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Libro del recuerdo

Péter Nádas

“Una de las novelas más importantes de nuestro tiempo” – The Times Literary Supplement “El libro que usted estaba esperando desde que leyó ‘En busca del tiempo perdido’ o ‘La montaña mágica’ – The New Republic

Péter Nádas

Libro del recuerdo

Traducción de Ana María de la Fuente

Es para mí un grato deber manifestar que con este libro no he pretendido escribir mis Memorias. Libro del recuerdo es una novela. Era mi intención relatar historias un poco al modo de Plutarco, evocaciones paralelas de ciertas personas en distintas épocas. Y todas estas distintas personas, naturalmente, podrían ser yo sin serlo realmente.

Todos los personajes, nombres, lugares y hechos que aparecen en este libro no deben, pues, considerarse reales, sino producto novelado de intención y fantasía literarias. Cualquier parecido con personas y situaciones reales sería puramente casual.

P. N.

Pero El hablaba del templo de su Cuerpo.

San Juan, 2, 21

La hermosura de mi anómala condición

La última habitación que tuve en Berlín estaba en casa de los Kühnert, en el primer piso de un chalet cubierto de una enredadera de vid silvestre y situado en las afueras, en Schoneweide.

Las hojas de la vid ya se estaban tornando rojas, los pájaros picoteaban el fruto negro: era otoño.

No es extraño que lo recuerde ahora; tres años han pasado, tres otoños, y ya no he de volver a Berlín, no sabría por quién, ni para qué, por eso digo que fue mi última habitación en Berlín, lo sé.

Yo quería que fuera la última, y lo hubiera sido de todos modos porque así lo dispusieron las circunstancias, o el azar, que es lo mismo, me digo ahora para consolarme, mientras cuido un pesado catarro de otoño y mi cerebro no da para más, pero, aun embotado y moqueando, no para de dar vueltas a las cosas esenciales y me trae el recuerdo de aquellos días de otoño en Berlín

Aunque no es que fuera uno a olvidar algo.

Aunque no sé a quién podría interesar esto, aparte de mí mismo.

Por ejemplo, la habitación de la Steffelbauerstrasse en aquel primer piso.

En cualquier caso, no voy a escribir una crónica de viaje; sólo puedo relatar lo que siento como mío, digamos, la historia de mis relaciones amorosas, quizá ni eso, ya que no tengo la pretensión de hablar de hechos que están fuera de mi ámbito personal, aunque no creo que pueda haber hechos más importantes que los personales, que en sí y por sí pueden ser insignificantes y carecer de interés, mejor dicho, no sé si los hay y de ahí que no lo crea, pero me conformo con que esto sea una especie de memoria, una mirada atrás, un relato cargado del dolor y el placer de la evocación, algo que en realidad escribe uno en su vejez, un anticipo de lo que sentiré dentro de cuarenta años, si llego a los setenta y tres y aún soy capaz de recordar.

El resfriado hace que todo se destaque con nitidez; sería una lástima desperdiciar la ocasión.

Podría contar, por ejemplo, que a casa de los Kühnert, de la Steffelbauerstrasse, en aquel barrio del sur de Berlín llamado Schöneweide, es decir, «Hermosa Pradera», situado a unos treinta minutos del centro, de la Alexanderplatz, que, si pierdes el enlace, que es de una puntualidad rigurosa, y tienes que esperar bajo la lluvia, pueden convertirse en cuarenta o en una hora, decía que a casa de los Kühnert me llevó Thea Sandstuhl, sí, Thea.

Ella me buscó aquel alojamiento, mejor dicho, me lo organizó.

Naturalmente, también su recuerdo ha vuelto a mí estos días de resfriado, aunque, por extraño que pueda parecer, no con aquellas notas estridentes con las que tan provocativamente subrayaba ella su personalidad: el jersey rojo y el abrigo rojo, el sempiterno rojo del que se rodeaba, ni las arruguitas de su cara, aquellos surcos pálidos y trémulos que ella no trataba de disimular, pero que soportaba con una crispación que se manifestaba en la rigidez de la nuca y en su manera de alargar el cuello hacia adelante, como diciendo: mirad mi cara, fijaos en lo vieja y fea que soy, fijaos bien, aunque también he sido joven y bonita, ¡ya podéis reíros!, pero nadie se reía, porque no era fea, ni mucho menos, y quizá precisamente esta obsesión por las arrugas fuera la causa de su amor desgraciado; aunque no era esto lo que ahora me venía a la mente, ni tampoco su figura, sentada en su habitación, con las cortinas de muselina blanca, la alfombra roja y el sillón rojo, sino su risa y su llanto, sus grandes dientes de caballo manchados de nicotina, pero no su risa y su llanto del escenario, que en nada se parecían a los de verdad, y sus momentos de perversidad, en los que burlonamente entornaba los ojos y tensaba la seca piel del mentón; y también me acuerdo del árbol del patio de la sinagoga de la Rykestrasse, porque otro de los elementos de su entorno era aquella escuálida acacia, que tenía un letrero clavado en el tronco en el que se leía que estaba prohibido trepar al árbol, ¿y quién iba a querer, treinta años después de la guerra, subirse a un árbol, un viernes por la tarde, en el patio de una sinagoga del viejo Berlín? ¿A quién podía ocurrírsele idea semejante?, y mientras la luz dorada del templo proyectaba en el patio las sombras alargadas de los judíos reunidos en su interior, yo le dije que tenía fiebre, y ella me pasó la mano por la frente con gesto maternal, pero vi en su cara y noté en la mía que ella quería no tanto comprobar si tenía fiebre como tocar mi piel, que aún era joven y tersa.

Y quizá si al principio digo que esto no puede ni pretende ser una crónica de viaje, es porque no quiero que se me compare ni relacione con Arno Sandstuhl, el marido de Thea, que es una especie de escritor de libros de viaje, aunque soy consciente de que el desdén que manifiesto por la inofensiva afición de Arno a viajar por tierras lejanas y luego escribir sus experiencias debe atribuirse a los celos y está totalmente injustificado; aunque es una afición que me hizo desconfiar, ya que allí son pocos los que pueden hacer tales viajes, allí la llamada fiebre viajera se conoce sólo de oídas, en tanto que él, la eminente excepción, ya había estado, si mal no recuerdo, en el Tíbet y hasta en África, no obstante lo cual debo reconocer que mi infundada antipatía no se debía a esta pasajera desconfianza, ni al desdén, ni siquiera a los celos, sino a la maniobra con que Thea, sin proponérselo, naturalmente, había aludido a un capítulo secreto de mi vida.

La primera vez que los visitamos vivían en otro barrio, también de las afueras, me parece que cerca de Lichtenberg, aunque no lo sé con exactitud, porque, desde que conocía a Melchior, adondequiera que fuéramos me dejaba llevar por él, no veía nada más que su cara, su cara que llevaba grabada en la mía, y mi atención no reparaba en cosas secundarias como, por ejemplo, la dirección que llevábamos -mientras viajábamos él me miraba a mí y yo a él-, pero después, cuando Melchior ya había desaparecido de Berlín y también Thea estaba sola, porque Arno se había ido de casa, la encontré por casualidad en el S-Bahn, nos tropezamos en la parada final de Friedrichstrasse minutos antes de la medianoche, «tengo otra vez el coche descacharrado», dijo, como para justificarse; yo salía del teatro y no nos separamos hasta Ostkreuz, donde yo hice transbordo para ir a Schoneweide, porque seguía viviendo con los Kühnert, y ella continuó, de lo que deduzco que debían de vivir por Lichtenberg aquel domingo por la tarde en que los visitamos por primera vez y yo estuve conversando con Arno, como conversan dos escritores, con ponderación, seriedad y aburrimiento.

Esto teníamos que agradecer a una de las manipulaciones de Thea: por su culpa fue tan rígida y ceremoniosa la escena, porque cuando Arno, que llegó con retraso, entró en la habitación y yo me levanté de la butaca para saludarle, ella nos asió a cada uno por un codo, impidiendo con ello que nos estrecháramos la mano, como si quisiera darnos a entender que ella era el nexo entre nosotros, y no contenta con eso, quiso demostrar que teníamos otras cosas en común y dijo: «dos escritores en crisis creativa», aludiendo a un comentario que yo le había hecho en confianza; le parecía tan importante establecer este paralelismo que no tenía reparo en impedir que nos diéramos la mano, porque esta frase me revelaba a mí las tribulaciones de Arno, y a él, las mías, aunque en realidad, con esta descarada doble traición, pretendía ayudar a Arno sirviéndose de mí y, de paso, sellar la unión entre los tres, metiéndonos a él y a mí en el mismo saco; Arno y yo no nos miramos a los ojos, porque a nadie le gusta que le pongan en evidencia, aunque sea con la mejor intención, ni que le muestren un reflejo de sí mismo al que no se parece ni quiere parecerse.

La situación no era nueva para mí, aunque de esto, por supuesto, no tenían ellos la culpa.

Y Melchior se reía a nuestras espaldas: debían de resultar muy cómicos aquella pareja de escritores aquejados de sequía mental, y yo, molesto como estaba, y quizá hasta furioso, en aquel momento pensé que si se permitía a Arno vajar por todo el mundo sería porque trabajaba para la policía, porque era un espía, un delator; es perfectamente posible, pensé entonces, que él imagine de mí algo parecido, pero no importa lo que yo pueda pensar de él, porque él ya sabe de mí lo que yo deseaba ocultar; y es que, delante de Thea, Melchior no había reprimido sus miradas, delatando lo que queríamos mantener en secreto, es decir, que él y yo no éramos simplemente amigos, sino amantes.

Por otra parte, yo debía a Arno cierta deferencia: no sólo era mayor que yo, andaba por los cincuenta, sino que no había leído nada de lo que él había escrito, sólo sabía que eran libros de viajes que se editaban en cientos de miles de ejemplares, lo cual no significaba necesariamente que no pudieran ser obras maestras, y por qué no; así pues, debía ocultar mi prevención tras una respetuosa cortesía, pero esta recíproca cautela nos violentaba a los dos, mientras Thea ponía la mesa para el café como una funcionaria en domingo por la tarde y Melchior le hablaba de mí cuchicheando.

A pesar de todo, Amo hacía cuanto podía para desempeñar dignamente el papel que se le había asignado, y en sus preguntas por la marcha de mis estudios teatrales y los relatos que escribía advertía yo cierta deferencia, la timidez del fuerte y hasta me pareció que me ofrecía caballerosamente una vía de escape, al darme a entender que en modo alguno pretendía que le hablara del tema en profundidad, «ni mucho menos, sólo a grandes rasgos, de otro modo no se pueden tratar estas cosas, nada de pormenores, un esbozo», dijo sonriendo, y las arruguitas que le surcaban los labios indicaban que sus pensamientos raramente se resolvían en una sonrisa, que lo natural en él era la cavilación, y por eso no miraba al interlocutor a los ojos, como si tuviera reparos, como si ocultara algo, quizá.

Pero mientras le respondía me miró de pronto a los ojos, y su interés, aunque no estaba en lo que yo trataba de decir, era sincero, esto hubiera tenido yo que reconocerlo, porque, cuando una mirada trata de descubrir lo que hay detrás de nuestras palabras, por ejemplo, en qué medida influía en mi trabajo literario la circunstancia de que estuviera enamorado de un hombre, de otro hombre, porque esto era lo que le interesaba, imagino, mientras yo le hablaba, cuando la atención se suelta del hilo de la conversación para sondear en los sentimientos del interlocutor, deberíamos dar a este momento toda la importancia que merece.

Yo sabía que ya había estado en otra habitación en estas mismas circunstancias, totalmente a merced de un hombre, pero Arno, que, por lo demás, transigía con todas las locuras de Thea, ahora parecía no aceptar el papel que ella nos había asignado y que a los dos nos repelía, eso se veía en sus bellos ojos castaños, pero yo tenía otras preocupaciones y prestaba más atención a lo que Melchior susurraba a Thea acerca de mi persona que a lo que yo contaba a Arno sobre mi propio trabajo de escritor, y por eso no advertí que por fin ahora hubiéramos podido sentirnos libres, que su mirada era infantil, curiosa, ávida, abierta y que, con palabras bien meditadas, o incluso sin palabras, nuestra conversación hubiera podido ser no ya grata sino estimulante, no me di cuenta, no reaccioné a la mirada; al llegar al final de mi exposición perdí la ocasión de hacer la pregunta correcta, yo quería ser cortés, pero por comodidad le pregunté lo mismo que él a mí, y no reparé en la ruda indiferencia que denotaba esta mera repetición hasta que él desvió la mirada y, con gesto despectivo, se llevó las manos a las sienes como poniéndose a sí mismo orejas de burro.

Era un ademán con el que no pretendía expresar ni pasión ni menosprecio por su trabajo, sino más bien asombro, turbación, incluso agravio y la renuncia a ser comprendido, «¡oh!, yo soy un simple excursionista», quería decir, y en realidad, era uno de esos gestos de excursionista con los que acostumbra uno a zafarse de las preguntas de qué tal la excursión y el tiempo, porque qué va a decir uno de la excursión y del tiempo.

Él contestó, naturalmente, porque al fin y al cabo se había beneficiado de esa buena educación burguesa que te enseña a salvar los momentos de distracción, de confusión y hasta de irritación con una charla intrascendente, él hablaba como suelen hablar los berlineses, que dan la impresión de enjuagar las palabras en la boca; pero aun en el caso de que yo hubiera sido capaz de prestar atención -Melchior estaba susurrando a Thea qué había cocinado yo para el almuerzo- y hubiera entendido lo que Arno decía, con el lenguaje corporal, con su espalda encorvada, expresaba inequívocamente que aquello nada tenía de interesante, que hablaba por puro formulismo, pero hasta su voz se me escapaba, en parte porque yo estaba furioso con Melchior por sus indiscreciones y quería hacerle comprender como fuera que tenía que callar la boca de una vez, y en parte porque había descubierto, o creía haber descubierto, de qué conocía yo aquella cara parlante, marcada por nítidos pliegues: hubiera podido ser la cara de mi abuelo, si mi abuelo hubiera nacido alemán, una cara toda formalidad, paciencia y sesuda autosuficiencia, cara de demócrata donde las haya, y por eso se me escapaba no sólo el significado de sus palabras, sino hasta el timbre de su voz, me parecía tener delante una carcasa vacía y no era capaz de advertir sino que seguía observándome atentamente mientras procuraba no decir nada interesante, para no ponerme en un aprieto obligándome a prestar atención, y, antes de que Thea acabara de poner la mesa, él se disculpó y se fue rápidamente a su habitación, dejándome de pie, medio apoyado en el sillón y balanceando el cuerpo ligeramente.

Con qué facilidad se encadenan las imágenes del otoño.

Nunca he conocido experiencias de mayor soledad.

Experiencias que tenían ecos de mi pasado, pero el pasado era sólo una señal lejana, una señal que aludía a mis propios insignificantes sufrimientos que flotaban, como todos los momentos vividos, en el aire de lo que yo llamo presente, perfumes de la memoria, efluvios de un mundo al que ya no pertenecía, al que también hubiera podido llamar patria perdida, la patria que había abandonado por nada, sí, por nada, porque nada ni nadie me ataba tampoco aquí, porque también aquí me sentía extranjero, y el único ser humano al que amo, Melchior, también estaba aquí por nada, tampoco él podía hacerme echar raíces, yo estaba perdido, no existía, todos mis huesos y mis músculos eran como gelatina y, a pesar de que tenía la sensación de estar desligado de todo y no pertenecer a ningún sitio, aún me parecía ser algo, un sapo que apretaba el cuerpo contra la tierra, un caracol viscoso que observaba inmóvil mi propia nada, lo que me ocurría no era nada, pero esta nada contenía ya mi futuro y algo también de mi pasado, que había viajado con la sucesión de los otoños.

Y esto hubiera tenido yo no sólo que intuirlo, sino también que comprenderlo aquel otoño, en la habitación de atrás de la casa de la Steffelbauerstrasse, cuando los dos arces que estaban delante de la ventana aún conservaban sus hojas verdes y susurrantes y los gorriones anidaban en el hueco del ladrillo que faltaba encima del marco, pero yo no desistía y seguía esperando descubrir un significado especial, singular, personal; esperando algo, una situación nueva, un estado de ánimo, quizá incluso una tragedia, gracias a la cual yo, sumido en esta vaguedad de la nada, pudiera llegar a descifrarme a mí mismo, porque algo debería poder salvarse, algo que revelara un significado y que me salvara también a mí, que me liberara de esta existencia animal, pero ese algo no podía estar en mi pasado, que era mortalmente aburrido, porque los recuerdos importunos dejan mal sabor de boca, y tampoco en el futuro, porque yo le tenía miedo y hacía tiempo que me había acostumbrado a no planear ni el instante siguiente; no, yo esperaba una revelación, una redención ahora, y es que entonces aún no sabía que basta con conocer la nada, pero hay que conocerla a fondo.

Thea me llevó a la casa en su coche, frau Kühnert era amiga suya, y allí pasaba yo mucho tiempo solo.

Podría decir que siempre estaba solo; hasta entonces no había conocido tan intensamente la soledad de una casa ajena, los muebles relucientes, el sol que se colaba por las rendijas de las cortinas, las franjas claras de la alfombra, el brillo del suelo, sus crujidos y el calor de la estufa, ese calor que aguardaba a la noche, a que llegaran los habitantes y conectaran el televisor.

Era una casa tranquila y apenas más elegante que las sucias viviendas de Prenzlauer Berg, «pájaros grises, viejos patios interiores de Berlín», las describía Melchior en una poesía, pero también tenía barandillas de madera torneada pintadas de gris tórtola, lo mismo que los demás escenarios de mi vida en Berlín, la Chausseestrasse y la Wörther Platz, y linóleo oscuro en la escalera de madera, y olor a desinfectante de la cera del suelo, y vidrieras emplomadas en los rellanos, de las que sólo la mitad conservaban las vistosas flores fin de siglo originales y la otra mitad tenían turbio vidrio prensado que se comía la luz, por lo que era tan lóbrega como la escalera de la casa de la Stargarder Strasse, en la que más tiempo he vivido y en la que llegué a hacerme a la idea de que una escalera no es más que una escalera; sin embargo, no me resultaba tan familiar como la de una casa cualquiera de Budapest, y es que le faltaba pasado, un pasado que se revelaba de las más diversas formas y cuyos signos yo me esforzaba por descifrar, y, aunque sabía que con este juego no conseguiría comprender mejor a Melchior, cuando volvía a casa al mediodía, imaginaba que en mi lugar entraba en la escalera un joven que había llegado a Berlín un hermoso día ya lejano, y ese hombre era el abuelo de Melchior, él era el protagonista de mi novela, cada día más intrincada; él hubiera visto nuevas e incólumes estas flores de vidrio al pálido contraluz de los patios traseros, si hubiera conocido esta casa y su geometría y vivido en presente su pasado.

Abajo, en el oscuro zaguán, hasta de día tenías que pulsar el botón rojo luminoso que encendía la luz de la escalera durante el tiempo que tardabas en llegar al primer rellano, donde tenías que volver a pulsar, pero muchas noches yo subía a oscuras, porque la luz del botoncito se me antojaba el fuego de un faro en una costa lejana, y me era tan grata la ilusión que no oprimía el botón y dejaba la escalera a oscuras y, a pesar de ignorar el número de peldaños, los identificaba por su manera de crujir y en los rellanos me guiaba por el botón rojo, y casi nunca me desorientaba.

Lo mismo hacía en la casa de la Worther Platz donde vivía Melchior, casi cada noche subía la escalera a oscuras, por lo que la respetable frau Hübner, que acechaba por la mirilla, seguramente, subida a una silla, no podía saber cuándo pasaba por delante de su casa, sólo que venía alguien, y abría puerta demasiado tarde o demasiado pronto.

En la casa de la Steffelbauerstrasse el alumbrado de la escalera era malo, sólo funcionaba mientras oprimías el botón y si alguna noche, cuando yo salía, frau Kühnert estaba en la cocina, le faltaba tiempo para salir a encender la luz, para que no tuviera que bajar a tientas, por más que yo procuraba no hacer ruido, porque me fastidiaba que informara de mis idas y venidas a Thea, que quería saberlo todo acerca de Melchior -al cabo de un tiempo, llegué a pensar que también frau Hübner trabajaba para ella-, pero casi nunca conseguía ser lo bastante sigiloso, «si estoy aquí mismo, señor mío, no me cuesta nada alumbrarle», y salía de la cocina muy decidida y oprimía el botón hasta que yo llegaba a la planta baja y le gritaba «gracias», mientras pensaba que, en el segundo piso de la otra casa, ya estaría esperándome frau Hübner, y que tendría que saludarla amablemente a la luz que salía de su casa; pero cuando volvía en plena noche y no entraba en el portal ni el menor resplandor de la calle, tenía que tantear cada escalón o mirar dónde ponía los pies a la llama de un fósforo, porque hasta el puntito luminoso estaba apagado, no había nada que me orientara y me daba miedo tropezarme con algo vivo.

Melchior no conocía esa casa.

Tampoco estuvo en la casa de la Stargarder Strasse, ya que nos escondíamos, mejor dicho, evitábamos llamar la atención, algo en lo que yo tenía práctica y no me resultaba difícil, pero también esto apuntaba de forma desagradable a mi pasado, una sola vez, un domingo por la tarde, con la Stargarder Strasse desierta -aunque podía haber alguien detrás de los visillos-, un plomizo día de noviembre, mientras todo el mundo estaba en su casa, tomando café delante del televisor, nosotros teníamos la sensación de que no podíamos separarnos, y en realidad tampoco teníamos por qué separarnos, hubiéramos podido seguir juntos, sólo que juntos llevábamos ya tres días y la atmósfera que nos envolvía y que excluía todo lo demás se había hecho ya muy densa; teníamos que salir, teníamos que separarnos, estar solos por lo menos una noche, a mí también me apetecía bañarme, porque en casa de Melchior no había cuarto de baño, tenías que lavarte en un barreño o debajo del grifo de la cocina, me sentía sucio, quería estar solo una tarde y una noche, tomar aliento y luego, quizá, antes de medianoche, bajar a la calle y llamarle, oír su voz apoyado en el vidrio frío y tal vez volver a su casa; al principio él sólo quería acompañarme hasta el extremo de la Dimitroffstrasse, para comprar cigarrillos debajo del viaducto, donde a esa hora aún estaba abierto el quiosco, pero no podíamos separarnos, a pesar de que en cada esquina queríamos despedirnos; unas veces, él decía que me acompañaba hasta la esquina siguiente y otras le pedía yo que me acompañara; no queríamos darnos las manos, hubiera sido ridículo, pusilánime y torpe, pero algo teníamos que hacer, no nos mirábamos, hasta que de pronto él me tendió la mano y, como queríamos sentir algo el uno del otro, nos tomamos las manos, no pasaba nadie, pero tampoco era aquello, yo quería darle un beso, allí, delante de la casa, a la luz clara de la tarde.

También la casa de la Chausseestrasse la conocía él sólo por fuera.

Era un domingo por la noche.

Le señalé la ventana desde el tranvía, íbamos al teatro, estábamos solos en la plataforma, él me hablaba en voz baja del levantamiento de Berlín, y yo de la revolución de Budapest, sus frases se alternaban con las mías, él se volvió a mirar hacia donde yo señalaba, pero su expresión no denotó si había entendido, siguió hablando, pero a mí, en aquel momento, me parecía muy importante que, por lo menos, conociera la casa, ya que no la habitación, mi primera habitación en Berlín, que, sin que él lo sospechara, había desempeñado un importante papel en su vida, porque, aunque a Melchior no le era indiferente mi pasado, se cerraba a él, otra cosa no podía hacer.

Era ya mi segundo mes en la Steffelbauerstrasse, me había acostumbrado a la casa y, en cierta manera, hasta le había tomado cariño cuando, una mañana, frau Kühnert, mientras encendía la estufa, dijo que antes de mediodía vendrían los electricistas a reparar la luz de la escalera, que seguramente preguntarían por ella, pero que ella no iba a poder estar en casa, y como yo sí estaría, ¿o no? «Sí», contesté desde la cama, mientras ella, arrodillada delante de la estufa, canturreaba, como siempre que hacía algún trabajo doméstico; al fin y al cabo, yo no acostumbraba a salir, salvo por las noches; como ella era la responsable de la finca, dijo, preguntarían por ella, y yo debía decirles que había tenido que salir, «pues no faltaba más, a ver qué se han creído», y explicarles de qué se trataba, dónde estaba la avería, y no dejar marchar a «esos brutos» hasta que lo hubieran reparado todo.

Yo estuve toda la mañana en casa, esperando que llamara Melchior, porque ya nos quedaban pocos días, pero ni llamó él, ni vinieron los electricistas.

Si hubiera llamado… fuera, un cielo sin nubes, sol y silencio; por las mañanas sólo se calentaba la sala de estar, que estaba situada en el centro de la casa, las noches eran frías, ya helaba a veces, sí, y también mi habitación se calentaba; desde el recibidor se pasaba al comedor y, de ahí, a la sala de estar, mi habitación se encontraba en el ala opuesta de la casa, en un pasillo largo y oscuro que iba de la cocina al recibidor y al que daban los dos dormitorios; yo, aunque hubiera podido ahorrarme la precaución, había dejado abiertas todas las puertas menos las de la sala y la de mi cuarto, para oír el teléfono, por si llamaba Melchior; el tiempo convidaba a salir de excursión o a dar un buen paseo, y si yo hubiera podido hablar por teléfono desde la sala, le hubiera propuesto ir hasta el lago Müggel, «hace un día espléndido» le hubiera dicho, mirando el frío sol desde la caldeada sala, pero también le hubiera dicho que no quería ir con él a casa de su madre, porque él sólo quería llevarme para hacerse más fácil la despedida, porque tenía que despedirse -quizá fuera la última vez que la veía- sin que ella lo notara, y yo no podía ni imaginar que ya no volveríamos a compartir su cama en la habitación fría de su infancia, me parecía inconcebible que aquello tuviera que acabar para siempre.

– ¿De verdad dormías aquí? ¿Y aquí tenías la cama? ¿Y esa mancha del techo, ya estaba? Esa mancha de ahí.

El se reía de mis preguntas, como si no fuera capaz de imaginar que aquí pudiera llegar a cambiar algo y que esta inmutabilidad pudiera causar asombro a alguien, no, las cosas no eran tan inconsistentes, y su madre, a la que, en recuerdo de la abuela de Melchior, huerta de parto, habían puesto el nombre de Helene, se encargaba de que aquí no cambiara nada y guardaba este último refugio para su hijo; aunque, por otra parte, tampoco faltaban razones a Melchior para mantener esta convicción, porque, según me contó no sin cierta vanidad, antes de conocerme a mí, le era casi indiferente con quién se relacionaba, no le preocupaba la seguridad, no era exigente, al contrario, incluso afirmaba que las relaciones más intrascendentes eran las más satisfactorias, y que, para dar consistencia a alguna cosa en su azarosa vida, él depuraba su estilo hasta alcanzar una estética sublime, y en sus versos, de un hermetismo inhóspito, se imponía rigurosa ascesis, frugalidad y disciplina; pero aquí, pasara lo que pasara, él podía volver cada fin de semana, con la maleta de la ropa sucia -su madre se empeñaba también en lavarle la ropa-, seguro de que todo seguía igual: «sólo la mancha, esa mancha, no apareció hasta después», decía riendo, pero su risa nunca significaba mucho, se reía sin motivo, porque sí, y nada extinguía la risa de sus ojos, salvo cuando creía que nadie le veía. Y yo tampoco podía imaginar que un domingo por la mañana ya no me despertaría el sonido de las campanas que entraba por las pequeñas ventanas de la casa de sus padres, que ya no percibiría cómo se mezclaba en el aire frío de la habitación el olor de su piel con el fuerte perfume de las manzanas y el aroma dulzón del pastel preparado para el café del domingo; las manzanas, alineadas encima del armario, el pastel, bañado en azúcar, en el mármol de la cómoda, todo dispuesto para la tarde, y la ventana, siempre abierta, pero su expresión se nubló y él me miró los labios y la frente cuando, sin pensar, le confesé que me gustaba el olor de su sudor, mi nariz, la palma de mis manos y mi lengua adoraban este olor, y, como si con ello le hubiera causado un dolor, me abrazó y exhaló unos sonidos extraños: «te huelo, te toco y te saboreo», dijo, yo pensé que aquello era risa, pero fue un sollozo corto y seco que se quebró en un suspiro ahogado y trémulo, allí, en la cama quejumbrosa de la casa de la Worther Platz.

Entonces imaginé el camino que rodea el lago Müggel, cubierto de hojas de los colores del otoño, la tersa quietud del lago, el rumor de nuestros pasos sobre la hojarasca humedecida por la bruma matinal, y yo le hubiera pedido que fuera allí conmigo, si más no, porque tal vez allí él hubiera podido al fin conciliarse plenamente conmigo, o yo con él, pero sabiendo al mismo tiempo que esto era imposible, ¡oh, fabuloso otoño!, o también hubiéramos podido ir al zoo, si el paseo por la orilla del Müggel le parecía demasiado apartado o problemático, porque, a juzgar por las vistas que vislumbraba distraídamente en mis viajes en el S-Bahn, también el zoo era un jardín con senderos discretos y sombreados, además, aún no habíamos estado en el zoo, a pesar de que nos lo habíamos propuesto muchas veces, pero también imaginaba que me llevaba un cuchillo de la cocina de los Kühnert y lo asesinaba durante el paseo.

En la última casa en que viví en Berlín me levantaba tarde, es decir, me despertaba dos o tres veces pero no conseguía levantarme hasta casi mediodía. La primera vez me despertaba bruscamente el doctor Kühnert, que salía de su dormitorio y pasaba por delante de mi puerta, camino del cuarto de baño, haciendo chirriar las tablas del suelo, y yo me tapaba la cabeza con la almohada para no oír lo que venía a continuación; él entraba en el cuarto de baño y primero orinaba, yo oía claramente -el tabique era delgado- el breve y agudo gorgoteo que precedía a un murmullo que se apagaba paulatinamente, y yo sabía que el doctor había apuntado al fondo de la taza, allí donde queda el agua estancada después de la descarga, también yo lo hacía, de niño, y no dejaba de admirarme que un hombre de cincuenta años y profesor de universidad se divirtiera con eso; pero si sólo oía un golpecito suave y el líquido caía en la porcelana con un rumor sordo, entonces sabía que iba a evacuar.

Las ventosidades en sí nada demostraban, pero cuando orinaba de pie sonaban de un modo muy distinto de cuando estaba sentado y la taza hacía de caja de resonancia, eran sonidos muy elocuentes, y de nada servía que me tapara la cabeza con la almohada, porque a través del tabique se oía claramente el gemido, el suspiro, el papel que se arrugaba y frotaba; de nada servía la almohada, porque yo escuchaba como si disfrutara con ello, como si quisiera demostrarme a mí mismo, con un ejercicio de masoquismo, que los oídos no pueden cerrarse como se cierran los ojos o la boca; pero faltaba la segunda parte, dejaba de correr el agua, se hacía un momentáneo silencio y, si yo no hubiera sabido lo que venía ahora, tal vez hubiera podido dar media vuelta y dormirme otra vez, porque, en aquel agitado duermevela matinal, no controlaba la transición entre el sueño y la vigilia, a veces las pálidas imágenes del sueño no se disipaban ni a la luz de la lamparilla, tenían rostro, tenían manos, se alejaban sólo lo justo para que no pudiera alcanzarlas, brincando entre los libros de la estantería, o el contorno de la habitación se diluía en el sueño, aún veía la ventana, pero ya era una ventana soñada, el árbol y el hueco de la pared en el que vivían los gorriones se convertían en imágenes de sueño, y yo me sobresaltaba, porque ahora Kühnert se había situado delante del espejo, se inclinaba sobre el lavabo, mismamente al lado de mi cabeza, se sonaba con los dedos, el agua volvía a murmurar y, entre toses y broncos carraspeos, se arrancaba esforzadamente los esputos y los escupía al lavabo, directamente a mi oído.

Después, a las siete, me despertaban los golpecitos en la puerta, «sí, pase», decía yo en voz alta, una voz que, a aquella hora del día, siempre sonaba a extranjera, señal de que había querido decir en húngaro lo que al instante había comprendido que tenía que decir en alemán, y entraba frau Kühnert, canturreando, a encender la estufa.

Por la noche, pisando una alfombra de viscosas hojas de plátano, que no tardaban en empapar las suelas de mis zapatos de charol, iba al teatro.

Para entonces Melchior ya había desaparecido. Me había dejado Berlín, húmedo y gris.

Después de la función subía al piso de la Worther Platz; estaba frío y, a la luz de la lámpara, el púrpura de la cortina parecía descolorido, pero no encendía las velas.

Estaba lloviendo.

De un momento a otro podía llegar la policía y reventar la puerta.

En la cocina zumbaba el frigorífico.

Al día siguiente también yo me marché.

En Heiligendamm lucía el sol, pero lo que allí me pasó no puedo explicármelo.

Si yo manejara las palabras a la ligera podría decir que allí fui feliz y en esta sensación de felicidad influían sin duda el mar, el viaje y todo lo que lo había precedido inmediatamente, pero también el hermoso lugar, la llamada «Ciudad Blanca del Mar», aunque lo de ciudad no deja de ser una pequeña exageración, porque a uno y otro lado del elegante balneario no habrá más de una docena de chalets de dos plantas, todos iguales, dispuestos en semicírculo, cara al mar sí, y blancos, allí todo es blanco, los postigos, ahora cerrados, los bancos diseminados por el suave césped, las columnas del porche y las sillas de la orquesta de verano, apiladas en un rincón, blancas siluetas entre el verde intenso de los setos de boj recortados en figuras geométricas y de los corpulentos abetos negros, pero creo que más que cualquier otra cosa influyeron en mi sensación de bienestar el engañoso buen tiempo y la calma.

Digo engañoso porque el viento aullaba y unas olas grandes, duras como el acero, reventaban en surtidores de espuma al chocar contra el malecón; digo calma porque, en el intervalo entre los estampidos, el oído se hundía en la sima de la ola, expectante, y era una liberación percibir el estruendo de una fuerza que se convertía en peso; pero al anochecer, cuando salí a dar un paseo, todo se había sosegado, y la luna, llena y baja, relucía sobre mar abierto.

Iba por el dique en dirección a Nienhagen, la población vecina; a un lado, el agua clamorosa que refulgía como vidrio hecho astillas, al otro lado, el páramo mudo, y yo, el único ser viviente entre los elementos; por la tarde se me habían terminado los cigarrillos, y Nienhagen, protegido por los vientos del oeste por el llamado «Gespensterwald», o Bosque de los Fantasmas, no podía quedar muy lejos, a juzgar por el mapa -había medido la distancia trasladando la escala con un fósforo doblado por la mitad, y parecía asequible: a veces mis ojos, cegados por el viento, creían percibir el parpadeo del faro-, por lo que había decidido comprar allí los cigarrillos y tomar un buen té caliente antes de regresar; imaginaba a unos pescadores plácidamente sentados a una mesa, a la luz de las velas, y me veía a mí mismo, el forastero, en el momento de entrar, veía las caras que se volvían hacia mí y veía mi propia cara.

Me veía a mí mismo caminar delante de mí, claro y transparente, y me seguía con paso rápido pero torpe. Como si mi cuerpo no pudiera soportar la tortura de la separación.

El viento se me colaba en el ancho abrigo, me sacudía, me empujaba y yo, a pesar de que me había puesto toda la ropa que traía, estaba helado; no es que sintiera realmente el frío, pero tenía miedo de él, sabía que esta insensibilidad era una piadosa ilusión de los sentidos y que en realidad estaba aterido; en otro momento, probablemente, hubiera dado media vuelta, claudicando ante el miedo, y hubiera podido justificar fácilmente el regreso aduciendo que hacía mucho frío, que un resfriado era un precio muy alto por un insensato paseo nocturno, pero esta vez no me dejé engañar por mí mismo: era como si esa imagen, que con tanto esfuerzo, con monstruosa autodisciplina, traza uno de sí mismo para que los demás lo vean de esa manera, y que considera propia y verdadera a pesar de que no es más que una caricatura, se hubiera borrado, porque este otro era realmente yo, mis sentidos seguían actuando como de costumbre, pero había un desfase, una fisura, quizá más de una, desplazamientos, grietas a través de las cuales me parecía ver a otro, a un desconocido.

A uno que hacía mucho tiempo, y también ese mismo día, había llegado a Heiligendamm y que por la noche había salido camino de Nienhagen.

Como si lo ocurrido aquel día hubiera pasado hacía cincuenta, setenta o cien años, a pesar de que no ocurrió nada en absoluto.

Era emocionante, era nuevo, era una dicha inefable contemplar esa disociación, y no obstante yo asumía el proceso con la calma de un hombre de experiencia, como si tuviera cincuenta, setenta o cien años más, un amable anciano que rememora su juventud; pero nada prodigioso ni místico había en ello, y tampoco ahora tenía valor para tomarme las tabletas de somnífero que llevaba en una cajita redonda, a pesar de que no hubiera podido imaginar para mi muerte circunstancias más poéticas; pero, como algo había que hacer, opté por separarme de mí mismo por un acto de imaginación, con lo que pretendía liberarme de mis confusos sentimientos, porque lo que yo sentía como el futuro de aquella mi otra existencia no era sino mi pasado y mi presente, todo lo acontecido o por acontecer.

La situación era extraña sólo porque yo no me identificaba ni con el uno ni con el otro y, en mi sobreexcitación, me sentía como el actor que se mueve por un escenario romántico, como si mi pasado fuera una representación de mí mismo como lo sería mi futuro, con todos mis sufrimientos, como si todo pudiera proyectarse, como en un juego, hacia el futuro o hacia el pasado, como si nada hubiera ocurrido, o como si hubiera ocurrido mucho tiempo atrás; todo podía cambiarse, sólo en mi imaginación existía confusión y conflicto entre los distintos segmentos de mi vida, confusión que debía atribuirse a una actitud determinada por el peso de lo cotidiano, a la que podía llamarse Yo, que yo exhibía como mi Yo, pero que no era yo. Soy libre, pensé entonces.

Pero mi imaginación elige al azar y con torpeza sólo algunas posibilidades de mi ilimitada libertad, para formar con ellas un rostro que pueda ser amado por los demás y en el que al fin yo mismo crea reconocerme, pensaba yo entonces.

Hoy ya no lo creo así, pero entonces me asaltó la idea con tanta fuerza e intensidad, vi con tanta claridad a aquella criatura que había permanecido incólume y libre frente a las diversas posibilidades de realización, él iba conmigo y yo con él, él temblaba y yo sentía su miedo, que tuve que pararme, pero no era bastante, tuve que arrodillarme, para dar gracias por el momento, a pesar de que mis rodillas no querían doblarse con humildad, por más que mantenía bajos los ojos, y sentía que hubiera preferido permanecer indiferente, como una piedra, no, ni eso, como unos jirones al viento.

La luna estaba baja y amarilla, como al alcance de la mano, y se reflejaba cerca del horizonte con un resplandor pálido que no revelaba la ondulación trémula de las olas, el agua parecía lisa allá lejos; ilusión óptica, pensé, una más, porque, al otro lado del dique, en el páramo, la luz no encontraba perfil, superficie ni cresta en la que reflejarse, y se perdía y apagaba, y como la mirada inquieta no descubría contorno en el que posarse, aquello no parecía oscuridad ni negrura, sino la pura nada.

Había llegado a Heiligendamm al atardecer y me había puesto en camino ya oscurecido, con la luna en el cielo.

Yo no adivinaba qué había realmente allí, donde el mapa indicaba un pantano, y la guía, un páramo; estaba muy hondo. Y callado.

Como si también el viento se contuviera, como si más allá del dique desistiera de soplar.

¿Estaba la tierra baja cubierta de juncos y cañas o se embozaba en hierba fingiéndose pradera?

En otro tiempo, yo hubiera peleado allí con fantasmas, ahora me parecía más espantoso este vacío.

Entonces, años atrás, y de eso tendré que hablar más extensamente después, aunque preferiría evitarlo, si alguna sombra, movimiento o sonido brotaba inesperadamente, pronunciaba mi nombre a mi espalda, me hablaba, o me interpelaba en silencio, siempre tomaba la forma de mis temores, en tanto que ahora lo que fuere se extendía lúgubremente sobre el pantano, quieto y callado, sin proyectar sombras.

Sólo observaba.

Vacío de indiferencia que planeaba sobre el páramo y parecía mirar burlonamente al que se extraviara por aquellos parajes, y era una burla inquietante la suya.

Concedido, aquello nada tenía de espantoso sino que más bien resultaba disciplinario, y su fuerza se manifestaba en que ponía freno a mi exaltada imaginación, que trataba de desbocarse para inventar su propia historia, deseo vano; aquello me advertía que me había hecho perder la noción del tiempo y abierto rendijas en mi alma para permitirme atisbar en mi cuerpo y que, a cambio de esta revelación, sólo me pedía que no lo olvidara, es decir, que no me creyera la historia que me había inventado como soporte de mi Yo, y que, si no tenía ni el humor ni el valor necesarios para matarme, lo sentiría siempre allí, dolorosamente presente, fuera de mí pero dispuesto en todo momento a intervenir en mis llamados órganos vitales; porque, por muchas ilusiones que me hiciera y por muy independiente que me creyera, de éstos no poseía más que uno o dos, mi existencia no podía ser controlada por la imaginación, no debía ser petulante, no debía imaginar que una ensoñación de mar y luna podía hacerme más libre y no digamos más feliz.

Entonces me levanté y, como el que ha terminado sus oraciones, maquinalmente, me limpié las rodillas.

Y este gesto de limpiarme las rodillas -hubiera sido inútil tratar de reprimirlo, con lo que llegan a inculcarnos el sentido de la pulcritud-, de pronto, me hizo verme a mí mismo un poco ridículo e hipócrita; rápidamente, me volví, ¿no sería preferible volver atrás? Al fin y al cabo, al lado del comedor, separada por una puerta vidriera, había una salita muy agradable, con sillones, en la que había comido muy cómodamente, y en la que podría comprar cigarrillos y tomar un té, ya que no cerraban hasta las diez; el viento aullaba, de buena gana me hubiera puesto a aullar con él y me hubiera tirado al suelo, pero ya estaba muy lejos de las luces de Heiligendamm, hasta ahora no me había dado cuenta de lo lejos que estaba y, al parecer, también me hallaba en terreno elevado, porque a mis pies, donde la tierra y el agua se encontraban, parpadeaban luces que delataban la presencia de casas, y mi retirada me hubiera resultado tan vergonzosa como el miedo que me ponía en la espalda la vacía mirada del páramo.

Me puse a pensar en cómo continuar.

Era totalmente imposible avanzar sin exponer a aquella mirada un lado de mi cuerpo, especialmente, la espalda. ¿Y si me desviaba hacia la orilla?

Pero tan pronto como surgió la idea, descabellada, por cierto, porque la espuma que relucía al amarillento claro de luna azotaba la base del dique -por otra parte, una mitad de mí se alegraba de que la otra creyera que, con una pequeña estratagema, amparándose en el dique, podría evadirse de algo que no tendría más remedio que afrontar-, cuando surgió esta idea, vino con ella una figura, no un fantasma sino más bien la noción de un hombre joven que entra por la puerta vidriera, mira en derredor, nuestros ojos se encuentran y el sol luce en la sala.

De modo que volví a dar media vuelta y seguí andando en dirección a Nienhagen.

Esto se pone cada vez más divertido, pensé.

Porque yo estaba aquí y me imaginaba que no estaba, y conmigo iba el anciano que yo sería, si vivía, y con él venía su juventud, y el anciano que recordaba su juventud, aquí, en el escenario de la orilla del mar, personificaba perfectamente mis ideas puestas en clave literaria: la sala con los sillones, sobre el mantel de brocado blanco, la taza de café que él se llevaba a los labios, y también el joven estaba con nosotros y, con la mano en el respaldo del sillón, nos daba alegremente los buenos días a los que estábamos sentados a la mesa, pero, para poder contemplarlo mejor, porque era el que más me interesaba, le hice retroceder hasta la puerta por la que acababa de entrar, porque me parecía que era él el que me pertenecía por completo, ya que no existía, y había alguien más, uno que nos observaba y que me ofrecía a ese rubio muchacho a cambio de que yo me aviniera a ser un dócil instrumento de su poder.

Éste fue sin duda el momento en el que sellé mi pacto secreto, que desde hacía años había estado gestándose insensiblemente; porque si hoy, consciente de las consecuencias, desencantado y lúcido, me imagino lo imposible, es decir, qué hubiera ocurrido si, cediendo al miedo, no hubiera seguido hacia Nienhagen sino que hubiera dado media vuelta y, como cualquier sensato mortal, me hubiera retirado a mi aburrida y vulgar habitación del hotel, entonces seguramente mi historia hubiera discurrido por el cauce de las reglas de la normalidad, y los desvíos y extravíos que hasta entonces había habido en mi vida, simplemente, hubieran señalado la dirección en la que no debía ir, y quizá con sobria y sana repugnancia hubiera podido sofocar en mí la voluptuosidad que me ha deparado la hermosura de mi anómala condición.

Paseo de una tarde lejana

La víspera por la tarde, cuando llegué a Heiligendamm, estaba muy cansado para cambiarme y cenar en la mesa redonda, por lo que, dejando las presentaciones para la mañana siguiente, me hice subir la cena a la habitación y me acosté temprano.

Pero el sueño no acudía a mis ojos. Era como si estuviera dentro de una gran burbuja oscura, cálida y blanda, zarandeada por las olas y, aunque tenía la impresión de estar protegido, el agua chapoteaba ininterrumpidamente sobre mi cabeza y la espuma se me metía por entre los párpados.

La casa estaba en silencio.

Me parecía que silbaba el viento, pero las recortadas cimas de los abetos estaban inmóviles frente a la ventana.

Cerré los ojos y apreté los párpados, para no ver nada, pero, cuando no veía nada, volvía a sentirme dentro de la burbuja cuya oscuridad mitigaban las imágenes que aparecían y desaparecían, imágenes de mí mismo que no me dejaban descansar, mostrándome escenas que yo creía olvidadas porque deseaba olvidarlas; en esa misma cama en la que ahora me hallaba había dormido, boca arriba, roncando, mi padre, aunque también sabía que él no dormía en esa cama sino en el estrecho sofá del salón, con los zapatos en el suelo, que parecían muy solos, sin los pies, y los robustos muslos abiertos impúdicamente, y por las persianas entraban franjas del sol de la tarde que se cruzaban con las rayas del suelo, y yo sentía cómo mi cuerpo, convulsionado por la visión, se estremecía en sueños; no podía soportarlo, necesitaba luz y aire, el cuerpo de mi padre, agitado por la respiración, me mostraba el pasado en forma de un presente excesivamente cercano y doloroso, pero volví a entrar en la oscuridad y me vi a mí mismo venir hacia mí, apareciendo y desapareciendo a la luz de las farolas de una calle conocida y mojada, quizá la misma Schönhauser Allee, deserta, la víspera de mi partida, poco después de la medianoche: regreso a casa después de dejar a mi vieja amiga Natalia Kasatkina, en la esquina de la Senefelderplatz, delante de los urinarios, espero mi “llegada» y, mientras oigo acercarse mis pasos y mi figura aparece y desaparece, se me antoja que de los pequeños edificios oscuros que se divisan entre las ramas desnudas, brota un gemido, el viento hace oscilar la puerta al ritmo de mi respiración y, cuando la puerta se abre, veo el interior: delante de la pared alquitranada hay un hombre alto que, cuando al fin me acerco, me tiende una rosa con una amplia sonrisa.

Era una rosa color violeta.

Pero yo no quería tocarla, también esta imagen tenía que ahuyentar: sería hermoso descansar en un vacío sosegado y luminoso; mi prometida se desliza suavemente hasta lo más hondo de mi ser, y en el instante en que, con gesto arrogante, se arranca de la cabeza el sombrero con el velo, su melena roja le resbala sobre los hombros, y ella me acerca la cara, anhelante, pero, en lugar de su aliento, siento una vaharada fétida y repugnante.

Sonó un portazo muy cerca.

Me senté en la cama completamente despierto, sobresaltado, sin duda.

La puerta del dormitorio estaba abierta y los blancos muebles del salón refulgían a un resplandor azulado.

Y no había ventana alguna por la que hubiera podido ver balancearse las cimas de los abetos, la cortina estaba echada, el viento no silbaba, se oía el rumor del mar, pero lejano, porque mis habitaciones daban al parque.

Era como si el portazo del urinario fuera el último sonido de mi sueño, que me había seguido hasta mi vigilia. Pero en el pasillo sonaban pasos presurosos que se alejaban, en la habitación de al lado sollozaba o gritaba alguien, violentamente, al parecer, o quizá era muy delgado el tabique, y entonces se oyó un golpe sordo, como si hubiera caído al suelo un objeto, o un cuerpo.

Yo aguzaba el oído, pero no oía nada más.

No me atrevía a moverme; el chirriar de la cama, el roce de la sábana, hubieran roto el silencio, el brusco movimiento de apartar el edredón hubiera podido ahogar los sonidos de un asesinato, pero no se oía nada. De todos modos, yo no estaba seguro de no haberlo soñado; por un lado, porque a veces sueñas que te despiertas, y no haces sino sumirte en el sueño más profundamente; por otro, me parecía que aquel llanto, los gritos y el golpe del cuerpo en el suelo ya habían sonado en otro tiempo, y también esto me recordó a mi padre, y, a pesar de tener los ojos abiertos, lo veía estremecerse en sueños, incorporarse en el sofá y caer al suelo rayado de sol, y es que entonces, hace veinte años, cuando él dormía por la tarde en el sofá del salón en el que yo dormía por la noche, teníamos alquilada precisamente la suite en la que ahora yo creía oír tan extraños sonidos, y por ello surgía en mí la duda de si realmente había vivido aquello o sólo había vuelto a soñarlo, porque, cuando cerraba el balcón de la terraza antes de acostarme, me había venido a la memoria la forma en que habían terminado de una vez para siempre los hermosos días de Heiligendamm.

Entonces, en las noches cálidas, dejábamos abiertas no sólo las ventanas sino también la vidriera de la terraza, lo cual me producía gran alegría porque, cuando por fin mis padres cerraban la puerta de su dormitorio, yo esperaba un tiempo prudencial, me levantaba sigilosamente y, tratando de convencerme a mí mismo de que tenía dominados todos mis temores, salía a la terraza.

A aquella hora, en una soledad imponente, la amplia terraza de piedra parecía planear sobre el parque; yo tenía la sensación de flotar en el aire; cuando había luna, su resplandor se filtraba entre los árboles y dibujaba en el suelo las picudas sombras de los abetos, y contemplaba la escena tratando de aislarme del entorno, como si no estuviera allí, como si hubiera embarcado en una nave que surcara un mar en calma; pero, antes de salir, procuraba cerciorarme de que iba a estar solo, porque alguna vez no había reparado en la figura de la vecina de al lado, que estaba en un ángulo, apoyada en la balaustrada, una mancha clara o una silueta oscura, según la fase de la luna y, si ella estaba, yo no podía salir, porque, a pesar de que entre nosotros había una relación secreta, exclusivamente nocturna, que rehuía la luz del día, yo temía que ella pudiera delatarme a mis padres; y, aunque su compañía me parecía grata y hasta apetecible, aquellas escapadas nocturnas sólo me producían verdadero placer cuando podía estar solo, cuando podía imaginarme en un barco que me llevaba lejos de allí.

La primera vez que salí sin tomar precauciones me paré en medio de la terraza, petrificado por la sorpresa; lucía la luna tras unas nubes tenues e inmóviles y, a la pálida luz azulada, estaba ella, con la cara vuelta hacia la claridad; la tomé por un fantasma, de cuya existencia y andanzas me había hablado Hilde, la criada, que decía que eran «una maravilla, una maravilla de miedo», y el vaporoso echarpe, y la figura delicada, y el brillo plateado del pelo que le llegaba hasta la cadera parecían corroborarlo: era hermosa, daba la sensación de que no descansaba sobre el suelo, pero también tenía una profunda gravedad, una gravedad que imprimían en su cara unos ojos muy abiertos y sin pupila; en la noche cálida, sentí un aire frío, y comprendí que era su aliento, la respiración con que me sorbía hacia la caverna de su cuerpo.

No era miedo lo que me paralizaba, o, si lo era, había alcanzado esa intensidad en la que el miedo se sublima en placer, estado en el que el cuerpo parece liberarse de sí mismo; yo no sentía manos ni pies, por eso no podía moverme, pero al mismo tiempo, sin necesidad de hacer el menor esfuerzo por recordar, mis diez años de vida se me hicieron presentes, una vida de la que ahora tenía yo que separarme, para integrarme en una forma distinta, sensación que después sólo experimentaría en el amor, y ese estado excepcional me parecía tanto más natural por cuanto que no eran sólo los cuentos de Hilde, sino también mi propia inclinación lo que me había predispuesto para esta experiencia.

Naturalmente, ese pasmo reverente y ese deseo vehemente duraron sólo un momento, y enseguida comprendí que era sólo una ilusión óptica, por reales que fueran mis sentimientos, «vaya, es fräulein Wohlgast, nuestra vecina». A fräulein Wohlgast, de la que solíamos hablar durante nuestros paseos de la tarde, la había visto charlar con mi madre durante las comidas en la mesa redonda; por otro lado, aquella cuestión de los fantasmas había empezado a parecerme dudosa desde el día en que creía haber visto una aparición y mi padre me siguió la corriente con seriedad, casi con aire reflexivo, y también con la maliciosa condescendencia de las personas que poseen sentido del humor, naturalmente, el fantasma tenía que estar allí, en el cañaveral, y dónde si no, si allí lo había visto yo, a pesar de que él, por más que se esforzaba, no veía nada, aunque oír, quizá, pero no, no oía nada, lo cual, desde luego, no significaba que no pudiera haber estado allí, ya que los fantasmas andaban siempre de un lado a otro, así eran ellos, a veces se te aparecían, pero casi siempre permanecían invisibles, y, por si ello me interesaba, debía saber que esto era propio de su condición y que no se aparecían a cualquiera, sino sólo a personas muy especiales, por lo que yo debía sentirme muy honrado, más aún, privilegiado, y también él se alegraba de que un fantasma hubiera hecho a su hijo el honor de aparecérsele, porque a él, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que no le era dado gozar de esos escalofriantes placeres, sus fantasmas se habían desvanecido, habían desaparecido, simplemente, lo cual él lamentaba, pues su ausencia le había dejado un vacío, ya casi había olvidado su existencia y su seducción, pero a fin de poder comparar sus experiencias de antaño con las mías de ahora, me agradecería que le describiera detalladamente el aspecto de mi fantasma.

Aquel día dimos un paseo más largo, lo cual, aun sin tomar en consideración la aparición del fantasma, era ya algo excepcional, puesto que, habitualmente, durante el paseo de la tarde, no nos alejábamos del balneario, no pasábamos del parque propiamente dicho, más allá del cual se extendía la tierra agreste, la costa negra y pedregosa, las inaccesibles alturas y simas del acantilado y, en la otra dirección, el páramo, con su turbio estanque en el centro, el Jardín de los Caracoles y, más hacia el interior, el bosque de hayas con su nombre fabuloso y un poco siniestro de «la Selva».

Por cierto que también el parque que se extendía entre los airosos chalets blancos y el mar hubiera podido tener un nombre altisonante: anchos paseos de coches se entrecruzaban formando rotondas, caprichosos senderos recorrían el verde césped, y aún quedaba espacio para que los abetos se alzaran en majestuosa soledad y los abedules de blanco tronco se agruparan en bosquecillos diseminados como al azar; formaba parte del parque el paseo de la costa que, al amparo del alto muro de piedra adornado con esbeltas ánforas de mármol, discurría junto al mar en línea recta y, en cierto modo, también pertenecía al parque un corto tramo de dique que prolongaba el paseo, pero se distinguía de éste en que su áspera superficie no estaba cubierta de piedra triturada sino de gravilla, para mayor comodidad del paseante, gravilla en la que yo hundía los pies hasta el tobillo, aunque en vano se había tratado de domesticar aquella pequeña porción de dique con estos finos guijarros que rechinaban gratamente, para convertirlo en paseo, porque su adusto perfil, erguido entre el mar y el páramo, recordaba las terribles circunstancias de su formación, la fuerte marea que, hacía varios siglos, lo había levantado en una sola noche, separando el agua del agua y convirtiendo la bella ensenada en pantano; la avenida, por el contrario, sí armonizaba con el parque estéticamente, aunque sólo iba de la puerta trasera del sanatorio a la estación, de allí no pasaba, y sólo cabía dar media vuelta, y es que lo uno era un paseo y lo otro, una vía de salida.

Mis padres nunca fijaban de antemano el itinerario de nuestros paseos; lo determinaba el azar o las escasas opciones del momento, y quizá por ello fuera inútil reflexionar sobre cuál de los dos caminos elegiríamos después de salir del sanatorio, si torceríamos por el paseo del mar, seguiríamos por el dique y, rodeando el hotel, nos acercaríamos a la estación, o nos quedaríamos sentados en los sillones de mimbre del porche, dejando para el paseo el tiempo justo para dar la vuelta corta y prudente en lugar de la larga e imprudente, ya que eso carecía de importancia o sólo la tenía en la medida en que cada tarde de paseo nos permitía divertirnos jugando con las posibilidades, aunque sólo hasta el momento en que el nácar del cielo empezaba a oscurecerse y desde la habitación o desde la terraza podíamos volver a contemplar el anochecer.

Aquella vez, la noche nos sorprendió fuera, a pesar de haber empezado el paseo de la forma habitual. Primero fuimos a la orilla, a tomar el baño de aire apoyados en el muro de piedra, actividad que no duraba más de un cuarto de hora y que consistía en relajar los músculos todo lo posible y, en riguroso silencio y con la boca cerrada, respirar por la nariz, tratando de aprovechar al máximo aquel momento del atardecer en el que, en opinión del doctor Köhler, el aire está saturado de humedad y de agentes naturales que la mucosa nasal percibe como aromas y que están especialmente indicados para limpiar as vías respiratorias y, por consiguiente, estimular la circulación y tranquilizar los nervios; este excelente resultado, insistía infatigablemente el prestigioso doctor, sólo podía alcanzarse si sus distinguidos pacientes seguían fielmente sus indicaciones en lugar de tratarlas a la ligera y con negligencia, es decir, si por comodidad se apoyaban en los árboles o las paredes, por no hablar de quienes se quedaban sentados charlando en el salón del balneario o en la terraza de las termas, y sólo cuando desfallecía la conversación se acordaban de aspirar y espirar con gesto grave, hasta que se les ocurría algo urgente que decir; no, de estas señoras y señores no consideraba necesario hablar el doctor, ellos estaban ya eo ipso en el depósito de cadáveres, por lo que su poltronería era comprensible, pero aquellos que desearan prolongar varios años su vida terrena debían permanecer los tres períodos de cinco minutos en los que debían hacerse los ejercicios de pie, sí, de pie, sin apoyarse en ningún sitio, no se admitían excusas ni pretextos, porque belleza y salud eran términos inseparables; por lo tanto, él se sentiría sinceramente agradecido si le hacían la merced de creer, especialmente las señoras, naturalmente, que no perjudicaba nuestra hermosura sino que, por el contrario, la acentuaba, aunque de un modo más complejo que las fajas y los maquillajes, el que, en aras de la salud, no nos resistiéramos a hacer alguna que otra mueca, lo cual por cierto sólo era necesario durante los primeros cinco minutos, hasta que el aire viciado hubiera salido de los pulmones, algo totalmente imposible en el repugnante aire de la habitación, cargado de perfume y humo de tabaco, ya que allí aspirábamos la misma inmundicia que antes habíamos espirado, había que situarse frente al mar, señores míos, aunque nos mire la gente; y es que se trata de nuestra salud, no hay que avergonzarse, respirar por la nariz, pero sin hinchar el pecho como los católicos, tan orgullosos de su humildad, sino hacer entrar el aire hasta el vientre, porque, al fin y al cabo, somos protestantes y bien podemos llenarnos no ya la cabeza sino el vientre de aire, cada cosa en su momento y lugar, y nada más fácil que mantener los sesos en la sesera y el aire en la barriga, naturalmente, siempre y cuando no nos hayamos apretado el corsé más de la cuenta, eh, señoras mías, el aire abajo, contar hasta diez y entonces abrir la boca, sacar la lengua, apuntando en línea recta al mundo y soltar el aire lentamente, contando otra vez hasta diez, mientras sale de nosotros la pestilencia que tenemos dentro, sí, todos y cada uno de nosotros, y que es no ya innecesario sino una verdadera ordinariez retener.

Se puso el sol, pero aún faltaba mucho para el anochecer, quedó en el horizonte un rojo resplandor mientras, poco a poco, el cielo se tornaba gris, sólo el mar se había oscurecido de pronto, aunque refulgía en su superficie la espuma de las olas que traía la marea; del agua se elevaba una bruma que, lentamente, envolvía el parque, las gaviotas volaban cada vez a mayor altura, y entonces me pareció que nuestra respiración -que yo percibía mezclada con el lento rechinar de los pasos de los que paseaban por detrás de nosotros, el grito de las gaviotas y el ritmo trítono del agua que siseaba, rugía y retumbaba y al que, según advertí, trataba de acompasarse mi propia respiración-, reflejaba una dulce quietud, una quietud en la que todas las emociones se sosegaban y los pensamientos apenas llegaban a aflorar y volvían al fondo antes de perfilarse; y si el rechinar de los pasos, una risa ahogada, el grito de las gaviotas, su repentino silencio, o cualquier sensación física, un soplo de aire frío, un temblor de la rodilla, un picor, una turbación del espíritu, una pasajera e indefinible ansiedad, una oleada de euforia o una crispación de nostalgia volvía a arañar la superficie, si pugnaba por asomar a nuestros labios algo que podía ser objeto de una reflexión o acaso de una acción, la serenidad del momento lo reprimía, lo dejaba en suspenso, porque entonces prevalecía el recogimiento y no cabía mayor dicha que la realización del no devenir, la pausa, el intervalo.

Naturalmente, ignoro el efecto que esos momentos de quietud tenían en otras personas, en mi padre o en mi madre, a mí me deparaban experiencias más profundas que las propias de mi edad; curiosamente, yo intuía que el intervalo, la interrupción, la transición tendrían en mi vida sus buenos y sus malos efectos, y ello me asustaba, ya que creía preferible parecerse a los que estaban a un lado u otro de esa tierra fronteriza y podrían sin duda asentar el pie en terreno más firme.

Ya entonces intuía yo el atormentado futuro que me esperaba, aunque ignoraba si esta premonición se debía a que, por seguir fielmente las indicaciones del doctor Köhler, había alcanzado el estado que se perseguía con la aeroterapia o, por el contrario, podía comprender los ejercicios del viejo Köhler porque estaba predestinado a esta vida contemplativa, que es lo más probable, aunque mi sentido del deber pudo haber acentuado esta predisposición, porque, ya antes de ir de vacaciones a Heiligendamm, mi puntualidad y aplicación no nacían de mi diligencia y laboriosidad, sino del deseo de ocultar al mundo una propensión al ensueño voluptuoso que era producto de una placentera indolencia; ni mi expresión ni mis movimientos debían delatar dónde me encontraba, y donde no deseaba que se me molestara, y, tras la cortina de humo del deber cumplido, defendía mis sueños, que eran lo que realmente me interesaba.

Yo nací para la doble vida, más exactamente, las dos mitades de mi vida no encajaban entre sí, o, más exactamente todavía, aunque mi vida aparente era pareja inseparable de mi vida secreta, yo sentía una disociación entre ellas, las separaba la sima del pecado, difícil de salvar, porque mi autodisciplina cara al exterior tenía como consecuencia la pasividad del hastío, y para salir de ella recurría a fantasías cada vez más delirantes; por supuesto, ello no sólo hacía que aumentara la distancia entre mis dos mitades, sino también que cada una se aislara más en su propio campo, y fuera menos lo que desde un lado podía recuperar del otro lado; el organismo padecía, no podía asumir esa pérdida, yo deseaba ser como los demás, que no mostraban señales de tensión reprimida; trataba de leer el pensamiento en la cara de las personas y de identificarme con ellas, pero ese mimético afán de compenetración, esa búsqueda del otro también me causaban accesos de melancolía porque quedaban frustrados, yo seguía siendo el mismo, sólo podía mostrarme diferente, porque tan imposible me era cambiar de naturaleza como armonizar mis dos mitades y o bien descubrir mi vida secreta, o renunciar a todas mis fantasías e instintos y ser como la llamada gente sana.

Yo no podía sino considerar mis casi incontenibles inclinaciones como una enfermedad, una extraña maldición o una desviación pecaminosa, si bien en mis horas más serenas no me parecían peores que un resfriado de otoño, que se cura con tisanas calientes, compresas frías, tabletas amargas contra la fiebre y compotas de frutas endulzadas con miel, a pesar de que tampoco en tales momentos me sentía menos perdido, y, sin embargo, y así lo intuía yo en los breves respiros que me daba la fiebre, en cuanto pudiera levantarme y acercarme a la ventana, al fin me sentiría ligero, fresco, inocente y también un poco defraudado; en vano las ramas de los árboles tendían hacia mí los brazos de sus ramas, en vano trataban de asirme con las suaves manos de sus hojas si yo tenía que reconocer que en realidad nada había cambiado en la calle, que mi enfermedad a nadie inquietaba y nada perturbaba, y que en mi habitación no sonaban pasos de gigante; todo estaba como debía estar, si acaso, todo resultaba más grato y familiar, porque los objetos ya no despertaban desagradables recuerdos de hechos lejanos, cada cosa estaba en su sitio, bien colocada y firme, casi indiferente; una clarificación como ésta ansiaba yo, pero para mis confusos y vergonzosos delirios hubiera tenido que buscar la medicina yo mismo.

Aquel día, una vez terminada nuestra habitual sesión de aeroterapia, tomamos el camino de la estación, y en ello no vieron nada insólito mis ojos, que, por lo anodino de nuestra existencia, estaban vírgenes de sensaciones y eran sensibles a cualquier novedad; mi padre, después de terminar el ejercicio resoplando un poco más aprisa de lo prescrito, satisfecho, apoyó su macizo cuerpo en la baranda de piedra y, con jocosa complacencia y el gesto del que ha superado una dura prueba, miró a mi madre, él quería mirar al mar, pero no pudo resistir la tentación de volverse hacia ella, sin duda, no había en ello nada extraordinario, ya que lo hacía siempre; y es que el mar, que a mi madre le parecía «maravilloso», lo mismo que la naturaleza toda, a él le aburría tanto como aquel circo de la aeroterapia, el mar no tenía nada, «por favor, si sólo es mucha agua y nada más», comentaba, pero, si aparecía un barco en el horizonte, le faltaba tiempo para buscar una relación entre el increíblemente lento movimiento de la nave y un punto de la costa «aparentemente seguro» y medir las variaciones del ángulo formado por el punto de partida y la distancia; «doce grados oeste», exclamaba inopinadamente, y a veces se refería también al movimiento de las personas utilizando términos de navegación, aunque nunca pretendía que los demás siguieran el curso de sus pensamientos, «los pensamientos son, en su mayor parte, un derivado de simples funciones orgánicas -decía-, porque el cerebro, lo mismo que el estómago, siempre necesita materia que digerir, y la boca, y no vamos a recriminárselo, no hace sino escupir porciones de esa materia mal digerida»; por otra parte, cuando no se dejaba llevar por su temperamento, mi padre mostraba una gran tolerancia por la forma en que sus semejantes buscaban el placer, es más, la contemplación de los afanes y las alegrías de la gente era lo que más le divertía. Quizá la atracción que sentía hacia todo lo tosco, ordinario y vulgar se debía a su falta de interés por los fenómenos naturales, quizá en los impulsos más primitivos de la naturaleza humana veía un reflejo de la naturaleza en general, y, por lo tanto, todo lo que era refinado y artístico le parecía que forzosamente disfrazaba su verdadera esencia, le movía a risa y a comentarios cáusticos. «Theodor, eres insoportable», decía entonces mi madre, que se sentía a un tiempo complacida y dolida cuando él denunciaba los rígidos principios a los que ella se aferraba; realmente, en la conducta de mi padre había una inquietante ambigüedad: nunca manifestaba su opinión abiertamente y sin rebozo y, a pesar de que tenía opinión, una opinión muy clara y definida sobre todas las cosas, daba la razón a todo el mundo, con lo que producía una impresión de persona insegura e influenciable; él nunca discutía, no, él respetaba infinitamente todas las opiniones, él sólo reflexionaba y, como si buscara un fundamento para sus aseveraciones, formulaba preguntas en condicional, titubeando, dando vueltas y mostrándose tan torpe que sus conocidos lo encontraban francamente encantador, a lo que contribuía su corpulencia. «Amigo Thoenissen, usted me perdonará, pero con ese tórax y esos muslos no tiene usted más remedio que ser un demócrata», solía decir el consejero privado Frick o, en palabras de la siempre impaciente fräulein Wohlgast: «ya está otra vez el bueno de Thoenissen tratando de darnos gato por liebre», y mi padre, que contaba con esta reacción que le halagaba, seguía perorando hasta demoler todo el edificio de la opinión ajena poco a poco, como si cayera por su propio peso, sin ofender a nadie, aunque no siempre era tan circunspecto, a veces reaccionaba con una explosión de entusiasmo y admiración, como hizo con la historia de mi fantasma, y soltaba una avalancha de palabras vehementes y fervorosas que, por ello, no carecían de cierta infantil fascinación: dramatizaba, magnificaba y adornaba cada detalle tan exageradamente que la aseveración, hinchada por una imaginaron desenfrenada, rompía su marco original y se convertía en una enormidad disociada de toda realidad que en ningún sitio tenía cabida: él perseveraba en este juego implacable, machacaba y porfiaba con ahínco desgastando la trama original hasta que ésta se deshacía revelando su endeblez; por cierto, esos vuelos de la fantasía, amenos aunque de dudosa ética, no solían impresionar a mi madre; yo creo que ella ni vislumbraba la diversidad de posibilidades latentes en las palabras más allá de las simples fórmulas de cortesía o las expresiones utilizadas en las transacciones de la vida cotidiana, con lo que no preetendo dar a entender que mi madre fuera tonta o corta, aunque por desgracia tampoco puedo decir lo contrario, porque ya fuera a causa de su puritana educación o, quizá, de su carácter remilgado y reservado, no había podido desarrollar su capacidad intelectual ni su sensibilidad psíquica y física, todo en ella daba la triste impresión de estar incompleto, hasta su propia vida, y por eso yo hubiera preferido que mi padre no hubiera puesto en su sepultura aquel ángel femenino que se oprime el pecho en señal de contrición, sino algo asexuado y más digno, porque mi madre no poseía una feminidad angélica y, si se quería recurrir a un símbolo, hubiera sido mucho más acertado una columna de mármol negro en sobrio zócalo, estriada con exquisita precisión y partida por la mitad, mostrando el contraste entre la rugosa piedra original y su pulida y trabajada superficie, eso pensaba yo cada vez que iba al cementerio.

Porque en mi tierra, si aún puedo llamar mía a la ciudad en que nací, cuando salía a pasear, me gustaba cruzar la Ciudad Vieja y, repleto de las abigarradas imágenes de sus callejuelas, descansar la mirada en los prados que se extendían al otro lado de la puerta de la ciudad, buscando el pueblo de Ludwigsdorf que se adivinaba al otro lado de la colina, al que antaño solía llevarme Hilde los sábados por la tarde; y, aunque nunca salía de casa con la intención de pararme en el cementerio, no podía resistir su extraño poder de atracción; además, me pillaba de paso; si hubiera salido por la Finstertorgasse hubiera podido evitarlo perfectamente, pero resultaba muy tentador entrar por la semiderruida tapia cubierta de maleza y, con el placer y la seguridad del que pisa terreno conocido, pasear por entre las ruinosas criptas del viejo cementerio infestadas de matojos y los túmulos cubiertos de extrañas flores, hasta llegar a nuestro ángel, dotado de alas de denso plumaje al que lamentablemente se había encomendado la misión de adornar nuestro viejo panteón familiar; pero quizá yo iba al cementerio precisamente para verlo a él. Podría decir que me llevaba un impulso masoquista; por un lado, porque aquella obra, execrable y relamida incluso dentro de su género, ofendía mi sensibilidad y mi noción de la estética; por otro, porque aquí, delante de ese monumento, se exacerbaban mi ira contra mi padre, mi aversión y mi coraje, espoleados por el sentimentalismo de oficio e interesada afectación con que el escultor se había esforzado por combinar los deseos del cliente con su propia fantasía seudoartística; aunque la cara del ángel no era reproducción exacta de la de mi madre, el hombre, ayudado tanto por su recuerdo personal del edulcorado retrato de mi madre joven que estaba colgado en el comedor de nuestra casa como por su pericia artesana, había introducido subrepticiamente en el rostro angelical ciertos rasgos característicos de la difunta; la frente abombada y los ojos juntos recordaban la frente y los ojos de mi madre, la nariz fina y bellamente arqueada, la boca un tanto arrogante y el gracioso mentón, suave y redondo como el de una niña, hacían pensar en la nariz, la boca y el mentón de mi madre, y para que la confusión fuera completa, la túnica, ejecutada con pedantería de maestro de escuela, dejaba entrever un cuerpo frágil, etéreo, con unos pechitos pequeños, altos, tiernos y, por lo tanto, provocadores, un vientre redondo, unas nalgas recogidas y unas caderas más angulosas de lo necesario, pero, por si la túnica de piedra no revelaba ya bastante, el artista había recurrido al efecto de un viento de frente que la pegaba a las profundas ingles de la esbelta figura que tensaba el cuerpo aprestándose a levantar el vuelo, y echaba hacia atrás su larga melena, pero aquella acumulación de detalles de mal gusto no sugerían ni la idea ni la realidad de la muerte y, paradójicamente, tampoco reflejaban algo que pudiera parecer vivo o natural, a no ser que llamemos natural a la fantasía de un artesano caduco y desaprensivo; aquella estatua era vulgar y ordinaria, tan vulgar y tan ordinaria que no merecería la pena malgastar en ella palabras ni emociones, si su construcción se hubiera debido a un desgraciado azar, si mi padre hubiera hecho un encargo que el escultor no había sabido ejecutar con noble simplicidad, ¡pero no!, aquí no puede hablarse de azar, al contrario, era como si la naturaleza oculta de la fatalidad que nos aguardaba se revelara de forma insoslayable en el hecho de que esta estatua era un monumento a la infamia de mi padre más que a la memoria de mi madre.

Pero ¿quién iba a adivinar el futuro, en las mudas señales de aquellos días?

– A este paso, no llegaremos al tren -dijo mi padre aquel día en la playa, y su expresión se alteró, aunque sólo en un ligero matiz; al gesto de burlona superioridad con que un momento antes, apoyado en el parapeto, había mirado a mi madre, se mezclaba ahora una cierta impaciencia o perplejidad, pero mi madre no pareció reparar ni en la entonación ni en la curiosa frase, curiosa, si más no, por el mero hecho de haber sido pronunciada, y no contestó.

Para ello hubiera tenido que interrumpir el ejercicio, ya que en aquel momento estaba con la boca abierta y la lengua fuera, ocupada en la operación de expulsar del vientre, en repetidas exhalaciones, el aire que había ido aspirando y reteniendo, respiración abdominal que le ocasionaba, al igual que a la mayoría de mujeres, no pocas dificultades; por otra parte, en su silencio, mortificado y altivo, se manifestaba una intención pedagógica, esa ligera crispación que, precisamente por el mutismo, da a entender que lo ocurrido no dejará de tener consecuencias, porque, para el caso de que mi padre no pudiera seguir soportando lo que él llamaba «esta existencia bestial», había entre ellos un pacto expreso, cerrado con anterioridad medio en serio y medio en broma en atención a mi presencia, pero en tono de apasionada vehemencia, después de que una vez mi padre, sorprendentemente, con la más descarada de las sonrisas, pusiera fin a su sufrimiento, entre exagerados gemidos, jadeos y gruñidos y mirase a mi madre; había asomado a sus ojos aquella curiosidad inquieta, viva e incisiva pero en modo alguno divertida, que yo conocía bien, a pesar de que no podía descifrarla; en tales momentos su cara tenía una desnudez terrible, una vulnerabilidad que desarmaba, y parecía que cualquier otra expresión apta para el trato social que pudiera adoptar no era sino una careta, una máscara que le cubría, amparaba y ocultaba; ahora se la había quitado, se manifestaba tal como era realmente, no necesitaba esconderse de sí mismo; en estos momentos estaba guapo, muy guapo: le relucía un poco la frente, enmarcada en rizos negros, en sus mejillas llenas se marcaban los hoyuelos de una risa reprimida, sus ojos tenían un azul más intenso, los labios carnosos se entreabrían; así estaba cuando, como en trance, se acercó rápidamente a mi madre, le metió tres dedos en la boca y con una delicadeza y un cuidado que contradecían la brutalidad de la acción, le agarró la lengua, a lo que mi madre, en un acto reflejo de defensa, dio un respingo para no vomitar y, seguramente sorprendiéndose a sí misma, mordió con tal fuerza el dedo de mi padre que él lanzó un grito; y entonces acordaron que, en lo sucesivo, mi padre debía mirar siempre al mar, «y no a mí, ¿comprendido?, ¡no a mí, al mar!, es usted insufrible, ¿lo ha entendido?, no soporto su mirada», pero cuando llegó otra vez aquel momento y él, aburrido por el ejercicio, se apoyó en el parapeto, yo noté, por la tensión de su cuerpo, que mi madre, con todo su temor y su reserva, también deseaba que, en lugar de volverse a mirar al mar, él le hiciera algo, algo sorprendente y escandaloso que acabara de una vez por todas con esos desesperados y penosos ejercicios a los que, a causa de fuertes pérdidas menstruales que la aquejaban desde hacía meses, ella debía entregarse para recuperar la salud, y pudiera seguir a mi padre sin impedimentos por aquella secreta región que dejaban adivinar claramente su sonrisa ambigua y su mirada maliciosa, y que él hiciera con ella lo que quisiera; aunque quizá intuía también que la realidad era muy distinta, y por eso su temor y su reserva eran mayores que sus deseos.

Y como yo estaba mucho mejor dispuesto para seguir al pie de la letra las recomendaciones del doctor Köhler, a mi madre le gustaba tenerme a su lado, muy cerca, al calor de su cuerpo, por así decir, y el gran volante que adornaba los hombros de su blusa de mangas abullonadas casi me rozaba la cara, lo cual, naturalmente, no significaba que en su sed de afecto hubiera acudido a mí, ni que sintiera por mí una ternura ilícita y equívoca; por otra parte, me resulta difícil imaginar que mi madre, en algún momento, pudiera abrigar ternura hacia alguien o algo; no, la explicación lógica era que estábamos tan juntos porque de ese modo ella podía percibir el ritmo de mi respiración y acomodarse a él, porque si, por fatiga o distracción, se rezagaba, yo la esperaba y la ayudaba a recuperar la cadencia, para lo que podía contener la respiración varios segundos y gozaba al sentir cómo el leve vértigo de este suspenso estimulaba mis emociones, y todo lo que hasta entonces había visto pero sin poder sentirlo adquiría una nueva dimensión que me permitía identificarme con ello, fuera lo que fuera: ahora podía sumirme en un sonido, o sentirme ola, gaviota u hoja que se posaba en el parapeto del muro, o aire, hasta que todo, poco a poco, se teñía del rojo de la sangre que me acudía a la cabeza, pero el instinto de respirar me hacía espiar cómo mi madre, con un par de rápidas aspiraciones, trataba de recuperar el ritmo y, manteniendo un precario equilibrio, esperaba que yo siguiera marcando la pauta; no nos mirábamos, veíamos ni tocábamos, a pesar de ello, sólo su inexperiencia y su falta de reflexión podían explicar y disculpar la ceguera con que ella permitía que nos adentráramos por un terreno emocional tan peligroso, hubiera debido saber que estábamos haciendo algo prohibido y que la inductora era ella; y es que la mutua percepción, privada del tacto y de la vista, se sirve necesariamente de métodos más instintivos y arcaicos, digamos, más animales, y el calor del otro, el olor, su misteriosa emanación y su ritmo revelan mucho más que una mirada, un beso o un abrazo, al igual que en el amor las posturas y técnicas del contacto corporal nunca son el fin sino el medio de una interiorización, fin que se esconde en estratos más profundos, tras velos más tupidos y sólo se puede comprender y descifrar, si acaso, con la experiencia de una felicidad frustrada y la total renuncia a todo objetivo.

Y veinte años después, pocos días antes de mi treinta cumpleaños, fecha que por un claro presentimiento o una inquietante premonición, no podía explicarme por qué, consideraba yo crucial, y así resultaría, renuncié a pasar otra amena tarde con mi prometida y también al placer de celebrar mi aniversario en su casa, con su familia, y busqué refugio en la soledad, que me parecía lo más congruente con la importancia del momento; en una conversación a solas, para la que se presentó ocasión gracias a que mi futuro suegro se había retrasado por cuestiones de negocios y la bella y comprensiva frau Itzenplitz nos dejó solos so pretexto de vigilar la cena, yo traté de exponer a Helene mis proyectos de viaje a los que ella no dijo ni una palabra de protesta; al contrario, me dio la impresión de que los aprobaba, porque, como ella ya sabía, antes de la boda, yo debía forzosamente poner sobre el papel el primer capítulo de la novela que tenía en proyecto desde hacía años, si no quería que el cambio de nuestras condiciones de vida me hiciera desviarme de mis propósitos o abandonarlos por completo; «estoy seguro, Helene, plenamente seguro, de que no necesita más explicaciones», dije en voz baja, y sin duda reforzaba la fuerza de persuasión de mis palabras el que sostuviera su mano tiernamente y nuestras caras estuvieran muy cerca una de otra, mientras el sol ámbar del atardecer iluminaba el dibujo de la seda que tapizaba la pared, y que yo sintiera cómo mi aliento volvía a mí mezclado con el suyo; el otoño era cálido y las ventanas estaban abiertas, “pero tengo que decirle algo que me avergüenza, porque el tema es delicado y hasta de dudosa moralidad, y ello aumenta el riesgo que entraña su decisión de casarse conmigo en la misma medida en que acrecienta mi propia responsabilidad, de eso puede estar segura, pero aún está a tiempo de volverse atrás -y yo, convencido de que ella no se volvería atrás, sonreí con autocomplacencia-, y es que, si bien la felicidad sigue pareciéndome deseable, no la considero el estado idóneo para la labor creativa; por lo tanto, al marcharme, en cierto modo, sacrifico deliberadamente la felicidad que podría disfrutar a su lado por la desdicha que me aflige cuando no estoy en su compañía y en la que vivía antes de conocerla»; ni que decir tiene que yo, haciendo gala de una aparente sinceridad, mentía y que en mis palabras no había más sinceridad que la del puro pretexto, y si bien el que se dejara engañar y cediera a mi influjo con tanta facilidad hacía que aumentara mi afecto hacia ella, al mismo tiempo y precisamente porque se me rendía con tanta confianza, con sus azules ojos llenos de lágrimas, se robustecía en mí aquel sincero deseo que me había llevado a hablar, «quiero marcharme lejos para no volver a verte», hubiera tenido que decirle, ya que no parecía capaz de resistirme al impulso que me empujaba a huir, a desaparecer para siempre y que más de una vez, al salir de su casa, me había hecho pensar con impaciencia: «Fuera, se acabó, estoy libre»; y ahora, al tratar de imaginar lo que hubiera ocurrido si la víspera de mi marcha no me hubiera escudado en pretextos y hubiera hablado sin rebozo, veo aquella cara de niña de cutis blanco y transparente y rasgos regulares, casi etérea, a pesar del vigor que le infundían las pálidas pecas de la nariz y los pómulos, y la espesa cabellera cobriza, y me doy cuenta de que no mostró sorpresa alguna ante mis extrañas manifestaciones, al contrario, su sonrisa delataba que ella ya esperaba aquello, sí, y, cuando sonrió más ampliamente con estoicismo, enseñando sus dientes húmedos y relucientes, parecía más madura, una mujer de experiencia; rápidamente, se enjugó las lágrimas que no había podido reprimir al descubrir en sí la fuerza moral de la abnegación e inició el gesto que ambos, embriagados por nuestro común aliento, ansiábamos en este momento, un gesto banal sin duda, pero que yo, considerando que la sensualidad de Helene estaba todavía en ciernes, opté por abortar prudentemente; a pesar de la cordialidad de la cena que siguió, de la naturalidad de la despedida -dadas las circunstancias- y de la aprobación casi entusiasta que ella había dispensado a mi decisión, yo no podía ver en nuestro futuro sino amenazas y calamidades, porque tendríamos que construirlo sobre la mentira y la simulación; mi sensualidad, bajo su capa de consideración y cortesía, carecía de ese ímpetu ciego y arrollador que es propio del verdadero amor, sino que se nutría de belleza sublime y frivola entrega, y ella quizá nunca tuviera la fuerza necesaria para reconocer que, para superar su fragilidad emocional, necesitaba abrazos más rudos, quizá incluso palabras más obscenas que las que podía esperar de mí y cuya falta no podrían suplir ni el impenetrable misterio de mis silencios, ni las evasivas y mentiras de mis ficticios accesos de sinceridad.

Por supuesto, no es que yo fuera inmune a la sensualidad tosca ni a frivolidades picantes, ni creo que sea sano un refinamiento que prescinde de la expresión natural y directa, pero, además de la ansiedad que siente todo hombre antes de llevar a su novia al altar, había en mí otra angustia y otra inquietud, y es que, en diversos aspectos, nuestra unión me hacía pensar en la permanente e irremediable tensión que había entre mis padres: en cada acto de brutalidad veía yo a mi padre y, en la búsqueda de esa brutalidad, a mi madre; y si yo hubiera contado con esa capacidad de autoconocimiento que nos permite distinguir claramente entre causa y efecto, y conocer esa infinita escala de los sentimientos que no se basa en las simples formas y apariencias, sino que busca la esencia, entonces sólo hubiera impedido nuestro compromiso la deprimente idea de que mi enfermedad era hereditaria y el destino me condenaba al humillante absurdo de repetir la vida y pecados de mis padres, es decir, a identificarme con ellos e involucrar en esa identificación a una persona inocente.

El sol brillaba débilmente

El sol ya declinaba y, aunque temía encontrarme con algún perro, prefería volver a casa cruzando el bosque.

Había que avanzar con precaución, porque el hondo sendero que discurría entre nudosos troncos de viejos robles cargados de muérdago, con raíces como serpientes y un sotobosque de rosales silvestres, saúco y oxiacanta, que hasta en las zonas menos tupidas parecía impenetrable, bajaba en pendiente muy pronunciada, y yo resbalaba en la hojarasca empapada en agua del deshielo que cubría el suelo de arcilla del sendero, surcado por finos hilos de agua que se unían en un cauce central formando un arroyo cristalino; el agua corría sobre un lecho ocre y se remansaba en los recodos del camino, para desbordarse y precipitarse con ímpetu de torrente sobre las piedras blancas; y yo, que imaginaba en torno a mí extensos bosques y grandes cataratas, bajaba la cuesta en zigzag, saltando de una a otra orilla de mi pequeño arroyo y confiando el peso de mi cuerpo a la pendiente, porque había observado que, cuanto más atrevidos eran mis saltos, es decir, cuanto más breve y potente era el contacto de mi pie con el suelo -siempre buscando con la mirada el punto de apoyo del salto siguiente-, con más seguridad me movía y menores eran las probabilidades de caer; así pues, bajaba volando, zumbaba.

Al pie de la cuesta, el sendero se detenía, como a tomar un descanso, en un claro salpicado de parches de nieve; al otro lado del claro había alguien entre los árboles.

Yo no podía volver atrás, no podía escapar, pero por lo menos quería tranquilizar mi respiración, dejar de jadear, no fuera a creerse que me había quedado sin aliento por su causa.

Salió de entre los arbustos y vino hacia mí.

Yo deseaba mostrarme perfectamente tranquilo y sereno, como si ese encuentro casual no me inquietara lo más mínimo, tenía la espalda empapada en sudor, a causa de la carrera y las orejas, ridículamente coloradas del frío, me ardían y sentía las piernas cortas y rígidas, como si me viera con sus ojos.

El cielo estaba sereno, un vasto azul, lejano y vacío.

Detrás del bosque, por entre las copas de los árboles, brillaba débilmente el sol, pero el aire era ácido y frío, los cuervos graznaban, las urracas parloteaban en la tarde quieta y se adivinaba que, en cuanto se pusiera el sol, se haría un silencio helado.

Lentamente íbamos acercándonos.

En su largo abrigo azul marino brillaban botones dorados, como de costumbre, llevaba la cartera de fino cuero negro a la espalda, colgada de un hombro con negligencia, torciendo un poco su largo cuello y ladeando el cuerpo, pero andaba con paso elegante y despreocupado y la cabeza erguida, alerta.

La distancia entre nosotros era larga; desde el momento en que lo descubrí entre los arbustos tuve que esforzarme por sosegar y controlar mis más secretas y contradictorias emociones; «Kristian» me hubiera gustado gritar en el primer momento de sorpresa, si más no, porque su nombre, que al principio de nuestra amistad no me atrevía a pronunciar en voz alta y sólo lo repetía para mis adentros, me parecía el compendio de la exquisitez que respiraba toda su persona; hasta su nombre ejercía sobre mí aquel irresistible atractivo al que no me atrevía a abandonarme; decir en voz alta su nombre hubiera sido como tocar su cuerpo desnudo, por eso prefería mantenerme apartado de él, siempre esperaba a que se marchara camino de su casa con los otros, para no tomar la misma dirección, y hasta en clase procuraba no acercarme, rehuyendo la posibilidad de tener que hablarle o de chocar con su cuerpo en una pelea fortuita; pero lo observaba constantemente, le seguía como una sombra, imitaba sus gestos delante del espejo, y me producía una dolorosa voluptuosidad el pensar que, mientras yo lo observaba e imitaba en secreto y trataba de descubrir en mí rasgos y propiedades comunes, él nada sabía, no advertía que yo estaba siempre con él y él conmigo, que ni me miraba, que yo no significaba para él más que un objeto cualquiera que no le era de utilidad alguna, algo totalmente superfluo e insignificante.

Por supuesto, la prudencia me aconsejaba no darme por enterado de mis apasionados sentimientos, era como si en mí habitaran dos seres completamente independientes, como si los goces y tormentos que él me causaba con su simple existencia fueran sólo un juego que no merecía la menor atención, porque yo odiaba y despreciaba a una parte de mi Yo tanto como la otra le admiraba y quería a él; y puesto que me esforzaba en no manifestar ni el odio ni el amor, yo era el que daba la impresión de que él me era completamente indiferente; mi amor era muy encendido y apasionado como para que yo pudiera admitirlo, ello hubiera supuesto una entrega total, pero mi odio me arrastraba a unas fantasías tan denigrantes que me asustaba la sola idea de poder realizarlas, y por eso era yo el que se mostraba inaccesible e insensible incluso a sus miradas casuales.

– Quiero pedirte una cosa -me dijo, llamándome por mi nombre con la mayor naturalidad cuando nos paramos a menos de un metro de distancia-, te estaría muy agradecido si me hicieras ese favor.

Sentí que la sangre me subía a la cara.

Y él no dejaría de notarlo.

Como aquella simpática desenvoltura con que él había pronunciado mi nombre -yo sabía, por supuesto, que ello se debía a su excelente educación- me había devastado, ahora me parecía tener no sólo las piernas muy cortas, sino también la cabeza muy grande, yo no era más que un cabezón que flotaba cerca del suelo, un gusano infecto; y en mi azoramiento se me escapó la única palabra que no deseaba decir, «Kristian», en voz alta, y con un acento cauteloso y casi temeroso, desacorde con aquella firme determinación con que él se había obligado a sí mismo a esperarme y pedirme algo, por lo que alzó las cejas como el que cree no haber oído bien y se volvió hacia mí en actitud solícita, «¿decías?, ¿deseas algo?», preguntó, pero yo, el yo que hallaba un inesperado placer en mi turbación, se mostró más dulce y afable todavía, «no, no, nada -dije con calma-, sólo he dicho tu nombre, ¿está prohibido?».

Sus gruesos labios se abrieron, sus pestañas se agitaron, la dorada piel de su cara pareció oscurecerse por la excitación contenida, sus negras pupilas se contrajeron haciendo que el iris verde pálido se agrandara; creo que ni siquiera era la forma de su cara -la frente ancha y pronta a fruncirse, las mejillas delgadas, el mentón hendido y la nariz desproporcionadamente pequeña y afilada, quizá no desarrollada todavía- lo que más profunda y dolorosamente conmovía mi sentido de la belleza, sino el colorido: en el verde de sus ojos, que destacaba del exótico moreno de su piel, había romanticismo y altivez, mientras que el rojo de sus labios agrietados y el negro de su rizada y rebelde melena le daban un aire un poco tenebroso; pero su mirada, franca y transparente como la de un animal, nos devolvió a aquellos primeros momentos de confianza, en los que, sumidos en nuestras miradas llenas de aparente hostilidad y amor oculto, comprendimos claramente que nuestra mutua atracción no obedecía sino a una inmensa curiosidad, y que esta curiosidad no era más que el reflejo de algo que nos unía y ataba, y que era más profundo que cualquier pasión peligrosa a la que se pudiera dar nombre, porque estaba condenado a no encontrar objeto ni satisfacción; precisamente la simultánea contracción de pupilas y dilatación del iris de nuestros ojos delataban claramente y sin paliativos que aquellos sentimientos de confianza y afinidad eran un piadoso engaño y que éramos dos seres totalmente distintos e incompatibles.

Era como si no estuviera mirando unos ojos, sino dos terribles bolas mágicas de cristal.

Desde luego, sólo pudimos seguir mirándonos poco tiempo, aunque no nos rehuíamos, no desviamos la mirada, pero su expresión cambió, sus ojos perdieron su diáfana sinceridad, se velaron de cálculo y reflexión y se pusieron a cubierto.

– Tengo que pedirte una cosa -dijo en voz baja y áspera y, para que no volviera a interrumpirle, se acercó y me agarró rudamente del brazo, y es que no me delates al director y, si me has delatado, que retires la acusación.

Se mordía los labios continuamente, me estrujaba el brazo y parpadeaba, su voz perdió firmeza y suavidad, escupía las palabras como si quisiera evitar que le rozaran los labios, tenía que pronunciar esas palabras odiosas, librarse de ellas, porque quería demostrarse a sí mismo que había hecho todo lo posible, aun a sabiendas de que su petición sería inútil porque yo nunca me avendría a atenderla; no creo, pues, que sintiera curiosidad por mi respuesta, aparte de que no estaba claro cómo imaginaba él que podría yo retirar la acusación; creo que sabía de antemano que pisaba terreno poco firme; me miraba, pero no parecía verme -al parecer, había tenido que concentrar todos sus sentidos en adoptar aquel tono de humildad-, y también es probable que no viera realmente mi cara porque a sus ojos yo no era más que una mancha que se diluye en la bruma.

Yo nunca me había sentido tan seguro de mí y saboreaba aquella sensación de superioridad.

Se me hacía una petición y sólo de mí dependía concederla o denegarla; había llegado el momento de demostrar mi importancia, podía tranquilizarle o destrozarle a mi antojo y, con una sola palabra, resarcirme de todas sus secretas ofensas, ofensas que en realidad no me había infligido él sino yo mismo, con mi obsesión; de la humillación que él me había hecho sentir, con toda inocencia, por el mero hecho de respirar, de vivir, de tener buena ropa, de jugar con otros, de hablar con otros, mientras, al parecer, conmigo no podía ni quería entablar relación, una relación que yo ansiaba y que ni yo mismo sabía qué forma hubiera podido tener; y ahora, a pesar de que yo no le llegaba más que al hombro, podía mirarle de arriba abajo; su mortificada sonrisa me resultaba repulsiva; mi cuerpo no sólo recuperó sus proporciones naturales sino que se sintió imbuido de aquella eufórica seguridad en la que uno olvida toda autodefensa y, encogiéndose de hombros, acepta todos los sentimientos, aun los más contradictorios, con el resultado de que hasta las formas y los convencionalismos pierden su importancia; ya no me interesaba el aspecto que yo pudiera tener, ya no quería gustar; aún sentía, sí, el sudor frío en la espalda y la humedad que penetraba en mis zapatos agujereados, el áspero roce del viejo pantalón en los muslos, el ardor de las orejas, mi pequeñez y mi fealdad, pero no había en ello nada ofensivo ni humillante, a pesar de mi inferioridad física, me sentía libre y fuerte; sabía que le quería y que, hiciera él lo que hiciera, nunca dejaría de quererle, estaba en sus manos y no sabía por qué tenía yo que castigarlo ni qué tenía que perdonarle, aunque poca diferencia había entre lo uno y lo otro; a pesar de que ahora no me parecía tan guapo y atractivo como cuando lo imaginaba, o cuando surgía ante mí inesperadamente y yo me sentía encantado de verle; su piel morena amarilleaba ahora al palidecer, el aliento le olía a ajo y me repugnaba, pero en su sonrisa había una sumisión crispada y exagerada que delataba lo mucho que tenía que violentarse para no mostrar su verdadero enojo, pero lo disimulaba orgullosamente, exhibiendo en su lugar una falsa sumisión con la que pretendía halagarme y engañarme.

Yo enrojecí, desasiéndome con brusquedad.

Pero no podía elegir, no podía decidir soberanamente; todas las posibilidades que se me ofrecían acababan en un callejón sin salida; ni por asomo había pensado en acusarle, porque, si lo hacía, si lo hacía ahora, lo perdería para siempre, quizá incluso lo detuvieran; pero fingir que cedía a su petición daría a entender que me había dejado engañar por su mal fingida humildad, con lo que su triunfo sería más fácil de lo que yo deseaba; ahora no me avergonzaba de mi sonrojo, al contrario, deseaba que él lo notara, no ansiaba sino que él descubriera mis sentimientos y no se resistiera a ellos; pero mi sofoco no hacía sino poner de manifiesto claramente que nada podía ayudarme; hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, la situación volvería a escapárseme de las manos; habría otra mala interpretación, y yo tendría que refugiarme otra vez en estériles fantasías; tengo que decidir de acuerdo con mi propio criterio, con serenidad y sin miramientos, pensaba, como decidirían mis padres, aunque en aquel momento no los sentía presentes, pero mis convicciones, en el caso de que las hubiera tenido, no hubieran sido sólo mías, aunque la situación era muy singular y muy personal como para que yo escuchara y repitiera como un papagayo las palabras que ellos pudieran susurrarme al oído; no obstante, ellos habitaban en mis pensamientos con una persistencia familiar, siempre dispuestos a intervenir, y por eso yo sabía que existe una forma de actuación que permite excluir los sentimientos y actuar únicamente por unos principios, que consiste en tener convicción; pero yo carecía de la fuerza necesaria para sofocar mis sentimientos.

– ¡No te lo pido por mí! -dijo él con más vehemencia aún, y la mano de dedos finos y muñeca delgada de la que yo había desasido mi brazo seguía suspendida en el aire, titubeando, pero yo no iba a consentirlo, no quería que él siguiera hablando, no quería verle de aquel modo por más tiempo y le interrumpí: «¡En primer lugar, deberías saber que una cosa es informar y otra, denunciar!»

Pero él prosiguió, como si no me hubiera oído: «Deseo evitar a mi madre más disgustos.»

Nos interrumpíamos el uno al otro.

– Si me has tomado por un delator, de nada servirá seguir hablando.

– Te he visto subir a la sala de profesores después de clase.

– ¿Te has creído que no tengo nada más que hacer que preocuparme de ti?

– Y sabes muy bien que mi madre está enferma del corazón.

Yo me eché a reír, y fue una risa poderosa.

– Cada vez que te metes en líos, tu madre está enferma del corazón.

Sus ojos volvieron a brillar, como encendidos desde dentro por un rayo helado y me gritó, echándome a la cara, con sus palabras, el olor a ajo: «Di, ¿qué quieres de mí? ¿Qué quieres? ¿Que te lama el culo?»

Algo se movió, y los dos volvimos la cabeza automáticamente: una liebre corría por el claro salpicado de manchas de nieve.

Yo no seguí con la mirada a la liebre, que desaparecería entre los arbustos que rodeaban el prado, sino que lo miraba a él; sin darnos cuenta, durante la disputa nos habíamos acercado tanto que, de haber prestado atención, él hubiera notado en el cuello mi aliento, por más que yo trataba de reprimirlo; se había aflojado el nudo de su bufanda a rayas, seguramente, tendría desabrochado el botón de la camisa y ésta se le habría metido dentro del jersey, y su cuello esbelto, elegantemente arqueado, se ofrecía a mis ojos como un paisaje desnudo y extraño: entre los músculos y los tendones tirantes, bajo la piel suave, se veía palpitar acompasadamente la arteria, mientras la nuez subía y bajaba a un ritmo imprevisible; la sangre que había acudido a sus mejillas al increparme volvía a retirarse lentamente, y observé cómo su cara recuperaba su color natural; sus gruesos labios se entreabrieron mientras él seguía la carrera de la liebre con los ojos, y cuando éstos dejaron de moverse comprendí que la liebre había desaparecido.

En sus ojos verdes se reflejaba la luz amarillo pálido del sol que se ponía por detrás del bosque, y me parecía que la chachara interminable de las urracas, el ininterrumpido graznar de los cuervos, el aroma del aire y hasta cada leve sonido del bosque tenían la misma tangible realidad que su cara, bien dibujada y vívida en su misma inmovilidad, sólida; sin acusar sentimiento alguno, se entregaba con simplicidad y despreocupación al espectáculo del momento, y quizá no fuera su belleza, la armonía de su coloración y la delicadeza de sus facciones, por mucho que me gustaran, lo que me hechizaba y me producía envidia, sino aquella cualidad interior que le permitía entregarse por entero y sin reservas al ahora; cuando me miraba al espejo, para compararme a él, tenía que reconocer que tampoco yo era feo, aunque hubiera preferido ser como él; yo tenía los ojos azules, claros y transparentes, el pelo rubio que se me ondulaba sobre la blanca frente, pero a mí los rasgos finos de mi cara, que me daban un aspecto vulnerable, me parecían falsos, porque, por más que algunas personas me hicieran carantoñas y me encontraran encantador, yo me sabía grosero, ordinario, perverso y ruin, no veía en mí nada adorable, no podía amarme a mí mismo; me parecía que mi verdadero carácter se escondía tras una máscara; para no decepcionar, me sentía obligado a asumir papeles más acordes con mi aspecto que con mi verdadera personalidad; procuraba mostrarme atento y amable, sonreía dulcemente y fingía ser pacífico y dócil, cuando en realidad era huraño, irritable, amante de los placeres más groseros, colérico y vengativo; de buena gana hubiera ido siempre con la cabeza baja, para no ver a nadie ni ser reconocido, y, si miraba a los ojos a la gente, era para descubrir en ellos el efecto de mis dotes de simulación, y conseguía engañar a casi todos; pero sólo me sentía realmente cómodo cuando estaba solo, porque a los que tan fácilmente, se dejaban engañar no podía sino despreciarlos por su tontería y su ceguera, mientras que los suspicaces, los incrédulos o los, simplemente, desconfiados, merecían toda mi consideración y en conquistarlos volcaba todas mis energías hasta desfallecer voluptuosamente, y en el momento en que finalmente conseguía conquistar a los que me eran extraños, indiferentes o incluso odiosos, más hipócrita y manipulador me sentía; yo quería que todos me quisieran, pero no podía querer a nadie; yo reconocía, sí, el hechizo de la belleza y comprendía que quien estuviera tan obsesionado y se hubiera rendido a ella tan enteramente como yo no podía amar ni ser amado, pero no podía renunciar a ella, porque tenía la sensación de que mi cara, que la gente llamaba bella, no era mía, aunque yo me servía de esa belleza para mi engaño, porque el engaño podía darme poder; hacia los inválidos y los poco agraciados sentía franca aversión, lo cual era incomprensible por cuanto que, a pesar de que los demás me encontraban guapo, y así me veía yo en el espejo, me sabía hipócrita y repugnante, a mí mismo no podía engañarme, mis sentimientos me decían quién era yo en realidad con más claridad que el poder conquistado con mi atractivo físico, y por eso yo ansiaba una belleza en la que los atributos externos e internos fueran idénticos, y la armonía del físico no disimulara un alma contrahecha, sino que fuera reflejo de su bondad y su fortaleza; yo anhelaba, pues, la perfección o, cuando menos, la íntima compenetración conmigo mismo, la libertad de ser imperfecto, de ser infinitamente malvado y ruin; pero él no me dejaría llegar a tanto.

– Yo no pensaba denunciarte -dije en voz baja, pero él ni volvió la cabeza-, y aunque te denunciara, podrías negarlo, decir que hablabas de tu perro, aunque no te sería fácil explicarlo, realmente, hubieras podido referirte a vuestro perro.

Mi susurro no era más perceptible que el vapor que mi aliento formaba a la fría luz; cada palabra mía rozaba su cara inmóvil; yo no hubiera podido actuar con más habilidad: me reservaba una posibilidad, que no pensaba utilizar y, en lugar de lanzarle una velada amenaza, le ofrecía una salida por la que él podía escapar de la red en la que yo hubiera podido apresarlo; ahora bien, ello presuponía que yo estaba convencido de que hubiera debido denunciarlo realmente; sólo entonces hubiera podido mostrarme duro y fuerte; quizá aún lo hiciera; más bajo ya no podía caer; ya no sabía de lo que sería capaz, estaba fuera de mí, pero bajo, muy bajo.

Nada era más importante que el aliento que yo exhalaba y que rozaba su piel -las palabras eran insignificantes-, pero tampoco esto parecía suficiente, porque su mirada seguía ausente, él no parecía comprender lo que yo pensaba.

– ¡Ni se me ha pasado por la cabeza, créeme!

Por fin se volvió hacia mí y vi que la suspicacia desaparecía poco a poco de sus ojos.

– ¿De verdad? -preguntó también en un susurro, y sus ojos estaban claros y transparentes, como a mí me gustaban: «de verdad» dije con énfasis, sin saber apenas a qué se refería esta respuesta, porque al fin me había aceptado, ya no tenía que disimular, sentí cómo también mi mirada se despejaba, y esto era lo más importante; «¿de verdad?», volvió a preguntar, pero ahora ya no con desconfianza, sino como el que quiere cerciorarse de su amor, y estas palabras me acariciaron la boca como gotas de rocío; «de verdad, de verdad que no», susurré a mi vez, y entonces nos miramos quietos y callados, muy cerca uno de otro, tan cerca que apenas tuve que mover la cabeza para rozar su boca con mis labios.

Mi madre, que había salido del hospital hacía tres días, tenía que guardar cama y, tan pronto como Kristian desapareció entre los matorrales y me quedé solo, de pronto, me acordé de ella y la vi acostada en su ancha cama, con su brazo desnudo extendido hacia mí.

Aún sentía sus labios en los míos, las grietas de la piel, su boca blanda, su aliento que me invadía, aún sentía el leve temblor de sus labios que se abrían bajo mi boca cerrada, la lenta exhalación que me envolvía y la profunda aspiración que sus labios absorbían de mí, pero, a pesar de que el hecho parece desmentirme, no creo que pueda llamarse a eso un beso y no sólo porque nuestros labios apenas se habían rozado, ni tampoco únicamente porque el contacto de nuestros labios fuera para los dos la revelación de unos instintos, cuya llamémosle utilidad amatoria ninguno de los dos podía conocer todavía con exactitud, sino principalmente porque en aquel momento mi boca no era más que el último medio de que disponía para convencerle, el último mudo argumento; en cuanto a él, su aliento se había llevado su miedo y el mío le había insuflado seguridad.

En realidad, ni sé cómo nos separamos, porque aquel momento abarcaba una inmensidad de tiempo, en la que me entregué por completo a saborear la sensación que me producían sus labios y la respuesta que percibía en su aliento; pero no pretendo dar a entender que en nuestro contacto o en nuestras palabras no hubiera sensualidad, sería ridículo negarlo, porque la había, y mucha, pero era una sensualidad inocente, e insisto en que estaba exenta de la natural intención que los adultos ponen en el beso, nuestras bocas, inocentemente y con exclusión de todo lo ocurrido y por ocurrir, se concentraban en aquello que dos bocas pueden intercambiar durante una fracción de segundo, satisfacción, consuelo y absolución, y entonces debí de cerrar los ojos, ya que nada externo importaba; de todos modos, al pensar en ello no puedo sino preguntarme qué más puede haber en un beso.

Cuando abrí los ojos, él ya estaba hablando.

– ¿Sabes dónde viven las liebres en el invierno?

A pesar de que su voz era ahora más grave y ronca que de costumbre, no había en ella ni asomo de tensión, hacía la pregunta con la mayor naturalidad, como si la liebre, en lugar de cruzar el prado hacía minutos, acabara de pasar en aquel momento, como si desde entonces no hubiera sucedido absolutamente nada, y mientras yo contemplaba su cara, sus ojos, su cuello, aquella imagen repentinamente lejana sobre el fondo de frondas y ramas desnudas que se recortaban en un cielo luminoso y opal, al instante debí de comprender que había cometido un error irremediable, porque aquella pregunta en modo alguno significaba que él, en su natural confusión, tratara de refugiarse en un tema indiferente; ni en su mirada, ni en sus facciones, ni en su actitud se advertía la menor confusión, sino que mantenía con fría seguridad su habitual aire aristocrático y sereno; quizá, liberado de sus temores por el beso, había vuelto a hacerse inasequible, lo que no significa ni mucho menos que se mantuviera indiferente o ajeno a los acontecimientos, al contrario, estaba atento a las circunstancias del momento, tanto el pasado como el futuro quedaban borrados, lo que hacía que pareciera hallarse fuera de su existencia corporal, ausente, en tanto que yo siempre estaba prisionero de las cosas pasadas, un solo momento importante podía despertar en mí tanta pasión y tanto dolor que no me dejaba tiempo para el siguiente, por lo que también yo estaba ausente, pero de otro modo; no podía seguirle.

– No tengo ni idea -murmuré de mala gana, como el que ha despertado bruscamente.

– Quizá viven en madrigueras.

– ¿En madrigueras?

– ¡Con una buena trampa, se podría pillar a toda una familia!

Después, debí de abrir la puerta sin prisa y, probablemente, dejar la cartera con suavidad en lugar de tirarla descuidadamente, no sonó un golpe en el suelo de mosaico ni se oyó un portazo, nadie advirtió mi llegada, tampoco subí corriendo la reluciente escalera de roble del vestíbulo; aunque yo no era consciente de ese extraño cambio, no podía sospechar que a partir de entonces me movería siempre con más cautela y sigilo, que sería más reposado, reflexivo y reservado, lo cual no me impediría tomar conocimiento de los hechos que ocurrieran a mi alrededor, pero sólo desde la perspectiva del extraño; las vidrieras del comedor estaban abiertas, por el leve tintineo de los cubiertos deduje que había vuelto a llegar tarde, la comida casi había terminado, lo cual no me interesaba lo más mínimo, porque en el vestíbulo habíí una penumbra y un calor muy agradables, por la vidriera esmerilada entraba un poco de luz de la tarde, el radiador crepitaba y gorgoteaba y los tubos parecían responder, como un eco, con un crujido metálico; yo debí de pararme un momento, al olor del asado de carne picada, mirándome en el viejo espejo de cuerpo entero, pero en aquel momento me interesaba más la alfombra rojo púrpura que mi cara y mi cuerpo, cuya oscura silueta se difuminaba suavemente en la plateada superficie.

Yo había comprendido, ¿y cómo no iba a comprenderlo?, que, al hablar de la trampa, él quería dejar entrever la posibilidad de compartir un pasatiempo, y sabía que lo que él pretendía, más que recibir una respuesta, era que yo me reprimiera y volviera a la forma habitual de nuestra relación o, incluso, hiciera una propuesta concreta para una empresa conjunta; naturalmente, ésta hubiera podido ser diferente, no teníamos por qué aferramos a la estúpida liebre, mientras se tratara de algo que exigiera fuerza y destreza, que se ajustara a nuestra idea de lo que era propio de hombres; pero a mí aquel ofrecimiento, hecho con conciliadora gentileza, me parecía no ya pueril sino ridículo, después de lo ocurrido, y no sólo porque tal actividad no era propia de nuestra edad, sino porque su infantilismo delataba ya que no era más que un medio de defensa buscado con precipitación para no pensar en lo que acababa de ocurrir, es decir, era una cortina de humo, una evasión, una distracción, lo cual a fin de cuentas hubiera resultado una solución mucho más sensata que todo lo que yo hubiera podido intentar en tal situación, sólo que, en aquel momento, lo que menos deseaba yo era sensatez; la alegría por mi absolución dimanaba de mí como algo tangible, parecía extenderse formando olas concéntricas, como buscando algo que viniera a mi encuentro, pero yo no deseaba sino mantenerme en este estado, un estado en el que el cuerpo se entrega a todo lo que es instinto, sensualidad y pasión, y, liberado de estas energías, se siente ingrávido, deja de ser un peso; quería prolongar aquel estado, hacerlo extensivo a todos los momentos del futuro, es decir, traspasar todas las barreras, la costumbre, los convencionalismos de la educación y el decoro, todo lo que nos roba nuestros momentos cotidianos y nos impide comunicar las más profundas verdades de nuestro ser, de tal modo que no estamos nosotros en el tiempo, sino que el tiempo ocupa nuestro lugar, y vacío, como es de rigor; y mientras, azorado e incapaz de hablar con voz normal, me obstinaba por apresar el momento, advertía que nada de aquello llegaba hasta él y que, a fin de permanecer sereno y tranquilo frente a ese anhelo desbordante, seguramente recurría a todas sus energías, ya que era como una pared lisa en la que todo lo que irradiaba de mí se estrellaba y rebotaba, y, en lugar de alcanzarlo a él, me envolvía a mí en una especie de nube que, a pesar de todo, me protegía porque era de mi misma esencia; pero aunque yo me mecía gratamente en ese fluido, sabía que el menor descuido podía destruirlo, bastaría una palabra dicha en voz alta para que la radiación del cuerpo se esfumara en el aire como el vapor de nuestro aliento; él me miraba a los ojos, no veíamos más que nuestros ojos, y, sin embargo, él seguía alejándose mientras yo permanecía en el mismo sitio porque allí quería estar, precisamente allí y tal como estaba, porque sólo en aquel estado de ofuscada entrega me sentía yo mismo, más aún, por primera vez percibía toda la magnificencia, toda la belleza y toda la peligrosidad de los sentimientos que bullían en mí, éste era realmente yo, yo, no aquella vaga silueta de una cara y un cuerpo que reflejaba el espejo; yo no podía menos que percibir su distanciamiento, primero, aquella fugaz consternación que, contra todos sus propósitos y autodisciplina, se pintó en su cara, después, aquella tonta superioridad que se manifestó en una leve sonrisa, con la que, sobreponiéndose a la ternura provocada por la sorpresa, consiguió distanciarse hasta poder mirarme con una curiosidad incluso un poco compasiva, pero yo seguía callado y quieto; para mí, aquel silencio era, sencillamente, la plenitud, y estaba tan imbuido de mi propia importancia que no me afectó que de su cara se borrara hasta aquella sombra de sonrisa, que el silencio se hiciera claramente perceptible y que en aquel silencio volviera a oírse el bosque, el graznar de los cuervos, el crujido de ramas lejanas agitadas por el viento, el rumor del agua en las ásperas piedras y nuestra propia respiración.

– Puedes venir otra vez cuando quieras -dijo en voz más alta y aguda, lo cual podía significar cosas muy distintas y hasta contradictorias, ya que la forzada entonación parecía más reveladora que las palabras en sí, pues denotaba su turbación al comprender que no le resultaría tan fácil como él imaginaba sustraerse a mi influjo; era precisamente mi mutismo lo que le había obligado a decir una frase que, de otro modo, ni se le hubiera ocurrido, a pesar de que su tono daba a entender que ese ofrecimiento no podía tomarse en serio y, por lo tanto, yo no debía ni pensar en aceptar esta vaga invitación sino que, por el contrario, debía interpretarla como la amable indicación de que, a partir de ese momento, no debía pensar en volver a poner los pies en su casa; no obstante, la frase estaba dicha y aludía a la tarde en que su madre lo había llamado desde la ventana y yo tenía dos nueces en la mano.

– ¡Kristian! ¡Kristian! ¿Dónde estás, por qué me haces gritar tanto? ¡Kristian!

Estábamos debajo del nogal, la lluvia caía con suave rumor, la bruma del atardecer envolvía el jardín que el otoño teñía de rojo y amarillo, él tenía en la mano una piedra plana con la que había partido nueces y, como no acababa de enderezar el cuerpo, no se podía adivinar si de un momento a otro no me daría una pedrada en la cabeza.

– Aún no nos habéis robado la casa, ¿o sí? Mientras sea nuestra, te agradeceré que no vuelvas a poner aquí los pies, ¿entendido?

A pesar de que aquello no tenía nada de cómico, yo me reí.

– Esta famosa casa la robasteis vosotros a los que explotabais, y no es pecado robar a un ladrón, ¡porque los ladrones sois vosotros!

Transcurrió un tiempo mientras los dos sopesábamos las consecuencias de nuestras palabras, pero, por más satisfacción que nos causara decirlas, estaba claro que tanto su ira como mi serena alegría, nue me parecía insólita en mí, no eran sino manifestación de unos sentimientos de venganza y revancha por la multitud de pequeñas heridas que nos habíamos infligido durante la breve pero turbulenta época de nuestra amistad; desde hacía varios meses pasábamos juntos todas las horas del día, y era siempre la curiosidad lo que nos permitía vencer nuestras diferencias, nuestros choques eran la inevitable consecuencia de aquella proximidad, su reverso, aunque era en vano buscar ahora explicaciones convincentes, esta inesperada explosión nos había alejado tanto que ya no cabía la posibilidad de volver atrás y, por estúpido que pudiera parecer mi acto, no pude menos que soltar las dos nueces, que cayeron con un chasquido sobre las hojas mojadas, su madre seguía gritando y yo fui hacia la puerta del jardín con la satisfacción del que ha zanjado definitivamente una cuestión.

Él me miraba a los ojos y esperaba.

La frase, formulada ambiguamente y por compromiso, me alejaba de aquel otro momento del que yo no podía ni quería distanciarme, pero no tenía más remedio que advertir que la distancia crecía no sólo en sus ojos sino también en mí mismo, a pesar de que, al parecer, aquella evasiva invitación no podía causar mayor impacto que un recuerdo fugaz; un destello, nada más, un pez que salta de la quieta superficie tratando de respirar en un elemento extraño y levanta una ondulación que se alisa rápidamente antes de hundirse en el silencio; el recuerdo había elegido un punto importante, esencial, y me había hecho comprender que lo que ahora nos ocurría no sólo estaba ligado tanto a lo ya acontecido como a lo aún por llegar, sino que era alusión a un pasado aún más remoto, de modo que eran vanos mis deseos y tentativas de forzar las cosas; porque es imposible demorarnos en lo que llamamos alegría, placer o felicidad; sólo el hecho de que yo sienta de un modo tan vivido cómo huye y se disipa mi felicidad indica ya mi imposibilidad de retenerla, apenas llega ya se ha ido, me ha abandonado, y no me queda sino la cavilación; a pesar de todo, no pude contestarle, por más que se advertía en su actitud que esperaba mi respuesta; de buena gana se la hubiera dado, porque sabía que, sin esa respuesta, yo no podría existir; estaba frente a mí como el que se dispone a marchar, y entonces, echándose la cartera al hombro, dio media vuelta bruscamente y se alejó por entre los matorrales, por donde había venido.

Llega un telegrama

Aunque no hubiera podido decir que avanzaba con regularidad -constantemente, alguna fuerte ráfaga me obligaba a pararme y esperar a que hubiera pasado y era difícil hasta mantenerse en pie-, debía de llevar una buena media hora andando por el dique cuando sentí que algo tomaba un sesgo amenazador.

El viento no soplaba de cara, sino más bien del mar, y yo ladeaba un poco el cuerpo, oponiendo a su acometida la cabeza y los hombros, con el cuello del abrigo subido para protegerme la cara de las salpicaduras de las olas que estallaban en las piedras, y tenía que enjugarme la frente una y otra vez del agua nebulizada que, en pequeños regueros salados, me entraba en los ojos, resbalaba por los lados de la nariz y llegaba hasta la boca; hubiera podido cerrar los ojos, ya que tampoco veía nada, pero deseaba mirar la oscuridad, como si, por una curiosa paradoja, tuviera que mantenerlos abiertos precisamente porque estaba oscuro; al principio, cruzaban por delante de la luna sólo escuadrillas de nubes grises y translúcidas, finas franjas como de humo que venían de tierra e iniciaban la travesía hacia un destino misterioso, y la calma indiferente, la lentitud augusta con que se movía la luna, hacía aquella premura francamente cómica; siguieron nubes de más empaque, densas y macizas, pero no menos ágiles, y la noche se oscureció por completo, como si en un escenario inmenso se hubiera tapado el único foco con una pantalla opaca, el agua ya nada podía reflejar, ya no cabrilleaban crestas blancas en las olas lejanas, hasta que, con la misma brusquedad, volvió la luz, y así una vez y otra, con una cadencia irregular e imprevisible, se sucedían la claridad y la negrura, hasta que llegó la oscuridad definitiva; no he aludido al teatro por casualidad, ya que el curioso fenómeno de que el viento empujara las nubes en dirección opuesta a aquella en que tenía que soplar aquí abajo, esta contraposición de voluntades entre cielo y tierra poseía fuerza dramática, y la intriga se mantendría hasta que allá arriba, en aquella acción imparable, se produjera un vuelco decisivo, aunque a saber cuál, quizá el viento girara o quizá se parara dentro de las nubes acumuladas para arrojarlas al mar en forma de lluvia, lo cierto es que los lapsos de oscuridad eran cada vez más largos, y los claros, más cortos, hasta que la luna, abandonando por fin tierra y agua a su propia oscuridad, desapareció por completo y a partir de aquel momento no pude ver dónde ponía el pie.

Y quizá ahora resultaba más emocionante el juego, porque yo, olvidando el miedo, percibía en lo que suele llamarse la furia de los elementos la plasmación de la tempestad que bullía en mi interior; tenía ante los ojos mis propios sentimientos, incluso me sentía protegido, como si aquello no fuera más que una escenografía montada para mi diversión.

Un soberbio ejercicio de autosugestión, lo reconozco, pero ¿por qué no iba a sentirme yo protagonista de aquella majestuosa tempestad, si hacía semanas que no pensaba sino en que tenía que quitarme la vida como fuera, y qué más en consonancia con mi estado de ánimo que este mundo enfurecido y encerrado en su propia oscuridad que, con toda su energía destructora, no sólo no podía extinguirse a sí mismo sino ni siquiera infligirse daño alguno, ya que tenía sobre sí tan poco poder como yo sobre mí?

La víspera por la noche, la víspera de mi marcha -y hago hincapié porque el contacto con el mar había hecho retroceder todas mis vivencias anteriores a una distancia sedante, de manera que no me hubiera sorprendido si alguien hubiera dicho que eso era un error, que yo no había llegado aquella tarde sino hacía dos semanas, o dos años, y tenía que confirmarme a mí mismo que entre mi marcha y el paseo por la orilla del mar había transcurrido un tiempo corto, lo que no significaba, desde luego, que esta grata distorsión del tiempo me ayudara a desenmarañar mis sentimientos, si bien la contemplación de la tempestad nocturna me había permitido distanciarme lo suficiente como para, por lo menos, poder pensar en lo sucedido-, aquella noche, decía, que ahora parecía hallarse a una bienhechora distancia, yo no había vuelto a casa muy tarde y, en la oscura escalera, en la que aún no habían reparado la luz, había estado tanto rato hurgando con la llave en la cerradura, que frau Kühnert, que estaba en la cocina preparando, como de costumbre, el bocadillo del día siguiente para su marido, advirtió mi llegada, yo la oí con espanto andar por el pasillo con paso rápido, pararse un momento y abrir la puerta, en la mano tenía un sobre verde y, sonriendo, como si hubiera estado preparándose desde hacía rato para recibirme, como si estuviera esperándome, me lo tendió muy colorada, sin darme tiempo de entrar, saludar y agradecerle su amabilidad; por efecto de aquella seguridad, en gran medida, risible, que me infundía la proximidad del mar embravecido durante aquella noche oscura, yo había vencido la angustia que se había apoderado de mí la víspera en aquella puerta y que no rne había abandonado hasta mi llegada; ahora hasta me divertía recordar a frau Kühnert, como en una foto desconocida y quemada por sobreexposición, en el momento en que me tendía el telegrama exclamando:

– ¡Un telegrama, señor mío, ha llegado un telegrama, un telegrama para usted!

Y si yo, por ese instinto que nos hace mirar los objetos que se nos ponen en la mano, hubiera mirado el telegrama en lugar de mirarla a ella, tal vez no hubiera advertido que su sonrisa era tan extraordinaria e insólita no porque ella no sonriera habitualmente, sino porque con ella pretendía disfrazar su avidez, el deseo de fisgar en mi vida, la insaciable curiosidad que, pese a toda su experiencia teatral, no conseguía ocultar; porque, una vez tuve el telegrama en la mano y, después de echar una mirada a la dirección, volví a encararme con ella conteniendo la indignación, su sonrisa ya había desaparecido, sus grandes ojos saltones, desde detrás de las gafas de fina montura de oro, estaban fijos en un punto, mi boca, atentos a una confesión trascendental y largo tiempo demorada y en sus facciones se reflejaba, si no un odio virulento todavía, sí una expectación desprovista de toda compasión; quería saber cómo reaccionaría yo a la noticia, incomprensible para ella pero sin duda demoledora, me daba la impresión de que ella ya había leído el telegrama y me sentí palidecer -fue el momento en que me invadió la angustia-, pero pensé que debía dominarme, porque fuera cual fuera el texto del telegrama y viniera de donde viniera, aquella mujer sabía ya o pretendía saber de mí muchas cosas como para que yo pudiera seguir allí, y nada trataba yo de impedir con más ahínco sino que la gente se empeñara en husmear en mi vida, es decir, que no sólo tendría que encajar con dignidad la presunta mala noticia, sino que también tendría que mudarme de alojamiento.

frau Kühnert tenía una fealdad que asustaba y agobiaba: alta, angulosa, de hombros anchos, vista de espaldas, cuando llevaba pantalones, parecía un hombre, porque no sólo tenía unos brazos muy largos y unos pies muy grandes, sino, además, un trasero liso de oficinista viejo; el pelo, que ella misma se teñía de rubio, lo llevaba corto y peinado hacia atrás, que era, quizá, lo más indicado, pero en nada contribuía a hacerla más femenina; tan fea era que no podía disimularlo ni con toda la habilidad con que distribuía y filtraba la luz en su casa espaciosa y burguesa; durante el día, las pesadas cortinas de terciopelo, siempre echadas sobre los estores de encaje, impedían el paso del sol y creaban penumbra; por la noche, las lámparas de pie con oscuras pantallas de seda y los apliques de la pared con sombreretes de papel encerado despedían una luz mate, las arañas no se encendían nunca, por lo que el profesor Kühnert se veía obligado a hacer extrañas maniobras; el profesor era bajo, llegaba a su mujer poco más arriba del hombro, tenía la complexión delicada y la piel blanca que transparentaba las palpitantes arterias azuladas de las sienes, el cuello y las manos, también sus ojos eran pequeños, hundidos y tan inexpresivos como los movimientos con que, discreta y calladamente, a aquella media luz, realizaba su trabajo de investigación, calificado de sumamente importante; ni siquiera en su robusto escritorio negro había lámpara, y cuando frau Kühnert me avisaba de que me llamaban por teléfono, yo podía observar cómo él, con sus dedos largos y delgados, tanteaba como un ciego en el montón de periódicos, notas, libros y revistas hasta encontrar lo que buscaba, lo sacaba, cruzaba la habitación pasando por delante de la pantalla azulada y temblona del televisor, se acercaba a un aplique de la pared y allí, en el círculo de luz opalescente y amarilla de la lamparita, situada a gran altura, se ponía a leer, apoyado a veces en la pared; por la oscura mancha que su hombro y su cabeza habían dejado en el papel amarillo pálido se adivinaba que éste era un proceso habitual, y cuando una súbita inspiración o una larga reflexión interrumpían la tranquila lectura y el profesor tenía que ir al escritorio a hacer una anotación, volvía a pasar por delante del televisor, lo que al parecer no molestaba a frau Kühnert, entronizada en su butacón, más de lo que incomodaban al profesor los sonidos incoherentes que salían del aparato o la oscuridad; nunca les oí intercambiar ni una palabra, aunque su silencio no parecía deberse a fútiles rencillas ni era esa demostración de resentimiento con la que suelen castigarse las parejas mal avenidas pero que mantienen una relación apasionada, a fin de conseguir algo del otro; no, aquel silencio no tenía finalidad alguna; seguramente, un odio que había ido enfriándose poco a poco los había sumido en aquella pasividad, odio cuya causa ya no podía adivinarse; parecían contentos y tranquilos y se comportaban como dos animales salvajes de distinta especie que, si bien siempre acusan la presencia del otro, reconocen que la ley de la especie es más fuerte que la del sexo; y ellos, como no podían ser ni pareja ni presa uno del otro, nada tenían en común.

Yo, a pesar de mi indignación, contemplaba la cara de frau Kühnert con resignación, porque sabía por experiencia que no podría librarme de ella fácilmente, al contrario, cuanto más me esforzara por rehuirla, más vehemente e inquisitiva se mostraría, la miré a los ojos y pensé: aguanta el chaparrón, ya que será el último; sobre su frente estrecha y abultada asomaban las raíces negras de su pelo teñido, hirsutas como las cerdas de un cepillo -mientras, mis dedos palpaban que el sobre estaba abierto-, su larga nariz parecía más afilada que nunca, la pintura de sus labios estaba agrietada, y yo, naturalmente, no pude evitar que mi mirada se extraviara hacia su busto, porque esta era quizá la única parte de su cuerpo que compensaba un poco de tanta fealdad: tenía un pecho grande, desproporcionadamente generoso, que sin el sujetador decepcionaba, seguramente, pero los pezones que se destacaban claramente a través del ceñido jersey no tenían artificio, desde luego, y mientras estábamos en la puerta del oscuro recibidor, en el momento en que ella empezaba a gritar de nuevo, apareció Kühnert en la puerta de la sala, con la camisa blanca desabrochada hasta la cintura -siempre llevaba camisa blanca y, cuando leía o hacía sus anotaciones, primero, se arrancaba la corbata y, luego, se desabrochaba la camisa, para acariciarse el pecho liso y sin pelo como el de un niño-, que se iba a la cama.

Aquel cambio no me pareció muy importante, a pesar de que trajo consecuencias francamente desagradables, si más no, porque hasta aquel momento había podido caminar en la oscuridad con total seguridad, puesto que siempre sentía bajo los pies el mismo suelo un poco resbaladizo; a pesar de no ver nada, oía el rugido y el chapoteo de las olas a la misma distancia y sentía la misma cantidad de salpicaduras salobres, por lo que podía entregarme a gozar a ciegas de la galerna, de mis fantasías y mis recuerdos: no tenía más que seguir andando en la misma dirección y no dejar el dique, y para ello me bastaba con palpar el suelo a través de las suelas de los zapatos y, naturalmente, calibrar las salpicaduras del mar, y así lo hice hasta que, al detenerme un momento para tantear el terreno, una ola me golpeó en la cara, lo cual tampoco hubiese sido tan grave, ya que no me entró mucha agua por el cuello, aunque no podía decirse que estuviera caliente, ni me mojó el abrigo, de modo que hasta me pareció divertido y, de no haberme impedido el viento abrir la boca, me hubiera reído, pero al momento me golpeó la ola siguiente, más grande, y ello me minó la moral.

Yo creía haber caminado hasta entonces por el centro del dique, y ahora, después de esperar en vano a que se calmara el viento, traté de seguir por el interior, más resguardado del mar, pero no pude, porque el viento no amainaba y, si me descuidaba, podía barrerme y, además, a los pocos pasos, me di cuenta de que me encontraba en el borde del dique, entre unas piedras enormes y afiladas; así pues, de allí no podía pasar, y el dique, mucho más estrecho de lo que yo creía, no me protegería de las olas; a pesar de todo, no hice lo que, en aquellas circunstancias, parecía lo más sensato, ni se me ocurrió la idea de dar media vuelta; yo sabía por la guía que allí la marea no subía más de doce centímetros, por lo que no podía tener consecuencias catastróficas, y pensé que se trataba, simplemente, de un tramo peligroso, seguramente, el dique describía un arco y por eso era más estrecho o, por alguna razón, se había hundido parcialmente y, cuando dejara atrás este trecho peligroso, volvería a ver las luces de Nienhagen y estaría seguro.

El viento cesó bruscamente.

A pesar de todo, no puedo decir que estuviera furioso con frad Kühnert, ni mucho menos, ni que ella me gritara de aquel modo tan insoportable porque estuviera furiosa conmigo: si en las últimas semanas habíamos estrechado relaciones, relativamente hablando, yo seguía dando importancia a mantener las debidas distancias, lo cual, en mi opinión, debía hacer imposible exteriorizar claramente un sentimiento o una emoción, en el caso de que los experimentara; no, lo cierto era que ella, sencillamente, no sabía hablar bajo.

Era como si no conociera un término medio entre el mutismo absoluto y la verborrea desenfrenada y estridente; y esta curiosa disposición -no sabría llamarla de otro modo- estaba condicionada sin duda tanto por las penosas relaciones con su marido, en las que no utilizaba la voz en absoluto, como por la circunstancia de trabajar de apuntadora en uno de los teatros más prestigiosos de la ciudad, el «Volkstheater», es decir, para ganarse la vida tenía que apagar el timbre grave y sonoro de su voz, la cual aun así conservaba la fuerza suficiente como para que se la oyera desde el más alejado rincón del escenario; por ello, no cabe duda de que su voz era el eje de su vida, y su fealdad no era sino un divertido aditamento, aunque yo creo que ella no era plenamente consciente de aquella fealdad, lo esencial era la voz, una voz, empero, que ella raramente podía utilizar con normalidad.

Yo había sido testigo de los disgustos que aquella voz le ocasionaba y observado cómo la hacía destacarse; por las mañanas, cuando estábamos sentados uno al lado del otro en el tablado del director, en la sala de ensayos que, por sus proporciones, más parecía una escuela de equitación o la nave de montaje de una fábrica, y, en la tensión generada por una diferencia de opinión o una dificultad aparentemente insoluble, empezaban a hablar todos a la vez, defendiendo cada cual su opinión, y el nivel del ruido subía como el mercurio del termómetro en una calentura, porque, además, los aburridos tramoyistas, los irritables figurantes, las sastras y los electricistas aprovechaban la ocasión para intercambiar comentarios, o cuando el ambiente estaba tan cargado que todos se empeñaban en dar su opinión sobre el tema objeto de discusión y la confusión llegaba al punto culminante, siempre era frau Kühnert la primera a la que una nerviosa actriz apostrofaba: «¿No podrías chillar un poco más, Sieglinde?», o un oficioso ayudante de dirección gritaba que, si no cerraba la boca, la echaba, porque esto no era una taberna, y hasta entonces no agregaba que lo mismo valía para los demás, y que todos hicieran el favor de callarse; en estas ocasiones, la cara de frau Kühnert expresaba una gran extrañeza, parecida a la del niño que, con toda inocencia, estaba tocando el silbato tranquilamente detrás de un arbusto, cuando los mayores se ponen a reñirle de repente, o como si fuera la primera vez que ello le sucedía y hasta entonces ni remotamente se hubiera visto en tal situación; sus exoftálmicos ojos no podían reflejar mayor estupefacción, un rubor infantil que le teñía súbitamente la piel desde el cuello hasta la frente revelaba su viva confusión y en el labio superior aparecían gotitas de sudor que ella se enjugaba, abochornada, y todos teníamos que reconocer que debía de ser muy triste estar en constante conflicto con el medio a causa de una característica elemental, pero la airada amonestación y la palabra ruda indicaban que su voz no sólo predominaba en cualquier algarabía sino que, además, estaba cargada de una explosiva pasión primordial que hería y ofendía el oído y que su descontrolado volumen era, además de molesto, revelador de ciertos instintos; a pesar de todo, yo quedé completamente desconcertado cuando me entregó el telegrama en la puerta con aquel sofoco y aquellos gritos, ya que nuestra relación no justificaba tanta exaltación.

Pero ello precisamente hacía tan difícil soslayar aquella intromisión descarada e inexplicable; ni la primera frase podía interpretarse como simple anuncio: por potente que fuera su voz, y el eco llenó toda la casa, a fin de cuentas, no me decía sino que tenía un telegrama, pero esta simple notificación estaba punteada por fuertes jadeos que imprimían un fuerte acento dramático a las palabras más banales y, puesto que yo no podía permanecer indiferente ante tanta excitación, involuntariamente, adopté la actitud que ella se había propuesto transmitirme, y por más que yo trataba de dominarme, ella, a pesar de la oscuridad de la escalera y el recibidor, debió de percibir claramente mi indignación y, aún con el picaporte en la mano, ladeó un poco la cabeza y hasta sonrió, y a la frase siguiente, no exenta de ironía, su voz ya había cambiado de registro:

– ¿Se puede saber dónde diablos se había metido, señor mío?

– ¿Por qué?

– Hace más de tres horas que llegó el telegrama. Si no hubiera usted vuelto a casa yo hubiera pasado otra noche sin dormir.

– Estaba en el teatro.

– Si hubiera estado en el teatro, hubiera llegado hace más de una hora. Y no me contradiga, porque lo he comprobado.

– Pero ¿qué ha pasado?

– ¿Qué ha pasado? ¿Qué sé yo de lo que puede pasar con usted? Vamos, entre ya.

Y cuando yo, fluctuando entre la deseada indiferencia, la irritación y el temor, y con el firme propósito de acabar con la discusión, pude entrar por fin en el recibidor, y frau Kühnert cerró la puerta pero, sin apartar la mirada del sobre que yo tenía en la mano, me cerró el paso, el marido, antes de desaparecer por el pasillo que conducía a los dos dormitorios, se volvió y me saludó con un movimiento de cabeza, saludo al que yo, naturalmente, no pude corresponder, por una parte, porque no conseguía mostrar indiferencia y firmeza, ya que toda mi atención estaba concentrada en la transformación que se había producido en la cara de frau Kühnert y, por otra, porque el profesor volvió la cabeza sin esperar mi respuesta, en lo que yo no pude encontrar nada extraordinario, ya que sólo muy raramente parecía advertir mi presencia; no era sólo la cara de frau Kühnert lo que había cambiado instantáneamente, toda la actitud de su cuerpo indicaba que preparaba una explosión de una magnitud inusitada, algo que hasta el momento no figuraba en su repertorio, que excedía de todos los límites imaginables, con lo que no sólo me mostraría una faceta desconocida de su personalidad sino que me dejaría por completo a su merced, acorralado en el estricto sentido de la palabra; se arrancó las gafas, con lo que sus ojos daban aún más miedo, le temblaban los labios y su espalda se arqueó porque había encogido los hombros, como si, presintiendo la dirección que tomaría mi mirada, quisiera protegerse los robustos pechos; yo hice un último y desesperado intento de fuga, pero fue inútil, sólo conseguí empeorar mi situación, ya que cuando, prescindiendo de cortesía y decoro, me arrimé a la pared para tratar de escabullirme hacia mi habitación, ella me lo impidió por el sencillo procedimiento de ponerse delante de mí y empujarme hacia la pared.

– ¿Qué se ha creído, señor mío? ¿Que puede ir y venir a su antojo, con tapujos y trapícheos? Hace días que no duermo, ya no puedo ni quiero seguir aguantando esto. ¿Se puede saber quién es usted? ¿Y qué busca aquí? ¿Qué se ha creído? Lleva meses en esta casa y no me tiene ni la menor consideración. ¿Qué pretende? No se crea que voy a tener la boca cerrada por los siglos de los siglos, eso nadie puede pedírmelo. Mal que le pese, yo lo sé todo, no tiene por qué andarse con tanto misterio, estoy al corriente de sus historias, y lo único que pido es que se dé cuenta de que también soy un ser humano, que me gustaría oírlo de sus labios, pero usted deja que sufra, y a mí me da miedo mirarle a la cara. Yo creía que era usted una buena persona, pero estaba equivocada, es cruel, muy cruel. Y ahora le agradecería que me dijera cuáles son sus propósitos. ¿Quiere traerme a casa a la policía? ¿Le parece que no tengo ya bastantes problemas? Yo he de saberlo, y aún se permite preguntar qué ha pasado, cuando soy yo quien quiere saber lo que ha pasado, ¿qué ha sido de ese hombre? Dígalo ya de una vez, para que yo pueda prepararme para lo peor y no me trate como a una criada que ha de aguantarlo todo. ¡Porque también usted ha tenido madre! ¿Vive todavía? ¿Alguien le ha querido? ¿Cree que nosotros necesitamos el dinero que me paga? ¿Su dinero de mierda? Yo creía que admitía en mi casa a un amigo, vamos, dígame ya qué es lo que hace en realidad. ¿A qué se dedica, además de andar pisoteando a la gente y destrozándole la vida? Bonita ocupación, desde luego, pero ¿cuál es su verdadera profesión? ¿Cuándo va a venir la policía? ¿O es que no lo ha matado? Porque le creo perfectamente capaz de eso, a pesar de esos inocentes ojos azules con los que siempre está sonriendo amistosamente y ahora mismo se hace de nuevas y me mira como a una histérica. ¿Dónde lo ha enterrado? Ahora que lo he descubierto, debo pedirle que recoja sus cosas y se marche inmediatamente a donde le apetezca. A un hotel. Esto no es una cueva de delincuentes. No quiero verme mezclada en nada. Bastante miedo he pasado ya. Cuando recibo un telegrama me trastorno, cuando llaman a la puerta me pongo enferma, ¿comprende? ¿No se ha dado cuenta de que soy una persona enferma y agobiada que necesita un poco de consideración? ¿No he confiado en usted, estúpida de mí, contándole mi vida? Y pregunto: ¿es que todo el mundo va a abusar de mí? ¿Por qué no contesta? Como si yo fuera el cubo de la basura al que todos echan sus inmundicias. ¡Conteste ya de una puñetera vez! ¿Qué dice el telegrama?

– Ya lo ha leído. ¿O no?

– ¡Pero tiene que leerlo usted!

– ¿Qué quiere de mí? ¡Me gustaría saberlo!

Estábamos muy cerca y, en el repentino silencio, quizá por la proximidad, pareció que su cara se relajaba, que se hacía expresiva y sensible, que se agrandaba y, en cierto modo, se embellecía, como si hasta aquel momento sus irregulares facciones hubieran estado atadas por las gafas y crispadas por la pasión contenida, y ahora -como si, al quitarse la máscara, su rostro hubiera recuperado sus proporciones naturales- las pecas rojizas se destacaban con más nitidez en la piel blanca y resultaban francamente atractivas, los carnosos labios eran más llamativos, las gruesas cejas más enérgicas, y cuando volvió a hablar, con la voz baja y penetrante con que apuntaba en el teatro, pensé con sorpresa que quizá la belleza -porque, normalmente, sin las gafas estaba desvaída, borrosa y desaliñada- no consistiera sino en abandonarse a la proximidad, en dejar obrar la fuerza de la proximidad, y no me hubiera sorprendido si, en aquel momento, yo hubiera bajado la cabeza y le hubiera dado un beso, para no tener que seguir viendo sus ojos.

– ¿Y qué puedo querer yo, señor mío?¿Qué cree que puedo desear? ¡Que me quieran un poco, no mucho, sólo un poquito! ¡Pero no como usted piensa! No tenga miedo. Es verdad, al principio estaba un poco enamorada de usted, quizá lo notara, ahora puedo confesarlo porque ya pasó, pero no quiero que se marche, no tome en serio lo que le he dicho, eran tonterías, lo retiro. No es necesario que se marche de esta casa, pero tengo miedo y por eso tiene usted que perdonarme, estoy muy sola y tengo la sensación de que en cualquier momento podría ocurrir algo, algo inesperado y terrible, una desgracia, y no pido sino que lea usted ese telegrama delante de mí, porque me gustaría saber lo que ha pasado, nada más, sólo eso. No lo he abierto yo. Tiene que creerme. Aquí los telegramas se entregan en sobre abierto. Se lo suplico, léalo ya.

– A pesar de todo, usted lo ha leído, ¿no?

– Ábralo, por favor.

Para dar más énfasis a sus palabras me puso la mano en el antebrazo, con ademán delicado y perentorio a la vez, como si pretendiera no sólo recuperar el sobre sino también, salvando la pequeña distancia que aún había entre nosotros, tomar posesión de mí no importaba cómo, en aquella fracción de segundo; ella me agarraba y yo no tenía fuerzas para desasirme, es más, batallaba con cierta sensación de culpabilidad, porque sabía que la mirada que sin querer había dejado caer a su pecho o la idea de darle un beso no habrían dejado de surtir efecto en ella, porque no hay pensamiento, por oculto que esté, que, en una situación extrema, no sea percibido por el oponente; en consecuencia, en aquella fracción de segundo, parecía perfectamente posible que nuestra acalorada discusión tomara un cariz peligroso, tanto más por cuanto que yo no sólo era incapaz de moverme y hasta de volver la cara para sustraerme a su aliento y a su mirada sino que, contra mis deseos y mi voluntad, empezaba a percibir en mí esas señales engañosamente gratas y, en este caso, hasta bochornosas de la excitación sexual: el leve estremecimiento de la piel, la ofuscación de la mente, la presión en las ingles y la aceleración de la respiración, sin duda, todo ello podía ser consecuencia inmediata del contacto, una reacción instintiva, pero no por eso menos reveladora, la prueba de que la seducción puede prescindir no sólo del conocimiento sino también del atractivo físico o de cualquier otra índole, ya que en la mayoría de casos, el deseo físico no es causa sino consecuencia de una atracción, y ya sabemos que, vista de cerca, hasta la fealdad puede percibirse como belleza cuando la tensión es tan intensa que sólo puede disiparse con la consumación carnal, y entonces basta un leve contacto para que las fuerzas interiores se alcen unas contra otras y se neutralicen mutuamente o transformen la insoportable tensión psíquica en voluptuosidad.

– ¡No; no lo abro!

Quizá pensó que podía gopearla, porque, ante mi tardío estallido de furor histérico, me soltó el brazo; era evidente que esta explosión, insólita en mí, no se debía tanto al misterio del telegrama como a nuestra proximidad, por lo que dio un paso atrás y se puso las gafas mirándome con una impavidez brutal, como si no hubiera pasado nada.

– No hace falta que me grite.

– Me marcho mañana. Estaré fuera varios días.

– ¿Y adónde va, si se puede saber?

– Me gustaría dejar aquí mis cosas, por el momento. La semana próxima me marcharé definitivamente.

– ¿Y adonde irá?

– A casa.

– Le echaremos de menos.

Me volví hacia mi habitación.

– Vayase, pero yo me quedaré aquí, en la puerta, porque, si no me lo dice, tampoco podré dormir.

Yo cerré la puerta a mi espalda, la lluvia repicaba en el alféizar de la ventana.

Había en la habitación un calor agradable y en la pared, al débil reflejo de la luz de la farola, bailaba la sombra trémula de las relucientes ramas de los arces.

No encendí la luz, me quité el abrigo y me acerqué a la ventana, para abrir el sobre, y oí que ella, en efecto, se había quedado en la puerta, esperando.

Aquí abajo había cesado el viento, pero no por ello se apaciguaban las olas, más arriba seguía silbando y aullando y, aunque a veces parecía que al fin iba a hacerse un poco de luz, como si el viento desgarrara las nubes que cubrían la luna, ahora creo que aquello era una simple ilusión de los sentidos, lo mismo que la idea de que pronto dejaría atrás el trecho peligroso, porque no veía absolutamente nada, era una situación realmente extraordinaria contra la que mis ojos se rebelaban, y trataban de consolarse imaginando luces; como si se hubieran independizado de mí, no se conformaban con mirar sólo porque yo les obligara sin que hubiera algo que distinguir, y no sólo producían por su cuenta círculos luminosos, puntos brillantes y rayos, sino que, mientras seguía caminando, me mostraron varias veces todo el paisaje, y me pareció que, de repente, por una rendija, podía veri rodar las nubes sobre el mar espumeante y furioso y vislumbrar el dique azotado por las olas, pero enseguida volvía la oscuridad y yo comprendía que el bello cuadro no podía ser más que una ilusión, porque no había luz natural que iluminara la escena, ni había luna, cuyo resplandor estaba siempre ausente del cuadro; de todos modos, aquellas visiones me animaban y me hacían suponer que, de un modo u otro, encontraría el camino, a pesar de que ya no había sendero y mis pies tropezaban y se escurrían sobre ásperas piedras.

Me parece que ya había perdido la noción del tiempo y el lugar, seguramente, porque el viento imprevisible, la oscuridad impenetrable y el ritmo de las olas, que no por impetuoso dejaba de ser arrullador, me habían aturdido como una droga, y sin embargo podría decir sin faltar a la verdad que en aquel momento era todo oídos, ya que cualquier otra forma de percepción parecía superflua: un extraño animal nocturno que dependía exclusivamente del oído y percibía un murmullo que venía de un lugar profundo, un murmullo que no era del agua na de la tierra, que no era amenazador ni indiferente y, aunque me tilden de romántico, no tengo reparo en afirmar que era el monótono murmullo del infinito, un sonido que no recordaba a ningún otro y que no sugería imagen que no fuera la de la profundidad; pero nadie hubiera podido decir dónde se encontraba esa profundidad, aquel sonido parecía llenarlo y dominarlo todo, el aire y el agua, y todo era parte de esa profundidad, hasta que empezó a oírse un bramido que poco a poco iba creciendo, como exhalado por una enorme masa lejana que se hubiera puesto en movimiento, rompiendo la calma aparente y amenazadora del murmullo interminable; se acercó sin prisa pero con ímpetu y culminó bruscamente en un trueno triunfal que ahogó el sonido de la profundidad, el bramido había alcanzado su objetivo, había vencido, había roto la calma durante un instante, y entonces todo lo que hasta aquel momento se había manifestado como fuerza, masa, ímpetu, elevación y, finalmente, triunfo, al momento siguiente estalló en las piedras de la orilla con una fuerte detonación, y de nuevo volvió a oírse el murmullo, como si nada hubiera afectado su fuerza y luego, otra vez, sonó el rugido amenazador del viento, su silbido y su aullido; no sé cuándo ni cómo empezó esta pequeña variación que percibí no sólo porque el dique era más estrecho y las olas lo barrían sino, principalmente, porque poco a poco fui consciente del cambio que se había producido en mi entorno, aunque sólo superficialmente, como si aquello nada tuviera que ver conmigo y no me afectara el hecho de que ahora no se mojaban sólo mis zapatos y los bajos del pantalón, sino que mi abrigo no me protegía en absoluto; porque me había abandonado a las voces de la oscuridad que habían acabado por ahogar aquellas fantasías y recuerdos con los que me distraía al principio de mi paseo; el llamado instinto de conservación funcionaba, pues, de un modo muy limitado, yo era como el que, al despertar de una pesadilla, bracea y grita, en lugar de recordar el momento en que se durmió y comprender que lo que le ha hecho sufrir es sólo la realidad del sueño, pero no puede comprenderlo porque aún está soñando; así trataba yo de defenderme, sólo que mis intentos estaban limitados por las condiciones del lugar, inútilmente buscaba el camino dando traspiés, resbalando y palpando en derredor mientras el agua llegaba hasta mí, y en ningún momento se me ocurrió pensar que aquello había empezado como un agradable paseo nocturno pero que desde hacía mucho rato había dejado de serlo.

Entonces algo me rozó la cara.

Todavía estaba oscuro y el silencio había terminado, algo que yo no acertaba a explicarme había terminado, y cuando aquel algo volvió a rozarme la cara noté que era agua; no producía una sensación desagradable, aunque estaba fría, y entonces deduje que aquello tenía que recordarme algo, no sabía qué, a pesar de que estaba oyéndolo, de nuevo oía el sonido, así que debía de haber pasado el tiempo, pero había pasado en vano, aún estaba oscuro, aún era de noche y todo estaba mojado, sí, y tan oscuro como antes.

Pero por fin comprendí que estaba en el suelo, caído entre las piedras.

En la mano de Dios

La aparición de Helene despejó la situación, y durante unos momentos maravillosos, nuestro futuro, que parecía lleno de malos presagios, tomó un cariz espléndido.

A la mañana siguiente, temprano, todavía sin lavarme, afeitarme ni vestirme, me quedé de pie junto al escritorio, sumido en mis pensamientos, palpándome el áspero mentón, un poco amodorrado todavía, incapaz de empezar el que sería un día trascendental; me sentía inquieto -a pesar de que, tras las fatigosas visitas de despedida de la tarde anterior, había dormido mucho y sin soñar, como el que ha puesto en orden sus asuntos-, porque aquel sueño profundo era consecuencia inmediata de nuevas mentiras, de mi forzosa claudicación ante un destino implacable, y al despertar habían vuelto las cavilaciones, estaba fresco y descansado pero indeciso; ya se había apoderado de mí el ansia viajera, esa animosa expectación que nos hace creer que el cambio de ambiente va a permitirnos dejar atrás todo lo que nos amarga, lo desagradable, deprimente o insoluble; el equipaje estaba en el recibidor, esperando al mozo, sólo tenía que recoger las notas y libros que necesitaba para mi trabajo y meterlos en la cartera de charol negro que estaba abierta encima de la alfombra; pero como para esta tarea, delicada por más de una razón, me sobraba tiempo, ya que el tren no salía hasta la tarde y no quería dejarme dominar otra vez por sentimientos desagradables, no me daba prisa por concentrarme en el trabajo, sino que remoloneaba y fantaseaba, cuando oí que llamaba a la puerta la buena de frau Hübner, mi anciana casera, que, sin esperar mi permiso, se coló en mi habitación; esto no tenía nada de extraordinario, y yo consideraba ya un fabuloso éxito pedagógico el haber conseguido que, cuando tenía algo urgente que comunicarme, no abriera la puerta sin llamar, pero aún no había podido hacerle comprender que, antes de entrar en una habitación, aunque fuera una habitación que ella había alquilado, tenía no sólo que llamar sino que esperar el permiso; «pero, a ver, ¿qué puede estar haciendo el señor?, ¿es que no sé yo que el señor está solo?, a ver», dijo poniendo los ojos en blanco con gesto de complicidad y alisándose el delantal sobre el grueso vientre, la primera vez que, con la mayor cortesía, le formulé el ruego, pero como por lo demás era servicial y afable, su incapacidad para comprender esta nimiedad me divertía más que molestaba; esta vez, sin embargo, más que golpear, había aporreado la puerta, que se abrió violentamente, como impulsada por un vendaval, y me cuchicheó con voz ahogada: «ha venido una señorita, con un velo en la cara, y quiere ver al señor, ¡una señorita!», una voz que la visita debió de oír perfectamente, a pesar de que el recibidor era grande, ya que, naturalmente, frau Hübner, había omitido cerrar la puerta, «¡una señorita que me parece que es la novia del señor!».

– ¡Por favor, frau Hübner, hágala pasar enseguida! -dije en tono comedido y un poco más alto de lo necesario, para hacerme oír de la visita que aguardaba en el recibidor y compensar, en lo posible, la incorrección de mi casera con mi deseo de no hacerla esperar, a pesar de que mi indumentaria no era la más indicada para recibir una visita, cualesquiera que fueran su rango y condición, y menos, la de una señora; por otra parte, no adivinaba quién podía visitarme a hora tan temprana; desde luego, inmediatamente se me ocurrieron varias posibilidades a cual más alarmante y hasta llegué a pensar que podía ser una enviada de mi paternal amigo, convertido ahora en mortal enemigo, que venía a cumplir la promesa de éste de destruirme físicamente, es decir, asesinarme, con una pistola que traía escondida en el manguito; «hasta la moda se ha convertido en cómplice nuestra», había dicho él riendo cuando las señoras empezaron a usar manguito, lo cual, efectivamente, facilitaba estos crímenes, y él estaba siempre rodeado de mujeres entre las que no faltaría alguna dispuesta a hacer cualquier cosa por él, y yo lo sabía por experiencia, o quizá la visita ni siquiera fuera una mujer, quizá me había enviado a uno de sus secuaces vestido de mujer, suposiciones que no eran tan truculentas como para no ser factibles; a fin de cuentas, conociendo como conocía todos los métodos disponibles, yo no podía desestimar la bien meditada amenaza de mi amigo Klaus Diestenweg, entre otras razones porque, desde su punto de vista, yo, por ser conocedor de graves secretos, era un traidor en potencia a su causa, «tú has de morir, podemos esperar, pero apareceremos en el momento oportuno», me comunicó en una carta escrita de su puño y letra, y, en realidad, si algo debía sorprenderme era que todavía no se hubiera cumplido la sentencia, aunque no comprendía por qué tenía que ser precisamente ahora, y me preguntaba si esta demora no formaba parte del castigo, que él no pensaba ejecutar hasta que se hubieran calmado por completo mi miedo y mis sospechas y tuviera la impresión de que me había perdonado, al igual que la pieza que, buscando la salvación, abandona el campo abierto por el bosque, sin advertir los cañones de las escopetas que asoman entre la espesura, y por ello no nos sorprende que no comprenda que en una apacible mañana de otoño tenga que ocurrirle eso; es el candor de la víctima lo que hace tan horrible esta muerte; también yo desde hacía meses tenía la sensación de que me protegía un tupido bosque, que ya no estaba tan a su merced, puesto que, como cambiaba de alojamiento con frecuencia, al fin había podido sustraerme a su peligroso medio y hacerme olvidar; realmente, durante mucho tiempo no había sabido de él ni de palabra ni por carta, mi noviazgo, pues, no me había deparado un solaz puramente sentimental, ya que también me había devuelto a esa vida burguesa considerada normal de la que me había apartado durante años la apasionada amistad de Diestenweg; pero ahora sentí vértigo al recordar de pronto la amenaza, y tuve que asirme con una mano al brazo del sillón, la frase que había dicho en voz alta ya no tenía remedio, y pensar que ya nada tenía remedio casi me hizo perder el conocimiento; pero no es que yo deseara retractarme de nada, no era propio de mí renegar de mi pasado; por lo tanto, si tenía que morir, moriría, y ahora mismo, enseguida, estaba preparado, sólo que frau Hübner seguía inmóvil, plantada debajo del bello arco que separaba mi soleado estudio del oscuro recibidor, como si no sólo advirtiera sino que experimentara también mi creciente angustia.

– ¡Mi querida frau Hübner, no hagamos esperar más a esa visita, hágala pasar, por favor! -dije, repitiendo la orden en tono más bajo pero más enérgico, con una firmeza que me asombró a mí mismo, ya que, a pesar del susto, estaba frío y sereno, mi voz conservaba la calma precisa y a nadie importaba lo que yo hubiera sentido durante aquellos momentos; pero entonces vi que era inútil, ya que frau Hübner, por causas inexplicables, se había quedado tan pasmada por aquella insólita situación como si realmente estuvieran apuntándola con una pistola, y ni tan sólo era capaz de llevar a cabo el sencillo ritual de hacer entrar a la visita, a pesar de que no le habían faltado ocasiones para aprenderlo; de modo que, ciñéndome la bata al pecho con un rápido ademán, salí yo mismo sin más dilación a recibir a mil visita, quienquiera que fuese.

Al pasar de la clara habitación a la grata penumbra del pasillo desde el que, por la puerta abierta, se veía el recibidor, a pesar de toda mi firmeza y decisión, no pude menos que pararme y exclamar: «pero, ¿es usted, Helene?»; porque su presencia en aquel modesto entorno hacía la estupefacción de mi casera no ya comprensible sino contagiosa, y yo me sentía como aquella pobre viuda que en toda su vida muy raramente había tenido ocasión de contemplar una aparición semejante; porque, realmente, Helene estaba resplandeciente en aquel recibidor, y me pareció que, a causa de ese marco, tampoco yo podía tener relación alguna con aquella criatura frágil, noble y angelical que respiraba infinita armonía y también humanidad; llevaba un vestido de encaje gris plata que yo no conocía y que, según la moda de la época, cubría y revelaba a la vez sus esbeltas y elegantes formas, con sutileza, sin realzar ninguna parte del cuerpo en detrimento de otra y, rehuyendo cualquier estridencia, hacía resaltar la figura toda, al combinar equilibradamente la sobriedad del detalle con la exquisitez del conjunto; al verla allí, con la cabeza un poco ladeada, recordé las tardes en que la contemplaba sentada al piano o inclinada sobre el bastidor del bordado, recordé su cuello que asomaba del recatado vestido, cuya desnudez velaban los rizos que se habían soltado del moño alto, haciéndola más apetecible, y no sólo por ser rojos; porque no es la desnudez en sí, que sugiere más bien vulnerabilidad e indefensión, lo que excita nuestra fantasía, sino lo que está velado, semi-cubierto, porque nos incita a arrancar el velo y arrogarnos el derecho exclusivo de contemplar y tocar el cuerpo inerme, enseñorearnos de su desnudez y entregarnos a él, porque sólo la excitación del mutuo descubrimiento y posesión permite soportar y hasta gozar de todo lo que es primitivo y natural; a pesar de que no podía verle la cara porque la cubría la ancha ala del sombrero y aún no se había quitado el velo, advertía su turbación, también yo estaba alterado, tanto por la sorpresa como por aquella repentina angustia, que ahora había cedido el paso a una no menos brusca alegría que me desconcertaba; y a pesar de comprender que a mí me correspondía decir algo, para evitarle el tener que hablar delante de personas desconocidas -entretanto, dos niñas de cara blanca habían asomado, curiosas, sus despeinadas cabezas por la puerta de la cocina, una, la nieta de frau Hübner y la otra, una amiga, y contemplaban atónitas la muda escena que había provocado Helene con su aparición y de la que ellas, involuntariamente, formaban parte-, no conseguí articular palabra, porque todo lo que se me ocurría era muy personal y muy apasionado como para manifestarlo abiertamente, y sólo acerté a ofrecerle el brazo, y entonces ella, balanceando en su enguantada mano derecha la esbelta sombrilla que hasta entonces apoyaba en el suelo y recogiéndose la cola del vestido con la izquierda, cruzó el recibidor en dirección a mí con un suave murmullo de sedas.

– ¿Qué ocurre, querida? -exclamé más que pregunté cuando, una vez conseguí hacer salir a frau Hübner y hube cerrado la puerta del pasillo, nos quedamos solos entre la penumbra de la alcoba y la claridad de la sala-. ¿Ha ocurrido algo, qué es ello? ¡Responda, Helene, antes de que esta incertidumbre me haga enloquecer!

Ella no decía nada, estábamos muy cerca uno de otro y aquel mutismo me parecía interminable, yo deseaba arrancar de su sombrero aquel velo impertinente, quería verle la cara, para tratar de adivinar a razón de aquella sorprendente visita, a pesar de que sabía con basante exactitud por qué había venido, sí, me hubiera gustado arrancarle la ropa del cuerpo, para que no siguiera pareciéndome ridículamente extraña; aún me excitaba más el que temblara de pies a cabeza, lo que me impedía hacer movimiento alguno que fuera rudo u ordinario y no me atrevía a tocar el dichoso sombrero, para no violentarla; «ya sé, ya sé que no debí venir», susurró detrás del velo, y a punto estuvimos de chocar, a causa de nuestro azoramiento, a pesar de que tanto ella como yo procurábamos evitar cualquier roce; «¡pero ne podido contenerme, es sólo un momento, el coche me espera, y me da vergüenza confesar la verdadera razón de mi visita! Sólo quería mirarle a los ojos, Thomas, pero ahora que ya está dicho no me parece que tenga de qué avergonzarme, porque anoche, cuando marchó, no podía recordar sus facciones, se lo ruego, no se aleje de mí, no me desprecie por esta petición, míreme, sí, ahora veo sus ojos en toda la noche no he podido recordar esos ojos».

– Creía que había comprendido usted mis razones.

– ¡No interprete mal mis palabras, por favor! Yo no pretendo retenerle. ¡Haga ese viaje!

– Pero ¿cómo quiere que me vaya ahora?

– Ahora le será aún más fácil.

– ¡Es usted cruel!

– No, Thomas, dejemos eso.

– Va a volverme loco. Yo la quiero, Helene, la quiero más que nunca, lo que dice me destroza, y ahora que ha venido no puedo expresar lo que siento, me veo ridículo, quiero que sepa que es usted mi salvación, pero no es por eso por lo que la quiero ni por lo que deseo destruirlo todo, mis manuscritos y mis libros.

– Calle.

– No puedo callar, pero tampoco puedo decir más. Con uñas y dientes lo destrozaré todo, papeles y escritos.

– Sólo quería ver sus ojos, Thomas, sus ojos, y pronunciar su nombre, porque me gusta pronunciarlo, y ahora que ya le he visto me marcho y también usted debe marcharse.

– Quédese.

– No puedo.

– Amor mío.

– Debemos ser sensatos.

– Quiero ver su pelo. Su cuello. Quiero enredar mis dedos en su pelo y tirar hasta hacerla gritar.

– Calle.

– La mataré.

Lo dije en el momento en que ella se quitaba el sombrero, con tanto énfasis, con una voz tan profunda y apasionada, como si esas palabras, dichas en un momento de exaltación, reflejaran un secreto deseo, un afán oculto, un sentimiento ignorado hasta aquel momento; y no me sorprendía, era como si yo hubiera tenido siempre este deseo, éste y no otro, que había dictado todos mis actos, el deseo de matarla, y la frase reflejaba la verdad, por asombroso que ello pudiera parecerme incluso a mí mismo, a pesar de que de mis labios -al fin y al cabo, yo era hijo de un asesino, de un vulgar sádico- no resultaba tan inocente e inofensiva, por lo menos para mí, como una simple hipérbole dictada por el delirio amoroso; parecía que el instinto que, tras un largo y amargo período de mi vida, yo sentía en mis propias manos podía explicarme el acto de mi padre, hasta entonces incomprensible y abominable, y en un instante, en una fracción de segundo, por una dolorosa revelación, identifiqué en aquel profundo deseo mío el mismo impulso que había movido a mi padre, como el que, en las raíces desenterradas de un árbol, reconoce, sobrecogido, la opulenta forma de la copa; en aquel momento, yo amaba inmensamente a aquella criatura que temblaba de desamparo delante de mí, pero me sentía por encima de ese deseo carnal que promete al sentimiento amoroso algo así como la posibilidad de una satisfacción, tanto más por cuanto estaba seguro de que hasta después de la boda no cabía pensar en estas cosas, que tenía, sencillamente, que contenerme, aunque me hubiera producido un vivo placer rodear aquel admirado cuello con las manos y apretar hasta ahogar en él el último aliento.

Sólo que en esta frase no podía ella adivinar su destino, como tampoco mi madre adivinó el suyo aquella tarde lejana: no tomó al pie de la letra lo que yo le decía perfectamente en serio y, lo que es más, percibió en mi voz un arrebato que exacerbó su romanticismo, «aquí me tienes, soy tuya», susurró sonriendo y yo, como si acabara de descubrir sus labios carnosos, húmedos y sensuales, le musité en la boca: «eres una marrana y una perdida», antes de rozarla con la lengua, pero ahora me incomodaba mi desaliño, ni siquiera me había enjuagado la boca; «¿no te da vergüenza, tutearme antes de la boda, golfa?», dije riendo, pero no pareció que estas palabras, dichas deliberadamente, la sorprendieran ni indignaran; sin que pareciera importarle mi mal aliento, ella apretó su boca contra la mía con nuevo ardor, y yo tuve la sensación de que, con mis groseras palabras, no sólo había estimulado su voluptuosidad, sino conseguido un gran triunfo moral, derrotando al fantasma de mi padre, al atreverme a decir lo que él había callado con tan trágicas consecuencias.

Fue puro goce, uno de los mayores goces imaginables, rodear su cuello con las manos, aunque no podría decir cuándo ni cómo llegaron mis manos hasta allí, y es que aquel temor, alimentado por similitudes y afinidades, aquel resentimiento y aquella impaciencia que hasta entonces habían caracterizado nuestras relaciones, provocando en mí escrúpulos y remordimientos, impidiéndome gozar del momento y recordándome siempre algo viejo y familiar, habían desaparecido de pronto, se habían desvanecido insensiblemente; yo no deseaba sino gozar de aquella boca tierna que con un beso podría aspirar todo mi ser, pero no me atrevía a estrechar el abrazo, porque la fina bata y el pijama de seda delatarían mi erección; mi mano, hecha ahora instrumento de ternura, acunaba su cabeza, mis dedos ya no ansiaban oprimir ni ahogar sino sólo sostener, para alargar el beso, para que su lengua descubriera mi boca y, a pesar de que la razón me exhortaba a dominarme, no podría decir en qué momento cerré los ojos y sentí que sus brazos se anudaban alrededor de mi cuello, y me pareció que dos orbes oscuros, húmedos y cálidos colisionaban; sentía, ernpero, un temor, o quizá eran celos, porque no me explicaba cómo podía ella besar con tanta experiencia, si bien comprendía que, más que experiencia, su beso denotaba inocencia, la ofrenda de sus sentimientos más puros, y me conmovía su pureza mucho más que la experiencia, de manera que yo, tan ducho en el amor, seguía conteniéndome, resistiendo arteramente y con voluptuosa superioridad sus exploraciones y ataques sin devolverle el beso hasta que, con deliberada morosidad, rocé bruscamente sus labios con la punta de la lengua y bloqueé sus dientes y su lengua, recreándome en su desconcierto mientras estimulaba su deseo de una unión natural, para que ella abandonara todo vestigio de pudor y reserva y se me entregara plenamente, lo cual sería imprescindible para ambos, ya que el resto de lucidez que yo conservaba me hacía comprender que a partir de aquel momento ninguno de los dos podría seguir adelante ni volverse atrás sin riesgo, es decir, tendríamos que superar la prueba de la premiosa y complicada operación del desnudado, que exigiría todas las reservas de delicadeza y habilidad imaginables, ya que la batalla con botones, cordones y corchetes no sería fuente de placer hasta que hubiera terminado y nuestros cuerpos desnudos se hubieran unido.

Pero por más que me esforzaba por actuar con serenidad y ponderación, había momentos en los que temía perder el control; ahora, al rememorar como un frío observador los hechos de aquella mañana soleada y ya lejana, tengo la sensación de que, al llegar a ese punto, choco con la infranqueable barrera del lenguaje, de que tengo que romper con la cabeza la dura muralla de lo innominable, como si no sólo el obligado y por ello ridículo pudor pusiera trabas a mi propósito, a pesar de que se nos hace difícil nombrar las cosas que en el lenguaje cotidiano tienen su apelativo, aunque muy gastado y deteriorado, estas palabras, que describen órganos, funciones y movimientos, aun con toda su jugosa expresividad y su fuerza natural, no me sirven para describir mi experiencia, no porque tema ofender el decoro burgués, no, el llamado decoro burgués no me interesa lo más mínimo en el momento de dar cuenta de mi vida, porque, cuando de la vida se trata, el decoro sólo puede constituir un marco, y si en esta definitiva justificación he de dibujar con exactitud el mapa de mi vida sentimental, con todas sus estaciones, tengo que exponer y examinar mi cuerpo en su totalidad, sin concesiones a la vergüenza; lo contrario sería tan ridículo como impedir al médico forense que retirara la sábana que cubre el cadáver que tiene encima de la mesa de autopsias, por eso ahora tengo que quitarme la bata y el pijama, despojarla a ella de aquel bello y enojosamente complicado vestido, y describir con su nombre cada movimiento y cada sensación y, pensándolo bien, diré que tan ridículo y desacertado sería hablar de las llamadas partes pudendas y, ya que hablamos de cuerpos vivos, de sus funciones naturales, en términos cotidianos como, por discreción, cambiar rápidamente de tema; porque si, para plantear el problema en sus justas proporciones, yo me preguntara: «Vamos a ver, hombre, aquel hermosa mañana, ¿te follaste a tu novia?», un simple «sí» sería una simplificación engañosa o una evasiva, porque este Sí ocultaría los reveladores detalles del proceso tanto como el silencio; sin embargo, a la curiosidad narcisista a la que sólo interesan los detalles ocultos, a los que no se considera dignos de atención, le es difícil hacerse una idea clara de su objeto, es decir, de sí misma, ya que el cuerpo pierde el concepto de sí mismo precisamente en los momentos que más reveladores podrían ser, por eso el recuerdo no puede retener lo que el cuerpo no ha asumido, por lo que deja escapar los actos más importantes, cuando es precisamente esta circunstancia lo que produce la sensación de irrepetibilidad, al igual que, después de un desmayo, la memoria no retiene más que la extraña sensación de la pérdida y la recuperación del conocimiento, mientras que el desmayo en sí, que es lo que más nos interesa después, ese estado distinto a todo lo que nos es familiar, permanece inaccesible.

Helene me mordió en la boca, y el último reducto de cordura que aún resistía en mi interior capituló ante aquella audacia: única respuesta posible a mis pueriles tácticas amatorias, y ahora, al recordarlo, me parece que el dolor de aquel mordisco fue la última sensación cuyo significado pude percibir con cierta claridad; pues de esta sensación pasé a aquel estado de inconsciencia que después me parecía inconcebible, su boca no sólo había abandonado toda reserva sino que revelaba claramente el deseo de poseerme por entero; y, a partir de aquel momento, no se detendría ante obstáculo ni escrúpulo alguno, por lo que sería inútil querer desempeñar el papel del hábil seductor versado en las artes del amor, ella me quería tal como estaba, su cuerpo se apretaba contra mí, y yo no tenía ni que pensar en cómo tenía que actuar, ella oprimía su vientre contra el mío y ni la abundancia de encajes y sedas podía impedir que cada uno de nosotros sintiera el ansia del otro que, por agradable que fuera, despertaba en mí una curiosa sensación de humillación; me parecía que ella, después de haber tenido que empuñar el timón de nuestro destino, ya que los escarceos calculadamente indecisos de mi lengua, comparados con la franca confesión de sus dientes eran sólo torpes escaramuzas, pretendía desafiar mi virilidad y mi amor propio; como si se hubieran trocado los papeles, ella mostraba una agresividad masculina, algo que a mí, naturalmente, me agradaba, y mucho, a pesar de que, frente a aquel decidido ataque, yo me sentía femenino y frivolo, y tenía que mostrarme superior a ella, mis instintos, o mi sistema nervioso, se resistían a aceptar este cambio, y quizá al atacarme, inconscientemente, ella pretendía aguijonear mi sentimiento de superioridad; entonces volví a enfurecerme y, como si quisiera arrancármela el cuerpo -como el que se arranca una sanguijuela-, la agarré del pelo, estrujé la fina tela de su vestido, incluso le arañé la piel, volví bruscamente la cabeza para rechazar su boca, bajé la mano hasta sus nalgas y apreté su vientre contra el mío con brutalidad y para hacerle sentir lo que hasta entonces había tratado de disimular, lo que escondía dentro del pantalón y debajo de la bata; entonces me apoderé de su boca, hundiendo la lengua profundamente, a lo que ella correspondió con suaves caricias de sus manos y de su lengua, ya desde el suelo, adonde no sé cómo habíamos llegado; y es que entonces yo había perdido ya el hilo de la historia y sólo respondía a sus movimientos, sus rasgos, sus miradas, el sabor de su saliva, el olor de su sudor y el temblor de sus pestañas.

Estaba echada de espaldas en el suelo desnudo, y yo, encima dá ella, apoyado en un codo, miraba sus ojos cerrados y su cara pálida y casi inmóvil, y entonces sentí que sacudían mi cuerpo unos inexplicables sollozos secos que me salían de lo más hondo.

Hundí mi mano libre en su cabellera roja esparcida por el suelo y, como si la mano recordara mi vieja amenaza, tan vieja ya, le di un fuerte tirón y su cara resbaló por el suelo, exánime.

Aquellos sollozos eran como el recuerdo de una enfermedad infantil, sofocantes, convulsos, febriles, y parecía que habíamos sido arrojados de una profunda oscuridad a aquella habitación inundada de sol, entre unos muebles mudos, familiares y extraños a la vez, en la que la gruesa alfombra, que nuestros pies habían levantado, formaba una montaña y hasta las más pequeñas muescas y dibujos del papel de la pared tenían una insoportable inmovilidad; aquella visión fulgente y vacía me entristeció de tal modo que apoyé la cabeza en su pecho, con precaución porque era la primera vez que lo tocaba, y tuve que cerrar los ojos para que mis desesperados sollozos me hicieran volver a aquella oscuridad de la que me había arrancado el silencio.

Y ella, como si no advirtiera mi llanto, no trataba de consolarme, y yo pensé: quizá sí que la he matado.

Entre los encajes, mis labios encontraron su cuello, y entonces tuve que volver a abrir los ojos, para ver el color y la tersura de su piel que palpaban mis labios y mi lengua; y aun en la profunda quietud que nos había invadido, mi boca, como un cuerpo extraño, como un caracol que avanzara milímetro a milímetro, quería saborear lo que durante tanto tiempo le había estado vedado, y tuve que abrir los ojos otra vez, porque no me bastaba el tacto para hacer mía aquella piel, no me compensaba de los momentos perdidos, y quizá ayudara en algo ver lo que tanto anhelaba y no podía asimilar.

– Quiero decirte una cosa -la oí susurrar, y mi boca se acercó a sus labios, no, que no hablara, que respirara en mí lo que quisiera decir, pero no tenía prisa, apresé con los dientes la barbilla tendida hacia mí, qué maravillosa sensación morder con fuerza y, lo mismo que un perro al que, en lugar del hueso que tiene en la boca, se le ofrece otro aún mejor, quedé desconcertado ante el dilema, porque su boca esperaba, y esto me ayudó a decidirme, a pesar de que quizá mis ojos habían vuelto a cerrarse; porque sólo recuerdo el aroma de su aliento que con sus palabras: «Desnúdame, por favor», me subió por la nariz. Y entretanto habíamos dejado atrás mis sollozos; algo que también se había perdido definitivamente.

Pero pareció que su voz me serenaba un poco, volvía a discernir, recuerdo mi propio asombro, provocado no por su petición sino por su voz, que tenía un timbre tan natural que yo no podía imaginar que hubiera podido pedirme otra cosa, y no obstante no era la voz de una mujer madura, parecía como si, involuntariamente, ella hubiera retrocedido a aquel tiempo al que antes me habían trasladado también a roí mis lágrimas, y me hiciera ofrenda de aquella época desconocida que también yo le había ofrecido a ella con mi llanto infantil, por eso no era asombro lo que yo sentía, o no era sólo asombro, sino fascinación, la fascinación de su candor y de esa singular propiedad de la naturaleza humana por la que una criatura puede hacer partícipe a otra de vivencias de un tiempo que ya no existe.

Y aquel curioso estado infantil, desligado de tiempo y lugar, por el que nos habíamos convertido en instrumento de tensión entre un pasado indistinto y un futuro incierto, nos mantuvo bajo su influjo no sólo mientras nos desnudábamos con gran ceremonia el uno al otro, recreándonos en gestos de confianza e intimidad mutuas, sino que se prolongó hasta el momento en que, al fin, recostados entre ridículos montones de ropa, contemplamos nuestra desnudez.

Yo la miraba a ella, pero también atisbaba temerosamente y a hurtadillas mi propio cuerpo, para convencerme de algo asombroso que ya había percibido claramente, a saber, que mi virilidad, que hasta aquel momento se había erguido, robusta, reclamando imperiosamente su derecho, yacía ahora sobre mi muslo, yerta y disminuida, con infantil indiferencia; pero, aunque yo trataba de disimular, ella advirtió la dirección de mi mirada porque, a diferencia de mí, mantenía tronco y cabeza erguidos y sólo buscaba mis ojos, como si quisiera impedirles a toda costa que mirasen su cuerpo o el mío; nos dimos las manos, y creo que, si se mostraba retraída, no era por vergüenza, sino porque, al igual que yo, no quería perderse en detalles, porque yo, mientras desabrochaba los corchetes escondidos entre las puntillas del vestido, desataba los cordones del corsé, le quitaba los zapatos de tafilete bordados de perlas, los pololos adornados con cintas rosa y las largas medias de seda, concentraba la atención en corchetes, botones, cordones y cierres evitando cuidadosamente contemplar el hasta entonces desconocido paisaje de su cuerpo, que iba revelándose, poco a poco, porque quería verla toda entera; pero ahora que estaba sentada ante mí completamente desnuda, mis ojos parecían incapaces de captar aquella visión maravillosa, tenía que mirar a todas partes a la vez y, al mismo tiempo, deseaba fijar la mirada en un solo punto, descubrir un punto de su cuerpo que fuera único; y á ella tenía razón, si puede hablarse de razón en esta cuestión, al a los ojos, porque, por sentimental que pueda sonar, en sus velados ojos azules se reflejaba una desnudez más completa que la de su piel, y es comprensible, porque, al fin y al cabo, las formas del cuerpo, cubiertas por el manto uniforme de la piel, sólo pueden revelarse a través de los ojos.

No puedo explicar cómo llegamos a aquella extraña situación, ya que yo no disponía de la capacidad de raciocinio necesaria para regir mis movimientos; es más, los retazos de pensamientos que acudían de pronto a mi cabeza y desaparecían con la misma celeridad me irritaban, lo mismo que la repentina idea de que frau Hübner podía estar escuchando detrás de la puerta, que el cochero esperaba abajo y acababa de colgar la bolsa de forraje al cuello de los caballos o la fugaz idea de que Helene era aún muy joven, apenas dieciocho años, y, si se me entregaba ahora y yo no podía dominarme, estaría en sus manos; de pronto, se me representaron todas las dificultades de nuestra vida en común, porque yo sería el primero que, aunque no fuera más que durante un momento, alumbraría el oscuro ámbito de sus sentimientos inconscientes y eso sólo ya nos ataría; era como si tuviera sentada ante mí una muñeca indefensa y sin voluntad a la que yo debía despertar a la vida para que después ella destrozara la mía, y puesto que esto supondría la unión definitiva, yo no podía hacerlo, no, no podía perder la libertad, porque, de lo contrario, un día tendría que matarla; y recordé lo ocurrido la víspera por la noche, mi emocionante pequeña aventura que, aunque había quedado inconclusa, era la indicación de que mis sentimientos me llevaban por caminos que ella no podría comprender y por los que no podría seguirme, no sólo la pondría en el mayor peligro a ella sino también a mí mismo; pero en aquel momento estábamos sentados en el suelo uno frente a otro, desnudos y dependientes el uno del otro, con las manos juntas, y yo deseaba explorar sin prisa todas y cada una de las partículas de su cuerpo, por lo mucho que deseaba el todo, asimilar todo lo que ella había sido en el pasado y lo que pudiera ser conmigo en el futuro; yo sabía que me pertenecía, por lo que los retazos de pensamiento que me advertían del peligro no hacían sino aumentar mi deseo, y es que siempre había entre nosotros algo que reprimir, y algo parecido debía de sentir ella y por eso tampoco sus ojos se apartaban de mi cuerpo, y parecía sentirse como el que ha recibido un regalo y no acaba de creer que sea realmente suyo; estaba muy tensa, aunque aparentemente ambos nos manteníamos tranquilos, medio sentados y medio en cuclillas, ella tenía una pierna debajo del cuerpo y el otro pie apoyado en el suelo, con la rodilla doblada casi a la altura del pezón y los muslos separados, su cabellera roja caía sobre sus hombros delgados y frágiles de niña y por entre el vello claro del pubis se veían los labios abiertos de la vulva, y cuando yo, furtivamente, miré mi miembro y lo vi flácido sobre el muslo, me pareció ser un Pan en reposo, sentado en la hierba del bosque húmeda de rocío, pero más significativo que esta imagen me pareció el que yo estuviera sentado en la misma postura que ella, con una pierna debajo del cuerpo, los muslos separados y un pie apoyado en el suelo, el uno, réplica del otro; y entonces miré sus caderas y su pecho y descubrí una sorprendente similitud entre la curva de los senos y el fino arco de la cadera como si ambas líneas se hubieran formado obedeciendo a una misma orden de la creación.

Casi a un tiempo, nos deslizamos el uno hacia el otro ayudándonos con las manos, tirando ella de mí y yo de ella; por serio y trascendental que fuera el momento, la sincronía de nuestros movimientos era francamente cómica, pero mis ojos ya habían descubierto los puntos deliciosos de su cuerpo adorable, que no era uno solo ni era el todo, sino un conjunto formado por el pecho, la cadera y los labios de la vulva que se abrían en aquella postura, conjunto que ahora podía permitirme separar del resto, porque, después de examinar el todo con cierta frialdad, tenía la certeza de que no me defraudaría y de que me daría lo que yo deseaba, el vestido no me había engañado, haría mío un cuerpo perfecto; aunque alejados de mí, aquellos puntos parecían poseer una fuerza que me atraía, y al pensarlo me eché a reír, y entonces oí, sí, y vi que también ella reía, reíamos los dos, y como los dos sabíamos que estábamos pensando en lo mismo, que nos parecía cómica aquella manera de movernos y que nos reíamos de eso, nuestra risa creció hasta convertirse en alarido, chillábamos, aún me parece oírlo, era como si, con nuestra risa, hubiera estallado sobre nosotros la ola poderosa de una fuerza irresistible; y yo, al contemplar su boca hechicera abierta por la risa acerqué la mía a sus pechos, pero no podía decidirme por ninguno, ya que deseaba los dos, y la risa que me sacudía el cuerpo me recordó mi llanto anterior, entonces mi mano se posó en su vientre y el dedo penetró delicadamente entre aquellos labios deliciosos, en la suave y húmeda profundidad; el manto de su pelo me cubría los hombros y la espalda, quizá era mi nuca el punto que ella buscaba, porque cuando yo pellizqué suavemente con los labios el duro botón de su pecho, ella puso la boca en mi nuca y también su mano se introdujo entre mis muslos, y se hizo una profunda quietud, y ahora, al recordarlo, no puedo menos que pensar que allí, en aquel momento, ella y yo debíamos de estar en la mano de Dios.

Lentamente vuelve el dolor

Y entonces, quizá a la misma hora, yo estaba otra vez en el recibidor de nuestra casa, y veía por el espejo un abrigo desconocido colgado en el perchero.

En la penumbra del espejo no se distinguía claramente de qué color era el abrigo; era de una de esas telas gruesas y ásperas que, aunque protegen de la lluvia, tienen el inconveniente de llevarse adheridos pelusas y pelillos.

Se oía susurrar y gorgotear el agua en los canalones, empezaba a licuarse la nieve que cubría el empinado tejado, y yo estaba delante del espejo, con la cartera en la mano.

Seguramente, en otro tiempo, aquel viejo abrigo azul marino había sido de uniforme; debajo del ancho cuello quedaba un botón dorado, el único que, por un misterioso designio, no había sido sustituido.

Quizá el botón que relucía en el abrigo oscuro me hizo pensar en él, precisamente en él, mientras venía hacia mí por el claro del bosque salpicado de manchas de nieve, y en aquella otra hora dolorosa, en la que, estando en el recibidor lo mismo que ahora, comprendí que no tenía ni la más leve esperanza de que cesara el tormento que sufría por él y a causa de él; aquel día me miré al espejo pensando que nada cambiaría, y nada había cambiado en realidad, también hoy se fundía la nieve y, para no tener que ir con él, había venido a casa cruzando el bosque, y entonces tenía los zapatos tan empapados como hoy, y me parecía oír en el comedor los mismos sonidos de siempre, los grititos de mi hermana menor acompañados del tintineo de los cubiertos y del persistente regaño de la abuela, interrumpido periódicamente por el gruñido paciente y bonachón del abuelo; sonidos que uno identifica aun sin escuchar, tan familiares que no tienes ni que prestar atención; y, por todas estas coincidencias, parecía no haber diferencia entre entonces y hoy, y el dolor volvió lentamente, pero aquel abrigo desconocido colgado del perchero, aquel abrigo que despertaba en mí el sufrimiento de mi amor por él y de la vana lucha contra aquel amor que yo esperaba que fuera pasajero, indicaba que no era entonces sino ahora cuando yo estaba aquí y, si no era entonces, quizá este dolor de ahora se disipara.

Pero mi madre seguía allí, con la cabeza hundida en los grandes y blandos almohadones, como si durmiera profundamente, y sólo abría los ojos cuando alguien entraba en la habitación.

También ahora fui ante todo a su habitación, lo mismo que siempre desde aquel día, ¿y adonde si no?

Aquella vez me había llevado a ella, inconscientemente, desde luego mi atolondrado egocentrismo infantil, porque hasta entonces yo siempre había respetado la hora del almuerzo y sólo desde aquel día tomé por costumbre, interesadamente, sentarme en el borde de su cama y, con su mano entre las mías, dejar pasar el tiempo hasta que acabaran de dar de comer a mi hermana y quitaran la mesa, dejando sólo mi cubierto, así evitaba la penosa presencia de mi hermana menor, que antes me parecía natural, o casi natural, y ahora me repelía; desde entonces, sin darme cuenta, dividía el tiempo en un «antes» y un «después», desde entonces quiere decir desde el beso, porque aquel beso, hoy lo sé, había cambiado muchas cosas en mí, trastocando el orden de mis afinidades, y a quién había yo de acudir si no a mi madre, porque el dolor por Kristian no se debía tanto a que él no pudiera ni quisiera corresponder a mis sentimientos como a que estos sentimientos tuvieran efectos claramente físicos, en los músculos, en los labios, en las yemas de los dedos y -a qué negarlo- también en la tensión de las ingles, porque no hay instinto más poderoso que el de tocar, asir y oler, y todo lo que podemos palpar y acariciar deseamos poseerlo también con la boca, devorarlo; pero yo forzosamente tenía que considerar antinatural este deseo de contacto, algo que sólo me ocurría a mí, que me distinguía, excluía y marcaba, a pesar de que para mis sentidos era lo más natural; yo debía avergonzarme del beso y de mis ansias, así me lo había hecho comprender él, aunque con infinita discreción, al apartarse de mí y hasta, en cierta medida, renegar de sus propios instintos, porque, entonces, entre nosotros, durante un momento, había brotado algo que era preciso volver a enterrar, que había que mantener oculto, y que él podía ocultarse incluso a sí mismo, mientras que yo tenía que andar a vueltas con ello, porque, en cierto modo, era lo que me hacía vivir realmente; pero ¿cómo satisfacer una fantasía que se manifiesta en deseos corporales concretos?, ¿y a quién si no a mi madre podía yo tocar, abrazar, besar, acariciar y oler como deseaba hacer con él? Y cuando miraba a mi hermana pequeña a la cara, aquella cara horrible, no podía menos que sospechar, después de aquel beso, que aquello no podía remediarse con medicamentos bien dosificados y que las explicaciones de la familia sobre trastornos hormonales no eran más que una mentira piadosa con la que pretendían engañarse a sí mismos, porque no se trataba de un resfriado o algo parecido, ¡ni enfermedad era!, ¡y tampoco yo, por ser distinto, estaba enfermo!, y la anomalía de mi hermana -de la que ella no parecía darse cuenta, porque vivía feliz y despreocupada y podía ceder a todos los impulsos- tenía que aceptarla yo como algo natural para quererla tal como era, pero ¿no me parecía que veía reflejada en un espejo mi propia condición, que percibía como antinatural, y que tenía que convencerme a mí mismo de que era un ser deforme y aceptarme porque no había más remedio?, tanto más por cuanto que la cara de mi hermana pequeña, a pesar de su deformidad, tenía claramente nuestros rasgos, era nuestra caricatura viviente y, aunque no quería seguir engañándome, no podía reprimir la repulsión ni la angustia.

Cuando la miraba largamente -y no me faltaban ocasiones, porque con frecuencia estaba obligado a pasar muchas horas en su compañía- veía en ella una paciencia primaria unida a una calma animal, ya que no importaba cuál fuera el juego que yo inventara, por rudimentario que fuera -podía consistir en la repetición de un mismo movimiento-, ella, como solía decir la abuela, «sabía comportarse»; incluso tenía la facultad de disfrutar con la repetición, se encerraba en el ciclo de la reiteración, como excluyéndose a sí misma del juego en sí, sin dejar que nada la distrajera, lo mismo que un autómata, dándome ocasión de observarla atentamente; por ejemplo, nos poníamos cada uno debajo de una silla y yo hacía rodar por el suelo una cuenta de vidrio de colores que ella tenía que atrapar en la portería formada por las patas de su silla y devolverme; éste era uno de sus juegos preferidos y también a mí me gustaba, porque, por un lado, el movimiento de la canica exigía toda su atención, no le era difícil interceptarla y podía gritar a placer, mientras que yo no tenía más que repetir el movimiento mecánicamente, es decir, estaba allí, jugaba con ella, hacía lo que se esperaba de mí y, al mismo tiempo, podía abandonar la escena, situarme en un marco más agradable, en otra actividad, incluso refugiarme en burdas fantasías o, por el contrario, concentrar en ella toda mi atención -algo que no hacía por afecto sino por el afán de observar el fenómeno, identificarme con ella, introducirme en su piel, reconocer en sus facciones las mías y, en sus movimientos torpes y convulsos, mi propia indefensión y, al mismo tiempo, desde fuera, desapasionadamente, saborear mi frialdad-; porque yo pretendía ser un científico que observa un gusano y desea conocer minuciosamente el objeto de su curiosidad, para poder después no sólo reproducir la mecánica de sus movimientos sino explorar desde dentro la asombrosa ley que acciona el motor, la fuerza que coordina toda una secuencia de movimientos, meterme en la piel ajena para estudiar la existencia del otro al mismo tiempo que la mía, como el que observa una oruga verde agarrada a una piedra blanca, que, si la tocas, frunce el cuerpo acercando rápidamente la cola a la cabeza y avanza a fuerza de contraer y tensar su masa, una locomoción simple, pero no menos curiosa ni ridícula que la nuestra que consiste en ir poniendo sucesivamente un pie delante del otro, para mantener en equilibrio el peso de este cuerpo que nos lastra y en el que, sugestionados por la observación, podemos llegar a sentir el cuerpo de la oruga y no es que imaginemos sino que notamos unos pies en el vientre y hasta un lomo retráctil, porque, si poseemos suficiente capacidad de sugestión como para percibir estas posibilidades en nuestro propio cuerpo, no sólo seremos observadores de la oruga sino que nos habremos convertido en la oruga misma.

Ahora puedo reconocer que antes, cuando el estado de mi hermana aún no me deprimía ni preocupaba tanto, yo, imitando a mis padres, no la llamaba por su nombre, sino que me refería a ella diciendo, simplemente, «mi hermana»; no sé qué afán de disimulo nos obligaba a poner de manifiesto, con grandes muestras de afecto, que hacíamos de ella el centro de las atenciones de la familia, como era nuestra obligación, cuando en realidad la manteníamos al margen de nuestra vida, en aras de una sana ecuanimidad; antes de que el instinto de autodefensa, el miedo y la repulsión, nacidos de mi propia alienación, me alejaran de ella y de mí mismo, mis experimentos no se limitaban a la simple observación sino que habían adquirido formas más prácticas y, digamos, tangibles y, si bien a veces me excedía de los límites de lo permitido y mantenía estos juegos en secreto, más aún que aquel beso, y algunos tenía que disimularlos incluso ante mí mismo, no creo que actuara con crueldad; después, la repugnancia y una forzada indiferencia me harían ser más duro, y podría decir que quizá mi insaciable y natural curiosidad de antes habían hecho más humanas nuestras relaciones.

Aquella tardes, casi siempre tardes de invierno, en que la melancolía del rápido anochecer invadía la casa tranquila, y por las puertas abiertas de las espaciosas habitaciones, llegaba de la cocina un lejano tintineo de cacharros que, poco a poco, se iba apagando y también había quietud en el exterior: llovía, nevaba, soplaba el viento, y yo no podía salir al jardín ni al campo y, sentado en la cama o delante de mi mesa, frente a un problema insoluble, miraba una y otra vez hacia la ventana, y hasta el teléfono estaba mudo, el abuelo dormía en su butaca con las manos entre las rodillas, ya se habían secado las gotas en el suelo de la cocina y el peso del sueño había acabado de hundir la cabeza de mi madre en la almohada, le había abierto la boca y hecho caer el libro de la mano, aquellas tardes, pues, no teníamos quien nos vigilara, a mi hermana la habían acostado, para que durmiera y nos dejara tranquilos un rato, y ella, complaciente, se amodorraba, pero, al cabo de unos minutos, se despabilaba, bajaba de la cama, salía de su dormitorio, que la abuela en vano había tomado la precaución de dejar a oscuras, y se presentaba en mi cuarto.

Se quedaba en la puerta y nos mirábamos en silencio.

También por la tarde le ponían el camisón, porque la abuela se empeñaba en hacerle creer que era de noche y tenía que dormir, aunque dudo que mi hermana distinguiera el día de la noche, y por eso tampoco servía de nada que la dejaran a oscuras; se quedaba en la puerta, deslumbrada, con los ojos hundidos en su cara abotargada, con las manos extendidas en dirección a mí, como si a tientas buscara la luz; el camisón blanco con ribetes azules cubría casi por completo su cuerpo desmedrado, dejando fuera sólo los brazos y unos pies tan grandes como los de un adulto, pero no disimulaba la desproporción de su rechoncha persona: tenía la piel descolorida, de un blanco grisáceo y un tacto curiosa e inexplicablemente áspero, casi como de cuero, como si bajo aquella superficie basta tuviera que haber capas más finas, o si aquella envoltura, que recordaba las flexibles armaduras de los escarabajos, ocultara la verdadera piel humana, delicada, parecida a la mía; seguramente por eso me atraía y yo no desaprovechaba la ocasión de tocarla, y con frecuencia, el objeto del juego consistía, simplemente, en ponerla a mi alcance, para lo que en realidad no me hacía falta pretexto alguno, ya que nada me impedía manosearla o pellizcarla; el pretexto lo necesitaba sólo para apaciguar mis propios escrúpulos morales, y hacía, aparentemente sin querer, lo que pensaba hacer de todos modos; lo que más llamaba la atención era, sin duda, la cabeza, redonda, enorme, de proporciones diabólicas, una de esas calabazas que los niños clavan en el mango de una escoba, con unos ojos grises y diminutos, casi escondidos tras unas profundas hendiduras y un labio inferior carnoso y colgante, reluciente de la baba que, mezclada a veces con los mocos, le resbalaba por la barbilla y le empapaba el pechero del vestido; tenías que acercarte para ver sus pupilas, pequeñas, negras e inmóviles, quizá por eso tan inexpresivas.

Pero aquella inexpresividad era tan tentadora como su piel, o más, por más misteriosa, porque sus ojos no se velaban como unos ojos normales que no quieren delatar sus sentimientos y precisamente con ello indican que pretenden ocultar algo y a pesar suyo llaman la atención sobre lo que tratan de esconder; no, en sus ojos no había absolutamente nada, es decir, la Nada se expresaba en ellos tan clara y constantemente como en unos ojos normales, los sentimientos, anhelos y pasiones; era imposible acostumbrarse a aquellos ojos impersonales, eran como dos lentes, dos cristales; al mirar aquellos ojos y percibir su irregular parpadeo, no podías menos que pensar que debajo tenía que haber otro par de ojos más sensibles, al igual que detrás de unos lentes que destellan tratamos de descubrir una mirada, porque, sin la expresión de los ojos, no se comprende debidamente el significado de las palabras.

Aquellas tardes, mi hermana aparecía en la puerta y permanecía muda, como si supiera que su voz chillona la delataría irremisiblemente despertando a la abuela, que la privaría de los goces y tormentos de un juego, el juego de una complicidad que había surgido entre nosotros; esto debía ella de saberlo, a pesar de que su memoria no parecía funcionar debidamente o sólo en determinadas condiciones, ya que aparentemente no había razones lógicas que explicaran por qué recordaba unas cosas y olvidaba otras: comía con los dedos y era inútil que todos los días trataran de acostumbrarla a usar el cubierto, no podía, el tenedor y la cuchara se le caían de la mano, no comprendía por qué tenía que sostenerlos, por otra parte, se acordaba de nuestros nombres, nos llamaba a cada uno por su nombre, y era muy limpia: si alguna vez se orinaba o ensuciaba en las bragas, pasaba horas gimiendo con desconsuelo en un rincón, aplicándose ella misma el castigo que una vez le había impuesto la abuela, en lo que parecía manifestarse una gran docilidad, una mansedumbre con la que deseaba mostrarnos su agradecimiento; no sabía contar, por más que yo me esforzaba en enseñarle, parecía que aprendía pero enseguida lo olvidaba, y también tenía dificultades para distinguir los colores; pero era muy sumisa, siempre estaba dispuesta a empezar de nuevo, siempre pronta a complacernos, y era conmovedor verla fruncir el entrecejo mientras buscaba esforzadamente una palabra de uso diario, porque no era éste su lenguaje, y cuando de su garganta salía, como un grito de victoria, la palabra o la expresión, y ella se oía a sí misma pronunciarla, en su cara se pintaba una sonrisa excelsa, una sonrisa cargada de una dicha que quizá nosotros nunca lleguemos a conocer.

Si su mirada no traducía sentimientos ni emociones, la sonrisa y la risa, por el contrario, parecían ser el lenguaje con el que ella trataba de hablarnos, el único lenguaje en el que sabía expresarse, su lenguaje, aunque un lenguaje, sin duda, sólo para iniciados, pero quizá más bello y más noble que el nuestro, porque su única manifestación, aunque con una escala de matices infinita, era la pura alegría del simple existir.

Un día, en mi mesa apareció un alfiler, un alfiler corriente, no sé de dónde habría salido, la víspera no estaba y ahora, sobre la madera oscura, entre los cuadernos y los libros, relucía lo suficiente como para llamarme la atención; no podría decir por qué, durante todo el día -mientras hojeaba en mis libros, escribía, leía, revolvía en mis cosas descuidadamente, las sacaba de la cartera y volvía a meterlas- procuré no tocarlo, esperando que se fuera tan misteriosamente como había venido, pero al día siguiente seguía allí; ya estaba encendida la lámpara de pantalla roja, a pesar de que aún no había oscurecido, mi hermana se había quedado entre dos luces y yo, cegado por la lámpara, sólo adivinaba su presencia en la habitación cálida y callada, y tampoco ella, adormilada y deslumbrada, debía de distinguirme claramente; de la cocina llegaba aún un leve ruido de platos que enseguida cesó, y el silencio fue total, un silencio que yo sabía que duraba aún media hora por lo menos; podía empezar, pues, el juego que a los dos nos gustaba; el alfiler seguía allí, sólo se necesitaba el primer impulso, luego todo vendría rodado; yo levanté el alfiler con el dedo, sólo para enseñárselo; ella sonrió confiadamente, aunque con cierta timidez, porque tenía miedo de mí, pero era un miedo que le gustaba; también yo tenía miedo de ella, pero no sobraba el tiempo, además, el juego no podía demorarse, porque ella era impaciente; si no empezaba ella, empezaba yo, y, si no yo, ella daba el primer paso, éramos interdependientes.

Después, por un impulso profundo y, por lo tanto, inexplicable, reuní una considerable colección de alfileres, y ya no esperaba que vinieran a parar a mis manos por casualidad sino que los buscaba activamente; esta afición adquirió porporciones de verdadera pasión y, curiosamente, los encontraba por todas partes, aunque no recuerdo que alguno ejerciera en mí un efecto tan fuerte y provocador como aquél; aparecían ahora en los lugares más insospechados: un almohadón, una hendidura, el forro del abrigo, en la calle, en el brazo de un sillón, y todos se hacían notar por un destello o un pinchazo; ya los clasificaba, examinaba sus distintas formas y probaba de clavármelos en el dedo, para ver si sangraba; cortos, largos, de cabeza redonda, de cabeza plana, oxidados, relucientes, de latón, de punta cónica o lanceolada, cada uno pinchaba de modo distinto; pero aquel alfiler corriente, largo, de cabeza redonda, que una tarde apareció en mi mesa de forma tan misteriosa que hasta pregunté a mi padre si sabía de dónde había salido, fue el primero; él se había parado casualmente al lado de mi mesa aquella tarde, y se inclinó, sorprendido y desconcertado, sin comprender qué quería de él; yo le enseñaba el alfiler y él, apartando con un ademán de impaciencia el pelo rubio y lacio de la frente y los ojos, me dijo ásperamente que no le fuera con tonterías de las mías; aquel alfiler fue, pues, la primera pieza de mi colección; se lo enseñé a mi hermana sin un propósito claro, como hubiera podido enseñarlo a cualquiera, lo levanté a la luz de la lámpara y entonces me sorprendió ver que mi hermana daba el primer paso para acercarse a él, lo que suscitó en mí un movimiento que tampoco tenía objeto alguno, me deslicé de la silla y me dejé caer debajo del escritorio con el alfiler en la mano.

Hoy, en que la necesidad de confesar me pone delante de los ojos la serie de movimientos que hice y que tengo profundamente grabados en la memoria, me asusto quizá más que entonces.

El miedo es un sentimiento primario por el que lo que creemos pasado se hace realidad por medio de las palabras y se manifiesta como presente vivo.

Mi leve estremecimiento de entonces no era de miedo, y ahí está la diferencia, no era este miedo oscuro e irracional que ahora siento, sino esa pura y simple excitación que nos invade cuando podemos sustraer el cuerpo al dominio de nuestra voluntad, prejuicios y cautelosos deseos y darle libertad de movimientos; durante un rato no pasó nada; debajo de la mesa estaba oscuro y hacía un calor muy agradable, me parecía estar sentado en una caja volcada, como una boca abierta que esperase a mi hermana para engullirla.

Olía a madera vieja, ese olor áspero que los muebles nunca pierden del todo, que recuerda un poco su procedencia y que da sensación de cosa segura, firme y perdurable; me parecía oler hasta al papel polvoriento de oficina de juzgado, porque era una mesa de desecho que mi padre había hecho traer a casa; mi hermana no se movía, pero yo sabía que se acercaría, porque ya desde el primer movimiento se había creado entre nosotros una tensión que había que descargar, y en esto consistía el juego; entonces la oí acercarse con pasos torpes y pesados, como arrastrando e impulsando a la vez el peso de su cuerpo.

Yo la esperaba, acechando como una araña, agazapado en el fondo de la caja que formaba la mesa, sujetando el alfiler por la cabeza entre las uñas de dos dedos con la punta hacia ella; al fin apareció en mi campo visual su largo camisón blanco y ella se arrodilló con una amplia sonrisa; ahora me parece que en aquel momento yo no sentía absolutamente nada, aunque también podría decir que todos mis sentimientos se habían exaltado; ella gateó impetuosamente, como si quisiera abalanzarse sobre mí, pero al pisar el camisón con las rodillas perdió el equilibrio, cayó hacia adelante y se golpeó la frente primero con la mesa y después con el suelo; yo no me moví: las secretas reglas de la crueldad prohibían prestarle ayuda.

Su iniciativa era tan imprevisible como su memoria: esta vez se enderezó, sonrió aún más amplia e intrépidamente, como si no hubiera ocurrido nada y, con la mayor naturalidad y desenvoltura, tiró del camisón que le impedía mover las rodillas, como si entre el camisón y la caída hubiera descubierto una relación de causa y efecto, cuando, en situaciones mucho más claras, era incapaz de hacer deducciones; así, cuando le apetecía una fruta, trepaba con soltura a un árbol, pero era incapaz de bajar y se quedaba abrazada a una rama, agarrotada y lloriqueando hasta que alguien la descubría, a pesar de que no era más difícil bajar del árbol que subirse a él; a veces, subía tanto que había que rescatarla con una escalera; quizá el ansia, el puro deseo, estimulaba su inspiración y, colmado éste con una roja cereza, un maduro albaricoque o -como en este caso- mi persona, su memoria se oscurecía, su espíritu emprendedor, una vez alcanzado el objetivo, se adormecía y ella volvía a aquel mundo en el que los objetos planeaban aislados, inconexos: la silla no era silla hasta que alguien se sentaba en ella, ni la mesa mesa hasta que sostenía su plato, los objetos en sí nada significaban, sólo los percibía cuando los utilizaba, y cuando no, en el mejor de los casos, se confundían en una amalgama; su sonrisa ávida y descomedida apuntaba ahora a su deseo, lo mismo que los ojos, inexpresivos, fijos y muy abiertos; arrastrándose sobre las rodillas desnudas, se metió también ella debajo de la mesa; nadie podía descubrir lo que a su amparo hacíamos, yo, a mi manera, estaba tan ciego de deseo como ella, la oía respirar con excitación, también mi respiración se había acelerado y, con la acrecentada sensibilidad de mis sentidos, me parecía oír en el ritmo diverso de nuestra respiración como una música especial, una melodía y, si yo no hubiera levantado la mano, apuntando a su ojo con el alfiler -porque su pupila parecía atraerlo-, estoy seguro de que se me hubiera echado encima; le gustaba pelear conmigo; pero ahora no retrocedió, su sonrisa no se borró y, con la esperanza de que yo bajara mi defensa, se concedió una breve pausa, conteniendo el aliento.

No parpadeaba, a pesar de que la punta de la aguja estaba a pocos centímetros del reluciente disco de la pupila, tampoco mi mano se movía, yo sentía seca la boca que se me abría de horror, no quería hacerle daño, pero su ojo se me entregaba, indefenso, y quizá detrás se ocultaba una vida sensible, trémula, angustiada; si aquello hubiera ocurrido, si ella se hubiera acercado a mí bruscamente con un movimiento casual o si mi mano hubiera ido hacia ella, nada hubiera podido impedir la terrible desgracia, pero surgió un obstáculo invisible, una sombra, algo ajeno a mi voluntad, la señal de una fuerza que no dimanaba de mí, pero que estaba ligada a mis propios deseos, a pesar de que yo nada sabía de estos deseos y, menos, del más misterioso y secreto de todos ellos, la curiosidad, que siempre me vencía, ¡pero no esta vez!, aunque, ¿y si hubiera ocurrido la terrible desgracia? Quizá ni aun entonces hubiera tenido yo algo que reprocharme; porque el ansia insaciable de penetrar tras la apariencia indiferente de las cosas, de hacer hablar a esa indiferencia, de infundirle sangre, de conquistarla, lo mismo que había conquistado la boca de Kristian y conquistaría después muchas otras, me dominaba hasta hacer de mí un simple instrumento; pero no ocurriría lo terrible, aunque no sé sil lo que ocurrió, o lo que hubiera podido ocurrir, en lugar de la desgracia, no fue más terrible todavía.

Pasado aquel momento crucial, que ella superó impávida, se sentó sobre los talones, y entonces, al aumentar la distancia, yo debí de reaccionar y comprender que el alfiler que sostenía entre las uñas no era más que la prueba de una inconcebible idiotez, una niñería que puede uno desechar encogiéndose de hombros; podía haber ocurrido algo, pero no había ocurrido, volví a apretar los labios, volví a percibir la estúpida agitación de mi respiración, acompañada de la de ella, y sentí una ira primitiva, irracional y profunda: otra vez había claudicado, otra vez me había quedado solo, y, para no ceder del todo, con un brusco movimiento, hundí el alfiler en su muslo desnudo.

Tampoco ahora ocurrió nada, ella se echó hacia atrás, no profirió sonido alguno, era como si los dos hubiéramos estado en una cumbre y ahora cayéramos al vacío, se le cortó la respiración, quizá ni siquiera de dolor, el camisón, que se había subido hasta las caderas, dejaba al descubierto la hendidura de su cuerpo entre las piernas abiertas, la oscura abertura entre las dos ondas rojizas, firmes, delicadas, el alfiler se acercaba a la abertura, yo no podía remediarlo, pero no llegó a clavarse ni a arañar la piel, sólo penetró en la abertura.

Entonces volví a pincharla en el muslo.

Ahora, con más fuerza, hincando profundamente el alfiler, ella gritó, vi desaparecer de su cara la sonrisa, como si el dolor físico hubiera roto un velo, vi su mirada de desamparo y entonces se echó encima de mí.

No cabía la menor duda, el oscuro abrigo del perchero era señal de que había visita, y no era una visita habitual, porque el abrigo era severo, adusto, muy distinto de los que solían colgarse en aquel perchero, un abrigo modesto, raído, que no invitaba a hacer lo que yo acostumbraba cuando me encontraba solo en el recibidor con los abrigos de las visitas: palpar los bolsillos con el oído arrimado a la pared y, si había monedas y no oía ningún ruido alarmante, aprovechar la ocasión para distraer un par de fillers o forints.

Como no se oían ruidos ni voces y todo parecía estar como de costumbre, entré en la habitación de mi madre y di unos pasos hacia la cama antes de descubrir mi propio asombro.

Un desconocido estaba de rodillas, con la cara hundida en el edredón encima de la mano de mi madre, que besaba llorando, y ella, con la otra, le rodeaba la cabeza, hundiendo los dedos en su pelo casi gris y corto, como si quisiera atraerlo con cariñoso ademán de consuelo.

No se me reveló la escena hasta que ya había dado varios pasos hacia la cama y entonces el hombre levantó la cabeza despacio, mientras mi madre soltaba bruscamente su pelo e, incorporándose, me decía: «¡Sal de aquí, por favor!»

– ¡Acércate!

Hablaron los dos a la vez, mi madre, con voz ahogada, tapándose el pecho con la mañanita blanca, y el desconocido, con cordialidad, como si se alegrara de mi inesperada aparición; yo, desconcertado por las órdenes contradictorias, me paré.

La habitación estaba iluminada por el sol del atardecer invernal, sus fríos rayos trazaban en el suelo el complicado arabesco de las cortinas de encaje, el alero goteaba, el agua del deshielo susurraba y gorgoteaba en el desagüe, pero el sol no los iluminaba a ellos, sólo llegaba hasta los pies de la cama, donde había un paquete mal hecho, seguramente del hombre, envuelto en papel marrón y atado con cordel; ahora él, enjugándose las lágrimas, enderezó el cuerpo y se puso en pie con una sonrisa, demostrando con aquella rápida transición aplomo y entereza; por lo demás, el traje que llevaba, de veraniego lino color claro, bastante deteriorado, era tan poco corriente como el abrigo del perchero, y estaba arrugado, lo mismo que la camisa; el hombre era alto, bien parecido y pálido. ¿No te acuerdas de mí?

Tenía una señal roja en la frente y todavía húmedos los ojos.

– No.

– ¿No le conoces? ¿Ya le has olvidado? Tienes que acordarte, no Puedes haberle olvidado tan pronto.

La voz de mi madre denotaba una agitación nueva para mí, sonaba seca, ahogada y, por más que ella trataba de dominarla, forzada; como si ella quisiera asumir la voz de la madre que habla a su hijo, tratando de disimular no la emoción o la alegría que le hubiera causado aquella visita inesperada, sino un profundo trastorno o angustia cuya causa yo ignoraba; sus ojos estaban secos, pero su cara se había transformado, y esto me asombró más que su familiaridad con el desconocido o el hecho de que yo no lo reconociera; en la cama había ahora una hermosa mujer de pelo rojo y mejillas encendidas que retorcía nerviosamente las cintas de la mañanita, una mujer que hasta ahora había tenido un secreto cuyos bellos ojos verdes traicionaban ahora con su nervioso parpadeo, dejándola en una situación penosa y difícil; yo la había descubierto.

– ¡Han pasado nada menos que cinco años! -rió el desconocido; no sólo su voz era agradable, sino también su risa, como si tuviera la costumbre de reírse de sí mismo y no tomar por lo trágico sus sentimientos; con paso firme y sosegado, vino hacia mí y por fin entonces lo reconocí, por su andar, su risa, la mirada franca de sus ojos azules y, sobre todo, por la tranquilizadora seguridad que respiraba.

– Cinco años no es poco -dijo y me abrazó riendo, pero esta risa no era para mí.

– ¿No recuerdas que te dijimos que estaba en el extranjero?

Mi cara rozaba su pecho, tenía un cuerpo duro, magro, anguloso, y yo, con los ojos cerrados, intuía muchas cosas, pero no me abandonaba al abrazo, por un lado, porque se me había contagiado el nerviosismo de mi madre y, por otro, porque los sentimientos que la manera de andar del hombre, su calma y toda su persona habían despertado en mí me eran bien conocidos, y el peligro de desbordamiento me inducía a la reserva.

– ¿Por qué seguir mintiéndole? Estaba en la cárcel.

– Creí que era lo mejor. ¿Cómo iba a explicárselo?

– Pues es la verdad, estaba en la cárcel.

– Pero no temas, no fue por robar ni por estafar.

– Te lo voy a contar. ¿Por qué no?

– ¿Lo crees imprescindible?

Él no contestó a esto y, lentamente, desvió su atención de mi madre para fijarla en mí, me asió fuertemente por los hombros apartándome de sí, me miró intensamente, casi devorándome con la mirada, a sus ojos asomó una expresión divertida y su sonrisa se convirtió en risa, y aquella risa era sólo para mí, significaba que estaba contento de mí, me sacudió, me dio fuertes palmadas en los hombros, me besó ruidosa, casi violentamente en una y otra mejilla y, como si no pudiera saciarse de mirarme y tocarme, me besó por tercera vez; entonces, por fin, yo me dejé arrastrar por aquel torrente de emociones, ahora sabía quién era, lo veía con claridad, porque su poderosa presencia abría puertas cerradas, y de repente, sorprendentemente, me acordaba de todo, él estaba aquí ahora, besándome y abrazándome; abría puertas cuya existencia yo no podía sospechar, él había desaparecido de repente, no se hablaba de él, fuera, adiós, sí, hasta había olvidado que en mi memoria había un pequeño rincón oscuro en el que él seguía existiendo, en el que estaban sus ojos, su manera de andar, el timbre de su voz, el tacto de sus manos; y ahora habían vuelto, su recuerdo y su persona al mismo tiempo y, aunque entorpecido por la emoción que sentía, después de su tercer beso, yo, a mi vez, rocé su cara con los labios, pero él volvió a abrazarme casi con violencia apretándome contra su pecho.

– Volveos de espaldas, que quiero levantarme.

Pérdida y recuperación del conocimiento

Cuando por fin volví en mí entre los peñascos de la costa de Heiligendamm, a pesar de saber quién era y en qué situación me encontraba, no experimentaba otra sensación que la de la pura liberación, porque de aquel estado se habían borrado todas las señales que parten de nuestros instintos y hábitos y que, apoyadas en experiencias y expectativas, evocan imágenes y sonidos que alimentan la corriente de la imaginación y del recuerdo, con la que atribuimos a nuestra existencia su razón de ser y, en cierta medida, le imprimimos su trayectoria, marcamos nuestra situación y establecemos relación entre nosotros y nuestro entorno, o dejamos de establecerla, lo que también viene a ser una forma de relación; durante este lapso, ciertamente breve, de mi regreso, tampoco echaba de menos nada, si más no, porque precisamente la experiencia de ese estado falto de sentido y de propósito llenaba el vacío de cualquier carencia; las piedras agudas y resbaladizas me hicieron volver a sentir mi cuerpo y mi piel percibía el roce del agua en la cara como una caricia, por lo que de las piedras, del agua, de mi cuerpo y de mi piel debía de tener ya conocimiento, pero esas sensaciones, claras y definidas en sí mismas, no guardaban relación alguna con aquella situación real que, en mi estado normal, hubiera considerado francamente desagradable, peligrosa y hasta insoportable, y me aislaban de ella precisamente por depararme esta vivida experiencia y hacerme sentir lo que no puede sentirse, lo cual, por otra parte, significaba que el conocimiento ya empezaba a discurrir por las habituales vías del recuerdo y la comparación, y yo no podía en modo alguno desear recobrar todo el conocimiento, al contrario, lo poco -agua, piedra, piel, cuerpo- que, separado como me hallaba de mis percepciones, me llegaba fuera de cualquier contexto o relación más bien parecía pertenecer a ese inaprehensible todo, la plenitud más profunda y primordial que persiguen los humanos, casi siempre en vano, despiertos y en sueños; y por ello lo que ahora acababa, la total insensibilidad del desvanecimiento, había resultado un placer sensual mucho mayor que el que depara la percepción de las cosas; así pues, si algún deseo tenía yo no era el de volver en mí sino, por el contrario, el de desvanecerme -¡mejor volver a desmayarse que recuperar el conocimiento!-, y quizá fuera ése el primer, digamos, pensamiento que se esbozó en mí durante ese retorno de mi memoria en el que la mente no comparaba ese estado del «ya siento algo» con el de la pérdida del conocimiento, y en el que el deseo de inconsciencia se revelaba tan profundo que hasta la memoria trataba de volver al olvido, de recordar lo que no deja recuerdo, la nada, aquello que no puede transmitir a la pura percepción ningún detalle tangible, un estado en el que el conocimiento se libera, no necesita asirse a nada ni palpar nada, y por ello me parecía que la facultad de sentir, recordar y pensar me había hecho perder el paraíso, ese estado de gracia del que aún alcanzaba a captar algo pero cuyo todo ya me esquivaba, dejando sólo el recuerdo y un rastro fugaz, la idea de que nunca había sido ni sería tan feliz como ahora y aquí.

Yo sabía también que ni el agua ni la piel, ni la piedra ni el cuerpo eran lo primero que había sentido a mi vuelta: lo primero era el sonido.

Aquel sonido especial.

Pero, todavía tendido entre las rocas y recuperada la molesta facultad de pensar y el hábito de hacer deducciones, no buscaba la manera de salir de aquella peligrosa situación, no contemplaba posibilidades de evasión, lo cual hubiera sido lo más lógico, puesto que ya percibía claramente la acometida de las olas y un agua helada me cubría por completo a intervalos regulares; ni por un momento pensé que podía ahogarme, sólo deseaba volver a percibir aquel sonido especial, intenso pero lejano, mecerme en este umbral crepuscular del puro sentimiento, donde, al otro lado de una frontera no sabía si muy lejana, aquel sonido, insistente y penetrante como una señal perentoria, me decía que existo.

Ni hoy puedo explicar todavía cómo fueron las cosas, después me sorprendió ver mi cara magullada y ensangrentada en el espejo de la habitación del hotel, ni sé siquiera cuánto tiempo estuve allí tendido, porque, a pesar de mis esfuerzos, no podía recordar lo ocurrido inmediatamente antes de que me desmayara, y el que fueran ya las dos y media cuando regresé, dice poco; una hora de la madrugada como otra cualquiera, nada más, el adormilado conserje del hotel abre la vidriera sin reparar en mi estado, en el vestíbulo sólo está encendida una lámpara pequeña, en el reloj de pared veo la hora, son las dos y media, sí, pero soy incapaz de relacionar esta circunstancia con cualquier otra cosa, no me acuerdo de nada, sin duda, una gran ola, probablemente, de varios metros de alto, me levantó -imaginar cómo e llevaba sobre su lomo era ya un placer, quizá yo había perdido ya conocimiento-, y me arrojó a las rocas como un objeto inanimado, aunque dónde quedaba ya la tarde, la llegada que, a pesar de la extraña tensión que la había acompañado, era lo último que yo podía situar en el tiempo con exactitud.

Pero aquel sonido no he podido recuperarlo.

De cómo volví al hotel no puedo dar más razón que de cómo caí en las rocas, ya que una y otra cosa ocurrieron prácticamente sin mi intervención, por más que en ambos casos yo fuera sujeto activo y víctima, sólo que en el primero estuve a merced de la fuerza del agua y de un afortunado azar que hizo que, en lugar de abrirme la cabeza o romperme brazos y piernas, me librara con unas cuantas desolladuras, arañazos y cardenales, mientras que, en el segundo, probablemente, esa fuerza que llamamos instinto de conservación me hizo funcionar de modo mecánico y primitivo, porque si, con ayuda de las matemáticas, fuéramos a averiguar qué queda de nosotros, de eso que con cierto orgullo llamamos el Yo, después de separar las dos grandes fuerzas, ajenas a nuestra voluntad, que son la naturaleza interna y la naturaleza externa, el resultado sería bien triste y hasta ridículo y reflejaría la arbitrariedad de tal distinción; quizá se demostrara también que, en estado de inconsciencia, somos análogos a los árboles o a las piedras, también las hojas del árbol se mueven en la dirección en que las empuja el viento, nosotros somos diferentes, sí, ¡pero no, mejores!, y mientras mis manos y pies buscaban puntos de apoyo en las escurridizas piedras -mis manos y pies, ¡no yo!- y mi cerebro registraba automáticamente el intervalo entre las olas, mi cuerpo, que intuía por sí mismo que, para su seguridad, tenía que deslizarse por el talud y no levantarse hasta llegar abajo, dirigía todos sus movimientos al objetivo de la salvación; ¿qué quedaba ahora de la superioridad, de la ridicula arrogancia con que por la tarde había empezado el paseo?, ¿qué, de los dolores y goces del conocimiento que se recrea en sus recuerdos y se entrega a sus fantasías?

Nada, me decía, sobre todo porque, al iniciar el paseo, consideraba mi vida destrozada irremisiblemente, acabada y, antes de tomar las tabletas para ponerle fin, sólo me apetecía dar un último paseo, y la historia que me contaba mientras caminaba resultaba tan convincente porque yo tenía la convicción de haber llegado al final, a un final irrevocable; pero ahora, las manos, los pies, el cerebro, todo el cuerpo actuaba con destreza y sensatez, y hasta con exceso de celo, en favor de mi salvación, mientras que el llamado conocimiento era incapaz de todo lo que no fuera un pueril: «¡quiero ir a casa, a casa, quiero ir a casa!», que parecía que alguien gimoteaba dentro de mí, alguien que no podía ser más que yo mismo, y quizá gritaba realmente, quizá lloraba, quizá era yo, sí, y ese terror desesperado era tan humillante que se me quedó grabado más profunda y dolorosamente que cualquier otro recuerdo; con tanta facilidad como poco antes había jugado conmigo aquella tormenta, que yo consideraba música de acompañamiento idónea para mis sentimientos, así también, con la misma humillante facilidad, mi propia naturaleza me arrebató mi hipotético derecho de autodeterminación; a fin de cuentas, no había sucedido nada grave: me había mojado un poco, bien, reconozcámoslo, me había mojado mucho, lo cual me costaría, todo lo más, un resfriado, tenía un corte en la frente, que se cerraría, había empezado a sangrarme la nariz y había dejado de sangrar, había perdido el conocimiento durante un buen rato y lo había recobrado; no obstante, mi cuerpo había movilizado con la mayor diligencia todos los instintos y reflejos animales necesarios para mi salvación, como si, en lugar de haber sufrido sólo lesiones leves, me hallara en peligro de muerte, lo mismo, en suma, que hace el lagarto, que en cualquier sombra que se mueve adivina a un enemigo mortal; más aún, el cuerpo había actuado como si la mente, alimentada por sus intensas emociones, no hubiera ansiado la muerte; pero el conocimiento de la nada no sólo había ridiculizado y empequeñecido todas las experiencias pasadas, que yo consideraba trascendentales y sublimes, sino que, además, me advertía de que todo lo que viniera a continuación tampoco podía tener gran importancia, yo había quedado desenmascarado, era una caja de trivialidades y, aunque hubiera sabido lo que me pasaba o pudiera pasarme, de nada me hubiera servido el conocimiento de mí mismo.

Poco a poco, clareaba, el viento aullaba.

Había puesto a secar la ropa en los radiadores y estaba desnudo, de pie delante del espejo de mi habitación del hotel, cuando llamaron a la puerta.

Sabía que era la policía y me sobresalté, pero no de miedo sino porque estaba desnudo, aunque tampoco esto me importaba mucho, me había abstraído en la contemplación de mi cuerpo y me pareció que mi sobresalto no había sido provocado por los golpes que habían sonado en la puerta, ni por un pudor innato, sino por la revelación de aquella íntima debilidad que en aquel momento me preocupaba más que todo lo que cupiera esperar.

Porque, ante todo, ¿cómo podía haber surgido en mí, no del todo inesperadamente pero sí con una fuerza sorprendente, aquel deseo de volver a casa, que aludía a hechos ya muy lejanos, y por qué el cuerpo, atento sólo a la propia seguridad, había sugerido a la mente este deseo y no otro, y por qué este deseo me parecía infantil y estúpido, cuando esta palabra, «casa», tenía un gran peso y un profundo significado, y me parecía la palabra suprema, aunque fríamente no hubiera podido explicar qué había querido decir con ella, porque, qué podía significar?

Poco antes de que llamaran a la puerta me había palpado la herida de la frente, para sentir lo que veía en el espejo, el ligero dolor que produce una herida superficial, unir la percepción táctil a la visual; luego, pasé el dedo a lo largo de la nariz, por la boca y la barbilla, consciente de que el espejo montado en la puerta del armario reflejaba todo el cuerpo -porque, en cualquier contacto físico, todo el cuerpo es a la vez actor y escenario-, y, por más que yo trataba de mover la mano de forma regular, pareció que ésta se demoraba en la boca, porque quizá aquí era más intensa la sensación que producía el contacto, vino después la garganta -la luz amarillenta de la lamparita con pantalla de papel que estaba a mi espalda, en la mesita de noche, hacía que el espejo reflejara, más que una imagen clara, una silueta-, y, después de recorrer el arco de la clavícula, el dedo fue hacia el hombro y la suave depresión que forman los tendones del cuello al encontrar el hueso y desde aquí hubiera pasado rápidamente sobre el vello del pecho en dirección al ombligo para, dejando atrás la suave curva del vientre, llegar al sexo -sin duda, el lugar en el que más convincente resulta la percepción del yo- y llenarse la mano con él, de no haberse sobresaltado todo el cuerpo al sonar los golpes en la puerta.

Porque no y no, yo no quería volver a casa; bastante me había traicionado ya la víspera, en la penumbra del recibidor, cuando frau Kühnert había roto el encanto de su cara desnuda, al calarse bruscamente las gafas, cuyos cristales, al reflejar por la parte interior la luz tamizada del aplique de la pared que estaba a su espalda, hicieron desaparecer sus ojos, y aunque apenas podía verle la cara, advertí claramente su inesperado retraimiento, tal vez había influido en su brusco cambio de actitud mi fría repulsa de una hipotética atracción física, y ésta era una humillación que ella, a pesar de su mentalidad servil, no estaba dispuesta a tolerar. Estiró el cuello y me miró con altivez, retirándose al terreno más seguro de la relación convencional entre una casera atenta y un huésped gratamente reservado en todos los aspectos; irguió la espalda, abandonando su postura de protección de los pechos y adoptó aquel aire de sobria sensatez que hasta entonces había caracterizado nuestras relaciones; pero en el mismo instante en que yo sentía que esto iba a ocurrir, que estaba ocurriendo, que había ocurrido, había conseguido ya reprimir aquel impulso más y más acuciante que puede inspirarnos tanto el sentimiento del odio como el del amor y que hacía un momento me había hecho pensar que podía convertirse fácilmente en lo uno o lo otro, que todo era cuestión de voluntad, pero nada permitía prever esta desagradable frialdad; y como el que, inesperadamente, pierde el dominio de sí porque, gracias a su fuerza de voluntad, ha conseguido reprimir algo que era más importante que la voluntad en sí, yo, cerrando los ojos a todo escrúpulo, deseaba recuperar aquella actitud peligrosa que frau Kühnert había optado por abandonar y que a mí se me hacía más y más apetecible, a juzgar por los perentorios síntomas de una presión y una tensión crecientes que sentía en el vientre; y por eso le dije, a modo de amenaza y hasta de coacción, que pensaba marcharme para siempre, aunque aludiendo no a una vuelta a casa sino a la posibilidad del suicidio, y no quedé defraudado, ya que esta ambigua revelación surtió el efecto deseado; estaba atónita, no sé si porque había captado el verdadero sentido de mis palabras, pero lo cierto es que aquel propósito, que yo abrigaba desde hacía meses y que ahora había cuajado en firme decisión, había dado a mi voz un timbre sombrío que tenía toda la sinceridad y la gravedad necesarias para encender de nuevo su sentimentalismo, que parecía haber empezado a enfriarse; aunque no sabría decir qué objetivo perseguía yo, además del de satisfacer mi vanidad, quizá buscaba que me compadecieran un poco por mi muerte inminente, o quizá me daba reparo quedarme a solas con el telegrama que, dijera lo que dijera, yo sabía que no podría modificar mi decisión, por lo que, a su solícita pregunta, que abarcaba todos los peligros posibles, no había contestado lo que me hubiera gustado contestar, a saber, que me dejara en paz, que ya todo era inútil, que ya era tarde o que, si quería, si se empeñaba, podía quitarse el jersey, para que yo pudiera por fin cerrar los ojos, no quería ver, ni saber, ni oír nada más, pero por lo menos podríamos gozar de un momento, de este momento; a pesar de todo, en lugar de decirle eso, recordando un anterior intento de huida, le di una explicación tranquilizadora de mi desaparición, la de mi regreso a casa, lo cual, naturalmente, no era sino otra tentativa de escapar de ella y también de mí mismo, porque entonces la palabra «casa» no representaba más que una muy remota posibilidad, una hipótesis piadosa, pero ahora en que en el espejo de la habitación del hotel tenía delante un cuerpo, mi cuerpo, cuya imagen y cuya sensibilidad no bastaban para convencerme a mí mismo de la importancia o necesidad de su existencia, no hubiera podido encontrar palabra que con más fuerza me convenciera de lo indispensable de mi presencia.

A pesar de la sorpresa, tenía la impresión de haber estado esperando aquellos golpes en la puerta, lo cual nada tenía de particular, ya que, dadas las circunstancias, era inevitable; pero pasada la primera impresión decidí no precipitar los acontecimientos, no busqué la ropa, sino que seguí sumido en la contemplación de mi cuerpo, como si no hubiera oído nada, sin dejarme distraer y, curiosamente, entonces me acordé de una vieja historia, de Thea, Thea Sandstuhl, como si ahora tuviera tiempo para eso, era uno solo de sus movimientos -cuando nos esforzamos por explorar los vericuetos de nuestras asociaciones de ideas, descubrimos esa prodigiosa facultad de la mente para acercarnos lo que está lejos, que en realidad resulta ser un mecanismo muy simple-, porque resulta que aquella tarde yo había conocido a Melchior, y estos golpes de ahora en la puerta me parecían consecuencia de su huida, y me vino a la cabeza aquel momento en que Langerhans, durante un ensayo, dando palmadas con sus manos carnosas, gritó con voz áspera y desagradable: «¡Basta! ¿No os he dicho que esa joroba tiene que ir más arriba?», y, arrancándose de su cara fofa las gafas con montura de oro, siguió vociferando, a pesar de lo cual Thea permaneció abstraída, tan ensimismada como estaba yo ahora delante del espejo, y a pesar de que habitualmente causaba la admiración de los que asistían a los ensayos por la ductilidad y rapidez con que seguía las indicaciones del director -porque ya estuviera llorando, gritando o suspirando de amor, en todo momento permanecía atenta a las órdenes, como si no hubiera barreras entre los estados de ánimo, como si una situación generase espontáneamente la otra o como si no ofreciera la menor dificultad salvar fracturas y baches, lo cual despertaba en el observador la sospecha de que no se identificaba totalmente con ningún personaje, a pesar de resultar perfectamente convincente en todos ellos-, ahora causó extrañeza la lentitud de su respuesta, con la que involuntaria pero inequívocamente demostraba la variable flexibilidad con que ceden nuestras emociones; la voz la alcanzó como un disparo rezagado, ya había sonado la orden cuando ella, obedeciendo los encontrados sentimientos del momento anterior, dirigía la punta de la espada hacia el pecho desnudo de Hübchen, que estaba arrodillado frente a ella, y terminó el movimiento como si no hubiera oído lo que tenía que haber oído, descubriendo esa clara línea que separa el impulso interior de la presión exterior, y su cuerpo se estremeció con un segundo de retraso, inmovilizándose en la bella actitud de la inocente confusión.

Estaba hermosa con su vestido violeta oscuro, ceñido y adornado con mucho encaje que acentuaba y ocultaba a la vez las curvas tensas de su cuerpo; tenía el cuello y el tronco ligeramente ladeados, como si realmente hubiera tratado de obedecer la orden que le impedía lanzarse contra el atractivo pecho desnudo, pero no había podido reprimir del todo el apasionado impulso, para eso no bastaba un grito proferido por una razón incomprensible, y aunque bajó lentamente la espada que sostenía con las dos manos -cuya punta golpeó el suelo con una nota grave-, ello no significaba que fuera capaz de optar entre el impulso y la orden, sino sólo que obedecía por hábito y sin convicción; aunque no se tenía por una actriz incompetente, Thea hablaba siempre con profundo desdén de los que, cual diletantes, se esforzaban por vivir su papel: «infelices, hay que ver lo que tienen que esmerarse y sufrir hasta que consiguen llorar, te dan ganas de hacerles cosquillas, a ver si se les pasa, pobrecitos, o decirles al oído: oye, corazón, ¿no tienes ganas de soltar un pedito? Pero el público lo agradece, no hay que molestarles, porque son los artistas de verdad, los auténticos, no hay más que ver cómo se entregan al arte y cómo sufren, se afanan y sofocan por nosotros, ¿por nosotros?, ¡estúpidos incapaces de doblar una esquina sin darse con el canto!», solía decir, pero ahora, su gesto indeciso y su mirada ausente revelaban en qué medida era prisionera de aquella situación, porque, si bien ella no «vivía» el papel, su interpretación le exigía entrega y, mal que le pesara, tenía que abrirse, dejarse arrastrar, olvidar la experiencia y las técnicas del oficio, y precisamente esa ambivalencia la hacía tan susceptible a una situación creada inesperadamente por la refinada agresividad de Langerhans.

Y, para colmo, cuando Kurt Hübchen se arrancó la tosca camisa su cuerpo ofreció una imagen tan atractiva que Thea, desprevenida como estaba, no pudo sustraerse a su encanto; no importaba que hubieran ensayado la escena diez veces, aunque la ensayaran cien veces, lia tendría la misma reacción, astutamente prevista por Langerhans, ue conocía sus inclinaciones y deseos.

Ahora había mucho ruido y sonaban puñetazos en la puerta de la habitación.

– ¡Si te la pones tan arriba ella la verá! -vociferó Langerhans, pero no había manera de averiguar si gritaba tanto porque estaba realmente furioso o utilizaba aquel pretexto para hacer sentir de forma más amenazadora todavía la ya de por sí agobiante disciplina; el rnaquillador, que se sentaba siempre en el borde del estrado y con cuya calva colorada y pecosa yo había llegado a familiarizarme, se levantó bruscamente y corrió haciendo ondear la bata blanca hasta la zona iluminada en la que se ensayaba; mientras, el furor de Langerhans iba remitiendo, frase a frase, y su voz bajaba hasta recuperar el tono casi susurrante y amanerado que le era propio-. ¡Ahora no necesitamos sino que ella lo vea guapo, nada más! -gritó todavía-. ¡Ahora no hemos de ver más que su apostura! -agregó ya en voz más baja-. Para que ella, inmediatamente y hasta aquí mismo, en pleno escenario si se tercia, esté dispuesta a abrirse de piernas. ¿Lo has entendido? -susurró ya, mientras, con un movimiento blando y un poco afectado, volvía a colocarse las gafas en su nariz aplastada-. Así que la chepa, más abajo, y ya sabéis por qué.

Pero los ojos de Thea no perdieron aquella extraña fijeza, no parpadearon ni se apartaron del bello y delicado torso de Kurt Hübchen hasta que los dos hombres, director y maquillador, se acercaron a examinar la joroba en cuestión; aunque ni aun entonces pudo volver la cabeza ni moverse del sitio, estaba claro que no encontraba la manera de descargar tanta emoción, no sabía qué hacer con ella, tendría que esperar a que se calmara por sí misma o se presentara una ayuda inesperada; tan pasmado como ella estaba yo ahora, mientras sonaban aquellos golpes en la puerta, de pronto, creía haber descubierto que hasta entonces siempre me había mirado a mí mismo con los ojos de Melchior; algo parecido debió de sentir Hübchen, que seguía de rodillas, quieto, mirando a los ojos a Thea, hasta que, de pronto, soltó una carcajada chillona, un poco boba, de adolescente, que en cualquier otro sitio hubiera resultado extemporánea y desagradable, Pero allí nadie reparaba en las emociones y pasiones que saltaban al aire, eran simples virutas del material con el que se trabajaba; a pesar de todo, no podía decirse que el cuerpo de Hübchen, con su ridículo aire virginal y su piel tersa, blanca y sin vello, hubiera encendido en Thea un particular deseo amoroso, aunque tampoco hubiera sido un milagro; no en vano las mujeres tienden a ufanarse, a costa de practicar cierta abnegación, de que la hermosura del cuerpo del hombre no las afecta, pretensión que parece confirmar la observación según la cual la estructura ósea y el desarrollo y dureza de la musculatura, o la flacidez, el abandono e incluso la acumulación de grasa, no influyen en las dotes amatorias, ya que, después de la penetración, las formas del cuerpo pierden importancia, se convierten en mero accesorio, aunque tampoco hay que menospreciar el valor simbólico del atractivo visual, porque la belleza enciende el deseo y acrecienta la voluptuosidad, y en esto no hay diferencias entre uno y otro sexo; ambos reaccionan a lo deforme, blando, gastado y débil con menos entusiasmo que a lo escultural, duro, elástico y fuerte, y ello se debe no tanto a la apreciación estética como al instinto vital; pero no es sólo que el cuerpo de Hübchen pudiera considerarse perfecto, sino que, además, Langerhans, con un cálculo y una perversidad típicos en él, había mandado confeccionar el pantalón de Hübchen con la cintura más baja de lo normal, que dejaba al descubierto sus esbeltas caderas y la suave curva del vientre, como si le hubiera resbalado accidentalmente y no llevara nada debajo, y, a pesar de las flexibles botas, daba la impresión de que estaba desnudo, y sólo a la altura de la ingle advertía la mirada del espectador la tela que la cubría.

Al fin Thea me miró.

Seguramente no me veía bien, porque estaba lejos y la mirada no acababa de traspasar la barrera entre la luz y la sombra, pero la vaga sensación de que allí había alguien sentado tranquilamente que la observaba con simpatía podía ayudarla a retirarse de la zona descubierta de la sensibilidad humana al reducto más seguro de su papel de actriz, lo cierto es que tuve la impresión de que mi sola presencia era un punto de apoyo, y en el mismo instante, o quizá en el siguiente, también Langerhans debió de advertir en ella esta, llamémosle, dramática confusión, porque con delicadeza, pero también con la impavidez profesional de la persona entre cuyas funciones figura la atención psicológica de los actores, le puso la mano en el hombro y se lo oprimió alentadoramente para ayudarla a recobrar el aplomo; y Thea, al sentir el calor del cuerpo ajeno, sin volverse, ladeó la cabeza y le apresó la mano entre la mejilla y el hombro.

Y así permanecieron, reflejados en la enorme cristalera inclinada que cubría casi toda la sala de ensayos.

Hübchen estaba de rodillas, el maquillador, inclinado sobre él, le quitaba la joroba, Langerhans observaba la cara de su primera actriz y Thea, que aún sostenía la espada, mantenía la cabeza apoyada en la mano del director.

El cuadro respiraba ternura, pero el vidrio verdoso que reflejaba las luces de un modo irritante le imprimía una cualidad estática y fría. Ya mediaba la tarde, éramos pocos y en el silencio se oía el batir la lluvia en el tejado y el ligero zumbido de los radiadores.

– No creas que el verle la joroba influiría en mí -dijo entonces Thea, pero era inútil que imprimiera en su voz una nota cariñosa, Langerhans no se dejaba engañar tan fácilmente; con brusquedad, retiró la mano que ella le oprimía con la mejilla y, como siempre que se le contradecía, se puso colorado: «parece que aún no has comprendido tu situación, Thea -dijo con una voz sorda que no revelaba sentimiento alguno hacia lo que no se refiriese al tema en discusión, una voz que lo hacía odioso pero también inaccesible-; no tienes nada que temer, nada puede ocurrirte. Tienes que mostrarte tranquila, un poco más ordinaria, con más coraje. Esto es una transacción comercial, ni más ni menos. Tú ofreces la mercancía de tu cuerpo o, más exactamente, de cierta abertura de tu cuerpo, porque otra cosa no tienes. Sólo esa abertura. La vida te ha maltratado. Sólo te queda el cuerpo, esa abertura de tu cuerpo, nada más. Él ha matado a tu marido. Pero eso no importa. Ha matado al padre de tu marido. No importa. Ha matado a tu padre, y ni eso te importa, porque tienes miedo, te has quedado sola, ellos han muerto y tú vives, y cuando él se quita la camisa lo encuentras atractivo, y es que no quieres ver su joroba, y por eso el negocio te parece aceptable. Conque hazme el favor de ser una puta, no quieras ser su madre».

– También una puta puede ser madre, ¿no se te ha ocurrido pensarlo, cielo? -preguntó Thea en voz aún más baja.

– Adelante, sin contemplaciones, no te reprimas.

– Eres muy considerado.

– No. Sólo trato de comprenderte.

– Pero ¿qué puedo hacer si de tanto maldecir me crece la saliva en la boca y casi me ahoga? Yo creo que aquí habría que escupir. Fue una tontería suprimir eso. ¿Qué hago con la saliva?

– Tragártela.

– ¿Y si no puedo?

– Lo siento, pero lo que no puedes es escupir en la copa, si es eso lo que pretendías.

Thea se encogió de hombros.

– ¿Me necesitáis?

– Haremos un pequeño descanso -dijo Langerhans, y yo me levanté de la silla en la que hasta ahora me había mecido cómodamente, porque Thea venía hacia nosotros.

Como siempre que los ensayos se prolongaban por la tarde, a esa hora se dejaba sentir el hastío, y aunque no hubieran estado cubiertas con cortinas negras las altas ventanas de la sala, si la mirada hubiera buscado distracción en el mundo exterior, no hubiera distinguido, entre las tupidas rejas, más que esbeltas chimeneas que surgían de tapias que se oscurecían a medida que huía la luz de la tarde, los tejados negruzcos de las casas de enfrente y un cielo generalmente triste e incoloro; no obstante, a veces me situaba detrás de las cortinasm después de ceder mi silla a Thea, que, cuando no tenía que actuar, solía sentarse de buen grado al lado de frau Kühnert, a la mesita situada al borde del estrado; era un gesto de cortesía que no me dolía hacer porque, al caer la tarde, empezaba a sentir opresión, incluso agobio, como si me faltara el aire, porque yo allí, en realidad, no hacía más que observar, y ello, con el tiempo, se hacía no ya fatigoso sino francamente insalubre, así que me apetecía levantarme y moverme un poco, aunque la vista que se divisaba desde la ventana no me distraía mucho, porque también allí mi papel era el de simple observador, ya no de los gestos y el tono de voz de los actores, que traducían motivos íntimos y personales bajo la luz artificial de la sala, sino de paredes, tejados y cielo, a través de una gruesa reja, en los que no podía dejar de observar también relaciones, relaciones muy subjetivas por ser yo el que observaba, pero quizá no fuera tan poca cosa, porque, por desvaído que estuviera el cielo, el efecto de la luz siempre modificaba el cuadro haciendo resaltar unos detalles en detrimento de otros, al igual que, a la luz fija de la sala, saltaban sorpresas que imprimían carácter nuevo a movimientos que uno creía archiconocidos y a la reacción que suscitaban; pero ¿de qué servía que, en los momentos mejores, me sintiera enriquecido, que aumentara mi percepción de detalles e interrelaciones, si tenía que renunciar a toda intervención o participación activa? En vano mi cerebro producía con diligencia las más ingeniosas ideas; puesto que yo no tenía una misión definida, no desempeñaba función alguna, lo cual era una carencia básica en una institución rigurosamente jerarquizada, en la que el rango del individuo es determinado por su papel y la consideración que se le dispensa es validada, refrendada y legitimada exclusivamente dentro de su esfera de acción; en cierto sentido, a mí se me toleraba sólo en la silla que ocupaba, que ni siquiera era fija, sino supletoria, yo no era más que un «húngaro interesado», como alguien dijo una vez a espaldas mías, sin preocuparse de si yo oía esta singular definición, que en realidad no era ofensiva, sino, por su objetividad, más exacta de lo que se pretendía; este estado no era para mí desconocido ni insólito, sino que, por el contrario, tenía valor de símbolo: se me negaban atribuciones para intervenir en el curso de los acontecimientos; también aquí era yo un testigo mudo, un observador condenado a la inactividad, que debía sobrellevar estoicamente su mutismo y su inoperancia, es decir, que no tenía ni la posibilidad de desahogar de forma natural, por una explosión de histerismo, las dolorosas tensiones generadas por la frustración de sus aspiraciones; yo era húngaro, indiscutiblemente, incluso un húngaro típico, por lo que no era de extrañar que la cordial atención de frau Kühnert y el evidente interés que me demostraba Thea me resultaran muy gratos.

Thea se paró delante de nosotros, yo ya asía el respaldo de la silla, para ofrecérsela -también en mi diligencia exageraba la nota, porque no tenía razones para temer que pudiera perder su benevolencia-, pero ella, en lugar de subir al estrado a sentarse como otras veces, deslizó los codos sobre la tarima y, sin mirarnos, apoyó en ellos la barbilla, para lo que tuvo que ponerse de puntillas, como una niña y, con la cabeza sobre los brazos, cerró los ojos lentamente.

– Qué insoportable rifirrafe -dijo lentamente sin mover los párpados, probablemente consciente de que su su provocativa y teatral actitud nos impresionaría: al fin y al cabo, se trataba del desahogo de una gran actriz, y esta afectación delataba su verdadera amargura; frau Kühnert no reaccionó, y yo no fui hacia la ventana, para desaparecer detrás de la cortina negra: sentía curiosidad; después de una pausa efectista, exhaló varios pequeños suspiros, dándonos tiempo para que siguiéramos con la mirada el suave vaivén de sus hombros; sin abrir los ojos, bajando la voz hasta hacer casi inaudibles sus palabras, como quien se rinde al cansancio, pero no puede dejar de pensar, prosiguió-: ¡Este hombre me destrozará, me ha destrozado ya con sus críticas insidiosas!

El silencio era ahora tan profundo que, además de la lluvia en el tejado y el zumbido de los radiadores, pudo oírse cómo frau Kühnert cerraba su ejemplar de la obra que estaba encima de la mesa, con un golpe seco que sonó como una detonación, aunque quizá este movimiento gratuito supliera otro más congruente; porque lo mismo daba que cerrara el libro como que lo dejara abierto, puesto que desde el primer ensayo tanto ella como los intérpretes se sabían la obra de memoria, y toda su tarea consistía en anotar los cambios que se hacían sobre la marcha -a veces, se modificaba repetidamente un mismo pasaje- y pasar después los cortes y añadidos a todos los ejemplares en circulación; al fin y al cabo, ella estaba allí sólo por precaución, con el grueso libro delante, atenta y pronta a intervenir con la palabra precisa si alguien se atascaba, lo que no solía ocurrir; pero ahora, como el que siempre ha ambicionado una misión importante y al fin recibe el encargo de desempeñar una tarea acorde con sus aspiraciones, posó su mano sarmentosa y masculina en el libro para trasladarla después a la cabeza de Thea con un ademán tan tierno como posesivo.

– ¡Ven, corazón, siéntate y descansa! -susurró y, aunque la frase se oyó perfectamente en toda la sala, la gente estaba muy cansada y nadie se volvió a mirarnos con malicia.

– Me mata, estoy rota.

– Anda, ven aquí, nuestro joven amigo te cede el sitio.

Las dos conocían bien el juego, pero esta vez Thea no se movió, su cara, en reposo, era como un paisaje abierto que todos podían contemplar a placer.

– Podrías llamar al chico de mi parte, Sieglinde, anda, llámale -y agregó en tono aún más débil-: ¡Por favor! No tengo fuerzas para ir a casa. Sólo de pensar que también mi viejo se pasa el día refunfuñando me pongo mala. Tengo ganas de distraerme un poco. He pensado que podríamos ir a algún sitio los dos, adonde, no lo sé, a algún sitio y que tú podrías llamarle de mi parte. ¿Querrás? ¿Le llamarás?

Parecía estar interpretando a un personaje que hablara en sueños, aunque es posible que hoy exagerara la nota porque tenía que convencer a frau Kühnert para que aceptara el enojoso encargo.

– Yo no me atrevo, porque la última vez me dijo que no le llamara más. Me rogó que no volviera a llamarle. No es un chico muy galante que digamos. Pero si le llamas tú en mi lugar quizá se deje convencer. ¿No podrías intentarlo tú? No tienes más que darle un poco de jabón -y, como si esperase respuesta, calló, pero antes de que frau Kühnert pudiera decir algo, volvió a abrir sus labios sin pintar-. A mi viejo, si yo tuviera dinero, le compraría un jardín bien grande, porque tiene que ser terrible estar todo el día metido en ese espanto de casa, ¡qué horror! Para mí está bien, sólo que ahora mismo no me apetece volver. Pero él se deprime, todo el día aburriéndose entre cuatro paredes, imagina, sentarse, levantarse, acostarse, volverse a sentar, y así, toda la vida. Si tuviera un jardín, por lo menos podría moverse mientras se aburre. ¿No crees que tendría que comprarle un jardín? ¿Llamarás al chico?

Continúa nuestro paseo de la tarde

Pero después de tanto divagar, volvamos a la tarde de aquel paseo, porque tiempo habrá para todo lo que aún tiene que ocurrir y pronto olvidamos el pasado; atrás, pues, volvamos a donde habíamos quedado: el momento en que, terminada en circunstancias un tanto dramáticas nuestra sesión de aeroterapia, entramos en la avenida de la estación, sombreada por grandes plátanos.

Aquí nos vienen al encuentro sensaciones diversas, es la hora de mayor animación, la brisa marina agita las sombras de los árboles que empiezan a alargarse y trae o se lleva a su capricho retazos de la alegre música que la orquesta ha empezado a tocar en el salón terraza del sanatorio; a esta hora van a la estación los coches que han de recoger a los viajeros, ya se oye a lo lejos el tren que resopla, silba y traquetea, pasan jinetes y amazonas al trote, solos o en grupos, que, al llegar al majestuoso edificio de la estación, azuzan a sus hermosas cabalgaduras y se adentran al galope en el sombrío bosque de hayas llamado románticamente «la Selva»; ¡y no olvidemos a los paseantes!, porque a esa hora todo el que no tuviera que guardar cama estaba aquí; era casi norma de etiqueta acudir al paseo a charlar con unos y otros, intercambiando impresiones y cumplidos, caminando arriba y abajo o formando corrillos; si, por su interés u otras consideraciones, había que prolongar la conversación, el recorrido, contrariamente a lo habitual, se hacía varias veces y al margen de la multitud, si bien no estaban muy bien vistos los apartes, que podían denotar un exceso de familiaridad, y allí todo el mundo observaba a todo el mundo; había que procurar que aquel sinnúmero de sonrisas, miradas, sombrerazos, beso-a-usted-la-manos y mohines, entreverado de ocultos rencores y antipatías, no infringiera las normas ni, con todo su artificio, turbara la aparente naturalidad del ambiente; los niños de mi edad jugábamos al aro sobre las blancas losas de mármol, y había que ser muy diestro para sortear las faldas de las señoras y evitar que pasara por entre las piernas de los caballeros; a veces acudía al paseo el duque Enrique de Mecklemburgo en persona, acompañado de la duquesa, bastante más joven y más alta que él, y su séquito, lo cual ponía a prueba las reglas no escritas del paseo; aparentemente, nada cambiaba, a no ser que se considerase cambio el forzar un poco más todavía la aparente naturalidad del ambiente, y el paseante avezado, al llegar a las dos grandes urnas de mármol, de las que caía una cascada de aterciopeladas petunias violeta, y que, colocadas sobre esbeltos zócalos, formaban la simbólica entrada del paseo, podía adivinar si hoy paseaba el duque, aunque no se le viera aún -oculto por el séquito que le rodeaba, daba el brazo a la duquesa y escuchaba atentamente lo que le decían, asintiendo enérgicamente con su gran cabeza gris-, porque las espaldas se erguían con más arrogancia, las sonrisas eran más amables, las risas y las voces más suaves; no era de buen tono buscarlo con la mirada, había que darse por enterado de su presencia como por casualidad y hacerse el encontradizo, acechando la fracción de segundo en que él, sin interrumpir la conversación, posaba su mirada en nosotros, para que nuestro respetuoso saludo no se perdiera en el vacío y pudiera ser correspondido; por lo tanto, había que estar alerta, evitar cualquier estridencia y, sobre todo, cuidar la compostura; cada paseante se mantenía, pues, alerta, preparado incluso para la eventualidad de que el duque deseara intercambiar con él, precisamente con su insignificante persona, unas triviales frases de cortesía; con los oídos aguzados por la envidia, los circunstantes trataban entonces de averiguar quién era el afortunado interlocutor del duque y adivinar el tema de la conversación.

Mi madre que, por su educación, estaba muy versada en cuestiones de etiqueta, aquella tarde, naturalmente, se colgó del brazo que le ofrecía mi padre y apoyándose en él sonrió dulcemente en actitud de amante esposa, mientras se recogía la cola de su vestido malva con tres dedos de la mano libre; ellos iban del brazo, pero yo me quedaba atrás, para distanciarme, porque no soportaba sus disputas y sólo me situaba al lado de mi madre cuando sentía curiosidad; parecía que las colas de los vestidos que las señoras levantaban ligeramente -no había que excederse- hubieran abrillantado el suelo de mármol, y sobre su lisa superficie susurraban sedas, tafetanes y encajes, repicaban zapatitos y rechinaban botas masculinas; viendo a mis padres, ni conocidos ni extraños podían adivinar por su expresión ni por su actitud -porque también mi padre sonreía, aunque crispadamente- el odio que los envenenaba, «¡entonces será preferible volver a casa inmediatamente, porque al fin y al cabo, querido Theo, si no me equivoco, estamos aquí por mi enfermedad, no para su diversión!», y en estas frecuentes desavenencias, que se ventilaban sotto voce, era mi madre la que marcaba la pauta, la que alimentaba un odio más acerbo, la sola presencia de mi padre era para ella un suplicio, porque, aun estando a su lado, él se mantenía fuera de su alcance, aparentemente indiferente -sólo aparentemente- a las convulsiones psíquicas de esa mujer de cuerpo frágil; y mi madre, rencorosa y exquisita, guardaba su venganza para la hora del ceremonioso paseo, y era Ia suya una venganza refinada y alevosa, ya que ella aprovechaba las pausas de aquel complicado ritual del saludo cortés y la charla banal, para murmurar al oído de su marido, con una sonrisa seductora, delante de todo el mundo, las frases más acerbas e hirientes, a las que él menos ágil en estas lides, no acertaba a responder a tiempo.

Aquel día memorable, probablemente, no fue la frase en sí lo que provocó la ira de mi madre, contenida al principio, aunque amenazadora, y que fue creciendo hasta desbordarse: «¿o estoy equivocada, querido Theo?, ¡conteste!, ¿por qué calla?, ¡en momentos como éste me gustaría escupirle a la cara!», la causa real del disgusto no era que mi padre, quebrantando el acuerdo establecido entre ellos, no hubiera esperado a que ella terminara la cura para recordar que, a aquel paso, nos perderíamos la llegada del tren -mi madre, como provocándole, deliberadamente, respiraba más despacio de lo indicado, y yo en vano procuraba marcar el ritmo correcto-, no, aquella imprudente y torpe frase de apremio fue sólo el detonante de una discordia latente, su manifestación, el pretexto que permitiría a ambos desahogar sus sentimientos; aún me parece oírle: mi padre trataba de adoptar un tono ligero, pero su voz, habitualmente grave, tenía un tono más agudo de lo normal, forzado y convulso, y de nada sirvieron sus esfuerzos por disimular, el fino oído de mi madre percibió claramente lo que él trataba de ocultar: su impaciencia.

En el tren llegaba el consejero privado Frick, al que mi padre esperaba desde hacía días: «el consejero» o «Frick» a secas lo llamaban ellos, evitando cuidadosamente, de un modo harto significativo, utilizar su nombre de pila, a pesar de ser el mejor amigo de mi padre, su íntimo desde hacía décadas, amigo de la infancia, amistad firme que hoy creo poder afirmar que nada empañó en ningún momento, como si, con su talante e ideas diferentes, ambos hubieran brotado de una misma raíz, lo cual, por otra parte, no era de extrañar, ya que los dos habían sido alumnos del mismo internado religioso, célebre por su rigor medieval, de cuyas enseñanzas los dos habían renegado con su foma de vida; su afinidad, pues, podía ser tanto indicio de que aquella severidad estaba justificada como resultado de su común rebeldía contra ella; mi madre se guardaba de pronunciar el nombre de pila del consejero para dar a entender que no deseaba en modo alguno entablar una relación personal con aquel hombre que, en su opinión, con su inmoralidad, su pedantería y su arrogancia había ejercido y seguía ejerciendo una influencia nefasta en mi padre que, según ella, lamentablemente, carecía de sólidos principios morales. «¡Theodor, se deja usted atraer por ese hombre como los insectos por la luz, ni más ni menos, cuando está con él se porta de un modo infantil y ridículo que considero denigrante!» Mi padre, no contento con dirigirse a su amigo pronunciando su nombre de pila casi con voluptuosidad, le dedicaba apelativos afectuosos, como «mi buen amigo», «camarada», «buen mozo» y «pillastre», a pesar de que ambos, fieles a las rígidas formas de su alma mater, nunca se habían tuteado; pero cuando hablaba de él con mi madre evitaba utilizar el querido nombre, para excluirla de aquella íntima relación en la que ella deseaba introducirse a toda costa, para destruirla, y éste era el punto sensible, la zona prohibida en la que no cabían bromas.

Una tarde, al despertar de la siesta, fui testigo de una de aquellas escenas que enfurecían a mi madre: estaban los dos amigos tomando el sol en la terraza y yo, echado en el estrecho diván, no tenía ni que moverme para observarlos, sin que ellos me vieran, a través de las cortinas de muselina que hinchaba el viento; era una estupenda ocasión y no iba yo a delatarme sin necesidad, aparte de que aún estaba adormilado; estaban apoyados en la balaustrada, al sol, no muy cerca uno de otro, aunque es posible que sus dedos se rozaran sobre la áspera piedra erosionada por la lluvia, lo cual daba a la escena no sólo un aire de intimidad sino también cierta tensión; los dos llevaban traje claro de verano, estaban en la misma postura y eran igual de altos, reflejo uno de otro, aunque no se podía adivinar quién era reflejo de quién. «¡Los instintos, mi buen amigo, nuestros instintos y reflejos!», decía Frick antes de que yo abriera los ojos, su voz llegaba hasta mí con un timbre agradable, grave y queda, tan natural como la voz con la que uno se habla a sí mismo. «Incluso en este momento en el que me cabe el placer de mirarle a los ojos, en este y cada uno de los momentos de nuestra existencia, somos páginas ya escritas y quizá por eso resultamos tan aburridos incluso para nosotros mismos, porque las sutilezas morales, la noción del bien y del mal son conceptos ridículos y trasnochados, ya sabe usted que no me gusta hablar de Dios, sencillamente, porque no amo a este Dios, pero si aún hubiera un lugar en el que pudiéramos encontrarle, o él a nosotros, ese lugar serían nuestros instintos, y si usted me dijera que quizás es ahí donde reina, yo estaría dispuesto a suscribirlo, pero reinaría ajeno a todo, sin mover ni un dedo, porque ya lo tiene todo hecho por adelantado, nada le queda por hacer, y observa, apático e indiferente, cómo nosotros llevamos a cabo lo que él dispuso al proyectarnos, lo que inscribió en nosotros; de ello podríamos deducir, si mi modesto razonamiento no le aburre, que la moral, digamos, el concepto del bien y del mal, no reside en las cosas en sí, sino que nosotros lo proyectamos sobre ellas, y sólo los filósofos, los psicólogos y el resto de esa turba de inútiles quieren hacernos creer que la moral se encuentra en la naturaleza de las cosas, ¡qué superchería!, como les parecía vulgar, excesivamente simple y desprovisto de toda grandeza ver en los instintos los resortes de nuestros actos, buscaron algo más elevado, muy por encima de cosas tan ordinarias: una idea, un espíritu que pudiera explicar lo inexplicable, ¡un consuelo para los débiles!, pero en el proceso se les escapó la verdadera naturaleza de este caos y no nos explican absolutamente nada de esas cosas maravillosas; ¡sencillamente, las silencian!; y esas cosas que cada uno de nosotros tiene que sentir forzosamente: minuto a minuto se consideran indecentes, de manera que, cuando oigo hablar de lo que es bueno y lo que es malo, no se me ocurre pensar sino que hoy no he defecado bien, algo que también para la higiene moral es de suma importancia, o que tengo ganas de peer, pero esto no se hace en la buena sociedad, y es que, en definitiva, el refinamiento moral no significa sino que hay que aguantarse las ganas unos momentos.»

– ¡Amigo, es usted creyente, eso me tranquiliza y me da envidia! -dijo mi padre con la misma espontánea cordialidad con que hablaba su amigo; los dos permanecían sin mover la cabeza ni el cuerpo, fija la mirada en los ojos del otro, con total franqueza, como si esta forma de contacto fuera más importante que la armonía del pensamiento o el roce de las manos, pero sus ojos en ningún momento se desviaban hacia la zona peligrosa de la atracción erótica, no buscaban esta evasión, lo que hacían era mucho más significativo y eficaz porque, conscientes de la imposibilidad de una unión plena, se asían con la mirada sobreponiéndose a la excitación sensual que provoca el contacto visual, pero saboreando la sensualidad en su estadio inicial y puro, dejando a la mirada sólo la libertad indispensable para percibir el temblor de las pestañas, el parpadeo y los pequeños pliegues que aparecían alrededor de los ojos, y todo ello hacía asomar a sus labios una sonrisa apenas perceptible, la misma sonrisa.

– ¿Debo expresarme con mayor claridad? -preguntó Frick, como si respondiera con esta pregunta a una interpelación no formulada. «No estaría de más, si no tiene inconveniente», dijo mi padre, reafirmando a su amigo en lo que creo que era su intención; no se perdían en divagaciones acerca de la ambigua condición del cuerpo sino que se movían por el mundo interior del pensamiento, no cedían a la debilidad y, por ello, se advertía en su conciliábulo una objetividad fría y sostenida, pero en vano trataban de sustraerse al ilimitado poder de Eros que, de forma refinada, por medio de la mirada, la telepatía y la cauta atención con que se estudiaban mutuamente, daba satisfacción a ambos y también a sí mismo. «Sería indudablemente una exageración pretender limitarlo todo a la entrepierna», prosiguió Frick, reflexionando sobre lo dicho. «¿Y no ha querido decir eso precisamente?», replicó mi padre y, al intercambiar estas breves frases, sus voces iban pareciéndose cada vez más, en tono, volumen e impostación, y daba la impresión de que eran una sola persona que argumentaba consigo misma. «¡Pues no! ¡Rotundamente, no! En tal caso, yo caería en el mismo error que estoy denunciando», dijo Frick en voz más alta, pero sin asomo de irritación. «¡Pues expliqúese!» Siguió una pausa a la demanda de mi padre, que quedó flotando en el aire.

– Según el procedimiento clásico, deberíamos partir de la premisa de que yo estoy aquí y que delante de mí está usted -prosiguió Frick, que parecía más alto porque era delgado, aunque no flaco, porque su cuerpo, que yo había tenido ocasión de ver en la playa durante el baño matutino, cubierto con el bañador de última moda que, mojado, se pegaba a la piel, era bien proporcionado; tenía la cara chupada, con la piel tirante sobre los huesos y el pelo, fino y rubio y quemado por el sol, muy corto, al estilo militar, para disimular un principio de calvicie, pues era vanidoso-. Si conseguimos deshacernos de los principios morales que nos son inculcados, no nos queda otra certeza que la de la pura existencia, la de que estamos aquí, y sólo sobre esto, que no es poco, podemos razonar, ¡y no me importa reconocer que, a diferencia de los diletantes inútiles a los que antes me refería, a mí no me interesa nada más!

Aquí mi padre soltó una risita breve, no exenta de cierta socarronería, que tuvo la virtud de moderar la vehemencia de Frick, aunque en su cara, una de las caras más extraordinarias que me había sido dado contemplar hasta entonces, la fugaz confusión relajó un poco la tensión del gesto meditativo, pese a que su cara se distinguía precisamente por una calma interior, una suficiencia natural y una impávida y afable superioridad y, naturalmente, por su ascetismo: quizá porque la naturaleza había modelado su material con tanto esmero, no creyó necesario adornarla con detalles triviales ni halagadoras capas de grasa que la muerte eliminaría de todos modos; a veces, por muy animadamente que estuviera hablando, me parecía una calavera, un hueso mondo, un pisapapeles puesto encima de un escritorio, y otras veces, por el contrario, como hoy, desbordaba vitalidad, con aquella piel tostada y reluciente, curtida por la brisa marina del verano, que se tensaba sobre la frente ancha y aquellas mejillas surcadas por unas grietas finas que no le avejentaban, porque sus grandes ojos, grises y vivaces, dominaban el resto, unos ojos fríos, implacables, cuya severidad acentuaban la nariz afilada y los labios delgados, y sólo el hoyo de la barbilla ponía en su cara una nota tierna un poco infantil.

– No crea que el afán de poder ha de privarnos del goce de los placeres de la vida -prosiguió, y su leve confusión se diluyó rápidamente en una sonrisa un tanto burlona; seguían mirándose a los ojos-. Todo lo contrario, el deseo y la posesión del poder puede hacernos gustar un placer más hondo o, si lo prefiere, más elevado; aunque no más hondo ni más elevado, desde luego, que el que nos depara la eyaculación, que es el más adecuado a nuestra naturaleza, el mayor de nuestros placeres, y precisamente aquí quería yo venir a parar, porque, al fin y al cabo, en este mundo todo aspira y se orienta hacia el placer de la eyaculación, ¡eso sí, cuando somos lo bastante libres como para reconocer estos deseos y posibilidades!; por lo que ha sido usted muy oportuno al interrumpirme con esa risa que ha marcado un rumbo nuevo a mis pensamientos, me parece primordial, por lo que no tengo el menor inconveniente en seguir por este derrotero -y, después de tomar aliento agregó-: Porque, entre el sentimiento y el pensamiento, entre el instinto y la razón, existe algo así como la posibilidad de un feliz equilibrio, el equilibrio de los equilibrios, y por ello el hombre que ostenta el poder es el más apto para gozar de la vida; con el poder en sus manos, tiene la posibilidad de llegar hasta los límites del conocimiento y de la razón, desde donde regresa, por puesto, el que puede regresar, para experimentar el goce de los sentidos y, como ha dejado de temer los peligros contra los que previenen los apólogos de los falsos valores, se ha librado de todas sus represiones morales y puede entregarse plenamente al goce de los sentidos y llevar su voluptuosidad hasta el límite; y quién más libre que el que experimenta y saborea sus limitadas posibilidades -limitadas, porque están predeterminadas- con plenitud, amigo mío, aun cuando nuestra libertad no nos permite saber lo que es esto, porque ¿qué es realmente esta plenitud?, y es que ahí tiene la libertad sus verdaderos límites, donde no subsiste ninguna cuestión teórica, sino que todo se reduce al ejercicio de la voluntad que conoce sus posibilidades pero que no puede comprenderse con la razón, pero ¿a qué seguir?, usted ya sabe en lo que estoy pensando.

– ¿En una nueva aventurilla? -preguntó mi padre.

– Algo parecido -suspiró él.

– Cuente -apremió mi padre.

– Es actriz -respondió él.

– Supongo que rubia y jovencita -dijo mi padre.

– ¡Ah!, eso es lo menos que puede decirse de ella.

Hubiera seguido hablando y sin duda descrito su experiencia con hipérboles, pelos y señales, tal como yo había tenido ocasión de descubrir en una ocasión anterior, si en ese momento los dos hombres no hubieran tenido que volverse hacia la escalinata que bajaba de la terraza al parque y, desgraciadamente, aquí se interrumpió la conversación, en el punto más interesante sin duda; entonces apareció la figura de mi madre, acompañada de fräulein Wohlgast, que volvían del café de la tarde; subían despacio, dando impresión de confianza y armonía; ya al pie de la escalera, la fräulein, con su voz sonora, grave y un poco áspera, empezó su jocosa diatriba: «¡ay, estos hombres -exclamó, ahogando casi con la voz la última frase de Frick-, mientras nosotras debatimos asuntos serios, ellos, aquí, tan tranquilos, ¿no se lo decía yo, querida frau Thoenissen?, ya pasaron aquellos tiempos felices en los que ellos tenían nuestro destino en sus manos, ahora nosotras hacemos proyectos y tomamos decisiones y los señores de la creación se dedican a la charla trivial, ¿o me equivoco?, quizá por una vez podrían ser sinceros y no tratar de disimular».

Pero de esto ya hacía tiempo, dos o tres veranos y así lo recordaba yo, por lo menos, porque mi entendimiento de niño no podía captar todas las sutilezas y todas las tonterías de los mayores y tenía que llenar con la imaginación las lagunas que habían quedado en aquella ya lejana escena.

Lejana, digo, y buscando un punto de referencia trato de recordar si la hermosa fräulein Wohlgast -de la que era sabido que en el 71 había perdido a su novio, un valiente oficial, en la guerra franco-prusiana, y, movida por un exaltado patriotismo, había hecho el voto de llevar luto por él hasta el fin de sus días, «¡hasta la tumba y más allá!», para recordar al mundo la infamia que se había cometido «no sólo conmigo sino con todas nosotras»-, si fräulein Wohlgast, decía, vestía de gris -el negro ya estaba descartado- y qué tono de gris, ya que de año en año su vestuario se iba aclarando; aquella tarde, empero, cuando, a causa de la perfidia de mi madre, llegamos a la estación muy alterados y cruzamos el espacioso y fresco vestíbulo en el momento en que la achaparrada locomotora, arrastrando sus cuatro vagones rojos, llegaba al andén, el vestido que llevaba era de un encaje blanco como la nieve.

Aún temblaban en el aire las hirientes frases de mi madre, que se habían clavado en la carne de mi padre como las flechas en la de un san Sebastián de una estampa romántica, y habían quedado sin respuesta, pues lo único que él había conseguido farfullar fue un: «si quieres, nos volvemos», que mi madre hizo como si no oyera; y es que ahora estaba muy ocupada saludando y sonriendo a diestro y siniestro; en el andén se había congregado mucha gente que venía, más que a esperar a alguien -tampoco llegaban tantos viajeros-, a disfrutar de la contemplación de aquella pequeña maravilla de la técnica; como si el corto paseo de la tarde sólo pudiera terminarse dignamente aquí; me pregunto cómo se divertían los huéspedes del balneario antes de que existiera la línea ferroviaria que unía la amable ciudad medieval de Bad Dobedan, donde el duque tenía su residencia de verano, con la localidad que ostentaba el bello nombre de Kühlungsbronn, porque ahora, como en los palcos de un teatro cuando se levanta el telón, cesaron las conversaciones y los presentes contemplaron fascinados cómo los diligentes revisores abrían puertas y bajaban estribos; era la apoteosis de la llegada del tren: los mozos que cargaban con los equipajes desaparecían a intervalos en las nubes de vapor que lanzaba la locomotora con fuertes siseos, hasta que, al cabo de unos minutos de estática espera, sonaba, entre el murmullo de bienvenidas y despedidas, la señal del jefe de estación, se recogían los estribos, se cerraban las puertas con innecesaria violencia y, dejando atrás rostros marcados por la fatiga del viaje, la alegría de la llegada o la nostalgia de lugares remotos, la maravilla del progreso, arrancaba entre tintineos, pitidos y resuellos, que se trocaban gradualmente en un traqueteo regular, y desaparecía por la curva, dejándonos atrás también a nosotros, ahora, definitivamente.

Peter von Frick se había quedado un momento en la puerta del vagón rojo, fue el primero en aparecer, y recorrió el andén con la mirada, descubriéndonos inmediatamente entre la multitud que esperaba -yo me di cuenta de que nos veía, de que nos apartaba de la colección de amigos y conocidos que habían venido a esperarle-, pero enseguida volvió los ojos hacia otro lado, su cara estaba más seria, sin su sonrisa habitual, y su piel, más pálida que de costumbre, llevaba un elegante traje de viaje inglesado que le hacía más esbelto; con el sombrero flexible y el maletín en la mano saltó ágilmente al andén y se volvió para ayudar a bajar a otra persona que apareció entonces y que era fräulein Nora Wohlgast, vestida de blanco, no cabía duda, vestida de blanco como una novia: era la primera vez que yo la veía de blanco y, después de los inminentes acontecimientos, sería también la última; dado que la llegada del consejero revestía especial interés a causa de su decisiva intervención en el esclarecimiento del doble atentado perpetrado recientemente contra el emperador y en la detención de los implicados, hechos sobre los que el público que se hallaba de vacaciones en Heiligenamm sólo había podido informarse por los periódicos y de los que ahora esperaba oír de viva voz detalles y secretas concomitancias, la aparición de la pareja causó una sensación rayana en el escándalo; si bien la concurrencia parecía cerrar los ojos a la evidencia, por la gran consideración de que gozaba el consejero Frick, como si nadie viera lo que todos veían, como si se tratara de un encuentro fortuito -por otra parte, estas cosas hacen aumentar la popularidad del que es el favorito de la sociedad, una conducta un tris escandalosa lo prestigia, lo sitúa por encima de nosotros, demuestra su superioridad, le franquea unas barreras que nosotros no nos atrevemos a rebasar-; pero, ¿y la fräulein, cómo podía ella estar en este tren si se había desayunado con nosotros, y vestida de blanco, un blanco tanto más llamativo por cuanto que ya casi no podía permitírselo a su edad, más próxima de los treinta que de los veinte, por qué esta provocación, insólita en ella, por qué?, ¿se había prometido en secreto o, quizá, casado con el consejero, aquel solterón empedernido? Y yo, que me hacía estas mismas preguntas, miré primero a mi padre y después a mi madre, buscando la respuesta en sus rostros; el de mi madre no revelaba nada, pero en la cara de mi padre, por el contrario, vi signos de una indignación inexplicable; impulsivamente, como si pretendiera salvarlo de una catástrofe, le oprimí la mano, a lo que él no reaccionó, como si se hubiera quedado insensible, tenía la piel color ceniza y miraba a la pareja con desorbitados ojos de poseso y la boca abierta estúpidamente; aún caminábamos, nosotros hacia ellos y ellos hacia nosotros y, una fracción de segundo después, nos parábamos entre las exclamaciones de una vehemencia un tanto exagerada que partían del abigarrado corro que se formaba alrededor de Frick; una veintena de frases inacabadas chocaban en el aire enredándose entre sí y, pendiente cada cual de la propia frase, con la que se interesaba por las incidencias del viaje, manifestaba alegría por la llegada del consejero o achacaba al «trabajo extenuante» la palidez de su cara, en aquel ambiente saturado de tópicos y efusiones banales, nadie, quizá ni el mismo Frick, miraba a la otra cara, la cara de mi padre que presagiaba el desastre; pero nadie pudo dejar de ver y oír cómo desasía su mano de la mía, que la apretaba ansiosamente, se encaraba con fräulein Wohlgast y, aun tratando de ahogar la voz, le gritaba: «¿Se puede saber qué haces tú aquí?»

Como si no hubiera poder capaz de atravesar el blindaje de los convencionalismos, no estalló el escándalo, nadie se puso a gritar ni a repartir bastonazos, a pesar de que, dada la propensión al histerismo de la naturaleza humana, parecía lo más plausible; como si la pregunta de mi padre no hubiera sido formulada, o como si fuera perfectamente natural, a pesar de que todos debían de saber que él no tenía ni podía tener con fräulein Wohlgast una relación que justificara la pregunta y, mucho menos, el tuteo, ¿o sí? ¿Se revelaba aquí un lance turbio y escabroso? ¿No afectaría aquello únicamente a dos personas sino a tres, o a cuatro, contando a mi madre? ¡No, y no! Nadie pareció advertir nada, cada cual terminó su frase sin atascarse y empezó la siguiente con diligencia, para que las reglas del juego de la buena sociedad que habían sido atacadas permanecieran incólumes ante cualquier elemento perturbador; incluso yo pude observar en mí mismo el efecto de las rígidas leyes de las buenas maneras: a pesar de que estaba a punto de desmayarme de la impresión y tenía la sensación de que el escándalo era inevitable, que el abismo ya se había abierto y la caída no era una amenaza sino un hecho, y de buena gana hubiera cerrado los ojos y me hubiera tapado los oídos, guardé la compostura, porque la buena educación así lo exigía; mi madre estuvo francamente admirable: cuando Frick se inclinó con galantería a besarle la mano, fue capaz de decir con naturalidad: «¡nos alegramos de tenerle aquí por fin, Peter! ¡De no haberle retenido importantes asuntos de Estado, no le hubiéramos perdonado que nos privara de su compañía!», pero ya no había salvación, porque cuando Frick se volvió hacia mi padre, mientras respondía con afable autocomplacencia: «procuraré compensarles por mi tardanza» y le tendía la mano -nada de abrazos esta vez, por supuesto-, mi padre exclamó con voz aún más potente: «¡asuntos de Estado, no me hagas reír! -estrechando con fuerza la mano del consejero mientras le miraba a los ojos con expresión impenetrable y, bajando bruscamente la voz, susurraba-: digamos mejor delitos comunes, mi querido herr Frick, ¿no es verdad? Y que no hubieran sido tan fáciles de descubrir si el atentado hubiera estado mejor organizado.»

– Siempre tan bromista -dijo Frick con una sonrisa divertida, como si acabara de oír un buen chiste, y, una vez más, se había evitado el desastre. Los circunstantes, esforzándose ya abiertamente en ayudar, se pusieron a hablar en voz más alta, para prevenir nuevas acometidas de mi padre, y se hizo una algarabía de voces nerviosas hasta que una dama de edad a la que todos respetaban y que, por haber capeado muchos temporales como aquél, había desarrollado la habilidad necesaria para salvar lo salvable, se colgó del brazo de Frick y declarando «me lo llevo» puso fin a la escena, mientras el resto, con sus comentarios, trataban de disimular el momentáneo desconcierto de una situación que ya empezaba a resolverse; ¡qué escándalo!, ¡pero qué escándalo!, debían de pensar para sus adentros; entonces mi madre se colgó a su vez del brazo de mi padre, como si tratara de retenerlo, lo que parecía necesario porque él daba la impresión de que estaba decidido a llegar a las manos o ponerse a gritar. «Perdonen este rapto, pero el duque le aguarda», dijo la anciana alzando su voz fina y afable, mientras los presentes empezaban a andar en dirección al blanco edificio de la estación haciendo rechinar la grava; solos, prácticamente abandonados, quedamos nosotros dos: fräulein Wohlgast que, irritada por la escena anterior, aún no acertaba a aprovecharse del cambio salvador, y yo, de quien nadie se preocupaba.

– Está bien, vamonos ya de una vez -farfulló mi padre moviéndose en sentido opuesto y casi tropezando con la blanca figura de la fräulein que, al verse delante de mi madre, creyó encontrar en su confusa cabeza una explicación plausible: «¡No se lo van a creer! Después del desayuno me han entrado unas ganas locas de dar un largo paseo, y cuando he querido recordar ya estaba en Bad Dobedan y a que no adivinan a quién he encontrado allí», dijo en un tono coloquial que, en las circunstancias, sonaba como una lastimosa parodia. «¡Señorita, se ha comportado usted de un modo escandaloso!», fue la augusta respuesta de mi madre, que la miró altivamente a los ojos y, arrastrada por el ímpetu de mi padre, casi arrolló a la joven. Yo corrí tras ellos, cruzamos la vía en silencio y, casi a paso de carga, regresamos al balneario dando un gran rodeo por el bosque de hayas y el páramo y no llegamos hasta después de anochecer. ¡Qué horrible noche nos esperaba!

Yo desperté porque en la puerta vidriera de la terraza, detrás de la cortina transparente, había alguien, ¿o era sólo una sombra?, ¿un fantasma quizá?; temiendo que hasta un parpadeo pudiera delatarme, no me atrevía ni a volver a cerrar los ojos, aunque mejor hubiera sido no ver ni oír nada de lo que ocurrió después. Recordé la escena de la tarde y sentí otra vez la angustia; ¡la cortina se movía! La figura entró, cruzó rápidamente la habitación, era una noche oscura, sin lana, los pasos sonaban en el suelo desnudo y se ahogaban en la alfombra, entonces, por fin, vi que era mi madre; fue hasta la puerta del corredor, puso la mano en el picaporte y seguramente lo hizo girar porque sonó un chasquido en la quietud de la noche, apenas turbada por el susurro de las olas, acompasado y perezoso; no había viento que hiciera murmurar los abetos; indecisa, volvió sobre sus pasos, taconeando gemente con sus chinelas, como si supiera bien adonde iba y por qué; se había puesto encima del camisón una bata que le arrastraba un poco y la gruesa seda crujía al rozar el suelo; al llegar a la vidriera, se quedó quieta unos instantes, yo quería decir algo, pero tenía la sensación de que no me saldría la voz, me parecía soñar, pero no cabía duda de que estaba bien despierto; ella, como acechando, apartó la cortina, pero no salió sino que rápidamente dio media vuelta, sus pasos volvieron a sonar en la habitación y a detenerse frente a la puerta del corredor; oprimió el picaporte con fuerza, el ruido fue inconfundible, pero la puerta no se abrió, hizo girar la llave y la puerta cedió, pero ella no salió sino que volvió hacia la terraza, dejando la puerta entreabierta; pareció que la corriente de aire movía la cortina en la oscuridad; yo me senté en la cama.

– ¡Qué ha pasado! -pregunté en voz baja, quizá demasiado baja, porque el asombro que había sucedido al miedo me ponía un nudo en la garganta; pero ella, sin darse por enterada de mi pregunta, que quizá ni oyó, salió a la terraza, dio unos pasos y retrocedió, como si la asustara el repique de las chinelas en las losas-. ¿Qué ha pasado? -insistí, con voz más fuerte, mientras ella iba otra vez hacia la puerta del corredor, la abría y volvía a retroceder; incapaz de seguir en la cama, me levanté para tratar de ayudarla.

Nuestros cuerpos, que se movían en direcciones opuestas, chocaron en el centro de la habitación.

– ¿Qué ha pasado?

– ¡Lo sabía, hace cinco años que lo sé!

– ¿Qué sabías?

– ¡Lo sabía, hace cinco años que lo sé!

Estábamos abrazados.

Tenía el cuerpo agarrotado y, aunque durante un momento, me apretó contra sí y yo traté de estrecharla con fuerza, comprendía que aquel abrazo en nada podía ayudarla, mi buena voluntad era vana, yo sentía su cuerpo pero ella no parecía sentir el mío, para ella no er más que un mueble, una mesa o un sillón al que agarrarse para nc perder el equilibrio, antes de llevar a cabo su decisión dictada por puro delirio; a pesar de todo, yo no quería soltarla, apretaba mi cuerpo contra el suyo, como si supiera de qué terrible impulso debía tenerla; me era indiferente cuál fuera el impulso, porque yo no podía sospechar lo que se avecinaba; mi instinto me ordenaba retenerla fuera lo que fuera lo que ella se propusiera hacer, y como si mi tenaz esfuerzo hubiera surtido efecto, como si por fin reconociera en mí su hijo, como si descubriera que era algo suyo, se inclinó y me besó con fuerza, casi me mordió, en el cuello, pero entonces, como si ese beso y mi angustia le infundieran valor para dar el siguiente paso, arrancó mis brazos de sus caderas, me empujó hacia un lado, gritó «¡Desgraciado!» con desesperación y volvió a salir a la terraza.

Yo corrí tras ella.

Ella cruzaba la terraza pero no, como hubiera sido lo natural, hacia la escalinata que bajaba al parque sino en dirección opuesta, hacia la suite de la fräulein.

La vidriera estaba abierta, dentro de la habitación había velas encendidas y su tembloroso resplandor se arrastraba sobre las losas hasta nuestros pies.

Yo me quedé clavado en el suelo, captando la escena no sólo con los ojos sino con todo el cuerpo.

¡Ah, no!, no diré que no sospechara lo que aquello significaba, pero tampoco puedo afirmar lo contrario.

Por chocante que pueda parecer, un niño no sabe de esas cosas porque se las hayan explicado, sino por experiencia, por el placer que sus manos extraen de su propio cuerpo; no obstante, aquello era una sorpresa tan brutal que excedía de mis posibilidades de comprensión.

Formaban el cuadro dos cuerpos desconocidos, dos cuerpos desnudos cuya palidez resaltaba sobre el suelo, había prendas de vestir blancas esparcidas alrededor, la fräulein estaba echada de lado, acurrucada, con las piernas dobladas casi rozándole el pecho, volviendo hacia mi padre un anca opulenta que ahora, con la experiencia de los años, puedo calificar de francamente bella, pero «volver» no es la palabra, más bien se la presentaba, se la ofrecía, se la servía, y él, arrodillado, comprimiendo el vientre contra las redondas nalgas y asiéndole la oscura melena, se agitaba con un movimiento oscilante y frenético; estaba dentro de aquel cuerpo, completamente hundido, podía gozar libremente, con violencia o con la mayor delicadeza -ahora lo sé: en esta posición, el miembro penetra más, llega hasta el fondo, y la fina piel del prepucio, el dilatado borde del glande y las hinchadas venas frotan el clítoris que se contrae, acarician la vulva y penetran en la suave cavidad como en una caverna, y el pene, duro y poderoso, llega hasta el útero, último obstáculo y llena el espacio de manera que ya no se sabe quién es quién; esta extraña posición es, pues, la de mayor violencia y también de sublime voluptuosidad, porque qué puede ser más hermoso, qué puede haber más delicioso-, pero entonces yo sólo veía que mi padre arqueaba la espalda violentamente, que abría las posaderas como si fuera a defecar, que tenía una mano apoyada en el suelo y que sus grandes testículos se agitaban al comprimirse contra el lugar que deparaba a ambos un placer tan evidente; la fräulein dio un grito agudo y penetrante; mi padre tenía la boca abierta y eso me asustó, porque parecía que no iba a poder cerrarla nunca más, de la garganta le salía un ronquido profundo, sacaba la lengua y tenía la mirada extraviada; pero no me parecía que los gritos y los ronquidos estuvieran directamente relacionados con aquel placer, porque, cuando él penetró del todo, se quedó quieto, como si hubiera encontrado su abrigo definitivo, y su cuerpo, cubierto de grandes parches de vello oscuro, se agitó con un temblor convulso e interminable; tiraba del pelo a la mujer golpeándole la cabeza contra el suelo, y aunque entonces los gritos de ella eran más penetrantes y voluptuosos, también se retorcía, como si quisiera apartarse, para que él reanudara el movimiento de vaivén enérgico y delicado que le hacía sentir un placer más intenso; pero mi padre volvió a tirarle del pelo y le golpeó la cabeza contra el suelo con un ruido seco.

En aquel momento, pudo más en mí la voluptuosidad que la estupefacción y, olvidándome hasta de mi madre, me concentré en la escena cuya contemplación hacía que me sintiera feliz y más allá del bien y del mal, y ello no sólo se debía a que hubiera quedado satisfecha la natural curiosidad infantil -el conde de Stollwerk, mi amigo y compañero de juegos en Heiligendamm, que era varios años mayor que yo, ya me había revelado esos secretos- sino a que una serie de deseos, impulsos e inclinaciones crueles que hasta entonces estaban latentes en los repliegues del conocimiento se manifestaban ahora inesperadamente y me sentía como si me hubieran desenmascarado, como si la fräulein con sus gritos me hubiera pillado en flagrante delito; aquella escena despertó mi sensualidad, fue una revelación que tenía que ver no sólo conmigo, ni con un conocimiento abstracto, ni siquiera con mi compañero de juegos al que un día sorprendí en el páramo, masturbándose tumbado entre los juncos, ni tenía que ver con mi padre, sino con la fräulein, objeto de mi admiración y simpatía.

Aquellas salidas nocturnas no habían dejado de tener consecuencias, ya que, si bien me gustaba estar solo en nuestra terraza común, me alegraba encontrarla allí y que ella me apretara contra su cuerpo caliente de la cama y de la desazón que no la dejaba dormir.

Era un cuerpo que irradiaba belleza, aunque su belleza no residía en la estética de las formas ni en la regularidad de las facciones, sino que impregnaba la carne y hacía resplandecer la piel; no reflejaba el ideal clásico, evidentemente, pero su atractivo era más poderoso que el de cualquier ideal; por fortuna, nos fiamos más del tacto de nuestras manos que de rígidos cánones de belleza, y puedo decir que ni mi madre era insensible a ese poderoso y desconcertante atractivo, a pesar de su talante respetuoso con las normas; en este caso, también ella se fiaba de sus ojos, estaba entusiasmada con la fräulein, le tenía viva simpatía y seguramente hasta había pensado en entablar con ella una amistad como la que existía entre mi padre y Frick; los ojos castaños, brillantes y confiados, la piel meridional, agitanada, tirante sobre los anchos pómulos, la nariz fina y los labios carnosos, rojos y hendidos no sólo en sentido horizontal sino vertical, como por cortes rituales, ejercían en ella un efecto electrizante; en vano mi padre, que tampoco estaba exento de malicia, señalaba que, en realidad, la fräulein era «de lo más vulgar», ella no reparaba en sus modales un poco bastos, cerraba los ojos a su desenvoltura rayana en la mala educación y no paraba mientes en la frente estrecha y huidiza, síntoma de una limitación mental que la fräulein no trataba de disimular con discreción, sino que exhibía con su particular desenfado; yo conocía aquel cuerpo que ahora estaba en el suelo: los senos pequeños, duros y separados, la cintura que, con ayuda de vestidos sabiamente cortados, parecía mucho más esbelta de lo que era en realidad y las caderas cuya opulencia acentuaba el corte de la falda; yo conocía bien aquel cuerpo porque en sus noches de insomnio, cuando salía a la terraza y me abrazaba con una ternura maternal un tanto exagerada -efusiones que, ahora lo descubría yo, estaban dirigidas a mi padre-, había llegado a hacérseme familiar, con toda su voluptuosidad y su irregular perfección, ya que ella no se echaba una bata por encima y, a través de la fina seda del camisón yo lo palpaba todo, hasta el suave vello de su vientre cuando mi mano se extraviaba como por casualidad y su perfume me envolvía.

Pero ya basta.

Porque el decoro y el buen gusto exigen que hagamos una pausa en nuestro recuerdo.

Y es que, en aquel momento, mi madre exhaló un gemido y se desplomó sobre las losas, sin sentido.

Chicas

El jardín era enorme, casi un parque, sombreado y perfumado al calor del verano: el olor ácido de los abetos, la resina que goteaba de las pinas que crujían al abrirse, los gruesos capullos de las rosas que estallaban en rojo, amarillo, blanco y rosa resplandecientes, aquí y allá, un pétalo rizado por el sol, que ya no podría seguir abriéndose e iba a caer; los lirios erguidos que atraían a las abejas con su néctar, las petunias lila, granate y azul que cabeceaban a la brisa, los dragones de alto tallo, los racimos de dedalera que festoneaban los senderos con sus colores llameantes, los destellos del rocío en la hierba al sol de la mañana, y, sobre todo, los arbustos, en macizos y en setos, saúcos, evónimos, lilos, jazmines que embriagaban con su dulce perfume, laburnos, avellanos y, a la sombra densa del espino blanco, una espesura húmeda en la que campaba por sus respetos la oscura hiedra de olor acre que con sus zarcillos se agarraba a cercas y paredes y abrazaba los troncos de los árboles, que echaba finas raíces aéreas y todo lo cubría, que se nutría de los hongos y la putrefacción que ella misma producía, una planta simbólica que, con sus tupidas hojas verde cardenillo, todo lo engulle, ramas, troncos, hierba, y en otoño se deja sepultar por la hojarasca rojiza para resurgir, lustrosa y robusta, en primavera; aquí se refrescaban los lagartos verdes, las culebras pardas y los limacos gordos, que trazaban complicados arabescos con su baba que, una vez seca, se volvía blanquecina y se te desmenuzaba en los dedos; hoy rememoro aquel jardín sabiendo que ya no existe, se arrancaron los arbustos, se talaron casi todos los árboles, se derribó la fresca glorieta pintada de verde por la que trepaban rosas carmesí, desaparecieron las piedras de la rocalla, destinadas a otros usos y, con ellas, las siemprevivas, los heléchos, el sedo, los írides y los amarantos, se secó el césped y creció la maleza, se pudrieron las silias blancas, la estatua de piedra de Pan tocando la flauta, que con los años había empezado a desmenuzarse y que una noche de tormenta cayó y desde entonces estaba tumbada en la hierba, habrá ido a parar a algún sótano, y ni el pedestal quedará, los adornos de estuco del la fachada han saltado, las diosas de boca abierta que descansaban en conchas marinas encima de las ventanas se han caído, lo mismo que las falsas columnas jónicas, el porche acristalado está tapiado y, después de esta llamada reforma, la vid silvestre, paraíso de hormigas, escarabajos e insectos varios, fue arrancada de la pared, pero, pese a que sé de todos estos cambios y a que el jardín vive sólo en mi recuerdo, aún oigo el susurro de las hojas, respiro los perfumes, veo los reflejos de la luz y siento la brisa lo mismo que entonces, y me basta desearlo para que vuelva a ser verano, haya silencio y llegue la tarde.

Y aquí está el niño que era yo, de cuerpo frágil pero bien proporcionado, aunque él se ve feo y tan fachoso que, por mucho calor que haga, no se quita la camisa o, por lo menos, la camiseta, y siempre lleva pantalón largo porque prefiere sudar a enseñar las piernas, a pesar de que le repugna oler a sudor; hoy nos hacen sonreír con indulgencia sus manías, y comprendemos con amargura que raramente somos conscientes de nuestra propia belleza, que sólo los demás parecen apreciar y que nosotros no descubrimos sino al mirar atrás con nostalgia.

Estoy en el empinado sendero del jardín, es uno de los raros momentos en los que no pienso en mí, mejor dicho, la espera me absorbe de tal modo que he pasado a formar parte de una escena que se desarrolla según unas reglas desconocidas y, excepcionalmente, en este momento, no me preocupa no llevar camisa ni pantalón, sino sólo un calzoncillo azul, descolorido por los muchos lavados, a pesar de que ella ya no puede tardar.

Sencillamente, estoy allí, en el jardín, y al otro lado de la calle está el bosque, en la mano tengo una rebanada de pan con una gruesa capa de manteca y unas tiras de pimiento verde por encima que he cortado cuidadosamente, a lo largo y, cuando me llevo el pan a la boca, las sujeto con los dedos, para que no se muevan, pero se escurren, y es que no puedo apretar, porque me untaría la cara de manteca.

El calor pone un velo gris en el cielo, el sol quema, es la hora más tórrida de la tarde, no se mueve ni un insecto, pero a mí me parece sentir en la piel húmeda un soplo de aire refescante que a esta hora no puede percibirse más que en este sendero.

Los lagartos están escondidos y hasta los pájaros callan.

El sendero sube hasta la verja de hierro forjado sostenida por pilares de piedra labrada, fuera, en la calle, tiemblan ligeramente las sombras, al otro lado está el bosque y de allí llega esta brisa fresca y seca que me acaricia la piel; estoy un poco aturdido, pero alerta, porgue tengo que reconocer que mi aturdimiento es fingido, que lo simulo para salvar mi amor propio.

Así me evito reconocer que estoy esperándola, ya la esperaba en la grata penumbra de la habitación, mientras hacía como que leía, la esperaba al dormirme y la esperaba al despertarme, la he esperado durante horas, días y semanas, la esperaba en la cocina, mientras untaba el pan y cortaba el pimiento, quién sabe las veces que mis ojos se han vuelto hacia el ruidoso despertador, como si se extraviaran y tropezaran con las manecillas por casualidad, pensando que quizá también ella estuviera pendiente del reloj para salir precisamente en ese momento, porque pasaba todos los días casi a la misma hora, las dos y media, y no podía ser casual tanta exactitud, pero, al mismo tiempo, sin poder desechar la horrible idea de que quizá yo estuviera equivocado y que ella no pasaba por mí sino por que le gustaba el camino. Unos minutos más y podría acercarme a la valla, como si tuviera algo importante que hacer allí, unos minutos, media hora a lo sumo, si se retrasaba para fingir indiferencia, como hacía yo cuando me escondía en el seto; me preguntaba si tendría que esperar mucho rato, porque una vez, una sola vez, no vino; la esperé hasta la noche, no podía hacer otra cosa, oscureció y yo seguía al lado de la valla, ella no. vino, y aquella tarde descubrí lo abismal que puede ser el tiempo cuando uno espera y no puede hacer más que esperar. Y entonces apareció de repente.

Al igual que todos los momentos que consideramos trascendentales, también ése fue insulso, como si tuviéramos que anunciarnos a nosotros mismos que lo que tanto esperábamos ya ha ocurrido, porque nada cambia, todo sigue como estaba, simplemente, ella había llegado, la espera había terminado.

Yo estaba entre los arbustos, detrás de la valla, tenía el observatorio cerca de la verja, exactamente delante del sendero que salía del bosque y, casi escondido, serpenteaba entre las matas, bajo las ramas de un enorme sauce llorón y salía a la calle por la que a aquella hora no pasaba nadie; yo podía estar seguro de que, si me mantenía alerta, no perdería ni un segundo de su presencia, eran momentos preciosos para mí y, trabajosamente, me abría camino por entre los arbustos, de los que conocía cada rama que me golpeaba la cara, y la acompañaba hasta la cerca del vecino, y desde allí la seguía con la mirada, hasta que el rojo y el azul de su graciosa falda se confundían con el verde, y todo ello duraba bastante tiempo; la única sorpresa podía ser que no viniera por el bosque, para evitar que nuestro mudo juego se hiciera rutinario y a veces daba un gran rodeo, y, en lugar de salir del bosque, aparecía por donde la calle se elevaba en una pronunciada subida para descender enseguida; la calzada había estado asfaltada, pero las heladas habían cuarteado y hecho saltar el asfalto, y sus precauciones eran inútiles; en aquella quietud, ni el oído más fino percibía el lejano y monótono zumbido de la ciudad, entre la sinfonía que formaban el susurro de las hojas, los trinos de los pájaros, el ladrido de algún que otro perro y el sonido de una voz humana, pero aquella atenta espera me había enseñado a distinguir los distintos tonos del silencio y de cada sonido, y era inútil que ella tratara de sorprenderme viniendo por la calle, porque la tierra rechinaba bajo sus pies, y no podía ser nadie más que ella, yo conocía bien sus pasos.

Aquel día, al salir del sendero del bosque, se paró, y, si la memoria me ha conservado fielmente su imagen, que es lo más probable, llevaba la falda roja con lunares blancos y una blusa blanca, las dos cosas, bien almidonadas y planchadas con brillo, de modo que el pequeño relieve de sus pechos casi desaparecía bajo la rígida tela, y sus finas rodillas golpeaban airosamente la falda de algodón haciéndola crujir; cada prenda de su modesto vestuario revelaba u ocultaba alguna parte de su cuerpo, y por eso yo conocía bien todas sus faldas, vestidos y blusas, prendas que quizá ella elegía con esmero pensando en mí; se paró, pues, y, estirando el cuello hacia adelante, muy despacio, con fingida indiferencia, volvió la cabeza primero hacia la derecha y después hacia la izquierda y, durante este movimiento, sus oíos, como por casualidad, se posaron en mí no más de una fracción de segundo -en vano yo trataba de retener su mirada, sólo un día conseguí que me mirara más larga y valientemente, pero de eso hablaré más adelante-, era evidente que me buscaba, porque, cuando yo no estaba en mi sitio, si me agachaba o me escondía detrás de un árbol, para que no me viera enseguida y así ponerla en desventaja, sus ojos vacilaban y su rostro reflejaba la desilusión que yo pretendía provocar con mi argucia que a ella, tan discreta, debía de parecerle de una coquetería imperdonable; sólo una mirada me lanzó mientras yo atisbaba, desvalido, desde la sombra caliente de los arbustos.

No era bonita, y ese reconocimiento exige una explicación inmediata, porque el que no fuera bonita me producía una mezcla de vergüenza y de pesar -¡aunque a mí sí me lo parecía!-, y tan pronto como ella doblaba la esquina de la calle y la perdía de vista, sentía como si tuviera que avergonzarme ante los demás de que la chica de la que estaba enamorado no fuera bonita sino fea o, dicho con más delicadeza, no fuera una belleza, y esto empeoraba las cosas y aumentaba mi confusión y mi vergüenza, porque, como llevaba ya tantos días soportando la tortura de la espera y rebelándome en vano, no tenía más remedio que reconocerlo, sí, tenía que pregonarlo, que gritarlo y, con la esperanza de liberarme, gritaba al aire que estaba enamorado, enamorado de esa muchacha, pero sólo era feliz mientras duraba el grito, porque cuando cesaba descubría que no me había liberado del triste convencimiento de que tendría que seguir esperando y esperando hasta las dos y media; y cuando llegara tendría que esperar a que se fuera para después seguir esperando hasta el día siguiente, lo que sin duda era absurdo y enfermizo, más incomprensible aún que rehuir a Kristian para evitarme el dolor de su presencia.

Ya que tenía, pues, que verla todos los días, por lo menos hubiera podido ser bonita, eso deseaba yo, porque su hermosura dejaría en mí su estela cuando ella se fuera y yo no tendría que avergonzarme de mis sentimientos; yo creía que su belleza hubiera podido redimirme, pero siempre tendría que sufrir la misma tortura, la misma dolorosa sed de belleza, diría hoy, con una viva mortificación que debía ocultar a todos, lo mismo que mi amor por Kristian, aunque por otras razones, y me sentía humillado; humillado, sí, porque sus ágiles movimientos, su extraña sonrisa, su tristeza arisca, su risa maliciosa, la luz de sus ojos verdes, la vibración nerviosa de sus músculos, todo ello me lo hacía familiar, yo lo asumía, lo integraba en mi cuerpo, por eso en las situaciones más inesperadas podía manifestarse en mí, era casi como si él ocupase mi lugar y yo me hubiera convertido en él; por eso, con uno solo de sus gestos imaginarios, con su sonrisa y con sus miradas podía destrozar todo lo que era importante para mí o podía ayudarme en dificultades que yo solo quizá no hubiera podido vencer, su presencia tenía una doble cara, una cara amable y una cara hosca, pero, en cualquier caso, imprevisible; no me dejaba solo, era mi muleta, o mi ideal oculto, era como si yo no existiera más que como su sombra; también ahora estaba presente en espíritu, aparecía y desaparecía, se encogía de hombros, sonreía o fingía indiferencia, pero se mantenía al acecho; así pues, esa muchacha podía hechizarme y su sola presencia, barrer mis dudas estúpidas, pero no era yo su único observador; no era capaz de juzgarla fiándome sólo de mis sentimientos, influido como estaba por un sentido crítico que, en cuestión de belleza, yo consideraba más competente, porqué, ¿qué opinión podía ser más válida que la de él?

Durante aquel tiempo, yo la observaba, ¿y quién si no iba a observarla?, la esperaba, me alegraba cuando la veía aparecer, y desde entonces nunca he encontrado en un rostro ni en un cuerpo algo que me impresionara más, o, para decirlo con más exactitud, es como si desde entonces, en cada una de las personas del sexo femenino que me gustan, buscara aquello que recibía de ella, precisamente porque ella nada me daba, con lo que me hacía dolorosamente consciente de una carencia y era esta carencia lo que, aun sin saberlo, yo siempre estaba tratando de llenar; pero si, a pesar de que ella poseía una belleza indiscutible, hoy lo sé por fin, porque su perfección se me manifestaba día tras día, aunque sólo durante un instante, a mí y sólo a mí, ¿y qué es la belleza sino revelación involuntaria de lo que nosotros mismos ignoramos poseer?, y yo, por extraño que pueda parecer, no podía llamarla hermosa, era porque contra todas las apariencias nunca estuve a solas con ella, ni un momento, siempre había alguien conmigo, detrás de los arbustos y yo notaba cómo esos otros me sujetaban los brazos para no dejar que la abrazara y cómo hacían que se me pusiera la piel de gallina para que no reconociera mis sentimientos; quizá hacían bien, me digo hoy con suficiencia, porque ese dolor nos enseña lo que nos está permitido y lo que nos está vedado; y no era él el único que hablaba contra ella -absurdamente, yo creía experimentar también los celos que hubiera podido sentir a causa de Livia aquel Kristian que yo imaginaba llevar dentro de mí-, sino que, por extraño que pueda parecer, éramos varios los que la observábamos desde mi persona, no únicamente yo, que tanto deseaba amarla, sino también todos los otros chicos, aunque entonces yo no era consciente de ello, y todos me mortificaban observando a esa muchacha, y lo peor no era que no la encontraran bonita sino que ni siquiera la encontraban fea, porque, aparte de mí, creo que nadie se había fijado en ella.

Y que yo fuera el primero y el único forzosamente tenía que impresionarla.

Yo estaba seguro de que ella se sabía fea y se avergonzaba; su aire, su piel, la pulcritud de su ropa, su discreción y su modestia así lo daban a entender; pero no se amilanaba, al contrario, quizá hacía su encanto el que, con gran seriedad y ciertamente no sin valentía, me diera a entender que, aun siendo la más fea, no se privaba de venir a pasear por delante de mí, y aquí podemos agregar que su desvalimiento estaba acentuado casi hasta el absurdo por el consabido orgullo del pobre, y yo no podía menos que sentir una estremecida y morbosa curiosidad al pensar en el sótano en el que vivía.

Era delgada, menuda, mantenía casi siempre la cabeza baja, y sus grandes ojos castaños solían mirar de abajo arriba, quietos y penetrantes; tenía el pelo castaño y lo llevaba muy corto y sujeto por dos pasadores, dos mariposas blancas, que le dejaban la frente al descubierto, dándole un aire infantil y desangelado que a mí me gustaba, porque encontraba bonita su frente abombada y me conmovía la tierna atención que le dedicaban los suyos para que estuviera siempre impecable, lo cual debía de parecerles muy importante; una vez vi cómo su padre, delgado, rubio, con bigotito, que se ondulaba el pelo y que, además de bedel de la escuela, era sacristán de la iglesia cercana, sentado en su garita de la portería, la atraía hacia sí y le limpiaba la frente con el pañuelo humedecido con saliva; la madre, según me habían dicho, era gitana, y más de una vez la había visto subir del oscuro sótano en el que vivía la familia, cargada de ollas y capazos con las sobras de la cocina de la escuela que repartía entre el vecindario, después de alimentar con ellas a los suyos; aquella mujer tenía la piel tersa, satinada, de un moreno luminoso que el verano oscurecía ligeramente y por eso era más bella con la palidez del invierno.

Ya se fundía la nieve cuando llegó aquel día extraordinario en todos los sentidos en que empezó lo nuestro; había sido un invierno muy crudo y el deshielo era muy lento, lo que el sol fundía durante el día volvía a helarlo el frío de la noche, pero, poco a poco, se acercaba la primavera; desaparecieron primero los almohadones de nieve de los tejados y las blancas cofias de las chimeneas, después, los grumos acumulados en las ramas que el viento había convertido en cristal, por la noche se formaban largos carámbanos en los aleros que de día goteaban y el agua abría surcos en la nieve del suelo alrededor de las casas; podías romper los carámbanos con la mano y chuparlos, estaba bueno el hielo, las hojas podridas y la herrumbre de los canales le daban un sabor especial que a los niños nos encantaba, aún se formaba una fina lámina de hielo por la noche, y era muy agradable sentirla crujir bajo los pies y dejar marcadas las huellas de nuestros pasos; pero, unos días de bonanza, y todo se animaba, goteaba, crujía, se resquebrajaba, susurraba, rezumaba, crepitaba y los pájaros empezaban a cantar; era un día tibio y lleno de sonidos, con un cielo perfectamente azul, durante el largo recreo de la mañana, bajamos todos al gimnasio, formados por clases y nos quedamos firmes, en silencio y con la mirada al frente, sin movernos ni volver la cabeza, pero, aunque nos intimidaba aquella ostentación de duelo, en el tenso silencio, mirábamos a hurtadillas el cielo azul a través de las altas ventanas; en el gimnasio había un escenario, y todo el profesorado se había alineado, inmóvil como nosotros, delante del telón granate.

Era la hora del funeral de Stalin, la hora en que su cadáver embalsamado era trasladado de la gran sala de mármol al mausoleo.

Yo imaginaba aquella sala oscura, inmensa, casi tan grande como un estadio cubierto -sala de mármol, me repetía paladeando las palabras-, pero que no era simplemente una nave grande como pudiera ser el vestíbulo de una estación, sino una sala con un bosque de columnas de mármol y un alto techo artesonado que se perdía en la oscuridad; allí no sonaban pasos, nadie se atrevía a entrar para no romper el silencio, él estaba al fondo, en su catafalco, una especie de estrado o quizá de cama, imaginaba yo, que, más que verse, se adivinaba, porque no entraba por la estrecha puerta luz suficiente para alumbrar aquella inmensidad, sino sólo un ligero resplandor que hacía relucir el suelo y las columnas de aquel mármol de tonos grises y terrosos, surcado de vetas nobles; no había cirios ni lámparas; era tan vivido y plástico el cuadro que yo imaginaba, que aún hoy puedo recordarlo sin esfuerzo y sin sentir la necesidad de matizar de ironía mi recuerdo; yo creía que, a aquella hora, el mundo entero observaba ese mismo silencio, que hasta los animales, al advertir el impresionante mutismo de los hombres, también callaban, sobrecogidos; pero yo no sentía aquella muerte como una extinción, sino como la solemne culminación de una apoteosis que desencadenaba una eclosión de respeto, fervor, nostalgia y amor, sentimientos que no habían tenido ocasión de manifestarse con tanta fuerza hasta ahora, con ocasión de esta muerte sensacional, y la honda impresión que yo sentía no la mitigaba el alegre piar de los gorriones que revoloteaban en el alero, ni el indiferente graznido de los cuervos que llegaba hasta aquí abajo, porque era un silencio de una magnitud inconcebible; yo imaginaba que el mundo entero, hombres y animales, observaban un silencio único y en vano buscaba una unidad de medida apta para tanta quietud; sabíamos que en aquel momento también en el exterior había parado todo, automóviles, tranvías y hasta los trenes, entre estaciones, que la gente había desaparecido y que, si alguien se encontraba casualmente en la calle en el instante en que habían sonado las sirenas, debía quedarse inmóvil y, al igual que los sonidos se amalgaman de manera que, desde cierta distancia, los de toda una ciudad se perciben como un zumbido sordo o un fragor, también este silencio era acumulativo y en aquella oscura sala de mármol se advertía que todo el mundo había enmudecido, a pesar de que él ya no podría oír el silencio, ¿y qué tenía que haberle ocurrido a una persona para no poder percibir ni el silencio?, haber muerto; al llegar a este punto, se nubló la clara visión y se hizo la confusión en mi mente, porque yo sabía que él no estaba muerto simplemente, muerto como cualquiera aue se pudre bajo tierra, sino que el bálsamo lo preservaría y consagraría, y esa operación del embalsamado me parecía siniestra e incomprensible, algo en lo que era mejor no pensar, aunque en vano trataba yo de desviar mis pensamientos de aquel terreno prohibido, aquello me impresionaba más que la muerte, no podía dejar de pensar en aquel embalsamado misterioso al que sólo tenían derecho los grandes entre los grandes, ¿los faraones egipcios, por ejemplo?, y hasta pregunté a mi abuelo que, porque hablaba poco yo creía que sabía mucho, intrigado por qué precisamente él y los faraones, qué relación había entre su grandeza y la grandeza de los faraones, aunque no preguntaba muy tranquilo porque intuía que su respuesta sería mordaz y sarcástica -él hablaba de todo en el mismo tono-, y la respuesta que me dio, efectivamente, lejos de disipar mis escrúpulos morales respecto a la operación, los acrecentó, «¡Es un invento fabuloso! -exclamó con una carcajada repentina y, como siempre que se disponía a hablar, se quitó las gafas-. La operación consiste en lo siguiente, presta atención: todos los órganos internos que se descomponen rápidamente, hígado, pulmones, ríñones, corazón, intestinos, estómago, vesícula biliar y demás, sin olvidar el cerebro, desde luego, en el caso de que el difunto lo tenga, son extraídos limpiamente. Antes se habrán vaciado las venas de toda la sangre que pudieran contener, suponiendo que no se haya cuajado, porque ya se sabe que la sangre es una de esas cosas que enseguida se echan a perder. Cuando ya no quedan partes blandas en el interior (tengo entendido que también se sacan los ojos), es decir, cuando ya tan sólo tenemos piel, carne y huesos, o sea, la carcasa, se trata todo, por dentro y por fuera naturalmente, con un producto químico, no me preguntes cuál porque lo ignoro, luego se rellena y se cose, como hace la abuela con el pollo el domingo, y asunto terminado». Y, como si no se le hubiera ocurrido pensar por qué le hacía yo esta pregunta ni le interesaran mis motivos, terminó su corto monólogo sin suavizar su cruda descripción con una sola palabra: la sonrisa se borró de sus labios y volvió a aparecer en su cara aquel gesto frío e impersonal que ya tenía el día de la muerte, cuando yo buscaba en los armarios una tela negra para adornar de un modo digno el boletín en el tablón de anuncios de la escuela a la mañana siguiente y no encontré más que una camisa de seda de la abuela de la que corté puntillas y tirantes, y el abuelo que me observaba comentó: «Sería más adecuado que pusieras también las bragas, chico» y, con estas palabras, se encerró de nuevo en el mundo de silencio en el que solía vivir, volvió a ponerse las gafas y apartó de mí su mirada despierta y divertida.

Ahora bien, visto fríamente, todo ello, aunque aparentemente najl tural, tenía un fondo de blasfemia oculta no sólo por la profanación que suponía abrir el vientre y sacar los órganos al cadáver, sino por la manera en que el abuelo lo describía, ¡con aquella displicente objetividad y aquella falta de respeto!, porque, si no había otra manera de mantener en vida al muerto, por lo menos, deberían silenciarse esos crudos detalles del procedimiento; disimular, ocultarlo, hacer como si no fuera verdad, como había que silenciar también -incluso ante mí mismo- lo que había dicho Kristian cuando nos dieron la noticia de la fulminante enfermedad, callarlo como si el solo hecho de haber oído casualmente aquellas palabras fuera el peor de los delitos.

En realidad, fue una casualidad, una pura casualidad, y yo me aferraba a esa palabra como a una tabla de salvación; era una casualidad, sí, que podía echarse en olvido, porque yo no tenía por qué haberlo oído, si aquel día no me hubiera tocado limpiar la pizarra ni hubiera tenido que entrar en el lavabo a aclarar la esponja, o hubiera entrado unos minutos antes o después -¿por qué había tenido que entrar precisamente entonces?, pero ¿no residía precisamente ahí la casualidad?-, entonces no hubiera tenido que oír lo que decía Kristian, él lo hubiera dicho, pero yo no me hubiera enterado, ¡y son tantas las cosas que se dicen de las que no me entero!, pero, como lo había oído, mi cerebro no hacía más que dar vueltas a la misma escena, como movido por una fuerza irresistible, con la esperanza de encontrar una salida o de olvidarla, pero no podía olvidarla ni encontraba la salida, al contrario, aquello me señalaba inexorablemente cuál era mi deber y frustraba todo intento de darle otra intepretación, porque ¿y si no hubiera sido fruto de la casualidad sino venganza del destino?, en tal caso, también yo podría vengarme a mi vez, pero ¿y si era una trampa?, porque ¿cómo vengarme sin delatarme?, se descubriría que había mentido, y en vano habría tratado de rehuirle por todos los medios durante meses, de no tener tratos con él, de ignorar su existencia, de hacer que desapareciera de mi vida de una vez para siempre, como si le hubiera matado.

Matarle no era una idea fortuita sino un propósito deliberado y meditado: tomaría la pistola de mi padre, él ya me había enseñado su manejo, por lo que tenía bien perfilados todos los detalles técnicos de la muerte; la pistola estaba en un cajón del escritorio, mi padre la limpiaba una vez al mes con un paño empapado en petróleo que ennegrecía sus dedos largos y delgados, por eso, al mirarme, mientras roe mostraba el manejo del arma, tenía que apartarse el pelo de los ojos con el dorso de la mano; la fría mirada de sus ojos azules, las explicaciones, relativamente sencillas, el penetrante olor a petróleo me dieron, aquella tarde de domingo, una idea concreta, que resistía el análisis racional, como si no quedara por decidir más que la manera de borrar las huellas, y ahora esa estúpida casualidad, de la que yo mi esforzaba en no darme por enterado y que no podía olvidar, me desenmascaraba ante mí mismo: si no me atrevo a denunciarle ahora que lo tengo en la palma de la mano, ¿cómo voy a tener valor para asesinarle?, pero, apenas planteada la posibilidad, la rechacé rotundamente, porque comprendía que, si le denunciaba, perdería mi propia estimación y me consideraría un despreciable soplón.

Ya me sentía como un espía, a pesar de que no había hecho nada, no me atrevía ni a pensar siquiera que tuviera que hacer algo y no tenía valor ni para contar a mi madre lo ocurrido, aun deseándolo vivamente, por temor a que ella me aconsejara cómo salir de esta penosa situación y yo no pudiera seguir su consejo, por lo que opté por callar; ella notó algo, desde luego, me preguntó qué me ocurría, pero le dije que no era nada, y es que temía que, si empezaba a hablar, también saldría a relucir el abuelo, ya que su actitud, salvando las diferencias, la veía yo análoga a la de Kristian y hasta complementaria, porque, si el abuelo no hubiera, por así decir, preparado el terreno, el comentario de Kristian no me hubiera chocado tanto, pero ahora yo había descubierto que ellos, los camaradas, hablaban entre sí de cosas que a mí no me decían, que existía un círculo, del que yo estaba excluido, en el que se pensaba de otra manera, y a aquel círculo pertenecía también el abuelo, y yo ahora, involuntariamente, por casualidad, había penetrado en él, estaba enterado y no podía olvidar lo que sabía, aunque no fuera más que a causa de los celos que me atormentaban, y este conocimiento no deseado, este conocimiento secreto de una actitud que yo no consideraba lícita, me convertía ya en espía.

Ellos debían de pensar que yo había estado acechando el momento en que iban al lavabo para hablar y había querido sorprenderlos; naturalmente, primero miré a Kristian, que estaba de cara a la pared alquitranada, con los pies separados ¡y qué arrogancia la suya, incluso para orinar!, tenía una mano en la cadera y con la otra sostenía el pene, pero no como lo sostienen los niños que, hasta la pubertad, imitan el delicado ademán de la madre y lo asen torpemente por el extremo con dos dedos, con lo que las últimas gotas no se escurren bien y mojan la mano y el pantalón, no, él ya lo sujetaba como los hombres, con suficiencia, cerrando la mano sobre el miembro con la palma hacia abajo, levantando un poco el meñique para no interceptar la trayectoria del chorro y cubriéndolo con la mano como el que protege el cigarrillo del viento, con lo que hubiera podido parecer un gesto de pudor, de no ser por aquella fanfarronería con que adelantaba la pelvis abriéndose de piernas más de lo necesario, como si con su postura quisiera dar a entender -¿a quién, a sí mismo o a nosotros?- que hasta este acto le producía placer; orinaba con jactancia, y había creado una moda, porque no sólo los chicos de su grupo, sino toda la clase, incluido yo mismo, lo imitábamos, aunque ninguno llegaba a experimentar aquel placer que él demostraba con tanta naturalidad; cuando entré, con la esponja seca e impregnada de tiza en la mano, lo vi en esa familiar actitud, que ahora parecía incluso más desenvuelta porque estaba hablando con Szmodits, que orinaba a su lado, y en voz lo bastante alta como para que Prém, que estaba detrás, esperando turno, y Kálmán Csuzdi, que fumaba apoyado en el marco de la puerta, pudieran oírle claramente; yo hubiera preferido salir al pasillo, pero una retirada injustificada hubiera llamado la atención, sobre todo de Kálmán Csuzdi, que ya me había visto, de modo que seguí adelante, y él, que no había oído o no había querido oír la puerta, terminó lo que estaba diciendo: «…¡y por fin va a reventar también ese cerdo!», mientras yo, después de vacilar un momento, cerraba la puerta

Prém, un chico fornido y moreno que seguía a Kristian a todas partes como un cortesano diligente, y con sus dulces ojos castaños, sagaces, comprensivos e indulgentes, parecía tratar de adivinar en cada momento cómo podía serle útil, Prém, hacia el que yo, pese a su actitud amistosa y servicial tanto para con Kristian como para conmigo y los demás, sentía una antipatía invencible, casi asco, lo cual no es de extrañar, ya que él parecía capaz de realizar sin gran esfuerzo lo que yo no podía, por falta de coraje, habilidad o desenvoltura y, además, mantenía con Kristian una perfecta compenetración, como la que ansiaba yo -parecían hermanos, hermanos gemelos, y hasta se trataban con cierta indiferencia, como si su relación estuviera determinada por la naturaleza y nada pudieran agregarle ellos, o enamorados, porque, por lejos que estuvieran, parecían hallarse en constante sintonía, siempre buscándose con la mirada, comunicándose, aunque era evidente que Prém, más bajo, era el servidor, y ya se sabe que, en estas relaciones, el bajo siempre es criado del alto-, Prém, decía, soltó una carcajada como si Kristian hubiera contado el más gracioso de los chistes, a pesar de que la frase tenía un tono más bien amargo y tétrico y no me hubiera sorprendido que Kristian, por esta risa atolondrada, le hubiera dado un bofetón, como hacía a veces, porque comprendía, sin duda, que este exceso de celo, en lugar de robustecer su autoridad, la minaba, por lo que se hacía necesario el castigo; lo que más me repugnaba de Prém era la boca, ¡la boca y los ojos!, la sumisión obsequiosa de aquellos ojos redondos y un poco saltones, con sus espesas pestañas, y la boca, feroz, de un rojo brutal, excesivamente grande, desproporcionada para aquella cara pequeña, pero no fea, cuyos gruesos labios él, consciente de su belleza, que no se les podía negar, no paraba de humedecer con complacencia mientras hablaba, y también su manera de hablar era curiosa, en voz baja, acercándose mucho, sin mirar a los ojos al interlocutor, dirigiéndose a su oído y susurrando las palabras en pequeños monólogos.

Seguramente, a Kristian le divertía aquella verborrea estúpida y también el desconcierto y la irritación que Prém suscitaba con sus sandeces; le seguía con una atención cariñosa y paternal mientras el otro, utilizando un método insondable, elegía a su víctima, se escurría por el pasillo procurando no llamar la atención o deambulaba por entre los bancos y, de repente, se plantaba delante de un chico, se inclinaba hacia su oído con gesto confidencial y empezaba a balbucear frases incoherentes que tenían la virtud de intrigar a la víctima, hablando sin reparar en el efecto de sus palabras, mientras Kristian observaba a distancia: «Oye, listo, a que no sabes la última. Lo dijeron anoche por la radio y lo han repetido esta mañana. Unos fascistas se han escapado de la jaula, ¡figúrate!» y callaba en seco. «¿De qué jaula?» preguntaba, casi maquinalmente, el incauto. «¡De la tuya, pardillo!», susurraba Prém y se alejaba con la misma discreción con que había llegado; Kálmán Csuzdi, por su parte, entornando los ojos al humo del cigarrillo ruso que le colgaba de los labios, me miraba con desdén, como si yo fuera un objeto extraño y un tanto repulsivo, y también con recelo, decidido a vigilar todos mis movimientos con sus ojos azules, vivos y astutos, rodeados de pestañas rubias en su cara blanca y redonda; tenía las manos en los bolsillos, lo que indicaba que había entrado sólo a fumar y, naturalmente, a charlar con los amigos -yo sabía que el cigarrillo pasaría de mano en mano, siempre los compartían-, a los que parecía querer proteger con su presencia, su mirada vigilante traducía una solidaridad que daba a entender que lo que Kristian acababa de decir lo suscribían todos y cada uno de ellos, y cuando, finalmente, se cerró la puerta con un chasquido, y también Szmodits y Prém se volvieron y Kristian, sin modificar su actitud, me miró a los ojos, yo comprendí que allí iba a ocurrir algo.

La frase había sido pronunciada, y no cabía duda de a quién se refería, no podía ser retirada, la carcajada la había corroborado.

Si Kristian no me hubiera mirado de aquel modo, si no hubiera mantenido aquella actitud insolente, sin duda yo no me hubiera dado por enterado, para no habérmelas con él, hubiera aclarado la esponja al chorro del grifo y hubiera salido del lavabo sin mirarlos; pero la desfachatez de aquella mirada, su provocativa naturalidad eran un desafío al que forzosamente tenía que responder, a pesar de que no era ésta mi intención, mi propia estimación me lo exigía, una propia estimación que, al parecer, había despertado en mí ajena a mi voluntad: «¿Qué has dicho?», pregunté en voz baja, mirándole yo también a los ojos, y el que mi propia voz me sonara tan serena me sorprendo e inquietó, y entonces me oí preguntar, en tono más forzado, más ronco y más plausible: «¿Quién tiene que reventar?»

El no contestó, y el silencio se hizo aún más opresivo, y como si, por fin, yo hubiera demostrado mi superioridad, me acerqué a él sosteniendo su mirada, pero entonces ocurrió algo que hubiera tenido que prever, de no haberme cegado el exceso de confianza del momento: de pronto, se interpuso entre nosotros la cara de Prém con una sonrisa resplandeciente, y mientras yo seguía mirando a los ojos a Kristian, percibía los ojos redondos y los labios húmedos, y su voz, su cuchicheo. «¿Tú sabes cómo es de grande la polla de un caballo, pedazo de espía? ¡Tan grande como la de Csuzdi!», y entonces Kálmán Csuzdi, que se había apartado de la puerta, dijo con voz áspera: «¡Puede que para el almuerzo te den la polla de Prém!», y a pesar de que según la ley no escrita hubieran tenido que reírse para quitar hierro a su actuación conjunta, no se reían.

El silencio era aún más intenso y más profundo, como si cubriera un miedo general que condenaba al fracaso todo intento de hábil mediación y debilitaba su superioridad numérica, lo cual tanto podía favorecerme como perjudicarme; al fin él dejó oír su voz en el silencio, para decir, mientras se abrochaba el pantalón, de cara a la pared: «¿No podríais ser un poco más finos?», lo cual sorprendió a los otros aún más que a mí e hizo el silencio más hosco todavía.

Yo estaba indeciso, cuando noté que tenía la esponja en la mano; la única salida posible era acercarme al grifo y aclarar la esponja, al fin y al cabo, para eso había entrado.

Pero cuando me volví me pareció que no iba a ser tan fácil demostrar que había entrado para eso y nada más; los cuatro me miraban fijamente, sin moverse.

Tenía que salir de allí, poner fin a aquella escena como fuera.

Transcurrió mucho tiempo antes de que mis pies me llevaran ám nuevo a la puerta, la abrí y, antes de que se cerrara, Szmodits murmuró a mi espalda con voz neutra y sin convicción: «¡Ten cuidado, no vayan a romperte la cara!», pero yo no podía tomárselo a mal y sabía que no tenía nada que temer, porque comprendía que en aquel momento no podía decir otra cosa.

No puedo afirmar que, mientras estábamos mudos y más o menos inmóviles en el gimnasio, pensara precisamente en esto, pero la escena me preocupaba, y en vano trataba de distraerme con otros pensamientos, imaginando la sala mortuoria, pensando en el fastidio de la inmovilidad, en la primavera que ya se anunciaba en el azul del cielo invernal, al otro lado de las robustas rejas de las ventanas, o en el cadáver al que habían abierto en canal para sacarle las entrañas y rellenarlo, ¿rellenarlo de qué?, no sería de paja, el corazón reluciente, lof pulmones blandos, los ríñones violeta rodeados de los intestinos, en* cima de la mesa de la autopsia, me daba reparo y también una oscura satisfacción pensar en algo prohibido, en lo que no debía ni quería pensar, pero esta infracción me distraía de aquel miedo que había despertado en mí el incidente; la amenaza había surtido efecto, y a alguna vez me parecía haberlo olvidado todo y me felicitaba por ello, bastaba un detalle insignificante, la pared verde del lavabo o el humo de un cigarrillo, para recordarme mi miedo, y cuando hay miedo y ansiedad buscas la causa, y yo había descubierto que lo que yo temía era que me esperasen por ahí para darme una paliza, temía los golpes, temía su superioridad numérica y temía la derrota, aunque mi humillación y mi derrota ya estaban consumadas; hacía días que pensaba en cómo protegerme, Prém estaba ahora en la formación justo delante de mí, Kálmán Csuzdi, detrás, un poco hacia la derecha y los otros dos, juntos, al fondo, pero también los sentía cerca, me parecía estar rodeado, pero ahora no podían moverse, y, dentro de mi indefensión, esta forzada inmovilidad era una protección o, por lo menos, una piadosa moratoria; a pesar de ello, mis ojos iban continuamente a la nuca de Prém, como si temiera que se volviera y me pegara un puñetazo en la boca, dando con ello la señal de ataque a los demás.

Por todo ello, no he podido olvidar el momento en que sentí que alguien me miraba; el miedo me lo ha grabado en la memoria.

Aunque no podría decir cómo ocurrió, porque resulta inexplicable y misterioso que cuando alguien nos mira, habla de nosotros o, simplemente, piensa en nosotros, involuntariamente, nos volvamos hacia esa fuente de atención y hasta después no comprendamos por qué; es una sensación, sin duda, pero ¿qué sensación?, es como si nuestros sentidos reaccionaran de un modo mucho más preciso y natural que nuestra razón o, dicho con más exactitud, como si la razón sólo pudiera procesar -con retraso, desfase e inseguridad- los materiales y energías que le transmiten nuestros sentidos y, a pesar de todo, subsiste la pregunta de qué fuerza, qué energía o qué sustancia es la que, incluso a través de grandes distancias, transmite a nuestros sentidos señales de otras personas y cuál es la naturaleza de esas señales que captamos y emitimos inconscientemente; aun cuando, aparentemente, nosotros nos limitamos a mirar al otro, pensar en el otro o hacer en voz baja alguna observación, el aire se carga, pierde su neutralidad, transmite señales hostiles o amistosas y, sin que nosotros nos demos cuenta, nos hace llegar los más complejos mensajes; yo no creo que ella quisiera llamar mi atención, por muchas razones, era inconcebible tal propósito, su mirada era, pues, tan involuntaria como mi respuesta: de pronto, dos personas se miran a los ojos, franca y espontáneamente, con avidez y sin recato, a pesar de que ahora teníamos que ser prudentes, los profesores estaban en el escenario, observando, aunque, a causa del carácter excepcional del acto, tampoco ellos podían moverse ni gritarnos los consabidos: «¡Todo el mundo quieto!» o «Como no te calles ahora mismo te vas a acordar de mí!», advertencias que tenían que sustituir por miradas, lo que hacía que el silencio fuera más amenazador y opresivo, mucho más que los gritos; alzando una ceja o insinuando apenas un movimiento de cabeza, te daban a entender que cualquier indisciplina, gesto de impaciencia o risa mal contenida no quedarían impunes; pero ella era una de esas personas que pasan inadvertidas, que en ningún momento y de ninguna manera llaman la atención, era muy reservada y, sobre todo, muy dócil como para arriesgarse a desafiar las reglas, por ello ni se me ocurrió pensar que trataba de tontear conmigo ni que buscaba distraerse con un coqueteo; me resultaba imposible descifrar su mirada.

Y es que aquella mirada, cuando tuve tiempo para reflexionar, me había llamado la atención porque no nacía de un sentimiento infantil; la prueba era que, a mi gesto de interrogación y perplejidad, ella no sonrió tratando de disimular, sino que se mantuvo impasible, tampoco tenía el aire ausente, simplemente me miraba, seria. «¿Qué mira esa mema?», me pregunté y la misma interrogación puse en mi mirada, mientras repetía mentalmente la socorrida frase con que solemos cortar estas incómodas situaciones: «¿Tengo monos en la cara?», pero tampoco surtió efecto, no observé reacción alguna, a pesar de que mi sonrisa tenía que indicarle claramente lo que estaba pensando; aunque en mí sí advertí un cambio, ya no podía desviar la mirada, me parecía que, después de sonreír con suficiencia, había pasado bruscamente de un espacio poblado de los ecos de mi miedo y ansiedad, a la masa blanda de un agua gris e infinita, un elemento extraño y familiar a la vez, en el que no podía asirme a nada conocido, aparte de aquella mirada franca que no perseguía efecto alguno y, precisamente por ello, era tan efectiva que renunciaba a todo objetivo, que nadaí buscaba, que nada trataba de disimular ni comunicar, que, simplemente, utilizaba los ojos para lo que deberían servir, ver y mirar, reduciéndolos a su función meramente biológica, la captación del objeto, y eso me parecía tan extraordinario porque me recordaba lo que yo había deseado en vano para mi relación con Kristian, porque él siempre encontraba la manera de rehuirme; por eso me resultaba tan familiar la sensación, pero tenía que desconfiar, si más no, porque una mirada franca y natural en muy poco se diferencia de esa otra mirada que, por estar vuelta hacia el interior, no advierte que está fija en alguien y como parece más importante lo de dentro, la pupila no acaba de decidirse entre enfocar el objeto interior o el exterior y, sin querer, mostramos a aquel a quien parecemos observar una cara inerte; pero no era así en este caso, en su cara no se advertía esa impavidez del ensimismamiento, era una cara inescrutable pero afable, su mirada parecía la de un animal, y no cabía la menor duda, me miraba a mí y a nadie más.

La veía entre cabezas y hombros, ella, por ser de las más bajas, es taba en primera fila y yo, no mucho más alto, en la tercera, la distancia entre nosotros era grande, en el gimnasio, chicas y chicos estábamos separados, por lo que su mirada no sólo tenía que atravesar la ancha tierra de nadie que, según el reglamento, separaba a uno y otro sexo y por donde, en otras solemnidades, desfilaban con ensordecedor redoble de tambores las banderas adornadas con cintas de los grupos de pioneros, sino, además, desviarse, obligándola a volver un poco la cabeza, pero a pesar de todo yo la sentía muy cerca, delante de mí, aunque no podría decir cuánto tiempo transcurrió hasta que se disiparon mis recelos y la acogí en mi interior; el blanco de los ojos, que se destacaba en su tez oscura, empalidecida por el invierno, las pronunciadas ojeras, en las que se transparentaban venitas que hacían azulear la piel morena, la nariz afilada, la boca pequeña con el labio superior que se respingaba con descaro y aquella frente que llegaría a hechizarme, en el verano, con su color tostado uniforme y, en el invierno, con aquellas zonas más claras en las que se transparentaba la fina estructura de los huesos y que acentuaban el sombreado de las sienes, y el tono oscuro del pelo, rebelde, grueso y espeso, sujeto con los pasadores blancos, y de las cejas, pobladas y bellamente arqueadas; así era esa niña entonces, mejor dicho, así la veía yo, esto captaba yo de ella, sí, y el cuello que asomaba de su blusa blanca era recio y erguido como el de un muchacho y ahora estaba un poco doblado para volver la cabeza con discreción; no miré su cuerpo hasta mucho después, ahora lo más importante era su mirada, quizá también el entorno inmediato de aquella mirada, la cara, pero al fin todo se desvaneció, barrido por un sentimiento difuso y cálido, como un desvanecimiento, una seguridad de que ella ahora sentía lo mismo, una compenetración íntima pero vaga, sin ideas, ni cuerpo, ni miradas, todo se había diluido en sombras y lo que ahora ocupaba su lugar es algo de lo que no se puede hablar.

Sus ojos estaban en mis ojos, mi cara sentía su cara, pero mi cuello percibía el riesgo, el peligro al que ella se exponía al volverse hacia mí, y era la nuestra una atención sostenida, parecía que no habíamos cerrado los ojos ni una sola vez, que ni el parpadeo podía interrumpir aquella mirada interminable.

Estamos desafiándonos, a ver quién aguanta más, pensaba yo, pero hoy, al indagar en la memoria, me parece una idea absurda, porque, frente al diálogo de los ojos y la cara, el monólogo interior es una pobre defensa, un engaño o, por lo menos, una equivocación, y aquella mirada no era un desafío, por supuesto.

Ahora bien, no es de extrañar que busquemos una interpretación inmediata para todo sentimiento fuerte, y es que ese organismo al que llamamos personalidad tiene sus tics e instintivamente trata de explicarse la situación, para defenderse de todo lo que pudiera ser una amenaza para su sistema.

Yo no entendía nada.

No sabía qué me pasaba, qué me había pasado, qué me pasaría, ni adonde nos llevaría esta sensación, poderosa e inexplicable, de felicidad y armonía que nos infundía aquel intercambio de miradas, y empezaba a tener miedo, ahora también de ella, o de que Prém se volviera como el rayo, ahora que por fin me sentía seguro y me pegara delante de ella, y tener que devolverle el golpe, algo que había que evitar a toda costa, por las complicaciones que traería; tampoco entendía por qué tenía que ocurrir eso precisamente ahora y aquí, ya que no habían faltado ocasiones en otros momentos y lugares, al fin y al cabo, no se había producido ningún milagro que me acercara su cara aquí y ahora, y sería exagerado y engañoso afirmar que la fuerza de los sentimientos anulaba la distancia, no, yo la conocía muy bien como para no poder sentirla cerca, pese a los metros, las cabezas y los hombros que nos separaban; no era la primera vez que la veía, a pesar de que en aquel momento me parecía tan extraña como esa cara que elegimos entre la multitud cuando nos sentimos perdidos, porque, inexplicablemente, nos parece simpática, conocida y hasta familiar, la cara de alguien a quien hemos tratado; yo conocía su cara, su figura y su manera de moverse, las conocía bien, sólo que hasta este momento no había sabido que las conocía ni que, por alguna razón, este conocimiento podía ser importante para mí, ni yo mismo sabía por qué no me había fijado en ella hasta ahora, porque hubiera sido lo más natural: hacía seis años que íbamos a clases paralelas de la misma escuela y mis sentidos habían registrado, con indiferencia y sin aderezo sentimental alguno, los rasgos de su cara y, pensándolo bien, ninguna característica de su inocente y modesta persona podía habérseme escapado, ya que durante todos aquellos años teníamos que habernos tratado mucho, porque ella era íntima de Hedi Szán y de Maja Prihoda -dos chicas con las que yo mantenía una relación ambigua y apasionada, peculiar y característica en mí, que no podía llamarse amor, porque era menos que amor, ni amistad, porque eral más que amistad-, una especie de dama de honor, la sombra callada de aquellas dos bellezas, mediadora entre las dos grandes rivales en sus horas de mal humor, pero, siempre, una subordinada, un alma servicial, función que no parecía molestarla, dado su buen carácter y su sentido común, y la misma serena sensatez mostraba cuando ellas la trataban como a una criada que cuando, en sus momentos de magnanimidad, exageraban la nota de la benevolencia y le dedicaban todas las atenciones que pudiera desear una compañera de juegos.

Aquella tarde de verano, cuando ella salió del sendero del bosque a la calle, las suelas de sus sandalias rojas rechinaron varias veces, y entonces, antes de que llegara a mirarme a los ojos, se hizo un silencio trémulo y sofocante en el que yo no percibía más que la aproximación de su mirada; yo estaba, como siempre, al lado de la valla, entre los arbustos, esperando ansiosamente algo, no sabía qué, algo inminente pero imprevisible, porque, cuando ella aparecía, me sentía incapaz de tomar iniciativas para convertir en actos mis inocentes fantasías; acababa de tragar el último bocado de pan con manteca, teil nía una mano apoyada en la valla y la otra se había quedado inmovilizada en el muslo, donde había empezado a limpiarme los restos de manteca, cuando nuestras miradas se encontraron y ya no pudieron separarse, nos mirábamos a los ojos, tan quietos como aquel día en el gimnasio, donde, sin que nosotros lo advirtiéramos, estábamos protegidos por la distancia y la gente, pero ahora nos hallábamos desamparados, a merced de nuestros fuertes sentimientos; de todos modos, nuestra situación era tan inexplicable y tan casual como entonces, porque, a pesar de que no nos habían faltado oportunidades de mirarnos y aproximarnos, no habíamos vuelto a hacerlo, nos seguíamos con la mirada de lejos y de cerca, pero con prudencia, con disimulo, secretamente, dejando pasar la ocasión, dándonos la espalda o desviando la mirada, para volver a buscarnos con los ojos y averiguar si el otro sentía la misma ansiedad y el mismo deseo; un día, al escapar corriendo, miró hacia atrás, tropezó y cayó al suelo, rápidamente, se levantó y siguió corriendo, y a mí me pareció que se movía con tanta gracia y agilidad que no me reí; ahora, al recordar aquella mañana, comprendía que muchas cosas habían cambiado desde entonces, la relación que había empezado a tejerse entre nosotros no era un secreto, a pesar de que no habíamos hablado de ella con nadie, había empezado a correr el rumor de que Livi Süli se había enamorado de mí y, al cabo de unas semanas, todo el mundo lo daba por descontado.

No era de extrañar que se supiera, porque ya aquel día, en el gimnasio, nos habíamos delatado cuando Livia, discretamente, volvió la cara hacia otro lado pero mantuvo la mirada dirigida a mí, aunque entonces me di cuenta de que sus ojos ya no me miraban, que había puesto fin a aquel momento del que ninguno sabía cuándo había empezado exactamente; apartó la mirada como si todo hubiera sido una equivocación, como si no hubiera querido mirarme a mí sino a Prém, pero era indudable que había coquetería en aquella desviación, un truco muy revelador, a pesar de que su gesto era serio y formal, como si no tuviera más deseo que el de cumplir con las exigencias del momento y todo hubiera sido un hecho fortuito, una mala interpretación; y yo, ¿qué podía hacer yo?, también desvié la mirada, avergonzado de haberme mostrado tan impresionable, pero aun así quería volver a mirar, porque me parecía que se me había arrebatado algo importante, algo cuyo valor no había descubierto hasta aquel momento, pero importante no por lo que pudiera darme, sino por lo que podía perder si me lo quitaban, como si, a partir de ahora, cada momento que tuviera que pasar sin mirarla fuera tiempo desperdiciado, vacío, insoportable, un tiempo en el que yo no existía, sus ojos me eran indispensables, los ojos sobre todo, pero también la boca y la frente, yo tenía que ver aquello que era tan importante para mí porque no podría suplirlo con el ensueño ni la imaginación; si no la veía, todo parecía perderse en una niebla sofocante y densa; a pesar de todo, no la miraba, lo que me exigía un gran esfuerzo de voluntad, poco a poco, la cara, el cuello, los hombros y el brazo se me quedaron insensibles, no quería mirar, pero la resistencia a la tentación es siempre una prueba ardua y desesperada, no se pueden tensar demasiado las cuerdas o se rompen; cuanto más tiempo pasaba desde que había quedado abandonado a mí mismo, más clara y dolorosamente reconocía que no podía existir sentimiento más absurdo, era como si mi cuerpo se hubiera hinchado y absorbido al otro, como si mi piel no cubriera sólo mi cuerpo, como si mi propio cerebro pensara con otro cerebro y cuanto más doloroso se hacía este estado y más deseaba yo que terminara o que llegara una satisfacción, más crecían mi amargura y mi rabia, ya que tenía que reconocer cuál era la situación real, la verdadera relación de fuerzas, y en estos casos mucho nos cuesta no ser el que manda, porque, al fin y al cabo, ella había atraído mi atención y luego me había abandonado, por eso yo no podía volver a mirarla, porque así quedaría demostrado que la más fuerte era ella, que ella había vencido, que había otro que era más fuerte que yo, otro que estaba por encima de mí, y este otro era una criada, una chica fea, una chica, una criada, y estas palabras que yo repetía con rabia tenían algo de verdad, ya que ella era para Hedi y Maja lo mismo que Prém era para Kristian y Kálmán Csuzdi, y en mi confusión me juré a mi mismo que, aunque ella no hiciera en toda su vida nada más que mirarme, yo no volvería a dirigirle ni una mirada, para no darle ocasión de que volviera a hacerme esto, aunque se le cayera la nariz de tanto mirar; que me devorase con los ojos si quería, yo tendría a alguien que me contemplaba sólo a mí y haría como si no me importara lo más mínimo; cuando no pude resistir más y volví los ojos la vi muy colorada, y nada hubiera podido impresionarme tanto como su mirada, ella miraba y miraba, ¿y por qué?, yo había cedido, sólo un momento, para incitarla a seguir mirando y luego hacerle sentir con más fuerza la ausencia de mi mirada cuando yo la retirara; pero no me miraba ella, había vuelto a engañarme mi intuición: era Hedi, que estaba varías filas más atrás, que había tenido ocasión de observarnos a los dos y que seguramente lo había visto todo, porque hizo una mueca amistosa, comprensiva y condescendiente no exenta de crueldad.

Se suspendió la última clase y nos enviaron a casa a mediodía.

Mientras nos alineábamos para salir, la campana pequeña de la iglesia dio cuatro sones agudos al aire claro y azul, a los que puso contrapunto la voz grave de la campana grande, repicaban cada una con su son, como si nada hubiera ocurrido, sólo había llegado el mediodía, como si aquel día fuera como todos los demás.

Yo no quería ir a casa con ninguno de ellos, no tenía ganas de hablar, por eso me salí de la fila en la escalera y, mientras los demás bajaban en tropel y se apretujaban en la estrecha puerta, ansiosos por salir al aire libre, donde tenías todos los días la misma sensación de poder respirar por fin a pleno pulmón y ya podías hacer caso omiso de los histéricos gritos de los profesores, subí al segundo piso; por eso Kristian pensó que había ido a la sala de profesores para denunciarle; pero no me quedé en el segundo piso sino que, sin ser visto, seguí subiendo; a partir de allí, la escalera se estrechaba y estaba muy sucia; desde entonces he soñado muchas veces que subo aquella escalera polvorienta que no debían de barrer nunca, estoy allí solo, en mi sueño esto siempre tiene un significado especial, estoy haciendo algo prohibido, porque estaba prohibido subir por allí; a cada paso, se levanta y se posa el polvo pesadamente, y cuando miro atrás no veo mis huellas, nada se mueve, hay silencio, y puedo seguir subiendo, nadie me ha visto, pero yo sé que todo el mundo se ha dado cuenta de mi infracción, saben que estoy desobedeciendo las reglas, en vano aguzo la mirada y me digo que nadie puede verme, porque tengo la sensación de que alguien me observa, y ese alguien soy yo mismo, porque a mí no puedo ocultarme mis pequeños secretos; temeroso, llego a la puerta del desván que, naturalmente, está cerrada con llave, una puerta de hierro negro que siempre encontraba cerrada y que siempre probaba de abrir, por si alguien un día se olvidaba de echar la llave.

Aquel lugar era el último refugio para quien como yo se sentía reducido a seguir sus instintos más primarios; en el jardín tenía un escondite parecido, tan oscuro como ése, donde la madreselva que trepaba a los frondosos castaños y los altos arbustos cerraba el paso a la luz y te hacía invisible -era interesante observar la lucha entablada entre los arbustos, que cada primavera sacaban ramas nuevas, y la madreselva que, al acecho, iba tras ellas y, cuando llegaba el otoño, ya las había cubierto-; aquí estaban amontonados de cualquier manera bancos, pupitres, armarios, sillas, pizarras, tarimas podridas y archivadores; allí quedaba el recuerdo voluptuoso de las emociones de mi soledad y de los juegos a los que nos entregábamos Kálmán y yo y que me parecían pecaminosos, aquí reinaba el silencio de los muebles extraños y familiares a la vez; agachándome, comprimiendo el cuerpo contra picos y aristas, sobresaltándome y protegiéndome la cabeza con las manos si la montaña retumbaba y amenazaba con venirse abajo, llegaba yo hasta el sanctasanctórum, que no era sino un viejo sofá colocado en sentido vertical, con el asiento hacia la pared, que dejaba el espacio justo para mi cuerpo, los almohadones me comprimían contra la pared, yo me apretaba contra ellos y ellos contra mí, estaba oscuro allí dentro, y estaba fría la piel, hasta que yo le transmitía absolutamente todo el calor de mi cuerpo.

Cerré los ojos y pensé que ahora tendría que suicidarme.

Nada más que esto.

No era malo pensar en ello, al contrario, resultaba agradable.

Cuando llegara a casa, forzaría el cajón del escritorio de mi padre, me iría a mi escondite del jardín y allí lo haría.

Yo veía la escena, me veía hacerlo.

Metía el cañón del revólver en la boca y apretaba el gatillo.

Y la idea de que después no habría nada iluminaba con una luz tuerte y piadosa a la vez todo lo que ocurriría después.

Para que yo pudiera verlo.

Como si, por vez primera, yo viera mi vida sin adornos ni sentimentalismos, tal como era.

Porque dolía, dolía mucho, me dolía el pecho, la nuca y a veces también el cráneo, como si me hubieran puesto un casquete de dolor, todo el cuerpo temblaba de dolor, un dolor que no mitigaba esa sombra de placer de la autocompasión, un dolor que se siente fuera del cuerpo y en todo el cuerpo, que se mueve y oscila, cada oleada, más fuerte que la anterior, de manera que, al mirar atrás, te parece que aquello de antes no era más que un simple pasatiempo; tan espantoso era que yo creía no poder seguir soportándolo y de buena gana me hubiera puesto a gritar, pero no me atrevía, y por eso no podía soportarlo.

La idea de que, sencillamente, yo no era normal y que, si bien de otro modo, estaba tan enfermo como mi hermana -quizá ella era la única persona con la que yo podía sentir una consoladora afinidad en la enfermedad- no era nueva, pero entonces se me ocurrió por primera vez que podía poner fin a mis dolorosos esfuerzos por adaptarme e identificarme -porque estos esfuerzos eran totalmente inútiles, porque nunca conseguiría identificarme con nadie y porque, a pesar de mi empeño, mi diferencia haría que siempre me sintiera frustrado y solo, porque nadie quiere admitir la diferencia, ni siquiera yo, a pesar de que por ello me odio a mi mismo, porque todos mis intentos de evasión o de seducción para identificarme con otro y, al mismo tiempo, atraerlo a este terreno que es exclusivamente mío, no sirven sino para llamar la atención hacia esta diferencia, esta enfermedad, esto que debe ser destruido, y con el intento de seducción no hago sino pregonar lo que sería preferible callar, mejor dicho, lo que se debe callar-, que este vacío insondable que hay en mí sólo podía cerrarse con la muerte de mi cuerpo, sí, entonces se me ocurrió por primera vez.

Ella ya no me miraba.

Y yo tenía la impresión de que, aparte de aquella mirada, nada podía salvarme.

Si fuera posible apresarla, si no pasara el tiempo cuando no me miraba; pero me daba la impresión de que en aquella mirada, con la que ella parecía revelárseme sin reservas, en el modo en que ella me miraba y yo la miraba a ella, podía hallarse la explicación de todas las confusiones, la satisfacción de todos los deseos frustrados, el perdón de todos los pecados cometidos de los que no había que arrepentirse, de las constantes mentiras, porque, para protegerme, tenía que mentir ininterrumpidamente, de una forma abyecta y ridicula mientras temblaba ante la idea de ser descubierto, yo sufría y no encontraba el modo de librarme de mi sufrimiento; no bastaba con que disimulara constantemente, no bastaba con que me rehusara todo aquello que hubiera podido darme placer, nada bastaba; todo lo que yo deseaba era imposible; por eso tenía que vivir como si acarreara el terrible lastre de una criatura extraña, tratando de esconder debajo de ella al que yo era en realidad; en mi desesperación, trataba de decir algo de ello a mi madre, pero eran tantas las cosas acumuladas que no se podían contar…, era tanto que no sabías por dónde empezar, por otra parte, no podía sincerarme con ella, porque también estaba quejosa de mí y cada uno de sus reproches estaba asociado a uno de mis secretos que yo debía ocultar al mundo aunque no fuera más que por consideración a ella, consideración que parecía tanto más justificada por cuanto que ella, con toda su impaciencia, sus críticas, su enojo y hasta su aversión, se empeñaba en ver en mí al ideal, y por ello se mostraba aún más severa y más exigente que los demás, situación soportable tan sólo porque con ella, al igual que con mi hermana, yo utilizaba un lenguaje particular, por el que podíamos prescindir de las palabras que hubieran podido dar lugar a malas interpretaciones, el lenguaje del tacto, a veces incluso el lenguaje de los labios, de la piel cálida, el lenguaje del cuerpo; si antes, al referirme a mí, hablaba de enfermedad, quizá estuviera justificada mi suposición de que, de alguna misteriosa manera, su enfermedad habitaba mi cuerpo, lo mismo que la de mi hermana; dos enfermedades distintas que en mí se conjugaban en una sola que quizá no era sino resultado de la inseguridad y el desequilibrio de mi entorno inmediato, la manifestación de que aquí estábamos enfermos todos, aunque a mí durante mucho tiempo no me importó, lo aceptaba como la única premisa posible para mi existencia; es más, la enfermedad de mi madre me parecía francamente hermosa y hasta la amaba, veía en ella grandeza cuando, sentado en el suelo, al lado de la cama, sosteniéndole la mano o acariciándole el brazo, con la cabeza apoyada en su regazo o en la sábana, respiraba el olor, mezcla de calor febril, sudor y medicina que emanaba de su cuerpo, del camisón de seda y de las sábanas almidonadas, y que impregnaba el aire por mucho que se ventilara la habitación, oyéndola respirar en su sopor hasta que mi propia respiración se acoplaba a aquel ritmo entrecortado de aspiración rápida y espiración lenta; hasta al olor me había acostumbrado yo de tal modo que ya no me repugnaba; a veces, empezaba a hablar en voz baja, entreabriendo los ojos y volviendo a cerrarlos, «eres muy guapo», decía, y a mí me impresionaba su aspecto en la cama tanto como mi presencia debía de conmoverla a ella: la cara hundida en los blancos almohadones, el espeso cabello rojizo con hebras grises en las sienes, cuidadosamente extendido, la frente lisa y ligeramente abombada, la nariz fina y, sobre todo, los gruesos párpados con sus largas pestañas, que se abrían pesadamente dejando ver durante una fracción de segundo el verde cristalino de los ojos que me miraban con lucidez y firmeza, como si la enfermedad fuera un error, una ilusión, sólo un juego, pero cuando aquellos párpados terrosos, surcados de venitas azules, volvían a cerrarse, ella parecía enfermar otra vez, no sé de qué, pero el recuerdo de su mirada seguía iluminando su cara enferma y en sus labios había una sonrisa para mí, una sonrisa muy pálida, «¡cuéntame, di, qué nos ha pasado! -dijo, pero yo no contesté porque no podía ni quería y ella prosiguió-: ¿te digo lo que pensaba ahora mismo?, ¿ha comido bien tu hermana?, ¡por lo menos no he oído la voz de mando de la abuela!, no te quedes mucho rato, estoy muy cansada, quizá por eso me he acordado de aquel prado, no dormía, sólo me parecía encontrarme en un prado enorme, muy hermoso, y estaba pensando de qué conocía yo ese prado, sólo sabía que lo conocía bien, y has entrado tú -calló lo justo para respirar y yo observé cómo la manta subía y bajaba sobre su pecho-, de no ser porque estoy aquí, seguro que nunca me hubiera acordado de él, porque mientras vives las imágenes nuevas van ocupando continuamente el lugar de las viejas, y hace tiempo que yo tengo la sensación de que a mí nunca me ha ocurrido nada, a pesar de que me han pasado muchas cosas, algunas te las he contado, pero me parece que no me ocurrieron a mí, como si fueran sólo imágenes en las que también estoy yo, y es que me parece más real, o más propio de mí estar en esta cama, como si aquí fuera más yo misma, y la imagen permanece fija, y yo sigo en la cama, y miro por la ventana, y veo siempre lo mismo, unas veces claro y otras veces oscuro, pero siempre lo mismo y, mientras tanto, puedo pasearme tranquilamente por las viejas imágenes, porque no hay imágenes nuevas que hagan retroceder las viejas -suspiró profundamente y su aliento interrumpió el ritmo de sus palabras-, aunque no sé por qué te cuento esto, me da reparo decir estas cosas a un niño, ¡qué manera de filosofar!, es ridículo, porque me parece que en mi historia no hay nada triste, trágico ni terrible, nada que tú no debas saber, todo es natural, porque nunca me he privado de nada que fuera natural, nada que me pareciera natural y yo creyera que debía hacer -rió y durante un momento abrió los ojos, buscó mi mano como si quisiera invitarme a hacer también tranquilamente y sin escrúpulos todo lo que me pareciera natural-, ahora vamos a callarnos un ratito, estoy muy cansada y no puedo librarme de esa imagen de la que iba a hablarte, pero, ya ves, no he podido contártelo, porque casi nunca puede una contar las cosas como es debido, y también tú me cuentas muy poco, a pesar de que siempre estoy pidiéndote que me hables de lo que haces y lo que piensas, aunque comprendo que te gustaría hablar, pero callas y sé por qué callas, y es que lo único de lo que podemos estar seguros es que siempre nos pasan las mismas cosas, sin ninguna diferencia, porque tienen que pasar siempre las mismas cosas y por eso los sentimientos son siempre los mismos, sólo las imágenes cambian y tú y yo nos entendemos aunque no nos digamos nada. Eso es. Ahora vamos a estar callados un ratito, ¿de acuerdo? Y luego te vas, ¿sí?».

Pero no era tan fácil marcharse, y no creo que ella deseara que yo hiciera lo que me pedía; con el silencio, creció la tensión entre nosotros y, como si quisiera acentuarla, repitió varias veces la última frase, «te vas, ¿eh?, a hacer los deberes, ¿sí?»; pero me oprimía la mano con más fuerza y, con la excusa de despedirme, me retenía, para retrasar el momento en el que yo, impulsado por el sentido del deber, me levantara y, un poco aturdido pero reconfortado, me fuera a otra habitación, aunque no había que romper el encanto tan pronto, aún podía esperar un poco, respirar al calor de su cuerpo febril, compartir aquella húmeda atmósfera en la que también yo parecía arder de fiebre, mientras rozaba con la boca la piel suave de la parte interna del codo, o palpar con los labios la tensión de los músculos y tendones del cuello, pero haciendo como si el roce fuera casual, abrir la boca y sentir dentro de los labios y en la lengua el olor y el sabor de su piel.

Ella nunca fingía no reparar en aquellos contactos amorosos, ni denunciaba mis pequeñas estratagemas, ni hacía como si las considerara señales de inocente amor filial, o como si no le gustaran, tampoco se escudaba en su enfermedad, como si únicamente su debilidad física hiciera posibles y necesarias estas peligrosas demostraciones de mutua ternura, no, ella reaccionaba con sencillez y naturalidad, me besaba tiernamente la oreja, el cuello o el pelo, lo que tuviera más cerca, y una vez, hundiendo la cara en mi pelo, dijo que olía a carnero joven, un olor que le gustaba, un olor que hasta entonces yo no había advertido pero que desde aquel momento traté de percibir, para descubrir qué podía ser lo que le causaba aquel momentáneo placer; todo ello daba la impresión de que quería hacerme una demostración práctica de lo que debe ser la naturalidad y dónde están sus límites, y cuando interrumpía o enfriaba el placer del contacto físico con una palabra, ello parecía tan justo y natural como el mismo contacto, y ni, remotamente, una medida de protección o autoprotección, sino más bien una prudente reconducción de unos sentimientos que no podían encontrar otro cauce.

– Está bien, está bien -dijo alzando un poco la voz, como si le divirtiera que hubiéramos llegado tan lejos-. A ver si ahora puedo contarte lo que antes no he podido. Escucha, quería decirte que en aquel prado no estaba sola, me parecía que habíamos estado echados entre la hierba alta, hacía sol, en el cielo había nubes blancas, nubes de verano, quietas, zumbaban los insectos, las avispas, las abejas, pero no creas que era tan hermoso, porque a veces una mosca se me paraba en la piel y, por más que yo movía el brazo o el pie, era inútil, la mosca se iba pero volvía al momento, y es que, con el calor de mediodía, las moscas se ponen muy pesadas, porque era mediodía, ¿comprendes?, es como si lo hicieran adrede, para impedir que goces en paz de lo que deseas gozar, de la belleza del mundo, y no te dejan, quizá, simplemente, porque también ellas quieren disfrutar de algo, precisamente de tu piel, pero ya estoy divagando otra vez y no te hablo de lo que quería hablarte, pero ahora me doy cuenta de que no es un cuento para niños, y menos para ti, y que sería preferible callar, en fin, éramos tres personas en el prado, y el prado existe realmente, habíamos ido en la barca y la habíamos atado en el sitio en el que habíamos quedado citados con los demás, pero habíamos llegado los primeros y ahora estábamos tumbados en la hierba, lejos uno de otro, dos hombres y yo, y cuando has entrado tú y me he despertado, bueno, he cierto los ojos porque en realidad no dormía sino que sólo estaba prendida en la escena que acababa de ver desde arriba, como se ven las cosas en los sueños y pensaba en lo hermoso, lo increíblemente hermoso que era aquello, y es que todo ello es hermoso, aunque entonces me parecía un infierno, una ciénaga apestosa y no por las moscas sino porque no podíamos decidir a cuál de ellos pertenecía yo.

– ¿Y papá?

– Él también estaba.

– ¿Y cómo te decidiste?

– ¡No me decidí!

Fue como si quisiera decir más pero de pronto hubiera comprendido que ni ahora ni nunca podría añadir ni una palabra: tan brusco fue su silencio.

Y yo no pude seguir preguntando, nos habíamos quedado inmóviles como dos estatuas, o como dos animales de presa al acecho, en el momento en el que todavía no se sabe para quién será la pieza.

Más no podía decir, o hubiera rebasado el límite, al que mucho nos habíamos acercado, si no estábamos ya en él.

Por la más elemental prudencia, no podía continuar, ni yo hubiera podido soportarlo; me sonrió con dulzura, tranquila, una sonrisa que era sólo para mí, una sonrisa, sin embargo, que no parecía formar parte de un proceso, que no tenía principio ni final previsible, y yo la miré como el que contempla la fotografía de una cara que sonríe desde el pasado, aunque aquel momento parecía contener bastante más que una imagen y el flujo y reflujo de pensamientos que había suscitado y aunque parezca un sentimentalismo exagerado debo decir que aquel momento fue una revelación o, por lo menos, eso que, a falta de palabra mejor, solemos llamar revelación; yo miraba su cara, su cuello, la sábana arrugada, y cada pequeño detalle contaba una historia mucho más rica de lo que hubiera podido imaginar, un pasado lleno de emociones e imágenes insospechadas cuya interrelación sa me manifestaba ahora, aunque no en forma de relato coherente; por ejemplo, una imagen: estoy delante de la puerta del cuarto de baño, la puerta está cerrada, es de noche, está oscuro, quiero entrar pero no me atrevo porque sé que lo que excita mi curiosidad está prohibido, y con razón, pero no es el verlos desnudos, ellos nunca me habían ocultado su desnudez, era yo el que la consideraba un secreto, la envoltura de un secreto, porque cuando se presenta la ocasión de verlos, desnudos, a pesar de que se comportan con naturalidad, yo los miro con avidez, confuso, con una curiosidad insaciable, deteniéndome en las partes de sus cuerpos que normalmente están cubiertas; sus cuerpos eran para mí siempre nuevos, distintos, no podía acostúmbrame a ellos pero había algo que me dolía, que ofendía mi pudor y enconaba mis celos, porque aquella naturalidad aparente no era a mis ojos sino una piadosa comedia de ambos, yo lo notaba, para aquellos cuerpos, juntos o por separado, yo no contaba, no era nada, ellos lo eran todo el uno para el otro, sólo estaban completamente desinhibidos el uno para el otro y yo quedaba siempre excluido de esa relación, tanto si en aquel momento se odiaban, no se habían dirigido la palabra en varios días o fingían indiferencia como si acababan de amarse y cada mirada, cada risa, cada gesto de maliciosa complicidad tenía una ternura que me era completamente extraña, que me hacía sentirme como un intruso hasta cuando más cariñosos estaban conmigo, alimentándome, por así decir, con las sobras de su pasión, y ello casi era tan humillante como si no me hubieran hecho ni el menor caso, como si les pareciera un objeto molesto; pero aquella frase inesperada y ambigua que tantas posibilidades apuntaba y que había trocado nuestro coloquio en un tenso silencio parecía iluminar ahora los altibajos de su relación que tanto me intrigaban y revelarme el secreto que, insensiblemente, yo trataba de descubrir, porque yo deseaba fervientemente que su relación no fuera tan exclusiva como parecía, para poder hacerme un hueco entre ellos; dentro se oía rumor de agua, una charla a media voz, la risa de mi madre, y aquella risa, nueva para mí, me hizo recordar de pronto, con un ligero vértigo, que yo ya había estado antes en la oscuridad, delante de otra puerta, en pijama, y me pareció que aún seguía allí y que lo ocurrido entre aquellos dos momentos que no podía situar en el tiempo era sólo un sueño del que ahora despertaba y que no recordaba cómo había empezado; cuando, con una voz diferente, más sonora y firme, que conservaba un eco de aquella carcajada un poco excesiva, mi madre dijo desde dentro: «¿quién es el que, de noche y a oscuras, está delante de esa puerta?», yo, naturalmente, no contesté, ¿había crujido el suelo bajo mis pies?, ¿o tenía una presencia tanta fuerza como para hacerse notar a través de una puerta? «¿Eres tú, mi vida, o es un cuervo que quiere entrar?, ¡adelante quienquiera que seas!», yo seguía sin poder responder, pero ella no parecía esperar respuesta, «¡habla y entra!», sonaba casi como una cantinela, acompañada de la risa ahogada de los dos, y el chapoteo del agua en la bañera y en el suelo de mosaico, yo no podía irme pero tampoco era capaz de contestar y entrar, y entonces la puerta se abrió.

No era, pues, un error ni una ilusión de los sentidos la sensación de que yo ya había estado delante de una puerta, la imperiosa invitación de mi madre iluminó súbitamente una imagen aún más lejana, la de unos pies y un almohadón que tapaba una cabeza, fue como un fogonazo, pero bastó para que la sima a la que ahora me asomaba me Pareciera, en su misterio, más invitadora, una imagen de la que entonces, delante de la puerta del cuarto de baño, sólo podían acordarse mis sentidos, que a tientas buscaban en la memoria la impronta de una experiencia debidamente archivada, sabiendo con exactitud cuál era su momento y lugar y percibiendo todo su aroma, pero sin poder encontrarla, y ahora que no pretendía evocarla allí estaba, inserta en la otra imagen, porque la desnudez de los cuerpos las había asociado; mi cara de sorpresa apareció en el gran espejo del baño empañado por el vapor cuando mi padre, doblando el cuerpo fuera de la bañera, abrió la puerta; lo vi fuerte, enorme, de pie en la bañera, inclinado hacia el picaporte, su espalda era una mancha rojiza en el espejo velado, cuarteado por las gotas que resbalaban por su superficie: mi cara y su espalda; mi madre, sentada en la bañera, mesándose el pelo cubierto de champú, me sonrió parpadeando por el picor de la espuma y se sumergió rápidamente cerrando los ojos, para aclarárselo; también entonces sentí el mismo desvalimiento que ahora, como si el pijama fuera lo que sostenía mi cuerpo, que se sentía a merced de unas emociones que no entendía, como si el pijama fuera más real que yo, también aquella otra vez iba yo persiguiendo un sonido, un sonido lejano y sordo, apenas perceptible pero agudo, era de noche, me había levantado a orinar, cuando lo oí, no podía identificarlo pero no sentí miedo, era una noche de luna de invierno, clara y fría, en la que la claridad, que el marco de la ventana cortaba en planos rectilíneos, parecía flotar entre sombras densas y fluidas que envolvían todos los objetos conocidos, y estremecía un poco cruzar la nítida divisoria entre luz y oscuridad; el sonido venía del recibidor, en el espejo vi un momento mi cara que azuleaba de un modo inquietante al claro de luna, parecía que alguien gritaba o lloraba, pero en el recibidor no había nadie; impulsado por mi propio aturdimiento, seguí andando hacia la cocina, mis pies descalzos rozaban el suelo con suavidad, no se veíai nada, también la cocina estaba a oscuras, detrás de la puerta sonó un crujido y volvió el silencio, pero a mí me parecía un silencio de cuerpos vivos, como si aquí no hubiera sólo muebles impregnados de luz inerte, como si el silencio no lo hiciera sólo mi respiración contenida, cuando, detrás de la puerta abierta del cuarto de la criada, oí un jadeo ronco acompañado del acompasado chirriar y crujir de la cama, y me pareció que de aquel estertor que subía de tono a cada oscilación brotaba el grito agudo, en el que se mezclaban risa y sollozo, que me había traído hasta aquí; así pues, no me habían engañado los sentidos y sólo necesitaba dar un último paso para ver lo que había más allá de aquella puerta abierta -¡porque yo quería verlo!- pero me parecía que nunca podría llegar a la maldita puerta, todavía no, estaba lejos, aunque la voz ya me dominaba, sentía dentro de mí sus modulaciones y su ritmo y, por fin, como un autómata, di el ansiado último paso y pude ver lo que estaba oyendo.

Naturalmente, mi padre no me parecía fuerte y enorme porque lo fuera realmente, era más bien delgado y anguloso, y el empleo involuntario de la palabra «enorme» me traiciona, me hace comprender las inhibiciones y torturas de décadas de obcecación con las que tengo que habérmelas ahora, cuando me propongo hablar de algo de lo que no se acostumbra a hablar por pudor, pero que, como forma parte del llamado desarrollo psíquico de aquel niño que era yo, no se puede soslayar, habrá, pues, que respirar hondo y, antes de que vuelva a fallarnos la voz, hablar de aquel lejano recuerdo que, por suerte o por desgracia, se había borrado de mi memoria hasta aquel momento, en que volvió a mí de forma repentina e inesperada, cuando mi madre me habló de aquel prado: el recuerdo del cuerpo de mi padre, en la cama de la criada, atenazado por unas piernas femeninas, un secreto bien guardado que ni siquiera ahora debería traicionar; no le veía la cara, pero descubrí que los gritos de placer y dolor sonaban amortiguados porque mi padre, con la mano abierta, apretaba un almohadón contra una cara, y observé que las piernas que rodeaban sus flancos no eran las de mi madre, ¿cómo iba a estar aquí mi madre?, ¿y cómo no reconocer un muslo, el empeine de un pie o la curva de una pantorrilla con la misma claridad con que se reconoce una nariz, una boca o unos ojos? Lo sorprendente no era que no fueran sus piernas ni fuera su voz la que sonaba debajo del almohadón, yo sabía quién dormía en la habitación de la criada, lo que me angustiaba y confundía era que yo deseara que fuera mi madre, yo no tenía ni la más remota idea de lo que estaba ocurriendo, pero aun en mi misma ignorancia tenía la convicción de que mi padre sólo podía compartir un placer como éste con mi madre, es decir, que lo que aquí ocurría, por agradable que pudiera parecer y, por lo tanto, natural a los ojos de un niño, me repugnaba, pero aquello nada tenía que ver con la impresión de fuerza que me producía mi padre y que, probablemente, tuvo su origen en ese momento en que, inclinándose fuera de la bañera, me abrió la puerta y, con su habitual seriedad, se irguió frente a mí de manera que su pubis, la parte más oscura de su cuerpo mojado, que relucía a la luz cruda del cuarto de baño, quedó a la altura de mis ojos, literalmente delante de mis narices, y yo sabía que tampoco esta vez ninguna de mis involuntarias miradas ni movimientos escaparía a su atención; su pelo, pegado a la cabeza, dejaba la frente libre de aquel mechón veteado de rubio que solía suavizar sus facciones dándole un aire despreocupado y hasta juvenil y atemperando la fría mirada de sus ojos azules, la mirada que había ahora en su cara desnuda, atenta y huraña, del que tiene algo que reprochar al mundo, irguiéndose no ya por encima de mí, sino a una altura inalcanzable para cualquiera, la altura de la seguridad absoluta, desde la que toleraba que otros se acercaran a él con deseos e instintos mezquinos y emociones sórdidas, mientras él observaba y juzgaba, aunque raramente ponía en palabras sus juicios; visto desde mi estatura, su cuerpo me parecía perfecto o, por lo menos, lo que suele considerarse un cuerpo de hombre perfecto, y si recurro al canon es para evitar toda sospecha de parcialidad y no llamarle hermoso, muy hermoso o, incluso, irresistible, porque llamarle hermoso equivaldría a reconocer que estábamos indefensos ante él, entregados y, cediendo al impulso natural, entregados con gusto, que nuestro más ferviente deseo era hacerlo nuestro, apropiárnoslo, aunque no fuera más que resiguiendo su contorno con la yema del dedo, percibiendo por el tacto lo que ya los ojos han considerado hermoso; los hombros anchos, con músculos desarrollados por el remo y la natación, cubriendo casi los ángulos y protuberancias de los huesos, no exentos de atractivo, del hombro y la clavícula, lisa y suave, pero también bien definida, la musculatura de los brazos, el pecho, suavemente abombado, cuya delicadeza velaba a la par que acentuaba el vello rubio que era mucho más atractivo mojado que seco, porque los pelillos adheridos a la piel formaban en el oscuro pezón una aureola que atraía la mirada, que podía optar entre seguir a lo largo de la línea del costado que, en suave sangrado, se recogía hasta la cadera, y deslizarse por la ondulación de los músculos que cubrían las costillas, para cruzar al vientre, donde el hoyo del ombligo y la oscura cuña de vello atraerán nuestra mirada pero no la detendrán, ya que los ojos, por su natural configuración física, siempre buscan los puntos más oscuros o los más claros, por lo que, irremisiblemente, llegarán al pubis; y, si se presenta la ocasión y nuestra mirada es tan precavida que el otro no la advierte -pero él la advertirá, porque sus ojos reaccionan del mismo modo en una situación análoga, pero quizá por pura benevolencia, no se da por enterado o da media vuelta o se cubre con lo primero que encuentra y, para no delatar su turbación, hace una observación casual- o si posee un conocimiento tan profundo del alma humana que, dejando aparte toda consideración moral, simplemente, acepta nuestra mirada, entonces nos demoraremos aquí porque nos gusta contemplar esta complicada región, explorar cada detalle para calcular todas sus posibilidades, sabiendo que el camino recorrido hasta ahora por nuestra mirada no era sino una dilación, una preparación, un preludio; por fin hemos llegado al objetivo de nuestra mayor curiosidad, sólo aquí podemos encontrar el conocimiento necesario para juzgar el conjunto del cuerpo, por lo que tal vez no sea exagerado afirmar que también desde el punto de vista moral hemos llegado al punto crítico.

Al igual que otra vez, cedí al deseo de tocarlo con la mano.

Fue una mañana de domingo de verano, estaban abiertas las ventanas y por las rendijas de las cortinas blancas ya entraba el sol cuando entré en la habitación de mis padres para meterme en su cama, como de costumbre, sin adivinar que aquella mañana tendría que despedirme para siempre de esa agradable costumbre, en la cama en la que ahora estaba mi madre, sola, envuelta en el olor denso de su enfermedad al que casi no podías acostumbrarte, una cama ancha, un poco más alta de lo normal, que parecía dominar la austera habitación, con el cabezal de madera lacada en negro, lo mismo que el resto del mobiliario, la cómoda lisa, el tocador, el marco del espejo, el sillón tapizado de seda blanca y la mesita de noche, no había más, las paredes, desnudas, lo cual, curiosamente, no hacía que la habitación pareciera destartalada ni poco acogedora; en el suelo, arrugada, Ia manta; mi madre ya no estaba, seguramente habría ido a preparar el desayuno, pero mi padre seguía durmiendo, de lado, con las piernas encogidas, cubierto sólo por la sábana; aún no sé qué me hizo abandonar todo mi pudor y mis inhibiciones, no pensé que olvidaba algo importante ni que infringía una ley no escrita, quizá era el aire de la mañana de verano, la suave brisa que traía hasta nosotros el olor a tierra fresca y húmeda de rocío y que, con su cálido soplo, anunciaba el tórrido calor de mediodía, aún piaban los pájaros, en el apagado zumbido de la ciudad lejana se mezclaban sones de campanas, del aspersor hincado en la hierba de un jardín vecino brotaba el agua con siseo monótono, y te sentías alegre y optimista sin saber por qué; yo me quité el pijama y, pisando la manta que estaba en el suelo, me metí debajo de la sábana, al lado de mi padre.

Desde luego, si hoy buscara una explicación, ya que no una disculpa, tendría que aducir que la gracia de aquellas visitas dominicales consistía en hacerlas estando medio dormido, para que, al despertarme después al calor del cuerpo de mis padres, pudiera llevarme la grata sorpresa del cambio de lugar y todos nos admiráramos del pequeño milagro escenificado por mí, por el que, en estado de semiinconsciencia, realizaba ese desplazamiento en el tiempo y el espacio que en el sueño se consigue sin esfuerzo; naturalmente, esto no es disculpa ni explicación; sin embargo, tampoco hay que desdeñar esta apreciación, habida cuenta de que, normalmente, consideramos terminada nuestra niñez tan pronto como la sombra de un piadoso olvido cubre sus crueles juegos y cada uno de nuestros nervios descubre que debe resignarse a supeditar los deseos que se manifiestan en nuestras fantasías a las limitadas posibilidades que las reglas de la convivencia social nos ofrecen como realidad, es decir, a aceptar la realidad, pero el niño no tiene elección, él no puede sino seguir de un modo anárquico las leyes de su naturaleza interior -que nosotros, reconozcámoslo, no consideramos menos realistas ni verdaderas- quizá porque el niño no distingue claramente las leyes de la noche de las leyes del día, tendencia unificadora a la que nosotros seguimos siendo susceptibles; el niño tiene que explorar los límites de lo aceptable y lo inadmisible, y seguimos siendo niños mientras existe el impulso de saltar barreras y, a través de la reacción del entorno que con frecuencia suele estar en trágica contradicción con la propia naturaleza, descubrir el sitio de cada cosa, su momento y su nombre, al mismo tiempo que las sacrosantas reglas de las hipócritas vías de escape, el bello camuflaje de las apariencias, el correcto accionamiento de las puertas secretas de un laberinto, cuyo conocimiento nos permitirá satisfacer no sólo los llamados deseos reales sino también los más elementales y verdaderos, en suma: lo que llamamos educación y, puesto que estamos escribiendo un Bildungsroman, es decir, una novela que describe la formación de una persona, podemos hablar claro, y es precisamente la piadosa ambivalencia del proceso educativo lo que nos permite manifestar nuestros pensamientos secretos, a saber, que a veces hay que tocar los genitales paternos para saber con exactitud lo que es esa moralidad cuyos dictados, pese a presiones y buenas intenciones, no conseguimos asumir plenamente; cuando desperté, con mi cuerpo desnudo apretado en sudoroso abrazo contra el de mi padre dormido, sintiendo en los dedos el vello de su pecho, me pareció que me había engañado a mí mismo, que había tenido que burlarme a mí mismo, no a él, para pegarme a su espalda y posaderas, enlazar sus piernas con las mías y sentir su desnudez; por un lado, indudablemente, me producía sorpresa y alegría que, durante aquel sueño corto y profundo, nuestros cuerpos se hubieran fundido de manera que hasta pasados varios instantes no conseguí distinguir uno de otro; por otra parte, no cabía la menor duda de que yo mismo había provocado aquel despertar; para la sensibilidad, más importante que el elemento consciente es el inconsciente, intuitivo, del sueño, incluso diría que éste era el objeto de mi experimento, que este estado quería yo prolongar hasta el infinito, porque me permitía experimentar la sensación de plenitud en la que el deseo y la imaginación se hermanan armoniosamente con la mentira y la argucia; así, fingiendo dormir, como si jugara al escondite conmigo mismo, despacio, muy despacio, deslicé los dedos por su cuerpo, sintiendo cómo su piel se estremecía por el contacto, cómo le crecía la saliva, cómo suspiraba, espiando si seguía durmiendo, pero mientras iba hurtándome a mí mismo estas sensaciones, recordé con un sobresalto que yo estaba ahora en la cama que había calentado el cuerpo mi madre, ocupando su lugar, robándole estas sensaciones.

Era como si tuviera que tocar a mi madre con la boca y a mi padre con la mano.

En el vientre mi mano tuvo que abrirse para abarcar su suave curva. Desde aquí sólo tenía un pequeño trecho que recorrer y tras enredarse un momento en el vello púbico, se cerró sobre el miembro. El momento se dividió en dos fases diferentes. En la primera, su cuerpo, en modo alguno indiferente y hasta bien dispuesto, se estremeció y él despertó.

En la segunda, con una convulsa sacudida, se desasió de mí y dio un alarido.

Como el que, en la cama caliente, se tropieza con un sapo frío y viscoso.

Hacia la mañana el sueño es más profundo y pesado y, si yo no le hubiera despertado de este sueño profundo, seguramente él hubiera tenido la posibilidad de recordar que también era protagonista de la misma novela de formación, a la que nada que sea humano puede ser ajeno, es decir, que lo ocurrido no era tan extraordinario como para justificar una reacción tan brutal; por otra parte, si él quería evitar que su rechazo tuviera consecuencias imprevisibles, es decir, si no quería provocar en mí una reacción negativa, sino que, como pedagogo consecuente, deseaba alcanzar un efecto positivo, hubiera tenido que proceder con más precaución y, sobre todo, con la prudencia del superior, sabiendo que una persona y, sobre todo, un hombre de su edad, más de cuarenta años, debía comprender que esto puede ocurrirle a cualquiera por lo menos una vez en la vida, ya sea con la imaginación, o en la realidad, simbólicamente o con las propias manos, que cada cual, por lo menos una vez, tiene que herir el pudor de su padre, quizá para autoinmunizarse uno mismo y que eso, de una forma o de otra, lo hacen todos, aun en el caso de que, después de esta dura prueba, no le queden fuerzas para reconocerlo ni ante sí mismo, esta negativa está dictada por el instinto de conservación y un sentido moral que aparece sólo en los casos extremos; pero mi padre despertó bruscamente, debió de sentirse traicionado por el primer movimiento instintivo de su propia naturaleza y tuvo que gritar.

– ¿Qué haces aquí? ¿Qué es esto?

Y de un empujón me lanzó al suelo, encima de la manta de ellos dos.

Después de aquello, durante varios días, me dominó la consternación del pecador, el tenso torpor de la espera, en el que, preparados para las consecuencias, para el castigo, magnificamos lo sucedido, que hasta puede parecemos emocionante, pero no pasaba nada, en vano los observaba a ambos con la mayor atención, ni siquiera pude averiguar si mi padre había contado a mi madre lo ocurrido, como hacía en otros casos, cuando en relación con alguno de mis delitos trataban de observar respecto a mí una conducta unitaria, lo cual no siempre conseguían tan plenamente como para que yo no pudiera advertir sus diferencias de criterio; esta vez, empero, ambos fingían total ignorancia, como si nada hubiera ocurrido, como si yo lo hubiera soñado todo, tanto el contacto como los gritos, y, esperando el castigo convencional, se me escapó esa reacción que era mucho peor que cualquier castigo -hoy, un adulto razonable, me pregunto qué clase de castigo podía yo temer, ¿una paliza?, porque, ¿qué castigo se puede aplicar al niño que se enamora de su padre? ¿No es bastante castigo este amor terrible e insaciable, que trastorna cuerpo y alma?-, yo no me daba cuenta -o no quería darme cuenta, quizá no podía hacer otra cosa- de que desde aquel día mi padre se mostraba conmigo más reservado y precavido, rehuyendo todas las ocasiones de contacto físico, no me besaba, no me tocaba, ni siquiera me pegaba, como si le pareciera que hasta los golpes podían ser la manifestación de que correspondía a aquel amor, se apartó de mí, pero con discreción, con una reserva bien disimulada, con una sutileza que sin duda nacía del miedo, y ni yo mismo podía observar la relación entre el hecho en sí y las consecuencias, quizá tampoco él se daba cuenta, y hasta olvidé la causa de su distanciamiento, como olvidé que lo había visto con Maria Stein en la cama del cuarto de la criada; es posible que él lo hubiera olvidado también, y lo único que me mortificaba y a lo no podía acostumbrarme era que mi padre no fuera tan adusto como para dejarme indiferente, ni tan sensible como para quererme; ahora, cuando abrió la puerta para que yo entrara en el cuarto de baño, se observaba claramente, en su cara seria y en la ostentosa desnudez de su cuerpo, esta reserva, cierto recelo, una timidez bien disimulada, y también una desgana que indicaba que hacía aquello para complacer a mi madre y a regañadientes, que no le parecía tolerable que yo anduviera espiando, y que él, en lugar de dejarme participar en aquel atrevido idilio familiar, me hubiera mandado a la cama. «¡Fuera de aquí!», hubiera dicho y asunto concluido; pero frente a mi madre se sentía por lo menos tan desamparado e indefenso como yo frente a él, lo cual no dejaba de ser un consuelo para mí, y si alguna posibilidad tenía de hacerme un hueco entre ellos era la de asegurarme el favor de mi madre, conquistando su benevolencia y halagando su sensibilidad; a mi padre no tenía acceso directo.

– ¡Cierra la puerta! -dijo, dio media vuelta y volvió a sentarse en la bañera, pero yo no acababa de decidirme a entrar y permanecía en el mismo sitio, aquél era un regalo inesperado y también alarmante, un favor que, por su tono áspero, dirigido más a mi madre que a mí, daba a entender que me otorgaba a pesar suyo, para no estropearle la diversión; yo había ganado inesperadamente, y entonces, cuando él dio media vuelta, tuve una nueva experiencia, un momento de turbación que duró sólo lo que él tardó en volver a hundirse en el agua; si antes he dicho que, visto de frente, su cuerpo parecía perfecto, bien proporcionado y atractivo, ahora debo agregar algo que me avergüenza más que todo lo expuesto hasta ahora, ¿o no es vergüenza?, ¿y si no fuera más que ese deseo de considerar a nuestros padres en cuerpo y alma criaturas perfectas, aunque no lo sean?, ¿es ésta la razón por la que la experiencia nos induce a considerar hermoso lo feo o, si no podemos renunciar al inalcanzable deseo de belleza y armonía perfectas, a aceptar por lo menos las imperfecciones con compasión?, ¿deducir de las formas del cuerpo que en todo lo aparentemente perfecto hay una tendencia a lo deforme, degenerado, enfermizo, contrahecho y es esto lo que da a nuestros sentimientos su sabor peculiar?, ¿y no sólo porque a nadie le es otorgada la armonía total de cualidades, sino más bien porque lo perfecto y lo imperfecto van siempre de la mano, son inseparables, y cuando cerramos los ojos a los defectos de una criatura humana y tratamos de quererla como si fuera perfecta nos dejamos engañar por nuestra propia imaginación?

Visto de lado, lo que de frente me parecía perfecto era francamente deforme, las paletillas sobresalían de la espalda arqueada, y aun cuando él se esforzaba por erguirse, su cuerpo se encorvaba hacia adelante; si no me asustara la palabra, diría que le faltaba muy poco para ser jorobado, sencillamente, jorobado, sí, una deformidad que nos parece repelente, y era como si se hubiera librado por muy poco, como si la naturaleza no hubiera podido decidirse entre hacer de él un ideal o una caricatura y le hubiera abandonado a su destino, y él, consciente de este destino, trataba de disimular y, en lo posible, corregir la broma siniestra de la indecisa, algo que, a pesar de los sinsabores que son de suponer y de exagerados esfuerzos, conseguía sólo en parte, porque el cuerpo, la forma, por más que nosotros, con nuestra mentalidad cristiana, debatamos hasta el agotamiento para atribuir al alma la primacía sobre la belleza externa, está ya perfectamente definido desde el momento de nuestro nacimiento y debe considerarse inmutable.

Pero a mí, que como todo enamorado era parcial, también me gustaba sorber, en una sola aspiración, belleza y fealdad, experimentar a un mismo tiempo, con la misma fuerza y una sensibilidad aguzada por la ternura, atracción y repulsión; su imperfección lo hacía perfecto para mí, porque nada podía explicar mejor su rígida seriedad, su constante alerta y el rigor con que perseguía todo lo que consideraba execrable, deficiente, malo, todo lo feo y perverso, que esta pequeña imperfección, este principio de joroba, a falta de la cual quizá hubiera sido un hombre guapo y nada más, mientras que así, provisto de la fuerza de carácter de los que viven siempre a la defensiva, era -a pesar de sus excesos- un poco distante en sus emociones, frío de sentimientos, pero sagaz, como si su carácter, ansioso de ternura pero incapaz de manifestarla, condenado a la reserva por aquella tara física, se hubiera refinado de tal modo que hubiera adquirido la facultad de descubrir cualquier intento de engaño, por hábil que fuera, de manera que la energía acumulada por aquella reserva que se imponía a sí mismo se tradujera en una perspicacia para descubrir interrelaciones y una claridad de juicio impresionantes; él armonizaba sus dotes intelectuales y su físico con instinto infalible y muy raramente podía reprochársele falta de sinceridad o afán de aparentar lo que no era y, a pesar de que entonces yo apenas sabía lo que hace un fiscal, no hubiera podido imaginar para su persona marco más apropiado que aquel en el que, con su sobrio traje gris oscuro, bajo las arañas encendidas incluso de día, él, con sus manos delgadas, hojeaba los expedientes esparcidos encima de su reluciente escritorio -quizá engañaba un poco el corte del traje, porque la hombrera, sabiamente colocada, disimulaba casi por completo el arco de la espalda-, y los largos y anchos corredores de mármol, en los que casi nunca había nadie, aparte de algún que otro ordenanza presuroso, cargado de gruesas carpetas, o un grupito de personas que aguardaban en silencio frente a una de las grandes puertas, fingiendo cómicamente que no se conocían; en aquellos corredores había un silencio cargado de tedio y de polvo, turbado de tarde en tarde por pasos rápidos, cuando llegaba, entre dos policías, un hombre esposado que desaparecía tras una de las puertas marrones; cuando mi padre se alejaba, camino de la sala, me gustaba contemplar su espalda, me parecía que en ella se concentraba toda la finura, la inteligencia y la elegancia de su persona, que estaban ausentes de la robusta belleza del resto de su cuerpo, porque, para completar la descripción, tendríamos que hablar también de sus bien torneadas y musculosas posaderas, cuyas suaves curvas tenían un aire un poco femenino, de sus muslos robustos, del entramado de venas que se destacaban bajo el vello rubio de las piernas, de los finos y largos dedos de sus arqueados pies, ¡y otra vez aquella espalda!, su paso era ligero y elástico, vigoroso como el de un animal de presa que goza percibiendo todo su poder y vitalidad al asentar la planta, pero daba la impresión de que la carga y los desvelos que, a mi modo de ver, debían de acarrear la persecución del delito, no gravitaban sobre sus pies sino sobre su espalda, como si su fuerza estuviera en la espalda, en la curva de su espalda, y era tan grande mi deseo de emularlo, de hacer míos aquella fuerza, aquella superioridad y aquel vigor que trascendía de la belleza de líneas, planos y proporciones que confluía y dimanaba a la vez del centro de su cuerpo y abarcaba su sublimada fealdad, que hubo un tiempo en el que yo encogía los hombros deliberadamente y caminaba por los modestos pasillos del colegio como le había visto andar a él por el palacio de justicia.

Por fin entré en el cuarto de baño y cerré la puerta, tal como él me había ordenado.

Él volvió a sentarse en la bañera y, en el mismo momento, emergió mi madre resoplando y saltó agua al suelo.

– ¡Anda, quítate el pijama y y métete en la bañera! -dijo él con naturalidad, como si fuera lo más lógico.

Cuando entré en la bañera y me senté entre las rodillas dobladas de ambos, el agua volvió a rebosar inundando el suelo y haciendo bailar las zapatillas, y los tres nos reímos.

Y esa risa repentina que, con su alegría espontánea, derribó todas las barreras que habían levantado la reserva, el recelo, la prevención y los temores infundados, desgarró también aquella membrana que separa la realidad externa de la verdad interior, superior a ella, liberando al cuerpo de su peso y de las limitaciones de su forma y situándonos en ese ámbito superior en el que hay libre comunicación entre la realidad del cuerpo y la verdad de nuestros deseos; tres cuerpos desnudos, en una bañera de agua tibia, y parecía que reía una sola boca, como si esa risa, no exenta de malicia, en virtud de la armonía de nuestros sentimientos, saliera de una única boca gigante; mi cuerpo estaba entre las rodillas de mi padre, mis pies, entre los muslos de mi madre bajo el agua turbia y espumeante de champú que mecía suavemente sus senos grandes, como si flotaran, y mi padre me empujaba por detrás y mi madre me empujaba por delante, y a cada vaivén el agua rebosaba, y aunque lo que nos hacía reír era un juego infantil, a mí me parecía que aquella boca común engullía los cuerpos desnudos para escupirlos después, y otra vez hacerlos desaparecer en la oscura garganta de la voluptuosidad y volver a escupirlos, al ritmo cadencioso de la risa, que se alzaba en oleadas, ascendía oscilando, se detenía al culminar para volver a caer y rebrotar de zonas del cuerpo aún más profundas, sacando a la luz ocultos e insospechados tesoros de placer, ensanchando los pulmones más y más y subiendo cada vez a mayor altura para despedir una alegría incontenible como el agua que saltaba de la bañera.

Pero en honor a la verdad debo puntualizar que mi vida de entonces no se componía únicamente de tribulaciones sin fin, injusticias humillantes, derrotas lastimosas y sufrimientos insoportables, no, como contrapunto a mi relato, indiscutiblemente sesgado, tengo que reconocer que la proporción de las alegrías era equivalente a la de los sinsabores; pero quizá el sufrimiento deja huellas más profundas, porque el pensamiento, con su cortejo de dudas y reproches, hace que parezca más largo el tiempo, mientras que la auténtica alegría, que rehuye la reflexión y se limita al puro sentimiento, no se concede ni nos concede más tiempo que el de su duración, por lo que se nos antoja accidental y aleatoria, y mientras el sufrimiento deja en la memoria largas y confusas historias, la dicha se reduce a simples momentos; pero dejémonos de análisis que se pierden en los detalles y dejémonos de la filosofía que ahonda en el significado de esos detalles, aunque unos y otra nos serán necesarios si queremos descubrir la riqueza de nuestra alma, ¿y por qué renunciar, si ello nos complace?, sin embargo, precisamente porque esta riqueza es infinita y porque lo infinito es una de las cosas más incomprensibles de este mundo, tendemos, en nuestro precipitado análisis, a ver en procesos simples y naturales la causa de nuestras heridas, mutilaciones, sufrimientos, enfermedades psíquicas y -digámoslo ya- de nuestra miseria, porque hemos perdido de vista la totalidad del hecho para fijarnos en determinados detalles elegidos arbitrariamente y, asustados por la inmensa riqueza de los detalles, desistimos y nos paramos antes de llegar al final del camino; nuestro miedo busca un chivo expiatorio, levanta pequeños altares de ofrendas y clava en el aire el cuchillo del sacrificio, con lo que provocamos una confusión mucho mayor que la que sentiríamos si no nos hubiéramos puesto a pensar en nosotros mismos, ¡ah, cuan felices, los pobres de espíritu!, dejémonos pues de reflexiones, entreguémonos libremente y sin reservas a la grata idea de que estamos sentados en el suelo al lado de la cama de mamá, con la cabeza apoyada en la fría colcha de seda que la cubría, con los labios en su brazo, con sus dedos en el pelo, sintiendo un agradable cosquilleo en el cuero cabelludo, porque ella, confusa, ha hundido la mano en mi pelo, tratando de amortiguar con este ademán de consuelo el impacto de sus palabras, y aunque este agradable estremecimiento poco a poco se extiende por toda la superficie de mi cuerpo, ella ya no puede retirar las palabras; porque también yo había pensado que quizá mi padre no fuera mi padre y, puesto que ella no había podido decidirse por ninguno de los dos hombres, ahora la sospecha podía convertirse en certeza, pero nada más podía decirse al respecto, y era lógico; así pues, callamos y descubrimos que la evocación que sus palabras habían hecho brotar se desvanecía, ya que, por importante y decisiva que pudiera ser, sólo formaba el fondo de nuestras emociones y de nuestros auténticos intereses, porque en ese ámbito en el que tratamos de comprender y asumir nuestras impresiones y en el que se desarrollan nuestras verdaderas vivencias, estamos solos, completamente solos, y nadie, ni los dos hombres ni ella, tenían acceso a él.

Y si bien todo ello no me dejaba indiferente, ello no se debía a que fuera tan importante saber cuál de los dos hombres era en realidad mi padre, incógnita apasionante, sin duda, electrizante por lo que tenía de indecorosa y misteriosa en grado superlativo, tanto como la imagen que yo conservaba del hombre al que creía mi padre y aquella otra mujer; no obstante, pienso que en realidad era una cuestión anecdótica, secundaria, prescindible, como el arco del horizonte de un prado sumido en la niebla crepuscular, un marco que se diluye en la nada, que está en el cuadro, sí, pero nuestro cuadro particular empieza y termina donde estamos nosotros, donde ocupamos un lugar, y nuestra reflexión sobre la existencia tiene sólo un punto central, el cuerpo, la sola forma que hace posible tal reflexión proporcionándonos fuerza, autoridad y seguridad, de manera que, en resumidas cuentas, insisto, en definitiva, no tiene por qué interesarnos algo que no sea el cuerpo con todos sus atributos imaginables; las palabras de mi madre habían ahogado mi respuesta y cualquier otra pregunta porque me parecían una alusión no del todo fortuita a lo que en realidad me preocupaba; tampoco yo podía decidirme, a pesar de que, al igual que ella, sentía la necesidad de tomar decisiones, sólo que en sus palabras percibía yo un remordimiento de toda la vida por aquella incapacidad para decidir, una confusión absoluta, algo así como un símbolo del futuro que me amenazaba a mí mismo, sin duda, la confusión de la persona que desespera de poder tomar una decisión, porque tal decisión ya es imposible, y en este aspecto su confesión resultaba liberadora, como si intuyera que moriría pronto, era un testamento, una exhortación a no intentar decidir lo que no puede decidirse, cifrar mi alegría en los hechos incontrolables como si la libertad de la persona consistiera únicamente en dejar actuar, sin oponer resistencia a los fenómenos del mundo que se manifiestan en nosotros; por todo ello, en aquel momento, ella no era para mí una madre, de la que cabría esperar que nos protegiera de la fría realidad con el calor de su cuerpo, sino una criatura que sabía de excesos y aventuras y hablaba por experiencia, que no podía menos que ser fría y cruel y a la que apenas le importaba yo, puesto que toda relación humana necesita calor, pero con la que me sentía identificado a pesar de todo porque idénticos eran, con independencia de la edad y el sexo, los procesos que se desarrollaban en nosotros.

Aquel día ella parecía hablar de algo acerca de lo que nada hubiera podido saber.

También nuestro silencio parecía hablar de ello.

Por fin conseguí decirle algo de lo que nunca le había hablado.

No fueron palabras audibles, naturalmente, en aquel silencio no sonó ni una sola sílaba, y mi confesión duró sólo lo que tardó mi boca en ir desde el delicado interior del codo hasta el hombro sembrándolo de pequeños besos; a las chicas les gusto mucho, hubiera susurrado en mi declaración de amor, les gusto más que los otros chicos, hubiera agregado, como si necesitara hacer hincapié en ello, un poco avergonzado de esta afirmación sorprendente, improcedente y jactanciosa, porque nuestros pensamientos secretos, al ser expresados en palabras, aunque sólo sea en un monólogo interior, necesitan una puntualización que los corrige y disminuye: porque no les gusto como les gustan los otros chicos, lo sé y me avergüenzo de ello, mejor dicho, no les gusto como les gustan los otros chicos, sino que simpatizan conmigo como si fuera una de ellas, a pesar de ser chico, naturalmente, distinción que no deja de halagarme, pero me gustaría pedirle que me ayudara, porque estoy contándolo mal, y es que al decir chicas no me refiero a las chicas en general sino a tres, Hedi, Maja y Livia, y cuando digo chicos son Prém, Kálmán y Kristian, y si tuviera que buscar mi lugar en uno los dos tríos, interdependientes y, al mismo tiempo, autónomos, decidir cuál de ellos me atrae más, yo diría sin vacilar que ellas, las chicas, me caen mejor, pero atraerme me atraen más ellos.

Siempre y cuando fuera posible decir estas cosas en voz alta.

Con la cabeza apoyada en el hombro de mi madre, recordé de pronto el momento en que, sin hacer ruido, entro del jardín en el espacioso comedor de los Prihoda y me quedo mirando en silencio a Sidonia, la criada, en el momento en que, después de levantar el mantel, se arrodilla de espaldas a mí para recoger las migas de la alfombra.

Quizá era el denso aroma de su piel lo que me impulsaba a contárselo todo, a revelarle mis secretos, todo lo que yo vivía con independencia de ella pero que, en cierto modo, se refería a ella.

Cuando la criada advierte por fin mi presencia, yo, con el índice en los labios, le pido que calle, para que nadie se entere de mi llegada y pueda sorprender a Maja; y ella se queda quieta, sin comprender, afortunadamente, el verdadero motivo de mi precaución, cree que se trata de una jugarreta inocente -¡naturalmente, soy tan bromista!-, Y yo, con mi sonrisa y mi súplica la convierto en mi cómplice; sigilosamente, procurando no hacer crujir el suelo, me acerco a ella, «ya está otra vez este granuja haciendo de las suyas», dicen sus ojos brillantes y, mientras observa mis movimientos, suelta una carcajada.

Tengo que inventar cada vez algo nuevo, esto no es más que el preludio, tengo que idear algo extraordinario, para acrecentar a cada ocasión el efecto y la fascinación de mis actos, y, aunque ello no es tan difícil como podría parecer a primera vista, he de proceder con Prudencia en mis pequeñas trastadas y aprovechar las posibilidades de cada ocasión.

No saludo, sé que sólo los gestos más extravagantes son eficaces, de modo que me limito a mover la cabeza, otras veces le beso la mano, eso la divierte y entonces me da un coscorrón, aparte de los golpecitos y cachetes, nuestra relación es silenciosa, aunque más elocuente que si habláramos: si intercambiando señales nos entendemos ¿para qué interferir en la comunicación con las palabras?

Me basta con fijarme en las chispitas amarillas de sus ojos grises de gato, sé que cualquier movimiento suyo, consciente y deliberado, será forzado, por lo que tengo que guiar mis movimientos por esos puntitos amarillos que me dicen si voy por buen camino o me equivoco; ahora, por ejemplo, ha querido castigarme con su carcajada: no habla, porque yo le he pedido que calle, pero se ríe ruidosamente, y eso exige represalias, pero a los dos nos gustan las pequeñas represalias que nos permiten darnos tirones de pelo, empujones, puñetazos, mordiscos y arañazos, mientras reprimimos no ya nuestro belicoso jadeo, sino incluso la respiración; lentamente, me arrodillo, no necesito burlarme de ella -¡ya me entiende!-, simplemente, repitiendo, emulando, la cómica y hasta humillante postura de su cuerpo, estamos los dos de rodillas entre las patas de las sillas que ella había apartado, y yo la miro como diciendo: ¡en esta casa eres como un perro, nada más que un perro!

Sidonia es obesa, tiene el pelo castaño y espeso, recogido en gruesas trenzas alrededor de la cabeza, la cara reluciente, la mirada alegre y una manera de moverse, torpe e infantil, que desarma; al ver las oscuras manchas de sudor en las sisas de su blusa blanca se me ocurre una idea: ¡ahora el perro soy yo!, y olfateando ruidosamente le meto la nariz en la axila.

Su cuerpo se derrite de mudo placer, rueda debajo de la mesa y hasta allí sigo yo su olor tibio y húmedo, pero entonces ella me da un fuerte mordisco en la nuca.

Unas veces de este modo y otras veces de otro, cualquiera que fuera el juego, esto no era sino la antesala del placer.

Porque en la alcoba del espacioso y oscuro dormitorio, inclinada sobre la mesa llena de libros y cuadernos, con la cabeza apoyada en las manos y un lápiz entre los dientes, está Maja, balanceando las desnudas piernas cruzadas bajo la silla a un ritmo imprevisible e irritante.

Altos arbustos y viejos árboles de ramas colgantes ponían una cortina de vegetación delante de su ventana, había en la habitación una luz trémula y verdosa, un reverbero en la pared blanca de hojas movidas por el viento.

– ¿Aún no ha venido Livi? -pregunté en voz baja, empezando deliberadamente por esta pregunta crucial, que equivalía a una confesión, para que desde el primer momento supiera que no venía por ella, que me había esperado en vano.

Ella no me miró, hizo como si, en el primer momento, no hubiera oído lo que yo preguntaba y siguió sentada al escritorio con aire ausente, mirando, más que leyendo, el libro desde lejos, con repugnancia y por obligación, procurando mantenerlo a la mayor distancia posible; leía como otros contemplan un cuadro, abarcando con la mirada el detalle y el conjunto, le surcaban la frente unos pliegues ondulados, había en sus redondos ojos castaño oscuro un asombro permanente y fijo, mordía el lápiz con sus dientes blancos y bonitos, lo hacía girar y lo volvía a morder; noté que se había enterado de mi llegada porque sus piernas se balanceaban con menos ímpetu y el lápiz giraba más despacio entre sus dientes; probablemente, huelga aclarar que éstas no eran señales de hastío sino de concentración, sus sentidos, atentos a este movimiento acompasado y mecánico, dejaban libre su atención para absorber conocimientos extraños a su ser, y cuando por fin consiguió sustraerse a lo que tanto la cautivaba, con aquel mismo interés y asombro me miró a mí, como si a sus ojos yo no fuera más que uno de tantos objetos, quizá todos los objetos fueran interesantes a su manera; despacio, muy despacio, levantó la cabeza, estiró la frente y se arrancó, casi a la fuerza, el lápiz de los dientes, pero se quedó con la boca abierta y de su cara no se borró el gesto de ávida atención.

– Ya lo ves -dijo simplemente, pero sin poder ocultarme que en el fondo se alegraba de darme una mala noticia.

– ¿Y no va a venir? -pregunté innecesariamente, sólo para que no quedara ni la menor duda de que no había venido por ella.

– Livi ha empezado a aburrirme, hoy quizá no venga, pero Kálmán dice que hemos de vernos, Kristian va a montar no sé qué teatro.

Con estas palabras me había clavado un buen alfilerazo, porque, naturalmente, ellos nada me habían dicho, y ella sabía muy bien que los chicos no querían que yo fuera.

– ¿Así que hemos de reunimos?

– Claro que hemos de reunimos -dijo con aire de inocencia, como si yo estuviera incluido en el plan, y durante un momento consiguió engañarme.

– ¿Te ha dicho él que vaya yo también, que me avises?

– ¿Es que no te ha avisado él?

Ella saboreaba mi confusión con una ligera condescendencia burlona.

– Algo me ha dicho -contesté, aunque sabía que ella se daba cuenta de que era mentira y me compadecía un poco.

– ¿Y por qué no habías de venir, si quieres?

Pero yo no quería su compasión.

– Otro día perdido -dije, furioso, traicionándome sin querer, lo que la alegró.

– Mi madre no está en casa.

– ¿Y Sidonia?

Ella se encogió de hombros, algo que hacía con una gracia inimitable, levantando los hombros sólo muy levemente y tensando todo el cuerpo con gesto de absoluta indefensión y luego casi no te dabas cuenta de cuándo se relajaba; arrojó el lápiz a la mesa y se levantó.

– Ven, no perdamos más tiempo.

Como si realmente no le interesara nada más; pero yo no podía librarme de mi enfado con tanta facilidad ni entendía del todo la situación, sólo tenía la sensación de que, una vez más, algo había ocurrido a espaldas mías, y tenía que aclararlo.

– Dime sólo una cosa, por favor, ¿cuándo has hablado con Kálmán?

– ¡Si no he hablado! -casi gorjeó ella, y los ojos le brillaban de alegría.

– Es que tampoco hubieras podido, porque él ha vuelto a casa conmigo.

– Ya lo ves, ¿por qué no lo dejas entonces? -dijo sonriendo descaradamente, para mostrarme que la divertía mi irritación.

– ¿Puedo preguntar entonces cómo te has enterado?

– Eso es asunto mío, ¿no crees?

– Entonces es que hay cosas que sólo te conciernen a ti.

– Exactamente.

– ¿Irás?

– ¿Por qué no? Pero aún no lo he decidido.

– A ti te gusta estar en todas partes, ¿verdad?

– No te hagas ilusiones, no pienso decírtelo.

– Ni ganas.

– Mejor.

– Soy un estúpido por ir detrás de ti, después de todo.

Hubo un breve silencio y luego ella preguntó en voz baja e insegura:

– ¿Te lo digo?

– No me interesa, puedes guardártelo.

Ella se acercó, se acercó mucho, pero sus ojos, inquietos, se desviaron y se velaron, y aquel momentáneo desconcierto indicaba claramente que no veía lo que estaba mirando, es decir, a mí, no veía mi cuello, aunque parecía estar mirándolo, precisamente el mordisco, pero no veía lo que miraba sino que vagaba con la imaginación por aquel lugar secreto que ella deseaba ocultarme y que me inspiraba viva curiosidad, porque yo quería espiar allí a Kálmán, quería saber cada uno de sus movimientos, oír las palabras que le susurraba; con un movimiento vacilante, como si quisiera convencerse de mi presencia y como si no supiera lo que hacía, pellizcó con dos dedos el cuello de la camisa y me atrajo hacia sí distraídamente bajando la voz a un susurro zalamero.

– Te lo diré sólo porque juramos no tener secretos el uno para el otro.

Y, como el qué, por fin, consigue vencer el primer y más arduo escollo del pudor, suspiró profundamente y, ayudándose con una leve sonrisa, volvió a fijar su atención en mi cara, me miró a los ojos y prosiguió:

– Recibí una carta, me la trajo Livia ayer tarde, me dice que vaya, para encargarme del vestuario y que esta tarde nos encontraremos en el bosque.

Ahora tenía yo ventaja, porque sabía que esto no podía ser cierto.

– Mientes.

– ¡Tú estás majara!

– ¿Tan estúpido me crees como para no darme cuenta de cuándo mientes?

– ¡Es que tú nunca estás contento!

La sujeté de la muñeca, para arrancarle la mano del cuello de mi camisa y, sin soltarla, la aparté de mí, porque no tenía que ser ella quien marcara la distancia entre nosotros y, menos, con sus mentiras chapuceras, y lo hice a pesar de que su proximidad -su aliento me acariciaba la boca- y hasta sus apasionadas protestas con las que hubiera podido engañar a cualquiera, me seducían, pero como si también comprendiera que un cuerpo, por invitador y cálido que nos parezca, no puede pretender tomar posesión de otro sin ciertas condiciones morales y que para la posesión perfecta y total, más importante que la momentánea proximidad es lo que llamamos verdad -una verdad que, naturalmente, no existe pero a la que hay que aspirar, la verdad íntima del cuerpo, que puede resultar condicionada y efímera-, actué como un tipo duro que, para alcanzar un objetivo un tanto impreciso, procede con deliberación y sin escrúpulos: si ahora rechazaba el cuerpo era para recuperarlo después sin condiciones.

¿Hay movimiento más brutal que el de rechazar a alguien con un empujón despectivo? Así renunciaba yo a su boca, frustrando el deseo que me inspiraba su belleza, a fin de satisfacer un deseo más profundo, pero lo hacía con astuta premeditación, para conseguirla aún más rendida y para mí solo, eliminando primero al rival, al otro, al extraño, al usurpador Kálmán, tan parecido a mí, idéntico a mí, disputándole la posesión de su boca, porque yo deseaba que aquella boca de trazo perfecto no mintiera; es decir, yo pensaba ganar tanto como pudiera haber perdido con mi brusquedad.

– ¡Olvídalo, no me importa!

– Pero ¿qué quieres de mí? -me gritó con voz ronca de ira, desasiendo la muñeca de mis dedos.

– Nada. Estás horrible cuando mientes.

Naturalmente, la mentira en nada había modificado su cara, al contrario, el furor la embellecía, volvió a encogerse un poco de hombros, como si no le interesara en absoluto cómo la viera yo, y como este movimiento de indiferencia no concordaba con lo que estaba pensando, tuvo que bajar la mirada, avergonzada; sus ojos, abiertos de asombro constante, desaparecieron tras los pesados párpados, dejando que la boca dominara la cara.

Yo no deseaba sino que aquella boca se estuviera quieta, para poder contemplarla, una boca excepcional, con un labio superior que era réplica exacta del inferior y describía un arco que el surco de la nariz no quebraba con los picos normales ni se hendía en las comisuras, sino que formaba con su compañero un óvalo perfecto.

Una boca siempre dispuesta para silbar, cantar y parlotear, unas bonitas mejillas bien redondeadas, una masa de rizos castaño oscuro y una expresión alegre y despreocupada; ahora dio media vuelta y, manteniendo los flacos hombros rígidamente encogidos, fue hacia la puerta, pero no salió de la habitación sino que se quedó indecisa un momento y se echó en la cama.

No era una cama propiamente dicha sino una especie de sofá que servía de cama y durante el día cubría las sábanas una gruesa colcha persa, mullida, flexible, cálida y sedosa, en la que ahora se hundía su cuerpo rígido; llevaba el vestido de seda rojo cereza con florecitas blancas que había sacado para esta tarde del vestidor de su madre, una habitación soleada con las paredes totalmente cubiertas de armarios blancos, llenos a rebosar de ropa perfumada, uno de nuestros lugares de exploración favoritos; se protegía la cabeza con los brazos desnudos y sus pies descalzos que colgaban del sofá tenían una palidez que refulgía a la media luz de la habitación y producían una sensación de desamparo que acentuaban la falda arrugada que dejaba los muslos al descubierto y las sacudidas del llanto que empezaban a estremecerle los hombros, la espalda y hasta la suave curva de las nalgas.

Aquel llanto no me conmovía especialmente, yo me sabía de memoria todas las posibles variaciones de aquellas lacrimógenas escenas, desde los simples pucheros hasta los sollozos inconsolables, pasando por la llantina sostenida que, en progresivas aceleraciones, culminaba en antiestéticas e insoportables cataratas de lágrima y moco, a las que seguía un lento y verboso desenlace, un estremecimiento y el hipo entrecortado del agotamiento, y su cuerpo quedaba fresco y ligero y, sin aparente transición, ella volvía a ser la de siempre, y parecía incluso más fuerte, autosufíciente y satisfecha que antes. El que yo conociera bien el proceso no significa que pudiera negarle mi consuelo, porque sabía que también lloraba cuando yo no la veía, ella me hablaba con frecuencia, no sin cierta sana ironía, de sus crisis de llanto solitarias, revelando candidamente que el llanto, demostración desenfrenada de un sufrimiento cargado de autocompasión, también produce placer, y también lloraba, por ejemplo, en presencia de Livia, que era un testigo tan dulce y compasivo como yo, aunque más objetivo; no obstante, las sesiones de llanto que me dedicaba a mí tenían una cualidad especial, un sello personalizado, un punto de ficción, de exageración, de teatro, eran, en cierta medida, la base de una simulación recíproca, elemento fundamental de un sistema de mentiras al que, con el mayor esmero y convicción, tratábamos de dar apariencia de sinceridad, disfrazando de naturalidad y audaz franqueza nuestros embustes; como si con aquel llanto ella ensayara conmigo el papel de la futura mujer, la criatura débil, abnegada, delicada y sensible, cuando en realidad era fría, dura, calculadora, cruel y astuta; en belleza no podía competir con Hedi, pero, mucho más tenaz y despótica, quería mandar en todos y ejercer en nosotros un dominio mayor que el de Hedi, con toda su belleza, lo cual, desde luego, no pasaba de ser otra simulación, y ella sabía que yo lo sabía; ella representaba un papel y probaba cuál de aquellos vestidos perfumados, vaporosos y sedosos, adornados de encajes y volantes que tanto nos gustaban a los dos era el envoltorio más apto para la feminidad que pretendía encarnar; además, el hurto de la prenda hacía más emocionante este juego secreto de las transformaciones, en el que ella jugaba a ser su madre; fui hacia el sofá con paso firme, representando el papel que se me había asignado, en el que debía mostrarme fuerte, comprensivo, tranquilo y, al mismo tiempo, un poco brutal, es decir, hombre, papel que prometía tanta amenidad que no tenía dificultad en asumirlo, por falso que fuera.

Era quizá esta esencial predisposición para la farsa el rasgo que me hacía diferente de los otros chicos.

Yo me identificaba plenamente con su mentalidad de chica, como si sólo fingiera ser chico y de un momento a otro pudiera descubrirse mi superchería.

Como si no hubiera una línea divisoria entre mi parte masculina y mi parte femenina.

Como si no fuera yo el que hacía esto o lo otro, como si no actuara yo mismo sino que para cada acción hubiera en mí dos opciones, la femenina y la masculina, entre las que yo podía elegir y, como era chico, naturalmente, elegía la variante masculina, aunque también hubiera podido elegir la otra; por ejemplo, ahora tenía que preguntarle en tono seco qué le pasaba, a pesar de que lo sabía perfectamente y, si ella no contestaba, decirle en tono más perentorio que se dejara de histerismos, señalar cínicamente que con su estúpida rabieta estábamos perdiendo un tiempo precioso, soltar algún juramento y, sobre todo, hacer como si su llanto me molestara, a pesar de que no me molestaba ni lo más mínimo, pero también podía asumir el papel de la amiga y hacerle comprender que, si hoy quería ver a su querido Kálmán, aquel gordo repelente -porque, naturalmente, estaba claro que iría, a pesar de que yo no entendía qué veía en él y su solo nombre me daba ganas de vomitar-, debía tener más cuidado con su bonita cara y no llorar de esa manera, porque no querría estar hecha una birria; ella, a juzgar por la forma en que arreciaba en su llanto, parecía estar esperando unas palabras rudas, el significado en sí era lo de menos, lo único que necesitaba para demostrar su debilidad era esta simbólica bofetada, al igual que yo necesitaba despotricar para demostrar mi fuerza; después de oírlas, recurrió a todos los efectos dramáticos que se había reservado, subió el tono de los sollozos, apartó el brazo, se volvió bruscamente y, cambiando a un berrido profundo, me enseñó una cara empapada en lágrimas y tan desfigurada por el berrinche que despertó en mí cierta compasión auténtica.

Como si, de tanto fingir, pudiéramos tener un punto de sinceridad.

– ¿Qué queréis de mí? ¿Por qué me atormentáis? ¿Por qué? ¡No sabéis hacer nada más que atormentarme! -exclamó con voz ahogada, y su aflicción era real, pero a mí me deparaba un placer perverso, porque en su queja nos incluía a Kálmán y a mí, era evidente que estaba indecisa entre los dos, cuando, para mí, aquello no pasaba de ser un juego que podía observar desde fuera; volvió a echarse de bruces, se cubrió otra vez la cabeza con los brazos y, libre ya de toda inhibición, escaló las más altas cumbres del llanto; yo estaba fascinado y pasmado porque si, hasta ahora, aquello había parecido puro teatro, con empeño, lenta, gradualmente, ella había conseguido convertirlo en algo real, arrastrando a los arrebatos del dolor a un cuerpo que al principio, falto de una causa verdadera, se resistía, pero ahora, ¡oh, milagro!, sufría y temblaba, se estremecía y retorcía, hundido en el blando sofá; aquello ya no era un juego, pero yo, muy en mi papel de hombre fuerte, conservaba un resto de calma y no me moví, no extendí la mano hacia ella y, naturalmente, tampoco la consolé, a pesar de que me horrorizaba verla en aquel estado; por un lado, clavaba las uñas en el cobertor, lo pellizcaba, lo mordía, movía la cabeza a derecha e izquierda como una epiléptica, pero, por otro lado, las piernas le colgaban inertes, como si el ataque fuera sólo resultado de la convulsa oposición entre los extremos de la exteriorización sin reservas y el hermetismo total, y no me faltaban razones para estar asustado y escudarme tras una afable indiferencia, yo lo había provocado, con mis palabras, había hecho aflorar esta secreta locura, para sentir mi poder sobre ella y vencer en su cuerpo al otro que estaba dentro de mí y que me era muy tierna y cruelmente familiar como para sentir celos de él, todo aquello era, pues, para mí solo, ¡y qué voz la suya!, sollozos agudos y desgarrados a la vez, como si sonaran dos voces a un tiempo, como si, bajo los roncos quejidos que oscilaban al ritmo regular de las convulsiones del cuerpo, sonara un lamento ininterrumpido que iba subiendo de tono hasta hacerse insoportable; me parecía que la situación se me iba de las manos por momentos.

Y cuando me senté a su lado en el sofá, me incliné sobre ella y le puse la mano en el hombro, no fue el mío un gesto de ternura ni de compasión, no, lo que yo sentía era más bien repulsión y odio y, sobre todo, miedo a que aquel estado durase para siempre; en vano me repetía que todas las crisis de llanto tienen que acabar antes o después, era tan poderoso el efecto de su figura y de su voz que no podía tranquilizarme la experiencia, no, aquello no acabaría nunca, lo que había estado oculto hasta entonces y se había manifestado inesperadamente tendría carácter permanente, y Sidonia entraría de un momento a otro y se descubriría todo, y por el jardín vendrían los vecinos que, naturalmente, habían oído los gritos, y llamarían a un médico, y acudirían los padres, y ella seguiría llorando y gritando con aquel vestido, y se descubriría que el culpable del desaguisado era yo.

– ¡Maja, cariño!

– ¡A la mierda, tú y tus cariños!

– ¿Qué te pasa? ¡No llores así! ¿Qué tienes? Yo estoy aquí. Ya sabes que te comprendo. Acuérdate de lo que nos juramos.

– ¡Un carajo nos juramos! -se desasió y rodó hacia la pared.

Yo me eché a su espalda, si más no, para taparle la boca.

– Si no me voy, mujer. Ha sido sólo una amenaza, me quedo. ¡Maja! ¡Me quedo, Maja! Pero tú puedes ir a donde quieras. Ya sabes que puedes hacer lo que te plazca. ¿Por qué no contestas? -le susurraba al oído tratando de abrazarla con todo el cuerpo, apretándome contra ella, con la esperanza de transmitirle mi calma.

¡Pero dónde había quedado la calma de mi superioridad masculina! Ahora me daba cuenta de que también yo temblaba, oía temblar mi voz, sin sospechar que ella lo advertía con lúcida precisión y que yo no podía proporcionarle mayor satisfacción.

Pero mi estremecida ternura, lejos de calmar su frenesí, lo exacerbó, y, por su misma exaltación, me di cuenta de que conservaba la suficiente capacidad de raciocinio, que seguía siendo la de siempre, porque fue inútil que yo tratara de disfrazar de solícita atención el movimiento con que atraje su cabeza hacia mí, para taparle la boca astutamente y así dejar de oír su voz: en aquel momento nos descubrimos el juego mutuamente, ella receló el engaño, tensó el cuerpo, me dio un empujón, un puñetazo, un puntapié y un mordisco en un dedo, todo ello, sin dejar de gritar, le cambió la cara, como si se hubiera convertido en la de un chico, sus rasgos, relucientes de lágrimas, se habían endurecido y si, en lugar de temblar de miedo, yo hubiera sido capaz de pensar con claridad y hubiera contestado con golpes y empujones a sus golpes y empujones, entonces sin duda me hubiera destrozado; en realidad, nunca habíamos peleado en serio pero ella era no sólo mucho más fuerte que yo sino también más feroz y brutal.

Yo no me defendía, tampoco me di cuenta de cuándo dejó de gritar, ya ni me esforzaba por sujetarla, pero aguanté el ataque y quizá nuestra relación nunca tuvo un momento de sinceridad como aquél, yo dejaba que me pegara, me arañara, me pateara y me mordiera, es más, contestaba a sus ataques tiernamente, con caricias y besos, que, en aquella situación, le hacían tan poco efecto como a mí sus blandos puñetazos de niña; en aquella escena, ella era el chico, y yo, la chica; los ojos desorbitados, los dientes amenazadores, los tensos músculos del cuello intimidaban, pero yo no me dejaba lanzar al suelo y, en el repentino silencio, sólo se oía su jadeo, el rechinar y crujir del sofá y el chasquido de los golpes.

Me empujaba por los hombros, para tirarme al suelo, pero cuando mis manos rozaron su muslo, pareció que el furor y el odio se evaporaban de sus miembros, sorprendiéndola a ella misma, su cuerpo se relajó al instante y, como si me viera por primera vez en su vida, pareció asombrarse de tenerme tan cerca y de que mi proximidad le agradara, y puso ojos redondos, pero ahora tenían su mirada de sorpresa habitual, no de loca.

Contenía la respiración, como si quisiera evitar que su aliento rozara mi boca, porque estábamos muy cerca, y muy acalorados.

Sentí estremecerse su piel bajo mi mano, como si hasta este momento no se hubiera dado cuenta de que la tocaba.

¿Y cómo había llegado allí mi mano?

Entonces volvió a echarse a llorar.

Era como si la proximidad y el calor hubieran provocado sus lágrimas, pero ahora había en ellas un dolor verdadero, casi diría un dolor tranquilo y lúcido.

Un dolor que no busca el desahogo del estallido violento, tampoco era un llanto propiamente dicho que pudiera compararse al de antes, sino un gemido acompañado de suspiros temblorosos.

Estos sonidos me conmovían más profundamente que los otros, despertaban eco en mí, y también mi garganta exhaló un quejido largo, pero yo no podía expansionarme con el llanto y me ahogaba, y en mi pecho y en mis muslos vibraba una fuerza imperiosa y paralizadora a la vez que, si bien impedía el desfallecimiento y la total claudicación, me empujaba hacia ella, como si hubiera resultado infundada la sospecha de que, con su arrebato, trataba de convencer a su cuerpo de la existencia de un dolor imaginario, para engañarme y distraer mi atención, buscando mi compasión y, con ella, la capitulación y el sometimiento, y algo la hiciera sufrir realmente, y la hacía sufrir el descubrimiento de que también ella me quería.

Me acerqué, y ella, lejos de rechazarme, pasó su brazo por detrás de mi hombro y me atrajo cariñosamente, y entonces, aunque no fuera más que para corresponder a su movimiento, subí la mano por su muslo y deslicé los dedos debajo de las bragas.

Así nos quedamos.

Su cara ardiente en mi hombro.

Como si estuviéramos en un charco grande, profundo, viscoso y blando, en el que no se siente el paso del tiempo, porque, en realidad, no importa.

Yo la mecía suavemente, como para hacernos dormir a los dos.

Así había estado yo con mi hermana pequeña, debajo del escritorio en un tiempo que surgía de más allá del recuerdo, cuando experimentaba con los alfileres y ella, buscando refugio y creyendo que lo encontraría a mi lado precisamente, con un grito más de espanto que de dolor, se arrojó sobre mí, como si quisiera confiarme su cuerpo grueso y contrahecho que hubiera repugnado a cualquier otro, y darme a entender que no sólo comprendía mi juego cruel sino que me lo agradecía, porque yo era el único que, gracias a estos juegos, había descubierto un lenguaje con el que era posible entenderse con ella; también ella y yo nos habíamos mecido entonces, medio echados en el frío suelo hasta que, abrazados, nos dormimos a la última luz de la tarde.

– Un día comprenderás que me atormentas sin motivo, sin ningún motivo -me susurró después y, con el balanceo, sus labios casi rozaban mi oído-. Aunque no lo creas, a nadie quiero como te quiero a ti.

Era como si la voz viniera de aquel otro tiempo, de aquella otra tarde, del cuerpo de mi hermana pequeña, cosquilleándome en el oído, un poco chillona y un poto cantarína, y me parecía abrazar el cuerpo deforme de mi hermana, aun sabiendo que era el esbelto cuerpo de Maja.

Mientras, ella no paraba de murmurarme al oído, agradecida y feliz.

– Ayer le dije que, por muy pesado que se ponga, tú eres mi número uno, no él, que eres bueno y no un hipócrita como los otros, que sé bien que si vienen detrás de mí es sólo para luego contar a Kristian lo que hacemos. ¡En serio, él es sólo el número dos!

Calló un momento, como si no se atreviera a decirlo, y entonces sentí en el oído, como un chorro de aire caliente:

– Para mí eres como mi muñeca, me encanta jugar contigo. Y no te enfades si hago como si estuviera enamorada de él. En cierto modo, me interesa, naturalmente, pero es sólo un juego, es para darte celos, nada más, pero a nadie, puedes creerlo, a nadie quiero como a ti. Y menos a él, que es muy bruto y nada cariñoso conmigo. A veces pienso que tendríamos que jugar a que eres hijo mío. Me gustaría tener un niño como tú, un corderito duce y cariñoso, y rubio.

Volvió a callar, sus verdaderos sentimientos atemperaron su sensiblería ardorosa.

– Pero también eres ruin. Y también me haces llorar, porque siempre quieres saberlo todo, me atosigas, no me dejas tener ni el más pequeño secreto, a pesar de que tú y yo tenemos un secreto muy grande y es imposible que pienses en serio que yo pueda engañarte con otra historia, eres lo más importante para mí y siempre lo serás, pero tu te callas algo que yo sé desde hace tiempo, y es que no es a Livia a quien quieres sino a Hedi y que con ella me engañas.

Nada había cambiado, seguíamos meciéndonos, pero algo me advertía que no debía entregarme a aquella voz, parecía que ya no era yo el que la acunaba sino ella la que trataba de adormecerme y aturdirme con su voz, y que debía procurar que ninguno de los dos traspusiéramos el umbral del sueño.

– Ahora ya puedes contármelo -dije en voz alta, con la esperanza de que mi voz me ayudara a zafarme de aquel delicioso torpor.

– ¿Contarte, el qué? -preguntó ella, también en voz alta.

– Lo que hicisteis ayer tarde.

– ¡No fue por la tarde sino por la noche!

– ¿Por la noche?

– ¡Sí, señor; por la noche!

– ¿Ya empiezas otra vez con tus mentiras?

– Bueno, casi por la noche, a última hora, muy última hora, de la tarde.

Como si ahora empezara otra maniobra de distracción, un cuento que me inspiraba tanta curiosidad como la verdad, pero ella no dijo más y entonces dejé de mecerla.

– ¡Cuenta ya!

No contestó y también su cuerpo había enmudecido en mis brazos.

El ático de Melchior

Él iba de un lado al otro de la habitación con paso ligero y elástico, como el que ejecuta unos movimientos bien aprendidos; el suelo de madera, pintado de un blanco puro y provocativo, crujía ligeramente bajo sus pies, calzados con unos zapatos negros y puntiagudos que parecían muy sucios y estropeados sobre la mullida alfombra granate que cubría aquella blancura; y, como si preparara un rito secreto, desconocido para mí, una especie de ceremonia de iniciación, encendía velas, agitando la caja de los fósforos y, con una cortesía que rayaba en lo impersonal, me ofreció una butaca de aspecto confortable; pero la cortesía no disimulaba la oficiosidad de aquellos preparativos injustificados, con los que parecía querer manifestar el propósito de hacer agradable y, sobre todo, cómodo nuestro cara a cara, y animarme, con su ajetreo, a unirme a su intento; se quitó la chaqueta, aflojó la corbata, desabrochó los últimos botones de la camisa y, paseando, abstraído, la mirada por la habitación, se acarició el vello del pecho con fruición, como si yo no estuviera, fue hacia el bello arco de la puerta, salió a la sala y, al cabo de unos momentos de un trajín incomprensible, empezó a sonar, por altavoces escondidos, suave música clásica; pero yo era reacio a abandonarme a aquel ambiente preparado con exquisitez pero también con una intención transparente e intrusiva, y me quedé de pie.

Volvió y apagó la lámpara del techo, lo que me sorprendió, es más, para ser sincero, me consternó, porque era una alusión clara a algo que debíamos mantener en secreto incluso ante nosotros mismos; pero en los candelabros de la pared, montados en espejos, y en los de encima de los muebles ya ardían esbeltas velas de cera, unas treinta en total que si, por un lado, recordaban la guerra, por el otro, daban a la habitación un ambiente sacro; había cerrado las pesadas cortinas de seda roja de la ventana que cubrían con sus pliegues desde el suelo hasta el techo y tenían una muestra de lirios entretejida que brillaba con reflejos dorados a la luz de las velas.

Se recreaba en sus movimientos, y como su figura -los brazos, las manos, los muslos ceñidos por el pantalón- era esbelta y flexible, sus ademanes no producían extrañeza, tocaba los objetos con mimo, como si su contacto le produjera una alegría elemental; parecía querer incluirme también a mí en aquel ritual ceremonioso, amable, íntimo, casi afectado, por el que repartía toques y caricias; como si su propósito fuera el de convencerse y convencerme de cómo se podía gozar de la vida aquí, qué ritmo de movimientos exigía el entorno, y hacerme una minuciosa demostración de ese ritmo, que era tan personal como los objetos que le rodeaban; pero, a pesar de su aparente franqueza y afabilidad, yo percibía en él cierta rigidez, la impudicia de su exhibicionismo no era del todo espontánea, detrás de la aparente desenvoltura y superioridad con que alardeaba de sensualidad se advertía cierta inquietud, como si, desde el parapeto de su arrogancia, espiara si yo sentía curiosidad por las muestras de confianza que me ofrecía y se preguntara si no se habría equivocado al juzgarme.

Y, como en todos sus movimientos, por armoniosos, seguros e inequívocos que fueran y por más que pudieran interpretarse como una franca confesión, advertía yo una curiosidad ávida, persistente e interesada, quizá estuviera justificada su implícita pregunta; yo me desentendía de aquella representación, como si optara por mantenerme dentro de los seguros límites del decoro y del orden convencional, o no comprendiera el significado oculto de sus gestos, y tan impuesto estaba de mi papel y tanto temía la atracción de lo desconocido que hubiera preferido cerrar los ojos para no verle revelarse y ofrecerse a mí esperando reciprocidad, y él, al percibir claramente el alcance y la índole de mi temor, se mostró dispuesto a neutralizar sus señales con un cambio de actitud e iniciar la retirada.

Evidentemente, aun haciendo abstracción de lo anterior, ya habíamos ido demasiado lejos como para poder pensar en una retirada propiamente dicha, el error había sido subir a su casa, ahora estaba delante de mí con una sonrisa infinitamente confiada, insistente, libre de temor y de ansiedad, que no mendigaba confianza sino que la ofrecía, en la que aún temblaba la inseguridad, sonrisa irresistible que se dibujaba en los pequeños pliegues verticales de la boca, los ojos, la frente lisa, la sombra de las comisuras de los labios y, naturalmente, también en los hoyos de afabilidad que se marcaban en las mejillas, a la que yo no podía cerrar los ojos; en este breve instante, yo comprendía claramente que hasta un involuntario parpadeo hubiera delatado aquella atracción que desde el primer momento él había ejercido en mí y que estaba en clara oposición a la actitud aparentemente rígida e indiferente con la que yo me esforzaba por ocultar esa atracción no sólo a él sino a mí mismo, por neutralizarla, por introducirla a la fuerza en el marco de un orden moral, lo mismo que el hechizo que en mí ejercían su boca, su sonrisa, sus ojos, su voz profunda y melodiosa y su andar elegante y garboso; porque él caminaba como diciendo: ¡mirad cómo ando!, ¿y tenía yo que imponerme disciplina, dominar mis sentimientos y obligarle a él a ajustar sus movimientos a un orden severo? Pretensión tan ridicula como inútil, como si la situación en la que ahora nos encontrábamos, en esta habitación interesante más por lo que tenía de inhóspita que de acogedora, una situación en la que la razón jugaba al escondite con la sensualidad, pudiera controlarse mediante una disciplina cualquiera; yo me esforzaba con tesón por desviar hacia el elegante y rancio entorno la mirada que había quedado prendida en su sonrisa, aún buscaba una salida para mi mente, que estaba a merced de mis sentimientos, pero entonces sentí que su sonrisa se había apoderado de mis ojos y mi boca, que, a pesar mío, yo le estaba sonriendo con sus mismos ojos, unos ojos muy abiertos, que me había identificado con él; pero pasaba el tiempo e, hiciera yo lo que hiciera, intentara lo que intentara, todo nos arrastraría en la dirección en la que él quería ir, si yo consentía, si su sonrisa no se helaba en mis labios; y yo no podía desprender su sonrisa de mis labios, y eso me daba a entender que, poco a poco, estaba perdiendo la facultad de decidir por mí mismo; ¡si no me hubiera inquietado tanto aquella determinación suya, nutrida de experiencias, flexible, dúctil y a la vez indecente y arrogante! Tenía que buscar una excusa y marcharme cuanto antes -¡fuera de aquí!, pero entonces, ¿por qué me había dado tanta prisa en venir?- o, simplemente, girar sobre los talones y salir de la casa, pero no podía marcharme sin más, porque, aparentemente, la situación no tenía nada de particular, era natural que un hombre joven invitara a otro a tomar una copa, ¿qué mal podía haber en ello?, aunque su mutua simpatía provocara una pasajera confusión porque resultaba mucho más cálida que lo que su pudor les permitía reconocer, un sosegado intercambio de ideas durante el que pudieran hacer derivar los sentimientos hacia pensamientos abstractos habría de permitirles superar toda turbación; si no hubiera sido tan transparente este pretexto, si no hubieran robustecido nuestra comunión aquel ambivalente sentimiento mío de deseo y rechazo de intimidad y nuestra mutua consideración -yo no quería ofenderle y él no quería ir demasiado lejos-, pero todo conspiraba para consolidarla, y al fin mi esforzado renunciamiento, mi afán por engañarme a mí mismo y cerrar los ojos, mi desconcierto, mi ostensible frialdad, mi precaución, todo repercutió en mí con efecto bumerán.

Y, además, él no paraba de hablar, deprisa, en un tono un poco roas alto de lo necesario, persiguiendo implacablemente mis miradas con sus palabras, de otra cosa no podía hablar en ese momento, tenía que comentar y explicar todo aquello que, a su entender, despertaba la curiosidad de mis ojos; podríamos decir, con cierto cinismo, que él hablaba, simplemente, para vencer mi turbación e impedir que esta turbación, que se leía en la trémula y atormentada sonrisa de mis labios, volviera a incidir en él; piropeaba, arrullaba, halagaba y engatusaba, todo lo cual contribuía a que su superioridad, por no decir el componente específicamente sexual de su superioridad, se me hiciera insufrible, inaceptable, precisamente por ser una superioridad eminentemente masculina o lo que por tal entendemos, una superioridad que exuda seguridad, halagadora, intrusiva, violentamente tierna, el crudo reflejo -¡qué reflejo, caricatura!- de una actuación que hasta ahora yo no había tenido ocasión de contemplar, a pesar de que, sin darme cuenta, la había practicado, un lamentable hábito que adopta uno en un momento de la pubertad por considerarlo viril en grado superlativo, y que consiste en hablar por los codos sin decir nada, a fin de que, por la entonación, se adivine el significado hábilmente disimulado bajo el torrente de palabras; que si me sorprendía que hubiera pintado el suelo de blanco, preguntó, pero no esperaba la respuesta, sino volver a cazar mi mirada con la suya, para apresarme, desde luego él ya sabía que no era corriente, dijo, pero qué hacía él que fuera corriente, y que si me parecía bonito, a él cuando acabó de pintar lo se lo parecía y se sintió satisfecho de sí mismo, aunque no fuera más que por haberse ahorrado rascar el suelo; aquello era un corral, un corral de gallinas, ¿podía imaginar que allí vivía un anciano?, él con frecuencia se veía a sí mismo de viejo y temía que aquél fuera el tramo más difícil de su vida, habida cuenta de sus anómalas inclinaciones, él sabía que el cuerpo, aun hecho una ruina, conserva los deseos de la juventud, sigue anhelando cuerpos jóvenes, en fin, decían los vecinos que el viejo había muerto en la salita, donde ahora estaba el sofá, al parecer, en un jergón de paja saturado de orina, por eso él pedía al destino que no le deparara una vejez semejante, en realidad, él prefería no llegar a viejo, yo no podía imaginar la cantidad de porquería que había encontrado al mudarse, y qué hedor, hasta en invierno tenía que dejar las ventanas abiertas, e incluso ahora, al cabo de cuatro años, a veces, aún le parecía olerlo, por otra parte, ¿por qué no podía ser blanco el suelo?, ¿por qué tenía que ser o marrón o amarillo?, ¿no había sido una idea excelente cubrir toda la inmundicia con la blancura de la pureza?, al fin y al cabo, ello armonizaba con el proceder de los rectos alemanes, y él era, si no alemán del todo, por lo menos, medio alemán.

¿Sólo medio?, pregunté, sorprendido.

Él dijo riendo que ésta era una larga y divertida historia, y como el que aparta a un lado un obstáculo inesperado, siguió hablando animadamente, me preguntó si ya había tenido ocasión de observar en él estas cualidades y agregó que, de no ser así, ya descubriría que este blanco era un símbolo muy acertado de la idiosincrasia del dividido pueblo alemán.

Yo respondí que me parecía más apropiado el gris, y, como esta frívola respuesta me violentó más a mí que a él, desvié la mirada involuntariamente.

Pero él la persiguió; era bonito el escritorio, ¿verdad?, los sillones, los candelabros, las alfombras eran de su madre, ¡allí casi todo eran recuerdos de familia!, había saqueado la casa de su madre, ¡pero eso a las madres les encanta!, aunque el expolio había sido después, porque al principio le gustaba la casa vacía y blanca, sólo una cama había comprado, con una sábana blanca, nada más, pero estaba diciendo muchas bobadas, y era que se alegraba de que yo estuviera allí, aunque no se había atrevido a decirlo, ¿y si tomáramos un trago?, casualmente tenía una botella de champaña en fresco para una ocasión especial, y es que nunca se sabe, ¿qué me parecía si consideráramos especial nuestro encuentro y destapáramos la botella?

Y cuando él, interpretando mi aturdido silencio por aquiescencia, me dejó solo para ir en busca del champaña, el viejo reloj de pared dio las doce; apático y atontado, fui contando las campanadas, «vaya, las doce», me dije con un alarde de ingenio, y es que, en aquel momento, mis procesos mentales habían cesado casi por completo, para dejar el campo libre a la sensibilidad y la percepción sensorial; me veía a mí mismo como un objeto que no sabía cómo había venido a parar aquí, sensación que no me era desconocida pero nunca había experimentado con tanta claridad, y aunque el escenario me parecía tan insólito como la hora, e intuía que aquí ocurriría algo para lo que yo no estaba preparado, algo que cambiaría mi vida y que a ello, fuera lo que fuere, me abandonaría, en esa hora de tentación, esa hora de brujas, ¡y ninguna mejor!, no podía menos que reírme de mí mismo, ¡ni que nunca me hubiera entregado a nadie! ¿Quién era yo, una doncella que no sabe si sacrificar su pureza o defenderla? Como si esta habitación fuera la estación terminal de un hecho demorado e ignorado, como si yo, sólo por obligación, fingiera -¡qué elemental placer el de fingir ante uno mismo!- que no tenía ni idea de lo que era esta cosa extraordinaria que podía ocurrir aquí, o quizá ya había ocurrido, pero ¿qué era?

Las velas ardían con un chisporroteo agradable y sedante, fuera diluviaba y, después de que sonaran las campanadas, no se oía nada más que el ritmo regular de la música barroca y el fragoroso repicar de la lluvia, como si un director artístico hubiera escenificado la situación con un preciosismo rayano en la cursilería.

Alguien tuvo que escenificarla, de esto estoy seguro, no él ni yo, otro, o quizá se había preparado por sí misma como todo encuentro casual en el que hasta que miramos atrás no nos parece ver la mano del destino; a primera vista, todo es cotidiano, fortuito, fútil, fragmentos, ráfagas de pensamiento a las que no es necesario prestar, ni se presta, atención especial, porque lo que de una amalgama de hechos aparentemente incoherentes se destaca como casualidad, y que podríamos interpretar como señal o prueba, parece formar parte de un proceso más vasto que no nos afecta; aquello venía a ser una derivación de las cuitas amorosas de Thea, pensaba yo entonces, porque de él hablaba ella a frau Kühnert aquella tarde de otoño, oscura y aburrida, durante el forzado descanso en el ensayo, a él se refería cuando decía el «chico», en aquel tonillo burlón, apto para despertar nuestra curiosidad, pero en aquel momento me había parecido más interesante seguir el proceso interno, las fases de transición por las que ella proyectaba hacia el objeto exterior, el llamado «chico», las fuertes emociones suscitadas por su papel; y entre las extraordinarias facultades de Thea, como entre las de cualquier gran intérprete, figuraba, como ya he dicho en un capítulo anterior, la de hacer constantemente visibles y palpables estos procesos que tenían lugar en su interior, mezclados con los de su vida privada, y, dado que la manifestación de los sentimientos en el escenario se nutre de la llamada vida privada, no se podía saber a ciencia cierta cuándo hablaba en serio y cuándo representaba un papel, algo que, para ella, era más serio todavía; digámoslo con franqueza, el proceso por el que cada actor -a la inversa del resto de los mortales- juega con las cosas serias a fin de ser capaz en todo momento de tomar en serio lo que no es más que un juego: este fenómeno me cautivaba mucho más que la trivial cuestión de la identidad de la persona a la que ella llamaba desdeñosamente el «chico», alguien a quien ella despreciaba e incluso aborrecía de tal modo que ni se dignaba pronunciar su nombre; a quien no se atrevía a llamar por teléfono, porque él, por alguna razón, le había pedido que no volviera a llamarle, pero cuya proximidad anhelaba de tal modo, en el momento de la forzosa interrupción de la escena de amor del ensayo, que estaba dispuesta a arrostrar cualquier humillación, y en cuya habitación estaría yo aquella misma noche, en cierto modo, en lugar de ella.

Cuando yo, a pesar de los malos presagios, que no faltaron, me decidí a ceder a su insistencia y pasar la velada con ellos -«vamos, hombre, ¿por qué tiene que ser tan antipático?, ¿por qué no ha de querer ir con nosotros?, ¿por qué ha de ser tan intransigente en algo que yo le pido? ¡Ah, estos hombres me volverán loca! Por lo menos, deje que se lo presente, es un tipo realmente original, pero no tenga celos, porque no es tan original como usted, por supuesto. ¡Sieglinde, ayúdame a convencerle! Y yo también se lo suplico, ¿es que no le basta?»- ronroneaba con zalamería, en su papel de jovencita desvalida, colgándose de mi brazo y apretando contra mí su cuerpo frágil; pero yo no les había acompañado no porque no pudiera resistir aquel despliegue de afectada coquetería, no porque me impulsara la curiosidad, y mucho menos los celos, ni tampoco porque la relación, presumiblemente perversa, que existiera entre ellos dos me intrigara, sino más bien porque Thea, en el momento en que por fin consiguió apartar del cuerpo semidesnudo de Hübchen su mirada cargada de furor y de ansias amorosas y se volvió hacia nosotros, sorprendió mi propia mirada, no menos ansiosa, incluso cargada de la ávida lubricidad del voyeur; también yo me sentía vivamente excitado por aquel proceso que se desarrollaba en ella, en la peligrosa zona fronteriza situada entre la sinceridad profesional y la personal, porque en aquel momento aún no estaba decidido si la escena que la intervención del director, zafia como suya, había interrumpido en el punto culminante no se continuaría entre nosotros dos, porque suspenderla era imposible, de ello no cabía duda.

A pesar de todo, nuestra relación estaba regida por la razón y no podía ser desviada de su prudente trayectoria por una mirada impulsiva o encendida, si acaso, la mirada sólo le agregaba aliciente poniendo en el camino alguna que otra curva peligrosa para dar emoción a lo que, en realidad, siempre había estado frío y frío seguiría; como si, con altivez y arrogancia, encantados de nuestra superioridad moral, nos hubiéramos asegurado mutuamente que nosotros podíamos resistir esas miradas inesperadas sin arrojarnos el uno sobre el otro como animales salvajes, y mantener un cálido interés mutuo que abarcaba todos los detalles pero no salía de la esfera del intelecto por antinatural que ello fuera, y revelador de la acción de los instintos- y es que la curiosidad es tan fuerte que la posibilidad de desvincularse, tan necesaria en toda relación humana natural, no se da ni un momento; aunque eso no es un fenómeno tan extraordinario como pudiera parecer en un principio, baste si no pensar en los enamorados que, en el punto culminante del deseo, no son capaces de consumar la unión corporal hasta que han descendido de las sublimes alturas de los sentimientos a un mundo sensorial más terreno y el amor queda reducido a un humillante mínimo por efecto del dolor de sus cuerpos, y sólo por el resquicio de este común dolor en el placer, que crece hasta hacerse insoportable, se llega al placer liberador de la satisfacción, que no es definitiva, ni perdurable, pero basta para el momento, es decir, no se va a donde se pretendía ir, sino a donde el cuerpo permite llegar.

Estábamos en el estrecho pasillo que iba de la sala de ensayos a los camerinos, el almacén, las duchas y los retretes, iluminado por fría luz fluorescente e impregnado de un hedor peculiar, compuesto por el olor a la cola y el polvo de los decorados y el tufo empalagoso de maquillaje, polvos, colonia, trajes sudados y humanidad, desagües atascados, zapatillas y zapatos viejos, jabón reblandecido y toallas sucias y húmedas, cuando nos tocamos por primera vez, hasta entonces nunca había tenido su cara tan cerca, y me pareció que contemplaba no una cara humana, una cara de mujer, sino un curioso paisaje, un familiar paisaje patrio, del que conociera cada rincón, cada sendero, cada hondonada donde pudieran refugiarse sombras y recuerdos, y el significado de los más leves rumores, un paisaje que me devolvía a mi niñez; frau Kühnert, entre confusa y ofendida y también con una especie de autocomplaciente satisfacción, aún tenía en la mano el auricular del teléfono mural, «¡ya ves cómo tengo que rebajarme por tus encargos, no hay nada que yo no hiciera por ti!», dijo con voz escrupulosamente neutra, para terminar el informe de su conversación con Melchior; «¿no os decía yo que soy irresistible?», exclamó Thea, y entonces frau Kühnert, con sonrisa triunfal pero ademán arrebatado, colgó el auricular; Thea estaba irritante, aunque no más de lo acostumbrado, era habitual en ella atribuirse todos los éxitos, hasta los más insignificantes, aunque no completamente en serio, pues conocía sus debilidades mejor que nadie, ¡pero aun así!, el enfado de frau Kühnert no sólo estaba justificado porque no había sido fácil inducir a una persona a hacer lo que no le apetecía, ya que estaba perfectamente claro que Melchior no había aceptado la invitación porque Thea fuera tan irresistible, no, la estratagema había dado resultado, la trampa había funcionado, Melchior había aceptado la invitación para no incomodar a frau Kühnert, la mediadora, a la que por cierto casi no conocía, sin sospechar que Thea era incapaz de callarse nada, como si, a cambio de esta incontinencia verbal, pudiera proteger los secretos de su vida, y él no quería dar publicidad al violento rechazo con el que se veía obligado a protegerse de ataques furiosos y, según descubrí después, no del todo moralmente correctos, no quería revelar a frau Kühnert un secreto que por cierto para ella no era tal secreto; sin embargo, el reproche de su mirada y de su voz no lo había suscitado esta desagradable conversación, ni la secreta venganza contenida en la respuesta de Melchior a Thea, de que sus importunos esfuerzos eran inútiles, que él era el dueño de la situación y que acudiría con mucho gusto, pero traería a su amigo francés que en estos momentos se hospedaba en su casa, a lo que frau Kühnert, naturalmente, no había podido decir que no, al contrario, le aseguró que Thea se alegraría mucho de conocer al amigo de Melchior; los reproches, el mal humor y el enfado de frau Kühnert tal vez se debían al sorprendente movimiento, insólitamente cariñoso, con el que, durante la conversación, Thea se volvió hacia mí, se colgó de mi brazo y trató de hechizarme, a lo que yo reaccioné con una sonrisa de perplejidad, ¿por qué diablos se arrimaba a mí, si estaba pensando en otro?, ¿buscaba, lo mismo que antes, en lugar del cuerpo desnudo de Hübchen, mi mirada desnuda?, ¿o quería a los dos a la vez?, ¿deseaba que nos conociéramos para azuzarnos a uno contra otro, para demostrar que Melchior no significaba tanto para ella, que podía conquistar a cualquiera, ¡a cualquiera!, y resarcirse así de la humillación que le habían infligido el rechazo y la crudeza de Melchior, o quizá durante el ensayo de la escena de Hübchen se había abierto una herida profunda -porque era cierto que ella ansiaba amor y juventud- que durante la desabrida discusión con el director había empezado a sangrar inconteniblemente? En cualquier caso, al ver cómo nos mirábamos a los ojos con ternura, interés y confianza, en medio del pasillo y de la actividad cotidiana, frau Kühnert se había quedado desconcertada; los tramoyistas acarreaban accesorios y bastidores, sonaba la descarga del inodoro, Hübchen salió de la ducha desnudo y mientras iba a su camerino, andando con parsimonia, al pasar por nuestro lado guiñó un ojo a Thea con descaro como diciendo: «¿ves como eres un pedazo de puta?, ¡ahora vas a conseguir de éste lo que antes querías de mí!», pero frau Kühnert no entendía nuestra actitud ni nuestras miradas, aparte de que Thea no le hubiera dicho ni gracias por su mediación, porque sólo tenía ojos para mí y le parecía normal que frau Kühnert la sirviera.

Pero enseguida noté que su atención estaba fija en mí sólo aparentemente, lo mismo que la mía en ella, pero aquel interés fingido me resultaba tan grato como si fuera auténtico y pleno, me halagaba, su cuerpo era delicado y esbelto, y no era ésta la primera vez que yo sentía deseos de abrazarlo, pero intuía que aquel cuerpo no admitía la fuerza, que había dureza bajo su aparente ductilidad y que sólo se entregaría si yo me mantenía cauto y reducía mis ímpetus a la fuerza de un suspiro; en resumen, me había seducido, pero mientras yo parecía mostrarle una admiración viva y rendida, no dejaba de observar la técnica que ella utilizaba, porque una técnica era, para producir esta ilusión, me intrigaba cómo conseguía crear una situación aparentemente real y, al mismo tiempo, quedar al margen, me preguntaba quién era ella en realidad y si podía mantener semejante control en todos sus gestos, y también por todo ello yo me fingía tan sumiso, entregado y enamorado como creía verme frau Kühnert; pero a fin de cuentas quizá era este casi sangriento juego de las apariencias lo que me mantenía en constante tensión desde el momento en que, unas seis semanas antes de la escena del pasillo, Langerhans me llevó a la mesita del director y me sentó al lado de frau Kühnert, en su propia silla, que él nunca usaba, ya que durante los ensayos se paseaba por la sala, rascándose la barbilla y quitándose y poniéndose las gafas con aire ausente, como desentendiéndose de lo que realmente le preocupaba.

Pero lo que no recuerdo es cuándo ni cómo vino ella a nuestra mesa, ni si, cuando yo ocupé aquel sitio que por tantos motivos iba a resultarme desagradable, ella ya estaba allí y yo no me fijé.

Pudo haber estado y pudo venir después, de todos modos, enseguida me pareció que estaba allí por mí, y esta imprecisión, esta laguna de la memoria, no es sino una prueba más de que la interacción de los sentimientos, que tanto nos ocupa en esta novela, queda oscurecida por sus propios procesos mecánicos, de manera que nada significativo podemos decir de ella; como si cada hecho quedara tapado por nuestra propia aguzada atención y, al mirar atrás, no pudiéramos recordar lo ocurrido sino sólo el modo en que nosotros lo observábalos, los sentimientos que despertó en nosotros aquel hecho que se difumina en la niebla, por lo que no percibimos el hecho como hecho, el cambio como cambio, el viraje como viraje, a pesar de que constantemente esperamos de la vida cambios y dramáticos vuelcos, porque de cada cambio y cada vuelco, aunque tengan proporciones trágicas, esperamos la redención, ese sentimiento excelso que puede traducirse por un «esto es lo que yo esperaba»; y como la observación oscurece el hecho y la espera oscurece el cambio y todos los cambios de nuestra vida se producen calladamente, no empezamos a sospechar hasta que la nueva situación se ha apoderado de nosotros y es imposible emprender la retirada hacia el pasado, desdeñado y aborrecido pero seguro.

Yo, sencillamente, no me había dado cuenta de que, desde la aparición de Thea, había dejado de ser el que era.

Ella estaba al lado de la tarima, con los codos apoyados en la mesa y, sin reparar en mi persona, prosiguió su conversación; de pronto, recordé fotos y escenas de películas, Thea, en el acto de levantar la ropa de la cama y acostarse junto a otra persona, con diez años menos como mínimo, cómo se agitan sus pechitos con el movimiento, era una sensación familiar y extraña al mismo tiempo, como la de ver la cara de la madre o de la amante por primera vez; era un sentimiento de intimidad y desconocimiento unido a vergüenza por la natural curiosidad, sensaciones contradictorias tan poderosas que no pude sino ceder a ambas y aparentar indiferencia mientras me mantenía pendiente de ella, captando hasta su olor, pero haciendo como si estuviera atento a todo menos a su persona; curiosamente, aunque por razones distintas que no supe hasta mucho después, ella se comportó de modo análogo, haciendo como si mi cara no estuviera a dos palmos de la suya, como si no sintiera su cálida irradiación, y sin embargo, mientras se dirigía a frau Kühnert, como si, simplemente, continuara la conversación, daba la impresión de que sus palabras estaban destinadas a mis oídos y las matizaba con una entonación especial, a fin de hacerlas interesantes para mí, que había llegado a la mitad y no podía saber de qué hablaba.

Al parecer, había recibido una especie de camarones congelados, del otro lado, el otro lado del Muro, se entiende, de la ciudad del Oeste, y esta rebuscada expresión, pronunciada en la sala de ensayos, entre los ruidos de los preparativos para la sesión de la mañana, daba a la frase una resonancia irreal, ajena al entorno, como si estuviera extraída de un cuento o de una trasnochada serie de televisión, y tenías la impresión de que, nada más salir de la sala, te encontrarías frente al Muro, aquel Muro del que raramente hablábamos, detrás del cual había alambradas, trampas antitanques y minas traidoras que te hacían volar por los aires si las pisabas, una tierra de nadie detrás del cerco y, más allá, una ciudad de ensueño, una ciudad fantasma, inexistente para nosotros, de la que, burlando la severa vigilancia de los soldados provistos de metralletas y perros adiestrados para la caza del hombre, alguien había traído de contrabando los camarones congelados; los había traído un amigo cuyo nombre no entendí, pero que al parecer era una persona muy relevante e incondicional admirador de Thea, pero a ella, cuando abrió la bolsa y vació el contenido en una fuente, le pareció estar viendo unas lombrices color de rosa, ni más ni menos, o unos gusanos sorprendidos por una terrible glaciación cuando se disponían a envolverse en su capullo, aunque no era la primera vez que ella veía camarones, sólo que ahora, no sabía por qué, le produjeron una extaña repugnancia, se le revolvió el estómago y sintió ganas de vomitar, no sabía qué hacer con aquello, hay que ver las cosas que engullen las personas, ¿no sería preferible ser hipopótamo y alimentarse de hierbas crujientes, relucientes y perfumadas?, pero las papilas gustativas de la lengua humana tienen antojos estúpidos, piden cosas saladas, acidas, dulces y amargas, siguió parloteando, piden y piden, más de lo que hay en el mundo, en su opinión, la marranada no era cagar en público sino comer en público, pero al fin, a pesar de que no se le había pasado la náusea, decidió disponer estéticamente los ingredientes encima de la mesa de la cocina, frau Kühnert ya sabía a lo que se refería, para que la vista estimulara el apetito, porque para ella la cocina era juego, era improvisación, y no hay que permitir que un mareo nos estropee un juego, ¿no es verdad?, así que primero hizo un puré de patata, pero no un puré de patata cualquiera, no, un puré al que, para quitarle la insipidez de la leche y la mantequilla, agregó queso rallado y crema de leche agria, luego puso el puré en una fuente, hizo un hoyo en el centro con la cuchara y allí colocó los camarones salteados en mantequilla de hierbas y lo acompañó con unas zanahorias aderezadas con clavo, ¡estaba exquisito!, simple, pero exquisito, y, para beber, un blanco seco, «como a mí me gusta».

En su manera de presentar la cabeza -porque «presentar» es la palabra-, adelantando el cuello largo, nervudo y, al mismo tiempo, un poco escuálido, casi feo, encogiendo ligeramente los hombros, estrechos y huesudos, y arqueando la espalda como el gato que va a saltar, mientras miraba fijamente al interlocutor a los ojos, con descaro, como desafiándolo a intervenir en una representación cuyo escenario serían la cara, los ojos y la expresión de las facciones, representación que, naturalmente, dirigiría ella, se advertía un cierto deseo de agradar que, naturalmente, no era el habitual en el común de las gentes; en esta representación, ella no quería aparecer hermosa ni atractiva, sino fea, como si se desfigurara adrede o, para ser más exactos, como si su cuerpo tuviera otro concepto de la belleza y ella considerara que era errónea y pusilánime la opinión generalizada de que el cuerpo humano o la cara puedan ser una obra bella y no un mero sistema de huesos, músculos, piel y diversas sustancias cartilaginosas, dispuestos de modo funcional, totalmente ajeno al concepto de la belleza y, por ello, no trataba de parecer hermosa, a pesar de que cuidaba su persona más que nadie, pero parecía hacerlo con el propósito de reírse de sus propios deseos de belleza y perfección, de ironizar, de burlarse de ellos, exagerando la nota, y hasta podríamos decir que le gustaba hacer payasadas, incomodar, irritar y provocar a la gente con su fealdad, como un chiquillo mal educado que trata de llamar la atención con sus travesuras cuando en realidad no quiere sino caricias y mimos; llevaba el pelo muy corto, descuidado y pegado a su cabeza casi completamente redonda, ella misma se lo había cortado, «para que no me sude tanto el cuero debajo de la peluca», dijo, sin que yo le preguntara nada, durante uno de sus largos monólogos con los que justificaba su corte de pelo; en su opinión, había dos clases de sudor, el simple sudor físico, que se produce cuando el cuerpo no puede adaptarse a la temperatura del entorno, ya sea por fatiga y agotamiento, o por sobrealimentación y abotargamiento, y el sudor psíquico, mucho más frecuente, que se produce cuando no queremos admitir lo que el cuerpo necesita, cuando hacemos oídos sordos al lenguaje de nuestro cuerpo, cuando somos falsos, hipócritas, débiles, desgraciados, codiciosos, cobardes, tímidos y tontos, cuando queremos imponer a nuestro cuerpo aquello que exigen el decoro o la costumbre, y el choque de las distintas corrientes de la voluntad genera este calor y entonces, como suele decirse, «sudamos por cada poro una gota»; pero si algo deseaba ella era ser libre, saber cuándo rompía a sudar su alma, y no echar la culpa de su sudor a las pelucas ni a los pesados trajes, y tanto menos por cuanto que aquello no era sino la inmundicia del alma, ésta es la razón por la que al ser humano le repugna su sudor y se avergüenza de que le vean sudar, ¿por qué si no? El ser humano odia sus miedos y la suciedad de su alma; desde luego, esto no explicaba por qué se teñía el pelo en casa, unas veces de rojo, otras de negro, y otras dejaba de teñirse y entonces se veía que lo tenía gris; aunque tampoco era pelo propiamente dicho sino una especie de pelusa, fina y pobre, que probablemente nunca tuvo un color definido, entre rubio y castaño, como el plumón de un polluelo; por lo demás, sólo los pronunciados pómulos hacían su cara un poco interesante, sus facciones eran completamente anodinas, una cara aburrida, con una frente ni alta ni ancha, una nariz roma de punta un poco respingona y aletas carnosas, unos labios gruesos y sensuales que desentonaban y parecían haber venido de otra cara por equivocación, ¡pero qué voz la que salía de aquellos labios, del cerco de unos dientes grandes y amarillos de nicotina!, una voz profunda, grave, llena, dulce y acariciadora o histérica y desgarrada, cuyo más áspero registro encerraba ternura y delicadeza, en cuyo susurro vibraba la posibilidad del grito, y en el grito, el siseo del odio, en la que en cada inflexión se adivinaba la opuesta; la misma ambigüedad percibía el observador en el resto de su cara, que a simple vista parecía la de una trabajadora, castigada, desencantada y desengañada, una de esas caras que mañana y tarde, en las llamadas horas punta, se ven en el tranvía o en el metro, abúlicas de cansancio y desesperanza; por otra parte, su cutis trigueño parecía un camuflaje, una máscara, desde la que te miraban dos ojos inmensos, infinitamente dulces, comprensivos y sabios, agrandados por espesas pestañas, unos ojos que no parecían pertenecer a esta cara sino a otra que se ocultaba bajo la máscara, y que podían calificarse de resplandecientes, sin temor a caer en la exageración romántica; yo, a modo de explicación, me decía que los globos oculares debían de ser desproporcionadamente grandes para una cara tan pequeña, o quizá más abultados de lo normal, que parecía lo más probable, ya que la impresión de su gran tamaño persistía cuando cerraba sobre ellos unos pesados párpados, lisos y convexos; la máscara, surcada por los pliegues de la expresividad, era como un mapa del proceso de envejecimiento: en la frente, las líneas eran horizontales y regulares y estaban muy juntas, pero cuando arqueaba las cejas, las cortaban en sentido vertical dos pliegues que partían del entrecejo, y entonces en su frente parecían palpitar unas alas de mariposa finamente estriadas, sólo en las hondonadas de las sienes y en el mentón estaba tensa la piel, porque hasta a lo largo del hueso nasal había una línea que, más que arruga, era como una fina ranura; si fruncía los labios, se le marcaban surcos que prefiguraban a la anciana; cuando reía, irradiaba del extremo exterior de los ojos un abanico de líneas; en cuanto a las mejillas, era como si, en su juventud, los altos pómulos hubieran tensado excesivamente la piel y ahora hubiera que pagar tanta tersura a fuerza de arrugas, y tenías que mirar bien para no perderte, aunque, más que un laberinto, lo que allí había era una riqueza de marcas de expresividad vital tan grande que no podías captarlas ni interpretarlas a la primera ojeada.

– Esperaré a que se cambie, ¿de acuerdo? Después hablaremos -dije en voz baja-. ¡Pero dése prisa!

Aún me miraba, aún eran para mí los pliegues de su risa, los frunces de debajo de los ojos y los finos trazos curvos y muy juntos que casi borraban las líneas más profundas y oscuras que la amargura y la tristeza habían puesto en torno a su boca, pero despacio, cuidando que la transición fuera suave, para no descomponer el gesto, retiró su brazo del mío y por el brillo de sus ojos se adivinaba que ya no iba a disponer de más tiempo para recibir mis atenciones; ya había conseguido lo que quería y no tenía por qué seguir con lo mismo, y se daría prisa, sí, pero no porque yo se lo pidiera ni porque quisiera cambiarse sino porque tenía otros planes.

– ¡A mí ya me perdonaréis, pero no pienso ir con vosotros! No contéis conmigo -dijo frau Kühnert en tono ofendido y cargado de reproche, con una voz de falsete que no podía dominar, pero Thea, que ya se había soltado de mí y corría por el pasillo en dirección al camerino de Hübchen, gritó por encima del hombro: «Ahora no tengo tiempo para ti.»

frau Kühnert se echó a reír bruscamente, como si acabara de oír un buen chiste, porque no podía hacer otra cosa: cuando son tan grandes la desfachatez y la desconsideración, ya no nos es posible reaccionar con el enojo, porque éste denota un afecto que halaga al que nos ha ofendido, saboteando así nuestro propósito de castigarlo; se acercó a mí y, como si quisiera ocupar el lugar, caliente todavía, que había dejado su amiga, instintivamente, con un movimiento maquinal, me tomó del brazo y, al darse cuenta de lo que hacía, su risa se crispó en una sonrisa de azoramiento que, sin transición, se convirtió en un gesto de honda desolación.

Comparadas con la cara de Thea, todas las demás, incluida la mía, me parecían bastas y vulgares, caras que reflejaban los sentimientos de un modo primitivo, incontrolado, crudo, tosco; y esto me ocurrió entonces, cuando sentí el brazo libre de la presión de la mano de frau Kühnert, que la había retirado con rapidez, pero los dos nos demorábamos en la huella de Thea, indecisos, y entonces la mujer, en su confusión, se dejó dominar por una expansiva sinceridad, que no estaba justificada por la situación y acrecentó aún más mi disgusto y nos violentó a ambos con una turbación común, que hubiera podido calificarse de solidaria, de no ser porque ninguno deseaba semejante solidaridad.

– ¡Le ruego que no vaya usted! -me dijo, o mejor, me gritó aferrándose a mi brazo-. ¡No se mezcle en este asunto, por favor!

– ¿Se puede saber qué asunto? -pregunté con una sonrisa boba.

– ¡No sabrá usted desenvolverse, ni falta que le hace! Tengo la impresión, y no es mi intención ofenderle, de que a veces ni siquiera entiende de qué hablamos, y podría figurarse que está chiflada o qué sé yo, perdóneme, pero es algo que no se puede explicar, ¡es de locura, créame, de locura!, y aunque yo trato de frenarla todo lo que puedo, a veces tengo que ceder, porque de otro modo no podría controlar esos ramalazos de puta, porque de eso se trata, y entonces sí que perdería la cabeza, por eso le suplico que no abuse de su situación, porque si en lugar de usted fuera otro, se iría con ese otro. ¡Si no me cree, oiga lo que pasa ahí dentro!

Porque en el camerino de Hübchen había alboroto, se oían gritos de hombre, chillidos de Thea, golpes de objetos contra el suelo, siseos y risas ahogadas que culminaron con el gorjeo desafiante de una risa cantarina, altiva y un tanto afectada; la puerta se cerró con estrépito y momentáneamente quedaron amortiguados los sonidos lascivos, pero enseguida volvió a abrirse, y aunque yo entendía lo que me decía frau Kühnert, me parecía muy ventajoso el papel de candido que ella me había adjudicado, porque ¿hay en el mundo alguna historia de la que no desee uno saber más? ¿Hay detalles que no nos hagan desear buscar otros detalles más reveladores? Así pues, si seguía haciéndome el tonto, podría reunir más información y quién sabe si descubrir aspectos insospechados.

– Perdone, pero no sé de qué me habla -dije acentuando la estupidez de mi candida sonrisa y fingiendo cierta irritación, y la táctica dio resultado. Naturalmente, tu ignorancia siempre complace al interlocutor, fue el empujoncito final en la dirección que de todos modos ella pensaba tomar, ahora podía desahogarse sin tapujos, y me habló como a un idiota, descargando todo el furor acumulado durante la conversación telefónica.

– ¡Usted no lo entiende, no, no lo entiende! -susurró con impaciencia, dando una ojeada al ajetreo del pasillo-. ¡Ya le he dicho que no puede entenderlo, ni falta que le hace, ni yo deseo que lo entienda, porque es asunto privado, pero si se empeña se lo diré, y es que ella está perdidamente, ¿me entiende?, perdidamente enamorada, mejor dicho, cree estarlo, o mejor aún, ¡se ha convencido a sí misma de que está enamorada de ese sujeto! -señaló el teléfono con un airado movimiento de cabeza-. Y, por si no fuera bastante que él tenga veinte años menos, es marica, pero a ella se le ha metido en la cabeza conquistarlo, porque dice que nunca ha querido a nadie como a él, aunque podría irse a la cama con ese idiota de ahí dentro o con quien le diera la gana, ¡hasta con usted, por ejemplo! ¿Lo entiende? Pero ha de ser precisamente él, el único con el que no puede ser. ¿Lo entiende ahora? Por eso le ruego que desaparezca cuanto antes. No se enfade conmigo, pero márchese. ¡Ahora mismo! Quizá así yo pueda disuadirla. ¡No soporto que la humillen! ¿Me entiende? ¡No lo soporto!

Por mucho que frau Kühnert hubiera deformado la realidad en ese desahogo confidencial, era evidente que le había gustado revelarme algo que en realidad hubiera debido callar, y que hasta deseaba callar, pero su pasión era tan viva y tan real que no pude sustraerme a su influjo. Me miraba fijamente con las gafas un poco caídas, y la mitad inferior de sus ojos saltones, de un azul desvaído, cuarteados de venitas, estaba agrandada por las dioptrías de un modo francamente aterrador; era la pasión de la bondad, del amor y del desvelo, pura e inconfundible, que no empañaba el que, para realzar su abnegación, recurriera a ciertas exageraciones; le producía una satisfacción inmensa ser la única persona que no perseguía fines egoístas, interesados ni mezquinos y que comprendía perfectamente al prójimo, tal como era, la única que comprendía a Thea, y esta comprensión, y el privilegio de ser partícipe de sus secretos, eran la única recompensa que recibía por su bondad y su desinterés; la mano que hacía un momento me sujetaba me señalaba ahora el camino, me apartaba de sí, me empujaba, y yo me encaminaba de buen grado hacia la salida, pero en aquel momento ya estaban otra vez en el pasillo ellos dos, sin aliento y sofocados, jadeando, enzarzados en una furiosa riña infantil; Hübchen, desnudo y tapándose las vergüenzas con la mano, caminaba hacia atrás y Thea, en actitud de espadachín, perseguía al pobre idiota, como lo llamaban ellas, golpeándolo con una toalla mojada; debían de doler bastante los toallazos, pero cuando ella vio, seguramente por el rabillo del ojo, que yo me iba, lanzó la toalla haciendo un molinete» gritó: «¿adonde va?» y corrió tras de mí dejando libre a su víctima el camino de la huida.

Pero lo que ella esperaba que fuera un asalto triunfal se convirtió en tranquila despedida.

Cuando subimos a su coche, para recorrer la corta distancia que Separaba los dos teatros -íbamos a la ópera a ver un nuevo montaje de Fidelio-, Thea estaba silenciosa, revolvió un rato en la oscuridad hasta encontrar por fin, en la guantera, las gafas que se ponía para conducir, otro de sus peculiares aditamentos, unas gafas de cristales grasientos que nunca limpiaba y a las que faltaba una patilla, lo que la obligaba a erguir el delgado cuello y mover la cabeza con parsimonia para impedir que le resbalaran de la nariz; las calles estaban desiertas, era una noche desapacible, de fuerte viento, y en los conos de luz de las farolas se veía llover en diagonal, no hablábamos, y yo, desde el asiento de atrás, un poco nervioso por el silencio, observaba a Thea, por supuesto.

En ese momento, excepcionalmente, ella no parecía representar un papel, y ello me producía una agradable sensación de descanso, por otra parte, después de las confidencias de frau Kühnert, ya no me parecía tan misteriosa; estaba seria, tensa, cansada y ensimismada, y, aunque realizaba todas las operaciones que exigía la conducción, sus movimientos eran maquinales, no estaba atenta a lo que hacía: cuando salíamos de la casi oscura Friedrichstrasse para torcer por Unter den Linden, algo mejor iluminada, ella detuvo el coche e hizo la preceptiva señal de que iba a girar, y en el cuadro se encendió una lucecita roja, pero, a pesar de que no había coches, ella no arrancaba, como si un denso tráfico se lo impidiera, la lucecita roja seguía parpadeando con ligeros chasquidos, las ráfagas de viento lanzaban la lluvia contra las portezuelas, las escobillas rechinaban en el parabrisas, y si frau Kühnert no le hubiera avisado de que podíamos seguir, no sé el rato que hubiéramos estado en aquel cruce.

– Sí, claro -dijo entonces ella en voz baia, como hablando consigo misma, y arrancó.

Para mí, tuvo mucha importancia aquel momento, largo y breve al mismo tiempo, aquel compás de espera antes del viraje, estaba esperándolo sin saberlo, deseando unos instantes normales, de distanciamiento y sosiego, sin saberlo, pero estaba muy cansado y también muy agitado como para poder percibir todo aquello conscientemente, es decir, no pensaba, sólo mi sensibilidad actuaba, y aunque sólo la veía de perfil, y su perfil -adornado, además, con aquellas gafas- no impresionaba, me parecía que el reflejo de las luces de la calle en el asfalto mojado habían transformado su cara, mejor dicho, le habían devuelto su forma original acentuando sus rasgos y borrando la retícula de arrugas, ésta era la cara que yo buscaba, la cara que ya había visto antes pero que, por su movilidad, sólo momentáneamente había podido captar; era la cara que estaba debajo de la máscara, la cara que cuadraba con sus ojos, una cara aún más vieja y más fea en realidad, porque tenía sombras más oscuras y, con aquella luz pálida y aquel pasmo interior, hasta parecía muerta, pero al mismo tiempo era la cara tersa y sin definir de la niña, esa niña cuya imagen yo llevaba dentro y amaba con ternura desde hacía mucho tiempo, una niña preciosa que probaba en mí sus encantos, pero esto no era un recuerdo de mi niñez ni de mi adolescencia, a pesar de que el momento, quizá por aquella fuerte lluvia de otoño, era propicio a la nostalgia; aunque Thea me recordaba a todas las niñas que yo hubiera podido tratar, por su cualidad desconocida se parecía más a mí que a las que había conocido realmente y de las que rara vez me acordaba. Probablemente, si desde hacía semanas yo la observaba con aquella reticencia y aquella fascinada repulsión era porque percibía entre nosotros una afinidad inexplicable, como si me viera reflejado en su cara como en un espejo, nuestra relación, a pesar del mutuo interés, se mantuvo siempre distante, serena y estrictamente convencional, rehuyendo toda posibilidad de contacto, sin duda porque con la propia imagen, por familiar que nos resulte, no se puede intimar, el amor al ego sólo puede satisfacerse indirectamente y por caminos secretos; pero en aquel momento, del que hasta este día me acuerdo con más precisión y claridad que de escenas posteriores y más íntimas, surgió en mí de improviso y sin motivo aparente una imagen que borró la imagen real: una niña, ensimismada delante del espejo, estudia atentamente los rasgos de su cara, experimenta con ellos, los deforma, pero no está jugando, más bien parece que, obedeciendo a una voz interior, observa el efecto que estas muecas causan en ella, pero esto no era un recuerdo, quizá era sólo que mi imaginación venía en mi ayuda, me dije, ¿y qué podía impulsarme a imaginar esta situación en que la niña se esforzaba por verse tal como podría verla otra persona, por descubrir en el espejo la diferencia entre la cara propia y la que ven los demás?

Quizá en aquel momento yo descubrí esa esencia, o, más exactamente, ese estrato de su personalidad en el que anidaban sus facultades para la simulación, su exhibicionismo, su temperamento teatral, su hipocresía, sus propiedades camaleónicas, sus mentiras y su constante, implacable y autodestructiva lucha consigo misma: era el terreno firme en el que se apoyaba en sus momentos de cansancio, inseguridad y desesperación, ese lugar seguro del que se alejaba con sus juegos y simulaciones, tan seguro que podía abandonarlo cuando quisiera, y al que quizá volvió durante aquel trayecto de breves minutos entre los dos teatros, para poder aparecer ante Melchior en el salón de descanso con su verdadera faz, en su mejor forma, con su belleza recuperada, transformación que mostraba también los secretos caminos que tenía que recorrer para representar en el escenario los más diversos personajes.

Quizá no era niña ni era niño, sino esa criatura sin sexo que aún no necesita calcular ni recelar, porque no imagina que alguien pueda dejar de quererla y por eso se acerca a nosotros con tanta seguridad, haciéndonos ofrenda de su confianza, quizá frau Kühnert amaba en ella a esa criatura, se sentía madre de esa criatura a cuya confianza había que corresponder aunque no fuera más que con una sonrisa involuntaria; así entró en la sala de descanso, ligera, bella, alegre y un poco infantil, y fue rápidamente hacia Melchior, que estaba en lo alto de la escalera con su amigo francés, destacando por su estatura entre el ruidoso público que entraba en la sala; si al vernos asomó a su cara un gesto de contrariedad, su expresión se suavizó mientras bajaba rápidamente la escalera y se acercaba a Thea, como si, mal que le pesara, se le hubiera contagiado la sonrisa de ella, en la que no había ni el menor vestigio de aquella cínica insistencia con que había promovido ese encuentro, ni rastro del furor apasionado y brutal con que apuntaba con la espada al pecho desnudo de Hübchen, ni del temor con que había buscado apoyo en mis ojos, ni nada que indicara que para ella Melchior fuera un «chico» como Hübchen, por ejemplo, con el que podía retozar a placer; Melchior era un joven apuesto que parecía formal, tranquilo y equilibrado, un burgués que no podía imaginar la tormenta de pasiones y sentimientos que Thea había dejado atrás al salir de la sala de ensayo, un hombre simpático, desenvuelto y risueño, de porte erguido y quizá un poco rígido, lo cual podía indicar tanto buena educación como autodisciplina, y en aquel momento en que iban el uno hacia el otro, se advertía que nosotros, los testigos del encuentro, simplemente, habíamos dejado de existir.

Se abrazaron, Thea le llegaba al hombro, su fino cuerpo casi desapareció en los brazos del hombre.

Melchior la apartó suavemente, sin soltarla.

– ¡Estás preciosa! -dijo con una voz profunda y cálida y una risa suave.

– ¿Preciosa? Dirás muerta de cansancio -respondió Thea, que le miraba ladeando la cabeza con coquetería-. Quería verte, aunque no fuera más que un momento.

Y entonces llegaron aquellas semanas, pocas, quizá un mes, durante las que cada hora que pasábamos separados nos parecía tiempo perdido, y era inútil que tratáramos de alejarnos, a pesar de que hubiéramos tenido que poner distancia entre nosotros o, por lo menos, si no podíamos separarnos, marcharnos a cualquier otro sitio, para no estar aquí ni estar tan juntos; porque la mayor parte del tiempo, descuidando otras obligaciones, la pasábamos en esta habitación, en este ático al que mis ojos no acababan de habituarse, que se me antojaba a la vez asfixiante y helado, y que, a la luz de las velas, parecía el salón de un burdel de lujo o un santuario misterioso, aunque no es mucha la diferencia, era frío y sensual, extraña combinación de cualidades, que te desconcertaba y no se convertía en un lugar habitable a la medida del ser humano hasta que el sol entraba por las sucias ventanas y revelaba el fino polvo que cubría los muebles, los marcos de las fotografías, los pliegues de las cortinas, y la pelusa de los rincones, y, con la pálida luz otoñal, fatigada y oscilante, se asomaba a la habitación el paisaje rectilíneo, desvaído e inmóvil de muros de incendio, tejados y patios traseros, aquel mundo exterior adusto y bello del que su sensibilidad le hacía aislarse a fuerza de sedas, alfombras de dibujo barroco y cortinajes de terciopelo y al que, al mismo tiempo, se aferraba; al fin y al cabo, era indiferente donde estuviéramos, quién iba a preocuparse por banales diferencias de gusto ni por lo que suele llamarse la limpieza, si más no, porque parecía que sólo en esta habitación podíamos estar juntos al abrigo de la gente, estas paredes nos ocultaban y protegían y a veces hasta ir a la cocina a preparar algo de comer nos parecía una penosa excursión, y es que hacía frío en la cocina, Melchior tenía la manía de dejar la ventana abierta y era inútil que yo tratara de convencerle de que en el aire frío se notan más los olores, él odiaba el olor a cocina y por eso tenía que estar abierta la ventana, así que solíamos sentarnos frente a frente en la caldeada habitación -él encendía la estufa de cerámica blanca por la mañana-, yo, en la butaca de la primera noche que se había convertido en mi lugar fijo, y nos mirábamos, me gustaba mirarle las manos, la media luna blanca de sus uñas alargadas y abombadas y rozar, con las mías, planas y achatadas, su dura superficie, finamente estriada, ¡y los ojos!, la frente, las cejas, nos dábamos las manos, yo le acariciaba los muslos, el bulto del vientre, el empeine de los pies dentro de las zapatillas, nuestras rodillas se rozaban, charlábamos y, al volver la cabeza, veía por la ventana el álamo del patio, entre tejados y ciegos muros de incendio, un álamo muy alto, más que el quinto piso, que asomaba por encima del tejado recortándose en el límpido cielo del otoño y que iba soltando hojas, que caían girando en el aire, y pronto estaría desnudo.

Digo que charlábamos, pero quizá debería decir que contábamos, aunque tampoco esta palabra define con exactitud aquel afán de decir ni aquella ansia de escuchar con los que tratábamos de completar, pero también de tapar y oscurecer, nuestro contacto físico, la percepción constante de nuestros cuerpos, con señales ajenas a esta proximidad, con la música de la voz y el significado de la palabra; perorábamos, relatábamos, discurseábamos, nos sepultábamos en palabras y, como el engarce, el acento, la entonación y la cadencia de las palabras tienen también un valor sensual y físico, agregado a su significado semántico, sublimábamos con él la proximidad de nuestros cuerpos, como si comprendiéramos que, en definitiva, la palabra no es sino la señal de la vida espiritual, de lo que existe más allá del cuerpo, porque las palabras pueden ser ciertas pero nunca lo dicen todo; y aunque hablábamos ininterrumpida, insaciable e incesantemente de nuestras caóticas vidas, entre otras razones, para incorporar al otro en la propia historia, para compartirla como compartíamos el cuerpo, parecía también que con nuestro relato pretendíamos resistirnos a tanta entrega y tanta interdependencia, poniendo de manifiesto que había existido un pasado alegre en el que habíamos sido independientes uno de otro, ¡y libres!, pero, al mismo tiempo, por una especie de instinto, no dábamos especial importancia a estas historias, no por frivolidad, sino porque no nos conformábamos con contarnos sólo una parte, queríamos decirlo todo, referir cada momento completo, y comprendíamos que era un empeño vano y ridículo; nos perdíamos por completo en nuestros relatos, sin que yo pudiera adivinar por qué teníamos tanto que contar, no recuerdo frases concretas, a pesar de que ahora que rememoro todo aquello puedo afirmar que probablemente no haya nada objetivo que yo no supiera de él, pero cada historia traía consigo cien detalles que referir, no podíamos llegar hasta el final, a pesar de que nos lo proponíamos firmemente, ¿quizá para comprender al fin por qué me quería él y por qué le quería yo?, ni que decir tiene que estos relatos, que reflejaban dos mundos diferentes, con elementos históricos, sociales, culturales y psicológicos diferentes, constituían una especie de texto intelectual, muchas de cuyas palabras exigían el complemento de otras cien, aparte del hecho de que él era el único que hablaba en su lengua materna, ventaja que aprovechaba con fruición, suscitándome infinidad de dudas, por lo que teníamos que dedicar una parte importante de nuestro tiempo y atención a la creación y estructuración de un lenguaje común, y todo quedaba un poco en el aire; yo nunca estaba seguro de haber entendido bien, él tenía que completar significados y adivinar lo que yo trataba de decir, perdíamos mucho tiempo aclarando malas interpretaciones, explicando conceptos, expresiones, giros, modismos, reglas gramaticales y excepciones, lo que para él parecía ser un juego que halagaba su ego y para mí, tiempo muerto; en realidad, era un obstáculo natural y también simbólico para un entendimiento, un conocimiento, una toma de posesión que no siempre podía, ni debía, conseguirse con argumentos razonables, porque, al tratar de asimilar las complejas reglas de una lengua, continuamente, y siempre de modo inesperado, nos tropezamos con obstáculos en los que el planteamiento lógico y racional, lejos de ayudar, estorba; nuestros torrentes de palabras, aquella verborrea que unas veces se remansaba y otras se desbordaba, este ofrecerse al otro, este abrirse por medio de las palabras, también languidecía, y entonces venía la divagación, la mirada se extraviaba, la sangre palpitaba en las yemas de los dedos, o la llama de la vela se agitaba a una corriente de aire y la pupila brillaba como si estuviera iluminada desde dentro y fuera un lugar transitable, y la mirada pudiera entrar por la oscura puerta de la pupila en el azul del ojo; él decía que aquí no podía vivir, pero lo decía como si no hablara de sí mismo sino de un extraño, y sonreía, no, él aquí no podía existir, sencillamente, y no porque le molestara ni lo más mínimo el que aquí todo fuera falso de arriba abajo, todo, corrupción e hipocresía, que todo tuviera un doble fondo, que todo fuera sucio e incoherente, no, eso más bien le divertía, estaba acostumbrado y hasta consideraba una suerte haber nacido en un lugar del mundo en el que -figúrate- desde hacía más de medio siglo imperaba el estado de sitio, en el que desde hacía más de medio siglo no se decía en público ni una sola palabra normal, ni siquiera entre vecinos, y en el que Adolf Hitler había ganado por mayoría aplastante, porque aquí, por lo menos, las personas no alimentaban ilusiones vanas, y a partir de cierto punto, «punto que hemos dejado atrás hace tiempo», él consideraba la mentira como algo humano y hasta normal, y por ello le producía un placer perverso no llamar inhumano a este sistema alimentado de mentiras y lubrificado con mentiras, no tacharlo de fascista, como hacía todo el mundo, porque ¿no es decente, no es asquerosamente decente decir siempre lo contrario de lo que uno piensa y hacer siempre lo contrario de lo que uno quiere hacer, abonarse a la mentira, la simulación, la holgazanería y el trapicheo, en lugar de regirse por la verdad, la transparencia, la sinceridad y la llamada justicia, que por cierto no son menos difíciles de soportar? Y así como el humanismo se esfuerza por institucionalizar la razón natural, el fascismo ha institucionalizado la mentira natural, lo que no deja de ser lógico; si se quiere, esto no es sino otra forma de verdad, aunque una verdad que el mundo ha desconocido hasta ahora, por lo demás, a él todo le importaba un pimiento, todo lo que había dicho hasta ahora era simple política y él se cagaba en la política, en sus verdades y en sus mentiras, también en las suyas propias, él se cagaba en las teorías y en los sentimientos, y no digamos en los suyos propios, en los que también se cagaba, aunque sin mala intención, sólo por capricho, porque conocía muy de cerca la naturaleza interna de la mentira como para no saber apreciarla, la consideraba algo sagrado, mentir era bueno, necesario y divertido, él mentía continuamente, a conciencia, incluso ahora me mentía a mí, por lo que me rogaba que no creyera nada de lo que me decía, que lo tomara a broma, que no me fiara de él ni de sus palabras, que en lo que a él se refería no diera nada por descontado, por ejemplo, a pesar de mi discreción, le constaba que esta habitación me parecía detestable, porque aquí todo era mentira -tendría que perdonarle pero aún percibía en mí resabios de burgués, porque mentía con escrúpulos, como envolviendo la mentira en papel de seda- y a él la habitación le gustaba precisamente por esto, no es que la hubiera decorado a su gusto, porque no tenía ni idea de cuál debía ser el aspecto de la habitación que él pudiera llamar suya, ¡ni lo sabía ni quería saberlo!, pero, si la hubiera dejado vacía como pensó en un principio, no hubiera sido menos falsa, ¿y en el fondo no era indiferente cuál de las dos mentiras hubiera elegido?, sencillamente, no quería una habitación como es debido porque tampoco él era un hombre como es debido, así que seamos consecuentes en la mentira, no pongamos lo feo al lado de lo bello, a lo malo le corresponde lo peor y así sucesivamente, y a la mentira, la mentira, y tampoco se le escapaba de qué forma le engañaba yo, naturalmente, esto que él hacía era definirse, era un acto de protesta, un desafío y una agresión, y reconocía que por ello no podía negar su condición de alemán, si no que recordara a Nietzsche, si lo conocía, el virulento radicalismo con que negaba a Dios, a él siempre le había dado risa que, de este modo, por la misma negación de Dios, por la ira y la desesperación que provocaba en él esta ausencia, hubiera creado a ése al que tanto echaba de menos, ¡pero al que, de haber existido, hubiera destruido!; sí, por el hecho de no poder vivir aquí -a pesar de que aquí vivía-, él quería demostrar que vivía aquí, a pesar de que continuamente tropezaba con objetos extraños y superfluos, pero por lo menos sabía orientarse en medio de ellos, amaba su falsedad, y aunque no creía que en otro sitio pudiera irle mejor, pensaba marcharse estaba harto de todo esto; aunque le costara la vida, intentaría marcharse, ni siquiera esta posibilidad podía detenerle, con lo que no quería dar a entender que pensara convertirse en suicida, pero, si tenía que morir hoy, mañana o cuando fuera, nada tenía que objetar, que tratara de imaginarme una vida en cuyos veintiocho años hubiera habido tan sólo un momento que pudiera llamarse real o auténtico, él sabía bien qué momento era, aquél en el que empezó a recuperarse de la enfermedad que estuvo a punto de costarle la vida; ya me había hablado de aquello cuando le pregunté de qué eran las dos largas cicatrices que tenía en el vientre y él me habló de las dos operaciones, tenía diecisiete años, se había levantado de la cama muy despacio, era la primera vez que intentaba ponerse de pie, y se movía con cautela, apoyándose en los muebles para no perder el equilibrio, por lo que no se daba cuenta de que iba hacia la estantería en la que estaba el violín, en su estuche, cubierto de polvo ¿podía yo imaginar lo que para un violinista significa un estuche negro como aquél?, no se dio cuenta de lo que hacía hasta que tuvo el violín en la mano y sintió deseos de destruirlo, quizá destruirlo no, dejarlo inservible, golpearlo contra el canto de la estantería, por ejemplo, agrietar la madera, naturalmente, no tenía fuerzas para eso, alrededor de él todo era vago, sin contorno definido, nebuloso, pero los ruidos le llegaban con fuerza, como si una sierra mecánica mordiera la madera con un chirrido penetrante; estaba solo y podía hacer lo que quisiera, pero la debilidad se lo impedía, sólo tuvo fuerzas para dejar otra vez el violín en su estuche forrado de paño verde y entonces fue cayendo despacio y perdió el conocimiento, como si todo se hubiera oscurecido de pronto, el violín había perdido el significado que hasta entonces había tenido para él, el violín no existía para satisfacer su deseo de admiración, aquella admiración que él despertaba en su entorno con sus pobres dotes de provinciano, que su madre le agobiaba para que cultivara, con la misma inocente ofuscación con la que él se engañaba a sí mismo y a los demás que le consideraban un niño prodigio y le habían hecho creer que el violín hacía de él un ser especial, un elegido, una excepción, ¡virtuoso de un objeto muerto! No, el violín existía por sí y para sí, para que alguien lo hiciera vibrar, para fundir sus posibilidades físicas con las posibilidades físicas de una persona, y el genio siempre se movería en esa estrecha tierra de nadie en la que el objeto deja de ser objeto y la persona deja de ser persona, donde Ia ambición de hacer sonar este objeto deja de ser un sentimiento personal y sólo cuenta el instrumento; por lo menos, había tenido el mérito de reconocerlo, por aplicado, sensible y perseverante que fuera, él sólo podría extraer de su violín artificio que halagara su vanidad, no hacer que sonara con voz propia, no había vuelto a tocarlo, por más aiie se lo pedían y suplicaban, nadie lo entendía, ni él mismo lo entendía, pero era incapaz hasta de ponerle las manos encima.

Entonces, en su habitación de adolescente, lo colgó de la pared porque era bonito, no debía ser más que un objeto de formas armoniosas, callado y sereno, por eso también aquí estaba colgado de la pared, por lo menos el violín debía seguir siendo lo que era, a pesar de que, después de contarme a mí lo que no había dicho a nadie, le parecía que esa historia, que hasta aquel momento había guardado dentro de sí con tanto afán, no era del todo sincera, ahora le parecía un pretexto para enmascarar su desesperación, su cinismo, su decepción y su cobardía, un sentimiento devastador, como el que había experimentado otra vez, de la que también me había hablado, provocado por la revelación de su madre el día en que él, frivolamente, como quien juega y con un punto de malicia, le preguntó si era realmente hijo del muerto cuyo apellido llevaba, porque en las fotografías no veía ningún parecido, sino de otro, ahora podía decírselo, ya era mayor; ¿cómo te has enterado?, gritó ella, que estaba lavándose y volvió hacia él una cara que parecía llena de gusanos retorcidos, ¡y él no sabía ni había oído nada! ¿Y qué iba a saber?, y entonces le pareció que su propia muerte, su destino, le miraba a la cara y aquella exclamación le hizo comprender que, inesperada e incomprensiblemente, los dos corrían peligro, peligro de muerte, era una sensación que prefiguraba la rigidez de la muerte, la insensibilidad de todos los miembros y una leve contracción de la piel, estaba mirando unos ojos muertos de los que no podía apartar los suyos, y hasta la noche estuvieron al lado del lavabo, mientras ella le contaba la historia del prisionero de guerra francés, su padre natural; después, él enfermó, aunque no creía que la enfermedad tuviera que ver con aquella impresión, no parecía probable; ¿sabes?, me dijo, uno no tiene padre, se lo imagina, y luego resulta que ése no era su padre verdadero, pero el padre verdadero tampoco existe, ¡lo mismo que Dios!, y entonces descubrió por qué su madre se empeñaba tanto en que él no fuera como los demás niños -¡el violín!-, al fin y al cabo, no lo era, debía ser un elegido, pero no lo era, no debía ser alemán, pero lo era, y aún no me había contado, porque hasta ahora no se había acordado, que había estado dos meses entre moribundos que iban desapareciendo de las camas hasta que al final no quedaba en la sala nadie más que él, que debía de estar muriéndose, porque de allí nadie salía vivo, e incluso le gustaba el papel de moribundo, el vientre se le llenaba de pus una y otra vez, parecía inútil volver a operar, le extraían el pus con una cánula, aún tenía un bulto en el vientre donde había estado la cánula, podía tocarlo, no sabían qué hacer con él, estaba desahuciado pero no se moría, así que, al cabo de dos meses, pidieron a su madre, que había encanecido del remordimiento y estaba medio loca, que se lo llevara a casa, ella estaba consumida, temblaba, todo le caía de la mano, y parecía que sus ojos continuamente le pedían perdón, pero él, por más que lo deseaba, no podía perdonarla; ella se movía a su alrededor como un espectro, como si de cada sorbo de agua que le daba dependiera su salvación, como si al cabo de tantos años aún tuviera que seguir purgando aquella culpa -¡había que figurárselo, una alemana y un francés! Aunque, afortunadamente, se libró de la pena que entonces se aplicaba a los que atentaban contra la pureza de la raza, «tuvo que pasar tres meses en la cárcel, embarazada de mí»-, ¡pero ya me hablaría de eso en otro momento, porque entonces el médico de cabecera que lo visitaba dos veces a la semana tuvo una súbita inspiración y le dijo: abre la boca, chico, vamos a ver esos dientes, y dos semanas después de que le arrancaran dos muelas estaba más sano que una manzana, y no había tenido más problemas, estaba fuerte como un roble, como podía ver por mí mismo, y gracias a aquellas dos muelas podridas nosotros podíamos ahora escabullimos del putrefacto lodazal de su alma, pero bromas aparte quería expresarme su sincero y profundo agradecimiento, me estaba muy agradecido porque yo le había dado ocasión de manifestar en voz alta todo lo que sabía de sí mismo y que hasta entonces no se había atrevido a decir, para él yo era como el dentista que le había extraído de la boca aquellos dos Adolfitos Hitler, yo le había arrancado algo, había resuelto algo, porque mientras hablaba veía muchas cosas con más precisión, aunque no pudiera hablar de ellas debidamente, y como era un terrible egoísta, creía saber por qué había tenido que introducirme en su vida, porque él sólo podía decir estas cosas a un extranjero, él se marcharía, de eso no tenía ni la menor duda, ya estaba harto de sentirse como un extraño, pero prefería marcharse con la cabeza despejada, sin reproches ni rencores y eso tenía que agradecérmelo a mí y quizá precisamente a mi condición de extranjero.

Le respondí, poco más o menos, que exageraba, que no me parecía que yo pudiera ser tan importante, porque las cosas no se resuelven de esta manera.

Él dijo que, de exageración, ni asomo, y que cuando hay que dar las gracias se dan las gracias, y se le saltaban las lágrimas.

Quizá fue aquel el momento en que le rocé la cara con la yema de los dedos y apunté en voz baja que también Pierre era extranjero.

Con él, me dijo, no podía hablar en su lengua materna, Pierre era francés, y aunque, en cierto modo, también él era francés, su lengua era el alemán.

¡Qué diablos!, dije, él no tenía nada de francés, exageraba mi importancia, y ello me gustaba, sí, me halagaba, pero yo no necesitaba ninguna prueba, podía creerme, porque lo que yo sentía… pero lo que yo sentía no podía decirlo.

Sólo podía decir que me daría vergüenza hablar de ello.

Yo sostenía su cara entre las manos y él sostenía la mía, el movimiento fue idéntico, pero con él frustramos mutuamente nuestros propósitos, es posible que yo ni llegara a hablar en voz alta de mi vergüenza, por si esta palabra lo violentaba y tenía que recurrir a su habitual displicencia, escudarse en su sonrisa irónica, aquella sonrisa perenne, endiabladamente bella, y mi torpeza destruía algo que de ninguna manera debía ser destruido; privaría a mi mano del calor y la tersura de su cara, añoraría el roce áspero de sus mejillas, que yo adoraba, en las yemas de los dedos, pero aquella primera noche había en mí una clara resistencia, la resistencia y el temor que inspira lo que es extraño y familiar a la vez, pero también me atraía la leve abrasión de una cara masculina, acariciar con los labios unos labios rodeados de piel en la que apuntaba la barba lo mismo que en la mía y percibir en el otro la misma fuerza que irradiaba de mí, como si no recibiera una fuerza ajena sino la mía, que me era devuelta. «¿Por qué, la boca de mi padre?», gritó otro con mi voz aquella primera noche, cuando su boca se posó en la mía y se oía el leve rechinar de mentón contra mentón, como si la cara de nuestros padres rozara la piel lisa de la niñez olvidada; entonces me sumergí con complacencia en la mezcla repulsiva del amor y el odio de uno mismo, ahora comprendo que ya debíamos de haber dejado de hablar, aunque no nos habíamos dado cuenta de que aquello no era una conversación, yo aceptaba, incluso de buen grado, mi asco de mí mismo, porque este sentimiento parecía sanear todo aquello que me angustiaba y asustaba, por fin había dejado atrás el cadáver de mi padre, ahora podía perdonarle, a pesar de que no estaba seguro de cuál de los dos era mi verdadero padre, pero esto ya no tenía importancia, ahora estaban unidos, fundidos en uno solo, esto era la paz, el lenguaje del cuerpo, aún resonaba en el oído el chorro de palabras, sí, y es que las corrientes que transitan por las circunvoluciones del cerebro necesitan tiempo para guardar en su sitio todo lo que hay que almacenar, en latas, cestitos, estuches, cajas, jaulas y urnas transparentes, y cuando cesa el zumbido de este febril esfuerzo clasificador, aún pasan silbando fragmentos que, por alguna razón, no han encontrado sitio en el gran almacén del entendimiento, y, curiosamente, éstas suelen ser las frases más triviales; «muerte francesa», por ejemplo, no tenía ni el menor significado, pero el movimiento con el que atraje su cara hacia mí, sosteniéndole la barbilla con la palma de las manos y rozándole las mejillas con los dedos fue sólo un medio utilizado inconscientemente para alcanzar un fin percibido vagamente, ya no podíalos hablar más, ni él ni yo; a pesar de que, mientras hablaba, su airada no se apartaba de la mía, como si en mis ojos hubiera encontrado un firme asidero, daba la impresión de que, en relidad, no quería verme o de que, a sus ojos, yo era un simple objeto, ahora podía atraerse más aún, ir a donde quizá no se hubiese atrevido a ir él solo, pero a mí esta retirada parecía permitirme avanzar hasta donde, en otras circunstancias, no me hubiera sido posible llegar, y cuanto más se anclaba su mirada en la mía, cuanto más me convertía yo en un objeto a sus ojos, más fácil le era alejarse de mí, pero yo debía estar alerta porque tenía que seguirle, y, estando yo con él, podía explayarse en el tema que de verdad le interesaba, sus pensamientos, sus recuerdos y, digámoslo ya de una vez, esa soledad que produce la mera existencia del cuerpo, el sentirse forma viva en un espacio que se percibe muerto, con frases alambicadas impregnadas de frío raciocinio y acompañadas de una sonrisa tierna, hasta que, merced a esa frialdad y esa sonrisa, se situaba a una distancia de la historia de su cuerpo desde la que casi podía contemplar sus pequeños episodios con mis ojos; quizá su agradecimiento se debiera a que, durante un momento, había podido descubrir cómo ve el espacio muerto a la forma viva, experimentar una identificación con el mundo exterior; que yo raramente alcanzaba, de ahí que se le humedecieran los ojos, pero sin que llegara a brotar el llanto acumulado bajo los párpados, sólo lo justo para empañarle la mirada, velar mi imagen y borrar la visión fugaz apenas vislumbrada; a fin de hacerle volver a mí desde el lejano espacio interior en el que se había sumido, a fin de que el objeto que era yo volviera a convertirse en persona, me apresuré a abandonar a mi vez aquellas profundidades y hurtarme a sus ojos, temeroso de perder lo que ya poseía: sentir su rodilla entre mis rodillas, tocar su cara inclinándome un poco hacia adelante, mientras sus rodillas oprimían mi rodilla y él, inclinándose un poco hacia adelante, me tocaba la cara.

Tocar.

Tocar, sentir.

A veces escuchábamos música, él leía en voz alta o yo recitaba versos en húngaro, porque quería hacérselos comprender y sentir, y también demostrar que había una lengua en la que podía expresarme con soltura y relativa corrección, eso le divertía, se reía, me miraba con la boca abierta, como los niños que contemplan un juguete desconocido, yo me sentía feliz y despreocupado, nos dormíamos abrazados, vestidos o desnudos, en el sofá de la salita, entre dos luces, y cuando llegaba la noche, noche de invierno, había que encender las velas y cerrar las cortinas, para poder volver a sentarnos, frente a frente, hasta la madrugada o hasta que se hacía de día, mientras la habitación iba enfriándose, y el reloj de pared nos acompañaba con su tictac sosegado, y las velas chisporroteaban al consumirse, y bebíamos un fuerte vino tinto búlgaro en esbeltas copas de cristal tallado; pero me resulta difícil hablar de aquellas horas, días y semanas que nos llevaron del otoño al invierno sin que nos diéramos cuenta, mientras el afiligranado esqueleto del álamo se envolvía cada mañana en una tenue niebla, me resulta casi tan difícil como responder a la pregunta de con qué derecho incorporo los sentimientos de un extraño en el recuerdo de una historia común, ni qué me autoriza a decir que nos pasó esto o lo otro, cuando habitualmente, y no sin razón, sólo me siento autorizado a hablar de mí mismo, es decir, aspirar a describir con exactitud lo que pasaba por mí; no existe respuesta para esta pregunta, mejor dicho, quizá aquella noche de invierno tuve una intuición de cómo nos queríamos, si por amor se entiende una mutua unión íntima y apasionada, o quizá la respuesta llegó al cabo de varias semanas, quizá un mes, cuando descubrimos que algo empezaba a ir mal, que algo había cambiado en nosotros, en él y en mí, y seguía cambiando; y tan grande era el cambio que tuve que cerrar los ojos un momento para no verlo, con la esperanza de que, cuando los abriera, habría desaparecido todo lo que me afligía, que volvería a ver su cara de antes, a sentir otra vez su mano en mi mano ¡porque ahora me parecía estar oprimiendo el muñón de mi propia mano!, y que también su sonrisa sería la misma, porque a fin de cuentas no había ocurrido nada, ¿y qué podía haber ocurrido? No lo recuerdo con exactitud, pero debía de ser a últimos de noviembre o primeros de diciembre -y qué nos importaba entonces el calendario-, el único punto de referencia era el estreno de Thea al que Melchior me acompañó, a pesar de que para entonces ellos dos ya no se hablaban; por lo tanto, debió de ser antes cuando ella, movida por la inquietud, el recelo y la desesperación, subió una noche, con la esperanza de encontrar a Melchior solo, esperanza que yo había tratado de alimentar, y me encontró a mí solo, lo cual también hizo que cambiaran muchas cosas, a pesar de que aparentemente nada había cambiado; nosotros seguíamos allí sentados, las velas ardían como antes, había silencio, la habitación estaba igual, el teléfono no sonaba y nadie llamaba a la puerta, la gente nada quería de nosotros, ni nosotros de la gente, como si estuviéramos en una torre sobre las ruinas de una ciudad europea muerta y deshabitada, sin esperanza de ser liberados y, aunque en la ciudad hubiera otra persona en una habitación como ésta, nunca la encontraríamos; aquella intimidad potenciada por nuestro aislamiento que tan grata había sido hasta entonces, cambió de signo bruscamente; no sé por qué, yo era consciente de que mis reproches no estaban justificados, pero en vano me decía que, durante aquellas semanas, él lo había dejado todo por mí, había desconectado el teléfono, no abría la puerta a nadie, había cerrado su casa, era inútil, yo tenía que hacerle reproches, aunque no en voz alta, naturalmente, porque todo lo relacionado con él me afectaba sólo a mí; así que de nada servía cerrar los ojos, con estos pensamientos en la cabeza, lo que a mí me pesaba era precisamente aquella relación tan íntima, tenía que distanciarme, me parecía que hasta entonces no había descubierto su profundidad y era como si este descubrimiento la hiciera abominable e insoportable, tenía que encontrar un espacio nuevo que también fuera desconocido para él, completamente ajeno a él, algo que no nos perteneciera a ambos en común; y, cuando abrí los ojos, su cara me pareció más indiferente y extraña que la de un individuo cualquiera, y esto era a la vez grato y doloroso, porque una cara desconocida puede encerrar la promesa de un reconocimiento o, por lo menos, de una afinidad, pero esta cara estaba vacía de interés para mí, no prometía nada, me había cansado de él y lo sabía, pero, por lo que a las últimas semanas se refería, este conocimiento me parecía tan fútil como cualquier otra experiencia, porque ninguna, por aventurada que fuera, parecía ofrecer una clave, una orientación hacia lo esencial y definitivo, así pues, había sido una aventura estéril, seguíamos siendo extraños el uno para el otro, no comprendía cómo había podido parecerme guapo, con lo feo que era, no, feo no, ni eso, sólo aburrido, un hombre que no significaba nada para mí, eso, un hombre.

Lo aborrecía y sentía asco de mí mismo.

Y, como si él pensara o sintiera algo parecido, retiró su mano de la mía, por lo menos, ya no tendría que seguir oprimiente aquel horrible muñón, se levantó, empujó la butaca hacia un lado y conectó el televisor.

Fue todo tan brusco que tampoco yo dije nada, aparté mi butaca y salí a la antesala.

Saqué un libro de la estantería al azar y, como si tuviera que demostrarme a mí mismo que este libro me interesaba, me tumbé en la oscura y mullida alfombra y me puse a leer.

No era sólo el dibujo de la alfombra lo que me irritaba, sino también el ampuloso estilo literario con el que tenía que batallar mientras leía que no hay en el mundo más que un templo, el templo del cuerpo humano, ni nada más sagrado que la sublime imagen del hombre; me hacía bien leer casualmente, echado en una cómoda alfombra, que, cuando nos inclinamos ante el hombre, rendimos tributo a su encarnación y, cuando tocamos su cuerpo, tocamos el cielo.

Mientras me esforzaba por comprender este texto, que no me parecía muy oportuno, sin prestar especial atención a que por una ventana acababa de salir una mujer que se colgaba de las ramas de una enredadera, que el revoque de la pared se desprendía y la mujer gritaba y caía al vacío, pensando que todo se arreglaría, lo que más me preocupaba era no haber sabido dominarme y haber dado aquel puntapié al sillón, ahora aullaba una ambulancia y a continuación tintineaban instrumentos, debíamos de estar en un quirófano y, a pesar de que parecía una reacción tan tonta e insignificante, no podía reprimir la sensación de que me había comportado con brutalidad, veía ante mí el sillón al que había dado el puntapié, un sillón que no era mío. sonaba música fúnebre, la mujer debía de haber muerto, no debí hacerlo, era daño a las cosas, no debe uno apartar bruscamente un sillón que no le pertenece, ni aunque el cuerpo sea un templo sublime, él sí podía dar un puntapié al sillón porque era suyo, y no yo, pero se lo había dado, y hasta me había gustado.

Después le pregunté en voz alta si quería que me marchara.

Sin volver la cabeza, él respondió que hiciera lo que considerara oportuno.

Pregunté si tenía algo contra mí, porque eso me dolería.

Lo mismo podía preguntarme él, dijo.

Yo le aseguré que no tenía nada contra él.

Ahora sólo deseaba ver la película.

Precisamente esta película.

Precisamente.

Pues por mí que la viera.

Ya la veía.

Lo más curioso es que no hubiéramos podido ser más objetivos, de este modo éramos más brutalmente sinceros que si hubiéramos dicho en voz alta todo lo que pensábamos realmente, mejor dicho, estas prudentes pequeñas maniobras de distracción de la mentira revelaban la situación con más claridad de lo que hubieran podido exponerlas nuestros sentimientos, porque en aquel momento nuestros sentimientos estaban muy exaltados como para que pudiéramos ser sinceros.

Yo no podía marcharme y él no podía retenerme.

Y el reconocimiento de este hecho escueto que se desprendía de nuestras palabras creaba un vínculo más fuerte que el que pudiera haber entre hermanos de sangre.

Pero, a causa de las mentiras, algo, quizá una pura fuerza o emanación que hasta entonces había palpitado insensiblemente entre nosotros con la naturalidad del instinto, pareció declinar, aunque no desvanecerse del todo, sólo inmovilizarse; en cualquier caso, lo cierto es que faltaba algo y esta falta me permitía descubrir lo que había sentido yo realmente hasta aquel momento.

Y supe que también él lo sentía.

Era algo que parecía temblar en el aire, lo mismo que el resplandor azulado de la pantalla, era algo casi tangible que llenaba el espacio entre la sala y la habitación, quizá hasta se pudiera tocar o apagar, pero esta pulsión contenida, independiente de nosotros, nos paralizaba -ninguno de los dos era capaz de mover ni un músculo- y nos hacía comprender, con la frialdad de la razón pura, que no teníamos más remedio que someternos y resignarnos a esta inmovilidad, el único lazo que había entre nosotros, definitivo como una sentencia; como si una tercera persona nos mostrara la verdadera naturaleza de nuestra relación en el momento de su brusco enfriamiento.

Y aunque, en tales situaciones, lo inmediato es estudiar las posibilidades de la solución más evidente, simple y práctica, en aquel momento me parecía imposible levantarme, quitarme sus zapatillas, calzarme mis zapatos, agarrar el abrigo y marcharme, habida cuenta de que, al fin y al cabo, allí no había pasado nada, porque, ¿qué había sucedido en definitiva?: ¡nada!, y una salida semejante resultaría muy ceremoniosa, rebuscada, engorrosa y teatral; pero, por otra parte, permanecer cómodamente echado en la alfombra ofendía mi sentido de la corrección, porque la alfombra era suya, y el derecho de propiedad -y no olvidemos que de nuestra total entrega personal se trata- es en el amor más importante que el mismo sentimiento, yo debía marcharme, debía levantarme y marcharme, pensaba intensamente, como si, por el mero hecho de pensarlo, pudiera hacer que sucediera algo que yo no estaba en condiciones de realizar, porque seguía haciendo como si leyera, del mismo modo en que él hacía como si estuviera atento a la pantalla.

Ninguno se movía.

Él estaba sentado de espaldas a mí, frente al resplandor azul de la pantalla, yo me inclinaba sobre el libro y, aunque ello me parece francamente infantil, reconozco que lo que más me molestaba era la rigidez de mi postura, porque me delataba y, aunque él no podía verme, yo sabía que nos vigilábamos estrechamente el uno al otro, y que él detectaba mi forzada naturalidad lo mismo que yo su fingido interés por aquella película estúpida, y sabía que en realidad estaba viéndome a mí, y que sabía que yo lo sabía, pero que algo nos obligaba a representar esta pequeña farsa transparente que si, por un lado, era más descarada que la verdad desnuda, por el otro, a pesar de nuestro gesto taciturno, era ridícula y hasta cómica.

Yo esperaba, esperaba y me preguntaba si no aprovecharía él este cariz divertido y ridículo de la situación, el único resquicio por el que podíamos escapar de la trampa de nuestra afectada seriedad, me decía yo, pensando, mejor, intuyendo que detrás de aquella actitud trágica bullían las ganas de reír.

Porque esto era un juego, y ahora movía él, un juego pequeño y torpe de los sentimientos que, por insignificante y pueril que pudiera ser, nos obligaba con sus reglas a no salimos de las medidas y proporciones propias de las relaciones humanas; a jugar a este juego nos impulsaba nuestro afán de equidad, el ansia sempiterna de revancha, y precisamente por ser esto un juego en el más estricto sentido de la palabra, yo no podía considerarle un extraño, un ser indiferente, yo jugaba, los dos jugábamos, el juego era implacable y el sentimiento de estar los dos empeñados en él, incluso, en cierta medida, mitigaba mi aversión, pero yo no podía moverme, ni hablar, ahora tenía que esperar, ya había hecho mi jugada al decirle la mentira de que no tenía nada contra él, ahora le tocaba jugar a él.

Y esta espera, la vibración de una decisión que estaba en el aire, la incapacidad de decidir, aquel tercero en discordia que influía en el e influía en mí, aquella fuerza que existía pero no operaba y que no se sabía si partía de mí hacia él, de él hacia mí o, simplemente, estaba «en el aire» como suele decirse con una imagen muy gráfica y acertada, recordaba y podía asociarse a lo que habíamos sentido aquella primera noche en que yo subí a su casa y él me dejó solo un momento para ir a la cocina a buscar el champaña.

Él había dejado la puerta abierta y yo hubiera tenido que oír algo, algún sonido, abrirse y cerrarse la nevera, tintinear copas, sus pasos, pero después, cuando aquello quedaba ya muy lejos como para que pudiéramos comprender algo y empezamos a contarnos mutuamente nuestra historia común, tratando de justificarnos, él, al referirse a aquellos minutos, dijo que creía recordar haberse quedado delante de la ventana de la cocina, viendo y oyendo llover y, sin saber por qué, no había podido moverse, como si no deseara regresar a la habitación, pero con el firme propósito de hacerme sentir el silencio de su desvalimiento, y yo lo había sentido, había percibido su espera y su indecisión, él quería que me diera cuenta de que entonces, para él, la lluvia, los tejados oscuros y el momento mismo tenían más importancia que yo, que le esperaba en su habitación, aunque tenía que reconocer que el que yo estuviera esperándole le hacía feliz, y era muy raro poder gozar de un sentimiento semejante, y le hubiera gustado compartirlo conmigo.

Él se levantó y vino hacia mí, como si quisiera ir también ahora a la cocina.

No sabíamos qué decidiríamos, pero comprendíamos que la decisión ya estaba tomada.

De pronto, como si hubiera cambiado de propósito y ya no quisiera ir a la cocina, se echó en la alfombra a mi lado y apoyó el codo en el suelo y la cabeza en la palma de la mano; semiincorporados, nos miramos a los ojos.

Era uno de los raros momentos en los que él no sonreía.

Su mirada venía de lejos, no me miraba a mí sino a la imagen en la que acababa de convertirme a sus ojos, y yo miraba su cara como se mira un objeto cuya hermosura o calidad reconocemos a pesar nuestro aun siendo distinta de la que nosotros podríamos amar, la hermosura que veíamos no era ni la que él amaba ni la que yo creía amar.

Y entonces dijo en voz baja: conque ésas tenemos.

Yo le pregunté en qué pensaba.

Pensaba en lo que yo sentía, me dijo.

Le dije que era odio, porque ya no era eso exactamente.

¿Podía explicarle por qué?, preguntó.

Una melena rubia, crespa, selvática, la piel tirante sobre la frente alta y abombada, de senos bien marcados, la suave depresión de las sienes, unas cejas, oscuras, pobladas e hirsutas, que se adelgazan y unen sobre el caballete de la nariz y se curvan en la frente, adornadas de pelos más largos y pálidos, para difuminarse en el cuenco de la sien, sombreando y realzando a la vez los gruesos párpados que, divididos por unas pestañas, largas, negras y rizadas, forman un marco vivo y móvil a la negra pupila que se contrae y se dilata en el centro del iris azul, ¡y qué azul!, ¡qué frialdad y qué fuerza!, ¡y cómo se destaca la orla negra de las pestañas en el cutis blanco como la leche, y qué contraste entre el negro de las cejas y el rubio del pelo!, ¡qué llamativo colorido!, ¡qué fino el caballete de la nariz, que se abre en el arco doble de las aletas y con qué elegancia se recogen éstas sobre sí mismas formando una elegante voluta barroca, para rodear los pequeños orificios y, tras desaparecer discretamente bajo la piel, levantan dos riscos verticales que enlazan simbólicamente la pared interna de los orificios nasales con el borde del labio superior que parece ir a su encuentro, uniendo dos facciones totalmente distintas, la verticalidad de la nariz y la horizontalidad de la boca, en el óvalo de la cara en la que los labios, que parecen casi en carne viva, presentan, cerrados, una forma que recuerda el círculo!

Le rogué que no se enfadara conmigo.

Sólo dándole un beso hubiera podido demostrarle que hablaba en serio, pero su boca ya no era una boca, sino la boca, y también la mía era la boca, por lo que no hubiera resultado.

¿Por qué iba a enfadarse?, él no estaba enfadado conmigo.

Quizá no eran los detalles de su cara sino el movimiento de sus labios al abrirse y cerrarse para formar las palabras, aquel movimiento mecánico, lo que, unido a su impasibilidad, me daba una impresión de infinita frialdad, ¿o era yo el frío?, ¿o los dos? Pero todo, todo había cambiado, su cara, su boca, sobre todo, su boca que se abría y cerraba, y también mi brazo que, bajo el peso de mi cuerpo y por lo forzado de la postura, empezaba a dormirse, y su mano, su forma de apoyarla, como si todo esto no fuera más que la mecánica de aquella fuerza desconocida de nuestro cuerpo que actúa en nosotros sin poder manifestarse, ya que cada convulsión y cada movimiento están determinados por las formas físicas y, si todo lo rigen las formas, será en vano que yo tenga la sensación de que Dios habita en mí, puesto que mis movimientos no pueden ir más allá ni por otro camino que el marcado por la funcionalidad de la forma, la forma corporal da la pauta al movimiento y, por consiguiente, el efecto que éste produce no será más que una señal, una indicación, la manifestación de las funciones concretas de estas formas, de cómo se ejecutan los esquemas prefijados en mí, y a esto llamo yo sentimiento, a pesar de que no es más que goce de mí mismo, no gozo de él, no veo más que una forma, un esquema, no a él, una señal, una indicación, sólo nos comprendemos en la medida en que nuestros cuerpos funcionan de la misma manera, sus movimientos suscitan en mí los mismos movimientos, y esto me permite conocer sus propósitos, es el placer de jugar con espejos, todo lo demás es engañarse a sí mismo, y este descubrimiento me hizo el mismo efecto que si, en pleno goce de una pieza musical, hubiera empezado a fijarme en el principio por el cual funcionan los instrumentos, en las cuerdas y los martillos, en lugar de escuchar las notas.

Yo dije qué no me lo tomara a mal, pero que no entendía absolutamente nada.

Él preguntó qué quería entender y por qué.

Tendría que disculparme, no podía explicarlo mejor, pero quizá ahora podría hablar de lo que había despertado su curiosidad y que yo había callado porque me parecía excesivamente sentimental y temía que, si hablaba de ello, podía destruir algo, pero ahora, y también por ello debería perdonarme, hasta sus movimientos habían dejado de tener tanta importancia para mí, y también si él me tocaba o yo lo tocaba a él, porque, hiciéramos lo que hiciéramos, mejor dicho, fuera lo que fuera lo que nos esforzáramos en hacer, todo estaba fijado de antemano, ¡nada podía cambiar!, y nosotros, en cierto modo, teníamos que haber estado unidos antes de conocernos, sólo que no lo sabíamos, ¿podía imaginárselo?, ésta era sólo una de mis ideas fijas de la que hasta ahora no me había atrevido a hablar, a saber, que él era hermano mío.

Él se echó a reír a carcajadas, casi a bramidos y, apenas hube pronunciado la palabra, también yo tuve que reírme; para quitar causticidad a su risa, él me rozó la cara con el dedo, pero no nos reíamos sólo porque, en aquel momento de tensa calma y en tono de profunda emoción, yo hubiera soltado una sandez, sino porque era evidente que quería decir algo muy distinto, y es que, en su lengua, la palabra hermano, «Bruder», no significa, en este contexto, lo mismo que en la mía; cuando dije en su idioma la palabra que había pensado en el mío, yo mismo me di cuenta del desliz porque inmediatamente pensé en el adjetivo «warm», caliente: en alemán se llama «warm Bruder» al homosexual, alusión que hubiera podido ser acertada, y hasta ingeniosa, de no haberla hecho con voz ahogada por la emoción; en este caso, era mentar la soga en casa del ahorcado, una metedura de pata de la que no podíamos sino reírnos, y a él se le saltaban las lágrimas, de tanto reír, y en vano yo, azorado como estaba, trataba de explicarle que en húngaro la palabra hermano, «testvér», abarca los conceptos de cuerpo y de sangre, y que en esto pensaba yo al decirla.

Cuando se tranquilizó un poco y fueron espaciándose sus carcajadas, descubrí que nos habíamos alejado todavía más.

Había vuelto a envolverse en aquel aire de superioridad del que, con precaución, se había desprendido en nuestra primera noche.

En voz baja, agregué entonces que tampoco era esto lo que yo quería decir.

Él me tomó la cara entre las manos, me había perdonado mi estupidez, pero, una vez acabó de reírse, su perdón le hacía parecer más distante.

En realidad, yo quería decirle algo que hasta ahora había callado para no molestarle, proseguí, pero no tenía objeto seguir ocultándolo, mi situación me parecía desesperada, que no se enfadara conmigo, pero tenía la sensación de estar en una cárcel.

¿Por eso tenía que enfadarse, por eso?

Dije que quizá deberíamos dejar de vernos temporalmente.

Claro, por eso había dicho él que ésas teníamos. ¿Estaba convencido ya? Pero antes había hecho como si no le entendiera.

Y no lo entendía.

Cierto, tampoco él lo había pensado, por primera vez le había parecido que conmigo sería diferente, pero no lo era, y antes, al notarlo en mi mano, se había quedado estupefacto, consternado, pero estaba claro que lo nuestro había terminado, que de aquí no pasábamos, y, mientras hacía como que veía la televisión, había comprendido que, si era esto lo que yo sentía, él tenía que asumirlo, y entonces se había tranquilizado, porque, podía creerle, él lo sabía por experiencia, dos hombres o, como tan graciosamente lo había expresado yo, dos warme Brüder -y aquí volvió a reír, pero su risa sonaba a sollozo- no podían prolongar su relación, y no había excepciones, yo me había esforzado por imponer en nuestra relación el sistema emocional al que me habían acostumbrado las mujeres, pero él no tenía la culpa de que mi pasado sentimental fuera tan azaroso, y no había que olvidar que de la relación con una mujer podía resultar algo, algo distinto de ella y de mí, y que la posibilidad de continuidad que da la naturaleza no puede existir en una relación anómala, mal que me pesara, entre dos hombres, empero, sólo podía haber lo que había, ni más ni menos, y por eso sólo él me anconsejaba que, si aquello había terminado, dejara de engañarme y me marchara ahora mismo con cualquier pretexto sin preocuparme por nada y que no volviera, que ni mirara atrás, porque lo que de este modo podría conservar tendría para nosotros dos mucho más valor que todo lo que yo tratara de simular, y es que a él, y de esto podía estar seguro, no lo engañaría, porque él conocía estos desenlaces, y lo único razonable era no volver a pensar en el asunto.

Le dije que era muy transparente su intento de dárselas de frío y hasta de fascista.

Él me dijo que yo era un sentimental.

Le respondí que quizá sí, porque no podía expresarme debidamente en esta condenada lengua.

Entonces lo diría él por mí.

Le pedí que no dijera estupideces.

¿Qué estupideces?

Por mí, podía seguir.

¿Sabía yo de qué hablábamos?

¿Lo sabía él, acaso?

Un antiguo mural

En el grabado que guardaba entre mis notas y que más de una vez me había propuesto describir en mi proyectada narración, como patria secreta de mis presentimientos y presunciones, con la esperanza de que mi talento y facultades dieran para tanto, se veía un dulce paisaje arcádico, un calvero situado al pie de una sucesión de colinas que se diluían en el infinito, con escasos arbustos, hierbas sedosas, flores, olivos de ramaje revuelto por el vendaval y robles contrahechos, en suma, una estimable reproducción del antiguo mural que, años atrás, durante un viaje a Italia, había tenido ocasión de admirar con toda la magnificencia de su audaz colorido y considerables proporciones, que presenta el paisaje en el momento en que la aurora, lentamente, surge del mar para alumbrar a los humanos y hace brillar con delicados resplandores las gotas de rocío prendidas de las briznas de hierba y de las hojas; cae el rocío, la quietud es total, el viento descansa, es la hora que quisiéramos eterna; aunque la noche ya ha puesto su huevo de plata, Eros, hijo del dios del viento según ciertas leyendas, aún no ha salido de él, aún está todo como antes, aún no ha tenido lugar lo que podríamos llamar evento, es el momento inmediatamente anterior, pero ya se ha realizado el noble acto de la fecundación y concepción, en el que los dos poderosos elementos primordiales, el viento impetuoso y la oscuridad de la noche, han copulado, porque todavía no hay sombras, aún estamos en el umbral del «después», ¡es la mañana primigenia!, y por ello este momento extraordinario no puede compararse, ni siquiera como contrapunto, con aquel otro en el que Helios desaparece por el horizonte con su carro y sus caballos, y todos los seres vivos, poseídos por la angustia de lo efímero, tratan de dar alcance al sol que se va, ¡todo, menos permanecer aquí!, ¡eso, no!, y lo persiguen alargando sus sombras hasta el infinito, y, con el dolor de la despedida, se tiñen de un rojo de sangre y relucen como el oro; pero en este momento matinal todo aparece muerto, inerte, pálido, gris, sale de la oscuridad con apenas un frío fulgor de plata, y si antes hablé de colorido audaz es sólo porque éste ya no es el tono plata de la noche, que absorbe con avidez los colores del mundo y los disuelve en un fulgor metálico y único, no, ahora todo lo que existe ha recibido ya el color que le corresponde, pero en germen, los colores no viven aún, el cuerpo desnudo de Pan, que descansa en el centro geométrico del cuadro con fastuosa sensualidad, resplandece con un bronceado opulento, mientras el modesto carnero que yace a sus pies tiene la piel de un blanco agrisado, como le corresponde, la hierba es verde cardenillo, el roble, verde botella, la piedra tiene una blancura inmaculada, las tenues vestiduras de las tres ninfas son de seda turquesa, verde aceituna y rojo púrpura; aunque, como ellas están inmóviles en esta frontera entre la noche y el día, bañada de rocío, porque ya han terminado el último movimiento de su noche pero todavía no han iniciado el primero de su día, así también los colores de sus ropajes y sus cuerpos son simples siluetas sin sombra, lo mismo que los colores de los árboles, las hierbas y las piedras, que tampoco proyectan sombras, y si ellas, situadas en la frontera entre el fin y el principio, nada tienen que las una -y es que cada una mira en una dirección, por lo que el cuadro, incluso en nuestra pequeña reproducción da sensación de gran amplitud-, tampoco los colores tienen relación entre sí, el rojo es rojo por sí mismo, el azul es azul porque es azul y no porque el verde sea verde, como si el pintor del cuadro, en su ignorancia bárbara y simplificadora, hubiera captado el momento de la creación o, simplemente, retratado con escrupulosa minuciosidad el carácter de una mañana de verano en la que el ser humano, sin saber por qué, se despierta sobresaltado, abandona su lecho caliente y oscuro y, ya que está despierto, decide ir a hacer sus necesidades, pero al salir afuera se siente envuelto en un silencio impresionante en el que ni la gota de rocío cae, para no turbar la calma, y aunque él sabe que el sol, con su luz cálida y amarilla, no tardará en fundir esta rigidez mortal y hacer renacer las cosas a la vida, de nada le sirven su conocimiento y su experiencia frente al silencio de la no existencia, y si hasta ahora había buscado la muerte a tientas en la oscuridad de la noche o en las sombras del día, ahora la descubre de pronto ante sí y, anonadado, no acierta ni a expulsar del cuerpo su orina caliente, en este instante de palidez y de color que hasta ahora había pasado durmiendo, caliente y feliz, en el seno de los dioses.

Quizá ni siquiera fuera Pan el que estaba sentado en la piedra, ya que, a pesar de mis extensos y meticulosos estudios, no había podido averiguarlo con certeza, y era posible que mi lámina representara, por ejemplo, a Hermes, no al padre sino al hijo, ¡y que no habría diferencia! -si así fuera, las ninfas no serían compañeras de juegos amorosos sino la misma diosa-madre-, porque todos los detalles del cuadro, por nimios que fueran, tenían una ambigüedad que interrogaba y afirmaba a la vez, por lo que llegué a suponer, y en el fondo era esta suposición lo que me excitaba, que el pintor quizá había mezclado deliberadamente las claves, representando al padre donde había querido representar hijo o, viceversa, pintando al hijo con intención de plasmar al padre en su juventud y presentando a la madre como la amante de ambos; la del manto verde aceituna que, a la derecha del cuadro, con la cabeza inclinada y los ojos brillantes de atención, sigue el movimiento de sus dedos en las cuerdas de la lira, parece bastante mayor que el desnudo mancebo, afirmación que debemos aventurar aun cuando, por un lado, temamos que, ansiosos de corroborar nuestra suposición, nos hemos dejado engañar por nuestros ojos, y, ñor otro, sepamos muy bien que los dioses no tienen edad, lo cual, evidentemente, por lo que se refiere a las ninfas, no es del todo exacto, ya que ellas, según la tradición, poseen un grado de inmortalidad que es proporcional a su proximidad a lo divino, porque también las hay mortales: inmortales son las ninfas del mar, lo mismo que el mar, pero no las náyades de las fuentes y, menos aún, las ninfas de los prados, los bosques y los árboles, especialmente, las que habitan en los robles, que mueren cuando muere el árbol; y si, siguiendo los confusos indicios de nuestro pintor, tratáramos de deducir su edad por su cara -el dedo pulsa la cuerda más alejada de la lira, su mirada mide las distancias con exactitud, quiere arrancar al instrumento un leve glissando-, no tenemos más que recordar la antigua fórmula para calcular la edad, según la cual la corneja vive lo que cuatro hombres; el ciervo, lo que cuatro cornejas; el cuervo, lo que tres ciervos; nueve vidas de cuervo tiene la palmera, y las ninfas, las hijas de Zeus dotadas de hermosa cabellera, pueden alcanzar la edad de diez palmeras; quizá ella anduviera por el sexto cuervo y, si me parecía mayor que el muchacho, no es porque hubiera calculado su edad según la escala de los humanos ni descubierto en su cara ni la más pequeña arruga, sino porque parecía adornada con la sabiduría de la maternidad, que no poseían las otras dos, más próximas a la edad del muchacho, por no decir de su misma edad, y que no parecían conocer aquel estado de dicha que se halla más allá del dolor; no sabría decir por qué, pero me parecía que también el cuello que asomaba de los hondos pliegues del manto recogido sobre el hombro daba un indicio de la edad, y qué cuello el que se erguía bajo el cabello castaño oscuro recogido en un moño flojo que sujetaba una cinta plateada, quizá resultaba tan fascinador aquel cuello porque unos rizos rebeldes que se retorcían en la nuca acentuaban su desnudez, y es que ya se sabe que es la mezcla de vestidura y desnudez lo que nos seduce; y, si osara describir la nuca de la ninfa, sin duda evocaría la impresión que me causó la nuca de mi prometida, imagen que yo conservaba, ¿que conservaba?, ¡que veneraba!, cuando, mirando juntos un álbum, ella se inclina para examinar un detalle del grabado y yo, al ver su perfil, siento el deseo de inclinarme, posar los labios en su nuca y acariciar con mis besos su piel tersa para sentir su calor y su perfume mientras mi boca sube hasta la raíz del pelo, algo que me impiden hacer el decoro y la buena educación.

Y después, cuando la mañana ya ha dorado la última plata de la noche, ¡ah, cómo me gustaría poder cantar con frases semejantes las antiguas auroras! Los dedos empiezan a tañer las cuerdas, suenan dulces acordes y ella se dispone a saludar con su lira al sol cuyos rayos ya calientan el roble que ahora proyecta una sombra amable.

Huelga decir que a su espalda tenía un roble, retorcido, viejo a nuestros ojos, quizá herido por un rayo hacía mucho tiempo, porque parecía mutilado en cierto modo, ya que el viento había arrancado sus ramas secas y en su lugar habían nacido pequeños haces de brotes tiernos, y esta circunstancia me reafirmó no sólo en mi suposición de que ella tenía que ser muy vieja sino que indicaba bien a las claras que no era otra que la ninfa del roble; la que esta mañana tañe las cuerdas de la lira no es otra que Driopé, de la que sabemos que, con la belleza de su esbelta figura y la nobleza de sus rasgos, despertó tan gran pasión en el dios Hermes, que apacentaba sus corderos en los prados de Arcadia, que el enamorado dios la persiguió durante mucho tiempo -digamos de paso que esta persecución sólo puede considerarse larga si la calculamos a escala humana, ya que duró tres vidas de hombre, lo que no es más que una tercera parte de la vida de la corneja- hasta que su amor fructificó esplendorosamente, lo cual no es un caso excepcional, desde luego; podríamos agregar que la ninfa que, como su nombre indica, es la criatura femenina merced a la cual el hombre se convierte en nymphios, es decir, el que ha alcanzado su condición de hombre, esto es, de esposo, se limitó a desempeñar su papel, mientras que el dios cumplía como tal, y aquel al que la bella Driopé trajo al mundo de los inmortales por este amor no podía ser medido con el patrón al que estaba acostumbrada su pobre madre-niña, mortal, servicial y casi humana.

Desde luego, nada más lejos de nuestra intención que afirmar que Driopé fuera una criatura pusilánime, frágil o asustadiza, ya que nos consta que era alta, de fuerte osamenta y se la describe dotada de extremidades robustas, y cuando los dioses o los hombres la perseguían con sus requerimientos amorosos, ella no siempre huía, sino que a veces se encaraba con ellos; entonces permanecía firme, como si hubiera echado raíces, fuerte como un roble, resoplaba, enseñaba los dientes, golpeaba con fuerza y hasta hubiera mordido, y cuando se despojaba de su manto verde para lavarse el sudor en una fuente fresca, en sus muslos, endurecidos por la carrera y en sus bien torneados brazos se transparentaban fuertes músculos bajo la piel color de perla, también el pecho tenía firme, redondo y en su sitio, pero el clítoris, según se descubriría en el momento de la consumación, tenía, para aumentar su placer, el tamaño del falo de un niño recién despierto, por lo que no es de extrañar que el dios deseara suavizar esta rudeza, domesticar la fiereza y convertir la dureza en ternura; y no obstante, cuando, después de cortar con los dientes el cordón umbilical, ella contempló el fruto de su amor que entreabría los ojos, berreaba, reía y pataleaba entre sus muslos sobre la placenta, no pudo reprimir un grito de horror propio de una tierna doncella y escondió el rostro entre las manos, pero ¿cómo iba a saber ella que no había razón para asustarse, que había alumbrado a un dios? ¡Y cómo iba a saber ella que lo que estaba viendo era lo que tenía que ver!, porque era como si, en lugar de rendirse a las ansias del alegre Hermes, hubiera yacido con un carnero hediondo, pues el recién nacido tenía la cabeza cubierta de un pelo largo y duro y, de su frente, del lugar en que en los hombres y en los dioses el hueso forma dos ligeras elevaciones, asomaban unos cuernecillos curvados, y sus pies, ¡qué espanto!, no tenían planta sino pezuñas, sonrosadas y blandas todavía, pero ya se sabe que con los años se endurecen espantosamente, baten el suelo, sacan chispas de las piedras y se vuelven negras.

Driopé, horrorizada del fruto de su cuerpo, se levantó y se fue corriendo.

Aquí termina su historia, no sabemos qué fue de ella, si quisiéramos saber más, tendríamos que poner a trabajar nuestra imaginación.

Lo que sabemos es que Hermes encontró a su hijo en la hierba y que no sólo no le sorprendió su aspecto sino que le encantó; porque el chico ya se sostenía sobre sus pies, mejor dicho, sus pezuñas, se revolcaba riendo, daba volteretas, se bañaba en el rocío deleitándose con el roce de la hierba, perseguía a las avispas y las moscas, arrancaba y mordisqueaba los pétalos de las flores, golpeaba con los cuernos, aún blandos, las peñas y los troncos, con lo que el dolor apenas le cosquilleaba en el cuerpo, y hasta se divirtió haciendo pipí en una mariposa y caca en la cabeza de una serpiente; como puede verse, su naturaleza funcionaba perfectamente, por lo que no es de extrañar que su padre se sintiera orgulloso y, puesto que a los padres les falta tiempo para tratar de ver repetida su propia historia en sus hijos, Hermes recordó la mañana de su propio nacimiento, cuando la dulce Maya lo alumbró y lo puso en la cuna, y él, aprovechando un momento de descuido, se bajó de la cuna, salió de la cueva, se hizo una lira con el caparazón de una tortuga y se fue a correr mundo, y, cuando las orejas de los caballos de Helios desaparecieron tras el resplandor purpúreo del horizonte -naturalmente, conocemos la fecha exacta, era el anochecer del cuarto día del mes lunar-, mató dos bueyes sin más armas que sus manos, los desolló, inventó rápidamente el fuego para asar la carne, robó después toda una manada para ocultar su travesura y volvió a la cuna; pero ahora se puso al pequeño sobre los hombros y, lo mismo que Apolo había hecho con él, subió a presentarlo a los dioses, para que se alegraran con él.

Dionisos fue el que más se alegró de la llegada del neófito, al que inmediatamente se impuso el nombre de Pan, palabra que, en la lengua de los inmortales, significa todo, el Todo, porque, o mucho nos equivocamos, o los dioses vieron condensado en él este concepto.

Muchas eran en el cuadro las señales que indicaban que el mozo que presidía la escena era Pan: con una mano se lleva a los labios un Caramillo, símbolo inconfundible de su identidad, con el que, según la leyenda, hace bailar a las ninfas por la noche y despierta a la mañana; según unas versiones, es un dios irascible y petulante, que se enfada si se le molesta mientras duerme la siesta a la sombra del roble, según otras, es el más amable de los dioses, alegre, benévolo, juguetón, fecundo y amante de la algazara, la música y el barullo; no obstante, no podía sustraerme a la duda de que quizá aquél no fuera el poderoso dios fálico, pero ¿qué otro dios podía ser? Parecía imposible hallar respuesta satisfactoria a esta pregunta, y es que no sólo sostenía en la otra mano una vara con hojas, la vara que, según la leyenda, Hermes recibió de Apolo a cambio de su lira, sino que no tenía el cuerpo peludo, ni cuernos, ni pezuñas, a no ser que el hermoso carnero que, cual perro guardián, yacía a sus pies simbolizara todo lo que faltaba en su cuerpo, representado con imagen de hombre; de sobra sabemos que hay artistas que se empeñan en hermosear lo que es perfecto en su fealdad, porque se resisten a pintar con pelo, pezuñas y cuernos a quien lleva el nombre del «Todo», lo cual, desde luego, sólo puede atribuirse a la ridícula debilidad humana, y no me parece imposible, aunque no me corresponda a mí denunciarlo, que, a causa de esta risible debilidad, el pintor se esforzara por embellecer la historia de los dioses, a trueque de confundirnos a todos; porque, si no es seguro que se trate de Hermes, ¿qué pinta la dichosa vara?, ¿y el caramillo? Todo era muy desconcertante y sin duda no me hubiera demorado tanto en esta cuestión de no ser porque el esclarecimiento del enigma estaba íntimamente relacionado con los preparativos de mi proyectada narración, yo reflexionaba, indagaba, jugaba con las diversas posibilidades, ensayaba e iba retrasando el comienzo de la labor porque tenía miedo de hincar el hacha en el tronco de una tarea tan difícil, porque, tan pronto como me parecía factible inclinarme por una solución o la otra, surgía una idea nueva, como la de que quizá en realidad no fuera ni Pan ni Hermes, sino el mismo Apolo, del que dice la leyenda que también se había enamorado de Driopé y la había perseguido, como es de rigor; pero como la bella doncella del roble, muy sensatamente, rechazó sus galanteos, el ardiente Apolo se convirtió en tortuga, a fin de poder acercarse a las retozonas ninfas; Driopé arrimó a su hermoso pecho la pequeña tortuga que, al instante, se convirtió en serpiente y la poseyó debajo del manto; pero la burbuja de esta idea no tardó en estallar, porque, de ser así, ¿cómo hubiera llegado la lira a manos de Driopé, si ya hemos dicho que Hermes la fabricó la mañana de su nacimiento, cuando salió de la cueva, episodio que no ocurrió sino algún tiempo después?

Mi pregunta hubiera quedado sin respuesta y mis suposiciones no hubieran pasado de suposiciones de no haberme llamado la atención la actitud de las otras dos ninfas, las que estaban a la izquierda del grabado; una de ellas, al igual que el joven de piel morena, estaba sentada en una piedra blanca, con un manto rojo púrpura, un tamboril en el regazo y los palillos en las manos, pero le faltaba la cara, se había saltado la pintura de la pared; por la posición de su cuerpo, sin embargo, se adivinaba que, cuando tenía cara, miraba hacia adelante; ella es la que mira hacia el exterior del cuadro, la que nos mira a nosotros y, dondequiera que nos situemos, nos sigue con una mirada quizá severa, quizá bondadosa o quizá tierna, pero, más que la ninfa sin cara, me intrigó la otra, la del manto turquesa que está inmediatamente detrás de ella, porque ella era de toda la escena la única que mostraba interés por el joven al que antes me he aventurado a llamar pan, era la más hermosa de las tres, con mejillas redondas, frente serena, pelo rubio y rizado recogido por una guirnalda y figura frágil y delicada, adelanta un poco una cadera y tiene las manos a la espalda, en señal de reposo, abandono y confianza, en sus enormes ojos castaños, dulces y un poco tristes, hay una melancólica añoranza, ¡y sin embargo…! A punto estuve de lanzar un grito de alegría al hacer el descubrimiento, acababa de darme cuenta de que la misma melancolía se reflejaba en los ojos del joven que, no obstante, miraba en otra dirección, al parecer, ajeno a las miradas de deseo que se posaban en su pecho, él miraba fuera del cuadro por encima del hombro de Driopé, la musa que tocaba la lira, y, como la dirección de su mirada no podía en modo alguno ser fruto de un capricho o casualidad, era indudable que estaba mirando a alguien que le miraba a su vez; alguien al que no se veía porque no estaba en el calvero sino entre los árboles del bosque.

A mí me interesaba, sobre todo, el bosque en el que este amor imposible podía hacerse posible y, aunque no se consumara, era este amor lo que yo deseaba describir.

Pero volvamos al cuadro, a ver si, a la luz de lo que ahora sigue, consigo aclarar por qué me preocupaba tanto esta escena, a pesar de que no tenía intención de mencionar siquiera el fresco ni a los personajes representados en él; ahora me pareció reconocer a Salmakis en la figura de la ninfa que se retira a segundo término, y este nombre, que echó más leña al fuego de mis emociones -porque me parecía la clave para resolver el enigma-, me trajo a la memoria una tercera historia no menos complicada, estamos en el buen camino, pensé, satisfecho, y es que Hermes, como es bien sabido, tuvo otro hijo, designación dudosa, quizá, para una criatura fruto del amor entre Hermes y Afrodita, si más no, porque ambos, según ciertas genealogías, son hermanos, hijos de Urano -el cielo nocturno- y Hemera -la luz del día-, y, por si no fuera bastante, hermanos gemelos; también sé que su nacimiento se produjo al cuarto día del mes lunar y, por lo tanto, en el fruto de su amor se mezclaron en idéntica proporción los rasgos faciales de ambos, así como sus cualidades físicas y psíquicas, al igual lúe dos caudalosos arroyos mezclan sus aguas impetuosas, ¡quién ha de poder entonces distinguir un agua de la otra! así, en el niño, se Mezclaron en igual medida las propiedades que nosotros llamamos femeninas y las masculinas y que en ciertos dioses se aunan armoniosamente, y, para hacer inconfundible esta divina mezcla de hembra y varón, la criatura recibió un nombre compuesto por el de Hermes, su padre y Afrodita, su madre.

Ya se sospechará a quién me refiero: sí, el recién nacido era Hermafrodita, al que, inmediatamente después de su nacimiento, Afrodita confió a las ninfas del monte Ida que lo criaron con esmero, pero, apenas repuestos de nuestra consternación -¡otra madre que abandona a su hijo!-, tenemos que reconocer que en un dios es natural esta conducta, cada uno de ellos es un todo en sí mismo, ésta es una cualidad común a todos ellos, podríamos decir que los dioses eran ya unos demócratas natos; pero volvamos a la historia de Hermafrodita; cuando creció era tanta su hermosura que muchos lo confundían con el mismo Eros y estaban convencidos de que Eros también era fruto de los ijares de Hermes y el vientre de Afrodita, lo cual parece poco probable; a los quince años empezó su deambular, viajó por toda el Asia Menor y, fiel a su instinto, se embelesaba con todas las aguas dondequiera que las encontrara, hasta que en Caria, junto a un hermoso manantial, conoció a Salmakis.

En este punto se complica también nuestra tercera historia, porque de ella existen versiones distintas que ponen de manifiesto cómo el paso del tiempo oscurece los hechos, lo cual sin duda es consustancial con la naturaleza de las leyendas, a las que la memoria de los hombres pone límites, pero, si no nos equivocamos en nuestras deducciones, podríamos suponer que el claro manantial formaba un pequeño estanque en el lugar en el que brotaba de la tierra y que Salmakis, la del manto turquesa, se miraba en el espejo de sus aguas mientras peinaba su cabellera, pero cuando había desenredado los nudos de la noche y ya la recogía, no se sintió satisfecha o quizá algo turbó su reflejo en el agua, porque soltó sus cabellos y empezó a peinarlos de nuevo, y así una vez y otra, hoy de una persona que se pasa la vida peinándose diríamos que está loca, pero a una ninfa no se le pueden reprochar estas cosas.

Y, al igual que en cualquier encuentro trascendental entre humanos, también en éste la primera mirada, el descubrimiento del otro, la sorpresa, es lo de menos, un hecho apenas perceptible, ¡y no por azar!, porque en lo sucesivo dos seres hechos el uno para el otro y reunidos por los dioses se reconocerán el uno en el otro y precisamente este reconocimiento hará que no sientan la necesidad de hacer lo que es habitual en las relaciones cotidianas, es decir, salir de sí mismos, mirar al exterior y, movidos por la presencia del otro, cruzar el linde de la propia personalidad, no, en este caso, las dos personalidades pueden fundirse en una sola espontáneamente, aquí no existen las habituales barreras, y después, al mirar atrás hacia este momento cuya importancia ya reconocerán, tendrán la extraña sensación de no haber percibido, no haber percibido en absoluto, lo que en realidad habían sentido claramente, y así ocurrió en este caso divino: Hermafrodita contemplaba el agua y le pareció que Salmakis, que se miraba en ella para peinarse, no era sino otro de los atributos de aquellas aguas que le encantaban, un detalle que él estaba viendo, sí, pero ¡cuántas cosas se reflejaban en el agua!, el cielo, las peñas, las lentas nubes blancas, los espesos juncos de la orilla, y Salmakis, a su vez, que contemplaba su propio rostro mientras se peinaba, lo distinguió como una de tantas imágenes que ella percibía, bajo el reflejo de su cara, de sus brazos desnudos y del peine reluciente, los destellos plateados de los peces que nadaban ondulando las aletas, y las doradas estrías de la arena del fondo del estanque: para ella, la aparición de Hermafrodita en el espejo tuvo el mismo efecto que la de una araña acuática que, rozando apenas con sus largas patas la superficie del agua, estremeció con minúsculas ondas el reflejo de su cara; en aquel momento, Hermafrodita no pensaba en nada, sólo estaba triste, infinitamente triste, tan triste como siempre; ahora bien, la tristeza nos impide reflexionar profundamente sobre las cosas, porque a él la creación no sólo le había otorgado íntegramente lo que a nosotros nos adjudica de modo parcial, sino que, además, le había dotado de deseos, pero no le había sido concedido gozar de las pequeñas y dulces alegrías de satisfacerlos, porque cada uno de sus anhelos encerraba ya en sí mismo su propia satisfacción, podríamos decir que la creación le había negado la normal satisfacción porque él mismo era la satisfacción de la creación, y de ahí su tristeza, aquella tristeza infinita que a mí, no obstante, me reafirmaba en mi suposición de que en aquel grabado yo no estaba viendo a Hermes ni a Pan que, como es bien sabido, son alegres y audaces y tampoco en Apolo se observa propensión a la tristeza, que con el mismo afán seducía a diosas que a divinos efebos, a ninfas que a pastores, y del que no conocemos ni un solo lance en el que él no supiera con exactitud cómo resolver los problemas de la dicotomía sexual; no, la tristeza era rasgo exclusivo de Hermafrodita, decidí, insólita peculiaridad del que ahora se halla en el momento culminante de su existencia, el momento en el que la sorprendida Salmakis, sin apartar la mirada de su reflejo, deja caer el peine en el regazo; aún no se miran cara a cara, pero se ven, y es posible que Salmakis creyera reconocer a Eros en el recién llegado, lo que habría de prestarse a un cúmulo de malas interpretaciones en posteriores narraciones, quizá pensara que era la hermosa faz de Eros la que se deslizaba sobre la suya como una araña acuática, y Salmakis, a pesar de ser una especie de marisabidilla mitológica, era sin duda lo bastante complaciente como para enamorarse de él en el acto, pero en aquel momento no importaban el cómo ni el porqué, un reflejo se superponía al otro, ojo sobre ojo, nariz sobre nariz, boca sobre boca, frente sobre frente, y el triste Hermafrodita sintió lo que nunca había sentido, ¡los labios de ambos gustaban la voluptuosidad divina!, y conoció lo que experimenta cualquier mortal que se entrega a otro, ¡imagina!, y mientras el mundo queda en suspenso, parece que estalla una tormenta, que relampaguea y truena, que las rocas se precipitan al mar, ¡imagina!, ¡qué voluptuosidad cuando todo un dios reconocido se sale de sus propios límites!, y entonces Salmakis perdió su reflejo y Hermafrodita perdió el agua, los dos perdieron aquello para lo que fueron creados y por ello no debe sorprendernos que no permanecieran unidos más que nosotros, los mortales, a pesar de que la leyenda nos habla de un amor perfecto.

Al llegar a este punto traté de hacer un resumen de todo lo que sabía y todo lo que ignoraba acerca del hermoso y misterioso joven que, por encima del hombro de Driopé, miraba a alguien con anhelo, mientras Salmakis lo miraba a él con el mismo sentimiento, y comprendí que ninguno de ellos lograría a la persona deseada, ¡aun siendo dioses!, pero ¿qué significado tiene todo ello?, ¡como si estuviera permitido hacer semejantes preguntas! Yo me sentía tan desconcertado por mis propios sentimientos como parecían estarlo las figuras del grabado por sí mismas y por las demás; en la mirada de Salmakis tenía yo que reconocer, clara y directamente, sin amaneramiento ni artificio, la mirada de Helene, mi prometida, cuando, anhelante, triste y comprensiva, trata de identificarse con mis pensamientos y emociones, mientras yo, el condenado, el maldito, el incapaz de amar, a pesar de amarla tanto, al igual que el joven del grabado con el que por cierto no puedo compararme en belleza, no la miro a ella, y no es sólo que no le agradezca su amor sino que incluso me pone nervioso, me repele, me irrita, y no la miro porque miro a otra persona, ¡otra persona, naturalmente!, y hasta puedo permitirme la arrogante afirmación de que esa otra persona me atrae con más fuerza que el amor tangible de Helene, porque promete conducirme no al puerto de un entrañable idilio familiar, sino a la ciénaga de mis instintos, una selva, un infierno poblado de fieras salvajes, un lugar desconocido que siempre nos atrae más que lo conocido, lo previsible y aprehensible, pero, al contemplar mi confusión sentimental, también hubiera podido acordarme de otra historia que no afectaba mi vida de modo menos brutal e inmediato, ¡dejémonos ya de mitologías!, de una mujer hermosa y fragante cuyo nombre debo silenciar, para salvaguardar su reputación, aquella mujer que, contra mi voluntad, mal que me pesara, era el eje de mi vida secreta, inapelablemente hermosa y arisca, tal como suele representarse al destino en las modernas estampas seudoclásicas y que me recuerda a Driopé, que no pudo corresponder a mi encendido amor porque estaba enamorada del hombre al que de modo deliberadamente equívoco, califico en mis «Memorias» de paternal amigo, ocultando su verdadera identidad bajo el nombre supuesto de Claus Diestenweg, entre otras razones, porque me proponía relatar que él no amaba a esta mujer con la misma fuerza con que hubiera podido amarla yo, y que en realidad ni siquiera la amaba a ella sino a mí, y me deseaba con una pasión tan ciega que cedía a las ardorosas demandas de la mujer sólo para percibir, de rechazo, algo del amor que yo sentía por ella, para gozar en ella de lo que yo le negaba, amándome a mí en la mujer, y yo, para poder acercarme a ella, estaba obligado a tratarlo, por lo menos, como amigo, a quererlo como a un padre, con la esperanza de descubrir, a través de él, cómo tenía yo que ser para que ella me amara a mí solo; esta historia ocurrió siendo yo muy joven, empezó cuando llegué a Berlín, después del horrendo crimen y suicidio de mi padre, y duró hasta que otra terrible tragedia, que no consiguió extinguir los efectos de la anterior, deshizo el triángulo; y entonces, como yo carecía del valor y de la fuerza necesarios para morir, tuve que empezar otra vida, ¡y qué árida, qué vacía, qué aburguesadamente aburrida, qué mediocre y qué falsa era esta nueva vida! Pero, pensaba yo, ¿podía una catástrofe semejante, una irreversible catástrofe humana como ésta, podía una tan espantosa conmoción frente a lo inalcanzable, ser el proceso por el que el hombre logra acercarse a lo que de divino hay en él?, ¿ha de ser todo tragedia y sólo tragedia? Así pues, ¿es inútil este cúmulo de material, notas, ideas, papeles y pensamientos? Después de la tragedia nos miramos en los dioses, pero nosotros no somos dioses, ni mucho menos, y por consiguiente tan incapaz me siento de decir quién es el galán del grabado y de explicar por qué me interesa todo esto como de adivinar cómo habría de superar yo algo que sólo los dioses pueden superar.

A pesar de todo, no podía olvidarme del grabado.

Como el que, para resolver un misterio, debe considerar no sólo las pruebas concluyentes sino también factores adversos, yo debatía conmigo mismo diciéndome que, en efecto, el personaje era tan hermoso como Eros, su belleza me cautivaba, pero no era Eros, y, aunque estaba triste como Hermafrodita, no podía ser éste, porque sostenía en las manos el caramillo de Pan y la vara de Hermes, no obstante, agregaba, aportando un nuevo argumento para el enigma, mientras contemplaba complacido su falo, dibujado con el primoroso trazo de una miniatura, Pan no podía ser, porque el potente dios fálico nunca es representado en postura tan indecorosa, con los muslos abiertos y en posición frontal, ¡nunca!, siempre lo vemos de lado o en una postura que oculta el miembro a la mirada; y es lógico, porque desde la punta de los cuernos hasta las pezuñas es el falo personificado, por ello sería absurdo y hasta ridículo que alguien quisiera decidir, con mediocre criterio humano, si hay que representar el falo grande o pequeño, moreno o blanco, delgado o grueso, o decidir si debe colgar flácido junto a los testículos o erguirse como una maza encarnada; el de mi grabado era un apéndice pequeño y delicado, inocente como el de un recién nacido, suave y sin vello como el resto del cuerpo, de piel tersa y reluciente de ungüento, y cuando ya nada más podía sopesar, porque no había en el grabado detalle que no hubiera examinado minuciosamente a simple vista y con la lupa, ni alusiones que no hubiera tratado de aclarar con ayuda de textos bien documentados, sustrayéndolas a la oscuridad de mi ignorancia y falta de erudición, y cuando al fin comprendí que me era completamente indiferente quién estuviera representado en aquella pintura, y que no era la historia lo que me interesaba -las leyendas de Apolo, Hermes, Pan y Hermafrodita se confundían en mi cabeza lo mismo que todo lo que yo tenía el propósito de contar de mí mismo, y bien está que así sea-, ni me interesaban sus cuerpos ilusorios sino la circunstancia de que el objeto de mi proyectada narración parecía idéntico al tema de la pintura y que quizá donde mejor podría apreciarse este tema fuera en sus miradas, las miradas que, si bien objetivamente se fijan en el cuerpo, trascienden de lo meramente corpóreo, pero, sea como fuere, para poder hablar de eso, yo tenía que situarme en el lugar hacia el que miraba el muchacho, hacia el que miro también yo, el bosque, para ver quién está allí, entre los árboles, a quién ama él tan desesperadamente, mientras otra criatura le ama a él con igual desesperación, ¿y por qué tiene que ser así?, ¿por qué? -con lo que volveríamos al punto de partida-; yo no podía, pues, dar mayor calado a las sin duda banales preguntas de mi vida, con ayuda de unos frescos de la Antigüedad, no hay manera, así que mejor dejarlo y hablar a cara descubierta de lo que nos atañe, de nuestro propio cuerpo y nuestras propias miradas, este mero pensamiento me hacía estremecerme, pero entonces, de pronto, descubrí algo para lo que hasta aquel momento había estado ciego, algo que en vano había buscado mirando con lupa las pantorrillas, los dedos de los pies, los brazos, la boca, los ojos y la frente del muchacho, comprobado con la regla la dirección de su mirada y hasta tratado de determinar con complicados cálculos el lugar en el que se hallaba aquel ser misterioso, sencillamente, no me había dado cuenta de que no eran dos rizos de pelo lo que tenía en la frente sino dos cuernecillos, así que teníamos delante a Pan, con toda seguridad y sin lugar a dudas, sólo que a mí había dejado de interesarme este dato.

Y también el bosque.

Cuando, al anochecer, me situaba en la ventana de mi alojamiento de la Weissenburgstrasse fingiendo ante mí mismo una cierta abstracción y preparado para esconderme detrás de la cortina, a fin de no tener que avergonzarme de estar espiando, y poder presenciar con tranquilidad una escena que tenía lugar dos veces a la semana, me sentía presa de la misma trémula excitación que me estremecía cuando examinaba la lámina, porque, al igual que en un relato clásico, por más que éste presente las historias humanas de forma abstracta y sublimadas en grado superlativo, la hora y el lugar de la acción se indican con toda exactitud, y así era en mi pequeña escena callejera, para la que no sólo estaba señalada la hora, el anochecer, sino también los días de la semana: martes y viernes; también puntualmente sentía yo la excitación en la garganta, el estómago y la región del pubis; ni siquiera sé qué cuadro era más importante para mí, si el fresco clásico, o el real y vivo que podía ver a través del cristal de la ventana, aunque, de todos modos, hubiera querido empezar mi narración con esta escena, pero excluyendo al observador y sus sentimientos creativos, comparables a la exaltación amorosa, es decir, no presentar la historia como si fuera observada por alguien, sino directamente, en su secuencia natural, tal como se producía repetidamente; llega el carro; en la cercana Wörther Platz ya están encendidos los faroles de gas, pero el farolero aún tiene que dar la vuelta a toda la plaza abriendo los globos y subiendo las llamas azules y amarillas con su vara ahorquillada antes de llegar a nuestra calle, no obstante, aún no estaba oscuro, aún no había acabado de despedirse la luz del día cuando el carro cerrado pintado de blanco se detenía junto al bordillo, bajo los plátanos, frente a la puerta del sótano de la carnicería de enfrente, y un joven carretero saltaba del pescante después de arrojar las riendas sobre la reluciente y gastada palanca del freno; en el invierno o cuando soplaba viento frío, con un movimiento rápido, sacaba dos mantas grises de debajo del asiento y tapaba con ellas a los caballos, para que no se les enfriara el sudor mientras se desarrollaba la escena, pero cuando hacía calor, en otoño, en primavera y en verano, cuando la luz del crepúsculo se filtraba entre los árboles y el aire tibio resbalaba por los tejados oscuros de los modestos bloques de pisos, esta operación se suprimía, hacía restallar el látigo en sus botas y lo colgaba junto a las riendas; entonces ya estaban las tres mujeres en la acera, al lado del carro, y cuando yo, desde el cuarto piso, a la sombra del alero las miraba, el carro me tapaba sus garridas figuras; un momento antes, sus cabezas habían surgido, una tras otra, por la empinada escalera que subía de las profundidades del sótano; de las tres, una era más robusta, aunque no gruesa, la madre que, por lo menos desde esta distancia, parecía poco mayor que sus dos hijas, hubiera podido pasar por la hermana mayor de las gemelas, que eran tan parecidas que se las confundía y sólo viéndolas de cerca era posible distinguirlas por el color del pelo, que una tenía rubio ceniza y la otra, un poco más oscuro, con reflejos cobrizos, pero los ojos, azules y un poco vacuos, en sus caras redondas y blancas, eran idénticos, yo las conocía sólo de vista, nunca había entrado en las frías entrañas de la tienda de baldosas blancas, a veces las veía en la calle, a la hora del almuerzo, mientras paseaban del brazo por la plaza, moviendo las faldas al unísono con su contoneo de caderas, o cuando lanzaba una mirada furtiva a través de los barrotes de la ventana de la tienda y ellas estaban detrás del mostrador como dos diosas sanguinarias, con las mangas de la blusa subidas hasta el codo, cortando carnes rojas; por la buena de frau Hübner, mi patrona, que también guisaba para mí y les compraba el embutido y la carne, sabía de ellas todo lo que los comadreos podían revelar, aunque yo no pensaba utilizar en mi narración ninguno de los detalles personales conocidos en el barrio, a mí me interesaba mucho más el mero desarrollo de la escena, digamos, su coreografía muda y la interesante trama de relaciones que descubría.

El carro procedía del gran matadero de la Eldenaer Strasse.

El carretero no tendría más de veinte años, es decir, era apenas mayor que las muchachas y aún poseía la flexibilidad de la juventud que su duro trabajo le haría perder con los años, tenía la piel morena y lustrosa y el pelo negro y brillante, y por la camisa, siempre desabrochada, asomaba el vello rizado del pecho; en este momento, las mujeres se parecían todavía más porque las tres llevaban encima del vestido batas blancas manchadas de sangre.

Con paso elástico, él iba hacia la parte trasera del carro y, al pasar, les acariciaba las mejillas, una a una, tanto a la madre como a las hijas, que parecían esperarlo, como si ya sintieran en la cara el roce de la áspera palma de su mano, y le seguían, riendo, dándose codazos, empujoncitos y pellizcos, como para compartir lo que el hombre había dado a cada una; entonces él abría el carro, se echaba sobre los hombros un paño blanco que también tenía grandes manchas de sangre y todos empezaban a descargar el pedido.

Las mujeres llevaban las piezas pequeñas, piernas, costillares, cabezas abiertas por la mitad y, en fuentes de esmalte azul, los despojos: hígado, bazo, corazón, vientre y ríñones, mientras el hombre, disimulando el esfuerzo para impresionarlas, se echaba al hombro los medios cerdos y los cuartos de ternera y los bajaba al sótano; bien, hasta aquí todo estaba claro, pero en este punto hubieran empezado las dificultades en mi relato, porque aunque aparentemente todos ponían mucha atención y diligencia en su trabajo, no perdían ocasión de tocar, palpar y empujarse unos a otros y ellas, so pretexto de ayudarle, le ponían las manos en el pecho, el cuello, los brazos y las manos, y después se comunicaban unas a otras el placer del contacto y a veces hasta conseguían arrimársele pero, por mucha habilidad y avidez que pusieran en el juego, no parecía ser éste el objeto, ni que se dieran por satisfechas al conseguirlo, sino que daba la impresión de ser el preludio de un contacto más pleno e intenso, que había que preparar gradualmente; pero a mí me estaba vedado contemplarlo, ya que ellos desaparecían en el sótano durante unos minutos interminables, a veces, hasta media hora, mientras el carro de la carne permanecía en la calle sin vigilancia y abierto, y a él se acercaban perros despeluzados y gatos famélicos, husmeando y dando lengüetazos a las gotas de sangre y desechos y que, sorprendentemente, no se atrevían a trepar al carro; yo esperaba pacientemente, detrás de mi cortina, a la media luz de la habitación, y, si tardaban mucho en reaparecer, en mi imaginación se abría y expandía el sótano y ellos, libres de sus ropas ensangrentadas, envueltos en el manto vivo de la piel desnuda, se habían trasladado a aquella arcádica campiña sin que yo supiera cómo, es decir, ¡sí lo sabía, naturalmente!, porque imaginaba un pasadizo subterráneo que iba de la ciudad al campo donde se superponían los dos cuadros, el visto y el imaginado, ahora estaban limpios, inocentes y naturales, y aquí es donde se hubiera complicado mi relato acerca del guapo mozo y las tres mujeres.

Me enojaba que frau Hübner entrara en mi habitación sin llamar, entre otras razones, porque aquellas tardes de martes y viernes, mientras me hallaba pendiente de la escena real y de las fantasías que suscitaba, me invadía una excitación sensual tan fuerte que, para aplacarla -remedio que forzosamente acrecentaba mi voluptuosidad-, no podía resistir la tentación de tocarme por dentro del pantalón; no me movía del sitio, permanecía firme detrás del ala que formaba la cortina recogida hacia un lado; el temor a ser sorprendido aumentaba mi excitación y, con los cinco dedos de la mano, me asía el miembro que me abultaba la bata, duro y erecto, y, con el tiento del sibarita, levantaba los blandos testículos al mismo tiempo que el pene, que se endurecía por momentos con el aflujo de la sangre, como si buscara la fuente de lo que pronto brotaría, pero, al mismo tiempo, mostrando ante mí mismo cierto refinado autodominio, seguía contemplando lo que ocurría en la calle, observaba después la falta de acción y miraba a los transeúntes que nada sospechaban; yo no buscaba una satisfacción rápida, demorándola me mantenía en el linde de la acción real y de mi fértil imaginación, porque la voluptuosidad que desataran en mí los latidos convulsos y estremecidos que acompañan a la eyaculación me hubiera privado precisamente de lo que alimenta el placer que el cuerpo halla en sí mismo con la ayuda de fantasías ajenas al tiempo y el espacio, mientras que con esta demora se hacía durar el placer, y con el goce del propio cuerpo podía yo experimentar el placer de cuerpos ajenos, de manera que podríamos decir que la hora de mi vergüenza se convertía en una hora de comunión con la humanidad, una hora creativa, por lo que me hubiera contrariado sobremanera que, precisamente en un momento semejante, hubiera entrado en la habitación la excelente frau Hübner; y es que yo no sólo veía la calle, sino que estaba con ellos en el sótano, yo era el hombre y era las tres mujeres, sentía sus caricias en mi cuerpo, pero sus juegos, cada vez más atrevidos, llevaban a mi fantasía a aquel calvero, porque aquél era su lugar, el carretero era Pan, y la madre y las hijas, las ninfas, y no había en ello falsedad ni exageración, porque yo conocía bien aquel bonito prado, por lo que mi fantasía no me llevaba a un lugar extraño, sino que me hacía retroceder un poco en el tiempo a aquel escenario que pervive en mí como recuerdo de los veranos de Heiligendamm.

Mi antiguo mural me recordaba vagamente este otro calvero completamente real.

Porque, cuando bajabas por el dique, resbalando en las piedras y luego seguías por el sendero del páramo, protegiéndote la cara con el brazo para que las cañas no te lastimaran los ojos, llegabas a una bonita ensenada en la que, como he dicho ya, sorprendí al joven conde Stolberg, mi compañero de juegos, tumbado en la hierba, jugando con su pito: estaba boca arriba, con el pantalón bajado hasta las rodillas, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta, con el vaivén le había resbalado la gorra de marinero de la cabeza y había quedado colgada de una mata con las cintas azul marino en el agua; tenía las caderas levantadas, formando un pequeño puente y sólo podía separar los muslos lo que le permitía el pantalón arrebujado en las rodillas; con rápidos movimientos de los dedos, tironeaba del prepucio de su pequeño glande -en él todo era pequeño y bien formado- y a cada oscilación asomaba de su mano una especie de bichito de cabeza roja que enseguida volvía a esconderse; él tenía la cara vuelta hacia el cielo y, con el tronco arqueado, la boca abierta y los párpados apretados, daba la impresión de estar hablando con las alturas, fervorosamente concentrado en sí mismo, conteniendo la respiración; y cuando yo, escandalizado, le pedí explicaciones, él, con simpática afabilidad, me inició en las agradables prácticas con las que podíamos dar placer al cuerpo, no había por qué asustarse, no comprendía mi indignación, ¿por qué no hacía yo lo mismo? Nos miraríamos el uno al otro y quizá así resultara aún mejor; decía que, por este sendero, al cabo de diez minutos largos de una marcha asfixiante por la bochornosa armósfera del páramo se llegaba al calvero en cuestión, el paisaje se abría repentinamente y a lo lejos se divisaba el bosque que allí llamaban «la Selva» donde, de haber conseguido escribir mi relato, hubiera situado a mis cuatro personajes, utilizando un lenguaje claro y conciso.

Con aquel muchacho, hacia el que, desde que nos unía nuestro secreto me sentía atraído con más fuerza, pero al que, al mismo tiempo, comprensiblemente, también temía, y hasta odiaba, recorríamos a menudo aquel camino, lo cual para mí era como un pequeño coqueteo con la muerte, porque no conseguía olvidar lo que Hilde me había cuchicheado una vez, como si supiera de qué hablaba y supiera también que sus palabras pulsaban en mí una fibra muy sensible: «el que se aparta del sendero y se adentra en terreno pantanoso ¡es hijo de la muerte!».

A pesar de todo, hacia allí nos íbamos, pero necesitábamos un motivo que explicara nuestra desaparición en el cañaveral, y la circunstancia de que en el calvero estuviera el jardín de los caracoles del doctor Kohler nos proporcionaba un excelente pretexto y era la tapadera de nuestra diversión favorita, porque decíamos que queríamos visitarlo, observar a los animalitos, hablar con los empleados y hasta con el mismo sabio sobre los hábitos de los caracoles, que así se convirtieron en aliados nuestros, y seguramente de la ciénaga de aquellas primeras mentiras salieron aquellos fantasmas de los que, atemorizado, había hablado a mi padre.

Pero para escribir mi relato tendría que destapar mi vida, desgarrando el velo con que me ocultaba la verdad a mí mismo.

Sin embargo, como esos minutos y esas horas me dejaban insatisfecho, la sensualidad de mi cuerpo se convirtió en mi peor enemigo, en nada ayudaba el tiempo, eran tantos, tan diversos e irreconciliables los deseos que en mi cuerpo vivían su propia vida que yo no podía comprenderlos ni controlarlos, es decir, dominarlos, dominarlos on la razón; no encontraba un equilibrio entre razón y sensualidad ue hubiera hallado expresión en un lenguaje diáfano y certero, no, eso no lo había conseguido, por eso a cada minuto y cada hora, como dulce y fiel compañero, iba conmigo el pensamiento de poner fin a mi vida, lo cual, por otra parte, no era más que coquetería porque mis aficiones, sueños e ilusiones, la ambición del éxito literario y el goce de los pequeños placeres secretos me deparaban tanta satisfacción que hubiera sido una estupidez privarme de ella por decisión propia; me decía que también en el sufrimiento hay voluptuosidad, pero en esto tensaba excesivamente las cuerdas, iba demasiado lejos y por ello continuamente tenía que imaginar mi muerte, que me liberaría de esta tensión, yo quería gozar de la liberación, incluso reconozco que me había habituado de tal modo a gozar del sufrimiento que era incapaz de reconocer cuándo era feliz de verdad y cuando, la víspera de mi partida, tendido en la alfombra, en brazos de mi prometida, volví a abrir los ojos por primera vez y mi mirada fue al maletín negro en el que había guardado cuidadosamente el material recopilado para mi proyectado trabajo, incluso entonces, cuando en su cuerpo maravilloso fluían los jugos de nuestra pasión, el primer pensamiento coherente que me vino a la cabeza fue que aquí, en ese instante, debía yo reventar, acabar, sucumbir, dejar de existir, ser borrado de la faz de la tierra, así no quedarían de mí más que unos cuantos relatos amanerados, trabajitos que habían visto la luz en varias revistas literarias y que muy pronto caerían en olvido, lo mismo que el maletín de charol negro que contenía los verdaderos secretos de mi vida en un borrador tosco, una redacción que otros ojos no podrían descifrar.

Alguien revuelve en mis papeles con manos no autorizadas, este Alguien, este agente secreto que podría aparecer después de mi muerte para presentar una demanda contra mí, a causa de los escritos hallados en mi legado, se me ha aparecido en sueños más de una vez, no tiene cara, tampoco puedo deducir con exactitud su edad, pero la mmaculada pechera de su camisa, el cuello duro, la corbata de pintas, el alfiler de brillantes que la adorna y, sobre todo, su levita, que empieza a tener brillo, me resultan reveladores; con dedos largos y huesudos, ducho en la práctica del registro, revuelve en los papeles, de vez en cuando, se acerca uno a los ojos, de lo que deduzco que es coito de vista, aunque no puedo ver si usa gafas, lee una frase y, con gran satisfacción, descubre en ella un sentido distinto del que yo pretendía darle, así pues, he conseguido engañarle también a él, no en vano he redactado mis notas de manera que mis ideas fugaces y mis digresiones quedaran dentro del marco del más riguroso decoro burgués, entre otras razones, porque la buena de frau Hübner aprovecha mi ausencia para curiosear en mis papeles: de modo que yo me había convertido en un intruso clandestino en mi propia vida, me veía a mí mismo como un malhechor, un pobre engendro, a pesar de que me hubiera gustado aparecer a los ojos del mundo como un perfecto caballero, por lo tanto, el de la usada levita, la pechera almidonada y el alfiler de corbata, esta figura burguesa, intachable y hueca, era yo: mientras yo, secretamente, orgulloso de mi astucia, confiaba en que, recopilando mis vivencias en clave con la debida precaución, siempre podría acceder a ellas, ya que tenía mi propia llave, pero, como correspondía a la índole del asunto, era tan complicado el mecanismo que, cuando por fin me decidí a abrirla, mi mano, temblorosa de miedo, no encontró el ojo de la cerradura.

Así pues, tuve que seguir siendo siempre un misterio, un secreto hasta para mí mismo, algo que no lamento de modo especial, ya que, ¿por qué tendría que ocuparse el mundo de algo que no existe y que, por lo tanto, no podía considerarse ni siquiera como un secreto públicamente reconocido? Por lo tanto, debía seguir siendo un misterio y un secreto por qué me había yo llevado a Heiligendamm los dos libritos, los trabajos científicos del doctor Kohler sobre la Helix pomatia o caracol de viña y qué relación podía existir entre estos caracoles, aquella intrascendente escena callejera y el magnífico mural.

Porque, en mi opinión, estos caracoles que Kohler describía en sus libros con frases escuetas y objetivas y que los huéspedes del sanatorio consumían a docenas en el desayuno -triturados con la cascara, crudos, aliñados con especias y unas gotas de limón-, eran parte tan esencial de la cura como la gimnasia respiratoria de la tarde; el doctor clasifica meticulosamente los caracoles en especies y subespecies, según su aspecto, constitución, habitat y propiedades, y afirma que son animalitos solitarios y en extremo nerviosos, a los que, según ha podido comprobarse, asusta incluso el contacto con un congénere, por lo que pueden tardar horas, días, semanas y hasta meses en descubrir, tanteando primero con sus finos tentáculos y, después, cuando ya han tomado confianza, con la boca y el ondulado pie, que han nacido el uno para el otro, y, una vez hecho el descubrimiento, desisten de seguir caminando en busca de otra pareja, porque, fundamentalmente, todo caracol puede emparejarse con cualquier caracol, son las criaturas más extraordinarias de la naturaleza, las únicas que conservan y viven la primitiva bisexualidad de las especies, por su carácter andrógino, encarnan algo que nosotros sólo vagamente podemos recordar; quizá su extraordinaria sensibilidad y timidez se deban a que, al ser cada individuo completo en sí mismo, la unión es infinitamente más difícil que si de hallar la simple complementariedad se tratara, y cuando al fin copulan, dan y reciben al mismo tiempo, en igualdad y reciprocidad; a medida que Kohler avanza en su minuciosa descripción del proceso, su estilo se hace más apasionado, y dice que los caracoles se unen con tanta fuerza -lo cual no es de extrañar, ya que la suya es la fuerza de los antiguos dioses- que, según ha podido comprobarse con experimentos, para separarlos es preciso desgarrar sus cuerpos; por otra parte, en mi relato tampoco hubieran aparecido los caracoles más que los personajes del mural; el estudio de sus costumbres formaba parte del trabajo de documentación, ese material que enriquece la obra sin ser mencionado explícitamente, porque en toda obra de arte que se precie hay mucha información soterrada, aunque quizá sí los hubiera incluido, al fin y al cabo, en alguna escena de importancia secundaria, a modo de símbolo, arrastrándose por un helecho en el linde del bosque o por la olorosa hojarasca putrefacta, quizá, una pareja que se estudiara con los ojos de sus cuernecillos.

Sí, cada paso que yo había dado en mi vida -ya fuera en busca de una muerte vulgar, ya fuera en busca de la felicidad de la vulgaridad- conducía a este bosque.

No era un bosque espeso, pero cuando te tropezabas con un sendero entre los árboles y lo seguías al azar, no tardabas en darte cuenta de que tenía razón el vulgo al llamarlo selva, aquí nadie venía a marcar los árboles con tiza, talarlos y llevárselos en un carro, ni a recoger leña o buscar fresas silvestres, frambuesas, moras o setas, como si aquí, desde tiempo inmemorial, no hubiera ocurrido nada que no pudiéramos describir más que como historia natural de flora y fauna, que no es poco, desde luego; los árboles germinan, crecen, vegetan y, al cabo de los lentos siglos, mueren y, en la medida en que los rayos del sol consiguen atravesar sus frondosas copas, germina, crece y decae el sotobosque, arbustos, helechos, matorrales, hiedra, ortigas y maleza, flores de colores vivos o de enfermiza transparencia, según la estación, y, cuando las hojas de los árboles les tapan la luz definitivamente, van muriendo poco a poco para dar paso a los liqúenes, musgos y hongos que prefieren la fría penumbra y, al favorecer la descomposición, mantienen la vida en el esponjoso suelo; había silencio en el bosque, también el silencio era viejo e impenetrable, ni el viento llegaba a turbarlo, y el aire estaba cargado de unos olores tan densos que a los pocos minutos sentías un mareo gratamente embriagador; aquí hacía siempre más calor que fuera, en el mundo despejado, era un calor húmedo que te dejaba la piel viscosa como el cuerpo de un caracol; no había caminos propiamente dichos, los senderos no habían sido abiertos por el pie del hombre aplastando la vida, era la vida misma del bosque la que, con caprichosa e imprevisible benevolencia, había abierto pasos interrumpiendo los procesos que se desabollaban en la superficie del suelo, pausas a las que sólo nuestro pertinaz racionalismo se atreve a dar nombre, habituado como está a sacar sus conclusiones sin reparar en otros hechos, quizá esencialmente más importantes, y utilizar el descanso de la naturaleza con atolondramiento.

Barrancos por los que ruedan y entrechocan las piedras, hondonadas sembradas de compactos terrones traídos por los torrentes, alfombras de musgo o de hojarasca tan gruesas que ahogan hasta a los hongos; se puede caminar pero no sin obstáculos, ya que cortan el paso unas matas que han crecido gracias al calor de un rayo de sol, o el grueso tronco de un árbol caído o una roca de lava afilada, lisa y negra, de las que, según cuenta la leyenda, fueron arrojadas por los gigantes de los mares septentrionales a las costas bajas donde, después de las batallas, surgieron los bosques silenciosos.

Penumbra verde.

De tarde en tarde oyes algo que araña, martillea, crepita. No sabes de qué manera transcurre y se desvanece el tiempo, pero, mientras oigas crujir las ramas a tu paso y te parezca que cada crujido turba tu sosiego, aún no estás aquí del todo.

Mientras desees llegar a un lugar que te parezca tuyo, aunque no sepas cómo ha de ser ese lugar, mientras no estés dispuesto a seguir la senda que se abre casualmente ante ti, aún no estás aquí del todo.

Detrás de la permeable cortina del bosque parece que tiembla el tronco de un árbol, como si se hubiera movido alguien que se escondía detrás, lo mismo que tú, que apareces y desapareces entre la espesura.

Mientras eso te guste.

Todos pueden verte o, más exactamente, cualquiera puede verte y sin embargo siempre estás a cubierto.

No he sabido describir el bosque, pero me hubiera gustado hablar de las sensaciones que despertaba en mí.

Mientras trates de recordar los recodos, encrucijadas y obstáculos de los senderos que dejas atrás, para volver al punto de partida, y el miedo a perderte haga que mires las plantas como si fueran rostros humanos o indicadores, atribuyéndoles carácter, propiedades e historia propias, para que ellas, en compensación, te guíen a tu regreso, aún no estás aquí del todo.

Aunque ya sepas que no estás solo con ellas, tampoco estás aquí del todo.

Me hubiera gustado hablar de las criaturas del bosque como Köhler hablaba de sus caracoles, y para ello me hubiera servido de su estilo.

Cuando ya has dejado de tener sensaciones, más exactamente, cuando te das cuenta de que ha pasado el tiempo, pero no te interesa saber si es poco o mucho.

Cuando estás de pie y no sabes que estás de pie, y ves algo y no sabes qué has visto y cuando, sin saber por qué, abres los brazos como si también fueras árbol.

Este relato no podía escribirse.

Cuando te parece que, probablemente, el árbol no siente.

Y has oído crujidos, esos sonidos incesantes, pero no te has dado cuenta de que los oías.

Mientras sepas que estás en el bosque pero ya no recuerdes cómo has entrado en él porque has extraviado las señales.

Mientras tiendas el oído, mientras recuerdes los indicadores perdidos, no estarás aquí del todo, porque crees ser observado.

Y cuando, fugazmente, entre el verde de dos árboles, pasa el azul y desaparece.

Vas tras él sin saber que lo sigues, y no lo encuentras.

Mientras veas diferencias entre árboles y colores, mientras caviles acerca del significado de los nombres, seguirás sin estar aquí del todo.

Mientras sigas creyendo que fantaseas cuando esa criatura huidiza se te aparece fugazmente como un destello de azul entre el verde y tú la persigues, inquieto, sin ver el camino, ni las ramas que te rozan la cara, ni oír rechinar tus pasos, ni darte cuenta de que te has caído, y te levantes y sigas corriendo tras ella, con la piel abrasada por las ortigas y arañada por las espinas, porque quieres alcanzar lo que huye delante de ti, que se escabulle y reaparece, y tú, a pesar de todo, crees que es un señuelo que no deberías seguir.

Mientras quieras imponerte, mientras sigas pensando en ello, siempre se te escaparán esas criaturas, que olfatean desde lejos tu olor agrio.

Ahora se ha parado en una hondonada y, si te estás quieto, puedes ver sus ojos entre las hojas que se agitan blandamente sin un susurro, unos ojos que brillan en los tuyos, y ya no es la misma criatura sino otra, alguien, una presencia, y dejas pasar el tiempo en este intercambio de miradas y cuando ves que ella está desnuda descubres que también tú estás desnudo.

Pero, mientras desees acercarte a su desnudez y apartes las ramas para verla mejor, mientras desees que su desnudez roce por fin la tuya y se convierta en tu desnudez y por eso quieras seguir avanzando a pesar de tenerla delante, todavía no estarás aquí del todo.

Y, mientras sigas buscando a esas criaturas a las que hasta ahora has ahuyentado y dispersado con tu torpeza y tu olor agrio, mientras esperes poder volver a encontrarlas y te reproches no haber sido más hábil y precavido, no estarás aquí del todo y nadie podrá acercarse a ti.

Pero el azar vendrá en tu ayuda porque, por haber venido, también formas parte de esto, un poco.

Das media vuelta y lo que hasta ahora tenías a la espalda está ahora delante de ti; en el suave margen de un arroyo ves a la criatura, tendida boca abajo sobre el musgo, dejas que tu mirada resbale por su espalda, ascienda por la curva de sus nalgas y baje por sus piernas, tiene la cabeza apoyada en el brazo, mira en dirección a ti, te observa, y ello te produce tanta alegría que no sólo los labios se te abren en una sonrisa, sino que hasta los dedos de los pies empiezan a sonreír, y las rodillas, y ya no te mueves, has encontrado tu lugar, tu risa es tu lugar en la tierra y entonces descubrirás que sus ojos no miran tus ojos, sino que hay un tercero en el cuadro, en aquella pequeña hondonada, el que creías desaparecido para siempre, y que están mirándose ellos dos, y piensas que de ellos podrías aprender.

Ellos te observan como los observas tú.

Pero aún no eres tú, aún son tus pensamientos, mientras trates de aprender no estarás aquí del todo.

Con tu acecho los asustas, con un sobresalto desaparecen en la espesura.

Así también te escondes tú del que te observa.

Y entonces, durante mucho tiempo, no encuentras a nadie.

Mientras desees algo para ti, estará mudo el bosque.

Pero ya es otro silencio, es un silencio que se te ha metido por los poros de la piel, la risa tienes que sentirla en los huesos.

Y por fin, entonces cambias de olor.

Creció la hierba en la huella del fuego

Hasta el más leve movimiento hubiera podido poner fin a esa calma, por eso me resistía a abrir los ojos, quería retener algo que entonces se había hecho definitivo entre nosotros, en nuestro calor compartido, y no quería que ella descubriera en mi mirada cuánto temía yo lo que ahora venía, pero no importaba, ¡aceptaba el miedo de buen grado! Yo sentía en mi cuerpo todo lo que su cuerpo podía darme: su piel húmeda, que había dejado al descubierto la falda levantada de su vestido de seda, en la piel húmeda de mi muslo, el olor cálido y acre de su axila que se mezclaba con el olor de mi aliento, el duro contorno de su cadera que quizá era el duro contorno de la mía, la presión del hueso bajo el peso blando de su brazo, que ella retiró muy despacio, mi hombro y mi espalda, que seguían sintiendo aquel peso en la carne y los huesos, y cuando ella levantó un poco la cabeza, para ver mejor la señal del mordisco, me alegré de que también se pueda ver con los párpados entornados, sin que te delaten los propios ojos; ella sólo vería el temblor de los párpados, la leve agitación de las pestañas, sin adivinar el miedo que yo tenía, a pesar de que nada habíamos hecho aún, pero yo podía observar claramente cómo me miraba el cuello, y engañarla; contempló largamente la señal y la rozó con la yema del dedo, sus labios se abrieron y besaron el punto que aún dolía un poco.

Como si la boca de Sidonia me hubiera besado el cuello.

Así nos quedamos mucho rato, callados y quietos, su cara en mi cara y mi cara en su hombro, por lo menos así lo recuerdo.

Quizá, incluso con los ojos cerrados.

Pero, aunque tuviera los ojos abiertos, no podía ver nada más que el dibujo de la colcha y los rizos de su pelo que me hacían cosquillas en los labios.

Y, aunque ella tenía los ojos abiertos, no podía ver nada más que las sombras verdes de la tarde que se deslizaban en silencio por el techo de la habitación.

Es posible que me durmiera y quizá ella también.

Entonces, con una voz tan baja que mi oído apenas adivinó las palabras en su aliento, pareció decirme que ya debíamos empezar.

Debíamos empezar, dije también yo, o, por lo menos, creí haberlo dicho, pero ninguno de los dos se movió.

Aunque ni el menor obstáculo nos lo impedía; quién había de imaginar que el mayor obstáculo éramos nosotros.

Porque, a esa hora de la tarde, Sidonia siempre desaparecía, se iba a casa de alguna vecina, tenía alguna cita o, sencillamente, se tomaba un descanso, y mientras no delatara a los padres de Maja las aventuras de la tarde de su hija, podía estar segura de que sus pequeñas escapadas no saldrían a la luz; no era sólo que se protegieran mutuamente, sino que se hacían confidencias, explicándose las aventuras de las horas robadas como dos amigas entre las que no hubiera una diferencia de edad de siete años; una vez las sorprendí sin querer y estuve escuchando lo que decían, sin atreverme casi ni a respirar, encantado por aquel golpe de suerte; Sidonia, con el pelo suelto, se columpiaba en la hamaca mientras hablaba, y Maja, sentada en la hierba, la escuchaba absorta y sólo de tarde en tarde daba un distraído empujón a la hamaca.

Aquello por lo que hubiéramos tenido que empezar, por lo que queríamos empezar, aquella búsqueda que iniciaríamos ahora, temblando por lo inevitable de la tarea, era un secreto oscuro y abrumador; estoy seguro de que ella nunca ha hablado de él, como tampoco yo lo he revelado a nadie, mi primer confidente es este papel blanco, ni siquiera entre nosotros hablábamos de ello, si acaso, indirectamente, con veladas alusiones e insinuaciones, como si observáramos un pacto de silencio, e incluso, en cierto modo, nos aterrorizábamos mutuamente con aquel terrible secreto que compartíamos, que a nadie podíamos revelar y que nos unía más estrechamente que cualquier relación amorosa.

Qué era esa mancha que tenía yo en el cuello, preguntó con un suspiro de voz.

Esa mancha roja.

En aquel momento no sabía de qué me hablaba y pensé que sólo trataba de perder tiempo, aunque también yo agradecía la demora.

¿Qué era?, sólo un mordisco, no tuve que decirle de quién, ya lo sabía, pero me halagaba que el mordisco se notara y que se hubiera fijado en él.

Con un pesado balanceo, la hamaca salía de la sombra de los manzanos a la luz.

Tampoco he olvidado aquella tarde.

Y nos quedamos quietos, como si se hubiera dormido con la boca pegada a mi cuello.

El peso de la hamaca agitaba los troncos de los manzanos; cada vez que el vaivén la llevaba al sol, Sidonia alzaba la voz, las hojas susurraban, las ramas crujían, la hamaca volvía a la sombra y ella bajaba la voz, lo que imprimía en sus palabras, injustificadamente enfáticas unas y apenas audibles otras, un curioso balanceo, como si también su tono se columpiara, mientras las manzanas, verdes todavía, temblaban en las ramas; yo estaba detrás de un boj recortado en forma de bola, respirando el aroma ácido y penetrante de sus hojitas oscuras y relucientes, Sidonia hablaba de un cobrador de tranvía, y aquella involuntaria oscilación de su voz parecía influir en Maja, que empujaba la hamaca con más o menos fuerza, impulsándola con furia o apenas apoyando la mano, con lo que, a su vez, aceleraba o frenaba el ritmo de la narración, siempre, imprevisiblemente; el cobrador era bajo, tenía los ojos castaños, saltones y con venitas rojas y la frente llena de granos «¡del tamaño de mi dedo pulgar! -dijo Sidonia-, ¡así de gordos y colorados!», y Maja lanzó una risita chillona y dio un fuerte empujón; lo más curioso de las narraciones de Sidonia era que hablaba con la total indiferencia y la sonrisa de la persona para la que los detalles son importantes, sí, pero no ve en ellos ni un solo punto relevante, para ella lo que contaba eran los detalles propiamente dichos; iba en el tranvía veintitrés, en el remolque, donde a ella le gustaba viajar porque «da unas sacudidas de miedo», estaba casi vacío y ella, naturalmente, se había sentado en el lado de la sombra, llevaba su blusa blanca con el cuello redondo y la trencilla azul, la que a Maja le gustaba, porque realza el talle, y la falda blanca plisada, que en su casa sólo le dejaban ponerse en Pascua, porque es muy delicada, enseguida se ensucia y por eso cuando se sienta pone un pañuelo debajo, y es que cuesta mucho planchar los pliegues, hacía mucho calor en el tranvía, y aquel cobrador parecía gitano, porque muchos gitanos tienen ojos saltones, había bajado todas, lo que se dice todas las ventanillas con una manivela, iba despacio, porque a cada momento la manivela se salía, y al final se sentó delante de ella, a bastante distancia, desde luego, en el lado del sol y había guardado la manivela en la bolsa de bandolera y se había quedado mirándola, pero ella había hecho como si no se diera cuenta y había cerrado los ojos, porque el viento le daba en la cara, pero a ella lo que más le gustaba era cuando el tranvía tomaba las curvas deprisa, a veces hasta le daba miedo; un día, yendo con la hermana de su madrina en el dieciocho, creyó que no lo contaba, y en el tranvía iba un hombre que no hacía más que mirarla, pero a veces se olvidaba de todo, mirando por la ventanilla, o cerrando los ojos y pensando en otra cosa, pero no se apeaba sino que seguía adelante, porque el cobrador no hacía más que acercarse, ella, desde luego, le había mirado la mano, y no llevaba anillo de casado, y, aunque no le gustaba, sólo el pelo, muy negro, y el vello de los brazos, por lo demás, tenía cara de sucio, ella sentía curiosidad de ver si ocurría algo, si se atrevía a hablarle, porque aquel otro hombre no se cansaba de mirarla.

Su espeso cabello castaño oscuro iba secándose al calor de la tarde, cuando me aposté detrás del boj, todavía lo tenía mojado y pegado a los hombros y la espalda -llevaba una camisola de lino blanco y enagua con puntillas, la camisola se abrochaba delante, con ganchitos, le aplastaba los robustos senos y dejaba al descubierto la espalda, los redondos hombros y los gruesos brazos -y mientras la hamaca, con su ritmo desigual, oscilaba entre sol y sombra, poco a poco se iban despegando los cabellos, empezando por los lados, y volaban con el vaivén.

Hasta que, por fin, llegaron a la parada de fin de trayecto, siguió contando, aunque ella no sabía que era el final, a pesar de que el cobrador, que llevaba mucho rato sentado delante de ella, se había levantado, y también el otro hombre se había levantado, para apearse pero seguía mirando, ¿qué pasaría?, no tenía mal aspecto, iba bien trajeado, con camisa blanca y sombrero negro, y llevaba un paquetito, seguramente de comida, porque estaba un poco manchado de grasa, pero tenía cara de hambre, aunque no de borracho, y entonces el cobrador le dijo a ella que aquello era el final y que era una lástima que tuvieran que separarse, pero ella le miró riendo, ¿quién decía que tuvieran que separarse?, ella podía volver en el mismo tranvía.

Aquí las dos soltaron una carcajada breve, seca y vibrante, fue como un choque de dos risas que, sobresaltadas, cesaron bruscamente; Maja dejó de empujar la hamaca, se arrebujó la falda entre los muslos con movimiento rápido y, sentada como estaba, tensó el cuerpo y lo inclinó hacia adelante; la hamaca siguió moviéndose, ahora más despacio, columpiando sola el cuerpo de Sidonia en el silencio, y entonces me pareció haber descubierto su más íntimo secreto, porque, a pesar de que las conocía, me daba la impresión de que las veía ahora por primera vez; era como si Maja atrajera y alejara a Sidonia con la mirada, imprimiéndole el balanceo sin tocarla y Sidonia, a su vez, con la ligera oscilación de su mirada, quisiera mantener a Maja en aquella inmovilidad hechizada, pero no se asían sólo con la mirada, también sus rostros se habían inmovilizado en aquella risa fugaz, áspera y burlona, con los labios abiertos y mudos, los ojos redondos y las cejas arqueadas, porque, con todas sus diferencias, su secreto las hermanaba y asemejaba.

Y cuando la hamaca casi se había parado ya y sólo oscilaba un poco, Maja la empujó con las dos manos, con una violencia en la que había saña y hasta perversidad, pero no contra Sidonia, al contrario, parecía querer expresar su solidaridad con ella que, lanzada otra vez hacia la luz, siguió hablando con su voz cargada de picardía, ahora en tono más alto.

Que durante el trayecto de vuelta el cobrador había estado hablando sin parar, pero ella no había pronunciado ni una sílaba, sólo escuchaba y le miraba a los ojos redondos, y se había levantado varias veces para cambiar de sitio, y el cobrador siempre la seguía, pero lo hacía sin darse cuenta, se iba tras ella hablando sin parar, porque durante mucho rato no había subido nadie, y le había contado que también él era del campo, que vivía en una barraca, que le gustaría saber cómo se llamaba -ella no se lo había dicho, desde luego-, que se había enamorado de ella nada más verla, que siempre había buscado a una muchacha como ella y que no tuviera miedo de él, y que iba a serle sincero, hacía una semana que había salido en libertad, había pasado año y medio en la cárcel y durante todo aquel tiempo no había estado con ninguna mujer, pero podía creerle, él era inocente, era hijo único y su madre tenía un amigo, un borracho y un holgazán, con el que ya había roto, pero con aquel tipo había tenido una niña, y él quería a su hermanastra más que a su propia vida, su madre estaba muy enferma, la pobre sufría del corazón, y a su hermana la había criado él, era una niña rubia y dulce, pero aquel sujeto, cuando se le acababa el dinero o no tenía donde dormir, se presentaba en casa, aporreaba la puerta y más de una vez les había roto el cristal de la ventana, pero, si le dejaban entrar, pegaba a la madre y la llamaba golfa y, si él trataba de defenderla, también le pegaba, porque el muy cafre era un gigante, y una noche, cuando ya habían bañado y acostado a la pequeña y él estaba fregando los cacharros, el tipo se había presentado y las cosas habían empezado como siempre, ellos que no querían abrir y él que gritaba, y los vecinos que protestaban que aquello era intolerable, hasta que su madre había abierto la puerta, y cuando entra él la madre retrocede hacia la mesa, se apoya en ella, su mano tropieza con un cuchillo que había quedado allí encima -no era muy grande pero estaba afilado, porque él siempre afilaba los cuchillos en casa-, lo agarra y se lo clava al canalla, y él, para que su hermana no se quedara sin madre, cargó con la culpa, pero durante el juicio se descubrió que no había sido él, porque la puerta estaba abierta y los vecinos habían visto lo ocurrido, y por eso lo condenaron sólo a un año y medio por encubrimiento y falso testimonio, y le suplicaba que no se fuera sin darle su dirección o quedar para salir, porque no podría olvidarla y siempre pensaría en su hermosa cara.

Maja se levantó -de pie podía hacer más fuerza-, dio dos pasos atrás, separó las piernas y empujó la hamaca violentamente, como si quisiera hacer dar la vuelta a Sidonia, lo que era imposible, desde luego, los manzanos crujieron y gimieron, las hojas temblaron, la hamaca se elevó hacia el sol y bajó impetuosamente, arrastrada por el peso de Sidonia que, con el aliento entrecortado por el vértigo, gritó «otra vez».

Si tanto deseaba verla, que el sábado por la tarde, con ese mismo tranvía fuera hasta la plaza Boráros y allí tomara el seis; él tenía servicio el sábado, ¡pues que cambiara el turno!, con el seis debía ir hasta la plaza Moskwa, tomar un cincuenta y seis hasta el cremallera y subir hasta la vía Adonis, allí, al final de la tapia de la primera casa, encontraría un camino que va al bosque, no podía perderse, no tenía más que buscar los tres pinos, cruzar el bosque hasta llegar a un gran claro y esperarla allí.

Sólo que se había citado con Pisti a la misma hora, chilló con énfasis.

Al tal Pisti también yo lo conocía.

Que a ver qué hacían entonces aquellos dos.

Maja estaba tensa de excitación, se adivinaba que no resistiría mucho más, que buscaría un pretexto para escapar de la historia de Sidonia, le dio otro empujón y enseguida se tapó la cara con las manos como si tuviera que reír con la misma vehemencia con que había gritado Sidonia, pero no profirió sonido alguno, estaba simulando, simulaba aquella risa ante sí misma y ante Sidonia, la hamaca seguía oscilando por inercia, pero ahora, puesto que había empezado, tenía que seguir fingiendo y, oprimiéndose el vientre con las manos, se retorcía con una risa muda y convulsa, se dejó caer al suelo y miró fijamente a Sidonia como si, de la risa, fuera a orinarse en las bragas.

Tenía la piel de la cara y el cuello pálida y moteada, y el cuerpo casi hundido en la hierba espigada, yo sabía que estaba muerta de vergüenza, pero en ella podía más la curiosidad, y miraba a Sidonia con la boca abierta y los ojos brillantes como si, al tiempo que le suplicaba que tuviera compasión, la instara a seguir hablando.

Sidonia, sin esperar a que se parara la hamaca, se incorporó y, agarrándose a las cuerdas con las dos manos, empezó a columpiarse dándose impulso con sus pies descalzos, hasta que, del esfuerzo, se le tiñó de rojo la frente, fruncida con expresión boba, pero ahora mantenía la voz baja y enseñaba los dientes en una sonrisa constante que parecía mortificar a Maja.

Cuando llegó, Pisti ya estaba esperándola, pero ella se escondió allí donde el camino baja en pendiente pronunciada, en aquella roca plana rodeada de arbustos donde siempre hay algún condón; Maja conocía el sitio, desde allí podías verlo todo sin que te vieran desde abajo; se puso en cuclillas en la piedra plana, no se sentó para poder salir corriendo si ocurría algo; Pisti no iba de uniforme, llevaba camisa blanca y traje azul marino -si hasta ahora no había dicho nada de aquello a Maja era por miedo a que tuviera malas consecuencias-, así que Pisti estaba tendido en la hierba, fumando, cori la chaqueta al lado, doblada, porque era muy aseado, pensaban ir al baile, pero pasaba el tiempo y no ocurría nada, aunque Pisti no parecía impaciente, y no se oía nada, de modo que él no podía imaginar que ella se acercara, pero el sol calentaba y había una mosca pesada, porque se la espantaba una vez y otra, y ella, escondida en la roca, se aguantaba la risa, pero no podía reír, y ya no creía que el cobrador se presentara, porque ya hacía rato que había oído llegar y marcharse el cremallera, pero llegó al cabo de una hora, con el cremallera siguiente, Pisti fumaba sin parar y espantaba las moscas, y ella al final tuvo que sentarse en la roca.

Pisti siempre hace como si no la oyera acercarse, siempre, y ella va despacito y le da un beso, pero Pisti sigue con la cara apoyada en la palma de la mano, no se mueve ni tira el cigarrillo, tiene los ojos abiertos, pero finge que no la ve, y ella le besa y besa en la boca, los ojos, las mejillas y el cuello hasta que él no puede más y también Ia besa y la abraza, y entonces ella trata de escapar y no puede, porque él no la suelta, y es muy fuerte; el cobrador se quedó parado, iba de uniforme, con la cartera al hombro, quizá había dejado el tranvía por ella, miró alrededor parpadeando, para cerciorarse de que no se había equivocado de sitio y despacio, para que Pisti no oyera sus pasos, se situó detrás de los árboles, donde ella no podía verle, pero entonces Pisti se sentó.

Ella podía ver que Pisti no veía al otro, pero el cobrador sí lo veía a él, y se notaba que Pisti sabía que alguien lo miraba.

Porque hizo como si estuviera allí casualmente, se levantó, recogió la chaqueta del suelo y empezó a andar y, cuando llegó a los árboles, se volvió bruscamente y miró hacia el lugar en el que debía de estar el cobrador.

Y entonces, mientras ella estaba allí arriba, agachada al sol, notó que le venía la regla, y no iba preparada.

Estás loca, como una cabra, dijo Maja.

Entonces el cobrador, lentamente, empezó a salir, pero no del todo, se quedó un rato debajo de los árboles, tendió el oído, se hurgó en los bolsillos y se enjugó la frente llena de granos, se veía que estaba nervioso, ¿se habría equivocado de sitio? Entonces empezó a andar, sin darse cuenta de que Pisti le observaba, y ella, mientras tanto, tenía unos dolores tan fuertes que creía que iba a estallarle el vientre, y cuando se tocó por debajo de la falda notó la sangre, sangraba mucho y, agachada como estaba, las gotas le resbalaban por el trasero, no sabía qué hacer, no podía levantarse, y, cuando el cobrador llegaba al centro del claro, Pisti salió a su encuentro, cerrándole el paso, menos mal que ella llevaba un pañuelo, lo dobló, retorció un extremo y se lo metió por ahí, pero no tenía con qué limpiarse la sangre, ni podía moverse bien, y Pisti debió de darse cuenta de que aquello lo había montado ella, nunca le habló de ello, pero ella lo sabía, y entonces fue hacia el cobrador, como si ni lo viera -cuando hacía calor, Pisti siempre llevaba la chaqueta colgada del hombro, con la tira del cuello enganchada en el dedo-, en fin, el cobrador no podía dar media vuelta, aunque no por falta de ganas, y se paró, y Pisti también, pero ella sólo vio que le sacudía en la cara con la chaqueta, y cuando el cobrador levantó las manos y se agachó para protegerse, Pisti le dio en la nuca con la palma de la mano que sostenía la chaqueta, y el cobrador cayó al suelo, la cartera se volcó y las monedas se esparcieron por la hierba.

Sidonia estiraba y encogía sus bonitas piernas, pero estaba muy hundida como para darse impulso y la hamaca oscilaba poco.

Pisti se fue sin dignarse siquiera volver la cabeza, ella, desde luego, tampoco le dijo que lo había visto todo, pero estaba segura de que, si aquel cobrador volvía a verla, la pegaría.

Maja irguió el tronco; su cara y la extraña dignidad de su postura reflejaban algo de la calma y la infinita satisfacción de Sidonia, se miraron largamente a los ojos, calladas y un poco ensimismadas, y a mí aquel silencio me pareció más elocuente que la historia en sí, una y otra vez parecía que Sidonia, al extender los pies, rozaría la cara de Maja, que ni pestañeaba, como si en aquel silencio se hubiera producido un hecho más importante que el relatado, un hecho en el que un momento antes yo había intuido ya un secreto, su secreto, y que no era sino que Sidonia no había podido menos que contarlo y Maja no había podido menos que escuchar.

Allá abajo, al pie de la suave colina, a la luz caliginosa del verano fulguraba tenuemente la ciudad.

Y entonces Maja habló con una voz extraña, desconocida.

En la tarde plácida resplandecían a lo lejos las blancas casas de Buda, se arremolinaban los tejados, se diluían en la bruma las cúpulas y las torres.

Qué pañuelo, guapita, preguntó.

Y, al otro lado de la cinta gris del río soñoliento, se extendía hasta perderse de vista, exhalando humo y polvo, la aglomeración de Pest.

Era una voz aguda, punzante, áspera, distinta.

Un pañuelo, respondió Sidonia con voz átona e indiferente y, al extender el pie, rozó la cara de Maja con la punta de los dedos.

Te he preguntado qué pañuelo, mona.

Un condenado pañuelo, respondió Sidonia al siguiente balanceo de la hamaca, dándole con el pie en la cara.

Ahí te metiste mi pañuelo de batista, exclamó Maja con una voz aún más estridente, pero se notaba que le gustaba sentir en la cara el roce cálido de la planta del pie de Sidonia, y apaciguada, casi gozosa, cerró los ojos un momento, mi pañuelito de encaje, no lo niegues.

Lo curioso es que ahora se borró la sonrisa de Sidonia, y tampoco Maja sonreía, se comprendían y hasta se parecían, quizá porque las dos tenían el mismo gesto de dignidad, y, sin embargo, estaba claro que la cosa no iba en serio.

Maja estaba sentada sobre sus talones, con los muslos abiertos, la espalda erguida y la frente alta, y acompasadamente, aunque no con fuerza, golpeaba las plantas de los pies que Sidonia extendía; las dos callaban, ya no se miraban, y yo no podía adivinar qué harían ahora.

También aquella tarde Maja llevaba un vestido de su madre, lila, con adornos de encaje, que le estaba muy ancho y largo, con unas hombreras que le caían casi hasta el codo, y también su nueva voz recordaba la de su madre, o es posible que me hiciera pensar eso el vestido, lo cierto es que las dos habían mantenido su duelo verbal con mucho desparpajo y estaba claro que se trataba de un juego bien ensayado.

El sol me quemaba la nuca, pero hasta aquel silencio no reparé en que también yo estaba allí ni en que tenía calor, me parecía que hasta entonces no había estado presente.

No sabía cuánto tiempo llevaba detrás de las hojas verdes y calientes del boj, sin tomar grandes precauciones para no ser descubierto; al fin y al cabo, no tenía necesidad de esconderme ni espiar, porque ellas ya hablaban de aventuras semejantes en mi presencia y hasta me pedían mi opinión, y yo se la daba, de modo que hubiera podido presentarme en cualquier momento sin que pasara nada; si no me habían visto era por lo abstraídas que estaban, pero el arbusto era tan tupido que, para ver algo -y yo quería ver-, tenía que asomar la cabeza, de todos modos, no me atrevía a moverme de mi precario escondite, deseaba desaparecer, desvanecerme en el aire o, quizá, poner fin a la escena brutalmente, arrojando una piedra entre las dos o, si no, cerca tenía un grifo y retorcida en la hierba estaba la manguera roja, pero hubiera sido muy difícil tirar de ella hasta poder asir la boquilla y luego abrir el grifo sin ser visto ¡y cómo me hubiera gustado destruir aquella mutua confianza que me mortificaba y que sólo podría percibir mientras estuviera escondido y ellas no me vieran! Ya podía yo hacerme ilusiones, pero ahora entre ellas, a cada momento, a cada centésima de segundo, pasaba algo que, de haber estado yo delante, no se hubiera producido, yo les robaba algo, aunque no tenía ni la más remota idea de qué era lo que yo les robaba, y también era insoportable pensar que yo me apropiaba, y a cada momento seguiría apropiándome, de algo de lo que no podía hacer ni buen uso ni mal uso, todo aquello les pertenecía a ellas exclusivamente, toda la confianza que me habían demostrado hasta ahora era falsa, un engaño, migajas, ellas me habían engañado porque nunca me habían incluido en su verdadera confianza, simplemente porque yo no soy una chica, y ellas hablan de sus cosas y, a pesar de todo, yo les robo.

Yo había elegido la solución más vergonzosa y estaba preparando mi retirada para desaparecer y no volver más, llegar a la verja del jardín sin ser visto y cerrarla con fuerza, cuando Sidonia atenazó el cuello de Maja entre los pies y ésta la agarró por las robustas piernas para soltarse, pero la hamaca osciló hacia atrás arrastrando a Maja sobre la hierba; casi no pude ver lo que ocurría después, porque, entre el forcejeo de manos y pies, tirones y empujones, de repente, Sidonia cayó sobre Maja, que se zafó con agilidad, se levantó y echó a correr chillando, mientras Sidonia la perseguía lanzando alaridos, parecían dos exóticas mariposas que girasen una en torno de la otra; Maja, con el ancho vestido lila, y Sidonia, con el pelo suelto hasta la cadera que se agitaba como un ala, bajaron por la pronunciada pendiente y vi que al llegar abajo chocaban y se besaban, pero enseguida se agarraron de las manos tensando el cuerpo hacia atrás e hicieron el molinete y luego se soltaron y siguieron dando vueltas cada una por su lado hasta que cayeron al suelo, jadeantes.

Maja no me besaba a mí, sino la señal de los dientes de Sidonia.

Después, unos labios se movieron en mi cuello, y el áspero roce inesperado me produjo un escalofrío mientras mi cuerpo y el suyo se entrelazaban.

Estoy sangrando, dijeron sus labios sobre mi piel estremecida.

Y, echado sobre el vientre de mi madre, con los labios en el hueco de su brazo, sobre los círculos azules y amarillos de las extracciones de sangre, donde mi boca había encontrado un lugar muy blando en la martirizada vena, también hubiera tenido que contar esto, y tenía la impresión de que en cierto modo se lo contaba.

Quizá el roce se lo decía, al fin y al cabo, yo estaba transmitiéndole lo que había puesto la boca de Maja allí donde Sidonia me había mordido.

Pero de esa dolorosa fusión de contactos no se podía hablar con palabras, por más que a mí me hubiera gustado, pero la historia no tenía principio, porque a aquel contacto estaban asociados otros muchos, hasta el de la boca de Kristian.

Vamos, dije, pero no nos movimos.

Comprendí que le gustaba hablarme rozándome el cuello con los labios, no debía enfadarme con ella, dijo, seguramente por eso antes estaba tan nerviosa, porque tenía la regla, entonces siempre se ponía nerviosa, yo ya lo sabía, y esto tampoco se lo diría a nadie.

Esos días estaba más excitada y susceptible de lo que yo podía imaginar, y tenía que tratarla con dulzura, o volvería a llorar. Me hubiera gustado sacar los dedos de sus bragas, se me había dormido el brazo bajo el peso de su cuerpo y lo que hasta entonces yo creía que era la humedad de la piel o sudor quizá fuera sangre; su sangre, pensé de pronto, tenía el dedo en su sangre, pero no lo moví, no quería ser desconsiderado, me parecía tener que mimar una sensibilidad que a mí me estaba vedada, yo le envidiaba aquella sangre, y soportaba estoicamente el brazo dormido, con tal de que no se diera cuenta de cómo me asustaba pensar que mi dedo pudiera estar bañado en su sangre.

Yo no sabía con exactitud a qué se refería ni por qué sangraba, aunque era posible que ella me hubiera mentido y todo fuera una invención porque también en eso quisiera parecerse a Sidonia.

Porque yo no querría que llorara ahora, ¿verdad?

Tenía que guardarme bien de hacer ni el más pequeño movimiento, para que su cuerpo no advirtiera lo que yo sabía, que nada de aquello era verdad, que yo no era el destinatario de sus palabras y sus movimientos, y que aquello que hacía un momento yo había creído mío no me pertenecía, había vuelto a engañarme, si algo me había dado era porque lo tenía disponible, a mano, y porque no se atrevía ni se atrevería nunca a darlo a quien ella deseaba.

Yo tenía que amarla como me amaba ella.

Y, naturalmente, yo también mentía, no había venido por ella, ni por la investigación, sino porque pensaba que quizá encontraría aquí a Livia, cuyo nombre odiaba repetir hasta para mis adentros, ya que aquella tarde la había esperado en vano junto a la valla, tampoco hoy se había presentado, y yo no había podido seguir soportando la espera y había venido a casa de Maja con la esperanza de verla por lo menos un momento y que ella volviera a mirarme como aquel día, pero no me atrevería a dirigirle la palabra y mucho menos, a tocarla.

Pero no importaba saber que nos engañábamos mutuamente, que vo ocupaba el lugar que correspondía a Kálmán y, sin querer, daba a Maja lo que estaba destinado a Livia, puesto que gozaba de un modo indescriptible oyéndola murmurar con los labios en mi cuello, y respirando el olor de su cuerpo y de su sangre, y sintiendo el hormigueo del brazo, y su peso, y nuestro calor, y embriagándome con la turbia satisfacción de estar robando, porque había vuelto a llevarme algo que no me pertenecía, aunque también a ella podía acusarla de falsedad.

Sólo por haber podido pensar en Livia en ese momento, mejor dicho, no en Livia sino en su ausencia, me parecía que la ofendía de un modo irreparable y la arrastraba a la ciénaga en la que, por cierto, tan a gusto me encontraba yo, pero es que la odiaba porque no había venido.

Sé que seré una puta, dijo Maja.

Tampoco esa frase era suya, sino el eco de una exclamación de Sidonia, que ella exhalaba ahora en mi cuello, al igual que una piedra absorbe el calor del día para expulsarlo durante la noche, ella era el eco de la otra a la que quería parecerse, a la que había besado, a la que idolatraba, y aquella depravación me recordaba a Kristian tan dolorosamente como un alfilerazo; anoche mismo, prosiguió sin respirar, porque quería impedir que yo dijera algo que pudiera ofenderla, ya muy tarde, cuando todos estaban en la cama, Kálmán había entrado en su cuarto por la ventana, imagina, debía de estar agachado debajo de la ventana, esperando a que se apagara la luz, le dio un susto de muerte, ya dormía y se asustó tanto que ni gritar pudo, y entonces él le suplicó que le dejara echarse a su lado un rato, no quería más que eso, podía creerle, nada más, sólo que le hiciera un sitio a su lado, pero a ella la horrorizaba pensar que alguien pretendiera meterse en su cama con los pies fríos y no se lo había consentido y lo había apartado de un empujón, pero Kálmán lloraba, lloraba tanto que había tenido que consolarle, ¡gusano asqueroso!, y prometerle que otro día le dejaría, ¡pero, a ése, jamás!, ¿lo comprendía yo? Por muy puta que fuera, con ése, ni hablar, ¡jamás!, pero había tenido que prometérselo para que se callara de una vez y, como lloraba de aquel modo y ella quería ser amable, le había acariciado el pelo y la cara, pero él le había agarrado la mano llorando; como tratara de meterse en su cama, gritaría, le había dicho ella, y le dijo que hiciera el favor de no besarle tanto la mano, y es que lo despreciaba y de buena gana lo hubiera mandado al diablo, pero él lloraba a mares y siguió mojándole la mano de lágrimas y mocos, hasta que ella le juró quería, pero le dijo también, que, si no la dejaba en paz, gritaría y entonces vendría su padre y le daría una paliza, así que hiciera el favor de ser sensato porque, si se marchaba ahora mismo, le querría un poquito.

Me pareció que una ola caliente me inundaba el cerebro expulsando su voz, dejándome sordo, arrancándome de sus brazos y arrastrando su cuerpo lejos de mí sin dejar rastro y, mientras tanto, el contacto de sus labios y su aliento me hacía sentir escalofríos.

Ahora que la había obligado a confesármelo todo, podía estar satisfecho.

Yo la odiaba, como poco antes odiaba a Livia por no haber venido, la odiaba ahora a ella por ocupar su lugar, y como ella debía de haberme odiado a mí la noche antes.

Sabía que ella le había dado un beso, le dije, y percibí el odio de mi voz.

Ella no le había dado ningún beso y a ver si hacía el favor de dejar de atormentarla.

Ella no podía adivinar que, en aquel momento, yo deseaba besar a Kristian, como ella había besado en la boca a Sidonia, yo lo había visto, y sentí una envidia atroz al comprender que ella era más valiente que yo, no sólo porque besaba a Sidonia sino porque dejaba entrar a Kálmán en su cama; entonces ella se agitó en mis brazos y se mostró agradecida por mis supuestos celos, aunque, en aquel momento, yo no tenía celos de Kálmán sino de ella y de Sidonia, y la odiaba porque imitaba a Sidonia descaradamente, y yo no me atrevía a imitar a Kristian con aquel descaro y quizá por eso nunca lograra distinguir lo verdadero de lo falso, porque nunca sabría si el bien nace de la verdad o de la mentira, nunca sabría lo que está permitido y lo que no lo está.

Y, en esa violenta y oscura marea de sangre, surgió, como por última vez antes de ahogarse, la carita pálida de Livia que, por su misma ausencia, conjuraba el recuerdo de aquella memorable mañana de marzo, en la que me propuse no volver a mirarla y no podía apartar los ojos de su cara, a pesar de que ya nos observaba Hedi Szán, y, como por efecto de mi mirada, ella se desplomó, salió de la fila y cayó al reluciente suelo del gimnasio, las niñas gritaron, pero nadie se movió, nosotros no hacíamos más que mirar, luego sonaron pasos rápidos, y se llevaron su cuerpo inerte con los pies colgando, con calcetines blancos.

Fue todo tan rápido que casi no tuvimos tiempo de comprender lo ocurrido, nos quedamos quietos, sin mover ni un músculo, pero nuestra inmovilidad nada tenía que ver con el duelo.

Aunque nadie lo sabía, el ojo gigante lo había visto, había visto claramente qué yo era el causante, el culpable.

Lo que ahora me contaba Maja, lo que, supuestamente, yo le había obligado a confesar, no me satisfacía, al contrario, su franqueza, su irreflexiva traición me humillaban; no obstante, la revelación de su secreto creaba entre nosotros una momentánea sensación de intimidad, yo había conseguido lo que tanto deseaba, interponerme entre ellos, desplazar al otro; quería saber lo que hacía él, para averiguar qué tenía que hacer yo, y, en definitiva, qué era lo que estaba ocurriendo a espaldas mías, si eran realmente tan irresistibles como les gustaba dar a entender con sus obscenidades, porque cuando hablaban de chicas su chachara sonaba a falso; pero lo que Maja me cuchicheaba acalorada y furiosamente junto al cuello me hacía comprender que Kálmán la quería con la misma desesperada fidelidad y con más valentía de lo que yo quería a Livia, a la que perseguía con la mirada y cuyo persistente rechazo me esclavizaba, porque seguramente también ella jugaba conmigo, para delatarme luego a otro, con aire de condescendiente superioridad, otro que, sin duda, la querría menos que yo; ahogado por los celos, imaginaba que mientras yo estaba en la cama con Maja, Livia estaría con Kristian, habiéndole de mí.

Como si la boca de Maja susurrara las palabras traicioneras de Livia junto al cuello de Kristian.

Ten cuidado, Maja, dije, no te fíes de tu pequeño Kálmán ni aunque le veas gimotear, y noté con satisfacción que mi voz era serena y firme.

¿Por qué no?, preguntó ella.

Por nada en particular, pero ten cuidado.

Pero ¿por qué?

No quise decírselo.

Eso no era justo, ella me lo había contado todo.

Hoy no debía ir al bosque, le dije.

¿Por qué no?

No podía decir más, no debía ir, y tenía buenas razones.

Que quién era yo para decirle lo que ella tenía que hacer y dejar de hacer, me gritó, y me apartó de un empujón.

Ahora por fin pude sacar el dedo de las bragas y liberar mi brazo dormido.

Naturalmente, ella podía hacer lo que quisiera, yo la había avisado, porque Kálmán me había contado ciertas cosas que no pensaba decirle.

Nos habíamos sentado bruscamente, y nos mirábamos como si combatiéramos con los ojos, yo no podía rehuir su mirada sombría y fiera en la que brillaba el odio, ni lo deseaba, todavía teníamos las piernas entrelazadas cuando ella me rechazó haciendo presión con el tronco, tenso de furor, pero mi propio cuerpo estaba relajado y aparentemente tranquilo, yo pensaba poder dominar, con sosegada superioridad, la ira de su mirada, por fin soy dueño de la situación, pensaba, puedo destruir en ella y en mí lo que tanto me ha atormentado, aunque, desde luego, sólo a costa de la más vil de las traiciones, me susurraba una muy disminuida conciencia, ¡podía sentirme orgulloso!, pero aquel inesperado cambio de situación también me sorprendía y me restaba cierta seguridad, porque lo que yo había querido delatar de Kálmán en la oscuridad de nuestra cálida intimidad, lo que yo apuntaba con tanto énfasis y perfidia, como si fuera poseedor del conocimiento absoluto, ahora, cara a cara, me parecía inconfesable espantoso, perverso, en aquel momento, a la luz fría e indiferente de la habitación, no hubiera podido ni decírmelo a mí mismo; antes, había sido el destello fugaz de una idea en la oscuridad del monólogo interior, una imagen aparentemente inocente que quiere salir a la luz, pero para la que no se encuentran palabras y que uno olvida rápidamente, lo mismo que aquella situación, en la que también mi cuerpo me había engañado; hoy, al mirar en torno a mí desde la perspectiva de los años y la experiencia, mientras escribo estas líneas, me divierte recordar la extraordinaria, más aún, la fatídica confusión de aquel muchacho al que su alma extraviaba y su cuerpo tendía una trampa, el muchacho que, en los brazos de la niña, había sentido cómo la sangre le subía al cerebro y le latían las sienes -¡qué curiosa coincidencia que precisamente entonces ella le hablara de su menstruación!-, y, aturdido por la palpitación de su sangre que ella estimulaba con su voz, no se había dado cuenta, ni se la daría, de que ese afán por alcanzar el dominio sobre los demás y esa lucha febril contra las fuerzas interiores le hacían hervir la sangre, y no sólo en la cabeza sino también en las ingles; apretándose con la mano contra el vientre de ella, naturalmente, había tenido una erección, lo que de nuevo le recordó la imagen anterior y aquella frase que él se guardaba como último triunfo y que luego no se había atrevido a jugar.

Por otra parte, parecía que, en el fondo, Maja no quería que él le contara nada.

¿Qué te ha dicho? ¡Venga ya!

Nuestros juegos prohibidos, el escenario de las aventuras de Sidonia, la simple alusión al bosque, hubiera bastado para dar peso a mis advertencias.

No, eso no, parecía gritar ella, en lugar de preguntar; sus ojos se entornaban, inseguros, a la defensiva, y en lo más profundo de su iris castaño se escondía el odio. El amor no quiere saber.

Yo no contesté, pero amarré su mirada con la mía, para que sus ojos no se extraviaran hacia mi pantalón, que hubiera delatado lo que pasaba por mí.

Porque yo quería contarle lo que hacía Kálmán cuando nos tendíamos en la roca blanca y plana escondida entre las matas, algo que también yo deseaba hacer, pero hasta que él me tocaba no tenía valor para tocarle y entonces respondía a su movimiento con el mío, mi brazo y el suyo se cruzaban y nos asíamos el uno al otro; pero, curiosamente, no sentía su miembro en mi mano tan duro como el mío en la suya, a pesar de que tan erecto parecía el uno como el otro, y entonces Kálmán decía con voz ronca, y eso era lo que yo quería decirle a ella, que un día se follaría a Maja.

Esto había dicho.

Entonces, para ganar tiempo y distraer su atención de mi propia vergüenza, le dije que un día se lo contaría, puesto que todo se lo contaba, pero ahora no, y estaba temiendo que se diera cuenta de que me había puesto colorado de vergüenza.

Pero yo sabía que nunca se lo diría.

Y no porque fuera incapaz de una tan vil traición; para quitarle el sitio al otro, podía cometer cualquier infamia.

Si hubiera podido extraer la frase del contexto en el que había sido pronunciada, si no hubiera sentido en mí la presión de la mano de Kálmán, si no hubiera percibido en él el calor de la roca blanca…

Porque no podía delatar el secreto propósito de Kálmán sin exponer mi propia perversidad.

Yo no podía inhibirme de aquella frase porque no se refería sólo a Maja, sino también a él y a mí.

Y de nosotros dos no se podía hablar, porque nuestro contacto físico no era el comienzo sino el final, el colofón, la última estación, el límite al que pueden llegar dos muchachos en esa región a la que no tienen acceso las chicas, una zona de esa región prohibida incluso a los chicos, y en honor a Kálmán hay que decir que sus instintos funcionaban con toda normalidad y precisión, y que, al llegar al momento culminante, no sólo no se asustaba de sus más íntimos deseos, es decir, de averiguar si el cuerpo del otro chico sentía lo mismo que el suyo y qué era lo que sentía él, sino que, con una temeridad ciega, muy propia de él, asociaba el acto de tocar a otro chico con el ardiente deseo que sentía por una chica, saciando así lo insaciable y convirtiendo el placer ajeno en propio, al relacionar dos mundos secretos próximos pero incompatibles.

Lo que él quería hacer con Maja era más bien un acto de contrición por lo que hacíamos nosotros en aquel momento.

Y una clara alusión a lo que, según me había contado Kálmán, Sidonia había intentado hacer con él.

Eso no debería asustarnos, ya que por experiencias cotidianas sabemos que para soportar la terrible soledad de sentirnos diferentes constantemente buscamos consuelo en aquello que nos hace iguales a los demás.

También las chicas tienen reino propio, en el que puedes atisbar, olfatear, espiar desde la frontera y hasta infiltrarte como agente secreto y obtener información valiosa, con una zona prohibida, siempre cerrada e inaccesible.

Sólo hubiera sido capaz de decírselo si yo hubiera sido una chica y podido espiarme a mí mismo y a los otros chicos con ojos femeninos, con los ojos ingenuos y confiados de una chica; a mí me hubiera gustado mucho ser chica, me parecía que sólo una membrana muy fina y transparente me separaba del mundo de las chicas, y el deseo de rasgar la membrana para eliminar esa separación era muy fuerte me parecía que con este paso podría salir a la luz radiante de un mundo libre de falsedad e inseguridad, un idílico calvero, y por eso en aquel momento yo quería identificarme con ella, convertirme en chica y traicionar a mi sexo, pero como no podía decírselo, no podía explorar aquella otra región, algo que, al parecer, tampoco ella deseaba, y mi silencio y mi vergüenza me devolvieron al mundo de los chicos.

Influía no poco en nuestra vida sentimental la circunstancia de que, gracias a la incuestionable fidelidad de nuestros padres al régimen, viviéramos al lado de la inmensa zona vigilada en la que se encontraba la residencia de Rákosi.

Cuando regresaba de casa de Maja, pocas veces tomaba el camino que discurría junto a la alambrada de la zona cerrada, nadie transitaba por aquella carretera sombreada por las ramas que sobresalían de la cerca que cortaba el bosque, en la que hasta el aire estaba inmóvil y, en el silencio hostil, sólo se oía el crujido de los propios pasos; no veías a los centinelas armados, aunque sabías que estaban en sus observatorios camuflados entre los árboles o excavados en el suelo, desde donde podían observarlo todo y seguían tus pasos con periscopios y prismáticos sin que se les escapara ni un solo movimiento, y cuando yo, para acortar, pasaba por allí para ir a casa en lugar de dar un rodeo por el bosque, sentía con fuerza su vigilancia, mejor dicho, no es que la sintiera, no estaba seguro de si puede sentirse algo semejante, sino que mi propia vigilancia se duplicaba por efecto de la suya; ahora me veo a mí mismo caminar confiadamente y observar confiadamente lo que se ofrece a mi mirada, y, al mismo tiempo, observo con recelo, con sus ojos recelosos, mi desconfianza disfrazada de confianza; esa extraña sensación era parecida a la que experimentaba en la escuela cuando desaparecía algo y, en la atmósfera asfixiante de la suspicacia general, de pronto, tenía la sensación de que aquello lo había robado yo, ¡yo era el ladrón!; así, también aquí, ante su mirada, me sentía agente subversivo o espía perseguido, y, por la tensión que generaba su vigilancia, se me ponía la piel de gallina en la espalda, los brazos y el cuello; yo caminaba a lo largo de aquella cerca, a la que estaba prohibido aproximarse y que consistía en una tela metálica corriente, un poco oxidada, como el que, de un momento a otro, teme sentir un balazo en la espalda; pero, más miedo que los ojos de los centinelas, me daban los perros.

No éramos los niños los únicos que teníamos miedo de aquellos perrazos policía, sino también los mayores y los otros perros, por ejemplo, Vitéz, el perro de Kálmán, negro, robusto y de ordinario pendenciero, al que no había manera de hacer salir del bosque al camino, ni atándole una cuerda al cuello, por más que nosotros lo intentábamos, con el afán de verlos pelear; pero el animal, intuyendo una sangrienta lucha a muerte, se echaba en el suelo con el pelo del lomo erizado de miedo y se ponía a aullar, y de nada servía dar tirones, empujar ni azuzar para despertar en él un poco de agresividad, mientras aquellos mastodontes contemplaban, impasibles, desde el otro lado nuestros estúpidos e inútiles esfuerzos.

Y, aunque yo comprendía la utilidad de aquellos perros, la cerca era el foco de todos mis temores.

Y ello a pesar de que al otro lado se extendía un bosque de robles, mudo y tranquilo, que aparentemente en nada se distinguía del que había a este lado del camino, el auténtico y libre, el nuestro, un bosque normal, con ramas secas en el suelo, copas alborotadas por el viento y adornadas con las perlas blancas y amarillas del muérdago, troncos caídos, raíces que asomaban del suelo pedregoso, con enormes labios de yesca casi petrificada y alimentada por la putrefacción, con profundas hondonadas oscuras, mullidas almohadas de musgo, pimpollos esbeltos y flexibles que crecen al abrigo de robles viejos y vigorosos; con cola de caballo y heléchos que se alimentan del blando mantillo criado con hojas secas acumuladas a lo largo de siglos, un sotobosque verde y efímero, con zonas caldeadas por el sol, con las crestas violeta de las corydalis que agita hasta la brisa más leve, los azules racimos de los perfumados jacintos, la filigrana blanca de las flores de la cicuta, abiertas como sombrillas, las espigas amarillas de la avena de los prados y el agropiro verde azulado; en las zonas húmedas, las caltas de hojas relucientes, a la sombra de las peñas, el verde lustroso del ciclamen que aquí nunca florece, en los lugares soleados, una aglomeración de vellosas hojas de fresa y, suspendidas de los gruesos tallos del sello, entre las hojas estriadas, las campanillas blancas, y luego los grandes arbustos del bosque de robles, el espino blanco que, si tiene espacio, alcanza porte de árbol, el vigoroso evónimo y, sobre todo, la maraña impenetrable de la espinosa y prolífica zarzamora, que en otoño se carga de sabroso fruto; a pesar de todo, una mirada atenta enseguida descubría que, al otro lado del camino y de la cerca, el bosque no era igual, allí no había troncos caídos, y las ramas partidas eran retiradas por manos diligentes, quizá al anochecer, con el último resplandor del crepúsculo, o de madrugada, en secreto, Porque nunca se veía a nadie trabajando, ¡ni un alma!, allí los arbustos estaban más dispersos y aislados y, como en otoño se acumulaba menos hojarasca, podía crecer la hierba en extensiones mayores y a más altura, y así se había creado un bosque cuidado que debía dar una impresión de descuido al observador casual; nunca llegué a comprender el porqué de tal pretensión, cuando la intervención de la mano del hombre no podía estar más clara, y es que, en una franja de unos dos metros de ancho, se había arrancado hasta la última planta y cubierto el terreno de arena blanca y limpia en cuya superficie podían verse por la mañana las huellas de la labor de aquellas manos Misteriosas, en forma de estrías de rastrillo, y por esta franja de arena corrían los perros.

Cuando salía de la vía Istenhegyi y empezaba a subir la suave cuesta de la vía Adonis, era inútil que me mantuviera lo más lejos posible de la cerca y que registrara con la mirada los arbustos del otro lado, porque siempre aparecía de improviso y sin hacer ruido y, siempre, un perro solo, porque, yo lo sabía, tenían sus turnos, lo mismo que los invisibles guardias; eran unos animales enormes y bien alimentados, pastores alemanes de pelo gris o color barquillo con manchas negras, cola gruesa y enhiesta, ojos castaños, inteligentes y aparentemente bondadosos, en la puntiaguda cabeza, orejas erguidas y supersensibles, boca casi siempre abierta, con la lengua, carnosa, roja y reluciente, colgando y oscilando al ritmo de su jadeo, entre molares blancos, afilados y poderosos; no hacían nada más que caminar a mi lado, más deprisa si yo apretaba el paso, más despacio si lo aflojaba, por supuesto, sin hacer ni el menor ruido al hundir sus patas negras en la arena; ya hacía tiempo que yo no me paraba a ver qué ocurría, porque entonces ellos me imitaban y se quedaban mirándome con la boca abierta, y quizá eran los ojos lo más terrorífico: vigilantes y, al mismo tiempo, indiferentes, y veías cómo, al pararse, bajo el tupido pelo, tensaban los músculos, preparando el salto, y, todo, sin proferir sonido alguno, ni ladraban, ni gruñían, ni tan sólo respiraban más aprisa; Kálmán lo sabía por Pisti, que era guardia de la zona cerrada y prestaba servicio en el puesto de la calle Loránt, y a veces charlaba con él y le daba aquellos cigarrillos rusos con boquilla de cartón que ellos compartían durante el recreo en el lavabo, y decía Pisti que cuando más peligrosos son los perros es cuando te paras, que por eso nunca debes pararte, ni mirarlos, porque, a pesar de que los entrenadores toman en consideración todas las posibilidades, su sistema nervioso es más imprevisible cuanto más riguroso es el entrenamiento, esos perros pueden hacerlo todo y entenderlo todo, pero son un manojo de nervios, decía Kálmán, y hasta los entrenadores les temen, y tienen músculos de acero, decía, y una valla no muy alta como ésta te la saltan estando parados, sin tener que tomar carrerilla, por eso la valla no tenía alambre de espino en la parte de arriba, y es que los entrenadores solicitaron al comandante que retirara el alambre de espino para que los perros no se engancharan la cola, pero el comandante se negó, porque la valla no hubiera sido reglamentaria, y tuvo que dar la autorización el camarada Rakósi en persona, porque cada perro de ésos tiene un gran valor; incluso dentro del recinto los llevan sujetos con la correa, es imposible hacerse amigo suyo, no aceptan comida ni azúcar de nadie, ni olerlo, como si no existieras y, si alguien tratara de enfurecerlos, por ejemplo, golpeando la valla, con lo que un perro corriente empezaría a ladrar, éstos sólo enseñan los dientes, es su manera de avisar, porque han sido entrenados para evitar todo sonido innecesario, y son duramente castigados si se equivocan, con el palo y el látigo, y, cuando no haces nada más que mirarles a los ojos tranquilamente, entonces ellos no saben lo que tienen que hacer, y ahí se ve que son un puro nervio, y es inútil que les peguen por saltar cuando no deben, no pueden contenerse, saltan y te agarran por la nuca; ellos me acompañaban, mejor dicho, después de varios pasos, parecía que yo los acompañaba a ellos, mientras trotaban por Ia senda de arena; ésta torcía bruscamente en lo alto de la cuesta, siguiendo el trazado de la valla, luego venía un largo tramo recto por el que ellos transitaban con la cola en alto y, si yo me comportaba correctamente, no me adelantaba ni me rezagaba, no echaba a correr de miedo -lo cual de poco hubiera servido, porque hubiera tenido que correr casi trescientos metros, que era la longitud de la recta después del recodo, acompañado de sus ladridos infernales-, es decir, si, a pesar de mi vergüenza y mi humillación, mi odio y mi indignación, acataba sus normas y no me paraba ni corría, no aceleraba ni frenaba la marcha y hasta procuraba no respirar con demasiada fuerza y reprimir, en la medida de lo posible, todo movimiento o emoción sospechosos, lo cual mitigaba su nerviosismo y estabilizaba, en cierta medida, nuestra mutua desconfianza, al cabo de un rato se suavizaba también nuestra relación, disminuía la amenaza, yo representaba mi papel y el perro, ya casi indiferente hacia mi persona, el suyo; pero si, al salir de casa de Maja, no me sentía con ánimo para entregarme a este juego, porque también esto era un juego, un experimento, un número de equilibrio no exento de peligro entre el autodominio y la claudicación, la disciplina y la independencia, una especie de gimnasia política, y elegía el camino más placentero, y torcía hacia el bosque al llegar a los tres pinos que Sidonia había indicado al cobrador como punto de referencia, entonces, escondido entre los arbustos, contemplaba con satisfacción al perro de guardia que me seguía con una mirada entre perpleja y defraudada, el bosque me ocultaba, pero yo sabía que también aquí me seguían los prismáticos de los guardias; el sendero tenía una subida muy pronunciada y a veces, aunque ya anocheciera, yo elegía este camino, a pesar de que aquí parecían acechar peligros más oscuros, por no decir inexplicables, pero a ellos podía uno enfrentarse con más libertad y más aplomo que a los malditos perros.

Entonces esto era todavía un verdadero bosque, quizá la última franja verde ininterrumpida en el mapa de colinas y montañas que rodean la ciudad, la última manifestación de la armonía original entre suelo y vegetación, que la ciudad, en su expansión, ha ido devorando, modificando e incorporándose poco a poco; hoy también aquí hay bloques de viviendas y del bosque no quedan sino unos cuantos grupos de árboles, anodino ornamento de zonas ajardinadas.

No es que lo lamente, no hay nada que yo conozca mejor que la destrucción, no en vano he sido el artífice de la mía propia, y ahora, al describir la del bosque, me refiero también, una vez más, una última vez, a mi destrucción particular, y confieso que contemplo con emoción el tiempo de la infancia, ese tiempo que nos parece interminable, ¡pero qué pronto se acaba!, el tiempo en el que nada nos parece más perdurable que la rugosa corteza de un árbol majestuoso, sus retorcidas raíces y el vigor con que se aferra al suelo y se funde con el paisaje; por ello, las percepciones de la niñez no pueden tener soporte más sólido ni fijación más firme que la misma naturaleza, en la que todo milita contra la destrucción y hasta la misma decadencia nos remite a lo perdurable, lo impersonal, lo permanente.

Pero no deseo cansar a nadie con mis sutilezas acerca de la relación entre las caprichosas emociones infantiles y la espontánea vida de la naturaleza; es evidente, sí, que la naturaleza es nuestra gran maestra, aunque sólo los sabios aprenden de ella, nada enseña a los tontos; por lo tanto, más valdrá que sigamos por aquel sendero solitario que nos lleva al calvero y observemos lo que ve él, ese chico cuyo pie conoce cada accidente del terreno, la piedra con la que podría tropezar y que evita alargando la zancada, la duración del crepúsculo, la dirección de la brisa que le acaricia la cara; y, si por allí ha pasado alguien antes que él, su fino olfato distinguirá si era hombre o mujer; sólo el oído le engaña a veces cuando entre susurros y crujidos cree oír un golpe sordo o una tos, y entonces se detiene y, antes de poder seguir adelante, ha de vencer el miedo abriendo bien los ojos y disipar con la mirada sombras aparentemente reales, señales premonitorias y visiones espeluznantes.

El camino se pierde entre la hierba del calvero, sus pies descalzos están bañados de rocío, el murmullo del viento lo acompaña, el cielo despide un último resplandor, nada parece moverse aparte de él, lo que da al momento una sensación de irrealidad, en torno a él vuela, en silencio, un murciélago hasta que vuelve a entrar en el bosque, pero aquí hay dos caminos, uno que sube la montaña y otro que sigue en sentido horizontal.

En la cima, bordea el bosque una vieja carretera y, unos pasos más allá, está la calle Felho, donde vive Hedi, frente a la oscura escuela, en una casita amarilla, en la que, a esa hora, la tía Hüvös acostumbra a cerrar las cortinas antes de encender la luz.

Desde la ventana de Hedi se ve la ventana de Livia.

Tomé el camino bajo.

Por muy tarde que llegara a casa, nadie me preguntaba dónde había estado.

Aquí el bosque clareaba y ya se divisaba el tejado un poco combo de casa de Csuzdi, estaba encendida la lámpara del porche, que proyectaba pálidos haces luminosos hacia la oscuridad del bosque; el efecto era amable y tranquilizador y ponía de manifiesto la agradable soledad del paraje; cuando regresaba por aquel camino, podía estar casi seguro de encontrar a Kálmán todavía fuera.

Aún estaba lejos cuando su perro negro ladró una vez en el silencio. La casa se levantaba en el centro de un terreno rectangular ganado al bosque, entre un campo de maíz en la parte más alta y un huerto en la más baja, la finca se llamaba la Granja del Bosque y constaba de una antigua y bella casa construida al estilo de las granas vitícolas de Suabia, con paredes entramadas, tejado inclinado y una amplia galería de madera que recorría su sencilla fachada, en la ue había una puerta de doble batiente por la que se bajaba a la bodega; frente al largo edificio, al otro lado del espacioso patio pavimentado de ladrillos, había una casa parecida, también de paredes entramadas pero más baja, que servía de establo, garaje y porquera, el patio estaba rodeado por un seto y tenía en el centro un nogal de gran envergadura y, en un ángulo, un prieto pajar; hoy nos parece increíble, pero entonces aún quedaban en las laderas rocosas y arcillosas de los montes de Suabia viejas casas de labranza que, aisladas del mundo, apuraban sus últimos años de existencia.

El perro vino a mi encuentro trotando perezosamente hasta la valla, pero no ladró ni saltó encima de mí como acostumbraba, sino que se quedó mirando fijamente hacia adelante, distraído, moviendo la cola ligeramente como para darme a entender que ocurría algo anormal, luego dio media vuelta y me guió por el patio con paso mesurado.

Aquí era más alta la temperatura, las piedras despedían el calor del sol y el espeso seto cortaba el paso al aire fresco del bosque.

Por aquel entonces aún había en la granja un caballo, dos vacas, cerdos, gallinas y gansos; en el palomar, situado encima del pajar, sonaban arrullos, y, desde un nido del alero, una pareja de golondrinas practicaba vuelos en picado por relevos, volvía una y salía la otra; a aquella hora llenaban la granja los sonidos que hacían los animales al disponerse para el descanso, y el aire caliente y quieto estaba impregnado de un penetrante olor a orina, excrementos y estiércol en fermentación.

Sorprendido, seguí al perro, la luz amarilla de la lámpara de petróleo destacaba de un modo extraño en el crepúsculo azulado; Kálmán estaba en la puerta del establo, mirando lo que alumbraba la lámpara que sostenía en alto.

Estaba inmóvil, con la frente apoyada en el travesaño.

La llama parpadeaba y humeaba dentro del tubo de vidrio, y la lengua de luz amarilla le lamía el brazo, la espalda y el cuello desnudos.

Desde la primavera, nada más llegar de la escuela, Kálmán se quitaba los zapatos, la camisa y el pantalón, y hasta bien entrado el otoño no llevaba más que un calzoncillo largo negro que, como había tenido ocasión de observar, no se quitaba ni para dormir.

Dentro del establo sonó un gruñido ronco que se trocó en chillido estridente, se cortó bruscamente y, al cabo de unos instantes, se repitió con idéntica secuencia.

Pero Kálmán no estaba ridículo con su calzoncillo negro, sus robustos muslos y musculosas nalgas lo llenaban por completo, y la tela, gastada y desteñida por los muchos lavados, acomodaba sus pliegues al cuerpo, se tensaba sobre el vientre y formaba una bolsa en la entrepierna, dándole total libertad de movimientos y amoldándose como una segunda piel, de manera que tenías la impresión de que estaba desnudo.

El perro se paró, indeciso, delante del establo, agitó la cola una vez y, como si acabara de tomar una decisión, se acercó a Kálmán, se sentó sobre los cuartos traseros y bostezó nerviosamente.

En una pocilga separada del resto yacía de costado una cerda enorme, Kálmán sostenía la lámpara tan arriba que el marco de la puerta cortaba la luz, por lo que, en el primer momento, no pude ver más que unas tetas hinchadas, esparcidas en el enlodado suelo y un anca vuelta hacia nosotros, los sonidos venían de la oscuridad. Iba a preguntar qué ocurría, pero no pregunté. Era inútil hacer ciertas preguntas a Kálmán, porque no contestaba. Ya debía de llevar mucho rato allí de pie, por eso había apoyado la frente en el travesano, miraba fijamente hacia el establo con aparente indiferencia, pero yo le conocía lo bastante como para saber que en él esto era síntoma de una tensión próxima al punto de ruptura o de explosión.

Y cuando me situé a su lado y miré hacia donde miraba él, poco a poco, a la media luz del establo, descubrí el morro de la cerda y luego los ojos; se oía un gruñido, la brusca interrupción de la respiración, el silbido del aire en las fosas nasales que se dilataban y contraían y un chillido agudo; de vez en cuando, el animal parecía querer levantarse, pero era como si sus cortas patas no encontraran el suelo, como si una fuerza superior lo sujetara, y su gruesa piel se estremecía, temblaba sobre las capas de grasa del cuerpo que se debatía, y sus esfuerzos hacían que toda la musculatura tremolara espasmódicamente; Kálmán, sin mirarme, me puso la lámpara en la mano y saltó a la porquera.

Yo toqué accidentalmente el cristal, que estaba muy caliente, hice oscilar la lámpara, la mecha se mojó de petróleo y empezó a humear, y la luz se oscureció.

Kálmán parecía asustado, porque, aunque estaba decidido a todo, se apretaba contra la pared.

Quizá temía que la cerda le mordiera.

Extendió una mano y rascó al animal en la base de una oreja, para tranquilizarlo y, aunque la cerda gruñó con rabia, él le apretó hábilmente la cabeza contra el suelo mientras, con la otra mano, palpaba el abultado vientre y el ijar hundido y le daba unos golpes nada suaves, a lo que el animal enmudeció, expectante.

Entonces Kálmán hizo otro curioso movimiento; hasta aquel momento, yo no había advertido, bajo los oscuros pliegues del ano contraído de la marrana, la hendidura vaginal abierta por la que asomaban unos labios carnosos y sonrosados, limpios, tersos, sedosos y relucientes que se apoyaban en las ancas embadurnadas de excrementos y orina; con precaución, Kálmán pasó el dedo por aquel cráter vivo y el ano del animal se estremeció con la misma delicadeza con que Kálmán lo tocaba, pero entonces Kálmán retrocedió rápidamente y, con un movimiento involuntario, se limpió el dedo en el muslo.

El animal parecía observarnos.

Kálmán me quitó la lámpara de las manos con un movimiento de impaciencia; los ojos de la cerda desaparecieron de nuevo en la oscuridad, se quedó tranquila unos instantes, sólo en los establos contiguos se oían gruñidos y pateos inquietos, y él volvió a apoyar la frente en el astillado travesaño de la puerta.

Hace más de una hora que ha roto aguas, dijo.

Hubiera sido una estupidez preguntar qué aguas.

Mira que dejarlo solo, completamente solo, dijo, y la voz salió de su garganta con tanta fuerza que hasta la mano que sostenía la lámpara tembló y el vidrio golpeó el travesano, fue un sollozo de rabia y desesperación, pero su cuerpo seguía rígido, la tensión no dejaba brotar las lágrimas, quiso tragar saliva, pero sólo pudo sollozar, mira que dejarlo solo, repitió, y ellos lo sabían, lo sabían y lo habían dejado solo, canallas.

El anca del animal se agitó en el suelo viscoso, su cabeza osciló hacia atrás y hacia adelante con la boca muy abierta, como si le faltara el aire, y era horrible ver que de aquel sufrimiento no escapaba sonido alguno.

En aquel animal estaba ocurriendo algo que no acababa.

Él dijo que se iba a buscar a su padre.

El padre y los hermanos de Kálmán, un poco mayores que éste, trabajaban de panaderos, hacía tiempo que la panadería era de su padre, por lo que Kálmán era considerado un «capitalista» enemigo del pueblo, lo mismo que Kristian; a primera hora de la tarde, se iban a amasar y a encender el horno y no volvían hasta el amanecer, después de repartir el pan, también la madre estaba fuera porque por la noche, después de recoger y ordeñar las dos vacas, trabajaba en el servicio de limpieza del hospital János.

Los dos éramos libres, a mí nadie me preguntaba qué hacía y él estaba solo todas las noches.

A nuestros pies, el perro movía la cola y gañía por lo bajo.

Kálmán volvió a darme la lámpara y vaciló, y yo pensé que iba a girar sobre sus talones para ir en busca de auxilio, lo que significaría que yo me quedaría aquí, con todo este horror, pero quizá ni él mismo sabía qué hacer; yo deseaba ofrecerme para tratar de encontrar ayuda, no quería sino marcharme de allí, pero la cerda se agitaba en silencio y él volvió a entrar en la porquera.

Me incliné para alumbrarle, quería alumbrarle lo mejor posible, a pesar de que no tenía ni la más remota idea de lo que podía hacer él, ni si sabía lo que había que hacer en estos casos, pero, en el fondo, confiaba en que lo supiera, aunque ahora, por su aspecto, no lo parecía; claro que, cuando de plantas y animales se trataba, él sabía muchas cosas, lo sabía todo, mientras que para mí todo aquello era incomprensible y el sentimiento que producía, inexplicable: aquel sufrimiento que, por nuestra impotencia, se convertía en sufrimiento nuestro y no nos daba ni la posibilidad de sustraernos a él por cobardía; yo le agradecía que no me dejara solo sino que tratara de hacer algo, para que yo no tuviera más que sostenerle la lámpara.

Se quedó en cuclillas detrás del animal, quieto, un momento.

Hacía calor y olía mal allí dentro, costaba respirar, pero no era esto lo que me preocupaba, estando presente la muerte, a pesar de que sabía que aquello era un nacimiento.

Despacio, con aire pensativo, él levantó la mano que descansaba en su muslo, con los dedos ligeramente doblados, y la deslizó entre los abultados labios rosa, hasta la muñeca.

El animal gimió, volvía a respirar, esto ya no era un ronquido, lo sacudió una convulsión, agitó las patas y volvió el morro reluciente de baba hacia Kálmán haciendo crujir los dientes como para morderle.

Él sacó la mano rápidamente, pero, en cuclillas como estaba, no podía saltar hacia atrás, además, yo le estorbaba, plantado con la lámpara en la mano delante de la estrecha puerta, paralizado del susto, y cayó de nalgas en la cenagosa paja.

La cerda bajó la cabeza, sorbiendo ansiosamente el precioso aire por la boca con aspiraciones rápidas, irregulares y roncas y mirando a Kálmán con sus ojos castaño claro bordeados de pestañas rubias.

Yo sentía en la pierna el jadeo acompasado del perro.

La cerda miraba a Kálmán con ojos desorbitados y sanguinolentos.

Él, al ver aquellos ojos, no se lo pensó más, se alzó sobre las rodillas y volvió a meter la mano en el cuerpo del animal inclinándose lentamente hacia adelante; sin preocuparse de la orina y los excrementos que le hacían resbalar, se tendió encima del hinchado costado del animal, haciendo presión con todo su peso, los dos se miraban a los ojos y respiraban al unísono; cuando él se apretaba contra ella, la cerda exhalaba el aire, y, cuando se levantaba, el animal aspiraba rápidamente, él ya había metido todo el antebrazo cuando, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, dio un grito y lo sacó temblando de pies a cabeza.

Gritaba algo que yo no entendía, palabras incomprensibles.

La cerda lanzó un chillido, movió el anca, aspiró con fuerza, estiró las patas y volvió a chillar con estridencia, largamente, como resistiéndose, luego se estremeció y volvió a ponerse rígida, pero conservó el ritmo de la respiración, mejor dicho, su cuerpo se adaptó al ritmo que entre los dos habían encontrado, y sus ojos no se apartaban de Kálmán, se mantenían límpidos, mientras él, con el reluciente brazo extendido a la luz de la lámpara como si fuera un objeto extraño, hundía a su vez la mirada en aquellos ojos y dejaba de gritar tan bruscamente como había empezado; si dijera que aquellos ojos le pedían ayuda, si dijera que le guiaban, si dijera que le daban las gracias, que le animaban a seguir porque estaba en el buen camino, etcétera, estaría reduciendo a la escala de sentimentales conceptos humanos unas emociones primordiales pero en modo alguno toscas que sólo es capaz de expresar la mirada de un animal.

A los gritos de Kálmán había respondido la cerda con penetrantes chillidos, al silencio del animal respondió él con silencio.

Ahora estaban separados, pero seguían muy cerca.

En el interior de la espumeante hendidura vaginal se adivinaba una pulsación con ritmo de respiración o latido del corazón.

Él volvió a introducir la mano en el mismo lugar del que con tanto sobresalto la había sacado, moviéndose con la seguridad con que una necesidad imperiosa nos hace volver a un lugar de sobras conocido.

Él ladeaba la cabeza, como para ver lo que hacía, pero tenía los ojos cerrados.

La cerda estaba quieta, y parecía contener el aliento voluntariamente.

Daba la impresión de que él estaba palpando algo allí dentro y de que mantenía los ojos cerrados para orientarse mejor.

Luego, lentamente, con movimiento de cansancio, sacó la mano y se alzó sobre una rodilla, con la cabeza inclinada, por lo que no podía verle la cara.

Seguía el silencio, la cerda no se movía, luego, como si quisiera responderle, aunque con retraso, empezó a subir y bajar, primero, el costado y después todo el cuerpo, hasta que, a cada espasmo, lanzaba un grito desgarrador que se ahogaba en el hedor insoportable de la estrecha pocilga.

Va a reventar, no lo resistirá, dijo en voz baja, como si ya hubieran dejado de impresionarle aquellos gritos de dolor porque había visto la cara a la muerte; no se movía de allí, pero no podía hacer más.

Pero lo que estaba ocurriendo en el cuerpo del animal no había terminado, ni mucho menos.

Al cabo de un momento apareció una cosita roja entre los trémulos pliegues de la hendidura, y él, aullando como la cerda, se arrojó sobre ella, pero calló enseguida porque aquella cosa, como si en la carne de la cerda se hubiera metido un hueso extraño, le resbaló de la mano, él volvió a asirla y volvió a resbalarle.

El trapo, gritó, y el grito era para mí, pero tuve la impresión de que transcurría una porción muy importante de aquel tiempo precioso hasta que comprendí que allí tenía que haber un trapo.

Como si el pasmo que me impedía encontrar el trapo fuera el castigo por mis pecados ocultos.

No había trapo.

Me dio la impresión de que, de pronto, yo no sabía qué era lo que me pedía, como si la palabra «trapo» se hubiera borrado de mi vocabulario, y, mientras tanto, a él, que repetía «¡venga ya ese trapo!», había vuelto a resbalarle de la mano aquella cosa.

Ahora me gritaba.

En aquel momento estuvo a punto de caer el tubo de vidrio de la lámpara, que tropezó con el travesano de la puerta, al ir yo a mirar fuera del establo, pero allí estaba el trapo, ya lo veía, el perro lo azotaba con la cola, aunque ahora lo más urgente era sujetar el tubo.

El evitar que cayera el vidrio mientras agarraba el trapo es la hazaña más importante que he realizado en toda mi vida.

Asomaban dos diminutas pezuñas hendidas.

Él las envolvió con el trapo y, en cuclillas, empezó a tirar, mientras la cerda empujaba y chillaba.

La lucha fue larga pero el hecho en sí, casi imperceptible.

El cuerpo salió despedido con tanta rapidez que él, desprevenido, perdió el equilibrio y se quedó sentado en la paja, con el cuerpo inanimado del recién nacido envuelto en un velo cristalino y satinado entre las piernas.

Me pareció que a los tres se nos cortaba la respiración.

Creo que la primera en moverse fue la madre, que levantó la cabeza como si quisiera ver, convencerse de que por fin había ocurrido aquello, y se desplomó de agotamiento; sin embargo, cuando golpeó el suelo con la cabeza, recorrió su cuerpo una inquietud nueva, una energía elemental, un ánimo que le infundió una agilidad, una habilidad, una flexibilidad y una inventiva insospechadas en un animal tan voluminoso, deslizó el anca hacia un lado, cuidando de no lastimar al recién nacido con las patas traseras, el largo cordón umbilical cedió, el tocinillo estaba inmóvil entre las piernas de Kálmán, con gruñidos de satisfacción, la madre dobló el cuerpo hacia atrás, lo olfateó, se estremeció de alegría al reconocer su olor, partió con dos dentelladas el cordón umbilical y mientras Kálmán se apartaba torpemente, ella se levantó casi de un salto y empezó a lamer al pequeño, moviéndose hacia uno y otro lado, empujándolo con el morro, gruñendo de impaciencia, lamiéndolo como si quisiera devorarlo y achuchándolo hasta que por fin empezó a respirar.

Cuando, al cabo de más de una hora, cerramos la puerta del establo y el pestillo de madera se deslizó en la ranura con un ligero chasquido, cuatro lechoncillos chupaban las cálidas tetas violáceas de la madre.

Era una noche de verano estrellada, oscura y silenciosa.

El perro trotaba detrás de nosotros.

Kálmán fue a la parte de atrás, se bajó el pantalón y orinó largamente.

Yo estaba en medio del patio, con el perro.

Kálmán sepultó la placenta en el estercolero.

No había nada más que decir, y yo tuve la impresión de que en lo sucesivo él y yo ya no necesitaríamos hablar.

Era más que suficiente poder estar allí escuchando el largo gorgoteo de su copiosa orina.

Porque, cuando nació el primero y él salió de la porquera, y yo, con la lámpara en alto, me hice a un lado, nos miramos un momento; mientras nuestros movimientos se cruzaban, nuestras miradas se encontraron con idéntica alegría, y fue un momento tan intenso que pareció salirse del tiempo y tuve la impresión de que todos los sentimientos acumulados durante la lucha sólo podían desahogarse con esta súbita compenetración: la lámpara iluminaba nuestra sonrisa radiante, nuestras caras estaban muy cerca, sus ojos desaparecían en su sonrisa, sólo se le veían la boca y los dientes, el acusado mentón y el pelo sudoroso que le caía en la frente, y entonces, cuando él surgió de pronto delante mí, descubrí que su cara era reflejo de la mía, porque yo sonreía con misma exaltación y la misma avidez, y parecía que sólo podríamos romper el encanto y entrar en la dimensión de una relación normal con un abrazo.

Sólo con un abrazo.

Pero ni esto sería suficiente, ni un abrazo bastaría para celebrar la victoria de la cerda.

Y entonces empezamos una especie de diálogo. De palabras y risas.

Que si me descuido rompo la lámpara, dije, y que el pequeño estaba atravesado, dijo él, y yo le pregunté por qué había gritado de aquel modo y le dije que no había entendido lo que decía, y él, que ni su padre hubiera podido hacerlo mejor, y que al principio yo creía que la cerda estaba enferma, dije, y qué suerte con el cordón umbilical, y que yo no encontraba el trapo y qué lista, la cerda, dijo él.

El perro corría por el patio ladrando y dando vueltas cada vez más anchas, con lo que también contribuía a la conversación. Despacio, exhaustos, subimos la escalera.

Todavía salía humo del agua de la olla; mientras él esperaba a que saliera la placenta, yo había puesto agua a calentar, para que él limpiara las tetas a la madre.

Fue a la mesa, tiró de la silla y se sentó.

Yo miraba la cocina, el horno de cerámica blanca, el armario verde manzana, el edredón rosa del catre, puse la lámpara encima de la mesa -como habíamos dejado la puerta abierta, la ligera corriente de aire hacía que despidiera más humo que luz- y me senté.

Nos quedamos abstraídos.

Puta mierda, dijo él en voz baja.

No nos mirábamos, pero yo intuía que él no deseaba que me fuera, y tampoco yo lo deseaba.

Me pareció que, con aquellas palabrotas, quería desagraviarme.

El, a diferencia de los otros chicos, no acostumbraba a decir tacos ni obscenidades, por lo menos, yo no recordaba más que tres ocasiones: esta noche, lo que había dicho que haría con Maja y la amenaza que me había lanzado en el lavabo.

Que tendría que comerme la polla de Prém para almorzar.

Aquello me hizo mucho daño, me marcó, podría olvidarlo pero no perdonarlo.

Y no sólo porque con esta obscenidad, aparentemente inofensiva, se hubiera puesto de parte de Prém y de Kristian, ¿qué más podía hacer?, por mucho que me doliera, yo no podía tomárselo a mal, porque percibía en su actitud aquella constante inseguridad inherente en toda relación humana o quizá en el ambiente de la época, en el que no se podía distinguir entre amigo y enemigo y, en definitiva, en cada persona tenías que ver a un enemigo, bastaba si no pensar en el odio y el miedo que sentía yo frente a la valla de la zona prohibida, y ya no sabía de qué lado estaba, o en la mortificación que me producía el que, a causa del cargo de mi padre, los demás vieran en mí a un espía, a pesar de que nunca había delatado a nadie; pero él, al verse obligado a tomar partido, había lastimado nuestra amistad en su punto más sensible, a pesar de que los otros no podían saber qué había querido decir exactamente con aquello de que podía comer la polla de Prém para almorzar, ellos no podían saber lo que quería decir y, no obstante, era como si me hubiera puesto en evidencia delante de los demás, ¡y esto era peor que una traición descarada!, porque yo había tenido la suya en la mano, y como si ahora no deseara sino comer una para almorzar, como si aquello no lo hubiéramos hecho los dos, y como si no hubiera empezado él.

Apartó la silla de la mesa y sacó del armario una botella de aguardiente y dos vasos.

Con el mismo irreflexivo coraje con que había querido desagraviarme, me tendió ahora la mano.

Para no tener que avergonzarse delante de los otros, él había disimulado sus sentimientos más íntimos, y ahora parecía que, con estas palabrotas, pretendía reparar su traición y darme las gracias por estar aquí a pesar de todo.

Ello desató un torrente de sentimientos que me dejó mudo.

Y de estas cosas no podía yo hablar a Maja más de lo que había podido hablar de las chicas, inclinado sobre el brazo de mi madre.

El aguardiente nos dejó borrachos y mudos.

¡Ah!, si bastara con aprender las cosas más importantes de la vida, pero es que también tiene uno que aprender a callárselas.

Nos quedamos un buen rato mirando la mesa, borrachos; desde las palabrotas no habíamos vuelto a mirarnos a los ojos.

Pero las palabrotas lo habían dejado todo muy claro, definitivamente.

Su lealtad inquebrantable, la promesa de que nunca me olvidaría, nunca.

Se puso a manosear la lámpara, quería apagarla, bajó la mecha, pero la llama no se extinguía, sólo echaba más humo, y, cuando quitó el tubo para apagarla soplando -tuvo que probar varias veces, porque acertaba con la llama-, le entró la risa y el tubo caliente y tiznado e le escurrió de la mano y se estrelló en el suelo de mosaico.

Ni lo miró.

Fue agradable oír aquel estallido, el tubo se hizo añicos.

Después me parecía haber pasado de la plena lucidez a este placentero estado o haberme extraviado en mis pensamientos, aunque hubiera podido decir en qué pensaba ni si pensaba en algo; con el embotamiento de la embriaguez conocí la nueva sensación de pensar sin pensamientos, y ni me di cuenta de cuándo se levantaba, sacaba el barreño y echaba en él el resto del agua caliente.

No es que la escena fuera borrosa, sólo tan lejana que no me interesaba.

Él seguía echando agua.

Yo quería pedirle que acabara de una vez.

Tampoco me había dado cuenta de que ya era otra agua la que estaba echando en el barreño.

Del cubo.

Tampoco le vi tirar el calzoncillo al suelo y meterse en el barreño, el jabón se le escurrió de la mano y fue a parar debajo del armario de la cocina.

Me pidió que lo recogiera.

Por la voz se notaba que también él estaba borracho, y eso me hizo reír, pero no podía levantarme.

Cuando por fin lo conseguí se oyó un chapoteo y él pudo enjabonarse.

No la tenía tan grande como la de un caballo, sino más bien corta y gruesa, siempre se le marcaba debajo el pantalón, con los testículos altos; ahora se la enjabonaba.

Yo seguía allí de pie y en aquel momento descubrí que me dolía no saber quién era mi amigo en realidad.

No sé cómo fui de la mesa al barreño, debió de llevarme la intención sin que yo me diera cuenta del tiempo ni del movimiento invertidos en el trayecto, sólo recuerdo que me encontré delante de él, pidiéndole el jabón con un ademán.

Era esa compenetración que está más allá de cualquier pasión erótica que yo ansiaba alcanzar también con Kristian, ese sentimiento fraternal, casi neutro, que nunca tuvieron mis relaciones con él y que, sin embargo, es tan natural como la vista, el olfato o la respiración, el don del amor sin sexualidad; y por ello quizá no sea exagerado decir que sentía un cálido agradecimiento, sí, me sentía agradecido y humilde, porque de él había recibido lo que en vano había esperado del otro, pero no había humillación en mi sentimiento porque no tenía que estarle agradecido a él, sino sólo a la circunstancia de que él estuviera aquí y yo también.

Me miró vacilando, su cabeza se movía a derecha e izquierda buscando mi mirada sin encontrarla y, sin embargo, me entendió enseguida, porque me puso el jabón en la mano y se agachó.

Yo le mojé la espalda y se la enjaboné bien.

Yo sabía que si Prém había dicho aquella estupidez era porque él la tenía muy grande; a veces Kristian le ordenaba que nos la enseñara y nosotros la mirábamos mudos de asombro y luego casi reventábamos de risa, por lo grande que era.

Yo sentía una felicidad inenarrable porque Kálmán, a pesar de todo, fuera amigo mío.

Su espalda enjabonada olía a establo y la aclaré bien.

Prém había dicho aquello para que Kálmán no se acercara a mí y siguiera siendo amigo suyo.

Pero el jabón se me escapó de la mano y cayó en el barreño, entre sus piernas.

Tuve que salir a respirar, del asco que me daba Prém.

Pisé una cosa blanda.

Sentí una náusea.

El perro dormía plácidamente, tendido en el porche. Yo tenía las manos llenas de jabón.

Me eché en el suelo, alguien había apagado la luz, estaba oscuro.

Las estrellas habían desaparecido, la noche era silenciosa y asfixiante.

Durante mucho rato, sólo pensé que tenía que irme a casa, nada más, sólo que tenía que irme a casa.

A lo lejos parpadeaban relámpagos y retumbaban truenos.

Y ahora las piernas me llevaban, la cabeza tiraba de mí, los pies tanteaban un camino que nadie sabía a dónde conducía.

El trueno anunció la llegada de los relámpagos, el aire se alborotó y el viento aulló en las copas de los árboles.

Mi boca sintió algo duro y frío, con sabor a herrumbre y comprendí que había llegado a casa; entre los árboles, la familiar ventana iluminada y aquí, entre mis labios, el hierro de la verja.

Como el que entra por primera vez en un lugar bien conocido, como si ya hubiera visto lo que tan extraño le parece.

Yo tenía que descubrir ante todo dónde estaba.

Entre el viento fresco que aullaba, empezaron a caer unos goterones tibios, que cesaron y luego volvieron.

Me quedé un rato echado a la luz de la ventana abierta, deseando que nadie me encontrara nunca.

Por encima de la pared, veía los relámpagos.

No tenía ganas de entrar porque yo odiaba aquella casa, y sin embargo debía ser mi único refugio.

Aún hoy, mientras me esfuerzo por rememorar el pasado con ecuanimidad, me resulta difícil hablar objetivamente de la casa bajo cuyo techo las personas se habían alejado tanto unas de otras, estaban hasta tal punto consumidas por su proceso de desintegración física y moral, tan abandonadas a sí mismas, que ni advertían la ausencia de un miembro de la llamada unidad familiar, el hijo.

¿Por qué no se habían dado cuenta?

Debía de ser tan poco lo que me echaban de menos que ni yo mismo me daba cuenta de que vivía en un infierno de ausencias, de que para mí el mundo era un infierno de ausencias.

Dentro se oían leves crujidos del parquet, un chasquido, pequeños rumores, como si alguien buscara algo, golpecitos y arrastrar de pies.

Estaba debajo de la ventana del abuelo.

Él vivía de noche y dormía de día, por la noche deambulaba por la casa y durante el día daba cabezadas en los sillones o dormía en el sofá de su habitación, a oscuras, y con esta inversión del tiempo se mantenía apartado de todos.

Si yo supiera cuándo empezó aquella desintegración múltiple, o si había tenido un principio, y cuándo y por qué se había enfriado nuestro espacioso nido familiar, podría contar muchas cosas acerca de la naturaleza humana y, desde luego, también del tiempo que me tocó vivir.

Pero no me hago ilusiones, yo no poseo la vasta sabiduría de los dioses.

¿Fue, quizá, la enfermedad de mi madre?

Sin duda, éste fue un importante punto de inflexión en el proceso, aunque, curiosamente, a mí su enfermedad me parecía más la consecuencia que la causa de aquella desintegración; en todo caso, también su enfermedad fue cubierta por el velo de la falsa naturalidad con que se enmascaraban el estado de mi hermana pequeña y los ataques de asma del abuelo, de los que la abuela decía en confianza que ni el tratamiento médico, ni la dieta, ni la puntual administración de los medicamentos servían de nada porque todo era puro histerismo.

Y que lo único que necesitaba era un cubo de agua fría.

Acerca de las formas físicas de esta degeneración no merece la pena hablar, como tampoco de que la abuela no dirigía la palabra al abuelo que, a su vez, muy raramente hablaba con mi padre, convidan día tras día sin saludarse siquiera, hacían como si no se vieran, a pesar de que la casa en que vivía mi padre pertenecía al abuelo.

Ni aún hoy podría afirmar si para ser feliz es preferible saber o ignorar; pero a pesar de que yo procuraba habituarme a estas mentiras, adaptándome al sistema y hasta contribuía con mis propios engaños a su buen funcionamiento, a pesar de que desconocía su origen y ni siquiera sabía cuál era su finalidad ni qué era lo que se pretendía tapar, no dejaba de darme cuenta de ciertas cosas: sabía, por ejemplo, que la enfermedad del abuelo era auténtica y grave, que cualquier ataque podía ser mortal y, como la abuela observaba los ataques con indiferencia y sin auxiliarle, me parecía que ella estaba esperando precisamente que se muriera; también sabía que la enfermedad de mi hermana era incurable, que había nacido con el cerebro dañado irreparablemente, pero el remordimiento por las circunstancias de su nacimiento o, quizá, de su concepción, es decir, la causa del mal, si la había, habían inducido a mis padres a sellar un pacto para encubrirla, y no perdían ocasión de manifestar su confianza en una curación, tratando con ello de proteger un secreto que nadie debía descubrir; en nuestra familia era como si cada cual se sirviera de la mentira para tener en sus manos la vida de los demás; sí, y por un movimiento casual descubrí también que mi madre no guardaba cama porque estuviera convaleciente de una operación de vesícula.

Apoyado en su brazo, atento a su respiración, yo no quería sino acariciarle el cuello y la cara, por eso digo que fue un movimiento casual; ella no dormía, pero tenía los ojos cerrados, y, cuando acerqué la mano a su cuello, mi dedo se enganchó en la cinta que cerraba el escote del camisón, que no estaba atada o se desató entonces, y la fina seda blanca resbaló de su pecho, quiero decir que durante una fracción de segundo creí que había resbalado de su pecho y me pareció ver su pecho, pero lo que vi en lugar del pecho eran los costurones de una cicatriz en forma de estrella y las señales rojas de los puntos.

Sobre mi cabeza retumbaron cristales y se cerró rápidamente la ventana.

No podía ser más oportuna la tormenta, yo me quedé allí echado, como si esperase que la lluvia torrencial pudiera sepultarme, hacer que se me tragara la tierra, pero el agua fría me serenó.

Me levanté y golpeé el cristal de la ventana, para que me abrieran.

Entonces vi con sorpresa los ojos de espanto de la abuela que me miraban; el abuelo estaba echado boca arriba en su sofá, con los ojos cerrados.

Mientras esperaba que me abriesen la puerta se me empaparon la camisa y el pantalón, diluviaba, tronaba y relampagueaba, y cuando por fin la abuela me dejó entrar hasta el pelo me chorreaba.

Pero ella ni encendió la luz, no dijo nada y, sin preocuparse de mí, regresó rápidamente a la habitación del abuelo.

Yo la seguí.

No se daba prisa porque fuera a hacer algo, ya que, simplemente, volvió a sentarse en la silla de la que mi inesperada llegada la había hecho levantarse; se daba prisa para estar allí, para estar presente cuando ocurriera.

El agua que resbalaba por los grandes cristales de la ventana era como una cortina, destellos azulados iluminaban incesantemente los árboles que, bajo la lluvia, tenían un contorno desdibujado y mágico, los truenos hacían temblar los cristales, y parecía que todo el bochorno de antes de la tormenta estaba encerrado en esta habitación.

El pecho del abuelo subía y bajaba rápidamente, el libro que tenía abierto en la mano colgaba del borde del sofá, como si fuera a caer de un momento a otro, pero él parecía aferrarse a aquel libro como si fuera lo último que lo unía a este mundo, tenía la cara blanca y reluciente de sudor, en los pelillos del labio, encima de su boca abierta, había gotitas, su respiración era apresurada, sibilante y fatigosa.

La lámpara de pie que estaba detrás de la cabeza del abuelo le iluminaba la cara para que nada de su lucha quedara oculto, pero la abuela estaba sentada en la sombra, contemplándolo, inmóvil, un poco tensa y expectante, desde la cálida y grata semioscuridad.

Tan rígida como el respaldo de la silla.

La abuela era una mujer alta, de porte erguido, una anciana majestuosa, aunque ahora reconozco que la consideraba más vieja de lo que era en realidad, ya que no tendría más de sesenta años, casi veinte menos que el abuelo, lo cual para mi infantil noción de la edad no representaba una gran diferencia, los dos me parecían viejísimos y muy parecidos entre sí, a causa de su edad.

Los dos eran delgados, angulosos y callados, lo que entonces me parecía otro síntoma de vejez, aunque probablemente eran razones muy distintas las que los habían llevado al silencio, además, sus mutismos tenían una calidad distinta; en el de la abuela vibraba una ligera irritación, constante y ostensible con la que daba a entender que ella no callaba porque no tuviera nada que decir, sino que deliberadamente negaba al mundo sus palabras, para castigarlo, y yo temía aquel castigo; no sabía cómo había sido la abuela de joven, pero buscando la razón de aquella irritación, suponía que no había podido asumir y superar el cambio de su forma de vida, que se había producido hacía sólo unos años, y fue un cambio muy grande, y ella era tan hermosa que se creía con derecho a ser mimada por la fortuna hasta el fin de sus días; todavía años después de la guerra la llevaba a la ciudad un Mercedes negro, reluciente como un espejo, que me hacía pensar en una cómoda carroza, conducido, como era de rigor, por un elegante chófer con librea y gorra de plato, pero hubo que vender el coche, y las acciones de la abuela me sirvieron para forrar los libros Y libretas del colegio durante varios años -el reverso, perfectamente Manco, era ideal para este fin, una vez desprendidos los cupones perforados-; después, el abuelo tuvo que cerrar repentinamente el bufete del bulevar Térez, y fue necesario despedir a la criada, cuya habitación ocupó Maria Stein durante una temporada, hasta que también ella desapareció y, finalmente, para colmo de males, el año de la nacionalización, el abuelo, sin consultarla, renunció voluntariamente a a propiedad de la casa que tenían en común; fue tal la consternación e la abuela, me contó mi madre riendo, que al enterarse de la renuncia, al cabo de varias semanas y por casualidad, se desmayó, porque, al fin y al cabo, la casa era patrimonio suyo, y, cuando volvió en sí -la tía Klara, la hermana mayor de mamá, la reanimó de dos bofetadas-, se impuso e impuso a la familia el mayor de los castigos, y desde aquel día no volvió a dirigir la palabra al abuelo, pero lo gracioso era que él no se daba por enterado de su mutismo y seguía hablándole; y, realmente, no le faltaban razones para sentirse dolida, ella no había nacido para ser criada, enfermera y hermana de la caridad de tres enfermos graves y dos desequilibrados -estaba convencida de que tanto mi padre como yo éramos anormales-, ya que carecía de la abnegación y la ternura que exige la labor, ello no obstante, con gesto de agravio, hacía todo lo que hubiera que hacerse; el silencio del abuelo tenía otras causas, quizá, su infinita paciencia y su humor innato: él no estaba ofendido, mejor dicho, no se consideraba ofendido, y las cosas del mundo le parecían tan absurdas, mezquinas, aburridas y ridiculas que callaba por pura consideración, para no ofender a nadie, porque no podía conceder la menor importancia a todo lo que los demás se tomaban tan en serio y, para evitar discusiones, optaba por reservarse su opinión, y creo que eso le hacía sufrir por lo menos tanto como a la abuela su orgullo herido.

En los labios del abuelo temblaba el rictus amargo de su sonrisa irónica incluso durante los ataques, como si, protegido por sus párpados cerrados, estuviera divirtiéndose con su propio ahogo y considerara la inútil batalla que libraba su organismo para impedir lo que era inevitable, una equivocación comprensible pero lamentable.

La abuela miraba al abuelo con verdadera rabia, porque él, con su humorística actitud, no encajaba en el papel del paciente agradecido; si no se moría no era por falta de ganas, por eso no se entregaba en manos de su enfermera, sino que, con profunda sabiduría, encomendaba cuerpo y alma al poder que, según sus creencias, debía disponer de ellos, sustrayéndose a los piadosos cuidados de la humana misericordia y hasta dejándolos en ridículo.

Y era lógico que, a los amargados ojos de la abuela, pareciera que él representaba el número de la agonía interminable con el único propósito de mortificarla hasta el último momento.

No obstante, en aquel resentimiento y aquella contienda no había sordidez, grosería ni mezquindad; ambos sabían guardar las formas y mantener la dignidad.

Vestían con pulcritud y corrección, nunca los vi desaseados ni descuidados. El abuelo, a pesar de que nunca salía a la calle, se afeitaba a diario, hacia el mediodía, usaba camisa blanca con cuello duro, corbata de seda con el nudo grande y no muy bien hecho, pantalón gris, holgado, con la raya perfectamente marcada y chaqueta de pana color café, y la abuela lavaba, guisaba y hacía la limpieza con zapatillas de tafilete de medio tacón y batas de casa entalladas, largas y acampana das que, según la estación y la hora, eran de cretona, de seda, de lanita o de terciopelo, y le daban un aire muy elegante como si, en lugar de batas de casa, fueran vestidos de noche, lo que, lejos de resultar ridículo, daba sensación de rigor y distinción; con el cigarrillo en una mano y el vestido hasta los pies, la abuela tocaba los objetos como si no supiera para qué servían; sólo para las tareas más pesadas, como limpiar ventanas, encerar el parquet y hacer limpieza a fondo, tenía ayuda o, como decía ella, «hago venir a una mujer», del mismo modo en que ella nunca «subía» simplemente a un tranvía o a un taxi, sino que los «tomaba»; hacía la colada la madre de Kálmán, que, una vez a la semana, se llevaba la ropa sucia y la traía limpia y planchada.

En la breve pausa entre dos de sus jadeos sibilantes, el abuelo dijo algo así como ¡aire! o ¡la ventana!, no se le entendía bien, porque, con sus convulsos esfuerzos por respirar, sólo emitía sonidos vagos, y entonces la abuela se levantó, pero no abrió la ventana, sino que apagó la lámpara que estaba sobre la cabeza del abuelo y volvió a sentarse.

Debía de ser cerca de la medianoche. La ventana no se abre, dijo la abuela en la oscuridad, ahora, en plena noche, no nos apetece sacar la bayeta y ponernos a secar el suelo, y aire hay de sobras.

Cuando yo estaba delante, le hablaba dirigiéndose a mí.

A oscuras, esperamos a que se le pasara el ataque o a que ocurriera algo.

A pesar de todo, al día siguiente me desperté muy temprano.

Era una mañana de verano extraña, insólita, el azul del cielo, después del temporal nocturno, tenía velos de bruma, la luz era clara y soplaba un vendaval.

En las alturas, en un lugar indefinible, el viento brama y silba sin cesar, descienden fuertes ráfagas que hienden las copas de los árboles, azotan los arbustos y agitan y enredan la hierba reluciente, y el fragor de las hojas que susurran, vibran, tabletean y se arremolinan, de los troncos que crujen y las ramas que chasquean y gimen se mezcla con el aullido de allá arriba, mientras aquí abajo todo se mueve y centellea, la ráfaga revuelve y desplaza luces y sombras, pero no puede darles un nuevo lugar definitivo, porque su impulso muere, y sólo persiste el estruendo, arriba, en el azul, que no produce nada, no trae nada, a diferencia del rayo, que trae al trueno, y, con la ráfaga siguiente, todo vuelve a empezar, imprevisible y caprichosamente, es un viento que no trae nubes ni lluvia, que no turba la paz del verano, que no hace regresar la tormenta, que no refresca ni calienta; el aire está claro, cristalino, no hay remolinos de polvo, hasta se oye picotear a un pájaro carpintero, y, a pesar de todo, es una tormenta, quizá la fuerza pura, escueta y seca.

Un furor al que nosotros, nerviosos y estremecidos, nos abandonamos, lo mismo que los pájaros confían gozosamente el cuerpo al viento clemente.

Es bonito que sople el viento y es bonito que luzca el sol.

En el jardín encontré a mi hermana, estaba en lo alto de la escalera que conducía a la verja, asiendo con una mano el hierro oxidado, con la cabeza colgando pesadamente sobre el pecho y el camisón blanco hinchado por el viento.

Yo había salido con un tazón de leche caliente, y me contrarió encontrarla allí, sabía que, si me veía, no podría librarme de ella, éste a siempre un empeño difícil, porque, a pesar de que jugaba con ella pacientemente, mi objetivo era siempre zafarme lo antes posible.

Pero a aquella hora no era muy grande el peligro, y es que por la mañana, cuando acompañaba a nuestro padre hasta la puerta, podía quedarse en la verja hasta una hora entera, apesadumbrada, sin moverse, como petrificada.

Y a veces estaba tan afligida que ni la abuela, a la que temía más que a nadie, como era natural, conseguía llevársela de allí.

Mi hermana tenía un reloj interior infalible; por un instinto misterioso, sabía con exactitud cuándo se despertaba nuestro padre, v riendo alegremente, saltaba de la cama, le seguía al cuarto de baño y de pie al lado del lavabo, le observaba mientras él se afeitaba; la operación del afeitado era el punto culminante de su relación, el momento en el que se satisfacía el amor de mi hermana, un goce que se repetía cada mañana: nuestro padre, delante del espejo, se pasaba la brocha por la cara al tiempo que emitía con la garganta un zumbido grave que crecía en la misma medida que la espuma, como si gozara sacando de la nada una espuma tan hermosa y abundante; mi hermana imitaba el sonido y, cuando ya estaba enjabonada toda la cara y el zumbido casi se había hecho rugido, mi padre callaba bruscamente, también mi hermana callaba, y entonces se hacía una pausa muy agradable mientras mi padre aclaraba la brocha y la dejaba en el estante de vidrio, y cuando, con un ceremonioso movimiento, él levantaba la cuchilla, mi hermana le miraba la mano conteniendo la respiración, y mi padre la miraba a los ojos por el espejo y, con un ronco gemido de placer, deslizaba la cuchilla tensando la piel con dos dedos, y repetía el sonido a cada pasada de la cuchilla con la que se llevaba la espuma y la barba; el juego consistía en fingir que la cuchilla hacía mucho daño a la espuma, pero también mucho bien y, a cada pasada, mi hermana gritaba de alegría y también de dolor al mismo tiempo que nuestro padre, luego observaba con gran excitación cómo se vestía y permanecía sentada a su lado balbuceando mientras él se desayunaba; pero, en cuanto él se limpiaba los labios con la servilleta y se levantaba de la mesa para marcharse -si no era domingo, el día en el que al acto de limpiarse los labios seguía el de fumar tranquilamente un cigarrillo-, en la cara de mi hermana la alegría se trocaba en desesperación, se aferraba al brazo y la mano de nuestro padre y, si él había olvidado dejar preparados los expedientes que necesitara, tenía que llevar a rastras a la niña no sólo del comedor al recibidor, sino del comedor al despacho y del despacho al recibidor; si el juego del afeitado le divertía también a él, esta escena le irritaba y a veces los labios se le crispaban en la sonrisa forzada con que trataba de disimular, y juraba entre dientes por tener que someterse día tras día al mismo ritual, y estaba a punto de golpearla, pero entonces se asustaba y dominaba el impulso con renovada paciencia, y cuando por fin llegaban a la fatídica puerta en la que la separación era inevitable, mi hermana pasaba bruscamente del paroxismo de Ia desesperación a la abulia de la resignación y dejaba que nuestro padre la tomara de la mano y dócilmente lo acompañaba hasta la verja, donde esperaba el coche con el motor en marcha.

Quién podría explicar por qué fui hacia ella, si yo quería rehuirla, no turbar su ensimismamiento que me brindaba la oportunidad de escapar; evidentemente, yo no era consciente de los celos que me inspiraba su incondicional devoción por mi padre, ni de que estos celos me hacían buscar su compañía, por el afán de compartir su añoranza.

También con Kálmán, a causa de nuestro común afecto por Maja, sentía yo una afinidad similar.

Ella se sujetaba a un barrote de la verja, yo me senté en la escalera, mientras bebía la leche, procurando que la nata no me entrara en la boca y, con una alegría malsana, casi denigrante, saboreaba la tristeza que irradiaba su cuerpo.

Porque el cuerpo exhala sus sentimientos, sólo hay que estar lo bastante cerca para percibirlos.

En su dolor veía yo un reflejo deformado de la sensación que había suscitado en mí la pérdida del cuerpo desnudo de mi padre, una sensación de carencia que nunca superaría.

Al cabo de un rato, ella se volvió hacia mí y empezó a seguir mis movimientos, lo que me impulsó a beber la leche más despacio todavía, para hacerla durar; yo hacía como el que no ve ni siente una presencia, se mantiene indiferente, se desentiende de ella, con lo que, instintivamente, ahondaba en su herida, acrecentando su sensación de abandono.

Hasta el momento en que le pareció que el tazón de la leche podía consolarla.

Alargó la mano hacia él, pero yo me lo llevé a la boca y di un sorbetón.

Ella se soltó de la verja y se acercó a mí, mejor dicho, al tazón, al sorbetón, al acto de beber.

Ahora estaba a mi lado y en esta proximidad se inició nuestro diálogo mudo. Yo seguía fingiendo no darme cuenta de que ella quería la leche y, con ademán casual, me puse el tazón entre las rodillas, para protegerlo.

Ella extendió el brazo y entonces yo retiré el tazón.

Sólo soltó un débil quejido, aquel sonido odioso con el que por la tarde esperaba a nuestro padre.

Porque no sólo sabía cuándo se levantaba él, sino que también adivinaba cuándo regresaba a casa.

Por las tardes, cuando yo esperaba a Livia, entre cuatro y cinco, dondequiera que estuviera, le entraba de pronto un vivo nerviosismo, inquietud y desasosiego, y dejaba oír aquel gemido interminable, como si la alegría se anunciara con dolor, y porfiaba en el sonido hasta que éste se convertía en llanto, un llanto que iba subiendo de tono; aunque no era propiamente llanto, porque no derramaba lágrimas, más parecía la queja de un animal, que ella, deambulando por la casa y el jardín o agarrada a la verja, mantenía hasta que nuestro padre llegaba a casa.

Si mal no recuerdo, mi hermana no daba estas exageradas señale de pena o de júbilo cuando estaba reunida toda la familia, por ejem pío, en la sobremesa del almuerzo del domingo.

Cansado de oír su llanto, metí el índice en el tazón y saqué la nata de la leche. Esta bobada tuvo la virtud de distraerla de su dolor, y se inclinó hacia mí con la boca abierta, dando a entender que quería la nata.

Le acerqué el dedo a la boca, como el que enseña el cebo al pez pero, antes de que ella pudiera atrapar la nata con los labios y la lengua, retiré el dedo, repetimos el juego hasta que su boca volvió a contraerse con la mueca del llanto, y entonces le di el cebo y el dedo.

Ella chupaba con fruición, y yo, para aumentar su placer, le puse en la mano el tazón ya casi vacío y salí por la verja que estaba a su espalda corriendo con todas mis fuerzas para que, cuando se diera cuenta de mi marcha, no viera más que la calle vacía.

En el sendero estaba Kálmán.

Estaba en el sendero que, encima del campo de maíz situado detrás de la casa de sus padres, conducía al bosque, tenía en la mano un bastón y con un extremo apuntaba al suelo, sin moverse.

El viento agitaba las relucientes hojas verde oscuro del maíz con una crepitación seca y el bosque murmuraba.

Qué estaba haciendo allí, le pregunté cuando llegué arriba, jadeando, casi tuve que gritar, para dominar con la voz el bramido del viento, pero él no me contestó, volvió la cabeza despacio y me miró fijamente, como el que no sabe con exactitud quién tiene delante.

A sus pies, en medio del camino, había un ratón muerto, al que no había tocado con la punta del bastón.

A mí no se me ocurría qué podía haberle sucedido, porque cuando había dado la vuelta a la granja buscándolo -a aquella hora no se podía gritar, porque sus padres y hermanos dormían-, todo parecía estar en perfecto orden: había sacado a los pollos y los gansos, el establo estaba vacío y en la porquera los lechoncitos se agarraban con ansia a las tetas de su madre, plácidamente tumbada en el suelo.

Me acerqué a la cerda, para ver cómo seguía, y ella levantó la cabeza y me gruñó largamente, como si me reconociera y se alegrara de verme, y a mí me hubiera gustado compartir con él inmediatamente la satisfacción, la tonta sensación, de que el animal me quería.

Un poco más allá, su perro corría alrededor de un arbusto, hundía el hocico en las hojas, volvía a dar vueltas, muy excitado, y otra vez husmeaba y escarbaba en el sitio en el que había encontrado algo sensacional que no conseguía atrapar.

Al ver que estaba observando a unos escarabajos enterradores que trajinaban en torno al ratón muerto, me agaché a mirar, con la esperanza de hacerle hablar; me irritaba su silencio, quizá era efecto del viento, pero yo me sentía muy excitado y pletórico de energía como para poder identificarme con él sin una transición, pero tampoco podía preguntar qué le pasaba, porque estas cosas no se preguntan.

Si más no, porque la desgracia debía de ser tan grande que ni se daba por enterado de mi actitud deferente, al contrario, hacía como si estuviese allí por casualidad y hasta le mortificara haberse quedado mirando a aquellos estúpidos escarabajos; con su gesto y con su inmovilidad, me daba a entender que estaba muy equivocado si creía que tenía algún plan, él ni miraba los escarabajos ni pensaba hacer nada, estaba allí y nada más, y yo podía guardarme mi interés, no me necesitaba, a ver si lo dejaba en paz, sería inútil que hiciera como si aquellos escarabajos me interesaran tanto, él me veía las intenciones, y le bastaba con el maldito viento y este asco de sol y el chiflado de su perro, y yo podía irme al cuerno de una vez.

Pero yo no me moví, lo cual no dejaba de ser humillante, porque su indiferencia y su retraimiento hacían que pareciera inútil quedarse, y a pesar de todo, me quedé.

¿A qué había venido? ¿Por qué venía a su casa? Pero ¿adonde había de ir si no? Y, si no venía yo a su casa, ¿no iría él a la mía? Porque, cuando yo me enfadaba, cuando me sentía ofendido y la herida de mi amor propio era muy profunda como para que pudiera olvidarla y encogerme de hombros, era él el que se presentaba en nuestra casa, sonriendo de oreja a oreja como si no hubiera ocurrido nada, aunque yo sabía bien que no venía exclusivamente por mí sino porque trataba de impedir que yo fuera a casa de Maja y, aunque no de forma tan descarada, yo hacía otro tanto, también iba a su casa para averiguar si había ido a ver a Maja.

La diferencia entre nosotros consistía en que él trataba de vigilarme, estorbarme y retenerme, en tanto que yo sólo quería controlar y saber, y, cuando no lo encontraba en su casa ni su madre podía decirme adonde había ido, cuando en vano recorría el bosque con la esperanza de que mis suposiciones fueran falsas porque lo encontraría por ahí, y no lo encontraba, sentía que los celos me ahogaban, pero no tanto por Maja como por Kristian.

Porque, mientras yo andaba por ahí solo, triste e indefenso, ellos estaban juntos sin pensar en mí para nada, porque yo nada significaba para ellos.

Pero de esto nada podía saber él.

Tampoco podía saber que mis celos, cuando él conseguía burlar mi vigilancia y escapar a casa de Maja, no eran tan fuertes, ni mucho menos, como los suyos en el caso contrario, porque a mí no me afectaba tanto lo que él pudiera hacer con Maja, mejor dicho, me hubiera gustado saberlo, pero me producía cierto placer, un placer doloroso, desde luego, pensar que, en un asunto que yo creía que no me interesaba especialmente, él fuera mi sustituto, y yo, el suyo, y cuando estaba en casa de ella esta idea de la sustitución me apasionaba.

Era como si Maja no amara en nosotros a dos seres diferentes sino a uno solo, que, sin embargo, no podía concretarse individualmente en ninguno de los dos, de manera que, cuando ella me hablaba a mí también le hablaba a él, un poco, y cuando estaba con él también parecía querer estar conmigo, por lo que, mal que nos pesara, cada uno debía soportar la presencia del otro, del extraño, que, por otra parte por familiar que a ella le resultara, no dejaba de ser un intruso que le impedía alcanzar el placer ansiado; Maja, por muchos aires de puta que se diera, a nuestros ojos, era un ideal, no era la veradera Maja, ni para él ni para mí, ni siquiera para sí misma, porque lo que buscaba en él o en mí sólo podía encontrarlo en los dos y, al no hallar a ese ser único, sufría e imitaba la coquetería de Sidonia, con lo que se convertía a nuestros ojos en una especie de símbolo de la feminidad al que nosotros hubiéramos debido oponer nuestra masculinidad, pero no podíamos saber aún que ella, precisamente con este juego de las sustituciones, en el que aprendíamos unos de otros y unos con otros, estaba llevándonos hacia nuestra realización; paciencia, nos exhorta la naturaleza, cada cosa a su tiempo, aunque a veces haya que sacar esta paciencia de la impaciencia de un amor arrebatado.

Y yo creía que, en este confuso juego, sólo yo ganaría, porque aunque entre ellos hubiera ocurrido algo irremediable, algo más, pongamos por caso, que un beso, y ese «algo más» lo deseaba yo también, naturalmente, el gran secreto que compartíamos Maja y yo -nuestra investigación- impedía que Kálmán, con su enamoramiento o lo que fuera, se interpusiera entre nosotros, él nunca podría romper nuestra unión.

Y si hubiera ocurrido lo irremediable yo lo hubiera percibido a través de Maja, algo me hubiera transmitido ella.

Kálmán y yo nos atenazábamos mutuamente con astucia y ardor, y, comparado con este abrazo perpetuo que, en los momentos de celos, parecía mortal, el hecho de que nos hubiéramos tocado el pene el uno al otro era una menudencia, o, si no, la consecuencia de nuestra rivalidad.

Pero después de lo que habíamos pasado juntos la noche antes, a partir de ahora, hiciera lo que hiciera, nunca más podría ofenderme, y nunca más podría yo decirle lo que tal vez le hubiera dicho en un caso similar, por ejemplo: «Que te den, gilipollas», antes de salir corriendo; como yo corría más que él, sólo tenía que procurar lanzar e insulto en el instante mismo de salir disparado, porque él era más ha bil y podía ponerme la zancadilla.

Por otra parte, me parecía que su mal humor y su furor no estaban dirigidos contra mí sino que tenían un carácter más general, debía de haberle sucedido algo desagradable; aunque en aquel momento ignoraba la causa, deseaba ayudarle, porque pensé que tal vez tenía que ver con Maja, y traté de distraerle.

Empujé ligeramente el ratón con el dedo, lo que hizo que los escarabajos enterradores se inmovilizaran inmediatamente, expectantes, pero sin escapar abandonando la presa.

También lo de los escarabajos tenía su historia.

Por cierto que a mí con Livia me ocurría lo mismo, de repente, sin que hubiera sucedido nada especial, me invadían la postración y la repugnancia, como si estuviera en una zanja profunda, oscura y resbaladiza, en la que sentía un odio asesino hacia todo el que se asomara a mirar: que se largara, que reventara, que desapareciera para siempre de la faz de la tierra.

Mi dedo rozó una cosa blanda y el cadáver cedió plásticamente, el ratón tenía un ojo abierto y por su hocico contraído asomaba un colmillo bajo el que había una gotita de sangre coagulada.

Yo esperaba que él me gritara que me estuviera quieto, porque no le gustaba que la gente manoseara las cosas.

Había sacudido a Prém por un lagarto.

Un bonito lagarto verde con cabecita azul turquesa -no muy grande, todavía flaco de la invernada, y joven, a juzgar por las escamas- que tomaba el sol en un tronco, era primavera, la época en que los lagartos aún están un poco torpes y, al sentir nuestra presencia, retrocedió, pero despacio, sin ganas, reacio a dejar el sol por la fría sombra, y se quedó mirándonos con sus ojitos vivos, hasta que pareció convencerse de que no teníamos intenciones hostiles y bajó los párpados con lasitud, confiándose a nuestra benevolencia, y entonces Prém no pudo seguir conteniéndose y lo agarró, y aunque en el lagarto despertó al momento el instinto de conservación y pudo escapar, tuvo que dejar la cola, que quedó retorciéndose en el tronco, goteando sangre rosada, y fue entonces cuando Kálmán se echó sobre Prém, vociferando.

Pero ahora mi movimiento no lo impulsó ni a decirme una palabra y, tan pronto como la sombra de mi mano se apartó, los escarabajos volvieron al trabajo.

Mis conocimientos acerca de los escarabajos enterradores, al igual que de otros animales y de muchas plantas los debía a Kálmán y, aunque yo no era insensible a los fenómenos de la naturaleza, tal vez la diferencia entre nosotros consistía en que yo era un observador y él sentía estos fenómenos como algo propio, y mientras la observación despertaba en mí excitación, dolor, repugnancia, temor o entusiasmo, sentimientos que casi inmediatamente se traducían en el deseo de intervenir, él se identificaba profundamente con ellos, como el que, tanto bajo la tortura del más terrible dolor como en el goce de la más exquisita alegría, cede a sus emociones, no las reprime con prejuicios ni temores, él era neutral como la naturaleza misma, ni sensible ni insensible, su ecuanimidad era de otra índole; creo yo que así reaccionan las personas bien templadas, y quizá por eso nada le repugnaba, por eso no tocaba nada que no le tocara a él, por eso lo sabía todo del bosque, escenario de sus andanzas; se movía despacio y en silencio, su vista era clara e infalible, en este terreno no admitía discusiones, aquí mandaba él, sin querer mandar; esta naturalidad lo blindaba contra todo reproche, como aquel domingo en que, a primera hora de la tarde, apareció de improviso en la puerta de nuestro comedor; a los ojos de los adultos ofrecía un aspecto francamente grotesco, nosotros estábamos todavía de sobremesa, mi primo Albert, el hijo de la tía Klara, un joven mas bien grueso, con una calva prematura, al que yo admiraba por su aplomo y su aire de superioridad casi tanto como lo despreciaba por su hipocresía y su estupidez, estaba contándonos el caso de un tal Emilio Gadda, un escritor italiano; porque mi primo era el único miembro de la familia que cultivaba una vena más o menos artística, era cantante, profesión que en aquellos años se consideraba tan insólita como ventajosa, viajaba mucho y poseía un abundante repertorio de anécdotas que gustaba de relatar con su agradable voz de bajo, que hacía presagiar una estimable carrera lírica, y cierto aire de modestia, entremezclando los acontecimientos con comentarios picantes y pequeñas melodías, como si hablara cantando y cantara hablando, citas musicales con las que daba a entender que él eso del cante lo tenía tan arraigado que ni en los momentos de grato esparcimiento podía dejar de ejercitar su preciosa voz; pero cuando Kálmán apareció de pronto en la puerta, descalzo y con su raído calzoncillo, mi primo se interrumpió y soltó una carcajada sonora y autocomplaciente: ¡qué gracioso chiquillo, sucio y maleducado!, y los demás le hicieron coro, pero yo me avergoncé un poco de mi amigo y también de mí mismo, por haberme avergonzado de él, que, sin una palabra de saludo, me hacía señas para que saliera inmediatamente, el motivo que le había traído debía de parecerle tan importante que no prestó atención a los circunstantes, como si no viera a nadie más que a mí, lo que tengo que reconocer que no dejaba de ser cómico.

Los escarabajos, a pesar de las piedrecitas y los terrones que entorpecían su labor, excavaban rápidamente debajo del ratón, utilizando a modo de pala su cabeza puntiaguda, que hacían girar sobre su negra coraza y expulsando la tierra hacia atrás con sus patitas articuladas; abrían primero una zanja alrededor del cadáver, después cavaban debajo de éste hasta hundirlo en el suelo y, por último, lo cubrían cuidadosamente, enterrándolo sin dejar huella, de ahí su nombre de enterradores, según me explicó Kálmán; su trabajo es pesado y, como tienen que enterrar animales que, comparados con ellos, son gigantescos, dura muchas horas, aunque desinteresado no es, porque, antes de empezar la tarea, ponen sus huevos en el cadáver, de los que saldrán las ninfas que, cuando crezcan, una vez se hayan comido e cadáver putrefacto, saldrán a la luz del día; es su vida.

Aquel domingo habían enterrado una rata, lo que resultó una labor incomparablemente más fácil, a pesar de que la rata era más grande, pero aquí, en el camino, en torno al ratón, el terreno no solo era compacto sino pedregoso.

Trabajaban nueve escarabajos.

Dos anchas franjas rojas cruzan las negras corazas dorsales en cuello y abdomen, y finos pelos amarillos protegen las delicadas articulaciones de su cuerpo.

Cada escarabajo trabaja en un territorio delimitado con precisión, oero el esfuerzo está concertado, porque cuando uno tropieza con un terrón o una piedra, parece llamar a sus compañeros, que dejan su tarea y acuden rápidamente al escollo, lo palpan con sus largas antenas en forma de cuerno y, una vez han estudiado la situación, se tocan mutuamente con las antenas, como si cambiaran impresiones; si es un terrón, varios escarabajos se ponen a triturarlo y, si es una piedra, tratan de retirarla entre todos.

Mientras yo observaba a los escarabajos preguntándome qué podía ocurrirle a Kálmán, él empezó a hablar de pronto, para decir que Kristian le había hecho caer la jarra de la leche de la mano, adrede.

Yo no sabía de qué me hablaba.

Pero él repetía que lo había hecho adrede, que no había sido sin querer sino a propósito.

Yo seguía sin entender qué había hecho Kristian.

Anoche, empezó con un profundo suspiro cuando, por fin, tras repetir varias veces la pregunta, conseguí sacarle del estupor provocado por la intencionalidad de Kristian, había olvidado decírmelo, pero anoche habían dormido en la tienda, sí, aquella gran tienda militar que tenía Prém, y esta mañana él les había subido leche recién ordeñada, y Kristian le había gastado la broma estúpida de decirle que había una mosca en la leche y, cuando él se había inclinado a mirar, el otro, por debajo, había golpeado la jarra, que había caído al suelo y se había roto, y esto nunca se lo perdonaría.

Hablaba completamente en serio, y el viento bramaba con tanta fuerza que yo casi tenía que leerle las palabras en los labios, pero él no me miraba, volvía la cara como si le avergonzara hablar de aquello o como si le avergonzara no poder reprimir la queja, mientras yo, al imaginar la escena de este burdo truco que siempre da resultado, y cómo la leche le saltaba a la cara, no pude menos que reírme.

Era como si con aquello Kristian hubiera querido darme una satisfacción a mí, aunque yo nunca había pensado en tomar revancha de Kálmán.

Pero ahora me parecía que con mi risa me vengaba de él, y era grata la venganza, a pesar de que traicionaba su confianza, pero no pude menos que reírme; en cuclillas junto a los atareados escarabajos, levanté la mirada, era visible la huella que había dejado Kristian en su gran cara inocente y en sus ojos, francos a pesar de la ofensa, y descubrir en su cara la huella de Kristian me complacía tanto que no podía ni quería contener la risa, ¡es una suerte que a veces uno no se dé cuenta de lo que hace!, me abracé las rodillas y me dejé caer en el suelo, revolcándome materialmente de risa, porque Kristian le había tirado la leche a los morros, y la jarra se había caído al suelo y ¡cras!, se había roto a sus pies y toda la leche se había derramado, era en vano que yo viera que él me miraba dolido y desconcertado, ¡y es que él no podía entenderlo!, cómo iba él a entender que Kristian le dominaba y le trataba con tanta crueldad porque él, Kálmán, no hablaba ni entendía este lenguaje, pero yo sí entendía el lenguaje de la crueldad y de la fuerza y no sólo lo utilizaba sino que incluso podría decirse que era lo único que teníamos en común Kristian y yo, el lenguaje de la arrogancia y la fuerza, que seguía siendo nuestro idioma común, aun cuando ejercitábamos nuestros recursos verbales a distancia, y ahora me complacía sentirme unido a Kistian por este lenguaje secreto, a costa de Kálmán.

Dónde estaba la gracia, preguntó, mirándome con sus límpidos ojos azules, dónde estaba la gracia, su madre le echaría una bronca, era una buena jarra vidriada.

¡Y, además, una jarra vidriada!, celebré, riendo con más fuerza todavía, por la pura alegría que provocan el daño y la destrucción, y precisamente porque no sabe uno lo que hace, pero se siente libre en su inconsciencia, ahora se me antojó que tenía que hacer algo más, era muy fuerte la alegría que bullía dentro de mí como para que bastara mi propia risa para manifestarla, ya no era suficiente su mera presencia y el parpadeo de perplejidad de sus pestañas pajizas para alimentar aquella hilaridad que me asfixiaba: en una apoteosis de ruindad, decidí hacerle intervenir activamente en mi fiesta -aparte de que mi risa no era más que un beso en la boca de Kristian- y, mientras me revolcaba por el suelo, al lado del cadáver del ratón, riendo de mi propia risa, le di un golpe en las piernas que le pilló desprevenido y le hizo caer encima de mí.

La risa, la diversión, el beso, el placer de la inesperada venganza acabaron cuando, al caer, él me agarró por el cuello con las dos manos y de su cara se borró por completo la huella de Kristian, y, aunque yo le rodeé el cuerpo con los brazos arqueando la espalda para desasirme, era tan impetuosa la corriente de odio que mi risa había desatado en él que, para contenerla, hacía falta más fuerza y más habilidad de las que yo poseía; inmediatamente comprendí, y fue como el último destello del pensamiento, que tendría que servirme de medios más ruines e indecentes todavía, pero hubiera sido indigno utilizarlos inmediatamente, primero había que pelear, había que acepta las reglas de honor del proclamado estado de guerra, fingiendo valor, arrojo y hombría, pero no conseguía sacudírmelo de encima, me atenazaba el cuello con una fuerza que hacía que en mis oídos se apagara el rugido del viento y la oscuridad se cerrara sobre mí como una lluvia roja; el peso de su cuerpo era insoportable, aunque la presión de sus manos despertó mis fuerzas defensivas, qué eran éstas, comparadas con aquel odio desatado, que ya en el momento de la acometida comprendí que no estaba provocado únicamente por la risa ni por mi persona sino por la ofensa infligida por Kristian, era el reverso de la inocencia, la bondad, la paciencia y la consideración características en él. ¡Quería estrangularme!, hacerme pagar lo que le había hecho Kristian y vengarse por lo de Maja, esto no era broma, quería cortar mi risa para siempre, ahogar en mí a Maja y a Kristian, me oprimía contra el suelo con el peso de su cuerpo, me tenía inmovilizado, yo no podía utilizar las caderas ni los pies para defenderme, pero conseguí que aflojara la presión de sus manos un momento y aproveché el respiro para darle un cabezazo en la frente, nuestros cráneos chocaron con un ruido seco, vi una lluvia de centellas, quedé atontado y no sólo perdí la ventaja de la sorpresa tan esforzadamente conquistada, sino que salí perdiendo porque entonces él, para inmovilizar mi cabeza, me hundió el codo en la cara, de manera que, para liberarme, yo no podía retorcerme más que hacia un lado, su brazo me apretaba la cara contra el suelo, la nariz me sangraba y mi boca abierta estaba al lado del ratón muerto.

No sé qué lugar ocupan en las estadísticas del crimen los asesinatos cometidos por niños, pero estoy seguro de que Kálmán quería matarme, mejor dicho, no creo que lo quisiera, que le moviera un propósito concreto, quizá una agresividad brutal lo cegaba, y, de no haber sentido yo el ratón tan cerca -lo tenía prácticamente en la boca-, si esta humillación, que distinguía esta pelea de nuestras riñas habituales, no hubiera movilizado esos instintos profundos que, ante la inminente derrota física, siguen buscando una salida, estoy seguro de que hubiera acabado conmigo, no sé cómo, quizá estrangulándome o aplastándome el cráneo con una piedra que tuviera a mano; a pesar de que la causa no era grave, el calor de la lucha lo ofuscaba, el control de la razón había dejado de funcionar, y lo que había empezado como chufla, broma y baladronada infantil, se había convertido en un momento en una lucha a muerte, una situación límite en la que la mente puede despertar fuerzas físicas desconocidas porque prescinde de toda consideración moral, no se para a decidir si lo que es posible es lícito y, por lo tanto, no contempla las posibilidades del cuerpo desde el punto de vista de la moral convencional sino oclusivamente desde el de la mera supervivencia, y éste es sin duda un instante extraordinario y crucial en el que parece que Dios mira hacia otro lado, un momento estelar a la hora de la remembranza, aunque el que recuerda, por inevitables fallos de la memoria, no puede evocar decisiones, preguntas y respuestas concretas del diálogo interior, aparte las imágenes caóticas del alma y la maraña de los sentimientos; a partir de este momento, la mente no tiene más objeto que el cuerpo y por ello tampoco tiene voluntad, no queda nada más que la forma escueta que, en sí misma, sin el conocimiento, ya no es la nuestra, o más exactamente, por lo que se refiere al control de las cosas, ya no es la nuestra, es ella la que decide y dispone en lugar nuestro, y sin duda no es casualidad que los poetas canten con tanto fervor la relación entre el amor y la muerte, porque nosotros en ningún momento percibimos con tanta claridad el derecho de autodeterminación de nuestro cuerpo como cuando luchamos por nuestra vida o cuando experimentamos el éxtasis amoroso, es la percepción del estado más arcaico del cuerpo humano, a partir de ahí el cuerpo no tiene historia ni Dios pierde su peso y su contorno, no se ve en ningún espejo, ni lo desea, se convierte en un punto luminoso en perenne explosión en la infinita negrura interior; por ello no quiero dar a entender que en aquel momento yo pensara lo que hacía, no, aquellos simples movimientos, reveladores de numerosos defectos de mi carácter, los reconstruyo ahora a partir de los vestigios de mero sentimiento que quedan en mi recuerdo, y si hablo de defectos es porque, al mirar atrás, sin yo quererlo, interviene el inevitable criterio moral, lo cual en realidad no es más que una deformación de los hechos, análoga a los juicios que emitimos después de las grandes guerras, con los que ennoblecemos lo que es vil clasificándolo por las categorías morales de valor y cobardía, honor y deshonor, lealtad y deserción, porque es nuestra única posibilidad de recuperar, asumir y situar este período inmoral, este estado de excepción, en la aburrida monotonía de lo cotidiano; si en aquel momento de angustia yo hubiera cerrado la boca, hubiera mordido el ratón y la sangre de mi nariz hubiera caído sobre él, pero la imagen que yo ofrecía debía de ser tan insólita, repugnante y hasta quizá traumática, que, durante una fracción de segundo, él aflojó la presión de su mano y percibí en él una cierta vacilación, lo que, no obstante, no me brindó una verdadera posibilidad de zafarme, sino que abrió sólo una rendija al alma, para que descubriera la total derrota del cuerpo; no, en aquel instante yo no pensaba en Maja, aunque esta derrota también podía significar una pérdida irreparable frente a ella, pero ¿dónde va a refugiarse el alma para salvarse sino en lo último a lo que ha renunciado? En la risa, yo tenía que volver a reír, con desmesura, con ganas, y de esta risa nueva y frenética que hacía burla de su ansia asesina, de su victoria y de su fuerza, que me hacía volver a sentir su piel, y el calor de su cuerpo desnudo, de esta risa malévola y pérfida nació el movimiento inmediato, las cosquillas y, por la alegría del efecto conseguido, mi boca se cerró sobre el cadáver del ratón; en este momento, él me asió la cabeza con las dos manos y la golpeó contra el suelo, pero no me importó, mi alma rastrera me había dado la clave para resolver la situación, yo le hacía cosquillas y me reía, mientras me ahogaba y escupía; él, para sujetarme las manos, hubiera tenido que rodar de encima de mí, y esto equivalía a renunciar a la victoria, pero tampoco podía soportar las cosquillas, cuatro veces por lo menos me golpeó la cabeza contra el suelo -me pareció que una piedra afilada me cascaba el hueso detrás de la oreja- y entonces empezó a gritar, ¡y cómo gritaba!, el furor ponía en su garganta un aullido triunfal que, en el apogeo de su victoria, se quebró en una risa chillona, porque no sólo su piel, su cuerpo arqueado y sus músculos tensos se resistían a la risa, también sus alaridos tenían el propósito de intimidarme, él trataba de defenderse de esta risa inoportuna, pero cuando su cuerpo se irguió, huyendo de mis dedos, yo pude por fin repetir mi fallido intento y escurrirme de debajo de él empujándolo con las caderas y golpeándolo con los pies, y él, debilitado por las cosquillas, se dejó expulsar jadeando y gimiendo y los dos rodamos, entre gritos y risas, del camino a los matorrales, mientras el perro aullaba, ladraba y arañaba y mordía el aire, y esto decidió el resultado de la pelea.

Entonces eché a correr por el bosque, gozando del placer de la carrera y de la fuerza del viento, él corría detrás de mí, pero no podría alcanzarme, porque, si mi huida era el reconocimiento de su victoria, también era mi desquite, el perro corría con nosotros, todo quedaba ahora en un juego, estábamos empatados y reconciliados, y entonces, como el joven macho que acaba de pelear por la hembra, con la euforia de haber conseguido escapar, con el placer de sentir la velocidad con que avanzaba mi cuerpo y la agilidad con que esquivaba las ramas haciendo quiebros, con la libertad que infunde la energía, entonces sí me acordé de Maja, de cómo corría delante de Sidonia por la pendiente del jardín, debió de ser por las risas, por la similitud de las situaciones, me parecía que yo era Maja, y es que mi forma de pelear tampoco era la propia de un muchacho; él trotaba y jadeaba detrás de mí, las ramas crujían y se partían bajo nuestros pies, las hojas nos azotaban el cuerpo entre siseos, murmullos y chasquidos, no dejé que me alcanzara -yo era más rápido y quería demostrárselo poniendo distancia entre los dos- hasta que llegamos al calvero, en cuyo extremo, bajo los árboles, habían plantado la tienda.

Cuando me paré bruscamente y me volví a mirarlo vi que temblaba de pies a cabeza, ya no se reía, estaba pálido y su piel tostada por el sol parecía manchada.

Jadeábamos echándonos mutuamente el aliento, yo me limpié la nariz con la mano y me sorprendió ver la sangre, también sangraba detrás de la oreja, pero esto no me interesaba en absoluto, estábamos los dos muy excitados, aunque fingíamos indiferencia, como para reparar en estas cosas.

Yo sabía que él estaba al tanto de lo que me proponía, lo había notado mientras corríamos, y él me comprendía lo mismo que yo a él.

La sangre le impuso un poco, pero con el ademán con que me limpié la mano en el muslo, le di a entender que eso ahora carecía de importancia, a mí no me preocupaba y tampoco él debía preocuparse.

Era una suerte que, gracias al viento, no nos hubieran oído acercarnos, por señas, le indiqué que avanzara un poco más, y se escondiera detrás de un arbusto y también que algo había que hacer con el perro.

Los observamos en silencio desde la espesura.

Pero el perro nos observaba a nosotros, no entendía aquella parada repentina y era de temer que hiciera un movimiento que nos delatara o, incluso, que se pusiera a ladrar en son de protesta.

Y, para que la cosa saliera bien, era indispensable que no sospecharan.

El viento ondulaba la hierba alta del calvero que relucía al sol.

Todo debía seguir como estaba ahora.

Kristian se encontraba cerca del borde inferior del calvero, tenía en la mano una rama larga que, abstraído y con la indolente elegancia peculiar en él, estaba tallando con su cuchillo de monte con puño de marfil del que estaba muy orgulloso y que debía de ser de su padre, cortaba las hojas, seguramente, para hacer un espetero, y Prém, que estaba sentado en lo alto de un árbol no muy lejos de él, le decía algo que el viento no nos dejaba oír claramente.

Algo de unas tablas que tenían que traer.

Kristian no contestaba, sólo levantaba la cabeza con aire distraído y le dejaba hablar, mientras sostenía la rama a distancia y hacía saltar los pequeños haces de hojas con un ligero movimiento del cuchillo.

Entonces me di cuenta de que, hasta aquel momento, nunca los había visto juntos a solas, a pesar de que, por sus indirectas, sus insinuaciones y sus despectivas observaciones, tenía que haber comprendido que eran inseparables, porque, por más que los observaba y especulaba sobre ellos, todo lo que los rodeaba era un misterio, y sus medias palabras me parecían la prueba de su común deseo de pasar inadvertidos; como si sólo existieran ellos dos y un mundo aparte, carente de todo interés, poblado por seres extraños, inferiores y estúpidos; si alguien lograba acercárseles, se avenían a jugar con él, amigablemente y de buen grado, como dos futbolistas bien compenetrados que juegan con el forastero por cortesía y para distraerse; de este modo, su vida en común permanecía oculta, y quizá éste fuera el secreto de su seguridad y su superioridad, que te hacía creer que ellos gozaban de la vida verdadera, la que todos ambicionamos pero que nos está vedada, y vedada ha de permanecer, porque ellos son los guardianes de esta vida maravillosa.

Yo ansiaba esa vida y me mortificaba vivamente no poder tenerla o, por lo menos, participar de ella.

La tienda estaba en el borde de la parte alta del calvero, debajo de los árboles y, a su lado, se veían un balde azul, volcado, el mango vertical de una pala hincada en el suelo, el montón de leña preparado para la hoguera nocturna, la hierba del calvero que se ondulaba, más allá, la mancha roja de una manta de lana, de pie en la parte baja, Kristian que, de vez en cuando, se llevaba una mano a la espalda, como para espantar una mosca impertinente, y, subido al árbol, Prém: el cuadro respiraba una paz y una armonía que casi podían interpretarse como un mensaje secreto, pero yo esperaba descubrir secretos más emocionantes.

Kálmán se agachó sigilosamente, tomó una piedra que estaba junto a su pie y, con un movimiento rápido, la arrojó hacia el perro, apuntando cuidadosamente para no tocarle.

La piedra dio en el tronco de un árbol, y el perro, sin moverse, miró a Kálmán, como si le hubiera entendido pero no supiera a qué venía aquello y movió la cola ligeramente, con reprobación.

Kálmán siseó furioso, le hizo seña de que se largara, que se fuera a casa, que desapareciera, levantó otra piedra con gesto amenazador, aun temblaba y estaba pálido.

Entonces el perro empezó a andar, con paso inseguro y no en la dirección en que Kálmán quería que fuera sino hacia nosotros, pero, de pronto, de sus ojos se borró todo interés por nuestras personas, dio media vuelta y, por más que Kálmán siseaba y amenazaba con la piedra, salió trotando al calvero; lo seguíamos con la mirada sin movernos, lo vimos desaparecer, ahora sólo se adivinaba dónde estaba por cómo su cuerpo interrumpía la suave ondulación de la hierba, por fin, su lomo oscuro surgió allá abajo, a los pies de Kristian, que levantó la mirada y le dijo algo y el animal se paró, dejó que Kristian le rascara la cabeza con la punta del cuchillo y se fue trotando por entre los árboles.

Que Kristian no sospechara, que no mirara en dirección a nosotros, que no indagara de dónde venía el perro, nos produjo un júbilo triunfal, Kálmán dio unos puñetazos al aire y nos miramos sonriendo ampliamente, y resultaba extraña la sonrisa en su cara todavía pálida, él seguía temblando, como si luchara contra una fuerza que no podía descargarse por sí sola y que desafiaba a sus puños con insistencia, o contra una enfermedad desconocida que lo enfebrecía; también el cuello lo tenía más pálido, pero no la piel del cuerpo, que sólo parecía haberse contraído, estremecida, con aquellos cambios, era como si a mi lado tuviera a un desconocido, sensación a la que entonces, a causa de mi propia excitación, no di importancia, porque, ¿qué puede haber en el mundo que un niño no encuentre natural?, ¡y qué puede haber que no comprenda! -el temblor, la palidez, el brillo vidrioso de los ojos habían borrado de sus facciones su expresión plácida y bonachona característica, a pesar de que ahora parecía más robusto y bien formado que nunca y hasta más guapo, aunque quizá sería más apropiado decir que la capa de grasa que tenía bajo la piel que le daba aquel aire bondadoso se había fundido y la vibración nerviosa de sus músculos desnudos hablaba ya de un nuevo Kálmán, más hermoso pero transfigurado, sus tetillas moradas parecían más grandes sobre los músculos del pecho que la fiebre hacía temblar, la boca, pequeña, los ojos, inexpresivos y, en lugar de la naturalidad de siempre, advertía yo ahora una rigidez que acentuaba sus formas anatómicas, una buena razón para reflexionar sobre las leyes de la belleza-; si aún viviera, mi curiosidad acerca de las leyes funcionales de la belleza me haría preguntarle por las causas internas de aquella transformación, pero murió delante de mis ojos, casi en mis brazos, la noche del veintitrés de octubre de mil novecientos cincuenta y seis, un martes, por lo que no puedo sino suponer que su excitación, provocada por nuestra pelea, su derrota y su triunfo despertaron en él sentimientos desconocidos contra los que su cuerpo, precisamente porque eran desconocidos, no pudo luchar; entonces echó a correr y yo fui tras él, y, si es cierto que la idea salió de mi cabeza, no lo es menos que sus músculos fueron los primeros en entrar en acción; corríamos con precaución, buscando a cada tranco un lugar seguro para asentar el pie, a fin de no hacer ruido y dando un rodeo, para que Prém no nos viera desde el árbol.

Rodeamos el calvero y llegamos a la roca memorable en la que nos habíamos tocado el uno al otro y desde la que, protegida por las matas de espino blanco, Sidonia había visto a Pisti pegar al cobrador y, de la impresión, le había venido la regla. Vista con los ojos de hoy, no es una roca, naturalmente, sino una simple piedra plana, no muy grande, erosionada por el agua y el hielo y cuarteada por raíces, que se desmenuza a capas, y cuando, años después, pasé casualmente por allí, me sorprendió comprobar cómo los niños, en su inocencia, pueden considerar observatorios discretos y escondites seguros lugares tan expuestos y arbustos tan poco tupidos.

Kristian había terminado de tallar la vara y dijo algo que el viento no nos dejó oír, pero en aquel momento Prém, tensando el cuerpo y buscando puntos de apoyo con los pies, empezó a bajar del árbol.

Había llegado el momento, mejor dicho, ya no podíamos esperar más. Yo saltaría primero y Kálmán me seguiría, él ya no podía reprimir por más tiempo su energía acumulada, si le hubiera dejado, se hubiera lanzado a lo bruto, pero yo quería saborear los efectos de la sorpresa.

A grandes zancadas llegamos a la tienda sin ser vistos y, uno tras otro, nos arrastramos al oscuro interior, que era sorprendentemente espacioso, la gruesa lona no dejaba pasar la luz, hacía calor, hubiéramos podido ponernos de pie, pero nos movíamos a gatas, en el aire enrarecido enseguida percibí el fino olor de Kristian, sólo una raya de luz entraba por la abertura del techo medio levantada, oscureciendo más que iluminando el interior de la tienda; chocábamos constantemente con brazos y piernas, cegados tanto por la luz como por la oscuridad, nos arrastrábamos entre los objetos palpándolos ávidamente, aún me parece oír a Kálmán husmear como un animal, pero no puedo encontrar en mi memoria ningún otro detalle, aparte de aquel palpar y arrastrarnos excitados en la oscuridad asfixiante, el brillo de su nuca en la franja de luz oblicua, el jadeo de su respiración; ignoro, por ejemplo, cuánto tardamos en decir algo, creo que no teníamos necesidad de hablar, yo sabía lo que él quería, lo que él haría, y él, lo que quería y haría yo, sabíamos por qué deseábamos apoderarnos de aquellos caros objetos que nos producían un vértigo de alegría, dentro de un momento saldrían volando de la tienda y, no obstante, cada uno de nosotros estaba solo, encerrado en su furor, en lo que nos parecía la auténtica vida secreta de los conspiradores; creo recordar que empezó él, debió de levantar el ala de la puerta y echarla sobre el techo, lo cierto es que la tienda se llenó de luz, eso lo recuerdo claramente, y entonces oí chocar con estrépito contra el suelo la olla que había salido disparada describiendo un amplio arco, yo tenía en la mano una linterna, a partir de entonces, arrojábamos lo primero que encontrábamos, cosa por cosa, no importaba lo que fuera, mientras fuera duro y se rompiera, los objetos estallaban, reventaban, se partían, se astillaban, no había tiempo para escoger, revolvíamos furiosamente en la ropa, prendas de vestir, trapos, sacos, mantas, chocando en nuestro frenesí, porque ya subían corriendo hacia nosotros por el calvero, Kristian, con el palo y el cuchillo; aunque quedaban todavía muchas cosas, yo, incluso en pleno delirio, procuraba que lo más delicado, como el catalejo, el reloj de cocina, el farol que parecía oxidado al tacto, los tenedores, el encendedor y la brújula fueran a parar lo más lejos posible y en las direcciones más diversas.

Yo gritaba, gritaba con todas mis fuerzas llamándole, tiraba de él, había que salir de allí, porque ya empezaban a sonar las pedradas en la lona; Prém corría, se agachaba, lanzaba la piedra y seguía corriendo con una habilidad endemoniada, como si la acción de agacharse y lanzar no le frenara, pero Kálmán estaba ciego, obsesionado, no me oía, y tuve miedo de verme obligado a dejarlo, algo que me parecía imposible, yo empujaba y tiraba de él, pero él parecía no darse cuenta de que ya estaban allí; Prém había adelantado a Kristian, no teníamos tiempo, había que actuar, y, mientras yo salía a rastras por detrás de la tienda y, asiéndome a raíces y ramas, sin dejar de mirar atrás, trepaba hacia la maldita roca para ponerme a cubierto detrás del espino, él se quedó parado delante de la tienda hasta que los tuvo a pocos pasos, mirándolos a los ojos, se agachó y, sin apresurarse, dio la vuelta a la tienda arrancando una a una todas las estacas, las más flojas, de un simple puntapié y, echando a correr a su vez, me siguió.

La tienda cayó en el momento en que llegaban ellos, el espectáculo los dejó atónitos, y si alguna idea tenían de lo que había que hacer, se les olvidó, y se quedaron allí plantados, jadeantes y perplejos.

Bajo el aullido del viento se oía chirriar las piedras que Kálmán hacía rodar con los pies.

La derrota era total y definitiva, por eso no se movían, no gritaban, no podían perseguirnos ni insultarnos, era imposible abarcar todos los daños de una sola mirada, y cualquier movimiento o palabra no hubiera sido sino el reconocimiento del descalabro, sencillamente, no disponían de una reacción a la medida de aquel desastre, una satisfacción más para nosotros; a pesar de nuestra retirada, ahora ocupábamos una posición muy ventajosa en nuestro camuflado otero, mientras ellos estaban en descubierto allá abajo; Kálmán se tendió sobre el vientre a mi lado, para no delatar nuestra posición, y nos quedamos quietos, esperando; era una victoria, sí, pero nadie sabía qué consecuencias podía tener, por eso no diré que nos regodeáramos, al contrario, lo mismo que ellos, calculábamos ahora el alcance de nuestra acción, y yo empezaba a sentirme inquieto, no por la alevosía del ataque ni la ruptura de la amistad, que estaban justificadas, sino porque barruntaba que, con la destrucción de objetos de valor, habíamos cruzado una frontera prohibida, no debimos hacerlo, desde aquí no se podía volver atrás a nuestros juegos habituales, a esto tenía que seguir algo terrible y catastrófico, eso ya no podía considerarse un juego; con la destrucción de aquellas cosas, los exponíamos a una intervención de los padres, de consecuencias imprevisibles y, por muy justificada que estuviera nuestra venganza, los habíamos entregado, por lo que nuestra victoria era una vil traición con la que nos situábamos fuera de la ley, porque no sólo nos habíamos erigido en jueces sino que los habíamos puesto en las manos del enemigo común, y sabíamos que a Prém su padre lo golpeaba todas las noches, y no con la mano sino con el cinturón y con el bastón y, si caía al suelo, con el pie, y el farol y el despertador eran suyos, y cuando los oía romperse pensé que Prém se los habría llevado sin permiso, pero no dejaba de ser una victoria y no íbamos a renunciar a sus momentáneas ventajas por consideraciones morales o la preocupación porque la magnitud de los daños fuera a proporcionarles una superioridad moral que no podríamos soportar.

No se miraban, estaban quietos delante de la tienda caída, Kristian, con el palo en una mano y el cuchillo en la otra, lo que, vista su derrota, resultaba más ridículo que amenazador, las caras, también totalmente inmóviles -no podíamos adivinar si, secretamente, por señas, preparaban un cotraataque-, como si reconocieran que aquello era el fin; Prém apretaba un puño, como si aún sostuviera en la mano la piedra que acababa de lanzar, pero, si ya había acabado todo, ¿qué hacíamos ahora?, yo no sé qué pensaba Kálmán, yo sopesaba las posibilidades de una retirada inmediata, incondicional y silenciosa, teníamos que salir como fuera de aquella situación denigrante, retroceder, abandonar cobardemente el teatro de operaciones y olvidar nuestra victoria lo antes posible, pero entonces Kálmán se alzó bruscamente sobre una rodilla y, como si acabara de darse cuenta de que estaba echado sobre un depósito de municiones, tomó un puñado de piedras y empezó a lanzarlas desde detrás de las matas, sin apuntar. La primera dio a Kristian en un hombro y las otras se perdieron. Y entonces, como impulsados por un mismo resorte pero en direcciones opuestas, empezaron a correr por el claro, el uno hacia la derecha y el otro hacia la izquierda y desaparecieron entre los árboles. Con ello, por un lado dividían el ataque y desconcertaban a los atacantes y, por el otro, disipaban la ilusión de que, en su derrota, no supieran qué hacer.

Aunque sus caras no lo habían dejado traslucir, tenían un plan, esta carrera no era, pues, una huida, allí, delante de nuestros propios ojos, se habían puesto de acuerdo con su lenguaje secreto sin que nosotros nos enteráramos; así pues, entre ellos había algo que no podía ser destruido.

Siseando con rabia, dije a Kálmán que era un idiota por andar a pedradas sin ton ni son, y un hijo de puta; nunca le había llamado tal cosa, pero ahora me hizo mucho bien pronunciar esas palabras, fue como una especie de venganza por todo.

Él seguía de rodillas, con piedras en las manos y sólo se encogió de hombros ligeramente, como dando a entender que no sabía por qué me enfadaba, que no había razón, de su cara habían desaparecido las manchas claras, ya no tiritaba, estaba tranquilo y hasta contento, y me miraba con la obtusa superioridad del triunfador, tenía la boca abierta, sus ojos habían perdido aquel brillo alarmante, pero en su actitud amistosa percibía yo cierto desdén, y, con un ademán, me indicó que ahora, probablemente, tratarían de rodearnos, por lo que valdría más que me calmara y me diera la vuelta, porque había que asegurar la retaguardia.

Yo estaba furioso, de buena gana le hubiera sacudido o le hubiera hecho caer de la mano aquellas malditas piedras: por una jarra de leche me había enemistado para siempre con Kristian; me puse de rodillas jurando para mis adentros, mientras entre nosotros volaban dos mariposas negras que casi le rozaron el pecho y se elevaron en tirabuzón junto a su cara, pero no le llamé estúpido campesino de mierda como deseaba, sino que le agarré la mano, pero tampoco eso me salió como pensaba, no sé qué me ocurría, lo cierto es que empecé a suplicarle, vamonos ya, por favor, le llamaba Kálmánka, un diminutivo que sólo usaba su madre, lo que me hizo sentir asco de mí mismo, le dije que todo aquello era una idiotez, que no tenía objeto, que qué más quería, que si no venía lo dejaría solo, y entonces volvió a encogerse de hombros y retiró la mano, dándome a entender que por él podía irme adonde quisiera, que le tenía sin cuidado.

Le dije que era un jodido idiota, y se lo dije por Kristian.

En realidad, deseaba decirle que no debíamos haber hecho aquello, pero no podía olvidar tan fácilmente que la idea había sido mía, y no se enmienda una mala acción con una injusticia, también él me importaba, ¡sólo que no de igual manera!, bien lo sabía yo, ¡no de igual manera!, y, por otra parte, el momento de la victoria no era el más apropiado para portarse como un bellaco, por eso no tenía más remedio que ponerme insoportable.

Pero más asco me daba a mí mismo, por no poder marcharme, me revolví sobre la roca, indeciso, me eché sobre el estómago y miré hacia el bosque por si aparecían por allí.

En cierto modo, estaba agradecido a Kálmán, porque, al quedarle, algo de dignidad había salvado, por lo menos, mi cobardía había quedado entre él y yo, y él no se había permitido hacer ni el menor comentario, aunque había comprendido -aquel destello de malicia que yo había visto en sus ojos-, y quizá, por primera vez, asumido que Kristian era muy importante para mí, y que él, en realidad, no contaba.

El sol nos quemaba, ni el viento mitigaba su calor, la piedra ardía, no ocurría nada, sólo acudían moscas, y hubiéramos tenido que aceptar que no vendrían, aunque de un momento a otro podían salir zumbando por entre los árboles, porque una cosa era segura, no renunciarían a la revancha; en cualquier momento, yo hubiera podido gritar ¡ya están aquí!, y hasta pensé en no advertirle, ¡qué vinieran y que hicieran lo que quisieran con nosotros! Los árboles que murmuraban, crujían y castañeteaban al viento, las ramas que se agitaban y combaban, los huecos que se abrían y cerraban en el sotobosque, los destellos irregulares de las hojas, todo me daba la impresión una vez y otra de que oía pasos, rechinar de suelas, de que una cara acechaba entre la espesura, cuerpos surgían de detrás de un tronco, o se escondían, pero nada de eso sucedía, era en vano que yo esperara recuperar a Kristian por una traición, no venía nadie, yo no podía sino, por las tácitas leyes de un estúpido código del honor, seguir tostándome en aquella piedra, ojo avizor, permanecer en la trampa al lado de Kálmán; como el asunto no me afectaba ni me interesaba, para no tener que pensar, amontonaba piedras, para demostrarme a mí mismo mi propósito de combatir, así las tendría a mano, llegado el caso, pero también esta tarea acabó, ya no había nada más que hacer, y cuando él se movió y me rozó casualmente el pie con el hombro, yo lo retiré, me desagradaba el calor de su piel.

Había que contar con la posibilidad de que no vinieran solos, sino que trajeran refuerzos, de que uno de ellos estuviera observándonos mientras el otro ya había ido en busca de ayuda, y, sin embargo, yo no pensaba más que en el cuchillo de Kristian, ¡que me atacaba por detrás con el cuchillo!, y eso hacía que sintiera en la espalda con más fuerza los rayos del sol y la caricia del viento.

Debía de ser casi mediodía, pero aún no se oían las campanas de la iglesia cercana que resonarían en todo el bosque, el sol estaba perpendicular y calentaba como si hubiera descendido sobre nosotros; de no ser por el vendaval, no hubiéramos podido resistir aquellas horas de inactividad, dos veces le pregunté si veía algo, ya que yo nada veía, y no me contestó, y su obstinado silencio me reveló que un mismo encono mantenía nuestros cuerpos inmóviles sobre la roca, el miedo amansa el furor y la llama del odio se extingue en la cobardía; pero este sentimiento, reprimido y envolvente a la vez, no estaba dirigido a los otros dos sino a nosotros, no era un miedo corriente, miedo a que pudieran traer refuerzos, rodearnos, zurrarnos y derrotarnos, porque era evidente que, pasara lo que pasara, no teníamos esperanzas, y la falta de esperanzas reduce el miedo, era sólo que, en estas horas de incertidumbre, nosotros mismos habíamos destruido la superioridad conquistada, la había destruido aquel extraño sentimiento compartido; es destino de los vencedores castigarse a sí mismos como no les ha castigado el enemigo; nuestros cuerpos hablaban, nuestro silencio era clamoroso, nuestra piel tenía una elocuencia demoledora; en esa hora, habíamos comprendido que nuestro triunfo no era discutible sólo moralmente sino también por simples cuestiones prácticas; ni siquiera acerca de su significado estábamos de acuerdo, para cada uno significaba algo distinto, y poco a poco fuimos descubriendo los límites de nuestra amistad, descubrimos que nuestra momentánea alianza, concertada a espaldas de los otros dos chicos, se había roto; por más que nos hubiéramos rebelado contra ellos, por más que, durante el breve tiempo de la conspiración y la acción, hubiéramos considerado aquella unión tan firme como la de ellos, nuestra alianza no había podido resistir el éxito ni mantenerlo; le faltaba el ingrediente secreto, nosotros dos no bastábamos, podíamos ser, como mucho, cómplices, pero nos faltaba la armonía que nace de la compenetración y la complementariedad que habíamos combatido en ellos, que yo les envidiaba, que me exasperaba, que había resultado inexpugnable como una fortaleza y, a través de la mágica radiación de esta armonía, mágica, sí, no me asusta la palabra, ellos no sólo nos habían otorgado su amistad, sino que también nos dominaban, y era una buena cosa, pero ahora nosotros habíamos malgastado, disipado, destruido aquella cosa buena y éramos nosotros los perjudicados; el lugar de Kálmán estaba a su lado, su calma, su sensatez y su bondad eran buen contrapunto para la turbulencia, la malicia y el humor feroz de la pareja, pero yo sólo podía establecer relación con ellos desde fuera, a través de la amistad de Kálmán, como frío observador del triunvirato, por mí solo no tenía acceso a ellos, pero necesitaban a alguien en el exterior, que asegurara y robusteciera la unión; también era una jerarquía en cuya cúspide estaba Kristian, sin duda por su encanto y su ingenio, así habíamos tenido que aceptarlo y no lo discutíamos, porque nos gustaba que así fuese y porque eso marcaba nuestra vida, y quizá yo hasta deseaba sufrir por él, porque algo bueno y útil podía salir de ello; Kálmán tardó más en advertir lo que yo había descubierto enseguida, que en nuestra victoria estaba nuestro fracaso definitivo, y que ahora yo perdía, además de mis esfuerzos, todo lo de bueno tenía mi vida, y en su actitud advertí que comprendía sería inútil seguir allí, inútil esperar, inútil defender nuestro honor, porque, aun en el caso de que nosotros los derrotáramos, lo que era poco probable, nunca podría restablecerse el viejo orden destruido, y no había un orden nuevo, sólo el caos.

Mira, dijo de pronto en voz baja, ronca de la sorpresa y, a pesar de yo estaba esperando un sonido, una señal, algo, su advertencia me pilló desprevenido, porque en el desierto de la espera hasta el movimiento de un grano de arena es inesperado y sorprendente, rápidamente levanté la cabeza, aquélla no era su voz de combate sino su vieja voz que, gratamente sorprendida, salía de una tranquila contemplación, la voz que tenía durante nuestras excursiones cuando por fin, descubría lo que había estado esperando, un pajarillo caído del nido, una oruga peluda, un puerco espín que escarbaba en la hojarasca, yo tuve que incorporarme para ver.

Abajo, donde el empinado y sinuoso sendero que subía de la calle salía al calvero entre dos espesos arbustos, por entre las hojas agitadas por el viento, aparecieron un destello blanco, un trozo de tela roja, un brazo desnudo, un fulgor dorado, eran las tres chicas que venían por el camino.

Subían sin detenerse, estaban cada vez más cerca, venían en fila india, muy juntas, casi tapándose unas a otras por el estrecho sendero, y ahora, al salir a campo libre, casi tropezaron entre sí; hacían pequeños movimientos, se agachaban, se volvían, charlaban, reían, Hedi, siempre tan amiga de recoger flores, llevaba un ramillete en la mano e, inclinándose hacia atrás, lo agitaba delante de la nariz de Livia, jugando, y hasta le golpeó suavemente la cara, ella era la del vestido blanco, Maja le dijo algo al oído, pero en un tono que también debió de oír Livia, cuya falda era el rojo que habíamos visto entre las ramas; ésta se adelantó corriendo y, como si quisiera arrastrar a Maja con su impulso, le tomó la mano, y Hedi agarró la otra mano de Livia mientras agitaba sus flores delante de la cara de Maja, ahora iban todas de la mano, muy juntas, y se acercaban a nosotros, paso a paso, Hedi, Livia en el centro y Maja, pendientes unas de otras, intercambiando palabras según un código indescifrable, dejándose llevar por el ritmo de la charla, juntando y separando las cabezas, y su avance entre la hierba del claro que el viento sacudía y revolvía parecía rápido y majestuosamente lento a la vez.

La escena no era insólita, ellas solían ir de la mano o del brazo, ni era de extrañar que Hedi llevara el vestido blanco de Maja, que se había puesto el de seda azul marino de Hedi, a pesar de que no le estaba a la medida; Hedi era más alta y más llena, «tiene más pechera», decían amigablemente, refiriéndose a las prendas de vestir, a mí me gustaba escucharlas, sospechaba que existía entre ellas una rivalidad similar a la que había entre nosotros, los chicos, pero a ellas parecía preocuparles menos el tamaño del busto que la cuestión de dónde colocar la pinza del pecho, que debatían con gran seriedad, y la descosían, ponían alfileres y daban tirones a la tela hacia uno y otro lado, con lo que mis sospechas se mitigaban, aunque no creo que fueran infundadas; lo cierto es que los vestidos de Maja aplastaban el pecho de Hedi, lo que «no favorecía nada», pero parecía que la sobra o la falta de ropa y la tan comentada diferencia de tamaño hacían todavía mas interesante el constante intercambio de vestidos, en el que Livia no intervenía, por cierto, y las dos amigas respetaban su reserva con delicadeza y sólo se probaban sus vestidos, no los usaban, además, el vestuario de Livia era modesto, aunque las otras dos todo lo encontraban «monísimo», y rivalizaban en prestarle pañuelos, pulseras, broches, cinturones, cintas y collares, para «arreglarla», que ella aceptaba encantada y con toda naturalidad, ahora mismo llevaba un collar de coral que Maja birlaba a su madre cada vez que quería ponerse el vestido blanco; aparte de estos caprichos, a ninguna parecía importarle que aquel intercambio sólo favoreciera a Maja, a ella le sentaban bien los amplios vestidos de Hedi, por lo menos, a nosotros nos parecía más mujer con ellos, la abundancia de tela disimulaba el aire desgarbado de su cuerpo un poco anguloso, entonces parecía toda una señora, era como si ese desigual intercambio tuviera por objeto el de compensar la verdadera diferencia entre ellas, una diferencia que invitaba a ofensivas comparaciones y atormentaba a Maja, y es que Hedi era la más guapa, mejor dicho, era la que, en todas partes, se consideraba la más guapa, de la que todos se enamoraban, y la que, cuando iban juntas las tres, atraía todas las miradas, a la que los hombres susurraban obscenidades, a la que en la oscuridad del cine y en las apreturas de los transportes públicos parcheaban y pellizcaban incluso yendo con Kristian, lo que la humillaba y hacía llorar; era inútil que doblara los hombros hacia adelante y se protegiera el pecho con los brazos, y también las mujeres estaban encantadas con ella, sobre todo con su pelo, y lo acariciaban como si fuera una joya preciosa o hundían en él los dedos con avidez; con aquella melena rubia y ondulada hasta los hombros, la frente alta y abombada, las mejillas redondas y los ojos enormes y un poco saltones, ella era «la más bonita» y esto hacía sufrir a Maja de tal manera que siempre tenía que sacar el tema y ponderaba y alababa más que nadie la belleza de Hedi, como si se enorgulleciera de ella o esperara que alguien contradijera sus elogios; las largas y negras pestañas y las oscuras cejas de Hedi hacían sus ojos muy interesantes y luminosos, ella misma daba a sus cejas la forma y el grosor deseados arrancando con unas pinzas los pelos sobrantes, operación muy dolorosa que presencié una vez, ella tensaba la piel con dos dedos, asía los pelillos con la pinza y los arrancaba, mientras me miraba por el espejo y me explicaba que ahora estaban de moda las cejas finas y que había chicas que se las depilaban del todo y luego se las pintaban con lápiz, «como las cocineras», una ordinariez, porque la mujer elegante nunca debía seguir la moda ciegamente sino encontrar el equilibrio entre sus propias cualidades y las tendencias del momento, no como Maja, que a veces cometía el error de ponerse algo que estaba muy de moda pero que no le sentaba bien, y si le decías algo se ofendía, lo que era muy infantil, pero las cejas tenía que depilárselas, hacía daño, desde luego, pero no era tan terrible, y cuando una tiene unas cejas tan gruesas y tan feas como Maja debería depilárselas a la cera, que no duele nada, y bien que se depilaba las piernas a la cera, que las tenía muy peludas, pero ella no se dejaba las cejas muy finas, porque entonces recitaría más la nariz, y saldría perdiendo; quizá su nariz era un poco grande, delgada y aguileña, una vez dijo que tenía la nariz de su padre, y que la nariz era lo más judío de su cara, de no ser por eso, podría pasar por alemana, rió, no había conocido a su padre, lo mismo que Kristian, bueno, no se acordaba de él, había sido «deportado», y esta palabra me causó una impresión casi tan viva como la que se refería al padre de Kristian, que había «caído», y a mí me gustaba pasarle el dedo por la nariz, así tenía la sensación de tocar algo judío; pero el color de su piel compensaba con creces este pequeño defecto, si hay que considerar defecto a lo irregular, que también es parte integrante de la belleza, y es que su piel completaba todas sus gracias, no era blanca como la de la mayoría de las rubias de ojos azules, sino que tenía un delicado tono trigueño que daba a los irregulares rasgos de su cara la armonía de la perfección; y qué decir de los hombros redondos, las piernas fuertes y largas, el pie arqueado que se posaba en el suelo con suavidad, la cintura esbelta y las femeninas caderas que, al parecer, ella movía provocativamente, por lo que fue amonestada, y entonces la señora Hüvös, su madrina y casera, se presentó en la escuela e hizo una escena en la sala de profesores, dijo que más les valdría vigilar su sucia imaginación y no pensar guarradas y que «habría que prohibir a semejantes personas que se dedicaran a la enseñanza»; era una perfección que no sólo la distinguía en nuestro medio, sino que en todas partes llamaba la atención, era una belleza soberana, belleza que ella sacrificaba un poco con el intercambio de vestidos, pero lo hacía con gusto, porque Maja tenía ropa más bonita y más interesante.

Venían de casa de Maja e iban a la de Livia o de Hedi, y pasaban por allí para acortar camino o para dar a Hedi la oportunidad de recoger flores, actividad que ella, con toda franqueza, reconocía que resultaba favorecedora, lo mismo que tocar el cello y, en general, todo lo exquisito, su habitación estaba llena de platitos, jarros y floreros, y todos los días recogía flores frescas pero nunca tiraba las viejas sino que las secaba y conservaba durante mucho tiempo, a menudo mordisqueaba alguna planta, hierba, hoja o flor, no doblaba las páginas de los libros ni utilizaba más señales que flores u hojas secas y, si te prestaba alguna lectura, dentro encontrabas todo un jardín botánico; estudiaba cello y tocaba el voluminoso instrumento con habilidad.

Hedi solía actuar en las fiestas del colegio y una vez me pidió que la acompañara a la ciudad, porque tenía que tocar en un acto de los judíos y no le gustaba ir sola en el tranvía: regresaría tarde, el instrumento era muy caro y, sobre todo, los hombres no la dejaban en paz; su casa estaba en el centro, en la calle Dob, cerca de la sinagoga, era un edificio viejo y oscuro, que tenía en la planta baja un hogar para trabajadores con un patio en el que se lavaban los nombres, pero su madre, a la que yo no conocía, la había puesto a pensión en casa de la señora Hüvös, que vivía en la parte alta, donde el aire era más puro, ya que, al parecer, Hedi tenía un pulmón delicado, y, además, Ia señora Hüvös cultivaba un hermoso huerto y criaba animales de granja, por lo que su comida tenía que ser más nutritiva, pero Hedi me contó que todo eran excusas y que ella estaba a pensión porque su madre tenía un amante, un tal Rezsó Novák Storcz, un tipo «viscoso» al que ella no soportaba; la madre no estaba en casa, pero había dejado una nota clavada en la puerta en la que decía que esperaba a Hedi en el local de la fiesta y la ropa que tenía que ponerse, y si entonces me acordé de todo esto es porque aquella tarde Hedi llevaba el vestido de seda azul marino de Maja y su madre la obligaba a cambiarse; estábamos en el lúgubre rellano, delante de la puerta, y entonces pensé que a su padre se lo habían llevado de allí, imaginé una escena tumultuosa, un cuadro escalofriante: robustos trabajadores del transporte arrastran un cuerpo vivo y real por el descansillo como si de un armario o de un sofá se tratara, brillan los picaportes, las placas y los artísticos timbres antiguos de latón, en las paredes, impactos de bala, desconchados, parches sobre el revoque mugriento y chamuscado, orificios más pequeños de ráfagas de metralleta; era otoño pero aún hacía calor, por entre los tejados entraban oblicuamente los rayos de un sol fatigado, abajo, unos obreros en calzoncillos se echaban agua unos a otros y sus voces resonaban en el patio adornado con adelfas, alguien batía nata, por una puerta abierta se oía una radio, cantaba un coro, Hedi, sujetando entre las piernas el enorme estuche del cello, leía la nota como si se tratara del argumento de una tragedia, la leyó varias veces, palideció, no podía creerlo, pero sería inútil preguntar qué decía el papel y, cuando fui a mirar, se lo guardó y, con un suspiro, levantó el felpudo en busca de la llave.

En el piso, que era grande y fresco, estaban abiertas todas las puertas, y eran blancas; ella fue directamente al baño, el silencio era total, las ventanas de la calle estaban cerradas y cubiertas por gruesos visillos de encaje y cortinajes de terciopelo color burdeos ribeteados de pesadas borlas y recogidos formando drapeados, en aquel piso todo parecía tener varias capas superpuestas, todo era blando y muelle: las paredes estaban cubiertas de un papel con dibujo plateado, sobre el papel había colgaduras oscuras, y, sobre las colgaduras, marcos dorados con paisajes, bodegones y un desnudo iluminado por la llama púrpura de un pequeño fuego que ardía en segundo término, sobre las alfombras, lonas a rayas rojas, sobre las fundas floreadas de las butacas y los sillones, macasares de ganchillo, y en la habitación central, en la que yo me había quedado de pie, esperándola, la araña de cristal, con su funda blanca anudada a ras del techo, parecía la momia de un monstruo hinchado, el orden y la limpieza eran rigurosos e inhóspitos, los cristales, el cobre, los espejos y la plata tenían un brillo impecable, todo había sido restregado sin piedad, no se veía ni una mota de polvo.

Ella tardó en volver, no se oía correr el agua; luego, sonó una cañería, había abierto un grifo, no había ido al baño a hacer pipí sino a llorar un poco, y salió como el que ha hecho una tarea que consideraba inaplazable; esto es el salón, dijo, haciendo como si se enjugara por última vez los ojos, que tenía enrojecidos pero sin lágrimas, y ahí está mi habitación, prosiguió, debía de ser un disgusto que deseaba olvidar cuanto antes y aunque se esforzaba por sonreír, me daba cuenta de que le dolía que la viera en aquel estado y hasta que estuviera allí.

Había quietud en la casa, ella no dijo más, abrió el gran estuche negro, sacó el instrumento y se sentó delante de la ventana, tensó las cuerdas, las pulsó, dio resina al arco y siguió afinando; mientras tanto, yo iba de una habitación a otra, era fácil imaginar que de aquí se hubieran llevado a alguien, pero no que aquel Rezsó Novak hiciera con su madre todas las noches, en el oscurecido dormitorio que daba al patio, algo que «la ponía mala».

Yo había vuelto a la sala cuando ella se puso a tocar. La pieza empezaba con unos tañidos suaves, largos y profundos, me gustaba observar la expresión tensa y ensimismada de su cara, los dedos recorrían el mástil del instrumento, oprimían una cuerda, temblaban haciéndola vibrar, y se oían unos sones quejumbrosos, breves, que iban subiendo de tono hasta alcanzar un nivel en el que ella, trenzando rápidamente las notas agudas y graves, cortas y largas, tenía que desarrollar el tema de la melodía, pero se equivocaba y, tras varios intentos, abandonó, con gesto de contrariedad.

El gesto estaba dedicado a mí, aunque ella hacía como si yo no estuviera.

Apoyó el instrumento en la silla, se levantó, dio unos pasos hacia su cuarto, pero rectificó, volvió atrás, tomó el instrumento suavemente por el cuello y lo guardó con cuidado en el estuche, puso la resina y el arco en su sitio, cerró el estuche y se quedó en el centro de la habitación, sin decir nada.

Yo, no sé por qué, tampoco decía nada, sólo la miraba.

Hoy haría el ridículo, dijo, no era de extrañar que no pudiera concentrarse, no le basta con ir a todas partes con ese bicho repugnante, hablaba en voz baja y temblando de pies a cabeza, por lo menos podía tener el detalle de no llevarlo a su concierto, porque ella sabe perfectamente que la pone frenética tener que verlo; aquello me asustaba, yo nunca había oído hablar de una madre con tanto odio, y sentí vergüenza, como si tomara parte en algo prohibido, y sentí el deseo de protestar; y ella no soportaba, prosiguió, que aquel tipo estuviera allí sentado mirándola, pero no le basta con eso, dijo riendo coi amargura, también tiene que meterse en lo que me pongo, la blusita blanca, naturalmente, Hedi, cielo, y la falda plisada azul marino, sí, ¡para que esté fachosa y cursi a más no poder!, hacía por lo menos dos años que no llevaba aquella blusa ni aquella falda porque le estaban pequeñas, pero su madre hacía como si no se diera cuenta, ¡y es que piensa que así ese cerdo no va a comérsela con los ojos!

Furiosa, se quitó el cinturón y empezó a desabrocharse el vestido; el vestido azul marino tenía botoncitos rojos y también era rojo el citurón, y cuando se hubo desabrochado hasta la cintura y yo le vi la piel del pecho, quise darme la vuelta, porque no parecía que se desnudara por mí, sino porque iba a cambiarse, pero, con un solo movimiento, se quitó el vestido y se quedó delante de mí en la semioscuridad, sólo con las bragas y las sandalias, y el vestido en la mano, vuelto del revés, y la expresión un poco ausente.

En voz baja, me dijo que no tuviera miedo, que también a Kristian le había dejado verla así, y nos quedamos callados, y no sé cuándo desapareció la distancia que nos separaba, yo deseaba tocarla, ahora no estaba tan bonita sino más bien patosa, con las sandalias blancas y el vestido en la mano, pero sus pechos irradiaban paz y parecían dos ojos que me miraran, creo recordar, aunque no lo sé con exactitud, que entonces vino hacia mí, o yo fui hacia ella, o nos movimos los dos a la vez, como si ella se hubiera dado cuenta de su actitud casi infantil y, para dárselas de audaz y frívola, dejó caer el vestido, pero, al mismo tiempo, me rodeó el cuello con los brazos, para ocultar a mi mirada lo que ella misma había destapado; el olor de su piel, el vaho tenue de su sudor, me inundó la cara, con un movimiento involuntario, la abracé a mi vez, aunque lo que yo quería era tocarle el pecho, el cuadro debía de resultar francamente cómico, ya que yo no le llegaba ni a la barbilla, pero no me daba cuenta y hasta sentía dolor porque mis dedos no pudieran tocar lo que tanto ansiaba mi mente.

No de sus brazos ni de su piel sino de su pecho partió el movimiento con el que, suavemente, me besó en la oreja, luego rió y dijo que, si no tuviera a Kristian, me haría dejar a Livia, pero en aquel momento no me importaba lo que dijera, me importaba su pecho, su carne, no sé qué me importaba, su contacto blando y firme, aunque ella procuraba no apretarse contra mí, para percibir entre los dos la suavidad de la carne, enseguida se soltó riendo y se fue a otra habitación dejando el vestido en el suelo, sus pasos se llevaron su pecho, oí chirriar la puerta del armario y entonces me pareció que no había pasado nada.

Cuando Maja me dijo susurrando que ella sabía muy bien que yo sólo quería a Hedi, no protesté ni le juré que sólo la quería a ella, ni ie dije que no las quería ni a ella ni a Hedi sino únicamente a Livia, porque, en el fondo, a pesar de todo, yo deseaba que Hedi me hiciera olvidar a las otras.

Ya estaban casi en el centro del calvero cuando se pararon bruscamente y miraron en derredor con extrañeza, al darse cuenta de que aquí había sucedido, o estaba sucediendo, algo especial, extraño, algo peligroso, que aún no podían adivinar, y cuando me incorporé y las vi llegar, se me ocurrió la idea de que quizá las enviaba Kristian, de que esto podía ser una trampa, un ardid, pero por su sorpresa se veía que estaban aquí por casualidad y, aunque también yo estaba sorprendido, me parecía una casualidad feliz, francamente feliz, y me encantaba verlas escudriñar cada una en una dirección, descubrir cómo se evaporaba su alegría y cómo se oprimían las manos con más fuerza.

Con qué ternura se tocaban, se daban las manos, manteniendo un contacto constante mientras caminaban, cómo iban del brazo, cómo bailaban unas con otras o se besaban con la mayor naturalidad, o se intercambiaban los vestidos, como si quisieran regalarse algo mutuamente o dar a la otra una parte de sí, cómo se peinaban y se rizaban el pelo unas a otras con las tenacillas, o se pintaban las uñas y, cuando estaban disgustadas, cómo apoyaban la cabeza en el hombro, el regazo o el pecho de la amiga y lloraban sin avergonzarse y cómo compartían las alegrías abrazándose estrechamente -todo eso me hacía sentir un anhelo que estaba más allá de toda envidia, que apenas podía disimular y, en ningún caso, disipar-; aunque lo intentaba, porque tenía la sensación de que mi padre me vigilaba, que observaba y reprobaba cada uno de mis gestos supuestamente afeminados, quizá tenía sus razones, no sé, pero, cuando yo miraba a las chicas, y no podía evitar mirarlas, bastaba el más inocente movimiento para que me inundara aquel anhelo, y quizá pudiera ser ésta la explicación de por qué me hubiera gustado ser chica, y muchas veces me imaginaba que lo era y que tenía el derecho indiscutible a aquellos contactos físicos que no acarreaban ningún castigo, aunque yo intuía que en aquella aparente libertad había más instinto, temor, tensión y hábito de lo que yo estaba dispuesto a reconocer; y cuando no me ofuscaba el deseo de este contacto físico constante y desinhibido, yo comprendía que aquel contacto venía a ser una forma paralela de la rivalidad que existía entre nosotros, los chicos, a pesar de que nosotros no debíamos tocarnos, mejor dicho, teníamos que buscar subterfugios engorrosos, complicados y, en el fondo, humillantes, pretextos, trucos con los que tratábamos de engañarnos unos a otros para, a fin de cuentas, poder intercambiar de algún modo nuestros sentimientos más elementales; yo veía, por ejemplo, consumido por los celos, la profunda simpatía que impulsaba a Kristian a pelear continuamente cor Kálmán, era una manera de pelear típica de los chicos, que nunca sí da entre las niñas, que sólo en los casos más graves llegan a las manos, y entonces chillan, se tiran del pelo, arañan y muerden; entre nosotros, una pelea de mentirijillas, inconcebible entre las niñas, podia empezar incluso sin motivo, sencillamente porque queríamos palpar, asir, apoderarnos del deseado cuerpo del otro, deseo que sólo podíamos legitimar por medio de la pelea, porque, si nos hubiéramos abrazado o besado sin recato como hacían las niñas, los otros chicos nos hubieran llamado maricas, pero no era yo el único que actuaba con cautela, también los demás se vigilaban y procuraban no cruzar esa frontera, a pesar de que nadie sabía con exactitud qué quería decir aquella palabra, era una de esas expresiones de significado mítico, como casi todas las palabrotas y obscenidades con las que se alude a lo prohibido, «soplapollas», decimos, porque eso no se hace, o «hijo de puta», un ultraje a la madre; por otra parte, para mí la palabra se refería a una inclinación natural que Prém había explicado un día por algo que había oído a su hermano que, por tener seis años más, era una autoridad: «si un tío te la chupa, ya no puedes follarte a una mujer», había dicho, lo cual no requería comentarios ni explicaciones, porque estaba muy claro que todas esas cosas de los maricas son un peligro para la virilidad, que es, precisamente, lo más importante para nosotros, muchos de cuyos aspectos, sin embargo, escapaban a nuestra imaginación infantil; para mí la idea estaba asociada a esas cosas feas y repulsivas que hacían los mayores y que, naturalmente, uno no deseaba imitar, pero aquella palabra misteriosa no mitigaba los deseos que nos impulsaban a enzarzarnos en nuestras peleas de broma, si acaso, sólo los reprimía, aunque los chicos siempre estaban dispuestos a hablar de eso, yo observaba que no era el único y que, por ejemplo, cuando Kristian agarraba de pronto a Kálmán por la espalda y lo derribaba o cuando los dos echaban un pulso debajo del banco -uno de sus juegos favoritos, en el que estaba prohibido asomar la mano por encima del pupitre y apoyar el codo en el muslo: un brazo debía vencer al otro en el aire- y, rojos del esfuerzo, enseñando los dientes, trataban de mantener el equilibrio oprimiendo las rodillas del contrario con las propias, pero el objetivo no era vencer al contrario como en una pelea corriente, sino sentir su fuerza, su resistencia y su vigor, gozar de la igualdad, satisfacer el deseo mediante el incruento enfrentamiento de las dos fuerzas; también en las ternezas de las chicas se advertía cierta insidiosa doblez, menos perceptible, más velada, pero, cuando las veía parlotear, cuchichear y reír cogidas de la mano, consolarse y arrullarse e intercambiarse los vestidos, yo tenía la clara sensación de que el contacto físico sólo les estaba permitido como manifestación externa de su relación, de su amistad, de su alianza, que era un camuflaje necesario, parecido a nuestras peleas de broma, con el que, en lugar de manifestar sus verdaderos sentimientos, encubrían una conspiración secreta y hasta una viva hostilidad; esta sospecha se agudizó después del día en que, en el gimnasio, Hedi descubrió casualmente cómo nos mirábamos Livia y yo y le falto tiempo para propagar la noticia: estábamos enamorados, con lo que no sólo expuso a Livia al cotilleo general sino que la delató ante mí, dijo que Livia se había desmayado de amor por mí, con lo que la comprometía públicamente, pero ello no puso celosa a Maja sino que provocó en ella un gran entusiasmo y, a partir de entonces, se desvivía por facilitarnos entrevistas a solas; al mismo tiempo, sin embargo, parecía que, con sus cariñosas atenciones y su maternal aprobación, las dos amigas trataban de mantener a Livia entre sus garras, su aprobación era la trampa, su amabilidad, el lazo, porque, bajo el manto de la amabilidad y la aprobación, hacían ambiguas concesiones encaminas a establecer conmigo una relación más estrecha, como si pretendieran desconcertarme: por un lado, empujaban a Livia hacia mí y, por el otro, me hacían imposible elegir entre las tres y se aseguraban de que Livia sólo pudiera pertenecerme en la medida en que a ellas les conviniera; y Livia ni intentaba siquiera resistirse, porque la alianza secreta urdida por mi causa y contra mí, y la íntima relación con las otras dos, eran para ella más importantes que yo y, por otra parte, también le interesaba que esta secreta alianza pusiera coto a su fiera rivalidad, ya que, si se declaraban las hostilidades, quizá yo tomara partido por una de ellas, por eso era preferible que todo siguiera como estaba, en el aire.

Al parecer, Livia fue la primera en reaccionar, soltó las manos, se agachó y levantó con asombro el despertador que estaba entre la hierba, dijo algo, se rió, seguramente porque aún funcionaba y lo mostró a sus amigas; ella era la más tranquila de las tres, pero las otras no le prestaban atención y entonces fue sacando del marco las astillas de cristal y dejándolas caer, como si le divirtiera, luego se puso el reloj en la cabeza y así coronada empezó a andar con paso majestuoso, manteniendo el equilibrio.

Las otras dos, más prudentes, seguían inmóviles e indecisas, tendiendo el oído una hacia la derecha y la otra hacia la izquierda, y hasta que Livia, con un airoso movimiento, se puso la manta roja en los hombros, no empezaron a moverse, como si hubieran visto en ello una señal.

Corrieron tras ella, y Maja fue a envolverse en una sábana que había recogido del suelo, pero entonces empezó una disputa, porque Hedi también quería la sábana y las dos tiraban de ella, quizá Hedi pensaba que armonizaba mejor con el vestido blanco que le había prestado Maja, pero el conflicto se zanjó con asombrosa rapidez, de lo que se deducía que la pelea no era sólo por la sábana, también era cuestión de rango, y la sábana fue para Hedi, que siempre ejercía la preferencia que le otorgaba ser la más bonita, lo cual, evidentemente, sulfuraba a Maja; la sábana se convirtió en una especie de cola del vestido blanco, Maja ayudó a Hedi a colgársela del cinturón rojo, cor lo que Hedi quedó convertida en una especie de dama de honor, Livia era la reina y Maja, la camarera que, naturalmente, no supo arreglar la cola, y recibió un puntapié, para que aprendiera.

Hacían todas estas cosas deprisa y como de rutina, pero no en serio, podría decirse que jugaban, jugaban a jugar, aunque no movían a risa, porque se veía que gozaban con sus bobadas y porque allí estaban completamente fuera de lugar; nosotros las mirábamos conteniendo la respiración, sin haber comprendido aún, por la sorpresa, que, en aquella situación desesperada, serían nuestra salvación.

A mí me irritaban las tres, porque se mezclaban en algo que no les importaba.

Ahora volvían a caminar en fila india, Livia abría la marcha con Ia manta roja anudada debajo del cuello de la blusa y el despertador en la cabeza, Maja, que llevaba la cola de Hedi, estuvo a punto de tropezar con la olla, se agachó a recogerla, la levantó en alto y, con una profunda reverencia, pero no sin malicia, se la encasquetó a Hedi; así llegaron arriba, donde estaba la tienda desmontada.

Yo había comprendido a qué jugaban en el mismo momento en que ellas, sin decirse ni palabra, habían decidido a qué iban a jugar allí.

Livia tenía un libro muy grande, Reinas de Hungría, que solía llevar a casa de Maja, les gustaba mirarlo juntas, y en aquel libro había un grabado desolador, en el que se veía a la reina María, la viuda del rey Luis, recorrer en sueños el campo de batalla de Mohács entre espantosos cadáveres de soldados y caballos, en busca del cuerpo de su esposo.

Livia empezó a moverse como una sonámbula y las otras dos la imitaron, con los brazos extendidos hacia adelante, levantaban los pies como si avanzaran sin tocar el suelo y se golpeaban el pecho llorando y gimiendo como la reina del grabado, que es la estampa de la aflicción.

Delante de la tienda, Livia se arrojó al suelo con los brazos en cruz, y el despertador rodó por el suelo; ella exageraba los aspavientos, para hacer reír.

A mí no me hacía reír aquello, al contrario, me dolía verla hacer el payaso delante de las otras dos.

Kálmán miraba la escena con la boca abierta; yo deseaba intervenir, para poner fin al espectáculo.

Maja y Hedi la miraban, compasivas, se inclinaron parpadeando de emoción, la acariciaron y la sujetaron por debajo de las axilas, tratando de levantarla, pero era difícil separar a la reina del cadáver de su esposo.

Y, cuando se la llevaban entre las dos, reproduciendo exactamente la escena del grabado, ella empezó a vivir el papel y durante unos instantes su interpretación adquirió un realismo desgarrador, se debatía con un furor insospechado, ponía los ojos en blanco, extendía os brazos, y al fin se abalanzó hacia adelante con el cuerpo rígido y anto ímpetu que las otras dos casi no se bastaban para sujetarla, y sta imagen convirtió mi desdén en admiración, aquello me asombró, me pilló desprevenido -me ocurrió lo que en el cine cuando, al ver una escena de horror, para no gritar, llorar o echar a correr, tengo que decirrne que es película, que es mentira y que mi sentimiento tampoco puede ser auténtico-, pero en aquel momento Maja soltó el brazo que sujetaba y se alejó corriendo, con lo que las otras dos perdieron el equilibrio y quedaron en el suelo, en un montón; Hedi que, con la olla en la cabeza, no veía nada ni podía saber qué ocurría, cayó encima de Livia quien, a su vez, se aferró al cuerpo indefenso de su amiga, mientras Maja, indiferente, corría hacia el montón de la leña, allí descubrió las cerillas y, mientras las otras dos aún estaban en el suelo, riendo, ella se puso en cuclillas y encendió el fuego.

Entonces, entre los árboles, s,onó un grito, era Kristian, al que, como un eco, contestó desde el otro lado del calvero el grito de Prém, también Kálmán se puso a gritar, y unidos a sus gritos, oía yo los míos.

Ahogando el rugido del viento con nuestros alaridos de victoria, los dos corríamos cuesta abajo mientras los otros salían al claro por los lados; haciendo crujir las ramas y rechinar las piedras con los pies, caímos sobre ellas como una fuerza de la naturaleza desatada.

La llama prendió en las ramas secas, y el viento enseguida la hizo crecer y girar en un remolino de lenguas largas y aplastadas, Maja arrojó los fósforos y echó a correr hacia las otras dos, que se habían puesto en pie con un solo movimiento; cuando nosotros llegamos abajo, ya ardía toda la leña.

Las tres corrían ahora en direcciones distintas, pero estaban rodeadas y no podían escapar, y, sin saber por qué, yo me puse a perseguir a Hedi, Kálmán se fue detrás de Maja y Prém y Kristian corrían detrás de Livia, que huía veloz como un gamo; Hedi corría cuesta abajo, perdió una sandalia pero no se paró a recogerla; echaba la cabeza hacia atrás agitando su pelo rubio y arrastrando la sábana, y recuerdo que pensé que, si le pisaba la sábana, la haría caer, no sé muy bien qué ocurría a mi espalda, sólo vi que Maja casi había llegado a los árboles cuando Kálmán la agarró con los dos brazos, pero entonces Livia empezó a chillar desesperadamente, como si aquello ya no fuera un juego, y Hedi cambió bruscamente de dirección, y mientras yo, por el impulso que llevaba, pasaba de largo como un estúpido, ella tuvo tiempo de completar la media vuelta y subir a ayudar a Livia.

Peleaban en el suelo, y las llamas, alargadas por el viento, ondeaban sobre ellos; Hedi se arrojó sobre los contendientes gritando como una loca, quizá para indicar a Livia, que se retorcía en el suelo, que allí estaba ella para socorrerla, pero entonces yo me eché encima de Hedi, a pesar de que ya había visto lo que ocurría, que a Livia le habían bajado la falda roja, que estaba debajo de las rodillas de Kristian, lo que no les habría costado mucho, ya que sólo se sujetaba a la cintura con una ancha banda elástica, y ahora iban a por la blusa; mientras Kristian le sujetaba los muslos con las rodillas, para que no pudiera patalear, Prém trataba de reducir el frenético braceo con el que ella se defendía, y le tiraba de la blusa; pero no me di cuenta de la asombrosa circunstancia de que Prém no llevaba calzoncillo hasta el momento en que me arrojé sobre la espalda de Hedi, Livia apretaba los párpados y gritaba con todas sus fuerzas, y encima de su cara, justo encima, casi rozándosela al oscilar con los bruscos movimientos del forcejeo, colgaba el considerable pene de Prém.

Aun después de ver esto, yo seguía queriendo ayudar a los chicos y trataba de arrancar de la espalda de Kristian a Hedi, que se defendía con uñas y dientes.

Sólo que mi ayuda -por tantas razones, cuestionable- resultó innecesaria, porque Kristian, al sentir en la espalda el cuerpo de Hedi, soltó a Livia y, con una fuerte sacudida hacia atrás, se liberó de Hedi que se le había agarrado a los hombros y ahora resbaló al suelo; también Prém soltó a Livia, pero, cuando ella trató de escurrirse, volvió a asirla por la blusa, y no sé si los botones ya habían saltado o se desprendieron con el agarrón, lo cierto es que, cuando se levantó, ella tenía los pechos al aire; Kristian sonreía ampliamente, movía la cabeza haciendo brincar los oscuros rizos y, con un ágil quiebro, esquivó a Hedi, que volvía a atacar gritando; mientras, Prém corría detrás de Livia, pero pronto se vio que no la perseguía a ella sino que iba en busca del pantalón, y Livia, sujetándose la blusa sobre el pecho, corría con la falda en la mano entre los árboles, por donde ahora apareció Kálmán que, frustrado y perplejo, la vio alejarse con sus braguitas rosa; «¡eres un cerdo, un cerdo es lo que eres!», gritó Hedi a Kristian con la voz rota por el llanto, pero Kristian no parecía enterarse; como si Hedi le fuera totalmente indiferente, sostenía mi mirada con aire retador, yo me sentía sonreír de oreja a oreja, como sonreía él, que tenía largos arañazos en la frente y la barbilla, los dos nos sonreíamos, entre nosotros estaba Hedi, nos sonreíamos y nos mirábamos a los ojos, y entonces él levantó la mano por delante de Hedi y me dio un fuerte bofetón con el revés de la mano.

Se me nubló la vista y me parece que no fue del golpe.

Vagamente, advertí que Hedi, que ignoraba el porqué del bofetón, iba a defenderme, pero Kristian se desasió, dio media vuelta y, despacio, se alejó hacia el fuego que se retorcía al viento.

Yo debí de volver la espalda y marcharme sin más.

Debajo de los árboles estaba Kálmán, que nos miraba con indiferencia, Prém se ponía los pantalones, Maja había desaparecido.

Después Prém dijo que, cuando Maja prendió fuego a la leña, él estaba cagando, pero yo no le creí, porque para cagar te bajas el pantalón, no te lo quitas, aunque, después de todo lo que había pasado, de nada hubiera servido decirle a la cara que mentía.

También me enteré de que Kálmán consiguió atrapar a Maja, pero, para abrazarla, tuvo que abrazar también un árbol y, cuando quiso darle un beso en los labios, Maja le escupió en la boca y escapó.

Tendrían que transcurrir muchas semanas antes de que yo pudiera empezar a olvidar.

Nadie iba a casa de nadie, yo no me atrevía ni a salir del jardín, Para no encontrarme casualmente con uno de ellos.

Hacia el final del verano, sin embargo, pareció que se restablecía el antiguo orden de cosas; Kristian, quizá para dar celos a Hedi y reconquistarla, empezó a dedicarse a Livia, o quizá porque ahora se había fijado en ella, o porque quería hacerse perdonar; la esperaba, la acompañaba, Hedi los veía desde la ventana de su cuarto apoyados en la valla del patio del colegio, charlando confidencialmente, y fue a quejarse a Maja quien, a su vez, para mortificarme, me llamó por teléfono y me pidió que fuera a su casa, porque había encontrado algo muy sospechoso, un documento nuevo, entre los papeles de su padre; en realidad, no había encontrado nada interesante, por lo menos no parecía algo que pudiéramos utilizar, sólo era la copia de una nota interna en la que su padre rogaba al ministro del Interior que le confirmara que no obraba por cuenta propia sino por orden expresa, personal y directa del ministro, al poner escuchas en el teléfono de una tal Emma Arendt.

Maja quería cotillear conmigo y, de paso, ver el efecto que me producía la noticia, y a mí la ocasión me parecía propicia para la reconciliación, así que fui a su casa e hice como si no me interesara ni lo más mínimo lo que pudiera haber entre Livia y Kristian; aquel día acordamos no volver a hablar por teléfono de cosas importantes, porque, si su padre estaba autorizado a escuchar ciertas conversaciones, debía de existir un aparato para estas cosas y era posible que también en nuestros teléfonos hubiera escuchas.

Cuando salía, encontré a Kálmán en la puerta, que se puso colorado y dijo que casualmente pasaba por allí -a pesar de que ya no nos creíamos nuestras excusas, seguíamos mintiéndonos tenazmente-, y juntos nos encaminamos hacia mi casa, ya que él no podía tener motivos para quedarse y estaba obligado a ser consecuente con la excusa; por el camino me enteré de que había hecho las paces con Prém y Kristian, aprovechando la ocasión de