/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

Crónica sentimental en rojo

Francisco Ledesma

Premio Editorial Planeta Esta novela obtuvo el Premio Editorial Planeta 1984, concedido por el siguiente, jurado: Ricardo Fernández de la Reguera, José Manuel Lara, Antonio Prieto, Carlos Pujol y José María Valverde. ¿En que se convertirá el nuevo Raval? ¿Será un barrio saneado, con pisos de alto standing donde los pisos son `algo` caros? ¿Un barrio donde habitarán diseñadores, actores y cineastas, todos muy Chics? O ¿pese a todas las reformas urbanísticas seguirá siendo un barrio para los recién llegados? Por el bien de Barcelona, que siempre he considerado una ciudad abierta espero que así sea. Espero que el barrio Chino siga siendo un barrio para la gente sin demasiado poder adquisitivo, pueda vivir. Un barrio donde una habitación, como la que Méndez tiene alquilada por dos reales, pueda existir. Donde existan personas no alienadas en una sociedad consumista. `Crónica sentimental en Rojo` precisamente comienza con dos personajes de este barrio. Uno, por supuesto, es el Inspector Méndez: un policía de avanzada edad, de los de la escuela franquista, que debería jubilarse pero que solo le queda su trabajo. Expeditivo y brutal en sus quehaceres policiales pero honrado y justo, por lo menos a su manera. No le gusta salir de su barrio chino pero comienza la novela en la puerta de la modelo esperando la salida de un boxeador retirado, el Richard. Ricardo Arce es otro inadaptado de la misma zona acostumbrado a las peleas de bar y a los bajos fondos pero de buen corazón. Un buenazo sin remedio y sin esperanzas de cambiar. La novela esta escrita a principio de los años ochenta del pasado siglo XX y el paro en aquella época era un problema muy real. La crisis del 73 había llegado a Barcelona con cierto retraso las listas del paro empezaron a llenarse desde principio de los ochenta. Hubieron de pasar varios años hasta casi los noventa para que llegara `el pelotazo`. Pero al principio de los ochenta para un antiguo inquilino de `la modelo` encontrar empleo era muy complicado y era carne de paro y de presidio. Es decir, que tardaban muy poco en cometer otro delito para volver a la calle Entença. `Crónica Sentimental en Rojo` nos muestra la realidad cuando una gran fortuna se debe repartir entre varios herederos de una manera no demasiado clara.

Francisco González Ledesma

Crónica sentimental en rojo

1. LA SALIDA

MÉNDEZ fue a buscarle a la salida de la Modelo.

– Me han dicho que tienes un empleo, Richard. La calle de Entenza santificada por una lluvia fina, frente a él el muro de las lamentaciones de la cárcel y a su espalda los portales silenciosos del verano que declina, que ya se va muriendo. Un bar donde el Xirinacs recibía las visitas de sus fieles y ante el que hacía huelga de hambre pidiendo la amnistía, uníos, cristianos rojos del mundo, uníos los que aún quedéis. Aunque el verano la ha ido aplastando, la ciudad aún palpita, y Méndez se acuerda entonces del viejo tiempo, malditas las playas, los ombligos con crema antisolar, las niñas con culín, los oficinistas con gafitas. A él, a Méndez, le obligaron a ir de servicio a las playas; él, Méndez, no quería. Él es una rata de ciudad y lo seguirá siendo hasta que muera en olor de santidad en una vieja habitación de la que fue casa de mujeres de La Emilia. Méndez tiende la mano al recién salido, comprueba de un vistazo que aún sigue fuerte, que conserva, aunque dormida, su antigua flexibilidad de tigre.

– Estás en forma, Richard. Un café, el primer café en libertad, la calle maravillosa y viva al otro lado del muro. Méndez que se rasca.

– Coño, Richard, aquí también hay pulgas. La calle Tuset, para que no se diga que no vamos a sitios finos, la Cova del Drac, lugar de luz discreta y velador antiguo, punto de reunión para jazzistas, escritores principiantes, niñas que han perdido el virgo, niños que han estrenado la moto. Y luego el largo paseo por las calles húmedas de la ciudad, coño, qué cosas, Richard, hasta la calle Nueva, hasta la gran madre negra, ya estás en el sitio donde todos te conocen, aquí nada malo te puede pasar. El hotel Ibérica, que en otro tiempo tuvo un no sé qué de finura, de cristal ovalado, de sillón de mimbre y de palmera enana, y que los años han convertido en un rincón patético para la última soledad de la última noche. Te he mandado reservar una habitación, Richard, quizá la misma donde yo conocí a una pelirroja de las Ramblas que parecía inglesa, que aún ponía los ojos en blanco como una buena mujer violada. Esto no es lo que era, ya lo ves; todo está lleno de travestís, de maricas, de navajeros, de tocadores del dos, de bujarrones, de moros clandestinos, de bingueros que han ganado y buscan tía, de bingueros que han perdido y necesitan buscar tío. Es la leche, Richard, ahora que ya tienes habitación, ahora que te has asegurado de que en la cama no hay ninguna vieja ni en el armario un muerto, vamos a tomar la última copa a la terraza del Poker, donde los precios son altos y donde hay que ponerse un tapón por si acaso, pero donde ves desfilar llena de vida toda la cloaca urbana. Hala, vamos allí y olvídate de la Modelo, olvídate de la cloaca que aún no puede desfilar, pero que está aguardando su noche.

– Me han dicho que tienes un trabajo, Richard.

– Bueno, ha sido una cosa muy curiosa, señor Méndez. Ha sido una cosa que no esperaba, una cosa que me proporcionó el abogado que me había correspondido de oficio. Sergi Llor, no sé si lo conoce.

– Claro que lo conozco. Pero yo lo he sabido por otra gente de la cárcel; gente que entra y que sale, tíos del permiso de fin de semana, del polvo rabioso con la amiga, la puñalada trapera a la enemiga y todo eso que llaman la paz social. Me han dicho que ibas a quedar libre y que tenías trabajo. Por eso he ido a recibirte.

Méndez tragó la cerveza, tragó la noche tan distinta de las de la playa, se metió muy adentro los añorados miasmas de aquel aire. Infelices miasmas las que pretendieran medrar en su cuerpo, porque iban listas, amén. Luego volvió a mirar a Ricardo Arce, el Richard, y una cálida, confortable sensación de simpatía le llegó hasta la garganta. Era una simpatía que salía del fondo del tiempo que se fue, de las sombras de calles que ya no recordaba nadie, era quizá la simpatía del hombre que se acaba, harto de soledades y de mujeres centenarias, hacia el hijo que nunca pudo tener. Pero menos miradas, menos pufletas y vamos a lo que importa: oye, Richard, te veo cojonudo.

– Parece que tengo que ser algo así como un guardaespaldas -dijo él, después de vaciar también su vaso de cerveza.

– Eres que ni pintado para eso. Antiguo boxeador, antiguo campeón de Cataluña de los pesos máximos. Qué tiempos aquellos los del Price, ¿eh? Ahora, mierda.

– Hubo gente que me aseguró que llegaría lejos -dijo nostálgicamente el Richard Arce de los carteles de las Rondas-. Pobre gente.

– Yo te diré por qué no llegaste lejos.

– ¿Por qué?

– Te he visto cien veces desde la primera fila, desde el mejor sitio, porque la bofia no pagaba. Y te lo diré: no llegaste lejos porque en el momento decisivo no querías hacer daño. Porque pensabas en el otro, que también se ganaba el pan, te fijabas en sus ojos de fiera acorralada, te acordabas de que a lo mejor era un compañero del gimnasio, te decías en el último instante que un golpe puede matar. Y eso no es bueno para llegar a ser campeón, Richard, un campeón ha de tener el cerebro completamente en blanco y en los puños dos máquinas.

– Sí, quizá fuera eso. El entrenador y algunos managers de los que corrían por allí, como el Caballero y el Clemente, también me lo habían dicho.

– Leches si te lo habían dicho. Te lo llegaron a escupir a la cara, y tú ni enterarte.

Méndez pidió otra ronda de cerveza y añadió:

– Pero sigues en forma, coño, en forma.

– En la cárcel me he ido entrenando como podía.

– Eso. Y además sin ver una tía. Eso, eso es lo que conviene. Lo que yo digo: en forma.

En seguida, como si se arrepintiese, añadió:

– Oye si quieres echar un polvo yo te presto el dinero. Ya ves lo que hay por aquí. No gran cosa, pero para un mal apaño ya vale.

– No, gracias, no tengo ganas ahora. Méndez le miró, analizó el asunto bajo el prisma de la buena educación, de las selectas formas de hablar, y hombre lleno de cualidades espirituales como era preguntó:

– Oye, tú no te habrás hecho del gremio del culo, ¿verdad?

– Me quisieron dar.

– Hostia.

– Entre dos.

– Hostia, hostia.

– Incluso llevaban auténticas navajas. Méndez:

– ¿Y qué pasó?

– Uno fue a parar a la enfermería. El otro aún está en el Clínico con el hígado reventado.

– Chico, estás en forma, Richard. Un hígado bien machacado de vez en cuando, eso es lo que hace falta.

– No quiero ir todavía con una mujer. Estoy como aturdido. Seguro que no haría nada.

– Claro que no. Un hombre no es una máquina, Richard. Déjalo para más adelante. Las mujeres no se acabarán.

– Oiga, hablando de lo que usted decía. Aún pego bien y no me asusto delante de una navaja. Yo sé que puedo hacer de guardaespaldas de cualquiera, y más con la mierdecilla que corre pegando sustos por ahí. La calle está llena de cabroncetes que sólo se animan cuando van cuatro. Pero me extraña lo de los antecedentes, si se trata de un asunto limpio, como pienso. ¿No los han pedido? ¿Nadie se ha enterado de quién soy?

– Un hombre a quien condenan, como te pasó a ti, por defender a una mujer, nunca es una mala persona. Sergi Llor lo sabe, y por eso te ha recomendado. Y si piden informes a la comisaría de tu barrio, es decir a mí, porque yo agarraré el papel en seguida, ya puedes imaginarte lo que diré. Hombre de entera confianza, adicto al régimen y todo eso.

– ¿Adicto a qué régimen? -Perdona. Aún hablo a veces como en los viejos tiempos. Se levantaron y fueron Rambla abajo, el último tramo, la última soledad del poeta y del marica que aún no se ha estrenado, la última soledad del puerto; por favor, Méndez, vamos al viejo barrio, lléveme al Paralelo, a las sombras del Victoria y de las mujeres que ya no existen, al silencio de las tres chimeneas de la fábrica de electricidad que marcaron mis ojos de niño, las aceras del Talía y el Arnau, del Condal y del América, de todos los cines que un día existieron y en los que hubo sueños de barrio, chicas sencillas que te enviaban la primera mirada, tías de bandera que salían de la pantalla y se quedaban flotando en el aire. Acompáñeme a las calles de antes, Méndez, porque yo solo no me atrevería, porque no sabría encontrarme cara a cara con el que un día quise ser y ya no seré nunca. Y los dos haciendo bajo la noche el largo camino del recuerdo, Méndez arrastrando ya los pies, ondia, la de tías con cachas y con medias negras que había antes en el Cómico; la calle de Margarit envuelta ya a estas horas en el silencio fósil de los coches. Mire, Méndez, el almacén de Gabelli, que aún existe; aquí se alquilaban los carruajes de caballos para ir a la iglesia de blanco o para ir al cementerio de negro, me contaba mi padre. Qué bodas y qué entierros los de entonces, oiga, Méndez, cuando había pompa de verdad y no ceremonias clandestinas como ahora; cuando todo el mundo se enteraba de que estrenabas virgo, cuando todo el mundo se enteraba de que estrenabas tumba. Mire, y aquí al lado aún se mantiene en pie la vieja fuente, la de los botijos anteriores a la invención del agua clorada, la de los chiquillos y los gatos, la fuente incluso de algún pájaro perdido. A ver, Méndez, deje que beba un momento, que me encuentre a mí mismo en el gesto ya olvidado, déjeme. Pero qué risa, Méndez, casi no sé ni apretar bien para que salga el agua, qué risa. Y Méndez que mira hacia otro sitio, Méndez que trata de no enterarse de nada, porque lo que hace el Richard no es beber, porque lo que hace es mojarse la cara para que no se note que está llorando, para que nadie sepa que el viejo tiempo se ha despedido de él para siempre, dejando sólo un rumor de agua.

2. LA PLAYA

DESDE FINALES de junio había estado buscando una casa con corazón, pero las casas con corazón ya no abundan. Desde el fondo de su cultura nacida en enormes bibliotecas y en archivos donde el tiempo nunca muere, Olvido odiaba los apartamentos hecho con papeles de fumar, con toses de vecinos y con soles racionados por una pared frontera. Buscaba una casa con historia, algo apartada, con complicidades de silencio y de arena. Sabía que no era fácil.

Olvido la buscó en Calafell, pero las viejas casas de Calafell han sido tragadas por las nuevas inmobiliarias, y las que quedan sólo parecen servir para que hable de ellas Carlos Barral en su museo de pescadores de cera. Olvido encontró al fin la casa en Sant Salvador, cerca de un museo, éste de verdad, donde Pau Casals oyó en tiempos la vieja voz del mar. Era una casa ocre, con un pequeño patio delantero que daba a la carretera, y otro patio posterior que daba a la arena de la playa y a todos los olvidos del oleaje. La casa estaba rodeada por árboles ignorados y daba sensación de silencio, de soledad compartida con algún espíritu. Este, según había descubierto Olvido, es el secreto de las casas elegidas.

Todas las construcciones de esa clase deberían estar protegidas por la ley, pensaba Olvido mientras paseaba por delante de la vivienda de Joan Reventós y se hundía en la recta de la playa. Si esas construcciones que aún quedan no las protege la ley, seguía pensando Olvido, las ciudades costeras perderán su carácter y acabarán siendo como Benidorm, a cuyo alcalde franquista ella, que era juez, hubiese metido en la cárcel, en vez de darle una medalla por haber sabido alquilar la patria. Aunque ésas -lo reconocía- eran ideas de mujer antigua y solitaria, de cuyos sentimientos nunca ha habido necesidad de que se tenga la menor noticia fidedigna.

Los hombres que la vieron pensaron, sin embargo, que algo se perdería cuando la arena se quedase sin ella. Olvido se atrevió a exhibir alguna vez sus pechos desnudos en aquella playa familiar donde los ombligos tienen certificado de matrimonio y donde las matronas hablan con sosiego del porvenir de sus hijos. No lo hizo como una mujer moderna, sino que lo hizo con la naturalidad -y ahí estuvo su encanto- de la primera mujer del mundo. Paseó por la orilla su alta estatura, sus piernas largas y de potentes muslos, ya con unas leves arruguitas junto a los pliegues del pubis. Paseó su pelo corto, sus ojos inexpresivos y fríos, paseó bajo centenares de miradas sus nalgas poderosas, densas y duras, donde al andar se insinuaba el misterio nunca revelado del pliegue final. Los ojos de los hombres hurgaron en él y calcularon su movilidad con la pericia más discreta.

Entre los mirones más antiguos y entendidos, entre los que merecían la medalla de San Hermenegildo de la observación dorsal estaba el viejo policía Méndez. Desterrado de su cuartel general de la calle Nueva, expulsado del distrito quinto barcelonés, arrojado vivo a los leones del bienestar, Méndez había sido premiado con un servicio de relax, con un verano interminable entre playas repletas, bares donde se hablaba alemán y meritorias tiendas donde se vendían sombreros de paja y otros productos indígenas. Méndez había alcanzado de pronto la plenitud de los que llegan, había sido elevado a esa categoría de funcionarios estatales que sirven a España o a la Generalitat de Catalunya tomando nota de sus maravillosas puestas de sol.

En realidad había sido un premio, y él lo sabía. Por primera vez en este siglo Méndez había despertado entre sus compañeros, sin saber cómo, oleadas de solidaridad. Fuese porque estaba demasiado blanco o demasiado débil, fuese porque olvidaba las colillas dentro de los vasos de whisky de los amigos o porque las ladillas -se decía- ya le asomaban por los bordes de la corbata, a Méndez le fue ofrecido un servicio lleno de las tres cosas que hacen más feliz al funcionario hispano: sol, vagancia y mujeres en sazón. Como en verano se organizaban pequeños núcleos de vigilancia en las playas y a ellas eran enviados algunos agentes de la policía, a Méndez se le dijo que la Patria podía necesitarle en una de ellas. El diálogo sobre los sacrificios de la misión fue la mar de concreto. Se le dijo muy bien lo que tenía que hacer:

– Ver si pasa algo, observar si hay allí algún fichado, chorizo o macarra, darse una vuelta por los hoteles, controlar al personal en los bares sin que se note, redactar informes y estar en contacto permanente con la Superioridad.

– Pero eso significa que tendré que estar en una playa… Sol, aire libre, pinos, fruta recién recogida, oleaje… será mi Muerte.

– Tampoco se trata de hacer el servicio nadando, Méndez.

– Joder que no. A la que me descuide, ya verá.

– Es que le conviene salir de esta basura, sobre todo en verano. Es un premio, parece mentira que no se dé cuenta. No sé cómo aguanta aquí, con esta mierda de calor, esa cochambre de los bares y esa peste de las alcantarillas que ya se han quedado secas. Cualquier compañero suyo me besaría la mano si le hiciese una oferta así.

Y el jefe añadió cautamente:

– Pero usted no hace falta que me bese nada.

– Yo no noto el calor, se lo aseguro -se defendió Méndez-. En el cine Edén hay refrigeración, y muchos días funciona. En los bares de San Olegario no entra el sol. Y qué me dice de los combinados de sifón y cazalla que te preparan en la calle de las Tapias. El verano se te pasa que no lo ves.

– Hostia, Méndez, si es que usted quiere que se lo coma una infección. Además las órdenes no se discuten. Nos han pedido refuerzos para las plantillas de la costa, y hay que obedecer. El servicio es el servicio.

Méndez se resistió, apeló a su antigüedad remotísima, a su expediente limpísimo, a su delicadísima piel nocturna. Dijo que el sol podría desintegrarlo incluso antes de ser alzada la tapa del ataúd. Enumeró los peligros de la arena, sus hoyos traicioneros, sus pisotones de señoras en trance, sus meadas de chiquillas en flor. Cuando vio que aquello no colaba, Méndez apeló a los derechos de la Patria, a las necesidades de la salud pública. ¿Qué pasaría con un tipo como él suelto en la playa, repartiendo entre los niños microbios, garrapatas y toses? ¿Qué pasaría? ¿Eh?

Tan desesperado argumento tampoco le sirvió. Quedó decidido que Méndez prestaría servicio de junio a septiembre en una zona que empieza en Sant Salvador y termina en los chalets y campings de Roda de Bará de una manera más o menos incierta. Era un servicio entre olivos, arenas doradas y luces verticales que merecieron su más absoluto desprecio. Quizá por eso sus compañeros de oscuridad le rindieron un homenaje, con la secreta esperanza de que no sobreviviría a tan salutíferas emanaciones; bien mirado todo aquello, así de repente, y sin avisar, podía ser la perdición de un hombre. Y en un restaurante de la calle de la Cadena, cerca de donde muchos años antes mataron al Noi del Sucre, se brindó con Cariñena, vermú garrafa y coñac Tres Cepas, reserva del amo, por la más que dudosa longevidad de Méndez. El duelo se dio por despedido hacia las cuatro de la madrugada, cuando las últimas profesionales ya se iban a dormir maldiciendo a los últimos clientes.

Méndez descubrió a Olvido desde el único bar que, a su juicio, merecía ser conservado en aquel pedazo de costa que en su día fue venerable, que tuvo pescadores sabios, matronas dispuestas a aguantarlo todo y pensadores entendidos en lunas. El bar estaba detrás de una discoteca llamado Toboggan's y cerca de un último reducto de palmeras que recordaban un oasis africano, una música lejana, una mujer esperando quién sabe qué -pero nada relacionado con la monogamia- en su círculo de arena. En todo caso las palmeras sugerían cualquier cosa menos la realidad de los turistas yendo al supermercado o preparando una paella de urgencia. El bar tenía un nombre la mar de aristocrático. Se llamaba Can 60 y conservaba milagrosamente el aire de un refugio de pescadores dados a contemplar la vida que pasa. Tenía paredes encaladas, sillas viejas y decrépitas, porrones históricos hechos a todos los trasiegos de los vinos blancos del Penedés y a todos los acompañamientos de la caballa, la sardina y la chirla; tenía detrás las palmeras, delante la arena; tenía noches de bombillas macilentas y de sombras que se iban; guardaba los silencios de otras épocas en una especie de milagro que ya no se repetiría nunca más. Era el último refugio para un hombre que quisiese tener la elegancia de elegir su propia muerte entre la indiferencia más absoluta del mundo que pasa, amén.

Méndez convirtió aquello en su Scotland Yard particular, en su centro de investigaciones donde, por supuesto, no se investigaba nada. Dio unas vueltas por los hoteles (el Europe, el San Salvador, el Mey convertido ahora en apartamentos-nichos propios para niños en silla de ruedas) y se cercioró de que buena parte de las turistas exhibían sobresalientes identidades pectorales, acreditadas excelencias glúteas. Algunas espaldas sugerían abundancias de solomillo, delicias de entrecot recomendadas por un chef maligno. Méndez hubiese podido elevar a la Superioridad un brillantísimo informe sobre calidades de nalgas, homosexualidades de verano o pecados capitales cometidos en familia, pero prefirió observar a todas aquellas mujeres que, a menos que se inventase la erección eléctrica, ya nunca serían suyas. Olvido fue la que más llamó su atención, pero no por el detalle de las tetas al aire, sino por su aspecto reflexivo, sus piernas de vedette que ya cobra quinquenios y su culo de bibliotecaria a la que el reposo ha dado todas las morbideces, todos los pliegues cutáneos, todas las amplitudes esféricas, todas las celulitis que los entendidos aman. Olvido le sugería puntillas y corsés, espejos silenciosos, penumbras y lenguas. Olvido se transformó para él en una grupa-montaña a la que le hubiera gustado trepar en cualquier habitación de su distrito donde crujiese el somier, donde la puerta no cerrase bien y donde ella hiciese una mueca de dolor ante un tocador rigurosamente antiguo. Cuando supo que era juez tuvo una desilusión, aunque a pesar de su carácter, como se sabe más bien puro, Méndez estuvo al menos diez minutos pensando en lo estupendo que sería tirársela con la toga puesta. Una vez consiguió dejar atrás esas delicadezas del espíritu, fue a presentarle sus respetos, ya que Méndez era lo bastante buen español para creer en la virtud del cotilleo y en la mafia de la ley, que da de comer a tanta gente.

Extraña casa la de la juez, en donde había puertas nobles, cerámicas marineras, caracolas opalinas y hasta la maravilla de una cama secular, pero por fortuna sin los muertos dentro. Extraña casa hecha para que en ella resuene el mar o la voz de una mujer que espera. Cofrecillos hechos de conchas, espejos enmarcados en espumas; honradas mesas de pescadores nacidas para el trasiego de la sardina, el porrón y el naipe sucio. Y en una de aquellas mesas el pecho cortado de un solo tajo, el suave pecho acabado de nacer a la vida del sexo, el pecho de una niña.

1. LA CASA CREPUSCULAR

Méndez no explicó nada de aquel macabro hallazgo, pero fue al día siguiente cuando encontró al Amores. Todo hay que decirlo: el Amores había mejorado mucho. Ya no era el gacetillero perseguido por sus jefes, insultado por su mujer y mordido por su propio perro. Amores volvía a estar fijo en plantilla y trabajaba de momento en la sección de deportes, donde imitaba a uno del Dicen, ya veterano, que para demostrar que era un hombre culto en una crónica de fútbol adornó la descripción de cada gol del Barcelona con una cita de Antonio Machado. Amores mencionaba a Keynes y hasta a Schumpeter al hablar del señor Núñez, y citaba las bases de Manresa y el catalanismo de Valentí Almirafi al entrevistar al señor Baró, presidente del Español. Un Open con Ballesteros le permitía recordar al lector las plantas que se cultivaban en los campos de Georgia, y llegaba a las cumbres de la exquisitez citando la serie Dinastía cada vez que alguien veía roto su servicio por la raqueta de McEnroe. Era un periodista de deportes culto y que sabía demostrarlo.

El caso era que Amores volvía a cobrar cada mes, tenía pagas extra y había podido alquilar un apartamento de dos habitaciones en Calafell. Claro que cuando Méndez lo encontró no estaba en Calafell, sino en Sant Salvador, lejos de su perro Goliat y de su mujer bienamada.

– Señor Méndez, tengo un planillo que es la hostia. Dado este parte de guerra, Amores continuó: -Es una vecina del bloque de apartamentos, pero mi mujer ni enterarse, y eso que nos ha visto juntos dos veces. Es que ahora, ¿sabe?, tengo una suerte que es demasié. Le he dicho que ella está buscando un apartamento más grande para el mes de septiembre y que yo la oriento con la idea de ganarme una comisión. A mi mujer cuando le hablas de la posibilidad de cobrar, es que se derrite, oiga. Dice que pagando, nada, pero que cobrando puedo hacer lo que quiera. Me deja salir, y hoy nos hemos venido a Sant Salvador con el cuento de mirar lo que haya. De modo que bañadita juntos, comida en el Xaloquell y casquete aunque sea debajo del coche, eso lo sabe mi madre.

– Siento no poder proporcionarte mi habitación, Amores. En el sitio donde vivo, estaría mal visto.

– No se preocupe. El coche de ella tiene asientos abatibles. Y yo llevo hasta una casete sacada de la película Emmanuelle.

– ¿Dónde la tienes? ¿Se puede ver?

– ¿La casete?

– No, joder. La chica. Amores se la señaló. Curioseaba postales azules de mar, blancas de casas, postales amarillas de paellas cargadas de sensualidad que dan envidia en los páramos castellanos del trigo, el cordero, el cura y el poeta. Méndez reconoció que quizá sí que Amores había tenido suerte esta vez a pesar de todo, pues la chica ofrecía un aspecto de sólida maestra palentina que se ha olvidado del Cid y de pronto ha descubierto el mar y el macho, aunque el mar no esté limpio y aunque el macho sea nada menos que el Amores. Buenas cachas las de la palentina, buena pechuga de mujer amamantada por una madre cristiana y de sangre limpia. Méndez les deseó un feliz polvo a la moderna, entre el volante y el cambio de marchas, entre el radiocasete y el elevalunas enganchado en la rodilla izquierda. Hala, adiós.

– Oiga, señor Méndez, usted no se irá de la lengua, ¿eh?

– ¿Yo?…

– No, si ya sé que usted es una tumba. Pero por cierto, hablando de tumbas, ¿dónde va con americana y corbata, haciendo este tiempo?

– ¿Y qué coño quieres? Yo no soy un suicida. ¿Quieres que me dé el sol y que me coma la cal de los huesos?

– Pues en cambio a mí ya me ve, haciendo salud como un toro. Hala, a pasarlo bien, señor Méndez. Lo primero va a ser el bañito. Y luego ya verá.

El bañito – La madre que lo parió. Méndez aún tenía que verlo y oírlo. Oír los gritos de la sólida maestra palentina, sus invocaciones al Santísimo y a sobrios santos pastores, su catálogo proclamado de vírgenes regionales que nunca cayeron en los pecados del mar. Ver al Amores cuya suerte se había ido al diablo, pobre Amores, valiente amador en 127, que estaba sacando un cadáver del agua: el cadáver de una muchacha a la que habían seccionado limpiamente un pecho.

El asunto correspondió al juzgado de El Vendrell, honesta ciudad donde Pau Casals Parió música celestial, Ángel Guimerá dramas inmortales y Jaume Carner pertinaces impuestos indirectos (por descontado, más duraderos que los dramas y la música). Sólo por eso, El Vendrell merecería pasar al catálogo de las ciudades inmortales, como el Reus de Gaudí, de Fortuny y de Sert, pero la gente de verano sólo suele enterarse de que en El Vendrell se puede beber, mientras que en Reus no hay agua. Pertrechada con conocimientos tan concretos, la gente de verano reúne todas las posibilidades de ser feliz.

El juzgado está sobre unas galerías comerciales donde se venden Die Welt y el Times, el último Le Carré y la primera espada de Toledo. En invierno rige allí una cultura comarcal, sedimentada y segura, digna de haber merecido las mejores atenciones de Josep Pla, pero en verano sólo imperan las leyes del amontonamiento, el sudor y de la dicha más colectiva. En el juzgado, la gente que quiere integrarse y comprar tierra consulta registros que hablan de límites inciertos, viñas romanas, enfiteusis, olivos y canonjías remotas; también se susurran en verano números de carreteras y nombres de personas que hicieron su último kilómetro y su último transito ad maior Renault incrementum, pero de un crimen, lo que se dice un crimen, no se había hablado nunca. Las impiedades de El Vendrell consisten en desear la mujer del prójimo algún sábado perdido, y además de manera que el prójimo lo sepa.

Méndez, quien no quería que le dieran demasiado trabajo (y si había follón de prensa se lo darían) le pidió al juez: -Mejor nada de publicidad. Todos sabemos que es un asesinato, y las investigaciones se harán, pero de cara a la gente se podría decir que es sólo una chica ahogada.

– ¿Y el pecho cortado? -preguntó el juez.

– Se lo comieron los peces -dijo rápidamente Méndez…

– ¿Y la gente lo creerá? ¿Qué hay del informe forense?

– Usted sabe que ese informe es, de momento, tan secreto como el sumario.

– ¿Y del periodista qué me dice?

– ¿,Ése? Mire, juez, ése ha estado descubriendo cadáveres desde que nació. Yo creo que cuando lo parió su madre eran hermanos siameses, y al volver el Amores la cabeza descubrió que el otro había muerto. El Amores se ha metido en tantos líos que ya ha perdido la cuenta, y éste es de órdago, porque la mujer creía que había ido a buscarle piso a la maestra, pero no a buscarle el higo. Si se entera de que se dieron un bañito, juntos, la que se va a armar. Y no digamos si se entera el perro. Por lo tanto Amores no meterá la pata en nada, y dirá exactamente lo que yo quiera que diga.

– Perfecto. ¿Y qué gana usted con esto, señor Méndez?

– Una cosa muy importante: discreción. Olvido, que se había presentado como juez de Barcelona, le apoyó.

– La verdad -dijo-, yo tampoco quisiera que los de Interviú explicaran lo del pecho cortado que apareció sobre mi Mesa, que es un deseo muy razonable.

– Ah… Aunque estoy de vacaciones, no necesito decirle que le ofrezco toda mi colaboración. Si usted me lo permite, puedo ahorrarle mucho trabajo; sólo en plan de ayuda, claro. Yo no dirijo nada.

Los jueces suelen ser muy celosos en sus demarcaciones, de sus incestos, de sus daños a terceros y hasta de sus muertos comarcales, considerándose entre ellos como dignos de toda sospecha y de toda conmiseración científica, pero el de El Vendrell contestó:

– Pues claro que sí, me será usted muy útil. El coche de Olvido se detuvo al regreso en un descampado, cerca de Sant Vicens de Calders, uno de los pueblos más pequeños de España para una de sus estaciones más grandes. Pueblo de casas silenciosas, de ventanas herméticas, de gatos olvidados y pintores que aspiran a la eternidad aunque sea una eternidad provinciana. Méndez miró con justificada aprensión aquel sitio de aire limpio donde no había ni un bar y seguramente no había ni una mujer pública, con la falta que hacen. Luego clavó sus ojos en Olvido y susurró:

– Es inútil que pare el coche aquí. Yo no me dejo.

– ¿Qué?…

– No, nada.

– Habla usted a veces de una manera que no lo entiendo, señor Méndez. O yo soy tonta o no tienen sentido algunas cosas de las que usted dice.

– Tienen el sentido que he ido sacando de las calles, señorita Olvido Montal. Pero no se preocupe; he de decirle en su honor que la mitad de la gente tampoco me entiende. Y ahora explíqueme por qué nos hemos detenido aquí como dos delincuentes maquinando un golpe o, lo que es peor, como dos novios maquinando un polvete, que en mi caso es rigurosamente imposible.

– Repito que tiene usted un lenguaje muy extraño, señor Méndez.

– Deje lo de señor y dígame lo que tiene pensado decirme.

– Me preocupa lo de aquel pecho depositado en mi mesa, precisamente en mi casa.

– Tiene toda la razón, pero entre los muchos motivos que hay para que le preocupe, ¿cuál es el motivo que le preocupa más?

Ni que Olvido Montal fuese gallega, porque en lugar de responder le hizo otra pregunta:

– ¿Qué piensa de esto, Méndez?

– Pues que a la chica la atraparon de noche, cuando paseaba por la arena o cuando volvía de una discoteca en Calafell. Muchas emplean el camino de la playa porque es el más corto; según lo que sé de la autopsia, llevaba muerta desde las dos de la madrugada más o menos, o sea que esto reafirma mi idea de que regresaba de una discoteca. ¿Por qué regresaba sola, cuando casi todas las jóvenes lo hacen en grupo? Bueno, pues vaya a saber. Por ejemplo porque podía haberse enfadado con alguien: con el novio, con las amigas, con el quiromasajista de turno. Qué puedo decirle. El caso es que la cazaron, le dieron un golpe capaz de atontarla cinco minutos y la ahogaron. En esa playa hay, después del sitio donde rompen las olas, una hondonada que te cubre (lo dicen los aventureros, porque a mí Dios me libre de probar eso), luego un banco de arena donde el agua te llega hasta la cintura, y después de ese banco de arena el proceloso mar abierto, el abismo desconocido. El atacante, que para mi fue uno solo, la arrastró hasta mar abierto cabeza abajo, y cuando llegaron allí la chica ya debía tener los pulmones llenos de agua. Luego la abandonó, con lo cual lo más lógico era que los primeros bañistas la descubrieran a la mañana siguiente, pero las corrientes marinas no son siempre las mismas, y un pescador me ha dicho dos cosas. La primera, que esas corrientes la pudieron llevar lejos y luego devolverla, y que por esa razón tardamos veinticuatro horas en poder descubrirla.

– Bien. ¿Y cuál fue la segunda cosa que le dijo?

– Que en toda esta puñetera costa llena de gente fina no hay un solo sitio donde te sirvan cazalla a granel.

La costa era también el reino de las motos de dos tiempos, o sea de las innobles motos que sólo fabrican ruido. Dos de ellas rugieron camino abajo y ahogaron el comentario de Olvido. Luego Méndez continuó:

– Por supuesto, no me gusta mencionar el detalle de que antes de abandonarla en el agua le cortó el pecho.

– Supone que la atacó un hombre, ¿verdad?

– Es una suposición lógica, una suposición, por decirlo así, de manual. Pero también pudo hacerlo una mujer fuerte, porque la chiquilla poca resistencia podía oponer. Además, arrastrar un cuerpo por el agua apenas requiere esfuerzo. ¡Ah!…

– ¿Qué?

– Otra suposición de manual abona el que fuese una mujer. La chiquilla no hubiese permitido que a aquellas horas, en la playa solitaria, se le acercara un hombre. Quizá hubiese gritado o echado a correr. En cambio una mujer se le pudo acercar perfectamente, hablar con ella y esperar un buen momento para todo lo que siguió.

– Entiendo.

– Bueno, éstas son opiniones mías, puramente personales. Yo no llevo el caso ni usted tampoco. Oficialmente lo lleva la Guardia Civil.

– ¿Hubo violación? ¿Intento de violación? Méndez negó con la cabeza.

– No.

– ¿Entonces qué?

– No tiene demasiado sentido. La gente mata por odio, por honor, por dinero o por sexo. Nada de eso hubo en la muerte de una chiquilla normal, que llevaba sólo tres días aquí y que por lo tanto no podía haber provocado ni siquiera un desengaño amoroso Claro que también hay otra posibilidad: la gente mata cuando se vuelve loca.

– Ésa es la posibilidad en que yo creo -musitó Olvido-. Y creo en otra más.

– ¿Cuál? -Fue un hombre.

Méndez volvió de nuevo hacia ella la mirada que tenía perdida en las casas de aquel pueblo cargado de austeridades.

– ¿Qué le hace pensar eso? -preguntó.

– Venga. Aquel sencillo «venga» no les llevó a las playas-rotisserie, a los apartamentos-letra ni a las pizzería-mosca tan amadas por la colectividad veraniega. El coche de Olvido los condujo en poco más de una hora a una Barcelona hostil, repleta, donde según los periódicos todo el mundo estaba en la playa y donde según lo que veían los ojos todo el mundo se daba codazos en las calles y en los parkings. El coche de Olvido los condujo a través del verano a la calle de Valencia, cerca del paseo de San Juan, a una casa crepuscular, edificada en los primeros años del siglo según el gusto modernista, casa cuyo portal tenía hierros forjados y cuya fachada tenía emblemas, liras, minervas y ausencias. Ella encontró milagrosamente un sitio donde aparcar, echó el freno y dijo:

– Es aquí. «Aquí» había muebles solemnes y wagnerianos, chimeneas como las de las viejas fotos del café Els Quatre Gats, algún cuadro de Nonell, un Utrillo, una cabeza esculpida por Clará, una partitura, sobre el piano, firmada por Toldrá, por Federico Mompou y por Andrés Segovia. Había también allí un aire irreal de cosa extinguida, de vidrieras emplomadas sobre el viejo silencio del Ensanche, de tés puntuales y estrictos, de tardes musicales en honor de los difuntos y, ¿cómo no?, según Méndez, de criadas jóvenes y sufridas que recibían lo suyo en las habitaciones de atrás. Había pasillos largos y penumbrosos, había camas con vocación de eternidad. Dos balcones y una tribuna daban sobre la calle: la tribuna con sillones de mimbre blanco hechos para el cotilleo urbano; con carísimos visillos de Valenciennes hechos para la discreta observación del chaflán, para el espionaje más circunspecto. La casa sugería además cosas que no eran visibles (y Méndez era lo bastante viejo para saber que la categoría de las casas está en su capacidad de sugerencia): butaca en el Círculo del Liceo, cenas en el Círculo Ecuestre, vernissages en la Sala Pares y de vez en cuando excursiones canallas al Molino para llevarse alguna corista y practicar con ella todas las vicisitudes del salto del tigre. Un estilo de vida difícilmente perdurable estaba aguardando aún en aquella casa rica, discreta, amortizada y yacente.

Méndez preguntó: -¿Y qué?

– Ya ve que tengo las llaves de todo esto.

– ¿Por qué las tiene? ¿Es usted la dueña?

– No, claro que no, pero la casa está en administración judicial. Realmente las llaves hubieran debido estar en mi despacho, pero al salir de vacaciones me las llevé en el bolso sin darme cuenta.

– ¿Administración judicial? ¿Quiere decir que es un asunto que le ha correspondido a usted?

– Sí, pero a petición de las partes. Quiero decir que no hay, de momento, un pleito. Es lo que se llama un acto de jurisdicción voluntaria.

– Vamos, que las partes han pedido algo así como la custodia del juez mientras se decide algo, ¿verdad?

– Más o menos.

– ¿Y qué se decide?

– La interpretación de un testamento. Dos abogados, uno elegido por cada parte, lo están estudiando.

– ¿El testamento de quién?

– Del señor Óscar Bassegoda, el dueño de esta casa y de muchas casas más. ¿Usted no ha oído hablar del señor Bassegoda? Era un hombre de su época.

– A ver, refrésqueme la memoria. ¿Vivía en el distrito quinto?

– Hombre, qué va.

– ¿Trabajaba en la Bodega Bohemia?

– Pero qué dice.

– ¿Comía en Casa Leopoldo?

– No creo que nunca se dejase caer por allí.

– ¿Se daba lavajes en las clínicas urinarias de la calle de las Tapias?

– ¡Ni soñarlo! -Entonces no tengo el gusto. Olvido hizo un gesto de protesta y de resignación a un tiempo.

– Cada vez le entiendo menos, Méndez.

– Pues no es difícil. Unas personas tienen un mundo y otras personas tienen otro. Y los mundos no suelen ser intercambiables.

Regresaron por el pasillo, alcanzaron de nuevo la tribuna que daba a todos los pasados de la calle de Valencia.

– ¿Cuándo murió el tal señor Bassegoda? -preguntó Méndez.

– Hará unos tres años.

– ¿Y qué pasa con su testamento?

– Pues lo que le digo: que es de difícil interpretación, y los herederos no acaban de ponerse de acuerdo. Piense que hay mucho dinero detrás: alhajas de familia, depósitos bancarios, solares, una gran torre en los altos de la Vía Augusta… Y lo que yo no sé, porque ante los jueces sólo se declara lo más indispensable. Los posibles herederos son cuatro, pero cada uno representa un problema distinto. De aquí el lío.

– ¿Problemas? ¿Qué problemas? -preguntó Méndez, con la solicitud y el respeto que le merecían todos los litigios en que se ventilaban cantidades superiores a los veinte duros.

– Los posibles beneficiarios de la herencia son cuatro (y ya ve que no empleo la palabra «herederos», porque esa palabra tiene en Derecho una significación muy concreta): una hija separada del marido; el tal marido, al que no le ha sido asignado nada, pero que como trabajó en las empresas familiares cree tener derechos; un sobrino que se crió con los Bassegoda y que me parece que es detective privado; y por último un periodista que ha de cobrar una cantidad muy modesta, pero a quien el señor Bassegoda, con el clásico arrepentimiento de los que se mueren poco a poco, dejó muchísimo dinero para que lo repartiese en obras de caridad «según su leal saber y entender», como se dice en los libros de leyes. Ya ve que el panorama no es lo que se dice fácil.

– Me lo ha explicado usted muy bien, señorita juez, pero no entiendo nada.

– ¿Qué es lo que no entiende?

– Qué puñeta tiene que ver todo eso con lo de la niña muerta en la playa.

– Verá: muchos dirían que ha sido como una intuición. Yo pienso que ha sido una asociación de ideas.

– ¿Asociación de ideas? -preguntó Méndez con toda lógica desconfianza que las ideas le merecían.

– Venga y lo verá. La sala de música, de la cual Méndez ya había visto de pasada el piano, era pequeña, era recoleta, y así como el resto de la casa parecía haber sido construido para la grandeza de los pecados capitales, ésta parecía haber sido maquinada para las delicias de la soledad y del arrepentimiento espontáneo. Había luz, había macetas con plantas de interior ya muertas, había una radiogramola Telefunken propia de bienestares remotos. Todo.

Había también algunos cuadros, y uno de ellos lo señaló Olvido casi con reverencia: era el de una hermosa mujer desnuda de cintura para arriba, mujer de otra época, cuerpo deseable en un cincuenta por ciento, modesta hembra que en esta vida no ha podido tenerlo todo, mujer de un solo hemisferio, qué le vamos a hacer.

Olvido susurró:

– ¿Ya lo ha observado, no? ¿Se da cuenta de que le falta un pecho?

2. LA COMIDA EN EL RESTAURANTE ANTIGUO

– ÉSTE es uno de los restaurantes más clásicos de Barcelona -explicó Méndez, quien conocía la historia de todos los sitios a los que se puede ir sin corbata-. Creo que en 1840 ya existía en este mismo sitio, con el nombre de Café de las Siete Puertas, aunque si nos ponemos a analizar es más viejo aún, porque sucedió a otro que debía ser por lo menos carolingio y que se llamaba Café Neptuno. Como verá, el sitio donde estamos tiene todas las cualidades menestrales de este pueblo, que es un pueblo que no está para cuentos. Yo, que me he hartado de comer mal, como aquí positivamente bien. Es una cocina honrada y directa, que no necesita vivir de la crónica social. Hay quien se queja de que a lo largo de los años surgen pocas novedades en su carta, pero creo que las cosas buenas y ya comprobadas no necesitan ser inventadas otra vez. A la cocina y a las mujeres es mejor tomarlas por sus virtudes conocidas y no darles demasiadas vueltas.

Después de este acceso de elocuencia, tan impropio de un hombre como él, Méndez dejó elegir a Olvido y luego pidió para sí una paella parellada, o sea con el marisco ya mondado, vino tinto y una copita de orujo gallego para animar la boca, con lo cual demostró ser uno de esos entendidos que lo mismo comen un entrecot con calisay que beben un café con gambas. Pese a ello, seguía milagrosamente vivo, si bien un sector de la opinión sostenía la tesis de que estaba muerto desde varios años antes y la noticia no se había hecho pública por razones de seguridad interior.

– Y ahora -dijo, bien instalado en la mesa y como si quisiera abrir el apetito- explíqueme bien qué es eso de la mujer a la que le faltaba el pecho.

Olvido bebió un sorbo de vino tinto de la tierra, vino fuerte y un poco áspero, rebajado con una rodaja de limón, y susurró:

– Después de un par de conversaciones con los abogados, he llegado a conocer bastante bien la historia de la familia Bassegoda.

– Pues cuénteme lo que sea de verdad importante. Al menos cuénteme lo de esa mujer. Las historias de tíos me aburren, las historias de tías me pirran. Sobre todo si son historias de tías pecadoras, pero que van a misa.

– La mujer del pecho cortado era Nuria Bassegoda, la hermana del jefe de la familia. Murió de cáncer hará unos quince años, si no recuerdo mal; en fin, puede que sean catorce, puede que sean dieciséis. No tiene importancia, la muerte carece de edad.

– Antes la operaron y le extirparon el pecho?

– Sí.

– ¿Y luego se le reprodujo el cáncer?

– Sí. Ya sabe usted eso de las tres «c»: carretera, cáncer, corazón. En fin, eso.

– Hay otras tres «c» que se oponen a las que usted dice y que le mantienen a uno en forma.

– ¿De veras? No sabía.

– Canciones, copas y coitos. Dicho esto, Méndez añadió cautelosamente:

– Pero la última cosa debe practicarse más bien en sus aspectos filosóficos.

– ¿Usted lo hace?

– Las mujeres vienen conmigo en plan de oyentes. No les doy gusto, pero les doy conversación.

– A usted le hubiese gustado conocer a Nuria. Parece que era una mujer muy inteligente, y hasta quién sabe si hablaba de filosofía en la cama.

– ¿Por qué se hizo pintar con el pecho destrozado? ¿Fue una extravagancia? ¿Masoquismo quizá?

– Nada de lo que usted dice. Más bien un acto de amor. Esas cosas no están de moda y ya no lo estaban hace quince años, pero fue un acto de amor, estoy segura.

– ¿Por parte de quién?

– De Wences.

– ¿Quién era Wences?

– Es.

– Bueno, pues quién es.

– Wenceslao Cortadas, un profesor de dibujo y pintura. Tenía un estudio en la Plaza Real y daba clases a un reducido grupo de alumnos. Nuria Bassegoda era una de ellas, siguiendo la tradición de las mejores familias. Cuando se tiene dinero, hay que adornarlo con algo. Con el arte, con la caridad, con las altas relaciones o con un adulterio bien administrado. Eso último da un juego enorme, tiene inmensas posibilidades históricas.

– Oiga, Olvido, usted no es como los demás jueces.

– ¿Cómo son los demás jueces?

– Mejor no lo digo.

– En todo caso intento no parecerme a ellos. Fue un propósito que me hice cuando me di cuenta, al salir de la Escuela Judicial, de que en parte había equivocado mi vida.

Cortó un pedazo de carne que le acababan de servir. La había pedido muy hecha, lo cual era una prueba de sensibilidad. Méndez, hombre dado a la sardina veterana y servida en cazuela, miraba con aprensión a los que devoran la carne cruda, gentes que aman una aproximación a la dentellada en vivo y a la vieja civilización de la sangre.

Luego Olvido añadió:

– Pero le estaba hablando de Wenceslao Cortadas y de Nuria Bassegoda. Como le digo, ella recibió clases durante algunos años y parece que fue una alumna aventajada y dócil. Se entregaba al maestro, quería aprender. Hasta la luz sucia de la Plaza Real se le metió muy adentro. Y el maestro se enamoró perdidamente de ella.

– ¿Wences vivía en la misma Plaza Real?

– Sí.

– ¿Y Nuria?

– Entonces en una torre de la parte alta de la Vía Augusta, una de las pocas que aún quedan en pie.

– Un salto demasiado largo para Wences, ¿no? Como para romperse las piernas al intentarlo.

– O como para romperse el corazón -,dijo Olvido.

– Las conversaciones sobre amores imposibles no acaban de encajar en este ambiente de matrimonios sólidos, bien implantados y sin demasiada imaginación, que se reparten un entrecot -murmuró él.

– Quizá bajo las palmeras de la Plaza Real era distinto. Me refiero a palmeras con la luz y el aire de hace quince años.

– Sí, tal vez.

– Bueno, pues lo fue. Creo que fue distinto. Méndez, con gesto de entendido pidió delicadamente otra copita de orujo gallego para amenizar la paella. El camarero se la sirvió con gesto de desearle un entierro pomposo, concurrido y lo más inmediato posible.

– ¿Llegaron a la cama? ¿Chingaron? -preguntó Méndez, delicado amante de las cosas concretas.

– No lo sé. En todo caso hubo cuando menos un “flirt”. Y él la pintó muchas veces, aunque siempre vestida; Dios sabe dónde están esos cuadros, porque nunca quiso venderlos, pero existen, han existido. Una mujer en la ventana, una mujer en una silla, una mujer quieta ante el espejo. Bueno, ya sabe usted. Luego a ella la operaron, le cortaron un pecho y se hundió.

– ¿Porque él dejó de prestarle atención?

– Todo lo contrario. Suplicó que la dejase pintarla con su único pecho, tal como era.

Méndez comprendió.

– Era una prueba de que la amaba fuese como fuese- dijo. Y en seguida añadió:

– Qué cosas.

– Usted no acaba de entenderlo, ¿verdad?

– No crea; yo me hago cargo de lo que debía sentir Wences, claro que me hago cargo. Bien mirado, una mujer con un solo pecho te debe dar menos trabajo.

– ¿Siempre habla así? -Perdone. Es que usted me intimida. Quizá soy demasiado fino.

Olvido prefirió no contestar. Masticó un pedazo de carne y sólo al cabo de unos momentos dijo:

– Es el cuadro que usted ha visto. Si se ha fijado en él, se habrá dado cuenta de que consigue el milagro de que una mujer tarada sea una belleza. Es una auténtica obra de arte, y por lo tanto Bassegoda, que era un “connaisseur”, lo guardó.

– Sigo preguntándome qué tiene eso que ver con la muchacha muerta en la playa. Hasta ahora hay solamente una relación, digamos, puramente física. Una coincidencia.

– Pues hay más, y estoy segura de que usted lo ha adivinado. Supongo que la relación amorosa había ido llegando bastante lejos, y cuando Nuria Bassegora murió, Wences se volvió loco. Dejó el estudio de la Plaza Real, hizo un desfalco con dinero de su marchante, provocó un incendio en el que quedaron destruidos varios cuadros y desapareció. Días después intentó abrir sin éxito la tumba de Nuria Bassegoda. Estaba claro, repito, que se había vuelto loco. Pero nadie se ocupó de él hasta que en Madrid intentó cortarle el pecho a una mujer. Quisieron atraparle y huyó; como se dice en las novelas y en las películas, fue tragado por las sombras.

Méndez alzó la cabeza y cerró los ojos. Por un momento le pareció que en el gran comedor no había nadie, que había quedado en el más absoluto silencio.

– Es una historia romántica -dijo al fin-. Y el romanticismo está pasado de moda.

– Comete un error. Los motivos por los que se mata y se muere son ahora los mismos que hace dos mil años. Son lo más estable que existe: al contrario de las ideas religiosas y las ideas políticas, no pasan de moda jamás.

– Muy bien, pero yo estoy hablando de hoy, y usted me habla de algo que ocurrió hace quince años.

– Wenceslao Cortadas sólo tenía entonces treinta y cinco. Eche cuentas. Tiene que estar en perfecta forma.

– Echar cuentas sobre la edad de una mujer me disgusta y me marea. En la Constitución debería figurar que las mujeres tienen derecho a la eterna juventud.

– Estamos hablando de un hombre.

– También los hombres acabarán gustándome jóvenes -dijo sibilinamente Méndez-. Qué le vamos a hacer. Cuando haga tratos con ellos, les preguntaré los años que tienen. No se me había ocurrido.

3. CONTRATO PARA UN DESAMOR

SERGI LLOR, abogado de la calle de Ganduxer, tenía motivos para creer en el pasado más que en el presente, para refugiarse en las nostalgias más que en los sueños: acababa de tener un percance sentimental con una mujer llamada Libertad y seguía siendo militante de la Esquerra Republicana de Catalunya. Las mujeres y la Esquerra son sabias en el sentido de que hacen comprender a uno que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Cuando Blanca Bassegoda atravesó su sala de espera, pasando por delante de los cuadros de Modest Urgell, de las obras completas de Manresa y de los diplomas de solvencia mental que se alineaban en las paredes, Llor tuvo una sorpresa, porque hacía ya muchos años que los Bassegoda no eran sus clientes. Desde antes de la muerte de Óscar Bassegoda, el padre de Blanca, aquel apellido no figuraba en los secretos de su despacho ni, por supuesto, en la delicadeza de sus minutas. La complicada herencia había ido a estudio de otros abogados, y el hecho de que Blanca estuviese allí le hizo pensar que algo excepcional había ocurrido. Y en efecto, era así.

A Blanca, que ahora tenía treinta y siete años, la había conocido Sergi Llor cuando a los dieciocho salió del colegio de monjas sabiendo bien sabidas tres cosas: que Dios existe, que los hombres pertenecen a una especie dañina y que pasarse el dedo por ciertos sitios produce una satisfacción muy privada. Ahora Blanca Bassegoda dudaba seguramente de la existencia de Dios y no necesitaba para nada los trámites del dedo. Había aprendido, además, otras cosas: a cruzar las piernas, a controlar intereses bancarios, a cotizar los vestidos con firma, a invertir en pintura y a comer brillantemente en el Via Veneto, desbordando simpatía con personas a las que odiaba. Probablemente había aprendido también -se notaba en sus ojos- que a pesar de todo la felicidad no existe, pero que hay que seguir buscándola.

Paseó su mirada por el despacho y dijo:

– Mi marido no me deja en paz. Fueron sus primeras palabras. Se había casado cinco años atrás, ante más de seiscientas personas, una de las cuales era Sergi Llor. Boda en la catedral con nota de pago en La Vanguardia y El Noticiero, fotos de pago en el Hola, bendiciones de pago con todas las promesas de la dicha que como buenos cristianos merecéis, hijos míos del alma; viaje de novios a Tailandia, que está corrompida, si la vierais; a Hong Kong, que es una tienda, si supierais qué lacados en los almacenes Mao; a Bali, que es el último paraíso que nos queda por pudrir a los blancos. Piso en la Bonanova, muebles de Gordovil, bronces de Herraiz, vajilla de Talavera, ningún escándalo, ningún hijo, quién sabe si ningún orgasmo, en suma una vida como debe ser. Hasta ahora.

– Mi marido no me deja en paz.

– ¿Cuándo se separó usted, Blanca?

– Hace dos años.

– ¿Han llegado a divorciarse?

– No, aunque supongo que lo haremos. De momento es sólo una separación legal.

– ¿Qué abogado se la tramitó? -Perdone que no fuera usted. Fue un abogado de mi marido. Llegamos a un acuerdo, y yo di facilidades. No íbamos a discutir por el abogado; lo que quería era acabar.

– No, si no lo decía por eso. Era sólo por si tenía que ponerme en contacto con un compañero. Ya me dirá quién es, si hace falta.

– Es posible que sí; pero es el abogado de mi marido, al fin y al cabo, no el mío. A la hora de los auténticos problemas tengo que recurrir a usted.

– ¿Cuáles son los auténticos problemas? ¿Qué significa exactamente eso de que no la deja en paz?

– Me persigue, me insulta… Ha llegado a amenazarme. Yo, al principio, no acababa de tomármelo en serio, pero ahora estoy asustada, se lo juro. Dice que me matará si no vuelvo a vivir con él. Y empiezo a pensar que es capaz de hacerlo.

Sergi Llor salió de detrás de la mesa y fue a sentarse junto a ella. Blanca Bassegoda no necesitaba sólo un abogado; necesitaba además un amigo. Los grandes tiempos de Óscar, el jefe de la familia, habían terminado, pero quizá precisamente por eso Sergi Llor sentía por aquella mujer una especial ternura, esa ternura fácil que se siente por las personas desamparadas que no necesitan ningún amparo, y por lo tanto no causarán demasiadas molestias.

– Me duele preguntárselo, pero ¿ha llegado a golpearla? -musitó.

– Dos veces.

– ¿Lo denunció a la policía? -La primera vez no, porque me pareció una vergüenza, una humillación reconocer mi desastre personal ante un funcionario aburrido y que no se despertaría más que para tratar de mirarme las piernas. Pero la segunda vez sí que lo hice. Ya no estaba dispuesta a aguantar más.

– ¿Y qué pasó?

– Pues que declaré ante un funcionario aburrido que sólo se despertó para tratar de mirarme las piernas.

– Conserva usted el viejo ingenio de la familia, Blanca. Una familia que siempre tuvo personalidad.

– Ya no sé lo que conservo.

– ¿Hizo algo la policía?

– ¿Qué iba a hacer? La policía intuyó que éramos un clan importante, que valía la pena dedicar cinco minutos al asunto y que no se podía dejar la gestión al arbitrio de cualquier mandado. Por lo tanto, el propio comisario llamó a Eduardo, mi marido, le hizo unas reflexiones y le advirtió que si reincidía se iba a acordar de él. Pero nada más. El asunto ni siquiera pasó al juzgado de guardia; de todos modos he de ser sincera y he de reconocer que ni tan sólo había lesiones leves. ¿ Qué iban a hacer?

– ¿Su marido reincidió?

– En el sentido físico no, pero en el sentido moral ha sido peor que nunca. Me sigue, me amenaza, me hace escenas… Ya estoy harta de vivir así. Quiere que vuelva con él o que me muera; en definitiva quiere que me muera. Y con las actuales leyes de este país, nadie hará nada por una mujer en peligro hasta que los periódicos publiquen que la han partido en pedazos, los han metido en una maleta y luego el asesino ha dado incluso una rueda de prensa. Diga usted lo que quiera, pero las cosas son así.

Sergi Llor se puso en pie y paseó por el despacho, según una vieja costumbre adquirida en las salas de los pasos perdidos de diversos palacios de justicia y en pasantías remotas que no le habían dejado más que una cierta sordidez en los pies y una arruga vertical en la frente. Miró por la ventana la calle de Ganduxer, miró su barrio de hombre situado que sin embargo no le quitaría aquella arruga nunca.

– Ocurre lo mismo con los hombres -dijo-. Los enemigos te amenazan, te dicen que van a destrozar tu negocio, que van a facturar tus restos a una hamburguesería, y la ley no hace nada. Hasta que se comete el delito, la justicia honra a su imagen. Tiene los ojos vendados y está ciega. Añadió:

– Pero en el caso de una mujer como usted, que tiene un nivel, comprendo que es peor todavía.

– ¿Qué le parece que debo hacer? -musitó Blanca.

– .Éste no es un problema legal; es más bien una situación de hecho.

– ¿Y para las situaciones de hecho a quién hay que acudir? ¿Al Defensor del Pueblo tal vez? ¿Es eso?

Sergi volvió a sentarse, y pensativamente musitó:

– Hay que acudir a las cerraduras, a los perros, a los hombres…

– ¿Qué?

– Cerraduras fiables, perros amaestrados, hombres pagados, naturalmente.

Ella alzó bruscamente la cabeza.

– ¿Me está hablando de un guardaespaldas? -susurró.

– Es curioso ver a lo que hemos tenido que llegar los abogados -dijo Sergi Llor sin contestar directamente-. A saber que la ley no existe, que es un lujo lejano situado en grandes libros que no se leen, grandes edificios que se derrumban y grandes tumbas donde ya no reza nadie. Que el ciudadano está desprotegido, que sólo tiene derechos humanos el verdugo, y que la vida es una inmensa situación de hecho para la que los abogados debemos prever otras situaciones de hecho. La gente que puede gasta ya más en guardaespaldas que en consejeros legales, ésa es la realidad. Y la que no puede, gasta en navajas y a veces en clases de kung-fu, esa última delicadeza de nuestra cultura. ¿Le estoy exponiendo un panorama negro? Me temo que no exagero, aunque reconozco que los abogados ya sólo servimos para la elegía. En el caso de usted sólo se me ocurre, naturalmente, una situación de hecho; resolver el asunto por las buenas y nada más.

– ¿Cuál es la solución?

– Vaya a lo práctico; y lo que es más barato, vaya a lo lógico. Búsquese un hombre.

– Repito: ¿me está usted hablando de un guardaespaldas, señor Llor?

– Le estoy hablando de su nuevo amor. De su prometido. Blanca hizo una mueca de estupor.

– Qué?… -farfulló.

– Si usted estuviera ya en relaciones para casarse otra vez, ¿su marido qué haría?

– Indignarse, naturalmente. Y quizá alguna cosa más. Yo qué sé.

– Si el hombre con quien usted está en relaciones fuera un ex campeón de boxeo, ¿su marido qué haría?

Blanca se mordió el labio inferior. Por fin había comprendido.

– Moralmente mi marido no podría hacer nada -susurró-. Y físicamente menos aún.

– Usted habría dejado de ser una mujer sola, Blanca. ¿Comprende?

– Perfectamente.

– Pues ya ve para qué sirve la ley; finalmente hemos tenido que llegar a una situación de hecho. Hay que olvidarse de los libros y bucear en la calle. Todos acabamos haciéndolo.

– ¿Usted podría ponerme en contacto con un hombre así? -preguntó Blanca Bassegoda en voz muy baja.

– Yo siempre he servido a su familia, Blanca. Espero poder seguir haciéndolo.

– ¿Ese hombre me respetaría en todo?

– Yo no le daría el visto bueno si no pudiera garantizárselo. Es un detalle fundamental.

– Pero esta relación que usted dice no podría durar siempre. Llegaría un momento en que yo tendría que quedar sola otra vez. Un año, dos…

– Dice bien. La relación puede durar perfectamente un año, al menos un año. Para entonces, a su marido ya se le habrá pasado esa especie de furor testicular, perdone, y habrá ordenado su vida de otro modo. En fin… que la habrá dejado en paz.

Blanca volvió a morderse el labio inferior, y ello, a pesar de su vestido Cacharel, sus zapatos Gales, su bolso Celine y su reloj Piaget de oro, le devolvió un delicioso aspecto de chiquilla a la que acaban de comprar a la salida del colegio un helado barato.

Luego, aunque los Bassegoda habían tenido siempre la elegancia de no preguntar directamente el precio de las cosas (para eso había abogados, contables y lacayos), quiso saber:

– Un servicio así, ¿resultaría muy caro? Sergi cerró un momento los ojos. Delicioso y aborrecible tiempo aquel en que las grandes familias lo eran de verdad.

– Nada es barato hoy día -dijo-, pero le costará mucho menos que cualquier acción legal.

– Es usted una gran-persona, Sergi. Trata de resolver todos los problemas. Nunca me arrepentiré de haber venido aquí.

Sergi Llor dijo con voz queda:

– Soy simplemente un abogado desengañado y rabiosamente moderno.

Fue al día siguiente cuando se puso en contacto con Ricardo Arce, el Richard, que estaba terminando de cumplir condena.

4. HABITACION CON MUJER Y BIOMBO

CUANDO la gente se da cuenta de que el verano se extingue, las mesas de los cafés de la costa se van llenando de tristeza. Allí donde se reunían los jóvenes, donde se formaban los grupos y nacían las amistades eternas de este verano que durará toda nuestra vida, va quedando vacía una mesa hoy, otra mañana, van muriendo los discos en el aire y se van susurrando las remotas direcciones del invierno. Los jóvenes notan eso como una sensación física, y a veces se quedan mirándose a los ojos, tratan de sonreír y se niegan a captar el secreto del tiempo que los mayores ya tienen dolorosamente aprendido. Mientras tanto, los mayores en régimen bienestante concitan cenas, lamentan gastos, planifican audiciones de Serrat y proclaman su fidelidad a la cosecha del 70. Ya han perdido la virtud de esperar mirándose a los ojos. Méndez, a pesar de ser viejo, o quizá precisamente por eso, comprendía más a los jóvenes, captaba más su nostalgia de mar, de libertad y de noche pese a que aún tenían allí, sentados como estaban en silencio ante la mesa, su último mar, su última libertad y su última hora negra. Los muy jóvenes y los muy viejos, pensaba Méndez, ya no planificamos cenas, planificamos nostalgias.

Su servicio en las playas aún no había terminado, y sus escapadas clandestinas a Barcelona, como la que utilizó para ver salir de la cárcel al Richard, le habían valido una bronca, pero eso no le importaba. Para lo que iban a poner en su hoja de servicios cuando muriese, cualquier cosa estaba bien. Lo que sí valió la pena para Méndez, después de todo fue la posibilidad de empaparse de la filosofía de la costa, fueron sus largas conversaciones con Olvido, fueron sus elementales descubrimientos de una cosa llamada cielo, de una cosa llamada sol, del olor a tierra mojada, a pino viejo; fue algo tan sencillo como la visión de un porrón de vino tinto recibiendo la luz. Claro que Méndez descubrió también que la costa iba desapareciendo entre colectores que no funcionaban, basuras plurifamiliares, supermercados, camiserías pop, exposiciones de ante, cuir, lether, heladerías de urgencia y centenares de audaces disc-jockeys dispuestos a todo. La costa iba siendo devorada y sólo quedaban ya rincones aislados, como las Casas de Alcanar, donde se mantenía la vieja civilización del pescado fresco y del aceite virgen. En todo el resto del litoral se estaba imponiendo ya para siempre la civilización de la pizza.

Estos descubrimientos, que hasta entonces no había hecho a pesar de su edad, demostraron a Méndez que había otros mundos al margen de las calles del Cid, de Lancaster, de las casas-túnel de Robador y de los pájaros errabundos de la Rambla baja. Los pájaros errabundos de la Rambla baja eran el único contacto con la naturaleza salvaje, y seguramente peligrosa, que Méndez se había permitido en cuarenta y tantos años de brillantísimos servicios urbanos. Ahora se daba cuenta de que existían otras magnitudes, pero ya era demasiado tarde, y decidió arrinconarlas sigilosamente.

– Olvido, ¿dónde puedo encontrar datos y antecedentes sobre Óscar Bassegoda?

El patio con la palmera, la playa que se va quedando vacía, la casa con corazón que ya no guarda más que silencios. Todo eso estaba entre los dos como una cosa que las horas – se acabarían llevando.

– ¿Óscar Bassegoda precisamente? ¿Por qué?

– No sé, pero he llegado a la conclusión de que todo eso está relacionado con la familia, y la familia no se explica sin Óscar Bassegoda.

– Yo tengo algunos datos en el juzgado, pero son más bien datos oficiales, no de índole particular. Balances… Relaciones de bienes… Todo eso.

Los datos oficiales ya los conoce Méndez, como conoce también la ficha de la policía sobre Óscar, delicada ficha política de un delicado catalán de derechas; tenaz opositor al franquismo pero entre vaselinas y tedéums, entre abades y ómniums culturales, entre bancas catalanas y subvenciones a fondo perdido para que se editase un honesto libro de Pere Quart o para que Josep Maria de Sagarra pudiese seguir comiendo langosta. Todo eso lo sabía Méndez, pero no le importaba; lo que quería era conocer a la familia en el comedor y en el dormitorio, la familia que nunca habían podido ver los agentes judiciales esperando en los pasillos ni los policías apostados en la calle, pues hubo un feliz tiempo -recordaba Méndez- en que todo el mundo era digno de sospecha.

– Los datos oficiales tienen poco interés -dijo-. Estoy pensando en la vida privada.

– De eso puedo aclararle muy pocas cosas, pero quizá usted averigüe algo leyendo las disposiciones testamentarias de Óscar Bassegoda, bastante más interesantes que las interminables relaciones de bienes. Aquí, en casa, tengo una copia del testamento, por si la quiere usted leer.

Méndez la leyó. Estuvo en un lugar tan jurídico como Can 60 meditando y dando vueltas al asunto hasta que más o menos lo echaron de allí, (no por cierre, dijo el camarero, sino por peligro de hundimiento del viejísimo local), hasta que un borracho se durmió en la puerta, hasta que un marido empezó a preguntar por su mujer, hasta que una quinceañera enseñó a Méndez sus tetitas bañadas por la luna y Méndez no sintió nada, absolutamente nada. Sólo entonces se fue.

De todos los nombres de personas citadas como posibles beneficiarios del testamento, más de cincuenta, sólo uno llamó la atención de Méndez: el de Encarnación López, a la cual se legaban doscientas mil pesetas y una pulsera de oro que, con los tiempos que corren, bien podía estar valorada en otras doscientas mil. Como eso podía significar una relación sentimental, Méndez siguió la flecha.

Cualquiera que frecuenta la Ronda de la Universidad sabrá que hay una acera comercial y animada -la de la derecha entrando por la Plaza de Cataluña- y otra dada a todos los silencios municipales, con tiendas cerradas, balcones desiertos y un hotel de medio pelo ante el que se apean los audaces viajeros comarcales de la línea de autobuses Alsina Graells. En la acera viva estaba el piso alquilado por Encarnación López, piso discreto precisamente porque no lo era: rodeado de oficinas, de hombres presurosos y de mujeres ausentes que no se fijaban en nadie, uno podía llegar a aquel piso como un gestor administrativo, es decir como una sombra. Y como una sombra, pero más larga que las otras, se coló Méndez en él, sabiendo muy bien adónde iba.

El piso tenía ventanas a la Ronda de la Universidad, a su ruido y a su vida; tenía un balcón trasero, cubierto, que daba a los patios vecinales, a su silencio y a su muerte. Tenía un cuarto de baño antiguo, con bañera-ataúd, espejo ovalado y grifería barroca. Tenía habitaciones amplias, una de ellas con un biombo de cristal frente a la cama donde las mujeres dejaban reflejar su boca felatríz, su cintura muelle y sabia, su monte más cuidado, su culo más secreto.

Al Amores le estaban explicando en la redacción las anécdotas del viejo periodista José María Lladó. Como el Amores acababa de recibir una bronca por un error en la información (unas declaraciones del delegado del Gobierno en Cataluña se las había atribuido a Pujol, y lo que aún era más grave, las de Pujol al delegado del Gobierno) sus compañeros trataban de animarle antes de que lo despidiesen otra vez, cosa que según todos los síntomas iba a ocurrir con la debida urgencia.

– Lladó, cuando abandonó el exilio y regresó de Francia el año 49, se encontró sin trabajo y muerto de hambre -estaba explicando el Florindo Chico sentado sobre una mesa- y al final encontró algo en la Editorial Bruguera, que entonces tenía su redacción en una especie de palomar en el Paseo de Gracia, donde en verano te asabas vivo y donde la gente pedía a gritos que la dejasen ir en top-less. Lladó encontró también trabajo como redactor de anuncios en Publicitas, que entonces estaba en la calle Pelayo y no sé si aún sigue allí. Eran unos anuncios la mar de curiosos: para una funeraria de una pequeña localidad y para un fabricante de tazas de water. ¿Qué se podía decir? Imagínate a Lladó elogiando la paz de los ataúdes, la capacidad orgásmica de los usuarios del water. O una feliz combinación de ambas cosas: «Muérase de gusto después de usar las tazas Pérez, pero haga que lo entierren en la funeraria Gómez.» Aunque yo estaba hablando del trabajo de Lladó en Bruguera, donde él decía que la gente no tenía derecho a quejarse, porque al fin y al cabo pasaba los veranos en el mar: en efecto, el despacho estaba entre dos calles bien conocidas, estaba entre Valencia y Mallorca. Allí escribía Lladó por veinte pesetas guiones para historietas infantiles, y por cien, cuentos de hadas que siempre se titulaban «La princesita de oro», «La doncella de los cabellos de oro», «El principito de oro». Pues bien, un amigo suyo andorrano (ya sabéis que la gente, allí, se ha ganado bien la vida) quiso sacarle de apuros y le regaló veinticinco mil pesetas de las de entonces para que pudiese atender dignamente a su mujer y a su hijo, que entonces era muy pequeño, más pequeño que Lladó, que ya es decir. Pues bien, Lladó las gastó con la diligencia propia de estos casos y escribió un cuento que por suerte no le publicaron. ¿Sabéis cómo se titulaba? Pues se titulaba «El andorrano de oro».

El Florindo Chico alzó un dedo con gesto pontifical, luego se rascó cuidadosamente el ombligo y añadió:

– El tal Lladó siempre fue amigo del retruécano y el juego de palabras sobre la marcha. Cierto día en que estaba escribiendo enfermo dijo que él trabajaba a la vez en las industrias fabril y textil, porque estaba haciendo textos con fiebre, y cierta noche en que alguien le dijo que era imposible encontrar un santo patrón para las putas, él arguyó con veloz irreverencia que era posible encontrar no uno, sino dos. A saber: San Matías y San Zacarías (el Florindo Chico pronunciaba Matías con el típico «ae» catalán, y Zacarías con la característica «s» en vez de la «z», o sea que salía «san metías y san sacarías»). Pero el colmo fue cuando le dio un infarto en la redacción de Telelexprés y entre cuatro redactores bajaron el pequeño cuerpo de Lladó por las escaleras para meterlo en una ambulancia. «¡Vaya! -comentó Lladó con los ojos ya casi en blanco-. ¡Estáis conduciendo al cadaverito a su última humorada!»

El Florindo Chico descendió de la mesa donde estaba sentado en plan Buda, señaló al Amores y le dijo que se animase, que porvenir periodístico quizá no tenía mucho, pero en cambio tenía un gran porvenir político, porque sabía de buena fuente que el gabinete socialista iba a nombrarle director general de Aguas Residuales. Amores no lo tomó del todo a broma, hizo un rápido cálculo, llegó a la conclusión que toda el agua que se consume en España es ya residual y quedó bastante satisfecho en cuanto a su porvenir más inmediato.

Pero eso duró poco. La verdad fue que al salir a la calle, al sumergirse en su tráfico, en sus apreturas y en su prosa, Amores se dio cuenta de que podían suspenderle otra vez de empleo y sueldo, de que condenaría nuevamente al hambre a su esposa, a su perro y en último término a él mismo, que era el más resignado de los tres, y el único que no mordía. Y como siempre que le empezaba a dominar la desesperación, buscó refugio en ese rincón privado donde tenemos nuestra pequeñez, pero también nuestros sueños y nuestra capacidad de aislamiento. Recordó que en la Ronda de la Universidad existía un lugar semisecreto, rodeado de todas las impunidades, donde señoras casadas iban a redondear el presupuesto con hombres maduros y solventes. Como él era maduro y tenía cinco milagrosos minutos de solvencia, decidió buscar el olvido en las profundidades del sexo.

El piso del pecado que no hace daño a nadie estaba rodeado de otros pisos especialmente dañinos: gestores que tramitaban multas, abogados que maquinaban apremios, agentes de seguros que calculaban a ojo la duración de tu vida, con un error máximo de cinco minutos, y la estampaban en pólizas hechas para que no las cobraras jamás. Amores pudo olvidarse de todas las maquinaciones que encerraba aquel edificio y se sumergió en el único piso dedicado a la corrupción y sus delicadezas. Amores entró allí con su pequeño miembro y su gran desesperanza. Se metió en el recinto que daba por un lado a la Ronda de la Universidad y sus trajines, por el otro a los patios vecinales y sus cortinas llenas de paz. Se encontró con el biombo de espejos, instrumento indispensable para elevar la cultura de la pareja y olvidarse al fin de la cultura de masas. Alquiló todos los vicios, todos los jugos y todas las frustraciones de una casada infiel que ya sólo creía en la pericia de su lengua y que le introdujo previo pago, cariño mío, yo esto no lo hago por dinero, sino porque odio a mi marido, en el santuario del amor donde estaba el balcón, donde estaba la cama, donde estaba la mujer ahorcada ante el biombo de los espejos. Ondia, fue todo lo que pensó el Amores al ver balancearse el cuerpo, yo no conocía esa perversión, a ver si ahora ésta me propone hacer un dúplex con una muerta.

Méndez había dicho cuando la mujer, ya de cierta edad, le abrió la puerta:

– Necesito ver a Encarnación López.

– Casi nunca viene por aquí. ¿Quién le dijo que la encontraría en esta casa?

– Eso no importa ahora. ¿Está o no está?

La facha de Méndez y la seguridad con que hablaba hicieron que la mujer llegase inmediatamente a una alta deducción científica: la bofia.

– Pase-dijo. La rápida carrera de una chica vestida con unos shorts («creí que era el señor que había telefoneado antes, preguntando por mí»), un dormitorio más bien hostil, sin biombos y sin mujeres, una butaca con olor a antepasado que en cualquier momento puede resucitar. Todo eso y Méndez que se sienta.

– Si usted busca algo, le advierto que aquí todo es normal -explicó la vieja-, y que la policía ya sabe lo que hacemos. Que unas chicas sin trabajo quieran ganarse la vida no es ningún pecado, digo yo. Ahora, si usted quiere que hablemos, podemos hablar.

Era una insinuación de lo más perfecto: «Jodido policía, chinga y calla.»

– Mire, hija, yo no vengo a perturbar la buena marcha de la casa. Diré más: si yo pudiera tener un negocio de esta clase, lo tendría. Los lugares piadosos me gustan, me chiflan.

– No será usted de los impuestos y todo eso… Porque, si lo es, le aseguro que aquí se gana muy poco. Ya le podría dar otras direcciones, ya, de sitios donde se gana más. Pero es que en este país sólo se castiga al pobre.

– Sólo quiero ver a Encarnación López, hablar con ella… Le repito que no es nada que vaya a afectar a la buena marcha de esta casa.

– ¿Ustedes son amigos?

– Hace bastantes años la conocí.

– ¿De qué? Méndez contestó educadamente:

– Señora, con todo respeto, y puesto que adivino que usted es una mujer que sabe lo que es la vida, le confesaré que hace años Encarnación López me la empinaba la mar de bien. Y añadió cautelosamente:

– Cuando yo tenía algo que empinar, claro. La vieja no se sorprendió en absoluto, demostrando que, en efecto, era una mujer de mundo.

– Mire, señor, ahora ella no trabaja en estas cosas -musitó.

– No he venido para hacerla trabajar, pero me gustaría saber qué hace aquí.

– Somos socias. Tiene alquilado a su nombre el piso.

– Bueno, pues quisiera verla. Sólo para pedirle una información. Cosa particular, créame.

No hizo falta. De repente el grito. La casada infiel, cariño mío, que sale aullando. El Amores que sale abrochándose a toda prisa. Méndez que dice:

– Tenía. La vieja balbució: «¿Pero qué pasa?»…

– Nada -contestó Méndez-. Sólo que en esta casa tiene que haber una muerta. Maldita sea, si lo sabré yo.

La madre que parió al Amores -pensó Méndez mientras corría a toda velocidad los cinco metros lisos-. Ese joputa es capaz de acabar en un par de años con toda la población femenina de España. Habrá que pensar en coserle la bragueta, como primera providencia, y luego ya se verá.

Entró así en la acogedora habitación del biombo, en aquel recinto hecho para todas las artes de la fornicación, pero en cuyo interior estaba de pronto la muerte. Encarnación López aún era una mujer de las que no dan asco, una madura para sugerir complicidades, caricias sabias y corseterías barrocas, amén de una santa resignación cuando al manso no se le levantaba: en definitiva, una mujer de las que aún le podían gustar a Méndez para contarle historias de cuando él era joven, delicadas historias del siglo dieciocho.

Pero ahora estaba muerta; ahora colgaba de un fino cordón de seda sujeto a la barra de las cortinas del balcón, barra que prodigiosamente no se había roto, demostrando así que no era de fabricación nacional o que aún queda algún industrial de buena fe. Los brazos colgaban a lo largo del cuerpo, su rostro era casi dulce pese al espasmo de la muerte, y bajo sus pies estaba volcada una silla. Méndez había visto los suficientes asesinatos artísticos para saber que éste no lo era, para darse cuenta instantáneamente de que Encarnita había elegido ella misma el camino de la paz, sin que ninguna alma buena la metiese en él, como ocurre casi siempre.

La vieja también lanzó un grito. Méndez masculló:

– Maldita sea, nada de espectáculos. Calme a las chicas y dígales que no pasa nada. Que la policía ya está aquí, pero que ésa no es mala señal, porque el asunto no va con ellas.

– Sí… Bien. Lo que usted diga.

– Ah, otra cosa. El cabroncete aquel que venga.

– ¿Quiere decir el cliente de la Manoli? Al Amores la Manoli le había dicho que se llamaba Sandra. Méndez gruñó:

– El cliente de su padre. Pero que venga. El Amores vino arrastrándose.

– Le juro que ya estaba así, señor Méndez.

– ¿Y a ti qué te pasaba, que ibas con los pantalones casi abajo? ¿Te ibas desabrochando por el camino?

– Es que ella me iba diciendo: «Hala, amor, vete enseñando la cosa.»

– Imbécil, lo que debía decir era que le enseñases el dinero.

– ¿Por qué piensa eso?

– Porque en caso contrario te hubiera dicho que le enseñaras la cosita.

– Parecía una mujer desinteresada, señor Méndez… Casada satisfecha y todo eso. Bueno, y en cualquier caso le juro que, cuando entramos, esa otra ya estaba así.

– ¿Se balanceaba?

– Un poco.

– Bueno, entonces es que acababa de dar la patada a la silla. A ver, Amores, quédate en la puerta y que nadie entre.

Méndez examinó el cadáver. Ninguna señal de violencia, ningún arañazo, ningún golpe. El suicidio estaba clarísimo, aunque sus motivos le parecieron a Méndez oscuros y remotos. Volvió la cabeza hacia Amores.

– Eh, tú, picha que mata.

– ¿Qué dice, señor Méndez?

– Nada, hombre, que cada vez que vas a sacarla hay una defunción. Pero, si quieres, le das la vuelta a la frase y la tomas como un elogio.

– Yo nunca tomo a mal nada de lo que usted dice, señor Méndez, palabra de honor.

– ¿Viste viva a esta mujer al entrar en la casa?

– Sí. Pasó un momento por el pasillo. Yo, con perdón, creí que era del oficio, porque aún estaba buena.

– ¿No oíste ningún ruido extraño? De pelea, por ejemplo.

– ¿Qué voy a oír? Con lo escamado que estoy, me hubiese ido enseguida, saltando las escaleras de cuatro en cuatro.

– Lo del suicidio está clarísimo -dijo Méndez pensando en voz alta-. Luego averiguaremos por qué. Tú, Amores, otra vez a la puerta.

Amores iba a abrir el único armario de la habitación. Méndez gritó:

– ¡No!

– ¿Qué pasa?

– Si lo abres tú, aparecerá otra muerta. Ya tengo bastante con una. Deja, lo haré yo.

No había nada dentro del armario, excepto toallas, sábanas limpias, un pequeño látigo, un equipo de cuero negro para el sado y otras vulgaridades. Méndez cerró.

– Mi primera misión ha terminado -dijo-: Cuando empiecen los interrogatorios no te despegues de mi lado, Amores; no quiero que digas ninguna tontería. Ahora hay que llamar a los de la Brigada. A ver, ¿dónde está el teléfono?

Lo alcanzó cuando estaba sonando. Méndez descolgó.

– ¿Diga?…

– Oiga, ¿es aquí donde han puesto un anuncio de mujeres recién casadas por un precio de amigo y todo eso?

– Sí, hijo -masculló Méndez-, tan recién casadas que aún están en viaje de luna de miel. Pero supongo que no le importará esperar a que vuelvan, ¿eh? Mientras tanto se va desnudando.

Y colgó rabiosamente.

7. EL HOMBRE QUE PODIA REPARTIR EL BIEN

CARLOS BEY atravesó la redacción sobre la moqueta que antes fue lujuriosa, casi dorada, y que ahora, cargada de pasos fugitivos, se había ido haciendo de un color indefinible. Años atrás, no muchos, antes de la última reforma en el periódico, la zona de la amplia redacción por donde ahora caminaba Bey había sido un holgado pasillo a cuyos lados estaban las diversas secciones -entonces independientes- del periódico. Aquel pasillo había sido pues, como en los parlamentos y los obispados, el lugar de los contactos oficiosos, de las maquinaciones entre dos y de las alianzas político-profesionales para toda la eternidad, amén, y que duraban dos días. El periódico, presidido entonces por Horacio Sáenz Guerrero, de quien lo menos que se podía decir era que se trataba de un señor, estaba lleno de sobrentendidos culturales, de matices políticos y de solemnidades a nivel de ministerio. Entrabas allí, sobre todo si eras novato, y durante un instante fugitivo tenías la sensación de que iban a ocurrir tres cosas: te harías rico, viajarías mucho y llegarías a formar parte de la pequeña historia de España. Esas tres cosas juntas no se dieron nunca, pero todos los primerizos periodistas que recorrieron este pasillo sintieron el paso del tiempo, aquel lejano y solemne momento de plenitud que ya no se repetiría.

Claro que el pasillo había servido también para otras actividades menos solemnes, y Bey las recordaba muy bien. En aquellos tiempos donde Dios apenas manifestaba su ira, los ordenanzas uniformados -también en eso el periódico se parecía a un ministerio de la vieja escuela- recogían en las secciones las noticias ya preparadas que les entregaban los redactores, para llevarlas a la imprenta. Eran tiempos en que los redactores vestían bien, guardaban distancias, cultivaban entre ellos ciertas solemnidades y hasta cuando iban a confeccionar a la imprenta se ponían americana, haciendo buena la frase del viejo Aznar: «Si usted quiere que le respeten, empiece por ser digno de respeto.» O aquel lejano dicho de un no menos lejano ministerio donde el secretario había entrado en el despacho pontificio diciendo: «¡Señor ministro, señor ministro, que le están esperando para la rueda de prensa cinco periodistas y un señor de La Vanguardia!»

Eran tiempos remotos, ahogados para siempre por los actuales redactores barbudos, las audaces entrevistadoras en blue-jeans y los fotógrafos en camiseta. Tiempos posiblemente inútiles, pero que Carlos Bey recordaba cada vez que recorría el viejo pasillo inexistente.

Aquel reino de los ordenanzas había tenido sus figuras singulares, como julio, especie de arcángel destinado a la sumisión, que cada vez que le llamaban, y aunque la noche estuviera resultando macabra, animaba a los redactores hechos polvo diciéndoles: «Todo bueno, todo bueno.» O como Cabrejas, que durante el día era policía armado, y que al ser llamado desde alguna de las redacciones entraba en ella preguntando: «¿Quién es el culpable?»

Voces oficiosas y perdidas en el tiempo hablaban también de otros personajes a los que se tragó la noche. Como Arturo Pérez Foriscot, corrector de las últimas pruebas del periódico (o sea, la última aduana antes del error y del horror); quien cada vez que descubría una falta se ponía fuera de sí, decía que no se podía suprimir la pena de muerte y, si le llevabas la contraria, anunciaba que te iba a dar día y hora para que le hicieras una paja. Foriscot era un sabio, pero nadie se lo agradeció. Las remotas voces del pasillo extinguido hablaban también de Antonio Carrero, del que se decía que en otro tiempo había ido por el interior del periódico con una bicicleta. Carrero aragonés como Foriscot, era un experto en la pequeña historia del bruto hispano, de la gente apegada a su terruño, a su santo menestral y a su virgen con azada. Suya era la historia de aquella putica de Zaragoza -mujer, aseguraba, de gran valía y de mucha consideración- que un día quedó sin piernas en un accidente de tren, y a la que sus fieles clientes sacaron a la procesión en un carrito que llevaban en andas. Suya era también una copla de Semana Santa que aseguraba se cantaba en un pueblo de los que a él le gustaban y que muy aproximadamente decía así: «Lo han coronado de espinas – A la cruz lo llevan presto – ¡Si serán hijos de puta! – ¿No hay pa cagarse en sus muertos?»

Carrero, en sus últimos días, comido ya por el cáncer, seguía acudiendo a trabajar al diario porque allí estaban los restos de su alma, y cada vez que le preguntaban cómo se encontraba, respondía: «Peor que los vivos y mejor que los muertos.» A Carrero y a Julio, que sobre las cuatro de la madrugada solía traerle un plato de bacalao en sanfaina y una catarata de vino macho, se los tragó la noche. Eficaces empleados de caja de ahorros que cumplían escrupulosamente un horario de cuatro a diez y no reían nunca, ocuparon sus puestos sigilosamente.

Era una estúpida inutilidad, pero Carlos Bey, cada vez que andaba por el pasillo que ya no era, recordaba las viejas sombras. Se deslizó ante el que había sido el despacho de Horacio, hombre que podría haber redactado un manual de conducta para el Quay d'Orsai, escuchó el perentorio grito de un redactor descamisado que salía a toda prisa y se dirigió a la puerta de la calle, junto a la cual le esperaba Armando, vendedor de terrenos incultos y remoto compañero de paseos por Pueblo Seco. Armando le saludó afectuosamente:

– Ni que hubiera estado ustés practicando la sodomía, amigo Bey. Hay que ver lo que ha tardado en haser su oportuna aparisión.

– Perdona. Tenía una visita cuando me han dicho que estabas esperando.

– Pues aún menos mal que le han pasado la pertinente comunicasión, porque si no el que practica la sodomía soy yo. Ya había un conserje que me miraba con cara de ir a proponerme un presio.

– ¿Para qué querías verme realmente, Armando?

– Es que me dijeron que ustés era algo así como el albasea testamentario de Oscar Bassegoda, dicho sea sin ningún ánimo de faltar al respeto al difunto.

Caminaban por la calle de Pelayo, se movían casi a codazos entre anunciantes del periódico, hombres que iban a las casas de fotos rápidas para pasar a la posteridad del carné de conducir, jóvenes en paro que repartían folletos de ventas imposibles y parejas de jubilados (medio país estará jubilado dentro de un par de años, pensaba Bey, y el resto estará en paro) que miraban escaparates también imposibles.

– No soy propiamente un albacea, Armando, aunque es verdad que Óscar Bassegoda me encargó una misión: repartir parte de su dinero entre personas necesitadas. ¿Pero tú cómo sabes eso?

– Por el capitalista.

– ¿El capitalista?

– Sí, o séase el dueño de la organisasión inmobiliaria para la cual trabajo, es desir el propietario de los terrenos yasentes. Óscar Bassegoda nos había comprado toda una montaña para haser una urbanisasión que al final no se hiso, pero que tiene un gran porvenir porque hay agua. Mire, mire…

Le enseñó a Carlos Bey dos fotos en las que se captaba desde perspectivas distintas la misma fuente con un chorrito casi invisible, al cual, para que tuviese una cierta verticalidad airosa, había que ayudar con una caña.

Armando las señaló y dijo ostentosamente:

– ¿Lo ve? Agua.

– ¿Y el capitalista qué quiere hacer con una cosa que ya no es suya?

– Verá: cuando él la vendió no había agua, y ahora que el presioso elemento abunda quisiera comprarla al mismo presio y haser una urbanisasión de alto estanding para personas que quieran huir de la siudás pero con todas las comodidades. Le gustaría saber con quién ha de entenderse, y si es con ustés mejor, porque entonses tan amigos, y, además, le daría una comisión honrada, oséase clandestina.

– Pero a ver si me entiendes de una puñetera vez, Armando. El capitalista ha debido de mirar la vieja ficha de Oscar Bassegoda, pero se ha hecho un lío y te ha informado mal. Yo no puedo vender. Yo sólo puedo repartir una parte de la fortuna entre personas que lo necesitan. Óscar debió de apuntarse en su agenda: «Antes de morir, repaso a la conciencia.» Y lo hizo. Por eso me pasó el encargo.

– Pues entonses mejor, porque ustés le puede regalar la montaña al capitalista. ¿Qué persona más desamparada hoy día y que mejor cumpla una misión sosíal?

– Armando, no jeringuemos, hombre. Yo hablaré con el capitalista por pura educación si tú me lo pides, pero ahí se termina todo, ¿eh? Quedamos en que ahí se termina todo.

El despacho del tal capitalista estaba en la Rambla de las Flores, en un entresuelo penumbroso, amparado por un letrero adherido a la puerta y que decía: «Organización inmobiliaria La Caseta i L'Hortet.» El dueño tenía, igual que el presidente de la Generalitat, una bandera catalana junto a la mesa de su despacho.

– Ondia, sí que vienen pronto -dijo, moviendo su corpulenta humanidad al verles- Usted me ha entendido mal, Armando; yo le había dicho que nos veríamos a tres cuartos de ocho, y ahora me acaban de coger con los pixados en el vientre. Pero pasen y siéntense, sobre todo usted, señor Bey. De modo que usted es el famoso Carlos Bey, ¿eh? ¿Qué? ¿Ya sabe de qué va?

– Yo no sé nada, amigo mío, y no hace falta que se moleste en explicármelo. Por lo que me ha dicho Armando, usted quiere recomprar una propiedad que hace tiempo le vendió a Óscar Bassegoda, ¿no es eso? Bueno, pues lo siento, pero yo no tengo nada que vender. (Los que podrían hacerlo son los herederos) pero en este momento no pueden tampoco, porque la herencia está yacente.

– ¿Está qué?…

– No la han aceptado oficialmente. Tienen un problema legal, y la herencia aún no es de nadie.

– Pues sí que es un asunto recargolado. Armando no me lo había dicho. Armando, oiga, siempre que haya follón y recargolamiento me lo tiene que decir.

Bey susurró:

– Armando, como usted sabe, es una persona muy lista, pero tenía una falsa información.

– Pero, oiga… Esas cosas se arreglan. Con las urbanizaciones siempre pasa lo mismo, porque si no estaríamos listos: se empieza a trabajar con un simple compromiso de palabra y luego ya veremos. ¿Por qué no hacemos una cosa? ¿Por qué no me vende usted la propiedad y que luego los herederos me den el visto y plau?

– No es posible, sobre todo porque nadie sabe aún si esa propiedad se la va a quedar Blanca Bassegoda.

– ¿Blanca Bassegoda es la mestresa?

– Nadie lo sabe, se lo estoy diciendo. Hay que cubrir muchos trámites legales aún.

– Mire, hablemos claro y catalán. ¿Sabe qué hago yo con los trámites legales? Pues encima de los trámites legales me hago de cuerpo. Pero perdone que le hable con tantos rodeos y de una manera tan fina y solapada. Ya se ve que con una persona como usted se puede ir directo al grano y llamar a las cosas por su nombre. Es que a veces me falta confianza, ¿sabe? Pero lo que quería decirle es que, si usted me lo arregla, puede tener una buena comisión, una comisión de c'al Deu, quiero decir de casa de Dios, hablando claro. Usted sabe el castellano, ¿no? Bueno, pues ya me entiende.

– Habrá que esperar, amigo mío. No sé si se lo ha dicho Armando, pero yo sólo tengo en lo de la herencia una misión de confianza.

– Eso se arregla. Habiendo voluntad todo se arregla, ya se sabe. Además, yo tengo muy buenas amistades si hace falta. Amistades de verdad. Ahora mismo se lo demuestro, mire. Voy a llamar al señor Coll i Alentorn, de Unió Democrática de Catalunya. Ya verá, ya… Y eso que yo no soy de su partido. -Antes de que Bey pudiera evitarlo, marcó un número y preguntó-: Oiga, ¿que es que está el señor Coll Alentorn?

Hubo una breve pausa.

– ¿No lo sabe? ¿Que ha de preguntarlo? Pues pregunte, pregunte… Oiga, ¿usted es castellana? ¿Sí? ¿Y nueva aquí? ¿No habla bien el catalán? Entonces quizá no me ha entendido del todo el nombre. Ya se lo repetiré en su lengua, porque a las personas hay que darles facilidades, hoy por usted y mañana por mí. ¿Que es que está el señor Cuello Alentorno?

Cuando le dijeron definitivamente que no, colgó con un gesto de fastidio y propuso mirando a Bey:

– No crea que es coña, ¿eh? Si quiere puede marcar usted.

– No hace falta. Doy por descontado que conoce a mucha gente de importancia.

– No lo sabe bien. ¡La de favores que he hecho! ¡La de gente que ha venido a atiparse a mi casa! Y siempre sin cobrarles un duro, ¿eh? ¡Ni un duro! Y ellos sin venir ni con un ramo de flores para mí señora. Pero, bueno, usted, por lo que me ha dicho Armando tiene que repartir dinero. Menudo oficio es ése, la coña en barca.

Bey suspiró.

– No resulta tan agradable, créame -dijo-, y además tampoco puedo repartir nada de momento, hasta que se aclare lo de la herencia. Son cuatro los interesados, de modo que imagínese.

– O sea que del terreno nada…

– Por ahora no.

– Pues me han follado de vivo en vivo.

– No diga eso, hombre; todo se podrá arreglar.

– De modo que usted… Bueeeeeeeno… De modo que usted puede hacer rica a una persona con sólo quererlo. Pues no me diga que no es un chollo. Usted va a ver a una mujer, eso sí, llevando el dinero por delante y… ¿eeeeeeeb?

– Lo siento, tengo la sensación de que usted no ha entendido nada. En fin, perdone si me marcho. Y ya sabe que si puedo ayudarle en algo cuando esto se aclare, Armando me encontrará en un momento. He tenido mucho gusto en conocerle. Adiós.

Iba a levantarse cuando el otro murmuró:

– Bueno, pero alguna idea tendrá de a quién hay que empezar a untar la mano, ¿no?

– Sí -dijo Carlos Bey desde la salida del despacho-, a una mujer. Pero la lástima es que es prácticamente una mujer muerta.

8. LA CONSULTA

– ENCARNACIÓN López tenía una enfermedad incurable -dijo el médico que había hecho la autopsia-. Para explicarlo con toda claridad, tenía un cáncer como una casa. Supongo que le había empezado a doler. ¿Sabe qué médico la trataba?

Méndez suspiró:

– Lo sé. Claro que lo sabía, después de haber registrado ilegalmente la habitación de la ahorcada, después de haberse hecho con todo, desde las bragas a los pijamas, desde la libreta de ahorros a las recetas, desde las facturas a la comida que había en la jaula del pájaro. Varias de las recetas correspondían a un tal doctor Soler, que tenía dos consultorios, uno de ellos en la calle del Hospital.

Méndez supuso que allí iba Encarnita: al consultorio más barato y menos meticuloso de los dos. Él también fue.

El piso de la calle del Hospital tenía vigas de madera carcomida, cordones de la luz que reptaban por el techo, muebles a los que habían hecho la trepanación, lámparas color marfil con cuya observación se hubiese podido escribir una Historia Natural de la Mosca. Debía de ser el rincón sentimental del señor Soler, su primer consultorio de la juventud, lleno de clientes con ladillas, chancros hasta la lengua y cirrosis hasta en las uñas, pero también un consultorio lleno entonces de esperanzas. Al viejo Méndez, los hombres que conservan el testimonio de lo que fueron le inspiraban confianza, aunque viendo al médico había que sospechar que los clientes le debían haber ido dejando poco a poco pus de sus chancros, vestigios de sus cirrosis y hasta algunas de sus ladillas más veteranas. Parapetado detrás de su mesa, el doctor Soler era la viva imagen del médico al que mantiene en pie la certidumbre de que los clientes morirán antes que él.

– ¿Qué le pasa? -preguntó, mirando la facha de Méndez-. Por lo menos sífilis.

Méndez masculló: -Algo peor. Policía.

– ésta sí que es buena. ¿Qué ocurre? ¿He hecho algo que no debía hacer?

– Nada, doctor, nada. Esté tranquilo. Sólo vengo en plan de comadreo y de informe confidencial.

Méndez se sentó, le mostró la credencial, le invitó a tabaco fino, elogió las ampliaciones fotográficas que llenaban la pared mostrando espiroquetas mayores de edad. Luego susurró:

– Esto no va con usted, doctor, repito. Hace pocas horas se ha suicidado una cliente suya llamada Encarnación López. Yo supongo que ha sido por lo que me ha dicho el forense: padecía un cáncer como una casa. Pero necesitaría que usted me lo confirmase.

El doctor Soler se relajó. Miró con ojos medio dormidos la habitación, el paraíso terrenal de sus primeras pesetas y sus primeros sueños. Apoyó las manos en la mesa y explicó:

– Claro que padecía un cáncer, aunque yo no se lo había dicho. De todos modos Encarnita no era tonta. Debió de ir a ver a otro médico y fue atando cabos poco a poco.

– ¿Le empezaría a doler?

– Supongo. Y fuerte.

– ¿Qué le recetaba usted? -Lo habrá visto por las propias recetas; no soy tan ingenuo como para no imaginar que usted les ha echado un vistazo. Pantopón y calmantes variados, ya sabe. Supongo que eso le acabaría dando a ella una pista, pero no había manera de evitarlo.

– ¿Conocía usted a Encarnita desde hacía muchos años?

– ¡Buf! Desde las Cortes de Cádiz. Bueno, perdone, no he querido decir que ella fuese una vieja. Había superado los cincuenta, pero se conservaba muy bien. Incluso creo que algunos viejos amigos le seguían pagando por sesiones de cama. Yo la conocí en este mismo piso cuando era una profesional discreta, le curé un par de blenorragias y la orienté sobre las precauciones que debía tomar en el oficio. En fin, lo de todo el mundo.

Méndez había sabido siempre que en la vida de Encarnita López, incluso en su mejor época, había existido una parte sórdida, una parte que nunca se reflejaba en la cama, en sus posturas sabias, en sus lengüetazos deliciosamente abyectos, en sus cómo has venido hoy de caliente, chico, me ahogas, me deshaces, me matas; pero ahora aquel ambiente apareció retratado allí, ante sus ojos, hecho cordón reptante y procreación de mosca, y eso le obligó a hundir la cabeza con una inmensa sensación de desdicha, como si todo su pasado hubiera sido una falsedad.

«Iré a llevar flores a su tumba -pensó-. Flores del barrio, para que todo tenga más sentido. ¿Pero dónde coño hay en este barrio una floristería?»

El doctor Soler dijo, hundiendo también la cabeza:

– Lo siento. Confío en que al menos se haya dado una muerte rápida.

– Se ahorcó.

– ¿Bien?

– No estuvo mal. Supongo que ni cinco segundos de agonía.

– Es un consuelo. Hablando en términos humanos, ha sido una solución, porque hubiera sufrido mucho. Una mujer con familia, con cariño y con alguien que la ayude a vivir o a morir, aguanta lo indecible: bastante más que los hombres. Pero una mujer sola, sin más cara amiga, ¿por qué no decirlo?, que la de un profesional como yo, se hunde en seguida. Y hay motivos. Para animarla con un cambio de ambiente, la recibí varias veces, cobrando lo mismo, en mi otro consultorio, el de la calle de Sicilia, donde tengo buenos aparatos y hay luz a raudales, pero ¿qué quiere que le diga?, ella se sentía mejor aquí, en este ambiente que le era tan conocido. Incluso creo que me equivoqué, porque cuando se dio cuenta de que tenía esas atenciones con ella debió empezar a pensar que padecía algo sin remedio. En fin, uno hace las cosas con la mejor intención y resulta que lo ha fastidiado todo.

– Eso es lo que vale, doctor. La intención es lo que cuenta.

– Justo lo que me decían los policías del franquismo, cuando me detuvieron por comunista el año 72: que la intención era lo que valía. Yo no había hecho nada, pero ¿y lo que había pensado hacer? ¿Eh? ¿Y lo que había pensado hacer? ¿Y las cosas que imaginaba mirando el retrato de Lenin? ¿Eh? Por eso casi me clavan diez años. Menuda gentuza.

– Los policías del franquismo… ¡Quién sabe dónde paran! A lo mejor se han muerto todos -dijo Méndez cautelosamente.

Y añadió, huyendo del terreno pantanoso:

– Por pura rutina, y aunque el caso va a cerrarse, he de cubrir una investigación, doctor Soler. ¿Usted sabe qué hacía Encarnita últimamente?

– Me parece que había alquilado un piso en un sitio bueno, y con una socia lo dedicaba al cuento. Eso está ahora a la orden del día, hay casas de cuento hasta en los ambulatorios de la Seguridad Social.

– Veo que no me miente, doctor Soler. Encarnita se dedicaba al asunto. Ejercía una profesión que dentro de cuatro días será honorable y que se denominará «gestor sexual», ya lo verá.

– Celebro que sepa que no le miento. ¿Pero por qué iba a mentirle?

– Hay muchos motivos, teóricamente. No sabe usted lo raras que llegamos a ser las personas. Pero en este orden de cosas dígame: ¿tenía Encarna alguna amiga más o menos íntima? ¿Alguna persona que pudiera explicarme bien cómo estaba viviendo en los últimos tiempos? Repito: es pura rutina, es para poder cerrar cuanto antes estos papelotes.

El médico pensó. Por el balcón entreabierto llegaban los delicados ruidos de la calle: coches que no tiraban, televisores de los bares a todo meter, gritos de chiquillos en busca de la ciudad soñada, estentóreas muestras de afecto entre mujeres que habían descubierto tener el mismo marido: tu madre, la tuya, tía guarra, mujer de diez pesetas, sobrina de cura, pendona, eso tú, la tuya.

La ciudad prosperaba y vivía. Soler dijo al fin:

– Sólo se me ocurre la Susi. También era cliente mía. De la misma edad que Encarnita, más o menos, y desde luego del mismo ramo. Por algunos detalles, y perdón, tengo la sensación de que habían hecho juntas en otro tiempo tortillas y cuadros para un hombre que las pagaba muy bien. Un hombre de los de antes, de los de la situación, ya me entiende. Un hombre rico a todo meter. La Encarnita y la Susi se debían conocer, digo yo, todos los olores de debajo de la falda. Pero eran otros tiempos.

– Ese hombre rico, ¿se llamaba Bassegoda? -susurró Méndez.

– La verdad es que no lo sé.

– Quizá el nombre de pila lo conozca. ¿Óscar?

– Tampoco puedo decírselo. Es posible que haya oído ese nombre alguna vez. No lo sé, no es cosa mía.

– Lo entiendo muy bien, y ahora mismo voy a dejar de molestarle. Dígame solamente dónde vive Susi.

Susi vivía en la calle de Tamarit, no demasiado lejos de allí. Era la zona de los Encantes, del mercado de San Antonio, la zona entrañable del capazo en sábado, del libro viejo en domingo. Era un cierto sector de una cierta juventud de Méndez, sector de luces macilentas, de tiendas pequeñas, de dependientas culonas, de tardes otoñales que uno ve morir. Era un pedazo de la Barcelona que Méndez amaba a pesar de todo, y a veces aún se detenía de noche ante la estructura de hierro del mercado y veía cómo un viento venido de muy lejos movía las luces amarillas, inmunes al tiempo.

El piso de la Susi era pequeño, tenía baldosas de colores, pasillos angostos, un balcón exiguo que daba a la calle y un olor a tiempo en los empapelados de las paredes, en los muebles que las manos y los culos habían ido devorando poco a poco. Susi no era como Encarnita, que aún conservaba algo de su viejo pedigrí, sino que estaba carcomida por todas las estrecheces del dinero y todas las soledades del piso. Cuando se enteró de que Méndez era policía se puso a maldecir, pero cuando supo que era amigo de Encarnita en la cama y fuera de ella, se puso a llorar mansamente.

– Sí, claro que hacíamos cuadros con Óscar Bassegoda -dijo.

– ¿Cómo era él?

– ¿En la cama o fuera de la cama?

– Fuera de la cama.

– Un señor.

– ¿Y en la cama?

– Un macho muy exigente. Casi se podría decir que un sádico.

Le explicó que Oscar Bassegoda leía con las dos viejos libros que hablaban de ambientes victorianos, de mujeres con corsé, de niñas doceañeras empaladas por formidables y caballerescos miembros. Luego hacía que las dos se pegasen, que se arrancaran los vestidos, y cuando estaban en lo más violento saltaba sobre ambas y las iba penetrando por turno, hasta que alguna tenía la suerte de hacerle terminar. También ponía a una de las dos a cuatro patas en el suelo, la montaba a caballo y la obligaba a dar vueltas a la habitación, con feroces golpes en las nalgas. Cuando Encarnita, por ejemplo, no podía más, la cambiaba por Susi. Tiraba de sus cabelleras hacia atrás y las forzaba a mirar de frente en los espejos sus caras de sufrimiento, de cansancio, en las que ellas aún trataban de dibujar el perfil de una sonrisa. Era un hombre del viejo tiempo, del Gran Dinero y del Gran Falo. Las mujeres no existían para él: eran piezas sueltas ensambladas por el milagro del semen, eran anos, bocas, muslos, monturas que nunca resultaron frágiles. Por la pequeña habitación, mientras la Susi hablaba, pasaba un aire en el que flotaban luces opacas, figuras castigadas a taconazos, voces de ordeno y mando y susurros de obediencia. Allí estaba la historia que no se escribe, que es siempre la historia que de verdad se ha vívido.

La Susi dejó de hablar con la mirada perdida. Los dos salieron un momento al balcón. La noche se había tragado los tenderetes, los peatones. Entre una lluvia mansa, sólo la estructura del mercado sobresalía más allá de las sombras, con sus luces amarillas, envueltas en un tiempo que había sido.

– Él le explicaría cosas de la familia -susurró Méndez. Óscar hablaría bastante, digo yo.

– Bueno, sí, a veces, entre polvo y polvo. También es natural, ¿no? Me acuerdo de que tuvo un gran disgusto cuando se casó su hija; de eso nos hablaba mucho.

– ¿No le gustaba el marido?

– ¡Qué le iba a gustar! Óscar siempre me decía que su hija Blanca había escogido lo más bajo, pudiendo haber escogido lo más alto. Y sobre esto tenía una manera muy rígida de pensar. ¡Si lo sabré yo, después de las horas que pasamos juntos! Elegir lo más alto era una especie de obligación de familia: siempre decía que una no debe traicionar lo que los padres hicieron por ella.

– ¿A qué se dedicaba el marido?

– No lo sé. Un poco a lo que saltaba. Representaciones comerciales y todo eso, pero no en plan fijo, porque si llega a dedicarse de verdad, contando con las relaciones que tenía Óscar, hubiese ganado pasta larga. Menudos representantes he conocido yo y menudas cuentas corrientes tenían. Médicos buenos, que han estudiado toda la vida, no ganan ni la mitad. Y es que es lo que digo yo: el dinero no tiene lógica. Quien piense que el dinero se gana con la cabeza, se equivoca. El dinero se gana con el instinto. Una gran cabeza, digo yo, puede servir como máximo para un pequeño momento que pasará sin que te des cuenta. Pero mientras tanto, ¡qué mierda de vida para los que no han hecho más que aprender! ¡Si lo sabré yo, con la cantidad de hombres que he conocido!

Los hombres habían sido terriblemente sinceros con la Susi -seguro que también con la Encarna- mientras la montaban, la golpeaban, le dejaban caer las últimas gotas sobre su vientre. Y de los hombres sin careta siempre se aprende: la Susi tenía la sabiduría de la cama y de la calle, esa sabiduría tan propia y tan difícilmente transmisible que ni a los hijos sabes cómo enseñársela, hasta que la acaban aprendiendo en otras camas y otras calles.

Méndez preguntó:

– ¿Él tenía otras mujeres?

– Claro que sí, yo siempre he pensado que sí. Con su dinero podía comprar vedettes, modelos y lo que le diera la gana; incluso se tiró a alguna chica de buena familia que aún iba al colegio. No hay mujer que no tenga un precio, créame. Y ningún hombre, claro. Yo conocí a uno -la Susi rió por primera vez- que en esto era muy claro y que decía: «Yo siempre estoy en venta. Lo único que pido es que alguien vaya poniendo billetes sobre la mesa hasta que yo diga basta. Claro que lo malo es que a nadie se le ocurre ponerlos.» Ese hombre ha acabado siendo un periodista político que siempre lleva la palabra «insobornable» en la boca.

Abandonaron el balcón, dejando de mirar la lluvia mansa. -Un gran hombre a su manera el Óscar Bassegoda -dijo Susi mientras le preparaba a Méndez una copa barata y seguramente letal- Había pasado por mil trances y siempre salía ganando: era una máquina de hacer dinero y de repartirlo; conseguía una cosa difícil y te daba la sensación de que al día siguiente podía conseguir otras mil más. En cambio ahora es distinto, ahora naces y el Estado te dice hasta dónde puedes llegar y dónde te tienes que morir. Usted también debe saberlo, policía: eran otros tiempos.

Ricardo Arce, el Richard de las veladas del Price, entró respetuosamente en la casa de la Avenida de Pearson, esa vía situada en la Barcelona más selecta (jamás Méndez pondría los pies allí, no fuera que un exceso de luz le produjese urticaria) donde el aire es claro, la gente es noble y limpia y además siempre tiene razón. Espriu dijo algo parecido de los países extranjeros, demostrando que la belleza, para serlo, necesita estar lejana, pero el Richard ignoraba la existencia de Espriu y tampoco veía qué podía ganar conociendo gente de esa clase, sentimiento lleno de plenitud que concordaba con el de la mayor parte de las masas urbanas del país.

Blanca Bassegoda le recibió en seguida y le miró con cierta insolente fijeza, con ese alerta de la gente entendida a la que ofrecen una mercancía sospechosa. Admiró, eso sí, la estatura del aspirante, sus hombros cuadrados, la musculatura que se insinuaba bajo la tela de un traje bastante discreto, pero comprado, no cabía duda, en alguna sastrería del Paralelo; admiró la mandíbula más bien cuadrada, la nariz algo aplastada -recuerdo inevitable del boxeo- y los ojos tranquilos, fijos y resueltos. En líneas generales le pareció bien, pero faltaban otras muchas cosas por comprobar. Susurró:

– De modo que tú eres Ricardo Arce.

– Sí, señora. Me envía el abogado Llor.

– Para empezar no me llames señora. Siéntate. Él se sentó, algo confuso. La desorientación se reflejaba tan claramente en sus ojos que Blanca adivinó de qué se trataba. Y dijo con una sonrisa:

– Es que si nos entendemos y te quedas para el trabajo que yo necesito, tendremos que tratarnos de tú.

– Ah… Muy bien. Gracias por explicármelo. -El abogado Llor me ha dado muchos detalles de ti. Debes saber que es el abogado de mi familia.

– Sí. Lo suponía.

– Los tiempos han cambiado, pero antes éramos lo que se dice gente rica. Llor cuidaba de nuestros intereses y tenía mucho trabajo con la familia. Puede decirse que pasaba días enteros en esta casa.

– El señor Llor es muy buena persona -se creyó obligado a decir el Richard.

Estaba incómodo allí, erguido en la silla de respaldo demasiado alto, los pies hundidos en una alfombra que no le dejaba moverse, alfombra para caballeros distinguidos y mujeres perversas que pertenecían a esos otros planetas donde todo es posible y fácil; sintiendo en la cara la mirada insistente de una Blanca Bassegoda demasiado elegante y demasiado hermosa, una mujer de otra dimensión. Seguramente, en el fondo, quería burlarse de él, y eso mantenía al Richard en guardia, dispuesto a decir que no, aunque necesitaba el trabajo, cualquier trabajo, en aquella ciudad que no le quería.

Ella musitó:

– ¿Qué bebes?

– Nada. Al salir de la cárcel bebí un poco, pero no tengo costumbre.

– ¿Abstemio?

– No. Ex boxeador. En los tiempos en que yo me dedicaba a eso, había mucha disciplina.

– Agradezco que me hayas dicho con tanta franqueza lo de la cárcel.

– ¿Por qué no? Seguro que usted ya lo sabía.

– ¿Sigues pegando bien?

– ¿Por qué?

– Nada… Es una pregunta.

– La gente me tiene respeto -dijo sencillamente el Richard, desviando la mirada.

Ése era el último rincón de su orgullo, pero no sabía cómo manifestarlo, o mejor aún cómo esconderlo.

– Me interesa que sea así. Puede que en este trabajo tengas que usar los puños -susurró ella.

– ¿Para qué? Blanca Bassegoda se sirvió un whisky. Tenía un aire algo cansado, un aire que cuadraba con aquel ambiente hecho para mirar las cosas, para sentirlas tuyas de eternidad a eternidad, para notar su caricia. La luz de las grandes ventanas daba en el vestido color miel de Blanca Bassegoda, en sus medias y sus zapatos igualmente color miel, en la piel todavía tostada de sus brazos, soles limpios de Cadaqués y S'Agaró y de vez en cuando algunos nocturnos canallas de Sitges: Todo eso estaba en ella, y Richard pensó fugitivamente en lo que habría debajo de la falda, en el prodigio de la ropa interior enemiga del sol y amiga discreta de las penumbras y las lunas. El Ríchard había leído en la cárcel a oscuros poetas, y a veces esos pensamientos le atravesaban instantáneamente, como un rayo que se iba. Había llegado a la inutilidad de no ser un hombre de sexo directo, sino de cien sexos imaginados. Eso no puede ser bueno.

– ¿De veras no quieres beber?

– No, gracias.

– Entonces deja que yo me entone; tenemos que hablar un rato, y no creas que va a ser fácil para mí.

Cruzó las piernas, dejó en el aire el reflejo de la piel y de la seda, su color otoñal de mujer con clase.

– ¿Cómo quieres que te llame?

– Soy Ricardo Arce, pero la gente me llama Richard.

– Está bien: Richard. Será así. El nombre me gusta. Bebió un sorbo y añadió: -Supongo que sabes que soy una mujer casada.

– Sí. Me lo dijeron.

– Estoy separada, eso también te lo deben haber dicho.

Pero la historia es complicada, y precisamente por eso te necesito a ti.

Le explicó en otras palabras todo lo que le había dicho al abogado Llor: el fracaso de la boda, las amenazas del marido, las agresiones, las sórdidas visitas a las comisarías, a los juzgados de guardia. Le habló del plan trazado en el despacho de Llor, un plan para el cual hacían falta exactamente tres cosas: un hombre fuerte, un amor fingido y el sabio transcurrir del tiempo.

Richard no se atrevió a interrumpirla una sola vez. Blanca, cuando hubo dado toda la explicación, terminó preguntando:

– ¿Qué te parece?

– Se lo voy a decir con franqueza… Estoy asustado.

– ¿Asustado por qué? ¿Miedo a mi marido?

– No.

– ¿Pues a qué?

– Miedo a usted. Ella echó un poco para atrás la cabeza.

– ¿A mí? -susurró.

– Bueno, no es exactamente a usted. No sé cómo decirlo. Es a su mundo.

– Lo entiendo, pero nunca tendrás que moverte solo en él, no te preocupes. Como quien dice irás de mi mano, si no te molesta. Al acompañarme siempre a mí, no tendrás problemas. Y tampoco será tan difícil acostumbrarse, no vayas a creer que el mundo en que me muevo es tan distinguido como antes. Qué va.

– El miedo está en otra cosa. No es lo que piensen los demás, que me importan bien poco. Es miedo a no estar a la altura de usted.

Blanca sonrió. Tenía una sonrisa suave, pero cansada y turbia.

– Habíamos quedado -dijo- en que me tratarías de tú.

– Está bien, pero la verdad es la verdad. Me asusta no estar a tu altura.

– No te preocupes. Si aceptas, sólo tendrás que salir conmigo, acompañarme a cenar, ir a algún espectáculo, comprarme cosas.

– ¿Comprar?…

– No con tu dinero, naturalmente. Yo te lo daría.

– Es algo vergonzoso, ¿no?

– Veo que no has acabado de entenderlo. En este caso, comprar es un trabajo como otro cualquiera. También se le da dinero a un administrador.

– Entiendo. Si tú lo dices, así debe de ser.

– Ah… Otro detalle. ¿Dónde vives?

– En un hotel… de la calle Nueva.

– Entonces no es el Ritz, supongo.

– No -dijo Richard con voz opaca-, pero para mí ya vale.

– Para mí no. Tendrás que cambiar de sitio. Un lugar discreto, digno de un hombre de buena posición que puede alternar conmigo. Naturalmente, yo lo pagaré.

– ¿No va a ser?…

– … ¿Indigno? ¿Ibas a decir eso? Él se mordió el labio inferior. -También a un representante o a un viajante se le paga el hotel -explicó Blanca Bassegoda-. No tiene importancia.

– No debe tenerla, si usted… si tú lo dices. Blanca Bassegoda echó de nuevo la cabeza atrás, y sin mirarle, con una expresión absolutamente lejana, susurró:

– No es ésa la única cosa que deberás hacer. Hay otras. Deberás aprender a vestir, por ejemplo. Y a comer. No quiero ofenderte, pero vestir y comer son cosas difíciles, son cosas que hace todo el mundo pero que no sabe hacer todo el mundo.

– Yo las aprenderé. En cuestión de ropa debo decirte que cuando ganaba dinero vestía muy bien. Estoy acostumbrado.

– Querrás decir que vestías con estridencia.

– ¿Qué estás pensando exactamente?

– ¿Dónde te comprabas los trajes?

– En el Paralelo o en las Rondas. Una vez me compré uno en la calle de San Pablo. Sensacional.

– ¿Lo ves?

– No sé adónde quieres ir a parar, pero en fin… En cuanto a lo de comer, ya es otra cosa. He de aprender. Pero hubo un tiempo en que iba a restaurantes buenos y nadie me llamaba la atención.

– ¿A qué buenos restaurantes ibas?

Palpitaba un levísimo deje de desdén en la voz de Blanca Bassegoda, que le seguía mirando con insistencia.

– A sitios buenos, ya te lo he dicho: el Abrevadero, Can Joanet, Can Tipa… ¿Pasa algo?

Lo preguntó porque ella estaba riendo. Blanca dejó de mirarle y musitó:

– No, no pasa nada.

– Perdón, si he dicho algo que no debía.

– No, al contrario. Lo estás diciendo todo muy bien. Me parece que eres el hombre que busco, ya ves si soy sincera. Pero deberás aprender otras cosas también, al margen de comer y vestir con elegancia. Por ejemplo, besar.

– ¿Besar a quién? -A las mujeres en general. Las manos de las señoras, aunque eso se estile cada vez menos.

– Ah…

– Y otras cosas que no son las manos de las señoras.

– ¿Por ejemplo?…

– Por ejemplo mi boca. Él se estremeció un momento. La fuerza de aquel estremecimiento hizo vibrar incluso la silla, pero luego se quedó tan quieto como si no respirase. Todo había pasado como un soplo.

– Alguna vez será necesario -dijo Blanca-. Habrá que dar la sensación de que estamos locamente enamorados uno del otro. Besarnos para que nos vean, pero dando la impresión de que no queremos que nos vea nadie. Eso es lo que habrá que hacer.

– Bi… bien -consiguió decir Richard después de morderse el labio inferior-. Cuando tú creas que eso debe hacerse yo lo haré… con los límites que tú me impongas, claro.

Blanca Bassegoda le seguía mirando fijamente, con una curiosidad que tenía algo de insultante, de puro examen zoológico hecho en una tarde aburrida.

– Quizá debas aprender algo más -susurró-. En tu trabajo no puede fallar nada.

– Intentaré cumplir lo mejor posible, eso no hace falta decirlo. En parte porque es un buen empleo y en parte porque… necesito aceptar lo que sea, compréndalo. Pero usted ha de decirme exactamente lo que necesito meterme en la cabeza. Me lo meto en la cabeza y después lo hago; eso es todo.

– Es sencillo y complicado a la vez, ¿sabes? Tendrás que acostumbrarte a mi forma de ser, a mi forma de vestir, tendrás que dar la sensación de que estamos identificados en todo. Y una cosa así es tan importante que habrá de creerla mi propio marido, imagínate. Tendrás que considerar natural mi aspecto, mis vestidos y hasta mi desnudez si hace falta. Deberá parecer que es tuyo todo lo que sin embargo estará prohibido para ti.

Y cruzó las piernas con toda naturalidad, como si estuviera sola y no le preocupase lo que enseñaba.

El color miel de las medias terminaba en el color miel de los muslos estallantes.

Blanca Bassegoda dijo con voz opaca, a modo de resumen:

– Todo eso.

9. LA CASA

AHORA Méndez ya sabía bastantes cosas de Óscar Bassegoda, al margen de las que figuraban en su ficha. Con eso empezaba a tener una especie de «cuadro de la situación», una base de partida inicial para los siguientes pasos. Pero los auténticos movimientos tenía que iniciarlos aún, y Méndez los inició por los lugares que a él le gustaban, -o sea por los más aristocráticos de la ciudad. Se dirigió a la Plaza Real.

No lo hizo de cualquier manera, por supuesto. Se dirigió a las Ramblas a través de uno de sus más gloriosos recorridos urbanos, iniciando la andadura en el Arnau, bajando por Tapias, doblando por San Olegario y enfilando la distinguida recta de Marqués de Barbará y Unión, que curiosamente es una calle culta porque en ella están casi todas las distribuidoras de libros y revistas de la ciudad. El recorrido triunfal de Méndez estuvo salpicado, como ocurría siempre, de encuentros amistosos y manifestaciones de adhesión para toda la vida. La cosa empezó a ponerse bien en la calle de las Tapias, cuando la Caricavirgen, que llevaba más de cuarenta años en el oficio, le gritó desde un portal:

– ¡Vengo de hacer un cuadro con tu madre! ¡Si te espabilas, aún la encontrarás lavándose!

En uno de los bares que abren las esquinas de San Olegario entró Méndez a tomarse un anís de garrafa, y el local quedó vacío en menos de dos minutos.

A la salida encontró al Rafaelito, licenciado en drogas, y Méndez le soltó la frase de ritual:

– En cuanto te agarre te voy a afeitar el capullo. No lo agarró, porque el Rafaelito se salvó por piernas. Además quién sabe si ya le habían afeitado el capullo poco antes.

De todos modos la expedición, en plan descubierta, de Méndez estaba resultando un éxito, o al menos un fenómeno de movilización de masas. En Marqués de Barbará le acompañó la suerte, porque el macarra que le estaba atizando a la meuca por razones de recaudación no se enteró de que Méndez estaba aquella mañana por allí hasta que tuvo al bofias encima.

El bofias lo sujetó por el cuello de la camisa y pronunció la frase que resume todos los derechos constitucionales del detenido español:

– Tú, echa palante.

– Pero, señor Méndez, cojones, que yo no estaba haciendo nada. A ver si se cree que yo estaba pegando a esta mujer, que además no tiene nada que ver conmigo ni es del oficio. Di, Chupi-Chupi, ¿yo te pegaba?

La Chupi-Chupi se limpió resignadamente el hilo de sangre que manaba de su boca y susurró:

– Qué va, hombre, qué va.

– ¿Lo ve, señor Méndez? Méndez contraatacó.

– ¿Cuánto ganaste anoche, Chupi? -Sólo dos mil, y eso que anoche era sábado.

– ¿Dónde trabajas ahora?

– En aquel portal.

– ¿A base de qué?

– A base de rapidillo, hostia. No querrá que me lleve la cama.

– ¿Y dónde te lavas?

– ¿Lavarme? -preguntó la Chupi, como si la hubiera acusado de estar metida en lo del 23-F.

El macarra vio que la cosa empezaba a complicarse y planteó de otra manera su defensa.

– Ya ve, señor Méndez, dos mil cochinas pesetas. Dígame si, después de lo de Rumasa, hay motivo para chingar a un hombre Por eso. Un hombre que defiende su pedazo de pan.

– Lo de Rumasa es un asunto de alta banca, con ministros y todo eso. Dime: ¿tú ves algún ministro en la calle de Barbará?

– No, claro. Ellos hacen el negocio en otra parte.

– Mira, a mí no me jeringues. Yo cumplo con mi deber. A mí me pones al Ruiz Mateos en esta esquina, sacándole los cuartos a una puta, y me lo follo igualmente.

– Bueno, pues miremos las cosas de otra manera, señor Méndez, coño, a ver si somos personas. Yo estaba sacándole a mi protegida el impuesto por la productividad. Al fin y al cabo también lo hace el ministro de Hacienda.

Méndez hizo una mueca de asco.

– Se puede caer bajo, pero no tanto -masculló-. Hay chorizos y chorizos. ¡Mira que ponerte al nivel del ministro de Hacienda! ¡Hasta ahí podíamos llegar!

– Señor Méndez, ojo que aquí el que insulta al régimen es usted, no yo.

– Bueno, vamos a dejarlo por esta vez. Pero como te vuelva a ver levantar la mano te paso el capullo por la batidora.

– ¡Señor Méndez!…

– Claro que no mucho rato-dijo en plan fino el viejo policía-. Sólo hasta que te corras.

Había dado media vuelta para seguir su instructivo viaje hasta la Plaza Real cuando oyó que la mujer contraatacaba al macarra, porque ya se sabe que las mujeres, cuando están protegidas, se acuerdan en diez segundos de lo mal parido que es uno.

– ¡Cabrón, más que cabrón, dao pol saco, que desde el último cliente y desde que saliste anoche del talego he tenío la negra!

Méndez se volvió del todo, acometido por un súbito presentimiento.

– ¿Quién fue tu último cliente, Chupi? -preguntó con toda solicitud.

– Uno que perdió el carné de identidad. También tiene huevos y mala pata el tío. Se lo guardo por si viene otra ve por aquí, pero pienso cobrárselo, qué coño. Aquí viene el nombrecito. Se llamaba Amores.

Méndez arqueó una ceja.

– Y dime, cariño… ¿no se ha muerto nadie de repente en esa escalera?

– ¿Morirse?

– Sí, mujer. Alguien que se haya quedado de pronto en plan decúbito supino.

– ¿Y por qué había de pasar eso?

– Nada, mujer, nada… Uno, que se preocupa de la salud pública.

Y siguió a saltitos hasta otro bar, donde tenía pensado hacer un segundo alto para reunir fuerzas, puesto que ya había recorrido trescientos metros desde el alto número uno. Allí Méndez se puso realmente fuera de sí, y ahora de verdad. En el bar, una pareja de hippies estaba vertiendo ron en el biberón del niño para que así se durmiera. Al bofias ya le habían hablado de eso, y la verdad es que llevaba algún tiempo tras la dificilísima pista.

– Cagon coño, Méndez -se defendió el hombre- Al fin y al cabo el chaval es mío.

– Cacho longaniza le ha metido todo el barrio a tu mujer, cabrón. Para que digas que el hijo es tuyo.

Y empezó la tanda de guantazos. Méndez, cuando estropeaban a un niño, se ponía en plan educativo de no veas. Apretó al hombre contra la barra, le dio un rodillazo en los testículos, le apretó el pulgar contra un párpado, en plan mala baba amarilla, y cuando el otro intentaba defenderse le estrelló una botella en la cabeza. El dueño del antro protestó.

– ¡La madre que lo parió! ¡Basta, Méndez!

– No se queje. Una botella contra una cabeza. ¿Y qué? Las dos estaban vacías.

Advirtió a los dos mansos que quedaban detenidos, telefoneó desde allí a la comisaría para que un par de marrones viniese a por ellos, y ya en plan de leerles los derechos del ciudadano les advirtió:

– Os van a dejar libres esta noche, y mientras tanto vemos qué se puede hacer con el crío. Pero cuando salgáis vais a tener el culo más ancho que la parada del autobús.

Méndez siguió su recorrido urbano repartiendo saludos aquí y allá y sin contestar a ninguna de las preguntas que le hacían sobre el nombre de su padre, hasta que en la esquina de Unión con Ramblas, en la puerta del bar, una voz meliflua le preguntó:

– ¿Te hago un trabajito lengua, chato? Méndez miró los zapatos de la mujer que le hablaba. Buena calidad. Él era muy conservador en esas cosas. Siguió con las piernas. No estaba nada mal. Se remontó hasta el peligro de las caderas: anchas y bien puestas, listas para el ataque, eso no se podía negar. Ascendió hasta los pechos. Gran mujer aquélla, con globitos de pimpollo, quién dice que no. Alcanzó al fin las alturas de la cara, y entonces la sonrisa se le iluminó:

– ¡Hombre, Albertico!-dijo- ¡Tú por aquí!

– Jolín, señor Méndez, no le había conocido.

– Será porque de tanto mover la lengua se te ha nublado la vista. Tú dirás.

– Perdone, pero si quiere le hago el trabajito igual, señor Méndez. Amistad aparte, ¿eh? Como si no le conociera de nada.

– Déjalo, hijo. Primero vete al callista y que te la suavice.

– Oiga, que la lengua la tengo bien, me cago en la leche. Una lengua de niña, oiga, de niña. Pregunte a quien quiera dentro del bar.

Méndez prefirió no comprobarlo. Siguió adelante, en busca de los rincones de su virtud perdida.

La entrada en la Plaza Real fue gloriosa. En tres minutos el enorme recinto quedó casi vacío. De los del mercado filatélico sólo permaneció allí la mitad. De las típicas cervecerías escapó casi la cuarta parte de los clientes; hasta algunos camareros se dieron a la fuga. Méndez quizá no detendría a nadie, pero no cabía duda de que movilizaba a las masas.

El viejo policía se dio cuenta, con un sentimiento confortable, de que la gente le seguía amando. Pero no hizo caso ni se sintió iluminado por la llama de la posteridad, como hubiera dicho el vendedor de terrenos Armando. Fue directamente al edificio donde había tenido su estudio Wenceslao Cortadas, aquel edificio que un día fue hermoso y donde ahora yacían todas las historias olvidadas de la plaza.

La vieja escalera olía a humedad, a caca de gato y a orina de moro, detalle este último en el que Méndez era particularmente experto. El estudio había sido transformado en una pensión de visillos sucios, balcones donde el tiempo moría, luces amarillentas y un largo pasillo donde los marroquíes hacían cola llevando la desesperanza en la cara y en la mano el papel higiénico. La pensión tuvo en seguida para Méndez un no se qué que despertó en él llamaradas de solidaridad y de nostalgia.

Costó diez minutos largos convencer a la dueña de que no venía a detenerla ni a cerrar el local. La dueña juraba a gritos dos cosas: que Méndez era un cabrito y que ella era inocente. Méndez se guardó muy bien de negar ninguna de ambas cosas, y al final pudo decir que sólo quería ver lo que quedaba del estudio de Wenceslao Cortadas, si es que quedaba algo.

– ¿Wenceslao Cortadas? Ni idea; no sé nada. Además, vaya nombre.

– Antes de que se inaugurara la pensión hubo aquí un estudio de pintor. Un buen estudio, con alumnos y todo. El maestro se llamaba así.

– Allá él, qué quiere que le diga.

– ¿Qué había aquí cuando usted entró en el negocio?

– Lo mismo: una pensión. ¡Pero qué diferencia, oiga! Ha visto que ahora hacen cola con un papel higiénico, ¿no? Pues entonces hacían cola con una goma.

– Siento no haber conocido un sitio tan ilustre -dijo Méndez-. No entiendo cómo se me pudo pasar, con los años que llevo en el barrio, pero le aseguro que si esa pensión vuelven a ponerla haré gestiones para que la declaren monumento nacional. Hasta me compraré una goma con pilas y erección controlada. Y ahora haga memoria y dígame si oyó que un pintor había trabajado en esta casa.

– Bueno, ya que lo dice, algo oí una vez. Pero de eso hace mucho tiempo, muchísimo, de cuando en la plaza no había ni un grifota.

– Entonces desde el rey Jaime I -susurró Méndez-. Y ahora ya está bien, ¿eh? No exageremos.

– Bien pensado, hasta puede que haya arriba, en el desván, alguna pintura. No sé. Pero tengo idea de que alguien me dijo que, al traspasarme la pensión, los dueños anteriores habían subido al tejado algunos trastos. Si quiere, puede mirar. Le daré la llave.

La llave era tan antigua como el edificio, era una llave insigne y barroca, sin duda una de las siete llaves con las que Joaquín Costa quería echar cerrojazo al sepulcro del Cid. Lo que no resultaba tan insigne era el cuarto en el tejado, cuarto con herrumbrosos depósitos de agua, paredes desconchadas y tuberías modelo sálvese quien pueda. Había allí mecedoras rotas en las que más de un huésped debió de hacer su última digestión, armarios sin luna, pero tal vez con cadáver, pedazos de mesillas de madera, restos de cama, lámparas de comedores remotos donde no se comía, de largos pasillos por los que los niños no se atrevían a andar. Flotaba allí el aire de un pasado que nunca fue feliz, aire lleno de voces extinguidas, de polvo municipal, de rostros hundidos para siempre en la Barcelona del olvido. Y eso con un olor que lo impregnaba todo, un espeso olor a moho, a carcomas veteranas y a meados de niña.

Claro que aquel Museo del Horror Doméstico tenía su parte luminosa: desde sus dos ventanas se veían las torres de la catedral, las copas de las palmeras de la plaza, la mole de la iglesia del Pino, la cúpula de la Merced, con su estatua que está allí para ver y perdonar los pecados de las mujeres hundidas en las calles que hay a sus pies. Se distinguían también los ya escasos palomares de la ciudad que fue, palomares del domingo por la tarde, de la hora solitaria: primer asombro del niño que crecía y último refugio del abuelo que cierta vez, siglos antes, miró unas alas que se recortaban en el cielo, vivió un momento de plenitud bajo el sol que se repartían los hombres de la ciudad vieja. Todo eso lo captó Méndez como una llamada del aire, como un secreto personal que ya no podría compartir con nadie, et pulvis te converteris, amén.

Entre esas masas de polvo depositado por el olvido, al fondo del local, entre los muebles inútiles y las almas fosilizadas de sus dueños, Méndez descubrió dos lienzos, sólo dos, y encima muy dañados por la humedad, pero que tenían la firma y el estilo inconfundible del Wences, que él ya había aprendido a captar. Y eso, en el silencio del tejado, bajo el sol oblicuo que penetraba por una de las ventanas, hizo pensar al viejo policía que el Wences tenía que estar muerto, irremediablemente muerto, convertido en aire urbano y en mancha de la pared. Porque uno de los cuadros representaba un paisaje, pero el otro a una hermosa mujer sentada ante una ventana -una de las dos ventanas de aquel mismo cuarto- y la hermosa mujer no era otra que Nuria Bassegoda, mujer plural de dos manos, dos ojos y todavía dos pechos. Era inconcebible que, si Wenceslao Cortadas vivía, dejara pudrirse aquel cuadro allí, entre el silencio y el sol racionado, casi al lado de la ventana donde Nuria fue mágicamente, milagrosamente, maravillosamente, implacablemente suya, con una posesión que ni la muerte le podía quitar. Pero fue entonces cuando Méndez sintió de verdad la presencia de la muerte, cuando se dio cuenta de que Wenceslao Cortadas ya no volvería a pasar nunca junto a las palmeras de la plaza. Méndez era un hombre de intuiciones; se dio cuenta de que allí quedaba rota una pista y de que tendría que buscar otra.

Wences no había matado a la niña de la playa, la del pechito cortado, por la sencilla razón de que para entonces Wences ya llevaba bastantes años muerto. De todos modos, por pura oficiosidad, Méndez pidió una orden judicial para llevarse los dos cuadros y hacerlos examinar pericialmente. Obtuvo la orden veinticuatro horas más tarde, y con ella en la mano envió a la Plaza Real a un inspector especializado en arte, porque tenía una mujer que cada tarde hacía de modelo de desnudo. El especialista volvió poco después trayendo un solo cuadro, el del paisaje.

– Menudo cuento tiene la encargada de aquella pensión -dijo con un gruñido-. Un poco más y me mete en el water con un moro. Bueno, aquí tiene el único cuadro que había, Méndez, el del paisaje. El otro, el que me dijo de la mujer en la ventana, había desaparecido.

10. LA MUJER DEL PASILLO GRIS

CARLOS BEY entró en el Clínico por la primera puerta de su fachada, según se sube por la calle de Casanova y se deja atrás las pequeñas tiendas de una sola dependienta, las peluquerías de mujer de sábado y el abigarrado mercado del Ninot. Dobló a la izquierda para entrar en el pabellón que hay a aquel lado y ascendió hasta el segundo piso, hasta la sala del doctor Piulachs, que por tradición oral conserva el nombre como homenaje al gran médico, aunque el doctor Piulachs lleva ya muchos años muerto. Allí se detuvo mientras sus labios se despegaban en una ancha sonrisa, porque acababa de ver a Marta Estradé.

Marta Estradé ya le estaba esperando. Sabía que él venía todos los martes y viernes, y desde dos horas antes se situaba en el pasillo ancho y hostil, envuelta en su bata azul y apoyada en sus dos bastones, haciendo esfuerzos para mantener una dignidad imposible. Marta Estradé se quedaba junto a una ventana, miraba el vacío y parecía flotar en el tiempo hasta que oía los pasos de Carlos Bey. Solamente entonces volvía a la vida del pasillo hostil, a la realidad de las cosas oficiales y concretas.

Aquella tarde debía estar tan ansiosa por verle que quiso avanzar hacia él, apoyada en los bastones, y al fallar sus piernas estuvo a punto de derrumbarse sobre las losas. Carlos Bey dio un salto y la pudo sujetar en el último instante, mientras los bastones caían a tierra y algunos de los visitantes que iban por el pasillo lanzaban a la vez un grito.

Pero no pasó nada. O sí que pasó. Una mujer vestida de negro recogió los bastones del suelo y se los entregó a Bey, porque Marta no podía sostenerlos. Todo el mundo siguió su camino y el ancho pasillo volvió a recobrar su aspecto habitual de sala de los pasos perdidos y de ruta sin tiempo. No había pasado nada. O sí que había pasado. Marta Estradé estaba en los brazos de Carlos Bey, respirando ansiosamente, con un fondo de llanto en los ojos, y eso era la primera vez que ocurría.

– Perdona -musitó Marta Estradé-. ¡Qué idiota soy! Debes de pensar que soy el trasto más inútil de todo el Clínico… No sé cómo tienes tanta paciencia conmigo.

Él casi la levantó en brazos -había que ver lo poco que pesaba Marta Estradé, antes una mujer de línea opulenta-, la ayudó a recuperar del todo la vertical y, mientras le sostenía la espalda con una mano, le fue devolviendo los bastones con la otra. Marta recobró así su aspecto habitual-cuerpo encogido, bata azul claro, mirada fija- de mujer que aún aspira a vivir.

– No necesito paciencia, Marta. No es ningún trabajo, ¿sabes? Pero podrías hacerme algo más de caso, me parece. Sabes perfectamente que mientras estés así no puedes correr.

No corría. Tenía los ojos humedecidos por las lágrimas, como una niña que se rebela ante una acusación injusta.

La luz gris del pasillo penetraba hasta el fondo de aquellos ojos.

– Cuando una se apoya en dos bastones, cualquier movimiento brusco significa correr. Sabes que la que ha de tener paciencia eres tú, sabes que todo llegará poco a poco, pero que no se puede forzar. ¿Qué te han dicho los médicos?

– Que todo marcha mejor, pero no sé si fiarme de ellos. A veces, durante las visitas, se paran en el centro de la sala y cuchichean. Y estoy segura de que miran hacia mi cama.

– Quizá discuten quién te lleva a bailar primero -susurró Carlos Bey.

Ella logró sonreír mientras, por contraste, aún se hacía más intenso el brillo de sus lágrimas.

– Sí, eso tiene que ser -Dijo-. Claro que sí. Se me rifan cada día.

– Bueno, yo también tengo algún número, ¿no?

– Si quieres te los doy todos, Carlos. Todos. Volvió a colgarse de él. No estaba pasando nada realmente. O sí que estaba pasando. Las paredes grises habían adquirido un calor humano, la luz de las ventanas era más limpia, las gentes que pasaban junto a ellos habían dejado de existir y el pasillo se iba haciendo inconcreto y remoto, un mundo nacido repentinamente para los dos.

Fue sólo un minuto. Carlos Bey susurró:

– ¿Por qué no vamos a dar un paseo? Te conviene ir practicando hasta que andes normalmente. Pero agárrate a mí, ¿eh? Agárrate a mí y no hagas tonterías.

Marta obedeció. De esa forma ella sólo necesitaba emplear un bastón; el otro lo dejó junto a la puerta de la sala, y con la mano libre se colgó de Carlos Bey. Así anduvieron por el pasillo que volvía a ser concreto, por entre las personas que de pronto se habían puesto a existir y que les miraban fugazmente al pasar junto a ellos.

– ¿Qué tal las últimas radiografías, Marta?

– No sé, no me las enseñan. Debe de ser porque ya entiendo demasiado, ¿sabes? No me engañarían.

– Siempre piensas que van a engañarte. No seas desconfiada.

– Es que ya me lo han hecho otras veces. Piensan que soy tonta. Y a mí me pueden fallar las piernas, pero la cabeza no.

Carlos Bey cerró un momento los ojos. Lo recordaba muy bien. Le parecía estar viendo de nuevo a Marta Estradé en las manifestaciones pro-amnistía del año 76, siendo poco más que una niña. Le parecía verla mientras sostenía la primera bandera de la primera fila, mientras se enfrentaba a la primera oleada de los grises, a sus porras y a sus insultos («cabrona, ya te daremos amnistía, puta») mientras rodaba sobre el asfalto y se volvía a levantar otra vez, con una llama en los ojos y una canción en la boca. Entonces no le fallaban los huesos. Era una chica elástica, endurecida por la lucha, era un cuerpo flexible, una cintura milagrosa y un culo creado por un artista. Era la mujer que todos los hombres como Carlos Bey habían soñado alguna vez en las esquinas secretas del domingo.

Siguieron andando a pasitos cortos hasta el fondo del pasillo. La recordaba detenida no sólo el año 76, el de la esperanza, sino también en el 75, el de los fusilamientos de Hoyo de Manzanares, cuando las cosas eran verdad. La recordaba conducida a Madrid en furgones herméticos, entre parejas de la guardia civil que admiraban sus piernas, odiaban sus canciones y envidiaban su fe. Le parecía verla de nuevo ante el Tribunal de Orden Público, el famoso TOP, contestando con voz serena, sin un atisbo de miedo, que ella sólo quería la libertad para todos los pueblos de España, aun a costa de la suya propia. Marta Estradé era entonces una muchacha llena de libertad interior, y por eso regalaba su libertad; era entonces una muchacha llena de vida y por eso regalaba su vida. Las calles de Madrid habían sido testigo de su última rebelión y de su primer grito de victoria, habían oído el «arriba, parias de la tierra» y el «negras tormentas agitan los aires» cuando las manos aún estaban dobladas por el contacto de las rejas. Desde entonces había ido cayendo sobre la espalda de Marta Estradé el polvo urbano, se habían ido sucediendo los ministerios formados por aspirantes a profesores de instituto, y los hermosos ideales abstractos se habían ido transformando en escalafón de funcionario. Marta Estradé -a veces se lo contaba a Carlos Bey- recordaba haber aprendido en ese tiempo muchas cosas, como por ejemplo que cuando estaba ante el TOP no sabía bien en qué consistían sus ideales, mientras que ahora había funcionarios que sí que lo sabían por ella. Pero esos funcionarios estaban allí para decir que los ideales no podían cumplirse.

Eso sí, te dejaban tenerlos.

Marta Estradé giró desde el fondo del pasillo, disimuló un gesto de dolor porque se había movido demasiado aprisa y preguntó:

– ¿Has vuelto por mi casa? ¿Cómo está aquello, Carlos? Hace tres meses que no voy.

– Irás en seguida, Marta.

– Sí, pero ¿cómo está aquello? La vieja casa de la Plaza de las Navas donde antes hubo tiovivos audaces, niños que soñaban y un quiosco donde vendían El Aventurero y las novelas de Bill Barness, con sus portadas de aviones volando sobre el remoto Sahara. La casa con su estructura antigua, los techos altos, el milagro de un balcón sobre los árboles de la plaza y la fantasía de los niños.

– Todo está muy bien. Hablé con el dueño para que te la conservase. Y no te preocupes por el alquiler.

Bey también la había conocido allí, en los años de la lucha y de la esperanza, cuando parecía que todo iba a ser distinto; la había conocido entre las habitaciones llenas de libros, bajo las bombillas de sesenta vatios y los diplomas de joven licenciada que aún no ha encontrado trabajo y empieza a pensar que no lo encontrará. Bey la había tratado igualmente en oficinas de encuestas donde daban empleos eventuales, la había visitado en almacenes donde necesitaban una dependienta de paso y en sombríos despachos de cinco por cuatro donde ella hacía horas sin esperanza. La cara de María Estradé, la curva de sus hombros y de sus pechos había ido variando durante todo ese tiempo, pero nadie se lo decía.

– Repito que no tienes por qué pensar en el alquiler, Marta.

– ¿De verdad?

– Pues claro… Era mentira. Casi todo lo que se dice a los enfermos a lo largo de los pasillos grises es mentira. Marta Estradé ya no podía pagar el piso cuando vivía en él, y además estaban agotadas las prórrogas legales, puesto que el piso había sido alquilado por un hermano de sus abuelos. Demasiadas cosas para que aquello no reventara por algún sitio.

Y había reventado. Ella no pudo pagar tampoco cuando la internaron en el Clínico. En el largo verano, mientras los terrados de Pueblo Seco se iban pudriendo al sol, mientras Marta se descomponía en su cama del hospital, hombres vestidos de negro habían dictado sentencia. Y aunque Bey había evitado, con sus amistades y con su dinero particular, dos desahucios, sabía que el tercero ya no había quien lo evitase. Además, ¿valía la pena hacerlo?

Carlos Bey sabía muy bien que ella ya no iba a salir de allí. Por eso, al hablar de ayudarla, cuando se encontraba en el despacho del capitalista de Armando, había hablado de que quería ayudar a una muerta. Y lo haría a pesar de todo, claro que sí. Vaya si lo haría. Él podría disponer de una parte del dinero de Oscar Bassegoda para emplearlo según su criterio, y cuando la disputa de los abogados terminase -ya faltaba muy poco, si es que las disputas de los abogados terminan alguna vez- trasladaría a Marta a la mejor clínica de la ciudad. Pediría que la animasen aunque fuera con drogas. La metería en el mejor barco que encontrara. Le haría ver, aunque fuese desde cubierta, la abigarrada Sicilia, la medieval Rodas, las pequeñas islas del Egeo donde una mujer descubre el silencio y el vacío y donde por lo tanto puede morir con dignidad, sin tubos y sin máquinas aspiradoras, sin frenadas de coche más allá de la ventana, sin polvo urbano colgando de la luz cuando esa mujer traza el círculo de su última mirada. Más lejos no iba a poder llevarla, porque la tuberculosis ósea de Marta Estradé no lo permitiría, pero al menos eso sí que iba a hacerlo. Y un día, ante una isla con sólo unas casas blancas colgadas de un acantilado, harían los dos juntos esa cosa tan sencilla y quizá tan ridícula de deshojar sobre el agua los pétalos de una flor. Porque las cosas que nos parecen ridículas -pensaba Bey- bajo la lógica de los relojes y de los semáforos, pasan a ser sublimes en los momentos definitivos. Y no necesitarían ni una palabra.

Y él la miraría a los ojos, y esperaría que el viento, que el silencio de la isla se llevara la última imagen de Marta Estradé, una muchacha que un día había existido.

Carlos Bey pensaba todo eso. Quizá no hubiese debido pensarlo. Tenía la mirada perdida, y ella lo notó.

– ¿Qué te pasa?

– Nada. Vamos a la sala. No quiero que te canses. La cama estaba justamente al lado de una ventana, de modo que recibía de lleno la luz de la tarde. Si diez personas habían muerto ya en aquella cama a lo largo de su historia, sus almas tenían que estar allí, acechando a Marta Estradé y marcándole las horas. Ella se sentó junto a la mesilla donde había libros, apuntes y todo lo que la ayudaba a pensar que su vida continuaría. Carlos Bey sabía que todas las mujeres de las camas vecinas le consideraban el novio de Marta, pero esa mentira no le importaba. Le apoyó una mano acariciante en la espalda mientras susurraba:

– Muy pronto te sacaré de aquí, ya lo verás. Y para la próxima primavera harás un viaje.

– No tengo dinero, Carlos. Qué cosas dices…

– Lo del dinero es lo de menos. Ya lo habrá. Todo está arreglado, porque tú aún no lo sabes, pero yo soy un mago de las finanzas.

Cuando intentó reír le contuvo la mirada de Marta, una mirada vacía, cargada de sombras, justo la que él se había habituado a llamar «la mirada del pasado». La voz de la mujer apenas fue audible cuando dijo:

– ¿Sabes? Me acuerdo mucho de cuando iba a verte al periódico, a llevarte notas de los del Partido del Trabajo por si podías hacerlas publicar. Me parece como si hubieran pasado ya siglos desde aquello. Y como si yo fuera otra mujer casi desconocida.

Eso mismo pensaba Bey momentos después, mientras iniciaba su largo camino a pie por Muntaner y luego por Enrique Granados, hasta el silencio del seminario y los jardines de la Universidad. Cada vez le costaba más mentir a Marta, hasta el extremo de que decidió no ir a verla en algún tiempo, junto a la Universidad tuvo que detenerse a respirar con ansia.

También Marta respiraba con ansia en su soledad, rodeada de miradas lejanas y de silencios que iban y venían. Estuvo así no supo cuántos minutos, con la espalda dolorosamente erguida, hasta que aquel hombre surgió de la penumbra. Aquel hombre la acarició también con una mano, exactamente como había hecho Bey, y susurró:

– Hola, bonita.

11. LA SOMBRA

EL JUZGADO en el que oficiaba Olvido no desagradó en absoluto a Méndez. Todo su conjunto tenía el suficiente grado de desorden, suciedad archivada y hasta fetidez a papel amarillo que, al entrar Méndez allí, pensó en seguida que afortunadamente aún quedaban sitios dignos de ser conservados. Luego penetró en el despacho de Olvido, recordó que ella no dejaba de ser la autoridad constituida y se sentó ante la mesa recelosamente.

– Tengo mucho gusto en verla, juez. Qué ambiente tan agradable se respira ahí fuera.

– ¿Ambiente agradable?

– Sí. Yo, en su lugar, no tocaría nada. Antes estos juzgados tan nuevos daban asco, pero ahora empiezan a tener carácter.

– Lo tendrán aún más si vuelven a trasladarnos, como dicen, al viejo Palacio de justicia de ahí enfrente. Hay allí despachos que no deben haber sido barridos en diez años.

Los ojos de Méndez se iluminaron.

– No olvide invitarme al traslado -dijo.

– Sigo sin entenderle, policía. A veces me desconcierta. ¿Pero por qué ha venido a verme? ¿Ha ocurrido algo especial?

Méndez la miró con atención desde su apacible lado de la mesa. Olvido no le recordaba a la mujer de la playa -tetas fuera, nalgas madre abadesa, muslos a la Gran Ziegfleld -donde había estado tan provocativa, pero verdaderamente le gustaba ahora más. Su serio vestido de punto hacía pensar en ligueros tensos en sujetadores modelo danés y en braguitas hechas de papel de fumar. Méndez, que como se sabe era un hombre muy poco imaginativo en cuestiones eróticas, pensó que sólo le faltaba una toga que se abriese por detrás un poco.

Olvido no se dio cuenta de aquella observación -al fin y al cabo lo había aprendido todo en los libros- y musitó:

– Diga, ¿ha pasado algo?

– Estuve en el viejo estudio de Wenceslao Cortadas. Allí hay ahora una pensión. Tendría que verla.

– Mejor que no, Méndez.

– No crea. Fuera de un par de detalles, es bastante confortable y además tiene ambiente. Yo lamento que sitios así no gocen de una mayor protección municipal.

– Prefiero no opinar sobre eso, Méndez. ¿Descubrió allí algo?

– Sí. Que Wenceslao, Cortadas vive. Olvido se estremeció. Por un instante, sus manos siempre tan seguras vacilaron sobre la mesa.

– ¿Qué dice? -balbució.

– Bueno, no debe asombrarse tanto. Después de la muerte de aquella niña en la playa, partimos de la posibilidad muy cierta de que Wences pudiese estar vivo aún.

– ¿Y qué le ha hecho reafirmarse en esa creencia? Méndez le explicó con detalle su visita a la pensión y su arriesgada descubierta hasta el cuarto del terrado, donde podía haberse encontrado con cualquier cosa -, dijo-, incluso con dos moros dispuestos a hacer el amor con él, cuando todo el mundo sabía que Méndez sólo era capaz de hacerlo con uno. Le habló de los cuadros, el primero de los cuales representaba un paisaje y el segundo a Nuria Bassegoda. Le detalló por fin el hecho de que horas después, cuando él obtuvo el mandamiento judicial, sólo quedaba el paisaje.

Las manos de Olvido habían vuelto a vacilar sobre la mesa. Cada vez recordaba menos a la mujer de la playa, la mujer serena y digna que numeraba lunas y seleccionaba caracolas de mar. Ahora había en ella algo de funcionaria que tiene que llenar más papeles de los que puede atender en un día.

– ¿Ha avisado al juez de El Vendrell? -preguntó.

– Bueno, yo no soy el encargado del caso, o sea que oficialmente no puedo hacerlo. A mí me siguen asignando la vigilancia de los bares, el seguimiento de las putas y la disciplina de los urinarios, para que en ellos se hagan al menos las cosas con disimulo y respetando las normas de la buena conducta. Pero puedo informar al que lleva el caso y pedirle que se ocupe de telefonear al juez.

– Hágalo. Y a mí no me importaría llamarle también, puesto que al fin y al cabo me vi envuelta en el asunto. Pero dígame: ¿no estaremos partiendo de un error? ¿Los cuadros eran auténticamente de Wences?

– Mire, ahora hay expertos en Cézanne y en Watteau, y algún día habrá expertos en los dibujos de El Víbora, pero no existe todavía gente que se haya dedicado a estudiar la pintura de Wences. O sea que dictamen oficial sobre la autenticidad del estilo no lo hay, pero yo diría que es el mismo. Y he obtenido, eso sí, un dictamen sobre la antigüedad del cuadro del paisaje. Es de la época en que Nuria vivía, y si un cuadro es de la época, el otro, el retrato de la mujer, debe serlo también:

Olvido vaciló un momento. Luego preguntó con voz lejana:

– ¿Qué piensa de esto, Méndez?

– Debo de estar en baja forma, porque a pesar de haber hecho un triple recorrido por los bares de la calle Nueva, aún no me he decidido a pensar.

– Pues yo sí que saco una primera conclusión -dijo Olvido-. Wences le ha estado siguiendo.

– Eso está fuera de toda duda. Nos ha estado siguiendo, o al menos observando, a los dos.

– ¿A mí también? ¿Por qué a mí?

– No se asuste, Olvido.

– No me asusto. Sólo pregunto.

– Bueno, pues en ese caso le diré que el hecho de depositar en su casa el pecho cortado de la niña no ha obedecido a una casualidad.

– ¿Lo hizo porque aquélla era mi casa?

– Yo diría que sí.

– ¿Y cuál fue la razón? ¿Ha pensado usted en ello, Méndez?

– Sí que lo he pensado, porque últimamente ya no leo tantas revistas pornográficas y tengo algún rato libre. Pero la verdad es que no acierto a dar con el motivo. En apariencia, un asesino, por muy loco que esté, lo que menos quiere es llamar la atención de un juez o provocar la irritación de éste.

– Imagine que quiso desafiarme, Méndez. A algunos les gusta demostrar que se burlan de la ley.

– ¿Por qué había de hacerlo? ¿Usted era la Ley con mayúscula? No. Usted estaba de paso allí. Sólo durante el verano. Y además no iba a ocuparse del asunto, porque éste correspondería al juez de El Vendrell. Esa clase de locos no desafía a todos los policías y a todos los jueces; sólo a los que le están persiguiendo.

– Pero piense en esto, Méndez: yo ya estaba llevando en cierto modo el caso, porque de momento quedan bajo mi responsabilidad los bienes de Óscar Bassegoda, mientras se discute el reparto. Por lo tanto Wences me podía relacionar con la vieja familia.

Méndez hizo lentamente un gesto afirmativo.

– Eso es absolutamente cierto, juez, pero aun así no lo veo claro. Si hay una razón, la razón tiene que ser otra.

Se puso en pie, dio un corto paseo por el despacho, miró a través de la ventana los árboles del paseo, todavía cargados de verde, y se volvió para preguntar:

– ¿Qué es de Blanca Bassegoda, la hija de Óscar? Está separada del marido, ¿no? ¿Ha rehecho su vida?

– He sabido que tiene un novio, un tal Ricardo Arce si no recuerdo mal. No sé si va en serio o no, eso no me lo ha dicho nadie. Pero se deja ver en todas partes acompañada por él.

Méndez sonrió mientras preguntaba desde la puerta:

– Le falta saber lo más importante, juez.

– ¿Lo más importante? ¿Qué es?

– ¿Se la tira? Miró la expresión repentinamente tensa de Olvido, abrió la puerta y añadió:

– Perdone que emplee tantos circunloquios y que no utilice un lenguaje directo, juez. Es que usted me impresiona.

Sólo entonces salió de allí para aspirar con deleite el olor de los papeles viejos. Méndez fue a su casa, situada en la calle de Lancaster, una travesía de la calle Nueva de la Rambla. Era un lugar bien digno de estudio y donde apenas había entrado nadie, quizá porque ya no quedan auténticos aficionados a la egiptología. Meterse allí, en efecto, requería un cierto entrenamiento y unos conocimientos básicos: había que atravesar un bar, descubrir una puerta junto a la del lavabo (con todas las graves implicaciones homosexuales que podía tener un error), ascender unos peldaños de bucanero, recorrer un pasillo donde se alquilaban habitaciones a los clientes y a las esposas de los clientes -por separado- y alcanzar al fin una última puerta, hundida en la pulcritud de las sombras. Por ella se accedía al apartamento de Méndez, con hermosas vistas a un patio vecinal lleno de gatos y en el que imperaban como piezas de respeto una cama y un bidé.

Ya que Méndez no comía en sus habitaciones, no había allí ni un simple infiernillo de alcohol. No había tampoco, por supuesto, teléfono, televisión ni reloj. En cuanto al calendario, no había sido cambiado en los últimos cinco años por la sencilla razón de que la chica reproducida en su foto excitaba a Méndez, del mismo modo que le excitaban los gritos y los insultos que de vez en cuando llegaban desde el fondo de las habitaciones alquiladas.

La dueña del bar, que era la que hacía la limpieza, le informó:

– Señor Méndez, han venido a preguntar por usted.

– ¿Aquí?

– Claro que si. No iban a preguntar en el Obispado, señor Méndez.

– Pues es extraño, porque apenas nadie sabe dónde vivo. Sería algún compañero, supongo.

– A sus dos o tres compañeros que aún viven los conozco de sobra, señor Méndez. No era ninguno de ellos.

– Pues más extraño aún. ¿Y qué le dijo?

– Que quería verle. Pero una ya tiene experiencia, y me olí en seguida que ya sabía que no estaba usted aquí. Seguro que quería solamente comprobar si vivía en esta casa. Naturalmente, le pregunté su nombre.

– ¿Y se lo dio?

– Sí, pero a lo mejor es falso. En fin, ya sabe usted, pero de todos modos se lo tomé. A ver, aquí está apuntado… Se llamaba Wenceslao Cortadas.

– ¿Qué?… Méndez, que estaba acariciando un vaso de vino peleón, casi lo tumbó sobre la barra.

– Eso es: Cortadas. ¿Lo conoce?

– No lo sé. ¿Cómo era?

– No me fijé bien. Alto… Iba vestido de una forma bastante anticuada y se le veía una persona mayor.

– ¿Muy mayor?

– Es difícil calcular eso, sobre todo si una no le ve bien la cara. Porque además llevaba sombrero, ¿sabe?, con el ala un poco así sobre los ojos, en plan película de los años 40. Y dígame: ¿qué persona joven lleva sombrero hoy día, sobre todo cuando el verano está aún ahí, como quien dice? Aunque, en fin, mayor lo parecía. No tanto como usted, pero lo parecía.

– Ya lo sé, hija, ya lo sé. A mí me hicieron prisionero los turcos en la batalla de Lepanto. Aún cobro una pensión por eso.

– ¿Qué fue lo que le estropearon? -quiso saber un cliente.

Méndez prefirió no contestar. Al fin y al cabo tampoco estaba demasiado seguro de lo que pasaría si un día se encontraba con un turco. Bebió el vaso de vino peleón y masculló:

– Además de su nombre, ¿dejó algún recado?

– Sí. Que quería devolverle una cosa.

– ¿Un cuadro? -Eso no lo dijo.

– Pero le diría dónde me iba a hacer la entrega, ¿no? Eso se lo diría.

– Claro que sí, señor Méndez -la patrona le sirvió otro vaso de vino, un Falset tinto con el que se hubiera podido pintar una pared-. A las tres de la madrugada, las tres en punto, en la Avenida del Tibidabo esquina Román Macaya.

– ¿En la parte de arriba de la ciudad?

– De lo más arriba, señor Méndez.

– ¿Con olor a árboles y todo eso?

– Seguro.

– Pues soy capaz de no ir.

– Usted verá lo que hace, señor Méndez. Claro que, bien mirado, puede ser una trampa. ¿Quién le conoce en la parte alta de la ciudad? ¿Eh? ¿Quién le ayudaría? Lo malo es que ni mi marido ni yo podemos acompañarle, señor Méndez. Ni nadie.

– ¿Por qué? -Aquel hombre dijo que tenía que ir usted sólo o que no había trato.

– Si me conoce un poco sabrá que lo haré así -murmuró Méndez-. Siempre he trabajado solo. Pero lo raro es que no hay motivo para que me conozca.

Dijo esto en voz muy baja, sólo para que lo oyese la dueña del bar. Luego añadió:

– De todos modos, esas cosas son normales. Siempre que un reclamado te quiere ver, exige hacerlo sin testigos.

– ¿Es que ese hombre es un reclamado? Méndez gruñó:

– ¿He tratado alguna vez con alguno que no lo fuera? Y subió a la habitación. La cama y el bidé entronizados allí significaban que, si alguna vez la patrona echaba a Méndez y alquilaba la habitación a una pareja, ésta tendría todo lo necesario para llevar una vida digna y honesta. Méndez sospechaba que, en bien del fomento de la virtud, le acabarían echando.

Apartó las revistas que llenaban una de las sillas (La Rambla, Playboy, El Víbora, El Papus y El Funcionario Español) y se sentó en plan miserere mei. Empezaba a no caberle duda de que Cortadas pertenecía a esa clase de maniáticos que gozan desafiando a la policía y que justifican sus crímenes en virtud de ese desafío. Eso explicaba el siniestro detalle del pecho cortado puesto en casa de Olvido, explicaba la desaparición del cuadro poco después de haberlo visto Méndez y explicaba también, por supuesto, el hecho de que Cortadas le hubiese dado una cita. Méndez estaba seguro de que el otro acudiría, y en consecuencia decidió hacerlo él también.

No prestó la más mínima atención a la idea -aunque la tuvo- de que aquélla pudiese ser una trampa mortal. La hora y el sitio -una esquina despoblada y apta solamente, durante la noche, para empitonar al prójimo- resultaban ideales si se quería quitar de en medio a un hombre, pero no había motivo para que Cortadas hiciera eso. En primer lugar, él no era el encargado de la investigación; en segundo, tampoco había adelantado demasiado en sus pesquisas; en tercero, matar a un policía siempre ha sido un mal negocio; y en cuarto y último, ningún asesino que planea un nuevo crimen empieza por dar su nombre en un bar, como había hecho Cortadas. Méndez podía estar seguro de que el hombre a quien buscaba se limitaría a observarle y a dirigirle algún insulto desde las sombras, detalle este último para el que Méndez tenía una larga preparación profesional.

También desechó la idea -pese a valorarla- de montar un tinglado para detener a Wenceslao Cortadas. Estaba convencido de que éste vigilaría el lugar desde bastantes horas antes, y si notaba el más mínimo movimiento sospechoso se largaría con viento fresco. Eso significaría perder un contacto que al menos era una oportunidad, mientras que una frustrada operación de caza equivaldría simplemente a perder el tiempo. Dos factores, por supuesto, influyeron también en esta toma de decisión de Méndez: su inveterada costumbre de actuar solo y su temor de que, si pedía ayuda al jefe, éste decidiera enviarle de nuevo en comisión de servicio a las playas de Tarragona, donde, además, a estas alturas, ya no quedaba suelto más que algún marica.

La Avenida del Tibidabo, a las tres de la madrugada de un día laborable, era un túnel silencioso por donde sólo circulaba de vez en cuando algún coche llevando a bordo un tío con un par de billetes de menos y una tía con la boca todavía suda. Durante el día era aquélla una zona de colegios caros, de niños sin bozal, de poetas bajo vigilancia siquiátrica, de familias adictas al Gotha y de clínicas de lujo donde excepcionalmente podías confiar más en el médico que en el espíritu santo. De noche, cuando Méndez se presentó allí andando cautelosamente, se oía el susurro del viento en los árboles, ladraba algún perro bien mantenido y no se veía a diez metros de distancia.

El viejo policía se situó en el punto exacto que le habían indicado, o sea en la esquina, relativamente cerca de una farola, lo justo para que se vislumbrase que estaba allí. Si Cortadas quería verle bien, tendría que acercarse.

Llegó a las tres de la madrugada en punto, pero a las tres y veinte aún no había ocurrido nada absolutamente. El silencio era casi total, no pasaba ya ningún coche, los perros con pedigrí ya no ladraban, y un par de peatones que parecían ir perdidos, de una sombra a otra, cambiaron inmediatamente de acera al ver a Méndez, pues le tomaron por un exhibicionista o un atracador. Con lo de Méndez en plan exhibicionista no supieron nunca lo que se habían perdido, peor para ellos.

Las tres y veinticinco. El viejo policía ya empezaba a hartarse de estar allí. Le dolían los pies, pues él sólo aguantaba la posición vertical junto a las barras de los bares. Y hasta empezó a pensar que todo aquello había sido una burla y que resultaría mejor irse; pero le detuvo el mundo fósil de los coches aparcados, el misterio de los setos vegetales, el ángulo muerto que iban dejando los árboles y desde el cual unos ojos le podían estar acechando. Realmente Méndez tuvo la sensación de que le acechaban, de que a pesar de todo Wenceslao Cortadas estaba allí. Lo que ocurría era que Wences tenía su propia lógica, y sobre todo su propio tiempo; para él no existían los relojes de los hombres que contratan sus horas y dejan que sean otros los que se las cuenten hasta el día de morir.

Y fue entonces, de repente, a las tres y media en punto, cuando sucedió. Méndez no se dio cuenta, a pesar de su larga experiencia y de sus numerosísimos -y altamente elogiados servicios de esquina. Percibió entre dos coches el fogonazo y al mismo tiempo oyó el silbido de la bala. Todo eso se mezcló con el «chask» del proyectil al empotrarse en la parte baja de una pared. Méndez se dio cuenta, con auténtico rigor profesional, de que le habían disparado con un nueve corto y de que la bala acababa de pasar a menos de un metro de distancia. No podía decirse que Cortadas fuera un prodigio de puntería sobre blanco fijo, pero de todos modos Méndez se dejó caer a tierra; si no lo hizo con la velocidad del rayo, sí lo hizo en cambio con las debidas precauciones higiénicas. Primero las rodillas en un sitio liso, luego las palmas de las manos y por fin todo el tronco, intentando no rozar con la cara unos cercanos excrementos de can que por lo menos había cenado foie-gras. Entonces llegó la segunda bala.

Pudo ver el fogonazo con perfecta claridad. Le disparaban desde un punto situado entre dos coches, a unos veinte metros de distancia. También oyó el chasquido del proyectil al empotrarse en la misma pared, a muy poca distancia del primero. E inmediatamente unos pasos y luego la silueta confusa de un hombre que corría.

Méndez se puso nuevamente de rodillas y sacó su pistola. Era un mastodonte más apto para acojonar al detenido que para descojonar al fugitivo, según decían los superiores en las largas noches del Distrito Quinto. Se trataba de una auténtica arma de guerra, una Colt modelo 1912, efectiva pero lenta, capaz de cambiar de sitio un árbol pero no de cazar al vuelo a un hijo de viuda. Méndez no la usaba nunca excepto para dejarla sobre la mesa en los interrogatorios de la comisaría, en un plan de clases pasivas que sin embargo hacía mover todas las lenguas y resultaba de una demoledora eficacia. Después de ver aquel petardo, hasta las mecheras de la calle de las Arrepentidas reconocían haber tomado parte en la muerte de Calvo Sotelo el año 36, según las normas de eficacia y de acusación preferente que le habían enseñado a Méndez en la vieja policía española. (Muchas veces, siglos antes, cuando aún no era un veterano, Méndez había recordado entre carcajadas un chiste que hizo fortuna en su época, según el cual, al finalizar la guerra mundial el año 45, los americanos quisieron interrogar al emperador Hiro Hito sobre sus posibles responsabilidades en la iniciación del conflicto, y para eso enviaron al Japón a sus más acreditados jerifaltes de la CIA, los más broncos agentes del FBI y hasta algún sheriff de Texas. Pero sin lograr sacarle una palabra al flemático hijo del sol. Al fin, desalentado, el presidente Truman llamaba a una pareja de la guardia civil española, y ésta procedía al hábil interrogatorio. Apenas media hora después, los dos números ya salían con cara satisfecha. El propio director del FBI les preguntaba si Hiro Hito había confesado algún crimen de guerra, y el más veterano de la pareja le contestaba: «No, eso aún no, pero ya ha reconocido ser uno de los que fusilaron a José Antonio.» Siempre que Méndez se reía, sus jefes le advertían con toda gravedad que no tomase a broma una cosa tan seria y que además reflejaba tanta aptitud para el servicio.)

El caso fue que ahora Méndez no empleó aquella auténtica pieza del acorazado Missouri para interrogar a nadie, sino para hacer fuego. Las dos detonaciones debieron despertar hasta a las palomas de la Plaza de Cataluña. Claro que antes, para cumplir los reglamentos, Méndez lanzó el grito de guerra que tantas veces le había dado grandes éxitos:

– ¡Alto! ¡Policía! ¡Policía! ¡Policía! ¡Policía! ¡La madre que te parió!

Normalmente todos los sospechosos -y los que no lo eran se detenían, pero esta vez el fugitivo siguió hundiéndose en las sombras. Méndez no lo pudo alcanzar con sus disparos, y además supo desde el primer momento que iba a ser inútil perseguirle. Su récord olímpico de los cien metros lisos rozaba el cuarto de hora. Lo intentó de todos modos, por puro amor al servicio, poniendo sus cinco sentidos en la carrera y consiguiendo llegar sano y salvo, pero sin aliento, al Paseo de San Gervasio, que está dos esquinas más allá. En el paseo casi lo arrolló el patrullero del 091 que llegaba lanzado después de recibir el aviso del tiroteo.

Méndez escondió la pistola y sacó su insignia. Fue la única vez que se atrevió a mostrarla en la palma de la mano. En su distrito no podía hacer eso, porque del primer golpe de abajo arriba se la enviaban al segundo piso. Gritó:

– ¡Pronto! déjenme subir! ¡Vamos a dar una batida! La batida no arrojó resultado alguno, cosa lógica porque si Cortadas había llegado en coche podía estar agazapado entre dos asientos, y si había llegado a pie podía haberse dirigido hacia los descampados que llevan a la montaña. Después de un cuarto de hora, y pese a la ayuda de otro patrullero, tuvieron que desistir. Pero para entonces Méndez ya había llamado por radio a los expertos en balística.

Demostró ser un perfecto profesional. Incluso en la oscuridad señaló el sitio en que tenían que estar empotradas las balas, y en efecto allí estaban. Y también los dos casquillos entre los coches, a unos veinte metros de la esquina. Todo completo. Ni que Méndez lo hubiese medido con un compás.

Él mismo acompañó a los expertos al laboratorio a la mañana siguiente, sin haber dormido, y aguardó el resultado del examen. Al estudio microscópico de las estrías en los proyectiles aplastados por el rebote y del impacto del percutor en los casquillos, siguió una exhaustiva revisión de los ficheros, hasta dar con el resultado preciso. Eran ya para entonces las doce del mediodía.

El propio jefe del laboratorio, que había dado preferencia absoluta a aquella labor, le dijo a Méndez:

– Menos mal que era un arma fichada y con licencia, porque si llega a ser de las que van por libre no la identificamos nunca. Es una Star nueve corto para la que se extendió permiso hace una porrada de años. Desde entonces no había dado que hablar, y se le había perdido la pista.

– ¿A nombre de quién está la licencia? -preguntó el viejo policía con un hilo de voz.

– A nombre de un tal Wenceslao Cortadas. Le será fácil detenerlo, claro, porque en la documentación figura el domicilio.

Méndez se limitó a susurrar:

– Y una leche. Salió de allí y se dirigió a la comisaría, no porque tuviese ganas de trabajar, sino porque era día de cobro.

A la Administración Pública no hay que darle demasiadas oportunidades.

12. LOS DOMINGOS ANTIGUOS

PRIMERO fue el rápido viaje a Venecia, una Venecia con otoño, con lluvia, con la bruma en los canales y con rostros de mujeres muertas tras las ventanas de los palacios. «Me acompañas. Nadie pensará mal, porque voy con tres amigas, y si piensan mal qué quieres que te diga, hijo. Que les den. Primero hemos de ir en avión hasta Milán, a ver las últimas presentaciones de la moda, porque aunque no lo creas yo trabajo mucho, yo tengo intereses en una gran casa de prét-á-porter. Desde Milán a Venecia hay un paso. Además he de hacer allí unas compras, he de ver unas pinturas y he de hacer también una cosa que te parecerá muy extraña, Richard: ver si encuentro mi rastro. Cuando estemos allí lo entenderás.»

Ricardo Arce, el Richard, no empezó a entenderlo hasta su primera tarde de soledad, tarde de domingo antiguo, hasta que se dio cuenta de que algún día lejano, una vez, en un tiempo remoto que había de llegar, él buscaría también allí su propio rastro. Fue al encontrarse con los canales hundidos en la bruma, con las torres perdidas en el silencio y los cafés vacíos, las mesas batidas por una fina lluvia. Venecia era aquella tarde una ciudad de ventanas con visillos, de veladores antiguos, de tiendas con dependientas que iban a morir. El Richard proletario del Pueblo Seco y de los vestuarios del Price se embarcó como una sombra más en el vaporetto que iba al Lido y vio desfilar los viejos palacios que se hundían, sintió el tiempo que se te iba como un fluido entre los dedos cerrados. Ricardo Arce tuvo allí por primera vez contacto con las mil vidas de su interior que él no había vivido y supo que alguna vez, algún día lejano, él volvería también allí para buscarlas una a una.

Lo segundo fue Cascais, el rápido viaje a Lisboa, el estuario del Tajo quemado por el sol, la gente formando corrillos desde los bajos del puerto hasta los altos del Sheraton, los pequeños restaurantes en el barrio viejo, amor mío, vis a vis, el vino púrpura en la copa, los ojos de la mujer colgados en un tiempo que se iba. «Me acompañarás como a Milán. No pensarán mal porque iré con dos socios, y si piensan mal, ¿qué quieres que te diga, hijo? Que les sigan dando. He dicho que eres mi consejero y en realidad puedes serlo. En Lisboa aún hay gente que te hace trabajos de bordado a mitad de precio que en España, y yo necesito comprar para la boutique. El viaje será corto, pero podremos ir a Cascais una mañana de domingo, ya lo verás; el Cascais de las calles estrechas, de los cafés de pueblo y de las tiendas de vinos con años de obispo.» Y ahora Cascais estaba aquí, en esta gran voz colectiva de la gente que va y viene de un tiempo a otro, en este ancho mediodía de la plaza. Ricardo Arce, el Richard hambriento de la calle de Tapiolas y los gimnasios del Paralelo, se sentó en el balconcito del viejo café, sobre la plaza, junto a dos comerciantes que hablaban a gritos de los políticos muertos y de las grandes virtudes que tendrían si volviesen a vivir. Probó el queso que viene de la tierra y el vino que viene del aire, vino verde, un poco picante, vino joven hecho con cuerdas de guitarra. Sintió el calor humano, la gran voz de la plaza, una voz que se iba haciendo suya como si él también perteneciese a aquel pueblo que a lo largo de los siglos había aprendido a esperar. Y supo, como había sabido en Venecia, que un día, algún día, él trataría de volver allí en busca no del silencio y de la bruma, sino de la voz y del vino, pero también con la misma inútil finalidad de recoger los pedazos de sí mismo.

Muchas veces, mientras andaba a lo largo del Paralelo y de las Rondas, que habían visto sus pasos de niño, tuvo que pensar en eso y en Blanca Bassegoda, la mujer que con sólo dos rápidos viajes le había abierto las ventanas de un nuevo mundo y le había mostrado que en el fondo del ser humano palpitan cien vidas que casi nunca llega a conocer y que sólo pueden serle insinuadas así, en forma de chispazos, por mujeres mágicas como ella. Ante este descubrimiento de su nueva dimensión el Richard llegaba a olvidarse de su sufrimiento (no comer hasta que ella coma, para ver qué cubierto usa. No beber hasta que ella beba, para ver cómo prende la copa. No hablar hasta que ella hable, para saber qué tono hay que dar a la conversación. No mirarte hasta que tú me mires a mí, querida profesora a la que sólo amaré en público, a la que insinuaré ante testigos caricias que no han existido y de la que ignoraré todo: tus piernas anchas tendidas en las camas de los hoteles, tu culo misterioso sobre los bidés, bajo la ducha tus pechos de niña). El Richard Arce de las calles olvidaba el sufrimiento de los salones por el solo hecho de que ese sufrimiento se lo daba ella.

– Vas aprendiendo una barbaridad, Richard. En Venecia estuviste muy bien, y en Lisboa parecía como si hubieras hecho lo mismo toda la vida.

– Pues yo tengo la sensación de que lo hago muy mal. Estoy acartonado, ¿verdad? No me muevo hasta que tú me haces una seña indicando que puede empezar la función.

– Tampoco es una función, hombre. O lo es como todas las cosas de esta vida. Todo en la vida es una función, ¿sabes? ¿O es que crees que yo no tengo que fingir y representar en todas partes? ¿Crees que no tengo que fijarme en lo que hacen los demás? Sólo dejo de representar cuando estoy en el cuarto de baño, y a veces ni siquiera eso. Cuando en el cuarto de baño me veo en el espejo y me doy cuenta de que estoy fea, busco inmediatamente mi perfil más favorable y hago la comedia para un Público dispuesto a aplaudir: yo misma. De modo que hasta en eso estoy fingiendo.

– No es lo mismo. Uno puede hacer lo que quiera dentro de su mundo, cuando conoce las reglas del juego. Pero no está bien disfrazarse para entrar en el mundo de los otros.

– ¡Qué tonterías, Richard! Todo el mundo entra disfrazado en todas partes. Hasta para casarte te disfrazas. Te visten de blanco y así entras directamente en el reino de las mujeres justas. Y para morir te disfrazan. Te visten de negro y así entras directamente en el mundo de los hombres que fueron dignos. Todo el mundo engaña a todo el mundo, Ríchard. No sé dónde leí que hasta nuestra madre lo hace.

– ¿Nuestra propia madre? ¿Cuándo?

– Cuando nos da un chupete en lugar de sus tetas. Y se las levantó hasta el máximo ella misma. Las tenía pequeñas, erguidas, presumiblemente duras, es decir, los perfectos pechos de una niña. Ricardo Arce prefirió no mirarlas al darse cuenta de que brillaba en sus ojos el deseo de morderlas. Y eso le pareció indigno, le pareció algo tan bajo -y al mismo tiempo tan innecesario- como un sacrilegio.

– Tú has leído mucho, Blanca. Quizá te has repasado la mitad de la biblioteca de tu padre.

– Y lo que no era la biblioteca de mi padre. Pero tú también debes de haber leído una barbaridad, Richard. Se te nota en la forma de hablar con personas que se han pasado la vida entre libros.

– No sé si te has fijado en que me limito a repetir lo que dices tú, Blanca. Bueno, a veces le añado algunas cosas.

– ¿De dónde las sacas?

– De lo que leía en los libros baratos. El mercado de San Antonio y todo eso. La feria de la mañana del domingo, las revistas y los libros viejos. Montañas de pensamientos que ni siquiera tienen un precio fijo. Si tú tienes una hora y unas miserables pesetas puedes comprar todos los sueños de un hombre que ya está muerto. Y algo se te queda, después de eso.

En voz muy baja añadió:

– Algún día he de llevarte allí.

– ¿Y por qué no? Claro. ¿Y por qué no? Blanca Bassegoda aceptaba con naturalidad integrarse en el mundo de Richard, del mismo modo que Richard había aceptado integrarse en el suyo. Y fueron una mañana al mercado de libros viejos, una mañana otoñal de cielo gris, de ventanas que empezaban a cerrarse y de hombres solitarios que buscaban el último refugio en un libro. Anduvieron juntos bajo la estructura de hierro que no había cambiado en cien años, y fue entonces cuando Ricardo Arce descubrió como en un chispazo que volvía a ser feliz, que su vida tenía sentido y que ya no estaría solo nunca más, porque era ella la que había sabido dar un nuevo significado a su tiempo, la que le había acompañado hasta el fondo del domingo antiguo.

Méndez dijo:

– Seguro que Blanca Bassegoda también es feliz. Estaban los dos en el Missouri, en la parte más baja de las Ramblas, bar estrecho con nombre de río ancho, con unos palmos cuadrados para olvidarte de tu pasado mezquino, para soñar en la gran aventura del puerto, en los grandes viajes, las grandes mujeres y la vida que nunca llegarás a vivir. Unas cuantas putas de plantilla se ocupaban en la acera de la seguridad ciudadana, las últimas moscas iban en busca de Méndez, un chapero hacia precio con un jubilado animoso y todo en aquel lugar entrañable reflejaba la más absoluta normalidad. Todo menos la cara del Richard.

– Coño, yo diría que ya no te gusta esto.

– Es que ahora vengo poco por aquí, Méndez.

– Ya lo noto, ya… Este ha dejado de ser tu mundo. Y oye lo que te digo: si te metes en otros sitios vas a acabar perdiendo la salud. ¿Dónde vives ahora? ¿Te has trasladado a la calle de San Pablo, un poco más arriba? Lo digo porque en ese caso has hecho bien, porque allí hay unos cuantos hoteles de un plan tope príncipe de Gales, que al menos tienen dos estrellas. El España, donde iban los toreros de la buena época y pagaban repartiendo entradas a los chiqueros. O el Aragonés, donde una vez tuve que levantar un cadáver y me hice amigo de una mujer de la limpieza a la que sólo le gustaba darle al asunto estando de rodillas en el suelo, ya ves si llevaba en la sangre el espíritu del trabajo. O sea sitios de buen servicio, sitios donde la gente se desvive por ti. Puestos a buscar lujo asiático, hasta te puedes haber ido al hotel Gaudí, donde antes estaban las mujeres de Casa la Emilia. Pero peor para ti si no sabes elegir los sitios que valen la pena.

– Estoy en el hotel Avenida Palace. Méndez arrugó la nariz.

– ¿Dónde para eso? -preguntó.

– No me diga que no lo sabe, siendo uno de los mejores hoteles de la ciudad. Claro que lo sabe. Si hasta me jugaría las manos a que tiene usted la ficha de mi habitación.

– No, hijo -reconoció Méndez-, esa clase de hoteles no los hago yo. La ficha que dices me la sacó un amigo.

– Maldita sea, Méndez, si le conoceré yo.

– Es un sitio demasiado lujoso, Richard. Tocas un timbre, viene una camarera y te lava el pito. Nunca creí que el trabajo que te dio el abogado Llor te llevase tan lejos.

– Ni siquiera sé dónde me ha llevado. El hotel lo eligió Blanca Bassegoda.

– ¿Por qué tan arriba?

– En eso tiene razón. ¿Por qué tan arriba? Yo, al principio, me asusté, se lo confieso. Nunca, ni cuando me llevaron a París una vez, para un combate, había estado en un hotel así. Pero Blanca Bassegoda me dijo que necesitaba acostumbrarme a ese ambiente, que lo del hotel era un poco como ir a la escuela; iba allí a aprender. Me dijo que hay mucha gente que no sabe en la vida más que moverse por los hoteles, y que a esa gente le va bastante bien.

– Tu has conseguido aprender, Richard?

– No sé qué decirle… El lujo me molesta. Hemos quedado con Blanca en que dentro de poco cambiaré de lugar. Pero en cambio me maravilla ir con Blanca a las librerías, a las exposiciones, a los conciertos… No necesito ni hablar con la gente. Sólo oírla hablar a ella. No necesito comer en un buen restaurante, porque los buenos restaurantes me cohíben y me hacen sufrir. Vamos, que me quitan el apetito. Sobre todo cuando estamos con gente, ¿entiende? Lo que me gusta es estar con ella, leer los libros que ella me recomienda. Es como estar en otro mundo. No sé explicarlo, Méndez, diablos, no lo sé… No se trata de vivir bien, se trata de vivir de otra manera.

Méndez hizo un gesto de asentimiento. Y con sus delicados matices de hombre fino preguntó:

– Te la tiras?

– No. Nunca se me ha ocurrido. Además, el pacto no es ése.

– ¿La besas al menos?

– Sólo en público. Cuando estamos con gente, somos novios. Cuando estamos solos, somos amigos, y eso es lo auténticamente maravilloso. No aspiro a nada más.

– ¿Y si ahora eso se terminara, Richard?

– ¿Qué quiere decir?

– Bueno, pues eso. Se trata de un trabajo, ¿no? Pues que el trabajo se terminara, eso quiero decir. Que ella ya no te necesitase, por ejemplo. Ése sería un final lógico.

Ricardo Arce cerró un momento los ojos. No contestó. Méndez apartó el vaso que tenía delante, mientras susurraba:

– No quieres pensarlo, ¿verdad?

– No.

– Y el marido, ¿qué dice?

– No sé, yo no lo he visto aún.

– ¿Pero la amenaza?

– Sí, por teléfono.

– ¿Y tú qué haces?

– Yo he de hacer simplemente lo que ella me dice. De momento, callar.

– ¿El marido ha tratado alguna vez de ver a Blanca?

– Si la ha visto, yo no me he enterado. Pero estoy casi seguro de que no, de que no han vuelto a encontrarse. Ella va siempre a sitios donde sabe que no van a coincidir, y además usa la barrera de la gente. Quiero decir que siempre está acompañada, y en esas condiciones, aunque el pájaro quisiese armar un escándalo, no podría.

– Tu le gustas, Richard? Richard casi se sonrojó

– Bueno… ¡qué tontería! Blanca Bassegoda es una mujer que está por encima de esas cosas.

– ¿Por encima de que le guste un hombre?

– Por encima de que le guste un plebeyo.

– Corrige eso, Richard. El plebeyo era un personaje de las obras teatrales de principios de siglo, de cuando yo ya estaba a punto de jubilarme en la Brigada Criminal. Es un personaje que ya no existe en el teatro porque ha desaparecido de la vida real: ahora sólo existe el que tiene dinero y está en posición de dante y el que no lo tiene y está en posición de tomante. Pero sé muy bien lo que quieres decir. Y te contestaré que no deberías extrañarte tanto, porque los grandes hombres se distraen con las putas, mientras que las grandes mujeres se distraen con los plebeyos. El gran hombre y la gran zorra, extrañamente coinciden, suelen formar una combinación aburridísima en la cama. Para ser feliz en el matrimonio, hay que tener una razonable dosis de pequeñez.

– Nosotros no somos un matrimonio, Méndez. Ni ella tiene por qué haberse fijado en mí, ¿sabe? Solamente me ha contratado para un trabajo.

– Muy bien. Esa es la parte de ella. Pero hay otra: la tuya.

– ¿Qué trata de decir?

– ¿Tú la quieres? Ricardo Arce cerró los ojos otra vez. Más allá de los cristales de la puerta, más allá de la noche estaba la Rambla y estaba toda su vida anterior, pero su vida anterior ya no significaba nada. Ya no encontraba fuerza en ella. Volvió a abrir los ojos y de pronto le pareció que aquel mundo del Missouri, de las Ramblas bajas, de la acera con trotona en buen uso, del bar con hombre dormido y el árbol con pájaro muerto, aquel mundo que había sido tan suyo ya no le pertenecía. Necesitó apoyar las manos en la barra, con una brusca sensación de vacío y de vértigo, mientras musitaba:

– No tengo derecho a quererla.

– ¿Por qué?'¿Es que la autorización para eso te la ha de dar un juez?

– Usted no lo entiende, Méndez.

– Claro que lo entiendo, maldita sea. Y de la forma que te conozco, Richard, lo entiendo más aún, pero voy a decirte dos cosas: la primera, que tengas cuidado con el marido. Si es un vividor, no querrá dejar escapar tan fácilmente un mirlo blanco como esa chica. La segunda, que si te dedicas a una mujer no harás nada más en la vida. El hombre pequeño se refugia en la mujer porque no necesita llegar a otra cosa; el hombre que tiene las espaldas anchas y que puede soportar un poco del peso del mundo acaba dando de lado a la mujer. Y oye bien esto: las mujeres nunca lo perdonan. Se sienten frustradas. En el fondo de sus sentimientos saben que necesitan hombres pequeños pero que vivan para ellas. Y acaban buscándolos.

Richard musitó:

– Coño, qué forma de hablar. Ni que yo necesitara esos consejos por ser un gran hombre, Méndez.

Méndez no le miró siquiera mientras gruñía:

– He dicho. Y atisbó a la Susan, que se acercaba sinuosamente por la barra. Lo primero que hizo Méndez fue beberse con toda urgencia su gin-lizz, porque de lo contrario la Susan se lo hubiese zampado ella. Luego fue a batirse en retirada estratégica, porque cada vez que la Susan le veía se le llevaba media mensualidad, pero se acordó de pronto de que no había pagado aún. Le preguntó al camarero con voz meliflua:

– ¿Qué se le debe, joven?

– Son ochocientas, señor Méndez.

– ¿Ochocientas? ¿No es un poco caro? ¿O es que ahora a la madam, o sea a la poli, se le cobra más?

– Al contrario. Le hacemos rebaja como siempre, señor Méndez, pero la Susan a cargado unas cuantas cosas. Y eso que estaba ocupada con un cliente y no ha tenido apenas tiempo.

El viejo policía susurró:

– Mierda. Y yo que creí que me había librado esta vez. La mujer pasó por su lado mientras susurraba:

– Adiós, amor.

– Adiós, vida. Recuerdos a tu mamá. Richard miró de soslayo cómo ella se alejaba hacia la acera, hacia el bullicio de los hombres que al fin y al cabo eran su seguridad social. Luego se volvió hacia Méndez para murmurar:

– No sabía que la conociera.

– Claro que la conozco. Soy su padrino de bautismo. Me comprometí a educarla en la virtud.

Luego añadió:

– Hala, larguémonos de aquí. La noche se está poniendo fría. Lo que faltaba.

13. EL COMPROMISO

MÉNDEZ se lo había dicho:

– Los despachos de los detectives de misterio que salen en las novelas, Richard, no son tampoco como los que salen en las películas o en la tele, donde siempre ves un detalle sugestivo, aunque sólo sea una ventana que da a una ciudad remota, una de esas ciudades que tú no has visto nunca. Las ciudades remotas hacen soñar, ¿no te parece? Y también los diplomas desconocidos colgados de la pared. Y una botella de whisky en un rincón, junto a la foto de alguna tía buena y seguramente lesbiana a partir de las siete de la tarde. Yo me he hartado de ver películas y de leer novelas cuya principal virtud era saber poner en movimiento la máquina de los sueños.

Todo eso, nada menos, había dicho Méndez. Y había añadido, porque a veces Méndez se ponía en plan pensador, creyendo que aún estaba de madrugada en el balcón de la comisaría, sobre el río de la calle Nueva:

– La gran función del cine en los barrios pobres es ésa. En los barrios ricos la gente ya mira las películas de otra manera; se distancia, no se deja influir tanto, quizá porque no siente la absoluta necesidad de soñar para salvarse. Ocurre como con la censura franquista de libros: demonios, no te autorizaban un texto para una edición de treinta pesetas, pero te la autorizaban para una edición de mil cucas de las de entonces, mil cucas con las que se podía comprar la virtud de una hermana del obispo. Y no es que fueran tontos, no; al contrario; es que sabían que a la gente rica la inmoralidad impresa le influye menos porque sabe mantener las cosas a distancia: los libros, las películas y las personas. La psicología franquista era de órdago, puedes creerme; algún resultado tenían que sacar de la cantidad de gente que cobraba por pensar en un despacho sólo dos horas a la semana.

Mientras subían las escaleras hacia el piso principal -chaflán de casa vieja, rótulo negro en el balcón, olor a muerte antigua en el ángulo de la portería- Ricardo Arce pensó que Méndez había tenido razón. Aquel despacho no sugería películas vistas un sábado, ciudades remotas ni diplomas con una frase en inglés; sugería solamente informes comerciales metidos en un archivador gris; sugería correspondencia atrasada y albaranes medio rotos; hacía pensar en secretarias que de jóvenes se hicieron las desengañadas y que ahora, de viejas, había días en que se volvían repentinamente ansiosas. Todo eso y la luz enferma.

Blanca venía con él. Blanca era la única que daba vida a todos los años que habían ido muriendo en aquella casa. Subía delante, con su falda muy ajustada, muy corta, y movía deliciosamente la grupa, aunque ya se sabe que todas las mujeres adineradas y cultas la mueven en contra de su voluntad.

Le había dicho a Ricardo Arce:

– Ahora conocerás al tercer aspirante a la herencia de mi padre. Es Daniel Ponce, el detective privado. Un sobrino que se crió con nosotros y en el que papá tenía mucha confianza.

El despacho era pequeño, era mezquino; resultaba oscuro a causa del empapelado de las paredes y los muebles de otra época. Había en él un título de licenciado en Sociología por la Universidad de Madrid, o sea un título lejano y abstracto, un certificado académico de soñador, para decirlo claro; había otro relacionado con un curso de Master en una escuela de Barcelona especializada en buenas familias. Un armario castellano, un pájaro disecado, una ventana que no invitaba a soñar porque desde ella se veían todas las calles conocidas. Ese mundo era El primo Daniel Ponce. El detective se levantó y vino hacia ellos. Podía ser un hombre temible en una pelea porque tenía buenos músculos y buena estatura, pero resultaba casi insignificante al lado de Ricardo Arce, el viejo Richard del Price y de todos los buenos tiempos que se habían ido, los tiempos del sudor, de la gaseosa, de la entrada a cincuenta pesetas y del guantazo a la brava. Le tendió la mano y murmuró con una sonrisa de envidia:

– Me han dicho que eres el novio de mi prima.

– Claro que lo es -dijo ella, antes de que Arce respondiera-. Por eso he querido que lo conocieses. Ya te dije por teléfono hace tiempo que pensaba rehacer mi vida.

– Y piensas muy bien. El imbécil de Eduardo ya se ha pasado de rosca. No sé ni cómo has podido tener tanta paciencia y aguantar hasta hoy. Bueno, ¿por qué no os sentáis? A ver, acercaré las butacas… Nunca están en su sitio. Un día que vienes, Blanca, y lo encuentras todo hecho una mierda.

– ¿Crees que voy a hacer caso? Como si no supiese lo desordenado que eres, Dani. Siempre lo has tenido todo igual.

Y paseó una mirada vacía por los muebles oscuros, por el empapelado de la pared, por el pájaro disecado y los diplomas que medían oficialmente la capacidad de pasar por la vida soñando.

Daniel Ponce paseó también su mirada -pero ésta no estaba vacía- por las apretadas curvas de Blanca Bassegoda, por su falda muy corta, sus zapatos italianos y sus medias Christian Dior no profanadas por los hombres. Ricardo Arce había visto a suficiente gente ansiosa -o desengañada, o nostálgica- para saber, a través de aquella mirada, que Ponce había deseado a su prima, que la había soñado durante la adolescencia para situarla en cuartos de baño donde ella no fingía, en camas donde no paraba de gemir gambe en l'air y en butacas donde no le importaba enseñarlo todo, hasta el secreto del pubis. Pero también la había soñado en la madurez de una forma distinta y mucho menos sentimental después de todo: situándola ante ventanillas de bancos donde era envidiada y en oficinas de inversiones donde los jefes se excitaban con sólo oír su nombre. En resumen, se dijo Arce, concretando sus pensamientos estilo Méndez, Ponce había soñado con cepillársela cuando era ingenuo y en cierto modo puro, ya que no pedía más que una cosa que pasa, pero había soñado en casarse con ella cuando además tuvo memoria y recordó que era la hija única de Oscar Bassegoda, es decir cuando buscó en ella el dinero y todas esas cosas estables que no acostumbran a pasar. El Richard, que había aprendido tanto en las calles de Barcelona, lo adivinó todo con una sola mirada negra.

– Hacía mucho que no venía por aquí -estaba diciendo Blanca-, y ya que pasaba cerca he pensado, así de pronto, hacerte una visita. Pero no es para hablar de negocios, ¿eh? No creas que he venido aquí a meterme con la herencia.

En la memoria de Ricardo Arce se concretó en un instante lo que ella le había dicho más de una vez: para la inmensa fortuna que había dejado Óscar Bassegoda eran cuatro a repartir, aunque Blanca tenía una parte mayor que la de los otros, o la tendría si los abogados le daban la razón. Y uno de esos «otros» era el hombre que ahora tenían delante, aquel detective que no le sugería nada -ni clientes de la mafia, ni hoteles en Acapulco, ni libros anotados por la mano de un muerto, ni mujeres con medias negras reposando en un burdel- excepto facturas que él no pagaba y facturas que tampoco le serían pagadas nunca. Aquel hombre no le parecía digno de un silencioso bourbon sino de un carajillo en el bar de la esquina.

– Ya sabes que yo no me voy a pelear contigo, Blanca -estaba diciendo Dani Ponce.

– No, pero cuando murió papá hablaste de abogados en seguida.

– Hablar de abogados no es hablar de jueces. Lo que hemos estado buscando es un arreglo amistoso, y tú lo sabes. No me digas que el asunto te parece complicado por mi culpa, puñeta. Los que lo han complicado han sido tu marido, que para mí no tiene derecho a nada, y ese periodista que ha de repartir una parte de la herencia de tu padre. Porque no me digas que no tuvo huevos tu padre, oye. También lo podía haber repartido él, si tanta gracia le hacía. Un tanto a cada querida y en paz. Pero mira que meter a otra persona… ¡y encima a un periodista!

Blanca rió, echó el cuerpo para atrás y cruzó las piernas.

– ¿Ves? En eso tienes razón, Dani. Además, que conste que tú y yo seguimos siendo amigos y que no me quiero meter contigo.

– Ni yo contigo, Blanca. Ondia, si tuviese que elegir a alguien de la familia ya sabes a quién elegiría. Tú tienes todos los números, aunque mantener a una mujer como tú cuesta un huevo de la cara, como decían los antiguos millonarios del Círculo Ecuestre.

– No seas exagerado. ¿Cómo te va?

– ¿De mujeres, de trabajo o de dinero?

– De mujeres. Por ejemplo, veo que ya no tienes a la secretaria.

– Está de baja.

– ¿Al fin la hiciste abortar? Ponce no lo negó. Pero hubo de repente en sus ojos una lucecita entre admirada y hostil, entre sorprendida y malévola, como si le molestase la inteligencia de una mujer que había conocido siempre la forma de desarmarle.

– Yo no recuerdo haberte dicho nada de eso, Blanca -susurró al fin.

– Bueno, pero yo lo adivino.

– Eres el diablo. Lo sabes todo.

– Tampoco era una chica que valiese mucho la pena, digo yo. No habrás perdido gran cosa.

– Puede, pero no sabes tú el lío en que me ha metido. A lo mejor se ha creído que era la primera mujer que quedaba embarazada encima de esa mesa.

Blanca hizo un mohín de disgusto ante la brutalidad de la frase, pero acabó encogiéndose de hombros. Y hasta, al fin, consiguió reír. La suya era una risa sólida y compacta, la risa de una mujer que se siente dueña de sí misma, que ha visto a su familia estar por encima del bien y del mal y sabe que pisa terreno seguro. En cierto modo aquella risa venía a ser una toma de posesión. Y el Richard se dio cuenta, como en un relampagueo, de que ésa era una de las cosas que más admiraba en ella: la sensación de seguridad y de poderío, aquella envidiable sensación de dominio que él no había tenido nunca. Cuando Blanca se levantó y dio una vuelta por el despacho, Arce se dio cuenta de que cada uno de sus pies tomaba posesión para siempre del terreno que pisaba.

Ponce le miró entonces directamente, inquisitivamente, aprovechando que Blanca estaba de espaldas. Y era como si le preguntara: «Vamos, descubre tu juego, pequeño piojo. ¿Qué buscas?»

Era como si conociese toda su vida, como si supiera lo de la cárcel y como si le hubiera visto, mucho antes aún, cayendo sobre la lona ante el Florindo Grande, el hermano del Florindo Chico, en las matinales del Price. Su mirada fue tan conmiserativa que al final Ponce debió de pensar que era inútil malgastar sus ojos en una figura tan insignificante, y dejó de clavarlos en él.

– ¿Qué? -preguntó sencillamente. El Richard no se había ofendido. A lo largo de los años había aprendido a morir con paciencia de la muerte más lenta que existe, que es la muerte por desprecio.

– Lo de Blanca ha llegado a ponerse muy mal -contestó en voz baja-. Su marido no la deja vivir.

– ¿Y tú la proteges? -Digamos que la acompaño. «¿Hasta la cama?», iba a preguntar Ponce. Pero en aquel momento Blanca se volvió. Y pareció adivinar la pregunta en el brillo de sus ojos.

– Me acompaña sólo hasta donde me puede acompañar -dijo-. Es una persona más discreta que tú.

– No lo he dudado nunca. Además, a mí no me has dejado que te acompañase a ninguna parte.

– Y he hecho bien.

– No me has dejado acompañarte desde que tenías miedo y subíamos juntos a los desvanes de la torre de la Vía Augusta, en las tardes de los veranos que no se terminaban nunca, ¿recuerdas? La gran torre de la Vía Augusta. El gran tiempo.

– Claro que me acuerdo. Yo subía delante. Tú detrás. Y tú te encargabas de demostrar que se me hacían carreras en las medias y que a una chica hay que sujetarla bien para que no se caiga.

– No hace falta que me lo agradezcas, nena, pero me he pasado la vida evitando que te rompieras una pierna.

– Y sujetándomela.

– Bueno, alguna vez.

– Los años me han demostrado que es mejor romperse la pierna una solita, Dani. Y en aquella época ya sabes lo que pasaba: era mejor eso que dejar que te rompieran otra cosa. Pero, a su modo, fueron unos años maravillosos, ¿sabes? Me divertía mucho más que ahora. Era el Tiempo con mayúscula. Tú lo has dicho: era el gran tiempo.

– ¡Qué años aquéllos! -Dijo Ponce, perdiendo por unos instantes la mirada en el vacío-. La torre de la Vía Augusta, los árboles, el silencio… Sobre todo el silencio, ¿sabes? A mí me parece mentira que el silencio sea una cosa que se pueda recordar. Parece que una persona sólo tenga que recordar las palabras, las voces… Yo recuerdo las ausencias. Me harto de recordar ausencias, habitaciones enormes y vacías, árboles entre los que soplaba el viento y una calle muy ancha por la que no pasaba nadie. Si me gustaría llegar a tener la torre de la Vía Augusta es por eso, Blanca, aunque aquella zona resulte tan distinta ahora. Es por lo que significó. No me importa el resto de la herencia, ésa es la pura verdad.

– Mejor que no te importe. ¿Tú sabes lo que vale la torre ella solita?

– No sé, no lo he calculado.

– No me digas que no lo has calculado, Dani, hombre, no empecemos ahora con chorradas, que tú ya te afeitas y yo soy tan vieja que incluso he gastado un marido. Claro que sabes lo que vale, puñeta. Y por eso te la venderías a los diez minutos.

– ¿Por qué había de hacerlo?

– Pues primero porque no podrías mantenerla. Menuda casa es aquélla: sólo para reparar la fontanería ya tendrías que pedir un préstamo como para deslomarte. Y segundo porque necesitas dinero; a mí no me engañas, Dani. Te gusta vivir bien, muy bien, y estás cargado de deudas. Mi padre decía que los grandes hombres nunca han sabido vivir con moneda pequeña.

Luego se encogió de hombros, logró sonreír elegantemente y añadió:

– Ya ves que te he llamado gran hombre.

– Gracias.

– Pero no había venido a hablar de esto, ¿sabes? Había venido sólo a presentarte a Richard, bueno, a Ricardo Arce. Ya imaginas por qué, pero ahora te lo digo oficialmente: es posible que, si se arregla lo de mi divorcio de Eduardo, rehagamos nuestra vida los dos.

– Esto es como presentar el novio a la familia, ¿no?

– ¿Me estás llamando anticuada, Dani? ¿O burguesiíta?

– Ninguna burguesa quiere que la llamen burguesa, no sé qué pasa ahora. Pero, en fin, no voy por ahí. Lo que quiero decirte es que esas cosas me las tomo en serio. Es estupendo que haya venido aquí y que nos conozcamos todos. ¿Qué quieres beber, Richard? Aún me queda una botella que fue todo lo que le pude sacar al único cliente que tuve la semana pasada. Ya ves que mi negocio va viento en popa.

– Nunca tuviste sentido para la vida práctica, Dani -dijo ella-. Fue un error de mil padre. Mientras viviste con nosotros, él te lo solucionó todo.

– ¿Y a ti? ¿Es que a ti no, Blanca?

– Yo también he sufrido el mismo error, lo reconozco. Quizá por eso no he sabido luego ser feliz.

Pero bebieron los tres. Bebieron en silencio mientras el despacho iba quedando oscuro, mientras el teléfono permanecía mudo, mientras los clientes no llegaban, mientras se mascaba el fracaso, mientras más allá de la ventana la ciudad de los que triunfan rugía y rugía. Richard pensó, mirando al vacío, que había mucha gente tan frustrada como él, hundida en la soledad de sus despachos, sin más testigos que un reloj y una pared demasiado conocida; eso le produjo un miserable alivio.

Y cuando descendieron a pie por los peldaños, él estaba allí.

– «No he sabido ser feliz -había susurrado Blanca en el momento de abandonar el despacho-. La capacidad para ser feliz es también algo que te tienen que enseñar. Cuando te lo enseña la vida, la lección ya no te sirve.» Y ya junto al portal se dieron cuenta de que él estaba allí: bien vestido, pero con un cierto abandono desdeñoso en sus ropas, bien afeitado y perfumado con Yacht Man, luciendo un corte de pelo Iranzo riguroso, exhibiendo un reloj deportivo, un pañuelo veneciano y un llavero con el emblema del Porsche, tuviera un Porsche o no. Modelo del Play Boy International que algún día descenderá a la revista del Corte Inglés para amos de casa unisex llenos de ansiedades. Sonrisa de desafío y de suficiencia ante una vida que no le comprende lo bastante. Él estaba allí.

Blanca Bassegoda demostró ser una chica fina a toda prueba cuando preguntó:

– ¿Que coño quieres, Eduardo?

– Podrías guardar las apariencias. Aún soy tu marido.

– Estoy harta de fantoches. Dime qué haces aquí. Eduardo Contreras no contestó. Miró a Ricardo Arce de arriba abajo y se limitó a preguntar desdeñosamente:

– ¿Es ése?

– ¿Ese qué? -Bueno, no sé cómo los llaman ahora. Pon el nombre tú misma.

– Si te refieres al hombre con el que pienso rehacer mi vida, es éste, sí. Ricardo Arce. ¿Quieres algo con él?

– No tengo el gusto. Ni ganas. Mis asuntos contigo no necesitan intermediarios, y mucho menos mirones.

Blanca se volvió hacia Richard. Éste no necesitó hacer ningún esfuerzo para dar la completa sensación de un campeón que tiene a su contrario acorralado en las cuerdas. Su mirada se hizo glacial. Mientras se cubría maquinalmente con un puño, el otro subió poco a poco.

Eduardo Contreras retrocedió un paso. Blanca gritó: ¡No lo toques, Richard! Déjalo. No vale la pena que te manches los puños con él.

– Puede que sí que valga la pena.

– ¡He dicho que lo dejes! Era una orden seca y tajante. Ricardo Arce la obedeció. No hubo la menor resistencia en él; fue un reflejo automático. Quedó clavado junto a la pared mientras Eduardo Contreras, al verle quieto, se envalentonaba.

– ¿Qué? ¿No avanza tu gorila? -preguntó-. ¿No sabe pegar? ¿No muerde?

– Ése que tú llamas «gorila» es mucho más hombre que tú.

– ¿Lo has probado?

– ¡Mal nacido! ¡Cabrón! ¡Fuera de aquí! ¡He dicho fuera!

– ¿Por qué? ¿Estás en tu casa? ¿En nuestra casa? Blanca Bassegoda se iba crispando por momentos. Gritó:

– ¡Puedo estar donde me dé la gana! ¡En el sitio en el que pongo los pies no tienes que ponerlos tú! ¡Y basta!

– ¿Basta? ¿Basta qué? -preguntó Eduardo, avanzando del todo el paso que antes había retrocedido-. Tú me has tomado mal las medidas, nena. Si piensas que porque naciste rica voy a estar besándote el culo hasta que me muera, vas lista. Cuando yo tengo una mujer, tengo una mujer. Y es mi mujer, no la de otro. Y menos la de todo el mundo, como me da en la nariz que está pasando contigo. Y me has oído muy bien.

Blanca se puso lívida. Su boca se abrió y cerró espasmódicamente un par de veces, pero no pudo hablar. Ríchard volvió a avanzar mientras, de una forma instintiva, tendía el brazo izquierdo para el directo a distancia, un directo que podía dejar sin mandíbula a un rival no preparado.

Eduardo masculló:

– ¡Si ese tío cabrón se atreve a tocarme un hilo del traje, aviso a la policía!

Ricardo Arce frenó el movimiento de su brazo. Estando en libertad provisional, no le convenía meterse en líos con la bofia, aunque pudiese contar con la muy relativa ayuda de Méndez. Pero de todos modos su voz fue seca y cortante al decir:

– Siga en ese tono y van a tener que contar los pedazos de sus dientes con una calculadora. Pero esté tranquilo, porque la calculadora se la puedo pagar yo.

– ¿Ah, sí? ¿Es esto lo que te has buscado, Blanca? ¿Un macarra? ¿Un chulo de taberna? ¿Un matón? La verdad, yo creí que una chica de tu clase daba para más.

– Eduardo… Vamos a ver, Eduardo…-dijo ella con una rabiosa tensión contenida-, ya hemos dado bastantes espectáculos, no demos uno más. Dime qué quieres y tengamos la fiesta en paz. Ya ves que sólo te pido eso.

Él volvió a avanzar un poco. Flotaba en su boca una sonrisa entre desdeñosa y sardónica. -Entonces vienes conmigo y hablamos en paz. Pero donde yo te diga.

– ¿En tu guarida?

– Donde yo te diga.

– Por favor, Eduardo, hablemos en serio de una vez.

– ¡Estoy hablando en serio, coño! ¡Eres mi mujer! El grito llenó la escalera. Por fortuna no había portera en aquel momento ni bajaba nadie por los peldaños. Pero la cara de la mujer se puso tan roja que pareció iba a estallar. De pronto su boca se crispó y escupió de lleno a la cara de su marido.

Él gritó al recibir el salivazo:

– ¡Puta! El rugido había vuelto a llenar la escalera. Eduardo Contreras, mientras estaba lanzando el insulto, disparó su puño derecho, pensando que alcanzaría la cara de Blanca, pero lo hizo mal y la alcanzó en el pecho izquierdo. El grito de dolor de Blanca Bassegoda fue tan instantáneo, tan patético que hasta el movimiento de agresión de Richard se paralizó en el aire. Sostuvo a medias a la mujer, evitando que ésta cayera de rodillas, pero captando tan de cerca sus ojos en blanco y su respiración ansiosa que estuvo a punto de perder el equilibrio él también. Le rodeó un sentimiento de vacío.

Pero eso duró sólo un momento, unos segundos que pasaron como un soplo. Inmediatamente saltó sobre Contreras. Un solo directo de izquierda lo envió contra la pared con la mandíbula bailando. Richard levantó entonces su puño derecho, dispuesto a dejarle sin cara de un solo golpe. Sus dientes chirriaron de rabia.

Pero el grito de Blanca atravesó el aire.

– ¡No! El tiempo pareció detenerse, la voz pareció flotar. Ricardo Arce vio bajar su mano como si esa mano perteneciera a otro hombre. Vio abrirse la puerta como si esa puerta perteneciera a una casa remota. Vio a Contreras dar la espalda y huir.

Sólo entonces regresó junto a la mujer. La levantó poco a poco, como el que levanta a una niña herida. Sus ojos estaban turbios y sus dedos temblaban. Ni siquiera se dio cuenta de que Ponce, atraído por el ruido, estaba bajando las escaleras.

– ¿Pero qué es esto? ¿Qué te pasa, Blanca? Ella tuvo que apoyarse un momento en la pared, a pesar de la ayuda de los brazos de Richard. Miró a su primo como si lo viera desde muy lejos.

– No pasa nada -musitó-. Nada que no tenga remedio. Volvamos a tu despacho.

Cuando estuvieron de nuevo dentro, cerró la puerta con gesto desmayado y preguntó:

– Dani, si yo te lo pagara bien, si yo te pagara tal como el asunto merece, y si además te lo pidiese como el favor más importante de mi vida, ¿serías capaz de matar a un hombre?

Daniel Ponce necesitó sentarse. Por un momento pareció absolutamente desconcertado y sin fuerzas, pero en seguida se levantó como si lo hubiera impulsado un resorte y fue a la puerta del despacho para asegurarse de que estaba bien cerrada. Al fin volvió a sentarse, miró a su prima y musitó:

– ¿Es absolutamente necesario que él esté aquí?

– ¿Ricardo?

– Sí, Ricardo.

– Claro que es absolutamente necesario. Él ha sido testigo de todo. Y además hablemos claro, sin tapujos: te he dicho que quiero rehacer mi vida con él. Sería el absurdo más terrible que intentara fundar esa vida sobre una mentira. Él tiene derecho a saberlo todo. Si le interesa seguir conmigo, bien; si no, nadie le obliga.

Daniel Ponce volvió a sentarse, echó un poco la cabeza para atrás y musitó:

– ¿Qué mentira?

– La mentira que surgiría si él no se enterase de lo que hablamos tú y yo.

– ¿Y de qué vamos a hablar, querida?

– Menos «querida» y menos plan tope detective Humphrey Bogart, Dani. Tú y yo no nos conocemos de hoy, de modo que vamos a tratar este asunto con la máxima franqueza. Aunque sólo sea aquí dentro. Pero vamos a hacerlo así. Y con todas las consecuencias.

– Estás nerviosa, Blanca.

– ¡Claro que estoy nerviosa! Daniel Ponce se puso de nuevo en pie, fue en busca de un vaso y, de lo que quedaba del licor, le sirvió un chorro a su prima y musitó:

– Toma, bebe.

– No puedo ahora. Me cuesta respirar, ¿sabes? Me hace mucho daño el pecho.

– Te ha pegado ahí? Richard intervino roncamente:

– Ese hijo de puta… Yo tenía que…

– Por favor, déjalo, Richard. Todo llegará. Estamos aquí precisamente para solucionar eso.

Ponce había cerrado los ojos, y de repente preguntó, como si no hablara con nadie:

– ¿Qué solución?

– Te lo he dicho, Dani

– Me has dicho una cosa que no tiene sentido.

– Pues entonces olvídalo. Y fue a levantarse bruscamente. Pero Daniel Ponce la detuvo con un gesto suave, un gesto lleno de reticencias episcopales que no parecía propio de él.

– Blanca… Siéntate. Ella lo hizo, doblándose ligeramente, como si así quisiera tener más protegidos los pechos. Sonó un reloj en algún despacho contiguo, sonó con él la vieja garganta de un inquilino muerto; les estremeció un portazo, les alcanzó el chirrido de los frenos en la calle que nunca cesa.

– Ya me he sentado, Dani.

– Bueno, pues charlemos. Tú me has hablado de dos cosas: de dinero y de un favor.

– Sí.

– Me interesa el favor.

– Gracias, Dani, pero no hace falta que seamos hipócritas. También te he hablado de dinero.

– Está bien; eres tú quien lo menciona, no yo.

– ¡Poco me importa quién lo mencione! El favor existe; el dinero, por descontado, existe. Entonces hablemos de ello. Yo no puedo seguir así, Dani… Estoy harta. Lo de hoy ha sido el colmo. No pienso seguir así…

En el fondo de los ojos femeninos, siempre tan altivos, palpitaba ahora un brillo de lágrimas. Daniel Ponce musitó:

– Por lo poco que he visto, lo entiendo muy bien.

– Voy a ser sincera, Dani; muy sincera. Ricardo ha estado en la cárcel.

– Pues vaya…

– Se va a la cárcel por muchos motivos, y no todos deshonrosos. Pero dejemos eso. Lo que te quiero decir es que él podría encontrar a cualquiera que hiciese ese trabajo que te he pedido. Y por poco dinero. Pero yo no quiero entrar en ese terreno. No puedo tratar con según quién ni desnudarme ante según quién, tú ya me entiendes.

– Eso lo entiendo perfectamente.

– Por lo tanto…

– aquí se produjo una vacilación. Blanca Bassegoda miró a un lado y a otro, pareció tragar aire, susurró-: Por lo tanto necesito una persona que sea profesional y que sepa lo que se trae entre manos en todos los sentidos, una persona capaz de hacer un buen trabajo.

– No hables como en las películas, Blanca. No encaja.

– Bueno, lo diré de otro modo: un profesional a secas. Es lo que necesito.

– Yo no soy un profesional de la muerte, Blanca.

– Pero conoces los terrenos en que te has de mover para eso. Tienes licencia de armas, aunque yo sé muy bien que un arma registrada a tu nombre no te serviría. Pero puedes encontrar otra; tú sabes muy bien dónde. Conoces las técnicas para seguir a una persona y que no se te escape. La puedes acorralar. Y a la hora de hacer las cosas, puedes arreglarlas para que no quede ninguna prueba.

Tuvo un leve estremecimiento y añadió:

– Comprendo que es una forma un poco brutal de hablar, Dani.

– No se trata de eso ahora; cuando las cosas hay que decirlas, hay que decirlas.

Hubo un largo silencio, un silencio tenso, que esta vez no rompía el tañido del reloj ni alteraba el ruido del tráfico.

Daniel Ponce lo cortó un instante al decir:

– Con todos los respetos, pero Ricardo Arce no debería haber estado aquí, Blanca. Y no lo digo sólo por mí; lo digo también por ti.

– Era indispensable; acabo de decirte que a estas alturas ya no quiero mentir, Dani.

– Entonces exijo que también hable él.

– ¿Es una garantía?

– Sí. Que se moje. Los dos rostros se volvieron hacia el Richard. Eran unos rostros un poco sudorosos, un poco crispados, unos rostros que de pronto -quizá era el efecto de la luz- se habían hecho violáceos. Reflejaban la ansiedad del miedo, la ansiedad del hambre. Otra puerta se cerró en el edificio y retumbó en las paredes como una amenaza.

Ricardo Arce habló solamente para decir:

– Eso es algo que debo hacer yo. El asunto lo puedo arreglar a mi manera.

– No, Richard, tú no entiendes de eso.

– Y tú qué sabes.

– Sé lo suficiente para estar convencida de que serías el primer sospechoso. Imagínate.

Era un argumento que no admitía réplica. Claro que iba a ser el primer sospechoso. Nada menos que el amigo de la desconsolada viuda. Ricardo Arce trató de buscar una salida por cualquier parte mientras se mordía los labios nerviosamente. Al fin se tuvo que limitar a decir:

– Pero…

Era igual que no decir nada, y él lo sabía. Era como buscar argumentos en el aire, aunque le impidieron seguir haciéndolo, porque Blanca susurró:

– Éste es un asunto para tratarlo con frialdad, Richard, con mucha frialdad. Déjaselo a Dani.

– Será si él lo quiere hacer. Daniel Ponce no dijo ni que sí ni que no.

– Estamos hablando de dos cosas, Blanca -musitó ambiguamente.

– Sí. De un favor y de un dinero.

– Entonces hablemos de las dos cosas.

– El favor nunca te lo podré pagar, Dani. No hace falta hablar de él. Hablemos del dinero.

El rostro de Dani era perfectamente opaco cuando dijo:

– Okey, hablemos del dinero.

– Te hace falta, ¿verdad?

– Eso sería una tontería discutirlo ahora.

– De acuerdo, no lo discutiré. Dime cuánto quieres.

– ¿Para que no oigas hablar nunca más de Eduardo?

– ¿Con desaparición del cadáver? -balbució ella.

– Por supuesto. Estamos hablando de un trabajo bien hecho. Con desaparición del cadáver.

El diálogo era suave, pero al mismo tiempo seco y cortante, como los que suelen producirse en las partidas de póquer cuando los contrarios se lo juegan todo. Daba la sensación de que estaban los dos en una isla desierta, una isla que Richard no pisaría jamás, una isla que en verdad no pisaría nadie y donde ellos sólo daban como buena su propia lógica. Si aquél era un juego, era un juego donde no les podía acompañar nadie, pero donde todo lo podían perder y todo lo podían ganar. Y los dos lo sabían en aquel momento, como la verdad más importante de sus vidas.

– Dame una cifra, Dani.

– Eso es muy arriesgado.

– Dame una cifra, te he dicho.

– Te daré dos.

– Vengan.

– Dos millones de pesetas y la torre de la Vía Augusta.

– ¿La torre de la Vía Augusta? ¿Sabes lo que vale?

– He mencionado la torre, no he hablado de lo que vale. Supongo que es mucho, pero es el precio que pongo. Ahora tú tienes que decir sí o no.

– Pero es que ni siquiera sé sí me va a corresponder a mí. Podría corresponderle a mi marido, por ejemplo.

Dani preguntó con una sonrisa:

– ¿A tu marido? Era una sonrisa perfectamente helada, la sonrisa que se dedica a los muertos lejanos, olvidados y seguramente ridículos. Ricardo Arce, hombre que se había enfrentado a muy pocas caras profesionales, no recordaba haber visto jamás una sonrisa tan glacial como aquélla.

Blanca musitó:

– Eso significa que aceptas, Dani. Eso significa que Eduardo nunca tendrá la casa de la Vía Augusta.

– Supongamos que he aceptado. Ahora acepta tú. Blanca Bassegoda hundió la cabeza.

– Acepto -dijo sencillamente.

– Te convendrá cumplirlo, Blanca.

– Lo cumpliré.

Daniel Ponce alzó la botella, vio que ya estaba vacía y murmuró:

– Lástima.

– ¿Lástima por qué?

– No nos queda nada para brindar por el muerto.

– Vas demasiado al cine, Dani.

– Te equivocas. Hace mucho que no voy. Al menos desde hace un año, desde que se me sentó un marica al lado.

– Eso le puede pasar a cualquiera -murmuró Blanca.

– Bueno -contestó Dani-, pero es que yo estuve a punto de decirle que sí.

14. EL HOMBRE DE LOS SIETE PASOS

– HOLA, bonita.

Siempre la saludaba así. Marta Estradé levantó la cabeza en la sombría mañana -lluvia sobre los pequeños comercios de la calle de Casanova, goteo monótono en los tenderetes del Ninot, lágrima sucia en las ventanas del Clínico- para encontrarse con la cara del doctor Domingo Albert, que se había detenido junto a su cama. Domingo Albert se sentó en un borde de ésta, dio unas suaves palmadas en las manos unidas de Marta y preguntó:

– ¿Qué? ¿Cómo vamos esta mañana, bonita? La había tratado siempre así desde el primer día en que la vio, desde que Marta Estradé entró en el Clínico y, a pesar de que casi no podía andar, consiguió llegar vacilando hasta una de las ventanas por la sencilla razón de que más allá, en alguna calle ignorada, bajo otras ventanas llenas de luz, desfilaba una banda de música. Domingo Albert siempre se lo decía: «Fue entonces cuando me di cuenta de que a la fuerza habías de salvarte, porque tú tenías unas inmensas ganas de vivir.»

Desde entonces habían pasado muchos meses, habían desfilado otras bandas de música que ella ni siquiera oyó, y Marta Estradé ya no estaba segura de que su salvación fuese tan cierta.

– ¿Qué tal hemos ido este fin de semana, Marta?

– Los lunes siempre son malos, ya lo sabes. Cuando llega el lunes y además llueve, una tiene que sentirse peor.

– Bonita, vamos a ponerle remedio a eso.

– ¿Ponerle remedio? ¿Cómo?

– Quiero que salgas. La cabeza femenina se irguió bruscamente sobre la almohada, mientras los ojos daban un salto en las órbitas, reflejando una ilusión de niña.

– ¿Salir? -balbució-. ¿Pero cómo? ¿De la forma que estoy?

– Estás mejor, bonita.

– ¿Eso lo dices tú o lo dice el jefe de sala?

– El jefe de sala me ha dejado tu caso como algo de interés especial. Como un asunto de Estado, vamos. Tú eres «mi» enferma. Puedo aceptar responsabilidades y quiero que tú las compartas conmigo.

– Albert… Yo siempre he querido eso… Ser una mujer libre y responsable. Tú lo sabes. Pero… pero ahora tengo miedo… No sé explicarlo… Un miedo inmenso a salir de aquí.

Como si éste fuese el único sitio donde no me pudiera pasar nada.

Domingo Albert le palmeó suavemente las manos otra vez.

– Tienes que hacerlo, bonita. Vas a ser la de antes: una chica que se comía las calles, una chica animada y llena de vida. Mira, te diré lo que vamos a hacer. A partir de mañana, si cambia un poco el tiempo, yo te llevaré en mi coche a dar una vuelta por lo alto del Tibidabo. Tendré que llevarte tan lejos porque en otros sitios es imposible aparcar, y además no quiero que pasees por entre los automóviles y los ruidos. Porque lo más importante es eso: vas a pasear cada día un poco, pero de momento no por las calles de la ciudad. Sin sobresaltos, ¿sabes? Ganando fuerzas. Y verás cómo dentro de unas semanas vuelves a vivir otra vez.

Vivir otra vez… Mientras caminaba como un autómata por las calles del Ensanche, bebiendo su seriedad, metiéndose bajo los coches, saltándose los semáforos sin fijarse en ellos, necesitando un perro lazarillo con el que poder hablar, Domingo Albert tenía estas sencillas palabras metidas en la cabeza: volver a vivir. Marta volvería a vivir. Marta no lo sabía, pero él la había conocido en otro tiempo; era un lejano tiempo, cuando Albert estaba de guardia y la trajeron herida tras una manifestación. Albert lo tenía clavado en la mente. Eran los tiempos en que todo parecía posible, en que toda España era una esperanza y detrás de cada balcón parecía estar aguardando una bandera roja. Marta Estradé ingresó sin conocimiento, fue curada de una forma provisional y con sus primeras fuerzas, necesitando apoyarse en las paredes para poder andar, fue en busca de sus compañeros mientras preguntaba con la ingenuidad de la que estrena ilusiones: «¿Hemos podido reagruparnos? ¿Quién llevaba la bandera? ¿La hemos perdido? ¿Verdad que no? ¡Camaradas, hay que continuar!»

Por la boca de Marta Estradé hablaba la voz de hombres que habían muerto el año 39 y a los que ella nunca había conocido. Pero Albert lo había adivinado: vivían en su boca y vivirían siempre en la boca de mujeres como ella.

Domingo Albert nunca se lo había dicho, pero fue él quien la ayudó a salir del hospital, quien le pidió que tuviera cuidado y no se expusiera a más golpes. «Mujer, maldita sea, ninguna revolución te va a pagar una segunda cabeza. ¡Ninguna!» Ahora Marta Estradé quizá seguía creyendo en la revolución, pero ya no hablaba de ella. Hablaba de cosas tan sencillas como la luz de las ventanas, los ruidos de la calle y el color de los días cuando pasan. En definitiva, hablaba de cosas que ya no le pertenecían y que ella nunca podría modificar, pero Albert siempre la recordaría como la mujer que quiso seguir luchando, como una mujer símbolo de la fuerza del ser humano, de la vida que debe seguir. Marta Estradé era indomable, y por eso podía ser eterna.

Dejó atrás el Ensanche de los comerciantes muertos y descendió hasta las Ramblas, hasta la tierra de todos, donde los nostálgicos dicen que nunca se acaba de morir. Allí había cosas increíbles: una vieja que bailaba arrastrando los pies, que transformaba, para pedir unas monedas, la última miseria en la última mueca de placer. Una joven pintada como un clown hacía ejercicios gimnásticos en mitad del paseo, cortándolo, con la indiferencia de un autómata. Ésta no pedía nada, ésta respondía al desprecio del mundo con el desprecio de una pirueta. Más allá el músico que rompía el aire de todos, el pintor que, a falta de otra cosa, pintaba en el suelo de todos. Domingo Albert se negaba a pensar. ¡Dios santo! ¿Cuántos mendigos había ahora bajo los árboles de Barcelona? ¿Cuánta gente había perdido su última esperanza? A Domingo Albert, mientras andaba hacia la profundidad de las calles, le parecía un milagro el ansia de vivir de Marta Estradé: un milagro consolador y que él y la ciudad estaban necesitando, sobre todo él, para así poder seguir creyendo.

Llegó a su casa, en un callejón del barrio viejo, para tener acceso al cual había que abrir primero una verja. Se detuvo ante ella y la abrió. Desde allí había siete pasos hasta la primera ventana. Siete pasos exactos. Los recorrió. Siempre el mismo camino y el mismo ritmo: siete pasos. Desde la ventana hasta la puerta de entrada, siete más. Aquellos pasos resonaron en el silencio de la tarde que caía.

Detrás de la ventana, un hombre y una mujer los oyeron. Y el pene del hombre se arrugó, y la vagina de la mujer se contrajo, haciéndose inhabitable, y los dos dejaron de hacer el amor y se quedaron quietos ominosamente.

La mujer no hacía un solo gesto. Estaba erguida junto a la ventana, muy quieta.

Se respiraba en la calle, a esa hora, un inalterable y profundo silencio, una extraña quietud casi enferma. El cielo iba adquiriendo tonos sombríos, pero muy lentamente. Y ella advertía hoy en las cosas una desconocida simplicidad -la simplicidad de lo inmóvil, de lo pequeño y lo idéntico-. Eso parecía dar sentido a sus horas.

Se volvió lentamente, cerrando la ventana. No dejó de advertir que hubiera deseado caminar poco a poco, hundiéndose entre las calles. Hoy -se dijo- parecían a lo lejos más cerradas, más compactas y estrechas. Se veía el amontonamiento de las casonas bajo el cielo de la tarde. Y se adivinaba la penumbra de sus interiores, con la profusión de sus detalles y el cansancio de sus formas. Todo tiempo dormía en los contornos de sus piedras. Mirando así, hacia lo lejos, tuvo una extraña autoconciencia del día de hoy. Y es que hoy sentía vivir como nunca algo en el fondo de sí misma, en esa zona del olvido operante y de la niebla interior. Fue a sentarse en el diván y supuso que él, Marcos Gil, vendría por detrás para besarla en la nuca. Sus treinta y cinco años de femineidad parecían estar hoy allí para esperar nada más esto: un beso furtivo en la nuca y unas manos apretadas en sus senos. Pero Marcos Gil pasó por detrás del diván, sin rozarla, y vino a colocarse frente a ella.

Hubo una larga unión de sus miradas distintas. Y de improviso la mujer comprendió -no, desde luego, por primera vez- que este hombre era demasiado joven para estar allí, frente a ella, con su silueta recortada en la penumbra y la mano derecha hundida entre sus cabellos. ¡Quién sabe lo que él iba a pensar dos años más tarde, cuando se cansase. Por un momento desvió la mirada y fue a posarla en la ventana que acababa de cerrar. Abajo, en la calzada, se oían los pasos regulares de un caminante, y ella se estremeció. Conocía muy bien esos pasos; eran los de siempre, los de todas las tardes. Siete pasos muy claros bajo la ventana cerrada. Luego otros siete más cercanos; por último nada. Marcos Gil, como todas las tardes, le apretó las manos para que no se intranquilizase. Hoy, además, puso una rodilla entre sus piernas, sin apoyarse en ella. La mujer la comprimió, apretándola entre sus muslos, al tiempo que se estremecía.

– No me iría nunca de aquí. No te dejaría libre -musitó. Le arañó en el dorso de la mano, atrayéndolo hacia sí. Marcos Gil la besó con fuerza. Luego hundió ambas manos en su mata de pelo y le hizo volver la cabeza; besó así su garganta, su barbilla torneada y su sien izquierda. Luego sus cabellos, sus ojos, su frente. Ella, sin moverse, lo apretaba junto a sí; tenía la sensación de que estaba haciéndole daño, de que sus uñas largas se clavaban en la piel de Marcos Gil, pero se enardecía con esto y le apretaba más y más. Su vista, como extraviada, iba resbalando sobre el pavimento de mil diminutas variaciones de color. Y extraños aspectos de aquella habitación tan conocida tomaban un significado profundo y vital. Los pies del diván, allí mismo, bajo sus ojos, la obsesionaban como si hablase con ellos. Y más lejos el tapiz de una butaca, donde se marcaban aún las huellas de su cuerpo, parecía tener órganos visuales que retratasen su figura abandonada sobre el largo diván. La pared, muy cerca, parecía devolver el rumor sordo de sus besos. Alzó la cabeza y quiso reír. Marcos Gil, riendo también, la besó en uno de los párpados. Entonces ella le apretó la cara contra la suya haciéndosela volver. Poco a poco hundía sus manos en el cuello joven. Le dijo:

– Fíjate bien qué aspecto tan raro tiene tu habitación vista desde aquí. Fíjate bien, Marcos. Baja más la cabeza, no me haces daño. ¿Ves aquel piano? Estoy segura de que nunca te habías fijado en lo bonito que resulta visto desde aquí.

Él la miró atentamente, sonriendo. Veía los pies del diván, el tapiz de la butaca y la pared, muy próxima. Y aunque, desde luego, no encontraba nada especial en esto, seguía apretando la cabeza de la mujer y sonriendo para ella. Luego ésta, bruscamente, le tiró del pelo y quiso besarle en una mejilla. Marcos tuvo que dejarse caer del diván para impedir que lo hiciera; estaba decidido, no sabía bien por qué, a evitar ese capricho. Fue hasta el piano, indicándole que estuviera quieta, y empezó a teclear.

Al principio divagaba, pero luego fue concretando los sonidos. Ella le miró intensamente; esa música le sugería algo. No era nada, ni siquiera un sentimiento; pero la abatía. Igual que los siete pasos bajo la ventana, por ejemplo. Sin embargo Marcos Gil cambió inmediatamente de tono, y la música se hizo más profunda. Ella pensó que aquí, sentada en el diván, debía parecer una muñeca que se conserva porque fue cara, pero a la que ya todo el mundo mira como una muñeca antigua. Fue hasta la ventana y la abrió, aunque sabía que era una imprudencia. Abajo, en la calle, se recortaba una extraña procesión de sombras: alargadas, escuetas, inmóviles en su rigidez.

Luego se dirigió al piano y apretó los dedos de Marcos; él dejó de tocar y la abrazó por el talle. Desde allí veían los pies del diván, y la butaca, y la pared, tan ancha, pero era muy distinto. Ella se levantó y fue hacia la puerta. Depositó un beso en la hoja de madera, como si fuese algo vivo, y luego hizo un mohín al hombre que ahora, de repente, la contemplaba con una expresión grave. Antes de abrir la puerta, la visitante se terminó de vestir. Era muy tarde; mientras descendía por las escaleras, con instintiva lentitud, iba acariciándose el pelo.

Salió un poco más a la izquierda de la ventana de Marcos Gil. Dio siete pasos a partir de esa ventana. Después nada; ya había llegado. Era un portal estrecho, donde se distinguía la placa de un médico. Utilizó el llavín y se franqueó la entrada del hogar, donde ya debía aguardarla su marido.

Domingo Albert acababa de volver la cabeza para ver entrar a su mujer cuando sonó el teléfono. Necesitó ir a la habitación contigua para descolgarlo, y por lo tanto el timbre sonó unas cinco veces. Lo primero que oyó desde el otro lado de la línea fue:

– Joder, ahora contesta.

– Diga, señor Méndez.

– ¿Cómo sabe que soy Méndez?

– Le explicaré una cosa -dijo Albert con un gesto de paciencia-. Yo fui una vez a ver a Ibáñez Escofet cuando él era redactor jefe de El Correo Catalán, en una redacción que era una especie de cueva en las Ramblas. Apenas me había sentado ante su mesa cuando sonó el teléfono, Ibáñez descolgó y yo pude oír la voz del que hablaba: «Oooooooiga, que estoy en iiiiimprenta y hay que caaaaambiar una página.» «Muy bien, Llanas, empieza a cambiarla que ahora bajo», contestó Ibáñez. Y el otro contestó: «¿Cóoooooomo saaaaabe que soy Llanas?» Lo que dijo Ibáñez no puede repetirse.

– Pero yo nunca he sido tartamudo -se defendió Méndez. Y añadió cautelosamente: -Al contrario… Se lo diré bien claro. Tengo testimonios muy serios de que fui un maestro en cuestiones de lengua.

Domingo Albert volvió a hacer un gesto de paciencia.

– Me gustaría comprobarlo. Traiga esos testimonios, señor Méndez -,dijo.

Hubo una vacilación al otro lado del hilo.

– No va a ser fácil -acabó susurrando Méndez-. Todas esas mujeres tuvieron una santa muerte. Cosas de la edad, señor Méndez. El último asalto lo dio usted en la guerra de Cuba. Bueno, ¿qué quiere?

– Ante todo diga cómo ha sabido que soy Méndez.

– En principio por el «joder». Es una palabra que usted usa mucho.

– La usa España entera, empezando por la Conferencia Episcopal. Es la palabra más castiza que conozco.

– Pero usted la usa más. Y después le he reconocido por la voz. Es inconfundible.

– Pues hace una porrada de años que no la oye, señor Albert. Desde…

– Desde 1974, no hace falta que me lo diga. Yo era entonces un médico aprendiz. Y usted me detuvo toda una noche porque dijo que había curado a un atracador herido de bala.

– Eso es verdad. Pero también recordará que cenamos juntos. Y que yo pagué la cuenta.

– ¿Me llama para recordarme que, al cabo de tantos años, aún le debo una cena, señor Méndez? Por cierto, yo no le di ninguna pista, pero ¿pescaron a aquel atracador?

– Sí. Lo pesqué a la noche siguiente.

– ¿Y qué?…

– Resultó que nos conocíamos desde niños. Otra cena.

– Pues la próxima vez que nazca seleccione las amistades desde la cuna, señor Méndez. Y ahora voy a decirle una cosa: yo me gano mal la vida, pero si llama por eso, le aseguro que aquí tiene un plato en la mesa. En aquellos días ya observé que, hacia la segunda quincena de mes, usted pasaba hambre.

– No llamo por eso, no… -La voz de Méndez se hizo meliflua y llena de sugerencias-. Oiga, hijo, he estado mirando los archivos. Algunos de ellos le juro que parecen el museo de El Cairo. No sabe usted la de cosas que uno puede encontrar allí. Por eso cada ministro nuevo da urgentemente la orden de destruirlos.

– Jamás tuve antecedentes políticos serios -musitó Domingo Albert-. En eso me parezco a los miembros del actual gobierno, que sufrieron por la libertad desde un cine-club.

– No le llamo por eso, hijo, no… Es que he estado buscando en los archivos, como le digo, y no he encontrado gran cosa a pesar de todo. He estado buscando en mi cabeza y he encontrado algo más. He recordado que usted atendió a un borracho ocasional, un hombre que sufría una enorme crisis y se autolesionó. Quizá a usted le diga algo el nombre, incluso al cabo de tantos años. Se llamaba Wenceslao Cortadas.

– Ni idea, vie… Ni idea, señor Méndez.

– Ya puede llamarme «viejo poli», ya… No se preocupe. Lo único que no me han llamado aún es viejo marica.

– ¿Por qué?

– No se atreven. Saben que lo de «viejo» me caería mal. Hágase cargo, hijo.

Domingo Albert tragó saliva.

– El caso es que ese nombre no me suena, se lo juro… -musitó-. Y ahora podría dejarme en paz, ¿no?

– Era pintor. Tenía un estudio bastante acreditado en la Plaza Real-dijo sin inmutarse la voz de Méndez-, y hasta creo que en un plan de semilujo. Agua corriente y todo.

Domingo Albert hizo una mueca mientras dirigía una seña a su mujer para que esperase.

– Ese detalle sí que lo recuerdo -dijo-. Haber empezado por ahí. Wenceslao Cortadas, claro que sí. El Wences.

– No conocía esa especie de apodo -mintió Méndez-. A ver, deje que lo apunte. ¡Voy tan despistado en este asunto y tiene tan poca importancia! Pijadas que le encargan a uno. De modo que el Wences… ¿Lo ha visto alguna vez?

– Hace una porrada de años.

– ¿Dónde?

– Le digo que hace una porrada de años, Méndez.

– Bueno, es igual, hombre. Usted me da el dato, yo cumplo con el servicio y el jefe me deja en paz. Pura rutina.

– Está bien, le diré lo que sé. Fue en uno de los restaurantes económicos de la calle de Aribau, no recuerdo su nombre, pero está subiendo a mano derecha, y lo reconocerá usted en seguida por su luz mortífera, un neón de sala de autopsias. No lo han cambiado desde aquella época.

– Gracias, hijo -suspiró Méndez-, lo encontraré, aunque los restaurantes que yo frecuento no tienen esas características.

– ¿Pues qué características tienen?

– A todos les han acabado cortando la luz. Méndez colgó sigilosamente el teléfono, que estaba junto a la barra, apuró la copa de anís Machaco, movió simultáneamente las dos manos y obtuvo un doble éxito, pues con la derecha inmovilizó la muñeca del que le estaba robando la cartera, y con la izquierda apartó de su bragueta la mano de un marica que quería pedirle un favor. Restablecida así la normalidad constitucional, salió del elegante local de la calle de San Ramón, aplastó en la puerta una cucaracha semental, llevó al carterista a la comisaría y al marica lo dejó libre en la esquina, amenazando con afeitarle el capullo si le veía otra vez pervirtiendo a la juventud. Luego se dirigió a la calle de Aribau, ascendiendo por ella y confiando en que los aires de aquellos barrios de burguesía media no le destrozarían los pulmones del todo. Al fin encontró el restaurante, hizo acopio de valor, penetró en él y pidió la carta.

Fue una cena que superó ampliamente los niveles de peligrosidad permitidos en el Cuerpo General de Policía. Todo lo que había para elegir como platos de respeto eran delicadas combinaciones residuales: pastelillos-ataúd con respetables restos en su interior, albóndigas cuyo tomate ocultaba la descomposición de carnes con pasada nobleza, croquetas con fibras de gloriosas aves que habían volado en el neolítico y canelones obtenidos tras la pertinente profanación de sepultura. Fue una cena gloriosa y memorable, a la que Méndez dio además el tono, porque iba vestido rigurosamente de negro. Claro que la factura fue elevada, y encima el servicio, formado por los dos dueños y el camarero, pareció una declaración de guerra. Méndez pensó que aquello podía calificarse de robo consumado con intimidación, y además con las agravantes de nocturnidad, dada la hora, cuadrilla, pues los enemigos armados eran tres, y hasta despoblado, ya que en el restaurante no había entrado ni Dios.

Dominando los primeros espasmos de la agonía, y eso que él tenía el estómago blindado, Méndez preguntó:

– Yo tenía un gran amigo que venía aquí hace muchos años, y me gustaría saber si aún es cliente y tienen noticias de él. Era un pintor: Wenceslao Cortadas. Trabajaba en un estudio de la Plaza Real.

El camarero, que tenía aspecto de haber asistido a la construcción de aquella plaza, dijo sin embargo:

– Ni idea.

– Bueno, es normal, porque ya digo que hablo de hace muchos años. Pero, mire, se lo voy a explicar: yo soy un abogado que le llevaba asuntos en Madrid y ahora el señor Cortadas ha heredado una finquita. No es que sea gran cosa, pero algún milloncejo colgado ya lo hay. Por eso tengo interés en encontrarle, y si ustedes me ayudan a dar con él tendrán una pequeña gratificación. Sin ningún compromiso por su parte, ¿entienden? Solamente, si por casualidad viniera, ustedes me avisan en seguida a este teléfono. Pero no crean que es un lío; al contrario. En este otro número, que es el de una comisaría, responden de mí. Pueden fiarse.

Les dio efectivamente dos números: uno el del centro policial y el otro el del bar donde tenía alquilada una habitación. Por supuesto, podían responder de él más en este último sitio que en la comisaría, pero supuso que los del restaurante no llamarían a ninguna parte.

Sin embargo llamaron. Fue dos días más tarde, cuando ya no lo esperaba. Una voz femenina preguntó:

– Oiga, ¿el abogado Méndez? El dueño del bar hizo una seña a los dientes para que se callaran y murmuró:

– ¿El abogado queeeceeé?…

– Méndez, ¿no vive ahí?

– Señora, vivir sí que vive. Espere, que ahora le voy a buscar. Seguro que está estudiando.

En efecto, Méndez estaba estudiando los anuncios sexuales de El Periódico y había seleccionado ya dos. Uno por su patético dramatismo («Minusválido busca minusválida para hacer el amor en igualdad de condiciones») y otro por lo prometedor que resultaba («Viuda de alto funcionario, desconsolada y ardiente, busca caballero con imaginación»). Si era sólo imaginación lo que buscaba, Méndez podía tener fundadas esperanzas de rehacer su vida; además una viuda de alto funcionario podía darle a uno estimulantes sorpresas, sobre todo si estaba gordita y conservaba un gato bien entrenado y el vestuario de la época.

Méndez acudió inmediatamente al teléfono, por supuesto.

– Oiga, ¿el abogado Méndez? -le preguntaron.

– Claro que sí, señora. El abogado Méndez, para lo que haga falta.

– Es por lo de la recompensa.

– ¿Recompensa?…

– Sí. Telefoneó el señor Cortadas para que le reserváramos una mesa de cuatro cubiertos. Imagínese. Después de tantos años sin venir.

– ¿Una mesa? ¿Desde cuándo hace falta reservar una mesa en el local de ustedes? ¿Ha encogido?

– No crea; al mediodía tenemos mucha clientela. El caso es que llamó.

– Perfecto, perfecto… ¿Y cuándo viene a comer? Estaré encantado de saludarle.

– Tenía que venir hoy, señor Méndez. Esperábamos llamarle a usted cuando él estuviera aquí. Pero no vino.

Los dedos de Méndez se contrajeron sobre el teléfono. Ya estaba otra vez allí la maldita sensación. El desafío. Wenceslao Cortadas se reía de ellos en un macabro juego donde la sangre de las víctimas era solamente un instrumento. Quién sabe las humillaciones que la ley le había infligido durante años, y de todas se estaba vengando maliciosamente ahora. Los locos de esa clase no tienen límites y además son inteligentes. Wenceslao Cortadas era tan peligroso que Méndez no pudo evitar un estremecimiento.

Y encima el Wences le seguía. Sabía perfectamente todo lo que estaba haciendo. Cuando él cenaba en el restaurante, seguramente el asesino le vigilaba desde la puerta. Méndez fue incapaz de seguir pensando.

Entonces oyó la voz preguntándole al otro lado del hilo:

– ¿Qué? ¿Y la recompensa?

– Se la daré cuando veo a Cortadas -gruñó el policía-. Mientras no lo vea, díganle ustedes mismos que les pinten los billetes al óleo.

La mujer gritó:

– ¡Sinvergüenza! ¿Usted abogado? ¿Abogado de qué?… Tenía razón. Méndez colgó mientras susurraba:

– Lástima que no me haya creído, joder. Con lo bien que me estaba saliendo.

Y pidió una copa de coñac fuerte antes de atreverse a volver a su cama. Es que a veces hacía falta valor.

15. EL ESPEJO

DANIEL PONCE empezó a preparar el único trabajo importante que le habían encargado en su vida: matar a un hombre.

No había tenido ningún éxito, ni siquiera mínimo, en su profesión de detective; no lo había tenido y sabía que ya no lo tendría nunca. Tampoco lo buscaba, ésa es la verdad. Intuía que el éxito no llega por el camino de las hormigas, sino por el de los halcones. Su despacho de detective era tan inútil como el despacho de representaciones comerciales de Eduardo Contreras, el hombre al que había de matar. Y además los dos tenían el mismo origen: el dinero de Óscar Bassegoda. Óscar les había querido resolver la vida a los dos permitiendo que eligieran una profesión más o menos decorativa, para lo cual había corrido él con los gastos. Ni uno ni otro habían conseguido nada, pero Eduardo Contreras tenía al menos algo a su favor: el matrimonio con Blanca Bassegoda. Blanca, con su dinero, le había ayudado hasta entonces a conseguirlo todo, convirtiéndolo incluso en uno de los más acreditados ejemplares de nuestra burguesía progresista. Hasta podía pensarse que Contreras, con ganas de trabajar, hubiese podido iniciar una carrera política en el PSC. A él, en cambio, nadie le había dado nada, excepto aquel maldito despacho y una mesa lo bastante resistente, eso sí, para aguantar su peso y el de alguna secretaria dispuesta a todo, incluso a volverse de espaldas de vez en cuando. Era indispensable, por lo tanto, corrigiere la Fortuna, entre otras cosas porque sólo los listos se dan cuenta de que hay que corregirla.

Mientras miraba por la ventana el tráfico de la calle, el de los hombres que tienen algún sitio adonde ir, pensó en todo esto y apretó los labios con un gesto de decisión que tenía mucho de gesto de rabia. Pero eso duró poco: la cara de Dani Ponce, mientras miraba la calle, acabó expresando una especie de resignación deportiva. En la vida hay que jugar, qué diablos. A veces juegas y pierdes, pero es evidente que nunca ganas si nunca juegas.

Y él tenía una partida muy seria sobre el tapete. Dinero largo, eso ante todo. Y la gran torre de la Vía Augusta. Y una complicidad con Blanca Bassegoda de la que podría sacar provecho en caso necesario, pues aunque a ninguno de los dos le convendría que el crimen se revelase, Blanca siempre tendría mucho más que perder.

Salió de allí y fue a la torre de la Vía Augusta, quizá porque la casa del viejo tiempo estaba metida hasta el fondo de sus recuerdos, y porque el pasado simbolizado en aquella casa daba dignidad y seguridad a su vida. Dejó atrás la ciudad de los escribientes y fue a la ciudad de los halcones, que era no obstante la ciudad que también aman los poetas.

La parte alta de la Vía Augusta había cambiado mucho, y la zona de grandes señoríos se había transformado en una zona de señoríos mucho más mitigados, unos señoríos de generación sin ama de cría, nacida ya en probeta. Apenas quedaban en pie algunas de las grandes torres de otro tiempo; las otras se habían ido convirtiendo en colegios de hijos progres y padres ricos, en residencias para ex consejeros de la Telefónica y en bloques de apartamentos para culos que aún eran de alto estanding. Muy pocas familias, por elevada que fuera su fortuna, podían ya mantener aquellas residencias que exigían legiones de audaces limpiadoras de suelos, triunviratos de cocineras y al menos una pareja de sufridas doncellas expertas en servicio de mesa y de lengua. Eso ya no hay quien lo pague. No quedan señoras con triunviratos en la cocina ni señores con la lengua servida en casa.

Sin embargo la gran torre de la Vía Augusta aún existía y aún daba testimonio de otra época. Tenía -tiene- tejados de pizarra, un jardín que la rodea por completo, un mirador en un ángulo de ese gran jardín, una inmensa verja de hierro que pudo haber colmado las ambiciones de un ministro o los sueños de un abad. Tiene veinte habitaciones, ocho cuartos de baño, una sala de música y una biblioteca donde se puede morir en paz. Tiene buhardillas penumbrosas donde se pudo una vez otear las ligas de las primas, comparar los penes de los primos y manipular contra natura a las doncellas. Todo ese viejo mundo conserva la torre, y todo ese viejo mundo sigue flotando en su aire. Pero ya nadie habita en ella, las ventanas están cerradas, el jardín inculto, y aunque mantiene su pasada grandeza, los paseantes que desfilan ante ella piensan al verla que cualquier día aparecerá allí el clásico letrero vindicativo: «Pisos de superlujo, 250 metros cuadrados. Condiciones a convenir.» Los pisos modestos suelen incluir en el anuncio la cuantía de la entrada, pero esos de la Vía Augusta no; ésos no ponen ninguna cifra porque lo impiden las normas preventivas de la Generalítat contra las enfermedades cardiovasculares.

Mientras aparcaba su modesto coche cerca de la torre, Daniel Ponce pensó que, inevitablemente, él acabaría poniendo el cartel vindicativo si un día llegaba a ser dueño del edificio. ¿Cuánto podía valer el terreno, que ocupaba toda una manzana y además estaba situado en la mejor zona residencial de la ciudad? ¿Doscientos míllones? ¿Doscientos cincuenta? La imaginación aritmética de Dani Ponce ya se perdía al llegar a ciertas cifras, pese a que él había sido educado en una familia donde se contaba por todo lo alto. Una cosa estaba absolutamente clara, sin embargo, y era ésta: si él podía acabar bien aquel trabajo para Blanca Bassegoda, adquiriría una fortuna inmensa, habría dado un giro total a su vida y sería probablemente el asesino mejor pagado del mundo. Claro que la palabra «asesino» no le parecía justa en aquel caso; no estaba dispuesto a admitirla. Su trabajo tenía mucho de favor hecho a Blanca Bassegoda -pensaba él durante sus momentos de soledad y de pasos contados en el despacho-, tenía mucho de homenaje al tiempo que habían compartido los dos en aquella misma casa, cuando el tiempo aún no contaba ni existía.

Abrió la verja, atravesó la que había sido parte más noble del jardín y se dio cuenta con sorpresa de que la entrada principal de la torre estaba entornada solamente. Dani Ponce empuñó en el bolsillo su pistola por si habían entrado ladrones, contuvo la respiración y atravesó el umbral sigilosamente. No iba a ser un pardillo de los que se dejan sorprender.

La primera persona que vio fue la mujer. En las casas donde no vive nadie se cuelan a veces parejas frenéticas je t'encule que no pueden alquilar un meublé -o que quieren desligar su amor de todas las ceremonias del pronto pago-, pero la mujer que Ponce vio no parecía de esa clase. Iba vestida sencillamente, con mucha discreción, y la ropa le venía ancha. No se había pintado. Tenía la piel blanca, quizá demasiado blanca, pero en ella había matices de porcelana y delicadezas de orfebre que no ha podido terminar su trabajo. Tenía hermosas piernas -o las había tenido antes de su delgadez-, tenía hermosos ojos -o los había tenido antes de condenarlos a mirar siempre la misma ventana- y tenía pujantes pechos -o los había tenido antes de encoger su cuerpo en camas y sillas hechas para la eternidad-. Miraba por uno de los ventanales y necesitaba apoyarse en un bastón, muñeca fin de temporada, pieza bon marché que sólo comprará un experto.

Daniel Ponce preguntó sin estridencias:

– Perdone, ¿quién es usted?

– Me llamo Marta Estradé. No he querido molestar.

– ¿Puedo preguntarle qué hace aquí?

– Ha venido conmigo -explicó Carlos Bey-. Ya sabes que tengo una llave.

Carlos Bey había aparecido en el marco de una de las puertas, pisando una auténtica alfombra persa y dejando a su izquierda un plafón de legítima caoba sobre el que imperaba un pequeño Utrillo y un apunte de Sorolla. Era una temeridad conservar piezas tan valiosas allí, en una casa donde no vivía nadie y en cuyos sistemas de seguridad y de alarma no se podía confiar ya. Pero los edificios en administración judicial tienen esos contrasentidos, y además los herederos no se habían puesto de acuerdo para el traslado de los objetos. Precisamente era Carlos Bey, como albacea, el que más insistía en ello: «No os dais cuenta, pero cualquier día os trincan.» Carlos Bey era la voz de la calle, que nada tiene que ver con el susurro de los jueces.

– Ha venido conmigo -repitió-. Es una de las personas que pueden tener derecho a parte de la herencia. Te presento a Marta Estradé; ahora está enferma en el Clínico, ¿sabes? Pero va mejorando.

Daniel Ponce avanzó y tendió la mano a aquella primera enemiga. De sobra sabía que Bey iba a arrebatar a todos parte de su dinero, a causa del último capricho del patriarca Bassegoda, pero hasta este momento los beneficiarios no habían tenido cara. De pronto se encontraba ante una mujer cuyo mundo llegaba sólo hasta la longitud del bastón y que podía quitarle a él como mínimo una vuelta al mundo y un gran polvo colectivo, acompañado de coros y orquesta, con todas las vicetiples del Molino. De todos modos le tendió la mano y miró el fondo de sus ojos mientras decía:

– Soy Daniel Ponce. Mucho gusto.

– Pertenece a la familia Bassegoda -explicó Carlos Bey-. Es uno de los posibles dueños de esta casa, ¿sabes? Mira, Dani, a esta chica la conozco hace muchos años-dijo, cambiando la dirección de su mirada-. La he acompañado aquí para que se vaya animando. No va a estar siempre metida en la maldita sala del Clínico. Entre su médico, Domingo Albert, no sé si lo conoces, y yo nos repartimos esa tarea.

– Bien hecho, Carlos, bien hecho.

– No te habrá sabido mal que le haya enseñado esto…

– No, hombre. Ni que la casa fuera mía.

– Podría serlo.

– No caerá esa breva. Yo soy el que menos derecho tiene de todos, ya lo sabes. Oye… Yo sólo he venido a echar un vistazo, de modo que como si no estuviera. ¿Se lo has enseñado todo ya?

– No. Ahora estaba empezando a abrir las habitaciones.

– Pues sigue tranquilo, hombre… Ya te he dicho que como si no estuviera.

Dirigió un vistazo pericial a la espalda de la chica mientras ella se alejaba bastón va bastón viene, es decir caminando con la debida ambigüedad. El vistazo pericial le llevó a un dictamen de polvo posiblemente satisfactorio, entre otras razones-dejando aparte los senos muy compactos y la lengua presuntamente ágil- porque las chicas, una vez en la cama, no necesitan andar. La posibilidad de que le atizara con el bastón ya era otra cosa. Se preguntó si Carlos Bey había venido allí con la idea de desvirgarla -única idea honrada y ad hoc en una casa tan tradicional como aquélla-, pero en seguida llegó a la conclusión de que Carlos Bey no tenía la imaginación necesaria para un plan de ataque mínimamente sinuoso. Carlos Bey era capaz de hablarle solamente de la historia de la gran familia, esperando, el muy idiota, que ella se humedeciera con eso.

Miró el enorme salón, las alfombras orientales, los cuadros dignos de un museo, las lámparas de bronce dignas de una corona europea aunque ya fuese una corona extinta. Y si en algún momento había vacilado su decisión de matar a Eduardo Contreras para que todo aquello fuera suyo, ahora supo con certeza que la decisión sería firme para siempre jamás. No renunciaría al pacto con Blanca Bassegoda. Lo que había dentro de la casa valía un fortunón, los restos de la casa derribada -puertas antiguas, plafones de caoba y rejas episcopales- valía un fortunón, y el terreno, una vez eliminada la casa, valía un fortunón Olvido eterno para Contreras, que no valía nada, olvido de archivo judicial, de caca de secretario, para su insignificancia de hombre metido en una piel.

Hizo un primer cálculo de posibilidades, pensando si convendría matarlo allí mismo, puesto que la torre era un sitio ideal para atraerle. A eso había venido realmente, a calcular las posibilidades. Y en seguida llegó a la conclusión de que no: cualquier pista hallada en la torre de la Vía Augusta la relacionarían con él, y además le pareció de locos sepultar un cadáver en una casa que tarde o temprano sería derribada. Pero su cerebro seguía trabajando. Se hizo la pregunta de si convendría matarlo allí y luego sacar el cuerpo en el maletero del coche, pero también hubo de desechar la idea: Eduardo iría a la torre en su propio automóvil, un llamativo Porsche rojo, y siempre habría quien lo viese. Por si ello fuera poco, tendría que deshacerse no sólo de un fiambre, sino también de su cáscara.

La ciencia del crimen no es para aficionados; es una ciencia exacta. Dani Ponce sabía lo suficiente de ella para darse cuenta de que tenía que trazar una serie de coordenadas, muchas coordenadas, hasta que éstas confluyeran en un punto donde nada podía fallar. Aunque el principio de esas coordenadas tal vez debería pasar -y él era consciente de eso- por el crimen elemental, por el trancazo a la brava, por el «ven, que te la corto», tan sencillo y hoy día con tanto prestigio urbano. Toda muerte más o menos científica llevaría las sospechas hacia él, mientras que el golpe anónimo en cualquier callejón oscuro, preferiblemente bien alejado de los ambientes de la familia, se diluiría en la nada.

Sopesó otras combinaciones mientras se sentaba a fumar un cigarrillo en uno de los lujosos divanes Chester, ideando un crimen en familia por primera vez en la historia de la casa. Verbigracia: subcontratar el asesinato, encargándolo a alguno de los tipos de los bajos fondos que él conocía (pero eso era quedar para siempre a merced de otro hombre); buscar el accidente de tráfico (pero ésos no son de resultado seguro, y además la policía no cree en las casualidades angélicas, aunque uno recuerde que el banquero Juan March se mató chocando en una carretera solitaria con el automóvil del presidente de Iberduero, o sea que se embistieron dos de los hombres más ricos de España); cargárselo en el extranjero, lo que desconcertaría a todo el mundo y diluiría las pistas ad nauseam (pero el maldito de Contreras no iba al extranjero últimamente, obsesionado como estaba en torturar a su mujer); otra serie de combinaciones más o menos lógicas y más o menos abyectas se le fueron ocurriendo mientras el cigarrillo se extinguía, mientras iban variando los reflejos de la luz, mientras en la casa se iba consolidando otra vez aquel silencio que venía del gran tiempo. Dani Ponce acabó con los ojos entornados, sin saber qué planear, desgraciado él, pensando en su infancia perdida.

Oyó sonar el teléfono arriba, en alguna de las habitaciones remotas. La casa de la Vía Augusta, aunque inhabitada, seguía pagando todos los impuestos y servicios: agua, luz, gas, teléfono, recogida de basuras, gabelas municipales que le acechaban por todas partes menos -todavía- por el cielo. Transcurrieron un par de minutos y luego llegó Carlos Bey.

– Chico, esto es la hostia.

– ¿Qué pasa?

– Al llegar, he llamado desde aquí al periódico por si me necesitaban, y he hecho mal. Nunca aprenderé. Resulta que me necesitan.

– Es verdad; nunca aprenderás a vivir, gusano.

– Una conferencia de prensa a la que tenía que ir, la han adelantado una hora.

– Cabrones los que la han adelantado y cabrones los que vayáis. Os lo tenéis bien merecido.

– En eso tienes razón. Maldita sea, el día que sepa despistarme ya me habré hecho viejo. Oye, un favor… ¿tú podrías acompañar a Marta al Clínico?

– ¿Qué sala?

– Traumatología. Ella te orientará.

– Claro que sí, no hay problema. ¿Ves, chaval? Yo ya nací despistándome. Años y años aquí, viviendo a cuerpo de rey, sin más trabajo que fingir tres cosas: que estudiaba en un colegio caro, que no robaba nada de la caja y que no tenía pensamientos impuros. Luego he seguido despistándome, ésa es la verdad, pero las cosas ya no son lo mismo.

– Tienes razón; no son lo mismo.

– Voy viviendo un poco a salto de mata, tú ya lo sabes. Y es que gasto mucho. Me gusta vivir bien, qué le vamos a hacer.

– Debieron de ser magníficos los años de esta casa… Oye, una pregunta que no te he hecho nunca. Si no quieres no me la contestes.

– Hazla, hombre. Cuanto más indiscreta es una pregunta más ganas tengo de contestarla.

– Te tiraste a Blanca Bassegoda? Dani sonrió. Por un momento pensó si no sería hermoso dejar al otro en la duda. Hay dudas que también son hermosas porque están llenas de sugerencias.

Al fin resolvió decir la verdad.

– Lo intenté -susurró.

– ¿Dónde?

– En las buhardillas, claro.

– ¿Y?…

– Nada. Blanca es una mujer que sabe lo que quiere, y por tanto sabe lo que arriesga. La gente no la acaba de conocer. Yo sí que la conozco. A veces yo sabía que iba cachonda como una gata y nunca se puso bien. Como máximo, dejarse tocar las piernas.

– Lo imaginaba. Perdona que te haya hecho esa pregunta.

– Nada, hombre. Es natural que uno recuerde aquí los tiempos de la casa. Y ahora permite que te haga una pregunta indiscreta yo a ti, en plan de igualdad. Si no quieres, no me la contestes.

– Tranquilo. Hazla.

– ¿Vas a dejarle mucho dinero a ésa?

– ¿Marta?

– Sí.

– Lo suficiente para que se cure y vuelva a recobrar la fe en la vida.

– Recobrar la fe en la vida puede salirte carísimo, leches. A mí me costaría un abono sin límite en el restaurante Reno, una vuelta al mundo en barco, un Porsche rojo como el del cabrón de Eduardo, un metisaca con todas las chicas, todas, del programa Un, dos, tres… La tira. Yo soy un hombre difícil de convencer de que la vida vale la pena. Si no me pagan todo eso, prefiero seguir creyendo que es una mierda. ¡Ah!… También pediría algún libro, por aquello de que hay que preparar una buena muerte y dejar algo digno en la mesilla cuando se te lleven. Los últimos cabrones que te vienen a ver, se fijan en eso.

Miró sonriendo a Bey y añadió:

– Dos preguntas indiscretas más.

– Bueno, hombre.

– Tú te tiras a esa tal Marta?

– Me parecería una indignidad.

– También tienes cojones tú. Mezclar la dignidad con la cama. Y encima eres tan imbécil que piensas que alguna te lo va a agradecer.

– Cada uno es como es.

– ¿Hay otras personas elegidas para el reparto?

– Por ahora sólo tengo fichas.

– ¿Sabes que me vas a joder parte de la herencia?

– No es culpa mía. Fue un último arrepentimiento de Bassegoda.

– Pues ya lo podía haber tenido diez minutos después de morirse, el muy cabrito.

– No debes hablar así de él. Te mantuvo hasta que murió.

– Pues no le costaba nada seguirme manteniendo después de muerto. Por cierto, ¿qué coño hiciste para que tuviera tanta confianza en ti?

– Él movía muchos intereses financieros, y le interesaba controlar el tratamiento que le daban los periódicos. Intentó sobornarme dos veces.

– ¿Y?…

– No lo consiguió. Le tiré un cheque a la cara.

– ¿Y por eso pensó que eres un hombre incorruptible a toda prueba? Pobre tío. Tenía que haber intentado sobornarte por tercera vez.

– Elemental. A la tercera hubiese cedido -dijo riendo Carlos Bey.

– Oye, una simple curiosidad… ¿Qué pasaría si a ti te ocurriera algo?

– ¿Ocurrirme qué?

– Pues eso: que la espicharas, hombre. Un balcón que se te cae encima. Un autobús que te atropella. Un negro que se te tira.

– Si lo preguntas desde el punto de vista de la herencia, la contestación es sencilla. El último mandato de Óscar Bassegoda quedaría sin efecto y no habría necesidad de repartir.

Dani Ponce lanzó una carcajada.

– Pues entonces ten cuidado, vida mía-dijo-. Acabaré contigo, pero dándote un buen final. Me pinto de negro y te hago mío hasta que mueras.

Señaló un reloj y añadió:

– Estate tranquilo con la chica. ¿Cuándo quieres que me la lleve?

– Cuando ella se canse, pero en todo caso no la tengas más de una hora. Ah… Y sobre todo cuidado con las escaleras y todo eso. Tiene tuberculosis ósea y la han operado hace poco. Que no se te caiga. Podría resultar fatal.

– A mí las mujeres se me caen todas, pero en la cama. No estuvo muy seguro de que Bey le hubiese oído, porque Bey ya estaba saliendo hacia el sitio donde había dejado a Marta Estradé para confirmarle que Ponce cuidaría de ella. Lo raro fue que no la encontró en el mismo sitio; o tal vez fue lo lógico, porque la gran casa se tragaba el dinero, los pensamientos, las personas, los silencios. Carlos Bey buscó en dos habitaciones.

– ¡Marta! No se atrevía a gritar, como si tuviese miedo de que su voz rompiese algo, algún cristal líquido, algún espejo fabricado con las soledades que había en el fondo de la casa. Su voz fue un susurro. En las persianas viejo estilo vibraron unos corpúsculos de luz.

– Marta… La otra habitación, la gran cama de madera tallada, fabricada por Valentí, donde había muerto Óscar Bassegoda. El último libro que había dejado sobre la mesilla, dándole la razón a Ponce: el teatro de Shakespeare traducido por José María de Sagarra, y que era seguro que jamás leyó. La puerta de uno de los armarios que oscila levemente, como si hiciese viento, pero no hay viento dentro de la casa. Sencillamente tiene que haber manos que se mueven, manos que hace muy poco que la han abierto.

– Marta, ¿estás ahí? Silencio. La gran casa que se lo traga todo, que se ha tragado también a aquella luchadora que un día perteneció a la calle.

Carlos Bey sintió que unas gotitas de sudor frío nacían en sus sienes, pero su cara permaneció inmutable. Solamente sus músculos estaban todos en tensión y no sabía por qué. Avanzó un poco para atravesar la habitación y llegar al otro lado de ésta.

Fue entonces, al cambiar de posición, cuando lo vio. Fue entonces cuando la luna del armario entreabierto le envió su mensaje, le transmitió la figura del hombre vestido de negro, algo encorvado, sombrero sobre los ojos, cara invisible, manos ágiles donde relampaguea la luz. Carlos Bey tuvo el tiempo justo, mínimo, un relampagueo también de la hebilla del cinturón y del fondo de sus ojos para ladearse y esquivar el cuchillo que le habían lanzado con una exactitud artística, con una precisión de geómetra, y que fue a clavarse en uno de los paneles de madera, justo en el sitio donde medio segundo antes había estado el cuerpo. Luego nada. Luego el grito de Carlos Bey, la puerta IMELDUL las cortinas.

CARLOS BEY se detuvo en seco. De pronto todo aquello le parecía irreal. Miró la expresión sorprendida de Marta Estradé y susurró:

– ¿Dónde estabas?

– ¿Qué pasa? ¿Por qué lo preguntas de ese modo?

– Te he estado buscando por todas partes. No sabía dónde te habías metido.

– Bueno… Esta casa me fascina. Nunca había visto por dentro un sitio igual. Estaba mirando las habitaciones un poco así, al azar… Escucha, ¿estás enfadado conmigo? ¿He hecho algo malo?

– No, claro que no. Es que…

– ¿Qué? Carlos Bey sintió vergüenza al decirlo porque le seguía pareciendo irreal, porque de pronto aquello había pasado a ser como la confesión de un chiquillo que quiere darse importancia.

– Han tratado de matarme -susurró.

– ¿A… aquí? ¿Pero qué dices?

– Sí. Y te juro que es verdad, aunque la cosa no tenga ni pizca de sentido. ¿Dónde hay un teléfono?

– Mira, aquí hay uno. Oye, Carlos, ¿puedo ayudarte en algo? ¿Quieres que vaya a algún sitio?

Carlos Bey se limitó a tranquilizarla con un gesto. No contestó. Fue al teléfono y marcó el número de la comisaría de Méndez. Éste se puso un momento después.

– Voy en seguida -dijo-, aunque no es mi zona. Confío en que no me echen del Cuerpo por meterme en lo que no me importa.

El «en seguida» de Méndez se transformó en una buena media hora, pese a que tomó un taxi y lo pagó de su bolsillo. Examinó el cuchillo empotrado en el plafón de madera y, aunque no se atrevió a tocarlo, dictaminó:

– Muy pocas veces se encuentra uno con un arma de esta clase. Mango muy pesado, hoja flexible y perfectamente afilada, conjunto muy equilibrado… Tendré que comprarme un cacharro así para detener a los mangantes en el metro.

– Es un cuchillo especial para lanzar, ¿no? -preguntó Carlos Bey.

– Yo diría que sí, aunque no los he usado nunca. Yo sólo lanzo salivazos, pero en el metro me abstengo, naturalmente.

Aparentaba indiferencia, pero estaba preocupado. Carlos Bey lo notó de una forma clara porque a Méndez ya empezaba a conocerle bien. Preguntó:

– ¿Dónde se puede comprar esto?

– No lo sé. Yo diría que en ninguna parte. Más bien es una pieza de coleccionista.

– ¿Antigua?

– Pues claro que sí. Mire estos adornos de plata en el mango… Ya no hay quien se moleste en hacer un trabajo de esta clase. El cuchillo costaría una fortuna.

Y añadió:

– Cuando uno se pone a pensar en las cosas antiguas, se marea. Hay que ver la paciencia que tenía la gente.

– ¿Quiere decir que está pensando en algo muy concreto, Méndez? ¿O en alguien?

– A mí no me pagan por pensar, sino por aplicar los reglamentos y detener a la chorizada. Pero sí. Es verdad. Las cosas antiguas siempre me sugieren caras antiguas. Hay que ver: el pensamiento es algo maravilloso. Uno se deja llevar por él y no se da cuenta de que puede llegar tan lejos.

– No me venga ahora con historias, Méndez. Dígame de una maldita vez lo que está imaginando.

Méndez no lo dijo. Al contrario, preguntó:

– Usted tuvo que ver al que le lanzaba eso, ¿eh?

– Sí, pero de una forma muy marginal. Reflejado en ese espejo.

– ¿Cómo era?… Carlos Bey se lo explicó. Había visto muy poco, pero sus ojos siempre fueron capaces de perfilar los detalles con la exactitud profesional del que tiene que captar la vida a chispazos y además ha de captarla razonablemente bien, para que como mínimo el director le crea. Mientras él hablaba, Méndez estaba mirando a otro sitio. Siempre hacía lo mismo cuando no quería que vieran sus ojos.

Luego el viejo policía susurró:

– Pues qué bien.

– No me diga que usted no conoce a ese hombre, Méndez. Usted lo conoce.

– Qué tontería, hijo. Oiga, por cierto, ¿qué hace usted aquí?

– Estaba acompañando a una muchacha enferma. Digamos que me preocupaba de su reciclaje sentimental.

– ¿Y no tiene que ir a ninguna otra parte?

– A una conferencia de prensa, pero ya la he perdido.

– Bueno, ¿pues qué quiere que le diga? Que les den. Me gustaría que usted y yo hiciéramos un recorrido por esta casa de modo que no se me escape ahora. A hacer puñetas la conferencia. ¿Tiene que acompañar a la chica?

– Puede hacerlo Daniel Ponce. En realidad ya habíamos quedado en eso.

– ¿Daniel Ponce no es un detective privado?

– Sí.

– ¿No es también uno de los herederos de Bassegoda?

– Sí. ¿Por qué?

– Por nada. Que el Sumo Hacedor le bendiga. Tengo noticias de que es un buen hombre.

Y pidió a Carlos Bey que le acompañase antes de llamar otra vez a la policía, pero ahora al 091. Necesitaba un margen de tiempo para echar él un vistazo a la casa, sin que nadie le dijese lo que tenía que hacer. Y en efecto echó un vistazo, pero la casa era tan grande que cuando Méndez volvió al emplazamiento del cuchillo estaba ya con la lengua fuera y pensando en lo prácticas que eran las viviendas del Distrito Quinto, con su cocinita, su camita y su retretito, todo en la misma habitación.

Mientras tanto Daniel Ponce ya había dejado atrás la torre de la Vía Augusta, había enfilado las calles cada vez más populosas pero todavía de alta solvencia (Ganduxer, Calvet, Muntaner) para llegar a Travessera, Diagonal, Londres, calles de agencia bancaria, de concesionario de automóviles todo a tres años y de lentos restaurantes para políticos mezclados con rápidos snacks para oficinistas inexpertos. Allí la ciudad comercial vibraba, allí alcanzaba su más perfecta imagen. El coche que fue brillante, que una tarde de primavera hizo pensar a Ponce en un Jean Paul Belmondo que hablase catalán, se había transformado ahora en un renqueante coupé cuyo motor necesitaba, como mínimo, los cuidados de un mecánico que hubiese aprendido el oficio con la doctora Asland. Y eso que Ponce pertenecía a un mundo donde el coche es la tarjeta de presentación de un hombre, como dejó escrito antes de suicidarse un cliente que no pudo terminar de pagar su Mercedes, ni por supuesto a su detective. Aunque por este segundo motivo no se hubiera suicidado nunca.

Pero ahora no pensaba en su coche, porque Marta Estradé iba con él, y Marta Estradé era una muñeca rusa, una mujer incógnita, una mujer con muchas mujeres dentro. Dani Ponce se había dado cuenta ya de que físicamente estaba muy castigada (tez demasiado blanca, caderas algo huesudas, pelo lacio, piernas a las que posiblemente fallaba el resorte que las hace abrirse bien) pero en cambio tenía la seducción de las porcelanas y el atractivo de las chicas que han de dejar que les hagas lo que te dé la gana mientras gimen impotentes y dicen que te has equivocado con ellas. Marta Estradé podía desaparecer en sus potentes brazos y darle, como ya había pensado antes, un polvo razonablemente satisfactorio, pero lento y meditado, luz natural en la habitación, polvo de frase larga, cargado de reticencias culturales, de títulos que Ponce nunca leerá y de citas que estarían mejor en las lápidas de un cementerio rigurosamente civil. Porque ya se ha dado cuenta, ya, de que Marta le da a esa cuerda, pero qué se le va a hacer, a todas hay que trabajarlas según su ritmo (y al final que yo no quería esto, que me haces daño, cuidado, ah, ah, ah, sigue, así, así, cabrón, pero qué bestia eres, has tirado el libro al suelo y encima has dejado la ventana abierta). El coupé que fue glorioso se desliza Muntaner abajo, sueños abajo, cochecito, rueda.

– ¿Quieres ir directamente al Clínico? Seguro que no. A ver si vale la pena salir de la jaula para volver en seguida que te tiran del hilo. ¿Te apetecería tomar una copa?

– ¿Con este bastón?

– Al contrarío… Es un signo de alta cuna, ¿no te das cuenta? La gente creerá que te has atizado el gran castañazo en Chamonix mientras te perseguía Carlos de Inglaterra. ¿Adónde te gustaría ir?

– Mientras no sea a mi viejo barrio, a cualquier parte.

– ¿Por qué no a tu viejo barrio?

– Me da angustia. Hay lugares en los que no quiero entrar con este bastón. No, de ninguna manera.

– Bueno, pues entonces vamos al Piaf. Es un café con velas en las mesas. No sé si lo habrán abierto a esta hora.

Sí que lo han abierto, y la velita flotando entre los dos fue para Marta el símbolo de la vida que se me está escapando y para Ponce el símbolo de la mujer que se me está escapando, maldita sea, ésta es de las que sólo miran al aire. Como sigamos mucho tiempo así, va a quedar embarazada de una mosca.

– ¿Tienes amigos?

– Dos fundamentalmente.

– Carlos Bey, supongo.

– Sí – A él le conozco hace mucho tiempo. Y el otro es Domingo Albert, el médico que me está cuidando.

– ¿Novio?

– No, nunca. ¿Cómo lo voy a tener?

– Pues hubiera sido lo más natural, ¿no? ¿A qué te has dedicado?

– A la política con minúscula. Pero no es sólo eso, ¿sabes? No quería ligarme a un solo hombre. La vida es muy ancha. Eso es lo que pensaba entonces: que la vida es muy ancha. Y ya ves: para mí no llega ahora a la distancia de un bastón.

– Entonces nunca te ligarás a mí -dijo Ponce.

– No lo he pretendido. ¿Es que hay alguna razón especial para eso?

– Claro que la hay. Yo soy uno de tus enemigos. ¿Lo sabías?

Marta sonrió, confundida.

– ¿Enemigo? -balbució.

– Sí. Y aunque la cosa es relativamente complicada, la entenderás muy bien. El viejo Óscar Bassegoda, el dueño de la casa donde hemos estado y de muchas casas más, dividió al morir su enorme fortuna en cuatro partes, aunque no iguales. Una para su hija Blanca; otra para mí, que era su sobrino predilecto y me había criado en la casa como un hijo; una tercera, muy pequeña, para Eduardo, el marido de Blanca. Y una última, nada desdeñable, para obras de caridad pero en casos muy concretos. El que tiene que examinar esos casos y repartir el dinero según su leal saber y entender es Carlos Bey.

– De lo que tiene que hacer Carlos Bey ya estaba enterada. Y es muy amargo para una aspirante a revolucionaria, como yo, aceptar la posibilidad de un dinero que viene de un capitalista asqueroso. La de vueltas absurdas que da la vida.

Como si no la hubiese oído, Ponce continuó:

– En apariencia la cosa tampoco es tan complicada, pero ya sabes lo que pasa. Cuatro son cuatro. Quiero decir cuatro mundos, cuatro ideologías, sobre todo cuando hay de por medio un matrimonio mal avenido. Porque Blanca y su marido están a matar.

– Carlos me había explicado algo de eso. Pero es un hombre muy discreto y que parece mentira que se dedique a periodista. Siempre se calla lo más importante.

– Como te decía, cuatro son cuatro, qué le vamos a hacer. No tardaron en empezar las discordias, en especial por parte de Eduardo Contreras, el marido de Blanca, un cabrón que tira de espaldas. Eduardo dice que yo no tengo derecho a nada, puesto que no soy hijo, y cuando le argumentas que la ley catalana permite repartir la herencia con mucha libertad, con mucha más libertad que el Código Civil, él responde que el testamento es nulo porque yo influí con mala fe sobre mi tío Óscar. En este punto de que a mí no me corresponde nada, o casi nada, encuentra el apoyo de Blanca. Y no es que ella y yo seamos enemigos. Es que en esto cada uno va a lo suyo.

– Blanca apoya en esto a su marido porque así la parte de ella puede ser mayor, ¿no?

– Exacto. Para qué nos vamos a engañar. Aquí todos estamos acostumbrados a vivir muy bien, y nadie quiere perder un duro. Pero la cizaña de Eduardo no termina aquí. También sostiene que la parte que a él le corresponde debe ser mayor. Y en esto Blanca no le apoya, naturalmente que no, porque se vería perjudicada.

– Pero si ese tal Eduardo tampoco es hijo, ¿qué puñeta pide?

– Bueno, él argumenta que ayudó en los negocios al viejo Bassegoda y que éste murió debiéndole años de salario y años de participación en los beneficios. Por lo tanto reclama una auténtica fortuna. ¿Y es verdad que le ayudó?

– ¡Qué coño le va a ayudar! Primero porque el viejo Bassegoda no necesitaba a nadie para ejercer con toda delicadeza el oficio de multiplicar la pasta. Segundo, porque el tal Eduardo es un gandul, un sinvergüenza y un puto. ¿Ayudar él a Bassegoda? Ayudarle a ahogarse, vamos. Pero, en fin, las cosas parecen una cosa aunque sean otra, y razón «legal» no le falta a Eduardo Contreras. Con lo cual ya tienes otro lío, pero no es el último.

– ¿Hay más?

– Jolín, claro que hay más: los tres contra Carlos Bey.

– ¿Por qué?

– ¿Y lo preguntas? Pues porque con la parte esa de las caridades perdemos todos. ¿Tú sabes lo que dejó el viejo Bassegoda? ¡Un fortunón! Y todos sus bienes responden del pago de esa suma, de modo que no se puede disponer de nada sin que los herederos, o sea los tres, aflojemos esa pasta. ¡Imagina la de oportunidades que se van al carajo! Ahora mismo ha habido una posible venta de terrenos en la Costa Brava, con una ganancia enorme de por medio, y se ha quedado en el aire porque no podemos disponer de los bienes del viejo. Lo que nosotros entendemos, te lo voy a decir claro, es que esa cifra para obras benéficas es una barbaridad, es lo que los abogados llaman «una liberalidad excesiva», y entendemos también que Carlos Bey no tiene derecho a repartir ni una cuarta parte de eso. Y así están las cosas. Con disputas, con los bienes en administración judicial y yo sin tocar un cochino duro. ¿Qué te parece? Soy un tío, ¿no?

– Demasiados problemas. A veces no vale la pena ser rico -dijo Marta con voz opaca.

– Si que vale la pena. Lo que ocurre es que el oficio del dinero es eso: un oficio. Tiene complejidades y da preocupaciones. La gente cree que es sencillo, y se equivoca: no lo puede ejercer cualquiera. Ahora ya se empiezan a crear escuelas del dinero: cursos Master y toda esa coña. Pero oye lo que te digo: el dinero es instinto, lo tienes o no lo tienes. Y luego es técnica: la dominas o no la dominas. El que piense que por tener el dinero ya lo tiene todo, va dado, nena. Debe aprender a sufrir por él.

Hecha esta importantísima declaración de principios, bebió un sorbo del whisky que había pedido y añadió:

– Por eso te digo que acepto los sacrificios que impone el dinero. Pero lo que ocurre es que ya tengo ganas de terminar. Esto se está prolongando demasiado.

– Qué diferente es mi mundo del tuyo, Dani. Te llaman Dani, ¿verdad?

– Los amigos sí. Y tú lo eres.

– Gracias.

– ¿Dónde vives?

– En la Plaza de las Navas.

– ¿Y en qué sitio para eso?

– ¿Lo ves? Soy una mujer desconocida que vive en un sitio desconocido. Y hasta te diré más: vivía allí. Ahora ni siquiera eso.

Su mirada perdida se concentró en el oscilar de la llamita de la vela mientras susurraba:

– Y pensar que un día soñé que toda la ciudad iba a ser mía.

– ¿Eres ambiciosa?

– No, pero amo esta ciudad. Amo la vida, lo amo todo. No sé si puedes entenderme.

– Completamente quizá no.

– Trato de decir que la ciudad era un poco mía. Así de sencillo y así de complicado. Hay millones de personas que tienen sólo un piso. O un libro, o una ventana, o un gato. O un clítoris, o un miembro que se hincha. Estos seres del clítoris y del miembro hinchable son los más tristes del mundo, aunque ellos no lo sepan. Bueno, no saberlo es también una forma de felicidad. Pero yo tenía Barcelona entera, tenía sus calles, su historia, sus ruidos, su gente. Perdona que hable así. Yo tenía también su noche. Los cafés de madrugada, la trastienda del bar, la compañía de un amigo iluminado que quería él solo fundar un partido ecologista. Algunos conseguían enrolar como socio a su perro. Tú no te habrás fijado y mucha gente no se habrá fijado, pero nuestra juventud está llena de vida quizá porque necesita desesperadamente afirmar que existe. O porque sólo tiene presente. -Cerró un momento los ojos-. No necesita cuidar un pasado que no le ha sido transmitido ni sacrificarse por un mañana que no llegará y que ni siquiera se molestan en prometerles. Claro que había momentos, te lo juro, en que nos mirábamos a los ojos y notábamos la angustia de no tener un pasado y no vislumbrar un futuro. Nos preguntamos cuál era nuestra justificación. Y nadie tenía respuesta. Por eso, al mirar en torno, no nos encontrábamos más que a nosotros mismos. Pero aun así era hermoso, ¿sabes?, porque estaban las calles, porque estaba el aire. Porque tras las ventanas de nuestros barrios seguíamos guardando las banderas. Y porque unos cuantos iluminados políticos querían fabricar no la esperanza del país, que no existía, que no existe, sino nuestra propia esperanza.

Rió, pero su risa era seca y cansada. Había momentos en que parecía la risa de una vieja.

– Ahora no tengo ni eso -añadió-. ¿Te lo he explicado? Una cama, una ventana y una nube. A veces ni la nube. Hay tardes en que el cielo está siempre igual, tardes en que el cielo azul y quieto, de país sahariano, me obsesiona.

Guardó un momento de silencio. Otra vez sus ojos se habían clavado en la llamita que parecía ir a extinguirse.

– Antes me llamaban por la noche -susurró a continuación-. Amigas, amigos… Siempre había una reunión, un proyecto, una conversación para demostrar que aún no habíamos pasado al reino de la nada, el único reino que de verdad nos ha sido prometido. Incluso estuve a punto de perderme en el sexo: al fin y al cabo era una afirmación de que seguía viva. Pero ni eso hice. Y ya nadie me llama por las noches, nadie viene a verme: ni el perro del ecologista, ni las sombras del mercado del Borne y de los bares tirados del barrio viejo. Hasta me parece un milagro estar hablando aquí, contigo, con un hombre que me escucha y que se ha olvidado de mis piernas. Bueno, debe de ser porque las tengo muy escondidas debajo de la mesa.

Daniel Ponce había cerrado también los ojos, hundido en el silencio del Piaf. No, no me he olvidado de tus piernas, ansiosa mujer solitaria, ansiosa putilla, ansiosa felatriz que me ha hablado de que despreciaba el sexo porque ahora ya no lo piensa seguir despreciando. Porque tú has llegado al último rincón de tu soledad, y lo malo es que empiezas a saberlo. Antes tuviste un ideal político en el que la ciudad iba a seguirte; luego tuviste al menos la ciudad, aunque no te siguiera. Ahora no tienes más que una ventana y una nube, tú misma lo has dicho. Pero me has ocultado algo: en esta última frontera de la soledad sabes que tienes un clítoris, como los muchachos descubren al menos un pene en su primera angustia de su primer aislamiento. Y muchos adivinan que la vida no les va a dar más, lo adivinan ya entonces, a los quince años, como la primera voz del futuro, mientras que tú lo has adivinado ahora, como la última voz del pasado. Pero el resultado es el mismo, pequeña putilla. No sé quién va a hacer un favor a quién esta tarde, en esta hora un poco mágica en que ya se cierran las agendas y en que los hombres de negocios miran el reloj por última vez. Porque yo tengo también solamente una ventana y una nube, y eres tú, maldita, la que ha hecho que me diera cuenta.

Se puso en pie y susurró:

– Ven. Marta Estradé se dejó llevar. ¿Por qué no? Al fin y al cabo aquello volvía a ser la vida, mientras que los hombres como Carlos Bey no le traían más que los recuerdos. Fueron a La Casita Blanca, meublé de burguesías extinguidas, bastón va, bastón viene, cuidado, señorita, no se haga daño al entrar, y ella que siente la quemazón en el fondo de los ojos, me están tratando como a una pieza del museo de cera. Y eso que no sabe lo que los amables camareros van a comentar más tarde: hay que ver lo del bastón, aquí viene gente cada día más desesperada, lo mismo hacen un trato, o tienen un despiste, y es ella la que se lo clava.

17. LA REDACCIÓN

EL INTELIGENTE redactor buscaba un título por todas las esquinas del vacío, y al final lo encontró. Puso lo siguiente: «El Parlament valenciano instala su sede en un palacio del siglo XV completamente computerizado.»

El que recibía las noticias en su pantallita, para ver si las medidas coincidían antes de enviar el texto a imprenta, pensó:

«¡Toma castaña!» No sabía lo que significa «computerizado», ni tampoco sabía si los viejos palacios se «computerizan», pero la verdad era que no le importaba. Se daba por deducido que al lector le importaría aún menos; tampoco estaba entre sus competencias averiguar si la palabreja resultaba inevitable por ser lo más importante de la noticia. Para él lo único esencial era que el título cuadraba según las normas del logaritmo que estaba parpadeando allí, en la pantallita, a impulsos de la magia electrónica: «hd3tb24cs22%». Lo demás eran ganas de perder el tiempo y de buscar un periodismo que lindara con la metafísica. De modo que confirmó los datos técnicos, oprimió una tecla y envió el texto a imprenta, que por supuesto ya no era una imprenta, sino un conjunto de hombres que pegaban tiritas en un papel y cuyas batas blancas daban al recinto un aspecto de silenciosa barbería urbana.

Un par de horas después uno de aquellos hombres saldría del recinto y le diría al controlador de la pantallita:

– El texto clave «Naparl» no me cabe. Es eso del Parlamento valenciano.

– Pues la máquina me ha dado doscientos sesenta y nueve milímetros.

– Hace doscientos noventa y tres.

– No puede ser.

– Te lo devuelvo a la máquina y lo compruebas.

– Imposible ahora.

– ¿Por qué?

– La computadora está muy cargada. Han anunciado que van a bajar sistemas.

Eso significaba que las pantallitas no podían funcionar.

– Bueno, pues tú verás lo que hacemos ahora. Tengo la página parada.

– Corta por el final, pero deja la firma.

– Ah, bueno. Si alguna vez el redactor pensó que para eso no hacían falta tantos artilugios técnicos, no lo dijo. Porque nadie le había exigido saber escribir, aspecto de su profesión absolutamente secundario, y le habían colocado ante los logaritmos parpadeantes. Vivía de ellos, eran su mañana.

Unas mesas más allá, una mujer con calculadora portátil maquinaba la portada del día siguiente.

En tiempos remotos, cuando aún había locos que pensaban en la información más que en otra cosa, existió en el periódico lo que se llamaba «el pase». Las noticias esenciales empezaban en la portada y terminaban en la página siguiente, a la que se accedía doblando la hoja. Pero hubo un director al que se le ocurrió que había que simplificarle la tarea al lector, y que por lo tanto las noticias tenían que empezar y terminar en la portada, fuese cual fuese su extensión y su importancia. En casos muy raros las hacia pasar a las páginas interiores, en las distintas secciones (España, Internacional, etc.), con lo cual nunca se supo muy bien lo que el lector ganaba, puesto que a cualquiera le costaba mucho más encontrar la continuación de la noticia en la página 40 que en la página siguiente a la que leía. Pero, en fin, era el progreso.

Lo peor era lo de todos los días, lo normal, cuando las noticias nacían y morían en portada efectivamente. Por lo general no se dejaba entrar en esa primera página más de cuatro o cinco noticias, para que el lector no se hallase ante una dispersión; lo cual era lógico sí se olvidaba el principio de que hay tantos mundos como lectores. Andreu Roselló, por ejemplo, en el viejo Correo Catalán, lo había seguido al situar en la portada el mayor número posible de títulos o «flashes» de noticias, que servían para llamar la atención hacia las páginas del interior. Aquí, sin embargo, no. Tenían que ser unas pocas noticias, una de las cuales, por su importancia, ocupaba el lugar preeminente, y a la cual se daba, por razones de efecto visual, un espacio considerable. Pero hay noticias importantes que son cortas, y si bien existen recursos gráficos para destacarlas, aquí esos recursos eran despreciados sistemáticamente. La noticia se publicaba de acuerdo con unas normas muy clásicas y muy estrictas, con la única diferencia de que se le otorgaba más espacio. Muchas veces eran cien líneas, pero la noticia, correctamente expuesta, sólo tenía treinta.

El redactor encargado de aquella sección iba hacia alguno de los nuevos periodistas y decía:

– No me deis tanto espacio.

– Hay que dártelo. Son las normas.

– Pero es que la noticia es más corta…

– Pues la inflas.

– ¿Y hay que ponerle además una foto?

– Sí. Yo la he dibujado con foto. Son las normas.

– Pero es que no ha llegado foto.

– Pues sacas de archivo una que vaya bien.

– ¿Una foto de archivo en portada? ¿A eso se le llama actualidad?

– Las normas. Toda noticia de cabecera debe ir ilustrada de alguna forma. Está escrito.

Momentos después llegaba otro redactor que tenía en portada una noticia de cien líneas, pero al que sólo le habían dado treinta.

– No me cabe -exclamaba aquel hombre recién llegado del Valle de Josafat.

– Pues la cortas.

– ¡Pero si en treinta líneas no puedo decir nada! ¡La noticia la tengo que aniquilar! ¡Oye! ¡Que es que me obligáis a dejarla de cualquier manera!

– ¿Y yo que quieres que te diga? La portada está dibujada así. Un hueco de cien líneas, otro de treinta, otro de cuarenta y una columna para un «flash» de diez. Se llenan los huecos y ya está. Da lo más importante y basta. Hay que aprender a resumir, hombre, hay que aprender a resumir, que el lector lo agradece.

Mientras tanto el de las cien líneas inflaba. Quizá el redactor recién venido del Valle de Josafat pensaba que, con la vieja institución del «pase», a cada noticia se le hubiera podido dar la extensión justa: las noticias cortas naciendo y muriendo en portada; las más largas naciendo en portada y muriendo en la página siguiente. Pero, si lo pensaba, de poco le servía. Nadie le iba a oír. Por lo tanto, a base de frustraciones, iba adquiriendo un patrimonio que le salvaría de volver al Valle de donde había venido: la indiferencia. Si eran otros los que habían inventado el sistema, pues allá ellos. Resumía la noticia en treinta líneas y se quedaba tan tranquilo, sabiendo que con los años llegaría a ser un periodista domesticado y perfecto. Debidamente computerizado, como es lógico.

Pero en aquella hora decisiva de la vida convertida en líneas, estaban ocurriendo otras cosas no menos esenciales. Por ejemplo lo del Florindo Chico. El Florindo Chico se había hartado de proclamar durante años que un sedicente compañero suyo, particularmente trepa, era un Rasputín. Rasputín va, Rasputín viene. Por ejemplo, entraba en la redacción una noche lluviosa.

– ¿Habéis visto al Rasputín? -preguntaba.

– No, hoy no ha venido.

– Se habrá enganchado la lengua en la puerta del director, os lo digo yo.

– Pues a lo mejor, para desengancharlo, se la tienen que cortar.

– Ondia… ¿Y entonces con qué va a hacer el trabajo? Otro día, una tarde maravillosa en que las mujeres estaban más buenas que nunca, entraba en la redacción el Florindo Chico.

– ¿Sabéis la última? -gritaba.

– ¿Qué?

– ¡El Rasputín ha contratado un profesor de gimnasia y está haciendo un curso acelerado para aprender a lamerse el culo él mismo!

– ¿Pero por qué?

– ¡Ha oído rumores de que le van a nombrar director! Pero aquella tarde de las noticias de cien líneas redactadas en treinta, al Florindo! Chico le aguardaba una sorpresa. Aún no se había sentado cuando el Amores se deslizó sigilosamente hasta su mesa.

– Oye, tú.

– ¿Qué?

– ¿Ya sabes la última?

– ¿Se ha muerto el Rasputín?

– No.

– ¿Pues qué? Si no es eso, no me interesa.

– Lo han hecho subdirector. El Florindo Chico palideció. Si alguna vez un hombre vivo fue copia exacta de un cadáver, ese hombre provisionalmente vivo era el Florindo Chico. Balbució:

– Oye, tú hablas en coña.

– ¿Por qué voy a hablar en coña? ¿Lo he hecho alguna vez? Además, algún resultado tenían que darle las mamadas, ¿no?

– Pero es que…

– Te diré algo más. Es el que va a encargarse de remodelar la redacción. Reajustes de plantilla, despidos y todo eso.

El Florindo Chico tuvo que tragar aire mientras sentía una desesperada necesidad de ir al water, su lugar de reflexión, para trazarse un plan de defensa estratégica, pero logró aguantarse mientras balbucía:

– Bueno, entonces yo…

– Es lo que quería decirte, chico. Eres el primero de la lista. Por eso te he querido avisar.

– Oye, Amores… Coño, que no. Tú di lo que quieras, pero yo no me lo creo. Es que eso no puede ser. Nada menos que el Rasputín, hostia.

– Está bien, hombre, peor para ti si no lo crees. Yo no quería más que hacerte un favor. Pero si piensas que te engaño, vete al despacho del subdirector ejecutivo. No se si además del ojo del culo tienes dos ojos en la cara, pero si los tienes te convencerás. Hala, ve, hombre. Abre la puerta y pregunta.

El Florindo Chico fue y abrió la puerta, pero no tuvo necesidad de preguntar. El Rasputín estaba allí, tras la mesa, sentado en su trono y rodeado de pruebas de las páginas del periódico.

– ¿Qué te pasa a ti? -le preguntó secamente al Florindo, cuando éste asomó la cabeza.

– Bueno… Yo… Qué sorpresa… hombre… ¡joder, lo que es la vida! Supongo que no molesto.

– Eso está por ver.

– ¿No puedo hablar contigo?

– Si sólo es un momento, puedes. Siéntate. Florindo se sentó. La sensación de que necesitaba meditar fuese como fuese, pero sentado en una taza higiénica, se le hacía insoportable. Aunque con un hilo de voz que aún era normal logró balbucir:

– Me han dicho que acaban de hacerte subdirector ejecutivo, con poderes para remodelar, o séase para reconvertir, la redacción.

– De arriba abajo. Y ya hay una lista, aunque basada en motivos exclusivamente técnicos, claro.

El Florindo tragó saliva.

– oye… En fin… Yo quería decirte… Por aquí circula algún malentendido.

– ¿Qué malentendido?

– Hay algunos cabrones que tienen la cara de decir que yo voy por ahí llamándote Rasputín. De lo que es capaz la gente.

Hubo un silencio gélido en el despacho, un silencio cargado de relojes que un día habían sonado y de voces que se habían ido.

Al fin el otro musitó:

– ¿Y no es cierto?

– Imagínate… -Ahora que hablas de eso, te informo de que yo lo he oído decir.

– ¿Oído decir? ¡Pero si es absurdo! ¡Es tan absurdo como llamarme a mí Florindo Chico! joder, oye, no vas a creerte todo lo que te digan por ahí… ¿Llamarte a ti Rasputín? ¿Yo? ¿De qué?

– Mira, no perdamos el tiempo con una cosa ya pasada y que no nos lleva a ninguna parte. Las nuevas listas de la redacción ya están hechas. Con los traslados correspondientes, claro.

– ¡Pues yo no te he llamado nunca Rasputín! ¡Lo juro! ¡Nunca!

La voz perfectamente opaca preguntó desde el otro lado de la mesa:

– ¿Algo más?

– Hombre… Y fue entonces cuando el Florindo Chico se derrumbó. Se vio colocado en el archivo, o algo peor: se vio convenientemente colocado en la calle, porque el despido en España es libre, aunque no sea gratuito. ¿Y qué iba a hacer él? ¿De qué le servirían, puestos en plan cabra, un par de millones de pesetas? ¡Si se van volando!

– ¡Yo no te he llamado nunca Rasputín! -gimió-. ¡Todo son habladurías! ¡Pero oye una cosa! ¡Te lo pido por favor! ¡No te vengues, Rasputín! ¡No hagas nada contra mí! ¡No me eches, Rasputín! ¡Rasputín, escúchame!…

Todo lo que sucedió a continuación lo recordaría el Florindo Chico como algo acaecido en un planeta lejano, como una pesadilla borrosa e inconcreta, como el armario de una mujer infiel. Hasta un pijo como el Amores entró riendo en el despacho. El falso subdirector Rasputín se levantó del asiento. El auténtico subdirector empezó a lanzar gritos con los brazos en alto, antes de ocupar su puesto tras la mesa. Incluso el encargado de los teletipos entró. La gente tenía en el despacho orgasmos sucesivos. El Florindo apenas pudo balbucir:

– ¿Pero qué es esto, Rasputín? Había quedado delante de todos como un flojo, como un pijín, como un cobarde. Había quedado hecho mierda para todo el universo de las noches. Se daba cuenta de que ya no volvería a tener en la redacción el prestigio de los audaces y de los coñones, lo cual significaba su hundimiento moral; porque ese dudoso prestigio era lo único que le quedaba. Pero lo más odioso era que la broma se la hubieran gastado entre el Rasputín y el Amores, sobre todo el Amores, un marica que se lo debía todo, un fichado por la policía, un mamón que no sacaba a pasear a su perro sino al revés, un cornudo que tenía que esperar ante la puerta de su alcoba a que el cartero terminase, un frustrado que sólo se calentaba metiéndose en la cama con las braguitas de un travestí. Ya le daría él al Amores, ya, maricón de playa, soplapollas, dao pol saco, desertor, caragírat. No, aquella traición no la perdonaría nunca.

Arrastrándose hasta su silla, tropezando con los cajones abiertos, con las máquinas de escribir y con las pantallitas electrónicas, el Florindo Chico se dispuso a asistir en silencio a su aniquilamiento, a su propio final. Pero el periodismo tiene al menos una virtud: hoy estás arriba, mañana estás abajo, hoy pagas, mañana cobras, hoy das, mañana te dan y resulta que encima te gusta. Apenas el Florindo se había puesto a barnizar su propio ataúd cuando el director entró en la redacción gritando:

– ¡Amoreeeeees!… El Amores pegó un brinco.

– Diga, señor director.

– ¿Usted ha redactado esta noticia de las abortistas de Bilbao?

– Sí, señor. Lo del juicio a las abortistas de Bilbao. Y lo he entregado a su hora.

– Léalo. El Amores lo leyó y luego lo devolvió diciendo:

– Pues muy bien. Que se ha acabado el juicio y que se espera la sentencia, o sea el fallo, para dentro de pocos días.

– ¿Y no ve usted nada?

– ¿Qué he de ver? El director suspiró.

– Déjelo. Ya corregiré la prueba yo mismo. Conque el fallo, ¿eh? Y encima vaya manera de redactar la noticia. Si hasta parece que todo encaja y queda bien.

Arregló la palabra «fallo». Porque la noticia, tal como la había dejado Amores, decía en su parte final: «Una vez celebrado el juicio, las abortistas de Bilbao conocerán el falo de los magistrados dentro de muy pocas fechas.»

No dejaba de ser una forma de acercar la justicia al pueblo en la que no había pensado nadie.

– Con eso de las letras -estaba explicando Cuevas, uno de los veteranos- se producen desastres inigualables, auténticos dramas que pasan a la historia. Una simple letra que falta, como en el caso de esa noticia del Amores, o una letra cambiada o que sale al revés, como en el caso de la «d» y la «p», pueden originar terremotos. Yo recuerdo dos de la «d» y la «p» que casi hunden redacciones enteras entre la basura, la ignominia y el desprecio del cajero, que es el desprecio más dramático que existe. Una de ellas se produjo en plena guerra civil e hizo caer de bruces al director de un diario gaditano. Cierta vez ese diario hablaba de una acción de las tropas franquistas, y decía más o menos así: «Ayer, en un brillantísimo y brioso ataque, los hombres de la brigada Mora Figueroa entraron en contacto cuerpo a cuerpo con el enemigo y le hicieron más de trescientas pajas.» Por supuesto que en lugar de la «p» tenía que haber aparecido la «b», tenía que haber dicho «bajas», pero vete a explicar eso al lector del periódico y sobre todo al gobernador militar de la época. Y es que además no sé qué pasa, pero fatalmente esas noticias están redactadas de tal forma que la barbaridad cae bien, parece puesta a propósito. Por ejemplo esta otra -añadió- que apareció en un periódico de Barcelona en plena dictadura pontificia y franquista. Resulta que una señorita de la buena sociedad abrazaba el estado religioso, y como esas cosas eran entonces noticia, se publicaba así: «En una emotiva ceremonia, ingresó en religión y se desposó con el Señor la virtuosa y distinguida señorita equis equis. Le deseamos una larguísima picha en su nuevo estado.»

Cuevas acalló las carcajadas del pueblo fiel, que ya se estaba desmadrando, y continuó:

– Ya podéis imaginar que tenía que haber aparecido la palabra «dicha». ¡Pero menudo lío! ¡Menudo follón!

– ¿Menuda picha! -gritó el Florindo Chico, que se estaba recuperando velozmente-. Supongo que a partir de entonces aparecieron pancartas en los conventos pidiendo igualdad de oportunidades…

– No seas bestia, hombre -gritó Cuevas-, que ésas son cosas serias y que le pueden suceder a cualquiera. Como a aquellos dos locutores de radio. Pobrecitos.

– ¿Qué locutores de radio? -preguntó Amores, que se había unido al grupo al ver que de momento no volaba ningún guantazo.

– Pues uno de Pamplona y otro de aquí, de Barcelona. Los dos volaron, ¿sabes?, porque uno cometió una falta contra la moral pública y el otro contra las normas vaticanas. Los dos fueron pobres chicos a los que se les escapó alguna palabra de más en aquella España donde no se perdonaba nada. Por ejemplo al de Pamplona. El de Pamplona estaba en una tarde veraniega de domingo, una tarde de esas muertas, llenas de silencio, de moscas que hacen la siesta y de horas que no pasan. Y su emisión, además… ¡estaba dedicada a explicar la situación de las carreteras de la comarca! Podéis imaginar al pobre tío: «Por Tudela la circulación es fluida. En Pamplona entran, procedentes de Noain, unos veinte coches por minuto… En Olite se ha despistado una bicicleta, pero afortunadamente sin consecuencias…» La muerte escuchadme: la muerte. Y por fin una noticia de verdad, una noticia salvadora que le permite dar contenido a su programa: «Atención, señores, en este momento recibimos un despacho de agencia donde se nos comunica que el señor obispo ha salido en su automóvil por la carretera de Zaragoza, y se encuentra en estos momentos en las cercanías de Tafalla.» Claro que inmediatamente se dio cuenta de que allí había algo que no cuadraba, y añadió:

– Desde luego ya comprendemos que esta noticia tiene poco que ver con el estado de las carreteras, pero la transmitimos «para los aficionados al Cristianismo».

Hubo movimiento de mesas en aquel lado de la redacción. Amores se sujetó los pantalones. Florindo Chico musitó:

– ¿Y qué pasó con el pobre locutor ese? Cuevas dijo:

– RIP.

– Ondia con el tío, también tuvo mala pata. ¿Y qué fue del otro, del locutor de Barcelona?

– Bueno, ése tenía un programa cara al público de esos que eran tan frecuentes cuando no había televisión. Daban un premio a la persona que contestara con más rapidez y con más gracia a la pregunta que le hiciera el locutor, una respuesta sin preparación y repentina, claro.

– Lo entiendo muy bien. Yo estuve en alguno de esos concursos-dijo Amores, manteniéndose a la debida distancia.

– Pues bien, entonces ya sabéis todos de qué va la cosa. La sala llena, el locutor haciendo coña, pero con vaselina, la gente animada después de cenar y todo eso. Y entonces va el locutor aspirante a recluso y saca a una señora de buena planta. «Vamos, señora, vamos a ver… Yo le preguntaré una cosa tan sencilla, tan sencilla, tan sencilla, que usted me la contestará en seguida con sólo tener un poquitín de memoria. ¿Cuánto hace que se casó?» «Dos años -contesta la tía de buen ver-, dos años hará ahora.» «Mejor que mejor, porque así seguro que se acuerda. Y dígame, señora, sencillamente esto: ¿Cuál fue la primera frase que le dirigió usted a su marido justo al quedarse solos en su noche de bodas?» «Huy, ésta sí que es gorda», contesta la gachí sonrojándose. Y el locutor va y grita: «¡ Premio, señora!»

Florindo Chico apoyó más su tripa en la mesa, estuvo a punto de volcarla y barbotó:

– ¿Pero no se dio cuenta el locutor de que a la pobre mujer lo que le parecía gorda era la pregunta?

– ¿Quién sabe? -sugirió malignamente Cuevas. Arrojaron casi a puntapiés al que les venía a traer las hojas del teletipo, y Forns, otro de los veteranos, murmuró:

– Pero a veces los periódicos han cometido barbaridades sin culpa de nadie, sin que absolutamente nadie pudiera darse cuenta. Yo pienso que es la fatalidad. Un periódico muy serio y muy católico de Madrid metió dos veces la pata hasta el fondo por la publicidad. Y mira que era una publicidad bien inocente, una publicidad de todos los días.

– ¿Qué pasó? -preguntó Cuevas.

– Bueno, pues cierta vez, en plena euforia dictatorial, ese diario publicó en página par una gran foto de la mujer de Franco, muy arreglada y muy puesta en su sitio ella, rodeada de otras señoras de la situación, todas que no veas. No recuerdo de qué acto se trataba, pero en fin, todas estaban allí. Y resulta que en la página contigua, pero a la misma altura al lado mismo, al lado mismo aparece un gran anuncio de un raticida que siempre decía la misma frase: «¡No se lamente! ¡Mátelas!»

Amores, al darse cuenta de que había otros seres tan desgraciados como él, lo cual no impedía que hubieran llegado a directores de un diario, lanzó una carcajada

Florindo Chico preguntó muy serio:

– ¿Rodarían cabezas, no?

– Supongo que sí -murmuró Forns-, porque al poco tiempo va y el mismo diario se tira otra plancha parecida. Y también por culpa de la publicidad, por un anuncio en el que nadie se había fijado. Durante años, ese periódico había publicado al pie de la portada un anuncio en forma de faja que decía siempre lo mismo, de tal forma que ya nadie reparaba en él. Y he aquí que una mañana gloriosa aparece toda la portada ocupada por una gran imagen de la Virgen de los Dolores. El pie de la foto, en grandes letras del 48, decía justamente: «La virgen de los Dolores.»

– Bueno, pues muy normal. ¿Y qué?

– ¿Cómo que y qué? ¿Vosotros sabéis lo que decía el anuncio?

– ¿Qué decía?

– «Contra dolores, Okal.» Otra vez sonaron estruendosas carcajadas mientras el encargado de repartir los teletipos no se atrevía a acercarse por allí, a pesar de que había dos o tres noticias urgentes. El Florindo Chico bajó de la mesa. Sus tetillas, que casi le tocaban el ombligo, se balancearon. Las pantallas electrónicas estaban parpadeando sin que nadie les hiciera maldito caso.

No se había acallado aún el estruendo de las carcajadas (aprovechando que en aquel momento no estaban allí ni el director ni ninguno de los mandos más o menos fidedignos) cuando el Florindo Chico decidió contraatacar e iniciar una venganza sutil contra el Amores, una venganza que quizá duraría siglos, pero que sería diabólica y que él llevaría a cabo con la ayuda de Dios. Puesto que Amores, como todo el mundo sabía, había tenido líos con travestís, Florindo empezó a hablar de un redactor anónimo, pero sabiendo que muy pronto lo identificarían todos. Apoyando de nuevo la voluminosa tripa en el borde de la mesa-¿Sabéis la última de no sé quién?

– ¿De quién? -Hombre, eso no se dice. Con insinuar que es de aquí ya se le puede clasificar.

– Bueno, es igual. Cuenta.

– Bueno, uno de aquí, repito, muy aficionado a las chicas, pero al que siempre le pasan cosas, encontró cierta noche una gachí, una ja, como dice Henry Miller, y va el tío y se empalma sólo de verla, aunque el que os digo sólo se anima cinco minutos por Navidad, coincidiendo con la paga. El caso es que hacen precio, suben a la habitación, el tío sigue milagrosamente empalmado, la tía empieza a cantar Montañas nevadas con voz gangosa y se va desnudando. Primero el vestido, que parece de organdí; luego los cubretetitas, que por cierto son dos globitos de espanto; más tarde unas medias que pa qué, sobre unas piernas para llevárselas a casa, y por fin las braguitas. ¿Y qué aparece entonces? ¿Qué salta al aire? Un cipote así, oídme… i Así! Y el que os digo que es de aquí se desempalma y gime: «¡Me has engañado!» Y la mansa que se pasa ella misma una mano por la entrepierna y pregunta:

– ¿De qué te quejas? ¿Qué más quieres? ¡Soy una mujer cojonuda!

Todos rieron de nuevo mientras Amores empezaba a desaparecer debajo de la mesa. Hubo un movimiento colectivo para capturarlo, pero el tío se les escurrió. En aquel momento apareció el director.

– ¡Amoreeeeeeeeees!…

Carlos Bey salió del despacho de aquel director que seguramente acababa de descubrir un nuevo error dramático. Había ido allí desde La Vanguardia para una gestión, y se disponía a regresar a su periódico. Pudo oír aún la última carcajada, el último murmullo y el grito de «Amoreeeees», que era como una señal de alerta. Luego se deslizó por los pasillos que llevaban a la luz de la calle y a la libertad de los hombres de bien.

Méndez estaba allí, esperando. Méndez dejaba recortar su silueta sobre el tráfago de la calle, sobre los coches que buscaban aparcamiento, los hombres que buscaban trabajo, los empresarios que buscaban un banco ingenuo, las mujeres que buscaban a alguien dispuesto a cometer pecados de al menos tres mil pesetas. Méndez que avanza, que pone una cara de sorpresa en la que nadie cree ya, Méndez dispuesto a jurar por su padre que pasaba por allí mientras aparta con el pie las cinco colillas que se ha dejado en la esquina.

– Joder, amigo Bey, al verle he tenido la sensación de que había cambiado de periódico.

– Usted sabe perfectamente que he venido a hacer una gestión. A lo mejor incluso ha telefoneado antes.

– Hombre, no diga eso. Al final yo mismo voy a acabar creyendo que le persigo.

– No tendría motivo para hacerlo. Bueno, me lo parece a mí. Aunque ya conozco su tesis de que cualquier ciudadano es merecedor de toda sospecha.

– Sólo quería preguntarle una cosa, hijo. No se ponga nervioso. Es que busco a una persona.

– ¿A quién? Méndez susurró:

– Me he pateado todos los hoteles más o menos clandestinos, todas las pensiones más o menos reconocidas, todos los hoteles con alguna estrella donde dejar descansar el culo, ¿sabe? No le negaré que en alguno, como el Ritz, hubo una cierta resistencia institucional a dejarme entrar. Lo malo fue que, como garantía de que estoy sano, no pude enseñarles más que un certificado de vacunación extendido en 1945. En fin, que me he pateado la ciudad como nunca lo había hecho, la he recorrido de arriba abajo, he mirado hasta en las bocas de las alcantarillas y nada, absolutamente nada. Qué manera más cojonuda de perder el tiempo.

Y añadió:

– Aunque en algunas pensiones he encontrado viejas amigas que aún le dan al asunto cuando no están delante sus nietos. Mire por dónde, me he llevado más de una alegría. Con lo que me había acordado de ellas el día de difuntos.

– No hace falta que me explique la historia de Barcelona, porque supongo que sus amigas echaron el primer polvo con un cartaginés. ¿A quién busca realmente, Méndez? ¿A quién esta vez?

– A Wenceslao Cortadas. Después de la amistad que usted tuvo con el viejo Bassegoda y después del intento de asesinato que sufrió en la torre de la Vía Augusta, no me diga que no sabe de qué va.

– Sí, claro que lo sé. Y me he preocupado de averiguar detalles de su historia.

– Bueno, pues sé que está en Barcelona al cabo de tantos años, pero no aparece por ninguna parte, en ningún hotel alto, en ninguna pensión baja, en ninguna alcantarilla rehabilitada por el Instituto Municipal de la Vivienda. Claro que podría estar realquilado, ¿sabe, hijo? El número de personas realquiladas en esta ciudad, y que nunca aparecen en los censos, supera el de muertos en la campaña de Rusia. Incluso varios de mis acreedores la diñaron allí.

– Si quiere encontrarlo, siga la ruta del dinero, Méndez. Ahora ya se ha acabado aquello de cherchez la femme, ahora manda lo de cherchez l'argent.

– ¿Qué trata de decir?

– Eso: que siga el camino del dinero. Sólo en el dinero está la verdad. La gente necesita comprar cosas cada día, y para eso hace falta pasta. ¿Ha mirado en la Seguridad Social? ¿Sabe ya si Cortadas cobra alguna pensión? Por ahí podría sacar el domicilio y la pista.

– Claro que lo he hecho. Todos los listados de pensionistas de la Seguridad Social y los acogidos al paro, que hoy día ya son la totalidad de los españoles menos el presidente del Gobierno, han pasado por mis ojos. Y nada: Wenceslao Cortadas no cobra. También he mirado incluso entre los marchantes de pintura, al menos entre los que han visitado una escuela de dibujo alguna vez. Se me ha ocurrido que Cortadas podría estar pintando para vivir o vendiendo algunas de sus viejas obras, pero nada. También he fracasado en eso.

– No es usted un policía tan descuidado como parece, Méndez. Todo lo acaba pasando por el tamiz.

– Hago tanto eso que a veces me olvido de limpiarme las uñas.

– Bueno, ¿pero qué quiere en concreto de mí? Porque no va a decirme ahora que ha venido sólo para ver si trabajo.

– Confieso que le he vigilado, amigo Bey. Lo he hecho discretamente y con todas las precauciones, cerciorándome siempre, eso sí, de que el viento corriera de usted a mí y no de mí a usted, porque en caso contrario me hubiera descubierto por debajo de los cincuenta metros. ¿Razón de que le haya vigilado? Muy sencilla: en su vuelta a los viejos tiempos, Cortadas podría haber tratado de relacionarse con usted. Pero no he conseguido nada, no se le ha acercado. Ah… Puede que le parezca risible, pero he visitado la tumba de Nuria Bassegoda.

– ¿La tumba? ¿Por qué?

– La gente es muy extraña, los enamorados que anclan su memoria en el pasado son muy extraños. Lo he hecho por si había flores frescas.

– ¿Y cómo se le ocurrió esa idea, Méndez? Está usted en todo.

– No, confieso que esta vez no fue mi instinto de policía. Se me ocurrió la idea viendo la cara de una de las antiguas putas a las que yo había protegido.

Carlos Bey suspiró cuando llegaban ya a la puerta de su periódico.

– ¿Por qué me explica todo esto, Méndez? En resumidas cuentas, ¿qué quiere de mí?

– Nada, hijo, nada, sólo insistir en esa delicada línea de los marchantes de pintura. Usted conoce a críticos de arte, gentes de bien, personas de condición, digo yo, que tienen incluso domicilio fijo. Aquí, en La Vanguardia, había un crítico muy bueno, Fernando Gutiérrez creo que se llamaba, un hombre que quería seguir creyendo a pesar de que la vida se había empeñado en no dejarle creer. No sé cómo tienen esto ahora, después de la muerte de Fernando Gutiérrez, pero en todo caso puede que ahí se mantenga relación con los marchantes o con gente parecida. Yo no los conozco, ¿sabe? Yo he acabado por no tener relación más que con dueños de bares sometidos a la Ley Antiterrorista. Usted me puede orientar bien.

– Es posible. En los periódicos se oyen nombres, fechas… A veces se trata sólo de tener el oído atento.

– Pues cuando pesque al vuelo algo de eso, comuníquemelo. Aunque sea la fecha del último polvo de su compañero de mesa,, que no tiene necesariamente que coincidir con el último polvo de su mujercita. Adiós, hijo, ¿sabe que ahora estoy leyendo a los poetas catalanes de la Bernat Metge? Deo gratias, finis coronat opus.

Y se alejó sigilosamente entre la multitud, sin que cundiera el pánico.

18. LOS BARRIOS

MÉNDEZ se dirigió Ramblas abajo hacia la calle Nueva, a cumplir al menos durante cinco minutos las obligaciones oficiales por las que el Estado le pagaba tan generosamente. Encontró ante su mesa, debidamente diligenciadas, a las siguientes personas: a) una muchacha que denunciaba por incesto a un vecino, y que cuando Méndez le advirtió que eso no concordaba, dijo estar convencida de que el vecino era su padre; b) un marica que al grito de «esos sitios son sagraos», denunciaba a un amigo por haberle robado una sortija que tenía guardada en el recto; c) un ciudadano al que habían robado tres veces en un retrete público, y eso que -dijo- él siempre abría la puerta de buena fe; d) un moro de una pensión cercana, cuyo compañero de habitación, cristiano viejo y ex combatiente, había interpretado mal la postura la primera vez que el moro se puso a orar.

Méndez solucionó estos asuntos, tan relacionados con la vida civil de las gentes de su barrio, sin necesidad de atestados ni de juzgados de guardia. Lo arregló casi todo por teléfono, a pesar de que aquel aparato le seguía siendo profundamente hostil. Al presunto inseminador de su hija le amenazó con caparlo utilizando un cortapuntas de cigarro puro si se liaba otra vez con alguna vecina, y si era la vecina la que quería liar debería pedirle antes el Libro de Familia, «porque en esas escaleras donde hay tantas pensiones baratas nunca se sabe, ¿entiende usted?» Al de la sortija le telefoneó también, advirtiéndole que o la devolvía o se la metería en el culo él, pero, eso sí, se lo advirtió sin demasiada dureza, porque resultó que Méndez y el higiénico ladrón eran amigos de toda la vida. Con el tío cuya virtud e inocencia eran siempre profanadas en los retretes públicos fue más conciso: le dijo que le diese día y hora para cepillárselo, aunque mejor en otro sitio. Por fin, al piadoso moro de la pensión le aconsejó que, ya que al parecer no habían llegado a empitonarlo del todo la primera vez, probase suerte de nuevo y siguiese rezando de cara a La Meca en cuantas ocasiones hiciera falta.

Resueltos estos asuntos de alta técnica policial, Méndez se asomó al balcón para contemplar el paisaje urbano. El paisaje consistía en una sola y virtuosa calle que llevaba en línea recta desde las amamantadoras de ladillas de la rue de las Tapias a los grifotas de la Plaza Real, pero esa versión de la calle Nueva no convencía a Méndez; era una versión municipal y vituperable, digna, en definitiva, del cerebro de un alcalde. Para Méndez era el último refugio, pero refugio al fin, era la historia de todo un siglo que ya se moría, era la noche de la ciudad, era la gran madre negra de que hablaban los poetas perdidos para siempre. Méndez sabía que, si en el otro mundo uno tiene conciencia de las cosas, guardaría para esta calle una gran piedad y una desesperada nostalgia.

Vio pasar bajo el balcón el magnífico coche, yendo desde el Paralelo a las Ramblas, y por el color y la matrícula lo reconoció, además de por la marca. No es que Méndez fuese aficionado a los fórmula uno, y si se le exprimía bien se llegaba a la conclusión de que el único vehículo que le parecía civilizado y hecho a la medida del hombre era el patinete urbano. Ahora bien, un policía tiene que fijarse en todas las cosas, aun las más abyectas, y por eso hubiera reconocido entre mil aquel BMW 528 inyección, color burdeos, en el que Blanca Bassegoda debía desplazarse por calles que merecían todo su desprecio. Desde el punto de observación que ocupaba, Méndez pudo, inclinándose mucho, darse cuenta de que Blanca no iba sola, y de que el que la acompañaba en aquella especie de nave espacial era muy probablemente Ricardo Arce. El viejo policía dedicó un pensamiento a lo complejas que son las relaciones entre hombre y mujer y lo resumió en una sola palabra, eso sí, de altura:

– ¡Coño!

Luego volvió a las profundidades de la comisaría, donde preguntaban por él dos mujeres que, al parecer, habían perdido al mismo marido.

El BMW se detuvo ante el semáforo que abre las Ramblas, Blanca aprovechó para encender un cigarrillo y musitó:

– Hacía mucho que no pasaba por este barrio, ¿sabes? Menos mal que he puesto el seguro en las puertas del coche. Hasta yendo contigo me da miedo.

– Te equivocas -dijo Richard-, no hay aquí tanta delincuencia como la gente cree, o al menos no es una delincuencia agresiva, a no ser que armes, o dejes que te armen, una pelea en un bar. Y es que, en el fondo, aquí la gente está resignada. Mucho más peligrosos son los barrios nuevos, como La Mina o San Cosme, barrios de aluvión donde los chavales aún quieren tener el mundo en las manos al precio que sea, menos el precio de ganárselo. En esta zona te diría que sucede al contrario.

– ¿Sucede al contrario qué?

– Bastantes personas de las que ahora están hundidas aquí han tenido el mundo en sus manos. Lo han tenido.

Habían dejado atrás La Bodega Bohemia, habían pasado a menos de cincuenta metros del Barcelona de Noche, habían marginado los bares donde aún aguardan un rostro de cera, una mano quieta, una mirada muerta. El tiempo que yacía allí había rebotado para Blanca en la carrocería de su BMW color vino viejo, pero para Ricardo Arce quizá era distinto. Ricardo Arce también tenía a veces las manos quietas, el rostro de cera, la mirada perdida.

– Tú naciste aquí, ¿no?

– No, no nací aquí, aunque me crié también en este barrio. Yo soy de Pueblo Seco, un poco más arriba.

– ¿Dónde?

– ¿Has visto que esta calle termina en una montaña? Bueno, pues Pueblo Seco es eso.

– Qué sitios para vivir, oye.

– No creas.

– ¿Hay más sinceridad que en mis barrios?

– Pues es posible que sí. Ramblas abajo, el coche que despierta la admiración de los entendidos, las mujeres de los bares que lo traducen en pesetas y en camas, vaya chorizo guapo que ha elegido la mala puta esa. El Café Venezuela, que ya cerró, largas noches de otro tiempo, el Big-Ben, que en cambio aún tiene penumbras y culos, la iglesia de Santa Mónica, la entrada a las viejas gargantas del distrito, el Bar Pastís, rebelión hecha canciones y frases susurradas donde Josep Maria Espinás se negaba a ver su Cataluña meticulosamente destruida. «Jolines, voy a doblar a la izquierda, pero qué tapón de tráfico, oye.» El monumento a Colón, donde hubo palomas, fotógrafos minuteros, soldados con la mirada perdida en Marruecos, estudiantes con la mirada perdida en el futuro y que un día se hicieron la última foto juntos antes de que la vida les separase… «Sube ahora Ramblas arriba, Blanca, da la vuelta, no sigas por Colón porque ahí van a parar todos los camiones de España.» El BMW que sube con su discreción de rico auténtico y los entendidos que dicen: hostia.

El antiguo centro autonomista de dependientes. «Mira, aquí, el 6 de octubre del 34, al ver que la revolución catalana fracasaba, Jaume Compte y González Alba salieron al balcón para que las tropas los matasen, pero los chicos que ahora cantan Els segadors ya no los recuerdan.» El Amaya, restaurante de olor a puerto y de comensal antiguo. Las casas de mujeres de la Rambla baja, casas respetables y empadronadas, con escudo heráldico de toalla y goma, no crea usted que la historia no merece un respeto. Las mujeres alineadas en la acera, carne de camionero nostálgico, de estudiante ávido y de oficinista estrecho. Sus muslos al sol, shorts, blue-jeans, botas y camisita con pezón de fantasía, Richard, no me digas que siendo éste tu barrio no te las has tirado alguna vez.

– Nunca.

– ¿Qué pasaba? ¿Picabas más alto?

– Bueno, yo nunca tuve demasiado dinero… Pero a un boxeador las chicas lo buscan. O algunas chicas al menos. Entrabas en un baile, aunque fuera por casualidad, y en seguida alguien te pedía que la acompañaras en tu coche, que aquello era una urgencia.

– ¿Y qué?

– No, nada.

– Oye, es que guapo sí que lo eras, para qué lo vamos a negar.

La esquina de La Buena Sombra, callejón angosto y un poco misterioso, como conducto confidencial de mujer, donde un día se alinearon bellezas remotas ya sustituidas por el último café, el último precio, la última mueca de sus herederas directas. El monumento a Pitarra, insigne dramaturgo a quien el celo municipal situó, sic transit gloria mundi, en el invernadero de culos más importante de España. La calle de Fernando, última burguesía fin de siglo, calle recta hasta la Generalitat, ruta obligada de presidentes, de joyeros, de oficinistas y de mujeres rigurosamente adultas que se buscan la vida en esa última frontera del vicio. Más arriba nada, más arriba el gran desierto de la ciudad que duerme a horas fijas, con sus oasis de sillas vacías y de sus quioscos de libros que ya ni siquiera abren durante toda la noche. «Mira Richad, ahí está el viejo hotel Continental, donde mi padre tenía una habitación y una tertulia que acababa con chicas desnudas y muertas de sueño a las cinco de la madrugada.»

Plaza de Cataluña, el Paseo de Gracia: «Yo sólo conocía esta cara de la ciudad, tú me has hecho descubrir que Barcelona tiene cien caras, Richard.» «Calla, yo sólo conocía una, eres tú la que me lo ha hecho ver con claridad todo.» La parte alta de la calle de Pau Claris, salas de antigüedades y de subastas, escaparates de Valentí, luz tamizada y apta para la elegancia del pensamiento a medias, un bar, el Daily Telegraph, que quiere recordar a los hombres de Fleet Street, a los periodistas de La calle de la aventura, a los seguidores de diarios barceloneses que existieron una vez. «Esta calle me gusta, Blanca, me gusta a pesar de los coches, porque aquí hay sitios con cuadros y con objetos de arte, no sé decirte, porque hay cristales y detrás muebles que parecen antiguos y grandes relojes que suenan más allá de las paredes, como los consejos de los muertos.» «Pero hay que ver, Richard, yo nunca había notado nada de eso, qué hartones te habrás dado de leer. Pero me alegro de que a mi lado la ciudad te parezca distinta.»

Y la mano de Blanca Bassegoda que estrecha la suya por encima de la mesa, por encima de todas las distancias y de todos los hombres ricos que un día murieron llevando su nombre. Y el Richard que se queda quieto, sin atreverse a retirarla por no ofender, pero sintiendo que el bar entero da vueltas en torno suyo, no pienses lo que estás pensando, muchacho, busca una excusa y lárgate de aquí, tu sí que sabes que existen las distancias y los hombres ricos aunque ya estén muertos. Emborráchate si quieres en cualquier bar de tu barrio, pero no pienses más, sobre todo no pienses más, a ver si vas a creer que a la gente de tu raza el pensamiento la ha llevado a alguna parte.

– Te lo agradezco, Richard.

– ¿A mí? ¿El qué?

– Bueno… Parece sencillo de decir, pero realmente es algo complicado. A ver si puedo… En fin, algo así: para una chica como yo la vida se compone de una sola dimensión, de una línea que podríamos llamar recta. Naces en una buena familia, te educas y adquieres esa dosis indispensable de orgullo que en la vida hace falta para defenderte de todo, especialmente de ti misma. Luego te casas, tienes un orgasmo al año, te cargas con algún hijo, procuras dejarle algo más de lo que te dejaron a ti y mueres con la satisfacción de ver en el último instante una familia bien establecida. Puede que pienses que a lo largo de ese camino has conocido a muchas personas, pero no es verdad. Si hicieras un examen sincero te darías cuenta de que has conocido a la misma persona siempre repetida. No has tratado verdaderamente a nadie fuera del círculo que tú misma te vas construyendo desde que naces, o que ya te dan construido.

– No es así, Blanca.

– ¿Cómo que no es así?

– Tienes a las chicas de buena sociedad que se meten en las organizaciones de izquierda. Ésas quieren conocer algo más.

– Te equivocas. Yo las conozco bien a ellas. Para esas chicas es una simple curiosidad o un experimento zoológico que dan por terminado cuando los animales investigados empiezan a oler mal o a rozarles un pecho con las escamas.

– Eres dura, Blanca, pero tienes ingenio. Tú has leído mucho más de lo que haya podido leer yo. Bueno, pero también está el caso de las chicas punk.

– Ésas son las que más aprecian las garantías de su clase. Son falsas y dispuestas a arrastrarse por el suelo, siempre que esté convenientemente tapizado de dinero. Y mientras dura el pelo teñido de color berenjena no creas que conocen a los hombres; llegan a conocer sólo el ritmo con que se mueven. En fin… -retiró su mano-, lo que quiero decirte es que para una chica rica de verdad, como yo (aunque mientras no se reparta la herencia voy más justa de lo que parece) no es fácil conocer realmente la Barcelona que está fuera de su área de combate.

– ¿Tú tienes área de combate, Blanca?

– Todo el mundo tiene un área de combate, más allá de la cual no puede retroceder. ¿Quieres que te lo diga de otra manera? ¿Quieres que te diga que a veces estoy contra las cuerdas? Mira, tú has venido conmigo en el 528, un coche nuevo que vale una millonada, y esa millonada yo no la tengo. Sí, sí… No me mires de esa manera. Puede parecerte mentira, pero no la tengo. Claro que podría haberme conformado con un 315, porque yo no sé si tú lo sabes, pero la BMW tiene una graduación un poco bizantina, como las clasificaciones bancarias. Y los entendidos saben que esas clasificaciones existen, y que además es lógico, y que la vida tiene que ser así. El 315 lo tienen incluso algunos oficinistas, gentes que han estado ahorrando centavo a centavo para el día del gran estallido final que justificará su vida, ya que en su vida no hay otra cosa. Pero el 320 ya es distinto. Y luego entras en las delicadezas del 323, que es como el informe bancario de «solvente hasta 5-10 millones», cima que no todo el mundo alcanza, pues se refiere a cinco o diez millones que puedes gastar sin que se note, y a la que, desde luego, los oficinistas del centavo ya no llegan. ¿Pero qué ha de hacer una Bassegoda? Cuando compra un coche (que necesariamente ha de ser un BMW, un Mercedes o un 600 usado, porque la verdadera riqueza también admite la extravagancia) una Bassegoda no puede quedarse en la serie 3, sino que ha de llegar a la serie 5, ya que la 6 o la 7, demasiado pomposas, serían una exageración a mi edad. La serie 5 ya empieza a ser un informe bancario de «solvente sin reservas», y yo he de mantenerme en ella por respeto al nombre de mi padre. Pero no es verdad, los bancos saben que no es verdad, aunque juegan a los sobreentendidos, que constituyen la razón de ser de las sociedades cultas. ¿Cómo le van a negar un crédito a una Bassegoda? Sin embargo ellos saben que no podré pagar mientras no reciba la herencia.

Hizo una pausa y miró a un nostálgico que lanzaba dardos sobre el blanco, un nostálgico de los aires limpios y los prados verdes, de los periodistas con barba rubia de directores que un sábado hablan reposadamente del lago Ness. Luego continuó:

– Por eso te digo que cada uno tiene su área de combate, sus doce cuerdas, y normalmente no sale de ellas. Las chicas de mi clase no conocen a los hombres de Pueblo Seco sencillamente porque no les interesan, porque no entran en su terreno de juego. ¡Si eso incluso pasa con otras clases sociales más abiertas! Por ejemplo tú, un hombre de Montjuic y de la calle Nueva, ¿cuántas veces has ido a la barriada de La Mina?

– Nunca -reconoció Richard.

– ¿Y a Nueve Barrios?

– Nunca.

– ¿Sabrías ir en coche?

– La verdad, supongo que no.

– ¿Conoces a alguien de allí?

– Cierta vez hablé con una comisión de padres de familia de La Mina. Gente fantástica, pero acorralada. Sales a la calle y, ¿zas!, tu hijo que te clava un estilete en un huevo. Hablé con ellos cinco minutos y nunca más he vuelto a tener contacto con aquella gente. Incluso en la cárcel, mis amigos y yo nos manteníamos apartados de los de La Mina.

– ¿Lo ves? Tú mismo has establecido tu ghetto en tu propia ciudad. Barcelona está llena de ghettos, y es natural, porque cada uno se construye el suyo, lo más alto posible, y procura que no le hagan salir de él. No conocemos más que nuestras calles y nuestra gente. No vamos más allá del punto a donde llega nuestro aliento. Por eso para mí, mujer de Pedralbes, de las escuelas de marketing altamente especializado y de cenas muy privadas en la Font del Lleó, es una novedad tu mundo. Yo creo en ese mundo tuyo, Richard. Y es auténtico. Y está lleno de seres que son verdad. Pero quiero que salgas de él.

Richard musitó:

– Mi papel no es ése.

– ¿Qué?

– Tú me contrataste sólo para que te defendiera.

– De acuerdo… Pensaba en eso cuando no te conocía.

– ¿Me conoces ahora, Blanca?

– Lo suficiente para saber que puedo confiar en ti. Y que mereces un mundo mejor.

Hizo una pausa y añadió:

– Lo curioso es que esta historia ya se ha repetido.

– ¿Cuándo?

– Hace años. Yo la conocí muy superficialmente. La tieta Nuria… Tiene gracia. Mujercita del Liceo, del ropero parroquial, de la Obra de la Santa Infancia. Mujercita no de Pedralbes, sino de la parte alta de la Vía Augusta, donde yo me crié. Volvió loco a un pintor de la Plaza Real, un hombre que se había criado entre fetideces. Me he preguntado a veces si Wenceslao Cortadas estaba realmente enamorado de la tieta Nuria.

O es que le maravillaba su mundo.

– Las dos cosas -dijo Richard.

– Es posible -continuó Blanca-. En todo caso no lo sé, solamente lo imagino. Pero es que el camino de la izquierda es un largo camino hacia la derecha. La izquierda quiere llegar a ser derecha y establecerse en ella. Salvo casos de hombres realmente ejemplares, ésa es su única aspiración. Lee la historia de los militantes de la FAI, ocupando pisos de la zona alta para instalarse en ellos con dos o tres sirvientas. Mira las democracias populares cargadas de nomenclaturas y de sólidos estratos burgueses, aunque al menos ésos tienen una razón de ser, porque fundan su ascenso en el trabajo. Mira a Felipe González con tres únicas aspiraciones en la vida: tener el mejor coche blindado, un palacio más protegido que el del rey, y la mujer más elegante de España. La izquierda no existe: es sólo una derecha que no ha llegado. Y no creas que eso lo haya leído yo; no soy tan intelectual ni creo que esté escrito así en ninguna parte. Sencillamente es algo que decía mi padre. Óscar Bassegoda, cuando se había cansado de sus dos mujeres una tras otra, se ponía a pensar y a veces era un sabio.

– O un cínico, Blanca.

– ¿Yo soy cínica?

– Sí.

– Bueno. La ciencia es cínica. La sabiduría es cínica. La verdad es cínica.

– ¿La política?…

– La política es cínica por definición. Lo que pasa es que es como el perfume de las mujeres. Ya sabemos que no olemos así. Pero deseamos creerlo.

– Cuando uno cree una cosa, logra que esa cosa sea verdad.

– Sí -reconoció Blanca Bassegoda-. Puesto que la gente cree en su perfume, los políticos se ven permanentemente obligados a oler bien. Ésta es su contribución a la ética.

Bebió un sorbo de su cerveza helada, cerveza imitación pub inglés, cerveza ilusión de viaje remoto, milagrosa cerveza San Miguel Fleet.

– ¿Y qué pasa cuando la izquierda llega a dominar a la derecha y pretende seguir siendo izquierda? -musitó Richard.

– Muy sencillo: que no queda nada. Eso también lo decía mi padre. Sólo queda la burocracia. La burocracia es la negación de todo, y además a partir de ella ya no se progresa, porque la burocracia es neutra. Sólo cree en sí misma.

– ¿Para progresar es necesario tomar partido?

– Pues claro que sí. Si ya no se tiene un ideal, ¿dónde está el camino? A eso se ha llegado en algunas civilizaciones demasiado maduras: como el camino no existe, dejamos que las computadoras lo marquen.

– Yo he elegido tu partido, Blanca. Blanca Bassegoda rió.

– La derecha ha imaginado el BMW 528 1-dijo-. La izquierda no lo hubiese imaginado nunca. Si no existiera una clase cultivada y con el suficiente pedigrí, el 528 1 no existiría.

– Cierto -reconoció él.

– La derecha ha inventado la alta costura, cuya primera degradación histórica es el prét-á-porter de estilo.

– Claro que sí.

– Ha inventado los perfumes de Dior.

– Bueno… Lo supongo.

– Y el arte, que es la espuma maravillosa de lo superfluo. Hasta el soviético museo de L´Ermitage lo creó la derecha. Y los palacios de Moscú y de Leningrado. Bienaventurados los que aún creen en ellos.

– Pero es que yo no creo en el BMW, ni en la alta costura, ni en Dior, ni en el museo ese como se llame -dijo Richard con voz insegura-. Yo no he tomado partido para nada de eso. Lo mío es mucho más sencillo: yo he tomado partido por ti.

– No es tan elemental -susurró Blanca Bassegoda-. Tú no lo has comprendido aún, pero yo soy un milagro que tardó generaciones en crearse: yo soy una mezcla de todas esas cosas.

19. LA CAZA

EN PRINCIPIO, el hombre que tiene todos los números de la rifa para que le maten es el hombre de costumbres fijas. Los expertos en protección sienten una inevitable piedad anticipada por los que usan siempre el mismo coche, pasan siempre por la misma calle y duermen siempre con la misma mujer. Especialmente este último detalle -dicen los entendidos- suele tener efectos letales incluso a medio plazo.

Daniel Ponce había pensado que, a sensu contrario, un hombre que dispone de un coche deportivo rojo no necesita trabajar y por tanto puede llevar una vida irregular y caprichosa, resultaría casi inatacable a menos que se aprovechara una ocasión instantánea. Todo plan maquinado con más de media hora de anticipación resultaría inútil. Pero se llevó una sorpresa.

Hasta aquel momento, Eduardo Contreras no le había interesado en absoluto como ser humano. Sabía que era el marido legal de Blanca, que no daba apenas golpe, que vivía de unas pocas representaciones, pero sobre todo de lo que llegó a mangarle a Oscar Bassegoda, y que se paseaba con un coche de esos que despiertan grandes sentimientos colectivos de solidaridad. Todo lo demás eran suposiciones: que llevaba una vida desordenada, que dormía en meublés de buena calificación municipal, que frecuentaba puticlubs, que se la hacía tocar por un ex seminarista. Todo era posible.

Pero la realidad se le mostró de otra forma. Eduardo Contreras tomaba siempre el desayuno en el mismo bar (el Velódromo, en la calle de Muntaner, viejo lugar de almejas en sazón, de cuchicheos mercantiles y de disquisiciones culturales sobre Kubala), iba siempre a la misma hora al apartamento donde vivía, una especie de habitación con cocina en la calle del Rosellón, estacionaba el Porsche en el mismo sitio del mismo garaje, efectuaba unas gestiones bastante puntuales y utilizaba siempre los mismos caminos. Por las mañanas se le podía encontrar en el Club de Natación Barcelona, adonde había llegado bajando por la Vía Layetana; sus comidas se repartían entre el restaurante del propio club, el Carballeira, un rapidillo llamado Zas y el reposado O Nabo de Lugo. No frecuentaba cafés, iba al cine dos veces por semana, eligiendo casi siempre los de la Rambla de Cataluña o Paseo de Gracia, y además daba antes de acostarse un paseo por la Diagonal, casi contando los pasos. Desde la calle de Muntaner iba a la Plaza de Francesc Maciá, la Calvo Sotelo de los nostálgicos, y a continuación regresaba, aunque por la otra acera. Era tan metódico como un contable viudo, como un funcionario del censo o como un ministro, es decir personas de más bien escasísima imaginación.

Con gran perplejidad por su parte, Daniel Ponce descubrió que aquel hombre dificilísimo de matar era en realidad facilísimo de matar. Un hombre que quisiera suicidarse no hubiera puesto las cosas tan fáciles, aunque la explicación de todo eso estaba muy clara: Eduardo Contreras era lo bastante joven, lo bastante engreído y lo bastante estúpido para no imaginar siquiera que alguien pudiese pensar en matarle.

El caso era que le daba un amplio abanico de posibilidades donde elegir, aunque Dani, una vez examinadas todas con rigor profesional, reconoció que ninguna era tan fácil. No se puede acabar con un hombre en un club de natación, donde los socios desnudos se vigilan los ombligos mutuamente; tampoco se le puede dar por escabechado en un bar lleno de oficinistas que se sacrifican por el país, y mucho menos en un restaurante gallego, lo que además sería de un imperdonable mal gusto. Dos únicas posibilidades claras se abrían para Ponce, una bastante más clara que la otra, y ambas estaban relacionadas con un coche. Podía matarle mientras paseaba por la Diagonal después de cenar, o podía matarle en su parking. En cualquier caso Ponce necesitaba un arma clandestina, desde luego, pero también un cuatro ruedas que no fuera suyo.

La posibilidad del parking fue la que le pareció más factible. El lugar donde Contreras estacionaba su Porsche estaba en el primer sótano, y además siempre era el mismo. Lo debía de tener reservado. Las plazas colindantes, en cambio, eran libres, según había descubierto Dani tras estacionarse brevemente en ellas más de una vez, y siempre a distintas horas, para que no le viese con demasiada frecuencia el mismo empleado del parking. El de día le había visto un par de ocasiones, y el de la noche otras tantas. No era fácil que le recordasen, dada la cantidad de caras que llegaban a ver.

El «plan parking», como le llamó Ponce (y que tenía además la ventaja de no precisar arma de fuego), era el siguiente: él robaba un coche barato y poco llamativo, pero grande -tarea bastante elemental para un hombre de su preparación-, lo conducía con guantes y lo metía en el parking por la noche, cuando hubiese poco movimiento y pudiera estar razonablemente seguro de que la plaza situada a la izquierda del Porsche se encontraría vacía. Dani estacionaría allí su vehículo robado, pero no saldría del interior del mismo, sino que se quedaría tendido en los asientos delanteros y con la puerta derecha sólo entornada, de modo que pudiese abrirla fácilmente y sin ruido. Además, el cristal de la ventanilla de aquel lado estaría sin subir.

Por supuesto que la puerta derecha de su vehículo daría así a la parte izquierda, o del conductor, del Porsche rojo, que en aquel momento, y según los cálculos de Dani, se encontraría ausente. Y sin que ningún otro automóvil ocupara su puesto, pues podía apostarse a que en el suelo de la plaza estaba escrita la palabra «Reservado». Hasta entonces Ponce no la había visto porque en todas las ocasiones en que entró el bólido rojo estaba allí, tapándola, pero daba como segura la existencia de ese aviso. De otro modo no se explicaría que el Porsche estuviera siempre en el mismo sitio.

Por supuesto también que Dani debía realizar esta operación una de las noches en que Contreras iba en automóvil al cine, lo cual le permitiría de paso calcular con mucha exactitud la hora de su retorno.

O sea que la primera operación -muy sencilla- consistía en estacionar el coche robado a la izquierda del lugar vacío que luego ocuparía el Porsche. ¿Por qué podía suponer que estaría libre esa plaza a la izquierda? Pues por la sencilla razón de que a esa hora de la noche siempre había huecos en la primera planta, lo cual hacia muy improbable que alguien se entretuviera en bajar al sótano. Lo demás era también relativamente sencillo, dentro de la complicación que un crimen siempre comporta.

Contreras llegaría más o menos a la una de la madrugada, o sea a la hora en que el primer sótano tenía que estar desierto.

Estacionaría su coche en el sitio habitual, sin ni tan siquiera fijarse en el vehículo de su izquierda, excepto para procurar no rozarlo al hacer marcha atrás. No pensaría, como jamás piensa nadie, que un silencioso coche enterrado en la penumbra de un parking pudiera estar ocupado por alguien.

Luego Contreras saldría. Habría de hacerlo de costado y con cierta dificultad, puesto que el Porsche es lujoso y veloz, pero no es grande ni es cómodo. En ningún momento llegaría a dar la cara al coche de Dani.

Luego se volvería del todo para cerrar la puerta, y ofrecería completamente la espalda a Dani Ponce. Además no sería sólo un momento; serían unos quince segundos. Meter la llave en la cerradura, girar, sacarla, guardarla en el bolsillo. Más que suficiente para abrir en silencio la puerta del coche robado, que seguiría estando entornada, o bien -según fuese la postura de Contreras- utilizar la ventanilla que tendría el cristal bajado. En todo caso, una puñalada directa al corazón o a la nuca sería de efectos fulminantes y no permitiría a la víctima ni lanzar un grito.

El resto sería sencillísimo, casi elemental: sin quitarse ni un momento los guantes, empujar el cadáver de Contreras dentro del Porsche, al fin y al cabo un panteón lo bastante lujoso para sus sueños. Claro que también podía dejar el cuerpo en el suelo si necesitaba actuar rápido. Luego no tendría más que deslizarse a pie hasta la entrada del parking, donde estaba la dichosa maquinita del «Recoja su ticket». Allí no había empleado alguno. Saldría a la calle, y en paz. Cuando descubriesen el cadáver, tal vez los técnicos llegasen a determinar que la puñalada mortal había sido asestada por un hombre situado dentro del coche de la izquierda. ¿Pero quién le relacionaría a él con un coche robado? ¿Quién? Al contrario, relacionarían al dueño y a las amistades del dueño.

Existían algunos riesgos, por descontado que sí. Daniel Ponce llevaba el suficiente tiempo en aquella profesión -aunque fuese un marginal dentro de ella- para saber que el crimen perfecto no existe. Pero sabía también que una buena preparación reduce el riesgo a un puro azar. Como azar sería que un coche o una persona entrasen a aquella hora en el primer sótano, habiendo sitio libre arriba. O que algún empleado se diese una vuelta por allí. O que una pareja estuviese haciendo el amor dentro de un vehículo. Todas esas circunstancias eran posibles, pero entraban dentro del juego inevitable y cotidiano de lo imprevisto, como imprevistas son al fin y al cabo la vida y la muerte.

En cambio la posibilidad de que alguien pensara que Ponce se había quedado dentro del vehículo era prácticamente nula. Casi ningún peatón salía por delante de la taquilla donde estaba el único empleado; prácticamente todos lo hacían por la entrada de coches, que era mucho más accesible, o sencillamente por unas escaleras de peatones que daban a la calle y que sólo se cerraban muy de madrugada. Una vez entraba un coche, ya nadie tenía por qué acordarse de su dueño. Se daba por supuesto que éste había salido.

Paz eterna para los hombres que creen en el progreso, porque sólo sus coches cuentan.

La posibilidad de matar a Eduardo Contreras en la Diagonal, durante uno de sus paseos nocturnos, también fue examinada meticulosamente por Daniel Ponce. Pero la eliminó en seguida. Esta opción tenía algunas ventajas, como por ejemplo la regularidad absoluta de los paseos de Eduardo, lo cual eliminaba cualquier factor de sorpresa, a menos que fuese una noche de lluvia. Pero los inconvenientes eran muy grandes, demasiado grandes: tenía que dar la cara para adquirir un arma de fuego no fichada; tenía que deshacerse luego de ella, tenía que robar un coche veloz y bueno, que le permitiera la huida; tenía que disparar desde él en marcha, lo cual comportaba la posibilidad de no acertar en un punto vital; tenía que salir zumbando una vez apretado el gatillo, porque uno nunca conduce solo por un sitio como la Diagonal… No. Demasiados riesgos. Era indiscutiblemente mucho más segura la «operación parking».

Bienaventurados los que se ocupan de la tumba de su automóvil antes que de la suya propia, porque ellos serán hartos.

Dani vio desde su puesto de observación que Eduardo Contreras salía en el Porsche rojo hacia las diez de la noche. Las posibilidades de que fuera a una sesión de cine eran más que numerosas. Podía apostar a que sí.

A partir de ese momento la actividad de Ponce tenía que ser meticulosa y tranquila, pero sin ninguna pausa. No le sobraba tiempo, aunque tampoco iba a faltarle si hacía las cosas bien.

El puesto de observación elegido, a poca distancia del parking, no estaba situado dentro de un coche, sino en la oscuridad de un portal. Y ello por tres razones fundamentales: un hombre es menos visible que un vehículo, un hombre siempre encuentra sitio donde pararse, mientras que un vehículo no, y un hombre a pie puede hacer una investigación discreta, en tanto que un vehículo acaba llamando la atención y además no puede meterse en calles de dirección prohibida. Por si estas razones fueran pocas, Dani Ponce no necesitaba estrictamente seguir a través de la noche al bólido de Eduardo; le bastaba con hacer una comprobación.

Fue a pie hasta la zona de Rambla de Cataluña-Paseo de Gracia y procuró encontrar estacionado el Porsche. Según sus cálculos tenía que estar allí, y sus cálculos no fallaron. Lo vio como un anuncio luminoso a poca distancia del cine Alexandra. Ahora ya sabía con absoluta seguridad que Contreras estaba viendo una película, y que por lo tanto él disponía de más de una hora.

Su siguiente paso consistió en meterse en una cabina telefónica y marcar el número de Blanca Bassegoda. Le contestó una sirvienta, que tuvo que enterarse de la llamada. Pero como ambos hablaban con mucha frecuencia, eso era lo más natural del mundo.

Blanca le contestó con voz un poco insegura:

– Dani… ¿Eres tú? ¿Por qué?

– ¿Nos oye alguien, Blanca?

– No… Nadie.

– ¿Seguro?

– Seguro, hombre.

– ¿Dónde estás?

– En el salón. Y de este número hay una conexión en mi dormitorio, pero en mi dormitorio no entra nadie. El teléfono del servicio ya sabes que tiene otro número. No pueden oírnos.

– Por si acaso, habla en voz muy baja.

– Oye, Dani… ¿Es que?…

La voz femenina vacilaba. Había en ella como un trémolo lejano.

– Va a ser esta noche.

– Dani…

– Oye, nena, cojones, no vayas a rajarte ahora.

– No, Dani, no me rajo. Pero tienes que comprenderlo. Además acordamos que yo quedaría completamente al margen.

– Lo estás. Pero encargaste el trabajo a un profesional y yo lo voy a hacer como un profesional. Después de aquella noche en el despacho sólo hemos vuelto a hablar de este asunto una vez, ¿recuerdas? Y tú me dijiste que tenía que avisarte antes para prepararte una coartada a toda prueba, ya que automáticamente serías una sospechosa. Bueno, pues te aviso.

– Tú también serás un sospechoso, Dani.

– Claro… Pero mucho menos. Además, cobro por correr un riesgo.

– Es que, si caes tú, puedo caer yo… Escucha… Quizá fue una locura lo que dijimos aquella vez. Sería mejor olvidarlo.

– No, Blanca. Hay dinero de por medio. Hay dinero para ti y para mí. Y también está de por medio la muerte de un hijo de puta. Nada de acobardarnos ahora, porque además lo tengo preparado de tal forma que no puede fallar. Ah… En cuanto a mi coartada, no te preocupes. Me voy a meter en cualquier bingo, donde quedará registrada mi entrada. Cuarenta y cinco minutos después saldré, pero nadie va a saber con exactitud si me he marchado un poco antes o un poco más tarde de la hora decisiva. Desafío a cualquiera a que trate de montar una acusación sobre ese dato.

– ¿Cuál… cuál es la hora decisiva, Dani?

– Más o menos la una de esta madrugada.

– Escucha… Sabes que soy una mujer decidida y sabes lo que siento, Dani, pero también comprenderás que tengo el corazón en un puño. Necesito que me asegures una cosa… No vamos a echarlo todo a rodar, ¿eh? júrame que no vas a tratar de hacer eso con Eduardo en un bingo.

Daniel Ponce casi rió, aunque en su risita hubo un deje de desdén y de reproche.

– Nada de nombres por teléfono, nena. Por muy segura que estés que nadie te oye, no repitas ese nombre, ¿entiendes? Y ahora tranquilízate. Tu voz no me gusta nada, pero es que nada… Casi me arrepiento de haberte llamado. Aunque he de decirte que puedes confiar en mí. La cosa no la haré en un sitio público, naturalmente que no. La haré en su parking.

– ¿Cómo? Daniel Ponce se lo explicó muy brevemente. Hubo luego un largo silencio. Un dramático silencio. Sólo se oía la respiración agitada de la mujer al otro lado de la línea.

– ¿Blanca…? ¿Estás ahí?

– Sí, Dani.

– Bueno. Pues valor.

– Lo… lo tendré.

– Oye, ahora vamos a lo práctico, coño, que tú tienes que hacer muy poca cosa, pero al menos hazla bien. Te decía que acordé contigo avisarte para que te prepararas una buena coartada, y yo cumplo mi papel paso a paso. Ahora cúmplelo tú. Desde este momento hasta las tres de la madrugada al menos, tienes que estar rodeada de gente y en un sitio bien visible. Y el manso de Ricardo Arce también, ése sobre todo. Pueden pensar que ha hecho la faena por encargo tuyo.

– Sí, Dani.

– Está bien, pues dime más o menos lo que vas a hacer. No es que yo pinche ni corte, pero es para que no haya ninguna contradicción cuando nos interroguen por separado.

– ¿Es que?…

– Claro que sí, puñeta, claro que sí. A ver si somos realistas de una vez. No pretenderás que ése aparezca donde va a aparecer y luego no interroguen a nadie. Aquí harán hablar hasta al obispo. Por lo tanto conviene no dejar cabos sueltos.

Hubo otro largo, denso, dramático silencio. Por fin, la voz de Blanca susurró:

– Sí, Dani.

– ¿Tranquila?

– Tranquila, Dani.

– Entonces dime lo que vas a hacer.

– Es que así de repente… Tienes que hacerte cargo, Dani… Yo…

– Joder con las mujeres. Primero te dicen que te saques el pito y luego resulta que se van a misa. Ya sé que te he avisado con poco tiempo, pero no pretenderás que en un caso así te envíe una carta certificada con acuse de recibo. Tienes tiempo mas que suficiente. Vamos a ver. Piensa.

La voz de Blanca Bassegoda casi saltó al decir:

– Ya lo sé. Los Robles.

– ¿Qué pasa con ellos?

– Son personas por encima de toda sospecha. Hace un par de noches que organizan en su casa un torneo de bridge. Como es aquí cerca, yo puedo llamar a Richard para que venga en seguida, presentamos los dos antes de media hora y estar allí hasta que todo el mundo se vaya. Antes de las tres seguro que no. El pobre Robles se quedará dormido en una butaca, pero su mujer ni hablar. Vaya una.

– Pues adelante, Blanca. No pierdas un minuto.

– Dani…

– ¿Qué?

– No… Nada. Estaba insinuándose al otro lado de la línea una especie de sollozo.

Dani colgó. Leche de mujeres.

Daniel Ponce no perdió tiempo al salir de la cabina telefónica. Palpó el cuchillo de monte comprado una semana antes en una tienda del Clot, por donde no había pasado nunca ni en muchos años volvería a pasar. Luego se deslizó por la calle de Provenza y echó una primera ojeada a los coches estacionados allí. Los había para todos los gustos, y el noventa por ciento de ellos completamente indefensos. Eligió un viejo Seat 1430 que no llamaba la atención ni por su matrícula, ni por su color, ni por sus accesorios, ni por sus manchas blancas en la tapicería. Pero no se lo llevó aún. Sólo lo «marcó», porque necesitaba estar seguro de que su dueño lo pensaba dejar allí toda la noche.

Para sus planes era esencial que el robo del coche no estuviera denunciado cuando el cadáver apareciese. El manso del Seat no echaría en falta su vehículo hasta la mañana siguiente, y para entonces ya habría aparecido el cadáver de Eduardo Contreras al lado mismo. Por lo tanto no tendría en su favor esa mínima presunción de inocencia que es la denuncia, y le costaría trabajo demostrar que ni él ni su círculo de amistades tenían la menor relación con el asesinato. Cuando la policía abandonase por agotamiento aquella pista, ya habrían pasado semanas. Y una regla de oro del crimen es que el tiempo nunca trabaja a favor de la ley.

Pero ésa era sólo una parte del plan. Las otras piezas del montaje también tenían que existir y también tenían que encajar. Dani fue al Club Helena, en la Diagonal, un bingo donde no había estado nunca y donde por lo tanto hubo de registrarse. Miró su reloj y calculó que faltaban unos cuarenta y cinco minutos para que terminase la película. No le quedaba tiempo que perder.

Sin embargo sus movimientos fueron tranquilos, perfectamente normales. No denotó el menor nerviosismo. Compró varios cartones, dos cada vez, y en uno de ellos tuvo la suerte de cantar línea. Eso no sólo le permitió ganar casi diez mil pesetas, sino principalmente cobrarlas y hacer que le viesen. Jugó un par de cartones más, pero ahora ya contando los minutos. Exactamente treinta y dos después de haber entrado se levantó, sonrió a la empleada, fue a los servicios y de allí a la calle. No pudo evitar una sensación de frío al pensar que el 1430 hubiera desaparecido quizá. Cierto que podía elegir otro, pero no en un sitio tan discreto y favorable como aquél. Buscar uno parecido le haría perder unos preciosos minutos.

Tuvo suerte, de la misma forma que la había tenido en el bingo. El Seat estaba. No había elegido la marca al azar, puesto que la llave maestra que llevaba era especial para aquella clase de cerraduras. Abrió sin dificultad, con el gesto de indiferencia que hubiese tenido el verdadero dueño, se encajó los guantes, pasó un pañuelo por los bordes de la cerradura y se situó ante el volante. Tenía la sensación de que el tiempo estaba volando, de que los minutos pasaban como si fueran segundos. Respiró hondo y musitó para sí mismo: «Cálmate, Dani, jodido, cálmate…» Luego hizo el puente con habilidad, y el motor se puso en marcha.

Condujo con mucha suavidad. No podía permitirse el lujo de provocar un accidente. Cualquier relación entre él y aquel coche tenía que quedar descartada desde el principio. En un semáforo, para calmar sus nervios, se puso un cigarrillo en sus labios y lo encendió calmosamente.

De pronto el corazón se le quedó paralizado. El cigarrillo estuvo a punto de resbalar de entre sus labios sin fuerzas.

Balbució:

– No… El motorista detenido a su lado, ante el semáforo, estaba golpeando el cristal del conductor con suavidad, pero con insistencia. Un motorista con uniforme azul, con casco blanco, con todos los escudos que la Guardia Urbana ha inventado desde que fue parida. Daniel Ponce sintió aquel sudor de hielo hasta en lo más profundo de sus ingles.

Bajó el cristal, procurando que su mano no temblara. Y procuró que tampoco temblara su voz al susurrar:

– Diga, agente.

– ¿Usted es siempre tan distraído?

– ¿He hecho algo mal? No veo que me haya saltado ningún semáforo… Mire, estoy parado igual que usted.

– No es por el semáforo. Es por las luces. Tendría que haberse dado cuenta de que las lleva apagadas y de que a estas horas es usted un peligro en la vía pública.

Daniel Ponce trató de sonreír.

– Di… diablos… Perdone… Uno, a veces, piensa en todo menos en eso. Pero me hubiese dado cuenta más adelante, seguro. Además ya ha visto que no iba de prisa.

– ¿Es suyo el coche? Dani tragó saliva, aunque procuró desesperadamente que la sonrisa siguiera flotando en sus labios.

– Sí, claro que sí -contestó con aplomo-. ¿Quiere ver la documentación?

– No, no hace falta. Encienda las luces y procure estar más atento a la conducción. Vamos, siga.

– Gracias, agente. Dani siguió, pero no demasiado aprisa. Tenía interés en que el motorista pasara delante para que no se fijara en la matrícula. Se secó con dos dedos las gotitas de sudor que había en su frente y reemprendió el camino extremando las precauciones. Cuando enfiló la entrada del parking tuvo la sensación de que ya había pasado un siglo. Le estremeció la idea de que el Porche rojo ya estuviera allí. ¿Qué diablos le iba a decir a Eduardo Contreras si ambos llegaban a verse?

Pero no. Por si no lo hubiera comprobado en otras ocasiones, Dani constató una vez más que el tiempo es la cosa más relativa que existe. Todo estaba en orden. Una ojeada a su reloj le bastó para darse cuenta de que no se había apartado prácticamente nada del horario previsto. Suspiró hondamente, puso primera, pasó ante la máquina, retiró su ticket y entró. Ni él distinguió al único empleado, que dormitaba en la taquilla, ni el empleado pudo distinguirle a él.

Guardó el ticket en el bolsillo superior de su americana. Desde luego, era la primera cosa de la que tenía que deshacerse cuando saliera de allí, porque el ticket le ligaba a una hora determinada y a un parking concreto. «La primera boca de alcantarilla», pensó mientras descendía al sótano. «Una bolita de papel que nadie encontrará jamás.»

Volvió a suspirar al darse cuenta de que todo estaba saliendo según lo previsto. En el lugar vacío del Porsche estaba escrita efectivamente la palabra «Reservado». Y las dos plazas laterales se encontraban vacías también. Apagó el cigarrillo y lo depositó asimismo en el bolsillo superior de la americana, junto al ticket, porque no quería dejar en el Seat ni una colilla suya. Luego aparcó correctamente, cerró el contacto, bajó la ventanilla derecha, dejó la puerta sólo entornada, comprobó un par de veces que se abría sin ruido, escondió el cuchillo en la manga y se tumbó en los asientos delanteros, poniendo primera para que no le molestase tanto el cambio de marchas.

Ahora, por el contrario, el tiempo pareció detenerse. Ahora no corría, ahora era como un poco de agua olvidada en el fondo de una botella sucia. Daniel Ponce sintió que le dolía la espalda, que se le dormían las piernas, que se le secaba la boca. Cuando oyó el ruido de un coche que bajaba al primer sótano, estuvo a punto de pegar un brinco.

Pero no, no se trataba del bólido de Eduardo. El que se movía con escasa pericia por aquel mundo desierto de la noche producía el típico ruido de un motor diesel. Y el conductor debía de andar algo nervioso, porque pegó tal trompazo a la pared con el spoiler trasero que por poco no se mueve todo el garaje. Dani se acordó de todos sus muertos mientras pensaba en la posibilidad de que el empleado de arriba lo hubiese oído y bajase. O que mientras aquel cabrón estaba perdiendo el tiempo allí llegase Eduardo, aparcara el Porsche, cerrara y se fuese. Mierdas, que sois unos mierdas, que lo único que habéis aprendido en la escuela de conducir es a meneárosla en primera, segunda, tercera y cuarta.

Por fin oyó el chasquido de las puertas, una risita de mujer, un gruñido de hombre, un muy femenino «Espera, coño» y un muy académico: «Amo al apatamento, que te voy a follá bien follá.»

No cabía duda. La ciudad progresaba. Y luego otra vez el silencio. El tiempo que no corre. El fondo de agua en la botella sucia. Por fin todos los sentidos de Daniel Ponce se pusieron en tensión. Por fin el rugido poderoso e inconfundible del motor, de sus miríadas de cilindros en línea, en «uve», en cascada, en cruzado mágico. Por fin el suave chirrido de los neumáticos ancho especial, bandas de seguridad, dibujos con profundidades de vagina y con suavidades de piel de niña. «Demonios -piensa Ponce-, yo nunca me he reído de los que se empinan viendo un coche, yo ya no me río de nada, porque antes había sólo dos sexos, luego llegó el tercero, el de los travestís, y ahora los jóvenes están empezando a sentir el cuarto, el de los inyectores electrónicos que te soplan aires de virtud en el esfínter.» Ponce tensa los músculos, se prepara, oye el rugido del motor prácticamente encima.

Y luego ya nada. Sólo el ruido de la llave al cerrar, pero no al lado mismo, como era lógico, sino al otro costado del Porsche. Dani alzó la cabeza con precaución, mientras sacaba el cuchillo, dispuesto de todos modos a saltar como fuese y a no perder aquella oportunidad. Pero vio la elegancia de Eduardo, que se alejaba sin prisas hacia el fondo del parking. Era increíble. O era normal. Los actos más habituales de los hombres se pierden en el vacío de la rutina, y la rutina no tiene símbolos, no tiene magnitudes. Contreras había aparcado esta vez su bólido de cara, sin hacer maniobra para entrar de espaldas, con lo cual la puerta izquierda quedaba justo al otro lado de donde estaba acechando Ponce. A éste no le quedaba ninguna oportunidad.

Lanzó una maldición en voz baja. La espalda de Contreras ya no era más que una débil mancha en la penumbra. Imposible correr tras él haciendo ruido, imposible atacarle en aquel espacio abierto y apto para todas las fintas y todos los socorro, ayúdenme del tío que piensa que aún es demasiado pronto para morir. Dani sabía que iba a tener que empezar de nuevo. Golpeó con rabia en los asientos y sin darse cuenta desgarró la cascada tapicería de uno de ellos con la punta del cuchillo.

No le supo mal. -A tomar pol saco -dijo. Al fin y al cabo no podía decirse que aquel coche le hubiera traído demasiada suerte. Por pura curiosidad abrió la guantera y miró la documentación. No estaba, pero sí el seguro. Iba a nombre de un tal Amores, periodista.

Dani Ponce no lo conocía. Pero le dedicó el recuerdo que media humanidad dedica a la otra media antes de las oraciones nocturnas:

– Cabrito.

20. EL HOMBRE DEL CAFÉ ZURICH

DOMINGO ALBERT puso en hora su reloj mientras miraba la noche a través de la ventana, aquella noche del callejón que a veces le daba una sensación confortable de madriguera conocida. El reloj era un viejo Universal heredado de su padre y ya se retrasaba como mínimo dos o tres minutos al día, pero Albert no hubiese podido prescindir de él. En su caja de oro, en su esfera pulida por las manos diarias encontraba el tacto de una época que había sido quizá no más feliz, pero sí más auténtica. Lo hizo oscilar al extremo de la cadena como un péndulo, lo sopesó en la derecha y lo acabó colgando de un pequeño clavo de la ventana, para que el primer sol de la mañana diera sobre él. Cada día, al abrir los ojos, le gustaba ver su brillo.

Oyó entonces el ruido de la verja que se abría, y alguien entró en el callejón. Siete pasos exactos desde aquella verja hasta la ventana de Marcos Gil, el profesor de música. Otros siete hasta la ventana de Domingo Albert, el médico sin fortuna. Luego, nada. Óscar, el único vecino con el que apenas hablaba, había vuelto de su último trabajo con la puntualidad de siempre. Se oyó el ruido de la puerta, el chasquido de la luz en la escalera, el crujido de los peldaños, el lento palpitar de la casa donde desde el principio de la eternidad han estado ocurriendo las mismas cosas.

Domingo Albert se abrochó el pijama, fue hasta el centro de la habitación en penumbra y desde el borde de la cama contempló en silencio la cara de la mujer que dormía parsimoniosamente y que era para él como una prolongación del mueble, como un relieve de la penumbra, como un latido más de la casa. No sabía bien si eso es amor cuando el amor se transforma en costumbre, en una simple posesión de unos recuerdos o en una cotidiana piedad. Pero lo que Domingo Albert sabía era que aquella mujer ya no significaba nada para él, que no era más que un episodio extinguido de su vida, aunque él se empeñara en darle nuevas formas y nuevos matices cuando la miraba a través del silencio de los días.

Apagó la luz, miró el último reflejo en la ventana y se metió en cama sigilosamente, al lado del cuerpo caliente de Clara, procurando no hacer ruido. Ella lanzó una especie de suspiro, cambió de posición y con una flexibilidad animal se amoldó a su cuerpo.

Mientras Domingo Albert, junto a ella, hundido ya para siempre en la oscuridad del dormitorio, recordaba su vida anterior, pensó que el matrimonio consiste esencialmente en la creación de un clima, y que cualquier mínimo suceso puede romperlo. ¡Si pudiesen los dos dejar atrás aquella frialdad que les invadía, y convertir su vida en algo que no fuese una lucha de pensamientos inconfesados! Acarició el pelo de la mujer dormida, que era suave y estaba impregnado de un tenue calor. Desde todos los rincones de esta habitación donde tantos episodios habían vivido le miraban rostros jóvenes. Conocía el chasquido de la luz al encenderse y los quejidos de la cama; Clara no había variado su posición al dormir, que siempre fue la misma. Había en la suavidad de su pelo algo que densificaba los pensamientos de Domingo Albert y los hacía más penetrantes y más secretos. Estaban llenos de minucia: si ahora se acercase a Clara, el lecho crujiría dos veces. Era muy extraño, pero repetir aquel quejido mecánico le causaba vergüenza, como si con ello volviese a una miseria pasada. Con las manos enlazadas sobre su pecho contempló ahora la oscuridad poblada de sugerencias. ¿Y si hubiesen llegado ya a las últimas consecuencias de su vida en común? Todo hombre y toda mujer tienen algo nuevo que ofrecerse en la esfera elevada de sus vidas: hacer inagotable esta entrega es una mágica labor de creación. Pero la creación -pensaba Albert- implica generosidad. Cuando ésta se acaba, cuando se han dejado también atrás las últimas consecuencias lógicas, surge la vida oculta.

Intentó cerrar los ojos. Él había llegado a la vida oculta. Bueno, ¿y qué? Con su mujer había llegado a la última pared de la última habitación en la última casa que en sus sueños construyeron un día. Los dos sabían que no iban a ir más allá, los dos sabían que les quedaba solamente la rutina, el gesto repetido, el crujido de la cama, el primer rayo de luz del amanecer, el tiempo que se desliza por el reloj del padre. Clara ya no quería vivir, Clara amaba solamente este tiempo petrificado en torno suyo. Y cada noche Domingo Albert pensaba obsesivamente en la otra mujer que estaba quieta en una cama del hospital, mirando también la ventana, esperando que llegase la luz de un nuevo día porque ella quería vivirlo. Por el solo hecho de que Marta Estradé ansiaba descubrirlas una tras otra, la ciudad estaba llena de sugerencias mágicas.

Dio una vuelta en la cama. Dos crujidos. La luz de la ventana que llega hasta la mesilla: quieto, Albert, si la estás mirando treinta minutos más, verás que llega hasta el cuadro. Has pasado millones de noches así, mirando esta pared, calculando las fases de su luz. Sabes que esta pared tiene cuartos menguantes, crecientes, lunas llenas. Es tu vida y será tu muerte. Un día esta pared se oscurecerá y tú te darás cuenta de que no has hecho otra cosa que mirarla. Te preguntarás seguramente adónde va la inutilidad de los últimos pensamientos. Y luego nada.

Se deslizó fuera de la cama sin hacer el menor ruido. No obstante despertó a Clara; su mujer tenía un instinto animal, se había acostumbrado tanto a sus movimientos, repetidos durante todas las noches, que los controlaba hasta en sueños.

– ¿Adónde vas?

– Nada importante. He recordado que tengo una visita. Parece mentira que no haya repasado mi agenda y no me haya dado cuenta antes de volver a casa.

– ¿Pero tan importante es?…

– Claro. Se trata del señor Deu. ¿Te he hablado del señor Deu?

– No.

– Bueno, pues es un cáncer terminal y tiene varias fracturas. Yo controlo el tratamiento de calmantes, y hace dos días que no paso por allí.

– Llámales por teléfono.

– No. Ese hombre solamente se calma si charlo un rato con él.

– ¿Quieres decir que no eres un anticuado?

– Claro que soy un anticuado -susurró Albert-. Pero algún día, cuando todas las técnicas hayan sido superadas, se volverá a la medicina bíblica de la imposición de manos, que es al fin y al cabo la medicina de la confianza. En todo caso, cuando se tiene delante un cáncer terminal, es la única medicina que aún sirve para algo.

Acabó de vestirse, se peinó en el cuarto de baño, se pasó por la cara un poco de agua de colonia. Recuperó el reloj del padre y se dio cuenta de que era temprano: no había sonado aún la medianoche. Los hombres rutinarios como él ya estaban en la cama, ligados a la esclavitud de la mañana que se acerca y en la que tendrás que estar en pie, soldado, pero los bares aún estaban abiertos, los cines funcionando, los periodistas ante las máquinas, los travestís de la Rambla de Cataluña esperando su primer coche, su primer francés de urgencia, su primera náusea. La ciudad vivía. Maldito imbécil que miras las paredes, tú ni siquiera sabes lo que es eso.

Salió a la calle. Clara no había vuelto a abrir los ojos. Muchos años antes, siglos antes, cuando el discípulo de Felipe II vivía en El Pardo, ella saltaba de la cama y le acompañaba hasta la puerta cada vez que Domingo Albert tenía que hacer una visita. Hubo un tiempo en que incluso le esperó despierta.

Más tarde se limitó a abrir un momento los ojos y a decirle adiós. Ahora ni siquiera volvía la cabeza. ¿Para qué?

Las últimas consecuencias lógicas. La última pared de la última habitación de la última casa. Domingo Albert deambuló al azar, puesto que no tenía que ir al piso de ningún señor Deu. El señor Deu no existía, y probablemente Clara ya lo había imaginado, pero le importaba poco. Ascendió por las Ramblas, desfiló ante los quioscos abiertos (el último libro sobre los secretos del socialismo español, el último método para llegar a ser padre leyendo fascículos, la última revista con el último culo descubierto por las fuerzas vivas del país) y llegó a la Plaza de Cataluña. ¡Cómo había cambiado todo, diablos! Los quioscos respiraban libertad. De noche no se apreciaba tanto la gran miseria colectiva, y al menos la ciudad vibraba. Una muchacha repartía propaganda del PCC, un hombre exhibía una pancarta para que la gente se adhiriese espiritualmente a una huelga que iba a tener lugar en Sants, en la Bordeta, en Pueblo Nuevo, no se sabía dónde. Un extranjero pedía dinero para la cena de alguien que parecía estar en Düsseldorf. Un marica estaba a punto de convencer a un guardia urbano sobre los derechos intangibles de su sexo.

El médico cruzó la parte final de la calle de Pelayo y se metió en el Zurich, viejo café de dientes en paro, de hippies a la roña, de poetas desesperados que esperaban cambiar su último cuaderno de versos por un revólver Colt. Algunos extranjeros despistados contemplaban las estrellas desde la terraza, oh, Barcelona beautiful, mientras los camareros contaban las propinas, rubia a rubia, y maldecían su destino. Arriba, en el altillo, un empresario intentaba convencer a los dos únicos obreros que le quedaban de que las cosas cambiarían cuando su industria entrara en el Mercado Común. Trabajándose un porvenir mucho más inmediato, un periodista trataba de poner cachonda a su acompañante hablándole en rigurosa primicia de la última obra de un filósofo turco.

Sí, qué cuerno. Al menos la ciudad vivía. Domingo Albert se sentó en la terraza, contempló las estrellas, -oh, Barcelona, take care-, pidió un cortado, encendió un cigarrillo, cerró los ojos, trató de captar la vida que bullía en torno suyo, sintió la mano que se deslizaba hacia su bragueta. Abrió los ojos de golpe.

– Pero, Méndez… ¿qué hace usted aquí?

– Nada, hijo. Es que se le había caído una brasita del cigarrillo y se le podía originar un incendio Dios sabe dónde. Yo sólo quería sacudírsela. Estaba en un lugar malísimo.

Y añadió cautamente: -Oiga, no me habrá tomado por un marica, ¿verdad?

– Y si le hubiera tomado, ¿qué?

– Pues que me alegraría mucho. Significaría que soy un hombre de porvenir.

Domingo Albert suspiró resignadamente.

– ¿Me está siguiendo, Méndez?

– ¿Yo? Qué más quisiera, hijo. Me cansaría mucho si tuviera que ir detrás de un hombre como usted. Yo sólo puedo seguir a los fundadores de la Asociación de Inválidos Civiles y a los simpáticos miembros de la Organización Nacional de Ciegos. Últimamente los jefes se han dado cuenta de eso, y estoy obteniendo grandes éxitos. No se me escapa ni uno.

– Entonces, ¿qué hace usted aquí?

– Nada en especial. Vengo al Zurich muchas noches, muchas. Es el núcleo de sospechosos más importante que hay en la ciudad, y además cae céntrico. Si usted me envía a buscar sospechosos al Tibidabo, ya es otra cosa.

– Más le valdría vigilar sus calles.

– No crea. En mis calles todo el mundo se conoce, y si se prepara un delito lo sé una semana antes. A veces, viendo pasar a un tío desde el balcón de la comisaría puedo decir cuánto va a tardar en matar a su suegra.

Méndez bebió un sorbo de su copa de anís Machaquito y añadió:

– Claro que celebro encontrarle aquí, doctor Albert. No le costará trabajo decirme si ha vuelto a saber algo de Wenceslao Cortadas.

– ¿Qué voy a saber? Aquel hombre es una vieja historia. Me extrañó que usted la resucitase.

Soslayando la interrogación que palpitaba en aquella frase, Méndez susurró:

– He pensado que podía estar herido, enfermo… i Qué sé yo! Ya ha de ser un hombre bastante viejo.

– ¿Y qué?

– Nada. Que necesitaría un médico.

– ¿Y cree que al cabo de tantos años podía haber venido a mí? Qué absurdo.

– Bueno… No hay cosas enteramente absurdas en este mundo. Confieso que a veces he vigilado su casa, doctor Albert. A mí los servicios de esquina se me dan muy bien. No te cansas, ves pasar tías buenas y acabas haciendo amistades. Incluso los de los bares ya te conocen, y al final te hacen rebaja.

– ¿Por qué ha vigilado mi casa, Méndez? ¿Es que desconfía de mí? ¿Debo tomar eso como una ofensa?

Méndez no contestó. Tenía la mirada perdida. Pero la suya volvía a ser la mirada de la serpiente vieja.

– ¿Qué tal aquel profesor de piano? -susurró.

– ¿Qué profesor de piano?

– Me he enterado de que se llama Marcos Gil.

– ¿Y qué?

– Su esposa va a verle con frecuencia.

– Sí. Le da clases.

– ¿A diario?

– Bueno, supongo que es a diario. No tengo tiempo de ocuparme de un detalle así. ¿Por qué?

Méndez bebió imperturbable otro largo sorbo de aquel anís que abrasaba. Su mirada seguía estando perdida.

– Tiene algún huésped ese profesor de piano? -Preguntó- ¿Alguna persona realquilada?

– ¡Hombre! ¡Qué va a tener! -Y, de pronto, en la cara de Domingo Albert se marcó una expresión de alerta-. Oiga… No habrá tenido la idea absurda de que Wenceslao Cortadas puede estar refugiado allí, ¿verdad?

– Yo tengo una montaña de ideas absurdas -susurró Méndez-, y una de ellas ha sido que Wenceslao Cortadas podía haber necesitado su ayuda, para lo cual habría tenido que ir a su casa. Por eso la vigilé. Pero no ha dado ningún resultado, ¿sabe? En fin, ahora perdóneme. Tengo que hacer un servicio.

Fue a la puerta de los lavabos y la aporreó mientras gritaba:

– ¡Manolo! ¡Cojones! ¡Venga, que ya está bien! ¡Sal con las manos en alto o envío esto abajo!

– No se atreverá, Méndez -,dijo una vocecita desde dentro además no puede.

– ¿Cómo que no puedo? ¡Hostia que no! Si me acaban de admitir en los GEO!

– Méndez, quiero que llame a mi abogado -gimió la misma vocecita.

– A tu abogado lo he detenido esta mañana. El de dentro debió de sentirse derrotado. Abrió. Era un hombrecillo de tez lívida, que salió con las manos en alto mientras balbucía:

– Creí que… que no me había visto, Méndez. -Claro que no te había

Pero cada vez que entro en un café oigo el ruido puerta-water al cerrarse. ¿Qué pasa? Que un tío se ha metido en él andando a cuatro patas, hostia. Cada vez que entro en un café y quiero detener a alguien, ya sé lo que he de hacer: aporrear la puerta-water.

– Pero si no me ha visto, ¿cómo sabía que era yo? -dijo el tío de la vocecita.

– Porque le he preguntado a un camarero de quién era el café con leche que estaba en una mesa, sin nadie delante. Otra vez a ver si te llevas la consumición padentro, macaco.

Y añadió, mientras sujetaba al tío por el cogote:

– Venga la mierda.

– No… No llevo nada, señor Méndez.

– Cabrón, joputa.

– Le juro que no llevo nada… Regístreme.

– La has tirado por el water, ¿no?

– Pruébelo.

– ¿La has tirado por el water sí o no?

– Es posible.

– Maricón de playa.

– Bueno, ¿pero a qué viene tanta cosa, señor Méndez?

– Macarra de monjas.

– Joder, que no hay para tanto… Yo soy un camello de cuatro chavos. Las dos tonterías que llevaba las he tirado y ya está. ¿Qué pasa?

– Pasa que yo las podía haber vendido en beneficio de los niños de San Juan de Dios.

– La madre que lo parió, señor Méndez. Lo digo con todos los respetos, señor Méndez. Pero usted lo que quería era pillarme con pruebas para que me metieran en el talego.

– Al talego te llevo yo no por camello, sino por soplapollas. A ver si crees que necesito pillarte con unos gramos de mierda para saber lo que hay que hacer contigo. Hala, vamos a la comisaría y hablamos como buenos amigos. Repasando los archivos ya verás lo que te encuentro.

– Joder, me va a cargar la muerte de Durruti.

– Pues podría ser. Empujó al detenido, sacándolo del lugar donde no había nadie para llevarlo en conducción ordinaria al sitio donde había gente. Pero en seguida lo soltó mientras susurraba:

– Hala, fuera. Y otro día elige para los contactos otro sitio que no sea tan honrado como éste.

– ¿Pero qué pasa, señor Méndez? ¿Por qué me suelta ahora?

– Cagontumadre… Te suelto porque me sale de las pelotas. O porque eres un desgraciado. O porque sé que llevas tres años parado. O a lo mejor porque me acabo de acordar de que tú no mataste a Durruti, maricón, que eres un maricón. Hala, a la calle a hacer chapas. Acaba de llegar la Navy y hay mucho negro suelto que quiere saber cómo es un culo blanco. Te vas a forrar, jodido. Venga, a la calle. Que te den.

El hombrecillo salió disparado. No perdió ni un segundo. Y ya casi en la puerta susurró en la cara del hombre bien vestido que acababa de entrar y que aún no le había visto:

– ¡Ojo! ¡El Méndez!

– ¿Quién?

– Méndez, hostia! Aquel bien vestido y que se lavaba todos los días tenía demasiada altura para haber oído hablar alguna vez del planeta en que se movía Méndez. Por eso vaciló. Por eso se movió demasiado tarde. Cuando quiso llegar otra vez a la puerta, ya tenía encima a aquel viejo vestido como si viniese de un funeral. Méndez no tenía fuerza para sujetarle ni iba a usar allí su pistola, que además llevaba descargada casi siempre. Algunas veces, después de cenar en según qué restaurantes, le había bastado echar el aliento a la cara del enemigo para que éste quedase K.O., pero ahora hasta el aliento le olía bien. Por lo tanto tuvo que suplir todas esas desventajas con la mala leche. Sujetó por la corbata y por los testículos al tío bien vestido mientras le soltaba la frase de ritual:

– Te voy a afeitar el capullo. Luego le retorció los testículos y lo derribó sobre una mesa. La gente se había puesto en pie: algunos chillaban y otros aplaudían. Aquello no se había visto nunca en el Zurich, aunque algunos camareros tenían vaticinado que acabaría sucediendo. Uno de ellos gritó: ¡Señor Méndez, que ésta es una casa seria! ¡Déjelo de una puñetera vez y no vuelva por aquí!

Méndez no le oyó. Sabía que ahora tenía en sus manos a un distribuidor de mediana categoría y sabía también que ese distribuidor podía llevarle más arriba, aunque arriba, lo que se dice arriba, nunca llegaba nadie. Mientras lo mantenía tumbado boca arriba con la mano izquierda, levantó con la derecha un vaso y se lo estampó por el borde contra la nariz y la boca. Un simple vaso de cristal grueso puede ser un arma de las que le dejan sin cara a uno. La sangre saltó en todas direcciones, salpicando el velador. El tío bien vestido lanzó una especie de estertor agónico mientras los ojos se le llenaban de lágrimas, porque además el golpe le había hundido el tabique nasal. Los espectadores gritaron de nuevo. Un par de ellos seguían aplaudiendo rabiosamente. Desde la terraza exterior subió un turista que empezó a animar a Méndez:

– ¡Dale! ¡Dale! ¡jóooooooooooodelo! Méndez no necesitaba que le animasen. Rompió los bordes del vaso contra la mesa y se quedó en la mano derecha con una serie de cuchillos de cristal que podían desgarrar cualquier garganta humana. El hombre que estaba doblado sobre el velador aulló:

– ¡Por favor! ¡Noooooooo!… Méndez gruñó:

– Ahora llama a un ahogado, joputa.

– ¡Suelte eso! ¡Suélteloooooo!…

– Muy bien. Pero todo depende de ti. Vuélvete de espaldas y pon las manos atrás. Si haces una sola cosa que no me guste, te clavo los cristales en la nuca.

El tío se dio tanta prisa en obedecer que por poco tumba el velador. Méndez masculló. Ondia, a ver si ahora me he dejado las esposas.

Por fin las encontró, hizo un hábil movimiento -porque práctica en eso sí que tenía- y las encajó sin contemplaciones en las muñecas del detenido, que lanzó un grito de dolor. Luego lo puso en pie sujetándolo por el pelo.

– Que alguien llame al 091 -ordenó-. Voy a llevarme a este buitre. Lástima que con las manos en esa posición no se va a poder hacer una paja.

Salió empujándolo. Los clientes de la terraza, sobre la Plaza de Cataluña, no le prestaron apenas atención, aunque algunos mostraron especial interés en taparse las caras con los periódicos o con cualquier cosa que tuviesen a mano. Domingo Albert quedó solo con sus pensamientos en el café de otra época, en la gran sala que de pronto parecía muerta, bajo la luz irreal que ya había alumbrado a varias generaciones de fantasmas. Hundió la cabeza mientras sentía muy dentro de sí toda la soledad que Barcelona puede dar a sus hijos. Los dedos le temblaron en los bordes de la mesa mientras sentía en ellos, como nunca lo había sentido, el fluir del tiempo.

Y entonces la vio entrar. Era también como un fantasma, pero tenía en la cara y en los ojos esa belleza un poco irreal que sólo tienen las mujeres solitarias, las mujeres que aún no han sido alquiladas por la vida, y por lo tanto aún están a tiempo de moldearla a su manera, esas mujeres cargadas de soledades, de secretos, de pensamientos que sólo ellas conocen, de otras luces irreales en otros cafés donde no se han visto acompañadas por nadie. Allí estaba con su bastón, tac-tac, con todos sus mundos ocultos, con su cadera vacilante, con sus ojos perdidos pero que quieren ver la vida hasta en la última sombra del último rincón de la ciudad, maldito sea tu bastón que ni siquiera puede ser blanco como el de los ciegos, que debería ser negro como los de los muertos. Maldita sea tu enfermedad que no te ha dado más que una cama, una ventana y unas viejas canciones en el fondo de tu memoria. Pero yo te devolveré la esperanza, caminaré contigo, te ayudaré a descubrir de nuevo esta ciudad tan distinta, leeré los pensamientos en tu mirada, haré que me des una lengua de puta y yo te daré unas caderas de novia. La vida que nos quema dentro nacerá un día para los dos, Marta Estradé, y tú correrás por las calles, y yo no tendré que oír nunca más el doble crujido de mi cama. Tac-tac, la vacilación de Marta Estradé, su expresión de asombro al verle, tac-tac,, el bastón que se acerca.

– ¿Pero qué haces aquí? Ella se dejó caer en una silla, al otro lado del velador, dominando el dolor de sus piernas.

– Me he escapado -confesó suavemente.

– Estás loca, ¿no?

– No creas que he andado mucho… He tomado un taxi casi hasta aquí. Aún me quedaba un poco de dinero para eso.

– Pero a estas horas… Y engañando a todo el mundo, como si el Clínico fuera una cárcel… ¿No te das cuenta? ¿Sabes lo que podría significar una caída? ¿Es que tú piensas alguna vez?

– Pienso demasiado. Había apretado los labios, que formaban así, en su cara excesivamente blanca, una línea fina y recta. Había dejado que su mirada se perdiese otra vez, buscando un último sueño, una última verdad que sólo ella identificaría. De pronto todos los ruidos del café habían dejado de existir, de pronto había dejado de flotar aquella luz irreal mientras Domingo Albert la comprendía tan profundamente, tan íntimamente que sentía un alfilerazo en el pecho. Esta mujer que tiene una capacidad tan enorme para buscar la vida, nunca encontrará la vida. Sólo le habéis dado un bastón y una ventana vosotros, los dueños del destino, los santos de las iglesias.

La voz de la mujer apenas fue audible:

– Quería ver el mar.

– Aquí no puede decirse que haya mar.

– Bueno, el puerto.

– ¿Ibas a ir sola?

– Eso es lo terrible, que no me he atrevido. Al dejar el taxi he pensado que podría andar Ramblas abajo. Y de pronto me he dado cuenta de que no.

Domingo Albert trató de sonreír.

– Te faltan las fuerzas?

– Necesito tenerlas. He de tenerlas como sea.

– Las tendrás, Marta. Ya verás como sí. Yo mismo voy a acompañarte.

– Oye…

– ¿Qué?

– Ha sido una suerte encontrarte aquí. Domingo Albert movió las manos con desenvoltura, intentando que su gesto fuera optimista.

– Yo también creo que ha sido una suerte, bonita. Qué sería de los locos si no acabasen encontrando un loquero. Pero más que una suerte ha sido una casualidad.

– Porqué?

– Yo también me he escapado.

– ¿De tu casa?

– De mi cama. Y añadió, poniéndose en pie:

– Mal asunto cuando un hombre piensa demasiado, cuando no tiene ni ese último refugio.

Tac-tac, salieron los dos, tac-tac, los clientes de la terraza que miran, el turista de antes que lamenta que se haya largado Méndez, el turista que piensa oh, Barcelona show.

Las Ramblas que no se terminan nunca («¿te duelen las caderas, bonita?»), la salida del Liceo, el último oropel de la ciudad, hombres expertos en negar dinero a los amigos, mujeres expertas en tasar las joyas de las amigas. Los travestís desesperados de la calle de la Unión, la mueca de la boca que ya lo sabe todo, los pantalones demasiado ajustados, desgraciada, que así se te marca todo el paquete, capullo. Las matronas de la calle de Fernando, el marido que te espera y tú no has hecho todavía ni un solo hombre, a ver qué le vas a decir; los cines de la pulga y del dedo, el último quiosco, los últimos meublés, los hombres y las mujeres parados que se miran y que calculan las cotizaciones de la noche en esta gran Bolsa del guiño y del susurro. El puerto que se lo traga todo: los hombres, los pensamientos, los fantasmas que han ido creando a lo largo de sus vidas. Unas escaleras que llevan hasta el borde del agua y junto a las que están amarradas unas barcas que parecen haber transportado hasta allí la noche. Los dos sentados en aquellas escaleras, casi rozando la negrura del mar, mirándose a los ojos, como si esperaran el primer beso de sus labios o el último navajero de las Ramblas. Lo cierto es que nadie se atreve a sentarse ahora allí después de las diez de la noche, pero ellos no se han dado ni cuenta.

– ¿Cansada, bonita?

– No. He podido soportarlo muy bien.

– De todos modos has hecho una locura. Estás mucho mejor después de la operación, pero una caída puede acabar contigo. No sé si te has llegado a dar cuenta.

– No he pensado en eso.

– ¿Pues en qué?. Ella se retorció los dedos nerviosamente. No le miraba. Tenía los ojos clavados en el vaivén de las barcas y en los reflejos del agua.

– Es difícil de explicar, te lo juro.

– Explicar las cosas siempre produce alivio, Marta.

– Pienso en la vida.

– La vida… ¿Qué pensamiento es ése?

– Uno muy sencillo: la libertad, las calles, mis caderas, mis piernas… Ya ves si es elemental: una calle muy grande y una mujer muy pequeña que anda por ella. Todo lo que yo quería hacer y que no he hecho. Mis amigas, mi portal de niña. Mi escalera. Las gentes a las que apreciaba. Perdóname, a veces no sé lo que me digo… Son como palabras elementales que me obsesionan por las noches, y con ellas construyo frases. Pero la verdad está en las palabras elementales: la ciudad, la libertad, los amigos, el aire. Todo eso la vida nos lo da y no tiene valor. ¿Cómo te lo diría? Es igual que unas monedas en nuestras manos. Y un día te das cuenta de que has perdido esas monedas y ya no las vas a recuperar. Nadie te las dará de limosna.

Hundió la cabeza. Domingo Albert se dio cuenta de que su voz se había quebrado, aunque lo disimulaba.

Marta estaba llorando.

– No te vas a morir, bonita -fue todo lo que pudo decir, mientras intentaba acariciarle las manos.

– No es la muerte.

– ¿Pues qué es?

– Tú no comprendes nada, los hombres, a veces, no comprendéis nada. No es la muerte, sino todo lo contrario: es la vida. La idea de la muerte la acepto, y hasta muchas veces, mirando las ventanas del Clínico, creo que he llegado a acostumbrarme a ella. Pero nunca he llegado a acostumbrarme a la idea de la no-vida. ¿Sabes lo que es la no-vida? ¿Cómo te lo podría explicar yo? Es existir delante de una ventana, es renunciar a los amigos, a los sentimientos, al sexo. Es limitarte a seguir el paso de un rayo de luz. Es palpar las paredes, pero sin salir de ellas. La no-vida, dicha en las palabras más sencillas del mundo, soy yo. Y a eso sí que le tengo miedo. No voy a poder resistirlo.

– Yo tampoco, Marta. Ella desvió la mirada, clavando en el hombre unos ojos que a pesar de todo aún estaban llenos de sugerencias. Marta Estradé era un milagro. Cuando estaba más hundida, una simple palabra o una simple contradicción la hacían revivir.

– Tú? ¿Por qué? -preguntó.

– Porque yo también vivo ante una ventana, al lado de una mujer que no me sugiere nada, y viendo un rayo de luz que se desliza por una pared.

Había unido las manos y también miraba al vacío, a las barcas y a la noche. Por entre sus labios apretados, musitó:

– Pero aún puedo rectificar, Marta. Aún podemos rectificar tú y yo.

– No renuncies a lo que tienes -dijo velozmente Marta Estradé, sin mirarle.

– ¿Yo? ¿Qué tengo yo?

– Al menos puedes cambiar de luz y de pared.

– Y eso es lo que trato de hacer. Pero contigo.

– Yo no valgo nada -dijo Marta Estradé sin mirarle-. ¿Has visto mis piernas?

– Las he visto.

– ¿Mi culo? Albert trató de reír.

– Bueno, tampoco está tan mal -susurró.

– No digas tonterías, por favor… No digas tonterías.

– He visto tus ojos, Marta. No sé si te das cuenta: tus ojos. Tú eres un milagro. Uno tiene la sensación de que a tu lado todas las otras mujeres son simples estatuas o simples colchones, de que contigo todo es posible si te ayudan a vivir.

– ¿Y vas a ayudarme tú?

– O tú a mí, quién sabe.

– Escucha…

– ¿Qué?

Marta Estradé no contestó. Había vuelto nuevamente la cabeza hacia el mar, hacia las luces lejanas, hacia el secreto de sus propias lágrimas, que no quería que él descubriese. Fue entonces cuando le pareció que Domingo Albert había pronunciado unas palabras importantes y que, en compensación, ella tenía que ser absolutamente sincera. Musitó:

– Nunca te divorcies por mí.

– Ni siquiera sé si pienso divorciarme. No, no… Es algo más profundo. Quiero romper con toda mi vida anterior, que hasta ahora ha sido una inutilidad y una mentira. Te confieso que aún no sé cómo se rompen las mentiras. Pero algo intentaré si tú me ayudas. Te pido que lo busquemos los dos.

La mujer se apartó un poco, subió un peldaño más como si quisiera que las sombras la cubriesen mejor.

– Antes iba a decirte algo -musitó-, pero no me he atrevido. En fin, es muy sencillo: si buscas una dulce inexperta, tampoco lo soy. Me he acostado con algunos hombres.

– ¿Con quiénes?

– Con dos compañeros de las manifestaciones, gente que se jugaba la cara por mí.

– Yo no te he preguntado nada de eso, Marta.

– Pero yo quiero decírtelo.

– Bueno, yo supongo que la lucha clandestina, o casi clandestina, crea sentimientos muy intensos… y también compañerismos de toda clase. Que tuvieses dos amigos íntimos entre los luchadores me parece natural. Lo extraño hubiese sido lo contrario. Ya te habrías parecido a mi mujer, que no tiene amigos en ninguna parte.

– No es sólo eso. Hace pocos días me acosté con un hombre. Fuimos a un sitio de pago, un sitio donde van las parejas de la burguesía: la Casita Blanca.

Domingo Albert cerró un momento los ojos, queriendo disimular la lucecita amarga que estaba pasando por ellos. Y susurró:

– Carlos Bey, claro.

– No.

– ¿Pues quién?

– Uno que no conoces. Podría decirte que fue un cualquiera, pero que también estaba lleno de ansias de vivir. Creo que fue eso lo que me contagió: el deseo de no seguir siendo mi propio recuerdo.

– ¿Disfrutaste?

– ¿Por qué me lo preguntas? ¿Piensas que una mujer es menos culpable cuando no disfruta?

– No sé… Perdona, ha sido una tontería. No me contestes.

– ¿Y por qué no? Me he propuesto ser absolutamente sincera conmigo. Y en este sentido he de decirte que no disfruté.

– ¿Volverías a hacerlo?

– No.

– Gracias, Marta.

– ¿Por qué? ¿Por mi confesión? ¿Vale la pena la confesión de un mueble?

– Porque has dicho que no volverías a hacerlo. Marta Estradé movió la cabeza violentamente.

– Todos los hombres sois en el fondo unos cochinos burgueses -dijo-. Lo vuestro, vuestro.

Pero le había asido las manos con fuerza, con mucha fuerza. Y estaba llorando otra vez.

El hombre a quien Marta Estradé se había referido sin nombrarlo estaba en aquel momento mirando la Diagonal desde una de las ventanas de La Oca, un restaurante-granja-bar de negocios para clientes que quisieran arrancar urgentemente algún bisté y alguna peseta. A la hora en que Dani Ponce se había situado allí, sin embargo, los negociantes desesperados habían sido sustituidos por audaces parejas que querían arrancarse mutuamente un polvo, aunque sin ponerse de acuerdo sobre las condiciones del mismo. Algunas mujeres que hacían la ruta por la parte alta de Urgel y la calle de Buenos Aires se detenían a intervalos allí, ante las ventanas, y esperaban in situ una clientela formada generalmente por ejecutivos en crisis, y algunas veces por expresidiarios que habían alquilado un traje. La Plaza de Francesc Maciá iba quedando en sombras, surcada solamente por coches de gente que no pagaba, por coches de agentes de cobros y por coches de abogados que trabajaban para ambos a la vez. La ciudad seguía estando viva e iba hacia el progreso, ya no podía dudarlo nadie.

Los ojos de Daniel Ponce escrutaron la Diagonal más allá de las dos o tres mujeres paradas, más allá de los dos o tres imposibles clientes en paro que las contemplaban. Eduardo Contreras había terminado la primera parte de su paseo de todas las noches y regresaba desde la Plaza de Maciá a la calle de Muntaner. Aquel maldito era un reloj. Pero sin embargo algo había cambiado en él, algo que anulaba del todo los primitivos planes de Ponce: Eduardo Contreras no había vuelto al cine. Es decir, repetir la tentativa del parking, que una vez había salido mal por pura casualidad, era imposible. Acabar con Eduardo según el primer plan previsto requería inexcusablemente la presencia de la noche. Apuñalarlo durante el día en un parking donde sonaba un grito y acudía un inspector de Hacienda, era demasiada temeridad.

Dani Ponce terminó su coñac cuando el hombre al que vigilaba se hubo perdido entre las sombras. Sentía desde tiempo atrás que el nerviosismo subía por su columna vertebral y se le aposentaba, en la nuca… Él conocía bien aquella sensación: era la de la frustración, la del fracaso, la de la impotencia de su vida desde que Óscar Bassegoda dejó de ocuparse de él. La había tenido muchas veces. Un peso en la nuca que incluso llegaba a nublarle la vista. Pagó, se puso en pie y fue hacia el teléfono. Blanca le había pedido que la llamara siempre desde lugares públicos, ya que cabía la posibilidad de que el número de Ponce estuviese intervenido. No por él mismo, sino porque en aquel edificio había más de cuarenta despachos distintos, alguno relacionado con la política, y la probabilidad de que un par de números estuviesen «pinchados» era muy alta. La probabilidad de que, por error, estuviese también «pinchado» el de Ponce era en cambio muy baja, pero valía la pena tenerla en cuenta.

Por lo tanto marcó las siglas dé Blanca y esperó. Sabía que a aquella hora le contestaría directamente ella.

En efecto, oyó su voz un poco pastosa, un poco lenta.

– ¿Dani?…

– Hola, Blanca.

– ¿Qué hay?

– Bueno, pues lo que se dice haber no hay nada. Sigo vigilando, sigo buscando una oportunidad. Ahora mismo estaba controlando su paseo de todas las noches.

– Con eso no arreglamos nada, Dani.

– Sabes que hago lo que puedo.

– Y sé también que eres un profesional. Por lo menos creía que lo eras.

– Blanca, por favor… No nos pongamos nerviosos en una cosa así. Justamente porque soy un profesional quiero hacer las cosas bien, sin que haya un fallo. Estoy buscando una nueva oportunidad y la encontraré, no te quepa la menor duda.

– ¿Una oportunidad? La tenías en el parking aquella noche. Muy decidido tú, oye. Muy profesional, vamos. Me haces salir, me haces organizar una coartada de mil pares de hostias y luego, si te he visto no me acuerdo.

– Nada de ponerte nerviosa Blanca… No te crispes. No tuve la culpa de que aquella noche llegara cansado, o lo que fuese, y en vez de hacer maniobra para aparcar se metiese directamente de morro. Esas cosas pasan incluso en el plan mejor trazado. Porque el plan era bueno, óyeme, Blanca. Era bueno… Y lo hubiese llevado a cabo otra noche, pero el puñetero no va al cine. Después de las cuatro coñas que hace durante el día, deja el coche y en paz. Así no hay forma.

– ¿Qué obligación tiene de ir al cine?

– Antes iba con bastante regularidad.

– Pues ahora no le gustará ninguna película de las que hay en cartel. ¿Qué quieres que te diga? ¿Vamos a esperar a que repongan alguna del Pato Donald a ver si le hace gracia?

– Blanca, no estamos hablando en broma.

– Muy bien. A ver si te crees tú que hablo en broma. Lo que faltaba.

– Escucha… Quedamos en que te informaría hoy, y lo estoy haciendo. Algún resquicio habrá para hacer el trabajo, no te quepa la menor duda. Pero, por favor, repito que no te pongas nerviosa.

Hubo un silencio largo, quizá demasiado largo, al otro lado del hilo. Y Dani Ponce captó de pronto aquel sonido para él tan identificable, a pesar de que lo había oído muy pocas veces: el llanto de Blanca Bassegoda. Era un llanto lejano, débil, pero que sin embargo parecía sonar en el propio cerebro de Dani. Este decidió aguardar, arrojando unas monedas más a la máquina, porque sabía que el llanto y el sexo son los mejores calmantes que existen. Lo que pasa es que sólo el primero merece una cierta aprobación familiar.

En efecto, al cabo de unos instantes la voz de Blanca Bassegoda parecía un poco más calmada. Susurró:

– Perdona que me haya puesto así. Ya sé que las cosas tienen que hacerse como tú las haces, Dani… Pero es que todo se está poniendo imposible otra vez.

– ¿Ha vuelto a molestarte?

– En persona no. Quiero decir que no ha habido ninguna otra escenita como la de tu escalera. Pero me insulta por teléfono varias veces al día. Tanto es así que, al final, ya lo tengo descolgado casi siempre… Y te juro que no puedo aguantar ya más, Dani. No puedo más…

– Eso tiene una solución, de momento.

– ¿Cuál?

– Échale el perro.

– ¿Qué quieres decir?

– El Richard, mujer, el Richard. La voz de Blanca Bassegoda se tensó de nuevo.

– ¡Dani! ¡No voy a consentirte que hables así!

– ¿Entonces para qué lo tienes?

– Lo tengo porque pensé que la cosa daría resultado. Porque fue una solución que me aconsejó Sergi Llor, que es un abogado que entiende. Él sabe perfectamente lo que me pasa con Eduardo y me dijo: «Haga eso.» Bueno, pues yo lo hice. Y no ha dado resultado, porque Eduardo se atreve igual. De acuerdo… Pero al menos me queda la tranquilidad de conciencia de haberlo probado todo. Imagino que ya te darías cuenta de que cuando te propuse lo que te propuse fue porque no veía ninguna solución más, ni en el cielo ni en el infierno.

– Claro que si, Blanca. Pero, para quedarte tranquila mientras yo arreglo eso, el Richard podría utilizar los puños alguna vez. De lo contrario, no sé para que tienes a ese boxeador de los cojones.

– Sí, hombre. Muy bien. Una buena paliza, a ser posible delante mismo de la jefatura de Policía. Y luego tú haces el trabajo. Y ya tienen un culpable: el amiguito de la nena. Y por lo tanto también la nena. A veces me parece mentira que uses la cabeza, Dani. Por este camino tendrás tanto éxito que llegarás a ser el detective de los Rockefeller.

Ponce se mordió el labio inferior. Le zumbaban los oídos. Como le había ocurrido otras veces, empezaba a hacérsele insoportable aquel dolor en la nuca.

– Tienes razón, Blanca -susurró-. Perdona. Lo único que puedo pedirte es que tengas un poco más de paciencia, ¿sabes? Yo me daré toda la prisa posible.

– Eso es más fácil de decir que de hacer. Pero lo intentaré.

– Oye, Blanca…

– ¿Qué?

– Ya sé que tú ves poco a Eduardo, pero si tienes noticia de que va a algún sitio inesperado… No sé… Un viaje, un movimiento imprevisto, algo que me dé una oportunidad… Dos palabras por teléfono y yo me pongo en movimiento en seguida. Sólo me dices: «Llámame.» Y yo te llamo desde una cabina. ¿Entendido? ¿Me has entendido bien?

– Claro que sí, Dani.

– Pues ya está dicho todo. Cuanto menos hablemos, mejor.

– Va a ser difícil, ¿sabes? Como puedes comprender, él no me da explicaciones de lo que hace.

– Bueno, pero es una posibilidad más. La voz de Blanca sonó débil, lejana, con un profundo desaliento.

– De acuerdo… Lo tendré en cuenta. Y perdona que me haya puesto así, Dani. Pero es que tú no sabes lo que es esto.

– Claro que lo sé. Y además yo estoy tan impaciente como tú, para que lo sepas. Hala, Blanca, adiós. Y domínate. Sobre todo, domínate.

Daniel Ponce colgó. Más allá de las ventanas de La Oca, una chica de las de la acera se ajustaba bien el sujetador por encima del vestido, para que no se le cayese, mientras le decía al posible hombre de su vida:

– Es que los tengo de quince añitos, oye. Blanca Bassegoda colgó también, mientras miraba pensativamente más allá de las ventanas de su casa de Pedralbes.

Se quitó el sujetador de una forma maquinal, y al ir a dejarlo sobre una butaca resbaló de entre sus dedos y cayó al suelo.

Ricardo Arce se inclinó para recogerlo lentamente.

21. UN DIA AMAMOS UN PÁJARO

SE LO TENDIÓ en silencio. Veía los pechos desnudos por el amplio escote de la bata de seda. Eran unos pechos no demasiado grandes, pero duros, compactos, desafiantes, pechos que nacieron en un colegio rico, que fueron imaginados por el confesor en la larga vigilia del primer viernes, que fueron mimados por el sol en las terrazas de la Vía Augusta y luego cuidados por una masajista experta y seguramente lesbiana. Todo esto pensó Ricardo Arce en un relampagueo, rescatando sus viejos sueños del Paralelo, sueños donde siempre había un magreador bastardo y unos pechos de niña rica que habían sido besados por las monjas. Pero nada de ello se notó en sus ojos.

– Perdona que haya entrado… -dijo, con una cierta confusión-. Es que creí que era ese cerdo de Eduardo insultándote otra vez. Iba a ponerme yo y decirle unas cuantas cosas.

Blanca Bassegoda se cubrió un poco mejor con los bordes de la bata. Los dedos le temblaban y sus mejillas tenían un suave color carmín. Sin mirar a Richard musitó:

– No sabes lo que es esto. Hasta el sujetador me ahogaba. ¿Qué estabas diciendo?

– Lo de Eduardo. Yo…

– No, no era él. Realmente a esta hora no suele tener la vomitera. Era otra persona, era Dani Ponce.

Ricardo Arce apretó los labios y los puños de una manera inconsciente. Tenía así un aspecto agresivo, duro, de tío que con un solo golpe puede enviar a la quinta fila de ring el protector de dientes del contrario. Sin embargo en sus ojos no había agresividad, sino pena y un poco de vergüenza. Fue a dar medía vuelta mientras susurraba:

– No tenía que haber entrado. Perdona otra vez.

– No tiene importancia. Quédate, Richard. Se sentó en una de las butacas del dormitorio, junto a la gran ventana de tres cuerpos desde la que se dominaba todo el jardín. Así, en aquella posición, hundida en sus pensamientos, no se preocupaba de lo que la bata tapaba o no llegaba a tapar. Uno de sus pechos sobresalía enhiesto, desafiante y tan suave como el de una niña. Había cruzado las piernas y exhibía en su totalidad una de ellas, adornada con todos los atributos -necesariamente mortales para el contrario- que las mujeres de clase usaban en el Antiguo Régimen. El aire se había cargado de electricidad en torno suyo, era un aire espeso, sensual, que se había hecho cómplice de sus curvas. Sólo con aquel aire y un poco de imaginación hubiera podido llegar al orgasmo un chico de quince años.

Porque además estaba el gran dormitorio en penumbra, las alfombras, la cama ancha y acogedora, el cuarto de baño contiguo lleno de los perfumes confidenciales de la mujer. Estaba aquel mundo que el Richard siempre había soñado y que nunca había vivido.

Intentó no mirarla, porque la figura de Blanca Bassegoda le obsesionaba. Y no es que fuera una belleza: pero tenía distinción tenía clase, las dos cosas que para un chico del Paralelo habían estado constantemente prohibidas. Blanca le hacía pensar en lenguas perfumadas, en medias de seda, en labios siempre frescos, en hímenes eternos y en orificios que sólo servían para el amor, no para otras cosas diarias y concretas que suelen obtener la mejor aprobación de los médicos de familia. Pero ésta era la parte secreta de los pensamientos del Richard, una parte que con todas sus fuerzas intentaba ocultar y marginar. Era apenas un diez por ciento de lo que estaba en sus ojos, mientras que el otro noventa por ciento era ternura. Amaba a aquella mujer porque sufría, porque nunca una mujer le había necesitado tanto a él, el Richard, que un día estuvo tan abajo y que hubo de acostumbrarse a mirar las estrellas sólo cuando las estrellas se reflejaban en las charcas. El solo hecho de que ella pudiera necesitar también a Dani Ponce ya le llenaba de una inconfesada frustración.

Pero no era sólo eso. La ternura también estaba hecha de gratitud. Blanca Bassegoda le había introducido en mundos cuya existencia siempre ignoró. Un mundo donde había poetas que soñaban, pintores que buscaban el último milagro de la luz, bibliotecas acogedoras, personas sabias en las que se habían reunido, como por una misteriosa decantación de la historia, todos los espíritus que a lo largo del tiempo la ciudad había tenido. Gracias a Blanca Bassegoda, el Richard del Paralelo y del Price había descubierto que no sólo existen las cosas concretas, sino las cosas abstractas. Descubrir el valor de lo abstracto es un milagro que millones de seres humanos no llegan a realizar (o un lujo que no llegan a poseer) a lo largo de sus vidas. De pronto él había aprendido eso como una revelación.

Sin embargo fue Blanca Bassegoda la que volvió ahora al mundo de las cosas concretas.

Pareció darse cuenta de que una de sus piernas se exhibía con demasiada generosidad por encima del borde de la media y de que tenía una teta ecológica, o amante del aire libre. Se cubrió ambas cosas con un gesto lleno de suavidad, tras darse cuenta de que -sorprendentemente- Richard no la estaba mirando.

– ¿Preocupado? -preguntó.

– Sí.

– ¿Por qué?

– No deberías enredarte con Dani Ponce. Lo que haya que hacer puedo hacerlo yo.

– Parece mentira que no lo comprendas, Richard. Y es que a veces eres como un niño. Te lo expliqué una vez, ¿no? En seguida sospecharían de ti, y en consecuencia sospecharían de mí también. Lo acabaríamos perdiendo todo.

Él juntó las manos, hundiendo la cabeza.

– Tienes razón, Blanca -dijo-. Tú siempre tienes razón. Pero no vas a aguantar mucho tiempo esto.

– No podré, claro que no podré. De todos modos confío que dure ya muy poco.

– ¿Y entonces qué harás?

– No lo sé, Richard. Bueno… vivir. ¿Y tú?

– Yo sí que no lo sé. Esto terminará, supongo.

– Sí. Esto terminará. La voz de la mujer había sonado vacía, un poco lejana.

Ricardo Arce miraba a otro sitio. De pronto, en aquella mirada perdida parecía no haber esperanza.

– Bueno…-dijo al cabo de unos instantes Blanca Bassegoda, como si hubiese adivinado lo que él estaba pensando-. No te vas a quedar sin nada, ¿sabes? Te proporcionaré un empleo.

– No es eso.

– ¿No?

– Un empleo me importa poco. Los tiempos son malos y no se encuentra trabajo, si lo sabré yo, pero eso no me preocupa. Estoy acostumbrado a ir tirando como sea. Es… es otra cosa. Bueno, no tiene importancia.

Se puso en pie y fue hacia la puerta guardando silencio, pero aquel silencio era más significativo que cualquier palabra. Estaba ya a punto de salir cuando Blanca le llamó.

– Richard…

– ¿Qué?

– Quédate.

– ¿Y qué ganamos con eso? ¿Qué quieres? ¿Que siga pensando aún más?

– ¿Pensar qué, Richard?

– En mil cosas. ¿Cómo te lo podría explicar? En cómo era el mundo antes de conocerte a ti. En cómo ha sido después. Hay cosas que no habían ocurrido antes de ti y que después de ti no volverán a ocurrir nunca. Es la única manera que tengo de decirlo.

Blanca pestañeó. Cruzó las piernas y otra vez aparecieron con toda su fascinación como un relampagueo, como una llamada o como un secreto recién descubierto. Echó un poco la cabeza hacia atrás, mostrando la perfección de su garganta. Luego susurró:

– Richard, tú y yo somos algo así como socios, ¿comprendes? Sabes cosas de mí que no sabe nadie. Cuando yo me desembarace de Eduardo y mi vida pueda empezar de nuevo, haré cualquier cosa menos dejarte de lado. Quiero decir que no te quedarás sin nada, que no… no te faltará lo indispensable.

– No es eso, Blanca.

– ¿Entonces qué es?

– Digamos que es lo que me has dado.

– ¿Qué te he dado yo?

– Otro sentido de la vida, ¿te parece poco? He conocido los libros, el arte. He conocido la ciudad. Antes sólo conocía unos barrios, ¿sabes? El Paralelo, las Rondas… Ése era mi mundo. No necesitaba otro. Ahora es posible que haya salido perdiendo, porque necesito mucho más.

– ¿Qué?

– No sé. La vida es muy complicada, muy rica, cuando antes me parecía tan sencilla. Ya no me volverá a parecer sencilla nunca más.

– Entonces has salido perdiendo, Richard. En eso tienes razón, ¿ves? Has salido perdiendo.

– No en todo. También he descubierto que la vida es muy variada y muy hermosa, algo que ninguno de los viejos amigos de mi barrio ha descubierto aún. Al menos tengo ese privilegio.

– Mucha gente lo tiene desde que nace y no se da cuenta.

– Por que no ha tenido que mirar las estrellas desde los terrados del Barrio Chino. Desde allí se ven distintas, ¿sabes? Y se les da más valor. Pero no es eso lo que más me importa.

– ¿Qué te importa, Richard?

– Tú. Ya estaba dicho. Se mordió el labio inferior en el momento de pronunciar esa simple palabra, una de las más cortas del mundo. Sabía que no hubiera debido pronunciarla jamás. Por eso volvió a dirigirse de nuevo hacia la puerta mientras susurraba:

– Perdona, Blanca. Salió. Atravesó la sala llena de cuadros que había aprendido a valorar. Oyó en el equipo de hi-fi,, el, más caro Thoinsow del mercado, la música que acompaña la soledad de los hombres. Distinguió a través de las ventanas la ciudad que dormía a sus pies, Tras la puerta abierta de la gran biblioteca (un tresillo chester de piel roja, un solo cono de luz que formaba un rincón íntimo y valía mil veces más que las grandes luces colectivas hechas para gentes sin rostro, unos tres mil libros esperando su mano, su pensamiento). Escuchó el tic-tac del reloj de carillón que marcaba las horas exclusivas. Vio los retratos de Blanca Bassegoda, que para él parecían flotar en el aire: Blanca en su niñez, Blanca dando la mano a una monja, Blanca montando un poney, Blanca riendo junto a Óscar Bassegoda, que tenía en una mano un vaso de whisky y en la otra un ejemplar del Financial Times.

Puso una mano en el pomo de la puerta que daba al recibidor. Nada de esa riqueza, considerada en si misma, valía para él el esfuerzo de mover un dedo. Pero era el mundo de Blanca Bassegoda, y allí estaban su verdad y su soledad. Cada uno de aquellos objetos tenía un valor porque pertenecía a Blanca, y en cada uno de ellos sentía fluir su sangre.

Hizo girar el pomo. Todas las cosas, todas las situaciones tienen un final lógico, y él había alcanzado el suyo. Las estrellas son sólo puntitos que se reflejan en las charcas. Así es y así será siempre, a menos que en nombre de la igualdad alguien las borre de allí. Y entonces perderemos hasta la posibilidad de soñar en ellas.

El perfume flotaba en el aire, a su lado.

– Richard. Se volvió. Blanca estaba allí. Tenía agilidad de gacela, rubor de niña, labios de adoratriz, pechos de puta. Su bata se había entreabierto del todo, pero Blanca no lo notaba, o si lo notaba no le daba la menor importancia. Se había detenido de pronto frente a la puerta, para que Richard no la abriese. Su voz jadeó un momento al susurrar:

– ¿No vas a irte ahora, verdad?

– He dicho algo que no debía.

– Bueno, ¿y qué?

– Vas a reírte de mí, Blanca.

– Richard… Por favor… Parece como si no te hubieras dado cuenta de una cosa muy sencilla.

– ¿De qué?

– De que eres en este momento el mejor amigo que tengo.

– Precisamente por eso.

– ¿Por eso qué?…

– Los amigos deben saber ser amigos y nada más. Blanca suspiró. Se apartó poco a poco de la puerta, mientras de una forma maquinal se ajustaba nuevamente la bata.

– Quizá en el fondo tengas más orgullo del que tú crees, Richard -musitó.

– ¿Qué orgullo?

– El de ser pobre.

– ¿Uno puede estar orgulloso de eso?

– Uno lo está siempre que establece una barrera entre él y la gente. Y eso vale lo mismo para los ricos que para los pobres. El que niega su amistad a los que tienen menos que él, es un fatuo o un déspota, un ser que nunca merecerá cariño. El que la niega a los que tienen más, es un iluso o un fósil, un ser que nunca progresará.

– Tienes palabras para todo, Blanca.

– Quizá lo aprendí de mi padre. Mi padre tenía el sentido de las situaciones exactas y de las palabras exactas, ¿sabes? No creas que se hizo rico por casualidad. Pero yo nunca pasé de ser una humilde aprendiza a su lado, y además eso no importa ahora, Richard. Lo que he querido decirte es que tú no has sido hasta ahora ni un iluso ni un fósil, y que estás progresando. No vuelvas atrás.

– Ya no podré, Blanca. Nunca podré volver atrás. Y quizá sea una lástima.

– ¿Por qué?

– Yo amaba mis calles, mi pequeño grupo de amigos… Esto es lo más fácil y lo más difícil de explicar del mundo. Amaba lo más sencillo, ¿comprendes? Si te digo que amé un pájaro te reirás de mí. Cierta vez recogí un pájaro herido, logré curarlo y conseguí que me acompañara a todas partes. Me pareció que había hecho algo importante. Qué imbécil, ¿verdad? Y logré saber exactamente qué día regresaría cada año una golondrina que anidaba en el balcón interior de la casa donde yo vivía. ¿No vas a reírte de mí? Ya ves: ésas me parecían entonces cosas que un hombre debe hacer. ¿Y el sexo? Bueno, una chica que confía en ti, que conoce tu escalera, que coincide con tus horarios, que un día te besa a escondidas de sus padres y que otro día te dice que ya tiene media docena de vasos para cuando se case y que ha visto un dormitorio a muy buen precio en una casa de muebles de las Rondas. Eso era yo hasta que fui a parar a la cárcel por defender a la brava a una de esas chicas. También me parecía que era exactamente lo que un hombre debe hacer. En mi mundo estaban las cosas tan claras y llegaban tan solas, tan por sus pasos contados, que me sentía seguro.

Los edificios de mi niñez me escoltaban, mis calles me hacían compañía. Quizá tú no lo entiendas, pero es que no sé explicarlo de otro modo.

Blanca susurró:

– ¿Y ahora no te sientes seguro?

– Tuve una vez una maestra que era una mujer de gran sabiduría -contestó él, sin mirarla-. Una maestra de las de entonces, sencilla y mal pagada, puesta en una de esas academias que están en un piso, una de esas academias en las que durante el día no entra el sol y en las que por la noche faltan bombillas. La maestra nos sugería la conformidad con lo que teníamos y una compenetración con los límites de nuestro mundo. Creo que en esa compenetración puede haber una buena dosis de felicidad y que ése es el secreto de la paz de muchos hombres. En fin… ¿pero cómo lo decía?… Sí: nos hablaba de un barquero que siempre navegaba por el río y que llegó a ser muy experto en él, de forma que nunca le había ocurrido ningún percance. Un día quiso escapar de sus límites, quiso saber lo que había río abajo, descubrió el mar, no pudo dominar el oleaje y se ahogó. La maestra era una mujer menuda, insignificante y maravillosa, que se sentía muy a gusto con su cine de los sábados y con su pájaro que la despertaba todas las mañanas. Pero yo un día, cuando ya era un chico mayor de los que están a punto de salir de la academia, le pregunté si no valía la pena correr el riesgo de ahogarse con tal de conocer el mar. Se quedó muy pensativa. Supongo que, como a muchas personas sencillas del barrio, no se le había ocurrido nunca esa otra variante de la historia.

– Tú tienes la sensación de haber descubierto ahora el mar, ¿Verdad, Richard?

– Sí, pero en todo este asunto hay una sola cosa importante: el mar me lo has enseñado tú. Yo solo no lo hubiera descubierto nunca. No hubiese tirado con la barca río abajo. Las cosas tienen importancia porque han venido de tu mano, y si tú desapareces dejarán de tenerla. Aunque a partir de ahora siga leyendo incansablemente y me convierta en uno de aquellos viejos presos políticos que no habían hecho más que usar la pistola y que en los años de cárcel descubrían los libros y era como si hubiesen nacido otra vez. Aunque me convierta en uno de ésos… Aunque vuelva al Palacio de la Música sin ti o visite solo las exposiciones de pintura que he visitado contigo. No será lo mismo. Me avergüenzo de confesártelo, Blanca, pero tú eres lo único que importa. Y a veces pienso que hace años, en una porquería de estudio de la Plaza Real, un hombre que quizá era como yo debió decir más o menos estas mismas palabras a tu tieta Nuria. No lo he conocido nunca y sin embargo es quizá el hombre al que mejor he comprendido en toda mi vida.

Miró por unos instantes la cara de Blanca y añadió:

– Es triste, ¿verdad? Tu tieta Nuria desapareció de la vida de aquel hombre.

– No fue culpa suya. Ella murió.

– Cierto… Ella murió.

– En cambio yo estoy viva -dijo Blanca Bassegoda. Y le miró fijamente. El silencio de la habitación. Sus labios que estaban cargados de una perfumada humedad.

Su bata entreabierta. Sus piernas de vedette Su rostro de colegiala. Sus pechos de puta. Fue ella la que bisbiseó con toda naturalidad:

– No me los muerdas. A veces me hacen daño. Y eso fue todo. Se acercó suavemente. Tenía la boca entreabierta y los ojos turbios. Tenía una crispación en los dedos. Tenía un suave temblor en las rodillas. Tenía entre las piernas una ansiedad que la penetraba y le subía hasta la garganta.

22. LO SIENTO POR LOS MUERTOS

MÉNDEZ seguía siendo un hombre de una extremada delicadeza moral y además sin pizca de imaginación erótica. Cuando vio de nuevo a Olvido en bañador pensó inmediatamente dos cosas: que la juez había engordado un poquito y estaba más apta que nunca para discutir con ella en la cama las leyes de Justiniano, y que si se dedicara a hacer caricias linguales con un sombrerito puesto aún estaría más estupenda. Méndez también la imaginó rápidamente apoyada de bruces sobre una mesa, leyendo el Código Civil, mientras él, situado detrás, le daba lo suyo por donde correspondía. Pero todas estas visiones de interés puramente artístico -sobre todo porque él ya no podía dar lo suyo a ninguna mujer, y menos por lugares que requerían tanto esfuerzo y tanta abnegación- se disiparon cuando saludó con sonrisa de conejo:

– Buenos días, señorita Olvido. Ella estaba tumbada en la arena, leyendo. Se volvió e hizo un saludo con la cabeza mientras miraba fijamente a aquel hombre vestido como para el traslado de los restos de un osario, con algunos indicios de caspa en las solapas y que además llevaba en la mano un divertidísimo libro titulado Reflexiones sobre el censo agrario de 1870.

– Méndez… ¿pero usted por aquí?

– Me han dicho que estaba pasando el fin de semana en Sant Salvador, y por eso he venido. No habrá alquilado otra vez aquella casa, ¿verdad?

– No, no… Tiene malos recuerdos para mí, y además no se puede alquilar una casa así para un fin de semana. Ahora estoy en un hotel.

– Imaginaba que, a estas alturas de la temporada, ya estaban cerrados.

– Qué va. Puede decirse que aún estarán abiertos todo el mes de noviembre. Viene mucho turista alemán de la tercera edad, ¿no ve?

Se puso en pie, se sacudió un poco la arena sobre la piel todavía joven y tersa y señaló la línea dorada de la playa. Pese a faltar mes y medio para fin de año, lo mismo Sant Salvador que Comarruga estaban muy concurridos aquel sábado. Los alemanes de la tercera edad evitaban el infarto haciendo marcha atlética hasta el borde del infarto, mientras esquivaban a los españoles de la primera edad que perseguían a sus perros. Algunas matronas de la burguesía aposentada hacían calceta junto a sus apartamentos, mientras hablaban de los precios y quién sabe si de orgasmos lejanísimos y seguramente gloriosos. Sus maridos jugaban a la petanca en la última frontera de la soledad olímpica. Junto a una de las casas más antiguas, los tres pintores más asiduos de Sant Salvador -Elvira André, Rosa Torralba y Joan Maeztu- seguían buscando la perfección que un día soñaron, cuando ellos y la luz aún tenían veinte años.

Méndez dijo:

– Hay que ver qué paz.

– No me venga con cuentos. A usted esto no le gusta.

– Bueno… Tampoco es eso. Leí hace tiempo que era recomendable respirar aire puro una vez al mes, aunque tengo la sensación de que me estoy pasando y de que esto puede acabar muy mal.

Olvido se puso una blusita, cubriendo sus senos casi desnudos pero manteniendo la exhibición de las piernas macizas, de los pliegues del pubis y de los bordes del bikini que eran incapaces de contener las arenas movedizas del culo, unas arenas movedizas en las que se podía ahogar -pensó Méndez- la virtud de un padre de familia o la piedad de un canónigo. Se había levantado un viento fresco, y a pesar de que en esas playas el sol calienta todo el año, los españoles de la primera edad buscaban el refugio de las casas, imitando la sabiduría de sus perros, mientras los alemanes de la tercera volvían al hotel, un-dos, un-dos, grossen merden, pensó Méndez. Olvido se abrochó la blusa, y de cintura para arriba volvió a asumir la dignidad de un juez, lo cual no afectó demasiado al viejo policía, porque según sus inalterables principios machistas la identidad de las señoras hay que buscarla de cintura para abajo. Y ay del que se complique la vida intentando hallar otras identidades.

Ella susurró:

– Supongo que si ha venido hasta un lugar tan aborrecible como éste, y además en un fin de semana, es porque tiene mucho interés en hablar conmigo.

– Francamente, sí. Y añadió con cautela:

– Claro que, si le molesto, usted dicta providencia y yo me marcho sin ulterior recurso.

– Al contrario, estoy encantada de hablar con alguien. Una mujer sola en un hotel no puede exponerse a hacer amistades de fin de semana, porque muchos hombres suponen que buscas otra cosa.

– Me parece muy razonable -musitó Méndez. No aclaró si consideraba razonable el deseo de Olvido de procurarse una compañía del todo inofensiva o el de los hombres de lanzarse a un ataque en plan libertad o muerte.

– Podemos comer juntos -estaba diciendo Olvido mientras caminaban los dos-. Me ducho, me cambio y en cinco minutos estoy con usted. Es decir, supongo que usted no ha comido.

– Sólo unas avellanas compradas en el bar de la estación -dijo Méndez-. Ahora hago vida naturista.

El menú del hotel no era malo, y el vino resultaba pasable aunque le faltaban algunos grados, según la experta opinión del policía. Estaba visto que el mundo iba degenerando, porque ni las glorias de la antigua Tarraco ni, yendo un poco más lejos, la defensa de Sagunto, pudieron apoyarse en unos vinos tan endebles como los de ahora.

Olvido susurró:

– ¿Ha averiguado algo?

– Bueno… Averiguar, averiguar, no.

– ¿Entonces por qué está aquí?

– Ya se lo he dicho: un poco el placer de poner a prueba mis pulmones respirando este aire… Un poco el placer de verla a usted… Un poco el placer de pedirle una cosa.

– ¿Qué cosa?

– Quizá sea una tontería. Una persona muy allegada, a la que con franqueza me gustaría ayudar, va a organizar en Barcelona una exposición antológica del arte de los años cincuenta-sesenta.

– ¿Pintura?

– Fundamentalmente sí.

– ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

– Bueno… El arte de los años cincuenta-sesenta no es un arte fabricado hoy, como su mismo nombre indica. Está ya en manos de particulares, y hasta en algún caso figura en los museos. Quiero decir que hay que buscarlo donde está, y que si los particulares no dejan por algunos días sus cuadros no se podrá realizar esa muestra, con lo cual, digo yo, quedarán frustradas las sanas expectativas culturales del pueblo.

Olvido sonrió. Tenía a veces una sonrisa negligente, de mujer que dice que sí, de señora con muchos recuerdos y con un amplio ropero, dispuesta a demostrar a los hombres que donde duerme una duermen dos, sabia máxima que, sin que se sepa bien por qué, las civilizaciones modernas sólo han aplicado a la comida.

– ¿Qué pinto yo en esto? -susurró-. Yo nada tengo que ver con el arte. Mi mundo son las leyes.

– Claro que pinta en eso. Usted tiene en custodia judicial uno de los cuadros más logrados y que más destacarían en esa muestra -dijo Méndez.

– ¿Cuál?

– El de Nuria Bassegoda. Hubo un momento de silencio. El comedor pareció vacío de pronto. Sólo flotaban en el aire unas miradas vagabundas de hombres que a lo mejor estaban pensando en las arenas movedizas.

Olvido susurró al fin:

– ¿El del pecho cortado?

– Sí.

– ¿Qué ve en ese cuadro?

– Yo no. Es la persona que organiza la muestra.

– ¿Y qué dice?

– Muy sencillo: que es un cuadro con una gran sensibilidad, una obra de arte casi perfecta.

– ¿Usted qué piensa, Méndez?

– Bueno, yo sigo pensando lo mismo que la primera vez que lo vi: que una mujer con un solo pecho es un gran descubrimiento. Te da la mitad de trabajo.

Ella hizo un mohín. A veces (al fin y al cabo Olvido se había educado leyendo obras de juristas sin rostro) resultaba imposible saber lo que pensaba de Méndez.

– ¿Quién organiza la muestra? -preguntó.

– Un marchante llamado Clos.

– Sin intención comercial, supongo.

– Por favor… Claro que no. Ninguna intención comercial. No va a haber obras en venta.

– ¿Entonces por qué lo hace?

– Puestos a buscar una razón, es evidente que lo que quiere es prestigiar su sala. Hace poco que la inauguró.

– ¿Y cómo pudo ver ese cuadro si no se ha movido de la casa que los Bassegoda tenían en la calle de Valencia?

– ¿De veras? ¿Es que usted cree que ninguno de los herederos lo llegó a enseñar, antes de que todos los bienes llegaran a estar bajo administración judicial?

Olvido suspiró:

– Claro… Eso es cierto.

– Permítame que le diga que pregunta usted más que nosotros, los policías. Yo sólo pregunto el nombre y los apellidos, el nombre de la madre, el del padre si por un casual lo conocen, último domicilio fijo y si el interrogado en cuestión tiene o no enfermedades venéreas transmisibles por vía oral.

Olvido alzó un momento las manos.

– Dios santo… A veces no sé qué pensar de usted, Méndez -dijo-. Le juro que me desconcierta.

– Quizá es que yo conozco las calles, señorita Olvido. Usted conoce los libros.

– De acuerdo. Estoy dispuesta a admitirlo, pero prefiero no conocer las calles si para eso he de pagar el precio que usted paga. Y ahora concretemos: supongo que lo que usted quiere es que yo autorice la cesión de ese cuadro para la exposición antológica.

– Ha adivinado usted uno a uno mis miserables propósitos -dijo Méndez-. ¿Ve como no es tan difícil?

– ¿Por cuántos días habría de cederlo?

– Dos semanas como máximo. La muestra durará diez días.

– ¿Harán un seguro?

– Todos los cuadros estarán asegurados, naturalmente, aunque eso es cuestión del marchante; él es el que mueve los cuartos.

Olvido pareció pensarlo un instante, mientras miraba al trasluz los restos de vino que quedaban en su copa. Al fin se decidió bruscamente, con un gesto autoritario.

– De acuerdo… Pase el lunes por el juzgado y le extenderé la orden aunque realmente no sé por qué le hago este favor, Méndez. El asunto de los Bassegoda puede complicarse, y conviene que todo esté en orden.

– Seguirá en orden, señorita Olvido -garantizó Méndez. Y ahora permita que me marche. He de tomar el primer tren si quiero llegar a tiempo de visitar en el hospital a una virtuosa dama que durante años fue una gran amiga mía. Una mujer intachable, de las que ya no quedan. Y hasta diría que, excepcionalmente, sabe de leyes más que usted.

– ¿Sí? -preguntó Olvido, con un cierto gesto de interés.

– Claro… Imagine lo que habrá aprendido. Desde 1940 estuvieron pasando por su cama todos los jueces del franquismo.

Se levantó de la mesa y añadió, haciendo una leve inclinación de cabeza:

– Beso a usted los pies y todo lo que sea pertinente, Señoría.

Méndez fue a ver al marchante llamado Clos. Hizo en el despacho una entrada triunfal, llevando en la derecha el gran cuadro mal envuelto y en la izquierda un paquete que contenía revistas porno recién salidas, un anuario de la Escuela Judicial, el último Boletín Oficial de la provincia de Badajoz y un par de órdenes de detención que se había olvidado de cumplimentar. Todo ello lo dejó sobre la mesa de Clos mientras decía:

– Vengo a proponerle un negocio. El marchante calculó de una ojeada el espacio que le separaba de la puerta, trató de reunir fuerzas para dar un salto hasta allí, vio que Méndez le tapaba astutamente el ángulo de tiro y se resignó al fin con un suspiro, al tiempo que musitaba:

– Hace tiempo que ya no ayudo a pasar por la frontera objetos de arte robados, Méndez. Usted lo sabe.

– Precisamente por eso, Clos. Usted es el único hombre absolutamente honrado y fiable que me puede ayudar.

– No me venga con coñas ahora, Méndez. Pero oficialmente soy honrado. Hace un año que tengo esta sala de arte, el negocio marcha pasablemente bien y no me meto en ningún lío.

– Si no supiera eso, no vendría, Clos. El marchante le miró con creciente desconfianza, pero al fin retiró los ojos como avergonzado, los paseó por el despacho vacío y terminó diciendo con un hilo de voz:

– De acuerdo, pero yo no hago tratos con la policía. Ya no lo necesito.

– No es un trato, es un favor personal.

– ¿Qué quiere?

– Sencillo: vender un cuadro. Y depositó bien el envoltorio sobre la mesa, arrancó el papel y luego se alejó con la pintura unos pasos, para que Clos pudiera verla bien y con cierta perspectiva. Cambió el ángulo de observación un par de veces y por último preguntó:

– ¿Qué le parece?

– Es una pintura extraña…

– Desde luego que lo es.

– ¿Quién es el autor? -preguntó Clos- Desde aquí no puedo ver la firma.

– Wenceslao Cortadas. ¿Lo conoce?

– Me suena… Pero hace una porrada de años. Es un tío de la época de Carlomagno. Me parece que tenía un estudio en la Plaza Real e hizo un par de exposiciones. No recuerdo dónde, pero tengo idea de que las hizo.

Méndez sonrió.

– Buena memoria, Clos. Claro que si la tuviese buena de verdad, lo que se dice buena del todo, recordaría que aún hay una orden de busca y captura contra usted en el juzgado número once. Fue por el asunto de las esculturas románicas transportadas hasta Toulouse. Deliciosos tiempos aquellos en que los hombres como usted expandían el arte por el universo todo. Ahora ya no lo hacen.

El marchante palideció. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa mientras pensaba que su instinto le había dicho la verdad: sólo al ver a Méndez ya había tenido el impulso de huir. Allí por donde asomaba aquel tipo brotaba toda la basura de la ciudad, surgían cucarachas que habían vivido a toda pensión en la calle del Cid, saltaban pulgas gigantescas y ratas que entre ellas se hacían el 69. Resucitaban expedientes dormidos en cajones remotísimos. Se abrían carpetas donde las polillas se lo habían comido todo menos las órdenes de detención. Aparecían cartas comprometedoras escritas siglos antes en un papel de water.

– La orden está archivada -dijo Clos con voz insegura.

– Debería estarlo, sí.

– ¿Y no lo está?

– Parece que no lo está, no.

– Méndez…

– ¿Qué? Todos aquellos asuntos han muerto. El hombre que yo era ha muerto. Usted se está riendo de mí.

– ¿Reírme yo?… Dios me libre. La última vez que me reí fue cuando una mujer llena de esperanza me puso la mano en la bragueta. Pero tranquilícese, amigo Clos, yo sólo he venido aquí a buscar su honesta colaboración. Por una serie de circunstancias, este cuadro que usted ve ha caído en mis manos y yo entiendo lo suficiente para saber que vale algún dinero. Yo sobre eso no opino nada, porque doctores tiene la Iglesia, pero hay quien dice que la palabra «dinero» es una palabra mágica.

Clos pestañeó.

– No me venga con tantos rodeos, Méndez -dijo-. La última vez que me detuvo me explicó las costumbres sexuales del antiguo Egipto. ¿Qué quiere ahora?

– Sencillo: que me venda el cuadro. Yo no podría, ya lo comprenderá. Imagínese- yo con acento sudaca vendiendo un cuadro en las Ramblas.

– Es decir, ¿quiere que lo exponga y todo eso?

– Naturalmente que sí. Y que obtenga un buen precio. Pero antes deberá decirme a mí si ese precio me parece bien.

– ¿O sea que lo que trata es de ganar algún dinero?

– Con franqueza, sí.

– Entonces perdone que, puestos en este terreno, le haga una pregunta, Méndez: ¿qué título de propiedad tiene usted sobre ese cuadro?

– Me maravilla su honradez, Clos. Ha hecho usted la pregunta en un tono que casi me convence. Vamos, que me he sentido hasta culpable. Un poco más y me da un cubrimiento de corazón, un poco más y me quedo recargolado, como diría el dueño de una inmobiliaria que conozco.

– Menos hostias. ¿Tiene usted algún título o no, Méndez?

– No.

– Pues entonces…

– Entonces mierda. He venido aquí a ofrecerle una colaboración y a usted le conviene que colaboremos. Yo me olvido de que en los juzgados hay órdenes de busca y captura que no se cumplimentan, pero que tampoco se archivan, y usted se olvida del origen de este cuadro. Lo vende, obtiene un buen precio y en paz. No habrá ninguna clase de problemas. Usted tiene ahora una sala la mar de respetable.

Clos vaciló. Pero en el fondo se sentía satisfecho. Casi tuvo un estremecimiento de placer al decir:

– ¿Debo suponer que es un asunto suyo, Méndez?

– Yo no le pregunto; usted no me pregunte.

– ¿Necesita dinero?

– Con franqueza, sí.

– ¿Para qué?

– Verá, ahora soy yo el que paga la vaselina. Antes los amigos eran más desprendidos; lo pagaban ellos todo.

– Menos cofias, Méndez. ¿Necesita dinero sí o no?

– Le he dicho que sí.

– ¿Cuánto?

– Usted exponga el cuadro y transmítame las ofertas. No quiero hacer ahora una tasación porque me equivocaría, como tampoco quiero vender al primero que se presente. Cuando me hagan una proposición que me interese, diré que sí y en paz.

Clos, sin moverse de detrás de la mesa, cruzó las manos sobre el abultado estómago, miró a Méndez con un indefinible matiz de desdén, como si fuese un jubilado que se ofreciese para barrer la tienda, y al fin musitó:

– Lo que hay que ver.

– ¿Hay que ver qué?…

– Un policía como usted, que acaba igual que todos. No, si ya lo decía yo.

– ¿Qué decía usted, Clos?

– Pues eso: que todo está corrompido, y las autoridades las primeras. Ya me extrañaba que usted pareciera intachable.

– Nunca he sido intachable -aclaró Méndez-. He dejado escapar a muchos chorizos y a veces he tocado el culo de las mujeres que venían a agradecérmelo. Eso sí, no las he llamado jamás, han venido ellas.

– ¿Y a los propios chorizos no les ha tocado el culo alguna vez?

– Es que antes no le daban importancia y no lo cuidaban, pero ahora, que quien más quien menos empieza a recomponérselo un poco, tendré que pensarlo.

– Muy bien. En todo caso ya ve adónde ha llegado.

– ¿Adónde he llegado? Sin contestar a su pregunta, Clos hizo otra mientras continuaba acariciándose el estómago con las dos manos:

– ¿En qué cree usted realmente, Méndez? ¿En qué?

– No lo sé -dijo el viejo policía-, pero no es extraño que no lo sepa. Si usted pregunta ahora a la gente de la calle en qué cree, la gente se quedará aterrada y luego le contestará cuatro vaguedades de las que a lo mejor se deduce que no cree en nada, excepto en la comida extra que se va a atizar el domingo. Yo creo en cuatro cosas malolientes y angélicas: una ciudad, unas calles, una cierta cultura urbana, una cierta lógica de la noche. Por supuesto, ya sé que usted no acaba de entenderme, Clos. Hay momentos en que yo mismo no me entiendo tampoco.

– De un modo u otro ya ve dónde ha caído, Méndez. Me ha hecho antes esa pregunta y no se la he contestado. Bueno, ahora se la contestaré: ha caído usted en la venta de géneros de origen dudoso, ha llegado a lucrarse con bienes que no son suyos. Tenía que suceder.

Y le miró de arriba abajo con una insistente mueca de desprecio. La cara de Méndez se fue volviendo roja y sus dedos temblaron ligeramente, pero al fin se limitó a preguntar:

– ¿Usted cree que tendré suerte y me lucraré? Bueno, vamos a hablar como las personas decentes: ¿usted cree que ganaré algo de pasta gansa?

Salió de allí. De momento poco le quedaba por hacer, excepto esperar resultados. En su cerebro, donde ya se confundían las fechas, los nombres de las calles, los empleos de los hombres y sobre todo las edades de las mujeres, empezaba a germinar una idea clara. Pero tenía que probarla. Cuando llegase a la conclusión a la que esperaba llegar, sabría quién había matado a la niña a la que luego cortaron el pecho. Y sabría por qué lo hicieron concretamente allí, en la playa. Y sabría otras cosas, como por ejemplo la razón de que dispararan contra él en la Avenida del Tibidabo una noche solitaria. Y de que en la torre de la Vía Augusta enviaran por los aires un cuchillo contra Carlos Bey.

Todos estos hechos, aparentemente dispersos y sin lógica, se iban agrupando en el cerebro del viejo policía. Iban tomando forma, iban insinuando nombres, aunque a Méndez le faltaba probar el hecho fundamental. Y para eso no necesitaba hacer grandes cosas: sólo dejar pasar un poco de tiempo.

Hizo una entrada triunfal en la comisaría y se encontró con Castillo, policía ya jubilado (o sea ligeramente mayor que Méndez, pero más en buen uso que él) quien venía a hacerles una visita y a hablar de las gloriosas redadas de otro tiempo, cuando se empezaba el brillantísimo servicio deteniendo por rojo al sereno de la demarcación. Castillo había estado en la Social, practicando registros domiciliarios, y llevado de su fino olfato había efectuado detenciones memorables, como la de un periodista deportivo que luego llegó a ser amigo de Méndez. La cosa había ido exactamente así:

Castillo había entrado en el domicilio del periodista, que pese a estar en la sección de deportes tenía amplias “aficiones culturales” y ya al poner los pies en el recibidor había entrevisto una habitación con una biblioteca. Eso le demostró que su olfato no le engañaba: acababa de entrar en la guarida de un rojo peligrosísimo. «Vaya, hombre… De modo que encima una biblioteca.»

Y la había repasado con ojos ávidos. Muchas novelas, mucho Pérez Galdós, algún Pereda, algún Blasco Ibáñez… Y de pronto un grueso libro: El Capital. Pero los ojos de Castillo habían pasado por encima del título sin que en ellos se insinuara la más mínima sospecha. ¿Por qué iba a recelar de un libro titulado El Capital? ¿No estaba sirviendo él, Castillo, a un régimen capitalista? Pero al cabo de unos instantes alzó los brazos. ¡Al fin! Allí estaba un libro titulado La República, de un tal Platón. Castillo se volvió hacia el periodista y le gritó: «¿De modo que La República, eh? Y encima lo tienes ahí, para hacer propaganda. Pues te has caído con todo el equipo, cabrón.»

Y se lo llevó convenientemente detenido. Ahora Castillo hablaba de los viejos tiempos, pero Méndez ni le escuchaba. Con la mirada perdida en el balcón, a través del cual llegaban los mil rumores de la calle, Méndez estaba pensando de pronto en algo que hasta entonces le había pasado casi inadvertido: tenía que proteger la vida de Carlos Bey. Porque Carlos Bey no lo sabía muy bien aún, pero estaba en inminente peligro de muerte. Incluso era posible que lo hubiesen eliminado ya. O que se dispusieran a hacerlo. Y él jamás sospecharía de dónde venía el peligro.

Méndez pensó que había lamentado de verdad la muerte de la niña en la playa. Y que lo sentiría mucho si mataban a Carlos Bey.

Incluso era posible que se pusiese calcetines negros.

23. LA ENTREVISTA

LA VOZ sonó en el teléfono de la mesa de Carlos Bey. Era una voz fingida, alterada, eso se notaba en seguida. Pero no es tan extraño que gente que llama a los periódicos disimule la voz, de modo que Bey ni siquiera se inmutó al preguntar:

– ¿Pero de qué me habla usted? El aparato, después de una tarde excepcionalmente tranquila, se había puesto a zumbar a las nueve de la noche. La voz algo gangosa, algo lejana, pero perteneciente a un hombre, había preguntado:

– ¿Carlos Bey?

– Sí, dígame.

– Tengo una noticia que le interesa. Las noticias transmitidas por teléfono suelen interesar más al que las da que al periodista que las recibe, pero Carlos Bey dijo por pura educación:

– Muchas gracias. Explíqueme, por favor.

– Es sobre el asunto de la Zona Franca. Sobre el enorme chanchullo que usted sabe.

– Mire, yo le agradezco mucho su interés, pero ese asunto de la Zona Franca de Barcelona es ya viejísimo, e incluso tiene usted personas en la Modelo que están encerradas por eso. No piense que vamos a descubrir nada.

Muchas veces, ante una respuesta parecida, los que hacían aquella clase de llamadas solían montar en cólera informativa, que es una de las cóleras más santas que existen: «Ah… ¿De modo que ni a los periodistas les interesan las noticias? ¡Pues no me extraña que el país vaya como va, amigo!…» Pero éste se limitó a suspirar y a decir con una voz que parecía llegar desde infinitamente lejos:

– No se trata del viejo chanchullo. Ése ya sé que está medio resuelto, qué me va a contar a mí… Es otro, es una cosa más fenomenal aún y que se está montando ahora. En su propio periódico han publicado ustedes que en los muelles de Barcelona está ya interviniendo la Mafia.

– Eso es cierto, pero el trabajo lo llevan otros compañeros. Si quiere le paso con uno de ellos.

– No, no… Eso, en todo caso, vendrá después, pero de momento es con usted con quien quiero hablar. El asunto es tan importante que no va a creerlo.

– De acuerdo, puede venir a la redacción cuando usted quiera. Yo aún estaré un par de horas aquí.

La voz dijo pacientemente:

– Usted no me ha comprendido, señor Bey. Si yo tratara de hablarle del señor Bruna de Quixano o de los viejos asuntos del puerto, en los que Dios sabe quién tuvo la culpa, iría tranquilamente ahí. Pero es una cosa muy actual, muy grave, y yo corro peligro. Que me vean entrar en La Vanguardia es un riesgo que de ninguna manera puedo aceptar. Necesitaría estar loco.

– Lo entiendo, no crea que no me hago cargo, pero ahora, permítame a mí una pregunta: ¿qué busca usted? Si es dinero, le aconsejo que llame a otro sitio, porque este periódico no usa esos procedimientos.

– No es dinero. ¡Qué va! Busco simplemente poder demostrar mi inocencia cuando todo esto se destape. Por razones obvias no puedo acudir a la policía, pero sí que puedo acudir a la prensa. Usted me hace un favor poniendo sus condiciones y yo se lo hago a usted poniendo las mías. De modo que en paz.

Carlos Bey vaciló un momento. Pero al fin susurró:

– Si no puede venir a la redacción, ¿dónde quiere que nos veamos? ¿Voy yo a su casa?

– Tampoco, por si está vigilada. Debemos vernos en un sitio absolutamente discreto. Y además debe venir usted solo. No quiero testigos, ni mucho menos fotógrafos.

Carlos Bey pensó que aquélla era una situación digna del Amores: un mariconazo llamándolo, soltándole todo aquel rollo y al final acabando por citarle a solas en un hotel.

Pero la voz dijo:

– Usted conoce el Cinturón del Litoral.

– Sí, claro.

– Los depósitos de la CAMPSA.

– He pasado algunas veces por delante.

– Bueno, pues a muy poca distancia de allí hay un sitio donde desguazan buques. Lo conocerá en seguida por los grandes montones de chatarra, porque hay una especie de oficina a la entrada y porque siempre hay al fondo algún barco que está siendo despedazado. Fue allí donde se produjo el desguace del Cabo San Roque, no sé si lo recuerda.

Carlos Bey lo recordaba, claro que sí. El Cabo San Roque, buque blanco del verano, buque blanco al final de la Barcelona gris, buque blanco de la libertad prometida. Una vez, mientras lo desguazaban, fue a verlo fue a dirigir una última mirada a sus entrañas y a sus recuerdos rotos. Por lo tanto dijo con un hilo de voz:

– Conozco el sitio. Por cierto, ¿sabe si aún queda algo del Cabo San Roque?

– Absolutamente nada.

– Bien. Siga.

– Es poco lo que tengo que decirle ya. Sólo que vaya a ese sitio, exactamente a ese sitio, en la entrada de la oficina, a la una de la madrugada en punto.

– ¿Y si no voy?

– ¿Por qué no había de ir?

– El sitio y la hora son perfectos para una emboscada.

– ¿Una emboscada a usted? ¿Tantos enemigos tiene?

– Por suerte, me parece que ninguno.

– Es usted cobarde?

– Ni más ni menos que las otras personas. Pero, por mi oficio, algunas veces me he tenido que tragar el miedo.

– Entonces me decepcionaría mucho si no viniese. Perdería el alto concepto que tengo de usted, señor Bey.

Y colgaron.

Carlos Bey quedó unos momentos atónito, con el auricular todavía en la mano, sin saber qué pensar.

Mientras hablaba había mostrado una cierta seguridad, pero ahora, de repente, no estaba seguro de nada, ni siquiera de que le hubiese llamado un hombre. La voz, convenientemente disimulada y hasta enronquecida a propósito, podía haber sido la de una mujer.

Al fin depositó el auricular en el soporte. Fue en aquel momento cuando le avisó un compañero.

– Oye, tú, vamos, que hay rueda de prensa en el Ayuntamiento. Vaya horas.

– Yo no puedo ir. Tengo una entrevista con José María Figueras dentro de media hora y seguramente ya no volveré.

– Vaya coñazos te has montado.

– Sí, encima eso. Se puso la americana y salió. Apenas había llegado a la calle cuando volvieron a llamarle. El compañero que estaba más cerca descolgó para oír una voz lejanísima, tartajeante y digna de haber brotado de una fosa, pero eso sí, de una fosa común.

– Oiga, buenas tardes nos dé Dios. ¿Está Carlos Bey?

– Acaba de salir.

– ¿Y ya no volverá?

– No, no creo.

– Por favor, dígame dónde puedo localizarle. Es importantísimo.

– No sé dónde se le podría encontrar. Ha ido a hacer una entrevista.

– ¿No sabe a quién? ¿No se lo ha dicho?

– He oído que decía algo a un compañero, pero también se acaba de marchar. Espere, veré si alguien lo sabe.

Preguntó por las inmediaciones. Nadie sabía nada. El redactor jefe tampoco estaba enterado de la entrevista que iba a hacer Bey. En todo caso, no era para entregar aquella noche.

– Lo siento, ahora está ilocalizable. ¿Quiere que le dé algún recado si le veo?

– Sí, por favor… Diga que le ha llamado Méndez. Sobre todo que, pase lo que pase, se ponga en contacto conmigo antes de ir a otra cita. Perdone que le haga tantas preguntas, pero ¿sabe si le ha llamado ya alguien?

– He visto que hablaba por teléfono.

– ¿Le ha llamado un hombre o una mujer?

– ¿Cómo quiere que lo sepa? No me ha dicho nada.

– ¿Pero no ha dicho si iba a volver? ¿Seguro?

– No, volver no. Eso sí que lo he oído. Méndez balbució:

– Dios… Y colgó meticulosamente.

Carlos Bey dejó su viejo coche en las cercanías e hizo a pie el resto del camino hasta las pilas de chatarra. Había tenido razón en su comentario: era un sitio ideal para una emboscada, aunque resultaba absurdo que le tendieran una emboscada precisamente a él. Consideraba que era una pieza de bien poco valor para que alguien se molestara en cazarla. ¿Qué ganarían con eso?

La luz de la luna iluminaba el pequeño pabellón de la oficina, ahora rigurosamente cerrada y vacía. Iluminaba los mudos pedazos de casco que antaño surcaron los mares, las puertas que encerraron soledades, los ojos de buey por los que un día debieron mirar mujeres remotas. No se distinguía a nadie allí. Incluso faltaba un vigilante, quizá porque nadie se iba a llevar a casa un ancla. Un camión que parecía un veterano de la guerra civil reposaba a unos cincuenta metros, y más allá se alzaba la estructura medio desguazada de lo que debió haber sido un petrolero con nombre de jeque o de bailarina amiga del jeque. Eso era todo.

Bey se detuvo. Respiró con fuerza, intentando tranquilizarse. Nada. Bruscamente pensó que él era una pieza miserable, uno de esos tipos que fomentan la bondad humana porque no vale la pena hacerles daño, pero ¿quién establece la sutil distinción entre los que deben vivir y los que deben morir? No las víctimas, por supuesto. Establecer distinciones es un privilegio de los verdugos. Y a él ya habían tratado de matarle una vez en la torre de la Vía Augusta, aunque siempre había pensado que fue un inexplicable error. Hasta que ahora, en esta soledad, teniendo casi al alcance de la mano las lápidas del cementerio, empezaba a pensar que quizá no lo fue.

Unas gotitas de sudor frío nacieron en sus sienes. Tensó los músculos. Y eso le salvó aunque él no lo supiera, porque su cuerpo estaba listo para el salto cuando las cosas empezaron a suceder. La bala llegó con un silbido de serpiente desde detrás de la oficina, se empotró en su brazo izquierdo y le hizo volverse bruscamente, saltando unos pasos más allá porque todo su cuerpo ya estaba dispuesto para eso. La segunda bala, más certera que la primera, pasó por el sitio exacto donde medio segundo antes había estado su cuerpo. Carlos Bey lanzó un grito, aunque no sentía ningún dolor. Sin esperar a que sus dos pies tocaran el suelo, se lanzó hacia el camión en una loca carrera en zig-zag, porque el camión era el único refugio visible que tenía. Dos balas más le siguieron, aunque pasaron a más de medio metro porque Bey se movía frenéticamente y porque la semioscuridad hacía borrosa su figura. Patinó entre las ruedas, sintió que todo su cuerpo se impregnaba con la viscosidad de una mancha de aceite y quedó hecho un ovillo detrás de los neumáticos mientras una oleada de dolor nacía en el brazo y le llegaba hasta la nuca.

Los pulmones le quemaban. Ahora se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración y de que le costaba mover todo el lado izquierdo del cuerpo. El sudor le empezó a bañar la cara mientras el pensamiento le atravesaba como un hierro al rojo: «Estoy solo… Ahora vendrán a por mí… Vendrán a por mí y yo apenas podré moverme…»

Pero nadie vino. Quienquiera que fuese la persona que había disparado, tenía que atravesar una amplia zona descubierta para llegar al camión, y entonces Bey la reconocería. De modo que, o mataba a Bey con absoluta seguridad o corría el riesgo de enviarlo todo al infierno.

No lo corrió. Sin duda ayudaron a eso los toques de silbato que se oyeron a cierta distancia. Junto a los depósitos de la CAMPSA había un retén de vigilancia, y los disparos tenían que haberse oído desde allí. Bey lanzó una imprecación, apoyó la frente en un neumático y sintió que iba a perder el sentido.

No se oyó el motor de ningún coche. Bey tuvo tiempo de pensar que su desconocido enemigo, fuese quien fuese, había llegado a pie y huía a pie, al menos durante un trecho. Era lo mejor, porque una persona podía ocultarse muy bien en aquel sector, mientras que un coche hubiera sido muy fácil de localizar en la autopista casi desierta. Pero ése fue un pensamiento remoto e inútil, que se acabó diluyendo en una náusea.

24. EL AMANECER

ANTES de salir, Domingo Albert comprendió que debía pedir otra jarra; y la pidió, y la bebió sorbo a sorbo. Veía en el fondo blanco del recipiente, al vaciarse éste, algo como una insinuación extraña de su rostro. Era un conjunto de trazos sin forma, sin lógica, pero que estaba allí y le miraba riendo desde el fondo de la jarra. Se palpó con cuidado las mejillas y continuó mirándose, como atontado, en el fondo del recipiente blanco. Fue entonces cuando penetró en su cerebro la idea de que había bebido mucho y se estaba embruteciendo.

Contempló largamente su reloj; eran las once. En contra de lo que había esperado, se sentía más deprimido que al empezar a beber. Caminó unos pasos, irguiéndose cuanto pudo. La calle, observada a través de los cristales, tenía un aspecto casi fantasmagórico: el de un claustro con muchas luces colgando sobre él, un claustro seglar lleno de hombres que no conseguirían abandonarlo nunca. Pero esto era una extravagancia de su cerebro exaltado. Creyendo que así lograría despejarse, abrió la puerta y echó a andar por el centro de la calzada. Sus pasos resonaban bruscos esta noche fría, pero lentos -bruscos y lentos sobre las calzadas estrechas y las calles en pendiente-. Veía su sombra alargarse en las fachadas, en las aceras sucias, en las puertas onduladas de las tiendas. Y sentía, al verla, ese placer único de andar y respirar. De ser nada más una cosa que ve, que anda y que respira; solamente eso, unos pasos de hombre nada más. Siete pasos. Otros siete pasos, detenerse, mirar al cielo de tinta sucia, la luz vieja, las calles viejas. Y andar y respirar -otros siete pasos- No había en su cerebro ahora ningún deseo, ninguna inquietud, ni tan sólo un pensamiento. Estaba muy lejos de su casa, de su portal estrecho y de su placa de médico sin fortuna. Y esto era lo mejor: estar lejos. Estar lejos siempre de toda casa, de toda habitación (prieto entre los tabiques y los cuadros de los muertos). Sólo andar, respirar, detenerse, mirar la luz sucia, las bombillas sucias. Y no pensar; no tener que pensar siempre cómo es la vida de los vivos y la muerte de los muertos. Dejarlo todo en paz -pero esto le daba risa.

Rió efectivamente, en silencio, dejando que se formara en Sus labios un dibujo amargo.

¿Cómo no pensar si, desde muchos meses atrás, un alfiler le torturaba el cerebro? Bruscamente, ahora, al detenerse, pensó que esta noche iba a librarse de él -y tal vez a sustituirlo por otro, pero era igual-. Ahora había llegado el momento de hacer el gran alto, el primer gran descanso de su vida. Arrancarse el alfiler y esperar con el cerebro dormido, interpretando una música. O tal vez sencillamente sin interpretar la música: con el cerebro dormido nada más. ¡Qué infinito descanso el de esta noche, qué largo, y sosegado, y somnoliento descanso! Lanzó un suspiro, al tiempo que mil detalles de cosas futuras venían a su imaginación. Pero todo esto era ya superfluo: lo importante consistía en pisar fuerte, en respirar fuerte y en sentir una íntima quietud interior. Nada más que en eso: en mirar con sus propios ojos cerrados el vacío de su cráneo. Y luego esperar, esperar quieto en algún sitio, en algún lugar sin pensamientos.

La memoria de otros años anteriores vino ahora, bruscamente, a presentarse ante él. Y continuó caminando: pero ahora la memoria de otros años anteriores caminaba frente a él. Bien, pues estaba visto que el alfiler iba a martirizarle hasta el último minuto. De todos modos corría ya la postrera noche. Luego vendría la gran calma. Y después el gran vacío tranquilo de su dichosa inanidad.

Pensó que fatalmente debía ser así, que como fase inicial de toda su vida posterior debería encontrarse ese gran vacío.

Estaba ahora en una calle concurrida, llena de rumores. Hoy, este sábado, a las once y media de esta noche, parecía la ciudad tener un aspecto muy extraño y muy distinto. Arriba, casi sobre su cabeza, una línea de ventanas derramaba los gritos de muchas gargantas y el eco sordo de muchas voces. Pensó que debía tratarse de una disco barata o de un baile de barrio. Y más lejos, en un cinematógrafo, chillaba el gran anuncio de un melodrama turbio. Tras el muro, viniendo de la pequeña cabina, se oía la voz de una mujer mezclada con la voz de una compleja música. Y parecía captarse el latido de muchos pequeños corazones encerrados en la sala. Y el pálpito de muchos cerebros apretándose a una idea. O el temblor de muchos ojos, de muchos labios inquietos, el volar de muchas noches. Y siempre el latido de los pequeños corazones, siempre la voz de su pálpito, su monocorde palpitar.

Se detuvo, mirando a todas partes. ¿Qué era esto? ¿Qué era este vacío tremendo en las luces de las calles, en los reflejos de las casas? ¿Qué era esta vida de hoy, la vida de esta noche? ¿Y cuántas almas flotaban en cada habitación vacía? ¿Y en cada avenida recta, en cada contorsión de la luz vieja? ¿Cuántos habían pensado allí mismo, como él, en el pálpito de muchos corazones y en la vejez de esta luz?

Quiso andar; sí, era necesario andar, porque toda otra cosa pincharía aún más el alfiler en su cerebro. Y caminó. Y fue hasta el viejo hospital que, como siempre, permanecía tranquilo. Pero allí parecían flotar muchas almas, muchas pequeñas y encogidas almas de seres que habían existido. Y que ahora encogían sus almas en las grietas de los muros, o en los quicios de las puertas, o en el hueco de los lechos. Y allí, desde siempre, le veían andar. E intentaban decirle cómo es la vida de los vivos y la muerte de los muertos.

Todo estaba vacío, todos los corredores habían quedado desiertos. Nada más, como siempre, parecía oírse en el edificio una monótona respiración. Era el eterno respirar de todo el edificio: de los vidrios inmóviles, de las paredes blancas, de las cortinas, el respirar de los pechos. Corrió todas las salas, sin atreverse a entrar en la suya. Y dio rodeos, deteniéndose a veces. Y bajó hasta la sala de autopsias, que tenía corrida una verja. Tras ella se adivinaba el mármol de una mesa. Y sobre ella restos de algo: de hombre, de mujer; pedazos de restos. También allí parecían flotar las almas de muchos seres que habían existido. O los pedazos de sus almas. Y parecía oírse el grito helado de muchos labios exangües. O de muchos vientres de mujer partidos en las mesas y olvidados en el agua.

Fue hasta su sala; no quería tardar más. ¡Pero qué largo, qué horrorosamente largo era el tiempo de esta noche! Fue y lo vio todo blanco: todo amarillo y blanco. Y vio los rostros de sus enfermas. Y los espectros mudos de la sala se reunieron como siempre y se encogieron como siempre.

Recorrió todos los lechos: los veintidós lechos blancos. Ni uno solo de los rostros dormidos se volvió para mirarle. Sólo una niña amarilla que no podía dormir en su lecho tan blanco. Y abrió un ojo nada más: un ojo azul que le siguió por la sala. Fue hasta la pared del fondo y tuvo que volver en dirección a la puerta de entrada. Hasta ese momento no se dio cuenta de que le estaban mirando. Y se detuvo, porque unos ojos brillantes le impedían avanzar. Había allí, frente a él, en el décimo de los veintidós lechos, una mujer que estaba llorando. Domingo Albert se acercó y le puso ambas manos en la frente; luego en la nuca, hundiendo sus dedos en la mata de pelo; levantó su cabeza de la almohada. Había también en los ojos del médico una leve chispa brillante -que, sin embargo, desapareció en seguida-. Y sólo quedó su expresión dura, su expresión dura de médico experto. Puso otra vez en la almohada la cabeza joven de la enferma. Y su cerebro fabricó entonces el pensamiento de que en aquella cabeza quedaba ya muy poco impulso vital. ¡Pero qué lastimoso le parecía hoy este mundo donde sobre todas las cosas se fabricaban pensamientos! Tenía aún en sus manos la nuca joven, y sus dedos tocaban el pelo joven. Cerca estaba la puerta blanca de la entrada, aquella puerta que ya casi formaba parte de su subconsciencia desde mucho tiempo atrás. Y pensó en el tiempo de tocar esta nuca y de palpar estos cabellos. Otra vez brilló la chispa en sus ojos de médico experto. Y ahora mucho más intensamente que la vez anterior. Destapó a Marta Estradé y palpó sus senos, su vientre, el contorno de sus ingles, sus brazos, la piel suave de sus piernas extendidas. Todo, al parecer, era normal en su cuerpo; ya no debía quedar allí ni vestigio de su anterior tuberculosis ósea. Pero había todavía algo que a él le quemaba en los ojos. ¿Y ahora qué?

– Ya me dijiste que no podías ir a ninguna parte -aseguró, moviendo la cabeza- Hasta el piso lo has perdido, bonita, desde que hirieron a Carlos Bey y él no pudo ocuparse. Me duele recordarte eso.

– Aún me queda una tía-abuela. Claro que ya es muy vieja.

– Pero tú no puedes trabajar. No podrás trabajar ya nunca, bonita.

– ¿Y qué hacer? ¿Y qué hacer? Él cambió bruscamente el tema de la conversación.

– ¿Cuánto has andado hoy?

– Tres cuartos de hora, pero aún no consigo acostumbrarme bien sin el bastón.

– Ya te acostumbrarás, mujer, ya te acostumbrarás. Puso el dedo índice en los labios de la enferma y quiso al mismo tiempo sonreír.

– Endiablada paciencia la que has tenido durante tanto tiempo, ¿verdad? Pero ya todo ha acabado. -Señaló la ventana-. Hoy, cuando amanezca, comprenderás que todo ha acabado. No habrá más angustias, ni más sufrimientos, ni más noches de espera. Hoy amanecerá y tú y yo saldremos a la calle. Y andarás. Y te darás cuenta de que puedes vivir, de que puedes mirar a los otros y comprenderte a ti misma. Hoy -señaló la ventana otra vez- andarás conmigo. Amanecerá y te darás cuenta de muchísimas cosas; ya las comprendías antes, pero has tenido que estar mucho tiempo como dormida.

Le estrechó las manos y tocó sus mejillas. Hubiese querido sostenerle otra vez la cabeza y apretar su nuca. Pero ahora había muchos ojos clavados en él. Y muchos rostros amarillos enhiestos sobre las paredes blancas. La miró otra vez y dijo sencillamente:

– Andaremos mucho. Ya lo verás. Fue poco a poco hacia la puerta de salida. Le parecía ahora, bruscamente, que la noche ya no era tan larga, tan espantosamente larga. Y que ni las paredes, ni las cortinas ni los pechos respiraban con tanta angustia y con tanta lentitud. Que no se encogían ya en los huecos las pequeñas almas. O no le insinuaban su aliento; que no jadeaban los pechos con aquella angustia, con aquella lentitud.

Pero nuevamente en la calle sintió el alfilerazo en su cerebro. Y cuando pensó que debía acudir ahora a su portal estrecho, a su vida estrecha, el alfiler se retorció en su cerebro todavía más. Aunque quizá, después de todo, poca cosa habría ya que hacer. No en vano, detrás del portal estrecho, estaba todo preparado para la muerte. Y quizá al entrar, al acercarse a su dormitorio, vería ya a una mujer con la faz serena de la eternidad.

Pero el alfiler le pinchó todavía más. Esta era la noche decisiva, la noche infinita de su calma y de su crimen. Hoy, al andar, estas dos ideas se alzaban mayestáticas ante él. Y andaban con él, y le empujaban, y bebían como sus ojos la cansada luz de las ventanas prietas. Estaban en su cerebro y vivían con él. Y de la idea infinita de su calma nacía alumbrado el pensamiento infinito de su crimen.

Quiso mirar su reloj, pero era igual, habría tiempo para todo. Ni siquiera le resultaba necesario agudizar su ingenio con hipótesis del futuro. Todo, durante esta noche, sería simple, natural y lógico. Ni tan sólo sería ingenioso, pero -lo más importante- sería lógico. Su esposa, ya acostada, no notaría que estaba abierta la espita del gas. No lo notaba nunca; ya había sufrido distracciones lamentables dos veces en tres años. Y ahora todos recordarían esas distracciones, y verían el rostro exánime de ella, y le darían a él palmadas compasivas en la espalda. Su espalda se cargaría más con el peso infinito de su calma. Y miraría él también el rostro exánime, y pensaría en la idea de su crimen y en la idea de su calma.

Definitivamente miró su reloj: era la una de la madrugada. Bruscamente, al comprobarlo, algo le pinchó el cerebro otra vez con un pinchazo frío. ¡Qué miserable era todo esto, qué miserable era estar aquí! ¡Y qué miserable todo el curso de su vida, todo el trazo longitudinal y ceniciento de su vida! Ahora, esta noche, miles de recuerdos tomaron forma concreta ante él. Y entronizaron en él su reino, su postrer reino ceniciento. Mientras andaba, recordó otras noches, y otras horas, y otros pensamientos. Y recordó muchas noches de amor y muchos días de angustia. O también muchas noches de angustia. Bruscamente se dio cuenta de que en su cerebro no había más que estos dos recuerdos y estas dos ideas: el amor, la angustia. Y recordó, efectivamente, las horas de su quietud tras la hoja de madera de su portal estrecho. Su vida de médico experto, y sin embargo de médico que vive tras un portal muy estrecho. Y sus horas largas de amor, y sus horas largas de silencio. Por último, su habitar de hoy: la vida, que tiene derecho a aparecer tan grande, moría sin remedio aquí, poco a poco, como una expiración consciente.

¡Qué estúpido, qué infinitamente estúpido había sido este duelo interno de todos los días y todas las noches, sin querer convencerse de que las últimas consecuencias lógicas habían llegado a su fin! Sin querer darse cuenta de que la vida auténtica había concluido; y de que ya en adelante sólo tendría que mirar su placa de médico, contemplarse en el brillo de su dorada placa de médico y esperar sin inquietudes en la estrechez de su portal.

Pero no era esto sólo; otra vez los recuerdos volvían y entronizaban en él su reino ceniciento. Y le llevaban a mil sitios, a mil salas blancas con sus gimientes espectros. O al décimo exacto de veintidós lechos. Y pensaba en los ojos muy grandes, en la nuca joven y el cabello joven. Pensaba en los meses tan largos, inmensamente largos, advirtiendo el dolor de un nuevo genitar en el mundo de su cráneo. Y sentía ahora, con una angustiosa sinceridad, que nunca podría mirar simplemente su Placa de médico, ni contemplarse en ella, ni aguardar sin inquietudes bajo el dintel de su portal estrecho. Pero por fin había llegado su noche infinita, la noche inerte donde sólo pensaría él. Y él pensaba ahora en el rayo de luz de esta noche y andaba poco a poco entre el dédalo de calles, entre las luces enroscadas, los portales bajos, las ventanas prietas que le miraban andar.

Sin embargo pensó luego que él no deseaba un crimen. Su cobardía había llegado también a su última consecuencia lógica; y se dio cuenta ahora de que no lo había deseado nunca ni había pensado jamás que fuese necesario. Pero era cobarde y se había situado en una posición pasiva, dejándolo todo a las fuerzas del azar. Su crimen era una mera posibilidad susceptible de no realizarse. Y ojalá hubiera fracasado -pensaba en este momento-. Porque no era necesario, porque el abandono de su portal estrecho era mil veces lo mejor. Ahora se le hizo esto palpable: huir. Y con todas sus consecuencias, semejante palabra le obsesionaba esta noche. Marchar. Dejarlo todo como había estado siempre, dejar a su esposa mirando la oscuridad en un lecho y dejar esa oscuridad, la quietud de cada noche, el silencio, dejar allí los trozos de sus pensamientos, de sus ideas, olvidar los pedazos rotos de sus estúpidas querencias. Y andar. Ir a una sala blanca con veintidós lechos; detenerse. Y en seguida otra vez andar. Esta noche advirtió semejante deseo con una vívida intensidad y como un fuego celular que hubiese de ser eterno.

Pero ya estaba al final de su meta, ya estaba otra vez junto al portal estrecho. Lo abrió silenciosamente. Aquí, en estas habitaciones, no parecía flotar ninguna pequeña alma. Y nada parecía respirar; ni siquiera existir algo que tuviese un pequeño latido, una simple y diminuta vibración. En estas habitaciones tan propias sólo se inhalaba la angustia del silencio. Pero entró. Y fue entonces cuando se vio horriblemente hundido en el abismo interno de su pequeñez. Cuando volvieron los pedazos rotos de sus querencias y los trozos informes de sus pensamientos. Sólo su corazón diminuto latía allí, y sólo, entre aquel silencio, flotaba desde siempre la pequeñez de su alma.

Nada. Nada en las escaleras altas, ni en los corredores largos y antiguos, ni en las cerradas habitaciones de techos inmensamente altos. Ni un sonido, ni tan sólo el dibujarse de una sombra. Comprobó que, desde luego, no olía a gas. Fue hasta la espita y vio que continuaba abierta, tal como él la dejara antes. Pero algo debía estar averiado; seguro que habían cortado el suministro más o menos desde que él marchó. Encendió un fósforo y de la cocina no brotó ninguna llama.

Hizo esfuerzos para sonreír. Pese a que había deseado esto, el hecho fortuito le hacía sentirse más pequeño. Vio consumirse poco a poco el fósforo. Y de repente una llama intensa vino a herir sus ojos, vino a arañarlos con su brusca aparición. Los fogones encendidos arrojaban unas llamitas azules y rosadas. El suministro había sido reanudado., ya había gas.

Hasta entonces el fósforo no se apagó del todo. Y él vino a pensar que esta casualidad resolvía las cosas más fácilmente de lo que imaginó. El hecho del corte de suministro justificaría del todo una espita inadvertidamente abierta. Nunca pensó que el crimen se le pudiera poner tan fácil.

Aquellas llamitas azules y rosadas estaban arañando sus ojos para impulsarle a actuar. El deseo fatal de esta noche, el pensamiento infinito se materializó allí, al alcance de su mano. Y él, ciertamente, extendió poco a poco esa mano, hasta casi rozar las llamas. Pero su último gesto, en definitiva, fue cerrar la espita del gas y apretarse los puños contra los ojos.

Se repitió que aún continuaba la tremenda oportunidad.

Nadie le había visto entrar, y si ahora, dejando la espita abierta, salía a la calle por el patio posterior, todos sus ocultos deseos quedarían actualizados.

Se dijo que estaba allí como una sombra negra, como una silueta cobarde y negra con la muerte entre sus manos. Pero continuaba inmóvil y con esas manos pegadas a los ojos.

Nada hizo; no movió la espita ya cerrada ni continuó inmóvil en la cocina. Fue poco a poco hacia su dormitorio oscuro, donde le aguardaban los restos de sus deseos y los esquemas de sus sentimientos. La puerta chirrió al abrirse, como protestando por la revelación de algún secreto. Y él entró. Entró poco a poco en su reino vacío de siempre. Allí, junto a la cabecera del lecho, de rodillas, como un niño entristecido y solo, se puso a oír la respiración igual y cadenciosa de la mujer dormida. Un hálito ardiente, un calor desconocido y vital parecía desprenderse de aquella respiración, y él lo captaba esta noche con una intensidad única, con una fruición desconocida y enervante. Así estuvo varios minutos, oyendo respirar a la mujer y apretándose en silencio a las ropas de la cama.

Después ocurrió algo que le hizo recordar los rostros amarillos de la sala blanca. Y fue que la mujer entreabrió un párpado, un párpado nada más, y su ojo azul vino a recorrer poco a poco las facciones del hombre. Él pensaba en la niña de la sala blanca y en su ojo azul vigilándole atento. Pero ahora el hálito ardiente, el calor desconocido y vital acariciaban su rostro. Y hundió su cabeza entre los senos de la mujer, que no se movió ni acarició sus cabellos.

Pasó tiempo, un largo tiempo. Luego ambos oyeron las campanadas del reloj, pero no supieron contarlas. La mujer se movió, le clavó en la cara los pezones todavía duros. Y él, poco a poco, se incorporó también y fue hasta el tocadiscos que había al otro lado de la habitación. Colocó una pieza sin mirar el título. Una música lenta, angustiosamente lenta, una música que hoy parecía corroer, ahogar, disolver o estrangular poco a poco: esa música envenenó su cerebro. Pero fue hasta la cama y dio su mano a la mujer, que se destapó y vino junto a él, a apretar su cuerpo con su cuerpo. Bailaron. O no lo hicieron: caminaron uno junto al otro, apretados, comprimidas sus facciones y juntos sus pensamientos. Y él pensaba con angustia en esta locura nocturna, y ella pensaba con asombro en este capricho nocturno. Pero hubo un momento en que ambos estuvieron al borde de la alta escalera, rodeados de oscuridad, y entonces se disociaron sus pensamientos. Ella se dijo que, por primera vez, la asustaba esta oscuridad. Y él se dijo que ésta era la gran ocasión, la obsesionante ocasión para Regar a la noche infinita de su crimen. Sólo hacía falta alargar el brazo, o dar un traspiés, o empujar casi sin fuerza. En este minuto todo se decidía; el ahora o nunca tomaba actualidad. Y él, claramente, se dijo que nunca. Que no convenía precipitarse, como se había precipitado al marchar dejando abierta la espita del gas. Imaginaba ahora lo que sería este momento sí el azar no lo hubiese decidido todo. Y por unos instantes le aterró la negrura de esta noche. Pero seguían andando apretados; y ya la música había dejado de oírse. Ya nada corroía, ni socavaba, ni mordía su cerebro. Y ahora, entre el silencio, pensó claramente que esto no podía continuar así. Que había llegado a un extremo rabioso -había llegado a las últimas consecuencias lógicas de su vida con aquella mujer- Que toda su vida estúpida estaba allí, frente a ambos, y que hablaba. Pero se encogió de hombros e hizo fuerza sobre la cintura de aquella dócil mujer.

Vio que amanecía. Una claridad turbia, llorosa, se pegaba a los cristales y teñía las ventanas. Fue hasta la cama y se desnudó poco a poco, metiéndose en ella. Pensó que descansaría hasta bien avanzada la mañana de este domingo. Ahora, al sentir junto al suyo el cuerpo cálido de ella, al sentir junto a él la línea de sus formas, una diminuta chispa de felicidad le recorrió la espalda. Y deseó por unos momentos que esta mujer fuese feliz también, puesto que además de nada era culpable. Un leve remordimiento por la vida insípida que durante años le había obligado a vivir le apretó la garganta.

– Dime -susurró-, ¿te molesta arreglarme el material del consultorio cada día? Si quieres, a partir del lunes me levantaré un poco antes y lo haré yo.

– No, claro que no me molesta, no te preocupes.

– Gracias.

– Oye…

– ¿Qué?

– Me gustaría dar alguna clase más de música. El profesor dice que voy avanzando mucho. Y como vive aquí al lado mismo…

– Pues claro… No quiero que seas una frustrada como yo. Tienes que realizarte de alguna manera.

Ahora fue ella la que se incorporó y le puso una mano en la mejilla izquierda.

– Nada me molesta. Ya sabes que quizá no sea una esposa dulce, pero soy una esposa fiel. Puedes siempre mandarme lo que quieras y lo haré. No quiero que te preocupes innecesariamente por mí, como estabas haciendo ahora. Deja las cosas como están.

Domingo Albert se encogió, mirando la turbia claridad de la ventana. En este momento mil interrogantes bailaban ante él. Pero, bueno, no convenía pensar; dejar las cosas como estaban. Eso era lo más cuerdo. Dejar que su esposa arreglara el consultorio, porque ya se había acostumbrado así; dejar que se distrajera con las clases de música y que soñara (quién sabe) con eternidades en el Liceo; resignarse a que fuera una esposa poco dulce, pero fiel. Que continuase todo igual. Y él también igual. ¿Y siempre así?

Tuvo que encogerse más. El pensamiento de que todo se había agotado, de que todo había llegado a sus últimas consecuencias lógicas, le pinchó ahora como un taladrante clavo al rojo. Pero fue un pinchazo breve; sonó el teléfono y tuvo que ponerse al habla. Oyó la voz del médico de guardia. Y entonces sus facciones adquirieron un color terroso.

– …Es esa enferma que usted dijo que estaba curada. Sí… La Estradé. Créame, desde luego ahora es una cosa grave. La muy imbécil se ha subido a la ventana para ver amanecer. ¿Qué diablos le pasaría? Bien, lo importante es que se ha caído… Una caída muy mala, sí… ¿Cómo demonios pensó usted que estaba curada? Sus huesos no resisten ni un pellizco de gorrión. En fin, no le molesto más: le he dicho esto para que a las once se pase por aquí, a ver qué medidas tomamos.

Soltó el auricular. Su rostro estaba ahora más amarillo que los espectros de la sala. Y todo a su alrededor se había hecho más blanco; él mismo era un espectro con los ojos abiertos. Quieto, pegado al cuerpo de la mujer, siguió pensando en las últimas consecuencias lógicas. Y fue entonces cuando tuvo la sensación de que iba a hacer un raro descubrimiento: tales consecuencias lógicas quizá no llegarían nunca. He aquí que algo muy grande o muy mezquino, pero suyo, brutalmente suyo iba a nacer de esta extraña ceniza, donde existía un pálpito. Ahora creyó darse cuenta de esto: no se produciría el último punto lógico de su vida en común ‘porque aún tenían algo que arrancarse mutuamente. De improviso, ante sus ojos, apareció la senda desconocida y negra de otra vida que sería consecuencia de ésta, ya tan muerta; de otra vida exuberante y oculta. Hecha de jirones perdidos de sí mismo, de latidos rotos y escondidos de sí mismo. Encogido, inmóvil, sin respirar, pensaba en la sala blanca y en los reflejos de la luz blanca. Y se preguntaba qué maldición le había impulsado a hacerse concretamente médico, a tener que penetrar siempre en la noche íntima de cada espectro. Por qué había sentido compasión y amor: ayer compasión, hoy un amor encendido y rabioso. Pero ahora -se dijo- ya no podría hacer nada. Ya no podrían andar; y al andar ir acariciando él la nuca joven y el cabello joven. Algo en su interior le llamó cobarde. Cada vez más encogido, más quieto, sintió que una angustia muy secreta le apretaba el pecho. Incorporándose, puso una mejilla sobre la mejilla de su mujer. Les alumbraba esa claridad disuelta de todo amanecer.

Y alumbraba las facciones juntas, y las manos quietas, y los cuerpos quietos. Luego acarició la espalda de esta mujer, su espalda tersa, su nuca grande, sus cabellos negros. Se hizo lloriqueante la angustia en el vacío de su pecho. Y una carcajada atravesó sus sienes, bailó en el hueco de su cráneo. Pero él seguía acariciando la nuca grande y el cabello negro. Murió el ladrido de su angustia, la carcajada taladrante de sus sienes; se hizo una infinita calma. Él estaba ahora en una sala blanca y se miraba en unos ojos muy extraños, donde sus grandes manos parecían retratarse. Y hundía esas grandes manos en la morbidez de una mata de pelo, deteniéndolas allí, apretando la pequeña nuca, acariciando la tersura del cuello y la suavidad de los cabellos de Marta. Pero volvió la carcajada en la línea de sus sienes. Tenía las manos en la nuca grande, aferrando los cabellos negros. Se incorporó levemente y estuvo contemplando a la mujer.

– Bien -le dijo, cuando ella entreabrió uno de sus párpados-; me has dado un gran momento. ¡Pobre! Al fin, la verdad es que tú ya sólo podías servirme para esto.

En seguida se sintió pequeño nuevamente. Una vida así tenía que estar hecha de momentos. Quizá ya todos habían concluido.

Intentó dormir.

25. BUSCA, PERRO, BUSCA

EL TELÉFONO sonó en el despacho de Daniel Ponce cuando éste estaba a punto de iniciar la delicada ceremonia de la mesa.

La chica dijo:

– No contestes. Estaba lista para la faena, es decir cubierta por lo más solvente que está dando la actual orfebrería erótica: pantalones tejanos desgastados en las rodillas, botas camperas, blusa de Lacoste, braguitas marcadas por el último residuo de una cena en McDonalds. No llevaba sostenes, se había dejado caer hasta los tobillos los pantalones y todo lo demás, se estaba poniendo de espaldas sobre la mesa, ofreciendo la rajita del sexo y la prohibición del culín, cuidado no te equivoques de sitio, como un muchachito de los futbolines de las Ramblas o como una chica aventurera dispuesta a todo, a lo que salga, incluso a leer a Hegel, incluso a que con ella se equivoquen de punto crítico. Estaba sujetándose bien a los bordes de la mesa, no la vayamos a cambiar de sitio y acabemos haciéndolo en el despacho de al lado, que es el de un inspector de Hacienda, mientras murmuraba:

– También son ganas de llamar a estas horas. No contestes. Los ruidos que llegan a través de la ventana pese a estar cerrada, el tráfico, la Barcelona que antes avanzaba sobre cuatro ruedas y ahora empieza a avanzar en Vespino, Dani Ponce que acaricia el culín y trata de pensar en secretarias que llevaban faldas de seda, que colgaban de su cuello medallas a la virtud, que jamás se quitaban la ropa por sí mismas y que sobre todo, a juzgar por sus braguitas, no habían cenado nunca. Hay que ver cómo han cambiado las cosas, Dani Ponce, antes ibas con chicas que te entregaban su virtud y sus sueños de niñas del Ensanche; ahora sólo encuentras escaladoras del Everest que te entregan su problema generacional y su mensaje histórico. Piensa en las de antes, piensa, porque de lo contrario vas a hacer el ridículo, vas a notar que aquí no se levanta nada aunque venga un encantador de serpientes colegiado, vas a convertirte, a los ojos de esta testigo del siglo XXI, en el ejemplar típico de la burguesía decadente y cuyo tiempo ya pasó, en un espécimen demostrativo de lo que es la burguesía más desamparada. Y encima, maldita sea, el teléfono suena.

– Diga…

– Dani, soy yo, Blanca. Necesito verte en seguida. Ahora.

– ¿Para hablar?

– Pues claro. No será para nombrarte caballero de la Orden de Malta.

– Te es imposible decírmelo por teléfono?

– Por teléfono ya estamos hablando demasiado, Dani. A ver si resulta que trato con un menor de edad.

– Bien… Dime dónde.

– En tu coche. Me recoges en el cruce de Aribau con Mallorca, conforme se gira a mano derecha.

– ¿Cuándo?

– ¡Ahora! Y Blanca Bassegoda colgó. Delicada ninfa cuyo padre sólo tomaba el teléfono para dar órdenes, para vender hombres, para comprar mujeres, para subastar esperanzas. Eso se hereda, y tú deberías saber, Dani Ponce, que una Bassegoda siempre hablará así. Y encima la otra diciendo que para qué has contestado, que a ver en qué quedamos, que si estamos haciéndolo o no, que o esto funciona antes de que ella agarre una pulmonía o se lleva la mesa a casa.

– Para perder el tiempo he venido yo, vamos. Y encima aún la tienes como en un cuadro del Greco.

– Mujer, que uno no es una máquina. Ponce acercándose a la mesa, Ponce soñando en las secretarias de otro tiempo, finas, gorditas y con marido en casa. Ponce que hace lo que puede con la venus actualizada, ah, ah, ah, y ella: no lo gastes todo por la boca, que nos van a oír hasta en la Guardia Urbana.

Blanca Bassegoda debía de llevar un rato esperando cuando él llegó y tenía todos los motivos para estar crispada, pero una Bassegoda tiene la suficiente clase para no crisparse nunca. Se limitó a mirarle con cierto desencanto mientras decía:

– Vamos. Un chaflán de Mallorca-Bruch es un buen sitio, un lugar de coches que pasan, de niñas-peritaje que salen de la última academia, de oficinistas-jubilación que van a saltitos hacia la última cena. Un sitio donde nadie se fija en los seres humanos, ni siquiera en los coches, sino en los sitios libres para aparcar. Ellos han encontrado uno entre las sombras para que Blanca diga ansiosamente:

– Puede ser hoy.

– ¿Esta noche?

– Sí.

– Blanca, esto no es un juego… Hay que asegurarse bien.

– Claro que no es un juego. Precisamente por eso he observado tanto como tú. Y ya empezaba a pensar que sería imposible cuando de pronto he tenido suerte. Eduardo me ha llamado.

– ¿Para qué?

– Ha suplicado que nos veamos. Eso es: ha suplicado. No puedes imaginarte cómo está.

Daniel Ponce empezaba a comprender, pero dijo de todos modos:

– No te fíes.

– Claro que no me fío. Ni que tuviese que descubrir a ese tipo ahora. Primero me pedirá perdón, después me pedirá dinero y al final me pedirá que me muera. Como para estar a solas con él, escucha. Pero no iré yo; irás tú.

Él se mordió el labio inferior.

– Comprendo.

– Naturalmente, es un sitio solitario, un sitio ideal. De lo contrario, no te habría dicho nada.

– ¿Qué sitio?

– Tú has ido muchas veces por las costas de Garraf. ¿Conoces el cruce para el puerto deportivo de Aiguadoll, antes de entrar en Sitges?

– Claro que lo conozco. Incluso lo he utilizado en verano para salir de Sitges, cuando está muy cargada la carretera.

– Bueno, pues ahora no estará cargada ni nada de eso. Al contrario, un día laborable a las dos de la madrugada aquello es un cementerio.

– ¿A esa hora te ha citado allí?

– A esa hora.

– ¿Y no te parece sospechoso?

– ¡Claro que me parece sospechoso! ¿Piensas que iría? Eduardo debe necesitar dinero y se lo quiere jugar todo a una carta. Me ha dicho tantas mentiras y me ha jurado tantas cosas para convencerme, que otra que aún le quisiese un poco habría pensado: por una vez, vamos a probar. Pero a mí ya me tiene hasta aquí, hasta el moño. Bueno, no hace falta que te lo explique. ¿Para qué? El caso es que iba a colgarle cuando he pensado de pronto que nos lo estaba poniendo en bandeja. Tanto dar vueltas, tanto buscar una oportunidad y, lo que son las cosas, él mismo diciéndome de rodillas que ya ha elegido el sitio para su entierro. He fingido indiferencia, pero al final le he dicho que iría. Va a ser a las dos de la madrugada, cincuenta metros más o menos una vez metido en el cruce.

Daniel Ponce volvió a morderse el labio inferior. Los coches rugían a su lado, pero él no oía nada. Solamente captaba un zumbido en la nuca. «De modo que ahora…», pensó. Ya había vivido esa situación una vez. La había vivido hasta el límite. Pero al haberla ideado él mismo, le parecía más racional y menos peligrosa que la que había ideado Blanca.

La voz femenina sonó a su lado, en la oscuridad del coche, y sin embargo pareció llegar desde infinitamente lejos:

– ¿Llevas tu arma?

– Sí. En la guantera.

– ¿Está controlada?

– Ésa no.

– Bueno, ¿pues qué dices? Él cerró un momento los ojos. Desgraciado, que eres un desgraciado, tanto darle vueltas, tanto asunto de profesionales y al final resulta que ha tenido que ponértelo a punto de caramelo una mujer que, como quien dice, nunca ha salido de casa.

– Dani, contesta… ¿qué me dices?

– Estoy pensando… La verdad es que me hubiera gustado más combinar las cosas a mi manera, pero reconozco que es una ocasión magnífica.

– Pues aprovéchala.

– Me sabe mal que tú seas algo así como el cebo, Blanca.

– Yo no soy cebo ni soy nada. Te he dicho que no voy a ir. Ah… El hecho de que mi intervención te facilite un poco las cosas no varía el contrato. El precio va a ser el mismo. No pienses que busco una rebaja.

Dani lo había pensado, pero fingió indignación.

– ¿Cómo iba a imaginar eso de ti?…

– Lo sé, pero es mejor que las cosas queden claras desde el principio. Luego tú y yo no podremos permitirnos el lujo de discutirlo.

– Lo sé muy bien, Blanca. Y ahora vamos a una serie de detalles concretos, porque quizá no todo sea tan fácil como tú piensas. En primer lugar puede haber por allí alguna pareja metiéndose mano dentro de un coche.

– El propio Eduardo procurará que no sea así. Quiero decir que se situará lo más lejos posible de todo coche estacionado allí, porque imagino que para los planes que debe llevar en la cabeza no le interesan los testigos. Por otra parte, vamos a ser razonables: si hay alguna pareja metiéndose mano, también le interesará alejarse. Ahora bien, si tú vieras que hay peligro lo que se dice mucho peligro, no te arriesgues. Ya habrá otras oportunidades.

Daniel Ponce asintió con un leve movimiento de cabeza.

– ¿Crees que irá armado? -preguntó.

– Ni hablar. Él piensa que se va a encontrar solamente conmigo. Imagínate.

– De todos modos tampoco pienso darle ninguna oportunidad. Y ahora supongamos que todo ha salido bien. ¿Cómo te lo comunico?

– Una llamada. Tres timbrazos y cuelgas. Eso es todo. Si algo falla, dejas que el timbre suene cinco veces y entonces descolgaré.

– De acuerdo, Blanca… No me resulta fácil hablar de esto, pero quiero que los detalles queden concretados hasta el máximo. Una vez yo haya… terminado, me largaré. Pienso dejar el cadáver allí y no buscarme complicaciones. La policía sospechará un ajuste de cuentas, porque Eduardo es un tipo con muchos enemigos, o sospechará de mí. De ti no, porque supongo que ya tienes prevista una coartada desde este momento. Pero no podrán probarme absolutamente nada. Lo único que he de evitar a toda costa es que me pare la Guardia Civil de Tráfico por una infracción, o que mis neumáticos se mojen y dejen una huella. Con esas dos condiciones, no me llegarán a atrapar jamás.

– Eso es fundamental, Dani. Porque si tú cayeras podría caer también yo.

Y añadió con voz tensa:

– Deberías tener también una mínima coartada. Algo.

– A esa hora es difícil… Bueno, de todos modos ya pensaré alguna cosa, por la cuenta que me trae. Te lo prometo.

Hubo un largo silencio entre los dos. Más allá de los cristales del coche no sonaba para ellos ningún ruido; no se movía nada; no estaban más que las sombras de una ciudad vacía.

Dani carraspeó:

– Blanca…

– ¿Qué?

– Yo cumpliré mi parte. Tú debes cumplir la tuya, ¿sabes? Al margen del dinero, que quede bien claro lo de la torre de la Vía Augusta.

– Es lo que más te interesa, ¿verdad?

– Tú sabes que sí.

– Vale una fortuna, realmente. Dani Ponce miró a través del parabrisas las ramas de los árboles que se movían con el viento del invierno, miró las siluetas fugitivas, las tiendas cerradas, los balcones fin de siglo. Miró también fugazmente las piernas cruzadas de Blanca, que apenas cabían en la mezquindad del coche, tus piernas vienen de otro tiempo, Blanca, tus piernas merecen otra cosa. Cerró un momento los ojos y musitó:

– No es sólo por el dinero que vale.

– ¿No? ¿Pues por qué?

– Por los recuerdos.

– De los recuerdos no se vive, Dani.

– Es extraño.

– ¿Qué?

– Tú me estás diciendo eso, y tienes razón. Claro que tienes razón. Pero al mismo tiempo piensas que no vale la pena vivir si uno no puede vivir de acuerdo con sus recuerdos. No sé… Es muy complicado. O quizá muy sencillo.

– Es muy sencillo, Dani.

– Te he dicho la verdad, ¿no es así? Blanca miró al vacío mientras se curvaba su boca.

– Pocas personas me han descrito con tan pocas palabras -Susurró-. Hace falta ser poderoso para no tener que vender la casa del padre, los marcos de plata donde estaban los retratos del padre. Y ser poderoso resultará más difícil cada vez, ¿sabes? Las masas lo devorarán todo. Conservar un nombre, unos apellidos, una casa y unos marcos de plata llegará a ser una tarea de titanes. No todos tendrán la suficiente dureza para serlo, ¿entiendes? Habrá quien prefiera acabar abrazado a su número de la Seguridad Social.

De pronto lanzó una risita nerviosa y añadió:

– Tú me conoces muy bien, Dani.

– Es que pasamos juntos los años de la Vía Augusta.

– ¿Por qué los recuerdas tanto?

– No sé… Quizá tú misma lo has dicho: los marcos de plata en los que daba la luz. Es una cosa tan sencilla y sin embargo tan llena de sentido para mí… Es la calle ancha y que estaba dominada por la torre, es el rumor de los pájaros en el jardín, con las cenas en el mirador del verano, con Barcelona extendida a los pies. Son tus piernas en la escalera del desván, las piernas más distinguidas y mejor calzadas con que me he encontrado en mi vida, unas piernas nacidas para ir hasta un trono. Y mira que he llegado a ver otras. No quieras saber.

– Deja mis piernas en paz, Dani.

– He querido decir que reflejan tu clase.

– Gracias. Conservar la clase va a ser ahora muy difícil, pero yo la conservaré.

– ¿Sabes qué pienso a veces? Que de las grandes familias ya no van a quedar las casas, ni los retratos, ni los jardines, ni los cenadores de verano. Ni siquiera los panteones van a quedar. Sólo un libro que no se venderá y un nombre esculpido en un árbol. Bueno… quiero decir que adivino que tú estás luchando contra esa corriente universal, contra la cartilla del Seguro, contra la muerte sin nombres. A eso le doy mucho mérito, no sé expresarlo con otras palabras. Y si he hablado de la gran torre de la Vía Augusta es porque al pensar en ella te comprendo a ti. También he hablado de tus piernas, ya lo sé. Pero no imaginarás que haya sido para incluirlas en el precio.

Blanca lo había imaginado. Es más, estaba segura. Pero musitó:

– ¿Cómo iba a pensar una cosa así?

– Bueno… ¡ejem!… También pienso mucho en tu padre, ¿sabes? Tu padre tenía una gran virtud: nunca creaba muerte, creaba vida.

– Es una virtud cada vez más difícil.

– Sí.

– Ahora, en este país, ya nadie crea nada. Y Blanca añadió:

– El tiempo se nos echa encima, Dani. Aún queda mucho para la cita, pero he de organizarme una coartada que sea indestructible. Y tú también debes pensar en eso, te lo repito. Todas las palabras que nos digamos no nos llevarán a nada: ahora hay que actuar.

– Naturalmente, Blanca. ¿Qué coartada has pensado para ti?

– No la tengo demasiado perfilada, porque ya te digo que todo esto ha venido de repente, como un mazazo. Pero de todos modos estoy pensando que es mejor que yo no sepa la tuya y tú no sepas la mía. De esa forma no podemos cometer ninguna indiscreción que haga barruntar a la policía, aunque sea de lejos, que nos hemos puesto de acuerdo en algo.

– Tienes razón, Blanca. Tal como se han planteado esta noche las cosas, quizá sea lo mejor.

– Entonces nos separamos en seguida. Recuérdalo: tres timbrazos y cuelgas si todo ha salido como debe salir. Cinco timbrazos y yo descuelgo si necesitas decirme algo que sea de vida o muerte. Pero sólo en ese caso.

– Bien.

– Cuando todo… haya acabado pasaremos unos días malos, hay que empezar a acostumbrarse a la idea ya desde ahora. Pero tengamos en cuenta los dos que no debemos flaquear, porque nuestra posición será muy sólida. Mientras la policía nos hace la puñeta estará haciendo la puñeta a mucha gente más, a todos los amigos de Eduardo, por ejemplo, el mejor de los cuales merecería estar en Carabanchel. Y si alguien se raja por lo que sea, ése se la carga. Si nosotros dos nos mostramos muy seguros y muy convencidos de nuestra verdad, no nos puede pasar nada. Recuérdalo, Dani. Esa idea la has de tener muy metida en la cabeza cuando te empiecen a molestar.

– Sé muy bien lo que he de hacer, Blanca.

– Perdona, no he querido darte lecciones de nada.

– Tranquila, Blanca… Todo saldrá bien. Y se dieron las manos. Se las estrecharon con fuerza, mirándose a los ojos en la penumbra que llegaba por encima del capó usado, por el parabrisas sucio. Blanca susurró:

– Adiós, Dani. No falles.

– No fallaré.

– Esto por el viejo tiempo. Por los años de la Vía Augusta. Y se subió la falda. Muslos grandes y macizos. Liguero blanco de Íña. Medias negras de puta. Los labios de la mujer apenas se separaron para susurrar:

– Puede que añada algo al precio, Dani. Son cosas que una piensa.

Y bajó del coche antes de que él pudiera hablar, antes de que pudiera mover las manos, antes de que pudiera ordenar los pensamientos. Blanca Bassegoda se perdió en la noche de la ciudad que los suyos habían creado y que sin embargo ya no les pertenecía. Aún llevaba la falda un poco levantada, y eso hizo que se olvidaran de la última cena todos los empleados-jubilación que salían en bloque de una academia para oficinistas reconvertidos.

26. LOS HOMBRES DEL JUICIO FINAL

DANI PONCE condujo con un cuidado exquisito. La autovía de Castelldefels estaba muy concurrida a pesar de la hora, a pesar de la noche, a pesar del invierno, a pesar de la crisis y a pesar sobre todo de que ya ningún barcelonés honrado necesita irse a un hotelito junto al mar para tener un lío con una ex azafata de congresos de UCI o con un camarero de buena conducta. Los otros coches le adelantaban raudos y se adivinaba en la oscuridad la mirada desdeñosa de los otros conductores, tío mierda, que parece que estés parado y haciendo pis por la ventanilla, así se te suba el cristal y te la enganche. Pijo de carretera, que uno va confiado, a lo suyo, a velocidad normal, y de pronto se encuentra dando por detrás a tu matrícula, que además termina en 69, si es que os tenían que meter en la cárcel a todos. Pero Dani Ponce no se movía de su derecha, no adelantaba, no quería cometer la más pequeña trasgresión antes de llegar al lugar previsto.

En las costas de Garraf extremó el celo, pegándose a un camión y formando detrás una caravana desesperante. Hasta que empezó a mirar su reloj y a darse cuenta de que no le quedaba ya mucho tiempo, y hasta que comprendió que era una imprudencia dejar que el coche pegado al suyo se pudiera fijar durante tanto tiempo en el modelo y la matrícula. Nunca se sabe. Sobre todo si luego se daba cuenta de que giraba hacia el solitario cruce de Aiguadoll, un detalle a retener en la memoria.

Unas gotitas de sudor helado empezaron a nacer en sus sienes. Notó también que se le secaba la boca.

Queriendo ser prudente del todo, estaba cometiendo pequeñas imprudencias. Era necesario cambiar de táctica.

Casi al final de las costas de Garraf, se la jugó en dos metros para adelantar al camión y lanzarse por el terreno despejado, dejando atrás la caravana. Sabía que a los otros coches no les quedaba espacio para adelantar, pues ahora la raya continua llegaba casi hasta Sitges, y que por tanto los perdería de vista durante dos o tres minutos. Los suficientes para llegar al cruce y meterse en él sin que nadie supiera si había hecho eso o había seguido recto por la carretera general. Tuvo suerte, porque cuando dobló hacia la izquierda, hacia las soledades de Aiguadoll, las luces del maldito camión que abría la caravana aún estaban en la lejanía.

Entonces Dani se detuvo un momento, paró el motor y la iluminación, respiró hondamente y se agazapó en las sombras como el clásico animal al acecho. Necesitaba centrarse, necesitaba pensar, recuperar la noción de su espacio y de su tiempo en aquel lugar que de noche le resultaba completamente desconocido. Cuando lo hubo logrado en parte, volvió la cabeza y trató de calcular la distancia que había recorrido desde el cruce: unos treinta metros. Estaba, pues, a unos veinte del sitio en el que Eduardo Contreras debía esperar la aparición de su mujer, una mano cerrada para golpear, otra abierta para pedir dinero. Un pensamiento rápido y directo de la cabeza al pene: o llegas a un acuerdo conmigo o te enseño lo que es bueno, nena, dándote por detrás aquí mismo. Pero vas listo, Eduardo Contreras -pensó Dani-, vas a ser tú el que reciba lo suyo por detrás, el que se incline sobre el capó rojo del Porsche, el que lo deje perdido de babas y de sangre, el que acabe besando los neumáticos radiales ancho Special que cuando los viste en un anuncio te la hicieron levantar. Vas a tener la suerte, sin embargo, de morir en un sitio desinfectado y para gente rica, a pocos pasos de un puerto deportivo, de un Mediterráneo para ejecutivos I am the owner, casi tocando con los dedos los yates bautizados con el nombre del notario que protestó la primera letra. Una muerte mejor de la que mereces, después de todo, porque tú ya tendrías que haberla espichado de un sifilazo en el Hospital de Infecciosos media hora después de nacer. Pero qué vamos a hacerle, en este mundo ya no existe ni la justicia histórica.

Daniel Ponce sacó la pistola de la guantera, una pistola que había recorrido toda la geografía social del Barrio Chino barcelonés, pero que no estaba controlada, y la montó dejando una bala en la recámara. Con el arma en la mano acechó a través de la portezuela medio abierta mientras pensaba qué sería mejor: si ir a pie y sorprender a Eduardo dentro de su coche o acercarse tranquilamente como si fuese Blanca que llegaba, esperar a que él viniera y a menos de dos pasos darle su ración desde la ventanilla, zas, zas, directo a la cara, ahí donde las balas hacen daño de verdad, toma, cabrón, y no te disparo al pito porque me das lástima, porque en el fondo te aprecio, porque en el infierno aún puedes encontrar el culo de un ministro que te pida una oportunidad. Decidió que la mejor táctica era la primera, porque con la segunda dejaba a Contreras demasiadas posibilidades de verle.

Salió en silencio del coche. No veía ningún otro vehículo delante suyo, aunque el Porsche tenía que estar a poca distancia. «Claro que en la oscuridad el rojo es de los colores que menos se distinguen -pensó bruscamente-, y además un Porsche no hace precisamente el bulto de un camión trailer.» Pero mientras avanzaba lo vio. Estaba estacionado a la izquierda de la carretera, con las luces de situación apagadas, y en la oscuridad parecía un hermoso animal dormido. «Todo lo haces mal, Eduardo Contreras de las pelotas, que te las das de listo y macho con las mujeres, pero a la hora de la verdad no sirves ni para estacionar un coche de forma que no llame la atención. Podías haberlo situado a la derecha, digo. Pero lo mismo da, cabrón: A ver si después de muerto te clavan encima una multa.» Dani avanzó casi en cuclillas para que no se le pudiese ver por ningún retrovisor, pese a que con la oscuridad eso era muy dudoso. Alcanzó sin hacer el menor ruido la parte posterior del coche. Estaba en el lado izquierdo, por supuesto, ya que por el lado izquierdo tenía que atacar. «Hala, acomódate bien en tu asiento mientras esperas, mamón. Pon la radio para ver si dan algo que interese, hombre. Con un poco de suerte, darán una marcha fúnebre.»

Pegado al flanco del coche trató de ver si el cristal del conductor estaba bajado, lo que le facilitaría las cosas enormemente, porque podría introducir la mano y meter casi el cañón de la pistola en la boca de Contreras, hala, macarra, chupa. El odio de Dani Ponce iba creciendo mientras veía dibujarse en el aire la boca de Blanca, las piernas de Blanca, la promesa de Blanca. Apartó un poco la cabeza, que tenía pegada a la carrocería, para ver si había tenido suerte en el detalle del cristal bajado. Y la tuvo. Eduardo Contreras estaba con la ventanilla abierta, a pesar del invierno, porque así oiría mejor sin duda los pasos de alguien que se acercase. Pero no le había oído a él, lo cual era lógico porque Dani se movía con el silencio de un gato. Supo además que Eduardo se encontraba sentado en el puesto del conductor porque veía sobresalir un poco su codo, descansando en la portezuela. No se oía la radio, claro que no. «Bien pensado, ¿cómo la iba a conectar? Así no podría oír sí se acercaba alguien…

Dani Ponce se dispuso para el salto. Incluso con la ventanilla cerrada el golpe era seguro, porque las balas del nueve largo atraviesan ese tipo de cristales sin desviarse una milésima de milímetro, pero pudiendo tocar a su víctima la cosa se planteaba mejor aún. De modo que contuvo el aliento, calculó cómo había de ser el ademán de su brazo derecho, quitó con precisión el seguro de aleta… ¡y saltó!

Fue como un vuelo de una décima de segundo. Sus músculos obedecieron a la perfección para situarle ante, la ventanilla del Porsche. Para situarle ante el asiento vacío. Ante el falso codo relleno de borra que resbaló suavemente. Ante el abrigo de Eduardo Contreras, pero sin Eduardo Contreras dentro. Todo eso tuvo Dani delante suyo, mientras lanzaba un grito.

Pero peor fue lo que tuvo detrás. Porque detrás tuvo aquel cañón que se empotraba en su nuca.

Y el cuerpo de aquel hombre.

– Suelta tu petardo, cariño -dijo Eduardo Contreras, con voz de marica.

Todo se hizo borroso para Dani Ponce, todo se llenó de oscuridad mientras sentía un espantoso zumbido en las sienes. Durante un segundo que se hizo eterno sus rodillas temblaron al tiempo que el corazón le enviaba una orden, la orden de volverse a vida o muerte y luchar.

Pero el cerebro estaba en blanco, el cerebro no envió ninguna orden a los músculos, que siguieron vibrando. La mano derecha de Dani Ponce se abrió. La pistola cayó al suelo con un chasquido metálico.

A lo lejos se oía el rugido de los camiones que ponían marcha larga al terminar las costas de Garraf. Se oía el bramido del mar, que estaba inquieto esa noche. Y se oía el pitido de algún remoto tren de mercancías que transportaba planchas para la Seat, piezas para la Maquinista, pérdidas para la RENFE. La noche se desperezaba, se alargaba y venía a morir en aquel gran desierto, en aquel gran sollozo que era el cerebro de Dani Ponce.

Este pudo susurrar al fin:

– Todo es un error, Eduardo… Una mala interpretación. Yo sólo he venido a preparar el terreno para que la entrevista se celebre, pero en paz. Dentro de un instante llegará Blanca.

La voz chirrió a su espalda, mientras el aliento cosquilleaba en su nuca:

– ¿Y qué hacías acercándote de esa manera y con una pistola en la mano? ¿Crees que soy idiota?

– Eduardo… Todo tiene una explicación… No sueltes el arma si no quieres… Ya ves: seguirás teniendo todas las ventajas. Pero hablemos…

Fue a volverse. El cañón casi le rompió un pómulo al apretarse contra él y obligarle a volver a su posición primitiva.

La voz dijo con siniestra suavidad:

– Has caído en la trampa, Dani.

– ¿Trampa?… El cerebro de Ponce pareció resucitar con un chasquido, con una serie de lucecitas que se encendían y se apagaban y le enviaban una sola pregunta: «¿Pero es que Contreras sabía que?…»

El camión venía a poca velocidad y aceleró de pronto, con un bramido, antes de meter tercera. Aquel bramido llenó la noche.

Por lo tanto el disparo ni se oyó. No hubo respuesta para Dani. No hubo perdón. La bala le penetró por la nuca y le salió por la boca. Eduardo Contreras lo sostuvo en parte, para que no cayese sobre el Porsche y lo manchara, mientras con la otra mano guardaba el arma. Luego susurró, con la satisfacción del trabajo bien hecho:

– Listo. Y se volvió. Oía los pasos quedos a muy poca distancia. El insolente taconeo femenino se hizo al fin claramente perceptible, porque una señora es una señora en la boutique, en la cama, en el bídé y hasta en una carretera. Una señora es un artículo de reclamo, pero no un artículo de consumo, porque la que lo es de verdad siempre sabe quedar intacta.

Por fin Blanca Bassegoda apareció en aquel limitado círculo donde los dos se podían ver.

– Magnífico, Eduardo, lo has hecho todo tal como convinimos -dijo con voz pastosa.

Eduardo Contreras se limitó a arquear una ceja. No hacía falta que se lo dijeran: sabía que lo había hecho bien. Y señaló el cadáver con un gesto lleno de suavidad, de indiferencia, mientras murmuraba:

– Ahora sólo falta que nos vayamos. A éste lo ha matado Wenceslao Cortadas.

Y besó ansiosamente a Blanca Bassegoda, la besó con fuerza, casi con rabia, envolviéndole el cuello con un brazo y con la otra mano sobándole furiosamente las nalgas.

– Ahora todo es nuestro, nena. Blanca Bassegoda apartó un poco la boca mientras enviaba al aire una sonrisa de porcelana.

– Claro que todo es nuestro, Eduardo, pero no hace falta que te lleves mi culo a casa.

– Esto hemos de celebrarlo, cariño. Hemos de terminar de una vez con esta maldita comedia.

– Al contrario… -Blanca se apartó un paso, evitando rozar al muerto-. Es ahora cuando tenemos que extremar las precauciones para que nadie sospeche. Hazte cargo, Eduardo… Puede tratarse de seis meses más.

– Pero…

– Por favor, Eduardo… Fuiste tú el que lo planeó. No podemos apartarnos ahora un milímetro de tu propio plan, que además es perfecto.Él sonrió mientras abría la portezuela del Porsche, dispuesto a subir. Pero a todos los hombres que aspiran a rozar la inmortalidad sobre el culo de una mujer les gusta demostrar que se lo han ganado, que no hurgan en reconditeces, que no manosean secretos por la gracia divina, sino porque ellos lo merecían desde la primera vez que la futura señora se volvió de espaldas ante el espejo de un tocador. Eduardo Contreras dijo en voz baja:

– Claro que es perfecto. Y las cosas perfectas no pueden ser rápidas: necesitan un tiempo. Mía fue la idea (a veces me parece que hace siglos) de que nos separáramos los dos.

– Y de que nos convirtiéramos en enemigos irreconciliables -dijo Blanca con una estrecha sonrisa.

– Y de que yo te hiciera escenitas en la calle, delante de todo el mundo.

– Eso fue lo más desagradable, Eduardo. Tener que enseñar mi intimidad a gente que no lo merece.

– ¿Crees que fue agradable para mí? ¿Piensas que me divertía? Pero era necesario, Blanca. Como fue absolutamente necesario que fueses a ver a aquel abogado, a Sergi Llor, para pedirle consejo.

– Bueno… En aquel momento no sabía lo que me iba a aconsejar. Tú y yo sólo queríamos tener el día de mañana un testigo, un hombre intachable a toda prueba que acreditase que tú y yo no nos podíamos ni ver, y que por lo tanto era imposible que estuviésemos de acuerdo en nada. Pero además Sergi Llor aún combinó, sin saberlo, las cosas mejor de lo que esperábamos, porque se sacó de la manga a aquel hombre: se sacó al Richard. Al principio me desconcertó un poco, pero comprendí que debía aceptar. Sí yo fingía tener un lío, vivir ya con otro hombre, ¿quién sospecharía jamás que tú y yo estábamos de acuerdo para llevar adelante esto? ¿Quién?

Eduardo Contreras asintió con un movimiento de cabeza que fue visible en aquella relativa oscuridad. Sin apartar la mano de la portezuela del coche, murmuró:

– Creo que los dos lo hemos hecho muy bien, cariño. Hasta me gustaría que tu padre lo viese, él que siempre dijo que yo no tenía ninguna idea. ¿Y la idea de resucitar a Cortadas? ¿Qué? ¿La podía tener un hombre que no pensase? Wenceslao Cortadas era una pieza fundamental, sin la cual faltaría siempre lo más importante, lo más decisivo que es un culpable. Pero resucitar a un tipo así requería una cierta espectacularidad, una cierta orfebrería. No olvidé en ningún momento que Wenceslao Cortadas había sido un artista y además un loco. Cuando dos defectos semejantes, cuando dos inutilidades como ésas se dan juntas en un hombre, no se le puede hacer resucitar en plan de funcionario del Censo o de vendedor de cupones de la ONCE. Hay que hacer algo notable, algo grande. Y había que hacerlo en un determinado sitio, en unas determinadas fechas y para una determinada persona, la única que podía recordar quién era Wenceslao Cortadas y dar estado oficial a la idea de que aún vivía.

– Una mujer llamada Olvido, la juez que tiene en depósito los bienes de mi padre y que además conoce bien la historia de la familia.

Blanca Bassegoda había movido sinuosamente los labios al decir eso, mientras asomaba por entre ellos el borde prometedor de una lengua. Eran unos labios como para ser besados, dañados, mordidos, humillados, paseados por las pieles más sensibles y obscenas de un hombre. Pero Eduardo Contreras no pareció pensar en eso, sino en algo muy lejano y muy concreto, cuando musitó:

– Comprendí que Olvido recordaría en seguida a Wenceslao Cortadas y creería a pies juntillas que aún estaba vivo cuando se encontrara en su propia casa con el pecho de aquella niña.

– Fue desagradable -dijo Blanca, con un gesto lleno de piedad hacia el mal gusto de los otros-. Muy desagradable.

– De acuerdo, pero lo hice todo yo. Tú no tuviste que mancharte las manos.

– ¿Cómo voy a discutir todo lo que tú has hecho por mí, Eduardo? ¿Y cómo voy a olvidarlo?

– El caso era que ya teníamos un culpable. Y nada menos que un juez dispuesto a decidir que ese culpable debía ser detenido y aconsejado sobre sus derechos humanos. Lo que no calculamos fue que por aquellas fechas podía estar en Sant Salvador ese guarro de Méndez, el policía ladillero, dispuesto a decidir también que el culpable debía ser detenido, castrado, agarrotado en una letrina, troceado, servido bien flambé en un restaurante de cuatro tenedores y luego, eso sí, aconsejado sobre sus derechos humanos. He observado que para Méndez el orden de los acontecimientos no tiene que ser forzosamente el que marca la rutina. Y confieso que al principio me asusté un poco, porque un policía en el escenario te puede hacer polvo todas las delicadezas de la tramoya. Luego me di cuenta de que en realidad era un factor favorable más. Tendríamos un nuevo testigo de excepción si lográbamos convencer también a Méndez de que Wenceslao Cortadas vivía.

– De eso se encargó la propia Olvido. Ella fue la que ató cabos y le enseñó el retrato de Nuria.

Estaban los dos quietos bajo la noche, casi rozando al muerto, a cincuenta metros escasos del cruce por donde circulaban camiones llenos de vida. «Si aún agarro abierto el puticlub de El Vendrell vas a ver tú.» Los camiones aceleraban la marcha, perforaban la negrura del invierno donde aún había luces de neón, copas de madrugada, pechos algo caídos de mujer que sabía decir que sí mientras escribía cartas al hijo que tenía en la mili. La cabeza de Blanca Bassegoda, al girar de izquierda a derecha, pareció borrar de un plumazo todo aquel mundo que no le interesaba.

La voz pastosa de Eduardo Contreras llegó hasta ella. Eduardo Contreras había perdido la idea de la urgencia, la noción del tiempo que pasa. Se estaba complaciendo en sus propios recuerdos.

– A Méndez también se le podía convencer de que Wenceslao Cortadas vivía y seguía descargando su odio -dijo-. Ése fue mi papel, un papel de verdad peligroso, pero en el que creo que no cometí un fallo. Por ejemplo ir disfrazado a aquel bar donde él tiene alquilada una habitación. Citarle en la Avenida del Tibidabo. Disparar contra él, aunque sin intención de darle, con una vieja arma de Cortadas que teníais en tu casa, entre los recuerdos de Nuria. Sabía muy bien que las balas, empotradas en el muro, serían extraídas y analizadas, hasta averiguarse con qué arma fueron disparadas. Y la de Wenceslao Cortadas era un arma registrada, aunque nunca devuelta a la Guardia Civil: por lo tanto el autor del intento de homicidio había sido él. Por lo tanto estaba más loco que nunca. Y por lo tanto vivía. Esas eran las deducciones lógicas.

Las manos de Contreras acariciaron el coche, sus nalgas de acero, sus tetas antiniebla, los cuentaorgasmos del tablier. Fue a meterse en él, en el símbolo de su éxito que no había hecho más que empezar.

Pero Blanca dijo con voz opaca:

– Parece como si olvidases todo lo que hice yo, Eduardo. No fue fácil. Por ejemplo llevarme el cuadro de la tieta Nuria, aquel de la ventana, que estaba en el terrado de la pensión de la Plaza Real. Así Méndez tendría la sensación de que el pintor lo había recuperado.

– Disponías de la llave de Nuria. Aún servía. Ella siempre pudo entrar y salir del estudio de Cortadas.

– Es verdad. No resultó tan complicado, después de todo. He de reconocerlo. En cambio lo de seguir a Méndez a todas partes para controlar sus movimientos sin que él lo notase lo hiciste muy bien. Supiste que había estado en aquel restaurante de la calle de Aribau, buscando a Cortadas, lo cual significaba que había mordido el cebo. Él y Olvido creen firmemente que el loco de Cortadas vive y es el autor de todo esto, y cuando descubran el cadáver de Dani muerto por una de las balas que ya conocen, tendrán la confirmación de que siguen el buen camino. Por cierto… Cuida bien esa pistola, porque nos puede ser útil en otra ocasión. Por ejemplo para acabar con Carlos Bey, el único que queda. Pero la que llevaba Dani la haré desaparecer yo. No conviene que la policía la encuentre aquí y empiece a seguirle la pista.

Y se inclinó para recogerla del suelo. Sintió la mano de Eduardo en su nuca, la fuerza sobre su cabeza, la aproximación al humillante al punto donde él tenía su dominio. «No, eso no…» Los ojos de Blanca Bassegoda taladraron la noche.

– Basta, Eduardo.

– Tienes razón. A veces me haces perder la cabeza.

– Aún hemos de conservar la serenidad. Esto no ha terminado, Eduardo, aunque hayamos entrado ya en la recta final. Tenemos para nosotros la parte de Dani, que no era poca cosa. Nos queda por recuperar la parte de Carlos Bey, la que Carlos Bey tiene que repartir. No se le puede convencer de que renuncie a esa estúpida obligación a cambio de una compensación económica. Se lo he insinuado un par de veces, pero ni que estuviera viviendo en las estrellas. Por lo tanto los dos sabemos que no habrá más remedio que hacer actuar a Wenceslao Cortadas por última vez. Cortadas tendrá que matarle.

– Lo he intentado un par de veces más-. Una en la torre de la Vía Augusta, otra en un almacén de chatarra de la Zona Franca. Pero ese tío tiene suerte. No comprendo aún cómo puede estar vivo.

Blanca, que ya se había puesto en pie, movió la cabeza obstinadamente de un lado a otro.

– Pues yo no estoy dispuesta a renunciar a una parte tan importante de mi dinero por un capricho de mi padre y por la obstinación de ese metafísico -dijo bruscamente.

– No renunciaremos, Blanca. La próxima vez no fallaré. Claro que Dani creyó que tampoco fallaría en el parking, ¿eh? Tuvo gracia.

– Porque te avisé de lo que había preparado -dijo Blanca Bassegoda con otra de sus sonrisas de porcelana-. Te bastaba con aparcar de cara y salir de prisa. Y él empeñado en buscar un sitio seguro para matarte. Nunca llegó a sospechar que de lo que se trataba era de llevarle como un pajarito al lugar que tú habías elegido para matarle a él.

Y lanzó una carcajada. Una carcajada suave, apenas audible, elegante, discreta, dotada de todas las delicadezas de la nocturnidad.

Una carcajada de mujer que nunca se pondrá de rodillas para que le empujen la cabeza. Pero que entre dos sorbos de té, en una tarde que muere, puede insinuar que lo está deseando.

Luego su boca se dobló, su carcajada fue muriendo. Sus ojos se hicieron pequeños, duros, hostiles, en la remota luminosidad que llegaba de la playa.

– A veces aún me hace daño -musitó.

– ¿Qué?

– Tu golpe en el pecho. El que me diste en la escalera del despacho de Dani, durante la escenita que tuvimos que hacer para que a él le pareciese normal que yo le propusiera matarte.

– Sabes que lo hice sin querer, Blanca… Además no era normal que te doliese. No te di fuerte, ni mucho menos, pero… pero lo siento. De verdad: lo siento.

Ella musitó:

– Ya no tiene importancia. Y le señaló el coche.

– Bueno, hemos perdido demasiado tiempo aquí, cariño. Casi cinco minutos. Aunque este sitio esté muy bien elegido, hemos de irnos cuanto antes de aquí. Tú primero, como estaba convenido, y en dirección a Sitges. Yo un poco después, en dirección a Barcelona. Hala, sube.

Y sus ojos le volvieron a mirar fijamente. Temblaron un momento sus labios. La caricia de la lengua se insinuó en los bordes de su boca.

– Blanca…

– ¿Qué?

– Un último beso. No vamos a separarnos así.

– Pues claro que no, cariño. El camión también metía tercera y aceleraba al terminar la curva. También iba hacia las profundidades del sur, hacia los pueblos blancos donde ya no hay casas blancas y hacia las playas de pescadores donde ya no queda un pescador. También su estruendo llenó la noche.

Y por eso no se oyó el disparo hecho con la pistola de Dani, la que Blanca acababa de recoger de tierra.

Eduardo Contreras se estremeció alcanzado en el vientre, al tiempo que abría la boca en un gemido inútil, en un estertor, al tiempo que sus rodillas se doblaban y llevaba las manos a la horrible brecha. Mientras le parecía que iba perdiendo estatura, que todas las cosas se hacían más grandes y más confusas ante él, miró a Blanca.

– Pero tú… -balbució. Vio los ojos pequeños y duros. La boca carnosa. La caricia insinuada de la lengua. Blanca la movió para decir con un hilo de voz:

– Siento hacerte sufrir pero necesito emplear dos balas de la pistola de Dani. La policía tiene que creer que él te disparó primero en el vientre y luego en el corazón, teniéndote de frente, y que en seguida trató de huir en tu propio coche pero al darte la espalda tú aún pudiste hacer el último esfuerzo de dispararle a la nuca. El forense os dará por muertos prácticamente a la misma hora, y la verdad es que no se equivocará. Con la única diferencia de que el disparo sobre Dani tú ya lo has hecho, cariño. Ya has hecho el trabajo.

Y apretó el gatillo de nuevo. Ahora al corazón, Todo el cuerpo de Eduardo Contreras sufrió una brutal sacudida antes de caer a menos de un metro del de Dani Ponce.

Blanca Bassegoda hizo entonces lo más sencillo, lo que ya tenía previsto hacer puntualmente: limpió sus huellas de la pistola de Dani y se la puso en la derecha a éste. Quedó de espaldas a Eduardo Contreras, como si hubiera intentado huir en el momento de recibir el balazo en la nuca, y faltando en el cargador de su arma las dos balas que Contreras tenía alojadas en el cuerpo. De sobras podría dictaminar el forense que la primera, la del vientre, no era mortal y que la segunda, la del corazón, podía haberle permitido el último esfuerzo de apretar el gatillo a su vez. Blanca estaba ya reconstruyendo los hechos con la precisión de un orfebre, con la meticulosidad de uno de los viejos contables de su padre. Luego no le quedó más trabajo que sacar el arma de Cortadas, que Contreras tenía ya en uno de sus bolsillos, limpiar también las huellas y colocarla entre los dedos del segundo muerto. Sus gestos estuvieron llenos de delicadeza, rozaron casi la perfección con que las damas de otro tiempo tomaban la Flor Natural de manos de los poetas.

Por fin se dirigió a su propio coche, estacionado detrás de los otros dos y a poca distancia del cruce. Hizo maniobra para ponerlo de cara a la carretera general sin encender las luces, aunque sabía que eso era peligroso. Si se salía de la zona asfaltada y el coche volcaba o se averiaba, todo podía irse al diablo. Pero era un peligro previsto y que tenía que correr.

Lo superó felizmente. No en vano había ensayado dos veces allí, a la luz del día, y tenía las distancias clavadas en la memoria. Salió del cruce como un fantasma, sin posibilidad de que nadie la viese, cuando no llegaba ningún vehículo ni por un lado ni por otro. Unos quince o veinte metros más allá, en dirección a Barcelona, encendió las luces normalmente. Dos vehículos que la rebasaron poco después, ni siquiera se fijaron en ella.

Blanca Bassegoda puso la radio. A aquella hora aún transmitían los de Nacional Dos, frecuencia modulada. Música un poco cargante, música barroca para ayudar a dormir a los que no pueden. Ésa debería figurar también entre las obras de caridad, pensó Blanca. Era extraño que no se le hubiese ocurrido a nadie.

27. EL REGRESO

BLANCA BASSEGODA sabía que los periódicos de la mañana no podían publicar ninguna noticia sobre la doble muerte del cruce de Aiguadoll, porque sus ediciones ya tenían que estar en las rotativas cuando todo aquello sucedió, y porque lo normal era que los cadáveres no fuesen descubiertos hasta algo después del amanecer. Por lo tanto la noticia no podría aparecer, como mínimo, hasta la segunda edición de El Noticiero, que se cierra sobre el mediodía.

Sin embargo leyó todos los de la mañana apenas recibirlos. Su padre había estado suscrito desde siempre a La Vanguardia, El Correo Catalán y Diario de Barcelona, rotativos venerables, centenarios, cuyas páginas y cuyas redacciones venían desde más allá de las sombras de la historia. Ella se había suscrito a El Periódico y a El País, rotativos de la transición y sin armarios cerrados donde se custodiaba el tiempo. Por lo tanto eran cuatro los diarios que se recibían en la Avenida de Pearson, porque ahora el Diario de Barcelona, el más venerable de todos, había muerto de una forma silenciosa, semiclandestina, había sufrido una muerte municipal sin que una sola cara de la ciudad se conmoviese. Y ninguno de aquellos cuatro periódicos daba la noticia.

Blanca encendió un cigarrillo. Sobre el jardín de la casa pesaba una neblina baja y gris. Desde las ventanas no se divisaba la Barcelona tendida a sus pies, por un lado, ni por el otro las alturas de San Pedro Mártir. Había llovido antes del amanecer y los neumáticos de los coches producían un chirrido en la curva. Un travestí desgraciado que quizá no había hecho nada en toda la noche aún estaba allí, en la acera, ofreciendo a los automovilistas que pasaban la felicidad a todo riesgo.

En fin, la ciudad estaba en marcha. Blanca dio una larga chupada al cigarrillo. Las salpicaduras de la ciudad no llegarían nunca a aquella casa, como no habían llegado a casa de su padre. La mujer notó una sensación confortable que le subía por la espalda y daba a sus ojos la serenidad que es el secreto de los cuadros donde hay damas inmortales. Pero aun así una arruga vertical aparecía a intervalos en su frente, partiéndola en dos, haciendo que sus cejas se contrajesen, que formaran una sola línea cerrada y hostil, como una barrera puesta a los pensamientos que llegaban de algún sitio que ella no amaba, desde algún punto del aire que estaba fuera de la casa.

Al fin se decidió y marcó un número en el teléfono, tras dejar el cigarrillo.

– ¿Doctor Clavería?… Hola, celebro encontrarle… Soy Blanca Bassegoda… Bien, ¿y usted?… En fin, del todo bien no. Hay una cosa que me preocupa, y quisiera consultarle… ¿Puede recibirme ahora?… ¿No? ¿Imposible? ¿Esta tarde, pues?… De acuerdo, descuide. A las cinco en su casa.

Colgó. Sus ojos siguieron fijos en la ventana, en la neblina baja, en la mañana de invierno, en el milagroso travestí que por fin había encontrado un alma buena, llévame al final de la carretera, amor, que te voy a hacer un extra, que hasta el coche va a temblar, pero págame antes, vida, que por aquí hay mucho cabrón suelto, págame, cariño mío, o me cago en tus muertos.

Blanca Bassegoda encendió un nuevo cigarrillo. Empezaba a llover con fuerza. El mar, a lo lejos, debía de lanzar su bramido lento sobre las playas solitarias. Las casas de Sitges, apenas debían de ser visibles desde la carretera. A aquella hora los pequeños yates anclados en Aiguadoll bailarían en la mar picada y perderían entre la lluvia sus colores de verano, la alegría de sus mástiles nacidos para el domingo, la gracia de sus popas marcadas con un nombre de mujer. A aquella hora se debían de oír también, desde el puerto, las sirenas de las ambulancias rasgando la niebla.

Todo marchaba bien. El mundo seguía girando de acuerdo con una lógica que sólo unos cuantos pueden dominar.

Blanca dejó el segundo cigarrillo. La arruga vertical en su frente. La radio. Bueno, la radio puede dar las noticias antes, no está sometida, como los periódicos, a la tiranía de las horas de cierre, a los trámites de la confección, al ruidoso girar de las bobinas en un rincón de la noche. La radio ya hablaba de los dos muertos, de su identificación, de la llegada del juez y del traslado bajo la lluvia. Blanca Bassegoda apretó los labios, pensó ahora la visita a la Morgue, ahora la policía que no sabe qué decirte, los entierros, las lágrimas ante Dani, porque a Dani todo el mundo sabe que lo habías de querer. Ahora los pésames obligados, los parientes a los que no has visto nunca, salidos de oscuros rincones a los que sería de buen gesto que volvieran cuanto antes, en espera de una muerte piadosa. Ahora llega tu segunda fase, Blanca Bassegoda, tu momento de gloria para la Comedie Française.

Se puso en pie. La llamarían de un momento a otro, seguro que sí. Y convendría que la viesen arreglada, digna, activa, sin ojeras y sin cara de sueño. La cara de sueño podía ser contra ella una prueba que no se podía permitir. Fue al cuarto de baño con paso decidido.

Y entonces lo vio. Estaba quieto junto a una de las puertas. Llevaba caspa en las solapas. Libros en los bolsillos. Una mancha de ceniza en la corbata. Una mancha de carmín en la mejilla derecha. El labio inferior partido de un puñetazo.

– Perdone, pero el beso y el sopapo me los ha dado el mismo travestí -explicó Méndez-. Después de ponerse cariñoso en plan nos casamos mañana, en plan nos fugamos a Albacete, no he querido pagarle lo que me pedía. Y entonces no veas.

Blanca Bassegoda le miró con desdén desde su altura, desde el fondo de la grandeza de la casa. Con voz opaca preguntó:

– ¿Quién le ha dejado entrar?

– Bueno, me parece que entre nosotros dos no hacen falta demasiadas presentaciones. Usted es Blanca Bassegoda, hija única del señor Óscar Bassegoda. Yo soy el policía Méndez, del que en las crónicas de sociedad no existe la menor noticia que merezca ser tenida en cuenta.

Ella apretó los labios.

– Acabo de preguntarle que quién le ha dejado entrar.

– El servicio que está a las pertinentes órdenes de usted, naturalmente.

– Eso lo voy a arreglar yo en seguida. ¿Por qué le han dejado pasar?

– Por la placa. No es mérito mío, ¿sabe? Es sólo de la placa de policía. Por algo en los medios del hampa la llaman «La Milagrosa».

Blanca se estremeció un momento, sólo un momento. Luego preguntó con voz tranquila:

– ¿Qué quiere?

– Veo que tiene usted una radio en la habitación, señora. Seguramente apagada y todo.

– La tengo. Y supongo que alguien se ha molestado en apagarla. ¿Qué pasa?

– ¿La ha oído? Blanca Bassegoda decidió decir la verdad. La experiencia, y sobre todo su padre, y sobre todo los políticos le habían enseñado que las pequeñas verdades tienen un gran valor, porque hacen creíbles las grandes mentiras. Por eso se dejó caer en una butaca mientras susurraba:

– Sí… Acabo de oírlo… Lo de mi marido y lo del pobr