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Cenizas de Rencor

Elizabeth George

Olivia Whitelaw ha vivido su vida como polo negativo de la de su autoritaria madre: esta quería que estudiase, pero ella dejó el instituto y se fue a vivir con un hombre casado, quien no tardó en dejarla a su vez. Abandonada y embarazada, su madre solo la readmitió en casa a condición de que abortase… Ahora quizá es demasiado tarde para enderezar su destino, pero no así para intentar comprender los extraños mecanismos psicológicos por los que una hija puede, aun en su rebeldía, vivir al compás de los caprichos de su madre. Para intentar comprender cómo los actos de una persona pueden venir invariablemente determinados por el criterio de otra. Y cómo una relación emocional tan enrarecida puede involucrar a otras personas e incluso dar lugar a un siniestro crimen… Por su parte, el inspector Linley tendrá que hilar muy fino para llegar al meollo de este amargo entramado de sentimientos.

Elizabeth George

Cenizas de Rencor

7º Lynley

Para Freddie Lachapelle, con amor

La tierra y la arena queman. Apoya tu cara sobre la arena ardiente y sobre la tierra del camino, pues todos aquellos que han sufrido la herida del amor han de llevar la impronta en su rostro, y la cicatriz ha de ser visible.

FARTD AL-DÍN 'ATJAR, La conferencia de los pájaros

Nota de la Autora

En Inglaterra el término «las Cenizas» hace referencia a la derrota en la competición de criquet (criquet jugado a nivel nacional) contra Australia.

La expresión procede de la siguiente anécdota en la historia del criquet:

Cuando el equipo nacional australiano derrotó al equipo nacional inglés en las series de agosto de 1882, fue la primera vez que Inglaterra resultó vencida en su propio terreno. En reacción a la derrota, el Sporting Times publicó una necrológica burlona en la que el periódico anunciaba que el criquet inglés había «fallecido en el Oval el 29 de agosto de 1882». A continuación de la necrológica, una nota informaba a los lectores de que el «cadáver será incinerado y las cenizas enviadas a Australia».

Después de aquel partido fatal, el equipo inglés partió hacia Australia para dirimir otra serie de encuentros. Se dijo que el equipo, capitaneado por Ivo Bligh, marchaba en peregrinación para recuperar las Cenizas. Después de la segunda derrota del equipo australiano, algunas mujeres de Melbourne se apoderaron de un «bail» (una de las estacas que se colocan sobre los tres palitroques, y que con ellos compone la meta que el bateador defiende contra el lanzador), quemaron el «bail» y ofrecieron las cenizas a Bligh. Estas cenizas se guardan ahora en el Lord's Cricket Ground de Londres, la meca del criquet inglés.

Si bien ningún trofeo cambia de manos al final de las series entre Inglaterra y Australia, siempre que se enfrentan en los cinco partidos que constituyen las series, juegan por las Cenizas.

Agradecimientos

Me gustaría dar las gracias en primer lugar a las personas de Inglaterra que me han ayudado con el material complementario de esta hovela. Doy las gracias a Alex Prowse por el tiempo, la conversación y las fotografías de su barcaza en el estanque de Little Venice; a John Gilmore por la visita al Clermont Club; a Susan Mon-son por su introducción al East End; a los profesores de la facultad Linley-Sanbourne por sus aclaraciones sobre el período Victoriano; a Sandy Shafernich por su colaboración en reunir material auxiliar sobre el movimiento antiviviseccionista; a Ruth Schuster por arriesgar vida, vastago y libertad en nombre de la verosimilitud; a David Crane, John Blake y John Lyon por la tarea hercúlea de introducir a una estadounidense en los misterios del más elegante de los juegos, el criquet; a Joan y Colin Randall por horas y días de hospitalidad y amabilidad en Kent. También quiero dar las gracias a mi cartujo favorito, Tony Mott, así como a Vivienne Schuster por todo lo que hicieron para allanar las dificultades.

En Estados Unidos, muchísimas gracias a John McMasters, investigador de incendios del condado de Orange, y al detective Gary Bale, del Departamento del sheriff, por su información sobre incendios premeditados y detenciones; a Ira Tolbin, por soportar pacientemente otros catorce meses de proceso creativo; a Suzanne Forster y Roger Angle por ordenar las piezas cuando las cosas se complicaban; a Julie Mayer, por leer otro borrador; a Kate Miciak, por su constante apoyo editorial; a Deborah Schneider, por su fe y amistad constantes.

Debería mencionar que, si bien los lugares de Londres mencionados en esta novela existen, se han utilizado de manera ficticia. También debería mencionar que cualquier error o metedura de pata es culpa mía exclusivamente.

OLIVIA

Chris ha sacado a los perros para que corran por la orilla del canal. Los veo porque todavía no han llegado al puente de Warwick Avenue. Beans corretea por la derecha, flirtea con la idea de caer al agua. Toast va a su izquierda. Cada diez zancadas, más o menos, Toast olvida que sólo tiene tres piernas y está a punto de caer sobre su lomo.

Chris ha dicho que no estarían mucho rato, porque sabe lo que siento acerca de escribir esto, pero le gusta el ejercicio, y en cuanto se pone en acción, el sol y la brisa conspiran para que se olvide. Terminará corriendo hasta llegar al zoo. Intento no cabrearme. Necesito a Chris más que nunca, y me digo que su intención siempre es buena y trato de creerlo.

Cuando yo trabajaba en el zoo, en ocasiones venían a buscarme los tres a media tarde y tomábamos café en el pabellón de descanso, en el exterior si hacía buen tiempo, sentados en un banco desde el que podíamos ver la fachada de Cumberland Terrace. Estudiábamos la curva de las estatuas alineadas en el frontón e inventábamos historias sobre quiénes eran. Sir Boffing Bigtoff, llamaba a una Chris, al que le volaron el trasero en la batalla de Waterloo. Dame Tartsie Twit, llamaba yo a otra, la que se hacía pasar por tonta, pero era en realidad una Pimpinela. O Makus Sictus, alguien con toga, el que perdió el valor y el desayuno con los Idus de Marzo. Y después, reíamos de nuestra estupidez, y contemplábamos a los perros mientras jugaban a perseguir pájaros y turistas.

Apuesto a que no podéis imaginarme haciendo eso, hilando historias tontas con la barbilla apoyada en las rodillas y una taza de café, sentada en un banco con Chris Faraday a mi lado. Y no vestía de negro como en los últimos tiempos, sino que llevaba pantalones caqui y camisa verde oliva, el uniforme que nos imponía el zoo.

Entonces, creía saber quién era yo. Ya me había clasificado. Las apariencias engañan, había decidido diez años atrás, y si la gente no puede soportar mi cabello corto y erizado, si la gente tiene problemas con mis cejas depiladas, si un aro en la nariz les horroriza y pendientes alineados como armas medievales les revuelven el estómago, que se vayan a la mierda. No pueden ver debajo de la superficie, ¿verdad? No quieren verme como en realidad soy.

¿Quién soy, en realidad? ¿Qué soy? Os lo podría haber dicho hace ocho días, porque entonces lo sabía. Tenía una filosofía convenientemente contaminada por las creencias de Chris. La había mezclado con lo que había picoteado de mis compañeros de la universidad, durante los dos años que pasé en ella, y se había combinado bien con lo que había aprendido durante cinco años de salir a rastras de camas de sábanas pegajosas, con la cabeza a punto de estallar, la boca como serrín y ningún recuerdo de la noche o del tío que roncaba a mi lado. Conocía a la mujer que había pasado por todo eso. Estaba furiosa. Era dura. Era implacable.

Todavía soy todo eso, y con buenos motivos. Pero soy algo más. No puedo concretarlo, pero lo noto cada vez que cojo un periódico, leo los artículos y sé que el juicio se acerca.

Al principio, me dije que estaba harta de ser acosada por titulares. Estaba harta de leer cosas sobre el jodido asesinato. Estaba hasta el gorro de ver todas las caras importantes que me miraban desde el Daily Mail y el Evening Standard, Creí que podría escapar del rollo si sólo leía el Times, pues sabía que podía confiar en su devoción a los hechos y su rechazo general a refocilarse en las habladurías. Sin embargo, hasta el Times se ha hecho eco de la historia, y he descubierto que ya no puedo esquivarla. «A quién le importa» ya no sirve ahora como maniobra de diversión. Porque me importa, y lo sé. Chris también lo sabe, y ese es el auténtico motivo de que haya sacado a los perros, para concederme un rato de soledad. Dijo, «¿Sabes, Livie? Creo que esta mañana correré un poco más», y se puso el chandal. Me abrazó de aquella manera asexual tan suya (un apretón lateral que apenas permite el contacto corporal) y se largó. Estoy en la cubierta de la barcaza con una almohadilla ribeteada de amarillo sobre las rodillas, un paquete de Marlboro en el bolsillo y una lata llena de lápices junto al pie. Los lápices están afilados al máximo. Chris se encargó de ello antes de marcharse.

Miro hacia Browning's Island, al otro lado del estanque, donde los sauces inclinan sus ramas hacia el diminuto embarcadero. Los árboles se han llenado de hojas, lo cual significa que el verano está cercano. El verano siempre ha sido una época para olvidar, porque el sol ahuyenta los problemas, y me digo que si aguanto unas pocas semanas más y espero al verano, todo esto quedará atrás. No tendré que pensar en ello. No tendré que tomar decisiones. Me digo que no es mi problema. Pero no es cierto, y lo sé.

Cuando ya no puedo soportar más mirar los periódicos, empiezo con las fotos. Sobre todo las de él. Veo la forma en que yergue la cabeza, y sé que piensa que se ha trasladado a un lugar donde nadie puede hacerle daño.

Lo comprendo. En una época pensé que yo también había llegado a ese lugar, pero lo cierto es que, cuando empiezas a creer en alguien, cuando permites que la bondad esencial de otra persona te conmueva (y es verdad que existe esa bondad básica con la que algunas personas han sido bendecidas), todo se acaba. No solo se han agrietado las murallas, sino que la armadura se ha resquebrajado, y sangras como una fruta madura, con la piel desgarrada por un cuchillo y la carne expuesta para ser devorada. Él no lo sabe todavía. A la larga, lo averiguará.

De modo que escribo por culpa de él, supongo, y porque en el fondo de esta espantosa carnicería de vida y amores, sé que yo soy la responsable de todo.

En realidad, la historia empieza con mi padre, y con el hecho de que yo soy la causante de su muerte. No fue mi primer crimen, como ya descubriréis, pero es el que mi madre no puede perdonar. Y como no pudo perdonarme por matarle, nuestras vidas se complicaron. Y algunas personas salieron malparadas.

Escribir sobre mi madre es un asunto espinoso. Supongo que sonará como un montón de calumnias, la oportunidad perfecta para devolverle la pelota, pero hay una característica de mi madre que necesitáis saber desde ya, si vais a leer esto: le gusta guardar secretos. A pesar de que, si tuviera oportunidad, os explicaría, sin duda con cierta delicadeza, que ella y yo nos distanciamos hace unos diez años a causa de mi «desgraciada relación» con un músico de edad madura llamado Richie Brewster, jamás contaría todo. No querría revelaros que yo fui la «otra mujer» de un tipo casado durante un tiempo, que me dejó plantada, que volví a aceptarle y dejé que me contagiara un herpes, que terminé callejeando en Earl's Court, que lo hacía en los coches por quince libras el polvo cuando necesitaba la coca, una cosa mala, y no podía perder el tiempo yéndome con los tíos a una habitación. Mamá no os contaría esto. Ocultaría los hechos y se convencería de que me estaba protegiendo.

¿De qué?, os preguntaréis.

De la verdad, os contesto. Sobre su vida, su insatisfacción y, en especial, su matrimonio. Ese fue el motivo, dejando aparte mi comportamiento desagradable, que la condujo a creer por fin que estaba poseída por una especie de derecho divino a entrometerse en los asuntos de los demás.

Naturalmente, la mayoría de la gente dedicada a diseccionar la vida de mi madre no la consideraría una entrometida. Antes al contrario, la consideraría una mujer bendecida con una conciencia social admirable. Posee las credenciales, desde luego: ex profesora de literatura inglesa en un colegio maloliente de la Isla de los Perros, lectora voluntaria para ciegos durante los fines de semana, subdirectora de actividades lúdicas para retrasados mentales durante las vacaciones escolares y períodos de descanso entre trimestres, recaudadora de fondos excepcionales para cualquier enfermedad adorada por los medios de comunicación en su momento. Desde un punto de vista superficial, mi madre aparece como una mujer con una mano en el frasco de vitaminas y la otra en el primer peldaño de la escalerilla que conduce a la santidad.

«Hay preocupaciones superiores a las nuestras», siempre me decía, cuando no preguntaba con aflicción: «¿Vas a crear nuevas dificultades hoy, Olivia?».

Pero mi madre era algo más que la mujer empecinada en ir de un lado a otro de Londres durante treinta años, como un san Bernardo del siglo XX. Hay un motivo. Y ahí es dónde entra su autoprotección.

Por vivir en la misma casa que ella, tuve mucho tiempo para tratar de comprender la pasión de mamá por hacer buenas obras. Llegué a la conclusión de que servía a los demás para, al mismo tiempo, servirse a sí misma. Mientras se movía en el mundo desdichado de los desheredados de Londres, no tenía que pensar mucho en su propio mundo. Sobre todo, no tenía que pensar en mi padre.

Me doy cuenta de que es muy conveniente examinar la situación conyugal de los padres durante la infancia de una. ¿Qué mejor forma de excusar los excesos, las influencias y las debilidades incontestables del propio carácter? Os ruego que me soportéis durante esta expedición sin importancia por la historia familiar. Explica por qué mi madre es quién es. Y mamá es la persona a la que debéis comprender.

Si bien nunca lo admitió, creo que mi madre aceptó a mi padre no porque le amara, sino porque era conveniente. No había servido en la guerra, lo cual era algo problemático en lo tocante a su nivel de conveniencia social, pero a pesar de un soplo en el corazón, una rótula rota y una sordera congénita en el oído derecho, papá tuvo al menos la delicadeza de sentirse culpable por haber escapado del servicio militar. Mitigó su culpa en 1952, cuando entró a formar parte de una sociedad dedicada a la reconstrucción de Londres. Allí conoció a mi madre. Ella supuso que su presencia indicaba una conciencia pareja a la suya, y no un deseo de olvidar la fortuna que su padre y él habían amasado gracias a imprimir propaganda gubernamental en su taller de Stepney, desde 1939 hasta el final de la guerra.

Se casaron en 1958. Incluso ahora, tantos años después de la muerte de papá, todavía me pregunto en ocasiones cómo debieron ser los primeros días de matrimonio para mis padres. Me pregunto cuánto tardó mi madre en descubrir que el repertorio pasional de papá no iba mucho más allá de una breve gama entre el silencio y una sonrisa dulce y caprichosa. Especulaba que sus ratos en la cama debían ser del orden de agarrar, manosear, sudar, pellizcar, gruñir, con un «maravilloso, querida» arrojado al final, y así me explicaba que fuera hija única. Hice acto de aparición en 1962, un paquetito de afabilidad engendrado en lo que debió ser, estoy segura, un encuentro bimensual en la postura del misionero.

Debo reconocer que mamá interpretó el papel de esposa obediente durante tres años. Cazó un marido, logrando así uno de los objetivos señalados para las mujeres de la posguerra, e intentó portarse lo mejor con él, pero cuanto más conocía a aquel Gordon Whitelaw, más comprendía que se había vendido bajo falsas premisas. No era el hombre apasionado con el que había esperado casarse. No era un rebelde. Carecía de causa. En el fondo, no era más que un impresor de Stepney, un buen hombre, pero su mundo se circunscribía a fábricas de papel y a galeradas, a mantener las máquinas en funcionamiento y a impedir que los sindicatos le exprimieran. Dirigía su negocio, volvía a casa, leía el periódico, cenaba, miraba la tele y se acostaba. Sus intereses eran escasos. Tenía poco que decir. Era rígido, fiel, dependiente y predecible. En suma, era aburrido.

De modo que mi madre se puso a buscar algo que diera calor a su mundo. Podría haber elegido el adulterio o el alcohol, pero se decantó por las buenas obras.

Nunca admitió nada de esto. Admitir que siempre había deseado tener algo más en su vida de lo que papá le proporcionaba habría significado admitir que su matrimonio no era lo que ella había esperado. Incluso ahora, si fuerais a Kensington y se lo preguntarais, recrearía una imagen de la vida con Gordon Whitelaw paradisíaca desde el primer momento. Como no fue así, se entregó a sus responsabilidades sociales. Para mi madre, hacer el bien era un sustituto de sentirse bien. La nobleza de esfuerzo ocupó el lugar del amor y la pasión física.

A cambio, mi madre tenía un lugar al que dirigirse cuando estaba deprimida. Se sentía realizada y valiosa. Recibía el agradecimiento sincero y sentido de aquellos cuyas necesidades atendía a diario. La apreciaban en el aula, en la sala de juntas y en la habitación del enfermo. Le estrechaban la mano. Le besaban las mejillas. Oía decir a mil voces, «Bendita sea, señora Whitelaw. Dios la ama, señora Whitelaw». Tuvo que distraerse hasta el día que papá murió. Gracias a dar prioridad en su mente a las necesidades de la sociedad, consiguió todo cuanto necesitaba. Y al final, cuando mi padre murió, consiguió a Kenneth Fleming.

Sí, ya lo creo. Hace tantos años. A Kenneth Fleming.

Capítulo 1

Menos de un cuarto de hora antes de que descubriera el crimen, Martin Snell estaba repartiendo leche. Ya había completado sus rondas en dos de los tres Springburns, Greater y Middle, e iba de camino a Lesser Springburn. Recorría Water Street en su camioneta azul y blanca, y disfrutaba de su parte favorita del trayecto.

Water Street era el estrecho sendero rural que mantenía separados los pueblos de Middle y Lesser Springburn de Greater Springburn, el mercado municipal. El sendero serpenteaba entre muros de piedra tostada, circundaba huertos de manzanas y campos de colza. Se hundía y ascendía con las ondulaciones de la tierra que atravesaba, flanqueado por fresnos, tilos y alisos, cuyas hojas empezaban por fin a desplegarse en un arco verde primaveral.

El día era glorioso, sin lluvia ni nubes. Tan solo una brisa procedente del este, un cielo azul lechoso y el sol que se reflejaba en el marco oval de una foto, colgada de una cadena de plata del retrovisor de la camioneta.

– Un día maravilloso, Majestad -dijo Martin a la fotografía-. Una hermosa mañana, ¿no os parece? ¿Oís eso? Es el cucú otra vez. Y allí…, una de esas alondras vuelve a cantar. Un sonido bonito, ¿verdad? El sonido de la primavera, sí señor.

Desde hacía mucho tiempo, Martin tenía la costumbre de charlar amigablemente con la fotografía de la reina. No lo consideraba extraño. Era el monarca del país y, en su opinión, nadie podía apreciar más la belleza de Inglaterra que la mujer sentada en su trono.

No obstante, sus conversaciones diarias abarcaban otros temas, además de la evaluación de la flora y la fauna. La reina era la compañera del alma de Martin, depositaría de sus pensamientos más profundos. Lo que a Martin le gustaba de ella era que, pese a su noble cuna, era una mujer muy cordial. Al contrario que su esposa, que había vuelto a nacer unos cinco años antes, a modo de piadosa venganza, por obra de un fabricante de cemento aficionado a la Biblia, la reina nunca se postraba de hinojos para rezar en mitad de uno de los escasos intentos de comunicación de Martin. Al contrario que su hijo, propenso a los silencios furtivos propios de los diecisiete años, referidos a la copulación y la musculación por igual, ella nunca rechazaba los acercamientos de Martin. Siempre se inclinaba un poco hacia adelante y le dedicaba una sonrisa de aliento, con una mano alzada para saludar desde el carruaje que la conducía eternamente a su coronación.

Martin no lo contaba todo a la reina, por supuesto. Ella conocía la devoción de Lee a la Iglesia de los Renacidos y Salvados. Martin le había descrito con todo lujo de detalles, y más de una vez, la seriedad que la religión había introducido en sus horas de cena, joviales en otro tiempo. Y también sabía del trabajo de Danny en Tesco's, donde mantenía los estantes bien pertrechados de todo, desde guisantes a judías secas, y de la chica de la tienda de té por la que el chico estaba loco. Cada vez más turbado, Martin había revelado a la reina, tan solo una semana antes, su tardío intento de explicar el misterio de la vida a su hijo. Cómo había reído la reina (cómo se había visto obligado Martin a reír también) cuando se lo imaginó en la librería de viejo de Greater Springburn, a la busca de algo sobre biología, para terminar al fin con un diagrama de ranas. Se lo dio a su hijo junto con un paquete de condones que guardaba en su cómoda desde 1972, más o menos. Esto servirá para iniciar la conversación, había pensado. «¿Para qué son las ranas, papá?» conduciría inevitablemente a la revelación de lo que su propio padre había llamado en tono misterioso «el abrazo conyugal».

No era que la reina y él hablaran de abrazos conyugales y cosas por el estilo. Martin sentía demasiado respeto por Su Majestad para hacer algo más que insinuar el tema y cambiar a otro.

Sin embargo, durante las últimas cuatro semanas, sus conversaciones se habían interrumpido en el punto más elevado de Water Street, donde la campiña se extendía hacie el este en campos de lúpulo y descendía hacia el oeste en una pendiente cubierta de hierba, que rodaba hasta una fuente donde crecían berros. Allí, Martin había adoptado la costumbre de desviar el carro hasta la estrecha franja de ceniza que hacía las veces de cuneta para pasar unos minutos en silenciosa contemplación.

Aquella mañana no fue diferente. Dejó que el motor descansara. Miró hacia el campo de lúpulo.

Habían plantado los postes hacía más de un mes, fila tras fila de esbeltos castaños, algunos de seis metros de altura, de los cuales descendían cuerdas que se entrecruzaban hasta el suelo. Las cuerdas componían un enrejado en forma de diamante por el cual treparía a la larga el lúpulo. Los plantadores se ha bían ocupado por fin del lúpulo, se dio cuenta Martin mientras contemplaba la tierra. En algún momento, desde ayer por la mañana, habían trabajado el campo, girado hacia arriba las juveniles plantas cinco metros por la red de cuerdas. El lúpulo haría el resto en los meses siguientes, crearía un laberinto de bordados verdosos en su lenta ascensión hacia el sol.

Martin suspiró complacido. La vista era cada día más encantadora. El campo estaría fresco entre las hileras de plantas que iban madurando. Su amor y él caminarían por allí, solos, cogidos de la mano. A principios de año (ayer, de hecho), le enseñaría a enrollar los tiernos zarcillos de la planta en la cuerda. Se arrodillaría en la tierra, con la falda azul de gasa extendida como agua derramada, su joven y firme trasero apoyado sobre sus talones descalzos. Nueva en el trabajo y desesperada por conseguir dinero para…, para enviarlo a su pobre madre, que era la viuda de un pescador de Whitstable y tenía que alimentar a ocho hijos de corta edad, lucharía con la enredadera, temerosa de pedir ayuda para no traicionar su ignorancia y perder la única fuente de ingresos con que cuentan sus hermanos y hermanas muertos de hambre, a excepción del dinero que gana su madre haciendo encajes para los collares y sombreros de las damas, dinero que su padre malgastaba sin contemplaciones en la taberna, borracho y ausente de casa toda la noche, cuando no se estaba ahogando en el mar en mitad de una tormenta, empeñado en intentar pescar suficiente bacalao para pagar la operación que salvaría la vida de su hijo menor. Lleva una blusa blanca, escotada, de manga corta, de modo que cuando él, el robusto supervisor de su trabajo, se inclina para ayudarla, ve las gotas de sudor, no mayores que cabezas de alfiler, que brillan sobre sus pechos, y sus pechos suben y bajan con rapidez provocada por su cercanía y su virilidad. Coge sus manos y la enseña a enrollar las plantas de lúpulo en la cuerda, para que los vastagos no se rompan, y la respiración de ella se acelera cuando él la toca, y sus pechos se alzan más, y él nota su cabello suave y rubio contra la mejilla. Hay que hacerlo así, señorita, dice. Los dedos de la muchacha tiemblan. No se atreve a mirarle a los ojos. Nunca la había tocado un hombre. No quiere que se marche. No quiere que pare. Se siente desfallecer cuando siente el contacto de sus manos. Así que se desmaya. Sí, se desmaya, y él la lleva en brazos hasta el borde del campo, la larga falda roza sus piernas mientras camina virilmente entre las hileras, y la cabeza de la muchacha cuelga hacia atrás, con el cuello tan blanco y puro al descubierto. La deposita sobre la tierra. Acerca agua a sus labios, agua contenida en una tacita de hojalata que le tiende la vieja desdentada que sigue a los trabajadores en su carrito y les vende agua a dos peniques la taza. Los párpados de la muchacha se agitan. Le ve. Sonríe. Él coge su mano y la acerca a los labios. Besa…

Una bocina trompeteó detrás de él. Martin se sobresaltó. Por lo visto, la conductora del enorme Mercedes rojo no quería poner en peligro los guardabarros del coche al pasar entre el seto y el carro del lechero. Martin agitó la mano y puso la primera. Miró con timidez a la reina para ver si estaba enterada de las imágenes que había recreado en su mente, pero no dio señales de desaprobación. Se limitó a sonreír, con la mano alzada y la tiara resplandeciente, mientras avanzaban hacia la abadía.

Condujo el carro colina abajo hacia Celandine Cottage, un edificio del siglo XV que había sido la casa y lugar de trabajo de un tejedor. Se erguía tras un muro de piedra, en una suave elevación donde Water Street se desviaba al nordeste y un sendero peatonal conducía a Lesser Springburn. Miró a la reina una vez más, y pese al dulce rostro cuya expresión anunciaba que no le juzgaba mal, sintió la necesidad de excusarse.

– Ella no lo sabe, Majestad -dijo a su monarca-. Nunca he dicho nada. Nunca he hecho… Bien, no lo haría, ¿verdad? Ya lo sabéis.

Su Majestad sonrió. Martin adivinó que no le creía del todo.

Se apartó del sendero cuando llegó abajo para que el Mercedes que había interrumpido sus ensoñaciones pudiera pasar. La mujer que conducía le dedicó una mirada malhumorada y le enseñó dos dedos. Londinense, pensó Martin con resignación. Kent había empezado a irse al diablo el mismísimo día que habían abierto la M 20 y facilitado a los londinenses vivir en el campo e ir a trabajar a la ciudad.

Confió en que Su Majestad no hubiera visto el grosero gesto de la mujer, o el otro con que él había replicado cuando el Mercedes había tomado la curva y salido disparado hacia Maidstone.

Martin ajustó el retrovisor para poder estudiar su reflejo. Comprobó que la barba no apuntaba en sus mejillas. Dio una palmada ligera a su cabello. Se lo peinaba y rociaba con laca cada mañana, después de masajearse el cuero cabelludo durante diez minutos con el crecepelo GroMore SuperStrength. Había empezado a mejorar su apariencia personal desde hacía un mes, desde la primera mañana que Gabriella Patten había salido hasta la puerta de Celandine Cottage para ir a buscar la leche en persona.

Gabriella Patten. Sólo pensar en ella le arrancaba suspiros. Gabriella. Envuelta en una bata de seda color ébano que suspiraba cuando andaba. Con el sueño aleteando todavía en sus ojos color de aciano y el cabello revuelto brillante como trigo al sol.

Cuando había llegado el pedido de llevar leche a Celandine Cottage de nuevo, Martin había archivado la información en la parte de su cerebro que le conducía a lo largo de su ruta en piloto automático. No se molestó en indagar por qué la demanda habitual de dos pintas se había cambiado a una. Se limitó a aparcar al principio del camino particular una mañana, buscó en la camioneta la botella de cristal, secó la humedad con el trapo que guardaba en el suelo y abrió el portal de madera blanca que separaba el camino particular de Water Street.

Estaba introduciendo la botella en la caja situada en lo alto del camino, donde se cobijaba en la base de un abeto plateado, cuando oyó pasos procedentes del sendero que se curvaba desde el camino hasta la puerta de la cocina. Levantó la vista, preparado para decir «Buenos días», pero las palabras quedaron atascadas entre su garganta y su lengua cuando vio a Gabríella Patten por primera vez.

Estaba bostezando, se tambaleaba un poco sobre los ladrillos irregulares, con la bata desceñida, que aleteaba mientras caminaba. Iba desnuda debajo.

Sabía que debía apartar la vista, pero se descubrió hechizado por el contraste de la bata con la piel clara. Y menuda piel, como los pétalos inferiores del gorro de dormir de la abuela, blanca como plumón de pato y ribeteada de rosa. Aquel tono rosado quemó sus ojos, su garganta, sus ingles.

– Jesús -exclamó. Fue tanto una expresión de agradecimiento como de sorpresa.

Ella ahogó un grito y cubrió su cuerpo con la bata.

– Dios santo, no tenía ni idea… -Se llevó tres dedos al labio superior y sonrió-. Lo siento muchísimo, pero no esperaba a nadie. A usted no, desde luego. Siempre he pensado que traían la leche al amanecer.

Martin empezó a retroceder de inmediato.

– No, no. A esta hora. Sobre las diez es lo normal.

Alzó la mano hacia la gorra picuda para darle un tirón y cubrirse más la cara, que daba la impresión de estar ardiendo. Pero aquella mañana ho se había puesto la gorra. Nunca se la ponía después del uno de abril, el día de los Inocentes, hiciera el tiempo que hiciera. Acabó tirando de su pelo como un tonto de aquellos programas de televisión.

– Bien, he de aprender mucho sobre el campo, ¿verdad, señor…?

– Martin. O sea, Snell. Martin.

– Ah. Señor Martin Snell Martin. -Salió por la puerta enrejada que separaba el camino del jardín. Se inclinó (Martin apartó los ojos) y levantó la tapa de la caja para guardar la leche-. Es muy amable. Gracias. -Cuando Martin se volvió, vio que había cogido la botella de leche y la sostenía entre sus pechos, en la V que formaba el cierre de su bata-. Está fría -dijo.

– La previsión anuncia sol para hoy -contestó Martin-. Saldrá a mediodía, más o menos.

Ella volvió a sonreír. Tenía los ojos muy dulces cuando sonreía.

– Me refería a la leche. ¿Cómo la mantiene tan fría?

– Ah. La camioneta. Algunos contenedores están aislados especialmente.

– ¿Me promete que siempre la traerá así? -Giró la botella, y dio la impresión de que se hundía más entre sus pechos-. Fría, quiero decir.

– Oh, sí. Claro. Fría.

– Gracias, señor Martin Snell Martin.

Desde aquel día, la vio varias veces a la semana, pero nunca más en bata. Tampoco era que necesitara recordar aquella visión.

Gabriella. Gabriella. Adoraba aquel sonido en el interior de su cabeza, tembloroso como si fuera producido por violines.

Martin volvió a ajustar el retrovisor, satisfecho de su excelente aspecto. Aunque el cabello no fuera más espeso que antes de empezar el tratamiento, era mucho menos frágil desde que empleaba la laca. Rebuscó en la parte trasera de la camioneta hasta encontrar la botella que siempre conservaba más fría. Secó la humedad y limpió la tapa con la pechera de la camisa.

Empujó la puerta del camino. Observó que no estaba pasado el pestillo y susurró «Puerta, puerta, puerta», para no olvidar mencionarlo a Gabriella. La puerta carecía de cerradura, por supuesto, pero no era necesario facilitar más la tarea a alguien que quisiera irrumpir en su intimidad.

El cucú que había señalado a Su Majestad volvió a llamar, desde detrás de la dehesa que se extendía al norte de la casa. Al canto de la alondra se había sumado el gorjeo de los pájaros posados en las coniferas que bordeaban el sendero. Un caballo relinchó y un gallo cantó. Era un día glorioso, pensó Martin.

Levantó la tapa de la caja de la leche. Se dispuso a colocar su entrega. Se detuvo. Frunció el entrecejo. Algo iba mal.

No había sacado la leche de ayer. La botella estaba caliente. La condensación que hubiera resbalado hasta la base de la botella se había evaporado.

Bien, pensó al principio, es muy distraída la señorita Gabriella. Se ha ido a otro sitio sin dejar una nota sobre la leche. Cogió la botella de ayer y la encajó bajo el brazo. Dejaría de llevársela hasta que volviera a tener noticias de ella.

Volvió hacia la puerta, pero entonces recordó. La puerta, la puerta. Sin el pestillo, pensó, y experimentó cierta agitación.

Poco a poco, regresó hacia la caja de la leche. Se detuvo ante la puerta del jardín. Tampoco había recogido los periódicos, observó. Ni el de ayer ni el de hoy. Los ejemplares del Daily Mail y el Times seguían en sus respectivas cestas. Cuando escudriñó la puerta principal, con su ranura de hierro para el correo, vio que un pequeño triángulo blanco estaba apoyado contra el roble y pensó, tampoco ha recogido el correo. Se habrá ido. Sin embargo, las cortinas de las ventanas estaban descorridas, lo cual no era práctico ni prudente si se había ausentado. No era que la señorita Gabriella pareciera práctica o prudente por naturaleza, pero sabía que no debía demostrar tan a las claras que la casa estaba vacía. ¿O no?

No estaba seguro. Miró hacia el garaje, un edificio de ladrillo y chilla situado en lo alto del sendero. Será mejor que eche un vistazo, decidió. No sería preciso que entrara o abriera la puerta del todo. Bastaría con mirar un momento para asegurarse de que ella se había marchado. Después, se llevaría la leche, tiraría los periódicos a la basura y continuaría su ruta. Después de mirar.

En el garaje cabían dos coches, y las puertas se abrían en el centro. Por lo general, había un candado, pero Martin comprobó, sin necesidad de una inspección minuciosa, que la cerradura no se utilizaba. Una de las puertas estaba abierta sus buenos diez centímetros. Martin se acercó a la puerta, respiró hondo, desvió la vista en dirección a la casa, abrió la puerta un par de centímetros más y apretó la cara contra la rendija.

Vio un brillo de cromo cuando, la luz incidió en el guardabarros del Aston Martin plateado en que la había visto circular por las carreteras vecinales, una docena de veces o más. Al verlo, Martin sintió un peculiar zumbido en la cabeza. Volvió a mirar hacia la casa.

Si el coche estaba aquí y ella estaba allí, ¿por qué no había recogido su leche?

Tal vez se había marchado a primera hora de ayer, se contestó. Tal vez había regresado tarde a casa y olvidado por completo la leche.

Pero ¿y los periódicos? Al contrario que la leche, estaban a plena vista. Para entrar en la casa tendría que haber pasado a su lado. ¿Por qué no los había recogido?

Porque había ido de compras a Londres, iba cargada de paquetes y había olvidado salir más tarde a por los diarios, una vez dejado los paquetes.

¿Y el correo? Estaría tirado en la entrada. ¿Por qué lo había dejado allí?

Porque era tarde, estaba cansada, quería ir a la cama y no había entrado por la puerta de delante. Había entrado por la cocina, y por eso no había visto el correo. Se había ido directamente a la cama, y aún continuaba durmiendo.

Dormida, dormida. Dulce Gabriella. Con un camisón de seda negra, el cabello ensortijado sobre la almohada y las pestañas apoyadas sobre la piel, como filamentos de ranúnculos.

No haría ningún daño comprobarlo, pensó Martin. No haría el menor daño. Ella no se enfadaría. No era su estilo. El que Martin se hubiera preocupado por ella la consolaría, una mujer sola en el campo sin que un hombre cuidara de su bienestar. Le rogaría que entrara, sin duda.

Martin cuadró los hombros, cogió los periódicos y abrió el portal. Recorrió el caminito. El sol aún no había llegado a aquella parte del jardín, y el rocío seguía posado como un chal sobre los ladrillos y la hierba. A ambos lados de la vieja puerta crecían lavandas y alhelíes. Los capullos de las primeras proyectaban una fragancia penetrante. Las flores de los segundos cabeceaban bajo el peso de la humedad matutina.

Martin tiró de la campanilla y oyó el repiqueteo al otro lado de la puerta. Esperaba oír el ruido de sus pasos, su voz, o el sonido metálico de la llave en la cerradura, pero no fue así.

Tal vez se estaba bañando, pensó, o quizá se encontraba en la cocina, desde la cual no podía oír la campana. Sería mejor asegurarse.

Rodeó la casa y llamó a la puerta posterior, y se preguntó cuánta gente conseguía utilizarla sin golpearse con el dintel, suspendido a solo metro y medio del suelo. Lo cual le llevó a pensar… ¿Cabía la posibilidad de que hubiera corrido para entrar o salir? ¿Estaría inconsciente? No captó respuesta ni movimientos al otro lado de la puerta blanca. ¿Estaría tendida, en este preciso momento, en el frío suelo de la cocina, esperando a que alguien la encontrara?

A la derecha de la puerta, bajo un emparrado, una ventana a bisagra daba a la cocina. Y Martin miró por la ventana, pero no vio nada, salvo una mesa pequeña cubierta con un mantel de hilo, la encimera, el horno, el fregadero y la puerta cerrada que comunicaba con el comedor. Tendría que encontrar otra ventana, preferiblemente en este lado de la casa, porque le ponía nervioso atisbar por las ventanas como un mirón. Sería horrible que le vieran desde la carretera. Solo Dios sabía lo que sería de su negocio si alguien pasaba en coche por allí y veía a Martin Snell, lechero y monárquico, mirando donde no debía.

Tuvo que atravesar un macizo de flores para llegar a la ventana del comedor, en el mismo lado de la casa. Hizo lo posible por no pisotear las violetas. Se apretujó detrás de un macizo de lilas y llegó al cristal.

Qué raro, pensó. No veía nada. Distinguía la forma de las cortinas, descorridas como las demás, pero nada más. Daba la impresión de que estaban, sucias, cochinas incluso, lo cual resultaba aún más extraño, porque la ventana de la cocina estaba limpia como agua de arroyo y la casa se veía blanca como un cordero. Frotó el cristal con los dedos. Lo más extraño de todo. El cristal no estaba sucio. Por fuera no, al menos.

Algo repiqueteó en su mente, una especie de advertencia que no pudo concretar. Era como una bandada de escribanos en pleno vuelo, primero suave, luego ruidosa, y más ruidosa aún. El estruendo de su cabeza provocó que sintiera los brazos débiles.

Salió del macizo de flores. Volvió sobre sus pasos. Probó la puerta posterior. Cerrada con llave. Corrió hacia la puerta principal. También cerrada. Se precipitó a la parte sur de la casa, donde crecían las vistarias contra las tablas de madera negra expuestas. Dobló la esquina y avanzó por el sendero de losas que bordeaba el muro oeste del edificio. Al final, encontró la otra ventana del comedor.

Esta no estaba sucia, ni por fuera ni por dentro. Se agarró al antepecho. Respiró hondo. Miró.

A primera vista, todo parecía normal. La mesa cubierta de arpillera, las sillas que la rodeaban, el hogar abierto, con la pared posterior de hierro y los calientacamas de cobre colgados sobre los ladrillos. Todo parecía correcto. El aparador de pino albergaba los platos; un palanganero antiguo contenía los elementos necesarios para las bebidas. A un lado de la chimenea había una pesada butaca, y al otro lado de la sala, al pie de la escalera, la butaca gemela…

Martin apretó los dedos sobre el antepecho de la ventana. Notó que una astilla se hundía en su palma.

– Oh Majestad Majestad Gabriella señorita señorita -musitó, y hundió una mano frenéticamente en el bolsillo, mientras buscaba en vano algo que pudiera utilizar para forzar la ventana y abrirla. Sus ojos no se apartaron ni un momento de la butaca.

Se erguía en ángulo al pie de la escalera, de cara al comedor. Una esquina estaba apoyada contra la sección de pared situada debajo de la ventana cuya suciedad impedía ver a su través. Solo entonces comprendió Martin, gracias a encontrarse al otro lado de la casa, que la ventana no estaba sucia, en un sentido convencional, sino manchada de humo, humo que se había alzado en una nube fea y densa desde la butaca, humo que se había alzado con la forma de un tornado que ennegrecía la ventana, ennegrecía las cortinas, ennegrecía la pared, humo que dejaba su marca en la escalera a medida que ascendía al dormitorio donde en este momento la señorita Gabriella, la dulce señorita Gabriella…

Martin se apartó de la ventana. Atravesó el jardín a toda velocidad. Saltó sobre el muro. Se precipitó en dirección a la fuente.

Poco después de mediodía, la inspectora detective Isabelle Ardery vio por primera vez Celandine Cottage. El sol ya estaba alto en el cielo y proyectaba pequeñas sombras hacia la base de los abetos que bordeaban el camino, cuyo acceso estaba cortado mediante una cinta amarilla. Un coche policial, un Sierra rojo y una camioneta de reparto de leche azul y blanca se alineaban en el camino particular.

Aparcó detrás de la camioneta y examinó la zona. Se sintió decepcionada, pese a su placer inicial al ser llamada para otro caso tan pronto. El lugar no parecía prometedor para recoger información. Había varias casas a lo largo del camino, de madera y techo de tablas, como la casa donde se había declarado el incendio, pero todas estaban rodeadas de terreno suficiente para proporcionarles silencio y privacidad. Por lo tanto, si el fuego en cuestión resultaba ser intencionado, como sugerían las palabras «causa dudosa», garrapateadas al final de la nota que Ardery había recibido de su jefe menos de una hora antes, sería improbable que los vecinos hubieran visto u oído algo sospechoso.

Con su equipo de recogida en la mano, pasó bajo la cinta y abrió la puerta situada al final del camino particular. Al otro lado de una dehesa que se extendía hacia el este, donde pacía una yegua baya, media docena de mirones estaban apoyados contra una valla de castaño partida. Oyó sus murmullos especuladores mientras subía por el camino particular. Sí, les dijo mentalmente cuando entró por una puerta más pequeña al jardín, un detective femenino, hasta para un incendio. Bienvenidos a los años decadentes de nuestro siglo.

– ¿Inspectora Ardery?

Era una voz femenina. Isabelle se volvió y vio a otra mujer que esperaba en el sendero de ladrillo bifurcado. Un ramal se dirigía a la puerta principal, y el otro hacia la parte posterior de la casa. Por lo visto, la mujer venía de aquella última dirección.

– Sargento detective Coffman -dijo con aire risueño-. DIC * de Greater Springburn.

Isabelle se acercó y extendió su mano.

– El jefe no está en este momento -dijo Coffman-. Ha ido con el cadáver al hospital de Pembury.

Isabelle frunció el entrecejo. El superintendente jefe de Greater Springburn había solicitado su presencia. Era una violación de la etiqueta policial abandonar el lugar de los hechos antes de su llegada.

– ¿Al hospital? -preguntó-. ¿No tienen un médico forense que acompañe al cadáver?

Coffman alzó los ojos hacia el cielo.

– Oh, también estuvo aquí, para confirmarnos que la víctima estaba muerta, pero habrá una conferencia de prensa cuando identifiquen el cadáver, y al jefe le encantan esas cosas. Dele un micrófono, cinco minutos de su tiempo y se convierte en un John Thaw * muy decente.

– ¿Quién se ha quedado aquí, pues?

– Un par de agentes en período de pruebas, que tienen su primera oportunidad de practicar, y el tipo que descubrió el lío. Se llama Snell.

– ¿Y los bomberos?

– Ya se han marchado. Snell llamó a emergencias desde la casa vecina, la que está frente a la fuente. Emergencias envió a los bomberos.

– ¿Y?

Coffman sonrió.

– Un golpe de suerte para ustedes. En cuanto entraron, vieron que el fuego estaba apagado desde hacía horas. No tocaron nada. Telefonearon al DIC y esperaron a que llegáramos.

Al menos, el detalle era una bendición. Una de las mayores dificultades con que tropezaban las investigaciones de incendios intencionados era la necesaria existencia de los bomberos. Estaban entrenados para dos tareas: salvar vidas y apagar incendios. Impulsados por su celo, solían derribar puertas a hachazos, inundar habitaciones, derrumbar techos y, de paso, destruir pruebas.

Isabelle paseó la mirada por el edificio.

– Muy bien -dijo-. Entraré un momento.

– ¿Quiere que…?

– Sola, por favor.

– Comprendo -dijo Coffman-. La dejaré tranquila. -Se encaminó hacia la parte posterior de la casa. Se detuvo en la esquina nordeste del edificio, se volvió y apartó un rizo de cabello color roble de su cara-. Cuando esté dispuesta, el lugar de los hechos está por aquí -explicó. Hizo ademán de levantar el índice en un saludo, se lo pensó mejor y desapareció por la esquina de la casa.

Isabelle salió del sendero de ladrillo, cruzó el jardín y se dirigió a la esquina más alejada de la propiedad. Al llegar, se volvió, miró hacia la casa, y después al terreno circundante.

Si el fuego había sido intencionado, encontrar pruebas fuera del edificio no iba a ser fácil. El registro del terreno llevaría horas, porque Celandine Cottage era el sueño del jardinero aficionado. Vistarias recién floridas lo bordeaban por el extremo sur, y estaba rodeado por macizos de flores, de los cuales brotaba de todo, desde nomeolvides hasta brezo, desde violetas blancas a lavanda, desde pensamientos a tulipanes. Donde no había macizos de flores, había césped, espeso y exuberante. Donde no había jardín, había arbustos floridos. Donde no había arbustos, había árboles. Estos últimos ocultaban en parte la casa al sendero y al vecino más próximo. Si había pisadas, huellas de neumáticos, herramientas desechadas, contenedores de combustible o cajas de cerillas, sería bastante difícil encontrarlos.

Isabelle dio la vuelta a la casa con suma atención, moviéndose de este a noroeste. Examinó las ventanas. Escudriñó el suelo. Dedicó su atención al tejado y las puertas. Por fin, se encaminó a la parte trasera, donde la puerta de la cocina estaba abierta, y donde, bajo un emparrado en que la enredadera empezaba a desplegar sus hojas, estaba sentado un hombre de edad madura frente a una mesa de mimbre, con la cabeza hundida en el pecho y las manos enlazadas entre las rodillas. Ante él tenía un vaso de agua, que no había tocado.

– ¿Señor Snell?

El hombre levantó la cabeza.

– Se han llevado el cuerpo -dijo-. Estaba cubierta de pies a cabeza. La envolvieron y ataron. Parecía que la hubieran metido en una especie de bolsa. Eso no es correcto, ¿verdad? No es decente. Ni siquiera respetuoso.

Isabelle acercó una silla y dejó su maletín sobre el hormigón. Experimentó la necesidad instantánea de consolarle, pero esforzarse en ser compasiva se le antojó inútil. La muerte era la muerte, por más que uno dijera. Nada cambiaba ese hecho para los vivos.

– Señor Snell, cuando llegó, ¿las puertas estaban cerradas con llave o no?

– Intenté entrar cuando ella no contestó, pero no pude, así que miré por la ventana. -Se estrujó las manos y respiró hondo-. No debió sufrir, ¿verdad? Oí a alguien decir que el cuerpo ni siquiera estaba quemado, por eso supieron al instante quién era. ¿Murió a causa del humo?

– No sabremos nada con seguridad hasta después de la autopsia -contestó Coffman. Se había acercado a la puerta. Su respuesta pareció cautelosamente profesional.

Dio la impresión de que se conformaba.

– ¿Y los gatitos? -preguntó.

– ¿Gatitos? -repitió Isabelle.

– Los gatitos de la señorita Gabriella. ¿Dónde están? Nadie los ha sacado.

– Estarán por ahí fuera -dijo Coffman-. No les hemos encontrado en la casa.

– Pero la semana pasada encontró dos cachorrillos. Junto a la fuente. Alguien los dejó en una caja de cartón, al lado del sendero peatonal. Se los trajo. Los cuidó. Dormían en la cocina en una cestita y… -Snell se pasó la mano sobre los ojos-. He de entregar la leche. Antes de que se estropee.

– ¿Le ha tomado declaración? -preguntó Isabelle a Coffman, mientras se agachaba para no golpearse con el dintel de la puerta y la seguía hasta la cocina.

– Por si acaso. Pensé que querría hablar con él en persona. ¿Le digo que se marche?

– Siempre que tengamos su dirección.

– De acuerdo. Me ocuparé de eso. Estamos en plena faena.

Indicó una puerta interior. Al otro lado, Isabelle vio la curva de una mesa de comedor y el final de una chimenea del tamaño de una pared.

– ¿Quién ha entrado?

– Tres tíos de los bomberos. El DIC en pleno.

– ¿La policía científica?

– Sólo el fotógrafo y el patólogo. Pensé que sería mejor dejar al resto fuera hasta que usted echara un vistazo.

Condujo a Isabelle hasta el comedor. Dos agentes en período de pruebas se encontraban ante los restos de un sillón de orejas, colocado en ángulo al pie de la escalera. Lo contemplaban con el entrecejo fruncido, la viva imagen de la perplejidad. Uno parecía muy interesado. El otro daba la impresión de sentirse molesto por el olor acre del tapizado incinerado. Ninguno de los dos tendría más de veintitrés años.

– Inspectora Ardery -dijo Coffman para presentar a Isabelle-. Experta en casos difíciles de la comisaría de Maidstone. Vosotros dos, echaos atrás y dejadle espacio. Aprovechad para ir tomando notas.

Isabelle saludó con un cabeceo a los dos jóvenes y dedicó su atención al objeto origen del incendio.

Dejó su maletín sobre la mesa, guardó la cinta métrica en el bolsillo de la chaqueta, junto con las pinzas y las tenazas, extrajo su libreta y dibujó un boceto preliminar de la sala.

– ¿Han movido algo? -preguntó.

– Ni un pelo -confirmó Coffman-. Por eso llamé al jefe después de echar un vistazo. Es esa butaca junto a la escalera. Mire. No parece lógico.

Isabelle no dio la razón a la sargento enseguida. Sabía que la otra mujer apuntaba a una pregunta lógica: ¿qué hacía la butaca colocada en aquel ángulo, al pie de la escalera? Habría que esquivarla para subir al primer piso. Su posición sugería que la habían trasladado allí.

Pero, por otra parte, la sala estaba llena de otros muebles, ninguno quemado, pero todos desteñidos por el humo o cubiertos de hollín. Además de la mesa y sus cuatro sillas, una mecedora pasada de moda y un segundo sillón de orejas estaban situados a cada lado de la chimenea. Un aparador que contenía la vajilla estaba apoyado contra una pared, contra otra una mesa cubierta de jarras, contra una tercera una vitrina con porcelanas. En todas las paredes colgaban cuadros y grabados. Por lo visto, las paredes habían sido blancas. Una estaba ennegrecida, y las demás habían adoptado diversos tonos de gris, al igual que las cortinas, que colgaban flaccidas de sus barras, incrustadas de suciedad.

– ¿Ha examinado la alfombra? -preguntó Isabelle a la sargento-. Si movieron ese sillón, encontraremos su rastro en algún sitio. Tal vez en otra habitación.

– Exacto -dijo Coffman-. Eche un vistazo aquí.

– Un momento -contestó Isabelle, y terminó el boceto, tras añadir el dibujo que el fuego había dejado en la pared. Al lado, trazó un plano de la planta y apuntó el nombre de sus componentes (muebles, chimenea, ventanas, puertas y escalera). Solo entonces se acercó al origen del incendio. Efectuó un tercer dibujo, el de la butaca, y copió el dibujo de la quemadura en la tapicería. La rutina habitual.

Un fuego localizado como aquel se propagaba en forma de V, y el origen del fuego era el extremo de la V. El fuego se había comportado de una forma normal. Las quemaduras eran más intensas en el lado derecho de la butaca, que formaba un ángulo de cuarenta y cinco grados con respecto a la escalera. Al principio, el fuego había ardido con lentitud, tal vez unas cuantas horas, prendido después en la tapicería y el relleno, y ascendido por el lado derecho del marco de la butaca antes de apagarse. En el mismo lado derecho, el dibujo de la quemadura se elevaba en dos ángulos desde el origen de las llamas, uno oblicuo y otro agudo, y formaba una tosca V. Después de la inspección preliminar de Isabelle, nada sugería que el incendio hubiera sido intencionado.

– A mí me parece la quemadura de un cigarrillo, si quiere saber mi opinión -dijo uno de los detectives novatos. Parecía inquieto. Era más de mediodía. Tenía hambre. Isabelle vio que la sargento Coffman lanzaba una mirada al joven con los ojos entornados, con el claro mensaje de «Nadie te lo ha preguntado, ¿verdad, jovencito?»-. Lo que no entiendo -se apresuró a añadir- es por qué no ardió toda la casa hasta los cimientos.

– ¿Estaban todas las ventanas cerradas? -preguntó Isabelle a la sargento.

– Sí.

– El fuego de la butaca consumió todo el oxígeno de la casa -explicó Isabelle a la sargento sin volverse-. Después, se extinguió.

La sargento Coffman se acuclilló junto a la butaca carbonizada. Isabelle la imitó. La alfombra hecha a medida había sido de un color fuerte, beige. Debajo de la butaca se había acumulado un montículo de polvillo negro. Coffman indicó tres depresiones poco profundas. Cada una debía encontrarse a unos siete centímetros de la pata correspondiente de la silla.

– Esto es lo que quería enseñarle -dijo.

Isabelle buscó un cepillo en su maletín.

– Es una posibilidad -admitió. Quitó con delicadeza el hollín de la cavidad más próxima, y después de otra. Cuando hubo terminado con las tres, observó que estaban perfectamente alineadas entre sí, como si fueran las impresiones dejadas por las patas de la butaca en su posición original:

– Ya lo ve. La han movido, girado sobre una pata.

Isabelle estudió la posición de la butaca en relación con el resto de la sala.

– Puede que alguien tropezara con ella.

– Pero ¿no cree…?

– Necesitamos más.

Se acercó más a la butaca. Examinó la punta del origen del fuego, una cicatriz carbonizada irregular de la que brotaban filamentos de relleno. Como en muchos incendios lentos, la butaca había proyectado poco a poco un chorro de humo constante y tóxico como vehículo primordial de la ignición (una especie de ascua), y devorado la tapicería hasta alcanzar el relleno. Pero como también ocurre en ese tipo de incendios, la butaca solo había quedado destruida en parte, pues una vez desencadenada la ignición, el oxígeno disponible se había consumido, con la consiguiente extinción del fuego.

Gracias a ello, Isabelle pudo examinar la parte carbonizada. Apartó con delicadeza la tela quemada para seguir el descenso del ascua por el lado derecho de la silla. Fue un trabajo penoso, un escrutinio silencioso de cada centímetro a la luz de la linterna, que Coffman sostenía por encima de su hombro. Transcurrió más de un cuarto de hora antes de que Isabelle encontrara lo que buscaba.

Utilizó las pinzas para extraer el botín. Le dedicó un escrutinio satisfecho antes de alzarlo.

– Un cigarrillo, al fin y al cabo -comentó Coffman en tono de decepción.

– No. -Al contrario que la sargento, Isabelle parecía decididamente complacida-. Es un artilugio incendiario. -Miró a los detectives, cuya expresión delataba el interés que habían despertado sus palabras-. Será preciso llevar a cabo un registro completo del perímetro exterior -les dijo-. Llévenlo a cabo en espiral. Busquen pisadas, huellas de neumáticos, cajas de cerillas, herramientas, contenedores de todo tipo, cualquier cosa anormal. Primero, indiquen su situación en un plano. Después, fotografíenla y cójanla. ¿Comprendido?

– Sí, señora -contestó uno.

– De acuerdo -dijo el otro.

Los dos se encaminaron a la cocina para salir.

Coffman contemplaba con el entrecejo fruncido la colilla de cigarrillo que Isabelle aún sostenía.

– No lo entiendo-dijo.

Isabelle señaló el festoneado del envoltorio del cigarrillo.

– ¿Y qué? -dijo Coffman-. A mí me sigue pareciendo un cigarrillo.

– Esa era la intención. Acerque más la luz. Aléjese tanto de la butaca como pueda. Eso es. Ahí.

– ¿Quiere decir que no es un cigarrillo? -preguntó Coffman, mientras Isabelle continuaba palpando-. ¿No es un cigarrillo auténtico?

– Sí y no.

No lo entiendo.

– Ahí reside la esperanza del pirómano.

– Pero…

– Si no me equivoco, y lo sabremos dentro de pocos minutos, porque esta butaca nos lo dirá, esto es un artilugio muy antiguo. Concede al pirómano entre cuatro y siete minutos para largarse antes de que las llamas se desencadenen.

Coffman movió la linterna cuando se dispuso a hablar, recuperó el equilibrio, se disculpó y apuntó la luz al sitio de antes.

– Si ese es el caso -dijo-, cuando las llamas empezaron, ¿por qué no se incendió toda la butaca? ¿No era esa la intención del pirómano? Sé que las ventanas estaban cerradas, pero el fuego tuvo tiempo de sobra para ir desde la butaca a las cortinas, y trepar por la pared antes de que el oxígeno se agotara. ¿Por qué no hizo eso? ¿Por qué no se rompieron las ventanas a causa del calor y dejaron entrar más aire? ¿Por qué no se incendió toda la casa?

Isabelle continuaba palpando con delicadeza. Era una operación no muy diferente de desarmar la butaca hebra a hebra.

– Está hablando de la velocidad del fuego -contestó-. La velocidad depende del tapizado y el relleno de la butaca, junto con la cantidad de aire que circule por la sala. Depende del tejido de la tela, de la edad del relleno y del tratamiento químico a que fue sometido. -Acarició el borde del material chamuscado-. Tendremos que realizar análisis para obtener las respuestas, pero me juego lo que sea en una cosa.

– ¿Incendio provocado? ¿Disfrazado de otra cosa?

– Eso diría yo.

Coffman desvió la vista hacia la escalera.

Eso complica aún más la situación -dijo con cierta inquietud.

– Yo también lo creo. Los incendios provocados suelen hacerlo. -Isabelle extrajo de las entrañas de la butaca la primera astilla de madera que estaba buscando. La dejó caer en un tarro con una sonrisa complacida-. Excelente -murmuró-. Una visión de lo más agradable. -Estaba segura de que habría, como mínimo, cinco astillas de madera más sepultadas en los restos carbonizados de la butaca. Reanudó de nuevo su tarea de palpar, separar y examinar-. ¿Quién era, por cierto?

– ¿A quién se refiere?

– A la víctima. La mujer de los gatitos.

– Ese es el problema -contestó Coffman-. Por eso el jefe ha ido a Pembury con el cadáver. Por eso se celebrará una conferencia de prensa más tarde. Por eso todo se ha complicado tanto.

– ¿Porqué?

– Una mujer vive aquí, ¿sabe?

– ¿Una estrella de cine o algo por el estilo? ¿Alguien importante?

– No es eso. Ni siquiera es una mujer.

Isabelle levantó la cabeza.

– ¿Qué quiere decir?

– Snell no lo sabe. Nadie lo sabe, excepto nosotras.

– ¿Nadie sabe qué?

– El cadáver de arriba era de un hombre.

Capítulo 2

Cuando la policía hizo acto de presencia en el mercado de Billingsgate era media tarde, y Jeannie no tendría que haber estado allí bajo ningún concepto, porque a aquella hora el mercado de pescado de Londres estaba tan muerto y vacío como una estación de metro a las tres de la mañana. Pero estaba esperando a un mecánico que iba de camino al Crissys Café para arreglar la cocina. Se había estropeado en el peor momento posible, en plena invasión de las nueve y media, después de que los pescadores terminaban de negociar con los compradores de los restaurantes elegantes de la ciudad y los encargados de la basura acababan de despejar el inmenso aparcamiento de cajas de polietileno y redes de moluscos.

Las chicas (porque en Crissys todo el mundo las llamaba chicas, pese a que la mayor tenía cincuenta y ocho años y la menor, Jeannie, treinta y dos) habían logrado que la cocina funcionara a medio gas durante el resto de la mañana, lo cual les permitió continuar sirviendo de manera competente bacon frito y pan, huevos, morcillas de sangre, estofado y emparedados de salchichas, como si no pasara nada. No obstante, si querían evitar que sus clientes se amotinaran (peor aún, si querían evitar que sus clientes se pasaran a Catons, la competencia), la cocina del pequeño café tendría que repararse cuanto antes.

Las chicas echaron a suertes la responsabilidad, como lo habían hecho durante los quince años que Jeannie había trabajado con ellas. Encendieron cerillas de madera al mismo tiempo y las dejaron quemar. La primera que soltara la suya perdería.

Jeannie tenía tanta experiencia como las demás en sostener la cerilla hasta que la llama lamía sus dedos, pero hoy quería perder. Ganar significaba que debería volver a casa. Quedarse y esperar solo Dios sabía cuánto rato al mecánico significaba que podría intentar retrasar un poco más pensar en qué hacer con Jimmy. Todo el mundo, desde los vecinos más próximos a las autoridades escolares, utilizaban la palabra «juvenil» de una forma que a Jeannie no le gustaba cuando se referían a sú hijo. La pronunciaban de la misma forma que «gamberro», «maldito cabrón» o «criminal», ninguna de las cuales era de aplicación. Pero ellos no lo sabían, porque solo veían la superficie del muchacho y no se paraban a pensar qué había debajo.

Debajo, Jimmy sufría. Llevaba cuatro años padeciendo un dolor comparable al de su madre.

Jeannie estaba sentada en una mesa junto a una ventana. Tomaba una taza de té y masticaba unos palitos de zanahoria. Por fin, oyó que se cerraba la puerta de un coche. Supuso que era el mecánico. Echó un vistazo al reloj de pared. Pasaban de las tres. Cerró el ejemplar de Woman's Own sobre el artículo «¿Cómo sabes si eres buena en la cama?», formó un tubo con la revista, la guardó en el bolsillo de su delantal y empujó hacia atrás la silla. Fue entonces cuando vio el coche policial, ocupado por un hombre y una mujer. Y como uno de los ocupantes era una mujer, de aspecto serio y que escudriñaba el edificio de ladrillo con ojos sombríos, mientras cuadraba los hombros y ajustaba los extremos triangulares del cuello de su blusa, Jeannie sintió que un escalofrío premonitorio recorría su piel.

Automáticamente, miró el reloj por segunda vez y pensó en Jimmy. Rezó para que, pese a la decepción que había sufrido su hijo mayor por la cancelación de las vacaciones de su decimosexto cumpleaños, hubiera ido a la escuela. De lo contrario, si había hecho novillos de nuevo, si le habían visto donde no debía estar, si aquella mujer y aquel hombre (¿por qué venían en pareja?) venían para informar a su madre de otra travesura… Era impensable lo que podía haber ocurrido, puesto que Jeannie se había marchado a las cuatro menos diez de la mañana.

Se acercó a la barra y sacó un paquete de cigarrillos del escondite secreto de una de las otras chicas. Lo encendió, notó que el humo quemaba su garganta y llenaba sus pulmones, experimentó la inmediata sensación de ligereza en la cabeza.

Recibió al hombre y la mujer en la puerta de Crissys. La mujer era de la misma estatura que Jeannie, y como ella, tenía una piel suave que se arrugaba alrededor de los ojos, y cabello claro que no podía ser llamado rubio o castaño. Se presentó y exhibió una identificación que Jeannie no miró, tras oír su nombre y su rango. Coffman, dijo. Sargento detective. Agnes, añadió, como si aportar el nombre propio pudiera mitigar el efecto de su presencia. Dijo que era del DIC de Greater Springburn y presentó al joven que la acompañaba, agente detective Dick Payne, o Nick Dañe, o algo por el estilo. Jeannie no lo entendió bien porque no volvió a oír con claridad nada más en cuanto la mujer dijo Greater Springburn.

– ¿Es usted Jean Fleming? -preguntó la sargento Coffman.

– Era -replicó Jeannie-. Once años de Jean Fleming. Ahora es Cooper. Jean Cooper. ¿Por qué? ¿ Quién lo quiere saber?

La sargento acarició con un nudillo el espacio que separaba sus cejas, como si aquel gesto la ayudara a pensar.

– Me han dado a entender… ¿Es usted la esposa de Kenneth Fleming?

– Aún no he solicitado el divorcio, si se refiere a eso. Supongo que seguimos casados, pero estar casados no es lo mismo que ser la esposa de alguien, ¿verdad?

– No, supongo que no. -Hubo algo raro en su forma de pronunciar aquellas cuatro palabras, y algo más raro en su forma de mirar a Jeannie, que la impulsó a chupar con fuerza su cigarrillo-. Señora Fleming… Señorita Cooper… Señora Cooper… -siguió la sargento Agnes Coffman. El joven agente que la acompañaba agachó la cabeza.

Y entonces, Jeannie lo supo. El mensaje real estaba contenido en el amontonamiento de apellidos. Jeannie ni siquiera necesitaba oírselo decir. Kenny estaba muerto. Despedazado en la autopista, apuñalado en el andén de la estación de Kensington High Street, lanzado a sesenta metros de un paso cebra, arrollado por un autobús… ¿Qué más daba? Fuera como fuera, todo había terminado por fin. No volvería más, ni se sentaría en la mesa de la cocina frente a ella, hablaría y sonreiría. No volvería a despertarle deseos de extender la mano y tocar el vello rojo dorado del dorso de su mano.

Durante los últimos cuatro años, había pensado más de una vez que aquél sería un momento de alegría. Había pensado, si algo le borrara de la faz de la tierra y me liberara de amar a ese bastardo, incluso ahora que se ha marchado y todo el mundo sabe que no estuve a la altura, que no estuvimos a la altura, que la familia no estaba a la altura… Quise que muriera una y mil veces, quise que desapareciera, quise que quedara reducido a pedazos, quise que sufriera.

Era extraño que ni siquiera temblara, pensó.

– ¿Kenny ha muerto, sargento? -preguntó.

– Necesitamos una identificación oficial. Necesitamos que vea el cadáver. Lo siento muchísimo.

Jeannie quiso decir, «¿Por qué no se lo pides a ella? Le gustaba mucho ver su cuerpo cuando estaba vivo».

En cambio, dijo:

– Si me dispensa, antes tendré que utilizar el teléfono.

La sargento dijo sí, por supuesto, y se retiró con el agente detective al otro lado del café, y miraron por las ventanas las torres de cristal terminadas en forma de pirámide de Canary Wharf, al otro lado del puerto, otra promesa fallida de esperanza, empleos y desarrollo que aquellos memos de la City lanzaban periódicamente a la parte baja del East End.

Jeannie telefoneó a sus padres, con la esperanza de que se pusiera su madre, pero salió Derrick. Intentó controlar su voz para no revelar nada. Habría bastado una simple petición para que su madre fuera a casa de Jeannie y esperara con los niños sin hacer preguntas, pero con Derrick tenía que ser cauta. Su hermano siempre quería entrometerse demasiado.

De modo que mintió, y dijo a Derrick que el mecánico al que estaba esperando en el café tardaría horas, ¿sería tan amable de ir a su casa y cuidar de los crios, darles la merienda, intentar que Jimmy no hiciera novillos aquella noche, comprobar que Stan se cepillaba bien los dientes, ayudar a Sharon con los deberes?

La petición apelaba a la necesidad de Derrick de reemplazar a las dos familias que ya había perdido a causa del divorcio. Ir a casa de Jeannie significaría que debería renunciar a su sesión nocturna de pesas (continuación del proceso de esculpir cada músculo de su cuerpo hasta alcanzar una monstruosa clase de perfección), pero a cambio podría interpretar el papel de papá sin las responsabilidades de toda la vida inherentes al cargo.

Jeannie se volvió hacia los policías.

– Estoy preparada -dijo, y les siguió al coche.

Tardaron una eternidad en llegar porque, por algún motivo incomprensible, no utilizaron la sirena ni las luces giratorias. La hora punta ya había empezado. Cruzaron el río y atravesaron los suburbios, dejaron atrás innumerables edificios de ladrillo ennegrecido, construidos en la posguerra. Cuando llegaron por fin a la autopista, la circulación mejoró un poco.

Cambiaron una vez de autopista, y luego abandonaron la segunda cuando los letreros empezaron a anunciar Tonbridge. Atravesaron dos pueblos, corrieron entre setos por la campiña y redujeron la velocidad cuando se acercaron por fin a una ciudad. Pararon en la entrada posterior de un hospital, donde media docena de fotógrafos, parapetados tras una barrera improvisada de cubos de basura, empezaron a disparar sus cámaras cuando el agente Payne Dane abrió la puerta de Jeannie.

Jeannie vaciló, aferrada a su bolso.

– ¿No puede obligarles a…? -dijo.

– Lo siento -contestó la sargento Coffman-. Los tenemos a raya desde mediodía.

– ¿Cómo lo saben? ¿Se lo han dicho ustedes?

– No.

– Entonces, ¿cómo…?

Coffman salió y se acercó a la puerta de Jeannie.

– Alguien toma el pulso de la policía. Otra persona interfiere las transmisiones por radio. Alguien más, de la comisaría, lamento decirlo, tiene la lengua suelta. La prensa suma dos y dos, pero aún no saben nada con seguridad, y usted no se lo va a decir. ¿De acuerdo?

Jeannie asintió.

– Bien. Ahora, deprisa. Yo la cogeré del brazo.

Jeannie pasó la mano sobre el delantal y notó el tosco material contra su palma. Salió del coche. Unas voces empezaron a gritar.

– ¡Señora Fleming! ¿Puede decirnos…?

Las cámaras zumbaban. Entre el joven agente detective y la sargento, corrió hacia las puertas de cristal, que se abrieron antes de que llegaran.

Entraron por el pabellón de urgencias. El aire escoció sus ojos con el olor a desinfectante.

– ¡Es mi pecho, maldita sea! -gritó alguien.

Al principio, Jeannie sólo fue consciente del predominio del color blanco. Los cuerpos que iban de un lado a otro en batas de laboratorio y uniformes, las sábanas de las camillas, los papeles de las gráficas, las estanterías que parecían cubiertas de gasa y algodón. Después, empezó a captar sonidos. Pies sobre el suelo de linóleo, el siseo de una puerta al cerrarse, las ruedas chirriantes de una camilla. Y las voces, como un arcoiris auditivo.

– Es su corazón, lo sé.

– ¿Quiere uno de vosotros echar un vistazo…?

– … sin comer durante dos días…

– Necesitamos un ECG.

– … Hidrocortisona Solu-Cortef. ¡Empieza!

Alguien pasó corriendo, gritó «¡Dejen paso!», mientras empujaba un carrito sobre el que descansaba una máquina con cables, cuadrantes y botones. El agente no la tocó, pero se mantuvo muy cerca de ella. Recorrieron un primer pasillo, y luego otro. Por fin, llegaron a una zona más silenciosa, y fría, con una puerta metálica. Jeannie comprendió que habían llegado.

– ¿Le apetece algo antes? -preguntó la sargento Coffman-. ¿Té? ¿Café? ¿Una Coca-Cola? ¿Agua?

Jeannie meneó la cabeza.

– Estoy bien.

– ¿Está mareada? Se ha puesto bastante pálida. Siéntese.

– Estoy bien. Me quedaré de pie.

La sargento Coffman escudriñó su rostro unos segundos, como si dudara de sus palabras. Después, cabeceó en dirección al agente, que llamó con los nudillos a la puerta y desapareció por ella.

– No durará mucho -dijo la sargento Coffman.

Jeannie pensó que ya había durado bastante, años, pero contestó:

– Bien.

El agente asomó la cabeza menos de un minuto después.

– La están esperando -dijo.

La sargento cogió a Jeannie del brazo y entraron.

Había esperado encontrar el cuerpo de inmediato, tendido y lavado como en las películas antiguas, con sillas a su alrededor, preparado para la identificación, pero en cambio entraron en un despacho donde una secretaria contemplaba el papel que era escupido por una impresora. A cada lado del despacho, había dos puertas cerradas. Un hombre cubierto con la bata verde de los cirujanos estaba de pie junto a una, con la mano en el pomo.

– Por aquí -dijo en voz baja.

Abrió la puerta, y cuando Jeannie se acercó, oyó que la sargento Coffman susurraba:

– ¿Tiene las sales?

– Sí -contestó el hombre, mientras la cogía por el otro brazo.

Hacía frío dentro. Era luminoso. Era impoluto. Daba la impresión de que había acero inoxidable por todas partes. Había armarios, largas mesas de trabajo, aparadores en las paredes y una sola camilla que sobresalía en ángulo debajo. Estaba cubierta por una sábana verde, del mismo tono guisante que el del hombre. Se acercaron como si caminaran hacia un altar. Y al igual que en una iglesia, cuando se detuvieron, guardaron silencio, como con reverencia. Jeannie comprendió que los demás estaban esperando la señal de que estaba dispuesta.

– Vamos a verle -dijo, y el hombre de verde se inclinó y bajó la sábana para descubrir la cara.

– ¿Por qué está tan sonrosado? -preguntó Jeannie.

– ¿Es su marido? -preguntó el hombre de verde.

– El monóxido de carbono enrojece la piel cuando penetra en la corriente sanguínea -explicó la sargento Coffman.

– ¿Es este su marido, señora Fleming? -repitió el hombre de verde.

Tan fácil decir sí, acabar de una vez y largarse de allí. Tan fácil dar la vuelta, regresar por aquellos pasillos, enfrentarse a las cámaras y a las preguntas sin dar respuestas, porque no las había. Nunca habían existido. Tan fácil subir al coche para que se la llevaran y pedir que conectaran las sirenas para ir más deprisa. Sin embargo, fue incapaz de formar la palabra precisa. «Sí.» Parecía tan sencillo. Pero no pudo decirla.

– Baje la sábana -dijo en cambio.

El hombre de verde vaciló.

– Señora…, señorita… -tartamudeó la sargento Coffman, como dolorida.

– Baje la sábana.

No lo entenderían, pero daba igual, porque dentro de unas horas saldrían de su vida. Kenny, sin embargo, siempre estaría presente: en los rostros de sus hijos, en el repentino resbalón de unos pasos en la escalera, en el eterno trallazo de una pelota de cuero cuando, en algún lugar del mundo, en un campo verde de hierba pulcramente cortada, la madera de sauce la enviaría de un golpe por encima del límite, para conseguir otros seis puntos.

Intuyó que la sargento y el hombre de verde se estaban mirando, se preguntaban qué debían hacer, pero era su decisión, ¿verdad?, ver el resto. No tenía nada que ver con ellos.

El hombre de verde dobló la sábana con las dos manos y empezó por los hombros del cuerpo. Lo hizo con suma pulcritud, cada pliegue de siete centímetros de anchura, y con la suficiente lentitud para que ella pudiera detenerle cuando considerara que ya había visto bastante.

Sólo que jamás tendría bastante. Jeannie lo supo sin la menor duda, y también que jamás olvidaría la visión de Kenny Fleming muerto.

Hazles preguntas, se dijo. Haz las preguntas que cualquiera haría. Has de hacerlo. Debes.

¿Quién le encontró? ¿Dónde estaba? ¿Estaba así desnudo? ¿Por qué parece tan sereno? ¿Cómo murió? ¿Cuándo? ¿Estaba ella con él? ¿Su cuerpo está cerca?

En cambio, avanzó un paso hacia la camilla y pensó en lo mucho que había amado los ángulos límpidos de su clavícula y los músculos de sus hombros y brazos. Recordó la dureza de su estómago, el vello espeso y áspero que crecía alrededor de su pene, los tendones propios de un corredor que surcaban sus músculos, sus piernas esbeltas. Pensó en el muchacho de doce años que había sido, la primera vez que forcejeó con sus bragas, detrás de las cajas de embalar de Invicta Wharf. Pensó en el hombre que había llegado a ser y la mujer que ella era, y en la tarde que había ido a Cubitt Town con su coche deportivo, tomado asiento en la cocina, compartido una taza de té y pronunciado la palabra «divorcio», que ella esperaba oír desde hacía cuatro años, y pese a todo los dedos de ambos habían logrado encontrarse y aferrarse como cosas ciegas provistas de voluntad propia.

Pensó en sus años juntos (JeanyKenny), que la acosarían como perros hambrientos e insistentes durante toda su vida. Pensó en los años sin él, que se desplegaban ante ella como una cinta de dolor. Quiso apoderarse de su cuerpo y tirarlo al suelo y clavarle el tacón en la cara. Quiso arañar su pecho y hundirle los puños en la garganta. El odio latía en su cráneo, le estrujaba el pecho y revelaba cuánto le amaba todavía. Por eso, aún le odió más. Por eso, deseó que muriera una y otra vez, por toda la eternidad.

– Sí -dijo, y se apartó de la camilla.

– ¿Es Kenneth Fleming? -preguntó la sargento Coffman.

– Es él. -Dio media vuelta. Apartó la mano de la sargento de su brazo. Se ajustó el bolso para que la correa se adaptara a la curva de su codo-. Me gustaría comprar cigarrillos. Supongo que no habrá ningún estanco por aquí.

La sargento Coffman dijo que le conseguiría cigarrillos en cuanto pudiera. Tenía que firmar unos papeles. Si la señora Fleming…

– Cooper -corrigió Jeannie.

Si la señorita Cooper quería acompañarla…

El hombre de verde se quedó con el cadáver. Jeannie le oyó silbar entre dientes mientras empujaba la camilla hacia una cúpula de luz que colgaba en el centro de la habitación. Jeannie creyó oírle murmurar la palabra «Jesús», pero la puerta ya se había cerrado a sus espaldas y la habían sentado ante un es critorio, bajo el cartel de un cachorrillo peludo de perro salchicha tocado con un diminuto sombrero de paja.

La sargento Coffman dijo algo en voz baja a su agente, y Jeannie captó la palabra «cigarrillo».

– Que sean Embassy, por favor -dijo, y empezó a firmar en los formularios, al lado de las equis rojas trazadas por la secretaria. No sabía qué eran los formularios, por qué debía firmarlos, o a lo que estaba renunciando o concediendo permiso. Se limitó a seguir firmando, y cuando terminó, los Embassy se habían materializado sobre el borde del escritorio, junto con una caja de cerillas. Encendió un cigarrillo. La secretaria y el agente tosieron con discreción. Jeannie inhaló con profunda satisfacción.

– De momento, hemos terminado -dijo la sargento Coffman-. Si es tan amable de acompañarnos, la sacaremos a toda prisa y la llevaremos a casa.

– Muy bien -contestó Jeannie. Se puso en pie. Tiró los cigarrillos y las cenizas en el bolso. Siguió a la sargento de vuelta al pasillo.

Una catarata de preguntas cayó sobre ellos y los destellos de las cámaras relampaguearon en cuanto salieron al aire de la noche.

– ¿Es Fleming, pues?

– ¿Suicidio?

– ¿Accidente?

– ¿Puede decirnos qué ha pasado? Cualquier cosa, señora Fleming.

Es Cooper, pensó Jeannie. Jean Stella Cooper.

El inspector detective Thomas Lynley subió los peldaños del edificio de Onslow Square que albergaba el piso de lady Helen Clyde. Tarareaba las diez notas fortuitas que asediaban su cerebro como mosquitos hambrientos desde el momento en que había salido de su despacho. Intentó ahuyentarlas con varios recitados veloces del monólogo de la obertura de Ricardo III, pero cada vez que dirigía sus pensamientos a sumergirse en su alma para anunciar la entrada de George, aquel voluntarioso duque de Clarence, las malditas notas regresaban.

No fue hasta entrar en el edificio y subir la escalera que conducía al piso de Helen que consiguió identificar la fuente de su tortura musical. Y entonces, no tuvo otro remedio que dedicar una sonrisa a la capacidad del inconsciente para comunicarse a través de un medio que Lynley no había considerado parte de su mundo desde hacía años. Le gustaba considerarse un hombre aficionado a la música clásica, preferiblemente rusa. La canción de Rod Stewart «Tonight's the Night» no era la banda sonora que él habría elegido para subrayar el significado de la velada, pero era muy apropiada. Al igual que el monólogo de Ricardo, pensándolo bien, pues al igual que Ricardo había conspirado, y pese a que sus intenciones no eran peligrosas, tenían un solo objetivo. El concierto, una cena tardía, un paseo hasta aquel restaurante tan tranquilo y poco iluminado al lado de King's Road donde, en el bar, uno podía entregarse a la suave música interpretada por un arpista, cuyo instrumento imposibilitaba que vagara entre las mesas e interrumpiera conversaciones cruciales para el futuro… Sí, Rod Stewart era quizá más apropiado que Ricardo III, pese a sus maquinaciones. Porque esta noche era la noche.

– ¿Helen? -llamó mientras cerraba la puerta-. ¿Estás preparada, querida?

La respuesta fue el silencio. Frunció el entrecejo. Había hablado con ella a las nueve de la mañana. Había dicho que pasaría a las siete y cuarto. Si bien eso les concedía cuarenta y cinco minutos para dar un paseo de diez en coche, conocía a Helen lo bastante para saber que debía concederle un amplio margen de error e indecisión en lo tocante a sus preparativos para pasar una velada fuera. Por lo general, solía contestar «Estoy aquí, Tommy», desde el dormitorio, donde la encontraba invariablemente dudando entre seis u ocho pares diferentes de pendientes.

Fue en su busca y la localizó en el salón, estirada en el sofá y rodeada por una montaña de bolsas de compra verdes y doradas, cuyo logo reconoció demasiado bien. Como sufría las agonías de una mujer que desprecia el sentido común en la elección de su calzado, era un testimonio elocuente de los rigores implicados en la busca simultánea de las gangas y la elegancia. Tenía un brazo cruzado sobre la cabeza. Cuando Lynley pronunció su nombre por segunda vez, ella gruñó.

– Era como una zona de guerra -murmuró por debajo del brazo-. Nunca había visto tales muchedumbres en Harrods. Y rapaces. La palabra, Tommy, ni siquiera hace justicia a las mujeres con las que tuve que luchar solo para llegar a la ropa interior. A la ropa interior, por el amor de Dios. Daba la impresión de que luchaban por frascos limitados de elixir de la juventud.

– ¿No me dijiste que ibas a trabajar con Simón? -Lynley se acercó al sofá, le enderezó el brazo, la besó y devolvió el brazo a su posición anterior-. ¿No estaba ocupadísimo preparándose para testificar en…? ¿Qué pasó, Helen?

– Oh, lo hizo. Es algo relacionado con localizar sensibilizadores en explosivos de gel acuoso. Aminas, ácidos amínicos, gel de silicona, placas de celulosa. A eso de las dos y media, ya me había hecho un lío con la jerga, y el muy animal tenía tanta prisa que hasta insistió en pasar de comer. De comer, Tommy.

– Una situación desesperada -dijo Lynley. Levantó las piernas de Helen, se sentó y puso sus pies sobre el regazo.

– Colaboré hasta las tres y media, amarrada al ordenador hasta que casi me quedé ciega, pero en aquel momento, desmayada de hambre, no lo olvides, me despedí.

– Y fuiste a Harrods. Pese a que estabas desmayada de hambre.

Helen levantó el brazo, le miró con el entrecejo fruncido y volvió a bajar el brazo.

– Pensé en ti todo el rato.

– ¿De veras? ¿Cómo?

Helen indicó las bolsas que la rodeaban.

– Así.

– Así, ¿cómo?

– Las compras.

– ¿Me has comprado cosas? -preguntó Lynley, sin comprender, y se preguntó cómo debía interpretar un comportamiento tan extraordinario. No era que Helen dejara de sorprenderle de vez en cuando con algo divertido que había logrado desenterrar en Portobello Road o el mercado de la calle Berwick, pero tanta generosidad… La, examinó subrepticiamente y se preguntó si, anticipándose a sus designios, había hecho sus propios planes.

Helen suspiró y bajó los pies hasta el suelo. Se puso a investigar en las bolsas. Desechó una que parecía llena de tisú y seda, y después otra que contenía cosméticos. Rebuscó en una tercera, y luego en una cuarta.

– Ah, aquí está -dijo por fin. Le tendió la bolsa y continuó su búsqueda-. Yo también tengo uno.

– ¿Un qué?

– Ahora verás.

Lynley extrajo un montón de tisú y se preguntó hasta qué punto estaba contribuyendo Harrods a la inevitable deforestación del planeta. Empezó a desenvolver el paquete. Contempló el chandal azul marino y meditó sobre el mensaje implícito.

– Encantador, ¿verdad? -dijo Helen.

– Perfecto. Gracias, querida. Es justo lo que yo…

– Lo necesitas, ¿verdad? -Helen se levantó y exhibió con aire triunfal otro chandal, también azul marino, si bien alegrado con ribetes blancos-. Los he visto por todas partes.

– ¿Chándales?

– Corredores. Para ponerse en forma. En Hyde Park. En Kensington Gardens. Por la orilla del Embankment. Ya es hora de que les imitemos. ¿No crees que será divertido?

– ¿Correr?

– Por supuesto. Correr. Es auténtico. Exponerse al aire puro después de un día encerrado.

– ¿Propones que lo hagamos después de trabajar? ¿Por la noche?

– O antes de encerrarnos.

– ¿Propones que lo hagamos al amanecer?

– O a la hora de comer o a la hora del té. En lugar del té. No estamos rejuveneciendo, y ya es hora de que hagamos algo para retrasar la madurez.

– Tienes treinta y tres años, Helen.

– Condenada a convertirme en una cosa flaccida si no hago algo positivo ya. -Volvió a las bolsas-. También hay bambas. Por ahí. No estaba muy segura de tu talla, pero se pueden cambiar. ¿Dónde estarán…? Ah, aquí. -Las sacó con aire triunfal-. Aún es temprano, así que podríamos cambiarnos y dar la vuelta a la plaza unas cuantas veces. Lo mejor para ponernos en… -Alzó la cabeza, pensativa de repente. Dio la impresión de que se fijaba por primera vez en el atuendo de Lynley. El esmoquin, la pajarita, los zapatos relucientes…-. Señor. Esta noche íbamos a… Esta noche… -Sus mejillas adquirieron color-. Tommy, querido. Tenemos un compromiso, ¿verdad?

– Lo habías olvidado.

– En absoluto. De veras. Es que no he comido. No he comido nada.

– ¿Nada? ¿No te paraste a tomar algo entre el laboratorio de Simón, Harrods y Onslow Square? ¿Por qué me cuesta tanto creerlo?

– Solo tomé una taza de té. -Cuando Lynley arqueó una ceja escéptico, Helen se apresuró a añadir-: Oh, de acuerdo. Tal vez una o dos pastas en Harrods, pero eran unos éclairs pequeñísimos, ya sabes cómo son. Huecos por completo.

– Creo recordar que están llenos de… ¿Qué es? ¿Natillas? ¿Crema batida?

– Masa -afirmó Helen-. Una patética cucharadita. Eso y nada es lo mismo, y nadie podría considerarlo comer. La verdad, es una suerte que me cuente entre los vivos en este momento, después de alimentarme tan poco entre la mañana y la noche.

– Habrá que hacer algo al respecto.

El rostro de Helen se iluminó.

– Ah, es una cena. Estupendo. Eso pensaba. Y en algún lugar maravilloso, porque te has puesto esa espantosa pajarita que tanto detestas. -Se levantó con renovadas energías-. Es fantástico que no haya comido, ¿verdad? Nada estropeará mi cena.

– Es cierto. Después.

– ¿Después…?

Lynley abrió su reloj de bolsillo.

– Son las siete y veinticinco, y empieza a las ocho. Hemos de irnos.

– ¿A dónde?

– Al Albert Hall.

Helen parpadeó.

– La filarmónica, Helen. Las entradas por las que casi tuve que vender mi alma. Strauss. Más Strauss. Y cuando te hayas cansado de él, Strauss. ¿Te suena familiar?

El rostro de Helen adoptó un brillo radiante.

– ¡Tommy! ¿Strauss? ¿Me vas a llevar a un concierto de Strauss? ¿No me engañas? ¿No habrá Stravinsky después del intermedio, La consagración de la primavera o algo igual de horrible?

– Strauss. Antes y después del intermedio. Seguido de la cena.

– ¿Comida tailandesa? -preguntó Helen, esperanzada.

– Tailandesa.

– Dios mío, esto es una velada celestial. -Recogió sus zapatos y un montón de bolsas-. No tardaré ni diez minutos.

Lynley sonrió y se ocupó de las bolsas restantes. Todo funcionaba de acuerdo con su plan.

La siguió por el pasillo. Al pasar por delante de la cocina, bastó una mirada para comprobar que Helen seguía cultivando su indiferencia hacia las labores caseras. Los platos del desayuno estaban esparcidos sobre la encimera. La luz de la cafetera seguía encendida. De hecho, el café se había evaporado muchas horas antes, y había dejado un depósito de sedimentos en el fondo de la jarra de cristal. El olor a posos impregnaba el aire.

– Helen, por el amor de Dios. ¿No hueles? Has dejado la cafetera encendida todo el día.

Helen vaciló en la puerta del dormitorio.

– ¿De veras? Qué fastidio. Esas máquinas deberían desconectarse automáticamente.

– Y los platos deberían meterse solitos en el lavaplatos, ¿verdad?

– Si lo hicieran, demostrarían muy buena educación.

Desapareció en su dormitorio, y Lynley oyó que dejaba caer los paquetes al suelo. Dejó los suyos sobre la mesa, se quitó la chaqueta, desconectó la cafetera y se encaminó a la encimera. Agua, detergente y diez minutos pusieron orden en la cocina, si bien la jarra de café necesitaría una limpieza a fondo. La dejó en el fregadero.

Encontró a Helen de pie junto a la cama, con una bata de color cereza. Fruncía los labios con aire pensativo mientras estudiaba tres conjuntos que había desplegado.

– ¿Qué te sugiere El Danubio Azul seguido de una seráfica comida tailandesa?

– El negro.

– Hummm. -Helen retrocedió un paso-. No sé, cariño. Me parece…

– El negro va bien, Helen. Póntelo. Peínate. Vamonos. ¿De acuerdo?

Se palmeó la mejilla.

– No sé, Tommy. Siempre quiero ir elegante a un concierto, pero al mismo tiempo sin exageraciones para la cena. ¿No crees que este sería demasiado para lo uno y demasiado poco para lo otro?

Lynley cogió el vestido, bajó la cremallera y se lo tendió. Se dirigió a la cómoda. En ella, al contrario que en la cocina, todo estaba dispuesto con el orden de los instrumentos de cirugía en un quirófano. Abrió el joyero y extrajo un collar, pendientes y dos brazaletes. Fue al guardarropa y sacó zapatos. Volvió a la cama, dejó las joyas y los zapatos, la volvió hacia él y desató el cinturón de su bata.

– Estás demasiado revoltosa esta noche -dijo.

– Pero mira lo que he conseguido. Me estás quitando la ropa.

Lynley deslizó la bata por sus hombros. Cayó al suelo.

– No hace falta que seas revoltosa para conseguirlo, pero supongo que ya lo sabes, ¿no?

La besó, hundió las manos en su cabello. Parecía agua fría entre sus dedos. La volvió a besar. Pese a las frustraciones de tener su corazón enredado en la vida de Helen, aún adoraba su tacto, su perfume, el sabor de su boca.

Notó que los dedos de Helen manipulaban su camisa. Le aflojó la corbata. Bajó las manos hasta su pecho.

– Helen, pensaba que querías salir a cenar esta noche -dijo contra su boca.

– Tommy, pensaba que querías que me vistiera.

– Sí, exacto, pero lo primero es lo primero.

Apartó la ropa y la llevó a la cama. Su mano ascendió por el muslo de Helen.

El teléfono sonó.

– Maldita sea -masculló Lynley.

– No hagas caso. No espero a nadie. El contestador automático lo grabará.

– Este fin de semana estoy de turno.

– No.

– Lo siento.

Los dos contemplaron el teléfono. Siguió sonando.

– Bien -dijo Helen. Los timbrazos continuaron-. ¿Sabe el Yard que estás aquí?

– Denton sabe dónde estoy. Se lo habrá dicho.

– Podrías haberte marchado ya.

– Tienen el teléfono del coche y los números de los asientos del concierto.

– Bien, tal vez no sea nada. A lo mejor es mi madre.

– Quizá deberíamos averiguarlo.

– Quizá.

Helen acarició la cara de Lynley con las manos, desde la mejilla a los labios. Sus labios se entreabrieron.

Lynley respiró hondo. Sentía un extraño calor en los pulmones. Los dedos de Helen se trasladaron desde su cara al cabello. El teléfono dejó de sonar y, al cabo de un momento, una voz incorpórea habló en la otra habitación al contestador automático que tenía Helen.

Era una voz demasiado conocida, pues pertenecía a Dorothea Harriman, la secretaria del superintendente de la división de Lynley. Cuando era ella la que se tomaba la molestia de, seguir su pista, siempre significaba lo peor. Lynley suspiró. Helen dejó caer las manos sobre su regazo.

– Lo siento, cariño -dijo, y descolgó el teléfono de la mesita de noche-. Sí -contestó, e interrumpió así el mensaje que Harriman estaba dejando-. Hola, Dee. Estoy aquí.

– ¿Inspector detective Lynley?

– Ni más ni menos. ¿Qué pasa?

Mientras hablaba, extendió la mano hacia Helen, pero ya se había alejado de él, inclinada para recoger la bata tirada en el suelo.

Capítulo 3

Tres semanas después de sus nuevos cambios domésticos, la sargento detective Barbara Havers ya había decidido qué le gustaba más de su vida solitaria en Chalk Farm: las opciones que le proporcionaba en lo tocante a la angustia de los transportes. Si no deseaba reflexionar sobre las implicaciones de que, después de veintiún días, no había hablado con ningún vecino, aparte de una muchacha de Sri Lanka llamada Bhimani que se ocupaba de la caja registradora del colmado local, le bastaba con concentrarse en la felicidad escalofriante de sus traslados diarios a y desde New Scotland Yard.

Su diminuta casa era un símbolo para Barbara desde hacía mucho tiempo, incluso antes de comprarla. Significaba la liberación de una vida qué la había mantenido encadenada durante años al deber y a unos padres achacosos. No obstante, si bien el traslado le había proporcionado la libertad de la responsabilidad que había soñado conseguir, aquella misma libertad traía consigo una soledad que caía sobre ella en los momentos más inesperados, cuando estaba menos preparada. Por lo tanto, Barbara había encontrado un placer indiscutible, aunque sardónico, en descubrir que existían dos formas de ir a trabajar cada mañana, ambas capaces de hacerle rechinar los dientes, provocarle una úlcera y, lo mejor de todo, desplazar su soledad.

Podía sortear el tráfico en su viejo Mini, avanzar por Camden High hasta Monington Crescent, donde podía elegir, al menos, tres rutas que serpenteaban a través de la congestión, tipo ciudad medieval, que cada día parecía ser más irremediable. O podía tomar el metro, lo cual significaba hundirse en las entrañas de la estación de Chalk Farm y esperar un tren, mientras la esperanza iba menguando sensiblemente entre los fieles pero iracundos usuarios de la caprichosa Línea Norte. Pero en ese caso, no servía cualquier tren, sino el que pasaba por la estación del Enbankment, donde transbordaba a otro tren que la conducía a St. James's Park.

Se trataba de una situación basada en un tópico: a diario, Barbara podía elegir entre Guatemala y Guatepeor. Aquel día, en deferencia a los ruidos cada vez más ominosos que emitía su coche, se había inclinado por Guatepeor, consistente en abrirse paso entre sus compañeros de fatigas por escaleras automáticas, túneles y andenes, aferrarse a un poste de acero inoxidable mientras el tren corría en la oscuridad y agitaba a los pasajeros como una coctelera.

Soportaba los inconvenientes con resignación. Otro jodido viaje. Otra oportunidad de llegar a la conclusión de que su soledad carecía de importancia, porque al final de la jornada no quedaban tiempo ni energía para interacciones sociales.

Eran las siete y media cuando inició su lenta ascensión por Chalk Farm Road. Se detuvo en la mantequería Jaffri, una tienda tan atestada de «innumerables exquisiteces que complacen al paladar más delicado», que el espacio resultante era de la anchura aproximada de un vagón de tren Victoriano, y con una iluminación similar. Pasó ante un despliegue inestable de latas de sopa (el señor Jaffri tenía una gran debilidad por las «sabrosas sopas de los siete mares») y forcejeó con la puerta de cristal del congelador, donde un letrero proclamaba que las hileras interminables de helados Háagen-Dazs representaban «todos los sabores existentes bajo el sol». No eran los Háagen-Dazs lo que quería, si bien patatas paja con sal y vinagre, acompañadas de una copa de helado de vainilla con almendras, no sonaba mal para cenar. Lo que deseaba era el único artículo que una tremenda inspiración mercantil había impulsado al señor Jaffri a almacenar, tan seguro estaba de que el lento aburguesamiento del barrio y las inevitables fiestas a que daría lugar aumentarían su demanda. Quería hielo. El señor Jaffri lo vendía en bolsas, y desde que Barbara se había mudado a su nueva vivienda lo metía en un cubo bajo el fregadero de la cocina, como medio primitivo de conservar sus productos perecederos.

Sacó una bolsa del congelador y la trasladó hasta el mostrador, donde Bhimani ocupaba un lugar algo elevado y aguardaba otra oportunidad de pulsar las teclas de la nueva caja registradora, que no sólo sonaba como el Big Ben cuando salía el total, sino que la informaba con brillantes cifras azules del cambio exacto que debía entregar al cliente. Como siempre, la transacción se efectuó en silencio. Bhimani tecleaba el precio, sonreía con los labios apretados y cabeceaba enérgicamente cuando el total aparecía en la pantalla digital.

Nunca hablaba. Al principio, Barbara había pensado que era muda, pero una noche había sorprendido a la muchacha en mitad de un bostezo y vislumbrado las fundas de oro que cubrían casi todos sus dientes. Desde entonces, se preguntaba si Bhimani no sonreía porque deseaba ocultar el valor de su obra dental, o porque, al llegar a Inglaterra y observar al hombre de la calle, se había dado cuenta de lo poco que abundaban las sonrisas.

– Gracias, hasta luego -dijo Barbara, y se apoderó de su hielo en cuanto Bhimani le devolvió su cambio de setenta y cinco peniques. Se subió el bolso, apoyó el hielo en la cadera y volvió a la calle.

Continuó calle arriba. Pasó ante el pub de la acera opuesta, y pensó por un momento en apretujarse entre los bebedores, con hielo y todo. Daba la impresión de que eran una deprimente década menor que ella, pero aún no había tomado su pinta semanal de Bass, y su canto seductor la llevó a teorizar acerca de cuánta energía necesitaría para entrar en el bar, pedir la pinta, encender un pitillo y mostrarse cordial. El hielo podría servir como desencadenante de la conversación, ¿no? ¿Se derretiría mucho si dedicaba un cuarto de hora a confraternizar con la multitud que se desahogaba los viernes después del trabajo? ¿Quién sabía lo que podía pasar? Tal vez conocería a alguien. Tal vez iniciaría una amistad. Y aunque no, se sentía reseca como un desierto. Necesitaba un poco de líquido. Un elevador de ánimos no le iría nada mal. Estaba cansada de la jornada, sedienta de caminar y acalorada del metro. Una bebida relativamente fría sería perfecta. ¿Verdad?

Paró y miró al otro lado de la calle. Tres hombres rodeaban a una chica de piernas largas. Los cuatro reían, los cuatro bebían. La chica, que tenía las caderas apoyadas en el antepecho de una ventana de la taberna, alzó y vació su vaso. Dos de los hombres la imitaron extendiendo el brazo al mismo tiempo. La chica rió y echó hacia atrás la cabeza. Su cabello espeso onduló como la crin de un caballo, y los hombres se acercaron más.

Tal vez otra noche, decidió Barbara.

Siguió adelante, con la cabeza gacha y los ojos concentrados en la acera. «Pisa una grieta, rompe la espalda de mamá. Pisa una línea, rompe…» No. No era el tema en que deseaba profundizar ahora. Silbó para alejar los versos de su cabeza. Eligió la primera canción que le vino a la cabeza, «Get Me to the Church on Time». * No era la más apropiada a la situación, pero sirvió a sus propósitos. Mientras silbaba, comprendió que debía haber pensado en ella a causa del gran plan del inspector Lynley para Soltar la Pregunta esta noche. Rió para sí al pensar en su expresión de sorpresa (y decepción, por supuesto, pues no deseaba que sus planes fueran de conocimiento público) cuando ella pasó por su despacho y dijo «Buena suerte. Confío en que esta vez acepte», antes de irse del Yard. Al principio, Lynley intentó disimular su perplejidad por el comentario, pero Barbara le había oído telefonear durante toda la semana para reservar entradas de un concierto, y le había visto interrogar a otros agentes para descubrir el restaurante tailandés perfecto, y como Barbara sabía que Strauss y comida tailandesa significaban una velada destinada a complacer a lady Helen, dedujo el resto. «Elemental -había dicho al sorprendido Lynley-. Sé que usted odia a Strauss.» Agitó los dedos a modo de despedida. «Caramba, caramba, inspector. Lo que llegamos a hacer por amor.»

Giró por Steele's Road y pasó bajo los limoneros de hojas recién brotadas. Los pájaros se estaban acomodando sobre ellas para pasar la noche, al igual que las familias en las casas de ladrillo manchadas de suciedad que bordeaban la calle. Cuando llegó a Eton Villas, volvió a torcer. Mantenía la bolsa de hielo apoyada sobre la cadera, y se alegró con el pensamiento de que, dejando aparte sus circunstancias sociales miserables, era la última vez que iría a buscar hielo a la mantequería Jaffri.

Durante tres semanas había vivido en su guarida sin el concurso de la refrigeración moderna. Guardaba la leche, la mantequilla, los huevos y el queso en un cubo de metal. Había pasado aquellas tres semanas (noches, fines de semana y la hora de comer) en busca de una nevera que se pudiera permitir. Por fin, la había localizado el pasado domingo por la tarde, el aparato perfecto que se amoldaba al tamaño de su casa y al tamaño de su bolsillo. No era exactamente lo que buscaba: apenas un metro de alta y decorada con espantosas calcomanías florales amarillentas. Sin embargo, cuando había pagado y consolidado su propiedad sobre el artefacto, que además de su deplorable decoración a base de rosas, margaritas, fucsias y linos, emitía unos portentosos ruidos metálicos cuando cerraba la puerta, Barbara había pensado filosóficamente que a caballo regalado no se le miraba el dentado. El traslado de Acton a Chalk Farm le había costado más de lo que suponía, necesitaba economizar y la nevera serviría. Y como el hijo del propietario tenía un hijo que conducía un camión para un servicio de jardinería, y como el hijo del hijo no tuvo inconveniente en dejarse caer el fin de semana por la casa de su abuelo, recoger la nevera y trasladarla hasta Chalk Farm desde Pulham por solo diez libras, Barbara no tenía inconveniente en pasar por alto el hecho de que la vida del aparato sería limitada, pero también que debería dedicar sus buenas seis horas a raspar las calcomanías del abuelo. Cualquier cosa con tal de conseguir una ganga.

Utilizó la rodilla para abrir el portal de la casa eduardiana semiadosada de Eton Villas tras la cual se alzaba su casita. La casa era amarilla, con una puerta color canela hundida en un porche delantero blanco, del cual colgaban vistarias que trepaban desde un cuadradito de tierra contiguo a las puertas cristaleras de la planta baja. A través de las puertas, Barbara vio a una muchacha morena y menuda que ponía platos sobre una mesa. Vestía un uniforme escolar, y llevaba el cabello, largo hasta la cintura, recogido en trenzas anudadas con cintas diminutas en los extremos. Hablaba con alguien por encima del hombro, y mientras Barbara miraba, desapareció de su vista. Cena familiar, pensó Barbara. Después, suprimió el calificativo, cuadró los hombros y caminó por el sendero de hormigón que corría junto a la casa y conducía al jardín.

Su casa confinaba con el muro situado al fondo del jardín. Una acacia falsa se cernía sobre ella, y cuatro ventanas a bisagra daban a la hierba. Era pequeña, de ladrillo, con molduras pintadas del mismo amarillo usado en la casa principal, y un tejado de pizarra nuevo que ascendía hacia una chimenea de terracota. El edificio era un cuadrado alargado hasta convertirlo en un rectángulo, mediante el añadido de una diminuta cocina y un cuarto de baño aún más pequeño.

Barbara abrió la puerta y encendió la luz del techo. Era poco potente. Se había olvidado de comprar una bombilla de más vatios.

Dejó el bolso sobre la mesa y el hielo sobre la encimera. Lanzó un gruñido cuando levantó el cubo que había debajo del fregadero, y se encaminó con él hacia la puerta. Maldijo cuando un poco de agua fría cayó sobre su zapato. Vació el cubo, lo devolvió a la cocina, empezó a llenarlo y pensó en la cena.

Agrupó la comida a toda prisa (ensalada de jamón, un panecillo de hacía dos días y el resto de una lata de remolacha), y después se dirigió a las estanterías que se elevaban a cada lado del minúsculo hogar. Había dejado el libro allí antes de apagar la luz anoche, y recordaba que el héroe Flint Southern estaba a punto de estrechar entre sus brazos a la heroína Star Flaxen, que no sólo iba a sentir el tacto de sus muslos musculosos embutidos en unos tejanos ceñidos, sino también su miembro tumefacto que, por supuesto, estaba tumefacto y sólo se ponía tumefacto por ella. Consumarían aquella desesperada erección en las páginas siguientes, acompañada de pezones erectos y aves que alzaban el vuelo, después de lo cual yacerían abrazados y se preguntarían por qué habían tardado ciento ochenta páginas en llegar a aquel momento milagroso. No había nada como la literatura de calidad para acompañar un opíparo banquete.

Barbara cogió la novela, y estaba a punto de volver hacia la mesa, cuando vio que el contestador automático parpadeaba. Un parpadeo, una llamada. Lo contempló un momento.

Estaba de guardia aquel fin de semana, pero le costaba creer que la llamaran de vuelta al trabajo apenas dos horas después de haber terminado. Si tal era el caso, y teniendo en cuenta que su número no constaba en el listín, la única otra posibilidad era Florence Magentry, la señora Flo, la cuidadora de su madre.

Barbara meditó sobre las posibilidades que implicaba apretar el botón y escuchar el mensaje. Si era el Yard, volvería al trabajo sin tiempo apenas para descansar o cenar. Si era la señora Flo, se embarcaría en otro viaje por la Gran Vía Férrea de la Culpabilidad. Barbara no había ido el fin de semana anterior a ver su madre, como estaba previsto. Tampoco había ido a Greenford la otra semana. Sabía que debía ir este fin de semana si quería seguir soportándose, pero no tenía ganas, no quería pensar por qué no tenía ganas, y hablar con Florence Magentry, incluso escuchar su voz en el contestador, la conduciría a pensar en la naturaleza de su rechazo y a empezar a colgar las etiquetas pertinentes: egoísmo, falta de consideración y todo lo demás.

Hacía casi seis meses que su madre residía en Hawthorne Lodge. Barbara había conseguido visitarla cada dos semanas. El traslado a Chalk Farm le había proporcionado por fin una excusa para no ir, a la cual se había aferrado con entusiasmo, y había sustituido su presencia por llamadas telefónicas, durante las cuales desglosaba a la señora Flo los motivos de los desafortunados aplazamientos de sus apariciones periódicas en Greenford. Y eran buenos motivos, como la propia señora Flo había asegurado a Barbara durante una u otra de sus habituales charlas de los lunes y los jueves. Barbara no debía torturarse si no podía ir a ver a mamá. Barbie tenía que vivir su vida, querida, y nadie esperaba que renunciara a ello.

– Has de instalarte en tu nueva casa -dijo la señora Flo-. Mamá se encontrará bien mientras tanto, Barbie. Ya lo verás.

Barbara apretó el botón de reproducción del contestador automático y volvió hacia la mesa, donde la aguardaba su ensalada de jamón.

– Hola, Barbie -saludó la voz soporífera de la señora Flo-. Quería informarte de que el tiempo ha afectado un poco a mamá. Pensé que sería mejor telefonearte cuanto antes.

Barbara corrió hacia el teléfono con la intención de marcar el número de la señora Flo. Como si lo hubiera anticipado, la señora Flo continuó.

– No creo necesario que el médico venga a verla, Barbie, pero la temperatura de mamá ha subido dos grados, y tose un poco desde hace días… -Hizo una pausa, durante la cual Barbara oyó a otro de los huéspedes de la señora Flo cantando a coro con Deborah Kerr, que se disponía a invitar a bailar a Yul Brynner. Tenía que ser la señora Salkild. El rey y yo era su vídeo favorito, e insistía en verlo una vez a la semana, como mínimo-. De hecho, querida -siguió con cautela la señora Flo-, mamá ha estado preguntando por ti, desde la hora de comer, y no quiero que te angusties por esto, pero como muy pocas veces menciona a alguien por el nombre, pensé que alegraría a mamá oír tu voz. Ya sabes cómo somos cuando no nos sentimos bien al ciento por ciento, ¿verdad, querida? Telefonea si puedes. Adiós, Barbie.

Barbara cogió el teléfono.

– Has sido muy amable al llamar, querida -dijo la señora Flo cuando oyó la voz de Barbara, como si ella no hubiera telefoneado antes para animarla a llamar.

– ¿Cómo está mamá? -preguntó Barbara.

– Acabo de asomarme a su cuarto, y está durmiendo como un corderito.

Barbara alzó la muñeca hacia la luz mortecina de la casa. Aún no eran las ocho.

– ¿Dormida? ¿Ya está en la cama? No suele acostarse tan temprano. ¿Está segura…?

– Devolvió la cena, querida, y las dos decidimos que un poco de descanso con la caja de música en marcha calmaría su estómago. Así que se puso a escuchar y cayó dormida. Ya sabes lo mucho que le gusta esa caja de música.

– Escuche, podría estar ahí a las ocho y media, o a las nueve menos cuarto. No parecía haber mucho tráfico esta noche. Ahora voy.

– ¿Después de estar trabajando todo el día? No seas tonta, Barbie. Mamá está bien, y como se ha quedado dormida, ni siquiera se enterará de que estás aquí, ¿verdad? Le diré que has telefoneado.

– No sabrá a quién se refiere -protestó Barbara. A menos que tuviera el estímulo visual de una fotografía o el estímulo auditivo de una voz por teléfono, el nombre Barbara no significaba nada ya para la señora Havers. Incluso con apoyos visuales o auditivos, el que reconociera a su única hija era problemático.

– Barbie -dijo la señora Flo con suave firmeza-, yo me encargaré de que comprenda a quién me refiero. Esta tarde te nombró varias veces, así que sabrá quién es Barbara cuando le diga que has llamado.

Saber quién era Barbara el viernes por la tarde no significaba que la señora Havers supiera quién era Barbara el sábado por la mañana, mientras desayunaba huevos pasados por agua y tostadas.

– Iré mañana -contestó Barbara-. Por la mañana. He reunido algunos folletos sobre Nueva Zelanda. ¿Se lo dirá? Dígale que planearemos otras vacaciones para su álbum.

– Por supuesto, querida.

– Y llame si pregunta por mí otra vez. Me da igual la hora que sea. ¿Me llamará, señora Flo?

Pues claro que llamaría, dijo la señora Flo. Barbie debía cenar bien, apoyar los pies en el almohadón y pasar una velada tranquila, para que estuviera fresca como una rosa al día siguiente.

– Mamá estará ansiosa por verte -dijo la señora Flo-. Me atrevería a decir que eso curará su estómago.

Se despidieron. Barbara volvió a su cena. La loncha de jamón se le antojó aún menos atrayente que cuando la había dejado en el plato. La remolacha, que había sacado de la lata con una cuchara y dispuesto como una mano de cinco cartas, parecía teñida de verde. Y las hojas de lechuga, desplegadas como palmas abiertas que acunaban el jamón y la remolacha, estaban flaccidas por el contacto con el agua y ennegrecidas en los bordes, por haber estado demasiado cerca del hielo del cubo. Adiós cena, pensó Barbara.

Apartó el plato y pensó en ir andando al turco de Chalk Farm Road, o atizarse una cena china, sentada a la mesa de un restaurante como una persona auténtica. O volver a la taberna para comer salchichas o pastel de ríñones…

Se incorporó con brusquedad. ¿En qué cono estaba pensando? Su madre no se encontraba bien. Dijera lo que dijera la señora Flo, su madre necesitaba verla. Ya. Así que subiría al Mini y conduciría hasta Greenford. Y si su madre seguía dormida, se sentaría junto a su cama hasta que despertara. Incluso si tenía que esperar a la mañana. Porque eso era lo que las hijas hacían por sus madres, sobre todo si habían transcurrido más de tres semanas desde su última visita.

Cuando Barbara extendió la mano hacia el bolso y las llaves, el teléfono sonó de nuevo. Se quedó petrificada un instante. Pensó, no, Dios mío, no puede ser ella, tan deprisa no. Se acercó con miedo a descolgar.

– Nos llaman -dijo Lynley al otro extremo de la línea cuando oyó la voz de Barbara.

– Joder.

– Estoy de acuerdo. Espero no haber interrumpido nada particularmente interesante.

– No. Iba a ver a mamá. Y ansiaba cenar.

– En lo primero no puedo ayudarla, ya sabe cómo es esto de los turnos. Lo segundo puede solucionarse mediante una rápida excursión a la cantina de oficiales.

– Por fin algo estimulante para el apetito.

– Siempre lo he considerado así. ¿Cuánto tiempo necesita?

– Unos buenos treinta minutos si el tráfico está mal cerca de Tottenham Court Road.

– ¿Y si no? Le guardaré las judías calientes sobre una tostada.

– Fantástico. Me encanta pasar el rato con un verdadero caballero.

Lynley rió y colgó.

Barbara hizo lo mismo. Mañana, pensó. Antes que nada. Mañana iría a Greenford.

Dejó el Mini en el aparcamiento subterráneo de New Scotland Yard, después de mostrar su identificación al agente uniformado que levantó la vista de su revista el tiempo suficiente para bostezar y comprobar que no tenía una visita del IRA. Aparcó junto al Bentley plateado de Lynley, lo más cerca posible, y rió para sus adentros al pensar en cómo se estremecería ante la idea de rayar la puerta de su precioso coche.

Pulsó el botón del ascensor y encendió un cigarrillo. Fumó con la mayor furia posible, para acumular nicotina antes de que se viera obligada a entrar en los dominios de Lynley, libres de humo. Había intentado devolverle al buen camino durante más de un año, al creer que su colaboración sería más ágil si compartían, al menos, un hábito detestable, pero solo había conseguido arrancarle uno o dos gemidos de angustia cuando le tiraba humo a la cara durante sus primeros seis meses de abstinencia. Ya habían pasado dieciséis meses desde que había dejado el tabaco, y empezaba a comportarse como los conversos recientes.

Le encontró en su despacho, vestido con elegancia para su velada romántica abortada con Helen Clyde. Estaba sentado detrás de su escritorio y bebía café. No estaba solo, sin embargo, y al ver a su acompañante, Barbara frunció el entrecejo y se detuvo en el umbral.

Había dos sillas frente a su escritorio, y una mujer sentada en una de ellas. Tenía aspecto juvenil, con largas piernas que no había cruzado. Vestía pantalones color marrón claro y una chaqueta de punto, una blusa color marfil y zapatos bien lustrados, de tacones discretos. Bebía algo de una taza de plástico y contemplaba con seriedad a Lynley mientras este leía un fajo de papeles. Mientras Barbara la examinaba y se preguntaba quién coño era y qué coño estaba haciendo en New Scotland Yard un viernes por la noche, la mujer dejó de beber para apartarse de la mejilla un mechón de pelo ámbar en forma de ala. Fue un gesto sensual que encolerizó a Barbara. Desvió la mirada de forma automática hacia la hilera de archivadores apoyados contra la pared del fondo, para comprobar que Lynley no hubiera quitado subrepticiamente la fotografía de Helen antes de dejar pasar a la señorita Maniquí DeLuxe. La foto seguía en su sitio. Entonces, ¿qué coño estaba pasando?

– Buenas noches -dijo Barbara.

Lynley levantó la vista. La mujer se volvió en su silla. Su rostro no traicionó nada, y Barbara observó que la señorita Maniquí DeLuxe no se tomaba la molestia de inspeccionar su apariencia, como haría otra mujer. Incluso pasó por alto las bambas rojas de Barbara.

– Ah, estupendo -dijo Lynley. Dejó los papeles y se quitó las gafas-. Havers. Por fin.

Barbara vio que sobre el escritorio, ante la silla vacía, había un emparedado envuelto en celofán, un paquete de patatas fritas y una taza con tapadera. Se acercó y cogió el bocadillo, que desenvolvió y olfateó con suspicacia. Levantó el pan. La mezcla parecía paté combinado con espinacas. Olía a pescado. Se estremeció.

– Es lo mejor que pude encontrar -dijo Lynley.

– ¿Tomaina sobre pan integral?

– Con un antídoto de Bovril para disolverla.

– Sus atenciones me están malcriando, señor.

Barbara saludó con un cabeceo a la mujer, destinado a reconocer su presencia y comunicarle, al mismo tiempo, su desaprobación. Una vez ofrecido aquel detalle social, se dejó caer en la silla. Al menos, las patatas eran con sal y vinagre. Abrió la bolsa y empezó a devorarlas.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

Su tono de voz era indiferente, pero la mirada significativa que dirigió a la otra mujer dijo el resto: ¿quién cono es la reina de la belleza y qué coño hace aquí y dónde demonios anda Helen si necesita compañía el mismísimo viernes por la noche cuando tenía la intención de pedirla en matrimonio y ella volvió a negarse y así es como ha logrado consolarse de la decepción perro cabrón?

Lynley recibió el mensaje, empujó la silla hacia atrás y miró a Havers sin pestañear.

– Sargento -dijo al cabo de un momento-, le presento a la inspectora detective Isabelle Ardery, DIC de Maidstone. Ha sido tan amable de traernos algo de información. ¿Puede soslayar especulaciones ajenas por completo al caso y prestar atención a los hechos?

Bajo la pregunta, Barbara leyó la respuesta muda a sus acusaciones mudas: confíe un poquito en mí, por favor.

Barbara se encogió.

– Lo siento, señor -dijo. Se secó la mano en los pantalones y la extendió hacia la inspectora Ardery.

Ardery la estrechó. Miró a ambos, pero no fingió comprender su diálogo. De hecho, no dio muestras de que le interesara. Sus labios se curvaron apenas en dirección a Barbara, pero lo que pasó por una sonrisa no fue más que una fría obligación profesional. Tal vez no era el tipo de Lynley, al fin y al cabo, decidió Barbara.

– ¿Qué tenemos?

Destapó el Bovril y tomó un sorbo.

– Incendio intencionado -contestó Lynley-. Y un cadáver. Inspectora, si pone a mi sargento al corriente…

La inspectora Ardery, en un tono de voz firme y oficial, detalló los hechos: una casa restaurada del siglo XV no lejos de una ciudad llamada Greater Springburn, en Kent, habitada por una mujer, el lechero que efectúa su entrega diaria, el periódico y el correo sin recoger, una mirada por la ventana, una butaca quemada, un rastro de humo mortal en la ventana y la pared, una escalera que había actuado, como en todos los incendios, como una chimenea, un cadáver en el piso de arriba, y por fin, el origen del incendio.

Abrió su bolso, que había dejado en el suelo junto a sus pies. Extrajo un paquete de cigarrillos, una caja de cerillas de madera y una goma elástica. Por un momento, Barbara pensó, muy complacida, que la inspectora iba a encender un cigarrillo, lo cual le proporcionaría una excusa para imitarla, pero en cambio, dejó seis cerillas sobre el escritorio y puso un cigarrillo sobre ellas.

– El pirómano utilizó un artefacto incendiario -dijo Ardery-. Era primitivo, pero muy eficaz. -A unos dos centímetros del extremo del cigarrillo ató una corona de cerillas, con las cabezas hacia arriba. Las sujetó con la goma elástica y sostuvo el resultado en la palma de su mano-. Actúa como un distribuidor de encendido. Cualquiera puede fabricar uno.

Barbara cogió el cigarrillo de la palma de Ardery y lo examinó. La inspectora siguió hablando.

– El pirómano enciende el tabaco y coloca el cigarrillo donde quiere que arda, en este caso encajado entre el almohadón y el brazo de un sillón de orejas.

Se marcha. Al cabo de unos cuatro a siete minutos, el cigarrillo se consume y las cerillas arden. El incendio empieza.

– ¿Cuál es el espacio de tiempo exacto? -preguntó Barbara.

– Cada marca de cigarrillos arde a una velocidad diferente.

– ¿Sabemos la marca?

Lynley había vuelto a calarse las gafas y estaba releyendo el informe.

– De momento no. Mi laboratorio tiene los componentes: el cigarrillo, las cerillas, la goma que las sujetó. Haremos…

– ¿Van a efectuar análisis de saliva y huellas latentes?

La mujer le dedicó otra semisonrisa.

– Como ya supondrá, inspector, tenemos un laboratorio estupendo en Kent, y sabemos utilizarlo. En cuanto a las huellas, es improbable que obtengamos gran cosa. Me temo que, a ese respecto, no vamos a serle de mucha ayuda.

Barbara observó que Lynley hacía caso omiso del velado reproche.

– ¿Y la marca? -preguntó el inspector.

– Sabremos la marca sin la menor duda. El extremo del cigarrillo nos lo revelasá.

Lynley tendió a Barbara un grupo de fotografías.

– Se hizo de manera que pareciera un accidente -explicó Ardery-. Lo que el pirómano ignoraba es que el cigarrillo, las cerillas y la goma no iban a quemarse por completo. No se trata de una equivocación irracional, por supuesto, lo cual nos dice que no era un profesional.

– ¿Por qué no se quemaron? -preguntó Barbara. Empezó a mirar las fotografías. Coincidían con la descripción efectuada por la inspectora Ardery del escenario: la butaca destripada, las configuraciones de la pared, el rastro mortífero de humo. Las dejó a un lado y levantó la vista en busca de una respuesta, antes de proseguir con las fotos del cadáver-. ¿Por qué no se quemaron? -repitió.

– Porque los cigarrillos y las cerillas suelen quedarse encima de las cenizas y los restos.

Barbara asintió con aire pensativo. Desenterró las últimas patatas, las comió, hizo una bola con la bolsa y la tiró a la papelera.

– ¿Por qué nos han llamado? -preguntó a Lynley-. Podría ser un suicidio, ¿no? Disfrazado como un accidente con vistas al seguro.

– No se puede descartar la posibilidad -dijo Ardery-. La butaca expulsó tanto monóxido de carbono como los gases de escape de un motor.

– ¿Y no pudo la víctima preparar la butaca para que se incendiara, encender el cigarrillo, tomarse seis o siete pastillas, atizarse unas copas, y adiós muy buenas?

– Nadie lo ha descartado -dijo Lynley-, aunque de momento parece improbable.

– ¿Por qué de momento?

– Aún no se ha practicado la autopsia. Llevaron el cadáver directamente al forense. Según la inspectora Ardery, el forense se ha saltado otros tres cadáveres para meterle mano a este. Dentro de nada tendremos los datos preliminares sobre la cantidad de monóxido de carbono en la sangre. No obstante, los análisis de sustancias tóxicas tardarán más.

Barbara miró a Lynley, y después a Ardery.

– De acuerdo -dijo poco a poco-. Vale, lo entiendo, pero los análisis de sustancias tóxicas tardarán semanas. ¿Por qué nos han llamado ahora?

– Por el cadáver

– ¿El cadáver?

Cogió las fotos restantes. Las habían tomado en un dormitorio de techo bajo. El cuerpo de un hombre yacía en diagonal sobre una cama de latón. Estaba caído sobre el estómago, vestido con pantalones grises, calcetines negros y una camisa azul claro, con las mangas subidas sobre los codos. Su brazo izquierdo acunaba la cabeza sobre la almohada. El brazo derecho estaba extendido hacia la mesita de noche, sobre la cual descansaban un vaso vacío y una botella de Bushmills. Le habían fotografiado desde todos los ángulos posibles, de cerca y de lejos. Barbara escogió los primeros planos.

Sus ojos estaban casi cerrados del todo, y solo se veía una media luna blanca. La piel coloreada de manera irregular, casi roja en los labios y mejillas, más rosada en la sien, la frente y la barbilla. Una fina línea de espuma asomaba por una comisura de la boca. También era rosada. Barbara estudió la cara. Se le antojó vagamente familiar, pero fue incapaz de concretarla. ¿Un político?, se preguntó. ¿Un actor de televisión?

– ¿Quién es? -preguntó.

– Kenneth Fleming.

Levantó la vista de las fotografías miró a Lynley, después a Ardery.

– ¿El…?

– Sí.

Sostuvo la fotografía de lado y examinó el rostro.

– ¿Lo saben los medios?

– El superintendente jefe del DIC local esperaba la identificación oficial del cadáver -contestó Ardery, mientras giraba la muñeca para examinar la esfera de un magnífico reloj de oro-, que ya habrá tenido lugar hace bastante rato. Se trata de una simple formalidad, porque la identificación del señor Fleming estaba en el dormitorio, en el bolsillo de su chaqueta.

De todos modos -dijo Barbara-, podría ser para despistar, si este tipo se le parece bastante y alguien quisiera hacernos creer…

Lynley levantó una mano para interrumpirla.

– Muy improbable, Havers. La policía local le reconoció.

– Ah.

Tuvo que admitir que reconocer a Kenneth Fleming sería muy fácil para cualquier aficionado al criquet. Fleming era el mejor bateador del país, una leyenda durante los dos últimos años. Había sido seleccionado para jugar por Inglaterra a la edad poco corriente de treinta años. No había ascendido de la manera típica, desde los campos de criquet de la escuela secundaria y la universidad, o por su experiencia con los equipos de aficionados y los condados. En cambio, había jugado en una liga de East End con el equipo de una fábrica, donde un entrenador retirado del condado de Kent le había visto un día y se había ofrecido a entrenarle. Nada que ver con un entrenamiento privado. Lo cual era un tanto en su contra, algo que la gente llamaba una variación del síndrome de nacer con una estrella en el culo.

Su primera aparición en el equipo de Inglaterra se había saldado con una derrota humillante, que tuvo lugar en el Lord's, prácticamente lleno, cuando uno de los jugadores de Nueva Zelanda consiguió detener su primer y último lanzamiento. Fue el segundo tanto en su contra.

Fleming abandonó el campo perseguido por los abucheos de sus compatriotas, sufrió la ignominia de pasar entre los implacables y rencorosos miembros del Marylebone Cricket Club, que como siempre montaban guardia en el Pabellón de ladrillos ámbar, y respondió a un silbido apagado que sonó en la Sala Larga con un gesto nada caballeroso. Fue el tercer tanto en su contra.

Todos esos tantos en contra fueron la comidilla de los periodistas y, sobre todo, de la prensa sensacionalista diaria. Al cabo de una semana, los amantes del criquet estaban divididos entre los que abogaban por concederle una segunda oportunidad y los que pedían sus pelotas. Los seleccionadores nacionales, que jamás hacían caso de la opinión pública cuando se jugaba un partido decisivo, se decidieron por lo primero. Kenneth Fleming defendió los colores nacionales por segunda vez en un partido jugado en Oíd Trafford. Ocupó su puesto en un ambiente silencioso y preñado de reservas. Cuando terminó, había logrado cien puntos. Cuando el lanzador consiguió por fin ponerle fuera de juego, había marcado ciento veinticinco puntos para Inglaterra. No había vuelto la vista en ningún momento.

– Greater Springburn llamó a la gente de su división de Maidstone -estaba diciendo Lynley-. Maidstone -cabeceó en dirección a la inspectora Ardery- tomó la decisión de cedernos el caso.

Ardery le miró con expresión grave. No parecía muy complacida.

– Yo no, inspector. Lo ordenó mi superior.

– ¿Sólo porque se trata de Fleming? -preguntó Barbara-. Suponía que estaría ansioso por quedarse con el caso.

– Yo lo prefiriría así -replicó Ardery-. Por desgracia, da la impresión de que los principales implicados en este caso están esparcidos por todo Londres.

– Ah. Política.

– Ya lo creo.

Los tres sabían bien cómo funcionaba. Londres estaba dividido en distritos policiales individuales.

El protocolo exigía a la policía de Kent que informara al oficial superior del distrito de toda invasión en su jurisdicción para llevar a cabo un interrogatorio o una entrevista. El papeleo, las llamadas telefónicas y las maniobras políticas podían abarcar tanto tiempo como la investigación en sí. Era mucho más fácil pasarla a los peces gordos de New Scotland Yard.

– La inspectora Ardery se ocupará del caso en Kent -apuntó Lynley.

– Ya nos hemos puesto en movimiento, inspector -aclaró Ardery-. Nuestra policía científica está en la casa desde la una de la tarde.

– Mientras nosotros hacemos nuestra parte en Londres -terminó Lynley.

Barbara frunció el entrecejo al caer en la cuenta de la irregularidad que estaban tramando, pero verbalizó sus objeciones con cautela, consciente de la comprensible inclinación de la inspectora Ardery a proteger su parcela.

– ¿No se les cruzarán los cables a todo el mundo, señor? La mano izquierda no sabe lo que hace la derecha. Los ciegos guían a los sordos. Ya sabe a qué me refiero.

– No debería constituir un problema. La inspectora Ardery y yo coordinaremos la investigación.

«La inspectora Ardery y yo.» Lo dijo con sencillez y generosidad, pero Barbara oyó las implicaciones con tanta claridad como si las hubiera expuesto en voz alta. Ardery había querido encargarse del caso. Sus superiores se lo habían arrebatado. Lynley y Havers deberían mimar mucho a Ardery si deseaban la colaboración que necesitaban de su policía científica.

– Oh-dijo Barbara-. Claro. Claro. ¿Cuál es el primer paso?

Ardery se puso en pie de un solo y ágil movimiento. Barbara vio que era exageradamente alta. Cuando Lynley se levantó, su estatura de un metro ochenta y cinco solo le concedió una ventaja de cinco centímetros sobre ella.

– Han de comentar el caso, inspector -dijo Ardery-. Me atrevería a afirmar que ya no me necesitan. He anotado mi número en la primera página del informe.

– En efecto.

Lynley rebuscó en el cajón de su escritorio, extrajo una tarjeta y se la dio.

Ardery la guardó en su bolso sin mirarla.

– Le telefonearé por la mañana. Supongo que el laboratorio ya me habrá pasado información.

– Estupendo.

Lynley cogió el informe que Ardery había traído. Colocó las fotografías bajo los documentos. Dejó el informe en el centro del papel secante que, a su vez, estaba en el centro del escritorio. Era evidente que estaba esperando a que ella se marchara, y ella esperaba que hiciera algún comentario previo. «Será un placer trabajar con usted» habría bastado, pero también habría aceptado, por mucho que le desagradara, la verdad.

– Buenas noches, pues -dijo por fin la inspectora Ardery-. Lamento haber desbaratado sus planes para el fin de semana -añadió, con una sonrisa deliberada e irónica dedicada al atuendo de Lynley. Cabeceó en dirección a Barbara-. Sargento -fue su única palabra de despedida, y se marchó.

Sus pasos resonaron con energía mientras caminaba hacia el ascensor.

– ¿Cree que en Maidstone la tienen conservada en hielo, y solo la descongelan para ocasiones especiales como esta? -preguntó Barbara.

– Creo que tiene un trabajo duro en una profesión todavía más dura.

Lynley volvió a su asiento y empezó a revisar unos papeles. Barbara le dirigió una mirada perspicaz.

– Caramba. ¿Le ha gustado? Es bastante guapa, y admito que cuando la vi sentada aquí pensé que usted… Bueno, usted lo adivinó, ¿verdad? ¿De veras le gusta?

– No es obligatorio que me guste. Sólo estoy obligado a trabajar con ella. Y también con usted. ¿Empezamos, pues?

Estaba recordando su rango, cosa que hacía muy raras veces. Barbara tuvo ganas de protestar, pero sabía que la igualdad de rango entre él y Ardery implicaba que se mantendrían unidos si la situación se complicaba. Era inútil discutir.

– De acuerdo -dijo.

Lynley indicó el informe.

– Contamos con varios datos interesantes. Según el informe preliminar, Fleming murió el miércoles por la noche o en la madrugada del jueves. En esté momento, calculan entre medianoche y las tres. -Leyó un momento y subrayó algo con lápiz en el informe-. Le encontraron esta mañana…, a las once menos cuarto, cuando la policía de Greater Springburn llegó y logró entrar en la casa.

– ¿Por qué es interesante eso?

– Porque, dato interesante número uno, desde el miércoles por la noche hasta el viernes por la mañana, nadie informó sobre la desaparición de Kenneth Fleming.

– Quizá había ido a pasar unos días solo.

– Lo cual nos conduce al dato interesante número dos. Al ir a esa casa en concreto de los Springburn, no buscaba soledad. La habitaba una mujer. Gabriella Patten.

¿Es importante?

– Es la mujer de Hugh Patten.

– ¿Quiénes…?

– El director de una empresa llamada Power-source. Patrocinaba los encuentros de criquet de este verano contra Australia. Y ella, Gabriella, su mujer, ha desaparecido, pero su coche sigue en el garaje de la casa. ¿Qué le sugiere esto?

– ¿Tenemos un sospechoso?

– Es muy posible, diría yo.

– ¿O un secuestro?

Lynley hizo un ademán de duda. Continuó.

– Dato interesante número tres: aunque Fleming fue encontrado en el dormitorio, su cuerpo, como ya ha visto, estaba vestido por completo, a excepción de la chaqueta. Y no había bolsa de viaje ni en el dormitorio ni en la casa.

– ¿No tenía la intención de quedarse? ¿Es posible que le dejaran inconsciente de un golpe y le arrastraran hasta el dormitorio para simular que había subido a descabezar un sueñecito?

– Y dato interesante número cuatro: su mujer y su familia viven en la Isla de los Perros, pero Fleming vive en Kensington, desde hace dos años.

– Están separados, ¿no? ¿Por qué es el dato interesante número cuatro?

– Porque él vive en Kensington, con la dueña de la casa de Kent.

– ¿Esa Gabriella Patten?

– No. Es una tercera mujer. Se llama… -Lynley recorrió la página con el dedo-. Miriam Whitelaw.

Barbara apoyó el tobillo sobre la rodilla y jugueteó con el lazo de su bamba roja.

– Un tipo muy ocupado, el tal Fleming, cuando no estaba jugando a criquet. Una mujer en la Isla de los Perros, una… ¿amante en Kensington?

Eso parece. -Entonces, ¿qué era la de Kent? -Esa es la cuestión. -Lynley se puso en pie-. Vamos a buscar la respuesta.

Capítulo 4

Las casas de Staffordshire Terrace corrían a lo ancho de la ladera sur de Campden Hill y reflejaban el apogeo de la arquitectura victoriana en la parte norte de Kensington. Eran de estilo italiano clásico, con balaustradas, ventanas saledizas, cornisas de diente de perro y otros adornos de estuco blanco que servían para decorar lo que, en caso contrario, serían edificios sólidos y sencillos de color pimienta. Tres verjas negras de hierro forjado, flanqueaban la estrecha calle con repetitiva dignidad. Sus fachadas solo se diferenciaban en la elección de las flores que crecían en las jardineras y macetas de las ventanas.

En el número 18 las flores eran jazmines, y crecían en una profusión densa y rebelde desde tres jardineras que descansaban en una ventana salediza. Al contrario que la mayoría de las demás casas de la calle, el número 18 no había sido convertido en apartamentos. No había panel de timbres, solo uno, que Lynley y Havers apretaron veinticinco minutos después de que la inspectora Ardery les hubiera dejado.

– Muy elegante. -Havers movió la cabeza en dirección a la calle-. He contado tres BMW, dos Range Rovers, un Jaguar y un Coupe de Ville.

¿Un Coupe de Ville? -preguntó Lynley, y miró hacia la calle, sobre la que farolas victorianas arrojaban un resplandor amarillento-. ¿Está Chuck Berry en el barrio?

Havers sonrió.

– Pensaba que nunca escuchaba rock'n roll.

– Algunas cosas se saben por osmosis, sargento, mediante la exposición a una experiencia cultural común que se acumula furtivamente en los conocimientos propios. Yo lo llamo asimilación subliminal. -Miró la ventana de abanico que había sobre la puerta. Salía luz por ella-. La ha telefoneado, ¿verdad?

– Justo antes de marcharnos.

– ¿Para decir?

– Que queríamos hablar con ella sobre la casa y el incendio.

– Entonces, ¿dónde…?

– ¿Quién es, por favor? -dijo una voz firme detrás de la puerta.

Lynley y Havers se identificaron. Oyeron el ruido de una cerradura que giraba. La puerta se abrió despacio y se encontraron cara a cara con una mujer de cabello gris, vestida elegantemente con un vestido azul marino y una chaqueta a juego que colgaba casi hasta el borde del vestido. Llevaba unas gafas de montura grande a la moda que destellaron a la luz cuando paseó la vista entre Lynley y Havers.

– Hemos venido a ver a Miriam Whitelaw -dijo Lynley, y tendió a la mujer su tarjeta de identificación.

– Sí, lo sé. Soy yo. Entren, por favor.

Lynley sintió más que vio la mirada que la sargento Havers lanzó en su dirección. Sabía que estaba haciendo lo mismo que él: decidir si debían llevar a cabo una rápida rectificación de sus conclusiones anteriores acerca de la naturaleza de la relación entre Kenneth Fleming y la mujer con quien vivía. Miriam Whitelaw, aunque muy bien vestida y arreglada, aparentaba casi setenta años, más de treinta años mayor que el hombre fallecido en Kent. En los tiempos modernos, la expresión «vivir con» conllevaba un significado inconfudible. Tanto Lynley como Havers la habían asumido sin pensar. Lo cual, comprendió Lynley con desagrado, no era el más propicio de los signos en cuanto a la progresión del caso.

Miriam Whitelaw se retiró de la puerta para dejarles pasar.

– ¿Subimos al salón? -preguntó, y les guió por un pasillo hasta la escalera-. He encendido el fuego.

Y un fuego necesitarían, pensó Lynley. Pese al mes, el interior de la casa parecía solo unos grados por encima de un congelador.

Por lo visto, Miriam Whitelaw leyó sus pensamientos.

– Mi difunto marido y yo pusimos calefacción central después de que mi padre sufriera una aplopejía a finales de los sesenta. Yo no la utilizo mucho. Supongo que soy más parecida a mi padre de lo que pensaba. Excepto por la electricidad, que aceptó por fin después de la Segunda Guerra Mundial, mi padre quiso que la casa se conservara como sus padres la habían arreglado, en la década de 1870. Sentimental, lo sé, pero así son las cosas.

Lynley no vio ninguna señal de que los deseos de su padre hubieran sido desatendidos. Entrar en el número 18 de Staffordshire Terrace era como subir a una cápsula temporal llena de papel premodernista: incontables estampados en las paredes, alfombras persas en el suelo, antiguas luces de gas con su globo azul que servían de candelabros y un hogar con repisa de terciopelo, en cuyo centro colgaba un gong de bronce. Era decididamente peculiar.

La sensación de anacronismo solo hizo que aumentar cuando subieron la escalera. Al principio, pasaron junto a paredes dedicadas a exhibir grabados deportivos desteñidos, y después del entresuelo, toda una pared de caricaturas de Punch enmarcadas. Estaban ordenadas por años. Empezaban en 1858.

Lynley oyó que Havers susurraba «Jesús», mientras miraba a su alrededor. Vio que se estremecía, y adivinó que no tenía nada que ver con el frío.

La sala a la que Miriam Whitelaw les condujo habría servido de admirable decorado para un drama de costumbres televisivo o una reproducción de museo de un salón Victoriano. Tenía dos chimeneas de azulejos, ambas con marcos de mármol y repisas de espejos dorados venecianos, frente a las cuales descansaban relojes de oro molido, jarrones etruscos y pequeñas esculturas de bronce que reproducían a Mercurio, Diana y hombres nervudos que peleaban desnudos. Un fuego ardía en la más alejada de las dos chimeneas, y Miriam Whitelaw caminó hacia ella. Cuando pasó junto a un piano de cola, el borde de un chal de seda que cubría el instrumento se enganchó con un anillo que llevaba. Se detuvo para desenredarlo, alisar el chal y enderezar una de la docena o más de fotografías que se erguían en marcos plateados sobre el piano. No era tanto un salón como una carrera de obstáculos consistentes en borlas, terciopelos, adornos de flores secas, mecedoras y minúsculos escabeles que amenazaban a los incautos con caer de cabeza. Lynley se preguntó si alguna señorita solterona vivía en la casa.

De nuevo, dio la impresión de que la señora Whitelaw leía sus pensamientos.

– Es algo a lo que una se acostumbra, inspector. Cuando era niña, este lugar se me antojaba mágico. Tantas chucherías misteriosas que mirar, con las que fantasear y tejer historias. Cuando heredé la casa, no me decidí a cambiar nada de su decoración. Siéntense, por favor.

Eligió una mecedora cubierta de terciopelo verde. Indicó que tomaran asiento en las butacas más cercanas al fuego de carbón que proyectaba un chorro de calor. Las butacas eran mullidas y de tapizado elegante. Más que sentarse, uno se hundía en ellas.

Al lado de la mecedora había una mesa de trípode sobre la que descansaba una botella y copas pequeñas. Una estaba medio llena. Miriam Whitelaw la cogió y bebió.

– Siempre tomo jerez después de cenar -explicó-. Un solecismo social, lo sé. Whisky o coñac serían más apropiados, pero no me gustan. ¿Les apetece un jerez?

Lynley dijo que no. Havers tenía todo el aspecto de haberse abalanzado sobre un Glenlivet si se lo hubieran ofrecido, pero negó con la cabeza, hundió la mano en su bolso y sacó su libreta de notas.

Lynley explicó a la señora Whitelaw cómo iba a llevarse el caso, coordinado desde Kent y Londres. Le dio el nombre de la inspectora Ardery. Le tendió su tarjeta. Ella la cogió, leyó y dio la vuelta. La dejó junto a su copa.

– Perdone -dijo-. No lo entiendo. ¿Qué significa «coordinado»?

– ¿No ha hablado con la policía de Kent, o con los bomberos? -preguntó Lynley.

– He hablado con los bomberos, después de comer. No recuerdo el nombre del caballero. Me telefoneó al trabajo.

– ¿Dónde es?

Lynley vio que Havers empezaba a escribir.

– Una imprenta de Stepney.

Al oír sus palabras, Havers levantó la cabeza. Miriam Whitelaw no parecía encajar en Stepney, ni en una imprenta.

– Artes gráficas Whitelaw -aclaró la mujer-. Soy la directora. -Introdujo la mano en el bolsillo y sacó un pañuelo, que sostuvo en su palma, con los dedos cerrados a su alrededor-. ¿Pueden explicarme qué está pasando exactamente, por favor?

– ¿Qué le han dicho hasta el momento? -preguntó Lynley.

– El caballero del departamento de bomberos me dijo que se había declarado un incendio en la casa. Dijo que habían tenido que derribar la puerta. Dijo que el fuego ya se había apagado y que no se habían producido muchos daños, aparte del humo y el hollín. Quise ir a echar una mirada, pero dijo que habían sellado la casa y no podría entrar hasta que la investigación terminara. Le pregunté qué investigación. Pregunté por qué era necesaria una investigación, si el fuego ya estaba apagado. Me preguntó quién se alojaba en la casa. Se lo dije. Me dio las gracias y colgó. -Arrugó más el pañuelo en su palma-. Telefoneé dos veces más por la tarde. Nadie me dijo nada. Tomaron mi nombre y mi número cada vez, me dieron las gracias y dijeron que se pondrían en contacto conmigo cuando tuvieran noticias. Eso es todo. Ahora, vienen ustedes y… ¿Qué ha pasado, por favor?

– Le dijo que una mujer llamada Gabriella Patten se alojaba en la casa.

– Exacto. El caballero que telefoneó me pidió que deletreara su apellido. Preguntó si había alguien con ella. Contesté que no, por lo que yo sabía. Gabriella había ido a recluirse, y pensé que no estaba para muchas diversiones. Pregunté al caballero si Gabriella se encontraba bien. Dijo que se pondría en contacto conmigo en cuanto lo supiera. -Alzó la mano del pañuelo hacia el collar. Era de oro, trenzado con gruesos eslabones. Los pendientes iban a juego-. En cuanto lo supiera… -dijo en tono pensativo-. ¿Cómo no iba a saber…? ¿Resultó herida, inspector? ¿Han venido por eso? ¿Gabriella está en el hospital?

– El fuego se inició en el comedor -dijo Lynley.

– Eso ya lo sé. ¿En la alfombra? A Gabriella le gustan los fuegos, y si saltó un ascua de la chimenea mientras ella estaba en otra habitación…

– De hecho, fue por culpa de un cigarrillo en la butaca. Hace varias noches.

– ¿Un cigarrillo?

Miriam Whitelaw bajó los ojos. Su expresión cambió. Ya no parecía tan comprensiva como cuando había pensado que un ascua de la chimenea era la causante del incendio.

Lynley se inclinó hacia delante.

– Señora Whitelaw, hemos venido a hablar con usted sobre Kenneth Fleming.

– ¿Ken? ¿Por qué?

– Porque, por desgracia, se ha producido una muerte en su casa, y necesitamos reunir la mayor información para averiguar qué ocurrió.

Al principio, la mujer no se movió. Después, sólo sus dedos estrujaron más el pañuelo.

– ¿Una muerte? Pero el departamento de bomberos no dijo nada. Me pidieron que deletreara su apellido. Dijeron que me informarían en cuanto descubrieran algo… Y ahora usted me dice que desde el primer momento sabían… -Respiró hondo-. ¿Por qué no me lo dijeron? Me tuvieron al teléfono y ni siquiera se molestaron en decir que alguien había muerto. Muerto. En mi casa. Y Gabriella… Oh, Dios mío, he de avisar a Ken.

Lynley percibió en sus palabras el eco fugaz de la esposa turbada del gentilhombre en Inverness: «Cómo, ¿en nuestra casa?».

– Se ha producido una muerte -dijo-, pero no fue Gabriella Patten, señora Whitelaw.

– ¿Que no fue…? -Paseó su mirada entre Lyn-ley y Havers. Se puso rígida en su butaca, como si comprendiera de repente el horror que iba a caer sobre ella-. Entonces, por eso aquel caballero quería saber si había alguien más con ella en la casa. -Tragó saliva-. ¿Quién? Dígamelo, por favor.

– Lamento decir que es Kenneth Fleming.

Su rostro se despojó de toda expresión. Después, aparentó perplejidad.

– ¿Ken? Es imposible.

– Temo que no. Han identificado oficialmente el cadáver.

– ¿Quién?

– Su…

– No -dijo Miriam Whitelaw. El color abandonaba a toda velocidad su cara-. Es una equivocación. Kenneth ni siquiera está en Inglaterra.

– Su esposa ha identificado el cuerpo esta tarde.

– No puede ser. No puede ser. ¿Por qué no me preguntaron…? -Extendió la mano hacia Lynley-. Ken no está aquí. Se ha ido con Jimmy. Han ido a navegar… Han ido a navegar. Se han tomado unas cortas vacaciones y… Están navegando y no me acuerdo. ¿Adonde…? ¿Dónde?

Se puso en pie con un gran esfuerzo, como si levantarse la ayudara a pensar. Miró a derecha e izquierda. Puso los ojos en blanco. Cayó al suelo y derribó la mesa de trípode y su bebida.

– ¡Mil demonios! -exclamó Havers.

La botella y las copas de cristal se derramaron. El licor mojó la alfombra persa. El perfume del jerez era dulce como la miel.

Lynley se había levantado al mismo tiempo que la señora Whitelaw, pero no fue lo bastante rápido para cogerla. Ahora, se precipitó hacia su cuerpo caido. Le tomó el pulso, le quitó las gafas y levantó sus párpados. Apretó su mano. Sintió la piel fría y húmeda.

– Vaya a buscar una manta -dijo Lynley-. Habrá dormitorios arriba.

Oyó que Havers salía como una flecha de la sala. Subió la escalera. Lynley quitó los zapatos a la señora Whitelaw, acercó uno de los diminutos escabeles y elevó sus pies. Volvió a tomar su pulso. Era fuerte. Su respiración era normal. Se quitó el esmoquin y lo extendió sobre la mujer. Le frotó las manos. Cuando la sargento Havers volvió a entrar en el salón con una colcha verde claro en las manos, los párpados de la señora Whitelaw se agitaron. Arrugó la frente, y la hendidura similar a una incisión que separaba sus cejas se ahondó más.

– Se encuentra bien -dijo Lynley-. Ha sufrido un desmayo. Siga tendida.

Sustituyó su chaqueta por la colcha, que Havers habría arrebatado de una cama de arriba. Enderezó la mesa de trípode mientras su sargento recogía la botella y utilizaba un paquete de pañuelos de papel para secar parte del charco de jerez, que había adoptado la forma de Gibraltar y empapaba la alfombra.

La señora Whitelaw temblaba bajo la colcha. Los dedos de una mano asomaban por debajo de la colcha. Aferraban el borde.

– ¿Le doy algo? -preguntó Havers-. ¿Agua? ¿Un whisky?

Los labios de la señora Whitelaw se torcieron cuando intentó hablar. Clavó los ojos en Lynley. Este cubrió sus dedos con la mano.

– Creo que se encuentra bien -dijo a su sargento-. Quédese quieta -aconsejó a la señora Whitelaw.

La mujer cerró los ojos. Respiraba con dificultad, pero daba la impresión de reflejar su batalla por recuperar el control emocional antes que indicar una crisis física.

Havers añadió varios carbones al fuego. La señora Whitelaw se llevó la mano a la sien.

– La cabeza -susurró-. Dios. El martilleo.

– ¿Telefoneamos a su médico? Puede que se haya dado un golpe fuerte.

La mujer meneó la cabeza.

– Vienen y van. Migrañas. -Sus ojos se llenaron de lágrimas y los abrió, en un esfuerzo por contenerlas-. Keni. Él sabía.

– Sabía ¿qué?

– Qué hacer. -Sus labios parecían secos, y su piel agrietada, como los vidriados antiguos de la porcelana-. Mi cabeza. Él sabía. Siempre aliviaba el dolor.

Pero no este dolor, pensó Lynley.

– ¿Está sola en casa, señora Whitelaw? -preguntó en voz alta. Ella asintió-. ¿Telefoneamos a alguien? -Sus labios formaron la palabra no-. Mi sargento puede quedarse con usted toda la noche.

La mano de la mujer agitó la colcha en un gesto de rechazo.

– Yo… me pondré… -Parpadeó-. Me pondré bien enseguida -dijo con voz débil- Perdónenme, por favor. Lo siento muchísimo. La sorpresa.

– No se disculpe. Es normal.

Esperaron en silencio, roto tan sólo por el siseo de los carbones a medida que se iban consumiendo y el tic-tac de los diversos relojes del salón. Lynley se sentía oprimido por todas partes. Tuvo ganas de abrir las ventanas pintadas y manchadas, pero.se quedó donde estaba, con un mano posada sobre el hombro de la señora Whitelaw.

La mujer empezó a incorporarse. La sargento Havers se precipitó a su lado. Ella y Lynley sentaron a la mujer, y después la ayudaron a ponerse en pie. Se tambaleó. La guiaron por los codos hasta una de las butacas. La sargento Havers le dio las gafas. Lynley encontró su pañuelo bajo la mecedora y se lo devolvió. Envolvió sus hombros con la colcha.

– Gracias -dijo con cierta dignidad la señora Whitelaw, después de carraspear. Se caló las gafas y alisó sus ropas-. Si no le importa… -dijo vacilante-. Si pudiera recuperar también mis zapatos… -Esperó a tenerlos antes de seguir hablando. Una vez calzada, apretó los dedos temblorosos de su mano derecha contra la sien, en un intento de controlar el martilleo que sentía en su cráneo-. ¿Está seguro? -preguntó en voz baja.

– ¿De que era Fleming?

– Si hubo un incendio, es posible que el cuerpo estuviera… -Apretó los labios con tanta fuerza que las impresiones de sus dientes se transparentaron a través de la piel-. Podría ser una equivocación, ¿verdad?

– Lo ha olvidado. No fue ese tipo de incendio -dijo Lynley-. El cuerpo no se quemó. Sólo estaba descolorido. -Como ella se encogió, se apresuró a tranquilizarla-. Por obra del monóxido de carbono. Inhalación de humo. Su piel enrojeció mucho, pero no impidió que su mujer le reconociera.

– Nadie me lo dijo -repitió la mujer-. Ni siquiera me telefonearon.

– La policía avisa antes a la familia.

– La familia. Sí. Bien.

Lynley ocupó la mecedora, mientras la sargento Havers volvía a su posición anterior y cogía la libreta. La señora Whitelaw aún no tenía buen color, y Lynley se preguntó si aguantaría mucho tiempo el interrogatorio.

La señora Whitelaw contempló el dibujo de la alfombra persa. Habló con voz lenta, como si recordara cada dato momentos antes de verbalizarlo.

– Ken dijo que iba… Era Grecia. Unos días de crucero por Grecia, eso dijo. Con su hijo.

– Usted mencionó a Jimmy.

– Sí. Su hijo. Jimmy. Por su cumpleaños. Ese fue el motivo de que Ken interrumpiera los entrenamientos. Salía…, salían de Gatwick.

– ¿Cuándo era?

– El miércoles por la noche. Lo planeó hace meses. Era el regalo de cumpleaños de Jimmy. Iban los dos solos.

– ¿Está segura sobre lo del viaje? ¿Está segura de que iba a marchar el miércoles por la noche?

– Le ayudé a cargar el equipaje en el coche.

– ¿Un taxi?

– No, su coche. Dije que le acompañaría al aeropuerto, pero se había comprado el coche unas semanas antes. Cualquier excusa le servía para sacarlo a la carretera. Iba a buscar a Jimmy, y después se irían. Los dos solos. En barco. Un crucero por las islas. Unos pocos días, porque falta muy poco para el primer partido. -Sus ojos se llenaron de lágrimas. Los apretó con el pañuelo y carraspeó-. Perdone.

– No se disculpe, por favor. -Lynley esperó a que la mujer recobrara la compostura-. ¿Qué coche tenía?

– Un Lotus.

– ¿Qué modelo?

– No lo sé. Era antiguo. Restaurado. Bajo hasta el suelo. Faros como vainas.

– ¿Un Lotus 7?

– Era verde.

– No había ningún Lotus en la casa. Solo un Aston Martin en el garaje.

– Sería el de Gabriella -dijo la señora Whitelaw. Movió el pañuelo para apretarlo contra el labio superior. Habló con la mano sobre la boca. Más lágrimas acudieron a sus ojos-. No puedo creer que esté muerto. Estuvo aquí el miércoles. Cenamos temprano juntos. Hablamos de la imprenta. Hablamos de los partidos de este verano. El lanzador australiano. El reto que supondrá para un bateador. Ken estaba preocupado por si le iban a seleccionar de nuevo para el equipo inglés. Duda cada vez que los seleccionadores empiezan a elegir. Yo le digo que sus temores son ridículos. Es un jugador excelente. Siempre está en forma. ¿Por qué duda siempre de que le vayan a seleccionar? Es… Tiempo presente. Oh, Dios, estoy usando tiempo presente. Es porque estuvo… Perdone, por favor. Por favor. Si pudiera serenarme. No debo desmoronarme. Más tarde. Ya me desmoronaré más tarde. Hay cosas más acuciantes. Lo sé. Lo haré.

Lynley recuperó el poco jerez que quedaba en la botella. Le ofreció la copa y ella la sostuvo con mano firme. Tragó el vino como si fuera una medicina.

– Jimmy -dijo-. ¿Tampoco estaba en la casa?

– Solo Fleming.

– Solo Ken.

Desvió la vista hacia el fuego. Lynley vio que tragaba saliva, que sus dedos empezaban a tensarse, y luego se relajaban.

– ¿Qué pasa?-preguntó.

– Nada. Nada importante.

– Deje que sea yo quien decida eso, señora Whitelaw.

La mujer se pasó la lengua por los labios.

– Jimmy esperaba que su padre fuera a buscarle el miércoles para coger el avión. Si Ken no hubiera aparecido, me habría llamado para saber por qué.

– ¿No lo hizo?

– No.

– ¿Se quedó en casa cuando Fleming se fue el miércoles por la noche? ¿No salió para nada, ni siquiera unos minutos? Tal vez no oyó la llamada.

– Estuve aquí. Nadie telefoneó.-sus ojos se ensancharon un poco cuando pronunció la última palabra-. No. Eso no es del todo cierto.

– ¿Alguien telefoneó?

– Antes. Justo antes de cenar. Una llamada para Ken.. -¿Sabe quién era?

– Guy Mollison.

Capitán del equipo inglés durante mucho tiempo, pensó Lynley. No era raro que telefoneara a Fleming, pero la hora de la llamada era interesante.

– ¿Escuchó la conversación de Fleming?

– Descolgué el teléfono de la cocina. Ken habló por el de la salita.

– ¿Escuchó la conversación?

La mujer le miró. Parecía demasiado agotada para ofenderse por la pregunta, pero contestó en tono severo.

– Por supuesto que no.

– ¿Ni siquiera antes de que colgara? ¿Ni por un momento, para asegurarse de que Fleming había cogido la llamada? Sería muy natural.

– Oí la voz de Ken. Después, la de Guy. Nada más.

– ¿Qué dijeron?

– No estoy segura. Algo… Ken dijo hola, y Guy algo acerca de una disputa.

– ¿Discutieron?

– Dijo algo acerca de que quería recuperar las Cenizas. Algo así como «queremos recuperar las malditas Cenizas, ¿verdad? ¿No podemos olvidar la disputa y seguir con lo nuestro?». Hablaban de los partidos. Nada más.

– ¿Y la disputa?

– No sé. Ken no lo dijo. Supuse que estaría relacionada con el criquet, con la influencia de Guy sobre los seleccionadores, tal vez.

– ¿Cuánto duró la conversación?

– Bajó a la cocina cinco, tal vez diez minutos, después.

– ¿No dijo nada entonces, o durante la cena?

– Nada.

– ¿Y durante los días anteriores, la semana anterior? ¿Le vio cambiado?

– ¿Cambiado? No. Estaba igual que siempre. -Ladeó la cabeza-. ¿Por qué? ¿Qué me está preguntando, inspector?

Lynley pensó en la mejor manera de contestar a la pregunta. La policía llevaba ventaja en aquel momento, pues sabía cosas que sólo el pirómano conocía.

– Se han detectado algunas irregularidades en el fuego declarado en su casa -dijo con cautela.

– ¿No dijo que había sido un cigarrillo en una butaca?

– ¿Le vio deprimido durante los últimos días?

– ¿Deprimido? Por supuesto que no. Preocupado sí, sobre su selección para el equipo. Quizá también por marcharse unos días con su hijo en plenos entrenamientos, pero nada más. ¿Por qué demonios iba a estar deprimido?

– ¿Tenía problemas personales? ¿Familiares? Sabemos que su mujer y sus hijos viven en otro sitio. ¿Había dificultades entre ellos?

– No más de las normales. Jimmy, el mayor, era motivo de preocupaciones para Ken, como cualquier chico de dieciséis años.

– ¿Le dejó Fleming una nota?

– ¿Una nota? ¿Por qué? ¿Qué clase de nota?

Lynley se inclinó hacia delante.

– Señora Whitelaw, hemos de descartar un suicidio antes de apuntar en otra dirección.

Ella le miró fijamente. Lynley comprendió que intentaba abrirse paso entre el lodo emocional provocado primero por la noticia de la muerte de Fleming, y ahora por la insinuación de suicidio.

– ¿Podemos registrar el dormitorio de Fleming?

La mujer tragó saliva, sin contestar.

– Considérelo una formalidad necesaria, señora Whitelaw.

La mujer se levantó, vacilante, con una mano aferrada al brazo de la butaca.

– En ese caso, síganme -dijo en voz baja.

Les guió fuera del salón y. subieron otro tramo de escalera.

La habitación de Kenneth Fleming estaba en el segundo piso y daba al jardín de atrás. Casi todo el espacio estaba ocupado por una cama de latón, frente a la cual estaba desplegado un enorme abanico oriental sobre la chimenea. Cuando la señora Fleming se sentó en la única butaca de la habitación, una de orejas embutida en la esquina, Lynley se acercó a una cómoda que se alzaba bajo la ventana, mientras Havers abría un ropero acristalado.

– ¿Estos son sus hijos? -preguntó Lynley. Cogió unas fotografías que descansaban sobre la cómoda. Había nueve instantáneas enmarcadas de niños en diversas fases de crecimiento.

– Tiene tres hijos -contestó la señora Whitelaw-. Han crecido desde que se tomaron esas fotos.

– ¿No tenía recientes?

– Ken quería tomar algunas, pero Jimmy no colaboraba cuando Ken sacaba la cámara. Su hermano y su hermana imitan todo lo que hace Jimmy.

– ¿Existían roces entre Fleming y su hijo mayor?

– Jimmy tiene dieciséis años -repitió la mujer-. Es una edad difícil.

Lynley tuvo que darle la razón. Sus dieciséis años habían sido el inicio de una degradación en las relaciones con sus padres que solo había concluido cuando tenía treinta y dos.

No había nada más sobre la cómoda, nada excepto jabón y una toalla doblada sobre el lavabo, nada apoyado sobre las almohadas de la cama, y solo un ejemplar manoseado de El país del agua, de Graham Swift, sobre la mesita de noche. Lynley lo hojeó. No cayó nada.

Empezó a registrar la cómoda. Vio que Fleming era compulsivamente pulcro. Cada jersey y camiseta estaban doblados de manera idéntica. Hasta los calcetines estaban ordenados por colores en su cajón. Al otro lado de la habitación, la sargento Havers había extraído la misma conclusión de la fila de camisas en sus perchas, seguidas por pantalones, seguidos por chaquetas, y los zapatos alineados debajo.

– Caramba -dijo la sargento-. Ni un hilo fuera de sitio. A veces lo hacen, ¿verdad, señor?

– ¿Quiénes? -preguntó Miriam Whitelaw.

Havers puso cara de arrepentirse de haber hablado.

– Los suicidas -dijo Lynley-. Por lo general, antes ponen todo en orden.

– También suelen dejar una nota, ¿no? -preguntó la señora Whitlaw.

– No siempre. Sobre todo si quieren que el suicidio parezca un accidente.

– Pero fue un accidente -dijo la señora Whitelaw-. Tuvo que ser un accidente. Ken no fumaba. Si iba a suicidarse y disfrazarlo de accidente, ¿Por qué utilizó un cigarrillo?

Para arrojar sospechas sobre otra persona, pensó Lynley. Para que pareciera un asesinato. Respondió a la pregunta con otra.

– ¿Qué puede decirnos sobre Gabriella Patten?

La señora Whitelaw no contestó enseguida. Dio la impresión de que estaba sopesando las implicaciones de la pregunta.

– ¿Qué quiere saber?

– ¿Es fumadora, por ejemplo?

La señora Whitelaw miró hacia la ventana, en cuyo cristal se reflejaban todos. Era como si estuviej ra intentando imaginarse a Gabriella Patten con y sin cigarrillo.

– Aquí nunca fumaba -contestó por fin-, en esta casa. Porque yo no fumo. Ken no… fumaba. En todo caso, lo ignoro. Puede que sea fumadora.

– ¿Cuál era su relación con Fleming?

– Eran amantes. Lo sabía poca gente -añadió, cuando Lynley enarcó las cejas-, pero yo sí. Hablábamos de ello muchas noches, Ken y yo, desde que empezó la situación.

– ¿La situación?

– Estaba enamorado de ella. Quería casarse con ella.

– ¿Y ella?

– A veces, decía que quería casarse con él.

– ¿Sólo aveces?

– Ella es así. Le gustaba tenerle en ascuas. Salían desde… -Se llevó la mano al collar mientras pensaba-. Todo empezó el otoño pasado. Él supo enseguida que quería casarse con ella. Gabriella estaba menos segura.

– Tengo entendido que está casada.

– Separada.

– ¿Cuando empezaron a verse?

– No. Entonces no.

– ¿Y ahora?

– ¿ Oficialmente?

– Y legalmente.

– Por lo que yo sé, sus abogados estaban preparados. Su marido tenía los suyos propios. Según Ken, se vieron cinco o seis veces, pero no llegaron a un acuerdo.

– ¿El divorcio estaba pendiente?

– ¿Por parte de ella? Es probable, pero lo ignoro.

– ¿Qué decía Fleming?

– A veces, Ken pensaba que ella no tenía prisa, pero él era así…, impaciente por arreglar las cosas lo antes posible. Siempre era así cuando tomaba una decisión sobre algo.

– ¿Había solucionado sus propios problemas?

– Había hablado por fin con Jean del divorcio, si se refiere a eso.

– ¿Cuándo?

– Cuando Gabriella dejó a su marido, más o menos. A principios del mes pasado.

– ¿Accedió su esposa a divorciarse?

– Hace cuatro años que vivían separados, inspector. El que ella accediera o no daba igual, ¿no cree?

– ¿Pero accedió?

La señora Whitelaw vaciló. Se removió en la butaca. Un muelle crujió bajo su peso.

– Jean quería a Ken. Quería que volviera. Sintió lo mismo durante todo el tiempo que estuvo ausente, y no creo que cambiara porque él pidiera por fin el divorcio.

– ¿Y el señor Patten? ¿Qué sabe de él? ¿Qué papel juega en todo esto? ¿Estaba enterado de la relación de su mujer con Fleming?

– Lo dudo. Intentaban ser discretos.

– Pero si ella vivía en su casa -intervino la sargento Havers desde el ropero, donde registraba sistemáticamente el vestuario de Fleming-, es como proclamar a gritos la situación, ¿no cree?

– Por lo que yo sé, Gabriella no dijo a nadie dónde estaba. Necesitaba un lugar donde vivir después de dejar a Hugh. Ken me preguntó si podía utilizar mi casa. Yo accedí.

– ¿Su forma de conceder su aprobación tácita a la relación? -preguntó Lynley.

– Ken no pidió mi aprobación.

– ¿Y si la hubiera pedido?

– Ha sido como un hijo para mí durante años. Quería que fuera feliz. Si él creía que casarse con Gabriella le proporcionaría la felicidad, yo no podía por menos que estar de acuerdo.

Una contestación interesante, pensó Lynley. La palabra «creía» contenía todo un mundo de significados.

– La señora Patten ha desaparecido -dijo-. ¿Tiene alguna idea de dónde podría estar?

– Ninguna en absoluto, a menos que haya vuelto con Hugh. Amenazaba con hacerlo cada vez que Ken y ella se peleaban. Puede que haya cumplido su palabra.

– ¿Se pelearon?

– Lo dudo. Ken y yo solíamos hablar después de sus peleas.

– ¿Discutían con frecuencia?

– A Gabriella le gusta hacer las cosas a su modo, y a Ken también. De vez en cuando, les resulta difícil alcanzar un compromiso. Eso es todo. -Dio la impresión de comprender por dónde iban los tiros-. No pensará que Gabriella… Eso es absurdo, inspector.

– ¿Quién sabía que se alojaba en la casa, aparte de usted y Fleming?

– Los vecinos lo sabrían, por supuesto. El cartero. El lechero. La gente de Lesser Springburn, si alguna vez iba al pueblo.

– Me refiero aquí, en Londres.

– Nadie.

– Aparte de usted.

Su expresión era seria, pero no demostró haberse ofendido.

– Exacto -dijo-. Nadie, aparte de mí. Y Ken.

Miró a Lynley como a la espera de que la acusara de un momento a otro. Lynley no dijo nada. La mujer afirmaba que Kenneth Fleming era como un hijo para ella. No lo tenía claro.

– Ah. Aquí hay algo -dijo la sargento Havers. Había abierto un sobre estrecho que había sacado del bolsillo de una de las chaquetas-. Billetes de avión -dijo, y levantó la vista-. Grecia.

– ¿Llevan la fecha del vuelo?

Havers los alzó a la luz. Su frente se arrugó cuando examinó la escritura.

– Sí, aquí. Son para… -Efectuó un cálculo mental con la fecha-. El pasado miércoles.

– Debió olvidarlos -dijo la señora Whitelaw.

– O nunca tuvo la intención de cogerlos.

– Recuerde el equipaje, inspector -dijo la señora Whitelaw-. Se llevó el equipaje. Yo le ayudé a hacer la maleta. Le ayudé a llevar sus cosas al coche. El miércoles. El miércoles por la noche.

Havers dio unos golpecitos con los billetes sobre la palma de su mano, pensativa.

– Puede que hubiera cambiado de idea. Aplazado el viaje. Aplazada la salida. Eso explicaría por qué su hijo no telefoneó cuando Fleming no fue a buscarle para ir al aeropuerto.

– Pero eso no explica por qué hizo las maletas como si fuera a marcharse -insistió la señora Whitelaw-. No, porque dijo, «Te enviaré una postal desde Mykonos», antes de marcharse.

– Eso es muy fácil -contestó Havers-. Por algún motivo, quería que usted se quedara convencida de que iba a Grecia. Ya entonces.

– O tal vez no quería descubrir que antes iba a Kent -añadió Lynley.

Esperó a que la señora Whitelaw hiciera un esfuerzo por asimilar la información. Y le costó un gran esfuerzo, a juzgar por la expresión de dolor que nubló sus ojos. Intentó, y no consiguió, fijar en su rostro una expresión que les comunicara su escasa sorpresa por el hecho de que Kenneth Fleming le hubiera mentido.

Igual que un hijo, pensó Lynley. Se preguntó si la mentira de Fleming le convertía más o menos en un hijo para la señora Whitelaw.

OLIVIA

Cuando las barcazas turísticas pasan, siento que la nuestra oscila un poco en el agua. Chris dice que son imaginaciones mías, porque son individuales y no dejan apenas estela, en tanto la nuestra es doble e imposible de mover. En cualquier caso, juro que noto cómo sube y baja en el agua. Si estoy acostada y la habitación está a oscuras, es como estar en el útero, supongo.

Más abajo, en dirección a Regent's Park, todas las barcazas son individuales. Están pintadas de alegres colores y alineadas como vagones de tren a lo largo de ambas orillas del canal. Los turistas que van a Regent's Park o Camden Lock las fotografían. Supongo que intentan imaginar cómo es vivir en una barcaza en medio de una ciudad. Deben creer que uno olvida por completo que está en medio de una ciudad.

No suelen fotografiar nuestra barcaza. Chris la construyó en un estilo práctico, no para que fuera decorativa, así que no hay mucho que mirar, pero como hogar es resultona. Paso casi todo el tiempo en la cabina. Miro a Chris mientras hace bocetos para sus moldes y me ocupo de los perros.

Chris aún no ha regresado de su carrera. Sabía que tardaría una eternidad. Si llega al parque y entra con los perros, tarda horas en volver. En ese caso, me traerá algo de comer. Por desgracia, será algún tan-doori indio. Olvidará que no me gusta. No le culpo. Tiene muchas cosas en la cabeza.

Yo también.

No consigo dejar de ver su cara. Eso es algo que me ponía a parir hace un tiempo, la idea de una persona a la que ni siquiera conozco, lo bastante caradura para imponerme una exigencia ética, para pedirme que tenga principios, por el amor de Dios. Por extraño que parezca, esta demanda no verbalizáda me ha proporcionado una extraña sensación de paz. Chris lo explicaría diciendo que he tomado por fin una decisión y la estoy llevando a la práctica. Tal vez tenga razón. Recordad que no me agrada exhibir ante vosotros mis trapos sucios, pero he visto su cara una y otra vez (la sigo viendo), y su cara me ha reconciliado con el hecho de que, si me declaro responsable, he de explicar el cómo y el por qué.

Yo era una especie de decepción en las vidas de mis padres, aunque quién era yo y lo que hacía afectaba mucho más a mi madre que a papá. O sea, las reacciones de mi madre ante mi comportamiento eran mucho más explícitas. Me etiquetaba con mayúsculas: Qué Decepción. Hablaba en términos de lavarse las manos respecto a mí, y se enfrentaba a los problemas que yo causaba a su manera habitual: distrayéndose.

Captáis mi amargura, ¿verdad? Supongo que no me creeréis si digo que apenas la siento ahora. Pero entonces sí. Me sentía amargada cantidad. Pasé la infancia viéndola correr de tal reunión a cual celebración para recoger fondos, escuchando sus historias de los pobres pero dotados en su clase de inglés de quinto, y tratando de aumentar su nivel de interés en mí mediante diversos métodos, todos clasificados bajo el epígrafe Olivia Ha Vuelto A Ponerse Difícil. Y lo era, ya lo creo. Cuando tenía veinte años, era tan colérica como un jabalí acorralado, e igual de atractiva. Richie Brewster fue mi truco para comunicar mis sentimientos de animadversión hacia mi madre. Sin embargo, en aquel momento no lo vi. Solo vi amor.

Conocí a Richie un viernes por la noche en Soho. Tocaba el saxo en un club llamado Julip's. Ahora está cerrado, pero es probable que lo recordéis, unos noventa metros cuadrados de humo de cigarrillos y cuerpos sudorosos en un sótano de Greek Street. En aquellos días, había luces azules en el techo, que estaban muy de moda, pese a que todos los presentes parecían heroinómanos a la caza y captura de un chute. Se jactaba de que a veces acudían miembros de la realeza, perseguidos por paparazzi. Lo frecuentaban actores, pintores y escritores. Era el típico lugar al que se va para ver o ser vistos.

Yo no quería ninguna de las dos cosas. Fui con unas amigas. Bajamos desde la universidad para asistir a un concierto en Earl's Court, cuatro chicas de veinte años a la busca de un respiro entre examen y examen.

Terminamos en el Julip's por casualidad. Había una multitud en la acera esperando a entrar, y nos sumamos a la cola para ver qué era. No tardamos mucho en descubrir que media docena de canutos circulaban de mano en mano. También nos sumamos.

Ahora, el cannabis es como el Leteo * para mí. Cuando veo negro el futuro, fumo y vuelo. Pero entonces, era el pasaporte a un rato agradable. Me encantaba colocarme. Unas cuantas caladas y me convertía en alguien nuevo, Liv Whitelaw la Forajida, intrépida y escandalosa. Así que fui yo quien siguió el rastro de la hierba: tres tíos de Gales, estudiantes de medicina en pos de una noche de música, copas, porros y polvos. Estaba claro que ya habían conseguido los tres primeros objetivos. Cuando nos conocieron, tuvieron acceso al resto, pero los números ya estaban distribuidos, según pudimos ver todas. Y a menos que uno de los tíos se cepillara a dos, una de las tías iba a quedarse a dos velas. Nunca he sido muy buena en atraer hombres. Supuse desde el primer momento que la perdedora sería yo.

Por otra parte, ninguno de aquellos tíos me atraía. Dos eran demasiado bajos. El aliento del tercero olía a serrín. Mis amigas se los podían quedar.

En cuanto entramos en el club, se dedicaron a un magreo intensivo en la pista de baile. Eso era normal en el Julip's, así que nadie prestó mucha atención. Me puse a mirar al grupo.

Dos de mis compañeras ya se habían largado, diciendo «Nos veremos en clase, Liv», su forma de comunicarme que no las esperara mientras echaban un polvo. Entonces, el grupo se tomó un descanso. Me recliné en la silla y me dispuse a encender un cigarrillo. Richie Brewster me lo encendió.

Qué poco convincente se me antoja ahora aquel momento, cuando el encendedor escupió su llama a quince centímetros de mi cara e iluminó la suya. Claro que Richie había visto todas las películas en blanco y negro habídas y por haber, y se consideraba un cruce entre Humphrey Bogart y David Niven.

– ¿Te importa si me siento contigo? -preguntó.

– Haz lo que quieras -replicó Liv Whitelaw la Forajida, y compuso en su rostro una perfecta exhibición de a-b-u-r-r-i-m-i-e-n-t-o. Por lo que pude distinguir, Richie era viejo, bastante por encima de los cuarenta, quizá cerca de los cincuenta. La piel se le estaba aflojando alrededor de la mandíbula, y tenía bolsas bajo los ojos. No me interesaba.

¿Por qué me fui con él aquella noche, cuando el grupo tocó su último tema y el Julip's cerró? Podría deciros que el último tren a Cambridge había salido ya y que no tenía otro lugar a donde ir, pero la verdad es que habría podido ir a mi casa a Kensing-ton. En cambio, cuando Richie guardó su saxo en el estuche, encendió dos cigarrillos, me extendió uno y me invitó a tomar una copa, entrevi la posibilidad de conseguir emociones y experiencia.

– Claro, ¿por qué no? -dije, y así cambié la dirección del resto de mi vida.

Fuimos en taxi a Bayswater.

– El Commodore, en Queensway -dijo Richie al taxista, apoyó la mano sobre mi muslo y lo apretó.

Todas las maniobras parecían ilícitas y adultas. Un intercambio de dinero en la recepción del hotel, comprar dos botellas, subir a la habitación, abrir la puerta. Richie no dejó de mirarme en todo el rato, y yo no dejé de sonreírle con aire conspirador. Yo era Liv Whitelaw la Forajida, un animal sexual, una mujer que tenía en su poder a un hombre, con los párpados caídos y los pechos echados hacia delante, insinuantes. Dios, qué imbécil.

Richie desenvolvió el plástico de los vasos posados sobre una cómoda tambaleante. Se atizó tres vodkas cortos seguidos. Se sirvió un cuarto más largo y lo engulló antes de servirme una ginebra. Enganchó las botellas entre sus dedos y las llevó, junto con su vaso, hasta la mesa circular colocada entre las dos únicas sillas de la habitación. Eran de un vinilo color sopa de guisantes, y el farolillo rosado que cubría la luz del techo las teñía del color de hojas muertas. Richie se sentó, encendió un cigarrillo y empezó a hablar.

Aún recuerdo su selección de temas: música, arte, teatro, viajes, libros y películas. Escuché, anodada por su erudición. Hice pocos comentarios. Descubrí más tarde que el silencio y una apariencia de atención era todo cuanto se me exigía, pero en aquel momento pensé que era cojonudo estar con un hombre que sabía Cómo Sincerarse Con Una Mujer.

Lo que no entendí era que hablar constituía el precalentamiento de Brewster. No le interesaba acariciar cuerpos femeninos. Se ponía en forma acariciando ondas etéreas. Cuando se consideró dispuesto, se levantó de la silla, me levantó de la mía, metió la lengua en mi boca, se bajó la cremallera y sacó su polla. Cerró mi mano a su alrededor, mientras me bajaba los tejanos y sondeaba con dos dedos mi nivel de humedad. Me llevó hacia la cama. Me sonrió, dijo «Oh, sí» con gran énfasis y se quitó los pantalones. No llevaba calzoncillos. Me dijo después que nunca llevaba, estorbaban. Me quitó los tejanos y las bragas por una pierna.

– Eso es fantástico, nena -dijo, a propósito de nada. Me agarró el culo con la mano. Alzó mis caderas. Me la metió.

Bombeó con energía sobrenatural. Enrollo mis piernas alrededor de su espalda. Me cogió el pelo con los dedos. Respiró, gruñó y suspiró en mi oído. Dijo «Dios» y «Jesús» cien veces. Cuando se corrió, gritó «Liv, Liv, Liv».

Después, fue al cuarto de baño. Corrió el agua, se cerró. Volvió con una toalla, que me tiró con una sonrisa.

– ¿Siempre te mojas tanto? -preguntó.

Lo tomé como un cumplido. Se acercó a la cómoda y sirvió otro trago.

– Joder, me siento bien -dijo, y volvió a la cama. Me acarició el cuello con la nariz-. Eres grande -murmuró-. Grande. Hace años que no me corría así.

Me sentí poderosa. Mis relaciones sexuales de antes se me antojaron insignificantes. Hasta aquella noche en el Commodore, mis escarceos no habían sido más que apretujones sudorosos con chicos, niños que no tenían ni puta idea de Hacer El Amor.

Richie acarició mi pelo. Entonces era castaño, no rubio como ahora, largo y liso como una vía de tren.

– Hummm. Qué suave -dijo. Llevó mi vaso de gin a mis labios. Bostezó. Se masajeó la cabeza-. Joder, tengo la sensación de conocerte desde hace años -dijo, y en aquel momento decidí que le quería.

Me quedé en Londres. Comprendí que nunca había encajado en Cambridge, rodeada de chuletas, memos y papanatas. ¿Quién cono quería una carrera en ciencias sociales (que había sido idea de mi madre, en primer lugar, y había pulsado todas las teclas de Girton para que me aceptaran), cuando podría tener una habitación de hotel en Bayswater y un hombre de verdad que la pagaba y venía cada día a darme un meneo sobre un colchón incómodo?

Girton dio la alarma al cabo de una semana, cuando mis compañeras decidieron que seguir cubriendo mi ausencia no serviría para mejorar su posición en la universidad. El tutor telefoneó a mis padres. Mis padres telefonearon a la policía. La única pista que pudieron dar a la bof ia fue el Julip's, pero yo era mayor de edad, y como ningún cuerpo femenino que coincidiera con mi descripción había sido arrojado al Támesis últimamente, y como el IRA le había cogido gusto a poner bombas en coches, grandes almacenes y estaciones de metro, la policía no se arrojó sobre el caso como sabuesos. De modo que pasaron tres semanas antes de que mi madre se presentara, flanqueada por papá.

Yo estaba muy cabreada cuando llegaron. Pasaban de las ocho de la noche y no había parado de beber desde las cuatro. Cuando oí el golpe en la puerta, pensé que era el recepcionista, que venía a por el alquiler. Ya había subido dos veces. Le había dicho que el dinero era asunto de Richie y que esperara, pero era uno de esos tipos insistentes de las Antillas, medio lameculos medio fanfarrón, y no pensaba rendirse.

Pensé, mecagüen tus muertos déjame en paz. Abrí la puerta dispuesta a la batalla, y allí estaban. Les recuerdo como si fuera hoy: mi madre ataviada con uno de esos vestidos que lleva desde que Jackie Kennedy los popularizó, papá vestido con traje y corbata, como si fuera a un acontecimiento social.

Estoy segura de que mi madre también se acuerda de mí: cubierta con una camiseta arrugada de Richie y nada más. No sé qué esperaba encontrar en el Commodore cuando vino aquella noche, pero por su expresión deduje que no era precisamente a Liv Whitelaw la Forajida.

– Olivia-dijo-. Dios mío.

Papá me miró una vez, bajó la vista, volvió a mirarme. Dio la impresión de que se encogía en el interior de sus ropas. Me quedé en la puerta, con una mano en el pomo y la otra en el quicio.

– ¿Cuál es el problema? -pregunté, como la víctima de un aburrimiento terminal. Sabía lo que se avecinaba (culpabilidad, lágrimas y una ronda de manipulaciones, por no mencionar un intento de sacarme del Commodore), y también sabía que iba a ser un horror.

– ¿Qué te ha pasado? -preguntó mi madre.

– Conocí a un tipo. Estamos juntos. Esa es la historia.

– La universidad telefoneó. Tus profesores están frenéticos. Tus amigas están muertas de preocupación.

– Cambridge ha quedado descartado de la película.

– Tu educación, tu futuro, tu vida. -Hablaba con cautela-. ¿En qué demonios estás pensando?

Me tiré del labio.

– ¿Pensando? Hummm… En tirarme a Richie en cuanto vuelva.

Dio la impresión de que mi madre crecía unos centímetros. Papá clavó la vista en el suelo. Sus labios se movieron en una réplica que no capté.

– ¿Qué has dicho, papi? -pregunté, y arqueé la espalda contra la jamba. Seguía con la otra mano en el pomo. No era idiota. Si mi madre entraba en la habitación, mi vida con Richie se iba al carajo.

Sin embargo, dio la impresión de que iba por otro camino, esgrimiendo la sensatez y la esperanza de Devolver a Olivia El Sentido Común.

– Hemos hablado con el rector y el tutor. Te volverán a aceptar a prueba. Tendrás que hacer la maleta.

– No.

– Olivia…

– No lo entiendes, ¿verdad? Le quiero. Me quiere. Tenemos nuestra vida.

– Esto no es una vida. -Miró a derecha e izquierda, como si calculara la capacidad del pasillo de contribuir a mi educación y futuro. Siguió hablando en tono didáctico-. Careces de experiencia. Te han seducido. Es comprensible que te creas enamorada de ese hombre, que creas que le quieres, pero esto… Lo que tienes aquí, Olivia…

Vi que procuraba conservar el control. Intentaba comportarse como la Madre del Año, pero llegaba demasiado tarde al escenario. Noté que se me estaban hinchando las pelotas.

– ¿Sí? -dije-. ¿Qué tengo aquí?

– Nada más que ginebra barata a cambio de sexo. Tú deberías verlo.

– Lo que yo veo -dije, y entrecerré los ojos porque la luz del pasillo me molestaba -es que tengo mucho más de lo que podéis imaginar, pero no podemos esperar milagros de comprensión, ¿verdad? Apenas tienes experiencia en el apartado pasión.

– Livie -dijo mi padre, y levantó la cabeza.

– Has bebido demasiado -dijo mi madre-. No te deja pensar bien. -Apretó su sien con los dedos. Cerró los ojos un momento. Reconocí los síntomas. Estaba forcejeando con una migraña. Unos minutos más, y la batalla era mía-. Telefonearemos a la universidad y diremos que irás mañana o pasado. Ahora, vamos a casa.

– No. Ahora nos diremos buenas noches. Estoy harta de Cambridge. Quién pisa el césped. Quién lleva tal vestido. Quién va a seleccionar tus trabajos este trimestre. Eso no es vivir. Nunca lo fue. Esto sí.

– ¿Con un hombre casado?

Mi padre la cogió del brazo. Aquel era el as que se había guardado en la manga.

– ¿Esperando a cuando le de el salto a su mujer? -Y entonces, porque sabía cómo aprovechar el momento, mi madre extendió la mano hacia mí-. Olivia, Oh, mi querida Olivia.

Me solté.

Yo no lo sabía, pero mi madre sí, ya lo creo. Estúpida veinteañera, satisfecha de sí misma, animal sexual, Liv Whitelaw la Forajida, con un hombre maduro que comía de su mano, no lo sabía. Tendría que haberlo adivinado, pero no lo había hecho porque todo entre nosotros era diferente, nuevo, excitante, pero cuando los hechos desfilaron ante mí, como sucede cuando sufres una conmoción, supe que mi madre estaba diciendo la verdad. Richie no se quedaba todas las noches. Decía que tenía una actuación en otra ciudad, y en cierto modo lo era: en Brighton, con su mujer y sus hijos, en casa.

– No lo sabías, ¿verdad querida? -dijo mi madre, y la compasión que percibí en su voz me proporcionó fuerzas para contestar.

– ¿Qué más da? Pues claro que lo sabía. No soy una cretina.

Pero lo era. Porque no envié a la mierda a Richie Brewster en aquel momento.

Os estaréis preguntando por qué, ¿no? Muy sencillo. No tenía otra alternativa. ¿Adonde habría ido? ¿De vuelta a Cambridge para interpretar el papel de estudiante modelo, mientras todo el mundo espiaba mi falso movimiento siguiente? ¿A la casa de Kensington, donde mi madre actuaría con nobleza mientras atendía mis males sentimentales? ¿Al arroyo? No. Nada de eso me convenía. No iba a ir a ningún sitio. Controlaba mi vida y lo iba a demostrar sin la menor duda.

– Va a dejar a su mujer -dije-, por si te interesa saberlo.

Cerré la puerta. Con llave.

Llamaron durante un rato. Al menos, mi madre lo hizo. Oí decir a papá «Basta ya, Miriam» en voz baja, que sonó muy lejana. Registré la cómoda en busca de un nuevo paquete de cigarrillos. Encendí uno, me serví otra copa y esperé a que se rindieran y marcharan. Y todo el rato pensé en lo que iba a decir y hacer cuando Richie apareciera y le pusiera de rodillas.

Tenía cien escenas, y todas terminaban con Richie suplicando clemencia, pero no volvió al Commodore hasta pasadas dos semanas. Se enteró de alguna manera. Y cuando por fin asomó la jeta, yo ya sabía desde hacía tres días que estaba embarazada.

OLIVIA

El cielo está despejado hoy, no se ve ninguna nube, pero su color no es azul y no sé por qué. Se alza como el reverso de un escudo sin pulir detrás del horrible monolito de apartamentos que han construido donde vivió Robert Browning, y me siento a mirarlo y mi mente divaga sobre por qué ha perdido su color. No recuerdo la última vez que vi un cielo verdaderamente azul, y eso me preocupa. Quizá el sol está devorando el azul, abrasa primero el cielo por los bordes, como las llamas queman el papel, y después avanza con creciente velocidad hasta que solo quede sobre nosotros una bola de fuego blanca que gire hacia lo que ya se ha convertido en ascuas.

Nadie más parece reparar en esa diferencia. Cuando se lo indico a Chris, se protege los ojos con las manos y echa un vistazo.

– Sí, ya lo creo -dice-. Según mis cálculos, nos quedan otras dos horas de aire respirable en nuestro entorno actual. ¿Nos quedamos hasta entonces, o huimos a los Alpes?

Después, me revuelve el pelo; acto seguido entra en la cabina y oigo que empieza a silbar y sacar de las estanterías todos sus libros de arquitectura.

Está ocupado en reproducir un fragmento de cornisa de una casa que hay en Queen's Park. Es un trabajo bastante fácil, porque la cornisa es de madera, y él prefiere trabajar con madera que con yeso. Dice que el yeso le pone nervioso.

– Jesús, Livie, ¿quién soy yo para meterme con un techo estilo Adam? -dice.

En otro tiempo pensé que era falsa modestia por su parte, teniendo en cuenta la cantidad de gente que le contrata para trabajar en sus casas, en cuanto corre la voz de que van a remozar el barrio, pero eso fue antes de que le conociera bien. Le consideraba un tipo que había logrado limpiar las telarañas de dudas de todos los rincones de su vida. Aprendí, con el tiempo, que era una máscara que adoptaba cuando había que tomar las riendas de algo. El auténtico Chris está como todos nosotros, en posesión de un puñado de incertidumbres. Tiene una máscara nocturna que puede ponerse cuando la situación lo exige. De día, sin embargo, cuando el poder no cuenta para él, es quien es.

Desde el primer momento deseé ser como Chris. Incluso cuando estaba más harta de él (al principio, cuando arrastraba a otros tíos a la barcaza con aquella desagradable y significativa sonrisa mía, y me los follaba hasta que aullaban, siempre segura de que Chris sabía lo que estaba haciendo y con quién) quería ser como él. Anhelaba intercambiar cuerpo y alma con él. Quería sentirme libre para sincerarme y decir: «Esta soy yo debajo de tanto disfraz», igual que Chris, y como no podía hacerlo, porque no podía ser él, intentaba hacerle daño. Me esforzaba por sacarle de sus casillas. Quería destruirle, porque si era capaz de destruirle, significaría que toda su forma de vivir era una mentira. Y yo necesitaba eso.

Estoy avergonzada de la persona que fui. Chris dice que es absurdo avergonzarse. Dice: «Eras lo que tenías que ser, Livie. Déjalo correr», pero nunca soy capaz. Cada vez que me creo a punto de abrir la mano, extender los dedos y dejar que los recuerdos se derramen en el agua como arena, algo me lo impide. A veces, es una melodía o la risa de una mujer, cuando es chillona y falsa. A veces, es el olor agrio de la ropa que lleva demasiado tiempo sin lavarse. A veces, es la visión de una cara arrebatada por una súbita expresión de ira, o una mirada intercambiada con un extraño cuyos ojos parecen opacos de desesperación. Y después, viajo contra mi voluntad, retrocedo en el tiempo y quedo depositada ante la puerta de quien yo era antes. «No puedo olvidar», digo a Chris, sobre todo si le he despertado cuando las rampas se apoderan de mis piernas y viene a mi habitación, seguido de Beans y Toast, con un vaso de leche caliente, que me obliga a beber.

– No has de olvidar -dice, mientras los perros se echan a sus pies-. Olvidar significa que tienes miedo de aprender del pasado. Lo que has de hacer es perdonar.

Y bebo la leche aunque no me gusta, levanto el vaso con las dos manos hasta la boca, reprimo gruñidos de dolor. Chris se da cuenta. Se pone a darme masajes. Los músculos se aflojan de nuevo.

– Lo sjento -digo cuando esto sucede.

– ¿Por qué has de sentirlo, Livie? -contesta él.

Esa es la cuestión, en efecto. Cuando oigo su pregunta, es como la música, la risa, la ropa, la visión de una cara, el intercambio casual de miradas. Vuelvo a ser una viajera, que se enfrenta de nuevo con quien era.

Veinte años y preñada. Lo llamaba la cosa. No lo consideraba tanto un bebé que crecía en mi interior como un estorbo. Para Richie, fue la excusa para desaparecer. Tuvo la amabilidad de pagar la factura antes de esfumarse, pero también la grosería de informar al recepcionista de que, a partir de aquel momento, yo me las iba a arreglar por mi cuenta. Yo ya había quemado bastantes puentes con el personal del Commodore. Me echaron muy contentos.

Cuando me encontré en la calle, tomé una taza de café y un bocadillo de salchichas en un bar situado frente a la estación de Bayswater. Consideré mis alternativas. Contemplé el rojo, blanco y azul tan conocidos del letrero del metro, hasta que me revelaron su lógica y la cura de todos mis males. Allí mismo, tenía la entrada a las líneas Circular y Distrito, a apenas treinta metros de donde estaba sentada. Y tan solo dos paradas al sur estaba High Street Kensington. Qué coño, decidí. Lo menos que podía hacer en esta vida era dar a mamá una oportunidad de abandonar su papel de Elizabeth Fry * por el de Florence Nightingale. Fui a casa.

Os estaréis preguntando por qué me acogieron de nuevo. Supongo que sois de los que nunca habéis causado a vuestros padres un momento de dolor, de modo que os resulta imposible imaginar cómo podría ser bienvenida alguien como yo en cualquier lugar. Olvidáis la definición básica de hogar: un lugar al que vas, llamas a la puerta, finges arrepentimiento y te dejan entrar. Una vez estás dentro con las maletas deshechas, anuncias la mala noticia que te ha llevado de regreso allí.

Esperé dos días para decir a mi madre lo del embarazo. La asalté cuando estaba corrigiendo exámenes de una de sus clases de inglés. Estaba en el co-giedor, en la parte delantera de la casa, con tres montañas de exámenes apiladas sobre la mesa y una

Dejé en su sitio el examen. Mi madre levantó la vista, alzó los ojos sobre sus gafas de lectura sin mover la cabeza.

– Estoy embarazada -dije.

Dejó el lápiz sobre la mesa. Se quitó las gafas. Se sirvió otra taza de té. Sin leche, sin azúcar, pero lo removió de todos modos.

– ¿Lo sabe él?

– Evidentemente.

– ¿Por qué evidentemente?

– Se ha largado, ¿no?

Bebió.

– Entiendo.

Recuperó el lápiz y dio unos golpecitos sobre su meñique. Sonrió un momento. Meneó la cabeza. Llevaba pendientes de oro en forma de cuerdas arrolladas y un collar a juego. Recuerdo que brillaban a la luz.

– ¿Qué? -dije.

– Nada. -Bebió otro sorbo de té-. Pensaba que recobrarías el sentido común y romperías con él. Pensé que habías vuelto por eso.

– ¿Qué más da? Se terminó. He vuelto. ¿No es suficiente?

– ¿Qué quieres hacer?

– ¿Con el niño?

– Con tu vida, Olivia.

Detestaba aquel tono profesoral.

– Es mi problema, ¿no? -dije-. Puede que tenga el niño, o puede que no.

Sabía cuál era mi propósito, pero quería que fuera ella quien lo sugiriera. Había interpretado el papel de mujer con Gran Conciencia Social durante demasiados años, y sentía la necesidad de desenmascararla.

– Tendré que pensar en esto -dijo, y volvió a sus papeles.

– Como quieras -contesté, y salí del comedor.

Cuando pasé al lado de su silla, extendió la mano para detenerme y la posó un momento (supongo que sin intención) sobre mi estómago, donde se estaba formando su nieto.

– No se lo diremos a tu padre -dijo. Entonces supe lo que pensaba hacer.

Me encogí de hombros.

– Dudo que lo comprenda. ¿Tiene claro papá de dónde vienen los niños?

– No te burles de tu padre, Olivia. Es más hombre que eso que te dejó tirada.

Utilicé el índice y el pulgar para apartar su mano de mi cuerpo. Salí de la habitación.

Oí que subía y se encaminaba al bufete. Abrió un cajón y rebuscó un momento. Después, volvió al saloncito, tecleó un número de teléfono y empezó a hablar.

Lo arregló para tres semanas después. Muy lista. Quería ponerme a cien. Entretanto, nos comportamos a medio camino entre una familia normal y una tregua vigilada. Mi madre intentó varias veces entablar conversaciones sobre el pasado (dominadas por Richie Brewster) y el futuro (el regreso a Girton College). Pero nunca habló del niño.

Aborté casi un mes después de que Richie me abandonara en el Commodore. Mi madre me llevó en coche, con las manos sobre el volante y sus pies torturando el acelerador. Había elegido una clínica tan al norte de Middlesex como pudo ser, y mientras viajábamos en una espantosa mañana de lluvia y emanaciones de diesel, me pregunté si habría elegido esta clínica en particular para no tropezamos con ningún conocido. Sería muy propio de ella, pensé, muy propio de su hipocresía. Me recliné en mi asiento. Hundí las manos en las mangas de mi chaqueta. Sentí que mi boca se tensaba.

– Necesito un cigarrillo -dije.

– En el coche no -contestó ella.

– Quiero un cigarrillo.

– No es posible.

– ¡Lo quiero!

Se desvió hacia la acera.

– Olivia, no puedes…

– ¿No puedo qué? ¿No puedo fumar o perjudicaré al niño? Vaya mierda.

No la miraba, sino que contemplaba por la ventanilla a dos hombres que descargaban ropa lavada en seco de una furgoneta amarilla y la transportaban hasta la puerta de un Sketchley's. Notaba la cólera de mi madre y su intención de controlarla. Disfrutaba sabiendo que no solo era capaz aún de provocarla, sino que debía esforzarse para controlar su personaje siempre que estábamos juntas.

– Iba a decir que no puedes continuar así, Olivia -dijo con cautela.

Brillante. Otro sermón. Acomodé mi cuerpo y puse los ojos en blanco.

– Sigamos con lo nuestro -repliqué. Señalé la carretera con un movimiento de los dedos-. Sigamos adelante, Miriam, ¿de acuerdo?

Nunca la había llamado por el nombre, y cuando cambié dé «madre» a «Miriam», percibí que el equilibrio de poder se decantaba por mi lado.

– Te regodeas en tu crueldad, ¿verdad?

– No empecemos, por favor.

– No comprendo esa clase de naturaleza en una persona -dijo, en su tono «Yo soy la voz de la razón»-. Lo intento, pero no puedo comprenderlo. Dime, ¿de dónde has sacado ese carácter ofensivo? ¿Cómo debo interpretarlo?

– Escucha, limítate a conducir. Llévame a la clínica y acabemos de una vez.

– Hasta que hablemos, no.

– Oh, Jesús. ¿Qué cono quieres de mí? Si esperas que te bese la mano como todos esos desgraciados en cuya vida te entrometes, no va a suceder.

– Todos esos desgraciados… -dijo en tono reflexivo-. Olivia. Querida.

Se movió en su asiento y comprendí que se había vuelto hacia mí. Me imaginé muy bien su expresión, porque la oía en su tono y la leía en su elección de palabras. «Querida» significaba que le había concedido la oportunidad de exhibir un torrente de comprensión y su correspondiente compasión. «Querida» me hizo apretar los dientes y alteró el equilibrio de poder en su favor.

– Olivia, ¿has hecho todo esto por mi culpa? -preguntó.

– No te hagas ilusiones.

– Por culpa de mis proyectos, mi carrera, mis… -Tocó mi hombro-. ¿Crees que no te quiero? Cariño, ¿has intentado…?

– ¡Joder! ¿Quieres cerrar el pico, y conducir? ¿Es pedir demasiado? ¿Quieres hacer el favor de conducir, fijar los ojos en la carretera y apartar tus pegajosas manos de mí?

Al cabo de un momento, con el fin de permitir que mis palabras resonaran en el coche para lograr el máximo efecto, dijo:

– Sí. Por supuesto.

Comprendí que me había arrastrado de nuevo a su juego. Había dejado que se sintiera la parte ofendida.

Así era siempre con mi madre. Cuando yo creía controlar la situación, ella no tardaba en hacerme ver la realidad.

En cuanto llegamos a la clínica y llenamos los papeles, el procedimiento en sí fue rápido. Un poco de raspado, un poco de succión, y el estorbo aparecido en nuestras vidas desapareció. Después, me quedé tendida en una cama estrecha y blanca de una habitación estrecha y blanca, y pensé en lo que mi madre esperaba de mí. Llanto y rechinar de dientes, sin duda. Arrepentimiento. Culpa. Alguna prueba de que había Aprendido La Lección. Un plan para el futuro. Fuera lo que fuera, no estaba dispuesta a complacer a la muy zorra.

Pasé dos días en la clínica para controlar una pequeña hemorragia y una infección que no gustaban a los médicos. Querían que me quedara una semana, pero yo no opinaba lo mismo. Me despedí y volví a casa en taxi. Mi madre me recibió en la puerta. Tenía una pluma en la mano, un sobre de color marrón claro en la otra, y las gafas de leer en el extremo de la nariz.

– Olivia, ¿qué demonios…? -dijo-. El médico me dijo que…

– Necesito dinero para el taxi -contesté, y dejé que se ocupara de ello mientras yo entraba en el comedor y me servía una copa. Me quedé junto al bufete y pensé muy seriamente en lo que iba a hacer a continuación. No con mi vida, sino con la noche.

Engullí una ginebra. Me serví otra. Oí que la puerta principal se cerraba. Los pasos de mi madre se acercaron por el pasillo y se detuvieron en el umbral del comedor. Habló a mi espalda.

– El doctor me habló de una hemorragia. De una infección.

– Están controladas.

Di vueltas a la ginebra en el vaso.

– Olivia, me gustaría aclarar que no fui a verte porque dijiste que no me querías allí.

– Tienes razón, Miriam.

Di unos golpecitos con la uña al cristal, y observé que el sonido aumentaba en profundidad cuando subía desde el fondo hasta el borde, al contrario de lo que cabía esperar.

– Como no pudiste volver a casa la misma noche, tuve que decirle algo a tu padre para que…

– ¿Es incapaz de asumir la verdad?

– Le dije que habías ido a Cambridge, a preguntar lo que necesitabas para ser readmitida.

Lancé una carcajada.

– Y eso es lo que quiero que hagas -terminó.

– Entiendo. -Vacié el vaso. Pensé en atizarme un tercero, pero los dos primeros me estaban afectando con más rapidez de lo que suponía-. ¿Y si no lo hago?

– Imagino que ya adivinarás las consecuencias.

– ¿Qué significa eso, si se puede saber?

– Que tu padre y yo hemos decidido que te pagaremos los gastos de la universidad, pero de ningún sitio más. Que ninguno de los dos estamos dispuestos a ver cómo arruinas tu vida.

– Ah, gracias. He comprendido el mensaje.

Dejé el vaso sobre el bufete, crucé el comedor y salí por la puerta.

– Tienes tiempo de pensarlo hasta mañana -dijo-. Quiero que me digas tu decisión por la mañana.

– De acuerdo -dije, y pensé, vaca estúpida.

Subí lá escalera. Mi habitación estaba en el último piso de la casa, y cuando llegué, las piernas me temblaban y tenía la nuca cubierta de sudor. Permanecí un momento con la frente apoyada en la puerta, pensando. Que le den por el culo, que le den por el culo a esto, que les den por el culo a todos. Aquella noche necesitaba salir. Era la cura y la libertad, al mismo tiempo. Me dirigí al cuarto de baño, porque había mejor luz para maquillarme. Entonces fue cuando Richie Brewster telefoneó.

– Te echo de menos, nena -dijo-. Se terminó. La he dejado. Quiero hacerte feliz de nuevo.

Dijo que telefoneaba desde Julip's. El grupo había firmado un contrato por seis meses. Habían efectuado una gira por los Países Bajos. Habían conseguido marihuana muy decente en Amsterdam, la habían pasado de contrabando, la parte de Richie llevaba impresa por todas partes «Dulce Liv», me estaba esperando detrás del escenario para que la fumara.

– ¿Recuerdas lo bien que lo pasamos en el Commodore? Esta vez aún será mejor. Fue una idiotez abandonarte, Liv. Eres lo mejor que me ha pasado en años. Te necesito, nena. Contigo, me sale mejor música que con nadie.

– Me libré del niño. Hace tres días. No estoy en forma. ¿Vale?

Richie era un músico consumado. No se perdía una nota.

– Oh, nena. Nena. Oh, coño. -Le oí respirar. Noté tensión en su voz-. ¿Qué puedo decir? Me asusté, Liv. Huí. Me afectabas demasiado. Me hacías sentir cosas inesperadas. Escucha, era demasiado para mí. Jamás había sentido nada parecido. Me asusté, pero esta vez tengo las ideas claras. Déjame compensarte. Deja que lo intente otra vez. Te quiero, nena.

– No tengo tiempo para estas chorradas.

– No terminará como antes. No terminará nunca.

– Vale.

– Dame una oportunidad. Si la lío, te pierdo, pero dame una oportunidad.

Después, se limitó a esperar y respirar.

Dejé que siguiera así un rato. Me encantaba la posibilidad de tener a Richie Brewster donde yo le quería.

– Por favor, Liv -dijo-. ¿Recuerdas cómo fue? Pues aún será mejor.

Sopesé las alternativas. Al parecer, había tres: volver a Cambridge y a la vida cutre que Cambridge implicaba, buscarme la vida por las calles, e intentarlo otra vez con Richie. Richie, que tenía un trabajo, que tenía dinero, que tenía chocolate, y que también tenía un lugar donde vivir, según me decía ahora, un apartamento en una planta baja de Shepherd's Bush. Y había más, dijo, pero no hacía falta que lo concretara, porque le conocía: fiestas, gente, música y acción. ¿Cómo iba a elegir Cambridge o las calles, cuando, con trasladarme a Soho en aquel mismo momento iba a aterrizar en mitad de la vida auténtica?

Terminé de maquillarme. Cogí el bolso y una chaqueta. Dije a mi madre que iba a salir. Estaba en el saloncito, ante el escritorio de la abuela, poniendo la dirección en un montón de sobres. Se quitó las gafas y empujó hacia atrás la silla. Me preguntó adonde iba.

– Fuera -contesté.

Lo sabía, con esa intuición llamada materna.

– Has tenido noticias de él, ¿verdad? Acaba de llamarte por teléfono, ¿acaso no es cierto?

«¿Acaso no es cierto?» Profesores de inglés. Ni siquiera en una crisis bajan la guardia contra las impurezas gramaticales. No contesté.

– No hagas esto, Olivia. Puedes llegar lejos. Has pasado una mala época, cariño, pero eso no significa el fin de tus sueños. Yo te ayudaré. Tu padre te ayudará, pero tú has de colaborar.

Adiviné que estaba acumulando un buen lote de fervor predicador. Sus ojos estaban adoptando aquel brillo ardiente.

– Corta el rollo, Miriam-dije-. Me largo. Volveré después.

Lo último era mentira, pero quería quitármela de encima. Cambió de estrategia al instante.

– Olivia, no estás bien. Has sufrido una hemorragia seria, por no mencionar la infección. Has sido sometida… -¿era mi imaginación, o a sus labios les costó formar las palabras?- a una operación quirúrgica hace sólo tres días.

– Un aborto -corregí, y disfruté viendo su estremecimiento de asco.

– Creo que es mejor olvidar y seguir adelante.

– Exacto. Sí. Tú te olvidas y vuelves a tus sobres, mientras yo sigo adelante.

– Tu padre… No hagas esto, Olivia.

– Papá lo superará. Tú también.

Di media vuelta.

Su voz cambió del razonamiento al cálculo.

– Olivia, si te vas de casa esta noche…, después de todo lo que has pasado, después de todos nuestros intentos de ayudarte…

Vaciló. Me volví. Aferraba la pluma como si fuera un cuchillo, aunque su cara aparentaba una calma total.

– ¿Sí?

– Me lavaré las manos con respecto a ti.

– Quítate el jabón.

La dejé mientras componía una adecuada expresión de madre afligida. Me zambullí en la noche.

Cuando llegué a Julip's me acodé en la barra, contemplé a la multitud y escuché tocar a Richie. Al final de la primera tanda, se abrió paso entre la gente, sin hacer caso a quienes le hablaban, con los ojos clavados en mí como plomo a un imán. Me cogió la mano y fuimos detrás del escenario.

– Liv. Oh, nena -dijo, y me abrazó como si fuera de cristal y jugó con mi pelo.

Me quedé detrás del escenario el resto de la noche. Fumábamos hierba entre tanda y tanda. Me sostenía sobre su regazo. Me besaba el cuello y las palmas. Decía a los demás tíos de la banda que se alejaran cuando se acercaban a nosotros. Dijo que no era nada sin mí.

Fuimos a tomar un café cuando Julip's cerró. La iluminación era buena, y observé al instante que Richie tenía mal aspecto. Sus ojos se parecían todavía más a los de un basset. Le pregunté si había estado enfermo. Dijo que la ruptura con su esposa le había afectado más de lo que suponía.

– Loretta aún me quiere, nena -dijo-. Quiero que lo sepas, porque no va a haber más mentiras entre nosotros. No quería que me marchara. Aún quiere que vuelva, pero así no puedo enfrentarme a la situación. Sin ti no. -Dijo que la primera semana sin mí le había revelado la verdad. Dijo que había dedicado el resto del tiempo a reunir fuerzas para actuar con sinceridad-. Soy débil, nena, pero tú me das más fuerzas que nadie. -Besó las yemas de mis dedos-. Vamos a casa, Liv. Vamonos ya.

Esta vez, las cosas fueron diferentes, tal como había dicho. No dormíamos en una pocilga maloliente de un tercer piso con cuadrados de alfombra en el suelo y ratones en las paredes. Teníamos un piso remozado con ventana salediza y elegantes columnas corintias a cada lado de la terraza. Teníamos una chimenea adornada con carpintería metálica y azulejos. Teníamos un dormitorio, una cocina y una bañera con patas, íbamos a Julip's cada noche donde el grupo de Richie tocaba. Cuando el local cerraba, la marcha continuaba, íbamos a fiestas, bebíamos. Esnifabamos coca siempre que podíamos. Conseguimos algo de LSD. Bailábamos, nos magreábamos en el asiento posterior de los taxis y nunca volvíamos a casa antes de las tres. Tomábamos comida china en la cama. Compramos acuarelas y nos pintamos el cuerpo mutuamente. Una noche nos emborrachamos y me hizo un agujero en la nariz. Por las tardes, Richie ensayaba con la banda, y cuando se cansaba, siempre volvía a mí.

Así fue esta vez. Yo no era idiota. Reconocía lo auténtico cuando me abofeteaba en la cara. Por si acaso, esperé dos semanas a que Richie la cagara. Como no lo hizo, volví a Kensington y recogí mis cosas.

Mi madre no estaba cuando llegué. Era un martes por la tarde y el viento soplaba en rachas intermitentes, como si alguien estuviera sacudiendo una sábana gigantesca en el cielo. Primero, llamé al timbre. Esperé, con los hombros alzados para protegerme del viento, y volví a llamar. Después, recordé que mi madre siempre iba los martes por la tarde a la Isla de los Perros, donde instruía a las mentes preclaras de sus grupos de quinto, con la esperanza de abrirlas y llenarlas de verdad. Llevaba encima las llaves de casa, de modo que entré.

Subí como un rayo la escalera, convencida a cada paso de que me estaba desprendiendo de otra capa de la constreñida y estreñida vida familiar burguesa. ¿Para qué necesitaba yo el tedio asfixiante prescrito por generaciones de mujeres inglesas, por no mencionar a mi madre, que habían hecho lo debido? Tenía a Richie Brewster y una vida auténtica, a cambio de todo cuanto implicaba el fúnebre mausoleo de Kensington.

Fuera de aquí, pensé, fuera de aquí, fuera… de… aquí.

Mi madre se me había adelantado. Había ido a Cambridge y recogido mis cosas. Las había guardado, junto con mis demás posesiones, en cajas de cartón que descansaban sobre el suelo de mi dormitorio, cerradas pulcramente con celo.

Gracias, Mir, pensé. Vieja vaca, vejestorio, vieja zorra. Muchísimas gracias por ocuparte de todo con tu eficacia habitual.

Registré las cajas, escogí lo que quería y tiré el resto al suelo o sobre la cama. Después, dediqué media hora a vagar por la casa. Richie había dicho que el dinero se estaba acabando, así que cogí lo que pude para echarle una mano: una pieza de plata por aquí, una jarra de peltre por allí, una o dos porcelanas, tres o cuatro anillos, algunas miniaturas dispuestas sobre una mesa del salón. Todo formaba parte de mi eventual herencia. Sólo me adelantaba un poco al momento.

El dinero escaseó durante meses interminables. El piso y nuestros gastos abarcaban más de lo que Richie ganaba. Para ayudar, cogí un trabajo consistente en rellenar patatas con piel en un café de Charing Cross Road, pero para Richie y yo era más fácil atrapar plumas en un vendaval que contener los gastos. Por lo tanto, Richie decidió que la única solución era aceptar contratos fuera de la ciudad.

– No quiero que trabajes más de lo que ya trabajas -dijo-. Deja que acepte ese contrato en Bristol -o Exeter, York o Chichester- para solucionar las cosas, Liv.

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que habría debido comprender el significado de las estrecheces económicas combinadas con aquellos contratos extra, pero no lo hice, al principio. No porque no quisiera, sino porque no me lo podía permitir. Había invertido en Richie mucho más que dinero, pero me negaba a pensarlo. Mentí y cerré los ojos a todo. Me dije que necesitábamos dinero y que su decisión era lógica, pero cuando los apuros económicos aumentaron y sus giras no influyeron en nuestros ingresos, me vi obligada a sumar dos y dos. No traía porque se lo gastaba.

Acusé. Admitió. Estaba ahogado por los gastos. Tenía a su mujer en Brighton, a mí en Londres, y a una puta llamada Sandy en Southend-on-Sea.

Al principio, no habló de Sandy. Idiota no era. Me mantenía concentrada en su mujer, la martirizada Loretta, que aún le quería, no podía olvidarle, era la madre de sus hijos, y todos los demás etcéteras. Se dejaba caer por Brighton de vez en cuando, como cualquier padre cumplidor. Había ampliado sus visitas a tres o cuatro (¿o fueron cinco, Richie?) safaris a las bragas de Loretta. Estaba embarazada.

Lloró cuando me lo dijo, Qué podía hacer, dijo, habían estado casados durante años, no podía despreciar su amor cuando se lo ofrecía, cuando ella no podía superarlo, nunca lo superaría… No significaba nada, seguro, ella no significaba nada, que estuvieran juntos no significaba nada, porque «Tú eres la única, Liv. Tú me inspiras mi música. Todo lo demás es insignificante».

Excepto Sandy, tal como descubrí. Me enteré de la existencia de Sandy un miércoles por la mañana, cuando el médico me explicó que aquella infección tan molesta e incómoda era, en realidad, un herpes. Terminé con Richie el jueves por la noche. Reuní fuerzas suficientes para tirar sus cosas por la escalera y cambiar la cerradura de la puerta. El viernes por la noche, pensé que iba a morir. El sábado, el médico la calificó como «una infección de lo más interesante y prodigiosa», lo cual era su forma de decir que nunca había visto nada semejante.

¿Cómo era? Como fiebre y quemaduras, como ahogar los chillidos con una toalla cuando iba al retrete, como ratas devorándome a bocados el cono. Tuve seis semanas para pensar en Sandy, Richie y Southend-on-Sea, mientras viajaba del médico al vá-ter y de allí a la cama, y pensaba que la gangrena no podía ser peor que lo que me estaba desgarrando.

Pronto se terminó la comida que había en el piso, la ropa sucia se amontonaba por doquier, y diversos cacharros fueron a parar contra las paredes y las puertas. Pronto se me terminó el dinero. La Seguridad Social sustituyó al médico, pero nadie sustituyó todo lo demás.

Recuerdo que estaba sentada junto al teléfono y pensaba, hielo caliente y fuego del infierno, por fin doy la talla. Recuerdo que reí. Me había bebido los últimos restos de ginebra por la mañana, y fue necesaria una combinación de ginebra y desesperación para hacer la llamada. Era domingo, a mediodía.

Contestó papá.

– Necesito ayuda -dije.

– ¿Livie? ¿Dónde estás, en el nombre de Dios? ¿Qué ha pasado, cariño?

¿Cuándo había hablado con él por última vez? No me acordaba.

¿Siempre había hablado en ese tono tan cariñoso? ¿Era su voz tan dulce y grave a la vez?

– No estás bien, ¿verdad? -dijo-. ¿Has tenido un accidente? ¿Estás herida? ¿Estás en un hospital?

Experimenté una sensación extrañísima. Sus palabras obraron el efecto de un anestésico y un escalpelo. Me abrí a él sin el menor dolor.

Se lo conté todo.

– Papá, ayúdame -dije, cuando terminé-. Ayúdame a salir de esto, por favor.

– Déjame arreglar las cosas. Voy a hacer lo que pueda. Tu madre está…

– No puedo seguir aquí.

Me puse a llorar. Me odié por ello, porque le diría a mi madre que estaba llorando y ella le hablaría sobre hijos que se complacen en manipular y padres que se mantienen firmes y se atienen a su palabra y a su ley y a su miserable creencia de que la suya es la única manera correcta de vivir.

– ¡Papá!

Debía aullar, porque oí el eco de la palabra en el piso mucho después de que la pronunciara.

– Dame tu número de teléfono, Livie -dijo con suavidad-. Dame tu dirección. Hablaré con tu madre. Seguiremos en contacto.

– Pero yo…

– Has de confiar en mí.

– Prométemelo.

– Haré lo que pueda. No será fácil.

Supongo que expuso mi caso lo mejor que supo, pero mi madre siempre había sido la experta en lo tocante a Problemas Familiares. Se mantuvo en sus trece. Dos días más tarde, me envió cincuenta libras dentro de un sobre. Una hoja de papel blanco iba doblada alrededor de los billetes. En ella había escrito «Un hogar es un lugar donde los hijos aprenden a vivir según las normas de los padres. Cuando seas capaz de garantizar que aceptarás nuestras normas, nos lo haces saber. Lágrimas y súplicas de ayuda ya no son suficientes en este momento. Te queremos, cariño. Siempre te querremos». Y eso era todo.

Miriam, pensé. La buena de Miriam. Leí entre las líneas de su perfecta caligrafía. Hablaba de lavarse las manos respecto a los hijos. En lo que a mi madre concernía, yo tenía lo que merecía.

Bien, que se vaya a la mierda, pensé. Le deseé todas las maldiciones que se me ocurrieron. Todas las enfermedades, todas las desventuras, todas las desdichas. Si se regodeaba en mi desgracia, yo me regodearía aún más en la suya.

El desenlace de la situación no deja de ser irónico.

OLIVIA

Siento el calor del sol sobre mis mejillas. Sonrío, me reclino y cierro los ojos. Cuento un minuto tal como me enseñaron: mil uno, mil dos, y así. Tendría que llegar a trescientos, pero por ahora mi límite está en sesenta. E incluso entonces, cuando llego a mil cuarenta, suelo acelerar hasta el final. Llamo al minuto «tomar un descanso», cosa que debo hacer varias veces al día. No sé por qué. Creo que «tomar un descanso» es lo que te dicen cuando no tienen nada más productivo que decir. Quieren que cierres los ojos y te duermas poco a poco. Me resisto a esa idea.

Es como pedir a alguien que se resigne a lo inevitable antes de que esté preparado, ¿no?

Solo que lo inevitable es algo negro, frío e infinito, mientras aquí en la barcaza, desde mi silla de lona, veo las franjas rojas de la luz del sol a través de mis párpados y noto el calor como dedos apretados contra mi cara. Mi jersey está empapado de sudor. Mis polainas lo distribuyen sobre mis espinillas. Y todo, sobre todo el mundo, parece tan terriblemente olv…

Lo siento. Me he dormido por completo. El problema es que lucho contra el sueño toda la noche, y a veces me pilla desprevenida de día. Es mejor así, en realidad, porque es algo apacible, como ser arrebatada de la orilla lentamente por la marea. Y los sueños que llegan con el sueño diurno y te roban la conciencia… son los más dulces.

Estaba con Chris en mi sueño. Sabía que era él por la firme seguridad de que no iba a abandonarme. Me aferré a su espalda y nos elevamos sobre un litoral rocoso verdinegro como los Acantilados de Moher, donde el océano despide espuma a trescientos metros de altura. Su pelo era largo por algún motivo, no como el de Chris, largo, negro como el azabache y tieso como el asta de una lanza. Me cubría mientras volábamos. Sentía sus hombros, la fuerza de sus piernas, el viento en mi cara. Cuando aterrizamos, fue en un lugar yermo como los Burren, y dijo, aquí es donde sucederá, Livie. ¿Qué?, dije, y él contestó, brotarán niños de las rocas. Y cuando sonrió, vi que se había transformado en mi padre.

Yo maté a mi padra Vivo con esa certeza, junto con todo lo demás. Chris me dice que no cargo con tanta responsabilidad por la muerte de papá como aparento querer cargar. Pero Chris no me conocía entonces. No me había sacado de la ciénaga, no me había desafiado, con su impecable sensatez, a actuar en consonancia con mis palabras, a hablar como él me creía capaz. Le he preguntado desde entonces por qué me tomó bajo su tutela. Se encoge de hombros y dice: «Instinto, Livie. Vi en tus ojos quién eras». «Es porque te recuerdo a ellos», digo. «¿Ellos? ¿Quiénes?», dice, pero sabe a quién me refiero, y los dos sabemos que es verdad. «La salvación es tu fuerte, ¿eh?», digo. «Necesitabas algo en qué creer, como todo el mundo», dice. La cuestión es que Chris siempre me ha considerado mejor de lo que soy. Piensa que tengo buen corazón. Yo creo que está ausente.

Como la última vez que me encontré cara a cara con mi padre.

Vi a mi madre y a papá un viernes por la noche, frente a la estación de Covent Garden. Habían ido a la ópera. Incluso en mi estado fui capaz de deducirlo, porque mi madre iba vestida de negro de pies a cabeza, con una ristra de perlas cuádruple. Era de esos collares ceñidos al cuello, de forma que lo hace más corto, y parecía Winston Churchill travestido. Papá vestía un esmoquin que olía a lavanda. Se había cortado el pelo hacía poco, más de la cuenta. Sus orejas parecían conchas pegadas a su cabeza. Le daban un aire de sorpresa e inocencia. Había desenterrado de algún sitio un par de zapatos de charol, que brillaban como un espejo.,

No había visto ni hablado a ninguno de los dos desde aquel día que hablé con papá por teléfono, cuando pedí ayuda. Habían pasado casi dos años. Había tenido seis empleos diferentes, cinco compañeros de piso y vivía como me daba la gana, sin dar explicaciones a nadie, a mi aire.

Estaba con dos tíos que había conocido en un pub de King Street llamado el Carnero o el Buey. Nos dirigíamos a una fiesta que, según se rumoreaba, iba a volar los tejados de Brixton. Al menos, yo me dirigía allí. Los tíos me seguían. Habíamos esnifado un poco de coca en el lavabo de caballeros, y después (cuando todo parecía más divertido de lo que era), nos habíamos reído a gusto con la idea de hacer un menage a trois, en el que me la meterían por ambos orificios a la vez. Estaban ansio- sos por hacerlo, juraban que me gustaría cantidad, porque eran guerreros, eran reyes, eran auténticos sementales. Me sobaban, pellizcaban y se la meneaban, y mientras yo me moría de ganas por la coca. Era un caso evidente de ver quién se iba a salir con la suya, y yo era lo bastante lista para saber que, en cuanto accediera a sus deseos, me quedaría con un palmo de narices.

Os estremecéis al leer esto, ¿eh? Dejáis estas páginas a un lado. Miráis por la ventana hasta que alguna belleza exterior os proporciona fuerzas para volver conmigo.

Porque vuestra vida no ha sido como la mía, ¿verdad? Imagino que nunca os habéis metido en drogas, y no sabéis en qué clase de basura humana os convertís cuando queréis colocaros. No os imagináis arrodillados sobre las losas rajadas de un lavabo de caballeros, mientras un tío que va de banquero en la City durante el día forcejea con la cremallera de sus pantalones de cuero y ríe mientras os agarra por la cabeza y dice, «Vamos, hazlo». No os lo podéis imaginar, ¿verdad? Ni siquiera imagináis considerar la idea, porque ignoráis cómo es después, cuando aquellos escasos minutos, complacientes pero algo desagradables, en el lavabo de caballeros, de rodillas y con la cabeza en la entrepierna de alguien, os proporcionan poder, sabiduría, energía, brillantez y la certeza de que eres el ser más superior que Dios puso en la Tierra jamás.

Porque así es cuando la nieve sube como un cohete por tu nariz y pega fuego a tus ojos. De todos modos, no necesitaba tanto la coca como para haber olvidado la forma de conseguirla. Así que me reí con ellos, arrodillada sobre aquellas losas, mientras el borde roto de una me perforaba los tejanos, y di a cada uno de aquellos tíos un buen anticipo del futuro placer que les aguardaba. Cuando se pusieron calientes, me apoyé sobre mis talones. Bostecé, con los párpados caídos.

– Necesito otro chute -dije, porque ya había decidido que ninguno de los dos iba a obtener algo más de mí hasta que me viera recompensada con una parte justa de su droga.

Eran unos tíos bastante cortos, pese a su pronunciación de escuela pública y sus elegantes trabajos en la City. Pensaban que ya me tenían donde querían, y que había llegado el momento de mostrarse avaros con la droga. Debían pensar que un poquito de mezquindad atizaría mi interés.

Se equivocaban.

– Abrios, mamones -dije, y fue suficiente para darles a entender que era necesaria una demostración de buena voluntad si querían que sus sucios sueños se convirtieran en realidad. Nos tomamos un respiro para esnifar un par de líneas sobre el maletero de un coche, y luego nos encaminamos cogiditos del brazo hacia la estación. No sé ellos, pero yo me sentía a veinte metros de altura.

Clark cantaba «Satisfaction» con una nueva letra, destinada a glosar sus futuras circunstancias sexuales, Barry alternaba entre meterme el dedo medio en la boca y sobarse para no perder la forma, en vistas a la diversión. Atravesamos la horda de peatones que siempre pupula alrededor de Covent Garden como un cuchillo al rojo vivo se abre paso entre la crema batida. Una mirada en nuestra dirección, y la gente bajaba de la acera, así de sencillo. Hasta que nos topamos con mis padres.

Aún no entiendo qué estaban haciendo en la estación aquella noche. Cuando no conduce su coche, mi madre siempre ha sido una persona de taxi, una de esas mujeres que se dejarían arrancar las uñas de los pies una a una antes que vagar por las entrañas del transporte londinense. Papá no le hacía ascos al metro. Para él, un viaje en metro era un viaje en metro, eficiente, barato y relativamente seguro. Iba de casa al trabajo y viceversa por la línea del Distrito de lunes a sábado, y dudo que jamás se haya parado a pensar en quién se sentaba a su lado, o en las implicaciones de llegar a la imprenta en algo inferior a un Ferrari.

Tal vez aquella noche la había convencido de que probara su medio de transporte. Tal vez no había taxis libres cuando salieron de la ópera. O tal vez papá había sugerido que ahorraran algunas libras, en vistas a las vacaciones de verano en Jersey, y cogieran la línea de Piccadilly. En cualquier caso, allí estaban, donde menos me esperaba.

Mi madre no habló. Papá no me reconoció al principio, lo cual es comprensible. Llevaba el pelo corto, teñido de rojo cereza y con un toque púrpura en las puntas. No vestía igual que antes, aparte de los tejanos, y mis pendientes eran diferentes. Había más de un par, para colmo.

Estaba lo bastante tensa como para montar una escena. Extendí los brazos como una cantante a punto de emitir un do mayor.

– Jesús bendito -exclamé-. Chicos, aquí están las entrepiernas de las que soy fruto.

– ¿Qué entrepiernas? -preguntó Barry. Apoyó la barbilla sobre mi hombro y me metió mano entre las piernas-. ¿Tiene ingles un pájaro? ¿Tú lo sabes, Clark?

Clark no sabía gran cosa en aquel punto. Se tambaleaba a mi izquierda. Empecé a reír y mover las caderas contra la mano que me sujetaba. Me apoyé en Barry.

– Basta, Barry. Vas a dar celos a mamá.

– ¿Por qué? ¿Ella también quiere? -Me apartó a un lado y se tambaleó hacia ella-. ¿No te obsequia a menudo? -preguntó, y apoyó una mano sobre el hombro de mi madre-. ¿No se porta este como un buen chico?

– Es un buen chico -dije-. Sabe de qué va el rollo.

Palmeé a papá en la solapa. Se encogió.

Mi madre desenganchó la mano de Barry de su hombro. Me miró.

– ¡Hasta qué extremos has llegado!

Y fue entonces cuando papá comprendió por fin que no se estaba enfrentando a tres gamberros que pretendían chulearle y humillar a su mujer. Estaba cara a cara con su hija.

– Santo Dios -dijo-. ¿Eres Livie?

Mamá le cogió del brazo.

– Gordon -dijo.

– No -contestó él-. Ya es suficiente. Ven a casa, Livie.

Le guiñé un ojo.

– No puedo -dije-. He de chupar pollas esta noche. -Clark se puso detrás de mí y me dio un buen meneo-. Ohhh. Chico malo, pero nada comparable a lo otro. ¿Te gusta follar, papá?

La boca de mi madre apenas se movió cuando dijo:

– Vamonos, Gordon.

Aparté la mano de Clark. Me acerqué a mi padre. Palmeé su pecho y apoyé mi frente sobre él. Parecía de madera. Volví la cabeza y miré a mi madre.

– Bien, ¿le gusta? -pregunté.

– Gordon -repitió ella.

– No ha contestado. ¿Por qué no ha contestado? -Rodeé su cintura con mis brazos y eché la cabeza hacia atrás para mirarle-. ¿Te gusta follar, papá?

– Gordon, cuando está en este estado, no se puede razonar con ella.

– ¿Yo? -pregunté-. ¿Estado? -Me acerqué más y moví las caderas contra mi padre-. Muy bien. Cambiemos la pregunta. ¿Quieres follarme? Barry y Clark sí quieren. Lo harían aquí mismo, en la calle, si pudieran. ¿Y tú? ¿Y si yo dijera que sí? Porque podría ser, ¿sabes?

– Vale.

Clark se puso detrás de mí otra vez, y los tres formamos una especie de emparedado sexual ondulante sobre la acera.

Barry se puso a reír.

– Hazlo -dijo, y canturreó-: Papá quiere hacerlo, hacerlo, hacerlo.

Los transeúntes se mantenían bien alejados de nosotros.

Me sentía como uno de esos fragmentos de colores que se ven al extremo de un caleidoscopio. Estaba integrada en una masa remolineante que oscilaba cuando movía la cabeza. Estaba sola. Después, estaba en el centro de la acción. Era la dominatriz. Después, la esclava.

– Gordon, por el amor de Dios… -dijo la voz de mi madre, como procedente de otro planeta.

– Hazlo -dijo alguien.

– Guauuuuuu -gritó alguien.

– Cabálgala -aulló alguien.

Y entonces, hierros al rojo vivo rodearon mis muñecas.

No sabía que papá fuera tan fuerte. Cuando cogió mis brazos, deshizo el cerco que ceñía su cintura y me apartó, sentí dolor hasta en los hombros.

– ¡Eh! -dije.

Retrocedió. Sacó un pañuelo y lo apretó contra su boca.

– ¿Necesita ayuda, señor? -preguntó alguien, y vi un destello plateado por el rabillo del ojo. Un casco de policía.

Lancé una risita.

– Salvado por el policía del barrio. Qué suerte tienes, papá.

– Gracias -dijo mi madre-. Esos tres…

– No ha sido nada -dijo mi padre.

– Gordon.

La voz de mi madre era puro reproche. Era su oportunidad de enseñar a su engendro diabólico una buena lección.

– Un malentendido -dijo papá-. Gracias, agente. Nos vamos. -Cogió a mi madre por el codo-. Miriam -dijo, y su tono no dio lugar a dudas.

Mi madre estaba temblando. Lo vi por la forma en que sus perlas oscilaban a la luz.

– Eres un monstruo -me dijo.

– ¿Y él? -pregunté-. Porque las dos conocemos a papá, ¿no es cierto? -grité mientras se alejaban-. Pero no te preocupes. Es nuestro secreto. No se lo diré a nadie.

Le había puesto caliente, ¿sabéis? Se le había puesto tiesa como una barra de hierro. Y me encantó la ironía del asunto, el hermoso poder que implicaba. Me lo imaginé andando bajo las luces de la estación, y todo el mundo veía el bulto en sus pantalones, Miriam veía el bulto en sus pantalones, y me sentí débil de regocijo. Haber provocado una reacción al taciturno y desapasionado Gordon Whitelaw. Si yo podía hacer eso, en público, delante de solo Dios sabía cuántos testigos, podía hacer cualquier cosa. Era la omnipotencia personificada.

– Largaos -nos dijo el poli-. Se acabó el espectáculo -advirtió a los espectadores rezagados.

Barry, Clark y yo nunca llegamos a la fiesta de Brixton. De hecho, ni lo intentamos. Montamos, nuestra propia fiesta en el piso de Shepherd's Bush. Hicimos dos de tres, una de dos, y terminamos con tres solitarios, en el que cada uno animaba a los otros dos. Teníamos suficiente droga para toda la noche, y cuando terminó, Clark y Barry decidieron que les gustaba lo bastante la acción para mudarse a mi piso, lo cual me pareció bien. Yo compartía su droga. Ellos me compartían. Era un pacto que prometía beneficios para todos.

Al finalizar nuestra primera semana juntos, nos preparamos para celebrar nuestro aniversario de siete días. Estábamos tirados alegremente por el suelo, con tres gramos de coca y medio litro de aceite corporal de eucalipto, cuando llegó el telegrama. En lugar de telefonear, se las había arreglado para que me lo entregaran. Sin duda, deseaba que el efecto fuera inolvidable.

Al principio, no lo leí. Estaba mirando a Barry mientras cortaba la coca con una hoja de afeitar, y toda mi atención estaba concentrada en una sola palabra: «enseguida».

Clark abrió la puerta. Entró el telegrama en la sala de estar.

– Para ti, Liv -dijo, y lo dejó caer en mi regazo. Puso música y destapó la botella de aceite. Me quité el jersey, y después los tejanos-. ¿No vas a leerlo? -preguntó.

– Más tarde -contesté.

Vertió el aceite y empezó. Cerré los ojos y sentí las oleadas de placer que recorrían primero mis hombros y brazos, después mis pechos y muslos. Sonreí y escuché el «chic chic chic» de la hoja de afeitar de Barry, mientras cortaba los polvos mágicos. Cuando estuvieron preparados, rió y dijo:

– Que empiece la fiesta.

Me olvidé del telegrama hasta la mañana siguiente, cuando desperté en mitad de la niebla, con un sabor a aspirina disuelta en mi garganta. Clark, que siempre era el más rápido en recuperarse, se estaba afeitando, preparado para dirigirse a la City y enfrentarse a otro día de brujería financiera. Barry seguía cocido donde le habíamos dejado, tirado sobre el sofá, con la mitad del cuerpo fuera. Estaba tendido sobre el estómago, y sus pequeñas nalgas parecían dos panecillos sonrosados. Sus dedos se agitaban espasmódicamente, como si intentara agarrar algo en su sueño.

Entré en la sala de estar y le sacudí repetidamente en el culo. No se despertó.

– Hoy no lo va a conseguir-dijo Clark-¿Podrás despertarle lo suficiente para que telefonee?

Le moví con el pie. Gruñó. Volví a moverle. Hundió la cabeza en el sofá.

– No -dije a Clark.

– ¿Puedes hacerte pasar por su hermana? Por teléfono, quiero decir.

– ¿Por qué? ¿Dice que vive con su hermana?

– Hasta ahora lo ha hecho. Sería más fácil que tú…

– Mierda. De acuerdo.

Hice la llamada. Gripe, dije. Barry había pasado la noche con la cabeza dentro del retrete. Acababa de acostarse.

– Hecho -anuncié después de colgar.

Clark asintió. Ajustó su corbata. Pareció vacilar y me miró con excesiva cautela.

– Liv -dijo -, lo de anoche. -Se había peinado el pelo hacia atrás de una forma que no me gustaba. Extendí la mano para removerlo. Alejó la cabeza-. Lo de anoche -repitió.

– ¿Qué pasa? ¿No tuviste suficiente? ¿Quieres más? ¿Ahora?

– Preferiría que no se lo dijeras a Barry, ¿vale?

– ¿Qué? -pregunté frunciendo el entrecejo.

– No le digas nada. Ya hablaremos después. -Consultó su reloj. Era un Rolex, obsequio de su orgullosa mamá cuando salió de la Facultad de Económicas de Londres-. Debo irme. Tengo una reunión a las nueve y media.

Le cerré el paso. No me gustaba la personalidad que adoptaba Clark cuando se hacía el fino (todo aquel lenguaje remilgado, con la cuidadosa pronunciación), y aún me gustaba menos aquella mañana.

– Hasta que te expliques, no saldrás. ¿Qué es lo que no debo decir a Barry, y por qué?

Suspiró.

– Que solo lo hicimos los dos. Anoche, Liv, ya sabes a qué me refiero.

– ¿Qué más da? Estaba ido. No habría podido hacerlo aunque hubiera querido.

– Ya lo sé, pero esa no es la cuestión. -Desplazó su peso de un pie al otro-. No le digas nada. Hicimos un trato, él y yo. No quiero líos.

– ¿Qué clase de trato?

– No es importante. Ahora no te lo puedo explicar, de todos modos.

No me aparté.

– Será mejor que te expliques. Si quieres llegar a tiempo a tu reunión.

Suspiró y masculló «coño».

– ¿Qué trato, Clark?

– Muy bien. Antes de venir a vivir contigo, acordamos que nunca… -carraspeó -, acordamos que sin el otro, nunca… -Se pasó la mano por el pelo y lo despeinó-. Que siempre lo haríamos juntos, ¿vale? Contigo. Ese fue el trato.

– Entiendo. Que me follaríais juntos, vamos. El terceto solo haría un dúo si el solitario miraba.

– Si quieres decirlo así…

– ¿Hay otra forma de describirlo?

– Supongo que no.

– Estupendo. Siempre que sepamos de qué estamos hablando.

Se humedeció los labios.

– Bien -dijo-. Hasta la noche.

– De acuerdo. -Me aparté y le vi andar hacia la puerta-. Ah, Clark. -Se volvió-. Por si no te has dado cuenta, se te caen los mocos. Lamentaría mucho que no estuvieras presentable en la reunión.

Agité los dedos a modo de despedida y, cuando la puerta se cerró, me acerqué a Barry. Ya veríamos quién iba a tener a Liv y cuándo.

Le palmeé el culo. Gruñó. Le pellizqué las nalgas. Sonrió.

– Vamos, cacho carne -dije-. Hay que hacer cosas.

Me agaché para darle la vuelta. Fue entonces cuando vi otra vez el telegrama, tirado en el suelo, tapado por los dedos dormidos de Barry.

Lo aparté a un lado de una patada y me acomodé en el suelo para trabajar a Barry, pero cuando vi que nada le iba a arrancar de su letargo, ni mucho menos a ponerle en forma, dije cono y cogí el telegrama.

Estaba un poco torpe, así que rasgué el telegrama cuando abrí el sobre. Leí «crematorio» y «jueves», y al principio pensé que se trataba de alguna tétrica advertencia sobre cómo prepararse para la otra vida, pero después vi «padre» en la parte de arriba, y cerca la palabra «metro». Junté las dos partes y leí el mensaje.

Me contaba lo menos posible. Mi padre había muerto entre las estaciones de Knightsbridge y South Kensington, la noche en que volvía a casa después de nuestro encuentro. Le habían incinerado tres días después. Al cuarto se había celebrado el funeral.

Más tarde (mucho más tarde, cuando las cosas fueron diferentes entre nosotras), me contó el resto. Que iba de pie en aquel espantoso espacio cuadrado frente a las puertas, donde se hacina todo el mundo, que al principio no había caído, sino que se había apoyado con un tremendo suspiro en una joven, quien le apartó de un empujón al sospechar otra cosa, que había caído de rodillas y resbalado a un lado cuando las puertas del vagón se abrieron y la gente salió en South Kensington.

En honor a la verdad, los pasajeros ayudaron a mi madre a sacarle al andén, y alguien corrió en busca de ayuda, pero pasaron más de veinte minutos antes de que llegara al hospital más cercano, y si algo habría podido salvarle, el momento ya había pasado.

Los médicos dijeron que su muerte había sido rápida. Un fallo cardíaco, dijeron. Tal vez murió antes de tocar el suelo.

Pero como ya he dicho, de todo esto me enteré después. En aquel momento, solo contaba con la escasa pero explícita información del telegrama, y la abundante pero implícita información contenida entre las líneas del telegrama.

Recuerdo que pensé, ¡zorra repugnante!, ¡vaca miserable! Estaba a punto de estallar. Sentí que una franja de fuego se hundía en mi cabeza. Tenía que actuar. Tenía que actuar ya. Convertí el telegrama en una bola y lo encajé entre las mejillas de Barry. Le agarré por el pelo y tiré con fuerza de su cabeza.

– Despierta, imbécil -grité-. Despierta. Despierta. Maldito seas. Despierta.

Gimió. Hundí su cabeza en el sofá. Corrí a la cocina. Llené un pote con agua. Cayó sobre mis pies mientras lo llevaba hacia el sofá, sin dejar de gritar «¡Arriba, arriba, arriba!». Tiré del brazo de Barry y su cuerpo le siguió, hasta quedar donde yo quería, sobre el suelo. Le abofeteé y mojé con el agua. Sus ojos se abrieron.

– Eh. ¿Qué…?

Y eso fue suficiente.

Reí, y después chillé:

– ¡Malditos bastardos!

– ¡Eh, Liv! -dijo, y rodó sobre su estómago.

Le perseguí. Me puse sobre él, le abofeteé, le mordí el hombro, sin dejar de gritar.

– ¡Los dos! ¡Bastardos! ¡Tú lo quieres! ¿Lo quieres?

– ¿Qué pasa? ¿De qué co…?

Cogí la botella con los restos del aceite de eucalipto, que estaba tirada entre los platos de la cena, y le golpeé en la cabeza con ella. No se rompió. Le golpeé en el cuello, y después en los hombros, sin dejar de gritar y reír. Consiguió ponerse de rodillas. Le aticé un buen mamporro antes de que se tirara hacia atrás. Caí cerca de la chimenea. Agarré el atizador. Le di vueltas sobre mi cabeza.

– ¡Te odio! ¡No! ¡Os odio a los dos! ¡Escoria! ¡Gusanos!

Y a cada palabra, agitaba de nuevo el atizador.

– ¡Santa mierda! -gritó Barry, y corrió al dormitorio. Cerró la puerta de golpe. La machaqué con el atizador. Noté que saltaban astillas de la madera. Cuando los hombros me dolieron y los brazos se negaron a levantar el atizador de nuevo, lo tiré al otro lado del pasillo. Chocó contra la pared y cayó al suelo.

Y por fin empecé á llorar.

– Me lo vas a hacer, Barry -dije-. Ahora. Ya.

La puerta se abrió unos centímetros al cabo de uno o dos minutos. Tenía la cabeza apoyada en las rodillas y no levanté la vista. Oí que Barry murmuraba «Puta estúpida» cuando pasó a mi lado. Después, habló a las voces airadas que sonaban ante la puerta del piso. Oí «desacuerdo» y «temperamento» y «cosas de mujeres» y «malentendido» con su voz de la BBC. Golpeé mi cabeza repetidas veces contra la pared.

– Lo harás -sollozé-. Ahora. Ya.

Me arrastré de rodillas. Concentré mi mente en los dos, Barry y Clark, y recorrí el piso como una furia vengadora. Rompí lo que era rompible. Destrocé platos contra las encimeras, vasos contra las paredes y lámparas contra el suelo. Desgarré con un cuchillo lo que estaba hecho o cubierto de tela. Tiré y pateé nuestros escasos muebles. Al final, me derrumbé sobre el colchón deshilachado y manchado de nuestra cama y adopté la posición fetal.

Pero hacer eso me obligó a pensar en él. Y en la estación de Covent Garden… No podía permitirlo. Tenía que escapar. Tenía que superarlo. Tenía que volar. Necesitaba poder. Necesitaba algo, alguien, no importaba qué o quién mientras el resultado fuera sacarme de allí, lejos de aquellas paredes que avanzaban hacia mí, del destrozo, del dolor de pensar que Shepherd's Bush tenía algo que ofrecer cuando fuera me esperaba un mundo que conquistar y quién necesitaba esta mierda quién la quería quién pedía que fuera parte de su vida.

Dejé el piso y no volví nunca más. El piso significaba pensar en Clark y Barry. Clark y Barry significaban pensar en papá. Mejor zambullirse en las drogas. Mejor atizarse pildoras. Mejor encontrar algún tío de pelo grasiento que pagara la ginebra con la esperanza de echarme un polvo en el asiento trasero de su coche. Mejor que nada. Mejor ponerse a salvo.

Salí de Shepherd's Bush. Llegué a Notting Hill, y merodeé un rato por Landbroke Road. Sólo llevaba encima veinte libras (poco dinero para mis propósitos), de modo que no estaba tan borracha como me habría gustado cuando llegué por fin a Kensington. Pero sí lo bastante.

Avancé tambaleante por aquella calle de pulcras casas blancas, con sus columnas dóricas y ventanas saledizas adornadas. Me abrí paso entre los coches aparcados. Murmuré: «Te veo, Vacamiriam, tu cara gorda y fea». Me detuve al otro lado de la calle, frente a aquella puerta negra y lustrosa. Me apoyé contra un dos caballos antiguo y eché un vistazo a los peldaños. Los conté. Siete. Tuve la impresión de que se movían. O tal vez era yo. Solo que toda la calle parecía ladearse de una forma muy rara. Una neblina cayó entre mi destino y yo, luego se despejó, volvió a caer. Empecé a sudar y temblar al mismo tiempo. Mi estómago emitió un solo aviso.

Vomité sobre el capó del dos caballos. Luego, sobre la acera y la zanja.

– Eres tú -dije a la mujer que estaba dentro de la casa de enfrente-. Esto eres tú.

No «por ti». No «por tu culpa». Sino «tú». ¿En qué estaba pensando? Incluso ahora me lo pregunto. Quizá pensaba que se podía deducir una relación indisoluble mediante un método tan sencillo como vomitar en la calle.

Ahora, sé que no es el caso. Existen maneras más profundas y duraderas de romper el vínculo entre madre e hija.

Cuando pude incorporarme, volví sobre mis pasos poco a poco. Me sequé la boca con el jersey. Pensé, puta, bruja, arpía. Me culpaba de su muerte y yo lo sabía. Me había castigado con el mejor método que pudo encontrar. Bien, yo también podía culpar y castigar. Ya veríamos quién era la experta, pensé.

Puse en marcha el proyecto y trabajé como una maestra en culpa y castigo durante los siguientes cinco años.

OLIVIA

Chris ha vuelto. Ha traído comida preparada, como ya me imaginaba, pero no es un tandoori. Es tailandesa, de un lugar llamado Bangkok Hideaway. Sostiene la bolsa bajo mi nariz.

– Mmmm -dice-, huele, Livie. Aún no la habíamos probado, ¿verdad? Cocinan los fideos con cacahuetes y brotes de soja.

Baja, atraviesa su cuarto de trabajo y entra en la cocina, donde le oigo mover platos. También canta. Le encanta el country & western norteamericano, y en este momento ataca «Crazy», pero no tan bien como Patsy Cline. Le gusta el fragmento que habla de probar y llorar. Alza la voz en esos versos, y siempre descompone «crazy» en tres sílabas, cr-RAY-tsi. Estoy tan acostumbrada a la forma en que la canta Chris que cuando pone a Patsy Cline en el estéreo no consigo oírla a ella en lugar de a él.

Desde donde estoy vi a Chris viniendo con los perros por Blomfield Road. Ya no corrían y, a juzgar por la forma de andar de Chris, adiviné que sujetaba las correas de los perros, una bolsa y algo más, acunado en su brazo. Los perros parecían interesados en esa otra cosa. Beans intentaba saltar para echar un vistazo. Toast se esforzaba en empujar el brazo de Chris, quizá con la esperanza de que cayera aquella cosa. No fue así, y cuando subieron a bordo (primero los perros, arrastrando las correas), vi al conejo. Temblaba tanto que parecía una mancha gris y parda, con las orejas colgando y los ojos como chocolate bajo cristal. Paseé la mirada entre él y Chris.

– El parque -dijo-. Beans le ahuyentó de debajo de una hortensia. La gente me pone enferma a veces.

Sabía a qué se refería. Alguien se había cansado del problema que representaba un animal doméstico y había decidido que sería mucho más feliz en libertad. Daba igual que no hubiera nacido salvaje. Se acostumbraría y le encantaría, si un perro o un gato no le atacaban antes.

– Es un encanto -dije-. ¿Cómo le llamaremos?

– Félix.

– ¿No es nombre de gato?

– En latín significa feliz. Y espero que lo sea, ahora que lo hemos sacado del parque.

Bajó.

Chris ha subido a cubierta con los perros. Lleva sus cuencos, y va a darles de comer. Suele darles de comer abajo, pero sé que quiere hacerme compañía. Deja los cuencos cerca de mi silla de lona y contempla a los perros mientras dan cuenta de su cena. Se estira, arquea los brazos hacia arriba. El sol del atardecer provoca la sensación de que tiene la cabeza cubierta de plumón color orín. Dirige la mirada hacia Browning's Island. Sonríe.

– ¿Qué? -digo, en referencia a su sonrisa.

– Me gustan los sauces cuando han sacado hoja. Fíjate en cómo la brisa agita las ramas. Parecen bailarines. Me recuerdan a Yeats.

– ¿Y eso te hace sonreír? ¿Yeats te hace sonreír?

– ¿Cómo es posible diferenciar al bailarín del baile?

– ¿Qué?

– Eso dice Yeats. «¿Cómo podemos diferenciar al bailarín del baile?» Muy apropiado, ¿no te parece? -Se agacha junto a mi silla. Observa las páginas que he llenado. Recoge mi lata llena de lápices infantiles y examina los que ya he gastado-. ¿Quieres que te los afile?

Es su forma de preguntar cómo va y si tengo ganas de continuar.

Mi forma de responder positivamente a ambas preguntas es:

– ¿Dónde has dejado a Félix

– De momento, sobre la mesa de la cocina. Está merendando. Quizá debería bajar a echarle un vistazo. ¿Quieres acompañarme?

– Aún no.

Asiente. Se incorpora, y cuando lo hace, mi bote de lápices tintinea.

– Quedaos aquí, Beans, Toast -dice a los perros-. ¿Me habéis oído? Nada de ladridos. Vigilad a Livie.

Menean la cola. Chris baja. Oigo el zumbido del afilador de lápices. «Vigilad a Livie.» Como si fuera a escaparme.

Nos hemos acostumbrado a esta forma taquigráfica de hablar, Chris y yo. Es cómodo expresar las opiniones sin necesidad de tocar el tema. El único problema es que, a veces, no encuentro todas las palabras que quiero, y el mensaje resulta confuso. Por ejemplo, aún no he encontrado la manera de decirle a Chris que le quiero. La situación no cambiaría si se lo dijera. Chris no me quiere, tal como se suele entender, y nunca me ha querido. Tampoco me desea. Nunca me ha deseado. Yo le acusaba de maricón. Sarasa, loca, mariposón, le decía. Se inclinaba hacia delante en su silla, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos enlazadas bajo la barbilla, y decía con suma seriedad:

– Fíjate en las palabras que escoges. Piensa en lo que significan. ¿No te das cuenta de que tu estrecha visión habla de una enfermedad mayor? Lo más fascinante es que tú no tienes la culpa. La culpa es de la sociedad. ¿Dónde se forman nuestras actitudes, sino en la sociedad en que nos movemos?

Yo me quedaba boquiabierta. Me daban ganas de rebatirle, pero es imposible luchar con un hombre desarmado.

Chris vuelve con mi bote de lápices. También trae una taza de té.

– Félix ha empezado a devorar el listín telefónico -dice.

– Menos mal que no he de llamar a nadie -contesto.

Me toca la mejilla.

– Te vas a enfriar. Iré a buscar una manta.

– No hace falta. Bajaré dentro de un rato.

– Pero hasta entonces…

Y se marcha. Traerá la manta. Me envolverá con ella. Me apretará el hombro, o tal vez me dará un beso en la cabeza. Indicará a los perros que se tiendan uno a-cada lado de mi silla. Después, preparará la cena. Y cuando esté preparada, vendrá a buscarme. Dirá, «¿Me permite mademoiselle que la escolte hasta su mesa…?», porque «escoltar» es otra palabra que forma parte de nuestra taquigrafía.

A medida que el sol se aleja, la luz se atenúa y veo reflejos en el agua del canal de las lámparas encendidas en otras barcazas. Proyectan haces rectangulares del color de uvas pasas, sobre los cuales resbalan sombras en ocasiones.

Reina el silencio. Siempre lo he considerado extraño, porque lo normal sería oír los ruidos procedentes de Warwick Avenue, Harrow Road o de ambos puentes, pero por algún motivo no se perciben si estás debajo de las carreteras. Se desvían en otra dirección. Chris sabría explicármelo. He de recordar preguntárselo. Si considera rara la pregunta, no lo dice. Compone una expresión pensativa, acaricia con un dedo el mechón de pelo que se riza detrás de su oreja y dice: «Depende de las ondas sonoras, los edificios circundantes y el efecto de los árboles», y si parezco interesada, saca papel y lápiz (o me coge los míos), y dice: «Te demostraré lo que quiero decir», y empieza a bosquejar. Antes, pensaba que inventaba todas esas explicaciones. ¿Quién es, a fin de cuentas? Un tipo flacucho, con las mejillas picadas de viruela, que dejó la universidad para «dar el cambio auténtico, Livie. Solo hay una forma de hacerlo, y es independiente de estar integrado en la estructura o infraestructura que mantiene viva a la bestia». Yo pensaba que alguien capaz de mezclar las metáforas de esa manera, como sin darse cuenta, carecía de educación suficiente para saber nada, y de capacidad para participar en algún cambio social importante en el futuro. Le decía, con expresión de supremo aburrimiento: «Creo que quieres decir "mantener sanos los cimientos del edificio"», en un esfuerzo por ponerle en un aprieto, pero la que hablaba, dejando aparte una necesidad evidente de menospreciar, era la hija de mi madre. Mi madre, la profesora de inglés, la iluminadora de mentes.

Ese es el papel que jugó Miriam Whitelaw en la vida de Kenneth Fleming, al principio, pero supongo que ya lo sabréis, porque forma parte de la leyenda de Ken-neth Fleming.

Kenneth y yo somos de la misma edad, aunque yo parezco unos años mayor, pero solo nos llevamos una semana, un dato, entre otros muchos, que descubrí en casa a la hora de cenar, entre la sopa y el pudín. Oí hablar por primera vez de él cuando teníamos quince años. Era un alumno de la clase de inglés de mamá en la Isla de los Perros. En aquellos tiempos, vivía en Cubitt Town con sus padres, y solo demostraba sus supuestas facultades atléticas en los campos, húmedos a causa de la proximidad del río, de Millwall Park. Ignoro si la clase tenía un equipo de criquet. Es probable, y puede que Kenneth jugara en el primer equipo, pero si lo hizo, pertenecía a la parte de su leyenda que yo jamás supe. Y la fui averiguando de pe a pa, noche tras noche, hubiera rosbif, pollo, platija o cerdo.

Yo nunca he sido maestra, y no sé lo que es tener a un alumno estrella. Como siempre carecí de la disciplina o el interés necesarios para dedicarme a los estudios, ignoro lo que es ser un alumno estrella o encontrar un mentor entre los docentes que haraganeaban sin cesar al fondo de la clase. No obstante, eso fueron Kenneth Fleming y mi madre el uno para el otro desde el principio.

Creo que él era lo que mi madre siempre había deseado encontrar, cultivar y alentar a huir del lecho húmedo del río y la deprimente comunidad que constituían la vida en la Isla de los Perros. Era el objetivo al que su vida apuntaba. Era la posibilidad personificada.

Una semana del trimestre de otoño, empezó a hablar de «este joven inteligente que tengo en clase», su forma de presentarlo a papá y a mí como tema habitual de las cenas. Era de palabra fácil, nos dijo. Era divertido. Era de una modestia encantadora. Era desenvuelto con los de su edad y con los adultos. En clase, demostraba una perspicacia asombrosa cuando analizaba los temas, motivaciones y personajes de Dickens, Austen, Shakespeare o Brontë. Leía a Sartre y Beckett en sus ratos libres. A la hora de comer, discutía los méritos de Pinter. Y escribía («Gordon, Olivia, esto es lo más encantador de ese chico»), escribía como un auténtico erudito. Tenía una mente inquisitiva y un ingenio veloz. Se comprometía en las discusiones, no se limitaba a brindar ideas que complacieran a su profesor. En suma, era un sueño convertido en realidad. Y no faltaba ni un solo día a clase.

Yo le odiaba. ¿Quién no lo habría hecho? Era todo lo contrario de mí, y lo había conseguido sin contar con ninguna Ventaja Económica o Social.

– Su padre es estibador -nos informó mi madre. Parecía asombrada de que el hijo de un estibador pudiera llegar a ser lo que ella siempre había predicado sobre los hijos de estibadores: un triunfador-. Su madre es ama de casa. El es el mayor de cinco hijos. Se levanta a las cuatro y media para hacer los deberes, porque de noche colabora en el cuidado de los pequeños. Hoy ha hecho una exposición sorprendente, la que os dije que le había asignado a él solo. Está estudiando…, ¿qué es, yudo, kárate?, y se paseaba de un lado a otro de la clase con esa especie de pijama que llevan. Habló sobre arte, disciplina y mente, y luego… ¡Gordon, Olivia, rompió un ladrillo con la mano!

Mi padre sonrió, asintió, y dijo:

– Santo Dios. Un ladrillo. Muy peculiar.

Bostezó. Qué aburridos eran, él y ella. La siguiente noticia sería, sin duda, que el querido Kenneth había cruzado el Támesis sin necesidad de puente.

Era evidente que superaría sus exámenes, o que su nombre brillaría con luz propia. Sería el orgullo de sus padres, mi madre y toda la clase. Y lo haría con una mano atada a la espalda, haciendo la vertical sobre un cubo de vinagre. Después, superaría todos los cursos, y se distinguiría en todas las materias posibles como alumno único. Después, iría a Oxford y sacaría matrícula de honor en alguna especialidad misteriosa. Después, se decantaría por un deber cívico y llegaría a primer ministro. Y durante todo ese tiempo, sin la menor duda, el nombre que acudiría con más frecuencia a sus labios cuando confesara el secreto de su éxito sería el de Miriam Whitelaw, profesora idolatrada. Porque Kenneth idolatraba a mi madre. La había convertido en la guardiana de la llama de sus sueños. Compartía con ella las partes íntimas de su alma.

Por eso averiguó ella la existencia de Jean Cooper antes que nadie. Y nosotros, mi padre y yo, supimos de Jean al mismo tiempo que de Kenneth.

Jean era su chica. Había sido su chica desde que tenían doce años, cuando tener una chica no significaba mucho más que saber quién iba a recostarse contra la pared del patio con quién. Era una belleza escandinava, de cabello claro y ojos azules. Era esbelta como la rama de un sauce y veloz como un potrillo. Miraba al mundo desde una cara adolescente, pero con ojos adultos. Iba al colegio solo cuando le venía en gana. Cuando no, hacía novillos con sus compañeras y se iban a Greenwich por el túnel peatonal. Cuando no hacía eso, robaba a sus hermanas ejemplares de Just 17 y pasaba el día leyendo artículos acerca de música y modas. Se pintaba la cara, acortaba sus faldas y se cepillaba el pelo.

Escuchaba las historias que contaba mi madre sobre Jean Cooper con interés considerable. Sabía que si alguien iba a sembrar de obstáculos la imparable ascensión de Kenneth Fleming hacia la gloria, sería Jean.

Por lo que deducía en la mesa del comedor, Jean sabía lo que quería, y no tenía nada que ver con aprobar exámenes y llegar a la universidad. Sí tenía que ver, no obstante, con Kenneth Fleming. Al menos, así lo exponía mi madre.

Kenneth y Jean se presentaron a los exámenes. Kenneth los superó con brillantez. Jean suspendió. El resultado no supuso una sorpresa para nadie, pero satisfizo a mi madre, pues sin duda creía que el muchacho se daría cuenta por fin del desequilibrio intelectual entre su novia y él. En cuanto se diera cuenta, Kenneth apartaría a Jean de su vida para proseguir su educación. Una idea bastante divertida, ¿no? Aún no estoy segura de cómo llegó mi madre a la conclusión de que las relaciones entre adolescentes se basan en el equilibrio intelectual.

Jean dejó la escuela para ir a trabajar al viejo mercado de Billingsgate. Kenneth obtuvo una beca para ir a un pequeño colegio público de West Sussex. Jugó al criquet en el primer equipo y destacó hasta tal punto que informadores de uno u otro condado acudían a partidos del colegio para verle conseguir puntos sin aparente esfuerzo.

Volvía a casa los fines de semana. Papá y yo nos enteramos también de esto porque Kenneth pasaba siempre por la escuela para poner a mamá al corriente de sus progresos en el colegio. Por lo visto, practicaba todos los deportes, pertenecía a todas las sociedades, se distinguía en todas y cada una de las asignaturas, era adorado por el director, los docentes, sus compañeros, el director de la residencia, el ama de llaves y cada hoja de hierba que pisaba. Cuando no se dedicaba a adquirir grandeza o a recibirla, estaba en casa los fines de semana, ayudando a cuidar a sus hermanos y hermanas. Y cuando no ayudaba a cuidar a sus hermanos y hermanas, iba a la escuela a charlar con mi madre y a dar ejemplo a los alumnos de quinto de lo que alguien podía conseguir cuando se fijaba un objetivo. El objetivo de Kenneth era Oxford, un azul en criquet, sus buenos quince años en el equipo inglés si era posible, y todas las ventajas inherentes: los viajes, la fama, los contratos publicitarios, el dinero.

Con todo esto en juego, mi madre concluyó alegremente que Kenneth ya no tendría tiempo para «esa Cooper», como llamaba a Jean con el labio fruncido. No podía estar más equivocada.

Kenneth continuó viendo a Jean de la misma forma que los últimos años. La única diferencia fue que trasladaron sus encuentros a los fines de semana, cada sábado por la noche. Hacían lo que habían hecho desde los catorce años, más otros dos años de conocimiento previo: iban al cine, o a una fiesta, o escuchaban música con amigos, o daban un largo paseo, o cenaban con una de las dos familias, o iban en autobús a Trafalgar Square y deambulaban entre las multitudes y contemplaban el chorro de agua de las fuentes. El preludio nunca cambiaba lo que seguía, porque lo que seguía siempre era lo mismo: sexo.

Cuando Kenneth fue al aula de mi madre aquel viernes de mayo de su sexto curso, el error de mi madre consistió en no concederse tiempo para reflexionar sobre la situación después de que él le dijera que Jean estaba embarazada. Vio la desesperación mezclada con la vergüenza en su cara, y dijo lo primero que le vino a la cabeza.

– ¡No! -seguido de-: No puede ser. Ahora no. No es posible.

El dijo que sí. Era más que posible, de hecho. Después, se disculpó.

Mi madre supo lo que la disculpa presagiaba, y quiso disuadirle.

– Ken, estás disgustado, pero debes escucharme. ¿Sabes con seguridad que está embarazada?

Dijo que Jean se lo había dicho.

– Pero ¿has hablado con su médico? ¿Ha ido a un médico? ¿Ha ido a una clínica? ¿Se ha sometido a la prueba?

Kenneth no contestó. Tenía un aspecto tan afligido que mi madre temió que huyera del aula antes de darle tiempo de aclarar la situación. Se apresuró a continuar.

– Puede que se haya equivocado. Puede que lo haya calculado mal.

No, dijo Kenneth, no había error. No había calculado mal. Le había dicho dos semanas antes que existía la posibilidad. La posibilidad se había convertido en realidad esta semana.

– ¿Es posible que intente atraparte porque has estado ausente y te echa de menos, Ken? -prosiguió mi madre con cautela-. El cuento del embarazo para sacarte del colegio. Un falso aborto al cabo de uno o dos meses, después de casaros.

No, dijo Kenneth, no era eso. Jean no era así.

– ¿Como lo sabes? Si no has visto a su médico, si aún no has visto los resultados de la prueba, ¿cómo demonios sabes que está diciendo la verdad?

Dijo que había ido a ver al médico. Había visto los resultados de la prueba. Lo sentía muchísimo. Había decepcionado a todo el mundo. Había decepcionado a sus padres. Había decepcionado a la señora Whitelaw y a toda la escuela secundaria. Había decepcionado a la junta de gobierno. Había…

– Oh, Dios, vas a casarte con ella, ¿verdad? Vas a dejar el colegio, tirarlo todo por la borda, para casarte con ella. No debes hacer eso.

No había otra solución, dijo él. Era tan responsable como Jean de lo sucedido.

– ¿Cómo lo sabes?

Porque Jean se había quedado sin pildoras. Se lo había dicho. No había querido… Y fue él, no Jean, quien dijo que no iba a quedarse embarazada la primera vez que lo hicieran, justo después de dejar de tomar las pildoras. No pasará nada, le dijo. Y se equivocó. Y ahora… Alzó las manos y las dejó caer, aquellas manos portentosas que sostenían el bate que golpeaba la bola, aquellas mismas manos que sostenían la pluma que escribía aquellos maravillosos trabajos, aquellas manos que habían partido un ladrillo de un solo golpe mientras hablaba con calma sobre una definición del yo.

– Ken. -Mi madre intentaba conservar la calma, lo cual no era fácil, teniendo en cuenta todo lo que se jugaba en aquella conversación-. Escúchame, querido. Tienes un futuro por delante. Tienes tu educación. Una carrera.

Ya no, dijo él.

– ¡Sí! Todavía sí. Ni siquiera has de pensar en renunciar a ella por una insignificante criatura que no entendería tus posibilidades aunque se lo explicaras punto por punto.

Jean era más que eso, dijo Kenneth. Era estupenda. Se conocían desde hacía una eternidad. Él se encargaría de sacarles adelante. Lo sentía muchísimo. Había decepcionado a todo el mundo. Sobre todo a la señora Whitelaw, que se había portado tan bien con él.

Estaba claro que no quería continuar la conversación. Mi madre utilizó el as guardado en su manga.

– Bien, has de hacer lo que creas, pero… No quiero herirte, pero he de decirlo. Piensa en si existe la absoluta seguridad de que el niño sea tuyo, Ken. -Mamá continuó al ver su expresión apenada-. No lo sabes todo, querido. No puedes saberlo todo. En especial, no puedes saber lo que pasa aquí cuando estás en West Sussex, ¿verdad? -Recogió sus cosas y las guardó con delicadeza en su maletín-. A veces, querido Ken, una joven que se acuesta con un chico es muy propensa a… Ya sabes a qué me refiero.

Lo que ella quería decir era: «Hace años que esa putita se acuesta con el primero que llega. Solo Dios sabe quién la puso en ese aprieto. Pudo ser cualquiera».

Kenneth dijo en voz baja que el niño era suyo, por supuesto. Jeannie no se acostaba con nadie más y no decía mentiras.

– Quizá sea que nunca la has sorprendido -contestó mi madre-. En una cosa u otra. -Siguió con su voz más dulce-. Te has ido al colegio. Te has elevado por encima de ella. Es comprensible que quiera recuperarte como sea. No hay que culparla por ello. -Y terminó con-: Piensa bien las cosas, Ken. No te apresures. Prométemelo. Prométeme que esperarás al menos otra semana a tomar una decisión o a contar a alguien lo ocurrido.

Además de la minuciosa descripción de su entrevista con Kenneth, escuchamos las ideas de mi madre sobre esta nueva Caída del Hombre la mismísima noche que fue a verla, a la hora de cenar.

– Oh, cielos -fue la respuesta de papá-. Qué horrible para todo el mundo.

Mi respuesta fue presuntuosa.

– Final del reinado de otro dios de hojalata.

Hablé al techo. Mi madre me lanzó una mirada y dijo que ya veríamos quién era de hojalata y quién no.

Fue a ver a Jean el lunes siguiente, y se tomó un día de permiso para ello. No quería ir a su casa, y deseaba aprovechar la ventaja de la sorpresa. Fue al antiguo mercado de Billingsgate, donde Jean trabajaba en una especie de café.

Mi madre estaba muy convencida de que su entrevista con Jean Cooper daría frutos. Ya había celebrado muchas entrevistas con futuras madres solteras en ocasiones anteriores, y su récord de manipular dichas entrevistas para llegar a un resultado positivo era estelar. La mayoría de las chicas que habían caído en las garras de mi madre habían visto la luz al final. Mi madre era una experta en el arte de la persuasión sutil, con su interés siempre concentrado en el futuro del niño, el futuro de la madre y una delicada división entre los dos. No existían motivos para suponer que Jean Cooper le planteara dificultades, pues era inferior mental, emocional y socialmente.

No encontró a Jean en el café, sino en el lavabo de señoras, donde se estaba tomando un descanso. Fumaba un cigarrillo y tiraba la ceniza al retrete. Llevaba un delantal blanco sembrado de manchas de grasa. Tenía el cabello recogido de cualquier manera bajo un gorro. Una carrera en la media derecha surgía de su zapato. Si las apariencias servían para algo, mi madre tenía ventaja desde el primer momento.

Jean no había sido alumna suya. Agrupar a los niños por sus capacidades teóricas estaba muy de moda en aquel tiempo, y Jean había pasado años en la escuela secundaria nadando entre los peces inferiores. Pero mi madre sabía quién era. No se podía conocer a Kenneth Fleming sin saber quién era Jean Cooper. Y Jean también sabía quién era mi madre. No cabía duda de qué Kenneth le había hablado lo bastante de su profesora para estar harta de la señora Whitelaw mucho antes de su encuentro en el mercado de Billingsgate.

– Kenny parecía muy triste cuando le vi el viernes por la noche -fue lo primero que dijo Jean-. No habló. Volvió al colegio el sábado en lugar del domingo por la noche. Supongo que usted tuvo algo que ver con eso, ¿no?

Mi madre empezó con su frase favorita.

– Me gustaría hablar sobre el futuro.

– ¿De quién? ¿De mí, del niño, o de Kenny?

– De los tres.

Jean asintió.

– Apuesto a que está muy preocupada por mi futuro, ¿eh, señora Whitelaw? Apuesto a que mi futuro le roba el sueño. Apuesto a que ya tiene mi futuro planificado, y lo único que debo hacer es escuchar mientras usted explica cómo va a ser.

Tiró el cigarrillo al suelo de linóleo agrietado, lo aplastó con el zapato y encendió otro al instante.

– Eso no es bueno para el niño, Jean -dijo mi madre.

– Yo decidiré lo que es bueno para él, muchas gracias. Yo y Kenny lo decidiremos. Solitos.

– ¿Estáis en situación de decidir? Solitos, quiero decir.

– Sabemos lo que sabemos.

– Ken es un estudiante, Jean. No sabe lo que es trabajar. Si deja el colegio ahora, os veréis atrapados en una vida sin futuro ni promesas. Has de comprenderlo.

– Comprendo muchas cosas. Comprendo que le quiero y que él me quiere y que queremos vivir juntos y lo vamos a hacer.

– Lo vais a hacer. Tú, Jean. Ken no quiere eso. Ningún chico quiere eso a los dieciséis años. Ken acaba de cumplir diecisiete. Es poco más que un niño. Y tú eres… Jean, ¿quieres dar este paso, el matrimonio y después el niño, uno tras otro, siendo tan joven? ¿Con unos recursos tan escasos? Cuando tendréis que contar con la ayuda de vuestras familias, y vuestras familias apenas ganan lo justo para vivir. ¿Es eso lo que consideras mejor para los tres? ¿Para Ken, para el niño, para ti?

– Comprendo muchas cosas -dijo Jeannie-. Comprendo que hemos estado juntos desde hace años, y lo que tenemos es bueno y siempre ha sido bueno, y que él vaya a un colegio elegante no cambiará eso. Pese a lo que usted desee.

– Solo deseo lo mejor para ambos.

Jean resopló y dio una calada al cigarrillo, sin dejar de observar a mi madre a través del humo.

– Comprendo muchas cosas -repitió-. Comprendo que habló con Kenny, le comió el tarro y le deprimió.

– Ya estaba deprimido. Santo Dios, no pretenderás que haya recibido esa noticia -señaló el estómago de Jean- con alegría. Ha complicado su vida hasta extremos indecibles.

– Comprendo que le obligó a mirarme con ojos dudosos. Adivino las preguntas que le obligó a formular. Le veo pensando, y si Jeannie se está tirando a tres o cuatro tíos más aparte de mí, y ya veo de dónde extrajo la idea, porque la tengo delante de mí, en persona.

Jean tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó al lado del otro.

– He de volver al trabajo. Con su permiso.

Agachó la cabeza y se secó las mejillas cuando pasó al lado de mi madre..

– Estás disgustada -dijo mi madre-. Es lógico, pero las preguntas de Ken son legítimas. Si vas a pedirle que eche su futuro por la borda, has de comprender que antes tal vez quiera asegurarse…

Jean se volvió con tal rapidez que mi madre retrocedió.

– No pido nada. El niño es suyo y se lo dije, porque pensé que tenía derecho a saberlo. Si decide que quiere dejar el colegio y quedarse con nosotros, estupendo. Si no, saldremos adelante sin él.

– Pero hay otras alternativas. No es preciso que tengas el niño, para empezar. Y aunque lo tengas, no es preciso que te lo quedes. Hay miles de hombres y mujeres ansiosos por adoptar un hijo. Es absurdo traer al mundo un niño indeseado.

Jeannie agarró a mi madre con tal fuerza que más tarde (aquella noche, a la hora de la cena, cuando nos los enseñó) le salieron morados en los lugares donde le había clavado los dedos.

– No le llame indeseado, escoria repugnante. Ni se atreva.

Fue entonces cuando vio a la auténtica Jean Cooper, nos informó mi madre con voz temblorosa. Una chica que haría cualquier cosa por conseguir lo que deseaba. Una chica capaz de todo, incluso de acudir a la violencia. Y deseaba acudir a la violencia, no cabía duda. Quería pegar a mi madre y lo habría hecho si una de las secretarias del mercado no hubiera entrado en aquel momento, contoneándose sobre sus zapatos de tacón alto, que se engancharon en una grieta del linóleo.

– ¡Maldita sea! Oh, lo siento. ¿Os interrumpo?

– No -contestó Jean. Apartó el brazo de mi madre y salió.

Mi madre la siguió.

– No saldréis adelante. Jean, no le hagas esto, o al menos espera a…

– ¿A que haya encontrado la oportunidad de quedárselo para usted? -terminó Jean.

Mi madre se detuvo a unos pasos de distancia, los suficientes para que Jean no pudiera alcanzarla.

– No seas ridicula. No seas absurda.

Pero Jean Cooper no era ninguna de ambas cosas. Tenía dieciséis años y adivinaba el futuro, aunque en aquel momento no lo supiera. En aquel tiempo debió pensar tan solo, he ganado, porque Kenneth abandonó el colegio al finalizar el trimestre. No se casaron enseguida. Sorprendieron a todo el mundo porque esperaron, trabajaron y ahorraron dinero, y por fin se casaron seis meses después de que naciera Jimmy, su primogénito.

Después de eso, pudimos comer en paz en Kensington. No supimos nada más de Kenneth Fleming. No sé qué pensó papá sobre la repentina desaparición de la conversación que tenía lugar durante la cena, pero yo me tomé unas copas para celebrar que el chico-dios de la Isla de los Perros hubiera demostrado ser otro mortal más con pies de barro. Por su parte, mi madre no abandonó por completo a Ken. No era su estilo. Convenció a papá de que le encontrara un hueco en la imprenta, para que tuviera un empleo fijo y pudiera cuidar de su familia. Sin embargo, Kenneth Fleming ya no era el ejemplo auténtico de promesa juvenil cumplida que ella había esperado. Por tanto, ya no tenía sentido ofrecer cada noche a nuestra admiración su personalidad y triunfales consecuciones.

Mi madre se lavó las manos de Kenneth Fleming como se lavó las manos de mí unos tres años después.: La única diferencia fue que, en cuanto surgió la oportunidad poco después de la muerte de mi padre, cogió una toalla y se las secó.

Kenneth Fleming tenía veintiséis años en aquel tiempo. Mi madre, sesenta.

Capítulo 5

– Kenneth Fleming -terminó el corresponsal de la ITN, mientras hablaba al micrófono con una solemnidad que debía considerar apropiada para la ocasión- ha muerto a los treinta y dos años. El mundo del criquet está de luto esta noche. -La cámara se elevó sobre su hombro hacia los muros rematados por guirnaldas y el hierro forjado de la Puerta de la Gracia del Lord's Cricket Ground, que servía de fondo al reportaje-. Dentro de un momento recogeremos las reacciones de sus compañeros de equipo y de Guy Mollison, capitán de Inglaterra.

Jeannie Cooper se apartó de la ventana de la sala de estar. Cerró el televisor. Vio que la imagen se disolvía en negro, borrosa al principio por los bordes. Dio la impresión de que dejaba un residuo.

He de comprar una nueva tele, pensó, preguntar cuánto cuesta una televisión nueva.

Era un buen tema al que derivar sus pensamientos: qué clase de tele compraría, cuántas pulgadas mediría la pantalla, si la querría estéreo y acompañada de un vídeo, y si la querría en una vitrina como la de ahora, un monstruo grande como una nevera y tan vieja como Jimmy.

Cuando el nombre de su hijo se coló de sopetón en su mente, Jeannie se mordió con fuerza la parte interna del labio. Intentó hacerse sangre. Un labio cortado, decidió, era un dolor al que podía hacer frente. Preguntarse dónde habría estado Jimmy durante todo el día, no.

– ¿Jimmy no ha vuelto a casa? -preguntó a su hermano cuando la policía la devolvió del horror de Kent.

– Tampoco ha ido al colegio, por lo que Shar me ha dicho. Esta vez sí que la ha hecho buena. -Derrick cogió de la mesita auxiliar dos de sus artilugios de musculación. Parecían tenazas, y las apretó alternativamente en cada mano-. Aductor, flexor, pronador -murmuró.

– ¿No has ido a buscarle, Der? ¿No has ido al parque?

Derrick contempló sus enormes músculos mientras se contraían y relajaban.

– Voy a decirte algo sobre ese desgraciado, Pook. No creo que haya ido al parque, precisamente.

Su hermano y ella habían sostenido aquella conversación a las seis y media, justo antes de que él se marchara. Ahora, eran las diez pasadas. Hacía más de una hora que sus dos hijos menores se habían acostado. Desde que había cerrado ambas puertas y.bajado la escalera, Jeannie se había quedado de pie ante la ventana, escuchando el murmullo de las voces que emitía la televisión y escudriñando la noche por si veía a Jimmy.

Se acercó a la mesita auxiliar para coger los cigarrillos y buscó en el bolsillo la caja de cerillas. Aún llevaba el uniforme de trabajo, el delantal y los zapatos con suela de goma que se había puesto a las tres y media de la mañana. Empezaba a tener la sensación de que se habían amoldado a ella como una segunda piel. La única prenda que se había quitado era el gorro, que había dejado cerca de la caja registradora de Crissys, antes de ir a Kent. Eso había ocurrido en otra vida, en la parte que a partir de ahora llamaría Antes de que la Policía Llegara a Billingsgate.

Jeannie dio una calada al cigarrillo. Volvió junto a la ventana y apartó la cortina.

Captó un movimiento en la acera, a tres puertas de distancia. Confió, contra toda razón y experiencia, que la silueta fuera la de su hijo mayor. Era alta y delgada, decidió, y caminaba hacia su casa con la misma energía, era esbelto como su papá… Se permitió un momento para sentir la liberación de la tensión que produce el alivio. Después, vio que no era Jimmy, sino el señor Newton, que como cada noche sacaba de paseo a su perro gales hasta la estación de Crossharbour y de vuelta a casa.

Jeannie pensó en lanzarse a la búsqueda de Jimmy. Rechazó la idea. Tenía que descubrir cosas de su hijo, y la única forma de descubrirlas era quedarse donde estaba, en aquella habitación, para ser el primer miembro de la familia que Jimmy viera cuando volviera por fin. Hasta que eso sucediera, se dijo, tenía que mantener la calma. Tenía que esperar. Tenía que rezar.

Pero sabía que no podía rezar para cambiar lo que ya había pasado.

Gracias al telediario de las diez había averiguado los detalles que no había preguntado antes: cuándo había muerto Kenny, la causa extraoficial de su muerte, pendiente de la autopsia oficial, dónde habían encontrado su cuerpo, el hecho de que estaba solo.

– La policía ya ha verificado que la causa del incendio fue un cigarrillo tirado en una butaca -había dicho el locutor. Su mirada a la cámara y la forma de sacudir la cabeza, con pesar, habían proclamado el resto: «Recuerden mis palabras, damas y caballeros. Los cigarrillos no sólo matan de una forma».

Jeannie se alejó de la ventana para aplastar el suyo en un cenicero metálico en forma de concha, con ias palabras Weston-Super-Mare grabadas en oro. Encendió otro, cogió el cenicero, volvió a su puesto.

Le habría gustado argumentar que la moto era el problema, que todos sus problemas con Jimmy habían empezado el día que trajo a casa la maldita moto, pero la verdad era más complicada que una serie de discusiones entre madre e hijo por la posesión de un medio de transporte. La verdad residía en todo lo que habían evitado durante años como tema de conversación.

Dejó que la cortina cayera de nuevo sobre la ventana. Alisó el borde. Se preguntó cuánto tiempo de su vida había desperdiciado ante ventanas como esta, con la esperanza de presenciar una llegada que nunca tenía lugar.

Cruzó la sala de estar hacia el viejo sofá gris, parte del deprimente tresillo que Kenny y ella habían heredado de los padres de Jean después de casarse. Cogió un sobado ejemplar de Woman's Own y se acomodó sobre el borde de un almohadón. Estaba tan gastado que su relleno se había agrupado desde hacía mucho tiempo en apretadas pelotillas. Proporcionaba la misma comodidad que sentarse sobre una zona de arena húmeda. Kenny había querido sustituir los viejos muebles por algo elegante cuando empezó a jugar por Inglaterra, pero ya hacía dos años que había desaparecido de sus vidas cuando hizo la oferta, y Jeannie la rechazó.

Abrió Woman's Own sobre sus rodillas. Se inclinó sobre las páginas. Intentó leer. Empezó «El Diario de un Traje de Novia», pero después de atascarse cuatro veces en el mismo párrafo, que narraba las notables aventuras de un vestido de novia de alquiler, tiró la revista de nuevo sobre la mesita auxiliar, se llevó los puños a la frente, cerró los ojos e intentó rezar.

– Dios -susurró-. Dios, por favor…

¿Qué?, se preguntó. ¿Qué podía hacer Dios? ¿Alterar la realidad? ¿Cambiar los hechos?

Le vio de nuevo, muy a su pesar: tendido inmóvil en aquella habitación fría de aparadores cerrados y acero inoxidable, rígido como el mármol, él que había estado henchido de tanta energía, ímpetu y vida…

Se alejó del sofá a toda prisa y empezó a pasear de un lado a otro de la sala. Golpeó con los nudillos de la mano derecha la palma de la izquierda. Dónde está, dónde está, dónde está pensó.

El ruido de una moto la paralizó. Resonó en el callejón que separaba las casas de Cárdale Street de las que había detrás. Se demoró ante la puerta del jardín trasero, como si el conductor intentara decidir qué hacer. Después, la puerta se abrió y cerró con un chirrido, el rugido del motor se oyó más cerca, y la moto eructó una vez más y enmudeció justo frente a la puerta de la cocina.

Jeannie volvió al sofá y se sentó. Oyó que la puerta de la cocina se abría y cerraba. Unos pasos cruzaron el linóleo y apareció ante su vista, Doc Martens de puntera metálica mal anudadas, tejanos sin cinturón que colgaban alrededor de sus caderas, camiseta mugrienta sembrada de agujeros en el cuello. Utilizó la mano para colocarse el pelo largo detrás de una oreja, trasladó su peso de un pie al otro, y una cadera esquelética se proyectó hacia fuera.

Aparte dé su indumentaria y el hecho de que iba sucio como un mendigo, se parecía tanto a su padre a los dieciséis años que una niebla pareció descender entre Jeannie y él. Jeannie experimentó la sensación de que apretaban una lanza bajo su seno izquierdo, y tuvo que contener el aliento para que el dolor desapareciera.

– ¿Dónde has estado, Jim?

– Por ahí.

Erguía la cabeza como siempre, ladeada como si quisiera disimular su estatura.

– ¿Te has llevado las gafas?

– No.

– No me gusta que conduzcas esa bicicleta sin las gafas. Es peligroso.

Utilizó el canto de la mano para apartarse el pelo de la frente. Sus hombros se encogieron con indiferencia.

– ¿Has ido al colegio hoy?

El muchacho desvió la vista hacia la escalera. Tocó la presilla del cinturón de los tejanos.

– ¿Sabes lo de papá?

Su nuez de Adán adolescente se agitó en su cuello. Volvió los ojos hacia ella, y luego de nuevo hacia la escalera.

– Ha estirado la pata.

– ¿Cómo te has enterado?

Cambió su peso al otro pie. La otra cadera sobresalió. Estaba tan delgado que a Jeannie siempre le dolía el alma cuando le miraba.

Hundió el puño en un bolsillo y sacó un paquete arrugado de JPS. Introdujo un dedo mugriento y lo cerró alrededor de un cigarrillo. Se lo puso en la boca. Miró hacia la mesita auxiliar, y de allí al televisor.

Los dedos de Jeannie se cerraron alrededor de la caja de cerillas que guardaba en el bolsillo. Notó que la esquina se hundía en su pulgar.

– ¿Cómo lo has averiguado, Jim? -repitió.

– Lo oí en la tele.

– ¿Dónde?

– La BBC.

– ¿Dónde? ¿En casa de quién?

– Un tío de Deptford.

– ¿Cómo se llama?

Jimmy dio la vuelta al cigarrillo en sus labios, como si estuviera enroscando un tornillo.

– No le conoces. No le he traído a casa.

– ¿Cómo se llama?

– Brian. -La miró sin pestañear, lo cual siempre era señal de que estaba mintiendo-. Brian Jones.

– ¿Ahí es donde has estado hoy? ¿Con ese Brian Jones en Deptford?

El muchacho devolvió las manos a los bolsillos, primero los de delante y después los de atrás. Se palmeó. Frunció el entrecejo.

Jeannie dejó la caja de cerillas sobre la mesita auxiliar y cabeceó en su dirección. Jimmy titubeó, como si sospechara una trampa. Después, avanzó. Se apoderó de las cerillas y encendió una con el borde de la uña. Cuando la alzó hacia el cigarrillo, miró a su madre.

– Papá murió en un incendio -dijo Jeannie-. En la casa.

Jimmy dio una calada larga al cigarrillo y levantó la cabeza hacia el techo, como si eso le ayudara a retener más tiempo el humo en los pulmones. Su cabello colgaba del cráneo en mechones grasientos que parecían colas de rata. Era castaño rojizo como el de su padre, pero llevaba tanto tiempo sin lavar que su color recordaba paja mojada de pipí en una caballeriza.

– ¿Me has oído, Jim? -Jeannie intentaba mantener firme la voz, como el locutor del telediario-. Papá murió en un incendio. En la casa. El miércoles por la noche.

Dio otra calada. No la miró, pero su nuez de Adán seguía agitándose como el carrete de una cuerda.

– Jim.

– Un cigarrillo fue el causante del incendio. Un cigarrillo en una butaca. Papá estaba arriba. Dormido. Respiró el humo. El monóxido de carb…

– ¿A quién le importa una mierda?

– A ti, espero. A Stan, a Sharon, a mí.

– Ah, estupendo. ¿Como a él le habría importado si uno de nosotros hubiera muerto? Qué gilipollez. Ni siquiera habría venido al funeral.

– No hables así.

– ¿Cómo?

– Ya sabes. No finjas lo contrario.

– ¿Como un capullo hijoputa? ¿O como si dijera la verdad?

Jeannie no contestó. Jimmy se pasó los dedos por el pelo, se acercó a la ventana y regresó, y se quedó inmóvil. Jeannie intentó adivinar sus pensamientos, y se preguntó cuándo había perdido la habilidad de saber en un instante qué pasaba por su cabeza.

– No hables así en esta casa -dijo en voz baja-. Has de dar ejemplo. Tienes un hermano y una hermana que te consideran su modelo.

– ¿Y no son un completo desastre? -El chico resopló-. Stan es un bebé que necesita chuparse el pulgar, y Shar es…

– No hables mal de ellos.

– Shar es más tonta que un zapato y no tiene ni un gramo de cerebro. ¿Estás segura de que somos parientes? ¿Estás segura de que no te hicieron otro penalty, además de papá?

Jeannie se levantó. Avanzó un paso hacia su hijo, pero las palabras de este la contuvieron.

– Podrías haberlo hecho con otros tipos, ¿verdad? En el mercado, por ejemplo. Espatarrada sobre las tripas de pescado del suelo después de terminar. -Sacudió ceniza de su cigarrillo, que cayó sobre la pernera de los tejanos. Se pasó un dedo por la mancha. Resopló, sonrió, y después se dio una palmada en la frente, con fuerza-. ¡Ya lo tengo! ¿Por qué no lo entendí antes?

– ¿A qué te refieres?

– Que tenemos diferentes padres. El mío es el famoso bateador, por eso he salido mejor en aspecto y cerebro…

– Conten tu lengua, Jimmy.

– El de Shar es el cartero, por eso parece que le hayan sellado la cara.

– He dicho basta.

– Y el de Stan es uno de los tíos que trae anguilas de los pantanos. ¿Cómo pudiste hacerlo con un anguilero, mamá? Claro que un polvo es tan bueno como otro cualquiera, siempre que mantengas los ojos cerrados y no te importe el olor.

Jeannie rodeó la mesita auxiliar.

– ¿De dónde has sacado toda esa basura, Jim?

– Ya lo entiendo. Todos esos tíos. Todo ese pescado. El olor debe recordarles lo que añoran. -Su rostro se iluminó y subió la voz-. De manera que si encuentran una puta sin demasiadas manías sobre quién se la tira, dónde y cuándo…

– Te lavaré la boca con jabón, jovencito.

– … tiran adelante y se la sacan de los pantalones.

– ¡Basta ya!

– Ella ve que está dura y dice con una risita, caray, qué ven mis ojos, y se baja las bragas y él la mete en uno de esos frigoríficos, y a ella le da igual el frío, porque el tío está jadeando sobre ella como un gorila y…

– ¡Jimmy!

– … y se la folla hasta dejarla mareada, y lo único que sabe ella es que se la han tirado a base de bien, y no importa quién se la folle, hasta que sale un crío feo como una patata con patas.

Dio una profunda calada a su cigarrillo. Le temblaban las manos.

Jeannie sintió un escozor en los ojos. Parpadeó para ahuyentarlo. Comprendió.

– Oh, Jimmy -murmuró-. Papá nunca quiso hacerte daño. Tienes que darte cuenta.

El muchacho se cubrió las orejas con las manos. Alzó más la voz.

– Al día siguiente, selecciona a otro tío. Todo el mundo mira y a ella le gusta así. Se forma un círculo a su alrededor, les jalean.

– Papá ha muerto, Jim. Ha muerto.

– Primero se la cepilla uno. Después otro. Ella jadea. Chilla, Dice, ánimo, puedo con todos vosotros, me gusta así.

Jeannie se acercó a él y apoyó las manos sobre las suyas. Intentó apartarlas de sus oídos, pero sólo consiguió tirar el cigarrillo. Cayó sobre la alfombra. Lo recogió y aplastó en el cenicero.

– La montan uno tras otro. La hacen trizas, pero aún no tiene bastante.

Su voz tembló. Movió las manos de los oídos a los ojos. Sus uñas arañaron la carne.

Jeannie le tocó el brazo. El muchacho soltó un grito y se apartó.

– Tu papá te quería -dijo Jeannie-. Te quería. Siempre.

– Se lo hacen -replicó Jimmy-. Lo hacen. Lo hacen. Y cuando han terminado con ella y está tirada en las tripas de pescado con una sonrisa angelical en su estúpida cara, piensa que ha conseguido lo que quería, lo que…, lo que quería, porque se ha tirado a todos aquellos tíos, aunque no fue capaz de retenerle y cree y cree y ni siquiera puede pensar que así son las cosas.

Jimmy empezó a llorar.

Jeannie rodeó su espalda con los brazos. Jimmy se deshizo de ella y corrió escaleras arriba.

– ¿Por qué no te divorciaste de él? -sollozó-. ¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué no lo hiciste? Jesús, mamá. Podrías haberte divorciado de él.

Jeannie le vio subir. Quiso seguirle. Carecía de energía.

Entró en la cocina, donde los potes y los platos de una comida sin consumir a base de costillas, patatas fritas y bretones estaban esparcidos sobre la mesa y la en-cimera. Los juntó y restregó. Los apiló en el fregadero. Tiró Fairy sobre ellos, dio el agua caliente y vio que las burbujas empezaban a surgir, como encaje en un traje de novia.

Eran casi las once cuando Lynley telefoneó desde el Bentley al marido de Gabriella Patten, mientras Havers y él subían por Campden Hill en dirección a Hampstead. Hugh Patten no pareció sorprenderse de recibir una llamada telefónica de la policía. No preguntó por qué era necesaria la entrevista, ni trató de disuadir a Lynley con una petición de aplazar la reunión hasta la mañana. Se limitó a darle las indicaciones precisas y dijo que tocaran el timbre tres veces cuándo llegaran.

– Los periodistas me molestan más de lo que yo quisiera -fue su explicación.

– ¿Quién es ese tío cuando es alguien? -preguntó Havers cuando doblaron por Holland Park Avenue.

– En este momento, sabe tanto como yo -contestó Lynley.

– El marido cornudo.

– Eso parece.

– Un asesino en potencia.

– Habrá que descubrirlo.

– Y el patrocinador de la serie de partidos contra Australia.

El camino hasta Hampstead era largo. Lo terminaron en silencio. Tomaron High Street, donde varios bares acogían a una pequeña multitud trasnochadora, y después ascendieron Holly Hill, hasta llegar a un punto en que las casas daban paso a mansiones. Encontraron la casa de Patten detrás de un muro cubierto de clemátides, flores de un rosa pálido jaspeadas de rojo.

– Hermosa madriguera -comentó Havers cuando salió del coche-. No debe pasar estrecheces, ¿verdad?

Había otros dos coches en el camino particular, un Range Rover último modelo y un Renault pequeño, con el faro posterior izquierdo roto. Mientras Havers; caminaba por el borde del camino semicircular, Lynley se dirigió a un segundo camino que nacía del principal. A unos treinta metros de distancia se alzaba un espacioso garaje. Era de aspecto reciente, pero construido en el mismo estilo georgiano que la casa, y al igual que la casa, estaba iluminado mediante focos a ras de tierra colocados a intervalos. El garaje tenía cabida para tres coches. Lynley deslizó a un lado una de las puertas y vio el destello de un Jaguar en el interior. Daba la impresión de que lo habían lavado hacía poco. No se veían arañazos ni abolladuras. Cuando Lynley se agachó para examinarlos, hasta las estrías de los neumáticos parecían limpias.

– ¿Algo? -preguntó Havers cuando Lynley volvió a su lado.

– Un Jaguar. Recién lavado.

– Hay barro en el Rover, y la luz trasera del Renault está…

– Sí, ya lo he visto. Tome nota.

– Hecho.

Se encaminaron a la puerta principal, flanqueada por dos urnas de terracota rebosantes de hiedra. Lynley oprimió el botón, esperó y lo apretó dos veces más.

La voz de un hombre habló en voz queda detrás de la puerta, no a Lynley, sino a alguien cuya respuesta no se escuchó. El hombre volvió a hablar y, al cabo de pocos segundos, la puerta se abrió.

Les examinó sin disimulos. Su mirada tomó nota del esmoquin de Lynley. Sus ojos se desplazaron a la sargento Havers y la miraron de arriba abajo, desde el cabello demasiado largo hasta las bambas rojas altas. Torció la boca.

– La policía, supongo. Puesto que no es Halloween.

– ¿El señor Patten? -dijo Lynley.

– Por aquí.

Les guió por un suelo de parquet reluciente, bajo una araña de latón con bombillas en forma de llama. Era un hombre alto, con un físico muy decente, embutido en unos tejanos y una camisa de cuadros desteñida, cuyas mangas se había subido por encima de los codos. Llevaba un jersey azul (de, cachemira, a juzgar por el aspecto) anudado descuidadamente alrededor del cuello. Iba descalzo, y sus pies, al igual que el resto de su persona, estaban lo bastante bronceados para sugerir vacaciones mediterráneas, en lugar de duro trabajo bajo el sol.

Como la mayoría de casas georgianas, la de Patten estaba construida con sencillez. La amplia entrada permitía el acceso a un salón largo, el cual daba acceso a su vez a varias puertas cerradas, que conducían a la derecha, a la izquierda y a un par de puertas vidrieras que se abrían a la terraza. Hugh Patten pasó por estas puertas y les guió hacia una meridiana, dos butacas y una mesa, que formaban una zona para sentarse sobre las losas, mitad a la sombra y mitad a la luz de la casa. A unos diez metros, el jardín descendía hasta un estanque de lirios, y al otro lado, se extendían las luces de Londres, como un océano infinito y centelleante sin horizonte aparente.

Sobre la mesa había cuatro vasos, una bandeja y tres botellas de MacAllan, cada una estampada con la fecha del destilado: 1965, 1967, 1973. La del 65 estaba medio vacía. La del 73 aún no se había abierto.

Patten se sirvió un cuarto de vaso del 67, y utilizó el vaso para indicar las botellas.

– ¿Les apetece un poco, o lo tienen prohibido? Están de servicio, supongo.

– Un trago no hará daño -dijo Lynley-. Probaré el del 65.

Havers escogió el del 67. Cuando estuvieron servidos, Patten se acercó a la meridiana y tomó asiento, con el brazo derecho doblado detrás de la cabeza y sus ojos fijos en el paisaje.

– Joder, me gusta este maldito lugar. Siéntense. Diviértanse un momento.

La luz del extremo del salón se filtraba por las puertas vidrieras y caía en pulcros paralelogramos sobre las losas. Cuando se sentaron, Lynley observó que Patten había dispuesto los muebles de forma que sólo quedara iluminada la parte superior de su cabeza, lo cual les permitió reparar en un dato inicial, y prácticamente inútil, sobre la apariencia del hombre: el cabello poseía aquel peculiar tono metálico que suele observarse en los teñidos subrepticios que no se llevan a cabo en las peluquerías.

– Me he enterado de lo de Fleming. -Patten levantó el vaso, sin apartar los ojos del paisaje-. Me lo comunicaron a eso de las tres de la tarde. Guy Mollison llamó. Informó a su patrocinador del verano. Sólo al patrocinador, dijo, manténlo en secreto hasta el anunció oficial, por el amor de Dios. -Patten meneó la cabeza con aire despectivo y dio vueltas al whisky en el vaso-. Siempre tiene el interés de Inglaterra en mente.

– ¿Mollison?

– Al fin y al cabo, volverán a elegirle capitán.

– ¿Está seguro de la hora?

– Acababa de llegar de comer.

– Es extraño que ya se hubiera enterado. Telefoneó antes de que el cadáver fuera identificado -comentó Lynley.

– Antes de que su esposa lo identificara. La policía ya sabía quién era. -Patten le miró-. ¿O no se lo dijeron?

– Da la impresión de que posee una gran cantidad de información.

– Está en juego mi dinero.

– Algo más que su dinero, según tengo entendido.

Patten se levantó de la meridiana. Caminó hasta el borde de la terraza, donde las losas daban paso a una suave pendiente de césped. Se quedó allí, admirando la vista.

– Millones y millones. -Señaló con el vaso-. Arrastran cada día sus vidas sin pensar ni un momento en su sentido. Y cuando llegan a la conclusión de que la vida debería ser algo más que matarse por ganar dinero, comer, excretar y copular en la oscuridad, ya es demasiado tarde para la mayoría.

– Ese es el caso de Fleming, desde luego.

Patten no apartó los ojos de las luces parpadeantes de Londres.

– Era un caso aparte, nuestro Ken. Sabía que había algo más que lo que tenía entre las manos. Se proponía conseguirlo.

– Su esposa, por ejemplo.

Patten no contestó. Bebió el resto del whisky y volvió a la mesa. Cogió la botella del 73 sin abrir. Rompió el lacre y quitó el tapón.

– ¿Estaba enterado de lo de su mujer y Kenneth Fleming?

Patten regresó a la meridiana y se sentó en el borde. Dio la impresión de que le divertía ver pasar las páginas de su cuaderno a la sargento Havers, hasta encontrar una hoja en blanco.

– ¿Me van a leer mis derechos por alguna razón?

– Es un poco prematuro -contestó Lynley-, aunque si desea tener a su abogado presente…

Patten rió.

– Francis me ha visto lo bastante este mes para aprovisionarse de su oporto favorito durante un año. Creo que me puedo defender sin él.

– ¿Tiene problemas legales, pues?

– Tengo problemas de divorcio, pues.

– ¿Estaba enterado del asunto de su mujer?

– No tenía ni idea hasta que dijo que me iba a dejar. Incluso entonces, no supe que la causa era esa relación. Solo pensé que no le había prestado suficiente atención. Egoísmo, si quiere llamarlo así. -Su boca se curvó en una sonrisa irónica-. Tuvimos una pelea de mil demonios cuando dijo que me iba a dejar. La amenacé un poco. «¿Quién crees que va a recoger a una cabeza de chorlito como tú, Gabriella? ¿Dónde demonios crees que encontrarás a otro tío ansioso por liarse con una puta descerebrada? ¿Piensas que puedes plantarme sin convertirte en lo que eras cuando te encontré? ¿Una oficinista interina de a seis libras la hora, sin más méritos que una capacidad de alfabetizar bastante errática?». Fue una de esas desagradables escenas conyugales, durante una cena en el hotel Capitol. De Knightsbridge.

– Es curioso que escogiera un lugar público para la conversación.

– Si conociera a Gabriella no lo consideraría curioso. Debió satisfacer su sentido del melodrama, aunque debió imaginar que me pondría a llorar sobre el conso-, mé, en lugar de perder los estribos.

– ¿Cuándo fue esto?

– ¿La conversación? No lo sé. A finales del mes pasado.

– ¿Dijo que iba a dejarle por Fleming?

– De ninguna manera. Tenía un apetitoso acuerdo de divorcio en su mente, y fue lo bastante lista para, comprender que le costaría mucho obtener lo que deseaba de mí, desde el punto de vista económico, si yo descubría que alguien se la estaba tirando a escondidas. Al principio, se limitó a defenderse. Ya puede imaginan cómo fue: «Sabes muy bien, Hugh, que puedo encontrar a otro tío. Puedo salir de aquí fresca como una rosa, nadie me considera una cabeza de chorlito».

Patten dejó su vaso sobre las losas y colocó los pies sobre la meridiana. Adoptó la posición de antes, con la cabeza apoyada sobre el brazo derecho.

– ¿Pero no dijo nada sobre Fleming?

– Gabriella no es idiota, pese a que a veces actúa como si lo fuera, y mucho menos en lo tocante a la cuestión crematística. No habría quemado los puentes que la unían a mí sin asegurarse de que había otra forma de cruzar el río. -Se pasó la mano por el pelo con los dedos extendidos, en un gesto que parecía destinado a subrayar su espesor-. Sabía que había estado flirteando con Fleming. Joder, la había visto flirtear con él, pero no pensé nada especial, porque coquetear con hombres no es nada raro en Gabriella. En lo tocante a los tíos, siempre lleva puesto el piloto automático. Siempre ha sido así.

– ¿No le molesta eso? -preguntó la sargento Ha-vers. Había terminado su whisky y empujado el vaso para que se reuniera con el otro que Patten había dejado antes, a un lado de la mesa.

La respuesta de Patten fue la palabra «Escuchen», y se llevó un dedo a los labios para silenciar la conversación. En el extremo derecho del jardín, donde una hilera de álamos formaba una línea divisoria, un pájaro había empezado a cantar. Su canto era líquido y gorjeante, y llegó a un crescendo. Patten sonrió.

– Un ruiseñor. Magnífico, ¿verdad? Casi, aunque no del todo, consigue que creas en Dios. -Se volvió hacia la sargento Havers-. Me gustaba saber que otros hombres encontraban deseable a mi mujer. Al principio, atizaba mi morbo.

– ¿Y ahora?

– Todo pierde su capacidad de divertir, sargento. Al cabo de un tiempo.

– ¿Cuánto tiempo ha estado casado?

– Cinco años menos dos meses.

– ¿Y antes?

– ¿Qué?

– ¿Es su primera mujer?

– ¿Qué tiene que ver eso con el precio del petróleo?

– No lo sé. ¿Lo es?

De pronto, Patten volvió a mirar el paisaje. Entornó los ojos como si las luces fueran demasiado brillantes.

– Mi segunda -dijo.

– ¿Y su primera?

– ¿Qué pasa con ella?

– ¿Qué pasó?

– Nos divorciamos.

– ¿Cuándo?

– Hace cinco años menos dos meses.

– Ah.

La sargento Havers escribió con rapidez.

– ¿Puedo saber qué significa «ah», sargento? -preguntó Patten.

– ¿Se divorció de su primera mujer para casarse con Gabríella?

– Eso era lo que Gabríella quería si yo quería a Gabríella. Y yo quería a Gabríella. Nunca he deseado algo tanto, de hecho.

– ¿Y ahora? -preguntó Lynley.

– No la perdonaría, si se refiere a eso. Ya no tengo el menor interés en ella, y aunque lo tuviera, las cosas han ido demasiado lejos.

– ¿En qué sentido?

– La gente lo sabía.

– ¿Que le había dejado por Fleming?

– La frontera se cruza en algún punto. En mi caso, es la infidelidad.

– ¿La suya, o solo la de su mujer? -preguntó Havers.

La cabeza de Patten, todavía recostado sobre la meridiana, giró en dirección a la sargento. Sonrió poco a poco.

– La doble moral hombre-mujer. No es muy atractiva, pero soy lo que soy, un hipócrita en lo tocante a las mujeres que quiero.

– ¿Cómo supo que era Fleming?

– Ordené que la siguieran.

– ¿Hasta Kent?

– Al principio, intentó mentir. Dijo que se alojaba en la casa de Miriam Whitelaw mientras aclaraba sus ideas acerca de su futuro. Fleming solo era un amigo que le estaba echando una mano, dijo. No había nada entre ellos. Si hubiera tenido un lío con él, si me hubiera dejado por él, ¿no vivirían juntos abiertamente? Pero no, y eso demostraba que no existía adulterio, lo cual dejaba claro que había sido una esposa buena y fiel, y no debía olvidar recalcarlo a mi abogado cuando se reuniera con el suyo para hablar del acuerdo. -Patten se frotó el mentón, en el que ya empezaba a despuntar la barba, con el pulgar-. Entonces, le enseñé las fotografías. Eso, al menos, la acobardó.

Eran fotografías de Fleming y ella, prosiguió Patten con la mayor desenvoltura, tomadas en la casa de Kent. Cariñosos saludos en la puerta por la noche, apasionados adioses en el camino particular al amanecer, vigorosos manoseos en un huerto de manzanos cercano a la casa, una entusiasta cópula sobre el césped del jardín.

Cuando Gabriella vio las fotos, también vio que su futura situación económica disminuía a ojos vista, les dijo Patten. Se lanzó sobre él como una gata rabiosa, tiró las fotos a la chimenea del saloncito, pero sabía que había perdido la parte más importante del juego.

– Así que ha estado en la casa -observó Lynley.

Oh, sí, había estado allí. En una ocasión, cuando había entregado las fotos a Gabriella. Y otra vez, cuando Gabriella telefoneó para pedir que se reunieran, a ver si hablaban y encontraban una forma razonable y civilizada de terminar su matrimonio.

– Lo de hablar era un eufemismo -añadió-. Utilizar su boca para hablar no era el fuerte de Gabriella.

– Su esposa ha desaparecido -dijo Havers. Lynley miró en su dirección cuando captó el inconfundible tono apacible y mortalmente educado del comentario. -¿De veras? -preguntó Patten-. Me estaba preguntando por qué no hablaban de ella en las noticias. Al principio, pensé que había conseguido reunir a todos los periodistas y recompensar sus esfuerzos para que la mantuvieran al margen de la historia. Claro que habría sido un proyecto monumental, incluso para alguien con la capacidad de succión de Gabriella.

– ¿Dónde estaba usted el miércoles por la noche, señor Patten? -Havers apretaba el lápiz contra el papel mientras escribía. Lynley se preguntó si sería capaz de leer sus notas más tarde-. Y también el jueves por la mañana.

– ¿Por qué? -preguntó el hombre, con aspecto interesado.

– Limítese a responder a la pregunta.

– Lo haré, en cuanto sepa qué relación tiene con todo esto.

Havers se estaba encrespando. Lynley intervino.

– Es posible que Kenneth Fleming haya sido asesinado -dijo.

Patten dejó el vaso sobre la mesa. Mantuvo sus dedos sobre el borde. Dio la impresión de que intentaba descifrar el grado de frivolidad que expresaba la cara del Lynley.

– Ya comprenderá nuestro interés por su paradero -continuó Lynley.

El ruiseñor volvió a cantar desde los árboles. Cerca, un grillo le contestó.

– El miércoles por la noche, el jueves por la mañana -murmuró Patten, más para sí que para ellos-. Estuve en el Cherbourg Club.

– ¿En Berkeley Square? -preguntó Lynley-. ¿Cuánto rato?

– Debían ser las dos o las tres cuando me fui. Tengo debilidad por el bacará y estaba ganando, por una vez.

– ¿Le acompañaba alguien?

– No se juega solo al bacará, inspector.

– Una acompañante -insinuó Havers.

– Durante parte de la noche.

– ¿Qué parte?

– El principio. La envié a casa en un taxi a eso de las… No sé. La una y media, las dos.

– ¿Y después?

– Seguí jugando. Me marché a casa, me acosté. -Patten desvió la mirada de Lynley a Havers, como si esperara más preguntas. Por fin, continuó-. ¿Saben?, no es probable que yo matara a Fleming, si van por ahí, como parece.

– ¿Quién siguió a su mujer?

– ¿Quién qué?

– Quién hizo las fotos. Nos interesa su nombre.

– Muy bien. Lo tendrán. Escuchen, puede que Fleming se estuviera tirando a mi mujer, pero era un jugador de criquet estupendo, el mejor bateador que hemos tenido en medio siglo. Si hubiera querido terminar su relación con Gabriella, la habría matado a ella, no a él. Al menos, de esa manera no habría perjudicado al equipo. Además, ni siquiera sabía que él estaba en Kent el miércoles. ¿Cómo iba a saberlo?

– Podría haber ordenado que le siguieran.

– ¿Con qué objetivo?

– Venganza.

– Si hubiera querido matarle, pero no era así.

– ¿Y Gabriella?

– ¿Qué pasa con Gabriella?

– ¿Quería matarla?

– Desde luego. Sería más barato que divorciarse de ella, pero me gusta pensar que soy más civilizado que el maridó traicionado medio.

– ¿Ha sabido algo de ella? -preguntó Lynley.

– ¿De Gabriella? Ni una palabra.

– ¿No está aquí?

Patten aparentó auténtica sorpresa y enarcó las cejas.

– ¿Aquí? No. -Entonces, pareció comprender el motivo de la pregunta-. Ah. Esa no era Gabriella.

– ¿Le importaría demostrarlo?

– Si es necesario…

– Gracias.

Patten entró en la casa. Havers se hundió en la butaca y le miró con los ojos entornados.

– Qué cerdo -murmuró.

– ¿Ha apuntado la información del Cherbourg?

– Todavía respiro, inspector.

– Disculpe. -Lynley le dio el número de matrícula del Jaguar del garaje-. Preguntaremos a Kent si alguien vio el Jaguar o el Range Rover cerca de los Spring-burns. El Renault también. El que hay en el camino particular.

Havers resopló.

– ¿Cree que se rebajaría a conducir ese trasto?

– Si se rebajara a cometer un asesinato, sí.

Se abrieron las puertas vidrieras situadas más al fondo. Patten volvió. Iba acompañado por una chica que no tendría más de veinte años. Vestía un jersey demasiado grande para ella y polainas. Su cuerpo se movió sinuosamente cuando cruzó las losas con los pies descalzos. Patten apoyó la mano sobre su nuca, justo debajo del pelo, que era más negro de lo normal y cortado en un estilo geométrico corto que destacaba sus ojos. La acercó a él y, por un momento, dio la impresión de aspirar el perfume que despedía su cabeza.

– Jessica -dijo, a modo de presentación.

– ¿Su hija? -preguntó Havers con voz inexpresiva.

– Sargento -dijo Lynley.

La chica pareció comprender la intención que sub-yacía tras el breve intercambio de palabras. Deslizó el dedo índice por una presilla de los tejanos de Patten.

– ¿Subes, Hugh? -preguntó-. Se está haciendo tarde.

Patten deslizó la mano sobre su espalda, como un hombre que acaricia a un valioso caballo de carreras.

– Dentro de pocos minutos -dijo-. ¿Inspector? -preguntó a Lynley.

Lynley levantó la mano para indicar sin palabras que no iba a interrogar a la chica. No habló hasta que la chica hubo desaparecido en la casa.

– ¿Dónde podría estar su mujer, señor Patten? Ha desaparecido. Al igual que el coche de Fleming. ¿Tiene idea de adonde puede haber ido?

Patten puso el tapón a las botellas de whisky. Las dejó en la bandeja, junto con los vasos.

– Ninguna en absoluto. Esté donde esté, dudo que esté sola.

– Como usted -dijo Havers, y cerró el cuaderno.

Patten la miró, impertérrito.

– Sí. A ese respecto, Gabriella y yo siempre hemos sido muy parecidos.

Capítulo 6

Lynley cogió la carpeta con la información de Kent. Empezó a hojear las fotografías del lugar de los hechos, con el entrecejo fruncido sobre las gafas. Barbara le miraba y se preguntaba cómo se las ingeniaba para parecer tan despierto.

Estaba hecha trizas. Era casi la una de la madrugada. Había engullido tres tazas de café desde que habían vuelto a New Scotland Yard, y a pesar de la cafeína (o tal vez por su culpa), su cerebro oscilaba como un barco en alta mar, pero su cuerpo había decidido tirar la toalla. Quería apoyar la cabeza sobre el escritorio de Lynley y roncar, pero en cambio se levantó, se estiró y caminó hacia la ventana. No se veía a nadie en la calle. El cielo era de un gris ceniciento, incapaz de adquirir una oscuridad auténtica a causa de la megalópolis que se extendía debajo.

Se tiró del labio inferior con aire pensativo mientras contemplaba la vista.

– Supongamos que Patten lo hizo -dijo. Lynley no contestó. Dejó las fotografías a un lado. Leyó parte del informe de la inspectora Ardery y levantó la cabeza. Su expresión era también pensativa-. Tiene un buen motivo -continuó Barbara-. Si se carga a Fleming, se venga del tipo que se cepillaba a su esposa.

Lynley subrayó un párrafo. Luego otro. La una de la mañana, pensó Barbara con desagrado, y aún seguía lúcido.

– ¿Y bien? -le preguntó.

– ¿Puedo ver sus notas?

Barbara volvió a la silla, extrajo la libreta del bolso y se la dio. Mientras regresaba hacia la ventana, Lynley recorrió con el dedo la primera y segunda páginas de su entrevista con la señora Whitelaw. Leyó algo de la tercera, y otra cosa de la cuarta. Volvió otra página y giró el lápiz sobre ella.

– Nos dijo que él sitúa el límite en la infidelidad -dijo Barbara-. Quizá el suyo sea el asesinato.

Lynley miró en su dirección.

– No deje que la antipatía la ciegue, sargento. Carecemos de datos suficientes.

– De todos modos, inspector…

Lynley apuntó el lápiz hacia ella para enmudecerla.

– Cuando estén en nuestro poder, supongo que confirmarán su presencia en el Cherbourg Club el miércoles por la noche.

– Que estuviera en el Cherbourg Club no le elimina como sospechoso. Pudo contratar a alguien para que provocara el incendio. Ya ha admitido que contrató a alguien para que siguiera a Gabriella. Tampoco se fue con rodeos para tomar aquellas fotos de Gabriella y Fleming de las que nos habló. Ahí tiene otro indicio.

– Ninguna de ambas cosas es ilegal. Cuestionables, tal vez. De mal gusto, seguro. Pero ilegales no.

Barbara bufó y volvió a su silla. Se dejó caer en ella.

– Perdone, inspector, pero ¿le dio nuestro pequeño Hugh la impresión de que no se rebajaría a algo de tan mal gusto como el asesinato? ¿Cuándo fue, antes de que hablara sobre el increíble talento de su mujer para la felación, o después de que saliera con esa tía y le diera un buen pellizco en el culo, por si éramos demasiado lerdos para adivinar lo que había entre ellos?

– No le estoy descartando.

– Bien, alabado sea Dios.

– Pero aceptar a Patten como asesino premeditado de Fleming presupone que sabía dónde estaba Fleming el miércoles por la noche. Lo ha negado.No estoy convencido de que podamos demostrar lo contrario.

Lynley devolvió las fotografías e informes a la carpeta. Se quitó las gafas y se frotó ambos lados de la nariz.

– Si Fleming telefoneó a Gabriella y dijo que le esperara -señaló Barbara-, ella pudo telefonear a Patten e informarle. No de una forma deliberada, por supuesto, ni con la intención de que Patten acudiera corriendo para hacer picadillo a Fleming. Una especie de «chúpate ésa, Hugh». Coincide con lo que nos contó sobre ella. Había otros tíos que la deseaban, y aquí está la prueba.

Lynley reflexionó sobre las palabras de su sargento.

– El teléfono -dijo en tono pensativo.

– ¿Qué pasa con él?

– La conversación que Fleming sostuvo con Molli-son. Tal vez le habló de sus planes.

– Si piensa que una llamada telefónica es la clave, su familia también debía saber adonde iba Fleming. Tuvo que cancelar el viaje a Grecia, ¿no? O al menos aplazarlo. Les diría algo. Tuvo que decirles algo, puesto que su hijo…, ¿cómo se llama?

Lynley repasó las notas de Barbara y volvió dos páginas más.

– Jimmy.

– Exacto. Jimmy no telefoneó a la señora White-law el miércoles, cuando su padre no apareció. Y si Jimmy sabía el motivo de la cancelación, debió decírselo a su madre. Eso sería lo lógico. Suponía que el chico se iba, y no fue así. Debió preguntar qué había pasado. Él se lo explicó. ¿Adonde nos lleva eso?

Lynley sacó una libreta del cajón superior del escritorio.

– Mollison -escribió-. Mujer de Fleming. Su hijo.

– Patten -añadió Barbara.

– Gabriella -terminó Lynley. Subrayó el nombre una vez, y después otra. Se lo pensó, y volvió a subrayarlo.

Bárbara le contempló un momento.

– En cuanto a Gabriella -dijo-, no sé, inspector. Es absurdo. ¿Qué hizo? ¿Cargarse a su amante y largarse a continuación en el coche del muerto? Demasiado fácil. Demasiado evidente. ¿Qué tiene en lugar de cerebro, si hizo algo semejante? ¿Algodón mojado?

– Según Patten.

– Volvemos a él. ¿Lo ve? Es la dirección natural.

– Tiene motivos suficientes. En cuanto a lo demás… -Lynley indicó la carpeta y las fotografías-, habrá que ver cómo se acumulan las pruebas. La policía científica de Maidstone habrá terminado con la casa a media mañana. Si hay algo que encontrar, es probable que lo descubran.

– Al menos, sabemos que no fue suicidio -dijo Barbara.

– No lo fue, pero puede que tampoco fuera asesinato.

– No me dirá que fue un accidente. Piense en el cigarrillo y las cerillas que Ardery descubrió en la butaca.

– No digo que fuera un accidente. -Lynley bostezó, apoyó la barbilla en la palma. Hizo una mueca cuando la barba incipiente de su cara debió darle una idea de la hora que era-. Necesitaremos la matrícula del coche de Fleming. Haremos circular la descripción. Verde, dijo la señora Whitelaw. Un Lotus. Un Lotus 7, posiblemente. Los documentos estarán en algún sitio. En la casa de Kensington, diría yo.

– Exacto. -Barbara cogió su libreta y garrapateó un recordatorio-. ¿Se fijó en la segunda puerta de su dormitorio, por casualidad, en casa de la Whitelaw?

– ¿El dormitorio de Fleming?

– Junto al ropero. ¿La vio? Un albornoz colgaba de un gancho.

Lynley contempló la puerta de la oficina intentando recordar.

– De velludillo pardo -dijo-, a rayas verdes. Sí. ¿Qué pasa con él?

– El albornoz no, la puerta. Conduce a la habitación de ella. De ahí saqué el cubrecama.

– ¿El dormitorio de la señora Whitelaw?

– Interesante, ¿verdad? Cuartos contiguos. ¿Qué le sugiere eso?

Lynley se levantó.

– Dormir -dijo-. Es lo que ambos deberíamos estar haciendo en este momento. -Cogió los informes y fotografías y se los puso bajo el brazo-. Vámonos, sargento. Habrá que madrugar.

Cuando Jeannie ya no pudo retrasarlo más, subió la escalera. Había lavado los platos de la cena que nadie había comido. Había doblado el paño de cocina sobre la barra que había a un lado de la nevera, justo debajo de una exposición de los trabajos escolares de Stan y un alegre boceto de uno de los pájaros de Sharon. Había limpiado los fogones y secado el viejo hule rojo que servía para cubrir la mesa de la cocina. Después, se había incorporado y, sin querer, le había recordado metiendo el dedo en un agujero del hule.

– No eres tú, nena -dijo-. Soy yo. Es ella. Es desear algo con ella y no saber qué es, sentirme mal por ti y los chicos, sentados aquí a la espera de mi decisión sobre todos vosotros. Estoy pasando una mala temporada, Jeannie, ¿no lo comprendes? Oh, maldita sea, Jeannie, no llores. Ven, por favor. Detesto verte llorar.

Recordó que, sin quererlo, los dedos de Kenny secaron sus mejillas, cerró la mano sobre su muñeca, rodeó su espalda con los brazos, apretó la boca contra la suya.

– Por favor, por favor -suplicó-. No nos lo pongas más difícil, Jean.

Pero no podía hacerlo.

Barrió el suelo para alejar la imagen de su mente. Restregó el fregadero. Limpió el interior del horno. Incluso bajó las cortinas de la ventana para darles una buena lavada, pero no podía hacerlo a una hora tan intempestiva, de manera que las dobló de cualquier manera, las dejó sobre una silla y comprendió que había llegado el momento de ver a sus hijos.

Subió la escalera poco a poco y combatió el cansancio que enviaba temblores a sus piernas. Se detuvo en el cuarto de baño y se mojó la cara con agua fría. Se quitó el delantal, se puso la bata verde, dejó resbalar los dedos sobre su estampado de rosas entrelazadas y se soltó el pelo. Lo había llevado recogido demasiado tiempo, echado hacia atrás para pasar la mañana en Crissys, y tampoco se lo había soltado cuando la policía llegó para trasladarla a Kent. Le dolió el cuero cabelludo cuando lo liberó de su horquilla amarilla. Dio un respingo y sintió que sus ojos se humedecían cuando lo dejó resbalar alrededor de su cara y orejas. Se sentó en el retrete, pero no para orinar, sino para ganar tiempo.

¿Qué más podía decirles?, se preguntó. Durante los últimos cuatro años había intentado devolver su padre a sus hijos. ¿Qué podía decirles ahora?

– Hemos estado separados más tiempo del suficiente, Jean -dijo él-. Podemos conseguir el divorcio sin culpar a ninguno de los dos.

– Yo te he sido fiel, Kenny -había contestado ella. Estaba al otro lado de la cocina, lo más lejos posible de él, y el borde del fregadero se hundía en su espalda. Era la primera vez que utilizaba la palabra tan temida por ella desde el día en que les dejó-. Nunca me he acostado con otro tío. Nunca. Ni una vez en mi vida.

– No esperaba que me fueras fiel. Nunca te lo pedí después de marcharme, ¿verdad?

– Hice unos votos, Kenny. Dije hasta la muerte. Dije que te daría de todo corazón lo que quisieras de mí. No puedes decir que he roto mi promesa.

– No lo he dicho.

– Entonces, explícame por qué, y sé sincero conmigo, Kenny. Deja ya el rollo de encontrarte a ti mismo. Vayamos al grano. ¿A quién te estabas follando a escondidas y ahora quieres follarte legalmente?

– Por favor, nena. No es una cuestión de follar.

– ¿No? Entonces, ¿por qué te has ruborizado hasta las orejas? ¿A quién te estás cepillando ahora? ¿Qué me dices de la señora Whitelaw? ¿Le cambias el aceite dos veces a la semana?

– No seas tonta, ¿vale?

– Fuimos a una iglesia, tú y yo. Dijimos hasta que la muerte nos separe.

– Teníamos diecisiete años. La gente cambia. Es inevitable.

– Yo no he cambiado. -Respiró hondo para combatir la sensación de sequedad en su boca. Lo peor, pensó, no era saber lo que ya sabía, sino carecer de un nombre y una cara contra los que poder dirigir la fuerza de su odio-. Yo he sido sincera contigo, Kenny. Tú me debes eso, como mínimo. ¿A quién te estás follando, ahora que ya no me follas?

– Jean…

– No es la forma correcta de describirlo, ¿verdad?

– Lo que falla entre nosotros no es la cuestión sexual. Nunca lo fue, y tú lo sabes.

– Tenemos tres hijos. Tenemos una vida aquí. Al menos, la teníamos hasta que la señora Whitelaw nos la robó.

– Esto no tiene nada que ver con Miriam.

– ¿Ahora es Miriam? ¿Desde cuándo es Miriam? ¿Es Miriam a plena luz del día, o solo en la oscuridad, cuando no te hace falta mirar la masa fofa que estás meneando?

– Por los clavos de Cristo, Jean. Piensa un poco, ¿quieres? No me acuesto con Miriam Whitelaw. Es una anciana.

– Entonces, ¿con quién? Dímelo. ¿Con quién?

– No me estás escuchando. No es un problema de sexo.

– Oh, claro. ¿Pues de qué? ¿Te has volcado en la religión? ¿Has encontrado a alguien con quien cantar himnos los domingos por la mañana?

– Se ha abierto un abismo entre nosotros que no debería existir. Ese ha sido siempre el problema.

– ¿Qué abismo? ¿Cuál?

– No lo ves, ¿verdad? De ahí viene todo.

Jean rió, aunque ella misma reconoció que era un sonido chillón y nervioso.

– Estás chiflado, Kenny Fleming. Dime qué otra pareja ha conseguido la mitad que nosotros desde que teníamos doce años.

Kenny meneó la cabeza. Parecía cansado y resignado.

– Ya no tengo doce años. Necesito algo más. Necesito una mujer con la que pueda compartirlo todo. Tú y yo…, tú y yo…, nos entendemos en algunas cosas, pero en otras no, sobre todo en las que importan fuera del dormitorio.

Jeannie sintió que el borde del fregadero arañaba carne y hueso. Se irguió en toda su estatura.

– Hay hombres que caminarían sobre carbones al rojo vivo para conseguir a alguien como yo.

– Lo sé.

– Entonces, ¿en qué soy deficiente?

– No he dicho que fueras deficiente.

– Has dicho que tú y yo nos entendemos en algunas cosas, pero en otras no. ¿En qué? Dímelo ahora mismo.

– Nuestros intereses. Lo que hacemos. Lo que nos importa. Lo que hablamos. Nuestros planes. Lo que deseamos en la vida.

– Siempre fuimos al unísono. Ya lo sabes.

– Al principio sí, pero nos hemos ido alejando. Has de verlo. Es que no quieres admitirlo.

– ¿Quién te ha dicho que no nos entendíamos? ¿Es ella? ¿La señora Whitelaw te está llenando la cabeza de chorradas? Porque ella me odia, Kenny. Desde siempre.

– Ya te he dicho que esto no tiene nada que ver con Miriam.

– Me culpa por apartarte de la escuela. Vino a Bi-llingsgate cuando estaba embarazada de Jimmy.

– Eso no tiene nada que ver con lo que está pasando ahora.

– Dijo que arruinaría tu vida si tú y yo nos casábamos.

– Es agua pasada. Olvídalo.

– Dijo que no serías nada si dejabas.la escuela.

– Es nuestra amiga. Solo estaba preocupada por nosotros.

– ¿Nuestra amiga, dices? Quería que me deshiciera del niño. Quería que abortara. Quería que yo muriera. Siempre me ha tenido manía, Kenny. Siempre…

– ¡Basta! -Golpeó la mesa con la mano. El salero de cerámica (en forma de oso polar para hacer juego con el pimentero en forma de pantera) cayó al suelo y se estrelló contra una pata de la mesa. Se rompió, y un chorro blanco se desparramó sobre el linóleo verde. Kenny lo recogió. Se partió en dos pedazos en su mano. Más sal resbaló como arena blanca entre sus dedos-. Estás muy equivocada acerca de Miriam -dijo, sin mirarla-. Ha sido buena conmigo. Ha sido buena con nosotros. Contigo. Con los niños.

– Entonces, dime quién es mejor que yo para ti.

Dibujó garabatos en la sal. Borró los dibujos con la mano. Volvió a dibujar.

– Escucha, nena, no es una cuestión de follar. -No hablaba a ella, sino a la sal. Por el tono de su voz, Jean adivinó que había decidido contarle la verdad. Por la postura de su cabeza y sus hombros, supo que la verdad iba a ser peor de lo que imaginaba-. No es una cuestión de sexo -repitió-. ¿Comprendido?

– Ah -dijo ella, con una frivolidad que no sentía-. No es una cuestión de sexo. ¿Ahora eres cura, Kenny?

– Muy bien. Me he acostado con ella, sí. Nos hemos ido a la cama, pero no es una cuestión de sexo. Es más que eso. Es… -Hundió el canto de su mano en la sal. Lo movió de un lado a otro. La barrió hacia el borde roto del salero, derramó la sal que quedaba, la vio caer y volvió a barrerla-. Es una cuestión de deseo -terminó.

– ¿Y eso no es lo mismo que sexo? Por favor, Kenny.

Él la miró y Jean sintió que sus dedos se congelaban. Nunca había visto su rostro tan torturado.

– Nunca había sentido algo igual -dijo-. Quiero conocerla de todas las maneras posibles. Quiero poseerla. Quiero ser ella. Eso es lo que pasa.

– Qué chorrada.

Jeannie intentó que su tono fuera desdeñoso, pero sonó asustado.

– Me he encogido, Jean, como si me hubieran metido en una olla hasta hervir por completo. Solo queda el núcleo. Y el núcleo es deseo. De ella. La deseo. No puedo pensar en nada más.

– Estás diciendo tonterías, Kenny.

Él apartó la vista.

– Ya sabía que no me entenderías.

– Espero que ella sí. La señorita Fulana de Tal.

– Sí, me entiende.

– ¿Quién es? ¿Quién es esa a la que tanto deseas?

– ¿Qué más da?

– A mí sí me importa, y me debes el nombre. Si todo ha terminado entre nosotros, como tú quieres.

Kenny sólo dijo «Gabriella» en voz baja, y lo repitió en un suspiro, con la cabeza apretada contra los puños. La sal derramada sobre el hule destellaba en sus muñecas como diminutas pecas blancas.

Jeannie no necesitó oír más. El apellido sobraba. Experimentó la sensación de que le había clavado un hacha, como un matarife, corta carne. Se acercó a la mesa, aturdida.

– ¿Gabriella Patten es esa a la que quieres conocer de todas las maneras, poseer, ser como ella? -Se derrumbó en una silla-. No te lo permitiré.

– No entiendes… No sabes… No puedo explicártelo.

Se dio unos golpecitos en la frente con el puño, como si quisiera escudriñar en su cerebro.

– No, si ya lo sé, y moriré antes que verte con ella, Kenny.

Pero no había ocurrido de esa forma. La muerte había llegado, pero el cadáver no había sido el previsto. Jeannie apretó con fuerza los ojos hasta que vio lucecitas. Cuando supo que iba a poder hablar con voz normal, en caso necesario (y rezó para que no fuera así), salió del cuarto de baño.

Sharon no estaba dormida. Jeannie abrió unos centímetros la puerta de su dormitorio y vio que estaba sentada en la cama, al lado de la ventana. Estaba tejiendo. No había encendido la luz. Estaba encorvada como un jorobado, las agujas entrechocaban entre sí y retorcían el hilo, mientras ella susurraba, «Bordar. Tejer. Sí. Y otra vez». Sobre las sábanas serpenteaba la bufanda en la que había trabajado el mes pasado. Era para su papá, un regalo de cumpleaños fuera de temporada que Kenny habría llevado para complacer a su hija, indiferente al clima, cuando hubiera abierto el paquete a finales de junio.

Cuando Jeannie abrió del todo la puerta, Sharon no la miró. Su cara estaba tensa a causa de la concentración, pero como no se había puesto las gafas, estaba obteniendo un completo desastre.

Las gafas estaban sobre la mesita de noche, junto a los prismáticos con los que Sharon observaba a los pájaros. Jeannie las cogió, pasó las yemas de los dedos sobre las patillas y pensó en la edad que debería tener su hija para que le permitieran llevar lentillas. Había pensado en preguntárselo a Kenny cuando se enteró de que tres gamberros del colegio se burlaban de Sharon y la llamaban Ojos de Sapo. La consulta, de hecho, era innecesaria, porque Jeannie sabía la respuesta que habría obtenido. Kenny se habría precipitado a comprar las lentillas de inmediato, habría enseñado a Sharon a utilizarlas, y se habría reído de los estúpidos muchachos que solo se sentían hombres cuando se burlaban de una niña de catorce años.

– Bordar, bordar, bordar -susurró Sharon-. Tejer, bordar, bordar, bordar.

Jeannie le extendió las gafas.

– ¿Las necesitas, Shar? ¿Quieres que encienda la luz? A oscuras no puedes ver bien lo que haces, ¿verdad?

Sharon sacudió la cabeza con furia.

– Tejer -dijo-. Bordar, bordar, bordar.

Las agujas sonaban como pájaros al picotear.

Jeannie se sentó en el borde de la cama de su hija. Acarició la bufanda. Estaba apelmazada en el centro y deformada en los bordes. Aún era peor el trabajo que las agujas estaban ejecutando aquella noche.

– A papá le habría gustado, cariño -dijo Jeannie-. Se habría sentido orgulloso. -Alzó la mano para tocar el pelo de su hija, pero terminó el gesto alisando las mantas-. Tendrías que intentar dormir. ¿Quieres venir conmigo?

Sharon meneó la cabeza.

– Tejer -murmuró-. Bordar, bordar, tejer.

– ¿Quieres que me quede aquí? Si te apartas, rae sentaré contigo un rato. -Quería decir: «La primera noche es la peor, cuando el dolor te da ganas de golpearte la cabeza contra la ventana». En cambio, dijo-: Quizá iremos al río mañana. ¿Qué te parece? Intentaremos ver uno de esos pájaros que andas buscando. ¿Cómo se llaman, Shar?

– Tejer -susurró Sharon-. Tejer, tejer, bordar.

– Era un nombre raro.

Sharon desenrolló más hilo de la madeja. Lo retorció alrededor de su mano. No lo miró, ni tampoco a su labor. Tenía la espalda encorvada sobre la labor, pero sus ojos estaban fijos en la pared, donde había clavado docenas de bosquejos de pájaros.

– ¿Quieres ir al río, cariño, a ver más pájaros? ¿Te llevarás el cuaderno de dibujo? ¿Quieres que nos llevemos la comida?

Sharon no contestó. Se acomodó de lado, de espaldas a su madre, y continuó tejiendo. Jeannie la contempló un momento. Trazó con la mano la curva de su hombro, sin tocarla.

– Sí -dijo-. Bien. Es una buena idea. Intenta dormir, cariño.

Fue a la habitación de sus hijos, al otro lado del pasillo.

Olía a humo de cigarrillo, cuerpos sin lavar y ropa sucia. Stan dormía en una cama, protegido por todas partes por una hilera de animales disecados que montaban guardia, entre los cuales se había acurrucado, con las mantas alrededor de los tobillos y la mano hundida dentro del pijama.

– Stan se la pela cada noche. No necesita un buen amigo. Ya tiene a su picha.

Las palabras de Jimmy llegaron desde el lugar más oscuro de la habitación, donde el olor era más intenso y un fugaz resplandor rojizo iluminaba un fragmento de labio y el nudillo de un dedo. Jeannie dejó la mano de Stan donde estaba y le cubrió con las mantas.

– ¿Cuántas veces hemos hablado de lo de fumar en la cama, Jim? -preguntó en voz baja.

– No me acuerdo.

– ¿No te quedarás satisfecho hasta que quemes la casa?

El chico resopló a modo de respuesta.

Jeannie descorrió las cortinas de la ventana y subió un poco la hoja batiente para que entrara algo de aire fresco. La luz de la luna cayó sobre los cuadrados de alfombra pardos, y dibujó un sendero que conducía al naufragio de un clíper caído de costado, con los tres mástiles arrancados y una cavidad del tamaño de un pie que hundía su popa.

– ¿Qué ha pasado aquí? -preguntó Jeannie.

Se agachó sobre el modelo. Era una ruina de madera de balsa cortada y pintada a mano, la copia adorada por Jimmy del Cutty Sark. Tras meses dedicados a su construcción, había sido el orgullo de padre e hijo, que habían pasado horas y días a la mesa de la cocina, diseñando, cortando, pintando, pegando.

– ¡Oh, no! -exclamó en voz baja-Jim, lo siento. ¿Stan ha…?

Jimmy lanzó una risita despectiva. Jeannie levantó la vista. El tabaco quemado alumbró y se apagó. Oyó el silbido del humo al salir de su nariz.

– Stan no lo ha hecho -contestó Jimmy-. Stan está demasiado ocupado pelándosela para pensar en limpiar la casa. Son cosas de crios, en cualquier caso. ¿Quién las necesita?

Jeannie desvió la vista hacia la librería que corría bajo la ventana. En el suelo yacían las ruinas del Golden Hind. Al lado, el Gipsy Moth IV. Más allá, los restos del Victory, mezclados con las piezas de una nave vikinga y una galera romana.

– Pero tú y papá -empezó inútilmente Jeannie-. Jimmy, tú y papá…

– ¿Sí, mamá? ¿Papá y yo qué?

Qué extraño, pensó, que aquellos fragmentos de madera, trozos de hilo y cuadrados de tela le dieran ganas de llorar. La muerte de Kenny no lo había conseguido. Ver su cadáver desnudo no lo había conseguido. Las luces de los flashes y las preguntas de los periodistas no lo habían conseguido. Había comunicado sin la menor emoción a Sharon y Stan que su padre había muerto, pero ahora, cuando su vista tomó nota de los barcos destrozados, se sintió tan rota como las ruinas diseminadas sobre la alfombra.

– Eso era lo que te quedaba de él -dijo-. Estos barcos. Son tuyos y de papá. Estos barcos.

– El cabrón ha muerto, ¿no? Es inútil guardar recuerdos en casa. Tendrías que haber tirado esta mierda tú misma, mamá. Fotos, ropas, libros. Bates viejos. Su bici. Tirarlo todo. ¿Quién lo necesita?

– No hables así.

– No pensarás que guardaba recuerdos de nosotros, ¿verdad? -Jimmy se inclinó hacia la luz de la luna. Enlazó las manos sobre sus rodillas huesudas y tiró la ceniza sobre el cubrecama-. No quería recuerdos dé la mujer y los niños en un momento crucial, ¿verdad? Podían interponerse en su camino. Fotos de nuestras jetas sobre la mesita de noche. Eso perjudicaría a su vida amorosa. Un mechón de nuestro pelo en un broche prendido a su uniforme de criquet. Estorbaría sus movimientos durante el jodido partido. Uno de los dibujos de pájaros de Sharon. Uno de los ositos de Stan. -La punta encendida del cigarrillo tembló como una luciérnaga-. O una de tus baratijas holandesas que tanta gracia le hacían. O esa estúpida jarra en forma de vaca que vierte leche como si estuviera enferma. Podría utilizarla por las mañanas con sus cereales, ¿no? Solo que cuando sirviera la leche y pensara en ti, levantaría la vista y vería a otra persona. No. -Se apoyó sobre el codo y aplastó el cigarrillo en un costado de la calavera de broma que brillaba en la oscuridad-. No quería fragmentos de su vida anterior mezclados con la nueva. No. Nunca. Nuestro papá, no. En absoluto.

Jeannie le olía desde el otro extremo de la habitación. Se preguntó cuándo se habría duchado por última vez. Hasta olía su aliento, fétido por culpa del humo de sus cigarrillos.

– Tenía fotos de vosotros -dijo-. ¿Te acuerdas que vino a recogerlas? Las enmarcó, pero equivocó la medida de los marcos. Demasiado grandes o demasiado pequeños. Sobre todo, demasiado grandes, porque Shar cortó papel para llenar los huecos. Tú le ayudaste. Elegiste las tuyas que él quería.

– ¿Sí? Bueno, entonces era un crío, ¿no? Un mocoso impertinente. Esperaba que papá volvería si le lamía bien los zapatos. Menuda broma. Qué mamonada. Me alegro…

– No lo creo, Jim.

– ¿Por qué? ¿Qué sientes tú, mamá? -Su pregunta era tensa. La repitió y añadió-: ¿Lamentas que haya muerto?

– Estaba pasando una mala temporada. Intentaba aclarar sus ideas.

– Sí. ¿No nos pasa a todos? Pero no nos comemos el tarro mientras nos tiramos a un putón, ¿verdad?

Jeannie se alegró de estar en la oscuridad. Ocultaba y protegía, pero las sombras eran traicioneras. Al tiempo que él no la podía ver con claridad y, por tanto, ignoraba que sus palabras eran como pequeños ganchos que se clavaban en las mejillas de su madre, Jeannie tampoco podía verle, de la forma que una madre necesita ver a su hijo cuando hay que contestar a una pregunta, y todo lo que una madre aprecia más en su vida se juega en la respuesta que él le dé.

Pero no podía formular esa pregunta, de manera que replicó con otra.

– ¿Qué intentas decir?

– Sabía todo sobre papá. Todo sobre la rubia de anuncio. Todo sobre la gran indagación en su alma que llevaba a cabo papá mientras se la tiraba como si fuera una cabra. Se buscaba a sí mismo. Qué hipócrita.

– Lo que hacía con… -Jeannie no podía decir el nombre a su hijo. Confirmar lo que Jimmy acababa de decir por hablar más de la cuenta era pedirle demasiado en aquel momento. Hundió las manos en los bolsillos de la bata y se serenó. Su mano derecha encontró un pañuelo de papel arrugado, y la izquierda un peine al que faltaban algunos dientes-. Eso no tenía nada que ver contigo, Jimmy. Era una cuestión entre tu padre y yo. Te quería como siempre, y también a Shar y Stan.

– Por eso fuimos de paseo por el río como nos había prometido, ¿verdad, mamá? Alquilamos el camarote de aquel crucero, como siempre había dicho, y zarpamos Támesis arriba. Vimos las esclusas. Vimos los cisnes. Nos detuvimos en Hampton Court y recorrimos el laberinto. Hasta saludamos a la reina, que estaba en el puente de Windsor, esperando a que pasáramos y nos quitáramos el sombrero.

– Quería llevaros al río. No creas que olvidó…

– Y a la regata de Henley. También fuimos, ¿verdad? Todos disfrazados con nuestros trajes de los domingos. Llevábamos una cesta con nuestra comida favorita. Patatas fritas para Stan. Cocoa Pops para Shar. McDonald's para mí. Y cuando terminamos, fuimos al gran viaje de cumpleaños: las islas griegas, el crucero, papá y yo solos.

– Jim, tenía que aclararse. Papá y yo estuvimos juntos desde que éramos niños. Necesitaha tiempo para saber si quería seguir, pero seguir conmigo, conmigo, no con vosotros. Papá no había cambiado con respecto a vosotros.

– Ah, vale, mamá. No había cambiado. Como que ella no se habría hartado de nosotros. Stan se la pelaría en su habitación los fines de semana, Shar clavaría sus dibujos de pájaros en el papel pintado, y yo le dejaría perdidas de grasa del motor sus alfombras. Tenernos como hijastros habría sido la gran alegría de su vida. De hecho, creo que no dejó marchar de casa a papá hasta que le aseguró que íbamos incluidos en el lote. -Se quitó a patadas las Doc Martens. Cayeron al suelo con un ruido sordo. Ahuecó la almohada y se recostó contra la cabecera de la cama. Su cara quedó oculta entre las sombras más espesas-. Debe de estar desesperada, nuestra rubia de anuncio. ¿Tú qué crees, mamá? Papá ha estirado la pata y es una auténtica pena, ¿verdad?, porque ya no se lo puede cepillar cuando le de la gana, pero lo peor de todo es que ya no podremos ser sus hijastros. Apuesto a que está realmente afligida por eso.

Lanzó una risita en voz baja.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Jeannie, Los dedos de la mano izquierda buscaron el peine de sü bolsillo y se hundieron en los huecos entre los dientes.

– Jimmy -dijo-, quiero preguntarte una cosa.

– Pregunta, mamá. Pregunta lo que quieras, pero yo no me he revolcado con ella, si es eso lo que quieres saber. Papá no era de los que compartían las pertenencias.

– Sabías quién era ella.

– Tal vez.

Aferró el pañuelo de papel con la mano derecha. Comenzó a desgarrarlo en el bolsillo. No quería saber la respuesta, porque ya la sabía. De todos modos, hizo la pregunta.

– Cuando anuló el crucero, ¿qué te dijo? Dímelo, Jim. ¿Qué dijo?

La mano de Jimmy surgió de las sombras. Buscó algo cerca de la calavera de broma. Una llamarada siguió a un siseo, y le vio sujetar la cerilla encendida cerca de su cara pálida. El chico no dejó de mirarla mientras la cerilla se iba apagando. Cuando la llama lamió sus dedos, ni siquiera pestañeó. Tampoco contestó.

Lynley encontró por fin un hueco en Sumner Place. Karma de aparcamiento, lo habría llamado la sargento Havers. Él no estaba tan seguro. Durante diez minutos había recorrido Fulham Road de arriba abajo, dado la vuelta a la estación de South Kensington, y había llegado a conocer mejor de lo que nunca había soñado el edificio restaurado de la Michelin en Brompton Cross. Estaba a punto de rendirse y marchar a casa, cuando pasó una vez más por Sumner Place y vio que un Morgan antiguo dejaba un espacio libre a menos de veinte metros del lugar al que se dirigía: Onslow Square.

La madrugada era agradable, y solo algún ocasional rugido de automóvil, procedente de Oíd Brompton Road, rompía el silencio perfecto. Bajó por Sumner Place, cruzó cerca de una pequeña capilla situada al final de la calle y entró en Onslow Square.

Todas las luces, salvo una, estaban apagadas en el piso de Helen. Había dejado una lámpara encendida en el salón, justo en el interior del pequeño balcón que daba a la plaza. Sonrió cuando la vio. Helen le conocía mejor que nadie; incluido él.

Entró en el edificio, subió la escalera, abrió la puerta del piso. Helen había estado leyendo antes de caer dormida, porque había un libro abierto sobre el cubrecama, boca abajo. Lo cogió, intentó y no consiguió leer el título en la oscuridad casi absoluta de la habitación, lo dejó sobre la mesita de noche y utilizó el brazalete de oro a modo de punto. La examinó.

Estaba tendida de lado, con la mano derecha bajo la mejilla, las pestañas oscuras extendidas sobre la piel. Tenía los labios fruncidos, como si sus sueños exigieran concentración. Un rizo de su cabello se curvaba desde la oreja hasta la comisura de la boca, y cuando él lo apartó de su cara, Helen se removió, pero sin despertarse. Lynley sonrió. Nunca había conocido a alguien que durmiera tan profundamente.

– Alguien podría entrar, llevarse todas tus cosas, y ni te enterarías -le había dicho, exasperado, tras comprobar que el sueño de los muertos de Helen contrastaba con sus interminables vueltas y vueltas de los vivos-. Por el amor de Dios, Helen, es algo enfermizo. Más que dormir, pierdes la conciencia. Creo que deberías consultar el problema a un especialista.

Ella rió y palmeó su mejilla.

– Es la ventaja de tener la conciencia completamente tranquila, Tommy.

– De mucho te va a servir si una noche se incendia el edificio. Ni siquiera la alarma te despertaría, ¿verdad?

– Es probable. Qué idea tan horrible. -Su rostro se ensombreció un momento, y luego se iluminó- Ah, pero a ti sí, ¿verdad? Lo cual sugiere que debería considerar la idea de no dejarte.

– ¿Ya lo haces?

– ¿Qué?

– Considerarla.

– Más de lo que piensas.

– ¿Y?

– Pues deberíamos cenar. Tengo un pollo perfecto. Patatas nuevas. Haricots verts. Un Pinot grigio para empinar el codo.

– ¿Has preparado la cena?

Aquello sí que era una novedad. Una dulce visión de la vida doméstica, pensó.

– ¿Yo? -Helen rió-. Por Dios, Tommy, no hay nada cocinado. Oh, miré y miré en un libro de Simón. Deborah me indicó un par de recetas que no parecían un reto para mis limitados talentos culinarios, pero todo me pareció muy complicado.

– Solo es pollo.

– Sí, pero la receta exigía que lo dragara *. Dragarlo, por el amor de Dios. ¿No es eso que hacen en los pantanos? ¿No están dragando siempre los canales o algo por el estilo? ¿Cómo se puede hacer eso a un pollo?

– ¿Tu imaginación no te lo dijo?

– Ni siquiera quiero repetir lo que mi imaginación sugirió. Destruiría tu apetito para siempre.

– Lo cual no sería una mala idea, si albergo la esperanza de comer pronto.

– Estás decepcionado. Yo te he decepcionado. Lo siento, querido. Soy una completa inutilidad. No sé cocinar

– No te estás presentando a una prueba para un papel de una novela de Jane Austen.

– Me duermo en los conciertos. No sé decir nada inteligente sobre Shakespeare, Pinter o Shaw. Pensaba que Simone de Beauvoir era algo de beber. ¿Cómo puedes aguantarme?

Esa era la cuestión, exactamente. No tenía respuesta.

– Somos tal para cual, Helen -dijo a la forma dormida-. Somos alfa y omega. Somos positivo y negativo. Somos una pareja hecha en el cielo.

Sacó el pequeño estuche del bolsillo de la chaqueta y lo dejó sobre la novela, en la mesita de noche. Porque, al fin y al cabo, aquella era la noche. Lograré que el momento sea completamente memorable, había pensado. Romance al ciento por ciento. Hazlo con rosas, velas, caviar, champagne. Música de fondo. Séllalo con un beso.

Solo era posible la última opción. Se sentó en el borde de la cama y acercó los labios a la mejilla de Helen. Esta se removió, frunció el entrecejo. Se dio la vuelta. Él la besó en la boca.

– ¿Vienes a la cama? -murmuró Helen, sin abrir los ojos.

– ¿Cómo sabes que soy yo? ¿Es una invitación que extiendes a cualquiera que aparece en tu dormitorio a las dos de la mañana?

Helen sonrió.

– Solo si promete algo.

– Entiendo.

Abrió los ojos. Oscuros como su pelo, en contraste con la piel, eran como la noche. Helen era sombras y luz de luna.

– ¿Cómo ha ido? -preguntó en voz baja.

– Complicado -contestó Lynley-. Un jugador de criquet. Del equipo inglés.

– Criquet -murmuró Helen-. Ese juego horrible. ¿Alguien es capaz de entenderlo?

– Por suerte, no será necesario para el caso.

Helen volvió a cerrar los ojos.

– Ven a la cama, pues. Añoro tus ronquidos en mi oído.

– ¿Ronco?

– ¿Nadie se había quejado antes?

– No. Y yo pensaba… -Comprendió la trampa cuando los labios de Helen se curvaron en una sonrisa-. Se supone que deberías estar más que medio dormida.

– Lo estoy, lo estoy. Tú también deberías estarlo. Ven a la cama, querido.

– A pesar…

– De tu siniestro pasado. Sí. Te quiero. Ven a la cama y dame calor.

– No hace frío.

– Fingiremos.

Lynley levantó la mano de Helen, besó la palma, enredó los dedos con los suyos. Ella no apretó con mucha fuerza. Se estaba durmiendo otra vez.

– No puedo -dijo-. He de levantarme temprano.

– Bah -murmuró ella-. Puedes poner el despertador.

– No me gustaría. Me distraes demasiado.

– No es un buen augurio para nuestro futuro, ¿verdad?

– ¿Tenemos futuro?

– Ya sabes que sí.

Lynley besó sus dedos y le deslizó la mano debajo de las sábanas. En un acto reflejo, ella se puso de costado otra vez.

– Felices sueños -dijo Lynley.

– Hummm. Sí.

Le besó la sien, se levantó y caminó hacia la puerta.

– ¿Tommy?

Era algo más que un murmullo.

– ¿Sí?

– ¿Por qué has venido?

– Te he dejado algo.

– ¿Para desayunar?

Él sonrió.

– No, para desayunar no. Ya te las arreglarás.

– Entonces, ¿qué?

– Ya lo verás.

– ¿Por qué lo has hecho?

Una buena pregunta. Dio la respuesta más razonable.

– Por amor, supongo.

Y por la vida, pensó, y todas sus malditas complicaciones.

– Qué amable. Eres muy considerado, querido.

Se removió bajo las sábanas, en busca de la postura más cómoda posible.

Lynley se quedó en la puerta, a la espera del momento en que su respiración se hiciera más profunda. La oyó suspirar.

– Helen -susurró.

Su respiración no se alteró.

– Te quiero -dijo.

Su respiración no se alteró.

– Cásate conmigo.

Su respiración no se alteró.

Tras haber cumplido la obligación que se había autoimpuesto para el fin de semana, cerró la puerta y dejó que soñara sus sueños.

Capítulo 7

Miriam Whitelaw no habló hasta que cruzaron el río y se internaron en New Kent Road.

– Nunca ha existido una forma cómoda de llegar a Kent desde Kensington, ¿verdad? -dijo, como si se disculpara por las molestias que les estaba causando.

Lynley la miró por el retrovisor, pero no contestó. La sargento Havers estaba encorvada a su lado y murmuraba en el teléfono del coche, mientras comunicaba al agente detective Winston Nkata, de New Scotland Yard, la matrícula y la descripción del Lotus-7 de Kenneth Fleming.

– Hazlo circular -dijo-, y envíalo por fax a las comisarías del distrito… ¿Qué? Lo preguntaré. -Levantó la cabeza y habló a Lynley-. ¿Se lo damos también a la prensa? -Lynley asintió-. Adelante -dijo a Nkata-, pero nada más de momento, ¿entendido? Estupendo -Dejó el teléfono en su sitio y se reclinó en el asiento. Inspeccionó la calle congestionada y suspiró-. ¿Dónde demonios va todo el mundo?

– Fin de semana -contestó Lynley-. Buen tiempo.

Estaban atrapados en un éxodo masivo de la ciudad al campo. En algunos tramos se circulaba con normalidad, y en otros se producían retenciones. Llevaban unos cuarenta minutos de viaje. Primero, habían avanzado a paso de tortuga hasta el Embank-ment, después hasta el puente de Westminster, y de allí hacia la masa urbana continua que comprende el sur de Londres. Todo prometía que tardarían bastante más de otros cuarenta minutos en llegar a los Springburns.

Habían dedicado la primera hora de su jornada a examinar los papeles de Kenneth Fleming. Algunos estaban mezclados con otros pertenecientes a la señora Whitelaw, apretujados en los cajones de un escritorio del saloncito, situado en la planta baja de la casa. Algunos más estaban en un archivador de cartas, sobre la encimera de la cocina. Entre ellos, encontraron su contrato actual con el equipo del condado de Middlesex, contratos anteriores que documentaban su carrera como jugador de criquet en Kent, media docena de solicitudes de trabajo en la Artes Gráficas Whitelaw, un folleto sobre cruceros a Grecia, una carta de tres semanas antes que verificaba una cita con un abogado de Maida Vale, y que Havers guardó en el bolsillo, y la información que buscaban sobre el coche.

La señora Whitelaw intentó ayudarles en el registro, pero estaba claro que sus procesos mentales eran confusos, a lo sumo. Llevaba el mismo vestido, chaqueta y joyas que la noche anterior. Sus mejillas y labios carecían de color. Tenía los ojos y la nariz enrojecidos, y el cabello revuelto. Si se había acostado en las doce horas anteriores, no parecía haber obtenido un gran beneficio de la experiencia.

Lynley le dedicó una segunda mirada por el retrovisor. Se preguntó cuánto tiempo aguantaría sin la intervención de un médico. Apretaba un pañuelo contra la boca (como su ropa, también parecía el de anoche), con el codo caído sobre el apoyabrazos, y mantenía los ojos cerrados durante largos períodos. Cuando Lynley se lo había pedido, había accedido a viajar a Kent de inmediato, pero al verla ahora, empezó a pensar que era una de sus menos inspiradas ideas.

Pero era preciso. Necesitaban examinar su casa. Les podría decir si algo faltaba, como mínimo, y si observaba algo inusual. No obstante, toda esa información dependía de sus poderes de observación, y la agudeza visual dependía de una mente que estuviera lúcida.

– No sé cómo saldrá esto, inspector-, había murmurado la sargento Havers ante el Bentley aparcado en. Staffordshire Terrace, cuando la señora Whitelaw ya había ocupado el asiento posterior.

Ni él tampoco. Y menos ahora, cuando veía por el retrovisor la tensión de su cuello y el brillo de las lágrimas que resbalaban como sueños fundidos bajo sus ojos.

Deseaba decir algo que confortara a la anciana, pero no encontraba palabras ni sabía cómo empezar, porque aún no comprendía del todo la naturaleza de su dolor. Su verdadera relación con Fleming era el gran desconocido que aún debían analizar, aunque fuera con delicadeza.

La mujer abrió los ojos. Le sorprendió mirándola, volvió la cabeza hacia la ventanilla y fingió interesarse en el paisaje.

Cuando dejaron atrás Lewisham y el tráfico disminuyó, Lynley interrumpió por fin sus pensamientos.

– ¿Se encuentra bien, señora Whitelaw? -preguntó-. ¿Quiere que paremos a tomar un café?

La mujer negó con la cabeza sin volverse. Lynley pasó al carril derecho y adelantó a un Morris antiguo, con un hippy envejecido al volante.

El viaje continuó en silencio. El teléfono del coche sonó una vez. Havers contestó. Mantuvo una breve conversación con alguien.

– ¿Sí? ¿Qué? ¿Quién cono lo quiere saber? Tendrá que buscar una fuente fiable en otra parte. -Colgó y explicó-: Los periódicos. Están atando cabos.

– ¿Qué periódico? -preguntó Lynley.

– De momento, el Daily Mirror.

– Joder. -Cabeceó en dirección al teléfono-. ¿Quién era?

– Dee Harriman.

Uña bendición, pensó Lynley. Nadie sabía mejor quitarse de encima a los periodistas que la secretaria del superintendente jefe, que siempre les distraía con preguntas arrebatadas sobre el estado de un matrimonio o divorcio de la Casa Real.

– ¿Qué andan preguntando?

– Si la policía quiere confirmar el hecho de que Kenneth Fleming, que murió como consecuencia de un cigarrillo encendido, no era fumador. Y si no era fumador, ¿estamos insinuando que el cigarrillo fue dejado en la butaca por otra persona? Y si es así, ¿por quién?, etc., etc. Ya sabe cómo son esas cosas.

Adelantaron a un camión, de mudanzas, un coche fúnebre y un camión del ejército, con soldados en la parte posterior sentados en unos bancos. Adelantaron a un remolque para caballos y a tres caravanas que iban juntas, a paso de tortuga y en forma de tortuga. Cuando Lynley frenó en un semáforo, la señora Whitelaw habló.

– También me han telefoneado a mí.

– ¿Los periódicos? -Lynley la miró por el retrovisor. La mujer apartó la vista de la ventanilla. Sustituyó las gafas por otras de sol-. ¿Cuándo?

– Esta mañana. Recibí dos llamadas antes que la suya, y tres después.

– ¿Sobre si fumaba o no?

– Sobre cualquier cosa que quisiera decirles. Cierto o no. Creo que les da igual, mientras se refiera a Ken.

– No ha de hablar con ellos.

– No he hablado con nadie-. Volvió a mirar por la ventanilla-. ¿Para qué? -preguntó, más para sí que para sus acompañantes-. ¿Quién lo iba a comprender?

– ¿ Comprender?

Lynley formuló la pregunta con indiferencia, como si toda su atención estuviera concentrada en la carretera.

La señora Whitelaw no contestó de inmediato. Cuando habló, lo hizo con voz queda.

– Quién lo habría pensado -dijo-. Un hombre joven de treinta y dos años, vital, viril, atlético, enérgico, escoge vivir no con una joven de carnes firmes y piel suave, sino con una vieja marchita. Una mujer treinta y cuatro años mayor que él. Lo bastante mayor para ser su madre. Diez años mayor, de hecho, que su madre auténtica. Es una obscenidad, ¿no?

– Más bien una curiosidad, diría yo. La situación no es tan infrecuente. Supongo que ya lo sabe.

– He oído los susurros y las risitas disimuladas. He leído las habladurías. Relación edípica. Imposibilidad de romper cualquier vínculo primario, como demuestran su forma de vivir y su resistencia a terminar su matrimonio. Fracaso en solucionar problemas infantiles con su madre y, en consecuencia, búsqueda de otra. O por mi parte: resistencia a aceptar las realidades de la vejez. Buscar la fama que me fue negada en mi juventud. Anhelo de demostrar mi valía mediante la conquista de un hombre más joven. Todo el mundo opina. Nadie acepta la verdad.

La sargento se volvió para poder ver a la señora Whitelaw.

– Nos interesaría saber la verdad -dijo-. Necesitamos saberla, de hecho.

– ¿La clase de relación que sostenía con Ken tiene que ver con su muerte?

– El tipo de relación que sostenía Fleming con cada mujer puede que tenga mucho que ver con su muerte -contestó Lynley.

La mujer cogió el pañuelo y contempló sus manos mientras lo doblaba una y otra vez, hasta convertirlo en una cinta delgada y larga.

– Le conozco desde que tenía quince años. Era alumno mío.

– ¿Es usted maestra?

– Ya no. Entonces sí. En la Isla de los Perros. Era alumno de una de misclases de inglés. Llegué a conocerle porque… -Carraspeó-. Era increíblemente inteligente. Una lumbrera, le llamaban los demás niños, y les caía bien porque era agradable con todo el mundo. Desde el primer momento fue la clase de chico que sabía quién era y no sentía la necesidad de fingir que era otra cosa. Tampoco sentía la necesidad de jactarse delante de los demás niños de que tenía más talento que ellos. Me gustaba muchísimo por eso. Y también por otras cosas. Tenía sueños. Yo admiraba ese aspecto. Era una virtud poco frecuente en un adolescente del East End, en aquel tiempo. Yo le alenté, intenté encaminarle en la dirección correcta.

– ¿Cuál era?

– Sexto en un colegio. Después, la universidad.

– ¿Lo hizo?

– Sólo hizo un sexto de grado inferior en Sussex, gracias a una beca. Después, volvió a casa y pasó a trabajar para mi marido en la imprenta. Poco después, se casó.

– Joven.

– Sí. -Desdobló el pañuelo, lo extendió sobre su regazo y alisó-. Sí. Ken era joven.

– ¿Usted conocía a la chica con quien se casó?

– No me sorprendí cuando tomó por fin la decisión de separarse. Jean es una chica de buen corazón, pero no es lo que Ken habría debido encontrar.

– ¿Y Gabriella Patten?

– El tiempo lo habría dicho.

Lynley la miró por el retrovisor.

– Pero usted la conoce, ¿no? Le conocía a él. ¿Qué opina?

– Creo que Gabriella es como Jean, con mucho más dinero y un ropero de Knightsbridge. No es…, no estaba a la altura de Ken, pero eso no es de extrañar, ¿verdad? ¿No cree que la mayoría de los hombres, en el fondo, no desean casarse con alguien que esté a su altura? Provoca tensiones en su ego.

– No ha descrito a un hombre que aparentaba estar en lucha con un ego débil.

– Y no lo estaba. Luchaba contra la propensión del hombre a reconocer lo familiar y repetir el pasado.

– ¿Y cuál era el pasado?

– Casarse con una mujer impulsado por la pasión física. Creer sincera e ingenuamente que la pasión física y el arrebato sentimental engendrado por la pasión física son estados duraderos.

– ¿Le comentó sus reservas?

– Lo hablábamos todo, inspector. Pese a lo que la prensa amarilla ha insinuado a veces sobre nosotros, Ken era como un hijo para mí. Era un hijo, de hecho, en todos los aspectos, salvo en las formalidades de nacimiento o adopción.

– ¿No tiene hijos?

La mujer miró al Porsche que pasaba, seguido por un motorista de largo pelo rojizo que surgía como un estandarte por debajo de un casco de las SS.

– Tengo una hija.

– ¿Vive en Londres?

De nuevo, una larga pausa antes de contestar, como si el tráfico que pasaba le sugiriera las palabras que debía elegir y cuántas.

– Eso creo. Hace años que no nos vemos.

– Por eso Fleming debía ser doblemente importante para usted -apuntó la sargento Havers.

– ¿Porque ocupó el lugar de Olivia? Ojalá fuera tan fácil, sargento. No se sustituye a un hijo por otro. No es como tener un perro.

– Pero una relación sí puede sustituirse.

– Puede desarrollarse una nueva relación, pero la cicatriz de la anterior permanece. Y no crece nada en una cicatriz. Nada.

– Pero puede llegar a ser tan importante como la relación anterior -señaló Lynley-. ¿No le parece?

– Puede llegar a ser más importante, en efecto -contestó la señora Whitelaw.

Se desviaron por la M 20 y pusieron rumbo al sudeste. Lynley no hizo ningún comentario más hasta que se situó en el carril derecho.

– Tiene usted muchas propiedades -dijo-. La imprenta de Stepney, la casa de Kensington, la casa de campo de Kent. Yo diría que debe tener otras inversiones, sobre todo si la imprenta es un buen negocio.

– No soy una mujer rica.

– Yo diría que tampoco pasa estrecheces.

– Lo que la empresa produce se reinvierte en la empresa, inspector.

– Lo cual la convierte en una propiedad valiosa. ¿Es un negocio familiar?

– Mi suegro empezó. Mi marido la heredó. Cuando Gordon murió, yo le sustituí.

– ¿Ha previsto ya su futuro, una vez haya fallecido?

La sargento Havers, al adivinar la intención de Lynley, se removió en su asiento para concentrarse en la señora Whitelaw.

– ¿Qué dice su testamento sobre su fortuna, señora Whitelaw? ¿Quién se lleva qué?

La mujer se quitó las gafas de sol y las guardó en un estuche de piel que había sacado del bolso. Se caló las gafas normales.

– Mi herencia es para Ken.

– Entiendo -dijo Lynley con aire pensativo. Vio que la sargento Havers introducía la mano en el bolso y sacaba su libreta-. ¿Lo sabía Fleming?

– Temo que no entiendo el motivo de su pregunta.

– ¿Se lo pudo contar a alguien? ¿Se lo ha dicho usted a alguien?

– Poco importa, ahora que ha muerto.

– Importa muchísimo, si fue la causa de su muerte.

La mujer se llevó la mano al pesado collar, igual que lo había buscado la noche anterior.

– ¿Está insinuando…?

– Que tal vez a alguien no le hizo gracia que Fleming fuera el beneficiario. Que tal vez alguien pensó que él había utilizado… -Lynley buscó un eufemismo-, medios extraordinarios para ganarse su afecto y confianza.

– Suele pasar -añadió Havers.

– Les aseguro que, en este caso, no ocurrió. -Las palabras de la señora Whitelaw oscilaban entre la calma educada y la ira fría-. Como ya he dicho, conoz…, conocía a Kenneth Fleming desde que tenía quince años. Primero fue alumno mío. Con el tiempo se convirtió en mi hijo y mi amigo, pero no era…, pero no era… -Su voz tembló, y calló hasta que pudo controlarla-. No era mi amante. Pese a que, inspector, todavía soy lo bastante mujer para haber deseado más de una vez ser una chica de veinticinco años con toda la vida por delante, en lugar de la muerte. Un deseo, y supongo que estará de acuerdo, que no carece de lógica. Las mujeres son aún mujeres y los hombres son aún hombres pese a la edad.

– ¿Y si su edad no les importa a ninguno de los dos?

– Ken era desgraciado en su matrimonio. Necesitaba tiempo para aclarar sus ideas. Se lo concedí con mucho gusto. Primero, en los Springburns, cuando jugaba para Kent. Después, en mi casa, cuando el equipo de Middlesex le ofreció un contrato. Si la gente piensa por eso que era mi gigolo, o que yo intentaba clavar mis afiladas garras en un hombre más joven, no puedo evitarlo.

– Eran pasto de las habladurías.

– Lo cual no nos importaba. Sabíamos la verdad. Ahora, usted también la sabe.

Lynley no estaba tan seguro. Había descubierto hacía mucho tiempo que la verdad casi nunca era tan sencilla como pretendían las explicaciones verbales.

Salieron de la autopista y empezaron a circular por carreteras rurales en dirección a los Springburns. En la ciudad de Greater Springburn, el sábado por la mañana significaba un mercado al aire libre, que llenaba la plaza y abarrotaba las calles de coches que buscaban sitio para aparcar. Avanzaron poco a poco entre el tráfico y giraron al este por Swan Street, donde cerezos decorativos sembraban el suelo de brotes cuyo color recordaba al dulce de hilos de almíbar.

Pasado Greater Springburn, la señora Whitelaw les dirigió por una serie de caminos flanqueados por altos setos de tejo y zarzamora. Por fin, doblaron por un camino llamado Water Street.

– Es allí -dijo la mujer, cuando pasaban junto a una hilera de casas situadas al borde de un campo de lino. Una vez lo dejaron atrás, empezaron a descender en zigzag hacia una casa asentada sobre una ligera elevación de terreno, rodeada de coniferas y un muro. El camino particular estaba cerrado por una cinta de la policía científica. Dos vehículos estaban arrimados al muro, un coche de la policía y un Rover azul metálico. Lynley aparcó delante del Rover, dejando parte del Bentley dentro del camino particular.

Inspeccionó la zona (el campo de lúpulo opuesto, las clásicas chimeneas en forma de tricornio de una fila de hornos secadores de lúpulo, la dehesa rebosante de hierba contigua a la casa). Se volvió hacia la señora Whitelaw.

– ¿Necesita un momento?

– Estoy preparada.

– La casa ha sufrido algunos daños por dentro.

– Comprendo.

Lynley asintió. La sargento Havers salió y abrió la puerta de la señora Whitelaw. La mujer permaneció inmóvil un momento, respirando el fuerte olor medicinal a colza que desprendía un enorme cubrecama amarillo, dejado en la pendiente de un campo más alejado. Un cuclillo cantaba a lo lejos. Volaban vencejos en el cielo, daban vueltas a mayor altura cada vez con alas como cimitarras.

Lynley pasó por debajo de la cinta policial y la sostuvo en alto para que la señora Whitelaw pasara. La sargento Havers la siguió, libreta en ristre.

En lo alto del camino particular, Lynley abrió la puerta del garaje y la señora Whitelaw entró para verificar que el Aston Martin del interior se parecía al de Gabriella Patten. No estaba segura del todo, dijo, porque no sabía la matrícula del coche de Gabriella, pero sí que Gabriella conducía un Aston Martin. Lo había visto cuando la mujer iba a Kensington a ver a Ken. Parecía el mismo coche, pero si le pedían que lo jurara…

– Ya está bien -dijo Lynley, mientras Havers anotaba la matrícula. Pidió a la mujer que echara un vistazo al garaje, por si echaba algo en falta.

Había poca cosa dentro: tres bicicletas, dos de las cuales tenían los neumáticos reventados; un inflador de bicicletas; una vieja horca de tres dientes; varias cestas que colgaban de ganchos, una meridiana doblada; almohadones para los muebles de exterior.

– Esto no estaba aquí antes -dijo la señora Whitelaw en referencia a un saco grande de mullido para gatos-. Yo no tengo gatos.

Dijo que todo lo demás estaba en orden.

Volvieron al camino particular y entraron por la puerta de celosía al jardín delantero. Lynley observó su exuberancia de colores, y reflexionó, no por primera vez, en la obsesión compulsiva que demostraban sus paisanos de ambos sexos en animar a la flora a brotar del suelo. Siempre pensaba que era una reacción directa al clima. Mes tras mes de tiempo frío, húmedo y gris actuaba como un estímulo al que solo cabía responder con un estallido de color, en cuanto la primavera insinuaba su llegada.

Encontraron a la inspectora Ardery en la terraza de atrás. Estaba sentada ante una mesa de mimbre bajo un emparrado. Hablaba por un teléfono inalámbrico y utilizaba un rotulador para garrapatear al azar sobre un cuaderno.

– Escúchame, Bob -dijo en tono plácido-, me importan exactamente una mierda tus planes con Sally. Tengo un caso. No puedo tener a los chicos este fin de semana. Fin de la discusión… Sí. Puta es el epíteto que yo también escogería… No te atrevas a hacer eso… Bob, no estaré en casa, y lo sabes. ¡Bob! -Dobló el auricular-. Bastardo -murmuró. Dejó el teléfono sobre la mesa, entre una carpeta de papel manila y una libreta. Levantó la vista, les vio y dijo con el mayor desparpajo-: Ex maridos. Una especie aparte. Homo infuriatus. -Se levantó, sacó una horquilla color marfil del bolsillo de los pantalones y la usó para sujetarse el pelo en la nuca-. Señora Whitelaw -dijo, y se presentó. Sacó varios pares de guantes de goma de su maletín y los pasó a los demás-. Los chicos del laboratorio ya se han marchado, pero prefiero ser precavida.

Esperó hasta que se pusieron los guantes, pasó bajo el dintel de la puerta de la cocina y les guió al interior de la casa. La señora Whitelaw vaciló nada más entrar y pasó los dedos sobre el cerrojo que los bomberos habían roto para poder entrar.

– ¿Qué debo…?

– Ir sin prisas -contestó Lynley-. Mirar en las habitaciones. Fijarse en todo lo que pueda. Comparar lo que ve con lo que sabe de la casa. La sargento Havers la acompañará. Hable con ella. Diga todo cuanto le pase por la cabeza. Empiecen por arriba -indicó a Havers.

– De acuerdo -contestó ella, y cruzó la cocina con la señora Whitelaw-. ¿La escalera está por aquí, señora? -preguntó.

– Oh, Dios -oyeron que decía la señora Whitelaw cuando vio el estado del comedor-. Qué olor.

– Hollín. Humo. Temo que muchas de estas cosas tendrán que tirarse.

Sus voces se alejaron escaleras arriba. Lynley examinó un momento la cocina. El edificio en sí contaba más de cuatrocientos años de antigüedad, pero habían modernizado la cocina para incluir nuevos azulejos sobre la encimera y en el suelo, un horno verde, accesorios de cromo en el fregadero. Estantes acristalados albergaban platos y alimentos enlatados. Los antepechos de las ventanas desplegaban macetas de cilandrillos caídos.

– Hemos cogido lo que había en el fregadero -dijo la inspectora Ardery cuando Lynley se agachó para inspeccionar un cuenco doble para animales, junto a la puerta de la cocina-. Parecía la cena de una persona: plato, copa de vino, vaso de agua, un cubierto. Lomo frío y ensalada de la nevera. Con chutney.

– ¿Han encontrado el gato?

Lynley empezó a abrir y cerrar los cajones de la cocina.

– Gatos. Había dos, según el lechero. Gabriella los encontró abandonados junto a la fuente. Conseguimos localizarlos en casa de un vecino. Vagaban por el sendero el jueves por la mañana. Los gatos, no los vecinos. Hemos obtenido noticias interesantes, a propósito. Unos agentes en período de pruebas están interrogando a los vecinos desde ayer por la tarde.

Lynley no encontró nada extraño en los cajones de cubiertos, utensilios de cocina y paños de cocina. Se acercó a los aparadores.

– ¿De qué se han enterado los agentes?

– De lo que los vecinos habían oído. -Esperó con paciencia a que Lynley se volviera del aparador, con la mano en el pomo-. Una discusión. Un auténtico escándalo, por lo que dijo John Freestone. Cultiva la parcela que empieza al otro lado de la dehesa.

– Eso significa sus buenos cuarenta metros. Debe de tener un oído excepcional.

– Estaba dando un paseo cerca de la casa, alrededor de las once de la noche del miércoles.

– Una hora peculiar para dar un paseo.

– Sigue un horario prescrito de actividad cardiovascular, al menos eso dijo. La verdad es que tal vez Freestone esperaba vislumbrar las abluciones nocturnas de Gabriella. Según los distintos testimonios, valía la pena echarle un vistazo y no se molestaba en correr las cortinas cuando empezaba a desnudarse.

– ¿Lo hizo? Espiarla, quiero decir.

– Oyó una discusión. Hombre y mujer, pero sobre todo la mujer. Gran abundancia de lenguaje colorido, incluyendo algunos nombres interesantes y esclarecedores sobre actividades sexuales y los genitales masculinos. Ese tipo de cosas.

– ¿Reconoció su voz, o la del hombre?

– Dijo que, en su opinión, una mujer chillando es lo mismo que otra mujer chillando. No estaba seguro de quién era, pero se sorprendió un poco de que «aquella dulce mujer conociera tal lenguaje» -. Sonrió con ironía-. No creo que viaje mucho.

Lynley lanzó una risita y abrió la primera alacena. Vio platos, vasos, tazas y platillos pulcramente ordenados. Abrió la segunda. Había un paquete de Silk Cut en el estante, delante de una miscelánea de latas, desde patatas nuevas a sopa. Examinó el paquete. Aún estaba cerrado con el celofán.

– Cerillas de cocina -dijo, más para sí mismo que para Ardery.

– No había ninguna. Había carteritas de cerillas en la sala de estar, y hay un paquete de esas cerillas largas para chimeneas sobre un estante de la pared izquierda de la chimenea del comedor.

– ¿No pudieron partir algunas de esas para colocarlas alrededor del cigarrillo?

– Demasiado gruesas.

Lynley se pasó el paquete de Silk Cut de una mano a otra con aire ausente. Ardery se apoyó contra la encimera y le miró.

– Tenemos montones de huellas dactilares, por si acaso. También las hemos tomado del Aston Martin, con la esperanza de poder diferenciar las de la señora Patten de las demás. Tenemos las de Fleming, por supuesto, así que podemos eliminar las de él.

– Pero eso deja a quienquiera que haya invitado alguna vez a charlar. Su marido estuvo aquí, por cierto.

– Estamos intentando confeccionar una lista de los visitantes, y los agentes buscan a alguien más que haya oído la discusión.

Lynley dejó los cigarrillos sobre la encimera y se acercó a la puerta que conducía al comedor. Era tal como Ardery lo había descrito, salvo que el origen del incendio, la butaca, había desaparecido. Ardery dijo, sin necesidad, que la había llevado al laboratorio para los análisis, y empezó a hablar de fibras, velocidades de incineración y aceleradores potenciales, mientras Lynley se agachaba para evitar una viga, cruzaba un pasillo cuya anchura equivalía a dos chimeneas, y entraba en la sala de estar. Al igual que el comedor, estaba abarrotada de antigüedades, todas cubiertas de una capa de hollín. Mientras paseaba la mirada desde mecedoras a canapés, desde vitrinas a cofres, decidió que Celandine Cottage era un depósito de todo lo que ya no estaba apretujado en la casa de Staffordshire Terrace de la señora Whitelaw. Al menos era coherente, pensó. Nada de modernidades danesas en el campo para contrastar con el siglo diecinueve inglés de la ciudad.

Había una revista abierta sobre una mesa de trípode, que revelaba un artículo titulado «Conseguirlo» y una fotografía de una mujer de labios gruesos y masas de cabello negro como ala de cuervo. Lynley cogió la revista y la cerró para ver la portada. Vogue.

Isabelle Ardery le estaba mirando desde la puerta, con los brazos cruzados bajo los pechos. Su expresión era indescifrable, pero Lynley comprendió que no la habría complacido mucho la invasión del territorio que, de mutuo acuerdo, se le había adjudicado.

– Lo siento -dijo-. Es una compulsión neurótica.

– No estoy ofendida, inspector. Si la situación fuera al revés, yo haría lo mismo.

– Imagino que le apetecería encargarse sola del caso.

– Me apetecen montones de cosas que no voy a conseguir.

– Es mucho más resignada que yo.

Lynley se acercó a la estrecha estantería de libros y empezó a sacarlos, uno tras otro. Luego, los fue abriendo.

– He recibido un informe interesante de los agentes que acompañaron a la señora Fleming a identificar el cadáver -dijo Isabelle Ardery. Después, al ver que Lynley abría un pequeño escritorio y empezaba a examinar las cartas, folletos y documentos que contenía, añadió en tono paciente-; Inspector, hemos catalogado el contenido de todo el edificio. De los edificios exteriores también. Me sentiré muy complacida de proporcionarle las listas. -Cuando Lynley levantó la cabeza, dijo con un grado de desapasionamiento profesional que él admiró-: De hecho, ahorraría tiempo. Nuestros chicos de la policía científica tienen fama de concienzudos.

Lynley admiró el control que la mujer mantenía sobre sus sentimientos, que sin duda se estaban encrespando a cada momento que él dedicaba a repetir lo que la inspectora había ordenado a la policía científica.

– Un acto reflejo. Es probable que, de un momento a otro, me ponga a levantar la alfombra.

Dedicó un último escrutinio a la sala y reparó en los marcos de oro gruesos y una chimenea tan grande como la del comedor. La examinó. El regulador de tiro estaba cerrado.

– El del comedor también -dijo Isabelle Ardery.

– ¿Qué?

– El regulador de tiro. El de la chimenea del comedor estaba cerrado. Es lo que está comprobando, ¿verdad?

– Refuerza la tesis del asesinato.

– ¿Ya ha descartado el suicidio?

– No hay el menor indicio de ello, y Fleming no fumaba. -Salió de la sala de estar y evitó las vigas de roble bajas que hacían las veces de dinteles de las puertas. La inspectora Ardery le siguió hasta la terraza-. ¿De qué la informaron los agentes?

– No hizo ni una sola pregunta pertinente.

– ¿La señora Fleming?

– Insistió en que la llamaran Cooper, no Fleming, por cierto. Vio el cuerpo y quiso saber por qué estaba tan sonrosado. Cuando oyó que era monóxido de carbono, no preguntó nada más. Cuando la mayoría de la gente oye las palabras «envenenamiento por monóxido de carbono», imaginan gases de escape, ¿no? Suicidio cometido en un garaje con el motor del coche en marcha. Pero aunque lo imaginen, hacen preguntas. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Dejó una nota? No preguntó nada. Se limitó a mirar el cadáver, confirmó que era Fleming y pidió a la sargento detective que le comprara un paquete de Embassy, por favor. Eso fue todo.

Lynley desvió la vista hacia el jardín trasero. Al otro lado se extendía otra dehesa, y al otro lado de la dehesa, el campo de colza elevaba su color negro hacia el sol como un espejo.

– Tengo entendido que estaban separados desde hacía años. Puede que ella estuviera harta. Puede que ya no abrigara el menor interés por él. En tal caso, ¿para qué molestarse en hacer preguntas?

– Las mujeres no suelen ser tan indiferentes a sus ex maridos, sobre todo si hay hijos de por medio.

Lynley la miró. Un leve rubor había aparecido en sus mejillas.

– Aceptado -dijo-, pero quizá su silencio se debió a la conmoción.

– Aceptado -replicó la inspectora-,.pero la agente Coffman no pensó lo mismo. Ha acompañado a otras mujeres para que identificaran a sus maridos. Coffman pensó que algo no encajaba.

– Las generalizaciones carecen de utilidad -señaló Lynley-. Aún peor, son peligrosas.

– Gracias. Soy muy consciente de ello, pero cuando a la generalización se suman los hechos y las pruebas que hay a mano, la generalización ha de ser examinada.

Lynley observó su postura: aún tenía los brazos cruzados. También tomó nota del tono apacible de su voz y la forma en que le miraba directamente a los ojos. Comprendió que cuestionaba sus teorías por la misma razón que él se sentía impulsado a escudriñar la casa centímetro a centímetro, con el fin de comprobar que no hubieran pasado nada por alto. No le gustaba aquel instinto que le llevaba a desconfiar de ella. Era machista. Si Helen sabía que tenía dificultades con el hecho de que este oficial de igual rango era una mujer, le soltaría el latigazo verbal que merecía.

– Ha descubierto algo -dijo.

«Me alegro de que hayas conseguido deducirlo», comunicó la expresión de la mujer.

– Sígame -dijo Ardery.

La siguió hacia el final del jardín, mortificado. El jardín estaba dividido en dos secciones, separadas por una valla. Dos tercios estaban dedicados a césped, macizos de flores, un mirador con barandillas de castaño, una pajarera, una alberquilla y un pequeño estanque de lirios. El otro tercio consistía en una franja de césped atravesada por perales y cubierta en parte por una pila de abono. La inspectora Ardery caminó hasta esta última zona y le condujo a la esquina nordeste, donde un seto de boj servía como demarcación entre el jardín y la dehesa. La dehesa estaba delimitada mediante una serie de postes de madera unidos con alambre grueso.

La inspectora Ardery utilizó un lápiz, que sacó del bolsillo, para señalar el primer poste que había al otro lado del seto de boj.

– Había siete fibras aquí, en el extremo del poste. Otra enredada en el alambre. Eran azules. Dril, posiblemente. Y aquí, aún se puede ver, encontramos una pisada, justo debajo del seto.

– ¿Tipo de zapato?

– No lo sabemos de momento. Punta redonda, tacón definido, suela gruesa. Dibujo dentado. Era el pie izquierdo. Huella profunda, como si alguien hubiera saltado de la valla al jardín, aterrizando a la izquierda. Hemos tomado un molde.

– ¿No había más huellas?

– En esta zona no. Hay dos agentes buscando otras que coincidan, pero no será fácil, considerando el tiempo transcurrido desde la muerte. Ni siquiera estamos seguros de que esta huella esté relacionada con el miércoles por la noche.

– Algo es algo.

– Sí, eso pienso yo.

Señaló al sudoeste y explicó que había una fuente a unos noventa metros de la casa. El agua iba a parar a un riachuelo junto al cual corría un sendero peatonal público. El sendero era popular entre los lugareños, pues desembocaba en Lesser Springburn, un paseo de unos diez minutos. Si bien el sendero estaba cubierto de las últimas hojas otoñales y la hierba recién brotada de la primavera, daba paso de vez en cuando, sobre todo cerca de los portillos con escalones, a secciones de tierra desnuda. Habría huellas de pisadas en esos puntos, pero como había transcurrido todo un día desde la muerte y el descubrimiento del cadáver, si la huella cercana al seto de boj se repetía en otro sitio, no cabía duda de que otras se habrían superpuesto desde entonces.

– ¿Piensa que alguien vino a pie desde Lesser Springburn?

Era una posibilidad, dijo la inspectora.

– ¿Alguien de las cercanías?

No necesariamente, explicó ella. Sólo alguien que sabía dónde encontrar el sendero y adonde conducía. En Lesser Springburn no estaba muy bien definido. Empezaba detrás de una urbanización y pronto se adentraba en un huerto de manzanos. Por lo tanto, para tomar aquella ruta, alguien debía saber lo que buscaba. Admitió no poder confirmar que el asesino hubiera escogido aquella ruta, pero había destacado otro agente al pueblo, para investigar si alguien había vislumbrado movimiento o linternas en el sendero el miércoles por la noche, y si alguien había visto un vehículo desconocido aparcado en los alrededores.

– También encontramos colillas esparcidas por aquí. -Indicó la parte inferior del seto-. Había seis, separadas unos diez centímetros entre sí. No estaban aplastadas, sino que las habían dejado consumirse. También había cerillas. Dieciocho. No eran cerillas de cocina, sino de carterita.

– ¿Una noche ventosa? -especuló Lynley.

– ¿Un fumador nervioso de manos temblorosas? -replicó ella. Señaló hacia la parte delantera de la casa, en la dirección de Water Street-. Nos inclinamos a pensar que quien saltó la valla y el seto empezó saltando el muro y se acercó desde la calle a lo largo de la dehesa. Está cubierta de hierba y tréboles, de modo que no había pisadas, pero es una teoría más lógica que suponer que alguien subió por el camino particular de la casa, pasó el portal, atravesó el jardín y se escondió para vigilar un rato. El número de cigarrillos sugiere que alguien estuvo espiando, ¿no cree?

– Pero no necesariamente un asesino, ¿verdad?

– Es muy posible que fuera el asesino. Haciendo acopio de valor.

– O la asesina.

– O la asesina. Sí. Naturalmente. Pudo ser una mujer. -Miró hacia la casa cuando Havers y la señora Whitelaw salieron por la puerta de la cocina-. El laboratorio se ha quedado con todo el lote: fibras, cerillas, colillas, el molde de la huella. Esta tarde empezaremos a obtener resultados.

El cabeceo que dedicó a Lynley indicó que su oferta de información profesional había terminado. Dio la vuelta para dirigirse hacia la casa.

– Inspectora Ardery -dijo Lynley.

La mujer se detuvo, miró en su dirección. Su horquilla se soltó. Hizo una mueca de disgusto mientras la volvía a ajustar.

– ¿Si?

– Si tiene un momento, me gustaría que escuchara el informe de mi sargento. Agradecería su colaboración.

Ella le dedicó otra de sus observaciones desconcertantes. Lynley era consciente de lo poco que le estaba beneficiando el escrutinio. La mujer ladeó la cabeza en dirección a la casa.

– Si yo hubiera sido hombre, ¿se habría comportado igual ahí dentro?

– Creo que sí, pero quizá habría tenido el tacto de ser más discreto. Le pido perdón, inspectora. Estuve grosero.

Los ojos de Ardery no se apartaron de él.

– Exacto -dijo-. Estuvo grosero.

Esperó a que Lynley se reuniera con ella y cruzaron el jardín para encontrarse con la sargento Havers. La señora Whitelaw seguía ante la mesa de mimbre, a la que se había sentado, tras ponerse las gafas de sol, y concentraba su atención en el garaje.

– Por lo visto, no falta nada -explicó Havers en voz baja-. A excepción de la butaca del comedor, todo sigue como la última vez que estuvo aquí.

– ¿Cuándo fue?

Havers consultó sus notas.

– El veintiocho de marzo. Menos de una semana antes de que Gabriella se trasladara. Dice que las ropas de arriba son de Gabriella, y un conjunto de maletas que hay en el segundo dormitorio también son de Gabriella. No hay nada de Fleming en ningún sitio.

– Da la impresión de que su intención no era quedarse aquella noche -dijo la inspectora Ardery.

Lynley pensó en los cuencos de los gatos, el paquete Silk Cut, las ropas.

– Tampoco parece que ella fuera a marcharse. Al menos, a corto plazo. -Estudió la casa desde donde estaban-. Tienen una discusión tremenda -continuó en tono pensativo-. La señora Patten coge su bolso y sale a la noche, hecha una furia. Nuestro espía junto al seto de boj ve su oportunidad…

– O la espía -corrigió Ardery.

Lynley asintió.

– Y se acerca a la casa. Entra. Ha venido preparado para actuar con rapidez. Enciende el artefacto incendiario, lo encaja en la butaca y se va.

– Y cierra la puerta con llave -añadió Ardery-. Lo cual significa que tenía una llave. Es una cerradura embutida.

La sargento Havers meneó la cabeza con energía.

– ¿Me he perdido algo? -preguntó-. ¿Un espía? ¿Qué espía?

Lynley la informó mientras cruzaban el jardín para reunirse con la señora Whitelaw bajo el emparrado. Como los demás, aún no se había quitado los guantes, y sus manos recordaban a las de un dibujo animado, blancas y enlazadas sobre su regazo. Lynley le preguntó quién tenía llaves de la casa.

– Ken -contestó la mujer, al cabo de un momento de reflexión-. Gabriella.

– ¿Usted?

– Gabriella tenía la mía.

– ¿Hay más?

La señora Whitelaw levantó la cabeza para mirar a Lynley, pero él no pudo descifrar la expresión que ocultaban las gafas oscuras.

– ¿Por qué? -preguntó la señora Whitelaw.

– Porque da la impresión de que Kenneth Fleming fue asesinado.

– Pero usted dijo que fue un cigarrillo. En la butaca.

– Sí, lo dije. ¿Hay otras llaves?

– La gente quería a ese hombre. Le quería, inspector.

– Tal vez no todo el mundo. ¿Hay más llaves, señora Whitelaw?.

La mujer se apretó la frente con tres dedos, como si meditara sobre la pregunta, pero meditar la pregunta a estas alturas sugirió dos posibilidades a Lynley. O bien creía que contestar indicaría su aceptación de la dirección que tomaban los pensamientos de los policías, o contemporizaba mientras decidía qué iba a revelar su respuesta.

– ¿Hay más llaves? -repitió Lynley.

Contestó sin gran convicción.

– En realidad, no.

– ¿En realidad, no? O hay, o no hay.

– Nadie las tiene.

– ¿Pero existen? ¿Dónde están?

La mujer levantó la barbilla en la dirección del garaje.

– Siempre hemos guardado una llave de la puerta de la cocina en el cobertizo de las macetas. Debajo de una jardinera de cerámica.

Lynley y los demás miraron en la dirección que había indicado. No se veía ningún cobertizo, sólo un seto de tejo alto, con una hendidura por la que corría un sendero de ladrillo.

– ¿Quién conoce la existencia de la llave? -preguntó Lynley.

La señora Whitelaw capturó su labio inferior entre los dientes, como si comprendiera lo rara que iba a sonar su respuesta.

– No lo sé con precisión. Lo siento.

– ¿No lo sabe? -repitió lentamente la sargento Havers.

– Hace más de veinte años que la guardamos ahí -explicó la señora Whitelaw-. Si debían hacerse obras mientras estábamos en Londres, los obreros podían entrar. Cuando veníamos los fines de semana, si nos olvidábamos la llave, estaba la copia.

– ¿Quiénes? -preguntó Lynley-. ¿Usted y Fleming? -Al ver que vacilaba, comprendió que había malinterpretado sus palabras-. Usted y su familia. -Extendió la mano hacia ella-. Guíenos, por favor.

El cobertizo estaba contiguo a la parte posterior del garaje. Era poco más que un marco de madera, con el techo y los lados construidos a base de hojas de polietileno y estanterías sujetas a las vigas verticales que formaban el marco. La señora Whitelaw pasó junto a una escalerilla y quitó el polvo de una sombrilla de mesa plegada. Apartó un par de zapatos de hombre muy gastados y señaló un pato de cerámica amarillo, cuya parte posterior servía de macetero, que descansaba sobre una de las abarrotadas estanterías.

– Ahí debajo -dijo.

La sargento Havers hizo los honores. Levantó el pato cuidadosamente por la cola y el pico, con los extremos de sus dedos enguantados.

– Nada de nada -informó. Dejó el pato en su sitio y miró debajo del tiesto de barro contiguo, después debajo de una botella de insecticida y de todos los objetos de la estantería.

– La llave tiene que estar ahí -dijo la señora Whitelaw mientras la sargento Havers continuaba la búsqueda, pero el tono de su voz indicó una protesta emitida porque era la reacción esperada.

– Supongo que su hija conoce la existencia de esta llave -dijo Lynley.

Dio la impresión de que los hombros de la señora Whitelaw se ponían rígidos.

– Le aseguro, inspector, que mi hija no tiene nada que ver con esto.

– ¿Conocía su relación con Fleming? Ha dicho que estaban distanciadas. ¿Era por culpa de él?

– No. Por supuesto que no. Hace años que estamos distanciadas. No tiene nada que ver…

– Era como un hijo. Lo bastante para que usted cambiara su testamento en su favor. Cuando llevó a cabo esa alteración, ¿excluyó por completo a su hija?

– Ella no ha visto el testamento.

– ¿Conoce a su abogado? ¿Es el bufete de la familia? ¿Es posible que él se lo haya dicho?

– La idea es absurda.

– ¿Qué parte? -preguntó en tono afable Lyn-ley-. ¿Que estuviera enterada del testamento o que matara a Fleming?

Las mejillas pálidas de la señora Whitelaw adquirieron un rubor repentino, que se elevó como llamas desde el cuello.

– ¿De veras pretende que responda a esa pregunta?

– Solo pretendo averiguar la verdad.

La mujer se quitó las gafas de sol. No había traído las normales, y no tenía con qué sustituirlas. Parecía un gesto designado a causar un efecto, un «escúcheme, jo-vencito» propio de la maestra que había sido.

– Gabriella también sabía que aquí había otra llave. Yo misma se lo dije. Puede que se lo dijera a alguien. Puede que enseñara a ese alguien dónde estaba.

– ¿Con qué objeto? Dijo anoche que vino aquí en busca de aislamiento.

– No sé lo que pasaba por la cabeza de Gabriella. Le gustan los hombres. Le gusta el drama. Si informar a alguien de dónde estaba ella y dónde estaba la llave aumentaba las posibilidades de provocar un drama en el que interpretara un papel destacado, se lo habría dicho. Hasta habría enviado invitaciones.

– Pero no a su hija -replicó Lynley, para recuperar el hilo de sus especulaciones, aunque reconoció para sus adentros que la descripción dé Gabriella se ajustaba como un guante a la que Patten había esbozado la noche anterior.

La señora Whitelaw se negó a dejarse arrastrar a una discusión.

– Ken vivió aquí durante dos años, inspector -respondió con calma-, cuando jugaba en el equipo del condado de Kent. Su familia vivía en Londres… Venían a verle los fines de semana. Jean, su mujer. Jimmy, Stan y Sharon, sus hijos. Todos conocían la existencia de la llave.

Y Lynley se negó a seguirle la corriente.

– ¿Cuándo fue la última vez que vio a su hija, señora Whitelaw?

– Olivia no conocía a Ken.

– Pero sin duda había oído hablar de él.

– Nunca se habían encontrado.

– Da igual. ¿Cuándo la vio por última vez?, -Y aunque le conociera, aunque lo supiera todo, sería lo mismo. Siempre ha despreciado el dinero y los bienes materiales. Le habría importado un bledo quién iba a heredar.

– Le sorprendería saber cuánta gente aprende a apreciar los bienes materiales y el dinero cuando llega la ocasión. ¿Cuándo la vio por última vez, por favor?

– Ella no…

– Sí. ¿Cuándo, señora Whitelaw?

La mujer esperó quince segundos antes de contestar.

– Hace diez años, un viernes por la noche, el diecinueve de abril, en la estación de metro de Covent Garden.

– Tiene una memoria excelente.

– La fecha es importante.

– ¿Por qué?

– Porque el padre de Olivia iba conmigo esa noche.

– ¿Tan significativo es ese dato?

– Para mí sí. Cayó fulminado después de nuestro encuentro. Ahora, si no le importa, inspector, me gustaría salir a tomar el aire. Esto es un poco agobiante, y no me gustaría molestarle con otro desmayo.

Lynley se apartó y la dejó pasar. Oyó que se quitaba los guantes.

La sargento Havers entregó la maceta de cerámica a la inspectora Ardery. Paseó la vista por el cobertizo, con sus sacos de tierra y las docenas de utensilios y macetas.

– Qué desastre -murmuró-. Si hay huellas recientes aquí, estarán mezcladas con cincuenta años de basura. -Suspiró y se volvió hacia Lynley-. ¿Qué opina?

– Que ya es hora de localizar a Olivia Whitelaw.

OLIVIA

Hemos cenado, Chris y yo, y me he encargado de lavar los platos, como de costumbre. Chris es muy paciente cuando tardo tres cuartos de hora en hacer lo que él haría en diez minutos. Nunca dice, «Déjalo, Livie», nunca me aparta a un lado. Cuando rompo un plato o un vaso, o dejo caer una sartén al suelo de la cocina, deja que me ocupe del desastre y finge no darse cuenta cuando maldigo y lloro porque la escoba y el mocho no se comportan como yo querría. A veces, por las noches, cuando cree que estoy dormida, barre los fragmentos de vajilla o cristalería que he pasado por alto. A veces, friega el suelo para eliminar los restos pegajosos de la sartén que se me ha caído. Nunca lo menciono, aunque le oigo.

Casi todas las noches, antes de acostarse, abre la puerta de mi habitación y echa un vistazo. Finge que es para ver si el gato quiere salir, y finge que yo le creo. Si ve que estoy despierta, dice:

– Una última llamada a los felinos que desean proseguir sus abluciones nocturnas. ¿Algún voluntario? ¿Qué me dices, Panda?

– Creo que ya se ha acomodado -respondo.

– ¿Necesitas algo, Livie? -dice.

Sí. Oh, sí, necesito su cuerpo. Necesito que se quite la ropa a la luz del pasillo. Necesito que se deslice en mi cama. Necesito que me abrace. Tengo mil y una necesidades que nunca se verán colmadas. Me arrancan la piel del cuerpo de tira en tira.

Me dijeron que el orgullo sería lo primero. Se desprenderá con tanta naturalidad como el sudor de mis poros, e iniciará el proceso en cuanto admita que casi toda mi vida está en manos de otras personas. Pero yo rechazo esa idea. Me aferró a lo que soy. Convoco la imagen siempre difuminada de Liv Whitelaw la Forajida.

– No -digo a Chris-. No necesito nada. Estoy bien.

Suena a mis oídos como si lo dijera en serio.

– Voy a salir una hora o así -me dice en ocasiones, como sin darle importancia-. ¿Te va bien quedarte sola? ¿Le digo a Max que se deje caer por aquí?

– No seas tonto. Me encuentro bien-contesto, cuando en realidad quiero decir «¿Quién es ella, Chris? ¿Dónde os encontráis? ¿Le importa que no pases la noche con ella porque has de volver a cuidar de mí?».

Y cuando vuelve de esas veladas y me viene a ver antes de acostarse, huele a sexo. Es intenso y penetrante. Conservo los ojos cerrados y la respiración constante. Me digo que no tengo derechos a ese respecto. Pienso, su vida es su vida y mi vida es mi vida he sabido desde el primer momento que no habría un punto de auténtica conexión entre nosotros, lo dejó claro ¿verdad? ¿verdad? ¿verdad? Oh sí, oh sí. Lo dejó claro. Yo dejé claro que lo prefería así. Sí, que me iba bien. De modo que da igual adonde va o a quién ve, ¿verdad? No me siento herida. Me lo digo cuando oigo el agua que corre y sus bostezos y sé cómo le ha hecho sentir ella esta noche. Sea quien sea. Dondequiera que se encuentren.

Me río cuando escribo esto. Percibo la ironía de la situación. Quién habría pensado que llegaría a desear a un hombre, y que este hombre haría lo posible por dejar bien claro desde el primer momento que no era mi tipo.

Mi tipo pagaba por lo que obtenía de mí, de una forma u otra. En ocasiones, mi tipo y yo llegábamos a un trato por ginebra o drogas, pero sobre todo por dinero. No creo que os sorprenda esta información, porque sin duda comprendéis que, al fin y al cabo, es mucho más fácil descender que ascender en la vida.

Me hacía las calles porque vivir en el límite era negro y perverso. Y cuanto más viejo era el tío, más me gustaba, porque eran los más patéticos. Llevaban traje y recorrían en coche Earl's Court, fingían que se habían perdido y pedían ayuda. «Señorita, ¿puede indicarme el camino más corto a Hammersmith Flyover, o a Parsons Green, o a Putney Bridge, o a un restaurante que se llama…? Oh, cielos, creo que he olvidado el nombre.» Y esperaban, con los labios curvados en una sonrisa esperanzada, la frente reluciente a la luz del interior de su coche. Esperaban una señal, un «¿Quieres marcha, cariño?», y yo metía la cabeza por la ventanilla abierta y deslizaba un dedo desde su oreja a la mandíbula. «Puedo hacer lo que quieras. Lo que tú quieras. ¿Qué le apetece a un hombre adorable como tú? Díselo a Liv. Liv quiere que seas feliz.» Tartamudeaban y empezaban a sudar. ¿Cuánto?, preguntaban en tono vacilante. Mi dedo descendía por su cuerpo. «Depende de lo que quieras. Dime. Dime todas las guarradas que quieres que te haga esta noche.»

Era tan fácil. En cuanto se quitaban la ropa y les colgaban las caderas como sacos vacíos alrededor de la cintura, se quedaban sin imaginación. Yo sonreía y decía, «Vamos, nene, ven con Liv. ¿Te gusta esto, eh? ¿Te sientes bien?», y ellos decían, «Oh, cielos. Oh, Dios. Oh, sí». Y en cinco horas había ganado suficiente para pagar una semana de alquiler en el estudio que había encontrado en Barkston Gardens y aún me quedaba para refocilarme con medio gramo de coca o una bolsa de pastillas. La vida era tan fácil que no podía entender por qué todas las mujeres de Londres no lo hacían.

De vez en cuando, se acercaba un tío más joven y me echaba el ojo, pero yo prefería los maduros, esos con esposas que suspiraban y colaboraban seis u ocho veces al año, esos que casi agradecían con los ojos humedecidos de lágrimas que alguien chillara y les dijera, «¿Habráse visto el tío guarro? ¿Quién lo hubiera dicho con ese aspecto?».

Todo esto estaba relacionado con la muerte de mi padre, por supuesto. No me fueron necesarias ocho o diez sesiones con el doctor Freud para saberlo. Dos días después de recibir el telegrama que me comunicaba la muerte de papá, me lié al primer tipo mayor de cincuenta años. Disfruté seduciéndole. Le dije, «¿Eres papá? ¿Quieres que te llame papá? ¿Qué te gustaría llamarme a cambio?». Y me sentía triunfante y acaso redimida cuando veía a esos tíos retorcerse, cuando les oía jadear, cuando esperaba que gimieran algún nombre como Celia, Jenny o Emily. Cuando lo oía, averiguaba lo peor sobre ellos, lo cual me permitía justificar lo peor de mí misma.

Así era mi vida hasta la tarde que conocí a Chris Faraday, unos cinco años más tarde. Yo estaba cerca de la entrada de la estación de Earl's Court, esperando a uno de mis clientes, un agente de bienes raíces con cara de perro pachón y pelos que brotaban como cables de su nariz. Le gustaba el sado y siempre llevaba en el maletero del coche algunos artilugios para administrar dolor. Cada martes por la tarde y domingo por la mañana decía con aire fúnebre cuando yo entraba en el coche, «Archie se ha vuelto a portar mal, querida. ¿Cómo demonios le vamos a castigar esta vez?». Me daba el dinero, yo lo contaba y decidía la tarifa por esposarle, pellizcarle los pezones, azotarle o torturarle alrededor de la zona genital. El dinero era bueno, pero el nivel de diversión empezaba a declinar. Le había dado por llamarme María Inmaculada, y me pedía que yo le llamara Jesús. Gritaba algo similar a «Este es mi cuerpo, que ofrezco al Todopoderoso por el perdón de vuestros pecados» cuando yo aumentaba el dolor, y cuanto más yo pegaba, retorcía o pellizcaba, más le encantaba. Sin embargo, aunque pagaba por adelantado y después, muy contento, llevaba a su esposa a Battersea, cada vez me daba más la impresión de que el ataque al corazón era inminente, y no tenía ganas de encontrarme con un cadáver sonriente entre las manos. De modo que cuando Archie no apareció a la hora acordada, las cinco y media de aquel martes, me sentí en parte cabreada y en parte aliviada.

Estaba pensando en la pasta perdida, cuando Chris cruzó la calle en mi dirección. Por una vez, Archie había formulado su petición por adelantado, y por culpa de recoger los disfraces y los complementos (por no mencionar el tiempo que tardaba en vestirme, desnudarle a él, maltratarle, forcejear, oh-no-seas-malo-nene, atarle, esposarle y utilizar el enema), estaba perdiendo lo suficiente para pagarme la coca de varios días. De modo que me puse de mal humor cuando vi a aquel tío esquelético, con rotos en las rodilleras de los tejanos, que cruzaba obediente por el paso de cebra, como si la policía fuera a meterle en el talego si pasaba por otro lado. Llevaba de una correa a un perro mezcla de tantas razas que la palabra «perro» parecía poco más que un eufemismo, y daba la impresión de que caminaba para acompasarse al paso cojeante y lento del animal.

– Es lo más feo que he visto en mi vida -dije cuando pasó a mi lado-. ¿Por qué no haces un favor al mundo y lo escondes?

Se detuvo. Me miró a mí y luego al perro, con la suficiente lentitud para darme a entender que yo salía perdiendo en la comparación.

– ¿De dónde has sacado esa cosa? -pregunté.

– Lo recogí.

– ¿Lo recogiste? ¿A eso? Bien, tienes gustos raros, ¿no?

Porque aparte de tener sólo tres patas, la mitad de la cabeza del perro carecía de pelo. En su lugar había heridas enrojecidas que empezaban a curar.

– Da pena mirarle, ¿verdad? -dijo Chris, mientras contemplaba al perro con aire pensativo-, pero no eligió él, que es la circunstancia que más me conmueve de los animales. No pueden elegir. Alguien ha de elegir por ellos.

– Alguien debería disparar a esa cosa. Es como una mancha en el paisaje. -Busqué el paquete de cigarrillos en el bolso. Encendí uno y señalé con él al perro-. ¿Por qué le recogiste? ¿Vas a participar en un concurso de chuchos feos?

– Lo recogí porque me dedico a eso.

– Te dedicas a eso.

– Exacto. -Bajó la vista hacia las bolsas que rodeaban mis pies, en las que llevaba los disfraces y los nuevos adminículos que había comprado para complacer a Archie-. ¿Y tú que haces?

– Follo por dinero.

– ¿Tan cargada?

– ¿Qué?

Señaló los paquetes.

– ¿O te has tomado un descanso para ir de compras?

– Ah, eso. Parece que voy vestida para ir de compras, ¿eh?

– No. Parece que vas vestida de puta, pero nunca he visto a una puta que fuera cargada con tantas bolsas. ¿No te has confundido de clientes?

– Espero a alguien.

– Que no ha aparecido.

– ¿Qué sabes tú?

– Hay ocho colillas de cigarrillos alrededor de tus pies. Todas llevan tu lápiz de labios en el filtro. Un color espantoso, por cierto. El rojo no te sienta bien.

– Eres un experto, ¿verdad?

– En el terreno de las mujeres, no.

– Entonces, en el terreno de chuchos como ese, ¿no?

Miró al perro, que se había echado sobre la acera, con la cabeza sobre la única pata delantera y los ojos casi cerrados. Se agachó a su lado y posó la mano sobre la cabeza del animal.

– Sí -contestó-. En esto sí que soy un experto. Soy el mejor. Soy como la niebla a medianoche, sin luz ni sonido.

– Vaya mierda -dije, no porque pensara eso, sino porque había algo escalofriante en él, y no lograba concretar qué era. Es tan poquita cosa, pensé, apuesto a que no es capaz de conseguir dinero o amor. Y en cuanto lo pensé, tuve que averiguarlo.

– ¿Quieres marcha? -pregunté-. Tu compañero puede mirar por cinco libras extra.

Ladeó la cabeza.

– ¿Dónde?

Ya te tengo, pensé.

– Un lugar llamado Southerly, en Gloucester Road. Habitación 69.

– Muy apropiado.

Sonreí.

– ¿Y bien?

Se enderezó. El perro se levantó.

– Me apetece cenar. Ahí íbamos, Toast y yo. Ha estado expuesto en el Centro de Exhibiciones, y está cansado y hambriento. Y también un poco malhumorado.

– Así que era un concurso de perros, al fin y al cabo. Apuesto a que ganó.

– En cierta manera. -Vio que recogía mis bolsas y no dijo nada más hasta que las encajé bajo mis brazos-. Vamos, pues. Te contaré la historia de mi perro feo.

Menudo espectáculo formábamos: un perro de tres patas con la cabeza hecha trizas, un tipo de aspecto anarco con tejanos rotos y un pañuelo alrededor de la cabeza, y una puta con vestido de spanflex rojo, tacones negros de diez centímetros y un aro de plata en la nariz.

En aquel momento, pensé que iba a realizar una conquista interesante. No parecía ansioso de darme un revolcón cuando nos apoyamos contra el saliente de ladrillo exterior de un restaurante chino, pero pensé que se pondría en forma si le seguía la corriente. Los tíos son así. De modo que comimos rollos de primavera y bebimos dos tazas de té verde por cabeza. Dimos chop suey al perro. Hablamos como hace la gente cuando no sabe hasta qué punto confiarse o hablar (¿de dónde eres? ¿cómo es tu familia? ¿a qué colegio fuiste? ¿también dejaste la universidad? Ridículo, ¿verdad?, todo ese rollo), y yo no le escuchaba mucho, porque quería que me dijera lo que deseaba y cuánto estaba dispuesto a pagar. Sacó un fajo de billetes del bolsillo para pagar la comida, y calculé que podría desprenderse de sus buenas cuarenta libras. Cuando ya había pasado más de una hora y aún seguíamos en la fase del charloteo, dije por fin:

– Escucha, ¿qué va a ser?

– ¿Perdón?

– ¿Paja? ¿Mamada? ¿Metesaca? ¿Por delante o por detrás? Lo que quieras.

– Nada.

– Nada.

– Lo siento.

Sentí que mi cara se inflamaba cuando me enderecé.

– ¿Quieres decir que he perdido los últimos noventa minutos esperando a que tú…?

– Hemos cenado. Te lo dije. Una cena.

– ¡Y una mierda! Dijiste dónde y yo dije en el Southerly de Gloucester Road, habitación 69. Tú dijiste…

– Que necesitaba cenar. Que tenía hambre. Y Toast también.

– ¡Que le den por el culo a Toast. He perdido treinta libras.

– ¿Treinta libras? ¿Sólo te paga eso? ¿Qué haces a cambio? ¿Cómo te sientes cuando ha terminado?

– ¿Y a ti qué más te da? Gusano de mierda. Dame el dinero o te mato aquí mismo.

Miró a la gente que pasaba y pareció reflexionar sobre la oferta.

– Muy bien -dijo-, pero tendrás que ganártelas.

– Ya lo he dicho, ¿no?

Asintió.

– En efecto. Vamonos.

Le seguí.

– La paja es más barata. La mamada depende de lo que tardes. Te pones un condón para el metesaca. Más de una postura y pagas un extra. ¿Está claro?

– Como el agua.

– ¿A dónde vamos?

– A mi casa.

Me detuve.

– Ni hablar. En Southerly o nada.

– ¿Quieres tu dinero?

– ¿Quieres tu polvo?

Nos encontrábamos en un impasse en West Cromwell Road, atrapados entre el tráfico de la hora de cenar y los peatones que intentaban seguir su camino. El olor de los gases de escape provocó que mi estómago se revolviera, debido a la grasa del rollo de primavera.

– Escucha -dijo-, he de dar de comer a mis animales en Little Venice.

– ¿Más como ese?

Señalé al perro con el pie.

– No tengas miedo. No te haré daño.

– Como si pudieras.

– Eso está por ver, ¿no? -Continuó su camino-. Si quieres el dinero -dijo sin volverse-, vienes conmigo o me lo intentas quitar en plena calle. Tú eliges.

– ¿No soy un animal, pues? ¿Puedo elegir?

Me dedicó una sonrisa radiante.

– Eres más lista de lo que pareces.

Así que le acompañé. Qué cono, pensé, Archie no iba a aparecer, y como apenas conozco Little Venice, me pareció suficiente para ir a echarle un vistazo.

Chris me precedía. En ningún momento se molestó en comprobar si le seguía. Palmeó a su perro y le animó a continuar.

– Ya lo intuyes, eh, Toast dentro de un mes, serás un sabueso perfecto. Te gusta la idea, ¿verdad?

Este es tonto del culo, pensé, y me pregunté cómo le gustaría follar con una mujer y si querría hacerlo como los perros, ya que tanto cariño les tenía.

Había oscurecido cuando llegamos al canal. Cruzamos el puente y descendimos los peldaños hasta el camino de sirga.

– Así que es una barcaza -dije.

– Sí -contestó-. Aún no está terminada, pero estamos trabajando para conseguirlo.

Vacilé.

– ¿Estamos? -Había dejado de trabajar con grupos el año anterior. No daban bastante dinero-. No he dicho que lo fuera a hacer con varios.

– ¿Con varios…? Ah, lo siento. Me refería a los animales.

– ¿Los animales?

– Sí, el plural era por los animales y yo.

Tonto de capirote, pensé.

– Te ayudan a construir la casa, ¿verdad?

– Se trabaja más deprisa cuando la compañía es agradable. Teniendo en cuenta tu profesión, lo sabrás muy bien.

Le miré con los ojos entornados. Me estaba tomando el pelo. El señor Superior. Ya veríamos quién acabaría sudando por quién.

– ¿Cuál es la tuya? -pregunté.

– La del final -dijo, y me guió hasta ella.

Era diferente de cómo es hoy. Estaba a medio hacer. Bueno, por fuera estaba terminada, por eso Chris había podido amarrarla, pero el interior consistía en tablas desnudas, pedazos de madera, rollos de linóleo y alfombra, cajas sobre cajas, ropas, aeroplanos para ensamblar, platos, ollas, sartenes, un revoltijo del copón. Parecía la madriguera de un trapero. Sólo había un espacio despejado en el extremo delantero de la barcaza, y estaba ocupado por los amiguitos de Chris. Tres perros, dos gatos, media docena de conejos y cuatro seres de cola larga que Chris llamaba «ratas de capuchón». A todos les pasaba algo en los ojos, las orejas, la piel o el pellejo.

– ¿Eres veterinario o algo por el estilo? -pregunté.

– Algo por el estilo.

Dejé caer mis paquetes y miré a mi alrededor. No vi ninguna cama. Tampoco había mucho espacio disponible.

– ¿Dónde vamos a hacerlo?

Desató la correa de Toast. El perro fue a reunirse con los demás, que se estaban levantando de las diversas mantas donde estaban echados. Chris pasó por lo que sería una futura puerta y rebuscó en una abarrotada mesa de trabajo diversas bolsas de comida para animales: borona para los perros, pelotillas para las ratas, zanahorias para los conejos, algo enlatado para los gatos.

– Empezaremos por aquí -dijo, y señaló con un cabeceo los peldaños que acabábamos de bajar para llegar a la barcaza.

– ¿Empezar? ¿Qué tienes en mente?

– He dejado el martillo sobre esa viga que hay encima de la ventana. ¿Lo ves?

– ¿Martillo?

– Creo que adelantaremos bastante. Tú trasladas la madera y me mantienes provisto de tablas y clavos.

Le miré fijamente. Estaba dando de comer a los animales, pero habría jurado que sonreía.

– Maldito…

– Treinta libras. Espero calidad por ellas. ¿Tienes calidad?

– Yo te voy a enseñar lo que es calidad.

Así empezó lo de Chris y yo, trabajando en la barcaza. Durante toda aquella primera noche esperé a que diera el primer paso. Esperé que lo hiciera las noches y días que siguieron. Nunca ocurrió. Y cuando yo me decidí a dar el paso, para ponerle caliente, reírme de él y poder decir, «Al fin y al cabo, eres como todos los demás», antes de dejar que me follara, apoyó las manos sobre mis hombros, sin permitir que me acercara.

– Lo nuestro es imposible, Livie. Lo siento. No quiero herirte, pero las cosas son así.

Pienso algunas noches que él lo sabía. Lo sentía en el aire, lo oía en mi forma de respirar. De alguna manera, lo sabía y decidió desde el primer momento mantenerse a distancia de mí, porque era más seguro así, porque nunca tendría que preocuparse, porque no quería amarme, tenía miedo de quererme, pensaba que yo era demasiado, pensaba que era un desafío excesivo…

Me aferró a esos pensamientos cuando sale por las noches. Cuando sale con ella. Tenía miedo, pensé. Por eso nunca ocurrió nada entre nosotros. Amas y pierdes. El no quería eso.

Pero eso es darme más importancia para Chris de la que nunca he tenido, y en mis momentos de sinceridad lo sé. También sé que la mayor incongruencia de mi vida es haber vivido desafiando a los sueños que mi madre alimentaba sobre mí, decidida a enfrentarme al mundo bajo mis condiciones, no las de ella, y he terminado enamorada de un hombre a la que ella me hubier ra entregado de buena gana. Porque Chris Faraday representa algo, y es la clase de tío que mi madre más habría aprobado, pues en una época, antes de que todo se convirtiera en esta confusión de nombres, caras, deseos y sentimientos, mi madre también representaba algo.

Cuando empezó con Kenneth Fleming.

No le olvidó cuando dejó el colegio para cumplir su deber con Jean Cooper. Como ya hé dicho, se las arregló para que consiguiera un empleo en la imprenta de papá, trabajando en una impresora. Y cuando organizó un equipo para jugar a criquet con otros equipos de imprentas de Stepney, ella alentó a papá a que alentara a los «chicos», como ella les llamaba, a divertirse un poco juntos.

– Les convertirá en un grupo más cohesionado, Gordon -dijo, cuando le informó de que el joven K. Fleming (papá siempre se refería a los empleados por las iniciales) le había consultado la idea-. Un grupo cohesionado trabaja con más eficacia, ¿no?

Papá meditó, mientras sus mandíbulas y su mente funcionaban al mismo tiempo, pues estábamos comiendo pollo asado con patatas nuevas.

– Puede que no sea mala idea -dijo-. A menos que alguno se lesione, claro. En cuyo caso, dejará de trabajar, ¿verdad? Y querrá cobrar. Hay que pensarlo.

Pero mi madre le convenció.

– Es verdad, pero el ejercicio es saludable, Gordon. Y también el aire puro. Y la camaradería entre los hombres.

Cuando el equipo estuvo organizado, no asistió a ningún partido. Estaba convencida, imagino, de que había colaborado a inyectar un poco de placer en la vida monótona del muchacho, a la que sin duda le había conducido su matrimonio con Jean Cooper. Habían tenido su segundo hijo al año siguiente del primero, y daba la impresión de que su futuro consistía en un hijo al año y una madurez acelerada antes de cumplir los treinta. Por lo tanto, mi madre hizo lo que pudo y trató de olvidar el futuro brillante que el pasado de Kenneth Fleming había insinuado.

Entonces, papá murió. Entonces, empezó la cosa.

Al principio, mi madre dejó la imprenta al cuidado de un gerente que había contratado, más o menos como papá había dirigido la empresa. Nunca había querido entrometerse con los muchachos, como ya les llamaba su padre antes de la Segunda Guerra Mundial, y dirigía la empresa desde el aséptico silencio de su oficina del tercer piso, y dejaba el día a día de la organización, maquinarias y distribución de las horas extras a un capataz que había ido ascendiendo desde abajo.

Cuatro años después de la muerte de papá, mi madre dejó la enseñanza. Aún le quedaba un buen montón de tareas en qué emplear sus días, pero decidió decantarse por algo más desafiante, que llenara su tiempo y su interés. Creo que se sentía sola, y sorprendida de ello. Las clases, su preparación y el papeleo le habían proporcionado una dirección diaria en su vida, y sin ella se vio obligada por fin a pensar en el vacío. Papá y ella nunca habían sido compañeros del alma, pero al menos había estado allí, era una presencia en la casa. Ahora, ya no estaba, y no la acuciaba nada que le permitiera hacer caso omiso de la soledad, sin la enseñanza y sin él. Ella y yo estábamos más alejadas que nunca, las dos obcecadas en no olvidar jamás los pecados cometidos y las injurias infligidas. No existían promesas de nietos a quienes mimar. Solo había reuniones a las que acudir. Necesitaba más.

La imprenta era la solución lógica, y mi madre tomó la dirección con una facilidad que sorprendió a propios y extraños. Pero, al contrario que papá, creía en lo que ella llamaba un acercamiento a los muchachos, de manera que aprendió el negocio como habría hecho un aprendiz, y al hacerlo no solo se ganó el respeto de sus trabajadores, sino que restableció su vínculo con Kenneth Fleming.

Me he divertido intentando imaginar cómo debió ser su primer encuentro, nueve años después de que él fuera expulsado del Paraíso. Lo pinto rodeado por el ruido de las prensas, el olor a tinta y aceite, y el espectáculo de documentos o páginas que vuelan por la línea para ser empaquetados. He visto a mi madre pasando de una máquina a la siguiente bajo aquellas ventanas oscuras y sucias, acompañada del capataz con la tablilla en la mano. Grita para que le oiga, ella asiente y formula las preguntas pertinentes. Se detiene junto a una prensa. Un hombre levanta la vista, con el mono grasiento, una franja, de aceite en el pelo, gruesas medias lunas negras bajo las uñas, una llave de tuercas en la mano. Dice algo así como «La maldita máquina ha vuelto a averiarse. Hemos de modernizar o cerrar este lugar», antes de fijarse en mi madre. Una pausa de música dramática. Están frente a frente. Profesora y alumno. Tantos años después. Ella dice, «Ken». Él no sabe qué decir, pero da vueltas a su alianza en el mugriento dedo, y ese gesto dice más que mil palabras: ha sido un infierno, lo siento, tenías razón, perdóname, acéptame de nuevo, ayúdame, cambia mi vida.

No debió de suceder así, probablemente, pero sí que sucedió. Y no pasó mucho tiempo antes de que se prestara mucha más atención al talento e inteligencia de Kenneth Fleming en siete meses de la que se le había concedido en todos los años que había trabajado en lo que los muchachos de la tinta y las prensas llamaban el pozo.

Lo primero que mi madre quiso saber es a qué se refería Kenneth por modernizar el lugar. Lo segundo fue cómo podría reconducirle por la senda que transformaría su vida en algo especial.

La primera respuesta de Kenneth la dirigió hacia el mundo del procesamiento de datos, los ordenadores y las impresoras láser. La segunda respuesta insinuó que guardara las distancias. Jean tuvo algo que ver con la última, sin duda. No debió enloquecer de alegría cuando supo que la señora Whitelaw había reaparecido inesperadamente en las fronteras de su vida.

Pero mi madre no era de las que se rendían con facilidad. Para empezar, sacó a Kenneth del pozo y lo elevó a un cargo de responsabilidad, sólo para que saboreara las posibilidades futuras. Cuando triunfó (como no podía ser menos, teniendo en cuenta su inteligencia y aquella maldita afabilidad de la que papá y yo habíamos oído hablar durante meses interminables a la hora de la cena, cuando era un adolescente), ella empezó a investigar en el campo de sus sueños, sin cultivar desde hacía mucho tiempo. A lo largo de comidas o meriendas, después de una discusión sobre la mejor manera de manejar una disputa salarial o la queja de un empleado, descubrió que los sueños seguían presentes, incólumes después de nueve años, tres hijos y día tras día de ruido y suciedad en el pozo.

No creo que Kenneth revelara de inmediato a mi madre el hecho de que todavía alimentaba la esperanza de ver aquella pelota de color cereza elevarse sobre la línea de meta, de escuchar el rugido de aprobación de la multitud cuando otras seis carreras aparecieran en el marcador del Lord's junto al nombre K. Fleming. Tenía veintiséis años, era padre de tres hijos, atado a una esposa, la esperanza de una educación a la espalda, y todo por culpa de una noche, cuando había asegurado a Jean Cooper que no podía pasar nada la primera vez que mantuviera relaciones sexuales sin tomar la pildora. Debió decir, «Sueño con jugar por Inglaterra, señora Whitelaw. Sueño con recorrer la Sala Larga de una punta a otra con los ojos del MCC * clavados en mí y el bate en la mano. Sueño con descender aquellos escalones desde el Pabellón, con salir al campo bajo un claro día de junio, con ver la explosión de colores de las gradas, con ponerme ante el lanzador, tomar posición, sentir la corriente eléctrica que recorre mi brazo cuando mi bate golpea la bola». Kenneth Fleming no debió decir eso. Debió de sonreír y dijo, «Los sueños son para los crios, ¿no es cierto, señora Whitelaw? Mi Jimmy, tiene sueños. Y Stan los tendrá dentro de un año o dos, cuando haya crecido un poco». En cuanto a él, había renunciado a los sueños. No eran para personas como él. Ya no.

Pero mi madre le habría ido comiendo el tarro poco a poco. Habría empezado con un «Seguro que deseas algo más, Ken, más allá de esta imprenta». El habría contestado, «Este lugar ha sido suficiente para mí, para mi familia. Estoy bien así». Y entonces ella habría confesado, tal vez, algún sueño no cumplido. Tal vez habían tomado café una noche, y ella dijo, «Esto es absurdo… Confesarlo a un ex alumno, confesarlo a un hombre, un hombre más joven…», y entonces habría revelado una insignificancia que nadie sabía sobre ella, una insignificancia inventada en aquel momento para alentar a Ken a abrirle su corazón, tal como había hecho en su adolescencia.

Quién sabe cómo lo consiguió exactamente. Nunca me ha contado todos los detalles. Solo sé que, si bien tardó casi un año en ganarse su confianza, se la ganó.

El matrimonio no iba mal, debió decirle él una noche, cuando la fábrica estaba silenciosa como una tumba bajo sus pies, porque se habían quedado trabajando hasta tarde. No se había marchitado como cabía esperar, teniendo en cuenta las circunstancias en que se había producido. Era que… No, no era justo con Jean. Se le antojaba una traición hablar de la muchacha a su espalda. Hacía lo que podía, Jean. Le quería, quería a los chicos. Era una buena madre. Era una buena esposa.

«Pero algo falta», debió de contestar mi madre. «¿No es así, Ken?»

Kenneth tal vez cogió un pisapapeles, y lo rodeó con los dedos de una manera inconsciente, como si fuera una pelota de criquet. Quizá dijo, «Supongo que esperaba algo más», con una sonrisa irónica, y luego añadió, «Pero conseguí lo que quería, ¿no?».

«¿Qué esperabas?», quiso saber mi madre.

Él debió componer una expresión de turbación. «No es nada. Una tontería, nada más.» Debió coger sus cosas, dispuesto a marcharse. Y al final, junto a la puerta, donde las sombras ocultaban en parte su cara, debió decir, «Criquet. Es eso. Un poco idiota sí que soy, pero no puedo olvidar lo que habría significado jugar».

Para azuzarle más, mi madre debió decir, «Pero si ya juegas, Ken».

«No como habría podido», habría contestado él. «No como quería. Los dos lo sabemos, ¿verdad?»

Y aquellas pocas frases, el deseo que transmitían y, sobre todo, el uso del mágico plural, proporcionó a mi madre la oportunidad que necesitaba. De cambiar la vida de Ken, de cambiar las vidas de su mujer y sus hijos, de cambiar su propia vida, de desencadenar el desastre sobre todos nosotros.

Capítulo 8

Era media tarde cuando Lynley dejó a la sargento Havers en New Scotland Yard. Se quedaron en la acera, cerca del letrero giratorio, y hablaron en voz baja, como si la señora Whitelaw pudiera oírles desde el interior del Bentley.

La señora Whitelaw había dicho que desconocía el paradero actual de su hija, pero una llamada telefónica al Yard y dos horas de espera habían solucionado el problema. Mientras conseguían que les sirvieran una comida tardía en El Arado y el Silbato de Greater Springburn, el agente detective Winston Nkata consultaba el listín telefónico de Londres. También investigó en archivos, exigió el pago de deudas, habló con compañeros de ocho divisiones diferentes y consultó los ordenadores de diversas oficinas, para encontrar en sus archivos cualquier referencia al nombre de Olivia Whitelaw. Informó a Lynley por el teléfono del coche, justo cuando el Bentley se arrastraba por el puente de Westminster. Una tal Olivia Whitelaw, dijo Nkata, vivía en Little Venice, en una barcaza amarrada en Browning's Pool.

– La dama en cuestión se buscaba la vida hace unos años por los alrededores de Earl's Court, pero era demasiado rápida para que la pescaran, según el ID Favorworth. Un nombre fantástico, ¿verdad? *. Parece el de una puta también. En cualquier caso, si alguien de la brigada del vicio aparecía en la calle, ella lo sabía en cuanto le ponía la vista encima. A la brigada le gustaba darle un poco de caña, y la obligaban a bajar a la estación para charlar siempre que podían, pero nunca pasaron de ahí.

En la actualidad vivía con un tío llamado Christopher Faraday, dijo Nkata. No había nada sobre él. Ni siquiera una multa de tráfico.

Lynley esperó a que la sargento Havers encendiera su cigarrillo, diera dos caladas y exhalara los restos grises del humo al aire frío de la tarde. Consultó su reloj de bolsillo. Eran casi las tres. Havers hablaría con Nkata, cogería un vehículo y se dirigiría a la Isla de los Perros para ver a la familia de Fleming. Teniendo en cuenta el tiempo que necesitaría para redactar su informe, tardaría como mínimo dos horas y media, tal vez tres, en hacerlo todo. El día se agotaba a toda prisa. La noche se encontraba al acecho, con más obligaciones aún.

– Quedemos a las seis y media en mi despacho -dijo-. Antes, si puede.

– De acuerdo -contestó Havers.

Dio una última calada al cigarrillo y se dirigió hacia las puertas giratorias del Yard. Se abrió paso entre un grupo de turistas que consultaban un mapa y hablaban de que «la próxima vez tomaremos un taxi, George». Cuando desapareció en el interior, Lynley entró en el coche y lo puso en marcha.

– Su hija vive en Little Venice, señora Whitelaw -dijo cuando se alejaron del bordillo.

La mujer no hizo comentarios. No se había movido para nada desde que habían salido del pub donde habían comido en un tenso silencio. Tampoco se movió ahora.

– ¿Nunca se ha tropezado con ella? ¿No ha intentado localizarla en todos estos años?

– Nos separamos de mala manera. No tenía el menor interés en localizarla. No me cabe duda de que el sentimiento era mutuo.

– Cuando su padre murió…

– Inspector. Por favor. Sé que está haciendo su trabajo…

Calló el «pero» y la protesta posterior.

Lynley le dedicó un rápido vistazo por el espejo. En aquel momento, dieciocho horas después de enterarse de la muerte de Kenneth Fleming, Miriam Whitelaw parecía marchita y cuarteada espiritualmente, una década mayor que la mañana en que Lynley había ido a buscarla. Daba la impresión de que su rostro suplicaba clemencia.

Era, y Lynley lo sabía, la oportunidad perfecta para insistir en busca de respuestas, ahora que su capacidad de resistencia y de esquivar sus demandas se eclipsaba a cada momento. Todos sus colegas del DIC se habrían dado cuenta de la circunstancia. Y la mayoría de aquellos mismos colegas habrían aprovechado la ventaja, ametrallado con preguntas y exigido respuestas hasta obtener las que buscaban, pero desde el punto de vista de Lynley siempre existía un momento en que el interrogatorio de las personas relacionadas íntimamente con la víctima de un asesinato empezaba a fallar. Llegaban a un punto en que decían cualquier cosa con tal de poner fin a un interrogatorio incesante.

– No seas blando, muchacho -diría el ID Mac-Pherson-. Un asesinato es un asesinato. Tírate a su garganta.

Nunca importaba de quién era la garganta. A la larga, se acertaba en la yugular correcta.

No por primera vez, Lynley se preguntó si tenía un núcleo lo bastante duro para ser policía. La estrategia de conducir una investigación en plan «sin cuartel» era anatema para él, pero cualquier otro método de abordaje parecía acercarle demasiado peligrosamente a simpatizar con los vivos, en lugar de vengar a los muertos.

Se abrió paso entre el tráfico cercano al palacio de Buckingham, y se quedó encallado detrás de un autocar turístico que estaba descargando en la acera un grupo numeroso de mujeres de cabello azul, pantalones de poliéster y calzado cómodo. Sorteó a los taxis en Knightsbridge, tuvo que retroceder un poco para evitar un embotellamiento de tráfico al sur de Kensington Gardens y, por fin, desembocó en la histeria de peatones y tiendas que era Kensington High Street a última hora de la tarde. Desde allí, no faltaban ni tres minutos para llegar a Staffordshire Terrace, donde todo estaba tranquilo y un niño solitario se deslizaba sobre un monopatín frente al número 18 de la calle.

Lynley ayudó a bajar del coche a la señora Whitelaw. Ella aceptó la mano que le ofrecía. La suya estaba fría y seca. Cerró los dedos sobre los de él y aceptó su brazo cuando la condujo hacia los peldaños. Se recostó en Lynley. Olía a lavanda, maquillaje y polvo.

Forcejeó con la llave hasta conseguir abrir la puerta. Se volvió hacia él.

– ¿Quiere que telefonee a su médico? -preguntó Lynley, impresionado por su mal aspecto.

– Me pondré bien. Intentaré dormir. Anoche no pude. Tal vez esta noche…

– ¿No quiere que su médico le recete algo?

La mujer negó con la cabeza.

– No hay medicamento que cure esto.

– ¿Quiere que le transmita algún mensaje a su hija? Voy a Little Venice.

La mujer miró por encima del hombro de Lynley, como si meditara la pregunta. Su boca se hundió en las comisuras.

– Dígale que siempre seré su madre. Dígale que Ken no cambia…, que Ken no cambió eso.

Lynley asintió. Esperó a ver si decía algo más, y luego empezó a bajar los peldaños. Cuando abrió la puerta del coche, oyó su voz.

– Inspector Lynley. -Levantó la cabeza. La señora Whitelaw se había acercado al borde del peldaño superior. Aferraba con una mano la balaustrada de hierro forjado, donde un zarcillo de jazmín serpenteaba por encima-. Sé que intenta hacer su trabajo. Se lo agradezco.

Esperó hasta que la mujer entró y la puerta se cerró. Entonces, se puso en marcha de nuevo, hacia el norte, como la noche anterior, bajo los plátanos y sicómoros de Campden Hill Road. La distancia desde Kensington a Little Venice era mucho más corta que el trayecto hasta la casa de Hugh Patten en Hampstead, pero había efectuado el viaje pasadas las once de la noche, cuando el tráfico era escaso. Ahora, las calles estaban saturadas de vehículos. Empleó el tiempo que le costó avanzar centímetro a centímetro hasta Bayswater en telefonear a Helen, pero terminó escuchando su voz en el contestador automático, informando de que había salido y podía dejar un mensaje.

– Maldita sea -masculló, mientras esperaba el pitido infernal.

Odiaba los contestadores automáticos. Era otra indicación de la anomia social que asolaba los últimos años del siglo. Impersonales y eficientes, le recordaban lo fácil que era sustituir a un ser humano por un artilu-gio electrónico. Donde antes había una Caroline Shepherd que contestaba el teléfono de Helen, cocinaba y ponía orden en su vida, ahora había una cassette, comida china a domicilio y una mujer de la limpieza de County Clare.

– Hola, querida -dijo cuando sonó la señal, y pensó, hola querida ¿y qué más? ¿Has encontrado el anillo que te dejé? ¿Te gusta la piedra? ¿Te casarás conmigo? ¿Hoy? ¿Ésta noche? Maldita sea. Odiaba aquellos contestadores automáticos-. Temo que voy a estar ocupado esta tarde. ¿Cenamos juntos? ¿A eso de las ocho? -Hizo una pausa idiota, como si aguardara una respuesta-. ¿Ha ido bien el día? -Otra pausa imbécil-. Escucha, te telefonearé cuando vuelva al Yard. No te comprometas esta noche. O sea, si recibes este mensaje, no te comprometas. Ya me doy cuenta de que quizá no lo recibas, y en ese caso, no quiero que pases el rato esperando mi llamada, ¿de acuerdo? Helen, ¿tienes planes para esta noche? No me acuerdo. Tal vez podamos…

Sonó un pitido. Una voz computerizada recitó:

– Gracias por el mensaje. Son las tres y veintiún minutos.

La conexión se cortó.

Lynley maldijo. Colgó el teléfono. Despreciaba aquellas asquerosas máquinas.

Como había hecho buen día, Little Venice todavía albergaba un buen número de personas que empleaban la tarde en explorar algunos canales de Londres. Se desplazaban en sus barcos turísticos y escuchaban los comentarios y habladurías de sus guías, a los que respondían con murmullos de admiración. Paseaban por la acera, admiraban las flores primaverales que crecían en los tiestos de los tejados y en las cubiertas de las barcazas. Se acodaban en la colorida barandilla del puente de Warwick Avenue.

Al sudoeste del puente, Browning's Pool formaba un tosco triángulo de agua oleaginosa, uno de cuyos lados estaba flanqueado por más barcazas. Eran embarcaciones amplias, grandes y de fondo plano, que en otro tiempo habían remolcado caballos por el sistema de canales que cruzaban en todas direcciones la mayor parte del sur de Londres. En el siglo XIX, habían servido para transportar mercancías. Ahora, estaban ancladas y servían de vivienda a artistas, escritores, artesanos y modelos de los primeros.

La barcaza de Christopher Faraday flotaba frente a Browning's Island, un rectángulo de tierra sembrada de sauces que se elevaba en el centro del estanque. Cuando Lynley se acercaba por la pasarela que bordeaba el canal, un joven con pantalones cortos le adelantó. Le acompañaban dos perros jadeantes, uno de los cuales trotaba sobre tres patas. Mientras Lynley miraba, los perros adelantaron al corredor, subieron los dos peldaños y saltaron a la barcaza, a la cual se dirigía el joven.

Cuando Lynley llegó, el joven estaba de pie sobre la cubierta, ocupado en secarse el sudor de la cara y el cuello, y los perros (un pachón y el cruzado de tres patas, cuyo aspecto insinuaba que había llevado la peor parte en demasiadas peleas callejeras) sorbían agua ruidosamente de dos pesados cuencos de cerámica, que descansaban sobre una pila de periódicos. La palabra «chucho» estaba pintada en el cuenco del pachón, y las palabras «chucho dos» en la del cruzado.

– ¿Señor Faraday? -dijo Lynley, y el joven apartó la toalla azul de la cara. Lynley extrajo su tarjeta de identificación y se presentó-. ¿Christopher Faraday? -repitió.

Faraday tiró la toalla sobre el techo de la cabina, alta hasta la cintura, y se interpuso entre Lynley y los animales. El pachón levantó la vista del agua, con las mandíbulas chorreantes. Un gruñido grave escapó de su garganta.

– No pasa nada -dijo Faraday.

Costaba saber si estaba hablando con Lynley o con el perro, porque sus ojos estaban clavados en el primero, pero su mano acariciaba la cabeza del segundo. Lynley observó que una larga cicatriz se iniciaba sobre su cabeza y descendía entre los ojos.

– ¿En qué puedo ayudarle? -preguntó Faraday.

– Estoy buscando a Olivia Whitelaw.

– ¿A Livie?

– Tengo entendido que vive aquí.

– ¿Qué pasa?

– ¿Está en casa?

Faraday cogió la toalla y la pasó alrededor de su cuello.

– Id con Livie -ordenó a los animales-. Un momento, por favor -dijo a Lynley, mientras los perros trotaban obedientes hasta una especie de mirador de cristal que remataba la cabina y servía de entrada-. Voy a ver si está levantada.

¿Levantada?, se preguntó Lynley. Pasaban de las tres y media. ¿Aún trabajaba de noche y tenía que dormir de día?

Faraday entró en el mirador y bajó unos peldaños. Dejó abierta unos centímetros la puerta de la cabina. Lynley oyó el ladrido de un perro y el roce de garras sobre linóleo o madera. Se acercó más al mirador y escuchó. Unas voces hablaban en susurros.

La de Faraday apenas era distinguible.

– …policía… pregunta por… no, no puedo… has de…

La de Olivia Whitelaw era más clara y perentoria.

– No puedo. ¿No lo entiendes, Chris? ¡Chris!

– …tranquila… todo irá bien, Livie…

Un arrastrar de pies. Crujido de papeles. Un aparador que se cerraba. Luego, otro. Luego, un tercero. Momentos después, unos pasos se acercaron a la puerta.

– Cuidado con la cabeza -advirtió Chris Faraday. Se había puesto los pantalones dé un chandal. Habían sido rojos, pero ahora se habían desteñido y eran del mismo color que su cabello. Era escaso para un hombre de su edad, con una pequeña tonsura como la de un monje en lo alto de la cabeza.

Lynley bajó a una habitación larga, apenas iluminada, chapada de pino. Estaba cubierta en parte por una alfombra, y el linóleo quedaba al descubierto bajo un banco de trabajo ancho, bajo el cual se había refugiado el perro cruzado. Sobre la alfombra descansaban tres enormes almohadones, cerca de los cuales había un conjunto de cinco butacas viejas y desemparejadas. En una de ellas se sentaba una mujer, vestida de negro de pies a cabeza. Lynley no la habría visto de no ser por el color de su pelo, como un faro entre las paredes de pino. Era de un rubio blanquecino incandescente, con un extraño reflejo amarillento y raíces que recordaban el color del aceite de un motor sucio. Era corto por un lado, y caía sobre la oreja del otro.

– ¿Olivia Whitelaw? -preguntó Lynley.

Faraday se acercó al banco de trabajo y abrió un panel de persianas apenas unos centímetros. La rendija resultante arrojó luz sobre el techo chapado de madera y un resplandor difuso cayó sobre la mujer, que se encogió.

– Mierda. Tranqui, Chris.

Bajó la mano lentamente hasta el suelo y cogió una lata de tomate vacía, de la cual extrajo un paquete de Marlboro y un encendedor de plástico.

Cuando encendió el cigarrillo, la luz se reflejó en sus anillos. Eran de plata, y llevaba uno en cada dedo. Hacían juego con los botones que recorrían su oreja derecha como erupciones de cromo, y servían de contrapunto al imperdible que perforaba la izquierda.

– Olivia Whitelaw. Exacto. ¿Quién quiere saberlo y por qué? -El humo del cigarrillo reflejó la luz. Creó la sensación de que un velo de gasa ondulante colgaba entre ellos. Faraday abrió otro panel de persianas-. Ya es suficiente -dijo Olivia-. ¿Por qué no te largas por ahí?

– Temo que deberá quedarse -dijo Lynley-. Me gustaría hacerle algunas preguntas.

Faraday apretó el botón de un fluorescente que colgaba sobre el banco de trabajo. Arrojó un resplandor brillante, blanco y muy específico, sobre una pequeña sección de la habitación. Al mismo tiempo, creó una fulgurante distracción para los ojos, como para desviarlos de la butaca en que se sentaba Olivia.

Había un taburete frente al banco de trabajo, y Faraday se sentó en él. Si paseaba la mirada entre uno y otro, los ojos de Lynley tendrían que adaptarse continuamente de la luz a la sombra. Era una celada inteligente. La habían perpetrado con tal rapidez y eficacia que Lynley se preguntó si la habrían planeado de antemano, para el día en que aparecieran los pies planos.

Escogió la butaca más cercana a Olivia.

– Le traigo un mensaje de su madre -dijo.

El extremo de su cigarrillo ardió como un carbón.

– ¿Sí? Tra la la. ¿Debería alegrarme o algo así?

– Dijo que siempre sería su madre.

Olivia le observó desde detrás del humo, con los párpados bajados y una mano con el cigarrillo a cinco centímetros de su boca, preparado.

– Dijo que Kenneth Fleming no cambió eso.

Tenía los ojos clavados en él. Su expresión no se alteró cuando mencionó a Fleming.

– ¿Debo saber lo que eso significa? -preguntó por fin.

– De hecho, la he citado mal. Al principio, dijo que Kenneth Fleming no cambia eso.

– Bien, me alegra saber que la vieja vaca todavía muge.

Olivia hablaba en tono aburrido. Lynley oyó que las ropas de Faraday crujían cuando se movió. Olivia no miró en su dirección.

– Tiempo presente -dijo Lynley-. No cambia. Y entonces, utilizó el pasado. No cambió. Bascula entre los dos desde anoche.

– No cambia. No cambió. Aún me acuerdo de la gramática, y también sé que Kenneth Fleming ha muerto, si va por ahí.

– ¿Ha hablado con su madre?

– He leído el periódico.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? ¿Qué clase de pregunta es esa? He leído el periódico porque lo hago cuando Chris lo trae a casa. ¿Qué hace usted con el suyo? ¿Lo corta en cuadraditos para poder secarse el culo cuando caga?

– Livie -dijo Faraday desde el banco de trabajo.

– Me refiero a por qué no telefoneó a su madre.

– Hace años que no hablo con ella. ¿Por qué iba a hacerlo?

– No lo sé. Para ver si podía hacer algo por aliviar su pena, tal vez.

– ¿Algo así como «lamento saber que a tu juguete se le ha acabado la cuerda antes de tiempo»?

– Por lo tanto, sabía que su madre mantenía cierta relación con Kenneth Fjeming. Pese a los años transcurridos sin hablarse.

Olivia encajó el cigarrillo entre sus labios. Lynley dedujo por su expresión que había comprendido con cuánta facilidad la había conducido a admitirlo. También se dio cuenta de que estaba calculando lo que había admitido sin darse cuenta.

– He dicho que leí los periódicos. -Daba la impresión de que su pierna temblaba, tal vez de frío, aunque no hacía dentro de la barcaza, o tal vez a causa de los nervios-. Ha sido difícil no enterarse de su historia durante los últimos años.

– ¿Qué sabe al respecto?

– Lo que han publicado los periódicos. Él trabajaba para ella en Stepney. Vivían juntos. Ella le ayudó en su carrera. Era como su hada madrina, o algo por el estilo.

– La expresión «juguete» implica algo más.

– ¿Juguete?

– La expresión que ha utilizado hace un momento. «A tu juguete se le acabó la cuerda antes de tiempo.» Eso sugiere algo más que ser la madrina de un hombre más joven, ¿no cree?

Olivia tiró la ceniza en la lata de tomate. Se llevó el cigarrillo a la boca y habló desde detrás de su mano.

– Lo siento -dijo-. Tengo una mente sucia.

– ¿Supuso desde el primer momento que eran amantes? -preguntó Lynley-. ¿O lo creyó más tarde?

– No he supuesto nada. Ni siquiera estaba interesada en suponer. Solo he llegado a la conclusión lógica y normal, cuando un bebé y un vejestorio, por lo general, aunque no siempre, sin lazos de sangre o matrimonio, ocupan el mismo espacio durante un período de tiempo. Como las aves y las abejas. Polla dura y cono húmedo. Supongo que no necesito explicárselo.

– Es un poco desagradable, ¿no?

– ¿Qué?

– La idea de su madre con un hombre mucho más joven. Más joven que usted, o quizá de la misma edad. -Lynley se inclinó hacia delante, con los codos apoyados sobre las rodillas, en una postura que indicaba su interés por hablar en serio, al tiempo que podía ver mejor la pierna izquierda de la chica. Estaba temblando, al igual que la derecha, pero ella no parecía ser consciente del movimiento-. Seamos sinceros -dijo, con la mayor candidez posible-. Su madre no es una jovencita a sus sesenta y seis años. ¿Nunca se ha preguntado si se estaba poniendo en las manos, ciega y estúpidamente, de un hombre que aspiraba a algo más que al dudoso placer de acostarse con ella? Él era un deportista conocido en todo el país. ¿No cree que habría podido escoger entre mujeres mucho más jóvenes que su madre? Si tal era el caso, ¿qué cree usted que tenía en mente cuando eligió a su madre?

Olivia entornó ios ojos. Sopesó las preguntas.

– Ella tenía complejo de madre y trataba de resolverlo. O complejo de abuela. A él le gustaban viejas y arrugadas. Le gustaban de carnes fofas. O solo creía que un polvo valía la pena si tenían los pelos del cono grises. Lo que a usted le guste más. Yo no sé explicar la situación.

– Pero ¿a usted no le molestaba? Si esa era la naturaleza de su relación, de hecho. Su madre lo niega, por cierto.

– Por mí, que haga y diga lo que le de la gana. Es su vida. -Olivia lanzó un silbido bajo en dirección a la puerta que, al parecer, conducía a la cocina-. Beans -llamó-. Largo de ahí. ¿Qué está haciendo, Chris? ¿Has doblado la ropa limpia al llegar? De lo contrario, estará dormido encima.

Faraday bajó del taburete. Tocó el hombro de la chica y desapareció por la puerta.

– ¡Beans! -llamó-. Sal. ¡Eh! Maldita sea. -Después, rió-. Tiene mis calcetines, Livie. El maldito animal está mordisqueando mis calcetines. Suelta, chucho. Dámelos.

Se oyó el ruido de un forcejeo, acompañado por el ladrido juguetón de un perro. El perro que estaba bajo el banco de trabajo levantó la cabeza.

– Quédate aquí, Toast -dijo Olivia. Relajó los hombros contra la butaca cuando el perro obedeció. Parecía complacida con su maniobra de distracción.

– Si usted ha llegado a una conclusión sobre la relación de su madre con Fleming -dijo Lynley-, no sería difícil llegar a otra. Es una mujer rica, si pensamos en sus propiedades de Kensington, Stepney y Kent. Y ustedes dos están muy distanciadas.

– ¿Y qué?

– ¿Sabe que el testamento de su madre nombra a Fleming beneficiario principal?

– ¿Debería sorprenderme?

– Tendrá que cambiarlo ahora que ha muerto, por supuesto.

– ¿Y usted cree que albergo la esperanza de que me deje sus ducados?

– La muerte de Fleming alienta esa posibilidad, ¿no cree?

– Yo diría que está juzgando mal el grado de animosidad entre nosotras.

– ¿Entre usted y su madre, o entre usted y Fleming?

– ¿Fleming? No conocía a ese tipo.

– Conocerle no era necesario.

– ¿Para qué? -La chica dio una calada al cigarrillo-. ¿Está insinuando que tuve algo que ver con su muerte, porque quería el dinero de mi madre? Qué chorrada.

– ¿Dónde estuvo el miércoles por la noche, señorita Whitelaw?

– ¿Que dónde estuve? ¡Jesús! -rió Olivia, pero su carcajada se convirtió en un espasmo. Emitió un jadeo estrangulado y se hundió en la butaca. Su cara enrojeció y dejó caer el cigarrillo en la lata-. ¡Chris! -gritó con voz ahogada, y volvió la cabeza a un lado.

Faraday entró a toda prisa.

– Vale, vale -dijo en voz baja, con las manos apoyadas sobre los hombros-. Respira y relájate.

Se arrodilló a su lado y empezó a masajearle las piernas, mientras el perdiguero le olfateaba los pies.

Un gatito blanco y negro entró en la habitación, procedente de la cocina, y emitió un tenue maullido. Toast empezó a incorporarse.

– ¡No! -dijo Faraday sin volverse-. ¡Estáte quieto! Tú también, Beans. Estaos quietos. -Chasqueó la lengua hasta que el gato estuvo a su alcance. Lo recogió, del suelo y lo dejó caer en el regazo de la mujer-. Sujétala, Livie. Ha vuelto a soltarse el vendaje.

La mano de Olivia se posó sobre la gata, pero mantuvo apretada la cabeza contra la butaca, sin mirar al animal. Tenía los ojos cerrados, respiraba profundamente (inhalaba por la nariz y exhalaba por la boca), como si sus pulmones fueran a olvidar en cualquier, momento cómo funcionar. Faraday continuó con el masaje de sus piernas.

– ¿Estás mejor? -preguntó-. ¿Estás bien? Ya va mejor, ¿no?

Por fin, ella asintió. Respiró con más lentitud. Bajó la cabeza y dedicó su atención a la gata.

– No se va a curar -dijo con voz tensa- si no lleva un collar que le mantenga las patas alejadas, Chris.

Lo que Lynley había tomado por pelaje blanco de la gata era, en realidad, un vendaje que cubría su ojo izquierdo, observó ahora.

– ¿Una pelea de gatos? -preguntó.

– Ha perdido un ojo -explicó Faraday.

– Menuda pandilla tiene aquí.

– Sí. Bueno, cuido de los abandonados.

Olivia lanzó una débil carcajada. A sus pies, el pachón sacudió alegremente la cola contra la silla, como si comprendiera y fuera cómplice de un chiste privado.

Faraday hundió los dedos en su cabello.

– Mierda, Livie…

– Da igual -contestó ella-. No empecemos a exhibir nuestras vergüenzas, Chris. Al inspector no le interesan. Solo le interesa saber dónde estuve el miércoles por la noche. -Levantó la cabeza y miró a Lynley-. Y dónde estabas tú también, Chris. Imagino que querrá saberlo, aunque la respuesta es rauda y sencilla. Estaba donde siempre estoy, inspector. Aquí mismo.

– ¿Puede confirmarlo alguien?

– Por desgracia, ignoraba que iba a necesitar confirmación. Beans y Toast lo harían de buen grado, pero dudo que entienda usted su idioma.

– ¿Y el señor Faraday?

Faraday se levantó. Se masajeó la nuca.

– Salí -dijo-. Una fiesta con unos tíos.

– ¿Dónde fue?

– En Clapham. Le daré la dirección, si quiere.

– ¿Cuánto rato estuvo ausente?

– No lo sé. Era tarde cuando volví. Llevé a uno de los tíos a casa, hasta Hampstead, de modo que debió ser alrededor de las cuatro.

– ¿Estaba usted dormida? -preguntó Lynley a Olivia.

– A esa hora, pocas cosas más se pueden hacer.

Olivia había vuelto a adoptar su postura anterior, con la cabeza apoyada contra el respaldo de la butaca. Tenía los ojos cerrados. Palmeaba a la gata, que no le hacía el menor caso y se disponía a echar una siestecita sobre sus muslos.

– La casa de Kent tiene otra llave -dijo Lynley- Su madre dice que usted conocía su existencia.

– ¿De veras? -murmuró Olivia-. Bien, ya somos dos, ¿no?

– Ha desaparecido.

– Y supongo que a usted le gustaría echar una ojeada por aquí. Un deseo muy comprensible por su parte, pero requiere una orden. ¿La ha traído?

– Imagino que podría solucionarlo sin excesivas dificultades.

Olivia entreabrió los ojos. Sus labios se torcieron en una sonrisa..

– ¿Por qué tengo la impresión de que se está echando un farol, inspector?

– Vamos, Livie -suspiró Faraday-. No tenemos la llave de ninguna casa -dijo a Lynley-. Ni siquiera hemos estado en Kent desde… Joder, yo qué sé.

– Luego han estado.

– ¿En Kent? Claro, pero en una casa no. Ni siquiera sabía que había una casa hasta que usted la mencionó.

– Así que no lee los periódicos. Los que trae para que Olivia lea.

– Los leo, sí.

– Pero no se fijó en la casa cuando leyó las noticias sobre Fleming.

– No leí las noticias sobre Fleming. Livie quería los periódicos. Fui a buscarlos.

– ¿Quería los periódicos? ¿Expresamente? ¿Por qué?

– Porque siempre los quiero -replicó Olivia. Rodeó la muñeca de Faraday con la manó-. Basta de jueguecitos -le dijo-. Solo quiere tendernos una trampa. Quiere demostrar que nosotros nos cargamos a Fleming. Si lo hace antes de la noche, aún le dará tiempo de echar un polvo a su novia. Si es que tiene novia. -Tiró de la muñeca de Faraday-. Trae mi medio de transporte, Chris. -El joven siguió sin moverse-. No pasa nada. Da igual. Ve a buscarlo.

Faraday entró en la cocina y volvió con un andador de aluminio de tres lados.

– Aparta, Beans -dijo, y cuando el animal obedeció, dejó el aparato frente a Olivia-. ¿Vale?

– Vale -dijo ella.

Le pasó la gata, que maulló a modo de protesta hasta que Faraday la depositó sobre el raído asiento de pana de otra butaca. Se volvió hacia Olivia, que asió los lados del andador y empezó a levantarse. Lanzó un gruñido y un suspiro.

– Mierda. Oh, joder -masculló cuando se inclinó a un lado. Soltó la mano protectora de Faraday de su brazo. Erguida por fin, lanzó una mirada desafiante a Lynley-. Menuda asesina tenemos aquí, ¿verdad, inspector?

Chris Faraday esperó dentro de la barcaza, al pie de la escalera. Los perros se acercaron a él. Empujaron sus cabezas contra las rodillas del hombre, en la falsa creencia de que iban a dar otro paseo. En sus mentes, iba vestido de la forma adecuada. Estaba de pie bajo la puerta. Tenía una mano sobre la barandilla. Para ellos, estaba a punto de salir, y tenían la intención de acompañarle.

En realidad, estaba escuchando los pasos del detective que se alejaba, y esperaba a que su corazón dejara de saltar en su pecho. Ocho años de adiestramiento, ocho años de preparativos, no habían sido suficientes para impedir que su cuerpo amenazara con una desastrosa exhibición de soberanía sobre su mente. Cuando había mirado por fin la tarjeta de identificación del detective, sus tripas se habían aflojado de tal manera que se creyó incapaz de contenerse lo bastante para llegar al lavabo, y mucho menos aguantar un interrogatorio con el aire de indiferencia adecuado. Una cosa era planificar, discutir, incluso ensayar con algún miembro del núcleo gobernante que interpretara el papel de policía, y otra muy diferente que ocurriera por fin, pese a sus precauciones, y repasar mentalmente en un abrir y cerrar de ojos cien y una sospechas sobre quién les podía haber traicionado.

Imaginó que sentía hundirse la barcaza cuando el detective bajó de ella. Escuchó el sonido de los pasos que se alejaban a lo largo del canal. Decidió que los oía y subió para abrir la puerta, no tanto para comprobar que ya no había moros en la costa como para dejar pasar el aire. Respiró ávidamente. Olía a ozono y gases de escape de diesel, solo algo más fresco que el de la cabina llena de humo. Se sentó en el segundo peldaño de arriba y pensó en lo que debía hacer a continuación.

Si hablaba al núcleo gobernante de la visita del detective, votarían por disolver la unidad. Ya lo habían hecho en ocasiones anteriores por motivos menos importantes que la visita de la policía, y sin duda lo volverían a hacer. Le trasladarían durante seis meses a una rama inferior de la organización, y asignarían todos los miembros de su unidad a otros capitanes. Era la solución más sensata cuando se producía una brecha en la seguridad.

Pero aquello no era una brecha en la seguridad, ¿verdad? El detective había venido a ver a Livie, no a él. Su visita no tenía nada que ver con la organización. Era pura casualidad que una investigación de asesinato y las preocupaciones del movimiento se hubieran cruzado en un arbitrario momento del tiempo. Si se mantenía firme, no decía nada y, sobre todo, se aferraba a su historia, el detective perdería todo interés en él. Ya lo estaba perdiendo, ¿no? ¿No había tachado a Livie de su lista de sospechosos cuando vio el estado en que se encontraba? Por supuesto que sí. No era idiota.

Chris hundió los nudillos de la mano derecha en el muslo y se conminó a no disimular la verdad. Tenía que informar al núcleo gobernante de la visita del DIC de Scotland Yard. Ellos debían tomar la decisión. Él solo podía pedir tiempo y confiar en que tuvieran en cuenta sus ocho años de militancia en la organización y sus cinco años como capitán de asalto, antes de votar. Y si votaban por disolver la unidad, sería inevitable. Sobreviviría. Amanda y él sobrevivirían juntos. Quizá sería lo mejor. No más verse a escondidas, no más disimulos, no más soldado y capitán, no más temores de ser convocado ante el núcleo de gobierno para dar inútiles explicaciones y ser sometido a la consiguiente disciplina. Por fin, serían relativamente libres.

Relativamente. Aún había que pensar en Livie.

– ¿Crees que se lo tragó, Chris?

La voz de Livie sonó pastosa, como siempre que utilizaba su energía con demasiada rapidez y no tenía tiempo de recuperar la fuerza exigida para controlar su cerebro.

– ¿Qué?

– Lo de la fiesta.

Chris inhaló otra profunda bocanada del aire contaminado del exterior y bajó tres peldaños de la escalerilla. Olivia se había acomodado de nuevo en su butaca y empujado el andador contra la pared.

– La historia aguantará -contestó Chris, pero no añadió que, para ello, tendría que hacer llamadas telefónicas y pedir favores.

– Investigará lo que dijiste.

– Siempre supimos que podía pasar.

– ¿Estás preocupado?

– No.

– ¿Quién es tu principal apoyo?

– Un tío llamado Paul Beckstead. Ya te he hablado de él. Es miembro de la unidad. Es…

– Sí, lo sé.

No le animó a que embelleciera la historia. Lo había hecho antes, pero cesó en sus intentos de pillarle en una mentira más o menos cuando empezó su primera ronda de visitas médicas.

Se miraron desde extremos opuestos de la habitación. Parecían cautelosos, como los boxeadores cuando adoptan posiciones. Solo que en su caso, si los golpes menudeaban, golpearían en el corazón y dejarían el cuerpo incólume.

Chris se acercó al conjunto de aparadores que había a cada lado del banco de trabajo. Sacó los carteles y mapas que había quitado de la pared a toda prisa. Los volvió a colocar: AMAD A LOS ANIMALES, NO OS LOS COMÁIS. SALVAD A LA BELUGA. 125.000 MUERTES CADA HORA. LO QUE OCURRE A LAS BESTIAS, OCURRE AL HOMBRE: TODO ESTÁ RELACIONADO.

– Le podrías haber contado la verdad sobre ti, Livie. -Cogió un poco de Blu-Tack entre el pulgar y el índice y lo pegó de nuevo al mapa de Gran Bretaña, que no estaba dividido por países y condados, sino por segmentos horizontales y verticales llamados zonas-. Te habría librado de sospechas, como mínimo. Yo tengo la fiesta, pero tú no tienes nada, excepto que estabas aquí sola, lo cual no sirve de gran cosa.

Ella no contestó. Oyó que palmeaba el brazo de la butaca y chasqueaba la lengua para atraer la atención de Panda, la cual, como siempre, no le hizo caso. Panda siempre iba a la suya. Era una gata auténtica, pues solo atendía a sus intereses propios.

– Podrías haberle dicho la verdad -insistió Chris-. Te habría librado de sospechas. Livie, ¿por qué…?

– Habría corrido el riesgo de desviarlas hacia ti. ¿Era eso lo que debía hacer? ¿Me lo habrías hecho tú?

Chris apretó el mapa contra la pared, vio que estaba torcido, y lo enderezó.

– No lo sé.

– Oh, vamos.

– Es verdad. No lo sé. En la misma tesitura, no lo sé.

– Bien, da igual, porque yo sí lo sé.

Chris la miró. Hundió las manos en los bolsillos del pantalón del chandal. La expresión de Olivia le hizo sentirse empalado como un insecto en el alfiler de su fe en él.

– Escucha -dijo-, no me hagas quedar como un héroe. A la larga, te decepcionaré.

– Sí, bueno. La vida está llena de decepciones, ¿verdad?

Chris tragó saliva.

– ¿Cómo están tus piernas?

– Son piernas.

– No quedó muy bien, ¿verdad? En el momento preciso.

Ella sonrió con sarcasmo.

– Como un polígrafo. Haz la pregunta. Mira cómo ella se crispa. Saca las esposas y léele sus derechos.

Chris se dejó caer en otra butaca, la que el detective había elegido, frente a ella. Estiró las piernas y acercó la punta de su bamba a la punta de la bota negra de suela gruesa que ella llevaba, uno de los dos pares que Livie había comprado cuando pensó que solo necesitaba un sostén más adecuado y consistente para el arco de sus pies.

– Menudo par -dijo Chris, y deslizó la punta de la bamba sobre el empeine de Olivia.

– ¿Por qué?

– Estuve a punto de estropearlo todo cuando dijo quién era.

– ¿Tú? Ni hablar. No lo creo.

– Es verdad. Pensé que estaba acabado.

– Eso no pasará nunca. Eres demasiado bueno para que te cojan.

– Nunca he imaginado que me cogerían de la manera habitual.

– ¿No? ¿Cómo, pues?

– Algo como lo de hoy. Algo ajeno. Algo que pasa por casualidad.

Vio que el calzado de Olivia estaba desabrochado y se inclinó para anudarlo. Después, ató la otra bota, aunque no era necesario. Tocó sus tobillos y enderezó sus calcetines. Ella extendió la mano y deslizó los dedos desde su sien hasta su oreja.

– Si es necesario, díselo -advirtió Chris. Notó que la mano de Olivia se apartaba con brusquedad. Levantó la vista.

– Ven, Beans -llamó Olivia al pachón, que había colocado sus patas delanteras sobre la escalerilla-. Y tú, Toast, vamos, bolsas de pulgas. Chris, quieren salir. Llévales hasta la puerta, ¿vale?

– Puede que lo necesites, Livie. Puede que alguien te haya visto. Si es necesario, dile la verdad.

– Mi verdad no es problema suyo.

Capítulo 9

– Ya he hablado con la policía de Kent -fueron las primeras palabras de Jean Cooper cuando abrió la puerta de su casa de Cárdale Street y se encontró ante la tarjeta de identificación de la sargento Havers-. Les dije que era Kenny. No tengo nada más que decir. ¿Quiénes son esos tíos, por cierto? ¿Han venido con usted? No estaban antes.

– Periodistas -dijo Barbara Havers en referencia a los tres fotógrafos que, nada más abrir Jean Cooper la puerta, habían empezado a disparar sus cámaras al otro lado del seto alto hasta la cintura que, paralelo a un muro de ladrillo bajo, separaba el jardín delantero de la calle. El jardín consistía en un cuadrado de hormigón deprimente, bordeado en tres lados por un macizo de flores sin plantar y decorado con algunos moldes en yeso de casitas, pintadas a mano por alguien de talento muy limitado.

– Larguense todos -gritó Jean a los fotógrafos-. Aquí no hay nada para ustedes. -Continuaron disparando. Jean puso los brazos en jarras-. ¿Me han oído? He dicho que se larguen.

– Señora Fleming -dijo uno-, la policía de Kent afirma que un cigarrillo fue el causante del incendio. ¿Era fumador su marido? Una fuente de toda confianza nos ha dicho que no. ¿Quiere confirmarlo? ¿Algún comentario? ¿Estaba solo en la casa?

Jean tensó la mandíbula.

– No tengo nada que decirles -replicó.

– Una fuente de Kent ha confirmado que la casa estaba ocupada por una mujer llamada Gabriella Patten, señora de Hugh Patten. ¿Le suena el nombre? ¿Algún comentario?

– He dicho que no tengo nada…

– ¿Ha informado a sus hijos? ¿Cómo se lo han tomado?

– ¡Manténganse alejados de mis hijos! Si les hacen una sola pregunta, les cortaré los huevos. ¿Entendido?

Barbara subió el único peldaño del frente.

– Señora Fleming… -empezó con firmeza.

– Es Cooper. Cooper.

– Sí, lo siento. Déjeme entrar, señora Cooper. No podrán hacer más preguntas si usted me acompaña, y las únicas fotografías que podrán tomar no interesarán a sus editores. ¿De acuerdo? ¿Puedo entrar?

– ¿La han seguido hasta aquí? Porque en ese caso, voy a telefonear a mi abogado y…

– Ya estaban aquí. -Barbara procuraba ser paciente, pero al mismo tiempo era desagradablemente consciente del ruido de las cámaras, y su poca propensión a dejarse fotografiar la empujaba hacia el interior de la casa-. Habían aparcado en Plevna Street. Detrás de un camión, cerca del hospital. Sus coches estaban escondidos. Lo siento -añadió como un autómata.

– Lo siento -refunfuñó Jean Cooper-. No me venga con esas. Ninguno de ustedes siente nada.

Pero retrocedió y dejó que Barbara entrara en la sala de estar de la pequeña casa. Daba la impresión de encontrarse en pleno proceso de limpieza, porque varias bolsas de basura grandes a medio llenar estaban tiradas en el suelo, y cuando las apartó a un lado con el pie para que Barbara se acercara a un tresillo desastrado, un hombre musculoso bajó la escalera con tres cajas cargadas en los brazos.

– Has estado estupenda, Pook -dijo con una carcajada-, pero tendrías que haber dicho que estábamos demasiado ocupados secándonos los mocos para hablar con ellos. Ooh. Vaya. Lo siento, agente, no puedo conversar en este momento porque he de ir a llorar un poco más.

Aulló.

– Der -dijo Jean-, está aquí la policía.

El hombre bajó las cajas. Parecía más beligerante que turbado por haber sido sorprendido hablando sin ambages. Dedicó a Barbara un escrutinio incrédulo que pronto se metamorfoseó en uno despectivo. «Qué vaca, qué esperpento», decía su expresión. Barbara le devolvió la mirada y la sostuvo hasta que el hombre dejó caer las cajas en el suelo, cerca de la puerta que daba a la cocina. Jean Cooper le presentó a su hermano Derrick.

– Ha venido por lo de Kenny -dijo sin necesidad.

– ¿De veras? -El hombre se apoyó contra la pared y se balanceó sobre un pie con el otro de puntillas, en una extraña posición de baile. Tenía unos pies minúsculos para un hombre de su tamaño, y aún parecían más pequeños por obra de sus anchos pantalones púrpura, que estaban sujetos a la cintura y los tobillos por una goma, como el atuendo de una bailarina de harén. Daba la impresión de que habían sido cortados a medida para acomodar sus muslos, similares a troncos de árbol-. ¿Qué pasa con él? Si quiere saber mi opinión, ese canalla recibió por fin su merecido. -Apuntó con el dedo a su hermana y dobló el pulgar como una pistola en su dirección, aunque parecía que su representación iba dedicada en especial a Barbara-. Como siempre te he dicho, Pook, estarás mejor sin ese jodido mamón. El señorito K.F. El señor Culodulce sabe tan bien cuando lo besas. Si quieres…

– ¿Has recogido todos los libros de Kenny, Der? -preguntó a posta su hermana-. Hay más en el cuarto de los chicos, pero busca dentro su nombre, por si acaso. No te lleves ninguno de Stan.

El hombre cruzó los brazos sobre el pecho tanto como pudo, considerando las dimensiones de sus pectorales y los movimientos limitados causados por el tamaño de sus bíceps. La postura, elegida sin duda para demostrar autoridad, solo ponía más en evidencia su físico peculiar. Gracias al entrenamiento intensivo con las pesas, había conseguido agrandar todas las partes de su cuerpo, excepto aquellas cuyo tamaño estaba predeterminado por la falta de músculo o el crecimiento restringido del esqueleto. Por tanto, sus manos, pies, cabeza y orejas parecían curiosamente delicados.

– ¿Intentas deshacerte de mí? ¿Tienes miedo de que cuente a esta encantadora policía lo cabrón que era tu marido?

– Ya basta -replicó Jean-. Si quieres quedarte, quédate, pero manten la boca cerrada porque me falta así…, solo me falta esto, Der… -Juntó el pulgar y el índice hasta que solo los separó el espacio entre sus uñas. Su mano temblaba. La sepultó con rudeza en el bolsillo de su bata.-. A la mierda todo -susurró-, a la mierda todo.

La expresión de insolente agresividad de su hermano desapareció de inmediato.

– Estás hecha polvo. -Movió su masa de la pared-. Necesitas una taza de té. Si no quieres comer, vale, no te obligaré, pero te tomarás esa taza y yo vigilaré que te tomes hasta la última gota, Pook.

Fue a la cocina, abrió el agua y empezó a rebuscar en las alacenas.

Jean acercó las bolsas de basura medio llenas a la escalera.

– Siéntese -dijo a Barbara-. Diga lo que deba decir, y luego déjenos en paz.

Barbara continuó de pie junto al viejo televisor, mientras la otra mujer movía las bolsas y arrastraba una hacia un aparador hondo que había bajo la escalera. Extrajo una colección de álbumes. Dedicó su atención a las cubiertas polvorientas, bien para hacer caso omiso de Barbara, o de lo que los libros y sus páginas albergaban. Daba la impresión de que contenían fotografías y recortes, pero debían estar mal montados en el interior, porque varias fotos y artículos cayeron al suelo cuando Jean trasladó cada álbum desde el aparador hasta la bolsa de basura.

Barbara se agachó para recogerlos. En el encabezamiento de cada artículo aparecía el nombre de Fleming, subrayado en naranja. Por lo visto, documentaban la carrera del bateador. Las fotografías componían una crónica de su vida. De niño, un sonriente adolescente con una botella de ginebra de contrabando levantada a modo de saludo, un joven padre que reía mientras mecía a un niño en sus manos.

Si las circunstancias que rodeaban la muerte del hombre hubieran sido diferentes, Barbara habría dicho, «Espere, señora Cooper, por favor. No tire eso. Quédeselos. Ahora no los quiere porque el dolor es demasiado reciente, pero a la larga los echará de menos. Tómeselo con calma, se lo ruego». Sin embargo, la necesidad de ofrecer aquellas palabras de advertencia y compasión disminuyó cuando pensó en las posibles implicaciones de que una mujer se quedara tantos recuerdos del hombre que la había abandonado.

Barbara dejó caer las fotos y los recortes en una bolsa.

– ¿Le dijo su marido algo sobre esto, señora Cooper? -preguntó, y tendió a Jean uno de los documentos que aquella mañana había sacado del escritorio de la señora Whitelaw. Era una carta del señor Q. Melvin Abercrombie, Randolph Ave., Maida Vale. Barbara ya había memorizado su breve contenido, verificación de una cita con el abogado.

Jean leyó la carta y se la devolvió. Volvió a sus paquetes.

– Tenía una cita con un tío en Maida Vale.

– Es obvio, señora Cooper. ¿Le habló al respecto?

– Pregúnteselo al tío. El señor Nibhead Asher-crown, o como se llame.

– Puedo llamar al señor Abercrombie para solicitar la información que necesito -replicó Barbara-, porque un cliente suele ser sincero con su abogado cuando inicia el proceso de divorcio, y el abogado está más que contento de ser sincero con la policía cuando el cliente ha sido asesinado. -Vio que las manos de Jean se cerraban con fuerza sobre los bordes de un álbum. Buen disparo, pensó-. Hay papeles que archivar y papeles que tramitar, y sin duda el tal Abercrombie sabe exactamente en qué fase se encontraba su marido. Podría telefonearle para pedir la información, pero cuando la obtuviera, volvería a hablar con usted. Y la prensa seguiría fuera, sin duda, tomando fotos y preguntándose qué hace la bofia y por qué. ¿Dónde están sus hijos, por cierto?

Jean la miró con aire desafiante.

– Saben que su padre ha muerto, supongo.

– No son niños de teta, sargento. ¿Qué coño se piensa?

– ¿También saben que su padre le pidió hace poco el divorcio? Se lo pidió, ¿verdad?

Jean inspeccionó la esquina rota de un álbum de fotos. Alisó con el pulgar la tela artificial.

– Díselo, Pook. -Derrick Cooper había aparecido en la puerta de la cocina, con una caja de galletas en una mano, y en la otra una taza decorada con la famosa sonrisa burlona de Elvis Presley-. ¿Qué más da? Díselo. No le necesitas. Nunca le necesitaste.

– Por eso da igual que haya muerto. -Jean alzó su cara pálida-. Sí -dijo a Barbara-, pero usted ya sabe la respuesta, porque dijo a la vieja bruja que me había dado el pasaporte, y la vieja bruja se apresuró a comunicar la noticia a todo Londres, sobre todo si me hacía quedar mal, lo cual ha sido su intención durante los últimos dieciséis años.

– ¿La señora Whitelaw?

– ¿Quién, si no?

– ¿Intentaba hacerla quedar mal? ¿Por qué?

– Nunca estuve a la altura de Kenny. -Jeannie lanzó una carcajada-. ¿Lo estaba Gabriella?

– Entonces, conocía su intención de casarse con Gabriella Patten.

Tiró el álbum que sostenía a una de las bolsas. Miró a su alrededor, pero no vio más.

– Hay que atarlas, Der. ¿Dónde has puesto el cordel? ¿Aún está arriba?

Vio que Der subía al primer piso en respuesta.

– ¿Habló su marido a sus hijos del divorcio? -preguntó Barbara-. ¿Dónde están, por cierto?

– Déjeles en paz. Ya han sufrido bastante. Cuatro años han sido más que suficientes, y se acabó.

– Tengo entendido que su hijo iba a marcharse de vacaciones con su padre. Un crucero por Grecia. Debían irse el pasado miércoles por la noche. ¿Por qué no se marcharon?

Jean se levantó y caminó hasta la ventana de la sala de estar, donde cogió un paquete de Embassy del antepecho y encendió uno.

– Has de dejar esa mierda -dijo su hermano, mientras bajaba la escalera y tiraba un rollo de cordel sobre una bolsa-. ¿Cuántas veces te lo he de decir, Pook?

– Sí -contestó ella-. Vale, pero no es el momento oportuno. ¿No estabas preparando té? He oído el silbido de la tetera.

El hombre frunció el entrecejo y desapareció en la cocina. Vertió agua y removió una taza con la cuchara. Volvió con el té. Lo dejó sobre el antepecho de la ventana y se dejó caer en el sofá. Cruzó las piernas por los tobillos sobre la mesita auxiliar, lo cual comunicó su intención de quedarse durante el resto del interrogatorio. Que lo haga, pensó Barbara. Regresó a un terreno que ya había cultivado antes.

– ¿Le dijo su marido que quería divorciarse? ¿Le dijo que tenía la intención de volver a casarse? ¿Le dijo que iba a casarse con Gabriella Patten? ¿Se lo contó a sus hijos? ¿Se lo dijo usted?

Jeannie negó con la cabeza. -¿Por qué no?

– Las personas cambian de opinión. Kenny era una persona.

Su hermano gruñó.

– Ese saco de mierda no era una persona. Era una jodida estrella. Estaba escribiendo su leyenda, y vosotros sois un capítulo terminado. ¿Es que no lo vas a entender nunca? ¿Por qué no lo dejas pasar de una vez?

Jean le traspasó con la mirada.

– A estas alturas, ya podrías haber encontrado a otro hombre. Habrías dado a tus hijos un padre de verdad. Podrías…

– Cierra el pico, Der.

– Eh. ¿Con quién crees que estás hablando?

– Escúchame bien: puedes quedarte si quieres, pero calladito. Sobre mí, sobre Kenny, sobre todo. ¿De acuerdo?

– Oye. -Proyectó la barbilla hacia su hermana-. ¿Sabes cuál es tu problema? El de siempre. No quieres enfrentarte a la realidad. Ese cabrón se creía Dios todopoderoso, y que los demás habíamos nacido para lamerle el culo. No te das cuenta, ¿verdad?

– Estás diciendo tonterías.

– Aún no te das cuenta. Te dejó plantada, Pook. Encontró un conejo más apetitoso. Lo supiste cuando pasó, y pese a todo esperaste a que se cansara de ella y volviera a casa.

– Éramos un matrimonio. Yo quería defenderlo.

– Sí, claro. -Los ojillos de Derrick se entornaron cuando rió-. Tú eras la esterilla y él las botas. ¿Te gustaba que te pisoteara?

Jean aplastó el cigarrillo con sumo cuidado, como si el cenicero fuera una pieza de cerámica de Belleek y no lo que era, un trozo de hojalata en forma de concha.

– ¿Te ha gustado decir eso? -preguntó en voz baja-. ¿Te sientes importante? ¿Te sientes mejor?

– Solo digo lo que necesitas oír.

– Estás diciendo lo que tenías ganas de decir desde que tenías dieciocho años.

– Oh, mierda. No seas tonta.

– Cuando averiguaste que Kenny era diez veces más hombre que tú.

Los bíceps de Derrick se tensaron. Bajó las piernas al suelo.

– Que le den por el culo a ese mamón. Que le den por el culo…

– Muy bien -intervino Barbara-. Ya ha dicho lo que quería, señor Cooper.

Los ojos de Derrick volaron hacia ella.

– ¿Qué le pasa?

– Ya ha dicho bastante. Hemos comprendido el mensaje. Ahora, me gustaría que se marchara para poder hablar con su hermana.

El hombre se levantó al instante.

– ¿Con quién se cree que está hablando?

– Con usted. Estoy hablando con usted. Pensaba que había quedado claro. Ahora, ¿es capaz de encontrar la puerta solito, o necesita mi ayuda?

– Ooooh, escúchenla. Me estoy cagando encima.

– Entonces, yo en su lugar caminaría con cuidado.

Su cara se inflamó.

– Babosa comemierda, te voy a…

– ¡Der! -gritó Jean.

– Sal cagando leches, Cooper -dijo con calma Barbara-, porque si no, te voy a dar de hostias hasta en el carnet de identidad.

– Babosa…

– Y apuesto la paga de una semana a que tendrías mucho éxito entre los reclusos.

Una fea vena se destacó en la frente de Derrick. Su pecho se hinchó. Dejó caer el brazo derecho. Dobló el codo.

– Prueba -dijo Barbara, y se balanceó sobre las puntas de los pies-. Prueba. Por favor. Tengo diez años de kwai tan y ardo en deseos de utilizarlos.

– ¡Derrick! -Jean se interpuso entre Barbara y su hermano. Respiraba de una forma que recordó a Barbara un carabao que había visto una vez en el zoo-. Derrick. Cálmate. Es una policía.

– A mí no me chulea nadie.

– ¡Haz lo que dice, Derrick! ¿Mehas oído? ¡Derrick!

Agarró su brazo y lo sacudió.

Dio la impresión de que los ojos del hombre recobraban una chispa de vida. Se desviaron desde Barbara hacia su hermana.

– Sí -dijo-. Te he oído.

Alzó una mano como para tocar el hombro de su hermana, pero lo bajó antes de que entrara en contacto.

– Vete a casa -dijo Jean, y apoyó la frente en su brazo-. Sé que tu intención es buena, pero he de hablar con ella a solas.

– Mamá y papá están destrozados. Por Kenny.

– No me sorprende.

– Siempre le quisieron, Pook. Incluso cuando te abandonó. Siempre se ponían de su parte.

– Lo sé, Der.

– Pensaban que la culpa era tuya. Yo dije que era injusto pensar así, sin saber lo que había pasado, pero nunca me escucharon. Papá dijo, qué demonios entiendes tú de matrimonios felices, tonto.

– Papá estaba disgustado. No pretendía ser desagradable.

– Siempre le llamaban «hijo». Hijo, Pook. ¿Por qué? Yo era su hijo.

Jean le alisó el pelo.

– Vete a casa, Der. Todo irá bien. Vete. ¿De acuerdo? Por la puerta de atrás. No dejes que esos sinvergüenzas de delante te pillen.

– No les tengo miedo.

– No hace falta darles ideas sobre las que escribir. Ve por detrás, ¿vale?

– Tómate el té.

– Lo haré.

Jean se sentó en el sofá mientras su hermano entraba en la cocina. Una puerta se abrió y cerró. Un momento después, el portal del jardín trasero chirrió sobre sus goznes oxidados. Jean acunó la taza de té en las manos.

– Kwai Tan -dijo a Barbara-. ¿Qué es eso?

Barbara descubrió que seguía en equilibrio sobre los dedos de los pies. Relajó su postura y empezó a respirar con normalidad.

– No tengo ni idea. Creo que es una forma de preparar el pollo.

Buscó los cigarrillos en el bolso. Encendió, fumó y se preguntó cuándo había sido la última vez que un producto cancerígeno le había sabido tan bien. Se merecia aquel pitillo. Apartó dos bolsas de basura y se acercó a una butaca del tresillo. Se sentó. El almohadón era tan viejo y delgado que parecía relleno de perdigones.

– ¿Habló con su marido en algún momento del miércoles?

– ¿Por qué iba a hacerlo?

– En teoría, se marchaba en un crucero con su hijo. Debían irse el miércoles por la noche. Los planes cambiaron. ¿Le llamó para decírselo?

– Era por el cumpleaños de Jimmy. Era lo prometido, al menos. ¿Quién sabe si lo dijo en serio?

– Lo dijo en serio. -Jean levantó la vista-. Encontramos los billetes de avión en Kensington, en una de sus chaquetas. La señora Whitelaw nos dijo que le había ayudado a hacer el equipaje, y le había visto guardarlo en el coche. En algún momento, sus planes cambiaron. ¿Le explicó por qué?

Jean negó con la cabeza y bebió su té.

Barbara observó que era una de esas tazas en que la foto que la decoraba cambiaba cuando el líquido la calentaba. El Elvis joven de sonrisa burlona se había transformado en el Elvis hinchado de sus últimos años, vestido de raso y que gorjeaba en un micrófono.

– ¿Se lo explicó a Jimmy?

Las manos de Jean se cerraron alrededor de la taza. Elvis desapareció bajo sus dedos. Vio que el nivel del té se elevaba de derecha a izquierda a medida que movía la taza de un lado a otro.

– Sí -dijo por fin-. Habló con Jimmy.

– ¿Cuándo?

– No sé la hora.

– No hace falta que sea precisa. ¿Fue por la mañana? ¿Por la tarde? ¿Justo antes de la hora en que debían marcharse hacia Grecia? Iba a venir a buscar al chico en coche, ¿no? ¿Telefoneó poco antes de llegar?

Jean agachó más la cabeza, como si examinara el té.

– Repase el día en su mente -insistió Barbara-. Se levantó, se vistió, quizá preparó a los niños para que fueran al colegio. ¿Qué más? Fue a trabajar, volvió a casa. Jimmy había hecho el equipaje. Lo había deshecho. Estaba preparado. Estaba nervioso. Estaba decepcionado. ¿Qué?

El té continuaba centrando la atención de Jean. Aunque tenía la cabeza gacha, Barbara advirtió por el movimiento de su barbilla que estaba mordisqueando la parte interna del labio inferior. Jimmy Cooper, pensó con renovado interés. ¿Qué dirían los polis de la comisaría local cuando oyeran su nombre?

– ¿Dónde está Jimmy? -preguntó-. Si usted no puede decirme nada sobre ese viaje a Grecia y su padre…

– El miércoles por la tarde -dijo Jean. Levantó la cabeza mientras Barbara tiraba la ceniza del cigarrillo en la concha de hojalata-. El miércoles por la tarde.

– ¿Fue cuando telefoneó?

– Fui con Stan y Shar al videoclub para que escogieran una película cada uno, como compensación al hecho de que Jimmy se marchaba con su papá, pero ellos no.

– Eso fue después del colegio, por lo tanto.

– Cuando volvimos a casa, el viaje se había anulado. Hacía una media hora.

– ¿Jimmy se lo dijo?

– No hizo falta. Había deshecho la maleta. Todo el equipaje estaba tirado por la habitación.

– ¿Qué dijo?

– Que no iba a Grecia.

– ¿Por qué?

– No lo sé.

– Pero él sí. Jimmy lo sabía.

Jean levantó el té y bebió.

– Supongo que surgió algún problema relacionado con el criquet y Kenny tuvo que quedarse. Esperaba que le eligieran de nuevo por Inglaterra.

– Pero ¿Jimmy no se lo dijo?

– Estaba muy disgustado. No quiso hablar.

– ¿Pensaba que su padre le había traicionado?

– Estaba muy ilusionado por ir, sí. Se sentía decepcionado.

– ¿Enfadado? -Jean le lanzó una mirada penetrante-. Ha dicho que, más que deshacer la maleta, había tirado sus cosas por la habitación -explicó con tranquilidad Barbara-. Eso me sugiere temperamento. ¿Estaba enfadado?

– Como cualquier otro chico en su lugar.

Barbara aplastó el cigarrillo y pensó en encender otro. Rechazó la idea.

– ¿Jimmy tiene medio de transporte?

– ¿Por qué lo quiere saber?

– ¿Pasó la noche del miércoles en casa? Stan y Shar tenían sus vídeos. Él, su disgusto. ¿Se quedó en casa con usted, o salió para animarse un poco? Ha dicho que estaba disgustado. Tal vez fue en busca de algo que le levantara la moral.

– Entró y salió. Siempre entra y sale. Le gusta ir por ahí con sus amigos.

– ¿Y el miércoles por la noche? ¿A qué hora volvió a casa?

Jean dejó la taza sobre la mesita auxiliar. Introdujo la mano izquierda en el bolsillo de la bata y dio la impresión de que encontraba algo.

– ¡Sandy, Pauline, la hora de la merienda! -gritó fuera una voz de mujer-. Entrad antes de que se enfríe el té.

– ¿Volvió a casa, señora Cooper? -preguntó Barbara.

– Por supuesto, pero no sé a qué hora. Estaba dormida. El chico tiene su propia llave. Entra y sale.

– ¿Estaba por la mañana, cuando usted se levantó?

– ¿Dónde iba a estar, si no? ¿En el cubo de la basura?

– ¿Y hoy? ¿Dónde está? ¿Con sus amigos otra vez? ¿Quiénes son, por cierto? Necesitaré sus nombres. En especial, quiero saber con quiénes estuvo el miércoles.

– Ha salido con Stan y Shar. -Indicó las bolsas de basura con un movimiento de cabeza-. Para que no vean empaquetadas las cosas de su padre.

– Tendré que hablar con él, de todos modos. Sería más fácil si pudiera verle ahora. ¿Puede decirme adonde ha ido?

Jean negó con la cabeza.

– ¿O cuándo volverá?

– ¿Qué puede decir él que yo no pueda?

– Podría decirme dónde estuvo el miércoles por la noche y a qué hora llegó a casa.

– No entiendo de qué le va a servir saber eso.

– Podría contarme la conversación que sostuvo con su padre.

– Ya se lo he dicho. Canceló el viaje.

– Pero no me ha dicho el motivo.

– ¿Y qué más da?

– El motivo tal vez aclararía quién sabía que Ken-neth Fleming iba a Kent. -Barbara esperó la reacción de Jean. Fue bastante sutil, la piel levemente moteada en el pálido triángulo de pecho que dejaba al descubierto la bata floreada. El color no aumentó de intensidad-. Tengo entendido que pasaban los fines de semana allí, cuando su marido jugaba con el equipo del condado. Usted y sus hijos.

– ¿Y qué?

– ¿Iba usted en coche a la casa, o venía su marido a buscarlos?

– Íbamos en coche.

– Y si no estaba cuando llegaban, ¿tenía un juego de llaves para entrar?

La espalda de Jean se enderezó. Apagó el cigarrillo.

– Entiendo -dijo-. Sé adonde apuntan sus tiros. ¿Dónde estuvo Jimmy el miércoles por la noche? ¿Volvió a casa? ¿Estaba enfadado por la suspensión de sus vacaciones? Y si no le importa la pregunta, ¿pudo coger las llaves de la casa, ir a Kent y matar a su padre?

– Es una pregunta interesante -señaló Barbara-. No me importaría nada que la comentara.

– Estuvo en casa, en casa.

– Pero no sabe a qué hora.

– Y no hay llaves que coger. Nunca las hubo.

– ¿Cómo entraba en la casa cuando su marido no estaba?

Jean se quedó sin habla.

– ¿Qué? ¿Cuándo?

– Cuando iba a Kent los fines de semana, ¿cómo entraba si su marido no estaba?

Jean tironeó del cuello de la bata. El gesto pareció calmarla, porque levantó la cabeza y habló.

– Siempre había una llave en el cobertizo, detrás del garaje. La utilizábamos para entrar.

– ¿Quién conocía la existencia de la llave?

– ¿Quién? ¿Qué más da? Todos lo sabíamos. ¿Vale?

– No del todo. La llave ha desaparecido.

– Y usted cree que Jimmy la cogió.

– No necesariamente. -Barbara levantó el bolso del suelo y se lo colgó al hombro-. Dígame, señora Cooper -dijo a modo de conclusión, pues ya sabía la respuesta sin necesidad de oírla-, ¿alguien puede demostrar dónde estuvo usted el miércoles por la noche?

Jimmy pagó las patatas paja, las barras de Cadbury, los Hob Nobs y los Custard Cremes. Antes, al pie de la escalera donde el vendedor de frutas tenía la parada, en la estación de Island Gardens, había robado dos plátanos, un melocotón y una mandarina, mientras una vieja vaca de cuero cabelludo demasiado rosado y pelo azu-lino demasiado escaso se quejaba del precio de los bretones, como si alguien con un poco de sentido común pudiera comer aquellos repugnantes brotes verdes.

Tenía mucho dinero para pagar la fruta. Mamá le había dado diez libras aquella mañana para que distrajera a Stan y Shar, pero los plátanos, los melocotones y las mandarinas no podían calificarse de menudencias, y en cualquier caso, su pequeño hurto había sido una cuestión de principios. El vendedor de frutas era un facha, siempre lo había sido, y siempre lo sería. «Pandilla de inútiles», murmuraba siempre que los tíos de la escuela pasaban demasiado cerca de sus asquerosos tomates. «Dejad de rondar por aquí. Búscaos un trabajo decente, miserables patanes.» Por lo tanto, era una cuestión de honor entre los tíos de la escuela secundaria George Green pispar la mayor cantidad posible de fruta y verduras al muy imbécil.

Pero Jimmy no tenía nada contra el viejo mamón que se encargaba del bar de Island Gardens. Por eso, cuando trotaron hacia el edificio achaparrado situado al borde de la hierba, cuando Shar pidió las patatas paja y la barra de chocolate, y cuando Stan señaló en silencio los Hob Nobs y los Custard Cremes, Jimmy deslizó un billete de cinco libras sobre el mostrador, y al principio no supo qué decir cuando el viejo contestó:

– Un día magnífico para salir, cariño, ¿no te parece? -mientras le palmeaba la mano.

Al principio, Jimmy pensó que el tío era una loca que intentaba atraerle con la esperanza de hacer un rápido detrás del mostrador cuando nadie mirara, pero luego, a la hora de devolverle el cambio, le observó con más atención, y comprendió que, a juzgar por el velo blanco que cubría sus ojos, el pobre mamón estaba casi ciego. Había visto el cabello de Jimmy, pero oído la voz de Sharon. Pensó que estaba flirteando con alguna pájara de la vecindad.

Ya habían tomado dos bocadillos de huevo y una salchicha en el tren de Crossharbour. No era un viaje largo, solo dos estaciones, pero tuvieron tiempo de sobra para devorar la comida y regarla con dos cocas y una fanta de naranja. Shar había dicho, «Creo que no se puede comer en el tren, Jimmy». Jimmy dijo, «Si tienes miedo, no lo hagas», y mordió un pedazo de bocadillo que comió con la boca abierta junto a su oído. «Ñam ñam ñam», dijo con la boca llena de pan y los dientes teñidos de amarillo a causa del huevo. «Come despacio y acabarás en el reformatorio. Ya vienen a buscarnos. ¡Shar, ya vienen!» La niña rió y desenvolvió el bocadillo. Había comido la mitad y guardado el resto.

La miró desde una de las mesas del bar. Vio que había separado las dos rebanadas de pan, eliminado cuidadosamente el huevo con una servilleta de papel, y ahora estaba haciendo una hilera de migas a lo largo del muro del terraplén, a unos treinta metros de donde él estaba sentado. Cuando hubo terminado, cruzó el césped y sacó sus prismáticos del estuche de piel.

– Demasiada gente -dijo Jimmy-. Solo verás palomas, Shar.

– Hay gaviotas en el río. Montones de gaviotas.

– ¿Y qué? Una gaviota es una gaviota.

– No. Hay gaviotas y gaviotas -fue su misteriosa respuesta-. Hay que tener paciencia.

Sacó una libretita bellamente encuadernada de su mochila. La abrió y escribió con buena letra la fecha en la parte superior de la página nueva. Jimmy desvió la vista. Papá le había regalado el cuaderno por Navidad, junto con tres libros más sobre pájaros y unos prismáticos más pequeños, pero más potentes.

– Son para observaciones serias -había dicho-. ¿Vamos a probarlos, Shar? Un día, iremos a Hampstead a ver qué vuela por los páramos. ¿Qué te parece?

– Oh, sí, papá -contestó ella con el rostro radiante, y al principio esperó con serenidad, y pasaron los días, y después las semanas, siempre confiada en que papá cumpliría su palabra.

Pero algo le había cambiado en octubre, su palabra ya no valía nada, se ponía nervioso siempre que le veían, experimentaba la constante necesidad de hacer crujir sus nudillos, de acercarse a las ventanas, de pegar un bote siempre que el teléfono sonaba. Un día, se comportaba como si una simple palabra equivocada fuera capaz de ponerle a parir. Al día siguiente, estaba loco de alegría, como si hubiera conseguido cien puntos sin intentarlo. A Jimmy le había costado varias semanas y un poco de trabajo detectivesco averiguar qué le había pasado a su padre para cambiar tanto. Cuando descubrió lo que «había pasado», también comprendió que nada de su vida familiar poco convencional volvería a ser igual.

Cerró los ojos un momento. Se concentró en los sonidos. El chillido de las gaviotas, el golpeteo de los pasos en el sendero que corría detrás del bar, la chachara de los excursionistas que habían venido para bajar al túnel peatonal de Greenwich, el roce metálico cuando alguien intentaba abrir uno de los sucios parasoles que se erguían entre las mesas de fuera.

– Mira, hay gaviotas de cabeza negra, gaviotas arenqueras, gaviotas glaucas y toda clase de gaviotas -dijo su hermana en tono afable. Se estaba limpiando las gafas con el borde de su mono-. Ahora, estoy buscando una del género Rissa.

– ¿Sí? ¿Qué es eso? A mí no me suena como un ave.

Jimmy abrió el paquete de Hob Nobs y se metió uno en la boca. En el césped, en la parte más alejada de un macizo de flores circular, rebosante de rojos, amarillos y rosas, Stan intentaba ser al mismo tiempo el lanzador y el bateador en un partido de criquet individual. Tiraba la pelota hacia lo alto, intentaba golpearla, cosa que no conseguía casi nunca, y gritaba cuando la alcanzaba.

– Eso es un cuatro, eso es un cuatro. Lo habéis visto, ¿verdad?

– Las del género Rissa casi nunca se alejan del mar -explicó Shar a Jimmy. Devolvió las gafas a su nariz-. Apenas se adentran en la orilla, salvo para robar en los barcos pesqueros. En verano…, ya casi estamos, ¿no?, anidan en los acantilados. Fabrican los nidos con barro y pedacitos de cuerda y raíces, y los sujetan a las rocas.

– ¿Sí? ¿Y por qué buscas aquí a esas como se llamen?

– Del género Rissa -dijo Shar con paciencia-. Porque sería muy raro ver una. Sería un auténtico golpe.

Alzó los prismáticos y examinó el muro del dique, donde varias gaviotas, indiferentes a los paseantes y ociosos vespertinos que se sentaban en los bancos, se ocupaban de las migas que ella les había dejado.

– Tienen patas marrones negruzcas -dijo-, picos amarillos y ojos oscuros.

– Como todas las gaviotas del mundo.

– Y cuando vuelan, se inclinan muchísimo y cortan las olas con los extremos de sus alas. Esa es la característica que las distingue.

– Aquí no hay olas, Shar, por si no te habías fijado.

– Ya lo sé. Por eso no las veremos volar. Tendremos que confiar en algún otro estímulo visual.

Jimmy cogió otro Hob Nobs. Buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó los cigarrillos.

– No deberías fumar -dijo Sharon, sin apartar la vista de los prismáticos-. Ya sabes que es malo. Produce cáncer.

– ¿Y si quiero tener cáncer?

– ¿Para qué?

– Para largarme cuanto antes de aquí.

– Pero también produces cáncer a los demás. Se les llama fumadores pasivos. ¿Lo sabías? Si sigues fumando, podríamos morir por respirar el humo, Stan y yo. Si estás el tiempo suficiente cerca de nosotros.