas fue consciente de este último pensamiento, puesto que lo rechazó rápidamente. Era un hábito que había desarrollado tiempo atrás. Conocía a demasiados hombres que estaban convencidos de que detestaban a sus esposas, cuando lo cierto era que no les desagradaban en absoluto. La hierba no siempre era más verde al otro lado de la valla. Aquella era una lección que había aprendido de sus padres y que nunca había olvidado. Su padre fue arquitecto y constructor, siempre cercano a la alta sociedad de Hollywood, pero nunca pudo lograr los grandes contratos que le hubieran enriquecido. Sin embargo había asistido a muchísimas fiestas de Hollywood. Bert Randall también tuvo tiempo para llevarse a Harvey a las montañas, y en aquellas largas acampadas hablaba a su hijo de productores, estrellas y guionistas que gastaban más de lo que ganaban y se fabricaban ilusiones que nunca podrían satisfacer.

—No pueden ser felices —decía Bert Randall—. Siempre están pensando en que la mujer de otro es mejor en la cama, o que luce más en las fiestas, y se convencen a sí mismos de que lo creen. Toda esta maldita ciudad ha llegado a creer en sus propios corresponsales de prensa, y nadie puede vivir con arreglo a esos sueños.

Y todo ello era cierto. Los sueños podían ser peligrosos. Era mejor concentrarse en lo que uno tenía. Y lo que él tenía, pensó Harvey, era mucho. Un buen trabajo, una gran casa, una piscina...

Nada de eso te ha salido gratis, le dijo una maliciosa vocecita interior, y en cuanto a tu trabajo, no puedes hacer en él lo que te parezca.

Harvey no quiso escucharla.

Los cometas no estaban solos en el halo.

Remolinos locales cercanos al centro del torbellino aquella amalgama de gases que giraba velozmente y que al fin se contrajo para formar el solse hablan condensado y constituido los planetas. El inmenso calor de la estrella recién formada había desgarrado las cubiertas gaseosas de los más próximos, dejando trozos de roca fundida y hierro. Otros mundos más alejados hablan permanecido como grandes bolas de gas a las que los hombres, al cabo de mil millones de años, darían los nombres de sus dioses. También hablan existido remolinos muy distantes del eje del remolino.

Uno de ellos había formado un planeta del tamaño de Saturno, y todavía estaba haciendo acopio de masa. Sus anillos eran anchos y hermosos bajo la luz estelar. Las tormentas agitaban su superficie, pues la energía de su contracción mantenía al centro extremadamente caliente. Su enorme órbita estaba inclinada casi verticalmente con respecto al plano del sistema interno, y su imponente recorrido a través del halo de cometas tardó millares de años en completarse.

En ocasiones un cometa se desviaba, acercándose demasiado al gigantesco planeta negro, y desaparecía entre los anillos o la atmósfera cuyo espesor era de millares de kilómetros. A veces, aquella tremenda masa arrancaba un cometa de su órbita y lo lanzaba al espacio interestelar, donde se perdía para siempre. Y otras veces el planeta negro hacia caer un cometa en el torbellino y el fuego infernal de su sistema interno.

Las miríadas de cometas que hablan sobrevivido a la ignición del sol se movían en órbitas lentas y estables. Pero cuando pasó el gigante negro, las órbitas se convirtieron en un caos. Los cometas que calan en el torbellino podían retornar parcialmente vaporizados y caer de nuevo, una y otra vez, hasta que no quedaba nada más que una nube de piedras. Pero muchos no regresaron jamás.

ENERO: INTERLUDIO

Sé el primero en tu manzana que ayude a paralizar la red de energía eléctrica del nordeste.

El Otro East Village se enorgullece en anunciar el primer apagón anual de los Hombres Lobo, jijado para las tres de la tarde del miércoles, 19 de agosto de 1970. Pongamos a prueba el sistema una vez más. Conecta todos los aparatos eléctricos que estén a tu alcance. Ayuda a las compañías que producen y distribuyen la energía eléctrica a mejorar sus balances consumiendo tanto como puedas. E incluso entonces busca la manera de consumir un poco más. Conecta, en especial, calentadores eléctricos, tostadores, aparatos de aire acondicionado y cualquier otro aparato de un consumo elevado. Si los refrigeradores se conectan al máximo, dejando las puertas abiertas, pueden enfriar un piso grande con facilidad. Tras toda una tarde de alegre consumo a tope, nos reuniremos.

El Otro East Village (publicación underground) Julio de 1970

En un día claro el panorama se extendía sin límites. Desde su posición ventajosa en el piso superior del Proyecto Nuclear San Joaquín, el supervisor local Barry Price tenía una vista excelente del vasto terreno en forma de plato romboidal que en otro tiempo había sido un mar interior y ahora era el centro de la industria agrícola californiana. El valle de San Joaquín se extendía 320 kilómetros al norte y 50 al sur. El complejo incompleto de energía nuclear se alzaba en una pequeña elevación de seis metros por encima del valle totalmente llano, y era la colina más alta a la vista.

Incluso a aquella hora temprana se oía el fragor de una actividad industrial. Los obreros que construían el complejo trabajaban durante toda la noche, en tres turnos completos, los sábados y domingos, y si Barry Price hubiera tenido autoridad para ello habrían trabajado también en Navidad y Año Nuevo. Trabajando a este ritmo, habían terminado el reactor número uno y avanzado bastante en el número dos, mientras otros obreros iniciaban las excavaciones para emplazar los números tres y cuatro. Pero aquel apresuramiento no servía de nada. El número uno estaba terminado, pero los tribunales y los abogados no permitían que se pusiera en marcha.

La mesa de trabajo de Barry Price estaba llena de papeles. El supervisor llevaba el pelo muy corto y un bigote fino como el filo de una navaja. Vestía lo que su ex esposa había denominado su uniforme de ingeniero: pantalones color caqui, camisa y chaqueta también caqui y ambas con hombreras. De su cinturón pendía una calculadora de bolsillo (en otro tiempo había sido una regla de cálculo), llevaba lápices en los bolsillos de la camisa y un cuaderno de notas en el de la chaqueta. En ocasiones obligadas —como sucedía cada vez con más frecuencia con las presentaciones ante el tribunal, el informe de sus actuaciones ante el alcalde de Los Angeles y sus concejales encargados del agua y la energía, los testimonios ante el Congreso y la Comisión Reguladora Nuclear o la legislatura del Estado— se ponía a desgana un traje de franela gris y corbata. Pero cuando estaba en el césped de su hogar se ponía de nuevo, aliviado, sus ropas de trabajo, y le molestaba en grado sumo tener que cambiarse si venían visitantes.

Su taza de café estaba vacía, y aquella era su última excusa. Conectó el intercomunicador.

—Dolores, pueden pasar esos bomberos que vienen a visitarnos.

—Aún no están aquí —dijo la interpelada.

Era un respiro momentáneo. Volvió a enfrascarse en sus papeles, asqueado por lo que estaba haciendo. Mientras trabajaba se decía a sí mismo: «Soy un ingeniero, maldita sea. Si hubiera querido dedicar todo mi tiempo a informes legales o a sentarme en una sala de justicia, habría sido abogado, o un asesino de masas.»

Lamentaba haber aceptado aquel trabajo cada vez más. El era un técnico en sistemas energéticos, y muy bueno además. Lo había demostrado al convertirse en el supervisor de planta más joven en la Edison de Pennsylvania y al lograr el funcionamiento de la central nuclear de Milford con la mayor eficacia y el mejor récord de seguridad en el país. Y había querido aquel puesto, estar al frente de San Joaquín y poner la planta en marcha, con sus cuatro mil megawatios de limpia energía eléctrica cuando el proyecto se hubiera completado. Pero su trabajo consistía en construir, actuar, no en explicar. La maquinaria era lo suyo, y aún lo eran más los obreros de la construcción, los operarios eléctricos, los instaladores de líneas y los trabajadores del patio de maniobras. Su entusiasmo por la energía nuclear era contagioso y se extendía a todos cuantos trabajaban para él... ¿Y qué?, pensó con amargura. Ahora tenía que dedicar todo su tiempo a tareas burocráticas.

Entró Dolores, con más memorándums urgentes a los que había que responder. Cada uno de ellos requería la pericia de un especialista en relaciones públicas, y procedía de alguna persona lo bastante importante para exigir el tiempo del ingeniero supervisor. Barry levantó la pila de memorándums y documentos que la mujer había depositado en la bandeja de «pendiente».

—Mira cuánta basura —le dijo—. Hasta el último de estos papeles es cosa de los políticos.

Ella le guiñó un ojo.

—Donde hay patrón no manda marinero.

Barry le devolvió el guiño.

—No es tan sencillo. ¿Quieres cenar conmigo?

—Claro.

Por la sonrisa de la muchacha, él notó la ilusión con que esperaba su encuentro. ¡Barry Price se acuesta con su secretaria! Supongo, pensó, que el Departamento se molestaría si llegara a saberlo. Al infierno con ellos.

Percibió la calma, aquel silencio enervante. El edificio debería zumbar con las tenues vibraciones de las turbinas y el sonido de los megawatios vertiéndose en la rejilla, alimentando la ciudad de Los Angeles y sus industrias. Pero no había nada. Allá abajo estaba el edificio rectangular que contenía las turbinas, hermosas máquinas, una alabanza a la ingenuidad humana, con un peso de centenares de toneladas y equilibradas hasta el microgramo, capaces de revolucionar a velocidades fantásticas sin vibrar en absoluto... ¿Por qué la gente no podía comprender? ¿Por qué no apreciaba todo el mundo la belleza de la maquinaria de precisión, su magnificencia?

—Animo —le dijo Dolores, leyendo sus pensamientos—. Los operarios están trabajando. Tal vez esta vez nos dejarán terminar.

—Eso sería toda una noticia, ¿verdad? Pero lo cierto es que preferiría que no lo fuera. Cuanta menos publicidad tenemos, mejor vamos. Es una idiotez.

Dolores asintió y se acercó a las ventanas. Su mirada recorrió el valle San Joaquín, hacia la lejana sierra del Temblor.

—Hay bastante neblina —comentó—. Uno de estos días...

—Sí —dijo Barry, animado por la idea. California meridional necesitaba energía, y debido a la escasez de gas natural, sólo quedaban las alternativas del carbón y la energía nuclear... y no había forma de evitar la niebla y la contaminación quemando carbón—. Nosotros tenemos el único procedimiento limpio. Y hemos ganado cada vez que el público ha ido a votar. Se diría que hasta los abogados y los políticos han comprendido el mensaje.

Barry sabía que estaba predicando a un converso, pero le aliviaba hablarle a alguien, a cualquiera, que estuviera de su lado y comprendiera.

Una lucecita se encendió en el intercomunicador y Dolores Sonrió a su jefe antes de salir apresuradamente para recibir a la delegación de la Junta estatal. Barry se preparó para otra larga jornada.

Era una hora punta en la mañana de Los Angeles: torrentes de coches en movimiento, el tenue olor de la neblina y los gases de escape a pesar del viento Santa Ana que había soplado la noche anterior, retazos de niebla matinal procedente de la costa que se disolvían a medida que avanzaban los vientos más cálidos del interior. Pero una hora punta por la mañana también tiene sus ventajas. Las autopistas estaban atestadas, pero los conductores no eran necesariamente idiotas. La mayoría hacían el mismo camino a la misma hora todos los días. Tenían experiencia. En los accesos nadie hacía adelantamientos absurdos para ganar unos metros, y en las salidas los automóviles parecían guardar turnos.

Eileen lo había observado en más de una ocasión. A pesar de su afición a los tebeos, que había hecho de los conductores californianos el hazmerreír de todo el mundo, en las autopistas eran mucho mejores que las gentes de cualquier otro lugar que ella hubiera visto, pues podían conducir con la atención dividida. También ella tenía experiencia.

Ahora las costumbres de Eileen apenas variaban. Dedicaba cinco minutos a una última taza de café antes de entrar en la autopista. Depositaba la taza en el pequeño anaquel que había conseguido en J. C. Whitney, y se cepillaba el cabello durante otros cinco minutos. En aquel momento ya estaba lo bastante despierta para hacer un trabajo efectivo. Necesitaba otra media hora para llegar a «Suministros para instalaciones sanitarias Corrigan», en Burbank, y durante ese tiempo podía despachar bastantes asuntos utilizando el dictáfono. Así mejoraba también su habilidad como conductora. Sin el dictáfono estaría tensa y nerviosa, y a cada atasco, por pequeño que fuera, sentiría una irremediable frustración.

—Martes. Habla con Corrigan sobre los filtros de agua —emitió el aparato—. Un par de clientes han instalado esos condenados aparatos sin saber que faltaban piezas. —Eileen hizo un gesto de asentimiento. Ya se había encargado del asunto y aplacado las iras de un tipo con aspecto de piloto de gabarra que resultó estar relacionado con uno de los más importantes urbanizadores del valle. Aquello era una prueba palpable de que nunca debe darse por concluida una operación sólo porque parezca una venta de un sólo artículo. Pulsó el botón y grabó—: Jueves. Ordena al almacén que verifiquen todos los filtros en existencia, que busquen los que carecen de tuercas Leed. Y envía una carta al fabricante. —Pulsó de nuevo el botón para escuchar lo que había grabado.

Eileen Susan Hancock tenía treinta y cuatro años. Era muy bonita, sin duda, pero ciertos ademanes disminuían el efecto de su belleza. Movía las manos en exceso y su forma de sonreír era demasiado abrupta, como si encendiera de pronto una bombilla. También su manera de andar dejaba mucho que desear: tendía siempre a dejar atrás a los demás. Alguien le dijo una vez que aquello era simbólico, que dejaba a la gente atrás tanto física como emocionalmente. No dijo «intelectualmente», y si lo hubiera hecho ella no lo habría creído, pero en gran parte era verdad. Había decidido ser algo más que una simple secretaria mucho antes de que existiera el movimiento pro derechos de la mujer, y se las había arreglado para conseguirlo, a pesar de su responsabilidad para criar a un hermano menor.

Si alguna vez hablaba de la situación, se reía de lo trivial que resultaba. Una hermana mayor logra que su hermano pequeño vaya a la universidad, pero ella misma no puede ir. Colabora para que su hermano se case, pero ella permanece soltera. Pero la verdad era diferente. Eileen había detestado la universidad. Tal vez, pensaba a veces, aunque nunca se lo decía a nadie, una universidad realmente buena, un lugar donde le hagan a uno pensar, le habría entusiasmado. Pero sentarse en un aula mientras un profesor desganado explicaba un texto que ella ya había leído para enseñarle algo que ya sabía, había sido superior a sus fuerzas, y cuando abandonó los estudios universitarios no fue por razones económicas. En cuanto al matrimonio, no había nadie con quien pudiera vivir. Una vez lo había intentado, con un teniente de policía —al que le había puesto muy nervioso vivir con ella sin la oportuna licencia del Ayuntamiento— y lo que había sido una buena relación se deshizo en menos de un mes. Hubo otro hombre, pero estaba casado y no quería dejar a su mujer. Y un tercero, que se marchó al Este para realizar un trabajo que debía durar tres meses y no había terminado aún cuatro años después... Cuando pensaba en estas cosas, Eileen se decía que la culpa no era suya. Los hombres la llamaban «hipertiroidea» o decían que era «del tipo nervioso», según su educación y vocabulario, y la mayoría no intentaban mantenerse a su altura. Tenía un ingenio mordaz que utilizaba con demasiada frecuencia. Odiaba las conversaciones aburridas y hablaba con una rapidez excesiva. Por otra parte, su voz estaba dotada de un tono gutural debido a un consumo excesivo de cigarrillos.

Eileen recorría la misma ruta desde hacía ocho años. Tomaba la curva del cruce de cuatro niveles sin notarlo. Pero una vez, años antes, había lanzado el coche por aquella curva, abandonando la autopista por el siguiente carril de salida, y, tras estacionar el vehículo, había retrocedido para contemplar aquel laberinto formado por fideos de cemento armado. Dándose cuenta de que parecía una turista embobada, se había echado a reír, pero aun así había seguido contemplando el espectáculo.

—Miércoles —emitió el magnetófono—. Robin va a tratar de cerrar el trato con Marina. Si lo logra, seré ayudante del director general. Si no lo consigue, no hay posibilidad. Problema... —Las orejas y la garganta de Eileen habían enrojecido, y movía demasiado a menudo las manos sobre el volante, pero escuchó todo lo que decía su voz del miércoles—: Quiere acostarse conmigo, está claro que no todo han sido bromas y juegos de palabras. Si le paro los pies, ¿pondré en peligro la venta? ¿Voy a la cama con él para asegurar el trato? ¿O me pierdo algo bueno debido a las implicaciones?

—Oh, qué mierda —dijo Eileen entre dientes. Hizo retroceder la cinta y grabó sobre aquel segmento—: Todavía no he decidido si voy a aceptar la invitación a cenar de Robin Geston. Nota: debo podar adecuadamente esta cinta. ¿Qué pasaría si alguien robara el magnetófono? Recuerda a Nixon.

Con un gesto brusco, apagó el magnetofón.

Pero el problema seguía pendiente, y Eileen sentía un vivo resentimiento por hallarse en un mundo donde tenía esa clase de problemas. Pensó en lo que diría en la carta al maldito fabricante que había despachado los filtros sin cerciorarse de que tenían todas las piezas, y aquello le hizo sentirse mejor.

Anochecía en Siberia. La doctora Leonilla Alexandrovna Malik había terminado su jornada. Su último paciente había sido una niña de cuatro años, hija de un ingeniero del centro de desarrollo espacial en las inmensidades septentrionales de la Unión Soviética.

Era a mediados del invierno, y soplaba un frío viento del norte. En el exterior de la enfermería se amontonaba la nieve, e incluso dentro la doctora podía sentir aquel frío que odiaba. Había nacido en Leningrado, por lo que los inviernos rigurosos le eran familiares, pero alentaba la esperanza de que la transfiriesen a Baikunyar, o incluso a Kapustin Yar, en el mar Negro. Le molestaba tener que dedicarse a aquel trabajo, aunque, naturalmente, poco era lo que podía hacer al respecto. Por aquellos parajes no había demasiadas personas con experiencia pediátrica. De todos modos, era una lástima que todo su esfuerzo fuera sólo en aquella dirección. También se había entrenado como cosmonauta, y confiaba en que le asignaran una misión espacial.

Tal vez no tendría que esperar demasiado. Se decía que los americanos entrenaban ya a mujeres astronautas. Si parecía que los americanos iban a enviar una mujer al espacio, la Unión Soviética también lo haría, y con rapidez. El último experimento soviético con una mujer cosmonauta había sido un desastre. Leonilla se preguntaba si la mujer había tenido la culpa. Conocía a Valentina Tereskovna y al cosmonauta con el que se había casado, pero nunca hablaban de las causas que habían provocado la caída de su nave espacial, perdiendo así la oportunidad de que la Unión Soviética efectuara el primer acoplamiento espacial de la historia. Desde luego, pensó Leonilla, Valentina era mucho mayor. Aquel incidente había ocurrido en los primeros tiempos de la exploración espacial. Ahora las cosas eran diferentes. En cualquier caso, los cosmonautas tenían poco qué hacer. El control en tierra tomaba todas las decisiones importantes. A Leonilla le parecía que este sistema era bastante absurdo, y sus colegas cosmonautas, todos ellos masculinos, compartían esta opinión, pero no en voz alta.

Leonilla colocó el último de los instrumentos que había utilizado en el autoclave y preparó su maletín. Cosmonauta o no, era también médico, y llevaba las herramientas del oficio a dondequiera que fuese, por si alguien necesitaba sus cuidados. Se puso el gorro de piel y una pesada chaqueta de cuero. Se estremeció un poco al oír el sonido del viento en el exterior. En la estancia contigua una radio emitía noticias, y Leonilla se detuvo a escuchar cuando oyó una palabra clave.

Un cometa. Un nuevo cometa.

Se preguntó si existirían planes para explorarlo. Luego suspiró. Si había una misión espacial para estudiar el cometa, no la incluiría a ella. No tenía capacidad para esa misión. Podía ser piloto, médico, técnico en sistemas de salvamento, pero el campo de la astronomía no era el suyo. Una misión así sería adjudicada a Pieter, Basil o Sergei.

Era una verdadera lástima. Pero el acontecimiento era interesante. Un nuevo cometa.

Una plaga se extendía por la Tierra. Tres mil millones de años después de la formación del planeta se produjo una virulenta mutación, una forma de vida que utilizaba directamente la luz solar. La fuente energética más eficaz dio al mutante verde un vigor hiperactivo, feroz, y a medida que avanzaba para conquistar el mundo, emitía raudales de oxígeno que envenenaba el aire. El oxígeno puro abrasó los tejidos de la vida dominante en la Tierra, que sirvieron para fertilizar al mutante.

Aquel fue también un período desastroso para el cometa. El gigante negro se interpuso en su camino por primera vez. Un inmenso calor se había generado durante la formación del planeta, e irradiaría hacia las estrellas durante los siguientes mil millones de años. Un torrente de luz infrarroja hacía hervir el hidrógeno y el helio que envolvían al cometa. Luego pasó el intruso y volvió la calma. El cometa siguió navegando a través del frío y negro silencio, ahora un poco más ligero, moviéndose en una órbita levemente cambiada.

FEBRERO: UNO

Por otro lado, es necesario configurar la estructura social del mundo obrero de tal manera que se elimine su temor de ser una simple pieza de una máquina impersonal. Una auténtica solución sólo puede darse a través de la concepción de que el trabajo, cualquiera que sea, es al servicio de Dios y de la comunidad y, en consecuencia, es la expresión de la dignidad humana.

Emil Brunner, Conferencias de Gifford, 1948

El bulevar Westwood no se encontraba precisamente en el camino entre la sede de la NBS y el hogar de los Randall, cerca de Beverly Glen, y este alejamiento era la razón principal por la que a Harvey Randall le gustaban sus bares. No era probable que tropezara con ningún empleado de la emisora ni que encontrara a ninguno de los amigos de Loretta.

Los estudiantes recorrían la ancha calle, con toda clase de atuendos. Los había barbudos y con téjanos, con el pelo bien cortado y peinado y pantalones caros, otros deliberadamente extravagantes, jóvenes de tradicional aspecto conservador y todas las variaciones imaginables entre estos extremos. Harvey paseó con ellos. Pasó ante librerías especializadas. Una de ellas se dedicaba al movimiento de liberación gay. Otra ostentaba el rótulo agresivo y excluyente «Librería para machos adultos». Otra librería atraía a una muchedumbre interesada por la ciencia ficción. Harvey tomó mentalmente nota para visitarla. Probablemente tendrían allí mucho material sobre cometas y astronomía dirigido a un público general. Más tarde se enteraría de que en la librería de la universidad UCLA podría obtener el material realmente técnico.

Más allá del edificio de la Hermandad Femenina había un establecimiento en cuyo ventanal de vidrio cilindrado se leía: «Primer bar federal de protección.» En el interior había taburetes, tres mesitas, cuatro reservados, un billar mecánico y un tocadiscos automático. Las paredes estaban decoradas con los caprichos de la clientela. En la barra había provisión de rotuladores, y las paredes se blanqueaban de vez en cuando. En algunos lugares la pintura se desprendía y revelaba comentarios escritos años atrás, como una especie de arqueología de la cultura pop.

Como un viejo fatigado, Harvey avanzó con dificultad en la penumbra. Cuando sus pupilas se adaptaron, descubrió a Mark Czescu en un taburete. Se detuvo junto a él y apoyó los codos en la barra.

Czescu tendría más de treinta años, pero su edad era indefinida, un perpetuo hombre joven dispuesto a iniciar su carrera. Harvey sabía que Mark había servido en la Armada durante cuatro años, y que había pasado por varias universidades, empezando por la UCLA, así como por diversos institutos de rango inferior. A veces todavía se refería a sí mismo como estudiante, pero nadie creía que jamás llegara a terminar una carrera. Llevaba botas de motorista, unos tejanos viejos, una camiseta y un arrugado sombrero australiano. Lucía una larga cabellera negra y una barba no menos negra y poblada. Sus uñas presentaban una suciedad compacta, y había manchas recientes de grasa en sus pantalones, pero aparte de eso las manos y la ropa estaban limpias. Simplemente, no tenía una necesidad patológica de restregarse hasta parecer inmaculado.

Cuando Mark no sonreía, tenía un aspecto temible, a pesar de su barriga respetable de bebedor de cerveza. Sonreía mucho, pero podía tomarse muy en serio ciertas cosas, y a veces se relacionaba con un grupo de matones, que formaban parte de su mundo. Mark Czescu podría correr con los motoristas verdaderos si quisiera, pero no quería. En aquel momento parecía preocupado.

—No tienes buen aspecto —dijo a modo de saludo.

—Tengo ganas de matar a alguien —dijo Harvey.

—Si eso es lo que deseas, tal vez podría encontrar a alguien.

—No. Se trata de mis jefes, maldita sea su alma. —Harvey pidió una jarra y dos vasos, y pasó por alto la sugerencia de Mark. Sabía que éste podía encargarse de un verdadero asesinato. También aquello formaba parte de la imagen de Czescu: saber más que su interlocutor sobre cualquier tema que se planteara. A Harvey solía divertirle, pero en aquel momento no estaba de humor para bromas—. Quiero algo de ellos —prosiguió— y ellos saben que van a dármelo. ¿Cómo diablos no van a saberlo? ¡Si hasta tengo comprometido al patrocinador! Pero los hijos de puta tienen que seguir la comedia. Si mañana uno de ellos se cae de un balcón, necesitaré otro mes para convencer a su sustituto, y no dispongo de tiempo.

No era malo seguirle el humor a Czescu. El tipo podía ser útil, era muy divertido y... tal vez podría cometer un asesinato. Uno nunca sabía realmente de lo que era capaz.

—Bueno, ¿y qué es lo que te van a dar? —preguntó Mark.

—Un cometa. Voy a hacer toda una serie de documentales sobre un nuevo cometa. Resulta que el tipo que lo descubrió posee el setenta por ciento de la empresa que patrocinará los programas.

Czescu soltó una risa ahogada, y Harvey hizo un gesto de asentimiento.

—Es un proyecto precioso. Ahora tengo la oportunidad de hacer la clase de películas que realmente quiero hacer, y de aprender mucho. No como la última basura que rodé, entrevistando a fatalistas, cada uno con su visión particular del fin del mundo. Antes de terminarlo tenía ganas de cortarme el cuello y acabar con todo.

—¿Y qué es lo que no marcha bien?

Harvey suspiró, tomó un trago de cerveza y prosiguió:

—Mira, hay tres o cuatro tipos que podrían enviarme realmente a freír espárragos. Pero eso sería un error, ¿sabes? Los de Nueva York no tolerarían que se malogre una serie patrocinada. Así que van a aceptarla. Pero ¿cómo se sabría que tienen el poder de decir que no si no vacilaran y exigieran que redacte tratos y prepare presupuestos y toda esa basura? Nada de eso sirve para maldita la cosa, pero ellos han de tener «una base firme para tomar decisiones». Cuatro divos asquerosos que son los que tienen el auténtico poder.

«Bueno, podría soportarlos, pero es que no son sólo ellos, sino que hay un par de docenas más que serían incapaces de impedir la reposición de un tostón insufrible, pero también quieren demostrar lo importantes que son. Y para demostrarse unos a otros que podrían impedir la realización de ese programa, si quisieran, ponen todas las objeciones que pueden. Ten en cuenta los intereses preferentes del patrocinador. No hagas nada que pueda enfurecer a Jabones Kalva. Tonterías. Pero tengo que aguantarlas. —De repente Harvey se dio cuenta de que hablaba demasiado sobre algo que no le importaba al otro gran cosa—. Mira, cambiemos de tema.

—De acuerdo. ¿Has observado el nombre de este sitio?

—Sí, no deja de ser chocante. «Primer bar federal de protección.» Tiene algo de establecimiento bancario.

—Exacto. A lo mejor otros hacen suya también la idea. ¿Qué te parece «Seguros del loco Eddie»?

—No está mal. A ver que tal suena este: «Clínica oncológica del gordo Jack.»

—Quedaría mejor «Clínica oncológica y cementerio del gordo Jack» —dijo Czescu.

La rigidez que Harvey sentía en el cuello y los hombros iba desapareciendo. Bebió más cerveza y luego fue a uno de los reservados, donde podía apoyarse en la pared. Mark fe siguió y se sentó frente a él.

—Oye, Harv, ¿cuándo haremos otro viaje? ¿Aún funciona tu moto?

—Sí. —Un año atrás, no, dos años o más atrás, se tomó Oto respiro y Mark Czescu le llevó consigo en un viaje por la costa. Bebieron en pequeños bares, hablaron con tipos que, como ellos, iban sin rumbo y acamparon donde les vino en gana. Czescu cuidó de las motos y Harvey pagó las cuentas, pero no subieron mucho. Fue una época sin preocupaciones—. La moto funciona, pero no podré usarla. Cuando empiece esta serie necesitaré todo mi tiempo.

—¿No tendrás algún trabajito para mí? —le preguntó Mark.

Harvey se encogió de hombros.

—¿Por qué no? —Mark solía trabajar en los programas de Harvey. Llevaba cámaras o tablillas sujetapapeles, se ocupaba del mantenimiento o manejaba la claqueta—. Pero tendrás que cerrar la boca durante algún tiempo.

—Te doy mi palabra. Soy un hippie.

El bar se estaba llenando. El tocadiscos automático dejó de funcionar y Mark se levantó.

—Voy a tocar algo para ti —dijo a su amigo—. Sacó una guitarra de doce cuerdas que estaba detrás de la barra y se sentó en el extremo de la sala. También esto formaba parte de su modo de vida: Czescu cantaba a cambio de bebida y comida en los bares. Mientras viajaban costa arriba, Mark había logrado alimentar gratis a los dos en la mitad de los lugares entre Los Angeles y Carmel. Era buen músico, tanto que parecía profesional, pero le faltaba disciplina. Cada vez que lograba un trabajo regular, no duraba en él más de una semana. Para Mark, los que ganaban grandes sumas eran magos poseedores de un secreto que él jamás llegaría a aprender del todo.

Mark tañó un acorde de prueba y luego inició una estrofa. La melodía era una vieja canción vaquera, Frías y limpias aguas.

Me paso el día ante la sucia tele, sin gota de cultura, Pura cultura.

Cháchara política a todo pasto y concursos con premios que duran demasiado y te hacen hablar de cultura. Pura... dulce... cultura.

Harvey mostró riendo su aprobación. Un hombre gordo que estaba ante la barra le envió una jarra de cerveza, y Mark dio las gracias con un movimiento de cabeza.

El sol se pone, y en la ciudad oyes el grito que pide cultura.
Dulce cultura.
Mientras los abogados sonríen y los polis se aprestan a reprimir
el pecado de cultura.
Cultura. Pura... cultura.

Hubo una breve pausa mientras Mark tañía la guitarra. Los acordes sonaban de manera discordante. Era evidente que estaban mal, pero no menos evidente que eran adecuados, como si Mark buscara algo que nunca podría encontrar.

Sigue sintonizando, amigo, eso te instalará en una tendencia.

Y tu mente va a doblegarse,
Para atraparte al final,
Con cultura. Cultura. Pura cultura.
Ya ves, amigo, para ti y para mí, para una mente libre,
está la tele, para ti y para mí.
Y la cultura. Cultura. Pura... dulce... cultura.

La guitarra se detuvo y con voz seca, punteando las palabras, Mark añadió:

—Es casi tanto como lo que consigues de una vieja película de Bogart. ¡Pura, dulce, cultura! Leonard Bernstein dirige la orquesta sinfónica de Londres y los Rolling Stones en una deslumbrante exhibición de ¡cultura! Pura, dulce, cultura. Amigos, esta noche tenemos un debate entre los Trabajadores Agrícolas Unidos y veintidós amas de casa enloquecidas por el hambre armadas con cuchillos de carnicero. Es cultura. P-u-r-a, d-u-l-c-e, c-u-l-t-u-r-a.

«Dios mío, pensó Harvey, me gustaría grabar eso y reproducirlo durante una de las malditas reuniones del consejo ejecutivo en la emisora.» Harvey se recostó, disfrutando de aquel instante. Dentro de poco tendría que regresar a casa para cenar, volvería a Loretta, Andy y Kipling, y al hogar que amaba pero cuyo precio era tan condenadamente elevado.

El viento Santa Ana, cálido y seco, soplaba todavía de uno a otro lado de la depresión de Los Angeles. Harvey conducía con las ventanillas abiertas, la chaqueta amontonada en el asiento contiguo y la corbata encima del montón. Los faros revelaban a veces las laderas verdes de las colinas entre árboles desnudos y palmeras. Sumido en la total oscuridad veraniega del febrero californiano, Harvey estaba abstraído mientras conducía. Tarareaba la canción de Mark. «Un día, pensó, un día me las ingeniaré para introducir una cinta en el sistema de hilo musical, de modo que el setenta y cinco por ciento de los empleados y directivos de Los Angeles y Beverly Hills tendrán que escucharla.» Sólo se concentraba a medias en la carretera, entregado a pensamientos aislados que se desvanecían cuando algún coche delante de él reducía la velocidad y surgía como una ola el brillo de las luces de frenado.

Al llegar a lo alto de la colina giró a la derecha en dirección a Mulholland, después realizó otro giro a la derecha, hacia Benedict Canyon, y descendió ligeramente para dirigirse en línea recta a Fox. Fox Lañe formaba parte del conjunto de calles curvas y cortas entre casas construidas quince años atrás. Una de ellas pertenecía a Harvey, y era una cortesía de la Caja de Ahorros y Préstamos de Pasadena. Más abajo, siguiendo Benedict Canyon, se encontraba el desvío que conducía a Cielo Drive, donde Charlie Manson había demostrado al mundo que la civilización no es ni eterna ni segura. Después de aquella horrible mañana de domingo en 1969, se habían agotado las existencias de armas y perros guardianes en Beverly Hills. Los pedidos de pistolas tardaban semanas en servirse. Y desde entonces, a pesar de la pistola, la escopeta y el perro de Harvey, Loretta quería mudarse, deseosa de seguridad.

El hogar de Harvey era una gran casa blanca con tejado verde, precedida de una franja de césped bien cuidado, un árbol corpulento y un pequeño porche. Su valor de reventa era considerable, pues aunque se trataba de la casa menos cara, Harvey sabía bien que este último extremo es relativo.

Su casa tenía un camino de acceso convencional, no una gran senda circular como la casa de enfrente. Harvey dobló la esquina con rapidez, aminoró la marcha en el camino de acceso y abrió la puerta del garaje desde el interior del coche mediante un aparato electrónico. La puerta se abrió un instante antes de que llegara a ella, con una sincronización perfecta, y Harvey se anotó mentalmente un tanto. La puerta del garaje se cerró tras él, y permaneció un momento sentado en medio de la oscuridad. A Harvey no le gustaba conducir en horas punta, y lo hacía dos veces al día casi todos los días de su vida. Pensó que era un buen momento para darse una ducha. Bajó del vehículo, salió del garaje y desando el camino hacia la puerta de la cocina.

—Eh, Harv —gritó alguien con voz de barítono.

—¿Sí? —respondió Harvey. Era Gordie Vanee, el vecino de la izquierda, y se acercaba cruzando su césped y arrastrando su rastrillo. Se apoyó en la valla y Harvey le imitó, pensando mientras lo hacía en las caricaturas de amas de casa que cuchichean de esa manera. Pero a Loretta no le gustaba Marie Vanee, y de todos modos nunca se le ocurriría apoyarse en una valla—. ¿Qué hay, Gordie? ¿Cómo van las cosas en el banco?

La sonrisa de Gordie fluctuó.

—Van tirando. En cualquier caso, no creo que tengas ganas de una charla sobre la inflación. Oye, ¿tienes libre el fin de semana? Pensé que podríamos llevar a los chicos de excursión a la nieve.

—Chico, eso es estupendo. —Nieve limpia, pensó Harvey. Era difícil de creer que a menos de una hora de distancia, en las montañas cercanas a Los Angeles, había nieve espesa y un viento silvestre que soplaba entre la vegetación siempre verde, mientras ellos estaban allí, en mangas de camisa y en la oscuridad—. Pero no creo que pueda, Gordie. Voy a tener trabajo. —«O así lo espero, por Cristo», dijo para sus adentros—. Será mejor que no cuentes conmigo.

—¿Y qué me dices de Andy? Pensé que podría venir como jefe de patrulla.

—Es un poco joven para eso...

—No creas, tiene experiencia. Algunos chicos vienen de excursión por primera vez. Andy nos sería útil.

—Claro, está arriba, haciendo los deberes. ¿Adonde iréis?

—A la cumbre Cloudburst.

Harvey se echó a reír. El observatorio de Tim Hamner no estaba lejos de allí, aunque Harvey nunca lo había visto. Durante sus excursiones había pasado cerca, por lo menos una docena de veces.

Los dos vecinos comentaron los detalles. Con el viento Santa Ana la nieve se fundiría excepto en las cumbres más altas, pero sin duda habría nieve en las laderas septentrionales. Una docena de muchachos exploradores y Gordie. Parecía divertido, y lo era. Harvey meneó la cabeza con pesar.

—¿Sabes, Gordie? Cuando yo era chico la excursión a Cloudburst necesitaba una buena semana, porque no había carreteras. Ahora podemos ir en una hora. Es el progreso.

—Sí, pero también tiene sus ventajas. Gracias al progreso podemos ir allí y no perder el trabajo.

—Claro. Cuánto me gustaría ir. —Cuando llegaran arriba, tras una hora de viaje, buscaran un lugar adecuado, sacaran las cosas de las mochilas y levantaran el campamento, buscaran leña húmeda y lograran hacerla arder, y encendieran sus hornillos portátiles, los alimentos congelados les sabrían como siempre deliciosos. Y el café a media noche, bajo un refugio a resguardo del viento y escuchando el sonido de éste por encima... Pero todo aquello no valía un cometa—. Siento mucho tener que quedarme.

—No te preocupes. Hablaré con Andy. ¿Querrás encargarte de preparar su equipo?

—Desde luego.

Lo que Gordie quería decir era: «No dejes que Loretta prepare la mochila de tu hijo. Ya es bastante duro ir de excursión a esas alturas sin todos los cachivaches que le hace llevar. Botellas de agua caliente, mantas adicionales, una vez incluso llevaba un despertador.»

Harvey tuvo que volver al coche para recoger la chaqueta y la corbata. Cuando salió del garaje tomó otra dirección, pasando por el jardín trasero. Había pensado preguntarle a Gordie: «¿Qué te parecería llamar a tu banco «Banco de Gordo y Tertulia de Señoras»?» Pero por la expresión del rostro de Gordie cuando le mencionó el banco, prefirió dejarlo correr. Sin duda su vecino tenía algún problema personal relacionado con su trabajo.

Andy estaba en el jardín trasero, al otro lado de la piscina, jugando a baloncesto en solitario. Randall permaneció inmóvil, observándole. En un tiempo mínimo, en lo que debía haber sido un año pero parecía una semana, Andy había pasado de ser un chiquillo a... a una especie de figura leñosa, todo brazos, piernas y manos, largos huesos en equilibrio tras una pelota de baloncesto. Lanzó el balón con exquisito cuidado, brincó para cogerlo de rebote, hizo una finta y volvió a lanzar para marcar un tanto perfecto. Andy no sonrió, y se limitó a hacer un gesto de asentimiento con una grave satisfacción.

Harvey pensó que el chico no era malo.

Sus pantalones eran nuevos, pero no le llegaban a los tobillos. El próximo septiembre cumpliría quince años y ya podría ir a la escuela superior. Había pensado matricularle en la Escuela Juvenil de Harvard, que era la mejor de Los Angeles, pero aquel centro pedía una fortuna sólo por reservarle una plaza, y el especialista en ortodoncia quería unos miles de dólares en el acto y algunos más posteriormente. Andy estaba metido en un club de electrónica y no pasaría mucho tiempo antes de que quisiera tener un microordenador propio, cosa de la que nadie podría culparle, y... Randall entró sigilosamente en la casa, satisfecho de que Andy no se hubiera percatado de su presencia.

Un adolescente solía ser un bien. Podía trabajar en los campos, dirigir una yunta o hasta conducir un tractor. La presión podía ser compartida, traspasada a unos hombros más jóvenes. Y un hombre podía descansar.

En la papelera de la cocina había papel de envolver. Loretta había estado de compras otra vez. La Navidad se había convertido en una serie de cuentas por pagar, y aquellas facturas acabarían posándose en la mesa de Harvey, el cual ya había oído el informe radiado sobre las cotizaciones de bolsa. El mercado estaba bajo.

Loretta no estaba presente. Harvey entró en el gran vestuario al lado del baño, se desnudó y se metió en la ducha. El agua caliente le golpeó la nuca, llevándose la tensión. Su mente cambió de rumbo, y se imaginó como una masa de carne a la que daban masaje con presión hidráulica. Deseó que su mente cambiara realmente de rumbo.

Andy tiene conciencia. Sabe Dios que nunca he tratado de hacer que se sintiera culpable. Disciplina, sí. Castigos, de cara a la pared, incluso algún cachete, pero cuando se ha terminado, se ha terminado, sin que queden rastros de culpabilidad... De todos modos sabe lo que es la culpa. Si supiera lo que me cuesta en dinero y en años de vida, si supiera hasta qué punto influye en la manera en que me veo obligado a vivir, la mierda que tengo que soportar para conservar ese maldito trabajo y conseguir las pagas que nos mantienen a jiote... ¿Qué haría Andy si lo supiera? ¿Se iría de casa? ¿Conseguiría un empleo como barrendero en San Francisco para tratar de reembolsarme? No, no hay miedo de que llegue a saberlo.

Entre el ruido del agua oyó el sonido de una voz. Salió de su mundo interior y encontró a Loretta sonriente a través de la puerta de vidrio de la ducha.

—Hola. ¿Cómo ha ido? —preguntó, pero sus palabras eran inaudibles.

Harvey la saludó con la mano y ella lo tomó como una invitación. Observó cómo se desvestía lenta, lascivamente y se deslizaba apresuradamente a través de la puerta de vidrio para que el agua no saliera afuera... Y no era miércoles. Harvey la rodeó con sus brazos. El agua caía sobre los dos, y se besaron. Y no era miércoles.

—¿Cómo ha ido? —preguntó ella de nuevo.

El había leído sus labios la primera vez, pero sin pensar que le preguntaba aquello. Ahora tenía que responder.

—Creo que lo harán.

—Claro, sería absurdo que se negaran. Si esperan demasiado, la CBS les quitará la idea.

—Tienes razón —convino él, consciente de que aquella charla ponía fin a la magia de la ducha orgiástica.

—¿No hay alguna forma de decirles lo estúpidos que son?

—No. —Harvey movió la rosca de la ducha y el agua cayó en forma de fina lluvia.

—¿Por qué no?

—Porque ya lo saben, porque no están jugando el mismo juego que nosotros.

—Todo depende de ti. Si insistes en hacerlo a tu manera, sólo por una vez...

El cabello de Loretta se oscurecía y mojaba bajo la ducha. Abrazó a su marido y le miró al rostro, buscando la expresión resuelta que significaría que le había convencido, que defendería sus principios y obligaría a sus superiores a enfrentarse con las consecuencias de sus errores.

—Sí, todo depende de mí, lo cual me convierte en el blanco perfecto si algo sale mal. Vuélvete y te frotaré la espalda.

Loretta se volvió. Harvey cogió el jabón. Los músculos de su rostro se distendieron, sus manos jabonosas trazaron dibujos en los resbaladizos contornos de la espalda de su esposa... lentamente, cada movimiento una caricia... pero estaba pensando. ¿No sabes lo que me harán? Nunca me despedirían, pero un día mi despacho es un cuarto para guardar las escobas, y al día siguiente la alfombra ha desaparecido. Luego mi teléfono no funciona. Y cuando no pueda más y me vaya, todo el mundo en la empresa habrá olvidado que existo. Y todavía dependemos de cada centavo que gano.

Siempre le había encantado la espalda de Loretta. Trató de concentrarse para sentir lujuria... pero no sintió nada.

Ella estaba interesada por el asunto desde el principio. Al fin y al cabo, se trata también de su vida. Sería injusto mantenerla al margen. Pero ella no comprenderla. ¡Puedo escamotearle a Mark el tema! Se beberá mi cerveza y hablará de cualquier otra cosa, si lo planeo bien. Pero no puedo hablar con Loretta de la misma manera... Lo que necesito es un trago.

Loretta le enjabonó la espalda, y luego se secaron mutuamente con las grandes toallas de baño. Ella todavía trataba de decirle cómo debía enfocar la situación en la emisora. Sabía que algo iba mal y, como solía hacer, le sondeaba, intentando comprender y ayudar.

Miríadas de órbitas más tarde, cuando los verdaderos humanos se extendían por un mundo sometido al rigor de una era glacial, el planeta negro se presentó de nuevo.

Ahora el cometa era más grande. Había crecido copo a copo aislado de nieve, a lo largo de mil millones de años, hasta medir siete kilómetros de un lado a otro. Pero ahora su superficie bullía en un baño de calor infrarrojo. Dentro de las capas del cometa, bolsas de hidrógeno y helio se vaporizaban y rezumaban a través de la corteza. El pequeño sol fue eclipsado. El disco negro cubrió un tercio del cielo, dejando escapar el calor de su nacimiento.

Luego pasó y retornó la calma.

El cometa se había recuperado de su paso anterior. ¿Qué son los siglos y milenios en el halo de los cometas? Pero el tiempo había llegado por fin a este cometa. El gigante negro lo había detenido al pasar por su órbita.

Lentamente, impulsado por el débil tirón de la gravedad solar, empezó a caer hacia el torbellino.

FEBRERO: DOS

Parece que los planetas interiores fueron bombardeados sin cesar desde su formación. Marte, Mercurio y la luna de la Tierra han sido golpeados repetidas veces por objetos cuyo tamaño varía desde los micrometeoritos a lo que —fuera lo que fuese— chocó con la Luna y creó la gran depresión de lava llamada Oceanus Procellarum.

Aunque en principio se pensó que Marte, dado que estaba en el borde del cinturón de asteroides, experimentó una tasa mayor de bombardeo meteórico, el examen de Mercurio indica que Marte no es excepcional, y los planetas interiores tienen aproximadamente las mismas posibilidades de ser golpeados...

Mariner. Informe preliminar

El rebosaba material del equipo: cámaras, magnetófonos, luces, reflectores y acumuladores, todos los objetos propios de una unidad móvil de televisión. El cámara Charlie Bascomb estaba en el fondo, con el técnico de sonido Manuel Arguilez. Todo era normal, excepto que Mark Czescu se hallaba en el asiento delantero cuando Harvey salió de las oficinas de la NBS.

Harvey hizo una seña a Mark, y éste le siguió. Se dirigieron hacia el lugar del aparcamiento del estudio, donde dejaban sus coches los ejecutivos de la compañía.

—Mira —dijo Harvey— tu trabajo recibe el nombre de ayudante de dirección. Eso, en teoría, te sitúa entre el personal directivo.

—De acuerdo —convino Mark.

—Pero no eres un directivo, sino el que maneja la claqueta.

—Soy un hippie —puntualizó Mark, visiblemente herido.

—No te enfades ni te pongas de malhumor. Compréndelo. Hace mucho tiempo que el equipo está conmigo. Conocen el juego. Tú no.

—Lo sé perfectamente.

—Muy bien. Puedes ser de gran ayuda. Sólo debes recordar una cosa. Lo que no necesitamos es...

—Es decir a todo el mundo cómo debe hacer su trabajo. —Sonrió de oreja a oreja—. Me gusta trabajar para ti. No lo estropearé.

—Estupendo.

Harvey no detectó signos de ironía en la voz de Mark y se tranquilizó. La realización de aquella entrevista le había preocupado, lo cual no hacía más que dificultar las cosas. En cierta ocasión, uno de sus asociados había observado que Mark era como una jungla: no había nada malo en él, pero de vez en cuando era necesario apartarlo del camino a machetazos, pues de lo contrario envolvía a uno en sus lianas.

El furgón partió al instante. Harvey había viajado mucho en aquel vehículo: del oleoducto de Alaska al extremo inferior de la Baja California, e incluso había estado en América Central. Harvey y el furgón eran viejos amigos. Era un voluminoso International Harvester de tres plazas, con motor de camión, feo como un pecado y en el que se podía confiar plenamente. Harvey condujo en silencio hacia la autopista de Ventura y giró en dirección a Pasadena. Había poco tráfico.

—Fíjate —dijo Harvey—, siempre nos quejamos de que nada funciona bien, pero vamos a recorrer ochenta kilómetros para realizar esta entrevista, y podemos contar con que estaremos allí en menos de una hora. Cuando yo era niño, para hacer un viaje de ochenta kilómetros tenías que preparar víveres y confiar en que llegarías al anochecer.

—¿Es que ibas a caballo? —preguntó Charlie.

—No, pero en Los Angeles no había autopistas.

—Ah.

Atravesaron Glendale y giraron hacia el norte, por Linda Vista, para dejar atrás la cuenca Rose. Charlie y Manuel hablaban de unas apuestas que habían perdido hacía unas semanas.

—Tenía entendido que el Instituto Tecnológico de California era el propietario del JPL —dijo Charlie.

—Y así es —confirmó Mark.

—Pues está condenadamente lejos de Pasadena.

—Ahí es donde prueban los motores a reacción. JPL son las siglas de «Laboratorios de propulsión a reacción». Como todo el mundo consideraba esas instalaciones peligrosas, el Instituto Tecnológico levantó los laboratorios en Arroyo. —Hizo un gesto señalando las casas—. Luego construyeron el barrio más caro en esta parte de Los Angeles, precisamente alrededor de los laboratorios.

El guarda les esperaba, y les indicó un aparcamiento cerca de uno de los edificios más grandes. El JPL descansaba en la hondonada conocida como Arroyo y la llenaba con sus edificios de oficinas. Una gran torre central de acero y vidrio parecía extrañamente fuera de lugar entre las viejas estructuras «temporales» de la Fuerza Aérea construidas veinte años antes.

Fueron recibidos por una encargada de relaciones públicas que les hizo firmar en un registro de entrada y les dio tarjetas de identidad que prendieron en las solapas. El interior era parecido al de cualquier otro edificio de oficinas, aunque variaba algo: en los pasillos había rimeros de tarjetas de IBM, y casi nadie llevaba chaqueta o corbata. Pasaron junto a un enorme globo de Marte en color que acumulaba polvo en un rincón. Nadie prestó la menor atención a Harvey y sus acompañantes. No era insólito ver a la gente de la televisión. El JPL había construido las sondas espaciales Pioneer y Mariner, y había enviado el Viking a Marte.

—Ya hemos llegado —dijo la encargada de relaciones públicas.

El despacho era agradable. Había estanterías con libros en las paredes y ecuaciones incomprensibles en las pizarras. Toda superficie plana a la vista estaba ocupada por libros, y la cara mesa de madera de teca estaba cubierta de salidas impresas de IBM.

—Doctor Sharps, está aquí Harvey Randall —dijo la señorita de relaciones públicas, quedándose cerca de la puerta.

Charles Sharps llevaba unas gafas con los extremos curvados para abarcar todo el campo de visión; muy modernistas, lograban que su pálido rostro recordara vagamente el de un insecto. Tenía el cabello negro y liso, y lo llevaba corto. Sus dedos jugaban con un rotulador o exploraban el interior de los bolsillos, pero siempre estaban en movimiento. Parecía tener unos treinta años, pero podría ser mayor, y llevaba chaqueta y corbata.

—Bueno, concretemos el asunto —dijo Sharps—. Usted desea una explicación sobre los cometas. ¿Para usted mismo o para el público?

—Ambas cosas. Que sea sencilla y comprensible, si no es mucha molestia.

—¿Mucha molestia? —Sharps se echó a reír—. ¿Por qué iba a ser mucha molestia? Su emisora dice a la NASA que quiere hacer un documental sobre el espacio y la NASA lanza cohetes. ¿Verdad, Charlene?

La señorita de relaciones públicas asintió.

—Nos han pedido que cooperemos...

—Cooperar. —Sharps se rió de nuevo—. Estaría sobre ascuas si creyera que así íbamos a conseguir un presupuesto. ¿Cuándo empezamos?

—Ahora mismo, por favor —dijo Harvey—. El equipo preparará las cosas mientras hablamos. No les haga caso. Creo que usted es aquí el experto en cometas.

—Supongo que sí —dijo Sharps—. La verdad es que me gustan los asteroides, pero alguien ha de estudiar los cometas. Supongo que está interesado sobre todo en el Hamner-Brown.

—Exactamente.

Charlie buscó la mirada de Harvey. Ya estaban listos. Harvey hizo un gesto de asentimiento que autorizaba al equipo para comenzar. Manuel escuchaba y observaba el indicador.

—Empezamos —dijo el técnico en sonido.

Mark se puso delante de la cámara.

—Entrevista a Sharps, primera toma —dijo haciendo sonar la claqueta.

Sharps se sobresaltó, como todas las personas que se someten por primera vez a una entrevista filmada. Charlie enfocó la cámara en Sharps. Ya filmaría a Harvey haciendo las preguntas más tarde, cuando Sharps no estuviera presente.

—Dígame, doctor Sharps, ¿el cometa Hamner-Brown será visible a simple vista?

—No lo sé. —Bosquejó algo inverosímil en el dorso de la salida impresa de IBM que tenía ante sí. El dibujo podría representar un par de monstruos de Loch Ness apareándose—. Dentro de un mes sabremos mucho más. Ya sabemos que se acercará tanto al sol como Venus, pero... —Se interrumpió y miró a la cámara—. ¿A qué nivel quiere que le hable?

—Al que usted quiera —dijo Harvey—. Haga que yo lo entienda y luego decidiremos cómo podemos decírselo al público.

Sharps se encogió de hombros.

—Muy bien. Tenemos el sistema solar ahí. —Señaló con la mano hacia la pared. Cerca de la pizarra colgaba un gran mapa de los planetas y sus órbitas—. Los planetas y los satélites, siempre donde tienen que estar. Cada uno de ellos realiza una complicada danza alrededor de otro. Cada planeta, cada satélite, incluso cada roca pequeña en el cinturón de asteroides, baila al son de la melodía newtoniana de la gravedad. Mercurio ha perdido un poco el paso y tenemos que revisar el espacio para hacerlo entrar en el esquema.

—¿Cómo es eso? —preguntó Harvey. El mismo hubiera preferido ocuparse de la poesía, pero qué diablos...

—La órbita de Mercurio cambia un poco cada año. No mucho, pero más de lo que Newton diría que debe cambiar. Un hombre llamado Einstein encontró una buena explicación, y de paso se las ingenió para hacer del universo un lugar más extraño de lo que era antes.

—Oh, supongo que no necesitamos la relatividad para comprender los cometas...

—No, no, pero la órbita de un cometa está determinada por algo más que la gravedad. Es sorprendente, ¿verdad?

—Sí. ¿Vamos a tener que revisar el universo de nuevo?

—¿Qué? No, es algo más sencillo. Mire... —Sharps se puso en pie de un salto y se dirigió a la pizarra. Buscó la tiza, murmurando.

—Tenga —dijo Mark, alargándole un trozo de tiza que se había sacado del bolsillo.

—Gracias. —Sharps dibujó un globo blanco y luego una curva parabólica—. Este es el cometa. Ahora pongamos los planetas. —Dibujó dos círculos—. La Tierra y Venus.

—Creía que los planetas se movían en órbitas elípticas —dijo Harvey.

—Así es, en efecto, pero a cualquier escala que dibuje no es posible ver la diferencia. Ahora observe la órbita del cometa. Ambos brazos de la curva parecen iguales, entran y salen. Es una parábola de libro de texto, ¿de acuerdo?

—Sí.

—Pero así es el aspecto real del cometa cuando cae alejándose del sol. Un núcleo denso, un coma, o manto que rodea al núcleo, de polvo fino y gas. —Dibujó de nuevo—. Y un penacho de gas y polvo que brilla mientras se aparta del sol, por delante del cometa, hacia afuera. La cola. Una gran cola, a veces de centenares de millones de kilómetros, pero que casi es un vacío. Tiene que serlo, puesto que si fuera compacta habría suficiente materia en el cometa para llenar todo ese espacio.

—Claro.

—De acuerdo. Volvamos a los libros de texto. El material que bulle sale de la cabeza del cometa y pasa a la cabellera. Es un gas tenue, formado por partículas diminutas, tan pequeñas que la luz del sol puede apartarlas. La presión de la luz del sol las aleja, de modo que la cola siempre está en la dirección opuesta al sol. ¿De acuerdo? La cola sigue al cometa al entrar en él y va por delante al salir. Pero... el material hierve de manera desigual. Cuando el cometa cae por primera vez en el sistema solar es una masa sólida. Al menos eso es lo que creemos, porque nadie lo sabe realmente. Tenemos varios modelos que concuerdan con las observaciones. A mí me gusta el modelo de la bola de nieve sucia. El cometa está formado por rocas y polvo, que forman una bola con hielos y gases helados, un poco de agua helada, metano, dióxido de carbono, hielo seco, cianógeno y nitrógeno, toda clase de material. Hay bolsas de estos gases que revientan y estallan en un sitio u otro. Es como la propulsión a chorro, y eso es lo que cambia la órbita. —Sharps siguió dibujando con la tiza, ya reducida a la mínima expresión. Guando terminó, el brazo entrante tenía unos trazos que representaban movimiento, y el brazo saliente estaba difuminado y se parecía a la cola de un cometa—. Así que no sabemos lo cerca que está de la Tierra.

—Ya lo veo. Y tampoco sabrá el tamaño que tendrá la cola.

—Exacto. Pero parece que éste es un nuevo cometa. Tal vez nunca ha viajado antes hasta acercarse al sol. No es como el cometa Halley, que viene cada setenta años y cada vez es menor. Los cometas mueren un poco cada vez que pasan cerca del sol. Pierden para siempre todo ese material de la cola, de modo que cada vez la cola es más pequeña, hasta que finalmente no queda nada más que el núcleo, formado por un montón de rocas, que ocasiona lluvias de meteoros. Algunas de nuestras mejores estrellas fugaces son trozos de antiguos cometas que caen hacia la Tierra.

—Pero éste es nuevo...

—Cierto, así que podría tener una cola espectacular.

—Creo recordar que ya se dijo eso acerca del Kahoutek.

—Y yo creo recordar que se equivocaron. ¿No hubo incluso un intento de vender medallas conmemorativas que mostrarían al Kahoutek exactamente cuando apareciera? Ya ve usted que no hay forma de saberlo. Pero me parece que el Hamner-Brown será realmente espectacular. Y debería pasar muy cerca de la Tierra.

Sharps trazó un punto dentro del curso difuminado de salida del cometa.

—Aquí es donde estaremos. Desde luego, no veremos mucho hasta que el cometa pase por encima de la Tierra, pues basta entonces tendremos que mirar directamente al sol para verlo, y será difícil de observar. Pero una vez haya pasado, será todo un espectáculo. Ha habido cometas con colas que ocupaban la mitad del cielo y podían verse a la luz del día. En este siglo tenemos que ver un gran cometa.

—Oiga, doctor —dijo Mark—. Usted ha puesto a la Tierra en medio del camino de esa cosa. ¿Podría chocar con nosotros?

Harvey se volvió y lanzó una furiosa mirada a Mark.

Sharps se había echado a reír.

—Las probabilidades de que eso no suceda son de una cifra astronómica contra uno. Usted ve la Tierra como un punto en la pizarra. En realidad, si dibujara esto a escala usted no podría ver la Tierra en el dibujo, ni tampoco el núcleo del cometa. ¿Qué probabilidades hay de que dos puntos minúsculos se encuentren? —Miró a la pizarra con el ceño fruncido—. Naturalmente, es probable que la cola nos alcance. Podría cubrirnos durante semanas.

—¿Qué ocurriría en ese caso? —preguntó Harvey.

—Ya nos alcanzó la cola del cometa Halley —replicó Mark—. No hizo daño a nadie. Unas bonitas luces y...

Esta vez la mirada de Harvey bastó para que se interrumpiera.

—Su amigo tiene razón —dijo Sharps.

«Ya lo sabía», pensó Harvey, molesto.

—Doctor Sharps, ¿por qué todos los astrónomos están tan entusiasmados con el cometa Hamner-Brown? —inquirió Harvey.

—Hombre, podemos aprender mucho de los cometas. Cosas como el origen del sistema solar. Son más antiguos que la Tierra y están formados de materia primaria. Este cometa puede haber estado más allá de Plutón durante miles de millones de años. La teoría más reciente afirma que el sistema solar se condensó de una nube de polvo y gas, un torbellino en el medio interestelar. La mayor parte de la materia se desintegró cuando el sol empezó a arder, pero todavía hay cierta cantidad en el cometa. Podemos analizar la cola, tal como hicimos con el Kahoutek, el cual no constituyó una decepción para los astrónomos. Utilizamos instrumentos de los que antes no habíamos dispuesto, como el Skylab, y muchas otras cosas.

—¿Y eso fue de utilidad? —quiso saber Harvey.

—¿Útil? ¡Fue magnífico! ¡Deberíamos hacerlo de nuevo!

—Sharps movió las manos con gestos dramáticos. Harvey lanzó una rápida mirada a su equipo. La cámara rodaba y Manuel tenía esa expresión satisfecha del técnico en sonido cuando las cosas marchaban bien en sus audífonos.

—¿Podríamos enviar a tiempo algún aparato como el Skylab? —preguntó Harvey.

—¿El Skylab? No. Pero Rockwell dispone de una cápsula Apolo que podríamos usar. Y aquí, en los laboratorios, tenemos el equipo adecuado. Hay grandes secciones propulsadoras de proyectiles militares, cosas que el Pentágono ya no necesita. Podríamos hacerlo, si nos pusiéramos ahora manos a la obra y no nos acobardáramos. —Sharps adoptó una expresión compungida—. Pero no lo haremos, y es una lástima. De esa manera podríamos aprender realmente algo del Hamner-Brown.

Una vez recogidas las cámaras y el equipo de sonido, los técnicos salieron con la señorita de relaciones públicas. Harvey se despidió de Sharps.

—¿Quiere una taza de café, Harvey? —preguntó Sharps—. No tendrá prisa, ¿verdad?

—Supongo que no.

Sharps oprimió un botón del intercomunicador.

—Larry, tráenos café, por favor. —Se volvió a Harvey—. Lo peor de todo es que la nación entera depende de la tecnología. Detenga las ruedas un par de días y se producirán alborotos. No hay ningún sitio que no esté al borde de una revolución. Piense en Los Angeles o Nueva York sin electricidad. O, a un plazo más largo, si se paralizan las fábricas de fertilizantes, o, a un plazo todavía más largo, sin nueva tecnología durante diez años. ¿Qué le sucedería a nuestro nivel de vida?

—Claro, somos una civilización altamente tecnológica...

—Sin embargo —le interrumpió Sharps con voz firme, decidido a continuar—. Sin embargo, esos malditos estúpidos no dedican su atención diez minutos al día a la ciencia y la tecnología. ¿Cuántas personas saben lo que están haciendo? ¿De dónde proceden estas alfombras y las ropas que vestimos? ¿Qué hacen los carburadores? ¿De dónde salen las semillas de sésamo? ¿Lo sabe usted? ¿Lo sabe uno de cada treinta votantes? No dedicarán diez minutos al día a pensar en la tecnología que los mantiene vivos. No es de extrañar que el presupuesto de investigación haya sido recortado hasta quedarse en nada. Y eso tendremos que pagarlo. Un día necesitaremos algo que podría haberse creado años antes pero que no lo fue... —Se detuvo e inquirió—: Dígame, Harvey, ¿este programa suyo de televisión será algo importante o le dedicarán el presupuesto corriente de un programa científico?

—Será de primera —dijo Harvey—. Una serie sobre el valor del Hamner-Brown y, de paso, sobre el valor de la ciencia. Naturalmente, no puedo garantizar que la gente no prefiera ver reposiciones del show de Lucy Ball.

—Claro. Oh, gracias, Larry. Deja el café ahí mismo.

Harvey había esperado tazas de papel y café de máquina automática, pero el ayudante de Sharps trajo una reluciente cafetera termo, cucharillas de plata y servicio de azúcar y crema de leche en una bandeja de teca taraceada.

—Sírvase usted mismo, Harvey. Es un buen café. ¿Moka mezclado con Java?

—Exacto —dijo el ayudante.

—Muy bien. —Hizo un gesto para despedir al ayudante—. Harv, ¿por qué este súbito cambio de actitud en un medio de comunicación de masas?

Harvey se encogió de hombros.

—El patrocinador insiste en ello. Por cierto, el patrocinador es Jabones Kalva, empresa a cuyo frente se encuentra Timothy Hamner, el cual...

Un acceso de risa interrumpió a Harvey. El júbilo contorsionó el rostro delgado de Sharps.

—¡Magnífico! —exclamó, y a continuación pareció reflexionar—. Una serie. Dígame, Harv, si un político nos ayudara en el estudio, quiero decir nos ayudara mucho, ¿podría salir en la serie y obtener alguna publicidad favorable?

—Claro. Hamner insistiría en ello, y yo no tendría nada que objetar...

—Maravilloso. —Sharps alzó su taza de café—. Salud. Gracias, Harv, muchas gracias. Creo que nos veremos más.

Sharps esperó hasta que Harvey Randall hubo abandonado el edificio. Permaneció sentado, inmóvil, algo poco frecuente en él, y sintió la emoción en la boca del estómago. Aquello podría salir bien. Finalmente oprimió el botón del intercomunicador.

—Larry, ponme con el senador Arthur Jellison en Washington. Gracias.

Esperó con impaciencia hasta que sonó el teléfono.

—Ahora hablará contigo —le dijo su ayudante.

Sharps cogió el auricular.

—Aquí Sharps. —Tuvo que esperar de nuevo hasta que la secretaria le pasó al senador.

—Sí. Escucha, Art, tengo que hacerte una proposición. ¿Sabes lo del cometa?

—¿Cometa? Ah, el cometa. Es curioso que lo menciones. He conocido al tipo que lo descubrió. Resulta que es un contribuyente importante, pero nunca le había visto antes.

—Bien, escucha esto —dijo Sharps—: es importante, la oportunidad del siglo...

—Eso es lo que dijeron del Kahoutek...

—¡Al diablo con el Kahoutek! Oye, Art, ¿qué posibilidades tenemos de conseguir fondos para una sonda?

—¿Cuánto?

—Todo lo que podamos conseguir. El laboratorio puede remendar una caja negra no tripulada, algo que puede enviarse en un proyectil Thor-Delta...

—No hay problema. Puedo conseguírtelo —dijo Jellison.

—Pero eso no es todo lo que podemos conseguir. Lo que necesitamos es una sonda tripulada, digamos un par de hombres en un Apolo con cierto equipo en lugar de un tercer tripulante. Art, ese cometa va a pasar muy cerca. Desde ahí arriba podríamos obtener buenas fotografías, no sólo de la cola y la cabellera, sino que hay buenas posibilidades de obtener muestras ¡de la cabeza! ¿Sabes lo que eso significa?

—La verdad es que no, pero tú acabas de decirme que es importante. —Jellison se quedó un momento silencioso—. Lo siento. Estoy de acuerdo contigo, pero no hay ninguna posibilidad. De todos modos, no podríamos lanzar un Apolo aunque contáramos con el presupuesto...

—Sí que podemos. Acabo de comprobarlo en Rockwell. Es una misión con un índice de riesgo más elevado de lo que le gusta a la NASA, pero podríamos hacerlo. Tenemos la maquinaria...

—No importa. No puedo conseguirte un presupuesto para eso.

Sharps frunció el ceño. Sintió crecer en su estómago la mórbida emoción. Arthur Jellison era un viejo amigo, y a Charlie Sharps no le gustaba hacer chantaje, pero...

—¿Ni siquiera si los rusos envían un Soyuz?

—¿Qué? Pero ellos no van a...

—Oh, claro que sí —dijo Sharps, pensando que no era realmente una mentira, sino una suposición.

—¿Puedes probar lo que dices?

—Dentro de algunos días. Puedes contar con ello: los rusos van a subir para observar el Hamner-Brown.

—Eso me cubrirá de mierda.

—¿Cómo dices, senador?

—Que eso me cubrirá de mierda.

—Ah.

—Estás bromeando conmigo, Charlie, ¿no es así?

—No, de veras, Art. Es importante. Y de todos modos necesitamos otra misión espacial, para mantener el interés por el espacio. Tú mismo querías que se aprobara un vuelo tripulado...

—Sí, pero no tengo posibilidad de conseguirlo. —Otra pausa de silencio. Luego, hablando más para sí mismo que para Sharps, Jellison añadió—: Así que los rusos van a ir. Y sin duda lo harán a bombo y platillo.

—Estoy seguro de que lo harán así. Nuevo silencio. Charlie Sharps casi contuvo el aliento.

—De acuerdo —dijo al fin Jellison—. Husmearé en las alturas y veré qué reacciones obtengo. Pero será mejor que me des pruebas de inmediato.

—Senador, dentro de una semana te daré pruebas inequívocas.

—De acuerdo, lo intentaré. ¿Algo más?

—De momento, no.

—Muy bien. Gracias por el informe, Charlie.

La comunicación se cortó. Sharps pensó en lo abrupto que era aquel hombre. Sonrió y luego pulsó de nuevo el botón del intercomunicador.

—Larry, quiero hablar con el doctor Sergei Fadayev de Moscú, y ya sé la hora que es allí. Simplemente, haz que se ponga.

La leyenda de Gilgamesh consistió en un puñado de historias inconexas que se extendieron por el semicírculo fértil de la Tierra, en Asia... y el cometa apenas había cambiado. Aún se encontraba muy lejos del torbellino. La órbita de la tuna errante llamada Plutón parecería un cuarto creciente suspendido cerca del borde, a prudente distancia. El sol, un punto excesivamente brillante, todavía irradiaba mucho menos calor a través de la corteza del cometa de lo que había irradiado el gigante negro en sus peores momentos. Ahora la corteza estaba compuesta principalmente por granizo que reflejaba la mayor parte del calor hacia las estrellas.

Pero el tiempo transcurrió.

Marte absorbió el agua en otra vuelta de su largo e imperfecto ciclo climático. Los hombres se extendieron por la Tierra, riendo y rascándose. Y el cometa siguió cayendo. Un soplo del viento solar, formado por protones a alta velocidad, desolló su corteza. Gran parte del hidrógeno y el helio contenido en sus capas se había disipado. El torbellino se acercaba.

MARZO: UNO

Y el Señor colgó un arcoiris como señal, La próxima vez no será agua sino fuego.

Canto espiritual tradicional

Mark Czescu miró la casa y emitió un silbido. Era de estilo Tudor californiano, de estuco blanquecino con macizas vigas de madera insertas en los ángulos, de auténtica madera. Algunos lugares, como Glendale, tenían el mismo estilo de casa con vigas de imitación en madera contrachapada, pero no Bel Air.

La casa destacada por su tamaño entre todas aquellas casas notablemente grandes. Mark pulsó el timbre de la puerta de entrada, que fue abierta al instante por un hombre joven de largos cabellos y fino bigote, el cual miró los bastos pantalones de Mark, sus botas y las grandes cajas marrones que había dejado en el porche.

—No necesitamos nada —le dijo.

—No vendo nada. Soy Mark Czescu, de la NBS.

—Oh, perdone. Suele venir toda clase de gente a vender cosas. Pase, por favor. Me llamo George y ayudo en la casa. —Levantó una de las cajas—. Cómo pesa.

—Sí —convino Mark, mirando a su alrededor. Había cuadros, un telescopio, globos de la Tierra, Marte y la Luna, estatuillas de cristal, piezas de cristal de Steuben, recuerdos de viajes. La sala había sido dispuesta como para una representación teatral, con los sofás de cara al receptor de televisión—. Debe haber sido muy duro mover todo esto.

—Desde luego. Deje la caja ahí. ¿Se trata de algo complicado?

—No, si uno entiende de grabadores de vídeo.

—Yo debería entender —dijo George—. Soy estudiante de teatro, de la UCLA. Pero todavía no hemos cursado esas técnicas. Usted podría enseñarme.

—¿Va usted a manejarlo esta noche?

—No, tengo un ensayo, El pato salvaje, con un buen papel. El señor Hamner lo hará.

—Entonces le enseñaré a él.

—En ese caso tendrá que esperar. Aún no ha llegado a casa. ¿Le apetece una cerveza?

—Me irá muy bien. —Mark siguió a George a la cocina, una estancia grande con cromo brillante y fórmica por doquier. Tenía dos picas, dos hornos de gas y dos cocinas económicas. Un largo mostrador exhibía bandejas de canapés cubiertos con papel de celofán. Había también una mesa y estantes con libros de cocina, las últimas novelas de acción de Travis McGee y Un actor se prepara de Stanislavski. Sólo las novelas y el libro de Stanislavski mostraban signos de haber sido usados—. Hubiera pensado que Hamner buscaría para que le ayudara a un estudiante de astronomía...

—El chico anterior lo era —dijo George mientras sacaba latas de cerveza del frigorífico—. Se peleaban mucho.

—Así que Hamner lo despidió.

—No, lo envió a su centro en las montañas. A Hamner le gusta pelear, pero no cuando está en casa. Es fácil trabajar para él. Tengo televisor en color en mi habitación y puedo usar la piscina y la sauna.

—Vaya, esto es una bicoca. —Mark tomó un sorbo de cerveza—. Aquí deben celebrarse fiestas cada dos por tres.

George se rió.

—Qué va. Sólo hay fiestas cuando traigo a compañeros de reparto. O parientes, como esta noche.

Mark miró a George cuidadosamente: el fino bigote, los finos rasgos del actor. Le acometió un súbito pensamiento.

—¿Hamner es marica o algo por el estilo?

—No, por Dios —replicó George—. No. Lo que ocurre es que no sale mucho. Le busqué un ligue con la segunda actriz de nuestra última obra. Una buena chica, de Seattle. Hamner salió con ella un par de veces y luego, nada. Irene dijo que fue cortés y un perfecto caballero hasta que estuvieron solos. Entonces se abalanzó sobre ella.

—Ella debió haberse abalanzado a su vez.

—Eso es lo que le dije, pero no lo hizo. —George inclinó la cabeza a un lado—. Vaya, ya ha llegado el señor Hamner. Reconozco el ruido del motor.

Tim Hamner se dirigió a la puerta lateral y entró en el pequeño apartamento que consideraba su hogar. Era la parte de la casa que le parecía más cómoda, aunque utilizaba todo el edificio. A Hamner no le gustaba su casa. Había sido elegida por los administradores del dinero de su familia a causa de su valor de reventa, y se notaba. Aquel lugar proporcionaba a Hamner mucho espacio para exhibir las cosas que coleccionaba, pero no parecía un hogar.

Se sirvió un whisky y se dejó caer en un sillón, colocando los pies en un taburete a juego. Se sentía bien tras haber cumplido con su deber. Había asistido a una reunión de directores, escuchado todos los informes y felicitado al presidente de la empresa por los beneficios del trimestre. Tim tenía una inclinación natural a dejar que quienes les gustaba jugar con el dinero lo hicieran, pero un primo suyo había perdido toda su fortuna de esa manera. Nunca estaba de más hacer saber a los directivos financieros que uno miraba por encima de su hombro.

Pensar en la reunión le hizo recordar a la secretaria de la oficina, que había charlado animadamente con Tim antes de la reunión, pero cuando la invitó a cenar al día siguiente ella adujo una cita. Tal vez era cierto que estaba citada con alguien. Había sido muy cortés, pero le había rechazado. Tal vez, pensó, tal vez debía haberle pedido que salieran el viernes, o la próxima semana. Pero si ella le hubiera dicho que no, entonces no habría tenido duda de la razón de su negativa.

Oyó que George hablaba con alguien en la sala de estar y se preguntó quién podría ser. George no le molestaría hasta que saliera de aquel lugar. Aquello era lo bueno de su casa: podía disponer del pequeño apartamento para él solo. Entonces recordó que el visitante debía ser el hombre de la NBS, el cual traería las escenas cortadas, las que a Tim le gustaban pero que no saldrían en el documental. Se levantó entusiasmado y empezó a cambiarse de ropa.

Penelope Wilson llegó cerca de las seis. Jamás respondía al diminuto Penny. Su madre había insistido en que no lo hiciera. Al verla a través de la mirilla de la puerta, Tim Hamner recordó que también había renunciado a Penelope y utilizaba sólo su segundo nombre, el cual no podía recordar.

«Sé valiente», pensó. Abrió la puerta y, sin ocultar su desconcierto, espetó a la muchacha:

—¡Rápido! ¿Cuál es tu segundo nombre?

—Joyce. Hola, Tim. ¿Soy la primera en llegar?

—Sí. Vaya, estás muy elegante —observó él, ayudándola a quitarse la chaqueta.

La conocía desde siempre, es decir, desde la escuela primaria. Penelope Joyce había asistido a la misma escuela preparatoria de niñas que la hermana de Tim y media docena de primas. Ella era la más fea, con su ancha boca, su mandíbula demasiado cuadrada y una figura de la que lo más amable que podría decirse es que era robusta. Pero en la universidad había empezado a mejorar.

Aquella noche estaba realmente elegante. Su cabello era largo y ondulante, y estaba muy bien arreglado. El corte de su vestido era impecable, y de un color y textura suaves a la vista. Tim sintió deseos de tocarlo. Había vivido con su hermana lo suficiente para saber que conseguir aquel efecto debía costar mucho tiempo, aun cuando él no tuviera la menor idea de cómo lo hacía.

Tim deseó que la aprobación de la muchacha fuera total. Esperó mientras ella inspeccionaba su sala de estar, preguntándose por qué no la había invitado hasta entonces. Finalmente, ella le miró con una expresión que no había vuelto a ver en ella desde los tiempos escolares, cuando ella se erigió en juez de toda moral.

—Es bonita esta habitación —aprobó, y a continuación soltó una risita tonta que dio al traste con su pose.

—Me alegro de que te guste. En serio, me alegro mucho.

—¿De veras? ¿Tan importante es mi opinión? —dijo ella, bromeando todavía con las expresiones faciales de su infancia.

—Sí. Dentro de unos minutos toda la maldita familia estará aquí, y la mayoría de ellos no han visto este lugar. Tú piensas como ellos, así que, si a ti te gusta, a ellos también les agradará.

—Ya. Creo que me merecía eso.

—Eh, no quería decir...

Ella le interrumpió con su risa. Tim le alargó un vaso y se sentaron.

—He estado pensando... —dijo ella en tono meditativo—, ¿por qué me has pedido que venga esta noche cuando hace al menos dos años que no nos vemos?

Tim estaba preparado en parte para esa pregunta. Ella siempre había sido directa, y decidió ser franco.

—Pensé en quién quería que viniera esta noche, para mayor satisfacción de mi ego, porque nada me satisfará tanto como hablar de mi cometa. Pensé en Gil Waters, el número uno de mi clase en Cate, en mi familia y en ti. Entonces me di cuenta de que pensaba en todas las personas a las que más quería impresionar.

—¿A mí también?

—Exacto. ¿Recuerdas que solíamos charlar? Y yo nunca pude decirte lo que quería hacer con mi vida. El resto de mi familia, todos aquellos con quienes me crié, ganan dinero, coleccionan obras de arte o coches de carreras, o hacen algo. Pero yo... yo sólo quiero observar el cielo.

Ella sonrió.

—Me siento realmente halagada, Tim.

—Estás elegante de veras. ¿Ese vestido es creación propia?

—Sí, gracias.

Era agradable charlar con aquella muchacha. Tim lo consideraba un delicioso redescubrimiento cuando sonó el timbre de la puerta. Los demás habían llegado.

Fue una velada placentera. Los proveedores habían hecho bien su trabajo, de modo que no hubo problema alguno con la comida, incluso sin la ayuda de George. Tim se relajó y descubrió que se divertía.

Los demás escucharon. Nunca lo habían hecho hasta entonces. Escucharon a Tim, que les contaba cómo lo había logrado: las horas de observación, bajo el frío y la oscuridad, estudiando diseños estelares y manteniendo el registro al día; las horas interminables revisando fotografías, todo ello sin ningún resultado, excepto la alegría de conocer el universo. Y ellos le escucharon, incluso Greg, quien no solía ocultar lo que le inspiraban los hombres ricos que no prestaban la atención adecuada a su fortuna.

No era más que una reunión de familia en la sala de estar de Tim, pero se sentía exaltado, nervioso, con todos sus sentidos alerta. Vio cómo Barry sonreía y meneaba la cabeza, y por estos gestos pudo leer su mente: ¡Vaya forma de emplear la vida! Tim pensó que en realidad le envidiaba, y aquello le encantó. Alzó la vista para mirar el rostro burlón y divertido de su hermana. Jill siempre había sido capaz de decir lo que Tim estaba pensando. Había estado más unido a ella que a su hermano Pat. Pero fue este último quien le acorraló detrás del bar para hablarle.

—Me gusta este sitio —le dijo—. Mamá no sabe cómo juzgarlo. —Ladeó la cabeza para señalar a su madre, que paseaba por la estancia mirando los diversos objetos—. Apuesto a que sé lo que está pensando. ¿Lo haces?

—¿Hacer qué?

—Traer chicas aquí... Orgías salvajes.

—Eso no es asunto tuyo.

Pat se encogió de hombros.

—Lástima. Sabes, hay veces en que desearía... Bah, al diablo con ello. Pero tendrías que aprovecharte mientras puedas. Tu libertad no va a durar para siempre. Mamá tomará cartas en el asunto.

—Sí, claro —dijo Tim. ¿Por qué diablos Pat tenía que sacar el tema a colación? Ya lo haría su madre, antes de que finalizara la velada. Timmy, volvería a preguntarle, ¿por qué no te has casado todavía?

Un día responderé, se dijo Tim. Un día le diré: «Porque cada vez que encuentro una chica con la que creo que podría vivir, tú la asustas tanto que echa a correr. Esa es la razón.»

—Aún tengo apetito —anunció Penelope Joyce.

—Dios mío. —Jill le dio unas palmaditas en el vientre—. ¿Dónde lo metes? Quiero saber tu secreto. Pero no me digas que es tu ropa. Según Greg, no podemos permitirnos tus creaciones.

Penelope cogió la mano de Tim.

—Vamos, enséñame dónde está el maíz. Yo preparo las palomitas. Tú saca los platos.

—Pero...

—Ellos mismos se servirán bebidas. —Condujo a Tim a la cocina—. Dejemos que hablen de ti mientras no estás presente. Te admirarán todavía más. Después de todo, esta noche eres la estrella.

—¿Lo crees así? —preguntó, mirándola a los ojos—. Nunca sé cuándo me tomas el pelo.

—Es una suerte. ¿Dónde está la mantequilla?

La exhibición fue magnífica. Tim lo supo cuando vio a su familia contemplarla, mirándole a él en el televisor.

Randall había recorrido el mundo y mostraba astrónomos aficionados que observaban el cielo.

—La mayoría de los cometas han sido descubiertos por aficionados —decía la voz de Randall—. El público casi nunca aprecia hasta qué punto estos observadores del cielo ayudan a los grandes observatorios. Naturalmente, algunos de estos aficionados no son tales.

La escena terminaba con la imagen de Tim Hamner enseñando su observatorio en la montaña, y a su ayudante, Marty, que demostraba el funcionamiento del equipo. Tim había pensado que la secuencia sería demasiado corta, pero cuando vio a su familia contemplándole y como, al terminar, parecían ansiosos por ver más, se dio cuenta de que Harv Randall había tenido razón. Siempre hay que dejar al público con deseos de ver más. La voz de Randall proseguía:

—Y algunos son más aficionados que otros. —La cámara se centró en un sonriente muchacho junto a un telescopio. El aparato parecía de alcance, pero no cabía duda que era de fabricación casera—. Gavin Brown, de Centerville, Iowa. Gavia, ¿cómo es que buscabas cometas en el momento y lugar apropiados?

—Nos los buscaba. —La voz de Brown no era agradable. Era joven, tímido y hablaba demasiado alto—. Hice algunos ajustes en el aparato porque quería observar Mercurio a la luz del día, pero hay que tenerlo todo perfectamente ajustado para encontrar a Mercurio, pues está muy cerca del sol, y...

—Así que descubriste el cometa Hamner-Brown por casualidad —dijo Harvey Randall.

Greg McClave se echó a reír. Jill dirigió una dura mirada a su marido.

—Dime, Gavin —preguntó Randall—. Puesto que no viste el cometa hasta bastante después que el señor Hamner, pero informaste de él casi al mismo tiempo, ¿cómo supiste que era un cometa nuevo?

—Era algo que no tenía que estar allí.

—¿Quieres decir que conoces todo lo que ha de estar ahí? —La pantalla mostró una fotografía del cielo alrededor del cometa Hamner-Brown. Estaba lleno de estrellas.

—Claro, como todo el mundo, ¿no?

—Es cierto —dijo Tim a los demás—. Estuvo aquí una semana, y juro que es capaz de dibujar mapas estelares de memoria.

—¿Estuvo aquí? —preguntó la madre de Tim.

—Sí, en el cuarto de los invitados.

La madre de Tim dirigió una mirada inquisitiva al televisor.

—¿Adonde ha ido George esta noche? —preguntó Jill—. ¿Tenía otra cita? Mamá, ¿sabías que el ayudante de Tim ha estado saliendo con Linda Gillray?

—Dame palomitas —pidió Penelope Joyce—. ¿Dónde está Brown ahora, Tim?

—Ha vuelto a Iowa.

—¿Esos anuncios venden mucho jabón? —preguntó Greg, señalando el televisor.

—Kalva va muy bien —replicó Tim—. El año pasado vendimos el veintiséis coma cuatro por ciento del mercado.

—Vaya, deben ser mejores de lo que creía —comentó Greg—. ¿Quién es tu publicitario?

El programa continuó. Tim Hamner ya no aparecía mucho más. Una vez descubierto, el cometa Hamner-Brown pertenecía al mundo. Ahora la estrella del programa era Charles Sharps, quien hablaba de los cometas y de la importancia de conocer el sol, los planetas y las estrellas. Tim no estaba decepcionado, pero pensó que los demás sí lo estaban, con excepción de Pat, quien contemplaba a Sharps y asentía con la cabeza. En una ocasión, Pat alzó la vista y dijo:

—Si hubiera tenido un profesor de ciencias como él en mi primer año de colegio superior, yo mismo habría descubierto un cometa. ¿Le conoces bien?

—¿A Sharps? Nunca he hablado con él. Pero sale más en las cintas de vídeo, y yo también.

Greg echó un vistazo al reloj.

—He de estar en la oficina a las cinco de la madrugada. El mercado se está volviendo loco. Y después de este programa, irá peor.

—¿Eh? ¿Por qué lo dices? —preguntó Tim con el ceño fruncido.

—Cometas, signos en el cielo —dijo Greg—, portentos de cambios malignos. Te sorprendería saber cuántos inversores se toman estas cosas en serio. Y no hablemos del diagrama que ha dibujado el profesor. El que mostraba al cometa chocando con la Tierra.

—Pero no chocaba —protestó Pat.

—¡Tim! ¿Podría chocar? —preguntó su madre.

—¡Claro que no! ¿No habéis oído? Sharps ha dicho que hay miles de millones de posibilidades de que choque contra una.

—Lo he visto —dijo Greg—. Y él ha dicho que, a veces, los cometas chocaron con la Tierra. Y este pasará cerca.

—Pero no quería significar eso —protestó Tim.

Greg se encogió de hombros.

—Conozco el mercado. Tengo que estar en la oficina cuando abra la bolsa...

Sonó el teléfono, y Tim pareció sorprenderse. Antes de que tuviera tiempo de levantarse, Jill respondió. Escuchó un momento y luego pareció también sorprendida.

—Quieren saber si pueden pasar una conferencia de Nueva York.

—¿Eh? —Tim se levantó para atender al teléfono. Escuchó, mientras en la pantalla de televisión un funcionario de la NASA explicaba cómo sería posible, sólo posible, enviar una sonda para estudiar el cometa. Tim colgó el auricular.

—Pareces aturdido —le dijo Penelope Joyce.

—Lo estoy. Era uno de los productores. Quieren que salga en el «Show de medianoche», junto con el doctor Sharps. Mira por dónde al fin voy a conocerle, Pat.

—Yo veo ese programa todas las noches —dijo la madre de Tim en tono admirativo. La gente que salía en el «Show de medianoche» era importante.

El documental de Randall terminaba de una manera apoteósica, con fotografías del sol y las estrellas tomadas por el Skylab y un elocuente ruego para que se enviara una sonda tripulada a explorar el cometa Hamner-Brown. Tras el último anuncio comercial, la familia empezó a despedirse. Una vez más, Tim se percató de lo poco que tenían en común. ¿De qué hablar con el gerente de una agencia de bolsa o con un constructor de casas, aunque fueran su cuñado y su hermano? Al fin se quedó a solas con Penelope Joyce, y le preparó una bebida.

—¿Sabes? —le dijo a la muchacha—. Me siento como en la noche de estreno de una mala comedia.

—Como una de aquellas obras de ciencia ficción que solíamos ver. ¿Recuerdas la que trataba de la invasión de la ciudad por los «guardianes del recinto sagrado»?

Tim se echó a reír.

—Ah, sí. No he visto Iluminad el cielo desde... Dios mío, desde que estuviste enrolada en aquel grupo teatral durante las vacaciones de verano. Tienes razón. Este programa ha sido algo parecido.

—¡Bah!

—¿Bah?

—Sí, ¡bah! Siempre has pensado así sin ninguna razón para ello, y ahora tampoco la tienes. Puedes estar orgulloso, Tim. ¿Qué harás ahora? ¿Buscar otro cometa?

—No, creo que no. —Exprimió una lima en el gintonic de la muchacha y le alargó la bebida—. No lo sé. No domino lo bastante bien la teoría para hacer realmente lo que quiero.

—Entonces, aprende la teoría.

—Tal vez. —Se sentó al lado de ella—. De todos modos, habré entrado en los libros de historia. Salud.

Penelope alzó el vaso, respondiendo al brindis. No se burlaba de él.

—Salud.

—Lo seguiré hasta donde vaya, haga lo que haga. Randall quiere otro documental, y lo haremos, si no nos regañan demasiado.

—¿Si no te regañan? ¿Te preocupa eso?

—Me estás tomando el pelo de nuevo.

—Esta vez no.

—Humm. Bien. Apoyaré financieramente otro documental. Porque lo quiero así. Haremos cuanto podamos para conseguir el envío de una sonda espacial. Si la publicidad es suficiente, podríamos lograrlo. Y ese Sharps realmente entiende de cometas.

Ella le puso una mano en su brazo.

—Adelante, Tim. Ninguno de los que esta noche han estado aquí ha realizado la mitad de lo que quiere hacer. Tú ya has conseguido tres cuartas partes, y has empezado a obtener el resto.

El la miró y pensó que si se casara con ella su madre soltaría un gran suspiro de alivio. Pertenecía a una clase limitada de mujeres todas las cuales parecían conocer a su hermana Jill. Habían ido al este para estudiar en la universidad, y a Nueva York en vacaciones. Habían roto las mismas reglas, no temían a sus madres, eran hermosas y temibles. El impulso sexual de un muchacho adolescente era demasiado poderoso, demasiado fácil de torcer y reprimir. Convertía la belleza de una mujer joven en una llama, y cuando a la llama se unía una total confianza en sí misma... una muchacha como cualquiera de las amigas de Jill podría ser algo temible para un chico que jamás había creído en sí mismo.

Joyce no era temible, porque no era lo bastante bonita.

Ella frunció el ceño.

—¿En qué estás pensando?

Oh, no, no podía responder a aquella pregunta.

—Recordaba muchas cosas.

¿Acaso le habían dejado deliberadamente a solas con Joyce? Desde luego, ella se había quedado después de que todos los demás se marcharan. Si él ahora diera un paso...

Pero no tenía valor para hacerlo. O, se dijo a sí mismo, la amabilidad necesaria. Joyce era elegante, sí, pero uno no se acuesta con un jarrón de cristal de Steuben. Se levantó y fue al grabador de vídeo.

—¿Quieres ver algunas de las otras escenas?

Ella vaciló un momento. Le miró atentamente y luego, con idéntico cuidado, vació su vaso y lo dejó sobre la mesita.

—Gracias, Tim, pero será mejor que me vaya a dormir. Mañana tengo mucho trabajo.

Se despidió sonriente, y Tim pensó que su sonrisa era un poco forzada.

El torbellino estaba intolerablemente atestado. Masas de todos los tamaños se arremolinaban, curvando el espacio en una compleja topología que cambiaba sin cesar. Los satélites y planetas interiores estaban llenos de cicatrices: cráteres bajo las atmósferas de la Tierra y Venus, desnudos muros circulares y lagos helados de magma extendidos de un lado a otro en las superficies de Marte, Mercurio y la luna de la Tierra.

Aquí existía incluso la posibilidad de huida. Los campos de gravedad alrededor de Saturno y Júpiter podían arrojar de nuevo un cometa hacia el frío y la oscuridad. Pero Saturno y Júpiter estaban mal colocados, y el cometa continuó cayendo, acelerando, hirviendo.

¡Hirviendo! Bolsas de sustancias químicas volátiles estallaron y arrojaron chorros de polvo y cristales de hielo. Ahora el cometa se movía en una nube radiante que podría haberlo protegido del calor, pero no lo hizo, sino que la niebla captó la luz del sol a través de millares de kilómetros cúbicos y la reflejó de nuevo sobre la cabeza del cometa desde todas direcciones.

El calor en la superficie del núcleo fue absorbido hacia el interior. Más bolsas de gas se rompieron y actuaron como toberas de maniobras en una nave espacial, lanzando la cabeza del cometa a un lado y a otro. Las masas tiraban de él al pasar, perdido, ciego, cayendo... El cometa moribundo cayó más allá de Marte, invisible dentro de una nube de polvo y cristales que tenía el mismo tamaño de Marte.

En la Tierra, un telescopio lo descubrió como un punto difuminado cerca de Neptuno.

MARZO: INTERLUDIOS

Ninguno de los astronautas caminó sobre roca lunar sólida, porque en todos los lugares a los que fueron había «suelo» bajo sus pies. La presencia de esta capa de polvo se debe a que la Luna ha sido bombardeada por meteoritos a lo largo del tiempo geológico. Los continuos impactos han pulverizado de tal manera la superficie que han creado una capa residual de cascotes rocosos de varios metros de espesor.

Dr. John A. Wood, Instituto Smithsoniano

Fred Lauren realizó delicados ajustes en el telescopio. Era un instrumento de gran tamaño, un refractor de diez centímetros sobre un pesado trípode. El piso le costaba demasiado dinero, pero lo necesitaba por el lugar en que se hallaba. Sus únicos muebles eran un sofá barato, algunos cojines en el suelo y el gran telescopio.

Fred observó una ventana a oscuras a unos cuatrocientos metros de distancia. Ella debería volver pronto a casa, como siempre. ¿Qué podría estar haciendo? Se había marchado sola, pues nadie se había presentado para buscarla. La idea le asustó primero y luego le hizo sentirse angustiado. ¿Y si hubiera encontrado un hombre en alguna parte? ¿Si hubieran ido a cenar y luego a su apartamento? En aquel momento el desconocido podría estar tocándole los pechos con sus puercas manos. Tendría unas manos velludas, ásperas, como las de un mecánico, y las deslizaría hacia abajo, acariciándole la suave curva de su vientre.

¡No! Ella no era de esas, no dejaría que nadie le hiciera algo así, de ninguna manera.

Pero todas las mujeres lo hacían. Incluso su madre. Fred Lauren se estremeció. Un recuerdo que rechazaba le vino a la mente. Se vio cuando tenía nueve años recién cumplidos, el día que entró en la habitación de su madre para pedirle que rezara con él, y la encontró tendida en la cama, con el hombre al que llamaba tío Jack encima de ella, emitiendo quejidos y retorciéndose, y el tío Jack había saltado del lecho.

—¡Maldito bastardo, voy a cortarte los testículos! ¿Quieres mirar? ¡Ya lo creo que vas a mirar! ¡Quédate ahí, y si dices una palabra te cortaré lo que tienes entre las piernas!

El había mirado, y su madre dejó que aquel hombre...

La ventana se iluminó. ¡Ella había vuelto a casa! Fred contuvo el aliento. ¿Estaría sola?

La mujer llevaba una gran bolsa de víveres, que dejó en la cocina. Fred pensó que a continuación se serviría una copa. Ojalá no bebiera tanto. Parecía fatigada. La observó mientras ella se preparaba un martini y llevaba la coctelera a la cocina. Fred no la siguió con el telescopio, aunque podría haberlo hecho. Prefería esperar.

Ella tenía un rostro triangular, con grandes pómulos, la boca pequeña y grandes ojos oscuros. Su cabello rubio, largo y flotante, estaba teñido. Su vello púbico era muy negro. Fred le había perdonado aquella pequeña decepción, pero al principio le había sorprendido.

Regresó con la coctelera y una cuchara de cristal. En una tienda de regalos, en la misma calle, había una cuchara para cóctel de plata, y Fred la miraba a menudo, tratando de reunir el valor suficiente para comprársela. Tal vez ella le invitaría a su apartamento. Pero no lo haría hasta que él le hiciera regalos, y él no podría hacerlo porque sabía lo que a ella le gustaba y, naturalmente, ella querría saber cómo se había enterado. Fred Lauren alargó la mano para tocar a la mujer a través del espejo mágico de su telescopio... pero sólo mentalmente, sólo en su anhelo desesperado.

Ahora, ahora iba a hacerlo. Ella no tenía suficientes vestidos buenos para llevar al trabajo. Trabajaba en un banco, y aunque los bancos permiten que las chicas lleven pantalones y todas las cosas desagradables con que las chicas se visten últimamente, ella no lo hacía. Colleen era distinta. Fred sabía su nombre. Quería abrir una cuenta en su banco, pero no se atrevía. Ella se vestía bien para lograr ascensos y había sido promovida a la sección de cuentas nuevas, y Fred no podría hablarle allí. Estaba orgulloso de su ascenso, pero hubiera preferido que siguiese de cajera, porque entonces él podría entrar, acercarse a su ventanilla y...

Ella se quitó el vestido azul y lo colgó cuidadosamente en el único armario. Su piso era muy pequeño, constaba sólo de una habitación con un baño y una cocina y comedor juntos. Dormía en el sofá.

Sus enaguas estaban raídas. El la había observado mientras las remendaba por la noche. Bajo las enaguas llevaba unas bragas negras con puntillas. Fred podía ver el color a través de las enaguas. A veces, las bragas eran rosas con listas negras.

Pronto se daría un baño. Los baños de Colleen eran prolongados. Fred podría trasladarse a su casa y llamar a la puerta antes de que ella hubiera terminado. Sin duda abriría la puerta, porque confiaba en la gente. Una vez había abierto la puerta vestida sólo con una toalla, dejando atónito al empleado de la telefónica que había llamado, y otra vez fue el vigilante del edificio. Fred supo que podía imitar la voz del vigilante. Le siguió a un bar y le oyó hablar. Ella abriría la puerta...

Pero no podía hacerlo. Sabía lo que haría si ella le abría la puerta. Sabía lo que ocurriría después. Esa sería la tercera vez, el tercer delito sexual. Entonces le encerrarían con todos aquellos hombres, aquellos animales. Fred recordaba lo que los hombres enjaulados le habían llamado y cómo se habían aprovechado de él. Gimoteó y ahogó el sonido, como si ella pudiera oírle.

La mujer se puso una bata. Mientras se hacía la cena en la cocina, se sentó en el sofá y encendió el televisor. Fred cruzó la habitación para encender su propio aparato y sintonizar el mismo canal, y luego regresó rápidamente al telescopio. Ahora podía mirar por encima del hombro de la mujer, ver la imagen de su televisor y escuchar el sonido, y era como si Fred y su chica estuvieran juntos viendo la televisión.

Era un programa sobre un cometa.

Las manos del hombre eran grandes, esbeltas, suaves, más fuertes de lo que parecían. Se movían expertamente sobre el cuerpo de Maureen. Ella gimió y de súbito atrajo al hombre hacia sí, arqueándose y envolviéndole entre sus largas piernas. El la apartó poco a poco y siguió acariciándola, actuando sobre ella como... las toberas de un módulo lunar. Aquella imagen extraña y discordante permaneció en su mente, mientras los labios y la lengua del hombre exploraban sus senos. Llegó por fin el momento, y ella pudo perderse en él. Ahora no pensaba en ninguna técnica, pero él la tenía. Nunca perdía el dominio de sí mismo. No terminaría hasta que ella lo hubiera hecho, podía estar segura de ello, y ahora no había tiempo para pensar, sólo las oleadas de una sensación estremecedora...

Le pareció como si volviera a casa después de un largo viaje.

Permanecieron tendidos, cada uno respirando el aliento del otro. Finalmente, él se movió. Maureen le cogió por los cabellos rizados, alzándole la cabeza. De pie, aquel hombre tenía su misma estatura: los astronautas no suelen ser muy altos. Cuando estaba encima de ella, su cabeza le llegaba a la garganta. Ella se incorporó para besarle y exhaló un suspiro de satisfacción.

Ninguna idea extraña cruzaba ya la mente de Maureen. Ojalá le amara, se dijo. ¿Por qué no le quiero? ¿Porque es tan vulnerable?

—Dime, Johnny. ¿Tu mente se distrae alguna vez?

El pensó la pregunta antes de responderla.

—Cuentan una anécdota de John Glenn... —Se apoyó en un codo—. Los médicos espaciales trataban de averiguar todo lo que podríamos soportar sin perder eficacia. Había un montón de cables conectados al cuerpo de Glenn para que pudieran observar los latidos de su corazón y la respiración mientras se entrenaba en un simulacro de vuelo Géminis. De improviso empezaron a arrojar un chorro de virutas de hierro que caían sobre una bandeja metálica en movimiento, justo a su espalda. El ruido era infernal, y siguió durante mucho rato. El corazón de Glenn se sobresaltó y aparecieron grandes alteraciones en la representación gráfica, pero él ni siquiera se movió. Continuó entrenándose durante todo el programa y al final llamó a los médicos hijos de perra.

Esperó a que ella terminara de reír y luego, un poco tristemente, añadió:

—No podemos distraernos. Oye, si vamos a ver tu programa debemos levantarnos.

—Supongo que sí. Tú primero.

—De acuerdo. —Se inclinó para besarla de nuevo y saltó de la cama.

Ella oyó el ruido de la ducha y pensó en unirse a él, pero ahora Johnny no estaría interesado. Había dicho algo inconveniente y ahora él estaría recordando su frustrada carrera, frustrada no porque hubiera cometido algún error, sino porque el país había dejado en suspenso la exploración espacial.

Encontró su bata en el lugar donde él, previsoramente, la había dejado. No podemos distraernos. Cada cosa a su tiempo, y hacerla perfectamente. Tanto si se paseaba a lo largo de un Skylab averiado para repararlo en órbita como si dirigía una aventura amorosa, lo hacía correctamente. Y nunca tenía prisa.

Cuando se conocieron, Baker estaba en la oficina astronáutica de Houston, y le nombraron agente de enlace entre el senador Jellison y el grupo. Johnny Baker tenía esposa y dos hijos adolescentes, y se había portado como un perfecto caballero, llevando a Maureen a cenar cuando convocaban al senador, acompañándola durante la semana que el senador estaba en Washington, llevándola a Florida para ver un lanzamiento...

Fue un perfecto caballero hasta el momento en que tuvieron que regresar a la habitación de su hotel, donde ella se había dejado el monedero, y todavía no estaba segura de quién había seducido a quién. Maureen no se acostaba con hombres casados. No le gustaba acostarse con hombres a los que no amaba. Pero, dejando el amor aparte, había algo en Johnny que le atraía, y Maureen estaba indefensa ante ello. Aquel hombre tenía un solo objetivo y la capacidad de ir tras él a toda costa. Por otra parte, ella era joven, había estado casada una vez y no había hecho ningún voto de castidad. Al diablo con lo que pensaran los demás. Maureen saltó de la cama y conectó el televisor, para romper la cadena de pensamientos, pero éstos siguieron agolpándose en su mente. «No soy una puta, se dijo. El se divorciará la semana próxima, y yo no tengo nada que ver con ello. Ann nunca estuvo enterada de nuestra relación, y sigue sin saberlo. Pero es posible que, de no ser por mí, él no la hubiera dejado marchar. Puede que yo tenga la culpa, pero ella nunca lo ha sabido. Todavía somos buenas amigas.»

Ann le había dicho que su marido ya no era el mismo.

—Ha cambiado desde la misión espacial. Anteriormente nuestra vida fue dura, porque él estaba constantemente entrenándose y nos veíamos poco, pero aún me pertenecía un poco. Después tuvo su oportunidad, todo salió bien y mi marido se convirtió en un héroe... pero lo perdí.

Ann no podía comprenderlo. Maureen, sí. El cambio no se debía a la misión espacial, sino a que ya no había más misiones. Johnny Baker había trabajado toda su vida, se haba entrenado intensamente para una sola cosa, y ya nadie iba a repetirla...

Una meta en la vida. Un poco a la manera de Tim Hamner. Johnny tuvo una meta, y a lo mejor Maureen había tratado de participar un poco de ella. Pero ahora Johnny había agotado aquella meta, y lo más importante en la vida de Maureen Jellison era la lucha con una estúpida dama de Washington. Todavía se sentía molesta cada vez que pensaba en ello.

La dama se llamaba Annabelle Cole y era una mujer liberada. Seis meses atrás se había interesado por la extinción del caracol, y dentro de seis meses puede que le preocupara el declive de la tradición artística entre los aborígenes australianos. De momento se limitaba a culpar a los hombres de todo lo malo que había ocurrido en el mundo. Nadie replicaba a sus excentricidades. No se atrevían. No eran pocos los negocios que se concretaban en las fiestas de Annabelle.

Maureen debió mostrarse desagradable la noche en que Annabelle la abordó en busca del apoyo de su padre. Quería que el Congreso destinara fondos para el estudio de matrices artificiales, a fin de liberar a las mujeres de la esclavitud a sus cuerpos súbitamente alterados. Y Maureen le dijo que tener bebés formaba parte de la relación sexual y que si deseaba librarse del embarazo podía dejar de hacer el amor. Luego le sorprendió haber sido capaz de decir eso, ella que jamás había estado embarazada.

Tal vez su padre perdiera algunos contactos importantes debido a la escasa diplomacia de Maureen, pero ella se las ingeniaría para impedirlo. Dentro de seis meses, cuando Annabelle encontrara una nueva causa, Maureen daría una fiesta e invitaría a alguien cuyo conocimiento fuera imprescindible para Annabelle. Lo tenía todo planeado. Y aquel era precisamente el problema: ¡como si una pelea con Annabelle Cole fuera el acontecimiento más importante en su vida!

—Prepararé algo para beber —dijo Johnny—. Será mejor que te duches, el programa empezará en seguida.

—Ya voy —respondió ella, mientras pensaba en las posibilidades de una vida en común con aquel hombre. Casarse con él, impulsarle a una nueva carrera, hacer que dirigiera un negocio o escribiera sus memorias. Haría bien cualquier cosa que intentara... Pero ¿por qué no podía encontrar ella metas propias?

La estancia era inequívocamente masculina, con libros y modelos de los aviones de combate que Johnny Baker había pilotado, y un Skylab con las alas rotas. Había también una gran foto enmarcada de un hombre embutido en un voluminoso traje espacial avanzando por el vacío a lo largo de una de aquellas alas, una forma sin rostro, extraña, desconectada de la nave espacial, arriesgándose a sufrir la muerte en las condiciones más solitarias posibles si se descuidaba un solo instante. Debajo de la foto colgaba la medalla de la NASA.

Recuerdos de tiempos pasados. Todo pertenecía a otra época. No había fotografías de la lanzadera espacial, cuyo programa se había retrasado una vez más, ni nada que recordara al Pentágono, donde Johnny trabajaba ahora. Dos fotos de los niños, una con Ann al fondo, la pequeña, morena y competente Ann, que ya tenía una expresión de perpleja infelicidad en la foto.

Johnny sujetaba fuertemente el vaso, pero se había olvidado de él. Maureen podía observar su rostro sin que él se diera cuenta. La mirada de Johnny Baker estaba fija en la pantalla.

Se veían órbitas parabólicas trazadas contra los recorridos concéntricos circulares de los planetas. Viejas fotos de los cometas Halley, Brook, Cunningham y otros, culminando con un punto borroso que era el cometa Hamner-Brown. Un hombre con unas gafas que le daban un aspecto de insecto hablaba animadamente.

—Sí, algún día chocarán con nosotros, y probablemente no se tratará de un asteroide, porque las órbitas están demasiado próximas. Han debido existir asteroides cuyas órbitas cruzaran la de la Tierra, pero han tenido cuatro mil millones de años para alcanzarnos, y la mayoría finalmente lo han hecho. Chocaron hace tanto tiempo que incluso los cráteres han desaparecido, excepto los más grandes y recientes. ¡Pero fíjense en la Luna! Los cometas son diferentes.

El puntero del conferenciante señaló una parábola dibujada con tiza.

—Hay una masa más allá de Plutón, tal vez un planeta sin descubrir... Incluso tenemos un nombre para ella: Perséfone. Esa masa altera las órbitas de estas grandes bolas de nieve, y se precipitan sobre nosotros dejando una estela de sustancias químicas hirvientes. Ninguna de ellas ha tenido posibilidad de alcanzar la Tierra hasta que han sido arrojadas al sistema interior. Un día nos alcanzarán. Lo sabremos con un año de anticipación, tal vez más, si podemos aprender lo suficiente sobre el planeta Hamner-Brown.

En aquel momento apareció en la pantalla una joven antiséptica anunciando que no se sentía a gusto en su casa, y alguien le dijo que por ese motivo Jabones Kalva había inventado un nuevo desinfectante para su inodoro. Sonriente, Johnny Baker regresó del mundo estelar.

—Este hombre se explica bien, ¿no te parece?

—Es un programa bien hecho. ¿Te dije que conocí al hombre que lo ha realizado? Y también conocí a Tim Hamner. En la misma fiesta, con Harvey Randall. Hamner es un caso, un maníaco. Acababa de descubrir ese cometa y no podía esperar para decírselo a todo el mundo.

Johnny Baker se llevó el vaso a los labios. Luego, tras una larga pausa, dijo:

—Por el Pentágono corren unos curiosos temores.

—¿Ah, sí?

—Me llamó Gus, de Downey. Parece que Rockwell está restaurando un Apolo, y se hablaba de utilizar las secciones propulsoras Titán de un proyectil Big Bird para otro proyecto. ¿Sabes algo?

Ella tomó un sorbo de su bebida y sintió una oleada de tristeza. Ahora sabía por qué Johnny Baker le había llamado el día anterior. Había estado seis semanas en el Pentágono, seis semanas en Washington sin intentar verla, y ahora... «Está bien, pensó, voy a sorprenderte un poco.»

—Papá está tratando de que el Congreso destine fondos para una misión de estudio del cometa.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Johnny.

—Completamente en serio.

—Pero...

Le temblaban las manos, lo cual era muy raro en él. John Baker había pilotado cazas sobre Hanoi, y sus maniobras eran siempre perfectas. Los MIG enemigos nunca tenían una oportunidad. Y una vez había extraído esquirlas de metralla al jefe de su escuadrilla, porque no había tiempo para esperar a los sanitarios. Una esquirla se había clavado en el pecho del jefe y Baker la había extraído y partido diestramente para exponer la arteria, que pinzó con dedos firmes mientras el jefe gritaba y los morterazos del Vietcong llovían sobre el campo. Pero sus manos nunca habían temblado.

Ahora, en cambio, temblaban.

—El Congreso no concederá el dinero.

—A lo mejor sí. Los rusos están planeando una misión. No podemos dejar que nos lleven la delantera —dijo Maureen—. La paz depende de que les mostremos que aún estamos dispuestos a competir, si eso es lo que quieren. Y si competimos, vamos a ganar.

—No me importa si es con los marcianos con quien competimos. Tengo que ir. —Apuró su vaso, con manos súbitamente firmes, y repitió—: Tengo que ir.

Maureen le observaba fascinada. Había dejado de temblar porque tenía una misión. Y ahora ella sabía qué misión era: ella, conseguir que ella le embarcara en aquella expedición. Un minuto antes, Johnny podría haber estado realmente enamorado de ella, pero ahora no.

—Lo siento —dijo abruptamente—. Tenemos poco tiempo para estar juntos y te cargo con esto, pero... Me has puesto sobre ascuas, no puedo pensar en otra cosa.

Bebió de un largo trago su whisky diluido en agua helada y volvió a fijarse en la pantalla. Maureen se preguntó si había estado imaginando cosas. ¿Hasta qué punto John Baker era inteligente?

Por fin terminaron los anuncios y en la pantalla aparecieron de nuevo los Laboratorios de Propulsión a Reacción.

Harry Newcombe mascaba apresuradamente el resto de su bocadillo mientras conducía con una mano la camioneta del correo. El reglamento le facilitaba tiempo libre para almorzar, pero él nunca lo tomaba. Utilizaba el tiempo para cosas mejores.

Bastante después del mediodía llegó al rancho Silver Valley. Como siempre, se detuvo ante la valla. Desde allí podía ver, a través de un paso en las colinas, la majestad de la Sierra Alta, al Este. La nieve resplandecía en sus cumbres. Al oeste había más colinas, y el sol muy bajo por encima de ellas. Harry se bajó del vehículo para abrir la valla, la cruzó y luego la cerró de nuevo cuidadosamente. No hizo caso del gran buzón situado a un lado de la valla.

Se detuvo de nuevo para coger una granada del bosquecillo que se había formado a partir de un solo árbol y que aún, desatendido, se propagaba ladera abajo, hacia el arroyo. Harry lo había visto crecer durante el medio año que hacía aquella ruta, y se preguntaba cuándo llegarían los granados al terreno poblado de cardos. ¿Eliminarían a las matas espinosas? La verdad es que él no tenía idea, pues era un muchacho de ciudad, o, mejor dicho, lo había sido. Y si no volvía a ver una ciudad nunca más en su vida, tanto mejor.

Harry se cargó la saca a la espalda y avanzó ladeado hacia la puerta. Tocó el timbre y dejó la saca en el suelo.

Cesó el tenue fragor de una aspiradora. La señora Cox abrió la puerta y sonrió al ver la voluminosa saca junto a Harry.

—Vaya, el correo. Hola, Harry.

—Hola, señora Cox. Aquí me tiene con un saco de basura.

—Pasa, Harry. ¿Te apetece un café?

—No me retenga, señora Cox. Va en contra del reglamento.

—Café recién hecho. Y panecillos que acaban de salir del horno.

—Bueno... No puedo resistirme a eso. —Harry metió la mano en una pequeña bolsa que colgaba de su hombro.

—Carta de su hermana de Idaho. Y algo del senador. —Le entregó las cartas, luego cargó de nuevo la saca a la espalda y avanzó unos pasos—. ¿Quiere que lo deje en algún sitio en especial?

—La mesa del comedor es lo bastante grande.

Harry vertió el contenido de la saca sobre una hermosa mesa de madera pulida que parecía haber sido tallada de un solo tronco y tener cincuenta años por lo menos. Ya no se fabricaban muebles así. Si había una pieza semejante en la casa del guarda, ¿qué habría en la gran mansión en lo alto de la colina?

La mesa quedó inundada bajo un diluvio de correspondencia: peticiones de ayuda de organizaciones caritativas, cartas de varios partidos políticos y de universidades. Ofertas de participación en sorteos mediante la compra de discos, ropas, libros, suscripciones a revistas. «¡Usted ya puede haber ganado 100$ a la semana durante toda su vida!» Panfletos religiosos y políticos, literatura sobre el impuesto único, muestras gratuitas de jabón, dentífrico, detergente y desodorante.

Alice Cox trajo el café. Sólo tenía once años, pero ya era hermosa, con una larga cabellera rubia y ojos azules. Era una muchacha confiada, como Henry sabía por haberla visto cuando estaba libre de servicio. Pero allí podía ser confiada, puesto que nadie iba a molestarla. La mayoría de los hombres de Silver Valley estaban bien armados, y sabían muy bien qué hacer con cualquiera que molestara a una niña de once años.

Aquella era una de las cosas del valle que a Harry le gustaban. No la amenaza de violencia, porque Harry detestaba la violencia. Pero no era más que una amenaza. Los rifles salían de los armeros sólo para la caza de ciervos, en la temporada o fuera de ella si los rancheros estaban hambrientos o los ciervos se metían en las cosechas.

La señora Cox trajo panecillos. La mitad de las personas en la ruta de Harry le ofrecían café y comida cuando él les llevaba el correo, y Harry solía dejar de lado el reglamento. La señora Cox no hacía el mejor café del lugar, pero sin lugar a dudas la taza en que lo servía era la más elegante, de fina porcelana, demasiado buena para un cartero medio hippie. La primera vez que Harry fue a la casa bebió agua en una taza de hojalata y no pasó de la puerta. Ahora se sentaba ante la mesa y bebía café en taza de porcelana. Aquella era otra razón para mantenerse alejado de las ciudades.

Harry sorbió el café apresuradamente. Había otra muchacha rubia, ésta de dieciocho años y abordable, y el cartero tenía también un montón de correo para ella. Estaría en casa. Donna Adams siempre estaba en casa cuando iba Harry.

—Hay mucha correspondencia para el senador —dijo Harry.

—Sí, está otra vez en Washington —informó la señora Cox.

—Pero volverá pronto —terció Alice.

—Ojalá vuelva pronto —dijo la señora Cox—. Cuando el senador está en su residencia hay mucho movimiento, gente que viene y va, todos importantes. El presidente pasó una noche en la mansión. Los del servicio secreto lo pusieron todo patas arriba. Los agentes recorrían el rancho de un extremo a otro. —Se echó a reír y Alice se unió a ella. Harry pareció perplejo—. Como si alguien en este valle pudiera hacer daño al presidente de Estados Unidos —concluyó la señora Cox.

—Sigo pensando que su senador Jellison es un mito —dijo Harvey—. Hace ocho meses que hago esta ruta y todavía no lo be visto ni una vez.

La señora Cox le miró de arriba abajo. Parecía un buen muchacho, aunque la señora Adams decía que su hija le prestaba demasiada atención. Los cabellos largos, flotantes, rizados y castaños de Harry estarían bien en una chica. Tenía una hermosa barba, pero la auténtica obra maestra era el bigote, cuyos largos extremos Harry a veces curvaba y atusaba formando círculos que recordaban unas gafas pequeñas.

La señora Cox pensaba que, a pesar de todo aquel pelo, era pequeño y delgado, menos robusto que ella. No entendía lo que Donna Adams podía ver en él. Tal vez el coche. Harry tenía un coche deportivo, mientras que todos los chicos del lugar conducían camionetas, como sus padres.

—Es probable que conozcas muy pronto al senador —dijo la señora Cox, lo cual era un signo de aprobación definitiva, aunque Harry no lo sabía. La señora Cox era muy meticulosa con respecto a las personas a las que conocía el senador.

Alice había estado hurgando entre el montón de papel multicolor depositado en la mesa.

—Esta vez hay muchas cartas. ¿De cuándo son?

—Es el correo de dos semanas —dijo Harry.

—Bueno, Harry, te lo agradecemos —dijo la señora Cox.

—Y yo también —añadió Alice—. Si tú no lo trajeras a la casa yo tendría que ir a buscarlo.

Harry regresó a la camioneta y bajó por el largo camino, deteniéndose de nuevo para mirar la Sierra Alta, y luego se dirigió al rancho siguiente, que estaba casi a un kilómetro de distancia. El senador tenía una buena extensión de terreno, aunque en su mayoría estaba dedicado a pasto de secano, lleno de agujeros causados por las ardillas listadas. La tierra era buena, pero no había suficiente agua para regarla.

Al llegar a la valla del siguiente rancho, Harry vio que George Christopher estaba haciendo algo incomprensible en los naranjos. Pensó que probablemente los estaba preparando para la fumigación. Cuando Harry abrió la valla de entrada, Christopher se acercó pausadamente. Era un hombre corpulento, de la altura de Harry, pero dos o tres veces su anchura, con el cuello muy grueso. La cabeza era calva y bronceada, pero Christopher no tendría mucho más de treinta años. Llevaba una camisa de franela a cuadros, pantalones oscuros y botas llenas de barro.

Harry dejó la saca en el suelo, y Christopher frunció el ceño.

—¿Otra vez traes esa porquería, Harry? —le preguntó sin apartar la vista de los largos cabellos y la barba extravagantemente arreglada, al tiempo que fruncía más el ceño.

Harry le sonrió.

—Sí, cada dos semanas, como un reloj. Lo llevaré a la casa.

—No es necesario.

—Me gusta hacerlo. —No había una señora Christopher, pero George tenía una hermana más o menos de la edad de Alice Cox, a la que le gustaba hablar con Harry. Era una chica muy lista, con la que resultaba agradable hablar y que tenía muchas noticias sobre el valle de Harry.

—De acuerdo. Ten cuidado con el perro.

—Desde luego. —Harry nunca se preocupaba por los perros.

—¿Te has preguntado alguna vez lo que las empresas publicitarias darían por tu cabeza? —le preguntó Christopher.

—Lo negociaré con ellos con una condición: que me digan por qué el gobierno les hace pagar menos para que puedan hacernos perder más tiempo. ¿Y tus impuestos?

El semblante ceñudo de Christopher se suavizó y casi sonrió.

—Adelante, Harry. Las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar, y la causa del contribuyente es la más perdida de todas. Cerraré la valla después de ti.

Final de la jornada. Harry entró en las salas de clasificación, detrás de la oficina de correos. Había una nota para él en el tablón de anuncios:

«Peludo: el Lobo quiere verte. Gina XXX.»

Gina, alta, negra, de postura erecta y huesos largos, la única persona de color en el valle, que Harry supiera, estaba tías el mostrador. Harry le hizo un guiño y luego llamó a la puerta del supervisor.

Cuando entró, el señor Wolfe le miró fríamente.

—Feliz día de reparto de basura, Harry —dijo Wolfe.

La entrevista empezaba mal, pero Harry sonrió.

—Gracias, y feliz día para usted también, señor.

—No es gracioso, Harry. ¿Por qué separas la correspondencia comercial y la reservas para entregarla un día cada des semanas?

Harry se encogió de hombros. Podía haberle explicado que clasificar la propaganda le ocupaba tanto tiempo que no tenía oportunidad de charlar con sus clientes, de manera que había empezado a dejar que se acumulara. Así es como había empezado, pero se había hecho popular entre la gente.

—Todo el mundo está contento con este sistema —se defendió Harry—. La gente puede leer la propaganda o arrojarla a la chimenea.

—Es ilegal retener el correo de un ciudadano —dijo Wolfe.

—Si alguien se ha quejado, lo borraré de la lista. Me gusta que mis clientes sean felices.

—Es la señora Adams —le informó Wolfe.

Vaya, qué lástima. Sin el reparto de basura, Harry no tendría una excusa para ir a la casa de los Adams y hablar con Donna.

—A partir de ahora repartirás el correo comercial de acuerdo con el reglamento —dijo Wolfe—. Tal como llegue, no en lotes. Se acabará el día de reparto de basura.

—Sí señor. ¿Puedo hacer algo más para satisfacerle?

—Aféitate la barba y córtate el pelo.

Harry meneó la cabeza. Ya conocía aquella parte del reglamento.

Wolfe suspiró.

—Harry, no tienes la actitud adecuada para ser un cartero.

El despacho de Eileen Susan Hancock era pequeño y estrecho, pero era un despacho. Había luchado durante años para conseguir un despacho propio, lejos de la zona detrás del mostrador. Y por fin lo había conseguido, lo cual demostraba que era algo más que una secretaria.

Ceñuda, estaba haciendo cuentas con su calculadora de bolsillo cuando una idea repentina le hizo estallar en risas. Un instante después se dio cuenta de que Joe Corrigan estaba de pie junto a la puerta. Corrigan entró en el despacho. El botón superior del pantalón volvía a estar desabrochado, y la razón era que su mujer no le dejaba comprar tallas mayores, pues no había perdido la esperanza de que rebajaría de peso. Con los pulgares en el cinto, Corrigan miró a su secretaria burlonamente.

La risa de Eileen se detuvo en seco. Volvió a sus operaciones, sin sonreír siquiera.

—Bueno —dijo su jefe—, dígame qué es lo que le hacía tanta gracia.

Eileen le miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué? Oh, no. No podría decírselo.

—Ya sé. Piensa que si consigue volverme loco usted podría hacerse con el mando de la empresa. ¿No es así? Pues no le saldrá bien. Ya he tomado mis precauciones al respecto. —A Corrigan le gustaba verla así. Eileen era todo o nada: muy seria y eficiente en el trabajo o absolutamente divertida—. De acuerdo —suspiró Corrigan—. Le cambiaré mi secreto por el suyo. Han venido los decoradores. Robin Geston ha firmado el contrato para el asunto de la Marina.

—Vaya, es una buena noticia.

—Sí, eso significa que necesitaremos más ayuda. Por de pronto, queda usted nombrada ayudante general de dirección, si le interesa el cargo.

—Oh, sí que me interesa. Gracias.

Sonrió de una manera intermitente, como una bombilla que se enciende y se apaga casi antes de que uno pueda verla, y pulsó de nuevo los botones de la calculadora.

—Sabía que lo aceptaría. Por eso hice que vinieran los decoradores. Van a convertir la habitación que hay junto a mi despacho en un nuevo despacho para usted. Les he dicho que se pongan en contacto con usted. —Corrigan depositó su humanidad en un ángulo de la mesa—. Ya está, guardaba este secreto como una sorpresa para usted. Ahora dígame el suyo.

—Lo he olvidado —dijo Eileen—. Y he de terminar estos cálculos para que usted pueda llevárselos a Bakersfield.

—De acuerdo —dijo Corrigan, y volvió a su despacho derrotado.

Si él supiera... Eileen sintió impulsos de reír, pero se contuvo. En realidad no deseaba tomarle el pelo a Corrigan. «Bien, lo hice», había pensado. Y Robin se portó bien. No era el mejor amante del mundo, pero tampoco pretendía serlo, y le había sugerido una repetición. «Los amantes necesitan práctica», le había dicho, y también: «La segunda vez es siempre mejor que la primera.»

Pero no habían concretado un próximo encuentro. Tal vez, sólo tal vez, ella le abordaría alguna vez, pero no era probable. Además, él le había dicho claramente que estaba casado. Hasta entonces ella sólo lo había sospechado.

Nunca había habido el menor indicio de que los negocios tuvieran algo que ver con sus vidas privadas. Pero él había firmado el contrato con Suministros para instalaciones sanitarias Corrigan, un negocio muy importante, y era divertido que hubieran tenido aquella clase de relación. Se preguntaba si se hubiera despreocupado tanto por el estado civil de Robin si el contrato no hubiese estado pendiente de firma. Pero él había firmado. Y ahora ella estaba allí, sumando cifras y revisando papeles, y de repente se preguntó qué tenía que ver aquello con las instalaciones sanitarias. Ella no fabricaba tuberías ni las colocaba, no las escariaba ni decía a la gente dónde ponerlas. Lo único que hacía era manejar papeles.

Su trabajo era importante. Había que medirlo por el caos que podría crear con un error fortuito o malicioso: millares de toneladas de material podrían ser enviadas a cualquier parte de la tierra por un simple desliz de su pluma. Pero lo que hacía no tenía que ver con la creación, con hacer las cosas que mantenían cohesionada la civilización, más que el impuesto sobre la renta o lo que hace el fogonero de una locomotora diesel.

Probablemente el señor Corrigan se pasaría el día entero preguntándose por qué de repente se había echado a reír, pero no podía decírselo de ninguna manera. Le había sobrevenido de una manera inesperada e irresistible. Lo que había hecho con Robin Geston la noche anterior era lo más cerca que había llegado jamás a cualquier actividad verdaderamente relacionada con las instalaciones sanitarias.

Pasarían horas antes de que se informara que el coche había sido robado. Alim Nassor estaba bastante seguro de ello, sabía que podría sentarse en él otros diez minutos. Alim Nassor había sido un gran hombre. Cuando volviera a ser grande tendría que ocultar lo que ahora estaba haciendo.

Antes de ser grande se llamaba George Washington Carver Davis. Su madre había estado orgullosa de ese nombre. Decía que el nombre de la familia era Jefferson Davis. Ese blanco había sido un tipo duro, pero su nombre era el de un perdedor, no tenía fuerza. Desde entonces, Alim había tenido muchos nombres callejeros, ninguno de los cuales había gustado a su madre. Cuando ésta le echó de casa, él adoptó su propio nombre.

Alim Nassor significa conquistador sabio tanto en árabe como en swahili. Pocos conocían este significado, pero ¿qué más daba? El nombre tenía fuerza. Alim Nassor tenía mucha más fuerza de la que jamás había tenido George Washington Carver. Los periódicos hablaban de Alim Nassor, y todavía podía entrar en el Ayuntamiento y ver a la gente. Podía hacerlo desde que puso fin a un alboroto callejero con un navaja de resorte, las hojas de afeitar que llevaba en los zapatos y la cadena enrollada a su cintura. Y hubo todo aquel dinero del gobierno para un tipo duro. Los blancos manejaban el dinero a paladas. Lo que fuera, con tal de mantener la tranquilidad en el gueto negro. Había sido un buen juego, lástima que se hubiera terminado.

Maldijo en silencio al pensar en el alcalde Bentley Allen. Los Angeles tenía otro alcalde negro, y el maldito había cerrado la espita. Había nuevas personas en el consistorio. Y aquel estúpido congresista negro hijo de perra que no podía conformarse con el cargo, no, sino que tenía que enchufar a todos sus parientes, y lo descubrieron los puñeteros reporteros de la televisión. En estos tiempos, un político negro necesitaba una reputación impecable...

Bien, el juego había terminado, pero él había comenzado otro. Once trabajos, y todos ellos habían salido a pedir de boca. Habían conseguido... tal vez un botín de un cuarto de millón de dólares en cuatro años. Pero después de traficar con los artículos robados se quedaron reducidos a menos de cien mil. Veinte mil para cada uno de los cuatro hombres en cuatro años. ¡Aquello ni siquiera era un sueldo! Y después de pagar las facturas de los abogados, no sería exagerado decir que las ganancias no habían pasado de cinco mil dólares al año.

Aquél iba a ser el treceavo trabajo. Sería rápido. Era un almacén con un gran movimiento comercial. Alim esperaba, siempre consciente del tiempo. Salieron dos clientes, y nadie bajaba por la calle. Aquel trabajo no le satisfacía. Le disgustaba el derramamiento de sangre. Los blancos no importaba, pero había que tener cuidado para no hacer daño a los hermanos. Había remachado aquello una y otra vez a sus compañeros. ¿Qué pensaban de él ahora? Pero estaba metido hasta el cuello en aquello y tenía que actuar rápido.

El sitio estaba maduro. Lo había reservado para una emergencia y la situación era de emergencia total. Probablemente su abogado blanco no estaría de acuerdo con su acción, pero los abogados y los funcionarios de fianzas querían pan, y en seguida. Era absurdo robar un almacén para pagar a un abogado que le defendería por haber atracado otro almacén. Algún día las cosas serían diferentes. Alim Nassor las haría diferentes.

Era casi la hora. Hacía dos minutos uno de sus hermanos se había hecho detener por una infracción de tráfico a catorce manzanas de distancia, lo cual requirió la presencia de un coche patrulla. Hacía veinte minutos que otro hermano había tenido una «discusión de familia», la hermana había llamado a la comisaría y habían enviado otro coche. Así pues, los dos coches patrulla estaban ocupados. Las zonas negras no eran patrulladas de la misma manera que los distritos de los blancos. Los negros no suscribían importantes pólizas de seguros, ni sabían influir en el Ayuntamiento.

A veces Alim ponía en funcionamiento hasta cuatro tácticas de diversión, incluyendo atascos de tráfico. Se limitaban a repartir pan entre los chicos, para que se entretuvieran en las calles. Alim Nassor era un dirigente nato. No le habían echado el guante desde su juventud, con excepción del último trabajo, cuando un policía fuera de servicio salió de una lavandería automática. ¿Quién habría pensado que aquel hermano era un cerdo policía? Todavía se preguntaba si debía haberlo liquidado o no. En cualquier caso, no lo había hecho. Corrió a un callejón y se desprendió del arma, la máscara y la pistola. Los abogados se encargarían de esas cosas. Sólo había otra prueba, que era la identificación del tendero blanco, pero había maneras de hablar con él para que no testificara..

Llegó la hora Alim bajó del coche. La máscara parecía un rostro. A cinco metros de distancia, nadie diría que se trataba de una máscara. Llevaba el arma bajo la cazadora. Cinco minutos después del trabajo, la cazadora y la máscara habrían desaparecido. Alim dejó de pensar, ahuyentó el pasado y el futuro. Cruzó la calle a su debido tiempo, pues no quería hacer nada que llamara la atención. El almacén estaba vacío.

Todo fue bien, sin problemas. Obtuvo el dinero y estaba a punto de salir cuando entró un hermano. Era un hombre al que Alim conocía desde mucho tiempo atrás. ¿Qué estaba haciendo el muy bastardo en aquella parte de la ciudad? ¡Nadie del barrio de Boyle Heights debería estar más abajo de Watts! Vaya inconveniente. Alim se dio cuenta de que el hermano le había reconocido, tal vez por su forma de andar o por cualquier otra cosa, pero sabía quién era.

Apenas tardó un segundo en tomar una decisión. Se volvió, apuntó el arma y disparó dos veces, para asegurarse. El hombre cayó al suelo. El horror se reflejaba en los ojos del tendero, y Alim disparó tres veces más. Otro atraco no hubiera molestado a nadie, pero los cerdos trabajaban a fondo cuando se trataba de asesinato. Aunque lamentable, era mejor no dejar testigos.

Salió rápidamente y no se dirigió al coche robado que estaba al otro lado de la calle, sino que caminó media manzana, se internó en un callejón y salió a otra calle. Todavía sentía en el brazo ese cosquilleo peculiar y atávico. El hombre había sido hecho para usar una porra, y una pistola es el último grito en porras. Cierra el puño, y si el enemigo está lo bastante cerca para verle el rostro, un golpe lo derribará al suelo, sin vida. ¡Poder! Alim conocía gente a la que había enviciado aquella sensación.

Su hermano, hijo de su misma madre, no sólo de raza, le esperaba en un coche que no era robado. Avanzaron al límite permitido de velocidad, lo bastante rápido para no llamar la atención, pero con suficiente lentitud para que no les detuvieran.

—He tenido que despachar a dos —dijo Alim.

Harold se estremeció, pero su voz era fría.

—Lástima. ¿Quiénes eran?

—Nadie. Nadie importante.

MARZO: DOS

La mayoría de los astrónomos conciben a los cometas como una vasta nube que rodea él sistema solar y que tal vez se extienden hasta llegar a medio camino de la estrella más próxima. El astrónomo holandés J. H. Oort, con cuyo nombre suele designarse la nube, ha calculado que ésta podría contener quizá cien mil millones de cometas.

Brian Marsden, Instituto Smithsoniano

Los acomodaron en la confortable Sala Verde. Dos ujieres y una camarera sorprendentemente bonita llenaban sus vasos en cuanto estaban vacíos, por lo que Tim Hamner bebió más de lo que quería. Pero pensó que estaba bien en comparación con Arnold. Arnold era un autor de best-sellers, y nunca hablaba de nada que no saliera en sus libros. Cuando Tim le dijo que el cometa Hamner-Brown ya era visible a simple vista, Arnold no supo de qué le estaba hablando, y cuando Tim se lo dijo, quiso conocer a Brown.

Uno de los ujieres hizo una seña y Tim, vacilante, se puso en pie. Las escaleras no le habían parecido tan empinadas cuando las bajó. Llegó al estudio y escuchó el fin del monólogo profesional de Johnny y los aplausos del auditorio.

Johnny estaba en plena forma y bromeaba con los demás invitados. Tim recordó, por haberlo leído en el cartel de la entrada, que Sharps, del JPL, había dado una conferencia sobre cometas, y que Johnny parecía saber mucho de astronomía. La otra invitada, una matrona respetable cuyo busto, veinte años atrás, había proporcionado un nuevo término a la lengua inglesa, no cesaba de interrumpir con chistes de color subido. La matrona estaba ebria como una cuba. Tim recordó que se llamaba Mary Jane, y que ya nadie la conocía por su nombre artístico. Con su edad y su peso, hubiera sido ridículo.

Las palabras de apertura provocaron en Tim un instante de pánico al verse ante el público. Entonces Johnny se volvió hacia él y le preguntó, completamente serio:

—¿Cómo se descubre un cometa? Ojalá pudiera hacerlo.

—No tendrías tiempo —replicó Tim—. Se necesitan años, décadas a veces, y nunca se tienen garantías. Coges un telescopio y, a través de él, memorizas el cielo. Luego te pasas todas las noches contemplando nada y helándote el culo. Hace frío en ese observatorio en la montaña.

Mary Jane dijo algo. Johnny estaba alarmado, pero no lo mostró. El técnico de sonido, con sus auriculares, hizo a Johnny una seña.

—¿Te gusta poseer un cometa? —preguntó Johnny.

—Medio cometa —dijo Tim automáticamente—. Me encanta.

—No lo poseerá durante mucho tiempo —dijo el doctor Sharps.

—¿Eh? ¿Cómo es eso? —inquirió Tim.

—Los rusos se apropiarán de él —explicó Sharps—. Van a enviar un Soyuz para estudiarlo de cerca desde el espacio. Cuando lo consigan, el cometa será suyo.

La noticia era desoladora.

—¿Pero no podemos hacer nada? —preguntó Tim.

—Claro. Podemos lanzar un Apolo o algo más grande. Tenemos todo el equipo necesario inmovilizado, oxidándose. Incluso llevamos a cabo los trabajos preliminares. Pero el dinero se agotó.

—¿Pero —quiso saber Tim— podríais lanzar un cohete si tuvierais el dinero?

—Podríamos subir allí y observar cómo la cola del cometa envuelve a la Tierra. Es una vergüenza que el pueblo americano no se preocupe más por la tecnología. A nadie le importa un comino, mientras funcionen sus cacharros eléctricos. ¿Te has detenido a pensar en cómo dependemos de cosas que ninguno de nosotros comprende? —Sharps abarcó con un gesto espectacular el estudio de televisión.

Johnny empezó a decir algo, acerca del ama de casa que usaba un computador doméstico como pasatiempo, y cambió de idea. El auditorio en el estudio escuchaba. Había un prudente silencio que Johnny hacía tiempo que había aprendido a respetar. Querían oír a Sharps. Tal vez aquella sería una buena noche y aquel uno de los programas que la gente grabaría para verlo una y otra vez, los domingos, los aniversarios...

—No sólo la televisión —decía Sharps—. La chapa de fórmica de tu mesa, por ejemplo. ¿Qué es la fórmica? ¿Alguien sabe cómo se fabrica? ¿O cómo se fabrica un lápiz? Y mucho menos la penicilina. Nuestras vidas dependen de esas cosas, y ninguno de nosotros sabe mucho de ellas. Ni siquiera yo.

—Yo siempre me he preguntado qué es lo que hace crujientes a las tiras de los sostenes —dijo Mary Jane.

Johnny se apresuró a intervenir para centrar de nuevo el programa en Sharps.

—Pero dime, Charlie, ¿qué beneficios producirá el estudio de ese cometa? ¿Cómo cambiará eso nuestras vidas?

Sharps se encogió de hombros.

—Puede que no cambie nada. Tú me preguntas por los beneficios de la nueva investigación, y todo lo que puedo responderte es que siempre ha sido beneficiosa, quizá no de la manera que tú lo considerarías. ¿Quién habría pensado que obtendríamos toda una nueva tecnología médica gracias al programa espacial? Pues la conseguimos. Hoy hay centenares de personas vivas porque los técnicos especializados en el factor humano tuvieron que crear nuevos instrumentos para los astronautas. Johnny, ¿has oído hablar alguna vez del Club de Roma?

Sí, Johnny había oído hablar, pero sería necesario recordárselo al auditorio.

—Son un grupo de personas que realizaron simulaciones mediante ordenadores electrónicos para descubrir cuánto nos durarían nuestros recursos naturales. Incluso con un crecimiento cero de la población...

—Nos dices que estamos acabados —le interrumpió Sharps—, y eso es estúpido. Estamos acabados sólo porque ellos no nos dejarán usar realmente la tecnología. Dicen que se están agotando los metales, pero hay más metal en un pequeño asteroide que todo el extraído en las minas de todo el mundo en los últimos cinco años. Y hay centenares de millares de asteroides. Todo lo que hay que hacer es ir a por ellos.

—¿Podemos hacerlo?

—¡Puedes apostar a que sí! Hasta con la tecnología que ya tenemos, podríamos hacerlo. Johnny, ahí en el espacio está lloviendo sopa, y nosotros ni siquiera sabemos algo sobre los platos para contenerla.

El público del estudio aplaudió. No habían recibido ninguna indicación de los ayudantes de producción, pero aplaudieron. Johnny dirigió a Sharps una sonrisa aprobadora y decidió como iría el resto del programa. Pero primero hubo una señal frenética: pausa para el anuncio de Jabones Kalva.

El programa siguió después del anuncio. Cuando Sharps se calentaba, era realmente dinámico. Sus manos delgadas y huesudas oscilaban como aspas de molino. También habló sobre molinos de viento, y sobre la cantidad de energía que el sol emite a diario, acerca de la llamarada solar que había observado la tripulación del Skylab.

—¡Johnny, había suficiente energía en aquella pequeña llamarada para hacer que funcionara toda nuestra civilización durante siglos! ¡Y esos idiotas hablan de destrucción!

Pero estaban descuidando a Tim Hamner, y Johnny tuvo que hacerle intervenir en la conversación. Hamner permanecía sentado, asintiendo, disfrutando con toda evidencia de lo que decía Sharps. Johnny se las ingenió para que el científico volviera a ocuparse del cometa y entonces vio su oportunidad.

—Charlie, has dicho que los rusos observarían de cerca el cometa Hamner-Brown. ¿A qué distancia?

—Podrán acercarse mucho. Sin ninguna duda atravesaremos la cola del cometa. Ya te he mostrado por qué no podemos saber cuánto se acercará la cabeza... pero pasará muy cerca. Si tenemos suerte, tal vez pasará a una distancia como la que nos separa de la Luna.

—Yo no llamaría a eso suerte —dijo Mary Jane.

—Tim, es tu cometa —dijo Johnny—. ¿Crees que el Hammer-Brown podría realmente chocar con el planeta?

—Es Hamner, no Hammer —puntualizó Tim.

—Oh. —Johnny se echó a reír—. ¿Qué he dicho? ¿Hammer? Si chocara contra nosotros sería un nombre más apropiado, ¿no crees?

—Tú lo has dicho —intervino Charlie Sharps.

—¿Qué haríamos si ocurriera? —preguntó Johnny.

—Bueno, ya tenemos algunos hoyos considerables debidos a impactos de meteoritos —dijo Tim—. El cráter del Meteoro, en Arizona, tiene casi dos kilómetros de anchura. El Vreedevort, en África del Sur, es tan grande que sólo puede verse desde el aire.

—Y esos fueron meteoritos pequeños —comentó Sharps. Todos se volvieron a mirarle y él sonrió—. ¿Os habéis fijado alguna vez en lo circular que es la bahía del Hudson, o el mar del Japón?

—¿Esos accidentes geográficos fueron producidos por impactos de meteoros? —preguntó Johnny. La idea era aterradora.

—Muchos pensamos que sí. Y algo de enorme tamaño chocó con la Luna y casi la partió... Una cuarta parte de su superficie está cubierta por un llamado océano, que en otro tiempo fue un mar de lava que fluyó del punto donde chocó un gran asteroide.

—Naturalmente, no sabemos de qué está formado el Hamner-Brown —informó Tim.

—Tal vez es hora de que lo averigüemos —dijo Mary Jane.

—Es sólo cuestión de tiempo —dijo Sharps—. Cuanto más largo sea el tiempo considerado, mayores son las probabilidades de que un cometa llegue a chocar con nosotros. Pero no creo que debamos preocuparnos por el Hamner-Brown.

Henry Armitage era un predicador que tenía un programa en la televisión. Había predicado por la radio hasta que ano de sus fieles le dejó una herencia de diez millones de dólares. Ahora tenía su propia revista en papel satinado, su programa de televisión se veía en un centenar de ciudades y poseía un complejo de edificios en Pasadena que incluían une editorial.

Con todo, Henry redactaba gran parte de la revista, y siempre hacía los editoriales. Le encantaba mezclarse con los problemas del mundo. Sabía lo que significaban. Eran los signos de una mayor alegría venidera. Estaba escrito:

»—Dinos —habían preguntado los discípulos al Maestro—: ¿Cuándo veremos esos signos? ¿Y cuál será la señal de tu venida y la del fin del mundo?

»Y Jesús respondió diciéndoles:

»—Tened cuidado para que ningún hombre os engañe, pues muchos vendrán en mi nombre diciendo “Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos.»

A la entrada del condado Inyo, en California, Henry había visto un aviso de la policía clavado en un poste: «Charles Manson, también conocido como Jesucristo y Dios.»

«Y oiréis hablar de guerras y rumores de guerras. Procurad que no os conturbe, pues todas esas cosas deben pasar, pero todavía no son el fin. Pues una nación se alzará contra otra y un reino contra otro reino. Y habrá hambres y pestes y terremotos en diversos lugares.»

El Evangelio de Mateo era el favorito de Henry, y su texto preferido entre todos los de la Biblia, que era su libro favorito. ¿No eran estos los tiempos de los que habló Cristo? Los signos estaban presentes por todas partes en el mundo.

Se sentó ante su lujosa mesa de trabajo. El televisor estaba oculto tras un panel que se abría cuando Henry oprimía un botón. Había progresado mucho desde que en los años treinta iniciara su carrera en Idaho. A veces aquella ostentosa riqueza molestaba a Henry, pero sus partidarios insistían en ello, aun cuando Henry y su esposa hubieran sido igualmente felices en un entorno más sencillo.

Henry trataba de redactar su editorial, pero no se sentía inspirado. Como lección de humildad había encendido el televisor, que ofrecía una entrevista. La lección consistía en contemplar aquella superficial frivolidad sin detestar a quienes tomaban parte en ella. Y aquello era duro, muy duro...

Algo llamó su atención. Un hombre delgado y alto que vestía una chaqueta deportiva de punto de espina y movía mucho los brazos. Henry admiró su técnica. Aquel hombre podría ser un formidable predicador. Centró toda su atención en lo que decía.

El hombre hablaba de un cometa. ¿Un cometa? ¿Un signo de los cielos? Henry sabía lo que eran los cometas, pero el hecho de que los cometas fueran fenómenos naturales no significaba que su presencia no fuera milagrosa. Henry había visto a muchos pacientes curados gracias a sus plegarias, mientras que los médicos más tarde «explicaban» el milagro.

Un cometa. Y pasaría muy cerca de la tierra. ¿Podría ser éste el signo final de todo? Cogió un bloc de papel y empezó a escribir en desgarbadas letras de imprenta, utilizando una docena de lápices. Llenó tres páginas antes de dar con su titular, y volvió a la primera página.

Dentro de dos semanas su revista estaría en medio millón de hogares de todo el mundo. Y en la portada, en grandes letras de un rojo deslumbrante, se leería este titular:

EL MARTILLO DE DIOS

Sería también un buen texto para sus programas de televisión. Henry empezó a escribir frenéticamente, sintiendo lo que había sentido casi cuarenta años atrás, cuando realmente había empezado a comprender el capítulo 24 del Evangelio de Mateo y transmitiera el mensaje a un mundo al que no le importaba.

El Martillo de Dios llegaba para castigar a los decadentes y los obstinados. Henry escribió afanosamente.

ABRIL: UNO

De la furia de los hombres del Norte,
Líbranos, Señor. Del gran cometa,
Líbranos buen Dios.

Letanía medieval

Tim Hamner llegó en taxi en el mismo momento en que el furgón de Harvey se detenía ante los Laboratorios de Propulsión a Reacción. Harvey lanzó un juramento al tiempo que Tim entregaba al conductor un billete de veinte dólares y lo despedía. Pero cuando Hamner se acercó a él, Harvey le recibió con la mejor de las sonrisas.

Hamner parecía avergonzado.

—Mire, Harvey, ya sé que dije que no me metería en esto... y no lo voy a hacer. Pero conocí a Sharps en aquella entrevista por televisión.

—Sí, la vi. Sharps estuvo muy bien.

—Desde luego —convino Hamner—. Quiero verle otra vez. Llamé al JPL y me dijeron que usted vendría aquí para Celebrar una entrevista. Harvey, quisiera estar presente.

Harvey se sentía airado, pero aquella era una petición razonable por parte de un patrocinador.

—Claro que sí.

Charlene, la señorita de relaciones públicas, esperaba, y no puso el menor reparo a la inesperada aparición de Tim Hamner entre el equipo de rodaje. El despacho de Sharps no había cambiado. Había libros diversos desparramados sobre su lujoso escritorio, y en vez de una salida impresa de IBM había un gran diagrama. Harvey pensó que cambiaba el reparto, pero la obra era la misma.

—Vaya —dijo Sharps, alzando una ceja al ver a Hamner—. ¿El patrocinador viene a vigilarle, Harvey? Espero que esto no lleve mucho tiempo. Tengo que ir a los laboratorios dentro de poco.

Harvey hizo una seña a los miembros del equipo. Charlie ya estaba preparando las cosas para el rodaje y Mark iba de un lado a otro con el fotómetro. Mark se había perfeccionado mucho en su trabajo. Parecía cuajar en él. Harvey no recordaba que hubiera durado tanto tiempo en ningún otro empleo. Si ahora lo abandonara, Mark le echaría de menos.

—Estamos interesados en la sonda —dijo Harvey—. ¿Cree usted que va a salir bien?

Sharps le sonrió.

—Las perspectivas son inmejorables, gracias al senador Arthur Jellison. ¿Recuerda la conversación que tuvimos al respecto?

—Sí.

—Bien, él es el hombre. Le agradeceré toda buena publicidad que pueda dedicarle.

Harvey asintió e hizo una señal al equipo.

—Empecemos.

—Rodando —dijo Manuel.

Charlie estaba detrás de la cámara, y Mark se adelantó con la claqueta.

—Entrevista a Sharps. Primera toma.

—Doctor Sharps —dijo Harvey—. Ha habido algunas críticas a la proposición de enviar una misión Apolo para estudiar el cometa. Se dice que sería demasiado peligroso.

Sharps hizo un gesto de rechazo.

—¿Peligroso? Ya lo hemos hecho antes. Una perfecta sección propulsora y una cápsula probada. No hemos dedicado tantos meses de planeamientos como a la NASA le gusta, pero pregunte a los hombres que tripularán la nave, pregunte a los astronautas si ellos creen que será peligroso.

—¿Ya ha sido escogida la tripulación?

—No... ¡Pero hay cuarenta voluntarios! —exclamó Sharps sonriendo a la cámara.

Harvey siguió haciendo preguntas. Hablaron de los instrumentos que llevaría el Apolo. Muchos de ellos se estaban ensamblando en el JPL y el Instituto Tecnológico de California.

—Los estudiantes y técnicos están haciendo horas extras gratuitas —dijo Sharps—. Sólo para ayudar.

—¿Sin cobrar? —preguntó Harvey.

—Exacto. Hacen su trabajo normal, las cosas que tenemos contratadas, y luego dedican su tiempo libre a la misión al cometa. Sin cobrar.

Harvey pensó que aquello no estaba mal. Tomó nota de que debía entrevistar a algunos de los técnicos. Tal vez encontraría a un conserje que trabajara horas extras para ayudar.

—Parece que no pueden transportar suficiente equipo —dijo Harvey.

—Bueno, la verdad es que no podemos llevar demasiadas cosas —convino Sharps—. Desde luego, no todo lo que nos gustaría llevar. Pero ¿qué significa suficiente? Podemos llevar lo suficiente para aprender mucho.

—De acuerdo. Doctor Sharps, tengo entendido que ha hecho un nuevo diagrama de la órbita del cometa Hamner-Brown. Y que tiene nuevas fotografías.

—Las fotos las tiene el observatorio Hale. En efecto, hemos trazado la órbita. Podemos decir con seguridad que se trata de un gran cometa. Tiene el coma más largo jamás registrada a esa distancia del sol. Eso significa que queda mucho hielo en la bola de nieve. Y se acercará mucho. Primero pasará a una distancia razonable, y veremos una cola espectacular. Luego entrará en la órbita de Venus y en su mayor parte se desvanecerá, aunque parte de la cola puede ser visible durante cierto tiempo. Quiero decir visible a simple vista. Después estará demasiado próximo al sol para que podamos verlo desde aquí, pero, naturalmente, la tripulación del Apolo podrá efectuar buenas observaciones. No volveremos a verlo hasta que pase muy cerca de la Tierra en su viaje de regreso. Por entonces llenará totalmente el cielo con la cola. Estoy dispuesto a apostar que esa cola será visible a la luz del día.

Mark Czescu soltó un silbido. Manuel no hizo ninguna maniobra correctora, por lo que Harvey supo que la cinta no había registrado el silbido. También Harvey sentía ganas de silbar.

Se abrió la puerta del despacho y entró un hombre de baja estatura, de rasgos imprecisos y rechoncho, que aparentaba unos treinta años. Llevaba una barba bien cuidada y gruesas gafas. Llevaba una camisa de lana y ambos bolsillos estaban repletos de plumas y lápices de todos los colores y grosores imaginables. De su cinturón colgaba una calculadora de bolsillo.

—Oh, lo siento... Creí que estabas solo —dijo en tono de disculpa, y empezó a retroceder.

—No, no, quédate y escucha esto —le dijo Sharps—. Les presento al doctor Dan Forrester. Su trabajo oficial es programador de computadores. Está doctorado en astronomía. Normalmente aquí le llamamos nuestro genio cuerdo.

Detrás de Harvey, Mark susurró:

—Si le llaman genio con esa pinta...

Harvey asintió. El también lo había pensado.

—Dan ha estado haciendo más reconstrucciones de la órbita del cometa Hamner-Brown. También se ocupa de averiguar la fecha óptima para el lanzamiento del Apolo, dada la limitada cantidad de equipo que podemos llevar y la cantidad igualmente limitada de artículos de consumo.

—¿Artículos de consumo? —preguntó Harvey.

—Alimentos, agua, aire. Ocupan volumen. Sólo podemos ocupar un volumen determinado, así que cambiamos artículos de consumo por instrumentos. Pero los artículos de consumo significan tiempo en órbita, por lo que Dan está trabajando en el siguiente problema: ¿Es mejor efectuar el lanzamiento más temprano, con menos equipo, de manera que puedan permanecer más tiempo arriba pero conseguir menos información...?

—Información no —dijo Forrester, de nuevo en tono de disculpa—. Siento interrumpir...

—No, díganos lo que quiere decir —le pidió Harvey.

—Estamos tratando de conseguir la máxima información —explicó Forrester—, de modo que el problema consiste en si conseguimos más información teniendo más datos en un tiempo más breve o menos datos en un tiempo más largo.

Harvey asintió.

—¿Y qué datos ha obtenido sobre el cometa Hamner-Brown? ¿A qué distancia estará cuando pase por el punto más próximo?

—Cero —dijo Forrester, sin sonreír siquiera.

—¿Eh? ¿Quiere decir que se nos echa encima?

—Lo dudo. —Ahora sonrió—. La distancia es cero dentro de los límites de la predicción, lo que implica un error de al menos tres cuartos de millón de kilómetros.

Harvey se tranquilizó. Observó que todos los presentes en la sala, incluida Charlene, se tranquilizaban. Allí se tomaban en serio a Forrester. Harvey se volvió hacia Sharps.

—Díganos, ¿qué sucedería si el cometa chocara con nosotros? Supongamos que tenemos esa desgracia.

—¿Se refiere a la cabeza? ¿Al núcleo? Porque parece como si pudiéramos pasar a través de la cabellera externa, que no es más que gas.

—No, me refiero a la cabeza. ¿Qué ocurre? ¿El fin del mundo?

—Oh, no, nada semejante. Probablemente sería el fin de la civilización.

Durante un momento hubo un silencio total en la estancia.

—Pero doctor Sharps —dijo Harvey en tono de perplejidad—, usted me dijo que un cometa, incluso la cabeza, está formado principalmente por hielo esponjoso que contiene rocas. E incluso el hielo está compuesto de gases helantes. Eso no parece peligroso.

De hecho, el objetivo de Harvey era dejar constancia oficial de lo que Sharps le había dicho en privado.

—Varias cabezas —dijo Dan Forrester—. Al menos eso es lo que parece. Creo que ya está empezando a dividirse. Y si lo hace ahora, lo hará más tarde, probablemente..., quizá.

—Así que es aún menos peligroso —comentó Harvey.

Pero Sharps no le escuchaba. Dirigió la mirada al techo.

—¿Ya se están desgajando los témpanos?

—Aja —confirmó Forrester, sonriente.

Sharps reparó de nuevo en Harvey Randall.

—Usted preguntaba por el peligro —dijo—. Consideremos la cuestión. Tenemos varias masas, en su mayor parte constituidas por material que hierve para formar la cabellera y la cola: polvo fino, gases helados espumosos, con bolsas de las que ha desaparecido hace tiempo la materia realmente volátil, y tal vez algunas rocas empotradas. Un momento...

Randall miró a Forrester, que sonreía beatíficamente.

—Probablemente esa es la razón de que ya sea tan brillante. Algunos de los gases están interactuando. ¡Piensa en lo que veremos cuando realmente empiecen a bullir cerca del sol!

La mirada de Sharps volvía a ser reflexiva, perdida.

—Doctor Sharps —dijo Harvey rápidamente.

—Oh, sí, claro. ¿Qué ocurrirá si nos alcanza, lo cual no ocurrirá? Bien, lo que hace al núcleo peligroso es su tamaño y el hecho de que avanza velozmente, con enormes energías.

—¿Debido a las rocas? —preguntó Harvey. Si se trataba de las rocas podía comprenderlo—. ¿Qué tamaño tienen esas rocas?

—No mucho —dijo Forrester—. Pero eso es teoría.

—Exacto. —Sharps tuvo nuevamente conciencia de la cámara—. Esta es la razón por la que necesitamos la sonda. No lo sabemos. Pero supongo que las rocas son pequeñas, desde el tamaño de una pelota de béisbol al de una pequeña colina.

Harvey se sintió aliviado. Aquello no podía ser peligroso. ¿Una pequeña colina?

—Pero eso realmente no importa —prosiguió Sharps—. Las rocas estarán empotradas en los gases helados y el granizo. Todo ello chocaría como varias masas sólidas, no como un conjunto de pequeños pedruscos.

Harvey se detuvo a pensar en las palabras de Sharps. Aquella entrevista filmada requeriría una revisión a fondo antes de su emisión.

—Sigue sin parecer peligroso. Incluso los meteoros de ferroníquel se queman mucho antes de que choquen con el suelo. De hecho, en toda la historia hay un solo caso registrado de que alguien haya sido lesionado por un meteoro.

—Sí —intervino Forrester—. Aquella señora de Alabama. Vi su foto en la revista Life. Presentaba el moratón más grande que he visto en mi vida. Creo que hubo incluso un juicio, ya que la señora reclamaba la propiedad del meteoro porque aterrizó en su sótano.

—Mire —dijo Harvey—. El cometa Hamner-Brown entrará en la atmósfera con una violencia mucho mayor que cualquier meteorito normal, y en su mayor parte está formado por hielo. Las masas arderán con más rapidez, ¿no es así?

Dos cabezas hicieron movimientos negativos: un rostro delgado que llevaba unas gafas con aspecto de insecto y otro rostro con una poblada barba y gruesas gafas. Y Mark, apoyado en la pared, también meneaba la cabeza.

—Atravesaría rápidamente la atmósfera —dijo Sharps—. Cuando la masa supera cierto tamaño, deja de tener importancia si la Tierra tiene atmósfera o no.

—Excepto para nosotros —dijo Forrester, impasible.

Sharps se detuvo un instante y luego se echó a reír, aunque de modo contenido. Sharps hacía lo posible para evitar ofender a Forrester.

—Lo que necesitamos es una buena analogía. Hummm... —El surco en el ceño de Sharps se profundizó.

—Helado con crema, frutas, almíbar y nueces, y encima dulce en pasta de chocolate —dijo Forrester.

—¿Qué?

—Lo dicho. Un par de kilómetros cúbicos de esa pasta lanzados a velocidad cometaria.

Los ojos de Sharps brillaron.

—¡Me gusta! Lancemos contra la tierra un par de kilómetros cúbicos de helado.

Dios mío, pensó Harvey, se han vuelto majaretas. Los dos hombres se precipitaron hacia la pizarra. Sharps empezó a dibujar.

—De acuerdo: el helado. Veamos, ponemos la crema de vainilla en el centro con una capa de pasta de chocolate encima...

No hizo caso de un sonido ahogado detrás de él. Tim Hamner no había dicho ni una palabra durante toda la entrevista. Ahora estaba doblado, sujetándose el vientre, tratando de contener la risa. Alzó la vista, sofocado, con semblante serio.

—¡No puedo aguantar! —exclamó, soltando unas risotadas que parecían rebuznos de asno—. ¡Mi cometa! Dos kilómetros cúbicos de helado con pasta de chocolate...

—La pasta de chocolate será la cubierta exterior —amplió Forrester—, de manera que se calentará cuando el cometa Hammer rodee al sol.

—Se llama Hamner-Brown —dijo Tim con expresión seria.

—No, amigo, esto es un par de kilómetros cúbicos de helado con pasta de chocolate —dijo Sharps—, y el helado seguirá congelándose bajo la cubierta.

—Pero te olvidas de... —dijo Harvey.

—Pondremos la cereza en un polo y diremos que ese polo estaba en sombra en el perihelio. —Sharps hizo un dibujo que mostraba que cuando el cometa rodeara al sol, la cereza en el eje esferoide achatado estaría en la cara apartada del sol—. No queremos que se abrase. Y lo llenaremos de nuez machacada que representará las rocas.

—¿Ponemos una cereza de sesenta metros?

—Transportada por la Real Fuerza Aérea del Canadá —dijo Mark.

—¡Muy bien pensado! —celebró Forrester—. ¡Ya veremos qué tal sale eso por televisión!

—Y ahora, a medida que el cometa rodea el sol, dejando una estela luminosa de falsa crema batida y apunta hacia nuestras cabezas... Dan, ¿cuál es la densidad del helado de vainilla?

Forrester se encogió de hombros.

—Flota. Digamos que dos tercios.

—Exacto. Punto seis, seis, seis. Eso es. —Sharps se sacó una calculadora del bolsillo y pulsó los botones frenéticamente—. Me encantan estas cosas. Antes utilizaba reglas de cálculo. Nunca comprendí dónde estaban los decimales... Disponemos de un par de kilómetros cúbicos. Hagamos un cálculo exacto en centímetros y elevémoslo al cubo... Sale una buena cantidad. Llevaría bastante tiempo comerse todo eso. Ahora calculemos la densidad... Dos mil millones de toneladas Vayamos ahora a la pasta de chocolate...

Sharps pulsó los botones de la calculadora, y Harvey pensó que era feliz como una almeja. Una almeja muy voluble equipada con una calculadora de Texas Instruments, la última maravilla de bolsillo.

—¿Cuál dirías que es la densidad de la pasta de chocolate? —preguntó Sharps.

—Pongamos cero nueve —replicó Forrester.

—¿Ninguno de vosotros ha hecho pasta de chocolate? —preguntó Charlene—. No flota. Para probarlo basta echarla en un vaso de agua fría. Al menos, así es como lo hacía mi madre.

—Pongamos entonces uno coma dos —dijo Forrester.

—Otros dos mil quinientos millones de toneladas de pasta de chocolate —añadió Sharps. Hamner, tras él, emitió más ruidos sofocados.

—Creo que podemos pasar por alto las rocas —dijo Sharps—. ¿Ve la razón ahora?

—Dios mío, sí —respondió Harvey. Miró al cámara sobresaltado—. Sí, doctor Sharps, realmente podemos prescindir de las rocas.

—¿No irá a mostrar esto en el programa, verdad? —Tim Hamner parecía indignado.

—¿No quiere usted que salga? —le preguntó Harvey.

—No... no... —Hamner volvió a sujetarse el vientre, convulsionado por la risa.

—Ahora llega a velocidades cometarias. Velozmente. Veamos, ¿cuál es la velocidad parabólica en la órbita de la Tierra, Dan?

—Veintinueve coma siete kilómetros por segundo, elevado al cuadrado.

—Cuarenta y dos kilómetros por segundo —anunció Sharps—. Y tenemos que añadir la velocidad orbital de la Tierra. Depende de la geometría del impacto. ¿Cincuenta kilómetros por segundo sería una velocidad aproximativa razonable?

—Yo diría que sí —convino Forrester—. Los meteoros oscilan entre veinte y setenta, tal vez. Es razonable.

—De acuerdo. Pongamos cincuenta, multiplicado por un medio para corregir la cifra. Multipliquemos la masa en gramos. Diez al cuadrado por veintiocho ergios. Eso para el helado de vainilla. Ahora podemos suponer que la mayor parte de la crema de chocolate ha hervido, pero comprenda, Harvey, que a esas velocidades no es posible permanecer demasiado tiempo en la atmósfera. ¡Es posible atravesarla en un par de segundos! En cualquier caso, cualquiera que sea el volumen de la masa que arda, gran parte de la energía se transfiere al equilibrio calorífico de la Tierra, lo cual, en sí, sería una explosión espectacular. Supondremos que el veinte por ciento de la energía de la pasta de chocolate se transfiere a la Tierra y... —Pulsó más botones y añadió, alzando el tono de voz—: nuestro total definitivo es dos coma siete multiplicado por diez elevado a veintiocho ergios. Bien, esa sería la potencia del impacto.

—No tiene mucho sentido para mí —dijo Harvey—. Parece una cifra grande...

—Una cifra seguida por veintiocho ceros —musitó Mark.

—Se aproximará a los seiscientos cuarenta mil megatones —añadió amablemente Forrester—. Sí, es una cifra grande.

—Dios mío, el planeta quedaría pasteurizado —dijo Mark.

—No del todo. —Forrester había sacado su propia calculadora del estuche adosado al cinturón—. Serían unos tres mil Krakatoas, o trescientas explosiones como la de Thera, si es cierto lo que dicen de Thera.

—¿Qué es Thera? —preguntó Harvey.

—Un volcán en el Mediterráneo, de la Edad del Bronce —explicó Mark—. De ahí procede la leyenda de la Atlántida.

—Su amigo está en lo cierto —dijo Sharps—. Pero no estoy seguro de la cantidad de energía. Mírelo de esta manera. La humanidad entera gasta cerca de diez elevado a veintinueve ergios al año, todo comprendido: energía eléctrica, carbón, energía nuclear, coches..., todo lo que se le ocurra. Nuestro helado con pasta de chocolate entra en escena con cerca del treinta por ciento del presupuesto anual de energía de todo el mundo.

—Hummm. Entonces no es tan malo —dijo Harvey.

—No tan malo. ¿No tan malo como qué? La energía de un año en un minuto. Probablemente caería en el océano. Si lo hiciera en la tierra, las cosas irían mal para quienes estuvieran debajo, pero la mayor parte de la energía sería de nuevo irradiada al espacio con bastante rapidez. Si cae en el agua, la vaporizará. Veamos, ergios convertidos en calorías... Maldita sea, no puedo hacer esa operación con mi calculadora.

—Yo sí —dijo Forrester—. El impacto vaporizaría unos sesenta millones de kilómetros cúbicos de agua. Sería suficiente para cubrir todos los Estados Unidos con una capa de agua de sesenta y cuatro metros de altura.

—De acuerdo —aceptó Sharps—. Así pues, sesenta millones de kilómetros cúbicos de agua van a la atmósfera. Llovería, Harvey. Gran parte de esa agua pasaría por las zonas polares, se helaría, caería en forma de nieve. En seguida se formarían glaciares que se deslizarían hacia el sur... Sí, Harvey. Los historiadores creen que la explosión del Thera cambió el clima de la Tierra. Sabemos que el Tamboura, casi tan potente como el Krakatoa, originó lo que los historiadores del siglo pasado llamaron «el año sin verano». Hambre, falta de cosechas. Nuestro helado con pasta de chocolate probablemente desencadenaría una era glacial, con todas esas nubes que reflejan calor. La luz del sol llegaría menos a la Tierra. La nieve también refleja el calor, con lo que la luz sería aún menor. Haría más frío, nevaría más, los glaciares avanzarían hacia el sur porque ya no se funden con tanta rapidez. Es un círculo cerrado.

Todo aquello había adquirido una tremenda gravedad.

—¿Pero cómo pueden detenerse las eras glaciales? —preguntó Harvey.

Forrester y Sharps se encogieron de hombros al unísono.

—¿Así que mi cometa va a ocasionar una era glacial? —preguntó Hamner.

—No —dijo Forrester—. Estábamos hablando del helado con pasta de chocolate. El cometa es mayor...

—¿Mucho mayor?

Forrester hizo un gesto de incertidumbre.

—Tal vez diez veces.

—Sí —dijo Harvey, cuya mente era un torbellino de imágenes. Veía glaciares avanzando a través de campos y bosques, entre vegetación ya muerta por la nieve. El hielo invadía Norteamérica, cruzaba California, Europa, llegaba a los Alpes y los Pirineos. Invierno tras invierno, cada uno más frío que el anterior, más frío que la tremenda helada del invierno 1976-1977. Diablos, y ni siquiera habían mencionado las mareas—. Pero un cometa no será tan denso como un par de kilómetros cúbicos de he... he...

La comicidad de la comparación fue superior a sus fuerzas. Harvey se recostó en su asiento, sin poder contener la risa.

Más tarde Harvey preparó su cinta, ya a solas, en un decorado del estudio que representaba un despacho, con libros falsos en los estantes y una alfombra raída en el suelo. Sus frases serían intercaladas entre las de Sharps, de manera que al final quedaría una entrevista homogénea.

—Veamos, pues. Los puntos a recordar son los siguientes. En primer lugar, las probabilidades de que alguna parte del cometa Hamner-Brown nos alcance son literalmente astronómicas. A tales distancias, incluso el mismo diablo no podría dar en un blanco tan pequeño como la Tierra. En segundo lugar, si nos alcanzara, probablemente se trataría de varias masas grandes. Algunas de ellas caerían en el océano, otras chocarían con la tierra, donde los daños serían locales. Pero si el Hamner-Brown entero chocara con la Tierra, sería como si el mismo diablo nos hubiera golpeado repetidas veces con un enorme martillo.

ABRIL: INTERLUDIOS

Hace cincuenta años, en Atizona: La fricción con él aire hace incandescente la superficie, a medida que el oxígeno de la atmósfera suelda el hierro. De esta gran masa flotante, pedazos chisporroteantes tan grandes como casas salen disparados mientras que el meteoro, viajando en ángulo bajo, se aproxima al suelo. Un enorme cilindro de aire supercalentado es impulsado por el meteroide y, al golpear, este aire es impelido hacia él campo circundante, produciéndose una violenta explosión que abrasa instantáneamente todo ser vivo en casi doscientos kilómetros a la redonda.

Frank W. Lane, La furia de los elementos (Chilton, 1965)

Leonilla Malik garabateó una receta y la entregó a su paciente. Era el último de la mañana, y cuando el hombre salió del consultorio, Leonilla sacó la botella de Grand Marnier que guardaba en el cajón inferior de su mesa y se sirvió un vasito. El caro licor era un regalo de uno de sus Compañeros cosmonautas, y beberlo le proporcionaba una deliciosa sensación de decadencia. Su amigo también le trajo unas prendas interiores de seda, de París. Mientras saboreaba el dulce licor, Leonilla pensó que nunca había salido de Rusia. Por mucho que lo intentara, nunca la dejarían salir.

No estaba muy segura de su posición en el sistema. Su padre había sido un médico con una reputación bastante sólida entre la élite del Kremlin. Luego vino el «complot de los médicos», una absurda patraña estalinista de que los médicos del Kremlin trataban de envenenar al líder revolucionario de nuestros tiempos, héroe del pueblo, maestro e inspirado dirigente del proletariado mundial, el camarada Josef Vissarionovich Stalin. Su padre y otros cuarenta médicos habían desaparecido en la Lubianka.

Uno de los legados de su padre era un ejemplar del Pravda de 1950, en el que había subrayado todas las menciones del nombre de Stalin: noventa veces sólo en la primera página, diez veces como gran líder y seis como gran Stalin.

Leonilla pensó que su padre debería haber envenenado a aquel bastardo. Al fin y al cabo, en el país había una larga tradición en esa práctica. En las facultades de medicina soviéticas no se enseñaba el juramento de Hipócrates, pero ella lo había leído.

Como hija de un enemigo del pueblo, el futuro de Leonilla no se presentaba muy brillante, pero luego advino una nueva era y el doctor Malik fue rehabilitado. A modo de reparación, Leonilla se libró de un empleo de secretaria en una oscura ciudad ucraniana y fue a la universidad. Su relación con un coronel de la Fuerza Aérea le sirvió para aprender a volar, y de ahí su extraña y ambigua situación entre la corporación de cosmonautas. El coronel ya era general y hacía mucho tiempo que se había casado, pero seguía ayudándola.

Leonilla no había estado nunca en el espacio. Se había entrenado para ello, pero jamás la habían elegido. Entretanto, trataba a los aviadores y sus familiares, volaba siempre que podía y confiaba en que algún día tendría una oportunidad.

Se oyeron unos golpes en la puerta. El sargento Breslov, un muchacho que no tendría más de diecinueve años, orgulloso de ser un sargento del Ejército Rojo, aunque, naturalmente, ya no se llamaba así desde que Stalin se vio obligado a darle otro nombre durante lo que él llamó la gran guerra patriótica. Breslov hubiera preferido que siguiera llamándose Ejército Rojo. A menudo expresaba sus deseos de llevar la libertad al mundo a punto de bayoneta.

—Hay un largo mensaje para ti, camarada capitán. Te han transferido a Baikunyar.

Frunció el ceño al ver la botella que Leonilla se había olvidado de guardar.

—De vuelta al trabajo —dijo Leonilla—. Esto hay que celebrarlo. ¿Quieres un trago?

Sirvió un vaso a Breslov y éste lo bebió en posición de firmes. Era una forma de demostrar desaprobación ante los oficiales que bebían antes del almuerzo. Naturalmente, muchos lo hacían, lo que para Breslov era otra indicación de lo mal que habían ido las cosas desde los tiempos gloriosos del Ejército Rojo, de los que tanto se jactaba su padre.

Tres horas después, Leonilla volaba en dirección al aeropuerto espacial. Apenas podía creerlo. Habían llegado órdenes urgentes autorizándola a pilotar un caza de entrenamiento y disponiendo que sus pertenencias se enviaran tras ella. Aquella prisa indicaba que debía tratarse de algo muy importante. Dejó de lado las elucubraciones y se entregó a la alegría de volar. Sola, en los cielos transparentes, sin que nadie mirase lo que hacía por encima de su hombro, sin otros pilotos ansiosos de su oportunidad. Era el éxtasis. Una sola cosa podría ser mejor.

¿Tal vez era aquella la razón de que la hubieran llamado? Ella no tenía experiencia en misiones espaciales, pero tal vez... Había sido afortunada durante largo tiempo. ¿Por qué no iba a tener más suerte? Se imaginó tripulando un Soyuz auténtico, esperando que los grandes cohetes propulsores rugieran y lanzaran la nave espacial. Entusiasmada, emprendió con el avión de entrenamiento una serie de ejercicios acrobáticos que habrían supuesto su descalificación si alguien la hubiera visto.

Una súbita ventolera en el valle San Joaquín sacudió levemente el remolque, haciendo que Barry Price se despertara al instante. Permaneció tendido, inmóvil, escuchando el ruido tranquilizador de las excavadoras. Su equipo trabajaba todavía en la planta de energía nuclear. Había luz en el exterior. Se sentó cautelosamente, para no despertar a Dolores, pero ella se agitó y abrió un ojo.

—¿Qué hora es? —preguntó, todavía adormilada.

—Cerca de las seis.

—Oh, Dios mío. Vuelve a la cama.

Tendió los brazos hacia él. Las sábanas cayeron, descubriendo sus senos bronceados.

El se apartó, y luego cogió sus manos y las retuvo mientras se inclinaba para besarla.

—Mujer, eres insaciable.

—Todavía no he tenido ninguna queja. ¿De veras tienes que levantarte?

—Sí. He de adelantar trabajo antes de que vengan unos visitantes, y he de leer ese informe que McCleve envió ayer. Tenía que haberlo hecho anoche.

Ella sonrió con picardía.

—Lo que hicimos ha sido más divertido. ¿No vas a acostarte de nuevo?

—No. —Fue hasta el lavabo y dejó correr el agua para que se calentara.

—Te despiertas antes que cualquier otro hombre que haya conocido —dijo Dolores—. Pero yo no voy a levantarme de madrugada.

Se tapó la cabeza con la almohada, pero siguió moviéndose ligeramente bajo las sábanas, haciendo saber a su amante que estaba despierta.

Todavía disponible, pensó Barry mientras se vestía. Si por ella fuera, nunca saldrían de la cama. Una vez vestido fingió creer que ella dormía y abandonó rápidamente el remolque. En el exterior, estiró sus miembros y respiró hondo el fresco aire matinal. Su remolque se encontraba en el borde del campamento que albergaba a la mayor parte de los trabajadores del Proyecto Nuclear San Joaquín. Dolores también disponía de uno de aquellos remolques, bastante alejado del suyo, pero ella no lo usaba mucho últimamente. Barry se encaminó hacia la planta con una sonrisa que se desvaneció al pensar en Dolores.

Era una mujer estupenda, y lo que hacían en su abundante tiempo libre no había afectado en absoluto a su trabajo. Era más ayudante administrativa que secretaria, y Barry sabía demasiado bien que no podría hacer nada sin ella. Por lo menos era tan importante para su trabajo como el director de operaciones, y aquello aterraba a Barry Price. Esperaba el sentido de posesión, las exigencias para que le dedicara tiempo y atención que habían hecho tan desagradable la vida con Grace, su esposa. No podía creer que Dolores quedara satisfecha con ser simplemente su... ¿Qué era?, se preguntó. No sería correcto considerarla su querida. El no la mantenía. Dolores no estaba dispuesta a permitir a ningún hombre que tuviera esa clase de dominio sobre su vida. Pensó que la mejor calificación sería la de amante, y que no debía darle más vueltas, sino disfrutar de la situación y estar contento.

Se detuvo para servirse un café de la gran cafetera que estaba en la cabaña del supervisor de construcción. Siempre tenían un café excelente. Se llevó una taza a su despacho y cogió el informe de McCleve.

Un minuto después gritaba enfurecido.

Todavía no se había calmado cuando llegó Dolores, hacia las ocho treinta, provista de otra taza de café. Encontró a Barry andando de un lado a otro de la estancia.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

Barry pensó que aquella era otra de las cosas que le gustaban de ella. Nunca pedía nada personal en la oficina.

—Esto. —Le mostró el informe—. ¿Sabes lo que quieren esos idiotas?

—Desde luego que no.

—¡Quieren que oculte la planta! ¡Pretenden que excavemos un terraplén de quince metros alrededor de todo el complejo!

—¿Eso proporcionaría mayor seguridad a la planta? —inquirió Dolores.

—¡No! Sería un puro afeite, ni siquiera eso. Maldita sea, San Joaquín es bonito, la planta es hermosa. Deberíamos estar orgullosos de ella y no tratar de esconderla tras un montón de tierra.

Dolores dejó la taza sobre la mesa y en su rostro se dibujó una sonrisa incierta.

—¿Estás obligado a hacerlo?

—Espero que no, pero McCleve dice que a los miembros de la junta les gusta la idea, lo mismo que al alcalde. ¡Si me obligan a eso se va a retrasar todo el programa! Tendré que distraer hombres de las excavaciones del cuarto reactor y...

—Y entretanto van a venir las damas de la Asociación de Padres y Maestros. Estarán aquí dentro de un cuarto de hora.

—Dios mío. Gracias, querida. He de recobrar la compostura.

—Sí, será mejor que lo hagas. Pareces un oso. Sé agradable, que esas señoras están de nuestro lado.

—Me alegro de que alguien lo esté.

Barry regresó a su mesa de trabajo y miró el montón de trabajo que aún había de hacer, esperando que las señoras no le robaran demasiado tiempo. Tal vez tendría ocasión de telefonear al alcalde y quizá éste sería razonable y él podría volver al trabajo de nuevo..

La planta bullía de actividad. Excavadoras, elevadores de cargas y camiones cargados de cemento se movían sin cesar, trazando un intrincado dibujo que no parecía tener orden ni concierto. Los obreros acarreaban materiales de construcción. Barry Price condujo al grupo a través de aquel torbellino, casi sin percibirlo.

Las señoras habían visto las películas del departamento de relaciones públicas, y juiciosamente se habían vestido con pantalones y llevaban zapatos de tacón bajo. No tuvieron ningún inconveniente en ponerse los cascos que les entregó Dolores. Hasta entonces, tampoco habían formulado demasiadas preguntas.

Barry las llevó al emplazamiento del reactor número tres. Era un laberinto de vigas de acero y estructuras de madera terciada, visible porque la cúpula cobertora no estaba terminada. Sería un buen lugar para mostrar a las visitantes las características de seguridad. Barry confiaba en que le escucharían. Dolores dijo que le habían parecido muy razonables, y él tenía esperanzas, pero la experiencia pasada le hacía mantenerse en guardia. Llegaron a una zona más tranquila donde en aquel momento había pocos obreros de la construcción. Seguía oyéndose el ruido de las excavadoras, los carpinteros que elevaban estructuras y los soldadores que unían tuberías...

—Ya sé que le hacemos perder mucho tiempo —dijo la señora Gunderson—, pero creemos que es importante. Muchos padres nos preguntan sobre la planta. La escuela está sólo a pocos kilómetros...

Barry sonrió, mostrando su acuerdo y dando a entender que todo estaba bien, que conocía la importancia de su visita. Pero no lo decía de corazón. Seguía pensando en el informe de McCleve.

—¿Trabajan todos esos obreros para usted? —preguntó otra señora.

—Bueno, son obreros de Bechtel, la empresa que construye las plantas. El departamento de agua y energía no puede mantener permanentemente en nómina a tantos obreros de la construcción.

La señora Gunderson no se interesaba por los detalles administrativos. Su carácter era parecido al de Barry: quería ir al grano, y en seguida. Era una mujer robusta y bien vestida. Su marido poseía una granja en algún lugar de la vecindad.

—Iba usted a enseñarnos el equipo de seguridad —le dijo.

—Exacto. —Barry señaló la cúpula en construcción—. En primer lugar tenemos la misma cobertura. Es de hormigón armado y muy gruesa, por lo que si algo ocurre dentro, el problema no sale al exterior. Pero lo que ustedes querían ver es esto. —Indicó una gran tubería que se introducía en la cúpula incompleta—. Es nuestro primer sistema de enfriamiento, de acero inoxidable y con sesenta centímetros de diámetro. El grosor de la pared es de dos centímetros y medio. Ahí hay un trozo cortado. Apuesto a que no pueden levantarlo.

La señora Gunderson decidió probarlo. Intentó levantarn el trozo de tubería, que medía más de un metro, pero no pudo moverlo.

—Para que perdiéramos líquido refrigerante, esa tubería tendría que romperse del todo —explicó Barry—. No sé cómo podría suceder, pero imaginemos que ocurre. Dentro de la cobertura los hombres están colocando ahora los tanques para enfriamiento de emergencia. Sí, esos grandes objetos. Si desciende alguna vez la presión del agua de los sistemas primarios de enfriamiento, esos tanques lanzan agua a presión elevada, dirigida al mismo núcleo del reactor.

Barry condujo a las visitantes a través de la estructura, haciendo que reparasen en todo. Les mostró las bombas que mantendrían lleno de agua el depósito del reactor, y el inmenso tanque que contendría el agua para las turbinas.

—Todo esto puede utilizarse para un enfriamiento de emergencia.

—¿Cuál es la cantidad de agua suministrada? —preguntó la señora Gunderson.

—Unos cuatrocientos litros por minuto. Más o menos lo que pueden expulsar seis mangueras de jardín.

—Eso no parece mucho. ¿Y es todo lo que necesitan?

—Todo cuanto necesitamos. Créame, señora Gunderson, no hay nadie más preocupado por la seguridad de los niños que nosotros. La mayor parte de los llamados accidentes, para los que nos preparamos, nunca han ocurrido. Tenemos personal cuyo trabajo consiste en imaginar extraños accidentes, cosas absurdas que estamos seguros de que jamás sucederán, de modo que estemos preparados para cualquier eventualidad.

Barry dejó que las señoras fueran de un lado a otro, inspeccionando las instalaciones, sabiendo que les impresionaría el imponente tamaño de todo, como le impresionaba a él. Amaba aquellas plantas de energía. Había pasado la mayor parte de su vida preparándose para aquel trabajo.

Cuando lo hubieron visto todo, las acompañó al centro de visitantes, donde los encargados de relaciones públicas le sustituirían. Confiaba en que hubiera cumplido bien con su cometido. Aquellas personas podían ser de gran ayuda, si querían. Pero también podían hacer mucho daño...

—Hay otra cosa que me preocupa —dijo la señora Gunderson—. El sabotaje. Ya sé que ustedes han hecho todo lo posible para prevenir accidentes, pero suponga que alguien tratara deliberadamente de... de hacer que estalle la central. Después de todo, aquí no tienen muchos guardas, y hay un montón de gente loca en este mundo.

—Sí, ya hemos pensado en todas las formas en que podrían intentarlo —dijo Barry, sonriente—. Disculpen si no se las cuento.

Las señoras le devolvieron la sonrisa, inseguras. Finalmente, la señora Gunderson preguntó:

—¿Está entonces convencido de que un puñado de locos puede dañar la planta?

Barry meneó la cabeza.

—No, señora. Estamos convencidos de que nada que puedan hacernos les perjudicará a ustedes, pero nadie puede proteger a la planta en sí. Considere las turbinas, por ejemplo. Giran a tres mil seiscientas revoluciones por minuto. Esas hojas giran a tal velocidad que si cayeran unas gotas de agua en las tuberías de vapor, las turbinas se romperían. El patio de maniobras es vulnerable a cualquier idiota que tenga dinamita. No, no podemos impedirles que destruyan la planta, como tampoco podemos impedirles que incendien los tanques de petróleo de una planta de combustible fósil. Lo que podemos hacer es poner los medios para que nadie Ajeno al recinto de la planta de energía reciba daño alguno.

—¿Y sus propios operarios?

Barry se encogió de hombros.

—Mire, nadie considera notable que la policía y los bomberos se entreguen a su trabajo —replicó—. No se habla mucho de los trabajadores de centrales energéticas. Tal vez sería distinto si la gente viera a uno de nuestros aprendices metido en aceite hasta la cintura para ajustar una válvula, o a un electricista subido a un poste en medio de una tormenta eléctrica. Haremos nuestro trabajo, señora Gunderson, si nos dejan.

En El Lago, suburbio de Houston, el tiempo era despejado y soplaba un viento cálido. La estación lluviosa había finalizado, y un centenar de familias disfrutaban del buen tiempo en los jardines traseros de sus casas. En el supermercado se habían agotado las existencias de cerveza.

Activo, hambriento y feliz por estar en casa durante todo un fin de semana, Rick Delanty recogió las hamburguesas de la parrilla y las depositó en los panecillos. Al calor y el humo de su jardín trasero se unía el bullicio de una docena de amigos con sus esposas. A lo lejos se oían los gritos de los niños que jugaban a algún juego nuevo. Rick pensó que los chicos se acostumbraban pronto a pasarlo bien, aunque no lo hicieran muy a menudo. Tener a su padre en casa no era nada especial para ellos.

—...Esa idea no es nada nueva —decía su mujer—. Hace décadas que los escritores de ciencia ficción empezaron a hablar de grandes colonias espaciales. —Era alta y muy morena, y llevaba el cabello recogido en pequeñas trenzas—. Precisamente, Heinlein escribió sobre ellas. —Miró a Rick en busca de confirmación, pero su marido estaba atareado ante la parrilla, mientras recordaba cómo era su mujer cuando ambos estudiaban en Chicago.

—No, la idea es nueva —dijo un miembro de cierto club muy selecto. Evan había estado en la Luna... o casi. Fue el hombre que permaneció en la cápsula Apolo—. O'Neill ha calculado el coste económico de construir esas colonias espaciales gigantes. Ha demostrado que podemos hacerlo, que no se trata de cuentos.

—Me gusta —dijo Gloria—. Un proyecto de una familia de astronautas. ¿Firmamos un contrato?

—Ya lo hiciste al casarte con el piloto de pruebas —dijo Jane Ritchie.

—Oh, ¿estamos casados? —preguntó Gloria—. Evan, ¿es posible que los que trabajáis en el departamento de entrenamiento seáis capaces de cumplir con un horario?

John Baker salió de la casa.

—¡Eh, Rickie! Creí que me había equivocado de casa. Desde ahí afuera no se veía ninguna señal de actividad.

Hubo un coro de saludos, calurosos por parte de los hombres que no habían visto al coronel John Baker desde que se marchó a Washington, y no tan calurosos por parte de las mujeres. Baker había conseguido divorciarse después de su misión. Ocurría con muchos astronautas, y el regreso de Baker a Houston despertaba en los otros curiosidad.

Baker saludó a todos con la mano y luego olisqueó.

—¿Hay uno de esos bocadillos para mí?

—Tomaré nota de su pedido, señor, pero a menos que haya una cancelación...

—¿Por qué no sirves nunca pollo frito?

—No quiero parecer poco original, porque yo soy...

—Negro —dijo Johnny Baker.

—¿Eh? —Rick se miró las manos con aparente consternación—. No, eso es sólo grasa de hamburguesa.

—¿Sabes a quien van a elegir para el vuelo de observación del cometa? —preguntó Evan.

—No tengo ni idea —dijo Baker—. Nadie habla de ello en Washington.

—Diablos, van a enviarme a mí —declaró Rick Delanty—. Lo sé de buena fuente.

Baker se quedó inmóvil, con su lata de cerveza a medio abrir. Otros tres hombres que se encontraban cerca dejaron de hablar, y las esposas contuvieron el aliento.

—Fui a ver a una adivina en Texarkana, y ella...

—¡Por Dios, dame su nombre y dirección, rápido! —exclamó Johnny. Los otros se limitaron a sonreír y reanudaron su conversación—. Has hecho algo terrible —susurró Johnny, y se rió por lo bajo.

—Sí —dijo Rick sin la menor vergüenza. Empezó a dar la vuelta a las hamburguesas con una espátula de largo mango—. ¿Por qué no nos lo dirán antes? Nos tienen a doce de nosotros bajo entrenamiento durante semanas y aún no dicen ni una palabra. Y este será el último vuelo para todos hasta que terminen el proyecto de la lanzadera espacial. Hace seis años que estoy en la lista y no he subido ni una sola vez. A veces me pregunto si vale la pena. —Dejó la espátula a un lado y añadió—: Me lo pregunto, y entonces me acuerdo de Deke Slayton.

Baker asintió. Deke Slayton fue un miembro del primer grupo de siete, uno de los primeros astronautas que eligieron, y no voló hasta el encuentro entre el Apolo y el Soyuz en el espacio. Pasaron trece años antes de que le asignaran una misión espacial. Era un astronauta tan bueno como cualquier otro, pero era mejor en actividades de tierra, como entrenamiento y control de la misión. Demasiado bueno en tierra.

—No comprendo cómo resistió —dijo Johnny Baker.

—Yo tampoco. Pero soy el único astronauta negro del mundo. Sigo pensando que eso ha de servir para algo.

Gloria se acercó a la parrilla.

—Hola, Johnny. ¿De qué estáis hablando?

Jane, que estaba cerca del refrigerador portátil que contenía las cervezas, gritó:

—¿De qué hablan siempre los astronautas cuando hay una misión planeada?

—Tal vez esperan el momento apropiado —dijo Johnny Baker—. Cuando haya disturbios raciales. Entonces pueden enviar un negro al espacio para demostrar que todos somos iguales.

—Eso no tiene gracia —dijo Gloria.

—Pero es una teoría tan buena como cualquier otra —terció Rick—. Si supiera cuáles son los métodos de elección de la NASA, volaría en todas las misiones. Pero bueno, ¿por qué has vuelto del Pentágono?

—Son órdenes. He de empezar a entrenar de nuevo. Estoy en el grupo de posibles observadores del cometa.

—Humm. —Rick examinó con la espátula una de las hamburguesas. Estaba casi hecha—. No creo que nos enviaran a los dos. Tú irías primero.

Baker se encogió de hombros.

—Yo tampoco entiendo cómo lo hacen. Nunca he comprendido como logré ir en el Skylab.

—Esta misión es muy adecuada para ti —dijo Rick—. Tienes experiencia en trabajos de reparación en el espacio. Y esta vez lo van a decidir rápido, pues no hay tiempo para hacer todas las pruebas. Sería lógico que te eligieran.

Gloria asintió, así como los demás, que escuchaban atentamente. Luego volvieron a sus conversaciones. Johnny Baker engulló su cerveza, ocultando una expresión de alivio. Si a ellos les parecía lógico, probablemente también se lo parecía al Departamento Astronáutico de Houston.

—Sin embargo, os traigo algo de lo que se dice en Washington. No es oficial, pero sí de fiar. Los rusos van a enviar una mujer.

Se hizo un profundo silencio entre los presentes.

—Se llama Leonilla Malik. Es doctora en medicina, de modo que no tendremos necesidad de llevar un médico con nosotros. —Johnny Baker alzó la voz para que todos le oyeran—. Es definitivo: los rusos envían a esa astronauta, y nosotros ensamblaremos con su Soyuz. La fuente que me ha proporcionado esta información es confidencial, pero digna de toda confianza.

Drew Welling fue el único que habló.

—Tal vez piensen que tienen algo que demostrar.

—Quizá nosotros también —replicó alguien.

Rick sintió como si algo estallara suavemente en su estómago. Nadie le había prometido nada en absoluto, pero hasta aquel momento no había sido consciente de ello.

—¿Por qué de repente todo el mundo me mira?

—Se te están quemando las hamburguesas —dijo Johnny.

Rick miró la carne humeante y dijo:

—Arded, pequeñas, arded.

A las tres de la madrugada Loretta Randall oyó extraños ruidos en la cocina y fue a ver qué ocurría.

El periódico del día anterior estaba extendido sobre el suelo. El mayor de sus moldes rectangulares para pasteles estaba en el medio, lleno con una capa de harina, que se había extendido por el periódico y más allá de sus bordes. Harvey arrojaba algo al interior del molde. Parecía cansado y triste.

—¡Dios mío, Harvey! —exclamó Loretta—. ¿Qué estás haciendo?

—Hola. Mañana vendrá la señora de la limpieza, ¿no?

—Sí, claro, es viernes, pero ¿qué va a pensar?

—El doctor Sharps dice que todos los cráteres son circulares. —Harvey alzó la mano por encima del molde, con una nuez entre los dedos, que dejó caer. La harina se esparció—. Sea cual sea la velocidad o la masa o el ángulo de vuelo de un meteoro, deja un círculo. Creo que tiene razón.

La harina estaba desparramada junto con guisantes y piedrecillas. Un pesacartas había dejado un círculo del tamaño de un plato, que ya estaba casi borrado bajo cráteres más pequeños. Harvey retrocedió, se agachó y lanzó un tapón de botella en un ángulo bajo. La harina se esparció por el papel. El nuevo cráter era un círculo.

Loretta suspiró, convencida de que su marido estaba majareta.

—Pero, Harvey, ¿por qué haces esto? ¿Sabes la hora que es?

—Y si tiene razón, entonces...

Harvey echó un vistazo al globo terráqueo que había traído de su despacho, sobre el que había trazado círculos con rotulador: el mar de Japón, la bahía de Bengala, el arco de islas que señala el mar de las Indias, un doble círculo dentro del golfo de México. Si aquellos accidentes geográficos hubieran sido causados por la caída de un meteorito, los océanos habrían hervido y toda vida habría sido arrasada. ¿Con qué frecuencia se había iniciado la vida en la Tierra, para ser arrasada de su superficie y formada de nuevo?

Si pudiera explicárselo a Loretta con suficiente brevedad, ella permanecería despierta hasta el alba, aterrorizada.

—No te preocupes —dijo a su mujer—. Es para el documental.

—Ven a la cama. Mañana limpiaremos todo esto, antes de que llegue María.

—No, no lo toques, no dejes que lo quite. Quiero sacar fotografías... desde muchos ángulos...

Se apoyó en ella, vacilante, y sus caderas chocaron entre sí mientras volvían a la cama.

ABRIL: DOS

Nadie sabe cuántos objetos cuyo tamaño oscila desde varios kilómetros de diámetro hacia abajo pueden pasar cada año cerca de la Tierra sin que los apercibamos.

Dr. Robert S. Richardson, Observatorio Hale, Monte Wilson

Tina Hamner esperaba junto al furgón cuando Harvey salió del estudio. Al verle, Harvey frunció el ceño.

—Hola, Tim. ¿Qué hace aquí?

—Si entrara, sería la visita de un patrocinador, con todas las molestias que eso comporta. Pero yo no quiero molestarle, sino pedirle un favor.

—¿Un favor?

—Invíteme a un trago y se lo explicaré.

Harvey miró el costoso atuendo de Tim, que no era muy apropiado para el bar al que solía ir, por lo que decidió llevarle al Brown Derby. El empleado del aparcamiento reconoció a Tim Hamner, lo mismo que la camarera, la cual les acompañó de inmediato al interior.

—Bien, ¿de qué se trata? —le preguntó Harvey, una vez instalados en un reservado.

—Lo pasé muy bien en el JPL con usted —dijo Hamner—. Creo que he perdido el control de mi cometa. No puedo hacer nada que los expertos no hagan mejor, y lo mismo ocurre con la serie de televisión. La serie es suya, Harvey, pero...

—Tim hizo una pausa para tomar un trago. No estaba acostumbrado a pedir favores, sobre todo a personas que trabajaban para él—. Harvey, me gustaría salir en más entrevistas. Sin cobrar, naturalmente.

Qué fastidio, se dijo Harvey. ¿Qué ocurriría si le dijera que eso no es posible? ¿Hablaría con su agencia? Harvey no tenía ninguna necesidad de una prueba de fuerza en aquellos momentos.

—No siempre es tan interesante, ¿sabe? Ahora mismo estamos haciendo entrevistas al público en la calle.

—¿Y no son bastante aburridas?

—Es posible, pero a veces nos encontramos con personas que saben muy bien lo que dicen. Además, no hace ningún daño tener de vez en cuando una relación directa con los espectadores.

¡Y yo hago las cosas a mi manera, maldita sea!, pensó Harvey.

—¿Qué está buscando? ¿Puede utilizar mucho material de esas entrevistas?

Harvey se encogió de hombros.

—No voy a tirar el buen material... pero esa no es la cuestión. Lo que busco son actitudes, lo inesperado. Si supiera con exactitud lo que busco, se lo encargaría a algún otro, y...

—Siga, siga. —Tim entornó los ojos. Había visto una expresión curiosa en el rostro de Randall.

—Bien, hay extrañas reacciones que no comprendo. Empezaron después de que Johnny llamara al cometa el Martillo...

—Podría haberse mordido la lengua.

—Y probablemente aumentarán cuando emitamos el programa con la analogía del helado con pasta de chocolate. Tim, es casi como si mucha gente deseara realmente el fin del mundo.

—Pero eso es ridículo.

—Tal vez, pero esas son las reacciones que obtenemos. —Harvey pensó que sería ridículo para Tim, pero no tanto para el nombre obligado a realizar un trabajo que odia, o la mujer forzada a acostarse con un jefe asqueroso para mantener su empleo...— Mire, usted es el patrocinador. No puedo detenerle, pero insisto en que yo soy quien establece las reglas. Además, empezamos por la mañana muy temprano...

—Sí. —Tim vació su vaso—. Me acostumbraré. Dicen que uno puede acostumbrarse a ahorcar si ahorca durante bastante tiempo.

El furgón estaba lleno de instrumentos y personas. Cámaras, equipo de vídeo y una mesa portátil. A Mark Czescu le costó encontrar un lugar para sentarse. Tres personas ocupaban ahora los asientos traseros, ya que Hamner seguía empeñado en sentarse delante. Mark recordó viajes al desierto en compañía de motoristas. Primero se acomodaban cuidadosamente ciclomotores y equipo mecánica, y luego se introducía a los corredores de cualquier manera. Mientras esperaba que los demás salieran del estudio, Mark encendió la radio.

Una voz autoritaria habló en el tono convincente del orador profesional.

—«Y esta buena nueva del reino deberá ser predicada en todo el mundo, para que todas las naciones sean testigo. Y entonces llegará el fin. Cuando veáis así la abominación y desolación de que habló el profeta Daniel, quedaos en el lugar sagrado: entonces dejad que quienes están en Judea huyan a las montañas.» —El tono de voz cambió, pasando de la lectura a la prédica—. Amigos, ¿no habéis visto lo que ahora se hace en las iglesias? ¿No es abominación? El que pueda entender, que entienda. ¡Y el martillo se acerca! Viene para castigar a los malvados. «Y entonces habrá una gran tribulación, como no la ha habido desde el principio del mundo ni volverá a haberla jamás. Y a menos que esos días no sean breves, ninguna vida se salvará.»

—Realmente impresiona —dijo una voz detrás de Mark. Charlie Bascomb entró en el furgón.

—El reverendo Henry Armitage les ha ofrecido la buena nueva —dijo el locutor de radio—. La voz de Dios se emite en todas las lenguas del mundo, obedeciendo al mandamiento. Sus contribuciones hacen posible estas emisiones.

—Seguro que le escuchan mucho estos días —dijo Mark—. Debe tener un montón de nuevos donantes.

Se dirigieron a Burbank y al llegar estacionaron cerca de los estudios de la Warner Brothers. Era una buena calle: muchas tiendas y establecimientos, desde los que tenían cámaras de televisión ocultas hasta restaurantes caros. La gente deambulaba por la ancha avenida. Estrellas en ciernes y personal de producción de los estudios se mezclaban con serios hombres de negocios procedentes de las compañías de seguros. Amas de casa de clase media estacionaban sus rancheras y se dirigían a las calles. Una célebre personalidad de la televisión que vivía cerca de Toluca Lake pasó cerca de ellos. Mark reconoció su nariz ganchuda.

Mientras los técnicos preparaban la cámara y el equipo de sonido, Harvey llevó a Tim Hamner a un restaurante, para tomar café. Cuando todo estuvo dispuesto, Mark se unió a ellos. Al aproximarse al reservado, oyó la voz de Randall. Harvey tenía un timbre de voz inequívoco.

—...se trata de averiguar lo que piensan ellos. Lo que yo pienso lo oculto tras preguntas neutrales y una voz neutral. Lo que usted piensa, lo oculta con su silencio. ¿Está claro?

—Totalmente —respondió Hamner. Parecía más despierto de lo que había estado durante el viaje—. ¿Qué tengo que hacer?

—Puede dar una sensación de cooperar. Por ejemplo, ayudar a Mark. Y también puede quitarse de en medio.

—Tengo un buen magnetofón —dijo Hamner—. Podría...

—Nada de lo que usted tenga nos sería de utilidad —le interrumpió Randall—. No está sindicado.

Alzó la vista y vio a Mark, que le hizo una seña de que todo estaba listo. Entonces se levantó y salió. Mark acompañó a Hamner.

—A mí me vino con la misma canción. Realmente me comió los sesos.

—Le creo. Me parece que si le estropeo una entrevista me dejará en la estacada. Y los taxis desde aquí a casa cuestan un ojo de la cara.

—¿Sabe? —le dijo Mark—. Creía que usted era el patrocinador.

—Sí. Ese Harv Randall es un tipo duro de pelar —comentó Hamner—. ¿Hace mucho que se dedica a este trabajo?

Mark meneó la cabeza.

—Es temporal, sólo trabajo para Harv. A lo mejor algún día lo haré de manera permanente, pero ya sabe cómo es el negocio de la televisión. Restringiría mi libertad.

Burbank estaba envuelta en la neblina de la contaminación.

—Veo que la Hertz ha conseguido las montañas —dijo Hamner.

Mark le dirigió una mirada de sorpresa.

—¿Cómo es eso?

Hamner señaló hacia el norte, donde el horizonte del valle San Fernando se desvanecía en una mancha marrón.

—A veces cuidamos las montañas. Yo incluso tengo un observatorio en una de ellas. Pero veo que hoy el imperio de alquiler de coches Hertz se ha apoderado de ellas.

Llegaron al furgón. Las cámaras estaban dispuestas, listas para enfocar primeros planos o vistas panorámicas. Harvey Randall ya había abordado a un hombre musculoso que llevaba casco y un mono de trabajo. Parecía fuera de lugar entre los vendedores y los hombres de negocios.

—...Rich Gollantz. Estamos construyendo el edificio Avery, allá abajo.

La voz y los gestos de Harvey Randall intentaban conseguir que las personas hablaran. Si era necesario, su imagen haciendo las preguntas podía ser filmada de nuevo.

—¿Ha oído hablar del cometa Hamner-Brown?

Gollantz se echó a reír.

—No paso tanto tiempo pensando en cometas como usted podría esperar. —Harvey sonrió—. Pero vi el «Show de medianoche» en el que dijeron que podría chocar con la Tierra.

—¿Y qué pensó al respecto? —inquirió Harvey.

—Un montón de... basura. —Gollantz miró a la cámara—. La gente siempre está diciendo algo parecido. Que si el ozono se acaba y moriremos todos Y recuerde el sesenta y ocho, cuando todos los adivinos dijeron que California se iba a hundir en el mar, y los chalados huyeron a las colinas.

—Sí, pero los astrónomos dicen que si nos alcanzara la cabeza del cometa causaría..

—Una era glacial —le interrumpió Gollantz—. Ya lo sé Lo leí en la revista Astronomía. —Sonrió y se rascó bajo el casco metálico—. Eso sí que sería algo espectacular. Piense en todos los nuevos proyectos de construcción que necesitaríamos. Y los chicos del departamento de bienestar social podrían pagar con pieles de oso polar en vez de cheques. Claro que alguien tendría que cazar primero a los osos. Tal vez yo podría conseguir ese empleo. —La sonrisa de Gollantz se ensanchó—. Sí, podría ser divertido. No me importaría tratar de ganarme la vida como un buen cazador.

Harvey trató de sonsacar más. No era probable que aquella entrevista produjera material utilizable, pero no era aquel su objetivo. Harvey estaba pescando, con la cámara como cebo. La emisora no aprobaba este método de investigación. Era demasiado caro, muy vulgar y de poca fiabilidad, según ellos. Aquella opinión era un reflejo directo de la de los equipos especializados en investigación motivacional que querían ser contratados por la NBS.

Harvey hizo algunas preguntas más sobre ciencia y tecnología. A Gollantz le gustaba estar ante la cámara. ¿Había oído hablar del lanzamiento de un Apolo para estudiar el cometa, y qué pensaba de ello?

—Me gusta. Será un buen show, con un montón de buenas fotos, y me costará menos de lo que pago por ir al cine, puede estar seguro de eso. Eh, espero que dejen subir de nuevo a Johnny Baker.

—¿Conoce usted al coronel Baker?

—No, pero me gustaría. Me encantaría conocerle. He visto las fotos en que aparece reparando el Skylab. Aquello fue un buen trabajo de construcción. Y cuando regresó a tierra, seguro que dio guerra a esos bastardos de la NASA. Sí, tendría que volar de nuevo Eh, tengo que marcharme. Hay trabajo que hacer.

Se despidió con un gesto de la mano y se marchó. Mark le siguió para cerrar la claqueta tras él.

—¿Puede concederme un momento, señor?

El hombre joven caminaba con la cabeza gacha, perdido en sus pensamientos. No tenía mal aspecto, pero su rostro era curiosamente rígido. Por un instante pareció enfadado cuando Randall interrumpió sus pensamientos.

—¿Sí?

—Estamos hablando con el público acerca del cometa Hamner-Brown. ¿Puede decirme su nombre?

—Fred Lauren.

—¿Opina algo en especial sobre el cometa?

—No. —Casi a regañadientes añadió—: Vi su programa.

Los músculos se tensaron en las mandíbulas de Fred Lauren, de una manera que Harvey reconoció. Algunos hombres van por la vida perpetuamente airados. Los músculos que cierran sus mandíbulas y hacen rechinar sus dientes son muy prominentes.

Harvey se preguntó si habría dado con un enfermo mental. Sin embargo...

—¿Ha oído que existe una posibilidad de que la cabeza del cometa choque con la Tierra?

—¿Chocar con la Tierra? —El hombre pareció asombrado. De repente dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas, andando con mucha más rapidez que cuando se había aproximado.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Tim Hamner.

—No lo sé —respondió Harvey. ¿Acaso aquel hombre se disponía a cometer un asesinato? Los locos violentos son liberados constantemente, pues no hay bastante sitio en los hospitales psiquiátricos. ¿Sería Lauren uno de esos, o sólo un hombre que había tenido una discusión con su jefe?—. Bueno, nunca lo sabremos. Si no puede aguantar quedarse con las ganas de saber, será mejor que se dedique a otra cosa.

Fred no había mirado el programa anterior de Randall. Había estado mirando a Colleen que contemplaba un programa sobre un cometa... Pero algo de lo que había oído empezó a salir a la superficie. La Tierra se encontraba en medio del camino que recorrería el cometa. Y si éste chocaba, la civilización acabaría entre llamas.

El fin del mundo. Pensó que moriría, que todos morirían. Abandonó toda idea de volver al trabajo. Había un quiosco de periódicos más abajo de la calle y se dirigió rápidamente hacia él.

Hubo otras entrevistas. Amas de casa que nunca habían oído hablar del cometa. Una estrella en ciernes que reconoció a Tim Hamner por haberlo visto en el «Show de medianoche» y quiso que la filmaran besándole. Amas de casa que sabían tanto del cometa como Randall. Un muchacho explorador que tenía grandes conocimientos de astronomía.

Harvey pudo descubrir algunas tendencias. Una de ellas era sorprendente. En Burbank había una importante industria espacial, y la gente aprobaba por abrumadora mayoría el próximo lanzamiento del Apolo. No obstante, aquella unanimidad casi total era algo fuera de lo corriente incluso en aquella ciudad. Harvey sospechó que la gente quería otro vuelo tripulado y ver más a sus héroes, los astronautas, y el cometa era una buena excusa para ello. Había quienes murmuraban sobre los costes, pero la mayoría, como Rich Gollantz, pensaban que pagaban más todos los meses por un entretenimiento peor.

Estaban a punto de recoger el equipo cuando Harvey vio a una muchacha de notable belleza, y pensó que nunca estaría de más filmarla. Parecía preocupada y andaba apresuradamente por la acera, con expresión abstraída.

Su sonrisa fue repentina y muy agradable.

—No veo demasiado la televisión —le dijo—, y me temo que no he oído hablar de su cometa. Las cosas han ido bastante mal últimamente en la oficina...

—Será un cometa muy grande —dijo Harvey—. Esté atenta el próximo verano. También van a enviar una misión espacial para estudiarlo. ¿Lo aprueba usted?

Ella no respondió de inmediato.

—¿Eso permitirá aprender muchas cosas? —Cuando Harvey asintió, ella añadió—: Entonces estoy a favor, si no es demasiado costoso y si el gobierno puede pagarlo, lo que me parece dudoso.

Harvey dijo algo acerca de lo que costaría estudiar el cometa: menos que el dinero invertido en asistir al fútbol.

—Claro, pero el gobierno no tiene el dinero. Y no van a renunciar a nada, de manera que tendrán que darle a la máquina de fabricar billetes, con lo que el déficit será mayor y habrá más inflación. Naturalmente, de todos modos va a haber más inflación, así que no hay inconveniente en que estudien el cometa con nuestro dinero.

Harvey hizo unos ruidos que querían ser alentadores. La muchacha se había puesto muy seria. Su sonrisa se desvaneció y adoptó una expresión pensativa que pronto se tradujo en ira.

—¿Pero qué más da? El gobierno no escucha, nadie se preocupa. Desde luego, espero que envíen un Apolo al espacio. Así, al menos, sucede algo. No todo es pasar papeles de una bandeja a otra. —La sonrisa reapareció en el rostro de la muchacha—. ¿Y por qué tengo yo que hablarle de los problemas políticos del mundo? He de irme.

La muchacha se escabulló antes de que Harvey pudiera preguntarle su nombre.

Había un hombre de color muy bien vestido, esperando pacientemente, con el deseo evidente de aparecer ante la Cámara. Harvey se preguntó si sería musulmán, pues éstos solían vestir de un modo muy conservador. Pero resultó ser miembro del gabinete del alcalde, y quería comunicar a todo el mundo que el alcalde se preocupaba, y si los votantes aprobaban la nueva emisión de bonos para controlar la contaminación, la gente podría ver las estrellas desde el valle de San Fernando.

—No saldrá en pantalla más de cinco segundos —decía Tim Hamner—. El tiempo justo para mostrar esa encantadora sonrisa. Sólo tendrá que decir: «¿Qué es eso de Hamner-Brown?» Luego pasaremos a alguien que esté seguro de que el cometa va a convertir en añicos la ciudad.

Ella se echó a reír.

—De acuerdo. Firmaré su formulario.

—Estupendo. ¿Su nombre, por favor?

—Eileen Susan Hancock.

Hamner lo anotó cuidadosamente.

—¿Dirección y número de teléfono?

La mujer frunció el ceño. Miró el vehículo de la televisión y todo el equipo de filmación. Miró el caro traje deportivo de Hamner y el reloj Pulsar extraplano que llevaba.

—No creo que...

—Nos gusta comprobar las referencias de la gente antes de rodar —explicó Tim—. Mire, no he dicho en serio eso de que el cometa va a convertir en añicos la ciudad. No soy realmente profesional en esto. Trabajo gratis. Soy también el patrocinador del programa, y el hombre que descubrió el cometa.

Eileen hizo una mueca de asombro fingido.

—¡Qué... incestuoso! —Ambos se echaron a reír—. ¿Cómo puede ser todo eso?

—Porque tuve un buen abuelo que me dejó en herencia un montón de dinero y una empresa llamada Jabones Kalva. Invertí parte del dinero en la construcción de un observatorio y descubrí un cometa. Conseguí que la empresa patrocinara un documental sobre el cometa para que pudiera jactarme de ello. Como ve, todo es perfectamente lógico.

—Desde luego, ahora que lo ha explicado no es difícil de entender.

—Oiga, si no quiere darme su dirección.

—Oh, sí, se la daré. —Vivía en un bloque de muchos pisos, al oeste de Los Angeles. También le dio su número de teléfono. Se despidió de él con un enérgico apretón de manos.

—Tengo que irme corriendo, pero me alegro de haberle conocido. Me ha hecho empezar el día con buen pie.

Se marchó, dejando a Hamner deslumbrado y sonriendo alegremente.

—Ragnarok —dijo el hombre—. Armagedón. —Tenía una voz fuerte, persuasiva. Llevaba una barba muy poblada, con dos mechones de un blanco níveo en la barbilla, y su mirada era tierna y amable—. Los profetas de todas las tierras dicen que este día está al caer. El Día del Juicio. La guerra de fuego y hielo presagiada por los antiguos. El Martillo es hielo, y llegará envuelto en fuego.

—¿Y qué aconseja usted? —preguntó Harvey Randall.

El hombre vaciló, tal vez temiendo que Randall se burlara de él.

—Únase a una iglesia. Únase a cualquier iglesia en la que pueda creer. «En la casa de mi padre hay muchas moradas.» Los que son realmente religiosos no serán abandonados.

—¿Qué haría usted si el cometa Hamner-Brown no choca con nosotros?

—Chocará.

Harvey hizo que el hombre se volviera hacia Mark, armado con la claqueta, e hizo una señal a Charlie para que seleccionara aquella entrevista. No había sido un mal día. Disponían de varios minutos de película utilizables y Harvey había aprendido algo sobre el estado de ánimo de los televidentes.

Mark se acercó a él, con la claqueta en la mano.

—Todo ha salido a pedir de boca, ¿verdad? Habrás observado que no he dicho ni palabra.

—Si, te has portado muy bien.

Hamner llegó sonriendo, como si saborease algún placer íntimo. Cargó su equipo de grabación en el furgón y subió a bordo.

—¿No os habéis dejado nada?

—Ragnarok se acerca. La Tierra perecerá envuelta en hielo y fuego. Tenía la mejor barba que he visto en mi vida. ¿Dónde diablos estaba?

—Haciendo una entrevista —dijo Tim. Durante todo el viaje de regreso conservó aquella alegre sonrisa.

Desde los locales de la NBS Tim Hamner se dirigió a Bullocks. Sabía lo que estaba buscando. Después pasó por una floristería y luego por una farmacia, donde compró somníferos. Iba a llevar un extraño horario.

Se dejó caer en la cama totalmente vestido. Estaba profundamente dormido cuando sonó el teléfono, alrededor de las seis y media. Se dio la vuelta y buscó a tientas el aparato.

—¿Diga?

—Desearía hablar con el señor Tim Hamner.

—Soy yo. ¿Eres Eileen? Lo siento, estaba dormido. Iba a llamarte.

—Pues ya no hace falta. Tim, desde luego sabes cómo atraer la atención de una chica. Las flores son bonitas, pero el jarrón... ¡Acabamos de conocernos!

—Entonces tú también eres aficionada al cristal de Steuben. Tengo una hermosa colección.

—¿Ah, sí?

—Tengo lo último en animales. —Tim se sentó en la cama—. Tengo... déjame ver, una ballena azul, un unicornio, una jirafa heredada de mi abuela, en estilo antiguo. Y el Príncipe Rana. ¿Has visto el Príncipe Rana?

—He visto fotografías de Su Majestad. Eh, Tim, déjame que te invite a cenar. Hay un restaurante fuera de lo corriente que se llama Dar Magrib.

Los hombres solían quedarse en suspenso cuando Eileen les invitaba a cenar, pero la pausa de Tim apenas fue perceptible.

—El señor Hamner acepta encantado. Sí, Dar Magrib es algo fuera de lo corriente. ¿Has estado en él?

—Sí, y es muy bueno.

—¿E ibas a llevarme ahí sin advertírmelo? ¿Sin decirme que tendré que comer con los dedos?

Eileen se echó a reír.

—Ponía a prueba tu buena disposición.

—Aja. ¿Por qué no vienes aquí para tomar un cóctel antes de ir a cenar? Te presentaré a Su Majestad y las demás piezas de cristal.

Tim le indicó el camino para ir a su casa.

Fred Lauren llegó a casa con un montón de revistas. Las dejó al lado de la tumbona, se tendió, haciendo chirriar los muelles, y empezó a leer el National Enquirer.

El artículo confirmó sus peores temores. Era seguro que el cometa chocaría, y nadie tenía idea de dónde sería el choque. Pero caería en verano y en consecuencia, como aclaraba la ilustración, el impacto se produciría en el hemisferio septentrional. Nadie sabía el volumen que tendría la cabeza del cometa, pero según la revista supondría el fin del mundo.

Fred había oído la prédica por la radio, aquel loco que salía en todas las emisoras. El fin del mundo se aproximaba. Fred apretó las mandíbulas y cogió el ejemplar de Astronomy. Según esta revista había cien mil posibilidades contra una de que el cometa pasara de largo, pero Fred apenas reparó en ello. Lo que le interesó fueron las representaciones artísticas, de un vivo realismo, del choque de un asteroide que lanzaba chorros de magma fundido, de un asteroide de «tipo medio» posado sobre la ciudad de Los Angeles, para dar una idea de su tamaño, y de la cabeza de un cometa chocando con el océano y dejando al descubierto el lecho del mar.

Había oscurecido para poder seguir leyendo, pero Fred no pensó en encender la luz. Muchos hombres nunca creen que van a morir, pero Fred lo creía en aquel momento. Permaneció sentado en la oscuridad hasta que se le ocurrió que Colleen debía haber llegado a casa, y se dirigió al telescopio.

La muchacha no estaba visible, pero había luces en la casa. De súbito, la imaginación de Fred llenó de llamas la estancia vacía. La pared de estuco que rodeaba la ventana brilló con una luz cegadora que se fue apagando lentamente para revelar cortinajes ardiendo, ropas de cama, el sofá, la mesa y el mantel, todo ello ardiendo. Las ventanas se rompían, las astillas volaban. La puerta del baño... se abrió.

La muchacha salió poniéndose una bata. Estaba desnuda. Para Fred resplandecía como una santa, como una belleza casi imposible de ver directamente. Pasó una eternidad antes de que cerrase la bata... y en aquella eternidad Fred la vio bañada en la luz del cometa mortífero. Colleen brillaba como una estrella, con los párpados fuertemente cerrados en un gesto inútil, el rostro lleno de astillas de vidrio, la bata y los largos cabellos chamuscados, ennegrecidos... Y había desaparecido antes de que él la hubiese conocido. Fred se apartó del telescopio. La voz de la razón le decía que no podían conocerse. El sabía muy bien qué haría, y no podría enfrentarse de nuevo a la cárcel.

¿La cárcel? ¿Cuándo el cometa venía para ponerle fin al mundo? Los juicios llevaban tiempo. Nunca iría a la cárcel. Moriría primero. Fred Lauren sonrió de una manera muy extraña. Los músculos en los ángulos de sus mandíbulas estaban agarrotados. ¡Moriría primero!

MAYO

Hacia los años 1790, los filósofos y científicos tenían conocimiento de que numerosas personas afirmaban haber visto caer piedras del cielo, pero los científicos más eminentes se mostraban escépticos. El primer avance importante tuvo lugar en 1794, cuando un abogado alemán, E. F. F. Chladni, publicó un estudio de algunos presuntos meteoritos, uno de los cuales se había encontrado después de avistar una bola de fuego. Chladni aceptó la evidencia de que estos meteoritos habían caído del cielo e infirió correctamente que se trataba de objetos extraterrestres que se habían calentado al atravesar la atmósfera de la Tierra. Chladni incluso postuló que podrían ser fragmentos de un planeta destrozado, idea que dio pie a las primeras teorías sobre los asteroides, y el primero de ellos fue descubierto siete años después. Las teorías de Chladni fueron rechazadas en general, no porque estuvieran mal concebidas, pues había podido obtener pruebas convincentes, sino porque sus contemporáneos no estaban dispuestos a aceptar la idea de que piedras extraterrestres pudieran caer del cielo.

William K. Hartmann, Satélites y Planetas: Una introducción a la ciencia planetaria

El hombre joven andaba cojeando ostensiblemente. Casi tropezó con la gruesa alfombra del gran despacho, y Carrie, la recepcionista del senador Jellison, le cogió un momento del brazo. El la rechazó con brusquedad.

—El señor Colin Saunders —anunció Carrie.

—¿En qué puedo servirle? —preguntó el senador Jellison.

—Necesito una pierna nueva.

Jellison intentó no parecer sorprendido, pero no lo logró. «Creí que ya los había escuchado a todos», pensó.

—Siéntese, por favor —Jellison consultó su reloj—. Son más de las seis...

—Sé que le estoy haciendo perder su valioso tiempo —dijo Saunders en tono agresivo.

—No pensaba en mi tiempo —replicó Arthur Jellison—. Como pasan de las seis, podemos tomar un trago. ¿Le apetece algo?

—Pues... sí, señor. Gracias.

—Muy bien.

Jellison se levantó de su barroca mesa de trabajo y se acercó a un armario de estilo antiguo, en la pared. El edificio no era precisamente viejo, pero parecía como si aquellos armarios hubieran podido ser usados por Daniel Webster, del que se sabía que no esperaba a las seis para beber. El senador abrió la puerta del armario y exhibió una gran cantidad de botellas de licor, casi todas con la misma etiqueta.

—¿Son de buena marca? —preguntó el visitante.

—Claro, no se deje engañar por las etiquetas. La botella negra contiene bourbon Jack Daniels. Las restantes también son buenas marcas. ¿Por qué pagar los precios de las marcas registradas cuando puedo conseguir la misma calidad en mi tierra, mucho más barata? ¿Qué quiere tomar?

—Un escocés.

—En seguida. A mí me gusta más el bourbon. —Jellison sirvió dos vasos—. Ahora, dígame que desea de mí.

—Se trata de la Asociación de Veteranos.

Saunder contó su historia. Aquella sería su cuarta pierna artificial. La primera que le dieron en la Asociación de Veteranos había encajado bien, pero se la habían robado, y las dos siguientes no encajaron, le hacían daño, y ahora la Asociación ya no quería saber nada más del asunto.

—Me parece que ese problema corresponde más bien a su diputado en el congreso —dijo amablemente Jellison.

—Traté de ver al honorable Jim Braden. —El tono del joven volvió a tener un dejo de amargura—. Ni siquiera pude lograr una cita.

—Ya veo. Perdone un segundo. —Jellison sacó un cuaderno de notas de un cajón de su mesa y escribió: «Que Al se encargue de poner en cintura a ese hijo de perra. El partido no necesita tipos así, y ésta no es la primera vez.» Luego cogió un bloc de papel—. Será mejor que me dé los nombres de los médicos que le han tratado.

—¿Quiere decir que realmente va a ayudarme?

—Haré que alguien se encargue del asunto. —Jellison empezó a escribir los detalles—. ¿Dónde le hirieron?

—En Khe Sanh.

—¿Medallas? Pueden ser de ayuda.

El visitante se encogió de hombros.

—La estrella de plata.

—Y el corazón de púrpura, naturalmente —dijo Jellison—. ¿Quiere otro trago?

El visitante sonrió y meneó la cabeza. Miró a su alrededor. Las paredes de la gran estancia estaban decoradas con fotografías en las que aparecía el senador Jellison en una reserva india, ante los mandos de un bombardero de la Fuerza Aérea, los hijos de Jellison, los miembros de su personal y sus amigos.

—No quiero robarle más tiempo. Debe estar ocupado.

El visitante se puso en pie trabajosamente, y Jellison le acompañó hasta la puerta.

—Ese ha sido el último —dijo Carde.

—Bien. Todavía me quedaré un rato. Haz que entre Alvin, y tú puedes irte a casa... Ah, una cosa. Primero mira si está el doctor Sharps en el JPL, ¿quieres? Y llama a Maureen para decirle que llegaré un poco tarde.

—De acuerdo.

Carne sonrió mientras el senador volvía a su despacho. Antes de que se fuera a casa, le encargaba una decena de cosas de última hora. Ya estaba acostumbrada. Inspeccionó las salas de trabajo. Todo el mundo se había ido excepto Alvin Hardy, el cual siempre esperaba, por si acaso.

—Quiere verte —le dijo Carrie.

—¿Qué querrá ahora?

Cuando Al entró en el gran despacho, Jellison estaba repantigado en su sillón. La chaqueta y la corbata yacían sobre la mesa, y la mitad de los botones de la camisa estaban desabrochados. Un largo vaso de bourbon descansaba junto a la botella.

—¿Qué desea, señor? —le preguntó Al.

—Un par de cosas. —Entregó a Al los apuntes que había tomado—. Verifica esto. Si es verdad, quiero que se dé un buen rapapolvo a esa gente. Que ahorren dinero de sus salarios, no escatimando una pierna artificial a un veterano de guerra con una estrella de plata.

—Sí, señor.

—Y luego puedes echar un vistazo al distrito de Braden. Me parece que el partido debería tener ahí a un muchacho brillante. Me refiero a un miembro del consejo municipal...

—Ben Tyson —dijo Al, acudiendo en su ayuda.

—Ese es su nombre. Tyson. ¿Crees que podría superar a Braden?

—Desde luego, si usted colabora.

—Pues adelante. Ya estoy harto de que el señor Braden esté tan ocupado salvando al mundo que no tenga tiempo de preocuparse por sus votantes.

El senador Jellison no sonreía en absoluto. Al asintió, pensando que Braden estaba acabado. Cuando el jefe estaba de aquel humor...

Se oyó el zumbido del intercomunicador y Carrie anunció que el doctor Sharps estaba al aparato.

—Bien. No te vayas, Al. Quiero que oigas esto. ¿Charlie?

—Sí, senador. Dime.

—¿Cómo va el lanzamiento? —preguntó Jellison.

—Todo va bien. Iría mejor si todos los peces gordos de Washington no me llamaran para preguntármelo.

—Diablos, Charlie, he hecho mucho por ti. Si alguien tiene derecho a saber soy yo.

—Sí, perdona —dijo Sharps—. La verdad es que las cosas van mejor de lo que esperábamos. Los rusos están ayudando mucho. Tienen una gran sección propulsora y embarcarán muchos artículos de consumo que compartirán con nuestro equipo, así que podemos llevar más instrumentos científicos. Por una vez tenemos una juiciosa división del trabajo.

—Muy bien. Nunca sabrás cuántos favores he tenido que solicitar para conseguir ese lanzamiento. Ahora dime de nuevo cuál es el valor de todo esto.

—Esta misión será del máximo valor, senador. No servirá para curar el cáncer, pero con toda seguridad aprenderemos muchas cosas sobre planetas, asteroides y cometas. Otra cosa, ese individuo de la televisión, Randall, quiere que salgas en su próximo documental. Al parecer, considera que la emisora debe estarte agradecida por conseguir este lanzamiento.

Jellison miró a Al Hardy, el cual sonrió y asintió vigorosamente.

—Causaremos impacto en Los Angeles —dijo Al.

—Dile que me parece bien. Cuando quiera. Que se ponga en contacto con mi ayudante, Al Hardy. ¿Entendido?

—De acuerdo. ¿Eso es todo, Art? —preguntó Sharps.

—No, no. —Jellison apuró su vaso de whisky—. Charlie, por aquí no para de venir gente convencida de que el cometa va a chocar con nosotros. No son locos, sino buenas personas, algunas incluso con tantos grados universitarios como tú.

—Conozco a la mayoría de ellos —admitió Sharps.

—¿Y bien?

—¿Qué puedo decir, Art? —Sharps permaneció un instante en silencio—. La órbita mejor proyectada sitúa a ese cometa exactamente encima de nosotros...

—Dios mío —dijo el senador Jellison.

—Pero hay varios millares de kilómetros de error en esas proyecciones. Y varios miles de kilómetros es una gran diferencia. No puede alcanzarnos tan fácilmente...

—Pero podría chocar.

—Bueno... Esto no es para darlo a la luz pública, Art.

—No lo he pedido para eso.

—De acuerdo. Sí, podría chocar con la Tierra. Pero las probabilidades están en contra.

—¿Qué clase de probabilidades?

—Miles contra una.

—Recuerdo que hablaste de miles de millones contra una...

—Sí, pero las probabilidades se han reducido —dijo Sharps.

—¿Lo suficiente para que podamos hacer algo al respecto?

—¿Qué podríamos hacer? He hablado con el presidente.

—Yo también.

—No quiere que cunda el pánico, y estoy de acuerdo. Sigue habiendo millares de probabilidades de que no ocurra contra una, y la absoluta certeza de que mucha gente morirá si empezamos a hacer preparativos. Ya estamos dando lugar a locuras por parte de fanáticos y chalados, gente que ve el fin del mundo como una oportunidad...

—Háblame de ello —dijo Jellison secamente—. Ya te he dicho que también he visto al presidente y es de tu misma opinión, o tú eres de la suya. No hablo de advertir a la gente, Charlie, hablo de mí. ¿Dónde caerá esa cosa, si es que cae?

Hubo otro momento de silencio.

—Tú lo has estudiado, ¿no? —añadió Jellison—. O ese genio loco que está contigo, ese Forrester, lo ha hecho, ¿no es así?

—Sí. —En la voz de Sharps se notaba su renuencia a hablar—. El Martillo, como se conoce ya al cometa, se ha fragmentado. Si se precipita contra nosotros, probablemente lo hará en una serie de choques, a menos que el calor central se abata sobre nosotros. Si eso sucede, no te preocupes por hacer preparativos. No hay nada que hacer.

—Vaya.

—Pues sí. Así están las cosas.

—Pero si sólo choca una parte...

—Con toda seguridad sería en el océano Atlántico —dijo Sharps.

—Lo cual significa Washington... —dijo despaciosamente Jellison.

—Washington quedaría cubierta por las aguas, como toda la costa oriental hasta las montañas. Habría inmensas mareas. Pero las probabilidades son muy escasas, Art. Lo mejor que puedes suponer es que tendremos un bonito espectáculo luminoso y nada más.

—Claro, claro. De acuerdo, Charlie. Te dejo que vuelvas al trabajo. A propósito, ¿dónde estarás el día que suceda?

—En el JPL.

—¿A qué altura?

—A unos trescientos metros, senador, a unos trescientos metros. Adiós.

La conferencia finalizó abruptamente. Jellison y Hardy se quedaron mirando un momento el instrumento silencioso.

—Al, creo que nos daremos una vuelta por el rancho —dijo Jellison—. Es un buen sitio para observar cometas.

—Sí, señor.

—Pero hemos de tener cuidado, no dejarnos llevar por el pánico. Si esto se divulgara, todo el país podría arder. Confío en que la semana en que vaya a producirse el acontecimiento, el Congreso encontrará una buena razón para entrar en receso, así que no tendremos que preocuparnos en ese aspecto. Pero también quiero a mi familia en el rancho. Yo me encargaré de Maureen, y tú de que vayan Jack y Charlotte.

Al Hardy se sobresaltó. Al senador Jellison no le gustaba su yerno, ni a Al tampoco. Sería desagradable persuadir a Jack Turner para que llevara a su mujer e hijos al rancho de Jellison en California.

—Tú vienes con nosotros, naturalmente —dijo Jellison—. Necesitaremos equipo... todo lo necesario para el fin del mundo. Un par de vehículos con tracción en las cuatro ruedas...

—Land Rovers —ofreció Al.

—No, diablos, Land Rovers no. —Vertió otros dos dedos de whisky en su vaso—. Compremos artículos norteamericanos. El cometa probablemente no chocará, y no es nada conveniente que tengamos vehículos extranjeros una vez todo haya pasado. Jeeps, o algo de la General Motors.

—Lo miraré —dijo Al.

—Y todo lo demás. Tiendas de campaña, pilas, hojas de afeitar, calculadoras de bolsillo, sacos de dormir, toda la quincalla que puedas comprar...

—Va a salir caro, senador.

—¿Y qué? No estoy arruinado. Cómpralo al por mayor, pero con discreción. Si alguien te pregunta dile que... que te vas de safari a África. Debe haber algún proyecto de la Fundación Científica Nacional en África...

—Sí, señor.

—Muy bien. Ya tienes la respuesta si alguien te pregunta. Puedes hablar a Rasmussen de esto, pero a ningún otro miembro del personal. ¿Hay alguna chica a la que quieras llevar?

Estaba claro que no lo sabía, pensó Al. Ignoraba lo que sentía por Maureen.

—No, señor.

—De acuerdo. Lo dejo todo en tus manos. Supongo que te das cuenta de que todo esto es una locura y que vamos a sentirnos terriblemente estúpidos una vez haya pasado.

—Sí, señor.

Ojalá fuera así. ¡Sharps llamaba al cometa el Martillo!

—No hay ningún peligro en absoluto. El asteroide Apolo se aproximó hasta tres millones doscientos mil kilómetros, que es muy cerca en distancias cósmicas, en 1936. Y no pasó nada. ¿Recuerdan el pánico de 1968? La gente, sobre todo en California, se subió a las colinas. Todo el mundo se olvidó de ello al día siguiente, es decir, todos los que no se habían arruinado comprando equipo de supervivencia que no necesitaban.

«El cometa Hamner-Brown es una maravillosa oportunidad de estudiar una nueva clase de cuerpo extraterrestre a una distancia relativamente cerca, y recalco la palabra relativamente, y eso es todo.»

—Gracias, doctor Treece. Han escuchado una entrevista con el doctor Henry Treece del Centro de Investigación Geológica de Estados Unidos. Volvemos ahora a nuestro programa habitual.

La carretera se extendía hacia el norte, a través de plantaciones de naranjos y almendros que bordeaban el lado oriental del valle San Joaquín. A veces ascendía por colinas bajas o serpenteaba entre ellas, pero durante la mayor parte del camino el panorama a la izquierda era el de una vasta planicie en la que destacaban los edificios de granjas y los terrenos cultivados, cruzados por canales, y que se perdía en el horizonte. Los únicos edificios de gran tamaño eran los de la central nuclear San Joaquín, todavía en construcción.

Al llegar a Porterville, Harvey Randall giró a la derecha y enfiló hacia el este, en dirección a las estribaciones. Al salir de una curva cerrada pudo ver por un momento el paisaje de la magnífica Sierra Alta con las cumbres aún cubiertas de nieve. Finalmente encontró el desvío a la carretera secundaria y poco después estuvo ante una valla en cuya puerta de acceso no había señal alguna. Acababa de pasar una camioneta de correos, y el conductor regresaba para cerrar la puerta. Era un hombre de largos cabellos y poblada barba.

—¿Se ha perdido? —preguntó el cartero.

—Creo que no. ¿No es éste el rancho del senador Jellison?

El cartero se encogió de hombros.

—Eso dicen. Yo nunca le he visto. ¿Cerrará usted la puerta?

—Desde luego.

—Bueno, hasta la vista.

El cartero volvió a su camioneta. Harvey cruzó la entrada, se bajó del coche y cerró la valla, siguiendo el camión por el camino polvoriento hasta lo alto de la colina, donde se levantaba una casa de madera blanca. Allí el camino se dividía. La rama derecha conducía a un granero y una serie de pequeños estanques comunicados entre sí, sobre los que se alzaban altos riscos de granito. Había varios grupos de naranjos y mucho terreno de pastos. Algunas piedras enormes, más grandes que una casa suburbana de California, se habían desprendido de los riscos y yacían entre los pastos.

Una mujer robusta salió de la casa y saludó al cartero agitando el brazo.

—¡El café está caliente, Harry!

—Gracias. Feliz día de entrega de basura.

—Vaya, ¿otra vez? ¿Tan pronto? Bueno, ya sabes dónde ponerla. —La mujer avanzó hasta el furgón de Randall—. ¿En qué puedo servirle?

—Busco al senador Jellison. Soy Harvey Randall, de la NBS.

La señora Cox asintió.

—Le están esperando arriba, en la casa grande. —Señaló hacia la parte izquierda del camino—. Tenga cuidado al aparcar, y esté atento a los gatos.

—¿Qué es eso del día de entrega de basura? —preguntó Harvey.

El rostro de la señora Cox, suspicaz hasta entonces, se volvió impenetrable.

—Nada importante —dijo, regresando al porche. El cartero ya había desaparecido en el interior de la casa.

Harvey se encogió de hombros y puso en marcha el vehículo. El camino discurría entre vallas de alambre espinoso. A la izquierda había naranjos y a la derecha más pastos. Al doblar una curva apareció la casa. Era grande, con paredes de piedra y tejado de pizarra, un edificio sólido, de construcción irregular, que no parecía apropiado para aquella región remota. Estaba enmarcado por más riscos, y, a través de un cañón, podía verse la Sierra Alta, a lo lejos.

Estacionó el vehículo cerca de la puerta trasera. Cuando se disponía a dar la vuelta para entrar por el gran porche frontal, se abrió la puerta de la cocina.

—Hola —le saludó Maureen Jellison—. No es necesario que dé la vuelta. Entre por aquí.

—Muy bien. Gracias.

Era tan encantadora como Harvey la recordaba. Llevaba unos pantalones de color canela, bastante toscos, y zapatos de tacón alto, no muy adecuados para el campo pero buenos para andar. Sus cabellos pelirrojos parecían recientemente peinados. Le llegaban a los hombros, ondulados y algo rizados en las puntas. El sol se reflejaba en ellos.

—¿Le ha costado llegar hasta aquí? —preguntó ella.

—No. Ha sido un viaje bastante agradable.

—A mí me gusta mucho el recorrido hasta aquí desde Los Angeles. Pero supongo que le apetecerá tomar algo. ¿Qué desea beber?

—Un whisky, gracias.

Maureen le invitó a pasar. La cocina era muy moderna y tenía un armario lleno de botellas de licor. La muchacha cogió una botella de escocés y luego trató de despegar el hielo de la bandeja.

—Siempre está demasiado helado cuando llegamos —explicó—. Este es un rancho de trabajo, y los Cox no tienen tiempo para venir aquí y poner las cosas en orden. Tome. Estaremos mejor en la otra sala.

Acompañó a Randall al salón de la casa. A través de los ventanales se veía una amplia terraza. Harvey pensó que era una habitación agradable. Las paredes estaban recubiertas de madera clara, y los muebles eran de estilo ranchero, no muy apropiados para una casa tan sólida como aquella. Había fotografías de perros y caballos en casi todas las paredes, y un estuche con cintas y trofeos, la mayoría ganados por caballos, pero también por reses.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Harvey.

—De momento estoy yo sola —dijo Maureen.

Harvey reprimió con firmeza el pensamiento que acudió a su mente.

—El senador ha tenido que asistir a una votación. Pasará la noche en Washington y llegará aquí por la mañana. Ha dicho que le enseñe todo esto. ¿Quiere otra copa?

—No, gracias. Con una es suficiente. —Dejó el vaso pero lo cogió de nuevo al ver que lo había depositado sobre una mesita de madera muy fina. Limpió el círculo de agua con la mano—. Menos mal que el equipo no ha venido conmigo. Tenían que terminar un trabajo y confiaba en que podríamos filmar al senador Jellison mañana por la mañana, pero por si acaso he traído los trastos. En otro tiempo fui un cámara bastante bueno. El equipo vendrá a primera hora, y había pensado en pasar la velada hablando con el senador, para saber lo que quiere decir ante las cámaras...

Harvey pensó que estaba hablando por hablar, lo cual era estúpido.

—Bueno, ¿quiere que le enseñe el rancho? —preguntó Maureen. Miró los pantalones de pana de Harvey y sus botas—. No es necesario que se cambie. Si está dispuesto a una dura caminata, le mostraré el mejor panorama del valle.

—De acuerdo, vamos allá.

Salieron de la cocina y cruzaron el naranjal. Un arroyo corría a su izquierda.

—Ahí se puede nadar muy bien —dijo Maureen—. A lo mejor, si volvemos pronto, nos daremos un chapuzón.

Llegaron a una valla. Maureen apartó el alambre espinoso y la salvó sin esfuerzo. Luego se volvió para observar a Harvey. Sonrió cuando le vio tras ella, sin duda satisfecha de su eficiencia.

Al otro lado de la valla crecía libremente la maleza. El camino se hacía empinado, y había huellas de conejos y cabras. Subieron bastantes metros antes de llegar a la base de un gran risco granítico, que tendría por lo menos sesenta metros de altura.

—Ahora tenemos que ir hacia la izquierda —dijo Maureen—. A partir de aquí el camino es difícil.

Harvey pensó que era más duro de lo que había creído, pero no iba a permitir que una aristócrata washingtoniana le diera lecciones. Al fin y al cabo, estaba muy acostumbrado al aire libre.

No había salido de excursión con una muchacha desde que Maggie Thompkins murió al tropezar con una mina en Vietnam. Maggie fue una reportera activa, siempre en pos de la noticia directa. No le interesaba sentarse en un bar y obtener el material de tercera o cuarta mano. Harvey había ido con ella al frente, y en una ocasión habían tenido que alejarse juntos de las líneas de retaguardia del Vietcong. Si no hubiera muerto... Harvey desechó también aquel pensamiento. Había transcurrido mucho tiempo.

Avanzaron a gatas a través de una hendidura en las rocas.

—¿Sube aquí con frecuencia? —preguntó Harvey, procurando que su voz no reflejara tensión.

—Sólo lo hice otra vez —confesó Maureen—. Papá me dijo que no lo hiciera sola.

Finalmente llegaron a la cumbre. Harvey comprobó que no estaban en lo alto de una montaña, sino en el extremo de un cerro que se extendía hacia el sudeste, en dirección a Sierra Alta. Un estrecho sendero conducía a lo alto del risco rocoso. Ellos habían subido por la dirección opuesta, de modo que desde aquella altura podían ver todo el rancho.

—Tiene razón —dijo Harvey—. El panorama merece la pena.

Estaba en lo alto de una especie de monolito, notando la agradable brisa que soplaba a través del valle. Dondequiera que mirase había enormes rocas blancas. Un glaciar debía haber pasado por allí, esparciendo aquellos monolitos por la tierra.

Abajo se extendía el rancho del senador. El pequeño valle labrado por el arroyo avanzaba varios kilómetros hacia el oeste. Luego había más colinas, salpicadas también de grandes piedras blancas. Mucho más lejos de las colinas, y muy por debajo del nivel del rancho, se encontraba la vasta extensión de San Joaquín. Aunque estaba cubierto por la niebla, Harvey creyó reconocer la forma oscura de la cordillera del Temblor, en la ladera occidental del valle central de California.

—El valle de Plata —anunció Maureen—. Así se llaman nuestras tierras. Y más allá está el rancho de George Christopher. Una vez estuve a punto de casarme con él...

Se interrumpió para echarse a reír.

Harvey se preguntó por qué sentía una punzada de celos.

—¿En dónde está la gracia? —le preguntó.

—Sólo teníamos catorce años cuando él me lo propuso —dijo Maureen—. Hace casi dieciséis. Papá acababa de salir elegido y nos íbamos a trasladar a Washington. George y yo hicimos planes, buscando la manera de que pudiera quedarme.

—Pero usted no se quedó.

—No. A veces desearía haberlo hecho. Sobre todo cuando estoy aquí.

La muchacha hizo un expresivo gesto que abarcaba el panorama. Harvey se volvió y vio más colinas, cuyas alturas eran gradualmente mayores hasta fundirse con la Sierra Nevada. Las grandes montañas parecían vírgenes, como si nunca hubieran sido holladas por seres humanos. Harvey sabía que aquello era una ilusión. Si uno se detenía para atarse los cordones de las botas en el camino, era probable que los excursionistas tropezaran con él.

La gran roca sobre la que se encontraban estaba hendida hacia el borde del risco. La hendidura no tendría más que un metro de ancho, pero era profunda, tanto que Harvey no podía ver el fondo. La parte superior de la roca se inclinaba hacia la hendidura, y el borde situado más allá, por lo que Harvey no se sentía tentado de acercarse.

Maureen fue hasta allí y, sin pensarlo dos veces, se introdujo en la hendidura. Se apoyó en una estrecha franja rocosa, de poco más de medio metro de anchura, un precipicio de noventa metros por delante y la desconocida profundidad de la hendidura por detrás. Miró hacia afuera, satisfecha, y luego se volvió.

Vio que Harvey Randall estaba de pie, con expresión sombría, tratando de avanzar pero incapaz de hacerlo. Ella le miró perpleja, y luego pareció preocupada. Salió de aquel peligroso lugar y se reunió con el hombre.

—Perdone. ¿Acaso tiene problemas con las alturas?

—A veces —admitió Harvey.

—No debí hacer eso... Pero dígame, ¿en qué pensaba?

—En cómo podría llegar ahí si ocurría algo. Si hubiera podido arrastrarme hasta esa hendidura...

—No, desde luego no debí hacer eso. Bueno, déjeme que le muestre el rancho. Desde aquí puede verse casi todo.

Más tarde Harvey no pudo recordar de qué habían hablado. No era nada importante, pero habían pasado una hora agradable. El no podía recordar un momento mejor.

—Deberíamos empezar a bajar —dijo Maureen.

—Sí. ¿Hay un camino más fácil que el de subida?

—No lo sé. Podemos mirarlo.

Ella fue delante, rodeando el lado contrario de la superficie rocosa, a la izquierda. Se abrieron paso a través de arbustos espinosos, y cruzaron estrechos senderos de cabras.

Había montones de excrementos de cabra y oveja. A Harvey le pareció reconocer también excrementos de ciervo, aunque no podía estar seguro. El suelo era demasiado duro para que hubiera huellas.

—Es como si nadie hubiera estado jamás ahí antes de nosotros —dijo Harvey entre dientes, y Maureen no le oyó. Se encontraban en una estrecha hondonada, una especie de corte al lado de la empinada colina, y la vista del rancho había desaparecido.

Se oyó un ruido detrás de ellos. Harvey se volvió, sobresaltado. Un caballo se aproximaba a ellos.

El caballo no iba solo. Lo montaba una muchachita rubia, una chiquilla que no tendría más de doce años. Montaba sin silla, y parecía formar parte del enorme animal, encajada tan bien con él que podría haber sido un centauro poco desarrollado.

—Hola —exclamó.

—Hola —respondió Maureen—. Harvey, esta es Alice Cox. Los Cox trabajan el rancho. ¿Qué haces aquí, Alice?

—Os vi subir —dijo la niña. Su voz era aguda, pero bien modulada, no chillona.

Maureen se acercó a Harvey y le guiñó un ojo. El asintió, complacido.

—Y nosotros creíamos que éramos exploradores intrépidos —dijo Maureen.

—Sí. Ya ha sido bastante difícil subir a pie, sin llevar un caballo con nosotros.

Harvey miró al frente. El camino era empinado, y parecía imposible que un caballo pasara por allí. Cuando se volvió para decirlo, Alice había desmontado y conducía tranquilamente al caballo por el camino. El animal parecía comprenderla perfectamente. Se deslizaba, se arrastraba y seguía los lugares que la muchacha le indicaba para subir.

—¿Vendrá pronto el senador? —preguntó la niña.

—Sí, mañana por la mañana —dijo Maureen.

—Me gusta hablar con él. Todos los chicos de la escuela quieren conocerle. Sale mucho por la tele.

—Harvey... El señor Randall hace programas de televisión —explicó Maureen.

Alice miró a Harvey con renovado respeto. Por un momento no dijo nada. Luego le preguntó:

—¿Le gusta Star Trek?

—Sí, pero yo no tuve nada que ver con ese programa. —Harvey bajó con cuidado otro tramo empinado. Seguro que el caballo no pasaba por allí.

—Es mi programa favorito —dijo Alice—. Vamos, Tommy, vamos. Ya falta poco... Yo escribí un guión para la tele. Trata de un platillo volante y cómo todos huimos de él y nos escondemos en una cueva. Es muy bueno.

—Apuesto a que sí. —Harvey miró a Maureen y vio que sonreía de nuevo—. Apuesto a que no hay nada que no pueda hacer —añadió en voz baja.

Maureen asintió. Cuando el arroyo seco por el que avanzaban empezó a internarse entre matorrales espinosos, se encaramaron a los costados. El rancho volvía a ser visible, pero aún estaba bastante abajo y la pendiente de la colina era tan pronunciada que si uno caía probablemente saldría mal librado. Harvey miró atrás y observó un momento a Alice, pero en seguida dejó de preocuparse por ella y el caballo para concentrarse en su propio descenso.

—¿Subes aquí a menudo, Alice? —preguntó Maureen—. ¿Con el caballo?

—Sí.

—Pero tus padres estarán preocupados —intervino Harvey.

—Oh, conozco muy bien el camino. Me perdí un par de veces, pero Tommy sabe volver a casa.

—Es un caballo muy bonito —dijo Maureen.

—Claro, es mío.

Harvey miró el animal. Era un semental, no un caballo castrado. Esperó a que Maureen llegara junto a él. Su orgullo masculino le había hecho ir delante, aunque estaba claro que quien debería llevar la delantera era Alice.

—Debe ser muy agradable vivir en un sitio donde lo único que puede preocuparte es perderse... Y el caballo se encarga de que no ocurra —dijo Harvey a Maureen—. Ella ni siquiera sabe de qué estoy hablando. La semana pasada una niña de unos once años fue violada en las colinas de Hollywood, a menos de un kilómetro de mi casa.

—Una de las secretarias de mi padre fue violada el año pasado en el Capitolio —dijo Maureen—. ¿No es maravillosa la civilización?

—Ojalá mi hijo pudiera criarse aquí. Pero, ¿qué haría yo? ¿Tareas agrícolas? —La idea le hizo reír, pero no siguió hablando. La pendiente era demasiado pronunciada para ello.

Al pie de la abrupta ladera había un camino polvoriento. El rancho todavía estaba lejos, pero ahora el recorrido era mucho más fácil. Alice se las arregló para montar el caballo sin que Harvey descubriera cómo, aunque la había estado mirando. Estaba de pie junto al animal, con la cabeza más baja que la grupa de éste, y al instante siguiente lo había montado. Chascó la lengua y partió al galope. La ilusión de que la niña formaba de alguna manera parte del animal fue todavía más intensa. Muchacha y caballo se movían con un ritmo perfecto, y sus largos cabellos rubios flotaban al viento.

—Cuando crezca será una auténtica belleza —dijo Harvey—. ¿Será el aire de aquí? Todo este valle es mágico.

—A mí a veces también me lo parece —convino Maureen.

El sol ya estaba bajo cuando llegaron a la casa de piedra del rancho.

—Es un poco tarde, pero ¿quiere darse un baño? —preguntó Maureen.

—¿Por qué no? Pero no tengo traje de baño.

—Oh, debe haber alguno por ahí. —Maureen entró en la casa y poco después apareció con un bañador que entregó a Harvey—. Venga, le mostraré el baño para que se cambie.

Cuando Harvey se cambió y salió, Maureen ya le esperaba, luciendo un bañador de una pieza y color blanco satinado, con una bata doblada al brazo. Le hizo un guiño, indicándole que la siguiera, y se internó en un sendero que discurría entre granados hasta una pequeña playa de arena junto a un arroyo de aguas burbujeantes. La muchacha sonrió y se metió en el agua sin vacilación. Harvey la siguió.

—¡Por todos los diablos! —gritó—. ¡Está helada!

Maureen chapoteó en el agua, salpicándole el pecho y el cabello.

—Vamos, no le hará daño.

Harvey avanzó penosamente hasta la mitad del arroyo. A aquella distancia de las orillas la corriente era rápida, y el fondo rocoso. Le costaba mantenerse de pie, pero siguió a Maureen corriente arriba, hasta un estrecho hueco entre dos grandes piedras. El agua discurría por allí velozmente, y amenazaba con cubrirlos a los dos. A Harvey ya le llegaba hasta el pecho.

—Esto te hace entrar en calor rápidamente —comentó.

Chapotearon de un lado a otro, y contemplaron el paso raudo de pequeñas truchas cerca de la superficie. Harvey trató de descubrir peces mayores, pero éstos se mantenían alejados. El arroyo, con sus rebalsas bajo breves y rápidas cascadas, parecía perfecto para las truchas. Las orillas rebosaban de árboles, excepto en dos lugares donde habían sido talados, sin duda por algún aficionado a la pesca que necesitaba espacio para lanzar el sedal.

—Creo que me estoy volviendo azul —dijo por fin Maureen—. ¿Tiene suficiente?

—La verdad es que hace diez minutos que estoy listo para salir del agua.

Treparon a una enorme piedra blanca, con las aristas suavizadas por el agua. Aunque el sol estaba bajo, el cuerpo helado de Harvey agradecía su calor, y la piedra aún estaba caliente por haber recibido los rayos solares durante todo el día.

—Necesitaba esto —dijo Harvey.

Maureen se volvió, apoyándose en el vientre y los codos, para mirarle.

—¿A qué se refiere? ¿Al agua helada, la acrofobia o la escalada?

—Todo ello. Y también necesitaba pasar un día entero sin hacer entrevistas. Me alegro de que su padre no estuviera. Mañana el sueño terminará y volveré a ser Harvey Randall.

Maureen volvió a adelantarse: cuando él salió a su encuentro, ya vestido, ella se había cambiado e incluso había tenido tiempo de preparar unas bebidas.

—¿Quiere quedarse a cenar? —le preguntó.

—Pues... sí, pero ¿puedo llevarla a alguna parte?

Maureen le sonrió.

—Se nota que usted desconoce cómo es la salvaje vida nocturna de Springfield y Porterville. Estaremos mejor aquí. Además, me gusta cocinar. Si lo desea, puede ayudarme.

—Claro.

—Bueno, la verdad es que no hay mucho que hacer. —Sacó unos filetes del frigorífico—. Hornos de microondas y alimentos congelados. La manera civilizada de saborear la comida.

—Ese cacharro tiene más mandos que una cápsula Apolo.

—No lo crea. He estado en una de ellas. Eh, usted también ha estado, ¿no?

—He visto la réplica —dijo Harvey—, no la cápsula verdadera. Pero me gustaría volar en uno de esos aparatos y contemplar al cometa en órbita, sin el obstáculo de la atmósfera.

Maureen no respondió y Randall tomó un sorbo de whisky. Estaba muy hambriento. Miró en el frigorífico y encontró verduras chinas congeladas para acompañar la carne.

Después de cenar tomaron café en el porche, sentados en unos cómodos sillones cuyos brazos, anchos y planos, permitían depositar las tazas. Hacía frío y no estaban bien abrigados, pero prefirieron seguir allí, hablando de infinidad de cosas, de los astronautas a los que Maureen había conocido, de las matemáticas en la obra de Lewis Carroll, de la política social en Washington. En un momento determinado, Maureen entró en la casa, apagó todas las luces y regresó al porche a tientas. La oscuridad era absoluta.

—¿Por qué ha hecho eso? —le preguntó Randall.

—Lo verá en seguida —replicó la voz incorpórea de Maureen. El sillón crujió y Harvey supo que la muchacha se había sentado.

Era una noche sin luna, y las estrellas sólo brillaban con su propia luz, pero Harvey, gradualmente, comprendió lo que Maureen había pretendido. Cuando las Pléyades aparecieron sobre las montañas, no las reconoció. El grupo estelar brillaba intensamente. ¡La Vía Láctea resplandecía, pero él ni siquiera podía ver su taza de café!

—Mucha gente de la ciudad jamás tiene ocasión de ver este espectáculo —le dijo Maureen.

—Tiene razón. Gracias.

Ella se echó a reír.

—Podría haber estado nublado. Mis poderes son limitados.

—Si pudiéramos... —empezó a decir Harvey—. No, estoy equivocado. Pensaba en lo que ocurriría si pudiéramos mostrar este panorama al público, a los votantes... Los periódicos y revistas ofrecen constantemente imágenes de las estrellas, hablan de agrupaciones estelares, de agujeros negros, sistemas múltiples y todo cuanto es posible encontrar allá arriba. Pero habría que traer a la gente aquí, sólo una docena de personas a la vez, y entonces sabrían cómo es en realidad, comprenderían que todo eso es auténtico, y que está ahí en espera de que lo alcancemos.

Maureen, cuya vista se había adaptado ya a la oscuridad, le tomó una mano, lo que sorprendió un poco a Harvey.

—No serviría de nada —le dijo—. Si así fuera, el principal apoyo de la NASA provendría de la comunidad campesina.

—Pero si uno jamás hubiera visto algo así... Ah, probablemente tienes razón. —Era muy consciente de que seguían con las manos unidas, pero no podía interrumpirse en aquel momento—. Oye, ¿te gustan los imperios interestelares? —añadió, satisfecho de haber encontrado un tema inocuo.

—No lo sé. Háblame de los imperios interestelares.

Harvey señaló algún punto en el cielo y se inclinó hacia ella para que pudiera seguir la dirección de su brazo. Allí donde la Vía Láctea se engrosaba y brillaba, en Sagitario, allí estaba el eje galáctico.

—Ahí es donde tiene lugar la acción, en la mayoría de los imperios más antiguos. Las estrellas están mucho más juntas. Ahí está Trantor y los mundos del Eje. Pero resulta arriesgado construir ahí. A veces los soles situados en el centro han estallado, pero la radiación aún no nos ha alcanzado.

—¿Y la Tierra siempre domina la situación?

—Desde luego. Pero en la mayoría de los casos la Tierra ha sufrido una gran guerra nuclear.

—Oh. Quizá no debería preguntártelo, pero ¿de dónde obtienes tu información?

—Solía leer revistas de ciencia ficción. Luego, hacia los veinte años, empecé a estar demasiado ocupado para continuar con esa afición. Veamos, los imperios que tienen a la Tierra en el centro tienden a ser pequeños, pero... una pequeña fracción de cien mil millones de soles. Encuentras imperios enormes que ni siquiera cubren uno de los brazos galácticos. —Harvey se interrumpió. Ahora el brillo de las estrellas era increíblemente vivo. Casi creía ver las naves guerreras partiendo de Sagitario—. Maureen, es una fantasía que parece tan real...

La muchacha se rió, y él pudo ver su rostro sin detalles, pálido. Se inclinó por encima del ancho brazo del sillón y la besó. Ella se hizo a un lado, invitándole a que se sentara. En el sillón apenas había sitio para los dos.

No hay asuntos sin riesgos.

Sólo el pensamiento de que al día siguiente terminaría el sueño y volvería a ser el Harvey Randall de siempre podría haberle impedido seguir adelante, pero no permitió la presencia de aquel pensamiento.

La casa estaba completamente a oscuras. Sin soltar su mano, ella le condujo, valiéndose del tacto y la familiaridad con el lugar, a uno de los dormitorios. Se desvistieron mutuamente. Pareció como si sus ropas cayeran del universo. La piel de Maureen estaba tibia, casi cálida. Por un momento él deseó ver su rostro, pero sólo por un momento.

Cuando Harvey se despertó una luz gris clareaba la habitación. Sintió frío en la espalda. Estaban tendidos en una cama sin deshacer. Maureen dormía apaciblemente, con una ligera sonrisa en los labios.

Harvey se estaba helando y pensó que a ella le ocurriría lo mismo. Se preguntó si debería despertarla, pero su cerebro, que se desperezaba con lentitud, le proporcionó una respuesta mejor. Se separó de la muchacha con tiento, procurando no despertarla. Luego cogió las ropas de la cama gemela y cubrió a Maureen con ellas. Permaneció de pie, inmóvil, durante casi un minuto, sintiendo deseos de arrebujarse también entre las mantas, al lado de ella. Pero no era su esposa...

—Se acabó el sueño —dijo en voz muy baja.

Recogió sus ropas cuidadosamente, para no dejarse ninguna prenda, y caminó sin hacer ruido hasta la sala de estar. Empezaba a temblar de frío. Abrió la primera puerta que tuvo a mano y vio que era otro dormitorio. Arrojó sus ropas sobre una silla y se metió en la cama.

¡No muerto, sino transmutado! El cometa está magnífico en su agonía. La estela de su materia desgarrada alcanza millones de millas, y está compuesta por extrañas sustancias químicas que regresan hacia el halo cometario en forma de viento de luz reflejada. Tal vez algunas de sus moléculas brillarán en las superficies heladas de otros cometas.

Los telescopios de la Tierra descubren al cometa obstaculizado por él mismo sol llameante.

La magnificencia de su cola consiste en la luz reflejada del sol, pero en el coma hay algo más que luz solar. Algunas sustancias químicas pueden hallarse íntimamente mezcladas cerca del cero absoluto, pero si se calentaran arderían. El coma bulle mientras cambia.

La cabeza es más pequeña cada día. La superficie es una mezcla de hielo y polvo, y en ella hierve el amoníaco. La masa se contrae y su densidad aumenta. Pronto quedará poco más que polvo de roca consolidado por él granizo. Una piedra monolítica de la altura de una colina cierra el paso a una bolsa de gas cuyo calor aumenta a cada hora, hasta que cede en algún punto. El gas estalla contra el coma. La masa pétrea se aleja lentamente, agitándose. La órbita del Hamner-Brown ha sufrido un leve cambio.

JUNIO: UNO

El Señor mismo descenderá del cielo con una llamada imperativa, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los que están muertos en unión con Cristo se levantarán primero. Después, los que sobrevivamos seremos arrebatados, junto con ellos, en las nubes, y nos encontraremos con Dios en los aires. Y así siempre estaremos con el Señor.

Pablo de Tarso, Primera epístola a los Tesalonicenses.

En lo más alto del gran poste totémico a punto de desintegrarse, en aquel reducido espacio de la punta, Rick Delanty yacía boca arriba con una sonrisa incierta en los labios. Su voz clara y firme no traslucía ningún indicio de tensión. Sonaba como la de Johnny, y Johnny Baker fruncía ligeramente el ceño, como un hombre que está haciendo un trabajo delicado.

—Conexión de energía interna.

—Verificación de energía interna. En verde.

—T menos quince minutos, y contando.

Cada vez que miraba a Rich veía aquella sonrisa nerviosa, Johnny hacía una ligera mueca de desdén. Pero aquella no era la primera vez que Johnny Baker volaba y podía permitirse ser desdeñoso. Quince minutos, y ni un solo fallo, llevaría la vida entera de un hombre anotar todos los fallos que pueden detener el lanzamiento de un Apolo.

Delanty seguía sonriendo. ¡Le habían elegido! Había realizado los entrenamientos y practicado con los simuladores, y luego había viajado a Florida. Dos días atrás había realizado vuelos acrobáticos sobre Florida y las Bahamas. Aquel vuelo acrobático final que coronaba el entrenamiento era una tradición demasiado consolidada para que se pudiera prescindir de ella. Eliminaba la tensión de los astronautas elegidos y la traspasaba al personal de tierra. Pensar que después de todo aquel minucioso entrenamiento los astronautas podrían sufrir algún percance pilotando un avión a reacción era para volverse loco...

—T menos un minuto, y contando.

Aquellas horas finales, apresuradas, concluyeron cuando Wally Hoskins le condujo en el ascensor y le instaló, apretadamente debido al volumen del traje espacial, en la cápsula del Apolo. Después quedó tendido boca arriba, con las rodillas por encima de la cabeza, al acecho de un posible fallo. Pero éste aún no se había producido, y parecía que no iba a ocurrir, que realmente iban a salir...

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno. Ignición. Primer movimiento...

¡Estaban en marcha!

—Hemos partido...

El cohete Saturno se elevó entre llamaradas y un ruido ensordecedor, contemplado por un centenar de visitantes oficiales y periodistas, escritores de ciencia ficción que se habían agenciado pases de prensa, familiares de astronautas, personalidades y amigos...

—Allá va —dijo Maureen Jellison a su padre, preguntándose por qué tenía la sensación de que jamás vería de nuevo aquella nave espacial.

Tras ella, el vicepresidente musitaba, lo bastante alto para que le oyeran:

—Vuela, vuela, pájaro. —Cuando se dio cuenta de que los demás le escuchaban se encogió de hombros y añadió—: ¡Vuela, pequeño!

Aquel grito repercutió en los espectadores. Parecía condensar la potencia del cohete atronador y todos los conocimientos que habían sido necesarios para su creación. Para los espectadores de más edad era algo imposible, una aventura propia de un tebeo de su infancia. Para los más jóvenes era algo inevitable y previsible, y no podían comprender por qué los mayores se emocionaban tanto. Las naves espaciales eran algo real y, naturalmente, funcionaban bien...

En la cápsula Apolo los astronautas estaban contentos. Su sonrisa parecía el rictus de un cadáver, pues la gravedad estiraba sus músculos faciales entre las mejillas. Finalmente la primera etapa del proyectil se desprendió y cayó, la segunda hizo lo mismo y la tercera les dio un impulso final... hasta que la cápsula entró en caída libre mientras Rick Delanty seguía sonriendo.

—Apolo, aquí Houston —dijo una voz a través de los auriculares—. Vais muy bien.

—Recibido el mensaje, Houston. —Delanty se volvió hacia Baker—. ¿Ahora qué, general?

Baker se sintió satisfecho. Poco antes del lanzamiento había sido ascendido, para que tuviera el mismo rango que el cosmonauta soviético. El presidente le había puesto una sola condición al hacerle entrega de las estrellas militares. «No se burle del nombre de su colega ruso. Resista la tentación.» Y él se lo había prometido al presidente, pero iba a resultarle difícil mantener su promesa. Pieter Jakov no tenía un doble significado en ruso, pero el camarada general Jakov hablaba un inglés muy bueno, como Baker sabía por su reunión de toma de contacto en Houston. También había conocido a la otra, una chica atractiva... pero sólo la había visto en Rusia. Oficialmente, había estado muy ocupada para viajar a Estados Unidos.

—Ahora vamos a encontrar ese maldito cubo de basura, teniente coronel Delanty —dijo Baker—. Es bonito el panorama desde aquí, ¿verdad?

—Desde luego.

Delanty atisbo a través de la mirilla. Muchas veces le habían mostrado todo aquello en simuladores de vuelo. Había Visto películas, y los demás astronautas hablaban constantemente del espacio. Les hacían zambullirse bajo el agua, vestidos de hombres rana, para simular la falta de gravedad. Pero no había nada comparable a la realidad.

Delante de ellos estaba la absoluta negrura del espacio, y las estrellas brillaban aunque, abajo, el sol iluminaba la Tierra. Pasaron por encima de islas atlánticas y vieron aproximarse la línea costera de África, que parecía un mapa con trozos de algodón pegados a modo de nubes. Luego, hacia el norte, apareció España y el mar Mediterráneo, y poco después la hendidura de un verde oscuro que cruzaba los desiertos de Egipto, el Nilo con todas sus curvas y pliegues.

Entraron en la zona donde se ponía el sol y vieron las luces de las fabulosas ciudades de la India.

Estaban por encima de la oscuridad, a la altura de Sumatra, cuando Delanty observó la señal en su pantalla de radar.

—Ya está —dijo—. El laboratorio del Martillo.

—Sí —asintió Baker. Miró los instrumentos y vio que se acercaban lentamente a la cápsula. La alcanzarían al alba, sobre el Pacífico, tal como había predicho el ordenador electrónico de Houston. Esperaron y, finalmente, Baker dijo—: Preparémonos para la acción. Hemos de dar alcance a nuestra casa. —Conectó el transmisor—: Goldstone, aquí el Apolo. Tenemos al laboratorio del Martillo dentro del campo visual, y estamos iniciando la maniobra final de acoplamiento.

—Apolo, aquí Houston. ¿Qué ha dicho que estaba en su campo visual? Interrogativo.

—El laboratorio del Martillo —dijo Baker. Miró a Delanty y sonrió. Oficialmente era el «Laboratorio Espacial Dos», pero ¿quién le llamaba así?

Se acercaron rápidamente, pero a los astronautas, que avanzaban a una velocidad de ocho kilómetros por segundo, les parecía lento. Llegó el momento y Delanty se encargó personalmente de dirigir el Apolo. Los reactores aproximaron más la nave a su objetivo: un gran cubo de basura de acero, de doce metros de largo por tres de diámetro, con ventanillas a los lados, una esclusa de aire y escotillas de acoplamiento en cada extremo.

—El laboratorio espacial de clase económica —musitó Baker—. Está moviéndose para colocarse en posición horizontal. Voy a establecer esa rotación en cuatro minutos ocho segundos.

Lo primero que debía hacer para encajar perfectamente con el laboratorio del Martillo era situar las toberas de maniobra para que la cápsula rotara con el objetivo. Luego debía aproximarse más a la nave y esperar la oportunidad, hasta que la gran sonda de ensamblaje del Apolo pudiera penetrar en el agujero situado en el extremo del laboratorio del Martillo... De nuevo estaban envueltos por la negrura. Rick estaba asombrado de lo larga que había sido la operación de conducir la cápsula cuando la distancia no parecía superior a un par de kilómetros. Naturalmente, ellos también habían avanzado veintidós mil kilómetros en los mismos cincuenta minutos...

Al alba, Rick estaba dispuesto. Avanzó un poco, otro poco, maldijo, siguió un poco más adelante y notó el ligero contacto de las dos naves. Los instrumentos indicaron que el contacto se había establecido en el centro, y Rick empujó con fuerza...

—¡Ha dejado de ser virgen! —gritó.

—Houston, aquí el Apolo. Hemos ensamblado. Repito, hemos ensamblado —dijo Baker.

—Ya lo sabemos —respondió una voz seca desde tierra—. El micrófono del coronel Delanty estaba abierto.

—Vaya por Dios —musitó Rick.

—Apolo, aquí Houston, sus colegas se aproximan. Están ustedes en el campo visual del Soyuz. Repito, el Soyuz tiene contacto visual.

—Recibido el mensaje, Houston. —Baker se volvió a Rick—. Ahora encárgate de estabilizar a esta madre mientras yo hablo amistosamente con el hermano asiático... y la hermana. Soyuz, Soyuz, aquí Apolo. Corto.

—Apolo, aquí Soyuz —dijo una voz masculina. El inglés de Jakov era gramaticalmente perfecto, y casi sin acento. lo había estudiado con maestros de habla norteamericana, no británicos—. Apolo, copiamos sus operaciones. ¿Ha completado su maniobra de ensamblaje? Interrogativo. Corto.

—Estamos acoplados al laboratorio del Martillo. Podemos acercarnos con seguridad. Corto.

—Apolo, aquí el Soyuz. ¿Con la expresión «laboratorio del Martillo» se refiere al laboratorio espacial dos? Interrogativo. Corto.

—Afirmativo —respondió Baker.

Delanty sabía que estaba utilizando demasiado combustible. Sólo un perfeccionista se habría percatado de ello. La maniobra estaba dentro de los límites de error incorporados al programa de Houston. Pero Rick Delanty lo tenía todo en cuenta.

Finalmente quedaron estabilizados, el Apolo con el morro introducido en el orificio de ensamblaje situado en el extremo del cubo de basura llamado laboratorio del Martillo, sin bambolearse ni rotar. El Apolo avanzó a ocho kilómetros por segundo. Baker y Delanty, sentados en sentido inverso al de la marcha, giraban en torno a la Tierra, dando una vuelta completa cada noventa minutos.

—Listo —dijo Rick—. Ahora veamos cómo lo hacen ellos.

Baker activó un sistema de televisión. Había un cable conector en el mecanismo de ensamblaje, y la imagen apareció perfectamente nítida: una vista del Soyuz, macizo y más cercano de lo que habían esperado, que se iba aproximando al otro extremo del laboratorio del Martillo. El Soyuz fue haciéndose mayor, se bamboleó ligeramente en su órbita, mostrando su considerable volumen. Era mucho más grande que el Apolo. Los soviéticos habían utilizado siempre sus enormes secciones propulsoras militares para ayudar a la realización de su programa espacial, mientras que la NASA diseñaba y construía un equipo especial.

—Espero que esa buena madre no se haya olvidado del almuerzo —dijo Delanty—. De lo contrario vamos a pasar hambre.

Baker asintió y siguió observando.

El Soyuz era esencial para la misión del laboratorio del Martillo, pues contenía la mayor parte de los víveres. El laboratorio estaba lleno de instrumentos, película y material para experimentos, pero sólo tenía alimentos, agua y aire para algunos días. Necesitaban el Soyuz para permanecer a la espera del cometa Hamner-Brown.

—A lo mejor pasaremos hambre de todos modos —dijo Johnny Baker. Miró con preocupación la pantalla y las maniobras del vehículo soviético.

Aquella observación resultaba penosa. El Soyuz se movía torpemente, como una ballena muerta a impulsos del oleaje. Cabeceó violentamente contra la cámara y retrocedió con igual violencia. Se bamboleó y casi se detuvo. Lo intentó de nuevo, pero tampoco acertó.

—Y ése es su mejor piloto —murmuró Baker.

—Yo tampoco lo hice muy bien...

—Tonterías. El objetivo estaba rotando, pero ahora estamos tan estabilizados como un tranvía. —Baker miró un poco más y meneó la cabeza—. No es culpa suya, desde luego, sino de los sistemas de control. Nosotros tenemos computadores a bordo, y ellos no. Pero es una vergüenza.

Los surcos del rostro color caoba de Rick Delany se intensificaron.

—No sé si voy a poder aguantarlo mucho más, Johnny.

Aquel espectáculo era atroz para ambos astronautas. Sentían una comezón en los dedos, unas ganas imperiosas de sustituir a sus colegas al frente de la maniobra. Tales tensiones son las que sienten los conductores que viajan en los asientos traseros de los coches.

—Y ellos tienen los víveres —dijo Baker—. ¿Cuándo piensan claudicar?

Entraron en la zona oscura. Las comunicaciones con el Soyuz se limitaban a mensajes oficiales. Cuando volvieron a la luz, la astronave soviética se acercó una vez más.

—Vamos a pasar hambre... —dijo Delanty.

—Calla.

—Sí, señor.

—Vete a freír espárragos.

—Imposible con un traje espacial.

Miraron de nuevo. Finalmente se oyó la voz de Jakov:

—Estamos gastando un combustible que necesitamos. Solicito pasar al plan B.

—Soyuz, mensaje recibido. Estén preparados para poner en práctica el plan B. —Baker pareció visiblemente aliviado. Hizo un guiño a Delanty—. Ahora muestra a los comunistas lo que puede hacer un verdadero americano.

El plan B era oficialmente una medida de emergencia, pero todos los planificadores de la misión norteamericana habían predicho en privado que sería necesario. En Estados Unidos los entrenamientos se llevaban a cabo como si el plan B fuera el modo normal de operación. Confiaban en que no sería necesario al cruzar el Atlántico, pero de todos modos lo habían tenido en cuenta al efectuar la planificación. El plan B era muy simple: El Soyuz se estabilizaba por sí mismo, y el monstruo formado por la cápsula Apolo y el laboratorio del Martillo maniobraba hacia él.

Delanty pilotaba una nave espacial y, a la vez, una lata enorme y maciza. Era como si un portaaviones tratara de maniobrar para recibir adecuadamente a un avión en descenso. Pero también disponía del sistema electrónico más complejo del mundo, toberas de dirección minuciosamente fabricadas por un personal especializado con millares de horas de experiencia e instrumentos producidos en una docena de laboratorios acostumbrados a confeccionar material de precisión.

—Houston, Houston, plan B en marcha —informó Baker.

Rick Delanty pensó que ahora el mundo entero estaría mirándole, o escuchando. Y si se equivocaba...

Aquello era impensable.

—Tranquilo —dijo Baker.

Pero era evidente que él tampoco lo estaba. Había llegado el momento. Igual que en el simulador.

Un impulso directo, la verificación un instante antes de establecer el contacto, y una débil propulsión de los reactores para unir las dos naves. De nuevo la sensación mecánica de contacto y, simultáneamente las luces verdes en el tablero de mandos.

—Asegúralo —dijo Rick.

—Soyuz, estamos ensamblados, aseguren la sonda de unión —pidió Baker.

—Apolo, afirmativo. Estamos ensamblados.

—El que entre el último es un tarugo —dijo Baker.

Se estrecharon formalmente las manos, mientras flotaban dentro de la gran lata. En tierra, los comentaristas hablarían de una ocasión histórica, pero a Baker no se le ocurrían palabras históricas para pronunciarlas en aquel momento.

Había demasiadas cosas que hacer. Aquello no era un espectacular apretón de manos en el espacio, como la primera vez que se ensamblaron un Apolo y un Soyuz, sino que era una misión de trabajo, con un programa peligroso que probablemente no podrían realizar en su integridad, ni siquiera con suerte...

Y sin embargo... Baker sintió deseos de reír. Lo habría hecho si ello no hubiera requerido tantas explicaciones. Se habría reído ante el fantástico aspecto de los cuatro y la certidumbre de que no había nadie como ellos en el mundo. Leonilla Alexandrovna Malik poseía una misteriosa belleza. Tenía tal dominio de sí misma que podría haber representado el papel de una zarina, pero sus músculos suaves y duros habrían sido más adecuados para el de primera bailarina. Era una mujer fría y encantadora.

Johnny Baker pensó que era indiferente, pero secretamente vulnerable, y se preguntó si era tan fríamente cortés con todo el mundo como lo era con el brigadier Jakov.

El brigadier Pieter Ivanovitch Jakov era Héroe del Pueblo, pero Baker no sabía de qué clase. Era el hombre perfecto para ilustrar un cartel de propaganda solicitando el alistamiento. Apuesto, con una buena musculatura y mirada fría, se parecía mucho al mismo Johnny Baker, lo cual no era más sorprendente que el parecido superficial de Rick Delanty con Muhammad Ali.

Eran cuatro especímenes en plena madurez, llenos de una salud atlética. Lástima que aquel tipo de la NBS, Randall, no estuviera allí para hacerles un retrato de grupo. Pero Blas tarde o más temprano se lo haría.

La falta de gravedad les hacía flotar e impedía que estuvieran en la posición normal de unas personas que se encuentran y sostienen una conversación. Iban de un lado a Otro como impulsados por brisas errabundas. La situación era hilarante incluso para Baker y Jakov, que ya la habían vivido en otra ocasión. Rick y Leonilla estaban entusiasmados. Procuraban, en su vagar, acercarse a las mirillas y contemplar las estrellas y la Tierra.

—¿Habéis traído el almuerzo? —preguntó Delanty.

—Desde luego —respondió Leonilla con una fría sonrisa—. Creo que os gustará. Pero es una sorpresa del camarada Jakov.

—Primero hemos de encontrar un lugar para comer —dijo Baker, mirando a su alrededor. La cápsula estaba atestada.

Los equipos ocupaban casi todo el espacio. Había dispositivos electrónicos adheridos a las mamparas, paquetes amorfos suspendidos de cordeles de nylon amarillo, cajas de plástico, estantes llenos de objetos, carretes de película, microscopios, un telescopio desmontado, juegos de herramientas y soldadores. Había varias copias de diagramas que mostraban dónde estaba cada cosa, y Baker y Delanty se habían ejercitado hasta ser capaces de tocar cada objeto en plena oscuridad. Pero no había allí el menor sentido del orden.

—Podemos comer en el Soyuz —sugirió Leonilla—. Está lleno, pero... —Hizo un gesto de resignación.

—No es lo que nos habían hecho creer —dijo Jakov—. He hablado con Bakunyar y ahora disponemos de varias horas hasta que podamos desplegar las alas solares. Pero sugiero que comamos primero.

—¿Qué nos habían hecho creer? ¿A qué te refieres? —preguntó Delanty.

—A esto —dijo Jakov, haciendo un gesto expresivo que abarcaba toda la cápsula. John Baker se echó a reír.

—No hubo tiempo para planificar como es debido. Sólo pudieron amontonar las cosas a bordo. De lo contrario, todo habría sido diseñado especialmente para la observación del cometa, con la mitad del peso...

—Y un coste nueve veces superior —intervino Delanty.

—Y entonces no habría habido necesidad de nosotros —dijo Leonilla Malik.

Jakov la miró fríamente. Empezó a decir algo, pero se interrumpió. Aquello era bastante cierto, y todos lo sabían.

—Desde luego, han aprovechado bien el espacio —dijo Delanty—. Bueno, vamos a comer.

—¿No notas el efecto de la caída libre? —preguntó Leonilla.

—¿Este? —John Baker se echó a reír—. Este es capaz de comer mientras da vueltas en las montañas rusas. Yo sí que lo noto un poco, aunque no es la primera vez que subo. Pero ya se está pasando.

—Debemos comer ahora —dijo Jakov—. Estamos entrando en la zona oscura y tenemos que desplegar las alas solares con luz. Yo también sugiero el Soyuz, hay más espacio. Y tenemos una sorpresa: caviar. Debe comerse en boles, pero sin duda podemos hacerlo también con tubos.

—¿Caviar? —preguntó Baker.

—Tiene un alto valor alimenticio —explicó Leonilla—. Y pronto terminarán el nuevo canal y habrá agua de sobras en el Caspio y el Volga para nuestro esturión. Espero que le guste el caviar.

—Claro —dijo Baker.

—¿Entramos? —Jakov les precedió al interior del Soyuz.

Ninguno se dio cuenta de que Rick Delanty permanecía atrás, como si en realidad no tuviera ganas de comer.

Delanty y Baker estaban en el exterior. Unos delgados cables les mantenían conectados al laboratorio del Martillo. Les rodeaba el vacío del espacio, brillante bajo la luz del sol, pero oscuro como la cueva más negra en la zona de sombra.

El Skylab tenía alas cubiertas con células solares, y, en caso de necesidad, podían desplegarse automáticamente.

El diseño del laboratorio del Martillo era diferente. Las alas estaban plegadas contra el fuselaje, y se habían concebido para ser desplegadas mediante la fuerza muscular. Baker y Delanty se encargarían de ello.

La energía de las células solares era imprescindible. Sin ella, los astronautas no podían hacer funcionar el laboratorio, ni siquiera mantenerlo lo bastante frío para vivir en él. El espacio no es frío. Carece de temperatura, puesto que no hay aire para proporcionarla. Los objetos expuestos a la luz del sol absorben el calor, que debe ser eliminado. Los seres humanos generan incluso más calor; ninguna persona puede vivir mucho tiempo en un medio aislado, ya sea un traje de presión ya una cápsula espacial. Un hombre genera más calor en cada centímetro cúbico de su cuerpo que el sol en cada centímetro cúbico de su superficie. Naturalmente, hay muchísimos centímetros cúbicos de sol...

Así pues, necesitaban las células solares, lo cual requería trabajo. Movían grandes masas —en el espacio no existe el peso, pero la masa permanece— contra la fricción. Sus trajes de presión oponían resistencia a cada movimiento, pero finalmente concluyeron la tarea. No se rompió ni atascó nada. El sistema había sido diseñado con la máxima simplicidad... y para usar el talento de hombres inteligentes en órbita.

—Por fin —dijo Johnny Baker—. Y tenemos aún oxígeno para algunos minutos. Rick, descansa un momento y disfruta del panorama.

—Muy bonito —dijo Rick a través del micrófono. Pero su tono era malhumorado.

A Baker no le gustó aquel tono. Delanty, además, respiraba con demasiada intensidad e irregularmente. Pero Baker no dijo nada.

—Creí que la última ala nunca se desprendería —dijo Delanty con un bufido.

—Pero lo ha hecho. Y si no lo hubiera hecho, la habríamos arreglado —replicó Baker—. Esos bastardos con sus perfectas cajas negras... Bueno, esta vez me han dado las herramientas para el trabajo. No hay nada que un hombre no pueda hacer si tiene las herramientas adecuadas.

—Claro, ahora todo es coser y cantar.

—Exacto. No hay que preocuparse. ¿Qué puede pasar salvo algunas tensiones internacionales, un posible golpe de un secuestrador aéreo cubano y varias masas de hielo sucio moviéndose a ochenta kilómetros por segundo... en nuestra dirección?

—Eso es un alivio. ¡Uf! Eh, John, veo África del Sur. Pero no se ven las fronteras nacionales. Johnny, estoy a punto de hacer un descubrimiento filosófico.

—Tampoco puedes ver las líneas de latitud y longitud, pero eso no significa que carezcan de importancia.

—Ya.

—A todo el mundo le parece extraordinario eso de que no se vean las fronteras desde el espacio. ¿Sabes qué sucederá si insistimos en ello?

Rick se echó a reír.

—Sí. Todos empezarán a pintar sus fronteras con líneas de color naranja neón de un kilómetro de anchas. Entonces, todos los chicos universitarios pondrán el grito en el cielo por el daño causado al medio ambiente...

—Y te culparán por haber sido el instigador. Anda, entremos.

JUNIO: INTERLUDIOS

Pero ¿qué decir de una colisión directa de frente con un cometa? ¿Qué tamaño y volumen tienen las cabezas de los cometas? La cabeza de un cometa consta de dos partes: el núcleo sólido y el coma resplandeciente. Sólo tenemos que preocuparnos por él núcleo. Naturalmente, los cometas varían mucho en tamaño. Se calcula que el núcleo de un cometa medio es de unos dos kilómetros de diámetro. Cualquier cometa que choque directamente con la tierra asestará un golpe fortísimo.

Daniel Cohen, Cómo será el fin del mundo

—¡Ay de vosotros, hermanos! ¿Pues no habéis suscitado la desolación de un extremo al otro de la tierra? ¿No habéis visto la maldad de las ciudades y olido el hedor del mismo aire? ¿No habéis corrompido la tierra, que es el templo del Señor?

«Escuchad las palabras del profeta Malaquías: “Pues he aquí que llega el día que arderá como un horno, y todos los presuntuosos e inicuos serán rastrojo. Y ese día se consumirán, ha dicho el Señor de los ejércitos, de modo que no les dejará raíz o rama mayor. Mas para quienes temen mi nombre, el Hijo de justicia se alzará con la curación en sus alas.”

«Hermanos, el Martillo de Dios llega para destruir a los malvados y los presuntuosos, pero los humildes serán exaltados. Arrepentios mientras aún estáis a tiempo, pues ningún hombre puede huir del poderoso Martillo que incluso ahora oscurece las estrellas. Arrepentios antes de que sea demasiado tarde. Todavía hay tiempo.»

—Gracias, reverendo Armitage. Han oído al reverendo Henry Armitage en «La próxima hora».

Mark Czescu había puesto a calentar el sake en un frasco de reactivo con tapón esmerilado. Llenó dos tazas diminutas, luego vertió más sake en el frasco y volvió a colocar éste en la cacerola con agua que se calentaba a fuego lento en la cocina.

—Tenía dos plantas sobre mi mesa —dijo Mark—. Una de ellas era una planta de marihuana en plástico, y debajo de las hojas estaba la inscripción cannabis sativa. La otra era una Aralia elegantissima. Si uno no la conoce se parece mucho a la marihuana. —Ofreció una tacita a Joanna y otra a Lilith—. Un día llegó mi jefe en compañía de un tipo importante de la oficina central. No dijeron nada en aquel momento, pero al día siguiente mi jefe me pidió que me deshiciera de las plantas. —Ofreció a Frank Stoner la tercera taza y, sosteniendo la suya, se arrellanó en el sillón—. Le digo: «¿Cómo?» y me dice: «No soy ignorante del todo, ¿sabes? Sé qué es eso.» Carol Miller se puso histérica. Llamó a los demás tipos e hicimos que el jefe lo repitiera. Todos ellos sabían qué era.

Frank Stoner estaba cómodamente tendido en el sofá, rodeando con un brazo a Joana MacPherson y con el otro alrededor de la cintura de Lilith Hathaway. Lilith tenía su misma altura, uno sesenta y tres, pero los breves hombros de Joanna encajaban bien bajo el robusto brazo de Frank.

—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Frank.

—Un par de años. Dos meses después me despidieron. No tuvieron más remedio.

—¿Por qué? ¿A causa de una de esas interesantes insignificancias estadísticas?

—¿Eh? No, no tuvo nada que ver con la marihuana de caucho. Simplemente, tuvieron que prescindir de algunas personas. Desde entonces... Bueno, el trabajo más fijo que he tenido ha sido el que me ha proporcionado Harv Randall. —Mark se inclinó hacia adelante. Le brillaban los ojos—. Esas entrevistas al hombre-de-la-calle son divertidas. Una vez entrevistamos a un coronel del ejército que temía abrir la boca, no fuera a cometer alguna indiscreción. En un encuentro de lucha había un tipo que estaba deseando la llegada del Martillo. Confiaba en que entonces sería cuando los auténticos machos gobernarían el mundo. —Sonrió a Lilith, una rubia pálida con un hermoso rostro acorazonado y grandes pechos. La había conocido en el Intercambio, el bar de topless donde ella bailaba.

Frank Stoner tomaba el sake justo para ser cortés. Mark no se había dado cuenta de que no le gustaba. Vació su taza de un trago: había que beberlo rápido o de lo contrario se enfriaba.

—Incluso entrevistamos a algunos motoristas. Una noche abordamos a los «Rodillos Atroces», pero creo que no se lo tomaron en serio.

Joanna se rió.

—El fin del mundo. Nada de coches en las carreteras, nada de jaleo, atascos, ruidos. Tus amigos motoristas creerían que eso es Jauja.

—Pero no podían decirlo.

—Quizá sea cierto —dijo Frank Stoner. Había conocido a Mark en los caminos polvorientos, corriendo de un lado a otro del país para ganar un premio en metálico—. Podemos ir a lugares que están vedados a los coches. No gastamos apenas gasolina. Nos ayudamos unos a otros, con los puños si es necesario. Si tuviéramos gasolina escondida en alguna parte... Oye, ¿qué posibilidades hay de que se produzca el choque?

Mark hizo un gesto con la mano y casi derribó su taza.

—Casi ninguna, a menos que creas en los horóscopos. Sharps dice que podría alcanzarnos la cola. ¡Sería digno de ver!

—Sharps es uno de los astrónomos a los que han entrevistado. —Se levantó para llenar de nuevo las tazas.

—Sí, y fue más extraño que cualquiera de ellos. Lo verás por la televisión.

Una hora después Lilith tenía que ir a trabajar. El sake disminuía rápidamente y Mark se sentía bien. Joanna, en su regazo, era ligera como una pluma, mientras él y Frank hablaban.

Mark había vivido con Joanna durante casi dos años. A veces le parecía muy extraño que hubiera llegado a una monogamia total. Aquella relación había cambiado su estilo de vida, y aquel cambio le gustaba. Cierto que no se atrevía a acostarse con ninguna otra, pero tampoco se enzarzaba en tantas peleas. Y seguía conociendo a gente interesante. Había temido que eso terminara...

—Entonces tardarías mucho tiempo en volver a ponerte en forma —dijo Frank.

—¿Eh? —Mark trató de recordar de qué habían estado hablando. Ah, sí, sus competiciones en el circuito de carreras, años atrás. Ahora las carreras por los senderos polvorientos eran un deporte al que Mark sólo asistía como espectador. Todavía poseía los músculos, pero su vientre había adquirido el volumen y la redondez del de un inveterado bebedor de cerveza. Se miró la panza—. Tienes razón. Bueno, estoy embarazado de Joanna.

—La verdad es que ha perdido el interés por estar en forma —dijo Joanna.

—Me estoy haciendo viejo para ocuparme de cosas frívolas. Debería trabajar permanentemente para Randall. —Alzó a Joanna y la puso de pie. Sí, sus músculos seguían funcionando. Luego fue a la cocina en busca del resto de sake—. ¿Qué haremos si choca el Martillo? —preguntó desde la cocina.

—No estar en el lugar donde vaya a producirse el choque —respondió Stoner—. No estar en la playa ni cerca de la costa. Lo más probable es que caiga en el océano. Dame una cerveza.

—Sí.

—Oye, tienes un mapa de carreteras de California, ¿verdad?

Mark estaba seguro de que lo tenía, y empezó a buscarlo.

—Creo que utilizaría la misma moto con la que fui a México. La Honda grande de cuatro tiempos. No cuesta mucho conseguir recambios. —Frank comenzó a considerar mentalmente las posibilidades, tomándose su tiempo. Conocía a Joanna y Mark desde hacía largo tiempo. No era necesario que hablaran sólo para evitar las pausas de silencio, aunque Mark tendía a hacerlo—. Hay que pensar en los alborotos y motines. La lluvia, las mareas y los terremotos arrasarán todos los servicios, incluida la policía. Creo que necesitaré gasolina y piezas de recambio escondidas fuera de la ciudad, en algún lugar donde nadie pueda robarlas.

—¿Y armas?

—Traje un recuerdo de Vietnam. Lo registraron como perdida.

—Yo también. —Mark dejó de buscar sobre el mapa—. Necesitaremos un sifón. Durante algún tiempo encontraremos coches abandonados.

—Yo siempre llevo un sifón.

—Oye, ¿por qué no nos reunimos más o menos en el momento en que se supone que pasará el cometa?

Frank no respondió de inmediato. Joanna lo hizo por él.

—Aunque no suceda nada, contemplar el cometa sería un gran espectáculo. Tal vez Lilith también querría venir.

Frank Stoner siguió en silencio, pensativo. No hacía promesas a la ligera, y el cometa empezaba a ser algo real para él. Mark sabía pelear, pero no siempre era capaz de hacer lo que aseguraba que podía hacer, tendía a abandonar las cosas y, además, tenía aquel vientre prominente de bebedor de cerveza. Para Frank, aquel vientre era una muestra de dejadez personal. Sin embargo...

—Sí. De acuerdo. Pero no nos reuniremos aquí. La noche anterior cogeremos los sacos de dormir y nos iremos al Mulholland.

Mark alzó su taza de sake.

—Estupendo. Haría falta un inmenso maremoto para alcanzar esa altura. Y si fuera necesario, podríamos viajar a campo traviesa.

Frank estaba preocupado por Joanna. No creía que Mark pudiera protegerla. Y Joanna, con su entrenamiento en artes marciales y el dominio de sí misma que le proporcionaba su pertenencia al movimiento de liberación femenina, probablemente pensaba que podía protegerse a sí misma.

Eileen tardó casi medio minuto en darse cuenta de que el señor Corrigan estaba sentado al borde de su mesa, observándola. Permanecía erguida en su asiento, con los dedos inmóviles sobre el teclado de la máquina y la mirada, al parecer, perdida... Y entonces descubrió a Corrigan en primer plano.

—¡Ah! —exclamó.

—Hola, soy yo —dijo Corrigan—. ¿Le importa que hablemos de ello?

—No lo sé, jefe.

—Hace cosa de un mes habría jurado que estaba enamorada. Tenía aquella mirada tierna, y a veces estaba muerta de cansancio pero sonriente. Pensé que descendería su eficiencia, pero no fue así.

—Estaba enamorada —declaró ella, sonriente—. Se llama Tim Hamner y es riquísimo. Quiere casarse conmigo. Me lo dijo anoche.

—Vaya —dijo Corrigan, contrariado—. El punto esencial, desde luego, es saber si el negocio podrá seguir sin usted.

—Naturalmente, eso es lo primero en lo que pensé —dijo Eileen, pero con un dejo reflexivo que Corrigan no supo a ciencia cierta cómo tomar.

—Riesgos del oficio. ¿Y usted le quiere?

—Oh... sí. Pero... está chalado. Ya he tomado una decisión, aunque no me gusta.

Se puso a escribir a máquina con una ferocidad que hizo que Corrigan volviera a su despacho.

Llamó a Tim tres veces antes de encontrarle en casa.

—Tim, lo siento pero la respuesta es no —fueron sus primeras palabras.

Hubo una larga pausa.

—De acuerdo, pero ¿puedes decirme por qué?

—Lo intentaré. Es... Todo lo que he estado haciendo parecería estúpido.

—No veo por qué.

—Poco antes de que nos conociéramos me nombraron ayudante del director general en Suministros para instalaciones sanitarias Corrigan.

—Ya me lo dijiste. Escucha, si temes perder tu independencia, pondré digamos cien mil dólares en tu cuenta y serás tan independiente como cualquiera.

—Sabía que dirías algo así, pero... esa no es la cuestión. Se trata de mí. Cambiaría más de lo que deseo. He llegado a ser lo que soy por mis propios medios, y quiero seguir orgullosa del resultado.

—¿Quieres conservar tu puesto de trabajo? —A Frank la idea le pareció algo absurda, pero de todos modos dijo—: De acuerdo.

Eileen se imaginó llegando todas las mañanas a la oficina en un lujoso automóvil con chofer, y se echó a reír.

Colleen leía una novela. Tenía el cabello lleno de rulos. Había encendido el tocadiscos y a veces seguía el ritmo de la música golpeando con los dedos sobre la mesita al lado de la tumbona.

Fred se preguntó qué estaría escuchando. Sabía lo que estaba leyendo. No podía ver el título, pero la ilustración de la cubierta era una mujer con vestido largo y vaporoso en primer término, y un castillo en el fondo, con una ventana iluminada. Todas las novelas románticas eran iguales.

No le importaban los rulos. Le sentaban bien a Colleen.

La mitad del placer consistía en la espera. Pronto, muy pronto se conocerían.

A veces el sentimiento de culpabilidad era abrumador. Entonces Fred Lauren sentía la loca tentación de destruir su telescopio, de destruirse a sí mismo antes de que pudiera herir a Colleen. Pero aquello era realmente una locura. Dentro de un mes y una semana, habría muerto de todos modos. Y ella también. Cualquier daño que le hiciera sería transitorio, y lo habría hecho por amor.

Por amor. Fred suspiró por la muchacha que veía a través del telescopio. Movía suavemente las ruedecillas que controlaban la imagen, y los dedos le temblaban. Era pronto, demasiado pronto.

JUNIO: DOS

¡General, usted no tiene un plan de guerra! ¡Todo lo que usted tiene es una especie de horrible convulsión!

Secretario de Defensa Robert S. McNamara, 1961

La política de los Estados Unidos continúa sin variación. En cuanto se confirme que se ha producido un ataque nuclear a esta nación, nuestras fuerzas estratégicas infligirán un daño irreparable al enemigo.

Portavoz del Pentágono, 1975

El sargento Mason Jefferson Lawton pertenecía al Mando Estratégico de la Fuerza Aérea y estaba orgulloso de ello. Estaba orgulloso del arrugado traje de faena, del pañuelo azul al cuello y los guantes blancos. Estaba orgulloso del revólver de calibre 38 que llevaba a la cadera.

Caía la tarde en Omaha. El día había sido caluroso. Mason consultó de nuevo su reloj, y en el mismo momento en que lo hacía el KC-135 apareció en el cielo y aterrizó. Se detuvo en el área de descarga donde Mason esperaba. El primer hombre que descendió era un coronel destinado permanentemente en Offutt. Mason le reconoció. El hombre siguiente respondía a la foto que le había proporcionado el departamento de Seguridad. Los dos se acercaron al jeep del sargento.

—¿El documento de identidad, por favor? —pidió Mason.

El coronel exhibió el suyo sin decir una palabra. El senador Jellison frunció el ceño.

—He venido en el avión del general, con su propio coronel...

—Sí, señor —dijo Mason—. Pero necesito ver su documento de identidad.

Jellison asintió, divertido. Sacó una cartera de piel y sonrió mientras el sargento leía atentamente el documento. La tarjeta mostraba que Jellison era teniente general en reserva de la Fuerza Aérea. El senador pensó que aquello impresionaría al muchacho.

Pero si el rango de Jellison le impresionó, Mason no mostró señal alguna de ello. Esperó mientras otro oficial traía el equipaje del senador y lo cargaba en el jeep. Avanzaron por la pista, pasando junto a los aviones especialmente equipados. Eran tres en total, y uno de ellos siempre estaba en el aire. Transportaban a las jerarquías y el personal del Mando Aéreo Estratégico.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los cuarteles generales del Mando Aéreo Estratégico se emplazaron en Omaha, en el centro del país. El centro de mando ocupaba cuatro plantas subterráneas, reforzadas con hormigón y acero. El centro, conocido como el agujero, había sido diseñado para resistirlo todo, pero eso fue antes de que existieran los misiles balísticos intercontinentales y las bombas de hidrógeno. Ahora ya nadie podía hacerse ilusiones. En caso de bombardeo nuclear, el agujero estaba condenado. Eso no impediría que el Mando Aéreo Estratégico controlara sus fuerzas, puesto que los aviones especialmente equipados no podían ser derribados. Sólo sus pilotos sabían dónde se encontraban.

Mason acompañó al senador al interior del gran edificio de ladrillo, hasta el despacho del general Bambridge. La estancia tenía un aire anticuado. Los muebles de madera, la mayoría tapizados en cuero, eran antiguos, lo mismo que el enorme escritorio. Las paredes estaban forradas con estantes que contenían maquetas de los aviones de la Fuerza Aérea: cazas de la Segunda Guerra Mundial, un voluminoso B-36 con su mezcla de hélices y reactores, un B-52 y toda clase de proyectiles que, junto con los teléfonos, constituían los únicos rasgos modernos.

Sobre la mesa había tres teléfonos, uno negro, otro rojo y otro dorado. En una mesita cercana descansaba una caja portátil que contenía un teléfono rojo y otro dorado, y que el general Bambridge se llevaba consigo en toda ocasión: en su coche, en su casa, en su dormitorio, en el lavabo... Nunca se alejaba más de cuatro pasos del teléfono dorado. Era una servidumbre de su cargo como comandante en jefe del Mando Aéreo Estratégico. El teléfono dorado le ponía en contacto con el presidente de la nación. El rojo comunicaba con el centro subterráneo de control, y podía desencadenar una potencia de fuego superior a la que habían empleado todos los ejércitos en la historia.

El general Thomas Bambridge hizo una seña al senador Jellison para que se sentara cerca del gran ventanal que daba a la pista, y tomó asiento frente a él. Bambridge no permanecía tras su escritorio para hablar con la gente, a menos que algo estuviera mal. Se contaba que en cierta ocasión un comandante se desmayó tras permanecer cinco minutos ante la mesa de trabajo de Bambridge.

—¿Qué diablos te ha hecho venir en persona? —preguntó Bambridge—. ¿No podíamos hablar por teléfono?

—¿Son totalmente seguros tus teléfonos? —replicó Jellison.

Bambridge se encogió de hombros.

—Son tan buenos como podemos hacerlos...

—Tal vez los tuyos sean seguros —dijo Jellison—. Dispones de personal propio que los revisa. Yo estoy convencido de que los míos no lo son. El motivo oficial de esta visita es el que te dije: necesito ayuda para la solicitud de presupuestos.

—Claro. ¿Te apetece una copa?

—Tomaré un whisky, si tienes aquí.

—Muy bien. —Bambridge sacó una botella y vasos del armario situado detrás de su escritorio—. ¿Un cigarro? Te gustará.

—¿Es habano? —preguntó Jellison.

Bambridge volvió a encogerse de hombros.

—Los chicos los consiguen en Canadá. Nunca me he acostumbrado a los cigarros de este país. Los cubanos puede que sean unos bastardos, pero nadie puede negar que saben preparar el tabaco. —Depositó la botella de whisky sobre la mesita y sirvió dos vasos—. Bueno, ¿de qué se trata?

—Del Martillo —dijo Jellison.

El rostro del general Bambridge permaneció impasible.

—¿Qué ocurre con él?

—Se está acercando mucho.

Bambridge asintió.

—Nosotros también tenemos buenos matemáticos y computadoras, ¿sabes?

—¿Y qué pensáis hacer?

—Nada. Es una orden del presidente. —Señaló el teléfono dorado—. No va a suceder nada, y no debemos alarmar a los rusos. —Bambridge hizo una mueca—. No debemos alarmar a los bastardos. Están matando a nuestros amigos en África, pero no hemos de molestarlos porque eso podría hacer peligrar nuestra amistad.

—El mundo es duro —comentó Jellison.

—Desde luego. Bueno, ¿qué es lo que quieres?

—Tom, esa cosa se aproxima demasiado. No creo que el presidente comprenda lo que eso significa.

Bambridge se quitó el cigarro de la boca e inspeccionó el extremo mascado.

—El presidente no se interesa mucho por nosotros. Eso es bueno, porque así el Mando Aéreo Estratégico puede funcionar sin interferencias. Pero bueno o malo, él es el presidente, es decir, mi comandante en jefe, y yo tengo algunas ideas curiosas, por ejemplo, la de que debo obedecer las órdenes.

—Tú has prestado juramento a la Constitución —dijo Jellison—. Has pasado por West Point, ¿no? Recuerda la trilogía: deber, honor, país, por ese orden.

—¿Y qué?

—Tom, ese cometa se nos echa encima, de veras. Me han dicho que invalidará todos tus sistemas preventivos de radar.

—A mí también me lo han dicho —dijo Bambridge—. Art, no quiero parecer sarcástico, pero ¿no te parece que están tratando de enseñar a tu abuela cómo se bebe un huevo? —Fue a su escritorio y volvió con un expediente de cubiertas rojas—. Veremos cómo es un ataque supuesto y no podremos ver uno verdadero... si se produce. Claro, el día que los rusos vean que tienen todas las de ganar nos atacarán, pero según los servicios de inteligencia, por allá las cosas están ahora muy tranquilas. —Bambridge hojeó de nuevo el documento—. Naturalmente, si no podemos verles venir, ellos no podrían vernos tampoco...

—¿Pero qué estás diciendo?

—Bueno, no pueden someterme a un consejo de guerra sólo por pensar.

—Esto es serio, Tom. No creo que los rusos vayan a iniciar algo, mientras el cometa sólo pase cerca, pero...

Bambridge ladeó la cabeza.

—¡Por Dios, mis técnicos no me han dicho que fuera a chocar con nosotros!

—Ni los míos tampoco —dijo Jellison—. Pero ahora las posibilidades de que no suceda son de centenares contra una. Antes fueron miles de millones, luego millares y ahora sólo centenares. Es para asustarse un poco.

—Lo es, desde luego. ¿Qué crees que debo hacer? El presidente me ordenó que no me pusiera en estado de alerta.

—No puede darte esa orden. Tu cargo te autoriza a tomar toda medida necesaria para proteger a tus fuerzas. Todo menos el ataque nuclear.

Bambridge miró por la ventana. El avión especial KC-135 estaba despegando para cumplir con su misión rutinaria.

—Me pides que desafíe una orden directa del presidente.

—Sí, pero si lo haces tendrás amigos en el Congreso. Podrías perder tu cargo, pero eso sería todo. —El tono de Jellison era bajo y apremiante—. Tom, ¿crees que me gusta esto? Dudo de que ese condenado cometa choque con la Tierra, pero si lo hace y no estamos preparados... Dios sabe lo que ocurrirá.

—Sí, es cierto. —Bambridge trató de imaginarlo—. Si un asteroide cayera en alguna zona remota de la Unión Soviética, ¿no creerían que era un ataque solapado de Estados Unidos? ¿Y si no era en una zona remota sino en el mismo Moscú? Pero si entramos en estado de alerta, ellos lo sabrán, y tendrán muchas más razones para creer que lo hemos hecho.

—Claro, pero ¿y si nosotros no hemos declarado la alerta y ellos consideran esta circunstancia como una estupenda oportunidad? Si cae el Martillo, Tom, Washington puede desaparecer. Washington, Nueva York y la mayor parte de la costa oriental.

—Maldición. No faltaría más que encima de todo eso tuviéramos una guerra —dijo Bambridge—. Si el Martillo golpea realmente, ya habrá suficiente desastre en el mundo sin necesidad de añadir la catástrofe nuclear. Pero si nos golpea a nosotros y no a ellos, querrán rematar el trabajo. Es lo que yo haría en su caso.

—Pero tú no...

—No desde este despacho —le interrumpió Bambridge—. Ni siquiera si recibo unas órdenes que, gracias a Dios, nunca recibiré. —El general miró las maquetas de proyectiles en su estante—. Mira, lo que puedo hacer es vigilar que mi personal esté en su sitio. Que mis hombres clave estén alerta en sus agujeros mientras yo lo dirijo todo desde el avión especial. ¿Pero cómo puedo distinguir el choque de un meteoro de un ataque nuclear?

—Creo que lo distinguirás —dijo Jellison.

Afuera se extendían la noche y la inmensidad del espacio. Dentro de la cápsula Apolo Rick Delanty estaba tendido en el breve lecho. Tenía los ojos fuertemente cerrados, el cuerpo rígido y los puños apretados.

—Sí, de acuerdo, me encuentro mal desde que partimos, pero no se lo digas a Houston. De todos modos no podrían hacer nada.

—Pero si no comes vas a morirte de hambre —le dijo Baker—. No te lo tomes así. Todo el mundo tiene trastornos cuando viaja al espacio.

—Pero no durante toda una semana.

—MacAlliard estuvo mal toda la misión. No tanto como tú, pero él tenía ayuda. Voy a buscar a la doctora Malik.

—¡No!

—Sí. No tenemos tiempo para satisfacer el orgullo masculino.

—No se trata de eso, y tú lo sabes —dijo el acongojado Delanty—. Informará de lo que ocurre y...

—Y nada. No vamos a detener esta misión sólo porque tienes las tripas revueltas.

—¿Estás seguro?

—Sí. No pueden cancelarla a menos que yo lo diga. Y no voy a decirlo, a menos que...

—No hablemos más. Dios mío, Johnny, si esto fracasa por mi culpa... Diablos, ojalá hubieran elegido a otro en mi lugar. Entonces no importaría tanto. Pero yo tengo que seguir.

—¿Por qué? —preguntó Baker.

—Porque soy...

—¿Un caballero de color?

—Un negro. —Rick trató de sonreír—. De acuerdo, haz que venga la doctora. Algo ayudará.

—Lo mejor que puedes hacer es mantener los ojos cerrados.

—Ya lo hago, hago todo lo que puedo —dijo Delanty en tono amargo—. Yo, el gran Rick, con la enfermedad del espacio. Es absurdo.

Se dio cuenta de que Baker había salido y nerviosamente empezó a abrocharse la bragueta.

Vestía una especie de calzones largos de lana, lo más apropiado para llevar bajo el traje espacial. Era una prenda muy práctica, pero Rick Delanty no podía ocultar del todo su nerviosismo. No estaba acostumbrado a que las mujeres le vieran en paños menores, sobre todo las mujeres blancas.

Cuando Leonilla entró en la cápsula preguntó por qué no habían informado de lo que le ocurría a Rick. Su voz era áspera, totalmente profesional, y Rick se sintió algo intimidado. La prenda interior de cuerpo entero que vestía Rick tenía unos engarces. Leonilla tomó uno de ellos en un termómetro eléctrico. Introdujo el otro extremo del engarce en el ano de Rick Delanty.

—¿No ha comido nada? —preguntó Leonilla, mientras leía el termómetro y tomaba nota.

—Lo vomito todo.

—Por eso está deshidratado. Primero probaremos con estas cápsulas. Másquela. No, no se la trague, másquela.

Rick obedeció.

—Cielo santo, ¿qué es esto? Es lo más asqueroso...

—Ahora tráguela por favor. Dentro de dos minutos probaremos con un líquido nutritivo. Necesita hidratación y alimento. ¿Tiene la costumbre de no informar cuando está enfermo?

—No. Creí que no sería nada.

—En toda misión espacial aproximadamente un tercio del personal ha experimentado trastornos espaciales entre suaves y agudos. La probabilidad de que a uno de nosotros le sucediera era muy alta. Ahora beba esto lentamente.

Rick bebió. Era un líquido espeso que sabía a naranja.

—No está mal.

—Se basa en el Tang americano —dijo Leonilla—. He añadido azúcares de fruta y una solución vitaminada. ¿Cómo se siente? No, no me mire. Es importante que no lo vomite. Mantenga los ojos cerrados.

—Así no me siento muy mal.

—Estupendo.

—¡Pero no sirvo para nada con los ojos cerrados! Y tengo que...

—Tiene que rehidratarse y seguir vivo, para que el resto de nosotros podamos continuar.

Delanty notó algo frío en el antebrazo.

—¿Qué...?

—Una inyección para que duerma. Relájese. Ya está. Dormirá varias horas. Durante ese tiempo le suministraré suero. Luego, cuando despierte, podemos probar otros fármacos. Buenas noches.

La doctora regresó al compartimiento principal del laboratorio del Martillo. Ahora había espacio en el centro, pues el equipo había sido colocado en lugares apropiados, y muchos de los paquetes habían sido lanzados al espacio.

—¿Cómo está? —preguntó John Baker. Pieter Jakov hizo la misma pregunta en ruso.

—Mal —dijo ella—. Creo que ha carecido de agua en su organismo al menos durante veinticuatro horas, tal vez más. Tiene treinta y ocho grados y ocho décimas de temperatura. Está muy deshidratado.

—¿Qué podemos hacer? —inquirió Baker.

—Creo que las medicinas que le he dado le ayudarán a conservar el líquido. Ha bebido casi un litro, sin mostrar síntomas negativos. ¿Por qué no nos lo dijo antes?

—Diablos, es el primer negro que ha ido al espacio, y no quiere ser el último —dijo Baker.

—¿Cree acaso que es el único que se siente presionado para tener éxito? —preguntó Leonilla—. Es el primer negro en el espacio, pero las diferencias fisiológicas entre razas son pequeñas comparadas a las que hay entre sexos. Yo soy la segunda mujer en el espacio, y la primera falló...

—Ya es hora de hacer más observaciones —dijo Pieter Jakov—. Ayúdame, Leonilla. ¿O debes atender a tu paciente?

Aunque el equipo estaba adecuadamente distribuido, seguía habiendo muy poco espacio en el laboratorio del Martillo. Los astronautas se habían esforzado para conseguir alguna intimidad: Delanty en el Apolo y Leonilla Malik en el Soyuz. Baker y Jakov se turnaban en la observación y, en los breves momentos que dedicaban al sueño, lo hacían en el laboratorio. Como tres tenían que hacer el trabajo de cuatro, no había mucho tiempo para dormir.

Y el cometa Hamner-Brown se acercaba, con la cola por delante, directamente hacia ellos. El tenue gas que desprendía ya estaba envolviendo a la Tierra, la Luna y el laboratorio espacial. Los astronautas realizaban observaciones visuales a cada hora, y cada día salían al exterior para recoger muestras de nada: envasaban el tenue vacío espacial para llevarlo a la Tierra, donde instrumentos muy sensibles podrían descubrir unas pocas moléculas de la cola de un cometa.

Al principio había poco que ver. Sólo en la dirección del cometa era evidente que la cola se extendía por el espacio para abarcar centenares de millares de kilómetros. Pero más tarde, a medida que se acercaba, podían verlo en cualquier dirección que mirasen.

Cuando no contemplaban el cometa podían hacer observaciones del Sol. Y si aún disponían de algún tiempo podían dedicarlo a otros varios experimentos, cristalográficos o de investigación de gases. Su jornada era muy apretada.

Tenían la intimidad imprescindible. Por mutuo acuerdo, el ingenio espacial había sido diseñado de manera que los dispositivos que hacían las veces de lavabo estaban en la nave espacial y no en la cápsula del laboratorio. Para Baker y Delanty el sistema era muy sencillo: un tubo que se colocaba en su órgano viril, con un depósito para orinar. El contenido fluía.

En una ocasión, mientras Baker utilizaba el sistema, notó que Delanty le miraba.

—Tendrías que estar durmiendo, no mirando cómo meo.

—No estoy interesado en cómo lo haces, Johnny... ¿cómo se las arreglará Leonilla para mear en el espacio?

—La verdad es que no lo sé. Se lo preguntaré, ¿eh?

—Sí, pregúntaselo, porque yo, desde luego, no voy a hacerlo.

—Ni yo tampoco. —Johnny abrió una válvula y la orina fue proyectada al espacio. Las gotitas heladas formaron una nube alrededor de la nave, como una nueva constelación de estrellas, y gradualmente se disiparon.

—¿Por qué diablos me has preocupado de nuevo con eso?

—¿He de ser el único que tenga problemas?

—¿Cómo te encuentras?

—Bastante bien.

Dos días después Delanty estaba mucho mejor, pero Baker no tenía la respuesta.

Acababa de volver del exterior, donde había tomado una muestra del vacío, y estaba a solas con Jakov.

—No puedo soportarlo —dijo Baker.

—¿Cómo dice? —preguntó el ruso.

—Hay algo que no deja de preocuparme. ¿Cómo mea Leonilla cuando vuela en caída libre?

—¿Eso le preocupa?

—Desde luego. Y no es simple curiosidad. Una razón por la que nunca hemos enviado mujeres al espacio es que los chicos de diseño no han podido dar con un servicio higiénico adecuado. Alguien sugirió un catéter, pero eso es doloroso. —Jakov no dijo nada—. ¿Cómo lo hace ella?

—Eso es un secreto de Estado. Lo siento —dijo Pieter Jakov. Si estaba bromeando no lo mostraba—. Ya es hora de hacer una nueva serie de observaciones solares. Ayúdeme con el telescopio, por favor.

—Claro.

Johnny pensó que se lo preguntaría a Leonilla antes de que regresaran a tierra. Miró de reojo al ruso. A lo mejor, Jakov tampoco lo sabía.

—¿Cómo estás? —preguntó Baker.

—Bien —respondió Delanty—. ¿Lo sabe Houston?

—Yo no se lo he dicho, pero tal vez les ha informado Bakunyar. No creo que Jakov oculte algo a los suyos. Pero ¿por qué tienen que decírselo a Houston?

—Es lamentable —dijo Rick.

—Sí, pero no te preocupes. Has probado todo lo que necesitabas probar. Estás aquí y hemos desplegado las alas. Si has podido hacer un trabajo así estando enfermo, deberían llamarte titán. Mañana estarás trabajando.

—Sí. ¿Has resuelto ese problema que te molestaba?

Baker se encogió de hombros.

—No. Se lo pregunté a Pieter y me dijo nada menos que es un «secreto de Estado».

—Bueno, tal vez podamos averiguarlo. Tenemos suficientes cámaras...

—Sí, eso quedaría muy bien en el informe. Dos oficiales de la Fuerza Aérea de Estados Unidos fisgando con cámaras de televisión en el tocador de la señora. Bien, tengo que ir a observar. Despertaré al camarada brigadier. Hasta luego.

Johnny Baker cruzó flotando la cápsula Apolo y el laboratorio. Todo estaba tranquilo. Leonilla dormía en el Soyuz, y Delanty, atado, estaba tendido en el Apolo, y Jakov debía estar echando unas cabezadas antes de su turno de observación.

Baker se deslizó hasta la litera del ruso. Jakov flotaba en el laberinto de telescopios, cámaras, lentes y detectores de rayos X, ligeramente retenido por una malla de nylon. Estaba sonriente, con el rostro hacia la mampara. Cuando Johnny le dio alcance, la sonrisa desapareció.

Era como si acabara de gastarle a alguien una broma y le hubieran descubierto en el acto de hacerlo.

«Secreto de Estado...», se dijo Johnny.

JUNIO: TRES

Entonces, los que estén en Judea huyan a las montañas.

Mateo, 24

La recepcionista de la antesala era nueva y no hizo pasar directamente a Harvey Randall al gran despacho en el tercer piso del Ayuntamiento de Los Angeles. A Harvey no le importó. Otras personas esperaban también, y además su equipo con las cámaras tardaría aún varios minutos en llegar. Harvey se había presentado temprano a la cita.

Tomó asiento y se dedicó a su pasatiempo favorito: observar a la gente. A la mayor parte de los visitantes se les notaba su condición. Eran vendedores y tipos relacionados con la política, y todos ellos estaban allí para ver a uno de los tenientes de alcalde o a un ayudante ejecutivo. Entre ellos destacaba una mujer, de edad indefinida entre los veinte y los treinta. Llevaba pantalones téjanos y una blusa estampada, pero se notaba que eran prendas caras. Miraba directamente a Harvey, y cuando éste sostuvo su mirada ella no se azoró lo más mínimo. Harvey se encogió de hombros y cruzó la estancia para sentarse a su lado.

—Dígame, ¿qué tengo yo que le interesa tanto?

—Le he reconocido. Usted hace documentales para la televisión. Recordaré su nombre en seguida.

—Muy bien —dijo Harvey.

Ella apartó un momento la vista, pero en seguida se volvió a él, con una leve sonrisa.

—Está bien. ¿Cómo se llama?

—Usted primero.

—Mabe Bishop —dijo ella con un inequívoco acento californiano.

Harvey trató de recordar.

—Aja. Pertenece usted a la Tribuna del Pueblo.

—Exacto —confirmó ella, sin cambiar de expresión, lo cual era curioso. A la mayoría de la gente le complacería que un reportero de documentales que tenían alcance nacional reconociera su nombre. Harvey seguía considerándolo sorprendente cuando ella añadió—: Todavía no me lo ha dicho.

—Harvey Randall.

—Ahora me toca a mí decir «aja». Usted realiza los programas sobre el cometa.

—Correcto. ¿Le han gustado?

—Creo que son terribles, peligrosos y estúpidos.

—Vaya, no tiene pelos en la lengua. ¿Le importaría decirme por qué?

—En absoluto. En primer lugar, ha puesto usted los pelos de punta a cincuenta millones de imbéciles...

—Yo no...

—¡Y deberían estar asustados, pero no por un condenado cometa! ¡Signos en los cielos! ¡Portentos malignos! Basura medieval, cuando hay tanto de qué preocuparse aquí en la Tierra.

El tono de su voz era enérgico y amargo.

—¿Y de qué deberían tener miedo? —preguntó Harvey. La verdad es que no lo quería saber, y se arrepintió en el mismo momento en que formuló la pregunta. Era una pregunta automática de reportero, pero el problema consistía en que ella iba a responderle sin duda alguna.

—De esos sprays que arruinan la atmósfera, destruyen el ozono y causan cáncer. ¡De una nueva central nuclear en el valle de San Joaquín, cuyos residuos radiactivos durarán medio millón de años! De los grandes Cadillacs y Lincolns que consumen innumerables toneladas de gasolina. Esas son las cosas que asustan, las cosas contra las que tendríamos que hacer algo, y en cambio todo el mundo se oculta en el sótano temeroso de un cometa.

—Es una opinión —dijo Randall—, aunque creo que no tiene razón en todo...

—¿Ah, no? ¿En qué no tengo razón? —preguntó ella en tono desafiante, con un dejo de odio, dispuesta al ataque.

A Harvey no le gustaba el sesgo que estaba tomando aquella conversación. Había ocasiones en que deseaba coger su objetividad periodística, enrollarla fuertemente e introducirla en un lugar anatómicamente incómodo de la persona de un pomposo profesor de periodismo.

—Se lo diré —dijo al fin—. La razón por la que la gente todavía quema gasolina en esos grandes y cómodos coches es que no pueden disponer de electricidad suficiente para utilizar coches eléctricos. No pueden conseguir electricidad porque el aire ya está lleno de porquería procedente de las fábricas de energía fósil, se nos están terminando los combustibles fósiles y unos condenados estúpidos se empeñan en retrasar el funcionamiento de las centrales nucleares que podrían sacarnos del atolladero. —Harvey se levantó—. Y si vuelvo a escuchar las palabras «spray» y «ozono», la buscaré dondequiera que se encuentre y vomitaré en su falda.

—¿Eh?

Harvey se acercó de nuevo a la recepcionista.

—Dígale a Johnny Kim que Harvey Randall está aquí, por favor —dijo en tono imperativo. La nueva recepcionista le miró alarmada y luego conectó el intercomunicador.

Harvey podía oír a Mabe Bishop que farfullaba detrás de él, y aquello le produjo una gran satisfacción. Se acercó a la puerta que daba acceso al despacho y esperó. Poco después se oyó un zumbido.

—Pase, señor Randall, haga el favor —dijo la recepcionista—. Siento haberle hecho esperar.

—No importa —murmuró Harvey.

Entró en un largo corredor, con despachos a ambos lados. Un oriental de edad indeterminada, más de treinta y menos de cincuenta, salió de uno de ellos.

—Hola, Harv. ¿Te ha hecho esperar mucho esa chica?

—No tanto. ¿Cómo estás, Johnny?

—Bastante bien. El alcalde está en una reunión que se prolonga más de lo previsto. ¿Te importa esperar un segundo?

—Pues no... El equipo vendrá dentro de poco.

—Ya están subiendo —dijo John Kim. Era el secretario de prensa del alcalde Bentley Allen, el redactor de sus discursos y en ocasiones su encargado de asuntos políticos, y Harvey sabía que Kim podría estar en Washington o Sacramento si quisiera, y probablemente lo estaría si seguía al lado de Bentley Allen—. He dado instrucciones para que suban por el ascensor privado.

—Gracias —dijo Harvey—. Te lo agradecerán.

—Ah, la conferencia está terminando. Ven, te acompañaré.

El despacho del alcalde estaba formado por dos piezas. Una de ellas era grande, con muebles caros y gruesas alfombras. De las paredes colgaban banderas, y por todas partes había trofeos, placas y certificados enmarcados. La estancia interior era mucho más pequeña, y la mayor parte de su espacio estaba ocupada por una gran mesa, sobre la que se apilaban papeles, informes, libros, salidas impresas de IBM y memorándums, algunos de los cuales tenían impresas grandes estrellas rojas. Unos presentaban dos estrellas, mientras que otro tenía tres. El alcalde estaba cogiendo ese memorándum cuando entraron Kim y Harvey Randall.

Randall pensó que el alcalde tenía buen aspecto. Era el segundo alcalde de raza negra de Los Angeles. Alto y robusto, vestía como un acomodado profesional, que era lo que había sido antes de dedicarse a la política. Exhibía por igual su sangre mestiza y su educación. Bentley Allen no hablaba con altivez a la gente. No tenía necesidad de dedicarse a la política como medio de vida. Técnicamente estaba con licencia temporal de un cargo en la facultad de una importante universidad privada.

—¿Qué hay, señor Randall? ¿Viene a rodar un documental? —preguntó Bentley Allen, dejando el memorándum en una bandeja.

—No, señor —respondió Johhnny Kim—. Esta vez se trata del noticiario de la noche.

—¿Hay algo noticiable acerca de mí esta noche? —preguntó el alcalde.

—Las consecuencias de los documentales —dijo Harvey Randall—. Todas las cadenas de televisión están interesadas por las mismas noticias. ¿Qué van a hacer los funcionarios públicos el día en que el Hamner-Brown pase de largo sin chocar con la Tierra?

—¿Todas las cadenas? —preguntó Johnny Kim.

—Sí.

—¿No se habrá ejercido una cierta presión para que las noticias se ocupen de eso? —inquirió Kim—. Por ejemplo, una presión procedente de cierta casa blanca en la avenida de Pennsylvania.

—Podría ser —admitió Harvey.

—Y lo que quiere el gran hombre son unos buenos vibráfonos —dijo el alcalde—. Manteneos tranquilos, serenos y recogidos el día en que se ha calculado que podría caer el enorme helado.

—Que por cierto es el próximo martes —respondió Harvey automáticamente—. Sí, señor.

—¿Y qué pasaría si yo mostrara pánico? —preguntó el mayor Allen, con un alegre destello en la mirada—. O si dijera: «¡Esta es vuestra oportunidad, hermanos! ¡Acabad con los blancos, nunca tendréis mejor ocasión!»

—Oh, tonterías —dijo Harvey—. Creí que todo el mundo querría salir en las noticias nacionales.

—¿Usted no tiene nunca esa clase de impulsos? —preguntó Bentley Allen—. Ya sabe. Impulsos irresistibles de hacer la única cosa que te haría acceder a una nueva modalidad de trabajo. ¿Algo así como derramar un martini sobre el vestido de la mujer del decano? Lo cual, por cierto, hice una vez. Fue puramente accidental, se lo aseguro, pero mire adonde me condujo.

Ahora Harvey parecía realmente preocupado, pero el alcalde seguía sonriente.

—No se preocupe, señor Randall. Me gusta este trabajo... u otro en un despacho algo mayor allá en el este...

Bentley Allen dejó que su voz se desvaneciera. No era ningún secreto que le gustaría ser el primer presidente negro de la nación, y algunos políticos serios creían que podría llegar a conseguirlo dentro de diez o doce años.

—Seré buen chico —dijo el alcalde Allen—. Diré a la gente que esperamos una plena asistencia en todos los ayuntamientos, y yo estaré aquí, bueno, literalmente aquí, pero se lo diré ahí —señaló la otra pieza mayor y más lujosa del despacho—, y espero que todos mis funcionarios sigan el mismo ejemplo. Puedo decir o no decir que tengo el televisor encendido, porque por nada del mundo me perdería un espectáculo así.

—Se trata de que la actividad sea normal, con tiempo libre para ver un programa entretenido.

El alcalde asintió.

—Naturalmente. —Su rostro adoptó una expresión grave—. Entre nosotros, le diré que estoy un poco preocupado. Demasiada gente emprenderá el vuelo. ¿Sabe que ya han sido alquilados casi todos los remolques de la ciudad? Y para toda la semana. Y por parte de la policía y los bomberos hemos tenido una gran cantidad de solicitudes de permiso que, desde luego, no hemos concedido. Se han cancelado todos los permisos para el día en que nos visite el cometa.

—¿Le preocupa la posibilidad de saqueos? —preguntó Harvey.

—No tanto como para decirlo en público, pero sí, me preocupa —dijo el alcalde Allen—. Los saqueos y los robos en las casas que han sido y serán abandonadas. Pero dominaremos la situación. Si su equipo está preparado ahí afuera, será mejor que empecemos. Dentro de media hora tengo una reunión con el director de Defensa Civil.

El tráfico en Beverly Glen era desahogado, muy fluido para la noche de un jueves. Harvey, al volante de su coche, sonreía, pensando que tenía entre manos un relato magnífico. No sólo millones de personas creían que el mundo se iba a terminar, sino que más millones esperaban que así fuera. Se notaba en sus actitudes. Odiaban lo que estaban haciendo, y suspiraban con nostalgia por la vida «sencilla». Desde luego, no elegirían voluntariamente ser granjeros o vivir en una comuna, pero si todo el mundo tenía que hacerlo...

Aquello carecía de sentido, pero así ocurría a menudo con las actitudes de la gente. Y a Harvey Randall no le molestaba en absoluto.

Sí, era una historia jugosa, pero no la única. A ella seguiría el relato del día siguiente al del frustrado fin del mundo. Un día después de que el mundo sobreviviera. Harvey pensó que ése sería un buen título para un libro. Naturalmente, un millar de novelistas se disputarían la publicación de sus obras, libros con títulos como El día en que el mundo no terminó, que no era tan bueno como el suyo, y Roca, ¿no me ocultarás? Por cierto que algunas emisoras de radio tocaban canciones religiosas relacionadas con el desastre las veinticuatro horas del día, y los predicadores que anunciaban el fin del mundo estaban haciendo su agosto.

Había una secta al sur de California, los Guardianes del Cometa, que se ponían túnicas blancas y rezaban al cometa. Habían puesto en práctica algunos ardides publicitarios, y la mitad de sus dirigentes habían sido encarcelados y dejados en libertad bajo fianza por impedir el tráfico o irrumpir en el campo durante partidos televisados de béisbol. Pero aquello había cesado, debido a la orden de un juez de que no se permitiera más la libertad bajo fianza hasta el próximo miércoles...

La idea de escribir un libro seguía rondando la mente de Harvey. Debería hacerlo, aunque nunca lo había intentado, pero era culto y había efectuado los estudios necesarios. Estaba muy por delante de los demás. El día siguiente al día en que el mundo no acabó. No, no era un buen título. En primer lugar, era demasiado largo. Podría titularlo La fiebre del Martillo. Le darían mucha publicidad, le dedicarían un programa en la televisión en cuanto saliera al mercado.

Incluso podría ganar dinero, mucho dinero, el suficiente para pagar las cuentas y la matrícula para la escuela de su hijo en Harvard y...

La fiebre del Martillo. Era un buen título.

El único problema era que se trataba de algo real, como el temor a una guerra.

Lo había observado por todas partes. Escaseaba el café, el té, el azúcar, cualquier alimento básico que pudiera acapararse. Se habían agotado todos los alimentos deshidratados y congelados. Las tiendas informaban que se habían terminado las existencias de equipos para lluvia, lo que era muy raro en California meridional, donde las próximas lluvias no llegarían hasta noviembre. En ningún sitio se encontraban prendas para excursionistas ni botas. Y nadie compraba trajes, camisas blancas o corbatas.

Pero la venta de armas estaba en alza. En Beverly Hills o en el valle de San Fernando no se encontraba una sola arma de fuego, y también se habían agotado las existencias de munición.

Las tiendas de artículos deportivos se habían quedado sin género, desde botas camperas y alimentos preparados para ir de campo hasta equipos de pesca. Se vendían más anzuelos que moscas artificiales. Aún podían conseguirse moscas, pero sólo las caras de fabricación americana, no las baratas importadas de la India. No quedaba una sola tienda de campaña, ni un saco de dormir. ¡Hasta se habían agotado los chalecos salvavidas! Esta última noticia hizo sonreír a Harvey. Jamás había visto un tsunami, uno de esos maremotos que levantan olas gigantescas, pero había leído algo sobre ellos. Tras la explosión de Krakatoa una gran ola había depositado un buque de guerra holandés varios kilómetros tierra adentro, en una elevación de sesenta metros.

Hubo también una fuerte demanda de «equipos de supervivencia» por correo durante las últimas semanas, pero últimamente, cuando estaba tan próxima la caída del cometa ya no se aceptaban más pedidos. ¿Tal vez no tenían intención de suministrarlos? Habría que investigarlo, pensó Harvey. Cuatro empresas se dedicaban a la venta de aquellos equipos. Los precios variaban entre cincuenta y dieciséis mil dólares y los equipos podían limitarse a un simple suministro de alimentos o abarcar todo lo necesario para subsistir en caso de catástrofe. Los alimentos eran imperecederos y constituían una dieta más o menos equilibrada. Por cierto, una secta religiosa había solicitado a todos sus miembros que conservaran un suministro de alimentos para todo un año... Era una costumbre que venían observando desde los años sesenta. Harvey tomó otra nota mental. Sería interesante entrevistar a aquella gente, cuando todo hubiera pasado.

Los equipos más baratos sólo contenían alimentos. El número de artículos aumentaba progresivamente, hasta llegar a los grandes equipos que incluían un vehículo todo terreno, ropas especiales contra el frío, machete, saco de dormir, hornillo de butano y bombona, balsa hinchable, casi todo lo imaginable. Uno de los equipos incluía la pertenencia a un club de supervivientes. Si uno conseguía llegar al club, que estaba en algún lugar de las montañas Rocosas, se le garantizaba una plaza. Las distintas compañías no vendían artículos auténticos, y ninguna de las cuatro incluía armas. Habría que ver cuántas personas respetaban o hacían caso omiso de la prohibición de adquirir armas por correo, según que el cometa cayera o no.

Pero las cuatro empresas vendían el mismo equipo tanto si uno vivía en la montaña, a la orilla del mar o en los altiplanos. Harvey sonrió, recordando aquella expresión latina aplicable a las ventas, caveat emptor, que significa «tenga cuidado el comprador», es decir, que el comprador debe asegurarse de la calidad de las mercancías que compra. Los precios de todos los artículos eran excesivos. Dios mío, se dijo Harvey, qué estúpidos podemos llegar a ser los mortales...

El tráfico era muy fluido. Harvey ya había llegado a Mulholland y el valle de San Fernando se extendía bajo él. Había soplado un fuerte viento durante el día y no había niebla.

El valle ocupaba una extensión de varios kilómetros, y en él se alzaban hilera tras hilera de casas suburbanas, repartidas en zonas ricas y pobres, fincas lujosas y viejas casas de madera. De vez en cuando se veía una magnífica mansión al estilo de Monterey, restos únicos de la época en que el valle fue un inmenso naranjal. Ahora lo cruzaban las autopistas, por las que circulaban pocos vehículos.

Desde hacía cuatro días, las autopistas de salida estaban más frecuentadas que las de entrada. Coches, camiones y remolques alquilados, cargados con los cachivaches acumulados durante toda una vida, salían de la depresión de Los Angeles y se dirigían a las colinas o los pasos para acceder al valle San Joaquín. En toda la ciudad y su comarca, las tiendas habían cerrado para toda la semana, el mes o indefinidamente, y el absentismo era general en los comercios que no habían cerrado. Era la fiebre del cometa.

En Benedict Canyon apenas había tráfico. Harry se rió entre dientes. Aquel era el punto donde se producían formidables atascos cuando la gente volvía del trabajo en sus vehículos... pero ahora la fiebre del Martillo los había dispersado, convirtiéndolos en inesperados clientes de los albergues de montaña en todo el país, establecimientos que veían ahora considerablemente incrementadas sus ganancias. El departamento de Hacienda estaba preocupado. Se habían disparado los créditos al consumo. La gente compraba equipos de supervivencia utilizando tarjetas de crédito, con lo cual había un alza del empleo, la economía y la inflación, todo ello debido al cometa.

Sí, sería un magnífico relato.

A menos que el condenado cometa chocara con la Tierra. Harvey se dio cuenta de ello en aquel momento: si el Martillo caía, nadie iba a dar un céntimo por la historia. No habría programas, ni televisión. No habría nada de nada.

Harvey meneó la cabeza y su sonrisa se desvaneció mientras echaba un vistazo al paquete sobre el asiento del pasajero. Era su participación en la fiebre del Martillo: una pistola de tiro olímpico de calibre 22, con una culata de madera diseñada para que mantuviera la muñeca firme. Sería de una precisión inhumana, pero nadie podría echarle en cara que también él hubiera contraído la fiebre del Martillo.

¿Pero bastaría con aquel arma? Empezó a efectuar un inventario mental. Tenía una escopeta y equipo de excursión, pero sólo para él. La idea de Loretta llevando una mochila a la espalda era ridícula. Sólo una vez la había llevado con él de excursión. ¿Conservaría todavía los zapatos? Probablemente no. Loretta no podía vivir a más de diez kilómetros de distancia de un salón de belleza.

Pero quería a su mujer. Podía hacer una escapada de vez en cuando, pero siempre volvía a casa. Recordó sin querer a Maureen Jellison, allá en lo alto, en una roca hendida, con su larga cabellera pelirroja flotando al viento. En seguida borró aquella imagen de su mente.

Se preguntó cómo podría prepararse. Ya no quedaba mucho tiempo. Podía almacenar alimentos enlatados. Era un buen sistema para frenar la inflación. Les servirían para resistir al desastre, si ocurría, y podrían consumirlos una vez que hubiera pasado todo aquello. Y agua mineral... Pero no, tanto los alimentos como el agua se habían agotado. Era difícil encontrar algo aquella semana, y tendría que pagarlo a precios exorbitantes. Giró para entrar en el sendero que conducía a la casa y frenó abruptamente. Loretta había dejado la ranchera en medio del camino y transportaba paquetes al interior de la vivienda. Harvey bajó del coche y empezó a ayudar a Loretta, automáticamente, y poco a poco se dio cuenta de que se trataba de alimentos congelados.

—¿Qué es esto? —le preguntó.

Loretta, resoplando un poco, dejó su carga sobre la mesa de la cocina.

—No te enfades, Harvey. No pude evitarlo. Todo el mundo dice... bueno, dicen que el cometa puede chocar. Así que he comprado algo de comida, por si acaso.

—Alimentos congelados.

—Sí, casi se habían agotado las latas. Confío en que nos quepa todo en el congelador.

Era absurdo. ¿Confiaba acaso en que la electricidad funcionaría si caía el cometa? Era evidente que sí. Harvey no dijo nada. Al fin y al cabo su intención había sido buena, y mientras ella se había molestado en conseguir unos suministros inútiles, él había estado divagando sin hacer nada. El resultado era el mismo, excepto por el dinero, pero si el Martillo no golpeaba, probablemente Loretta habría ahorrado dinero. Y si el maldito cometa caía... de todos modos el dinero no tendría importancia.

—Has hecho bien —dijo Harvey. La besó y salió a buscar más paquetes.

—Eh, Harvey.

—Hola, Gordie —respondió Harvey a su vecino, acercándose a la valla.

Gordie Vanee le ofreció una cerveza.

—Te vi llegar y te he traído una —le dijo.

—Gracias. ¿Quieres decirme algo?

Esperaba que Gordie quisiera. Estaba raro desde hacía algunos días. Había algo que le molestaba. Harvey podía notarlo, sin saber qué era y sin que Gordie supiera que él lo sabía.

—¿Dónde estarás el próximo martes? —le preguntó Gordie.

—En algún lugar de Los Angeles. Tengo que informar para el noticiario nacional.

—Siempre trabajando —dijo Gordie—. ¿Estás seguro de que no quieres unirte a la excursión? Hará buen tiempo en las montañas. La semana que viene tendré unos días libre.

—Ojalá pudiera, pero es imposible.

—¿Por qué no? ¿De veras quieres quedarte aquí para ver el fin del mundo?

—No será el fin del mundo —dijo Harvey automáticamente. Observó un destello en la mirada de Vanee—. Y en cualquier caso, si ese martillo no cae y yo no me dedico a cubrir la noticia, será el fin de mi propio mundo. No puedo hacerlo, Gordie.

—Comprendo —dijo Vanee—. Entonces, préstame a tu chico.

—¿Qué?

—Es sensato, ¿no? Supón que esa cosa cae. Andy tendría muchas más posibilidades de salvarse si está en las colinas conmigo. Y si no cae... bueno, preferirás que tu hijo vaya de excursión en vez de vagabundear bajo la niebla de Los Angeles, ¿verdad?

—Tienes razón, pero... ¿Dónde estaréis? Quiero decir que en caso de que suceda algo, ¿cómo os encuentro a ti y a Andy?

Vanee adoptó una expresión seria.

—Sabes muy bien que tus posibilidades de sobrevivir son muy escasas si eso choca con la Tierra y tú te quedas en Los Angeles...

—Sí, son muy escasas —convino Harvey.

—Y además iré a un sitio que te gustaría, en los alrededores de Quaking Aspen, lo bastante bajo para salir aunque el tiempo sea malo pero con altura suficiente para estar a seguro pase lo que pase. A menos que el cometa nos caiga directamente encima, y eso es poco probable, no te parece?

—Claro. ¿Se lo has preguntado a Andy?

—Sí. Me dijo que le gustaría ir, si tú estabas de acuerdo.

—¿Quiénes más irán?

—Yo y siete muchachos. Marie tiene que ir a una de esas sesiones de caridad, así que no puede venir...

Harvey envidiaba una sola cosa a Gordie Vanee. A Marie Vanee le gustaban las excursiones. Por otro lado, en la ciudad no era fácil convivir con ella.

—...Y según el reglamento de los exploradores, las chicas no pueden ir —decía Gordie—. Oye, Harvey, ya conoces el lugar. Será una excursión estupenda.

Harvey asintió. Era un lugar seguro y agradable.

—De acuerdo. —Apuró su cerveza—. ¿Estás bien, Gordie? —le preguntó de repente.

Hubo un cambio sutil en la expresión de Vanee, pero trató de ocultarlo.

—Claro, ¿por qué no iba a estarlo?

—No sé, últimamente no pareces el mismo.

—Es el trabajo —dijo Vanee—. Trabajo demasiado. Esta excursión me pondrá en forma.

—Estupendo —dijo Harvey.

La ducha le relajó. Dejó que el agua caliente se derramara sobre su cuello, mientras pensaba que era demasiado tarde. Los seres sensatos y flemáticos lo soportarían: las posibilidades todavía eran de centenares, tal vez millares, contra una a su favor. Los que habían sido presa del pánico ya habían adquirido suministros y partido hacia las colinas. Estaban también los juiciosos y cautos, como Gordie Vanee, que habían planeado su excursión con meses de adelanto y podían decir que no iban a permitir que un cometa diera al traste con sus vacaciones..., pero que de todos modos estarían en las colinas.

Entre estas categorías de personas estaban todas las intermedias. Deba haber decenas de millones, y Harvey Randall era uno de ellos. El miedo le había acometido demasiado tarde, y no podía hacer nada más que esperar el acontecimiento. Dentro de cinco días el núcleo del Hamner-Brown habría pasado, siguiendo su camino hacia la extraña y fría región más allá de los planetas...

O quizá habría finalizado su trayectoria al chocar con la Tierra.

Harvey hablaba consigo mismo en la intimidad de la ruidosa ducha.

«Tiene que haber algo, algo que yo pueda hacer. ¿Qué espero de todo esto? Si esa condenada y sucia bola de nieve acaba con las ventajas de la civilización y la industria de la publicidad... Bien, volveremos a las cosas básicas. Comer, dormir, pelear, beber y correr, no necesariamente por este orden. ¿De acuerdo? De acuerdo.»

Harvey Randall se tomó el viernes libre. Llamó a la emisora para decir que no se encontraba bien, y tuvo la mala suerte de que Mark Czescu estuviera allí y atendiera la llamada.

—¿Se trata de la fiebre del Martillo, Harv? —le preguntó Mark con evidente placer.

—Déjalo correr...

—Muy bien. Yo también he hecho unos planes. Iré con un par de amigos a un sitio tranquilo y seguro. Me olvidé decírtelo. El martes de la semana que viene, cuando caiga del cielo la tarta helada, no estaré aquí. ¿Quieres que pasemos por tu casa cuando todo haya terminado?

Mark no obtuvo respuesta, porque Harvey Randall ya había colgado el auricular.

Se dirigió a unos almacenes y efectuó cuidadosamente sus Compras, pagando con tarjetas de crédito o cheques.

En un supermercado compró seis grandes trozos de carne para asar, que en conjunto pesaban doce kilos, la mitad de las existencias de vitaminas y especias y una considerable cantidad de bicarbonato de soda.

En una tienda vecina de alimentos para régimen compró más vitaminas y especies envasadas, una respetable cantidad de sal y pimienta y tres molinillos de pimienta.

En el comercial de al lado adquirió un juego de buenos cuchillos de trinchar. Hacía tiempo que necesitaban cuchillos de cocina. También compró una piedra de afilar y un afilador manual de hojas.

Hacía años que deseaba poseer un equipo de herramientas, y aquel era el momento más apropiado para adquirirlo. Mientras estaba en la ferretería eligió algunas otras cosas. Piezas de plástico para reparaciones de fontanería, cosas baratas que podría insertar en las tuberías de metal, servirían para un día, si era necesario, y si no, valdría la pena tenerlas a mano. No había en la tienda ningún hornillo portátil, pero el dependiente conocía a Harvey y le proporcionó gustoso varias linternas que acababa de recibir, así como lámparas a gas y bombonas de combustible.

En un establecimiento de licores se gastó ciento noventa y tres dólares en vodka, bourbon y whisky escocés, además de pequeños frascos de Grand Marnier, Drambuie y otros licores esotéricos y caros. Lo cargó todo en la ranchera y luego fue en busca de botellas de agua mineral. Lo pagó todo con tarjetas de crédito. La mirada del dependiente fue como la del empleado de la ferretería, reveladora de que comprendía la situación.

Kipling, el perro, golpeaba su asiento con la cola.

—Estoy preparado para dar una gran fiesta —le dijo Harvey.

Al perro le gustaba salir con su amo, aunque no lo lograba con frecuencia. Observaba cómo Harvey iba de una tienda a otra, entraba en farmacias para comprar somníferos y más vitaminas, yodo, pomadas para primeros auxilios y las últimas vendas que quedaban, volvía al colmado para adquirir comida canina y luego entraba en la droguería y salía cargado de jabón, champú, dentífrico, cepillos de dientes, crema para la piel, loción bronceadura...

—¿Dónde paramos? —preguntó Harvey. El perro le lamió la cara—. Tenemos que parar en alguna parte. Dios mío, nunca pensé mucho en las bendiciones de la civilización antes de ahora, pero hay montones de cosas de las que no quisiera prescindir.

Llevó las compras a casa y luego bajó de nuevo la colina para recoger el furgón en el taller del mecánico que solía revisarlo. Si Harvey no hubiera sido un cliente muy antiguo y valioso, no le habrían aceptado su vehículo para ajustarlo, cambiarle el aceite, engrasarlo y hacerle una revisión general. El garaje no aceptaba nuevos encargos durante toda la semana, y había docenas de coches esperando para revisiones de última hora.

Harvey recogió el vehículo y llenó de combustibles sus dos depósitos. Llenó también los depósitos adicionales que el furgón llevaba incorporados, pero para hacerlo tuvo que recorrer tres estaciones de servicio. Aunque no era oficial, se había establecido el racionamiento de gasolina en toda la cuenca de Los Angeles.

Después de almorzar, Harvey se aplicó a la dura tarea. Primero tuvo que convertir el montón de carne que había comprado en finos filetes. Los nuevos cuchillos le ayudaron, pero cuando llegó la noche tenía los brazos agarrotados y la tarea aún no había concluido.

—Necesitaré el horno eléctrico para los próximos tres días —le dijo a Loretta.

—Ese cometa va a chocar con nosotros —dijo ella con firmeza—. Lo sabía.

—No. Las probabilidades son de centenares o millares contra una a que eso no suceda.

—Entonces, ¿a qué viene todo eso? Tengo la cocina totalmente cubierta de filetitos de carne.

—Por si acaso —dijo Harvey—. Esa carne se conserva, y si nosotros no la consumimos, Andy puede utilizarla para sus excursiones.

Harvey volvió al trabajo.

La forma más fácil de preparar tasajo de carne no es la empleada por los indios. Estos utilizaban fuego lento, o el sol del verano, y su control de calidad era deficiente. Resultaba mucho mejor usar un moderno horno eléctrico, dejando en él los finos filetes de carne durante veinticuatro horas, a la temperatura justa. La carne se cuece y reseca. Una buena tira de tasajo es seca como un hueso y lo bastante dura para matar a uno si se afila un extremo. Se conserva prácticamente para siempre.

El tasajo es una dieta demasiado limitada para mantenerle a uno vivo de manera indefinida. El tiempo puede prolongarse mucho con complementos de vitaminas, pero aún así la dieta sigue siendo inadecuada. ¿Cómo resolver el problema? Si el Martillo caía, el aburrimiento no figuraría entre las principales causas de muerte...

Harvey disponía de maíz a medio moler para aportar los hidratos de carbono. Al parecer, nadie en Beverly Hills había pensado en eso, aunque se encontraba en varias tiendas. También había conseguido un saco de harina de maíz; la harina de trigo y centeno estaba totalmente agotada.

Con la grasa de la carne preparó pemicán, mezclándolo con la poca azúcar que había en la casa, sal, pimienta y un poco de salsa de Worcestershire para darle un toque aromático. Luego coció la preparación, conservando la grasa desprendida para preparar más pemicán, a fin de utilizarlo para el tocino. El tocino cubierto con grasa y resguardado del aire se mantenía mucho tiempo antes de volverse rancio.

Una vez realizadas todas estas operaciones, Harvey decidió que ya era suficiente en cuanto a la comida. Ahora debía ocuparse del agua. Se dirigió a la piscina, que había empezado a vaciar la noche anterior. Casi se había secado, y empezó a llenarla de nuevo. Esta vez no contendría cloro. Mientras se llenaba, colocó la cubierta para evitar que cayeran hojas y suciedad al agua.

Pensó que beber toda aquella agua requeriría bastante tiempo. Disponía también del contenido del calentador para un momento dado, y... Buscó en el garaje hasta encontrar varias botellas viejas de plástico. Algunas habían contenido líquido blanqueador y todavía olían a él. Perfecto. Harvey las llenó sin lavarlas primero. Las otras las lavó cuidadosamente. Aunque el agua de la piscina se agotara, aún dispondrían de un poco más.

Comer, beber. ¿Qué venía ahora? Dormir. Eso no constituía un problema. Harvey Randall nunca tiraba nada y, además del saco de dormir adosado a su mochila, disponía de un saco de dormir militar, de los utilizados bajo temperaturas árticas, otro saco de verano, varios forros de saco, el saco que Andy ya no utilizaba e incluso el que compró cuando Loretta fue en aquella única ocasión de excursión con él. Cogió todos aquellos sacos y los colgó en el tendedero, para que los secara el calor del sol. Era el sistema de energía solar más sencillo y eficaz conocido por el hombre: colgar la ropa para que se seque al aire libre en vez de utilizar un secador a gas o eléctrico. Naturalmente, era algo que no hacían muchos «conservacionistas». Estaban demasiado ocupados predicando la conservación. Harvey se dijo que era injusto al pensar así, y se preguntó por qué lo hacía.

Porque le había atacado la fiebre del Martillo, y su esposa lo sabía. Loretta creía que se había vuelto loco, y además la estaba asustando. Estaba convencida de que él pensaba que el cometa chocaría. Y cuanto más se preparaba para la caída del Martillo, más real se volvía éste. Pensó que también él estaba asustado. Debía recordar aquello para incluirlo en el libro. La fiebre del Martillo.

—Oye, cariño.

—Dime, querido.

—No estés tan preocupada. Estoy investigando.

—¿Sobre qué? —preguntó ella, ofreciéndole una cerveza.

—Sobre la fiebre del Martillo. Voy a escribir un libro, cuando el cometa haya pasado. He hecho todo el trabajo. Hasta podría ser un best-seller.

—Oh, me encantaría que escribieras un libro. La gente admira a los escritores.

Harvey pensó que era cierto. A veces. Su mente pasó en seguida a otra cosa. Ahora podían comer, beber y dormir. Quedaban dos aspectos a considerar: la lucha y la huida.

La lucha era un mal asunto. Harvey no confiaba en su habilidad con las armas, ni con la escopeta ni con la pistola olímpica. Ningún arma le habría proporcionado una verdadera confianza. No había límites a la destreza o la calidad de las armas de un posible enemigo, y por otra parte Harvey Randall había pasado la guerra como corresponsal, no como soldado.

Pero disponía de un arma más sutil: el soborno. El licor y las especias podrían sacarle de apuros. Y si lograba conservarlos, al cabo de algunos años serían cosas literalmente sin precio. Si alguien dispusiera de un excedente de alimentos intercambiable por lujos —y siempre habría alguien en esas condiciones— el licor y las especies serían valiosísimos. Durante siglos, el precio de la pimienta negra estuvo fijado en toda Europa: valía su peso en oro, onza por onza, y no todo el mundo iba a tener la idea de acaparar pimienta.

Harvey estaba orgulloso de haber tenido aquella idea.

Quedaba, pues, la huida, y el furgón estaba en la mejor forma posible. Si fuera necesario, podría atar las motocicletas en el techo. Y además disponía aún del domingo para ir en busca de cosas en las que todavía no había pensado.

Harvey entró en la casa, exhausto, pero sintiéndose satisfecho. Aún no estaba en las mejores condiciones, pero al menos podía considerarse preparado, y mucho mejor que la mayoría. Loretta le había esperado despierta. No le hizo muchas preguntas. Le acarició, llegó a la conclusión de que él no estaba interesado en algo más íntimo y le dejó dormir.

Mientras llegaba el sueño, Harvey pensó en lo mucho que quería a su mujer.

JUNIO: CUATRO

La Tierra es una cesta demasiado pequeña y frágil para que la especie humana conserve en ella todos sus huevos.

Robert A. Heinlein

Abajo, en la Tierra, era de noche. Cada noventa minutos, el laboratorio del Martillo pasaba del día a la noche. A bordo, un reloj regía el tiempo, no la luz y la oscuridad del exterior.

Brillaban las ciudades de Europa, en el borde del mundo, pero la negra superficie del Atlántico cubría la mitad del cielo, ocultando el núcleo y el coma del Hamner-Brown. En la otra dirección, las estrellas resplandecían a través de la tenue neblina. La cola del cometa se extendía desde el horizonte en todas direcciones, y cubría la negra Tierra con luminosos tonos azules, anaranjados y verdes, que se dirigían hacia el ápex oscuro de la bóveda celeste, tachonado de estrellas. A lo lejos media luna flotaba en una matriz de ondas de choque que le daban un aspecto diamantino, como las llamaradas de un cohete en una foto instantánea. Nadie podía cansarse de contemplar aquel espectáculo.

Los astronautas habían hecho un alto en el trabajo para cenar. Rick Delanty comía sin parar, con la mirada fija en la visión magnífica a través de las mirillas. Todos habían perdido peso, como siempre ocurría, pero Rick había perdido más de la cuenta y procuraba compensarlo. Había sido necesaria una considerable inventiva para diseñar un mecanismo que midiera el peso del ser humano en un medio carente de gravedad.

—En cuanto tienes salud, lo tienes todo —dijo Rick—. Es estupendo no sentir vómitos.

Los cosmonautas soviéticos le miraron perplejos. Nunca habían visto anuncios televisivos americanos. Baker no le hizo caso.

Apareció el Sol sobre el borde del mundo. Rick cerró los ojos unos momentos y luego los abrió para contemplar el arco azul y blanco del alba que se deslizaba hacia ellos. El huracán del día anterior todavía estaba posado sobre el Océano Indico como un monstruo marino en un mapa antiguo. Era el tifón Hilda. En el extremo izquierdo se alzaba el Everest y el macizo del Himalaya.

—Jamás me cansaré de mirar esto.

Leonilla se acercó a la mirilla.

—Sí, pero parece tan frágil. Como si uno pudiera alargar la mano y pasar el pulgar por encima de la tierra, dejando un reguero de destrucción con una anchura de kilómetros. Es una sensación incómoda.

—Tiene razón. La Tierra es frágil —dijo Johnny Baker.

—¿Está preocupado por el cometa? —preguntó Leonilla. No era fácil descifrar la expresión de su rostro. Las expresiones faciales y el lenguaje corporal rusos no son del todo parecidos a los norteamericanos.

—Olvídese del cometa. Cuanto más sabemos, más frágiles nos volvemos —dijo Johnny—. Una nova cercana podría esterilizar todo en la Tierra excepto las bacterias. El sol podría estallar o enfriarse mucho. Nuestra galaxia podría explotar y acabar con la vida...

Leonilla le miró divertida.

—No tenemos que preocuparnos durante treinta y tres mil años. La velocidad de la luz, ya sabe.

Johnny se encogió de hombros.

—Podría haber sucedido hace treinta y dos mil novecientos años. O podríamos ser nosotros los causantes. Desperdicios químicos que matan la vida de los océanos, el calor generado por la contaminación...

—No vayas tan rápido —intervino Rick—. El calor generado por la polución podría ser lo único que nos salvara de los glaciares. Algunos creen que la próxima Era Glacial empezó hace siglos. Y se nos está agotando el carbón y el petróleo.

—Parece que no hay nada que hacer.

—Guerras atómicas —dijo Pieter Jakov—. Impactos de meteoros gigantes. Aviones supersónicos que destruyen las capas de ozono. ¿Por qué hacemos todo eso?

—Porque ahí abajo no estamos seguros —dijo Baker.

—La Tierra es grande, y probablemente no tan delicada como parece —terció Leonilla—. Pero el ingenio del hombre... A veces eso es lo que temo.

—Sólo hay una respuesta —dijo Baker. Se había puesto muy serio—. Tenemos que irnos, colonizar los planetas. No sólo aquí, sino en otros sistemas solares. Construir enormes naves espaciales, más móviles que los planetas. Poner nuestros huevos en muchas cestas, y es menos probable que algún accidente estúpido, o la obra de algún fanático nos haga desaparecer precisamente cuando la especie humana está llegando a ser algo que podemos admirar.

—¿Qué es lo admirable? —preguntó Jakov—. Creo que usted y yo no estaríamos de acuerdo. Pero si pretende llegar a presidente de Estados Unidos, tiene mi apoyo. Le haré los discursos, pero ellos no me dejarán votar.

—Es una lástima —dijo Johnny Baker, y por un momento pensó en John Glenn, que había buscado un cargo y lo consiguió—. Bueno, volvamos a las minas de sal. ¿Quién sale a buscar muestras esta mañana?

El núcleo del Hamner-Brown estaba a treinta horas de distancia. En los telescopios aparecía como un enjambre de partículas, con mucho espacio entre ellas. Los científicos del JPL estaban entusiasmados por el descubrimiento, pero a Baker y los demás astronautas les planteaba serios problemas. No era fácil centrar los instrumentos en las masas sólidas, porque todo se hallaba inmerso en la cola, y el gas y el polvo se extendían a tremendas velocidades, impulsados por la presión de la luz solar. Las masas se aproximaban a la Tierra a unos ochenta kilómetros por segundo. Descubrir desviaciones laterales era todavía más difícil.

—Viene directamente hacia nosotros —informó Baker.

—Sin duda habrá algún movimiento lateral —dijo la voz radiofónica de Dan Forrester.

—Sí, pero no es medible —replicó Rick Delanty—. Mire, doctor, le hemos dado cuanto hemos podido. Tendrá que bastar con eso.

—Lo siento —dijo Forrester en tono de disculpa—. Sé que están haciendo cuanto pueden. Lo que ocurre es que resulta difícil trazar la proyección sin datos mejores.

Tras aquel intercambio, tuvieron que dedicar cinco minutos a alisar las plumas arrugadas de Forrester y asegurarle que no estaban enfadados con él.

—Hay momentos en que los genios me vuelven loco —dijo Johnny Baker.

—Eso es fácil de solucionar —comentó Delanty—. Dale sólo lo que quiere. Ya ves que no se queja de mis observaciones.

—Vete a freír espárragos —dijo Baker.

Delanty le miró con fingida perplejidad.

—¿De dónde voy a sacarlos? —Se acercó a Baker—. Toma, yo apretaré los botones y tú lee las cifras.

Cuando finalizaron las observaciones de la mañana y dispusieron de unos momentos de descanso, Pieter Jakov carraspeó un poco.

—Hay algo que me intriga —les dijo—. Hace mucho tiempo que quiero preguntarlo, pero, por favor, no lo tomen en un sentido equivocado.

Johnny se dio cuenta de que Pieter había esperado a que Leonilla hubiera entrado en el Soyuz y cerrado la escotilla.

—Adelante.

La mirada de Pieter se fijó alternativamente en los dos americanos.

—Nuestros periódicos nos dicen que en América los negros están por debajo de los blancos, que los blancos dominan a los negros. Pero ustedes parecen entenderse muy bien. Lo diré sin ambages: ¿son ustedes iguales?

Rick soltó un bufido.

—Qué va. El tiene más graduación que yo.

—Pero, ¿y si no fuera así? —sugirió Pieter.

La expresión de Rick habría parecido bastante seria a cualquiera que no fuera americano.

—General Baker, ¿puedo ser tu igual?

—¿En? Oh, claro, Rick, puedes ser mi igual. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Bueno, ya sabes, es un tema delicado.

Por la expresión de Jakov parecía que estaba a punto de echarse a reír. Antes de que pudiera hacerlo, Johnny le preguntó:

—¿De veras le interesa una conferencia sobre relaciones raciales?

—Sí, por favor.

—¿Cómo mea Leonilla cuando vuela en caída libre?

—Humm. Ya veo...

—¿Qué es lo que ves? —preguntó Leonilla, que apareció a través de la doble escotilla.

—Es una discusión sin importancia —dijo Johnny—. No intervienen secretos de Estado.

Leonilla se sujetó a un pasamanos y observó a los tres hombres. John Baker tecleaba números en un ordenador programable manual, Pieter Jakov sonreía de oreja a oreja, observando lo que hacía su compañero con aparente admiración... pero los tres tenían la expresión irritante de quien guarda un secreto.

—Desde luego tenéis muy buen equipo —dijo el cosmonauta—. Pocas cosas podemos hacer en el espacio mejor que vosotros.

Delanty parecía tener problemas respiratorios. Baker intervino con rapidez.

—Oh, este computador de bolsillo no es de la NASA. Es mío.

—Vaya. ¿Es un instrumento caro?

—Doscientos pavos —dijo Baker—. En rublos es mucho dinero, pero no tanto si lo traduces en tasa de productividad. Puede que baste con el semanal de un trabajador medio, y será menos caro para alguien que realmente tenga que utilizarlo.

—Si tuviera el dinero, ¿cuánto tardaría en conseguir uno? —preguntó Leonilla.

—Unos cinco minutos —respondió Baker—. Allá abajo, en una tienda. Aquí no sería tan fácil.

Ella se echó a reír.

—Me refería abajo. ¿Puede comprarse eso en las tiendas?

—Si tienes el dinero, o un buen crédito, o aunque el crédito no sea tan bueno —dijo Baker—. ¿Por qué? ¿Le interesa uno? Encontraremos la manera de conseguírselo. ¿Usted también quiere uno, Pieter?

—¿Podrían arreglarlo?

—Claro, no hay problema. Llamaré al encargado de relaciones públicas de Texas Instruments. Les regalarán un par de ordenadores manuales, para publicidad. Eso les ayudará a vender más. ¿O preferirían un Hewlett-Packard? Utilizan una clase distinta de notación, pero son rápidos...

—Eso es lo que me confunde —dijo Pieter—. Dos empresas, dos rivales diferentes que fabrican un equipo tan bueno. Es una pérdida.

—Tal vez sea una pérdida —dijo Rick Delanty—, pero yo puedo llevarle a cualquier tienda de aparatos electrónicos del país y comprar uno.

—No hablemos de política —advirtió Johnny Baker.

—No se trata de política.

Se hizo un pesado silencio. Pieter Jakov se deslizó hacia la terminal, con su teclado y su pantalla lectora. Pasó cuidadosamente una mano sobre el aparato.

—Es tan precisa, tiene tal complejidad electrónica... Es un verdadero placer trabajar con su maquinaria americana. —Hizo un gesto que abarcaba el laboratorio espacial, los recipientes de cristal esmerilado, las cámaras, radares y grabadoras—. Es sorprendente lo que hemos aprendido en esta breve misión, gracias a su equipo. Creo que tanto como en cualquiera de nuestro vuelos Soyuz anteriores.

—¿Tanto? —dijo Leonilla Malik con un dejo de sarcasmo—. Más. —Los tres hombres volvieron sus cabezas hacia ella—. Nuestros cosmonautas se limitan a volar en el aparato, como pasajeros, para demostrar que podemos enviar hombres al espacio y a veces hacer que vuelvan sanos y salvos. Para esta misión no hemos podido contribuir con nada más que alimentos, agua y oxígeno...

—Alguien tenía que llevar el almuerzo —dijo Rick Delanty—. Estaba muy bien preparado.

—Sí, pero eso es todo lo que hemos aportado. Una vez tuvimos un programa espacial...

Jakov la interrumpió hablando velozmente en ruso. Ni Johnny ni Rick podían seguirle, pero era evidente lo que decía.

Ella respondió con un monosílabo breve y brusco, y prosiguió:

—La base del marxismo es la objetividad, ¿no es así? Es el momento de ser objetivos. Una vez tuvimos un programa espacial. ¡Sergei Korolev fue un genio tan grande como cualquier otro que haya existido! Pudo haber convertido nuestra actividad espacial en el mayor instrumento de conocimiento en el mundo, pero aquellos locos del Kremlin querían espectáculos. Kruschev ordenó que se hicieran números de circo para avergonzar a los americanos, y en vez de desarrollar nuestras capacidades ofrecimos al mundo juegos malabares. Fuimos los primeros en poner tres hombres en órbita, a base de eliminar todos los instrumentos científicos e introducir a duras penas un tercer hombre, un hombre muy pequeño, en una cápsula construida para dos, para una órbita. ¡Juegos de circo! Pudimos ser los primeros en la Luna, pero ahora todavía tenemos que ir ahí.

—¡Camarada Malik!

Ella se encogió de hombros.

—¿Se trata acaso de algo nuevo? No, creo que no. Dimos nuestros espectáculos y agotamos nuestras oportunidades para ocupar los titulares de los periódicos, y hoy el mejor piloto de la Unión Soviética no puede ensamblar su nave espacial en un objetivo del tamaño de una cómoda dascha. Y usted se ofrece para darnos, regalarnos como publicidad, algo que los mejores ingenieros de la Unión Soviética no pueden fabricar o comprar por sí mismos.

—Eh, no tenía la intención de molestarla —dijo Johnny Baker.

Jakov hizo una última observación en ruso y se alejó, disgustado. Rick Delanty movió la cabeza. Sentía simpatía por la chica. ¿Qué le habría pasado?

Permanecieron tranquilos y formalmente corteses hasta que ella regresó al Soyuz. Entonces Baker y Delanty intercambiaron miradas. No necesitaron decir nada más. Baker se dirigió al rincón donde Jakov se había enfrascado en hacer algo.

—Tenemos que dejar algo en claro —le dijo Johnny.

—¿Sí?

—No irá a crearle problemas a Leonilla, ¿verdad? Quiero decir, que no es necesario informar de todo lo que se dice aquí.

—Claro que no —convino Jakov, encogiéndose de hombros—. Todos somos hombres corridos y sabemos que cada veintiocho días las mujeres se vuelven irracionales. ¿Qué hombre casado no lo sabe?

—Sí, debe ser eso —dijo Johnny Baker, y cambió otra mirada con Delanty.

—Además, el Estado se ha ocupado de ella —dijo Jakov—. Sus padres murieron cuando era muy joven. No es sorprendente que quiera ver nuestro país más avanzado de lo que es.

—Claro.

Tonterías, pensó Rick Delanty. Si tuviera problemas con la regla, se lo habría dicho al control de tierra ruso y habrían enviado a otra persona. Era indudable. El habría informado de su tendencia a contraer la enfermedad del espacio si hubiera sabido que iba a experimentarla. Estaba seguro de que lo habría hecho...

Fuera cual fuese su problema, sería prudente tratar a Leonilla Malik con cuidado durante uno o dos días. Qué fastidio. ¡Y el Hamner-Brown estaba tan cerca!

Barry Price colgó el teléfono y alzó la vista, excitado. Dolores acababa de entrar para servirle café.

—¡Adivina qué sucederá el próximo martes! —exclamó jubiloso.

—Un cometa chocará con la Tierra.

—¿Qué? No, no, esto es serio. ¡Empezamos a funcionar!

Tengo todos los permisos. El último pleito ha sido desestimado. La central nuclear de San Joaquín se convierte en un servicio totalmente operativo.

Dolores no parecía tan satisfecha como él había esperado.

—¿Habrá alguna ceremonia inaugural? —le preguntó.

—No, ¿por qué?

—Porque no estaré aquí, a menos que tengas una absoluta necesidad de mí...

El frunció el ceño.

—Siempre tengo una absoluta necesidad de ti.

—Mejor que sea así —dijo ella, dándose unas palmaditas en el vientre. Estaba del todo liso, pero él comprendió—. De todos modos he de visitar al doctor Stone en Los Angeles. Pensé quedarme allí, visitar a mi madre y regresar el martes por la noche.

—Claro. Escucha, Dolores.

—¿Qué?

—Quieres tener este niño, ¿verdad?

—Sí, voy a tenerlo.

—Entonces, casémonos.

—No, gracias. Ambos lo hemos intentado ya.

—Pero no entre nosotros —dijo él, tratando de parecer convincente, aunque en secreto se sentía aliviado. Pero no podía dejar las cosas así—. No será justo para con el chico. No tendrá padre...

Ella se echó a reír.

—No nacerá por partenogénesis. Estoy relativamente segura de que tiene padre, y creo saber bastante bien quien es.

—Vamos, Dolores, ya sabes a qué me refiero.

—Claro. —Dejó la taza de café sobre la mesa y abrió la agenda de Barry—. Tienes que almorzar con el vicegobernador. No lo olvides.

—Ese imbécil. Es lo único que podía haberme hecho perder mi euforia. Pero me portaré bien, puedes estar segura.

—Muy bien —dijo Dolores, y se dispuso a salir.

—Espera. —Dolores se detuvo y él añadió—: Mira, hablemos de ello, cuando vuelvas de Los Angeles. También es hijo mío.

—Claro —dijo ella, y se marchó.

—Eh, chico, ese Martillo va a borrar del mapa esta ciudad.

—No digas sandeces. —Alim Nassor sonrió—: Nosotros sí que vamos a hacer algo sonado.

Alim había oído todo cuanto se decía del cometa. Los predicadores tenían cada vez más audiencia, y se forraban. El fin del mundo se aproxima, haz las paces con el buen Jesús y da dinero...

Más poder para ellos. Una de las consecuencias del cometa era que los blancos estaban abandonando sus casas. Durante sus merodeos por Brentwood y Bel Air, Alim descubrió muchas casas en cuyos porches se amontonaban periódicos atrasados y botellas de leche. Viajaba en una vieja camioneta, cargada con cortacéspedes y herramientas de jardinería en la caja. ¿Quién iba a fijarse en unos jardineros negros? Por eso cuando se detuvieron para recoger los periódicos y las botellas de leche nadie reparó en ellos. Y ahora Alim tenía las direcciones y lo limpiarían todo, de modo que nadie más podría intentar robar...

Pasarían por Bel Air y Brentwood como una máquina segadora. Alim Nassor se había aliado con media docena de delincuentes, con hombres a los que no les gustaba demasiado acatar órdenes, pero que vieron muy claro el asunto. El Martillo de Dios no era algo que se presentara dos veces en la vida de un hombre.

En algunas de las casas tenían que despistar, pues la policía rondaba por allí. Siempre tenían que ocuparse de ese pequeño problema. Sólo requería planificación. Incluso segaban algunos metros de césped. Hacían un buen trabajo, y de esa manera podían observar toda la manzana, ver a la gente que cargaba los remolques y se marchaba. Bel Air estaba semidesierto.

¡Aquella noche iba a resultar fácil recoger un buen botín! Y después... tal vez podrían intervenir de nuevo en el juego político. Muchos hermanos tendrían pan por algún tiempo. Sin embargo... Demasiados blancos tomaban el portante. Eran ricos, personas instruidas. También en el Ayuntamiento todo el mundo estaba nervioso. ¿Tal vez aquella cosa podría chocar realmente?

Alim había echado un vistazo a los periódicos y revistas. Podía leer bastante bien. Tal vez un poco lento, pero entendía las frases, y algunos de los dibujos aclaraban las cosas. No había que estar en terreno bajo. ¡Olas de trescientos metros de altura! Al tipo que las había dibujado no le faltaba imaginación. Mostraba parte del Ayuntamiento de Los Angeles sumergido, con la torre que emergía por encima del nivel del agua, mientras que apenas sobresalían los tejados de la Administración del Condado y el Palacio de Justicia. Todos los cerdos muertos. Aquello sí que sería algo grande. Pero él no quería estar allí para verlo cuando sucediera.

Tal vez no ocurriría, y todos los blancos volverían a sus casas.

—Vaya sorpresa que se llevarán —murmuró Alim.

—¿Qué?

—Los blancos. ¿Verdad que tendrán una sorpresita cuando vuelvan a casa?

—Sí, pero ¿por qué sólo estos sitios? Si sólo atacamos las casas más ricas en un territorio mayor...

—Cállate.

—Bueno.

—Quiero que estemos juntos. Si una de estas casas estuviera llena de cerdos, podremos defendernos.

—De acuerdo.

El Martillo de Dios. ¿Y si fuera algo real? ¿Adonde podrían ir? Al sur no, desde luego. Los políticos podían hablar de la unidad de negros y morenos, pero eso no era más que cháchara. A los chicanos no les gustaban los negros, y los negros odiaban a los chicanos. Había clubs donde uno tenía que matar a un negro para que le admitieran entre la chusma chicana, eran matones peligrosos, y cuanto más al sur, tanto más.

—Esta noche llevaremos armas —dijo Alim—. Todas las armas.

Harold se sobresaltó, y la camioneta se desvió un poco.

—¿Crees que vamos a tener problemas?

—Sólo quiero estar preparado —dijo Alim.

Y aquel maldito cometa... Mejor sería tener pistolas y munición para la noche y el día siguiente. Y también comida. El mismo la conseguiría, para no molestar a los hermanos.

Por lo menos, si caía el cometa, estarían a bastante altura.

El patrullero Eric Larsen había llegado a Los Angeles procedente de Topeka, con un grado universitario en lengua inglesa y el ferviente deseo de escribir guiones para televisión y cine. La necesidad de mantenerse y una imprevista oportunidad le hizo ingresar en el departamento de policía de Burbank. Se dijo a sí mismo que sería una valiosa experiencia. ¡Grandes guionistas, como Joseph Wambaugh, habían sacado un excelente partido a su carrera policial! Y Eric podía escribir, al menos eso era lo que garantizaba su título.

Tres años más tarde todavía no había escrito un solo guión, pero tenía confianza en sí mismo, curiosas historias que contar y una mejor comprensión tanto de la naturaleza humana como de la industria cinematográfica y televisiva. También había madurado mucho. Había vivido con una mujer, se había comprometido en un par de ocasiones y había vencido su incapacidad de tener libres amistades con muchachas, aun cuando no había perdido su fuerte tendencia a idealizar a las mujeres. A Eric le hería ver a las jóvenes que huían de su casa y eran explotadas por los hampones callejeros. No dejaba de pensar en qué podrían haberse convertido.

También aprendió la visión policial del mundo: toda la humanidad se divide en tres partes: policías, chorizos y civiles. Todavía no había adoptado una actitud de desprecio hacia los civiles. Eran las personas a las que se suponía que debían proteger, y tal vez aquella actitud se debía además a que él no era un policía de carrera —aunque en Burbank no lo sabían— y podía tomar en serio su trabajo. Los civiles le pagaban. Un día él sería uno más de ellos.

Había aprendido a maldecir el sistema judicial, aunque conservaba suficiente objetividad literaria para admitir que no sabía con qué sustituirlo. Algunas personas podían ser «rehabilitadas». No muchas. La mayoría de los chorizos no eran más que eso, y lo mejor que se podría hacer con ellos sería llevarlos a la isla San Nicolás y abandonarlos allí, para que se mataran entre sí. El problema estribaba en que no siempre se podía saber cuáles debían ser apartados para siempre de la sociedad y cuáles podrían encajar de nuevo en la misma. A menudo se enfrascaba en discusiones sobre el particular con sus colegas. Sus compañeros policías le llamaban «el profesor», y bromeaban con sus ambiciones literarias y el diario íntimo que llevaba. Pero Eric se llevaba bien con casi todo el mundo, y su sargento le había recomendado para su promoción al grado de inspector.

El cometa fascinaba a Eric, y había leído todo cuanto pudo sobre él. Ahora dominaba el firmamento, mañana habría pasado. Eric patrullaba con su compañero por las calles de Burbank, extrañamente activas. La gente iba de un lado a otro, amontonando objetos en remolques, haciendo cosas dentro de sus casas. Había mucho tráfico.

—Tengo ganas de que pase todo esto —dijo su compañero, el inspector Harris. Era un policía de la cabeza a los pies. El brillante espectáculo luminoso que tenía lugar en los cielos no era más que otro problema para él. El espectáculo era bonito, y cuando hubiera pasado él miraría las películas sobre el fenómeno. Pero de momento era una especie de patada en la espinilla.

—Coche cuarenta y seis —se oyó por la radio—. Vean a la mujer de Alamont ocho, nueve, siete, seis. Informa de gritos en el piso por encima del suyo. Utilicen el código tres.

—Diez, cuatro —dijo Eric al micrófono. Harris ya había girado en redondo.

—No se trata de una pelea familiar —dijo Harris—. Son apartamentos de solteros. Probablemente algún tipo no acepta un no por respuesta.

El coche se detuvo ante el edificio de apartamentos. Era una casa grande y lujosa, con piscina y sauna. Árboles del caucho se elevaban a ambos lados de la entrada. Tras las puertas de vidrio del vestíbulo esperaba, de pie, una muchacha con una bata de noche de seda azul. Parecía asustada.

—Es en el tres, catorce —les informó—. ¡Era horrible! Gritaba pidiendo auxilio...

El inspector Harris se detuvo un instante para mirar el buzón del apartamento 314. Leyó «Colleen Darcy». Fue el primero en subir las escaleras, blandiendo la porra que acababa de desenfundar.

Los apartamentos del tercer piso daban a un corredor interior. Eric recordó haber visto el edificio desde el otro lado. Tenía unos pequeños balcones individuales, con unas mamparas que los ocultaban desde la calle. Probablemente eran buenos sitios para que las chicas tomaran el sol. El corredor estaba recién pintado, y todo daba la impresión de un edificio agradable, un buen sitio para albergar a jóvenes solteros. Naturalmente, los mejores apartamentos estarían al otro lado, frente a la piscina.

El corredor estaba en silencio. No podían oír nada a través de la puerta del 314.

—¿Y ahora qué? —preguntó Eric.

Harris se encogió de hombros y luego dio unos fuertes golpes con la mano en la puerta. No hubo respuesta. Llamó de nuevo.

—Abran a la policía. ¿La señorita Darcy?

Tampoco hubo respuesta. La muchacha que les había llamado subía las escaleras detrás de ellos.

—¿Está segura de que se encuentra ahí dentro? —preguntó Eric.

—¡Sí! Estaba gritando.

—¿Dónde está el encargado?

—No está aquí. Le llamé, pero no había nadie.

Eric y su compañero intercambiaron miradas.

—¡Gritaba pidiendo socorro! —dijo la joven llena de indignación.

—Probablemente tendremos problemas por hacer esto —murmuró Harris. Se hizo a un lado, comunicando a Eric por gestos lo que pensaba hacer. Entonces sacó su revólver reglamentario.

Eric retrocedió, alzó un pie y pateó la puerta cerrada, una y otra vez. La puerta cedió y Eric se precipitó al interior del apartamento, haciéndose rápidamente a un lado, tal como le habían enseñado.

Había una sola habitación, y algo sobre la cama. Más tarde Eric pensaría que sólo había pensado eso: «algo». Parecía tan pequeña como una muchacha veinteañera...

Había sangre en la cama y en el suelo. La estancia olía a perfume caro.

La muchacha estaba desnuda. Eric vio sus largos cabellos rubios, extendidos cuidadosamente sobre la almohada. El pelo estaba manchado de sangre. Uno de los pezones había desaparecido. La sangre rezumaba de las punzadas debajo de la carne desgarrada. Alguien había hecho dibujos en la sangre, trazando una flecha hacia abajo para señalar el oscuro vello púbico. Allí había más sangre.

Eric sintió náuseas y contuvo el aliento. Su compañero entró en la habitación.

Harris echó un vistazo a la cama y apartó la vista en seguida. Sus ojos registraron la habitación, no vio a nadie, y luego buscó las puertas. Había una puerta al otro lado de la estancia, y Harris se dirigió a ella. En aquel momento se abrió la puerta, que pertenecía a un armario empotrado, y un hombre salió precipitadamente, lanzándose hacia el corredor. Pasó al lado de Joe Harris, en dirección a la mujer que había llamado a la policía y que ahora gritaba aterrorizada.

Eric aspiró hondo, se dominó y corrió a interceptar al intruso. Este tenía un cuchillo manchado sangre. Lo alzó, señalando con la punta hacia Eric, el cual desenfundó su pistola y la apuntó al pecho del hombre. Tensó el dedo sobre el gatillo.

El hombre levantó los brazos, dejando caer el cuchillo. Luego se arrodilló, sin decir nada.

La pistola de Eric seguía los movimientos del hombre. El dedo volvió a tensarse sobre el gatillo. Una leve presión y... ¡No! Soy un policía, no un juez ni un jurado.

El hombre mantenía sus manos en actitud suplicante, casi como si rezara. Cuando Eric se acercó, vio sus ojos. En su mirada no había terror, ni siquiera odio. Tenía una curiosa expresión, que era a la vez de resignación y de satisfacción, y que no cambió lo más mínimo cuando miró más allá de Eric Larsen, a la muchacha muerta.

Más tarde, después de que hubieran llegado los detectives y el forense, Eric Larsen y Joe Harris llevaron a su prisionero a la cárcel municipal de Burbank.

Mientras estaban interrogando al prisionero se presentó un abogado que vivía en el edificio de apartamentos, diciendo a gritos que la policía no tenía derecho a hacerle confesar. Aconsejó al hombre que se mantuviera en silencio. El se echó a reír.

—Tiene que llegar vivo a su destino —dijo el abogado en voz quejumbrosa.

Eric y Harris hicieron subir al prisionero al coche patrulla. Al día siguiente lo enviarían a la prisión del condado de Los Angeles.

Desde su detención el hombre no había abierto la boca. Los policías sabían cómo se llamaba por los documentos de su cartera: Fred Lauren. Se habían enterado también de sus antecedentes: seis delitos sexuales anteriores, dos de ellos con violencia. Un período de prueba tras otro y luego libertad condicional después de tratamiento psiquiátrico.

Cuando llegaron a la comisaría, Eric sacó a Lauren del coche a empellones.

—Me hace daño —dijo el hombre.

—Te hace daño. ¡Hijo de perra! —Harris se acercó a Lauren y le dio un codazo en la boca del estómago. Repitió el golpe—. Nada de lo que pueda ocurrirte hará el daño que tú... —Se interrumpió, incapaz de proseguir.

Eric se interpuso entre su compañero y el prisionero.

—No vale la pena, Joe.

—¡Le denunciaré! —gritó Lauren. Entonces se rió—. No. ¿De qué serviría? No.

—Ahora está asustado —dijo Eric—. En cambio no lo estaba cuando lo arrestamos.

—Pero tampoco ahora lo estaba.

En cuanto Harris se apartó e hicieron avanzar a Lauren hacia el interior de la comisaría, el miedo se desvaneció y fue reemplazado por la expresión resignada.

—Muy bien, dime —le dijo Eric—. ¿Crees que el juez volverá a concederte libertad condicional, que estarás en la calle dentro de una semana?

El hombre se echó a reír.

—Dentro de una semana no habrá calles. ¡No habrá nada!

—La fiebre del Martillo —musitó Harris.

No era la primera vez que sucedía. ¿Por qué no cometer un crimen? El fin del mundo se acercaba. Los periódicos Contaban muchos relatos sobre aquel tema. Pero ninguno de los crímenes era como aquel. Nunca había ocurrido algo así en Burbank.

—Tengo ganas de que pase todo esto —dijo Harris. No mencionó el cadáver en la cama. Uno ha de soportar ciertas cosas o cambiar de oficio.

—Esta noche va a ser larga —dijo Eric.

—Sí, y mañana tenemos turno de vigilancia. —Harris miró el cielo brillante—. Qué ganas tengo de que pase todo esto.

Acamparon en Soda Springs. Era un buen lugar para acampar, y sorprendía que hubiera poca gente. Gordie Vanee había esperado encontrar allí una docena de grupos excursionistas, pero todo el terreno era para él y sus seis muchachos exploradores. Gordie pensó que ello se debía a la fiebre del Martillo. Nadie quería hallarse tan lejos de las carreteras y la civilización.

Se desembarazaron con alivio de las mochilas. Los chicos fueron corriendo al arroyo. Había dos corrientes de agua. Una era clara y burbujeante agua de montaña, pura y fría; la otra era de color rojizo y tenía mal sabor, aunque los chicos decían que les gustaba. Era un agua carbonatada naturalmente, y con ella se preparaba una clase de cerveza no alcohólica. Gordie no se molestó en pedirles que no bebieran demasiado. Nadie lo haría.

Prepararon la cena en los hornillos de petróleo portátiles. Gordie dejó que Andy Randall eligiera lo que iban a cenar. El chico tenía que acostumbrarse a dirigir el grupo. No pasaría mucho tiempo antes de que...

—Pero mi maestro dijo que sería posible —decía uno de los chicos.

—Tonterías —replicó Andy Randall—. Mi padre ha estado en el JPL docenas de veces, y su ordenador dice que no ocurrirá. Además, el señor Hamner me contó...

—¿Le conoces? —preguntó el chico más pequeño.

—Claro.

—Pero él inventó el Martillo. —Sin querer, todos alzaron la vista al cielo vespertino, en el que brillaba el inmenso velo gaseoso—. Desde luego, parece que está muy cerca —concluyó el muchacho.

Terminó el largo crepúsculo en la montaña y aparecieron las estrellas. El Martillo brillaba intensamente en el cielo nocturno antes de desaparecer tras la sierra. Gordie hizo que los chicos se metieran en los sacos de dormir. Ellos querían estar levantados y observar el cielo, cruzado por una aurora brillante, con líneas melladas verdes y rojas entre las que se veían las estrellas.

Gordie se metió en su saco. Tenía un control absoluto del sueño. Podía quedarse dormido de inmediato y despertarse dos horas más tarde, para dar una vuelta y comprobar si los chicos seguían bien. «Soy un hijo de perra a conciencia», se dijo antes de dormir. No dejaba de tener su gracia, pero Gordie no se reía.

Se despertó a media noche, y ya no durmió más.

Había un frenesí en el cielo. Parecía surcado por leche luminiscente en agua negra. En la cola del Hamner-Brown titilaban las estrellas, y se desvanecían al fondo mientras surgían resplandores de color de un horizonte a otro. A lo tejos los resplandores eran más brillantes, y más tarde se oyó un fragor de truenos. Gordie fue a hacer su ronda casi en estado de trance.

Andy Randall estaba despierto. No se había molestado en plantar la tienda, aunque en junio llueve con frecuencia en la sierra. Estaba tendido a la intemperie, con la cabeza apoyada en la mochila y sus largos brazos bajo el cuello.

—Es todo un espectáculo —susurró.

—Así es —convino Gordie, procurando que el tono de su voz fuera alegre y sereno. Cuando le interrogaran, Andy tendría que decir que Gordon Vanee no había mostrado signos de depresión.

—Duerme un poco —dijo Gordie—. Mañana no tenemos que ir lejos, pero el camino es difícil en algunos tramos.

—Lo sé.

—Muy bien.

Gordon caminó un poco colina arriba, para estar a solas, y se dejó caer entre la alta hierba.

Pensó que mañana no importaría. No necesitaba dormir.

Había elegido el precipicio. Una caída fatal... Tendría que ser fatal. Un error podría dejarle herido pero vivo, los chicos estarían desesperados mientras llegada un equipo de rescate para recogerle y llevarle al hospital. Sí, estaría en una cama de hospital cuando los auditores del banco descubrieran el desfalco. Tal vez estaría inválido. Ni siquiera podría huir.

No es que tuviera intención de huir. Ya había tenido la oportunidad de hacerlo, pero la rechazó. ¿Adonde iría? El dinero se había esfumado, y de nada le valdría exiliarse sin dinero. Además, los chicos deberían crecer en su propio país. Miró a su hijo de doce años, acurrucado en el saco de dormir. Sería un golpe duro para Bert, pero era inevitable.

Pensó en el precipicio. Podía recordarlo perfectamente. El camino no era tan estrecho como para presentar peligro, fiero las piedras y la tierra del borde se desprendían con facilidad, y si uno se acercaba demasiado... Se había dado cuenta dos años atrás, cuando pasaron por allí. Entonces había tenido otros pensamientos.

Deseó que Bert no estuviera con él.

Una cortina de terciopelo rojo ondeaba en el cielo. Gordie pensó que era un magnífico espectáculo para su última noche. Trató de contemplar el cielo, pero siguió viendo el precipicio.

Un instante, un momento de descuido cuidadosamente elegido y estaría abajo con el cuello roto o algo peor. Por debajo se deslizaba un sendero bastante seguro para los chicos. Andy haría que lo siguieran, y luego Andy Randall tomaría el mando y todo iría bien. Gordie había entrenado a Andy durante dos años. No para aquello... o sí, por si había un verdadero accidente. Era curioso ver cómo salían las cosas.

La luna creciente apareció sobre las colinas, difuminando algunas de las estrellas y mezclando sus propios colores espectrales con los del espectáculo luminoso. Gordie imaginó que podía ver ondas de choque en la cola del cometa, pero probablemente se debía a su imaginación. Pero allá arriba los astronautas lo estarían viendo, por medio de sus instrumentos si no era a simple vista. Gordie se preguntó qué sentiría uno allá en lo alto. Gordie había sido aviador, durante un breve período, hasta que puntuó bajo en su clase y quedó excluido de la escuela de vuelo para convertirse en piloto de la Fuerza Aérea. Debió haberse quedado. Pero tenía que dedicarse a la banca...

Lamentó una vez más estropear la excursión de los chicos, pero no había elección. Tenía que hacerlo. Un accidente resolvía todos los problemas. El seguro de vida ascendería a medio millón de dólares, suficiente para cubrir los déficits del banco y dejar a Marie y Bert en posición holgada. Pongamos que quedaran trescientos mil, al siete por ciento. No es una gran fortuna, pero mucho mejor que tener a tu padre en la cárcel y nada de qué vivir...

Hacia el alba el frenesí del cielo se intensificó. Destacaba un punto brillante. Si se trataba de la cabeza del cometa resultaba difícil de ver cuando se miraba a través del túnel luminoso de la cola. Luz fría y sombras cambiantes, débiles toques de color de la aurora aun en plena luz del día. Luego el alba enrojeció la tierra, pero la luz seguía siendo extraña, mágica. Gordie se estremeció.

Regresó a su saco de dormir y se introdujo en él. No valía la pena que tratara de dormir. El sueño no sería largo...

Junto al hornillo portátil estaba la botella de combustible y el perol de agua. Gordie sacó un brazo y cargó el hornillo. Su forma de desayunar todavía en el saco de dormir era motivo de bromas por parte de quienes acampaban con él. No tenía ganas de comer, pero sería peligroso cambiar los hábitos. Puso al fuego el perol de agua y preparó chocolate caliente. Le sorprendió encontrarlo tan bueno, y después tomó un tazón de copos de avena y un té Sherpa, muy fuerte, con azúcar moreno y un pedazo de mantequilla...

Los muchachos se despertaron uno tras otro. Gordie rió alegremente al oír que Andy Randall le preguntaba a Bert:

—¿Quieres decir que has estado durmiendo mientras duraba ese espectáculo? ¿Toda la noche?

No encendieron una hoguera porque no había suficiente leña. Cada año había menos lugares donde uno pudiera encender un auténtico fuego. Pocos chicos sabían cocinar con un fuego de madera. Sería malo que ellos tuvieran que cuidarse por sí mismos, pero eso no sucedería más. Actualmente, si uno se pierde, limpia una zona de quince metros de diámetro y enciende una cerilla en el centro. Muy pronto una patrulla contra incendios se pone en marcha para entregar una citación al presunto incendiario. Ya no quedan bosques profundos, espesos, como cuando era niño...

Pensó que debía haber dormido un poco, porque su mente divagaba. Pero no importaba. Faltaba poco. Decidió tomar otra taza de chocolate.

Puso a hervir el agua.

—Vamos a recoger las cosas —ordenó a los chicos—. Es hora de movernos. Plegad los sacos y ataos las botas. Os quiero en el camino dentro de cinco minutos.

El núcleo del cometa está bañado en luz, la cola y el coma recogen la luz del sol en un inmenso volumen y la reflejan, enviando parte a la Tierra, parte al espacio, parte al mismo núcleo.

El cometa ha sufrido. Las explosiones en la cabeza lo han dividido en porciones montañosas. Megatones de sustancias químicas volátiles se han esfumado. Las grandes masas en la cabeza tienen incrustado barro helado del que ha desaparecido la mayor parte del granizo.

Sin embargo las incrustaciones retardan una mayor evaporación. Otros cometas han sobrevivido a muchos de tales pasos a través del torbellino. Han perdido una gran cantidad de masa, vertida en la cola, pero una considerable parte del coma se helará de nuevo, y las porciones rocosas podrían fusionarse. Cristales de extrañas formas heladas pueden unirse y engrosar un cometa, allá en la oscuridad y el frío, durante millones de años... Ojalá el Hamner-Brown pudiera regresar al halo cometario.

Pero parece que hay algo en su camino.

Segunda parte

EL MARTILLO

Y yo observé cuando él abrió el sexto sello, y he aquí que se produjo un gran temblor de tierra; y el sol se puso negro como una arpillera de pelo, y la luna roja como sangre, y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra.

La Revelación de San Juan el Divino.

LA MAÑANA DE LA CAÍDA DEL MARTILLO

Hay un lugar con cuatro soles en el cielo, rojo, blanco, azul y amarillo. Dos de ellos están tan próximos que se tocan, y entre ellos fluye material de estrellas.

Conozco un mundo con un millón de lunas. Conozco un sol del tamaño de la Tierra, hecho de diamante.

Carl Sagan, La conexión cósmica: una perspectiva extraterrestre.

Cuando Rick Delanty se despertó la mañana era maravillosa. Un rectángulo de luz avanzaba por su brazo. Aquellas magníficas mañanas llegaban cada hora y media a bordo del laboratorio espacial, y todavía no se había cansado de ellas. Utilizó el tubo y salió del Apolo.

Ante las grandes ventanillas del laboratorio espacial se amontonaban telescopios, cámaras y otros instrumentos. Para poder ver el exterior había que alzar el cuello por encima de ellos, sujetándose a los pasamanos de las mamparas, flotando en los espacios abiertos.

Baker y Leonilla Malik estaban introduciendo datos en el ordenador de a bordo. Ella alzó la vista hacia el recién llegado.

—Hola, Rick —le saludó, pero volvió en seguida al trabajo sin llegar a ver la viva sonrisa de Rick.

Era hora de trabajar, pero Rick Delanty aún era en parte un turista, y estaba ansioso de ver la aparición del cometa. Encontró un telescopio de observación que no había sido usado hasta el momento. Tenía un gran protector contra el sol empotrado, de modo que Rick podía mirar el cometa sin temor a que la luz le cegara.

Ante los ojos se ofrecía una especie de representación estilizada del resplandor solar en pintura de brillantes colores. Era como caer en un pozo profundo durante un viaje con LSD. Los alegres regueros luminosos de la cola fluían hacia el exterior tan lentamente como un eclipse lunar. En el corazón del cometa la superficie parecía granulosa.

—Atención, Houston —dijo Baker—. Observamos un movimiento lateral relativo hacia nosotros. Creo que podréis verlo con vuestro sistema telemétrico. Y todavía hay actividad, aunque ha estado disminuyendo desde que el Martillo rodeó el Sol. En la última observación sólo hemos registrado una explosión, pero poca cosa, no como el gran estallido que observamos ayer.

—Atención, laboratorio, parece que hay algún error en los datos. El JPL solicita el seguimiento óptico de la porción más grande que podáis encontrar. ¿Podéis hacerlo?

—Lo intentaremos, Houston.

—Yo lo haré, Johnny —dijo Rick. Hizo girar la manivela del telescopio y atisbo la oscuridad—. Leonilla, ¿quieres echarme una mano? Ajusta la telemetría.

—De acuerdo —dijo ella.

Baker prosiguió su informe.

—Houston, el núcleo está muy extendido, y el coma es enorme. He introducido el diámetro angular en el ordenador y el resultado es de ciento cuarenta mil kilómetros. Tan grande como Júpiter. Podría envolver la Tierra sin que nos diéramos cuenta.

—No diga tonterías —respondió una voz familiar—. La gravedad lo desmenuzaría...

La voz de Charlie Sharps empezó a desvanecerse.

—Houston, no les oímos bien —dijo Baker.

—Eso no es Houston. Es Sharps, del JPL —dijo Rick sin apartar la vista del telescopio.

—Pero lo recibimos a través de Houston. Maldición. El material del cometa está trastornando la ionosfera. Vamos a tener problemas de comunicaciones hasta que esa cosa haya pasado. Será mejor que grabemos las observaciones que hagamos, por si no nos oyen.

—De acuerdo —dijo Delanty, y siguió mirando a través del telescopio.

Ante él se extendía el núcleo del Hamner-Brown. Le resultaba difícil centrar el aparato en la masa que había escogido. No había suficiente contraste para utilizar un sistema de seguimiento automático, y había que hacerlo a ojo. Delanty sonrió. Era un contratiempo más para el hombre espacial.

Vio una gruesa masa de polvo brillante que se movía lentamente, unas cuantas montañas volantes y muchas más partículas menores, todas mezcladas, sin orden, moviéndose al parecer caprichosamente mientras respondían a la presión luminosa y proseguían la actividad química. Era la materia primigenia del caos. A Rick se le hacía la boca agua: pensaba en la posibilidad de ir allí con una nave espacial, aterrizar en una de aquellas montañas y salir para echar un vistazo. La velocidad de ochenta kilómetros por segundo a la que se movían aquellas montañas no se apercibía.

Pero habrían de transcurrir décadas antes de que la NASA pudiera construir aquella clase de naves tripuladas, si es que alguien las construía alguna vez. Y cuando lo hicieran, Rick Delanty sería un viejo fatigado.

Entonces pensó que aquella no sería su última misión. Pronto funcionaría la lanzadera espacial, si aquellos malditos congresistas dejaban de poner pegas a los gastos de exploración espacial...

Pieter Jakov había estado trabajando con un espectroscopio. Finalizó sus observaciones y dijo:

—Para esta mañana nos han impuesto un programa febril. Veo que la actividad fuera del vehículo para la comprobación final de los instrumentos externos es optativa. ¿Qué os parece? Nos quedan dos horas.

—Loco ruso. No, no vamos a salir con eso ahí afuera. Un copo de nieve a esa velocidad no puede hacer un agujero en el laboratorio, pero no te quepa duda de que puede hacer un agujero del tamaño del puño en tu traje espacial. —Baker echó un vistazo a la lectora del ordenador y frunció el ceño—. Rick, ¿dónde has efectuado esa última observación óptica?

—Una gran montaña —respondió Rick—. Hacia el centro del núcleo, como ellos pidieron. ¿Por qué?

—No, por nada. —Baker conectó el micrófono—. Houston, Houston, ¿les han llegado las lecturas ópticas?

—...Negativo, laboratorio... Envíen de nuevo.

—¿Qué diablos ocurre, Johnny? —preguntó Rick.

Johnny se quedó pensativo.

—Tanto Houston como el JPL perciben la distancia con un error de nueve mil kilómetros. Introduciendo tus datos en el ordenador de a bordo obtengo un cuarto de esa distancia. Ellos disponen de mejores medios para calcular, pero nosotros tenemos datos mejores.

—Bueno, dos mil kilómetros son dos mil kilómetros —dijo Delanty, pero no pareció convencido.

—Ojalá no tuviéramos ningún fallo en la antena principal.

—Saldré a repararla —dijo Jakov.

—No —negó Baker abruptamente, con la autoridad del comandante—. Todavía no hemos perdido a nadie en el espacio. ¿Por qué empezar ahora?

—¿No deberíamos preguntar al control de Tierra? —inquirió Leonilla.

—Ellos me pusieron al frente de esto —dijo Baker—. Y digo que no.

Pieter Jakov guardó silencio. Rick Delanty recordaba que los soviéticos habían perdido hombres en el espacio: los tres pilotos de Soyuz perdidos en el vuelo de regreso, y que todo el mundo conocía, y otros más, de los que sólo se sabía por rumores e historias contadas por la noche al calor del vodka. Se preguntó, y no era la primera vez que lo hacía, si la NASA no había sido demasiado cauta. Con menos precauciones de seguridad, los Estados Unidos podrían haber llegado un poco antes a la Luna, habrían explorado mucho más, habrían aprendido más y, sí, habrían creado uno o dos mártires. La Luna había sido demasiado costosa en dinero, pero demasiado barata en vidas para obtener la popularidad que necesitaba. Cuando el Apolo XI llegó a ella, la misión era rutinaria.

Tal vez era aquello lo que deberían hacer. La imagen de Johnny Baker avanzando por el ala rota del laboratorio espacial, la imagen de un hombre en aquel medio hostil, arriesgándose a la más solitaria de las muertes... aquello había dado al programa espacial un impulso casi tan grande como el paso gigantesco de Neil Armstrong.

Se oyó el ruido de un impacto, luego otro, y en el tablero de control se encendieron luces rojas de aviso.

Sin pensar nada, Rick Delanty saltó hacia la caja roja más próxima. Era una caja cuadrada, igual que otras colocadas en diversos lugares del laboratorio espacial. La abrió y extrajo varias placas de metal con uno de los lados cubiertos por una materia adhesiva, y una especie de parches mayores, que parecían de caucho. Miró a Baker, esperando instrucciones.

—No hay ningún agujero —dijo Johnny—. Es arena. —Miró el tablero y frunció el ceño—. Y estamos perdiendo eficacia en las células solares. Pieter, cubre todos los instrumentos ópticos. Tendremos que reservarlos para una observación más de cerca.

—De acuerdo —dijo Jakov, avanzando hacia los instrumentos.

Delanty seguía sosteniendo los parches contra meteoros, por si acaso.

—Depende de lo grande que sea el núcleo —dijo Pieter Jakov desde el extremo distante de la cápsula espacial—. Y todavía hemos de obtener cálculos exactos de la anchura que abarca la materia sólida. Me parece muy probable que la Tierra... y nosotros... seamos golpeados por grava a elevada velocidad, si no es algo peor.

—Sí, eso es lo que pensaba —dijo Johnny Baker—. Hemos estado buscando el movimiento lateral. Bien, lo hemos encontrado, pero ¿es suficiente? Tal vez deberíamos dar por terminada esta misión.

Hubo un momento de silencio.

—No, por favor —dijo Leonilla.

—Secundo esa negativa —añadió Rick—. Tú tampoco quieres que finalice la misión. ¿Quién lo desea?

—Yo no —dijo Jakov.

—Hay unanimidad. Pero esto apenas es una democracia —dijo Baker—. Hemos perdido mucha energía. Va a hacer calor aquí dentro.

—Lo aguantaste en el otro laboratorio espacial mientras arreglaban el ala —dijo Delanty—. Si pudiste antes, podrás ahora. Y nosotros también.

—Muy bien —concluyó Baker—. Pero tú tendrás que ocuparte de esos parches contra meteoros, por si hay una emergencia.

—Sí, señor.

Minutos después, el núcleo del Hamner-Brown se precipitó detrás de la Tierra. La Luna surgió envuelta en su red espectral de ondas de choque. Leonilla sirvió el desayuno.

Al alba, Harvey Randall estaba sentado en una tumbona, en el césped. Sobre una mesita tenía tabaco y café, mientras que otra sostenía el televisor portátil. Con el alba desapareció el extraordinario espectáculo celeste, y se quedó un poco deprimido. Aún estaba bajo los efectos del alcohol y no se encontraba en condiciones para trabajar. Loretta le encontró en el mismo estado dos horas después.

—He ido a trabajar en peores condiciones —le dijo a su esposa—. Valía la pena.

—Muy bien. ¿Estás seguro de que puedes conducir?

—Claro que sí —respondió él. Aquella era la canción de siempre.

—¿Dónde irás hoy?

El no notó la preocupación en su voz.

—Me ha costado mucho decidirlo, porque la verdad es que deseo estar en todas partes a la vez. Pero el equipo científico de la emisora estará en el JPL, y también hay un buen equipo en Houston. Creo que empezaré por el Ayuntamiento. Bentley Allen y su personal dirigen serenamente los asuntos de la ciudad mientras la mitad de la población corre hacia las colinas.

—Pero eso está en el centro de la ciudad.

—¿Y qué?

—¿Qué ocurrirá si choca el cometa? Estarás a kilómetros de distancia. ¿Cómo podrás volver?

—Loretta, no va a chocar. Escucha...

—¡Has llenado la piscina de agua, y no pude usarla ayer porque la has cubierto! —Alzó la voz—. Te has gastado doscientos dólares en carne seca, has enviado al chico a las montañas, has llenado el garaje con licores caros y...

—Loretta...

—...y no bebemos esas cosas, ni nadie puede comer esa carne a menos que se esté muriendo de hambre. Así que crees que vamos a pasar hambre, ¿no?

—No, cariño. Las posibilidades son de centenares contra una...

—Harvey, por favor, quédate hoy en casa. Sólo esta vez. Nunca he puesto dificultades por el hecho de que estés siempre fuera. No me quejé cuando te ofreciste como voluntario para hacer otra gira por Vietnam. No me quejé cuando te fuiste al Perú. No me quejé cuando pasaste tres semanas en Alaska. Nunca puse pegas por tener que educar yo sola a nuestro hijo, que nunca ve a su padre. Ya sé que tu trabajo significa más que yo para ti, pero, por favor, Harvey. ¿no significo algo para ti?

—Claro que sí. —La cogió y la atrajo hacia él—. Dios mío, ¿eso es lo que sientes? El trabajo no significa más que tú.

Es sólo el dinero, pensó. Pero no podía decirlo, no podía decir que él no necesitaba el dinero, pero ella sí.

—Entonces, ¿te quedarás?

—No puedo. De veras, Loretta. Esos documentales han Sido buenos, muy buenos incluso. Es posible que reciba una oferta de la ABC. Muy pronto necesitarán un nuevo director de programas científicos, y eso significa mucho dinero. Y existe la auténtica posibilidad de escribir un libro...

—Has estado levantado toda la noche, Harvey, y no estás en condiciones de ir a ningún sitio. Y estoy asustada.

Harvey la abrazó fuerte y la besó. Pensó que la culpa era suya. ¿Cómo no iba a estar asustada después de que hubiera comprado todo aquello? Pero no podía perderse el día del Martillo...

—Mira, enviaré a algún otro al Ayuntamiento.

—¡Muy bien!

—Y diré a Charlie y Manuel que se reúnan conmigo en la universidad de California y Los Angeles.

—Pero ¿por qué no puedes quedarte aquí?

—Tengo que hacer algo, Loretta. Llámalo orgullo viril si quieres. ¿Cómo voy a decir a la gente que me he quedado escondido en casa después de haber proclamado que no había ningún peligro? Mira, haré algunas entrevistas. El gobernador está en la ciudad, para asistir a no sé qué acto caritativo en el Club de Campo de Los Angeles. Iré allí después de que haya pasado el cometa. Y no estaré a más de diez o quince minutos de aquí. Si algo sucede, volveré rápidamente a casa.

—De acuerdo, pero todavía no has terminado el desayuno. Se está enfriando. Te he llenado el termo y he dejado una cerveza en el furgón.

Harvey comió con rapidez. Ella se sentó y le contempló mientras lo hacía, sin probar bocado por su parte. Rió sus gracias y le dijo que tuviera cuidado cuando bajara la colina.

Las comunicaciones seguían siendo malas. Los astronautas grababan la mayor parte de sus observaciones. Sería importante registrarlas, puesto que los instrumentos no iban a ser de mucha utilidad. Demasiada arena azotaba el ingenio espacial. Cuidaron de resguardar el gran telescopio, al que podía acoplarse el televisor en color, y habían efectuado una grabación en vídeo a la vez que trataban de enviarla a la Tierra.

—La energía solar ha descendido en cerca del veinticinco por ciento —informó Rick Delanty.

—Ahorremos las baterías —dijo Baker.

—Bien.

El calor aumentaba en la nave espacial, pero necesitaban la energía para los grabadores y otros instrumentos.

Leonilla Malik hablaba en rápido ruso al micrófono. Jakov accionaba los controles de transmisión, tratando de obtener alguna respuesta de Bakunyar, pero era en vano. Leonilla siguió grabando. En aquel medio ingrávido, en el que flotaban los hombres y las cosas, la cosmonauta se había colocado en una posición extraña, con el cuerpo torcido para atisbar por la mirilla de observación sin dejar de ver el tablero de instrumentos. Rick trataba de comprender lo que decía, pero utilizaba demasiadas palabras desconocidas. Pensó que se estaba poniendo lírica y que lo mejor sería dejar que siguiera en su vena poética. ¿Por qué no? ¿De qué otro modo podría describirse la circunstancia de estar dentro de un cometa?

Ahora sabían menos sobre la ruta del Hamner-Brown que Houston. El último informe de Houston decía que el cometa pasaría a mil kilómetros, pero Rick no estaba seguro. ¿Se basaba aquella cifra en su observación visual? Si así era, significaba sólo que aquella montaña en concreto estaría a esa distancia, y la nube de material sólido era grande, aunque no tanto. Seguramente no era tan grande.

—Estamos en efecto dentro del coma —decía Leonilla—. Esto no se nota especialmente. Hace rato que ha pasado la actividad química. Pero vemos la sombra de la Tierra como un largo túnel a través de la cola.

Rick entendió la última frase y pensó que estaba bien. Si tenían ocasión de transmitir a la Tierra, la utilizaría.

Todos ellos tenían trabajo, y lo hacían mientras grababan sus observaciones. Rick tenía una cámara Canon, con la que se afanaba, cambiando lentes y película con la mayor rapidez posible. Confiaba en que funcionaran bien los mecanismos automáticos, y procuraba efectuar tomas con velocidades y aperturas muy distintas, por si acaso.

El reloj de a bordo iba marcando inexorablemente los segundos.

La larga lente proporcionaba un buen panorama a través de la mirilla de observación. Rick vio media docena de grandes masas, otras muchas más pequeñas y una miríada de diminutos puntos brillantes, todo ello mezclado en una especie de niebla perlina. Oyó la voz de Baker tras él.

—Una perdigonada vista por el pato.

—Una buena frase.

—Espero que no sea tan buena.

—He perdido toda señal del radar —dijo Pieter Jakov.

—Entendido. Déjalo y efectúa señales visuales —ordenó Baker—. Houston, Houston, ¿reciben algo por televisión?

—...recibido, laboratorio... JPL... Sharps está encantado, envíen más... transmisión de potencia más alta...

—Daré más potencia cuando se acerque más el Martillo —dijo Baker, sin saber si le oían—. Estamos ahorrando batería. —Miró el reloj. Faltaban diez minutos para que los objetos sólidos llegaran a su mayor proximidad. Tal vez veinte minutos o media hora para que todo pasara—. Aumentaré la potencia de transmisión dentro de cinco minutos. Repito, aumentaré la potencia de transmisión dentro de cinco minutos.

En aquel instante se oyó un fuerte estrépito.

—¿Qué diablos ha sido eso? —preguntó Baker.

—La presión continúa invariable —dijo Jakov—. Se mantiene en las tres cápsulas.

—Bien —murmuró Rick.

Habían cerrado las esclusas de aire del Apolo y el Soyuz. Parecía una precaución razonable. Rick seguía sujetando los parches contra impactos de meteoros. El laboratorio espacial era con mucho el mayor de los blancos.

Rick se preguntó cómo calcularían los ingenieros el tamaño que debería tener un meteoro. Estaban pensados para cubrir un agujero de un determinado tamaño máximo. Si se rebasaba aquel tamaño, no valía la pena intentar la reparación del agujero. De todos modos estarían condenados. ¿Sería realmente así? Rick dejó de pensar en ello y volvió a sus fotografías. A través de la lente Canon observó una galaxia de hielo espumoso, un tremendo y lento cañonazo que visiblemente avanzaba hacia ellos, extendiéndose alrededor del laboratorio más que deslizándose lateralmente.

—Dios mío, Johnny, se acerca mucho.

—Sí. Pieter, quita la cubierta al telescopio principal. Voy a dar potencia máxima. Enviaremos transmisiones a partir de aquí. Houston, Houston, la observación visual indica que la Tierra está en la ruta de los ejes externos del núcleo. Repito, la Tierra está en la ruta del núcleo externo. Es imposible calcular el tamaño de los objetos que pueden chocar con la Tierra.

—Asegúrate de que llega ese mensaje —dijo Leonilla Malik—. Pieter, comprueba si Moscú también está enterado. —Había ansiedad y miedo en el tono de su voz.

Rick Delanty se sorprendió.

—¿Qué ocurre?

—Pasa por el este de la Tierra —dijo Leonilla—. Los Estados Unidos estarán más expuestos, pero habrá más objetos cercanos a la Unión Soviética. Las oportunidades para que se produzca una deliberada interpretación errónea son demasiado grandes. Algún fanático...

—¿Por qué dices eso? —preguntó Jakov.

—Sabes que es cierto —gritó ella—. Fanáticos. ¡Como los locos que mataron a mi padre porque el gran Stalin no era inmortal! No finjas que no existen.

—Es ridículo —dijo Jakov soltando un bufido, pero se dirigió a la consola de comunicaciones, y Rick Delanty pensó que hablaba de un modo apremiante.

LA CAÍDA DEL MARTILLO: UNO

En 1968, la proximidad de un asteroide llamado Icaro despertó un temor ligero pero muy concreto de que llegaba el fin del mundo. Ya habían circulado rumores de que una serie de cataclismos en todo el mundo iban a empezar en 1968. Cuando se conocieron las noticias de que el Icaro se dirigía a la Tierra e iba a acercarse al máximo él 15 de junio de 1968, de alguna manera se combinaron con los rumores del fin del mundo. En California, grupos de hippies se dirigieron a las montañas de Colorado, diciendo que querían estar seguros en terreno alto, antes de que cayera él asteroide y originase él hundimiento de California en el mar.

Daniel Cohen, Cómo terminará el mundo.

—¡Oye, pueblo mío, las palabras de Mateo! ¿No dice él que el sol se oscurecerá, que la luna no emitirá su luz y que las estrellas caerán de los cielos? ¿Y no es esto lo que ocurre en esta misma hora?

«¡Arrepentios! Arrepentios, hermanos y observad el cometa del Señor, el Martillo que cae sobre esta malvada Tierra. Escuchad las palabras del profeta Miqueas: “Porque he aquí que el Señor sale de su lugar, y bajará y pisará los lugares altos de la tierra. Y las montañas se derretirán bajo él, y los valles se hendirán, como cera ante el fuego, como aguas que se precipitan por un lugar empinado.”»

«¡El llega pues! Llega para juzgar a la Tierra, para juzgar justamente al mundo y a los pueblos con su verdad!»

—Han escuchado al reverendo Henry Armitage en «La hora que se aproxima». Esta y todas las emisiones del programa han sido posibles gracias a sus donaciones, y pedimos al Señor que bendiga a quienes han dado tan generosamente.

«No se necesitarán más donaciones. La hora llega y está ya al alcance de la mano.»

Era un día de verano brillante y sin nubes. Soplaba una viva brisa marina, y la cuenca de Los Angeles estaba despejada.

A Tim Hamner no le entusiasmó aquel buen tiempo. La espectacularidad de los cielos nocturnos pudo verse mejor desde las montañas, y Tim permaneció en su observatorio de Angeles Forest la mayor parte de la semana anterior, pero la mejor visión del Hamner-Brown en el momento de máxima aproximación se tendría desde el espacio. Como él no podía estar en el espacio, quería otra cosa casi tan buena: contemplarlo todo en televisión a color. No le había sido difícil persuadir a Charlie Sharps para que le invitara al JPL.

Tenía que llegar allí a las nueve y media, pero los claros cielos con sus brillantes cintas de luz aterciopelada, le habían mantenido despierto hasta la madrugada. Se había estirado en el sofá. No quería acostarse en la cama, pero unos minutos de descanso no harían daño...

Naturalmente, durmió más de la cuenta. Ahora, con la cabeza espesa y los ojos acuosos, Tim apuntaba, más que conducir, su Grand Prix por la autopista de Ventura, hacia Pasadena. A pesar de que había salido tarde, esperaba llegar a tiempo. No había mucho tráfico.

—Estúpidos —murmuró Tim.

La fiebre del Martillo. Millares de habitantes de Los Angeles partían hacia las colinas. Harvey Randall le había dicho que el tráfico por la autopista sería escaso durante toda te semana, y había tenido razón. Aquel día, el martes de portento, como lo había llamado Mark Czescu, el tráfico era escaso.

De pronto vio delante el destello de luces rojas. El tráfico se hizo más lento. Tim soltó una maldición. Había un camión delante de él, de modo que no podía ver qué era lo que estaba aguando la fiesta. Pasó automáticamente al carril derecho, adelantándose a una señora mayor que conducía un Ford verde y que le dirigió horribles maldiciones mientras se colocaba ante ella.

—Probablemente se acuesta con las zapatillas de tenis puestas —murmuró Tim. ¿Pero qué pasaba allí adelante? El tráfico parecía haberse detenido del todo. La autopista se había convertido en un aparcamiento que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, tal vez, pensó Tim, hasta el cruce de Golden State. Miró por encima de su hombro. No vio a ningún policía de tráfico. Se metió en el arcén y avanzó, dejando atrás a los coches detenidos, hasta llegar a una salida.

A su derecha se encontraba el cementerio de Forest Lawn, no el original, que tantas canciones e historias había inspirado sino la colonia de Hollywood Hills. Las calles también estaban llenas de tráfico. Tim giró a la izquierda y pasó por debajo de la autopista. Su rostro era una sombría máscara de ansiedad y odio. Ya era bastante malo no estar en su observatorio el martes del portento, ¡pero tener que soportar además aquello! Estaba en el hermoso centro de la ciudad de Burbank, y su cometa se aproximaba al perigeo.

—¡No es justo! —gritó. Los peatones le miraron y continuaron su camino, pero a Tim no le importó—. ¡No es justo!

Había en el aire la carga eléctrica de la tormenta y el desastre. Eileen Hancock lo notaba como si unos dedos espectrales le pasaran por el cabello, en la nuca. Lo vio de forma más concreta mientras se dirigía en su coche al trabajo. A pesar de que el tráfico era escaso, la gente conducía mal. Trataban de adelantar en momentos inadecuados, reaccionaban tarde y entonces sus reacciones eran excesivas. Había muchos remolques llenos de enseres domésticos, que le recordaron a Eileen imágenes de refugiados de guerra, aunque los refugiados de Asia y África nunca llevaban con ellos jaulas de pájaros, colchones especiales para tratamientos de belleza y tocadiscos estereofónicos. Uno de los remolques había volcado en la dirección de Ventura, bloqueando los tres carriles. Algunos coches pasaban a duras penas por el arcén, pero los demás estaban inmóviles tras un montón de muebles derribados. La camioneta que había arrastrado el remolque estaba cruzada en el carril de la izquierda, con un Volkswagen empotrado en un costado.

«Menos mal que he llegado a Golden State», pensó Eileen. Por un instante sintió lástima por cualquiera que tratara de llegar a Pasadena aquella mañana, y maldijo al remolque y su propietario. Los coches que iban delante se detenían para mirar el accidente, y necesitó cinco minutos para recorrer el centenar de metros hasta la salida de Burbank. Condujo velozmente por las calles, y cuando se detuvo comprobó aliviada que la policía de Burbank parecía estar en otra parte. Dejó el coche en su aparcamiento, cedido por Corrigan y que incluso, ostentaba el nombre de Eileen.

El establecimiento de Corrigan, cercano a un supermercado, era engañosamente pequeño porque los almacenes se encontraban en un callejón situado detrás. El recibidor estaba decorado con nylon azul, skai marrón y cromo, y este último siempre se mostraba desteñido. Eileen creía que los Clientes mayoristas debían tener la impresión de un buen negocio capaz de cumplir con sus compromisos, pero carente de una opulencia que podría tentarles a presionar en los precios. La puerta principal ya estaba abierta.

—¿Quién está ahí? —preguntó Eileen.

—Soy yo. —Corrigan salió de su despacho, seguido por un aroma de café. Hacía tiempo que Eileen había instalado una máquina automática, y la dejaba dispuesta cada noche sotes de marcharse. Aquello había mejorado en gran manera el humor de Corrigan por las mañanas, pero no aquella mañana—. ¿Por qué se ha retrasado?

—Ha sido culpa del tráfico. Un accidente en el ramal de Ventura.

—Vaya.

—También usted está nervioso, ¿eh? —dijo Eileen.

Corrigan frunció el ceño, y luego sonrió tímidamente.

—Sí, supongo que sí. Temía que no se presentara. No hay nadie en la oficina, y sólo tres personas en el almacén. La radio dice que en la mitad de las tiendas de la ciudad faltan la mitad de los empleados.

—Y el resto de nosotros estamos asustados. —Pasó al lado de Corrigan y entró en su despacho. La limpia superficie del vidrio de su mesa relucía como un espejo. Eileen dejó el magnetofón y sacó las llaves, pero no abrió los cajones de su mesa. Salió de nuevo al área de recepción—. Yo me encargaré de la oficina —dijo.

Corrigan se encogió de hombros, mientras miraba a través del gran escaparate.

—Hoy no va a venir nadie.

—Sabrini está citado para las diez —dijo Eileen—. Cuarenta baños y cocinas, si podemos conseguir la decoración que quiere al precio justo.

Corrigan asintió. No parecía escucharla.

—¿Qué demonios es aquello? —preguntó señalando a través de la ventana.

Había una fila de personas, todas ellas vestidas con túnicas blancas y entonando himnos.

Parecían marcar el paso. Eileen miró más atentamente y vio la causa. Estaban encadenadas unas a otras. Se encogió de hombros. Los estudios Disney estaban a pocas manzanas de distancia, y la NBC no mucho más lejos. A menudo utilizaban Burbank para rodar exteriores urbanos.

—Puede que sean participantes en el programa «Hagamos un trato».

—Es demasiado pronto —dijo Corrigan.

—Entonces es algo de Disney. Una forma absurda de ganarse la vida.

—No veo ninguna cámara —opuso Corrigan. No parecía muy interesado. Miró unos momentos más—. ¿Ha tenido noticias de aquel rico amigo suyo? Este es su gran día.

Por un momento Eileen se sintió terriblemente sola.

—Últimamente no sé nada de él.

Empezó a sacar grandes fotos en color y las dispuso en el escaparate para mostrar atractivas combinaciones de muebles y accesorios: el baño con el que sueñan los clientes.

Por Alameda se podía pasar a bastante velocidad. Tim Hamner trató de recordar las conexiones con el norte de Pasadena. Ante él se alzaban altas colinas, las Verdugo Hills, que atravesaban el valle de San Fernando y separaban las ciudades de la ladera de Burbank. Tim sabía que en alguna parte había una nueva autopista, pero no sabía cómo encontrarla.

—¡Maldita sea! —gritó.

Meses de preparación, meses esperando su cometa, y ahora se acercaba a ochenta kilómetros por segundo y él pasaba en aquel momento ante los estudios Walt Disney. Una parte de su mente le decía que aquello tenía su gracia, pero Tim no apreciaba el humor de la situación. Pensó seguir por Alameda hasta Golden State. Si el tráfico era fluido, volvería por allí a la autopista de Ventura. En caso contrario, seguiría todo el trayecto por las calles normales y al diablo con las tarjetas de peaje... ¿Pero qué había allí adelante?

No sólo eran coches atascados en una intersección, inmóviles a pesar de que los semáforos estaban en verde, sino coches que buscaban espacio, que se abrían paso a duras penas entre los demás vehículos, tratando de llegar al callejón situado más allá. Más coches, detenidos, y peatones que se movían entre el enjambre. Apenas había tiempo para situarse en el carril de la derecha. Tim entró en una gran zona de aparcamiento, esperando seguir a los coches que avanzaban hasta un pasillo.

¡Callejón sin salida! Se encontraba en un gran aparcamiento y el camino estaba totalmente bloqueado por un camión de reparto. Tim frenó y puso el punto muerto. Cerró despaciosamente el contacto. Entonces aporreó el tablero y blasfemó, utilizando palabras que no había recordado durante años. No había lugar alguno a donde ir. Tras él se habían detenido más coches. Era imposible moverse.

Pensó que se encontraba en dificultades. Bajó del coche y se dirigió a Alameda. Tal vez encontraría una tienda de electrodomésticos. Si no tenían algún televisor en el escaparate que transmitiera las noticias sobre el cometa, compraría uno en el acto.

Alameda estaba atestada de coches. Los parachoques se tocaban, y ninguno de ellos se movía. Y había gritos allá arriba, en el cruce donde parecía estar el centro de atención. ¿Robo? ¿Un francotirador? Tim no quería estar presente si ocurría algo así. Pero no, aquellos gritos eran de rabia, no de miedo. Y el cruce estaba lleno de policías uniformados de azul. También había algo más. ¿Túnicas blancas? Alguien con una túnica blanca se aproximaba a él. Hamner trató de esquivarlo, pero el hombre se interpuso en su camino.

Probablemente aquella túnica era una sábana corriente, y desde luego el hombre vestía ropas convencionales bajo ella. Era un joven barbudo, con la sonrisa en los labios, pero insistente.

—¡Señor! ¡Rece! ¡Rece para que el martillo de Lucifer pase sin hacer daño! ¡Hay muy poco tiempo!

—Ya lo sé —dijo Tim. Intentó marcharse, pero el hombre avanzó con él.

—¡Rece! La ira de Dios cae sobre nosotros. Sí, la hora se aproxima y está a punto de llegar, pero Dios salvará la ciudad para diez hombres justos. Arrepiéntase y sálvese, y salve a nuestra ciudad.

—¿Cuántos de ustedes hay allí? —preguntó Tim.

—Hay un centenar de Guardianes —respondió el hombre.

—Eso es más que diez. Ahora déjeme marchar.

—Pero usted no comprende. Nosotros, los Guardianes, salvaremos la ciudad. Hemos rogado durante meses. Hemos prometido a Dios el arrepentimiento de millares. —Los intensos ojos pardos miraron fijo a Hamner. Entonces el joven le reconoció—. ¡Es él! ¡Usted es Timothy Hamner! Le vi en la televisión. Rece, hermano. ¡Únase a nosotros en plegaria, y el mundo lo sabrá!

—Desde luego. La NBC está al final de la calle.

Tim frunció el ceño. Dos policías de Burbank se acercaban por detrás al Guardián del Cometa, y no precisamente sonriendo.

—¿Le está molestando este hombre, señor? —preguntó el policía más alto.

—Sí —dijo Tim.

El policía sonrió.

—¡Te cogí! —dijo agarrando al hombre de la túnica por el brazo—. Tienes derecho a permanecer en silencio. Si te entregas...

—Ya sé todas esas chorradas —dijo el Guardián—. ¡Miradle! ¡Es el hombre que inventó el cometa!

—Nadie inventa un cometa, idiota —dijo Tim—. Oiga, oficial, ¿sabe dónde hay una tienda de televisores? Quiero ver las fotos del cometa desde el espacio.

—Siga recto y encontrará una. ¿Quiere darnos su nombre y dirección?

Tim sacó una tarjeta y se la entregó al policía. Luego echó a andar rápidamente hacia el cruce.

Eileen tenía una vista excelente a través del escaparate. Estaba sentada al lado de Joe Corrigan, tomando café. Era evidente que su arquitecto no iba a poder llegar debido al atasco de tráfico. Jefe y empleada habían acercado al escaparate grandes sillas cromadas y la mesita de centro, y se entretenían contemplando a toda aquella gente airada.

La causa de aquel lío estaba al otro lado de la calle, en diagonal. Veinte o treinta hombres y mujeres con túnicas blancas, no todas ellas sábanas de cama, se habían encadenado de un lado a otro de Alameda, a farolas o postes telefónicos, y entonaban himnos. La calidad de sus canciones había sido bastante buena durante un rato, pero la policía se llevó pronto a su líder de barbas blancas, y ahora sonaban discordantes.

A cada lado de la cadena humana una infinita variedad de automóviles estaban amontonados como sardinas en lata. Viejas rancheras Ford para cargar las compras; Mercedes con chofer que transportaban estrellas o ejecutivos de los estudios; camionetas y remolques para acampar, nuevos coches japoneses de importación, Chevrolets y Plymouths, todos juntos e inmóviles. Algunos conductores aún trataban de salir, pero la mayor parte se habían resignado. Una horda de predicadores con túnica andaba entre el enjambre de vehículos. Se detenían para hablar con cada conductor y rezaban. Algunos conductores les gritaban. Unos pocos escuchaban. Uno o dos incluso bajaron de sus coches y se arrodillaron para rezar.

—Es todo un espectáculo, ¿eh? —dijo Corrigan—. ¿Por qué diablos no eligieron algún otro lugar?

—¿Con la cadena de la NBC casi al lado? Si el cometa pasa de largo sin hacer ningún daño, se jactarán de haber salvado al mundo. ¿No ha visto a ninguno de esos locos que salen por la televisión desde hace años?

Corrigan asintió.

—Parece como si esta vez fuera su gran ocasión. Mira, ya llegan las cámaras de televisión.

Cuando vieron a los chicos de la tele, los predicadores redoblaron sus esfuerzos. El himno se detuvo un momento y empezó de nuevo: «Dios mío, estoy más cerca de Ti.» Los predicadores tenían que hablar rápido, y a veces se interrumpían a mitad de frase para evitar a la policía. Los uniformes azules iban a la caza de las túnicas blancas mientras sonaban las bocinas de los coches y se oían los gritos de los conductores.

—Será un día memorable —dijo Corrigan.

—Les va a costar despejar todo esto.

—Sí.

Desde luego, el atasco de tráfico tardaría mucho en resolverse. Demasiados coches habían sido abandonados. Muchas personas se movían entre los coches, con camisas deportivas estampadas o trajes de franela gris que destacaban entre las túnicas blancas y los uniformes azules. Algunos conductores iban con ropas de trabajo. Muchos sentían tentaciones de cometer un asesinato. Otras habían cerrado sus coches e ido en busca de una cafetería. El supermercado cercano estaba vendiendo grandes cantidades de cerveza. Aun así, mucha gente se apiñaba en las aceras y rezaba.

Entraron dos policías en el establecimiento. Eileen y Corrigan les saludaron. Ambos solían patrullar por la vencindad, y el más joven, Eric, a menudo tomaba café con Eileen en una cafetería cercana. A Eileen le recordaba su hermano menor.

—¿Tienen unas tijeras para cortar hierro? —preguntó el inspector Harris, yendo al grano de inmediato—. Tenemos un trabajo pesado.

—Creo que sí —dijo Corrigan. Cogió un teléfono y oprimió un botón. Esperó, pero no hubo respuesta—. Vaya, el personal del almacén está afuera contemplando el espectáculo. Iré a por ellas.

—¿No tienen llaves? —preguntó Eileen.

—No. —Larsen le sonrió—. Se libraron de ellas antes de venir aquí. —Entonces meneó la cabeza, con preocupación—. Si no logramos que esos locos se vayan en seguida habrá tumultos. No hay forma de protegerlos.

El otro policía soltó un bufido.

—A mí me importa un rábano lo que les pase. Son estúpidos. A veces creo que los estúpidos heredarán la Tierra.

—Desde luego. —Eric Larsen se detuvo ante la ventana y observó a los Guardianes, mientras silbaba distraídamente entre dientes Adelante, soldados cristianos.

Eileen soltó una risita.

—¿En qué piensa, Eric?

—¿Eh? —La miró con expresión tímida.

—El profesor está escribiendo un guión de cine —dijo Harris.

Eric se encogió de hombros.

—De televisión. Imagine a James Garner inmovilizado ahí afuera. Está buscando a un asesino. Uno de los conductores ha salido dispuesto a cometer un crimen. Lo hace, coge una sábana y una cadena, y nosotros llegamos para llevárnoslo antes de que Garner pueda encontrarlo.

—Dios mío —dijo Harris.

—Me ha parecido bastante bueno —dijo Eileen—. ¿Ya quién mata?

—Pues le mata a usted.

—Oh.

—Con el asesinato de la chica de anoche tengo bastante para los próximos veinte años.

Por un momento Eric pareció como si le hubieran dado un golpe en la nuca.

Joe Corrigan regresó con cuatro pares de tijeras para hierro. Los policías le dieron las gracias. Harris garabateó su nombre y número de placa en un papel y entregó dos pares a Eric Larsen. Salieron para distribuir las herramientas a los otros policías, y los uniformes azules avanzaron a lo largo de la cadena, liberando a los de las túnicas blancas y encadenándolos de nuevo con esposas. A empellones, reunieron a los Guardianes en la acera. Algunos se resistieron, pero la mayoría obedecieron sin rechistar.

Corrigan alzó la vista, sorprendido.

—¿Qué era...?

—¿Eh? —Eileen miró vagamente alrededor de la oficina.

—No lo sé.

Corrigan frunció el ceño, tratando de recordar, pero la visión había sido demasiado vaga, como si las nubes se hubieran apartado para revelar el sol durante breves momentos y se hubieran cerrado de nuevo. Pero no había nubes. Era un brillante día de verano, sin nubes.

Era una hermosa casa, bien planeada en la que los dormitorios se extendían como un brazo, partiendo de la enorme sala de estar. Alim Nassor siempre había deseado poseer una chimenea. Podía imaginar las fiestas en una sala como aquella, los hermanos y hermanas chapoteando en la piscina, el rumor de las conversaciones, el olor de marihuana suficiente para hacerle a uno volar aunque no fume, una camioneta descargando innumerables pizzas... Algún día tendría una casa así. De momento, estaba atracando aquella.

Harold y Hannibal juntaban piezas de plata sobre una sábana. Gay estaba buscando la caja fuerte, a su manera particular: de pie en medio de la estancia, miraba lentamente a su alrededor, luego miraba detrás de los cuadros o levantaba la alfombra... Pasaba a otra habitación, se ponía en el medio, miraba alrededor y abría los armarios... Hasta que encontró la caja fuerte empotrada en cemento, bajo la alfombra de un ropero. Sacó el taladro de su estuche.

—Enchufa esto —dijo.

Alim obedeció. Acataba órdenes cuando era necesario.

—Si esta vez no encontramos nada, se acabó buscar las cajas fuertes —ordenó.

Gay hizo un gesto de asentimiento. Habían abierto cuatro cajas fuertes en otras tantas casas, y todas estaban vacías. Parecía como si todo el mundo en Bel Air hubiera depositado sus joyas en bancos o las hubieran llevado consigo.

Alim regresó a la sala de estar para mirar a través de las transparentes cortinas. Era un brillante día de verano, sin nubes, en el que todo permanecía quieto. No había nadie a la vista. La mitad de las familias se habían ido a las colinas, y el resto de los hombres estaban haciendo las cosas que sabían hacer para poseer casas como aquella, y cualquiera que permaneciese en su casa debía estar contemplando la televisión para ver si los locutores habían cometido un error. Aquella clase de personas eran las que temían al cometa. Pero la gente como Alim, o la madre de Alim, que se ganaba la vida fregando suelos y tenía las rodillas destrozadas, o incluso el tendero a quien él le había disparado, aquella gente que tenía algo real que temer, no se preocupaba por la apariencia de una maldita luz en el cielo.

Bien, la calle estaba vacía. Trabajaban sin sudar y recogían un botín considerable. Al diablo con las joyas. Había objetos de plata, cuadros, receptores de televisión que oscilaban entre diminutos y enormes, dos o tres en cada casa. Habían almacenado en el camión un ordenador electrónico doméstico y un gran telescopio, cosas extrañas, difíciles de vender, y media docena de máquinas de escribir. Generalmente recogían también algunas armas, pero esta vez no. Los blancos en desbandada se habían llevado las armas.

—¡Mierda! Eh, hermanos...

Alim fue corriendo, y casi tropezó con Hannibal en la puerta.

Gay había abierto la caja fuerte y estaba sacando bolsas de plástico. Era un material que no podía guardarse en la bóveda acorazada de ningún banco. Tres bolsas de marihuana de primera calidad. Oh, señor Blanco, ¿estaban sus vecinos enterados de esto? Había también pequeñas cantidades de drogas más duras: coca, hashish oscuro y un frasquito que podría contener aceite de hashish, pero no tenía ninguna etiqueta y sería una locura probarlo. Gay, Harols y Hannibal no podían ocultar su alegría. Gay buscó papeles y empezó a preparar un porro.

—¡Basta! —Alim golpeó las manos de Gay, tirando al suelo el papel y la hierba—. ¿Os habéis vuelto locos? ¿Queréis drogaros en medio del trabajo, cuando todavía nos quedan cuatro casas por visitar? ¡Dadme todo eso! ¡Todo! Queréis una fiesta. Muy bien, tendremos una buena fiesta cuando estemos libres en casa.

A los demás no les hizo ninguna gracia la reprimenda, pero entregaron las bolsas a Alim y éste las guardó en los bolsillos de su holgada guerrera. Luego salieron de la casa, cargados con cuatro pesados bultos envueltos en sábanas.

Alim no se lo había llevado todo, pero no importaba. Al menos estarían bien cubiertos hasta que todo aquello pasara.

Alim cogió una radio y un tostador y siguió a los otros. La luz del día le hizo parpadear. Gay estaba en la parte trasera del camión, ajustando el toldo. Harold puso en marcha el motor. Todo iba bien. Alim se detuvo ante la puerta abierta del vehículo y echó un vistazo al camino.

Vio un árbol alto entre el césped que arrojaba dos sombras alargadas. Y un árbol más pequeño también tenía dos sombras. Miró al suelo y vio sus dos sombras, una de ellas moviéndose. Alzó la vista y vio un segundo sol que caía del cielo y se ocultaba tras la colina. Parpadeó. Cerró los ojos con fuerza y vio una intensa luminosidad violeta.

Subió al camión. Mientras bajaban por el sendero conectó la radio.

—Atención, Jackie, atención, Jackie. Maldito hijo de perra, ¡contesta!

—¿Quién es? ¿Alim Nassor?

—Sí. ¿Lo has visto?

—Si he visto, ¿qué?

—El cometa, ¡El Martillo de Dios! Le he visto caer. ¡He visto cómo cruzaba el cielo ardiendo, hasta que se estrelló! Jackie, escucha bien, porque estos cacharros no van a funcionar dentro de un momento. El cometa ha chocado. Todo ha sido verdad, y tenemos que reunimos.

—Alim, debes haber encontrado algo especial. ¿Coca, tal vez?

—Es cierto, Jackie. El mundo ha sido golpeado. Habrá terremotos y mareas inmensas. Llama a todo el mundo y diles que nos encontraremos... en la cabaña cerca de Grapevine. Tenemos que permanecer juntos. No nos ahogaremos porque estamos a mucha altura, pero tenemos que reunimos.

—Alim, esto es una locura. Todavía he de ir a dos casas, hemos recogido un montón de material, ¿y que me dices que ha llegado el fin del mundo?

—¡Llama a alguien, Jackie! ¡Alguien tiene que haberlo visto! Mira, tengo que llamar a los demás mientras todavía funciona la radio.

Alim cerró la comunicación. Todavía estaban en el camino. El rostro de Harold había adquirido un matiz ceniciento.

—Yo también lo he visto. George... Alim, ¿crees que estamos demasiado altos para ahogarnos? No quiero ahogarme.

—Estamos tan altos como es posible. Tenemos que bajar antes de llegar a Grapevine. Muévete, Harols. Tenemos que pasar por la zona baja antes de que llueva demasiado.

Harold aceleró. Alim conectó la radio. ¿Estaban realmente demasiado altos para ahogarse? ¿Había alguien, en alguna parte?

EL MARTES DEL PORTENTO: UNO

Corrí hacia la roca para ocultar mi rostro, pero la roca gritó: ¡No hay lugar para ocultarse! No hay lugar para ocultarse aquí abajo...

Las cumbres de las montañas Santa Mónica eran sitio adecuado para vivir. Las tiendas estaban muy lejos. Trasladarse por carretera constituía una aventura. Los caminos eran casi verticales en algunos puntos. Sin embargo, había muchas casas allí arriba que, desde luego, no eran la consecuencia directa del exceso de población. El exceso de población dio lugar a la formación de las ciudades.

El panorama desde lo alto, el lunes por la noche, era increíble, único. En uno de los lados, Los Angeles se extendía a partir de la falda de la montaña. Al otro lado estaba el valle de San Fernando. De noche las ciudades se convertían en alfombras de luces multicolores que se extendían hasta el infinito. Las autopistas eran ríos de luz moviéndose entre mares luminosos. Parecía como si el mundo entero se hubiera convertido en ciudad.

Pero en las cumbres había también lugares vacíos. Mark, Frank y Joanna dejaron la carretera de Mulholland al caer el sol y subieron sus motocicletas por la falda de una colina. Acamparon en una zona rocosa, desde donde no se veían los automóviles en su interminable ir y venir, a cierta distancia de las casas a ambos lados. Frank Stoner dio una vuelta por la cumbre de la colina, miró las vertientes a ambos lados e hizo un gesto de asentimiento. Allí no se podía construir. Había demasiado peligro de corrimiento de tierras. No es que importara para nada la razón por la que nadie había construido allí una casa, pero a Frank Stoner no le gustaba dejar las preguntas sin respuesta. Regresó al lugar donde Joanna y Mark estaban montando el hornillo portátil.

—Puede que tengamos unos vecinos nerviosos —dijo Frank—. Cenemos mientras hay luz todavía. Cuando oscurezca no encenderemos linternas ni fuegos.

—No veo por qué... —empezó a decir Mark.

Joanna le interrumpió con un tono de impaciencia.

—Mira, estas casas están muy alejadas de la comisaría más próxima. Si se dan cuenta de que hay alguien merodeando cerca de sus casas lo más seguro es que se pongan nerviosos, y no queremos pasar la vigilia del martes del acontecimiento en la comisaría de Malibu.

La muchacha volvió a la lectura de las instrucciones en los paquetes de alimentos congelados que habían llevado consigo. No era una buena cocinera, pero si dejaba que Mark se encargara de la comida, él lo haría a su manera, que podría ser buena o mala, según su estado de ánimo. Si seguía las instrucciones era seguro que prepararía al menos algo comestible, y estaba hambrienta.

Miró a los dos hombres. Frank Stoner era mucho más alto que Mark, un hombre robusto, fuerte, físicamente atractivo. Joanna había tenido antes aquella sensación. Sería muy bueno en la cama.

No era la primera vez que sentía aquello, pero hasta entonces no había pensado que se había equivocado de hombre al unirse a Mark. Aquella idea la dejó perpleja. Vivir con Mark era muy divertido. No sabía si estaba enamorada de Mark, porque no estaba segura de qué era el amor, pero se entendían en la cama y no se enfadaban con frecuencia. ¿Por qué pues aquella súbita atracción por Frank Stoner?

Vació la lata de carne en una cacerola y sonrió, oculta a las miradas de los hombres. Querrían saber qué le hacía sonreír, y ella no quería explicarlo. Si ella misma se preguntaba por qué Frank Stoner le hacía tilín...

Pero la cuestión le tenía preocupada. Joanna había recibido una buena educación, gracias a sus padres de clase media alta. No la utilizaba mucho, pero al menos gracias a aquella educación sentía una considerable curiosidad, sobre todo por la gente, incluida ella misma.

—Esto es casi perfecto —dijo Mark.

Frank hizo un gruñido de desaprobación.

—¿No? ¿Por qué no? —preguntó Mark. El había elegido aquel lugar y estaba orgulloso de su elección.

—Es mejor el desierto Mojave —dijo Frank en tono distraído. Tendió en el suelo su saco de dormir y se sentó sobre él—. Pero está demasiado lejos para ir por nada. Con todo... Estamos sobre una mala capa.

—¿Una capa? —preguntó Joanna.

—Es una capa tectónica —dijo Mark—. Ya sabes, los continentes flotan encima de las rocas fundidas del interior de la tierra.

Frank escuchaba en silencio. No había motivo para corregir a Mark. El Mojave era desde luego un sitio mejor. Se encontraba en la plataforma norteamericana. Los Angeles y la Baja California estaban situadas en otra. Ambas se unían en San Andreas Fault, y si el Martillo golpeaba allí, San Andreas se convertiría en un infierno. Haría que ambas plataformas temblaran, pero en la norteamericana tendría menor repercusión.

De todos modos, sólo se trataba de un ejercicio. Frank había preguntado al JPL, y las probabilidades de que el Martillo chocara con la Tierra eran escasas. Había más peligro en las autopistas. Aquella acampada era un ejercicio de entrenamiento, pero cuando Stoner hacía algo lo hacía bien. Estaba en su naturaleza. Había hecho que Joanna llevara su propia moto, aunque ella prefería montar detrás de Mark. Frank insistió en que llevaran las tres, por si perdían una.

—Todo es por puro entrenamiento —dijo Frank—, pero tal vez el entrenamiento merezca el esfuerzo.

—¿Eh? —Joanna haba encendido el hornillo. Ya empezaba a oscurecer.

—No es inútil estar preparado para el colapso de la civilización —dijo Frank—. La próximo vez no será el Martillo, sino alguna otra cosa. Pero será algo. Lee tus periódicos.

Joanna pensó que aquella era la razón de su interés por Frank. Le hacia reflexionar. Sin duda era más sensato estar unida a Frank Stoner que a Mark Czescu, si llegaba el fin de la civilización.

Y Frank había querido ir al desierto Mojave, pero Mark le convenció para que fueran a otro sitio. Mark no podía admitir del todo que le afectaba la fiebre del Martillo. Parecería estúpido.

Comieron más temprano de lo acostumbrado. Frank insistió en ello. Cuando terminaron, todavía había bastante luz para lavar las cacerolas. Entonces se tendieron sobre sus sacos de dormir, ya casi a oscuras, contemplando cómo la luz se disipaba sobre el Pacífico, hasta que con la noche llegó el frío y se metieron en los sacos. Joanna había llevado su propio saco de dormir. Normalmente, en sus salidas al campo con Mark, unían los dos sacos, pero aquella noche no lo hizo.

La luz desapareció al oeste. Las estrellas aparecieron una a una. Al principio eran sólo estrellas. Luego apareció en el cielo una película luminosa procedente del este, que se mezcló con las luces resplandecientes sobre Los Angeles, luego se hizo más brillante, hasta que hacia medianoche era más brillante que la misma ciudad, tan brillante como una gran aurora boreal. Fue agrandándose y brillando más hasta que sólo se veían unas pocas estrellas a través de la cola del cometa Hamner-Brown que envolvía a la Tierra.

Hablaron para mantenerse despiertos. Los grillos chirriaban a su alrededor. Aquella tarde habían dormido, aunque ni Frank ni Mark se lo dirían a los otros. Eso hubiera sido admitir que ambos estaban en la treintena y lo notaban. Frank contó anécdotas sobre las formas en que el mundo podría terminar. Mark le interrumpía una y otra vez para añadir sus propias opiniones, ampliar detalles o anticiparse a lo que Frank iba a decir.

Joanna escuchaba a los dos con creciente impaciencia. Estaba silenciosa, pensativa. Mark siempre hacía aquello. Nunca la había molestado hasta entonces. ¿Por qué se sentía ahora enojada con él? Todo formaba parte del mismo proceso. ¿Eran instintos femeninos? ¿Se debía a la atracción hacia el hombre más fuerte? Aquello no tenía sentido. Desde luego no formaba parte de su filosofía. Ella era Joanna, una mujer totalmente liberada, su propia persona, con dominio sobre su vida...

El dilema le hizo pensar en otras cosas. Todavía no tenía treinta años, pero no le faltaba mucho, ¿y qué había hecho? ¿Qué estaba haciendo? No podía seguir así, ganando unos pocos dólares cuando Mark estaba sin trabajo, yendo de un lado a otro en una motocicleta. Aquello era muy divertido, pero demonio, debería hacer algo serio, una cosa permanente...

—Apuesto a que puedo colocar las mochilas de tal manera que nadie pueda ver el hornillo —decía Mark—. Jo, ¿quieres hacer café? ¿Me oyes, Jo?

Al alba Frank y Joanna dormían. Mark sonrió como si hubiera ganado un concurso. Disfrutaba mirando el rayar del alba, algo que no podía hacer con frecuencia en los últimos tiempos. El alba de aquel día venía con una luz mágica, la luz del sol débilmente rebajada y transmutada por gases y polvo procedentes del espacio interestelar.

Se le ocurrió que si empezaba en seguida a preparar el desayuno podría llegar a un teléfono antes de que Harvey Randall hubiera salido de su casa. Randall le había invitado para que se uniera al equipo que cubriría las noticias en el martes del acontecimiento, pero Mark había vacilado, y seguía vacilando. Preparó el hornillo y las cacerolas para el desayuno, decidió no despertar a los otros y regresó a su saco de dormir.

Le despertó el olor de tocino frito.

—No has llamado a Harv, ¿eh? —dijo Joanna.

Mark se desperezó estirando los brazos.

—He decidido mirar las noticias en vez de hacerlas. ¿Sabes dónde está ahora el mejor panorama del mundo? Ante un televisor.

Frank le miró con curiosidad. Volvió la cabeza para indicar la altura del sol, pero Mark no le entendió.

—Echa un vistazo al reloj.

¡Eran casi las diez! Joanna se rió al ver la expresión de Mark.

—¡Diablos! Nos lo vamos a perder —se quejó Mark.

—Ahora no tiene sentido que echemos a correr —dijo Frank riendo alegremente—. No te preocupes, mostrarán repeticiones durante todo el día.

—Podríamos llamar a una de las casas —sugirió Mark.

Los otros se rieron de él, y Mark admitió que no tenía reparos para hacerlo. Comieron rápidamente, y Mark sacó una botella de vino y la ofreció a sus compañeros.

—Será mejor que recojamos las cosas y...

Frank se detuvo a mitad de la frase.

Había una luz brillante por encima del Pacífico. Estaba lejos, muy alta, y avanzaba hacia abajo con rapidez. Una luz muy brillante.

Los hombres no hablaron. Se limitaron a mirar. Joanna alzó la vista, alarmada, cuando Frank quedó en silencio. Nunca le había visto asustado por nada, y ella giró en redondo, esperando ver a Charles Manson corriendo hacia ellos y armado de una sierra eléctrica. Miró en la misma dirección que los hombres.

Un pequeño sol de un blanco azulado se hundió rápidamente en el sur, más allá del liso horizonte azul del Pacífico. Dejó una estela ardiendo tras él. En cuanto desapareció, algo parecido a los rayos de un reflector recorrió su trayectoria y subió más alto, por encima del cielo sin nubes.

Pasó uno, dos, tres segundos, sin que ocurriera nada más.

—El portento... —dijo Mark.

Una bola de fuego blanco apareció un instante sobre el borde del mundo.

—El portento. Es real. Todo es real. —Mark parecía a punto de reír—. Tenemos que empezar a movernos...

—Tonterías —dijo Frank, en tono lo bastante firme para atraer la atención de los otros—. No debemos movernos cuando empiecen los terremotos. Vamos a acostarnos, poniéndonos alrededor los sacos de dormir. Ven aquí, Joanna, tiéndete, te sujetaré el saco. Mark, ve un poco más allí.

Luego Frank corrió hacia las motos. Con cuidado, puso a una de lado, tendida en el suelo, apartó a la siguiente y también la tumbó. Se movía con rapidez y decisión. Volvió a por la tercera moto y la apartó.

Vieron brillar tres puntos blancos. Dos de ellos centellearon y desaparecieron... El tercero y más brillante debió haber chocado a lo lejos, en el sudeste. Frank consultó su reloj y contó los segundos. Joanna y Frank estaban a cubierto. Frank cogió su saco y se tendió cerca de ellos. Sacó unas gafas de sol y los otros le imitaron. El abultado saco de dormir hacía que Frank pareciera muy grueso. Las gafas de sol daban a su rostro una expresión impenetrable. Permaneció tendido boca arriba con los brazos detrás de la cabeza.

—Magnífico panorama.

—Sí, a los Guardianes del Cometa les encantará —dijo Mark—. Me pregunto dónde habrá ido Harv. Me alegro de no haberme decidido a ir con él. Aquí podríamos estar seguros, si las montañas aguantan.

—Calla —dijo Joanna—. Calla, calla.

Pero no lo dijo lo bastante alto para hacerse oír. Lo susurró, y su susurro quedó ahogado por el rugido que se acercaba a ellos, y entonces las montañas empezaron a moverse.

El centro de comunicaciones del JPL estaba lleno de gente: periodistas con pases especiales, amigos del director e incluso algunas personas, como Charles Sharps y Dan Forrester, que pertenecían a aquel organismo.

Las pantallas de televisión exhibían las imágenes. La recepción no era muy buena, pues la cola ionizada del cometa trastornaba la atmósfera superior y las imágenes de televisión tendían a disolverse en líneas ondulantes. Sharps pensó que no importaba. A bordo del Apolo efectuarían grabaciones y más tarde las recuperarían. Además se tomarían muchas fotografías a través del telescopio. En la próxima hora se aprendería más sobre los cometas de lo que se había aprendido en los últimos cien mil años.

Era una idea sensata, y Sharps acostumbraba a ser sensato. Ocurría lo mismo con los planetas, con todo el sistema solar. Hasta que los hombres viajaban o enviaban sondas al espacio, todo eran suposiciones acerca de su universo. En cambio, ahora tenían conocimientos ciertos. Y ninguna otra generación haría tantos descubrimientos, puesto que la siguiente generación aprendería de los libros de texto, no directamente del universo. Los niños crecerían con aquellos conocimientos. No sería, pensó Sharps, como en su infancia, cuando no sabían nada. La época en que vivía era emocionante, y a Sharps le encantaba.

Un reloj digital señalaba los segundos. Un panel de vidrio con un mapamundi mostraba la posición actual de la cápsula Apolo.

Sharps recordó que debería decir Apolo-Soyuz y sonrió, porque si uno no hubiera sido lanzado, el otro tampoco lo habría sido. La rivalidad entre soviéticos y norteamericanos aún servía, a veces, para algo, para obligar a la cooperación entre ambos, por lo menos. Lástima que tuvieran problemas con las comunicaciones. En el laboratorio espacial, el «laboratorio del Martillo» como le llamaban familiarmente, se producían pérdidas de energía. No habían previsto aquello, pero deberían haberlo hecho. No pudieron prever que el cometa se acercaría tanto cuando efectuaron el lanzamiento de las cápsulas espaciales.

—¿A qué distancia? —preguntó Sharps.

Forrester alzó la vista de la consola del ordenador.

—Es difícil decirlo. —Pasó los dedos por el teclado, como si tocara el órgano—. Si esa última información no hubiera llegado mutilada lo sabría. El mejor cálculo lo sitúa todavía a mil kilómetros, suponiendo que fuera cierta aquella lectura confusa, y si la que yo envié porque no coincidía con las otras está equivocada. Hay muchos condicionantes.

—Sí.

—Estoy tomando fotos... filtro número treinta y uno... a mano...

Apenas pudieron reconocer la voz de Rick Delanty.

—Uno de tus logros —dijo Dan Forrester.

—¿Mío? ¿Cuál es?

—Conseguir que el primer astronauta negro participara en una misión —dijo Forrester, pero habló distraídamente, porque se estaba fijando en los rasgos ondulantes que aparecían en el osciloscopio. Apretó unos botones y una de las imágenes de televisión mejoró enormemente.

Charlie Sharps miró la nube que se aproximaba. La vio sólo como un conjunto de tonos grises no muy contrastados, pero era evidente que no se movía en sentido lateral. El reloj señalaba inexorable los segundos.

—¿Dónde diablos está el cometa? —preguntó Sharps de repente.

Le oyera o no, Forrester no respondió.

—...trayectoria de los bordes externos del núcleo. Repito, Tierra... externos... imposible... puede chocar...

La voz radiofónica se desvaneció.

—Atención, laboratorio, aquí Houston, no entendemos, utilicen plena potencia y repitan. Repito, no entendemos.

Pasaron más segundos. Entonces, de súbito, las imágenes surgieron en las pantallas de televisión, al principio borrosas, pero luego fueron aclarándose, llenas de color, debido a que el Apolo había utilizado el telescopio principal y la máxima potencia de transmisión.

—Dios mío, ¡se acerca mucho! —exclamó Johnny Baker— Parece como si fuera a chocar...

Las imágenes de las pantallas cambiaron rápidamente mientras Rick Delanty seguía con el telescopio principal la cabeza del cometa. Este fue aumentando de tamaño, aparecieron formas en el torbellino brumoso, formas más grandes, detalles, porciones de roca, chorros de gas. Todo sucedía mientras los espectadores contemplaban la imagen. Esta fue descendiendo hasta que la misma Tierra apareció a la vista.

Y en la Tierra aparecieron puntos brillantes. Durante un largo momento, un momento que pareció prolongarse para siempre, las imágenes permanecieron en la pantalla de televisión: la Tierra con puntos destellantes, de una luz tan brillante que la televisión sólo podía mostrarlos como manchas luminosas y ausencias de detalle.

La imagen permaneció en la mente de Charlie Sharps. Destellos en el Atlántico. Europa salpicada de manchas brillantes por todas partes, con una de gran tamaño en el Mediterráneo. Un punto brillante en el golfo de México. El oeste era invisible para el Apolo, pero Dan Forrester accionaba el ordenador. Suponían que estaban llegando todos los datos disponibles, desde todas las fuentes. Los locutores gritaban. Varios de ellos en distintos canales, de fuentes diferentes, hacían oír sus voces sobre las repentinas interferencias.

—¡Bola de fuego sobre nuestras cabezas! —gritó una voz.

—¿Dónde ha sido eso? —preguntó Forrester, con voz lo bastante alta para imponerse al barullo que reinaba en la sala.

—Flota de recuperación del Apolo —respondieron—, y hemos perdido las comunicaciones con ellos. Las últimas palabras que llegaron a nosotros fueron: «Bola de fuego al sudeste», y luego «Bola de fuego sobre nuestras cabezas». Luego nada.

—Gracias —dijo Forrester.

—Houston, Houston, se ha producido un gran choque en el golfo de México. Repito, gran choque en el golfo de México, a quinientos kilómetros al sudeste de vosotros. Solicitamos el envío de un helicóptero para recoger a nuestras familias.

—Dios mío, ¿cómo puede Baker estar tan tranquilo? —preguntó alguien.

¿Quién sería el estúpido que preguntaba aquello?, se dijo Sharps. Debía ser nuevo en el campo y nunca había oído a los astronautas cuando hay un verdadero problema. Echó una mirada a Forrester. Este asintió.

—El Martillo ha caído —dijo.

Las imágenes desaparecieron de todas las pantallas de televisión, y los altavoces sólo emitieron los ruidos de las interferencias.

Tres mil kilómetros al nordeste de Pasadena, en un agujero forrado de cemento armado a ochenta metros bajo el suelo, el comandante Bennet Rosten tocaba distraídamente la pistola que colgaba de su cadera. Se dio cuenta de su distracción y colocó las manos sobre la consola de control de lanzamiento de los misiles Minuteman. Las mantuvo allí un momento, y luego tocó la llave colgada de una cadena alrededor de su cuello. «Maldita sea, pensó Rosten, el viejo me pone nervioso.»

Rosten tenía justificación para pensar así. La noche anterior había recibido una llamada directa del general Thomas Bambridge, y el comandante en jefe del Mando Aéreo Estratégico no solía dirigirse personalmente a los jefes de brigada al frente de los misiles. El mensaje de Bambridge fue corto. «Quiero que vaya al agujero mañana. Y, para su información, sepa que volaré en el avión especial.»

—Arrea —respondió el comandante Rosten—. Señor... ¿esto significa que ha llegado la hora del gran chupinazo?

—Probablemente no —le dijo Bambridge, y pasó a darle explicaciones, las cuales no fueron muy tranquilizadoras para Rosten. Si los rusos creían en serio que los Estados Unidos estaban ciegos y paralíticos...

Miró a su izquierda. Su ayudante, el capitán Harold Luce, estaba ante una consola idéntica a la de Rosten. Las consolas se encontraban a gran profundidad, rodeadas de cemento armado y acero, y estaban construidas para resistir el impacto cercano de una bomba atómica. Los dos hombres eran necesarios para echar a volar sus pájaros. Ambos tenían que girar llaves y apretar botones, y la secuencia cronométrica estaba dispuesta de tal modo que un hombre no podía hacerlo solo.

El capitán Luce estaba relajado ante su consola, con varios libros desparramados delante de él. Estaba siguiendo un curso de historia del arte oriental por correspondencia. Coleccionar grados universitarios por correspondencia era el pasatiempo habitual de los hombres destinados a los agujeros, ¿pero podía Luce dedicarse a aquello cuando estaban oficiosamente en alerta?

—Oye, Hal... —le llamó Rosten.

—Sí, jefe.

—Tienes que estar alerta.

—Lo estoy. No va a suceder nada, ya verá.

—Espero que no. —Rosten pensó en su esposa y sus cuatro hijos que se hallaban en Missoula. Al principio detestaron la idea de trasladarse a Montana, pero ahora les gustaba aquel estado con una magnífica naturaleza, cielos abiertos y sin los problemas de las grandes ciudades—. Desearía...

Le interrumpió la voz impersonal del altavoz cubierto por tela metálica, en el techo.

—OEG, OEG —dijo la voz—. Ordenes de emergencia de guerra, órdenes de emergencia de guerra. Esto no es un ejercicio. Autentificación 78-43-76854-87902-1735 Zulú. Alerta roja. Están ustedes en situación roja.

Sonaron las sirenas en todo el búnker de cemento armado. El comandante Rosten apenas se dio cuenta de que un sargento bajaba la escalera de acero que conducía a la entrada y cerraba la puerta acorazada de la cámara. El sargento la cerró desde el exterior e hizo girar el disco de combinaciones. Nadie entraría en el agujero a menos que se produjera una explosión. Entonces, tal como ordenaba el reglamento, el sargento empuñó su metralleta y se apostó dando la espalda a la gran puerta de la cámara acorazada. Las líneas de su rostro eran duras y permanecía de pie en una postura rígida, tragándose el tenso nudo del miedo.

En el interior, Rosten había tecleado los números de autentificación en su consola y abierto los sellos de un sobre extraído de su libro de órdenes. Luce hacía las mismas operaciones en su consola.

—Certifico que esta autentificación es verdadera —leyó Luce.

—Bien, inserta —le ordenó Rosten.

Simultáneamente se quitaron las llaves que colgaban de sus cuellos y las introdujeron en las cerraduras pintadas de rojo de sus consolas. Una vez insertas, y tras darles un primer giro, las llaves no podían retirarse sin otras llaves que ni Luce ni Rosten tenían. Era el procedimiento del Mando Aéreo Estratégico...

—Contando —dijo Rosten—. Uno, dos.

Dieron otros dos giros a las llaves y esperaron. Aún no era el momento de hacerlas girar más.

Era media mañana en California y la caída de la tarde en las islas griegas. Los últimos rayos del sol se habían desvanecido cuando dos hombres alcanzaron la cima del macizo de granito. Al este apareció una primera estrella. Muy por debajo de los dos hombres, unos campesinos griegos conducían asnos sobrecargados a través de un laberinto de muros bajos de piedra y viñedos.

La ciudad de Akrotira se extendía entre dos luces. Era una ciudad llena de incongruencias: casas con paredes de barro pintadas de blanco que podrían haber sido construidas hace diez siglos, la fortaleza veneciana en lo alto de una colina, la escuela moderna cerca de la antigua iglesia bizantina, y, por debajo, el campo donde Willis y MacDonald estaban poniendo al descubierto restos de la Atlántida. El lugar era casi invisible desde lo alto de la colina. Al oeste parpadeó una estrella, se encendió y apagó al instante. Luego otra hizo lo mismo.

—Ha empezado —dijo McDonald.

Jadeando, Alexander Willis se acomodó en la roca. Estaba un poco irritado. Aquella ascensión de una hora le había dejado sin aliento, aunque tenía veinticuatro años y se consideraba en buena forma física. Pero MacDonald le había precedido durante todo el camino, ayudándole a subir a la cima, y aquel hombre, cuyos cabellos pelirrojos habían retrocedido para exponer la mayor parte de su cráneo bronceado, ni siquiera tenía el aliento entrecortado. MacDonald se había ganado a pulso su fuerza, pues los arqueólogos trabajan más duro que los cavadores de zanjas.

Los dos hombres se sentaron con las piernas cruzadas, mirando al oeste, contemplando los meteoros.

Se encontraban a noventa metros por encima del nivel del mar, en el punto más alto de la extraña isla de Thera. Aquella protuberancia granítica había recibido muchos nombres por parte de una docena de civilizaciones, y había sobrevivido a numerosos cataclismos. Ahora era conocida como monte del profeta Elias.

Las aguas de la bahía al pie del promontorio destacaron de la oscuridad. Era una bahía circular, rodeada por altos acantilados, la caldera de una explosión volcánica que destruyó dos tercios de la isla, acabó con el imperio minoico y creó las leyendas de la Atlántida. Ahora una nueva isla, de aspecto sombrío y árido, se alzaba en el centro de la bahía. Los griegos la llamaban la Nueva Tierra Quemada, y los isleños sabían que algún día también estallaría, como Thera lo había hecho tantas veces antes.

Rojas estelas se reflejaban en la bahía. En el cielo ardía algo blanco azulado. Al oeste se desvaneció el resplandor dorado, pero no le sustituyó el negro sino un extraño brillo verde y anaranjado, de consistencia casi sólida, como un telón de fondo para los meteoros. Una vez más, Faetón conducía el carro del sol...

¡Los meteoros llegaban cada pocos segundos! Esquirlas de hielo entraban en la atmósfera y ardían con un resplandor. Las bolas de nieve trazaban estelas de un blanco verdoso. La Tierra se encontraba muy dentro del coma del Hamner-Brown.

—Curiosa distracción para nosotros —dijo Willis.

—¿Contemplar el cielo? Siempre me ha gustado —confesó MacDonald—. No me imaginas excavando en Nueva York, ¿verdad? Los lugares desiertos, donde el aire es claro, donde los hombres han observado las estrellas durante diez mil años, ahí es donde encuentras las civilizaciones antiguas. Pero jamás he visto un cielo como este.

—Me pregunto cuál sería su aspecto después de lo que... ya sabes.

MacDonald se encogió de hombros, con un gesto apenas perceptible en la semioscuridad.

—Platón no lo describe. Pero los hititas dicen que un dios de piedra surgió del mar para desafiar al cielo. Tal vez vieron la nube. También hay ciertos pasajes en la Biblia que podrían considerarse como relatos de testigos presenciales, pero desde una larga distancia. Nadie querría estar cerca de Thera cuando estalló.

Willis no respondió. No era de extrañar. Una gran luz verdosa cruzó ardiendo el cielo, hacia arriba, y duró unos segundos antes de que estallase y se extinguiera. Willis miró hacia el este. Una exclamación se quedó insonora en sus labios.

—¡Mac! ¡Vuélvete!

MacDonald se volvió.

El cielo apelmazado se alzó como un telón, permitiendo la vista por debajo del borde, perfectamente recto, a pocos grados por encima del horizonte. Encima estaba el brillo verde y anaranjado del coma del cometa. Debajo, la negrura en la que brillaban las estrellas.

—La sombra de la Tierra —dijo MacDonald—. Una sombra arrojada a través del coma. Ojalá mi mujer hubiera vivido para ver esto, sólo un año más...

Una gran luz brilló detrás de ellos. Willis se volvió. La luz se hundió lentamente... Era demasiado brillante para mirarla, cegadora, engullía el fondo... Willis la miró fijamente. ¿Qué era aquello? Se hundía, y desapareció.

—Espero que hayas apartado la vista —dijo MacDonald.

Willis no veía nada. Parpadeó inútilmente.

—Creo que estoy ciego —dijo. Tendió un brazo, palpó piedra y buscó la seguridad de una mano humana.

—No creo que importe —dijo en voz baja MacDonald.

Willis sintió un acceso de ira, pero se apaciguó en seguida. Supo al instante lo que quería decir. MacDonald le cogió de las muñecas y se las colocó alrededor de una roca.

—Agárrate fuerte a esta piedra. Te diré lo que veo.

—De acuerdo.

MacDonald habló apresuradamente.

—Cuando la luz se apagó, abrí los ojos. Por un momento creí ver algo así como un rayo violeta que iba hacia el cielo, pero desapareció. Surgió después desde detrás del horizonte. Aún nos queda algún tiempo.

—Thera es una isla que trae mala suerte —dijo Willis. No podía ver nada, ni siquiera la oscuridad.

—¿No te has preguntado alguna vez por qué siguen construyendo aquí? Algunas de las casas tienen centenares de años. Se producen erupciones con intervalos de pocos siglos. Pero ellos siempre regresan. Por eso, lo que estamos haciendo Alex, puedo ver la ola de la marea. A cada segundo que pasa es mayor. No sé si llegará a esta altura o no, pero de todos modos agárrate fuerte para resistir la onda expansiva del aire.

—Primero habrá un temblor de tierra. Supongo que éste es el fin de la civilización griega.

—Supongo que sí. Y una nueva leyenda de la Atlántida, si alguien vive para contarlo El telón aún se está alzando.

Al oeste hay estelas del núcleo, al este la sombra negra de la Tierra, meteoros por todas partes... —La voz de MacDonald se extinguió.

—¿Qué sucede?

—Cerré los ojos, pero ¡fue al noreste! ¡Y enorme!

—Greg, ¿quién llamó a esto el monte del profeta Elias? Es condenadamente apropiado.

El suelo tembló, la onda avanzó desde las entrañas de Thera, a través del canal magmático que el lecho marino había cubierto treinta y cinco siglos antes. Willis notó que la roca se retorcía entre sus brazos. Entonces Thera estalló. Una onda expansiva de vapor ardiente mezclado con lava arrebató a Willis y le mató al instante. Segundos más tarde el maremoto avanzó a través de la herida anaranjada.

Nadie viviría para contar la segunda explosión de Thera.

Mabel Hawker barajó sus cartas y sonrió para sus adentros. Veinte puntos. Tenía una buena mano. Su compañera, lamentablemente, no la tenía. Por la manera como Bea Anderson apostaba, habría en juego un centenar de dólares cuando el aparato aterrizara en el aeropuerto Kennedy.

El Boeing 747 sobrevolaba Nueva Jersey en su descenso hacia Nueva York. Mabel, Chet y los Anderson estaban sentados a una mesa en el departamento de primera clase, demasiado alejados de las ventanillas para ver algo. Mabel sentía que el juego de bridge le impidiera ver Nueva York, desde el aire. Nunca lo había visto, pero no quería que los Anderson lo supieran.

Los resplandores externos volvieron a iluminar las ventanillas.

—Tú apuestas, May —dijo Chet.

Los pasajeros que ocupaban los asientos junto a las ventanillas estiraban el cuello para ver mejor. Las voces se entremezclaban en el compartimiento, y Mabel notaba el miedo que se agazapa en la mente de todo pasajero.

—Lo siendo —dijo—. Dos diamantes.

—Cuatro corazones —dijo Bea Anderson, y Mabel dio un respingo.

Se oyó el suave sonido de un timbre y se encendió el letrero: «Abróchense los cinturones».

—Soy el comandante Ferrar —dijo una voz amistosa—. No sabemos qué ha sido ese resplandor, pero les pedimos que se abrochen los cinturones por si acaso. Sea lo que fuere, lo hemos dejado muy atrás.

La voz del piloto era muy tranquila y reconfortante. ¿Habría hecho Bea una declaración más alta de lo necesario? Oh, Dios, ¿sabía acaso lo que significaba una apertura con dos diamantes? Ahora tendría que jugar al alza...

Se produjo un ruido, como si algo muy grande fuera partido en dos lentamente. De repente el avión empezó a avanzar con dificultades, agitándose.

Mabel había leído que los viajeros experimentados mantenían sus cinturones abrochados holgadamente durante todo el viaje, y ella lo había hecho. Pero ahora se desabrochó el cinturón, dejó las cartas de cara abajo y se precipitó hacia un par de asientos vacíos junto a una ventanilla.

—Madre, ¿por qué haces eso? —le preguntó Chet. Mabel hizo una mueca. Le disgustaba que le llamaran «madre». Era una expresión de palurdo. Se tendió sobre los asientos y miró afuera.

El gran aparato cabeceó, mientras los pilotos trataban de compensar un súbito viento de cola que se movía casi a la misma velocidad que el avión. Las alas perdieron su capacidad de sustentación. El Boeing 747 cayó como una hoja, derrapando, bamboleándose, mientras los pilotos luchaban por dominarlo.

Mabel vio la ciudad de Nueva York a lo lejos. Allí estaba el Empire State Building, la estatua de la Libertad, el World Trade Center, tal como ella los había imaginado, pero emergiendo en un paisaje con una inclinación de cuarenta y cinco grados. En algún lugar su hija estaría en camino hacia el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy para recibir a sus padres y presentarles al muchacho con el que iba a casarse... Los alerones se deslizaban en el borde posterior del ala. El avión se bamboleó y vibró, y las cartas de Mabel volaron como mariposas asustadas. Sintió que el avión se alzaba, saliendo del picado.

Muy por encima corrían negras nubes como una cortina a través del cielo, más rápidas que el avión, centelleando con relámpagos a medida que se movían. Rayos por todas partes. Uno de ellos cayó sobre la estatua de la Libertad y fue absorbido por la antorcha que sostenía en su brazo la gran dama. Entonces, un rayo alcanzó al avión.

Pasado Ocean Boulevard había un risco, a cuyo pie se extendía la autopista costera del Pacífico. Más allá estaba el mar. En el borde del risco, un hombre con barba contemplaba el horizonte. Su expresión era de inefable felicidad.

La luz había brillado sólo uno o dos segundos, pero fue cegadora. Dejó en el campo visual del hombre barbudo la imagen de un globo azul. Un resplandor rojizo... extraños efectos luminosos que trazaban una columna vertical... Se volvió con una sonrisa de felicidad.

—¡Rezad! —gritó—. ¡El Día del Juicio ha llegado!

Una docena de transeúntes se detuvieron para mirarle. La mayoría no le hicieron caso, aunque su figura era impresionante, con los ojos brillantes y la espesa barba negra con dos mechones de un blanco níveo en la barbilla. Pero uno de los transeúntes se dirigió a él.

—Si no bajas de ahí será tu Día del Juicio. Va a producir. se un terremoto.

El hombre barbudo apartó la vista. El que le había interpelado, un negro muy bien vestido, le habló de nuevo en un tono más apremiante.

—Si estás en el risco cuando se venga abajo, te perderás la mayor parte del Día del Juicio. ¡Vamos, baja de ahí!

El de la barba hizo un gesto de asentimiento y bajó para unirse al otro en la acera.

—Gracias, hermano.

La tierra tembló y gruñó. El hombre barbudo. Vio que el transeúnte del traje marrón se arrodillaba y le imitó. La tierra se agitó y se desprendieron algunas piedras del risco. Habrían aplastado al hombre barbudo si éste hubiese permanecido donde estaba.

—Porque El viene —gritó el hombre barbudo—. Porque El viene para juzgar a la Tierra...

El otro se unió al salmo:

—...y con justicia para juzgar al mundo y a los pueblos con Su verdad.

Otros transeúntes se unieron a ellos. La tierra en movimiento se combó y onduló.

—Gloria al Padre y al...

Una intensa y repentina sacudida los arrojó al suelo. Volvieron a ponerse de rodillas. Cuando se detuvo el temblor del suelo, algunos de los que se habían unido al grupo echaron a correr, en busca de coches para huir tierra adentro...

—Oh, Cielos, glorificad al Señor —gritó el hombre barbudo. Los que se habían quedado se unieron al cántico. Las respuestas eran fáciles de aprender, y el hombre de la barba sabía todos los versículos.

En las aguas del océano se veían practicantes de surf. Habían flotado mientras duraron las violentas sacudidas. Ahora eran invisibles bajo una densa cortina de lluvia salada. Muchos de los que se habían unido al grupo del hombre barbudo huyeron y desaparecieron bajo aquella lluvia, pero él siguió orando, y se unieron a él otras personas que salieron de las casas vecinas.

—Oh, mares y corrientes, alabad al Señor, elogiadle y glorificadle para siempre.

La lluvia era torrencial, pero delante del hombre de la barba y su rebaño, una rara combinación de vientos despejaba un espacio que permitía ver el risco y la playa desierta. Las aguas retrocedían, espumeantes, dejando sobre las arenas mojadas por la lluvia pequeños objetos flotantes.

—Oh, vosotras, ballenas, y todo cuanto se mueve en las aguas, alabad al Señor...

El cántico finalizó. El grupo se arrodilló bajo la intensa lluvia y los relámpagos. El hombre de la barba creyó ver, a lo lejos, a través de la lluvia y más allá de las aguas que retrocedían, en el horizonte, que el océano se alzaba en una especie de joroba, un muro vertical al otro lado del mundo.

—Sálvanos, oh Dios —gritó el hombre de la barba— pues llegan las aguas, incluso hasta mi alma. —Los demás no sabían el salmo, pero escuchaban en silencio. Un siniestro fragor llegó desde el océano—. Me he hundido en cieno profundo, donde el pie no toca fondo. He entrado en aguas muy hondas, y una caudalosa corriente me ha arrollado. —El hombre barbudo pensó entonces que el resto del salmo no era nada apropiado, y empezó de nuevo—: El Señor es mi pastor. No padeceré miseria.

El agua avanzaba velozmente. El grupo terminó el salmo. Una de las mujeres se puso de pie.

—Reza ahora —le dijo el hombre barbudo.

El ruido del mar ahogó el resto de sus palabras, y una cortina de lluvia cayó sobre ellos, una lluvia cálida que ocultaba el mar y las olas. Luego apareció un inmenso muro de agua que superaba en altura al más alto de los edificios, un destructivo monstruo acuático, espumeante, gris y blanco en la base, alzándose como un telón verde. El hombre barbudo vio un objeto diminuto que se movía sobre la superficie del agua. Luego el muro le engulló a él y a su rebaño.

Gil descansaba boca abajo sobre la tabla, entretenido en pensamientos ociosos, esperando con los demás que llegara la gran ola. El agua chapoteaba bajo su vientre. El sol le quemaba la espalda. Otros practicantes de surf se mecían en una hilera a ambos lados de él.

Janine le miró, sonriente, con una sonrisa llena de promesas y recuerdos. Su marido estaría tres días más fuera de la ciudad. Gil le devolvió la sonrisa sin decir nada. Esperaba una ola. Sabía que el oleaje no era muy bueno en la playa de Santa Mónica, pero el apartamento de Janine estaba cerca y ya vendrían días mejores para practicar su deporte favorito.

Las casas y apartamentos situados en el risco parecían subir y bajar. Parecían nuevos, no como las casas de la playa de Malibu, que siempre parecían más viejas de lo que eran. Pero incluso allí se notaban las señales del tiempo. La entropía avanzaba veloz en la línea entre el mar y la tierra. Gil era joven, como todos los hombres que esperaban sobre sus tablas de surf aquella hermosa mañana. Tenía diecisiete, años, estaba bronceado por el sol y sus largos cabellos eran de un rubio casi blanco. Los músculos de su abdomen parecían las placas inconexas de un armadillo. Estaba contento de parecer mayor de lo que era. No había tenido que pagar por un lugar donde cobijarse o por comida desde que su padre le echó de casa. Siempre había mujeres mayores dispuestas a echarle una mano.

El marido de Janine le inspiraba una vaga simpatía. El no suponía una amenaza para el hombre. No quería nada permanente. Janine podría haberse encaprichado de algún tipo que fuera con ella por su dinero y no estuviera dispuesto a perderla...

Un brillo repentino le hizo entrecerrar los ojos. Los reflejos de las olas eran algo corriente. Cuando cesó el resplandor, volvió a abrir los ojos para ver si se acercaba una ola. Vio una gran nube que se elevaba más allá del horizonte. La contempló, entornando los ojos, queriendo creer que...

—Viene una ola grande —dijo, poniéndose de rodillas sobre la tabla.

—¿Por dónde? —preguntó su amigo Corey.

—Ya lo verás.

Hizo girar su tabla y, utilizando sus largos brazos como remos, la dirigió mar adentro, inclinándose hasta que su mejilla casi tocaba la tabla. Estaba asustado, pero nadie lo sabría jamás.

—¡Espérame! —le gritó Janine.

Gil siguió remando. Otros le siguieron, pero sólo los más fuertes podían seguir su ritmo. Corey llegó a su altura.

—¡He visto la bola de fuego! —exclamó jadeando por el esfuerzo—. ¡Es el martillo de Lucifer! ¡Va a producirse una oleada!

Gil no respondió. No era la mejor ocasión para ponerse a hablar, pero los otros parloteaban entre ellos, y Gil remó con más fuerza dejándolos atrás. Un hombre debía estar solo en un momento así. Empezaba a enfrentarse al hecho de la muerte.

Empezó a llover, y él siguió remando. Miró atrás y vio que las casas y el risco retrocedían, quedaban a más altura, y aparecía una enorme extensión de nueva playa húmeda y brillante. Los relámpagos relucían en las colinas por encima de Malibu.

Las colinas habían cambiado. Los ordenados edificios de Santa Mónica se habían derrumbado. El horizonte ascendió.

La muerte era inevitable. ¿Qué podía hacer? Afrontarla con estilo. No quedaba otra alternativa. Gil siguió remando sobre las aguas que retrocedían, hasta que cesó el movimiento. Se había alejado mucho. Giró su tabla y esperó. Se acercaron otros que también esperaron bajo la intensa lluvia. Tal vez hablaban, pero Gil no podía oírlos. Tras él había un tremendo fragor. Gil aguardó un instante más y luego remó con todas sus fuerzas.

Se deslizó por el gran muro verde mientras las aguas se elevaban. Apoyado en rodillas y codos, notó que la sangre se agolpaba en su rostro, le presionaba los ojos, empezaba a brotarle por la nariz. La presión se hizo enorme, insoportable, pero pronto se suavizó. Aprovechando la velocidad que había adquirido, Gil giró la tabla y se deslizó hacia abajo y lateralmente a lo largo de la pared casi vertical, manteniendo el equilibrio sobre las rodillas...

Se levantó. Necesitaba más ángulo. Si pudiera llegar a la cima de la ola la rebasaría, podría librarse de su acometida.

Los ocupantes de otras tablas también las habían girado. Gil los vio delante de él, por encima y por debajo en la pared verde. Corey seguía una dirección equivocada. Gil le vio pasar a sus pies. Avanzaba a una velocidad endiablada y parecía aterrado.

Se acercaron al risco, que ahora quedaba por debajo de ellos. La casa de la playa y el embarcadero de Santa Mónica, con su tiovivo y todos los yates anclados en la vecindad desaparecieron bajo las aguas. Pudieron ver calles y automóviles. Gil atisbo un instante a un hombre barbudo arrodillado junto con otros. Luego las aguas los engulleron. La base del muro era un infierno de espuma blanca que arrastraba cascotes, cuerpos humanos y coches.

Pasó por encima de Santa Mónica Boulevard. La ola gigantesca barrió el Mall, añadiendo al espumoso caos de su base los restos de tiendas, personas, árboles en macetas y bicicletas. Cada vez que la ola arrollaba un edificio, Gil se agachaba para resistir los efectos del choque. La tabla golpeaba contra sus pies, y estuvo a punto de perderla. Vio que las aguas se tragaban a Tommy Schumacher, cuya tabla rebotaba y giraba locamente. Ya sólo quedaban dos tablas.

La cresta espumosa de la ola estaba muy lejos, y la revuelta base demasiado cerca. Gil notaba que sus piernas exhaustas ya casi no podían sostenerle. Vio una tabla vacía delante de él. ¿Quién era? No importaba. En seguida desapareció en el caos. Gil echó un rápido vistazo atrás. No había nadie. Estaba solo sobre la ola definitiva.

¡Oh, Dios, si viviera para contar aquello, qué película podría hacerse! Más espectacular que El verano interminable, más que El gigante en llamas. ¡Una película de surf que requeriría millones en efectos especiales! Si sus piernas le sostuvieran... Ya había conseguido un récord mundial, pues debía estar por lo menos a un kilómetro y medio tierra adentro, y nadie había corrido esa distancia sobre una ola. Pero la cresta espumosa y ondulante estaba muy alta, y los apartamentos Barrington, con su altura de treinta pisos, se acercaban a él, como un enorme matamoscas.

Lo que fue un cometa es ahora un pobre resto, unos puñados de rocas volantes y fragmentos de hielo sucio. El campo gravitatorio de la Tierra los ha esparcido por él cielo. Todavía pueden alcanzar el halo, pero jamás podrán reagruparse.

A uno y otro lado de la Tierra se han abierto cráteres ardientes. Los impactos en el mar brillan tanto como los de la tierra, pero los marinos se están empequeñeciendo. Muros de agua se ciernen a su alrededor, inclinando sus bordes hacia dentro.

Alrededor del impacto en el Pacífico, las aguas se ciernen a casi tres kilómetros de altura. Sus bordes bullen frenéticamente. La presión del vapor ardiente en expansión impide que avancen los muros de agua.

El vapor caliente asciende en una columna clara como cristal, transportando sal de agua marina vaporizada, cieno del fondo marino y rocas de la porción de cometa caída que se han vuelto a condensar. Cuando llega a los límites de la atmósfera terrestre empieza a extenderse, formando un creciente remolino.

Los megatones de vapor ardiente empiezan a enfriarse. El agua se condensa primero alrededor del polvo y las partículas mayores. Las porciones de barro más pesadas no siguen este esquema. Algunas se unen en su caída, todavía calientes. En el aire más seco de abajo se evapora un poco de agua.

LA CAÍDA DEL MARTILLO: DOS

¡Oh, pecador! ¿Adonde huirás?
¿Adonde irás cuando llegue ese día?

La tienda de electrodomésticos estaba cerrada, y un letrero en la puerta indicaba que no abriría hasta dentro de una hora. Tim Hamner buscó un bar, una barbería, cualquier lugar donde pudiera haber un televisor, pero no vio nada.

Por un instante pensó en tomar un taxi, pero era inútil. Los taxis de Los Angeles no circulaban con el «libre» puesto, sino que era preciso llamarlos por teléfono. Y podrían pasar horas antes de que acudiera uno. No, Tim no podría ir al JPL, ¡y el núcleo del Hamner-Brown debía estar pasando en aquel momento! Los astronautas lo verían todo y enviarían sus películas a la Tierra, pero Tim Hamner no vería nada.

La policía se había llevado algunos de los Guardianes del Cometa, pero aquello no había ejercido ningún efecto sobre el atasco de tráfico. Había demasiados coches abandonados.

Mientras se preguntaba qué podría hacer, vio una luz parecida al de un flash fotográfico. Tim parpadeó. ¿Qué había visto exactamente? Hacia el sur no había más que las colinas verdes y marrones de Griffith Park y dos jinetes que cabalgaban por la pista.

Tim frunció el ceño y se dirigió, caviloso, hacia su automóvil. Este tenía teléfono y Tim podría llamar a un taxi. Dos guardianes con túnicas blancas se le acercaron. Tim les esquivó, y ellos detuvieron a otro transeúnte.

—¡Reza, oh pueblo! Ha llegado la hora pero todavía no es demasiado tarde...

El ruido de los cláxones y los gritos de cólera habían alcanzado un crescendo cuando Tim llegó a su coche.

Entonces la tierra se movió. El primer movimiento fue repentino e intenso; los que siguieron fueron más suaves. Los edificios temblaron. En algún lugar cercano se rompió el vidrio de un escaparate. Se oyeron más ruidos de vidrios que se rompían. Tim podía oírlos porque los cláxones de los coches habían enmudecido de repente. Era como si todo el mundo se hubiera quedado congelado en su sitio. Algunas personas salieron del supermercado. Otras permanecían de pie en los umbrales, dispuestas a salir si los temblores continuaban.

Sonaron de nuevo los cláxones. La gente se lamentaba y gritaba. Tim abrió la portezuela del coche y cogió el radioteléfono.

La tierra tembló de nuevo. Se oyeron más ruidos de cristales, el grito de alguien. Luego, una vez más, se hizo el silencio. Una bandada de cuervos salió del jardincillo junto a los estudios Disney. Las aves chillaron a la gente, pero nadie les prestó atención. Pasaron unos segundos, y los cláxones empezaban a sonar de nuevo cuando Tim fue arrojado violentamente al suelo de asfalto del aparcamiento.

Esta vez los temblores no cesaron. El suelo se agitó y onduló una y otra vez, y cada vez que Tim trataba de levantarse era derribado de nuevo. Parecía como si el terremoto no fuera a cesar jamás.

Eileen había sido derribada al suelo con la silla en la que se sentaba, y un montón de catálogos había caído sobre ella. Le dolía la cabeza y tenía la falda levantada hasta las caderas.

Apartó la silla, lenta y cuidadosamente, porque el suelo estaba lleno de cristales rotos, y se bajó la falda. Tenía las medias destrozadas y una mancha de sangre en la pantorrilla.

Se miró la pierna, temerosa de tocar la herida, hasta que se aseguró de que no brotaba más sangre.

La oficina era un caos. Catálogos, el vidrio de la mesita de café hecha añicos, los estantes caídos y los restos del gran vidrio del escaparate. Movió vigorosamente la cabeza. Se le ocurrían pensamientos absurdos. ¿Cómo podía tener tanto vidrio el escaparate? Luego, a medida que sus ideas se aclaraban, se dio cuenta de que todos aquellos estantes con sus libros no la habían alcanzado al caer. Se apoyó en la mesa de la recepcionista, con una sensación de vértigo.

Entonces vio a Joe Corrigan.

El vidrio del escaparate había caído hacia el interior, y Corrigan se había sentado junto a él. Estaba rodeado de fragmentos de vidrio. Eileen se acercó tambaleándose y se arrodilló. Un fragmento de vidrio le hizo un corte en la rodilla. Un pedazo de vidrio, afilado como una punta de lanza, había atravesado la mejilla de Corrigan, hundiéndose profundamente en su garganta. La sangre se había acumulado bajo la herida, pero ya no manaba más. Tenía los ojos y la boca completamente abiertos.

Eileen extrajo la astilla hundida en la garganta de Corrigan y cubrió la herida con la mano. Le sorprendió que ya no sangrara, y se preguntó qué podría hacer. En la calle estaban los policías, y alguno de ellos sabría qué medidas había que adoptar. Aspiró hondo y se dispuso a gritar. Entonces escuchó.

Se oían los gritos y lamentos de muchas personas. Los ruidos del exterior eran caóticos. Parecía como si los edificios todavía se estuvieran derrumbando. En medio del griterío destacaban los cláxones de algunos automóviles, que sonaban entrecortados, como los estertores de una agonía mecánica. Nadie oiría la llamada de socorro de Eileen.

Miró de nuevo a Corrigan. Le buscó el pulso inútilmente. Probó en el otro lado del cuello. Tampoco allí tenía pulso. Cogió un poco de pelusa de la alfombra y la acercó a las narices del hombre. La pelusa permaneció inmóvil. Eileen pensó que aquello era absurdo. ¡La herida del cuello no podía haberle matado de un modo tan fulminante! Pero lo cierto era que estaba muerto. Se preguntó si le habría dado un ataque al corazón.

Eileen se levantó lentamente. Unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Eran saladas y sabían a polvo. Con gestos automáticos se pasó la mano por el cabello y se limpió la falda antes de salir a la calle. Sintió deseos repentinos de echarse a reír, pero se contuvo. Si empezaba a hacerlo, no podría detenerse.

Llegaban más ruidos del exterior. Eran unos ruidos temibles, pero tenía que salir. Afuera estaba la policía, y entre ellos Eric Larsen. Empezó a llamarle, pero entonces vio lo que sucedía y permaneció quieta junto al umbral de la puerta destrozada.

El patrullero Eric Larsen era de Kansas. Para él, un terremoto era algo totalmente desorientador y aterrador. Sentía impulsos de correr en círculos, agitando los brazos y graznando. Ni siquiera podía ponerse de pie. Cada vez que lo intentaba, caía al suelo, y al final decidió quedarse donde estaba. Apoyó la cabeza en los brazos y cerró los ojos. Trató de pensar en el guión de televisión que escribiría cuando todo aquello hubiera terminado, pero no pudo concentrarse.

Se oyeron ruidos. La tierra gruñó como un toro encolerizado. Larsen reparó en que aquella era una imagen poética. Debía haberla oído en alguna parte. El suelo se movió, derribando coches y edificios, y por todas partes la gente gritaba. Unos lo hacían con miedo, otros con rabia y otros se limitaban a gritar.

Finalmente el suelo dejó de moverse. Eric Larsen abrió los ojos.

El mundo estaba patas arriba. Los edificios estaban derruidos o inclinados, los coches convertidos en chatarra, la calzada de la calle abombada y cuarteada. El suelo del aparcamiento era un rompecabezas de asfalto con las piezas colocadas en ángulos imposibles. Al otro lado de la calle, el Supermercado se había derrumbado, y algunas personas salían andando penosamente entre los escombros. Eric siguió esperando, dispuesto a imitar lo que hicieran los naturales de la región. En Kansas había tornados, en California terremotos. Los naturales sabrían qué hacer.

Pero no parecían saberlo. Los pocos que quedaban permanecían de pie, parpadeando bajo el intenso sol de un impoluto día veraniego, o estaban tendidos en el suelo, formando montones sanguinolentos, o gritaban y corrían en círculos.

Eric buscó a su compañero. Por debajo de unas grandes tuberías que habían caído de un camión sobresalían los pantalones azules de un uniforme y unos zapatos negros. En el lugar donde correspondía la cabeza había una pesada caja, que sin duda había aplastado al policía. Estremecido, Eric se puso en pie. Era incapaz de acercarse a aquella caja, todavía no. Echó a andar hacia el supermercado, preguntándose cuándo llegarían las ambulancias. Debía encontrar a un superior para preguntarle qué debía hacer.

Vio a tres hombres fornidos vestidos con camisas de franela junto a una camioneta ranchera. Uno de ellos dio la vuelta al vehículo, inspeccionando las piezas. La camioneta estaba muy cargada. La barandilla de hierro forjado de un porche se había desplomado sobre la parte trasera. Los hombres maldecían en voz alta. Uno de ellos buscó en el interior del vehículo. Sacó unas escopetas y las entregó a sus amigos.

—No podremos salir de aquí por culpa de esos hijos de puta —dijo el hombre en tono pausado, extrañamente tranquilo. Eric apenas podía oírle.

Los otros asintieron y empezaron a introducir cartuchos en las armas. No se volvieron para mirar a Eric Larsen. Una vez cargadas las escopetas, los tres hombres se las llevaron al hombro y apuntaron hacia una docena de Guardianes. Los predicadores de túnica blanca gritaron y tiraron de sus cadenas. Las escopetas dispararon al unísono.

Eric se llevó la mano a la pistola, pero la apartó en seguida. Estaba asombrado. Se dirigió a los hombres, sintiendo las rodillas inseguras. Los tres estaban cargando de nuevo las armas.

—No hagan eso —les dijo Eric.

Los tres hombres se sobresaltaron y se volvieron hacia el policía. Fruncieron el ceño, mirándole fijamente con expresiones inciertas. Eric les devolvió la mirada. Ya había visto la pegatina en el parachoques de la camioneta. Decía: «Apoya a tu policía local.»

El más viejo de los tres hombres soltó un bufido.

—¡Se acabó! Lo que ha visto es el fin de la civilización. ¿No lo entiende?

Eric comprendió de repente. No habría ambulancias que transportaran a los heridos hasta los hospitales. Sobrecogido, Eric dirigió la vista hacia la Alameda, al lugar donde se encontraba el hospital de San José. No vio más que calles resquebrajadas y casas caídas. Eric no podía recordar si el hospital de San José era visible desde el lugar en que se encontraba.

El que parecía portavoz de los tres hombres seguía gritando.

—¡Esos hijos de puta nos han impedido ir a las colinas! ¿Para qué sirven?

Miró su escopeta, con el cargador vaciado. Tenía dos cartuchos en la otra mano y parecía dispuesto a introducirlos en la recámara.

—No lo sé —dijo Eric—. ¿Va a ser usted el primer hombre que empiece a disparar contra la policía? —Miró la pegatina del parachoques. El otro siguió su mirada y luego se quedó cabizbajo—. ¿Va a ser usted el primero? —repitió Eric.

—No.

—Bien. Ahora déme la escopeta.

—La necesito...

—Yo también —dijo Eric—. Sus amigos tienen más armas.

—¿Debo considerarme arrestado?

—¿Adonde le llevaría? Necesito su escopeta. Eso es todo.

El hombre asintió.

—De acuerdo.

—Las municiones también —añadió Eric en tono apremiante.

—Como usted diga.

—Ahora, váyanse de aquí. —Eric tomó la escopeta y las balas, pero no la cargó. Los pocos Guardianes que sobrevivían contemplaban la escena horrorizados y en silencio—. Gracias —dijo Eric, y se marchó sin preocuparse más de lo que hacían los tres hombres.

Era consciente de que había sido testigo de unos asesinatos sin mover un dedo para impedirlo, pero su mente estaba concentrada en otra cosa. Con paso vivo, se alejó del atasco de tráfico. Parecía como si su mente ya no estuviera conectada a su cuerpo y éste supiera adonde se dirigía.

Hacia el sudoeste el cielo era extraño. Las nubes se formaban y desaparecían como en una película acelerada. Aquello era familiar para Eric Larsen, tan familiar como la sensación del aire en sus senos nasales. Cualquier habitante de Topeka tendría las mismas sensaciones: era el clima propio del tornado. Cuando el aire se nota así y el cielo tiene ese aspecto, uno se dirige al sótano más próximo, llevándose un receptor de radio y un cántaro de agua.

Eric pensó que habría más de un kilómetro y medio hasta la cárcel de Burbank. Observó el cielo y se dijo que podría hacerlo.

Anduvo rápidamente en dirección a la cárcel. Eric Larsen era todavía un hombre civilizado.

Eileen contempló la escena horrorizada. No había escuchado la conversación, pero lo sucedido era bastante explícito. La policía... ya no había policía.

Dos de los Guardianes habían caído muertos, cinco más se retorcían en agonía, mortalmente heridos, y el resto luchaban por librarse de las cadenas. Uno de los guardianes tenía un par de cortametales. Eileen los reconoció. Joe Corrigan se los había dado al policía, no sabía si minutos o siglos antes.

Lo que ocurría en el exterior no podía abarcarse de una sola mirada. Había cuerpos amontonados en el suelo. Algunas personas trataban de salir arrastrándose de tiendas en ruinas. Un hombre había subido a la cabina de un camión destrozado. Sentado en el techo, con los pies oscilando sobre el parabrisas, bebía sin parar el contenido de una botella de whisky. De vez en cuando, alzaba la vista y se echaba a reír.

Todo el que llevara una túnica blanca peligraba. Los Guardianes encadenados vivían una pesadilla.