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Los árboles integrales

Larry Niven

Durante largo tiempo el Estado empleó naves espaciales, cuya velocidad era menor que la de la luz, para preparar los sistemas para su colonización por el hombre. Normalmente las máquinas sembradoras viajaban en circuitos que duraban siglos y que tenían su punto de partida y de llegada en la Tierra. Normalmente las tripulaciones estaban compuestas por ciudadanos y convictos corpiscilos. Normalmente, el último control de la misión era ejercido por un cyborg informante, un verdadero déspota del Estado microcósmico que era la nave. Pero la normalidad se alteró levemente cuando Disciplina penetró en el sistema de la doble estrella T 3 y le Voy’s Star. Allí se había formado una inmensa capa gaseosa en forma de anillo alrededor de una estrella neutrón y el amplio espacio que quedaba libre en el interior podía ser un lugar habitable por el hombre. A pesar de que había muy poca tierra, el Anillo de Humo había desarrollado una amplia variedad de formas de vida, la mayoría de las cuales eran comestibles y todas ellas podían volar. El Anillo de Humo se presentó como un paraíso para la mermada tripulación de Disciplina y por tanto, volaron hacia él, desprendiéndose del cyborg.

Larry Niven

Los árboles integrales

Este libro está dedicado a Robert Forward, por sus historias que me iluminaron, por su ayuda para trabajar fuera de los parámetros del Anillo de humo y por su enorme, espaciosa mente.

Prólogo — Disciplina

Aquello estaba durando demasiado, incluso mucho más de lo que había esperado. Sharls Davis Kendy nunca había sido un hombre impaciente. Después del cambio, incluso había llegado a pensar que era inmune a la impaciencia. ¡Pero aquello duraba demasiado! ¿Por qué tenían que permanecer allí dentro?

Sus sentidos no estaban limitados. El alcance telescópico de Sharls era poderoso; podía percibir la totalidad del espectro electromagnético, desde las microondas hasta los rayos X. Pero el Anillo de Humo obstaculizaba su visión. Era una tormenta de viento, polvo, nubes de vapor de agua, enormes ondulaciones goteantes de agua sucia o de barro poco denso, masas flotantes de rocas libres; puntos y motas y agrupaciones de verde, verdes superficies sobre las gotas y las rocas, verdes matices de algas sobre las nubes; árboles con forma de signos de interrogación, orientados radialmente hacia la estrella de neutrones y encopetados de verde a ambos extremos; criaturas del tamaño de las ballenas, con bocas inmensas, rozando las nubes matizadas de verde…

El Anillo de Humo estaba lleno de vida por todas partes. Claire Dalton lo había llamado guirnalda de Navidad. Claire era una mujer ya muy vieja cuando el Estado la revivió como corpiscilo. Los demás nunca habían visto una guirnalda de Navidad, ni siquiera Kendy. Lo que habían visto, medio millar de años atrás, había sido un perfecto anillo de humo de varias decenas de miles de kilómetros de diámetro, con una diminuta punta de alfiler muy caliente en el centro.

Los informes que llegaron estaban cargados de entusiasmo. La vida se basaba en el ADN; el aire no era sólo respirable, sino de una calidad excelente…

La Disciplina ocupaba en aquellos momentos uno de los puntos de neutralidad gravitacional tras el Mundo de Goldblatt, el punto L2. Desde tan cerca, el cielo se agrietaba equitativamente sobre la diseminada estrella, un paisaje de nubes matizadas de negro y verde. Directamente por abajo, un enorme y distorsionado remolino tormentoso ocultaba los residuos de un gigantesco planeta gaseoso, una pepita rocosa de dos veces y media la masa de la Tierra.

Sharls no deseaba penetrar en aquella región interior. El torbellino de fuerzas podría dañar su nave. No podía predecir si la nave sembradora de exploración aguantaría hasta que hubiese cumplido su misión. Ya había esperado más de medio millar de años. El punto L2 estaba aún dentro del toro de gas del que el Anillo de Humo era sólo la parte más densa. La Disciplina estaba sometida a lentas fuerzas erosionadoras. No podía permanecer allí para siempre.

Al menos, la tripulación no se había extinguido. Aquello podría perjudicarle terriblemente.

Había cumplido con su deber. Sus ancestros habían sido amotinados, parte de una traición potencial hacia el propio estado. Reeducar a sus descendientes había sido un triunfo, pero, si el Anillo de Humo los hubiera matado… bueno, aquello tampoco le habría sorprendido. El aire era más que respirable para mantener vivos a los hombres. El Anillo de Humo verdeaba con una vida que había evolucionado en su curioso entorno. La vida nativa podía haber sido exterminada perfectamente por aquellos rivales advenedizos, antiguos tripulantes de la nave sembradora de exploración Disciplina.

Sharls se habría afligido; pero habría sido libre para regresar al hogar.

Me habrían llamado fracasado obsoleto, pensó melancólicamente al tiempo que sus instrumentos registraban una particular frecuencia en el radioguía. Un millar de años de atraso para regresar al hogar. Seguro que desguazarían el computador. ¿Y el programa? El programa Sharls Davis Kendy podría ser copiado y preservado para uso de los historiadores. ¿O no?

Pero no habían muerto. Los amotinados originales se habían llevado ocho Módulos de Arreglo y Carga. El tiempo y el corrosivo entorno deberían haber destruido los MACs; pero uno de ellos, por lo menos, todavía era operacional. Alguien lo había estado usando durante los seis últimos años. Y allí apareció la luz que había estado buscando. Por un momento, llegó a él con nitidez la frecuencia del hidrógeno en combustión con oxígeno.

Lanzó un máser en ultracortos, de impulsos muy poderosos.

—Kendy al Estado. Kendy al Estado. Kendy al Estado.

La respuesta llegó segundos después, vaga, débil, empañada. Kendy la localizó con precisión y enfocó los telescopios ajustadamente mientras enviaba su siguiente demanda.

—Status. Dímelo tres veces.

Kendy recortó la mutilada respuesta por medio de un programa de eliminación de ruidos de fondo. El MAC estaba en operación manual, funcional en su mayor parte, utilizando únicamente los cohetes de posición, actuando a la perfección dentro de los límites de seguridad. En principio, había sido una grabación simplificada de la propia personalidad de Kendy. Pero el programa estaba deteriorado, y se había desarrollado estúpida y erráticamente.

—Curso grabado de la pasada hora.

Llegó. El MAC había estado en caída libre a baja velocidad durante los últimos cuarenta minutos. Maniobras a baja aceleración, un derrotero que parecía un plato colmado de spaghetti, un loco derroche del combustible almacenado. ¿Funcionamiento defectuoso? O… daba la impresión de estar librando un combate aéreo.

¿Guerra?

—Desvíese siguiendo mis instrucciones.

Cuatro segundos; luego, una señal como un grito de desconcertante agonía. Funcionamiento defectuoso masivo.

Los tripulantes debían haber desconectado los sistemas de pilotaje automático de cada uno de los MAC medio millar de años atrás. Había valido la pena intentarlo, como el siguiente mensaje.

—Quiero una imagen de video de la tripulación.

—Denegado.

¡Oh! ¡El enlace de video no había sido desconectado! Los amotinados, medio millar de años antes, debían haber programado un sistema de bloqueo. Ciertamente, sus descendientes no sabían cómo hacerlo.

Eventualmente, un sistema de bloqueo podía ser evitado.

El MAC era demasiado pequeño para poder verlo, naturalmente, pero debía estar más próximo que la mancha verdosa del cercano Mundo de Goldblatt. Un bosque de algodón hilado. Las plantas dentro del Anillo de Humo tendían a ser esponjosas, frágiles. Se extendían y dividían para absorber toda la luz solar que pudieran, sin preocuparse de la gravedad.

Durante medio millar de años, Kendy había estado vigilando para encontrar los signos de una civilización desarrollada… patrones reguladores en las masas flotantes, o radiación de infrarrojos de los centros manufactureros, o polución industrial: vapores metálicos, monóxido de carbono, óxidos nitrogenados. No había encontrado nada. Si los hijos de los tripulantes de la Disciplina habían conseguido desarrollarse más allá del salvajismo, no lo habían hecho en gran número.

Pero estaban vivos. Alguien estaba usando un MAC.

¡Si sólo pudiera verles! O hablarles…

—Dame más volumen. Ciudadano, soy Kendy del Estado. Habla, y serás recompensado más allá del alcance de tu imaginación.

—Amplificar. Amplificar. Amplificar —retransmitió el MAC.

Kendy estaba transmitiendo con la mayor potencia.

—Cancela el volumen —envió.

No por primera vez, se preguntó si el Anillo de Humo no habría resultado demasiado benévolo como entorno.

Criaturas que evolucionasen en caída libre, no podrían tener tanta fuerza como los seres humanos. Los humanos podían ser las criaturas más poderosas del Anillo de Humo: felices como almejas, y casi igual de activos. La civilización siempre actuando como protección contra el entorno.

O contra otros hombres. La guerra podía ser un signo esperanzador…

¡Si pudiera saber qué era lo que habían hecho! Kendy podría perturbar el entorno de doce modos diferentes. Podía arrojarlos de su Edén y ver qué pasaba. Pero no se arriesgaría. No sabía lo suficiente.

Kendy esperó.

Uno — La Mata de Quinn

Gavving podía escuchar los crujidos de sus compañeros mientras perforaban hacia arriba. Se mantenían a lo largo de la gran pared plana del tronco. Ramas espinosas gruesas como dedos brotaban del tronco, dividiéndose interminablemente en finas hebras de arbusto, floreciendo por fin entre un follaje como de algodón verde, girando libremente para conseguir capturar cada desperdigado destello de luz solar. Algo de luz se filtraba a través suyo como un crepúsculo verde.

Gavving perforaba a través de un universo de verde algodón hilado.

Hambriento, metió la mano profundamente en la red de arbustos y arrancó un puñado de hojas. Tenían un sabor como de fibroso algodón hilado. Saciaban el hambre, pero lo que el estómago de Gavving le estaba reclamando era carne. Pese a todo, el gusto era demasiado fibroso… y el verde demasiado oscuro, incluso para ser de los bordes de la mata donde daba la luz del sol.

De cualquier modo, se lo comió y siguió avanzando.

El creciente aullido del viento le advirtió que ya estaba cerca. Un minuto después, su cabeza se abrió paso hasta el viento y la luz del sol.

La luz del sol apuñaló sus ojos, todavía enrojecidos y con dolor después del ataque de alergia que había tenido por la mañana. Siempre le atacaba los ojos y los senos nasales. Bizqueó y giró la cabeza y sorbió y esperó a poder enfocar la visión. Luego, crispándose anticipadamente, miró hacia arriba.

Gavving tenía catorce años, medidos por las pasadas del sol detrás de Voy. Hasta aquel momento, nunca antes había estado por encima de la Mata de Quinn.

El tronco iba hacia arriba y hacia abajo a partir de Voy. Parecía alejarse eternamente, un inmenso muro marrón que se estrechaba cilíndricamente hasta no ser más que una oscura línea con una suave curvatura inclinada hacia el oeste, perdiéndose en el infinito… y la punta estaba tachonada de verde. La mata lejana.

Una nube verde teñida de ocre se deslizó bajo él, esparciéndose por el cuerpo principal de la mata. Mirando hacia el este, con el viento azotando hacia adelante su largo cabello, Gavving pudo ver la rama que emergía medio klomter de desnuda madera de su vaina verde: una delgada aleta.

La cabeza de Harp apareció, y su cara volvió a sumergirse, huyendo del viento. Laython fue el siguiente, e hizo lo mismo. Gavving esperó. Sus caras volvieron a aparecer. El rostro de Harp era ancho, de recia osamenta, su fuerza brutal medio oculta por una barba dorada. La larga y oscura faz de Laython empezaba a retoñar con los primeros pelos de una barba negra. Harp le llamó:

—Podemos andar a cuatro patas rodeando el tronco a sotavento. Al este. Escaparnos del viento.

El viento soplaba siempre desde el oeste, siempre con la velocidad de un vendaval. Laython comprobó cuidadosamente con los dedos la dirección del viento.

—¡Negativo! —vociferó—. ¿Cómo vamos a cazar algo? ¡Cualquier presa vendría a favor del viento!

Harp se retorció a través del follaje para reunirse con Laython. Gavving se encogió de hombros e hizo lo mismo. Le hubiera gustado que hubiese un cortavientos… y Harp, diez años mayor que Gavving y Laython, estaba nominalmente al mando. Lo que raramente solucionaba aquellos problemas.

—No podemos atrapar nada —les dijo Harp—. Estamos aquí para proteger el tronco. Que hay sequía no significa que no pueda producirse una inundación. ¿Podría rozar el árbol un estanque?

¿Qué estanque? ¡Mira a tu alrededor! ¡No hay ninguno cerca de nosotros! ¡Harp, deberías verlo por ti mismo!

—El tronco nos impide ver lo que hay al otro lado —dijo Harp pacientemente.

El punto brillante en el cielo, el sol, vagaba a la deriva bajo el borde occidental de la mata. Y en aquella dirección no había estanques, ni nubes, ni bosques a la deriva… nada, sólo el cielo blanco teñido de azul, hendido por la blanca línea del Anillo de Humo, y en aquella línea, un desquiciante grumo que debía ser Gold.

Mirando hacia arriba, hacia afuera, no vio nada más… lejanos gallardetes de nubes con forma de remolinos tormentosos… una centelleante mancha que posiblemente era un estanque, pero que parecía incluso más lejana que la verde extremidad del árbol integral. Allí no habría inundaciones.

Gavving tenía seis años cuando llegó la última inundación. Recordaba el terror, el pánico, la frenética precipitación. La tribu se había abierto camino cavando, a lo largo de la rama, hacia el este, amontonándose en el ligero follaje, allí donde la mata terminaba en una punta de madera desnuda. Recordaba un rugido que ahogó el del viento, y cómo la masa de la rama se estremecía interminablemente. El padre de Gavving y dos aprendices de cazadores no fueron avisados a tiempo. El cielo se los llevó.

Laython empezó a rodear el tronco, en la misma dirección que el viento. Había medio emergido de entre el follaje, empujándose contra el viento con sus largos brazos. Harp le siguió. Como era costumbre, Harp había cedido. Gavving refunfuñó, pero se movió para reunirse con ellos.

Era cansado. Harp debía aborrecerlo. Usaba sandalias claveteadas, pero incluso con ellas, debía estar padeciendo. Warp tenía un buen cerebro y la lengua fácil, pero era un enano. Su torso era corto y ancho; pero la musculatura de sus brazos y piernas no tenía aguante, y los dedos de sus pies eran mera decoración. Medía menos de dos metros de alto. El Grad, en cierta ocasión, le había dicho a Gavving:

—Harp se parece a las imágenes de los Fundadores, en la bitácora. Hace mucho tiempo, todos nos parecíamos a ellos.

Harp le sonrió a Gavving, pensando que estaba fatigado.

—Tú también tendrás sandalias de clavos cuando crezcas.

Laython también sonrió, desdeñosamente, y se apresuró a ponerse en cabeza. Gavving no dijo nada. Las sandalias claveteadas sólo habrían servido para estorbarle los largos y prensiles dedos de los pies.

La noche había cortado la luz por la mitad. Con la luz del sol circunvalando la otra cara de Voy, ver resultaba más fácil. El tronco era una gigantesca muralla marrón de tres klomters de circunferencia. Gavving volvió a levantar la vista una vez más y se sintió descorazonado por lo poco que habían avanzado. Se protegió la cabeza, agachándola contra el viento, abriéndose camino desgarrando el verde algodón, hasta que escuchó un aullido de Laython.

—¡La cena!

Una temblorosa partícula negra, señalando un punto a babor en el viento.

—No puedo decir lo que es —dijo Laython.

—Está intentando desaparecer —dijo Harp—. Parece grande.

—¡Trata de dar la vuelta hacia el otro lado! ¡Vamos!

Se arrastraron rápidamente. La mota temblorosa estaba muy cerca. Era grande y delgada y movía el primer tallo. La gran aleta traslúcida se ensanchaba por la velocidad, como si intentase llegar al claro del tronco. El tenue torso giraba lentamente.

La cabeza quedó a la vista. Dos ojos brillantes tras el pico, separados por ciento veinte grados.

—Pájaro espada —decidió Harp. Y dejó de moverse.

Laython preguntó:

—Harp, ¿qué vamos a hacer?

—Nadie en su sano juicio iría detrás de un pájaro espada.

—¡Sigue siendo carne! ¡Y, por lo lejos que está, también debe estar hambriento!

Harp bufó.

—¿Quién lo dice? ¿El Grad? El Grad está lleno de teorías, pero nunca ha salido a cazar.

La lenta rotación del pájaro espada dejó a la vista lo que había sido el tercer ojo. Pero lo que mostraba era un largo, irregular, velloso y verde remiendo. Laython gritó:

—¡Lanilla! ¡Tiene una herida en la cabeza infectada de lanilla! ¡Esa cosa está herida, Harp!

—No es un pavo herido, chico. Es un pájaro espada herido.

Laython tenía vez y media el tamaño de Harp, y además era el hijo del Presidente. No era fácil disciplinarle. Apretó los largos y fuertes dedos sobre el hombro de Harp.

—¡Lo perderemos si nos quedamos aquí discutiendo! ¡Yo digo que vayamos a Gold! —Y se puso de pie.

El viento le golpeó. Sujetó en los arbustos un puño y los dedos de los pies, estabilizándose, y empezó a hacer señas con el brazo libre.

—¡Hola! ¡Pájaro espada! ¡Carne, copsik, carne!

Harp emitió un sonido de disgusto.

Era casi seguro que el animal le vería si no dejaba de agitar la brillante blusa escarlata. Gavving pensó: Lo perderemos y el peligro habrá pasado. Pero no quería aparentar cobardía en el transcurso de su primera partida de caza.

Tomó de la espalda la cuerda corrediza. Socavó el follaje para poder clavar una escarpia en la sólida madera y amarró en ella la cuerda. El centro estaba anudado a su cintura. Nadie se arriesgaba a perder la cuerda. Si la conservaba, un cazador que cayera hacia el cielo todavía podría encontrar apoyo en alguna parte.

La criatura no les había visto. Laython juró. Se apresuró a anclar su propia cuerda. El fin de la operación era arpearla: dura madera del afilado final de la rama. Laython hizo girar el arpeo alrededor de la cabeza, gritando y abriéndolo.

El pájaro espada debía haberle visto, u oído. Se volvió repentinamente, con la boca abierta, la cola triangular revoloteando como si intentase abrirse camino hacia estribor, hacia su lado del tronco. ¡Hambriento, sí! Gavving nunca había considerado que una criatura pudiera verle a él como su carne hasta aquel momento. Harp se puso ceñudo.

—Va a maniobrar. Si tenemos suerte, podría llegar a chocar con el tronco.

El pájaro espada parecía hacerse más grande a cada segundo que pasaba: más grande que un hombre, más grande que una choza… todo boca y alas y cola. La cola era una membrana traslúcida encerrada en una V de huesos espinosos de bordes dentados. ¿Cómo había llegado tan lejos? Los pájaros espada se alimentaban de criaturas que devoraban en los bosques a la deriva, y había muy pocos, y siempre estaban muy cerca de Voy. Muy poco de todo. La criatura está muy flaca, pensó Gavving; y ahí está la suave costra verdosa sobre el ojo. La lanilla era una planta verde, parásita, que crecía en un animal hasta que el animal moría. También atacaba a los humanos. Todo el mundo la padecía antes o después, algunos incluso más de una vez. Pero los humanos tenían bastante sentido común como para estar a la sombra hasta que la lanilla blanqueaba y moría.

Laython podía estar en lo cierto. Una cabeza herida, un sentido de la dirección enloquecido… y era carne, un montón de carne tan grande como la gran choza de los solteros. Debía estar famélico… y se volvió para enfrentarse a ellos.

Una boca aislada les alcanzó: un campo elíptico, en expansión, lleno de dientes.

Laython enrolló la cuerda con una prisa frenética. Gavving vio cómo le adelantaba volando la cuerda de Harp, y cómo le arrancaba de la parálisis, haciéndole lanzar su propia arma.

El pájaro espada latigueó a su alrededor, imposiblemente rápido, tronchando el arpón de Gavving como si fuera de caramelo. Harp lanzó un alarido. Gavving se quedó congelado por un momento; luego, enterró los pies en la maleza mientras daba un tirón de la cuerda. Lo he enganchado.

La criatura no intentó escapar; seguía revoloteando hacia ellos.

El arpeo de Harp le desolló el costado, dio un tirón, intentando enganchar a la bestia, y falló de nuevo. Enrolló la cuerda para otro intento.

Gavving estaba a horcajadas entre el ramaje y el algodón, hundiendo los dedos de los pies profundamente, asiendo con las manos el mortífero asidero de la cuerda. Con los ojos fijos en el pájaro espada, continuó comportándose como si esperase contactar con la bestia asesina.

—Harp, ¿dónde debo herirla? —gritó.

—En las órbitas de los ojos, supongo.

La bestia estaba confundida. Tenía los costados arañados por el tronco que se extendía sobre sus cabezas, estaba terriblemente cercana. El tronco se estremeció. Gavving aulló de terror. Laython aulló de rabia, lanzando el arpeo por encima de la cabeza.

Rozó el costado del pájaro espada. Laython tiró de la cuerda con fuerza y clavó la púa de dura madera en la carne, profundamente.

La cola del pájaro espada se paralizó. Quizá estaba considerando otras opciones, mirándoles con los dos ojos sanos mientras el viento lo empujaba hacia el oeste.

La cuerda de Laython se tensó. Y la de Gavving. Las ramas espinosas desgarraron los inadaptados dedos de los pies de Gavving. Y la inmensa bestia le arrastró hacia el cielo.

Sintió la garganta atenazada, pero pudo escuchar el chillido de Laython. Laython también había sido arrastrado.

Los dedos de Gavving todavía llevaban clavados los arbustos espinosos. Miró hacia abajo, hacia la almohadillada protección de la mata, preguntándose hasta dónde sería llevado y tirado. Pero su cuerda aún estaba anclada… y el viento era más fuerte que la marea; podría llevarle más allá de la mata, más allá de la rama, cada vez más lejos. Pero en vez de eso se arrastró a lo largo de la cuerda, alejándose del predador.

Laython no se había rendido. Había preparado de nuevo su arpeo y esperaba.

El pájaro espada decidió. Su cuerpo chasqueó en una curva. La cola dentada latigueó forzadamente hacia la cuerda de Gavving. El pájaro espada aleteó violentamente, dirigiéndose hacia el oeste. La cuerda de Laython se tensó; los arbustos se desgarraron y la cuerda quedó libre. Gavving intentó cogerla pero la perdió.

Podría haberse retirado hasta ponerse a salvo, pero siguió vigilando.

Laython se equilibraba con el arpeo dispuesto, moviendo la otra mano en círculo preparando su cuerpo para dar la vuelta, mientras el predador aleteaba hacia él. El hombre era casi la única criatura del Anillo de Humo que no tenía alas.

El cuerpo del pájaro espada se arqueó en forma de U. Golpeó con la cola a Laython casi antes de que éste pudiera mover el arpeo. La boca de la bestia se abrió y se cerró cuatro veces, y Laython desapareció. La boca siguió actuando, intentando librarse del arpón que Gavving le había clavado en la garganta, mientras el viento se la llevaba hacia el este.

La choza del Científico era como cualquier otra choza de la Tribu de Quinn: vivientes arbustos espinosos trabajados como el mimbre de una cesta. Era más grande que algunas, pero no daba sensación de lujo. La techumbre y las paredes estaban constituidas por un amasijo de chismes pegados a la urdimbre; y plumas de pavo y rojos penachos teñidos con tinta, útiles de enseñanza, útiles científicos, y reliquias de antes del tiempo en que los hombres abandonaran las estrellas.

El Científico entró en la choza como si fuera un ciego. Tenía los brazos llenos de sangre de las manos a los codos. Se los había arañado con la brazada de maleza, y hablaba entre dientes:

—Malditos, malditos berbiquís. En cuanto se ponen a excavar, no hay manera de pararlos. —Levantó la vista—. ¿Grad?

—Hola. ¿Con quién hablabas? ¿Estás hablando solo?

—Sí. —Se restregó los brazos airadamente, y tiró el manojo de follaje lejos de él—. La muerte de Martal. Un berbiquí se puso a excavar en ella. Posiblemente, yo mismo la maté, cuando se los extraje, pero hubiera muerto de todos modos… no puedes dejar huevos de berbiquí. ¿Has oído algo de la expedición?

—Casi nada. No puedo conseguir que nadie me dé noticias.

El Científico arrancó de la pared de la choza un puñado de follaje e intentó limpiar con él el escalpelo. No había mirado al Grad.

—¿Qué piensas?

El Grad estaba furioso y se había ido irritando cada vez más mientras esperaba en una choza vacía. Intentó que aquello no se reflejase en su voz.

—Pienso en el intento del Presidente para deshacerse de algunos ciudadanos que le resultan molestos. Lo que me gustaría saber es, ¿por qué yo?

—El Presidente es un loco. Piensa que la ciencia podrá parar la sequía.

—¿Tú también tienes problemas? —El Grad los tenía—. Puedes traspasármelos a mí.

El Científico, al fin, le miró. El Grad pensó que vería culpabilidad en ellos, pero los ojos del Científico se mostraban tranquilos.

—Le dejé pensar que tú tenías la culpa, sí. Ahora, hay algunas cosas que necesito de ti…

La respuesta fue una risa incrédula.

—¿Qué, más herramientas para acarrear por otros cien klomters del tronco?

—Grad… Jeffer. ¿Qué es lo que te he contado acerca del árbol? Hemos estudiado juntos el universo, pero lo más importante que hay en él es el árbol. ¿Acaso no te he enseñado que todo lo que vive procura estar cerca de la región intermedia del Anillo de Humo, allí donde hay aire y agua y tierra?

—Todo menos hombres y árboles.

—Los árboles integrales tienen un método. Te lo enseñé.

—Tengo… la idea de que sólo estás adivinando… Oh, ya veo. Estás deseando apostarte mi vida.

El Científico bajó los ojos.

—Supongo que tienes razón. Pero si estoy en lo cierto, no quedará nada excepto tú y la gente que te acompañe. Jeffer, podría no pasar nada. Podrías volver con… todo o que necesitamos: crías de pavo, alguna especie de vida animal que se desarrollase en el tronco, no lo sé…

—Pero tú no lo crees.

—No. Por eso voy a dártelo.

Sacó tesoros de los arbustos espinosos: un vidrioso rectángulo de veinticinco por cincuenta centímetros, demasiado liso como para hacer un paquete y cuatro cajas del tamaño de la mano de un niño. La respuesta del Grad fue un musical:

—O-o-oh.

—Decide por ti mismo lo que quieres que te cuente que te pueda servir de ayuda. Vamos a tener ahora una última sesión de aprendizaje. —El Científico metió una cassette en un lector de pantalla—. No tendrás muchas oportunidades de estudiar cuando estés en el tronco.

PLANTAS

LA VIDA SE EXTIENDE POR TODO EL ANILLO DE HUMO, PERO NO NI DENSA NI MASIVA. EN EL ENTORNO DE CAÍDA LIBRE, LAS PLANTAS PUEDEN EXTENDER MUY LEJOS SUS ZONAS VERDES PARA ATRAPAR LA MÁXIMA CANTIDAD POSIBLE DE LUZ SOLAR, DESPRECIANDO EL AGUA Y EL SUELO, SIN PREOCUPARSE DE LA FUERZA ESTRUCTURAL. FINALMENTE ENCONTRAMOS UNA EXCEPCIÓN…

LOS ÁRBOLES INTEGRALES CRECEN HASTA ALCANZAR UN TAMAÑO ENORME. LAS PLANTAS FORMAN UN LARGO TRONCO BAJO TERRIBLES TENSIONES, Y ESTÁN ENCOPETADAS DE VERDE AL PRINCIPIO Y AL FINAL, ESTABILIZADAS POR LAS MAREAS. FORMAN MILES DE RADIOS CIRCULANDO ALREDEDOR DE LA ESTRELLA LEVOY. CRECEN HASTA CIEN KILÓMETROS DE LARGO, Y TIENEN HASTA UN QUINTO DEL GEE DE LAS MAREAS DE «GRAVEDAD» DE LAS MATAS Y CON PERPETUOS VIENTOS HURACANADOS.

LOS VIENTOS DERIVAN DE SIMPLES MECANISMOS ORBITALES. SOPLAN DESDE EL OESTE DE LA MATA INTERIOR Y DESDE EL ESTE DE LA MATA CONTRARIA (INTERIOR, ES HACIA LA ESTRELLA LEVOY, COMO ES HABITUAL). LAS ESTRUCTURAS SON DOBLADAS POR EL VIENTO, CURVÁNDOLAS EN EL EXTREMO DE CADA RAMA A UNA POSICIÓN CASI HORIZONTAL. EL FOLLAJE SE FERTILIZA POR LA TAMIZACIÓN EN EL VIENTO…

LOS PELIGROS MÉDICOS DE UNA VIDA EN CAÍDA

LIBRE SON BIEN CONOCIDOS. SI LA DISCIPLINA NOS ABANDONASE EFECTIVAMENTE, SI EFECTIVAMENTE FUÉSEMOS DEJADOS A NUESTRA SUERTE EN ESTE EXTRAÑO AMBIENTE, NO HABRÍA NADA PEOR QUE REFUGIARSE EN LAS MATAS DE LOS ÁRBOLES INTEGRALES. SI LOS ÁRBOLES DEMOSTRARAN SER MAS PELIGROSOS DE LO QUE HABÍAMOS ANTICIPADO, ESCAPAR SERÍA FÁCIL. SOLO HABRÍA QUE SALTAR Y ESPERAR HASTA SER RECOGIDO.

El Grad levantó la vista.

—La verdad es que no sabían mucho sobre los árboles.

—No. Pero, Jeffer, vieron los árboles desde fuera.

Era una observación impresionante. Mientras la digería, el Científico dijo:

—Me temo que deberás empezar a entrenar a tu propio Grad muy pronto.

Jayan estaba sentada con las piernas cruzadas, enrollando cuerdas. De vez en cuando echaba una mirada para vigilar a los niños. Iban como el viento a través de los Comunes, y cuando el viento moría los dejaba desparramados alrededor de Clave. Clave no estaba trabajando mucho, pero parecía hacerlo.

Las chicas adoraban a Clave. Los chicos le imitaban. Algunos le observaban, otros zumbaban a su alrededor, intentando ayudarle a reunir los arpones y púas, o planteándole una serie de preguntas sin fin.

—¿Qué vas a hacer? ¿Por qué necesitas tantos arpones? ¿Y toda esa soga? ¿Es un viaje de caza?

—No puedo decirlo —dijo Clave con la exacta dosis de pesar. King, ¿dónde has estado? Parece pegajoso.

King era un chico de ocho años, feliz, repintado de polvo marrón.

—Hemos ido a la parte inferior. El follaje es allí más verde. Sabe mejor.

—¿Habéis llevado cuerdas? Las ramas no son allí tan tuertes como a las que estamos acostumbrados. Podíais haber caído. ¿Os ha acompañado, al menos, algún adulto?

Jill, de nueve años, tuvo la agudeza de cambiar de conversación.

—¿Cuándo cenamos? Estamos hambrientos. —Todos lo estamos. —Clave se volvió hacia Jayan—. Ya tenemos bastantes mochilas, tendremos que llevar comida, y encontrar agua en el tronco… sandalias de clavos… vainas surtidor, me alegro que las tengamos… espero que llevemos bastantes púas… ¿necesitaremos algo más? ¿Ha vuelto Jinny?

—No. ¿Qué la enviaste a buscar? —Rocas. La di una red para que las trajera, pero tenía que ir hasta la boca del árbol. Espero que encuentre una buena piedra para afilar.

Jayan no quiso regañar a los chicos. También ella adoraba a Clave. Si hubiera podido, la hubiera gustado quedársela para ella sola… si no para Jinny. A veces se preguntaba si Jinny habría sentido alguna vez lo mismo.

—Mmmm… tendremos que recoger un poco de follaje antes de abandonar la mata… Jayan dejó de trabajar.

—Clave, no se me había ocurrido. ¡No hay follaje en el tronco! ¡No tendremos nada para comer!

—Algo encontraremos. Para eso vamos —dijo Clave animosamente—. ¿Piensas cambiar de idea?

—Ya es demasiado tarde —dijo Jayan. No añadió que nunca había deseado ir. Ya no era el momento para decirlo. —Podría rechazarte. Y a Jinny también. Los ciudadanos como tú no deberían permitir…

—No me quedaré. —No con Mayrin y con el Presidente, y sin Clave. Levantó la mirada y dijo—: Mayrin.

La esposa de Clave estaba en la semipenumbra del lado más alejado de los Comunes. Podía estar allí hacía tiempo. Era siete años mayor que Clave, una mujer robusta, con la misma cuadrada mandíbula que su padre, el Presidente.

—Clave —llamó—, poderoso cazador ¿a qué estás jugando con esta joven cuando podrías estar cazando para los ciudadanos?

—Ordenes.

Ella se acercó, sonriendo.

—La expedición. Mi padre y yo la proyectamos juntos.

—Si quieres creerlo así, puedes hacerlo.

La sonrisa se cortó.

—¡Copsik! Te has burlado de mí durante mucho tiempo, Clave. Tú y todos. Ojalá te caigas al cielo.

—Ojalá no —dijo Clave suavemente—. ¿Te gustaría ayudarnos? Necesitamos mantas. Mejor llevar una de más. Nueve.

—Búscala tú —dijo Mayrin. Y salió andando con paso majestuoso.

En los principales abismos de la mata de Quinn había túneles que atravesaban el follaje. Las chozas anidaban en el flanco vertical de la rama, y los túneles las sobrepasaban. Harp y Gavving tenían ya sitio para poder caminar, o algo parecido. En el bajo impulso de la marea, saltaban por el follaje como si tanto ellos como el follaje fueran etéreos. Los arbustos que rodeaban los túneles estaban secos y desnudos, descortezado el follaje de todo alimento.

Cambios. Los días habían sido más largos antes del paso de Gold. Dos días entre cada sueño; ahora el equivalente eran ocho. El Grad había intentado explicárselo en una ocasión, pero el Científico había golpeado al Grad por divulgar sus secretos y a Gavving por escucharlos.

Harp pensaba que el árbol había muerto. Pero, bueno, Harp era el narrador y las palabras más desastrosas se convertían en sus labios en ricas fábulas. Pero el Grad también lo pensaba… y Gavving sentía que el mundo estaba acabando. Casi hubiera preferido que llegara el fin antes de verse obligado a contarle al Presidente lo que le había sucedido a su hijo.

Se detuvo para mirar su propia morada, un largo cuerpo semicilíndrico, la gran choza de los solteros. Estaba vacía. La Tribu de Quinn debía estar reunida para la comida del atardecer.

—Tenemos problemas —dijo Gavving y suspiró.

—Seguro que los tenemos, pero nadie nos va a condenar por haber actuado como lo hicimos. Si nos escondemos, no podremos comer. Además, tenemos esto. —Harp levantó el hongo muerto.

Gavving sacudió la cabeza. Aquello no les ayudaría.

—Podrías haberlo impedido.

—No pude. —Al ver que Gavving no contestaba, Harp dijo—; Hace cuatro días que toda la tribu está tirando cuerdas a un estanque, ¿recuerdas? Un estanque que no más grande que una choza. ¿Por qué no podíamos hacerlo nosotros? No pensamos que era una estupidez hasta que ocurrió aquello, y nadie salvo Clave podía haber realizado la hazaña, y no estaba allí…

—Yo ni siquiera enviaría a Clave a cazar un pájaro espada.

—Veinte a veinte —bromeó Harp. El chiste era arcaico pero su sentido se conservaba. Cualquier loco puede prever el pasado.

Una abertura en el algodón: la pavera, con sólo un melancólico pavo todavía vivo. No esperaban conseguir ninguno, a menos que lo hubieran capturado a un salvaje en el viento. Sequía y hambre… El agua todavía bajaba por el tronco, esporádicamente, pero nunca en cantidad. A veces pasaban cosas volando, comida arrastrada por el aullante viento, pero con poca frecuencia. La tribu no podría sobrevivir largamente sin más alimento que el azucarado follaje.

—¿Nunca te he contado —preguntó Harp— lo de Glory y los pavos?

—No. —Gavving se relajó un poco. Necesitaba distraerse.

—Fue hace doce o trece años, antes del paso de Gold. Las cosas entonces no caían tan deprisa. Pregúntale al Grad por qué, porque yo no sé la causa, pero sí que ocurría. Así que si Glory se hubiere caído sobre la pavera, no la habría destrozado. Pero Glory intentó acarrearla. La sujetó entre sus brazos, y pesaba tres veces más que ella, y perdió el equilibrio y empezó a correr para evitar que golpeara en el suelo. Y entonces la estrelló.

«Fue como si lo hubiera hecho a mala idea. Los pavos se esparcieron por todas partes, desde el Grupo hacia el cielo. Puede que perdiéramos la tercera parte de la pavada. A partir de aquello, Glory fue relevada de todas las responsabilidades sobre la cocina.

Otro agujero, uno grande: tres habitaciones construidas con ramas espinosas. Vacío.

—El Presidente tendrá todavía la lanilla —dijo Gavving.

—Es de noche —contestó Harp.

La noche era sólo un oscurecimiento mientras el lejano arco del Anillo de Humo filtraba la luz del sol; pero un klomter cúbico de follaje también bloqueaba la luz. Una víctima de la lanilla podía salir de noche para compartir una comida.

—Nos verá llegar —dijo Gavving—. Me gustaría que todavía estuviese confinado.

Frente a ellos ardía una hoguera. Se apresuraron, Gavving suspirando, Harp arrastrando el hongo con la cuerda. Cuando emergieron en los Comunes llevaban las caras solemnes y sus ojos no evitaron a nadie.

Los Comunes era una gran zona abierta, encuadrada por una empalizada de arbustos. Casi toda la tribu formaba un círculo escarlata con la marmita en el centro. Hombres y mujeres vestían blusas y pantalones teñidos con la púrpura que el Científico extraía de ciertas bayas y que a veces estaban decoradas de negro. Aquel rojo contrastaba vividamente con cualquier parte de la mata. Los niños sólo llevaban blusas.

Todos estaban extrañamente silenciosos.

El fuego parecía casi apagado, y la marmita —un objeto antiguo, un alto, transparente cilindro con una tapa del mismo material— contenía apenas una ración doble de estofado.

El pecho del Presidente estaba medio cubierto por la lanilla, pero la mancha se había contraído y en su mayor parte empezaba a adquirir un tono marrón. El Presidente era un hombre de mandíbula cuadrada, fornido, de mediana edad, y parecía infeliz, irritado. Hambriento. Harp y Gavving se acercaron a él, ofreciéndole su presa.

—Comida para la tribu —dijo Harp.

La presa parecía un champiñón carnoso, con un tallo de medio metro de largo y órganos sensitivos y un enrollado tentáculo bajo el filo del capuchón. Un pulmón bajaba desde el centro del tallo/cuerpo y era utilizado por la cosa como un propulsor. Parte del capuchón estaba desgarrado, quizá por algún predador; la herida estaba medio cicatrizada. Su apariencia era poco apetitosa, pero las leyes de la sociedad también encadenaban al Presidente.

Tomó el hongo.

—El desayuno de mañana —dijo cortésmente—. ¿Dónde está Laython?

—Perdido —dijo Harp antes de que Gavving pudiera decir nada—. Muerto.

El Presidente los miró con aflicción. —¿Cómo? —Luego—: Espera. Comed primero. Era la cortesía habitual para los cazadores que regresaban; pero para Gavving la espera era una tortura. Excavaron en un recipiente que contenía una escasa cantidad de caldo de verduras y pavo, y usaron las calabazas tan poco como les fue posible.

—Ahora, hablad —dijo el Presidente. Gavving se deprimió cuando Harp empezó la narración. —Partimos como cazadores y escalamos a lo largo del tronco. Levantamos las cabezas al cielo y vimos el tronco desnudo extendiéndose hacia el infinito…

—¿He perdido a mi hijo y me hablas poéticamente? Harp se sobresaltó.

—Perdón. No había nada en la parte del tronco en que estábamos, ningún signo de peligro ni de salvación. Entonces fue cuando Laython vio un pájaro espada, muy lejos, al oeste, arrastrado hacia nosotros por el viento. La voz del Presidente estaba controlada sólo a medias. —¿Fuisteis detrás de un pájaro espada? —Hay hambre en la Mata de Quinn. Hemos caído demasiado hacia adentro, demasiado cerca de Voy, eso dice el Científico. No hay bestias que vuelen cerca, ni aguas goteantes que bajen por el tronco…

—¿Acaso no estoy yo mismo los suficientemente hambriento como para saberlo? Hasta un niño sabe que es mejor el hambre que cazar un pájaro espada. Bueno, sigue.

Harp lo contó todo, con un lenguaje sobrio, pasando ligeramente por la desobediencia de Laython, dejando que le viesen como un héroe condenado.

—Vimos como Laython y el pájaro espada eran empujados por el viento hacia el este, a lo largo de un klomter de rama desnuda, y más allá. No podíamos hacer nada.

—¿Y su cuerda?

—Fue con él.

—Habrá encontrado apoyo en algún sitio —dijo el Presidente—. Un follaje… otro árbol… se habrá podido anclar en la zona media y bajar… bien. La Tribu de Quinn lo ha perdido.

Aguardamos —dijo Harp—, con la esperanza de que Laython pudiera encontrar un camino de vuelta, que lo consiguiera y se amarrara a alguna parte del tronco… Pasaron cuatro días. Sólo vimos un hongo arrastrado por el viento. Lanzamos los garfios y lo apresamos.

El Presidente parecía enfermo y disgustado. Gavving oyó en su mente. ¿Habéis cambiado a mi hijo por un hongo? Pero el Presidente dijo:

—Sois los últimos cazadores que quedaban por volver. Debéis saber lo que ha pasado hoy. Lo primero, que un berbiqui ha matado a Martal.

Martal era una de las ancianas, tía del padre de Gavving. Una arrugada mujer que siempre estaba ocupada, demasiado ocupada para hablar con los niños, y que había sido la cocinera principal de la Tribu de Quinn. Gavving intentó no imaginarse el berbiquí barrenando sus intestinos. Mientras Gavving se estremecía, el Presidente dijo:

—Cuando hayan pasado cinco días de sueño, nos reuniremos para los últimos ritos de Martal. Segundo: el Consejo ha decidido enviar una expedición que suba por el tronco. No regresará sin traer medios para sobrevivir. Gavving, tú te unirás a la expedición. Serás informado con todo detalle de tu misión después del funeral.

Dos — Despedida

La boca del árbol era un pozo embudado entrelazado con desnudas ramas espinosas de aspecto mortífero. Los ciudadanos de la Mata de Quinn se agrupaban en un arco sobre el cercano borde vertical. Se habían reunido una cincuentena, quizá más, para decirle adiós a Martal. Casi la mitad eran niños.

Al oeste de la boca del árbol no había más que cielo. El cielo los envolvía completamente, y allí no había protección contra el viento, pues se encontraban en la parte más occidental de la rama. Las madres protegían a sus hijos con sus túnicas. La Tribu de Quinn parecía formada por las rojas bayas de la mata esparcidas en el espeso follaje que había alrededor de la boca del árbol.

Martal estaba entre ellos, en el borde más bajo del embudo, flanqueada por cuatro miembros de su familia. Gavving estudió la cara de la mujer muerta. Casi tranquila, pensó, pero con un último resquicio de horror. Tenía la herida sobre la cadera: una hendidura que no había sido hecha por el berbiquí, sino por el cuchillo del Científico que había cavado en su busca.

El berbiquí era una criatura pequeña, no mayor que el dedo del pie de un hombre. Podía volar en el viento tan rápido que no se lo podía ver, y golpear y enterrarse en la carne, para dejar sus intestinos como una saca expandida que arrastrara tras él. Si se le dejaba, podía, eventualmente, excavar en la carne y al partir, triplicado de tamaño, dejaba a cambio una nidada de huevos junto con su tripa abandonada.

Mirar a Martal le estaba revolviendo el estómago a Gavving. Había estado tumbado despierto mucho tiempo, durmiendo muy poco; sus tripas se agitaban mientras intentaban digerir el desayuno de estofado de hongo.

Harp se acercó cautelosamente, a sus espaldas, hablándole por encima del hombro.

—Lo siento —dijo.

—¿Por qué? —Gavving creía saber lo que pretendía.

—No tendrías que ir si Laython no hubiese muerto.

—Piensas que es un castigo del Presidente. De acuerdo, yo también lo pienso, pero… ¿tú no irías a pesar de todo?

Harp extendió las manos con un gesto no habitual en él, pues se había quedado sin palabras.

—Tienes muchos amigos.

—Seguro. Hablo bien. Será por eso.

—Podías presentarte voluntario. ¿Has pensado en la de historias que podrías contar a la vuelta?

Harp abrió la boca, la cerró y se encogió de hombros.

Gavving lo percibió entonces. Se lo había preguntado antes y ya lo sabía. Harp tenía miedo…

—No he podido conseguir que nadie me diga nada —dijo—. ¿Has oído algo?

—Buenas noticias, y malas. Seréis nueve, en principio eran ocho. Tú has sido una ocurrencia de última hora. La buena noticia no pasa de ser un rumor. Clave es vuestro jefe.

—¿Clave?

—El mismo. Quizá, ahora pueda decirse sin demasiadas dudas que el Presidente intenta librarse de todos aquellos que no le gustan. El…

¡Clave es el mejor cazador de la mata! ¡Y el yerno del Presidente!

—Pero no vive con Mayrin. Aparte de eso… Lo he adivinado.

—¿Qué?

Es demasiado complicado. Puede que me equivoque. —Y Harp se alejó.

El Anillo de Humo era una línea blanca emergiendo sobre el pálido cielo azul, estrechándose según se curvaba hacia el oeste. Bajando por el arco, Gold era un grumo de turbulentas, embravecidas tormentas. La mirada de Gavving seguía el brazo hacia alrededor y hacia abajo y hacia adentro, hasta que se desdibujaba en las cercanías de Voy. Voy estaba directamente abajo, un pequeño punto brillando como un diamante engarzado en un anillo.

Era más brillante y nítido que en la infancia de Gavving. Voy había sido oscuro y borroso.

Cuando la pasada de Gold, Gavving tenía sólo diez años. Recordaba cuánto había odiado al Científico por sus predicciones sobre el desastre, por el miedo que produjeron aquellas predicciones. Los ruidosos vientos habían sido especialmente terribles… pero Gold pasó, y las tormentas se apaciguaron.

Los ataques de alergia empezaron pocos días después. La sequía que les asolaba tardaría varios años en alcanzar la cúspide, pero Gavving sentía el desastre una vez más. Ciega agonía como cuchillos clavados en sus ojos, la nariz derritiéndosele, opresión en el pecho. Por el tenue, y seco aire, le había dicho el Científico. Algunos podían tolerarlo, otros no. Le habían dicho que Gold había sacado al árbol de su órbita; el árbol se movía más cerca de Voy, demasiado bajo dentro de la zona media del Anillo de Humo. A Gavving le dijeron que fuese a dormir sobre la boca del árbol, por donde corrían los riachuelos. Aquello fue antes de que los riachuelos empezasen a menguar drásticamente.

El viento también era más fuerte. Soplaba directamente hacia la boca del árbol. La Mata de Quinn extendió grandes velas verdes hacia el viento, para poder atrapar cualquier cosa que el viento arrastrase. Agua, polvo o lodo, insectos o criaturas más grandes, todo era filtrado por el fino follaje o enredado en los arbustos. Las ramas espinosas emigraron lentamente, hacia el oeste de la rama, hasta que de forma gradual fueron tragadas por el gran pozo cónico. Incluso las viejas chozas emigraron hacia la boca del árbol para ser amasadas y tragadas, y tenían que construir otras nuevas cada pocos años.

Todo se dirigía hacia la boca del árbol. Las corrientes que atravesaban la parte inferior del tronco habían encontrado una dársena artificial, y el agua que llegaba a la boca del árbol, agua para cocinar, o lavarse, o desechos humanos, era «para alimentar el árbol».

El colchón de Martal, hecho de ramas espinosas, había sido bajado unos cuantos metros. Su séquito se había retirado al borde, para unirse al Alfin, guardián de la boca del árbol.

Los niños sabían como cuidar del árbol. Cuando Gavving era más joven, parte de sus tareas incluían recoger y arrastrar tierra y estiércol y basura para tirarlo por la boca del árbol, remover las rocas que podrían usarse en otra parte, encontrar y matar insectos nocivos. No le gustaba mucho —a Alfin le aterrorizaba trabajar abajo— pero recordaba que algunos de los insectos eran comestibles. También crecían cultivos terrestres, tabaco y maíz y tomates; tenían que hacer la recolección antes de que el árbol se los tragase.

En aquellos días oscuros, que pasara una presa era bastante raro. Hasta los insectos estaban muñéndose. No quedaba comida para la tribu, sólo basura para alimentar a los insectos o al árbol. Las cosechas estaban a punto de morir. La rama estaba medio desnuda, y no tenía follaje nuevo.

Alfin había sido el guardián de la boca del árbol desde antes de que Gavving naciese. Aquel hombre poco afable odiaba a media tribu, por una razón u otra. Gavving se sintió atemorizado por él en un tiempo. Asistía a todos los funerales… pero en el de Martal parecía verdaderamente afligido, como si apenas pudiera ocultar su dolor.

El día empezaba a oscurecer. El punto brillante, el sol, estaba bajando, emborronándose. No tardaría en fundirse en el este. Entretanto… sí, llegaba el Presidente, cuidadosamente envuelto en el manto, encapuchado contra la luz, esperado por el Científico y el Grad.

El Grad, un muchacho rubio cuatro años mayor que Gavving, parecía insólitamente serio. Gavving se preguntó si sería por Martal o por sí mismo.

El Científico llevaba un viejo mono que significaba su rango: una prenda de dos piezas azul pálido, inadecuado, con dibujos en uno de los hombros. Los pantalones le llegaron justo debajo de las rodillas; el peto dejaba al descubierto un cuarto de metro de velludo vientre. Tras incontables generaciones, el extraño y lustroso traje había empezado a mostrar signos de deterioro, y el Científico sólo lo usaba para el desempeño de las funciones oficiales.

El Grad está en lo cierto, pensó Gavving súbitamente: el viejo uniforme le sentaría a Harp a las mil maravillas.

El Científico habló, alabando la última contribución de Martal a la salud del árbol, recordando a los presentes que todos ellos tendrían un día u otro que cumplir con aquel deber. Acabó enseguida y luego se apartó para dejar paso al Presidente.

El Presidente habló. No dijo nada sobre el mal talante de Martal; pero dijo bastante sobre su habilidad con la marmita. Habló de otro ser perdido, del hijo que había perdido la Mata de Quinn, estuviera donde estuviese. Habló mucho, y la mente de Gavving empezó a vagabundear.

Había cuatro jóvenes muchachos estudiándolo todo atentamente; pero daban patadas con el pie a un pedazo de cóptero. La planta madura les respondió tirándoles pepitas, suaves espadas de runruneantes extremos. Los chicos permanecían solemnemente entre una nube de zumbantes cópteros.

El humor de la boca del árbol. Había a quien le costaba trabajo ocultar la risa. Pero de un modo u otro, Gavving no podía reírse. Había tenido cuatro hermanos y una hermana, y todos habían muerto antes de cumplir seis años, como tantos otros niños de la Mata de Quinn. En aquellos tiempos de hambre, se moría muy fácilmente… Era el último miembro de su familia. Todo lo que veía eran apelmazados recuerdos, como si no fuera a verlos nunca más.

¡Es sólo una partida de caza! Su vientre rugiente lo sabía mejor. El héroe de una única cacería fracasada… ¿Cómo habían elegido a Gavving para una desesperada expedición en busca de alimentos?

Una venganza por Laython. ¿También los otros estarían siendo castigados? ¿Quiénes eran los otros? ¿Cómo irían equipados? ¿Cuándo acabaría aquel funeral infinito?

El Presidente habló de la sequía, y de la necesidad del sacrificio; y su mirada cayó en ciertos individuos, Gavving entre ellos.

Cuando el largo discurso concluyó, Martal había recorrido otros dos metros cuesta abajo. El Presidente se alejó a toda prisa, huyendo del brillante día.

Gavving se dirigió hacia los Comunes apresuradamente.

El equipo estaba apilado en una red de secas ramas espinosas que la tribu llamaba la tierra. Arpones, rollos de cuerda, púas, garfios, redes, sacos marrones de tela burda, media docena de vainas surtidor, sandalias claveteadas… un conjunto muy tranquilizador para mantenerles con vida. Pero… y la comida? No veía comida.

Otros habrían llegado antes que él. Incluso a primera vista parecía una extraña selección. Vio una cara familiar y llamó:

—¡Grad! ¿Tú también vienes?

El Grad dio unas zancadas para reunirse con él.

—Claro. He echado una mano para planificarlo todo —le confió. Un tipo recio y feliz y, como miembro de una profesión tradicionalmente meticulosa, el Grad había ido armado con sus propias cuerda y arpón. Parecía ansioso, lleno de nerviosa energía. Miró a su alrededor y dijo—: ¡Oh, comida de árbol!

—¿Eso qué se supone que quiere decir ahora?

—Nada. —Pegó una patada a una pila de mantas y añadió—: Por lo menos, no iremos desnudos.

—Pienso que iremos hambrientos.

—Quizá encontremos algo de comer en el tronco. Sería lo mejor.

El Grad era un buen amigo de Gavving, pero no tenía mucho de cazador. ¿Y Merril? Merril habría sido una mujer alta si sus pequeñas y retorcidas piernas no tuvieran la misma longitud que su tronco. Tenía los largos dedos callosos, los brazos largos y fuertes; y, ¿por qué no?, los usaba para todo, incluso para caminar. Estaba encaramada en la empalizada de los Comunes, impasible, esperando.

El cojo Jiovan estaba bajo ella, con una mano en los arbustos para balancearse. Gavving recordaba a Jiovan como un ágil y arrojado cazador. Pero algo le había atacado, algo que nunca describió. Jiovan consiguió volver apenas vivo, con las costillas rotas y la pierna izquierda arrancada, con un torniquete en el muñón hecho con su propia cuerda. Desde hacía cuatro años las heridas le molestaban constantemente, y no había dejado que nadie las olvidase. Glory era una mujer huesuda, feúcha, de media edad, sin hijos. Sus torpezas le habían dado una fama que ella no pretendía. Glory culpaba a Harp el bardo por todo eso, y no sin razón. Estaba el cuento de la jaula de pavos; y Harp contaba otro sobre la rosada cicatriz que le bajaba por la pierna derecha, algo que se ganó cuando todavía estaba envuelta en asuntos de cocina.

El odio de los ojos de Alfin recordaba los tiempos en que Glory le clavó en la oreja una estaca de madera; pero se hablaba más de la tendencia de Alfin a conservar sus propios rencores. Jardinero, basurero, encargado de los funerales… no era cazador, ni siquiera explorador, pero también estaba allí. Gavving no sabía por qué, pero parecía desconsolado.

Glory esperaba con las piernas cruzadas, la mirada abatida. Alfin la miraba con rabia furibunda. Merril parecía impasible, relajada, pero Jiovan murmuraba entre dientes.

¿Aquellos eran sus compañeros? El vientre de Gavving se retorció dolorosamente a causa del hongo.

Fue entonces cuando Clave penetró en los Comunes, vigorosamente, llevando colgadas de cada brazo a una joven. Miró a su alrededor como si le encantase todo lo que veía. Era cierto. Clave había llegado.

Le observaron mientras estudiaba el equipo dándole suaves patadas, asintiendo, asintiendo.

—Bien —dijo jovialmente y miró alrededor suyo, a sus compañeros—. Vamos a tener que transportar todo eso. Vamos a dividirlo. Probablemente, prefiráis llevarlo a la espalda, atada con las cuerdas, pero podéis hacerlo como mejor os parezca. Perded la mochila y os devuelvo a casa.

El hongo dejó de aferrarse al vientre de Gavving. Clave era el cazador ideal: alto y delgado, dos metros y medio de huesos y músculos. Podía destrozar a un hombre aferrándole la cabeza con los dedos de una sola mano, y los largos dedos de sus pies podían agarrar una roca como Gavving con las manos. Sus compañeros eran Jayan y Jinny, gemelas, las morenas y hermosas hijas de Martal y un cazador muerto hacía tiempo. Sin más órdenes, empezaron a cargar el equipo en los sacos. Otros se movieron para ayudarles.

Alfin habló.

—¿Debo entender que eres nuestro jefe?

—Eso es.

—¿Qué vamos a hacer con todo esto?

—Subir a lo largo del tronco. Extenderemos los márgenes de Quinn hasta donde lleguemos. O hasta que encontremos cualquier cosa que sirva para salvar a la tribu. Puede ser comida…

—¿En el tronco desnudo?

Clave le miró.

—Nos pasamos la vida en dos klomters de la rama. El Científico dice que el tronco tiene cien klomters de largo. Quizá más. No sabemos lo que hay allí. Puede que todo lo que necesitamos no esté aquí.

—Tú sabes por qué vamos. Nos están echando —dijo Alfin—. Nueve bocas menos que alimentar, y mira las de quiénes…

Clave le cortó. Cuando quería, su voz podía gritar como un trueno.

—¿Te gustaría quedarte, Alfin? —Esperó, pero Alfin no contestó—. Quédate, entonces, Explícanos por qué no quieres venir.

—Voy. —La voz de Alfin era casi inaudible. Clave nunca amenazaba, ni lo haría entonces. Ellos habían sido los señalados. Cualquiera que se quedara podría ser acusado de amotinamiento.

Aquello terminó con la cuestión. Si Clave iba… Alfin estaba equivocado, y el estómago de Gavving también estaba equivocado. Podrían encontrar lo que la tribu necesitaba, y podrían regresar. Gavving empezó a hacer su petate.

Clave dijo:

—Hay seis pares de sandalias de clavos. Jayan, Jinny, Grad… Gavving. Yo llevaré las que sobran. Ya averiguaremos quién las necesitará. Que todo el mundo lleve cuatro púas de anclaje. Recoged unas cuantas piedras. En serio. Por lo menos las vamos a necesitar para clavar las púas en la madera y también tendremos algo que tirar. ¿Todo el mundo ha recogido una daga?

Era de noche cuando salieron de entre el follaje, y emergieron parpadeando. El tronco parecía infinitamente alto. La mata más lejana era invisible, empañada y azulada casi hasta el color del cielo.

Clave llamó:

—Vamos a descansar unos minutos para comer. Llenad mientras tanto las mochilas con follaje. No vamos a ver follaje en mucho tiempo.

Gavving arrancó una mata espinosa cargada de verde algodón hilado. Lo clavó entre su espalda y la mochila y levantó la vista a lo largo del tronco. Clave estaba por encima de él.

La corteza del tronco era diferente de la móvil corteza de la rama. Allí no había ramas espinosas, sino una corteza que debía tener varios metros de espesor, con hendiduras que hubieran bastado para ocultar parcialmente una enredadera. Las rajas más pequeñas valían para meter los dedos.

Gavving no estaba acostumbrado a usar las sandalias claveteadas. Tendría que andar a patadas hasta que se le asentasen, o hasta que se le cayeran. La carga del petate le hacía inclinarse hacia abajo. ¿Quizá había esperado que fuese más ligero? La marea ayudaba. Le apretaba también el tronco, como si el tronco estuviese torcido.

El Grad se movía bien, pero resoplaba. Quizá había perdido mucho tiempo estudiando. Pero Gavving notó que su mochila era mayor que las del resto del grupo. ¿Acaso llevaba algo más que provisiones?

Merril no llevaba carga, sólo la cuerda. Intentaba continuar usando sólo las manos. Jiovan, con dos brazos y una pierna, habría podido adelantar al propio Clave, aunque llevaba la mandíbula crispada por el dolor.

Jayan y Jinny, justo por encima de Gavving en la gruesa corteza, se detuvieron como de mutuo acuerdo. Miraron hacia abajo; se miraron entre ellas; parecía que se iban a echar a llorar. Una súbita, inútil oleada de añoranza hizo que la garganta de Gavving se cerrara con un nudo. Deseaba volver a la choza de los solteros, agarrarse a sus literas y enterrar la cara en el muro de follaje…

Las gemelas volvieron a iniciar el ascenso. Y Gavving las siguió.

Se mueven bien, pensó Clave. Todavía estaba preocupado por Merril. Se estaba retrasando, pero al menos lo estaba intentando. Usando los brazos, la resultaría más fácil moverse cuando se aproximaron a la zona media del tronco. Allí no había mareas, las cosas derivaban sin caer, si los sueños ahumados del Científico eran creíbles.

Sólo Alfin se había demorado en los últimos linderos de la mata. Clave había esperado problemas con Alfin, pero no de aquel tipo. Alfin era el hombre más viejo del grupo, pasada la cuarentena, pero era musculoso, saludable.

¿Apelar a su orgullo? Le llamó:

—¿Necesitas sandalias de clavos. Alfin?

Alfin podría considerar cierto número de respuestas. La que usó fue:

—Quizá.

—Te esperaré. Jiovan, ponte en cabeza.

Clave fue abriendo la mochila mientras Alfin llegaba hasta él. Alfin trepaba con los ojos medio salidos de las órbitas. Algo raro en él, algo iba mal.

—Esperaba que al menos pudieras continuar con Merril —dijo Clave, tendiéndole las sandalias.

Alfin no dijo nada mientras se ataba la correa de una de ellas. Luego:

—¿Cuál es la diferencia? Vamos a morir de todos modos. ¡No quiero hacer nada bueno por ese copsik! Sólo quería librarse de los tullidos…

—¿Quién?

—¡El Presidente, nuestro querido Presidente! Cuando la gente se está muriendo de hambre, él se ocupa de darles una patada. Echa a los tullidos, a los únicos que podrían causarle problemas. Habrá que verle colgado de su gancho cuando le den a él la patada hacia el cielo.

—Si piensas que yo soy un tullido, intenta derribarme dijo Clave suavemente.

—Todos sabemos por qué estás tú aquí, tú y tus mujeres.

—Oh, supongo que es por su culpa —dijo Clave—. Pero si piensas que es agradable vivir con Mayrin, puedes hacer la prueba cuando volvamos. Yo no. Y si ella no te gusta, su padre tampoco te gustará mucho. Pero, ya lo sabes, es excelente para tener hijos, cuando yo ya sea lo bastante viejo como para darme cuenta. Alfin resopló.

—Sé lo que digo —le dijo Clave—. Si hay algo que pueda salvar a la tribu, está por encima de nuestras cabezas. Y, si lo encontramos, pienso nombrarme Presidente yo mismo. ¿Qué te parece?

Sorprendido, Alfin miró a Clave atentamente, a la cara. —Quizá. ¿El poder del hambre? —No lo tengo completamente decidido. Estoy tan loco como para ir a Gold. Ese loco agujero… bueno, Jayan y Jinny, podrán cuidar de sí mismas, y si ellas pueden, yo puedo. Pero tuve que hacerme cargo de Merril antes de que el Presidente me diera las vainas surtidor, y en el último minuto deseó que Gavving viniese conmigo, y esa fue la gota que colmó el vaso.

—Gavving no es peor que los otros muchachos que he entrenado. Hacía preguntas constantemente, no conozco a dos personas con su curiosidad…

—No es ese el punto. Está empezando a comportarse amenazadoramente. Nunca había hecho nada equivocado excepto estar con ese maldito loco de Laython cuando fue devorado… Sáltalo. Alfin, hay alguien en nuestro grupo que es peligroso para los demás.

—Lo sabes.

—¿Cómo lo resolverías?

—Era raro ver sonreír a Alfin. Le tomó tiempo contestar.

—Merril se matará antes o después. Pero Glory podría matar a alguien más. Resbalará en el momento más inoportuno. Es muy fácil hacer algo con ella. Espera hasta que estemos más arriba, hasta que la corriente se debilite. Luego empújala cuando pierda el equilibrio. Envíala a casa por el camino rápido.

—Bueno, es precisamente lo que estaba pensando. Tú eres el peligro, Alfin. Tus rencores. Ya tendremos bastantes problemas sin preocuparnos de lo que hagas a nuestra espalda. Si me obligas a retrasarme, si me causas cualquier problema, serás tú quien se vaya a casa por el camino rápido, Alfin. Ya tengo bastantes asuntos que resolver.

Alfin palideció, pero contestó.

—Lo harás. Líbrate de Glory antes de que tire a alguien del tronco. Pregúntale a Jiovan.

—No admitiré órdenes tuyas —dijo Clave—. Una cosa más. Malgastas mucha energía enfadándote. Consérvala. Es probable que necesites tu odio. Ahora, empieza. —Y cuando Alfin volvió a trepar, Clave le siguió.

Tres — El tronco

El día brilló y se apagó y brilló de nuevo mientras trepaban. Los hombres se quitaron las túnicas y las plegaron para colocarlas en las hombreras de las mochilas; poco después, lo hicieron las mujeres. Clave miró impúdicamente a Jayan y Jinny, imparcialmente. Gavving aparentaba no fijarse en ellas, pero, de hecho, la imagen le impedía prestar atención a la escalada.

Jayan y Jinny eran dos gemelas de veinte años, idénticas, de piel pálida y oscuro cabello y una cara primorosamente diseñada. Algunos ciudadanos decían que eran unas estúpidas, que no tenían conversación; pero Gavving discrepaba. Había asuntos en los que mostraban sentido común. Como en aquel momento: Jinny estaba trepando con Clave, pero Merril se había rezagado bastante y Jayan iba detrás de ella ayudándole.

Jiovan perdió terreno cuando Clave reasumió el liderazgo. Maldecía mientras trepaba, firme, monótonamente, contra el viento, contra los asideros de la corteza, contra la pierna perdida. Alfin podría haber sido uno de los líderes, pensó Gavving; pero no hacía más que detenerse para mirar hacia abajo.

Los hombros y piernas de Gavving ardían de fatiga.

Peor aún, estaba cometiendo errores colocando las sandalias claveteadas equivocadamente, resbalando en muchas ocasiones.

La gente cansada se equivoca. Gavving vio cómo resbalaba Glory, golpeándose y cayendo un par de metros antes de lograr agarrarse al filo de la corteza. Mientras Glory se aferraba ferozmente al árbol, Gavving se movió de costado hasta que estuvo detrás y junto a ella.

El miedo la había dejado rígida.

—Ve con cuidado —dijo Gavving—. Estoy detrás de ti. Te sujetaré.

Glory miró hacia abajo, cabeceando a trompicones, emprendiendo nuevamente el ascenso. Parecía convulsa, poniendo más esfuerzo del necesario. Gavving siguió a su mismo paso.

Glory resbaló. Gavving se aferró a la corteza. Cuando la mujer llegó a su altura, le puso la palma de la mano debajo de las nalgas y la aplastó firmemente contra el árbol. Glory boqueó, se agarró y volvió a trepar.

Clave gritó hacia abajo:

—¿Alguien tiene sed?

Necesitaban un respiro, y la respuesta era obvia. Naturalmente que estaban sedientos.

—Girad hacia el este —dijo Clave—. Echaremos un trago.

El salto de agua había excavado un canal a lo largo de la cara este del tronco. El canal tenía cincuenta metros de ancho y la llana superficie de agua parecía a punto de secarse. Pero el árbol estaba atravesando una nube ocasional. La bruma se aferraba a la corteza. El viento y la fuerza coriólica habían formado una corriente giratoria mientras caía hacia el este, y el agua corría por lastimosas corrientes hacia la Mata de Quinn.

—Tened cuidado —les dijo Clave—. Usad las púas si queréis. Esto está muy resbaladizo.

—Aquí —llamó el Grad por encima de sus cabezas.

Avanzaron hacia él. Una colina rocosa debía haber golpeado en el árbol hacía mucho tiempo, medio enterrándose en él. El tronco había crecido de modo envolvente a su alrededor. Aquello había formado una bella plataforma especialmente desde que una corriente la había hendido en ambos lados. Mientras tanto, Merril y Jayan habían subido, y Clave estaba clavando púas en la madera, por encima de la roca, y tendiendo cuerdas.

Merril y Jayan subieron a la roca. Merril se tumbó jadeando, y Jayan le ofreció agua.

Glory se quedó tendida sobre la roca con los ojos cerrados. Se arrastró hasta la corriente de babor. Llamó a Clave.

—¿Alguna limitación? —¿En qué?

—En lo que podemos beber. El agua va… Clave se rió estrepitosamente. Como el Presidente en la celebración del medio año, bramó:

—¡Bebed! ¡Bañaos! ¡Pelead con el agua! ¿Quién va a pararos? Si la Tribu de Quinn no quisiera agua de segunda mano, no estaríamos aquí. —Sacó su sencilla marmita de la mochila y empezó a lanzar chorros de agua hacia blancos seleccionados; Merril, que gritó de placer; Jiovan, que balbuceó sorprendido; Jayan y Jinny, que avanzaron hacia él con la amenaza pintada en sus ojos—. No me gustaría tener que luchar en tan precario asidero —gritó, empezando a avanzar lentamente.

Los otros cogiéndole por las manos y los pies lo bambolearon dejándolo caer en el agua.

Trepaban por un sendero espiral. No habían ido allí para escalar, dijo Clave, sino para explorar. Gavving podía oír las monótonas maldiciones de Jiovan mientras trepaban a través del viento, hasta que el viento ahogó su voz. Gavving hecho mano a un puñado de algodón verde y se llenó la boca con él. La rama que se agitaba por encima de su mochila estaba casi desnuda. El cielo estaba vacío a excepción de algunos distantes bancos de nubes y una docena de puntos que podían ser estanques, a cientos de klomters hacia afuera. Todos los integrantes del grupo estaban hambrientos cuando llegó la hora de dormir.

Gavving inició la travesía de una cicatriz de la corteza, una arruga que corría hacia el interior de la madera. Una vieja herida que el árbol estaba intentado curar… demasiado grande para ser escalada; esa fue la equivocación. Abruptamente, el Grad gritó: —¡Alto! ¡Deteneos!

—¿Qué pasa? —preguntó Clave.

—¡Las fronteras de la Tribu de Quinn!

Si el Grad no lo hubiese señalado, Gavving nunca se habría dado cuenta de que allí había algo escrito. Había visto pocas cosas escritas, y aquellas letras, además, tenían tres o cuatro metros de ancho. No pudieron leer; tuvieron que deducir: DQ con una marca enroscada cruzando en la D.

—Hemos de quitar esto —dijo el Grad—. Ha crecido demasiado. Alguien debería venir aquí con más frecuencia.

Clave dirigió una mirada crítica a sus compañeros.

—Gavving, Alfin, Jinny, empezad a cavar. Grad, supervísalos. Despejad la Q, dejad la D. El resto de vosotros, descansad.

—Yo puedo trabajar —dijo Merril—. Puedo servir de ayuda para estas cosas.

—Cuéntamelo mañana —la dijo Clave. Atravesó la corteza para darle un golpecito en el hombro. Si puedes llevar algo de carga, cógela. Vas a ser tú quien tenga calambres mañana.

Labraron profundamente la corteza e hicieron un agujero en la madera con las puntas de los arpones. El Grad deambulaba entre ellos. La Q tomó forma, Cuando el Grad se acercó a él, Gavving preguntó:

—¿Por qué hacían las letras tan grandes? Difícilmente podrías leerlas.

—No son para nosotros. Se pueden ver a un klomter de distancia —dijo el Grad.

Alfin les oyó por casualidad.

—¿Desde dónde? ¿Cayendo? ¿Lo hicieron para que lo leyeran los pájaros espada y los triunos?

El Grad sonrió y siguió adelante sin contestar. Alfin frunció el ceño a su espalda y se acercó a Gavving.

—¿Está loco?

—Quizá. Pero si no cavas tan profundamente como Jinny, la marca les va a parecer una estupidez a los pájaros espada.

—Descubre medio secreto y luego se va sin acabar de contarlo —se quejó Alfin—. Lo está haciendo todo el tiempo.

Dejaron la insignia tribal profunda y claramente esculpida en el árbol. El viento volvía a soplar directamente bajo ellos. Gavving sintió un familiar dolor en los oídos. Movió la mandíbula mientras rebuscaba entre viejos recuerdos de cuando empezaron a taponársele los oídos: presión y dolor, una señal del paso de Gold, justamente la noche antes a su primer ataque de alergia.

Aquellos días no se preguntaba con frecuencia si se despertaría con los ojos y la nariz lagrimeando agónicamente. Vivía con el problema, eso era todo. ¡Pero nunca se había despertado sobre la inclinación vertical del árbol! Se imaginó a sí mismo trepando ciegamente…

Aquella distracción no le permitió ver cómo una gruesa soga color madera se había desprendido de la corteza y rodeado la cintura de Glory.

Glory dio un grito. Gavving la vio agarrase a la corteza, apretando la cara contra ella, negándose a mirar. La soga estaba arrastrándola hacia un lado, alejándola de él.

Gavving sacó el arpón de la mochila y gateó alrededor de Glory, hacia la soga viviente.

Glory chilló otra vez y perdió el asidero. Sólo la soga viviente le impedía caer. Gavving no se atrevía a acuchillarla. Por el contrario, se precipitó hacia su origen, mientras la cuerda se enrollaba alrededor de Glory, dándola vueltas, haciéndola tambalear.

Había un agujero en el árbol. A través de las tinieblas interiores, Gavving vio un espesamiento de la soga y un ojo sencillo que se levantaba en la punta de un tallo para mirarle. Lanzó una estocada. Un párpado se cerró. El tallo lo había evitado. Gavving fue tras él. Sintió una sacudida en el brazo, hasta el hombro, cuando el arpón se clavó.

Una boca enorme se abrió y chilló. La soga viviente latigueó e intentó tirar a Glory. Lo que salvó a Glory misma: había hundido su propio arpón en la soga marrón y Glory agarrado el extremo cuando esta emergió. Sujetó el mango con ambas manos mientras la soga retrocedía para atacar a Gavving.

La boca estaba enfilada por hileras de dientes triangulares. Gavving tiró el arpón hacia el ojo, retorciéndolo, como si hubiera estado practicando toda su vida. Apuñaló la boca, intentando llegar a la garganta. La boca se cerró de golpe y Gavving consiguió machacar sólo dientes. Apuñaló de nuevo el ojo.

Algo se convulsionó en la oscuridad del agujero. La boca se abrió desmesurada, increíblemente. Y una masa negra surgió del hoyo. Gavving saltó a un lado, justo a tiempo para evitar ser aplastado. Una bestia del tamaño de una cabaña brincó hacia el cielo sobre tres cortas, gruesas patas armadas con garras curvadas. Extendiendo unas alas cortas, lanzó un golpe hacia Gavving, pero falló. Gavving vio con asombro que la soga era la nariz.

Pensó que la bestia estaba intentando escapar pero, a diez metros de la guarida, esta dio la vuelta con una velocidad sorprendente. Gavving se recostó en la corteza balanceando el arpón.

Las alas de la bestia se movían locamente, en marcha atrás, tratando de lanzar hacia atrás su larga nariz… inútilmente. El grupo de exploradores llegó de refuerzo. Las cuerdas envolvieron a Glory y ataron la soga nariz que era la nariz de la criatura. Las cuerdas se estiraron para sujetarle las alas. Clave gritaba órdenes. El y Jinny y el Grad tiraron fuertemente, haciendo que las garras de la bestia se clavaran en el árbol. La mantuvieron en aquella posición hasta que la golpearon con los arpones en la cabeza.

Gavving empezó a golpear en un punto y apuñaló una y otra vez. perforando a través del hueso, hasta el cerebro gris rojizo. No se dio cuenta de que la cosa había dejado de moverse. Sólo volvió en sí cuando Clave gritó:

—Gavving, Glory, la cena es cosa vuestra. Lo habéis matado, tenéis que pelarlo.

Lo habéis matado, tenéis que pelarlo, era un honor muy fácil de evitar. Bastaba con admitir que la bestia te había dañado…

Jayan y Jinny estaban encendiendo un fuego en la madriguera de la criatura. Trabajaban rápida, competentemente, casi sin palabras, como si pudieran leerse las mentes. Los demás estaban fuera, talando corteza del árbol Para conseguir combustible. Gavving y Glory ataron el cadáver con cuerdas y púas, justo al borde del agujero, y empezaron a actuar.

El Grad insistió en ayudarles. Hablando con propiedad, no tenía derecho a hacerlo, pero parecía ansioso, y Glory estaba cansada. Trabajaron lentamente, examinando la peculiar criatura que acababan de matar.

Tenía un toque de simetría trilateral, como muchas otras criaturas del Anillo de Humo, según dijo el Grad. Una pequeña tercera ala estaba colocada al final de la espalda: una aleta direccional. El par delantero era la fuente de movimiento y como señaló el Grad alegremente el oído. Los agujeros que había debajo de cada una de las alas, efectivamente, parecían oídos cuando el Grad se las cortó. Las alas se ahuecaban para reunir los sonidos.

Era un excavador. Aquellas pequeñas alas no estaban destinadas a grandes vuelos. Todo en el Anillo de Humo podía volar en uno u otro sentido; pero aquel animal prefería excavar un agujero y tender desde él emboscadas a sus presas. Ni siquiera el tronco de la bestia era poderoso. El Grad buscó hasta que encontró el aguijón que el excavador había tenido en su extremidad. Del tamaño de un dedo índice, estaba clavado en la mochila de Glory. Glory estuvo a punto de desmayarse.

Guardaron las garras. Clave podría usarlas de conteras en sus garfios. Cortaron unos filetes para asar y se los pasaron a los demás, que estaban atados con cuerdas en el exterior. Pusieron a ahumar trozos más grandes de carne en el interior de la caverna de madera.

Gavving descubrió que tenía la vista borrosa por el cansancio. Glory era un río de sudor. La puso un brazo en los hombros y le aconsejó: —Tranquilidad.

—Demasiado bueno —dijo Clave—. Tomemos posiciones. Alfin, encárgate de cortar el resto.

El grupo de Clave comió bien, incluso demasiado. Se amarraron a cuerdas en el exterior de la caverna. La comida se estaba ahumando en el interior. El armazón de la bestia, casi todo huesos, fue colocado para bloquear la entrada.

—Ciudadanos —dijo Clave—, quiero un informe. ¿Como lo estamos haciendo? ¿Hay alguien herido?

—Yo estoy dolorido por todas partes —dijo Jiovan, frunciendo el ceño al ver el coro de asentimiento.

—Por todas partes es bueno. Glory, ¿te ha roto esa cosa alguna costilla?

—Creo que no. Sólo magulladuras.

—Ah, ah —Clave parecía sorprendido—. Nadie ha caído. Nadie ha resultado herido. ¿Hemos perdido algo del equipaje?

Hubo un silencio. Gavving hablo.

—Clave, ¿qué estás haciendo aquí?

—Explorar el tronco, y renovar las fronteras de Quinn, y detener el hambre, quizás. La presa de hoy es un buen primer paso.

Gavving estaba dispuesto a aceptar la respuesta sin más, pero Alfin no.

—El muchacho quiere saber qué estás haciendo tú aquí. Tú, el poderoso cazador, ¿por qué te han echado para que te mueras con los tullidos?

Puede que hubiese un murmullo, pero no se produjo una reacción abierta ante la palabra tullidos. Clave le dirigió a Alfin una sonrisa.

—Dale la vuelta, guardián de la boca del árbol de la Tribu de Quinn. ¿Cómo es que la tribu ha sido capaz de prescindir de ti?

El viento del oeste había ido suavizándose a medida que ascendían, pero todavía seguía siendo muy fuerte. Formaba remolinos con el humo, que sobrepasaba el esqueleto del excavador. Alfin obligó a las palabras a que salieron de su boca.

—El Presidente pensaba que era una buena broma. Y nadie… nadie quiso hablar en mi favor.

—Nadie te quiere.

Alfin movió la cabeza y suspiró, como si le hubieran echado una gran carga encima.

—Nadie me quiere. Es tu turno.

Gavving sonrió. Clave estaba obligado a responder y lo sabía.

—Mayrin —dijo Clave— no me quiere. La cambié por dos hermosas y más amables mujeres. Mayrin es la hija del Presidente.

—Eso no es todo, y tú lo sabes.

—Si crees saberlo mejor que yo, sigue hablando —dijo Clave razonablemente.

—El Grad podría ayudarme. El sabe algunas historias de la tribu. Cosas que se han hecho mal, las infelicidades de los ciudadanos, los problemas del líder. ¡Casi incluyen al Científico en el proyecto! El Presidente tiene miedo, eso es lo que pasa. Los ciudadanos tienen hambre, y eso implica una sustitución obvia de Presidente. Clave, te tiene miedo a ti.

—¿Grad?

—El Científico sabe lo que está haciendo.

—¡Te echa la culpa de todo! —gritó Alfin—. ¡Yo estaba allí!

—Lo sé. Tenía razones. —El Grad fue consciente del silencio y se rió—. ¡No, yo no he provocado la sequía! Estamos rodeando Gold, y Gold gira demasiado lejos delante de Voy, bajando por la parte más estrecha del Anillo de Humo. Es un efecto de la gravedad…

—Muchas gracias por las explicaciones —dijo Clave con divertido sarcasmo. Gavving se sentía irritado y un poco más tranquilo: ningún otro había comprendido el galimatías del Grad—. ¿Hay alguna otra cosa que hayamos de demostrar?

En el silencio, Gavving dijo:

—¿Cómo empieza una inundación?

Hubo algunas sonrisas.

—¿Grad? —dijo Clave.

—Olvídalo.

—Eso resolvería todos nuestros problemas. Incluso los del Presidente.

—Es completamente… absurdo. Las inundaciones empiezan cuando un estanque roza el árbol, en cualquier parte del tronco. Un montón de agua cae sobre el tronco. La corriente la impulsa hacia abajo. Habitualmente, algún grupo de cazadores avisa del peligro, y de ese modo podemos escabullimos por la rama. La gran inundación, hace diez años… Muchos pudimos ponernos a salvo, pero la catarata arrancó algunas chozas, y casi todos los sembrados de vida terrestre, y las paveras. Pasó un año antes de que volviésemos a tener pavos.

«Y sí que me gustaría que hubiese otra inundación —dijo el Grad—. Seguro que sí. El científico piensa que todo el árbol…. no importa. No se puede atrapar un estanque. Están demasiado lejos dentro de la región del toro de gas…

—Allí —dijo Gavving, señalando hacia el este y hacia afuera, hacia un punto de color metálico con un fondo de rosadas corrientes de nubes—. Creo que es más grande de lo que parece.

—¿Cuál de ellos? Puede venir o puede que no. Y, aunque viniese flotando, ¿cómo ibas a atraparlo, con cuerdas y garfios? Olvídalo. No se puede hacer otra cosa.

—Basta —dijo Clave—. Es posible que la carne ya esté hecha. Vamos a dejar que salga el humo, y luego entraremos.

Gavving se despertó en mitad de la noche preguntándose dónde estaba.

Recordaba vagamente el sonido de unos lamentos. ¿Alguien se encontraba mal? Habían cesado. El ruido del viento. El ruido de la respiración de mucha gente. La tibieza de los cuerpos a su alrededor. Los acres olores del humo y los cuerpos. Cenizas por todas partes, como si hubiera habido un incendio.

Una voz de mujer habló muy cerca de su oreja.

—¿Tú también estás despierto?

Y otra, la de un hombre.

—Sí. Déjame dormir.

¿Alfin?

Silencio. Y Gavving recordó: la caverna había sido lo bastante grande como para acoger a nueve escaladores exhaustivos, después de tirar al cielo los huesos del nariz-arma. Los despojos podrían llegar hasta la Mata de Quinn para alimentar el árbol.

Se amontonaban entre ellos, carne contra carne. Gavving no tuvo modo de evitar escuchar cuando Alfin volvió a decir, aunque fuera en un susurro.

—No puedo dormir. Me duele todo.

Glory:

—A mí también.

—¿Has oído los lamentos?

—Clave y Jayan, pienso y, créeme, no parecen de dolor.

—Oh. Mejor para ellos. Glory, ¿por qué estás hablando conmigo?

—Esperaba que nos hiciésemos amigos.

—No trepes cerca de mí, ¿conforme?

—De acuerdo.

—Me temo que podrías tirarme.

—Alfin, ¿no te da miedo haber llegado tan arriba?

—No.

—A mí sí.

Una pausa.

—Me da miedo caerme. Sería de locos no temerlo.

Hubo silencio por un rato. Gavving empezó a notar lo doloridas que tenía las articulaciones y los músculos. Debían haber vuelto a dormirse… estaba ya adormilado cuando Alfin volvió a hablar.

—El Presidente lo sabe. —¿Qué es lo que sabe?

—Sabe que me da miedo caer. Por eso ese copsik bastardo me enviaba a protegerme bajo la rama durante las cacerías. Para que no tuviera nada sólido bajo los pies, mientras intentaba a la vez resistir y lanzar un arpón… me las pagará, espero.

—¿Cómo? —preguntó Glory mientras Gavving pensaba, debe referirse al Presidente.

—No importa. Glory, ¿quieres tumbarte a mi lado?

Una respuesta tensa.

—No. ¡No estamos solos, Alfin!

—Abajo en la mata, ¿tienes algún amante?

—No.

—Muchos de nosotros tampoco Nadie nos defendió cuando el Presidente decidió que viniéramos.

Una pausa, como para pensar.

—Todavía no puedo. Aquí no.

La voz de Alfin se elevó en un grito.

—¡Clave! ¡Clave, debías haber traído a una masajista!

Clave respondió desde las tinieblas. —He traído dos.

—Comida de árbol —dijo Alfin sin acritud, quizá divertido. A partir de aquello, todo quedó tranquilo.

Cuatro — Relámpagos y hongos-abanico

Por la mañana todos estaban doloridos aunque algunos lo mostraban más que otros. Alfin intentó moverse, gruñó de dolor y se acurrucó con la cara oculta entre los brazos. La cara de Merril estaba blanca e impasible mientras flexionaba los brazos; luego, la ocultó entre sus manos. Jayan y Jinny estaban compadeciéndose la una de la otra, dándose masajes mutuamente para aliviar el dolor. La cara de Jiovan era dolor y agonía cuando intentó moverse, luego dirigió una mirada furiosa a Clave.

Glory tenía los ojos aterrorizados y dementes, Gavving le dio una palmada en el omóplato (y retrocedió ante las señales de angustia).

—Todos estamos cansados. ¿Por qué queréis ocultarlo? ¿Qué es lo que os preocupa? No queréis aparentar debilidad. Todos estamos sin fuerzas.

Glory susurró, tras normalizar su mirada:

—No estaba pensando en eso. Estaba pensando en lo cansada que estoy. Es algo natural, ¿no?

—Por supuesto. Aunque no estés tullido.

—Gracias por cuidar de mí ayer. Te estoy realmente muy agradecida. Prometo que intentaré hacerlo mejor en el futuro.

Sin intentar moverse, el Grad habló:

—Muy pronto, todos estaremos mucho mejor. La subida aligera nuestro peso, la bajada lo aumenta. Mucho cuidado o podremos empezar a flotar.

Clave pisó cuidadosamente entre los ciudadanos que, aunque se habían despertado, todavía no se habían movido. Gavving le miró con odio y envidia. Clave no se había cansado. Desde el interior de la madriguera del nariz-arma, Clave sacó un pedazo de carne hendida por los arponazos.

—No os deis demasiada prisa en desayunar —les indicó—. Comed tranquilos. Se avanza más fácilmente si se está satisfecho…

—Ayer quemamos un buen paquete de energías —dijo el Grad. Se movió como un inválido para reunirse con Clave y empezó a desgarrar una pieza de un metro de largo de lo que habían sido las costillas del nariz-arma. Pareció percibir a Gavving y se acercó a él. La carne tenía un extraño sabor a rancio. Os acostumbraréis, pensó, cuando vuestra vida dependa de eso.

Clave se movió entre ellos, royendo el pedazo de carne. Cortó un trozo y se lo alargó a Merril. Escuchó a Jiovan describiendo sus síntomas, y le interrumpió.

—Veo que ya te has recuperado. Eso es bueno. Ahora, come —le dijo, ofreciéndole un pedazo de carne. Cortó lo que quedaba por la mitad y se lo ofreció a Jayan y Jinny y demorándose con ellas un minuto o dos para darles un ligero masaje en los hombros y caderas. Hicieron una mueca de dolor, quejumbrosas.

En aquellos momentos, cuando todo el mundo había comido ya algo, Clave echó una mirada al grupo.

—Daremos la vuelta hacia el este y encontraremos agua cuando hayamos hecho media jornada. Por aquí no hay ningún sitio donde podamos hacer ejercicios para entrar en calor; por tanto, los haremos mientras avanzamos. Fuera las penas, ciudadanos. Daremos de «comer al árbol al empezar», y si tenéis que hacerlo ahora, procurad hacerlo a favor de la corriente y del viento. Alfin, ponte en cabeza.

Alfin les guió en una espiral ascendente, en sentido opuesto a las agujas de un reloj. Gavving sintió que disminuían sus dolores según trepaba. Notó que Alfin nunca miraba hacia abajo. No le hubiera sorprendido que hubiese ido maldiciendo a los que le seguían… pero nunca miraba hacia abajo.

Gavving lo hizo, y se maravilló por lo que habían avanzado. Con las dos manos abiertas, podía abarcar la totalidad de la Mata de Quinn.

Se retrasaron para arreglar la Q de una marca DQ. El sol estaba horizontal hacia el este cuando volvieron a ponerse en marcha. Según se iban acercando a Voy encontraron un bosque con aguas tranquilas.

Un riachuelo corría a través de un barranco lleno de meandros. Aquella vez no había ninguna atalaya natural. Nueve sedientos ciudadanos clavaron sus garfios en la madera y se descolgaron por las cuerdas a beber, lavarse, empapar las túnicas y retorcerlas.

Gavving notó que Clave hablaba con Alfin un poco más abajo. No pudo oír lo que decían. Sólo vio lo que hizo Alfin.

—¿Y suponiendo que no lo haga?

—No lo hagas. —Clave inició un gesto hacia arriba, hacia donde colgaba el resto de sus compañeros—. Míralos he elegido. ¿Qué puedo hacer si uno de mi grupo resulta ser un cobarde? Seguiría con él. Pero quiero saberlo.

Alfin le miró blanco de rabia. No rojo de ira. Pero no es que estuviera «blanco de rabia»; el blanco significaba miedo, como Clave había aprendido mucho tiempo antes. Un hombre asustado puede llegar a matar… pero las manos de Alfin se aferraban a su cuerda, y el arpón de Clave le colgaba del hombro, muy fácil de agarrar.

—Quiero saberlo. No puedo dejar que vayas en cabeza si ni siquiera te vuelves para mirar lo que están haciendo. ¿Lo entiendes? Si tienes miedo, te pondré en un sitio donde no puedas hacer daño a nadie. De farolillo rojo. Y si te quedas colgado, estoy seguro de que nadie…

—Conforme. —Alfin revolvió en su mochila, sacando una escarpia y una piedra. Clavó la púa junto a otra que estaba ya colocada.

—Asegúrate de que podrás colgarte de ella. Es tu vida.

La segunda escarpia estaba clavada a más profundidad que la primera. Alfin pasó el final de la cuerda por ambas escarpinas y la anudó.

—¿Y dejó el puesto para quien venga detrás?

—Puedes hacerlo. O no. Pero yo tengo que saberlo.

Alfin saltó hacia adelante arrastrando lazadas de cuerda. Movió las piernas y se cubrió la cara con los brazos.

Cayó lentamente. Somos más ligeros, pensó Gavving. Es real. Hubiese dicho que sólo nos íbamos a encontrar mejor, pero pesamos menos… A Alfin todavía caía, pero ya no se tapaba la cara. Remolineaba los brazos intentando dar la vuelta. Gavving notó que las manos de Clave sujetaban las púas que retenían la cuerda de Alfin. La cuerda se tensó e hizo que Alfin giraba para llegar de nuevo al árbol.

Gavving le observó mientras trepaba. Y lo vio saltar de nuevo, extendiendo los brazos como si quisiese echar a volar. Parecía que podría hacerlo, pues caía muy lentamente; pero la corriente volvió a empujarle contra el árbol de nuevo.

—Parece divertido —dijo Jayan.

—Primero pregúntalo —dijo Jinny.

Alfin no volvió a saltar. Cuando trepó hasta llegar a la altura de Clave, y ambos se movieron para unirse al grupo, Jinny habló.

—¿Podemos intentarlo?

Alfin le echó una mirada que parecía un arpón. Clave le dijo:

—No, es tiempo de entretenerse. Tirad hacia arriba…

Alfin estaba de nuevo en cabeza, cuando volvieron a ponerse en marcha. Se detenía frecuentemente para mirar hacia abajo. Y Gavving se preguntó por qué.

El día anterior Alfin se había abalanzado sobre el nariz-arma, acuchillándolo como un enloquecido maníaco, como el propio Gavving. Era difícil creer que Alfin pudiese tener miedo de Clave, o de las alturas, o de cualquier cosa.

El sol estaba dando la vuelta al cielo, cruzando Voy por detrás y regresando al cénit antes de que ellos volvieran a estar a sotavento. El bosque de aguas tranquilas era más suave, lo bastante para que pudieran atravesarlo con una púa en cada mano, dando un pinchazo, un tirón y otro pinchazo. Viraron hacia abajo para evitar dar cualquier señal a los pájaros que se apiñaban en el bosque. De cola escarlata, los pájaros eran completamente diferentes del bosque gris ocre.

Cuando alcanzaron el riachuelo, era aún más pequeño, pero aún tenía la suficiente corriente: se descolgaron hasta el agua y la sintieron fría y la dejaron correr por sus bocas y caras. Clave repartió carne ahumada. Gavving se sentía famélico.

El Grad observaba los pájaros mientras comía. De repente, soltó una carcajada:

—Mirad, están practicando una danza de apareamiento.

—¿Así?

—Ya lo ves.

Gavving los miró; y lo mismo hicieron los demás, impulsados por la clamorosa risa de Clave y las risitas de Jayan y Jinny. Un macho de color gris ocre se acercó a una hembra y abruptamente abrió las alas grises como si fueran una capa. Debajo del gris se ocultaba un brillante color amarillo, y una trompa protuberante que nacía de un estallido de plumas escarlatas.

—El Científico me habló de ellos en cierta ocasión. Relámpagos —dijo el Grad, su sonrisa murió y dijo—: Me pregunto qué es lo que comen.

—¿Qué diferencia produciría? —preguntó Alfin.

—Quizá ninguna. —El Grad avanzó hacia los pájaros. Las aves se alejaron volando, luego volvieron, dejándose caer en picado, chillando obscenidades. El Grad los ignoró. Regresó.

—¿Bien? —preguntó Alfin.

—La madera está cuajada de hoyos. Cuajada. Los agujeros están llenos de insectos. Los pájaros escarban y se comen los insectos.

—Estás enamorado —ironizó Alfin—. Estás enamorado de la idea de que el árbol se está muriendo.

—Estaría enamorado de la idea de que gozara de buena salud —dijo el Grad, pero Alfin sólo reaccionó con un bufido.

Subieron en espiral hacia el lado oriental mientras el sol se inclinaba por debajo de Voy y empezaba a subir nuevamente. El viento era menos fuerte. Pero se estaban cansando; apenas conversaban. Descansaban frecuentemente en grietas de la corteza.

Estaban descansando cuando Merril llamó: —¿Jinny? Estoy levitando.

Una pinza del tamaño del puño de Clave asió el tejido de la mochila casi vacía de Merril. Merril tiró del saco. De un agujero de la corteza estaba emergiendo una criatura cubierta de duras y marrones placas segmentadas. La cara era una placa simple con un ojo profundamente grabado. El cuerpo parecía blando al acabar las placas.

Jayan apuñaló el sitio donde el cuerpo tocaba la corteza. La criatura se apartó, pero continuó agarrando la mochila de Merril con una determinación estúpida. Jayan apalancó la garra abierta con el arpón y metió a la criatura en su propio saco.

Cuando tras dar la vuelta regresaron al agua, Clave recogió agua para hervir en una pequeña marmita con tapa. Hizo té, volvió a llenar la marmita y coció la presa de Merril. Les dio un pedazo a cada uno de los miembros del grupo.

Se acurrucaron en una amplia grieta con forma de rayo y se ataron con las cuerdas. Juntos pero separados, la cabeza dentro de la corteza. No tenían ocasión de conversar, ni estaban animados para ello. Cuatro días de escalada desde el último desayuno les había dejado con poco ánimo para cualquier cosa que no fuera dormir.

Cuando despertaron comieron un poco más de carne cocida.

—Deberíamos buscar más cosas de caparazón duro —sugirió Clave—. Estaba bueno.

No los apremió para que se movieran. Nunca lo haría, descubrió Gavving, hasta que pudieran acampar junto a una corriente de agua.

En aquella ocasión, asignaron a Jiovan el primer puesto. Los condujo en una espiral en sentido contrario a las agujas de un reloj que los llevó a sotavento por medio día. La madera volvía a ser suave y cuajada de agujeros, y los relámpagos se sucedían bajo ellos. Alfin y Glory perdían terreno en las regiones de sotavento. Jiovan lo hizo notar y se ganó una mirada de sombrío aborrecimiento de Alfin.

Todo era porque Alfin se preocupaba mucho más que los otros de la operación de fijar sus púas. Y Glory no lo hacía, por lo que estaba permanentemente resbalando y sujetándose…

Se detuvieron en la corriente y bebieron y se lavaron.

Alfin observó algo que había muy por encima de ellos: grises protuberancias que se extendían hasta muy lejos por la corteza a ambos lados del riachuelo. Trepó, clavando escarpias tenazmente en la madera, y regresó con un hongo-abanico, gris pálido, con una orla roja, de la mitad del tamaño de su mochila.

—Podría ser comestible —dijo.

Clave preguntó:

—¿Quieres arriesgarte a probarlo?

—No. —Pareció que lo iba a tirar.

Merril le detuvo.

—Estamos aquí para salvar a la tribu de la inanición —dijo. Rompió un pedazo gris y rojo del sombrerete y probó un pequeño bocado—. No tiene mucho sabor, pero es agradable. Al Científico le gustaría. Puede masticarse sin dientes. —Volvió a morder. Alfin tomó un trozo del blanco agrisado del interior y empezó a comérselo, mirándolo como si fuera veneno. Asintió con la cabeza. —Sabe bien.

Con aquellas palabras surgieron nuevos voluntarios, pero Clave lo impidió. Cuando volvieron a ponerse en Marcha, Clave regresó y arrancó un ramillete de los hongos con forma de abanico. Un abanico de a metro ondeaba como una bandera a sus espaldas. El sol subía por el este.

Estaba por debajo de Voy. Mirando directo hacia ajo, a lo largo del tronco, pasada la verde pelota de Pelusa que era la Mata de Quinn, se veía el punto brillante de Voy en los límites de la suave luz solar, y el viento del oeste soplaba casi suavemente a través de las arrugas de la corteza, cuando Gavving escuchó el grito de Merril: —¿Quién necesita piernas?

Se sujetaba a la distancia de un brazo de la corteza, agarrada de una sola mano. Gavving gritó hacia abajo. —¿Merril? ¿Está todo bien?

—¡Me siento maravillosamente! —Merril se soltó y empezó a caer y volvió a asirse—. ¡El Grad tenía razón! ¡Podemos volar!

Gavving trepó hacia ella. Jinny estaba ya debajo de Merril, clavando una escarpia. Cuando Gavving las alcanzó, Jayan estaba usando la púa para agarrarse, con la cuerda preparada en la otra mano. Empujaron a Merril contra el tronco.

No se resistió. Cacareaba.

—Gavving, ¿por qué vivimos en la mata? Aquí hay comida, y agua, y no se necesitan las piernas. Vamos a quedarnos. No necesitamos la cueva de ningún nariz-arma, podemos cavarnos la nuestra. Para comer tenemos los nariz-armas y las cosas con concha y los hongos-abanico. ¡He comido follaje suficiente para el resto de mi vida! Si alguien lo necesita, enviaremos a buscarlo, abajo, a alguien con piernas.

Tendremos que andarnos con cuidado con los hongos-abanico, pensó Gavving. Empezó a clavar púas en la corteza. Al otro lado de Merril, Jiovan estaba haciendo lo mismo. ¿Dónde estaba Clave?

Clave estaba con Alfin, muy por debajo de ellos, argumentando furiosa e inaudiblemente.

—¡Vamos, acercaos! ¿Qué estáis haciendo? —preguntó Merril mientras Gavving y Jiovan la sujetaban a la corteza—. Escuchad, he tenido una idea maravillosa. Vamos a volver. Ya tenemos lo que buscábamos. Matemos otro nariz-arma y podremos cultivar los hongos-abanico en la mata. Y luego formamos aquí otra tribu. ¡Claaave! —bramó cuando Clave y Alfin hubieron trepado hasta un punto desde donde podían oírla—. ¿Cómo me verías de Presidente de una colonia?

—Serías terrible. Ciudadanos, vamos a quedarnos aquí un rato. Ataos. Que nadie vuele.

—Nunca pensé que pudiera ser tan bueno —les dijo Merril—. Mis padres… cuando yo era pequeño, mis padres esperaban que muriese. Pero no me echaron como comida por la boca del árbol. Yo también pensé en ello, pero nunca lo hice. Estoy contenta. A veces pienso que soy como un ejemplo para la gente que necesita tenerlos para ser feliz. Son felices por tener piernas. Incluso una sola pierna —le susurró a Jiovan con voz ronca—. ¡Piernas! ¿Para qué?

Jiovan le preguntó a Clave:

—¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí?

—Tú ninguno. Recoge, eh, recoge al Grad y busca un sitio mejor para dormir.

Jiovan miró a su alrededor.

—¿Qué clase de sitio?

—Una cueva, una grieta o una protuberancia de la corteza… cualquier cosa será mejor que colgarnos como carne ahumada.

—Yo también iré —dijo Alfin.

—Tú te quedas.

—¡Clave, no tienes derecho a tratarme como un niño! ¡Sólo me comí la mitad de esa cosa! ¡Me siento bien!

—También Merril.

—¿Cómo?

—No importa. Parece malhumorado, y eso es estupendo. Merril parece feliz, y eso es…

—Alfin, estoy tan contenta que no vais a poder pararme. —Merril le sonreía radiante. En aquel momento. Gavving pensó que era bella. Gracias por intentarlo. Siento sueño —dijo Merril, y se fue a dormir.

Alfin la miró con ojos inquisidores, y dijo.

—Yo… creo que debería hablar con el Presidente sobre esta idiotez. ¿A quién se le ocurre enviar a una mujer sin piernas a trepar por el árbol? Clave, me siento muy bien. Muy despierto. Hambriento. Incluso comería un poco roas de hongo.

Clave sacó un abanico de la mochila. Desgarró un pedazo del borde rojizo y le ofreció a Alfin un pedazo del tamaño de una mano del blanco interior. Si Alfin iba a acobardarse, era un buen momento para comprobarlo. Se comió todo el pedazo con un apetito teatral que hizo sonreír a Clave. Clave rompió el resto de la roja caperuza y se lo colocó en el morral separadamente.

Jiovan y el Grad volvieron. Habían encontrado una marca DQ cubierta de hongos, como una peluca de cabello gris.

—Infectado. Podríamos quemarlo —dijo el Grad.

—Suponiendo que pudiéramos controlar el fuego. No tenemos agua —dijo Clave—. No importa. Vamos a echar una mirada. Jayan, Jinny, quedaos con Merril. Que una de vosotras venga a buscarme si se despierta.

Examinaron dubitativos la mancha de hongos. Raspar todo aquel cabello gris era un trabajo terrible. Clave recogió un manojo y le prendió fuego. Ardió lenta y dificultosamente.

—Podemos intentarlo. Pero lo mejor sería que vaciáramos algunas mochilas por si hay que apagarlo a golpes. La parcela de hongos ardió lentamente. El viento del oeste no era fuerte a aquella altura, y el humo tendía a meterse entre los «cabellos» del hongo, sofocando el fuego. Esto impidió que se apagara. Crepitaba por los bordes incandescentes y se reanudó por sí solo. Regresaron rodeados del hediondo humo.

El humo empezó a disiparse. Gavving se adelantó y descubrió que los hongos habían desaparecido, y que los que quedaban estaban carbonizados. La Q tenía dos metros de hondo.

Clave hizo una antorcha con un trozo de corteza y con ella quemó los pedazos que no habían ardido.

—Raspadlo todo y pensad que tenemos que dormir dentro. Gavving, Jinny, volved a por Merril.

Cuando empezaron a moverse, Merril se despertó de repente, feliz y activa, y desbordante de planes. La llevaron con halagos a través de la corteza, preparados para cualquier cosa, y la amarraron en la raspada punta de la Q.

No hicieron nada más, pero cuando la pusieron en la Q se durmió inmediatamente.

Merril dormía como una niña, pero los demás no conseguían descansar. Irregulares conversaciones se iniciaban y morían. Clave preguntó:

—Jiovan, ¿cómo lo estás haciendo?

—¿A qué te refieres?

—A la totalidad del viaje. ¿Cómo lo estás haciendo?

Jiovan bufó.

—Tengo hambre. Estoy agotado, pero todavía puedo valerme por mí mismo. Puedo trepar. ¿Qué más pretendes que hagamos? No lo sabremos hasta que lleguemos al hogar. Merril ha perdido el control, pero también puede estar en lo cierto.

Clave se mostró sobresaltado.

—¿Quieres decir vivir aquí?

—No, eso es una locura. Quiero volver ahora. Matar algo, ahumarlo y recoger más hongos-abanico y regresar al hogar. Volveremos como héroes, en la medida en que lo han hecho los demás grupos de caza que han vuelto con comida, y, aunque me parece superfluo decirlo, estoy preparado. Soy mala comida para el árbol a pesar de ser uno de los… tullidos. He sido utilizado para suministrar alimentos a la tribu… y si los hongos-abanico pueden crecer en la mata…

Todo el grupo estaba escuchando. Clave supo que hablaban para ellas.

—Merril —dijo— podría estar enferma, ya lo sabes.

—Se siente muy bien.

—Oh, vamos a ver cómo se siente cuando se le haya pasado. Incluso yo mismo podría querer probarlo. —Clave soltó una risita. Esperó a ver qué pasaba.

No hubo oportunidad, no con Alfin escuchando.

—¿Qué hay con lo de volver al hogar? Ya tenemos lo que veníamos buscando.

—Yo no lo creo así. No podemos estar seguros de que hayamos limpiado todas las marcas de la tribu, ¿verdad, Grad?

—Suponen que debemos recorrer todo el tronco.

—Por lo menos ya hemos recorrido la mitad. Ya sabemos que podemos alimentarnos por nosotros mismos. ¿Qué más vamos a encontrar? El nariz-arma era una buena comida, pero sólo hemos encontrado uno, y eso no es suficiente para la mata. Podemos arrancar unos cuantos hongos-abanico en el camino de vuelta. ¿Qué más? ¿Son comestibles los relámpagos? ¿Podremos trasplantar las cosas acorazadas?

El Grad estaba vigilando el fuego.

—Podrían crecer justo encima de la mata. Podríamos trabajar en ello. Yo estoy dispuesto a seguir. Quiero ver lo que pasa cuando ya no haya ninguna fuerza de marea.

—Ya sabemos que lo que Merril va a decir. ¿Alguien más?

Alfin gruñó. Pero nadie dijo nada. —Seguiremos —afirmó Clave.

Cinco — Recuerdos

Allí estaba otra vez. Era una frecuencia especial de luz la que Sharls Davis Kendy había tenido durante quinientos años. No obstante la había encontrado hacía cincuenta y dos años, y cuarenta y ocho, y veinte, y… seis observaciones seguras y diez más probables. El punto estaba circulando. Aquella vez al oeste de su posición, apenas visible a través de la mezcla de polvo y gas y lodo y vida vegetal: la luz del hidrógeno en combustión con el oxígeno.

Kendy fijó su atención en un punto ondulante dentro del Anillo de Humo. Raramente podría el MAC reconocer la señal que tan inmersa estaba en aquella mezcla, pero Kendy nunca había considerado la posibilidad de darse por vencido.

—Kendy del Estado. Kendy del Estado.

El motor principal del MAC debía llevar muchas horas funcionando. Aceleraría lentamente, muy lentamente: empujando algo masivo. ¿Qué estaban haciendo allí dentro?

¿Habrían olvidado por completo la Disciplina y a Sharls Davis Kendy? Kendy se había olvidado de muchas cosas, pero lo que recordaba era algo tan real como el momento que estaba viviendo. Aquellos inútiles intentos de contacto necesitaban muy poca cantidad de su atención. Kendy se refugió en los recuerdos.

La estrella objetivo era blanco-amarillenta, con un espectro muy parecido al del Sol, circundando a una compañera invisible. De 1,2 masas solares, T3 era por minutos más brillantes y azulada que el sol: entre G0 y G1. La compañera, de la mitad de la masa solar, debería ser una estrella, no un planeta. Por lo menos, era visible.

El Estado había conseguido datos telescópicos de las primeras misiones a otras estrellas. Por lo menos había un tercer cuerpo, planetario, en aquel sistema. Podría ser un planeta parecido a la Tierra; en tal caso, la Disciplina cumpliría con su misión principal sembrando la atmósfera con algas capaces de producir oxígeno. En un futuro distante, el Estado podría volver y encontrarlo adecuado para la colonización.

Pero alguien tendría que ir personalmente para comprobar las características propias del lugar.

La Disciplina era una nave sembradora de exploración, cuya misión se dirigía a un anillo de amarillentas estrellas que podrían hospedar mundos parecidos a la Tierra. Su misión secundaria era un secreto sólo conocido por Kendy; pero la exploración, definitivamente, era la tercera opción de la lista; la Disciplina no se detendría allí. Kendy pasó rozando T3, tomó fotografías y grabaciones, y se desvaneció en el vacío. Podría ir tan lento como para lanzar un misil con una cabeza de guerra llena de algas adaptadas, en el caso de haber encontrado un blanco.

Cuatro miembros de la tripulación estaban en el módulo de control. Tenían ajustado el enfoque del telescopio y en la gran pantalla aparecía un dibujo como a la acuarela de una estrella blanco-azulada, con un pequeño punto de ardiente luz blanco-azulada en el borde. Sam Goldblatt tenía el espectro de T3 expuesto en una pantalla más pequeña.

Sharon Levoy leía la grabación; nadie más estaba a la escucha.

—Eso lo resuelve. La Estrella Levoy es una vieja estrella de neutrones que pasó del estado de pulsar hace quinientos o mil millones de años. Todavía está más caliente que el infierno, pero sólo tiene veinte kilómetros de diámetro. La radiación superficial es casi despreciable. Puede que haya perdido la capacidad de giro y el calor residual en todo ese tiempo. No hemos podido verla porque no desprende bastante luz.

«La enana amarilla es una estrella que puede tener planetas, pero podemos suponer que los planetas han perdido la atmósfera, vaporizada cuando estalló la supernova cuyas cenizas son la Estrella Levoy…

Goldblatt gruñó.

—¡Se supone que somos la primera expedición que ha venido aquí! ¡Prikazyvat Kendy!

La tripulación no era capaz de suponer que el computador de la nave y su personalidad grabada pudiera escucharles indiscretamente.

Sin embargo, Kendy dijo:

—Hola, Sam. ¿Qué pasa?

Sam Goldblatt era un hombre alto, robusto, con un espeso y cuidadosamente arreglado bigote. Había estado maldiciendo desde que Levoy encontró y bautizó a la estrella de neutrones. Su frustración ya había encontrado un objetivo.

—Kendy, ¿tienes grabaciones de alguna expedición anterior?

—No.

—De acuerdo, compruébamelo. Esas son líneas de absorción de oxígeno, ¿o no? Lo que quiere decir que hay vida vegetal en alguna parte de este sistema, ¿verdad? ¡Y eso es lo que justifica que el Estado haya enviado aquí una nave sembradora!

—Ya he visto el espectro. Después de todo, Sam, ¿por qué no podría haberse desarrollado la vida por sí misma? En la Tierra ocurrió así. Además, esas líneas no indican Que sea un mundo similar a la Tierra. Son demasiado agudas. Hay demasiado oxígeno, demasiada agua.

—Kendy, si no es un planeta, ¿qué es?

—Ya lo averiguaremos cuando estemos más cerca.

—Hmmm. No a esta velocidad. Kendy, pienso que deberíamos ir más despacio. Desacelerar al máximo para que los cohetes exploradores Bussard pueden trabajar. No malgastaremos combustible, tendremos una vista mejor, y podremos acelerar nuevamente utilizando como combustible el viento solar.

—Peligroso —dijo Kendy—. Recomiendo lo contrario.

Y aquello fue lo que hizo.

Durante quinientos doce años, Kendy había estado corrigiendo grupos parciales de su memoria hasta que se dio cuenta de que no los necesitaba. No recordaba haberse decidido a seguir las sugerencias de Goldblatt. Goldblatt debería haber persuadido al Capitán Quinn y al resto de los tripulantes, y Kendy se había dado por vencido… ¿por ellos, o por su propia curiosidad? Kendy recordaba:

La Estrella Levoy y T3 circulaban alrededor de un punto común siguiendo órbitas excéntricas, a una distancia media de 2,5 X 10E8 kilómetros, con un período orbital de 2,77 años terrestres. La estrella de neutrones estaba justo detrás de la enana amarilla cuando la Disciplina penetró en el sistema. Ahora estaba emergiendo y entrando en el enfoque telescópico de la Disciplina.

Vio el anillo de nubes blancas, con toques verdosos, con un punto brillante en el centro. Las líneas de absorción de agua y oxígeno procedían de allí. Era algo diminuto según los conceptos astronómicos: la región de mayor densidad rodeaba la estrella de neutrones a 26.000 kilómetros… aproximadamente cuatro veces el radio de la Tierra.

—Como una guirnalda de Navidad —suspiró Claire Dalton. El cuerpo de la socióloga era hermoso y tenía el cabello rubio y esbeltas piernas, pero sus recuerdos de corpiscilo llegaban más allá… y ¿qué estaba haciendo en el puente? El Capitán Dennis Quinn debía haberla invitado, para poder estar juntos. Aquello indicaba una laxitud en la disciplina que Kendy debía vigilar.

La tripulación de la Disciplina siguió estudiando la arcaica guirnalda de Navidad. Hasta que, súbitamente, Sam Goldblatt, graznó:

—¡El Mundo de Goldblatt! ¡Prikazyvat Kendy, graba eso, Mundo de Goldblatt! ¡Allí dentro hay un planeta!

—No puedo estar de acuerdo hasta que no nos encontremos a menor distancia, Sam.

—Está allí. ¿Sabes cómo actúa un torus de gas?

Aquello era parte de las memorias de Kendy.

—Sí. No dudo que tengas razón. Obtendremos algunos muestreos de radar cuando pasemos la aparatosa tormenta.

—¡Demonios, continúa! Nos detendremos e investigaremos esa cosa. —Goldblatt parecía desquiciado por la espera—. ¡Una vida que parece verde! ¡Vida, no un planeta! Debemos aprenderlo todo sobre ella. Claire, Dennis, ¿lo estáis viendo o no?

La tripulación estaba constituida por doce ciudadanos y ocho corpiscilos. Los corpiscilos podían razonar, pero no tenían derechos civiles. Los ciudadanos tenían menos de los que pensaban. Por razones morales, Kendy mantenía la ficción que le habían encargado.

La sugerencia de Goldblatt no fue digna de consideración.

—Piensa —dijo Kendy—. Tenemos combustible para desacelerar una vez y sólo una vez. La necesitaremos cuando alcancemos la Tierra.

—Allí hay agua —dijo Dennis Quinn pensativamente. Podremos recargar combustible. Apuesto a que es rica en deuterio y tritio. ¡No puede ser de otro modo; después de todo, circunda las cenizas de un supernova!

Claire Dalton estaba mirando fijamente a la pantalla, hacia el perfecto anillo de humo con una diminuta punta de alfiler brillante en el centro.

—La estrella de neutrones se ha enfriado, ha perdido mucha rotación y mucho calor y mucha de la tremenda fuerza magnética que hacía girar el pulsar. Es brillante, pero demasiado pequeña para que desprenda mucho calor real. Es probable que pudiéramos vivir en su entorno. —Miró a su alrededor—. ¿Acaso no hemos venido hasta aquí para eso? Las sorpresas del universo. Si no paramos ahora, podremos regresar a la Tierra sin problemas. —El tono de desprecio que mostraba su voz era inequívoca.

Los recuerdos de Kendy saltaban a partir de aquel punto. Apenas le sorprendió. Aquel debía haber sido el verdadero comienzo del motín.

Recordaba que había examinado y actualizado todos sus datos sobre la mecánica del torus de gas.

Había dos planetas circulando ampliamente las estrellas gemelas: gigantes gaseosos, tipo Júpiter, sin lunas. La vieja supernova debía haber volatizado los mundos más pequeños.

Un cuerpo daba vueltas alrededor de la estrella de neutrones. Un limbo del Anillo de Humo estaba plasmado en un distorsionado remolino tormentoso. Oculto en su interior había un conglomerado de roca y metales de 2,5 masas terrestres. Había algo de oxígeno y vapor de agua en su caliente y pesada atmósfera. El Mundo de Goldblatt estaba bloqueado por las mareas, y era inhabitable. Una banda envolvía su atmósfera y quizá pudiera albergar vida como la de la Tierra primitiva… pero la atmósfera era terrible disminuyendo indefinidamente a través del propio Anillo de Humo.

Las marcadas líneas de oxígeno y agua procedían del torus de gas.

Un torus de gas es el resultado de una masa ligera orbitando alrededor de una masa más pesada, como Titán orbitando Saturno. Puede suceder que la masa más ligera sea demasiado débil para contener su propia atmósfera. Las moléculas más rápidas del aire escapan… pero orbitan alrededor de la masa más pesada. De ese modo, Titán órbita a Saturno dentro de un anillo formado por la atmósfera escapada de Titán, como Io órbita a Júpiter dentro de un anillo de azufre ionizado por el feroz campo magnético de Júpiter.

Un torus de gas es poco denso. El gas puede llegar al extremo de que cada molécula puede considerarse como seguidora de una órbita independiente: incluso es razonable suponer que puede dar media vuelta a la masa primaria sin golpear con ninguna otra molécula. Bajo ciertas circunstancias, un torus de gas es estable. Un rayo ocasional de fotones puede golpear contra una molécula en el espacio interestelar; pero las moléculas continuamente reencuentran el cuerpo del satélite.

Titán —más pequeño que Marte, no tan grande como Ganímedes— arrastra una atmósfera neblinosa a una vez y media la presión terrestre a nivel del mar. La atmósfera se pierde continuamente, claro está, pero regresa también continuamente desde el torus de gas.

La Estrella Levoy era un caso extremo y también una proposición ligeramente diferente.

El Anillo de Humo era la parte más densa de torus de gas que rodeaba la Estrella Levoy. En la zona media, era tan denso como la atmósfera terrestre a una milla por encima del nivel del mar: demasiado denso para ser estable. Debía estar continuamente goteando en el torus de gas. Pero el torus de gas era estable: era denso, pero contenía elemento gravitacional ambulante. Las moléculas regresaban continuamente desde el torus de gas al Anillo de Humo, y del Anillo de Humo a la tormentosa atmósfera que envolvía el Mundo de Goldblatt.

—El Mundo de Goldblatt podía haber producido vida como cualquier otro gigante gaseoso, como, por ejemplo, Saturno. Probablemente no entrara en esa fase hasta que el pulsar perdiera una buena parte de calor y de capacidad de giro. —La voz crispada de Sharon Levoy hablaba en el interior de la memoria de Kendy—. Entonces fue capturado por las poderosas mareas de Roche. Pudo haber caído lo bastante cerca como para perder el agua y la tierra lo mismo que el gas. Durante mil millones de años el Mundo de Goldblatt ha estado soltando gas en el Anillo de Humo, y el Anillo de Humo lo ha estado lanzando al espacio interestelar. No es exactamente estable, pero, infiernos, los planetas no son tampoco estables durante mucho tiempo.

—Puede que no permanezca estable mucho tiempo más —le interrumpió Dennis Quinn—. La mayor parte del Mundo de Goldblatt ha desaparecido. Diez millones de años, o cien millones, y el Anillo de Humo estará muy enrarecido.

Kendy recordaba aquellas cosas. Las grabaciones habían sido efectuadas mientras los instrumentos de la Disciplina comprobaban los datos del Anillo de Humo a corto alcance. Algunos miembros de la tripulación estaban inspeccionando el Anillo de Humo por medio de los MACs.

Sus informes eran entusiastas. La vida se basaba en el ADN; el aire no sólo era respirable, sino de una calidad excelente…

Kendy no recordaba haber llevado la Disciplina hacia una órbita alrededor de la Estrella Levoy. Aquello habría gastado el combustible, posponiendo para años su fecha de llegada a las otras estrellas que constituían su objetivo. ¿Por qué?

La voz de Claire Dalton:

—Vamos a salir de esta caja. Está bajando. Con cada vuelta estamos perdiendo un poco de lo que nos recicla. Allí hay algo más que agua; hay aire, ¡incluso, probablemente, haya fertilizantes frescos para los tanques hidropónicos!

Era Sharls Davis Kendy quien gobernaba la Disciplina. La tripulación de la nave estaba formada por veinte personas porque eran las necesarias para controlar una nave sembradora de exploración. El Estado los había elegido como un depósito de la Humanidad: un planeta, un sistema solar, era demasiado frágil para asegurar la supervivencia del Estado, o de la propia Humanidad. Cada una de las naves que había en el cielo tenía tripulación de sobra para que la raza humana pudiera empezar de nuevo: aquella era la misión secundaria, si llegaba el caso. El Estado no esperaba tales desastres; pero la inversión era trivial comparada con la recompensa.

¿Cuándo había perdido el control? Quizá amenazaron con desconectar el computador y pasar a control manual. No debían haberlo hecho; pero la moral podría desintegrarse si demostraban tener tan poco control como tenían realmente. Kendy se había rendido ante aquellas premisas.

O quizá había sentido curiosidad.

No encontraba recuerdos por ninguna parte de que se hubiera producido un motín. Debía haber jugado de farol; puede que no quisiera recordarlo. ¡La tripulación había partido con ocho de los diez MACs y saqueado los tanques hidropónicos a patadas! Aquello nunca había sido permitido.

Era razonable asegurar que siete de los MACs eran inoperables. Podría haberse salvado algún equipo… y el último MACs acababa de cortar el chorro de incandescente vapor de agua. Kendy dejó de enviar su mensaje. El Anillo de Humo resplandecía blanquecino y deforme bajo él.

Algún día lo sabría. ¿Lo recordarían ellos?

Kendy esperó.

Seis — En el centro de la Tierra

La mancha de cabellos canosos debía llevar allí mucho tiempo. Tenía cincuenta o sesenta metros de diámetro y se había comido medio metro de hondo de la madera viviente. Las plantas parasol habían arraigado en el abono resultante, y madurado, y extendido sus brillantes flores de colores para atraer a los insectos que pasasen.

Minya observaba el fuego que se extendía en curvas entrelazadas dentro de la masa de hongos. Las brisas arrojaban sofocantes humaredas en imprevisibles direcciones. El humo sacaba nubes de acáridos de entre los hongos y los arrojaba hacia el cielo. Deseaba que la terna de Thanya ya hubiera regresado con agua.

En aquellos momentos, había tres grupos formados por personas cada uno del Pelotón de Triuno en el tronco. Minya, Sal y Smitta estaban muy cerca de la zona media. El grupo de Jeel recorría el tronco de arriba abajo, acarreando provisiones desde la mata, mientras que la de Thanya llevaba agua desde sotavento.

El fuego no solía causar problemas, pero siempre podían producirse.

—Me gustan estas escaladas —dijo Smitta. Flotaba con los dedos de los pies agarrados a un filo de la corteza.

Tan cerca del centro, aquello era suficiente para poder enfrentarse a la liviana marea—. Me gusta flotar… ¿y desde que otra parte puedes ver entero el Anillo de Humo?

Minya asintió con la cabeza. No tenía ganas de hablar. Cuando un problema no puede resolverse, y sigue estando presente, ¿Qué otra cosa puede hacerse sino correr? Ella había corrido tan lejos como podía ir un ser humano. Lo estaba consiguiendo: allí, a medio camino entre las infinidades, se sentía en paz.

El árbol parecía extenderse infinitamente en ambas direcciones. La Mata Oscura, iluminada desde detrás por el sol y por Voy, tenía un halo de verde pelusa con un corazón negro. Hacia fuera, la Mata de Dalton-Quinn apenas era más grande. Unas cuantas nubes a la deriva, vestigios le verde bosque, remolinos de tormenta, habían sido evitados. Hacia el este había un punto de luz brillante descentrado en un borde oscuro: el mismo pequeño estanque que había estado derivando cerca durante veinte días.

Quizá, quizá llegara. No hablaban de ello. Mala suerte.

Entre la sequía y los trastornos políticos, el Pelotón de Triuno había estado mucho tiempo sin ocuparse de sus tareas de vigilancia en el árbol. Se les había necesitado para que hicieran las veces de policías. Alguien tuvo la esperanza de que las ejecuciones resolvieran los problemas; pero los grupos ya estaban buscando parásitos y parches de cabellos canosos por todas partes del tronco. Aquel día habían quemado virtualmente un campo de aquella odiosa materia.

El movimiento llegó a la vista de Minya, desde fuera y a barlovento. Azul contra azul, difícil de distinguir, algo grande. El sol estaba cerca de su punto más bajo, deslumbrante. Se puso una mano debajo de los ojos, los entrecerró y dijo:

—Triuno.

Smitta se puso alerta.

—¿Interesado en nosotros? ¡Sal!

Sal gritó desde detrás de la nube de humo.

—Lo he visto.

—Estarán interesados —dijo Minya—. Se están acercando bastante.

Smitta se desplazó para apoyarse en el tronco y empezó a preparar sus armas.

—Ya he luchado una vez con un triuno. Son más rápidos que los pájaros-espada. Podréis ahuyentarlos. Sólo recordad una cosa, si matamos a uno, tendremos que matar a los tres.

El objeto con forma de torpedo estaba ya muy cerca. Era casi del mismo azul que el cielo, girando lentamente. Seis grandes ojos se mostraban por turno a lo largo de la circunferencia, y tres ligeras y grandes aletas… una más pequeña que las demás. Aquella debía ser la cría. —¿Qué necesitamos? —susurró Minya. —¿Preparados los arcos y flechas? Atad las flechas y sujetad unas brasas de cabellos canosos en la punta. Hemos tenido suerte de hacer fuego. Acordaos de dónde tenéis las vainas surtidor, podréis necesitarlas.

Minya sentía en la garganta el pulso de su corazón. Era su segundo viaje por el tronco… Pero Smitta y Sal habían hecho muchos más. Eran duras y experimentadas. Sal era una mujer fornida de cabellos rojos y cuarenta años de edad que se había unido al Pelotón de Triuno a la edad de doce. Smitta había nacido como hombre; era mujer por cortesía.

Estar a la altura de Smitta, se dijo Minya. Smitta era difícil de enfadar, pero, bajo presión, algo parecía romperse en su mente. En aquellos casos, Smitta luchaba como una posesa, incluso contra los suyos, y el único modo de detenerla era echar sobre ella a un montón de gente.

Minya templó su arco de madera dura y empleó una flecha con cuya punta excavó un pedazo de ardientes hongos. ¿Preparada?

El torpedo se dividió en tres. Tres finos torpedos aletearon perezosamente hacia ellas, mostrando pequeñas aletas laterales y panzas de violento color naranja. Un macho y una hembra, emparejados para siempre, más una única cría que añadiría a la masa más velocidad, y que maduraba lentamente. Sólo se separaban para luchar o para cazar. El Pelotón de Triuno se llamaba así por la interdependencia de las familias de triunos.

La cría era el más pequeño, el único que se rezagaba un poco. Los dos adultos se abalanzaron hacia adelante.

—El macho es mío —dijo Smitta y disparó; la flecha arrastraba tras ella una cuerda. ¿Cuál era el macho? Minya esperó un momento para saber cuál había sido el blanco de Smitta, luego disparó su propio arco. La pareció que todavía no estaban a tiro… y tenía razón; el cuerpo del macho onduló apartándose del camino de las flechas, mientras la hembra caía tras él. Sal se contuvo. Disparó, y alcanzó a la hembra que viraba clavándole una flecha en la aleta.

Bramó. Aleteó una vez más y rompió la flecha limpiamente. Sal apareció entre el humo, dando un tirón hacia el cielo. No parecía preocupada mientras sacaba el antiguo arco de metal que colgaba seguro de su hombro. Las brasas del cabello canoso se habían adherido a la cola de la hembra, que aleteaba locamente.

—Smitta envió una flecha atada con un ronzal hacia la cría.

Ambos adultos chillaron. La hembra intentó bloquear la flecha. Pero fue demasiado lenta. La cría no pareció ver llegar la saeta. Smitta tiró de la cuerda y se detuvo apenas a un metro.

La hembra la miró asombrada.

La mujer soltó cuerda rápidamente, pero no era necesario. Los adultos se movieron junto a la cría, con una delicadeza infinita. Tendieron pequeñas manos desde sus vientres color naranja y empezaron a juntarse. Se movieron como un único y desdibujado fantasma azul contra el cielo azul.

—¿Lo veis? Se han unido. Tenías razón en eso —dijo Smitta.

Sal extrajo una vaina surtidor con forma de lágrima del hato de bolsillos que bajaban y rodeaban el frente de su túnica. Retorció la punta. Una nube de semillas y niebla salió de allí, a la vez que lanzaba a Sal contra la corteza, debido a la fuerza del retroceso.

Ella enrolló la cuerda y guardó las armas, incluido el valioso arco. Elástico metal, que había ido pasando de los viejos a los jóvenes dentro del Pelotón de Triuno al menos durante doscientos años.

—Bien hecho, compañeras, pero me parece que el fuego está llegando a la madera. Me gustaría que Thanya estuviera aquí. Ella no habría dejado que se nos escapasen, ¿o sí?

Minya no sabía si el fuego podría alcanzar la madera, o no. Era difícil decir hasta qué punto el cabello canoso estaba introducido en la madera y podía llegar a afectarla.

—Todavía no es peligroso —dijo.

—Odio malgastar vainas surtidor, pero… comida de árbol. Quiero cuidar de ellos —decidió Sal. Juntó las piernas, agarró la corteza con las manos para asirse a ella, y saltó. Ondeó los brazos echándose al aire y girando hasta que pudo ver el tronco. La miraron derivar a lo largo del tronco, hacia la Mata de Dalton-Quinn.

—También ella se preocupa demasiado —dijo Smitta.

Habían pasado ya setenta días desde que los ciudadanos de Clave salieron de la Mata de Quima.

El árbol alimentaba una miríada de parásitos, y los parásitos alimentaban al grupo de Clave. Habían matado a otro nariz-arma, fácilmente, cortándole la nariz, arrojando luego arpones dentro de su madriguera. Había bancales de hongos-abanico por todas partes. Merril había dormido ocho días después de comerse el rojo borde de un hongo-abanico. El consiguiente y palpitante dolor de cabeza no parecía haberle afectado para la escalada, y avanzaba de nuevo. De aquel modo descubrieron que los hongos-abanico servían como alimento, y encontraron más excavadores acorazados y otras cosas comestibles…

El Grad veía en todo aquello la evidencia del declinar del árbol.

Encontraron un arbusto de vaina surtidor en la corteza. Clave guardó una docena de semillas maduras en un morral de chirriante piel de nariz-arma.

Acamparon justo en los bordes de la madera lavada por el agua. Clave se rió y admitió que podrían haber hecho ya todo el camino. Habían dormido otras tres veces en el árbol: la última noche en la madriguera de un nariz-arma, las dos anteriores en profundas heridas de la madera, grietas cubiertas de «pelusa» que debieron quemar primero. La carbonilla les había manchado de negro la ropa.

Habían aprendido a no intentar hervir el agua. Se producía una espuma que se desbordaba en una masa caliente, en expansión.

La gravedad de la marea continuaba decreciendo hasta que casi flotaron por encima del tronco. A Merril le gustaba. Una vez recuperada de los efectos del hongo-abanico, aquello no había cambiado. No podéis caer; sólo tenéis que gritar para pedir ayuda, y cualquiera podrá lanzaros una cuerda. A Glory le gustaba, y Alfin sonreía de vez en cuando.

Pero había inconvenientes. El agua era cada vez más escasa. A aquella altura no había viento, y por eso no había corrientes de agua a sotavento. A veces, encontraban madera húmeda, lo suficientemente húmeda como para poder lamerla. Había agua en la carne de los hongos-abanico.

Había una marca DQ hallada por Jinny. Bien: parecía casi limpia. Y a medio klomter alejado del tronco, una forma como de abanico que semejaba una mano blanca recortándose contra el cielo. Debía ser grande. El Grad la señaló.

—¿La cena?

—Puede que por los alrededores encontremos otras más pequeñas —dijo Clave.

—¿Podría no parecer tan grande —preguntó Merril— desde los Comunes?

El Grad se estaba dirigiendo hacia la marca tribal, cuando Clave dijo:

—Párate.

—¿Cómo?

—Esta marca no está cubierta como las demás. Grad, ¿no te parece extraño? ¿Está cuidada?

—Crece algo de pelusa, pero no demasiada. —Luego, cuando el Grad estuvo lo suficientemente cerca como para ver la diferencia real, —dijo: Aquí no hay marca de rúbrica. Ciudadanos, esto no es territorio de Quinn.

Gavving y Jiovan se habían rezagado para ocuparse del humo.

Habían aprendido duramente la forma de actuar allí. La corteza se desgarraba a partir del borde de un bancal de pelusa que había servido como combustible. La corteza sana resistía el fuego. Un círculo de brasas rodeaba la carne, totalmente abierta a las espasmódicas brisas. Un fuego protegido podría no arder. El humo no subiría: podría llegar a sofocar el fuego. Incluso allí, en terreno abierto, el humo revoloteaba en una nube retorcida. El calor de la hoguera estaba en el humo, por tanto no era necesario que el fuego fuera muy grande. Gavving y Jiovan se mantenían bastante apartados. Un cambio de la brisa podía ahogar a un ciudadano incauto.

—¿Jiovan?

—¿Qué?

Ni siquiera Gavving le había preguntado a Jiovan cómo había perdido la pierna… nadie lo había hecho; pero había una parte de la historia que le preocupaba desde hacía años. Y preguntó.

—¿Por qué fuiste a cazar solo aquel día? Nadie caza solo.

—Yo lo hice.

—Conforme. —Un tópico cerrado. Gavving empuñó el arpón. Llenó de aire los pulmones, y luego lo echó hacia el humo. Medio cegado, hurgó entre las brasas con la punta del arpón para dar la vuelta a las patas del nariz-arma —una, dos, tres. Dio un fuerte tirón de su cuerda para salir al aire limpio. El humo fue con él, se abanicó unos instantes antes de poder respirar.

Jiovan estaba mirando hacia adentro, más allá de la pequeña mata verdosa que una vez había encerrado su vida, hacia el resplandor blanco azulado de Voy. Levantó la cabeza, y Gavving le contempló con un brillo asesino en la mirada.

—Esto es algo que no quiero que se divulgue.

Gavving esperó.

—De acuerdo. Yo tenía… tengo un verdadero don para el sarcasmo, según me decían. Cuando yo mandaba un grupo de cabeza… bueno, los chicos iban para aprender, naturalmente, y yo iba para enseñarles. Si alguien cometía un error, a mí me tocaba corregirlo.

Gavving asintió.

—Tenía bastantes cosas de que ocuparme además de tener que soportar a los ineptos. No podía aguantarlo, de modo que empecé a cazar solo.

—No tendría que haberte preguntado. Sólo lo hice por curiosidad.

—Olvídalo.

Gavving estaba intentando olvidar por completo otra cosa. La última noche de sueño la había pasado despierto para encontrar a tres ciudadanos desaparecidos. Había seguido un sonido… y observado a Clave y Jayan y Jinny unidos a la corteza por cuerdas, y saltando hacia afuera, y haciendo niños mientras iban a la deriva.

Lo que ahora habitaba en su cabeza era la lujuria y la envidia espoleada por la ira de Clave o el desprecio de Jinny (pues se había fijado en Jinny como amante marginal). Le quedaba el recurso de soñar. Y al volver a la Mata de Quinn, podría tomar en serio a cualquier otra compañera potencial. De todos modos Gavving no podía ofrecer nada; no tenía la riqueza ni los años.

Aquello podía cambiar, por supuesto. Volvería, por supuesto, como un héroe, ¡por supuesto! Y el Presidente se pondría furioso… él que no había sido capaz de enviar a Harp. Posiblemente, Clave también opondría resistencia. Pero si lograban acabar con el hambre, el Presidente no podría hacer nada; ellos serían héroes.

Gavving podría elegir su pareja…

—Así que empecé a cazar solo —dijo Jiovan— el día que Glory destrozó la jaula de los pavos.

Por un instante, Gavving no supo de qué estaba hablando Jiovan. Luego, sonrió.

—Harp me contó el cuento.

—Yo también se lo he oído. Aquel día había bajado por la rama, con una cuerda para sujetarme y otra suelta, mordisqueando un poco de follaje, con la cabeza apuntando hacia el cielo, ya sabes, sólo esperando. Era noche cerrada en la oclusión del Año Nuevo. El sol era un ancho punto brillante radiando por encima de mí, y Voy derivaba directo hacia su centro.

«Entonces llegó un pavo, aleteando contra el viento, moviéndose todavía bastante deprisa, y de espaldas. Hice un nudo en la cuerda libre, rápidamente, y lo lancé. Pesqué al pavo. Llegó otro. Preparé más lazos y en dos respiros tuve un pavo en cada uno. Pero llegaron dos más, y luego cuatro, por arriba, y en ese momento adiviné que eran los nuestros. Lancé el extremo de la cuerda con que me anclaba, y apresé un tercero… —Buena cacería —dijo Gavving.

—Oh, seguro, aquel día no había nada que me entorpeciera. Pero el cielo estaba lleno de pavos, y muchos de ellos se estaban escapando, y todavía pienso lo divertido que resultaba. —Sí.

—Por eso nunca he contado antes esta historia. Gavving adivinó súbitamente lo que había pasado. —Podré sobrevivir aunque no me la sigas contando. —No, todo está bien. Fue divertido —dijo Jiovan seriamente—. Pero el cielo estaba lleno de pavos, y una familia de triunos llegó para ver si podía hacer algo con toda aquella comida que volaba. Se dividieron y se lanzaron detrás de los pavos perdidos. No podía hacer otra cosa más que marcharme con los tres míos. Jiovan ya no se reía.

—El macho se lanzó por uno de mis pavos. Se lo tragó entero e intentó remontarse. Pero había cogido la cuerda equivocada… imagínate el extremo de una cuerda con la punta clavada profundamente en la madera, y esa bestia inmensa tirando del otro extremo, y yo en medio. Vi súbitamente lo que estaba pasando, intenté abrir el lazo para saltar fuera, pero el lazo hizo una muesca y se cerró y casi me cortó la pierna de raíz y empecé a caer hacia el cielo.

Comida de árbol.

—Sí, también yo pensé que era comida de árbol. ¿Recuerdas que tenía una cuerda entre las manos? Pero con un pavo a cada extremo, aleteando como locos, y yo cayendo. Intenté soltar un pavo, lo hice, pensando que podría agarrarme al ramaje, pero no lo conseguí.

»Sin embargo, el macho del triuno había apresado algo, y no sabía qué. Echó hacia atrás la cuerda y sintió un tirón en el vientre y la soltó. Pienso que era aquello lo que estaba esperando. Todo lo que sé es que algo me golpeó en la cara, y que era un pavo muerto cubierto de una sustancia pegajosa, y que me agarré a él… me abracé a él con todo mi corazón y empecé a trepar por la cuerda, hacia la mata.

Gavving tenía miedo de reírse.

—Até lo que quedaba de mi pierna. Lo que colgaba, lo corté. Sí, chico, ¿te ha contado Harp alguna vez una historia como esta?

—No. ¡Comida de árbol, le gustará! Oh.

—Me hice famoso. No quería hacerme famoso por aquel método.

Gavving masculló.

—¿Por qué me lo has contado ahora?

—No lo sé. Mi turno —dijo Jiovan repentinamente. Llenó los pulmones y desapareció en el humo.

Gavving parecía agobiado. Siempre hacía demasiadas preguntas. Sonrió culpablemente, imaginándose a Jiovan intentando lanzar una cuerda con un pavo aleteando a cada extremo. ¿Pero por qué Jiovan no quería contar aquello?

Vio que Clave aparecía por detrás de la curva del tronco.

Jiovan emergió, arrastrando humo consigo, y Gavving contuvo el aliento mientras Jiovan lo despejaba. Jiovan tosió un poco.

—Fue hace mucho tiempo —dijo—. Quizá no fue tan terrible. Quizá deba contarlo. Quizá lo haga.

—Ya vuelven —dijo Gavving—. Me pregunto por qué estarán tan excitados.

Clave bramó:

—No quiero volver a casa sin saber antes algo sobre ellos.

—Yo ya sé un montón de cosas —contestó el Grad—. Hubo un tiempo en que vivimos en la mata más lejana. Los Quinn dejaron atrás algún tipo de desacuerdo. Antes de todo eso, existía la Tribu de Dalton-Quinn.

—En ese caso, son nuestros parientes.

El argumento era poco menos que caótico, pero sólo porque la mitad de la tropa se había quedado atrás. Y no se mostraba menos vehemente. Alfin gritó:

—No estás escuchando. ¡Nos van a tirar! ¡Por lo que sabemos, ellos piensan que todavía están en guerra con nosotros!

—Clave —dijo el Grad—, Las marcas tribales están cuidadas, y últimamente no hemos descubierto muchos más hongos-abanico o cosas acorazadas. Estoy pensando que mantienen limpio este trecho del tronco. Podrían volver. ¡Si nos movemos debe ser para irnos de aquí!

—¡Estás hablando de correr de algo que todavía no hemos visto!

—Hemos visto la insignia tribal —dijo el Grad—. DQ. No hay ninguna rústica que cruce la Q. ¿Qué van a hacer con nosotros que somos intrusos en su árbol? Ya hemos pasado la zona media, estamos en su territorio. Clave, volvamos a casa. Matemos otro nariz-arma, arranquemos algunos hongos-abanico y un acorazado, y volvamos a casa con comida en abundancia. —Clave sacudió la cabeza—. ¡La tribu ya no volverá a estar sedienta! Llevaremos agua del tronco…

Clave se agitó de nuevo.

—El agua llegará a la mata de todas maneras. No. Quiero encontrarme con los Dalton. Hace cientos de años que no sabemos a qué se parecen… quizá, conozcan mejores métodos para cuidar la vida terrestre, o modos de conseguir agua. Quizá tengan comida de la que nunca hemos oído hablar. Algo. Hola, Jiovan. —Hola, ¿Qué pasa?

—Hemos encontrado una marca tribal que no es de las nuestras. La cuestión a dilucidar es: ¿vamos a decirles hola antes de volver a casa? ¿O nos limitamos a correr? El Grad saltó.

—¡No lo entiendes, no podemos pelear, no podemos negociar! Sólo contamos con un buen luchador, y con dos lisiados y un chico y cuatro mujeres y el encargado de la boca del árbol, y a todos nosotros nos han expulsado de la Mata de Quinn, ni siquiera podemos hacer promesas…

Clave le cortó.

—Alfin, ¿tú también quieres volver?

—Sí.

—¿Jiovan?

—¿De qué tenemos que correr?

—Quizá de nada. La marca no ha sido atendida desde lace mucho tiempo. ¡Comida de árbol, la sequía podría haberles matado! Podríamos colonizar la mata más lejana…

Merril le cortó, aunque todavía jadeaba por la escalada.

—Oh, no. Si alguien muere allí… nosotros no deberíamos… acercarnos. Dan ganas de vomitar.

—¿Quieres volver a seguir?

—No quiero… volver… pienso, pero… habría que coger primero… aquel gran hongo-abanico. ¡Si no lo hacemos podríamos impresionar a los ciudadanos! Y ahumar otro nariz-arma… si podemos. Por lo lejos que hemos llegado… sabemos que hay comida en el tronco que se puede cazar. Podremos decírselo al Presidente.

—¿Jayan? ¿Jinny?

—Parece sensata —dijo Jinny, y Jayan asintió.

—¿Gavving?

—No opino.

—Comida de árbol. ¿Glory?

—Volver —dijo Glory—. Llevo días y días sin probar el follaje.

Clave suspiró.

—Si estuviera seguro, iríamos hacia adelante. Conforme. —Levantó la voz, haciéndola más resonante—. Tendremos comida suficiente para llevarnos, con el hongo gigante y con toda la carne que podamos encontrar. Ciudadanos, hemos hecho muchas cosas buenas tanto por nosotros mismos como por la Mata de Quinn. Volveremos a casa como héroes. Ahora bien, no quiero perder a nadie en el camino de bajada, así que no quiero tonterías con la marea. Irá siendo más fuerte con cada klomter. Durante casi todo el camino de vuelta tendremos que usar las cuerdas para atar los hongos-abanico y la carne…

Sus objetivos se habían convertido en los objetivos de Clave. Gavving se dio cuenta de ello, debía recordarlo.

Los relámpagos volvieron. Minya los miró mientras bailaban la danza de apareamiento. Dos machos se pavoneaban ante la misma hembra con la capa de plumas completamente abierta, mientras esta cabeceaba arriba y abajo casi demasiado deprisa como para que la pudiera ver. Decisiones, decisiones…

—Algo te preocupa, mujer.

…Decisiones. ¿Qué pasaba con los problemas de Smitta? Minya tomó una rápida decisión: tenía que contárselo a alguien, o reventar.

—He empezado a preguntarme si… si estoy preparada para el Pelotón de Triuno.

Smitta pareció impresionada.

—¿En serio? Estabas ansiosa de pertenecer a él desde hace ocho años. ¿Qué es lo que ha cambiado?

—No lo sé.

Pero sí lo sabía, y, de repente, Smitta también.

—No le digas nada a Sal sobre todo esto. No lo entendería.

—Yo sólo tengo catorce años.

—Pareces mayor… más madura… Y quizá la más maravillosa recluta que pudiéramos tener.

Minya hizo una mueca.

—Todos los hombres de la mata quieren hacer niños conmigo. Creo que he oído todas las formas posibles de decirlo. Pero no quiero hacerlo con nadie. ¡Smitta, por eso estoy en el Pelotón de Triuno!

—Lo sé. ¿Qué podría ser yo sin el Pelotón de Triuno? Una mujer que nace como hombre, un hombre que necesita ser mujer…

—Nunca has intentado… —¿Cuál era la palabra apropiada? No hacer niños, no para Smitta.

—Estoy acostumbrada —dijo Smitta—. Con Risher, fue bastante agradable hace tiempo, y últimamente con Mik, el hijo del Jefe de los Cazadores. —Minya vaciló. Quizá Smitta lo notó—. Damos todo lo que somos cuando nos alistamos. Hay que hacerlo para mantenerse dentro. Lo sabes.

—Siempre hay alguien que lo hace…

—¿Qué? ¿Salirse? ¿Escapar? Alse saltó al cielo, poco después yo me uní, aunque nadie sabe realmente por qué. Era la única salida. Si quieres escapar, podría nombrarte a alguien que te destrozaría. Sal es una.

Labios unidos y dientes apretados guardaban el secreto de Minya. Pero Smitta ya lo sabía.

—No debes escapar —repitió—. Quizá es que no sabes lo que los ciudadanos sienten por nosotras. Ellos nos toleran. No queremos dar niños a la tribu, pero hacemos trabajos más peligrosos de lo que se podría pensar, y pagamos nuestra deuda de esa manera. Pero ya sabes que no puedes pedirle a ningún hombre normal que te ayude en ninguna de las dos tareas.

Minya asintió. Los labios juntos, los dientes apretados: ¡si sólo pudiera seguir el mismo camino que ella para estar con Mik! Mik había sido imposible cuando se fue, ocho años antes. ¿Cómo había cambiado tanto? ¿Qué liria él? —Smitta… —Déjalo. Sal se acerca.

Minya miró. Había cuatro siluetas que bajaban, cuatro mujeres montando en cohetes de chorros de gas y semillas; y no llevaban agua. Sal gritó algo hacia el viento.

—Están malgastando vainas surtidor —observó Smitta.

Estaban muy cerca y a punto de engancharse en la corteza. Minya escuchó el alegre aullido de Sal.

—¡Invasoooores!

Siete — La mano del Controlador

Las dos ternas se movieron hacia adentro, sin salir de las grietas de la corteza en que se encontraban. Aproximadamente cada minuto, Denisse, una alta y morena mujer de la triada de Thanya, aparecía de pronto, echaba una rápida mirada y volvía a hundirse en la corteza.

—Contamos seis de ellos alrededor de la marca de la tribu —dijo Thanya—. Ropas oscuras. Quizá sean de la Mata Oscura.

—Intrusos en el árbol. —La voz de Sal era apremiante, alegre—. ¡Nunca hemos luchado contra invasores! Hace ya mucho tiempo, hubo ciudadanos que fueron expulsados cuando el motín… algunos mataron al Presidente, y el resto se fue con ellos. Quizá se establecieron en la Mata Oscura. Amotinados… Thanya, ¿qué clase de armas llevan?

—No hemos podido preguntárselo, ¿o debimos hacerlo? Denisse dice que vio cosas parecidas a flechas gigantes. Tampoco puedo decirte su sexo, pero uno de ellos no tenía piernas.

Giraron hasta alcanzar una grieta cubierta de cabellos canosos. Smitta habló.

—Seis de ellos, seis de nosotros, ¿podéis perder un poco de tiempo… enviando a alguien a buscar al grupo de Jeel?

Sal sonrió abierta y cruelmente.

—No.

—Y no —dijo Thanya, por su propio grupo.

Minya no dijo nada —la jefe de su grupo había contestado por ella—, pero sentía una alegría feroz. Lo mejor que podía haber ante ella era una buena lucha.

Denisse regresó de su siguiente reconocimiento. Su voz parecía totalmente calmada.

—Intrusos. Tenemos intrusos, trescientos metros hacia dentro y cien a babor, moviéndose hacia afuera. Por lo leños hay seis.

—Vayamos con cautela —dijo Thanya de repente—. le gustaría poder interrogar a uno de ellos. No sabemos lo que están buscando aquí.

—¿Ir con cuidado? Busquen lo que busquen, no es lada suyo.

Thanya volvió a sonreír.

—No somos un grupo negociador. Somos del Pelotón de Triuno. Vamos a ver.

Se abrieron camino a través de la corteza. Denisse volvió a levantar la cabeza, luego la bajó.

—Los invasores han encontrado la Mano del Controlador.

Limpiar el tronco de parásitos era una de las tareas del Pelotón de Triuno. Los hongos-abanico eran peligrosos para el árbol y, además, eran comestibles; pero uno que fuese grande y que tuviera un abanico perfecto tendría privilegios especiales. Lo habían encontrado veinte años antes, y lo habían dejado crecer todavía más. Minya sólo había oído hablar sobre la extraña mascota del pelotón. Apoyó la cabeza cuidadosamente en la corteza…

Estaban allí: hombres, mujeres, parecían completamente humanos.

—Más de seis. Ocho, nueve, vestidos como sucios civiles. Ropas rojas cubiertas de hollín, sin bolsillos… ¡están acuchillando el tallo! Están matando la Mano del Controlador…

Smitta chilló y se abalanzó a través de la corteza.

Sin mas. Sal gritó.

—¡Vamos a Gold! —y el Pelotón de Triuno se lanzó al combate contra los invasores.

El hongo-abanico brotaba del tronco como una inmensa mano, blanca, de uñas rojas. Su tallo, desproporcionadamente estrecho y de aspecto frágil si se contemplaba a distancia, era más ancho que el torso de Gavving. Lo estaba cortando con la daga. Jiovan hacía lo mismo al otro lado de la planta.

—Podremos bajarlo por el tronco —resopló Jiovan—, pero, ¿cómo vamos a hacer para llevarlo a través de la mata hasta los Comunes?

—Quizá no lo hagamos —dijo Clave—. Que vaya la tribu hasta el hongo. Que lo despedacen y se sirvan ellos mismos.

—Desgarrar primero el borde —dijo Merril.

El Grad se opuso.

—El Científico querría un poco de la parte roja.

—¿Quién lo probaría? Oh, de acuerdo, llévate un poco del borde para el Científico. Supongo que no necesitará mucho.

El tallo era resistente. Hacían algunos progresos, pero los brazos de Gavving estaban agotados. Se apartó, y Clave tomó su lugar. Gavving observó el profundo corte.

—¿Quizá lo habían debilitado ya lo suficiente?

Clavó una escarpia en la corteza y ató a ella la cuerda. Saltó hacia el hongo con toda la fuerza de sus piernas.

La gran mano se inclinó bajo su peso, luego volvió a su posición original y le arrojó hacia el cielo juguetonamente. Forcejeando, agarrándose a la cuerda, vio lo que los demás no habían podido ver por estar tan cerca del tronco.

—¡Fuego!

—¿Qué? ¿Dónde?

—Hacia afuera, quizá a medio klomter. No parece muy grande. —El sol estaba detrás de la mata exterior, dejando el tronco ligeramente en las sombras; vio un resplandor anaranjado dentro de una nube de humo, una llama vacilante con el rabillo del ojo. Tiró fuertemente de la cuerda antes de que su cerebro lo hubiese registrado todo… y un arpón en miniatura pasó silbando junto a su cadera.

Gritó.

—¡Comida de árbol! —No especificó demasiado—. ¡Arpones!

Jiovan estaba vacilante, indeciso; una punta afilada apareció por detrás de su omóplato. Clave empezó a propinar golpes en los hombros y las nalgas de sus ciudadanos para que se pusieran a cubierto. Algo se cernía en la distancia: una mujer, una fornida y pelirroja mujer ataviada de púrpura, con racimos de bolsillos que le llegaban de los pechos a las caderas, dándole la apariencia de una granulosa embarazada. Volvió a través del cielo mientras apartaba algo a empujones con las dos manos. Algo que resplandecía, una línea de luz.

Sus ojos se encontraron, y Gavving supo que aquello era un arma antes incluso de que la mujer lo soltara con un golpe. Se agarró a la corteza y giró. Algo llegó hasta él, una mancha diminuta, cayendo pesadamente en la corteza a lo largo de su espinazo: un miniarpón con las plumas grises y amarillas de un relámpago en el extremo final. Giró nuevamente para poner el hongo-abanico entre ellos.

Clave no estaba a la vista. Enemigos vestidos de púrpura deambulaban a lo largo del muro de corteza, gritando una incomprensible jerigonza y arrojando la muerte. La mujer pelirroja tenía un arpón atravesándole la pierna. Lo tronchó para quitárselo, lo tiró a un lado y buscó un blanco. Escogió el más fácil: Jiovan, que ni siquiera había intentado ponerse a cubierto. Jiovan se encontró con un segundo miniarpón atravesándole el pecho.

Usaban vainas surtidor. Un hombre delgado vestido de púrpura escogió a Gavving; este soltó su arpón y una cuerda chasqueó. El hombre gritó de rabia y abrió un vaina surtidor para intentar derribar a Gavving. Su otra mano hacía ondear un cuchillo de un metro de largo.

Gavving se apartó de su camino, empuñando su propio cuchillo, dando un fuerte tirón de la cuerda para ponerse a espaldas de su oponente. El hombre golpeó contra la corteza. Gavving estaba tras él antes de que se pudiera recobrar. Lanzó un tajo hacia la garganta del hombre. Dedos de fuerza inhumana le agarraron del brazo como los dientes de un pájaro-espada. Gavving cambió su objetivo y apuñaló el costado del hombre. ¡De prisa! La llave se aflojó.

El árbol se estremeció.

Gavving nunca lo había notado antes. Se estremeció como reacción. Vio que también se estremecía la gran muralla de corteza, y decidió que era el menor de sus problemas y buscó más enemigos.

La mujer pelirroja costeaba hacia el árbol no muy lejos de la parte exterior, ignorando la sangre que la empapaba los pantalones; tenía puesta la vista en el estremecido árbol. ¿Fuera de alcance? Gavving le lanzó un arpón intentando darle y se arrojó de cabeza detrás del gran hongo.

No era necesario. La había ensartado. Lo miró, horrorizada, y murió.

Los enemigos vestidos de púrpura se gritaban entre sí, voces que estaban sumergidas por un ascendente fondo de rugidos. Jiovan había muerto, con dos flechas emplumadas clavadas en el cuerpo. Jinny sujetaba un pequeño hongo-abanico frente a ella, con el arpón en la otra mano. El Grad dio vueltas para salir de una grieta de la corteza, vio lo que Jinny estaba haciendo y la imitó. Un miniarpón golpeó con un ruido sordo en el escudo de Jinny; apretando los dientes, Jinny se lanzó en la dirección en que había venido el proyectil, seguida por Jayan y el Grad.

Gavving tropezó en su propio arpón. La mujer muerta llegó hasta él, sacudiendo las piernas y los brazos. Una oleada de náuseas le arañó la garganta. Intentó soltar el arpón y se dispuso a examinar la peculiar arma brillante que todavía sujetaba la mano de la mujer. No tuvo tiempo para hacerlo.

El árbol se estremeció nuevamente. El bajo fondo de gruñidos continuaba, un sonido como de mundos desgarrándose. La corteza se deslizó bajo Gavving; el cadáver de la mujer pelirroja daba volteretas, se sacudía. Gavving gateaba buscando un punto de apoyo cuando alguien se acercó a él por un costado.

Cabellos oscuros, una cara hermosa, pálida y acorazonada… ropa púrpura. Gavving la clavó el arpón en los ojos.

—¡El fuego! —chilló Thanya—. ¡Puede dejarnos aislados de la mata! ¡Tendremos que atravesarlo! —Reventó vainas surtidor y empezó a volar por la corteza en vuelo rasante.

Minya la escuchó, pero no se detuvo. Smitta estaba muerta, y Sal estaba muerta, y había sido tan sólo un muchacho de los invasores quien había asesinado a ambas. Minya le siguió.

El chico vestía con ropa escarlata, la vestimenta de los ciudadanos; su rubio cabello era tan corto que se pegaba a su cabeza como un casco; su barba apenas era visible. Su cara tenía un rictus de miedo o de rabia asesina. Lanzó hacia ella una puñalada, echándose hacia atrás ante la propia estocada de contraataque de la espada de Minya, perdiendo el asidero en la corteza. Por un instante, Minya estuvo dispuesta a ir tras él. Atravesarlo, matarlo, por el honor del grupo de Sal, así que, ¡adelante!

Pero no había tiempo. Thanya tenía razón. El fuego podía dejarlas bloqueadas, atraparlas lejos de la Mata de Dalton-Quinn… y debía recobrar el arco de Sal. Minya giró y saltó hacia adelante, reventando una vaina surtidor para alcanzar mayor velocidad.

El cadáver de Sal flotaba libremente, su mano asiendo todavía el tesoro tribal. Detrás de Minya el joven rubio se agarró a la corteza para mantenerse firme y le arrojó la jabalina. Minya pateó para variar su curso y vio cómo el arma pasaba susurrando muy cerca. Se dio la vuelta al tiempo que una forma aparecía directamente frente a ella.

La forma era equívoca, inhumana. Por un momento, se congeló. Minya no tuvo tiempo de saber qué pasaba exactamente cuando un puño explotó en su rostro.

Gavving ignoró los aullidos de la mujer vestida de púrpura. Dos de ellas estaban huyendo, reventando vainas surtidor para arrastrarse hacia afuera a lo largo del tronco. Otro salto en zigzag a lo largo de la corteza. La mujer de cabello oscuro que había intentado matarle se estaba moviendo de costado, hacia donde se había encontrado Gavving… dejando el cadáver de una fornida mujer pelirroja asiendo un arco de metal plateado.

Merril apareció de un desgarrón de la corteza, frente a ella. El puño de Merril golpeó en la mandíbula de la desconocida con un sonido que Gavving pudo escuchar sobre sí…

…bajo sonido de desgarramiento que había estado ignorando mientras luchaba por su vida: un sonido como si el mismo cielo se fuera a desgarrar. Escuchó al Grad, chillando como un grillo, un sonido de pánico, palabras ahogadas por el rugido.

Pero a Gavving no le hacía falta escuchar. Sabía.

¡Clave! ¡Clave!

Clave surgió de una profunda oquedad y gritó:

—Preparado. ¿Qué necesitáis?

—¡Tenemos que saltar! —gritó el Grad—. ¡Todos nosotros!

—¿De qué estás hablando?

—¡El árbol se está desmontando! ¡Así es cómo sobreviven!

—¿Qué?

—¡Tenemos que saltar a cubierto!

Clave miró a su alrededor. Jiovan estaba muerto, flotaba atado a su cuerda, pero muerto. ¡El Grad colgaba en el cielo, amarrado! Gavving… Gavving se movía a través de la estremecida corteza, arrancando algo de un cadáver vestido de púrpura, siguiéndolo a lo largo del tronco. Jayan y Jinny no estaban a la vista. Alfin gruñía mientras veía desaparecer a sus enemigos entre la lejana nube de humo… Glory y Merril también vigilaban, sin creérselo.

Tomar una decisión. Ahora. No sabes demasiado, pero tienes que decidir. Tienes que ser tú, siempre tienes que hacerlo tú.

Gavving. Gavving y el Grad eran viejos amigos. ¿Sabría algo Gavving? Había capturado el arma de un invasor, y estaba muy lejos a lo largo del tronco… guiado por la comida que habían dejado cuando se encontraban detrás del hongo. Naturalmente, necesitaban comida si querían saltar del árbol.

Puede que la mente del Grad estuviera confusa. Pero Gavving confiaba en él… y todo pasaba como en otra ocasión: un fuego ardiente en el árbol, el tronco estremeciéndose y gimoteando, extranjeros matándoles y luego huyendo… En la mochila de Clave había vainas surtidor. Podría hacer regresar a sus ciudadanos cuando las cosas se hubieran calmado. Aulló:

—¡Grad! ¿Cuerdas en el árbol?

—¡Noooo! ¡Comida de árbol, no!

—De acuerdo. —Gritó por encima de aquel rugido que era como el fin del mundo—. ¡Jayan! ¡Jinny! ¡Glory, Alfin, Merril, saltad todos! Saltad para alejaros del árbol! ¡No os atéis!

Las reacciones fueron variadas. Merril le miró con fijeza, pensándolo bien, luego se empujó libremente. Glory sólo miraba. Jayan y Jinny emergieron de un escondite como un par de pájaros dispuestos a echar a volar. Alfin se agarraba a la corteza tenazmente. ¿Gavving? Gavving estaba intentando liberar una gruesa pata de carne de nariz-arma.

La corteza todavía se estremecía, el sonido llenaba el árbol y el cielo, los asesinos vestidos de púrpura no estaban a la vista por ninguna parte, y …no había nadie más allá del hongo-abanico. Clave saltó contra el tallo.

El hongo se inclinó bajo su peso, se desgarró y empezó a girar sobre ambos extremos. Clave clavó los dedos en el blanco hongo. La cosa acrobática pareció coger velocidad. Cada vez más deprisa, la corteza corría bajo el tambaleante hongo-abanico, cada vez más deprisa… Un viento abrasador le empujó y se fue antes de que pudiera tomar aliento.

No era posible. Desconcertado, Clave vio penachos de llamas retrocediendo en ambas direcciones. No era el árbol. Los ciudadanos pataleaban en el cielo. Hasta Alfin había saltado finalmente. Pero el árbol, ¿dónde estaba el árbol? Allí no había ningún árbol. Manojos de hongos giraban como en trineo alrededor de los cerrados puños de Clave, mientras este gritaba y se agarraba desesperadamente con los brazos alrededor del tallo. Estaban perdidos en el cielo.

Ocho — La Tribu de Quinn

La madera se partió explosivamente, salpicando a Gavving de astillas de la desgarrada corteza según saltaba impulsado por la sacudida corteza. Un millón de insectos salieron despedidos de un negro agujero que se abrió súbitamente y que debía penetrar un klomter en la madera. Gavving gritó y movió los brazos a través de la zumbante nube, intentando limpiar el aire lo suficiente como para poder respirar.

El árbol era todo cuanto había, y el árbol estaba acabado. Si se paraba a pensar, el miedo podría atenazarle rápidamente. Sólo se aferraba a un pensamiento: ¡Coger la comida y escapar!

Las patas del nariz-arma daban vueltas dentro de una nube de brasas incandescentes. Un pernil estaba al alcance. Gavving le tiró una cuerda para sacarlo de entre los carbones, luego tiró para ponérselo en el hombro. La ardiente grasa le quemó el cuello. Aulló y lo apartó.

¿Qué hacía? No podía pensar con aquel rugido como de fin del mundo. Se libró de la mochila, ató a ella la pierna del nariz-arma, la fijó en el macuto y se propulsó hacia el cielo.

Nubes de insectos y madera medio pulverizada ocultaban el estremecido y rectubante árbol. Pasaron volando junto a él astillas del tamaño de puñales.

Gavving colocó una de las vainas surtidor contra la mochila y le retorció la punta. Semillas y gas frío salieron disparados a sus espaldas. La vaina se le escapó de las manos, escupiéndole semillas a la cara, y se alejó.

Le temblaban las manos. Gotas de sangre perlaban su pecho y cuello. Echó las manos atrás para tomar la otra vaina surtidor y probar de nuevo, con la lengua entre los dientes. Aquella vez la vaina fue estable hasta que se inmovilizó.

El mundo estaba desmantelándose.

Lo estuvo observando mientras su terror se transformaba en asombro. Un fuerte viento le barrió y le abandonó en el cielo abierto. Dos bolas de fuego se alejaron hacia dentro y hacia fuera, hasta que el árbol que era su hogar tuvo dos puntas de pelusa unidas por una infinita línea de humo.

¡Impresionante! Nadie podía esperar vivir después de aquel inmenso desastre. Toda la Tribu de Quinn debía haber muerto… la idea era realmente demasiado grande para comprenderla… todos salvo los ciudadanos de Clave, y estos habían perdido también a Jiovan, y ¿quiénes quedaban? Miró a su alrededor.

¿Nadie?

Un racimo de motas, muy a lo lejos.

Ya habían usado sus dos vainas surtidor, y en aquel momento estaba perdido en el cielo. Por lo menos no iba a morir de hambre…

Batir los brazos no detenía el giro del Grad. No estaba dispuesto a usar sus vainas surtidor sólo para aquello. Se serenó para lograr abrir brazos y piernas como una estrella de mar, lo que le frenó lo suficiente como para poder empezar a buscar supervivientes.

El lado izquierdo de su cara estaba húmedo. Las yemas de los dedos marcaron un sangriento reguero desde la sien hasta el mentón. No le dolía. ¿Conmoción? Tenía cosas muy urgentes de que preocuparse.

Tres formas humanas daban vueltas lentamente cerca de él: púrpura manchado de escarlata. Se le revolvió el estómago. Aquello era obra suya, y no había ido hasta allí para matar.

El gigantesco hongo-abanico flotaba libremente, girando, girando y revelando a Clave agarrado a su tallo. Bien. Clave todavía tenía la mochila; muy bien. Aquello era su almacén de vainas surtidor de repuesto. ¿Por qué no hacía algo Clave?

Avanzando hacia afuera, Jayan y Jenny rotaban lentamente alrededor de dos pares de manos entrelazadas. Casi parecía una danza. Sí se abrían más, conseguirían reducir su velocidad de giro. Bien pensado. Además no mostraban ningún signo de pánico.

Merril estaba a bastante distancia hacia adentro. Sus brazos no podían impulsarla, y la onda del viento del árbol la había apresado.

El rugido de fin del mundo había disminuido, produciendo sonidos menores. El Grad escuchó un suave quejido. Después de todo, Alfin había saltado. Batía y giraba y gritaba, pero estaba a salvo.

El Grad no pudo encontrar a Gavving, ni a Glory, ni a Jiovan. El cadáver de Jiovan debía haberse evaporado junto con el árbol, pero, ¿dónde estaban los demás? ¿Y por qué Clavé no hacía algo? El y el abanico estaban derivando hacia otros lugares.

El Grad suspiró. Se quitó la mochila y descubrió sus vainas surtidor. Viejas vainas surtidor, de los almacenes de la Mata de Quinn. ¿Estarían aún activas?

Nunca había reventado una vaina surtidor. Ni conocía a nadie que lo hubiese hecho. Los cazadores las llevaban en caso de que cayeran al cielo; pero ningún cazador perdido había vuelto en toda la vida del Grad. Actuó con cuidado: se puso la mochila nuevamente, tomó una vaina surtidor con ambas manos sobre el ombligo. Cuando Clave estuvo aproximadamente detrás de él, retorció la punta, bruscamente.

La vaina chocó contra su pecho. Gruñó. Maniobró la punta, esperando que aquello amortiguase el giro. El impulso acabó; soltó la vaina, y esta saltó hacia afuera con los últimos restos de gas almacenado.

Mirando por encima del hombro, el Grad descubrió el hongo-abanico derivando hacia él. Clave todavía no había hecho nada constructivo, ni siquiera había visto el Grad.

El humo del desastre agrietaba el cielo de parte a parte. Densas, oscilantes nubes negras salían de entre el humo más pálido. Los mismos insectos que se habían comido el árbol se alejaban de él buscando otras presas.

Diversos cascotes flotaban en la estrella de humo. El Grad distinguió grandes fragmentos de madera y corteza desgarrada; una nube de luces centelleantes revoloteaba en aquel horror; una mota que se desviaba, quizá un nariz-arma arrojado de su madriguera. En aquella confusión todavía podía ver la nube de ciudadanos y cadáveres que se alejaban lentamente a la deriva.

Muy lejos, hacia dentro, hacia Voy, Gavving maniobró con su propio peso sobre la carne ahumada. Era difícil de conseguir y estuvo a punto de perderla en un remolino de viento. En último extremo lo importante era salvarse él, y esperar.

El hongo chocó contra el Grad y éste se agarró a él el hongo saltaba bajo sus manos. Clave le miraba absorto. Preguntó:

—¿Qué ha pasado?

Ya a salvo, contestó:

—El árbol se ha desmantelado. Clave, voy a buscar en tu mochila. Tenemos que empezar a rescatar ciudadanos.

Clave no hizo ningún gesto de ayuda ni se resistió cuando el Grad buscó en el interior de su macuto. Podrían usar el inmenso hongo como base de operaciones… primero, rescatar a Alfin, pues era el que estaba más cerca… Tomó media docena de vainas. Se deslizó hacia centro de la masa del abanico e hizo explotar una vaina surtidor, y luego otra.

—¿El árbol se ha desmantelado?

—Ya lo has visto.

—¿Cómo? ¿Por qué?

El Grad estaba midiendo distancias. Arrojó una cuerda en un amplio círculo. La cuerda rozó la espalda de Alfin, y Alfin se convulsionó y la asió con una fuerza desesperada. No intentó envolverse en ella. El Grad lo hizo por él. La mirada de Alfin reflejaba la locura que le producía el terror. Alfin se precipitó a lo largo del último metro y se agarró alrededor del tallo y clavó y enterró los dedos en el hongo blanco hasta los nudillos.

Una mano se cerró alrededor del cuello del Grad. Largos, fuertes dedos que apretaban como un collar de acero. La voz de Clave era un ardiente gruñido en su oído.

—¡Contádmelo ahora!

El Grad se quedó helado. Clave se había vuelto loco.

—¡Decidme qué ha pasado!

—El árbol se ha desmantelado.

—¿Por qué?

—Quizá el fuego fue el desencadenante, pero tenía que ocurrir. Clave, en el Anillo de Humo, todas las cosas tienen algún camino para permanecer. Algún camino para mantenerse cerca de la zona media… del centro, donde hay agua y aire. ¿De dónde piensas que proceden las vainas surtidor? —La mano se aflojó ligeramente, y el Grad siguió hablando—: Es el modo de permanecer de las plantas. Si una planta vagabundea por la zona media, demasiado dentro de la región del torus de gas…

—¿El qué?

Alfin preguntó:

—¿Qué está pasando en la Tierra?

—Clave quiere saber lo que ha pasado. Alfin, ¿puedes ocuparte de esto y recoger a alguno más de nosotros? Aquí… —Le pasó la provisión de vainas surtido.

Alfin las tomó. Estuvo un rato decidiendo lo que iba a hacer con ellas, y el Grad le ignoró mientras seguía con su conferencia.

—El Anillo de Humo baja hasta la zona media desde una región mucho más grande. Eso es el torus de gas, donde las moléculas… los pedazos de aire siguen caminos medio despejados. El aire es muy ligero en el torus de gas, pero hay poco. Es más denso en la zona media. Allí puede encontrarse agua y suelo y plantas. Eso es el Anillo de Humo, sólo la parte más espesa del torus de gas, y todo lo que vive quiere permanecer en él.

—Donde se puede respirar. De acuerdo, sigue.

—En el Anillo de Humo, todo puede maniobrar de un modo u otro. La mayor parte de los animales tienen alas. Las plantas, bueno, algunas plantas desarrollan vainas surtidor. Escupen las semillas hacia la zona media donde pueden crecer y reproducirse, o lanzan semillas estériles más lejos, hacia el torus de gas, para que la reacción empuje la planta hacia la zona media. Luego están las plantas que desarrollan una larga raíz para atrapar todo lo que pase a su alcance. Están las cometas…

—¿Qué pasa con las junglas?

—Yo… yo no lo sé. El Científico nunca…

—Déjalo. ¿Qué pasa con los árboles?

—Bueno, eso sí que es realmente interesante. El Científico llegó a sugerir, aunque nunca lo demostró.

La mano se tensó. El Grad balbuceó.

—Si un árbol integral cae demasiado lejos hacia afuera de la zona media, empieza a morir. Se mueren por el centro. Los insectos lo devoran. Son simbiontes, no parásitos. Cuando el centro se pudre, el árbol se desmorona. Mira, una mitad se aleja cada vez más, y la otra mitad vuelve hacia la zona media. Una mitad vive, otra mitad muere, y eso es mejor que nada.

Clave reflexionó sobre lo que acababa de oír.

—¿Qué mitad? —dijo.

—Este te lleva hacia afuera, fuera te lleva al oeste, oeste…

—¿Qué estás haciendo?

—Intento recordar. Estábamos demasiado lejos de Voy, así que nuestro extremo… —Aquello le golpeó. La revelación le bloqueó la garganta.

Un momento más tarde lo hicieron los dedos de Clave.

—Sigue hablando, copsik. ¡Ya estoy harto de que sólo cuentes secretos a medias!

Gravemente, el Grad le dijo:

—Señor Presidente, puedes llamarme Científico.

La mano se aflojó conmocionada.

—La Tribu de Quinn ha muerto. Nosotros somos la Tribu de Quinn.

Alfin rompió el largo silencio que siguió a la terrible declaración.

—¿Estás contento, Grad? Tenías razón. El árbol se estaba muriendo.

—Cállate —dijo Clave. Soltó el cuello del Grad. Quizá había sido un error, quizá no; lo que no podía hacer ya era disculparse. Gateó alrededor del borde del abanico. Jayan y Jinny se estaban aproximando. Contempló cómo se acercaban por turno, según daban vueltas.

Nunca se había sentido así, tan desamparado, tan temeroso de tomar decisiones. Le preocupaba que el Grad y Alfin le hubieran visto en aquel estado. Probó su voz y la encontró normal:

—Casi están aquí. Buen trabajo, Alfin. Dedícate luego a Merril. No veo a Glory.

—Yo tampoco la veo —dijo el Grad—, no la veo desde… desde… —Se frotó la garganta.

—Puede que no llegase a saltar. Siete de nosotros. Siete. —Lanzó una cuerda. Jinny la asió con los dedos de los pies y Clave tiró de ellas para acercarlas—. Bienvenidas —dijo— a lo que queda de la Tribu de Quinn.

Las chicas abrazaron a Clave con más desesperación que afecto. Jinny se echó hacia atrás para mirarle a la cara.

—¿Están muertos? ¿Todos los demás? —Daba la sensación de que lo había adivinado con anterioridad.

—¿Cómo es que el Científico no supo que esto iba a pasar? —preguntó Alfin.

—Lo sabía —dijo el Grad.

—Comida de árbol. ¿Por qué se quedó entonces?

—Era un hombre viejo. No podía trepar cincuenta klomters a lo largo del árbol.

Alfin le miró atónito.

—Pero… ¡pero daba lo mismo que uno se pudiera morir trepando!

No había tiempo para aquello.

—Alfin, pon atención en lo que estás haciendo —dijo Clave.

Alfin reventó dos vainas surtidor, y luego otra. El abanico derivó hacia Merril, que esperaba en una actitud que podía pasar por calma estoica. Alfin murmuró:

—¡Los niños!

En alguna parte había movimiento.

Lo que Clave había tomado por un cadáver ataviado de púrpura estaba flotando en el aire. Clave lo señaló.

—Una asesina abandonada.

Observaron. Ella se movía con dificultad. Ató una cuerda a su largo cuchillo y la arrojó. Arrastraba a un compañero muerto y lo enrolló en ella. Buscó en el cadáver, luego se apartó.

No había encontrado mucho, pero debía ser lo que esperaba. Reventó dos vainas surtidor, una tras otra. El impulso la llevó hacia el interior, hacia Voy.

—No se dirige aquí —dijo Alfin—. Ni vuelve al hogar. ¿Qué crees que está haciendo?

—No es nuestro problema.

Merril agarró una cuerda lanzada por Alfin y se impulsó para acercarse. No había ya mucho sitio donde agarrarse en el abanico. Clave le preguntó:

—¿Has visto a Glory?

—Colgando de la corteza luchando por su querida vida, eso es lo último que vi de ella. Estaba en la parte de fuera. A un buen trecho de Gavving.

—Después iremos por él. Espero que lo hagamos a tiempo.

Pero aquello era obvio. La mujer de púrpura les había sobrepasado y se dirigía hacia Gavving.

Gavving la observó mientras se acercaba. Era más pequeña de lo que había creído. Cuando la miró a la cara, vio que también ella le observaba. La mueca de odio que Gavving había visto ya no estaba allí. Vio el cabello oscuro muy recortado, la cara triangular con un mentón extrañamente afilado, una expresión pensativa, calculadora.

La mujer le adelantó.

Gavving no sabía qué pensar de todo aquello. No quería morir solo; y, desde luego, también estaba seguro de que no quería morir atravesado por aquellos miniarpones. Ella estaba muy cerca. Llegó a él por la espalda, con un miniarpón atado con su ronzal. Gavving sólo podía intentar poner entre ellos el pedazo de carne ahumada mientras la mujer echaba hacia atrás su extraña arma, mirándole a los ojos al tiempo que disparaba.

La cosa emplumada penetró en la carne caliente.

Gavving se movió a toda velocidad, empuñando el cuchillo, buscando la cuerda de la mujer…

Las palabras sonaban extrañamente, pero Gavving fue capaz de entenderlas.

—¡No, no, no, déjame vivir! ¡Tengo agua! ¡Tengo vainas surtidor! ¡Te lo suplico! Podía ser así.

—¡Quieta! —gritó—. ¡No te vuelvas! Tengo que pensarlo.

—Te obedezco.

Colgaba, atada, inmóvil.

—Tú tienes agua y yo tengo comida. ¿Qué pasa si me matas y te lo llevas todo?

—Mi espada —le contestó, enseñándole el largo cuchillo y arrojándolo. Sorprendido, Gavving alargó la mano y se las arregló para cogerlo por el mango—. Mi arco —dijo, y Gavving tuvo tiempo para clavar el cuchillo en la carne antes de que ella tirara el arma lanzadora lejos de su alcance. También lo cogió.

¿Y entonces qué? Ella estaba esperando.

—¿Qué quieres hacer?

—Unirme a ti, a tu pueblo. No hay nadie más.

Si Gavving se quedaba con sus armas y con las de ella, ¿qué podía hacer? Entre ellos no había nada más que cuarenta kilos de carne ahumada, cualquiera de los dos podría arrebatar un arma y matar al otro instantáneamente. Y Gavving tendría que dormir alguna vez… y ella seguiría esperando.

Súbitamente, Gavving pensó, ¿Por qué no? De todos modos estoy muerto. La llamó:

—Ven.

La mujer fue enrollando la cuerda mientras se acercaba. Gavving había estado agarrado a su mochila, pero ella se apretaba contra la carne ahumada sin siquiera pensar en las consecuencias que tendría en su ropa púrpura. Extrajo una vaina surtidor de uno de los doce bolsillos que hacían que su cuerpo careciera de forma, dándola una apariencia fornida. La colocó y retorció el extremo. Cuando la vaina se expandió hubo un cambio en la velocidad de la mujer. Empleó otra. Luego otra.

—¿Para qué llevas tantos? —le preguntó.

—Para mis amigos.

Para sus cadáveres. Gavving se apartó. La Tribu de Quinn estaba formada tan sólo por un grupo que se hallaba alrededor de…

—La Mano del Controlador —dijo su enemigo. Le costaba trabajo comprender la extraña pronunciación—. Están atados a la Mano del Controlador. Demasiado bueno. El abanico es comestible. Eso es carne de dumbo.

—Conozco esa palabra. Controlador: el Grad la usa, pero nunca le ha dicho a nadie lo que quiere decir.

—No debisteis atacar la Mano del Controlador. Nosotras la cuidamos… …la cuidábamos.

—¿Por eso matasteis a Jiovan? ¿Por un hongo-abanico?

—Por eso, y por volver del exilio. Fuisteis expulsados por matar a un Presidente.

—Eso es nuevo para mí. Hemos estado en la Mata de Quinn durante más de cien años.

La mujer asintió con la cabeza, como si aquello no importara. Era extraño… ella era extraña. Gavving conocía a cada hombre, mujer y niño de la Mata de Quinn. Aquella ciudadana había llegado hasta él saliendo del cielo, y le era completamente desconocida. Incluso no estaba seguro de no odiarla.

—Estoy sediento —dijo.

Ella le tendió una pequeña vaina de calabaza medio llena de agua. Gavving bebió.

El grupo que formaba la Tribu Quinn parecía acercarse por minutos. Gavving tendría que habérselo imaginado.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo Gavving—. Por el modo en que usas las vainas surtidor, quizá tú te manejes mejor con ellas en el cielo que nosotros. ¿Nos vas a decir lo que podemos hacer a continuación? La Mata de Dalton…

—La Mata de Dalton-Quinn —le corrigió.

—Posiblemente, vuestra mitad del árbol esté a salvo, pero debe haber sido arrastrada lejos de aquí por la marea. No soy capaz de imaginar ninguna forma de llegar hasta ella. Estamos perdidos. —De pronto, su curiosidad fue insoportable—. ¿Quién eres?

—Minya Dalton-Quinn.

—Yo soy Gavving Quinn —dijo, por segunda vez en su vida. La primera fue en el rito de iniciación hacia la madurez. Lo intentó de nuevo—. ¿Quiénes eran todos los demás? ¿Por qué intentasteis matarnos?

—Smitta era… excitable. Algunas de nosotros también lo éramos en el Pelotón de Triuno, y estabais matando la Mano.

—Pelotón de Triuno. ¿Casi todo mujeres?

—Todo mujeres. Incluso Smitta, por cortesía. Servíamos a la Mata como luchadores.

—¿Por qué querías ser combatiente?

La mujer sacudió la cabeza con brusquedad.

—No quiero hablar sobre eso. ¿Tus ciudadanos van a aceptarme o a matarme?

—No somos asesinos. —El mismo había matado a dos de ellas. En aquel momento pensó que si el Grad le había informado correctamente, en aquellas ocasiones en que el Científico les había azotado a ambos por hablar de tales cosas, entonces… entonces, la mitad del árbol de Minya, al caer alejándose de Voy, también estaba cayendo en la sequía—. Si podemos ir contigo a la mata más lejana, tú harás lo posible para que nos hagan miembros de tu tribu. Creo que es lo mejor que podemos proponer. ¿Conforme?

Ella guardó silencio, luego dijo:

—Tengo que pensarlo.

La carne y el abanico estaban pasando a gran velocidad cuando Clave arrojó una pesada cuerda. Había reservado la última vaina. Quizá otro error. Ahora tenían sólo una oportunidad… pero la extranjera morena agarró la cuerda con destreza y empezó a tirar de ella rápidamente. Bracearon contra su mutuo giro.

Gavving gritó a través del vacío.

—Esta es Minya, de la Tribu de Dalton-Quinn. Quiere unirse a nosotros.

—No os acerquéis. ¿Está armada?

—Lo estaba.

—Quiero sus armas. —Clave lanzó otra cuerda. Un bulto sorprendentemente grueso volvió con ella. Clave estudió el botín: un cuchillo tan largo como su propio brazo, como más pequeño, un manojo de miniarpones y dos armas para lanzarlos, una de madera y otra de metal.

Le gustó más la de madera. La cosa de metal parecía haber sido hecha para otro uso. De momento estaba adivinando qué era lo que tendrían que hacer, y le gustaba la idea.

—Ella intentó matarnos a todos —dijo Alfin.

—Verdad. —Clave le alargó al Grad la última vaina surtidor, con cierta mala gana—. Detén nuestro giro. Espera. ¿Ves aquella capa de corteza, lejos de nuestro alcance y que no se mueve muy deprisa? Intenta detener nuestro giro y hacer que nos acerquemos.

Alfin insistió.

—¿Qué pretendes hacer con la prisionera?

—Reclutarla, si está dispuesta a ello —contestó Clave—. Una tribu de siete ciudadanos es algo ridículo.

—Aquí no hay ningún sitio donde encerrarla.

—¿Piensas pasar aquí el resto de tu vida?

La vaina surtidor esparció gas y semillas.

—Así no vamos a llegar hasta la corteza. No hay suficiente empuje.

Alfin todavía no había acabado de preguntar. Clave le dijo:

—A no ser que hayas descubierto que te gusta caer, supongo que desearías vivir en la mata de un árbol integral Hemos hecho un prisionero que vive en una mata. Tenemos la oportunidad de ganarnos su gratitud.

—Tráela.

Nueve — La balsa

El estanque era una pequeña y perfecta esfera a veinte klomters de la Mano del Controlador; una gota gigante de agua que arrastraba un tallo de bruma en dirección hacia el sol. Cuando el sol brillaba tras él y lo atravesaba, como hacía en aquel momento, Minya vislumbraba unas sombras que se agitaban en su interior.

Estaba yendo a la deriva.

Los extremos del árbol estaban muy lejos y todavía separándose: la Mata de Dalton-Quinn derivaba hacia afuera y hacia el oeste, la Mata Oscura hacia dentro y hacia el este. El rastro de humo que las unió empezaba a desdibujarse, salvo por oscuras corrientes que no eran más que indecisas nubes de insectos.

Algo surgió del estanque, y el estanque se onduló y convulsionó. La criatura era grande incluso a aquella distancia. Era difícil distinguir su forma, pero parecía algo así como una boca con aletas. Minya la observó a disgusto. No parecía dirigirse hacia ellos. Aleteaba hacia la pista de humo.

Un perdido grupo de ciudadanos flotando sobre la Mano del Controlador. Todos no podían agarrarse a ella. No había sitio, y el hongo no podía acogerlos a todos a la vez. Usaban púas y ronzales y parecían sentir cierta desgana por acercarse demasiado a Minya.

El más viejo, Alfin, colgaba del tallo. Había perdido su expresión aterrorizada, pero no hablaba, ni se movía.

El Grad estaba observando a Minya. Le dijo:

—Miin Ya. ¿Es así?

—Casi. Minya.

—Ah. Minya… si alcanzamos tu extremo del árbol, ¿nos ayudarás para que nos unamos a tu tribu?

Todos los ojos estaban puestos en ella. Los del más viejo parecían desesperados. Bueno, al fin había llegado el momento. Minya habló.

—Tenemos sequía. Demasiadas bocas para alimentar.

—Es probable —dijo el Grad—, que tu sequía se acabe ahora. Allí hay agua.

—¿Tú eres el aprendiz del Científico de la Tribu de Quinn?

—Así es.

—Lo acepto porque lo dices. ¿Desde cuándo nueva agua hace crecer nueva comida? En ningún…

—Ahora habrá pájaros devoradores en el viento…

—¡Yo no quiero volver! —Bien, lo había dicho.

—¿Has cometido algún crimen? —preguntó Clave.

—Estaba pensando cometer un crimen. Lo había cometido. ¡Por favor!

—Dejémoslo. Pero si nos pasamos aquí toda la vida, ésta no va a ser muy larga. Cualquier familia triuna que pase puede pensar que somos un apetitoso bocado de champiñón. O aquella boca voladora que salió del estanque hace un minuto…

—¿No podemos buscar otro árbol, uno en el que no haya nadie? Sé que ahora no podemos ir a ninguna parte, pero si podemos intentar ir a la Mata de Dalton-Quinn, ¿porque no intentar ir a otro árbol? No los convencería Pero quizá lograra distraer su atención. De todas formas, siempre será mejor que lo que estamos haciendo ahora. Podemos comernos la Mano, pero, en ese caso, no podríamos agarrarnos a ella. Necesitamos un sitio donde amarrarnos.

Minya señaló.

—Aquello.

Aquello era una desgarrada plancha de corteza, de diez metros de largo y la mitad de ancho, a su altura y a unos cien metros de distancia. La mayor parte de su velocidad de giro se había perdido con la fricción del aire. Clave (¿el Presidente?) dijo:

—La he estado observando todo el día. No está lo suficientemente cerca. ¡Comida de árbol, si pudiéramos movernos, iríamos a por el estanque!

—Quizá —dijo el Grad— el árbol haya dejado un vacío parcial. Eso podría arrastrarnos. Podemos esperarlo.

—Podemos hacer más que eso. Podemos acercarnos más a la corteza. —Minya buscó sus armas.

Una mano se aferró a su muñeca, los dedos la rodeaban casi dos veces.

—¿Qué piensas que estás haciendo? Largos, fuertes dedos que no sentían escrúpulos por tocar a otro ciudadano. Había hombres como Clave en la Mata de Dalton-Quinn. Ellos habían empujado a Minya al Pelotón de Triuno… Minya sacudió la cabeza, violentamente. Estaba prisionera y había llegado hasta allí como una asesina. Habló lenta, cuidadosamente.

—Pienso que puedo clavar una flecha enlazada en aquel pedazo de madera.

Clave dudó, luego la soltó.

—Adelante, inténtalo.

Minya utilizó el arco metálico de Sal. La flecha se fue ralentizando mientras volaba, y luego empezó a desviarse. Lo intentó nuevamente. Dos flechas colgaron a los extremos de flácidas cuerdas. Hubo murmullos de disgustos cuando Gavving empezó a enrollar los cabos.

—Me gustaría intentarlo —dijo Clave tomando el arco. Cuando disparó, la cuerda le rozó el antebrazo y maldijo. La flecha se detuvo enseguida.

Minya nunca se ponía nerviosa. Tomaba decisiones rápidamente, importantes o no: aquello también la había ayudado a meterse en el Pelotón de Triuno.

—Mantén el brazo izquierdo recto y rígido —dijo— Tira tan fuerte como puedas. Retuerce la cuerda un poco a la derecha y así no te darás en el brazo. Mira a lo largo de la flecha. Ahora, no te muevas.

Levantó el bucle de cuerda y lo arrojó tan fuerte como pudo en dirección a la plancha de corteza. La flecha no tendría que arrastrar ya tanto peso.

—Cuando estés dispuesto.

La flecha avanzó a toda velocidad. Se clavó en una esquina de la corteza y allí se quedó. Clave empezó a hacer presión sobre la cuerda, lenta. Se acercaba lentamente. La flecha se soltó.

Clave repitió el ejercicio sin dar signos de impaciencia. La corteza estaba ya unos cuantos metros más cerca. La alcanzó nuevamente y tiró de la cuerda como si estuviera luchando con algún gran pájaro devorador.

La corteza se acercaba a ellos. Clave clavó otra flecha profundamente en la madera. Cruzaron por la cuerda. Minya notó el suspiro de Alfin al encontrarse de nuevo a salvo atado a la madera.

Y también se dio cuenta de lo que hacía Clave.

—Bien hecho, Minya. —Pero se quedó con el arco.

—Usaremos el otro lado de la corteza como aseo —les instruyó Clave—. De momento, la corteza es todo lo que tenemos, así que no es cosa de tenerla sucia. Cuando deis de comer al árbol, el fertilizante que se vaya hacia afuera.

—Flotará alrededor de nosotros —dijo Alfin, sus primeras palabras en horas. Debía haber visto cómo le miraban—. Sí, tengo una idea mejor. Ir al borde cuando se tengan ganas de alimentar el árbol. El giro hará que se aleje de nosotros. ¿No es así, Grad?

—Sí. Bien pensado.

Minya masticaba hongo-abanico. Era fibroso y casi sin sabor, pero la refrescaba, y aquello era suficiente. Miró largamente hacia el estanque, que no se había aproximado. Tan cerca, tan lejos…

Se habían comido la carne ahumada hasta los huesos, para evitar que se estropease. Quizá había sido un error. Tenían la tripa llena, incluso muy llena, pero aquello les había dejado sedientos. Podían llegar a morirse de sed.

Salvo por ese problema, las cosas iban bien.

El chico de cabellos dorados, Gavving: ella había hecho una buena elección. Puede que él pensase que le debía la vida. Quizá fuera cierto. Por inofensivo que pareciera, Minya le había visto matar dos veces. Era mejor como aliado que como enemigo.

No podía juzgar a Alfin. Si le daba miedo caer, no tardaría en estar muerto.

Merril era otra cosa. Sin piernas, ¡pero capaz de usar los puños como otra mujer los pies! Después de todo lo que había vivido, tendría que ser fuerte. Más aún: debido a su incapacidad, ella no tenía amigos. Debería pensarlo. Minya intentaría hacerse amiga de Merril.

El Grad era un soñador. No había dado señales de saber si Minya estaba viva o muerta.

Clave era el macho dominante. Quizá aún la consideraba como una enemiga. Pero ella les había llevado hasta la balsa y había dejado que Clave se quedara con la gloria. No importaba. Si Clave pensaba que le era necesaria, mejor para ella.

¿Pero qué otra cosa podía querer que hiciera? Jayan y Jinny: ambas actuaban como si Clave les perteneciera, o viceversa. Dos mujeres compartiendo al mismo hombre no era algo inaudito. Parecían aceptar las decisiones de Clave. ¿Pero aceptarían un posible terceto? Si le era posible, lo mejor era mantenerse alejada de Clave.

Quizá pudiera resolver aquel problema…

Merril habló a través de un prodigioso bostezo.

—¿Es ya la hora de dormir? Yo personalmente me siento como si me hubiera golpeado en la cabeza.

—Quiero que siempre haya alguien despierto a ambos lados del árbol —dijo Clave—. ¿Hay alguien que no tenga sueño?

—Yo no tengo —dijo Alfin.

Así que Alfin y Jayan montaron la primera guardia del día. Gavving y Merril serían los próximos, luego… Minya necesitaba descanso. Física y emocionalmente estaba exhausta. Se arrellanó para dormirse, flotando muy cerca de la corteza, medio serpenteando en una posición fetal.

El sol estaba pasando hacia el norte de Voy. Minya medio percibió la actividad de los ciudadanos mientras daban la vuelta al otro lado de la corteza, alimentando el árbol. Clave y Jinny se mataban las chinches mutuamente Jayan desapareció rodeando el borde. Alfin… Alfin rondaba cerca de ella. —¿Minya?

Ella se enderezó.

—Alfin. ¿Qué quieres?

—Te quiero para que seas mi mujer.

De pronto se sintió completamente despierta. No podía permitirse hacer enemigos. Cuidadosamente, le dijo:

—No he considerado todavía el matrimonio. —¡Alfin no había reconocido su uniforme!

—Sería una locura despreciarme. ¿Qué mejor modo de convertirte en una de nosotros?

—Consideraré lo que dices —contestó, cerrando los ojos.

—Soy un hombre respetado. En la Mata de Clave supervisaba las atenciones de la boca del árbol.

Los brazos de Minya se abrazaron a sus rodillas y haciéndole parecer una bola, sin que ella se lo hubiera propuesto.

La mano de Alfin tocó su hombro.

—Minya, en este trozo de corteza, no tienes mucho donde elegir. Has llegado como una asesina. Alguno de nosotros todavía puede que te considere así.

No quería dejarla sola. Minya intentó que su voz sonase fría, pero sólo profirió un sonido amortiguado.

—Tu argumento es bueno. Podría casarme con uno de vosotros. Clave es recomendable, ¿o no?

Alfin rió.

—Tres veces.

—Sorprendente. ¿Y el Grad?

—Estás jugando conmigo. Considera mi oferta. —Alfin vio que ella estaba sollozando.

Minya estaba horrorizada, pero no podía detenerse. Los sollozos la sacudían convulsamente. Ni siquiera podía apagar los sonidos de su llanto. Ella buscaba a un hombre, cierto, ¡pero no a aquel hombre! ¿Tendría elección? Se podría ver forzada a tener por compañero a aquel lisiado, a aquel hombre abrasivo, sólo para impedir que la Tribu de Quinn la matase. O podría hablarle de su juramento al Pelotón de Triuno que nunca la dejaría casarse. Aquello era demasiado.

—Yo… volveré cuando te sientas mejor. Percibió la congoja y el sentimiento de culpabilidad de Alfin; luego silencio. Cuando se obligó a volver a mirar, le vio deambulando entre los durmientes (¿cautelosamente?) para alcanzar el borde más lejano de la corteza.

Minya había perdido su hogar, su familia, sus amigos; estaba perdida en el cielo, abandonada entre extranjeros. ¡Copsik! ¿Quién podía imponerle que tomase tal decisión? ¡Asqueroso copsik alimentador del árbol!

Las lágrimas se secaban sobre su rostro. Por lo menos, ninguna compañera del Pelotón de Triuno la había visto en aquella situación vergonzosa. Descubrió que sus lágrimas habían alejado a Alfin… habían vuelto a funcionar como defensa primaria igual que cuando sólo tenía catorce años.

Pero, ¿qué podía hacer? No había conseguido dejar muy tranquilo al viejo. Alfin había dicho una verdad parcial, una que ella realmente había considerado: casarse era el modo más eficaz de integrarse en la Tribu de Quinn.

…Y Minya descubrió que pese a todo ya había tomado una decisión.

¿Sería arriesgado seguir durmiendo? Debía hacerlo. El sol era una mano inmensa más allá de Voy; Minya se acurrucó y se durmió.

Cuando el sol volvió a acercarse a Voy, Minya despertó. Algunos tenían habilidad. Minya podía decirse a sí misma cuándo debía dormir y cuándo despertar, y lo hizo.

Flexionó los músculos sin moverse demasiado. Estaba sedienta. A su alrededor, se notaba un movimiento agitado. El Grad parecía estar teniendo una pesadilla. Le observó hasta que se quedó quieto.

Alfin sacudió a Gavving para que despertase, luego a Merril. Alfin se tumbó mientras Gavving desaparecía yendo hacia su puesto en el lado más lejano. Minya esperó por un largo momento hasta que Alfin y Jayan se quedaron dormidos.

Alfin agarraba la corteza con los dedos de las manos y los pies y, por lo que Minya podía ver, con los dientes. Apretaba la cara contra la corteza, apartándola del cielo. Alfin nunca dormía de aquella manera; pero no quería ver a nadie.

Minya se desenroscó y se dirigió hacia el borde de la corteza. Merril la observó mientras se acercaba. Minya se agitó y se impulsó hacia la cara más pulida de la plancha.

Gavving la vio llegar. Empezó a alejarse para… ¿dejarla en privado? Ella le llamó.

—¡Espera! ¡Gavving!

Gavving se detuvo.

—De acuerdo. —Pero se notaba una cierta desconfianza.

Ella trató de tranquilizarlo.

—No tengo ningún arma —dijo, y luego—: Oh. Lo demostraré.

—No hace falta que…

Se quitó la blusa por encima de la cabeza y la ató a la corteza. Se acercó mucho, buscando puntos de apoyo que la ayudaran a mantenerse erguida. Su gateo carecía de la dignidad que ella deseaba. Por lo menos, había perdido el aspecto de gorda embarazada del Pelotón de Triuno.

—No tengo bolsillos en los pantalones —dijo—. Puedes verlo. Quiero contarte por qué no deseo volver a la Mata de Dalton-Quinn.

—¿Por qué? —Gavving quería mantener los ojos apartados del cuerpo de Minya, fijarlos en su rostro—. Creo que estoy dispuesto a escucharlo. Tengo fama de preguntar sobre cuestiones embarazosas. —Intentó reír; pero la risa se le clavó en la garganta—. ¿Acaso no debería oírlo alguien más?

Minya sacudió la cabeza.

—Sin ti, podrían haberme matado. Gavving, déjame que te cuente cosas sobre el Pelotón de Triuno.

—Ya lo has hecho. Sois combatientes, y todas sois mujeres, incluso el hombre.

—Eso es cierto. Si un hombre quiere convertirse en Mujer, o si una mujer nunca quiere quedarse embarazada, se une al Pelotón de Triuno. Así puede ser útil a la tribu sin necesidad de hacer niños.

Gavving lo asimiló.

—Si no quieres tener niños, ¿ellos te hacen combatir?

—Así es. Y no sólo combatir. Te destinan a las misiones peligrosas. Esto… —Se bajó el borde de los pantalones y Gavving se sobresaltó, retrocediendo al ver la cicatriz. Corría medio metro desde sus cortas costillas hasta más abajo de la cadera—. La punta de la cola de un pájaro-espada. Si no llega a explotar la vaina surtidor me hubiera esparcido por el cielo.

Súbitamente, Minya se preguntó si Gavving podría considerar aquello como un defecto más que como algo de lo que podía sentirse orgullosa.

—Tres de nosotros —dijo Gavving— luchamos contra un pájaro espada hace pocas vigilias. Sólo volvimos dos.

—Son peligrosos.

—Así es. ¿No te gustan los hombres?

—No me gustaban. Gavving, yo sólo tenía catorce años.

La miró fijamente.

—¿Por qué iba un hombre a querer preocuparse por una chica de catorce años de edad?

Minya no había pensado que todavía fuese capaz de reír, pero lo hizo.

—Quizá por el modo en que miraba. Pero todos… se preocupaban por mí, y el único camino de huir era en los Triunos.

Gavving esperó.

—Y ahora tengo veintidós y quiero cambiar de forma de pensar y no puedo. Nadie cambia de forma de pensar cuando se enrola en el Pelotón de Triuno. Moriría por sólo preguntarlo, y yo lo pregunté… —Dejó que su voz se elevara. Aquello no estaba desarrollándose como lo había planeado. Susurró—: Me dijo que se avergonzaba de mí. Quizá lo contará. No me importa. No voy a volver.

Se acercó a ella, como si dándole una palmada en el hombro pudiera cambiar sus pensamientos.

—No lo lamentes. No vamos a ir a ninguna parte. Si podemos, bueno, un árbol vacío podría ser una buena meta.

—Y quiero hacer niños —dijo Minya, y esperó.

Debería comprenderlo. Gavving no se movió.

—¿Conmigo? ¿Conmigo?

—Oh, comida de árbol ¿por qué no eres lógico? De acuerdo, ¿con quien más podría hacerlos? El Grad vive encerrado en su cabeza. Alfin con el miedo a caer. ¿Clave?

Me alegro de que esté aquí, es un buen líder, Pero Clave… ¡y los tipos como Clave fueron los que principalmente me empujaron a los Triunos! Me asusta, Gavving. Yo te vi matar a Sal y a Smitta, pero todavía no me das miedo. Pienso que hiciste lo que debías. —Inmediatamente, supo que había dicho algo equivocado.

Gavving empezó a temblar.

—No las odiaba. ¡Minya, estaban matándonos! Sin decir palabra. Eran tus amigas, ¿no es cierto?

Minya asintió.

—Ha sido muy mal, muy mal día. Pero yo no voy a tenerlo siempre presente.

—Todo por un hongo-abanico.

—Gavving, no me rechacéis. No… podría resistirlo.

—Yo no te rechazaré. Nunca he hecho esto antes.

—Ni yo tampoco. —Minya se quitó los pantalones, pero no había ninguna espina donde atarlos. Gavving se dio cuenta del problema y sonrió. Clavó una escarpia en la madera y le ató dos ronzales. En uno, ató primero los pantalones de Minya, y luego su propia túnica y pantalones. El otro lo anudó alrededor de su cintura.

—Estoy vigilando —confesó.

—Es un alivio. Yo nunca lo he hecho. —Se acercó y lo tocó. En una ocasión un hombre la había obligado a hacer eso, contra su voluntad, pero no era lo mismo.

Había pensado en dejar que todo siguiera adelante por sí solo. Pero no era así. Minya usaba sus pies como manos auxiliares, para empujar a Gavving contra ella. Estaba precavida contra el dolor; algunas de las integrantes del Pelotón de Triuno no se habían unido a él siendo todavía vírgenes. Minya sabía que podía ser mucho peor.

De pronto, Gavving pareció volverse loco, como si quisiera hacer una persona de dos. Minya se abrazó a él y esperó a ver lo que pasaba… ¡y también le pasaba ella! Había tomado aquella decisión en la fría secuela del desastre, pero había cambiado, deseaba estar unida para siempre, impulsarlo más dentro de ella… no, no se separarían… sería interminable… interminable.

Cuando Minya recobró el aliento, dijo:

—Nunca me habían dicho nada de esto.

Gavving exhaló un vasto suspiro.

—A mí me lo dijeron. Tenían razón. Eh, ¿no te habré hecho daño? —La atrajo hacia sí, un poco, y miró hacia abajo—. Hay sangre. No mucha.

—Duele. Estoy pensando. Gavving, tenía tanto miedo. No quería morir virgen.

—Tampoco yo —dijo Gavving sobriamente.

Una mano sacudió los calcetines del Grad y le sacó de una pesadilla.

—¡Uh! ¿Qué…?

—Grad. ¿Puedes pensar en alguna razón para que Gavving quiera hacer un niño con una mujer?

—¿Con quién sino, con un hongo? —Sentía la cabeza atontada. Miró a su alrededor—. ¿Con quién, con la prisionera?

—Sí —dijo Merril—. Por ahora, no veo ninguna razón para pararles, salvo que ella pueda tener alguna idea en su mente. Alguien debe vigilarlos.

—¿Por qué yo?

—Porque estás más cerca.

El Grad se estiró.

—De acuerdo. Estaré vigilando. Seguiré las huellas de la prisionera.

La mirada de Merril se perdió en una sonrisa.

—Conforme, es bonito.

El Grad escuchó voces y asomó la cabeza, por el borde de la corteza. Gavving y Minya flotaban al extremo de un ronzal, totalmente desnudos, hablando.

—Ciento setenta y dos de nosotros —estaba diciendo Minya—. ¿Dos veces los que vosotros?

—Aproximadamente.

—De todos modos, demasiada gente para la mata. El Pelotón de Triuno no es un castigo. Es un refugio. No tenemos niños tan deprisa como podemos. Y sé que yo era buena. Lucho como un demonio.

—¿Necesitabas un refugio desde… eh, esto?

Una risa.

—Esto, y quedarme preñada. Mi madre se murió en el cuarto embarazo, y ese fue el mío.

—¿Tienes miedo ahora?

—Desde luego. ¿Te presentarías voluntario para quedarte embarazado en mi lugar?

—Claro.

—Demasiado bueno. —Se movieron al unísono. El Grad estaba intrigado y azorado. Su mirada cambió… y en el cielo se había abierto una boca.

La impresión duró sólo un momento. Una gran boca vacía se cerraba y abría una y otra vez. Giraba lentamente. Un ojo sobresalía por encima de una mandíbula: algo como una mano esquelética se cruzaba bajo otra. Estaba como a un klomter y aun así era grande.

La bestia se dio la vuelta, trabajosamente, manteniendo todavía la rotación axial. El cuerpo era corto, las alas anchas y diáfanas. No era una ilusión: la realidad era mucho más que boca y aletas, y lo suficientemente grande como para tragarse entera la balsa de corteza. La luz del sol se veía a través de sus carrillos.

Estaba cruzando las nubes de insectos abandonados desde el día del desastre. No era un cazador carnívoro. Bueno. ¿Pero no había una bestia parecida en los archivos del Científico? Con un nombre divertido…

Merril tocó el hombro del Grad y este saltó.

—Estoy un poco preocupada por ese comedor de insectos —dijo—. Estamos sumergidos en insectos, ¿lo habías notado?

—¡Notado! ¿Cómo no iba a notarlo? —Pero de hecho estaba intentando olvidarse de ellas. Las chinches eran criaturas que picaban, y estaban por toda la balsa de corteza, millones y millones de criaturas aladas que variaban de tamaño entre el de un dedo meñique y el de puntos que apenas podían verse—. Somos tan pequeños que puede devorarnos por accidente.

—Quizá. ¿Qué pasa con…?

—Yo diría que Gavving no está en peligro. Pienso que mantendrá los ojos abiertos.

—Qué bueno eres.

—Debemos estar alerta.

Todo el cuerpo de Minya se convulsionó con un reflejo de terror. Gavving dijo:

—¡Tranquila! ¡Tranquila! Sólo es el Grad.

Minya se relajó.

—¿Piensan que estamos haciendo algo malo?

—No, en realidad. De todos modos, puedo casarme contigo.

Gavving escuchó un incipiente tartamudeo cuando Minya dijo:

—¿Estás seguro de que quieres hacerlo?

De hecho, no lo estaba. Su mente dio un bandazo y giró. La destrucción del árbol no había sido más desconcertante que aquel primer acto de amor. Amaba a Minya, y la temía, por el placer que le había dado o por el que le había dejado de dar. ¿Pensaría ella que era su dueña? La lección del matrimonio de Clave, o lo que sabía de aquello, no había sido olvidada por él. Como Mayrin, Minya era mayor que su hombre…

A nadie le importaba lo que hiciera. Había cuatro mujeres en la Tribu de Quinn. Jayan y Jinny estaban con Clave; lo que sólo dejaba libres a Merril y a Minya. Gavving dijo:

—Estoy seguro. ¿Vamos a anunciarlo?

—Déjalos dormir —dijo Minya y se apretó contra él. Sus ojos siguieron una boca que se movía barriendo las nubes de insectos. Estaba muy cerca. No tenía dientes, sólo labios, y una lengua como una interminable serpiente buscadora. Giraba lentamente: un modo de vigilar el cielo entero para prevenir un peligro.

—Me pregunto si será comestible —dijo Gavving.

—Lo que yo tengo es sed.

—Debe haber algún modo de alcanzar el estanque.

—Gavving… querido… necesitamos dormir también. ¿No se ha acabado tu turno de guardia?

Su cara se agrietó con un gran bostezo, se cerró con una sonrisa.

—Voy a decir que me sustituyan.

El Grad estaba medio acurrucado en una posición fetal, roncando suavemente. Gavving tiró dos veces de su cuerda y le habló.

—Queremos casarnos.

Los ojos del Grad se desorbitaron.

—Muy bien pensado. ¿Ahora?

—No, podremos esperar hasta que acabe el tiempo de dormir. Te toca vigilar.

—De acuerdo.

Diez — El moby

Unas voces la despertaron. Ella abrió los ojos completamente alerta, sedienta y nerviosa.

El era joven. Ella le había dado lo que él quería, le había forzado virtualmente a ello. El podría perder el interés. Podría recordar que ella había intentado matarle. El necesitaría muchas horas para cambiar sus ideas…

Las voces estaban a cierta distancia, pero ella podía oírlas claramente.

—…Diez años mayor que tú, y no has hecho entrega de la dote… pero todo esto es trivial. ¡Hace seis o siete días intentó matarnos a todos nosotros!

—Podría habernos asaeteado. —Quien hablaba era Clave, y parecía divertido—. A todos menos a mí, naturalmente. No te habría gustado eso, aunque la quieras.

—Yo pienso que es maravilloso —dijo Jayan o Jinny. La otra gemela añadió—: Es… es esperanzador.

—¡Gavving, no tienes la edad suficiente como para saber lo que estás haciendo!

—Alimenta el árbol, Alfin.

Gavving percibió los movimientos de Minya mientras salía de la corteza.

—Hola —la llamó—. ¿Preparada?

—¡Sí! —¿Demasiado ansiosa? ¡Ya era un poco tarde para la timidez!—. ¿Qué clase de ceremonia tendremos? No podemos usar la mía. Dejé a nuestro Científico en la Mata. —Y debe estar muerto.

—Nosotros también estamos en las mismas condiciones —dijo Alfin—. El Científico…

—Ahora yo soy el Científico —dijo el Grad.

Ignorando el despectivo bufido de Alfin, el Grad abrió su mochila y esparció por el suelo su contenido. Empaquetadas junto con la ropa de reserva había cuatro pequeñas cajas de materia estelar —plástico— y una delgada y pulida superficie vítrea, como el espejo del Presidente, pero que no daba reflejos.

La Tribu de Quinn parecía tan sorprendida como Minya.

—¿Has llevado esto durante todo el tiempo? —preguntó Gavving.

—No, los he materializado a partir del aire más ligero. Ya sabes que los Científicos tenemos nuestros trucos.

—Oh, seguro.

Se sonrieron mutuamente. El Grad levantó el espejo y una de las cajas. Encuadró la caja en el delgado borde del espejo.

—Prikazyvat Menú.

La pronunciación del Grad había cambiado; era extraña, arcaica. Minya había oído hablar del mismo modo al Científico de Dalton-Quinn. El espejo respondió: relució con la difusa luminiscencia del sol de medianoche, luego resplandeció con una pequeña impresión negra.

Minya no podía leerla. El Grad, aparentemente, podía. Quitó aquella caja y la sustituyó por otra.

—Prikazyvat Menú… Conforme. Prikazyvat Grabación —dijo animosamente—. El primer día a partir del período de sueño, el primer sueño desde la desintegración del árbol, año trescientos sesenta. Jeffer hablando como Científico. La Tribu de Quinn consiste en ocho individuos… Prikazyvat Pausa.

Al ver que no pasaba nada, ni siquiera Minya pudo seguir callada.

—¿Qué ha salido mal?

El Grad levantó la mirada. Su cara era una máscara de dolor. Un penetrante lamento atravesó su garganta. Las gafas de cristal temblaban ante sus ojos. Las lágrimas no llegaron a correr sin marea que las arrastrase.

Clave le puso al Grad la mano sobre el hombro.

—Tómate un minuto. Tarda todo el tiempo que necesites.

—No he debido intentar… pensar en eso. El Científico. El lo sabía. El me los dio para que los llevara. ¿Qué podemos hacer de bueno si estamos muertos también?

—No estamos muertos. Estamos un poco sedientos —dijo Clave con firmeza.

—¡Todos están muertos excepto nosotros! Me siento como si al grabarlo lo hiciera realidad.

Clave miró a su alrededor. Las lágrimas estaban a punto de volverse contagiosas. Jayan y Jinny estaban sorbiendo. Minya recordaba que la Mata de Dalton-Quinn todavía vivía, invisiblemente lejos, en alguna parte.

Clave cortó con todo aquello.

—Vamos, Científico. Tienes un matrimonio que celebrar.

El Grad tragó saliva y asintió con la cabeza. Unas cuantas lágrimas se le escaparon y flotaron en libertad, del tamaño de bayas de la mata. Se aclaró la garganta y dijo lentamente, con la voz crispada:

—Prikazyvat Grabación. El árbol se ha partido por la mitad. Siete de nosotros hemos sobrevivido, más una refugiada de la otra mata. Matrimonio entre Minya Dalton-Quinn y Gavving Quinn, existente a partir de ahora. Aún no han tenido hijos. Terminado. —Sacó la caja del espejo y añadió—: Ya estáis casados.

Minya se había quedado pasmada.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo. Mi primera actuación como Científico. La tradición dice que tenéis que consumar el matrimonio en la primera ocasión que se os presente…

—¿Eso es cuanto vas a hacer? —preguntó Alfin.

—Todo lo que necesito —dijo el Grad—. La cassette que hemos empleado es de grabación reciente. Se solía usar para cuestiones médicas, pero el Científico se quedó sin material y la borró. No podremos volver a usar el resto del material de ningún modo. Los hombres de las estrellas sufren enfermedades de las que nunca hemos oído hablar y usan medicinas de las que nadie tampoco ha oído hablar… Estas cassettes contienen formas de vida, es una cosmología, contiene viejas grabaciones. Totalmente clasificadas, claro.

—¿Clasificadas?

—Secreto. —El Grad empezó a guardar el equipo.

—Para —dijo Clave.

El Grad le miró.

—¿Está en tu conocimiento clasificado lo que podemos necesitar saber para seguir vivos? —Clave se detuvo, pero no lo suficiente como para que el Grad pudiera contestar—. Si no es así, ¿por qué debemos guardar ese material, o dejar que lo arrastres contigo si te caes? —Pausa—. Si es así, estás ocultando un conocimiento que necesitamos. ¿Por qué deberíamos protegerte?

El Grad se quedó boquiabierto.

—Grad, eres valioso. Somos ocho para caer, no podemos perder a ninguno. Pero si sabes por qué necesitamos un Científico más que un aprendiz de cazador, harías muy bien en enseñárnoslo ahora. Era como si el Grad se hubiese quedado congelado con la boca abierta. Luego… asintió con la cabeza espasmódicamente. Eligió una cassette y la colocó en el borde de lo que no era un espejo.

—Prikazyvat Encontrado moby: eme, o, be, y.

La pantalla se encendió y luego se llenó de impresión. El Grad leyó:

—El moby es una criatura del tamaño de una ballena con una boca inmensa y vertical cuyos carrillos son porosos, y utilizados como filtros. Se alimenta volando a través de nubes de insectos. Tamaño: setenta metros. Masa: aproximadamente ochocientas toneladas métricas. Un ojo principal. Dos ojos más pequeños, mejor protegidos y probablemente muy adecuados para actuar a corta distancia, a ambos lados de un único brazo. Permanece siempre cerca de los estanques o de las junglas de algodón hilado. Prefiere estar girando continuamente, para estabilizarse y para vigilar la llegada de predadores, pues no hay ninguna dirección segura en un entorno de caída libre. Los moby evitan a las criaturas mayores y también se asustan de nuestros MACs. Cuando son atacados luchan como el Capitán Ahab: su único brazo está rematado por cuatro dedos, y los dedos rematados por arpones que crecen como garras.

Clave echó una mirada por encima del hombro. Pudo ver una lejana imagen de la boca volante. A pesar del enjambre de insectos que había cerca de la balsa, daba vueltas a su alrededor.

—¿Aquello?

—Creo que sí.

—¿Macs? ¿Capitán Ahab? ¿Tamaño de ballenas?

—No sé lo que son ninguna de esas cosas.

—No importa, lo adivino. Algo así. Es tímido, y come escarabajos, no ciudadanos. No suena como la descripción de una amenaza.

—Y por eso necesitáis un Científico. Sin las cassettes no sabríais nada de todo eso.

—Quizá —dijo Gavving— no nos gusta que dé vueltas a nuestro alrededor.

Lo dijo tambaleándose un poco. Nadie se rió. Quizá estaban demasiado sedientos. Clave estudió al macizo devorador de insectos, frunció los labios, asintiendo…

Clave se detuvo mientras Minya lo colocaba, agarrando Clave el arco de metal con la mano izquierda, tensando la cuerda del arco hasta medio camino de su mejilla. En lugar de colocar uno de los miniarpones de Minya, ante él asomaba metro y medio de uno de sus propios arpones.

El moby le estaba mirando. Esperó hasta que el giro de la criatura colocó su ojo principal en el lado más lejano.

—Lanza la cuerda —dijo.

Gavving arrojó la cuerda enrollada hacia el moby. Clave la dejó que se desenrollara por un momento, luego envió el arpón tras ella.

El arpón se bamboleó en su vuelo, hasta que la cuerda que arrastraba se tensó nuevamente. Con el arco de acero y los músculos de Clave para propulsarlo, el impresionante arpón podía llegar volando hasta donde estaba el moby. No lo hizo. Ni siquiera se acercó.

—Recoge y enrolla la cuerda —le dijo a Alfin. A los otros les pidió—: Flechas. Clavad algunas flechas en la bestia. Que enloquezca. Llamad su atención.

La flecha del Grad se desvió mucho y Clave le detuvo para que no malgastara otra. La de Gavving y la de Minya volaron alineadas y chocaron entre sí cuando Clave dijo—: Basta. Queremos que se vuelva loco, no herirlo ni irritarlo. Grad, ¿hasta qué punto se supone que es pacífico?

—Te leí todo lo que sé.

¡Clasificado! En la primera oportunidad que tuviera, Clave buscaría toda la información que contuvieran todas aquellas «cassettes». Haría que el Grad se las leyera.

La diáfana cola del moby estaba en movimiento. Había percibido el rumbo de los arpones y se encaminaba hacia otro lado. Entonces la alcanzaron las primeras flechas. Una golpeó en la aleta, otra en el carrillo, ninguna con mucha fuerza.

El moby se convulsionó. Sus aletas batieron y se dio la vuelta. Una tercera flecha se incrustó muy cerca de su ojo principal. Volvió la cara hacia ellos.

—Alfin, ¿has recogido ya la cuerda?

—Todavía no.

—¡Pues date prisa, copsik! ¿Estáis todos atados?

El cielo se había abierto en una boca; bostezaba y se hacía inmensa. Un brazo esquelético se plegó hacia adelante, presentando cuatro arpones.

—¿Debemos dañarlo ahora? —preguntó Alfin.

—Comida de árbol. Voy a ponerle esto en la cola.

El moby le hizo un favor. Su cola chasqueó hacia adelante —y sintieron el viento que levantó mientras daba vueltas para examinar la situación. Cuando la cola estuvo a su alcance, Clave disparó. El arpón se hincó sólidamente en la parte carnosa, por encima de la abierta y traslúcida aleta. El moby se estremeció y siguió avanzando.

La «mano» latigueó hacia adelante. Gavving gritó y saltó entre los cercanos y afilados arpones, hacia el cielo, hasta que su ronzal se tensó y le arrastró hacia el borde de la corteza. Minya vociferó y acuchilló la «mano».

—Parece hueso —informó y se dio la vuelta nuevamente.

Clave cogió otro arpón y saltó hacia la tremenda cara.

Pinchó los labios de la criatura antes de que la cuerda hubiera tirado de él. Los grandes dedos esqueléticos se encresparon alrededor y detrás suyo. La espada de Minya golpeó en una de las articulaciones y uno de los dedos como arpones echó a volar libremente.

El moby echó la mano hacia atrás. Su boca se cerró y se quedó así. La criatura retrocedía utilizando las aletas laterales.

Gavving se ató a la corteza sin ayuda. Observó cómo el moby daba vueltas, cómo se retiraba.

La balsa de madera se levantó. El moby se detuvo, se dio la vuelta para mirar hacia atrás. La balsa lo seguía. Empezó a bambolearse duramente contra el aire.

Un punto de luz solar relucía cerca del borde del estanque. Brisas errantes rizaban su superficie. Las sombras se movían en su interior. Una distante semilla de vainas enviaba zarcillos a lo largo de un klomter de espacio hacia el agua. Gavving frunció los labios y suspiró.

Decenas de miles de toneladas métricas de agua se evaporaron ante él.

Clave maldecía obsesivamente. Se detuvo y dijo:

—Lo siento. El moby se va a zambullir en el agua para intentar perdernos.

Gavving abrió la boca, lo reconsideró… y dijo algo.

—Fue idea mía. ¿Por qué no me echáis la culpa?

—La culpa ha sido mía. Yo soy el Presidente. ¡Además, valió le pena el intento! Sólo quisiera saber hacia dónde nos arrastra la bestia.

Esperaron a saberlo.

Los ojos de Gavving siguieron la línea del Anillo de Humo, petrificado, afuera, sobre el fondo del cielo en el azul pálido del vapor de agua y la distancia. Palillos astillados, todos en línea, podían haber sido un bosque de árboles integrales. Decenas de millares de klomters más allá, un grumo de blanca tormenta señalaba Gold. La lejana arboleda podía ser un condensamiento a medio camino de la bajada hacia Voy.

Allí estaban todos los objetos celestiales que admiraban a los niños. Harp le había dicho que algún día los vería. Cabezas más prácticas se lo habían negado.

El árbol se movía al capricho de las fuerzas naturales, y nadie podía abandonar el árbol.

El lo había abandonado, y se había casado, y estaba perdido, y sediento.

La Tribu de Quinn colgaba a lo largo del filo de la balsa de corteza. Ante la insistencia de Clave, todos se habían puesto las mochilas. Podía pasar cualquier cosa… o ninguna, excepto que él seguía consumiéndose.

—Tan cerca y todavía tan lejos —dijo el Grad—. ¿No nos quedan unas pocas vainas surtidor?

—No demasiadas. —Clave miró a su alrededor—. Por lo menos no lo hemos perdido todo. De acuerdo. Vamos a movernos y vamos a movernos hacia afuera; ¿eso está bien, no, Científico? ¿Aire más denso?

—Más denso todo —dijo el Grad—. Aire, agua, plantas, carne, comedores de carne.

El moby estaba girando, dirigiéndose gradualmente hacia el este, y frenándose. Cansado. Llevaba las aletas pegadas al costado, presentando al viento una forma aerodinámica de huevo; continuaba cayendo hacia afuera, remolcando la balsa de corteza. El estanque se había convertido en una joya diminuta, brillando con la luz refractada de Voy.

Clave habló.

—Nos apartaremos con mucho cuidado cuando estemos cerca de algo que nos interese. Árbol integral, estanque, bosque, todo lleno de agua. No quiero que nadie corte la cuerda demasiado pronto.

—Hay nubes por encima —dijo Merril.

Una distante, grumosa corriente de color blanco tapando el azul. Clave soltó una carcajada.

—¿Muy por encima? ¿Sesenta, setenta klomters? De todos modos, no está encima, se está apartando de nosotros. Quizás nos dirigimos hacia el este.

—Quizás no —dijo el Grad—. Estamos dirigiéndonos hacia afuera desde el este y moviéndonos muy deprisa. ¿Te acuerdas, Gavving? «Este te lleva hacia afuera, fuera te lleva al oeste, oeste te lleva hacia adentro, adentro te lleva hacia el este, babor y estribor te llevan a tu punto de partida».

—¿Qué clase de comida de árbol es esa? —preguntó.

Clave. Gavving lo recordaba, pero no dijo nada. Era algo «clasificado»… y el Grad nunca le había explicado lo que quería decir.

—Todos los niños aprenden eso —dijo Minya—. Se supone que es el sistema que hay que utilizar para moverse si te pierdes en el cielo y tienes vainas surtidor.

El Grad asintió felizmente.

—Estamos siendo empujados hacia el este. También nos estamos desplazando muy deprisa en nuestra órbita, así que empezaremos a caer hacia afuera y bajaremos más lentamente. Apuesto a que el moby se encamina hacia aquel banco de nubes.

Las aletas del moby se abrieron y aletearon lentamente. No había nada por encima de ellos, nada más que el arco del Anillo de Humo extendiéndose hasta el infinito. Minya movió su ronzal para colocarse al lado de Gavving. Se descolgaron por el borde de la balsa y miraron los vestigios de nubes que se alejaron de ellos, lo que aumentó su sed.

El sol estaba dando la vuelta por detrás de Voy.

Otra vez. Aquello les estaba llevando muchos klomters hacia afuera; el ciclo del día-noche se hacía más largo.

El banco de nubes estaba creciendo. ¡Lo hacía!

—Intenta perdernos en la bruma —dijo el Grad, con más esperanzas que convicción.

El moby no se movió por algún tiempo. La escarpia a que estaba atado el arpón colgaba laxamente. Clave clavó otra en la madera y envolvió la desmadejada cuerda a su alrededor. El banco de nubes se extendía a lo largo del cielo.

Los detalles emergieron: formas aerodinámicas, nudos de tinieblas tormentosas. Relámpagos centelleando en su profundo interior.

Jayan y Jinny se quitaron las camisetas. Alfin, disfrutando de su proximidad sin hacer preguntas, súbitamente dijo:

—Muy bien hecho. Quitaros las camisetas. Intentad recoger algo de humedad.

Las tinieblas resplandecieron cuando el sol emergió bajo el filo de las nubes. Continuó hundiéndose. Esperaron a que el primer tenue borde de la bruma los envolviera y empezaron a ondear las camisetas.

—¿Os sentís mojados? —preguntó Gavving.

Merril gruñó.

—¡Lo siento, lo huelo, y no puedo beberlo! ¡Pero se está acercando!

Los relámpagos centellearon por el oeste. Gavving sintió la bruma en aquel momento. Intentó exprimir el agua de su propia camiseta. Tenía que seguir avanzando. ¿Ahora? Retorció la camiseta e intentó chuparla, y obtuvo agua sudorosa.

Todos lo estaban haciendo. Casi no podían verse entre sí. Gavving nunca en su vida había contemplado tinieblas parecidas. El moby estaba invisible, a lo lejos, pero sentía los tirones del ronzal. Hacían flotar las camisetas y chupaban y se reían.

Había a su alrededor gruesas gotas. Era difícil respirar. Gavving respiró a través del tejido de la camiseta y se tragó el agua que llegó hasta él atravesándola.

La luz empezaba a aparecer. ¿Estaban emergiendo de la nube?

—¿Clave? Quizá quieras cortar ahora la cuerda. ¿No ramos a quedarnos aquí?

—¿Hay alguien sediento? —Silencio—. Bebed hasta saciaros, pero no podemos vivir aquí, respirando a través de las camisetas. Vamos a confiar en el moby un poco más.

La luz verde pálido empezó a hacerse más intensa, través de la suave niebla, Gavving podía ver el cielo… un cielo teñido de verde, con una estructura en él. ¿Verde? Causaba algún efecto en sus ojos, quizá debido a la larga, normal distancia?

Clave bramó.

—¡Comida de árbol! —y desenfundó el cuchillo. El arpón del ronzal emitió una profunda nota, cortándose cuando Clave golpeó de nuevo. La cuerda flotó libremente; la plancha de corteza se estremeció.

De pronto estuvieron fuera de la bruma, en una capa de aire limpio. Gavving vislumbró al moby mientras aleteaba para alejarse, libre al fin, y sólo malgastó una última mirada. Miraba un cuadrado de klomters de largo de estructura verde, en expansión, solidificándose. Era una jungla, e iban a introducirse en ella.

Once — La jungla de algodón hilado

El mac no se parecía a ninguna otra cosa en el Universo. Todos sus ángulos eran rectos, por dentro y por fuera; todo plástico y metales, inanimada materia estelar. La luz blanca que resplandecía desde la pared dorsal no era ni la luz de Voy ni ninguna luz solar. Misteriosas luces gateaban a través del panel de control y de su arqueada ventana. El mac era móvil, y allí el Árbol de Londres se movía con la única ayuda del mac. Del mismo modo que el Árbol de Londres era una cosa viva habitada por otras cosas vivas, Lawri veía el mac como una forma de vida diferente.

El mac era un sirviente poderoso. Servía a Klance, el Científico, y a Lawri. A veces, el mac iba al cielo con hombres de la Armada que se comportaban como si fueran sus amos. En aquella ocasión, Lawri fue llevada también.

La ponía nerviosa no ser ella quien manejara al mac allí.

Mirando a través de la ventana arqueada, la jungla era verde, punteada con todos los colores del arco iris —incluidos puntos ultravioleta que eran las fuentes de calor. El piloto de la Armada apretó el botón de hablar y dijo:

—Vamos.

Varias inhalaciones se oyeron antes de que llegara a Lawri la palabra:

—Soltar.

El piloto pulsó los botones adecuados de los cohetes. Una corriente impulsó a Lawri hacia adelante contra sus correas. Los guerreros colgaban en redes por la parte exterior del casco. Se les pudo ver a través de la ventana arqueada mientras el mac desaceleraba. Una nube de hombres vestidos de azul celeste cayó hacia las ondulantes nubes verdes.

El piloto apartó sus dedos de los botones después (por las cuentas de Lawri) de doce inhalaciones. Ella estaba observando una hilera de números parpadeantes en una pequeña superficie frente al piloto. Los liberó al llegar a cero. Y la jungla dejó de moverse a través de la ventana arqueada del mac.

—Los salvajes aún no se han movido —informó. Ignoraba a Lawri, o intentaba hacerlo; sus ojos la miraron parpadeando y luego siguieron más allá. Se veía muy claro: una chica de diecinueve años no tenía sitio allí, dijera lo que dijera el Primero—. Están justo debajo del verdor. ¿Estás segura de que quieres que lo hagamos?

—No sabemos quiénes son. —El antiguo micrófono puso un graznido en la voz del Jefe del Pelotón—. Si son combatientes, nos retiraremos. No necesitamos combatientes. Si son no combatientes, escondiéndose…

—De acuerdo.

—¿Has encontrado cualquier otra fuente de calor?

—Todavía no. Todo ese verdor es un buen reflector hasta que no se le mira directamente. Podemos levantar algo de carne. Bandadas de pájaros salmón… Jefe del Pelotón, veo algo por el costado. Algo que cae hacia la jungla.

—¿Algo como qué?

—Algo delgado con gente colgando.

—Lo veo. ¿Podrían ser animales?

—No. Estoy usando ciencia —dijo el piloto.

—La superficie superpuesta sobre la ventana arqueada representaba puntos escarlatas arracimados unos junto a otros. Un enjambre de objetos (pájaros salmón, por ejemplo) que parecían mucho más anaranjados en aquella superficie. Bandadas de pájaros parecieron atrapados en la imagen: onduladas líneas de un más oscuro rojo sangre… El piloto se volvió y pudo ver a Lawri mirando. —¿Aprender algo, querida?

—No me llames querida —dijo Lawri estirada y evasivamente.

—Perdóname, Aprendiz del Científico. ¿Piensas que ya has aprendido lo suficiente como para hacer volar esta nave?

—No me gustaría intentarlo —mintió Lawri—, si tu quisieras enseñarme. —Aquello era algo que ella deseaba realmente intentar.

—Tomada nota —dijo el piloto sin lamentarse. Se volvió hacia el micrófono—. Aquella cosa golpea con bastante fuerza. Os digo que no es ninguna clase de vehículo. Esas personas pueden ser refugiados de algún desastre, justo lo que necesitamos para copsiks. Incluso puede que se alegren de vernos.

—Te los llevaremos cuando… podamos. —El Jefe del Pelotón parecía distraído, y con razón. Salvajes larguiruchos más altos que un hombre y que debían haber estado hirviendo al salir de la nube verde, cabalgaban en vainas amarillo verdosas más grandes que ellos mismos. Iban vestidos de verde, difíciles de distinguir del fondo.

Hubo un rápido intercambio de flechas entre los ejércitos cuando se acercaron uno al otro. Los guerreros del Árbol de Londres empleaban largos arcos de pie: el arco se agarraba con los dedos de uno o de ambos pies, la cuerda con las manos. La nube de flechas soltada por los salvajes se movía más lentamente, y las flechas eran más cortas.

—Arcos Cruzados —murmuró el piloto. Actuó los propulsores, apartando el mac de la lucha. Lawri había sentido cierta tranquilidad hasta que el piloto empezó a actuar.

—¡Ibas a poner en peligro el mac! ¡Esos salvajes pueden agarrarse a las redes!

—Cálmate, Aprendiz del Científico. Nos movemos demasiado deprisa para ellos. —El mac se curvó hacia atrás, rumbo a la masa de luchadores—. No los queremos tan cerca como para practicar la esgrima, no en caída libre.

Si el Científico lo deseaba, el mac nunca sería empleado en misiones de guerra. Colocar a bordo al Aprendiz había sido una gran victoria estratégica. El se lo había dicho:

—Lo único que te debe importar es el mac, no los soldados. Si el mac es amenazado, debes alejarlo del peligro. Si el piloto no quiere hacerlo, oblígalo.

El Científico no le había dicho cómo sofocar una lucha encarnizada, ni cómo hacer volar la antigua máquina. El Científico nunca había volado.

Los salvajes volaban hacia la ventana arqueada. Lawri pudo ver los ojos aterrorizados de los salvajes antes de que el piloto diera la vuelta al mac. Las tropas golpearon contra la panza del mac. Lawri se estremeció. Por aquella vez, no podía hacer nada. Más le gustaría ver agrietarse el mac que salvarlo… e incluso tendría que pagar un precio excesivo si conseguía volver a su hogar en el Árbol de Londres.

Los salvajes se estaban agrupando para atacar de nuevo. El piloto los ignoró. Condujo al mac hacia el centro de sus propios guerreros.

—Maravillosa huida —dijo el Jefe del Pelotón.

El mac giró y costeó a lo largo del algodón verde, hacia el sudeste. Los salvajes chillaron o se burlaron al verles partir. No tenían esperanzas de alcanzarlos.

Era tiempo de mirar, y tiempo de sentir miedo. Gavving intentó gastarlo todo antes de que llegara el fin.

Había curvas y ondulaciones de verde en la pared punteada de flores: amarillo, azul, escarlata, un millar de sombras y tonos. Los insectos formaban enjambres como nubes. Había pájaros de diversas formas, hundiéndose entre las sombras o entre las nubes de insectos. Algunos eran parecidos a cintas y se agitaban con un revoloteo, algunos tenían membranas colas triangulares. Algunos eran triangulares ellos mismos, con colas como látigos brotando de sus vértices.

Muy lejos hacia el este había un hoyuelo en el verdor, con forma de embudo, quizá de medio klomter de diámetro; las distancias eran difíciles de juzgar. ¿Podría tener una jungla, una boca de árbol? ¿Podría estar bordeada de gigantescos pétalos plateados? La flor más grande del universo se alzaba, detrás del horizonte de la jungla mientras caían.

La tormenta había ocultado una jungla. Gavving nunca había visto ninguna de cerca, ¿pero qué otra cosa podía ser? El moby lo ha planeado todo muy bien, pensó Gavving.

Los pájaros empezaban a percibir la masa que caía. Alas inmóviles y colas desdibujadas para hacerlas invisibles. Las bandas revolotearon, como si estuvieran siendo arrastradas por un fuerte viento. Largas formas como de torpedos emergieron del verdor para estudiar la descendente plancha de corteza.

Clave estaba impartiendo órdenes. —¡Inspeccionad los ronzales! ¡Protegeos! Algunas de esas cosas parecen hambrientas. Nos organizaremos después de chocar. ¿Alguien se ha dado cuenta de que puedo desaparecer?

Gavving pensó que veía el sitio donde iban a chocar. Una nube verde. ¿Podría ser tan suave como parecía? Este y norte, muy a lo lejos, más enjambre de… puntos a aquella distancia… podrían ser ¿hombres?

—Hombres, Clave. Esto está habitado.

—Los veo. ¡Comida de árbol, están luchando! Sólo necesitábamos eso, otra guerra. ¿Ahora qué? Grad, ¿puedes ver algo como una caja móvil?

—Sí.

—¿Y…?

Gavving localizó una cosa con forma de ladrillo de esquinas y bordes redondeados. Se movía de forma ostensible, dirigiéndose hacia la batalla. Un vehículo… grande… y tan resplandeciente como si estuviera hecho de metal o de vidrio. Hombres colgando de sus costados.

El Grad habló.

—Nunca he visto nada parecido a eso. Materia estelar.

La popa de la caja estaba erizada de estructuras acampanadas: cuatro en cada esquina y otra, mucho más grande, en el centro. Cerca había llamas invisibles, no llamas coloreadas, sino el color blanco azulado de Voy, y salían de un agujero de pequeño tamaño. El vehículo detuvo su giro y se alejó de la batalla.

—Con eso podríamos escoger un sitio —dijo Clave. Gavving se volvió y vio lo que Clave había estado haciendo: reventar sus últimas vainas surtidor para orientar el giro de la balsa a fin de que la parte inferior chocara primero. Parecía que la cosa funcionaba, pero la jungla estaba ahora fuera de la vista. Gavving se agarró a la corteza, y esperó.

Su cabeza estaba repiqueteando, su brazo derecho dolorido, su estómago buscando algo que expulsar, y además no podía recordar dónde estaba. Gavving abrió los ojos y vio el pájaro.

Era torpediforme, con la masa aproximada de un hombre. Colgaba por encima de Gavving, las largas alas extendidas e inmóviles mientras lo estudiaba con dos ojos inexpresivos hundidos en profundas cuencas. El otro lado de la cabeza del pájaro mostraba una cresta de dientes de sierra. Su cola era una cinta con forma de abanico; las cuatro costillas terminaban cada una de ellas en una garra ganchuda.

Gavving buscó a su alrededor buscando el arpón. El golpe se lo había arrebatado de entre las manos. Estaba alejado de él varios metros, girando lentamente. Agarró en su lugar el cuchillo y salió fácilmente de entre la vegetación en la que estaba medio enterrado.

—Soy carne ¿verdad? —susurró Gavving intentando qua pareciese una amenaza.

El pájaro vaciló. Dos compañeros se unieron a él. Sus bocas eran grandes, hoscas y cerradas. No están fanfarroneando, pensó Gavving.

Un cuarto pájaro pasó rozando la nube verde, moviéndose rápidamente, a la derecha de la cabeza de Gavving. Se volvió para cubrirse mientras el pájaro hundía en el follaje los garfios de la cola y paraba en seco. Gavving siguió donde estaba, medio cubierto por la balsa. Los Pájaros le observaban burlonamente.

Un arpón atado con un ronzal se clavó en el costado de uno de los pájaros.

Graznó. La boca abierta no tenía dientes, sólo un filo dentado. El pájaro giró como intentando librarse de lo que tenía clavado. Tras la cresta había un tercer ojo, mirando hacia atrás.

Los demás tomaron una decisión. Echaron a volar. Con los dedos de los pies anclados en el follaje, Alfin se acercó al pájaro hasta el alcance del cuchillo. Por entonces, Gavving ya había recuperado su propio arpón. Lo usó para apuntalar la cola del pájaro mientras Alfin terminaba de matarlo, una tarea que dejó las mangas de Alfin empapadas en una sangre rosada. Una amplia sonrisa le alisó las arrugas de un modo desacostumbrado.

—La cena —dijo, sacudiendo la cabeza como si hubiera bebido mucha cerveza—. No me lo creo. Lo hemos conseguido. ¡Estamos vivos!

Durante todos los años que había pasado en la Mata de Quinn, Gavving no recordaba haber visto nunca sonreír a Alfin. ¿Quién hubiera pensado que el mismo Alfin que estaba siempre taciturno en la Mata de Quinn iba a mostrarse feliz perdido en el cielo?

—Si hubiéramos chocado con algo sólido a la velocidad que íbamos —dijo—, estaríamos ya todos muertos. Casualmente, hemos tenido suerte.

Ciudadanos perdidos emergieron de las verdes profundidades. Merril, Jayan, Jinny, Grad… Minya. Gavving gritó y la envolvió con sus brazos.

—¿Dónde está Clave? —preguntó Alfin.

Los demás miraron a su alrededor. El Grad se ató una cuerda y saltó hacia la tormenta con un movimiento de giro.

—No lo veo por ninguna parte —gritó hacia abajo. Jayan y Jinny ahondaron entre el follaje. Minya las llamó.

—¡Esperad, no vayáis a perderos! —y se dispuso a seguirlas.

—Está aquí.

Clave estaba bajo la plancha de corteza. La movieron para sacarle de allí. Estaba medio inconsciente y se quejaba en voz baja. Tenía el muslo partido por la mitad y el blanco hueso se veía a través de la piel y la sangre.

El Grad se quedó atrás, remilgadamente; pero todos le miraron y aquella era, sin duda, una tarea del Científico. Indicó a Alfin y a Jayan que sujetaran los hombros de Clave, a Gavving que hiciera lo mismo con los tobillos. Después el Grad colocó los huesos en su sitio. Le tomó mucho tiempo. Clave volvió a la consciencia y a desmayarse otra vez antes de que hubiera terminado.

—La caja volante —dijo Alfin—. Viene hacia aquí.

—No hemos terminado —afirmó el Grad.

La caja de materia estelar cayó hacia ellos a través del claro aire entre el follaje y la nube tormentosa. Hombres vestidos con ropas azul celeste se descolgaron por los cuatro costados. El extremo acristalado se enfrentaba a ellos como un ojo gigantesco.

Los ojos de Clave se abrieron, pero su cerebro no comprendió lo que veía. Alguien estaba haciendo algo. Gavving habló.

—Alfin, Minya, Jinny, poned a salvo la plancha de corteza.

La dieron la vuelta hábilmente y la empujaron entre el follaje. Gavving se movió después, y Minya tras él, abriéndose paso entre la espesura hacia la oscura penumbra verdosa. El follaje era denso en la superficie. Bajo ella, había espacios abiertos y grupos de arbustos en flor.

—¿Grad?

El Grad levantó la cabeza.

—Científico.

—De acuerdo, Científico. Necesito un Científico —dijo Alfin—. ¿Puedes dejarle solo un momento?

Clave estaba medio consciente y lloriqueando. Dos mujeres serían suficiente para vigilarlo.

—Llamadme si empieza a moverse —les dijo. Avanzó, y Alfin fue tras él.

—¿Cuál es el problema?

—No puedo dormir.

El Grad rió.

—Hemos tenido un tiempo muy ocupado. ¿Quién de nosotros puede decir que ha dormido bien?

—No puedo dormir desde que pasamos por el punto medio. Estamos en una jungla, tenemos comida y agua, pero, Grad… Científico, ¡todavía estamos cayendo! —La risa de Alfin sorprendió al Grad; había en ella cierto toque de histeria.

Alfin no tenía buen aspecto. Sus ojos estaban hinchados, su respiración era irregular, y se mostraba tan nervioso como un pavo que va a servir de cena por la noche.

—Sabes sobre la caída libre lo mismo que yo —dijo el Grad—. Lo has aprendido igual que yo. ¿Te estás volviendo loco?

—Tengo esa sensación. Pero no estoy desvalido. Maté un pájaro que iba detrás de Gavving. —Por un momento, su orgullo salió al exterior.

El Grad meditó sobre el problema.

—Tengo un pedazo del borde escarlata de los abanicos. Ya sabes sus consecuencias. De todos modos, no querrás dormir ahora.

Alfin levantó la vista hacia el cielo. La caja de materia estelar se estaba demorando bastante, pero… —No.

—Cuando estemos a salvo. Tampoco tengo mucho sueño.

Alfin movió la cabeza y se volvió. El Grad esperó hasta ver hacia dónde iba. Deseaba estar solo para aligerar su nervioso estómago. Nunca antes había arreglado un hueso roto, y había tenido que hacerlo sin la ayuda del Científico…

Alfin se encaminó hacia Jayan y Merril y Clave. Volvió la vista una vez, y el Grad estaba contemplando el cielo.

Volvió a mirar hacia atrás de nuevo, y el Grad se había marchado. Jayan gritó.

La oscuridad y las extrañas, moteadas sombras los hacían casi invisibles, incluso entre sí.

—Podemos escondernos aquí —dijo Gavving.

Minya estaba asintiendo con la cabeza.

—Excavemos una madriguera profunda en la que quepamos todos. ¿Pero qué hacemos con Clave?

—Podremos empujarle hasta aquí. ¿Ves algún buen sitio?

—Ninguno —dijo Jinny—. Aquí podría hacerse daño. Gavving vio un tupido montón de ramaje en la parte de atrás de una solitaria rama espinosa. —Corta aquí —le dijo a Minya.

Ella no tenía espacio para volverse. Utilizó la espada como sierra, y le costó hacerlo como trescientas respiraciones, aproximadamente. Luego Gavving empujó el extremo liberado y descubrió que la masa entera se movía como un tapón. Salió al aire libre y miró a su alrededor.

—¡Merril! ¡Aquí!

—Bien —gritó Merril. Ella y Alfin remolcaron a Clave lacia la abertura, moviéndose a toda velocidad. La caja de un solo ojo estaba muy cerca. Los ocupantes debían de haberlos visto.

Se hundieron a toda velocidad, perdiéndose entre los profundos follajes. Pero…

—¿Dónde está Jayan? ¿Dónde está el Grad?

—Ha desaparecido —suspiró Merril—. Algo tiró de él lacia abajo… hacia la espesura.

—¿Qué?

—¡Muévete, Gavving!

Llevaron a Clave al interior y cerraron nuevamente el tapón. Gavving vio que la pierna de Clave había sido entablillada con una manta y dos de las flechas de Minya.

—Los hombres de la caja —dijo Minya— nos están siguiendo.

—Lo sé. Merril ¿qué tiró del Grad? ¿Un animal?

—No llegué a verlo. Sólo gritó y desapareció. Jayan tomó un arpón y se hundió en la espesura y vio que había gente desapareciendo en ella. Iba atada a una cuerda. Gavving, ¿podemos detenerla? Ellos también la habrán atrapado.

¿Por qué todo sucedía al mismo tiempo? La pierna de Clave, los raptores, la caja móvil…

—De acuerdo. Los soldados de la caja estarán locos si ¡tienen aquí. Esto es territorio de los nativos…

—Estamos aquí.

—Estamos desesperados… no importa, tienes razón. Vamos a ir tras Jayan ahora, pues ha debido ser llevada a esa reliquia de materia estelar. Merril… —¿Podría bajar Merril lentamente? En caída libre, probablemente no. Conforme—. Merril, yo, Minya. Vamos a seguir a Jayan y ver a dónde ha ido. Quizá podamos liberar al Grad. Jinny, tú y Alfin seguid adelante tan deprisa como podáis, con Clave. Merril, ¿dónde está la cuerda de Jayan?

—En alguna parte por allí. Comida de árbol, ¿por qué tiene que pasar todo al mismo tiempo?

—Ya.

Doce — Los cazadores de Copsiks

Los pájaros estaban armando un jaleo tremendo. Manos invisibles tiraron al Grad de cabeza a través de las tinieblas y el oloroso aroma del extremo follaje. Las pequeñas ramas le arañaron la cara; a su alrededor debía haber espacio abierto.

Se había descuidado totalmente. Unas manos le agarraron de los tobillos y tiraron de él hacia abajo, hacia otro mundo. Su grito fue estrangulado por algo que le llenó la boca, algo que no era limpio, un harapo que le ataron para sujetarlo. Un golpe en la cabeza le hizo ver que era mejor no resistirse.

Sus ojos empezaban a acostumbrarse a la penumbra.

Había un túnel que atravesaba el follaje. Era estrecho: lo suficiente como para que dos personas pudieran arrastrarse por él una al lado de la otra, pero no lo bastante como para que pudieran avanzar erguidas. No era necesario, pensó el Grad. No puedes andar sin gravedad.

Sus captores eran humanos, que hablaban toscamente.

Todas eran mujeres, aunque para percatarse de aquello necesitó una segunda mirada. Vestían chalecos y pantalones de cuero, teñidos de verde. La holgura de los chalecos era una sencilla concesión a los bustos. Tres de las cinco llevaban el cabello muy corto, y todas tenían un aspecto desvaído, alargado; dos metros y medio o tres metros, más altas que cualquier hombre de la Tribu de Quinn.

Llevaban herramientas: pequeños arcos de madera en plataformas de madera, las cuerdas tensadas, dispuestas a disparar.

Se movían deprisa. El túnel giraba y se retorcía, y esto dejó al Grad completamente desorientado. Sus sentidos direccionales no podían indicarle dónde había un arriba. El túnel se cortaba de pronto en una forma bulbosa de cuatro o cinco metros de diámetro, con otros tres túneles que salían de allí. Las mujeres se detuvieron. Una le quitó la mordaza de la boca. El Grad escupió hacia un lado y dijo:

—¡Comida de árbol!

Una mujer habló. Su piel era oscura, su cabello una masa compacta de negra tormenta con la amenaza de blancos relámpagos. Su pronunciación era extraña, peor que la de Minya.

¿Por qué nos habéis atacado?

—El Grad le gritó, mirándola a la cara.

—¡Estúpida! Hemos visto a vuestros atacantes. Viajaban en una caja hecha de materia estelar. ¡Eso es ciencia! ¡Nosotros llegamos hasta aquí en una plancha de corteza!

La mujer asintió, como si hubiera esperado aquello. —Un extraño modo de viajar. ¿Quiénes sois? ¿Cuántos sois?

—¿Podría ocultar aquello? La Tribu de Quinn debía encontrar amigos en cualquier parte. Todo sea por Gold…

—Ocho. Toda la Tribu de Quinn, más Minya, de la mata opuesta. Nuestro árbol se desmontó y nos dejó abandonados.

La mujer frunció el ceño.

—¿Moradores de árbol? Los cazadores de copsik son moradores de árbol.

—¿Por qué no? No encontraréis marea en otro sitio. ¿Quiénes sois?

La mujer le miró con indiferencia.

—Para ser un invasor capturado, eres bastante impertinente.

—No tengo nada que perder. —Un momento después de decirlo, el Grad comprendió que era verdad. Eran ocho supervivientes que habían hecho todo lo posible para ponerse a salvo y que habían llegado al final. Nada más.

Ella fue a hablar. El Grad la cortó.

—¿Qué?

—Somos los Estados de Carther —la mujer de cabello negro lo repitió impacientemente—. Yo soy Kara, la Cresidenta. —Señaló—: Lizeth. Hild. —A los ojos inexpertos del Grad les parecieron gemelas: tremendamente altas, pálidas de piel, cabellos rojos cortados a dos centímetros por encima del cráneo—. Usa. —Los pantalones de Usa le estaban tan holgados como el chaleco. Aquella discreta protuberancia abdominal: Usa estaba embarazada. Su cabello era como pelusa rubia: el cuero cabelludo se veía a través de él. Tener el cabello largo debía ser un problema entre el follaje—. Debby. —La cabellera de Debby era limpia y lacia y marrón claro, y de medio metro de larga, atada a la espalda. ¿Qué haría para mantenerla limpia?

Cresidenta quizá fuera una antigua palabra para definir al Científico. Quizá quisiera decir Presidente, pero ella era mujer… De todas formas, los extranjeros no tenían por qué seguir los métodos de la Tribu de Quinn. ¿Desde cuándo el Presidente tenía nombre?

—No nos has dicho tu nombre —dijo Kara mordazmente.

Tenía algo que ofrecer después de todo. Lo dijo con cierto orgullo:

—Soy el Científico de la Tribu de Quinn.

—¿Nombre?

—El Científico no tiene nombre. Hubo un tiempo en que me llamaban Jeffer.

—¿Qué estáis haciendo en los Estados de Carther?

—Mejor sería que se lo preguntases al moby.

Lizeth hizo crujir sus nudillos por detrás de su cabeza, lo suficientemente fuerte como para que se oyera. El Grad gruñó.

—¡No quería insultaros! Nos estábamos muriendo de sed. Enganchamos un moby. Clave tenía la esperanza de que nos abandonara en un estanque. En vez de eso, nos trajo hasta aquí.

La cara de la Cresidenta no revelaba lo que pensaba de aquello.

—Bien —dijo—, todo parece bastante inocente. Discutiremos tu situación después de comer.

La humillación del Grad le mantuvo en silencio… hasta que vio la comida y reconoció el arpón.

—Ese es el pájaro de Alfin.

—Pertenece a los Estados de Carther —le informó Lizeth.

El Grad descubrió que no tenía que preocuparse. Además su vientre estaba totalmente vacío.

—Esta madera parece demasiado verde como para hacer una hoguera…

—El pájaro salmón se come crudo, con cebolleta, cuando podemos conseguirla.

Crudo. Yuk.

—¿Cebolleta?

—Se la enseñaron. La cebolleta era una planta parásita que crecía en las horcaduras de los enramados. Se desarrollaba como un tubo verde con un ramillete de flores en la punta. La hermosa mujer de cabello castaño llamada Debby tomó un manojo y le cortó las puntas llenas de flores. La espada de Usa cortó la carne escarlata en traslúcidos y delgados filetes.

Kara le ató al Grad la muñeca derecha a los tobillos, y luego le soltó.

—No intentes desatarte de nuevo —le advirtió.

Carne cruda, pensó, estremeciéndose; pero se le hacía la boca agua. Hild envolvía láminas de carne rosada alrededor de los tallos y le pasó uno al Grad. Este lo mordió.

Su mente se quedó en blanco. Uno puede aprender a apartar del pensamiento hambre en época de escasez… pero, en aquella ocasión estaba definitivamente hambriento. La carne tenía una rara y elástica textura. El condimento era agradable; el picante sabor de la cebolleta invadía su boca.

Le miraron mientras comía. Tengo que hablarles, pensó nebulosamente. Es nuestra última oportunidad. Podemos unirnos a ellas. De otro modo, ¿qué podemos hacer? Quedarnos y ser cazados, o dejar que nos apresen los invasores o saltar al cielo… El pájaro del tamaño de un hombre estaba menguando. A Lizeth parecía satisfacerle el cortar filetes hasta que fue imposible; Debby estaba cortando las cebolletas para envolverlos. Le observaban con irritantes sonrisas. El Grad se preguntó si considerarían los eructos de mala educación, pero eructó de todos modos, y luego siguió tragando. Había aprendido mientras trepaba a lo largo del árbol que un eructó era una mala cosa en caída libre, sin gravedad que llevara el gas a la parte alta del estómago.

Pidió agua. Lizeth le pasó una calabaza llena de su jugo. Echó un buen trago. La cebolleta se había acabado. Sintiéndose placenteramente lleno, el Grad remató la comida con un manojo de follaje.

Nada es enteramente malo cuando uno se siente bien.

Kara, la Cresidenta, dijo:

—Una cosa está clara. Ciertamente eres un refugiado. Nunca he visto hambriento a un cazador de copsiks.

—¿Una prueba? El Grad tomó su tiempo para acabar de comer.

—Listo —dijo—. Ahora que eso está ya establecido, ¿podemos hablar?

—Hablemos.

—¿Dónde estamos?

—En ninguna parte en particular. No quiero enseñarte al resto de la tribu hasta que no sepa quién eres. Incluso allí, los cazadores de copsiks pueden encontrarnos.

—¿Quiénes son esos… cazadores?

—Cazadores de copsiks. ¿No utilizáis la palabra copsik? —Sonó más como corpsik cuando ella lo dijo.

—Es una palabra que sólo se usa para insultar —le contestó.

—No es así para nosotros, ni para ellos. Ellos nos toman como corpsiks, para que les sirvamos el resto de nuestras vidas. Muchacho, ¿qué estás haciendo?

El Grad se había acercado su mochila con la mano libre.

—Soy el Científico de la Tribu de Quinn —dijo con tonos helados—. Pienso que puedo encontrar algún significado para esa palabra.

—Adelante.

El Grad desenvolvió su lectora. Tenía sobre él la total atención de los Estados de Carther. Las mujeres estaban atemorizadas y cautelosas; Lizeth tomó su jabalina y la preparó. El Grad eligió la cassette con las grabaciones, la insertó en la lectora y dijo:

—Prikazyvat Encuentra copsik.

NO ENCONTRADO.

—Prikazyvat Encuentra… —dijo el Grad y acercó la lectora al rostro de Kara. La Cresidenta se asustó, luego le habló al aparato:

—Corpsik.

CORPISCILO.

El Grad dijo:

—Prikazyvat Comentario.

La pantalla se llenó de impresión.

—¿Puedes leerlo? —preguntó el Grad.

—No —dijo Kara dirigiéndose a todos ellos.

Corpiscilo es un término insultante usado para describir a las personas congeladas con fines médicos. En el siglo precedente a la fundación del Estado, varias decenas de miles de personas fueron congeladas inmediatamente después de la muerte con la esperanza de que pudieran ser revividas y curadas algún día. Se descubrió que aquello era imposible. Pero el Estado, más tarde, empleó las personalidades almacenadas. Los modelos de memoria pudieron ser regrabados a partir de un cerebro congelado, y el ARN extraído del sistema nervioso central. Un cerebro criminal podía ser transformado a una nueva personalidad. Ningún derecho de ciudadanía les fue concedido a aquellos corpiscilos. El tratamiento fue perfeccionado posteriormente y empleado por pasajeros y tripulantes de largos viajes interestelares.

»’La tripulación de la nave sembradora de exploración Disciplina incluía a ocho corpiscilos. Los grupos de memoria eran los de respetados ciudadanos de edad avanzada, con aptitudes apropiadas para una aventura interestelar. Existía la esperanza de que los corpiscilos estarían agradecidos por encontrarse con salud y con cuerpos jóvenes. Esa presunción demuestra…’ No puedo dar un sentido de todo esto. Una cosa, sin embargo, resulta clara.

Un copsik no es un ciudadano. No tiene derechos. Es una propiedad.

—Es cierto —dijo Debby ante el evidente enfado de la Cresidenta.

Así que la Cresidenta no se fía de mí.

—¿Cómo os encuentran? Esto debe ocupar varios klomters cúbicos, y vosotros lo conocéis y ellos no. No entiendo por qué luchasteis.

—Nos encuentran. Ellos nos han encontrado ya en dos ocasiones mientras nos ocultábamos en la jungla —dijo Kara amargamente—. Su Cresidente es mejor que yo. Quizá su ciencia acrecienta sus sentidos. Grad, nos gustaría mucho contar con tu conocimiento.

—¿Nos haríamos ciudadanos?

La pausa duró unos segundos.

—Si lucháis —dijo Kara.

—Clave se ha roto una pierna mientras bajábamos.

—Sólo haremos ciudadanos a aquellos que puedan luchar. Nuestros guerreros están luchando ahora mismo y, ¿quién sabe si podrán rechazar a los cazadores de corpsiks? Si podemos hacerles un poco de daño, quizá no intenten llevarse a nuestros niños y viejos y mujeres que tienen huéspedes.

—¿Huéspedes? Oh, las embarazadas.

—¿Qué pasa con Clave y con las mujeres? ¿Qué les pasará a ellos?

—La Cresidenta se encogió de hombros. —Podrán vivir con nosotros, pero no como ciudadanos. —No era mucho, pero era lo mejor que podía conseguir.

—No puedo decir ni sí ni no. Tendré que hablar con ellos. Kara… ¡ah!

—¿Qué pasa?

—Acabo de acordarme de algo. Kara, hay clases de luz que no puedes ver. Hay máquinas que se usan para ver el calor de los cuerpos. Así es como os encuentran.

La mujer miró a ambos lados aterrorizada. Debby susurró:

—Pero sólo un cadáver está frío.

—Si hay pequeñas hogueras que se encienden en el bosque…, puede que ellos se detengan en cada una de ellas.

—Muy peligroso. El fuego podría… —su voz se apagó—. No importa. El fuego se apaga a menos que se le avente. El humo lo sofocaría. Después de todo, quizás sea posible, al menos cerca de la superficie.

El Grad asintió y buscó más follaje. Las cosas adquirían mejor aspecto. Si algunos de ellos llegaban a ser ciudadanos, podrían proteger al resto. Quizá la Tribu de Quinn había encontrado un hogar…

—Tres grupos, y todos han ido hacia abajo. Las huellas están muy borrosas —dijo la apagada voz del piloto. El mac colgaba detrás del hombro de Patry, el Jefe del Pelotón, apuntando con el arco a la jungla—. ¿Vais a ir tras ellos?

—¿Cuántos individuos componen los grupos?

—Tres y tres y un grupo mayor. El grupo mayor es el primero. Probablemente no los atraparás.

En las manos de los hombres de Patry una masa de verdor se alzaba desde un soporte y flotaba libremente. Patry informó:

—Hemos descubierto dónde están enterrados. De acuerdo, vamos a ir tras ellos. —Se unió a los hombres que esperaban—. Mark, toma el control. El resto de vosotros, seguidme. Hay que rodear la pelusa amarilla, son helechos venenosos.

Mark era un enano, el único hombre del Árbol de Londres que podía vestir la antigua armadura, y el único posible custodio de la pistola escupidora. Diez años antes, había estado bajo vigilancia por atemorizarse en un ataque, hasta que consiguió ganar confianza en su invulnerabilidad. Los hombres le habían llamado Diminuto hasta que el mismo Patry tuvo que tomar cartas en el asunto sobre aquel tema. Mark había nacido para vestir la armadura. Había aprendido a usarla a la perfección.

Trepando, dejó atrás varios arbustos, con toda la infantería del Árbol de Londres a sus espaldas.

La agonía era real, situada por encima de la rodilla de Clave, pero esparciéndose como en relámpagos por todo su cuerpo. El descanso aparecía y desaparecía intermitentemente. Estaba siendo remolcado a lo largo de un túnel. Los extractos de plantas del Científico no tardarían en eliminar el dolor. ¿Pero no habían muerto las plantas durante la sequía? Y… el árbol se había evaporado. No existía ningún Científico, y el Grad carecía de drogas, y el Grad también había desaparecido. Unos pocos supervivientes perseguían al Grad a través de la tenebrosa vegetación. El lamentable remanente de la tribu de Clave se estaba descomponiendo, y no existía ninguna medicina capaz de curar a un hombre injuriado.

Jinny y Minya se detuvieron abruptamente, sacudiéndole la pierna. El dolor gritó en su cerebro. Se habían metido entre las murallas de ramas de los túneles, y Clave daba volteretas en caída libre, abandonado.

Giraba y giraba y su sueño se convirtió en una pesadilla. Se enfrentó a una voluminosa cosa sin cara, plateada. La aparición se alzaba como algo de… ¿metal? Una astilla apuñalaba las costillas de Clave. Se la arrancó. Su mente estaba atontada… ¿sería una espina? La criatura de metal y cristal avanzaba por el túnel abovedado, ignorando a Clave. Los acólitos la seguían, hombres de azul arrastrando un enorme y poco manejable arco.

El dolor se había ido y la realidad se desdibujaba. Después de todo, allí había medicina.

—Estoy viendo que queréis alcanzar al primer grupo —dijo el piloto—. El grupo de vanguardia se ha detenido. El del centro se ha unido a ellos. Quizá tengas que renunciar.

—He enviado a Toby de vuelta con dos copsiks. El tercero tenía una pierna rota, así que lo hemos abandonado. Casi podemos contar con todas nuestras fuerzas. Vamos a ver qué pasa.

—Patry, ¿hay algo fuera de lo normal en tu misión?

Clasificado… oh, ¿qué importaba?

Atrapar algunos copsiks. Cazar algunos pájaros. Recolectar algunas especias. Recoger cualquier cosa científica. —Lo último no era normal. Quizá el Primer Oficial quería que el Científico le debiera un favor. Patry no hizo más comentarios, no con el Aprendiz del Científico escuchando.

—Excelente. ¿Cuántos necesitas? Realmente, no esperarás encontrar ciencia aquí, ¿verdad?

—Hay un grupo grande más lejos. Por lo menos voy a echar una mirada a la situación. —Patry bajó el volumen. Los pilotos solían discutir interminablemente, y Patry quería silencio.

Gavving no había excavado mucho antes de que la cuerda de Jayan le condujera a un túnel abierto a través de la maleza. Empezaron a moverse mucho más deprisa.

A pesar del extraño aroma, Gavving estaba lo bastante hambriento como para probar el follaje. El sabor también era extraño; pero dulce y agradable. Comió un poco más.

De hecho, allí se sentía como en casa. Los dedos de sus pies se hundían en los ramajes y le impulsaban hacia abajo del túnel con un ritmo que reproducía el pasado que todavía recordaba. Gorjeos y graznidos se alzaban de miles de invisibles gargantas. No podían ser pájaros, no a tal profundidad de la espesura; pero cantaban y, si les hacía falta, era probable que volasen. El sonido era el sonido de la infancia de Gavving, antes de que la sequía matara a todas las pequeñas formas de vida que poblaron la mata.

No tuvo que esforzarse mucho para recordar que aquella no era la Mata de Quinn; que seguía a unos enemigos que conocían aquellas espesuras como el propio Gavving conocía su árbol.

Al parecer, Minya no tenía aquel problema. Ella acuchillaba manojos de follaje, pero la mano que utilizaba asía una flecha, y el arco lo llevaba en la otra.

Se movían más deprisa que la cuerda que se deslizaba por encima de ellos. Merril la enrollaba mientras avanzaban. Arrastraba el rollo con el pulgar; utilizaba ambas manos para moverse. Cuando Gavving se dio cuenta, le dijo:

—Déjame que lo haga yo un rato. Come.

—¡Quítame las manos de encima! —Un poco más tarde, quizá lamentando su brusquedad, Merril volvió a hablar—: Necesito las manos para moverme. Tú puedes luchar con las manos. ¿Dónde llevas el arpón?

—A la espalda. Vamos bien mientras Jayan siga tirando de la cuerda —dijo Gavving, e inmediatamente notó que la soga se aflojaba. Tomó su arpón antes de volver a moverse.

Un fantasmal brazo blanco salió despedido de la pared del túnel y le señaló.

Jayan miraba a través de una cobertura de ramaje. Su voz era un ronco y asustado susurro.

—Están por encima de nosotros.

—¿Dónde?

—No lejos. No sigáis por el túnel. Hay una parte larga y recta, luego se hace más amplio. Os verán. Venid a donde yo estoy y así no oirán los ruidos del ramaje al romperse.

La siguieron a través de la espesura.

Jayan había abierto un camino. Por dos veces había tenido que cortar tupidas ramas espinosas. Desde donde estaban pudieron ver, a través de una pantalla de ramaje, como el Grad hablaba con unas misteriosas mujeres.

Estaban inclinadas y tendidas, como exageradas caricaturas de la mujer ideal, o como un nuevo estado de la evolución humana. Parecían relajadas. Y también el Grad. Tenía los pies encadenados a una mano, pero comía follaje, de forma casual, mientras hablaban. El cadáver del pájaro no era más que un montón de huesos.

El aliento de Minya le calentaba el hombro. La mujer susurró:

—Parece como si el Grad estuviera hablando de todo un poco. No puedo oír, ¿tú puedes?

—No. —Había muchos trinos de pájaros… y algún crujido ocasional como alguien moviéndose, haciendo que a Gavving le alegrara oír los trinos. Pero aun a través de los trinos persistía aquel ruido que alguien producía al moverse.

Minya saltó directamente hacia el centro del grupo de misteriosas mujeres, gritando:

—¡Monstruos hechos de materia estelar! ¡Allí!

Gavving saltó tras ella, dispuesto a la lucha. Había apreciado cierta alarma…

Las mujeres misteriosas no dudaron ni un sólo instante. Cinco de ellas saltaron hacia otros túneles y partieron en tres direcciones distintas. La sexta saltó con torpeza. Chocó con el borde de la abertura y se derrumbó desmayada. ¿Tan fuerte se había golpeado?

El Grad se debatía para liberarse la mano. Gavving sintió que algo le picaba en la pierna. Se volvió, dispuesto para luchar.

¿Luchar cómo? ¡Una cosa de cristal y metal! Había hombres tras ella —hombres normales que flotaban libremente, poniéndose de puntillas para mirar y empuñando inmensos arcos que tensaban con las manos. Pero no disparaban. El instrumento científico apuntaba a Minya con un tubo de metal, luego al Grad. El arpón de Gavving fue rechazado por su cara espejeante. Apuntó hacia Gavving y le volvió a picar.

No puedes luchar con la ciencia, pensó Gavving, asiendo su largo cuchillo y saltando hacia el monstruo. A partir de entonces todo fue como un sueño.

—Estáis a mucha profundidad —dijo el piloto—. No tengo lecturas individuales de todos vosotros. Sólo un punto de calor, un grupo de una docena aproximadamente. ¿Estáis juntos con los copsiks?

—Sanos y bien. Aquí tenemos seis copsiks, uno ya lo tenían atado y todo. Vamos a abandonar a uno que no tiene piernas. Eran siete en total. Un grupo se ha escapado a través de los túneles. ¿Puedes localizarlo?

—Sí. Veo que se reúnen de nuevo. Al este de ti hay un punto ceñido y brillante. Yo digo que lo dejemos ya. Mata algunos pájaros comestibles mientras sales.

—Aquí hay algo… tengo un objeto científico, algo que no comprendo. Al menos, medio científico. —Patry, el Jefe del Pelotón, levantó un espejo rectangular que no ofrecía reflejos, un espejo que brillaba con luz propia. Con cierta inquietud pulsó lo que era obviamente un interruptor. Para su tranquilidad, la luz desapareció—. Vosotros estáis bien, nosotros estamos bien. Vamos a salir de aquí.

Trece — La aprendiz de Científico

Cansancio… Una extraña, placentera sensación como de burbujeo en la sangre… constricción y resistencia en las muñecas y en los tobillos… recuerdos derivando hacia su lugar, seleccionándose ellos mismos. El Grad esperó a abrir los ojos hasta que su mente estuvo preparada.

Estaba encadenado nuevamente, tensión en muñecas y tobillos que hacían que su cuerpo permaneciera recto. Empieza a convertirse en una costumbre. Sus ataduras cedían si tiraba fuerte de ellas. Estaba atado de forma enredada, de cara a una pared que era dura y fría y lisa, y traslúcida hasta un milímetro de profundidad, sobre una sustancia gris.

Nunca antes había visto nada parecido; pero a distancia aquel material podía parecer metal.

Aquello era la caja voladora. Estaba atado a la caja voladora. Giró la cabeza a la izquierda y vio a los otros: Minya, Gavving, Jayan (totalmente despierta e intentando disimularlo), Jinny. A su derecha, una hilera de pájaros salmón y pájaros cinta, Alfin sonriendo en sueños, y una mujer de la tribu de Carther, la embarazada, Usa. Sus ojos estaban abiertos y vacíos de esperanza.

Una voz jovial retumbó hasta ellos.

—Algunos de vosotros ya estáis despiertos… —El Grad arqueó la espalda para poder ver por encima de su cabeza. El cazador de copsiks era grande, fornido, alegre. Colgaba de la red cerca del extremo aventanado—. No intentéis moveros para soltaros. Sólo quedaríais perdidos en el cielo y no habría vuelta a casa para vosotros. No queremos locos para copsiks.

Minya le llamó.

—¿Podemos hablar entre nosotros?

—Desde luego. Si no me interrumpís. Ahora podéis preguntaros lo que se va a hacer con vosotros. Vais hacia el Árbol de Londres. Habrá gravedad cuando lleguéis al árbol. Seréis utilizados para tirar de cosas, y hacer equilibrios sobre los pies sin caer, y así sucesivamente. Os gustará. Podréis beber agua caliente hasta que su hervor os haga vomitar por todas partes, y comer cosas que nunca habéis probado. Siempre sabréis dónde estáis, y lo que les pasa a las cosas si las soltáis. Podréis tirar la basura… —Por debajo de los pies les llegó un desconcertante silbido rugiente. La voz del cazador de copsiks se elevó—… y saber que no flotará a vuestro alrededor. —Dejó de hablar pues alguno de sus prisioneros estaba gritando.

Una oleada de gravedad tiró de los pies del Grad. No le extrañó que el cielo girase: bosque verde, una banda azul, una ondulación blanca. La verde textura que había bajo sus pies empezó a contraerse.

Sopló un viento húmedo. La niebla se espesó alrededor de ellos. Los gritos de pánico se amortiguaron hasta convertirse en un lloriqueo, y el Grad oyó hablar a Alfin.

—¡Comida de árbol! ¡Estamos yendo hacia una nube tormentosa en la boca del árbol! Brillante idea… —y se calló, al ver que nadie parecía entender lo que quería decir.

Su guardián esperó a que se tranquilizaran.

—Es muy descortés por parte de un copsik interrumpir a un ciudadano —dijo—. Lo olvidaré mientras dure este viaje, pero vosotros aprendedlo. ¿Alguna pregunta?

Minya gritó.

—¿Qué os da ese derecho?

—No vuelvas a decir eso nunca más —dijo el cazador de copsiks—. ¿Alguna otra cosa?

Minya pareció calmarse por unos instantes.

—¿Qué pasa con nuestros hijos? ¿También ellos serán copsiks?

—Tendrán la oportunidad de ser ciudadanos. Existe una iniciación. Algunos no quieren seguirla. Algunos que quieren no la pasan.

La bruma los envolvió completamente. El cazador de copsiks era medio invisible. Una ola de goterones como pulgares cayó sobre ellos dejándolos empapados.

Como nadie parecía inclinado a hablar, el Grad lo hizo.

—¿Está el Árbol de Londres atascado en esta tormenta?

El cazador de copsiks se rió.

—¡No estamos atascados en ninguna parte! Nos movemos a través de la nube porque necesitamos agua. En cuanto os hayamos llevado hasta casa nos moveremos, espero.

—¿Cómo?

—Clasificado.

Gavving se despertó en aquel preciso momento. Miró a derecha e izquierda y descubrió al Grad.

—¿Qué está pasando?

—Las buenas noticias son que vamos a vivir en un árbol.

Gavving probó la resistencia de sus ataduras mientras lo digería.

—¿Cómo qué?

—Copsiks. Propiedad. Servidores.

—Uh. Mejor morirse de sed. ¿Dónde estamos? ¿En la caja voladora?

—Estás en lo cierto.

—No veo a Clave. Ni a Merril.

—Acertaste otra vez.

—Me siento estupendamente —dijo Gavving—. ¿Por qué me siento tan bien? Quizá había algo en las espinas, parecido al borde rojo de un hongo-abanico.

—Puede.

—No estás muy hablador.

—No quiero perderme nada —dijo el Grad—. Si consigo averiguarlo cómo se llega al Árbol de Londres, puede que sepa cómo salir. Hay algunos ciudadanos de la Tribu de Carther que están dispuestos a que nos unamos a ellos. Gavving se volvió hacia Minya. Hablaron entre sí durante mucho rato. El Grad no intentó escucharlos. Además, había mucho ruido. El rugiente silbido había amainado, pero el canto del viento aún era bastante notable.

—Demasiados cambios —dijo Minya.

—Lo sé.

—No puedo sentir nada. Quiero tener hambre, pero no puedo.

—Estaremos drogados.

—No es eso. Yo era Minya, del Pelotón de Triuno de la Mata de Dalton-Quinn. Me perdí en el cielo y me moría de sed. Te encontré y me casé contigo y me uní a la Gente de la Mata Oscura. Nos atamos y navegamos con un moby y nos descolgamos hasta una jungla. ¿Ahora qué somos? ¿Copsiks? Son demasiados cambios. Demasiados.

—De acuerdo, yo mismo estoy un poco confuso. Lo superaremos. No pueden mantenernos drogados para siempre. Tú todavía eres Minya, la luchadora enloquecida. Sólo… que debes olvidarlo hasta que lo necesites.

—¿Qué van a hacer con nosotros ahora?

—No lo sé. El Grad habla de escapar. Pienso que lo mejor es esperar. Todavía ignoramos muchas cosas.

En alguna parte, Minya encontró una carcajada.

—Por lo menos no moriremos vírgenes.

—Nos hemos encontrado el uno al otro. Podíamos haber muerto, pero hasta ahora eso no ha ocurrido. Estamos yendo hacia un árbol, y se mueve por sí mismo. Nunca veremos otra sequía. Podía haber sido peor. Ha sido peor… creo que me gustaría poder ver a Clave.

Su entorno era oscuro y húmedo. Los relámpagos marcaban un sendero lleno de meandros a través de la proa. El vehículo estaba dando media vuelta. El viento soplaba desde sus pies. En aquella dirección, una forma tupida se estaba formando.

—Allí —dijo Minya.

El rugido de los motores se reinició.

Gavving estuvo observando algún tiempo antes de convencerse de que se trataba de la mata de un árbol integral.

Nunca había podido ver un árbol desde una posición tan ventajosa. Se estaban acercando a la rama. La mata era muy verde y parecía más saludable de lo que lo había sido la Mata de Quinn, y el follaje llegaba muy lejos a través de la rama. La cola de madera desnuda soportaba una plataforma horizontal también de madera tallada, que evidenciaba un trabajo muy laborioso.

El rugido de la ciencia en acción fluctuaba, subía y bajaba, mientras la caja volante se instalaba sobre la plataforma. Un gran arco había sido tallado a través de la misma rama, uniendo ambos extremos de la plataforma. En el extremo del oeste, donde el follaje empezaba a brotar, había sido tejida una gran choza.

El rugido silbante murió.

Las cosas pasaron muy deprisa. La gente salió saltando de la choza. Más personas aparecieron de debajo, quizá del interior de la caja volante. Los ciudadanos del Árbol de Londres no tenían el increíble tamaño de los habitantes de los bosques. Algunos vestían prendas de colores chillones, muchos otros con el rojo de las bayas de la mata, y los hombres tenían las caras lisas y afeitadas, limpios de pelo. Se amontonaron ante lo que era en aquel momento el techo de la caja volante y empezaron a soltar a los prisioneros.

Jinny, Jayan, Minya y la mujer alta de la Tribu de Carther fueron liberadas una tras otra y escoltadas desde el techo del vehículo. Por un tiempo, no pasó nada más.

Primero se llevan a las mujeres. La droga de las agujas todavía lo mantenía calmado, pero aquella circunstancia no preocupaba a Gavving. No podía ver lo que estaba pasando en el saliente. En aquel momento lo liberaron de la red, y lo sacaron del techo.

Por alguna razón había esperado una gravedad normal. Pero allí no había más que un tercio de la fuerza gravitacional de la Mata de Quinn. Fue arrastrado hacia abajo.

Los ojos de Alfin se desorbitaron cuando los cazadores de copsiks lo dejaron en libertad. Los volvió a cerrar cuando pisó la plataforma. Gruñó una protesta, luego se volvió a dormir. Dos hombres vestidos del rojo de las bayas de la mata lo levantaron y se lo llevaron.

Un cazador de copsiks, una mujer de cabellos dorados de unos veinte años, con una cara hermosa y triangular, cogió la lectora y las cintas grabadas del Grad.

—¿A quién de vosotros le pertenece todo esto? —preguntó.

El Grad habló por encima de la cabeza de Gavving; casi estuvo a punto de caer.

—Son mías.

—Ven conmigo —le ordenó—. ¿No sabes andar? Eres bastante bajo para ser un habitante de los árboles.

El Grad se tambaleó cuando llegó al suelo, pero consiguió enderezarse.

Puedo andar.

—Espérame. Vamos a usar el mac para llegar a la Ciudadela.

Rodeados de extraños, Gavving y Alfin fueron conducidos a la gran choza. Los ojos del Grad los siguieron, y Gavving hubiera querido despedirse con la mano, pero sus muñecas aún estaban atadas. Un hombre más bien pequeño, de aspecto meticuloso, vestido de rojo, que llevaba entre sus brazos una carcasa de pájaro de su tamaño— les dijo:

—Lleva esto. ¿Sabes cocinar?

—No.

—Vamos. —La mano del copsik le empujó ligeramente por la espalda. Se movieron en aquella dirección, hacia donde la aleta florecía entre la mata. Pero, ¿dónde estaban las mujeres?

La caja volante le bloqueaba el campo de visión. Pese a todo, pudo ver a las mujeres a través del arco, en el otro saliente. Minya empezó a debatirse, gritando.

—¡Esperad! ¡Aquel es mi marido!

La droga lo retenía, pero Gavving depositó el pájaro entre los brazos del copsik, haciéndole tambalearse hacia atrás bajo el peso, mientras intentaba salir hacia Minya. Nunca llegó a completar el primer paso. Dos hombres se abalanzaron sobre él desde ambos lados y lo agarraron de los brazos. Debían haber estado esperando aquel movimiento. Uno le golpeó en la cabeza con tanta fuerza que el mundo empezó a girar. Le llevaron a empellones hasta la choza.

El copsik estudiaba a Lawri mientras esta le estudiaba a él. Era delgado, con músculos fibrosos; tres o cuatro cémetros más alto que Lawri, y de no mucha más edad. Su rubio cabello y barba habían sido mal recortados. Estaba sucio de la cabeza a los pies. Una línea de sangre seca le corría desde la ceja derecha hasta el extremo de la mandíbula. Tenía el aspecto de un copsik que hubiera llegado del cielo dando vueltas en una plancha de corteza. Y podría identificarlo con un hombre de ciencia.

Pero sus ojos eran inquisitivos; la estaban juzgando. Le preguntó:

—Ciudadana, ¿qué les pasará a ellos?

—Llámame Aprendiz del Científico —dijo Lawri—. ¿Quién eres?

—Soy el Científico de la Tribu de Quinn —dijo.

Ella se rió.

—¡Me resultará difícil llamarte Científico! ¿No tienes un nombre?

El Grad se erizó, pero le contestó.

—Lo tuve. Jeffer.

—Jeffer, los otros copsiks ya no te conciernen. Vamos a abordar el mac y quedarnos fuera del camino de los pilotos.

El Grad dijo estúpidamente:

—¿Mac?

Ella dio una palmada en su flanco metálico y pronunció las palabras como si hubiese estado dando una clase.

—Módulo de Arreglo y Carga. Mac. ¡Dentro!

Atravesaron ambas puertas y avanzaron unos pocos pasos más allá, hasta que el Grad se detuvo, boquiabierto, intentando mirar en todas direcciones a la vez. De momento, Lawri le dejó hacerlo. No podía censurárselo. Unos cuantos copsiks también miraban el interior del mac.

Había dispuestas diez sillas alrededor de una enorme ventana curvada provista de un grueso cristal. Las imágenes que se reflejaban no eran las que había detrás del cristal, ni tampoco los reflejos de la sala. Debían estar en el propio cristal: número y letras y líneas dibujadas en azul y amarillo y verde.

Detrás de las sillas había treinta o cuarenta metros de espacio vacío, unas barras dispuestas a girar saliendo de las paredes y del suelo y del techo, y numerosos bucles metálicos: anclajes para sujetar la mercancía contra el desigual impulso de los motores. Incluso así, la cabina sólo era la quinta parte del tamaño total del… mac. ¿Cómo sería el resto?

Cuando el mac se movió, echó llamas por las ventanillas traseras al acelerar. Parecía que algo debía arder para mover el mac… un buen montón de lo que fuese, incluso podía ocupar más que el propio volumen del mac… y bombas que movían el combustible, y misterios cuyos nombres habían vislumbrado en las cintas grabadas: posición de los cohetes, sistema de soporte vital, computadora, sensor de masa, láser eco…

La calma le abandonó cuando la aguja casi había abandonado su sangre. Empezaba a asustarse. ¿Podría aprender a leer aquellos números en el cristal? ¿Tendría la oportunidad de hacerlo?

Un hombre vestido de azul se repantigó ante la ventana en la caja. Un hombre huesudo y talludo, era alto incluso sentado en la silla; lo que podía haber sido una cabeza inclinada le asomaba entre los omoplatos. La Aprendiz del Científico le habló amistosamente.

—Por favor, llévanos a la Ciudadela.

—No tengo órdenes al respecto.

—¿Sólo necesitas órdenes? —Su voz era casual, perentoria.

—No tengo órdenes, todavía. La Armada está interesada en esos… artículos científicos.

—Si quieres estar seguro, confíscalos. Y yo le diré al Científico lo que ha pasado con ellos en cuanto tenga permiso para hablar con él. ¿También vais a confiscar al copsik? Dice que sabe cómo hacerlos funcionar. Quizá lo mejor sería que me confiscaras también a mí, por hablar con él.

El piloto parecía nervioso. Sus miradas hacia el Grad eran venenosas. Un testimonio de su disconformidad… Se decidió.

—La Ciudadela, de acuerdo. —Sus manos se movieron.

La chica, prevenida, se había agarrado al respaldo de la silla. El Grad no. La sacudida lo desequilibró. Se tuvo que agarrar a algo para no caer. Una manija en la pared trasera: giró entre sus manos, y agua sucia se derramó por la boquilla. Le dio la vuelta rápidamente y se encontró con la mirada crítica de la chica.

Tras lo que quizá fueron veinte latidos, el piloto levantó los dedos. El familiar rugido silbante —apenas audible a través del metal de las paredes, pero aún temiblemente extraño— se acalló. El Grad se dirigió de inmediato hacia una de las sillas.

El mac estaba alejándose de la meta, hacia el este y hacia afuera. ¿Estaban dejando el Árbol de Londres? ¿Por qué? No lo preguntó. Se sentía demasiado suspicaz para hacerse el loco. Miró las manos del piloto. Símbolos y números brillaban en la ventana y en el panel que había bajo él, pero el piloto sólo tocaba el panel, y sólo lo azul. Pudo sentir la respuesta cambiando el sonido y cambiando la gravedad. ¿Lo azul mueve él mac?

—Jeffer. ¿Cómo te has hecho esas heridas? —La chica rubia hablaba como si no la importara excesivamente.

¿Heridas? Oh, la cara.

—El árbol se desmanteló —dijo—. Fue como si cayéramos muy lejos del Anillo de Humo. Estuvimos muy cerca de Gold hace ya unos años.

Aquello tocó la vena curiosa de Lawri.

—¿Qué pasó con la gente?

—Todos los habitantes de la Mata de Quinn debieron morir, excepto nosotros. Ahora, sólo quedamos cinco de nosotros, Debo aceptar que Clave y Merril también se han ido.

—Me contarás eso más tarde. —Dio una palmada a lo que llevaba—. ¿Qué es esto?

—Cintas grabadas y una lectora. Grabaciones.

Lawri lo estuvo pensando más tiempo del que parecía necesario. Luego intentó colocar una de las cintas del Grad en una abertura frente al piloto.

—Eh —dijo el piloto.

—Ciencia. Es una de mis prerrogativas —dijo Lawri. Apretó dos botones. (Botones, accesorios permanentes en una hilera de cinco: amarillo, azul, verde, blanco, rojo. El panel era de un blanco distinto, salvo por el transitorio resplandor de luces en su interior. Un toque en el botón amarillo hizo que todas las luces amarillas desaparecieran; el botón blanco erigió nuevos símbolos blancos)—. Prikazyvat Menú.

La familiar tabla de contenidos apareció dentro del cristal: impresión blanca fluyendo hacia arriba. Lawri eligió la cassette de cosmología. El Grad sintió que sus manos se crispaban para estrangularla. ¡Clasificado, clasificado! ¡Mío!

—Prikazyvat Gold. —La pantalla cambió. El piloto estaba agarrotado, lleno de aterrorizada fascinación, incapaz de mirar a otra parte. La Aprendiz del Científico le preguntó al Grad—: ¿Puedes leerlo?

—Ciertamente.

—Léelo.

—El Mundo de Goldblatt probablemente se originó de un cuerpo parecido a Neptuno, un gigantesco mundo gaseoso en el halo cometario que rodea la Estrella de Levoy y Te-Tres, alejado cientos de miles de millones de kilómetros… klomters hacia afuera. Una supernova puede vomitar su envoltura exterior asimétricamente debido a que esté atrapada en un campo magnético, dejando a la subsiguiente estrella de neutrones con una velocidad alterada. Todas las órdenes planetarias se alteran. En el escenario de Levoy, el Mundo de Goldblatt podría haber pasado muy cerca de la Estrella de Levoy, con su per… perihelio situado actualmente en el interior del Límite de Roche de la estrella de neutrones. Las fuertes mareas de Roche pueden deformar la órbita rápidamente dentro de un circuito. El planeta puede continuar perdiendo la atmósfera incluso en el momento actual, reemplazando los gases perdidos desde el Anillo de Humo y el torus de gas al espacio interestelar.

«Goldblatt estima que Levoy se convirtió en supernova hace mil millones de años. El planeta debe haber estado perdiendo atmósfera todo ese tiempo. En su presente estado, el Mundo de Goldblatt desafía cualquier tipo de descripción: un corazón del tamaño de un mundo de roca y metales…

—Basta. Muy bien, puedes leer. ¿Puedes entender lo que lees?

—Eso no. Puedo adivinar que la Estrella de Levoy es Voy y que el Mundo de Goldblatt es Gold. El resto… —El Grad se encogió de hombros. Miró al piloto, y éste vaciló, pareció encogerse dentro de sí mismo.

Juegos de dominación. La Aprendiz del Científico había asaltado la mente del piloto con las maravillas y el lenguaje críptico de la ciencia. En aquel momento, dijo:

—Tenemos esos datos en nuestras propias cintas, palabra por palabra, por lo menos por lo que puedo recordar. Espero que traigas algo nuevo.

Una sombra se estaba coagulando en la niebla plateada que los envolvía. Estaban regresando hacia el Árbol de Londres.

El camino en caída libre del mac se había torcido hacia la parte media del árbol. Este te lleva hacia afuera. Fuera te lleva al Oeste… Tenía muchas ganas de saber cómo volaba el mac. Debía aprenderlo. Aprendería a volar en aquella cosa, o acabaría sus días como copsik.

Allí se alzaban unas estructuras. Grandes vigas de madera formaban un cuadrado. En su interior, cuatro chozas en una columna, no de follaje tejido, sino de madera labrada. Cables y tubos bajaban a lo largo del tronco en ambas direcciones, tan lejos al menos como hasta donde el Grad pudo seguirlos. Un estanque estaba tocando el tronco: un glóbulo plateado anclado a la madera, y parecía extraño. ¿Un sencillo estanque en aquella región llena de bruma? Hombres vestidos de rojo se movían a su alrededor, alimentándolo con agua que transportaban en vainas de semillas. Debía ser artificial.

¡Con todas aquellas estructuras artificiales, el Árbol de Londres conseguía que la Mata de Quinn pareciera bárbara! Sería prudente…

—Aprendiz del Científico, ¿cortáis la madera para esas estructuras del propio árbol?

Lawri le contestó sin mirarlo siquiera.

—No. Las traemos de otros árboles integrales.

—Bien.

Entonces sí se volvió, sorprendida y molesta. El Grad no había querido juzgar el Árbol de Londres. El Grad se estaba ganando la antipatía de la Aprendiz del Científico… cuando lo único que había Querido era efectuar una comprobación. Si ella se comportaba como un ciudadano típico frente a un copsik, aquello auguraba una mala racha para la Tribu de Quinn.

El tronco se acercaba a ellos, muy deprisa. El Grad se sintió más tranquilo cuando oyó encenderse los motores y sintió que el mac aminoraba la marcha. Aquellas vigas de madera podían ajustarse exactamente con el extremo acristalado del mac… y aquello era precisamente lo que el piloto estaba haciendo, pulsando las luces azules, encuadrando la ventana en el marco de madera. Observa sus manos.

Catorce — La boca del Árbol y la ciudadela

En la gran choza las mujeres fueron desvestidas hasta la desnudez y examinadas por dos mujeres más altas que las humanas, tanto como Usa, la de la Tribu de Carther. Sus largos cabellos eran blancos y tan ligeros que casi dejaba el cuero cabelludo al descubierto. Su piel parecía haberse blanqueado sobre los huesos. Cuarenta o cincuenta años de edad, pensó Minya, aunque era difícil saberlo; su aspecto era extraño. Vestían ponchos con el color escarlata del jugo de las bayas, cerrados entre las piernas. Su forma de andar era relajada, producto de la práctica. Minya pensó que debían haber malgastado muchos años en la gravedad del Árbol de Londres.

—Parece que la gente vive aquí mucho tiempo —le susurró a Jayan, y Jayan asintió con la cabeza.

Las supervisoras no contestaban preguntas, aunque hacían muchas.

Las encontraron sucias y heridas, pero no enfermas. Curaron las magulladuras de Minya, y le avisaron brusca-diente de que tuviera cuidado de no ofender a los ciudadanos en el futuro. Minya sonrió. ¿Ofender? Minya estaba segura de que le había roto el brazo a un hombre antes de que la dejaran inconsciente a garrotazos.

Usa estaba ostensiblemente embarazada. Jayan también se declaró encinta, para la obvia sorpresa de Minya, y le hicieron reunirse con Usa. Minya agarró a Jinny por el brazo, temiendo que pudiera empezar una inútil batalla con su gemela.

Una de las supervisoras notó la congoja de Jinny.

—Todo irá bien —dijo—. Llevan huéspedes. Uno de los aprendices del Científico las verá luego. Tampoco a los hombres los dejaron estar cerca de ellas.

¿A causa de qué? Pero la mujer no dijo nada más. y Minya tuvo que esperar.

El Grad miraba a través de las pequeñas ventanas; la gran ventana daba sobre la arrugada corteza a cuatro cémetros de distancia. Afuera estaban pasando cosas.

Un hombre con una túnica blanca hablaba a unos hombres vestidos con ponchos azules o rojos que parecían amplios sacos. Después todos ellos se abalanzaron a lo largo de la corteza hacia la más baja de las columnas de chozas.

—¿Quién es? —preguntó el Grad.

La Aprendiz del Científico no se dignó a contestar. El piloto se lo dijo.

—Es Klance, el Científico. Tú nuevo propietario. No hay que sorprenderse, piensa que posee el árbol entero.

Klance el Científico iba hablando consigo mismo mientras se aproximaba al mac. Su blanca túnica le llegaba justo por debajo de las caderas; los extremos de un suelto poncho de ciudadano se asomaban por debajo. Era alto para ser un habitante de árbol, y se inclinaba sobre un voluminoso vientre. No es un luchador, pensó el Grad —la cuarentena, de músculos flojos. Su cabello era abundante y blanco, la nariz afilada y curvada en forma convexa. Un momento después, el Grad pudo escuchar su voz cortando el aire.

—Lawri. —Aguda, portadora de un perentorio chasquido.

El piloto pulsó el botón amarillo y plantó las yemas de dos dedos sobre el modelo resultante de líneas amarillas (recuérdalo), adelantándose a Lawri. Las dos puertas del mac giraron hacia afuera y hacia adentro.

El Científico todavía estaba hablando cuando entró.

—Quieren saber cuándo podré mover el árbol. Malditos locos. Apenas acabo de llenar el depósito. Si nos movemos ahora el agua podría empezar a flotar lejos de nuestro alcance. Primero tenemos que… —Se detuvo. Sus ojos se fijaron en la espalda del piloto (el piloto todavía no había terminado de darse la vuelta), luego en el Grad, luego en Lawri—. ¿Bien?

—Es el Científico de la tribu destruida. Traía esto. —Lawri levantó las cajas de plástico.

—Vieja ciencia. —Sus ojos se volvieron avariciosos—. Cuéntamelo después —dijo—. Piloto.

El hombre de la Armada volvió la cabeza.

—¿Está el mac dañado de alguna forma? ¿Se ha perdido algo?

—Ciertamente que no. Si necesitas un informe detallado…

—No, con eso vale. El resto del grupo de la Armada está esperando el ascensor. Pienso que todavía tendrás tiempo para abordarlo.

El piloto asintió rígidamente. Se levantó y se propulsó hacia las puertas gemelas. Estuvo a punto de rozar al Científico, que se mantuvo en su lugar; luego, se impulsó a través de las puertas y desapareció.

El Científico pulsó las luces amarillas. En la ventana se alzó una pantalla.

—Los tanques de combustible están casi secos. Habrá que llenarlos para varias semanas. Aparte de eso… todo parece bien. Lawri, quiero que me des un informe detallado, pero cuéntame ahora mismo si ha pasado algo.

—Parece que sabe lo que se hace. No me gusta el alimentador de árboles, pero no se ha dado ningún golpe con una piedra. El grupo de saqueo estaba volviendo con esto, y con él. El Científico tomó uno de los objetos de plástico que Lawri le ofrecía.

—¡Una lectora! —susurró—. Me traes un tesoro. ¿Cuál es tu nombre?

El Grad titubeó, luego contestó: —Jeffer.

—Jeffer, estoy esperando oír tu historia. Primero nos lavaremos a fondo. Durante años he temido que la Armada perdiera mi mac, con lectora y todo. No puedo decirte lo que me gusta tener una de reserva.

La gravedad era más ligera. Por otra parte, Minya no quería decir nada en el Árbol de Londres acerca de su propia mata. Allí había la misma penumbra verdosa, los mismos aromas vegetales. Túneles de enramada corrían a través del follaje sin que nadie pasase por ellos. Las mujeres altas las conducían en silencio. Jinny y Minya las seguían. Nadie las adelantó.

Todavía estaban desnudas. Jinny caminaba encorvada, como si aquello la pudiera tapar. No había hablado desde que Jayan había sido apartada. Minutos después, el túnel desembocó en una gran cavidad, iluminada por la deslumbrante luz del día en el extremo más lejano.

—Jinny. ¿Los Comunes eran así de grandes en la Mata de Quinn?

Como por obligación, Jinny miró a su alrededor, y no pareció reaccionar.

—Los nuestros tampoco. —La cavidad rodeaba el tronco y todo el camino que había hasta la boca del árbol. Más allá, pudo ver el cielo vacío. Las sombras eran extrañas, con el azul teñido de la luz de Voy brillando por debajo. En la Mata de Dalton-Quinn siempre lo hacía por encima.

Todo el follaje había sido desarraigado. ¿Acaso no temían los cazadores de copsiks matar el árbol? ¿O les bastaba con sólo desplazarse a otro?

Treinta o cuarenta mujeres habían formado una hilera para la comida. Muchas iban cargadas con niños: tres años, o incluso más pequeños. Ignoraron a Minya y a Jinny cuando estas pasaron a su lado, hacia la boca del árbol.

—Dime qué es lo que más te preocupa —dijo Minya. Pasaron varias inhalaciones antes de que Jinny contestara. Luego dijo:

—Clave. No iba en la caja. Todavía debe estar en la jungla.

—Jinny, tendrá que curarse la pierna antes de poder hacer algo.

—Lo perderé —dijo Jinny—. Volverá, pero lo perderé. Jayan espera un hijo suyo. Nunca más será mío.

—Clave os ama a las dos —dijo Minya, pensando que ella no tenía ni la más remota idea acerca de los sentimientos que Clave pudiera tener en aquellos momentos. Jinny sacudió la cabeza.

—Pertenecemos a los cazadores de copsiks, a los hombres. Mira, siempre están ahí.

—Minya frunció el ceño y miró a su alrededor. ¿Estaba Jinny imaginando cosas…? Su mirada percibió algo en la verde curvatura que sobremontaba los Comunes, una forma oscura oculta entre las sombras y el follaje. Luego vio otras dos más… cuatro, cinco… hombres. No dijo nada.

Las llevaron hasta la entrada de la boca del árbol, casi debajo de la gran reserva montada donde la rama emergía del tronco. Minya miró hacia abajo. Despojos, basura… dos cuerpos en una plataforma, completamente cubiertos de ropa. Cuando Minya se apartó, las mujeres que las escoltaban se habían quitado los ponchos.

Las habían tomado por los brazos y las habían llevado junto al gran estanque. Una de las supervisoras tiró de una cuerda, y el agua cayó como en una inundación en miniatura. Minya se estremeció, impresionada. Las mujeres tenían una especie de masa, y una empezó a frotarla en el cuerpo de Minya, amasándola sobre ella.

Minya nunca antes había sabido lo que era el jabón. Estaba atemorizada, era algo extraño. Las supervisoras también se enjabonaron, luego dejaron que la inundación volviera a producirse. Después de que se hubieron secado con sus propias ropas, se las pusieron. A Minya y a Jinny las dieron unos ponchos escarlatas.

La espuma de jabón les había dejado la piel extraña. Minya tuvo pocos problemas para ponerse el poncho; pese a que la apretaba un poco entre las piernas, parecía confortablemente holgado. ¿Estaría hecho para la gente más voluminosa de la jungla? Esto la preocupaba más que el color rojo de las bayas de la mata. Allí, los copsiks vestían de rojo; en su hogar, los ciudadanos vestían de rojo. Minya había llevado mucho tiempo aquel color.

Sus escoltas las abandonaron mientras servían la mesa. Cuatro cocineras —también mujeres altas— servían un estofado de vegetales de vida terrestre y carne de pavo en unos tazones de bordes curvados hacia adentro. Minya y Jinny se sentaron en un elástico brazo del follaje y se pusieron a comer. El alimento era más blando que el que se comía en la Mata del Dalton-Quinn.

Otra copsik se sentó junto a ellas: dos metros y medio de estatura, mediana edad, con facilidad para caminar en la gravedad del Árbol de Londres. Le habló a Jinny. —Parece que sabes andar. ¿Eres de un árbol? Jinny no contestó. Minya lo hizo en su lugar. —De un árbol que se desintegró. Soy Minya Dalton-Quinn. Esta es Jinny Quinn.

—Heln —dijo la desconocida—. Sin apellido por ahora. —¿Llevas aquí mucho tiempo?

—Diez años aproximadamente. Solía usar el de Carther. Sigo esperando… bien. —¿El rescate? Heln se escogió de hombros.

—Sigo pensando que intentarán algo. Naturalmente, no pueden. Además, ahora tengo hijos. —¿Casada? Heln la miró.

—Ellos no te lo dicen. De acuerdo, ellos no te dicen nada. Los ciudadanos son nuestros propietarios. Cualquier hombre que lo desee puede ser nuestro propietario.

—Yo… pensaba algo parecido a eso. —Minya sólo movió los ojos hacia las sombras de las cercanías. Y ellos la habían visto desnuda…—. ¿Qué estaban haciendo? ¿Eligen?

—Eso es. —Heln levantó la vista—. Come deprisa si quieres terminar. Dos hombres sombríos se acercaban hacia ellas, paseando despreocupadamente a lo largo del entramado de ramajes que formaba el suelo.

Minya los observó sin dejar de comer. Se detuvieron a varios metros de ellas, esperando. Sus ponchos eran más ceñidos que los de las mujeres y de variados y vivos colores. Miraban a las mujeres y hablaban entre sí. Minya pudo oír:

—…una de las heridas ruinas de Karal…

Heln los ignoró. Minya intentó hacer lo mismo. Cuando su tazón estuvo vacío, preguntó:

—¿Qué hay que hacer con esos?

—Dejarlos —dijo Heln—. Si ningún hombre te toma, te mandan a las cocinas. Pero me parece que tendrás compañía. Te pareces a los ciudadanos. —Hizo una mueca—. nosotros nos llaman gigantes de la jungla.

Demasiados cambios. Hacía tres sueños, ningún hombre en su universo local se habría arriesgado a tocarla. ¿Qué harían si se resistía? ¿Qué pensaría Gavving de ella? Aunque más tarde pudieran escapar…

Si se iba paseando hasta la boca del árbol, pensó Minya, ¿podría alguien pararla? Ella podría «alimentar el árbol». Una corta carrera hasta más allá de la boca del árbol y un impulso la llevarían al cielo antes de que nadie pudiera reaccionar. Ya había estado perdida en el cielo y sobrevivido…

¿Pero cómo alertar a Gavving para que saltara también? Quizá no tuviera oportunidad de hacerlo. O quizá él pensara que aquella idea era una locura.

Era una locura. Minya la desechó. Y los hombres empezaron a pasear para reunirse con ellas.

La primera comida del Grad en la Ciudadela fue sencilla pero extraña. Recibió una calabaza con una hendidura de buen tamaño cortada en ella y una calabaza vaciada para los líquidos, y un tenedor de dos dientes. Un espeso estofado, transportado desde la lejana mata, y que se había enfriado en el camino a la Ciudadela. Pudo reconocer dos o tres de los ingredientes. Le hubiera gustado preguntar lo que estaba comiendo, pero era Klance quien hacía las preguntas.

Una de las primeras fue:

—¿Te enseñaron medicina?

—Ciertamente. —La palabra salió de su boca antes de que su mente pudiera mentir.

Lawri parecía dubitativa. Klance el Científico rió.

—Eres demasiado joven para estar tan seguro. ¿Has trabajado con niños? ¿Cazadores heridos? ¿Mujeres enfermas? ¿Mujeres con huéspedes?

—Con niños, no. Con mujeres con huéspedes, sí. Cazadores heridos, sí. También he tratado enfermedades de la malnutrición. Siempre supervisado por el Científico. —Su mente embalada le decía lo que tenía que contarle a Klance. De hecho, sí había trabajado con niños; había inspeccionado en una ocasión a una mujer embarazada; había colocado el hueso de la pierna de Clave. El viejo cazador de copsiks no me dejara practicar en los ciudadanos, ¿verdad? ¡Primero quiere probarme con los copsiks! Con mi propia gente… Klance seguía hablando.

—Aquí no tenemos malnutrición, gracias al Controlador. ¿Cómo fue que llegasteis a la jungla?

—De manera imprevista. —Comiendo una comida extraña, con extraños ingredientes en concentración de caída libre. No podía dejarse pillar por una distracción; al Grad le alegraba tener una oportunidad de hablar. Se comió lo que le habían dado y contó la historia de la destrucción de la Tribu de Quinn.

El Científico le interrumpió con preguntas sobre la Mata de Quinn, sobre cómo atendían la boca del árbol, los hongos, los relámpagos, el dumbo, el moby, los insectos y la zona media del árbol. Lawri parecía fascinada. Sólo estalló una vez, para preguntar cómo se luchaba contra los pájaros espada y los triunos. El Grad se refirió a Minya y Gavving. Quizá ella pudiera saber dónde se encontraban.

La comida concluyó con una amarga infusión negra que el Grad rechazó; y continuó hablando. Cuando acabó, estaba ronco.

Klance el Científico chupó la pipa —más corta que la que usaba el Presidente de la Tribu de Quinn— y nubes de humo derivaron lentamente por la habitación hasta desaparecer. La habitación era más una jaula de madera que una choza; había estrechas ventanas por todas partes, y tablas que podían girarse para cubrirlas. Klance habló.

—Ese hongo gigante tiene propiedades alucinógenas, ¿no?

—No conozco la palabra, Klance. —El borde rojizo os hizo sentiros raros pero bien. ¿Quizá esa era la razón por la que lo protegían?

—No lo creo. Había muchos hongos iguales. Aquel era más grande y estaba mejor formado y tenía un nombre especial.

—La Mano del Controlador. Jeffer, ¿habías oído antes la palabra Controlador?

—Mi abuela la empleaba para decir «El alimentador del árbol debe pensar que es el Controlador en persona» cuando quería hacer enfadar al Presidente. No la he oído en ninguna otra parte…

El Científico tomó la lectora del Grad y una de sus propias cintas grabadas.

—Me parece recordar…

CONTROLADOR. Oficial encargado de vigilar que un ciudadano o grupo de ciudadanos permanezcan leal al Estado. La responsabilidad del Controlador incluyen las acciones, actitudes, y el bienestar de aquellos que le han sido confiados. Él Controlador que viaja a bordo del Disciplina es la grabación de Sharls Davis Kendy en el computador maestro de la nave.

—Eso es estrictamente material de hombre estelar. El Estado… me tomó cuatro días leer el registro sobre el Estado. ¿Lo conoces?

—Sí. Gente extraña. Tengo el sentimiento de que podían vivir más tiempo que nosotros.

Klance bufó.

—¿Tu Científico nunca se dio cuenta de eso? Tenían años más cortos. Su año era una vuelta completa alrededor de su sol. Nosotros sólo usamos media vuelta, y esos siete quintos de un año del Estado. La verdad es que vivimos un poco más de lo que vivían ellos, y también que crecemos más lentamente.

Escuchar tanto desprecio sobre su maestro hizo que los oídos del Grad se inflamaran. Apenas oyó lo que Klance dijo a continuación.

—Conforme, Jeffer, por ahora debes pensar en mí como en tu Controlador.

—Sí, Científico.

—Llámame Klance. ¿Cómo te sientes?

El Grad contestó cuidadosamente con una verdad a tedias.

Limpio, alimentado, descansado y a salvo. Me sentiría mejor si supiera que el resto de la Tribu de Quinn está bien.

—Se han duchado y comido y bebido y vestido. Sus hijos serán ciudadanos. Lo mismo que tú, Jeffer, te guste o no estar aquí; pero estoy pensando que te aburrirías en la mata.

—Así es, Klance.

—Excelente. Por un tiempo, tendré dos aprendices. Lawri explotó.

—Es algo inaudito que un recién llegado, un prisionero copsik, se quede en la Ciudadela! ¡La Armada…!

—La Armada se puede ir a dar de comer al árbol. La Ciudadela es mía.

Quince — El Árbol de Londres

Gavving estaba en la bicicleta con otros tres copsiks.

No había suficiente gravedad como para mantenerlos sobre los pedales. Unas correas los sujetaban del cinturón que les rodeaba la cintura al marco de la bicicleta. Forzando las piernas hacia abajo y contra los pedales se empujaban tomando impulso con el cinturón. Después de la primera sesión, Gavving pensó que se había quedado tullido para toda su vida. El paso sin fin de los días le había endurecido; las piernas ya no le dolían, y los músculos parecían más fuertes si se los tocaba.

Los engranajes de la bicicleta eran de viejo metal. Chirriaban mientras se movía y emitían un olor como de grasa animal. El marco era macizo, de madera tallada. Había llegado a tener hasta seis grupos de piñones; Gavving podía ver el lugar dónde habían estado dos de ellos, ahora arrancados.

El cuadro permanecía anclado al tronco donde la mata empezaba a hacerse más delgada. El follaje crecía alrededor de los copsiks. Rodeados por el cielo, con la mata por debajo de ellos, podían cortar y comerse un manojo mientras pedaleaban. Trabajaban desnudos, con el sudor corriéndoles por la cara y las axilas.

Muy por arriba a lo largo del tronco, una caja de madera descendía lentamente. Una caja similar subía casi fuera del alcance de su vista.

Gavving dejó que sus piernas siguieran corriendo mientras miraba la caja que bajaba. La idiota tarea que estaba realizando dejaba que sus ojos y oídos y mente trabajasen con libertad.

Había otras estructuras rodeando el tronco. Aquel nivel se utilizaba para la industria, y todos los que habían allí eran hombres. El trabajo del hombre y el trabajo de la mujer nunca parecían mezclarse en el Árbol de Londres, al menos no entre los copsiks. Por lo general, los niños aparecían por allí y les observaban con ojos brillantes y curiosos. Aquel día no había ninguno.

Los ciudadanos del Árbol de Londres debían haber tenido copsiks desde hacía generaciones. Eran habilidosos. Habían separado a todos los miembros de la Tribu de Quinn. Incluso aunque llegara a tener oportunidad de escapar, ¿cómo podría encontrar a Minya?

Gavving, bombeando firmemente, observaba las tormentas que se movían con lentitud alrededor de un apretado nudo en el brazo oriental del Anillo de Humo. Nunca había visto a Gold tan cerca, salvo en el terrible tiempo en que era un niño, cuando Gold se acercó hasta el punto de hacer que todo cambiara.

La jungla se cernía cientos de klomters más allá de la mata: una pelota de pelusa verde de aspecto inofensivo. ¿Qué estás haciendo, Clave? ¿Te ha conseguido tu pierna rota la libertad? Merril, ¿tus piernas contrahechas han servido al fin para algo bueno? ¿O acaso sois copsiks entre los habitantes de la jungla, o habéis muerto?

Durante los últimos ochenta y cinco días, más o menos veinte sueños, el árbol había derivado hacia los bordes orientales del banco de nubes. Le habían dicho, durante el viaje a lo largo del cielo hasta el Árbol de Londres, que el árbol se movía solo. No había tenido ninguna evidencia. La lluvia caía sobre ellos de vez en cuando… seguramente el árbol ya habrían recolectado agua suficiente… El elevador se estabilizó sobre su ranura y empezó a soltar pasajeros. Gavving y los demás dejaron de pedalear.

—Hombres de la Armada —resopló Horse—. Vienen a buscar mujeres.

—¿Cómo? —dijo Gavving.

—Los ciudadanos viven en la mata exterior. Cuando veas bajar una caja y todos sus ocupantes sean hombres, piensa que vienen en busca de mujeres.

Gavving miró otra vez.

—Nueve sueños —dijo Horse. Andaba por la cincuentena, tres cémetros más bajo que Gavving, con una calva y pecosa cabeza y piernas tremendamente fuertes. Había estado conduciendo bicicletas durante dos décadas—. Cuarenta días hasta que nos reunamos con las mujeres. No podéis ni imaginar cómo me pongo cuando lo pienso. —Gavving estaba estrangulando el manillar. Horse vio que se le tensaban los músculos a lo largo de los brazos y dijo—: Chico, lo había olvidado. Yo nunca he estado casado. Nací aquí. Fracasé en las pruebas cuando tenía diez años.

Gavving se obligó a hablar.

—Naciste aquí?

Horse asintió.

—Mi padre era un ciudadano; al menos, eso decía mi madre. ¿Quién va a saberlo?

—Parece probable. Sería más alto si…

—Tate, tate, los chicos de los gigantes de la jungla son tan altos como los ciudadanos.

Esta claro: los chicos que nacían en la jungla eran más altos, pues no había gravedad que los comprimiese.

—¿Cómo son esas pruebas?

—Se supone que no debo decirlo.

—De acuerdo.

El supervisor les gritó.

—¡Pedalead, copsiks! —y lo hicieron.

Seguían bajando pasajeros. Por encima del chirrido de los pedales, Horse dijo:

—Me suspendieron en el examen de obediencia. A veces me alegra no haber tenido que ir.

¿Qué?

—¿Ir?

—A otro árbol. Allí es a dónde se va si se pasan las Pruebas. Eh, estás verde, ¿no? ¿Crees que tus chicos querrían quedarse como ciudadanos si pasaran los exámenes —Pues… sí. —No tenía que haberlo dicho; había admitido que lo aceptaba—. ¿Dónde están los otros árboles? ¿Cuántos hay? ¿Quién vive en ellos? Horse rió quedamente.

—¿Quieres saberlo todo a la vez? Me parece que ahora hay cuatro árboles en flor, en los que se asientan los chicos de cualquier mujer copsik que pasa las pruebas, El Árbol de Londres va entre ellos, comerciando con todo lo que necesitan. Los hijos de cualquier hombre tienen una oportunidad de convertirse en ciudadanos, pero nadie sabe en qué consiste esa oportunidad, ¿lo ves? Una vez, yo pensé que quería ir, pero eso fue hace treinta y cinco años.

»Creía que me elegirían para estar de servicio en la mata exterior. Debería de haber sido elegido. Soy de la segunda generación… y me devolvieron abajo por aquello, y estuve malditamente cerca de perder mis exámenes por golpear a un supervisor. Jorg, ese —Horse señalaba al hombre que pedaleaba en cabeza— lo hizo. Pobre copsik. Nunca sabré lo que hacen los gentiles cuando llegan las Vacaciones.

Gavving todavía no había aprendido a afeitarse sin producirse cortes. No podía elegir. Todos los copsiks se afeitaban. No había visto a ningún hombre con barba en el Árbol de Londres, salvo uno; y aquel era Patry, un oficial de la Armada.

—Horse, ¿por eso hacen que nos afeitemos? ¿Para que así los gentiles no resulten tan destacadamente notorios?

—Nunca lo había pensado. Quizá.

—Horse… tú debes haber visto ya cómo se mueve el árbol.

La risa de Horse hizo que un supervisor volviera la cabeza. Bajó la voz para hablar.

—¿Piensas que eso es sólo una historia? ¡Cambiamos el árbol de sitio una vez cada año! También he estado acarreando agua, para alimentar el mac.

—¿Cómo es eso?

—Es como si la marea tirase oblicuamente. Entonces ir a la boca del árbol es como trepar una colina. Nadie desearía formar parte de ningún grupo de caja en esas circunstancias, y hay que inclinar en sentido contrario los recipientes de comida. Todo el tronco del árbol se inclina un poco…

—Lawri —dijo el Grad—, hay problemas.

Lawri volvió la vista. El estanque estaba agarrado a la corteza como un hemisferio aplastado. El Grad metió la manguera en el agua. Pero el agua se desbordaba hacia el exterior de la manguera formando un collar.

—No te preocupes. Sólo tienes que subirte a la bicicleta y pedalear —le dijo Lawry—. Y no me llames para esas cosas.

El Grad se sujetó con las correas a la silla y empezó a darles vueltas a los piñones. El engranaje movía una bomba. Todo era de materia estelar, metal, descolorido por el tiempo. El collar de agua se fue apretando mientras que esta era succionada por la manguera.

Aquel era un extraño trabajo para el Científico de la Mata de Quinn, o para el Aprendiz del Científico del Árbol de Londres. Pero. ¿Acaso no había dicho Klance que lo mejor sería empezar con los trabajos habituales de los copsiks? Se preguntó qué estaría haciendo Gavving en aquellos momentos. Probablemente preocupándose de su nueva y alienígena esposa… y con razón.

El agua manaba de la manguera mientras Lawri la acarreaba hasta el mac. El Grad no podía ver lo que hacía allí. Estaba pedaleando.

En presencia de Klance, el Grad era igual que Lawri. Pero en cualquier otra circunstancia, Lawri lo trataba como a un copsik, o como a un espía, o como las dos cosas. El Grad estaba limpio, alimentado, vestido. Del resto de la Tribu de Quinn ni siquiera oía rumores. El y Lawri y el Científico exploraban juntos las cintas grabadas en busca del antiguo conocimiento, y aquello era bastante fascinante. Pero no había aprendido nada que le permitiera rescatar a la Tribu de Quinn.

Era de noche. Voy y el sol estaban ocultos tras la mata interior. En la peculiar luz que aquello provocaba, dos desdibujadas corrientes azules se abrían en abanico desde la mata. Si las miraba fijamente, desaparecerían. Se tenía la impresión de que podrían atraparse si se estaba cerca. Casi podían imaginarse formas humanas derramándose como humo de una calabaza. A estribor, el Fantasma Azul. A babor, incluso más difuso, el Niño Fantasma.

El Científico (el Científico) le había dicho que aquellas eran descargas de peculiares energías de los polos de Voy. El Científico las había visto cuando era más joven, pero el Grad nunca había sido capaz de verlas, ni siquiera desde el punto medio del Árbol de Dalton-Quinn.

Estaba sudando. Observaba cómo el elevador trepaba por el árbol hacia su alojamiento. Un hombre de la Armada y dos copsiks emergieron de él. No eran gigantes de la jungla; excepto él mismo, nunca había visto un copsik de primera generación en la Ciudadela. Entraron en el complejo del laboratorio del Científico y dejaron los platos del desayuno que llevaban.

Lawri llamó desde el mac.

—El tanque está lleno.

El Grad se movía con una vivacidad que no sentía, desabrochándose el cinturón, dando una sacudida a la manguera para sacarla del estanque. Había asideros de cuerda, aros de madera, colocados en la corteza que entrelazaban toda la región de la ciudadela. El Grad los usó para llegar hasta el mac, diciendo mientras lo hacía:

—¿Puedo ayudar?

—Sólo enrolla la manguera —contestó Lawri.

Lawri todavía no le había dejado entrar en el mac durante la operación. La manguera debía estar en alguna parte dentro del tanque de agua del mac. Lo llenaban con frecuencia. Pasados un par de días tendrían que llenarlo de nuevo.

El Grad fue enrollando la manguera mientras se iba aproximando al mac. Oyó maldiciones en el interior. Luego Lawri le llamó:

—No puedo mover la maldita consola.

El Grad se reunió con ella en las puertas.

—Enséñame. —¿Es fácil?

Lawri se lo mostró. La manguera estaba sujeta a una cosa en la pared posterior, a la que estaba enroscada.

—Hay que darle vueltas. Así. —Lawri hacía rotar sus manos.

El Grad colocó los pies, agarrando la cosa de metal, apoyando la espalda en ella. La abrazadera se sacudió. Le dio vueltas hasta que la tuvo entre las manos y dejó de girar. La manguera estaba libre. Una bocanada de agua salió de ella. Lawri asintió y se volvió.

—Aprendiz del Científico. ¿Cuál es la función del agua?

—Se descompone —dijo Lawri—. La superficie del mac recoge luz solar y bombea su energía al agua. El agua se descompone. El oxígeno va a un tanque y el hidrógeno al otro. Cuando se unen en los motores, la energía vuelve y consigues el encendido.

El Grad intentaba imaginarse el agua descomponiéndose cuando Lawri preguntó:

—¿Por qué querías saberlo?

—Yo era un Científico. ¿Por qué no me lo explicas?

Lawri pasó rozando a lo largo de los asientos y se colocó en los controles. El Grad sujetó la manguera enrollada en unos artefactos de la zona de carga.

El tanque debía estar detrás de la pared. El mac había estado a punto de quedarse sin combustible… ¿de cuál de los dos ingredientes? De momento, el mac ya debía tener bastante combustible; el estanque artificial se veía considerablemente menguado.

Lawri apretó el botón azul al tiempo que el Grad llegaba hasta ella por la espalda. La pantalla que Lawri estaba estudiando desapareció antes de que el Grad pudiera verla. El casi había olvidado la pregunta cuando Lawri se volvió y le dijo:

—El Científico me interroga sobre todo esto, desde que tenía diez años. Si no contesto adecuadamente, sólo podré conseguir un trabajo bastante sucio. ¡No me gusta tener mis botones apretados, Jeffer, y esa información está clasificada!

—Aprendiz del Científico, ¿quién puede llamarte Lawri?

—Tú no, copsik.

—Eso lo sé.

—El Científico. Mis padres.

—No sé nada sobre vuestras costumbres matrimoniales.

—Los copsiks no pueden casarse.

—Tú no eres un copsik. ¿Tu marido te podría llamar Lawri?

El cierre de aire latió, y Lawri se volvió con cierto alivio.

—¿Klance?

—Sí. Coloca de nuevo la pantalla, ¿quieres, Lawri?

Lawri miró hacia el Grad, luego a Klance.

—Ahora —dijo el Científico. Lawri obedeció. Lo había tenido que hacer: le había enseñado los secretos del Científico a un copsik, pero sólo por obediencia. De nuevo el juego de la dominación. Si realmente hubiera puesto cuidado, habría quitado la manguera ella misma, sin ayuda.

Las luces y números azules eran lo que hacían que el mac se moviera, lo mismo que los verdes controlaban los instrumentos sensores del mac y los amarillos manejaban las puertas y los blancos leían las cintas grabadas… y otras cosas. El Grad estaba seguro de que había más cosas de las que no tenía noticia. ¿Y los rojos? Nunca había visto rojos.

Cada vez que contemplaba aquella pantalla, percibía que algunos números eran más grandes. En aquellos momentos, podía leer 02:1,664. H2: 3,181. Klance asentía con la cabeza en signo de aprobación.

—Listo para salir en cualquier momento. Ahora creo que estamos consumiendo lo que quedaba en la reserva. Jeffer, ven aquí. —Cortó la pantalla azul y encendió la amarilla—. Estos números, pueden decirnos si hay una tormenta que se esté acercando.

—¿Eso qué es?

—Es la presión externa del aire.

—¿Puedes ver que se acerca una tormenta?

—Si se acerca no, si está formándose. Si la presión sube o baja demasiado deprisa, en cosa de un día, más o menos, es que se está formando una tormenta. Esto te permite impresionar a los ciudadanos. Naturalmente, todo está clasificado.

—¿A dónde va el árbol desde aquí? —preguntó el Grad.

—Ahora sale de la lluvia. Después al Árbol de Brighton; hace ya mucho que no nos ven. Grad, tendrás una buena oportunidad de visitar las colonias exteriores y elegir una entre ellas.

—¿Para qué, Klance?

—Para tus hijos, claro está.

El Grad sonrió.

—Klance, ¿cómo voy a tener hijos si me paso la vida en la Ciudadela?

—¿No sabes nada sobre las Vacaciones?

—No he oído nada de eso.

—Bien, cada fin de año, cuando Voy cruza frente al sol, todos los copsiks son reunidos junto a la boca del árbol. Durante seis días hay vacaciones, y en ellos los copsiks se emparejan y hablan y juegan. Incluso la comida llega desde la mata exterior. Las Vacaciones empiezan dentro de treinta y cinco días.

—¿Sin excepciones? ¿Ni siquiera para el Aprendiz del Científico?

—No te preocupes, irás —cloqueó Klance.

Lawri se había dado la vuelta, mostrando la espalda arqueada, con la mata de rubios cabellos flotando a su alrededor. Entonces el Grad se preguntó: ¿Quién podría tener hijos con Lawri? El Científico no parecía ser su amante; el Grad sabía que Klance importaba mujeres copsiks desde la mata interior. Si ella nunca dejaba la Ciudadela… ¿cómo iba Lawri a encontrar a un hombre?

¿Yo?

Un copsik podía tener hijos, pero con Lawri no. Aquello no iba a ayudar. No se atrevía a pensar en Lawri más que como en un enemigo.

Había carne junto a ella cuando se despertó. Ocurría con frecuencia. Minya cambió de posición y evitó rodear con sus brazos al ciudadano que dormía junto a ella. Podría dañarle.

Su movimiento lo despertó. Se dio la vuelta cuidadosamente —tenía un brazo sujeto por vendas al pecho— y dijo:

—Buenos días.

—Buenos días. ¿Cómo está el brazo? —Rebuscó en su memoria para encontrar el nombre.

—Has hecho un buen trabajo con él. Curará.

—Me estaba preguntando por qué has venido conmigo, ya que fui yo quien te lo rompí.

Él hombre frunció el entrecejo.

—Me golpeaste en la cabeza. Mientras Lawri estaba colocando el hueso, pude ver tu cara a dos cémetros de la mía, con los dientes apretados como si me fueras a saltar a la garganta… sí. Así que estoy aquí. —El ceño se aflojó—. Bueno, en otras circunstancias.

—¿Mejores ahora?

—Sí.

El nombre afloró.

—Karal. No me acuerdo de Lawri.

—Lawri no es copsik. Es la Aprendiz del Científico —uno de sus aprendices, ahora— y es quien cuida de los hombres de la Armada cuando están heridos.

¿Uno de sus aprendices? Minya se arriesgó.

—He oído la noticia de que uno era un copsik.

—Sí. Lo he podido ver a distancia, y no parece un gigante de la jungla. ¿Es uno de los vuestros?

—Quizá. —Minya se levantó, poniéndose el poncho—. ¿Nos reuniremos otra vez?

El hombre dudó.

—Quizá… —y añadió—: Sólo faltan ocho sueños para las Vacaciones.

Minya dejó aflorar una sonrisa. ¡Gavving!

—¿Cuánto duran?

—Seis días. Todos los trabajos se paran.

—Bueno, pero ahora tengo que empezar a trabajar.

Karal desapareció entre el follaje y Minya paseó hasta los Comunes. Había perdido la Mata de Dalton-Quinn. Había crecido usando casi las mismas estúpidas diferencias: los grandes Comunes, los omnipresentes supervisores, su propio servilismo. Pero le preocupaban las cosas pequeñas. Había perdido copas de vino y plantas cóptero. Allí no crecía nada más que el follaje y las cuidadosamente cultivadas formas de vida terrestres, como judías y melones y maíz y tabaco, tan minuciosamente reglamentadas como ella misma.

Una docena de copsiks estaban en pie y moviéndose. Minya buscó a Jinny y la encontró junto a la boca del árbol, con sólo la cabeza asomando por encima del follaje mientras alimentaba al árbol.

Los horarios eran flexibles. Si llegabas tarde, trabajabas hasta tarde. Aparte de aquello, los supervisores no molestaban demasiado… ¡pero Minya sí! No hacer nada mal. Sería un copsik ejemplar, al menos hasta que llegara el momento de ser otra cosa.

Intentó recordar los matices de la forma de hablar de Karal. El acento de los ciudadanos era muy peculiar, y ella había estado practicándolo.

La actitud que había adoptado era difícil para Minya. Tenía que dominar sus instintos guerreros: un reflejo condicionado que rechazaba el asalto sexual como a la encarnación de la blasfemia. Pero tenía voluntad de vivir.

Ganó la supervivencia. ¡No haría nada mal!

Jinny se levantó, se colocó el poncho cuidadosamente, y luego echó a correr a toda velocidad hacia el oeste.

—Minya chilló. Estaba demasiado lejos de ella para poder hacer algo más que gritar y señalarla mientras corría. Una pareja de supervisoras, mucho más cercanas, vieron lo que pasaba y también echaron a correr.

Jinny saltó desde un último reborde de follaje, hacia el cielo.

Minya disminuyó su velocidad. Las dos supervisoras (Haryet y Dloris, de rostro endurecido, gigantes de la jungla de indeterminada edad) habían llegado al borde. Dloris hizo girar una cuerda lastrada por encima de su cabeza, por dos veces, y la lanzó. Haryet esperó su turno, luego giró su propia cuerda mientras Dloris tiraba. La cuerda resistió los tirones, luego se tensó bruscamente. Dloris vaciló, desequilibrada.

Minya llegó hasta el borde con tiempo para ver cómo la piedra que había en el extremo de la cuerda de Haryet daba vueltas y enroscaba la cuerda alrededor de Jinny. Dloris lanzó su cuerda mientras Jinny seguía combatiendo con la de Haryet. Jinny se debatía, luego se relajó.

Haryet tiraba de ella.

Jinny se acurrucó, con la cara enterrada en brazos y rodillas. Estaban rodeadas de copsiks. Mientras Dloris les hacía gestos para que se alejaran, Haryet puso a Jinny de espaldas, agarrándola de la barbilla y liberando su cara de la protección de los brazos. Los ojos de Jinny estaban cerrados fuertemente.

—Señora Supervisora —dijo Minya—, un momento de atención.

Dloris miró alrededor, sorprendida por el sonido de la voz de Minya.

—Más tarde —dijo.

Jinny empezó a sollozar. Los sollozos la sacudían lo mismo que la sacudieron el día en que el Árbol de Dalton-Quinn se desmanteló. Haryet esperó un rato, impasible. Luego puso sobre la chica un nuevo poncho y se sentó a observarla.

Dloris se volvió hacia Minya.

—¿Qué pasaba?

—Si Jinny vuelve a intentarlo y lo consigue, ¿puede afectaros de alguna forma?

—Es posible. ¿Y qué?

—La hermana gemela de Jinny está con las mujeres que llevan huéspedes. A Jinny la gustaría verla.

—Eso está prohibido, —dijo la gigante de la jungla cansadamente.

Cuando los ciudadanos hablaban así, Minya había aprendido a ignorar lo que decían.

—Estas chicas son gemelas. Han estado juntas toda su vida. Necesitan estar juntas unas cuantas horas para poder hablar.

—Ya te lo he dicho, está prohibido.

—Ese es vuestro problema.

Dloris la miraba exasperada.

—Vete con el destacamento de basura. No, espera. Primero habla con esta, Jinny, si quiere hablar.

—Sí, Supervisora. Y me gustaría ser investigada para embarazo cuando lo estimes oportuno.

—Más tarde.

Minya empezó a hablar directamente junto al oído de Jinny.

—Jinny, soy Minya. Le he hablado a Dloris. Intentará que puedas reunirte con Jayan.

Jinny estaba apretada como un nudo.

—Jinny. El Grad lo hará. Está en la Ciudadela, donde vive el Científico.

Nada.

—Sólo aguanta, ¿podrás? Aguanta. Algo pasará. Procuraremos hablar con Jayan, quizá ella ha aprendido algo, —comida de árbol, debía encontrar algo que decir…—, averiguar dónde tienen a las mujeres embarazadas, enterarnos de si el Grad las examina. Puede que lo haga. En ese caso, le diremos que nosotras resistimos. Esperando.

Jinny no se movía. Su voz era apagada.

—De acuerdo, te escucho. Pero no puedo levantarme. No puedo.

—Eres más dura de lo que piensas.

—Si otro hombre me obliga a hacerlo, lo mataré.

Algunas eran mujeres luchadoras, pensó Minya. Pero no dijo aquello cuando habló.

—Espera. Espera hasta que podamos matarlos a todos.

Tras una larga pausa, Jinny se desenroscó y se levantó.

Dieciséis — Estruendos de motín

Gavving se despertó al sentir que le tocaban en el hombro. Miró a su alrededor sin moverse.

Había tres pisos de hamacas, y Gavving estaba en la más alta. La luz del día creaba en la puerta la negra silueta de un supervisor. Parecía haberse caído de pie mientras dormía: una cosa muy fácil en la baja gravedad del Árbol de Londres. En la penumbra de los barracones, Alfin, pegado a la barra de la hamaca de Gavving, hablaba con un susurro que hubiera querido transformar en grito de júbilo.

—Me envían a trabajar a la boca del árbol.

—Pensé que sólo lo nacían mujeres —dijo Gavving sin moverse. Jorg roncaba directamente bajo él, y era un hombre «gentil», rechoncho y alegre, y también demasiado estúpido para espiar a nadie. Pero las hamacas estaban muy cerca unas de otras.

—Vi la granja cuando nos llevaban hacia las duchas. Hay un montón de cosas que hacen mal. Hablé con una supervisora sobre el tema. Me dijo que eran las mujeres quienes atendían la granja. Su nombre es Kor, y me escucha. Soy su consejero.

—Bueno.

—Dame un par de cientos de días y también tú podrás venir. Primero quiero demostrar que puedo hacerlo. —¿Tendrás oportunidad de hablar con Minya? ¿O con Jinny?

—Ni lo había pensado. Se pondrán como locos si tratamos de hablar con las mujeres.

Ser nuevamente el que atiende la boca del árbol… quizá ver a Minya. Alfin podría llevar mensajes, si es que llegaba a hablar y corría el riesgo. Gavving lo apartó de su mente.

—Hoy he aprendido algo. El árbol se mueve, y es el mac, la caja volante, la que lo hace. Ellos están establecidos en otros árboles…

—¿Y eso qué tiene de bueno para nosotros?

—Todavía no lo sé.

Alfin bajó de su hamaca.

La paciencia había endurecido a Gavving. Al principio, sólo pensaba en escapar. Por la noche se le presentaban dos alternativas: volverse loco preocupándose por Minya, o dormir para poder trabajar, esperar, aprender.

Los supervisores no contestaban a las preguntas. ¿Qué sabía, qué había aprendido? Las mujeres se ocupaban de la boca del árbol y cocinaban. Las mujeres embarazadas vivían en otra parte. Los hombres atendían las máquinas y trabajaban la madera en las zonas más altas de la mata. Los copsiks hablaban de rescate, pero nadie de revolución.

No se rebelarían, no con las Vacaciones a tan sólo ocho sueños. Después, quizá; pero ¿acaso la Armada, con su experiencia, no estaría preparada para la eventualidad? Los supervisores no iban a ninguna parte sin sus porras, bastones de madera muy dura de medio metro de largo. Horse decía que las mujeres supervisoras también los llevaban. Durante una insurrección, la Armada podría emplear porras en vez de espadas… o no.

¿Qué otra cosa se podría hacer? El trabajo con las bicicletas se estaba acabando. Estropeándolas —estropeando cualquier cosa que estuviera hecha de materia estelar— se podría dañar el Árbol de Londres, pero no de inmediato. Los elevadores podían ser saboteados; pero la Armada podría controlar una revuelta usando el mac.

El mac lo era todo. Se mantenía en la parte media del árbol, donde el Científico tenía el laboratorio. ¿Estaría allí el Grad? ¿Estaría planeando algo? Parecía determinado a escapar, incluso antes de llegar al Árbol de Londres.

¿Valía la pena intentarlo? ¡SI estuvieran juntos! Podríamos trazar algún plan…

Gavving había aprendido que podía pasar el resto de su vida moviendo un elevador o bombeando agua a lo largo del tronco. No había tenido ningún ataque de alergia desde que lo capturaron. No era una mala vida, y estaba peligrosamente cerca de empezar a disfrutarla. Pasados ocho sueños le permitirían que viera a su propia mujer.

Los Estados de Carther tenían fuegos encendidos a cierta distancia y alrededor de la flor más grande del universo.

Clave hizo ondear su manta en los carbones. Tenía los brazos hundidos hasta los codos en el follaje para agarrarse. Los dedos de los pies agarrados al borde de la manta. Balanceaba las piernas y el torso para mover la manta de forma ondulante, esforzándose todo lo posible para mantener los carbones encendidos.

A ochenta metros de él, un inmenso pétalo plateado cambiaba de posición, girando para capturar la luz del sol en el ángulo más directo.

Un fuego podía morir ahogado por su propio humo, sin brisa, y las brisas eran raras en la jungla. El día era tranquilo y brillante. Clave aprovechó las circunstancias para ejercitar las piernas.

En el lugar donde su muslo se había roto, tenía un bulto del tamaño del puño de un niño. Sus dedos podían sentir la protuberancia bajo los músculos; su cuerpo se resentía con el movimiento. Merril le había dicho que no se vería. ¿Mintió Merril para aliviar su preocupación? Clave no le había preguntado a nadie más.

Quizá quedara desfigurado. Pero el hueso mejoraba; le molestaba menos con el paso del tiempo. La cicatriz era una impresionante arruga rosada. Se entrenaba, y esperaba la guerra.

Habían sido diez días de sueño mezclados con dolor. Había visto larguiruchas e imposiblemente altas formas casi humanas revoloteando a su alrededor en todos los ángulos, formas verdosas que se desdibujaban como fantasmas sobre un fondo verde oscuro, calladas voces matizadas por el eterno susurro del follaje. Pensó que había estado soñando.

Pero Merril era real. Feúcha, sin piernas, Merril era completamente familiar, completamente real, y loca como el infierno. Los cazadores de copsiks se habían llevado a los demás.

—Todos menos nosotros. Nos abandonaron. ¡Haré que lo lamenten!

Clave apenas lo había sentido, entre el dolor del hueso que se curaba y la desazón del fracaso. Un jefe de cazadores que había perdido a su grupo, un Presidente que había perdido a su tribu. La Tribu de Quinn había muerto. Clave se decía a sí mismo que la depresión siempre seguía a una herida importante. Se quedó donde estaba, hundido en las tinieblas del interior de la jungla, por miedo a que el musgo pudiera crecerle en la herida; y dormía. Dormía mucho. No era capaz de hacer otra cosa.

Merril intentaba hablarle. Las cosas no iban tan mal. El Grad había impresionado a los cartheros. Merril y Clave serían bien recibidos en la tribu… aunque fuera como copsiks.

En una ocasión Clave se despertó y encontró a Merril jubilosa.

—¡Van a dejarme luchar! —dijo Merril, y Clave supo que los cartheros planeaban combatir contra el Árbol de Londres.

Durante los días siguientes empezó a conocer a los habitantes de la jungla. De los aproximadamente doscientos cartheros, casi la mitad eran copsiks. No parecían tener ninguna responsabilidad. Carecían de todo, salvo de una voz en el consejo.

Vio muchos niños y muchas mujeres embarazadas y ningún signo de hambre. La gente de la jungla era saludable y feliz… y estaba mejor armada de lo que lo había estado la Tribu de Quinn.

Le preguntaron si quería unirse a la tribu. Los Comunes de los Estados de Carther eran una sencilla abertura en un túnel, quizás de doce metros de ancho y el doble de largo. Sorprendentemente, había espacio para todos. Hombres y mujeres y niños, copsiks y ciudadanos, junto a la pared cilíndrica, que parecía cubierta por varias capas de cabezas, mientras Comlink o la Cresidenta hablaban desde el fondo.

—¿Cómo podremos alcanzar el Árbol de Londres? —preguntó, pero sólo una vez. Aquella información estaba clasificada; no se toleraba a los espías. Observaba los preparativos. Estaba seguro de que aquellos fuegos formaban parte de ellos.

Llevaba aventando los carbones durante medio día. Su pierna estaba soldada. Cuidadosamente, cambió de posición.

Kara la Cresidenta pasó casi rozándole. Hundió el rezón entre el follaje y se detuvo cerca de Clave.

—¿Qué estás haciendo?

—Qué crees tú? ¿Te parece que está bien el fuego?

Ella lo miró.

—Sigue así. Echa otra rama dentro de cien latidos a partir de ahora. ¿Cómo va la pierna?

—Mejor. ¿Podemos hablar?

—Tengo otros fuegos que vigilar.

La Cresidenta de los Estados de Carther era el equivalente del Científico. Quizá aquella palabra había significado Presidente en otros tiempos. Parecía tener más poder que el jefe político, el Comlink, que pasaba la mayor parte de su tiempo averiguando lo que deseaban los demás. Ganarse su atención merecía la pena.

—Cresidenta —dijo Clave—, soy un habitante de árbol. Vamos a atacar un árbol. ¿No vas a utilizar mis conocimientos?

Kara lo consideró.

—¿Qué puedes decirme?

—Mareas. No estáis acostumbrados a las mareas. Yo sí, y también esos cazadores de copsiks. Si tú…

La mujer sonrió irónicamente.

—¿Podrías encargarte de nuestros guerreros?

—No es eso lo que pretendo. Atacad el centro del árbol. Haz que vayan allí a por nosotros. Los he visto luchar en caída libre, y vosotros sois mejores.

—Lo pensaremos… —Kara vio la mueca de Clave—. No, no te pares. Me alegra que estés de acuerdo. Hemos vigilado el Árbol durante décadas, y dos de los nuestros lograron escapar en una ocasión. Sabemos que los copsiks viven en la mata interior, pero que el carguero está protegido en el centro del árbol. ¿Iríamos allí primero?

La ciencia al nivel del carguero, contrastando con la de la caja voladora, hizo que Clave se sintiera a disgusto. Intentó apartar aquel sentimiento…

—Vi cómo usaban esa cosa. Pueden llevar a sus propios guerreros donde quieran y dejar a los nuestros forcejeando en el aire. Sí. Coge primero el carguero, aun en el caso de que no puedas hacerlo volar.

—De acuerdo.

—Cresidenta, no sé cuáles son tus planes para atacar.

Si quieres decirme algo más, quizá tenga mejores respuestas. —Clave ya lo había propuesto antes sin obtener respuesta. Era igual que hablar con el árbol.

Kara liberó el rezón con un chasquido del gancho de la cuerda. Empezó a moverse.

¡Comida de árbol!

—Una cosa —añadió Clave—. Si conozco al Grad, a estas alturas ya sabrá cómo se hace volar el carguero, si es que ha tenido oportunidad. O puede que Gavving haya visto algo y se lo haya contado al Grad.

—No hay forma de que sepamos eso.

Clave se encogió de hombros.

—Tomaremos el carguero y probaremos con el Grad.

Clave empujó hasta los carbones una rama espinosa y volvió a hacer ondear la manta.

—Tú mismo te llamas Cresidente… —dijo Kara—. Presidente de un pueblo destruido. Confío en que sepas lo que es ser un líder. Si sabes cosas que no debieran ser conocidas por los enemigos… si vas a la guerra con la primera oleada de guerreros… ¿qué les dirías a mis ciudadanos si estuvieras en mi lugar?

Estaba lo suficientemente claro.

—Clave no vivirá para ser capturado e interrogado. Cresidenta, tengo muy poco que perder. ¡Si no puedo rescatar a mi pueblo, mataré cazadores de copsiks!

—¿Merril?

—Luchará conmigo. Aunque no bajo las mareas. Y… no le digas nada. Yo no quiero matar a Merril si es capturada.

—Demasiado bonito. Llamáis al embudo «la boca del árbol»…

—Yo estaba equivocado, ¿verdad? La jungla no puede alimentarse de ese modo. Aquí no hay viento suficiente. ¿Por qué?

—Así es como se mueve la jungla. Los pétalos también forman parte de ella. El otro lado de la jungla es más seco, allí el embudo está de frente. Los pétalos reflejan la luz del sol y hacen que la jungla gire en esa dirección.

—Hablas como si la jungla fuese una criatura completa, que piensa.

Kara sonrió.

—Eso no es muy exacto. Ahora estamos bromeando. Los fuegos hacen que la jungla se seque por un lado.

—Oh.

—Hay decenas de formas de vida en la jungla. Una de ellas es una especie de… espina. Ese ser vive en las profundidades, y se alimenta de musgo muerto que se aparta del centro. En la jungla todo contribuye a algo. El follaje está formado por varios tipos de plantas que arraigan en las concentraciones del corazón de la jungla, pero que pudren y alimentan el corazón de la jungla y lo escudan si algo grande golpea contra ella. Nosotros también hacemos nuestro trabajo. Bajamos fertilizante —hojas muertas y basura y a nuestros propios muertos— y matamos a los parásitos en sus madrigueras.

—¿Cómo se mueve la jungla? El Grad no lo sabía.

—Los pétalos plateados giran la jungla para colocar el embudo en la parte donde la jungla es más seca. Si siempre estuviera seco, el embudo expulsaría vapor caliente.

—¿Así?

—Clave, ya es hora de apagar los fuegos. Tengo que decírselo a los otros. Volveré.

Minya siguió a Dloris a través de los retorcidos túneles enramados. La presión de Minya en el brazo de Jinny se había aflojado; la volvería a sujetar si Jinny hacía cualquier otra locura. Pero la boca del árbol, y cualquier oportunidad de saltar hacia el cielo, se alejaban con cada paso que daban.

El camino entre los túneles se retorcía, Minya no sabía exactamente dónde estaba. Entre las ramas medias, pensó; y la mata podía estrecharse hasta la punta. No podía ver madera sólida más que desde el camino que señalaban las ramas espinosas, con la rama muy por debajo y a la izquierda. Más adelante pasó junto a un túnel espinoso y pudo escuchar las risas de los niños y los gritos de los decepcionados adultos: las escuelas. Podría volver a encontrar aquel sitio de nuevo.

La boca de una choza tejida se abrió sobre ella. Dloris se detuvo.

—Minya. Si alguien pregunta… tanto tú como Jinny creéis que estáis preñadas. Así el Aprendiz del Científico os examinará a las dos. Jinny, voy a hablar de ti con tu hermana, y espero que nadie se entere de mis asuntos.

Alcanzaron la choza. Dloris las empujó dentro. En el interior había dos hombres, uno vestido de azul, de la Armada, el otro…

—¿Tú quién eres? —preguntó Dloris.

—¿Señora Supervisora? Soy Jeffer, el Aprendiz del Científico… otro aprendiz. Lawri está ocupada con otras cosas.

Encontrarse con Jinny y con Minya era más de lo que Grad había esperado.

Presentó a las mujeres a su escolta de la Armada: Ordon parecía bastante interesado. Ordon y Dloris se quedaron mientras el Grad preguntaba a Jinny. No podía estar embarazada, se había equivocado en las cuentas, y así se lo dijo. Ella y Dloris asintieron como si lo esperasen y se marcharon de la choza por la parte trasera.

El Grad la hizo a Minya las preguntas adecuadas. Había menstruado doce sueños antes de que se desmantelase el Árbol de Dalton-Quinn. El Grad se dirigió al hombre de la Armada.

—Tengo que examinarla.

Ordon entendió la indirecta.

—Esperaré fuera.

El Grad explicó lo que necesitaba. Minya se quitó la lazada del poncho, lo levantó y se colocó encima de la mesa. El Grad la palpó el abdomen y los pechos. Comprobó las secreciones de su vagina con los jugos de plantas que Klance le había enseñado a utilizar. Había practicado ligeramente la técnica de examen en la Mata de Quinn, con la supervisión del Científico, como parte de su entrenamiento. Una vez.

—Sin problemas. Un embarazo normal —dijo—. Hay un huésped que esperar.

Minya suspiró.

—De acuerdo. Dloris también lo dice. Por lo menos he tenido una oportunidad de verte. ¿Podré ver a Gavving?

—La regulación es correcta, pero… sigues siendo asequible para los ciudadanos, ¿verdad?

—Sí.

—¿Minya, puedo decirle esto a Gavving?

—Déjame pensarlo. —Minya corría adelantándose a sus recuerdos. Algunos parecían confusos, y le gustaba que estuvieran así. ¿Se parecería a Gavving? Pero el enano arrogante la había reclamado por dos noches…— No. ¿Quién es el padre? ¿Puedo saberlo?

—No.

—Díselo. Ya veremos lo que pasa cuando veamos a quién se parece el niño.

—Conforme.

Jinny y Dloris habían bajado hasta el lugar donde estaban las mujeres embarazadas, situado a una distancia apropiada y segura. Afortunadamente, el guardián del Grad era un hombre. Una mujer podría no haberlos dejado solos durante el examen. Aún en posición de reconocimiento, Minya dijo:

—Quédate donde estás por si Ordon echa una mirada a escondidas. Grad, ¿hay alguna posibilidad de salir de aquí?

Mantener la cabeza tranquila en aquellas circunstancias no era fácil, pero el Grad se esforzó por conseguirlo.

—No os mováis sin mí. Lo procuraré. No podremos hacer nada hasta que no dejemos inutilizado el mac.

—No estaba segura de que estuvieras con nosotros.

—¿Con vosotros? —Estaba asustado… pensaba que tenía sus dudas. ¡Allí había mucho que aprender! ¿No les pasaba lo mismo a los demás, a Gavving o a Minya?—. ¡Por supuesto que quiero liberaros! Pero hagamos lo que llagamos, siempre que tengan el mac podrán pararnos. ¿Has visto ese enano que no hace más que dar vueltas? —Como Harp, pensó, aunque Minya no conocía a Harp.

—Le conozco. Mark. Actúa como si midiera tres metros de alto, pero mide menos de dos. De cuerpo ancho, montones de músculos; le gusta enseñarlos. —Los restos de magulladuras que aun quedaban en brazos la ayudaban a recordarlo.

—Es importante. Es el único que puede emplear la antigua armadura.

—¿Podemos hacer que tenga un accidente?

—Si fuera preciso. No lo haremos hasta que estemos reparados para entrar en acción.

Súbitamente, Minya rió.

—Admiro tu frialdad.

—¿De veras? Baja la vista. Minya lo hizo, y se ruborizó y se tapó la boca.

—Cuando te vi por primera vez pensé …no, no te muevas. Recuerda al guardia.

El Grad asintió y se quedó donde estaba.

—Grad… —dijo Minya— mi huésped… Espero que sea de Gavving, pero si todo va bien, no importa. Deja… —Minya susurraba las palabras, pero el Grad continuaba moviéndose. Ella terminó con una risa sin aliento—… que esto solucione tus problemas.

El poncho resultaba absurdamente conveniente. El Grad tuvo que morderse fuertemente la lengua para mantenerse en silencio. La mantuvo así durante unas decenas de latidos—. Gracias. Gracias, Minya. Ha sido… ella es… le daba miedo renunciar a las mujeres.

—No lo hagas. —La voz de Minya era ronca. Súbitamente se rió—. ¿Ella?

—La otra aprendiz es un ciudadano que me trata como fuera un copsik ladrón. Como si fuera basura para la boca del árbol, o un espía. De todos modos, es mi problema. Gracias.

—No ha sido un regalo, Grad. —Se agachó para tomarle las manos—. Me pone enferma que me traten como a una copsik. ¿Cuándo nos liberaremos?

—Pronto. Hay que hacerlo. El Primer Oficial está hablando. Movemos el tronco tan cuidadosamente como es posible.

—¿Cuándo será eso?

—Dentro de unos días, quizá menos. Lo sabré cuando regrese a la Ciudadela. Lawri está ya con la cuenta atrás del sistema de motores del mac. Habría dado cualquier cosa por estar en los dos sitios al mismo tiempo, pero no podía perder la ocasión de hablar contigo. ¿Puedes pasarle a Gavving un mensaje?

—De ninguna forma.

—Vale. Hay un grupo de chozas bajo la rama, y allí es donde están las mujeres que esperan huéspedes, para que la gravedad les afecte durante el desarrollo de los niños. Así es. ¿Hay alguien en la boca del árbol que pueda luchar junto a ti?

—Es posible. —Ella pensó en Heln. —Quizá no es bastante. Sube a la boca del árbol. Si pasa algo, agarra a Jayan y a cualquiera que pienses que lo necesita y sube. Hay un montón de hombres que se pasan el tiempo en la cima de la boca del árbol. Esperemos que Gavving y Alfin estén allí. Pero espera hasta que pase algo importante.

Diecisiete — «Cuando el bosque de Birnham…»

Los inmensos pétalos de plata estaban ascendiendo, plegándose hacia adentro. El embudo que tenían en el centro apuntaba hacia el este y hacia afuera, y el sol se movía en línea con el embudo. Gold estaba hacia el este y parecía cercano. El lento remolino de la tormenta tenía un aspecto extraño, ni físico ni científico, sino a medio camino entre los dos.

Clave y Kara estaban solos. Los demás que habían estado atendiendo las hogueras se habían ido a otras partes cuando las apagaron.

—¿Conoces la ley de la reacción? —estaba preguntando la Cresidenta.

—No soy un niño.

—Cuando el vapor sale del embudo, la jungla se mueve en dirección opuesta. Gracias a eso volvemos a los entornos más húmedos del Anillo de Humo, si no fuera así… nos interpondríamos. Además el vapor puede producir algo: combustible, quizá. Pero tardaría veinte años.

—Esa es la razón por la que ellos lo dispersan en sus excursiones.

—Sí. Pero ya no lo harán más.

Los pétalos se detuvieron a treinta errados de la vertical. El sol brillaba directamente en el interior del embudo, y los pétalos brillaban también en él. El embudo se ahuecaba con un insoportable resplandor.

—El calor de la jungla —dijo Kara— es escupido cuando el brillo del sol está justo dentro de la flor. No es fácil hacerla girar en un día determinado, pero… creo que hoy lo conseguiremos.

Todo sucedía como si la Cresidente así lo hubiera ordenado: un suave estremecimiento eructó del túnel. Clave sintió calor en la cara. La jungla se estremeció. Kara y Clave se agarraron fuertemente con manos y pies.

Una nube empezó a formarse entre ellos y el sol. Una columna de vapor, alejándose. Clave sintió un tirón, una marea, que le impulsaba hacia el cielo.

—Funciona —dijo—. No puedo… ¿Cuánto falta hasta que alcancemos el árbol?

—Un día, quizá menos. Los guerreros ya se están reuniendo.

¿Cómo? ¿Por qué no me lo has dicho? —Sin esperar respuesta, Clave se lanzó de cabeza al follaje. Sus pensamientos eran asesinos. ¿Iba Kara a cobrarle su sitio en la batalla que se acercaba? ¿Por qué?

Cuatro copsiks hacían deslizarse por sus cuerdas el elevador ayudándose con las piernas, y el ojo del Grad vio a Gavving entre ellos. El elevador casi había alcanzado su nicho. ¿No había forma de llamarle? Minya está con las mujeres embarazadas. Está bien. Yo estoy en la Ciudadela…

—Así que no has esperado las Vacaciones —dijo Ordon.

El Grad saltó violentamente. Por un momento, estuvo flotando. Ordon se rió a carcajadas.

—Eh, olvídalo, no importa. Con una oportunidad como esa, ¿cómo no ibas a aprovecharla? Por eso Dloris se preocupó un poco cuando vio que no estabas con Lawri.

El Grad esbozó una sonrisa tímida.

—¿Estuviste mirando todo el tiempo?

—No, no necesito resolver así mis problemas. Puedo visitar los Comunes. Pude meter la cabeza para ver lo que hacías y sacarla otra vez. —Empujó al Grad en el elevador con un amistoso y contundente empujón en la región lumbar, y le siguió.

Parecía bastante amistoso, pero no dejaba por ello de ser el guardián del Grad. Aquello no le perjudicaba al Grad; el Grad no iba a escapar. Le gustaba hablar, pero… Habían llegado al complejo de las mujeres embarazadas a lo largo del camino circular, por medio de la instalación de la Armada sobre la aleta. Volvieron por la misma ruta. Presumiblemente, Ordon tenía algunos asuntos en la aleta. El Grad le preguntó sobre el particular. Ordon se mostró frío, suspicaz. No tenía por qué hablar con un copsik sobre su trabajo.

La mata se inclinaba. Era mucho más fácil avanzar que en el cuarto día de escalada por el Árbol de Dalton-Quinn. Una bandada de pequeños pájaros cambiaban de rumbo muy lejos del tronco.

—Atolondrados —dijo Ordon—. Buena comida, pero hay que usar el mac para ir a cazarlos. El antiguo Científico nos dejaba usarlo para eso. Klance no quiere.

Una corriente de lluvia estaba soplando sobre la mata exterior. ¿Era aquello lo que hacía que el Primero tuviera tanta prisa por mover el árbol? ¿Ciudadanos mojados?

Un árbol móvil: algo capaz de superar la imaginación. ¡Escoger el propio clima!

Un mullido adorno verde orlaba la parte este de la mata exterior, con una extraña pluma abierta de bruma blanca en su interior. En un día o dos el Árbol de Londres la habría perdido de vista. El Grad se preguntó si se habría sentido irracionalmente angustiado. El mac podía alcanzar los Estados de Carther a cualquier distancia. Si no capturaba el mac, se tendría que quedar allí para siempre; y, si podía, ¿para qué apresurarse?

Pero, a pesar de todo, tenía un nudo en la garganta.

La vida no era intolerable para el Aprendiz del Científico. En unos cien sueños podría acostumbrarse a su nueva vida. Y temió que cuando llegara el momento, actuaría con demasiada lentitud, o no actuaría en absoluto.

Clave encontró a Merril en los Comunes. Estaba sumergiendo las puntas de las saetas de las ballestas en un maloliente brebaje que los cartheros hacían con helechos venenosos.

La creciente marea arrastró a Clave a saltos hasta ella. Se detuvo, flotando hacia abajo y sonriendo.

—¡Esto es real! Estoy seguro de que no voy a llamarla mentirosa, pero…

—Clave, ¿qué está pasando? —Merril también estaba a la deriva, con todas las flechas a su alrededor. Intentaba utilizar el veneno antes de que se perdiera.

—Estamos en camino. Los guerreros están en la superficie. —Clave saltó hasta su mochila contra el impulso de la extraña marea. La tenía preparada desde hacía varios sueños.

¿Qué? —rugió Merril—. ¿A dónde nos vamos?

Merril se había pasado varios días aprendiendo a hacer flechas, a trenzar cuerdas para arcos, a montar un arco y a dispararlo. Clave la había observado mientras se entrenaba. Era tan buena como la mayoría de los cartheros, y sus poderosos brazos eran más rápidos para recargar la ballesta.

De todos modos, Clave lo dijo.

—Merril, vengas o no, estás en los Estados de Carther. Un montón de cartheros no son ciudadanos.

—¿Y?

—No es necesario que vengas.

—¡Puedes irte a darle de comer al árbol con todo eso, Oh, Presidente!

Clave se metió un puñado de saetas recién envenenadas en el carcaj.

—¡En ese caso, agarra tu arreos y adelante!

La gravedad era casi igual que en la Mata de Quinn. Usando los túneles casi se podía pasear. Pero era extraña. Cada ramaje y cada pedazo de follaje tremolaban.

Clave se impulsó a sí mismo a través de las quebradizas ramas y el suave y verde césped, a través del cielo. Una columna de nubes corría hacia afuera desde más allá del horizonte de la jungla. La superficie era claramente vertical. Clave procuró buscar buenos asideros para sus manos.

Guerreros esqueléticos emergieron como gusanos de las verdes ondulaciones. Cincuenta o sesenta cartheros, cuidadosamente seleccionados, montando en vainas. Clave estaba enfadado. La Cresidenta se lo había dicho muy tarde, y nadie le había dicho nada a Merril. ¿Por qué? ¿Para que tuvieran una oportunidad de retirarse?

«Seguro que hubiera combatido, pero no he conseguido que me lo dijera a tiempo…»

Quizá los cartheros necesitaban copsiks antes que ciudadanos.

Clave ayudó a Merril a atravesar el follaje. La luz de la batalla brillaba en los ojos de la mujer.

—Los cazadores de copsiks nos dejaron atrás —dijo Merril—. No valía la pena que perdieran el tiempo con nosotros.

—Yo tenía rota una pierna. —Clave lo comprendía, pero ocultó su sonrisa—. Me parece que cometieron un terrible error dejándonos.

—Lo averiguarán. ¡No te rías! —Merril sacudió el arpón; tenía la punta manchada de un color amarillo siniestro—. Ese descuidado error los volverá locos si no los mata.

El cielo era una vasta plancha de nubes. Los relámpagos centelleaban en oscuros arrecifes. Clave buscó el borde oriental hasta que descubrió una delgada línea de sombras. El Árbol de Londres era lo suficientemente grande como para no poder ocultarse en una nube: cincuenta klomters aproximadamente, la mitad de la longitud del Árbol de Dalton-Quinn, pero cinco veces más largo que aquel bejín que era la jungla.

El líder elegido por el Comlink, Anthon, estaba preparado con las piernas rodeando la vaina más grande. Anthon era más musculoso que la media de los hombres de Carther, y más moreno. Para Clave podía tener un aspecto frágil, con largos huesos que podían ser rotos a capricho. Pero iba completamente provisto de armamento, ballesta y saetas y un garrote con un nudo en la punta; sus uñas eran largas y afiladas; repartidas por todo su cuerpo, se veían cicatrices; y, de hecho, parecía salvaje y peligroso.

Las puntas de los tallos de las vainas surtidor habían sido taladradas con estacas de madera que se utilizaban como tapones. Un guerrero podía acurrucarse en la curvatura interior de la vaina y mover su peso para conducirla. Clave había gastado unas cuantas vainas entrenándose.

Había más vainas que guerreros, un centenar aproximadamente esparcidas y sujetas con cuerdas ligeras. Merril eligió una y la abordó.

—¿Vas a atarte? —le preguntó Clave.

—Podré gobernarla. —Se pasó el rollo de cuerda por la espalda y lo cogió al subirse. Clave hizo un gesto de aceptación y escogió su propia vaina. Era de mayor tamaño que él, pero menos pesada: unos treinta kilos.

Había más hombres que mujeres, aunque no demasiados.

—¿Has visto a las mujeres? —dijo Merril—. Luchas por las ciudadanas de los Estados de Carther. Una ciudadana es mejor esposa. Una familia tiene dos votos.

—Seguro.

—Clave, ¿qué van a hacer?

—Clasificado. —Sonrió y agachó la punta del arpón—. No puedo decirte nada. La Cresidenta dice que la jungla va a adelantar al árbol en ángulo, alrededor de la zona media, a cosa de un klomter. Entonces nos lanzaremos. Igualaremos nuestra velocidad con la del árbol y llegaremos hasta él cuando ellos aún no hayan reaccionado.

—¿Cómo vamos a regresar?

—También he preguntado eso. —Las cejas de Clave se fruncieron—. Lizeth y Hild llevan vainas de sobra. Se quedarán revoloteando por el cielo hasta que vean que la batalla ha terminado… pero sólo se unirán a nosotros si los cazadores de copsiks utilizan el mac. Tenemos que capturar el mac.

—¿Qué vamos a intentar exactamente? Me refiero a ti y a mí.

—Reunir a la Tribu de Quinn. Debemos quedar bien con los Estados de Carther, pero la Tribu de Quinn es lo primero. Me gustaría saber dónde están todos ellos.

La bruma derivaba sobre ellos, rezumando en el follaje. Se había levantado viento. La tormenta enturbiaba el cielo. Clave fijó la vista en la pálida y sombría línea del Árbol de Londres… que estaba cada vez más cerca y grande.

La mata exterior era la más próxima: la mata de los ciudadanos. Los ciudadanos serían los primeros en ver el terror que se acercaba: una masa verde de varios klomters de diámetro volando hacia el tronco, verdes guerreros saliendo del cielo. No había muchas oportunidades de darles una sorpresa. La jungla era también lo bastante grande para ser vista desde lejos.

De un modo realista, no tenían más que un fantasma de posibilidad de rescatar a alguien. Harían tanto daño como les fuera posible y morirían. ¿Por qué no atacar primero la mata exterior? Si mataban ciudadanos los recordarían mejor.

Pero ya era demasiado tarde. La Cresidenta estaba a varios klomters de distancia, cuidando una columna de vapor llameante, dirigiéndola para enviar la jungla, que era del tamaño de una uña vista desde el árbol. ¡Era impensable hacerla cambiar ya de planes!

La línea dentro de la niebla se había solidificado en un tremendo signo de integración. Cada uno de los cartheros alzaba una espada. Clave sacó la suya.

—¡Guerreros! —bramó Anthon. Esperó a que se hiciera el silencio, luego gritó—: ¡Nuestro ataque debe ser recordado! No es un ataque sólo para romper algunas cabezas. Debemos dañar el Árbol de Londres. El Árbol de Londres deberá recordar, para las generaciones venideras, que ofender a los Estados de Carther es peligrosamente estúpido. A menos que lo recuerden, volverán cuando no podamos movernos.

—¡Qué recuerden la lección!

—¡Lanzaos!

Sesenta espadas golpearon las cuerdas que los sujetaban a la jungla. Sesenta manos quitaron los tapones de los extremos de los tallos de sesenta vainas surtidor. Las vainas se propulsaron hacia adelante en un viento que tenía el aroma de las plantas putrefactas. Al principio, avanzaron en grupo, incluso chocando unos con otros. Luego empezaron a separarse. No todas las vainas surtidor tenían el empuje adecuado.

Clave se agarraba con piernas y brazos, aferrándose a la ruidosa vaina. Se tambaleaba un poco más que el resto de los guerreros. Era un inexperto. La sangre se le subía a la cabeza, la marea era más fuerte. El cielo estaba oscureciéndose y deformándose y los relámpagos centelleaban muy cerca. Se estaban acercando al centro del árbol, como había sido planeado. En la zona media estaba el carguero, con la nariz apoyada en el tronco. Su cola era de fuego.

Lawri pulsó el botón azul de una fila de cinco.

Números azules parpadearon y se estabilizaron en el ventanal. Luces azules aparecieron en el panel inferior: cuatro grupos de cuatro pequeños guiones verticales cada uno, con forma de diamante alrededor de una barra vertical más larga. La información cosquilleó los recuerdos del Grad. Las manos de Lawri revoloteaban como las de Harp cuando estaba a punto de empezar a tocar.

—Sujétalo —dijo Klance, Lawri miró hacia atrás con enfado, luego apretó rápidamente. Entonces el Grad lo consiguió. Estaba sentado en una silla cuando el mac rugió y tembló y embistió.

La gravedad impulsó al Grad contra su asiento, luego se suavizó. (No habría importado en la Mata de Quinn, pero el Científico le habría tamborileado en la cabeza. ¡Sin gravedad! ¡Aquello era empuje! Podía sentir lo mismo, pero las causas y las consecuencias eran diferentes. El legado del Científico muerto: ¡empuje!)

La ventana arqueada apoyaba cómodamente contra el tronco. Una brisa se levantó: los remolinos giraban a través de las puertas de la esclusa de aire. El Grad no podía ver nada importante a través de las ventanas laterales.

Lawri activó las marcas verdes y las pulsó. Dentro de la ventana arqueada apareció una ventana más pequeña en la que un filo de cielo miraba furtivamente alrededor de un resplandor de luz blanca. Una imagen de la popa dentro de la parte delantera: desconcertante.

Klance se había desplazado para buscar una vista mejor. Se dirigió hacia la esclusa de aire, agarrándose a los respaldos de los sillones mientras lo hacía. El Grad le siguió. Unos pocos kilos de marea… un impulso que dominó las paredes delanteras, le adelantó, hasta que el Grad golpeó en la pared de popa con un sólido trompazo.

Klance se abrazaba a la puerta exterior, con los dedos de manos y pies asiendo el borde.

—Te dejaré mirar en un minuto, Jeffer. No te vayas a caer. No podrías regresar. —Estiró la cabeza hacia afuera—. ¡Maldición!

—¿Qué pasa?

—La jungla. ¡No tenía ni idea de que pudieran mover la jungla! Ah. Les daremos una sorpresa. Vamos a dirigirnos hacia ellos. —Klance miró por encima del hombro. Vio que el Grad se estaba atando, demasiado tarde.

El pie del Grad restalló y golpeó al Científico por encima de la cadera. Klance aulló y se cayó hacia afuera. Largos dedos de manos y pies aún le sujetaban. El tacón del Grad machacó manos y pies. Klance desapareció.

Se acercó a la puerta exterior y se inclinó hacia afuera. La energía le chillaba en los oídos.

El árbol era pesado, pero se estaba moviendo. Klance derivaba lentamente por la popa, moviendo las piernas, intentando alcanzar las redes que colgaban del casco del mac. En su terror, parecía haberse olvidado de su cuerda. Vio que el Grad se asomaba hacia fuera y le gritó: maldiciones o súplicas, el Grad no podía decirlo. Miró a lo lejos.

El árbol estaba ligeramente, como el arco de Minya. El mac empujaba en el centro, y las matas se arrastraban por detrás, no muy lejos. Un empuje mayor podía llegar a partir el árbol por la mitad. Pero el mac era mucho más pequeño que el árbol; probablemente estaba empujándolo con su fuerza al límite.

Klance era una sombra negra y aleteante contra un resplandor, como si Voy hubiera estado muy cerca. El motor principal del mac esparcía llamas blanco azuladas, impulsándolo hacia adelante contra la masa del árbol. Klance flotaba entre las llamas.

Ordon, a medio camino del elevador, los había visto.

La jungla ocupaba medio cielo. Objetos estriados se movían a lo largo: formas como aquellas las había visto el Grad antes de que la balsa de madera se estrellase en la jungla. ¡Gigantes de la jungla en vainas surtidor! Pero no iban a llegar nunca si el mac continuaba empujando el árbol. ¡Debía apagar el motor principal en aquel preciso momento!

Así él no se habría precipitado, no habría matado a Klance por nada.

¡Lawri! Volvió a entrar en el mac y saltó hacia la ventana arqueada. Lawri no le había visto. Lawri se tensó súbitamente y medio se levantó, mirando espantada el reflejo de la pantalla. Una sombra braceaba en la llama, disolviéndose.

Se dio la vuelta. Le miró a los ojos mientras el Grad la golpeaba en la mandíbula.

Su cabeza chasqueó hacia atrás; rebotó en las correas y colgó laxamente. El Grad usó su cuerda para atarla a una de las sillas. Se sentó ante los controles y los observó.

El amarillo gobernaba los sistemas de soporte vital, incluidas las luces interiores y la esclusa de aire. El verde gobernaba los sentidos del mac, internos y externos. El azul permitía mover el mac, incluyendo los motores, las dos clases de combustible, el tanque de agua y el flujo de combustible. El blanco leía las cintas grabadas.

¿Cuál había apretado Lawri para activar la energía? Tenía la mente en blanco. Apretó el botón azul. No era el adecuado: la pantalla azul desapareció, pero el motor continuó rugiendo. Reconstituyó la pantalla.

A través de la ventana lateral vio manchas que se deslizaban, manchas con las ropas azules de la Armada moviéndose a lo largo de la corteza. No tienes tiempo. Piensa. La barra vertical azul rodeada de guiones azules… en un diseño como el de los motores de la parte trasera. Apretó la barra azul.

El rugido y el temblor cesaron hasta morir. El árbol retrocedió: el Grad se sintió empujado hacia adelante. Luego el mac se detuvo.

Kendy estaba preparado para emitir su habitual mensaje cuando la fuente de luz hidrogenada desapareció.

Aquello era desconcertante. Normalmente, el motor principal de los MACs podía funcionar durante varías horas. Quizás los inyectores de posición estaban enviándolo locamente, como si fuera la pelota de un partido de fútbol. Kendy fijó su atención en un punto que derivaba del remolino del Anillo de Humo, y esperó.

Una docena de hombres de la Armada se abría camino hacia el mac, usando cuerdas y garfios, atentos a que pudiera ponerse en marcha de nuevo, Ordon iba el primero del grupo, muy adelantado, a pocos metros de la ventana. La muerte se reflejaba en su cara.

¡Deprisa, ahora! Apretar el botón amarillo. La pantalla estaba oscilante: apagar el azul. Pantalla amarilla: las luces interiores parecían brillantes, corriente interna encendida, la temperatura mostraba una raya vertical con números y una muesca en el centro; allí, una complicada línea que mostraba la cabina del mac vista desde arriba. El Grad cerró las líneas que representaban las puertas con un nervioso movimiento de los dedos. Tras él, la esclusa de aire se cerró.

Lawri se agitó.

El Grad escuchó mudos golpes en las puertas.

Empezó a jugar con las pantallas verdes, recorriendo diversas vistas con las cámaras del mac. Tenía un tiempo preciosamente corto para aprender a manejar aquella reliquia de materia estelar. Sintió sobre él la mirada de Lawri, pero la ignoró.

Los golpes se detuvieron, luego volvieron a empezar. Ordon gruñía a través de una ventana lateral. Debía haberse agarrado a las mallas y estaba aporreando el cristal.

El Grad se movió hacia la ventana. Dijo una palabra. Ordon reaccionó —sorprendido— pero no podía oír. El Grad la repitió, exagerando con los movimientos de los labios al pronunciar la palabra que había justificado el asesinato de su benefactor, de Klance, el asalto sobre Lawri, la traición a su amigo, Ordon, y que dejaba el Árbol de Londres sin defensa contra el ataque.

—¡Guerra, Ordon! ¡Guerra!

Dieciocho — La guerra del Árbol de Londres

Clave se estaba quedando atrás. Los cartheros lo consideraban un novato, y lo era: no había sabido elegir entre el total de extrañas vainas. Le habían dejado que reventara una muy lenta. Había desfilado junto al tronco; su camino se inclinaba hacia abajo en aquellos momentos. Se encontraría entre la última docena que aterrizara.

Las cuerdas recorrían la superficie del tronco del Árbol de Londres, y cajas de madera se elevaban hacia el centro desde ambos extremos. Clave vio que las dos cajas se abrían de golpe casi simultáneamente, expeliendo de su interior hombres vestidos de azul, ocho de cada caja. Los cazadores de copsiks parecían saber lo que iban a hacer. Se orientaron rápidamente y reventaron pequeñas vainas surtidor para dirigirse hacia el punto medio del árbol, en la cara este. Hacia el carguero. Veintitantos cazadores de copsiks lo rodeaban. La llama de su cola se había apagado, con todo lo que aquello pudiera significar.

Los cartheros sobrepasaron el tronco como una ráfaga en sus vainas surtidor. Pero ya estaban dando la vuelta, llegando por el lado oeste del tronco, esparciéndose drásticamente. Arpones emplumados volaron desde los largos arcos de pie de los cazadores de copsiks. Los guerreros de la Tribu de Carther enviaron hacia ellos las saetas de sus ballestas. Redujeron el número de enemigos casi a la mitad.

La jungla era terrible, un mundo verde pasando a menos de un klomter de distancia. Clave se había preguntado si llegaría a golpear contra el árbol, pero parecía que no iba a ser así. El vapor de la vaina había disminuido. La jungla arrastraba una espesa línea de nubes y una tormenta de pájaros que intentaban huir, y dos masas más oscuras: los grupos de Hild y Lizeth formados cada uno por una veintena de vainas surtidor.

Tan cerca del árbol, la curvatura del tronco ocultaba el antiguo carguero y su lugar de amarre; pero las dos columnas de refuerzos enemigos parecían converger en el carguero. También ellos conocían su valor. Volaban a través de un bosque de arpones emplumados.

El surtidor de la vaina de Clave disminuyó.

Las maldiciones le atravesaban la mente mientras gateaba alrededor de la vaina para ponerla entre su cuerpo y los arpones. Clave casi había llegado hasta el tronco. Otros lo habían hecho antes. Los cartheros utilizaban anclajes sobre los edificios agrupados para esquivar los arpones emplumados o despedazar planchas de corteza para usarlas como escudos. Los cazadores de copsiks preferían dispararles desde el cielo, donde sus miembros tenían completa libertad para poder accionar sus grandes arcos.

Anthon y una docena de guerreros estaban disparando contra el carguero, empleando como protección la curvatura del tronco.

La vaina de Merril golpeó contra una choza de madera. Había usado la vaina para absorber el golpe: una buena técnica. Algunos cazadores de copsiks intentaban alcanzar el edificio. Merril les disparó a dos de ellos desde detrás de la construcción, y luego, cuando los demás estuvieron muy cerca, abandonó su refugio.

¿Habría algo valioso en aquel edificio? La aptitud de los cazadores de copsiks parecía afirmarlo. Clave disparó una flecha hacia ellos y pensó que le había dado a alguno en los pies.

Buscaban el carguero. Clave pudo verlo: todos estaban sobre él, colgando de las redes y de la corteza.

Casi todos los guerreros de la Tribu de Carther habían alcanzado el tronco. Clave había aterrizado en el centro de la batalla. De momento, sólo podía mirar. En el caos de la batalla, ciertas estrategias empezaron a perfilarse:

Los cazadores de copsiks eran menos numerosos. Se retrasaban, por aquella y por otra razón. En combates cercanos no podían usar los arcos. Tenían espadas, y también los cartheros; pero los cartheros, al ser más altos, tenían más alcance. Vencieron en algunos encuentros.

Los cazadores de copsiks usaban vainas surtidor más pequeñas, de las que normalmente crecían en un árbol integral. Preferían quedarse en el cielo.

Clave observó como los cartheros saltaban hacia un grupo de ocho hombres vestidos con ponchos azules. Los cazadores de copsiks usaron sus vainas surtidor, dejando a los cartheros pataleando en el cielo a sus espaldas y dispararon hacia atrás con los arcos de pie. De pronto, dos cartheros estuvieron entre ellos, tratando de matarlos, y en seguida se les unieron otros dos. En caída libre, los cazadores de copsiks luchaban como niños. Los cazadores de copsiks les quitaron a los cadáveres las vainas surtidor.

Clave derivó, ¡los Estados de Carther estaban ganando sin él!

A lo largo del tronco, una caja de madera subía lentamente. Empezó a vomitar refuerzos: seis arqueros vestidos de azul y una voluminosa criatura plateada. En aquella forma había una terrible familiaridad… pero no llegarían hasta que pasaran por lo menos mil latidos.

Un cazador de copsiks apuntó hacia Clave, un blanco inmóvil. Cuidadosamente, disparó un arpón contra la vaina de Clave, luego empezó a moverse por el tronco. Podría disparar mejor cuando Clave estuviese más cerca. Clave disparó contra su enemigo. Sin suerte. El cazador de copsiks lo esquivó y esperó. Clave pudo ver su sonrisa.

La sonrisa se desvaneció cuando Merril le disparó por la espalda. La saeta aparecía por delante de los riñones. El cazador de copsiks hubiera podido luchar… pero su rostro era un grito silencioso. Asió la saeta mientras su cuerpo se retorcía entre convulsiones. El helecho venenoso debía ser una sustancia terrible.

La vaina chocó contra la madera y Clave fue detrás. Se dio la vuelta para soltarla, se agarró a la madera, y empezó a avanzar hacia Merril con la ballesta dispuesta. Vio azul recortándose contra la tormenta blanca en el cielo, disparó una flecha contra un hombre, y empuñó el arpón mientras el otro se dirigía hacia él con la espada levantada.

El cazador de copsiks iba demasiado deprisa. Clave le golpeó en la cara con la empuñadura de la ballesta y, mientras el otro se encogía, le apuñaló la garganta.

Merril estaba avanzando para dar la vuelta al tronco. Clave la siguió. Ella se detuvo y se acuclilló un momento antes de ver el carguero, muy lejos en el tronco. Todos los cazadores de copsiks estaban sobre él.

Clave se acercó a ella.

—Todo bien —dijo Merril—, ¿por qué no nos han matado con esa cosa científica?

—Buena pregunta. —Clave miró hacia el grupo de Anthon mientras los hombres lanzaban saetas desde las ballestas alrededor de la curva de la madera. Los guardianes del carguero disparaban hacia abajo, pero sin mucho éxito.

—Olvídalo —dijo Clave—. No lo están usando. Usan las cajas de madera para que lleguen los refuerzos. Déjalos…

—Corta las cuerdas.

—Conforme.

Dos cuerdas, tan gruesas como el brazo de Clave, corrían en paralelo a lo largo del tronco. La última caja estaba en camino, muy cerca de su asentamiento. Otra caja podría subir. Clave y Merril se abrieron camino hasta la cuerda más cercana y empezaron a cercenarla.

Seis hombres y una cosa plateada tenían la posibilidad de alcanzarlos con los arcos de pie. Clave y Merril tomaron escudos de corteza para protegerse. Clave miró fijamente al hombre de plata. Era como si intentara recordar una pesadilla: un nombre hecho de materia estelar, con una pelota blanca en lugar de cabeza. Clave disparó contra él hasta que vio que le alcanzaba con una saeta y que esta rebotaba.

Su escudo y el de Merril tenían clavados varios arpones emplumados. Vio tres formas diminutas parecidas a espinas golpeando contra el escudo de Merril, con una cuerda amarrada en su desnuda cabeza.

Clave gritó. Merril se agachó. Las espinas chisporrotearon sobre el tronco.

—Oh —dijo Merril—, el hombre de plata.

—¿Lo conoces?

—Sí… cuidado con sus mordiscos… estaba con los cazadores de copsiks en los Estados de Carther. No tenemos nada que pueda taladrar esa armadura.

Otra caja estaba llegando hasta su recinto cuando la cuerda se partió. La caja empezó a ir a la deriva. Los hombres se soltaron y volaron en trayectorias curvas, propulsados por las vainas, dirigiéndose hacia el tronco. Parecían estar demasiado lejos para poder hacer algo útil. La otra cuerda estaba floja.

—Es una polea —dijo Merril—. No hace falta que cortemos la otra.

—Es mejor que nos escapemos. Hay un cable que corre por fuera…

—No. Mejor es que nos unamos al grupo victorioso. Deprisa, o nos quedamos atrás.

—¿Victorioso…? —Entonces Clave vio lo que Merril quería decir.

Guerreros vestidos de verde se amontonaban alrededor del carguero. Algunos gateaban hacia las puertas. Los hombres de azul flotaban alrededor con la lasitud de los muertos. Los cazadores de copsiks que aún seguían vivos retrocedían hacia la curvatura del tronco para esperar la llegada de refuerzos.

Parecía como si la guerra del carguero hubiera terminado. Pero otros cazadores de copsiks estaban acercándose. Clave logró un tiro de suerte: ya sólo quedaban cinco, más el hombre de plata.

Ordon murió mirando asombrado una saeta en su pecho. El Grad vio su cara a través de la ventanilla… pero aunque Ordon hubiese podido oírle, no había nada que pudiera decir. El Grad se volvió hacia la pantalla amarilla.

Había en el ventanal cinco rectángulos flotantes: la vista de popa, dorsal, ventral y ambos costados. Se podían entrever hombres vestidos de azul, hombres y mujeres vestidos de verde; imposible decir cuáles estaban ganando.

Tres hombres de la Armada se movían por la cubierta de los motores de empuje. El Grad tocó unos guiones azules. Las llamas aparecieron cerca de ellos. Gritaron, se lanzaron, aletearon para intentar orientarse… y uno se encontró con una saeta clavada en el vientre.

Lawri gritó.

—¡Asesino!

—A algunos de nosotros no nos gusta ser copsiks —dijo el Grad—. A algunos de nosotros ni siquiera nos gustan los cazadores de copsiks.

—¡Tanto Klance como yo te hemos tratado siempre con amabilidad!

—Eso es totalmente cierto. ¿Pero que hicisteis con el resto de la Tribu de Quinn? ¿No te habrás olvidado de que yo tenía una tribu?

—¡Tu tribu ha muerto! ¡Tu árbol se desmoronó! ¡Maldito alimentador del árbol amotinado, tu tribu podíamos haber sido nosotros!

El Grad no tenía particular interés por hacerla callar. Las acusaciones de Lawri sólo levantaban ciertos ecos en su mente. El Grad ya había tomado sus propias decisiones.

Habló sin ira.

—¿No sabes lo que les estaba pasando a nuestras mujeres? Gavving tendría permiso para ver a su esposa de aquí a unos treinta días, pero cualquier ciudadano macho tenía derecho a ella en cuanto le apeteciera. Ahora que está embarazada, no sabe quién es el padre, y yo tampoco.

—Te matarán —dijo Lawri—. ¿Te he dicho cuál es el castigo por amotinamiento?

—Sigue así, pero noto que tu línea de argumentos ha cambiado.

Ella se lo dijo de todos modos. Parecía lo suficientemente espantoso; razón de más para mantener cerradas las puertas.

El Grad encontró la pantalla de infrarrojos. Aparecieron puntos rojizos por encima del tronco. Desconectó el infrarrojo y reconoció a Clave y a Merril, y a la Armada cazándolos… incluido lo que debía ser un enano en un traje de presión.

¡Clave y Merril! Entonces los cartheros estaban ya junto a él. Se maravilló.

Los guerreros vestidos de verde se precipitaban sobre el mac. Cuando la Armada se replegara sería capaz de envolverla en una llamarada, no sólo para matarla, sino como una señal para los cartheros. ¡Estoy con vosotros! Los cartheros ya hormigueaban por el mac y la Armada se retiraba por el tronco.

El Grad abrió dos líneas amarillas con las yemas de los dedos. Se dio la vuelta para saludar a los altos y sangrientos gigantes de la jungla.

Gavving estaba en pie, entre dos hombres que lo mantenían erguido, sin estar aún del todo despierto.

—¿Qué pasa? —dijo.

—Necesitamos pedaleadores —contestó alguien.

Cuatro hombres de la Armada ayudaban a tres somnolientos copsiks a salir de las barracas y a trepar a lo largo de la mata. Gavving controló su furia y Horse se lo tomó con su típica docilidad, pero Alfin todavía protestaba cuando lo sacaron hacia la luz solar.

—¡Soy el asistente del encargado de la boca del árbol! No soy un par de piernas que den de comer al árbol…

—Escucha. Estamos enviando hombres a la Ciudadela tan deprisa como podemos. Hemos hecho trabajar al grupo regular hasta casi la muerte. ¡Tomarás su lugar y pedalearás con los demás!

—¿Y cumpliré también con mis tareas normales? ¡Estaré medio muerto! ¿Puedo decírselo al Supervisor?

—Móntate en la bicicleta o le tendrás que decir al Supervisor a dónde se han ido tus pruebas. ¡Justo al mismo sitio que se irán tus Vacaciones!

Los copsiks de la plataforma estaban bañados en sudor; el sudor les corría en arroyos desde el cabello; pataleaban como hombres moribundos. Los hombres de la Armada ayudaron a tres de ellos a descender, poniendo mala cara ante el húmedo contacto. Otros hombres de la Armada estaban abordando el elevador.

Medio cielo tenía una textura verde.

¡La jungla! ¡La jungla había llegado hasta el Árbol de Londres!

Sólo se habían quedado tres hombres de la Armada. Uno de ellos era un oficial; Gavving lo reconoció, y llevaba una pieza de la antigua ciencia, una caja parlante. El resto había entrado en el elevador. Gavving estaba atado a la silla. Empezó a pedalear. El elevador subió.

La jungla estaba atacando el Árbol de Londres. La jungla se movía. ¿Quién había sido invitado? La nube verde estaba impresionantemente cerca… y retrocediendo.

¡Tendría que hacer algo! Pero, ¿qué? Hombres armados lo vigilaban.

El elevador estaba a decenas de klomters por encima suyo, y Gavving jadeaba. Sintió el cambio antes de verlo. Súbitamente le fue más fácil el pedaleo. El chirriante quejido de la bicicleta se adaptó a media octava. Levantó la vista.

La caja del elevador estaba dando vueltas, cayendo. Formas azules fueron escupidas de ella y se dirigieron hacia el tronco. Una era demasiado lenta. Cuando alcanzó el tronco se movía mucho más deprisa; rebotó, girando como algo roto, y continuó cayendo. Pero la caja caía con más rapidez.

—Dejad de pedalear. Manteneos en vuestros sitios —ordenó el oficial.

Los invasores habían cortado el cable. Ahora, ¿qué? Adentro te lleva hacia el este. La caja no iba a golpear donde ellos estaban; iba a golpear contra la rama hacia el este, pero ¿dónde? Gavving se imaginó la maciza estructura de madera chocando con el difuso follaje algodonoso.

—¿Oficial? ¿Y si eso choca con el complejo de las mujeres embarazadas?

—Está bajo la rama —dijo el hombre—. Mmmm… pienso que podría darle a alguien. ¡Maldita sea, es el complejo escolar! ¡Karal! Vete hacia el este hasta la punta de la rama y manda para abajo a todo el mundo. No dejes de examinar la choza. Ni la sección de almacenaje. Si vas lo bastante deprisa, podrás ponerte tú también a salvo.

—Señor, un hombre de la Armada —herido, con un brazo cruzado sobre el pecho— salió como una flecha desgarbadamente. Le siguieron otros dos.

El oficial habló por la caja parlante.

—Aquí Patry, Jefe de Grupo. El enemigo ha cortado los cables del elevador. ¿Cuál es vuestra situación?

La respuesta fue casi ininteligible por la estática. Gavving permanecía con la barbilla hundida y los ojos medio cerrados (pobre copsik agotado, demasiado cansado para pensar en amotinarse) y escuchando dificultosamente. Pudo oír—: Los elevadores funcionan. Nosotros… ando tropas. No sabemos cuántos son los enemigos, repito, cuarenta o cincuenta. No sabemos por cuánto nos sobrepasan en número. Nos están dominando. Están amañando el mac, pero incluso… no usan… atados.

—Veo dos masas oscuras al oeste.

—Olvídalas… demasiados problemas. Estamos enviando más hombres a la Ciudadela.

—Patry fuera.

El Grad reconoció a la mujer de largos miembros, Debby, por su largo y lacio cabello castaño. Los dos hombres que la acompañaban le eran desconocidos. Las ballestas con que le apuntaban le preocupaban menos que su miedo. No les gustaba el mac en absoluto.

Abrió ampliamente las manos hacia los costados.

—Soy el Científico de la Tribu de Quinn, el único que sabe cómo hacer volar esta cosa. Me alegra verte, Debby…

Lawri le cortó.

—¡Vete a darle de comer al árbol, amotinado! Te perderás en el cielo o nos estrellarás contra el tronco.

—…y esta es Lawri, la cazadora de copsiks.

Uno se recuperó.

—Soy Anthon. Este es Prez. Debby nos había hablado de ti, Grad. ¿Podemos irnos inmediatamente? ¿Recoger en las redes a todos nuestros guerreros y marcharnos? El hombre de plata se acerca.

—Estamos atados al árbol —dijo el Grad—. Cortad las cuerdas y quedaremos libres. Pero no voy a dejar a Merril y a Clave, y creo que hay tiempo para hacer otras cosas.

Señaló hacia la pantalla que mostraba la vista dorsal. Anthon y Debby se movieron a sus espaldas cautelosamente. Todo aquel material les resultaba anonadante.

—Aquella choza es el Lab. Debby, dentro podrás encontrar algunas cintas grabadas y la lectora, en las paredes. ¿Te acuerdas cómo era?

Debby asintió.

—Ve por ellas. Anthon, toma unos cuantos guerreros y corta las ataduras del mac. —El Grad miró las pantallas. Clave remolcaba a Merril mientras saltaba por la corteza, usando ambas piernas mientras Merril lanzaba saetas hacia sus perseguidores. Un hombre de la Armada cayó hacia atrás, herido. El hombre de plata llegó. El Grad dijo—: A ver si podéis hacerles una cobertura.

—Tú —dijo Anthon tranquilamente— no eres el jefe aquí, Científico.

—Aquí lo soy. ¡Y ya he tenido bastante para saber lo que es ser un copsik!

—Debby, trae toda esa comida de árbol al Científico. Toma un grupo. Prez, haz que corten los cables. —Anthon esperó hasta que hubieron salido por las puertas para volver a hablar. No quería testigos de aquella discusión—. Grad, ¿has luchado en alguna guerra?

—He capturado el mac.

—¿Tú? He superado… —Su voz se apagó—. No importa.

—¿Cuántos sois?

—Ahora, cuarenta, quizá menos. No cabemos dentro, pero podemos colgarnos de las redes.

—Quiero reunir el resto de la Tribu de Quinn. Están en la mata, y puedo encontrarlos. En el mac hay cosas suficientes como para hacerlo. Tenemos pequeños motores para esparcir fuego. Puede resultar fácil.

Anthon no quería precipitarse en tomar ninguna decisión. En el silencio, Lawri dijo:

—El no puede hacer volar el mac. Yo soy la Aprendiz del Científico.

—¿Por qué no la matamos? —preguntó Anthon.

—¡Espera! Es lo que dice… y yo mismo he matado al Científico. Lawri tiene muchas cosas que enseñarnos si se decide a hablarnos de ellas. Será inofensiva mientras siga atada.

Anthon asintió.

—Que viva. Pero yo soy el jefe de los Estados de Carther.

Yo el capitán del mac.

Anthon avanzó hasta las puertas y empezó a gritar órdenes. Había dejado pasar la palabra. Capitán. ¡El que violara las órdenes del Grad a bordo del mac sería un amotinado!

Los cartheros cortaron las cuerdas que sujetaban el mac. Saetas de las ballestas volaron hacia los hombres de azul que seguían a Merril y a Clave. Estos se tiraron de bruces en la corteza para protegerse. El hombre de plata llegó solo. No usaba vainas surtidor. Debía haber algo en aquel traje a presión que le permitía moverse.

El mac derivaba en libertad.

Lawri habló con un susurro de odio.

—¿Por qué no me han matado?

—Ellos no tienen las mismas razones que yo para apreciarte —dijo el Grad sin sarcasmo—. Si puedes, mantén tus opiniones en privado. ¿Piensas realmente que un guerrero de la jungla podría dejarte los controles?

Clave y Merril y Debby entraron como un torbellino. Debby había recibido una cuchillada y sangraba por las costillas. Merril voló hacia el Grad y lo abrazó.

—¡Grad! Quería decir Científico. Buen trabajo. ¡Quería decir glorioso! ¿Puedes hacer funcionar esta cosa?

El Grad sintió su gran importancia. ¡Que Clave y Anhton jugaran a los juegos de dominación! El Grad manejaría el mac, y esperaba que Lawri estuviese equivocada.

—Puedo hacerlo volar.

—¿Puedes encontrar al resto de los nuestros? —preguntó Clave.

—Están todos en la mata. Gavving está en la plataforma, de allí le recogeremos. Jayan y Minya con las mujeres embarazadas. Jinny y Alfin estarán en los Comunes. Podemos dejar el mac para recogerlos.

—Entonces vamos a trabajar. No puedo creerlo.

El Grad sonrió.

—¿Por qué habéis venido? No importa. Debby…

—Las tengo. Hemos tenido que luchar por ellas. —Siete cintas grabadas—. No encontramos la lectora.

—Quizá Klance… bueno, ya da igual. Sentaos. Tú también, Clave, Merril, ¡átate! —Miró las pantallas—. En pocos latidos podremos…

—¿Qué? —Clave vio cómo flotaban las pantallas en la ventana arqueada—. Este sitio es demasiado extraño para mí. ¡Todos esos cuadros me hacen bizquear! Yo… Grad, ¿tienes algo que nos permita librarnos del hombre de plata?

—No a menos que se ponga a gatear por los motores. Lleva un traje de presión de hombre estelar.

—Bueno, es que está matando a todos nuestros aliados.

—Esa pistola escupidora que lleva sólo puede hacerte dormir y que te sientas maravillosamente. Pienso que ahora no debe preocuparnos. Están fuera de acción. Anthon, buen cronometraje. Siéntate en una silla.

Anthon jadeaba; su ballesta estaba en línea con los ojos del Grad.

—¡Has esperado demasiado! Ese maldito dios de plata…

—¡Siéntate en una silla y átate! Y dime cuántos tenemos a la izquierda. —El Grad intentaba leer en todas las pantallas a la vez. Los cartheros desaparecían tras el horizonte del tronco. Algunos flotaban desmayadamente; los que no habían sido golpeados tiraban de los demás. El hombre del traje de plata estaba sobre el mac, disparando dardos.

Anthon dejó de mirar asombrado. Se estaba atando a la silla.

—No podemos herirlo. He sido el único que ha podido llegar hasta el carguero. Los demás no han logrado ir a ninguna parte. Le tienen miedo.

—No podemos abandonarlos.

El hombre de plata estaba disparando contra las puertas. El Grad apretó todos los dedos juntos. El hombre de plata se asustó mientras las puertas se le cerraban en las narices, luego se movió hasta que apareció en la pantalla de la vista dorsal. Estaba agarrado a las redes del casco.

—Está en el mac —dijo el Grad.

—Despréndete de él —dijo Anthon.

—¿Soltarlo?

—Podemos dejar a mis ciudadanos si nos llevamos con nosotros al hombre de plata. Vienen en camino vainas de repuesto.

—Demasiado bueno. —Los dedos del Grad tamborilearon. El hombre de plata todavía colgando de las redes cuando el mac enfiló hacia el tronco y empezó a bajar.

Diecinueve — El hombre de plata

La cuba de lavado era un gigantesco cilindro de cristal. Colgaba de la parte inferior de la rama de cuerdas ancladas en la negra corteza por encima de la cabeza de Minya. Alrededor se extendía una inmensa plataforma de mimbre tejido con ramas espinosas vivientes. Una capa de piedras bajo la cuba soportaba un lecho de carbones. Una tubería corría a lo largo de todo el camino desde la reserva de la boca del árbol hasta el depósito de agua: una impresionante realización si Minya no hubiese estado tan cansada y hubiera podido apreciarla.

Minya e Usa agitaban ropa sucia en una matriz de agua espumosa con una paleta de dos metros de larga. Habilidad y mucha atención. Si se dejaba, el jabón del lavado podía hacer demasiada espuma y derramarse de la cuba, arrastrando la ropa. La supervisora Haryet salió de pronto para ver cómo lo estaban haciendo.

Minya aún no tenía molestias, pero si la sensación de un ser vivo en su interior. El embarazo de Usa parecía absurdo, una protuberancia en una línea recta. Como las demás, parecía haberse acoplado a su nueva condición sin muchas dificultades. Una vez le había dicho a Minya:

—Sabemos durante toda nuestra vida que los cazadores de copsiks pueden ir a por nosotras. Bueno, pues ya han ido.

Una cadena de chozas se extendía a lo largo de la parte interior de la rama. Muchas de las mujeres preferían quedarse en ellas. Todas no estaban embarazadas. Algunas cuidaban de sus antiguos huéspedes. Todas trabajaban: haciendo punto, cosiendo, preparando la comida que sería cocinada en la boca del árbol.

La tranquilidad se rompió por un apresurado crujido. Cuatro personas irrumpieron del túnel que bajaba desde la choza de exámenes: Jayan y Jinny, la supervisora Dloris, y un hombre de la Armada con un brazo en cabestrillo. Karal la reconoció, corrió hacia ella, la asió del brazo. Minya se atemorizó al ver su brutalidad.

—Estás perfectamente. —Estaba boqueando—. Excelente. Minya. Quédate bajo la rama. Que nadie… nadie deambule fuera de aquí.

—No vamos a ocuparnos de eso. Estamos bastante molestas. ¿Debo pensar que los hombres no nos autorizan a…?

—No voy a quedarme. Minya, ambos elevadores y por lo menos un hombre están cayendo desde treinta klomters, y no sabemos dónde van a golpear exactamente. Tengo que advertir a los niños del complejo escolar. —Señaló con un dedo la punta de la nariz de Minya—. ¡Quédate aquí! —Y echó a correr por el túnel, bamboleante, con el pecho palpitando.

algo pasase, había dicho el Grad. Algo estaba pasando, eso estaba claro, pero, ¿qué? ¿Lo sabría Dloris?

Minya adivinó dónde estaba la supervisora. Se movió hacia el final de la línea de chozas y entró en la última mientras Dloris salía con Haryet.

—Hemos estado contando —dijo Dloris—. Gwen ha desaparecido. ¿La has visto? Tres metros de alta y pálida como un fantasma, con un huésped de un año.

—No últimamente. ¿Qué está pasando?

—Sacad la ropa y secarla y luego apagad el fuego ¿Tenéis cuerdas? Bien. Tenedlas a mano. —Las dos supervisoras echaron a andar.

Minya se volvió hacia Jayan y Jinny.

—Échanos una mano. Jinny, tenemos suerte de que estés por aquí. Ahora estamos ya todas juntas. ¿Sabéis lo que está pasando?

—No. Karal parecía bastante asustado.

—¿Es la guerra?

—Lo mejor que podíamos hacer es volver a nuestra tarea hasta que estemos seguras —dijo Usa.

Sacaron la ropa de la cuba, alzándola con poleas. Cayó algo de agua. Invirtieron la cuba y la movieron hacia atrás mientras las gotas de agua fluían lentamente para caer en el fuego. En la débil gravedad del Árbol de Londres el vapor no se desprendía a mucha velocidad. Tendía más bien a expandirse como un invisible globo, caliente hasta escaldar.

Minya nunca había visto que se apagara el fuego. ¡Dloris debía estar esperando algo realmente drástico!

Continuaron trabajando. Colocaron la colada en la prensa y movieron con una manivela dos grandes losas de madera. El agua se escurrió por los bordes, empezando a chorrear hacia abajo.

Algo golpeó a través del follaje, en algún sitio cercano.

Se quedaron heladas. Minya se hundió en los ramajes con Jinny e Usa a sus espaldas. Avanzaron hacia el sonido. Minya torció cuando pensó que cualquier cosa que hubiese caído ahora estaba inmóvil.

Allí había un rastro de ramas rotas. Lo siguió hasta los restos retorcidos de lo que había sido un oficial de la Armada. El cadáver llevaba una espada, envainada, y un carcaj todavía lleno, aunque el arco había desaparecido.

Ahora es la guerra —dijo Minya.

—Tenemos que matar a las supervisoras —dijo Usa.

Minya saltó.

—¿Qué? —Fue como si una piedra hubiese hablado—. No importa, tienes razón. Me parece que estabas… creí que habías renunciado a ello.

Usa sólo sacudió la cabeza.

Oeste te lleva hacia dentro. Adentro te lleva hacia el este. Lo primero que hizo el Grad fue enfilar la ventana arqueada recta hacia abajo. Bajaban suavemente… más deprisa… el Grad dirigía el mac hacia la punta oeste y encendió los cohetes de popa para corregir el rumbo mientras derivaba a lo largo del tronco.

Sus pasajeros estaban rígidos por el terror, excepto Lawri, que estaba rígida por la furia.

Todavía llevaban un pasajero en el casco.

La voz de Anthon era tartamudeante. No podía controlarla.

—Quisiera observar que debíamos volver a los Estados de Carther ahora. Tenemos al hombre de plata y el mac. Esos cazadores de copsiks no tienen cosas que valoren más. Podemos negociar por vuestros copsiks.

Aquello parecía sensato.

—¿Clave? —dijo el Grad.

—Vete a darle de comer al árbol.

—Quieres matar a algunos cazadores de copsiks —dijo Anthon—. De acuerdo, puedes bajar…

—¡Quiero ser yo quien los rescate! Soy el Presidente de la Tribu de Quinn. Están bajo mi protección. —Escupió la palabra—: ¡Negociar! Ellos nos atacaron, nosotros los atacamos a ellos. Tenemos el mac, y también tendremos al resto de nuestra gente. Conforme, Grad, Científico, ¿cuál es tu opinión?

Bajaban muy deprisa. El Grad inclinó el morro del mac y encendió los cohetes delanteros.

—Me hace gracia que lo preguntes —dijo el Grad—. Tenemos a la Aprendiz del Científico y el traje de plata y al único hombre vivo capaz de vestirse con él. Quizá podamos negociar. Nos quedaremos con el mac.

—Nunca —dijo Lawri—. ¡Negociar con copsiks!

Anthon y Clave se miraron.

—No importa —dijo el Grad, y todos se rieron. El tono de la voz de Lawri había sido lo bastante explícito.

Minya se detuvo y miró hacia afuera a través de la ventana de ramaje.

Las supervisoras habían encontrado a Gwen. Haryet la estaba reprendiendo mientras la conducía hacia las chozas. Haryet pertenecía a la segunda generación de copsiks, y era más baja que Minya; parecía diminuta al lado de su verdaderamente embarazada cautiva.

Nos oirán llegar, pensó Minya. Jinny también lo había descubierto. Avanzó a través del crujiente follaje, a diez metros al este de la posición de Minya ¡Bien! pensarán que escuchan a una, no a dos…

Dloris avanzó hacia Jinny con relámpagos en la cara. Abrir nuevos senderos estaba terminantemente prohibido.

Minya surgió por detrás de Dloris e intentó acuchillarla.

Gwen se volvió con su hijo entre los brazos y chilló. Dloris se dio la vuelta y miró fijamente. Quizá estar entre las madres y sus hijos había dado a la supervisora un cierto sentimiento de seguridad. Reaccionó lentamente. Antes de que pudiera agarrar la porra, Jinny la había sujetado de los brazos y Minya corría hacia ella con saltos largos y silenciosos.

Dloris se desasió de un manotazo. Jinny voló hacia atrás y llegó girando hasta Minya, que perdió un momento para dar un paso hacia un lado. Dloris levantó el medio metro de dura madera de los guardianes; lo usaba como un sable de la Armada.

—Espera —dijo—. Espera.

—¡Mi hijo no nacerá como copsik! —chilló Minya, y embistió.

Dloris bailó hacia atrás. El túnel se abría a sus espaldas, y Minya supo que podría parar a la supervisora antes de que llegara a él. Corrió hacia Dloris, dispuesta a golpear cuando la porra estuviera junto a ella. Jayan e Usa se movieron hacia aquel lugar a espaldas de Dloris. Jayan levantó la gran paleta, tan familiar, por el mango, mostrando el borde, como una espada que se manejara con dos manos.

Dloris bajó la porra.

—No me matéis. Por favor.

—Dloris, dinos lo que está pasando.

—Los Estados de Carther han asaltado el tronco. No sé quién está ganando.

—¿Han capturado el mac?

—¿El mac? —Dloris parecía completamente sorprendida.

La ataron con su cuerda. Usa quería hacer algo más; Minya conocía a Dloris demasiado bien para permitirlo. Ella no debería haber matado a Haryet tampoco, si… si…

Gavving vio que el mac descendía llameando. Patry hablaba por su caja, demasiado lejos como para que Gavving lo pudiera oír; pero el oficial de la Armada parecía furioso y asustado.

Vio que Gavving le observaba.

—¡Tú! ¡Todos vosotros! ¡Quedaos donde estáis! Si os movéis, tendré que disparar. ¿Entendido? Arny, cubríos.

Los dos hombres de la Armada desaparecieron entre el follaje. En aquel momento, Alfin dijo:

—Somos el cebo.

—Son sólo dos.

—¿Realmente piensas que tus amigos están en el mac? —preguntó Horse—. ¿Qué van a hacer con él?

—Rescatarnos —dijo Gavving con más seguridad de la que sentía—. Alfin, cuando el mac haya bajado, salta hasta las puertas y reza para que se abran.

Alfin resopló.

—Debes estar volviéndote loco. Mira esa cosa, ¿quieres que me monte en ella!

—Si puedo encontrar a Minya, yo mismo montaré en ella para huir de aquí.

—No tienes a Minya. Escucha, Gavving. Te recuerdo con los ojos enrojecidos y medio cerrados y llorando a mares. ¡Aquí han hecho su propio clima! Nadie pasa hambre, nadie está sediento. Es un árbol bueno y saludable con grandes cosechas de vida terrestre, Tengo un puesto de responsabilidad…

—¿Te gusta esto?

—Oh… comida de árbol. Quizá no me guste estar en ninguna parte. En la Tribu de Quinn también recibía órdenes. Me veo con una supervisora, una mujer simpática aunque sea como una torre junto a mí. No tenía nada parecido en la Mata de Quinn. Kor tiene ya un año o dos de más para el gusto de los ciudadanos, pero nosotros continuamos… y sigue sin gustarme esa caja.

—Yo lo haré. —Fue Horse quien habló—. Gavving, cédeme el puesto de Alfin.

El mac bajaba en línea recta hacia ellos. ¡Lo mejor sería que sus amigos estuvieran a bordo! Si no era así, no les quedaría otra opción que morir luchando.

—No es decisión mía —le dijo Gavving a Horse. Haz lo que yo haga, y ya veremos que dice Clave.

—Hecho.

—Alfin, la última oportunidad…

—No.

—¿Por qué?

Alfin le miró a los ojos.

—Aquí hay gravedad.

El grito de terror de Gwen hizo que su hijo despertase llorando. Pero ya se había tranquilizado. El conocimiento de Gwen estaba en las manos que acariciaban y daban amables palmaditas al niño. No había ninguno en sus ojos.

Las conspiradoras ignoraron a Gwen lo mismo que ella las ignoraba. Usa la hizo volver nuevamente, cuando intentó ir a las chozas. No querían que Gwen pudiera hablar con las demás.

—Usa —preguntó Jayan—, ¿estás segura de que necesitas esto?

Jinny no estaba embarazada; Jayan y Minya todavía no lo estaban tanto como para resultar un estorbo. Usa sí.

—No quiero que mi hijo nazca como copsik —contestó.

La rama se estremeció con la fuerza de un tremendo soplido.

—El segundo elevador —dijo Usa—. Karal dijo dos.

—Minya —intervino Jayan—, tú estuviste hablando con el Grad. ¿Qué dijo que hiciéramos?

—El Grad dijo que subiéramos. El intentaría capturar el mac. Si no podía hacerlo…

—Entonces ha muerto —concluyó Usa—, y los guerreros de los Estados de Carther habrán ido a la muerte, y nunca nos liberarán. O puede que haya capturado el mac. Que haya capturado el mac y haya metido a bordo a todos los guerreros de los Estados de Carther y esté intentando rescatarnos. ¿Quién viene con nosotros?

Nadie sugirió un nombre.

—Sólo nosotras somos nuevas copsiks. Que las demás hagan su propia revuelta.

—No vais a subir.

Se volvieron, sorprendidas. Los ojos de Dloris lanzaron su potencia letal. Obstinadamente, lo repitió.

—No vais a subir. Los túneles llevan a la aleta y a la boca del árbol. No hay ningún túnel que conecte con la punta de la mata; allí es donde viven los hombres. Ninguna de vosotras sabe hacer un túnel a través del follaje: y si llegáis a la punta, resaltaréis tanto como un moby en una cazuela.

—Entonces, ¿qué?

—Quedaros aquí hasta que vuestros amigos vengan a por vosotras.

Usa sacudió la cabeza.

—¿En el complejo infantil? Karal ya debe haber evacuado las zonas superiores.

—Usa, esto es muy complicado y no podemos conectar con la cima. Lo único que lograréis será perderos.

—¿A ti qué te importa todo eso, Dloris?

—Dejadme vivir. No digáis a nadie que os he ayudado.

—¿Por qué?

—Quiero por una vez escapar de mí misma. He sido supervisora demasiado tiempo. Muchos me desean la muerte. Pero vosotras solas no podréis subir. Quedaos aquí y esperad.

Se miraron unas a otras.

—Tú fuiste supervisora. ¿Durante treinta años? —Dijo Minya—. No. Creo que sé cómo tenemos que obrar.

El Grad enroscó los controles del motor… una chapuza. Habían de usarse a pares o en grupos para que el mac no empezara a girar. El Grad se dirigió hacia el follaje que había varios metros por debajo de la plataforma, con un horrendo estampido, y abrió las puertas en cuanto pudo.

Tres hombres saltaron hacia la puerta. Gavving agarró el brazo del hombre más viejo. El tercer hombre vestía de azul, y hacía girar una espada. Debby apuntó cuidadosamente y clavó una saeta de ballesta en él.

Gavving y el desconocido se metieron dentro. El hombre más viejo jadeaba.

—Tenemos que movernos —dijo Gavving—. Este es Horse. Quiere unirse a la Tribu de Quinn. Alfin no viene. Le gusta esto.

Un arpón emplumado rebotó entre las puertas. El Grad las cerró.

—Dejé a Minya y a Jayan —dijo el Grad— en el recinto de mujeres embarazadas…

—¿Qué? ¿Minya?

—Llevaba un huésped, Gavving. Tu hijo. Y los hombres no están permitidos en esa sección. —Más tarde, el Grad le diría la verdad… o parte de ella. De momento, para los testigos y para la grabación, Minya lleva el hijo de su esposo—. También está Usa allí, Anthon. Le dije a Minya que se reuniera con ella y que subieran hasta aquí. Tendremos que esperarlas.

Clave asintió. Gavving miraba fijamente con la boca abierta.

—Grad —dijo—, ¿no sabes que los túneles de los hombres no conectan con los de las mujeres?

—¿Qué dices?

—¡Que ellas no pueden ir más que a la aleta o a la boca del árbol, o volver! O abrirse camino… ¡Grad, es seguro que van a capturarlas!

Clave le puso a Gavving una mano sobre el hombro.

—Cálmate, muchacho. Grad, ¿dónde podríamos ir?

El Grad intentaba pensar. Pero fue Horse quien habló.

—No a la aleta. Aquello es de la Armada. Quizá nadie se dé cuenta de que hay unas cuantas mujeres de más en los Comunes o en las escuelas. O quizá se hayan quedado donde estaban y nos esperen.

—Jinny iría otra vez a la boca del árbol. De acuerdo. —El Grad encendió los motores delanteros.

El mac avanzó con la cola por delante a lo largo de la mata, dejando a su paso un sendero de llamas. Lawri chilló.

—¡Estás prendiéndole fuego al árbol! Fue ignorada.

—Yo hubiera ido al complejo de mujeres embarazadas. Nunca hubiese ido a los Comunes.

—Alfin sí —dijo Gavving—. Son grandes, y llegan hasta la boca del árbol. Si pudiéramos meter el mac en la boca del árbol…

Lawri se retorció.

—¡No podéis! ¡No podéis quemar la boca del árbol! ¿Qué vais a hacer? ¡Esto no es ya un motín, esto es una desenfrenada destrucción!

—¿Haría tratos el Árbol de Londres con copsiks amotinados? —preguntó Anthon suavemente.

Lawri permaneció silenciosa.

—Quedarnos aquí no va a resolver nuestros problemas. Antes fuiste muy convincente. Vamos a salvar a nuestra gente.

El mac se movió de lado a lo largo de la mata, acelerando poco a poco. Bajo ellos el cielo estaba despejado y el Grad hizo que el mac diese la vuelta.

Bajaron hasta más allá de la boca del árbol. El mac ralentizó, cerniéndose sobre ella. El Grad pulsó un par de botones amarillos. La luz relampagueó en los Comunes en dos rayos gemelos, como si el mac fuese un sol prisionero.

Las mujeres corrían… hacia otro lado. Todas eran gigantes de la jungla, saltando como ranas hacia el piso entretejido de ramas espinosas. Ninguna iba en el camino adecuado, ni era lo suficientemente morena como para ser Jinny.

—Baja —dijo Gavving como si su propia voz le hiriese—. Vamos al recinto de las mujeres embarazadas. ¿Qué hacemos cuando lleguemos?

El Grad dejó que el mac se sumergiera. Estaban ya debajo de la mata: el cielo era azul bajo ellos, verde más arriba.

—Esto está bajo la rama. Pienso que lo mejor es subir por ella. Puede que no lo consiga exactamente, y que los hombres de la Armada imaginen lo que estamos haciendo. ¿Estáis preparados para la lucha?

—Sí —dijeron varias voces.

El Grad sonrió.

—Quizá también podamos librarnos del hombre de plata, que todavía sigue con nosotros… ¿Qué es aquello?

Había cosas que caían del follaje. Un hato de ropa atado con cuerda. Grandes barras de pan. La carcasa de un pájaro, limpia y pelada. Poco después, del verde firmamento, empezaron a llover mujeres. Jayan, Jinny, y una gigante de la jungla: ¿Ilsa?

—Están saltando —dijo Gavving maravillado—. ¿Qué hubiera pasado si no hubiésemos venido?

—Lo hemos hecho —dijo Merril—. ¡Cógelas!

Cayeron dos grandes bolsas de cuero, y después otra mujer, saltando con la cabeza hacia abajo para alcanzar a las demás: Minya.

El Grad cortó los motores y estuvo pensando durante un momento. Era consciente de las voces que le gritaban pero era capaz de ignorar los ruidos que le estorbaban.

Recogerlas en la esclusa de aire. ¿Qué pasa con el hombre de plata? Todavía colgaba de la superficie dorsal. El Grad giró el mac para colocarlo entre el enano del traje a presión y las mujeres que caían.

Se estaban apartando. Harían falta tres operaciones. Primero, Jayan y Jinny. Se miraban la una a la otra con las manos entrelazadas, como cuando se desmanteló el Árbol de Dalton-Quinn. Parecían bastante tranquilas para las circunstancias. El mac se movió hacia ellas cuidadosamente.

El hombre de plata trepaba alrededor de la esclusa de aire.

—Agarraos —dijo el Grad haciendo que el mac girase. Más deprisa. Su cabeza también giraba; vio malestar en las caras que había tras él. El hombre de plata, sorprendido mientras daba la vuelta a una esquina, colgaba de las manos. El Grad usó los motores nuevamente, contra el giro, e hizo chocar violentamente al hombre de plata contra el casco. Este se desprendió y voló libre.

El Grad abrió las puertas. Las gemelas aún volaban hacia él. Expelió una ligera llamarada para frenar el mac: lo detuvo junto a ellas, volvió y se movió de lado. Y ambas empezaron a trepar por el mac.

Formas azules se deslizaban por el cielo verde. Hombres de la Armada, con vainas surtidor y arcos de pie y algo grande a lo que se agarraban tres hombres.

La reunión tendría que esperar.

—Agárrate a la silla —le dijo a Clave. Minya fue la siguiente. Volaba hacia el mac como si lo hubiera hecho durante toda su vida. El Grad no puso mucho cuidado; Minya golpeó contra el casco, y apareció con la nariz ensangrentada—. Lo siento —dijo—. ¡Gavving, no te preocupes de eso, ahora siéntate en una silla! ¿Quién es la siguiente?

—Es Usa —dijo Anthon—. ¡Están disparando contra ella! ¡Grad, cógela!

—Es lo que intento hacer. ¿Necesitamos la comida y todo lo demás? —Estaba ya junto a Usa, entre ella y los hombres de la Armada que caían. Voy resplandecía a espaldas de Usa. Flechas de arcos de pie marcaron el casco… pero aquel ruido sordo no encajaba en sus esquemas. ¿Qué…?

La mirada de terror y determinación de lisa se disolvió en un sueño feliz. El lo supo antes de mirar: el hombre de plata había vuelto, con pistola escupidora y todo lo demás. Estaba en la superficie dorsal, fuera del alcance de las puertas, y Anthon había lanzado una cuerda alrededor de la cintura de Usa y estaba tirando de ella.

—Métela… —Las sillas estaban ocupadas—. Que alguien la ponga en la pared del fondo y se quede junto a ella. No toquéis ningún aparato. Debby, pon una saeta encordada en esa carcasa y tira de ella.

—El hombre de plata… —dijo Anthon.

—Está muy cerca. Si él consigue atravesar la puerta, saltad todos sobre él. La pistola escupidora no puede matar, pero si nos dispara a todos, podrá apresarnos.

Jinny informó al Grad.

—Llevamos un montón de ropa limpia y una provisión de agua.

—Ya tenemos agua. La ropa… ¿por qué no? Eh, le dije a Minya que subierais. Si lo hubieseis hecho, nunca os hubiéramos encontrado…

—Con el mac en tu poder —dijo Minya—, habrías logrado encontrarnos hasta en el cielo.

Los hombres de la Armada no habían abandonado la espesura verde situada debajo y al extremo de la rama. Bastante sorprendente. Si fallaban en el intento de capturar el mac, ¿cómo podrían alcanzar el árbol otra vez? Debían haberlo considerado útil, Denso el Grad, pero no lo era para la voluminosa cosa de materia estelar que manejaban como un arma.

La carcasa del pájaro salmón se había convertido en una negra silueta con un doloroso Voy brillando tras ella. Anthon y Debby apartaban la vista del resplandor… pero sus flechas atadas se habían clavado y estaban recogiéndolas. Quizá el hombre de plata esperaba a que alguien sacara la cabeza; nadie lo hizo. Intentó entrar cuando recogieron el paquete de ropa, y el Grad estuvo a punto de pillarlo entre las puertas que se cerraban. Aquello dejó también fuera la ropa, y un borde rojo alrededor de un diagrama amarillo.

—Nunca antes había visto el rojo. ¿Qué quiere decir?

Lawri se dignó a contestar, despectivamente.

—Emergencia. El asidero de la cuerda impide que cierre bien la esclusa.

El Grad abrió la puerta (la roja advertencia desapareció) y Debby logró introducir el paquete de ropa en el mac. El hombre de plata no intentó seguirla esta vez. Las puertas podrían herirlo. Perdió su última oportunidad: el Grad cerró las puertas y suspiró de satisfacción.

Su suspiro se cortó cuando la pantalla baja llameó limpiamente, rojo deslumbrante; luego esta visión desapareció de la ventana arqueada.

Las otras pantallas mostraron reflejos del torturante brillo escarlata.

—¿Puede dañarnos esa cosa? —Preguntó Anthon mientras Lawri gritaba:

—¡Ahora lo veréis! ¡Van a cortaros por la mitad!

Clave dijo:

—Casi nos alcanzan. Los vamos a tener en el casco si…

—¡Id a darle de comer al árbol! —les gritó el Grad a todos ellos. No podía pensar. ¿Qué podía hacerles aquella luz? Ni Klance ni Lawri la habían mencionado nunca.

Tenemos todo lo que necesitamos. Olvida el pan, olvida el agua. ¡Vete! Ellos nunca tendrán el mac.

Lawri vio cómo movía la mano y chilló.

—¡Espera! —El Grad no lo hizo. Palmeó el centro de la gran barra vertical de color azul.

Veinte — La posición de la aprendiz de científico

El aire silbaba al salir de los pulmones del Grad. Empezaba a sentirse aplastado. Su brazo izquierdo había perdido el contacto con el brazo del sillón; este había quedado tras él, empujado por su hombro al chocar. El sillón era demasiado bajo para aguantarle la cabeza. Le dolía el cuello salvajemente. Por encima del tenue quejido del motor principal pudo oír cómo sus pasajeros luchaban para respirar.

Aquello debía estar matando a los gigantes de la jungla.

El Árbol de Londres se desvanecía como un sueño por la vista de popa. En aquel momento estaban en la tormenta, y estaban ciegos. El Grad intentó levantar el brazo derecho, tocar la barra azul, acabar con la fuerza que le aplastaba. Arriba… arriba… más lejos… el brazo volvió a caerle sobre el pecho con una sacudida que le sacó la última bocanada de aire de los pulmones. Se le enturbió la vista.

La mandíbula de Lawri se hundía en su clavícula. Estaba segura de que aquello relajaría su cuello tanto como la gravedad se lo permitiera.

Vio a Jeffer que intentaba apagar el motor y supo que no podría hacerlo. Y los brazos de Lawri estaban atados.

Esto matará a algunos amotinados, pensó con admitida satisfacción. Y a mí con ellos. El láser-com podría quemar o cegar usado desde cerca, pero ciertamente casi no podría dañar el mac. Seguiría tumbada con la esperanza de que los amotinados fuesen dominados por el pánico. Lawri había triunfado incluso más allá de sus ambiciones. ¡Pero eso me está matando!

La pantalla de nubes fue sobrepasada y desapareció.

Gold estaba a la izquierda del centro de la ventana arqueada. El Anillo de Humo se arrastraba a la izquierda de Gold. Aceleraron hacia el este y un poco hacia afuera.

Este te lleva hacia afuera…

Estaban atravesando el Anillo de Humo.

Yo ya lo sabía. El loco de Jeffer va a matarnos a todos.

Con la cabeza apoyada hacia abajo, con los extremos de lo que podía haber sido un reposacabezas elevándosele salvajemente en los omóplatos, Gavving miró paralelamente a su nariz, intentando darle sentido a lo que estaba viendo.

El cielo se deslizaba por los bordes de la ventana arqueada. Una familia triuna se partió y revoloteó y desapareció antes de que pudieran huir. Una pequeña y aplastada jungla verdosa derivó muy cerca, aceleró, desapareció rápidamente. Una nube blanca y esponjosa apareció por delante. Muy cerca. Blanca ceguera, y el mac se estremeció y resonó bajo el impacto de las gotas de agua. Algo pequeño golpeó contra la ventana arqueada con un terrible estruendo y dejó una película rosada de un cuarto de metro de diámetro. En un respiro la lluvia la había borrado.

La nube se marchó, y el cielo ante ellos apareció claro y sin obstáculos. Gold y el Anillo de Humo eran como bolas de pelusa en un tallo, recortándose contra el cielo azul… un profundo, oscuro cielo azul, un color que Gavving no había visto en toda su vida.

Giró la cabeza para mirar a Minya. El dolor de su cuello cambió… la presión disminuyó ante aquel gesto.

Minya le volvió la mirada. Amada Minya, su cara era más redonda de lo que Gavving recordaba. Gavving intentó hablar y no pudo. Apenas podía respirar.

Minya susurró.

—Casi.

La luz principal del MAC había vuelto, ¡y cambiaba al azul!

Un cambio en su línea espectral y podría dominarlo. Afortunadamente. Kendy abortó su habitual mensaje. El erosionado programa del MAC estaría bastante ocupado sin necesidad de nuevas ocupaciones. El MAC estaba volando. Debía llevar acelerando unos cuantos minutos. Por el cambio de frecuencia, estaba adquiriendo velocidad suficiente como para escapar del Anillo de Humo… ¡a unas cuantas decenas de miles de kilómetros de la propia Disciplina!

Cuando la luz se apagase, Kendy enviaría el mensaje. El aire empezaba a aligerarse alrededor del MAC. La recepción sería buena.

—Kendy del Estado. Kendy del Estado. Kendy del Estado.

El sonido se detuvo, la terrible gravedad desapareció, todo al mismo tiempo. Los cuerpos eran como arcos destensados. Los ciudadanos, que no habían tenido aliento para gritar, empezaron a hacerlo.

Mientras los gritos reflejos cambiaban a gruñidos, el Grad pudo escuchar a Lawri diciendo:

—Jeffer. Nunca uses el motor principal a menos que quieras empujar el árbol.

El Grad sólo pudo asentir. Había capturado el mac, y… comida de árbol, todos lo sabían, si no lo hubiese matado le habría llevado a bordo del mac! Y entonces el Grad tocó la barra azul.

—Lawri —dijo—. Estoy abierto a sugerencias.

—Dale de comer al árbol.

El Grad escuchó una carcajada desde la popa… de Anthon. Debby le estaba aplastando el vientre duramente. El golpe le había doblado como una U, pero todavía se reía, y ella se unió a su risa.

¡Tenían razón! Habían estado tumbados junto a la pared trasera, protegiendo a Usa de lo que podría haber sido una sacudida. Las sillas asesinas podrían haberles roto la espalda, pero ninguno de los gigantes de la jungla había estado con ellos.

Otros aún gruñían, agitándose, pasando del dolor al miedo. Usa empezaba a despertar. Merril —ojos vacíos, hipnotizados por el peculiar cielo que se precipitaba por la proa— parecía estar al margen de todo.

—Bueno, ¡alguien tiene que hacer algo!

La voz de Clave se extendió, y llenó la cabina del mac hasta la saturación.

—Calmaos, ciudadanos. No tenemos muchos problemas. Recordad dónde estamos.

Otros sonidos se detuvieron.

—El carguero fue construido para esto —dijo Clave—. Llegó de las estrellas. Sabemos cómo funciona dentro del Anillo de Humo, pero fue construido para funcionar en cualquier parte, ¿no es así, Grad?

Aquella evidencia se le había pasado por alto a él.

—No en todas partes, pero… fuera del Anillo de Humo, seguro que sí.

—Eso está bien. ¿Cuál es nuestra situación.

—Dame un respiro.

El Grad estaba avergonzado. Esto permitió que Clave volviera a poner su mente en marcha. No tenemos problemas. Afortunadamente. Clave no tenía el entrenamiento adecuado para saber que aquello no tenía sentido.

La pantalla azul estaba encendida. Tracción: 0. Aceleración: 0. El gran rectángulo azul tenía un borde de parpadeante color escarlata: motor principal encendido, combustible agotado. Dio un ligero golpecito, con la esperanza de que sirviera de algo. O2: 211. H2: O. H2O: 1,328.

—Agua en abundancia, pero nada de combustible. No podemos maniobrar. No encuentro solución, no sé adonde vamos a ir. ¿Lawri?

Sin respuesta.

—Estamos condenados a caer antes o después. —Pantalla verde—. La presión está bajando en el exterior.

Estamos… —Aquello podría causar disturbios, si los demás se enteraban—. Estamos saliendo del Anillo de Humo. Por eso el cielo tiene ese color tan peculiar. —Pantalla amarilla—. El soporte vital parece bueno. —Pantallas de las ventanas—. ¡Oh, madre mía!

En las vistas de popa y laterales, todo había disminuido: los árboles integrales eran palillos, los estanques gotas brillantes, todo parecía sumergido en la niebla. Gold era una protuberancia dentro de una lente más amplia con formas de nubes que se desvanecían hacia el este y el oeste: una forma tormentosa que se esparcía por el Anillo de Humo. El planeta oculto parecía indecentemente cercano.

—¿Grad?

—Lo siento, Clave, me había transpuesto. ¡Ciudadanos, no os perdáis esto! Nadie había visto el Anillo de Humo desde fuera, sólo los hombres que llegaron de las estrellas.

Todos se acercaron para ver las pantallas o echar una mirada al exterior a través de las ventanas laterales. Pero Gavving dijo:

—Creo que Horse ha muerto.

¿Horse? El viejo que Gavving había llevado con él. Horse, ciertamente, parecía estar muerto; apenas dudaron de que la marea hubiera parado el corazón de un hombre viejo. Pobre copsik, pensó el Grad. Nunca se había encontrado anteriormente con Horse, ¿pero qué ser humano querría morir poco antes de poder ver aquello?

—Tómale el pulso.

—Vista a babor, Jeffer —dijo Lawri.

Había algo en su voz… el Grad miró. Junto al borde: ¿un destello plateado?

—No…

—¡Es Mark! ¡Todavía está ahí afuera!

—No puedo creerlo.

Pero el traje a presión plateado gateaba ante sus ojos. El enano debía estar agarrado a las redes durante toda la salvaje aceleración.

—¡Jeffer, déjale entrar!

—¡Es un hombre! Yo… Lawri, no puedo. La presión es demasiado baja en el exterior. Perderíamos nuestro aire.

—Se va a morir ahí afuera. Espera un minuto. Abre las puertas una por una. ¡Ah! ¡Por eso Klance las llamaba esclusa de aire! Lo decían las cintas grabadas.

—Seguro. Dos puertas mantienen el aire dentro. De acuerdo. —Golpes apagados resonaban a popa. El hombre de plata necesitaba entrar—. Anthon, Clave, puede ser peligroso. Quitadle la pistola en cuanto haya entrado. —El Grad despejó todo excepto la pantalla amarilla. De momento no podía tomar decisiones rápidas. Pellizcó juntas ambas líneas —había que asegurarse de que estaban muy apretadas— y luego abrió la puerta exterior con el dedo índice.

El hombre de plata desapareció de la vista al entrar en la esclusa de aire.

Bien. Cerrar la otra línea, un momento… ¿no hay bordes rojos? Abrir la interior. El aire siseó en la esclusa. El hombre de plata penetró en el mac, le dio a Anthon la pistola escupidora, y se llevó las manos al yelmo.

En el fondo de su ser, Lawri había esperado en el último minuto un contramotín por parte del hombre más duro de la Armada. Abandonó aquella esperanza cuando le vía la cara. Mark era un enano, naturalmente, y los huesos de su rostro se marcaban brutales; pero la mandíbula le colgaba fláccidamente y su aliento era rápido y su cara palidecía por la impresión. Sus ojos titubearon por la cabina, buscando seguridad.

—¿Minya?

Una mujer de cabello oscuro le contestó.

—Hola, Mark.

Su voz era opaca y su expresión hostil. Mark asintió sin alegría. Reconoció a Lawri.

—Hola, Aprendiz del Científico. ¿Y ahora qué?

—Estamos en poder de los amotinados —dijo Lawri—, y quisiera que se dedicaran a algo mejor que a volar con lo que han robado.

El Primer Oficial de los amotinados dijo:

—Bienvenido a la Tribu de Quinn, como ciudadano.

La Tribu de Quinn no tiene copsiks. Yo soy Clave, el Presidente. ¿Tú quién eres?

—La Armada, el hombre puntero, la armadura. Mi nombre es Mark. Ciudadano no suena mal. ¿A dónde vamos?

—Nadie parece saberlo. Por ahora, no vamos a confiar completamente en ti, Mark, así que vamos a atarte a un asiento. Puede que para ti haya sido realmente un paseo. Quizá estés hecho de materia estelar.

Mark se dirigió hacia una silla vacía.

—Considerando todas las cosas, prefiero pasear dentro. Sería una locura salir. Espero que realmente no vayamos a golpear contra Gold, ¿verdad?

¡Se ha vuelto dócil!, pensó Lawri con disgusto. ¡Se ha entregado a los amotinados! ¿Iban a ganar realmente?

Y entonces vio lo que los demás no habían visto.

Clave contó diez asientos y trece ciudadanos, uno de ellos muerto. Horse no necesitaba silla. Ni ninguno de los tres gigantes de la jungla. ¡Todo lo contrario! Pero incluso contando con el amplio hueco para la carga, en la popa, el mac estaba atestado.

Los ciudadanos parecían haberse tranquilizado. Estaban demasiado maltrechos y cansados para sentir, pensó Clave. Tuvo consciencia de que aquello le dominaba incluso a él mismo. Muchos de ellos —incluido el hombre de plata— miraban a través de las ventanas.

El cielo estaba casi negro y con docenas de puntos blancos esparcidos por él. La Aprendiz del Científico rompió su enfadado silencio para decir:

—Habéis estado oyendo hablar de esto toda vuestra vida. ¡Las estrellas! Lo decíais sin saber de lo que estabais hablando. Bien, ahí están. Moriréis por eso, pero habéis visto las estrellas.

Eran reales, e impresionantes, pero sólo eran puntos. Lo que llamaba la atención de Clave eran el Fantasma Azul y el Fantasma Niño. Nunca los había visto. El par de abanicos de luz violácea eran vividos y terroríficos. Estaban completamente fuera del Anillo de Humo, saliendo a raudales del agujero que había en el anillo.

Anthon y Debby seguían ocupados. Habían colgado los ponchos y la ahumada y limpia carcasa de un pájaro salmón de los ganchos que había a lo largo de las paredes de la zona de carga. En aquel momento estaban cortando delgados filetes del pájaro.

Clave recordaba que se había sentido exactamente como ahora cuando el árbol se desmoronó. ¡Todavía no sabía lo suficiente sobre el arte de tomar decisiones! Entonces, había estado dispuesto a estrangular al Grad por ocultar información. En aquellos momentos…

El Grad le estaba mirando con cierta desconfianza. ¿Estaría pensando que Clave guardaba intenciones de atacar a los prisioneros? Clave sonrió. Se fue hacia la parte trasera y ayudó a los gigantes de la jungla a distribuir entre los pasajeros loncha de carne enrollada.

La situación era distinta. Allí Clave no era el Presidente. Si morían, no sería por su culpa.

Probablemente, los gigantes de la jungla encontraban al mac aún más terrorífico de lo que le parecía a él aunque actuaban como si estuvieran en su casa. Las cantimploras de agua fueron pasando arriba y abajo por las sillas… tres calabazas que no parecían muy llenas. Clave se preguntó si el mac tendría una reserva de agua.

Iba a formular la pregunta, pero el Grad habló primero.

—Gavving, ¿puedes venir un momento?

Había urgencia en su voz. Anthon lo notó, pero siguió con lo que estaba haciendo. Y lo mismo Clave. Si necesitaban su ayuda tendrían que pedírsela.

Gavving se apretó entre Lawri y el Grad. La convocatoria era sobre algo importante. Minya notó que la miraba, y que Gavving necesitaba algo de tiempo para sosegar las facciones.

El Grad señaló.

—¿Ves el borde rojo parpadeando alrededor de ese número?

—Sí.

—El rojo quiere decir emergencia. Ese número se refiere al aire de la cabina. ¿Cómo te sientes? ¿Te viene un ataque de alergia?

—De momento, es lo que menos me preocupa. —Gavving escuchó a su cuerpo. Los oídos y los senos nasales se sentían desdichados… los ojos escocidos— …Quizá.

Los números amarillos deslizaron un dígito tras el punto decimal.

—Aprendiz del Científico, ¿algún comentario?

—Prueba tú mismo, Jeffer el Científico.

—Mmmm.

—Grad, ¿qué quiere decir?

—Oh, lo siento, Gavving. No hay aire en el exterior. El aire de dentro debe estar escapando hacia el, hum, universo. Ya sabes. Te dije lo confuso que me sentía. Quizá puedas sugerir algo.

Gavving lo sugirió.

—Lo que Clave dice…

—Clave no dice que el mac tiene ya casi cuatrocientos años y quizá se desmantele.

—Como las piezas de las bicicletas… conforme, ¿cuál es la opinión de la Aprendiz del Científico?

Lawri afrontó sus miradas implorantes con los labios apretados y los ojos fijos en los de Gavving. El Grad sonrió y dijo:

—Mejor es que le preguntes su opinión sobre nosotros.

Gavving no lo hizo.

—Cuatro guerreros enemigos, seis copsiks amotinados, un cadáver, y un hombre de la Armada que ha rendido su arma. —Su expresión se alteró. ¿Se había olvidado Lawri del hombre de plata? No era fácil. Probaría de otro modo—. Yo solamente me pregunto si ella es lo suficiente buena para salvarnos, y si querría. Podemos perder demasiado tiempo en eso.

El Grad asintió.

—Lawri, si el Científico estuviera aquí, ¿podría salvarnos?

—Quizá. ¡Pero no lo haría!

—¿Klance no salvaría el mac? —El Grad sonrió.

Lawri se encogió de hombros lo mejor que pudo dentro de sus ataduras.

—De acuerdo, Klance habría salvado el mac.

—¿Cómo? —Lawri no contestó—. ¿Tú puedes salvarnos?

Enarcó una ceja hacia ellos. Gavving lo encontró admirable, pero en cambio dijo:

—Eso es un farol. Grad, podemos arreglárnoslas solos. El Científico decía cosas sobre gases, ¿no es así?

—Ambos Científicos lo hacían. Era sobre el… ¿oxígeno? Podemos sacar aire del tanque de oxígeno. El tanque de hidrógeno es el que está vacío. Y… podemos hacernos con combustible si actuamos con mucho cuidado. El mac descompone el agua en los dos elementos del combustible. El primer elemento, el oxígeno, es lo que respiramos. Por lo menos, tendremos algo más de tiempo.

Gavving estudió la cara de la chica rubia. ¿Qué haría ahora? ¿Qué necesitaba? Si sólo quería que todos murieran, morirían. Pero había algo que ella aborrecía más que el motín.

Dependía de que se lograra el propósito del Grad que, por otra parte, era una buena idea. ¿Cómo? Formulando preguntas estúpidas; aquello siempre funcionaba.

—¿Podemos encontrar la fuga? ¿Quemar algo y mirar por dónde sale el humo?

—¡Sí! Esto convencerá a todos de que ha sido un error, me parece, y quemar también un poco de aire. ¿Mph?

—¿Inspiración?

—Moléculas de… pedazos de aire que se mueven más lentamente cuando se enfrían. —El tablero había revivido con números amarillos y dibujos. El Grad tocó una punta de flecha en una línea vertical, luego movió la yema del dedo lentamente hacia delante suyo. La cabeza de flecha se desdobló, y una siguió su dedo.

—Nunca me había imaginado que pudiéramos poner la cabina más fría o más caliente, pero es la verdad. Ese oxígeno es líquido. ¡Frío! Nos congelaría los pulmones si no hubiese algo que mantuviera caliente la cabina. De acuerdo, ahora hará más frío, pero viviremos más tiempo. Pienso que lo mejor es decirle a Clave lo que estamos haciendo y que sea él quien lo anuncie. Ahora ya sabemos para lo que nos van a valer los ponchos que traemos de más. Luego probaremos lo del humo…

Lawri habló.

—¡Déjame ponerme en los malditos controles!

Gavving se volvió hacia ella. Ocultó una sonrisa. Lawri podía querer verlos muertos, pero no podía dejar que el Grad los salvara sin su ayuda.

—¿Es demasiado difícil decírselo al Grad? —preguntó Gavving.

—No. Pero no quiero.

—¿Grad? ¿Probamos el humo?

—Peor sería que Lawri pudiera matarnos. Además, desde siempre ha querido hacer volar el mac. Lawri, el puesto de Aprendiz del Científico está libre por ahora.

Lawri flexionó los brazos y miró hacia sus captores. Le escocían las manos; tenía los brazos doloridos. Su mayor deseo era golpear a los amotinados. Pero la mirada que había en el rostro de Jeffer… como la de Klance esperando la respuesta correcta a alguna estúpida pregunta rutinaria…

El cielo estaba negro como el carbón. Las estrellas eran puntos blancos, como diminutas versiones de Voy, pero miles de ellas. Y si aquello despertaba el miedo en Lawri, ¿qué podía hacer con aquellos salvajes? Los observó mientras ingerían filetes enrollados de carne cruda, y súbitamente sonrió.

Se estiró hasta más allá del Grad y apretó la tecla blanca.

—Prikazyvat Voz—. ¡Oíd esto, alimentadotes del árbol!

—Preparado —dijo una voz que no pertenecía a nadie en el mac—. Identifícate.

La charla de sobremesa concluyó en un silencio mortal. El gigante de la jungla macho montó el arco. Lawri les dio la espalda.

—Soy Lawri, el Científico. Danos tu situación.

—Los tanques de combustible están casi vacíos. Fuerza agotada, baterías cargándose. La presión del aire está bajando, quedará peligrosamente baja dentro de cinco horas, letal en siete. Pantallas asequibles.

—¿Por qué estamos perdiendo presión de aire?

—Todas las aberturas están selladas. Buscaré la fuente de la fuga.

Lawri desconectó el botón blanco.

—Eso es lo que nos va a matar. Nos asfixiaremos por falta de aire. Es demasiado malo. Tendremos un gran espectáculo, pero no quiero verlo —centelleó hacia el Grad.

—¿Por qué apagas la pantalla?

—La Voz no puede oírnos hasta que apriete de nuevo. Puede hacer cosas imprevisibles si se le da una orden equivocada, incluso aunque sólo siga algo equivocado.

—¿Puede hablar conmigo?

—Eres un… —Su desprecio se convirtió en otra cosa—. Necesita identificarte, y recordarlo. Hmmm. Inténtalo. —Apretó el botón para hablar.

—Prikazyvat Voz —dijo el Grad.

—Identifícate.

—Soy el Científico de la Mata de Quinn. ¿Tenemos combustible suficiente para poder volver al Anillo de Humo?

—No.

Por un momento, el Grad se olvidó hasta de respirar.

Luego dijo:

—Tenemos una reserva de agua. Podemos descomponerla para conseguir combustible?

La Voz se detuvo. Luego continuó.

—Si el flujo de luz solar mantiene su actividad, podré obtener combustible suficiente para conseguir volver. Percibo muy cerca de nuestro curso una masa. Puedo usarla como fuente de gravedad.

—¿La masa es Gold?

—Repite.

—La masa, ¿es el Mundo de Goldblatt?

—Sí.

El Grad pulsó el botón antes de empezar a reír.

—¡Ir a Gold! Si con eso sobrevivimos…

La susurrante popa había llegado a ser un obstáculo. Con el aire convirtiéndose en hielo y una Voz hablando desde las paredes, el almuerzo empezaba a derivar hacia el pánico.

—Gavving —dijo Jeffer—, deberías decirles algo sobre la presión. No tenemos tiempo de informar a Clave.

—¿Puedo hacerlo yo? —preguntó Lawri. Ella sabía más sobre lo que iba a ocurrir.

Jeffer parecía espantado.

—¡Lawri, creen que has sido quien ha causado la fuga!

—Salvajes…

—Cualquiera lo habría supuesto.

Lawri no supo si el Grad era consciente de lo que su frase implicaba.

Gavving estaba hablando con el resto de los amotinados sobre la fuga. Lo hizo extensamente, incluyendo lo que planeaban hacer. Jeffer pulsó el botón blanco.

—Prykazyvat Voz. ¿Has encontrado la fuga?

—No encuentro ningún punto de fuga. El aire está desapareciendo.

—¿Podremos sobrevivir hasta que regresemos al Anillo de Humo?

—No. El curso que he programado dura veintiocho horas. La presión del aire llegará a niveles letales dentro de diez. Los tiempos son aproximados.

Lawri no recordaba exactamente cuánto podía durar una hora. Y… ¿diez horas? Pasarían siete antes de que la cabina estuviera lo suficientemente fría. Se preguntó por qué la Voz no lo habría tomado en cuenta. A veces la Voz parecía un poco loca.

—Pantallea —dijo Lawri— las áreas en que has buscado la fuga.

De los diagramas de líneas amarillas de la cabina brotaron bordes verdosos a lo largo de dos tercios del interior. Puntos rojizos parpadeaban por todas partes.

—Esos son los sensores que han muerto —le dijo Lawri a Jeffer—. Voz, realiza el curso de corrección.

—Prikazyvat Voz —añadió Jeffer—. ¡No uses el motor principal en ningún momento!

—Lo encenderé mientras quede combustible —dijo la Voz—. Arderá en diez segundos. Nueve. Ocho.

—¡Qué todo el mundo se agarre a algo! —avisó Jeffer.

Los amotinados se estaban poniendo los ponchos sobrantes sobre la ropa. Se detuvieron para atarse con correas. Los gigantes de la jungla se desplazaron hasta la pared de popa y se asieron a los utensilios…

—Dos. Uno.

Pero sólo se encendieron los cohetes de posición. La nariz del mac giró hacia el Anillo de Humo y se quedó así mientras se encendían los motores de popa. Aquello duró unas cuantas decenas de inspiraciones. Pasarían muy cerca de Gold… que se había convertido en una inmensa tormenta espiral de aspecto afilado, y cuyo borde estaba ya bajo ellos.

Mark no estuviera atado, pensó Lawri, y si el motor principal se encendiera, nadie sería capaz de moverse excepto Mark. Había algo que debía recordar. Jeffer no parecía haber descubierto que la tracción podía ser controlada, apretando en lo alto, o bajando los rectángulos que se alzaban, o bajando la corriente de combustible.

Mientras tanto… ¿cómo podrían controlarse las fugas? Si había un modo de hacerlo, Lawri estaba condenada a encontrarlo antes de que lo hiciera Jeffer.

Veintiuno — Ir a Gold

—Kendy del Estado. Kendy del Estado. Kendy del Estado.

La respuesta llegó casi instantáneamente, aguda y crispada a través del cercano vacío y menguante distancia. El MAC estaba fuera del Anillo de Humo. Kendy nunca había enviado un mensaje tan claro desde el motín. Dijo:

—¿Status?

Los motores, todos ellos, eran funcionales. Combustible: unas tazas llenas. Agua: una buena cantidad. Convertidores de fuerza solar: funcionales. Baterías: cargadas, pero funcionando a bajo nivel mientras descomponían agua en hidrógeno líquidos. El flujo de luz solar de T3 podía estabilizarse en el vacío. Aquello produciría combustible.

El MAC estaba en manual. El flujo de CO2 indicaba que iba atestado de pasajeros. El dióxido de carbono se acumulaba lentamente; el sistema de soporte vital casi podía conducirlo… y la cabina estaba perdiendo aire. ¡Oh, mierda, iban a morir!

—Grabación del curso desde la ignición.

Llegó. El MAC estaba avanzando. Esto debió ocurrir cerca del punto L2 —la propia localización de Kendy, el punto de estabilidad tras el propio Mundo de Goldblatt. Y, si no hubiera sido por el Mundo de Goldblatt, el MAC hubiera vuelto a la seguridad… pero el corazón de un antiguo planeta gigante y gaseoso logró que la órbita del MAC fuese casi un círculo inclinado totalmente fuera del Anillo de Humo.

—Desvíate cuando lo ordene.

Confusión masiva en el funcionamiento.

—Dame una vista de video de la tripulación.

—Denegado.

Y la presión de la cabina seguía bajando. Había que hacer algo. Kendy radió:

—Copia —y esperó.

El computador del MAC pensó en ello, lentamente, bit a bit; multiplicó; y empezó a emitir su programa completo. Tardó veintiséis minutos. Kendy examinó (un Kendy simplificado, reformado con las subsiguientes órdenes y desvirtuado por el tiempo y la entropía) mientras enviaba:

—Preparación para actualización del programa.

—Preparándome.

Kendy no lo creía. El programa que llevaba muerto tanto tiempo podía ser fijado mediante órdenes de protección. Simplemente el no las había obtenido todavía… a menos que se hubieran estropeado. Kendy no tenía un programa actualizado, estaba seguro de ello. Tendría que ensamblarlo desde la ruptura…

La velocidad con la que un computador puede pensar era el triunfo y la tragedia de Kendy. Siempre estaba renovando la sorpresa que le causaba el aburrimiento de su vida sin incidentes. Se mantenía en uso porque Kendy estaba editando constantemente sus memorias. La capacidad de almacenamiento de su cerebro computarizado era fija. Siempre la llevaba cerca del límite. Había editado sus memorias sobre el motín, borrando los nombres de los personajes clave, por temor a que alguien pudiera vengarse de los descendientes de los amotinados. Regularmente, Kendy borraba las memorias sobre su aburrimiento.

En cierta ocasión estuvo analizando el Problema del Cuarto Color de la topología. La prueba propuesta en 1976 por Appel y Haken no podía ser comprobada más que por un computador. Kendy era un computador; había experimentado la prueba directamente y descubierto su validez. Sólo recordaba aquello. Los detalles habían sido borrados. Había usado un programa simplificado en los computadores del MAC, y luego lo borró. Pero ahora tenía el programa del MAC como modelo. Le echó un vistazo, afinándolo por todas partes, corrigiendo donde era oportuno hacerlo, actualizando su propia personalidad simplificada… dejando intactas las propias memorias del MAC sobre el tiempo del motín, porque Kendy había determinado ignorarlas. Buscaba un modo de taponar la fuga de aire en la cabina. No había esperanza: los sensores del soporte de vida habían fallado, no el programa. Casi había borrado la orden que impedía el uso del motor principal. El motor principal era más eficiente. Kendy no comprendía aquella orden… pero había entrado, y recientemente. Kendy lo dejó solo.

Ahora: un programa en curso que los llevara hasta allí, para estudiarlos…

Apenas tuvo tiempo para la esperanza. Kendy había aprehendido los mecanismos orbitales directamente. Vio al instante que no había combustible, y que la luz del sol no era suficiente para realizar la electrólisis del agua a tiempo. Su propio par de MACs, que le suministraban energía merced a sus colectores solares, no tenían combustible suficiente para arrastrar el MAC de los salvajes, suponiendo que Kendy hubiese querido arriesgarlos a ambos en aquella misión.

Olvidar aquello y probar de nuevo… Podría devolverles al Anillo de Humo en el momento que se produjera la menor distancia entre ellos y el Mundo de Goldblatt. De hecho, el computador del MAC estaba ya trabajando para cambiar el curso. Pero se podría lograr a tiempo. Por entonces, todos habrían muerto.

Dejó intacta aquella parte del programa. Borró las barreras que le impedían comunicarse. Radió hacia el MAC el programa revisado al paso de tortuga que el MAC podía aceptar.

El MAC lo archivó.

¡Funcionaba! Al menos podría echarles un vistazo, darles un poco de conocimiento, antes de que se fueran. ¡Después de quinientos doce años!

El frío había invadido a los gigantes de la jungla. Anthon y Debby e Ilsa estaban acurrucados formando una amistosa, abrazada y estremecida bola, con los ponchos de reserva apretados sobre ellos.

Los demás pasajeros lo aguantaban mejor. Había ponchos para todos, menos para Mark, y sobraban otros dos. Habían desgarrado uno para hacer bufandas. Jinny pasó una bufanda alrededor del cuello de Mark y metió las puntas por el collarín del traje plateado.

—¿Estás cómodo?

El hombre de plata parecía bastante animado, pese a las cuerdas que lo mantenían inmóvil en la silla.

—Estupendo, gracias.

—¿Ese traje es lo bastante grueso?

—Maldita sea, mujer, tú eres la que tiemblas. Este traje mantiene su propia temperatura, lo mismo que el mac. Si alguien necesita mi bufanda… ¿te hace falta a ti?

Jinny sonrió y negó con la cabeza.

—De acuerdo, estaría mucho mejor con mi yelmo cerrado —dijo Mark, y sonrieron ambos como si hubiera dicho algo divertido. Pero había algo que no necesitaba ser dicho: si no podían cerrar la fuga, o si Lawri decidía matarlos de alguna manera, Mark moriría con los demás.

El Grad fabricó una antorcha con una de las bufandas y ralladuras gruesas de la piel del pájaro salmón. Estaba a punto de encenderla cuando notó la niebla ante su rostro. La sopló… humo blanco. Todos salvo Horse estaban expeliendo humo blanco, como si fumaran.

—Si pensáis haber localizado la fuga, ¡echadle el vaho! —anunció—. Contened el aliento. No, Jayan, olvida las puertas. La Voz tiene sensores allí.

Lawri hizo algo en los controles.

—Estoy elevando la humedad del aire… el agua del aire. Así habrá más bruma.

Los ciudadanos se fueron turnando ante el panel de control para encontrar puntos blancos en el diagrama amarillo. El Grad empezó con la incómoda tarea que los demás podían olvidar: arrastrarse entre los asientos, bordeando el frío cadáver del amigo de Gavving, echando el aliento hacia el suelo allí donde se unía con la pared de estribor.

Merril gritó.

—Lo tengo. Es la ventana arqueada.

Una multitud de ciudadanos gateó alrededor del borde del ventanal, echando el aliento, mirando el pálido humo mientras formaba corrientes allí donde la ventana se unía al marco. La ventana estaba floja alrededor de la esquina de babor.

—Mirad con cuidado —ordenó Lawri—. Puede haber más.

Ella misma se dirigió a popa. El Grad se unió a ella en la pared trasera.

—¿Qué estás pensando? ¿Hay algún modo de taponar las fugas?

La Voz empezó una cuenta atrás. Lawri esperó mientras se encendían pequeños chorros de fuego. El grupo de gigantes de la jungla se hundió contra la pared de popa sin separarse. Usa se rió tontamente. Todavía debía estar flotando por los efectos de la droga de la pistola escupidora.

El ruido cesó.

—Quizá —dijo Lawri—. ¿Tenemos algo con lo que transportar agua?

—¡Necesitamos calabazas! —pidió el Grad.

Encontraron tres. Merril las recogió y las llevó hacia abajo. Jayan y Jinny estaban exhalando hacia las ventanas laterales, lo que parecía correcto. Gavving y Minya se movían a lo largo del borde de la ventana arqueada, echando vapor y mirando. La bruma pasaba al exterior y se desvanecía inmediatamente, a lo largo de una curva de la ventana tan larga como el brazo del Grad, del hombro a los dedos.

Lawri giró una válvula. Un agua marrón rezumó de la pared de popa, formando un glóbulo creciente.

—¡Eso es lodo! —dijo Merril con disgusto.

—Estaba en el agua del estanque —dijo Lawri—. El mac rompe el agua pura en hidrógeno y oxígeno, pero deja atrás esta sustancia pegajosa. A menudo tenemos que limpiarla. Hay un sistema de eyección, y podéis estar malditamente contentos por ello.

—No podemos beber esa sustancia. Tendremos que gastar la reserva de agua de Minya.

—Decidle que viviremos tiempo suficiente como para estar sedientos. —Lawri tomó las calabazas y las llenó con el líquido del glóbulo marrón. Merril hizo una mueca, al ver cómo se llenaba cada una de las calabazas.

Lawri se fue hacia adelante con ellas. ¿Iría a tapar la fuga con lodo? Si Lawri fallaba, tendría que hacerlo él solo; pero la necesitaba a su lado, tanto tiempo como fuera posible.

Lawri extendió el agua embarrada a lo largo del marco del ventanal.

La bruma se quedó fuera. El cristal empezó a empañarse. El agua se quedó donde ella la había puesto, en una gran burbuja marrón. Durante los siguientes minutos —en los que Lawri sólo se dedicó a vigilar los controles— el agua se redujo y espesó tornándose en un marrón más oscuro. En aquellos momentos, empezó a endurecerse.

—¿Grad? —dijo Clave—. ¿Funciona?

El Grad parecía de hielo. Aquello era tan irreal para él como los gases licuados de los tanques. Miró a Lawri.

Lawri cruzó su mirada y le dijo:

—No aceptaré el puesto de Aprendiz del Científico.

Después de aquella actuación, ¿sería ella quien los dirigiera? Clave fue el primero en hablar, y lo hizo apresuradamente.

—Estoy seguro de que habrá sitio para dos Científicos en la Tribu de Quinn. Especialmente, en estas circunstancias.

—Yo os he salvado. Ahora quiero volver al Árbol de Londres. Eso es todo lo que quiero.

Ella se lo ha ganado, pensó el Grad, pero…

—Pon rumbo allí —dijo Clave.

El mac había bajado la nariz hacia el Anillo de Humo. Más cerca de ellos estaba la forma tormentosa que rodeaba y envolvía Gold, una turbulenta espiral de nubes, con una joroba en el centro. Toda la forma derivaba hacia el este a una velocidad que parecía escasa, pero que debía ser mayor de lo que podían imaginarse. Los brazos del Anillo de Humo se extendían en ambas direcciones. Podía verse el flujo de las corrientes de nubes, que aceleraban al acercarse a Voy, derivando hacia atrás al acercarse el mac. Detalles menores —como árboles integrales— eran invisibles en su pequeñez.

—Tú eres el Científico —dijo Clave—. ¿Puedes llevarnos al Árbol de Londres?

Lawri movió la cabeza. Empezó a tiritar; ya no pudo parar. Minya cogió el último poncho y la envolvió con él, luego enrolló una bufanda alrededor de la cabeza y cuello de Lawri.

—Ya no perdemos aire —dijo Lawri—. Dejad que suba la humedad y no pasaremos sed hasta dentro de mucho tiempo. Jeffer, tengo frío y cansancio y estoy perdida. No puedo tomar decisiones. No me molestéis.

No eran humanos.

Kendy los esperó durante un bit. Tenían la temperatura excesivamente baja. Kendy la fijó hasta que descubrió que al bajar esta se había cortado la fuga.

Debían haber conservado algo del antiguo conocimiento. Pero el frío también los mataría. Observó lo realmente extraños que eran sucumbiendo primero y haciéndose una bola para esperar la muerte.

Los sensores médicos del MAC indicaban un cadáver y doce ciudadanos, ninguno de los cuales era completamente normal. Uno no tenía piernas. Si en el Anillo de Humo habían aparecido genes laterales regresivos, podía haber sido a causa de la consanguinidad. Los demás parecían saludables. No vio cicatrices o señales de viruela, ni signos de enfermedad —lo que resultaba razonable. La Disciplina no había transportado ninguno de los parásitos o bacterias que se habían adaptado a lo largo de millares de años como predadores de la humanidad. Ellos ni siquiera presentaban las deficiencias que puede causar una higiene insuficiente.

La altura anormal, los largos y vulnerables cuellos y los largos y frágiles dedos de las manos y los largos, largos dedos de los pies, mostraban que la evolución había trabajado para una adaptación al entorno de caída libre.

Kendy tendría problemas, si las devolvía al Estado. En ese caso, aquel pequeño grupo sería una perfecta muestra para un examen. El podía haber cometido errores allí, pero nunca pagaría por ello. En su momento, el MAC podría ser encontrado por otros salvajes.

Consideró que ya era hora de hacer su aparición.

Lawri estaba comiendo pájaro salmón crudo, dando muestras de desagrado, pero comiendo. Jayan y Jinny se habían ido a la popa para unirse a los amontonados guerreros de los Estados de Carther. Parece divertido, pensó el Grad melancólicamente; pero él era necesario en su puesto.

Algo estaba pasando ante la ventana arqueada: una forma como una sombra de colores que ocultaba la vista.

—¿Lawri? ¿Qué puedes hacer con eso?

—Algo va mal… nunca he visto nada semejante —luego se calló.

El mac estaba silencioso. Una cara fantasmal llenó la ventana. Se coloreó, grande y transparente, con las tormentas que había sobre Gold viéndose a su través.

Era brutal, con abundantes cabellos y cejas marrones; profundas arrugas ciliares y marcados pómulos; una mandíbula cuadrada y dura; un cuello corto pero grueso, casi como el muslo de un hombre. Una cara que se parecía a la de Mark, o a la de Harp. Un enano gigantesco. Hablaba con la voz de la Voz.

—Ciudadanos, soy Kendy del Estado. Hablad, y vuestra recompensa será más grande que el alcance de vuestra imaginación.

Los pasajeros se miraron entre sí.

—Soy Sharls Davis Kendy —dijo la cara—. Yo traje a vuestros ancestros hasta el Anillo de Humo y los abandoné cuando se amotinaron contra mí. Tengo poder como para enviaros a Gold, a morir. Habladme y decidme por qué no debo hacerlo.

Muchos estaban mirando a los Científicos. ¿Era algún truco de Lawri? El Grad pudo sentir que sus cabellos se erizaban formando un halo alrededor de su cabeza… pero algo había que decir.

—Yo soy el Científico de la Tribu de Quinn… —dijo.

—Yo soy el Científico del Árbol de Londres —dijo Lawri con firmeza—. ¿Puedes vernos?

—Sí.

—Estamos perdidos y desamparados. Si quieres nuestras vidas, tómalas.

—Habladme de vosotros. ¿Dónde vivís? ¿Por qué sois de diferentes tamaños?

—Somos de tres tribus que viven en lugares muy diferentes —dijo el Grad—. Los tres más altos… Siguió hablando mientras su mente intentaba recordar. ¿Sharls Davis Kendy?

Lawri le cortó.

—Tú eras el Controlador de la Disciplina.

—Lo era y soy —dijo la cara espectral.

—Las responsabilidades del Controlador incluían las acciones, actitudes y bienestar de sus asignados —afirmó Lawri—. Si puedes ayudarnos, debes hacerlo.

—Argumentas bien, Científico, pero mis deberes son con el Estado. ¿Tendría que trataros como ciudadanos? Lo decidiré. ¿Cómo estáis en posesión del MAC? ¿Sois amotinados?

Al Grad se le cortó el aliento…

—Ciertamente, no —dijo Lawri con desprecio—. El mac pertenece a la Armada del Científico. Yo soy el Científico.

—¿Y el resto de vosotros? Preséntame.

El Grad se ocupó de ello. Intentó fijar mentiras que luego pudiera recordar, citando a los copsiks del Árbol de Londres —Jayan, Jinny, Gavving, Minya— como ciudadanos del Árbol de Londres; Clave y Merril como ciudadanos que habían sido convertidos en copsiks; él mismo como un refugiado privilegiado, los gigantes de la jungla como visitantes. Demasiado tarde recordó a Mark, atado a la silla e inmovilizado.

Iría a Gold…

—Y, bueno, Mark es un amotinado —dijo—. Intentó robar el mac.

¿Le llamaría el enano mentiroso? Pero los demás le apoyarían… excepto Lawri… Mark tenía la mirada gacha. Miraba de un modo hosco y peligroso.

Sharls Davis Kendy empezó a preguntarle a Mark. Mark contestó irritada, beligerantemente. Se inventó un cuento sobre sí mismo tratándose de copsik interceptado por los ciudadanos en aquel estado; que había intentado robar el mac activando el motor principal, con la esperanza de inmovilizarlos a todos, para descubrir que el feroz empuje le había dejado tan indefenso como a los demás.

La cara pareció satisfecha.

—Científico, cuéntame más cosas sobre el Árbol de Londres. ¿Tenéis gente que no sea considerada ciudadano?

—Sí —dijo Lawri—, pero sus hijos pueden cualificarse para serlo.

—¿Por qué se desmantela un árbol? —preguntó la cara, y también—: ¿Cómo se mueve el Árbol de Londres? —y—: ¿Por qué te llamas Científico? —y—: ¿Cuántos niños mueren antes de crecer hasta poder tener sus propios hijos? —Quería poblaciones, distancias, duraciones: cifras. Lawri y el Grad contestaron lo mejor que pudieron. Con aquello podrían mantenerse muy cerca de la verdad.

Y finalmente la voz de Kendy dijo:

—Muy bien. El MAC volverá a entrar en la atmósfera respirable dentro de once horas. El aire bajará. Mantened la…

—¿Horas?

—¿Qué medida usáis? ¿El circuito que Te-Tres hace alrededor del cielo? En la décima parte de un circuito caeréis a través del aire. El aire es peligroso a ciertas velocidades. Mantened la proa hacia adelante. Veréis fuego; no os preocupéis por él. No toquéis nada de la proa. Se calentará. No abráis la esclusa de aire hasta que no os hayáis detenido. Tendréis combustible suficiente para moveros. ¿Lo habéis entendido todo?

—Sí —dijo Lawri—. ¿Qué oportunidades tenemos de sobrevivir a todo esto?

La cara de Kendy empezó a contestar… y se congeló con la boca medio abierta.

Actualización: La presión de la cabina es nuevamente normal.

¡Habían bloqueado la fuga! ¿Cómo? Un hombre sin glándulas podía sentir curiosidad de un modo natural y sustituirla por emociones más fuertes. Para Kendy, aquello representaba un conflicto. Y el MAC estaba a punto de salir de su campo de acción.

Kendy no había querido decirles que era posible que no sobrevivirían al volver a entrar. Las lecturas médicas indicaban que también ellos estaban unidos a él… y no se atrevería a arriesgarse a que le acusaran de eso.

Aquello lo cambiaba todo. Los salvajes podrían describir nuevamente a Kendy y la Disciplina. Podría detenerles, naturalmente, radiando algún curso erróneo para desviar el MAC. ¿O malgastarías los próximos y pocos minutos… adoctrinándolos sobre el Estado? Imposible. Podría dar un paso trivial en aquella dirección, y entonces intentaría impresionarlos diciéndoles que era necesario que volvieran a ponerse en contacto con él otra vez.

Y, cuando lo hicieran —años o décadas en el futuro— el podría empezar el trabajo por el que había esperado medio millar de años.

La cara habló.

—Habéis controlado la fuga. Bien hecho. Ahora debéis matar al amotinado. El motín no es tolerado por el Estado.

Mark palideció. Lawri empezó a hablar; el Grad la adelantó.

—Le juzgaremos cuando volvamos.

—¿Dudáis de su culpabilidad?

—Eso es lo que se decidirá —dijo el Grad. En aquel momento él mismo podía ser acusado de amotinamiento, ¿pero qué otra cosa podía hacer? Si Mark no hablaba para salvarse, Lawri lo haría por él. / Y soy yo quien capitanea el mac!

—La justicia es rápida en el Estado…

El Grad contraatacó.

—La justicia es certera en la Mata de Quinn.

—Nuestra rapidez puede depender de la comunicación instantánea, cosa de la que vosotros carecéis. —La cara había empezado a hablar más grave y rápidamente, como si tuviera prisa—. Muy bien. Tengo muchas cosas que deciros. Puedo daros la comunicación instantánea y energía que depende de la luz solar en vez de los músculos. Puedo hablaros de un universo que hay más allá de lo que conocéis. Puedo enseñaros a unir todas vuestras pequeñas tribus en un único y gran Estado, y unir vuestro Estado a las estrellas que habéis visto ahora por primera vez. Venid a mí tan pronto como podáis…

La voz de Kendy murió de un modo peculiar, desvaneciéndose en simple ruido, mientras la cara brutal se desvanecía en un aluvión de colores. Luego la voz se calló, y la forma tormentosa se diluyó hacia Gold, que brillaba azul y blanco a través de la ventana arqueada.

Veintidós — El Árbol de los Ciudadanos

Las lecturas de Kendy empezaban a empañarse. Frustrantemente, las cámaras ventral y de popa del MAC funcionaban perfectamente. Tenía dos vistas excelentes de las estrellas y de la atmósfera del Anillo de Humo. El plasma derivaba como una corriente por la cámara dorsal, y Kendy vio las líneas espectrales de silicio y metales: los signos de que el casco del MAC estaba hirviendo ya. Habría cierta ablación, pero no más de la que se hubiera esperado cuando el MAC era nuevo.

Dentro de la cabina el contenido de CO2 estaba creciendo. El traqueteo parecía lo bastante fuerte como para ablandar la carne. Los pasajeros estaban sufriendo: bocas abiertas, pechos jadeantes. La temperatura era más alta de lo normal y seguía subiendo. Una barrosa silueta soltó sus bandas de seguridad y se tambaleó para colocar la ropa en otra parte. Kendy no podía conseguir lecturas médicas a causa de la creciente ionización, pero el piloto ya había estado anteriormente bajo una tensión terrible… Era difícil saber si el MAC iba a vivir o a morir. Kendy no estaba seguro de cuál de las dos opciones era de su preferencia.

Había desperdiciado una oportunidad.

El principio era simple y ya le había servido al Estado antes. Para favorecer la causa, un converso en potencia recibía la orden de cometer algún crimen obsceno. Después de aquello, no podría nunca repudiar la causa. A menos que admitiera que había cometido una abominación.

La advertencia también era simple. Uno nunca debe dar una orden hasta estar seguro de que va a ser obedecida.

Kendy estaba avergonzado y furioso. Había tratado de ganarse su lealtad ordenándoles una ejecución. ¡Y en vez de conseguirlo casi les había conducido al motín! Había tenido que echarse atrás amable, y rápidamente. No tendría oportunidad de recuperarse de aquello, pues la ionosfera ya estaba alzándose alrededor del MAC, cortando las comunicaciones. Sus lecturas médicas le decían que, de alguna manera, todavía estaban unidos a él. ¡No debía haberles forzado a hacerlo! No sabía lo suficiente como para adivinar lo que estaban ocultando.

Ya era tarde. Si ahora enviaba alguna corrección del curso que resultase letal, la ionización podría mutilarla. Si sobrevivían hablarían de un Kendy poderoso pero fácil de engañar, un Kendy que podía ser intimidado… Si morían… Kendy quedaría como una leyenda oculta en algún brumoso pasado.

La vista delantera era una desdibujada silueta de fuego mientras el MAC se hundía profundamente en la atmósfera. Había perdido hasta los sensores de la cabina…

Había una llama frente a ellos, de azul transparente, extendiéndose hacia los lados. El Grad sintió calor en la cara. Debían estar perdiendo aire nuevamente: el negro hielo que bordeaba la ventana arqueada se había convertido en lodo… lodo burbujeante. Se había equivocado. La masa de aire que ardía ante el arco estaba entrando. Había cosas que llegaban hasta ellos. Pequeñas cosas que quitaban la esperanza; aunque no les produjeran daño. Manchas de sangre que se volvían negros y se evaporaban. Los objetos más grandes podían ser evitados. Sus manos estrangulaban los brazos de la silla. Intentar dirigir el mac a través de aquello estaba resultando bastante complicado. La vista de Lawri conduciendo producía horror. Desde su rígida postura, marcada la mandíbula y los dientes apretados, Lawri parecía a punto de empezar a chillar histéricamente. Sus manos se cernían como garras, extendidas, abiertas, pulsando súbitamente los guiones azules. Las propias manos del Grad se crisparon cuando Lawri fue demasiado lenta como para ver el peligro.

Todas las sillas estaban ocupadas. Los ciudadanos habían objetado en contra, pero el Grad se había limitado a gritar hasta que lo consiguió; el cadáver de Horse fue amarrado a los utensilios de la carga; Mark, el hombre de plata de espaldas, aseguraba las ataduras de la carga con su fuerza anormal; Clave junto a él, jurando que su propia fuerza era suficiente; todos estaban atados a sus asientos lo que les daba cierta protección, incluso los gigantes de la jungla se enfrentaban al empuje desde la proa. La reentrada no era como cuando se usaba el motor principal. Era como un ataque. El aire intentaba despedazar el mac en fragmentos de ardiente materia estelar.

Lawri había pasado media vida en el mac. Ella podía hacerlo mejor que el Grad, así que insistió, con toda razón. El Grad se agarró a los brazos de la silla y esperó a estrellarse como un escarabajo.

El mac caía hacia adentro y hacia el este. Los árboles integrales se veían en escorzo… cuatro pares de puntos verdes, difíciles de ver… Lawri los vio: propulsores encendidos. Un trozo de pelusa verde, con la muerte por delante… Lawri encendió los propulsores de babor… el mac giró lentamente, estremeciéndose como el aire inflamado que volaba por la parte exterior de la nariz. Los propulsores delanteros: el mac se echó hacia atrás, también lentamente, mientras la pelusa se hinchaba hasta convertirse en una jungla que se aproximaba.

A popa, un gruñido de dolor. Clave había perdido el equilibrio y se había golpeado. El hombre de plata lo estaba sujetando, apoyándole una mano sobre el pecho.

El Grad vio pájaros y flores escarlatas antes de que la jungla quedara atrás. Lawri colocó de nuevo la proa hacia adelante. Un estanque de un klomter de diámetro desapareció cuando lo golpearon; goterones de niebla resonaron en el casco como una miríada de pequeños carrillones mientras lo atravesaban. Había más escombros que nunca.

Y les impedían moverse a la velocidad deseada.

Algo, como una red verde, les cerraba el paso. Podía haber sido una caída en el medio de un árbol integral con la mata en estado salvaje, el follaje esparciéndose como bruma, el tronco rematado por una inflamada protuberancia. Pequeños pájaros trinaban en las delgadas ramas. Los pájaros espada se cernían en los bordes. El Grad nunca había visto nada como aquella planta… y Lawri se estaba acercando a ella.

—¿Lawri? —dijo el Grad.

—Se acabó —dijo—. Maldita sea, estoy cansada. Toma los controles, Jeffer.

—Ya los tengo. Relájate.

Lawri se frotó los ojos con fuerza. El Grad tocó guiones azules para ralentizar el mac. Un toque con la punta de los dedos bajó a la temperatura normal el calor de la cabina. La cabina ya estaba tibia. Si hubiera mantenido el frío letal al entrar en la atmósfera, podrían haber sido asados.

El Grad volvió la vista atrás, hacia sus pasajeros. Quedaban seis miembros de la Tribu de Quinn. Un total de doce miembros para formar una nueva tribu…

—Hemos vuelto —dijo—. No sé exactamente adonde. ¿Estamos todos vivos? ¿Alguien necesita ayuda médica?

—¡Lawri! ¡Lo has conseguido! —dijo Merril riéndose nerviosamente—. ¡Viviremos lo bastante como para pasar sed!

—Tenemos muy poco combustible y no queda agua —dijo el Grad—. Habrá que buscar un estanque. Y construir un hogar.

—Abre las puertas —intervino Jayan. Se soltó las correas y se dirigió hacia la popa, con Jinny tras ella.

—¿Por qué?

—Horse.

—…De acuerdo. —Abrió la esclusa de aire a una brisa ligera de olor fresco, limpio, maravilloso. ¡El aire del mac apestaba! Era rancio, con la hediondez del alimento de árboles, del miedo y de la carne recalentada y también del aliento de muchas personas respirando unas en la cara de las otras. ¿Por qué nadie lo había notado?

Las gemelas aflojaron el cadáver de sus ataduras, poniendo cara de desagrado al tocarle. Lo arrastraron a través de las puertas. El Grad esperó mientras las chicas tiraban tras él los huesos del pájaro salmón.

Luego encendió los motores. Si me encuentro con tu fantasma, ni siquiera me reconocerá. ¿Cómo voy a decirle que lo siento? Nunca hay que usar el motor principal a menos que… Horse se hacía muy pequeño en el cielo.

El estanque era grande, y giraba demasiado deprisa como para adquirir una forma lenticular, tan deprisa que expulsaba estanques más pequeños. El Grad eligió uno de los satélites menores, no mayor que el propio mac. Dejó que el mac derivase hacia adelante, hasta que la ventana arqueada tocó la esfera color de plata.

Lo que pasó entonces lo dejó sin aliento. Se encontró mirando dentro del estanque. Había cosas que respiraban en el agua con la forma de largas lágrimas con alas diminutas, moviéndose a través de un laberinto de filamentos verdosos. Encendió los reflectores de proa, y el agua brilló. Allí había una jungla, y aleteantes pájaros acuáticos se lanzaban en oleadas entre las plantas.

Lawri le volvió a la realidad.

—Vamos, Jeffer. Nadie más sabe lo que hay que hacer. Elige a dos amotinados con buenos pulmones.

El Grad la siguió hasta la popa y no preguntó nada sobre lo de los pulmones hasta que él mismo se lo imaginó.

—Clave, Anthon, necesitamos músculos. Tomad las calabazas. Mejor que pulmones. Científico.

—Calabazas, excelente. Si estás planeando el triunfo de tu motín, deberías desmontar la bomba y cargarla a bordo.

El Grad se rió mientras pensaba ¿Podría yo darte un consejo también?, aunque no dijo nada. Después de todo lo que Lawri había pasado, resultaba agradable oírla bromear, incluso con el humor de la boca del árbol.

Mientras ella colocaba la manguera en el muro de popa, el Grad llevó el otro extremo hacia el exterior. No vio ningún resto de las redes que habían cubierto el casco. Incluso el carbón había sido totalmente quemado. Se ató antes de saltar hacia el agua que había a pocos metros de él. Clave le había precedido, también adecuadamente atado, llevando calabazas, seguido de Jinny y Jayan.

Todos habían salido. Mark se había quitado el traje a presión y ataba a Anthon. Merril, Usa, Debby… En un enredo de cuerdas se hundieron en el agua y bebieron. El Grad no había pensado en su propia sed. Se rindió a ella, sumergiendo la cabeza y los hombros y haciendo lo mejor que podía para tragarse el estanque entero. Los faros del mac iluminaban el agua a su alrededor.

Era hora de jugar. ¿Por qué no? Tiró de su cuerda, impulsándose hacia afuera antes de ahogarse. Los demás ciudadanos estaban bebiendo, salpicando, lavándose.

¿Estaba Lawri sola en el mac?

Sola en los controles de un vehículo que podía cernirse sobre el estanque, esparciendo fuego sobre los hombres y mujeres, dejándoles como única opción morir quemados o ahogados… Vio cómo Lawri emergía con Minya y Gavving tras ella. El Grad no le quitó ojo a partir de entonces para estar seguro de que no se quedaba sola.

Lawri se zambulló en el agua. Ella y el enano se estaban lavando mutuamente hablando un poco, al alcance del oído de Anthon. Sus movimientos eran desiguales, a tirones. Parecía muy tensa por las repercusiones de la reentrada. Las sospechas del Grad parecían ridículas; Lawri no estaba preparada para considerar seriamente un contramotín. El Grad se preguntó si Lawri tendría pesadillas.

Se turnaron para bombear. La técnica era llenar de agua la calabaza y vaciarla en el cuello de la manguera, cautamente, pues había tres calabazas en movimiento; vaciarla, meterla en el agua, esperar mientras se llenaba; vaciarla en la manguera…

—Se me van a caer los brazos —dijo Minya alcanzando su calabaza a Merril. Con sus músculos de arquero ella había estado allí demasiado tiempo. Gavving estaba un poco apartado de los demás, inmóvil en el agua. Había atravesado a cuatro de los peculiares, flexibles, escamosos pájaros acuáticos. Minya lo miraba, preguntándose qué pensaría Gavving realmente sobre el huésped que llevaba en su interior.

¿Cómo se sentía? Su embarazo era parte de su pasado. El pasado estaba muerto para algunos, pero para aquellos ciudadanos era una lápida mortuoria, de cientos de miles de klomters y las tormentas de Gold entre ellos y sus hogares. Minya tendría un hijo. Tenía que abandonar aquella esperanza… pero, ¿cómo se sentía Gavving?

—Nadie ha hablado de Sharls Davis Kendy —dijo Merril.

—¿Por qué íbamos a hacerlo? —se sorprendió Debby—. Nunca se ha preocupado por nosotros ni nunca volverá a hacerlo.

—Bueno, es importante haber podido ver al Controlador, ¿no? Algo para contarles a nuestros hijos. Alguien tan viejo tiene que haber aprendido un montón de cosas.

—Si no hubiese estado atado. O loco.

—Conocía bien los hechos —dijo el Grad—. Creímos en su palabra, ¿verdad? Quizá, como yo, sólo tenía cintas grabadas. Un Científico enano, aguantando en el mac, como casi nos pasa a nosotros. Además, ni siquiera era astuto. Se tragó la historia de Mark…

—¡Vamos, yo fui brillante! —bramó el hombre de plata.

—Contaste una buena historia. Mark, ¿por qué no me llevaste la contraria?

Hubo unas cuantas respiraciones antes de que el enano contestase.

—Tú comprendes que no pueda soportar una sangrienta revolución copsik.

—De acuerdo. ¿Por qué?

—Porque esto no forma parte de los asuntos de Kendy. Sea quien sea. Sea lo que sea.

—Ya… Tenía alguna maquinaria interesante. Quizá él mismo esté atado a la Disciplina. Me hubiera gustado ver la Disciplina.

Lawri ni siquiera intentó bombear. Flexionó los dedos, preguntándose si se habrían vuelto locos. Había podido oler el hedor del miedo en sí misma. Aquello al menos había desaparecido.

—No quiero negocios con Sharls Davis Kendy —dijo Lawri— ni aunque me diera la Disciplina. Peligroso, arrogante alimentador de árboles. Quería matar a Mark como tú podías matar un pavo, porque ya era hora de hacerlo. Muy conveniente. ¡Y empezó a darnos órdenes como si fuéramos copsiks!

Todos se rieron de aquello. Incluso Mark.

Al finalizar las tres horas sus antebrazos eran destilante dolor. En el indicador interior azul se leía: H2O: 260.

—¿Es suficiente? —preguntó el Grad a Lawri.

—Para lo que pensamos hacer…

—Queremos saber si podremos volver a casa —dijo Debby.

El Grad resopló, pero ellos esperaban la respuesta de Lawri.

Respondió con cierta mala gana.

—Nunca volveré a encontrar el Árbol de Londres. Los Estados de Carther son todavía más pequeños, y los dos están al otro lado de Gold. Tendremos que acelerar hacia el oeste, caer en el Anillo de Humo y dejar que Gold nos impulse a su alrededor. ¿Queréis ir a Gold nuevamente?

Lawri sonrió al ver las reacciones.

—Yo tampoco. Estoy cansada. Iremos a otro árbol y sujetaremos el mac. Podremos construir otra bomba antes de que necesitemos más agua de la que tenemos.

—Bueno, nosotros preferiríamos una jungla —dijo Usa.

Una de las mujeres se erizó.

—¡Nosotros somos nueve y vosotros tres! Si…

—Basta, Merril —dijo Clave—. Usa, ¿estás segura? Podéis mover una jungla, y eso es bueno, ¿verdad?

Cautamente, Usa asintió.

—Esa es una de las cosas que nos gusta de la vida en la jungla —dijo Anthon.

—Pero sólo podéis hacerlo cada veinte años aproximadamente. Amarraremos el carguero… el mac en el centro de un árbol integral y lo moveremos a dónde y cuándo queramos.

—¿Por qué no hacerlo con una jungla?

—¿Dónde montaríais el mac?

Anthon lo pensó.

—¿El embudo? No, podría expulsar súbitamente vapor viviente… —sonrió de golpe —. Sois más que nosotros de todas formas. Seguro, vamos a un árbol.

Había una arboleda de ocho pequeños árboles, de treinta a cincuenta kilómetros de largo. Sin preguntar, el Grad eligió el más grande. Encendió los motores delanteros apuntando hacia la zona oeste de la mata interior. Había mucha espesura. Una corriente descendía con rapidez a lo largo del tronco y penetraba por la boca del árbol. El Grad buscó con la vista las formas redondeadas de deformadas chozas, y no las encontró. El follaje de alrededor de la boca del árbol nunca había sido cortado: no había senderos para las ceremonias de enterramiento o para tirar la basura. No se veía vida terrestre, ni siquiera como maleza.

Resultaba desalentador.

—Parece que somos los primeros en llegar —dijo animadamente el Grad—. Lawri, ¿has pensado en algún método para aterrizar esta cosa? —Tienes el timón.

El Grad pensó en ello detalladamente. —Me temo que lo mejor que podemos hacer es atarlo al tronco y bajar. —¿Trepar?

—Lo hemos hecho antes. Clave puede conduciros a todos vosotros mientras, Gavving y yo esperamos. Tenemos el mac para las operaciones de rescate. Cuando hayáis bajado, Gavving y yo podremos seguiros. Ya hemos trepado antes.

—Basta —dijo Clave—. Esto ya está durando demasiada comida de árbol. Grad, deja de decir tonterías y aterriza en la boca del árbol.

—¡Podemos prender fuego!

—¡Entonces probaremos con otro árbol!

Lawri casi había enloquecido al oír la sugerencia de aterrizar en la boca del Árbol de Londres. En aquellos momentos se frotó los ojos. Cansada…

Todos estaban cansados. Habían recibido demasiadas impresiones y sorpresas. Clave tenía razón, la espera sería un tormento, y allí había árboles de sobra.

No había sitio para aterrizar en aquella espesura. Todo lo que se veía era verde; allí no había sequía. ¿Cómo iba a arder?

Por Gold.

Se dirigió hacia la boca del árbol y arremetió con el mac contra el follaje con la suficiente fuerza para llegar hasta el tronco. Sacudidos aún por el impacto, se abrieron paso a través de las puertas, y azotaron con los ponchos las brasas hasta que las apagaron.

Luego, finalmente, tuvieron tiempo para mirar a su alrededor.

Minya jadeaba, sonriendo, con el negro cabello revuelto y mojado, arrastrando el ennegrecido poncho. Agitándolo con ambas manos, gritó:

—¡Plantas cóptero!

Gavving rió.

—No sabía que te gustaran las plantas cóptero.

—No me gustan. Pero en el Árbol de Londres arrancaban de la maleza las plantas cóptero y las flores y todo lo que no podía ser usado para algo. —Golpeó en una, dos, tres plantas maduras y sus vainas zumbaron hacia arriba. Súbitamente, Minya le miró a los ojos, muy cerca—. Lo hemos conseguido. Justo como lo habíamos planeado, hemos encontrado un árbol vacío y ahora es nuestro.

—Seis de nosotros. Seis que no pertenecen a la Mata de Quinn… lo siento.

—Doce de nosotros. Y más que vendrán.

Minya había luchado contra el fuego con una gracia predadora, sin que el aumento de volumen de sus caderas le supusiera un estorbo. Mío, pensó Gavving. Sea parecido a mí o a algún cazador de copsiks… ¡o a Harp, o a Merril Mío; nuestro. Se lo diría a Minya en el momento oportuno. La cosa era demasiado seria para tratarla entonces.

—De acuerdo. Todo lo que ves es nuestro. ¿Cómo vamos a llamarlo?

—Lo que más me gusta… Puedo decir ciudadano y que todos lo entiendan. Ya no soy Copsik, ni miembro de un triuno. ¿Árbol de los Ciudadanos?

El follaje sabía como el de la Mata de Quinn en la niñez del Grad, antes de la sequía. Se quedó tumbado de espaldas en el follaje virgen comiéndolo contemplativamente.

Empezó a ser consciente de que Lawri le observaba desde las profundas sombras. Parecía fría, o inquieta, aferrándose los codos, inclinándose como si se enfrentara al viento.

—¿No puedes relajarte? —espetó el Grad—. Come un poco de follaje.

—Lo he hecho ya. Es bueno —dijo Lawri sin inflexión.

Resultaba irritante.

—De acuerdo. ¿Qué es lo que te preocupa? Nadie va a llamarte cazadora de copsiks. Nos has salvado la vida y todos lo saben. Estás limpia, comida, descansada, segura y admirada. Tómate un respiro, Científico. Ya acabó.

Ella rehuyó su mirada.

—Jeffer, ¿cómo va a salir esto? Sólo hay dos ciudadanos del Árbol de Londres por unos diez mil klomters a la redonda. ¿No es lo lógico que nosotros… que lo mejor es que estuviéramos juntos?

El Grad se puso en cuclillas. ¿Por qué se lo preguntaba?

—Supongo que sí.

—Bueno, Mark también lo cree.

—Vale.

—No lo ha dicho. Hemos hablado un poco sobre construir chozas, todo eso, pero me mira como si lo supiera. Es demasiado cortés para sacar el tema a colación, pero, si no voy con él, ¿con quién puedo ir? ¡Jeffer, no hagas que me case con un enano!

—Uh… vaya.

Lawri se volvió, convulsamente, para mirarle a la cara. El Grad levantó una mano para que Lawri dejara de hablar.

—En principio, dos Científicos deberían cumplir a la perfección con su deber. ¿Eso es razonable? Pero tú me viste matar a Klance. No pude avisarle. No pude hacerle preguntas sobre los copsiks y la libertad y la guerra y la justicia. Me limité a matarlo a la primera oportunidad que tuve. También te habría matado a ti si hubiese sido necesario para liberarnos de aquel lugar.

Lawri ni asintió ni habló.

—Lawri, podrías clavarme un arpón en el vientre mientras duermo. Eso no me apetece. Tengo que pensarlo.

Lawri esperó. El Grad pensó. Y descubrió por qué ella lo irritaba con su desgraciada inquietud. El era culpable, y ella había presenciado su delito. ¡No era la situación más apropiada para alguien que necesitaba un compañero!

¿Necesitaba él una esposa? Había pensado que sí, y con siete mujeres y cinco hombres en la Mata Sin Nombre… no había oportunidades para que un hombre soltero jugara en medio de una población tan pequeña, pero tendría que elegir entre sus posibles esposas. ¿A quién?

Gavving y Minya: casados. Clave, Jayan y Jinny: una unidad, y a las gemelas parecía que les gustaba que las cosas siguieran así. Anthon, Debby, lisa podían haber dejado a sus parejas en los Estados de Carther, y les bastaría con mirar alrededor… pero Anthon no parecía pensar así, e incluso si Debby o Usa estuvieran accesibles… un coqueteo podía ser divertido, pero parecía tan extraño. Aquello dejaba a… Lawri.

Cuando habló estaba casi seguro de que podría salir bien.

—Lawri, ¿me perdonarías por la muerte de Klance?

—Noto que dices muerte. No asesinato.

—Ni siquiera tuve tiempo para gritar que era la guerra. Sé lo que significaba para ti. Lawri, lo exijo.

Lawri se dio la vuelta y lloró. El Grad permaneció impasible. Virtualmente, la había invitado a que le asesinase. ¡Ahora o nunca, Lawri! También puedes añadirlo. Soy yo o es Mark o no es nadie. Puede que le esté dando a Mark otra razón para matarme. ¿Me voy a arriesgar a eso?

Lawri se volvió hasta darle la cara.

—Te perdono por el asesinato de Klance.

—Entonces vamos al mac a registrar un matrimonio. Buscaremos testigos mientras vamos.

Clave miraba hacia el interior de la boca del Árbol.

—Veo rocas allí abajo. Bien. Tendremos que recogerlas para hacer un fuego. Cocinaremos los pájaros acuáticos de Gavving. Arrancad algo de follaje para construir algunas chozas. ¿Dónde queréis los Comunes?

No veía a muchos ciudadanos al alcance de su voz, y los que estaban no le prestaban atención.

Alzó la voz.

—¡Comida de árbol, tenemos que organizamos! Un almacén. Túneles. Chozas. Corrales. Puede que no encontremos pavos, pero estamos condenados a encontrar algo. Quizá dumbos. Necesitamos de todo. Antes o después necesitaremos ascensores hasta el punto central y amarraremos allí el mac. Por ahora…

Anthon, tumbado de espaldas en el follaje con una alta, alta mujer en cada brazo, bramó:

—¡Claaave! ¡Vete a darle de comer al árboool!

Clave le sonrió. Anthon parecía representar la mayoría de opiniones.

—Tomaos un respiro, ciudadanos. Estamos en casa.

Para bien o para mal estaban a salvo y seguros, a dos tercios de la distancia que separaba el Mundo de Goldblatt de la congestión de masas y formas de vida que había alrededor del punto L4; y recordarían a Kendy.

Les había prometido un tesoro de conocimientos. Una pena que no hubiera tenido tiempo para darles algo más que una muestra; pero habían experimentado exactamente lo que les había predicho respecto a la reentrada. Habían sobrevivido. Los dioses de los salvajes eran omniscientes ¿verdad? ¿O eran crédulos, fácilmente manipulables? De la memoria de Kendy habían sido podados aquellos datos.

Además: la leyenda se esparciría.

Puedo enseñaros a reunir vuestras pequeñas tribus en un gran Estado.

Había alterado la programación del MAC. El MAC vigilaría su conducta y lo grabaría todo. Antes de que los hijos del Estado llegaran nuevamente hasta Kendy, él les haría saber…

El sabría que había un diminuto enclave dentro de aquella vasta nube. El Anillo de Humo era lo suficientemente grande como para una variedad sin fin. ¡10.4 kilómetros cúbicos de atmósfera respirable eran aproximadamente treinta veces el volumen de la Tierra! Kendy hubiera deseado tener mil MACs, diez mil MACs. ¿Qué estaban haciendo allí dentro?

No importaba. Antes o después llegaría un hombre deseoso de edificar un imperio, lo suficientemente determinado como para apoderarse de un MAC, demasiado loco como para dedicar su vida al antiguo y declinante vehículo de servicio. Kendy sabría cómo utilizarlo. Tales hombres habían ayudado a formar el Estado sobre la Tierra. Ellos volverían, en aquel extraño entorno.

Kendy esperó.

FIN

Dramatis personae

Disciplina:

SHARLS DAVIS KENDY. En tiempos, Controlador del Estado, actualmente fallecido. También, las grabaciones de la personalidad de Sharls Davis Kendy en el computador principal de la nave sembradora de exploración Disciplina y sus aeronaves de servicio.

Mata de Quinn:

GAVVING. Un joven guerrero afectado de alergias.

HARP. El narrador, o bardo.

LAYTHON. El hijo del Presidente.

MARTAL. Cocinera de la Mata de Quinn (fallecida).

EL CIENTÍFICO. Guardián del Conocimiento de la Mata de Quinn.

EL GRAD. El aprendiz a medio enseñar del Científico.

EL PRESIDENTE. El Gobernador de la Tribu de Quinn.

CLAVE. Un poderoso guerrero, yerno del Presidente.

MAYRIN. Esposa de Clave, hija del Presidente.

JAYAN y JINNY. Hermanas gemelas, enamoradas de Clave.

MERRIL. Una mujer muy vieja, fuerte, pero estéril. Pequeña, de piernas atrofiadas.

JIOVAN. Un cazador.

GLORY. Una mujer de fama no deseada.

ALFIN. Un hombre viejo, Guardián de la boca del árbol.

Otros:

MINYA. Una mujer luchadora del Pelotón de Triuno, de la Mata de Dalton-Quinn.

SAL, SMITTA, JEEL, THANYA, DENISSE. Otros miembros del Pelotón de Triuno.

KARA. Cresidenta (o Científica) de los Estados de Carther.

DEBBIE, ILSA, HILD, LIZETH, ÁNTHON. Ciudadanos de los Estados de Carther.

KLANCE. Científico del Árbol de Londres.

LAWRI. La Aprendiz del Científico del Árbol de Londres.

HORSE, JORG, HELN, GWEN. Copsiks del Árbol de Londres.

DLORIS, HARYET, KOR. Supervisoras del Árbol de Londres.

KARAL, MARK, PATRY. Miembros de la Armada del Árbol de Londres.

Glosario

ALIMENTAR EL ÁRBOL. Defecar, o remover basura, o morir.

AÑO. Medio circuito completo del sol alrededor de la Estrella Levoy, igual a 1.385 terrestres.

ÁRBOL INTEGRAL. Una planta crucial.

BAYAS DE LA MATA. Cuerpos frutales que crecen en las matas de un árbol integral. Dan frutos y esparcen semillas sólo cuando la mata está en el punto más cercano a la zona media del Anillo de Humo.

CABELLO CANOSO. Un hongo parásito de los árboles integrales.

CAZADOR DE COPSIKS. Mercader de esclavos, o dueño de esclavos.

FANTASMA NIÑO. Ver FANTASMA AZUL.

CHOZAS. Cualquier morada. En los árboles integrales, las chozas están entrelazadas con ramas espinosas vivientes.

COMIDA DE ÁRBOL. Usado como maldición. Comida de árbol es todo aquello que puede alimentar el árbol: excremento, o basura, o un cadáver.

COPSIK. Esclavo. Generalmente, se usa como insulto.

DÍA. Una órbita alrededor de la Estrella Levoy, la estrella de neutrones (igual a dos horas en el Árbol de Dalton-Quinn).

DUMBO. Un predador de los árboles integrales.

EL CIENTÍFICO. Guardián del conocimiento de la Mata de Quinn. Las demás tribus emplean el mismo término.

ESTANQUE. Cualquier glóbulo grande de agua.

ESTRELLA LEVOY. Una estrella de neutrones, el corazón del sistema del Anillo de Humo. Llamada así por su descubridor: Sharon Levoy, Astrónomo asignado al Disciplina.

FANTASMA AZUL y FANTASMA NIÑO. Fenómenos similares a una aurora, compuestos por manchas incandescentes producidas por los efectos magnéticos sobre los polos de la Estrella Levoy. Raramente visibles.

GOLD. Ver MUNDO DE GOLDBLATT. Acepción secundaria: algo que hay que evitar.

GRUPOS. Los puntos L4 y L5 de Gold. Tendentes a la aglomeración de escombros.

HONGOS-ABANICO. Parásitos de los árboles integrales. Tienen partes comestibles.

IR A GOLD. Dirigirse precipitada y directamente al desastre. ¡O a la batalla!

JUNGLA DE ALGODÓN HILADO o JUNGLAS. Describe cualquier gran agrupación de plantas. Muchísimas plantas y grupos de plantas que parecen de vaporoso algodón hilado verde. Muchas son comestibles.

MAC. Módulo de Arreglo y Carga. La Disciplina, originalmente, llevaba diez de ellos.

MATA DE QUINN. La mata interior (o el punto más cercano a la Estrella Levoy) del Árbol de Dalton-Quinn.

MUNDO DE GOLDBLATT. Un gigantesco planeta de gas capturado después de que la Estrella Levoy se convirtiera en supernova/estrella de neutrones. Recibió su nombre del Astrofísico de la Disciplina, Sam Goldblatt.

NARIZ-ARMA. Ver DUMBO.

PRIKAZYVAT. Originalmente, palabra rusa para indicar «orden». Usada para activar los programas de los ordenadores.

RAMA. Cada uno de los extremos de un árbol integral, curvadas hacia sotavento.

RAMAJE. Crece de las ramas espinosas y brota entre el follaje.

RAMAS ESPINOSAS. Las que crecen de las ramas de un árbol integral.

RELÁMPAGO. Un pájaro insectívoro. SOL. Una estrella del tipo G-0 que órbita la estrella de neutrones a 2,5 X10E8 kilómetros, suministrando la luz solar que mantiene el sistema ecológico de agua-oxígeno-ADN del Anillo de Humo.

VAINAS SURTIDOR. Algunas plantas desarrollan vainas que pueden transportarse mediante un control de posición: expulsan chorros de gases (de corrupción, o de oxígeno en las plantas que se favorecen de los límites exteriores del Anillo de Humo). Otras plantas disparan las semillas al morir, o se desgranan, o caen demasiado lejos del Anillo de Humo. Son tropismos.

VOY. Ver ESTRELLA LEVOY.

Direcciones

FUERA. Alejarse de la Estrella Levoy.

DENTRO. Acercarse a la Estrella Levoy.

ESTE. En la dirección orbital del torus de gas.

OESTE. Contrariamente a la dirección orbital del torus de gas. La dirección que lleva el sol.

BARLOVENTO. Contra el viento.

SOTAVENTO. La dirección en que sopla el viento.

BABOR. A la izquierda de la cabeza, si se mira hacia el oeste; o si la cabeza mira hacia el este, a la derecha de la cabeza. Dirección del Fantasma Niño.

ESTRIBOR. Opuesto a babor. Frente al Fantasma Azul.

ARRIBA y ABAJO. Se emplea usualmente con relación a las mareas o corrimientos. La regla general que siguen todas las tribus es: «Este te lleva hacia fuera. Fuera te lleva al oeste. Oeste te lleva hacia adentro. Adentro te lleva hacia el este. Babor y estribor te llevan al punto de partida». Incluso algunas tribus que no pueden maniobrar dentro del Anillo de Humo conocen el dicho.

Postscriptum

Pienso que las notas a posteriori pueden ser consideradas como el arreglo a una premeditada traición. Pero considero que una serie de notas podría resultar explicativa, y en muchos casos aclaratoria, para quien quiera tener una mayor comprensión de la obra.

Sobre Larry Niven no pienso decir nada, pues los entendidos son los que deben realizar las apreciaciones, sólo mencionar de pasada que, con esta novela, vuelve a demostrar que sigue siendo todavía tan buen novelista —o mejor— que cuando en el año 1970 escribió y publicó aquel «Anillo Mundo» que, todavía, puede ser considerado como una obra maestra. Que hagan crítica los críticos. O quienes creen serlo.

Mis notas son parte de mi trabajo, y ahí van.

El Anillo de Humo es un mundo lógico, enorme, abierto y horrible, un ambiente que no deja de recordarnos otros entornos que han aparecido en la obra de Niven.

Pero ese mundo ha sufrido una transformación que va más allá del simple accidente físico. El lenguaje se ha deteriorado y las palabras han cambiado y perdido parte de su significado para adquirir otros nuevos.

Las ideas originales han resultado o demasiado pequeñas o demasiado grandes para plasmar lo que rodea a los personajes de Niven. Ninguno de los héroes de la novela, a excepción de Sharls Davis Kendy, tiene clara conciencia de lo que es el mundo en que viven. Hay mitologías y sueños que sólo son imágenes en el cerebro de los personajes. Larry Niven ha sabido plasmar con un idioma medio nuevo lo que ven sus héroes; y con partes de ese lenguaje se ha tomado algunas libertades. Palabras como «tuft» (copa de árbol, entre otras acepciones) resultaba difícil convertirla al castellano para que sonara de una sola vez (como en inglés); por eso, esta palabra concreta (y a sabiendas) ha sido traducida como «mata». La Mata de Quinn resulta más clara y con menos dobles sentidos que la Copa de Quinn o, lo que es peor, la Copa Oscura. Además, la utilización de mata es un rendido homenaje —mínimo— a la totalidad de la obra. Muchas de las palabras utilizadas en esta novela tienen un sentido literal (que es el que se ha utilizado porque es el que debe anotarse) y un significado en tercer o cuarto puesto en la lista de acepciones que siempre —siempre— tiene un significado botánico. Este ha sido un sacrificio obligado. La novela traducida no podía conservar esos matices. Y ha sido una pena. Como ejemplo, imagínese una novela de alcohólicos en la que la protagonista principal femenina atendiera al nombre de Veva (como diminutivo de Genoveva); que yo sepa, ningún juego de palabras podría llegar a traducir eso con corrección. Y así van las cosas.

Otras palabras han sido alteradas para poder darlas en español un sentido parecido —sólo parecido al del inglés—. Tal es el caso de «Sharman», un título que hace pensar inmediatamente en «Shaman» y también en «Chairman», hechicero y presidente respectivamente. Si se ha utilizado Cresidenta ha sido porque mejor conservar un solo título que perderlos todos. La palabra copsik —o corpsik— tiene más resonancias en inglés que las que pudiera tener en castellano. Después de todo corpse, es cadáver. Y el significado de copsik ha quedado claro a lo largo de la novela.

Otro problema importante ha sido la conservación del primitivismo lingüístico para cualquier hecho o relación tecnológica. Klomters, cémetros, son medidas que resultan reconocibles a corto plazo. ¿Y lo demás? El mundo del interior de los MACs está lleno de sillas, ventanas y utensilios (un inmenso grupo de cosas), que se podría haber traducido por butacas o sillones, pantallas o escotillas y válvulas, controles y anaqueles. Niven no utiliza esas palabras, y considero que tampoco deben usarse en nuestra traducción. Pedazos de aire (por moléculas), sabores del agua (por oxígeno e hidrógeno, productos de la electrólisis, que en la novela se llama desmantelar o deshacer el agua). Cosas científicas (todo lo que usaba en la nave «Disciplina»). Materia estelar (que en un primer momento fue madera estelar —otro homenaje—, y que es todo lo venido de la Tierra o utilizado con fines científicos). Y así sucesivamente.

El empleo de los ordenadores a bordo del MAC es algo caótico pero puede uno imaginarse como es todo si se está un poco Acostumbrado a su uso o si algún amigo tiene una MacIntosh, con ratón y todo lo demás, lápiz óptico incluido. Desaparecen muchas dudas y empieza a entenderse lo que hacen los «científicos», el Grad, Lawri y todos los demás. Igual de enigmático y tenebroso es el uso de las lectoras y las cassettes.

Únicamente pedir excusas por alguna traducción que hubiera sido más correcta en algunos de sus términos, o en otros términos. Creo que pocas veces como esta (y debido al sacrificio literario del trabajo de Niven) cabria aplicar con tanta justeza el viejo —y temido— refrán. Traduttore, tradittore. Traductor, traidor.

Francisco Arellano

Madrid, 1986 enero

FIN