/ Language: Español / Genre:detective

Al borde del Acantilado

Elizabeth George

Thomas Lynley ya no es comisario de la policía de Londres. Tras el brutal asesinato de su mujer embarazada, no había ninguna razón para permanecer en la ciudad y en su puesto. Es por eso que decide volver a los parajes de su infancia e intentar recuperarse allí del golpe que acaba de recibir. Sin embargo, parece que no va a resultar nada fácil alejarse del crimen. Mientras se encuentra haciendo trekking por los campos de Cornualles, se tropieza con el cadáver del joven Santo Kerne, quien aparentemente se despeñó de un acantilado. Aunque en seguida se hace obvio que alguien manipuló el equipo de alpinismo del chico, Lynley decide investigar por su cuenta y no comparte toda la información que cae en sus manos con la verdadera encargada del caso: la subinspectora Bea Hannaford, una policía capaz y resolutiva, pero algo malcarada. Lo que sí hace es llamar a su antigua compañera Barbara Havers para pedirle ayuda. Havers que tiene órdenes de asistir a la subinspectora y de conseguir que Lynley reanude su actividad como detective en Londres, se dirigirá a Cornualles donde parece que hay una inacabable retahíla de sospechosos de haber podido matar a Kerne: amantes despechadas, padres decepcionados, surfistas expertos, antiguos compañeros de colegio y una madre demente. Cada uno de ellos tiene un secreto que guardar y por el que merece la pena mentir en incluso matar.

Elizabeth George

Al borde del Acantilado

15º Serie Lynley

En recuerdo de Stephen Lawrence,

que el 22 de abril de 1993 fue asesinado en Eltham,

suroeste de Londres, por cinco hombres a quienes,

hasta la fecha, el sistema judicial británico

ha dejado impunes.

Capítulo 1

Encontró el cadáver el cuadragésimo tercer día de su caminata. Para entonces abril ya había terminado, aunque apenas era consciente de ello. Si hubiera sido capaz de fijarse en su entorno, el aspecto de la flora que adornaba la costa tal vez le habría ofrecido una buena pista sobre la época del año. Había emprendido la marcha cuando el único indicio de vida renovada era la promesa de los brotes amarillos de las aulagas que crecían esporádicamente en las cimas de los acantilados, pero en abril, las aulagas rebosaban color y las ortigas amarillas trepaban en espirales cerrados por los tallos verticales de los setos en aquellas raras ocasiones en que se adentraba en un pueblo. Pronto las dedaleras aparecerían en los arcenes de las carreteras y el llantén asomaría con fiereza su cabeza por los setos y los muros de piedra que delimitan los campos en esta parte del mundo. Pero esos retazos de vida floreciente pertenecían al futuro y él había transformado los días de su caminata en semanas para intentar evitar pensar en el futuro y recordar el pasado.

No llevaba prácticamente nada consigo: un saco de dormir viejo, una mochila con algo de comida que volvía a abastecer cuando caía en la cuenta, una botella dentro de la mochila que rellenaba por la mañana si había agua cerca del lugar donde dormía. Todo lo demás lo llevaba puesto: una chaqueta impermeable, una gorra, una camisa de cuadros, unos pantalones, botas, calcetines, ropa interior. Había iniciado esta caminata sin estar preparado y sin preocuparse por ello. Sólo sabía que tenía que andar o quedarse en casa y dormir, y si se quedaba en casa y dormía, acabaría percatándose de que no deseaba volver a despertarse.

Así que se puso a caminar. No parecía haber otra alternativa. Ascensiones pronunciadas a acantilados, el viento azotándole la cara, el aire salado secándole la piel, recorriendo playas donde los arrecifes sobresalían de la arena y de las piedras cuando bajaba la marea, la respiración trabajosa, la lluvia empapándole las piernas, las piedras clavándose sin cesar en las suelas de sus zapatos… Estas cosas le recordarían que estaba vivo y que seguiría estándolo.

Había hecho una apuesta con el destino. Si sobrevivía a la caminata, perfecto. Si no, su final estaba en manos de los dioses; en plural, decidió. No podía pensar que hubiera un único Ser Supremo ahí arriba, moviendo los dedos sobre el teclado de un ordenador divino, introduciendo una cosa o eliminando otra para siempre.

Su familia le pidió que no fuera, porque veían el estado en que se encontraba, aunque como tantas otras familias de su clase social no lo mencionaron directamente. Su madre sólo dijo: «Por favor, no lo hagas, querido»; su hermano le sugirió, con la cara pálida y la amenaza de otra recaída cerniéndose siempre sobre él y sobre todos ellos: «Deja que te acompañe», y su hermana le murmuró con el brazo alrededor de la cintura: «Lo superarás. Se supera», pero ninguno pronunció su nombre o la palabra en sí, esa palabra terrible, eterna, definitiva.

Y él tampoco. No expresó nada más que su necesidad de caminar.

El cuadragésimo tercer día de esta marcha adquirió la misma forma que los cuarenta y dos días que lo habían precedido. Se despertó donde se había dejado caer la noche anterior, sin saber en absoluto dónde estaba, salvo en algún punto del camino suroeste de la costa. Salió del saco de dormir, se puso la chaqueta y las botas, se bebió el resto del agua y empezó a andar. A media tarde, el tiempo, que había estado incierto durante la mayor parte del día, se decidió y cubrió el cielo de nubes oscuras. El viento las apiló unas sobre otras, como si desde lejos un escudo enorme las mantuviera en su sitio y no les permitiera seguir avanzando porque había prometido tormenta.

Luchaba contra el viento para alcanzar la cima de un acantilado, ascendiendo desde una cala en forma de V donde había descansado durante una hora más o menos y contemplado las olas chocar contra las placas anchas de pizarra que formaban los arrecifes. La marea comenzaba a avanzar y se había dado cuenta. Necesitaba subir. También necesitaba encontrar refugio.

Se sentó cerca de la cima del acantilado. Le faltaba el aliento y le resultó extraño que tanto caminar estos días no pareciera bastar para resistir mejor las diversas ascensiones que realizaba por la costa. Así que se detuvo a respirar. Sintió una punzada que reconoció como hambre y utilizó aquellos minutos de descanso para sacar de la mochila lo que le quedaba de una salchicha seca que había comprado al pasar por una aldea en su ruta. La devoró toda, se percató de que también tenía sed y se levantó para ver si cerca había algo parecido a un lugar habitado: un caserío, una cabaña de pesca, una casa de veraneo o una granja.

No vio nada. Pero tener sed estaba bien, pensó con resignación. La sed era como las piedras afiladas que se clavaban en las suelas de sus zapatos, como el viento, como la lluvia. Le hacía recordar, cuando necesitaba algún recordatorio.

Se volvió hacia el mar. Vio a un surfista solitario meciéndose en la superficie, más allá de donde rompían las olas. En esta época del año, la figura iba toda vestida de neopreno. Era la única forma de disfrutar del agua gélida.

Él no sabía nada de surf, pero reconocía a un cenobita como él cuando lo veía. No había meditación religiosa en sus actos, pero los dos estaban solos en lugares donde no tendrían que estarlo. También estaban solos en condiciones no adecuadas para lo que intentaban. Para él, la lluvia cercana -porque era evidente que estaba a punto de llover- convertiría su marcha por la costa en un camino resbaladizo y peligroso. Para el surfista, los arrecifes visibles en la orilla exigían responder a la pregunta de por qué había salido a surfear.

No conocía la respuesta y no estaba demasiado interesado en elaborar ninguna. Tras acabarse aquella comida inadecuada, reanudó la marcha. En esta parte de la costa los acantilados eran friables, a diferencia de los que había al principio de su caminata. Allí eran principalmente de granito, intrusiones ígneas en el paisaje, formadas sobre la lava, la piedra caliza y la pizarra milenarias. Aunque desgastado por el tiempo, el clima y el mar agitado, el suelo era sólido y el caminante podía aventurarse hasta el borde y contemplar las olas bravas u observar las gaviotas que buscaban un lugar donde posarse entre los riscos. Aquí, por el contrario, el borde del acantilado era quebradizo, de pizarra, esquisto y arenisca, y la base estaba marcada por montículos de detritos de piedras que a menudo caían a la playa. Arriesgarse a acercarse al borde significaba despeñarse. Y despeñarse significaba romperse todos los huesos o morir.

En este punto de la caminata, la cima del acantilado se nivelaba durante unos cien metros. El sendero estaba bien delimitado, se alejaba del borde y trazaba una línea entre las aulagas y las armerías a un lado y, un prado vallado, al otro. Desprotegido aquí arriba, dobló el cuerpo contra el viento y siguió andando sin parar. Tenía la garganta tan seca que le dolía y notaba unos pinchazos sordos en la cabeza justo detrás de los ojos. De repente, al llegar al final de la cumbre, se mareó. «La falta de agua», pensó. No sería capaz de avanzar mucho más sin ponerle remedio.

Un muro señalaba el borde del pasto que había estado siguiendo. Lo subió y se detuvo a esperar que el paisaje dejara de dar vueltas el tiempo suficiente como para encontrar la bajada a otra cala más. Había perdido la cuenta de las ensenadas que había encontrado en su caminata por la costa ondulante. No tenía ni idea de cómo se llamaba ésta, igual que desconocía el nombre de las otras.

Cuando la sensación de vértigo desapareció vio que abajo, en el borde de un prado amplio, había una cabaña solitaria, a unos doscientos metros de la playa tal vez y junto a un arroyo serpenteante. Una cabaña significaba agua potable, así que iría hacia allí. No se alejaba demasiado del sendero.

Bajó del muro justo cuando empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. No llevaba puesta la gorra, así que se descolgó la mochila de los hombros y la sacó. Estaba calándosela sobre la frente -una vieja gorra de béisbol de su hermano con la leyenda Mariners bordada- cuando vislumbró un destello rojo. Miró en la dirección de donde parecía proceder y lo encontró al pie del acantilado que formaba el final de la ensenada. Allí, encima de una placa ancha de pizarra, había una mancha roja. Esta pizarra estaba al final del arrecife, que se extendía del pie del acantilado hacia el mar.

Se quedó mirando la mancha roja. De lejos podría ser cualquier cosa, desde basura a ropa sucia, pero supo instintivamente que no era nada de eso. Porque aunque estaba contraído, una parte parecía formar un brazo y este brazo se extendía sobre la pizarra como suplicando a un benefactor invisible que no estaba ahí y no lo estaría nunca.

Esperó un minuto entero que contó segundo a segundo. Esperó inútilmente a ver si la forma se movía. Cuando no lo hizo, inició el descenso.

* * *

Caía una lluvia fina cuando Daidre Trahair dobló la última esquina de la vía que conducía a Polcare Cove. Puso en marcha los limpiaparabrisas y anotó mentalmente que tenía que cambiarlos más pronto que tarde. No bastaba con decirse que la primavera daba paso al verano y que en esa época ya no serían necesarios. Abril estaba siendo tan impredecible como siempre, y aunque por lo general mayo era agradable en Cornualles, junio podía ser una pesadilla climática. Así que decidió en aquel momento que tenía que comprar unos limpiaparabrisas nuevos y pensó dónde. Agradeció aquella distracción mental. Le permitía eliminar de su cabeza toda consideración respecto al hecho de que, al final de su viaje hacia el sur, no sentía nada. Ni consternación, ni confusión, ni ira, ni rencor, ni compasión ni una pizca de pena.

La parte de la pena no le preocupaba. Sinceramente, ¿quién podía esperar que la sintiera? Pero el resto… Haber sido desposeída de cualquier emoción posible en una situación que exigía un mínimo de sentimiento… Eso sí la inquietaba. En parte le recordaba lo que había oído tantas veces a tantos amantes. En parte, indicaba regresar a un lugar que creía haber dejado atrás.

Así que el movimiento nimio de los limpiaparabrisas y la huella que dejaban a su paso la distraían. Intentó pensar en proveedores potenciales de piezas de coches: ¿En Casvelyn? Seguramente. ¿Alsperyl? No lo creía. Tal vez tendría que desplazarse hasta Launceton.

Se aproximó cautelosamente a la cabaña. El camino era estrecho y, si bien no esperaba toparse con otro coche, siempre existía la posibilidad de que alguien que visitara la cala y su pequeña franja de playa saliera como un bólido, dispuesto a marcharse a toda velocidad y dando por sentado que no habría nadie más por allí con este mal tiempo.

A su derecha, se levantaba una ladera donde las aulagas y las centauras amarillas formaban un manto enredado. A su derecha se abría el valle de Polcare, un enorme prado verde dividido por un arroyo que bajaba desde Stowe Wood, en un terreno más elevado. Este lugar era distinto a las cañadas tradicionales de Cornualles y por eso lo había elegido. Un giro de la geología convertía el valle en un espacio ancho, como formado por un glaciar -aunque sabía que no podía ser el caso-, en lugar de ser un cañón y estar delimitado por el agua de un río que transportaba piedras implacables desde hacía milenios. Por eso nunca se sentía aprisionada en Polcare Cove. Su cabaña era pequeña, pero el entorno era amplio, y un espacio abierto era fundamental para su serenidad.

La primera advertencia de que las cosas no estaban como deberían llegó cuando salió de la carretera y accedió al sendero de gravilla y hierba que servía de entrada a su casa. La verja estaba abierta. No tenía candado, pero precisamente por eso sabía que la había dejado bien cerrada la última vez que había estado aquí. Ahora la apertura era lo bastante grande como para permitir pasar a una persona.

Daidre se quedó mirando un instante antes de maldecirse por ser tan asustadiza. Se bajó del coche, abrió la verja del todo y entró con el vehículo.

Cuando aparcó y fue a cerrar la verja, vio la huella, hundida en la tierra blanda junto a la entrada donde había plantado las primaveras. La pisada de un hombre, de una bota, parecía. Una bota de montaña. Aquello daba una perspectiva totalmente nueva a su situación.

Miró a la cabaña. La puerta azul parecía intacta, pero cuando rodeó sigilosamente el edificio para comprobar si veía más señales de intromisión, encontró una ventana rota. Era la que estaba al lado de la puerta que daba al arroyo y esa puerta no estaba cerrada con llave. En el escalón se había formado un montículo de barro fresco.

Aunque sabía que debería tener miedo, o al menos ser cautelosa, Daidre se enfureció al ver la ventana rota. En un estado de indignación absoluta, empujó la puerta para abrirla y cruzó la cocina hasta el salón, donde se detuvo. En la penumbra del día tenebroso, una forma emergía de su dormitorio. Era alto, llevaba barba e iba tan sucio que le olió desde el otro extremo de la habitación.

– No sé quién coño eres ni qué estás haciendo aquí, pero te vas a ir ahora mismo o me pondré violenta contigo y te aseguro que eso es lo último que quieres que pase.

Luego alargó la mano detrás de ella para iluminar la cocina. Pulsó el interruptor y la luz inundó el salón delante del hombre, que avanzó un paso, y entonces le vio la cara.

– Dios mío -dijo ella-. Estás herido. Soy médica. ¿Puedo ayudarte?

Él señaló el mar. Desde aquí, Daidre podía oír las olas, como siempre, pero ahora parecían más cercanas porque el viento transportaba su sonido hasta la casa.

– Hay un cadáver en la playa -dijo el hombre-. Está en las rocas. Al pie del acantilado. Está… Está muerto. He roto la ventana para entrar. Lo siento. Pagaré los desperfectos. Buscaba un teléfono para llamar a la policía. ¿Cuál es la dirección?

– ¿Un cadáver? Enséñamelo.

– Está muerto. No se puede hacer…

– ¿Eres médico? No, ¿verdad? Yo sí. Enséñamelo. Estamos perdiendo el tiempo cuando podríamos estar salvando una vida.

Pareció que el hombre iba a protestar. Daidre se preguntó si sería por incredulidad. ¿Tú? ¿Médica? Demasiado joven. Pero al parecer vio su determinación. Se quitó la gorra, se pasó la manga de la chaqueta por la frente y se manchó la cara de barro sin saberlo. Vio que llevaba el pelo rubio demasiado largo y que era del mismo color que el de ella. Los dos lo tenían bien cuidado y claro, podrían parecer hermanos, incluso por los ojos. Los de él eran marrones. Los de ella también.

– Muy bien. Acompáñeme -dijo el hombre, cruzó la habitación y pasó por delante de ella, dejando tras de sí su aroma acre: sudor, ropa sucia, dientes sin cepillar, aceite corporal y algo más, más profundo y más perturbador. Daidre se apartó y mantuvo las distancias mientras salían de la cabaña y comenzaban a descender por el sendero.

El viento era feroz. Lucharon contra él bajo la lluvia mientras se dirigían rápidamente a la playa. Pasaron por el punto donde el arroyo del valle se abría en una charca antes de caer a un rompeolas natural y precipitarse al mar. Aquel lugar marcaba el principio de Polcare Cove, una playa estrecha cuando la marea estaba baja y sólo peñascos y rocas alisadas cuando estaba alta.

– Por aquí -gritó el hombre contra el viento, y la llevó al extremo norte de la cala. Desde allí, Daidre no necesitó más indicaciones. Vio el cuerpo sobre un saliente de pizarra: el impermeable rojo intenso, los pantalones oscuros y anchos para moverse mejor, los zapatos finos y flexibles. Llevaba un arnés alrededor de la cintura del que colgaban numerosas piezas metálicas y una bolsa ligera de la que caía una sustancia blanca sobre la roca. Magnesia para las manos, pensó. Se movió para verle la cara.

– Dios mío. Es… Es un escalador -dijo-. Mire, ahí está su cuerda.

Una parte estaba cerca, un cabo umbilical desenrollado al que todavía estaba atado el cadáver. El resto serpenteaba desde el cuerpo hasta el pie del acantilado, donde formaba un montículo desigual, sujeto hábilmente a un mosquetón que sobresalía del final.

Buscó el pulso aunque sabía que no lo encontraría. En este punto el acantilado tenía unos sesenta metros de altura. Si había caído desde allí -como seguramente era el caso- sólo un milagro le habría salvado. Y no se había producido ninguno.

– Tiene razón -le dijo a su compañero-. Está muerto. Y con la marea… Mira, vamos a tener que moverlo o…

– ¡No! -La voz del desconocido fue severa.

La cautela se apoderó de Daidre.

– ¿Qué?

– Tiene que verlo la policía. Debemos avisarla. ¿Dónde está el teléfono más cercano? ¿Tiene móvil? No había nada… -Señaló en la dirección de donde venían. No había teléfono en la cabaña.

– No tengo móvil -dijo ella-. No lo cojo cuando vengo aquí. ¿Qué más da? Está muerto. Ya veremos qué ha pasado. La marea está subiendo y si no lo movemos nosotros, lo hará el agua.

– ¿Cuánto tiempo? -preguntó.

– ¿Qué?

– La marea. ¿Cuánto tiempo tenemos?

– No lo sé. -Daidre miró el agua-. ¿Veinte minutos? ¿Media hora? No más.

– ¿Dónde hay un teléfono? Tiene coche. -Y con una variación de las palabras de ella, añadió-: Estamos perdiendo el tiempo. Yo puedo quedarme aquí con él… con él, si lo prefiere.

No lo prefería. Tenía la impresión de que el hombre se esfumaría como un fantasma si le dejaba allí. Sabría que ella iba a realizar la llamada que él tanto deseaba que se hiciera, pero desaparecería y la dejaría con… ¿qué? Lo sabía muy bien y no le apetecía.

– Venga conmigo -le dijo.

* * *

Fueron al hostal Salthouse Inn, el único lugar en kilómetros a la redonda que se le ocurrió que dispondría seguro de un teléfono. El hostal se levantaba en el cruce de tres carreteras: era una posada blanca y achaparrada del siglo XIII en el interior de Alsperyl, al sur de Shop y al norte de Woodford. Condujo deprisa, pero el hombre no se quejó ni mostró preocupación alguna por que acabaran despeñándose colina abajo o de cabeza contra un seto de tierra. No se abrochó el cinturón y no se sujetó.

No dijo nada. Ella tampoco. Avanzaban con la tensión de los desconocidos y también con la de todo lo que no habían dicho. Daidre respiró aliviada cuando por fin llegaron al hostal. Estar al aire libre, lejos de su hedor, era una especie de bendición. Tener algo delante de ella, una ocupación inmediata, era un regalo de Dios.

El hombre la siguió por la extensión de terreno pedragoso que hacía las veces de aparcamiento hasta la puerta baja. Los dos se agacharon para entrar en la posada. De inmediato se encontraron en un vestíbulo repleto de chaquetas, ropa para la lluvia y paraguas empapados. Ellos no se quitaron nada al entrar en el bar.

Los clientes de la tarde -los habituales del hostal- todavía ocupaban sus lugares normales: sentados a las mesas llenas de marcas más cercanas a la chimenea. El carbón emitía un resplandor acogedor. Arrojaba luz a las caras inclinadas hacia el fuego y proporcionaba una iluminación suave en las paredes manchadas de hollín.

Daidre saludó a los clientes con la cabeza. Ella también venía aquí, así que no le resultaban desconocidos, ni ella a ellos.

– Doctora Trahair -murmuraron.

– ¿Ha venido para el torneo? -le dijo uno, pero la pregunta murió cuando vio a su acompañante. Ojos clavados en él, ojos clavados en ella. Especulación y asombro. Los desconocidos no eran extraños en estos parajes. El buen tiempo los traía a Cornualles a manadas. Pero llegaban y se iban como habían venido -siendo desconocidos- y, por lo general, no aparecían en compañía de alguien familiar.

Daidre se acercó a la barra.

– Brian, necesito utilizar el teléfono. Ha habido un accidente terrible. Este hombre… -Miró a su acompañante-. No sé cómo se llama.

– Thomas -contestó el hombre.

– Thomas. Thomas ¿qué?

– Thomas -contestó él.

Daidre frunció el ceño, pero dijo al dueño:

– Este hombre, Thomas, ha encontrado un cadáver en Polcare Cove. Tenemos que llamar a la policía, Brian. -Y en voz más baja, añadió-: Es… Creo que es Santo Kerne.

* * *

El agente Mick McNulty estaba de servicio cuando la radio graznó y le despertó. Se consideró afortunado por estar en el coche de policía cuando entró la llamada. Acababa de echar un polvo rápido con su mujer a la hora del almuerzo, seguido por una cabezadita saciada, ambos desnudos debajo de la colcha, que habían arrancado de la cama («No podemos mancharla, Mick. ¡Es la única que tenemos!»), y hacía sólo cincuenta minutos que había reanudado su ronda por la A39, alerta a posibles malhechores. Pero el calor en el interior del coche combinado con el ritmo de los limpiaparabrisas y el hecho de que su hijo de dos años no le hubiera dejado pegar ojo durante la mayor parte de la noche anterior pesaba en sus párpados y le animó a buscar un área de descanso para aparcar y dormir un ratito. Estaba justo haciendo eso -dar cabezadas- cuando la radio le sacó de sopetón de sus sueños.

«Un cadáver en la playa. Polcare Cove. Se requiere respuesta inmediata, acordonar la zona e informar.»

– ¿Quién ha dado el aviso? -quiso saber.

«Un excursionista y una mujer del pueblo. Se reunirán contigo en Polcare Cottage.»

– ¿Y dónde está eso?

«Santo cielo, tío. Piensa un poco, joder.»

Mick enseñó un dedo a la radio. Arrancó el coche y se incorporó a la carretera. Encendería las luces y la sirena, algo que por lo general sólo ocurría en verano cuando un turista con prisa cometía un error de cálculo con resultados funestos. En esta época del año, la única acción que presenciaba normalmente era la de un surfista impaciente por meterse en las aguas de la Bahía de Widemouth: demasiada velocidad en el aparcamiento, demasiado tarde para frenar y barranco abajo hasta la arena. Pero Mick entendía esa urgencia. Él también la sentía cuando las olas eran buenas y lo único que le impedía ponerse el traje de neopreno y coger la tabla era el uniforme que vestía y la idea de poder llevarlo -justo aquí en Casvelyn- hasta jubilarse. Dar al traste con su carrera no formaba parte de su estrategia. No en vano se llamaba «el ataúd de terciopelo» a un destino en Casvelyn.

Aun con la sirena y las luces, tardó casi veinte minutos en llegar a Polcare Cottage, que era la única residencia que había en la carretera que bajaba a la cala. La distancia no era mucha en línea recta -menos de ocho kilómetros-, pero en los caminos cabía menos de un coche y medio y, delimitados por tierras de labranza, bosque, aldeas y pueblos, todos estaban llenos de curvas.

La cabaña era de color mostaza, un faro en la tarde sombría. Era una anomalía en una región donde casi todas las estructuras eran blancas y, para desafiar aún más las tradiciones locales, sus dos edificaciones anexas eran violeta y lima, respectivamente. Ninguna de las dos estaba iluminada, pero las ventanas pequeñas de la cabaña arrojaban luz al jardín que la rodeaba.

Mick apagó la sirena y aparcó el coche patrulla, aunque dejó encendidos los faros y las luces del techo girando; le pareció un detalle bonito. Cruzó la verja y pasó por delante de un Opel viejo estacionado en el sendero de entrada. Cuando llegó a la puerta, golpeó bruscamente los paneles azul intenso. Una figura apareció deprisa al otro lado de la vidriera de la puerta, como si hubiera estado cerca esperándole. La mujer llevaba unos vaqueros ajustados y un jersey de cuello alto; sus pendientes largos se movieron al invitarle a entrar.

– Me llamo Daidre Trahair -dijo-. Soy la que ha llamado.

Le hizo pasar a un pequeño recibidor cuadrado atestado de botas de agua, botas de montaña y chaquetas. A un lado había un recipiente grande de hierro con forma de huevo que Mick reconoció como uno de los viejos cubos que se utilizaban en las minas, lleno de paraguas y bastones en lugar de mena. Un banco estrecho maltratado y lleno de agujeros señalaba el lugar donde cambiarse las botas. Apenas había espacio para moverse.

Mick sacudió las gotas de la chaqueta y siguió a Daidre Trahair al corazón de la cabaña, que era el salón. Allí, un hombre con barba de aspecto desarreglado estaba en cuclillas junto a la chimenea, removiendo en vano cinco trozos de carbón con un atizador cuyo mango tenía forma de cabeza de pato. «Tendrían que haber puesto una vela debajo del carbón hasta que prendiera», pensó Mick. Era lo que siempre había hecho su madre y funcionaba de maravilla.

– ¿Dónde está el cadáver? -preguntó-. También quiero sus datos, señor. -Sacó la libreta.

– La marea está subiendo -dijo el hombre-. El cadáver está en el… No sé si es parte del arrecife, pero el agua… Querrá ver el cuerpo, ¿no?, antes de pasar a lo demás. Las formalidades, quiero decir.

Recibir una sugerencia de este tipo de un civil que sin duda sacaba toda la información sobre el procedimiento policial de las series de la tele le puso enfermo. Igual que la voz del hombre, cuyo tono, timbre y acento no encajaban en absoluto con su aspecto. Parecía un vagabundo, pero no hablaba como si lo fuera. A Mick le recordó la época que sus abuelos denominaban «los viejos tiempos», cuando antes de la llegada de los viajes internacionales la gente conocida siempre como «los acomodados» iban a Cornualles en sus coches elegantes y se hospedaban en grandes hoteles con amplias galerías. «Sabían dejar propina, sí, señor -le decía su abuelo-. Claro que entonces las cosas eran menos caras, ¿sabes?, así que los dos peniques duraban mucho y con un chelín te alcanzaba para llegar a Londres.» Así de exagerado era el abuelo de Mick. Era parte de su encanto, decía su madre.

– Yo quería mover el cuerpo -dijo Daidre Trahair-. Pero él -y señaló al hombre- me ha dicho que no. Es un accidente. Bueno, es obvio que ha sido un accidente, así que no entiendo por qué… Sinceramente, me daba miedo que se lo llevaran las olas.

– ¿Sabe quién es?

– Yo… no -contestó-. No he podido verle del todo bien la cara.

Mick detestaba tener que ceder ante ellos, pero tenían razón. Ladeó la cabeza en dirección a la puerta.

– Vamos a verle.

Salieron a la lluvia. El hombre sacó una gorra de béisbol descolorida y se la puso. La mujer llevaba un chubasquero con capucha que le cubría el pelo rubio.

Mick se detuvo en el coche patrulla y cogió la pequeña cámara que le habían autorizado a llevar. Si tenía que mover el cadáver, al menos dispondrían de un registro visual de cómo era el lugar antes de que la marea subiera a reclamar el cuerpo.

En la orilla, el viento era feroz y las olas rompían a derecha e izquierda. Eran rápidas, un oleaje seductor de tierra a mar.

Pero se formaban deprisa y rompían más deprisa aún: justo el tipo de olas que atraían y destruían a alguien que no sabía qué estaba haciendo.

El cadáver, sin embargo, no era de un surfista. Para Mick fue una sorpresa bastante grande. Había supuesto… Pero suponer era de idiotas. Se alegró de haberse precipitado solamente en sus conclusiones y no haber comentado nada al hombre y la mujer que habían llamado solicitando ayuda.

Daidre Trahair tenía razón. Parecía un accidente de algún tipo. Un escalador joven -muerto casi con total seguridad- yacía sobre una placa de pizarra a los pies del acantilado.

Mick maldijo en silencio cuando se acercó al cuerpo. No era el mejor lugar para escalar un acantilado, ni solo ni acompañado. Si bien había franjas de pizarra que proporcionaban buenos sitios donde agarrarse con las manos y los pies, y grietas donde podían introducirse aparatos de leva y cuñas para la seguridad del escalador, también había paredes verticales de arenisca que se desmenuzaban con muchísima facilidad si se ejercía la presión adecuada sobre ellas.

Al parecer, la víctima había intentado una escalada en solitario: una bajada en rápel desde la cima del acantilado seguida de una ascensión desde abajo. La cuerda estaba entera y el mosquetón seguía atado al nudo ocho en el extremo. El propio escalador seguía unido a la cuerda por un anclaje. El descenso desde arriba tendría que haber ido como la seda.

«Fallo del equipo en la cima del acantilado», concluyó Mick. Tendría que subir por el sendero de la costa y ver cómo estaban las cosas arriba cuando acabara aquí abajo.

Tomó las fotografías. La marea se acercaba al cuerpo. Lo fotografió y también todo lo que lo rodeaba desde todos los ángulos posibles antes de descolgar la radio de su hombro y dar voces. A cambio, recibió interferencias.

– Maldita sea -dijo, y trepó al punto alto de la playa donde le esperaban el hombre y la mujer-. Le necesito ahora mismo -le dijo al hombre. Se alejó cinco pasos y volvió a vocear a la radio-. Llama al juez -comunicó al sargento al frente de la comisaría de Casvelyn-. Tenemos que mover el cadáver. La marea está subiendo muy deprisa y si no lo movemos, lo arrastrará.

Y entonces esperaron, porque no había nada más que hacer. Pasaron los minutos, el agua subió y por fin la radio gimoteó.

«El juez… de acuerdo… por el oleaje… la carretera -crujió la voz incorpórea-. ¿Qué… lugar… necesitas?»

– Ven para acá y coge el equipo de lluvia. Que alguien se encargue de la comisaría mientras no estás.

«¿Sabes… el cuerpo?»

– Un chaval. No sé quién es. Cuando lo saquemos de las rocas, comprobaré si lleva identificación.

Mick se acercó al hombre y a la mujer, que estaban acurrucados lejos el uno del otro para protegerse del viento y la lluvia.

– No sé quién coño es usted -le dijo al hombre-, pero tenemos un trabajo que hacer y no quiero que haga nada más que lo que le diga. Venga conmigo. Y usted también -le dijo a la mujer.

Caminaron con mucho cuidado por la playa rocosa. Abajo, cerca del agua, ya no quedaba arena; la marea la había cubierto. Anduvieron en fila india por la primera placa de pizarra. A medio camino, el hombre se detuvo y alargó la mano hacia atrás a Daidre Trahair para ayudarla. Ella negó con la cabeza. Estaba bien, le dijo.

Cuando llegaron al cadáver, la marea acariciaba la pizarra donde yacía. Diez minutos más y habría desaparecido. Mick dio indicaciones a sus dos compañeros. El hombre lo ayudaría a mover el cuerpo hasta la orilla. La mujer recogería cualquier cosa que quedara atrás. No era la mejor situación, pero tendría que servir. No podían permitirse esperar a los profesionales.

Capítulo 2

A Cadan Angarrack no le importaba que lloviera. Tampoco le importaba el espectáculo que sabía que daba al limitado mundo de Casvelyn. Se desplazaba en su BMX freestyle, con las rodillas a la altura de la cintura y los codos hacia fuera como flechas curvadas, concentrado en llegar a casa para compartir su noticia. Pooh botaba en su hombro, graznando en protesta y gritando de vez en cuando «¡Basura de agua dulce!» al oído de Cadan. Era mucho mejor que un picotazo en el lóbulo de la oreja, algo que había sucedido en el pasado antes de que el loro aprendiera que se había portado mal, así que Cadan no intentó hacerle callar.

– Díselo tú, Pooh -le dijo.

Y el loro respondió:

– ¡Agujeros en el ático! -una expresión cuya procedencia era un misterio para su dueño.

Si hubiera estado trabajando con la bicicleta en lugar de utilizarla como medio de transporte, Cadan no habría tenido al loro con él. Al principio, se llevaba a Pooh y le buscaba una percha cerca de un lateral de la piscina vacía mientras repasaba sus rutinas y desarrollaba estrategias para mejorar no sólo sus acrobacias sino la zona en que las practicaba. Pero alguna maestra del colegio de preescolar que estaba al lado del polideportivo había dado la voz de alarma sobre el vocabulario de Pooh y lo que ocasionaba a los oídos inocentes de los niños de siete años cuyas mentes intentaba moldear y Cadan había recibido la orden: dejar al pájaro en casa si no podía tenerlo callado y si quería utilizar la piscina vacía. Así que no tuvo elección. Hasta hoy, había tenido que usar la piscina porque de momento no había hecho el más mínimo avance con el ayuntamiento para que montara pasarelas para saltos aéreos en Binner Down. Le habían mirado como habrían mirado a un psicópata y Cadan sabía qué pensaban: no sólo exactamente lo mismo que pensaba su padre sino también lo que decía: «¿Veintidós años y juegas con una bicicleta? ¿Qué coño estás haciendo?».

«Nada -pensaba Cadan-. Una mierda. ¿Crees que es fácil? ¿Un tabletop? ¿Un tailwhip? Intentadlo alguna vez.»

Pero por supuesto, nunca lo harían. Ni los concejales ni su padre. Sólo lo miraban y su expresión decía: «Haz algo con tu vida. Búscate un trabajo, por el amor de Dios».

Y eso era lo que tenía que decirle a su padre: tenía un empleo remunerado. Con Pooh en el hombro o no, había conseguido otro trabajo. Por supuesto, no hacía falta que su padre supiera cómo. No hacía falta que supiera que en realidad Cadan había preguntado si Adventures Unlimited había pensado en qué uso podía darle a su campo de golf destartalado y que le habían acabado contratando para ocuparse del mantenimiento del viejo hotel a cambio de utilizar las lomas y hondonadas del campo de golf -excepto los molinos, graneros y otras estructuras varias, naturalmente- para perfeccionar sus figuras aéreas. Lo único que tenía que saber Lew Angarrack era que, después de que lo echara del negocio familiar una vez más por sus múltiples errores -¿y quién diablos quería fabricar tablas de surf de todos modos?-, Cadan había salido y sustituido el Trabajo A por el Trabajo B en 72 horas, lo que era una especie de récord, decidió. Normalmente ofrecía una excusa a su padre para seguir cabreado con él durante cinco o seis semanas como mínimo.

Iba dando botes por la calle sin asfaltar que había detrás de Victoria Road y secándose la lluvia de la cara cuando su padre le adelantó con el coche de camino a casa. Lew Angarrack no miró a su hijo, aunque su expresión de desagrado decía a Cadan que se había quedado con la imagen que daba, por no hablar de que habría recordado por qué su vastago iba en bici bajo la lluvia y ya no al volante de su coche.

Delante de él, Cadan vio que su padre bajaba del RAV4 y abría la puerta del garaje. Dio marcha atrás con el Toyota para entrar y cuando Cadan cruzó la verja con la bicicleta y accedió al jardín trasero, Lew ya había dado un manguerazo a su tabla de surf. Estaba sacando el traje de neopreno del 4x4 para lavarlo también, mientras el agua borboteaba de la manguera sobre el césped.

Cadan le observó un momento. Sabía que se parecía a su padre, pero las similitudes no iban más allá del físico. Los dos eran bajos y fornidos, tenían el pecho y los hombros anchos, así que su constitución era triangular, y lucían la misma mata de pelo oscuro, aunque a su padre le crecía cada vez más por todo el cuerpo, por lo que empezaba a parecerse al apodo secreto que le había puesto la hermana de Cadan: Hombre Gorila. Pero ahí acababa todo. En cuanto al resto, eran como la noche y el día. La idea que tenía su padre de pasar un buen rato era asegurarse de que todo estuviera siempre en su sitio y que nada cambiara ni un ápice hasta el fin de sus días, mientras que la de Cadan era… bueno, totalmente distinta. El mundo de su padre era Casvelyn de principio a fin y si alguna vez pasaba de la orilla norte del Oahu -«un gran sueño, papá, tú sigue soñando»- sería el mayor milagro de todos los tiempos. Cadan, por otro lado, recorría kilómetros antes de irse a dormir y el objetivo de esos kilómetros iba a ser su nombre en luces brillantes, los Juegos X, medallas de oro y su careto sonriente en la portada de Ride BMX.

– Hoy había viento de mar a tierra. ¿Por qué has salido?

Lew no contestó. Pasó agua por encima del traje de neopreno, le dio la vuelta e hizo lo mismo con el otro lado. Lavó los escarpines, el gorro y los guantes antes de mirar a Cadan y luego al loro mexicano que llevaba en el hombro.

– Será mejor que apartes a ese pájaro de la lluvia -dijo.

– No le pasará nada -dijo Cadan-. En su país llueve. No has cogido ninguna ola, ¿no? La marea está subiendo. ¿Adonde has ido?

– No necesitaba olas. -Su padre recogió el traje del suelo y lo colgó donde siempre: sobre una silla plegable de aluminio cuyo asiento de tela estaba hundido por el peso fantasmagórico de mil traseros-. Quería pensar. No hacen falta olas para pensar, ¿verdad?

Entonces, ¿por qué se había tomado la molestia de preparar el equipo y bajarlo hasta el mar?, quiso preguntarle Cadan. Pero no lo hizo porque si se lo preguntaba, obtendría una respuesta y ésta no sería lo que había estado pensando su padre. Existían tres posibilidades, pero como una de ellas era el propio Cadan y su lista de transgresiones, decidió renunciar a seguir hablando del tema. Así que siguió a su padre al interior de la casa, donde Lew se secó el pelo con una toalla colgada con este objeto detrás de la puerta. Luego se acercó al hervidor de agua y lo encendió. Tomaría un café instantáneo, solo, con una cucharada de azúcar. Se lo bebería en una taza que ponía Newquay Invitational. Se quedaría junto a la ventana y miraría el jardín trasero y cuando se terminara el café, fregaría la taza. El señor Espontaneidad.

Cadan esperó a que Lew tuviera el café en la mano y se colocara junto a la ventana como siempre. Empleó ese tiempo para dejar a Pooh en el salón en su percha habitual. Regresó a la cocina y dijo:

– Tengo trabajo, papá.

Su padre bebió. No hizo ningún ruido. No sorbió el líquido caliente ni gruñó para hacerle saber que le había oído.

– ¿Dónde está tu hermana, Cade?

Cadan se negó a que la pregunta le deprimiera.

– ¿Has oído lo que te he dicho? Tengo trabajo. Un trabajo bastante bueno.

– ¿Y tú has oído lo que te he preguntado yo? ¿Dónde está Madlyn?

– Como hoy es un día laborable para ella, supongo que estará trabajando.

– Me he pasado por allí. No estaba.

– Entonces no sé dónde está. Ahogando las penas en alguna parte, llorando por los rincones… Lo que sea en lugar de tranquilizarse como haría cualquiera. Ni que se hubiera acabado el mundo.

– ¿Está en su cuarto?

– Ya te he dicho…

– ¿Dónde? -Lew todavía no se había dado la vuelta, algo que exasperaba a Cadan. Le entraron ganas de tomarse seis cervezas de golpe delante de su cara, sólo para llamar su atención.

– Ya te he dicho que no sé dónde…

– ¿Dónde es el trabajo? -Lew se giró, no sólo la cabeza sino todo el cuerpo. Se apoyó en la repisa de la ventana. Miró a su hijo y Cadan sabía que estaba estudiándolo, evaluándolo, y que el veredicto era que no daba la talla. Había visto esa expresión en el rostro de su padre desde que tenía seis años.

– En Adventures Unlimited -contestó-. Voy a encargarme del mantenimiento del hotel hasta que empiece la temporada.

– ¿Y luego qué?

– Si todo va bien, daré un curso. -Esto último era mucho imaginar, pero todo era posible, y estaban realizando el proceso de selección de instructores para el verano, ¿no? Rápel, escalada, kayak, natación, vela… Él sabía hacer todo eso y aunque no le quisieran para esas actividades, siempre quedaba el ciclismo acrobático y sus planes para modificar el maltrecho campo de golf. Aunque aquello no se lo mencionó a su padre. Una palabra sobre ciclismo acrobático y Lew leería «motivos ocultos» como si Cadan llevara la palabra tatuada en la frente.

– «Si todo va bien.» -Lew soltó el aire por la nariz, su versión de un resoplido de desdén, un gesto que decía más que un monólogo dramático y todo ello basado en el mismo tema-. ¿Y cómo piensas ir hasta allí? ¿En esa cosa de ahí fuera? -Se refería a la bici-. Porque no te voy a devolver las llaves del coche, ni el carné de conducir. Así que no creas que un trabajo cambiará las cosas.

– No te estoy pidiendo que me devuelvas las llaves, ¿no? -dijo Cadan-. No te estoy pidiendo el carné. Iré caminando. O en bici si es necesario. No me importa qué imagen dé. Hoy he ido en bici, ¿no?

Otra vez el resoplido. Cadan deseó que su padre dijera lo que pensaba en lugar de telegrafiárselo siempre a través de expresiones faciales y sonidos no tan sutiles. Si Lew Angarrack se decidiera y declarara «chico, eres un perdedor», Cadan al menos tendría algo para pelearse con él: fracasos como hijo frente a fracasos distintos como padre. Pero Lew siempre tomaba una vía indirecta y, por lo general, el vehículo que utilizaba era el silencio, la respiración fuerte y -como mucho- comparaciones directas entre Cadan y su hermana. Ella era Madlyn la santa, naturalmente, una surfista de talla mundial, directa a la cima. Hasta hacía poco, claro.

Cadan se sentía mal por su hermana y por lo que le había pasado, pero una pequeña parte repugnante de él se alegraba. A pesar de ser una cría, llevaba demasiados años haciéndole sombra.

– ¿Eso es todo, entonces? Nada de «bien hecho, Cade» o «felicidades»; ni siquiera «vaya, por una vez me has sorprendido». He encontrado trabajo y me van a pagar bien, por cierto, pero a ti no te importa una mierda porque… ¿qué? ¿No es lo bastante bueno? ¿No tiene nada que ver con el surf? Es…

– Ya tenías trabajo, Cade, y la fastidiaste. -Lew apuró el resto del café y llevó la taza al fregadero. Allí, la fregó igual que fregaba todo. Fuera manchas, fuera gérmenes.

– Vaya idiotez -dijo Cadan-. Trabajar para ti siempre fue una mala idea y los dos lo sabemos, aunque no quieras reconocerlo. No soy una persona que se fije en los detalles. Nunca lo he sido. No tengo la… No lo sé… La paciencia o lo que sea.

Lew secó la taza y la cuchara, guardó las dos cosas y pasó un paño por la encimera vieja de acero inoxidable llena de arañazos, aunque no tenía ni una miga.

– Tu problema es que quieres que todo sea divertido. Pero la vida no es así y te niegas a verlo.

Cadan señaló afuera, hacia el jardín trasero y el equipo de surf que su padre acababa de lavar.

– ¿Y eso no es divertido? Te has pasado todo el tiempo libre de tu vida cogiendo olas, pero se supone que tengo que verlo como… ¿qué? ¿Una tarea noble como curar el sida? ¿Acabar con la pobreza en el mundo? Me echas la bronca porque hago lo que quiero hacer, pero ¿acaso no has hecho tú lo mismo? No, espera. No contestes. Ya lo sé. Lo que tú haces es preparar a un campeón. Tienes un objetivo. En cambio yo…

– Tener un objetivo no es malo.

– Exacto. No es malo. Y yo tengo el mío. Sólo que no es el mismo que el tuyo. O el de Madlyn. O el que tenía Madlyn.

– ¿Dónde está? -preguntó Lew.

– Ya te he dicho…

– Ya sé lo que me has dicho. Pero alguna idea tendrás de dónde se habrá metido tu hermana si no ha ido a trabajar. La conoces. Y a él. También le conoces a él, en realidad.

– Oye, no me eches la culpa de eso. Ella conocía su reputación, todo el mundo la conoce. Pero no quiso escuchar a nadie. Además, lo que a ti te importa no es dónde está, sino que se haya descarriado. Igual que tú.

– No se ha descarriado.

– Anda que no. ¿Y en qué lugar te deja eso a ti, papá? Depositaste todos tus sueños en ella en lugar de vivir los tuyos.

– Los retomará.

– Yo no apostaría por ello.

– Y no te… -De repente, Lew se calló lo que pensaba decir.

Se quedaron mirándose cada uno desde un extremo de la cocina. Era una distancia de menos de tres metros, pero también era un abismo que se ensanchaba año tras año. Cada uno estaba en su borde respectivo y a Cadan le pareció que algún día uno de los dos se despeñaría.

* * *

Selevan Penrule se tomó su tiempo para llegar a la tienda de surf Clean Barrel, tras decidir rápidamente que sería indecoroso marcharse corriendo del Salthouse Inn en cuanto se corrió el rumor sobre Santo Kerne. Tenía motivos para salir disparado, pero sabía que no daría muy buena impresión. Además, a su edad, ya no podía salir disparado a ninguna parte. Demasiados años ordeñando vacas, arreando el maldito ganado por los pastos; iba siempre con la espalda encorvada y tenía las caderas molidas. Sesenta y ocho años y se sentía como si tuviera ochenta. Tendría que haber vendido el negocio y abierto el camping de caravanas treinta y cinco años antes, y lo habría hecho si hubiera tenido el dinero, los huevos y la visión necesarios y no una esposa e hijos. Ahora se habían ido todos, la casa se caía a pedazos y él había reconvertido la granja. Sea Dreams, la había llamado. Cuatro hileras perfectas de caravanas del tamaño de una caja de zapatos encaramadas en los acantilados sobre el mar.

Condujo con cuidado. De vez en cuando aparecían perros en los caminos rurales. También gatos, conejos, pájaros. Selevan odiaba la idea de atropellar algo, no tanto por la culpa o la responsabilidad que tal vez sintiera por haber causado una muerte, sino por las molestias que le acarrearía. Tendría que parar y detestaba hacerlo cuando había emprendido una acción. En este caso, la acción era llegar a Casvelyn y entrar en la tienda de surf donde trabajaba su nieta. Quería que Tammy supiera la noticia por él.

Cuando llegó al pueblo aparcó en el embarcadero con el morro de su viejo Land Rover señalando el canal de Casvelyn, un lugar estrecho que en su día conectaba Holsworthy y Launceston con el mar pero que ahora serpenteaba tierra adentro unos once kilómetros antes de terminar abruptamente, como un pensamiento interrumpido. Tendría que cruzar el río Cas para llegar al centro del pueblo, donde estaba la tienda de surf, pero encontrar aparcamiento allí siempre era un gran problema -hiciera el tiempo que hiciese y en cualquier época del año- y, de todos modos, le apetecía pasear. Mientras caminaba por la carretera en forma de media luna que definía el extremo suroccidental del pueblo, tendría tiempo para pensar. Debía encontrar un enfoque que transmitiera la información y le permitiera juzgar la reacción de la chica. Porque para Selevan Penrule, lo que Tammy decía que era y lo que Tammy era en realidad eran dos cosas totalmente opuestas. Sólo que ella aún no lo sabía.

Se bajó del coche y saludó con la cabeza a varios pescadores que fumaban bajo la lluvia, sus embarcaciones descansando en el muelle. Habían entrado desde el mar a través de la esclusa del canal que había al final del puerto y ofrecían un contraste marcado con los barcos y los tripulantes que llegarían a Casvelyn a principios de verano. Selevan prefería mucho más a este grupo que a los que se presentarían con el buen tiempo. Él vivía del turismo, cierto, pero no tenía por qué gustarle.

Puso rumbo al centro del pueblo, caminando por una calle de tiendas. Se detuvo a pedir un café para llevar en Jill's Juices y luego otra vez para comprar un paquete de Dunhills y un tubo de caramelos de menta en el Pukkas Pizza Etcetera (enfatizaban el «etcétera» porque sus pizzas eran malísimas), punto donde la carretera giraba hacia la playa. Desde allí subía lentamente hasta la parte de arriba del pueblo y la tienda de surf Clean Barrel se encontraba en una esquina a medio camino, justo en una calle que contaba con una peluquería, una discoteca destartalada, dos hoteles venidos a menos y un local de fish and chips para llevar.

Se terminó el café antes de llegar a la tienda. No había ninguna papelera cerca, así que dobló la taza de cartón y se la guardó en el bolsillo del chubasquero. Delante de él, vio a un joven con un corte de pelo estilo Julio César que conversaba seriamente con Nigel Coyle, el propietario de Clean Barrel. Sería Will Mendick, pensó Selevan. Había puesto muchas esperanzas en Will, pero de momento no se habían materializado. Oyó que Will le decía a Nigel Coyle:

– Reconozco que me equivoqué, señor Coyle. No tendría que haberlo sugerido siquiera. Pero no lo había hecho nunca.

– No se te da muy bien mentir, ¿verdad? -respondió Coyle antes de alejarse con las llaves del coche tintineando en la mano.

– Que te den, tío -replicó Will-. Que te den por saco. -Y cuando Selevan se acercó a él dijo-: Hola, señor Penrule. Tammy está dentro.

Selevan encontró a su nieta reponiendo un estante de folletos de colores vistosos. La observó como siempre hacía, como si fuera una especie de mamífero que no hubiera visto nunca. La mayor parte de lo que veía no le gustaba. Era un saco de huesos vestido de negro: zapatos negros, medias negras, falda negra, jersey negro. El pelo demasiado fino y demasiado corto y sin un poco de esa cosa pegajosa siquiera para darle un aspecto distinto al que tenía: una mata de pelo sin vida sobre el cráneo.

Selevan podría soportar que la chica fuera un saco de huesos y vistiera de negro si diera la más mínima señal de ser normal. Los ojos perfilados en negro y aretes plateados en las cejas y los labios y una tachuela en la lengua; lo entendía. A ver, no le gustaba, pero lo entendía: era lo que estaba de moda entre ciertos jóvenes de su edad. Ya entrarían en razón, cabía esperar, antes de desfigurarse por completo. Cuando cumplieran veintiuno o veinticinco años y descubrieran que los trabajos remunerados no llamaban a sus puertas se enmendarían, como había hecho el padre de Tammy. ¿Y qué era ahora? Teniente coronel del ejército destinado en Rhodesia o donde fuera, porque Selevan siempre le perdía la pista -y para él siempre sería Rhodesia, daba igual como quisiera llamarse el país-, con una carrera distinguida por delante.

Pero ¿Tammy? «¿Podemos mandártela, papá?», le había preguntado a Selevan el padre de la chica. Su voz a través del teléfono sonaba tan real como si estuviera en la habitación de al lado y no en un hotel de África donde había aparcado a su hija antes de meterla en un avión con destino a Inglaterra. ¿Y qué iba a contestar su abuelo? Ya tenía el billete. Ya estaba en camino. «Podemos mandártela, ¿verdad, papá? Este ambiente no es adecuado para ella. Ve demasiadas cosas. Creemos que el problema es ése.»

El propio Selevan tenía su propia idea de cuál era el problema, pero le gustaba pensar que un hijo confiaba en la sabiduría de su padre. «Mándamela -le dijo Selevan a David-. Pero a ver, si va a quedarse conmigo no voy a permitir ninguna de sus tonterías. Comerá cuando toque y recogerá su plato y…»

Eso, le dijo su hijo, no sería ningún problema.

Cierto. La chica apenas dejaba rastro tras ella. Si Selevan pensaba que le causaría alguna molestia, acabó aprendiendo que los problemas que ocasionaba venían de que no daba ningún problema. No era normal, y ése era el quid de la cuestión. Porque, maldita sea, era su nieta. Y eso significaba que se suponía que tenía que ser normal.

Tammy colocó el último folleto en su lugar y ordenó el estante. Retrocedió un paso, como para ver el efecto, justo cuando Will Mendick entraba en la tienda.

– Nada bueno, joder. Coyle no quiere que vuelva -le dijo a Tammy. Y luego a Selevan-: Hoy llega pronto, señor Penrule.

Tammy se dio la vuelta al oír aquello.

– ¿No has oído mi mensaje, yayo?

– No he pasado por casa -respondió Selevan.

– Vaya. Yo… Will y yo queríamos ir a tomar un café después de cerrar.

– ¿Eso queríais? -Selevan se puso contento. Tal vez, pensó, había juzgado mal el interés de Tammy por el joven.

– Iba a llevarme a casa después. -Luego frunció el ceño y pareció percatarse de que era demasiado pronto de todos modos para que su abuelo fuera a recogerla para llevarla a casa. Miró el reloj que colgaba de su muñeca delgada.

– Vengo del Salthouse Inn -dijo Selevan-. Ha habido un accidente en Polcare Cove.

– ¿Estás bien? -le preguntó-. ¿Has chocado con algún coche o algo? -Parecía preocupada y aquello complació a Selevan. Tammy quería a su abuelo. Tal vez fuera seco con ella, pero nunca se lo tenía en cuenta.

– Yo no -contestó él, y entonces comenzó a examinarla detenidamente-. Ha sido Santo Kerne.

– ¿Santo? ¿Qué le ha pasado?

¿Había subido la voz? ¿Era pánico? ¿Una forma de protegerse de una mala noticia? Selevan quería pensar que sí, pero el tono de su voz no cuadraba con la mirada que intercambió con Will Mendick.

– Cayó del acantilado, por lo que tengo entendido -dijo-. En Polcare Cove. La doctora Trahair ha llegado al hostal con un excursionista para avisar a la policía. Este tipo, el excursionista, ha encontrado el cuerpo.

– ¿Está bien? -preguntó Mendick.

Y al mismo tiempo Tammy dijo:

– Pero Santo está bien, ¿verdad?

Definitivamente a Selevan le complació aquello: la urgencia en las palabras de Tammy y lo que indicaba aquella urgencia sobre sus sentimientos. Daba igual que Santo Kerne fuera el objeto más despreciable en que una chica joven pudiera depositar sus afectos. Que hubiera afecto era una señal positiva y Selevan Penrule había permitido a Kerne entrar en su propiedad en Sea Dreams justo por ese motivo: para que tuviera un atajo a los acantilados o al mar, ¿quién sabía lo que podía despertar en el corazón de Tammy? Ése era el objetivo, ¿verdad? Tammy, el despertar de algo y una distracción.

– No lo sé -le dijo Selevan-. Esa tal doctora Trahair entró y le dijo a Brian del Salthouse que Santo Kerne había caído en las rocas de Polcare Cove. Es lo único que sé.

– No pinta bien -dijo Will Mendick.

– ¿Estaba haciendo surf, yayo? -preguntó Tammy. Pero no miró a su abuelo cuando habló. No apartó los ojos de Will.

Aquello hizo que Selevan mirara más detenidamente al joven. Vio que Will respiraba de una forma extraña, como un corredor, pero había palidecido. Normalmente era un chico de rostro rubicundo, así que cuando se quedaba blanco se notaba mucho.

– No sé qué estaba haciendo -dijo Selevan-. Pero le ha pasado algo, eso seguro. Y tiene mala pinta.

– ¿Por qué? -preguntó Will.

– Porque no habrían dejado al chico solo en las rocas si sólo estuviera herido y no… -Se encogió de hombros.

– ¿Muerto? -dijo Tammy.

– ¿Muerto? -repitió Will.

– Ve, Will -dijo Tammy.

– ¿Pero cómo voy a…?

– Ya se te ocurrirá algo. Tú ve. Ya tomaremos un café otro día.

Al parecer, eso fue lo único que necesitó el chico. Will se despidió de Selevan con la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Tocó el hombro de Tammy cuando pasó a su lado.

– Gracias, Tam -le dijo-. Te llamaré.

Selevan intentó interpretar aquello como una señal positiva.

* * *

Estaba oscureciendo deprisa cuando la inspectora Bea Hannaford llegó a Polcare Cove. Se encontraba comprando unas botas de fútbol para su hijo cuando la llamaron al móvil y terminó la adquisición sin dar a Pete la oportunidad de señalar que no se había probado todos los modelos disponibles, como hacía habitualmente. Le dijo: «Las compramos ahora o vuelves luego con tu padre», y aquello bastó. Su padre le obligaría a quedarse con las más baratas y no admitiría ninguna discusión al respecto.

Salieron de la tienda a toda prisa y corrieron bajo la lluvia hasta el coche. Llamó a Ray mientras conducía. Esta noche no le tocaba quedarse con Pete, pero Ray fue flexible. También era policía y conocía las exigencias del trabajo. Se reuniría con ellos en Polcare Cove, le dijo. «¿Un suicida?», le había preguntado. «Todavía no lo sé», había contestado ella.

Los cadáveres al pie de un acantilado no eran algo raro en esta parte del mundo. La gente cometía la estupidez de subir hasta la cumbre, se acercaba demasiado al borde y caía o saltaba. Si la marea estaba alta, a veces nunca encontraban el cuerpo. Si estaba baja, la policía tenía la oportunidad de averiguar cómo había llegado hasta allí.

– Seguro que hay mogollón de sangre -estaba diciendo Pete con entusiasmo-. Seguro que se ha abierto la cabeza como una sandía y las entrañas y el cerebro están desparramados por todo el suelo.

– Peter.

Bea le lanzó una mirada. Estaba repantigado contra la puerta, con la bolsa de plástico de las botas pegada al pecho como si creyera que alguien iba a arrebatársela. Llevaba ortodoncia y tenía granos en la cara, la maldición de un joven adolescente, recordó Bea, aunque ella había pasado su adolescencia hacía ya cuarenta años. Mirándolo ahora a sus catorce años, le resultaba imposible imaginar al hombre que podría llegar a ser algún día.

– ¿Qué? -le preguntó él-. Has dicho que alguien ha caído por el acantilado. Seguro que cayó de cabeza y se aplastó el cráneo. Seguro que se tiró. Seguro…

– No hablarías así si hubieras visto a alguien que ha caído.

– Brutal -musitó Pete.

Lo hacía a propósito, pensó Bea, intentaba provocar una pelea. Estaba enfadado por tener que ir a casa de su padre y más enfadado aún porque habían trastocado sus planes, que consistían en el raro lujo de cenar pizza y ver un DVD. Había elegido una película sobre fútbol que su padre no estaría interesado en ver con él, a diferencia de su madre. Bea y Pete eran iguales cuando de fútbol se trataba.

Decidió dejar que se le pasara el enfado sin replicarle. No tenía tiempo de ocuparse del tema y, de todos modos, el chico tenía que aprender a aceptar que se produjera un cambio de planes, porque ningún plan era nunca inamovible.

Cuando al fin llegaron a las inmediaciones de Polcare Cove, llovía a cántaros. Bea Hannaford no había estado nunca en aquel lugar, así que miró por el parabrisas y avanzó lentamente por el sendero, que descendía a través de un bosque con una serie de curvas pronunciadas antes de salir de los árboles en ciernes, volver a subir por tierras de labranza definidas por setos y bajar una última vez hacia el mar. Aquí, el paisaje se abría y formaba una pradera en cuyo extremo noroccidental había una cabaña color mostaza con dos edificios anexos, la única vivienda del lugar.

En el sendero, un coche patrulla sobresalía parcialmente de la entrada de la cabaña y había otro coche de policía justo enfrente, delante de un Opel blanco aparcado cerca de la casa. Bea no paró porque con ello habría bloqueado la carretera y sabía que llegarían muchos vehículos más que necesitarían acceder a la playa antes de que terminara el día. Siguió avanzando hacia el mar y encontró lo que pretendía ser un aparcamiento: un trozo de tierra agujereada como un queso gruyer. Se detuvo allí.

Pete alargó la mano para abrir la puerta.

– Espera aquí -le dijo su madre.

– Pero quiero ver…

– Pete, ya me has oído. Espera aquí. Tu padre está de camino. Si llega y no estás en el coche… ¿Hace falta que siga?

Pete se dejó caer en el asiento, enfurruñado.

– No pasaría nada por mirar. Y esta noche no me toca quedarme con papá.

Ah. Ahí estaba. El niño sabía elegir el momento, igualito que su padre.

– Flexibilidad, Pete -dijo ella-. Sabes muy bien que es la clave de cualquier juego, incluido el juego de la vida. Ahora espera aquí.

– Pero mamá…

Lo atrajo hacia ella y le dio un beso brusco en la cabeza.

– Espera aquí -le dijo.

Un golpecito en la ventanilla captó su atención. Era un agente vestido con ropa de lluvia, tenía gotas de agua en las pestañas y una linterna en la mano. No estaba encendida, pero pronto la necesitarían. Bea salió al viento racheado y la lluvia, se subió la cremallera de la chaqueta, se puso la capucha y dijo:

– Soy la inspectora Hannaford. ¿Qué tenemos?

– Un chaval. Está muerto.

– ¿Un suicidio?

– No. Tiene una cuerda atada al cuerpo. Imagino que cayó del acantilado mientras hacía rápel. Todavía lleva un anclaje en la cuerda.

– ¿Quién está arriba en la cabaña? Hay otro coche patrulla.

– El sargento de guardia de Casvelyn. Está con los dos que encontraron el cuerpo.

– Enséñeme qué tenemos. ¿Cómo se llama, por cierto?

El hombre se presentó como Mick McNulty, agente de la comisaría de Casvelyn. Sólo dos policías trabajaban allí: él y el sargento. Era lo habitual en el campo.

McNulty caminaba en primer lugar. El cadáver estaba a unos treinta metros de las olas, pero a una buena distancia del acantilado del que debía de haber caído. El agente había tenido el aplomo de cubrir el cuerpo con un plástico azul intenso y la previsión de disponerlo de manera que -con la ayuda de las rocas- no tocara el cadáver.

Bea asintió y McNulty levantó el plástico para mostrarle el cuerpo mientras seguía protegiéndolo de la lluvia. Con el viento, el plástico crujió y se agitó como una vela azul. Bea se puso en cuclillas, levantó la mano para coger la linterna y enfocó con la luz al joven, que estaba boca arriba. Era rubio, con mechas claras por el sol, y el pelo se le rizaba como el de un querubín alrededor de la cara. Tenía los ojos azules y sin vida y la piel rozada por haberse golpeado con las rocas al caer. También tenía magulladuras -un ojo morado-, pero parecía una herida antigua. Se había vuelto amarilla a medida que había ido curándose. Iba vestido para hacer escalada: todavía llevaba el arnés abrochado alrededor de la cintura con al menos dos docenas de cachivaches metálicos colgando de él, y tenía una cuerda enrollada en el pecho que seguía atada a un mosquetón. Pero a qué había atado el mosquetón… Esa era la pregunta.

– ¿Quién es? -preguntó Bea-. ¿Le hemos identificado?

– No lleva nada encima.

La inspectora miró hacia el acantilado.

– ¿Quién ha movido el cuerpo?

– Yo y el tipo que lo ha encontrado. Era eso o arrastrarlo, jefa -explicó rápidamente, no fuera que le soltara una reprimenda-. Yo solo no podría haberlo movido.

– Pues nos quedaremos con su ropa. Y con la de él. ¿Dice que está arriba en la cabaña?

– ¿Mi ropa?

– ¿Qué esperaba, agente? -Bea sacó el móvil y abrió la tapa. Miró la pantalla y suspiró. No había cobertura.

Al menos el agente McNulty llevaba una radio en el hombro y le dijo que lo dispusiera todo para que mandaran cuanto antes a un patólogo del Ministerio del Interior. Sabía que no sería pronto, porque el patólogo tendría que venir desde Exeter, y eso si se encontraba allí y no encargándose de otro asunto. La tarde iba a ser larga y la noche, más aún.

Mientras McNulty llamaba por radio como le había ordenado, Bea miró el cuerpo una vez más. Era un adolescente. Era muy guapo. Estaba en forma, era musculoso. Iba vestido para practicar escalada, pero como muchos escaladores de su edad no llevaba casco. Quizá le habría salvado la vida, pero podría no haber servido de nada. Sólo la autopsia podría revelarlo.

Su mirada se desvió del cadáver al acantilado. Vio que el camino de la costa -una ruta senderista de Cornualles que comenzaba en Marsland Mouth y terminaba en Cremyll- describía un corredor que serpenteaba desde el aparcamiento hasta la cima de este acantilado, igual que a lo largo de la mayor parte de la costa de Cornualles. El escalador que yacía a sus pies tenía que haber dejado algo allí arriba. Algo que sirviera para identificarle era de esperar. Un coche, una moto, una bici. Estaban en medio de la nada y era imposible creer que había llegado allí a pie. Pronto sabrían quién era, pero alguien tendría que subir a ver.

– Tendrá que subir a ver si se ha dejado algo en la cima del acantilado -dijo Bea al agente McNulty-. Pero vaya con cuidado. Ese sendero debe de ser matador con la lluvia.

Intercambiaron una mirada por la palabra elegida: matador. Era demasiado pronto para decirlo, pero acabarían averiguándolo.

Capítulo 3

Como Daidre Trahair vivía sola, estaba acostumbrada al silencio, y como en el trabajo la mayor parte del tiempo estaba rodeada de ruido, cuando tenía la oportunidad de pasar un rato en un lugar donde el único sonido era el del ambiente no sentía ansiedad, ni siquiera cuando se encontraba con un grupo de gente que no tenía nada que decirse. Por las noches, rara vez encendía la radio o el televisor. Cuando sonaba el teléfono en casa, a menudo ni se molestaba en contestar. Así que el hecho de que hubiera pasado como mínimo una hora sin que ninguno de sus compañeros hubiera pronunciado una sola palabra no la preocupaba.

Estaba sentada junto al fuego con un libro de planos de jardines de Gertrude Jekyll. Le parecían maravillosos. Los propios planos eran acuarelas y allí donde había jardines disponibles para hacer fotografías, éstas acompañaban a los planos. La mujer había comprendido las formas, los colores y el diseño y eso la convertía en una diosa para Daidre. La Idea -y Daidre siempre pensaba en ella con I mayúscula- era transformar la zona que rodeaba Polcare Cottage en un jardín que pudiera haber creado Gertrude Jekyll. Sería un verdadero reto por el viento y el clima y al final tal vez todo se redujera a plantas suculentas, pero Daidre quería intentarlo. En su casa de Bristol no tenía jardín y le encantaban los jardines. Le gustaba trabajar en ellos: meter las manos en la tierra y que algo naciera de aquel gesto. La jardinería iba a ser su vía de escape. Mantenerse ocupada en el trabajo no bastaba.

Levantó la vista del libro y miró a los dos hombres que estaban en el salón con ella. El policía de Casvelyn se había presentado como el sargento Paddy Collins y tenía acento de Belfast, lo que demostraba que su nombre era auténtico. Estaba sentado con la espalda erguida en una silla de respaldo recto que había traído de la mesa de la cocina, como si ocupar uno de los sillones del salón fuera a indicar una negligencia en el cumplimiento de su deber. Todavía tenía abierta una libreta sobre las rodillas y miraba al otro hombre como lo había mirado desde el principio: sin disimular su recelo.

Quién podía culparle, pensó Daidre. El excursionista era un personaje discutible. Aparte de su aspecto y mal olor -que en sí mismos podrían no haber levantado ninguna sospecha en la mente de un policía que se cuestionara su presencia por estos lares, ya que el sendero de la costa suroccidental era un camino muy transitado al menos durante los meses de buen tiempo- estaba el detalle nada desdeñable de su voz. Era obvio que era culto y seguramente de buena familia, y Paddy Collins hizo más que levantar una ceja cuando el hombre le dijo que no llevaba ninguna identificación encima.

– ¿Qué quiere decir que no lleva ninguna identificación? -había dicho Collins con incredulidad-. ¿No lleva el carné de conducir? ¿Ninguna tarjeta de crédito? ¿Nada?

– Nada -dijo Thomas-. Lo siento muchísimo.

– Entonces podría ser usted cualquiera, ¿no?

– Supongo que sí. -Parecía que Thomas deseaba que así fuera.

– ¿Y se supone que tengo que creer lo que me cuente sobre usted? -le preguntó Collins.

Thomas pareció tomarse la pregunta de manera retórica, porque no respondió. Pero al parecer no le molestó la amenaza implícita en el tono del sargento. Simplemente se acercó a la pequeña ventana y miró hacia la playa, aunque en realidad no se veía desde la cabaña. Allí se quedó el hombre, sin moverse y como si apenas respirara.

Daidre quería preguntarle cuáles eran sus heridas. Cuando lo había encontrado en la cabaña, no había sido la sangre de su cara ni de su ropa ni tampoco nada obvio en su cuerpo lo que la había impulsado a ofrecerle su ayuda como médico. Había sido la expresión de sus ojos. Su agonía era inconcebible: una herida interna, pero no física. Ahora lo veía. Reconocía las señales.

Cuando el sargento Collins se movió, se levantó y fue a la cocina -seguramente a prepararse una taza de té, puesto que Daidre le había enseñado dónde guardaba las bolsitas-, ella aprovechó la oportunidad para hablar con el excursionista.

– ¿Por qué caminaba por la costa solo y sin identificación, Thomas? -le preguntó.

El hombre no se volvió de la ventana. No contestó, aunque movió un poco la cabeza, lo que sugería que estaba escuchando.

– ¿Y si le hubiera pasado algo? -dijo Daidre-. La gente se cae por esos acantilados. Ponen mal el pie, resbalan y…

– Sí -dijo Thomas-. He visto los recordatorios, por todo el camino.

Estaban por toda la costa, esos recordatorios: a veces eran tan efímeros como un ramo de flores moribundas colocadas en el lugar de la caída fatídica, a veces un banco grabado con una frase adecuada, a veces tan duraderos y permanentes como un indicador parecido a una lápida con el nombre del fallecido cincelado en él. Cada uno servía para señalar el paso eterno de surfistas, escaladores, excursionistas y suicidas. Era imposible ir caminando por el sendero de la costa y no encontrarse ninguno.

– He visto uno muy elaborado -dijo Thomas, como si, entre todos los temas, aquél fuera del que ella quisiera hablar con él-. Una mesa y un banco, ambos de granito. Hay que utilizar granito si lo que importa es superar la prueba del tiempo, por cierto.

– No me ha contestado -señaló Daidre.

– Creía que acababa de hacerlo.

– Si se hubiera caído…

– Aún es posible que me pase -dijo-. Cuando retome el camino. Cuando acabe todo esto.

– ¿No querría que su gente lo supiera? Tendrá a alguien, digo yo. -No añadió «Los de su clase normalmente la tienen», pero la observación quedó implícita.

Thomas no respondió. En la cocina, el hervidor se apagó con un chasquido fuerte. Les llegó el sonido del agua al caer. Había acertado: una taza de té para el sargento.

– ¿Qué me dice de su mujer, Thomas? -le preguntó.

El hombre se quedó totalmente inmóvil.

– Mi mujer -dijo.

– Lleva anillo, así que supongo que está casado. Digo yo que ella querría saberlo si le pasara algo. ¿Verdad?

Collins salió de la cocina en aquel momento, pero Daidre tuvo la impresión de que Thomas no habría respondido aunque el sargento no hubiera regresado con ellos.

– Espero que no le importe -dijo Collins moviendo la taza, y vertió un poco de líquido en el platito.

– No. No pasa nada -dijo Daidre.

– Aquí está la inspectora -dijo Thomas desde la ventana. Parecía indiferente al aplazamiento.

Collins fue hacia la puerta. Desde el salón, Daidre le oyó intercambiar unas palabras con una mujer. Cuando la policía entró en la habitación, vio que era un espécimen absolutamente inverosímil.

Daidre sólo había visto a inspectores en televisión las pocas veces que veía una de las series de policías que copaban la parrilla. Siempre desplegaban una profesionalidad serena y vestían de un modo tediosamente aburrido que se suponía que debía reflejar bien sus psiques o sus vidas personales. Las mujeres eran compulsivamente perfectas -con el uniforme impecable y sin un cabello fuera de lugar- y los hombres iban despeinados. Ellas tenían que encajar en un mundo de hombres. Ellos tenían que encontrar a una buena mujer para interpretar el papel de salvador.

Esta mujer, que se presentó como la inspectora Beatrice Hannaford, no se correspondía con ese cliché. Vestía un anorak y vaqueros, calzaba unas deportivas llenas de barro y el pelo -de un rojo tan encendido que casi entró antes que ella en la habitación y dijo «Es teñido, sí, ¿qué pasa?»- lo llevaba de punta, un peinado emparentado con las crestas de los mohawk, a pesar de la lluvia. Vio que Daidre la examinaba y dijo:

– En cuanto alguien te llama «abuela» te replanteas todo el tema de hacerte mayor con dignidad.

Daidre asintió pensativa. Tenía sentido.

– ¿Y es usted abuela?

– Sí. -La inspectora dirigió su siguiente comentario a Collins-. Salga y avíseme cuando llegue el patólogo. Mantenga a todo el mundo alejado, no es que vaya a aparecer nadie con este tiempo, pero nunca se sabe. Imagino que se habrá corrido la voz. -Esto se lo dijo a Daidre mientras Collins se marchaba.

– Hemos llamado desde el hostal, o sea que allí ya lo sabrán.

– Y el resto del pueblo a estas alturas, seguro. ¿Conoce al chico muerto?

Daidre se había planteado la posibilidad de que volvieran a formularle aquella pregunta. Decidió basar su respuesta en su definición personal de la palabra «conocer».

– No -contestó-. Verá, en realidad no vivo aquí. Esta cabaña es mía, pero es mi lugar de escapada. Vivo en Bristol. Vengo a descansar cuando tengo tiempo libre.

– ¿A qué se dedica en Bristol?

– Soy médico. Bueno, en realidad no. A ver, sí lo soy, sólo que… Soy veterinaria. -Daidre sintió los ojos de Thomas sobre ella y se puso colorada. No era que la avergonzara ser veterinaria, porque se enorgullecía muchísimo de su profesión, teniendo en cuenta lo difícil que le había resultado alcanzar su objetivo, sino que cuando se habían conocido le había inducido a pensar que era otro tipo de médico. No estaba muy segura de por qué lo había hecho, aunque decirle que podía ayudarle con sus supuestas heridas porque era veterinaria le había parecido ridículo en aquel momento-. De animales grandes, básicamente.

La inspectora Hannaford había fruncido el ceño. Miró a Daidre y luego a Thomas y pareció examinar la situación entre ellos. O tal vez estaba evaluando el nivel de veracidad de la respuesta de Daidre. Parecía dársele bien, a pesar de su inapropiado pelo.

– Había un surfista -dijo Thomas-. No sabría decir si era un hombre o una mujer. Lo vi, supongo que era él, desde arriba del acantilado.

– ¿Qué? ¿En Polcare Cove?

– En la cala anterior a Polcare. Aunque podría haber salido de aquí, imagino.

– Pero no había ningún coche -señaló Daidre-. En el aparcamiento no. Así que debió de meterse en el agua en Buck's Haven. Así se llama la cala que hay al sur, a menos que se refiera a la cala del norte. No le he preguntado en qué dirección caminaba.

– Desde el sur -dijo. Y a Hannaford-: No me pareció que hiciera el tiempo adecuado para surfear. La marea tampoco era la adecuada. Los arrecifes no estaban cubiertos del todo. Si un surfista se acercara demasiado… Alguien podría hacerse daño.

– Pues alguien se hizo daño -señaló Hannaford-. Alguien murió.

– Pero no haciendo surf -dijo Daidre. Entonces se preguntó por qué lo había dicho, porque pareció como si intercediera por Thomas cuando no era su intención.

– Les gusta jugar a los detectives, ¿verdad? -les dijo Hannaford a ambos-. ¿Es una afición que tienen? -No parecía esperar una respuesta a su pregunta. Siguió hablando con Thomas-: El agente McNulty me ha dicho que le ha ayudado a mover el cadáver. Quiero su ropa para realizar análisis forenses. La de encima. Lo que llevara puesto en ese momento, que imagino que será lo que lleva ahora. -Y a Daidre-: ¿Ha tocado usted el cadáver?

– He comprobado si tenía pulso.

– Entonces también quiero su ropa.

– Me temo que no llevo nada para cambiarme -dijo Thomas.

– ¿Nada? -De nuevo, Hannaford miró a Daidre. A ésta se le ocurrió que la inspectora había dado por sentado que ella y el desconocido eran pareja. Supuso que tenía cierta lógica. Habían ido juntos a buscar ayuda, todavía estaban juntos, y ninguno de los dos había dicho nada para disuadirla de aquella conclusión-. Exactamente, ¿quiénes son ustedes y qué les trae por este rincón del mundo? -preguntó Hannaford.

– Hemos dado nuestros datos al sargento -dijo Daidre.

– Síganme la corriente.

– Ya se lo he dicho. Soy veterinaria.

– ¿Dónde?

– En el zoo de Bristol. Acabo de llegar esta tarde para pasar unos días. Bueno, una semana esta vez.

– Una época extraña para tomarse unas vacaciones.

– Para algunos, supongo. Pero yo prefiero irme de vacaciones cuando no hay aglomeraciones.

– ¿A qué hora ha salido de Bristol?

– No lo sé. No lo he mirado, la verdad. Por la mañana. A las nueve quizá. A las diez. O a y media.

– ¿Ha parado por el camino?

Daidre intentó establecer cuánto necesitaba saber la inspectora.

– Bueno… un momento, sí -contestó-. Pero no tiene nada que ver con…

– ¿Dónde?

– ¿Qué?

– ¿Dónde ha parado?

– A almorzar. No había desayunado. No lo hago, normalmente. Desayunar, quiero decir. Tenía hambre, así que he parado.

– ¿Dónde?

– Había un pub. No es un lugar donde pare normalmente. No es que normalmente pare, pero he visto un pub y tenía hambre y en la entrada ponía «comidas», así que he entrado. Sería después de dejar la M5. No recuerdo el nombre del pub, lo siento. Creo que ni he mirado el nombre. Era en las afueras de Crediton, me parece.

– Le parece. Interesante. ¿Qué ha comido?

– Un ploughman's.

– ¿Qué queso le han puesto?

– No lo sé. No me he fijado. Era un ploughman's: queso, pan, encurtidos, cebolla. Soy vegetariana.

– Por supuesto.

Daidre sintió que montaba en cólera. No había hecho nada, pero la inspectora la hacía sentir como si fuera culpable de algo.

– Inspectora, me parece bastante difícil preocuparse por los animales por un lado y, por el otro, comérselos -dijo intentando parecer digna.

– Por supuesto -dijo la inspectora Hannaford con frialdad-. ¿Conoce al chico muerto?

– Creo que ya he respondido a esa pregunta.

– Me parece que me lo he perdido. Conteste otra vez.

– Me temo que no me he fijado mucho.

– Y yo me temo que no le he preguntado eso.

– No soy de aquí. Como ya le he dicho, este lugar es una escapada para mí. Vengo algún que otro fin de semana, algún puente, vacaciones más largas. Conozco a algunas personas, pero principalmente las que viven cerca.

– ¿Y este chico no vive cerca?

– He dicho que no le conozco. -Daidre notaba el sudor en su cuello y se preguntó si también le transpiraba la cara. No estaba acostumbrada a hablar con la policía y hacerlo en estas circunstancias la ponía especialmente nerviosa.

Entonces llamaron dos veces a la puerta. Antes de que nadie se moviera para contestar, oyeron que se abría. De la entrada llegaron dos voces masculinas -una de ellas del sargento Collin-, justo por delante de los propios hombres. Daidre esperaba que el otro fuera el patólogo que la inspectora Hannaford había dicho que estaba en camino, pero al parecer no lo era. El recién llegado -alto, de pelo gris y atractivo- los saludó con la cabeza y luego le dijo a Hannaford:

– ¿Dónde lo has metido?

– ¿No está en el coche? -contestó ella.

El hombre negó con la cabeza.

– Pues resulta que no.

– Maldito niño. Te lo juro -dijo Hannaford-. Gracias por venir tan deprisa, Ray. -Luego se dirigió a Daidre y a Thomas-. Quiero su ropa, doctora Trahair -le repitió a Daidre, y a Thomas-: Cuando llegue el equipo de la policía científica, le daremos un mono para que se cambie. Mientras tanto, señor… No sé cómo se llama.

– Thomas -dijo.

– ¿Señor Thomas? ¿O Thomas es el nombre de pila?

El hombre dudó. Por un momento, Daidre pensó que iba a mentir, porque es lo que parecía. Y podía hacerlo, ¿no?, no llevaba encima ninguna identificación. Podía decir que era cualquiera. Thomas miró la chimenea como si estudiara todas las posibilidades. Luego volvió a mirar a la inspectora.

– Lynley -dijo-. Me llamo Thomas Lynley. Hubo un silencio. Daidre dirigió la mirada de Thomas a la inspectora y vio que la expresión del rostro de Hannaford se alteraba. La cara del hombre al que había llamado Ray también se alteró y, curiosamente, fue él quien habló. Lo que dijo desconcertó absolutamente a Daidre.

– ¿De New Scotland Yard?

Thomas Lynley dudó otra vez. Luego tragó saliva.

– Hasta hace poco -dijo-. Sí. De New Scotland Yard.

* * *

– Por supuesto que sé quién es -dijo Bea Hannaford lacónicamente a su ex marido-. No vivo en otro planeta.

Era típico de Ray hablar como desde las alturas. Estaba impresionado consigo mismo. Policía de Devon y Cornualles, Middlemore, señor subdirector. Un chupatintas, en realidad, según Bea. Nunca había visto que un ascenso afectara de un modo tan exasperante a la conducta de alguien.

– La única pregunta es: ¿Qué diablos está haciendo precisamente aquí? Collins me ha dicho que ni siquiera lleva ninguna identificación encima. Así que podría ser cualquiera, ¿no? -añadió Bea.

– Podría. Pero no es el caso.

– ¿Cómo lo sabes? ¿Lo conoces?

– No me hace falta conocerlo.

Otra señal de autosatisfacción. ¿Había sido siempre así y ella no lo había visto nunca? ¿Tan ciega estaba de amor o de lo que fuera que la había impulsado a casarse con aquel hombre? No era vieja ni Ray su única opción de formar un hogar y una familia. Tenía veintiún años. Y habían sido felices, ¿no? Hasta que llegó Pete, sus vidas estaban en orden: sólo un hijo -una niña-, lo cual había sido una decepción en cierto modo, pero Ginny les había dado un nieto poco después de casarse y ahora estaba a punto de darles más. La jubilación les tentaba desde el futuro y también todas las cosas que planeaban hacer con ella… Y entonces llegó Pete, una auténtica sorpresa; agradable para ella, desagradable para Ray. El resto era historia.

– En realidad -dijo Ray de esa manera tan suya de revelarse, que siempre hacía que al final le perdonara por sus peores actos de suficiencia-, vi en el periódico que es de por aquí. Su familia vive en Cornualles, en la zona de Penzance.

– Así que ha vuelto a casa.

– Ajá. Sí. Bueno, después de lo que pasó, ¿quién puede culparle de querer poner distancia con Londres?

– Esto está un poco lejos de Penzance.

– Quizá volver a casa con la familia no le dio lo que necesitaba. Pobre hombre.

Bea miró a Ray. Iban caminando de la cabaña al aparcamiento, rodeando su Porsche, que había dejado mitad dentro mitad fuera de la carretera -una estupidez, pensó, pero qué importaba si ella no era la responsable del vehículo-. Su voz sonaba taciturna y su expresión también lo era. Lo vio bajo la luz mortecina del día.

– Te afectó todo eso, ¿verdad? -dijo ella.

– No soy de piedra, Beatrice.

No, no era de piedra. El problema para Bea era que la humanidad absolutamente cautivadora de su ex marido hacía que le resultara imposible odiarle. Habría preferido con mucho odiar a Ray Hannaford, comprenderle era demasiado doloroso.

– Ah -dijo Ray-. Creo que hemos localizado a nuestro hijo desaparecido.

Señaló el acantilado que se elevaba delante de ellos a su derecha, pasado el aparcamiento de Polcare Cove. El sendero de la costa subía dibujando una raya estrecha en la tierra ascendente y, bajando desde la cima del acantilado, había dos figuras. La que iba delante iluminaba el camino oscuro bajo la lluvia con una linterna. Detrás, una figura más pequeña elegía una ruta entre las piedras mojadas que sobresalían de la tierra allí donde el sendero se había abierto de manera inadecuada.

– Maldito niño. Me va a matar a disgustos. ¡Baja de ahí, Peter Hannaford! -gritó Bea-. Te he dicho que te quedaras en el coche, hablaba muy en serio y lo sabes muy bien, maldita sea. Y usted, agente, ¿qué diablos hace, dejando que un niño…?

– No te oyen, cariño -dijo Ray-. Déjame a mí. Chilló el nombre de Pete a voz en cuello. Dio una orden que sólo un tonto no habría obedecido. Pete bajó corriendo el resto del sendero y ya tenía su excusa preparada cuando se reunió con ellos.

– No me he acercado al cuerpo -dijo-. Me has dicho que no podía y no lo he hecho. Mick puede decírtelo. Lo único que he hecho ha sido subir el camino con él. Estaba…

– No te andes con chiquitas con tu madre -le dijo Ray.

– Ya sabes cómo me siento cuando haces eso, Pete -dijo Bea-. Dile hola a tu padre y vete de aquí antes de que te dé una azotaina como te mereces.

– Hola -dijo el niño. Alargó la mano a su padre para estrechársela y Ray le complació. Bea apartó la mirada. Ella no habría permitido un apretón de manos: habría cogido al chico y le habría dado un beso.

Mick McNulty se acercó a ellos por detrás.

– Lo siento, jefa -dijo-. No sabía…

– No pasa nada. -Ray puso las manos en los hombros de Pete y le dio la vuelta con firmeza en dirección al Porsche-. He pensado que podríamos cenar comida tailandesa -le dijo a su hijo.

Pete detestaba la comida tailandesa, pero Bea dejó que se arreglaran entre ellos. Le lanzó una mirada a Pete que el chico no podía no entender: «Aquí no», decía. Él hizo una mueca.

Ray le dio a Bea un beso en la mejilla.

– Cuídate -le dijo.

– Ándate con ojo. La carretera está resbaladiza. -Y luego, porque no pudo contenerse-: No te lo he dicho antes; tienes buen aspecto, Ray.

– Me sirve de mucho -contestó él, y se marchó con su hijo. Pete se detuvo junto al coche de Bea. Sacó las botas de fútbol. Bea no le dijo que las dejara.

– Bueno, ¿qué tenemos? -le preguntó al agente McNulty.

McNulty señaló la cima del acantilado.

– Hay una mochila para que la recoja la policía científica. Supongo que será del chico.

– ¿Algo más?

– Pruebas de cómo cayó el pobre desgraciado. También lo he dejado para la científica.

– ¿Qué pruebas?

– Hay unos peldaños en la cima, a unos tres metros más o menos del borde del acantilado. Marcan el extremo oeste de un pasto de vacas. Había puesto una eslinga alrededor, que se supone que es donde fijó el mosquetón y la cuerda para descender por el acantilado.

– ¿Qué clase de eslinga?

– De nailon. Parece una red de pescar si no sabes lo que es. Se supone que es un lazo largo; la enrollas alrededor de un objeto fijo y cada extremo se ata a un mosquetón, y el lazo se convierte en un círculo. Atas la cuerda al mosquetón y te lanzas.

– Parece sencillo.

– Debería de haberlo sido. Pero la eslinga está pegada con cinta adhesiva, seguramente para reforzar un punto débil, y ahí es donde ha fallado el tema. -McNulty miró en dirección a donde había venido-. Maldito idiota. No entiendo por qué no se compraría otra eslinga.

– ¿Qué clase de cinta adhesiva utilizó para repararla?

McNulty la miró como sorprendido por la pregunta.

– Cinta aislante.

– ¿No la ha tocado?

– Claro que no.

– ¿Y la mochila?

– De lona.

– Me lo imaginaba -dijo Bea con paciencia-. ¿Dónde estaba? ¿Por qué supone que era de él? ¿Ha mirado dentro?

– Estaba junto a los peldaños, por eso he imaginado que era de él. Seguramente llevaba el equipo dentro. Ahora sólo contiene unas llaves.

– ¿De coche?

– Imagino.

– ¿Lo ha buscado?

– He pensado que era mejor bajar a informarle.

– Pues otra vez no piense, agente. Suba y encuéntreme ese coche.

Miró hacia el acantilado. Su expresión revelaba lo poco que quería subir por segunda vez bajo la lluvia. Bueno, no había otra.

– Arriba -le dijo en tono agradable-. Le vendrá súper bien el ejercicio.

– Pensaba que quizá podría subir por la carretera. Está a unos kilómetros, pero…

– Arriba -le repitió-. Y abra bien los ojos por el sendero. Puede que haya huellas y la lluvia no las haya borrado todavía. -«O tú», pensó.

McNulty no parecía contento pero dijo:

– De acuerdo, jefa. -Y se marchó por donde había venido con Pete.

* * *

Kerra Kerne estaba exhausta y calada hasta los huesos porque había roto su norma principal: tener el viento en contra durante la primera parte del paseo y regresar a casa con el viento a favor. Pero tenía prisa por marcharse de Casvelyn, así que por primera vez en más tiempo del que recordaba, no había consultado Internet antes de enfundarse la ropa de ciclista y salir del pueblo. Sólo se había puesto la equipación de licra y el casco. Había colocado los pies en los pedales y avanzado con tanta furia que se encontraba a dieciséis kilómetros de Casvelyn cuando se dio cuenta de dónde estaba. Sólo se había fijado en eso y no en el viento. Cuando comenzó a llover, lo único que habría podido hacer para evitar la tormenta era buscar refugio y no quería. De ahí que, con los músculos cansados y el cuerpo empapado, hubiera puesto todos sus esfuerzos en los últimos sesenta kilómetros que debía recorrer para llegar a casa.

Culpó a Alan, al ciego y tonto de Alan Cheston, que se suponía que era su compañero para toda la vida con todo lo que eso implicaba, pero que había decidido salirse con la suya en la única situación que ella no podía tolerar. Y culpaba a su padre que también estaba ciego y era tonto -además de estúpido-, pero de un modo totalmente distinto y por unos motivos absolutamente diferentes. Hacía al menos diez meses le había dicho a Alan:

– Por favor, no lo hagas. No funcionará. Será…

Y él la había interrumpido, algo que no hacía casi nunca, y aquel gesto tendría que haberle dicho algo sobre él que todavía no conocía, pero no.

– ¿Por qué no funcionará? Ni siquiera nos veremos tanto, si es eso lo que te preocupa.

No era eso lo que la preocupaba. Sabía que lo que decía era cierto. Él haría lo que se hiciera en el departamento de marketing -que no era exactamente un departamento sino una sala de reuniones situada detrás de lo que antes era la recepción del hotel mohoso- y ella se dedicaría a lo suyo con los instructores en prácticas. Él arreglaría el caos que había causado la madre de Kerra como directora nominal de un departamento inexistente de marketing, mientras ella -Kerra- intentaría contratar a los empleados adecuados. Tal vez se vieran por la mañana desayunando o durante el almuerzo, pero tal vez no. Así que tener contacto con él en el trabajo y luego tener otro tipo de contacto más tarde no era lo que la preocupaba.

– ¿No ves, Kerra, que tengo que tener un trabajo fijo en Casvelyn? -le había dicho-. Y éste lo es. Aquí no se encuentran trabajos así como así y tu padre ha sido muy amable al ofrecérmelo. A caballo regalado no le mires el diente.

Su padre no le había regalado ningún caballo, pensó Kerra, y la amabilidad no tenía nada que ver con el porqué le había ofrecido un empleo de marketing a Alan. Le había hecho la oferta porque necesitaban a alguien que promocionara Adventures Unlimited entre el gran público, pero también necesitaban a alguien especial para ese trabajo de marketing y, al parecer, Alan Cheston era el tipo de persona que buscaba el padre de Kerra.

Su padre había tomado la decisión basándose en la apariencia. Para él, Alan daba el tipo. O mejor dicho: Alan no daba el tipo. Su padre pensaba que el tipo de persona que había que evitar para Adventures Unlimited era alguien varonil, con las uñas sucias y capaz de tirar a una mujer en la cama y hacerle ver las estrellas. Lo que no entendía -y no había entendido nunca- era que en realidad no había un tipo concreto. Sólo había masculinidad. Y a pesar de sus hombros redondeados, las gafas, la nuez suave, las manos delicadas con esos dedos largos como espátulas, Alan Cheston era un hombre. Pensaba como un hombre, actuaba como un hombre y, lo más importante de todo, reaccionaba como un hombre. Por eso Kerra se plantó, pero al final no resultó porque lo que quería decir era «No funcionará». Como no sirvió de nada, hizo lo único que podía hacer en aquella situación, que era decirle que probablemente tendrían que poner fin a su relación. Al oír aquello, Alan respondió con calma sin mostrar el más mínimo signo de pánico en sus palabras:

– ¿Así que eso haces cuando no consigues lo que quieres? ¿Cortas con la gente?

– Sí -declaró ella-, es lo que hago. Y no cuando no consigo lo que quiero, sino cuando no escuchan lo que digo por su bien.

– ¿Cómo puede ser bueno para mí no aceptar el trabajo? Es dinero. Es un futuro. ¿No es lo que quieres?

– Al parecer no -le dijo ella.

Aun así, no había sido del todo capaz de cumplir su amenaza, en parte porque no podía imaginar cómo sería tener que trabajar con Alan a diario pero no verle por las noches. En eso fue débil, y despreciaba aquella debilidad, en especial porque le había elegido porque era él quien parecía débil: era considerado y dulce, rasgos que ella había interpretado como sinónimos de maleable e inseguro. Que Alan hubiera demostrado ser exactamente lo contrario desde que trabajaba en Adventures Unlimited le daba muchísimo miedo.

Un modo de acabar con su miedo era enfrentarse a él, lo que significaba enfrentarse a Alan. Pero ¿podía hacerlo de verdad? Al principio se puso hecha una furia, y luego esperó, observó, escuchó. Lo inevitable era simplemente eso, inevitable, y como siempre había sido así, se dedicó a intentar endurecerse, a distanciarse por dentro mientras por fuera se hacía la segura.

Lo había conseguido hasta hoy, cuando el anuncio de Alan, «bajaré un par de horas a la costa», disparó todas las alarmas en su cerebro. Entonces su única opción fue pedalear deprisa y lejos, para agotarse hasta que no pudiera pensar y hasta que tampoco le importara. De modo que, a pesar de las otras responsabilidades que le aguardaban ese día, salió: fue por St. Mevan Crescent hasta Burn View, bajó la pendiente de Lansdown Road y el paseo y desde allí salió del pueblo.

Siguió pedaleando hacia el este, mucho más allá de donde tendría que haber dado la vuelta para regresar a casa, así que la noche la sorprendió cuando se preparaba para la ascensión final por el paseo. Las tiendas estaban cerradas y los restaurantes abiertos, aunque había pocos clientes en esta época del año. Una hilera alicaída de banderitas adornaba la calle, goteando, y el único semáforo en lo alto de la cuesta proyectaba un haz rojo en su dirección. No había nadie en la acera mojada, pero dentro de dos meses todo cambiaría, cuando los turistas llenaran Casvelyn en verano para disfrutar de sus dos playas anchas, de su surfing, de su piscina de agua salada, de su parque de atracciones y -cabía esperar- de las experiencias que ofrecería Adventures Unlimited.

Este negocio vacacional era el sueño de su padre: hacerse cargo del hotel abandonado -una estructura en ruinas de 1933 asentada en una colina sobre la playa de St. Mevan- y convertirlo en un destino orientado a la práctica de ciertas actividades. Era un riesgo enorme para los Kerne y, si no resultaba, se arruinarían. Pero su padre era un hombre que ya había corrido riesgos en el pasado y había recogido sus frutos, y la única cosa que no le asustaba en la vida era trabajar. En cuanto a las otras cosas en la vida de su padre… Kerra había pasado demasiados años preguntándose por qué y no había recibido ninguna respuesta.

En lo alto de la cuesta, Kerra entró en St. Mevan Crescent. Desde allí, junto a una hilera de pensiones, hoteles viejos, un restaurante chino de comida a domicilio y un quiosco, llegó al sendero de entrada del que en su día había sido el hotel de la Colina del Rey Jorge y que ahora era Adventures Unlimited. Delante del viejo hotel, apenas iluminado, había un andamio. En la planta baja las luces estaban encendidas, pero no en el piso superior, que era donde se encontraban las estancias de la familia.

Delante de la entrada había aparcado un coche de policía. Kerra frunció el ceño cuando lo vio. Pensó en Alan al instante. No le vino a la cabeza su hermano.

* * *

El despacho de Ben Kerne en Adventures Unlimited se encontraba en el primer piso del viejo hotel. Se había instalado en una habitación sencilla que sin duda en su día fue el cuarto de alguna criada, ya que justo al lado, con una puerta que los comunicaba, había una suite que había sido convertida en un espacio adecuado para una de las familias de veraneantes en las que había apostado su futuro económico.

A Ben le pareció que era el momento propicio para aquello, su mayor empresa hasta la fecha. Sus hijos eran mayores y como mínimo uno -Kerra- era autosuficiente y totalmente capaz de conseguir un empleo remunerado en otra parte en el caso de que este negocio se hundiera. Santo era otro tema, por más de una razón que Ben prefería no plantearse, pero últimamente se había vuelto más formal, gracias a Dios, como si por fin hubiera comprendido la naturaleza importante de la empresa. Así que Ben sentía que la familia le apoyaba. La responsabilidad no recaería solamente sobre sus hombros. Ahora ya habían invertido dos años enteros en ella: la reforma estaba completada salvo por la pintura exterior y algunos detalles finales del interior. A mediados de junio abrirían las puertas y se pondrían en marcha. Hacía varios meses que entraban reservas.

Ben las estaba revisando cuando llegó la policía. Aunque las reservas representaban los frutos del trabajo de su familia, no estaba pensando en eso. Pensaba en el rojo. No en el rojo en el sentido de números rojos -situación en la que sin duda se encontraba y se encontraría durante varios años hasta que el negocio generara beneficios para compensar lo que había invertido en él-, sino en el rojo del color de un esmalte de uñas o un pintalabios, de una bufanda o una blusa, de un vestido pegado al cuerpo.

Dellen llevaba cinco días vistiendo de rojo. Primero fue el esmalte de uñas. Luego vino el pintalabios. Después una boina vistosa sobre su cabello pelirrojo al salir de casa. Esperaba que pronto vestiría un jersey rojo, que también revelaría un poquito de escote, con unos pantalones negros ajustados. Al final se pondría el vestido, que mostraría más escote además de sus muslos y, para entonces, ya habría puesto la directa y Ben vería a sus hijos mirándole como siempre le habían mirado: esperando que hiciera algo en una situación en la que no podía hacer nada de nada. A pesar de sus edades -dieciocho y veintidós años-, Santo y Kerra seguían pensando que era capaz de cambiar a su madre. Cuando no lo conseguía, tras haber fracasado en el intento cuando era más joven incluso de lo que ellos eran ahora, veía el «¿por qué?» reflejado en sus ojos, o al menos en los de Kerra. «¿Por qué la aguantas?»

Cuando Ben oyó la puerta de un coche que se cerraba pensó en Dellen. Cuando se acercó a la ventana y vio un coche patrulla y no el viejo BMW de su mujer, siguió pensando en Dellen. Después, se percató de que pensar en Kerra habría sido más lógico, ya que hacía horas que había salido en bici con un tiempo que había ido empeorando desde las dos de la tarde. Pero Dellen ocupaba el centro de sus pensamientos desde hacía veintiocho años, y como Dellen se había marchado al mediodía y todavía no había vuelto, dio por sentado que se había metido en algún lío.

Salió de su despacho y fue a la planta baja. Cuando llegó a la recepción, vio a un agente de uniforme que buscaba a alguien y que, sin duda, estaba sorprendido por haber encontrado la puerta abierta y el lugar prácticamente desierto. El policía era un hombre joven y le resultaba vagamente familiar, así que sería del pueblo. Ben comenzaba a saber quién vivía en Casvelyn y quién en los alrededores.

El agente se presentó:

– Mick McNulty. ¿Y usted es, señor…?

– Benesek Kerne -contestó Ben-. ¿Pasa algo?

Ben encendió más luces. Las automáticas se habían activado al caer la noche, pero proyectaban sombras por todas partes y Ben se descubrió queriendo eliminarlas.

– Ah -dijo McNulty-. ¿Podría hablar con usted?

Ben se percató de que el policía se refería a si podían ir a algún lugar que no fuera la recepción, así que lo condujo al piso de arriba, al salón. La estancia tenía vistas a la playa de St. Mevan, donde el oleaje era bastante fuerte y las olas rompían en rápida sucesión en las barras de arena. Entraban desde el suroeste, pero el viento las estropeaba. No había salido nadie, ni siquiera el más desesperado de los surfistas locales.

Entre la playa y el edificio, el paisaje había cambiado muchísimo desde los años de apogeo del hotel de la Colina del Rey Jorge. La piscina seguía allí, pero en lugar de la barra y el restaurante al aire libre ahora había una pared para la escalada en roca. También la pared de cuerdas, los puentes colgantes y las poleas, el equipo, las cuerdas y los cables de la tirolina. Una cabaña cuidada albergaba los kayaks y en otra guardaban el material de submarinismo. El agente McNulty asimiló lo que veía, o al menos pareció hacerlo, lo que dio tiempo a Ben Kerne a prepararse para escuchar lo que el policía hubiera venido a decirle. Pensó en Dellen en fragmentos rojos, en lo resbaladizas que estaban las carreteras y en las intenciones de su mujer, que probablemente consistieran en alejarse de la ciudad, ir por la costa y, tal vez, acabar en una de las cuevas o bahías. Pero llegar hasta allí con aquel tiempo, sobre todo si no había seguido la carretera principal, la habría expuesto al peligro. Claro que el peligro era lo que ella adoraba y deseaba, pero no de la clase que terminaba con un coche saliéndose de la carretera y despeñándose por un acantilado.

Cuando se expuso la pregunta, no fue la que Ben esperaba.

– ¿Alexander Kerne es su hijo? -dijo McNulty.

– ¿Santo? -dijo Ben, y pensó «Gracias a Dios». Era Santo el que se había metido en un lío, seguro que lo habían detenido por entrar en una propiedad privada, algo que Ben le había advertido una y otra vez que no hiciera-. ¿Qué ha hecho ahora? -preguntó.

– Ha tenido un accidente -dijo el policía-. Lamento comunicarle que se ha encontrado un cuerpo que parece ser el de Alexander. Si tiene una foto suya…

Ben oyó la palabra «cuerpo», pero no permitió que calara.

– ¿Está en el hospital, entonces? -preguntó-. ¿En cuál? ¿Qué ha pasado? -Pensó en cómo tendría que contárselo a Dellen, en qué pozo la sumiría la noticia.

– … lo siento muchísimo -estaba diciendo el agente-. Si tiene una fotografía suya, podríamos…

– ¿Qué ha dicho?

El agente McNulty parecía aturullado.

– Está muerto, me temo. El cuerpo. El joven que hemos encontrado.

– ¿Santo? ¿Muerto? Pero ¿dónde? ¿Cómo? -Ben miró hacia el mar embravecido justo cuando una ráfaga de viento golpeó las ventanas y las zarandeó contra los alféizares-. Dios mío, ha salido con este tiempo. Estaba haciendo surf.

– No, surf no -dijo McNulty.

– Entonces, ¿qué ha pasado? -preguntó Ben-. Por favor, ¿qué le ha pasado a Santo?

– Ha tenido un accidente de escalada en los acantilados de Polcare Cove. El equipo ha fallado.

– ¿Estaba escalando? -dijo Ben como un tonto-. ¿Santo estaba escalando? ¿Quién iba con él? ¿Dónde…?

– Nadie, por lo que parece de momento.

– ¿Nadie? ¿Estaba escalando solo? ¿En Polcare Cove? ¿Con este tiempo? -A Ben le parecía que lo único que podía hacer era repetir la información como un autómata programado para hablar. Hacer más significaba tener que comprenderlo y no podía soportarlo porque sabía qué significaría-. Contésteme. Que me conteste, joder.

– ¿Tiene una fotografía de Alexander?

– Quiero verle. Debo verle. Podría no ser…

– Ahora mismo no es posible. Por eso necesito una fotografía. El cuerpo… Lo han llevado a un hospital de Truro.

Ben se agarró a aquella palabra.

– Entonces no está muerto.

– Señor Kerne, lo siento. Está muerto. El cadáver…

– Ha dicho hospital.

– Al depósito, para practicarle la autopsia -dijo McNulty-. Lo siento muchísimo.

– Oh, Dios mío. -Abajo se abrió la puerta principal. Ben fue a la entrada del salón y gritó-: ¿Dellen?

Se oyeron unos pasos que procedían de las escaleras, pero fue Kerra y no la mujer de Ben la que apareció en la entrada. Llenó el suelo de gotas de agua y se quitó el casco de ciclista. El único trozo de su cuerpo que parecía seco era la parte alta de la cabeza. Miró al agente.

– ¿Ha pasado algo? -preguntó luego a su padre.

– Santo. -Ben habló con voz ronca-. Santo ha muerto.

– Santo -repitió la chica-. ¿Santo? -Kerra miró a su alrededor con una especie de pánico-. ¿Dónde está Alan? ¿Dónde está mamá?

Ben se descubrió incapaz de mirarla a los ojos.

– Tu madre no está.

– Pero ¿qué ha pasado?

Ben le contó lo poco que sabía.

– ¿Santo estaba escalando? -dijo ella, igual que su padre, y lo miró con una expresión que decía lo mismo que pensaba Ben: si Santo estaba escalando seguramente era por su padre.

– Sí -dijo Ben-, ya lo sé. Ya lo sé, no hace falta que me lo digas.

– ¿Qué es lo que sabe, señor? -Fue el policía quien habló.

A Ben se le ocurrió que estos primeros momentos eran fundamentales a los ojos de la policía. Siempre serían fundamentales porque los agentes todavía no sabían a qué se enfrentaban. Tenían un cadáver y suponían que eso se correspondía con un accidente, pero por si acaso resultaba no serlo, debían estar preparados para culpar a alguien y formular preguntas relevantes y… por el amor de Dios, ¿dónde estaba Dellen? Ben se frotó la frente. Pensó, inútilmente, que todo aquello era culpa del mar, de haber vuelto a la costa, de no sentirse totalmente a gusto a menos que tuviera cerca el sonido de las olas; le habían obligado a sentirse a gusto durante años y años mientras se pasaba todo el tiempo añorando esa gran masa ondeante, ese ruido y esa emoción que despertaba en él. Y ahora esto. Era culpa suya que Santo estuviera muerto.

«Nada de surf -le había dicho-. No quiero que hagas surf. ¿Sabes cuántos tíos echan a perder sus vidas sólo saliendo a ver qué pasa, esperando una ola? Es de locos. Un desperdicio.»

– … de relaciones -estaba diciendo el agente McNulty.

– ¿Qué? -dijo Ben-. ¿Qué es eso? ¿Relaciones?

Kerra estaba mirándole con sus ojos azules entrecerrados. Parecía estar especulando, que era la última manera como quería que su hija lo mirara en ese momento.

– El agente estaba diciéndonos que mandarán a un agente de relaciones familiares en cuanto tengan una fotografía de Santo y estén seguros -explicó Kerra, y luego se dirigió a McNulty-. ¿Por qué necesitan una foto?

– No llevaba ninguna identificación encima.

– Entonces, ¿cómo…?

– Encontramos el coche en un área de descanso cerca de Stowe Wood. Su carné de conducir estaba en la guantera y las llaves que había en su mochila encajaban en la cerradura de la puerta.

– Así que es una mera formalidad -señaló Kerra.

– Básicamente sí. Pero hay que hacerlo.

– Iré a por una foto, entonces. -Se marchó a buscarla. Ben estaba maravillado con ella. Kerra, siempre diligente. Llevaba su competencia como una coraza. Le rompía el corazón.

– ¿Cuándo podré verle? -preguntó.

– Hasta después de la autopsia no, me temo.

– ¿Por qué?

– Son las normas, señor Kerne. No les gusta que nadie se acerque al… a él… hasta después. Los forenses, ¿sabe?

– Le abrirán.

– No lo notará, no es lo que piensa. Después lo coserán, son buenos en su trabajo. No lo notará.

– No es un pedazo de carne, maldita sea.

– Por supuesto que no. Lo siento, señor Kerne.

– ¿Lo siente? ¿Tiene hijos?

– Un niño, sí. Tengo un hijo, señor. Su pérdida es lo peor que se puede experimentar. Lo sé, señor Kerne.

Ben se quedó mirándolo con los ojos encendidos. El agente era joven, seguramente tenía menos de veinticinco años. Creía que sabía cómo funcionaba el mundo, pero no tenía ni idea, ni la menor idea, de qué había ahí fuera y qué podía ocurrir. No sabía que no había forma de prepararse ni de controlarlo. En un abrir y cerrar de ojos, el tren de la vida pasaba y sólo tenías dos opciones: o subías o te arrollaba. Si intentabas encontrar un término medio, fracasabas.

Kerra regresó con una foto en la mano. Se la entregó al agente McNulty diciendo:

– Éste es Santo. Es mi hermano.

McNulty lo miró.

– Un chico guapo -comentó.

– Sí -dijo Ben resoplando-. Se parece a su madre.

Capítulo 4

– Antes.

Daidre eligió su momento al quedarse a solas con Thomas Lynley cuando el sargento Collins se marchó a la cocina a prepararse otra taza de té. Collins ya se había bebido cuatro. Daidre esperaba que no tuvieran que quedarse allí aquella noche porque, si su olfato no le fallaba, se había servido su mejor té Russian Caravan.

Thomas Lynley se levantó. Había estado mirando la chimenea. Estaba sentado junto a ella, pero no cómodamente con sus largas piernas estiradas como cabría esperar de un hombre que quisiera disfrutar del calor del fuego, sino con los codos sobre las rodillas y las manos colgando delante de él.

– ¿Qué? -dijo.

– Cuando le ha preguntado, usted ha dicho «antes». Él ha dicho New Scotland Yard y usted ha contestado «antes».

– Sí -dijo Lynley-. Antes.

– ¿Ha dejado el trabajo? ¿Por eso está en Cornualles?

El hombre la miró. Una vez más, Daidre vio la herida que había visto antes en sus ojos.

– No lo sé muy bien. Supongo que sí. Que lo he dejado, quiero decir.

– ¿Qué clase de…? Si no le importa que le pregunte, ¿qué clase de policía era?

– Uno bastante bueno, creo.

– Lo siento. Me refería… Bueno, hay muchas clases distintas, ¿verdad? Policías especiales, los que protegen a la realeza, antivicio, policía local…

– Asesinatos.

– ¿Investigaba crímenes?

– Sí. Eso hacía exactamente. -Volvió a mirar la chimenea.

– Debía de ser… difícil. Descorazonador.

– ¿Ver la inhumanidad del ser humano? Lo es.

– ¿Por eso lo dejó? Lo siento, estoy siendo una entrometida, pero… ¿Su corazón ya no podía soportar tanto sufrimiento?

Lynley no contestó.

La puerta de entrada se abrió con un golpe y Daidre notó la ráfaga de viento que se coló en la habitación. Collins salió de la cocina con su taza de té cuando la inspectora Hannaford regresó. Llevaba un mono blanco colgado del brazo y se lo lanzó a Lynley.

– Pantalones, botas y chaqueta -dijo. Era una orden, claramente. Y a Daidre-: ¿Y su ropa?

Daidre señaló la bolsa de plástico en la que había metido su vestimenta después de ponerse unos vaqueros azules y un jersey amarillo.

– Thomas se va a quedar sin zapatos.

– No pasa nada -dijo éste.

– Sí que pasa. No puede pasearse por…

– Me compraré otro par.

– De todos modos, de momento no los necesitará -dijo Hannaford-. ¿Dónde puede cambiarse?

– En mi habitación. O en el baño.

– Adelante, pues.

Lynley ya se había puesto en pie cuando la inspectora se reunió con ellos. Menos por anticipación, parecía, que por años de educación y buenos modales. La inspectora era una mujer: un hombre se levantaba cortésmente cuando una mujer entraba en la habitación.

– ¿Ha llegado la policía científica? -le preguntó Lynley.

– Y el patólogo. También tenemos una foto del chico muerto. Se llama Alexander Kerne, un chico de Casvelyn. ¿Le conocía? -Hablaba con Daidre. El sargento Collins estaba parado en la puerta de la cocina como si no estuviera seguro de si debía tomarse un té estando de servicio.

– ¿Kerne? El nombre me suena, pero no sé de qué. Creo que no lo conozco.

– Tiene muchos conocidos por aquí, ¿verdad?

– ¿Qué quiere decir? -Daidre estaba clavándose las uñas en las palmas de las manos y se obligó a parar. Sabía que la inspectora intentaba leerle el pensamiento.

– Ha dicho que cree que no lo conoce. Es una forma extraña de expresarlo. A mí me parece que o le conoce o no le conoce. ¿Va a cambiarse? -Esto se lo dijo a Lynley, un cambio brusco que fue tan desconcertante como su mirada fija e inquisitiva.

Thomas lanzó una mirada rápida a Daidre y luego apartó la vista.

– Sí, naturalmente -dijo, y se agachó para cruzar la puerta baja que separaba el salón de un pasadizo creado por la profundidad de la chimenea. Detrás había un cuarto de baño pequeño y un dormitorio que albergaba una cama y un armario y nada más. La casa era pequeña, segura y cómoda, exactamente lo que Daidre quería que fuera.

– Creo que se puede conocer a alguien de vista -dijo a la inspectora-, tener una conversación con él, por ejemplo, y no saber nunca la identidad de esa persona. Su nombre, sus datos, lo que sea. Imagino que el sargento puede decir lo mismo y es del pueblo.

Collins se vio atrapado con la taza a medio camino de sus labios. Se encogió de hombros. Asentir o disentir, era imposible decidirse.

– Requiere un poco de esfuerzo, ¿no diría usted? -preguntó Hannaford a Daidre astutamente.

– El esfuerzo merece la pena.

– Entonces, ¿conocía a Alexander Kerne de vista?

– Tal vez. Pero como he dicho antes y como le he comentado al otro policía, al sargento Collins aquí presente, y también a usted, no me he fijado bien en el chico cuando he visto el cadáver.

En aquel momento, Thomas Lynley regresó con ellos y ahorró a Daidre más preguntas, así como seguir exponiéndose a la mirada penetrante de la inspectora Hannaford. Entregó la ropa que la policía había pedido. Era absurdo, pensó Daidre. Iba a pillar una pulmonía si se paseaba por ahí de esa guisa: sin chaqueta, sin zapatos y sólo con un fino mono blanco de los que se llevaban en la escena de un crimen para asegurarse de que los investigadores oficiales no dejaban otras pruebas. Era ridículo.

La inspectora Hannaford se dirigió a él.

– También quiero ver su identificación, señor Lynley. Es una formalidad, y lo siento, pero no podemos saltárnosla. ¿Puede conseguirla?

Thomas asintió.

– Llamaré…

– Bien. Que se la manden. De todos modos, no va a irse a ninguna parte en unos días. Parece un accidente sencillo, pero hasta que lo sepamos seguro… Bueno, imagino que ya conoce el procedimiento. Quiero que esté donde pueda encontrarle.

– Sí.

– Necesitará ropa.

– Sí. -Parecía como si no le importara una cosa u otra. Era un ser transportado por el viento sin carne, ni huesos ni determinación, sino más bien una sustancia insustancial, disecado e impotente frente a las fuerzas de la naturaleza.

La inspectora miró el salón de la cabaña como si evaluara su potencial para producir ropa para el hombre además de hospedarlo.

– En Casvelyn podría comprar ropa -dijo Daidre rápidamente-. Esta noche no, claro, estará todo cerrado, pero mañana sí. También puede dormir allí, o en el hostal Salthouse Inn. Tienen habitaciones, no muchas, nada especial, pero son adecuadas. Y está más cerca que Casvelyn.

– Bien -dijo Hannaford. Y a Lynley-: Quiero que se quede en el hostal. Tendré que hacerle más preguntas. El sargento Collins puede llevarle.

– Yo le llevaré -dijo Daidre-. Supongo que querrá tener a todo el mundo disponible para hacer lo que sea que hacen ustedes en la escena cuando alguien muere. Sé dónde está el Salthouse Inn y si no hay habitaciones libres habrá que llevarle a Casvelyn.

– No se moleste… -empezó a decir Lynley.

– No es ninguna molestia -atajó Daidre. Lo hacía por la necesidad de sacar al sargento Collins y a la inspectora Hannaford de su casa, algo que sólo podría conseguir si tenía un motivo para marcharse.

– Bien -dijo la inspectora Hannaford después de una pausa, y mientras le daba su tarjeta a Lynley, añadió-: Llámeme cuando se haya instalado en alguna parte. Quiero saber dónde encontrarle, me pasaré en cuanto acabemos de organizar el asunto aquí. Tardaremos un rato.

– Lo sé -dijo Thomas.

– Sí, me lo imagino. -La inspectora asintió con la cabeza y les dejó, llevándose con ella las bolsas con la ropa. El sargento Collins la siguió. Los coches de policía bloqueaban el acceso de Daidre a su Opel. Tendrían que moverlos si querían que llevara a Lynley al Salthouse Inn.

Cuando la policía se marchó, el silencio invadió la cabaña. Daidre notaba a Thomas Lynley mirándola, pero ella no iba a aguantar que la miraran más. Fue del salón a la entrada y dijo girándose:

– No puede salir en calcetines. Aquí fuera tengo botas de agua.

– Dudo que me quepan. No importa, me quitaré los calcetines y me los volveré a poner cuando llegue al hostal.

Daidre se detuvo.

– Es muy razonable, no se me había ocurrido. Pues si ya está listo, podemos irnos. A menos que quiera algo… ¿Un sándwich? ¿Una sopa? Brian prepara comidas en la posada, pero si prefiere no tener que cenar en el comedor… -No quería cocinar para él, pero le pareció lo apropiado. De algún modo, estaban juntos en esto: compañeros de sospechas, tal vez. Ella lo sentía así porque tenía secretos y sin duda él también parecía tenerlos.

– Supongo que puedo pedir que me suban algo a la habitación -dijo Lynley-, siempre que haya cuartos libres para esta noche.

– En marcha, pues -dijo Daidre.

La segunda vez que condujo hacia Salthouse Inn fueron más despacio, ya que no había prisa, y por el camino se cruzaron con dos coches patrulla más y una ambulancia. No hablaron y cuando Daidre miró a su compañero vio que tenía los ojos cerrados y las manos tranquilamente posadas sobre los muslos. Parecía dormido y no dudó de que lo estaba. Parecía exhausto. Se preguntó cuánto tiempo llevaba caminando por el sendero de la costa.

En Salthouse Inn detuvo el Opel en el aparcamiento, pero Lynley no se movió. Daidre le tocó el hombro con suavidad. Él abrió los ojos y parpadeó despacio, como si despertara de un sueño.

– Gracias -dijo-. Ha sido muy amable…

– No quería dejarle en las garras de la policía. Lo siento, he olvidado que es usted uno de ellos.

– En cierto modo lo soy, sí.

– Bueno, en cualquier caso… He pensado que tal vez agradecería descansar de ellos. Aunque por lo que ha dicho la inspectora… parece que no conseguirá evitarlos demasiado tiempo.

– No. Querrán hablar conmigo largo y tendido esta noche. La primera persona que aparece en la escena siempre es sospechosa. Querrán recabar la máxima información posible cuanto antes. Así se hace.

Entonces se quedaron en silencio. Una ráfaga de viento más fuerte que cualquier otra hasta ese momento golpeó el coche y lo zarandeó. Esto impulsó a Daidre a hablar de nuevo.

– Mañana pasaré a buscarle, entonces -dijo, sin pensar bien en todas las ramificaciones de lo que significaba aquello, de lo que podía significar y de lo que parecería. No era propio de ella y se sacudió mentalmente, pero las palabras ya estaban ahí y dejó que mintieran-: Necesitará comprar cosas en Casvelyn, quiero decir. Imagino que no querrá pasearse con ese mono mucho rato. También querrá unos zapatos, y otras cosas. Casvelyn es el pueblo más cercano para ir a comprar.

– Es muy amable -le dijo Lynley-. Pero no quiero molestarla.

– Ya me lo ha dicho antes. Pero no es ninguna molestia, ni usted ni llevarle a Casvelyn. Es muy extraño, pero siento que estamos juntos en esto, aunque no sé muy bien qué es esto.

– Le he causado un problema -dijo él-. Más de uno. La ventana de su cabaña, ahora la policía… lo lamento.

– ¿Y qué iba a hacer? No podía seguir caminando cuando lo ha encontrado.

– No, no podía, ¿verdad?

Thomas se quedó sentado un momento. Parecía contemplar el viento jugando con el cartel que colgaba sobre la puerta de entrada del hostal.

– ¿Puedo preguntarle algo? -dijo al fin.

– Por supuesto -contestó ella.

– ¿Por qué ha mentido?

Daidre oyó un zumbido inesperado en sus oídos. Repitió la última palabra, como si no le hubiera oído bien cuando le había oído perfectamente.

– Cuando hemos venido aquí antes, le ha dicho al dueño que el chico de la cala era Santo Kerne. Ha dicho su nombre, Santo Kerne. Pero cuando la policía le ha preguntado… -Thomas hizo un gesto, un movimiento que decía «termine usted el resto».

La pregunta recordó a Daidre que aquel hombre, desgreñado y sucio como iba, era policía, y un inspector, nada más y nada menos. A partir de este momento, debía andarse con muchísimo cuidado.

– ¿Eso he dicho? -preguntó.

– Sí. En voz baja, pero no lo suficiente. Y ahora le ha asegurado a la policía que no había reconocido al chico, dos veces como mínimo. Cuando han dicho su nombre, ha dicho que no lo conocía. Me pregunto por qué.

Thomas la miró y Daidre se arrepintió al instante de haberse ofrecido a llevarle a Casvelyn a comprar ropa por la mañana. Ese hombre era más de lo que parecía y no lo había visto a tiempo.

– Estoy aquí de vacaciones -contestó-. En ese momento me ha parecido lo que le he dicho a la policía: la mejor forma de garantizarme que tenía lo que he venido a buscar: vacaciones y descanso.

Lynley no dijo nada.

– Gracias por no traicionarme -añadió-. No podré evitar que lo haga más adelante cuando hable con ellos, por supuesto. Pero le agradecería que se planteara… Hay cosas que la policía no necesita saber de mí. Eso es todo, señor Lynley.

Él no respondió, pero no apartó la mirada y ella notó que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas. Entonces, la puerta del hostal se abrió con un golpe. Un hombre y una mujer salieron haciendo eses en el viento. La mujer trastabilló y el hombre le pasó la mano por la cintura y le dio un beso. Ella lo apartó con un gesto juguetón. Él volvió a cogerla y se tambalearon en el viento hacia una hilera de coches.

Daidre los observó mientras Lynley la observaba a ella.

– Vendré a buscarle a las diez -dijo-. ¿Le va bien, señor Lynley?

El hombre tardó bastante en reaccionar. Daidre pensó que debía de ser un buen policía.

– Thomas -le dijo-. Llámame Thomas, por favor.

* * *

Era como una película antigua sobre el oeste americano, pensó Lynley. Entró en el bar del hostal, donde los habitantes del pueblo se reunían a beber, y se hizo el silencio. Se trataba de un rincón del mundo donde eras visitante hasta que te convertías en residente permanente y un recién llegado hasta que tu familia llevaba dos generaciones viviendo en el lugar, así que fue recibido como un extraño entre ellos. Pero era mucho más que eso: iba vestido con un mono blanco y sólo unos calcetines en los pies. No llevaba ningún abrigo con el que protegerse del frío, el viento y la lluvia, y por si aquello no bastaba para convertirle en una novedad -a menos que una novia vestida de blanco de los pies a la cabeza hubiera entrado en este local en el pasado- seguramente nadie recordaba que algo así hubiera ocurrido nunca.

El techo -con manchas de hollín de las chimeneas y del humo de los cigarrillos y cruzado con vigas de roble negro con medallones de latón clavados- estaba a menos de treinta centímetros de la cabeza de Lynley. En las paredes había una exposición de herramientas agrícolas antiguas, principalmente guadañas y horcas, y el suelo era de piedra irregular, picado, rallado, fregado. Los umbrales, hechos del mismo material que el suelo, estaban desgastados por cientos de años de entradas y salidas y la propia sala que definía el bar era pequeña y estaba dividida en dos secciones descritas por chimeneas, una grande y otra pequeña, que parecían encargarse más de convertir el aire en irrespirable que de calentar el lugar. El calor corporal de la gente se encargaba de eso.

Cuando había estado antes en el Salthouse Inn con Daidre Trahair, sólo había algún que otro bebedor de última hora de la tarde. Ahora ya se había presentado la concurrencia de la noche y Lynley tuvo que abrirse camino entre la gente y entre su silencio para llegar hasta la barra. Sabía que era más que su ropa lo que le convertía en objeto de interés. Estaba el tema nada baladí del olor que desprendía: ya llevaba siete semanas sin lavarse, sin afeitarse y sin cortarse el pelo.

El dueño -Lynley se acordaba de que Daidre Trahair se había dirigido a él como Brian- le recordaba al parecer de su anterior visita porque dijo de repente, rompiendo el silencio:

– ¿Era Santo Kerne el del acantilado?

– Me temo que no sé quién era. Pero era un chico joven, un adolescente o un poco mayor. Es lo único que puedo decirle.

Un murmullo nació y murió con aquellas palabras. Lynley oyó el nombre «Santo» repetido varias veces. Giró la cabeza. Docenas de ojos -jóvenes y viejos y de mediana edad- estaban clavados en él.

– El chico, Santo, ¿era conocido? -le preguntó a Brian.

– Vive por aquí cerca -fue su respuesta imprecisa. Aquél era el límite de lo que Brian parecía dispuesto a revelar a un desconocido-. ¿Ha venido a tomar algo? -le preguntó.

Cuando Lynley pidió una habitación en lugar de una copa, se percató de que Brian era reacio a darle alojamiento. Lo atribuyó a lo que seguramente era: la resistencia lógica a permitir que un desconocido desagradable como él accediera a las sábanas y almohadas de la posada. Sólo Dios sabía qué parásitos se arrastrarían por su cuerpo. Pero la novedad que representaba en el Salthouse Inn jugaba a su favor. Su aspecto se contradecía totalmente con su acento y su modo de hablar y si aquello no bastaba para convertirle en objeto de fascinación, estaba la cuestión intrigante de que hubiera encontrado el cadáver, que seguramente era el tema de conversación en el hostal antes de que entrara él.

– Una habitación pequeña sólo -fue la respuesta del dueño-. Pero todas son así, pequeñas. La gente no necesitaba demasiado espacio cuando se construyó el lugar, ¿verdad?

Lynley dijo que el tamaño no importaba y que se contentaría con lo que la posada pudiera ofrecerle. En realidad no sabía hasta cuándo necesitaría la habitación, añadió. Parecía que la policía iba a requerir su presencia hasta que se decidieran algunos temas sobre el joven de la cala.

Se levantó un murmullo al oír aquello. Era por la palabra «decidir» y todo lo que implicaba.

Brian utilizó la punta del zapato para abrir suavemente una puerta en el extremo opuesto de la barra y dirigió algunas palabras a la sala que había detrás. De ella apareció una mujer de mediana edad, la cocinera del hostal por el delantal blanco manchado que vestía, que estaba quitándose deprisa. Debajo, llevaba una falda negra, una blusa blanca y unos zapatos cómodos.

Ella lo acompañaría arriba a la habitación, le dijo. La mujer se mostró diligente, como si Lynley no tuviera nada de extraño. El cuarto, prosiguió, estaba encima del restaurante, no del bar. Vería que era tranquila. Era un buen lugar para dormir.

No esperó a que le respondiera. De todos modos, seguramente no le interesaba lo que pensara Lynley. Su presencia significaba clientes, y los clientes eran difíciles de encontrar hasta finales de primavera y el verano. Cuando los mendigos mendigaban, no podían elegir quién les daba de comer, ¿no?

La mujer avanzó hacia otra puerta en el extremo del bar que daba a un pasillo de piedra gélido. El restaurante del hostal se encontraba en una sala de este corredor, aunque dentro no había nadie, mientras que al fondo había una escalera, aproximadamente del ancho de una maleta, que ascendía al piso de arriba. Resultaba difícil imaginar cómo habían subido los muebles por ahí.

En el primer piso sólo había tres habitaciones y Lynley pudo elegir, aunque su guía-Siobhan Rourke dijo que se llamaba, la compañera de toda la vida de Brian, y de años de sufrimiento, al parecer- le recomendó la más pequeña, ya que era la que había mencionado que estaba encima del restaurante y era tranquila en esta época del año. Todas compartían el mismo baño, le informó, pero no debería importar porque no tenían ningún huésped más.

A Lynley le daba igual qué habitación le dieran, así que se quedó con la primera que abrió Siobhan. Aquella serviría, le dijo. Le parecía bien. No era mucho mayor que una celda, tenía una cama individual, un armario y un tocador encajado debajo de una minúscula ventana con bisagras y paneles emplomados. Su única concesión a las comodidades modernas eran un lavamanos en un rincón y un teléfono sobre el tocador. Este último objeto era una nota discordante en una habitación que podría haber sido la de una criada de hacía doscientos años.

Lynley sólo podía ponerse recto en el centro de la habitación. Al ver aquello, Siobhan dijo:

– En aquella época eran más bajos, ¿verdad? Tal vez no sea la mejor elección, ¿señor…?

– Lynley -contestó él-. No se preocupe. ¿El teléfono funciona?

Funcionaba, sí. ¿Siobhan podía traerle algo? Había toallas en el armario y jabón y champú en el baño -pareció animarle a que los usara- y si quería cenar, podían organizarlo aquí arriba o abajo en el comedor, naturalmente, si lo prefería. Se apresuró a añadir esto último aunque estaba bastante claro que cuanto más tiempo se quedara en su habitación, más contento estaría todo el mundo.

Lynley dijo que no tenía hambre, que era más o menos la verdad. Entonces Siobhan se marchó. Cuando cerró la puerta, él miró la cama. Hacía casi dos meses que no se tumbaba en una, y ni siquiera entonces había conseguido reposar demasiado. Cuando dormía, soñaba, y sus sueños le aterraban. No porque fueran inquietantes, sino porque terminaban. Descubrió que era mucho más soportable no dormir nada.

Como no tenía sentido retrasarlo más, se acercó al teléfono y marcó los números. Esperaba que no descolgaran, que contestara una máquina para poder dejar un mensaje breve sin establecer ningún contacto humano. Pero después de cinco tonos dobles, oyó su voz. No le quedó más remedio que hablar.

– Madre. Hola -dijo.

Al principio, ella no dijo nada y Thomas supo qué estaba haciendo: estaba de pie junto al teléfono en la sala de estar o tal vez en el salón de mañana o en cualquier otra estancia de la magnífica casa donde él había nacido y encontrado su maldición, llevándose una mano a los labios, mirando a quien estuviera con ella en el cuarto, que seguramente sería su hermano pequeño o tal vez el encargado de la finca o incluso su hermana, en el improbable caso de que todavía no hubiera regresado a Yorkshire. Y sus ojos -los de su madre- transmitirían la información antes de pronunciar su nombre. Es Tommy. Ha llamado. Gracias a Dios. Está bien.

– Cielo -dijo-. ¿Dónde estás? ¿Cómo estás?

– Me he encontrado con algo… -respondió-. Una situación en Casvelyn.

– Dios mío, Tommy. ¿Tanto has caminado? ¿Sabes lo…? -Pero no terminó la frase. Pretendía preguntar si sabía lo preocupados que estaban. Pero le quería y no le abrumaría más.

Como él también la quería, contestó de todas formas.

– Lo sé, ya lo sé. Por favor, entiéndelo. Me parece que no sé qué camino seguir.

Su madre sabía, naturalmente, que no se refería a su sentido de la orientación.

– Cielo, si pudiera hacer algo por quitarte esta carga de los hombros…

Apenas podía soportar la calidez de su voz, su compasión interminable, en especial cuando ella misma había soportado tantas tragedias a lo largo de los años.

– Sí, bueno… -Se aclaró la garganta con aspereza.

– Ha llamado gente; he hecho una lista. Y no han dejado de interesarse, como cabría esperar, ya sabes qué quiero decir: una llamada de vez en cuando y ya he cumplido con mi deber. No ha sido así. Todo el mundo está muy preocupado por ti. Te quieren muchísimo, cielo.

Lynley no quería oír aquello y tenía que conseguir que lo comprendiera. No era que no valorara la preocupación de sus amigos y colegas, era que su aflicción -y el hecho de que la expresaran- tocaba una herida tan abierta en su interior que cualquier roce era como una tortura. Por eso se había marchado de casa, porque en el sendero de la costa no había nadie en marzo y poca gente en abril, y aunque se cruzara con alguien en su caminata, esa persona no sabría nada de él, de por qué avanzaba sin parar día tras día o qué le había impulsado a tomar esa decisión.

– Madre… -le dijo.

Ella lo oyó en su voz, como madre que era.

– Cariño, lo siento. No hablo más del tema. -Su voz se alteró, se volvió más formal, algo que Thomas agradeció-. ¿Qué ha pasado? Estás bien, ¿verdad? ¿No te has hecho daño?

No, le dijo. No se había hecho daño. Pero había topado con alguien que sí. Parecía que había sido el primero en encontrarlo: un chico que había muerto al caer de uno de los acantilados. La policía estaba investigando, y como había dejado en casa todo lo que pudiera identificarle… ¿Podía mandarle su cartera?

– Es una mera formalidad, diría yo. Están arreglándolo todo. Parece un accidente, pero, obviamente, hasta que lo confirmen, no quieren que me vaya. Y quieren que demuestre que soy quien digo ser.

– ¿Saben que eres policía, Tommy?

– Uno sí, al parecer. Por otro lado, sólo les he dicho mi nombre.

– ¿Nada más?

– No. -Se habría transformado todo en un melodrama victoriano: «Señor mío (o en este caso, señora), ¿sabe con quién está hablando?». Primero habría nombrado su rango y si aquello no impresionaba, lo intentaría con el título nobiliario. Aquello sí habría provocado alguna reverencia, como mínimo, aunque la inspectora Hannaford no parecía ser de las que hacían reverencias-. Así que no están dispuestos a aceptar mi palabra, y es lógico. Yo no la aceptaría. ¿Me mandarás la cartera?

– Por supuesto. Enseguida. ¿Quieres que Peter coja el coche y te la lleve por la mañana?

No creía que pudiera soportar la preocupación angustiada de su hermano.

– No le molestes con eso. Échala en el correo y ya está.

Le dijo dónde estaba y ella le preguntó -como madre que era- si el hostal era agradable, como mínimo, si la habitación era confortable, si la cama era adecuada para él. Lynley le contestó que todo estaba bien. Le dijo que, en realidad, estaba deseando darse un baño.

Su madre se tranquilizó al oír aquello, aunque no se quedó totalmente satisfecha. Si bien el deseo de darse un baño no indicaba necesariamente que deseara continuar viviendo, al menos declaraba una voluntad de seguir tirando un tiempo más. Eso serviría. Colgó después de decirle que se diera un buen remojo, largo y placentero, y oírle decir que darse un buen remojo, largo y placentero, era lo que tenía en mente.

Dejó el teléfono sobre el tocador. Dio la espalda a la mesa y, como no le quedaba más remedio, miró la habitación, la cama, el lavamanos minúsculo en el rincón. Se percató de que estaba bajo de defensas -la conversación con su madre había contribuido a ello- y que de repente su voz estaba con él. No la voz de su madre, sino la de Helen. «Es un poco monástica, ¿verdad, Tommy? Me siento como una monja decidida a ser casta, pero enfrentada a la terrible tentación de ser muy, muy mala.»

La oyó con muchísima claridad. Esa cualidad tan típica de Helen: el disparate que lo sacaba de su ensoñación cuando más necesitaba que lo sacaran. Era así de intuitiva. Lo miraba un instante por la noche y sabía exactamente qué debía hacer. Era su don: un talento para la observación y la perspicacia. A veces era el roce de su mano en la mejilla y dos palabras: «Cuéntame, cariño». Otras veces era la frivolidad superficial lo que disipaba la tensión y le arrancaba una carcajada.

– Helen -murmuró en el silencio, pero fue lo único que dijo y, sin duda, lo máximo que, de momento, podía expresar sobre lo que había perdido.

* * *

Daidre no regresó a la cabaña cuando dejó a Thomas Lynley en el Salthouse Inn, sino que condujo hacia el este. La ruta que tomó serpenteaba como una cinta tirada por el campo brumoso. Pasaba por varias aldeas donde las lámparas iluminaban las ventanas en la oscuridad, luego se adentraba en dos bosques. El camino dividía una granja de sus edificios anexos y, al final, desembocaba en la A388. Cogió la carretera hacia el sur y salió a una vía secundaria que avanzaba hacia el este a través de pastos donde pacían las ovejas y las vacas lecheras. La abandonó al encontrar un cartel que decía Cornish Gold. Las visitas son bienvenidas.

Cornish Gold estaba a unos ochocientos metros por un sendero muy estrecho, una finca de manzanares enormes circunscrita por plantaciones de ciruelos, estos últimos sembrados años atrás para crear una protección contra el viento. Los manzanos comenzaban en la cima de una colina y se extendían hacia el otro lado en un despliegue impresionante de superficie cultivada. Delante, en terrazas, había dos viejos graneros de piedra y, enfrente, una fábrica de sidra se erigía a un lado de un patio adoquinado. En el centro, un corral formaba un cuadrado perfecto, y dentro, resollaba y bufaba la razón por la que Daidre visitaba el lugar, en caso de que alguien que no fuera la propietaria de la granja le preguntara. Esta razón era un cerdo, un enorme Gloucester Old Spot muy antipático que había sido clave para que Daidre y la propietaria de la sidrería se conocieran poco después de que la mujer llegara a estos lares, un viaje que había realizado a lo largo de treinta años desde Grecia a Londres y a St. Ives y la granja.

A un lado del corral, Daidre encontró al cerdo esperando. Se llamaba Stamos, por el ex marido de la propietaria. El Stamos porcino, nada estúpido y siempre optimista, había anticipado la razón de la visita de Daidre y había colaborado acercándose pesadamente a la valla en cuando ella entró en el patio. Sin embargo, esta vez no llevaba nada para él. Meter pieles de naranja en su bolso mientras estaba en la cabaña le pareció una actividad cuestionable en presencia de la policía, decidida a observar y fijarse en los movimientos de todo el mundo.

– Lo siento, Stamos -dijo-. Pero echemos un vistazo a la oreja igualmente. Sí, sí. Es una mera formalidad, estás casi recuperado y lo sabes. Eres demasiado listo, ¿verdad?

El cerdo solía morder, así que tuvo cuidado. También miró a su alrededor en el patio para ver quién podía estar observándola porque, en cualquier caso, había que ser diligente. Pero no había nadie y era razonable, ya que era tarde y todos los empleados de la granja se habrían ido a casa hacía rato.

– Ya está perfecta -le dijo al cerdo.

Cruzó el resto del patio donde un arco conducía a una huerta pequeña empapada de agua por la lluvia. Desde allí siguió un sendero de ladrillo -irregular, lleno de maleza y encharcado- hasta una bonita casita blanca de la que provenía el sonido de una guitarra clásica a rachas. Aldara debía de estar practicando, lo cual era bueno, porque significaba que estaba sola.

Los acordes pararon al instante cuando Daidre llamó a la puerta. Unos pasos avanzaron deprisa por el suelo de madera.

– ¡Daidre! ¿Qué diablos…? -La luz interior de la cabaña iluminaba a Aldara Pappas desde atrás, así que Daidre no podía verle la cara. Pero sabía que sus preciosos ojos oscuros mostrarían especulación y no sorpresa, a pesar de su tono de voz. Aldara retrocedió diciendo-: Pasa. Eres muy bienvenida. Qué sorpresa tan agradable que hayas venido a romper el tedio de esta noche. ¿Por qué no me has llamado desde Bristol? ¿Vas a quedarte muchos días?

– Lo he decidido de repente.

Dentro hacía bastante calor, como le gustaba a Aldara. Todas las paredes estaban encaladas y en cada una de ellas colgaban cuadros de colores vivos de paisajes escarpados, áridos y con casas blancas, pequeñas construcciones con tejas en los tejados y ventanas de guillotina repletas de flores, con asnos pegados plácidamente a las paredes y niños de pelo oscuro jugando en el barro delante de las puertas. Los muebles de Aldara eran sencillos y escasos. Sin embargo, las sillas estaban tapizadas en azul y amarillo intensos y una alfombra roja cubría parte del suelo. Sólo faltaban las lagartijas, sus pequeños cuerpos curvados contra la superficie de aquello a lo que pudieran aferrarse con sus patitas succionadoras.

Sobre una mesita de café delante del sofá descansaba un cuenco de fruta y una bandeja de pimientos asados, aceitunas griegas y queso: feta, sin duda. Una botella de vino tinto aguardaba a ser abierta. Dos copas de vino, dos servilletas, dos platos y dos tenedores estaban cuidadosamente dispuestos. Aquello revelaba la mentira de Aldara. Daidre la miró y levantó una ceja.

– Sólo era una mentirijilla social. -Como siempre, Aldara no se sentía incómoda en absoluto por que la hubieran pillado-. Si hubieras entrado y visto esto, no te habrías sentido bienvenida, ¿verdad? Y tú siempre eres bienvenida en mi casa.

– Como cualquier otra persona esta noche, al parecer.

– Tú eres mucho más importante que cualquier otra persona. -Como para enfatizar sus palabras, Aldara se acercó a la chimenea, donde la leña estaba preparada y sólo había que utilizar las cerillas. Encendió una en la parte inferior de la repisa y la acercó al papel arrugado debajo de los troncos. Era madera de manzano, seca y guardada para hacer fuego cuando se podaban los árboles.

Los movimientos de Aldara eran sensuales, pero no estudiados. Desde que la conocía, Daidre se había percatado de que Aldara era sensual simplemente por ser ella. Se reía y decía «lo llevo en la sangre», como si ser griega significara ser seductora. Pero era algo más que la sangre lo que hacía que fuera cautivadora: era la confianza, la inteligencia y la ausencia total de miedo. Esta última cualidad era lo que Daidre más admiraba de ella, aparte de su belleza; tenía cuarenta y cinco años y parecía diez años más joven. Daidre tenía treinta y uno y como su piel no era aceitunada como la de la otra mujer, sabía que no correría la misma suerte dentro de catorce años.

Después de encender el fuego, Aldara se acercó al vino y lo descorchó, como para subrayar la afirmación de que Daidre era un invitado tan valorado e importante como quienquiera que estuviera esperando en realidad. Llenó las copas diciendo:

– Es fuerte, nada de ese francés suave. Ya lo sabes, me gusta que el vino desafíe al paladar. Así que come un poco de queso para acompañar o te arrancará el esmalte de los dientes.

Le entregó una copa y cogió un trozo de queso que se metió en la boca. Se lamió los dedos despacio, luego guiñó un ojo a Daidre, mofándose de sí misma.

– Delicioso -dijo-. Me lo ha enviado mamá desde Londres.

– ¿Cómo está?

– Aún busca a alguien que mate a Stamos, naturalmente. Sesenta y dos años y nadie guarda rencor como mamá. Me dice: «Higos. Le mandaré higos a ese demonio. ¿Se los comerá, Aldara? Los rellenaré de arsénico. ¿Tú qué crees?». Yo le digo que se lo quite de la cabeza. Sí, se lo digo. «No malgastes tus energías en ese hombre. Han pasado nueve años, mamá, es tiempo suficiente para desearle mal a nadie.» Y me contesta, como si yo no hubiera dicho nada: «Mandaré a tus hermanos a que le maten». Luego se pone a insultarle en griego un rato, pagando yo, naturalmente, porque soy yo quien la llama cuatro veces a la semana, como la hija obediente que siempre he sido. Cuando acaba, le digo que al menos mande a Nikko si verdaderamente tiene intención de matar a Stamos porque él es el único de mis hermanos que sabe utilizar bien una navaja y disparar un arma. Entonces se echa a reír, se pone a contarme una historia sobre uno de los hijos de Nikko y ya está.

Daidre sonrió. Aldara se dejó caer en el sofá, se quitó los zapatos de una patada y se sentó sobre sus piernas. Llevaba un vestido color caoba, el dobladillo como un pañuelo, el escote de pico hacia sus pechos. No tenía mangas y era de un material más adecuado para el verano en Creta que para la primavera en Cornualles. No le extrañaba que hiciera tanto calor en el salón.

Daidre cogió el vino y un trozo de queso como le había indicado su amiga. Aldara tenía razón: el vino era fuerte.

– Creo que lo criaron quince minutos -le dijo Aldara-. Ya conoces a los griegos.

– Tú eres la única griega que conozco -dijo Daidre.

– Qué triste. Pero las griegas son mucho más interesantes que los griegos, así que conmigo tienes lo mejor. No has venido por Stamos, ¿verdad? Me refiero al cerdo con c minúscula, no al Stamos con C mayúscula.

– He pasado a verle. Tiene las orejas curadas.

– Deberían estarlo, he seguido tus instrucciones. Está como nuevo. También me pide una novia, aunque lo último que quiero es una docena de cochinillos pegados a mis tobillos. No me has contestado, por cierto.

– ¿No?

– No. Me encanta verte, como siempre, pero hay algo en tu cara que me dice que has venido por un motivo concreto. -Cogió otro trozo de queso.

– ¿A quién estás esperando? -preguntó Daidre.

La mano de Aldara, que se llevaba el queso a la boca, se detuvo. La mujer ladeó la cabeza y miró a Daidre.

– Esa clase de pregunta no es nada propia de ti -señaló.

– Lo siento, pero…

– ¿Qué?

Daidre se aturulló, y odiaba esa sensación. Su experiencia vital -por no mencionar sexual y emocional- contrapuesta a la de Aldara era la de una persona tremendamente inexperta y aún más insegura. Cambió de tema. Lo hizo sin rodeos, puesto que era la única arma que poseía.

– Aldara, Santo Kerne ha muerto.

– ¿Qué has dicho?

– ¿Me lo preguntas porque no me has oído o porque quieres pensar que no me has oído?

– ¿Qué le ha pasado? -preguntó Aldara, y a Daidre le complació ver que dejaba el trozo de queso en la bandeja, intacto.

– Al parecer estaba escalando.

– ¿Dónde?

– En el acantilado de Polcare Cove. Ha caído y se ha matado. Un hombre que caminaba por el sendero de la costa lo ha encontrado. Ha ido a la cabaña.

– ¿Estabas ahí cuando pasó?

– No. He llegado de Bristol esta tarde. Cuando he entrado en casa, el hombre estaba dentro buscando un teléfono. Me lo he encontrado allí.

– ¿Te has encontrado a un hombre dentro de casa? Dios mío, qué miedo. ¿Cómo ha…? ¿Ha encontrado la copia de la llave?

– Ha roto una ventana para entrar. Me ha dicho que había un cuerpo en las rocas y he ido a verlo con él. Le he dicho que era médico…

– Y lo eres. Quizás habrías podido…

– No. No es eso. Bueno, en cierto modo sí, porque podría haber hecho algo, supongo.

– No debes suponerlo, Daidre. Has recibido una buena educación, estás cualificada. Has conseguido un trabajo de una responsabilidad enorme y no puedes decir…

– Aldara. Sí, muy bien, ya lo sé. Pero era más que el deseo de ayudar. Quería verle. Tenía un presentimiento.

Aldara no dijo nada. La savia de uno de los troncos crujió y el sonido atrajo su atención hacia el fuego. Lo miró largamente, como si comprobara que los troncos permanecían donde los había colocado al principio.

– ¿Creías que podría ser Santo Kerne? -dijo al fin-. ¿Por qué?

– Es obvio, ¿no?

– ¿Por qué es obvio?

– Aldara, ya lo sabes.

– No lo sé. Dímelo.

– ¿Debo?

– Por favor.

– Eres…

– No soy nada. Dime lo que quieras decirme sobre por qué las cosas son tan obvias para ti, Daidre.

– Porque incluso cuando uno cree que se ha ocupado de todo, incluso cuando cree que ha puesto todos los puntos sobres las íes, que ha dado los últimos retoques; incluso cuando cree que todas las frases tienen su punto final…

– Te estás poniendo pesada -señaló Aldara.

Daidre respiró hondo.

– Una persona ha muerto. ¿Cómo puedes hablar así?

– De acuerdo. «Pesada» no es la palabra correcta. «Histérica» es mejor.

– Estamos hablando de un ser humano, un adolescente; no tenía ni diecinueve años. Y ha muerto en las rocas.

– Ahora sí que estás histérica.

– ¿Cómo puedes ser así? Santo Kerne está muerto.

– Y lo siento. No me gusta pensar que un chico tan joven se haya caído de un acantilado y…

– Eso si se ha caído, Aldara.

La mujer alargó la mano a la copa de vino. Daidre se fijó -como hacía a veces- en que sus manos eran lo único que no tenía bonito. La propia Aldara las llamaba «manos de campesino», hechas para restregar la ropa en las rocas de un arroyo, para amasar pan, para trabajar la tierra. Con sus dedos fuertes y gruesos y las palmas anchas, no eran manos hechas para una profesión delicada.

– ¿Por qué dices «si se ha caído»? -preguntó.

– Ya sabes la respuesta.

– Pero dices que estaba escalando. No pensarás que alguien…

– Alguien no, Aldara. ¿Santo Kerne? ¿Polcare Cove? No es difícil adivinar quién podría haberle hecho daño.

– No digas tonterías. Ves demasiadas películas. El cine hace que la gente crea que los demás actúan como si estuvieran interpretando un papel escrito en Hollywood. Que Santo Kerne se cayera mientras hacía escalada…

– ¿No es un poco extraño? ¿Por qué iba a escalar con este tiempo?

– Me lo preguntas como si esperaras que supiera la respuesta.

– Por el amor de Dios, Aldara…

– Basta. -Aldara dejó la copa de vino con firmeza sobre la mesa-. Yo no soy tú, Daidre. Nunca me he sentido como… como… Oh, cómo lo diría… intimidada por los hombres como tú, no tengo esa sensación de que de algún modo son más importantes de lo que son, que son necesarios en la vida, esenciales para que una mujer esté completa. Siento muchísimo que el chico haya muerto, pero no tiene nada que ver conmigo.

– ¿No? ¿Y este…? -Daidre señaló las dos copas de vino, los dos platos, los dos tenedores, la repetición infinita de lo que debería haber sido pero que nunca acababa de ser el número dos. Y también estaba el tema de la ropa que llevaba Aldara: el vestido vaporoso que abrazaba y soltaba sus caderas cuando se movía, los zapatos que había elegido con la parte de los dedos demasiado abierta y los tacones demasiado altos para resultar prácticos en una granja, los pendientes que resaltaban su largo cuello. La mente de Daidre no albergaba ninguna duda de que las sábanas de la cama de Aldara estarían recién lavadas y olerían a lavanda y de que habría velas preparadas para encender en el dormitorio.

En estos momentos había un hombre de camino a su casa que estaba pensando en quitarle la ropa y preguntándose cuánto tardaría en poder ir al grano con ella después de llegar. Pensaba en cómo iba a hacérselo -fuerte o con ternura, contra la pared, en el suelo, en una cama- y en qué postura, y si estaría a la altura para hacerlo más de dos veces porque sabía que sólo dos no bastarían, no para una mujer como Aldara Pappas: desenfadada, sensual, dispuesta. Tenía que darle lo que buscaba porque si no lo descartaría, y no quería que eso sucediera.

– Creo que vas a verlo de otro modo, Aldara. Verás que esto… lo que le ha pasado a Santo… lo que sea que le ha pasado…

– Qué tontería -la interrumpió Aldara.

– ¿Ah, sí? -Daidre puso la palma de la mano en la mesa, entre las dos. Repitió la pregunta anterior-: ¿A quién estás esperando esta noche?

– No es de tu incumbencia.

– ¿Te has vuelto loca? He tenido a la policía en mi casa.

– Y eso te preocupa. ¿Por qué?

– Porque me siento responsable. ¿Tú no?

Aldara pareció meditar la pregunta porque tardó un momento en contestar.

– En absoluto.

– ¿Eso es todo?

– Supongo.

– ¿Por esto? ¿El vino, el queso, el fuego acogedor? ¿Vosotros dos, sea quien sea?

Aldara se levantó.

– Debes irte -dijo-. He intentado explicarme una y otra vez, pero ves mi forma de ser como una cuestión moral y no como lo que es: la manifestación del único modo en que sé funcionar. Así que sí, alguien viene hacia aquí y no, no voy a decirte quién es y preferiría que no estuvieras cuando llegue.

– No permites que nada te afecte, ¿verdad? -le preguntó Daidre.

– Le dijo la sartén al cazo, querida -respondió Aldara.

Capítulo 5

Cadan había depositado grandes esperanzas en que los Bacon Streakies cumplieran su cometido. También las había depositado en que lo hiciera Pooh. Se suponía que los Bacon Streakies, que eran el capricho preferido del pájaro, le animarían y recompensarían. El sistema era dejar que el loro viera la bolsa de golosinas en los dedos de Cadan -una maniobra suficiente para captar el interés del pájaro- y luego demostrarle sus cualidades. Después llegaría la recompensa y no había absolutamente ninguna necesidad de enseñarle a Pooh la sustancia crujiente. Quizá fuera un pájaro, pero no era estúpido cuando se trataba de comida.

Pero esta noche, las distracciones le despistaban. Pooh y Cadan no estaban solos en el salón y las otras tres personas resultaban ser más interesantes para el loro que el alimento que le ofrecía éste. Así que mantener el equilibrio sobre una pelota de goma y caminar encima de dicha pelota por la repisa de la chimenea no ofrecían la misma promesa que el palo de una piruleta en las manos de una niña de seis años. Un palo aplicado cuidadosamente en la cabeza emplumada del loro, frotado suavemente hacia delante y hacia atrás en la zona donde se suponía que deberían estar las orejas, era el éxtasis garantizado. Un Bacon Streakie, por otro lado, sólo proporcionaba una satisfacción gustativa momentánea. Así que aunque Cadan realizó un intento heroico por conseguir que Pooh entretuviera a Ione Soutar y a sus dos hijas pequeñas, el entretenimiento no llegó.

– ¿Por qué no quiere hacerlo, Cade? -preguntó Jennie Soutar. Era la menor de las dos. Su hermana mayor, Leigh, que a sus diez años ya llevaba sombra de ojos con purpurina, los labios pintados y extensiones en el pelo, no parecía esperar que el pájaro fuera a hacer nada extraordinario; total, a quién le importaba, el loro no era una estrella pop ni nadie que fuera a convertirse en una estrella pop. En lugar de prestar atención al espectáculo fracasado del pájaro, había hojeado una revista de moda, mirando las fotos entrecerrando los ojos porque se negaba a ponerse gafas y hacía campaña por llevar lentes de contacto.

– Es por el palo de la piruleta -dijo Cadan-. Sabe que lo tienes. Quiere que lo acaricies otra vez.

– Entonces, ¿puedo acariciarle? ¿Puedo cogerlo?

– Jennifer, ya sabes qué opino de ese pájaro. -Estas palabras las pronunció su madre. Ione Soutar estaba de pie junto a la ventana en saliente que daba a Victoria Road; llevaba treinta minutos así y no parecía que tuviera intención de moverse pronto-. Los pájaros tienen gérmenes y transmiten enfermedades.

– Pero Cade lo toca.

Ione lanzó una mirada a su hija. Parecía decir: «Y mírale».

Jennie interpretó la expresión en la cara de su madre en el sentido que había querido Ione. Se retiró al sofá -con las piernas colgando delante de ella- e hinchó los labios decepcionada. Cadan vio que era una expresión idéntica a la de Ione, aunque la niña no fuera consciente de ello.

Sin duda, el sentimiento que escondía la mujer también era el mismo: decepción. Cadan quería decirle a Ione Soutar que su decepción no terminaría nunca mientras tuviera puestas sus esperanzas matrimoniales en su padre. A primera vista, parecían la pareja perfecta: dos empresarios independientes con talleres en el mismo lugar en Binner Down; dos padres que llevaban años sin pareja; dos padres que surfeaban, cada uno con dos hijos, dos niñas pequeñas interesadas en el surf, y una tercera mayor que era su modelo y profesora; dos familias orientadas a la familia… Seguramente el sexo también sería bueno, pero a Cadan no le gustaba especular sobre eso, porque pensar en su padre fundido en un abrazo carnal con Ione le ponía los pelos de punta. Sin embargo, parecía lógico que esos casi tres años de asociación entre hombre y mujer acabaran en algo similar a un compromiso por parte de Lew Angarrack. Pero no había sido así y Cadan había oído el final de las conversaciones telefónicas de su padre suficientes veces como para saber que a Ione aquella situación ya no la satisfacía.

Ahora mismo también estaba molesta. Hacía rato que dos pizzas del Pukkas se enfriaban en la cocina mientras ella esperaba en el salón a que Lew volviera. Era una espera que a Cadan comenzaba a parecerle inútil, porque su padre se había duchado y vestido y salido corriendo para llevar a cabo una empresa que Cadan consideraba descabellada.

Cadan creía que la visita de Will Mendick había provocado la marcha de Lew. Will había aparecido por Victoria Road en su viejo escarabajo y mientras desplegaba su esqueleto enjuto y nervudo para bajarse del coche y se acercaba a la puerta, Cadan vio en su cara rubicunda que algo le preocupaba.

Preguntó directamente por Madlyn.

– ¿Dónde está, entonces? Tampoco estaba en la panadería -dijo de manera cortante cuando Cadan le informó de que Madlyn no estaba en casa.

– Todavía no la tenemos en el GPS -le dijo-. Hasta la semana que viene, Will.

Pareció que Will no agradecía la broma.

– Tengo que encontrarla.

– ¿Por qué?

Le contó la noticia que había oído en la tienda de surf Clean Barrel: Santo Kerne estaba fiambre, se había aplastado la cabeza o lo que fuera que pasaba cuando alguien se caía mientras escalaba un acantilado.

– ¿Estaba escalando solo? -El tema de la escalada era la verdadera cuestión, ya que Cadan sabía qué era lo que Santo Kerne prefería en realidad: surfear y follar, follar y surfear, dos cosas que conseguía con bastante facilidad.

– No he dicho que estuviera solo -señaló Will bruscamente-. No sé con quién estaba, ni siquiera si estaba con alguien. ¿Por qué piensas que estaba solo?

Cadan no tuvo que responder porque Lew había oído la voz de Will y al parecer advirtió algo funesto en su tono. Salió de la parte trasera de la casa donde estaba trabajando en el ordenador y Will le puso al corriente.

– He venido a decírselo a Madlyn -explicó el chico.

«Muy acertado», pensó Cadan. Ya tenía vía libre con Madlyn y Will no era de los que pasaba de largo por delante de una puerta abierta.

– Maldita sea -dijo Lew en tono meditabundo-. Santo Kerne.

Ninguno de ellos estaba precisamente afectado por la noticia, se reconoció Cadan a sí mismo. Imaginaba que probablemente él era quien se sentía peor, pero casi seguro se debía a que era quien menos se jugaba en aquel asunto.

– Saldré a buscarla, entonces -dijo Will Mendick-. ¿Dónde crees que…?

¿Quién demonios lo sabía? Madlyn había sido un torbellino de emociones desde que había roto con Santo. Comenzó sintiendo una tristeza profunda que luego se transformó en una furia ciega e irracional. Para Cadan, cuanto menos la viera mejor hasta que hubiera superado la última etapa -que siempre era la venganza- y volviera a ser normal. Podía estar en cualquier parte: robando bancos, rompiendo ventanas, flirteando con hombres en pubs, tatuándose los párpados, pegando a niños pequeños o surfeando en alguna parte desconocida. Con Madlyn nunca se sabía.

– No la vemos desde el desayuno -dijo Lew.

– Maldita sea. -Will se mordió un lado del pulgar-. Bueno, alguien tiene que contarle lo que ha pasado.

«¿Por qué?», pensó Cadan, pero no lo dijo, sino que comentó:

– ¿Crees que deberías encargarte tú? -Y añadió como un tonto-: Espabila, chaval. ¿Cuándo lo vas a entender? No eres su tipo.

Will se puso colorado. Tenía la piel llena de granos y las espinillas se le encendieron.

– Cade -dijo Lew.

– Pero es cierto -apuntó él-. Vamos, tío…

Will no esperó a escuchar el resto. Salió de la habitación y cruzó la puerta antes de que Cadan pudiera pronunciar una palabra más.

– Dios mío, Cade -dijo Lew como comentario evidente acerca de la diplomacia de Cadan. Luego subió a darse una ducha.

No se había duchado después de surfear, así que al principio Cadan supuso que su padre estaba haciendo lo que hacía normalmente: quitarse la arena y el agua salada. Pero luego se marchó y aún no había vuelto, de ahí que Cadan hubiera decidido intentar entretener a Ione y sus hijas mientras esperaban a Lew.

– Ha salido a buscar a Madlyn -dijo Cadan a la novia de su padre. Le había contado lo de Santo y no había añadido nada más. Ione ya estaba al corriente de la situación Madlyn-Santo. No podía estar liada con Lew Angarrack y no saber nada del tema. El sentido bien desarrollado del drama que tenía Madlyn lo habría hecho absolutamente imposible.

Ione entró en la cocina, donde dejó las pizzas en la encimera, puso la mesa y preparó una ensalada mixta. Luego regresó al salón. Cuarenta minutos después, llamó a Lew al móvil. Si su padre lo llevaba encima, no lo tenía encendido.

– Qué estúpido es -dijo Ione-. ¿Y si Madlyn vuelve a casa mientras está buscándola? ¿Cómo se lo vamos a decir?

– Seguramente no lo habrá pensado -contestó Cadan-. Ha salido corriendo.

No era exactamente verdad, pero parecía más… bueno, más probable que un padre preocupado saliera corriendo en lugar de marcharse como lo había hecho Lew: con bastante tranquilidad, como si hubiera tomado una decisión sombría sobre algo o como si supiera una cosa que nadie más sabía.

Ahora, cuando acabó de examinar su revista de moda, Leigh Soutar comenzó a hablar como solía hacerlo, con esa cadencia extraña característica de las niñas que están demasiado expuestas a películas de adolescentes.

– Mamá, ¿tengo hambre? -dijo-. ¿Me muero de hambre? Mira qué hora es, ¿vale? ¿No vamos a cenar?

– ¿Quieres un Bacon Streakie? -le preguntó Cadan.

– Qué asco -dijo Leigh-. ¿Comida basura?

– ¿Y la pizza qué es? -le preguntó Cadan educadamente.

– La pizza es muy nutritiva, ¿vale? -le dijo Leigh-. Contiene como mínimo dos grupos de alimentos; de todos modos, sólo voy a comerme un trozo, ¿vale?

– De acuerdo -dijo Cadan. Ya había visto a Leigh zampando antes de esta noche y cuando se trataba de pizza la niña olvidaba sistemáticamente sus intenciones de convertirse en la Kate Moss de su generación. Diría que no a un trozo de pizza cuando las ranas criaran pelo y empezaran a afeitarse.

– Yo también tengo hambre -dijo Jennie-. ¿Podemos comer, mami?

Ione lanzó una última mirada desesperada a la calle.

– Supongo que sí -dijo.

Fue a la cocina. Jennie saltó del sofá y la siguió, rascándose el trasero mientras caminaba. Leigh practicó un contoneo de pasarela detrás de su hermana y lanzó una mirada torva a Cadan al pasar por delante de él.

– Ese pájaro es estúpido, ¿vale? -dijo-. ¿Ni siquiera habla? ¿Qué clase de loro no habla siquiera?

– El que reserva su vocabulario para una conversación interesante -dijo Cadan.

Leigh le sacó la lengua y salió de la habitación.

Después de cenar una pizza horrible que había estado demasiado tiempo en la encimera y una ensalada aliñada por una cocinera preocupada que le había echado demasiado vinagre, Cadan se ofreció a fregar los platos y esperó que aquel gesto sirviera para que Ione cogiera a sus retoños y se marchara. No tuvo tanta suerte. Se quedó noventa minutos más, exponiendo a Cadan a los comentarios hirientes sobre la calidad de su fregado y secado de platos. Llamó a Lew al móvil cuatro veces más antes de decirse a sí misma y a las niñas que se iban a casa.

Aquello dejó a Cadan en la situación que menos prefería: solo con sus pensamientos. Así que sintió alivio cuando recibió una llamada que por fin revelaba el paradero de Madlyn, si bien el alivio fue menor al comprobar que quien telefoneaba no era su padre. Y se preocupó muchísimo cuando gracias a una pregunta fortuita descubrió que su padre ni siquiera había salido a buscar a Madlyn. Esta preocupación desconcertó a Cadan -un estado sobre el que no le gustaba especular-, así que cuando Lew por fin se presentó poco después de medianoche, Cadan estaba bastante mosqueado con él por provocarle sensaciones que prefería no sentir. Estaba viendo la tele cuando la puerta de la cocina se abrió y cerró. Después, Lew apareció en la puerta del salón, entre las sombras del pasillo.

– Está con Jago -dijo Cadan lacónicamente.

Lew pestañeó y preguntó:

– ¿Qué?

– Madlyn -respondió Cadan-. Está con Jago. Ha llamado él. Dice que se ha quedado dormida.

Ninguna reacción de su padre. Cadan sintió un escalofrío inexplicable al ver aquello que le subió y bajó por los brazos como los dedos de un bebé muerto. Cogió el mando a distancia de la tele y pulsó el botón para apagarla.

– Has salido a buscarla, ¿verdad? -Cadan no esperó respuesta-. Ione ha estado aquí. Ella y las niñas. Vaya con esa Leigh, qué estúpida es, te lo digo yo. -Silencio-: Estabas buscándola, ¿no?

Lew se dio la vuelta y volvió a la cocina. Cadan oyó que abría la nevera y que vertía algo en un cazo. Su padre estaría calentando leche para tomarse el Cola-Cao de todas las noches. Cadan decidió que él también quería uno -aunque la verdad era que deseaba descifrar a su padre al mismo tiempo que deseaba no hacerlo-, así que, arrastrando los pies, fue a la cocina para unirse a él.

– Le he preguntado a Jago qué hacía allí. Ya sabes a qué me refiero. Le he dicho: «¿Qué coño está haciendo ahí, tío?», porque primero, ¿por qué querría pasar la noche con Jago…? ¿Qué tiene, setenta años? Me da grima, ya sabes qué quiero decir, aunque es buena gente, supongo, pero no es que sea un pariente ni nada… Y luego… -No recordaba qué iba a decir en segundo lugar. Balbuceaba porque el silencio obstinado de su padre le desconcertaba más de lo que ya lo estaba-. Jago me ha contado que estaba arriba en el Salthouse con el señor Penrule cuando entró un tipo con esa mujer que tiene la casa en Polcare Cove. Ella ha dicho que había un cuerpo abajo y Jago ha oído que decía que creía que era Santo. Así que Jago ha ido a buscar a Madlyn a la panadería para darle la noticia. Al principio no ha llamado aquí porque… no lo sé. Supongo que Madlyn se habrá puesto como una loca cuando se lo ha contado y ha tenido que tranquilizarla.

– ¿Eso ha dicho?

Cadan sintió tal alivio cuando su padre por fin habló que preguntó:

– ¿Quién ha dicho el qué?

– ¿Jago ha dicho que Madlyn se había puesto como una loca?

Cadan pensó en aquello, no tanto en si Jago Reeth había dicho realmente eso sobre su hermana sino en por qué su padre preguntaba precisamente eso de todas las cosas posibles. Parecía una elección tan improbable que Cadan observó:

– Estabas buscándola, ¿verdad? Bueno, eso es lo que le he dicho a Ione. Ya te he comentado que ha estado aquí con las niñas. Pizza.

– Ione -dijo Lew-. Había olvidado la pizza. Supongo que se ha ido histérica.

– Ha intentado llamarte. ¿Qué le pasa a tu móvil?

– No lo llevaba encima.

La leche humeó en el fogón. Lew cogió su taza de Newquay y echó unas cucharadas de Cola-Cao. Utilizó una cantidad generosa, luego le pasó el bote a Cadan, que ya había cogido su taza del estante de encima del fregadero.

– Ahora la llamo -dijo Lew.

– Es más de medianoche -añadió Cadan sin necesidad.

– Mejor tarde que mañana, créeme.

Lew salió de la cocina y fue a su cuarto. Cadan sintió una necesidad urgente de saber qué estaba pasando. En parte era curiosidad y en parte buscaba una forma razonable de tranquilizarse sin cuestionarse por qué necesitaba tranquilizarse. Así que subió las escaleras detrás de su padre.

Su intención era escuchar junto a la puerta de Lew, pero descubrió que no iba a ser necesario. Apenas había llegado al último escalón cuando oyó que Lew alzaba la voz y constató que la conversación iba mal. Las últimas palabras de su padre consistieron básicamente en: «Ione… Por favor, escúchame… Tantas cosas en la cabeza… Saturado de trabajo… Lo olvidé por completo… Porque estoy fabricando una tabla, Ione, y tengo casi dos docenas más… Sí, sí. Lo siento mucho, pero en realidad no me dijiste… Ione…».

Eso fue todo. Luego silencio. Cadan se acercó a la puerta de la habitación de su padre. Lew estaba sentado en el borde de la cama. Tenía una mano sobre el auricular del teléfono, que acababa de posar sobre la horquilla. Miró a Cadan pero no habló, sino que se levantó y fue a por su chaqueta, que había lanzado sobre el asiento de una silla en un rincón del cuarto. Comenzó a ponérsela. Al parecer, volvía a salir.

– ¿Qué pasa? -dijo Cadan.

Lew no le miró mientras contestaba.

– Ya ha tenido suficiente. Me ha dejado.

Parecía… Cadan pensó en ello. ¿Apenado? ¿Cansado? ¿Afligido? ¿Aceptando el hecho de que mientras uno no cambiara, el pasado predeciría con exactitud el futuro?

– Bueno, la has fastidiado -dijo Cadan filosóficamente- al olvidarte de ella y todo eso.

Lew se tocó los bolsillos como si buscara algo.

– Sí, cierto. Bueno, no ha querido escucharme.

– ¿El qué?

– Habíamos quedado para cenar pizza, Cade. Eso es todo. Pizza. ¿Cómo puede esperar que recuerde que habíamos quedado para cenar pizza?

– Qué frío eres, ¿no?

– Tampoco es asunto tuyo.

Cadan sintió que el estómago se le tensaba y le ardía.

– Bueno, supongo que no. Pero cuando quieres que entretenga a tu novia mientras tú estás por ahí, haciendo lo que sea, sí que es asunto mío.

Lew dejó caer la mano de los bolsillos.

– Dios mío -dijo-. Yo… Lo siento, Cade. Estoy de los nervios. Están pasando muchas cosas. No sé cómo explicártelo.

Pero ése era el problema, pensó Cadan. ¿Qué estaba pasando? Cierto, Will Mendick les había dicho que Santo Kerne había muerto -y sí, era una desgracia, ¿no?-, pero ¿por qué la noticia tenía que sumir sus vidas en el caos, en el caso que lo que estuvieran viviendo fuera en efecto un caos?

* * *

Habían construido el cuarto del material de Adventures Unlimited en un antiguo comedor que había sido un salón de baile durante los años de apogeo del hotel de la Colina del Rey Jorge, un apogeo que alcanzó en el periodo de entreguerras.

Cuando Ben Kerne se encontraba en el cuarto del material, a menudo intentaba imaginar cómo habría sido cuando el parqué brillaba, las arañas de luces relucían en el techo y las mujeres flotaban con sus ligeros vestidos de verano en los brazos de los hombres con trajes de lino. Bailaban con una inconsciencia alegre, pues creían que la guerra que iba a poner fin a todas las guerras había terminado, en efecto, con todas las guerras. Descubrieron que se equivocaban, y demasiado pronto, pero pensar en ellos siempre le relajaba, igual que la música que Ben imaginaba que escuchaban: la orquesta tocaba mientras los camareros con guantes blancos ofrecían sándwiches en bandejas de plata. Pensaba en los bailarines -casi podía ver sus fantasmas- y se sentía conmovido por las épocas pasadas. Pero al mismo tiempo siempre sentía consuelo. La gente entraba y salía del Rey Jorge y la vida continuaba.

Ahora, en el cuarto del material, sin embargo, los bailarines de 1933 no invadieron la mente de Ben Kerne. Estaba delante de una hilera de vitrinas, una de las cuales había abierto. Dentro, el material de escalada estaba colgado de unos ganchos, dispuesto ordenadamente en contenedores de plástico y enrollado en estantes. Cuerdas, arneses, eslingas, anclajes y aparatos de leva, cuñas, mosquetones… de todo. Su equipo lo guardaba en otra parte porque le resultaba incómodo tener que bajar aquí a coger lo que quería llevarse si tenía la tarde libre para ir a escalar. Pero el material de Santo ocupaba un lugar destacado y, encima, el propio Ben había clavado orgullosamente un cartel que ponía: No coger. Instructores y alumnos por igual debían saber que aquellas herramientas eran sagradas, la acumulación de tres Navidades y cuatro cumpleaños.

Ahora, sin embargo, no había nada. Ben sabía qué significaba aquello. Comprendió que la ausencia del material de Santo constituía el último mensaje del chico a su padre y sintió su impacto, igual que sintió el peso y experimentó la iluminación repentina que también proporcionaba su mensaje: aquello lo habían provocado sus comentarios -hechos sin pensar y nacidos de un fariseísmo testarudo-. A pesar de todos sus esfuerzos, a pesar de que él y Santo no podían ser más distintos en todo, desde la personalidad al aspecto físico, la historia se repetía en la forma, aunque no en el fondo. Su propia historia hablaba de obcecación, destierro y años de alejamiento. Ahora la de Santo hablaba de censura y muerte. No con muchas palabras sino con el reconocimiento sincero de un pesar que le había llevado a formular una única pregunta maldita, tan alto como si Ben la hubiera gritado: «¿Cómo puedes ser tan miserable para haber hecho algo así?».

Santo habría interpretado aquella pregunta tácita como lo que era, y seguramente cualquier hijo de cualquier padre habría hecho lo mismo y reaccionado con la misma indignación que había llevado a Santo a los acantilados. El propio Ben había reaccionado contra su padre prácticamente del mismo modo a más o menos su misma edad: «Hablas de ser un hombre, yo te enseñaré lo que es ser un hombre».

Pero la razón subyacente de la relación que tenían Ben y Santo seguía pendiente de análisis, aunque no hacía falta abordar en absoluto el porqué superficial del tema, porque Santo sabía exactamente cuál era. Por otro lado, la razón histórica de su relación era demasiado aterradora para planteársela. En lugar de hacerlo, Ben sólo se repetía que Santo era, siempre y simplemente, quien era.

– Pasó y punto -le había confesado Santo a Ben-. Mira, yo no quiero…

– ¿Tú? -dijo Ben, incrédulo-. No sigas, porque lo que quieras no me interesa. Pero lo que has hecho, sí. Lo que has conseguido. La suma total de tu maldito interés personal…

– ¿Por qué demonios te importa tanto? ¿Qué más te da? Si hubiera que arreglar algo, lo habría arreglado, pero no había nada. No hay nada. Nada, ¿vale?

– Los seres humanos no son algo que haya que arreglar. No son pedazos de carne. No son mercancías.

– Estás manipulando mis palabras.

– Tú estás manipulando la vida de las personas.

– Eres injusto. Eres muy injusto, joder.

Como comprobaría que era la mayor parte de la vida, pensó Ben, aunque Santo no vivió lo suficiente para descubrirlo.

¿Y de quién era la culpa, Benesek?, se preguntó. ¿El momento valía el precio que estaba pagando?

Ese momento había sido un solo comentario, que en parte nacía de la rabia pero que en su mayor parte era puro miedo: «Injusto es tener un hijo inútil como tú». Una vez dichas, las palabras quedaron ahí, como pintura negra lanzada en una pared blanca. Su castigo por haberlas pronunciado iba a ser el recuerdo de esa afirmación desgraciada y lo que habían provocado: la cara pálida de Santo y el hecho de que un padre hubiera girado la espalda a su hijo. «Quieres que sea un hombre, yo te enseñaré qué es ser un hombre. Al cien por cien, si debo hacerlo. Pero te lo enseñaré».

Ben no quería pensar en lo que había dicho. De hecho, prefería no volver a pensar en nada nunca más. Su mente quedaría en blanco y así permanecería, permitiéndole pasar por la vida hasta que su cuerpo se extenuara y le reclamara el descanso eterno.

Cerró el armario y volvió a colocar el candado en su sitio. Respiró despacio por la boca hasta que logró dominarse y dejaron de removérsele las tripas. Entonces fue al ascensor y lo llamó. El aparato descendió a una velocidad digna y antigua que concordaba con su calado de hierro abierto. Paró con un crujido y lo llevó a la última planta del hotel, donde estaba el piso de la familia y donde esperaba Dellen.

No acudió a ver a su esposa de inmediato, sino que primero fue a la cocina. Allí, Kerra estaba sentada a la mesa con su pareja. Alan Cheston la observaba y Kerra escuchaba con la cabeza ladeada en dirección a los cuartos. Ben sabía que estaba esperando una señal de cómo iban a ser las cosas.

Su mirada registró a su padre cuando apareció en la puerta. Los ojos de Ben preguntaron. Ella contestó.

– Todavía -fue su respuesta.

– Bien -dijo él.

Se acercó a los fogones. Kerra había puesto el hervidor en el fuego, aún encendido, tan bajo que el vapor escapaba sin hacer ruido y el agua no arrancaba a hervir. Había sacado cuatro tazas, cada una contenía una bolsita de té. Ben vertió el agua en dos de ellas y se quedó ahí plantado, observando cómo se preparaba la infusión. Su hija y su novio estaban en silencio, pero notaba que le clavaban sus ojos y percibía las preguntas que querían formularle. No sólo acerca de él, sino también de cada uno de ellos. Había temas que tratar en cada rincón.

No soportaba la idea de tener que hablar, así que cuando el té se oscureció lo suficiente, echó leche y añadió azúcar a uno y nada al otro. Se los llevó de la cocina y dejó uno momentáneamente en el suelo, delante de la puerta de Santo, que estaba cerrada pero no con llave. La abrió y entró, a oscuras con las dos tazas de té que sabía que ninguno de los dos podría ni querría beber.

Dellen no había encendido las luces y como la habitación de Santo estaba en la parte trasera del hotel, las farolas del pueblo no iluminaban la oscuridad del cuarto. Enfrente de la extensión curvada de la playa de St. Mevan, las luces al final del rompeolas y encima de la esclusa del canal brillaban a través del viento y la lluvia, pero no conseguían expulsar la penumbra de allí. Sin embargo, un haz de luz blanca procedente del pasillo caía en la alfombra de retales sobre el suelo del dormitorio. Ben vio que su mujer se había acurrucado en posición fetal encima de ella. Había arrancado las sábanas y mantas de la cama de Santo y se había tapado. La mayor parte de su cara estaba ensombrecida, pero allí donde no, Ben vio que su expresión era glacial. Se preguntaba si el pensamiento que ocupaba su mente era: «Si hubiera estado aquí… Si no hubiera estado fuera todo el día…». Lo dudaba. Arrepentirse nunca había sido el estilo de Dellen.

Ben cerró la puerta con el pie y Dellen se revolvió. Creyó que iba a hablar, pero se subió las mantas hasta la cara. Se las llevó a la nariz para absorber el olor de Santo. Actuaba como una madre animal y, como un animal, funcionaba por instinto. Había sido su atractivo desde el día que la conoció: cuando ambos eran adolescentes, uno de ellos cachondo y la otra dispuesta.

Lo único que sabía Dellen por ahora era que Santo había muerto, que la policía había ido a verles, que una caída se lo había llevado y que la caída se había producido durante una escalada en un acantilado. Ben no le avanzó más información porque Dellen dijo «¿una escalada?», tras lo cual interpretó la expresión de su marido como siempre había podido hacer y dijo «tú le has hecho esto».

Eso había sido todo. Se quedaron en la recepción del viejo hotel porque Ben no consiguió que entrara más. Cuando Dellen cruzó la puerta, vio al momento que algo pasaba y exigió saberlo, no para eludir la pregunta obvia de dónde había estado ella tantas horas -no creía que nadie tuviera derecho realmente a saberlo-, sino porque lo que pasaba era mucho más importante que saciar la curiosidad sobre su paradero. Ben intentó que subiera al salón, pero ella se mantuvo inflexible, así que se lo dijo allí mismo.

Dellen se acercó a las escaleras. Se detuvo momentáneamente en el escalón de abajo y se agarró a la barandilla como para no caerse. Luego subió.

Ahora, Ben dejó el té con leche y azúcar en el suelo cerca de su cabeza y se sentó en el borde de la cama de Santo.

– Me estás culpando -dijo ella-. Me echas tanto la culpa que apestas, Ben.

– No te culpo. No sé por qué piensas eso.

– Lo pienso porque estamos aquí, en Casvelyn. Fue todo por mí.

– No. Fue por todos nosotros. Yo también estaba cansado de Truro, ya lo sabes.

– Tú te habrías quedado en Truro toda la vida.

– No es así, Dellen.

– Y si estabas cansado, cosa que no me creo, no tenía que ver contigo, ni con Truro, ni con ninguna ciudad. Siento tu odio, Ben. Huele como una alcantarilla.

Él no dijo nada. Fuera, una ráfaga de viento golpeó el lateral del edificio y las ventanas vibraron. Se avecinaba un temporal violento. Ben reconocía las señales. Soplaba viento de mar: traería una lluvia más fuerte del Atlántico. Todavía no habían dejado atrás la época de las tormentas.

– He sido yo -dijo-. Tuvimos unas palabras. Dije algunas cosas…

– Oh, me imagino que sí. Ben el Bueno. Eres un maldito santo.

– No tiene nada de santo salir adelante. No tiene nada de santo aceptar…

– Las cosas no eran así entre mi hijo y tú, no te creas que no lo sé. Eres un cabronazo.

– Ya sabes por qué. -Ben dejó su taza de té en la mesita de noche. Entonces, deliberadamente, encendió la lámpara. Si Dellen le miraba, quería que fuera capaz de verle la cara e interpretar su mirada. Quería que supiera que decía de verdad-. Le dije que debía tener más cuidado. Le dije que las personas son reales, no un juguete. Quería que comprendiera que la vida consiste en algo más que buscar su propio placer.

La voz de Dellen estaba cargada de desprecio.

– Como si él viviera así.

– Sabes que sí. La gente se le da bien, toda. Pero no puede dejar que eso… que ese don suyo provoque que alguien haga daño a otras personas o que él haga sufrir a los demás. No quiere ver…

– ¿No quiere? Está muerto, Ben. Ya no quiere nada.

Ben creyó que Dellen rompería a llorar de nuevo, pero no.

– No es ninguna vergüenza enseñar a los hijos a actuar correctamente, Dellen.

– Lo que significa que tú haces lo correcto, ¿verdad? No él. Tú. Se suponía que tenía que parecerse a ti, ¿no? Pero él no era tú, Ben, y nada podía hacer que se pareciera a ti.

– Ya lo sé. -Ben sintió el peso intolerable de aquellas palabras-. Ya lo sé, créeme.

– No lo sabes. No lo sabías. Y no podías soportarlo, ¿a que no? Tenías que obligarle a ser como tú querías que fuera.

– Dellen, ya sé que tengo la culpa. ¿Crees que no lo sé? Yo tengo tanta culpa de lo sucedido como…

– ¡No! -Se puso de rodillas-. No te atrevas -gritó-. No me recuerdes eso justo ahora porque si lo haces, te juro que si lo haces, si lo mencionas siquiera, si sacas el tema, si lo intentas, si… -Parecía que le fallaban las palabras. De repente, cogió la taza que Ben había dejado en el suelo y se la tiró. El té caliente le quemó el pecho; el borde de la taza le alcanzó en el esternón-. Te odio -dijo, y luego repitió cada palabra más fuerte-: ¡Te odio, te odio, te odio!

Ben se levantó de la cama y se puso de rodillas. Entonces la abrazó. Dellen todavía gritaba su odio cuando la atrajo hacia él y le dio golpes en el pecho, la cara y el cuello antes de que él pudiera agarrarle los brazos.

– ¿Por qué no dejaste que fuera él mismo? Está muerto y lo único que tenías que hacer era dejarle ser él mismo. ¿Tanto te costaba? ¿Era demasiado pedir?

– Sshh -murmuró Ben. La abrazó, la meció, apretó los dedos en su pelo rubio y frondoso-. Dellen, Dellen, Dell. Podemos llorar. Podemos… Tenemos que llorar.

– No lloraré. Suéltame. ¡Que me sueltes!

Dellen se retorció, pero él la sujetó con fuerza. Ben sabía que no podía dejar que saliera del cuarto. Estaba al borde de un ataque de nervios y, si estallaba, todos estallarían con ella y no podía permitirlo. No después de lo de Santo.

Él era más fuerte que ella, así que comenzó a moverla aunque se resistiera. La puso de pie y la sostuvo con el peso de su cuerpo. Ella se retorció para intentar apartarle.

Ben le tapó la boca con la de él. Notó su oposición durante un momento y luego desapareció, como si nunca hubiera existido. Le rasgó la ropa, le arrancó la camisa, la hebilla del cinturón, le bajó los vaqueros con desesperación. Pensó «sí» y no le mostró ninguna ternura mientras le quitaba el jersey por la cabeza. Le subió el sujetador y bajó a sus pechos. Ella jadeó y se bajó la cremallera de los pantalones. Con fiereza, Ben le apartó la mano de un golpe. Lo haría él, pensó. La poseería. Con furia, la desnudó. Ella se arqueó para aceptarle y gritó cuando la penetró.

Después, lloraron.

* * *

Kerra lo oyó todo. ¿Cómo podía no hacerlo? El piso familiar había sido reformado de la manera más económica posible a partir de una serie de habitaciones en la última planta del hotel. Como necesitaban el dinero para invertirlo en otras cosas, habían destinado muy poco a insonorizar las paredes. No eran de papel, pero podrían haberlo sido perfectamente.

Primero oyó sus voces -la de su padre suave y la de su madre alzándose-, luego los gritos, que no pudo obviar, y luego el resto. «Viva el héroe conquistador», pensó.

– Tienes que irte -le dijo a Alan sin ánimo, aunque una parte de ella también decía: «¿Lo entiendes ahora?».

– No -dijo Alan-. Tenemos que hablar.

– Mi hermano ha muerto. Creo que no necesitamos hacer nada.

– Santo -dijo Alan en voz baja-. Tu hermano se llamaba Santo.

Todavía estaban en la cocina, aunque no sentados a la mesa donde estaban cuando Ben había entrado. Con el ruido cada vez más fuerte procedente del dormitorio de Santo, Kerra se había alejado de la mesa e ido al fregadero. Allí había abierto el agua para llenar un cazo, aunque no tenía ni idea de qué haría con él.

Se quedó allí después de cerrar los grifos. Fuera veía Casvelyn, sólo la parte de arriba, donde St. Issey Road se cruzaba con St. Mevan Crescent. Un supermercado poco atractivo llamado Blue Star se extendía como un pensamiento desagradable en aquella intersección en forma de V, un bunker de ladrillo y cristal que hizo que se preguntara por qué los establecimientos modernos tenían que ser tan feos. Las luces todavía estaban encendidas para las compras tardías y justo detrás había más luces, indicios de los coches que avanzaban cuidadosamente por los límites noroccidental y suroriental de St. Mevan Down. Los trabajadores volvían a casa por la noche, a las diversas aldeas que durante siglos habían ido surgiendo como setas en la costa. «Refugios para los traficantes», pensó Kerra. Cornualles siempre había sido una tierra sin ley.

– Vete, por favor -le dijo.

– ¿Quieres contarme qué está pasando aquí? -dijo Alan.

– Santo -y pronunció su nombre deliberadamente despacio- es lo que está pasando aquí.

– Tú y yo somos pareja, Kerra. Cuando la gente…

– Pareja -le interrumpió-. Ah, sí. Cuánta razón tienes.

Alan no hizo caso a su sarcasmo.

– Cuando la gente tiene pareja, se enfrentan juntos a las cosas. Estoy aquí, me voy a quedar. Así que puedes escoger a qué vas a enfrentarte conmigo.

Kerra le lanzó una mirada. Esperaba que interpretara desdén en ella. No era así como se suponía que tenía que comportarse, y menos ahora. No le había elegido como pareja para que acabara revelando un aspecto de él que demostraba que era alguien a quien no conocía en realidad. Él era Alan, ¿verdad? Alan. Alan Cheston. Un tipo con problemas respiratorios que lo pasaba mal en invierno, que a menudo era prudente hasta extremos exasperantes, que iba a misa, que quería a sus padres, que no era atlético; que era oveja, no pastor. También era respetuoso, y respetable. Era el tipo de tío que le había dicho «¿puedo…?» antes de intentar cogerle la mano. Pero ahora… Esta persona de ahora… No era el Alan que no se había perdido ni una sola cena en casa de sus padres todos los domingos desde que había terminado la universidad y la maldita facultad de económicas de Londres. No era el Alan de melena corta y piel blanca que practicaba yoga y servía comidas a domicilio a ancianos y que nunca se había metido en el Sea Pit, justo encima de la playa de St. Mevan, sin comprobar primero con la punta del pie cómo estaba el agua. Él no tenía que decirle a ella cómo iban a ser las cosas.

Sin embargo, ahí estaba, haciendo justo eso. Ahí estaba delante de la nevera de acero inoxidable y parecía… implacable, pensó Kerra. Aquella imagen le heló la sangre.

– Habla conmigo -le dijo él. Su voz era firme.

Aquella firmeza la desmontó, así que la respuesta que le dio fue:

– No puedo.

Ni siquiera había querido decir eso. Pero los ojos de Alan, que por lo general eran tan deferentes, en esos momentos eran persuasivos. Kerra sabía que aquello nacía del poder, del conocimiento, de la falta de miedo, y de dónde provenía aquello fue lo que provocó que Kerra le diera la espalda. Iba a cocinar, decidió. Al fin y al cabo, todos tendrían que comer algo.

– De acuerdo -dijo Alan-. Pues hablaré yo.

– Tengo que cocinar, tenemos que comer algo. Si estamos débiles, todo irá a peor. Va a haber que hacer muchas cosas los próximos días. Preparativos, llamadas. Alguien tiene que telefonear a mis abuelos. Santo era su preferido. Yo soy la mayor de los nietos (somos veintisiete…, ¿no te parece obsceno, con la superpoblación y todo eso?), pero Santo era su preferido. Pasábamos temporadas con ellos, a veces un mes; una vez nueve semanas. Hay que decírselo y mi padre no lo hará. No se hablan él y mi abuelo, salvo que no les quede más remedio.

Cogió un libro de cocina. Tenía varios, todos en un atril en la encimera, resultado de las clases de cocina que había tomado. Algún Kerne tenía que aprender a planificar comidas nutritivas, económicas y sabrosas para los grandes grupos que reservarían en Adventures Unlimited. Contratarían a un cocinero, naturalmente, pero ahorrarían dinero si las comidas las planificaba alguien que no fuera un chef profesional. Kerra se había presentado voluntaria para el trabajo. No estaba interesada en nada que tuviera que ver con la cocina, pero sabía que no podían confiárselo a Santo y dejarlo en manos de Dellen habría sido una ridiculez. El primero era un cocinero pasable a pequeña escala, pero se distraía con facilidad por todo, desde una música en la radio hasta un alcatraz que pasara volando en dirección a Sawsneck Down. En cuanto a la segunda, todo lo que estuviera relacionado con Dellen podía cambiar en un segundo, incluida su disposición a participar en los asuntos familiares.

Kerra abrió el libro que había elegido al azar. Comenzó a pasar páginas para encontrar algo complicado, algo que requiriera toda su atención. La lista de ingredientes debía ser impresionante, y si había algo que no tuvieran en la cocina, mandaría a Alan a comprarlo al supermercado Blue Star. Si se negaba, iría ella. En cualquier caso estaría ocupada, que era como quería estar.

– Kerra -dijo Alan.

Ella no le hizo caso. Se decidió por jambalaya con arroz sucio y judías verdes, junto con pudín de pan. Tardaría horas y le parecía bien. Pollo, salchichas, gambas, pimientos verdes, caldo de almejas… La lista seguía y seguía. Haría lo suficiente para una semana, decidió. Le vendría bien la práctica y todos podrían probarlo y recalentarlo en el microondas cuando quisieran. ¿Verdad que los microondas eran maravillosos? ¿Verdad que habían simplificado la vida? Dios mío, ¿verdad que tener un aparato como un microondas donde poder meter también a la gente sería la respuesta a las plegarias de cualquier chica? No para calentarla, sino para convertirla en algo distinto a lo que era. ¿A quién habría metido ella primero?, se preguntó. ¿A su madre? ¿A su padre? ¿A Santo? ¿A Alan? A Santo, por supuesto. Siempre a Santo. «Adentro, hermano. Deja que programe el temporizador y gire la rueda y espere a que emerja alguien nuevo.»

Ahora ya no hacía falta. Ahora Santo había cambiado para siempre. Se acabaron las quimeras, se acabó andar por el mundo sin preocuparse por nada siguiendo los senderos que se abrían ante él, se acabaron los actos irreflexivos para conseguir aquello que le hacía sentir bien. «La vida es más que eso y supongo que ahora lo sabes, Santo. En el último momento lo supiste. Tuviste que saberlo. Te precipitaste contra las rocas sin que se produjera un milagro en el último segundo y en el preciso instante en que te estrellaste contra el suelo por fin supiste que había otras personas en tu mundo y que debías responder por el dolor que les causabas. Era demasiado tarde entonces para enmendarte, pero siempre era mejor tarde que nunca cuando la cuestión era conocerse a uno mismo, ¿verdad?»

Kerra notaba como si unas burbujas crecieran en su interior. Eran calientes, como las burbujas del agua hirviendo, y como el agua hirviendo ardían en deseos por salir. Reunió fuerzas para no dejarlas escapar y cogió una botella de cristal de aceite de oliva de otro armario, sobre la encimera. Se dio la vuelta para medir las cucharadas, pensando «¿cuánto aceite…?» y la botella se le resbaló de las manos. Cayó al suelo, naturalmente, y se rompió en dos trozos perfectos. El aceite formó un charco viscoso. Salpicó los fogones, los armarios y su ropa. Kerra dio un salto hacia un lado, pero no logró escapar.

– ¡Mierda! -gritó, y al fin sintió la amenaza de las lágrimas-. ¿Puedes irte, por favor? -le dijo a Alan. Agarró un rollo de papel de cocina y empezó a desplegarlo encima del aceite. Totalmente incapaz de realizar la tarea, quedaba empapado por completo en cuanto tocaba el líquido.

– Déjame a mí, Kerra -dijo Alan-. Siéntate. Déjame a mí.

– ¡No! -dijo ella-. Yo lo he ensuciado, yo lo limpio.

– Kerra…

– No. He dicho que no. No necesito tu ayuda, no quiero tu ayuda. Quiero que te marches, ¡vete!

En un estante cerca de la puerta había apiladas una docena o más de ejemplares del Watchman. Alan los cogió e hizo buen uso del periódico de Casvelyn. Kerra observó cómo el aceite empapaba las hojas impresas, Alan hizo lo mismo. Estaban en lados opuestos del charco. Ella lo consideró un abismo, pero Kerra sabía que él lo veía como una molestia momentánea.

– No tienes que sentirte culpable por haberte enfadado con Santo -le dijo Alan-. Tenías derecho a enfadarte. Tal vez él pensara que era irracional, incluso una estupidez que te preocuparas por algo que a él le parecía una tontería. Pero tenías tus motivos para sentir lo que sentías y tenías derecho. En realidad, siempre tenemos derecho a sentir lo que sentimos. Así son las cosas.

– Te pedí que no trabajaras aquí. -Su voz carecía de expresión, había agotado todas sus emociones.

Alan parecía perplejo. Kerra se percató de que, para él, era un comentario que salía de la nada, pero en aquel momento resumía todo lo que sentía ella pero era incapaz de decir.

– Kerra, los trabajos no caen del cielo. Soy bueno en lo mío. Estoy dando notoriedad a este lugar. ¿Sabes el artículo del Mail on Sunday? Nos entran reservas cada día gracias a él. Las cosas están difíciles ahí fuera y si queremos labrarnos una vida en Cornualles…

– No queremos -dijo ella-. No podemos. Ahora no.

– ¿Por lo de Santo?

– Oh, vamos, Alan.

– ¿De qué tienes miedo?

– No tengo miedo. Nunca tengo miedo.

– Y una mierda. Estás enfadada porque tienes miedo. Enfadarse es más fácil, tiene más sentido.

– No sabes de lo que hablas.

– Eso es cierto. Cuéntamelo.

Kerra no podía. Demasiadas cosas pendían de un hilo para hablar: demasiadas cosas vistas y experimentadas a lo largo de demasiados años. Explicárselo todo a Alan era superior a ella. Debía aceptar su palabra como la verdad y debía actuar de acuerdo a eso.

Que no lo hubiera hecho, que continuara negándose a hacerlo era la sentencia de muerte de su relación. Kerra se dijo que, por ese motivo, nada de lo que había sucedido aquel día importaba en realidad.

En el preciso instante en que pensó aquello, sin embargo, supo que estaba mintiéndose a sí misma. Pero eso tampoco importaba.

* * *

Selevan Penrule pensaba que era una chorrada, pero cogió las manos de su nieta de todos modos. Uno frente al otro en la mesa estrecha de la caravana, cerraron los ojos y Tammy comenzó a rezar. Aunque captó la esencia de las palabras, Selevan no las escuchó, sino que contempló las manos de su nieta. Las tenía secas y frías, pero tan finas que le pareció que podría aplastarlas apretando con fuerza los dedos.

– No come bien, padre Penrule -le había dicho su cuñada. Detestaba que lo llamara así, hacía que se sintiera como un cura renegado, pero no dijo nada para corregir a Sally Joy, ya que ni ella ni su marido se habían molestado en hablar con él en años. Así que gruñó y dijo que él engordaría a la niña-. Está en África, mujer, ¿acaso no lo sabes? Os lleváis a la niña a Rhodesia…

– Zimbabue, padre Penrule. Y en realidad estamos…

«Llamadlo como queráis, joder. Os la lleváis a Rhodesia y la exponéis a Dios sabe qué y eso acaba con el apetito de cualquiera, os lo digo yo.»

Entonces Selevan se percató de que había llevado las cosas demasiado lejos, porque Sally Joy se quedó callada un momento. Se la imaginó allí en Rhodesia o donde fuera que estuviera, sentada en el porche en una silla de ratán con las piernas estiradas y una bebida en la mesa a su lado… una limonada, sería, una limonada con un poquito de… «¿De qué, Sally Joy? ¿Qué hay en ese vaso que hace que Rhodesia merezca tanto la pena para ti?» Refunfuñó ruidosamente y dijo:

– Bueno, da igual. Mandádmela. Yo la meteré en cintura.

– ¿Vigilarás lo que come?

– Religiosamente.

Y lo había hecho. Esa noche había probado la comida treinta y nueve veces. Treinta y nueve cucharadas de unas gachas que habrían instado a Oliver Twist a liderar una rebelión armada. Sin leche, sin pasas, sin canela, sin azúcar. Sólo una avena aguada y un vaso de agua. Ni siquiera le tentaban las chuletas y verduras de su abuelo, qué va.

– … porque Tu voluntad es lo que buscamos. Amén -dijo Tammy, y él abrió los ojos y se encontró con los de ella. Su expresión era cariñosa. Selevan le soltó los dedos deprisa.

– Vaya estupidez -dijo bruscamente-. Lo sabes, ¿no?

Ella sonrió.

– Ya me lo has dicho. -Pero se acomodó para que pudiera decírselo otra vez y apoyó la mejilla en la palma de la mano.

– Rezamos antes de cada maldita comida -gruñó-. ¿Por qué diablos tenemos que rezar también después?

Ella contestó de manera automática, pero no mostró ningún indicio de estar hartándose de una discusión que habían tenido como mínimo dos veces a la semana desde que había llegado a Cornualles.

– Damos las gracias al principio. Agradecemos a Dios los alimentos que tenemos. Luego al final rezamos por los que no tienen suficiente comida para sustentarse.

– Si los puñeteros están vivos es que tienen comida suficiente para sustentarse, ¿no te parece, maldita sea? -replicó él.

– Yayo, ya sabes qué quiero decir. Hay una diferencia entre estar vivo simplemente y tener suficiente para sustentarse. Sustentarse significa más que vivir; significa tener suficientes alimentos para funcionar bien. Mira Sudán, por ejemplo…

– Para el carro, señorita. Y no te muevas. -Bajó del banco. Recorrió con el plato la corta distancia que lo separaba del fregadero de la caravana para fingir otra tarea, pero en lugar de ponerse a fregarlo, cogió la mochila de Tammy de la percha de detrás de la puerta y dijo-: Echemos un vistazo.

– Yayo -dijo ella con voz paciente-. No puedes detenerme, ya lo sabes.

– Lo que sé es que tengo un deber para con tus padres, mi niña.

Llevó la mochila a la mesa y vació su contenido: en la portada una joven madre negra con un vestido tribal sostenía a su hijo, ella apesadumbrada y los dos hambrientos. Desenfocados al fondo había muchísimos más, esperando con una mezcla de esperanza y confusión. La revista se llamaba Crossroads y él la cogió, la enrolló y se dio unas palmaditas con ella en la palma de la mano.

– Bien -dijo-. Otra ración de papilla para ti, pues. Eso o chuletas. Tú eliges.

Se guardó la revista en el bolsillo de atrás de los pantalones caídos. Ya se encargaría luego de ella, cuando Tammy se marchara.

– Ya he comido suficiente, de verdad. Yayo, como lo suficiente para seguir viva y sana y eso es lo que quiere Dios. No estamos pensados para tener exceso de carne. Aparte de no ser bueno para nosotros, tampoco está bien.

– Ah, es un pecado, ¿verdad?

– Bueno… Puede serlo, sí.

– ¿Así que tu yayo es un pecador? Voy a ir de cabeza al infierno en una bandeja de alubias mientras tú tocas el arpa con los ángeles, ¿eh?

Tammy soltó una carcajada.

– Sabes que no pienso eso.

– Lo que tú piensas es una soberana tontería. Lo que yo sé es que esta etapa que estás pasando…

– ¿Etapa? ¿Y cómo lo sabes cuando tú y yo llevamos viviendo juntos… qué? ¿Dos meses? Antes ni siquiera me conocías, yayo. En realidad no.

– Eso no importa. Conozco a las mujeres. Y tú eres una mujer a pesar de lo que haces contigo para parecer una niña de doce años.

Tammy asintió pensativamente y Selevan vio por la expresión de su cara que estaba a punto de tergiversar sus palabras y utilizarlas contra él, ya que parecía toda una experta en ello.

– A ver si lo entiendo -dijo ella-. Tuviste cuatro hijos y una hija y ésta (la tía Nan, sería, naturalmente) se marchó de casa a los dieciséis años para no regresar salvo en Navidades y algún que otro día de fiesta. Eso nos deja al abuelo y a la mujer o novia de turno que tus hijos llevaran a casa, ¿verdad? Así que ¿cómo puedes conocer a las mujeres si has tenido un contacto tan limitado con ellas, yayo?

– No te hagas la listilla conmigo. Llevaba casado con tu abuela cuarenta y seis años cuando la pobre la palmó, así que tuve mucho tiempo para conocer a tu especie.

– ¿Mi especie?

– La especie femenina. Y lo que sé es que las mujeres necesitan a los hombres tanto como los hombres a las mujeres, y quien piense lo contrario piensa con el culo.

– ¿Qué hay de los hombres que necesitan a los hombres y las mujeres que necesitan a las mujeres?

– ¡No vamos a hablar de eso! -declaró él indignado-. En mi familia no habrá pervertidos, que no te quepa la menor duda.

– Ah. Eso piensas, que son pervertidos.

– Es lo que sé. -Metió sus posesiones otra vez en la mochila y la dejó en la percha antes de darse cuenta de cómo Tammy había cambiado el tema que él había elegido tratar. Esa maldita niña era como un pez escurridizo cuando se trataba de hablar. Se retorcía y retorcía y evitaba la red. Bueno, esta noche no ocurriría. Plantaría cara a su astucia. Tener a Sally Joy de madre diluía la inteligencia que llevaba en la sangre. La de él no-. Una etapa. Punto. Las chicas de tu edad pasan por etapas. Esta tuya podría parecer distinta a la de las otras, pero una etapa es una etapa. Y reconozco una cuando la tengo delante, ¿sabes?

– ¿Ah, sí?

– Y tanto. Ha habido señales, por cierto, por si crees que voy de farol. Te vi con él, ¿sabes?

Tammy no respondió, sino que llevó su vaso y su cuenco al fregadero y se puso a fregarlos. Tiró a la basura el hueso de la chuleta que había comido su abuelo y colocó los cazos, los platos, los cubiertos y los vasos en la encimera en el orden en que pensaba lavarlos. Llenó el fregadero. Salió vapor. Selevan pensó que alguna noche iba a escaldarse, pero parecía que el agua caliente no le molestaba.

Cuando empezó a fregar siguió sin decir nada; Selevan cogió un paño de cocina para secar y volvió a hablar.

– ¿Me has oído, chica? Te vi con él, así que no le digas a tu abuelo que no te interesa, ¿eh? Sé lo que vi y sé lo que sé. Cuando una mujer mira a un hombre como tú le miraste a él… Eso me dice que no te conoces, digas lo que digas.

– ¿Y dónde nos viste, yayo? -preguntó ella.

– ¿Qué importa eso? Ahí estabais, las cabezas juntas, abrazados… Como hacen los novios, por cierto…

– ¿Y te preocupó que pudiéramos ser novios?

– No intentes eso conmigo. Ni se te ocurra intentarlo, señorita. Una vez por noche es suficiente y tu abuelo no es tan estúpido como para tropezar dos veces con la misma piedra. -Tammy había fregado su vaso de agua y la jarra de cerveza de Selevan y él cogió la segunda y metió el paño dentro. La giró y la dejó brillante-. Estabas interesada; lo estabas, puñetas.

Ella se quedó quieta. Miraba por la ventana hacia las cuatro hileras de caravanas que había más abajo de la suya. Estaban dispuestas hacia el borde del acantilado y el mar. En esta época del año sólo una estaba ocupada -la más cercana al precipicio- y tenía la luz de la cocina encendida. Con la lluvia, parpadeaba en la oscuridad de la noche.

– Jago está en casa -dijo Tammy-. Tendrías que invitarle a comer pronto, no es bueno que la gente mayor pase tanto tiempo sola. Y ahora va a estarlo… Echará muchísimo de menos a Santo, aunque no creo que lo reconozca nunca.

Ah. Ahí estaba. Había pronunciado el nombre. Ahora Selevan podía hablar del chico con libertad.

– Dirás que no fue nada, ¿verdad? -dijo-. Un… ¿cómo lo llamáis? Un interés pasajero, un poco de flirteo… Pero yo lo vi y sé que tú estabas dispuesta. Si él hubiera dado un paso…

Tammy cogió un plato y lo fregó a conciencia. Sus movimientos eran lánguidos. No había ninguna sensación de urgencia en nada de lo que hacía.

– Lo malinterpretaste, yayo. Santo y yo éramos amigos. Hablaba conmigo. Necesitaba a alguien con quien hablar y me escogió a mí.

– Fue él, no tú.

– No. Fuimos los dos. A mí me parecía bien. Me gustaba que se volcara en mí.

– Ya. No me mientas.

– ¿Por qué iba a mentirte? Él hablaba y yo le escuchaba. Y si quería saber mi opinión sobre algo, le decía lo que pensaba.

– Os vi abrazados, chica.

Tammy ladeó la cabeza mientras lo miraba. Examinó su cara y luego sonrió. Sacó las manos del agua y, goteando como estaban, le rodeó con sus brazos. Le dio un beso mientras él se agarrotaba e intentaba resistirse.

– Querido abuelito -dijo-. Abrazarse ya no significa lo que podía significar antes: significa amistad. Y estoy siendo sincera.

– Sincera -dijo él-. Ya.

– Sí. Yo siempre intento ser sincera.

– ¿Contigo misma también?

– Especialmente conmigo misma.

Se puso a fregar los platos de nuevo y lavó su cuenco de gachas cuidadosamente y luego empezó con los cubiertos. Ya había terminado cuando volvió a hablar. Y entonces lo hizo en voz muy baja y Selevan no se habría enterado si no hubiera aguzado el oído para escuchar algo bastante distinto a lo que dijo.

– Le dije que también fuera sincero -murmuró-. Si no lo hubiera hecho, yayo… Es algo que me preocupa bastante.

Capítulo 6

– Los dos sabemos que puedes organizarlo si quieres, Ray. Es lo único que te pido que hagas.

Bea Hannaford levantó su taza de café matutino y miró a su ex marido por encima del borde, intentando determinar cuánto más podía presionarle. Ray se sentía culpable por varias cosas y Bea nunca escatimaba a la hora de apretar las tuercas cuando consideraba que se trataba de una buena causa.

– No es pertinente -dijo-. Y aunque se hiciera, no puedo mover esos hilos.

– ¿Siendo subdirector? Por favor. -Se abstuvo de poner los ojos en blanco. Sabía que él lo odiaba y se anotaría un punto si lo hacía. Había momentos en que haber estado casada casi veinte años con alguien venía muy bien y éste era uno de ellos-. No puedes pretender que me lo trague.

– Puedes hacer lo que quieras -dijo Ray-. En cualquier caso, todavía no sabes qué tienes y no lo sabrás hasta que los forenses te digan algo, así que estás adelantándote a los acontecimientos. Algo que, por cierto, se te da muy bien.

Eso era un golpe bajo, pensó ella. Era uno de esos comentarios de ex marido, de esos que provocan una pelea en la que se dicen cosas con intención de herir. No estaba dispuesta a participar. Se acercó a la cafetera y llenó su taza. Extendió la jarra de cristal hacia Ray. ¿Quería más? Sí. Lo tomaba igual que ella, solo, lo que simplificaba al máximo las cosas entre un hombre y una mujer que llevaban divorciados casi quince años.

Ray había aparecido en su casa a las 8.20. Bea fue a abrir, suponiendo que el mensajero de Londres había llegado mucho antes de lo esperado, pero al hacerlo se encontró a su ex marido en la puerta. Tenía el ceño fruncido en dirección a la ventana de entrada, donde había un macetero triple que desplegaba una colección de plantas que sufrían la agonía del descuido. Encima había un cartel con las palabras: Donación para enfermeras a domicilio/Deje el dinero en la caja. Sin duda, las pobres enfermeras a domicilio no iban a beneficiarse de los esfuerzos de Bea por engrosar sus arcas.

– Veo que sigues sin aficionarte a la jardinería -dijo Ray.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó-. ¿Dónde está Pete?

– En el colegio, ¿dónde iba a estar? Y no le ha gustado nada que le obligara a comer dos huevos esta mañana en lugar de lo de siempre. ¿Desde cuando está permitido comer pizza fría para desayunar?

– Te ha mentido. Bueno… esencialmente. Sólo fue una vez. El problema es que tiene una memoria prodigiosa.

– La utiliza de manera sincera.

Bea regresó a la cocina en lugar de contestar. Él la siguió. Llevaba una bolsa de plástico en la mano y la dejó sobre la mesa. Contenía la razón de su visita: las botas de fútbol de Pete. Bea no quería que dejara las botas en casa de su padre, y tampoco quería que se las llevara al colegio, ¿no? Así que se las había traído.

Bea bebió un sorbo de café y le ofreció una taza. Ya sabía dónde estaban, le dijo. Pero hizo el ofrecimiento antes de pensar en ello. La cafetera estaba al lado del calendario y lo que había en el calendario no sólo era el horario de Pete, sino también el suyo. De acuerdo, el suyo era bastante críptico, pero Ray no era tonto.

Leyó algunas de las anotaciones en los recuadros de los días. Sabía qué estaba viendo: «Capullo charlatán», «capullo problemático». Había otras, como observaría si retrocedía tres meses. Trece semanas de citas por Internet: tal vez hubiera millones de peces en el mar, pero Bea Hannaford seguía pescando latas y algas.

Fue básicamente para impedir otra absurda conversación sobre su decisión de reincorporarse al mundo de las citas lo que instó a Bea a sacar el tema de montar un centro de operaciones en Casvelyn. Debería estar en Bodmin, naturalmente, donde la organización sería mínima, pero Bodmin estaba a kilómetros y kilómetros de Casvelyn y ambos puntos sólo estaban unidos por carreteras rurales lentas de dos carriles. Quería, le explicó, un centro de operaciones que se encontrara más cerca de la escena del crimen.

Ray insistió en el tema otra vez.

– No sabes si es la escena de un crimen. Podría ser la escena de un trágico accidente. ¿Qué te hace pensar que es un crimen? No se trata de una de tus corazonadas, ¿verdad?

Bea quiso decir «yo no tengo corazón, como bien recuerdas», pero calló. Con los años había mejorado mucho su capacidad de dejar pasar los temas que no podía controlar, uno de los cuales era la opinión que su ex marido tenía de ella.

– El cadáver presenta algunas marcas -dijo-. Tenía un ojo morado, que ya estaba curándose, así que imagino que se peleó con alguien la semana pasada o antes. Luego está la eslinga, esa cuerda que se ata a un árbol o algún otro objeto fijo.

– Para eso son las cuerdas -murmuró Ray.

– Sé indulgente conmigo, Ray, porque no tengo ni idea de escalada. -Bea no perdió la paciencia.

– Lo siento -dijo él.

– En cualquier caso, la eslinga se rompió, por eso cayó el chico, pero creo que pudieron manipularla. El agente McNulty, quien por cierto no tiene ningún futuro en la investigación criminal, señaló que la eslinga tenía cinta aislante alrededor de un corte, así que no es extraño que la escalada resultara fatal para el pobre chaval. No obstante, todos y cada uno de los artículos de su equipo tenían cinta aislante en algún punto, y creo que se utiliza para identificar el material por alguna razón. Si es así, ¿qué dificultad podría suponer para alguien arrancar la cinta, aflojar la eslinga de algún modo y luego volver a colocar la cinta sin que el chico se enterara?

– ¿Has examinado el resto del equipo?

– Todos los artículos están con los forenses y sé bastante bien qué van a decirme. Y por todo ello necesito un centro de operaciones.

– Pero no por eso lo necesitas en Casvelyn.

Bea apuró el resto del café y dejó la taza en el fregadero con el cuenco. Ni la enjuagó ni la lavó y se percató de que ése era otro beneficio más de vivir sin marido. Si no le apetecía fregar los platos, no tenía que hacerlo sólo para calmar la bestia salvaje de la personalidad compulsiva.

– Los hechos ocurrieron allí, Ray, en Casvelyn. No en Bodmin, ni siquiera aquí en Holsworthy. El pueblo tiene comisaría de policía, es pequeña pero adecuada y hay una sala de reuniones en el primer piso que también resulta óptima.

– Has hecho los deberes.

– Intento facilitarte las cosas. Te doy los detalles para apoyar los preparativos. Sé que puedes organizarlo.

Ray se quedó mirándola. Ella evitó mirarle. Era un hombre atractivo -estaba quedándose un poco calvo, pero no le sentaba mal- y no necesitaba compararle con el Capullo Charlatán ni con cualquiera de los otros. Sólo necesitaba que colaborara o se marchara. O que colaborara y se marchara, que sería mucho mejor.

– ¿Y si lo organizo, Beatrice? -dijo.

– ¿Qué?

– ¿Qué me darás a cambio? -Estaba al lado de la cafetera y echó otro vistazo al calendario-. «Capullo problemático» -leyó-, «capullo charlatán». Venga ya, Beatrice.

– Gracias por traer las botas de fútbol de Pete -le dijo-. ¿Te has terminado el café?

Ray dejó pasar un momento. Luego dio un último trago y le dio la taza, diciendo:

– Tendrían que haber sido menos caras.

– Tiene gustos caros. ¿Cómo va el Porsche, por cierto?

– El Porsche es un sueño -dijo.

– El Porsche es un coche -le recordó ella. Levantó un dedo para evitar que replicara-. Lo que me hace pensar en… el coche de la víctima.

– ¿Qué pasa con él?

– ¿Qué te sugiere una caja de preservativos sin abrir en el coche de un chico de dieciocho años?

– ¿Es una pregunta retórica?

– Estaban en su coche junto con un CD de bluegrass, una factura en blanco de algo llamado LiquidEarth y un póster enrollado de un festival de música del año pasado en Cheltenham. Y dos revistas de surf arrugadas. Lo tengo todo controlado, pero los preservativos…

– Menos mal -dijo Ray con una sonrisa.

– …me pregunto si el chico iba a tener suerte, si ya tenía suerte o si esperaba tenerla.

– O simplemente tenía dieciocho años -apuntó Ray-. Todos los chicos de su edad deberían ir igual de bien preparados. ¿Qué hay de Lynley?

– Preservativos, Lynley. ¿Adonde va todo esto?

– ¿Cómo fue el interrogatorio?

– La presencia de un poli no va a intimidarle, precisamente, así que tendría que decir que el interrogatorio fue bien. Daba igual cómo formulara las preguntas, sus respuestas fueron coherentes. Creo que dice la verdad.

– ¿Pero…? -la instó a continuar Ray.

La conocía demasiado bien: su tono de voz, la expresión de su cara, que intentó controlar pero no lo consiguió, obviamente.

– Me preocupa la otra -dijo.

– La otra… Ah. La mujer de la cabaña. ¿Cómo se llamaba?

– Daidre Trahair. Es veterinaria en Bristol.

– ¿Y qué es lo que te preocupa de la veterinaria de Bristol?

– Tengo intuición.

– Lo sé muy bien. ¿Y qué te dice esta vez?

– Que miente sobre algo. Quiero saber qué es.

* * *

Daidre dejó su Opel perfectamente estacionado en el aparcamiento que había al final de St. Mevan Crescent, que describía una curva lenta hacia la playa de St. Mevan y el hotel de la Colina del Rey Jorge, bien plantado sobre la arena. Debajo había una hilera de casetas de playa decrépitas de color azul. Cuando le dejó al pie de Belle Vue Lane y le señaló dónde estaban las tiendas, ella y Thomas Lynley decidieron reencontrarse al cabo de dos horas.

– Espero no estar causándote ninguna molestia -dijo él educadamente.

– No -le aseguró ella. Tenía que hacer varias cosas en el pueblo de todas formas. Thomas debía tomarse su tiempo para comprar lo que necesitara.

Cuando Daidre fue a recogerle al Salthouse Inn, al principio el hombre protestó ante aquella idea. Aunque olía bastante mejor que el día anterior, seguía vistiendo el mono blanco espantoso y no llevaba más que unos calcetines en los pies. Había tenido la prudencia de quitárselos para cruzar el sendero embarrado hasta su coche y cuando ella le puso doscientas libras en la mano, él intentó insistir en que comprar ropa nueva podía esperar.

– Por favor -dijo Daidre-, no seas ridículo, Thomas. No puedes seguir paseándote por aquí como… Bueno, como si salieras de una brigada de productos químicos peligrosos o como lo llamen. Ya me devolverás el dinero. Además -y entonces sonrió-, detesto ser yo quien te lo diga, pero el blanco te sienta fatal.

– ¿Sí? -Thomas le devolvió la sonrisa. Era bastante agradable y Daidre cayó en la cuenta de que no le había visto sonreír hasta ese momento. No es que el día anterior hubiera sucedido algo concreto por lo que sonreír, pero aun así… Era una respuesta prácticamente automática en la mayoría de las personas, una reacción que no era más que una señal pasajera de educación, así que era insólito encontrarse con alguien tan serio.

– Fatal de verdad -contestó ella-. Así que cómprate algo que te quede bien.

– Gracias. Eres muy amable.

– Sólo soy amable con las personas heridas -respondió ella.

Thomas asintió pensativo y miró por el parabrisas un momento, tal vez meditando sobre la forma en que Belle Vue Lane ascendía en un callejón estrecho hasta las zonas más altas de la ciudad.

– Dos horas entonces -dijo al fin, y se bajó del coche y la dejó preguntándose qué asuntos ocupaban su mente.

Daidre arrancó mientras Thomas caminaba descalzo hacia la tienda de ropa. Pasó por delante de él, le saludó con la mano y vio por el retrovisor que se quedaba mirándola desde la acera mientras subía la colina hacia donde la calle desaparecía tras una curva y se dividía en dos direcciones, una hacia el aparcamiento y la otra hacia St. Mevan Down.

Era el punto más alto de Casvelyn. Desde aquí podía empaparse de la naturaleza sin encanto del pueblecito. Había vivido sus años de apogeo hacía más de setenta años, cuando se pusieron de moda las vacaciones en la costa. Ahora existía principalmente para satisfacer a los surfistas y otros entusiastas de las actividades al aire libre, con salones de té transformados tiempo atrás en tiendas de camisetas, de recuerdos y academias de surf y casas poseduardianas reconvertidas en posadas de mala muerte para la población ambulante que seguía las temporadas y las olas.

Se dirigió a las oficinas del Watchman, que estaban embutidas en una especie de cubo feo de estuco azul en el cruce de Princes Street y Queen Street, una zona de Casvelyn que los lugareños llamaban en broma «la T Real». Princes Street era la horizontal de la T y Queen Street la vertical. Debajo de Queen Street estaba King Street y cerca se encontraban Duke Street y Duchy Row. En la época victoriana, e incluso antes, Casvelyn había deseado añadir «de los Reyes» a su nombre, y las denominaciones de sus calles presentaban un testimonio histórico de ello.

Cuando le había dicho a Thomas Lynley que tenía cosas que hacer en el pueblo no había mentido… exactamente. Al fin y al cabo tenía que ocuparse de la ventana rota de la cabaña, pero más allá de eso estaba el tema no menos importante de la muerte de Santo Kerne. El Watchman cubriría la caída del adolescente en Polcare Cove y, como no recibía ningún periódico en Cornualles, sería perfectamente lógico que pasara por las oficinas del diario para ver si pronto estaría disponible un ejemplar con esta historia.

Cuando entró, vio de inmediato a Max Priestley. El lugar era bastante pequeño -consistía en el despacho de Max, la sala de maquetación, una sala de redacción minúscula y una recepción que hacía las veces de archivo del periódico-, así que no le sorprendió. Se encontraba en la sala de maquetación en compañía de uno de los dos reporteros del diario y los dos estaban inclinados sobre lo que parecía la maqueta de una portada, que al parecer Max quería cambiar y que la reportera -que parecía una niña de doce años con chanclas- quería dejar tal cual.

– Es lo que espera la gente -insistía ella-. Es un periódico local y él vivía en el pueblo.

– Muere la reina y le dedicamos ocho líneas -contestó Max-. Si no, no nos inspiramos. -Entonces alzó la vista y vio a Daidre.

Ella levantó la mano con inseguridad y le examinó tan detenidamente como pudo sin que resultara obvio. Era un hombre al que le gustaba salir a la naturaleza y se notaba: piel curtida que hacía que pareciera que tenía más de cuarenta años, pelo abundante permanentemente aclarado por el sol, cuerpo estilizado gracias a las caminatas habituales por la costa. Hoy parecía normal. Daidre se preguntó por qué.

La recepcionista -que se diversificaba entre correctora, secretaria y editora- estaba preguntando educadamente a Daidre qué la traía por allí cuando Max salió a reunirse con ellas limpiándose las gafas de montura dorada con la camisa.

– Acabo de mandar a Steve Teller a entrevistarte -le dijo a Daidre-. Ya es hora de que te pongas teléfono como el resto del mundo.

– Ya tengo teléfono -le dijo ella-. Sólo que no está en Cornualles.

– Eso no es muy útil para nuestros propósitos, Daidre.

– Entonces, ¿estás trabajando en la historia de Santo Kerne?

– No puedo evitarla y seguir llamándome periodista, ¿no crees? -Ladeó la cabeza hacia su despacho y le dijo a la recepcionista-: Localiza a Steve en el móvil si puedes, Janna. Dile que la doctora Trahair ha venido al pueblo y que si consigue volver pronto tal vez acceda a que la entreviste.

– No tengo nada que contarle -le dijo Daidre a Max Priestley.

– «Nada» es nuestra especialidad -contestó él afablemente. Extendió la mano, un gesto que indicaba a Daidre que pasara a su despacho.

Ella colaboró. El golden retriever de Max dormitaba debajo de la mesa. Daidre se agachó junto a la perra y le acarició la cabeza sedosa.

– Tiene buen aspecto -dijo-. ¿La medicación funciona?

Max gruñó afirmativamente y contestó:

– Pero no has venido a hacer una visita a domicilio, ¿verdad?

Daidre realizó un examen superficial de la panza de la perra, más por educación que por verdadera necesidad. Todas las señales de la infección cutánea habían desaparecido.

– La próxima vez no dejes pasar tanto tiempo -le dijo a Max mientras se levantaba-. Lily podría perder todo el pelo a mechones, y no querrás que pase eso.

– No habrá una próxima vez. En realidad aprendo deprisa, a pesar de lo que sugiere mi historial. ¿Por qué has venido?

– Sabes cómo murió Santo Kerne, ¿no?

– Daidre, sabes que lo sé. Así que supongo que la verdadera pregunta es por qué me lo preguntas, o lo afirmas, o lo que sea que estés haciendo. ¿Qué quieres? ¿En qué puedo ayudarte esta mañana?

Daidre percibió la irritación en su voz. Sabía qué significaba. Ella sólo era una turista que iba a Casvelyn de vez en cuando; tenía acceso a algunos sitios y a otros no. Cambió de tema.

– Anoche vi a Aldara. Estaba esperando a alguien.

– ¿En serio?

– Pensé que tal vez fueras tú.

– No es muy probable. -Miró a su alrededor como buscando un pasatiempo-. ¿Y por eso has venido? ¿A controlar a Aldara? ¿A controlarme a mí? Ninguna de las dos cosas parece propia de ti, pero no se me da muy bien entender a las mujeres, como bien sabes.

– No. No he venido a eso.

– ¿Entonces…? ¿Hay algo más? Porque como hoy queremos sacar el periódico pronto…

– En realidad he venido a pedirte un favor.

Pareció desconfiar al instante.

– ¿Qué favor?

– Tu ordenador. Internet, en realidad. No tengo otra forma de acceder y prefiero no utilizar la biblioteca. Necesito buscar… -Dudó. ¿Cuánto debía contarle?

– ¿Qué?

Trató de pensar en algo y lo encontró, y lo que dijo fue la verdad a pesar de ser incompleta.

– El cadáver… Santo… A Santo lo encontró un hombre que caminaba por el sendero de la costa, Max.

– Ya lo sabemos.

– De acuerdo, sí, supongo que sí. Pero el tipo es policía de New Scotland Yard. ¿Eso también lo sabías?

– ¿En serio? -Max parecía interesado.

– Es lo que dice. Quiero averiguar si es verdad.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? Bueno, Dios mío, piénsalo. ¿Qué mejor forma de evitar que la gente te examine con demasiada atención que afirmar que eres policía?

– ¿Estás pensando en llevar a cabo tu propia investigación? ¿Vas a venir a trabajar para mí? Porque si no, Daidre, no entiendo qué tiene que ver esto contigo.

– Encontré a ese hombre en mi casa. Me gustaría saber si es quien dice ser.

Le explicó cómo había conocido a Thomas Lynley. Sin embargo, no mencionó qué aspecto tenía: el de alguien que cargaba en sus espaldas un yugo lleno de clavos. Al parecer, el periodista encontró razonable su explicación porque señaló el ordenador con la cabeza.

– Ahí lo tienes. Imprime lo que encuentres, porque quizá lo utilicemos. Tengo trabajo. Lily te hará compañía. -Se dispuso a salir de la habitación pero se detuvo en la puerta con una mano en el marco-. No me has visto -dijo.

Daidre había avanzado hacia el ordenador. Levantó la vista frunciendo el ceño.

– ¿Qué?

– No me has visto, por si alguien pregunta. ¿Queda claro?

– Sabes cómo suena eso, ¿verdad?

– Francamente, no me importa cómo suena.

Entonces se marchó y ella reflexionó sobre lo que había dicho Max. Sólo era seguro entregarse en cuerpo y alma a los animales, concluyó.

Entró en Internet y luego en un programa de búsqueda. Tecleó el nombre de Thomas Lynley.

* * *

Daidre lo encontró esperándola al pie de Belle Vue Lane. Parecía totalmente distinto al desconocido con barba que había llevado al pueblo, pero no le costó reconocerlo, ya que se había pasado más de una hora mirando una docena o más de fotografías de él, generadas por la investigación de unos asesinatos en serie ocurridos en Londres y por la tragedia que había sobrevenido en su vida. Ahora ya sabía por qué lo había visto como un hombre afligido que cargaba con un peso enorme, pero no sabía qué hacer con esa información. Ni con el resto: quién era él en realidad, cómo se había criado, el título nobiliario, el dinero, los símbolos de un mundo tan diferente al suyo que bien podrían proceder de planetas distintos y no simplemente de circunstancias y lugares diversos.

Se había cortado el pelo y afeitado. Llevaba un chubasquero encima de una camisa sin cuello y un jersey. Se había comprado unos zapatos robustos y unos pantalones de pana. En la mano llevaba un gorro para la lluvia. No era, pensó con gravedad, exactamente la vestimenta que uno esperaba de un conde nombrado por la Reina. Pero eso era: lord Nosequé con una esposa muerta, asesinada en la calle por un chico de doce años cuando estaba embarazada. A Daidre no le extrañaba que Lynley estuviera afligido. El verdadero milagro era que el hombre fuera capaz de funcionar.

Cuando se detuvo en la acera, Lynley entró en el coche. También había comprado algunas cosas en la farmacia, le dijo, señalando una bolsa que sacó de los bolsillos interiores amplios de su chaqueta. Una cuchilla, crema de afeitar, un cepillo de dientes, dentífrico…

– No tienes que pasarme ningún informe -le dijo ella-. Sólo me alegra que te llegaran los fondos.

Thomas señaló su ropa.

– De rebajas. Fin de temporada, una ganga total. Incluso he podido -se metió la mano en el bolsillo de los pantalones y sacó unos cuantos billetes y un puñado de monedas- traerte cambio. No pensé que… -Se calló.

– ¿Qué? -Daidre guardó los billetes y las monedas en el cenicero sin usar-. ¿Que te comprarías la ropa tú mismo?

Thomas la miró, era evidente que evaluaba sus palabras.

– No -dijo-. No pensé que me divertiría.

– Ah. Bueno. Ir de compras es una buena terapia, una garantía absoluta para subirte el ánimo. No sé por qué, pero las mujeres lo sabemos desde que nacemos. Los hombres tenéis que aprenderlo.

Thomas se quedó callado un momento y ella le sorprendió haciéndolo otra vez: mirando afuera, por el parabrisas, a la calle. A un lugar y un tiempo distintos. Daidre escuchó sus palabras de nuevo y se mordió el labio. Se apresuró a decir:

– ¿Rematamos tu experiencia con un café en algún sitio?

Él lo meditó y respondió despacio:

– Sí. Creo que me gustaría tomar un café.

* * *

La inspectora Hannaford estaba aguardándolos en el Salthouse Inn cuando regresaron. Lynley decidió que había estado esperando a que apareciera el coche de Daidre, porque en cuanto entraron en el aparcamiento salió del edificio. Había comenzado a llover otra vez -el continuo mal tiempo de marzo se había prolongado hasta mayo-, así que se puso la capucha del impermeable y avanzó hacia ellos con energía. Dio unos golpecitos en la ventanilla de Daidre y, cuando ella la bajó, dijo:

– Me gustaría hablar con los dos, por favor. -Y luego le dijo directamente a Lynley-: Hoy tiene un aspecto más humano. Es una mejora. -Se dio la vuelta y regresó al hostal.

Lynley y Daidre la siguieron. Encontraron a Hannaford en el bar, donde había ocupado -como sospechaba Lynley- un asiento junto a la ventana. Dejó el impermeable en un banco y les indicó con la cabeza que hicieran lo mismo. Los condujo a una de las mesas más grandes, en la que había un callejero abierto del tamaño de una revista.

Habló cálidamente con Lynley, lo que hizo que él sospechara enseguida de sus motivos. Cuando los policías eran simpáticos, como sabía muy bien, lo eran por un motivo no necesariamente bueno. ¿Dónde había comenzado su caminata por la costa el día anterior?, le preguntó. ¿Se lo enseñaba en el mapa? A ver, el sendero estaba bien marcado con una línea de puntos verde, así que si era tan amable de señalar el lugar… Sólo quería atar los cabos sueltos de su historia, dijo. Ya conocía el procedimiento, por supuesto.

Lynley sacó sus gafas de leer y se inclinó sobre el mapa de carreteras. La verdad es que no tenía ni la menor idea de dónde había comenzado su caminata por el sendero suroccidental de la costa el día anterior. Si había alguna señal, no se había fijado. Recordaba los nombres de varios pueblos y aldeas de la costa por los que había pasado, pero en qué momento de su caminata había sido, no sabría decir. Tampoco comprendía qué importancia tenía, aunque la inspectora Hannaford le aclaró aquella preocupación al cabo de un momento. Lynley se esforzó por situarse a unos veinte kilómetros al suroeste de Polcare Cove. No tenía ni idea de si era exacto.

– Bien -dijo Hannaford, aunque no anotó el lugar. Siguió afablemente-: ¿Y usted, doctora Trahair?

La veterinaria se revolvió al lado de Lynley.

– Ya le he dicho que venía de Bristol.

– Sí, en efecto. ¿Le importaría enseñarme qué camino tomó? ¿Puedo suponer que siempre coge el mismo? ¿El más sencillo?

– No necesariamente.

Lynley se fijó en que Daidre arrastraba la última palabra y sabía que a Hannaford tampoco le habría pasado inadvertido, por lo general, responder arrastrando las palabras de esa forma significaba estar haciendo malabarismos mentales. En qué consistían esos malabarismos y por qué existían… Hannaford buscaría la razón.

Lynley se tomó un momento para evaluar a las dos mujeres. De los pies a la cabeza, no podían ser más distintas: Hannaford llevaba el pelo rojizo peinado de punta y la cabellera dorada de Daidre estaba retirada de la cara y recogida en la coronilla con un pasador de concha; Hannaford vestía de manera formal con un traje y zapatos de salón y Daidre llevaba vaqueros, un jersey y botas; Daidre era ágil, como si hiciera ejercicio de forma habitual y vigilara lo que comía, Hannaford parecía una persona a quien su vida ajetreada le impedía tanto comer como entrenarse regularmente. También las separaban varias décadas; la inspectora podría ser la madre de Daidre.

Pero su actitud no era maternal. Esperaba una respuesta a su pregunta mientras Daidre miraba el mapa para explicarle la ruta que había tomado desde Bristol a Polcare Cove. Lynley sabía por qué lo preguntaba la policía, y se preguntó si Daidre también lo había deducido antes de responder.

La M5 hasta Exeter, dijo. Luego pasó por Okehampton y de allí hacia el noroeste. No existía en absoluto una forma fácil de llegar a Polcare Cove. A veces iba por Exeter, pero otras veces pasaba por Tiverton.

Hannaford estudió largamente el mapa antes de decir:

– ¿Y desde Okehampton?

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Daidre.

– No se puede saltar de Okehampton a Polcare Cove, doctora Trahair. No fue en helicóptero desde allí, ¿verdad? ¿Qué camino tomó? La ruta exacta, por favor.

Lynley vio que la veterinaria empezaba a ponerse colorada por el cuello. Tenía suerte de tener la piel ligeramente pecosa. Si no, se habría sonrojado mucho.

– ¿Me lo pregunta porque cree que tengo algo que ver con la muerte de ese chico? -dijo Daidre.

– ¿Es así?

– No.

– Entonces no le importará enseñarme su ruta, ¿verdad?

Daidre apretó los labios. Se retiró un mechón de pelo errante detrás de la oreja izquierda. Tenía tres agujeros en el lóbulo, vio Lynley; llevaba un aro y una tachuela, pero nada más.

Trazó la ruta: A3079, A3072, A39 y luego una serie de carreteras más pequeñas hasta llegar a Polcare Cove, que apenas merecía una manchita en el mapa. Mientras señalaba el trayecto que había realizado, Hannaford tomó notas. Asintió pensativamente y dio las gracias a Daidre cuando acabó su respuesta.

La veterinaria no pareció alegrarse de recibir el agradecimiento de la inspectora. En todo caso, parecía enfadada e intentaba controlar su enfado. Aquello dijo a Lynley que Daidre sabía qué tramaba Hannaford. Lo que no le dijo fue adonde estaba dirigiendo su ira: hacia la inspectora o hacia ella misma.

– ¿Somos libres ya? -preguntó Daidre.

– Sí, doctora Trahair -contestó Hannaford-. Pero el señor Lynley y yo tenemos que tratar más asuntos.

– No pensará que él… -Calló. Volvió a ponerse colorada. Miró a Lynley y luego apartó la vista.

– El ¿qué? -preguntó Hannaford educadamente.

– No es de aquí. ¿Cómo podía conocer al chico?

– ¿Está diciendo que usted sí lo conocía, doctora Trahair? ¿Conocía al chico? Quizá tampoco era de aquí. Por lo que sabemos, nuestro señor Lynley podría haber venido aquí precisamente a lanzar por ese acantilado a Santo Kerne, que es como se llamaba el chaval, por cierto.

– Eso es ridículo. Ha dicho que es policía.

– Lo ha dicho. Pero no tengo ninguna prueba real de ello. ¿Y usted?

– Yo… Da igual. -Daidre había dejado el bolso sobre una silla y lo cogió-. Me voy ya, puesto que dice que ha terminado conmigo, inspectora.

– Así es, en efecto -contestó Bea Hannaford en tono agradable-. Por ahora.

* * *

Después tan sólo intercambiaron algunos comentarios breves en el coche. Lynley le preguntó a Hannaford adonde le llevaba y ella contestó que lo llevaba con ella a Truro, al Hospital Real de Cornualles, para ser exactos.

– Va a comprobar todos los pubs de la ruta, ¿verdad? -preguntó él entonces.

– ¿Todos los pubs de la ruta de Truro? No creo, señor mío.

– No me refería a la ruta de Truro, inspectora -dijo él.

– Ya lo sé. ¿Realmente espera que conteste a esa pregunta? Usted encontró el cadáver. Si es quien dice ser, ya sabe cómo funciona. -Le miró. Se había puesto gafas de sol aunque no hacía sol y, en realidad, seguía lloviendo. Le extrañó y ella respondió a su extrañeza-: Están graduadas para conducir. Las otras las tengo en casa, o posiblemente en la mochila de mi hijo en el colegio, o uno de mis perros podría habérselas comido.

– ¿Tiene perros?

– Tres labradores, Uno, Dos y Tres.

– Interesantes nombres.

– Me gusta que en casa las cosas sean sencillas. Para compensar que en el trabajo nunca lo son.

Eso fue todo lo que se dijeron. El resto del trayecto lo hicieron en silencio, roto por el parloteo de la radio y dos llamadas al móvil que Hannaford contestó. Una de ellas, al parecer, preguntaba por la hora aproximada en que llegaría a Truro, a menos que hubiera problemas de tráfico, y el otro era un mensaje breve de alguien a quien respondió con un seco: «Les dije que me lo mandaran a mí. ¿Qué diablos hace ahí contigo en Exeter, maldita sea? ¿Y cómo se supone que…? No es necesario, y sí, antes de que lo digas tienes razón: no quiero deberte nada… Oh, magnífico. Haz lo que te venga en gana, Ray».

En el hospital de Truro, Hannaford guió a Lynley al depósito de cadáveres, donde el aire apestaba a desinfectante y un ayudante empujaba una camilla sobre la que yacía un cadáver abierto para examinarlo. Cerca, el patólogo forense, flaco como un fideo, estaba apurando un zumo de tomate junto a un fregadero de acero inoxidable. El hombre, pensó Lynley, debía de tener un estómago de hierro y la sensibilidad de una piedra.

– Le presento a Gordie Lisle-dijo Hannaford a Lynley-. Hace la incisión en Y más rápida del planeta y no quiera saber lo deprisa que puede romper unas costillas.

– Me cuelgas demasiadas medallas -dijo Lisie.

– Ya lo sé. Te presento a Thomas Lynley. ¿Qué tenemos?

Después de terminarse el zumo, Lisie se dirigió a una mesa y cogió un documento que consultó mientras comenzaba su informe. A modo de introducción, les comunicó que las heridas se correspondían con las de una caída. Pasó a exponerlas: pelvis rota y maléolo medio derecho destrozado.

– El tobillo, para los profanos -añadió.

Hannaford asintió sabiamente.

– Tibia derecha y peroné derecho fracturados -continuó Lisle-. Fracturas abiertas de cúbito y radio derechos, seis costillas rotas, tubérculo mayor izquierdo aplastado, los dos pulmones perforados, bazo reventado.

– ¿Qué diablos es un tubérculo? -preguntó Hannaford.

– El hombro -explicó él.

– Mal asunto, pero ¿todo eso bastó para matarle? ¿Qué lo mandó al otro barrio? ¿Un shock?

– Me reservaba lo mejor para el final: fractura enorme del hueso temporal. Su cráneo se partió como una cáscara de huevo. Mira. -Lisle dejó el documento en una encimera y caminó hacia una pared en la que había un póster grande del esqueleto humano-. Mientras caía del acantilado supongo que se golpeó contra un afloramiento. Dio al menos un tumbo, cogió velocidad durante el resto del descenso, aterrizó con fuerza sobre la parte derecha del cuerpo y se aplastó el cráneo contra la pizarra. El hueso se fracturó y cortó la arteria meníngea media, lo que produjo un hematoma epidural agudo. La presión en el cerebro que no se puede liberar no provoca la muerte instantánea, debió de morir al cuarto de hora más o menos, aunque estaría inconsciente todo el rato. Supongo que no encontrasteis ningún casco cerca ni ninguna otra protección para la cabeza.

– Chavales. Se creen invencibles -dijo Hannaford.

– Éste no lo era. El alcance de las lesiones, en cualquier caso, sugiere que cayó al principio del descenso.

– Lo que sugiere que la eslinga se rompió en cuanto sostuvo todo su peso.

– Estoy de acuerdo.

– ¿Qué hay del ojo morado? Se estaba curando, ¿no? ¿Con qué se corresponde?

– Con un buen puñetazo. Alguien le dio bien, seguramente le derribó. Todavía se aprecian las marcas de los nudillos.

Hannaford asintió. Miró a Lynley, que había estado escuchando y preguntándose simultáneamente por qué Hannaford le hacía participar en aquello. Era más que irregular: era una insensatez por su parte, teniendo en cuenta la posición de Lynley en el caso, y no parecía una mujer insensata. Tenía algún tipo de plan, apostaría lo que fuera.

– ¿Cuándo? -preguntó Hannaford.

– ¿El puñetazo? -dijo Lisie-. Diría que hace una semana.

– Parece que se metió en una pelea.

Lisle negó con la cabeza.

– ¿Por qué no? -preguntó la mujer.

– No presenta otras marcas similares -intervino Lynley-. Le dieron un golpe y ya está.

Hannaford lo miró como si hubiera olvidado que le había traído.

– Estoy de acuerdo -dijo Lisle-. Alguien estalló o quiso disciplinarle de algún modo. O resolvió las cosas, o le derribaron, o no era de los que se dejan provocar ni siquiera por un puñetazo en la cara.

– ¿Y puede tener que ver con sadomasoquismo? -preguntó Hannaford.

Lisle parecía pensativo y Lynley dijo:

– No estoy seguro de que a los sadomasoquistas les guste que les golpeen en la cara.

– Mmmm. Sí -dijo Lisle-. Creo que el típico freak del sado prefiere unos pellizcos en sus partes, unos azotes o unos latigazos, y no hay nada en el cadáver que indique eso. -Los tres se quedaron callados un momento, mirando el poster del esqueleto humano. Al final, Lisle le dijo a Hannaford-: ¿Qué tal las citas? ¿Internet ya ha hecho tus sueños realidad?

– Todos los días -le contestó ella-. Debes intentarlo otra vez, Gordie. Te diste por vencido demasiado pronto.

Él negó con la cabeza.

– He terminado con eso. Es buscar el amor en el sitio equivocado, si se me permite la frase. -Miró con tristeza el depósito-. Todo esto lo enfría, y no hay vuelta de hoja; no hay forma de disfrazarlo. Cuando suelto la bomba ya está.

– ¿Qué quieres decir?

El patólogo señaló la sala. Otro cadáver esperaba cerca, con el cuerpo cubierto con una sábana y, una etiqueta colgando de un dedo del pie.

– Cuando se enteran de a qué me dedico. No gusta mucho a nadie.

Hannaford le dio una palmadita en el hombro.

– Bueno, no importa, Gordie. A ti te gusta y eso es lo que cuenta.

– ¿Quieres que lo intentemos, pues? -La miró de un modo distinto, valorando y sopesando.

– No me tientes, querido. Eres demasiado joven y, de todos modos, en el fondo soy una pecadora. Necesitaré todo este papeleo cuanto antes -dijo señalando con la cabeza la camilla limpia.

– Camelaré a alguien -dijo Lisle.

Se marcharon. Hannaford examinó un mapa del hospital que había cerca y condujo a Lynley a la cafetería. No podía creer que quisiera comer después de su visita al depósito de cadáveres y descubrió que había acertado al evaluar la situación. Hannaford se detuvo en la puerta y miró la sala hasta que vio a un hombre sentado solo a una mesa, leyendo el periódico. Guio a Lynley hasta él.

Vio que era el hombre que había acudido a la cabaña de Daidre Trahair la noche anterior, el mismo que le había preguntado por New Scotland Yard. No se había identificado entonces, pero ahora Hannaford hizo los honores. Era el subdirector Ray Hannaford de Middlemore, le dijo. Éste se puso en pie y ofreció su mano cortésmente.

– Sí -dijo la inspectora Hannaford a Lynley.

– Sí, ¿qué? -preguntó él.

– Es familia.

– Su ex -dijo Ray Hannaford-. Por desgracia.

– Me halagas, cariño -dijo la inspectora.

Ninguno de los dos aclaró nada más, aunque el prefijo «ex» daba para un volumen o dos. «Más de un policía en la familia directa -concluyó Lynley-. No podía ser fácil.»

Ray Hannaford cogió un sobre de papel manila que estaba sobre la mesa.

– Aquí tienes -le dijo a su ex mujer-. La próxima vez que insistas en utilizar un mensajero, di dónde tienen que realizar la entrega, Beatrice.

– Se lo dije -contestó la inspectora-. Obviamente, fuera quien fuese el capullo que trajo esto desde Londres, no ha querido molestarse en ir hasta las comisarías de Holsworthy o de Casvelyn. ¿O también has llamado para esto? -preguntó con astucia. Hizo un gesto con el sobre de papel manila.

– No. Pero vamos a tener que hablar del quid pro quo. La cuenta va en aumento. Llegar aquí desde Exeter ha sido un infierno. Ya me debes dos favores.

– ¿Dos? ¿Cuál es el otro?

– Recoger a Pete anoche. Sin quejarme, creo recordar.

– ¿Acaso te arranqué de los brazos de una veinteañera?

– Creo que al menos tenía veintitrés.

Bea Hannaford se rió. Abrió el sobre y miró dentro.

– Ah, sí -dijo-. Supongo que también le has echado un vistazo, Ray.

– Culpable, como imaginabas.

La inspectora sacó el contenido. Lynley reconoció al instante su placa de New Scotland Yard.

– La devolví -dijo-. Tendría que estar… ¿Qué hacen con esas cosas cuando alguien lo deja? Deben destruirlas.

Ray Hannaford fue quien respondió:

– No estaban dispuestos a destruir la suya, al parecer.

– «Prematuro» fue la palabra que emplearon -añadió Bea Hannaford-. Una decisión apresurada tomada en un mal momento.

Le ofreció la placa de Scotland Yard a Lynley. Él no la cogió, sino que dijo:

– Mi identificación está de camino, ya se lo dije. Mi cartera, junto con todo lo que hay dentro, llegará mañana. Esto -señaló la placa- es innecesario.

– Al contrario -dijo la inspectora Hannaford-, es muy necesario. Como sabe muy bien, conseguir una identificación falsa está chupado. Por lo que yo sé, se ha pasado toda la mañana recorriendo las calles para comprar el material.

– ¿Por qué querría hacer eso?

– Imagino que puede deducirlo usted solito, comisario Lynley. ¿O prefiere que le llame por su título nobiliario? ¿Y qué diablos hace alguien como usted trabajando para la pasma?

– No es así -contestó él-. Ya no.

– Eso dígaselo a Scotland Yard. No me ha respondido, ¿cómo le llaman? ¿Qué prefiere? ¿El título personal o el profesional?

– Prefiero Thomas. Y ahora que ya sabe que soy quien dije ser anoche, algo que sospecho que ya sabía, o si no no me habría permitido ir con usted al depósito de cadáveres, ¿puedo suponer que soy libre para reanudar mi caminata por la costa?

– Eso es lo último que puede suponer. No se irá a ninguna parte hasta que yo lo diga. Y si está pensando en escabullirse en plena noche, piénseselo dos veces. Ahora que ya tengo pruebas de quién es, me será útil.

– ¿Como policía o como ciudadano? -le preguntó Lynley.

– Mientras funcione, da igual, comisario.

– ¿Mientras funcione para qué?

– Para nuestra querida doctora.

– ¿Quién?

– La veterinaria. La doctora Trahair. Los dos sabemos que por esa boquita suya han salido mentiras. Su trabajo consiste en averiguar por qué.

– No puede pedirme…

El móvil de Hannaford sonó. La inspectora levantó una mano para interrumpirle. Sacó el teléfono del bolso y se alejó unos pasos.

– Dime -dijo al abrir la tapa. Mientras escuchaba, inclinó la cabeza y dio unos golpecitos con el pie.

– Vive para esto -dijo Ray Hannaford-. Al principio no, pero ahora es su vida. Vaya estupidez, ¿verdad?

– ¿Que la muerte sea la vida de alguien?

– No. Que la dejara marchar. Ella quería una cosa; yo quería otra.

– Cosas que pasan.

– Si hubiera tenido la cabeza bien amueblada, no.

Lynley miró a Hannaford. Antes había dicho «por desgracia» al referirse a su condición de ex marido de la inspectora.

– Podría decírselo -le comentó Lynley.

– Podría y lo hice. Pero a veces, cuando te rebajas a los ojos de alguien, no puedes recuperarte. Aunque me gustaría dar marcha atrás en el tiempo.

– Sí-dijo Lynley-. A mí también me gustaría.

La inspectora regresó con ellos. Estaba seria. Hizo un gesto con el móvil y dijo al subdirector:

– Es un asesinato. Ray, quiero ese centro de operaciones en Casvelyn. No me importa lo que tengas que hacer para conseguirlo y tampoco me importa lo que tenga que hacer yo a cambio. Quiero que me instalen la base de datos de la policía, un equipo de investigación criminal a mi disposición y que me asignen a un agente que se encargue de las pruebas. ¿De acuerdo?

– No pides demasiado, ¿verdad, Beatrice?

– Al contrario, Raymond -le contestó con frialdad-. Como muy bien sabes.

* * *

– Le pondremos un coche -le dijo Bea Hannaford a Lynley-. Necesitará uno.

Estaban delante de la entrada del Hospital Real de Cornualles. Ray se había marchado después de decirle a Bea que no podía prometerle nada y después de oír que ella replicaba «cuánta razón tienes», una indirecta que sabía que era injusta pero que dijo de todos modos porque había aprendido hacía tiempo que cuando se trataba de un asesinato, el fin de acusar a alguien del homicidio justificaba cualquier medio que se empleara para conseguirlo.

Lynley contestó con lo que Bea interpretó como cautela.

– Creo que no puede pedirme eso.

– ¿Porque su rango es superior al mío? Eso no va a contar demasiado aquí en estos parajes recónditos, comisario.

– En funciones, sólo.

– ¿Qué?

– Comisario en funciones. Nunca me ascendieron de manera permanente. Sólo cubrí una necesidad.

– Qué amable es usted. Justo la clase de tipo que estoy buscando. Ahora puede cubrir otra necesidad bastante imperiosa. -Notó que el hombre la miraba mientras se dirigían al coche y se rió al instante-. Esa necesidad no, aunque imagino que echa un buen polvo cuando una mujer le pone una pistola en la cabeza. ¿Cuántos años tiene?

– ¿No se lo dijeron en Scotland Yard?

– Sígame la corriente.

– Treinta y ocho.

– ¿Signo?

– ¿Qué?

– Géminis, tauro, virgo, ¿cuál?

– ¿Acaso importa?

– Como le he dicho, sígame la corriente. Dejarse llevar no cuesta nada, Thomas.

Él suspiró.

– Pues resulta que soy piscis.

– Bueno, ahí lo tiene. Nunca funcionaría entre nosotros. Además, tengo veinte años más que usted y aunque me gustan más jóvenes, no tan jóvenes. Así que está totalmente a salvo conmigo.

– No sé por qué, pero eso no me tranquiliza.

Ella volvió a reírse y abrió el coche. Los dos entraron pero la inspectora no introdujo la llave en el contacto, sino que lo miró muy seria.

– Necesito que me haga este favor. Quiere protegerle.

– ¿Quién?

– Ya sabe quién. La doctora Trahair.

– No quiere eso, precisamente. Entré en su casa rompiendo un cristal. Me quiere cerca para que pague los desperfectos. Y le debo el dinero de la ropa.

– No sea obtuso. Antes ha saltado a defenderle y lo ha hecho por alguna razón. Tiene un punto vulnerable. Quizá tenga que ver con usted o quizá no. No sé dónde está o por qué lo tiene, pero va a averiguarlo.

– ¿Por qué?

– Porque puede. Porque esto es una investigación de asesinato y todas las normas sociales se dejan a un lado cuando nos ponemos a buscar a un asesino. Y usted lo sabe tan bien como yo.

Lynley meneó la cabeza, pero a Bea Hannaford no le pareció que el gesto fuera una negativa, sino un modo de reconocer con pesar que comprendía y aceptaba un hecho inmutable: que le tenía bien pillado. Si salía corriendo, lo traería de vuelta y lo sabía.

– Entonces, ¿la eslinga estaba cortada? -dijo Lynley al fin.

– ¿Qué?

– La llamada que ha recibido. Ha colgado y ha dicho que era un asesinato. Así que me pregunto si la eslinga estaba cortada o si los forenses han encontrado otra cosa.

Bea meditó si contestar o no la pregunta y qué le indicaría a Lynley si lo hacía. Sabía poco sobre el hombre, pero también sabía cuándo había que dar un salto de fe sólo por lo que eso podía significar.

– La cortaron -dijo.

– ¿De manera obvia?

– El examen microscópico contribuyó a darnos el empujón que necesitábamos, si me permite la expresión.

– Así que no era tan obvio, al menos a simple vista. ¿Por qué cree que es un asesinato?

– Si no… ¿Qué es?

– Un suicidio escenificado para que parezca un accidente y ahorrarle más dolor a la familia.

– ¿Qué sabemos por ahora para llegar a esa conclusión?

– Le pegaron un puñetazo.

– ¿Y…?

– Está un poco cogido por los pelos, pero tal vez no estaba en situación de defenderse. Quería, pero no pudo, quién sabe por qué. Se sentía incapaz o como mínimo no estaba dispuesto, lo que provocó que sintiera impotencia. Proyectó ese sentimiento en el resto de su vida, en todas sus relaciones, por muy ilógica que sea esa proyección…

– ¿Y nos quedamos tan anchos? No me lo creo y usted tampoco. -Bea introdujo la llave en el contacto y pensó en qué sugerían esas observaciones, no tanto sobre la víctima sino sobre el propio Thomas Lynley. Le lanzó una mirada cautelosa y se preguntó si le habría evaluado erróneamente-. ¿Sabe lo que es una cuña en escalada? -le preguntó.

Él negó con la cabeza.

– ¿Debería? ¿Qué es?

– Es lo que convierte esto en una investigación de asesinato -contestó ella.

Capítulo 7

Poco después del mediodía dejó de llover en Casvelyn y Cadan Angarrack lo agradeció. Había estado pintando los radiadores de las habitaciones de Adventures Unlimited desde que había llegado por la mañana y las emisiones estaban dándole un dolor de cabeza atroz. De todos modos, no entendía por qué le habían puesto a pintar radiadores. ¿Quién iba a fijarse? ¿Quién se fijaba alguna vez en si los radiadores estaban pintados cuando se hospedaba en un hotel? Nadie salvo quizás un inspector de hoteles y ¿qué significaba que un inspector viera un poquito de óxido en el hierro? Nada. Ab-so-lu-ta-men-te nada. En cualquier caso, no era que estuvieran devolviendo su antiguo esplendor al decrépito hotel de la Colina del Rey Jorge, sólo estaban haciéndolo habitable para la multitud de personas interesadas en un paquete vacacional en la costa que consistía en diversión, fiesta, comida y algún tipo de formación en una actividad al aire libre. Y a esa gente no le importaba dónde pasara la noche, siempre que estuviera limpio, sirvieran patatas fritas y se ajustara al presupuesto.

Así que cuando el cielo se despejó, Cadan decidió que un poco de aire fresco era justo lo que necesitaba. Echaría un vistazo al campo de golf, futura ubicación de las pistas de BMX, futuro lugar de las clases de BMX que Cadan tenía la certeza que le pedirían que impartiera en cuanto tuviera la oportunidad de enseñar su repertorio a… Ése era el problema en estos momentos. No estaba seguro de a quién iba a enseñarle nada. En realidad, ni siquiera estaba seguro de si tenía que ir a trabajar hoy, ya que no sabía si seguía teniendo un empleo después de lo que le había ocurrido a Santo. Al principio pensó en no aparecer, en dejar pasar unos días y luego telefonear para dar el pésame a quien contestara y preguntar si todavía querían que se encargara de las tareas de mantenimiento. Pero luego creyó que una llamada así les daría la oportunidad de echarle antes de tener siquiera ocasión de demostrar lo que valía, así que decidió presentarse y parecer tan afligido como pudiera cuando se topara con cualquiera de los Kerne.

Cadan todavía no había visto el pelo ni a Ben ni a Dellen -los padres de Santo Kerne-, pero su llegada coincidió con la de Alan Cheston y cuando Cadan le puso al día sobre su empleo en Adventures Unlimited, Alan le dijo que iría de inmediato a buscar a alguien para ver qué se suponía que debía hacer. Se marchó a grandes zancadas después de abrir la puerta principal, entrar los dos y guardarse las llaves con el aire de un hombre que sabía exactamente cuál era su lugar en el mundo.

El viejo hotel estaba silencioso como una tumba. Hacía frío también. Cadan tembló -notó en su hombro que a Pooh le pasaba lo mismo- y esperó en la recepción, donde un tablón de anuncios exhibía las palabras Tus instructores junto a los retratos de los seis miembros de la plantilla ya contratados. Estaban dispuestos formando una pirámide que bajaba a partir de una fotografía de Kerra Kerne, a quien se identificaba como «jefa de instructores».

Era una buena foto de Kerra, pensó Cadan. No era una belleza -pelo castaño normal, ojos azules normales y más robusta de lo que le gustaba que fuera una mujer-, pero sin duda tenía la mejor forma física de todas las chicas de su edad de Casvelyn. Era pura mala suerte que los dados de la genética le hubieran asignado el físico de su padre en lugar del de su madre. Era Santo quien había heredado esos genes, un hecho que algunos considerarían afortunado. Sin embargo, Cadan creía que a la mayoría de los chicos no les gustaría ser guapos como lo era Santo. A menos, claro estaba, que supieran cómo utilizarlo.

– ¿Cade?

Se dio la vuelta. Pooh graznó y cambió de posición. Kerra se había materializado desde algún lugar y Alan iba con ella. Cadan sabía que eran pareja, pero esto no acababa de encajarle. Kerra era todo luz y energía con, desafortunadamente, los tobillos gruesos. Alan parecía un tipo que haría ejercicio como último recurso y sólo si lo amenazaban con destriparlo.

Unas palabras entre ellos sirvieron para organizarlo todo. Aunque a primera vista Alan parecía poco importante, resultó que estaba al mando de casi todo lo que sucedía en aquel lugar. Así que antes de que Cadan pudiera salir con una excusa falsa sobre el delicado estado de sus pulmones si se exponían a las emisiones de la pintura, se encontró con unas telas para cubrir los muebles y una brocha en una mano y dos galones de blanco brillante en la otra. Alan presentó el proyecto a Cadan y eso fue todo.

Cuatro horas después, decidió que se merecía salir afuera a tomarse un descanso. Observó que Pooh se había sumido en un silencio alarmante. Seguramente el loro también tenía dolor de cabeza.

Alrededor del campo de golf, la tierra todavía estaba empapada, pero Cadan no permitió que aquello le disuadiera. Arrastrando la bici, subió la colina hasta el hoyo uno, donde enseguida vio que hacer unos tabletops allí en ese momento habría sido una quimera. Dejó la bici a un lado, colocó a Pooh en el manillar y examinó el campo de golf con mayor detenimiento.

No iba a ser un proyecto sencillo. El campo parecía tener sesenta años como mínimo. También parecía no haber experimentado ningún tipo de mantenimiento en los últimos treinta años. Era una pena porque, si no, habría podido ser un negocio lucrativo para Adventures Unlimited. Por otro lado, también era un punto a favor, porque un campo maltrecho aumentaba las posibilidades de que quien estuviera en situación de tomar una decisión sobre el futuro se subiera al carro en cuanto Cadan expusiera sus planes. Pero la idea de exponerlos requería tenerlos y Cadan no era el tipo de persona que hacía planes. Así que caminó por los cinco primeros hoyos e intentó ver qué cambios habría que introducir aparte de eliminar los molinos, graneros y escuelas en miniatura y rellenar los agujeros.

Todavía estaba pensando en aquello cuando vio que un coche de policía procedente de St. Mevan Crescent se detenía en el aparcamiento del viejo hotel. El conductor -un agente de uniforme- se bajó y entró en el edificio. Unos minutos más tarde, se marchó.

Poco después, Kerra salió. Se quedó en el aparcamiento, con las manos en las caderas, y miró a su alrededor. Cadan estaba en cuclillas junto a un minúsculo bote de remos naufragado que servía de obstáculo para el hoyo seis, y al verla pensó que estaba buscando a alguien, seguramente a él. Por lo general, su modus operandi era esconderse, ya que si alguien le buscaba normalmente era porque la había fastidiado e iban a echarle la bronca. Pero una rápida valoración de su tarea en el departamento de pintura le dijo que había hecho un trabajo excelente, así que se levantó para hacer notar su presencia.

Kerra caminó hacia él. Se había cambiado, iba vestida con ropa de licra y Cadan reconoció la equipación: el uniforme de ciclista de larga distancia. Un momento extraño del día para salir en bici, pensó, pero cuando eras la hija del jefe podías establecer tus propias reglas.

Kerra le abordó sin preámbulos cuando llegó a las ruinas del campo de golf. Habló con brusquedad.

– He llamado a la granja, pero me han dicho que ya no trabaja allí. He llamado a tu casa, pero tampoco está. ¿Sabes dónde puedo encontrarla? Quiero hablar con ella.

Cadan se tomó un momento para pensar en los comentarios, la pregunta y lo que implicaba cada cosa. Ganó tiempo acercándose a su bici, cogiendo a Pooh del manillar, colocando el pájaro en su hombro.

– Agujeros en el ático -observó Pooh.

– Cade. -La voz de Kerra era paciente, pero nerviosa-. Por favor, contéstame, preferiblemente ahora.

– Es extraño que quieras saberlo, eso es todo -le dijo Cadan-. Quiero decir… Ya no eres amiga de Madlyn, así que me pregunto…

Ladeó la cabeza, de manera que su mejilla tocó el costado de Pooh. Le gustaba sentir el contacto de las plumas del pájaro. Kerra entrecerró los ojos.

– ¿Qué te preguntas?

– Santo. Que haya venido la policía. Que hayas salido a hablar conmigo. Que me preguntes por Madlyn. ¿Está relacionado?

Kerra llevaba el pelo recogido en una coleta y se la quitó, así que la melena cayó sobre sus hombros. Sacudió la cabeza y volvió a peinarse. Pareció un gesto para ganar tiempo, igual que rescatar a Pooh de la bici lo había sido para Cadan. Luego lo miró y pareció concentrarse más claramente en él.

– ¿Qué te ha pasado en la cara?

– Pura mala suerte -respondió-. Es la que me tocó al nacer.

– No bromees, Cadan. Ya sabes a qué me refiero. Los moratones, los arañazos.

– Resbalé. Gajes del oficio. Estaba haciendo un cancán y me golpeé con un lado de la piscina. En el polideportivo.

– ¿Te hiciste eso nadando? -Sonaba incrédula.

– La piscina está vacía, practicaba allí con la bici. -Cadan notó que se ponía colorado y aquello le irritó. Se había propuesto no avergonzarse nunca de su pasión y no quería pensar en por qué ahora lo estaba-. ¿Qué ocurre? -preguntó, señalando el hotel con la cabeza.

– No fue una caída normal y corriente. Lo asesinaron. Es lo que la policía ha venido a comunicarnos. Han mandado a su como se llame… Su agente de relaciones familiares. Creo que su cometido es servirnos té y galletas para evitar que… No sé… ¿Qué hace la gente cuando asesinan a un miembro de su familia? ¿Volverse loca y vengarse? ¿Ponerse a pegar tiros por el pueblo? ¿Rechinar los dientes? ¿Y qué diablos es eso, rechinar los dientes? ¿Dónde está, Cade?

– Ella ya sabe que ha muerto.

– ¿Que ha muerto o que le han asesinado? ¿Dónde está? Era mi hermano y ella era su… su novia…

– Y también tu amiga -le recordó Cadan-. Al menos antes lo era.

– Basta. No sigas con eso, ¿vale?

Cadan se encogió de hombros. Volvió a dirigir su atención al campo de golf y dijo:

– Tenéis que quitar todo esto, es un desastre. Podríais repararlo, pero calculo que el coste sobrepasaría los beneficios. A corto plazo, a largo plazo… ¿Quién sabe?

– Alan sabe de largos plazos. Beneficios y pérdidas, proyecciones a largo plazo, lo sabe todo. Pero nada de eso importa porque ahora mismo puede que no haya razón para preocuparse.

– ¿Por?

– Por nada relacionado con Adventures Unlimited. Dudo que mi padre tenga valor para abrir después de lo que le ha ocurrido a Santo.

– ¿Qué pasará, entonces, si no abrís?

– Alan dirá que intentemos encontrar a un comprador y recuperemos nuestra inversión. Pero, bueno, Alan es así. Por lo menos tiene coco para los números.

– Pareces cabreada con él.

Kerra no mordió el anzuelo.

– ¿Está en casa y no contesta al teléfono? Puedo ir hasta allí, pero no quiero tomarme la molestia si no está. ¿Te importa decirme eso como mínimo?

– Supongo que sigue con Jago -dijo él.

– ¿Quién es Jago?

– Jago Reeth, el tipo que trabaja para mi padre. Ha pasado con él toda la noche. Todavía está allí, por lo que yo sé.

Kerra se rió brevemente, sin ganas.

– Vaya, ha pasado página, ¿no? Menuda rapidez. Una recuperación milagrosa después de una ruptura tan dolorosa. Cuánto me alegro por Madlyn.

Cadan quería preguntarle qué más le daba a ella que su hermana hubiera pasado página con otro hombre o no. Pero en lugar de eso, dijo:

– Jago Reeth tiene como… Yo qué sé. Como setenta años o algo así. Es como un abuelo para ella, ¿vale?

– ¿Qué es lo que hace para tu padre un tipo de setenta años?

Definitivamente, Kerra estaba incomodándole. Se comportaba como la hija del jefe y su actitud decía «será mejor que me trates como se supone que debes tratarme», y eso fastidiaba a Cadan.

– Kerra, ¿acaso importa? -dijo-. ¿Por qué diablos quieres saberlo?

Y así, de repente, Kerra cambió. Soltó una tosecita extraña y Cadan vio el brillo de las lágrimas en sus ojos. Ese brillo le recordó que su hermano había muerto, que había muerto hacía sólo un día, y que acababa de saber que lo habían asesinado.

– Es estratificador. -Cuando ella lo miró confusa, Cadan añadió-: Jago Reeth. Aplica la fibra de vidrio a las tablas. Es un viejo surfista que mi padre recogió… No sé… Hace ¿seis meses? Es un hombre de detalles, como mi padre. Y lo que es más importante, no es como yo.

– ¿Ha pasado la noche con un tío de setenta años?

– Jago llamó y dijo que estaba allí.

– ¿A qué hora?

– Kerra…

– Es importante, Cadan.

– ¿Por qué? ¿Crees que le dio a tu hermano el viaje final? ¿Cómo se supone que lo hizo? ¿Empujándole por el acantilado?

– Manipularon su equipo. Es lo que nos ha dicho el poli.

Cadan abrió mucho los ojos.

– Espera, Kerra. Es imposible… Quiero decir imposible del todo. Puede que se pusiera como loca con todo lo que pasó entre ellos, pero mi hermana no es… -Calló. No por lo que pensaba decir sobre Madlyn, sino porque mientras hablaba, su mirada se desvió de Kerra a la playa de abajo, donde corría un surfista con la tabla bajo el brazo, arrastrando la cuerda por la arena. Llevaba el traje completo, como era lógico en esta época del año, ya que el agua todavía estaba bastante fría. Neopreno de los pies a la cabeza, de negro de los pies a la cabeza. Desde esta distancia, en realidad, no podía saberse si el surfista era hombre o mujer.

– ¿Qué? -dijo Kerra.

Cadan se estremeció.

– Quizás a Madlyn se le fuera la olla al reaccionar como lo hizo después de lo que pasó entre ella y Santo, lo reconozco.

– Fue eso y más -observó Kerra.

– Pero matar a su ex novio no forma parte de su repertorio, ¿vale? Dios mío, Kerra, ella pensaba que Santo sólo estaba pasando por una etapa, ¿sabes?

– Al principio -aclaró ella.

– De acuerdo. Quizá sólo lo pensara al principio. Pero eso no significa que al final no comprendiera que las cosas eran como eran y decidiera que lo único razonable era matarle. ¿Te parece que tiene sentido?

– El amor nunca ha tenido sentido para mí -dijo Kerra-. La gente comete todo tipo de locuras cuando se enamora.

– ¿Ah, sí? -dijo Cadan-. ¿Esa es la verdad? ¿Y qué me dices de ti? -Ella no contestó-. A las pruebas me remito. Sea Dreams, para tu información.

– ¿Qué es eso?

– El lugar donde está. Jago tiene una caravana en ese parque de vacaciones donde antes estaba la lechería, pasado Sawsneck Down. Si quieres interrogarla, hazlo allí. Pero perderás el tiempo, si quieres saber mi opinión.

– ¿Qué te hace pensar que quiero interrogarla?

– Es evidente que algo quieres -le dijo Cadan.

* * *

En cuanto Bea Hannaford le asignó un coche de alquiler, le dijo a Lynley que la siguiera.

– Imagino que no es el típico buga que utiliza usted -dijo en referencia al Ford-, pero al menos le sentará bien. O usted a él.

En otras circunstancias, Lynley tal vez le habría dicho que estaba siendo más que generosa. En efecto, por lo general su educación le impulsaba a hacer este tipo de comentarios con total naturalidad. Pero en la situación actual, sólo le dijo que su medio habitual de transporte había quedado destrozado en febrero y todavía no lo había sustituido por otro, así que el Ford le parecía perfecto.

– Bien -dijo ella, y le aconsejó que condujera con cuidado, ya que no tendría el carné hasta que llegara su cartera-. Será nuestro pequeño secreto -le comentó. Le dijo que la siguiera, quería enseñarle algo.

Lo que quería mostrarle estaba en Casvelyn y Lynley la siguió obedientemente hasta allí. Condujo intentando concentrarse en eso -sólo en la conducción-, pero sintió que las fuerzas lo abandonaban con el mero esfuerzo que le suponía contener sus pensamientos.

Se dijo que había terminado con los asesinatos. No podía ver morir a su querida esposa, víctima de un asesinato completamente absurdo en plena calle, y desentenderse de ello y pensar que mañana sería otro día. Pero resultó que sí era algo que había que soportar. De momento, había aguantado aquella sucesión inacabable de mañanas haciendo lo que le ponían delante y nada más.

Al principio fue Howenstow: ocuparse de asuntos relacionados con las tierras que configuraban su legado y la magnífica casa construida en ellas. No importaba que su madre, su hermano y un administrador de fincas llevaran siglos encargándose de los asuntos de Howenstow. Se había sumergido en ellos para evitar sumergirse en otras cosas, hasta que se hundió mitad en el barro mitad en el desastre. La advertencia amable de su madre «Tesoro, deja que me ocupe yo», o «John Penellin lleva semanas trabajando en esta situación, Tommy», o cualquier cosa parecida era algo que apartaba de sí con una frase tan áspera que la condesa viuda suspiraba, le apretaba el hombro y le dejaba hacer.

Pero con el tiempo acabó descubriendo que los asuntos de Howenstow provocaban que Helen se colara en su mente, lo quisiera él o no. Había que desmontar el cuarto del niño a medio terminar, había que guardar la ropa de campo que había dejado en su dormitorio, había que diseñar una placa para su última morada en la capilla de la finca: la última morada donde descansaba con su hijo que no había llegado a nacer. Y luego estaba todo lo que le recordaba a ella: el sendero por el que paseaban juntos cruzando el bosque desde la casa hasta la cala, la galería donde se había parado delante de los cuadros y comentado alegremente los atributos físicos de algunos de sus antepasados más cuestionables, la biblioteca donde hojeaba ejemplares antiguos de Country Life, donde se había repantingado, y dormido al final, con una gruesa biografía de Oscar Wilde.

Como aquello que le recordaba a Helen impregnaba cada rincón de Howenstow, decidió iniciar su caminata. Recorrer penosamente todo el sendero suroccidental de la costa era el reto menos posible que Helen habría emprendido -«Dios mío, Tommy, debes de estar loco. ¿Qué haría yo con unos zapatos tan espantosos?»-, así que sabía que podía andarlo todo con impunidad si elegía hacerlo. No habría nada que le recordara a ella en todo el camino.

Pero no había contado con los recordatorios que fue encontrándose. Nada de lo que había leído sobre el sendero antes de recorrerlo le había preparado para aquello: desde ramos sencillos de flores moribundas a bancos de madera grabados con los nombres de los fallecidos, la muerte le saludaba casi todos los días. Había dejado Scotland Yard porque no podía enfrentarse al deceso repentino y brutal de un ser humano y allí estaba: confrontándole con una regularidad que no hacía más que burlarse de todos sus intentos por olvidar.

Y ahora esto. La inspectora Hannaford no estaba involucrándole exactamente en la investigación del asesinato, pero estaba acercándole. Él no quería, pero al mismo tiempo, no sabía cómo evitarlo porque consideraba que la inspectora era una mujer que cumplía su palabra: si desaparecía convenientemente de la zona de Casvelyn, lo traería de vuelta encantada y no descansaría hasta conseguirlo.

En cuanto a lo que le había pedido que hiciera… Igual que Hannaford, Lynley creía que Daidre Trahair mentía sobre la ruta que había seguido desde Bristol a Polcare Cove el día anterior. A diferencia de la inspectora, Lynley también sabía que Daidre Trahair había mentido en más de una ocasión respecto al hecho de conocer a Santo Kerne. Habría razones detrás de aquellas mentiras -más allá de las que había dado la veterinaria cuando le preguntó por qué había negado conocer la identidad del chico muerto- y no sabía si quería descubrirlas. Era evidente que sus motivos para confundirles eran personales y que aquella pobre mujer no era ni mucho menos una asesina.

Sin embargo, ¿por qué lo creía?, se preguntó. Sabía mejor que nadie que los asesinos vestían miles de disfraces distintos. Los asesinos eran hombres; los asesinos eran mujeres. Para su tormento, los asesinos eran niños. Y las víctimas -por muy repugnantes que pudieran ser en realidad- no debían ser aniquiladas por nadie, fuera cual fuese el móvil para mandarlas prematuramente a su recompensa o castigo eternos. La sociedad se fundamentaba en la idea de que el asesinato estaba mal, de principio a fin, y en que había que administrar justicia para poner al menos un final a todo lo ocurrido, aunque éste no proporcionara satisfacción, ni alivio ni, sin duda, terminara con el dolor. Justicia significaba nombrar y condenar al asesino y justicia era lo que se merecían aquellos a quienes la víctima había dejado atrás.

Una parte de Lynley gritaba que aquello no era problema suyo. Otra parte de él sabía que ahora y eternamente y más que nunca, siempre lo sería.

Cuando llegaron a Casvelyn, Lynley ya estaba, si no convencido del tema, al menos moderadamente de acuerdo con él. En una investigación había que encontrar una explicación para todo. Daidre Trahair formaba parte de ese todo y ella misma se había puesto en esa situación al mentir.

La comisaría de policía de Casvelyn se encontraba en Lansdown Road, en el corazón de la ciudad, justo al pie de la cuesta de Belle Vue, que era la principal subida del pueblo, y fue aquí, delante de la estructura gris y sencilla de dos pisos, donde Bea Hannaford aparcó. Al principio Lynley pensó que pretendía llevarle dentro y presentarle, pero en lugar de eso dijo:

– Venga conmigo. -Le puso una mano en el codo y le guió por donde habían venido.

En la intersección de Lansdown Road y Belle Vue, cruzaron un triángulo de tierra donde los bancos, una fuente y tres árboles proporcionaban a Casvelyn un lugar para reunirse al aire libre cuando hacía buen tiempo. Desde ahí, se dirigieron a Queen Street, que estaba flanqueada de tiendas como las de Belle Vue Lane: había de todo, desde ultramarinos a farmacias. Allí, Bea Hannaford se detuvo y miró en ambas direcciones hasta que, al parecer, vio lo que quería.

– Sí, por aquí. Quiero que vea a qué nos enfrentamos.

«Por aquí» se refería a una tienda que vendía artículos deportivos, tanto material como ropa para actividades de exterior. Hannaford efectuó un reconocimiento admirablemente rápido del lugar, encontró lo que quería, le dijo a la dependienta que no necesitaban ayuda y dirigió a Lynley hacia una pared. En ella había colgadas varias piezas metálicas, la mayoría de acero. No había que ser una lumbrera para ver que se utilizaban para escalar.

Hannaford eligió un paquete que contenía tres artículos hechos de plomo, cable de acero resistente y revestimiento de plástico. El plomo era una cuña gruesa al final de un cable que tendría un poco más de medio centímetro de grosor. En un extremo daba vueltas a través de la cuña y también formaba otro lazo en el otro extremo. En medio había un revestimiento de plástico duro que se enrollaba alrededor del cable y por lo tanto, juntaba con firmeza los dos lados. El resultado era una cuerda robusta con un plomo en un extremo y un lazo en el otro.

– Esto es una cuña de escalada. ¿Sabe cómo se utiliza?

Lynley negó con la cabeza. Obviamente, el artilugio estaba hecho para escalar acantilados. Del mismo modo, la parte del lazo se emplearía para conectar la cuña a algún otro objeto. Pero era lo máximo que podía deducir.

– Levante la mano con la palma hacia usted. Junte los dedos. Se lo enseñaré -dijo la inspectora Hannaford.

Lynley hizo lo que le ordenaba. Ella deslizó el cable entre sus dedos índice y corazón, de manera que el plomo quedó pegado a su palma y el lazo que había en el otro extremo del cable quedó del lado de ella.

– Sus dedos son una grieta en la pared del acantilado -explicó la inspectora-. O una apertura entre dos piedras grandes. Su mano es el propio acantilado. O las piedras. ¿Me sigue? -Esperó a que él asintiera-. La pieza de plomo, la cuña, se encaja todo lo posible en la grieta del acantilado o la apertura entre las dos piedras y el cable queda fuera. En el extremo del lazo del cable -aquí hizo una pausa para examinar la pared de artilugios de escalada hasta que encontró lo que quería y lo cogió- se engancha un mosquetón. Así. Y se ata la cuerda al mosquetón con el tipo de nudo que te hayan enseñado a utilizar. Si estás subiendo, usas las cuñas en la ascensión, cada medio metro o como te sientas cómodo. Si estás haciendo rápel, puedes utilizarlos arriba del todo en lugar de una eslinga para fijar tu cuerda a lo que hayas elegido atarla mientras desciendes.

Le cogió la cuña y junto con el mosquetón los dejó en su lugar en la pared de artículos. Se dio la vuelta y dijo:

– Los escaladores marcan todo su equipo con algún distintivo porque a menudo escalan juntos. Pongamos que usted y yo estamos escalando. Yo utilizo seis cuñas o dieciséis; usted usa diez. Utilizamos mis mosquetones pero sus eslingas. ¿Cómo hacemos para organizamos deprisa y sin discusiones al final…? Marcando cada pieza con algo que no se caiga fácilmente. La cinta aislante es perfecta. Santo Kerne utilizaba cinta negra.

Lynley vio adonde quería llegar la inspectora.

– Así que si alguien quiere estropear el equipo de otra persona, sólo tiene que conseguir el mismo tipo de cinta…

– Y el equipo. Sí, exacto. Puedes dañar el material, poner una cinta idéntica encima del desperfecto y nadie se enterará.

– La eslinga, obviamente, sería lo más fácil de dañar, aunque el corte se notaría, si no a simple vista, al menos sí en el microscopio.

– Que es exactamente lo que pasó, como hemos hablado antes.

– Pero hay algo más, ¿verdad?, o no me habría enseñado esto.

– Los forenses han revisado el equipo de Santo -dijo Hannaford. Le puso la mano otra vez en el codo y comenzó a guiarle hacia el exterior de la tienda. Habló en voz baja-: Alguien manipuló dos de las cuñas. Debajo de la cinta para marcar el material, tanto el revestimiento de plástico como el cable estaban dañados. El revestimiento estaba cortado; el cable colgaba de un hilo, metafóricamente hablando. Si el chico utilizaba una cosa o la otra para el descenso en rápel, estaba sentenciado. Lo mismo puede aplicarse a la eslinga. Era hombre muerto, o escalador muerto, lo que prefiera. Sólo era cuestión de tiempo que utilizara el equipo correcto en el peor momento posible.

– ¿Huellas?

– Mil -dijo Hannaford-. Pero no estoy segura de si resultarán útiles, ya que la mayoría de los escaladores no van siempre solos y es probable que descubramos que Santo tampoco.

– A menos que se encuentre una huella en las piezas dañadas que no esté presente en las otras. Sería difícil para alguien explicarlo.

– Mmm, sí. Pero hay un detalle que me extraña, Thomas.

– ¿Qué detalle? -preguntó Lynley.

– Tres piezas manipuladas en lugar de una. ¿Qué le sugiere eso?

Lynley lo meditó.

– Sólo se necesitaba una pieza dañada para mandarlo al otro barrio -dijo pensativo-, pero llevaba tres. Podríamos concluir que al asesino no le importaba cuándo sucediera, ni siquiera si la caída le mataba, ya que podría haber utilizado las cuñas dañadas en el punto bajo de una ascensión y no usar la eslinga para nada.

– ¿Alguna otra conclusión?

– Si normalmente hacía rápel primero y luego subía, podríamos concluir que tres piezas del equipo dañadas indican que el asesino tenía prisa por acabar con el chico. O, por muy difícil que resulte de creer… -Reflexionó un momento, preguntándose por la probabilidad final y qué sugería.

– ¿Sí? -le instó ella a continuar.

– Tres piezas dañadas… También podríamos concluir que el asesino quería que todo el mundo supiera que era un asesinato.

La inspectora asintió.

– Un poco descabellado, ¿verdad?, pero es lo que he pensado yo.

* * *

Fue por pura locura de amor que Kerra quiso salir del hotel y subirse a la bici. Por eso se había puesto la ropa de ciclista y había decidido que unos treinta kilómetros bastarían para borrar de su cabeza aquel pensamiento. Tampoco se tardaba tanto en recorrer treinta kilómetros para alguien con su forma física y si el tiempo seguía mejorando. En un día bueno, si el tiempo acompañaba, podía recorrer cien kilómetros con una mano atada a la espalda, conque treinta eran un juego de niños. También era un juego de niños sumamente necesario, así que se preparó y se dirigió a la puerta.

La llegada del policía le impidió marcharse. Era el mismo tipo de la noche anterior, el agente McNulty, y había en su cara una expresión tan lúgubre que antes de que le comunicara la noticia, Kerra supo que sería mala. Pidió ver a sus padres. Ella le dijo que era imposible.

– ¿No están? -preguntó. Era una pregunta lógica.

– Oh, sí están en casa. Arriba, pero no pueden atenderle. Puede decirme a mí lo que haya venido a decirles a ellos. Han pedido que no les moleste nadie.

– Me temo que tengo que pedirle que vaya a buscarlos.

– Y yo me temo que tengo que decirle que no. Han pedido que les dejen en paz. Lo han dejado bien claro. Por fin están descansando. Estoy segura de que lo comprende. ¿Tiene hijos, agente? Porque cuando alguien pierde a un hijo se hunde, y ellos están hundidos.

Aquello no era exactamente verdad, pero la verdad no generaría compasión. La imagen de su madre y su padre haciéndoselo en el cuarto de Santo como dos adolescentes cachondos hacía que a Kerra se le revolviera el estómago. Ahora mismo no quería tener nada que ver con ellos; en especial con su padre, a quien despreciaba más y más a cada hora que pasaba. Le despreciaba desde hacía años, pero nada de lo que había hecho o no hecho hasta ahora podía compararse con lo que estaba sucediendo en estos momentos.

El agente McNulty transmitió a regañadientes la información en cuanto Alan salió del despacho de marketing, donde había estado revisando un vídeo publicitario.

– ¿Qué ocurre, Kerra? ¿En qué puedo ayudarle? -dijo Alan. Sonaba firme y seguro de sí mismo, como si las últimas dieciséis horas siguieran transformándole-. Soy el prometido de Kerra -le dijo al policía-. ¿Puedo hacer algo por usted?

«¿Prometido? -pensó Kerra-. ¿Mi prometido? ¿A qué viene eso?»

Antes de que tuviera tiempo de corregirle, el poli les proporcionó la información: asesinato. Varias piezas del equipo de Santo habían sido manipuladas, la eslinga y también dos cuñas. La policía querría interrogar primero a la familia. Alan dijo lo que cabía esperar:

– ¿No supondrán que alguien de la familia…? -Logró sonar perplejo e indignado a la vez.

Interrogarían a todo el mundo que conocía a Santo, les dijo el agente McNulty. Parecía bastante emocionado al respecto y Kerra pensó que la vida de un policía de Casvelyn en temporada baja debía de ser terriblemente aburrida, porque los tres cuartos de la población del verano no estaban y los que se quedaban en el pueblo se resguardaban en sus casas de las tormentas atlánticas o sólo cometían alguna que otra infracción leve de tráfico que rompía la monotonía de la vida del agente. Habría que examinar todas las pertenencias de Santo, les comentó el policía. Se elaboraría un historial familiar y…

Kerra ya había tenido suficiente. ¿Historial familiar? Eso sí que sería esclarecedor. Un historial familiar lo mostraría todo: murciélagos en el campanario y esqueletos en el armario, personas enemistadas permanentemente y otras que siempre serían unas desconocidas.

Todo esto le dio otra razón para marcharse. Y luego vino Cadan y la conversación que tuvo con él, provocó que se sintiera culpable.

Después de hablar con el chico cogió la bici. Su padre fue a su encuentro y Alan salió tras él con una cara que decía que le había comunicado la información sobre Santo, por lo que era innecesario que articulara las palabras «lo sabe», aunque eso fue lo que hizo. Kerra quiso decirle que no tenía ningún derecho a contarle nada a su padre. Alan no era de la familia.

– ¿Adonde vas? -le preguntó Ben Kerne a Kerra-. Me gustaría que te quedaras aquí. -Sonaba exhausto. También lo parecía.

¿Te la has follado otra vez?, era la contestación que Kerra deseó dar. ¿Pisó su camisón rojo, se resbaló y se dobló el dedo y tú te derretiste y no viste nada más, ni siquiera que Santo está muerto? Buena forma de olvidarte de todo durante unos minutos, ¿eh? Funciona de maravilla. Siempre ha sido así.

Pero no dijo nada de eso, aunque se moría por despellejarlo.

– Necesito dar una vuelta -dijo-. Tengo que…

– Te necesitamos aquí.

Kerra miró a Alan. Él estaba observándola. Sorprendentemente, ladeó la cabeza en dirección a la carretera para indicarle que se fuera, a pesar de los deseos de su padre. Aunque no quería, le agradecía aquella muestra de comprensión. Al menos en esto, Alan estaba totalmente de su lado.

– ¿Me necesita ella para algo? -le preguntó Kerra a su padre.

Ben se giró y miró arriba, a las ventanas del piso familiar. Las cortinas del dormitorio principal bloqueaban la luz del sol. Detrás, Dellen se enfrentaba a la situación a su manera: sobre los cuerpos aplastados de sus parientes cercanos.

– Se ha vestido de negro -dijo el padre de Kerra.

– Será una decepción para muchas personas, sin duda -contestó ella.

Ben Kerne la miró con tanta angustia en los ojos que por un momento Kerra se arrepintió de sus palabras. No era culpa de su padre, pensó. Pero al mismo tiempo, había cosas que sí lo eran, entre ellas que hablaran de su madre y que, al hacerlo, se vieran reducidos a emplear una serie de palabras escogidas cuidadosamente, como semáforos que se comunicaban a distancia con un lenguaje secreto.

Kerra suspiró, era una persona agraviada que no estaba dispuesta a pedir disculpas. Que él también estuviera afligido era algo que no podía permitirse tener en cuenta.

– ¿Y tú? -le preguntó a su padre.

– ¿Qué?

– Si me necesitas para algo. Porque ella no, ella te querrá a ti. Y viceversa, sin duda.

Ben no respondió. Volvió a entrar en el hotel sin pronunciar palabra y al pasar rozó el hombro de Alan, que parecía intentar descifrar el sentido de la vida.

– Has sido un poco dura, Kerra. ¿No crees?

Lo último que quería ofrecerle a Alan era gratitud por la comprensión que había demostrado antes, así que agradeció la crítica.

– Si has decidido quedarte a trabajar aquí-le dijo-, tendrás que familiarizarte un poco más con la mecánica de tu empleo, ¿de acuerdo?

Igual que su padre, parecía sorprendido. Le gustó que sus palabras le hirieran.

– Ya he captado que estás enfadada -dijo Alan-. Pero lo que no entiendo es por qué. No la parte del enfado, sino del miedo que lo alimenta. No lo comprendo. Lo he intentado, me he pasado casi toda la noche despierto, intentándolo.

– Pobrecito -dijo ella.

– Kerra, todo esto no es nada propio de ti. ¿De qué tienes miedo?

– De nada. No tengo miedo. Hablas de cosas que no entiendes.

– Pues ayúdame a entenderlas.

– No es cosa mía. Te lo desaconsejé.

– Me desaconsejaste trabajar aquí. Esto, tú, lo que te está pasando, y lo que le ha pasado a Santo, no tiene nada que ver con mi empleo.

Kerra sonrió brevemente.

– Pues quédate por aquí, entonces, y pronto descubrirás cuál es la parte esencial de tu empleo, si no lo has hecho ya. Ahora, si me disculpas, quiero salir en bici. Dudo que sigas aquí cuando regrese.

– ¿Vendrás a casa esta noche?

Kerra levantó las cejas.

– Creo que eso ha terminado entre nosotros.

– ¿Qué estás diciendo? Algo ha pasado desde ayer. Aparte de Santo, algo ha pasado.

– Oh, lo sé muy bien. -Se montó en la bici, puso el piñón adecuado para subir el sendero de entrada y se dirigió hacia el pueblo.

Avanzó por el extremo suroriental de St. Mevan Down, donde la hierba sin cortar se doblaba con el peso de las gotas de la lluvia y correteaban algunos perros, agradecidos por aquel descanso en la tormenta. Ella también estaba agradecida y decidió que se dirigiría vagamente hacia Polcare Cove. Se dijo que no tenía ninguna intención de ir al lugar donde había muerto Santo, pero que si acababa allí por casualidad, consideraría que era cosa del destino. No prestaría atención a la ruta, simplemente pedalearía tan deprisa como pudiera, giraría cuando le apeteciera y seguiría recto cuando quisiera.

Sin embargo, sabía que necesitaba una fuente de energía para el tipo de excursión que tenía en mente, así que cuando vio Casvelyn de Cornualles (la tienda de empanadas típicas número uno del condado) a la derecha en la esquina de Burn View Lane, se acercó allí. Era un negocio grande que suministraba empanadas por toda la costa a restaurantes, tiendas, pubs y panaderías más pequeñas que no podían elaborar las suyas propias. El local consistía en una cocina de tamaño industrial al fondo y una tienda en la parte delantera, con diez panaderos trabajando en un área y dos dependientas en la otra.

Kerra apoyó la bicicleta en el escaparate, un monumento magnífico a las empanadas, las barras de pan, las pastas y los panecillos. Entró con la decisión tomada de comprar una empanada de ternera y cerveza, que se comería mientras salía del pueblo.

En el mostrador, hizo su pedido a una chica cuyos impresionantes muslos parecían resultado de haber probado demasiados productos de la panadería. Estaba metiendo la empanada solicitada en una bolsa y cobrándola en la caja cuando apareció la otra dependienta con una hornada recién hecha para colocar en el escaparate. Cuando se cerró la puerta de la cocina, Kerra alzó la vista. En el mismo momento en que su mirada se posaba en la chica de la bandeja, la mirada de la chica se posó en Kerra. Le fallaron las piernas. Se quedó inexpresiva sosteniendo la bandeja delante de ella.

– Madlyn -dijo Kerra. Mucho después pensaría en lo estúpida que había parecido-. No sabía que trabajabas aquí.

Madlyn Angarrack fue a una de las vitrinas, la abrió y colocó las empanadas recién hechas de la bandeja que tenía en la mano.

– ¿De qué es, Shar? -preguntó a la otra chica, que estaba metiendo en una bolsa la compra de Kerra. Su voz era seca.

– De ternera y cerveza -contestó Kerra. Y luego dijo-: Madlyn, le he preguntado a Cadan por ti no hará ni veinte minutos. ¿Cuánto tiempo llevas…?

– Dale una de éstas, Shar. Están recién hechas.

Shar miró a Madlyn y luego a Kerra, como si estuviera interpretando la tensión del ambiente y se preguntara de qué dirección provenía. Pero hizo lo que le habían dicho.

Kerra llevó su empanada hacia donde Madlyn estaba colocando las bandejas ordenadamente.

– ¿Cuándo empezaste a trabajar aquí? Madlyn la miró.

– ¿Por qué quieres saberlo? -Cerró la puerta de la vitrina con un gesto decidido-. ¿Acaso te importa por algo?

Utilizó el dorso de la muñeca para apartarse un mechón de pelo de la cara. Lo tenía corto, bastante oscuro y rizado. En esta época del año, no tenía el color cobrizo que el sol le daba en verano. Kerra pensó en lo muchísimo que se parecía a su hermano Cadan: el mismo color de pelo, abundante y rizado; la misma piel olivácea; los mismos ojos oscuros; la misma forma de la cara. Los Angarrack eran, por lo tanto, totalmente distintos a los hermanos Kerne. Físicamente, así como en cualquier otro aspecto, Kerra y Santo no se parecían en nada.

Pensar de repente en Santo hizo que Kerra parpadeara con fuerza. No le quería allí: ni en su mente ni, definitivamente, cerca de su corazón. Madlyn pareció tomarse aquel gesto como una reacción a su pregunta y a su tono hostil porque prosiguió diciendo:

– Me he enterado de lo de Santo. Siento que se cayera.

Sin embargo, pareció una mera formalidad, una obligación escenificada. Por eso, Kerra dijo más bruscamente de lo que habría hecho:

– No se cayó. Lo asesinaron. La policía ha venido a decírmelo hace un rato. Al principio no lo sabían, cuando lo encontraron. No podían saberlo.

Madlyn abrió la boca como si fuera a hablar, sus labios formaron claramente la primera parte de la palabra «asesinaron», pero no la pronunció, sino que dijo:

– ¿Por qué?

– Porque primero tenían que examinar su equipo de escalada, ¿sabes? Con microscopios o lo que sea que utilicen. Supongo que podrás imaginarte el resto.

– ¿Por qué mataría alguien a Santo, quiero decir?

– Me resulta difícil creer que precisamente tú hagas esa pregunta.

– ¿Estás diciendo…? -Madlyn sostuvo la bandeja vacía en vertical, apoyándola en su cadera-. Teníamos una amistad, Kerra.

– Creo que lo vuestro era mucho más que amistad.

– No hablo de Santo. Hablo de ti y de mí. Éramos amigas, muy amigas. Mejores amigas, podría decirse. ¿Cómo puedes pensar que yo…?

– Pusiste fin a nuestra amistad.

– Empecé a salir con tu hermano. Es lo único que hice. Punto.

– Sí, bueno.

– Y tú lo definiste todo a partir de eso. «Nadie sale con mi hermano y sigue siendo amiga mía», ésa fue tu postura, pero ni siquiera me lo dijiste, ¿verdad? Simplemente cortaste conmigo con tus tijeras oxidadas y eso fue todo. Pones fin a la amistad cuando alguien hace algo que no quieres que haga.

– Fue por tu bien.

– ¿En serio? ¿El qué? ¿Separarme de alguien… separarme de una hermana? Porque eso eras tú para mí, ¿sabes? Una hermana.

– Podrías haber…

Kerra no supo cómo continuar. Tampoco entendía cómo habían llegado a esto. Había querido hablar con Madlyn, era verdad. Por eso acudió a Cadan para preguntarle por su hermana, pero la conversación que había mantenido en su cabeza con Madlyn Angarrack no se parecía a la que estaba manteniendo ahora. Aquella charla mental no se producía en presencia de otra dependienta que atendía su coloquio con la clase de interés rabioso que precede a una pelea de chicas en un colegio de secundaria.

– No digas que no te avisé -dijo Kerra en voz baja.

– ¿De qué?

– De cómo lo pasarías si tú y mi hermano… -Kerra miró a Shar. Había un brillo en sus ojos que resultaba desconcertante-. Ya sabes a qué me refiero. Ya te dije cómo era.

– Pero lo que no me dijiste fue cómo eras tú. Cómo eres: mezquina y vengativa. Mírate, Kerra. ¿Acaso has llorado? Tu hermano ha muerto y aquí estás, perfectamente bien, paseándote en tu bici sin una preocupación en el mundo.

– Tú también pareces llevarlo bien -señaló Kerra.

– Al menos yo no quería que muriera.

– ¿No? ¿Por qué trabajas aquí? ¿Qué ha pasado con la granja?

– Lo dejé. ¿De acuerdo? -Se había puesto roja. Había llegado a asir con tanta fuerza la bandeja que los nudillos se le pusieron blancos mientras seguía hablando-. ¿Ya estás contenta, Kerra? ¿Ya has descubierto lo que querías saber? Averigüé la verdad. ¿Y quieres saber cómo lo conseguí? Me dijo que siempre había sido sincero conmigo, naturalmente, pero en realidad… Oh, lárgate de aquí. Pírate. -Levantó la bandeja como si fuera a lanzársela.

– Eh, Mad… -dijo Shar con inquietud.

Sin duda, pensó Kerra, esa chica nunca había visto la cólera que era capaz de sentir Madlyn Angarrack. Sin duda, Shar nunca había abierto un paquete postal y descubierto dentro fotografías de ella con la cabeza rapada y los ojos agujereados por la mina de un lápiz, notas manuscritas y dos tarjetas de cumpleaños guardadas en su día, pero ahora manchadas de excrementos, un artículo de periódico sobre la jefa de instructores de Adventures Unlimited con las palabras «imbécil» y «mierda» escritas en rojo. No había remitente, pero no hacía falta. Ni tampoco ningún otro tipo de mensaje, cuando las intenciones de quien lo enviaba quedaban tan claramente ilustradas con el contenido del sobre en el que venían.

Esta cualidad de su ex amiga constituía otra razón por la que Kerra había querido hablar con Madlyn Angarrack. Tal vez Kerra odiara a su hermano, pero también le quería. No era la fuerza de la sangre, pero seguía siendo y siempre sería una cuestión de sangre.

Capítulo 8

– Sé que no es buen momento para hablarlo -dijo Alan Cheston-. No habrá un buen momento para hablar de nada durante un tiempo y creo que los dos lo sabemos. Pero la cuestión es… Estos chicos tienen que cumplir con unos plazos y, si vamos a comprometernos, debemos hacérselo saber o perderemos terreno.

Ben Kerne asintió como atontado. No se imaginaba conversando racionalmente sobre ningún tema, menos aún sobre negocios. Lo único que podía imaginar era caminar de nuevo por los pasillos del hotel de la Colina del Rey Jorge, con un hombro contra la pared y la cabeza agachada examinando el suelo. Iba por un pasillo y volvía por otro, cruzaba una puerta cortafuegos y subía las escaleras para atravesar otro pasillo. Seguía y seguía, como un espectro, hasta el infinito. De vez en cuando pensaba en el dinero que se habían gastado para reformar el hotel y se preguntaba qué propósito tenía continuar gastando más. Se preguntaba qué objeto tenía cualquier cosa en ese momento y luego intentaba dejar de pensar.

Eso fue la noche anterior. Dellen tenía pastillas, pero no quiso tomarlas.

Miró a Alan. Lo vio como a través de una niebla, como si tuviera un velo entre los ojos y el cerebro. Intuía al joven, pero carecía de la capacidad necesaria para procesar lo que veía. Así que dijo:

– Adelante. Lo entiendo. -Aunque no quería hacer lo primero y no era verdad lo segundo.

Estaban en el despacho de marketing, una antigua sala de conferencias pequeña que daba a lo que antes era la recepción. En la época en la que el hotel estaba abierto, seguramente se empleaba para reuniones de personal. En la pared todavía había colgada una pizarra vieja manchada con letras fantasmagóricas, sin duda obra de un director que llamaba a sus tropas a la acción, a juzgar por el excesivo subrayado. Debajo de esta superficie para escribir y rodeando la habitación, el revestimiento de las paredes tenía agujeros y, arriba, el papel descolorido mostraba escenas de caza. Los Kerne habían decidido dejarlo todo como estaba cuando compraron el hotel. No lo vería nadie excepto ellos, decidieron, y podían invertir el dinero más provechosamente en otra parte.

Y ése era el objetivo de la reunión con Alan. Ben atendió a lo que estaba diciéndole el joven y escuchó:

– … debemos plantearnos el coste como una inversión para obtener resultados. Además, es un gasto único, pero no se trata de un producto de un uso único, así que amortizaríamos lo que gastáramos produciéndolo. Si tenemos cuidado y evitamos una imagen que quede anticuada, nos irá bien. Ya sabes a qué me refiero: no sacar planos de coches, eludir lugares que puedan resultar anacrónicos dentro de cinco años y utilizar sitios que tengan historia, cosas de ese estilo. Mira. Esta muestra llegó el otro día. Ya se la he enseñado a Dellen, pero seguramente… Bueno, seguramente no te lo habrá mencionado, y es comprensible.

Alan se levantó de la mesa de reuniones -un mueble de pino lleno de marcas y rayones con innumerables quemaduras de cigarrillos olvidados- y se acercó al vídeo. Mientras hablaba se había puesto colorado de un modo febril y Ben especuló, no por primera vez, sobre la relación de su hija con este hombre. Creía saber la razón que escondía la decisión de Kerra de elegir a Alan y estaba bastante seguro de que se equivocaba con él en más de un sentido.

Él y Alan mantenían su reunión habitual sobre estrategias de mercado. Ben no había tenido la voluntad necesaria para cancelarla. Ahora estaba sentado en silencio, planteándose cuál de los dos era el cabrón con menos corazón: Alan por seguir adelante como si aparentemente no hubiera ocurrido nada o él por estar presente. Dellen debía acudir, ya que también trabajaba en el departamento de marketing, pero no se había levantado de la cama.

En la pantalla comenzó una película promocional. Mostraba un centro turístico en las islas Sorlingas: un hotel y un balneario de lujo con campo de golf. No atraería al mismo tipo de clientela que Adventures Unlimited, pero Alan no se lo enseñaba por eso.

Una voz en off melosa hacía los comentarios, un discurso para el centro turístico. Mientras la voz recitaba el panegírico esperado, la película que la acompañaba mostraba imágenes del hotel sobre arenas blancas, clientes del balneario disfrutando de los cuidados de masajistas ágiles y bronceados, golfistas golpeando pelotas, gente cenando en las terrazas y en habitaciones iluminadas con velas. Era el tipo de película que se mostraba a las agencias de viajes. Ellos también podían hacerlo, pero con una base de intereses mucho más amplia. Esto, por lo tanto, era lo que Alan quería: el permiso de Ben para buscar otra forma más de vender Adventures Unlimited.

– Como ya he mencionado, están entrando reservas -dijo Alan en cuanto terminó la película-, y es genial, Ben. Ese artículo que publicaron sobre ti en el Mail on Sunday y lo que estás haciendo con este lugar ha sido un vehículo de promoción sumamente útil. Pero ha llegado el momento de examinar el potencial para un mercado mayor -contó con los dedos-: familias con niños de seis a dieciséis años, colegios privados que programen cursos de madurez de una semana para sus alumnos, solteros que busquen encontrar el amor de su vida, viajeros maduros en buena forma física que no quieran pasar sus años dorados meciéndose en alguna terraza. Luego están los programas de rehabilitación, programas de excarcelación anticipada para jóvenes delincuentes, programas para jóvenes de zonas deprimidas. Ahí fuera hay un mercado enorme y quiero que le saquemos provecho.

A Alan se le había iluminado el rostro, tenía las orejas coloradas y los ojos centelleantes. «Entusiasmo y esperanza», pensó Ben. Eso o los nervios.

– Tienes grandes planes -le dijo a Alan.

– Espero que me contrataras por eso. Lo que tienes aquí, Ben… Este lugar, su ubicación, tus ideas… Invirtiendo en áreas con posibilidades de generar beneficios, estás ante la gallina de los huevos de oro. Te lo juro.

Entonces Alan pareció examinarle, igual que Ben había hecho con Alan. Sacó la cinta del vídeo, se la entregó y puso una mano en el hombro de Ben momentáneamente.

– Vuelve a verla con Dellen cuando os sintáis capaces -dijo-. No hay que tomar una decisión hoy, pero… hay que hacerlo pronto, eso sí.

Ben cerró los dedos en torno a la caja de plástico. Notó las pequeñas marcas contra su piel.

– Estás haciendo un buen trabajo. Organizar el artículo del Mail on Sunday fue una idea brillante…

– Quería que vieras lo que podía hacer -le dijo Alan-. Te agradezco que me contrataras, si no seguramente me habría visto obligado a vivir en Truro o Exeter y no me habría gustado demasiado.

– Pero son sitios mucho mayores que Casvelyn.

– Demasiado grandes para mí si Kerra no está. -Alan soltó una carcajada que sonó nerviosa-. Ella no quería que formara parte de la plantilla, ¿sabes? Dijo que no funcionaría, pero mi intención es demostrarle que se equivoca. Este lugar… -Y extendió los brazos para abarcar todo el hotel-. Este lugar me llena de ideas. Lo único que necesito es alguien que las escuche y dé su aprobación cuando llegue el momento. ¿Has pensado en todos los usos que podemos darle al hotel en temporada baja? Hay sitio para conferencias y, adaptando un poquito la película promocional…

Ben desconectó, no porque no estuviera interesado, sino por el doloroso contraste que presentaba Alan Cheston respecto a Santo. Ahí estaba el celo que Ben había esperado que tuviera su hijo: alguien que abrazara con entusiasmo lo que se habría convertido en la herencia de Santo y de su hermana. Pero el chico no veía las cosas de ese modo. Anhelaba vivir la vida en lugar de construirse una vida. En eso diferían él y su padre. Cierto que sólo tenía dieciocho años y que quizá con la madurez habrían llegado el interés y el compromiso. Pero si el pasado era el mejor indicador del futuro, ¿no era razonable pensar que Santo habría continuado involucrándose en esas cuestiones que ya habían comenzado a definirle como hombre? El encanto y la búsqueda, el encanto y el placer, el encanto y el entusiasmo por lo que el entusiasmo podía conseguirle y no por lo que podía producir.

Ben se preguntó si Alan había visto todo esto cuando le había pedido trabajo en Adventures Unlimited. Porque Alan conocía a Santo, había hablado con él, lo había visto, lo había observado. Por lo tanto, sabía que existía un vacío. Había evaluado ese vacío y había considerado que él era el hombre que debía llenarlo.

– Así que si combinamos nuestros activos y presentamos un plan al banco… -estaba diciendo Alan cuando Ben le interrumpió, después de que la palabra «nuestros» penetrara en sus pensamientos como un golpeteo brusco en la puerta de su conciencia.

– ¿Sabes dónde tenía Santo su material de escalada, Alan?

La verborrea de Alan terminó de repente. Miró a Ben con evidente confusión. ¿Era fingida, no era fingida? Ben no sabría decir.

– ¿Qué? -espetó Alan. Y cuando Ben repitió la pregunta, pareció pensar su respuesta antes de darla-. Supongo que lo tenía en su cuarto, ¿no? ¿O quizá guardado con el tuyo?

– ¿Sabes dónde está el mío?

– ¿Por qué iba a saberlo? -Alan comenzó a guardar el aparato de vídeo. Un silencio flotó entre ellos. Un coche se detuvo fuera y Alan se acercó a la ventana mientras decía-: A menos… -Pero su respuesta se perdió cuando dos puertas se cerraron con fuerza al otro lado-. La policía. Otra vez ese agente, el que ha venido antes. Esta vez le acompaña una mujer.

Ben salió de la sala de reuniones de inmediato y fue al vestíbulo mientras la puerta principal se abría y el agente McNulty entraba. Lo precedía una mujer de aspecto duro con el pelo a lo Sid Vicious teñido de un color rojo que rayaba el violeta. No era joven, pero no era vieja. Lo miró fijamente, pero no sin compasión.

– ¿El señor Kerne? -preguntó, y procedió a presentarse como la inspectora Hannaford. Estaba allí para interrogar a la familia, le dijo.

– ¿A toda la familia? -quiso saber Ben-. Mi esposa está en la cama y mi hija ha salido en bici. -Tuvo la sensación de que aquella información hacía que Kerra pareciera no tener corazón, así que añadió-: Es el estrés. Cuando siente presión, necesita una vía de escape. -Y entonces tuvo la sensación de haber dicho demasiado.

– Hablaremos con su hija más tarde. Mientras tanto, esperaremos a que despierte a su mujer. Son cuestiones preliminares. No les robaremos demasiado tiempo, por ahora.

«Por ahora» significaba que habría un después. Con la policía, por lo general, era más importante lo que se insinuaba que lo que se decía.

– ¿En qué punto de la investigación están? -preguntó.

– Éste es el primer paso, señor Kerne, aparte de las pruebas forenses. Están empezando con las huellas: su equipo, su coche, el contenido de su coche. Trabajarán a partir de ahí. Tendremos que tomarles las huellas -dijo con un gesto que abarcó el hotel y obviamente se refería a todo el mundo que estaba allí-. Pero de momento, sólo son preguntas. Así que si puede ir a buscar a su mujer…

No le quedó más remedio que hacer lo que le pedía. Si no, habría parecido que no quería colaborar, así que no importaba en qué estado se encontrara Dellen.

Ben fue por las escaleras en lugar de coger el ascensor. Quería emplear la subida para pensar. Había muchas cosas que no quería que la policía supiera, temas tanto enterrados como privados.

En su dormitorio, Ben llamó a la puerta con suavidad, pero no esperó a oír la voz de su mujer. Entró en la oscuridad y avanzó hacia la cama, donde encendió una lámpara. Dellen estaba tumbada tal como la había dejado la última vez que la había visto: boca arriba, con un brazo doblado sobre los ojos. A su lado, en la mesita de noche, había dos frascos de pastillas y un vaso de agua. El borde del vaso estaba manchado con una media luna de pintalabios rojo.

Ben se sentó en el borde de la cama, pero ella no cambió de posición, aunque sus labios se movieron convulsivamente, así que supo que no estaba dormida.

– Ha venido la policía -dijo-. Quieren hablar con nosotros. Tendrás que bajar.

Movió la cabeza levemente.

– No puedo.

– Tienes que hacerlo.

– No puedo dejar que me vean así. Ya lo sabes.

– Dellen…

Ella bajó el brazo. Entrecerró los ojos por culpa de la luz y volvió la cabeza lejos de la lámpara y de él.

– No puedo y lo sabes -repitió-. A menos que quieras que me vean así. ¿Es lo que quieres?

– ¿Cómo puedes decir eso, Dell? -Ben le puso la mano sobre el hombro. Notó la tensión que recorrió su cuerpo en respuesta.

– A menos -giró la cabeza hacia él- que quieras que me vean así. Porque los dos sabemos que me prefieres de esta manera, ¿verdad? Me quieres así. Casi podría pensar que organizaste la muerte de Santo sólo para hacerme esto. Te resulta muy útil, ¿no?

Ben se levantó bruscamente y se dio la vuelta para que no pudiera verle la cara.

– Lo siento -dijo enseguida-. Oh, Dios mío, Ben. No sé lo que me digo. ¿Por qué no me dejas? Sé que quieres hacerlo, siempre lo has querido. Llevas nuestro matrimonio como una losa. ¿Por qué?

– Por favor, Dell -dijo él. Pero no sabía qué estaba pidiéndole. Se secó la nariz con la manga de la camisa y regresó con ella-. Déjame ayudarte. No van a marcharse hasta que hablen con nosotros.

No añadió lo que también podría haberle dicho: que era probable que la policía volviera más tarde para hablar con Kerra y que también podrían hablar con Dellen entonces. No podía permitir que eso ocurriera, determinó. Necesitaba estar presente cuando hablaran con su mujer y si los investigadores volvían más tarde, siempre existía la posibilidad de que encontraran a Dellen sola.

Se acercó al armario y sacó ropa para ella. Pantalones negros, jersey negro, sandalias negras para sus pies. Eligió la ropa Interior y lo llevó todo a la cama.

– Déjame ayudarte -dijo.

Había sido el imperativo de los años que llevaban juntos. Vivía para servirla. Ella vivía para que la sirvieran.

Retiró las mantas y la sábana de su cuerpo. Debajo, Dellen estaba desnuda y olía mal, y la miró sin sentir ningún deseo. Sin las formas de la niña de quince años con quien había retozado en la hierba entre las dunas, su cuerpo expresaba el odio que su voz no podía pronunciar. Estaba llena de marcas y estirada, teñida y pintada. Era apenas real y, simultáneamente, demasiado corpórea. Era el pasado -confusión y distanciamiento- hecho carne.

Pasó el brazo por debajo de sus hombros y la levantó. Había empezado a llorar. Era un llanto silencioso, horrible de contemplar. Le ensanchaba la boca, le enrojecía la nariz, le empequeñecía los ojos.

– ¿Quieres hacerlo? Pues hazlo. No voy a retenerte. Nunca te he retenido.

– Shhh. Ponte esto -murmuró Ben, y le pasó los brazos por las tiras del sujetador. Dellen no le ayudó en nada, a pesar de sus palabras de ánimo. Se vio obligado a coger sus enormes pechos en sus manos y encajarlos en el sostén antes de abrocharlo por detrás. Así la vistió, y cuando le hubo puesto la ropa, la instó a levantarse y por fin cobró vida.

– No puedo dejar que me vean así -dijo, pero esta vez su tono era distinto. Fue al tocador y de entre el revoltijo de cosméticos y bisutería sacó un cepillo, que pasó con fuerza por su larga melena rubia para desenredarla y se la recogió en un moño aceptable. Encendió una pequeña lámpara de latón que Ben le había regalado hacía tiempo por Navidad y se inclinó sobre el espejo para examinarse la cara. Se aplicó colorete y un poco de rímel y luego rebuscó entre las barras de labios hasta que encontró la que quería y se los pintó.

– De acuerdo -dijo, y se volvió hacia él.

Vestía de negro de los pies a la cabeza, pero sus labios estaban rojos. Rojos como una rosa. Rojos como la sangre.

* * *

Mientras llevaba a cabo los preliminares de la investigación con la ayuda del agente McNulty y el sargento Collins, Bea Hannaford pronto descubrió que, sin ningún género de dudas, tenía como asistentes a los equivalentes policiales de Stan Laurel y Oliver Hardy. Se percató de ello de repente, cuando el agente McNulty le comunicó -con una expresión lacrimógena apropiada en su cara- que había informado a la familia de que la muerte de Santo seguramente era un asesinato. Aunque en sí mismo aquello no podía considerarse un trabajo policial execrable, no cabía la menor duda de que haber compartido alegremente con los Kerne los hechos sobre el equipo de escalada del chico muerto sí lo era.

Bea se había quedado mirando a McNulty, con incredulidad al principio. Luego comprendió que no era que se hubiera expresado mal, sino que realmente había revelado detalles vitales de una investigación policial a personas que podían ser sospechosas. Primero explotó, luego quiso estrangularle.

– ¿Qué hace usted exactamente todo el día, pelársela en los baños públicos? -le preguntó después en tono desagradable-. Porque, señor mío, es usted el agente de policía más penoso que he tenido ocasión de conocer. ¿Es consciente de que ya no tenemos nada que sólo sepamos nosotros y el asesino? ¿Comprende en qué situación nos deja eso?

Después le dijo que la acompañara y mantuviera la boca cerrada hasta que ella le diera permiso para hablar.

Al menos en eso el policía sí mostró tener sentido común. Desde el momento en que llegaron al hotel de la Colina del Key Jorge -una muestra ruinosa de art déco que, en opinión de Bea, había que derruir-, el agente McNulty no articuló palabra alguna. Incluso tomó notas y no levantó la cabeza ni una sola vez de su libreta mientras ella hablaba con Alan Cheston y aguardaban a que Ben Kerne regresara acompañado de su esposa.

Cheston no escatimó en detalles: tenía veinticinco años, supuestamente era el compañero de la hija de los Kerne, había crecido en Cambridge y era el único hijo de una física («mi madre», explicó con orgullo) y un bibliotecario de la universidad («mi padre», añadió otra vez innecesariamente), ambos jubilados. Había estudiado en Trinity Hall, ido a la facultad de Económicas de Londres y trabajado en el departamento de marketing de una empresa de reurbanización de Birmingham hasta que sus padres se retiraron a Casvelyn, momento en que se trasladó a Cornualles para estar cerca de ellos en sus últimos años. Era propietario de una casa adosada en Lansdown Road que estaba reformando, para adecuarla a la mujer y la familia que esperaba tener, así que mientras tanto vivía en un estudio al final de Breakwater Road.

– Bueno, no es exactamente un estudio -añadió después de ver que el agente McNulty garabateaba laboriosamente por un momento-. Es más bien una habitación en esa casa que hay al final de la calle, la mansión rosa enfrente del canal. Puedo utilizar la cocina y… bueno, la propietaria es bastante liberal en cuanto al uso del resto de la casa.

Con aquello, Bea supuso que se refería a que la propietaria tenía ideas modernas. Con aquello, Bea supuso que se refería a que él y la hija de Kerne follaban allí impunemente.

– Kerra y yo tenemos intención de casarnos -añadió, como si aquel detalle sutil pudiera calmar las aguas turbulentas de lo que había interpretado erróneamente como preocupación en el rostro de Bea por la virtud de la joven.

– Ah, qué bien. ¿Y Santo? -le preguntó-. ¿Qué clase de relación tenía usted con él?

– Era un chaval estupendo -fue la contestación de Alan-. Era difícil que no te cayera bien. No era un gran intelectual, entiéndame, pero desprendía felicidad, jovialidad. La contagiaba y, por lo que pude ver, a la gente le gustaba estar con él. A la gente en general.

«Alegría de vivir», pensó Bea. Insistió.

– ¿Y qué me dice de usted? ¿Le gustaba estar con él?

– No pasábamos demasiado tiempo juntos. Soy el novio de Kerra, así que Santo y yo… Éramos más como parientes políticos, supongo. Teníamos un trato agradable y cordial cuando hablábamos, pero nada más. No compartíamos los mismos intereses. Él era muy físico. Yo soy más… ¿cerebral?

– Lo que le convierte a usted en una persona más adecuada para llevar un negocio, supongo -señaló Bea.

– Sí, por supuesto.

– Como este negocio, por ejemplo.

El joven no era idiota. Él, a diferencia de los Stan y Oliver con los que tenía que cargar, no confundía la gimnasia con la magnesia, pasara lo que pasase.

– En realidad, Santo se sintió un poco aliviado cuando supo que yo iba a trabajar aquí -dijo-. Le quitó de encima una presión que no deseaba.

– ¿Qué clase de presión?

– Tenía que trabajar con su madre en esta área del negocio y no quería. Al menos eso es lo que me indujo a creer. Me dijo que no era la persona adecuada para esta parte de la operación.

– Pero a usted no le importa trabajar en esta área, trabajar con ella.

– En absoluto.

Cuando respondió, mantuvo los ojos bien clavados en los de Bea y todo el cuerpo inmóvil. Sólo aquello provocó que se preguntara por la naturaleza de su mentira.

– Me gustaría ver el material de escalada de Santo, si me enseña dónde puedo encontrarlo, señor Cheston -dijo la inspectora.

– Lo siento, pero lo cierto es que no sé dónde lo guardaba.

También debía preguntarse sobre aquello. Había contestado con bastante rapidez, como si esperara que le formulara la pregunta.

– Aquí llega Ben con Dellen -dijo al oír el sonido del viejo ascensor cuando Bea estaba a punto de insistir en este tema.

– Volveremos a hablar, seguramente.

– Por supuesto. Cuando usted quiera.

Alan regresó a su despacho antes de que el ascensor llegara a la planta baja y expulsara a los Kerne. Ben salió primero y alargó la mano para ayudar a su mujer. Ella emergió despacio, parecía más bien una sonámbula. «Pastillas», pensó Bea. Estaba sedada, algo esperable en la madre de un chico muerto.

Sin embargo, lo que no era esperable era su aspecto. El término cortés para describirlo sería «belleza ajada». Tendría unos cuarenta y cinco años y sufría la maldición de la mujer voluptuosa: las curvas seductoras de su juventud habían dado paso en la edad madura a la redondez y la caída de las carnes. También había sido fumadora y tal vez todavía lo fuera, porque tenía la piel muy arrugada alrededor de los ojos y agrietada en torno a los labios. No estaba gorda, pero no tenía el cuerpo tonificado de su marido. «Demasiado poco ejercicio y demasiados caprichos», concluyó Bea.

Y, sin embargo, la mujer tenía algo: pedicura en los pies, manicura en las manos, melena rubia espléndida con un brillo agradable, grandes ojos violeta con pestañas negras y gruesas y una forma de moverse que pedía ayuda. Los trovadores la habrían llamado damisela. Bea la llamó «mujer problemática» y esperó a averiguar por qué.

– Señora Kerne, gracias por atendernos. -Y luego le dijo a Ben-: ¿Podríamos hablar en algún sitio? No debería llevarnos demasiado tiempo.

La última frase era típica casuística policial. Bea tardaría lo que tuviera que tardar hasta quedarse satisfecha. Ben Kerne dijo que podían subir al primer piso del hotel. Allí se encontraba el salón de los huéspedes. Estarían cómodos.

Lo estuvieron. La habitación daba a la playa de St. Mevan y estaba amueblada con sofás nuevos y resistentes de felpa, un televisor de pantalla grande, un reproductor de DVD, un equipo de música, un billar y una cocina. Este último espacio tenía artículos para preparar té y una reluciente cafetera de acero inoxidable para cappuccinos. Las paredes exhibían pósters antiguos de escenas deportivas de las décadas de 1920 y 1930: esquiadores, excursionistas, ciclistas, nadadores y tenistas. Estaba bien pensado y era muy bonito. Habían invertido una buena suma en este espacio.

Bea se preguntó de dónde habría salido el dinero para un proyecto como aquél y no se lo pensó dos veces antes de preguntar. En lugar de una respuesta, sin embargo, Ben Kerne preguntó si los policías querían un cappuccino. Bea rechazó el ofrecimiento para ambos antes de que el agente McNulty -que había levantado la cabeza de su libreta con un entusiasmo que a la inspectora le pareció precipitado- pudiera aceptarlo. Kerne se acercó a la cafetera de todos modos, y dijo:

– Si no les importa… -Procedió a preparar un brebaje de algún tipo que colocó en las manos de su esposa. Ella lo cogió sin entusiasmo. Él le pidió que tomara un poco, parecía preocupado. Dellen dijo que no quería, pero Ben fue tenaz-. Tienes que bebértelo -le dijo.

Se miraron y parecieron enzarzarse en una batalla de voluntades. Dellen parpadeó, se llevó la taza a los labios y no la bajó hasta que apuró el contenido, dejando una inquietante mancha roja allí donde sus labios habían tocado la cerámica.

Bea les preguntó cuánto tiempo llevaban viviendo en Casvelyn y Ben contestó que habían llegado hacía dos años. Antes vivían en Truro, tenían dos tiendas de deportes en esa ciudad y las había vendido -junto con la casa familiar- para financiar parcialmente el proyecto de Adventures Unlimited. El resto del dinero procedía del banco, naturalmente. Nadie se embarcaba en una empresa como ésa sin contar con más de una fuente de financiación. Tenían previsto abrir a mediados de junio, pero ahora… No lo sabía.

Bea dejó pasar ese comentario por el momento.

– ¿Se crió en Truro, señor Kerne? ¿Usted y su mujer fueron novios desde la infancia?

Ben dudó al oír aquello, por alguna razón. Miró a Dellen como si se planteara cuál era la mejor manera de articular su respuesta. Bea se preguntó qué era lo que provocaba aquella pausa: haberse criado en Truro o haber sido novios desde la infancia.

– En Truro no -contestó por fin-. Pero en cuanto a lo de novios desde la infancia… -Volvió a mirar a su mujer y no había ninguna duda de que su expresión era de cariño-. Llevamos juntos más o menos desde que éramos adolescentes: desde los quince o los dieciséis años, ¿verdad, Dell? -No esperó a que su mujer respondiera-. Pero éramos como la mayoría de los chicos: salíamos y rompíamos, nos perdonábamos y volvíamos a estar juntos. Lo hicimos durante seis o siete años antes de casarnos, ¿verdad, Dell?

– No lo sé -dijo Dellen-. He olvidado todo eso.

Tenía la voz ronca, la voz de una fumadora. Le quedaba bien. Cualquier otra clase de voz habría resultado absolutamente atípica en ella.

– ¿En serio? -Ben se volvió hacia ella-. El drama de nuestra adolescencia parecía no acabar nunca. Como sucede cuando alguien te importa.

– ¿Qué clase de drama? -preguntó Bea mientras a su lado el agente McNulty seguía garabateando gratamente en su libreta.

– Me acostaba con otros -dijo Dellen sin rodeos.

– Dell…

– Seguramente lo averiguará, así que mejor se lo decimos nosotros -dijo Dellen-. Yo era la puta del pueblo, inspectora. -Luego le dijo a su marido-: ¿Puedes prepararme otro café, Ben? Más caliente, por favor. El anterior estaba bastante tibio.

Mientras su mujer hablaba, el rostro de Ben se volvió pétreo. Tras un segundo de duda, se levantó del sofá donde se había sentado junto a su esposa y se acercó de nuevo a la cafetera. Bea dejó que el silencio se prolongara y cuando el agente McNulty se aclaró la garganta como si fuera a hablar, le dio un golpe en el pie para que siguiera callado. Le gustaba que hubiera tensión durante un interrogatorio, en especial si uno de los sospechosos se la proporcionaba al otro sin querer.

Dellen volvió a hablar al fin, pero miró a Ben, como si lo que decía encerrara un mensaje oculto para él.

– Vivíamos en la costa, Ben y yo, pero no en un lugar como Newquay, donde al menos hay algunos entretenimientos. Éramos de un pueblo donde no había nada que hacer aparte de ir a la playa en verano y practicar sexo en invierno. Y a veces también practicar sexo en verano, si hacía mal tiempo para ir a la playa. Íbamos en pandilla, un grupo de chicos y chicas, y nos liábamos entre nosotros. Salíamos con uno un tiempo, luego con otro unos días. Hasta que nos fuimos a Truro. Ben se marchó primero y yo, chica lista, le seguí al instante. Y aquello marcó la diferencia. Las cosas cambiaron para nosotros en Truro.

Ben regresó con la bebida. También llevaba un paquete de cigarrillos que había cogido de algún sitio de la cocina. Le encendió uno y se lo dio. Se sentó a su lado, bastante cerca.

Dellen apuró el segundo café prácticamente como el primero, como si tuviera la boca de amianto. Cogió el cigarrillo, dio una calada experta e hizo lo que Bea siempre había pensado que era una doble inhalación: se tragó el humo, dejó escapar un poco y volvió a tragárselo todo. Dellen Kerne hizo que el acto pareciera único. Bea intentó examinar detenidamente a la mujer. Le temblaban las manos.

– ¿Las luces de la gran ciudad? -les preguntó a los Kerne-. ¿Fue eso lo que les llevó a Truro?

– No exactamente -dijo Dellen-. Ben tenía un tío que le acogió cuando tenía dieciocho años. Siempre estaba peleándose con su padre por mí. Papá (el de Ben, no el mío) creía que si conseguía que su hijo se fuera del pueblo también le separaría de mí. O a mí de él. No pensó que yo le seguiría. ¿Verdad, Ben?

Ben puso la mano sobre la de ella. Estaba hablando demasiado y todos lo sabían, pero sólo Ben y su mujer sabían por qué lo hacía. Bea se preguntó qué tenía que ver todo aquello con Santo mientras Ben se esforzaba por tomar el control de la conversación.

– No reinventes la historia. La verdad -y eso se lo dijo directamente a Bea- es que mi padre y yo nunca nos llevamos bien. Su sueño era vivir de la tierra y después de dieciocho años yo ya tuve suficiente. Arreglé las cosas para irme a vivir con mi tío y me marché a Truro. Dellen me siguió al cabo de… No sé… ¿Cuánto tiempo? ¿Ocho meses?

– Parecieron ocho siglos -dijo Dellen-. Mi castigo era saber apreciar algo bueno cuando lo veía, y que todavía lo sé apreciar. -Mantuvo la mirada fija en Ben Kerne mientras le decía a Bea-: Tengo un marido maravilloso cuya paciencia he puesto a prueba durante muchos años, inspectora Hannaford. ¿Puedo tomar otro café, Ben?

– ¿Estás segura de que es sensato?

– Pero más caliente, por favor. Creo que esa máquina no funciona muy bien.

Bea pensó que ése era el tema: el café y lo que el café representaba. Ella no lo había querido y él había insistido. El café como metáfora; Dellen Kerne estaba restregándoselo por la cara.

– Me gustaría ver el cuarto de su hijo, si puedo -dijo la inspectora-. En cuanto se termine el café, naturalmente.

* * *

Daidre Trahair caminaba hacia Polcare Cove por la cima del acantilado cuando le vio. Soplaba un viento fresco y acababa de pararse para volver a atarse el pelo con el pasador de concha. Había logrado recogérselo casi todo y se había puesto el resto detrás de las orejas, y ahí estaba él, tal vez a unos cien metros al sur de donde se encontraba ella. Era obvio que acababa de subir de la cala, así que lo primero que pensó fue que había empezado a caminar otra vez, reanudando su marcha, después de que la inspectora Hannaford lo liberara de toda sospecha. Concluyó que era bastante razonable: en cuanto había dicho que era de New Scotland Yard seguramente había quedado absuelto. Ojalá ella hubiera sido la mitad de lista…

Pero debía ser sincera, al menos consigo misma. Thomas Lynley no les había contado que era de New Scotland Yard. Era algo que los otros dos supusieron anoche en cuanto dijo cómo se llamaba.

Él dijo: «Thomas Lynley». Y uno de ellos, no recordaba cuál, preguntó «¿de New Scotland Yard?» de un modo que pareció decirlo todo. Thomas contestó algo para señalarles que su suposición era correcta y eso fue todo.

Ahora ya sabía por qué. Porque si se trataba del Thomas Lynley de New Scotland Yard, también era el Thomas Lynley cuya mujer había sido asesinada en plena calle delante de su casa de Belgravia. Todos los policías del país conocerían la historia. Al fin y al cabo, la policía era una hermandad, si podía llamársele así. Eso significaba, Daidre lo sabía, que todos los policías del país estaban conectados. Debía recordarlo y debía tener cuidado cuando estuviera con él, independientemente de su dolor y de la tendencia de ella a mitigarlo. «Todo el mundo siente dolor -se dijo-. La vida consiste en aprender a sobrellevarlo.»

Lynley levantó una mano para saludarla. Ella le devolvió el saludo. Caminaron el uno hacia el otro por la cima del acantilado. Aquí el sendero era estrecho e irregular, con fragmentos de piedras carboníferas que sobresalían del suelo, y en el extremo este susurraba un manto de aulagas, una intromisión amarilla que se erguía con fuerza en el viento. Detrás de las aulagas, la hierba crecía con abundancia, aunque en ella pacían libremente las ovejas.

Cuando estuvieron lo bastante cerca como para oírse, Daidre le dijo a Thomas Lynley:

– Vaya, reanudas la marcha, ¿entonces? -En cuanto habló, se percató de que no era así y añadió-: Pero no llevas la mochila, así que no te vas.

Él asintió con solemnidad.

– Serías una buena detective.

– Era una deducción muy elemental, me temo. Cualquier otra cosa se me escaparía. ¿Has salido a pasear?

– Estaba buscándote.

Como había hecho con el pelo de Daidre, el viento alborotó el de Lynley y él se lo apartó de la frente. De nuevo, la veterinaria pensó en lo mucho que se parecía al suyo. Supuso que en verano se le aclaraba bastante.

– ¿A mí? -preguntó-. ¿Cómo sabías dónde encontrarme? Aparte de llamar a la puerta de la cabaña, quiero decir. Porque supongo que esta vez sí habrás llamado. No tengo muchas ventanas más que ofrecerte.

– He llamado. Al no contestar nadie, he echado un vistazo, y he visto huellas recientes y las he seguido. Ha sido bastante fácil.

– Aquí estoy -dijo ella.

– Aquí estás.

Lynley sonrió y pareció dudar por alguna razón, algo que sorprendió a Daidre, ya que parecía el tipo de hombre que no dudaría ante nada.

– ¿Y? -dijo ella, y ladeó la cabeza. Observó que tenía una cicatriz en el labio superior que rompía su físico desconcertantemente. Tenía un rostro atractivo en un sentido clásico: rasgos fuertes bien definidos; ningún indicio de endogamia.

– He venido a invitarte a cenar -explicó Thomas-. Me temo que sólo puedo proponerte el Salthouse Inn, porque aún no tengo dinero y no puedo invitarte a comer y pedirte que pagues tú, ¿verdad? Pero en el hostal cargarán la cena en mi cuenta y como el desayuno era excelente, al menos abundante, imagino que la cena también será aceptable.

– Qué invitación tan sospechosa -dijo Daidre.

Lynley pareció pensar en ello.

– ¿Por lo de «aceptable»?

– Sí. «Te invito a una cena aceptable aunque no ostentosa.» Es una de esas peticiones corteses posvictorianas a la que sólo puede responderse con un «gracias, creo».

Él se rió.

– Lo siento. Mi madre se retorcería en su tumba si estuviera muerta, que no es el caso. Permíteme decir, entonces, que he echado un vistazo al menú de esta noche y parece… si no magnífico, al menos sí bárbaro.

Ella también se rió.

– ¿Bárbaro? ¿De dónde sale eso? Da igual, no me lo digas. Comamos en mi casa. Ya he preparado algo y hay suficiente para dos. Sólo hay que meterlo en el horno.

– Pero entonces estaré doblemente en deuda contigo.

– Que es exactamente donde quiero tenerle, milord.

El rostro de Lynley se alteró, toda diversión desapareció por culpa de su lapsus linguae. Daidre se maldijo por su falta de cautela y lo que presagiaba sobre su capacidad por ocultar otras cosas en su presencia.

– Ah, así que lo sabes -dijo Thomas.

Daidre buscó una explicación y decidió que ya existía una que le parecería razonable incluso a él.

– Cuando anoche dijiste que era de Scotland Yard, quise saber si era cierto. Así que me puse a investigar. -Apartó la vista un momento. Vio que las gaviotas argénteas estaban posándose en la pared cercana del acantilado para pasar la noche, emparejándose en los salientes y en las grietas, agitando las alas, acurrucándose para protegerse del viento-. Lo siento muchísimo, Thomas.

Después de un momento en que más gaviotas aterrizaron y otras volaron alto y graznaron, Lynley dijo:

– No tienes por qué disculparte, yo habría hecho lo mismo en tu situación. Te encuentras a un desconocido en tu casa que dice ser policía, fuera hay un muerto. ¿Qué ibas a creer?

– No me refería a eso.

Volvió a mirarle. Él tenía el viento en contra; ella a favor, y le alborotaba el pelo, que le azotaba la cara a pesar de llevar el pasador.

– ¿Entonces a qué? -preguntó él.

– Tu mujer. Siento muchísimo lo que le pasó. Qué experiencia tan desgarradora has tenido que vivir.

– Ah -dijo él-. Sí. -Desvió la mirada a las aves marinas. Daidre sabía que las vería igual que ella, emparejándose no porque el número diera seguridad, sino porque la seguridad existía al lado de otra gaviota-. Fue mucho más desgarrador para ella que para mí.

– No -comentó Daidre-. No lo creo.

– ¿No? Bueno, me atrevería a decir que hay pocas cosas más desgarradoras que morir de un disparo, sobre todo cuando la muerte no es inmediata. Yo no tuve que pasar por eso, Helen sí. Un momento estaba allí, intentando llevar las compras a la puerta de casa, y al siguiente recibía un disparo. Sería bastante desgarrador, ¿no crees?

Su voz era sombría y no la miró mientras hablaba. Lynley había malinterpretado sus palabras y Daidre trató de explicarse.

– Yo creo que la muerte es el final de esta parte de nuestra existencia, Thomas: la experiencia humana del ser espiritual. El espíritu abandona el cuerpo y luego pasa a lo que hay después. Y lo que hay después tiene que ser mejor que lo que hay aquí ¿o qué sentido tiene, en realidad?

– ¿En serio crees eso? -Su tono estaba a medio camino entre la amargura y la incredulidad-. ¿En el cielo y el infierno y tonterías de ese estilo?

– En el cielo y el infierno, no. Todo eso parece bastante estúpido, ¿verdad? Que un Dios o quien sea que haya allí arriba en su trono condene a un alma al tormento eterno y eleve a otra a cantar himnos con los ángeles. No puede ser la razón de todo esto. -Su brazo abarcó el acantilado y el mar-. Pero ¿si hay algo más allá de lo que somos capaces de comprender en es tos momentos…? Sí, eso sí lo creo. Así que tú… todavía eres el ser espiritual que padece y trata de comprender la experiencia humana mientras que ella ya sabe…

– Helen -dijo Lynley-. Se llamaba Helen.

– Helen, sí, perdona. Helen. Ahora sabe en qué consiste todo. Pero eso proporciona poca tranquilidad. A ti, quiero decir… Saber que Helen ha seguido adelante.

– No lo eligió ella -dijo Lynley.

– ¿Acaso elegimos alguna vez, Thomas?

– Suicidio. -La miró sin alterarse. Daidre sintió un escalofrío.

– El suicidio no es una elección. Es una decisión basada en la creencia de que no hay elección.

– Dios mío.

Un músculo de su mandíbula se movió. Daidre se arrepentía muchísimo de su lapsus linguae. Una simple palabra -milord- había reducido a Lynley a su herida. Estas cosas requieren tiempo, quería decirle. Era un tópico, pero encerraba una gran verdad.

– Thomas, ¿te apetece dar un paseo? -le preguntó Daidre-. Hay algo que me gustaría enseñarte. Está un poco lejos… Tal vez a kilómetro y medio costa arriba por el sendero, pero nos abrirá el apetito para la cena.

Pensó que tal vez rechazaría su propuesta, pero no. Thomas asintió y Daidre le hizo un gesto con la mano para que la siguiera. Se dirigieron hacia el lugar de donde había venido ella, bajando primero hasta otra cala, donde unas placas magníficas de pizarra emergían de la espuma invasora y avanzaban hacia la cima traicionera de un acantilado de arenisca y pizarra. El viento y las olas, y también la posición que ocupaban -uno detrás de la otra- dificultaban la conversación, así que Daidre no dijo nada, ni tampoco Thomas Lynley. Era mejor así, decidió ella. A veces, dejar que pasara el momento sin decir nada era una manera más eficaz de enfocar la curación que tocar una cicatriz tierna.

La primavera había traído flores silvestres a las zonas más protegidas por el viento y a lo largo del camino de las cañadas el amarillo de los zuzones se mezclaba con los rosas de las armerías, mientras que los jacintos silvestres todavía marcaban los lugares donde antiguamente se alzaban los bosques. Mientras ascendían, prácticamente no vieron casas en las inmediaciones de los acantilados, pero a lo lejos se levantaban algunas granjas de piedra junto a sus graneros mayores, y el ganado pacía en prados limitados por los setos de tierra de Cornualles, en cuya rica vegetación crecían los escaramujos y las cordifloras.

El pueblo más cercano se llamaba Alsperyl y era su destino. Consistía en una iglesia, una vicaría, un grupo de casitas, una escuela antigua y un pub. Era todo de piedra sin pintar y se encontraba a unos ochocientos metros al este del sendero del acantilado, detrás de un prado irregular. Sólo se veía la aguja de la iglesia. Daidre la señaló y dijo:

– Santa Morwenna, pero vamos a seguir por aquí un poco más, si puedes.

Thomas dijo que sí con la cabeza y ella se sintió estúpida por el último comentario. No era un tipo débil y el dolor no le quitaba a uno la capacidad de caminar. Ella también asintió y le guió unos doscientos metros más, donde una apertura en el brezo mecido por el viento en el lado del sendero que daba al mar desembocaba en unos escalones de piedra.

– No es una bajada muy pronunciada, pero ten cuidado -dijo Daidre-. El borde sigue siendo mortal. Y estamos a… no sé… ¿Unos cincuenta metros del agua, quizá?

Tras descender los escalones, que trazaban una curva siguiendo la forma natural de la pared del acantilado, llegaron a otro sendero pequeño, cubierto casi por completo de aulagas y uvas de gato que crecían con fuerza a pesar del viento. Unos veinte metros más adelante, el sendero terminaba bruscamente, pero no porque el acantilado se precipitara al mar como cabría esperar, sino porque en su pared había una pequeña cabaña. La fachada estaba revestida con tablones de madera y los laterales -allí donde emergían más allá de la pared del acantilado-, con bloques de arenisca. El tiempo había vuelto gris el lado de madera. Las bisagras de la puerta teñían de óxido los dos paneles llenos de rayones.

Daidre volvió la cabeza y miró a Thomas Lynley para ver su reacción: una estructura así en un lugar tan remoto. Tenía los ojos muy abiertos y una sonrisa cruzaba su boca. Su expresión parecía preguntar «¿Qué es este sitio?».

Ella respondió a su pregunta silenciosa hablando por encima del viento que los zarandeaba.

– ¿No es maravillosa, Thomas? Se llama la cabaña de Hedra. Al parecer, si hay que creer lo que dice el diario del padre Walcombe, está aquí desde finales del siglo XVIII.

– ¿La construyó él?

– ¿El padre Walcombe? No, no. No era albañil, pero sí un cronista bastante bueno. Escribía un diario de las actividades que se celebraran alrededor de Alsperyl. Lo encontré en la biblioteca de Casvelyn. Fue el pastor de Santa Morwenna durante… No sé… cuarenta años, más o menos. Intentó salvar al alma atormentada que construyó este lugar.

– Ah, que debía de ser la tal Hedra de la cabaña, ¿no?

– La misma. Parece ser que se quedó viuda cuando su marido, que pescaba en las aguas de Polcare Cove, se vio sorprendido por una tormenta y se ahogó. La dejó sola con un niño pequeño. Según el padre Walcombe, que por lo general no embellece los hechos, un día el chico desapareció; seguramente se acercó demasiado en una zona demasiado friable como para soportar su peso. En lugar de enfrentarse a las muertes del padre y del hijo con seis meses de diferencia, la pobre Hedra eligió creer que un selkie se había llevado al niño. Se dijo que había bajado hasta el agua (sabe Dios cómo lo consiguió desde esta altura) y que allí le esperaba la foca en su forma humana, que le hizo señas para que se adentrara en el mar y se uniera al resto de… -Frunció el ceño-. Maldita sea. No recuerdo cómo se llama a un grupo de focas. No puede ser manada. ¿Un rebaño? Pero eso es para las ovejas. Bueno, ahora no importa. Es lo que pasó. Hedra construyó esta cabaña para esperar a que regresara y eso hizo el resto de su vida. Una historia conmovedora, ¿verdad?

– ¿Es cierta?

– Si creemos al padre Walcombe, sí. Entremos. Hay más por ver. Refugiémonos del viento.

Las puertas superior e inferior se cerraban con unas barras de madera que se deslizaban a través de tiradores sólidos de madera y que descansaban sobre unos ganchos. Mientras empujaba la de arriba y luego la de abajo y abría las puertas, Daidre dijo mirando hacia atrás:

– Hedra sabía lo que se hacía. Se construyó un lugar bastante robusto para esperar a su hijo. Está todo cubierto de madera. En cada lado hay un banco, el techo se sostiene con unas vigas bastante decentes y el suelo es de pizarra. Es como si supiera que iba a esperar mucho tiempo, ¿verdad?

Daidre entró primero, pero entonces se detuvo en seco. A su espalda, oyó que Thomas se agachaba para pasar por debajo del dintel y unirse a ella.

– Oh, maldita sea -dijo Daidre indignada.

– Vaya, qué pena -dijo él.

Alguien había mutilado la pared que tenían justo delante hacía poco, a juzgar por las marcas recientes en los paneles de madera de la pequeña construcción. Los restos de un corazón grabado con anterioridad -sin duda acompañado por las iniciales de los amantes- describían una curva alrededor de una serie de tajos feos que ahora eran bastante profundos, como hechos en carne. No quedaba rastro de ninguna inicial.

– Bueno -dijo Daidre, intentando dar un tono filosófico al desastre-, supongo que no podemos decir que las paredes no estuvieran ya grabadas. Y al menos no han utilizado ningún espray. Pero de todos modos me pregunto, ¿por qué hará la gente algo así?

Thomas estaba observando el resto de la cabaña, con sus más de doscientos años de grabados: iniciales, fechas, otros corazones, algún que otro nombre.

– En la escuela donde estudié -dijo pensativo- hay una pared… No está lejos de la entrada, en realidad, así que es imposible que a los visitantes se les pase por alto. Los alumnos han escrito sus iniciales desde… No sé, supongo que desde la época de Enrique VI. Siempre que vuelvo, porque vuelvo de vez en cuando, es lo que se hace, busco las mías. Siguen ahí. De algún modo, me dicen que soy real, que existía entonces y que existo ahora incluso. Pero cuando miro las demás (y hay centenares, seguramente miles), no puedo evitar pensar en lo fugaz que es la vida. Aquí pasa lo mismo, ¿verdad?

– Supongo que sí. -Daidre pasó los dedos por encima de algunas de las inscripciones más antiguas: una cruz celta, el nombre Daniel, B.J.+S.R.-. Me gusta venir aquí a pensar -le dijo-. A veces me pregunto quiénes fueron estas personas que se unieron tan llenos de confianza. ¿Perduró su amor? También me pregunto eso.

Por su parte, Lynley tocó el corazón dañado.

– Nada perdura. Es nuestra maldición.

Capítulo 9

Bea Hannaford vio muchas cosas que parecían típicas en la habitación de Santo Kerne y por primera vez se alegró de tener al agente McNulty haciendo penitencia como botones suyo. Porque las paredes del cuarto eran una sucesión de pósters de surf y, por lo que vio Bea, era muy poco lo que McNulty no sabía de surf, de la ubicación de las fotos y de los propios surfistas. Sin embargo, no podía concluir que sus conocimientos fueran relevantes. Sólo sintió alivio al comprobar, al fin y al cabo, que McNulty sí sabía algo de algo.

– La playa de Jaws -murmuró de manera confusa, mirando atemorizado una montaña líquida por la que descendía un loco del tamaño de un dedo-. Santa madre de Dios, mire a ese tipo: es Hamilton, en Maui. Está chalado, se atreve con todo. Dios mío, parece un tsunami, ¿verdad? -Emitió un silbido y sacudió la cabeza con incredulidad.

Ben Kerne estaba con ellos, pero no se atrevió a entrar en el cuarto. Su mujer se había quedado abajo, en el salón. Era obvio que Kerne no quería dejarla sola, pero se vio atrapado entre los policías y su esposa. No podía complacer a unos mientras intentaba controlar a la otra. No había tenido elección. O recorrían el hotel hasta que encontraran la habitación de Santo mientras él se ocupaba de su mujer o tendría que acompañarlos. Había escogido lo segundo, pero estaba bastante claro que su mente estaba en otra parte.

– Hasta ahora no habíamos oído nada sobre Santo y el surf -dijo Bea a Ben Kerne, que estaba en la puerta.

– Comenzó a practicarlo cuando llegamos a Casvelyn -explicó Kerne.

– ¿Su equipo de surf está aquí? La tabla, el traje, lo demás…

– El gorro -murmuró McNulty-. Guantes, escarpines, quillas de repuesto…

– Ya basta, agente -le dijo Bea con brusquedad-. El señor Kerne ya lo ha captado seguramente.

– No -dijo Ben Kerne-. Guardaba su material en otra parte.

– ¿Sí? ¿Por qué? -dijo Bea-. No es muy práctico, ¿no?

Ben miró los pósters mientras respondía.

– Supongo que no le gustaba guardarlo aquí.

– ¿Por qué? -repitió la inspectora.

– Seguramente sospechaba que yo haría algo con él.

– Ah. ¿Agente…? -A Bea le complació ver que Mick McNulty captaba la indirecta y empezaba a tomar notas una vez más-. ¿Por qué podía pensar Santo que usted haría algo con su material, señor Kerne? ¿O quería decir «a su material»?

Y pensó: «Si era el equipo de surf, ¿por qué no el equipo de escalada?».

– Porque sabía que no quería que hiciera surf.

– ¿En serio? Parece un deporte bastante inofensivo, comparado con escalar acantilados.

– Ningún deporte es totalmente inofensivo, inspectora. Pero no era por eso. -Kerne pareció buscar una forma de explicarse y para hacerlo entró en la habitación. Contempló los pósters. Su rostro era glacial.

– ¿Practica usted surf, señor Kerne? -dijo Bea.

– No preferiría que Santo no surfeara si yo sí lo hiciese, ¿no cree?

– No lo sé. ¿Lo preferiría? Sigo sin entender por qué aprobaba un deporte y el otro no.

– Por el tipo de deporte, ¿de acuerdo? -Kerne miró al agente McNulty como disculpándose-. No me gustaba que se relacionara con surfistas porque para muchos de ellos su mundo se reduce a eso y nada más. No quería que formara parte de ese estilo de vida, esperando la oportunidad de salir a surfear, definiendo sus días según los mapas de isóbaras y las tablas de mareas, conduciendo costa arriba y costa abajo para encontrar las perfectas. Y cuando no están surfeando, hablan del tema o fuman marihuana mientras se pasean con sus trajes sin dejar de hablar de surf. El mundo de estos chavales, en el que también hay chicas, lo admito, gira totalmente alrededor de las olas y viajar por el mundo para coger más olas. No quería eso para Santo. ¿Lo querría usted para su hijo o su hija?

– Pero ¿y si su mundo giraba alrededor de la escalada?

– No era así, pero al menos la escalada es un deporte en el que uno depende de los demás. No es solitario, en el sentido en que lo es el surf en general: un surfista solo trepando las olas es algo que se ve constantemente. Y yo no quería que saliera solo: quería que estuviera con gente por si le pasaba algo…

Desvió la mirada otra vez a los pósters y lo que mostraban era -incluso para un observador inexperto como Bea- un peligro tremendo personificado en una avalancha inimaginable de agua: estar expuesto a todo, desde huesos rotos a un ahogamiento seguro. La inspectora se preguntó cuántas personas morían cada año recorriendo un descenso prácticamente vertical que, a diferencia de la tierra con sus texturas conocidas, cambiaba en cuestión de segundos y atrapaba a los incautos.

– Sin embargo, Santo estaba escalando solo cuando se cayó, igual que si hubiera salido a surfear. Y, de todos modos, los surfistas no siempre salen solos, ¿verdad?

– En la ola sí están solos. El surfista y la ola, nadie más. Puede que haya más personas, pero no pintan nada.

– ¿Y en la escalada sí?

– Dependes del otro escalador y él depende de ti. Os protegéis el uno al otro. -Carraspeó bruscamente y añadió-: ¿Qué padre no querría que su hijo estuviera protegido?

– ¿Y cuando Santo no estuvo de acuerdo con su opinión sobre el surf?

– ¿Qué?

– ¿Qué pasó entre ustedes? ¿Discusiones? ¿Castigos? ¿Tiene tendencias violentas, señor Kerne?

Ben se puso frente a ella, pero al hacerlo dio la espalda a la ventana, así que la inspectora ya no pudo interpretar la expresión de su cara.

– ¿Qué coño de pregunta es ésa?

– Una que necesita respuesta. Alguien le puso un ojo morado a Santo hace poco. ¿Qué sabe sobre el tema?

Sus hombros se hundieron. Volvió a moverse, pero esta vez se alejó de la luz de la ventana y fue al otro lado de la habitación, donde un ordenador y una impresora descansaban encima de una plancha de contrachapado sobre dos caballetes que formaban una mesa primitiva. En ella había un fajo de papeles boca abajo; Ben Kerne alargó la mano para cogerlos. Bea le detuvo antes de que sus dedos establecieran contacto. Repitió su pregunta.

– No quiso decírmelo -dijo Kerne-. Vi que le habían dado un puñetazo, obviamente. Era un golpe feo. Pero no quiso explicármelo, así que no me quedó más remedio que pensar…

Sacudió la cabeza. Parecía tener información que detestaba revelar.

– Si sabe algo… Si sospecha algo… -dijo Bea.

– No. Es sólo que… Santo gustaba a las chicas y las chicas le gustaban a él. No hacía discriminaciones.

– ¿Entre qué?

– Entra las que estaban disponibles y las que no lo estaban; entre las que tenían novio y las que no. Santo era… Era el puro instinto del apareamiento hecho carne. Tal vez le pegara un padre enfadado, o un novio furioso; no quiso decírmelo. Pero le gustaban las chicas y él les gustaba a ellas. Y la verdad es que se dejaba llevar fácilmente a donde una mujer decidida quisiera llevarle. Era… Me temo que siempre fue así.

– ¿Alguien en particular?

– Su última chica se llamaba Madlyn Angarrack. Fueron… ¿Cómo se dice…? ¿Pareja? Más de un año.

– ¿También es surfista, por casualidad? -preguntó Bea.

– Magnífica, por lo que decía Santo. Una campeona nacional en ciernes. Estaba bastante prendado de ella.

– ¿Y ella de él?

– No era un sentimiento no correspondido.

– ¿Cómo se sintió usted al ver que su hijo andaba con una surfista?

Ben Kerne respondió sin apartar la vista.

– Santo siempre andaba con alguien, inspectora. Sabía que se le pasaría, fuera lo que fuese. Como le he dicho, le gustaban las chicas. No estaba dispuesto a comprometerse ni con Madlyn, ni con nadie. Pasara lo que pasase.

Bea pensó que la última frase era extraña.

– Pero ¿usted sí quería que se comprometiera?

– Quería que hiciera las cosas bien y no se metiera en ningún lío, como cualquier padre.

– ¿No era demasiado ambicioso con él, entonces? Son unas expectativas bastante ilimitadas.

Ben Kerne no dijo nada. Bea tenía la impresión de que ocultaba algo y sabía por experiencia que en las investigaciones de asesinato, cuando alguien hacía eso, en general era por propio interés.

– ¿Pegó alguna vez a Santo, señor Kerne? -le preguntó.

La mirada del hombre y la de ella no flaquearon.

– Ya he respondido a esa pregunta.

La inspectora dejó que el silencio flotara en el ambiente, pero aquello no dio ningún fruto. Se vio obligada a seguir y lo hizo centrando su atención en el ordenador de Santo. Tendrían que llevárselo, le dijo a Kerne. El agente McNulty lo desconectaría todo y guardaría los componentes en el coche. Dicho esto, fue a por el fajo de papeles que descansaba sobre la mesa y que Kerne había querido coger. Les dio la vuelta y los desplegó.

Vio que eran varios diseños que incorporaban las palabras Adventures Unlimited en cada uno de ellos. En uno, las dos palabras formaban una ola encrespada. En otro creaban un logotipo circular con el hotel de la Colina del Rey Jorge en el centro. En un tercero, se convertían en la base sobre la que unas siluetas masculinas y femeninas conseguían diversas proezas atléticas. En otro, formaban un aparato de escalada.

– Él… Dios mío.

Bea alzó la vista de los diseños y vio el rostro afligido de Kerne.

– ¿Qué sucede? -preguntó la inspectora.

– Diseñaba camisetas con el ordenador. Estaba… Es obvio que estaba trabajando en algo para el negocio. No le había pedido que lo hiciera. Oh, Dios mío, Santo.

Dijo esto último como una disculpa. Como reacción, Bea le preguntó por el equipo de escalada de su hijo. Kerne le dijo que había desaparecido todo, todos los anclajes, todas las cuñas, todas las cuerdas, todas las herramientas que necesitaría para cualquier escalada que pudiera realizar.

– ¿Lo habría necesitado todo para la escalada de ayer?

– No -le dijo Kerne-. O bien había empezado a guardarlo en otra parte sin que yo lo supiera o se lo llevó todo el día anterior, cuando salió a hacer su última escalada.

– ¿Por qué? -preguntó Bea.

– Nos dijimos cosas muy feas. Sería su forma de reaccionar. Un modo de decirme «ahora verás».

– ¿Y eso provocó su muerte? ¿Estaría demasiado nervioso para examinar detenidamente su equipo? ¿Era de los que hacen eso?

– ¿Si era impulsivo, quiere decir? ¿Lo suficiente como para escalar sin revisar el equipo? Sí -dijo Kerne-, era exactamente así.

* * *

Gracias a Dios o a quien apeteciera dar las gracias cuando había que dar las gracias, era el último radiador. No porque fuera el último de todos los radiadores del hotel, sino porque era el último que tendría que pintar hoy. Media hora para lavar los pinceles y precintar las latas de pintura -después de años de práctica trabajando para su padre, Cadan sabía que podía alargar cualquier actividad el tiempo que fuera necesario- y llegaría el momento de marcharse. Aleluya, joder. Notaba un dolor punzante en la parte baja de la espalda y su cabeza estaba reaccionando una vez más a las emisiones de la pintura. Era evidente que no estaba hecho para este tipo de tarea. Bueno, tampoco le sorprendía.

Cadan se puso en cuclillas sobre los talones y admiró su trabajo. Habían cometido una estupidez al colocar la moqueta antes de que alguien pintara los radiadores, pensó. Pero había logrado limpiar la gota más reciente frotando con diligencia y las que no había podido eliminar, imaginaba que quedarían ocultas por las cortinas. Además, era la única gota fea del día y eso significaba algo.

– Nos largamos de aquí, Poohster -declaró.

El loro se equilibró en el hombro de Cadan y contestó con un graznido seguido de «¡tornillos sueltos en la nevera! ¡Llama a la poli! ¡Llama a la poli!», una más de sus frases curiosas.

La puerta de la habitación se abrió mientras Pooh batía sus alas, preparándose para descender al suelo o bien para llevar a cabo una función corporal desagradable en el hombro de Cadan.

– Ni se te ocurra, colega -dijo el chico.

– ¿Quién eres tú, por favor? -dijo una voz de mujer contestando preocupada a su comentario-. ¿Qué haces aquí?

Quien hablaba era una mujer vestida de negro y Cadan imaginó que sería la madre de Santo Kerne, Dellen. Se levantó apresuradamente.

– Polly quiere un polvo, Polly quiere un polvo -dijo Pooh, exhibiendo, no por primera vez, el nivel de grosería que era capaz de adoptar en un momento.

– ¿Qué es eso? -preguntó Dellen Kerne, en clara referencia al pájaro.

– Un loro.

La mujer parecía enfadada.

– Ya veo que es un loro -le dijo-. No soy estúpida ni ciega. ¿Qué clase de loro y qué hace aquí y qué haces tú aquí, por cierto?

– Es un loro mexicano. -Cadan notó que se acaloraba, pero sabía que la mujer no advertiría su turbación porque su piel aceitunada no se sonrojaba cuando la sangre le subía a la cara-. Se llama Pooh.

– ¿Como Winnie the Pooh?

– Sólo que es menos sociable.

Una sonrisa parpadeó en sus labios.

– ¿Por qué no te conozco? ¿Por qué no te había visto antes?

Cadan se presentó.

– Ben…, el señor Kerne me contrató ayer. Seguramente olvidó hablarle de mí por… -Cadan vio hacia dónde iban sus palabras demasiado tarde para evitarlas. Torció la boca y quiso desaparecer, ya que aparte de pintar radiadores y soñar con qué utilidad podía darse al campo de golf había dedicado el día a evitar precisamente un encuentro como aquél: estar cara a cara con los padres de Santo Kerne en un momento en el que debía reconocer la magnitud de su pérdida con una frase de pésame adecuada-. Siento lo de Santo -dijo.

Dellen lo miró sin alterarse.

– Por supuesto que lo sientes.

Aquello podía significar cualquier cosa. Cadan cambió de posición. Todavía tenía un pincel en la mano y de repente, como un tonto, se preguntó qué debía hacer con él, o con la lata de pintura. Se los habían traído y nadie le había dicho dónde dejarlos al final de la jornada. Y a él no se le había ocurrido preguntar.

– ¿Lo conocías? -dijo Dellen Kerne con brusquedad-. ¿Conocías a Santo?

– Un poco, sí.

– ¿Y qué pensabas de él?

Aquél era terreno pantanoso. Cadan no supo qué responder.

– Le compró una tabla de surf a mi padre. -No mencionó a Madlyn, no quería mencionar a Madlyn y no quería pensar por qué no quería mencionarla.

– Entiendo, sí. Pero eso no responde mi pregunta, ¿verdad? -Dellen entró un poco más en la habitación. Por alguna razón, se acercó al armario empotrado y lo abrió. Miró dentro. Habló al interior del armario, aunque pareciera extraño-. Santo se parecía mucho a mí. Quien no lo conociera, no lo sabía. Y tú no le conocías, ¿verdad? En realidad no.

– Ya se lo he dicho, un poco. Le veía por ahí. Más cuando empezó a aprender a surfear que después.

– ¿Tú también practicas el surf?

– ¿Yo? No. Bueno, lo he practicado, claro, pero no es lo único… Tengo otros intereses, quiero decir.

Se dio la vuelta.

– ¿Ah, sí? ¿Cuáles? El deporte, supongo. Pareces estar bastante en forma. Y también las mujeres. Normalmente las mujeres son uno de los principales intereses de los chicos de tu edad. ¿Eres como los otros chicos? -Frunció el ceño-. ¿Podemos abrir esa ventana, Cadan? El olor a pintura…

Cadan quiso decirle que era su hotel, así que podía hacer lo que quisiera, pero dejó con cuidado el pincel, fue a la ventana y forcejeó para abrirla, lo cual no fue fácil. Había que arreglarla o engrasarla o algo, lo que se hiciera para rejuvenecer una ventana.

– Gracias -dijo Dellen-. Ahora voy a fumarme un cigarrillo. ¿Tú fumas? ¿No? Qué sorpresa. Tienes pinta de fumador.

Cadan sabía que debía preguntar qué pinta tenía un fumador; si la mujer hubiera tenido entre veinte y treinta años lo abría hecho. Su actitud habría sido que las preguntas de este tipo, de una naturaleza potencialmente metafórica, podían generar respuestas interesantes, lo que a su vez podía generar acontecimientos interesantes. Pero en este caso, mantuvo la boca cerrada y Dellen dijo:

– Espero que no te importe que fume.

Él dijo que no con la cabeza. Esperaba que ella no contara con que le encendiera el cigarrillo -parecía la clase de mujer a quien los hombres colmaban de atenciones-, ya que no llevaba ni cerillas ni mechero. Pero no se había equivocado con él. Era fumador, pero lo había dejado hacía poco, diciéndose como un tonto que la raíz de sus problemas era el tabaco y no el alcohol.

Cadan vio que Dellen llevaba un paquete de cigarrillos y también cerillas dentro de la cajetilla. Se encendió uno, dio una calada y sacó el humo por la nariz.

– ¿Qué coño se quema? -comentó Pooh.

Cadan hizo una mueca.

– Lo siento. Se lo ha oído a mi hermana un millón de veces. La imita. Imita a todo el mundo. Ella odia el tabaco. Lo siento. -No quería que pensara que estaba criticándola.

– Estás nervioso -dijo Dellen-. Es por mí. Y no te preocupes por el pájaro. Al fin y al cabo, no sabe lo que dice.

– Sí. Bueno, a veces juraría que sí.

– ¿Como lo que ha dicho del polvo?

Cadan parpadeó.

– ¿Qué?

– «Polly quiere un polvo» -le recordó ella-. Es lo primero que ha dicho cuando he entrado. No es cierto, en realidad, que quiera un polvo. Pero siento curiosidad sobre por qué lo ha dicho. Supongo que utilizas al pájaro para ligar. ¿Por eso lo has traído?

– Viene conmigo casi siempre.

– No puede ser muy práctico.

– Nos las arreglamos.

– ¿Sí?

Dellen observó al pájaro, pero Cadan tenía la sensación de que en realidad no veía a Pooh. No sabría decir qué veía, pero su siguiente frase le dio una ligera idea.

– Santo y yo estábamos bastante unidos. ¿Tú y tu madre estáis unidos, Cadan?

– No.

No añadió que era imposible estar unido a Wenna Rice Angarrack McCloud Jackson Smythe la Saltadora. Nunca se había quedado en un sitio el tiempo suficiente como para que estar unido a alguien fuera una de las cartas de la baraja con la que jugaba.

– Santo y yo estábamos bastante unidos -repitió Dellen-. Éramos muy parecidos. Sensualistas. ¿Sabes lo que es? -No le dio oportunidad de responder, aunque de todos modos tampoco habría sabido darle una definición-. Vivimos para los sentidos: para lo que podemos ver y oír y oler, para lo que podemos saborear, para lo que podemos tocar y para lo que puede tocarnos. Experimentamos la vida en toda su riqueza, sin culpa y sin miedo. Así era Santo. Así le enseñé a ser.

– Muy bien.

Cadan pensó en cuánto deseaba salir de aquella habitación, pero no estaba seguro de cómo marcharse sin que pareciera que estaba huyendo. Se dijo que no existía ninguna razón real para dar media vuelta y desaparecer por la puerta, pero tenía el presentimiento, un instinto casi animal, de que el peligro acechaba.

– ¿Cómo eres tú, Cadan? -le dijo Dellen-. ¿Puedo tocar al pájaro o me morderá?

– Le gusta que le rasquen la cabeza -contestó él-, donde tendría las orejas si los pájaros tuvieran de eso. Orejas como las nuestras, quiero decir, porque sí oyen, obviamente.

– ¿Así? -Entonces se acercó a Cadan. Él olió su perfume. Almizcle, pensó. La mujer utilizó la uña del dedo índice pintada de rojo. Pooh aceptó sus atenciones, como hacía normalmente. Ronroneó como un gato, otro sonido más que había aprendido de un dueño anterior. Dellen sonrió al pájaro-. No me has contestado. ¿Cómo eres tú? ¿Sensualista? ¿Emocional? ¿Intelectual?

– Ni de coña -contestó él-. Intelectual, quiero decir. No soy intelectual.

– Ah. ¿Eres emocional? ¿Un puñado de sentimientos? ¿Sensible? Interiormente, me refiero. -Cadan negó con la caliza-. Entonces eres sensualista, como yo. Como Santo. Ya me lo había parecido. Tienes ese aire. Imagino que tu novia lo agradecerá, si tienes. ¿Tienes novia?

– Ahora no.

– Qué lástima. Eres bastante atractivo, Cadan. ¿Qué haces para conseguir sexo?

Cadan sintió más que nunca la necesidad de escapar; sin embargo, Dellen no estaba haciendo nada más que acariciar al pájaro y hablar con él. Aun así, algo no le funcionaba bien a aquella mujer.

Entonces, de repente, cayó en la cuenta de que su hijo había muerto. No sólo había muerto, sino que lo habían asesinado. Ya no estaba, se lo habían cargado, lo habían mandado al otro barrio, lo que fuera. Cuando un hijo moría -o una hija o un marido-, ¿no se suponía que la madre tenía que rasgarse la ropa? ¿Tirarse del pelo? ¿Llorar a mares?

– Porque algo harás para conseguir sexo, Cadan -dijo-. Un joven viril como tú… No pretenderás que crea que vives como un cura célibe.

– Espero al verano -contestó al fin.

El dedo de la mujer dudó a menos de dos centímetros de la cabeza verde de Pooh. El pájaro se movió a un lado para volver a ponerse en su radio de acción.

– ¿Al verano? -dijo Dellen.

– El pueblo está lleno de chicas entonces; vienen de vacaciones.

– Ah, entonces prefieres las relaciones cortas. El sexo sin ataduras.

– Bueno -dijo él-. Sí. A mí me funciona.

– Imagino. Hoy por ti, mañana por mí y todo el mundo contento. Sin preguntas. Sé exactamente a qué te refieres. Aunque supongo que te sorprenderá. Una mujer de mi edad, casada y con hijos, que sepa a qué te refieres.

Cadan le ofreció una media sonrisa. No era sincera, sólo un modo de reconocer lo que estaba diciendo sin reconocer lo que estaba diciendo. Miró hacia la puerta.

– Bueno -dijo, e intentó que su tono fuera firme, una forma de decir: «Esto es todo, pues. Encantado de hablar con usted».

– ¿Por qué no nos habíamos conocido antes? -dijo Dellen.

– Acabo de empezar…

– No, eso ya lo entiendo. Pero no comprendo porque no nos habíamos visto antes. Tienes la edad de Santo más o menos…

– En realidad tengo cuatro años más. Tiene la…

– … y te pareces mucho a él también. Así que no entiendo por qué nunca viniste por aquí con él.

– … edad de mi hermana Madlyn. Seguramente conocerá a Madlyn, mi hermana. Ella y Santo eran… Bueno, cómo quiera llamarlo.

– ¿Qué? -preguntó Dellen perpleja-. ¿Cómo has dicho que se llama?

– Madlyn. Madlyn Angarrack. Ellos, ella y Santo, llevaban juntos unos… No sé… ¿Año y medio? ¿Dos años? Lo que sea. Es mi hermana. Madlyn es mi hermana.

Dellen se quedó mirándolo fijamente. Luego miró más allá, pero no parecía observar nada en concreto.

– Qué cosa tan extraña -dijo con una voz totalmente distinta-. ¿Madlyn dices que se llama?

– Sí. Madlyn Angarrack.

– Y ella y Santo eran… ¿Qué, exactamente?

– Novios, pareja, amantes, lo que sea.

– Es una broma.

Cadan negó con la cabeza, confuso, preguntándose por qué iba a pensar que estaba bromeando.

– Se conocieron cuando fue a comprarle una tabla a mi padre. Madlyn le enseñó a surfear. A Santo, me refiero, no a mi padre, claro. Así se conocieron. Y luego… Bueno, supongo que podría decirse que empezaron a quedar y después a salir.

– ¿Y dices que se llama Madlyn? -preguntó Dellen.

– Sí. Madlyn.

– Salieron un año y medio.

– Un año y medio más o menos, sí. Eso es.

– Entonces, ¿por qué no la conocí nunca? -dijo la mujer.

* * *

Cuando la inspectora Bea Hannaford regresó a la comisaría de policía con el agente McNulty a la zaga, descubrió que Ray había logrado satisfacer sus deseos de tener un centro de operaciones en Casvelyn y que el sargento Collins había equipado la sala con un nivel de pericia que le sorprendió. De algún modo, había conseguido ordenar la sala de reuniones del piso superior y dejarla preparada. Había tablones con fotos de Santo Kerne vivo y muerto donde podían anotar perfectamente la lista de actividades y también mesas, teléfonos, ordenadores con la base de datos de la policía, impresoras, un archivador y material. Lo único que no tenía el centro de operaciones era, por desgracia, el elemento más vital en cualquier investigación: los agentes del equipo de investigación criminal.

La ausencia de una brigada de homicidios iba a dejar a Bea en la situación nada envidiable de tener que llevar a cabo la investigación sólo con McNulty y Collins hasta que se presentara alguien. Como la brigada tendría que haber llegado junto al contenido del centro de operaciones, Bea etiquetó la situación de inaceptable. También le fastidiaba porque sabía muy bien que su ex marido podía mandar una brigada de homicidios del quinto pino a Londres en menos de tres horas si le presionaban.

– Maldita sea -murmuró. Le dijo a McNulty que pasara sus notas al ordenador y fue a la mesa del rincón, donde pronto descubrió que tener teléfono no significaba necesariamente disponer de línea telefónica. Miró al sargento Collins de manera significativa.

– La compañía dice que tardarán tres horas -informó el hombre disculpándose-. Aquí no hay conexión, o sea que mandarán a alguien de Bodmin para instalarla. Hasta entonces tendremos que utilizar los móviles o los teléfonos de abajo.

– ¿Saben que se trata de una investigación de asesinato?

– Lo saben -contestó, pero su tono de voz sugería que, con un asesinato de por medio o no, a la compañía le daba bastante igual.

– Joder -dijo Bea, y sacó su móvil. Fue a la mesa del rincón y marcó el número del trabajo de Ray-. Alguien la ha cagado -fue lo que le dijo cuando por fin le pasaron con él.

– Hola Beatrice -dijo él-. De nada por el centro de operaciones. ¿Voy a quedarme con Pete esta noche también?

– No te llamo por Pete. ¿Dónde están los tíos del equipo de investigación criminal?

– Ah, eso. Bueno, tenemos un problemilla. -Procedió a desinflar el globo-: No es posible, cariño. No hay ningún agente disponible en estos momentos para mandar a Casvelyn. Puedes llamar a Dorset o a Somerset e intentar conseguir a alguno de los suyos, naturalmente, o hacerlo yo por ti. Mientras tanto, lo que sí puedo hacer es enviarte a un equipo de relevo.

– Un equipo de relevo -dijo ella-. ¿Enviarme un equipo de relevo, Ray? Es una investigación de asesinato. De asesinato. Un delito grave que requiere un equipo de investigación de delitos graves.

– Pides peras al olmo -replicó él-. No puedo hacer mucho más. Intenté sugerirte que mantuvieras el centro de operaciones en…

– ¿Me estás castigando?

– No seas ridícula. Eres tú quien…

– No te atrevas a entrar ahí. Esto es un tema profesional.

– Creo que Pete se quedará conmigo hasta que consigas resultados -dijo Ray con suavidad-. Vas a estar bastante ocupada. No quiero que se quede solo, no es buena idea.

– Tú no quieres que se quede contigo… Tú no…

Bea se quedó muda, una reacción tan extraña ante Ray que hizo que aún se quedara más muda. Sólo podía poner fin a la conversación. Tendría que haberlo hecho con dignidad, pero lo único que consiguió fue apagar el móvil y lanzarlo a la mesa.

Cuando el aparato sonó un momento después, pensó que su ex marido llamaba para disculparse o, más probablemente, para sermonearla sobre el procedimiento policial, su tendencia a las decisiones cortas de miras y el hecho de que siempre cruzara los límites de lo permitido mientras esperaba a que alguien le allanara el camino. Cogió el móvil y dijo:

– ¿Qué? ¡¿Qué?!

Sin embargo, era el laboratorio forense. Alguien llamado Duke Clarence Washoe -qué nombre tan raro… ¿En qué estarían pensando sus padres, por el amor de Dios?- telefoneaba para transmitir el informe sobre las huellas dactilares.

– Tenemos los resultados, reina -fue su forma de comunicarle la noticia.

– Jefa -dijo ella-. O inspectora Hannaford. Ni señora, ni doña, ni reina, ni nada que sugiera que usted y yo estamos emparentados o tenemos familiares de la realeza, ¿entendido?

– Oh, entendido, lo siento. -Una pausa. Pareció necesitar un momento para ajustar su enfoque-. Tenemos huellas del fiambre por todo el coche…

– Víctima -dijo Bea, y pensó con hastío en lo mucho que había afectado la televisión americana a las comunicaciones normales-. Nada de fiambre: víctima. O Santo Kerne, si lo prefiere. Mostremos un poco de respecto, señor Washoe.

– Duke Clarence -dijo el hombre-. Puede llamarme Duke Clarence.

– Será un placer supremo -contestó ella-. Siga.

– También hay once grupos de huellas distintas en el exterior del coche. Dentro, siete. Del fiam… del chico muerto y de otras seis personas que también dejaron huellas en la puerta del copiloto, el salpicadero, las manijas de las ventanillas y la guantera. También hay huellas en las cajas de CD, del chico y de tres personas más.

– ¿Qué hay del equipo de escalada?

– Las únicas huellas aceptables están en la cinta que se utilizó para marcarlo, pero son de Santo Kerne.

– Maldita sea -dijo Bea.

– Pero hay un grupo muy claro en el maletero del coche. Recientes, diría. Aunque no sé de qué le servirán.

«De nada -pensó Bea-. Cualquier persona del pueblo que hubiera cruzado la maldita calle podría haber tocado el maldito coche al pasar.» Mandaría a los forenses las huellas que habían tomado a toda la gente relacionada ni que fuera remotamente con Santo Kerne, pero la verdad era que identificar a quién pertenecían los dedos que habían dejado las huellas en el coche del chico seguramente no iba a llevarles a ninguna parte. Era una decepción.

– Infórmeme de todo lo que surja -le dijo a Duke Clarence Washoe-. Tiene que haber algo en el coche que podamos utilizar.

– Respecto a eso, tenemos algunos cabellos en el equipo de escalada. Tal vez podamos sacar algo.

– ¿Con tejido? -preguntó esperanzada.

– Pues sí.

– Guárdelo bien, entonces. Siga trabajando, señor Washoe.

– Puede llamarme Duke Clarence -le recordó.

– Ah, sí -dijo ella-. Lo había olvidado.

Colgaron. Bea se sentó a la mesa. Observó al agente McNulty, que estaba al otro lado de la sala intentando pasar a limpio sus notas, y vio que en realidad el hombre no sabía escribir con ordenador. Buscaba cada letra para teclearla con los índices, haciendo pausas prodigiosas entre pulsación y pulsación. Sabía que si le miraba durante más de treinta segundos pegaría un grito, así que se levantó y se dispuso a salir de la sala.

El sargento Collins se encontró con ella en la puerta.

– Teléfono, abajo -dijo.

– Gracias a Dios -dijo con fervor-. ¿Dónde están?

– ¿Quién?

– Los de la compañía telefónica.

– ¿La compañía telefónica? Aún no han llegado.

– ¿Entonces, qué…?

– El teléfono. Tiene una llamada abajo. Es un agente de…

– De Middlemore -acabó ella-. Será mi ex marido, el subdirector Hannaford. Entreténgalo, necesito tiempo. -Ray, decidió, lo había intentado en el móvil y ahora trataba de localizarla en el fijo. A estas alturas ya echaría fuego por los ojos. No le apetecía mucho comprobarlo-. Dile que acabo de salir a encargarme de un tema. Que me llame mañana, o a casa más tarde. -Era lo máximo que le concedería.

– No es el subdirector Hannaford -dijo Collins.

– Ha dicho un agente…

– Alguien que se llama sir David…

– ¿Qué le pasa a esa gente? -preguntó Bea-. Acabo de hablar por teléfono con un tal Duke Clarence de Chepstow y ¿ahora un sir David?

– Hillier, se llama -dijo Collins-. Sir David Hillier, subdirector de la Met.

– ¿Scotland Yard? -preguntó Bea-. Perfecto, justo lo que necesito.

* * *

Cuando llegó la hora de tomar su trago habitual en el Salthouse Inn, Selevan Penrule necesitaba uno. Y según su forma de ver las cosas, también se lo merecía. Algo fuerte de los Dieciséis hombres de Tain. O los que fueran.

Tener que enfrentarse a la testarudez de su nieta y a la histeria de la madre de ésta en un mismo día sería demasiado para cualquiera. No le extrañaba que David se hubiera llevado a toda la familia a Rhodesia o como se llamara ahora. Seguramente pensó que una buena dosis de calor, cólera, tuberculosis, serpientes y moscas tsé-tsé -o lo que fuera que tuvieran en ese clima espantoso- las metería a las dos en cintura. Pero no lo había logrado, a juzgar por el comportamiento de Tammy y la voz de Sally Joy por teléfono.

– ¿Está comiendo bien? -le había preguntado Sally Joy desde las entrañas de África, donde una conexión telefónica estable era, al parecer, algo similar a la transformación espontánea del gato atigrado en león de dos cabezas-. ¿Sigue rezando, padre Penrule?

– Está…

– ¿Ha subido de peso? ¿Cuánto tiempo pasa de rodillas? ¿Qué hay de la Biblia? ¿Tiene una Biblia?

«Jesusito de mi corazón», pensó Selevan. Sally Joy le mareaba, maldita sea.

– Ya te dije que vigilaría a la chica. Es lo que estoy haciendo. ¿Algo más?

– Oh, soy una pesada. Soy una pesada, ya lo sé. Pero no entiendes lo que es tener una hija.

– Yo también tengo una, ¿no? Y cuatro hijos, por si te interesa.

– Ya lo sé, ya lo sé. Pero en el caso de Tammy…

– O me la dejas a mí o te la mando de vuelta, mujer.

Aquello funcionó. Lo último que querían Sally Joy y David era que su hija regresara a África, que estuviera expuesta a sus penurias y creyera que podía hacer algo para remediarlas sin la ayuda de nadie.

– De acuerdo. Ya lo sé: haces lo que puedes.

«Y mejor que tú», pensó Selevan. Pero eso fue antes de sorprender a Tammy de rodillas. Se había construido lo que él denominaba un banco de oraciones -ella lo describió como un reclinoséqué, pero a Selevan no le iban las palabras extravagantes- en su minúscula zona para dormir en la caravana y al principio pensó que quería colgar la ropa del respaldo, como hacían los hombres con sus trajes en los hoteles elegantes. Pero poco después del desayuno, cuando fue a buscarla para llevarla en coche al trabajo, la encontró arrodillada con un libro abierto en la repisa estrecha y leyendo muy concentrada. Aquello lo descubrió demasiado tarde, porque lo primero que supuso era que la chica estaba pasando el maldito rosario otra vez, a pesar de que ya le había requisado dos. Se acercó a ella y la levantó por los hombros:

– No toleraré estas tonterías -le dijo, y luego vio que sólo estaba leyendo.

Ni siquiera era la Biblia, pero tampoco era mucho mejor. Estaba enfrascada en los escritos de algún santo.

– Santa Teresa de Jesús -reveló la chica-. Yayo, sólo es filosofía.

– Si son los garabatos de alguna santa son chorradas religiosas -le dijo mientras le arrebataba el libro-. Te estás llenando la cabeza de basura, eso es lo que haces.

– No es justo -dijo ella, y se le humedecieron los ojos.

Después condujeron hasta Casvelyn en silencio, con Tammy dándole la espalda, así que lo único que Selevan pudo ver fue la curva de su barbilla testaruda y su melena sin lustre. Se sorbió la nariz y él comprendió que estaba llorando y se sintió… No sabía cómo se sentía y maldijo con todas sus fuerzas a sus padres por habérsela mandado, porque él intentaba ayudar a la chica, hacer que recuperara el poco sentido común que le quedaba, conseguir que viera que debía vivir la vida y no malgastarla entregándose a lecturas sobre las actividades de santos y pecadores.

Así que estaba irritado con ella. Con la obstinación podía lidiar; podía gritar y ser duro, pero las lágrimas…

– Son bolleras, chica, todas ésas, ya sabes. Lo entiendes, ¿no?

– No seas estúpido -dijo en voz baja, y lloró un poco más fuerte.

Le recordó a Nan, su hija. A un trayecto en coche con Nan sentada en la misma postura, dándole la espalda.

«Sólo es ir a Exeter -le había dicho-. Sólo es una discoteca, papá.»

«No toleraré ninguna de estas tonterías mientras vivas bajo mi techo. Así que sécate la cara o probarás la palma de mi mano y no será para secártela.»

¿Tan severo había sido con la chica cuando lo único que quería ella era salir de discotecas con sus amigos? Sí, lo había sido. Porque la cosa empezaba yendo a discotecas con los amigos y acababa en desgracia.

Todo aquello parecía muy inocente ahora. ¿En qué estaría pensando cuando negó a Nan unas horas de placer porque él no las había disfrutado cuando tenía su edad?

El día transcurrió despacio y las nubes cubrieron el cielo interior de Selevan. Estaba más que listo para ir al Salthouse Inn cuando llegó la hora de abrazar a los Dieciséis hombres de Tain. También estaba listo para hablar y la conversación se la proporcionaría su compañero habitual de copas, que ya le esperaba en un rincón al lado de la chimenea cuando entró en el bar del Salthouse Inn a última hora de la tarde.

Era Jago Reeth, y estaba sentado con su habitual pinta de Guinness entre las manos, los tobillos alrededor de las patas de su taburete y la espalda arqueada de manera que las gafas -reparadas en la varilla con un alambre- le habían resbalado hasta la punta de su nariz huesuda. Llevaba su uniforme habitual de vaqueros y sudadera manchado y sus botas estaban, como siempre, grises por el polvo del poliestireno lijado del taller de tablas de surf donde trabajaba. Hacía tiempo que había pasado la edad de jubilarse, pero cuando le preguntaban le gustaba decir: «Los viejos surfistas nunca mueren ni se consumen; simplemente buscan un trabajo normal cuando terminan sus días entre las olas». Los de Jago concluyeron por culpa del parkinson y Selevan siempre sentía compasión por su contemporáneo cuando veía que le temblaban las manos. Pero Jago siempre atajaba cualquier muestra de preocupación: «Ya he vivido lo mío. Es momento de dar paso a los jóvenes».

Por lo tanto, era el confesor perfecto para la situación en que se encontraba Selevan ahora mismo, y en cuanto tuvo su Glenmorangie en la mano le contó a su amigo el altercado que había tenido por la mañana con Tammy en respuesta a la pregunta de Jago.

– ¿Cómo andas? -le dijo mientras se llevaba la jarra a la boca. Utilizó las dos manos, observó Selevan.

– Se está volviendo bollera -le dijo Selevan al término de su relato.

Jago se encogió de hombros.

– Bueno, los chavales tienen que hacer lo que quieran hacer, amigo. Si no, te metes en un lío. No veo qué sentido tiene hacer eso, ¿sabes?

– Pero sus padres…

– ¿Qué saben los padres? ¿Qué sabías tú, por cierto? Y tú tuviste, ¿cuántos? ¿Cinco? ¿Sabías distinguir la gimnasia de la magnesia cuando tratabas con ellos?

No sabía distinguir nada de nada. Selevan tenía que reconocerlo, incluso cuando trataba con su mujer. Estaba demasiado ocupado cabreándose por tener que encargarse de la maldita lechería en lugar de hacer lo que quería hacer: alistarse en la Marina, ver mundo y largarse bien lejos de Cornualles. Había sido un desastre como padre y como marido y su papel de lechero no se le había dado mucho mejor.

– Para ti es fácil decirlo, amigo -comentó, pero no en tono desagradable. Jago no tenía hijos, nunca se había casado y había pasado su juventud y su madurez siguiendo olas.

Jago sonrió, mostrándole unos dientes que habían vivido mucho uso y pocos cuidados.

– Tienes toda la razón -admitió él-. Debería cerrar el pico.

– Y, de todos modos, ¿cómo iba a entender un inútil como yo a una chica? -preguntó Selevan.

– Sólo hay que evitar que les hagan un bombo demasiado pronto, en mi opinión.

Jago apuró el resto de su Guinness y se apartó de la mesa. Era alto y tardó un momento en desenredar sus largas piernas del taburete. Mientras iba a la barra a pedir otra cerveza, Selevan pensó en lo que había dicho su amigo.

Era un buen consejo, salvo que no se aplicaba a Tammy. Que le hicieran un bombo no figuraba entre sus intereses. De momento, lo que colgaba entre las piernas de los hombres no le seducía lo más mínimo. Si alguna vez la chica llegaba embarazada sería motivo de celebración, no se formaría el alboroto general que normalmente cabría suponer entre padres y parientes furiosos.

– No ha traído a ninguna bollera a casa -dijo cuando Jago volvió.

– Entonces, ¿por qué no se lo has preguntado?

– ¿Y cómo demonios se supone que tengo que plantearlo?

– ¿Te gustan más los felpudos que las pollas, cielo? ¿Por qué? -propuso Jago, y luego sonrió-. Mira, colega, tienes que mantener las puertas abiertas entre vosotros fingiendo que no ves lo que tienes delante. Los chavales no son como en nuestra época. Empiezan pronto y no saben lo que se hacen, ¿verdad? Los mayores están ahí para orientarles, no para dirigirles.

– Es lo que intento hacer -dijo Selevan.

– La cuestión es cómo lo intentas, tío.

Selevan no podía discutírselo. Ya había metido la pata con sus propios hijos y ahora estaba haciendo lo mismo con Tammy. Por el contrario, tenía que reconocerlo, Jago Reeth sí sabía tratar a los jóvenes. Había visto a los dos chicos Angarrack ir y venir de la caravana que Jago tenía alquilada en el Sea Dreams y cuando el chaval muerto, Santo Kerne, había ido a pedirle permiso a Selevan para acceder a la playa a través de su propiedad, acabó pasando más tiempo con el viejo surfista que en el agua cuando le dio su autorización: enceraban juntos la tabla de Santo, la examinaban en busca de abolladuras e imperfecciones, arreglaban las quillas, se sentaban en las sillas de playa en el trozo de césped descuidado que había junto a la caravana y hablaban. ¿Sobre qué?, se preguntaba Selevan. ¿Cómo se hablaba con alguien de otra generación?

Jago contestó como si hubiera formulado las preguntas en voz alta:

– Se trata más de escuchar que de otra cosa, de no soltar discursos cuando lo único que te mueres por hacer es soltar un discurso o dar un sermón. Maldita sea, qué ganas me entran de darles un sermón. Pero espero a que por fin me digan «bueno, ¿y tú qué opinas?», y ahí llega la oportunidad. Así de sencillo. -Guiñó un ojo-. Pero no es fácil, ya sabes. Un cuarto de hora con ellos y lo último que quieres es recuperar la juventud. Traumas y lágrimas.

– Lo dices por la chica -dijo Selevan sabiamente.

– Oh, sí, lo digo por la chica. Se llevó un buen golpe. No me pidió consejo antes ni después, pero… -Entonces bebió un trago largo de cerveza negra y se la pasó por la boca, lo cual seguramente era, pensó Selevan, su única concesión a la higiene bucal-, acabé rompiendo mi propia regla.

– ¿Le soltaste un sermón?

– Le dije lo que haría yo en su lugar.

– ¿Qué?

– Matar a ese cabrón. -Jago lo dijo con tranquilidad, como si Santo Kerne no estuviera muerto como un pavo el día de Navidad. Selevan levantó las dos cejas al oír aquello. Jago prosiguió-: No era posible, naturalmente, porque le dije que lo hiciera como algo simbólico. Mata el pasado, dile adiós; prende una hoguera y echa todo lo que tenga que ver con vosotros dos: agendas, diarios, cartas, felicitaciones, fotos, tarjetas de San Valentín, ositos de peluche, condones usados de su primer polvo si en el momento se había puesto sentimental… Todo. Deshazte de todo y pasa página.

– Fácil de decir -señaló Selevan.

– Cierto. Pero cuando para una chica es el primero y han llegado hasta el final, si las cosas van mal es la única manera. Borrón y cuenta nueva, es lo que pienso yo. Que es lo que por fin empezaba a hacer cuando… Bueno… cuando pasó.

– Qué mala suerte.

Jago asintió.

– Lo empeora todo para ella. ¿Cómo se supone ahora que va a ver a Santo Kerne de una manera real? No. Su trabajo para superarlo ha quedado interrumpido. Ojalá no hubiera sucedido todo esto. No era mal chaval, pero tenía sus cosas y ella no lo vio hasta que fue demasiado tarde, maldita sea. Entonces el tren ya había salido de la estación y lo único que podía hacer era apartarse.

– El amor es una putada -dijo Selevan.

– Es matador -coincidió Jago.

Capítulo 10

Lynley hojeó el libro de Gertrude Jekyll, las fotos y dibujos de jardines con los colores abundantes de la primavera inglesa. Las gamas eran suaves y relajantes y al mirarlas casi pudo sentir cómo sería sentarse en uno de los bancos de madera curada y dejarse llevar por el manto de pétalos de tonos pastel. Así debían ser los jardines, pensó. No los parterres formales de los isabelinos, plantados cuidadosamente con arbustos aburridos y escasa vegetación, sino la imitación exuberante de lo que tendría lugar en una naturaleza en la que hubieran desaparecido las malas hierbas pero donde se permitiera que florecieran otras plantas: bancos de color retozando descontroladamente en céspedes y arriates que desembocaban en senderos serpenteantes, como ocurriría en la naturaleza. Sí, Gertrude Jekyll sabía lo que se hacía.

– Son preciosos, ¿verdad?

Lynley alzó la vista. Daidre Trahair estaba delante de él, ofreciéndole una copa tallada. Mirándola, la veterinaria se disculpó con una mueca y dijo:

– Sólo tengo jerez de aperitivo. Creo que está aquí desde que compré la casa, hará ya… ¿cuatro años? -Sonrió-. No bebo mucho, así que en realidad no sé… ¿El jerez se pasa? No sé decirte si es seco o dulce, para serte sincera. Pero creo que es dulce. En la botella ponía «crema».

– Pues será dulce. Gracias. -Cogió la copa-. ¿Tú no bebes?

– Tengo una copita en la cocina.

– ¿No vas a permitirme que te ayude? -Señaló con la cabeza hacia el lugar donde había escuchado ruidos domésticos-. No se me da muy bien. Soy espantoso, sinceramente, pero estoy seguro de que podré cortar algo si hay que cortar algo. Y medir también. Puedo decirte sin ruborizarme que soy un genio midiendo tazas y cucharadas.

– Es un consuelo -contestó ella-. ¿Eres capaz de preparar una ensalada si todos los ingredientes están colocados sobre la encimera y no tienes que tomar decisiones importantes?

– Mientras no tenga que aliñarla… No querrás que maneje lo que sea que se usa para aliñar una ensalada.

– No puedes ser tan negado -le dijo ella con una carcajada-. Seguro que tu mujer… -Calló. Su expresión se alteró, seguramente porque la de él también se había alterado. Ladeó la cabeza arrepentida-. Lo siento, Thomas. Es difícil no referirse a ella.

Lynley se levantó de su silla con el libro de Jekyll todavía en la mano.

– A Helen le habría encantado un jardín de Gertrude Jekyll -dijo-. Podaba los rosales de nuestra casa de Londres porque decía que estimulaba el nacimiento de más flores.

– Sí, tenía razón. ¿Le gustaba la jardinería?

– Le gustaba estar en los jardines. Creo que le gustaba el efecto de haber trabajado en el jardín.

– ¿Pero no estás seguro?

– No lo sé seguro.

Nunca se lo había preguntado. Simplemente llegaba a casa después del trabajo y la encontraba con unas tijeras de podar en la mano y un cubo de rosas cortadas y marchitas a sus pies. Le miraba y se apartaba el pelo oscuro de la mejilla y decía algo sobre las rosas, sobre los jardines en general. Y lo que decía le arrancaba una sonrisa. Y la sonrisa le obligaba a olvidarse del mundo que había más allá de las paredes de su jardín, un mundo que había que olvidar y encerrar para que no se entrometiera en la vida que compartía con ella.

– Tampoco sabía cocinar, por cierto -añadió Thomas-. Se le daba fatal. Era un desastre absoluto.

– ¿Entonces ninguno de los dos cocinaba?

– Ninguno de los dos. Yo sabía preparar huevos con tostadas, por supuesto, y a Helen se le daba de maravilla abrir latas de sopa, alubias y salmón ahumado, aunque había grandes posibilidades de que metiera la lata en el microondas y quemara todo el sistema eléctrico de la casa. Contratamos a una persona que nos hacía la comida. Era o curry para llevar o morir de hambre. Y la cantidad de curry que se puede comer tiene un límite.

– Pobrecitos -dijo Daidre-. Ven conmigo, pues. Supongo que al menos podrás aprender algo.

Regresó a la cocina y Thomas la siguió. De un armario, sacó un cuenco de madera -grabado con figuras primitivas bailando alrededor del borde- y cogió una tabla de cortar y varios alimentos reconocibles, gracias a Dios, que debían combinarse para preparar la ensalada. Le asignó la tarea dándole un cuchillo y diciendo:

– Échalo todo. Es lo bonito de las ensaladas. Cuando hayas llenado suficiente el cuenco, te enseñaré a preparar un aliño sencillo que no pondrá a prueba tus escasos talentos. ¿Alguna pregunta?

– Estoy seguro de que tendré alguna mientras vaya haciendo.

Trabajaron en un silencio cordial, Lynley en la ensalada y Daidre Trahair en un plato con judías verdes y menta. En el horno estaba cociéndose algo que olía a hojaldre y algo más hervía a fuego lento en un cazo. En un momento tuvieron preparada la comida y Daidre le instruyó en el arte de poner la mesa, algo que al menos sí sabía hacer, pero permitió que ella le enseñara porque hacerlo le permitía a él observarla y evaluarla.

Era muy consciente de las instrucciones de la inspectora Hannaford, y si bien no le gustaba la idea de utilizar la hospitalidad de Daidre Trahair como herramienta de investigación en lugar de como medio para acceder amigablemente a su mundo, su lado de policía venció la parte de él que era una criatura social necesitada de comunicarse con otras criaturas de su especie. Así que observó y esperó y permaneció atento a los detalles que pudiera recabar sobre ella.

Había pocos. La veterinaria iba con mucho cuidado. Lo cual era, en sí mismo, un detalle valioso.

Atacaron la cena en el minúsculo comedor de Daidre, donde un trozo de cartón pegado a una ventana le recordó su deber de repararla. Comieron algo que ella denominó Portobello Wellington junto con una guarnición de cuscús con tomates secos, judías verdes con ajo y menta y la ensalada de Thomas aliñada con aceite, vinagre, mostaza y un aderezo italiano. No tenían vino para beber, sólo agua con limón. Daidre se disculpó por ello, igual que había hecho con el jerez.

Dijo que esperaba que no le importara que la cena fuera vegetariana. No era estricta, le explicó, porque no consideraba pecado consumir productos animales como huevos y cosas así. Pero cuando se trataba de la carne de sus criaturas amigas en el planeta, le parecía demasiado… demasiado caníbal.

– Lo que les ocurre a los animales le ocurre al hombre -dijo-. Todo está conectado. -A Thomas le sonó a cita y, justo mientras lo pensaba, ella le dijo sin sonrojarse que lo era. Explicó con encanto-: En realidad no son palabras mías. No recuerdo quién las dijo o las escribió, pero cuando las leí hace unos años me pareció que era muy cierto.

– ¿No se aplica a los zoológicos?

– ¿Si encerrar a los animales provoca el encierro del hombre, quieres decir?

– Algo así. No me gustan demasiado los zoos, perdona.

– A mí tampoco. Se remontan a la época victoriana, ¿verdad? Ese entusiasmo por conocer el mundo natural sin sentir compasión por él. En realidad desprecio los zoos, si te soy sincera.

– Pero eliges trabajar en ellos.

– Elijo comprometerme a mejorar las condiciones de los animales que viven allí.

– Subviertes el sistema desde dentro.

– Tiene más sentido que llevar un cartel de protesta, ¿no crees?

– Como ir a la caza del zorro con un arenque colgado del caballo.

– ¿Te gusta cazar zorros?

– Me parece execrable. Sólo he ido una vez, un 26 de diciembre. Debía de tener unos once años. Mi conclusión fue que Oscar Wilde tenía razón, aunque en ese momento no habría sabido expresarlo así. Sólo vi que no me gustaba. La idea de una jauría persiguiendo a un animal aterrado, y luego permitir despedazarlo si lo encuentran… No era para mí.

– Tienes un corazón indulgente con el mundo animal, entonces.

– No soy cazador, si es a lo que te refieres. Habría sido un hombre prehistórico muy malo.

– No habrías servido para matar mamuts.

– Me temo que la evolución se habría interrumpido precipitadamente si yo hubiera sido el jefe de la tribu.

Daidre se rió.

– Qué chistoso eres, Thomas.

– Sólo de vez en cuando -dijo él-. Cuéntame cómo subviertes el sistema.

– ¿En el zoo? No tan bien como me gustaría. -Se sirvió más judías verdes y le pasó el cuenco-. Come más. La receta es de mi madre. El secreto está en la menta, hay que echarla en aceite de oliva caliente el tiempo justo para que se seque y así libere su sabor -arrugó la nariz-, o algo así. En cualquier caso, las judías las hierves durante cinco minutos. Si las dejas más, se ponen blandas, que es lo último que se pretende.

– No hay nada peor que una judía blanda -señaló Thomas. Se sirvió otra ración-. Mis elogios para tu madre. Están buenísimas. Debe de estar orgullosa. ¿Dónde vive tu madre? La mía al sur de Penzance, cerca de Lamorna Cave. Y me temo que cocina tan bien como yo.

– ¿Eres un hombre de Cornualles, entonces?

– Más o menos, sí. ¿Y tú?

– Yo crecí en Falmouth.

– ¿Naciste allí?

– Yo… Bueno, sí, supongo. Quiero decir que nací en casa y en esa época mis padres vivían a las afueras de Falmouth.

– ¿En serio? Qué insólito -dijo Lynley-. Yo también nací en casa. Todos nacimos en casa.

– En un entorno más enrarecido que la habitación donde nací yo, me atrevería a decir -señaló Daidre-. ¿Cuántos sois?

– Sólo tres. Yo soy el mediano. Tengo una hermana mayor, Judith, y un hermano pequeño, Peter. ¿Y tú?

– Un hermano, Lok.

– Es un nombre poco común.

– Es chino. Nosotros lo adoptamos cuando yo tenía diecisiete años. -Cortó un trozo de su Portobello Wellington y lo sostuvo en el tenedor mientras seguía hablando-. Él tenía seis años. Estudia matemáticas en Oxford. Es un cerebrito, el muy bribón.

– ¿Cómo es que lo adoptasteis?

– Lo vimos en la tele, en realidad, en un programa de la BBC1 sobre orfanatos chinos. Lo entregaron allí porque tenía espina bífida. Creo que sus padres pensaron que no podría cuidarles cuando fueran mayores, aunque no lo sé seguro, la verdad, y tampoco tenían los medios para ocuparse de él, así que lo dieron en adopción.

Lynley la observó. No parecía tener ningún artificio. Todo lo que decía podía verificarse fácilmente. Pero aun así…

– Nosotros, me gusta -le dijo.

Daidre estaba pinchando un poco de ensalada. Sostuvo el tenedor a medio camino de su boca y se sonrojó un poco.

– ¿Nosotros? -preguntó, y Lynley vio que pensaba que se refería a ellos dos, en ese momento, sentados a su pequeña mesa de comedor. Él también se puso colorado.

– Has dicho que «vosotros» lo adoptasteis. Me ha gustado.

– Ah. Bueno, fue una decisión familiar. Siempre tomábamos las decisiones importantes en familia. Celebrábamos reuniones familiares los domingos por la tarde, justo después del asado y el pudín de Yorkshire.

– ¿Entonces tus padres no eran vegetarianos?

– Dios mío, no. Comíamos carne y verdura. Cordero, cerdo o ternera todos los domingos, pollo de vez en cuando. Coles de Bruselas hervidas. Señor, odio las coles de Bruselas… Siempre las he odiado y siempre las odiaré. Y también zanahorias y coliflor.

– ¿Judías no?

– ¿Judías? -Lo miró perpleja.

– Has dicho que tu madre te enseñó la receta de judías verdes.

Daidre miró el cuenco, donde quedaban diez o doce.

– Oh, sí, las judías -dijo-. Eso sería después del curso de cocina. A mi padre le gustaba mucho la comida mediterránea y mamá decidió que debía haber vida más allá de los espaguetis a la boloñesa, así que se propuso encontrarla.

– ¿En Falmouth?

– Sí. Ya he dicho que crecí en Falmouth.

– ¿También fuiste al colegio allí?

Daidre lo observó abiertamente. Su rostro era amable y estaba sonriendo, pero había cautela en sus ojos.

– ¿Me estás interrogando, Thomas?

Lynley levantó las dos manos, un gesto que debía interpretarse como franqueza y sumisión.

– Lo siento, gajes del oficio. Háblame de Gertrude Jekyll. -Por un momento se preguntó si lo haría, y añadió amablemente-: He visto que tienes diversos libros sobre ella.

– Es la antítesis absoluta de Capability Brown -fue su respuesta tras pensar un momento-. Comprendía que no todo el mundo tenía paisajes amplios con los que trabajar. Me gusta eso de ella. Yo tendría un jardín al estilo Jekyll si pudiera, pero aquí seguramente estoy condenada a las plantas suculentas. Cualquier otra cosa con el viento y este tiempo… Bueno, a veces hay que ser práctico.

– ¿Y a veces no?

– Sin duda.

Habían terminado de comer durante la conversación y Daidre se levantó para empezar a recoger la mesa. Si se había ofendido por el interrogatorio lo ocultó bien, porque le sonrió y le dijo que fuera con ella para ayudarle a fregar los platos.

– Después de esto -dijo ella-, voy a pisotearte el corazón y a dejarte hecho polvo, metafóricamente hablando, por supuesto.

– ¿Y cómo piensas hacerlo?

– ¿En una sola noche, quieres decir? -Ladeó la cabeza en dirección al salón-. Con una partida de dardos. Tengo que practicar para un torneo y aunque imagino que no serás un gran contrincante, me sacarás del apuro.

– Mi única respuesta a eso tiene que ser que te daré una paliza y te humillaré -le dijo Lynley.

– Si me arrojas un guante así, tenemos que jugar ya -contestó ella-. El que pierda friega los platos.

– Hecho.

* * *

Ben Kerne sabía que tendría que llamar a su padre. Teniendo en cuenta la edad del anciano, también sabía que debería conducir hasta Pengelly Cove y contarle lo de Santo en persona, pero hacía años que no iba al pueblo y ahora mismo no podía enfrentarse a ello. Nada habría cambiado -en parte debido a su ubicación remota y más incluso al compromiso de sus habitantes de no alterar nunca nada, incluidas sus actitudes- y esa ausencia de cambio lo catapultaría de nuevo al pasado, que era el penúltimo lugar en el que deseaba vivir. El último era el presente. Anhelaba un limbo para la mente, un Leteo en el que poder nadar hasta que los recuerdos ya no le preocuparan.

Ben habría dejado pasar todo aquel asunto si los abuelos de Santo no adoraran a su nieto. Sabía que era improbable que algún día se pusieran en contacto con él, pues no lo habían hecho desde que se había casado y sólo hablaba con ellos cuando llamaba de vez en cuando, bien para mantener una conversación forzada en vacaciones, bien para hablar más libremente con su madre cuando la telefoneaba a su despacho o estaba desesperado por encontrar un sitio para mandar a Santo y a Kerra cuando Dellen atravesaba una de sus malas épocas. Las cosas tal vez habrían sido distintas si les hubiera escrito, quizá los habría ablandado con el tiempo. Pero no era de los que escribían y aunque así hubiese sido, tenía que pensar en Dellen y en su lealtad hacia ella y en todo lo que esa lealtad le había exigido desde la adolescencia. Así que dejó pasar todos los intentos por reconciliarse y ellos hicieron lo mismo. Y cuando su madre sufrió de repente un derrame cerebral con casi sesenta años, se enteró de su estado porque el suceso ocurrió mientras Santo y Kerra pasaban una temporada con sus abuelos y le llevaron la noticia cuando regresaron a casa. Incluso habían prohibido a los hermanos y hermanas de Ben que comunicaran la información.

Otro hombre quizás habría dispensado el mismo trato a sus padres ahora, permitiendo que se enteraran de la muerte de Santo como el destino quisiera. Pero Ben había intentado ser distinto a su padre -si bien había fracasado en muchos sentidos- y eso significaba crear una grieta en la pared que en estos momentos rodeaba su corazón y permitir que alguna forma de compasión penetrara en él a pesar de su necesidad de ocultarse en un lugar donde podría llorar a salvo todas las cosas que necesitaba llorar.

En todo caso, la policía iba a ponerse en contacto con Eddie y Ann Kerne, porque eso era lo que hacía la policía. Hurgaba en las vidas y las historias de todos aquellos relacionados con el fallecido -Dios mío, estaba llamando «fallecido» a Santo, ¿qué significaba aquello sobre el estado de su corazón?- y buscaba cualquier detalle que pudiera utilizarse para culpar a alguien. Sin duda el dolor que sentiría su padre cuando se enterara de lo de Santo le empujaría primero a soltar palabrotas y luego acusaciones sin que su esposa quisiera o pudiera actuar como influencia moderadora de sus palabras; Ann Kerne se quedaría cerca transmitiendo lo que sentía: tormento después de estar años con un hombre a quien amaba pero cuyo carácter apenas podía suavizar. Y aunque no pudiera acusarse a Ben de nada en la muerte de Santo, el trabajo de la policía era deducir y atar cabos, por muy poco relacionados que estuvieran. Así que no necesitaba que hablaran con su padre sin que éste supiera lo que le había sucedido a su nieto preferido.

Ben decidió llamar desde su despacho y no desde el piso familiar y bajó por las escaleras para prolongar lo inevitable. Cuando llegó, no descolgó el teléfono enseguida, sino que miró la pizarra donde estaban marcadas las semanas anteriores y posteriores a la inauguración de Adventures Unlimited en forma de calendario con las actividades y las reservas anotadas en él. En la pizarra vio reflejado lo mucho que necesitaban a Alan Cheston. Durante los meses anteriores a la llegada de Alan, Dellen se había encargado del marketing de Adventures Unlimited, pero no lo había asumido como un trabajo de verdad. Tenía ideas, pero prácticamente no les daba continuidad. La organización no era su fuerte.

«¿Y cuál es su fuerte, si me permites preguntártelo? -habría dicho su padre-. No, no te molestes, no hace falta que me respondas. Todo el puto pueblo sabe qué es lo que se le da bien, que no te quepa la menor duda, hijo mío.»

No era cierto, naturalmente. Sólo era la forma que tenía su padre de ridiculizarle porque creía que no había que alabar a los niños, algo que en la mente de Eddie Kerne significaba que los niños no debían tener confianza en sus propias decisiones. No era mal hombre, sólo firme en su manera de ser, que no era la de Ben, así que chocaron.

Igual que el propio Ben y su hijo, pensó. El verdadero infierno de ser padre era darse cuenta de que tu propio padre proyectaba una sombra de la que no podías esperar escapar.

Examinó el calendario. Quedaban cuatro semanas para la inauguración y tenían que abrir, aunque no veía cómo podrían hacerlo. Su corazón no estaba en ello, pero habían invertido tantísimo dinero en el proyecto que no abrir o posponer la inauguración no eran alternativas viables. Además, para Ben las reservas que tenían eran pactos que no podían romperse, y si bien no contaban con tantas como había soñado en este punto del desarrollo del negocio, confiaba en que haber contratado a Alan Cheston solucionaría aquel tema. Alan tenía ideas y los medios para convertirlas en realidad. Era listo, y también un líder. Y lo más importante, no se parecía en nada a Santo.

Ben detestó la deslealtad de aquel pensamiento. Al pensar en ello estaba haciendo lo que había jurado que nunca haría: repetir el pasado. «¡Estás pensando con la puta polla, chico!», habían sido las palabras de su padre, entonadas sólo variando la emoción que las subrayaba: desde la tristeza a la furia, pasando por el escarnio y el desdén. Santo había hecho casi lo mismo y Ben no quería pensar en qué había detrás de la tendencia de su hijo a los devaneos sexuales o adónde podía haberle llevado esa tendencia.

Antes de poder evitarlo mucho más, descolgó el teléfono de su mesa. Marcó los números. No dudaba de que su padre aún estaría levantado y rondaría por la casa destartalada. Como Ben, Eddie Kerne era insomne. Todavía estaría horas despierto, haciendo lo que hiciera uno por la noche cuando estaba comprometido con un estilo de vida ecológico, como había decidido su padre hacía tiempo. Eddie Kerne y su familia sólo tenían electricidad si podían generarla gracias al viento o al agua; sólo tenían agua si podían desviarla de un arroyo o subirla de un pozo. Tenían calefacción cuando los paneles solares la producían. Cultivaban o criaban lo que necesitaban para alimentarse y su casa era una granja abandonada y en ruinas, comprada a un precio de ganga y rescatada de la destrucción por Eddie Kerne y sus hijos: piedra a piedra, encalada, techada y con unas ventanas montadas con tanta inexperiencia que el viento invernal se filtraba por las rendijas entre los marcos y las paredes.

Su padre respondió como lo hacía normalmente.

– Al habla -rugió. Cuando Ben no habló de inmediato, su padre añadió-: Si estás ahí, dale ya. Si no, cuelga el teléfono.

– Soy Ben.

– ¿Qué Ben?

– Benesek. No te he despertado, ¿verdad?

– ¿Y qué si lo has hecho? -preguntó después de una breve pausa-. ¿Acaso ahora te importa alguien aparte de ti mismo?

«De tal padre, tal astilla -quiso responder Ben-. Tuve un profesor muy bueno.» Pero en lugar de eso dijo:

– Santo murió ayer. He pensado que querrías saberlo, ya que él te tenía cariño, y he pensado que tal vez el sentimiento era mutuo.

Otra pausa. Esta fue más larga. Y luego:

– Cabrón -dijo su padre. Su voz era tan tensa que Ben pensó que iba a romperse-. Cabrón. No has cambiado, ¿verdad, joder?

– ¿Quieres saber lo que le pasó a Santo?

– ¿Qué le dejaste hacer?

– ¿Qué hice esta vez, quieres decir?

– ¿Qué pasó, maldita sea? ¿Qué coño pasó?

Ben se lo contó tan brevemente como pudo. Al final añadió el tema del asesinato. No lo llamó «asesinato», sino que utilizó la palabra «homicidio».

– Alguien dañó su equipo de escalada -le dijo a su padre.

– Dios santo. -La voz de Eddie Kerne se alteró, había pasado del enfado al horror. Pero volvió a pasar al enfado rápidamente-: ¿Y qué diablos estabas haciendo tú mientras él escalaba algún maldito acantilado? ¿Mirándole? ¿Animándole? ¿O montándotelo con ella?

– Salió a escalar solo. Yo no sabía que se había ido. No sé por qué fue. -Esto último era mentira, pero no podía soportar darle más munición a su padre-. Al principio creyeron que había sido un accidente, pero cuando examinaron su equipo vieron que alguien lo había manipulado.

– ¿Quién?

– Bueno, no lo saben, papá. Si lo supieran, lo habrían detenido y el tema estaría solucionado.

– ¿«Solucionado»? ¿Así hablas de la muerte de tu hijo? ¿De tu propia sangre? ¿«Solucionado»? ¿El tema se soluciona y tú sigues con tu vida? ¿Es eso, Benesek? ¿Tú y esa cómo se llame avanzáis hacia el futuro y dejáis atrás el pasado? Bueno, se te da bien eso, ¿no? Y a ella también. Ella es un genio, si mal no recuerdo. ¿Cómo se ha tomado todo esto? Interfiere en su estilo de vida, ¿no?

Ben había olvidado los énfasis desagradables del discurso de su padre, cargado de palabras y preguntas mordaces, todas diseñadas para socavar la conciencia frágil que uno tenía de sí mismo. Nadie debía ser un individuo en el mundo de Eddie Kerne. La familia significaba adherirse a una sola creencia y un solo modo de vida. «De tal palo, tal astilla», pensó de repente. Cuánto la había fastidiado con la clase de paternidad que le habían concedido.

– Todavía no hay fecha para el funeral -dijo Ben-. La policía no nos ha entregado el cuerpo. Ni siquiera le he visto todavía.

– ¿Cómo diablos sabes que es Santo, entonces?

– Como su coche estaba en el lugar, como su identificación estaba en el coche, como todavía no ha vuelto a casa, creo que se puede decir sin temor a equivocarnos que se trata de Santo.

– Eres un desgraciado, Benesek. Mira que hablar así de tu propio hijo…

– ¿Qué quieres que diga cuando nada de lo que diga será correcto? He llamado para contártelo porque ibas a enterarte igual por la policía y he pensado…

– No quieres eso, ¿verdad? Que yo y la poli hablemos. Que yo me ponga a hablar por esta boquita y ellos pongan la oreja.

– Si es lo que crees… -dijo Ben-. Lo que iba a decir es que supuse que agradecerías saber la noticia por mí y no por la policía. Hablarán contigo y con mamá. Hablarán con todo el mundo relacionado con Santo. He pensado que querrías saber qué les traía por tu propiedad cuando aparezcan.

– Oh, habría imaginado que tenía que ver contigo -dijo Eddie Kerne.

– Sí. Supongo que sí.

Ben colgó entonces, sin despedirse. Estaba de pie, pero se sentó a su mesa. Notaba una gran presión creciendo en su interior, como si un tumor en su pecho estuviera aumentando hasta un tamaño que le cortaría la respiración. La habitación parecía cerrada. Pronto se agotaría el oxígeno.

Necesitaba escapar. Como siempre, habría dicho su padre. Su padre: un hombre que reescribía la historia para adaptarla al propósito que exigiera cada momento. Pero para este momento no había ninguna historia, sólo podía lidiar con el presente.

Se levantó. Recorrió los pasillos hasta el cuarto del material, adonde ya había ido antes y adonde había llevado a la inspectora Hannaford. Esta vez, sin embargo, no se acercó a la hilera de armarios largos donde guardaban el equipo de escalada, sino que cruzó la habitación y entró en otra más pequeña, donde había un aparador del tamaño de un armario ropero grande con un candado colgando del cerrojo. La única llave que había de esta cerradura obraba en su poder y ahora la utilizó. Cuando abrió la puerta, el olor a goma vieja fue intenso. Habían pasado más de veinte años. Antes incluso de que naciera Kerra. Seguramente se caería a trozos.

Pero no fue así. Se puso el traje antes de tener claro por qué se lo ponía, vistiéndose todo de neopreno, y se subió la cremallera de la espalda ayudándose del cordón, un tirón fuerte. El resto fue fácil. No se había deteriorado porque siempre había cuidado su equipo.

«Anda, venga, vámonos a casa -le decían sus amigos-. No seas cabrón, Kerne. Se nos está helando el culo.»

Había una manguera y la usaba para quitar la sal, y luego hacía lo mismo cuando llevaba el equipo a casa. Los equipos de surf eran caros y no quería tener que comprarse otro porque la sal hubiera deteriorado y podrido el que tenía. Así que lavaba el traje a conciencia -los escarpines, los guantes y también el gorro-, y lo mismo con la tabla. Sus compañeros se desternillaban y le llamaban mariquita, pero él no cedía en sus intenciones.

Pensó en eso y en todo lo demás. Sintió la maldición de su propia determinación.

La tabla también estaba en el armario. La sacó con cuidado y la examinó. No tenía ni una abolladura, la superficie todavía estaba encerada. Una verdadera antigualla para los estándares de hoy pero perfectamente adecuada para lo que pensaba hacer, fuera lo que fuese, porque no lo sabía exactamente. Tan sólo quería salir del hotel. Cogió los escarpines, los guantes y el gorro y se puso la tabla bajo el brazo.

El cuarto del material tenía una puerta que conducía a la terraza y de ahí se llegaba a la piscina todavía vacía. Una escalera de hormigón en el otro extremo del área de la piscina conducía a la colina a la que el viejo hotel debía su nombre y un sendero a lo largo del borde de dicha colina seguía la curva de la playa de St. Mevan. Pegadas al acantilado había una hilera de casetas de playa, no las típicas que normalmente se encuentran separadas, sino una fila unida que parecía un establo largo y bajo con puertas azules estrechas.

Ben siguió esta ruta, aspirando el aire frío y salado y escuchando el estrépito de las olas. Se detuvo arriba de las casetas para ponerse el gorro de neopreno, pero los escarpines y los guantes se los enfundaría cuando llegara a la orilla.

Miró el mar. Había subido la marea, así que los arrecifes estaban cubiertos y mantendrían las olas constantes. Desde allí parecían tener un metro y medio de altura y el oleaje venía del sur. Rompían a la derecha, con viento de tierra. Si hubiera sido de día -incluso si estuviera amaneciendo o atardeciendo-, se consideraría que las condiciones eran buenas hasta para esta época del año, cuando el agua todavía estaría fría como un cubito de hielo.

Nadie hacía surf de noche. Abundaban los peligros, desde tiburones a arrecifes y corrientes. Pero la cuestión no era tanto surfear como recordar, y, aunque Ben no quería recordar, hablar con su padre estaba obligándole a ello. Era eso o quedarse en el hotel de la Colina del Rey Jorge, y con eso sí que no podía.

Bajó la escalera hasta la playa. Allí abajo no había luces, pero al menos las farolas altas del sendero de la colina iluminaban las rocas y la arena. Siguió su camino por las placas de pizarra y las piedras de arenisca, restos de la cima del acantilado que ahora formaba la base de la colina, y por fin pisó la playa. No era la arena blanda de una isla tropical, sino los cascajos producidos a lo largo de millones de años a medida que el suelo helado fue calentándose, hasta que los desprendimientos lentos dejaron gravilla gruesa tras de sí y el agua que golpeaba constantemente estas rocas las redujo a pequeños granos duros que brillaban con el sol, pero que a oscuras estaban apagados y tenían un color gris y pardusco, implacables para la piel y ásperos al tacto.

A su derecha estaba el Sea Pit, y ahora la marea alta lo llenaba con agua nueva, casi sumergiéndola para conseguirlo. A su izquierda estaba el afluente del río Cas y, más allá, lo que quedaba del canal de Casvelyn. Delante tenía el mar, agitado y exigente, llamándolo.

Dejó la tabla en la arena y se enfundó los escarpines y los guantes. Se puso un momento en cuclillas -una figura negra agachada dando la espalda a Casvelyn- y observó la fosforescencia de las olas. De joven iba a la playa por la noche, pero no para hacer surf. Cuando terminaban de coger olas, encendían una hoguera. Cuando lo único que quedaban eran las brasas, se ponían en parejas y, si la marea era baja, las magníficas cuevas de Pengelly Cove les hacían señas. Allí hacían el amor. Sobre una manta, o no. Semivestidos o desnudos. Borrachos, un poco achispados o sobrios.

Ella era más joven en esa época. Le pertenecía. Era lo que él deseaba, lo único que deseaba. Ella también lo sabía y ahí había surgido el problema.

Ben se levantó y se acercó al agua con la tabla. No tenía cuerda, pero no importaba. Si la perdía, la perdía. Como tantas otras cosas en su vida, mantener la tabla cerca de él si se caía era una preocupación que ahora mismo no podía controlar.

Sus pies y tobillos recibieron primero el impacto del frío y luego fueron las piernas, los muslos y el torso. La temperatura de su cuerpo tardaría unos momentos en calentar el agua dentro del traje y, mientras tanto, el frío glacial le recordaba que estaba vivo.

Con el agua a la altura de los muslos, se deslizó sobre la tabla y comenzó a remar por el agua blanca hacia el arrecife de la derecha. La espuma le salpicó la cara y las olas bañaron su cuerpo. Pensó, brevemente, que podría remar para siempre, hasta que se hiciera de día, hasta que estuviera tan lejos de la orilla que Cornualles fuera tan sólo un recuerdo. Pero en lugar de eso, gobernado sombríamente por el amor y el deber, se detuvo después de los arrecifes y allí se sentó en la tabla a horcajadas. Primero dando la espalda a la orilla, mirando el mar inmenso y ondulante. Luego giró la tabla y vio las luces de Casvelyn: la hilera de farolas altas que brillaban blancas en la colina y luego el resplandor ámbar detrás de las cortinas de las ventanas de las casas del pueblo, como las luces de gas del siglo xix o las hogueras de una época anterior.

Las olas eran seductoras, le ofrecían un ritmo hipnótico que era tan reconfortante como falso. Era como regresar al vientre materno. Podías tumbarte sobre la tabla, mecerte en el mar y dormir para siempre. Pero las olas rompían -el agua caía sobre sí misma- y la masa continental que había debajo subía hasta la orilla. Aquel lugar entrañaba peligro y también seducción. Había que actuar o someterse a la fuerza de las olas.

Se preguntó si, después de tantos años, reconocería el momento: esa confluencia de forma, fuerza y ondulación que anunciaba al surfista que había que lanzarse. Pero algunas cosas eran un acto reflejo y vio que coger olas era una de ellas. La comprensión y la experiencia se fusionaban en la aptitud, y el paso del tiempo no se la había robado.

Se formó la cúspide de la ola y Ben se elevó con ella: primero remando, después con una rodilla sobre la tabla, y luego se irguió. No tenía gomas autoadhesivas en la cola de la tabla para mantener el pie fijo en su sitio porque en esta tabla -en su tabla- nunca había colocado esta pieza. Se lanzó a la pared de la ola. Giró ganando altura y velocidad, sus músculos actuaban sólo de memoria. Entonces se encontró en el tubo y estaba limpio. «Habitación verde, colega -habrían gritado-. ¡Yiiijáa! Estás en la habitación verde, Kerne.»

Surfeó hasta que sólo quedó agua blanca y allí se bajó, con el mar a la altura de los muslos otra vez en la parte menos profunda, y cogió la tabla antes de que se alejara de él. Se quedó quieto con las olas interiores rompiendo contra él. Le costaba respirar y permaneció allí hasta que los latidos de su corazón se ralentizaron.

Entonces caminó hacia la playa, el agua del mar caía de su cuerpo como una capa. Se dirigió hacia las escaleras.

Mientras lo hacía, una figura -una silueta en la medianoche- avanzó a su encuentro.

* * *

Kerra le había visto marcharse del hotel. Al principio, no supo que era su padre. En realidad, en un momento de locura el corazón le dio un brinco y pensó que era Santo quien estaba ahí abajo, cruzando la terraza y subiendo la escalera hacia la colina y la playa de St. Mevan para surfear de noche en secreto. Le había observado desde arriba y al ver sólo la figura vestida de negro y saber que esa figura había salido del hotel… No pudo pensar otra cosa. Había sido todo un error, pensó disparatadamente. Un error terrible, espantoso, horrible. Habían encontrado un cadáver en la base de ese acantilado en Polcare Cove, pero no era el de su hermano.

Así que corrió hacia las escaleras y las bajó, porque el ascensor antiguo habría sido demasiado lento. Atravesó a toda velocidad el comedor, que, como el cuarto del material, se abría a la terraza y también lo cruzó y subió corriendo las escaleras. Cuando llegó a la colina, la figura vestida de negro estaba abajo en la playa, de cuclillas junto a la tabla de surf. Así que esperó allí y observó. Sólo cuando se acercó después de ver que cogía una sola ola se percató de que era su padre.

Su mente se llenó de preguntas y luego de ira, con el porqué eterno e incontestable sobre prácticamente todo lo que había definido su infancia. ¿Por qué fingiste…? ¿Por qué discutías con Santo por…? Y, más allá de eso, estaba el quién de todo aquello. ¿Quién eres, papá?

Pero no formuló ninguna de estas preguntas inacabadas mientras su padre llegaba a donde estaba ella al pie de las escaleras, sino que intentó leer su rostro en la penumbra.

Su padre se detuvo. Su expresión pareció suavizarse y dio la impresión de que quería hablar. Pero cuando al fin abrió la boca, fue sólo para decir:

– Kerra, tesoro. -Y pasó a su lado. Subió los peldaños hasta el sendero de la colina y ella lo siguió. Sin mediar palabra, se acercaron al hotel, donde descendieron hacia la piscina vacía. Su padre se detuvo al lado de una manguera y lavó la tabla para quitarle el agua salada. Luego siguió caminando y entró en el hotel.

En el cuarto del material se quitó el traje de neopreno. Debajo llevaba los calzoncillos y tenía la carne de gallina por culpa del frío, pero no parecía importarle porque no temblaba. Llevó el traje a un cubo de basura de plástico grande que había en un rincón del cuarto y lo echó dentro sin ceremonias. La tabla, que estaba goteando, la llevó a otro cuarto -un cuarto interior, vio Kerra, una habitación del hotel que todavía no había investigado- y la guardó en un armario. Su padre lo cerró con un candado, que luego comprobó como para asegurarse que el contenido del mismo estaba a salvo de las miradas de los curiosos. De las miradas de la familia, se percató. De las miradas de ella y de Santo, porque su madre debía de conocer aquel secreto desde siempre.

«Santo», pensó Kerra. Menuda hipocresía. Sencillamente no entendía nada.

Su padre utilizó la camiseta para secarse. La lanzó a un lado y se puso el jersey. Le hizo un gesto para que se diera la vuelta, cosa que hizo, y oyó que se quitaba los calzoncillos, que cayeron al suelo, y luego que se subía la cremallera de los pantalones.

– De acuerdo -dijo entonces. Ella se dio la vuelta otra vez y se encontraron cara a cara. Era evidente que su padre esperaba sus preguntas.

Kerra decidió sorprenderle igual que él la había sorprendido a ella. Así que dijo:

– Es por ella, ¿verdad?

– ¿Por quién?

– Por mamá. No podías surfear y vigilarla al mismo tiempo, así que dejaste el surf. Es eso, ¿no? Te he visto, papá. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Veinte años? ¿Más?

– Sí. Desde antes de que nacieras.

– Así que te has puesto el traje de neopreno, has salido ahí fuera, has cogido la primera ola y eso ha sido todo. Ningún problema. Ha sido fácil, un juego de niños. Nada del otro mundo. Como caminar. Como respirar.

– Sí, eso es. Así ha sido.

– Lo que significa que… ¿Cuánto tiempo llevabas surfeando cuando lo dejaste?

Su padre recogió la camiseta y la dobló con esmero a pesar de cómo la había dejado, toda empapada.

– Casi toda la vida -contestó-. Es lo que hacíamos en esa época, no había nada más. Ya has visto cómo viven tus abuelos. Teníamos la playa en verano y el colegio el resto del año. En casa había trabajo intentando que el maldito edificio no se viniera abajo, y cuando teníamos tiempo libre hacíamos surf. No había dinero para irse de vacaciones. Nada de vuelos baratos a España. No era como ahora.

– Pero lo dejaste.

– Lo dejé. Las cosas cambian, Kerra.

– Sí. Apareció ella. Ese fue el cambio. Te liaste con ella y cuando viste cómo era, ya era demasiado tarde, no podías escapar. Así que tuviste que elegir y la elegiste a ella.

– No es tan sencillo.

Ben pasó al lado de Kerra, salió de la habitación más pequeña y entró en el cuarto del material, más grande. Esperó a que le siguiera y cuando estuvo con él cerró la puerta de la habitación pequeña con llave.

– ¿Lo sabía Santo?

– ¿El qué?

– Esto. -Señaló la puerta que acababa de cerrar-. Eras bueno, ¿verdad? He visto suficiente para saberlo. Entonces, ¿por qué…?

De repente, se encontró más al borde de las lágrimas de lo que había estado en las últimas treinta horas fatídicas.

Su padre la observaba. Ella vio que estaba inefablemente triste y en esa tristeza comprendió que, si bien eran una familia -ellos cuatro antes, ellos tres ahora-, tan sólo eran una familia de nombre. Más allá de compartir un apellido, eran y siempre habían sido un depositario de secretos, simplemente. Ella había creído que todos esos secretos estaban relacionados con su madre, con los problemas que tenía, con los periodos de extraña alteración que sufría. Y eran secretos de los que ella formaba parte desde hacía tiempo porque no había manera de evitar saberlos cuando el simple hecho de llegar a casa después del colegio podía colocarla en medio de lo que siempre se había denominado «una situación un poco embarazosa; no le digas ni una palabra a tu padre, cielo». Pero papá lo sabía de todos modos. Todos lo sabían por la ropa que llevaba, su forma de ladear la cabeza cuando hablaba, la cadencia de sus frases, el tamborileo de sus dedos en la mesa durante la cena y la inquietud en sus ojos. Y el rojo; lo sabían por el rojo. Para Kerra y para Santo, lo que seguía inmediatamente a ese color era una visita prolongada a los viejos Kerne y su abuelo diciendo: «¿Qué ha hecho ahora esa zorra?». Pero la orden con la que vivían Kerra y Santo era «No digáis nada de esto a vuestros abuelos, ¿entendido?». Había que tener fe, guardar el secreto y, al final, las cosas volverían a la normalidad, fuera lo que fuese eso.

Pero ahora Kerra comprendió que había incluso más secretos que aquellos que había guardado sobre su madre: pedazos misteriosos de información que iban más allá de la psique confusa de Dellen y que también afectaban a su padre. Al entender esa verdad hiriente, Kerra se dio cuenta de que no había ningún terreno sólido que pisar si deseaba avanzar y seguir hacia el futuro.

– Yo tenía trece años -dijo-. Había un chico que me gustaba, se llamaba Stuart. Él tenía catorce y la cara llena de granos horribles, pero a mí me gustaba. Los granos hacían que pareciera una apuesta segura, ¿sabes? Sólo que no lo era. Es gracioso porque en realidad lo único que hice fue ir a la cocina a por unas tartaletas de mermelada y algo de beber, tardé menos de cinco minutos, y no hizo falta más. Stuart no entendía qué pasaba. Pero yo sí, porque había crecido sabiéndolo. Igual que Santo. Sólo que él estaba a salvo porque, afrontémoslo, Santo era igual que ella.

– No en todos los sentidos -dijo su padre-. No. Eso no.

– Eso. Lo sabes. «Eso.» Y en sentidos que me afectaban a mí.

– Ah. Madlyn.

– Éramos mejores amigas antes de que Santo se fijara en ella.

– Kerra, Santo no quería…

– Sí, sí quería. Vaya si quería, joder. Y lo peor de todo es que no le hizo falta perseguirla. Ya estaba persiguiendo… ¿Qué? ¿A tres chicas más? ¿O ya había terminado con ellas? -Sabía que su voz transmitía lo que parecía: resentimiento. Pero en aquel momento le pareció que nada en su vida había estado nunca a salvo de la depredación.

– Kerra -dijo su padre-, la gente elige su camino. No puedes hacer nada para remediarlo.

– ¿De verdad crees eso? ¿Así la defiendes a ella? ¿A él?

– No estoy…

– Sí. Siempre lo has hecho, al menos con ella. Te ha puesto en ridículo durante casi toda mi vida y me juego lo que quieras que también desde el día en que la conociste.

Si a Ben le ofendió el comentario de Kerra, no lo dijo.

– No hablaba de tu madre, tesoro, ni tampoco de Santo. Hablaba de ese chico, Stuart, fuera quien fuese, de Madlyn Angarrack. -Hizo una pausa antes de acabar diciendo-: De Alan, Kerra. De todo el mundo. Las personas elegirán su camino. Es mejor que las dejes hacerlo.

– ¿Como hiciste tú, quieres decir?

– No puedo explicarte más.

– ¿Porque es un secreto? -preguntó Kerra, y no le importó que la pregunta sonara como una provocación-. ¿Como el resto de cosas de tu vida? ¿Como el surf?

– No elegimos dónde querer. No elegimos a quién querer.

– Yo no lo creo en absoluto -dijo ella-. Dime por qué no te gustaba que Santo hiciera surf.

– Porque creía que no le aportaría nada bueno.

– ¿Es lo que te pasó a ti?

Ben no dijo nada. Por un momento, Kerra pensó que no respondería. Pero al final dijo lo que sabía que diría:

– Sí. A mí no me aportó nada bueno. Así que colgué la tabla y seguí adelante con mi vida.

– Con ella -señaló Kerra.

– Sí. Con tu madre.

Capítulo 11

La inspectora Hannaford llegó tarde a la comisaría de policía, con un humor de perros y con las palabras de despedida de Ray todavía atormentándola. No quería que nada de lo que tuviera que decirle habitara en su conciencia, pero su ex marido sabía cómo transformar un «adiós» de un momento social inocuo en un dardo envenenado y había que ser veloz para esquivarlo. Ella era rápida verbalmente cuando no tenía nada más en la cabeza, pero en mitad de una investigación de asesinato le resultaba imposible serlo.

Había tenido que ceder en el tema de Pete, otra razón por la que llegaba tarde a la comisaría. Dada la ausencia de agentes del equipo de investigación criminal para trabajar, y a que sólo le habían prestado un equipo de relevo -¿y quién diablos sabía cuándo iban a retirárselo?-, tendría que dedicar muchas horas al caso y alguien debía cuidar a Pete. No tanto porque el chico no pudiera cuidar de sí mismo, ya que llevaba años cocinando y había perfeccionado el arte de hacer la colada el día que su madre había vuelto púrpura su querida camiseta del Arsenal, sino porque había que llevarlo del colegio al entreno de fútbol o a esta visita o aquélla y había que vigilar el tiempo que pasaba en Internet y controlarle los deberes o no se molestaría en hacerlos. En resumen, era un chico de catorce años que necesitaba la supervisión habitual de sus padres. Bea sabía que debía agradecer que su ex marido estuviera dispuesto a asumir el reto.

Salvo que… Estaba convencida de que Ray había orquestado toda la situación sólo por ese motivo: para conseguir acceso libre a Pete. Quería tener una vía más segura con su hijo y había visto todo aquello como una oportunidad para conseguirlo. El nuevo entusiasmo de Pete por quedarse en casa de su padre sugería que Ray también estaba triunfando en ese terreno, lo que provocó que Bea se preguntara cómo enfocaba exactamente Ray la paternidad: desde las comidas que servía a Pete hasta la libertad que le daba.

Así que acribilló a preguntas a su ex marido mientras Pete iba a la habitación de invitados -su habitación, como la llamaba él- a guardar sus cosas, y Ray consiguió encontrar la raíz de sus preguntas de esa forma que tanto lo caracterizaba.

– Está contento de estar aquí porque me quiere -fue su contestación-. Igual que está contento de estar contigo porque te quiere. Tiene dos padres, no uno, Beatrice. Si lo ponemos todo en una balanza, es algo bueno, lo sabes.

Bea quiso decirle «¿dos padres? Ah, vale. Genial, Ray», pero en lugar de eso, dijo:

– No quiero que le expongas a…

– ¿Chicas de veinticinco años correteando desnudas por casa? -preguntó-. Me temo que no. Les he dicho al harén de bellezas que viven aquí en la mansión Playboy que las orgías se posponen de manera indefinida. Tienen el corazón roto, yo mismo estoy destrozado, pero ahí lo tienes. Pete es lo primero.

Se había apoyado en la encimera de la cocina. Había revisado el correo del día anterior y no había indicio alguno de la presencia de alguien más en la casa. Bea lo había comprobado tan subrepticiamente como había podido, diciéndose que no quería exponer a Pete a ninguna relación sexual promiscua de nadie, a su edad y antes de tener la oportunidad de explicarle cada una de las enfermedades de transmisión sexual que podía contraer si jugaba con las partes de su cuerpo.

– Tienes unas ideas muy extrañas de cómo empleo el poco tiempo libre de que dispongo, cariño -le dijo Ray.

Bea no mordió el anzuelo. Le dio una bolsa de provisiones porque no quería estar en deuda con él por quedarse con Pete durante una temporada cuando no le tocaba. Entonces gritó el nombre de su hijo, se despidió de él con un abrazo y le dio un beso en la mejilla con el ruido más fuerte que pudo, a pesar de que el niño se retorciera y dijera «ay mami», y se marchó de la casa.

Ray la siguió hasta el coche. Hacía viento y el día estaba gris, también comenzaba a llover, pero no corrió ni buscó refugio. Esperó a que Bea hubiera subido y le hizo un gesto para que bajara la ventanilla. Cuando ella la bajó, Ray se inclinó hacia delante y dijo:

– ¿Qué hará falta, Beatrice?

– ¿Cómo? -preguntó ella, sin ocultar su irritación.

– Para que me perdones. ¿Qué tengo que hacer?

Bea sacudió la cabeza con incredulidad, dio marcha atrás por el sendero de entrada y se alejó. Pero no consiguió borrar la pregunta de su cabeza.

Estaba predispuesta a enfadarse con el sargento Collins y el agente McNulty cuando por fin entró en la comisaría a grandes zancadas, pero los dos pobres patanes hicieron que fuera imposible sentir algo parecido al enfado. Debido a su tardanza, Collins había estado a la altura de las circunstancias y había encomendado a la mitad de los agentes de relevo sondear la zona en un radio de cinco kilómetros a partir de Polcare Cove por si obtenían algo interesante de los habitantes de las diversas aldeas y granjas. A los demás les dijo que comprobaran los historiales de todas las personas relacionadas con el crimen: cada uno de los Kerne -en especial la situación financiera de Ben Kerne y si ésta había cambiado con el fallecimiento de su hijo-, Madlyn Angarrack, la familia de ésta, Daidre Trahair, Thomas Lynley y Alan Cheston. Estaban tomando las huellas a todo el mundo y habían informado a los Kerne de que el cuerpo de Santo estaba listo para la formalidad del proceso de identificación en Truro.

Mientras tanto, el agente McNulty había estado trabajando en el ordenador de Santo Kerne. Cuando Bea llegó, se encontraba revisando todos los e-mails borrados («Voy a tardar horas, maldita sea», le comunicó, como si esperara que le dijera que olvidara aquella operación tediosa, algo que no tenía intención de hacer) y antes de eso había extraído de los archivos del ordenador lo que parecían más diseños para camisetas.

McNulty los había dividido en categorías: negocios locales cuyos nombres reconocía (como pubs, hoteles y tiendas de surf); grupos de rock tanto populares como sumamente desconocidos; festivales, desde música a arte; y, por último, aquellos diseños que eran cuestionables porque «tenía un presentimiento sobre ellos», lo que Bea interpretó que significaba que no sabía qué representaban. Se equivocaba, como descubrió enseguida.

El primer diseño de camisetas cuestionable era para LiquidEarth, un nombre que Bea reconoció de la factura encontrada en el coche de Santo Kerne. Era, le explicó el agente McNulty, el nombre de una empresa de fabricación de tablas de surf. El propietario era Lewis Angarrack.

– ¿Como Madlyn Angarrack? -le preguntó Bea.

– Es su padre.

– Interesante.

– ¿Qué hay de los otros?

Cornish Gold era el segundo diseño que había destacado. Pertenecía a una fábrica de sidra, le dijo.

– ¿Por qué es importante?

– Es el único negocio de fuera de Casvelyn. He pensado que merecía la pena investigarlo.

McNulty tal vez no fuera tan inútil como había concluido antes, se dijo Bea.

– ¿Y el último? -Examinó detenidamente el diseño. Al parecer constaba de dos lados. El anverso declaraba: Realiza un acto de subversión escrito encima de un cubo de basura, que sugería de todo, desde bombas en la calle a hurgar en las basuras de los famosos para recoger información y venderla a los tabloides. En el reverso, sin embargo, el asunto se aclaraba. Come gratis, decía un pilluelo a lo Artful Dodger que señalaba el mismo cubo de basura, volcado y con el contenido desparramado por el suelo.

– ¿Qué opinas de este dibujo? -preguntó Bea al agente.

– No sé, pero me ha parecido que valía la pena investigarlo porque no tiene nada que ver con ninguna organización, a diferencia de los otros. He tenido un presentimiento, ya se lo he dicho. Lo que no puede identificarse debe examinarse.

Sonaba como si citara un manual. Pero demostraba sentido común, la primera señal que daba de él. Aquello la esperanzó.

– Puede que tenga futuro en esta profesión -le dijo Bea.

El agente no pareció del todo contento con la idea.

* * *

Por la mañana, Tammy estaba callada, lo que inquietó a Selevan Penrule. Siempre había sido taciturna, pero esta vez su falta de conversación parecía indicar un ensimismamiento que no había mostrado hasta entonces. Antes, a su abuelo siempre le había parecido que la chica tenía un carácter prodigiosamente tranquilo, otra señal más de que algo raro le pasaba, porque se suponía que a su edad no debía ser tranquila respecto a nada. Se suponía que tenía que preocuparse por su piel y su cuerpo, por llevar la ropa adecuada y el peinado perfecto y otras tonterías así. Pero esa mañana parecía absorta en algo. Selevan albergaba pocas dudas sobre qué era ese algo.

Estudió cómo enfocar el tema. Pensó en la conversación que había mantenido con Jago Reeth y en lo que Jago había dicho sobre orientar y no dirigir a los jóvenes. A pesar de que Selevan había reaccionado diciéndole «para ti es fácil decirlo, amigo», tenía que reconocer que las palabras de Jago eran sensatas. ¿Qué sentido tenía intentar imponer tu voluntad a un adolescente cuando éste también tenía su propia voluntad? Las personas no tenían que hacer lo mismo que sus padres, ¿no? Si así fuera, el mundo no cambiaría nunca, nunca evolucionaría, tal vez nunca sería interesante siquiera. Todo sería rígido, generación tras generación. Pero, por otro lado, ¿tan malo era eso?

Selevan no lo sabía. Lo que sí sabía era que había acabado haciendo lo mismo que sus padres, pese a sus propios deseos sobre el asunto y por un giro cruel del destino personificado en la salud enfermiza de su padre. Así que cedió al deber y el resultado final fue que continuó con una lechería de la que había querido escapar cuanto antes, primero de niño y luego de adolescente. Nunca pensó que aquella situación fuera justa, así que debía preguntarse si la familia estaba siendo justa con Tammy, al oponerse a sus deseos. Por otro lado, ¿qué pasaba si sus deseos no eran sus deseos sino el resultado de su miedo? Esa pregunta sí requería una respuesta. Pero no podía contestarse a menos que se formulara.

Sin embargo, esperó. Primero tenía que cumplir la promesa que le había hecho a ella y a sus padres, y eso significaba revisar su mochila antes de llevarla en coche al trabajo. La chica se sometió al registro con resignación. Le observó en silencio. Selevan notaba su mirada mientras hurgaba en sus pertenencias en busca de material prohibido. Nada. Un almuerzo escaso, una cartera con cinco libras que le había dado como asignación dos semanas antes, un bálsamo de labios y su libreta de direcciones. También había una novela de bolsillo y Selevan se abalanzó sobre ella al considerarla una prueba. Pero el título -Las sandalias del pescador- sugería que por fin estaba leyendo sobre Cornualles y su patrimonio, así que lo dejó pasar. Le devolvió la mochila con un comentario brusco:

– Quiero verla siempre así.

Luego se fijó en que llevaba puesto algo que no había visto antes. No era una prenda nueva. Seguía vistiendo toda de negro de los pies a la cabeza, como la reina Victoria después de la muerte de su marido Alberto, pero lucía algo distinto alrededor del cuello. Lo llevaba por dentro del jersey y lo único que podía ver era la cuerda verde.

– ¿Qué es esto? -preguntó, y lo sacó. No parecía un collar; pero si lo era, era el más extraño que había visto nunca.

Tenía dos extremos, idénticos los dos, con unos cuadrados pequeños de tela. Estaban decorados con una M bordada sobre la que también había grabada una pequeña corona dorada. Selevan examinó los cuadrados de tela con recelo.

– ¿Qué es esto, niña? -preguntó a Tammy.

– Un escapulario -contestó ella.

– ¿Un escapu qué?

– Un escapulario.

– ¿Y qué significa la M?

– María.

– ¿Qué María? -preguntó. Ella suspiró.

– Oh, yayo -fue su respuesta.

Esta reacción no le alivió precisamente. Se guardó el escapulario y le dijo que moviera el trasero hacia el coche. Cuando se reunió con ella, sabía que había llegado el momento, así que habló.

– ¿Es miedo? -le preguntó.

– ¿Qué miedo?

– Ya sabes qué miedo: a los hombres. ¿Tu madre te ha…? Ya sabes. Maldita sea, ya sabes de qué estoy hablando, niña.

– La verdad es que no.

– ¿Te ha hablado tu madre…?

A su mujer, su madre no se lo había contado. La pobre Dot no sabía nada. Había llegado a él no sólo virgen, sino también ignorante como un corderito. Él había estado desastroso por culpa de la inexperiencia y los nervios, que se manifestaron en impaciencia y provocaron que ella llorara de terror. Pero las chicas modernas no eran así, ¿verdad? Ya lo sabían todo antes de cumplir diez años.

Por otro lado, la ignorancia y el miedo explicaban muchas cosas sobre Tammy. Porque podían ser la raíz de lo que estaba viviendo actualmente, guardándoselo todo para ella.

– ¿Te ha hablado tu madre de eso, niña?

– ¿De qué?

– De las flores y las abejas. Los gatos y los gatitos. ¿Te ha contado tu madre?

– Oh, yayo -dijo ella.

– Déjate de «oh, yayo» y ponme al tanto, maldita sea. Porque si no te lo ha contado…

«Pobre Dot -pensó-. Pobre Dot, que lo ignoraba todo.» Era la mayor en una familia de chicas y nunca había visto a un hombre adulto desnudo excepto en los museos, y la pobre mujer realmente pensaba que los genitales de los hombres tenían forma de hoja de parra… Dios mío, qué horror de noche de bodas. Lo que aprendió de ella fue lo idiota que había sido por mostrar respeto y esperar al matrimonio, porque si lo hubieran hecho antes al menos ella habría sabido si quería casarse de verdad… Sólo que entonces habría insistido en casarse, así que lo mirara como lo mirase, se vio atrapado; como siempre lo había estado: por el amor, por el deber y ahora por Tammy.

– ¿Qué se supone que significa ese «oh, yayo»? -le preguntó-. ¿Lo sabes? ¿Te da vergüenza? ¿Qué te pasa?

Tammy agachó la cabeza. Selevan pensó que tal vez estuviera a punto de echarse a llorar y él no quería eso, así que arrancó el coche. Subieron la cuesta y salieron del parque de caravanas. Vio que la chica no iba a hablar: pretendía ponerle las cosas difíciles. Qué testaruda era, diantre. No podía imaginar de dónde le venía, pero no le sorprendía que sus padres hubieran llegado a desesperarse con ella.

No le quedaba más remedio que insistir si no iba a responderle, así que después de salir del parque de caravanas y subir por la carretera hacia Casvelyn, Selevan sacó sus armas.

– Es el orden natural de las cosas -le dijo-. Los hombres y las mujeres juntos. Todo lo demás es antinatural y me refiero a todo lo demás, ya entiendes qué quiero decir, niña. No hay que preocuparse porque tengamos partes distintas; nuestras partes distintas deben juntarse. El hombre se pone arriba y la mujer debajo. Juntan sus cosas porque así es como funciona. Él se mete dentro y retozan un rato y cuando acaban, se duermen. Después a veces sale un bebé. A veces no. Pero es como tiene que ser y si el hombre anda con ojo, se convierte en algo muy bonito que los dos pueden disfrutar.

Ahí estaba. Ya lo había dicho. Pero quería repetir una parte, para asegurarse de que lo entendía.

– Todo lo demás -dijo dando un golpecito en el volante- no está en el orden natural de las cosas y tenemos que ser naturales. Naturales, como la naturaleza. Y en la naturaleza lo que no se ve y nunca verás…

– He estado hablando con Dios -dijo Tammy.

Esa sí era una manera de poner fin a una conversación, pensó Selevan. Y justo cuando menos se lo esperaba, como si no hubiera estado intentando decirle algo a la chica.

– ¿Ah, sí? -le preguntó-. ¿Y qué te ha respondido Dios? Qué majo que tenga tiempo para ti, por cierto, porque el muy cabrón nunca ha tenido tiempo para mí.

– He intentado escuchar -Tammy hablaba como una niña que tiene cosas en la cabeza-. He intentado escuchar su voz.

– ¿Su voz? ¿La voz de Dios? ¿Desde dónde? ¿Esperas que salga de las aulagas o algo así?

– La voz de Dios viene de dentro -dijo Tammy, y se tocó suavemente el pecho delgado con el puño cerrado-. He intentado escuchar la voz que oigo en mi interior. Es una voz sosegada, la voz de lo que está bien. Cuando la oyes, lo sabes, yayo.

– ¿La oyes mucho?

– Cuando estoy tranquila. Pero ahora no puedo.

– Yo te he visto tranquila día y noche.

– Pero no por dentro.

– ¿Por qué? -Selevan la miró. Estaba concentrada en el día lluvioso, caían gotas de los setos mientras el coche los dejaba atrás, una urraca cruzaba el cielo.

– Tengo la cabeza llena de ruido -dijo-. Si mi cabeza no se calla, no puedo escuchar a Dios.

«¿Ruido?», pensó Selevan. ¿De qué hablaba aquella chica exasperante? Un momento creía que había conseguido que entrara en razón y al otro volvía a desconcertarlo.

– ¿Qué tienes ahí arriba, entonces? -le preguntó, y le dio un golpecito en la cabeza-. ¿Duendes y demonios?

– No te rías -contestó ella-. Estoy intentando decirte… No puedo preguntar nada ni preguntárselo a nadie. Así que te lo digo a ti, porque no se me ocurre nadie más. Supongo que estoy pidiendo ayuda, yayo.

Ahora habían llegado al fondo de la cuestión, pensó. Era el momento que habían esperado los padres de la chica. El tiempo que había pasado con su abuelo había merecido la pena. Esperó a que continuara hablando.

– Mmm -dijo para indicar su disposición a escucharla. Transcurrieron los minutos mientras se acercaban a Casvelyn. Tammy no dijo nada más hasta que llegaron al pueblo.

Entonces fue breve. Selevan había parado en el arcén delante de la tienda de surf Clean Barrel antes de que hablara.

– Si supiera algo -le dijo Tammy con los ojos clavados en la puerta de la tienda- y si lo que supiera pudiera causarle problemas a alguien… ¿Qué debería hacer, yayo? He estado preguntándoselo a Dios, pero no me ha contestado. ¿Qué debería hacer? Podría seguir preguntando, porque cuando le pasa algo malo a alguien a quien aprecias, es como…

– El chico Kerne -la interrumpió Selevan-. ¿Sabes algo sobre el chico Kerne, Tammy? Mírame, niña, no mires afuera.

Ella lo miró. Selevan vio que estaba más atribulada de lo que pensaba. Así que sólo existía una respuesta y se la debía, a pesar de los inconvenientes que pudiera provocar en su propia vida.

– Si sabes algo, tienes que contárselo a la policía -dijo-. No hay más. Tienes que hacerlo hoy.

Capítulo 12

Le superaba en los dardos. Lynley lo había descubierto bien pronto la noche anterior y añadió aquella información a lo poco que sabía sobre Daidre Trahair. Tenía una diana montada detrás de la puerta del comedor, algo en lo que no había reparado antes porque dejó la puerta abierta en lugar de cerrarla al viento frío, que podía penetrar en el edificio desde el vestíbulo minúsculo cuando alguien entraba en la cabaña.

Debió saber que tendría problemas cuando sacó una cinta para medir la distancia exacta de dos metros treinta y siete centímetros desde la puerta cerrada. Allí colocó el atizador de la chimenea en paralelo y dijo que era su línea de tiro.

– ¿De acuerdo? -le dijo ella-. Esta línea marca dónde tiene que colocarse el jugador, Thomas.

Entonces tuvo la primera pista verdadera de que seguramente estaba sentenciado. Pero pensó «¿qué dificultad puede entrañar?» y fue como un corderito metafórico al matadero, accediendo a un juego llamado 501 sobre el que no sabía nada de nada.

– ¿Hay reglas? -preguntó.

Ella lo miró con recelo.

– Por supuesto que hay reglas. Es un juego, Thomas.

Y procedió a explicárselas. Empezó por la diana y él se vio desbordado casi de inmediato cuando se refirió a las coronas doble y triple y lo que significaba para la puntuación alcanzar una de ellas. Nunca había pensado que fuera estúpido -siempre le había parecido que identificar el blanco era lo único que había que saber para jugar a los dardos-, pero al cabo de unos momentos, estaba totalmente perdido.

Era sencillo, le dijo Daidre.

– Los dos empezarnos con una puntuación de 501 y el objetivo es llegar a cero. Cada uno lanza tres dardos. Dar en el blanco son cincuenta puntos, en la corona exterior, veinticinco, y cualquier dardo en las coronas doble o triple duplica o triplica la puntuación del segmento. ¿Sí?

Thomas asintió. No estaba en absoluto seguro de qué hablaba, pero la confianza, creía él, era la clave del éxito.

– Bien. Ahora, hay una advertencia: el último dardo tiene que alcanzar un doble o el blanco. Y, además, si reduces tu puntuación a uno o por debajo de cero, tu turno termina de inmediato y la tirada pasa al otro lanzador. ¿Me sigues?

Thomas asintió. A estas alturas todavía estaba menos seguro, pero decidió que no podía ser difícil alcanzar una diana situada a menos de tres metros. Además, sólo era un juego y tenía un ego lo bastante fuerte como para salir indemne si Daidre ganaba la partida. Porque podían jugar otra. Dos de tres. Tres de cinco. No importaba. Sólo era una diversión para pasar la noche, ¿no?

Daidre ganó todas las partidas. Podrían haber jugado toda la noche y seguramente habría seguido ganando. Resultó que la muy bruja -porque eso era lo que pensaba de ella para entonces- no sólo era jugadora de torneos, sino también la clase de mujer que no creía que hubiera que preservar el ego de un hombre permitiéndole ciertos momentos de supremacía engañosa.

Al menos tuvo la gentileza de sentirse moderadamente avergonzada.

– Oh, vaya, Dios mío. Bueno, la verdad es que nunca dejo ganar a nadie. Nunca me ha parecido correcto.

– Eres… asombrosa -dijo Thomas-. La cabeza me da vueltas.

– Es que juego mucho. No te lo he dicho, ¿verdad?, así que pagaré una penalización por no contarte la verdad. Te ayudaré con los platos.

Cumplió su palabra y fueron a la cocina en un ambiente cordial; él se encargó de lavar y ella de secar. Le hizo limpiar los fogones -«es lo justo», le dijo-, pero ella barrió el suelo y fregó la pila. Thomas se descubrió disfrutando de su compañía y, en consecuencia, se sintió incómodo cuando tuvo que enfrentarse a la tarea que le habían encomendado.

La hizo de todos modos. En el fondo de su esencia era policía y alguien había muerto a consecuencia de un asesinato. Daidre había mentido a un investigador e independientemente de que estuviera disfrutando de la velada, tenía un trabajo que hacer para la inspectora Hannaford y pensaba hacerlo.

Lo emprendió a la mañana siguiente y desde su habitación en el Salthouse Inn fue capaz de distanciarse bastante. Gracias a unas sencillas llamadas telefónicas descubrió que alguien que se llamaba Daidre Trahair era, en efecto, uno de los veterinarios del zoo de Bristol. Cuando pidió hablar con la doctora Trahair, le comunicaron que se había cogido unos días de baja para atender un asunto familiar en Cornualles.

Aquella noticia no le dio que pensar. A menudo la gente afirmaba tener que ocuparse de asuntos familiares cuando dichos asuntos simplemente se correspondían con la necesidad de escapar unos días de un trabajo estresante. Decidió que no podía tomárselo en cuenta.

La historia sobre el hermano chino adoptado también era cierta. Lok Trahair estudiaba, efectivamente, en la Universidad de Oxford. La propia Daidre estaba licenciada en biología por la Universidad de Glasgow y después había estudiado en el Royal Veterinary College para obtener el título de veterinaria. Todo aquello estaba muy bien, pensó Lynley. Tal vez tuviera secretos que deseaba ocultar a la inspectora Hannaford, pero no eran sobre su identidad o la de su hermano.

Siguió ahondando en su educación, pero ahí fue donde topó con el primer problema. Daidre Trahair había estudiado la secundaria en Falmouth, pero antes de eso no había ningún expediente de ella. No constaba como alumna de ninguna escuela del pueblo: ni pública ni privada, ni normal ni internado ni de monjas… No había nada. O no había vivido en Falmouth durante esos años de su educación o la habían mandado fuera o se había escolarizado en casa.

Sin embargo, habría mencionado haber estudiado en casa, ya que, como había reconocido ella misma, había nacido allí. Era una continuación lógica, ¿no?

No estaba seguro. Tampoco estaba seguro de qué más podía hacer. Estaba considerando sus opciones cuando un golpeteo en la puerta de su habitación lo despertó de sus pensamientos. Siobhan Rourke le entregó un paquete pequeño. Acababa de llegar en el correo, le dijo.

Thomas le dio las gracias y cuando estuvo solo otra vez, lo abrió automáticamente y encontró su cartera. También la abrió. Era un acto reflejo, pero fue más que eso. De repente, recuperó la conciencia de quién era; un hecho para el que no estaba preparado. El carné de conducir doblado en un cuadrado, una tarjeta de débito, tarjetas de crédito, una foto de Helen.

La cogió entre sus dedos. Era de Helen en Navidad, menos de dos meses antes de morir. Tuvieron unas vacaciones apresuradas, sin tiempo para visitar a la familia de ella ni de él porque Lynley estaba en medio de un caso. «No te preocupes, habrá otras Navidades, cariño», le había dicho ella.

«Helen», pensó.

Tuvo que obligarse a regresar al presente. Guardó en su sitio en la cartera la foto de su mujer con la mejilla apoyada en la mano, sonriéndole desde la mesa del desayuno, el pelo todavía despeinado, la cara lavada, como le encantaba a él. Dejó la cartera en la mesita de noche, junto al teléfono. Se sentó en silencio, escuchando sólo su respiración. Pensó en su nombre. Pensó en su cara. No pensó en nada.

Al cabo de un momento, reanudó su trabajo. Se planteó sus opciones. Había que seguir investigando a Daidre Trahair, pero no quería ser él quien lo hiciera, por mucha lealtad que sintiera hacia un colega policía. Porque él no era policía, ni aquí ni ahora. Pero otros sí.

Antes de poder frenarse, porque sería muy fácil hacerlo, descolgó el teléfono y marcó un número que conocía mejor que el suyo. Y una voz tan familiar como la de un familiar respondió al otro lado: Dorothea Harriman, la secretaria de departamento de New Scotland Yard.

Al principio no estaba seguro de si podría hablar, pero al final consiguió decir:

– Dee.

Ella le reconoció al instante.

– Comisario… Inspector… ¿Señor? -dijo en voz muy baja.

– Sólo Thomas -dijo él-. Sólo Thomas, Dee.

– Oh, madre mía, no, señor -fue su respuesta. Dee Harriman, quien nunca había llamado a nadie por otro nombre que no incluyera su rango completo-. ¿Cómo está, comisario Lynley?

– Estoy bien, Dee. ¿Está Barbara disponible?

– ¿La sargento Havers? -Una pregunta estúpida, nada propia de Dee. Lynley se dijo que por qué la había hecho-. No. No está, comisario. No está aquí. Pero el sargento Nkata anda por aquí, y el inspector Stewart. Y también el inspect…

Lynley le ahorró el recitado interminable.

– Llamaré a Barbara al móvil. Y, Dee…

– Diga, comisario.

– No le digas a nadie que he llamado. ¿De acuerdo?

– Pero ¿está usted…?

– Por favor.

– Sí, sí, por supuesto. Pero esperamos… No sólo yo… Sé que hablo por todo el mundo si le digo…

– Gracias.

Colgó. Pensó en telefonear a Barbara Havers, compañera de tantos años y amiga cascarrabias. Sabía que le ofrecería su ayuda encantada, pero lo haría demasiado encantada y, si se encontraba en medio de una investigación, lo haría igualmente y luego padecería las consecuencias de ese ofrecimiento sin mencionárselo.

No sabía si podía hacerlo por otros motivos: lo que había sentido en cuanto escuchó la voz de Dorothea Harriman. Era demasiado pronto, obviamente, tal vez la herida fuera demasiado profunda para que sanara.

Sin embargo, un chico había muerto y Lynley era quien era. Volvió a descolgar el teléfono.

– ¿Sí? -El modo de responder era típico de Havers. También lo hizo gritando, porque era evidente que estaba desplazándose a algún sitio en la trampa mortal de su coche, a juzgar por el ruido de fondo.

Respiró hondo, todavía indeciso.

– Eh. ¿Hay alguien ahí? -dijo ella-. No te oigo. ¿Me oyes?

– Sí. Te oigo, Barbara -dijo-. El juego está en marcha. ¿Puedes ayudarme?

Hubo una pausa larga. Lynley oyó ruidos procedentes de su radio, el sonido distante del tráfico. Prudentemente, pareció, Havers se detuvo en el arcén de la carretera para hablar. Pero siguió sin decir nada.

– ¿Barbara? -dijo Lynley.

– Dígame, señor -fue su respuesta.

* * *

LiquidEarth se encontraba en Binner Down, entre un grupo de pequeñas empresas manufactureras en los terrenos de una base aérea militar desmantelada hacía tiempo. Era una reliquia de la Segunda Guerra Mundial, reducida durante todas aquellas décadas posteriores a una combinación de edificios destartalados, calles llenas de surcos y cubiertas de zarzas. Entre las construcciones abandonadas a lo largo de las calles, la zona parecía un vertedero. Trampas para langostas y redes de pescador en desuso se apilaban al lado de bloques de hormigón roto; neumáticos tirados y muebles mohosos languidecían contra tanques de propano; retretes manchados y lavabos descascarillados eran elementos que contrastaban en este entorno y luchaban contra la hiedra silvestre. Había colchones, bolsas de basura negras llenas de sabe Dios qué, sillas de tres patas, puertas astilladas, marcos de ventanas destrozados. Era un sitio perfecto para deshacerse de un cadáver, concluyó Bea Hannaford. Se tardarían años en encontrarlo.

El olor del lugar se colaba incluso dentro del coche. La humedad del aire transportaba los humos y el estiércol de vaca de una lechería que había al otro lado del pueblo. Añadiéndose a aquel ambiente general desagradable, había en el asfalto charcos de agua de lluvia estancada con manchas de aceite.

Había traído al agente McNulty con ella, tanto para que le hiciera de copiloto como para que tomara notas. Basándose en los comentarios que había realizado en el cuarto de Santo Kerne el día anterior, decidió que quizá resultara útil en temas relacionados con el surf, y como había residido toda la vida en Casvelyn, al menos conocía el pueblo.

Habían llegado a LiquidEarth trazando una ruta tortuosa que los llevó por el puerto, que formaba el extremo nororiental del canal en desuso de Casvelyn. Accedieron a Binner Down desde una calle llamada Arundel, de la que salía un sendero lleno de baches que pasaba por una granja mugrienta. Detrás se encontraba la base aérea desmantelada y más allá, a lo lejos, se levantaba una casa en ruinas, un lugar desastroso tomado por una sucesión de surfistas y que había quedado destrozado por culpa de su ocupación. McNulty pareció tomárselo con filosofía. ¿Qué podía esperarse?, parecía decir.

Bea pronto vio que era afortunada por contar con él, porque no había ninguna dirección que identificara los negocios asentados en el antiguo aeródromo. Eran edificios de hormigón prácticamente sin ventanas con techos de metal galvanizado de los que sobresalía la hiedra. Rampas de cemento agrietadas conducían a puertas metálicas pesadas delante de cada uno y de vez en cuando había un pasillo entre ellos.

McNulty dirigió a Bea por un camino en el extremo norte del aeródromo. Después de dar botes durante unos trescientos metros, con el consecuente dolor en la columna, el agente dijo por fin:

– Ya estamos, jefa.

Señaló una de tres casetas que en su día, declaró, habían alojado a las mujeres de la sección femenina de la Marina Real Británica. A Bea le resultó bastante difícil de creer, pero la época había sido dura. Comparado con llevar una existencia penosa en una zona bombardeada de Londres o Coventry, seguramente este lugar era el paraíso.

Después de bajar del coche y realizar algunos movimientos quiroprácticos para aliviar el dolor de espalda, McNulty señaló lo cerca que estaba este punto de la morada de los surfistas. La llamó Binner Down House y se erigía a lo lejos, justo enfrente de la colina que tenían delante. Era práctico para ellos si lo pensabas. Si necesitaban reparar las tablas, sólo tenían que cruzar y dejárselas a Lew Angarrack.

Entraron en LiquidEarth por una puerta fortificada con no menos de cuatro cerrojos. Se encontraron de inmediato en un taller de exposición pequeño, donde en estantes a lo largo de dos paredes había apoyadas tablas largas y cortas con el morro hacia arriba y sin quillas. En una tercera pared había colgados posters de surf con olas del tamaño de un transatlántico, mientras que en la cuarta pared estaba el mostrador del negocio. Dentro y detrás del mismo, había una exposición de accesorios para la práctica del surf: bolsas para tablas, cuerdas, quillas. No había trajes de neopreno. Tampoco camisetas diseñadas por Santo Kerne.

El lugar desprendía un olor que producía picor en los ojos. Resultó provenir de un cuarto polvoriento situado al fondo del taller de exposición, donde un hombre que llevaba un mono, el pelo recogido en una coleta y gafas grandes vertía con cuidado la sustancia de un cubo de plástico sobre una tabla de surf colocada sobre dos caballetes.

El hombre se movía despacio, tal vez por la naturaleza del trabajo, tal vez por su discapacidad, sus costumbres o su edad. Tenía temblores, vio Bea. Por el parkinson, el alcohol o lo que fuera.

– Disculpe. ¿El señor Angarrack? -dijo la inspectora justo cuando oyeron, a un lado, el sonido de una herramienta eléctrica detrás de una puerta cerrada.

– No es él -dijo McNulty en voz baja detrás de ella-. Lew será el que está en la otra habitación, perfilando una tabla.

Bea interpretó que aquello significaba que Angarrack estaba manejando la herramienta que hacía el ruido. Mientras llegaba a esa conclusión, el señor mayor se dio la vuelta. Tenía una cara antigua y llevaba las gafas unidas con un alambre.

– Lo siento. Ahora no puedo dejar esto -dijo señalando con la cabeza lo que estaba haciendo-. Pero entren. ¿Son los policías?

Era obvio, ya que McNulty vestía de uniforme. Pero Bea dio un paso adelante, dejando huellas en el suelo cubierto de polvo de poliestireno y le mostró su identificación. El hombre le echó un vistazo superficial asintiendo con la cabeza y dijo que él era Jago Reeth, el estratificador. Estaba aplicando la última capa de resina a una tabla y tenía que repartirla antes de que comenzara a fijarse o tendría problemas para lijarla. Pero estaría libre para hablar con ellos cuando terminara si querían. Si querían hablar con Lew, estaba dando los primeros retoques a los cantos de una tabla y no querría que nadie lo molestara, porque le gustaba hacerlo de una vez.

– Nos aseguraremos de presentarle nuestras disculpas -le dijo Bea a Jago Reeth-. ¿Puede ir a buscarle o podemos…? -Señaló la puerta tras la cual el chirrido de una herramienta evidenciaba un trabajo laborioso con los cantos.

– Esperen, entonces -dijo Jago-. Dejen que me ocupe de esto. No tardaré ni cinco minutos y hay que hacerlo enseguida.

Le observaron mientras terminaba con el cubo de plástico. La resina formó un charco poco profundo definido por la curva de la tabla de surf y utilizó un pincel para repartirla de manera uniforme. Una vez más, Bea se fijó en el temblor de su mano mientras manejaba el pincel. Pareció que el hombre le leyó el pensamiento a través de la mirada.

– No me quedan muchos años buenos -dijo el hombre-. Debí coger las olas grandes cuando tuve ocasión.

– ¿También practica surf? -le preguntó Bea a Jago Reeth.

– Ahora ya no. Si quiero ver el día de mañana. -Alzó la vista para mirarla desde su posición inclinada sobre la tabla. Detrás de las gafas, cuyos cristales tenían motitas blancas, sus ojos eran claros y penetrantes a pesar de su edad-. Han venido por Santo Kerne, supongo. Fue un asesinato, ¿no?

– Lo sabe, ¿verdad? -preguntó Bea a Jago Reeth.

– No lo sabía -dijo-. Me lo imaginaba.

– ¿Por qué?

– Están aquí. ¿Por qué iban a venir si no fuera un asesinato? ¿O se pasean por ahí dando el pésame a todo el mundo que conocía al chaval?

– ¿Se cuenta usted entre ellos?

– Sí -respondió-. Hacía poco, pero le conocía. Hará unos seis meses, desde que empecé a trabajar con Lew.

– ¿Así que no reside en el pueblo desde siempre?

El hombre deslizó el pincel a lo largo de toda la tabla.

– ¿Yo? No. Esta vez venía de Australia. Llevo siguiendo la temporada desde que tengo memoria.

– ¿De verano o de surf?

– En algunos lugares es lo mismo. En otros, es invierno. Siempre necesitan gente que fabrique tablas, y yo soy su hombre.

– ¿No es un poco pronto aquí para la temporada?

– No tanto. Sólo quedan unas semanas. Y ahora es cuando más me necesitan porque los pedidos entran antes de que empiece. Luego, durante la temporada, las tablas se abollan y hay que repararlas. Newquay, North Shore, Queensland, California. Voy allí a trabajar. Antes trabajaba primero y surfeaba después; a veces al revés.

– Pero ya no.

– Diablos, no. Seguro que me mataría. El padre de Santo pensaba que el chico se mataría surfeando, ¿saben? Menudo idiota. Es más seguro que cruzar la calle. Y los chavales están en contacto con el aire libre y el sol.

– Escalando acantilados también -señaló Bea.

Jago la miró.

– Y mire cómo acabó.

– ¿Conoce a los Kerne, entonces?

– A Santo. Ya se lo he dicho. Y al resto por lo que él me contaba. Eso es todo lo que sé.

Dejó el pincel en el cubo, que había puesto en el suelo debajo de la tabla, y examinó detenidamente su trabajo, poniéndose en cuclillas para estudiarla desde la cola hasta morro. Entonces se levantó y fue a la puerta tras la que estaban perfilándose los cantos de la tabla. La cerró después de entrar y, al cabo de un momento, la herramienta paró.

El agente McNulty, vio Bea, estaba inspeccionando el lugar con una arruga entre las cejas, como si pensara en lo que estaba observando. Ella no sabía nada sobre la fabricación de tablas de surf, así que dijo:

– ¿Qué?

El hombre despertó de sus pensamientos.

– Algo. Todavía no lo sé exactamente.

– ¿Sobre el lugar? ¿Sobre Reeth? ¿Sobre Santo? ¿Su familia? ¿Qué?

– No estoy seguro.

La inspectora soltó un suspiro. Seguramente el agente necesitaría una tabla ouija.

Lew Angarrack se reunió con ellos. Iba vestido igual que Jago Reeth, con un mono blanco de papel resistente, el acompañamiento perfecto para el resto de su aspecto, que también era blanco. Su abundante pelo podría ser de cualquier color -seguramente canoso, debido a su edad, que parecía sobrepasar los cuarenta y cinco-, pero ahora parecía una peluca de abogado inglés, por lo cubierto que estaba de polvo de poliestireno. Este mismo polvo formaba una fina pátina en su frente y sus mejillas. Alrededor de la boca y los ojos estaba limpio, lo que se explicaba por la máscara con filtro y las gafas protectoras que colgaban de su cuello.

Detrás de él, Bea vio la tabla en la que trabajaba. Igual que la tabla que el estratificador estaba terminando, descansaba sobre dos caballetes altos: recortada de su plancha oblonga de poliestireno y dividida en dos mitades por una varilla de madera. En una pared a un lado del cuarto había apoyadas más de estas placas. En el otro lado, vio Bea, había un estante con herramientas: cepillos eléctricos, lijadoras orbitales y escofinas, por lo que parecía.

Angarrack no era un hombre grande, no era mucho más alto que la propia Bea, pero parecía bastante musculoso de cintura para arriba y la inspectora imaginó que tendría bastante fuerza. Al parecer, Jago Reeth le había puesto al corriente de los hechos en torno a la muerte de Santo Kerne, pero no pareció adoptar una actitud cautelosa al ver a la policía. Tampoco parecía sorprendido; ni impactado ni apenado, en realidad.

Bea se presentó e hizo lo propio con el agente McNulty.

– ¿Podemos hablar con el señor Angarrack?

– Esa pregunta es una mera formalidad, ¿no? -contestó el hombre con brusquedad-. Están aquí y supongo que eso significa que vamos a hablar.

– Tal vez pueda enseñarnos el lugar mientras conversamos -dijo Bea-. No sé nada de cómo se fabrican las tablas de surf.

– Se llama perfilar -le dijo Jago Reeth, que se había quedado cerca de ellos.

– No hay mucho que ver -explicó Angarrack-. Perfilar, diseñar, estratificar, lijar. Hay un cuarto para cada etapa.

Utilizó el pulgar para señalarlos a medida que hablaba. La puerta del cuarto de diseño estaba abierta pero con la luz apagada, así que pulsó un interruptor en la pared. Les asaltaron colores brillantes, rociados por las paredes, el suelo y el techo. Había otro caballete en medio de la habitación, pero ninguna tabla esperaba encima, aunque había cinco contra la pared, perfiladas y a punto para el arte de alguien.

– ¿También las decora? -preguntó Bea.

– Yo no. Un veterano se ocupó de los diseños durante un tiempo hasta que se marchó. Luego se encargó Santo, para pagarme una tabla que quería. Ahora estoy buscando a alguien.

– ¿Por la muerte de Santo?

– No. Ya le había echado.

– ¿Por qué?

– Supongo que por lealtad, diría yo.

– ¿Hacia quién?

– Mi hija.

– La novia de Santo.

– Lo fue durante una época, pero en el pasado. -Pasó a su lado y salió al taller, donde en una mesa plegable detrás del mostrador había un hervidor eléctrico junto a unos folletos, una carpeta llena de papeles y diseños para tablas. Lo enchufó y preguntó-: ¿Quieren algo? -Cuando ellos contestaron que no, gritó-: ¿Jago?

– Solo y muy cargado -respondió Jago.

– Háblenos de Santo Kerne -dijo Bea mientras Lew seguía a lo suyo con el café instantáneo, que echó en abundancia en una taza y en menor cantidad en la otra.

– Me compró una tabla hace un par de años. Había observado a los surfistas cerca del hotel y dijo que quería aprender. Fue primero al Clean Barrel…

– La tienda de surf -murmuró McNulty, como si creyera que Bea necesitaba un traductor.

– … y Will Mendick, el tipo que trabajaba allí, le recomendó que me comprara la tabla a mí. Llevo algunas al Clean Barrel, pero no muchas.

– No se gana dinero con la venta al por menor -gritó Jago desde la otra habitación.

– Muy cierto, sí. A Santo le gustaba una que había visto en el Clean Barrel, pero era demasiado avanzada para él, aunque en aquel momento él no lo habría sabido. Era una tabla corta, de tres quillas. Preguntó por ella, pero Will sabía que no aprendería bien con esa tabla, si llegaba a aprender, y me lo mandó a mí. Le hice una con la que pudiera aprender, algo más ancha, más larga, con una sola quilla. Y Madlyn, mi hija, le dio clases.

– Así fue como empezaron a salir, entonces.

– Básicamente.

El hervidor se apagó. Angarrack vertió el agua en las tazas, removió el líquido y dijo:

– Aquí tienes, colega. -Aquello hizo que Jago Reeth se uniera a ellos. Sorbió el café.

– ¿Cómo se sintió al respecto? -preguntó Bea a Angarrack-. De su relación.

Observó que Jago miraba a Lew atentamente. «Interesante», pensó, y grabó en su mente el nombre de los dos tipos.

– ¿La verdad? No me gustaba. Madlyn se desconcentró. Antes tenía un objetivo: los nacionales, competiciones internacionales. Después de conocer a Santo, todo eso desapareció. Todavía veía más allá de sus narices, pero no veía ni un centímetro más allá de Santo Kerne.

– El primer amor -comentó Jago-. Es brutal.

– Los dos eran demasiado jóvenes -continuó Angarrack-. No tenían ni diecisiete años cuando se conocieron y no sé qué edad tendrían cuando comenzaron a… -Hizo un gesto con la mano para indicar que debían completar ellos la frase.

– Se convirtieron en amantes -infirió Bea.

– A esa edad no es amor -le dijo Angarrack-. Para los chicos no lo es. Pero ¿para ella? Los ojos le hacían chiribitas y estaba atontada. Santo por aquí, Santo por allá. Ojalá hubiera podido hacer algo para impedirlo.

– Así es la vida, Lew. -Jago se recostó en el marco de la puerta del cuarto de estratificación con la taza en la mano.

– No le prohibí que le viera -prosiguió Angarrack-. ¿Qué sentido habría tenido? Pero le dije que tuviera cuidado.

– ¿Con qué?

– Con lo obvio. Ya era bastante malo que hubiera dejado la competición. Aún peor sería que llegara embarazada, o peor que eso.

– ¿Peor?

– Con alguna enfermedad.

– Ah. Parece que piensa que el chico era promiscuo.

– No sabía cómo coño era. Y no quería tener que averiguarlo porque Madlyn se hubiera metido en algún lío, cualquier lío. Así que la advertí y luego lo dejé estar. -Angarrack todavía no había cogido su taza, pero lo hizo ahora y bebió un sorbo-. Seguramente ése fue mi error.

– ¿Porqué?¿Acaso…?

– Lo habría superado antes cuando la historia terminó. En realidad, no lo ha superado.

– Me atrevería a decir que ahora lo hará -dijo Bea.

Los dos hombres intercambiaron una mirada rápida, casi furtiva. Bea lo vio y grabó en su mente ese gesto.

– Hemos encontrado el diseño para una camiseta de LiquidEarth en el ordenador de Santo -dijo la inspectora. El agente McNulty sacó el dibujo y lo entregó al perfilador de tablas de surf-. ¿Se lo pidió usted?

Angarrack negó con la cabeza.

– Cuando Madlyn rompió con Santo, yo también rompí con él. Tal vez fuera un diseño para pagar la tabla nueva…

– ¿Otra tabla?

– La primera se le había quedado pequeña. Necesitaba otra, superior a la tabla de aprendizaje, si quería mejorar. Pero en cuanto le eché, no tenía modo de pagarme. Quizás iba a hacerlo con esto. -Le devolvió el diseño a McNulty.

– Enséñale el otro -le dijo Bea al agente, y McNulty sacó el diseño de Realiza un acto de subversión y se lo entregó. Lew lo miró y negó con la cabeza. Se lo pasó a Jago, que se ajustó las gafas con los nudillos, leyó el logotipo y dijo:

– Will Mendick. Era para él.

– El tipo de la tienda de surf Clean Barrel.

– Eso era antes. Ahora trabaja en el supermercado Blue Star.

– ¿Qué significa el diseño?

– Es un freegan. Al menos era como Santo decía que se llama a sí mismo.

– ¿Un freegan? No he oído nunca esa palabra.

– Sólo come lo que es gratis: cosas que cultiva además de porquería que saca de los cubos de basura de detrás del mercado y de los restaurantes.

– Qué tentador. ¿Se trata de un movimiento o algo así?

Jago se encogió de hombros.

– Qué sé yo. Pero él y Santo eran amigos, más o menos, así que podría ser un favor. Lo de la camiseta, digo.

Bea se quedó satisfecha al oír que el agente McNulty anotaba todo aquello en lugar de examinar los pósters de surf. No le satisfizo tanto cuando de repente le dijo a Jago:

– ¿Alguna vez ha visto las olas gigantes? McNulty se sonrojó mientras hablaba, como si supiera que aquello era impropio pero no pudiera contenerse más.

– Oh, sí. En Ke Iki, Waimea, Jaws, Teahupoo.

– ¿Son tan grandes como dicen?

– Depende del tiempo -respondió Jago-. A veces son grandes como edificios. O mayores.

– ¿Dónde? ¿Cuándo? -Y luego le dijo a Bea, disculpándose-: Tengo pensado ir, ¿sabe? Mi mujer y yo y los niños… Es nuestro sueño. Y cuando vayamos, quiero estar seguro del lugar y las olas… Ya sabe.

– ¿También hace surf, entonces? -le preguntó Jago.

– Un poco. No como ustedes, pero yo…

– Ya es suficiente, agente -dijo Bea a McNulty.

Parecía angustiado, le habían arrebatado una oportunidad.

– Sólo quería saber…

– ¿Dónde podríamos encontrar a su hija? -preguntó la inspectora a Lew Angarrack mientras hacía un gesto impaciente a McNulty para que se callara.

Lew se terminó el café y dejó la taza en la mesa de cartón.

– ¿Por qué buscan a Madlyn? -dijo.

– Diría que es bastante obvio.

– Pues la verdad es que no.

– ¿La ex novia potencialmente rechazada de Santo Kerne, señor Angarrack? Hay que interrogarla como a todos los demás.

Era evidente que a Angarrack no le gustaba a donde quería ir a parar Bea, pero le dijo que podía encontrar a su hija en su lugar de trabajo. Bea le entregó su tarjeta y rodeó con un círculo su número de móvil. Si se le ocurría algo más…

El hombre asintió y retomó su trabajo. Entró en el cuarto de perfilado y cerró la puerta. Al cabo de un momento, el sonido de una herramienta eléctrica volvió a chillar en el edificio.

Jago Reeth se quedó con Bea y el agente.

– Una cosa más… -dijo, mirando hacia atrás-. Tengo conciencia de algo, así que si tienen un momento para seguir hablando… -Cuando Bea asintió, añadió-: Preferiría que Lew no supiera nada de esto, ¿entienden? Tal como han ido las cosas, se cabrearía muchísimo si se enterara.

– ¿De qué?

Jago cambió de posición.

– Yo les dejé el sitio. Sé que seguramente no debí hacerlo. Lo vi después, pero entonces ya había saltado la liebre. No podía volver a meterla en la jaula cuando no dejaba de corretear, ¿verdad?

– Aunque admiro que quiera conservar la metáfora -le dijo Bea-, ¿podría hablar más claro?

– Santo y Madlyn. Voy habitualmente al Salthouse Inn por las tardes, y me encuentro con un amigo allí casi todos los días. Santo y Madlyn utilizaban mi casa.

– ¿Para acostarse?

No parecía alegrarse de tener que reconocerlo.

– Podría haber dejado que se espabilaran solos, pero me pareció… Quería que estuvieran seguros, ¿saben? No que lo hicieran en el asiento trasero de un coche en alguna parte. En… No lo sé.

– Pero si su padre tiene un hotel… -señaló Bea.

Jago se secó la boca con el dorso de la muñeca.

– De acuerdo, sí. Están las habitaciones del viejo Rey Jorge, por si sirven de algo. Pero eso no significaba… Ellos dos allí… Yo sólo quería… Dios mío. No podía estar seguro de si Santo se pondría lo que tenía que ponerse para que ella estuviera segura, así que se los dejé allí. Junto a la cama.

– Preservativos.

Parecía moderadamente incómodo, un viejo no acostumbrado a mantener conversaciones tan francas con alguien a quien, de lo contrario, habría considerado una dama. «El sexo débil», pensó Bea. La inspectora vio que aquel pensamiento cruzaba su rostro.

– Los usaba, pero no siempre, ¿sabe?

– ¿Y sabe que los usaba porque…? -le instó Bea a continuar.

Jago parecía horrorizado.

– Dios mío, mujer.

– No estoy segura de si Dios tiene mucho que ver en todo esto, señor Reeth. Responda a la pregunta. ¿Los contaba antes y después? ¿Hurgaba en la basura? ¿Qué?

El hombre parecía abatido.

– Las dos cosas, maldita sea. Me preocupo por esa chica, tiene buen corazón. Un poco de carácter, pero buen corazón. Tal como yo lo veo, iba a suceder de todos modos, así que me aseguré de que lo hicieran bien.

– ¿Dónde está? Su casa, quiero decir.

– Tengo una caravana en el Sea Dreams.

Bea miró al agente McNulty y él asintió. Conocía el lugar. Bien.

– Tal vez queramos verla -dijo la inspectora.

– Me lo imaginaba. -Sacudió la cabeza con desesperación-. Jóvenes, ¿qué significan para ellos las consecuencias cuando son jóvenes?

– Sí, bueno. En el calor del momento, ¿quién piensa en las consecuencias? -preguntó Bea.

– Pero hay más que consecuencias, ¿verdad? -dijo Jago-. Igual que esto. -Al parecer, se refería a uno de los pósters de la pared. Mostraba una tabla de surf en el aire, la caída exagerada y memorable de su propietario, crucificado con una ola monstruosa de fondo-. Si no piensan en el momento presente, no digamos ya en el después. Y mire lo que pasa.

– ¿Quién es? -preguntó McNulty acercándose al poster.

– Un tipo que se llamaba Mark Foo, un minuto o dos antes de que el pobre desgraciado muriera.

La boca de McNulty formó una O de respeto y comenzó a responder. Bea vio que se ponía cómodo para escuchar una charla sobre surf como Dios manda e imaginaba perfectamente adonde los llevaría un viaje por aquel camino de recuerdos acuáticos y tristes.

– Parece un poco más peligroso que escalar acantilados, ¿no? Tal vez el padre de Santo hizo bien insistiéndole en que no hiciera surf.

– ¿Intentar apartar al chico de lo que amaba? ¿Cómo puede estar eso bien?

– Tal vez porque su intención era evitar que muriera.

– Pero no pudo evitarlo, ¿no? -dijo Jago Reeth-. Al fin y al cabo, la muerte no siempre es algo que podamos evitar a los demás.

* * *

Una vez más, Daidre Trahair entró en Internet desde el despacho del Watchman de Max Priestley, pero en esta ocasión tuvo que pagar. Sin embargo, Max no le pidió dinero: el precio era una entrevista con uno de sus dos reporteros. Resultaba que Steve Teller estaba en las oficinas trabajando en el artículo sobre la muerte de Santo Kerne. Ella era la pieza que faltaba. El crimen exigía ofrecer el relato de un testigo ocular.

– ¿Crimen? -dijo Daidre Trahair, porque decidió que era la respuesta esperada. Había visto el cadáver y había visto la eslinga, pero Max no lo sabía, aunque tal vez lo supusiera.

– La policía nos lo ha comunicado esta mañana -le explicó Max-. Steve está trabajando en la sala de maquetación. Como ahora estoy utilizando el ordenador, tendrás tiempo para hablar con él.

Daidre no creía que Max estuviera usando el ordenador, pero no discutió con él. No quería involucrarse, no quería ver su nombre, su foto, la dirección de su cabaña ni nada más relacionado con ella en el periódico, pero no vio cómo evitarlo sin levantar las sospechas del periodista, así que accedió. Necesitaba el ordenador y este lugar le permitía más tiempo e intimidad que el único ordenador de la biblioteca. Estaba paranoica -y lo sabía muy bien, maldita sea-, pero volverse paranoica parecía lo más prudente.

Así que fue con Max a la sala de maquetación, mientras se tomaba un momento para lanzarle una mirada subrepticia y determinar qué podía esconderse debajo de su serenidad. Como ella, paseaba por el sendero de la costa. Se lo había encontrado en más de una ocasión en la cima de alguno de los acantilados con su perro como única compañía. La cuarta o quinta vez, habían bromeado entre ellos diciendo «tenemos que dejar de vernos así», y ella le había preguntado por qué paseaba tanto por el sendero. Contestó que a Lily le gustaba y que a él le gustaba estar solo. «Soy hijo único. Estoy acostumbrado a la soledad.» Pero Daidre nunca había creído que fuera la verdad de la cuestión.

Hoy no estaba accesible. No es que alguna vez lo estuviera especialmente. Como siempre, iba vestido como si saliera de un reportaje gráfico de Country Life sobre las actividades cotidianas en Cornualles: el cuello de la camisa azul almidonada aparecía por encima de su jersey de punto color crema, iba bien afeitado y sus gafas brillaban con las luces del techo, tan inmaculadas como el resto de él. Un hombre de cuarenta y tantos años sin ningún pecado.

– Aquí está nuestra presa, Steve -dijo al entrar en la sala de maquetación, donde el reportero trabajaba en un ordenador en el rincón-. Ha accedido a que la entrevistáramos. No tengas piedad con ella.

Daidre le lanzó una mirada.

– Haces que suene como si estuviera implicada de alguna manera.

– No me has parecido sorprendida, por no decir horrorizada, cuando te he dicho que era un asesinato -dijo Max.

Se miraron fijamente. Daidre sopesó las posibles respuestas y se decidió:

– He visto el cadáver. ¿Lo has olvidado?

– ¿Tan obvio era? La primera información que salió fue que se había caído.

– Creo que querían que pareciera eso. -Daidre oyó que Teller tecleaba en el ordenador y dijo con demasiada brusquedad-: No he indicado que la entrevista pudiera comenzar.

Max se rió.

– Estás con un periodista, querida. Todo es jugoso, con el debido respeto. Estás advertida, bla, bla, bla.

– Entiendo. -Se sentó y supo que lo hizo remilgadamente, en el borde de una silla que no podía ser más incómoda. Se puso el bolso en las rodillas y juntó las manos encima. Sabía que parecía una maestra o una candidata esperanzada a un empleo. No pudo evitarlo y tampoco lo intentó-. Esta situación no me satisface del todo.

– A nadie le satisface nunca, salvo a los famosillos de segunda fila.

Entonces Max los dejó, gritando:

– Janna, ¿ya sabemos algo del sumario?

Janna contestó algo desde la otra sala mientras Steve Teller formulaba a Daidre su primera pregunta. Primero quería los hechos y luego sus impresiones, le dijo. Lo segundo, decidió ella, era lo último que contaría a nadie, menos aún a un periodista. Pero, igual que un policía, sin duda el hombre estaría entrenado para olerse las mentiras y advertir las excusas, así que tendría cuidado con cómo decía lo que decía. No le gustaba dejar las cosas al azar.

La experiencia en el Watchman le robó un total de dos horas y se repartió a partes iguales entre la conversación con Teller y su investigación en Internet. Cuando tuvo impreso lo que necesitaba para examinarlo después, concluyó su búsqueda con las palabras «Adventures Unlimited». Hizo una pausa antes de pulsar el botón para que el motor se pusiera en marcha. La intención era preguntarse hasta dónde quería llegar realmente. ¿Era mejor saber o no saber? Si sabía, ¿podría dar la espalda a ese conocimiento? No estaba segura.

La lista de resultados para el negocio neófito no era larga. Vio que el Mail on Sunday le había dedicado un artículo extenso, igual que varios periódicos pequeños de Cornualles. El Watchman era uno de ellos.

«¿Por qué no?», se preguntó. Adventures Unlimited era una historia de Casvelyn. El Watchman era un diario de Casvelyn. El hotel de la Colina del Rey Jorge había sido rescatado de la destrucción -«vamos, Daidre, es un edificio protegido, no iba a dinamitarlo precisamente, ¿no?»-, por lo que también estaba eso…

Leyó el artículo y miró las fotos. Era todo muy típico: el interés arquitectónico, el plan, la familia. Aparecían sus fotografías y también la de Santo. Había información sobre todos ellos, sin destacar en particular a nadie porque se trataba, naturalmente, de un negocio familiar. Al final de todo miró quién firmaba el artículo. Vio que el propio Max había escrito la historia. No era insólito porque el periódico era muy pequeño y, por lo tanto, el trabajo se compartía. Pero a pesar de todo era potencialmente condenatorio.

Se preguntó qué significaba todo aquello para ella: Max, Santo Kerne, los acantilados y Adventures Unlimited. Pensó en Donne y luego lo descartó. A diferencia del poeta, había demasiadas veces en que no se sentía parte de la humanidad.

Se marchó de las oficinas del periódico. Estaba pensando en Max Priestley y en lo que había leído cuando oyó que alguien gritaba su nombre. Se dio la vuelta y vio a Thomas Lynley avanzando por Princes Street con un trozo de cartón grande bajo el brazo y una bolsa pequeña colgada de los dedos.

Una vez más, pensó en lo distinto que estaba sin la barba, vestido con ropa nueva y refrescado al menos en parte.

– No pareces demasiado escarmentado por la paliza que te llevaste anoche en los dardos -le dijo-. ¿Debo suponer que tu ego está intacto, Thomas?

– No del todo -contestó-. Me he pasado toda la noche despierto practicando en el bar del hostal. Donde me he enterado, por cierto, que machacas a todo el que va. Casi con los ojos vendados, por lo que cuentan.

– Son unos exagerados, me parece.

– ¿Sí? ¿Qué otros secretos ocultas?

– El roller derby -respondió ella-. ¿Te suena de algo? Es un deporte americano en el que terroríficas mujeres ataviadas con patines en línea se golpean las unas a las otras.

– Santo cielo.

– En Bristol tenemos un equipo nuevo y yo soy una anotadora súper dura, mucho más despiadada con los patines que con los dardos. Nos llamamos Boudica's Broads, por cierto, y yo soy Electra la Cojonuda. Todas tenemos apodos amenazantes.

– Nunca deja de sorprenderme, doctora Trahair.

– Me gusta considerarlo parte de mi encanto. ¿Qué llevas ahí? -preguntó señalando el paquete con la cabeza.

– Ah, pues resulta que me alegro de encontrarte. ¿Podría meter esto en tu coche? Es el cristal para sustituir la ventana que te rompí, y también las herramientas para arreglarla.

– ¿Cómo has sabido las medidas?

– He vuelto para tomarlas. -Movió vagamente la cabeza en dirección a la cabaña, al norte del pueblo-. He tenido que entrar otra vez, como no estabas… -reconoció-. Espero que no te importe.

– Confío en que no habrás roto otra ventana para entrar.

– No me ha hecho falta, había roto una ya. Mejor repararla antes de que alguien más descubra el daño y se aproveche de… De lo que sea que tengas escondido ahí dentro.

– Más bien poco, a menos que alguien quiera robarme la diana.

– Por mí encantado -contestó Lynley, con fervor, y ella se rió-. Ahora que nos hemos encontrado, ¿puedo meter esto en tu coche?

Ella le llevó a donde lo había dejado. Había estacionado el Opel en el mismo lugar que el día anterior, en el aparcamiento enfrente del Toes on the Nose, que albergaba otra reunión de surfistas, aunque esta vez rondaban por fuera, mirando vagamente hacia la playa de St. Mevan. Desde la posición ventajosa del aparcamiento, el hotel de la Colina Rey Jorge se encuadraba a unos trescientos metros de allí. Daidre señaló la estructura a Lynley. Allí vivía Santo Kerne, le dijo.

– No me dijiste que había sido un asesinato, Thomas -le comentó después-. Seguro que anoche lo sabías, pero no me dijiste nada.

– ¿Por qué supones que lo sabía?

– Te fuiste con esa policía por la tarde. Tú también lo eres. Policía, quiero decir. No puedo imaginar que no te lo dijera. Por la fraternidad entre miembros del cuerpo y todo eso.

– Me lo dijo -reconoció Lynley.

– ¿Soy sospechosa?

– Lo somos todos, yo incluido.

– ¿Y le contaste…?

– ¿Qué?

– ¿Que conocía, o al menos había reconocido, a Santo Kerne?

Lynley se tomó su tiempo para contestar y Daidre se preguntó por qué.

– No -dijo al fin-. No se lo conté.

– ¿Por qué?

No respondió la pregunta.

– Ah. Tu coche -dijo cuando llegaron.

Daidre quería insistirle para que le diera una contestación, pero tampoco quería saber la respuesta porque no estaba segura de qué haría con ella cuando la obtuviera. Hurgó en su bolso para coger las llaves. Los papeles que llevaba del Watchman se le resbalaron de las manos y cayeron al asfalto.

– Maldita sea -dijo mientras se empapaban por el agua de la lluvia. Empezó a agacharse para recogerlos.

– Déjame a mí -dijo Lynley y, siempre tan caballeroso, dejó el paquete en el suelo y se encorvó para recuperarlos.

Siempre tan policía también, miró los papeles y luego a ella. Daidre notó que se ponía colorada.

– ¿Estás esperando un milagro? -preguntó.

– Mi vida social ha sido bastante escasa estos últimos años. Todo ayuda, pienso yo. ¿Puedo preguntarte por qué no me lo dijiste, Thomas?

– ¿Decirte qué?

– Que a Santo Kerne lo habían asesinado. No puede ser información privilegiada. Max Priestley lo sabía.

Lynley le devolvió los papeles que había imprimido de Internet y recogió su paquete mientras Daidre abría el maletero del Opel.

– ¿Y Max Priestley es?

– El dueño y director del Watchman. He hablado antes con él.

– Como periodista, habrá recibido la información de la inspectora Hannaford, supongo. Será la responsable de determinar qué datos se hacen públicos, porque dudo que cuenten con un agente de prensa en el pueblo, a menos que haya asignado a alguien esas funciones. No dependía de mí decírselo a nadie hasta que Hannaford estuviera dispuesta a revelar la información.

– Entiendo. -No podía decirle «pero pensaba que éramos amigos» porque no era exactamente cierto. No parecía tener sentido continuar con el tema, así que preguntó-: ¿Vas a venir a la cabaña ahora, entonces? ¿A reparar la ventana?

Lynley le dijo que aún le quedaban algunas cosas que hacer en el pueblo, pero que después, si no le importaba, pasaría por Polcare Cove y la arreglaría. Daidre le preguntó si realmente sabía reparar una ventana. Por algún motivo uno no esperaba que un conde, aunque se ganara la vida como policía, supiera qué hacer con un cristal y masilla. Lynley le dijo que estaba seguro de poder arreglárselas con bastante destreza.

Luego, por razones que Daidre no puedo descifrar, Thomas le preguntó:

– ¿Normalmente realizas tus investigaciones en las oficinas de un periódico?

– Normalmente no realizo ninguna investigación, en especial cuando estoy en Cornualles. Pero si tengo que buscar algo, sí, utilizo el Watchman. Max Priestley tiene un retriever al que he tratado, así que me deja.

– No puede ser el único lugar donde consultar Internet.

– Piensa en dónde estamos, Thomas. Ya tengo bastante suerte con que haya conexión en Casvelyn. -Señaló hacia el sur, en dirección al puerto-. Podría ir a la biblioteca, supongo, pero hay límite de tiempo: quince minutos y entra la siguiente persona. Es exasperante si intentas hacer algo más importante que consultar el correo.

– También es más privado, supongo -dijo Lynley.

– También -reconoció ella.

– Y ambos sabemos que te gusta la privacidad.

Ella sonrió, pero sabía que se le había notado el esfuerzo. Era momento de salir corriendo, con elegancia o no. Le dijo que le vería, tal vez, cuando fuera a reparar la ventana. Entonces se fue.

Mientras salía del aparcamiento Daidre notó la mirada de Thomas clavada en ella.

* * *

Lynley la observó marchar. Daidre Trahair era un enigma en más de un sentido. Se guardaba muchas cosas. Imaginaba que algunas tenían que ver con Santo Kerne, pero quería creer que no todas. No estaba seguro de por qué, pero se reconoció a sí mismo que aquella mujer le caía bien. Admiraba su independencia y lo que parecía ser un estilo de vida que iba contracorriente. No se asemejaba a nadie que hubiera conocido.

Pero aquello en sí planteaba preguntas. ¿Quién era, exactamente, y por qué parecía haber brotado a la existencia de adolescente, plenamente formada, como Atenea de la cabeza de Zeus? Las preguntas sobre ella eran muy inquietantes. Tenía que admitir que centenares de alarmas rodeaban a esta mujer, aunque sólo algunas estaban relacionadas con un chico muerto hallado al pie de un acantilado cerca de su casa.

Fue caminando del aparcamiento a la comisaría, al final de Lansdown Road. Era una calle adoquinada estrecha de casas blancas adosadas, con tejados deteriorados y muy manchadas por la lluvia que caía por los canalones oxidados. La mayoría se habían sumido en el mal estado que prevalecía en las zonas más pobres de Cornualles, donde el aburguesamiento todavía no había extendido sus dedos codiciosos. Sin embargo, una de ellas estaba siendo reformada, y sus andamios sugerían que mejores tiempos habían llegado para alguien del barrio.

La comisaría de policía era una monstruosidad incluso aquí. Era un edificio de estuco gris que no poseía ningún elemento arquitectónico de interés que recomendar. La fachada era plana y el tejado también, una caja de zapatos con alguna ventana de vez en cuando y un tablón de anuncios en la puerta.

Dentro, un pequeño vestíbulo ofrecía una hilera de tres sillas de plástico y un mostrador de recepción. Bea Hannaford estaba sentada detrás de éste, con el auricular del teléfono pegado a la oreja. Levantó un dedo para saludar a Lynley y dijo a quien estuviera al otro lado:

– Lo pillo. Bueno, no es ninguna sorpresa, ¿verdad? Querremos hablar otra vez con ella, entonces, ¿no?

Colgó y llevó a Lynley arriba al centro de operaciones, que habían montado en el primer piso del edificio en un espacio que, de lo contrario, parecía una sala de reuniones, una cafetería, un vestuario y un comedor. Aquí arriba se las arreglaban con algunos tablones y ordenadores equipados con la base de datos de la policía, pero el personal era claramente insuficiente. Lynley vio que el agente y el sargento estaban muy enfrascados en su trabajo y que otros dos intercambiaban información sobre el caso o los antecedentes de los caballos que corrían en Newmarket, resultaba difícil saberlo. En los tablones estaban listadas las tareas, algunas completadas y otras pendientes.

– Encárguese de la recepción, sargento -dijo la inspectora Hannaford al sargento Collins; cuando éste se marchó de la sala le comentó a Lynley-: Resulta que la mujer mentía.

– ¿Qué mujer? -preguntó Thomas, aunque sólo estaban investigando a una, que él supiera.

– Una pregunta meramente formal, ¿verdad? -dijo la inspectora de manera significativa-. Nuestra doctora Trahair, esa mujer. No la recuerdan en ningún pub de los que están en la ruta que afirma haber tomado desde Bristol. Y en esta época del año la recordarían, teniendo en cuenta la poca gente que circula por esta zona del país.

– Quizá. Pero debe de haber un centenar de pubs.

– Por donde vino, no. Decir que ésa fue la ruta que tomó podría ser su primer error. Y cuando hay uno, hay otros, créame. ¿Qué ha descubierto sobre ella?

Lynley le relató la información de Falmouth que había recabado sobre Daidre Trahair. Añadió lo que sabía sobre su hermano, su trabajo y su educación. Todo lo que había dicho sobre ella estaba comprobado, le explicó. De momento, todo bien.

– ¿Por qué será que creo que no me cuenta todo lo que hay que contar? -fue la respuesta de Bea Hannaford después de observarle un momento-. ¿Está ocultando algo, comisario Lynley?

Quiso decirle que ya no era el comisario Lynley. No tenía nada que ver con el trabajo policial, razón por la cual tampoco estaba obligado a contarle todos los hechos que había obtenido. Pero respondió:

– Está realizando una investigación curiosa en Internet. Es eso, aunque no veo qué relación puede tener con el asesinato.

– ¿Qué clase de investigación?

– Milagros. O mejor dicho, lugares asociados con milagros. Lourdes, por ejemplo, una iglesia en Nuevo México. También había otros, pero no me dio tiempo a mirar todos sus papeles y, de todos modos, no llevaba las gafas. Ha estado consultando Internet en el Watchman, el periódico local. Conoce al dueño, parece ser.

– Será Max Priestley. -Era el agente McNulty, que hablaba desde un ordenador en un rincón de la sala-. Ha estado en contacto con el chico muerto, por cierto.

– ¿En serio? -dijo Bea Hannaford-. Eso sí es un giro interesante. -Le contó a Lynley que el agente estaba revisando los mensajes de correo electrónico antiguos de Santo Kerne buscando datos valiosos-. ¿Qué dice?

– «A mí me da igual. Ten cuidado.» Supongo que es Priestley, porque procede del MEP en Watchman.com, etcétera. Aunque podría haberlo escrito cualquiera que conozca su clave y tenga acceso a un ordenador del periódico, supongo.

– ¿Eso es todo? -preguntó Hannaford al agente.

– De Priestley, sí. Pero hay un montón de mensajes de Madlyn Angarrack procedentes directamente de LiquidEarth. Está registrada casi toda la evolución de la relación. Informal, estrecha, íntima, picante, explícita y luego nada más. Como si en cuanto empezaron a hacer guarradas no quisiera que figurara por escrito.

– Interesante… -señaló Bea.

– A mí también me lo ha parecido. Pero decir que estaba «loca por él» ni se acerca a lo que sentía por el chico. En mi opinión, apuesto a que no habría rechazado la idea de que alguien le cortara los huevos cuando rompieron ella y Santo. ¿Qué es eso que se dice sobre el despecho de una mujer?

– No hay mayor peligro que una mujer despechada -murmuró Lynley.

– Eso. Bueno, yo digo que la investiguemos más. Es probable que tuviera acceso al equipo de escalada de Santo en algún momento, o que supiera dónde lo guardaba.

– La tenemos en nuestra lista -dijo Hannaford-. ¿Es todo, entonces?

– También tengo e-mails de alguien que se hace llamar Freeganman; diría que se trata de Mendick, porque dudo que abunde mucha gente como él en el pueblo.

Hannaford explicó el apodo a Lynley: cómo se habían enterado y con quién estaba asociado.

– ¿Y qué tiene que decir el señor Mendick? -le preguntó al agente.

– «¿Puede quedar entre nosotros?» No es muy esclarecedor, lo reconozco, pero aun así…

– Es una razón para hablar con él. Apuntemos el supermercado Blue Star en nuestra agenda.

– Bien.

McNulty regresó al ordenador. Hannaford fue a una mesa y metió la mano en un bolso de bandolera que parecía pesar mucho. Sacó un móvil y se lo lanzó a Lynley.

– He comprobado que la cobertura aquí es fatal, pero quiero que lo lleve y que lo tenga encendido.

– ¿Motivos? -preguntó Lynley.

– Tengo que dar un motivo, ¿verdad, comisario?

«Aunque sólo sea porque mi rango es superior al suyo» habría sido la respuesta de Lynley en otras circunstancias, pero no en éstas.

– Tengo curiosidad. Sugiere que aún piensa que puedo serle útil.

– Correcto. Me falta personal y quiero que esté disponible para mí.

– Ya no soy…

– Chorradas. Un policía siempre es policía. Aquí hay necesidades, y los dos sabemos que no va a escapar de una situación que requiere su ayuda. Aparte de eso, es usted un protagonista principal de este caso y no va a largarse a ninguna parte porque saldré a buscarle hasta que le diga que ya puede marcharse, así que será mejor que esté dispuesto a serme útil.

– ¿Tiene algo en mente?

– La doctora Trahair. Quiero detalles. Todo. Desde el número de zapato que calza hasta su grupo sanguíneo y todo lo que haya en medio.

– ¿Y cómo se supone que…?

– Oh, por favor, comisario. No me tome por estúpida. Tiene recursos y tiene encanto; utilice los dos. Investigue su pasado, llévesela de picnic, invítela a beber, a comer, léale poesía, acaríciele la mano. Gánese su confianza. Me importa un pimiento cómo lo haga, pero hágalo. Y cuando lo haya hecho, lo quiero todo. ¿Ha quedado claro?

El sargento Collins había aparecido en la puerta mientras Hannaford hablaba.

– ¿Jefa? Alguien ha venido a verla. Una chavala rara que se llama Tammy Penrule está abajo y dice que tiene información para usted.

– Quiero ese teléfono cargado -le dijo la inspectora a Lynley-. Use sus armas. Haga lo que tenga que hacer.

– No me siento cómodo con…

– No es problema mío. Un asesinato tampoco es una situación cómoda.

Capítulo 13

Abajo, Bea encontró a la chica llamada Tammy Penrule sentada en una de las sillas de plástico de la recepción, con los pies planos en el suelo, las manos juntas en el regazo y la espalda en perpendicular con el asiento. Iba vestida de negro, pero no era gótica, como sospechó Bea al principio cuando la vislumbró. No llevaba maquillaje, ni las uñas pintadas de horrible negro, ni tenía protuberancias plateadas que surgían de varios puntos de su cabeza. Tampoco llevaba joyas ni nada que aliviara la oscuridad de su ropa. Parecía un duelo hecho carne.

– ¿Tammy Penrule? -le dijo Bea, innecesariamente.

La chica se levantó de un salto. Estaba como un palillo. No podías mirarla sin pensar en desórdenes alimenticios.

– ¿Tienes información para mí? -La chica asintió-. Ven conmigo, entonces -dijo antes de percatarse de que todavía no había localizado las salas de interrogatorios de la comisaría. Pasearse por el edificio no iba a inspirar ninguna confianza a nadie, así que se dio la vuelta y dijo-: Espera aquí un momento.

Encontró un cuchitril al lado del cuarto de la limpieza que le serviría hasta que una exploración más detenida de las dependencias revelara su secreto en cuanto al lugar donde llevar a cabo los interrogatorios. Cuando tuvo a Tammy Penrule situada en este espacio, le dijo:

– ¿Qué tienes que contarme?

Tammy se lamió los labios. Necesitaban bálsamo, los tenía muy agrietados y una costra fina marcaba el lugar donde el labio inferior se había abierto lo suficiente como para que sangrara.

– Es sobre Santo Kerne -contestó.

– Ya me lo imaginaba.

Bea cruzó los brazos debajo de sus pechos. Inconscientemente, al parecer, Tammy hizo lo mismo, aunque no podía decirse que tuviera pechos, y Bea se preguntó si la relación de Santo Kerne con Madlyn Angarrack había terminado por culpa de esta chica. Todavía no conocía a Madlyn, pero el hecho de que hubiera participado en competiciones de surf sugería a alguien… Tal vez «más definida físicamente» era el término que buscaba. Esta adolescente parecía más un ser evanescente, sólo corpórea mientras tuviera la fuerza de manifestarse en forma humana. Bea no se la imaginaba con las piernas abiertas debajo de un chico de sangre caliente.

– Santo hablaba conmigo -dijo Tammy.

– Ah.

La chica parecía esperar una respuesta más larga, así que Bea dijo, para ayudarla:

– ¿Cómo lo conociste?

– En la tienda de surf Clean Barrel. Es donde trabajo. Va allí a buscar cera y esas cosas. Y a mirar el mapa de isobaras, aunque creo que tal vez sólo era una excusa para verse con otros surfistas. Se puede consultar en Internet y supongo que en el hotel tendrán conexión.

– ¿Adventures Unlimited?

Tammy asintió. La depresión que formaba su garganta era profunda y sombreada. Por encima del cuello de su jersey emergían las puntas de sus clavículas, como la prueba protuberante de la grafiosis en la corteza de un olmo.

– De eso le conozco. De eso y del Sea Dreams.

Bea reconoció el nombre del parque de caravanas y ladeó la cabeza. Tal vez se había equivocado con esta chica y Santo.

– ¿Allí os conocisteis? -le preguntó.