/ Language: Español / Genre:thriller

Yo soy Dios

Giorgio Faletti

Un asesino en serie tiene en vilo a la ciudad de Nueva York. Sus acciones no entran en los esquemas conocidos por los criminalistas. No elige a sus víctimas. No las mira a los ojos mientras mueren… No elimina a una persona en cada asesinato. Golpea masivamente. La explosión de un edificio de veinte plantas, seguida del descubrimiento casual de una vieja carta, conduce a la policía a enfrentar una realidad espantosa… Y las pocas pistas sobre las que los detectives trabajan terminan en callejones sin salida: el criminal desaparece como un fantasma. Vivien Light, una joven detective que esconde sus dramas personales detrás de una apariencia dura, y un antiguo reportero gráfico, con un pasado que prefiere olvidar, son la única esperanza para detener a este homicida. Un viejo veterano de guerra llevado por el odio. Un hombre que se cree Dios.

Giorgio Faletti

Yo soy Dios

Para Mauro, por lo que resta del viaje

Me siento como un autoestopista sorprendido por una granizada en una autovía de Tejas.

No puedo escapar.

No puedo esconderme.

Y no puedo hacer que pare.

Lyndon B. Johnson

Presidente de Estados Unidos

OCHO MINUTOS

Empiezo a caminar.

Camino despacio porque no necesito correr. Camino despacio porque no quiero correr. Todo está previsto, hasta el tiempo de mis pasos. He calculado que me bastan ocho minutos. En la muñeca llevo un reloj barato y algo pesado en el bolsillo de la chaqueta. Es una chaqueta de tela verde, y en la parte frontal, sobre el bolsillo, sobre el corazón, antaño hubo cosida una tira con una graduación militar y un nombre. Pertenecía a una persona cuyo nombre se ha desteñido, como si su cuidado hubiera sido confiado a la memoria otoñal de un anciano. Sólo queda una ligera huella más clara, un pequeño cardenal sobre la tela, superviviente después de miles de lavados cuando alguien

¿quién?

¿por qué?

Arrancó esa tira y llevó el nombre a una tumba, en primer lugar, y después a la nada.

Ahora es una chaqueta y nada más.

Mi chaqueta.

He decidido ponérmela cada vez que salga para mi breve caminata de ocho minutos. Pasos que se perderán como murmullos entre el fragor de los millones de pasos dados cada día en esta ciudad. Minutos que se confundirán, como si fueran brumas del tiempo, serpentinas sin color, un copo de nieve sobre un campo nevado, el único copo diferente de los otros.

Debo caminar ocho minutos con paso regular para estar seguro de que la señal de radio tenga suficiente potencia para cumplir con su cometido.

En algún lugar he leído que si el sol se apagara de golpe, su luz persistiría sobre la tierra durante ocho minutos antes de precipitarlo todo en la oscuridad y el frío del adiós.

A veces me acuerdo de eso y me dan ganas de reír. Solo, entre la gente y en medio del tráfico, la mirada dirigida al cielo, con la boca abierta en una acera de Nueva York para sorpresa de un satélite espacial, me río. A mi alrededor muchas personas se mueven y miran a ese tipo, de pie en la esquina, que ríe como un demente.

Quizás haya quien piense que está realmente loco.

Y también hay quien se para y por un instante se une a mi carcajada, pero después se da cuenta de que no sabe qué la produce. Río hasta las lágrimas por la increíble e irrisoria vileza del destino. Algunos hombres han vivido para pensar y otros no pudieron hacerlo por estar obligados a la exclusiva tarea de sobrevivir.

Y otros a morir.

Una fatiga sin remisión, un estertor sin aire que aspirar, un signo de interrogación llevado sobre la espalda como el peso de una cruz, porque la ascensión es una enfermedad sin fin. Y nadie ha encontrado el remedio por una sencilla razón: no hay remedio.

Yo sólo hago una propuesta: ocho minutos.

Nadie entre las personas que se inquietan a mi alrededor conoce el momento en que comenzarán estos ocho minutos.

Yo sí.

Muchas veces tengo el sol en mis manos y puedo apagarlo cuando quiero. Alcanzo el punto que para mi paso y mi cronómetro representa la palabra, aquí, meto la mano en el bolsillo y mis dedos rodean un pequeño objeto, sólido y conocido.

Mi piel contra el plástico es una guía segura, un sendero para recorrer, una memoria vigilante.

Encuentro el botón y lo oprimo con delicadeza.

Y otro.

Y otro más.

Un instante o miles de años más tarde, la explosión es un trueno sin tormenta, en la tierra cobijada por el cielo, un momento de liberación.

Después, los alaridos y el polvo y el estruendo de los coches que chocan, y las sirenas que me avisan que para mucha gente los ocho minutos han pasado.

Éste es mi poder.

Éste es mi deber.

Éste es mi deseo.

Soy Dios.

MUCHOS AÑOS ANTES

1

El techo era blanco, pero para el hombre yacente en la camilla estaba lleno de imágenes y espejos. Las mismas imágenes que lo atormentaban cada noche desde hacía meses. Los espejos eran los de la realidad y la memoria, donde seguía viendo el reflejo de su cara.

Su cara de ahora, su cara de antes.

Dos figuras diferentes, la trágica magia de la transformación, dos peones que en su recorrido habían marcado el inicio y el fin de ese largo juego de sociedad que había sido la guerra. Habían participado muchos jugadores, demasiados. Algunos se habían quedado quietos por un tiempo, otros para siempre.

Nadie había ganado. Nadie, ni de una parte ni de la otra.

Pero a pesar de todo, él había vuelto. Había salvado la vida y la respiración y la posibilidad de mirar, pero había perdido para siempre el deseo de ser mirado. Ahora, para él, el mundo no llegaba más allá de su propia sombra y como castigo debería seguir corriendo hasta el fondo de la existencia, huyendo de algo que traía consigo, pegado como un anuncio en una pared.

Detrás de él, el coronel Lensky, el psiquiatra del ejército, estaba sentado en una butaca de cuero, una presencia amistosa aunque de su función había que defenderse. Hacía meses, tal vez años, en realidad siglos, que se encontraban en esa habitación que no lograba eliminar del aire y de la mente el leve olor a óxido que se respira en cualquier ámbito militar. Aun cuando no se trataba de un cuartel sino de un hospital.

El coronel tenía poco pelo y voz serena, y a primera vista recordaba más a un capellán que a un soldado. A veces vestía uniforme pero casi siempre iba de paisano. Ropa normal, colores neutros. Un rostro sin identidad, como el de esas personas con que nos cruzamos y a continuación olvidamos.

Que queremos olvidar enseguida.

Además, durante ese tiempo había escuchado su voz mucho más que visto su cara.

– Bueno, saldrás mañana.

Esas palabras contenían el sentido terminante de la despedida, el ilimitado valor del alivio, el significado inexorable de la soledad.

– Sí.

– ¿Estás preparado?

«¡No!-le habría gustado gritar-. No estoy preparado, como no lo estaba cuando empezó todo esto. No estoy listo ahora, y no lo estaré nunca. No lo estoy, después de haber visto lo que he visto y haber vivido lo que he vivido, después de que mi cuerpo y mi cara…»

– Lo estoy.

Su voz sonó calma. O tal vez sólo se lo pareció al pronunciar aquella frase que lo condenaba al mundo. Y si no lo había sido, seguro que el coronel prefería pensar que sí lo era. Como médico y como hombre, el coronel prefería creer que había cumplido con su deber, antes que admitir su fracaso. Estaba dispuesto a mentirle al paciente como se mentía a sí mismo.

– Entonces, muy bien. Ya he firmado los documentos.

El cabo Wendell Johnson oyó el crujido de la butaca y el roce de los pantalones del coronel cuando éste se levantaba. No se sentó en la camilla, sino que se quedó inmóvil. Por la ventana que daba al parque veía la fronda verde de los árboles y también fragmentos de cielo azul. Pero, desde donde estaba, no llegaba a ver lo que habría visto de haberse asomado. Sentados en bancos, o inmovilizados por el auxilio hostil de una silla de ruedas, de pie bajo los árboles y dependientes de los pocos y frágiles movimientos que solían definirse como autosuficientes, había otros hombres como él.

En el momento de partir los llamaban soldados.

Ahora los llamaban veteranos.

Una palabra sin gloria que, más que atención, provocaba silencio.

Una palabra que decía que eran supervivientes, que habían salido vivos del pozo infernal de Vietnam, donde nadie sabía qué pecado podía expiar, aun cuando todo lo que los rodeaba fuera una demostración de cómo hacerlo. Eran veteranos y cada uno llevaba encima, de modo más o menos evidente, el peso de su redención personal, que empezaba y terminaba en los confines de aquel hospital militar.

Antes de acercarse, el coronel Lensky esperó a que su paciente se levantara y se volviera. Le tendió la mano y lo miró a los ojos. El cabo Johnson advirtió el esfuerzo del coronel por evitar que su mirada se posase en las cicatrices que le desfiguraban la cara.

– Que tengas suerte, Wendell.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

«Pero un nombre no es una persona», pensó.

Por ahí había muchos nombres, grabados en tumbas coronadas con cruces blancas, colocadas en fila con la precisión de un relojero. Eso no cambiaba nada. No servía pará devolver la vida a esos muchachos, para quitar de sus pechos inertes el número asignado, que era como una medalla en honor de las guerras perdidas. Él siempre sería sólo uno entre otros. Había conocido a muchos como él, soldados que reían, se movían y fumaban porros o se chutaban heroína para olvidar que tenían en el pecho, todo el tiempo, la retícula de la mira de un arma. La única diferencia entre ellos era que él todavía vivía, aunque sintiera que también estaba debajo de una de esas cruces. Todavía estaba vivo, pero el precio que había pagado por esa insignificante diferencia había sido un salto en el grotesco vacío de la atrocidad.

– Gracias, señor.

Se volvió y fue hacia la puerta. Sentía en la nuca la mirada del doctor. Hacía tiempo que no empleaba el saludo militar. No se le exige a quien está siendo reconstruido trozo a trozo, en el cuerpo y la mente, con el objetivo de que recuerde durante el tiempo que le quede. Y el resto de la misión estaba cumplido.

«Que tengas suerte, Wendell.»

Que en realidad quería decir: es asunto tuyo, cabo.

Recorrió el pasillo verdoso, pintado con esmalte brillante hasta la altura de la cabeza, y a partir de allí con una pintura normal, opaca. La incierta luz que dejaba pasar la pequeña claraboya le traía el recuerdo de algunos días de lluvia en la selva, cuando las hojas eran tan brillantes como un espejo y la parte oculta parecía hecha de sombras. Sombras entre las que, en un momento u otro, podía asomar el cañón de un fusil.

Salió al exterior.

Fuera había diferentes árboles, y estaban el sol y el cielo azul. Árboles fáciles de aceptar y de olvidar. No eran pinos manchados ni bambú ni manglares ni manchas acuáticas de plantaciones de arroz.

No era dat-nuoc.

Una palabra que le reverberó en la cabeza, algo gutural cuando se pronunciaba bien. En la lengua que se hablaba en Vietnam quería decir «país», aun cuando una traducción literal sería «tierra-agua», un modo muy realista de denominar la esencia de aquel territorio. Para cualquiera era una imagen idílica, siempre que no se tuviera que trabajar con la espalda doblada o caminar cargando con una mochila y un MI6.

Ahora, la vegetación que lo rodeaba significaba «casa». Pero no sabía con exactitud qué lugar darle a ese nombre.

El cabo sonrió porque no encontraba otro modo de expresar su amargura. Sonrió porque era un gesto que ya no le causaba dolor. La morfina y las agujas hipodérmicas eran ya un recuerdo casi desteñido. Pero no el dolor, eso quedaría como una mancha blanca en la memoria cada vez que se desnudara ante un espejo o en vano intentara pasarse los dedos entre el cabello, encontrando sólo el áspero tacto de las cicatrices y marcas de quemadura.

Caminó por el sendero sintiendo el crujir de la grava bajo los pies, dejando a sus espaldas al coronel y todo lo que significaba. Se encontró con la cinta de asfalto de la calle principal y dobló a la derecha, dirigiéndose sin prisa a uno de los edificios blancos que destacaban en el parque. Allí se alojaba.

Desde el principio hasta el fin, ese lugar contenía toda la ironía de los hechos.

La historia se estaba cerrando donde había comenzado. Pocos kilómetros más allá estaba Fort Polk, el campo de adiestramiento superior antes de la partida hacia Vietnam. Al llegar encontrabas un grupo de muchachos que alguien había sustraído de su vida por la fuerza, con la pretensión de convertirlos en soldados. La mayoría de esos muchachos nunca había salido del estado donde vivían, y algunos ni siquiera del condado natal.

«No te preguntes lo que tu país puede hacer por ti…»

Nadie se lo preguntaba, pero tampoco estaba preparado para asumir lo que su país le pedía.

En el interior del cuartel, en la parte sur, habían reconstruido una aldea vietnamita en sus mínimos detalles. Techos de paja, madera, bambú y ratán. Herramientas y utensilios raros. Caras de instructores con aspecto asiático que eran, por nacimiento, más norteamericanos que él. No encontró ninguno de los objetos o materiales a los que estaba acostumbrado. Sin embargo, en aquellas construcciones, en esas expresiones metafísicas de un paraje lejano, a miles de kilómetros, había al mismo tiempo una amenaza y un aspecto cotidiano.

«Así son las casas de Charlie», le había dicho el sargento.

Charlie era el mote con que los soldados estadounidenses se referían al enemigo. El entrenamiento empezó y terminó. Les habían enseñado todo lo que debían saber. Pero lo habían hecho deprisa y sin demasiada convicción; claro, convicción había poca en aquellos tiempos. Cada uno tendría que haberse enseñado a sí mismo y por su cuenta, sobre todo a distinguir entre las caras idénticas que lo rodeaban quién era un vietcong y quién un campesino sudvietnamita amigo. La sonrisa con que se acercaban era la misma en ambos casos, pero lo que llevaban consigo podía ser muy diferente. Tal vez una granada.

Como en el caso del hombre negro que en ese momento se acercaba, empujando las ruedas de una silla con sus fuertes brazos. Entre los veteranos del hospital, a la espera de reconstrucción, era el único con quien Wendell había entablado amistad.

Jeff B. Anderson, de Atlanta. Había sido víctima de un atentado en Saigón cuando salía de un prostíbulo. A diferencia de quienes lo acompañaban, había sobrevivido, pero paralizado de la cintura hacia abajo. Ninguna gloria, ninguna medalla. Sólo curaciones y vergüenza. Pero en Vietnam la gloria era un hecho casual, y las medallas muchas veces no valían ni el metal con que estaban hechas.

Jeff detuvo la silla de ruedas apoyando las manos en el caucho.

– Hola, cabo. He oído cosas raras sobre ti.

– En este lugar, muchas de las cosas que se dicen suelen ser verdad.

– Entonces es cierto. ¿Vuelves a casa?

– Sí, vuelvo a casa.

La siguiente pregunta llegó tras una fracción de segundo, algo tan breve como interminable, porque era una pregunta que Jeff se había hecho a sí mismo muchas veces.

– ¿Podrás?

– ¿Y tú?

Ambos prefirieron no dar una respuesta y dejar al otro la facultad de imaginarla. El silencio entre ellos era el resumen de muchas conversaciones anteriores. Habían tenido muchas cosas de las que hablar, otras tantas que maldecir, y lo que ahora no decían era la síntesis.

– No sé si envidiarte -dijo Jeff.

– Si te interesa saberlo, yo tampoco lo sé.

El hombre de la silla de ruedas contrajo la expresión. Las palabras salieron de sus labios con la voz quebrada por una cólera tardía e inútil.

– Si sólo hubieran bombardeado esos malditos diques… -Jeff dejó la frase truncada. Sus palabras evocaban espectros que muchas veces ambos habían tratado de exorcizar sin lograrlo.

El cabo Wendell Johnson sacudió la cabeza.

Lo que se había hecho era parte de la historia, y lo que no se había hecho quedaba como una hipótesis sin posibilidad de ratificación. A pesar de los bombardeos masivos a que había sido sometido Vietnam del Norte, durante los cuales se había arrojado el triple de bombas que en la Segunda Guerra Mundial, nadie había ordenado machacar los diques del río Rojo. No pocos pensaban que hubiera sido un golpe decisivo, pues las aguas habrían anegado los valles, pero el mundo habría señalado como crimen contra la humanidad el genocidio resultante.

Pero tal vez la guerra hubiera terminado de otro modo.

Sólo tal vez.

– Habrían muerto centenares de miles de personas, Jeff.

El hombre de la silla de ruedas alzó una mirada fluctuante, imprecisa. Quizá fuera una última demanda a una compasión suspendida entre el remordimiento y la añoranza. Después se volvió y miró un punto lejano, más allá de la copa de los árboles.

– ¿Sabes? Hay momentos en los que estoy despistado y apoyo las manos en la silla para levantarme. Después me acuerdo de mi estado y me maldigo. -Respiró profundamente, como si tuviera necesidad de mucho aire para decir lo que añadió-: Me maldigo por estar así, y sobre todo porque sacrificaría la vida de millones de aquellas personas si de ese modo pudiera recuperar mis piernas. -Volvió a mirarlo a los ojos-. ¿Qué ha ocurrido, Wen? Y, sobre todo, ¿por qué ha ocurrido?

– No lo sé. Y no creo que nadie llegue a saberlo nunca.

Jeff apoyó las manos en las ruedas y empezó a mover la silla adelante y atrás, como si con esa pantomima pudiera recordar que todavía estaba vivo. O quizá fuera sólo un gesto mecánico, de distracción, uno de esos instantes en los que pensaba que podía levantarse y salir caminando. Siguió pensando unos segundos antes de continuar.

– En cierta época decían que los comunistas se comían a los niños. -Miraba a Wendell sin verlo, como si estuviera visualizando las imágenes que evocaban sus palabras-. Nosotros combatimos a los comunistas. Quizá por eso no nos comieron.

Después de una nueva pausa su voz fue sólo un susurro.

– Sólo nos masticaron y nos escupieron.

Tomó aire y le tendió la mano. El cabo la estrechó, sintiéndola firme y seca.

– Que tengas suerte, Jeff.

– Que te den por culo, Wen. Y vete de una vez. Odio ponerme a lloriquear delante de un blanco. En mi piel hasta las lágrimas parecen negras.

Wendell se alejó con la clara sensación de que estaba perdiendo algo. Ambos lo estaban perdiendo. Además de lo que ya habían perdido. Había dado pocos pasos cuando la voz de Jeff lo hizo detenerse.

– Por cierto, Wen…

Se volvió y lo vio. Una sombra de hombre y máquina contra el atardecer.

– Fóllate una de mi parte. -E hizo un inequívoco gesto con las manos.

La respuesta de Wendell fue una sonrisa.

– Está bien. Cuando suceda, será en tu nombre.

El cabo Wendell Johnson se alejó, con un paso que todavía era el de un soldado, para su disgusto. Llegó al alojamiento sin saludar ni hablar con nadie. Entró en su cuarto. La puerta del baño estaba cerrada, siempre la mantenía así porque el espejo estaba colocado frente a la entrada. Quería evitar que su cara fuera la primera imagen que lo recibiera.

Se obligó a pensar que desde el día siguiente tendría que acostumbrarse. No existían los espejos benévolos, eran sólo superficies que reflejaban con exactitud lo que había. Sin piedad, con el involuntario sadismo de la indiferencia.

Se quitó la camisa y la lanzó sobre una silla, lejos de la seducción autoflagelante del otro espejo, el que había dentro del armario empotrado. Se quitó los zapatos y se echó en la cama con las manos bajo la nuca, piel áspera contra piel áspera, una sensación a la que ya estaba acostumbrado.

Desde la ventana, más allá de los batientes semicerrados, llegaba el golpeteo rítmico de un pájaro carpintero, atareado entre los árboles.

Tipi-tipi-tipi-tipi… Tipi-tipi-tipi-tipi…

Su memoria hizo una cabriola viciosa y ese sonido se transformó en la tos sorda de un AK-47, y después en una maraña de voces e imágenes.

– Matty ¿dónde coño están esos hijos de puta? ¿De dónde disparan?

– No lo sé. No veo nada.

– Lanza una granada entre esos matorrales a la derecha, con el M-79.

– ¿Y Corsini dónde está?

Es la voz de Farrell. Una voz sucia de tierra y miedo. Viene de un punto impreciso, a la derecha.

– Corsini se ha ido. También Me…

tipi-tipi-tipi-tipi…

La voz de Farrell también se ha disuelto en el aire.

– Wen, muévete. Levantemos el culo de aquí, nos están haciendo papilla.

tipi-tipi-tipi-tipi…

– No, por allí no. Hay un claro.

– Santo Dios. Están por todas partes.

Abrió los ojos y dejó que volvieran las cosas que lo rodeaban. El armario, la silla, la mesa, la cama, las ventanas con sus cristales insólitamente limpios. También allí olor a óxido y desinfectante. Ese cuarto había sido su hogar durante meses, después de todo el tiempo pasado en un pasillo, con médicos y enfermeras que se esforzaban tratando de aliviarle los sufrimientos de las quemaduras. Allí había logrado que la mente volviera a entrar casi intacta en su cuerpo destrozado. Había recuperado la lucidez y se había hecho una promesa.

El pájaro carpintero dio tregua al árbol al que estaba torturando. A Wendell le pareció que ese fin de las hostilidades era un buen augurio. De algún modo podía dejar atrás una parte del pasado.

Debía dejarlo atrás.

Al día siguiente estaría fuera.

Ignoraba qué tipo de mundo encontraría tras los muros del hospital. Tampoco sabía cómo sería recibido. Aunque en realidad ninguna de las dos cosas le importaba demasiado, porque al final de ese viaje lo esperaba el encuentro con dos hombres. Lo mirarían con ojos de miedo y estupor, la mirada de quienes se encuentran ante lo increíble. Después, él le hablaría a ese miedo, le hablaría a ese estupor.

En resumen, los habría matado.

Una sonrisa. Otra vez sin dolor. Sin percatarse, se deslizó en el sueño. Esa noche durmió sin oír voces y por primera vez no soñó con árboles de caucho.

2

Durante el viaje lo sorprendió el trigo.

A partir de cierto momento, mientras iba hacia el norte y se acercaba a casa, el trigo se asomaba por trechos, suave, a ambos lados de la carretera, dócil bajo la sombra del autocar Greyhound que avanzaba recto, impulsado por la gasolina y la indiferencia. Estriado por el viento y a la sombra de las nubes el trigo cobraba vida, también en la memoria de las manos. Un inesperado compañero de viaje, cálido color de cerveza fresca, con su hospitalidad de henil.

Conocía esa sensación. En cierta época se había nutrido de ese pan.

Cada vez que pasaba las manos por el cabello de Karen, otras manos, y respiraba su delicioso perfume de mujer, que era el de todas las cosas y el de ningún otro lugar en el mundo. Lo había vivido como una punzada dolorosa cuando se fue, después de haber estado en casa con una licencia de un mes, una ilusión efímera de invulnerabilidad que el ejército concedía a sus hombres antes de la partida. Le habían regalado treinta días de paraíso y de sueños posibles, antes de que la Army Terminal de Oakland se transformase en Hawái y, finalmente en Bien-Hoa, el centro de clasificación de tropas a cuarenta kilómetros de Saigón.

Y después Xuan-Loc, el lugar donde todo había comenzado, donde se había ganado su pequeña parcela de infierno.

Apartó la mirada de la carretera y bajó la visera de la gorra de béisbol. Llevaba gafas de sol sostenidas con una goma, porque casi no le quedaban orejas donde apoyar las patillas. Cerró los ojos y se escondió en esa frágil penumbra. En cambio recibió nuevas imágenes.

En Vietnam no había trigo.

No había mujeres de pelo rubio. Sólo alguna enfermera del hospital era rubia, pero él ya casi no tenía sensibilidad en los dedos y tampoco sentía deseos de tocar. Y sobre todo, de esto estaba seguro, nunca más una mujer tendría deseos de tocarlo a él.

Nunca más.

Un muchacho que dormía a su derecha, en la otra parte del pasillo, se despertó. Llevaba una camisa floreada y el pelo largo. Se restregó los ojos y se permitió un bostezo con sabor a sudor, sueño y marihuana. Se volvió y empezó a revolver en un bolso que llevaba en el asiento desocupado. Sacó una radio portátil y la encendió. Después de algunos maullidos de búsqueda de emisora acertó y las notas de Iron Maiden, una canción de Barclay James Harvest, se unieron al ruido de las ruedas y el motor y al murmullo del viento contra las ventanillas.

Por puro instinto, el cabo se volvió y lo miró. Cuando los ojos del muchacho, que debía de tener los mismos años que él, se posaron en su rostro, la reacción fue la esperada; era la renuencia que todas las veces leía en la cara de la gente, una reacción que había tenido que descifrar y aprender enseguida, como los tacos y las obscenidades en una lengua extranjera. El joven, que tenía una vida y Una cara, fueran éstas feas o hermosas, volvió a zambullirse en su bolso, fingiendo que buscaba algo. Después permaneció en su asiento, apoyado sobre una sola nalga, mirando por la ventanilla y escuchando música. Mirar por la ventanilla, mirar para otro lado.

El cabo apoyó la frente contra el cristal.

A ambos lados de la carretera se sucedían carteles publicitarios. A veces anunciaban productos que no conocía. El autocar era adelantado por coches deportivos, algunos modelos nunca los había visto. Un Ford Fairlane del 66 descapotable que venía en sentido contrario fue el único que la fortuna concedió a su memoria en ese momento. El tiempo, aunque poco, había pasado. Y junto al tiempo la vida, con todas las azarosas agarraderas que, día a día, ponía a disposición de quien quisiera escalarla.

Habían pasado dos años. Un parpadeo, un momento indescifrable en el cronómetro de la eternidad. Sin embargo, habían sido suficientes para borrarlo todo. Ahora, si levantaba la vista, frente a él sólo encontraba una pared lisa, con el único sostén de su rencor incitándolo a una escalada. Durante todos esos meses había logrado cultivarlo y alimentarlo, minuto a minuto, había conseguido que creciera y se transformara en odio en estado puro.

Y ahora volvía a casa.

No habría brazos abiertos ni palabras de gloria ni fanfarrias por el retorno del héroe. Nadie lo habría llamado así y, además, para todos, el héroe había muerto.

Había comenzado el viaje en Luisiana, donde un transporte del ejército lo dejó, sin ceremonia alguna, en la estación de autocares. De golpe se había encontrado solo, ya no era el protagonista de nada. Alrededor de él estaba el mundo, el verdadero, el mundo que no lo había esperado. Ya no estaban las paredes acogedoras del hospital. Mientras hacía cola para comprar el billete se había sentido como una figura para el casting de Freaks, la vieja película de Tod Browning. Y eso lo había hecho sonreír, el único modo de no hacer aquello que durante muchas noches había jurado que no volvería a hacer: llorar.

«Que tengas suerte, Wendell…»

– Dieciséis dólares.

De pronto, la voz del coronel Lensky se había transformado en la del taquillero que le mostraba el billete para la primera parte del viaje. Desde la aspillera de la taquilla, el hombre había mirado esa parte del rostro que Wendell ofrecía al mundo. El cabo había recibido la indiferencia que se merecía cualquier anónimo pasajero, lo que él deseaba.

Pero cuando había entregado al hombre el dinero que le pedía, y lo había hecho con la mano enfundada en un guante ligero de algodón, el tipo había levantado la vista; era delgado, con poco pelo, labios finos y ojos sin ningún brillo. Se había detenido un instante en su rostro y después había inclinado la cabeza. Su voz pareció llegar del mismo lugar de donde venía él, fuera cual fuere.

– ¿Vietnam?

No contestó enseguida.

– Sí.

Una sorpresa: el de la taquilla le había devuelto el dinero.

No tomó en cuenta su perplejidad. Tal vez era algo esperado. Añadió unas pocas palabras que resolvieron el motivo de la sorpresa. Palabras que para ambos se transformaron en un largo discurso.

– Mañana hará dos años que perdí un hijo. Ten el dinero, creo que te servirá más que a la empresa.

El cabo se alejó con la misma sensación que tuviera cuando dejó a Jeff Anderson en el hospital. Dos hombres solos para siempre, uno en su silla de ruedas, el otro en su taquilla, en un ocaso destinado a ser eterno para ambos.

Mientras pensaba en esas cosas, había cambiado de autocar y de compañeros de viaje, y también de estado de ánimo. Lo único que no podía cambiar era su aspecto.

Lo había hecho con parsimonia porque no tenía ninguna prisa en llegar. Además, su cuerpo era de fácil cansancio y difícil tregua, un cuerpo con el que tenía que negociar. Eligió un motel de tercera, durmió poco y mal, haciendo rechinar los dientes y con las mandíbulas apretadas. Sus sueños recurrentes. Síndrome de shock postraumático, había diagnosticado alguien. La ciencia siempre encontraba el modo de que la destrucción de una persona de carne y hueso se volviera parte de una estadística. Pero el cabo había aprendido en carne propia que el cuerpo nunca acaba de acostumbrarse del todo al dolor. Sólo la mente logra a veces habituarse al horror. Y dentro de poco surgiría el modo de demostrarle a alguien todo lo que había recibido sobre la piel.

Kilómetro a kilómetro, Mississippi se había vuelto Tennessee y, por el sortilegio de las ruedas, se había transformado en Kentucky, hasta que sus ojos recibieron la promesa del paisaje familiar de Ohio. Los paisajes se habían sucedido ante sus ojos y su mente como lugares ajenos, una línea que un lápiz de color trazaba en el mapa de un territorio desconocido a medida que pasaba el tiempo. Al costado de la carretera veía el tendido de la electricidad y el teléfono. Llevaban palabras y energía por encima de su cabeza. Había casas y personas, como marionetas en un pequeño teatro, a quienes aquellos cables ayudaban a moverse e ilusionarse con la vida.

Cada tanto se preguntaba qué energía y qué palabras necesitaba él en ese momento. Tal vez, cuando había estado echado en la camilla del coronel Lensky, todas las palabras ya habían sido pronunciadas y todas las fuerzas evocadas e invocadas. Era una liturgia quirúrgica que el coronel había celebrado en vano, porque la razón del cabo la había rechazado tal como un creyente rechaza una práctica pagana. Había escondido su pequeña fe en un rincón seguro de su mente, un lugar donde nadie pudiese arañarla o anularla.

Lo que había ocurrido no se podía cambiar ni anular.

Sólo recompensar.

La suave inercia del autocar que frenaba lo trajo a la realidad. El tiempo indicaba un ahora sin salvación, y el lugar estaba indicado en un cartel que confirmaba que habían llegado a Florence. Si se la juzgaba por el extrarradio, la ciudad era como cualquier otra, sin pretensiones de parentesco con su homónima de Italia. Había mirado un folleto de viajes una noche, en la cama y con Karen. Fotos y ojos y páginas y manos ansiosas.

Francia, España, Italia…

Florence, Florencia, la italiana, era la ciudad en que se habían centrado más que en otras. Karen le había explicado cosas que él desconocía sobre ese lugar, y lo había hecho soñar con cosas que no imaginaba que pudieran ser soñadas. En aquella época aún creía que las experiencias no costaban nada, antes de aprender que pueden tener un precio muy alto.

A veces, el de la vida.

A una Florence había llegado, después de todo. Con la ironía de una existencia que no agota sus reservas. Pero nada era como debería haber sido. Se acordó de las palabras de Ben, el hombre que para él más se había parecido a un padre.

«El tiempo es un naufragio, y sólo sale a flote lo que de verdad tiene valor.»

El suyo, su tiempo, se había mostrado sólo como la burlona agarradera de una balsa, un cansador atracadero en la realidad después de haberse hundido en su pequeña utopía privada.

El conductor llevó el dócil vehículo hasta la parte central de la estación de autocares. Se detuvo con una sacudida junto a una marquesina carcomida por el óxido y con las indicaciones desteñidas.

El cabo se quedó sentado en su butaca, a la espera de que bajaran los otros pasajeros. Una mujer Con apariencia mexicana, que tenía en brazos a una niña dormida, tuvo dificultades para moverse con la maleta que llevaba en la mano libre. Nadie hizo el menor gesto de ayudarla. El muchacho que estaba a su derecha recogió su bolso y no se resistió a la tentación de lanzarle una última mirada.

El cabo había decidido llegar a Chillicothe hacia la noche y prefería tomarse un descanso antes de atravesar la frontera del estado. Florence era un sitio como cualquier otro y por tanto era el sitio justo. En ese momento, cualquier sitio lo era. Desde allí trataría de llegar a su destino en autoestop, no obstante las complicaciones que tenía esta elección: para cualquier persona sería difícil aceptarlo en su coche.

La gente solía asociar la destrucción física con una propensión a la maldad, en modo directamente proporcional. No pensaban que el mal, para alimentarse, debe ser seductor e irresistible; debe atraer al mundo que lo rodea con la imponencia de la belleza y la promesa de una sonrisa. Y él ahora se sentía como el cromo que faltaba para completar el álbum de los monstruos.

El conductor echó un vistazo al espejo interior y se volvió con rapidez. El cabo no se preguntó si era una invitación a que bajase, o si el conductor sólo estaba comprobando si era verdad lo que acababa de entrever. En todo caso era a él a quien correspondía la iniciativa; se levantó y cogió el morral del portaequipajes. Se lo cargó a la espalda, cuidando de sostener la correa de lona con la mano protegida por el guante para evitar abrasiones.

Recorrió el pasillo mientras el conductor, un tipo al que asociaba curiosamente con Sandy Koufax, el pitcher de los Dodgers, parecía estudiar a fondo el salpicadero.

El cabo bajó unos pocos e interminables escalones y se encontró otra vez solo, en una plaza, bajo un sol que era el mismo en todas partes del mundo.

Miró a un lado y otro.

En el otro extremo de la plaza, dividida en dos por la carretera, había una estación de servicio de la Gulf, con un bar y cafetería y un aparcamiento que compartía con el Open Inn, un motel de aspecto destartalado que prometía cuartos libres y sueño profundo.

Arregló el morral con sus pertenencias y se dirigió al motel, dispuesto a comprar un poco de hospitalidad sin discutir el precio.

Mientras se quedara, sería un nuevo vecino de Florence, Kentucky.

3

Más allá de cualquier promesa, el motel era un lugar común de turismo a bajo precio. El color era el de la necesidad sin el gusto del placer. El hombre que estaba detrás del mostrador de recepción, un tipo bajo y con sobrepeso, con una calvicie precoz compensada con largas patillas y bigotes, no había mostrado la menor reacción cuando el cabo le solicitó una habitación, aunque no le dio la llave antes de recibir el dinero. No entendió si era una práctica habitual o un tratamiento exclusivo reservado para él. En todo caso, no le importaba.

La habitación olía a humedad y muebles viejos, y la moqueta estaba rota y manchada. La ducha que se había dado, escondido detrás de una cortina de plástico a los improbables ojos de quien quisiera espiarlo, fue una alternancia sin control de agua fría y caliente. El televisor funcionaba por momentos y, finalmente, decidió dejarlo sintonizado en el canal local, donde las imágenes y el sonido eran más nítidos. Estaban emitiendo un viejo episodio de The Green Hornet, una serie con Van Williams y Bruce Lee, que mucho tiempo atrás se había mantenido en antena durante un año.

Ahora estaba echado en la cama, desnudo y con los ojos cerrados. Un susurro lejano le traía fragmentos de las palabras de los dos héroes enmascarados y vestidos de manera irreprochable, empeñados en la lucha contra el crimen. Había apartado el cubrecama pero se había tapado con la sábana, para no ver de golpe el espectáculo de su cuerpo cuando abriera los ojos.

Siempre tenía la tentación de cubrirse la cara con la sábana, como se hace con los cadáveres. Había visto muchos cuerpos así, sobre la tierra, con una lona manchada de sangre cubriéndoles la cara, no por piedad sino para evitar que los supervivientes tuviesen una imagen clara de lo que podría ocurrirle a cualquiera de ellos en el momento menos pensado. Había visto a muchos muertos, hasta llegar él mismo a formar parte de esa legión aun estando vivo. La guerra le había enseñado a matar y permitido hacerlo sin acusaciones ni remordimientos por el simple hecho de llevar un uniforme. Ahora, todo lo que quedaba de aquel uniforme era una chaqueta verde que guardaba al fondo del morral. Y las reglas eran otra vez las de siempre.

Pero no para él.

Sin proponérselo, los hombres que lo habían enviado a afrontar la guerra y sus ritos tribales le habían regalado algo que antes sólo había tenido como una ilusión: la libertad.

Incluso la de seguir matando.

La idea lo hizo sonreír y siguió tendido en aquella cama que, sin amabilidad alguna, había acogido muchos otros cuerpos. En esas horas insomnes, con el solo vehículo de sus ojos cerrados, volvió a otros tiempos, a cuando todavía de noche…

dormía profundamente, como sólo los jóvenes duermen después de un día de trabajo. Un ruido sordo lo había despertado de golpe, después la puerta se había abierto llevándole a la cara un soplo de aire y una luz que lo enfocaba. Entre el resplandor había entrevisto la amenaza bruñida del cañón de un fusil a un palmo de su cara. Detrás de esa luz había sombras, como en su cerebro aún empañado por efecto del sueño.

Una de las sombras se había convertido en una voz, dura y precisa.

– No te muevas, cagarruta, o será la última cosa que hagas en tu vida.

Unas manos ásperas lo habían vuelto boca abajo sobre la cama. Sin amabilidad le habían colocado los brazos a la espalda.

Había sentido el sonido metálico de las esposas y desde ese momento sus movimientos y su vida dejaron de pertenecerle.

– Ya has estado en el reformatorio. ¿Conoces todo ese rollo de tus derechos?

– Sí. -Tenía la boca empastada y el monosílabo le salió con dificultad.

– Entonces hazte cuenta de que te los he leído. -La voz se había dirigido a la otra sombra con tono autoritario-: Will, echa un vistazo por ahí.

Mientras tenía la cara apretada contra la almohada, había oído los ruidos de un registro policial Cajones abiertos y cerrados. Objetos que caen. Rumor de ropa tirada o volando. Sus pocas cosas estaban siendo inspeccionadas con mano experta pero sin cuidado alguno.

Finalmente, otra voz, con algo de júbilo en el tono.

– ¡Eh, jefe! ¿Qué tenemos aquí?

Había sentido unos pasos que se acercaban y la presión en la espalda se había relajado un poco. Cuatro manos ásperas lo sentaron en la cama. Ante sus ojos, la linterna iluminaba una bolsita de plástico transparente, llena de hierba.

– Nos hacemos un porrito de vez en cuando, ¿eh? O a lo mejor también vendes esta mierda. ¿Sabes que te has buscado problemas, chico?

En ese momento se había encendido la luz de la habitación, dejando la linterna como un simple accesorio. Tenía ante sí al sheriff Duane Westlake en persona. Detrás de él, seco y larguirucho, con algo de barba en las mejillas picadas de viruelas, estaba Will Farland, uno de sus ayudantes. La sonrisa burlona que había compuesto era una mueca sin alegría y lo único que lograba era reafirmar la expresión malvada de sus ojos.

Él sólo había logrado balbucir unas palabras apresuradas, odiándose por haberlo hecho.

– Eso no es mío.

El sheriff había enarcado una ceja.

– Ah, no es tuya, ¿y de quién es, entonces? ¿Es mágico este lugar? ¿Es el ratón Pérez el que te trae la marihuana?

Había alzado la cabeza para mirarlos con firmeza, lo que los policías interpretaron como un desafío.

– La pusisteis ahí vosotros, hijos de puta.

El bofetón llegó veloz y violento. El sheriff era grande y tenía la mano pesada. Hasta parecía imposible que fuera tan rápido. Sintió en la boca el regusto dulzón de la sangre. Y también el otro, el sabor corrosivo de la furia. Instintivamente se lanzó hacia delante, tratando de golpear con la cabeza el estómago del sheriff Quizás el suyo fuera un movimiento previsible o tal vez el sheriff estaba dotado de una agilidad poco común en un hombre de su envergadura. Se encontró tirado en el suelo, con una terrible rabia unida a la frustración de no haber logrado nada.

Encima de él se habían pronunciado otras palabras de escarnio.

– Nuestro joven amigo tiene la sangre caliente, Will. Quiere hacerse el héroe. A lo mejor le vendrá bien un sedante, ¿no?

Lo habían puesto en pie sin consideración. Después, mientras Farland lo sostenía, el sheriff le descargó un puñetazo en el estómago que lo dejó sin aire. Cayó como un saco de patatas sobre la cama deshecha, con la certeza de que no volvería a respirar.

El sheriff se dirigió a su ayudante con el tono con que se pregunta a un niño si ha hecho los deberes.

– Will, ¿estás seguro de que has encontrado todo lo que había?

– A lo mejor no, jefe. Voy a echar otro vistazo en esta ratonera.

Farland había metido una mano en la chaqueta y sacado un objeto envuelto en una lámina de plástico transparente. Se había vuelto hacia el sheriff, mirando a los ojos al muchacho.

Su mueca risueña se había ensanchado.

– Mire lo que he encontrado, jefe, ¿no le parece sospechoso?

– ¿Qué es?

– Visto así, parecería un cuchillo.

– Déjame ver.

El sheriff había sacado de su chaqueta un par de guantes de cuero y se los había puesto. Después había cogido el paquete que le mostraba el ayudante y había empezado a desenvolverlo, dejando ver el brillo de un largo cuchillo con mango de plástico negro.

– Vaya, Will, esto parece una espada. Visto así, bien podría ser el arma que acabó con esos dos hippies harapientos la otra noche, en el río.

– Sí, podría ser.

Tirado sobre la cama, él había empezado a entender. Y había tenido un escalofrío, como si la temperatura del cuarto hubiese bajado de golpe. Con voz rota por el puñetazo, había insinuado una débil protesta.

Todavía no sabía cuán inútil sería.

– No es mío… nunca lo he visto.

El sheriff lo miró con una expresión de ostentoso estupor.

– ¿Ah, no? Pero si está lleno de tus huellas.

Los policías se acercaron y lo pusieron boca abajo. Sosteniendo el cuchillo por la hoja, el sheriff lo obligó a coger el mango. La voz de Duane Westlake sonó tranquila mientras pronunciaba la sentencia:

– Me he equivocado cuando te he dicho que te habías buscado problemas, chico. En realidad estás con la mierda al cuello.

Al cabo, cuando lo arrastraban hacia el coche policial, había tenido la certeza de que su vida, tal como la había conocido hasta entonces, había terminado.

«… de la Guerra de Vietnam. Sigue la polémica por la publicación en el New York Times de "Pentagon Papers". Está previsto un recurso ante la Corte Suprema, para ratificar el derecho a hacerlo por parte de…».

La voz impostada de un locutor de las Daily News, que un rótulo identificaba como Alfred Lindsay, lo sacó del sopor sin descanso en el cual había caído. El volumen del televisor se había elevado solo, como impulsado por una voluntad interna. Como si esa noticia fuese algo que él debía escuchar. El argumento era siempre el mismo: la guerra, el conflicto que todos querían esconder como una suciedad camuflada bajo la alfombra y que, reptando como una serpiente, siempre conseguía asomar la cabeza por los bordes.

El cabo conocía esa historia.

Los «Pentagon Papers» eran el resultado de una minuciosa investigación sobre las causas que habían llevado a Estados Unidos a verse envuelto en lo de Vietnam, y también sobre los modos en que se hizo. Era una investigación solicitada por el secretario de Defensa McNamara y realizada por un grupo de treinta y seis expertos, funcionarios civiles y militares, basándose en documentos del Gobierno que partían de la época de Truman. La verdad había salido como un conejo en la chistera de los periodistas: era evidente que la administración Johnson había mentido a conciencia a la opinión pública sobre la evolución y conducción del conflicto. Pocos días antes el New York Times, periódico al que de un modo u otro habían llegado los documentos, había empezado a publicarlos. Con consecuencias que no era difícil imaginar.

Pero al final se convertirían sólo en palabras, como solía suceder con estas cosas. Palabras dichas o escritas que tendrían siempre el mismo peso.

¿Qué sabían ésos de la guerra? ¿Qué sabían de qué significaba encontrarse a miles de kilómetros de casa, combatiendo contra un enemigo invisible e increíblemente obstinado?, un enemigo dispuesto a pagar el más alto precio para obtener tan poco. Un enemigo al que, en el fondo de sus pensamientos, todos respetaban, aunque nadie tuviera la valentía de reconocerlo.

Se necesitarían treinta y seis mil expertos calientasillas, civiles o militares. Y aun así no llegarían a una conclusión porque nunca habrían olido el tufo del napalm o del agente naranja, el exfoliante que usaban para destrozar la selva donde el enemigo se escondía. No habían oído el tipi-tipi-tipi-tipi de las ametralladoras, el golpe sordo de un proyectil al perforar un casco, los gritos de dolor de los heridos, que parecían tan fuertes como para oírse en Washington, aunque a duras penas eran oídos por los camilleros.

«Que tengas suerte, Wendell…»

Apartó la sábana y se sentó en el catre.

– Vete a tomar por culo, coronel Lensky. Tú y tus síndromes de mierda.

Ahora, todo había pasado.

Chillicothe, Karen, la guerra, el hospital.

El río seguía su curso y sólo la ribera mantenía el recuerdo del agua que había pasado.

Tenía veinticuatro años e ignoraba si lo que le esperaba podía llamarse futuro. Pero había alguien para quien esa palabra pronto perdería todo significado.

Descalzo, se acercó al televisor y lo apagó. El rostro amistoso del locutor fue absorbido por la oscuridad y se transformó en una bolita luminosa en el centro de la pantalla. Como todas las ilusiones, sólo duró un instante y desapareció.

4

– ¿Seguro que no quieres que te lleve a la ciudad?

– No, aquí está bien. Muchas gracias, señor Terrance.

Abrió la puerta del vehículo. El conductor lo miró con una sonrisa en su rostro bronceado, y levantó las cejas componiendo un gesto de interrogación. A la luz del salpicadero, de pronto le recordó a un personaje de cómic de Don Martin.

– Quiero decir: muchas gracias, Lukas.

El hombre hizo un gesto levantando el pulgar.

– Así está mejor.

Se estrecharon la mano. Después, el cabo recogió su morral de detrás del asiento, salió del coche y cerró la puerta. La voz del conductor llegó a través de la ventanilla abierta.

– Sea lo que sea lo que busques, te deseo que lo encuentres. O que te encuentre a ti.

Las últimas palabras casi se perdieron entre el lamento del tubo de escape. En sólo un instante el vehículo en que había llegado se transformó en el ruido de un motor que se alejaba, el olor de gasolina esparcido por el viento y la distancia. La noche se tragó las luces traseras como si fueran su comida habitual.

Cargó el morral al hombro y echó a caminar. Un paso y otro. Como un animal, sentía la contigüidad, los aromas, los lugares. Pero no había ansiedad ni euforia por ese regreso.

Sólo determinación.

Unas horas antes, en la habitación del motel, había encontrado una caja de zapatos vacía en el armario, olvidada allí por otro huésped. La tapa tenía impreso el logotipo de los Famous Flag Shoes, un calzado que se compraba por correo. El que la caja todavía estuviera allí decía mucho sobre el cuidado en la limpieza del Open Inn. Había quitado las solapas de la tapa y escrito en la parte blanca interior CHILLICOTHE, en mayúsculas, repasándolo varias veces con un bolígrafo negro que guardaba en el saco. Había bajado a recepción con el morral al hombro y el cartel en la mano, una hipótesis de viaje. Detrás del mostrador había una muchacha anónima con los brazos demasiado delgados y el pelo largo y lacio recogido con una cinta roja. Era la sustituta del tipo de las patillas y el bigote. Cuando se acercó para devolver las llaves, la chica había perdido su expresión de ensoñación flower power y lo había mirado con trazas de miedo en sus ojos oscuros. Como si se hubiera acercado a ella con la intención de agredirla. Estaba aprendiendo a encajar ese tipo de actitud de la gente. Sospechaba que era una interrelación en la que él siempre sería el perdedor.

«Ahí tienes mi buena suerte, coronel.»

Por un instante había tenido la malévola tentación de darle a la chica un susto de muerte, de pagarle con la misma moneda la repulsión y la desconfianza instintiva que había sentido hacia él. Pero no eran ni el lugar ni el momento de buscarse problemas.

Con una delicadeza teatral había apoyado la llave en el cristal del mostrador, ante ella.

– Aquí están las llaves. La habitación da asco.

Su calma y sus palabras habían turbado aun más a la chica. Lo había mirado con expresión de alarma.

«Muérete, estúpida.»

– Lo siento.

Él había sacudido la cabeza de modo casi imperceptible. La había mirado fijamente dejándole imaginar sus ojos escondidos tras las gafas oscuras.

– ¿De veras? Los dos sabemos que te importa un pimiento.

Y se había marchado del motel.

Fuera, se reencontró con el sol de la plaza. A su derecha estaba la gasolinera con el logo celeste y anaranjado de la Gulf. Un par de coches hacían cola para el túnel de lavado, donde el agua fluía de las bombas con fuerza suficiente para obtener buenos resultados. Se encaminó hacia un coffee shop guiado por un anuncio en forma de flecha que lo presentaba al mundo como Florence Bowl y ofrecía comida casera y desayunos a cualquier hora del día. Pasó de largo, deseando a los clientes que el café y la comida fueran mejores que la fantasía del que le había puesto nombre al local.

Pasó delante de las propuestas de Canada Dry, Tab y Bubble Up y las sugerencias de hamburguesas. Había ignorado las ofertas de neumáticos a mitad de precio con alineado y cambio de aceite rebajados y se había apostado a la salida del área de servicio, para que los coches que salían del aparcamiento o del restaurante, o los que venían de repostar combustible, pudieran verlo.

Había puesto el morral en el suelo y se había sentado encima. Había alargado el brazo para que el cartel con el destino fuera visible.

Y había esperado.

Algunos coches reducían la velocidad. Uno incluso había parado, pero cuando él se incorporó y el conductor le vio la cara, aceleró como si hubiese visto al diablo.

Todavía estaba sentado en el saco, mostrando su patético cartel, cuando la sombra de un hombre se había dibujado en el asfalto, frente a él. Había alzado la mirada y sus ojos habían encontrado a un tipo vestido con un mono negro con bordados rojos. En el pecho y las mangas tenía marcas de sponsors de muchos colores.

– ¿Crees que lograrás llegar a Chillicothe?

Él había esbozado una leve sonrisa.

– Si las cosas siguen así, creo que no.

El hombre era alto, de unos cuarenta años, con un cuerpo enjuto y barba y pelo rojizos. Lo había mirado un instante antes de proseguir. Después había bajado la voz, para minimizar lo que estaba por decir.

– No sé quién te ha dejado así, y no es asunto mío. Sólo te pido una cosa, y si no me dices la verdad me daré cuenta. -Hizo una pausa para calibrar las palabras, o quizá para que tuviesen más peso-: ¿Tienes problemas con la ley?

Él se había quitado la gorra y las gafas y había mirado al hombre.

– No, señor. -A su pesar, el tono de aquel «no, señor» lo definió sin posibilidad de dudas.

– Eres un soldado.

La expresión del cabo fue una respuesta más que evidente. La palabra Vietnam no se había pronunciado pero gravitaba en él aire.

– ¿Sorteo?

Había negado con la cabeza.

– Voluntario.

Por instinto había bajado la mirada al pronunciar esa palabra, como si conllevara una culpa. Y se había arrepentido. Levantó otra vez la cabeza y clavó la mirada en aquel hombre de pie frente a él.

– ¿Cómo te llamas, muchacho?

Esa pregunta lo tomó por sorpresa. El hombre se percató de su titubeo y se encogió de hombros.

– Un nombre vale lo que otro. Es sólo para saber cómo dirigirme a ti. Yo soy Lukas Terrance.

Se levantó y estrechó la mano que Terrance le ofrecía.

– Wendell Johnson.

A Lukas Terrance no lo habían sorprendido los guantes de algodón. Con un gesto de la cabeza indicó una gran camioneta negra y roja que tenía pintadas a los lados los mismos distintivos que el mono. Estaba junto a uno de los surtidores y un empleado negro le ponía gasolina. En el remolque llevaba un monoplaza para competiciones en circuitos de tierra. Era un artefacto raro, con ruedas al aire y una cabina donde costaba imaginar que pudiera caber un hombre. Una vez había visto un coche así en la portada de Hot Rod, una publicación de motores.

Terrance había aclarado la situación.

– Estoy viajando hacia el norte, hacia Cleveland, al MidOhio Speedway. Chillicothe no me queda exactamente de camino pero podré desviarme un poco. Si estás de acuerdo en viajar sin prisas ni aire acondicionado puedo llevarte hasta allí.

Había respondido con una pregunta.

– ¿Es usted piloto, señor Terrance?

El hombre rio. En la cara bronceada, al lado de los ojos, se le formaban arrugas como una telaraña.

– Oh, soy una especie de hombre para todo. Mecánico, chófer, asistente de parrilla… parrilla de salida y de barbacoa si fuera necesario.

Hizo un gesto con la mano, un gesto con el que resumía los hechos de la vida.

– En este momento Jason Bridges, o sea mi piloto, está viajando en avión, muy cómodo él. A los currantes nos esperan las fatigas, a los pilotos, la gloria. Pero, si te soy honesto, mucha gloria no llega. Como piloto es un fracaso. Sin embargo, sigue corriendo; es algo que ocurre cuando tu padre tiene la cartera llena. Los coches pueden comprarse, las pelotas no.

El muchacho negro había terminado de llenar el depósito y buscaba con la mirada al dueño de la camioneta. Cuando lo encontró hizo un ademán elocuente dando a entender que detrás había una fila de coches esperando. Terrance hizo un gesto que pretendía borrar todas las palabras dichas.

– Bien, ¿vamos? Si aceptas, desde este momento puedes llamarme Lukas.

Recogió el morral y siguió a Lukas Terrance.

La cabina de la camioneta era un revoltijo de mapas de carretera mezclados con números de Mad y Playboy. Terrance le había hecho sitio en el asiento del copiloto, apartando un paquete de galletas Oreo y una lata vacía de Wink.

– Lo siento. No es que tenga muchos pasajeros en este carromato.

Habían dejado atrás la gasolinera, con parsimonia, y después Florence y también Kentucky. Dentro de poco, esos instantes y esos lugares se convertirían en recuerdos. Ni siquiera malos recuerdos. Los bonitos, los verdaderos, los que había ansiado toda la vida, aún tenía que creárselos. Para eso iba allí.

Había sido un viaje agradable.

Había escuchado con atención las anécdotas sobre el mundo de las carreras que atesoraba su chófer. Y sobre todo las que concernían al piloto para quien trabajaba. Terrance era un buen hombre, soltero, sin domicilio fijo. Había vivido siempre en el ambiente de las carreras, pero no había logrado hacerse un sitio en aquellas realmente importantes, como la NASCAR o la Indy. Citaba nombres de pilotos famosos, como Richard Petty, Parnelli Jones o A. J. Foyt como si los hubiese conocido personalmente. Quizá los había conocido, ¿por qué no? En cualquier caso parecía darle placer el pensarlo y para los dos había sido una buena charla.

Ni una sola vez surgió el tema de la guerra.

Una vez cruzada la frontera del estado, la camioneta, con su cáscara de carreras a las espaldas, había enfilado la carretera 50, sin prisas y sin aire acondicionado. Era la carretera que llevaba a Chillicothe. En su asiento, con la ventanilla abierta y mientras escuchaba las historias de Terrance, poco a poco había visto cómo el atardecer se preparaba para volverse noche, con esa típica y persistente luminosidad propia de las tardes estivales. Poco a poco los lugares se le iban haciendo familiares, hasta que por fin apareció el cartel de «Bienvenidos a Ross County».

Estaba en casa.

O, mejor, estaba donde quería llegar.

Unos tres kilómetros después de Slate Mills le había pedido a su sorprendido compañero que parara. Lo había dejado solo y perplejo, para que continuara su viaje. Ahora caminaba en campo abierto como un fantasma. Lejos sólo se veían las luces de unas casas que en el mapa de carreteras figuraban con el nombre de North Folk Village, unas luces que le indicaban el camino. Y cada paso le parecía más agotador que todos los que había dado en el légamo del Vietnam.

Por fin, alcanzó la que había sido su meta desde que partiera de Luisiana. Menos de una milla antes de llegar al pueblo torció por un sendero a la izquierda, y después de un centenar de metros llegó a una construcción de cemento rodeada por una valla metálica. En la parte de atrás había un espacio iluminado por tres focos, donde había aparcados una grúa de ocho ruedas, Una furgoneta Volkswagen y un camión Mountaineer Dump con su correspondiente pala quitanieves.

Ésa había sido su casa en Chillicothe. Y sería su soporte en la última noche que pasara allí.

En el interior de la construcción no se veían luces que revelaran presencias.

Antes de seguir, se aseguró de que no había nadie en los alrededores. Finalmente siguió caminando, con la valla a la derecha hasta la parte más protegida por la oscuridad. Llegó a un matorral que lo resguardaba de ser visto. Puso el morral en el suelo y extrajo un par de pinzas que había comprado en una gasolinera durante el viaje. Cortó los alambres sólo lo suficiente para poder entrar. Imaginó la figura robusta de Ben Shepard allí, ante la abertura, y oyó la voz sibilante que gruñiría contra esos «malditos hijos de puta que no respetan la propiedad privada».

Ya dentro, se dirigió a una pequeña puerta metálica junto al portón corredero azul que se usaba como entrada de vehículos a la nave. Sobre el portón había un gran cartel blanco con letras azules. Indicaba, a quien estuviera interesado, que aquel lugar era la sede de la «Ben Shepard – Demoliciones, Reestructuraciones y Construcciones». No había conservado la llave, pero conocía el sitio donde su antiguo patrón dejaba una copia, si es que conservaba el hábito de hacerlo.

Abrió la portezuela del extintor. Detrás del tubo rojo estaba la llave. La cogió con una sonrisa en los labios martirizados y fue a abrir la puerta. La hoja se deslizó hacia el interior sin chirridos.

Un paso y estuvo dentro.

La poca luz que penetraba desde el exterior a través de los vidrios superiores, en los cuatro lados del almacén, dejaba ver el espacio ocupado por herramientas y maquinaria. Cascos de protección, monos colgados en ganchos, dos hormigoneras de diferente tamaño. A la izquierda había un largo banco de trabajo lleno de instrumentos para la labor en hierro y madera.

El calor húmedo, el olor y la penumbra le eran familiares. Hierro, cemento, madera, cal, cartón enyesado, lubricante. Un vago hedor a cuerpo sudado de los monos de trabajo colgados. Todo familiar. En cambio, el sabor que sentía en la boca era del todo nuevo. Era el regusto ácido de la laceración, la regurgitación de todo lo que le habían quitado. La vida de cada día, el afecto, el amor. El poco amor que había conocido cuando Karen le enseñó qué era lo que merecía tal nombre.

Avanzó en la semioscuridad hacia una puerta a la derecha, cuidando dónde poner los pies. Hizo un esfuerzo por no pensar que ese lugar áspero y anguloso había sido para él todo lo que el resto de muchachos tenían en su casa, con paredes recién pintadas y un coche en el garaje.

Encontró el único cuarto del almacén, a un lado del local, pegado como un molusco a las rocas. Tenía una sola ventana, protegida por rejas. En un rincón la cocina, en el otro el cuarto de baño. Era todo lo que daba forma al que había sido su domicilio habitual. Cuando había sido guardián, obrero y único inquilino.

Llegó a la puerta y la empujó.

Y la sorpresa lo dejó con la boca abierta.

Allí las formas eran más nítidas. La luz de las farolas del aparcamiento entraba por la ventana y enviaba a casi todas las sombras a refugiarse en los rincones.

La habitación estaba en perfecto orden, como si no se hubiera ido años antes, como si se hubiera ausentado hacía poco rato. En el aire no había rastros de polvo en suspensión, y se advertían señales de una minuciosa limpieza reciente. Sólo el catre estaba cubierto con una tela de plástico transparente.

Estaba por dar un nuevo paso en su viejo hogar cuando de golpe sintió que algo se deslizaba entre sus piernas. De inmediato, una silueta oscura saltó sobre la cama haciendo crujir el plástico que la recubría.

Cerró la puerta y se acercó a la mesilla de noche para encender la lámpara de lectura. La iluminación tenue que se añadió a la de la ventana reveló el morro de un gran gato negro. Lo miraba con dos enormes ojos verdes.

– ¡Walzer, por Dios, todavía estás aquí!

El animal se le acercó sin temor, lentamente, para olerlo y reconocerlo. Él extendió la mano para cogerlo y el minino se dejó hacer. Se sentó en la cama y lo puso en las rodillas. Empezó a rascarlo con delicadeza en el cogote y el felino empezó a ronronear como él esperaba.

– Todavía te gusta, ¿eh? Eres el mismo filósofo regalón de siempre.

Mientras lo acariciaba, con la otra mano llegó al punto donde debería estar la pata derecha posterior.

– Veo que durante este tiempo no te ha crecido.

Había una historia extraña relacionada con el nombre de ese gato. Wendell estaba haciendo una reparación que le había encargado Ben en Casa de la doctora Paterson, la veterinaria. Entonces había llegado una pareja con un gatito envuelto en una frazada ensangrentada. Explicaron que un gran perro había entrado en su jardín y lo había mordido con saña en una pata, tal vez haciéndole pagar la culpa de existir. La doctora se había ocupado del gato y lo había operado enseguida, pero no había sido posible salvarle la pata. Cuando la doctora salió del quirófano y se lo explicó a los dueños, los dos se habían mirado con desazón.

Después, esa mujer, una tía sin gracia que vestía un twin-set azul celeste y que trataba de corregir con color unos labios demasiado finos, le había dicho a la veterinaria con tono de duda:

– ¿Dice que sin una pata?

Y se había vuelto hacia el hombre que la acompañaba buscando confirmación.

– ¿Qué opinas, Sam?

El hombre había hecho un gesto impreciso.

– Bueno, es seguro que el pobre sufrirá mucho sin una pata. Será un inválido. Tal vez en este caso sería mejor… -Había dejado la frase sin concluir.

La doctora Paterson lo había mirado con aire de interrogación, agregando la palabra que el hombre no había pronunciado:

– ¿Sacrificarlo?

Los dos se habían consultado con miradas de alivio, satisfechos de haber encontrado confirmación profesional de esa solución, que en realidad ya habían decidido.

– Veo que usted está de acuerdo, doctora. Entonces hágalo. No sufrirá, ¿verdad?

En ese momento los ojos azul claro de la veterinaria eran de hielo, y tenía la voz recubierta de escarcha. Pero esos dos tenían demasiada prisa por irse como para percatarse de lo que pasaba.

– No, no sufrirá.

Habían pagado y se habían largado un poco más deprisa de lo que cabía esperar, cerrando con cuidado la puerta. A continuación un coche que se marchaba confirmó la condena del pobre gatito. Él había asistido a la escena sin dejar de trabajar. Después de que se fueran, había dejado el yeso que estaba mezclando y se había acercado a Claudine Paterson. Los dos estaban blancos, ella por la bata y él por el yeso en el mono de trabajo.

– No lo mate, doctora. Yo me lo quedaré.

Ella lo había mirado sin pronunciar palabra. Sus ojos lo escrutaron largamente antes de responder sólo dos palabras:

– De acuerdo.

Y se dio la vuelta para entrar de nuevo en la consulta, dejándolo solo y amo de un gato de tres patas. De allí había nacido su nombre, Walzer. Guando fue creciendo, su modo de caminar le recordaba el compás del vals: un-dos-tres, un-dos-tres, un-dos-tres…

Y Walzer se quedó.

Estaba por apartar al gato, que seguía ronroneando tranquilamente a su lado, cuando de golpe alguien abrió la puerta de una patada. Walzer se asustó, y con un ágil salto sobre sus tres patas corrió a refugiarse bajo la cama. Una voz autoritaria se expandió por la habitación y entró en lo que quedaba de las orejas del joven.

– Seas quien seas, lo mejor que puedes hacer es salir con las manos a la vista y sin movimientos bruscos. Tengo un fusil y no vacilaré en usarlo.

Por un instante se quedó inmóvil.

Después se levantó sin decir palabra, dirigiéndose hacia la puerta con calma. Antes de llegar al umbral iluminado levantó los brazos. Era el único movimiento que todavía le provocaba un poco de dolor.

Y una marea de recuerdos.

5

Ben Shepard se parapetó detrás de una hormigonera, una buena posición si tenía que disparar contra la puerta. Una gota de sudor en la sien le recordó cuán calurosa y húmeda era la nave. Tuvo la reacción instintiva de secarse pero prefirió no soltar el Remington. Quienquiera que fuere el intruso, él no sabía cómo reaccionaría. Y tampoco sabía si estaba armado o no. De todos modos, el hombre estaba sobre aviso. Él empuñaba un fusil semiautomático y nunca hablaba por hablar. Había luchado en Corea. Si ese tipo, o tipos, no creían que era capaz de usarlo, se equivocaban.

No sucedió nada.

Había preferido no encender luces. En penumbras, el tiempo se transformaba en un asunto personal entre él y los latidos de su corazón. Esperó unos instantes que parecían insertos en la eternidad.

Era una casualidad que estuviese allí a esa hora.

Volvía de una partida de bolos con su equipo. Estaba en la Western Avenue y apenas había dejado atrás el North Folk Village, cuando una luz en el salpicadero de la vieja furgoneta indicó que el aceite estaba en la reserva. De haber continuado, habría podido fundir el motor. A pocos metros de allí estaba el desvío hacia la nave. Lo enfiló a toda velocidad, invadiendo el carril contrario para describir una larga curva sin verse obligado a pisar el freno. Después, apagó el motor y lo dejó en punto muerto para aprovechar la pendiente y llegar así al portón.

Cuando se acercaba a la construcción sintiendo el ripio bajo las ruedas, que perdían velocidad y producían un sonido cada vez más grave, por un instante le pareció entrever una luz tenue en las ventanas. Esto interrumpió de golpe unos pensamientos no muy edificantes dirigidos a alguna deidad protectora de los automovilistas.

Detuvo la furgoneta de golpe. Cogió el Remington de detrás del asiento y comprobó que estaba cargado. Se apeó sin cerrar la puerta y se acercó a la nave caminando por la hierba para no hacer ruido con sus pesados zapatos. Pensó que cuando se había ido, un par de horas antes, bien podría haberse olvidado las luces encendidas.

Eso era, claro.

Pero de todos modos, prefería estar en lugar seguro: la culata de un fusil. Ya lo decía su padre: «De mucha prudencia no se muere nadie.»

Siguió caminando junto a la valla y encontró la parte que había sido cortada. Después vio la luz en el interior de la habitación y una sombra que pasaba por la ventana.

La mano sobre la culata del Remington empezó a humedecerse más de lo debido. Enseguida escudriñó con la mirada.

No vio ningún coche aparcado por allí, y esto le dio que pensar. La nave estaba llena de materiales y herramientas. No eran cosas de gran valor, y todas más bien pesadas, pero de todos modos podían tentar a un ladrón. No obstante, le parecía raro que alguien hubiera ido a pie a limpiarle el taller.

Cruzó la valla y llegó a la puerta de entrada, junto al paso de vehículos. Fue a abrirla pero la encontró abierta. Al tacto, sintió la llave en la cerradura y la poca luz de los focos, que rebotaba en el muro claro, le mostraron que el sitio del extintor estaba abierto.

Raro. Muy raro.

Él era el único que sabía de la existencia de aquella llave de reserva.

Tan curioso como circunspecto, fue hasta la habitación y abrió la puerta de una patada. Encañonó el interior.

Una figura de hombre apareció bajo el marco con las manos alzadas, dio un par de pasos y se detuvo. En respuesta, Ben se movió hacia la mole rechoncha y sin gracia de la hormigonera, como para protegerse. Desde allí podía tener bien apuntadas las piernas del tipo. Si hacía algún movimiento raro, lo ayudaría a perder treinta centímetros de estatura.

– ¿Estás solo?

La respuesta llegó rápida, pero calma y sosegada, aparentemente franca:

– Sí.

– Bien. Ahora saldré. Si tú o algún amigo tuyo os proponéis hacerme una broma pesada, te hago un agujero en el estómago, del tamaño de un túnel ferroviario. ¿Entendido?

Ben esperó un momento y después salió con cautela de su refugio. Tenía el fusil a la altura de la cadera y apuntaba directamente al estómago del hombre. Dio un par de pasos hacia el intruso, hasta verle la cara.

Y lo que vio le puso la carne de gallina. Aquel hombre tenía la cara y la cabeza totalmente desfiguradas por lo que parecían cicatrices de tremendas quemaduras. Bajaban hasta el cuello y se perdían dentro de la camisa. No tenía oreja derecha, y de la otra sólo quedaba un trozo, pegado como una burla a un cráneo donde un áspero cuero cabelludo había sustituido el pelo.

Sólo la zona que circundaba los ojos estaba intacta. Y ahora esos ojos lo miraban mientras se acercaba, con un repaso más irónico que preocupado.

– ¿Y tú quién coño eres?

El hombre sonrió, si lo que aparecía en su rostro podía considerarse una sonrisa.

– Gracias, Ben. Por lo menos no me has preguntado «qué» soy.

El intruso bajó los brazos sin pedir permiso, y en ese momento Ben se dio cuenta de que llevaba las manos enguantadas.

– Sé que no es fácil reconocerme. Esperaba que por lo menos mi voz fuera la misma de antes.

Ben Shepard desencajó los ojos. El cañón del fusil bajó sin que él se lo propusiera, como si de golpe los brazos se le hubieran vuelto tan débiles que no pudieran sostener el arma. Después le llegó la palabra, como si antes no hubiera sabido hablar.

– Dios santo, Jesús bendito, Little Boss. Eres tú. Todos creíamos que habías…

La frase quedó suspendida, como habían quedado sus vidas durante todo ese tiempo. El otro hizo un gesto impreciso con la mano.

– ¿Muerto? -La siguiente frase la profirió como un pensamiento en voz alta, o una esperanza enterrada-. Y, según tú, ¿no lo estoy?

De pronto, Ben se sintió viejo. E intuyó que la persona que tenía frente a sí se sentía más vieja que él. Todavía confundido por aquel encuentro inesperado, sin saber bien qué hacer o decir, se acercó a la pared y tendió la mano hacia el interruptor. Una insuficiente luz de servicio se expandió en el recinto. Cuando hizo el gesto de encender otra, Little Boss lo detuvo con un gesto.

– No te preocupes. Te aseguro que con más luz no mejoro.

Ben se dio cuenta de que tenía los ojos húmedos y se sintió inútil y estúpido. Por fin, hizo lo único que le dictaba el instinto. Dejó el Remington sobre unas cajas, se acercó y abrazó con delicadeza a ese soldado cuyos ojos sólo mostraban destrucción.

– Mierda, Little Boss. Me alegro mucho de verte vivo.

Notó cómo los brazos del muchacho le rodeaban la espalda.

– Little Boss no existe más, Ben. Pero es bueno estar aquí contigo.

Se quedaron así un momento, envueltos en un afecto que era el de padre e hijo. Con la esperanza absurda de que cuando deshicieran el abrazo estarían otra vez en un momento del pasado, que todo sería normal y que Ben Shepard, pequeño empresario de la construcción, había entrado en la nave para darle a su ayudante instrucciones para la próxima jornada.

Se separaron y volvieron a ser los de ahora, uno frente al otro.

Ben hizo un gesto con la cabeza.

– Ven conmigo. Habrá quedado alguna cerveza, si te apetece.

El muchacho sonrió y respondió arropado por la antigua confianza.

– Nunca hay que rechazar una cerveza de Ben Shepard. Podría cabrearse y no es un buen espectáculo verlo así.

Entraron en la habitación. Little Boss se sentó en la cama, hizo un gesto de llamada y Walzer salió de su escondite y se sentó en sus rodillas.

– Lo has dejado todo como estaba. ¿Por qué?

Ben se dirigió a la nevera y ocultó la cara mientras respondía.

– Premoniciones de vidente o las esperanzas indestructibles de un viejo. Lo que prefieras.

Cerró la nevera y se volvió con dos cervezas en la mano. Señaló al gato con una botella. El felino estaba encantado con las caricias de su recuperado amo.

– Periódicamente he encargado que limpiaran tu cuarto, y cada día le he dado de comer a esa sabandija que tienes en las rodillas.

Le tendió la cerveza al muchacho, que permanecía sentado en la cama. Buscó una silla y se sentó frente a él. Bebieron en silencio. Los dos estaban llenos de preguntas a las que sería difícil dar respuesta.

Ben entendió que debía ser el primero.

Haciendo el esfuerzo de no desviar la mirada, preguntó:

– ¿Qué te ocurrió? ¿Quién te dejó en este estado?

Antes de responder, el muchacho se tomó su tiempo, un tiempo largo como una guerra.

– No es una historia breve, Ben. Y es más bien fea. ¿Estás seguro de querer oírla?

Ben se apoyó en el respaldo de la silla y la inclinó hasta llegar a la pared.

– Tengo tiempo. Todo el tiempo…

– … y todos los hombres que necesito, soldado. Mientras tú y tus compañeros no comprendáis que en este país seréis derrotados.

Estaba sentado en el suelo, contra el tronco de un árbol sin ramas, con las manos atadas a la espalda, en un terreno surcado por raíces muertas. Comenzaba a amanecer. A su espalda sentía la presencia de su compañero, inmovilizado de la misma manera que él; hacía rato que no hablaba ni se movía. Quizá se había dormido. O tal vez estuviera muerto. Ambas opciones eran posibles. Hacía dos días que estaban así, inmóviles. Dos días de escasa comida, de sueño interrumpido por los dolores en las articulaciones y los calambres en las posaderas. Ahora tenía mucha sed y hambre, y el uniforme se le adhería al cuerpo por el sudor y la suciedad. El hombre de la cinta roja en la cabeza se había agachado frente a él y sostenía ante sus ojos las placas de identificación. Las había dejado oscilar con un efecto casi hipnótico. Después las había vuelto hacia sí, como para comprobar los nombres, aunque los conocía perfectamente.

– Wendell Johnson y Matt Corey. ¿Qué hacen dos buenos chicos norteamericanos en medio de estos arrozales? ¿Es que en vuestra casa no tenéis nada que hacer?

«Claro que tenemos cosas que hacer, baboso hijo de puta», había aullado mentalmente. Ya había aprendido qué precio había que pagarle a aquella gente por expresar ciertas cosas.

El vietcong era un tipo seco, de edad indefinible, con unos ojos pequeños y hundidos. Algo más alto que el promedio de sus compatriotas, hablaba un buen inglés, algo manchado con pinceladas guturales. Había pasado un tiempo

¿Cuánto?

desde que su pelotón había caído, aplastado por un ataque sorpresa del Vietcong. Todos habían muerto, menos ellos dos. Y enseguida había comenzado un calvario de desplazamientos continuos, de mosquitos, de marchas forzadas hechas de pasos guiados por la voluntad, uno y otro y otro más…

Y de golpes.

De vez en cuando se encontraban con otros grupos de combatientes. Caras todas iguales de hombres que transportaban armas y suministros en bicicleta, por senderos casi invisibles trazados en la vegetación.

Ésos eran los únicos momentos de alivio.

«¿Adónde nos llevan, Matt?»

«No lo sé.»

«¿Tienes idea de dónde estamos?»

«No, pero saldremos de ésta Wen, tranquilízate.»

Y de descanso.

El agua. La bendita agua que en otros lugares llegaba con el simple gesto de abrir un grifo, era un instante de paraíso en la tierra, un instante que sus guardianes parecían administrar con sádico placer.

Su carcelero no había esperado una respuesta. Sabía que no llegaría.

– Lamento que el resto de tus compañeros hayan muerto.

– No lo creo -se le escapó.

Enseguida tensó el cuello, a la espera de un guantazo. Pero no llegó; en cambio, en la cara del vietcong apareció una sonrisa en la que sólo el brillo burlón de sus ojos traslucía crueldad. En silencio, encendió un cigarrillo.

Después respondió con un tono neutro que parecía extrañamente sincero.

– Te equivocas. La verdad es que me hubiese gustado teneros vivos. A todos, se entiende.

El mismo tono con el que había dicho:

«No te preocupes cabo. Ahora se te curará…»

Y de inmediato le había descerrajado un balazo en la cabeza a Sid Margolin, que estaba en el suelo y se quejaba de una herida en el hombro.

Desde un lugar a sus espaldas llegó el rumor crepitante de una radio. Después, otro vietcong, un muchacho muy joven, se había acercado a su comandante. Los dos mantuvieron un diálogo apresurado en esa lengua incomprensible de un país que Wendell nunca llegaría a entender.

Después, el jefe volvió a dirigirle la palabra.

– Para el día de hoy se pronostica una situación más bien divertida.

Se puso en cuclillas frente a él. Quería verle la cara de cerca.

– Habrá un ataque aéreo. Hay un ataque todos los días, pero el próximo será justamente en esta zona.

En ese momento lo entendió. Había hombres que iban a la guerra porque debían hacerlo. Otros sentían que hacerlo era su deber. Pero el hombre de la cinta roja estaba en la guerra porque le gustaba. Era probable que cuando la guerra terminara, ese hombre se inventara otra, tal vez sólo suya, para seguir combatiendo.

Y matando.

Ese pensamiento le dibujó una expresión que el otro captó.

– ¿Qué pasa? ¿Te sorprende, soldado? ¿Crees que los monos amarillos, o Charlie, como nos llamáis, no estamos capacitados para las operaciones de inteligencia?

Con la palma de la mano le dio un cachete en la mejilla. La burla estuvo en la suavidad absoluta del golpe, una especie de caricia.

– Pues sí que somos capaces. Y hoy podrás descubrir para quién combates.

Se levantó de golpe e hizo un gesto. De inmediato cuatro hombres armados con AK-47 y fusiles los rodearon apuntándoles. Un quinto hombre les desató las muñecas. Con un gesto brusco les indicó que se levantaran.

El comandante señaló un sendero, delante de ellos.

– Por allí. Deprisa y en silencio, por favor.

Los empujó en aquella dirección, sin amabilidad alguna. Después de unos minutos de caminata a marcha veloz llegaron a un gran claro arenoso, rodeado a la derecha por lo que parecía una plantación de árboles de caucho, colocados a una distancia tan regular entre ellos que parecían una puntilla de la naturaleza en medio del caos de la vegetación circundante.

Los separaron y ataron a dos troncos en los extremos del claro, de modo que entre ellos hubiera una larga hilera de árboles. Después de ajustarle las ataduras a las muñecas, les pusieron mordazas bien apretadas. La misma suerte para los dos, pero por un arranque de rebeldía su compañero se ganó un golpe en la espalda con la culata de un fusil.

El hombre de la cinta roja se acercó con aire burlón.

– Vosotros, que lo usáis con tanta facilidad, debéis saber qué efectos tiene el napalm. Mi gente lo sabe desde hace mucho. -Y señaló un punto impreciso en el cielo-. Los aviones llegarán desde allí, soldado norteamericano.

Volvió a colgarles la placa de identificación. Luego se fue, seguido por sus hombres, en silencio como sólo ellos sabían andar. Se quedaron solos, mirándose desde lejos y preguntándose cuándo, cómo y por qué. Después, ante ellos y desde un punto en el cielo, llegó el ruido de un motor. El Cessna L-19 Bird Dog surgió del borde de la vegetación como el fruto de un sortilegio. Era una misión de reconocimiento y estaba volando a baja cota. Casi había pasado de largo cuando el piloto hizo un viraje, haciendo que el aparato bajara un poco más, tanto como para que pudiera verse con claridad la silueta de dos hombres en la cabina. Poco después, terminado ese juego de habilidad, el aeroplano enfiló otra vez el cielo, hacia el lugar del que había llegado. El tiempo había pasado en el silencio y el sudor, en cantidades indefinibles. Después, un silbido y una pareja de Phantom llegó a una velocidad que su miedo fragmentó en fotogramas y trajo consigo el trueno. Sólo después, como una extravagancia, el relámpago. Vio crecer el resplandor y cómo se transformaba en un reguero de fuego que avanzaba como en una danza después de haberlo devorado todo en su camino, y el reguero llegó a ellos y los embistió…

– …le dio de lleno a mi compañero, Ben. Fue literalmente incinerado. Yo estaba más lejos y sólo me llegó una oleada de calor, lo que me redujo a este estado. No sé cómo me salvé. Tampoco sé cuánto tiempo estuve allí hasta que llegó la asistencia sanitaria. Tengo recuerdos muy confusos, Ben. Sé que me desperté en un hospital, todo vendado y con las venas llenas de agujas. Y creo que se necesitan las vidas de muchos hombres para sentir el dolor que sentí en esos pocos meses.

El muchacho hizo una pausa. Ben entendió que lo hacía para permitirle asimilar lo que le había contado. O para prepararlo para lo que seguía.

– Los del Vietcong nos usaron como escudos humanos. Y los del avión de reconocimiento nos habían visto. Sabían que estábamos allí y atacaron igual.

Ben se miró los zapatos. En ese momento habría sido inútil comentar nada sobre esa experiencia. Decidió volver al presente y sus incertidumbres.

– Y ahora ¿qué quieres hacer?

Little Boss encogió los hombros con desinterés.

– Sólo necesito apoyo durante unas horas. Debo ver a un par de personas. Después vendré a buscar a Walzer y me iré.

El minino, indiferente como buen gato, abandonó las rodillas de su amo y acomodó sus tres patas sobre la cama, en una posición más cómoda.

Ben separó la silla de la pared y la afirmó en el suelo.

– Intuyo que estás por meterte en líos.

El muchacho sacudió la cabeza, escondido detrás de su no sonrisa.

– Yo no puedo meterme en líos.

Se quitó los guantes de algodón y extendió hacia Ben unas manos llenas de cicatrices.

– ¿Ves? No tengo impresiones digitales. Están borradas. Toque lo que toque no dejo huellas. -Pareció reflexionar un momento, como si de pronto hubiese encontrado una definición exacta para sí-. No existo. Soy un fantasma. -Miró a Ben con unos ojos que todo lo pedían, aun cuando estaban dispuestos a conceder poco-. Ben, dame tu palabra de honor de que no dirás a nadie que he estado aquí.

– ¿Ni siquiera a…?

El muchacho lo interrumpió con determinación.

– A nadie, he dicho. Nunca.

– ¿Y si lo hiciera?

Un segundo de silencio. Después, de aquella boca martirizada salieron unas palabras tan frías como las de los muertos.

– Te mataría.

Ben Shepard comprendió que el mundo había desaparecido para aquel muchacho. No sólo su mundo interior, sino también el mundo de fuera. Un escalofrío le recorrió la espalda. Se había ido, junto a otros hombres de su país, para combatir en una guerra contra otros hombres a los que les habían ordenado odiar y matar. Después de lo ocurrido, los papeles se habían invertido.

Había vuelto a casa pero, para todos, ahora el enemigo era él.

6

Aguardaba sentado en la oscuridad.

Había esperado ese momento durante tanto tiempo que, ahora que había llegado, la ansiedad y las prisas habían desaparecido. Le parecía que su presencia en ese lugar era algo normal y previsto. Como el amanecer o el ocaso, o cualquier otra cosa que debiera ser día tras día.

Tenía una pistola Colt M1911 sobre las rodillas, el arma de reglamento en el ejército. Su amigo Jeff Anderson, a quien le habían quitado las piernas pero no las mañas de traficante, se la había conseguido sin hacer preguntas. Y, quizá por primera vez en su vida, no le había pedido nada a cambio. La había llevado en el morral durante todo el viaje, envuelta en un trapo.

De todo lo que llevaba consigo, era lo único liviano.

Se encontraba en un salón con un sofá y dos sillones en el centro, dispuestos frente a un televisor contra la pared. La decoración común de una casa corriente estadounidense. Una casa en la que, estaba claro, vivía un hombre solo. Pocos cuadros en las paredes, una alfombra que no revelaba sentido de la limpieza, y en el fregadero algún plato sucio. Olor a tabaco por todas partes.

A la derecha, ante él, la puerta de la cocina. A la izquierda otra puerta a través de la cual, tras un pequeño recibidor, se entraba a la casa por la puerta del jardín. A sus espaldas, protegida por un sobretecho de obra, estaba la escalera que llevaba a la planta superior. Cuando llegó y se percató de que no había nadie en la casa, forzó la puerta de atrás y entró rápidamente.

Mientras lo hacía, podía oír en su interior la voz del sargento instructor de Fort Polk.

«Antes que nada, reconocimiento del lugar.»

Después de haber entendido cuál era la disposición de la habitación, había preferido esperar en el salón para tener controladas ambas entradas, la principal y la de servicio.

«Comprobar las armas.»

Y mientras esperaba, su pensamiento volvió a Ben.

Todavía veía la expresión de su amigo cuando él lo había amenazado. Sin trazas de miedo, sólo desilusión. En vano había buscado borrar aquellas dos palabras cambiando de tema. Y había preguntado lo que en realidad habría querido preguntarle desde el primer momento.

– ¿Cómo está Karen?

– Bien. Ha tenido un niño. Te escribió. ¿Por qué no le respondiste nunca? -Tras una pausa siguió hablando en tono más bajo-. Cuando le dijeron que habías muerto, vertió todas las lágrimas que puedan llorarse.

Había algo de reproche en las palabras y en el tono. Él se levantó de golpe señalándose con las manos.

– ¿Me ves, Ben? En el cuerpo tengo las mismas cicatrices que en la cara.

– Ella te amaba. -Y se corrigió-: Te ama.

Él sacudió la cabeza, como para quitarse un pensamiento importuno.

– Ama a un hombre que ya no existe.

– Estoy seguro de que…

Lo detuvo con un gesto de la mano.

– Las certezas no son para este mundo, Ben. Y las pocas que hay casi siempre son negativas.

Se volvió hacia la ventana para que Ben no le viese bien la cara. Pero sobre todo para no ver la de su amigo.

– Sí, sí, ya sé qué pasaría si voy a ella: me echaría los brazos al cuello. Pero ¿hasta cuándo?

Otra vez se volvió hacia Ben. Primero se había escondido un poco, por instinto. Pero ahora quería mirar la realidad de frente y dejar que la realidad le viese la cara.

– Digamos que todos los problemas, las barreras entre nosotros, pudieran resolverse, pero… su padre y el resto… ¿Cuánto tiempo duraría? Lo he pensado muchas veces, desde la primera vez que me dejaron mirarme en un espejo y supe en qué me había convertido.

Ben vio que en sus ojos asomaban lágrimas, diamantes de bajo precio, los únicos que podían comprarse con la paga del soldado. Y comprendió que el muchacho se había repetido esas palabras miles de veces, en silencio.

– ¿Te imaginas qué puede significar despertarse cada mañana y ver mi cara, que eso sea lo primero que se vea? ¿Cuánto duraría, Ben, cuánto?

No esperó una respuesta. No porque no quisiera saberla, sino porque ya la sabía.

La sabían los dos.

Otra vez cambió de tema.

– ¿Sabes por qué fui voluntario a Vietnam?

– No, nunca pude entender esa decisión.

Volvió a sentarse y acariciar a Walzer. Y le contó todo lo que había sucedido. Ben escuchó en silencio. Mientras hablaba sólo le miraba la cara, deslizando la vista por aquella piel martirizada. Cuando terminó, Ben se tapó la cara con las manos y su voz se filtró entre los dedos.

– Pero ¿no piensas que Karen…?

Se levantó de golpe para acercarse a la silla donde estaba sentado su antiguo patrón. Como para subrayar mejor sus palabras.

– Creía que te había quedado claro, Ben. Ella no sabe que estoy vivo y no debe saberlo.

En ese momento, Ben se levantó y lo abrazó de nuevo, en silencio, esta vez con más fuerza. Él no logró responder al abrazo. Se quedó con los brazos laxos a ambos lados del cuerpo, hasta que el otro se separó.

– Hay cosas que nadie tendría que probar en esta vida, querido muchacho. No sé si está bien que lo haga. Por ti, por Karen, por el niño. Pero, por lo que me concierne, yo no te he visto.

Cuando Little Boss se fue, Ben se quedó en la puerta de la nave. No le había preguntado adónde iba ni qué pensaba hacer, pero sus ojos delataban el amargo convencimiento de que pronto lo sabría. Mientras se alejaba, Wendell sentía la mirada de Ben, cómplice a pesar suyo.

En ese momento sólo dos cosas eran ciertas para ambos.

La primera era que Ben no lo traicionaría.

La segunda, que no se volverían a ver.

Había atravesado la ciudad y recorrido a pie la distancia hasta la casa, al fondo de Mechanic Street. Prefería caminar unos kilómetros antes que pedirle prestado el coche a Ben. Quería evitar involucrarlo en esa historia más de lo necesario. Y no tenía ninguna intención de dejarse pillar tratando de robar un coche.

Mientras caminaba, Chillicothe había desfilado inmóvil ante él, sin percatarse de su presencia, como siempre. Sólo era una localidad más de Estados Unidos. El lugar donde él se había conformado con unas migajas de esperanza cuando muchos chicos de su edad se movían despreocupados entre un montón de cosas seguras.

Había recorrido calles, evitado a personas y esquivado luces, y cada paso era un pensamiento y cada pensamiento…

El ruido de un coche en la entrada lo devolvió a la atención que por un momento había perdido. Se levantó del sofá y se acercó a la ventana. Apartó una cortina que olía a polvo y miró. Un Plymouth Barracuda último modelo estaba detenido con el morro apuntado a la cortina metálica del garaje. Las luces de los faros se extinguieron en el cemento y a continuación, primero uno y después el otro, Duane Westlake y Will Farland bajaron del vehículo.

Los dos iban de uniforme.

El sheriff estaba un poco más gordo que la última vez que lo había visto. Demasiada comida y demasiada cerveza. Cada vez más lleno de mierda. El otro seguía siendo el tipo enjuto, flaco y ruin que recordaba.

Los dos se acercaron a la entrada. Charlaban.

No daba crédito a su buena suerte.

Había creído que esa noche tendría que hacer dos visitas. Ahora el albur le estaba ofreciendo en bandeja de plata la posibilidad de ahorrarse una. Y de lograr que cada uno de los dos supiera…

La puerta se abrió y antes de que la claridad invadiera la habitación pudo ver ambas siluetas proyectadas en el recuadro que la luz recortaba en el suelo.

El claro y lo oscuro.

El grande y el pequeño.

Lo malo y lo peor.

Se dirigió hacia la escalera y se quedó allí, apoyado en la pared y oyendo las voces. Escuchando lo que decían. En su cabeza, el diálogo pasó como las páginas de un texto teatral que Karen le había hecho leer una vez.

Westlake: ¿Qué has hecho con esos chicos que detuvimos?

Farland: Cuatro vagabundos de paso. Lo de siempre. Pelo largo y guitarras. No tenemos nada contra ellos, pero a la espera de averiguaciones pasarán la noche a la sombra. -Una pausa-. Le he dicho a Rabowsky que los meta en el calabozo con alguno de los duros, si hay.

Oyó una risita que parecía el chillido de una rata, claramente emitida por el ayudante del sheriff.

Farland: Esta noche en vez del amor harán la guerra.

Westlake: Quién dice que no les vengan ganas de cortarse las melenas y buscar un trabajo.

En su escondite, sonrió con sabor amargo.

«El lobo pierde el pelo pero no las mañas.»

Pero ésos no eran lobos. Eran chacales, y de la peor especie.

Se desplazó con cuidado, protegido por la penumbra y el reparo de la pared. El sheriff encendió el televisor, lanzó el sombrero sobre la mesa y se hundió en un sillón. Poco a poco el brillo espasmódico de la pantalla se agregó a la luz de la habitación.

Y el comentario sobre un partido de baloncesto.

– ¡Mierda! Ya estamos al final y perdemos. Ya lo sabía yo que jugar en California nos iba mal.

Se volvió hacia su ayudante.

– Hay cerveza en la nevera. Trae una para mí.

El sheriff era el jefe absoluto y le gustaba recordarlo, aun con las visitas. Little Boss se preguntó si se hubiera comportado con los mismos modales si en esa habitación, en vez de su ayudante, estuviera el juez Swanson.

Decidió que ése era el momento. Salió de su escondite apuntando con la pistola.

– La cerveza puede esperar. Manos arriba.

Will Farland, que estaba a su derecha, dio un respingo cuando oyó su voz. Y cuando le vio la cara, palideció.

Westlake se había vuelto de golpe. Y al verlo se quedó pasmado por un momento.

– ¿Y tú quién carajo eres?

«Una pregunta equivocada, sheriff. ¿Estás seguro de querer saberlo?»

– Por el momento no tiene importancia. Levántate y ponte en el centro de la sala. Y tú ponte a su lado.

Mientras ambos obedecían, Farland intentó llevar la mano a la funda de su pistola.

Previsible.

Little Boss dio un par de pasos rápidos, de costado para encararlo directamente, y sacudió la cabeza.

– Ni lo intentes. Sé usar muy bien esta pistola. ¿Me crees o quieres que te lo demuestre?

El sheriff alzó las manos en gesto que pretendía ser tranquilizador.

– Escucha, amigo, no perdamos la calma. No sé quién eres ni qué buscas, pero te recuerdo que estás cometiendo un delito. Además, estás amenazando con un arma a dos representantes de la ley. ¿No crees que tu situación ya es lo suficientemente grave? Antes de hacer más tonterías te aconsejo que…

– Sus consejos atraen el mal, sheriff Westlake.

Sorprendido de oír su nombre, el sheriff arqueó las cejas y ladeó un poco su gran cabeza.

– ¿Nos conocemos?

– Dejemos las presentaciones para después. Ahora, Will, siéntate en el suelo.

Farland estaba demasiado pasmado como para sentir curiosidad. Sin saber qué hacer, dirigió la mirada a su superior.

Sin embargo, Little Boss eliminó toda vacilación:

– Él ya no manda, mierda mal cagada, ahora mando yo. Si prefieres morir, puedo complacerte.

El hombre se agachó sobre sus largas piernas y se ayudó apoyando las manos en el suelo. En ese momento, el cabo señaló al sheriff con el cañón de la pistola.

– Ahora, con calma y sin movimientos bruscos ponle las esposas a la espalda.

Mientras obedecía doblado por la cintura, Westlake se puso rojo por el esfuerzo. El seco y doble clic de las esposas marcó el inicio del cautiverio del ayudante Will Farland.

– Ahora coge las tuyas y póntelas en la muñeca derecha. Después date la vuelta con los brazos a la espalda.

Los ojos del sheriff destilaban furia. Pero ante esos ojos había una pistola. Obedeció y enseguida una mano segura le colocó la otra esposa en la muñeca libre.

Y ése fue el inicio de su propio cautiverio.

– Ahora siéntate a su lado.

El sheriff no podía ayudarse con las manos. Dobló las rodillas y cayó torpemente, apoyando su corpachón con violencia contra la espalda de Farland. Por un momento pareció que ambos caerían.

– ¿Quién eres?

– Los nombres van y vienen, sheriff. Sólo quedan los recuerdos.

Durante un momento desapareció detrás de la pared de la escalera. Cuando volvió, traía un bidón de gasolina. Durante la inspección de la casa lo había encontrado en el garaje, junto a la segadora. Seguramente era la reserva que el sheriff guardaba por si el depósito del aparato se vaciaba mientras cortaba el césped del jardín. Ese descubrimiento insignificante le había dado una pequeña idea que lo llenó de júbilo.

Se puso la pistola en la cintura y se acercó a los dos hombres. Con calma, comenzó a verterles encima el contenido del bidón. Sus ropas se tiñeron de oscuro mientras el olor acre y aceitoso de la gasolina se propagaba por la estancia.

Will Farland se apartó instintivamente para que el líquido no le tocara el rostro y dio un cabezazo en la sien del sheriff. Westlake no tuvo ninguna reacción. El dolor en las muñecas había sido anulado por el pánico que comenzaban a reflejar sus ojos.

– ¿Qué quieres, dinero? En casa no tengo mucho, pero en el banco…

Por una vez en la vida, el ayudante interrumpió a su jefe con la voz chillona del terror.

– Yo también tengo. Veinte mil dólares. Te los daré todos.

«¿Qué hacen dos buenos chicos norteamericanos en medio de estos arrozales?»

Mientras seguía echándoles la gasolina, le daba placer pensar que las lágrimas de esos tipos no eran sólo por los efluvios del carburante. Habló con el tono tranquilo que alguien le había enseñado hace tiempo.

«No te preocupes, cabo. Ahora se te curará…»

– Bien, tal vez podamos ponernos de acuerdo.

Una ráfaga de esperanzas llegó a la cara y las palabras del sheriff.

– Está bien. Mañana a primera hora nos acompañas al banco y coges un montón de pasta.

– Sí. Podríamos hacerlo así. -Aquel tono que dispensaba ilusiones cambió de golpe-: Pero no lo haremos.

Con lo que quedaba de gasolina en el bidón, trazó en el suelo una línea hasta la puerta. Sacó un Zippo del bolsillo. Un olor nauseabundo se agregó al que ya invadía la habitación: Farland se había cagado en los pantalones.

– No, te lo ruego. No lo hagas, no lo hagas, por el amor de…

– Cierra esa boca de mierda.

Westlake interrumpió ese inútil lloriqueo. Recuperó un poco de orgullo impulsado por el odio y la curiosidad.

– ¿Quién eres, bastardo?

El muchacho que había sido soldado lo miró en silencio un instante.

«Los aviones llegarán desde allí…»

Después dijo su nombre.

El sheriff desencajó los ojos.

– No es posible. Tú estás muerto.

Movió la ruedecilla del mechero. Los ojos aterrorizados de los dos hombres se quedaron fijos en la llama. Sonrió y por una vez se alegró de que su sonrisa fuera una espantosa mueca.

– No, hijos de puta. Sois vosotros los que estáis muertos.

Con un gesto teatral, abrió la mano y dejó caer el Zippo. No sabía cuánto podría durar para esos hombres la caída del mechero. Pero sí sabía que sería un trayecto muy largo.

Para ellos no hubo trueno.

Sólo el ruido metálico del Zippo al golpear contra el suelo. Después, un luminoso bufido caliente y una lengua de llamas que avanzaba bailando para tragárselos, una anticipación del infierno que les esperaba.

Se quedó para oír cómo aullaban y ver cómo se revolvían y quemaban, hasta que en la habitación se esparció el olor de la carne chamuscada. Lo respiró a todo pulmón, disfrutando de que esta vez la carne no fuera la suya.

Después abrió la puerta y salió. Comenzó a alejarse de la casa mientras los gritos que oía lo acompañaban como una bendición.

Al rato, cuando los gritos se apagaron, supo que el cautiverio del sheriff Duane Westlake y su ayudante Will Farland había tocado a su fin.

DEMASIADOS AÑOS DESPUÉS

7

Jeremy Cortese miró el BMW oscuro que se alejaba, con el secreto deseo de que explotara y poder ver la explosión. Tenía la seguridad de que, a excepción del chófer, nadie habría echado en falta a sus ocupantes.

– Iros a tomar por culo, idiotas.

Fue como la recomendación de un navegador GPS. Esperó a que el coche se perdiera en el tráfico y volvió a uno de los dos barracones de la obra. En realidad, eran dos cajas de chapa montadas sobre ruedas y alineadas junto a la valla que delimitaba el área de trabajo.

Resistió la tentación de encender un pitillo.

La reunión técnica que acababa de terminar lo había indispuesto y había hecho crecer el malhumor que arrastraba desde la mañana, aun cuando no era el único motivo.

La noche anterior había estado en el Madison Square Garden para presenciar cómo los Knicks perdían de mala manera contra los Dallas Mavericks. Había salido con una sensación de amargura que cada vez lo impulsaba a preguntarse el porqué de su obstinación en frecuentar aquel templo del deporte.

La reunión de multitudes, la fiesta y la pasión común hacía tiempo que le eran ajenas. Ganase o perdiese su equipo, siempre volvía a casa con el mismo pensamiento negativo.

Y solo.

Lanzarse a la caza de recuerdos nunca es buen negocio. Encuentres lo que encuentres en el camino, siempre queda como una nada, una inutilidad. No puedes recuperar los buenos recuerdos y a los malos no puedes matarlos.

Y con cada bocanada el aire parecía malsano, ese aire que se entretiene en la garganta y deja mal sabor de boca.

De todos modos, siempre volvía a lo mismo, nutriendo esa pulsión masoquista que todos los seres humanos, en mayor o menor grado, llevan dentro de sí.

Durante el partido, en ocasiones había dejado caer la mirada sobre las gradas más cercanas, hasta que poco a poco perdía el interés por lo que ocurría en aquella cancha donde sudaban unos muchachos con camisetas de color.

Con un melancólico cucurucho de palomitas en la mano, había visto cómo padres e hijos se enardecían por un lanzamiento de Irons o un triple de Jones, y gritaban a coro con el resto de los aficionados silabeando «¡De-fen-sa! ¡De-fen-sa! ¡De-fen-sa!» cuando el que atacaba era el equipo contrario.

En una época también él lo había hecho, cuando asistía con sus hijos a los partidos y sentía que significaba algo en sus vidas. Pero aquello sólo había sido una ilusión, aunque era verdad que ellos lo eran todo en la suya.

Cuando uno de los Knicks marcó un triple, también él se había levantado del asiento, retozando por inercia junto a una multitud de perfectos desconocidos y aprovechando el momento para contener algo que estaba por salir de sus ojos.

Después, volvió a sentarse. A su derecha había un sitio vacío y a su izquierda un chico y una chica se miraban como preguntándose por qué estaban allí y no en una cama, en una casa cualquiera, haciéndose el bien mutuamente.

Cuando iba al Madison con sus hijos, siempre se sentaba en medio. John, el pequeño, solía sentarse a su derecha y ponía el mismo interés tanto en el juego como en los vendedores de refrescos, golosinas y manjares de gradería. A veces Jeremy lo comparaba con un horno que podía quemar perritos calientes y palomitas como las viejas locomotoras quemaban carbón. Muchas veces había pensado que el chico no tenía el menor interés por el baloncesto y que el placer de ir al estadio residía sólo en la manga ancha que su padre mostraba en esas ocasiones.

Sam, el mayor, el que más se le parecía físicamente y en carácter, el que en poco tiempo sería más alto que él, se rendía a la fascinación del juego. Nunca lo habían hablado, pero él sabía que el sueño de Sam era convertirse algún día en una estrella de la NBA. Jeremy estaba convencido de que por desgracia la pretensión del muchacho quedaría en sueño y nada más. Sam había heredado sus grandes huesos y un cuerpo que con el tiempo tendría más tendencia a ensancharse que a alargarse, aunque formaba parte del equipo de la escuela y cuando jugaban entre ellos, en la canasta del patio trasero, el muchacho siempre ganaba.

Incluso lo acosaba con su juego. Pero, cada vez, el orgullo de padre le daba a Jeremy felicidad por sufrir ese tipo de humillación.

Después sucedió lo que sucedió. En realidad no se sentía culpable. No tenía culpas que llevar consigo.

Simplemente había comenzado la demolición.

Él y Jenny, su mujer, habían empezado a dar vueltas por la casa hablando cada vez menos y discutiendo cada vez más. Después terminaron las peleas y lo que quedó fue el silencio. Y sin que hubiera una verdadera razón se habían transformado en dos extraños. En ese momento, la demolición terminó, y no habían encontrado fuerzas como para ponerse a reconstruir.

Después del divorcio, Jenny se había acercado a sus padres y ahora vivía con los chicos en Queens. La relación entre ambos no era mala, y no obstante lo establecido por el juez ella le permitía ver a los hijos cuando quisiera. Sólo que Jeremy no siempre podía y los chicos lo veían cada vez con menos frecuencia y, también, menos entusiasmo. Las salidas se habían espaciado y ya no acudían al estadio.

Por lo que parecía, la de demoler se había convertido en su especialidad, en el trabajo y en la vida.

Se sacudió esos pensamientos y trató del volver al presente.

Sonora Inc., la empresa de construcciones con una facturación de vértigo para la que trabajaba, tenía una esquina reservada entre la Tercera Avenida y la calle Veintitrés, dos edificios contiguos de cuatro plantas, que se habían pagado con una buena suma a los anteriores propietarios, dando una benévola salida a los pocos inquilinos que todavía vivían allí. En su lugar se alzaría un gran rascacielos de pisos, cuarenta plantas, piscina en la terraza y otros esparcimientos.

Lo nuevo estaba eliminando a lo viejo a fuerza de martillos neumáticos.

Estaban llegando al final de los trabajos de demolición. Jeremy vivía esa parte del trabajo como algo necesario pero tedioso. Después de meses de labor, ruidos y camiones que se llevaban los escombros, parecía que el trabajo aún no hubiera comenzado. Al principio había visto con un poco de melancolía la caída de esos viejos edificios de ladrillo rojo, una parte de la historia que lo rodeaba. Sin embargo, la excitación por construir algo nuevo era una especie de antídoto. En poco tiempo las excavadoras abrirían el espacio suficiente para montar los cimientos que sostendrían un edificio de ese tamaño. Y después empezaría la creación, la subida, el colocar una pieza sobre otra hasta el exultante momento en que izarían en el techo la bandera de las barras y las estrellas.

En pie, en la puerta del barracón, vio cómo los obreros terminaban con sus ocupaciones respectivas y se dirigían hacia él.

Miró el reloj. Las discusiones con aquellos imbéciles habían hecho que llegara la hora del almuerzo sin que se diera cuenta. No tenía hambre y, sobre todo, no tenía ganas de compartir con sus subordinados el parloteo que incluía cada comida. Con las personas que trabajaban a sus órdenes tenía relaciones cordiales, aunque no íntimas. No compartían otros aspectos de la vida, pero el trabajo ocupaba la mayor parte. Y él quería que en las obras donde trabajaba reinase la mayor armonía posible. Por ese motivo se había ganado el aprecio de sus superiores y el respeto de los trabajadores, aunque todos sabían que cuando era necesario siempre estaba listo para mostrar el puño de hierro.

El hecho de que en ese caso específico no existiese un guante de terciopelo sino de trabajo, no cambiaba las cosas.

Ronald Freeman, su segundo, salió del barracón haciendo vibrar ligeramente el suelo. Era un hombre negro, alto y corpulento, un apasionado de la cerveza y la comida picante. Trazas de sus aficiones podían verse en su cara y su cuerpo. Freeman se había casado con una mujer de origen indio, y había encontrado, como él mismo decía, el curry para sus dientes. Jeremy había estado una vez cenando en su casa. Apenas se llevó a la boca el primer trozo de algo que llevaba el nombre de masala, sintió que se incendiaba y se vio obligado a beber un trago de cerveza. Después le preguntó riendo a su anfitrión si para servir esa comida era necesario portar armas.

Ron se quitó el casco de plástico y se dirigió al rincón donde lo esperaba la fiambrera de plástico que su mujer le preparaba cada mañana. Se sentó en el banco que corría a lo largo de la pared del barracón y se la puso sobre las rodillas. Le vio la cara a Jeremy y comprendió que estaba en uno de esos días que había que eliminar del calendario.

– ¿Líos?

Jeremy encogió los hombros, como quitándole importancia.

– Los de siempre. Cuando un arquitecto y un ingeniero se ponen de acuerdo después de haberse peleado durante horas, lo único que saben hacer es ir en búsqueda de un tercer tocacojones, para completar una especie de triángulo de las Bermudas.

– ¿Y lo han encontrado?

– Ya sabes cómo son estas cosas. Los gilipollas se encuentran con una facilidad pasmosa.

– ¿La Brokens?

– Ya.

– Si esa mujer entendiera el doble de lo que entiende, seguiría sin entender una mierda. Si su marido le da todo este espacio debe ser porque en la cama es toda una hembra.

– O a lo mejor es como un tronco y su marido la manda por ahí para que se agote y por la noche no tenga pretensiones. Piensa un poco en lo que debe de ser tener a esa mujer al lado y que de golpe estire la mano…

Ron hizo una mueca de horror y ratificó las palabras con el pensamiento.

– A mí tendrían que ponerme algo eléctrico en los calzoncillos para despertarme…

En ese momento dos hombres subieron los escalones y entraron en el barracón. Ron aprovechó para abrir la fiambrera. Un fuerte olor acre se esparció por el ambiente.

James Ritter, un joven trabajador con cara de bueno, simuló retroceder hacia la puerta por donde había entrado.

– ¡Santo cielo, Ron! ¿La CIA sabe que portas armas de destrucción masiva? Si te comes eso, después puedes usar el aliento como una soldadora.

Como respuesta, Freeman se llevó una cucharada de comida a la boca con ostentación.

– Eres un ignorante, Ron. Te mereces esa basura que comes todos los días, que te destroza el estómago y hasta debe anular el efecto de la viagra, que estoy seguro que necesitas.

Jeremy sonrió.

Estaba satisfecho con esa atmósfera de camaradería. La experiencia le enseñaba que los hombres se desempeñan mejor en un ambiente ligero si tienen que hacer un trabajo pesado. Por esta razón, por lo general se preparaba algún plato en casa y comía en el barracón, junto a sus obreros.

Pero cuando se sentía de mal humor, prefería estar solo. Para pensar en sus cosas y no ser cargante con los otros.

Se acercó a la puerta y se quedó un rato allí, mirando el exterior.

– ¿No comes, jefe?

Sin volverse, sacudió la cabeza.

– Voy al Deli de allí atrás. Volveré para hacer el recuento de las víctimas de la comida de Ron.

Bajó los escalones del barracón y, de pronto, se transformó en un ciudadano más. Atravesó el paso de cebra y se dirigió hacia la calle Veintitrés, dejando a sus espaldas la Tercera Avenida. A aquella hora no había mucho tráfico en esa parte de la ciudad. Nueva York escogía sus ritmos de modo muy regular, salvo enloquecimientos de tanto en tanto, cuando una masa de coches y de personas se lanzaba a las calles sin motivo y sin preaviso.

En esa ciudad todo aparecía y desaparecía constantemente en un eterno juego de prestigio: coches, personas, casas.

Vidas.

Caminando con decisión llegó al Deli, sin detenerse en ningún escaparate, un poco por desinterés en lo que exhibían, pero sobre todo porque no quería ver el reflejo de su imagen. Temía percatarse de que también él había desaparecido en la nada.

Empujó la puerta del local repleto de gente y una peste a comida le anegó el olfato. Al verlo entrar, una chica asiática le sonrió desde detrás de la caja. Después volvió a prestar atención a las personas que estaban en la cola para pesar y pagar lo que iban a comer.

Recorrió lentamente el largo expositor que mantenía la comida caliente, buscando en el contenido de los muchos recipientes algo que le atrajera. Unos empleados, también ellos asiáticos, reemplazaban los contenedores cuando se vaciaban. Cogió un plato de plástico y se sirvió unos trozos de pollo hervido de aspecto aceptable y se hizo preparar una ensalada mixta.

Mientras tanto, la cola de la caja se había acortado y al cabo se encontró frente a la chica que le había sonreído al entrar. A primera vista le había parecido alguien muy joven. Ahora, de cerca, se dio cuenta de que no hubiese podido ser su hija. Ella le sonrió como si estuviera dispuesta a convertirse para él en algo diferente. Jeremy pensó que quizás hiciera lo mismo con todos los clientes. Pesó su comida, pagó y dejó atrás a la mujer, que sonreía de la misma manera al siguiente cliente.

Se dirigió al fondo del local y se sentó solo en una mesa para dos. El pollo mantenía lo prometido, es decir, poco. Lo dejó por la mitad y se dedicó a la ensalada, recordando cuánto insistía Jenny, cuando estaban juntos, en que comiera más verdura.

«Todo sucede demasiado tarde. Siempre demasiado tarde…»

Con la lengua se quitó los fragmentos de ensalada metidos entre los dientes y los hizo desaparecer con sorbos de la cerveza que había cogido de la nevera de las bebidas.

Su mente volvió a la reunión de la mañana con Val Courier, un arquitecto de clara fama y sexualidad dudosa, y con Fred Wyring, ingeniero de cálculos más que sospechosos, a quien se había unido la mujer del propietario de la empresa. La señora Elizabeth Brokens, que parecía una publicidad de bótox, cansada de pasar de un psicoanalista a otro, había decidido que el mejor tratamiento para su neurosis era el trabajo. Sin tener aptitudes, preparación o siquiera una idea propia, el único camino posible consistía en apoyarse en su marido. Quizá se había liberado de la neurosis, pero sólo porque la estaba distribuyendo con generosidad entre las personas con que trataba.

Jeremy Cortese no tenía títulos académicos, pero el diploma se lo había ganado trabajando. Un día tras otro había trabajado duro y aprendido de quienes sabían más que él. Encontraba que las discusiones con los incompetentes eran una pérdida de tiempo, de la cual antes o después tendría que rendir cuentas al señor Brokens en persona. Pero se tragaría el decirle que su trabajo lo conocía bien, tanto como que Brokens no conocía bien a su mujer.

Cada vez que la veía llegar tenía ganas de poner en marcha el cronómetro para que su jefe supiera cuánto tiempo le costaba una visita de su cónyuge a las obras. Quizá le convendría más seguir pagando los honorarios de los psicoanalistas. Además de los de un joven profesor de tenis o de golf dispuesto a hacer horas extra.

Estaba tan concentrado en sus pensamientos que no vio entrar a Ronald Freeman. Sólo cuando estuvo frente a él, la percepción de su presencia le hizo alzar la mirada de la ensalada.

– Tenemos un problema.

Ron hizo una pausa y apoyó las manos en la mesa. Lo miró fijamente y con una expresión que Jeremy nunca le había visto. Si eso hubiese sido posible, Jeremy habría dicho que Ron estaba pálido.

– Un gran problema.

La confirmación hizo que la luz de alarma se encendiera en el cerebro de Jeremy.

– ¿Qué sucede?

Ron señaló la puerta con el mentón.

– Es mejor que vengas a verlo.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se dirigió a la salida. Jeremy lo siguió, tan preocupado como sorprendido. No era frecuente ver a su ayudante paralizado ante una emergencia, fuera cual fuere.

Ya en la calle, caminaron uno junto al otro. Cuando se acercaban a las obras vio que los hombres habían salido del área cercada, un grupo heterogéneo de chaquetas de trabajo y coloridos cascos.

Apuró el paso sin proponérselo.

Llegaron a la entrada y los trabajadores guardaron silencio mientras ellos pasaban. Parecía una escena de una vieja película, una de esas donde un barrido de imagen muestra rostros mudos y sin esperanza delante de la entrada de una mina donde un improvisto derrumbe ha aprisionado a mineros en las galerías.

«Pero ¿qué está sucediendo?»

No perdieron tiempo en ponerse el casco, como obligaba el reglamento. Caminaron a lo largo de la estacada, junto a los restos del muro que todavía estaba en pie, y poco a poco empezaron a bajar al viejo semisótano, ahora casi totalmente a cielo abierto. Su ayudante lo condujo hacia la parte opuesta de la excavación. La única pared que permanecía en pie era la medianera entre los dos edificios, todavía pendiente de demolición.

Uno detrás del otro, llegaron al rincón de la izquierda, el más apartado de la escalera. Ronald se detuvo y se apartó para dejar a la vista el panorama, un involuntario movimiento de telón que tuvo efecto escenográfico.

De golpe, Jeremy sintió un escalofrío. También sintió la amenaza de arcadas y agradeció haber comido sólo ensalada.

El trabajo de desescombro había dejado a la vista un intersticio. Por una brecha abierta por el martillo neumático aparecía el brazo de un cadáver, sucio por el tiempo y el polvo. La cara, ya casi sólo una calavera, estaba sostenida por lo que quedaba de los hombros, y parecía mirar al exterior con la amarga desolación de quien ha logrado demasiado tarde reencontrarse con el aire y la luz.

8

Vivien Light estacionó su Volvo XC60, apagó el motor y esperó un momento a que el mundo que la rodeaba la alcanzase. Durante todo el viaje de regreso de Cresskill había tenido la sensación de moverse en una exclusiva dimensión paralela donde ella era más rápida que el resto. Como si dejase tras de sí una estela compuesta de fragmentos del pasado, rápidas fracciones y refracciones de colores, visibles como la cola de un cometa desde los coches, las casas y las personas que daban vida a las pantallas privadas que eran las ventanas.

Le sucedía cada vez que iba a ver a su hermana.

Cada viaje de ida era una esperanza. Sin motivo, pero quizá por eso más fuerte y todavía más frustrante. Una esperanza de encontrarla igual y, como siempre, más hermosa. Por una compensación absurda, parecía que los meses y los años no tuvieran efecto sobre su rostro. Sólo que sus ojos eran una mancha azul arrojada en el vacío al que se había asomado, un vacío que su enfermedad seguía expandiendo lentamente.

Por esa razón el regreso era una especie de salto en el hiperespacio, un salto que la obligaba a emerger una vez más en el lugar que la esperaba en el centro de la realidad.

Giró hacia ella el espejo retrovisor. No era coquetería, quería verse otra vez, reconocerse como una persona normal. Apareció la cara de una muchacha que alguna vez alguien habría calificado de bonita y que algún otro habría mirado como si no existiese. El agrado, como sucede siempre, era inverso a sus intereses.

Era morena, con el pelo corto, sonreía muy poco y nunca cruzaba los brazos, y de vez en cuando sentía necesidad de contacto físico con las personas. En sus ojos claros parecía haber una huella permanente de severidad. Y en la guantera de su coche había una Glock 23 calibre 40 S &W.

Si hubiera sido una mujer normal, tal vez su contacto cotidiano con la existencia sería diferente. Y tal vez también su aspecto. Pero el pelo corto servía para impedir que la cogieran de la melena durante un cuerpo a cuerpo, y la expresión severa escenificaba la distancia que debía mantener. Cruzar los brazos podría verse como inseguridad, y tocar a alguien servía para transmitir un sentido de protección e instaurar una relación de confianza, imprescindible para hacer que se abriera y se explayara. Tenía la pistola porque era la detective Vivien Light, destinada en la comisaría del Distrito 13 del Departamento de Policía de Nueva York, en la calle Veintiuno. Tenía la entrada de su lugar de trabajo a sus espaldas y sólo esperaba bajar del coche y caminar esos pocos pasos que la llevarían del estado de mujer apenada al de mujer policía.

Se apartó para coger la pistola de la guantera y la metió en el bolsillo del chaquetón. También cogió el móvil y se concedió otro instante antes de encenderlo y volver a la tierra.

En el espejo lateral vio a dos agentes que salían por la puerta acristalada, bajaban las escaleras, subían al coche patrulla y partían a toda velocidad, con la sirena y las luces encendidas. Una llamada: una de las tantas que llegaban cada día. Una emergencia, una necesidad, un crimen. Hombres, mujeres y niños que cada día caminaban por esa ciudad en medio del peligro, sin posibilidad de preverlo o combatirlo.

Ellos estaban allí para eso.

Amabilidad.

Profesionalidad.

Respeto.

Esas palabras estaban escritas en las puertas de los coches de la policía. Lamentablemente no siempre la amabilidad, la profesionalidad y el respeto eran suficientes para proteger de la violencia y la locura humana a todas esas personas. A veces, para poderla combatir, el policía debía permitir que una pequeña parte de esa locura entrara en él. Y allí entraba también el difícil deber de ser consciente y tener la locura maniatada. Ésta era la diferencia entre ellos y las personas con las cuales se veían obligados a intercambiar la violencia. Violencia contra violencia. Por este motivo ella llevaba el pelo corto, rara vez sonreía, tenía una placa en el bolsillo y una pistola en la cintura.

Sin que viniera al caso, recordó una antigua leyenda india, la misma que en una época le contaba a Sundance y que hablaba de un viejo cherokee sentado junto a su nieto al atardecer.

– Abuelo, ¿por qué luchan los hombres?

Con los ojos en el poniente y en el día que iba perdiendo su batalla con la noche, el viejo respondió con voz tranquila:

– Antes o después, todos los hombres son convocados a la lucha. Para todos los hombres siempre hay una batalla que espera ser combatida. Una batalla que puede ganarse o perderse. Y el combate más cruento es el que se produce entre dos lobos.

– ¿Qué lobos, abuelo?

– Los que cada hombre lleva dentro de sí.

El niño no lograba entender. Esperó a que el abuelo rompiese el silencio que había dejado caer entre los dos, quizá para avivar su curiosidad. Por fin, el viejo, que tenía la sabiduría del tiempo dentro de sí, retomó las palabras con calma.

– Dentro de cada uno de nosotros hay dos lobos. Uno es malo y vive de odio, celos, envidia, rencor, falso orgullo, mentiras y egoísmo.

El viejo hizo una nueva pausa, esta vez para permitir que el niño entendiera sus palabras.

– ¿Y el otro?

– El otro es el lobo bueno. Vive de paz, amor, esperanza, generosidad, compasión, humildad y fe.

El niño pensó un instante lo que su abuelo le había dicho. Después dejó que su pensamiento y su curiosidad se expresaran.

– ¿Y cuál gana?

El viejo cherokee se volvió y, mirándolo, dijo:

– El que más alimentas.

Vivien abrió la puerta del coche y se apeó. Encendió el teléfono, que apenas tuvo cobertura se puso a sonar.

– Detective Light.

– Soy Bellew, ¿dónde estás?

– Aquí abajo, estoy entrando.

– Vale, bajo yo. Nos vemos en el vestíbulo.

Subió las escaleras, atravesó la puerta de vidrio y entró en el edificio, un punto de llegada y de salida para una humanidad doliente y transitoria. Personas a las que la vida había aplastado, personas que habían aplastado otras vidas. Cada uno había dejado tras de sí un residuo que cargaba la mente de imágenes y que se respiraba en el aire. A la izquierda, detrás de un largo mostrador que iba de pared a pared, estaban los agentes de servicio. Se hallaban de pie sobre una tarima, de modo que quien quisiera dirigirse a ellos tenía que mirar hacia arriba. A sus espaldas, una pared de azulejos que habían sido blancos. Como en las fábulas, Vivien no conocía el origen del cambio de color. Algunos azulejos estaban astillados, las juntas eran una telaraña gris y lo blanco estaba cubierto por una pátina opaca que sólo los malos tiempos pasados pueden proporcionar.

Detrás del mostrador había un negro con las manos esposadas a la espalda. Un agente uniformado lo sostenía por un brazo y otro estaba formalizando los detalles del arresto.

Vivien entró y respondió con un gesto el saludo del agente. Se volvió a la derecha y se encontró en una habitación amplia, pintada de un color indefinido, con sillas colocadas en línea en el centro y un panel blanco colgado de una pared. Había otro panel junto a un escritorio elevado. Era la sala de reuniones donde a los agentes se les comunicaba el orden del día y se impartían las directrices generales para las operaciones.

El capitán Alan Bellew apareció por una puerta de vidrio que daba al corredor, frente a la entrada. Apenas la vio, se le acercó con un paso veloz que transmitía la sensación de vigor físico. Era un hombre alto, práctico y capaz, a quien le gustaba su trabajo y sabía hacerlo.

Estaba al tanto de la difícil situación familiar de Vivien, y sabía de la carga que tenía que arrastrar pese a su juventud. Sus indiscutibles méritos en el trabajo lo habían llevado a tenerla en especial consideración. Entre ellos había crecido una relación de aprecio mutuo que les llevó a colaborar, siempre con óptimos resultados. Uno de los compañeros de Vivien la había definido como «la coca de Bellew», pero cuando llegó a oídos del capitán, éste se lo llevó aparte y le dijo algo. Nadie supo qué, pero desde ese momento habían desaparecido las alusiones.

Cuando la tuvo allí, según su estilo fue al grano.

– Tenemos un homicidio. Un cadáver que según dicen lleva años allí. Salió a la superficie en unas obras de demolición. Estaba emparedado entre los muros divisorios de un semisótano.

Hizo una pausa para darle tiempo a Vivien de hacerse una idea de la situación.

– Me gustaría que te ocuparas.

– ¿Dónde es?

Bellew hizo un gesto con la cabeza en una dirección imprecisa.

– A dos manzanas de aquí, en la calle Veintitrés esquina Tercera Avenida. La Científica ya debe de estar allí. El juez de instrucción también está yendo. Bowman y Salinas ya están en el lugar y tendrán la situación bajo control hasta que llegues.

En ese momento Vivien comprendió adónde se dirigían los dos agentes que había visto salir cuando llegaba.

– ¿No es un asunto que concierne a los del Cold Case?

El Cold Case Squad era el departamento policial que se ocupaba de los homicidios no resueltos después de años de haber sido cometidos. Fríos como pocos. Y, considerando las palabras del capitán, ése era un caso así.

– Por ahora nos ocuparemos nosotros. Después veremos si es oportuno pasárselo a ellos.

Vivien sabía que, debido a su carácter, el capitán Alan Bellew consideraba que el Distrito 13 era su territorio particular y que no soportaba la intromisión de polis que no dependiesen directamente de él.

La detective asintió con un gesto.

– De acuerdo, ya voy.

En ese momento dos hombres salieron de una puerta a la derecha del mostrador, al otro lado del vestíbulo. El de más edad tenía el cabello gris y un buen bronceado.

Golf, o navegación a vela. «O las dos cosas», pensó Vivien.

El traje oscuro, la cartera de cuero y el aire de gravedad eran tres elementos que le colgaban como un cartel: abogado.

El más joven, de unos treinta y cinco años, llevaba gafas oscuras y en el rostro demacrado le asomaba una barba de varios días. Su ropa era más informal y tenía trazas de una noche pasada en el calabozo. Y no sólo allí, ya que tenía un moretón en el labio y la manga izquierda de la chaqueta se veía arrancada desde el hombro.

Salieron sin mirar a nadie. Vivien y Bellew los siguieron con la mirada hasta que desaparecieron en el vaivén de la puerta de vidrio. El capitán insinuó una sonrisa.

– Anoche en el Plaza hemos tenido un huésped célebre.

Vivien conocía bien aquella frase. En la planta superior, al lado de una gran sala donde se alineaban los escritorios de los detectives, tan próximos que parecían una exposición de muebles de oficina, había un calabozo. Solía usarse para aparcar, a veces durante toda la noche, a los detenidos que esperaban ser liberados bajo fianza o ser transferidos a la cárcel cercana, en Chinatown. Lo habían bautizado como el «Plaza», en alusión al gran hotel, por la incomodidad de los largos bancos de madera adosados a la pared.

– ¿Quién es ese tipo?

– Russell Wade -dijo el capitán.

– ¿El que ganó el Pulitzer a los veinticinco años y se lo quitaron tres meses después?

El capitán hizo una mueca con los labios. La sonrisa había desaparecido.

– Sí, el mismo.

Vivien percibía cuando en la voz de su superior había huellas de amargura. Cualquier persona la habría sentido frente a un sistemático y complaciente sentido de autodestrucción. Por motivos personales, ella también conocía esa situación.

– Lo cogimos anoche en una redada en una timba clandestina, trompa perdido. Se resistió al arresto. Creo que hasta se ganó un guantazo de Tyler. -Bellew archivó ese breve paréntesis y retomó el tema principal-. Dejemos en paz a los vivos. Ahora tendrás que ocuparte de un muerto. Ha esperado mucho, tengamos la cortesía de no prolongarle la espera.

– Creo que tiene derecho.

Bellew se fue y de golpe Vivien estaba fuera, en el aire dulce de esa tarde del final de primavera. Mientras bajaba los pocos escalones de la entrada, por un momento tuvo a su derecha una visión fugaz de Russell Wade y el abogado; se alejaban en una limusina con chófer. El gran coche se movió y le pasó por delante. El huésped de una noche del Plaza se había quitado las gafas y miró hacia fuera, sus miradas se cruzaron. Por un instante Vivien penetró en esos dos intensos ojos azules y se sorprendió por la gran tristeza que reflejaban. Después el coche avanzó y aquel rostro desapareció con el movimiento y mientras subía la ventanilla. Durante un instante dos planetas de los extremos opuestos de la galaxia se habían rozado, pero la distancia había sido restablecida por la simple barrera de un cristal ahumado.

Sólo un instante y Vivien volvió a ser quien era y lo que el mundo esperaba de ella. El lugar donde habían encontrado el cuerpo estaba tan cerca que hubiera llegado antes andando. Mientras tanto ya estaba elaborando la poca información que tenía entre manos. Una obra en construcción era el lugar ideal para hacer que una persona indeseada desapareciera para siempre. Ésta no sería la primera vez, ni la última. Un asesinato, un cuerpo escondido en una viga de cemento, la vieja historia de locura y violencia.

«¿Y cuál gana?»

El combate entre lobos había comenzado en la noche de los tiempos. A lo largo de los siglos siempre hubo alguien que alimentó al lobo equivocado. Vivien se desplazó con la inevitable excitación que sentía cada vez que se acercaba a un nuevo caso. Y con la certeza de que, lo resolviera o no, como siempre todos saldrían derrotados.

9

Llegó a las obras subiendo por la Tercera Avenida.

Había caminado cruzando semáforos, escaparates de bares, mucha gente, siendo una persona normal entre personas normales. Ahora saldría del anonimato que hasta ese momento la había fundido con la humanidad que la rodeaba, para volver a ser quien era. La llegada de un detective a la escena del crimen era un momento especial, como cuando para un actor se abría el telón. Nadie habría tocado nada ni movido un dedo desde que le encargaron la investigación. Conocía las sensaciones que tendría. Y sabía que, como siempre, estaría contenta de no poder prescindir de ellas. El lugar donde se había cometido un homicidio, fuera reciente o del pasado, nunca carecía de un morboso atractivo. Algunos escenarios de catástrofes incluso se habían convertido en destinos turísticos. Para ella, era el lugar donde dejar de lado las emociones y desarrollar su trabajo. Todas las hipótesis que pudiera haberse formulado durante el breve trayecto pasarían ahora la prueba de los hechos.

El coche de la policía estaba aparcado junto a la acera, protegida por el cercado de plástico naranja que delimitaba la parte del área de las obras que invadía la calzada. Bowman y Salinas, los agentes enviados por Bellew, no estaban a la vista. Quizá se hallaran dentro, circunscribiendo con cintas amarillas la zona donde había sido descubierto el cadáver.

Los obreros estaban reunidos junto a la puerta de uno de los barracones que había a ambos lados de la obra. De pie, un poco separados del resto, había otros dos hombres. Uno era negro, alto y grande, el otro era blanco y llevaba una chaqueta azul de trabajo. En todos los presentes parecía que los nervios eran el único motor de sus movimientos. Vivien comprendía muy bien ese estado de ánimo. No todos los días sucede que al derribar una pared uno se encuentre con un cadáver.

Se acercó a esos dos y les mostró su placa.

– Buenos días. Creo que me están esperando, soy la detective Vivien Light.

Si les sorprendió ver que llegaba a pie, no lo demostraron. El alivio debido a su presencia, por tener al fin a alguien a quien referir los hechos, superaba otras consideraciones.

El blanco habló en nombre de los dos.

– Soy Jeremy Cortese, jefe de obras. El señor es Ronald Freeman, el segundo jefe.

Vivien abordó el asunto sin dilación, consciente de que los dos hombres esperaban que lo hiciera.

– ¿Quién ha descubierto el cadáver?

Cortese señaló al grupo de obreros que estaba detrás.

– Jeff Sefakias. Estaba derribando la pared y…

– Está bien. Después hablaré con él. Ahora quiero hacer un reconocimiento.

Cortese dio un paso hacia la entrada de las obras.

– Venga por aquí. Yo le indico.

Freeman se quedó donde estaba.

– Si fuera posible quisiera evitar volver a ver ese… esa cosa.

A Vivien le costó disimular un gesto de simpatía. Lo hizo porque podía ser interpretado como una burla. No debía humillar a quien le parecía una buena persona. Una vez más pensó en lo impreciso que era siempre emparejar el cuerpo y la mente de una persona. La pinta de aquel hombre le habría dado miedo a cualquiera, en cambio era él quien estaba impresionado por una escena cruenta.

En ese momento un gran automóvil se detuvo a su lado. El chófer abrió la puerta trasera y salió una mujer. Era alta, rubia, y pudo haber sido guapa en el pasado. Ahora era la manifestación viviente de la inútil batalla de algunas mujeres contra la imparcialidad del tiempo. Aun cuando vestía de modo informal, toda su ropa era de marca. Delataba tiendas de la Quinta Avenida, Sacks, sesiones de masajes en spa exclusivos, perfume francés y gesto de desprecio por el prójimo. Se dirigió a Cortese sin dedicarle una mirada a Vivien.

– Jeremy, ¿qué está pasando aquí?

– Como ya le he dicho por teléfono, hemos encontrado el cuerpo de un hombre durante las excavaciones.

– De acuerdo, pero los trabajos no pueden pararse por eso. ¿Tiene idea de cuánto cuesta a la empresa cada día que se detienen los trabajos?

Cortese encogió los hombros y dirigió a Vivien un gesto espontáneo con las manos.

– Estábamos esperando la llegada de la policía.

En ese momento la mujer pareció advertir la presencia de Vivien. La miró de arriba abajo con una expresión que la detective decidió que no merecía ser descifrada. Cualquiera que fuera el tema del examen, ropa o aspecto o edad, sabía que no obtendría una buena nota.

– Agente, tratemos de resolver lo antes posible este desagradable accidente.

Vivien ladeó la cabeza y sonrió.

– ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

La mujer usó un tono de proclama:

– Elizabeth Brokens. Mi marido es Charles Brokens, propietario de la empresa.

– Bien, señora Elizabeth Brokens, mujer de Charles Brokens, propietario de la empresa: un desagradable accidente podría ser, por ejemplo, la nariz que su cirujano plástico le ha colocado en medio de la cara. Lo que ha sucedido en este lugar es lo que todo el mundo suele llamar homicidio, ¿le suena? Y como bien sabrá usted, es una práctica perseguida por la ley. Me permito recordarle que es la misma ley que investiga la contabilidad de la empresa de su marido, señora. -Abandonó la sonrisa y cambió de tono-. Y si usted no desaparece ya mismo, la hago arrestar por obstaculizar una investigación de la policía de Nueva York.

– ¿Cómo se permite? Mi marido es amigo personal del jefe de policía y…

– Entonces vaya a quejarse a él, estimada señora Elizabeth Brokens, mujer de Charles Brokens, propietario de la empresa y amigo personal del jefe de policía. Y déjeme hacer mi trabajo de una puta vez.

Le dio la espalda, dejándola helada y quizás imaginando sanciones y terribles castigos para ella. Se dirigió hacia la abertura en el cercado que según intuyó daría acceso a las obras.

Jeremy Cortese se le puso al lado. Su expresión era de incredulidad.

– Señorita, si alguna vez tiene unas reformas para hacer, le haría el trabajo gratis con todo gusto. La cara de la señora Brokens después de su discurso me quedará como uno de los mejores recuerdos de mi vida.

Pero Vivien casi no oyó esas palabras. Ya tenía el pensamiento en otra parte. Apenas llegaron al lugar, de un vistazo se percató de cuál era la situación. Un poco más allá de sus pies, delimitado por una red de protección, se abría un agujero en el terreno. Era de unas tres cuartas partes de la medida total de la excavación y profundo como un sótano. El fondo eran los suelos de dos edificios diferentes y estaba dividido por la mitad mediante una línea de materiales desiguales. En la parte opuesta todavía había algo de la planta baja, pendiente de demolición, pero la mayor parte del trabajo había sido hecho. Abajo, los dos agentes estaban terminando de cercar el área en su parte izquierda. Un obrero estaba detrás de ellos, apoyado contra una pared, esperando.

Cortese le dio respuestas antes de que Vivien formulara preguntas.

– Había dos viejos edificios, uno pegado al otro. Los estamos derribando para construir un rascacielos.

– ¿Qué había antes aquí?

– De este lado, apartamentos y un restaurante que daba a la calle, creo. Hemos encontrado muchos viejos utensilios. Del otro lado, un pequeño garaje. Creo que fue instalado después de la construcción del edificio, porque hemos encontrado trazas de reestructuración.

– ¿Sabe quiénes eran los propietarios?

– No, pero seguro que la empresa tiene toda la documentación que necesita.

Cortese se movió y Vivien lo siguió. Llegaron a la esquina de la derecha, donde una escalera de cemento, los restos de una construcción precedente, conducía al nivel inferior. La excavación desierta daba sensación de desolación, con los martillos neumáticos en el suelo y la gran perforadora amarilla aparcada a un lado con el motor apagado. Imperaba el gris malestar de la destrucción sin la brillante promesa de una restauración.

Dos técnicos de la Científica aparecieron cuando ya estaban en la escalera. Traían un montón de instrumentos. Vivien les indicó que la siguieran.

La detective y Cortese bajaron por la escalera y llegaron en silencio a donde esperaban los dos agentes. Cortese se detuvo a dos pasos de la cinta amarilla. Víctor Salinas, un joven alto y moreno que tenía debilidad por Vivien, cuya mirada no lo disimulaba, esperó a que ella llegara y después levantó la cinta amarilla para dejarla pasar.

– ¿Cómo están las cosas?

– A primera vista, diría que normal y complicada al mismo tiempo. Ven a echar un vistazo.

Al final de la pared había una especie de abertura cuadrada. Vivien se dio la vuelta y comprobó que en la parte opuesta había otra abertura igual. Probablemente una o dos vigas, ya demolidas, habían seguido esa línea.

Ante ella, por un desgarrón en el cemento, asomaba un antebrazo cubierto de lo que quedaba de una cazadora de tela. En el interior se veía una calavera con restos de piel apergaminada y residuos de cabello. Tenía la sonrisa alegórica de Feria de los muertos y también su significado de muerte violenta.

Vivien se acercó a la pared y observó con atención el brazo, el cuerpo y la tela de la manga. Trató de mirar dentro, intentando recoger el más mínimo detalle que le sirviera para hacerse una primera impresión, que a menudo se revelaba como la exacta.

Se volvió y vio que los de la Científica y un hombre con chaqueta deportiva y tejanos estaban más allá de la cinta policial esperando instrucciones. Vivien nunca lo había visto, pero por el aire vagamente aburrido comprendió que debía de ser el forense. Tal vez había llegado mientras ella examinaba el cuerpo.

Vivien se le acercó.

– Vale. Tratemos de sacarlo de allí.

Jeremy Cortese se aproximó y señaló al operario que se mantenía aparte.

– Si quiere, dispongo de un hombre que no tiene problemas con los cadáveres. Ayuda a su cuñado en una empresa de pompas fúnebres.

– Llámelo.

El jefe de obras hizo un gesto al obrero, que se acercó. Era un tipo de poco más de treinta años, con cara de niño y unos rasgos vagamente exóticos. A los lados del casco se veía un brillante cabello negro. Vivien pensó que entre sus antepasados había asiáticos.

Sin decir nada, el operario se acercó a la pared y se agachó para coger el martillo neumático.

Vivien se puso a su lado.

– ¿Cómo te llamas?

– Tom. Tom Dickson.

– Bien, Tom. Es un trabajo delicado y debe hacerse con gran cuidado y prudencia. Todo lo que hay dentro de este nicho puede ser muy importante. Si no te importa, preferiría que uses maza y cincel, aunque sea un trabajo más largo y engorroso.

– Tranquila. Sé lo que hago. Encontrará todo lo que necesita.

Vivien le puso una mano en el hombro.

– Me fío de ti, Tom. Adelante.

Tuvo que admitir que ese hombre conocía su oficio. Amplió la abertura de modo que el interior fuera accesible, sin mover ni una pulgada la posición del cadáver y haciendo que el desmonte cayera hacia fuera.

Vivien le pidió la linterna a Salinas y se acercó para echarle un vistazo al sepulcro. La luz del día todavía era intensa, pero dentro había una ligera penumbra que no permitía distinguir bien los detalles. Y sólo Dios sabía cuántos de esos detalles se necesitaban en un caso como ése. Barrió con la luz las paredes y los restos del hombre. La estrechez del espacio había impedido que el cuerpo resbalase y cayese a tierra. Estaba apoyado en la parte izquierda, con una inclinación innatural. Esta posición había hecho creer, desde el exterior, que tenía la cabeza sobre los hombros. El ambiente cerrado y la poca humedad lo habían casi momificado, por lo que estaba más entero que lo habitual en esos casos. Y, por lo tanto, era mucho más difícil hacerse una idea de cuánto tiempo llevaba escondido entre esas paredes.

«¿Quién eres? ¿Quién te ha matado?»

Vivien sabía que para las familias de personas desaparecidas lo peor era la incertidumbre, la ansiedad de no saber. Alguien que una noche, un día salía de casa y sin ninguna razón no regresaba. Por la falta del cuerpo, durante toda la vida sus seres queridos se preguntarían qué, dónde y por qué. Sin dejar nunca de alimentar una esperanza que sólo el tiempo sabía empañar con paciencia.

Volvió a su inspección.

Cuando iluminó el lugar se percató de que en el suelo, cerca de los pies del cadáver, había un objeto cubierto de polvo que a primera vista parecía una billetera. Pidió unos guantes de látex, se metió por la abertura y lo cogió. Después se irguió e hizo un gesto a los técnicos de la Científica y al forense.

– Bien, señores. Vuestro turno.

Mientras ellos se ponían a trabajar, examinó el objeto que tenía en la mano.

Sopló con delicadeza para quitar el velo de polvo. Era de imitación de cuero y debía de haber sido negro o marrón, y más que una billetera parecía un portadocumentos. Lo abrió con cuidado. Los compartimentos de plástico duro estaban pegados y se separaron con un ligero ruido de papel desgarrado.

Dentro había dos fotos, una a cada lado.

Les quitó la protección y metió delicadamente los dedos para no estropearlas. Las inspeccionó a la luz de la linterna. En la primera aparecía un muchacho de uniforme y con casco que, apoyado en un vehículo blindado, miraba al objetivo con seriedad. Alrededor, la vegetación traía ecos de un país exótico. La giró y detrás encontró algo escrito y desteñido por el tiempo. Algunas letras estaban desdibujadas, pero no tanto como para volverse ilegibles.

«Cu Chi District 1971.»

La otra foto, mucho mejor conservada, la sorprendió. El personaje era el mismo joven que en la otra foto miraba al fotógrafo con aire reflexivo. Estaba de civil, con una camiseta con dibujos psicodélicos y pantalones de trabajo. En esta imagen tenía el pelo largo y sonreía, mostrando a la cámara un gran gato negro que sostenía en brazos. Vivien estudió con atención a la persona y al animal. Al principio creyó que lo que veía era una deformación debida a la perspectiva, pero se dio cuenta de que la primera impresión era la buena.

El gato sólo tenía tres patas.

En el reverso no había nada escrito.

Le pidió a Bowman, el otro agente, dos bolsas de plástico en las que metió con cuidado el portadocumentos y las fotografías. Se acercó a Frank Ritter, el jefe de grupo de la Científica con quien había colaborado otras veces, y le expuso la situación.

– Querría que analizarais este material. Huellas digitales si las hubiera, y un estudio de la ropa de la víctima, con anexos y conexiones. Además quiero una ampliación de las fotos.

– Veremos qué se puede hacer. Pero yo no esperaría demasiado. Todo me parece muy viejo.

«Tenía necesidad de que me lo dijeras tú.»

Mientras hablaban, el cadáver fue extraído del nicho y colocado con delicadeza en una camilla. El forense estaba de pie ante el cuerpo y se inclinó para examinarlo. Aquello que fuera un hombre había llegado a su último día vistiendo un chaleco de tela y unos pantalones de aspecto ordinario.

El forense rodeó la camilla y se puso al lado de Vivien. Limitaron al mínimo las presentaciones.

– Jack Borman.

– Vivien Light.

Los dos sabían quién era el otro, dónde estaban y qué estaban haciendo. En aquel momento, cualquier otra consideración pasaba a un segundo plano.

– ¿Podrá darme alguna pista sobre la causa de la muerte?

– Por la posición de la cabeza, y sin tecnicismos, puedo suponer que alguien le rompió el hueso del cuello. Con qué, no lo sé. Eso quedará claro después de la autopsia.

– ¿Cuánto tiempo cree que llevaba allí?

– Por el estado de conservación, diría que unos quince años, pero también hay que tener en cuenta las condiciones del lugar; con el análisis de los tejidos podremos ser más precisos. Creo que en esto será significativo lo que digan los de la Científica sobre la ropa.

– Gracias.

– De nada.

Mientras el forense se alejaba, Vivien se dio cuenta de que todo lo que podía hacerse ya se había hecho. Dio la orden de trasladar el cadáver, saludó a los presentes y los dejó ocupándose de sus asuntos. Tal como estaban las cosas, decidió que era inútil hablar con el obrero que había encontrado el cadáver. Le había hecho el encargo a Bowman de que anotara los datos de todas las personas que podrían ser útiles para la investigación. Las escucharía más adelante, incluyendo al señor Charles Brokens, el propietario de la empresa que cada mañana se despertaba teniendo a aquella bruja a su lado en la cama.

En los casos de homicidio como ése, los datos más significativos no provenían de los testimonios sino de las revelaciones técnicas. Y esto después de haber puesto en marcha un plan de actuación.

Recorrió en sentido contrario el camino que la había llevado a la escena de un antiguo crimen y se encontró fuera de la zona de obras. Los trabajadores la miraron con una mezcla de admiración y contención. Los dejó atrás y se dirigió a comisaría a buscar el coche. Tenía necesidad de pensar y el fragoroso anonimato de Nueva York era el ambiente apropiado para hacerlo, un contrasentido.

Bellew le había asignado un caso nada fácil. Tal vez porque la creía capaz de resolverlo, pero en estos casos el aprecio era sinónimo de «sácame las castañas del fuego». Y, por lo que había visto, había unas castañas que llevaban en el fuego no menos de quince años, tan tostadas ya que se habían convertido en irreconocibles trozos de carbón.

Pasó ante el ventanal de un bar y un reflejo la empujó a mirar dentro. Sentado a una mesa frente a una chica rubia de pelo largo, estaba Richard. Los dos hablaban y se miraban de un modo que excluía una simple amistad. Se sintió como una mirona y se alejó a toda prisa, antes de que él la descubriera, aunque parecía que no tuviera más ojos que para su acompañante. No era una sorpresa encontrarlo allí. Vivía en la vecindad y en ese mismo bar habían estado juntos varias veces.

«Hubiera sido mejor algunas veces más.»

La historia con él, llena de risas, comidas, vino y sexo tierno y delicado, había durado un año. Una relación que casi pudo haberse definido como amor.

Pero ella, con su trabajo y la situación de Sundance y de su hermana, había tenido cada vez menos tiempo para los dos. Al final, se vio que sería un recorrido demasiado largo para sus fuerzas y la historia se apagó.

Mientras caminaba se dio cuenta de que su problema era el mismo que el de todas las personas que se movían en esa calle y en esa ciudad y en ese mundo, con la jactancia de vivir y la certeza de morir. Por desgracia no había modos alternativos y nadie, ninguna de esas personas, por más que se ilusionara en vivir lo más posible, disponía del tiempo suficiente.

10

Ziggy Stardust sabía mimetizarse.

Era capaz de ser un perfecto don nadie entre millones de don nadies que cada mañana respiraban el aire de Nueva York. Era un ejemplo perfecto del ni esto ni aquello: ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, ni guapo ni feo. Un espléndido hombre inexistente, de esos que no se notan, a los que no se recuerda ni se ama.

El rey de la nada.

Pero esa nada era la materia de su arte. Y eso es lo que él creía ser: un artista. Asimismo se definía como un viajero. Cada día recorría en metro un promedio de kilómetros mayor que lo que un usuario normal recorrería en una semana. Para Ziggy Stardust el metro era el reino de los memos. La sede principal de una de sus multiformes actividades: la de carterista. Otra, colateral pero no menos importante, era la de abastecedor fiable de una serie de personas llenas de pasta que amaban el polvo blanco y otros accesorios; sin riesgos ni problemas.

Porque de él no llegarían nunca los problemas.

No era un comercio de grandes proporciones, pero era continuo, una especie de pequeña renta. Sólo una llamada a un número seguro y los señores y señoras de la upper class veían cómo les llegaba a domicilio lo que necesitaban para sus reuniones, o se les facilitaban direcciones para sus jueguecitos. Ellos tenían el dinero, él aquello por lo que pagaban. Este cruce de oferta y demanda era tan natural que no cabían escrúpulos, si es que Ziggy los tenía.

Cada tanto, y cuando podía, Ziggy vendía información a quien tuviera necesidad. A veces incluso a la policía, que a cambio de algún soplo productivo, hecho con la más rigurosa reserva, cerraba los ojos a los frecuentes viajes de Ziggy Stardust en metro.

Por supuesto que ése no era su verdadero nombre. El original no lo recordaba nadie, a veces ni siquiera él. El mote le había caído hacía mucho tiempo, cuando alguien le notó algún parecido con el David Bowie de la época del disco Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. Ya no se acordaba de quién había sido ni bajo los efectos de qué sustancia había sido establecido el parecido, pero allí había quedado.

Era lo único que lo sacaba un poco del anonimato en el cual siempre había buscado vivir. No caminaba por el medio de la acera. Siempre se movía cerca de las paredes, en las zonas más oscuras. Cuando se le daba a escoger, prefería ser olvidado antes que recordado. Cada noche entraba en su agujero de Brooklyn, veía la televisión, navegaba en Internet y sólo salía para telefonear. Hacía todas las llamadas de trabajo desde teléfonos públicos. En casa, sobre el aparador, siempre tenía un tubito con monedas de cuarto de dólar para cubrir sus necesidades. Mucha gente aún no entendía por qué el móvil también se llama celular: al mismo tiempo que un teléfono era un vehículo que te llevaba a la cárcel, un furgón celular. Y los que caían porque les habían interceptado el móvil se lo merecían. No por delincuentes, sino por estúpidos.

Aun ahora, mientras bajaba las escaleras de la estación Bleecker Street, vestido como cualquier pasajero, no podía abandonar su vocación de anonimato. Es mejor hacer creer a todos que no eres nadie, antes de que alguien intente demostrártelo.

Llegó al andén y subió a un vagón de la línea verde, dirección Uptown. La apertura y cierre de las puertas, la entrada y salida constante de pasajeros cansados y con deseos de estar en otra parte, significaba empujones, cuerpos en contacto y olor a sudor. Para él también significaba despiste y billeteras, los dos elementos básicos de su trabajo. Siempre había un bolso parcialmente abierto, un bolsillo mal cerrado, una mochila al lado de alguien inmerso en un libro tan interesante que le hacía olvidar el resto. A veces Ziggy había pensado que sobre los autores de bestsellers tendría que caer parte de la acusación de complicidad en los casos de carterismo en el metro.

Claro, ya no era la época de oro. Ahora imperaban las tarjetas de crédito y circulaba menos efectivo. Por esta razón había decidido ampliar su negocio y diversificar las actividades, como aconsejaban los brokers en televisión.

Al principio se sorprendió de sí mismo. Nunca se había identificado con una persona a la que pudiese aplicarse esa definición. En el pensamiento aparecía la imagen de tu tarjeta de visita.

Ziggy Stardust

Broker

Faltó poco para que se echara a reír.

«Atención: la puerta está por cerrarse», dijo la voz grabada.

Se desplazó hacia la parte interior del vagón, donde había más pasajeros. Pasó de largo frente a un par de personas entre codazos y vaharadas de ajo. Sentado al lado de la puerta había un tipo con una chaqueta militar verde. No pudo establecer su edad porque desde debajo de la chaqueta salía una capucha de chándal que le tapaba parte de la cara. Tenía la cabeza un poco ladeada, como si el balanceo del tren lo hubiera amodorrado. Junto a sus pies había una bolsa de tela oscura, del tamaño de un maletín de ejecutivo.

Ziggy tuvo un ligero hormigueo en la yema de los dedos. Una parte de él revelaba una percepción casi extrasensorial cuando localizaba a una víctima. Era una especie de condición remota que a veces le daba la idea de haber nacido para su oficio. Lo cierto era que de la ropa de ese tipo no podía deducirse que la bolsa contuviese nada de valor. De todos modos, las manos sobre las rodillas no eran las de una persona que hace trabajo pesado, y el reloj parecía de marca.

Según Ziggy, había algo que iba más allá de la apariencia. Su instinto lo había traicionado pocas veces y con el tiempo había decidido confiar en él.

Recordaba una vez en que, sin ninguna inspiración, le había quitado la billetera a un tipo de camisa y corbata, sólo porque al rozarlo su tacto había notado un abrigo de cachemir que debía de costar cuatro mil dólares. Sin otra pista, salvo la aparente referencia de una tela, se había puesto en marcha. Poco después había encontrado siete dólares en la billetera de aquel tipo, además de una tarjeta de crédito y el abono del metro.

Un indigente.

Se acercó al hombre de la chaqueta verde, ubicándose en el otro lado de la puerta. Esperó un par de paradas. El número de pasajeros iba en aumento. Se desplazó hacia el centro del vagón y después, como para dejar libre la entrada, se colocó junto al tipo.

La bolsa de tela seguía en el suelo. Estaba cerca de sus pies, a la izquierda, con el asa en una posición perfecta para ser cogida en la parada apropiada mientras los otros pasajeros subían. Controló que el hombre mantuviera la cabeza en la misma posición. No se había movido. Muchos se amodorraban en el tren, en especial los que tenían un largo trayecto por delante. Ziggy se convenció de que el tipo era una de esas personas. Esperó a que llegaran a la estación Grand Central, donde era habitual que el flujo de pasajeros que bajaban y entraban fuera mayor. Apenas se abrieron las puertas, con un movimiento extremadamente veloz a la vez que natural, cogió la bolsa y salió. De inmediato la escondió con el cuerpo.

Con el rabillo del ojo y mientras trataba de fundirse con el gentío, creyó ver una chaqueta verde que salía del vagón un instante antes de la partida.

«Mierda.»

La Grand Central estaba siempre llena de bofia y si el tipo lo había descubierto tendría que pasar unos días a la sombra.

Adelantó a un par de policías, y a un hombre mayor y una joven negra que charlaban fuera de la estación. No ocurrió nada. Nadie vino corriendo y gritando «¡Al ladrón!» para llamar la atención de los dos agentes. Prefirió no volverse para darle al tipo la impresión de que no se había dado cuenta de nada.

Salió a la calle Cuarenta y dos y dobló a la derecha y una vez más a la derecha, por Vanderbilt. Era un trecho con poco tráfico, el lugar justo para comprobar si el hombre de la chaqueta verde lo seguía o no. Volvió a entrar en la terminal por un ingreso lateral, aprovechando la ocasión para echar un vistazo distraído a la derecha. En la esquina no vio que doblara nadie que se pareciese al de la chaqueta verde. Pero eso no significaba mucho. Si era un tipo avispado sabría cómo seguir a alguien sin ser visto. Del mismo modo en que él sabía cómo despistar a alguien que lo siguiera. Enseguida se preguntó cómo era que ese individuo no había hablado con los polis. Si se había dado cuenta del robo y lo había seguido para ocuparse de él en persona, podía significar dos cosas.

La primera: corría el riesgo de que fuera un sujeto peligroso. La segunda: en la bolsa podría haber algo de valor que era mejor que no cayese en manos de la policía. Y en la medida en que lo segundo era posible, iba creciendo el interés de Ziggy por el contenido. Pero al mismo tiempo el tipo se le representaba mucho más peligroso.

Su luminoso presentimiento se estaba oscureciendo como el cielo en una tormenta inminente. Bajó al nivel inferior, saturado de restaurantes étnicos y personas que bebían y comían a todas horas, antes de la partida del tren o tras la llegada. El enorme vestíbulo estaba lleno de letreros, colores, olores de comida y una tensa atmósfera de prisas. Y esto último era lo que más se le contagiaba, aun cuando se impusiera caminar con marcha normal.

Llegó a la parte opuesta y mientras subía por la escalinata volvió la mirada para controlar la calle. No había personas sospechosas y empezó a tranquilizarse. Quizá fuera sólo una sensación. Tal vez se estaba haciendo viejo para ese trabajo.

Siguió las señales y volvió al metro. Se encaminó a la estación de la línea violeta, la que llevaba a la parte alta, a Queens. Esperó la llegada del tren y siguió el flujo de los pasajeros que entraban al vagón. Una precaución necesaria. Si se admitía que el hombre de la chaqueta verde lo estaba siguiendo, no se arriesgaría en un lugar lleno de gente. Esperó con aire indiferente hasta que la consabida voz anunció que las puertas estaban por cerrarse.

Sólo entonces volvió al andén con un movimiento rápido, como un pasajero que se da cuenta de golpe de que se ha equivocado de tren. Dejó a sus espaldas el tren que se iba y se dirigió hacia la línea verde que iba al Downtown y después proseguía hasta Brooklyn.

Hizo el viaje en varias etapas, esperando el tren siguiente en cada parada, y cada vez hizo que su mirada vagara de un lado a otro. Anónimo entre gente harta y también anónima, a veces con esos rasgos de color humano que hacen de Nueva York un lugar único. Si es que a alguien le quedan ganas de comparar lugares.

Cuando decidió que todo estaba tranquilo, después de la última parada encontró un asiento. Se sentó y esperó con la bolsa en el regazo, ganándole a la curiosidad de abrirla para ver qué contenía. Mejor en casa, donde podría examinarlo todo con calma y sin prisas.

Ziggy Stardust sabía esperar.

Lo había hecho así toda la vida, desde que era niño y se las había arreglado de miles de maneras para unir el desayuno con la cena. Y había seguido así, sin caer nunca en la mala costumbre de la avidez. Conformándose, pero con la férrea certeza de que un día todo cambiaría de golpe. Su vida, su casa, su nombre.

Adiós, Ziggy Stardust; bienvenido, señor Zbigniew Malone.

Una vez más cambió de línea antes de llegar a una estación cercana a su casa. Vivía en Brooklyn, en el barrio donde había la mayor concentración de haitianos y donde hasta los carteles y menús de algunos restaurantes estaban en francés. Un mundo multiétnico, con mujeres de culo enorme y voz aguda y niños con el paso cadencioso y gorras con la visera de lado. En la frontera de esa zona estaba el mundo ordenado y bien compuesto del barrio judío de Brooklyn, chalés con jardines bien cuidados y un Mercedes en el sendero de entrada. Personas silenciosas que se movían como sombras oscuras, la expresión seria bajo sus sombreros negros. Cada vez que los veía, Ziggy tenía la impresión de que rezaban aun cuando contaban el dinero.

Pero él estaba bien donde estaba. Hasta que llegara el día en que pudiera permitirse decir basta y elegir.

Alguien había pintado un grafiti en una pared sin ventana de la casa donde vivía Ziggy. El artista no era gran cosa, pero en un lugar tan deslavado esos colores aportaban un poco de alegría.

Bajó los escalones que llevaban al semisótano donde vivía. Una sola habitación con un baño minúsculo, muebles adocenados y viejos, y olor a cocina exótica que descendía desde las plantas superiores. La cama sin hacer estaba apoyada contra la pared que daba al frente, bajo el ventanuco alto que dejaba entrar un poco de luz. Todo parecía pertenecer a otra época, hasta el toque de modernidad de un televisor de alta definición, el ordenador y la impresora All-in-one sobre los que había una capa de polvo.

La única nota extraña e inusual era una biblioteca en la pared izquierda, llena de volúmenes perfectamente dispuestos y en orden alfabético. Había otros libros en diferentes partes de la habitación. Y hasta una pila de ejemplares hacía las veces de mesilla de noche junto a la cama.

Ziggy apoyó la bolsa sobre la mesa repleta de revistas viejas, se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la butaca. Cogió la bolsa y se sentó en la cama. La abrió, empezó a vaciarla y dejar el contenido sobre la sábana. Había dos periódicos, el New York Times y el USA Today, una cajita de plástico amarillo y azul que le pareció como un mini-kit de herramientas de trabajo, un rollo de alambre de cobre y otro de cinta adhesiva gris, de la que usan los electricistas. Después sacó lo de más peso, que mantenía tensa la bolsa. Un álbum de fotos con la cubierta de piel marrón y hojas de papel áspero del mismo color, lleno de viejas imágenes en blanco y negro, personas y lugares que no conocía. Todas eran fotos de otros tiempos. Por la ropa, al azar habría dicho que se trataba de los años setenta. Pasó varias páginas. Una imagen le llamó la atención. La quitó de los esquineros adhesivos que la fijaban al papel y se quedó un rato mirándola. Un muchacho de pelo largo sonreía, pero la sonrisa no le llegaba a los ojos. Tenía un gran gato negro en brazos. La foto, quizá por casualidad, había logrado captar una extraña pertenencia recíproca, como si esos dos seres, cada uno en su especie, fuesen el uno reflejo del otro.

Se la metió en el bolsillo de la camisa y siguió investigando el contenido de la bolsa. Sacó un objeto de plástico negro rectangular, algo más largo y ancho que un paquete de cigarrillos. Estaba rodeado por una banda elástica para que no se abriera. En un extremo tenía una serie de botones de diferentes colores.

Ziggy se quedó mirándolo sorprendido. Parecía un mando a distancia artesanal. Tal vez rudimentario, pero el aspecto era ése. Lo dejó junto a las otras cosas y sacó el último objeto. Era un gran sobre marrón un poco roto. Tenía escritos un nombre y una dirección un poco borrados por el roce. Por el tamaño podía deducirse que había servido para enviar el álbum de fotos.

Lo abrió y encontró unas hojas de papel común, manuscritas con una caligrafía tosca pero bastante legible. Era la escritura de una persona que no tenía familiaridad con la palabra escrita, quizá tampoco con la hablada.

Ziggy empezó a leer. Las primeras páginas eran más bien aburridas, anécdotas cotidianas expuestas de modo rudo y a veces desarticulado. Él era alguien que leía libros y sabía reconocer la mano de un hombre con estudios que sabía escribir. Ésa no era esa mano.

Pero advirtió que lo que decía no carecía de interés, no obstante la torpe prosa. Más por lo que contaba que por cómo lo hacía. Siguió leyendo con creciente atención y poco a poco ésta se transformó en interés y, al fin, en una especie de fiebre. Cuando terminó de leer no pudo evitar ponerse de pie de un salto. Sintió que un escalofrío le recorría el espinazo y el vello de los brazos se le erizó como por efecto de una descarga eléctrica.

Ziggy Stardust no podía creer lo que había leído. Se sentó lentamente, con las piernas abiertas y la mirada en el vacío.

La gran ocasión había llegado.

Lo que tenía entre manos podría valer millones de dólares si se encontraban las personas adecuadas. La idea le daba vueltas en la cabeza. Las posibles ventajas que obtendría le hicieron dejar de lado las seguras consecuencias que tendrían para otros.

Con extremo cuidado puso las hojas sobre la cama, como si fueran objetos frágiles. Después comenzó a pensar en cómo obtener provecho de esa fortuna inesperada. En cómo moverse para empezar a destilar el material para suscitar el máximo interés y, en consecuencia, obtener los mayores beneficios.

Y sobre todo con quién contactar.

Muchos pensamientos se sucedieron en su cerebro a la velocidad de la luz.

Encendió la impresora y puso las hojas sobre la mesa, junto al monitor del ordenador. Lo primero era hacer fotocopias. Una copia sería suficiente como para despertar el interés de cualquiera, y ese cualquiera estaría dispuesto a desembolsar una buena cifra si quería hacerse con el original, que quedaría en su poder hasta la finalización del negocio. Una vez hecha la fotocopia habría conservado sólo una parte suficiente como para dejar que imaginaran sin que se revelara nada definitivo. El resto lo habría destruido. La copia auténtica de esa bendita carta la metería en un sobre y la expediría a una casilla de correos anónima que usaba de vez en cuando. Allí reposaría hasta que alguien le diera motivos para ir a retirarla.

Y esos motivos sólo podrían ser una bonita suma de dólares.

Empezó a fotocopiar, poniendo los originales junto a la copia hecha. Ziggy era un tipo minucioso en el trabajo. Y ése era el trabajo más importante que le había tocado en la vida.

Colocó una de las últimas hojas en el vidrio del escáner, bajó la tapa y apretó el botón. La luz de lectura recorrió el aparato hasta que la memoria dispuso de la página completa. Cuando quiso imprimir, el sensor advirtió que se había terminado el papel y una luz naranja empezó a parpadear a la izquierda de la máquina.

Ziggy fue a coger más papel de un paquete que tenía sobre un estante de la biblioteca y lo introdujo en el cajetín.

En ese momento sintió un ruido a sus espaldas, un leve clic metálico, como de una llave que se rompe en la cerradura. Se volvió y tuvo tiempo de advertir que la puerta se abría y de ver a un hombre con una chaqueta verde.

«No, no hoy, no ahora cuando lo tenía todo en mis manos…»

En cambio tenía ante sí otra mano, una que empuñaba un cuchillo.

Seguro que era la hoja con la que había forzado aquella birria de cerradura. Y por la mirada del hombre supo que no se limitaría a eso.

Sintió cómo se le aflojaban las piernas y no tuvo fuerzas para decir nada. Mientras el hombre se le acercaba, Ziggy Stardust se echó a llorar. Por miedo al dolor y por miedo a la muerte.

Pero sobre todo por la desilusión.

11

El Volvo se movía sin dificultades entre el tráfico que lo empujaba hacia el Bronx. Subir hacia el norte a esa hora podía transformarse en una verdadera migración. De todos modos, una vez fuera de Manhattan, Vivien había encontrado un tráfico bastante fluido. Desde que dejara el Triborough a la derecha, había recorrido la Bruckner Expressway bastante rápido.

A sus espaldas el sol se estaba poniendo y la ciudad se preparaba para el atardecer. El cielo tenía una profunda luminosidad azul, tan nítida que parecía pintada. Un color que sólo la brisa de Nueva York sabía regalar, cuando lograba limpiar esa pequeña porción de infinito que cada uno se ilusionaba que tenía sobre sí.

El teléfono del coche interrumpió la música de la radio. La tenía como acompañamiento de fondo a bajo volumen, un sonido con reglas e intenciones precisas de mezclarse con el informe murmullo del tráfico.

Activó el manos libres y concedió permiso de entrada a quien llamaba. En su coche y en sus pensamientos.

– ¿Vivien?

– Sí.

– Hola, soy Nathan.

Una aclaración inútil. Había reconocido la voz de su cuñado. La habría incluso reconocido en el fragor de una batalla.

«¿Qué quieres, bastardo de mierda?», pensó.

– ¿Qué quieres, bastardo de mierda? -dijo.

Hubo un instante de silencio.

– No me perdonarás nunca, ¿verdad?

– Nathan, el perdón es para quien se arrepiente. El perdón es para quien trata de reparar el mal que ha hecho.

Su interlocutor esperó un poco, como para dar tiempo a que las palabras de Vivien se perdieran en la distancia que los separaba.

– ¿Has visto a Greta en este tiempo?

– ¿Y tú?

Vivien lo agredió, porque sentía ganas de pegarle cada vez que lo veía o lo oía. En ese momento, si hubiera estado sentado a su lado, le habría roto la nariz de un codazo.

– ¿Cuánto hace que no ves a tu mujer? ¿Cuánto tiempo hace que no ves a tu hija? ¿Por cuánto tiempo crees que podrás seguir escondiéndote?

– Vivien. Yo no me escondo, yo…

– ¡Yo, una mierda, grandísimo hijo de puta!

Había aullado. Y se había equivocado al hacerlo. El desprecio que sentía por ese hombre no tenía que manifestarse con bramidos. Debía expresarse con el silbido de una serpiente.

Y se transformó en serpiente.

– Nathan, tú eres un gallina. Lo has sido siempre y lo seguirás siendo. Y cuando te encontraste con dificultades demasiado grandes para ti, hiciste lo único que sabes hacer: salir pitando.

– Siempre he cubierto todas sus necesidades. A veces hay elecciones que…

Ella lo interrumpió con brusquedad.

– No tenías elección. Tenías responsabilidades y debías asumirlas. Esa basura de cheque que envías cada mes no es suficiente para compensar tu fuga. Y mucho menos para dar paz a tu conciencia. O sea que no me llames para saber cómo está tu mujer. Ni para preguntarme por tu hija. Si quieres sentirte mejor, levanta ese puto culo sobre el que te sientas y ve a comprobarlo personalmente.

Apretó el fin de llamada con tanta fuerza que por un momento temió haberlo roto. Se quedó mirando al frente, mientras conducía y escuchaba los latidos de su corazón. Una pocas y punzantes lágrimas le empañaron los ojos. Se secó la cara con el dorso de la mano y trató de serenarse.

Para poder olvidar el lugar donde había estado por la mañana y al cual estaba yendo ahora, se refugió en lo único seguro que tenía: el trabajo.

Trató de desechar cualquier pensamiento no relacionado con la investigación que debía afrontar. Convocó la imagen del brazo que sobresalía de una brecha en un muro, la desolación de esa cabeza de piel acartonada apoyada sobre unos hombros que no eran más que residuos de piel y huesos.

Aun cuando la práctica le enseñaba que todo era posible, esa misma experiencia le hacía temer que sería muy difícil obtener la identidad de aquel hombre enterrado entre paredes. Las construcciones solían ser un lugar preferido por el hampa para esconder a las víctimas de sus arreglos de cuentas. Cuando se trataba de profesionales, los cadáveres eran sepultados desnudos, o sin las etiquetas de la ropa, por si alguna vez eran encontrados. A algunos les llegaban a borrar con ácido las huellas digitales. Cuando examinó el cuerpo, notó que eso no había ocurrido en este caso, y que las etiquetas estaban en su lugar, aunque muy deterioradas. Eso podía significar que no se trataba de profesionales, sino de un homicida ocasional que no había tenido la frialdad o la experiencia para eliminar posibles rastros.

Pero ¿quién podía tener la posibilidad de esconder un cuerpo en un bloque de cemento o entre paredes? Era algo bastante difícil para cualquiera, salvo que se hiciera con la complicidad de un especialista. O quizás el culpable lo era: un trabajador de una empresa de construcciones. El crimen, fuese cual fuera el móvil, bien podría haber sido la acción aislada de un hombre común contra otro hombre común, sin intervención de la delincuencia organizada.

La única pista estaba encarnada en esas fotos, sobre todo en ese raro gato con tres…

– ¡Mierda!

Enredada en sus pensamientos no se había percatado de que el atajo por la Hutchinson River Parkway estaba colapsado por una fila de vehículos. Pisó el freno y se desvió a la izquierda para no chocar con el coche que la precedía. El conductor de una gran furgoneta tocó varias veces el claxon. Por el retrovisor Vivien vio que, adelantándose sobre el parabrisas, el tipo le mostraba el dedo corazón.

Por lo general odiaba recurrir a ciertos medios cuando no estaba de servicio, pero esta vez decidió que la prisa la exoneraba. Más que el gesto del hombre, su propia distracción la había puesto nerviosa. Cogió del asiento trasero la luz giratoria magnética, abrió la ventanilla, la encendió y la apoyó en el techo.

Con una sonrisa vio cómo el hombre bajaba la mano y se apoyaba en el respaldo. En la medida en que les fue posible, los coches que tenía delante se apartaron para facilitar su paso. Se dirigió a Zerega Avenue, y un par de manzanas después de haber doblado en la Logan, se encontró en un lateral de la iglesia de Saint Benedict.

Aparcó el XC60 en un lugar libre al otro lado de la calle. Durante un rato se quedó observando la fachada de ladrillos claros, la pequeña escalinata que conducía a los tres portones de entrada, coronados por arcos, enmarcados en columnas y decorados con pinturas.

Era una construcción nueva. No había que buscar su historia en el pasado sino en lo que el presente estaba construyendo para el futuro. Nunca pensó Vivien que un lugar como ése pudiera volverse tan familiar para ella.

Se apeó del coche y cruzó la calle.

En el aire ya imperaba ese tipo de penumbra que confunde los colores de los gatos, pero todavía quedaba luz suficiente como para reconocer a una persona. Estaba por dirigirse a la vicaría cuando vio al padre Ángelo Cremonesi, uno de los curas de la parroquia, que salía por la entrada principal acompañado de dos personas, un hombre y una mujer. Por lo general las confesiones se realizaban los sábados de cuatro a cinco, pero era un horario más elástico que riguroso.

Vivien subió los escalones y se le acercó. El sacerdote se detuvo y la pareja que iba con él se alejó.

– Buenas tardes, señorita Light.

– Buenas tardes, padre.

Vivien le estrechó la mano. Era un hombre de más de sesenta años, de cabello blanco, aspecto saludable y mirada bondadosa. La primera vez que lo había visto le recordó a Spencer Tracy en una película de los años cincuenta.

– Ha venido a llevarse a su sobrina.

– Sí. He hablado con el padre McKean y los dos creemos que ha llegado el momento de probar que pase un par de días en mi casa. La traeré el lunes por la mañana.

Al pronunciar el nombre le vinieron a la mente la cara y la mirada de Michael McKean. Tenía un rostro expresivo y unos ojos que daban la sensación de poder entrar en las personas y atravesar las paredes sin esfuerzo. Quizá fuera esa capacidad de ver más allá lo que lo hacía estar disponible cada vez que había necesidad de él.

El párroco, un hombre dócil pero demasiado meticuloso, se puso a puntualizar hechos.

– El padre McKean hoy no está y por ello pide disculpas. Los chicos todavía están en el muelle. Una persona amable, de la que no recuerdo el nombre, se ofreció para llevarlos a un paseo en un velero. Me acaba de llamar John, que está al tanto de su acuerdo con Michael, y me ha dicho que están terminando de arreglar sus cosas y que estarán aquí en un momento.

– Muy bien.

– Quizá quiera esperar en la vicaría.

– No, gracias, padre. La esperaré en la iglesia.

– Entonces, hasta pronto, señorita Light.

El sacerdote se alejó. Quizás había interpretado como devoción su propósito de esperar en la iglesia. Pero lo que Vivien quería en ese momento era estar sola.

Empujó el portón y atravesó el atrio revestido de madera clara, dejando atrás las estatuas de santa Teresa y san Gerardo, enhiestas en nichos en las paredes. Otra puerta, más ligera, la condujo al interior de la iglesia.

Estaba fresco y había silencio y penumbras. Y la promesa de bienvenida y amparo que ofrecía el altar desde el otro extremo de la única nave del templo.

Cuando entraba en una iglesia, a Vivien le costaba percibir la presencia de Dios. Ya había pasado parte de su joven vida en las calles y se había cruzado con demasiados demonios, sintiéndose siempre frente a ellos sólo como un ser humano demasiado débil y atemorizado para enfrentarlos. Allí, en ese lugar lleno de imágenes, con el requerimiento de sacralidad hecha a medida del hombre, a la luz de los cirios encendidos por la fe y la esperanza, no lograba compartir siquiera un fragmento de esa fe y esa esperanza.

«La vida es un lugar alquilado. Dios a veces es un personaje incómodo que se desplaza por la casa.»

Se sentó en uno de los últimos bancos. Y se dio cuenta de algo. En ese lugar, que para los creyentes era recinto de paz y salvación, ella llevaba una pistola en la cintura. Y, no obstante, se sentía desamparada.

Cerró los ojos y cambió la luz tenue por la oscuridad. Mientras esperaba que llegase Sundance, su sobrina, también llegaron recuerdos. El día en que…

… estaba sentada al escritorio, justo frente al «Plaza», en el caos de papeles, llamadas telefónicas, malas acciones de mala gente y malas vidas, chistes y conversaciones ociosas de colegas entre turnos de servicio. Como en una secuencia que no olvidaría nunca, el detective Peter Curtin había entrado por sorpresa por la puerta que daba a la escalera. Había sido un efectivo del Distrito 13 hasta poco tiempo antes. Después, durante un tiroteo en una operación, había resultado gravemente herido. Físicamente se había repuesto, pero desde el punto de vista emocional no era la misma persona. Sobre todo por presiones de su mujer, había obtenido el traslado a un destino más tranquilo. Ahora estaba en la Brigada Antivicio.

Se había dirigido directamente a su escritorio.

– Hola, Peter, ¿qué haces por aquí?

– Necesito hablar contigo, Vivien.

Había una nota de incomodidad en su voz, y ella abandonó la sonrisa del saludo.

– Claro, dime…

– No, aquí no. ¿Quieres dar un paseo?

Sorprendida, Vivien asintió y poco después estaban en el exterior. Curtin se dirigió hacia la Tercera Avenida y Vivien lo acompañó. Había tensión y él trataba de aligerarla. Ella no entendía a favor de quién.

– ¿Cómo van las cosas aquí? ¿Bellew sigue teniendo a todo el mundo con la cuerda tensa?

– No des rodeos, Peter, ¿qué ocurre?

Su colega miraba a otro lado. Y ese lado a Vivien no le gustaba nada.

– Sabes bien cómo van las cosas en esta ciudad. Escort y cosas por el estilo. Asian Paradise, Ebony Companions, Transex Dates. Y el ochenta por ciento de los que anuncian spa, masajes, etcétera, no son más que casas de citas. Sucede en todo el mundo, pero esto es Manhattan. Éste es el centro del mundo y aquí sucede todo más… -Peter se interrumpió. Finalmente se decidió a mirarla a los ojos-. Hemos tenido un soplo. Un sitio de lujo en el Upper East Side, frecuentado por hombres a los que les gustan las chicas muy jóvenes. A veces los chicos. En cualquier caso, todos menores de edad. Entramos y pillamos a varias personas. Y…

Hizo una pausa que para Vivien fue una premonición. Con un hilo de voz pronunció un ruego con una sola palabra:

– ¿Y?

Y la premonición se había transformado en realidad.

– Una de esas personas era tu sobrina.

De golpe, todo el mundo subía a una noria. Vivien sintió dentro de sí algo parecido a la muerte.

– Fui yo quien entró en la habitación donde…

Peter no tuvo fuerzas para añadir nada. Ese silencio fue lo que dejó vía libre a la fantasía de Vivien y resultó peor que las peores palabras.

– Por suerte la conocía y por un milagro logré sacarla del prostíbulo. -Peter le cogió los brazos-. Si se hace pública esta historia, meterán la nariz los asistentes sociales. Con una situación familiar como la vuestra,, es seguro que será confiada al cuidado de alguna institución. Es una chica que necesita ayuda.

Vivien lo miró a los ojos.

– No me lo estás diciendo todo, Peter.

Un instante de terror. Después una respuesta que él hubiera querido no dar y que ella hubiera querido no escuchar.

– Tu sobrina se droga. Le encontramos cocaína en un bolsillo.

– ¿Cuánta?

– No suficiente como para pensar que camellea. Pero debe de esnifar bastante cada día si ha llegado a…

«A prostituirse para conseguir dinero», terminó la frase Vivien en su cabeza.

– ¿Dónde está?

Peter señaló un coche, en un punto indefinido de la calle.

– Está en mi coche. Una colega la vigila.

Vivien le apretó una mano. Para transmitir y para recibir.

– Gracias, Peter. Eres un amigo. No te debo una, sino miles…

Se dirigieron hacia el coche de Peter. Vivien recorrió el breve trayecto como una sonámbula, con la urgencia y el miedo de encontrarse con su sobrina, con…

… la misma ansiedad con que la esperaba ahora.

El sonido de unos pasos la obligó a abrir los ojos y la transportó a un presente que era un pasado un poco mejorado.

Se levantó y se volvió hacia la entrada. Se encontró ante su sobrina. Llevaba en la mano una bolsa de deportes. Era tan guapa como su madre, y como su madre estaba de algún modo hecha trizas. Pero para ella había una esperanza. Debía de haberla.

John Kortighan se había quedado atrás, en el umbral. Protector y vigilante, como siempre. Pero también discreto, para no invadir con su presencia aquel momento de intimidad. Le dirigió un gesto de asentimiento con la cabeza, que era a la vez un saludo y una validación. Vivien devolvió el saludo. John Kortighan era el brazo derecho del padre McKean, el sacerdote que había fundado Joy, la comunidad que en ese momento cuidaba de Sundance y otros chicos con experiencias como la suya.

Vivien le hizo a su sobrina una leve caricia en la mejilla. Cada vez que la veía no podía evitar un sentimiento de culpa. Por todo lo que no había hecho. Por estar tan ocupada atendiendo a gente lejana como para no entender que quien más necesidad tenía de ella se encontraba a un paso de distancia. Alguien que, a su manera, había pedido ayuda sin que nadie la escuchase.

– Me alegro de verte, Sunny. Hoy estás muy guapa.

La chica sonrió. En sus ojos había un aire pícaro, pero no provocativo.

– Tú eres guapa, Vunny. Yo soy estupenda, deberías saberlo.

Habían reiniciado ese juego de cuando era una niña, cuando se habían puesto esos apodos, Sunny y Vunny, que de alguna manera se habían convertido en un código. La época en que Vivien la peinaba y le decía que un día se convertiría en una mujer estupenda. Tal vez en una modelo, quizás en una actriz. E imaginaban juntas todo lo que podría llegar a ser.

«Todo, menos lo que efectivamente ha sido…»

– Bien, ¿vamos?

– Claro. Estoy lista.

La chica levantó el saco en que llevaba ropa para los días que pasarían juntas.

– ¿Has traído la ropa de rock?

– El uniforme reglamentario.

Vivien había logrado hacerse con dos entradas para el concierto de U2 del día siguiente en el Madison Square Garden.

Sundance era fan de la banda y esa circunstancia había favorecido no poco la concesión de dos días de permiso de Joy.

– Entonces iremos.

Se acercaron a John Kortighan. Era un tipo de estatura mediana, con un cuerpo enérgico, vestido con unos tejanos comunes y una camiseta de algodón. Tenía una expresión franca, ojos sin sorpresas y el aire decidido de quien piensa más en el futuro que en el pasado.

– Adiós, Sundance. Nos veremos el lunes.

Vivien le ofreció la mano. El hombre la estrechó con vigor.

– Gracias, John.

– Gracias a ti. Diviértete y haz que se divierta. Marchaos, yo me quedaré todavía un poco.

Salieron dejando al hombre en la calma de la iglesia.

La noche había abandonado cualquier traza de luz natural para vestirse con la ostentación de las luces artificiales. Subieron al coche y se dirigieron a Manhattan, el triunfo de ese make-up luminoso. Vivien conducía con serenidad y escuchaba lo que le decía su sobrina, dejando espacio a cualquier argumento que decidiera abrir.

Vivien no nombró a la madre y la muchacha tampoco lo hizo, como si por un acuerdo tácito cualquier pensamiento oscuro debiera apartarse en ese momento. No era para engañar a la memoria, ni para ignorarla. Sin necesidad de decirlo, cada una custodiaba dentro de sí la certeza de que lo que estaban tratando de reconstruir no era sólo para ellas.

Siguieron de esa manera hasta que Vivien, con cada giro de las ruedas y cada latido del corazón, tuvo la sensación de que sus papeles de tía y sobrina se transformaban poco a poco en los de amigas. Sintió que se disolvía algo dentro de sí, que se decoloraba la imagen de Greta que atormentaba sus días, y se esfumaba la que atormentaba sus noches: Sundance desnuda en brazos de un hombre más viejo que su padre.

Estaban dejando atrás la Roosevelt Island y bordeaban el East River hacia el Downtown cuando aquello ocurrió. A la derecha, medio kilómetro por delante de ellas, el fulgor de una luz se superpuso y borró todas las otras y por un instante pareció la concentración de todas las luces del mundo.

Después, el pavimento pareció temblar bajo las ruedas del coche y a través de las ventanillas llegó la inequívoca evidencia de una explosión.

12

Russell Wade acababa de entrar en su casa cuando de golpe un brillante e inesperado resplandor llegó desde el Lower East Side. Las grandes ventanas, que iban del techo al suelo, se transformaron en el marco de ese relámpago, algo tan vivido que casi parecía un juego. Pero el relámpago no se apagó y siguió ardiendo y neutralizando todas las luces distantes. A través del filtro de los vidrios antiderrumbe llegó un estruendo que no era el de un trueno sino su humano y destructivo remedo. Y a continuación una sinfonía heterogénea de dispositivos de alarma, puestos en marcha por el desplazamiento del aire, insertos sin ferocidad, como pequeños e inútiles perritos que ladraran desde una jaula.

La vibración hizo que por puro reflejo Russell diera un paso atrás. Sabía qué había sucedido. Lo había entendido al instante. Lo había ya visto y probado en propia carne en otro lugar. Sabía que ese resplandor significaba sorpresa e incredulidad, polvo y dolor, alaridos, heridos, maldiciones y rezos.

Significaba muerte.

Y con un resplandor igual de inesperado, un flash de imágenes y recuerdos.

– Robert, por favor…

Su hermano, ya presa de la ansiedad, estaba controlando las cámaras y los objetivos y que los rollos estuviesen en su sitio en los bolsillos del chaleco. Sin mirarlo a la cara. Tal vez se avergonzaba de aquello. Tal vez en su mente ya veía las fotos que sacaría.

– No pasará nada, Russell. Tú sólo tienes que estar tranquilo.

– ¿Y tú adónde vas?

Robert había sentido el olor de su miedo. Estaba acostumbrado a ese olor. Toda la ciudad estaba impregnada de ese olor. Se respiraba en el aire. Como un mal presentimiento que crece, como una pesadilla que no se borra al despertar, como esos alaridos de moribundos que no terminan con la muerte.

Robert lo había mirado con unos ojos que quizá lo vieran por primera vez desde que estaban en Pristina. Un chico aterrorizado que no tenía por qué estar allí.

– Tengo que salir. Tengo que estar presente.

Russell había entendido que no podía ser de otro modo. Y al mismo tiempo había entendido que ni en cien vidas habría podido ser como su hermano. Había vuelto al sótano, bajo la trampilla oculta por una vieja alfombra, y Robert había salido por la puerta. Al sol, al polvo, a la guerra.

Ésa había sido la última vez que lo vio con vida.

Como una reacción a ese pensamiento corrió al dormitorio, donde tenía una de sus cámaras fotográficas sobre el escritorio. La cogió y volvió a la ventana. Para evitar el reflejo apagó todas las luces e hizo diversas fotos de aquel resplandor lejano, hipnótico, circundado por una luz malsana. Sabía que esas fotos no servirían para nada, pero lo hizo para castigarse. Para recordar quién era, qué había hecho y, sobre todo, qué no había hecho.

Habían pasado muchos años desde que su hermano saliera por aquella puerta invadida por el sol, amplificando por un instante el lejano tipi-tipi-tipi-tipi de las ráfagas de metralleta.

Nada había cambiado.

A partir de ese día no había habido una mañana en que no se despertara con esa imagen ante los ojos y esa resonancia en los oídos. Desde entonces, cada inútil foto que hacía era como un fotograma de su antiguo miedo. Mientras seguía encuadrando y apretando el disparador empezó a temblar. Un temblor animal, de rabia, sin quejidos, de instinto puro, como si lo que en realidad temblara fuera su alma, y tuviese el poder de sacudir y golpear su cuerpo.

El ruido del disparador se volvió neurótico.

Clic-cloc

Clic-cloc

Clic-cloc

Clic-cloc

Clic-cloc

Como en la histérica furia homicida de quien dispara a su víctima.

«Robert.»

Todas las balas a disposición y que aun así no logra parar y sigue apretando el gatillo y continúa, por inercia del sistema nervioso, obteniendo a cambio sólo el ruido seco y vacío del percutor.

«¡Mierda, basta!»

Puntual como una réplica obligatoria, del exterior llegó el sonido apremiante y agudo de las sirenas.

Destellos sin cólera.

Destellos de buena luz encendida, sana, veloz. Policía, bomberos, ambulancias.

La ciudad había sido golpeada, herida, la ciudad pedía ayuda. Y todos llegaban de todas partes, con la rapidez que la civilización y la misericordia ponían a su alcance.

Russell paró de sacar fotos y con la claridad que llegaba del exterior buscó el mando a distancia del televisor. Lo encendió y lo encontró sintonizado automáticamente en el NY1. En ese momento transmitían las previsiones meteorológicas. La transmisión se interrumpió dos segundos después. El hombre y los mapas con el sol y las nubes fue sustituido por un primer plano de Faber Andrews, uno de los pesos pesados del canal. Una voz profunda, una expresión seria y consciente de la situación, no por oficio sino por humanidad.

«Nos acaban de informar que una fuerte explosión se ha producido en un edifico del Lower East Side de Nueva York. Los primeros datos hablan de cierto número de víctimas que nos parece un poco elevado. De momento no tenemos modo de saber más. Hasta ahora no se conocen las causas y los motivos de este hecho infausto, pero esperamos que pronto nos sea posible conocer la dimensión de su gravedad y no tener que definirlo como un acto criminal. El recuerdo de otros acontecimientos luctuosos del pasado reciente todavía está en la mente de todos. En este momento toda la ciudad, todo el país, tal vez todo el mundo, estarán con el corazón en la boca esperando saber qué ha sucedido. Nuestros corresponsales ya se dirigen hacia el lugar del incidente y dentro de poco estaremos en condiciones de darles noticias actualizadas. Es todo por ahora.»

Russell cambió a la CNN. También allí estaban dando una información que, con caras y palabras diferentes, era igual a la de NY1. Cortó el audio para que sólo las imágenes lo informaran. Se quedó sentado en el sofá frente al televisor, con el velo luminoso de la pantalla como única compañía. Más allá del ventanal, las luces de la ciudad parecían provenir del frío, de las lejanías del espacio sideral. Y abajo, a la izquierda, estaba aquella luz de sol asesino que devoraba todas las otras estrellas. Cuando su familia le había concedido ese piso, se alegró de que fuera en la planta 29 y de que tuviera una vista estupenda de todo el Downtown, con Brooklyn y el puente de Manhattan a la izquierda, el Flatiron a la derecha y el New York Life Insurance Building exactamente enfrente.

Ahora esa vista se había transformado en otro motivo de angustia.

Todo había sucedido con demasiada rapidez. Desde que lo liberaran de su noche en prisión todo había pasado como un relámpago. De todos modos, si lo pensaba un poco, las imágenes de su cabeza se movían como en cámara lenta. Cada instante estaba claro, cada matiz, cada color, cada sensación. Como una condena infinita a revivir aquellos instantes.

Como si volviera a estar en Pristina, y para siempre.

El viaje desde la comisaría a casa empezó en silencio. Y, según él creía, debía de ser así todo el tiempo. El abogado Corneill Thornton, viejo amigo de su familia, lo entendió y se adecuó hasta cierto punto.

Después, la tregua terminó. Y llegó el ataque.

– Tu madre está preocupada por ti.

Sin mirarlo, Russell respondió con un encogimiento de hombros.

– Mi madre está siempre preocupada por algo.

Evocó imágenes de la impecable figura y el rostro aterciopelado de Margareth Taylor Wade, dama de la alta burguesía de Boston, la que en la escala de valores de aquella ciudad podía considerarse una verdadera aristocracia. Boston era la ciudad más europea de toda la costa Este, tal vez de todo Estados Unidos. Y la más exclusiva. Y su madre era una de las representantes de mayor relieve. Margareth se movía con gracia y elegancia, y con la expresión dulce de una mujer que no merecía lo que le había tocado en suerte: un hijo muerto durante un reportaje de guerra en la ex Yugoslavia, y el otro protagonista de una vida que y si eso fuera posible, era para ella un dolor aún peor.

Tal vez nunca se había recuperado, ni de una cosa ni de la otra. Pero continuaba con su vida de distinción y memoria porque era lo natural en ella. Russell no hablaba con su padre desde el día siguiente a aquel maldito asunto del Pulitzer.

Por la actitud que desde los primeros tiempos sus padres mostraban hacia él, Russell había tenido una sospecha. Tal vez pensaran que había muerto el hijo equivocado.

El abogado continuó, y Russell sabía bien adónde llegaría.

– Le he dicho que estabas herido. Tu madre piensa que sería oportuno que te viera un médico.

A Russell le salió una sonrisa. «Oportuno…»

– Mi madre es inobjetable. Además de la palabra justa en el momento preciso, siempre sabe elegir la más distinguida.

Thornton se había apoyado en el respaldo de cuero. Sus hombros se habían relajado, como siempre le sucedía ante situaciones sin esperanza.

– Russell. Te conozco desde que eras un niño. No pienses que…

– Abogado, usted no está aquí para condenar o absolver. Para eso están los jueces. Ni para darme consejos. Para eso están los curas. Usted sólo debe sacarme de los follones, cuando se le requiere para hacerlo.

Russell se había vuelto y lo miraba con una media sonrisa.

– Y creo que le pagan para hacerlo. Con generosidad, con una tarifa por horas que corresponde al sueldo semanal de un obrero.

– ¿Sacarte de «follones», dices? Es lo que hago una y otra vez. Me parece que últimamente ocurre más a menudo de lo que sería aconsejable.

El abogado hizo una pausa, como para decidir si agregaba algo o no. Al fin decidió lo primero.

– Russell, cada uno tiene el derecho, sancionado por la Constitución y su propio cerebro, de destruirse como le plazca. Y en ese sentido tú tienes una fantasía muy creativa.

Lo miró a los ojos y se transformó: de complaciente abogado defensor en verdugo.

– De ahora en adelante estaré contento de renunciar a mi tarifa. Cuando convenga, le diré a tu madre que contrate otro abogado. Y me quedaré sentado con un cigarro y un vaso de buen whisky, contemplando el espectáculo de tu demolición.

No le dijo nada más, porque nada más había para decir. La limusina lo dejó frente a su casa, en la calle Veintinueve, entre las avenidas Park y Madison. Bajó sin saludar ni esperar un saludo. Todo ello a la luz de un velado desprecio humano y una eficaz indiferencia profesional. Subió a su piso después de coger al vuelo las llaves que le daba el portero. Apenas había abierto la puerta cuando sonó el teléfono. Russell sabía quién era. Levantó el auricular.

– ¿Si?

Esperaba oír una voz. Y esa voz llegó.

– Hola, fotógrafo. Te ha ido mal ayer, ¿eh? En el juego y con la pasma.

Russell visualizó su imagen. Un hombre negro, grande, con gafas oscuras permanentes y una papada que trataba inútilmente de tapar con una barbita, una mano llena de anillos que sostenía un móvil, hundido en el asiento de atrás de un Mercedes.

– LaMarr, no estoy de humor para oír tus tonterías. ¿Qué quieres?

– Lo sabes bien, jovencito. Pasta.

– En este momento no tengo.

– Bien. Me temo que sería mejor que la consigas cuanto antes.

– ¿Qué me harás? ¿Matarme?

Oyó una fuerte risotada llena de escarnio. Y una amenaza humillante.

– No te digo que no me tiente, ¿sabes? Pero no soy tan estúpido como para meterte en un cajón con los cincuenta mil dólares que me debes. Lo que haré es mandarte a un par de mis muchachos para que te expliquen algunas cosas de la vida. Después dejaré que te cures. Y a continuación te los mandaré de nuevo, hasta que los recibas con mi dinero en la mano, que mientras tanto se habrá transformado en sesenta mil, si no más.

– Eres un cabronazo, LaMarr.

– Sí. Y no veo la hora de demostrarte hasta qué punto. Adiós, fotógrafo del carajo. Preséntate a La rueda de la fortuna, quizá te vaya mejor.

Russell colgó con las mandíbulas apretadas, atragantándose con la risotada de LaMarr Monroe, uno de los más grandes bastardos de las noches de Nueva York. Sabía que por desgracia ese tipo no hablaba por hablar. Era alguien que cumplía sus promesas, sobre todo cuando corría el riesgo de quedar como un idiota.

Fue al dormitorio y se desnudó, tirando la ropa al suelo. La chaqueta rota acabó en el cubo de la basura. Se dirigió al baño dispuesto a ducharse y afeitarse, con la tentación de poner la espuma en el espejo en vez de en la cara. Para no verse. Para no ver su expresión. Después se sintió solo. Y ese concepto para él significaba que estaba en casa sin nada para beber, sin una raya de coca y sin un céntimo.

El piso donde vivía era suyo, aunque sólo oficiosamente. En realidad estaba a nombre de una sociedad de la familia. Hasta los muebles habían sido elegidos con buen gusto por un decorador pagado por su madre, entre el gran surtido a buen precio de Ikea y otros grandes almacenes similares. Y por un simple motivo: todos sabían que Russell habría vendido cualquier cosa de valor con la que estuviera en contacto y que habría invertido el dinero en una mesa de juego.

Algo que había sucedido con frecuencia en el pasado.

Coches, relojes, cuadros, alfombras.

Todo.

Con precisión maníaca y furia destructiva.

Russell se sentó en el sofá. Habría podido telefonear a Miriam o a otra de las modelos que frecuentaba en esa época, pero tenerlas en casa requeriría, en uno u otro momento, tener la capacidad de esparcir sobre la mesa un poco de polvo blanco. Y tener el dinero para conseguirlo. En ese momento en que se sentía vacío por dentro, albergaba deseos de tener al menos algo alrededor. Pero todo costaba dinero. Un pensamiento había cruzado su mente.

O, mejor aún, un nombre.

Ziggy.

Había conocido a ese hombrecito insignificante hacía muchos años. Era informador de su hermano. Un tipo que a veces le soplaba sobre movimientos interesantes en la ciudad que Robert definía como de «más allá de la frontera». Lo que se necesitaba saber, porque cada hecho podría transformarse en noticia. Después de la muerte de Robert, y por diferentes motivos, habían seguido en contacto. Uno de los cuales era que Ziggy, en memoria de su hermano, le conseguía lo que necesitaba y le daba crédito. Y algún pequeño préstamo cuando como ahora estaba sin blanca. Russell ignoraba el motivo de esa fidelidad y esa confianza. Pero allí estaban, y cuando le era necesario las aprovechaba.

Ziggy no usaba teléfono móvil y el procedimiento para contactar con él era demasiado arduo. Después de algunos recorridos nerviosos entre el salón y el dormitorio tomó una decisión. Bajó al garaje y sacó el coche, que conducía de vez en cuando y sin ganas. Quizá porque sólo era un Nissan de unos pocos miles de dólares y no estaba a su nombre. Comprobó que la gasolina le alcanzara para ir y volver. Conocía la dirección de Ziggy y allí se dirigió, siguiendo los espasmos del tráfico hacia Brooklyn. Hizo el viaje automáticamente. Vio pasar la ciudad sin mirarla, para devolver la falta de mirada de la ciudad hacia él.

Le dolía el labio y le quemaban los ojos, pese a las gafas de sol.

Atravesó el puente ignorando el paisaje de Manhattan y de Brooklyn Heights y penetró en unos barrios donde una gente cualquiera vivía una vida cualquiera. Lugares sin ilusiones y sin resultados, diseñados con los desvaídos colores de la realidad, sitios que solía frecuentar porque era allí donde brotaban los garitos clandestinos y donde uno podía encontrar lo que necesitaba.

Bastaba con tener pocos escrúpulos y suficiente dinero.

Llegó a la casa de Ziggy casi sin darse cuenta. Aparcó cerca del edificio y fue andando. Empujó la puerta de entrada y bajó los escalones que conducían al semisótano. Allí no había vigilancia y el portero eléctrico era una formalidad superada desde hacía tiempo. Después de la escalera dobló a la izquierda. Las paredes eran de ladrillos industriales pintados a toda prisa de un color que debía de ser beige. Todas las paredes estaban manchadas y olía a humedad y col hervida. Después del recodo se encontró con una serie de puertas marrones desteñidas. Una persona estaba saliendo de la puerta a la que él se dirigía, al fondo a la derecha. Un hombre con una chaqueta verde de tipo militar y una capucha que le cubría la cabeza que se volvió rápidamente hacia el otro lado del corredor, para desaparecer en la esquina opuesta, en la escalera que llevaba al patio de entrada.

Russell no le prestó mayor atención. Pensó que el hombre era uno de los muchos contactos que cada día debía de tener el listillo de Ziggy. Cuando llegó al umbral encontró la puerta entornada. La abrió y su mirada cayó sobre la habitación. Después, todo sucedió con la velocidad del relámpago y la articulación de una moviola, fotograma a fotograma:

Ziggy, de rodillas en el suelo y con la camisa manchada de sangre, trata de levantarse agarrándose a una silla

Él se acerca y la delgada mano del camello le aferra el brazo

Ziggy, apoyado en el borde de la mesa, con la mano tendida hacia la impresora

El que no entiende

Ziggy que con un dedo tocaba un botón dejando una mancha roja

Él, sin escuchar, oye el roce de una hoja impresa que sale de la máquina

Ziggy con una foto en la mano

Él aterrorizado

Y por fin Ziggy, con una contracción, lanzó el último suspiro y el último borbotón de sangre por la boca abierta. Cayó con un ruido sordo y Russell se encontró allí de pie en medio de la habitación, sosteniendo en la mano una foto en blanco y negro y una hoja de papel impresa, las dos cosas manchadas de sangre.

Y en sus ojos las imágenes de su hermano ensangrentado, tirado en el polvo.

Moviéndose como un maniquí, sin conciencia de sus gestos, se metió en el bolsillo la foto y la hoja. Después, con la lógica y el instinto de los animales, huyó dejando tras de sí el motivo, en ese lugar que olía a col hervida y humedad y a presente y a pasado. Llegó al coche sin cruzarse con nadie. Y se marchó imponiéndose no ir rápido para no llamar la atención. Condujo como en trance hasta que la respiración volvió a ser normal y los latidos del corazón una anomalía resuelta. Así pues, paró en un callejón con el propósito de reflexionar. Se dijo que huyendo había hecho una elección instintiva, pero al mismo tiempo supo que era una elección errada. Habría debido llamar a la policía. Pero eso significaba tener que explicar tanto su presencia como su trato con Ziggy. Y no sabía en qué asuntos se había metido aquel tipejo. Además, era posible que el tipo de la chaqueta verde fuese el que había acuchillado al pobre desgraciado. La idea de que pudiera volver por un motivo u otro no era una buena perspectiva. Russell no quería ser un segundo cadáver junto al de Ziggy.

No. Mejor fingir que no había pasado nada. Nadie lo había visto. No había dejado huellas y aquellos barrios estaban poblados por gente que sólo se ocupaba de sus asuntos. Los habitantes de la zona tenían, por su propia naturaleza, renuencia a sincerarse con la policía.

Mientras reflexionaba y decidía la línea a seguir, se dio cuenta de que la manga derecha de su chaqueta estaba manchada de sangre. Vació los bolsillos sobre el asiento del acompañante. Comprobó que no hubiera nadie en los alrededores y bajó para arrojar la prenda en un contenedor de basuras. Con un gesto de autoironía que, dadas las circunstancias, lo sorprendió, se dijo que a un ritmo de dos chaquetas desechadas al día pronto tendría serios problemas de indumentaria.

Subió al coche y volvió a casa. Fue en ascensor directamente desde el garaje hasta su planta. Esto evitaría que el portero notara que había salido con chaqueta y vuelto en mangas de camisa.

Acababa de apoyar sus cosas sobre la mesa, cuando se produjo la explosión.

Se levantó del sofá y fue a encender la luz, con los ojos dirigidos al resplandor y con la mente que no lograba borrar lo sucedido esa tarde. Ahora que razonaba con frialdad le surgió una pregunta. ¿Por qué Ziggy había empleado sus últimas fuerzas y sus últimos instantes de vida en imprimir esa hoja y en poner esa foto en sus manos? ¿Qué contenían de tan importante como para justificar ese comportamiento?

Se acercó a la mesa, cogió la foto y la miró unos instantes, sin saber quién era ni qué podía significar la cara de aquel muchacho moreno sosteniendo un gato negro. La hoja era la fotocopia de una carta manuscrita con trazos masculinos. Empezó a leerla, tratando de descifrar la caligrafía áspera e imprecisa.

Y mientras pasaban las palabras y él entendía el sentido, se repetía una y otra vez que no podía ser verdad. Tuvo que releerla varias veces para convencerse de que sí. Luego, sin aire, volvió a dejar en la mesa la carta y la foto. La mancha de la sangre de Ziggy confirmaba que no se había tratado de un sueño.

Volvió a dirigir la mirada al incendio que seguía ardiendo a lo lejos.

Su mente estaba confusa y la atravesaron mil pensamientos sin que pudiera detenerse en ninguno. Antes, el hombre de NY1 no había dado la dirección del edificio que se estaba desintegrando. Seguramente lo dirían en un próximo avance informativo.

Necesitaba saberlo.

Volvió al sofá y dio sonido al televisor. Sin saber si esperaba un desmentido o una confirmación.

Se quedó quieto, preguntándose si el vacío en que le parecía precipitarse era el de la muerte. Y si su hermano había tenido la misma sensación cada vez que se acercaba a una noticia o estaba por sacar una de sus fotos. Se cubrió la cara con las manos y en la penumbra de los párpados cerrados se dirigió a la única persona que había significado algo para él. Como última agarradera trató de imaginar qué habría hecho Robert Wade en una situación como la suya.

13

El padre Michael McKean estaba sentado en una vieja butaca frente a un televisor vetusto, en su dormitorio en Joy, sede de la comunidad que había fundado en Pelham Bay. Era una habitación en la última planta, un ático con una parte del techo inclinado, paredes blancas y el suelo de largos tablones de abeto. En el aire aún había algo de olor a la sustancia con que había sido tratada la madera una semana antes. El espartano mobiliario provenía de recogidas de desecho. Todos los libros de la biblioteca, la mesilla de noche y el escritorio, habían llegado de manera similar. Muchos eran regalos de feligreses. Algunos entregados a él personalmente. De todos modos, el padre McKean siempre había escogido para sí los objetos más usados y deteriorados. Un poco por su carácter, pero sobre todo porque si había posibilidades de mejoría en el día a día, prefería que los beneficiarios fueran los chicos. Aparte del crucifijo que había sobre la cama y de un poster, las paredes estaban desnudas. El poster era una reproducción de una pintura en la que Van Gogh, con su ojo de visionario, había reflejado la pobreza de su cuarto en la casa amarilla de Arles. Aun siendo dos ámbitos por completo diferentes, al entrar se tenía la impresión de que esos dos cuartos se comprendiesen, que se comunicaran de un modo u otro y que el poster del cuadro sobre la pared blanca fuera en realidad una abertura que daba acceso a un lugar lejano y diferente.

Detrás de los cristales de la ventana sin cortinas se entreveía el mar, que reflejaba el azul ventoso del cielo de abril. Cuando Michael McKean era niño, en días serenos como aquél, su madre le decía que el sol le daba al aire un color como el de los ojos de los ángeles y que el viento les impedía llorar.

Una arruga amarga dio una nueva forma a su boca y cambió la expresión a su rostro. Aquellas palabras llenas de fantasía y color habían sido transmitidas a una mente todavía tan limpia como para absorberlas y conservarlas en la memoria para siempre. Pero la CNN transmitía en ese momento otras palabras y otra iconografía, llamadas a componer en la memoria futura unas imágenes que, desde siempre, sólo la guerra tenía el triste privilegio de representar.

Y la guerra, como cualquier epidemia, antes o después llegaba a todas partes.

En primer plano aparecía la cara de Mark Lassiter, un enviado especial con la expresión consciente, a la vez que incrédula, de todo lo que estaba viendo y diciendo, y que llevaba bajo los ojos, en el cabello y el cuello de la camisa, las marcas de una noche en blanco. A sus espaldas, las ruinas de un edificio destripado de cuyo interior aún salían unas burlonas volutas de humo, hijas moribundas de unas llamas que habían iluminado durante horas la oscuridad y el espanto de las personas. Los bomberos habían luchado toda la noche para apagar el fuego y ahora, a un lado, los largos chorros de las motobombas indicaban que el trabajo no había terminado.

«Lo que ven ustedes detrás de mí es el inmueble que ayer fue parcialmente destruido por una potentísima explosión. Después de una primera inspección sumaria, los expertos se han abocado al trabajo de establecer las causas. Hasta el momento no se conoce reivindicación alguna que sirva para establecer si se trata de un atentado terrorista o de un simple y trágico accidente. Lo único que sabemos es que el número de muertos y desaparecidos es bastante alto. Los bomberos están trabajando sin descanso y sin ahorro de medios para extraer de las ruinas los cuerpos, con la esperanza de encontrar algún superviviente. Éstas son las impresionantes imágenes aéreas, enviadas por nuestro helicóptero, que muestran sin necesidad de comentarios la magnitud de esta tragedia que ha caído sobre la ciudad y todo el país, y que traen a la memoria otras imágenes y otras víctimas que la historia no dejará de recordar.»

La toma había cambiado y Lassiter pasó a comentar las tomas aéreas. Desde las alturas, la escena era aun más desgarradora. El edificio, una construcción de ladrillo rojo de veintiuna plantas, había resultado seccionado por la mitad en sentido longitudinal. La parte derecha se había derrumbado pero, en vez de arrastrar todo el edificio, había caído de lado dejando una espina erecta, como un dedo que indicara la dirección del cielo. La línea de fractura era tan nítida que de ese lado se veían las habitaciones sin pared externa y retazos de muebles y demás objetos que para los seres humanos constituyen la vida cotidiana.

En la última planta, una sábana blanca había quedado clavada en una reja y se movía desolada por el viento y por el desplazamiento del aire que provocaba el helicóptero, como una bandera de rendición o de luto. Por ventura la parte separada se había derrumbado hacia una zona arbolada, un pequeño parque con juegos para niños, una cancha de baloncesto y dos pistas de tenis, que había recibido el derrumbe evitando que golpeara otros edificios y aumentara el número de víctimas. Al expandirse hacia East River, la explosión no había afectado a los edificios de la parte opuesta, aun cuando todos los cristales, en un perímetro considerable, se habían pulverizado. Alrededor del edifico martirizado y sus ruinas había un colorido batiburrillo de vehículos de socorro y hombres que entregaban todo su vigor y esperanza en aquella lucha contra el tiempo.

El comentarista volvió al primer plano sustituyendo con su rostro grave las imágenes de muerte y desolación.

«El alcalde Wilson Gollemberg ha decretado el estado de emergencia y se ha desplazado al escenario de la catástrofe. Durante toda la noche ha participado activamente en las operaciones de socorro. Tenemos una declaración hecha por él ayer noche, después de su llegada al lugar.»

Una vez más cambiaba el encuadre, la calidad de la imagen mermada. El alcalde, un hombre alto y con un rostro franco que transmitía la sensación de vibrar de ansiedad al tiempo que irradiaba firmeza y confianza, estaba iluminado por las luces blancas de las cámaras, que así combatían el contraluz de llamas desbocadas a sus espaldas. En ese momento de confusión y emergencia había hecho pocos comentarios sobre lo que acababa de ocurrir.

«No es posible por el momento hacer un balance y sacar conclusiones. Sólo una cosa puedo prometer como alcalde a mis conciudadanos y como estadounidense a mis compatriotas. Si hay uno o más responsables de este execrable acto, han de saber que para ellos no habrá escapatoria. Su ferocidad y su infamia tendrán el castigo que merecen.»

Otra vez el cronista en directo desde un espacio que para mucha gente ya no sería el mismo.

«Por el momento es todo desde el Lower East Side de Nueva York. Una conferencia de prensa está prevista para los próximos minutos. Informaremos de inmediato si se produjeran novedades.»

La imagen y la respuesta de los presentadores del estudio llegaron al mismo tiempo que la llamada en el teléfono móvil, apoyado en una mesita junto a la butaca. El sacerdote quitó el audio del televisor y respondió. Del aparato surgió la voz ligeramente alterada por la emoción de Paul Smith, en anciano párroco de Saint Benedict.

– Michael, ¿estás viendo la televisión?

– Sí.

– Es terrorífico.

– Sí, lo sé.

– Toda esa gente, esos muertos. Toda esa desesperación. No logro entenderlo. ¿Qué puede tener en la cabeza alguien que hace algo así?

El padre McKean se sintió víctima de un extraño y desolado agotamiento. La fatiga que golpea la humanidad de un hombre cuando se ve obligado a enfrentarse a la inhumanidad de otros.

– Hay algo de lo cual tenemos que darnos cuenta, Paul. Mucho me temo que el odio ha dejado de ser sólo un sentimiento. Se está volviendo un virus. Cuando infecta el ánimo, la mente se pierde. Y las defensas de las personas son cada vez más ineficaces.

Al otro lado del teléfono hubo un momento de silencio, como si el viejo sacerdote estuviera reflexionando sobre las palabras que había oído. Después manifestó una duda, quizás el verdadero motivo de su llamada.

– Con lo que acaba de suceder, ¿crees que será oportuno celebrar una misa solemne? ¿No crees que algo más discreto sería mejor, dadas las circunstancias?

En la parroquia de Saint Benedict, la misa más importante del domingo era la de las once menos cuarto. Por eso, en la indicación de horarios en la vitrina se anunciaba como misa solemne. En la balconada sobre la entrada de la iglesia, donde estaba instalado el órgano, se situaba el coro. Durante la ceremonia, otros vocalistas cantaban salmos directamente en el altar. El inicio del culto incluía una pequeña procesión en la cual, además de cuatro monaguillos en hábito blanco, también participaban algunos feligreses escogidos entre los asiduos.

McKean lo pensó un poco y sacudió la cabeza, como si el párroco pudiera verlo.

– No creo, Paul. Pienso que la misa solemne, justo hoy, será una toma de posición y una respuesta concreta a esta barbarie, llegue de donde llegue. No dejaremos de rogar a Dios del modo que consideremos más digno. Y con la misma solemnidad rendiremos honores a las víctimas inocentes de esta tragedia. -Hizo una pausa-. Lo único que quizá podríamos hacer es cambiar la lectura. En la liturgia de hoy está previsto un pasaje del Evangelio de Juan. Yo lo sustituiría por el Sermón de la Montaña. Las bienaventuranzas. Forman parte de la experiencia de todos, aun de los no creyentes.

»Pienso que será muy significativo en un día como hoy, cuando la misericordia no debe ceder ante el instinto de revancha. La venganza es la justicia imperfecta de este mundo. Nosotros hablamos de una justicia no terrena, o sea no contaminada por el error.

Al otro lado hubo un instante de silencio.

– ¿Lucas o Mateo?

– Mateo. El pasaje de Lucas incluye una parte de venganza que no coincide con nuestros sentimientos. Y las cantatas podrían ser The whole word is waiting for love y Let the valley be raised. Pero en esto creo que habría que consultar al maestro Bennett. -Bennett era el director del coro.

Una pausa más dio lugar al alivio de las dudas del párroco.

– Sí. Pienso que tienes razón. Sólo te pediría una cosa, y estoy seguro de interpretar el parecer de todos.

– Dime.

– Querría que fueras tú el que pronunciase el sermón durante la misa.

El padre McKean sintió una súbita ternura. El párroco Smith era una persona frágil y sensible, propenso a la conmoción. A menudo su voz se quebraba, y eso ocurría cuando tenía que afrontar asuntos que comprometían su sensibilidad.

– Está bien, Paul.

– Hasta ahora, entonces.

– Iré en un par de minutos.

Puso el móvil sobre la mesa, se incorporó y fue hacia la ventana. Las formas y los colores de siempre, familiares, mar, viento, árboles que ese día parecían extraños espectadores de un mundo aparte, imágenes sin comprensión o difíciles de comprender. Lo que acababa de ver en televisión seguía superponiéndose a lo que tenía ante sus ojos. Volvieron a su memoria los tiempos feroces del 11 de Septiembre, el día que el tiempo y el mundo habían cambiado de un antes a un después.

Volvió a pensar en los muchos crímenes cometidos en nombre de Dios, cuando Dios no tenía nada que ver. Cualquier Dios del que se estuviese hablando. Al hombre Michael McKean, no al sacerdote, le surgió una pregunta instintiva. Hacía un tiempo, Juan Pablo II había pedido perdón al mundo por el comportamiento de la Iglesia católica de cuatrocientos años antes, en la época de la Inquisición. Dentro de cuatrocientos años, ¿de qué pediría perdón el Papa de entonces por lo que se estaba haciendo ahora? ¿De qué pedirían perdón todos los hombres del mundo que profesaban una fe?

La fe era un don, un regalo, como el amor y la amistad y la confianza. No podía nacer de la razón. Aunque en algunos casos la razón podía ayudar a mantenerla viva. Era otro camino, el que corría paralelo en una dirección que no era menester conocer. Pero si la fe hacía perder la razón, con ella se perdían también el amor, la amistad, la confianza, la bondad.

Y en consecuencia la esperanza.

Desde la fundación de Joy, tenía a su alrededor a muchachos y chicas para quienes la esperanza era un sentimiento desconocido desde el principio, o perdido en el transcurso de un viaje breve y desdichado. Lo que había ocupado el lugar de la esperanza era una terrible convicción: que la vida estaba hecha de atajos, de expedientes, de penumbras, de deseos no realizados, de golpes, de afecto negado, de cosas bonitas sólo destinadas a otros. La certeza de que yendo contra la vida y contra ellos mismos no tenían nada que perder, porque en la nada ya vivían.

Y así, en esa nada, muchos se perdían.

Llamaron a la puerta. El sacerdote se apartó de la ventana y fue a abrir. Se encontró con John Kortighan, el responsable laico de Joy, el optimismo hecho persona. Y Dios sabía cuánto optimismo se necesitaba cada día en un sitio como ése.

John estaba a cargo de todos los aspectos prácticos de una estructura que requería, desde el punto de vista técnico, una gestión bastante sencilla. Pero al mismo tiempo, y por diferentes motivos, también era muy compleja. Era administrador, organizador, procurador y toda una serie de otras funciones que terminaban en «or», entre las cuales no era menos la de ser un verdadero señor. Cuando John aceptó ocuparse de Joy con un sueldo no muy elevando y no siempre puntual, el reverendo McKean, primero incrédulo y después eufórico, se había encontrado ante un regalo inesperado. No se había equivocado cuando lo evaluó y nunca había tenido razones para arrepentirse de su elección.

– Los chicos están listos, Michael.

– Muy bien. Vamos.

Cogió la chaqueta del perchero, salió del cuarto y cerró la puerta. No echó llave. En Joy no existían cerraduras ni pestillos. Algo que siempre habría tratado de transmitir a sus muchachos era que no se hallaban en una cárcel, sino en un lugar donde las acciones estaban gobernadas por la elección personal. Las acciones y los movimientos de todos. Cada uno de ellos era autónomo y podía abandonar la comunidad cuando quisiera. Muchos se habían acercado a Joy porque se sentían prisioneros en el lugar donde vivían antes.

El padre McKean era consciente de ello y sabía que la batalla contra las drogas era larga y difícil. Sabía que cada uno de sus chicos luchaba contra una necesidad física que podía transformarse en un más que probado malestar. Al mismo tiempo, cada uno debía enfrentarse a todo lo que lo había empujado hacia la peor oscuridad, esa oscuridad que también puede encontrarse en la claridad del día. Con la seguridad de que el suplicio físico podría concluir, y el resto podría ser olvidado o escondido, con el simple gesto de tragarse una pastilla, esnifar polvo blanco o clavarse una aguja en la vena.

Por desgracia, a veces había uno que no lo lograba. Algunas mañanas se encontraban con una cama vacía y con una derrota que era difícil aceptar y digerir. En ese momento los otros chicos se acercaban al padre McKean. Esa demostración de afecto y confianza le daba sentido a todas las cosas y le infundía fuerzas para continuar. Aunque con amargura y un poco más de experiencia.

Mientras bajaban por la escalera, John no pudo evitar hacer un comentario sobre lo que había sucedido en Manhattan la tarde anterior. Probablemente no se hablara de otra cosa en todo el mundo.

– ¿Has visto los telediarios?

– He visto muchos, no todos.

– Esta mañana he estado ocupado, ¿hay novedades?

– No. O al menos no hay novedades que conozca la prensa.

– ¿Quién crees que ha sido, terroristas islamistas?

– No sabría decirte, John. No he podido hacerme a la idea. Es posible que nadie se la haga. La otra vez la reivindicación fue inmediata.

No había por qué entrar en detalles. Los dos sabían a qué otra vez se refería.

– Tengo un primo en la policía -dijo John-, en un distrito del Lower East Side. Hemos hablado esta mañana, estaba allí mismo. No pudo entrar en detalles pero opina que es un asunto muy feo.

John se detuvo un momento en el último descanso de la escalera, como si lo que estaba por decir necesitara de una atención especial.

– Quiero decir: mucho más feo de lo que parece.

Siguieron bajando y llegaron al final en silencio. Los dos se preguntaban qué podía ser peor que una masacre como la que se había producido. Atravesaron una cocina preparada para cubrir las necesidades de una comunidad de treinta personas. Tres chicos de turno y la señora Carraro, la cocinera, estaban trabajando en la preparación del almuerzo dominical.

Era un local más bien amplio situado en la parte trasera de la casa. Estaba iluminado por grandes ventanas y tenía las hornallas en el centro bajo la campana extractora. Los estantes y frigoríficos estaban contra las paredes.

El padre McKean se acercó a un fuego, junto al cual había una mujer que le daba la espalda y no lo vio llegar. Levantó la tapa de una olla y surgió el delicioso aroma de la salsa.

– Buenos días, señora Carraro. ¿Con qué nos envenenará hoy?

Janet Carraro, mujer de mediana edad y de formas generosas, según su propia definición «a sólo un kilo de ser gorda», dio un respingo. Se limpió las manos en el mandil, le quitó la tapa de la mano al sacerdote y volvió a cubrir la olla.

– Padre McKean, si me baso en sus reglas de medición, esta salsa puede ser considerada como pecado de gula.

– O sea que además de temer por nuestros cuerpos deberíamos temer por nuestras almas…

Desde el extremo opuesto de la cocina, los chicos que limpiaban y cortaban verduras sonrieron. Ese tipo de esgrima verbal era habitual entre el sacerdote y la cocinera, fruto del afecto y de la necesidad de divertirse. Janet Carraro cogió una cuchara de madera, la introdujo en la salsa y se la ofreció al sacerdote con gesto de desafío.

– Compruébelo usted mismo, hombre de poca fe. Y acuérdese de santo Tomás.

McKean sopló sobre la salsa para que se enfriara y se acercó la cuchara a los labios. El gesto de duda de un primer instante cedió paso a una expresión de éxtasis. Sin dudarlo, reconoció el robusto sabor de la salsa a la amatriciana de la señora Carraro.

– Le pido perdón, señora Carraro. Es la mejor salsa boloñesa que he probado.

– Es una salsa a la amatriciana.

– Entonces tendré que recordarlo, si no seguirá sabiéndome a salsa boloñesa.

La cocinera fingió sentirse indignada.

– Si no fuera usted la persona que es, por esa afirmación metería solapadamente una dosis extra de guindillas en su plato. Y no esté seguro de que no vaya a hacerlo. -Pero su cara sonriente y su tono desmentían su amenaza. Le señaló la puerta con la cuchara-. Y ahora váyase y deje trabajar a las personas, si quiere comer cuando vuelva. Boloñesa o amatriciana o lo que sea.

El sacerdote se encontró con John Kortighan junto a la puerta del patio. Sonreía por el pequeño espectáculo que había presenciado. Mientras le sostenía la puerta vertió su juicio crítico.

– Muy divertido. Tú y la señora Carraro podríais dedicaros a la comedia.

– Ya lo ha dicho Shakespeare.Ragú or not ragú, that is the question, ¿recuerdas?

La risotada de su colaborador lo siguió hasta el exterior y se perdió sin ecos en el aire fresco. Estaban en el patio y se dirigieron hacia el flanco derecho del edificio, donde esperaban los chicos dentro de un pequeño autobús que clamaba por un repaso de chapa y pintura.

El padre McKean se detuvo un momento y alzó la vista hacia el cielo sereno. A pesar del intercambio de bromas, le había entrado una sensación de desasosiego a la que no lograba dar un nombre.

No obstante, cuando subió al vehículo y saludó a los chicos, la ternura y la alegría de estar juntos lo alejaron un momento del pensamiento que había tenido un rato antes, como una mala noticia. Mientras el viejo autobús recorría el camino de tierra hacia la salida del predio, dejando atrás la casa envuelta en una nube de polvo, la sensación de amenaza volvió a tomar posesión de sus pensamientos. Revisó las imágenes que había visto en televisión y tuvo la impresión de que el viento, el mismo que impedía que ángeles y hombres lloraran, había dejado de soplar de golpe.

14

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

El reverendo McKean estaba de pie a la izquierda del altar, ante un atril, un par de escalones por encima del suelo de la iglesia. Cuando con su voz profunda concluyó la lectura, se quedó un instante en silencio, con la mirada fija en la página, para dejar que sus palabras llegaran a todos los rincones. No era un recorrido largo, pero en ese momento tampoco era fácil. Al fin, alzó la cabeza y recorrió con la mirada la iglesia llena de gente.

Después empezó a hablar.

– Las frases que acabáis de oír pertenecen a uno de los más célebres sermones de Jesús. Y la celebridad le ha llegado no sólo por la belleza de las palabras y su fuerza evocativa, sino por su importancia durante los siglos que siguieron. En esos pocos pasos está incluida la esencia de la doctrina que Jesús predicó durante los últimos tres años de su vida. Él, que haciéndose hombre trajo a la Tierra el pacto entre los hombres y el Padre, nos indica la esperanza con su mensaje pero no nos invita a la rendición. No significa que cada uno de nosotros deba aceptar pasivamente lo que sea injusto, doloroso y funesto en un mundo hecho por Dios pero gobernado por los hombres. Ante todo nos recuerda que nuestra fuerza y nuestro sostén en la lucha de cada día están en la fe. Y nos la pide. No la impone. Como un amigo, simplemente nos la pide.

Hizo una pausa y volvió a dirigir la mirada al atril. Cuando levantó la cabeza permitió sin reparo que los presentes vieran que las lágrimas bajaban por sus mejillas.

– Todos sabéis lo que ocurrió ayer en nuestra ciudad. Las terribles imágenes que cada uno de nosotros tenemos ante los ojos no son nuevas, como tampoco el horror que producen, el dolor y la piedad cuando nos encontramos frente a pruebas como ésta, pruebas que debemos superar.

Hizo una pausa para que los presentes entendieran y recordaran.

– Que todos debemos superar, sí, todos, hasta la última persona, porque el dolor que golpea a uno solo de nosotros lo hace con todo el género humano. Estamos hechos de carne, con nuestras debilidades y nuestra fragilidad, y cuando llega un hecho luctuoso e inesperado, un hecho incomprensible que compromete nuestra existencia y supera nuestra tolerancia, la primera reacción es la de preguntarse por qué Dios nos ha abandonado.

El de preguntarnos por qué, si es que somos sus hijos, permite que sucedan estas cosas. También lo hizo Jesús, cuando en la cruz sintió que su parte humana exigía el tributo de dolor que le había requerido la voluntad del Padre. Y entendedlo: en ese momento Jesús no tenía fe.

Hizo una pausa. Ese domingo había un silencio nuevo en la parroquia.

– En ese momento Jesús era la fe. -Subrayó especialmente esa frase antes de seguir-. Si le ocurrió al hombre que vino al mundo con el propósito de traernos la redención, es comprensible que pueda ocurrimos también a nosotros, que somos los beneficiarios de aquella voluntad y sacrificio, y a la cual damos gracias cada vez que nos dirigimos al altar.

Una nueva pausa y su voz volvió a ser la de un amigo, más que la de un predicador de la fe.

– Oíd: a un amigo se lo acepta tal como es. A veces tenemos que hacerlo aun cuando no comprendamos, porque en algunos casos la confianza debe estar antes que la comprensión. Si actuamos así por un amigo, que es humano y lo sigue siendo, con más razón debemos hacerlo por Dios, que es nuestro Padre a la vez que nuestro mejor amigo. Cuando no entendamos debemos ofrecer esa fe que se nos pide aunque seamos pobres, estemos enfermos, tengamos hambre y sed, nos persigan, insulten o acusen injustamente. Porque Jesús nos enseñó que la fe viene de nuestra bondad, de la pureza de nuestro corazón, de nuestra misericordia y de nuestro deseo de paz.

»Y nosotros, recordando las palabras de Jesús en la montaña, tendremos esa fe. Porque nos prometió que si bien el mundo en que vivimos es imperfecto, si el tiempo en el que envejecemos es imperfecto, lo que obtendremos a cambio será un sitio maravilloso, sólo para nosotros. Y que no habrá un tiempo, porque será para siempre.

Con una admirable sincronización, al final del sermón los sonidos evocativos del órgano se propagaron por la iglesia, apoyando a un coro que entonaba un canto que hablaba del mundo y de su necesidad de amor. Cada vez que el padre McKean escuchaba las voces congeniadas de los cantores en esa perfecta fusión de armonía, no podía dejar de sentir un escalofrío. Pensó que la música era uno de los más grandes regalos hechos a los seres humanos, algo que repercutía tanto en el espíritu que llegaba a afectar el cuerpo. Se alejó del atril y alcanzó su sitio en la otra parte del altar, junto a los monaguillos. Se quedó de pie, siguiendo el ritual de la misa a la vez que observaba a los fieles que llenaban la iglesia.

Sus chicos, aparte de los que estaban de turno para trabajar en Joy, estaban sentados en las primeras filas. Como para todo, McKean había dejado libre elección sobre los rezos y la presencia en misa. Joy era un lugar de transformación humana, antes que de conversión religiosa. El responsable de la comunidad era un sacerdote católico, y ese mismo sacerdote había decidido que no tendría influencia en la elección de los chicos. Pero era consciente de que todos venían a la iglesia porque estaba él y porque sabían que le gustaba verlos participar en un momento de relación colectiva.

Por el momento, eso le era suficiente.

La iglesia de Saint Benedict estaba en el centro de un barrio de viviendas del Bronx llamado Country Club, en su mayor parte poblado por personas de origen hispano o italiano, cuyas características físicas eran fácilmente reconocibles en la mayoría de los presentes. En la entrada de la iglesia, pegadas al muro junto a la imagen de la Virgen María, había unas chapas de bronce colocadas allí en recuerdo de los fieles de la parroquia fallecidos. Casi todas mostraban apellidos españoles e italianos. En efecto, al final del día y en consideración de las dos etnias, se celebraban misas en ambos idiomas.

En el momento de la comunión, el padre McKean se acercó al altar y recibió la hostia de manos del párroco, que no disimuló una mirada de satisfacción por el sermón. Entre la magia de la música que subrayaba el intercambio de deseos de paz y el aroma del incienso que se esparcía en el aire, la voz del padre Paul Smith condujo la misa en plegaria hasta su conclusión.

Poco después, como de costumbre, los sacerdotes se encontraron a la salida de la iglesia para saludar a los feligreses, intercambiar impresiones, escuchar historias y discutir iniciativas de la parroquia. En los meses de invierno, estos encuentros se producían en el claustro, pero en ese hermoso día las puertas estaban abiertas y todos se reunieron en la escalinata exterior.

El padre McKean recibió felicitaciones por su comentario del Evangelio. Y Helen Carraro, la hermana mayor de la cocinera, no dudó en presentarse con los ojos húmedos para expresarle su conmoción y recordarle que sufría de artritis. Roger Brodie, un carpintero jubilado que a veces hacía trabajos gratis para la parroquia, prometió que al día siguiente iría a Joy para hacer una reparación. Poco a poco los grupos se disolvieron y las personas volvieron a sus coches y sus casas. Muchos habían venido a pie porque vivían cerca.

El párroco y el padre McKean se quedaron solos.

– Hoy has estado emocionante. Eres una gran persona, Michael. Por lo que dices y por cómo lo dices. Por lo que haces y por cómo lo haces.

– Gracias, Paul.

Paul Smith se volvió y dirigió la mirada a John Kortighan y los chicos que estaban en la acera esperando para regresar a Joy. Cuando volvió a mirarlo, McKean leyó en sus ojos cierto pudor.

– Debo pedirte un sacrificio, si no te pesa mucho.

– Dime.

– Ángelo no está bien. Sé que los domingos son muy importantes para ti y tus chicos, pero ¿podrías sustituirlo en la misa de las doce y media?

– No hay problema.

Los chicos sentirían su ausencia, pero en un día tan especial sabía que no estaría de humor como para compartir la mesa con ellos. El sentimiento de opresión no lo había abandonado del todo y pensaba que quizá sería mejor no estar presente que estarlo de mal humor.

Bajó la escalinata y se acercó a los chicos que lo estaban esperando.

– Lo siento, pero me temo que deberéis comer sin mí. Tengo un compromiso en la parroquia. Os alcanzaré más tarde. Decidle a la señora Carraro que me espere con algo caliente… si antes no os lo acabáis todo.

Captó la desilusión en los rostros de algunos chicos. Jerry Romero, el más veterano, el que llevaba más tiempo como huésped en Joy, y que para muchos de sus compañeros era un punto de referencia, se erigió en portavoz del descontento general.

– Creo que para lograr el perdón esta vez tendrás que concedernos una sesión de Fastflyx.

Fastflyx era un servicio de alquiler de películas por correo que Joy había obtenido gratuitamente gracias a la diplomacia de John Kortighan. En un lugar de fatigas y renuncias, como era la comunidad, una simple película era un pequeño lujo.

McKean señaló al muchacho con el índice.

– Esto es un chantaje indecente, Jerry. Y os lo digo a ti y a tus cómplices. No obstante, me veo obligado a ceder bajo el peso de la voluntad general. Además, creo que ayer llegó una sorpresa. Es más: una sorpresa doble.

Hizo un gesto como para parar en seco las preguntas de los chicos.

– Luego hablaremos. Ahora iros que los otros están esperando.

En medio de una discusión, los chicos se dirigieron al batmóvil, que era como llamaban al transporte de Joy. McKean los observó alejarse. Eran una colorida masa de ropa con un cúmulo de problemas demasiado grande para su edad. Algunos eran individuos con los que no era fácil relacionarse. Pero eran la familia del sacerdote y durante un período de sus vidas Joy sería la de ellos.

John habló con McKean antes de alcanzarlos.

– Quieres que venga a buscarte?

– No te preocupes, me haré llevar por alguien.

– De acuerdo. Entonces hasta luego.

Se quedó en la calle hasta que el vehículo desapareció en la esquina. Después subió la escalinata y entró otra vez en la iglesia, ya vacía. Sólo dos mujeres se habían quedado, en un banco cerca del altar, por una continuidad personal del contacto con Dios que había sido la misa.

A la derecha, después de la entrada, estaba el confesionario. Era de madera clara y brillante con las dos entradas tapadas con cortinas burdeos. Un piloto rojo, encendido o apagado, indicaba la presencia o no de un sacerdote. Y uno más pequeño al costado indicaba si estaba libre o no. La parte dedicada al confesor era un espacio estrecho con la única comodidad de una silla de mimbre, bajo un aplique con pantalla que desde arriba difundía una luz tenue sobre la tapicería azul. La parte del penitente era aun más espartana, con reclinatorio y un enrejado que permitía la intimidad que muchos necesitaban en un momento tan íntimo.

A veces el padre McKean se refugiaba allí, sin encender la luz ni señalar en modo alguno su presencia. Se quedaba un buen rato para reflexionar, por ejemplo sobre las necesidades económicas de su obra o concentrarse en sus ideas, que a veces eran como aves migratorias, o a pensar en qué hacer con un chico especialmente difícil. Y llegaba a la conclusión de que todos lo eran y que, por lo tanto, merecían la misma atención. Pensaba que con el dinero disponible en Joy obraban auténticos milagros y seguirían haciéndolo. Y que sus ideas, aun las más difíciles de concretar, tarde o temprano mostraban el lugar donde habían anidado.

Como tantas otras veces, ese día el sacerdote corrió la cortinilla, entró y se sentó sin encender la luz pequeña. La silla era vieja pero cómoda, y la oscuridad una aliada. Estiró las piernas y las apoyó en el tabique. Las imágenes mostradas por la televisión para desorbitar los ojos y sacudir las conciencias tenían un precio para todo el mundo, incluso para los no afectados directamente por la tragedia. Por el solo hecho de existir. Había momentos en los que la vida se situaba en una balanza y, entonces, la dificultad mayor consistía en entender. A pesar de lo que había dicho durante la misa, no sólo era difícil entender a los hombres, sino también la voluntad de Dios. A veces se preguntaba cómo habría sido su existencia de no haber seguido la llamada de eso que el mundo eclesiástico llamaba vocación. Tener una mujer, hijos, un trabajo, una vida normal. Tenía treinta y ocho años y muchos años antes, en el momento de la decisión, le habían recordado las cosas a las que renunciaba. Era sólo una advertencia. Ahora, a veces sentía un vacío al que no sabía ponerle nombre, pero también sabía que un vacío como ése formaba parte de la experiencia de cada ser humano que caminara sobre la Tierra. Él tenía su pequeña revancha cotidiana sobre la nada, viviendo en contacto con sus muchachos y ayudándolos a salir de lo peor. Finalmente concluyó que entender no era lo más difícil, que lo más difícil era continuar después de haber entendido. Y seguir recorriendo el camino a pesar del cansancio. Eso era, en ese momento, lo más parecido a la fe que podía ofrecer a los otros y a sí mismo.

Y a Dios.

– Aquí estoy, padre McKean.

La voz llegó por sorpresa y sin preaviso desde la penumbra y un mundo sin paz que por un momento había olvidado. Se apoyó en el brazo de la silla y se inclinó hacia la celosía. Al otro lado, en la luz incierta, una figura sólo insinuada y un hombro cubierto por una tela verde.

– Buenos días, ¿qué puedo hacer por ti?

– Nada. Creo que usted me estaba esperando.

Esas palabras lo pusieron tenso. La voz era lóbrega pero tranquila. Como la de alguien que no tiene miedo del abismo al que se ha asomado.

– ¿Nos conocemos?

– Muy bien. O en absoluto. Como prefiera.

La tensión se transformó en una ligera angustia. El sacerdote encontró amparo en las únicas palabras que podían ofrecérselo.

– Has venido a un confesionario. ¿Debo pensar que quieres confesarte?

– Sí. -La respuesta no reflejaba vacilación alguna.

– Entonces, háblame de tus pecados.

– No tengo pecados. Y no busco absolución porque no la necesito. Además, sé que no me la daría.

El sacerdote se quedó pasmado ante aquella declaración de inutilidad. Por el tono de voz había percibido que no provenía de una simple presunción, sino de algo mucho más grande y devastador. En otro momento el padre McKean habría reaccionado de otra manera; ahora tenía los ojos y los oídos llenos de imágenes y sonidos de muerte y la sensación de derrota que sigue a una noche casi insomne.

– Si así piensas, entonces ¿qué puedo hacer por ti?

– Nada. Sólo quería dejarle a usted un mensaje.

– ¿Qué mensaje?

Un instante de silencio, pero no de duda. El otro le estaba concediendo tiempo para despejar la mente de cualquier pensamiento que no fuera ése.

– He sido yo.

– ¿Qué has hecho?

– He hecho estallar el edificio del Lower East Side.

El padre McKean se quedó sin aire.

Las imágenes se superpusieron. Polvo, ambulancias, los aullidos de los heridos, el color de la sangre, cadáveres transportados en lonas y camillas, el llanto de los sobrevivientes, la tragedia de quien lo había perdido todo. Las declaraciones en televisión. Y una ciudad entera, un país entero otra vez atravesado por un miedo que era, como alguien había dicho, el verdadero y único jinete del Apocalipsis. Aquella sombra un poco informe al otro lado del confesionario aseguraba ser el autor de todo eso.

La razón se impuso y McKean reflexionó con lucidez. Había personas enfermas a quienes les gustaba atribuirse homicidios y desastres, la comisión de delitos de los que no existía ninguna posibilidad de que fueran responsables.

– Sé en qué está pensando.

– ¿En qué?

– En que soy un mitómano. Y en que no hay pruebas de que lo que digo sea verdad.

Michael McKean, hombre de razones y sacerdote por credo, era en aquel momento como un animal con los sentidos alerta. Cada fragmento de su instinto ancestral le gritaba que ese hombre le decía la verdad desde el otro lado del confesionario.

Antes de seguir tuvo necesidad de tomar aire. El otro lo entendió y respetó su silencio. Cuando se reencontró con su voz, el sacerdote apeló a una piedad que, sabía, ya no estaba allí.

– ¿Qué sentido tienen, para ti, todas esas muertes, todo ese dolor?

– Justicia. Y la justicia nunca debería crear dolor. Mucha justicia fue impartida en el pasado, y se ha vuelto objeto de culto. ¿Por qué ahora no debería ser así?

– ¿Qué entiendes por justicia?

– El mar Rojo que se abre y se cierra. Sodoma. Gomorra. Si quiere le doy otros ejemplos.

La voz calló por un rato. Desde su parte del confesionario, que en ese momento le parecía el lugar más frío del mundo, el religioso debería haber aullado que ésas eran sólo leyendas de la Biblia, que no estaba bien tomarlas al pie de la letra, que…

Se contuvo y perdió su turno de réplica. Su interlocutor lo interpretó como una invitación a continuar.

– Los hombres han tenido dos Evangelios, uno para sus almas y otro para sus vidas. Uno religioso y otro laico. Los dos han enseñado a los hombres más o menos lo mismo. La fraternidad, la justicia, la igualdad. Algunas personas lo han difundido en el mundo y en el tiempo…

La voz parecía llegar desde un lugar mucho más lejano que la corta distancia que los separaba. Ahora parecía un susurro y estaba resquebrajada por la decepción… la que produce rabia, no lágrimas.

– ¿Pero casi nadie tuvo fuerza para vivir según las enseñanzas que predicaba.

El padre McKean respondió:

– Todos los hombres son imperfectos, es parte de su naturaleza. ¿Cómo puedes no sentir compasión? ¿No te arrepientes de lo que has hecho?

– No. Porque lo volveré a hacer. Y usted será el primero en saberlo.

McKean escondió el rostro en sus manos. Lo que le estaba ocurriendo era demasiado para un hombre. Si las palabras de ese individuo respondían a la verdad, era una prueba que superaba sus fuerzas. Las de cualquiera que vistiera el hábito sacerdotal. La voz lo apremió. No era feroz sino persuasiva y llena de comprensión.

– En sus palabras, durante la misa, había dolor y empatía. Pero no verdadera fe.

Michael McKean intentó rebelarse, no contra esas palabras sino contra su propio miedo.

– ¿Cómo puedes decir eso?

El hombre prosiguió como si no lo hubiera oído.

– Yo lo ayudaré a reencontrarla, Michael McKean. Yo puedo.

Hizo una nueva pausa. Después, pronunció las palabras que daban comienzo a la eternidad:

– Soy Dios.

15

En cierto sentido, Joy era el reino del «casi».

Todo estaba casi en funcionamiento, y era casi brillante, casi moderno. El techo estaba casi terminado y la pintura exterior casi no necesitaba retoques. Los pocos dependientes fijos recibían un sueldo casi con regularidad. Lo colaboradores externos casi siempre renunciaban a cobrar. Todo era de segunda mano y en aquella feria de lo andrajoso cualquier cosa nueva brillaba con la luz de un faro en la lejanía. Pero era el lugar donde cada día, con esfuerzo, se construía un nuevo segmento de una balsa salvavidas.

Mientras conducía el batmóvil por el camino de tierra que llevaba a la casa, John Kortighan sabía que con él en el vehículo iba un grupo de muchachos para los que la vida había sido la peor consejera. Poco a poco les había devorado la confianza y se habían visto solos, y habían confundido soledad con hábito. Cada uno de ellos, con la originalidad que les concedía el hecho adverso, había encontrado un modo personal y destructivo de perderse, con la indiferencia de un mundo que tapaba sus rastros.

Ahora, en ese lugar podían intentar un reencuentro íntimo. Y lo podían hacer juntos, sabiendo que tenían derecho a una alternativa. Y él se sentía afortunado y gratificado por haber sido elegido para formar parte de esa obra.

Por más que fuera dura y desesperada.

John atravesó la valla y poco a poco el pequeño autobús atravesó el patio para detenerse bajo la techumbre del aparcamiento. Los chicos se apearon y se dirigieron a la entrada trasera por la cocina, discutiendo y bromeando. Para todos, el domingo era un día especial, un día sin fantasmas.

Jerry Romero se hizo eco del parecer de todos.

– Chavales, ¡qué hambre!

Hendymion Lee se encogió de hombros. Era un chico con evidente ascendencia oriental.

– ¿Sabes cuál es la novedad, Jerry? Que tú tienes hambre siempre. Estoy seguro de que si fueses el Papa, darían la comunión con lonchas de jamón, no con hostias.

Jerry se acercó a Hendymion y le apretó la cabeza como una morsa.

– Si dependiese de ti, amarillo, las darían con palillos.

Los dos rieron.

Shalimar Bennett, una chica negra con un cómico pelo en puntas y cuerpo de gacela, se entrometió.

– ¿Jerry, Papa? No llegaría ni a cura, no aguanta el vino. A la primera misa estaría trompa y lo cogerían.

John sonrió, mientras se demoraba en medio del patio y veía que desaparecían dentro de la casa. No se dejaba engañar por la atmósfera relajada. Era consciente de lo frágil que era ese equilibrio, como si en cada chico el recuerdo y la tentación fueran una sola cosa, una cosa que aspiraba a ser nada más que recuerdo. De todos modos, era hermoso el espectáculo al que asistía cada día, la tentativa de recuperación y construcción de un futuro posible. Y tenía la certeza de que también ocurría por su esfuerzo y el orgullo de seguir haciéndolo mientras pudiera. Por lo primero apostaría miles de dólares, por lo último sólo unas monedas.

Solo, en medio del patio, con la sombra escondida en los límites de su cuerpo por un sol vertical, John Kortighan levantó la vista hacia el cielo azul y se puso a observar la casa.

La sede de Joy se erigía en los límites de la parte de Pelham Bay Park pegada al Bronx, en un predio de casi dos hectáreas y media, desde donde se veía una línea de mar que, como un dedo que hurgara en la tierra, se insinuaba al norte. La construcción principal era un edificio en forma de C con ángulos rectos erigido según los dictados arquitectónicos característicos de las casas de Nueva Inglaterra, con preponderancia de madera y ladrillos oscuros. La parte libre estaba abierta sobre la costa verde que más allá del canal, en contraste, bajaba hacia el sur como una mano que pretendiera detener el avance del mar.

Allí estaba la entrada, de cara al jardín, por el cual se bajaba a la casa por una galería en forma de octógono partido, iluminada por grandes puertas vidriadas. En la planta baja estaban la cocina, la despensa, el salón comedor, un pequeño dispensario, una modesta biblioteca y una sala con juegos y televisión. En uno de los lados cortos había dos dormitorios con baño común, para los miembros del personal que como él residían en Joy. En la planta superior, los dormitorios de los chicos y en el ático la habitación del padre McKean.

El lado más largo daba sobre el patio, donde se había alzado un edificio secundario como taller para los que optaban por las actividades manuales y no por el estudio. Detrás del laboratorio había un huerto que llegaba hasta el límite oeste de la propiedad y terminaba en una plantación de frutales. En un principio se había hecho como experimento para brindar una distracción que acercase a los huéspedes de Joy a una actividad física, de paciencia y con premio. Para sorpresa de todos, poco a poco la producción de fruta y verdura había aumentado hasta que la comunidad fue casi autosuficiente. Inclusive, y debido a alguna cosecha especialmente abundante, a veces un grupo de chicos iba al mercado de Union Square a vender la producción sobrante.

La señora Carraro se asomó a la puerta de la cocina secándose las manos en el delantal.

– ¿Qué es esta historia de que comeremos sin el padre Michael?

– Lo han retenido. Debe dar la misa de las doce y media.

– Bueno, no creo que muera nadie si esperamos un rato. En este lugar los domingos no se come sin ese hombre.

– De acuerdo, coronel.

John señaló el interior de la cocina, de donde llegaban las conversaciones de los chicos.

– Pero a los caimanes se lo dice usted.

– No rechistarán. O se las tendrán que ver conmigo.

– Estoy seguro.

John vio cómo desaparecía hacia el interior. Con su mejor cara de guerra. Aun cuando los chicos eran una mayoría aplastante, la señora Carraro no tenía dudas de su triunfo. John dejó que los muchachos se las arreglaran solos con la cocinera. Era una mujer con apariencia dulce y sumisa, pero en más de una ocasión había demostrado poseer un carácter voluntarioso. John sabía que cuando tomaba una decisión era difícil hacerla cambiar de idea, sobre todo si esa decisión era a favor de Michael.

Caminó despacio hacia la izquierda por un lado de la casa, respirando un aire un poco salobre.

Pensando.

El sol ya estaba en el cenit y la vegetación comenzaba a explotar, con ese fragor verde y silencioso que siempre sorprendía a la vista y el corazón, a la vez que abatía las grises y frías murallas del invierno. Llegó al frente de la casa y se metió en los senderos del jardín, sintiendo cómo la grava crujía bajo la suela de los zapatos. Llegó a un punto más allá del cual sólo tenía delante la superficie brillante del mar y el verde del parque al otro lado del canal. Se detuvo, las manos en los bolsillos y la ligera brisa en el rostro. Olía a agua y a esa sensación aparentemente estática que transmitía la primavera.

Se dio la vuelta para mirar la casa.

Ladrillos y maderas.

Vidrio y cemento.

Técnica y trabajo manual.

Todas cosas humanas.

Lo que guardaban esas paredes de ladrillo y madera tenía su propio significado. Y, por primera vez en su vida, John se sentía partícipe de algo, prescindiendo de los puntos de partida y llegada y de los inevitables accidentes de viaje.

John Kortighan no era creyente. Nunca había podido albergar ninguna fe, ni en Dios ni en los hombres. Y, en consecuencia, tampoco en sí mismo. De algún modo Michael McKean había logrado abrir una grieta en el muro. Un muro que, en apariencia, la gente había construido alrededor de John y que él, como revancha, había reforzado. Dios quedaba como un concepto vago y lejano, escondido detrás de la diáfana humanidad de su representante. Y de cualquier modo, aunque John no se lo hubiera dicho, el sacerdote estaba salvando su vida tanto como la de los chicos.

En la planta alta, detrás de los cristales que reflejaban el cielo, entrevió figuras que se movían. Claro, eran chavales que se dirigían a sus dormitorios. Cada uno tenía su experiencia, su desgarro de vida. Puestos todos juntos y sin orden como los cristales de un calidoscopio, constituían una imagen vivida y frágil. Como todo lo inestable, el conjunto no era fácil de descifrar, pero sorprendía por sus colores.

Volvió sobre sus pasos y entró en el edificio por la puerta principal. Se dirigió a la escalera que llevaba a la planta alta. Mientras subía, paso a paso, escalón a escalón, dio libertad a sus pensamientos.

La historia de Joy era muy simple y al mismo tiempo muy complicada. Y como suele suceder en estos casos, la fundación cargaba en sus espaldas un suceso trágico, como si algunas propuestas necesitaran nacer del dolor para encontrar la fuerza de convertirse en reales.

En aquel entonces John aún no había llegado al barrio, pero había oído hablar de Michael, cuyo recuerdo conciso estaba integrado en un par de conversaciones con el párroco de Saint Benedict.

Era…

… viernes y se estaba celebrando un funeral. Robin Wheaters, un chico de diecisiete años, había sido encontrado muerto por sobre dosis en un rincón del parque, del otro lado del puente en el cruce de la calle Shore con City Island Road. Una pareja que hacía jogging vio a través del follaje un cuerpo caído, medio cubierto por un matorral Se acercaron y vieron que estaba inconsciente, agonizante. La ambulancia y el traslado al hospital fueron inútiles. Robin murió poco después en brazos de su madre, que había llegado al lugar en un coche de la policía, a quienes había llamado porque su hijo faltaba de casa desde la noche anterior. En su familia nadie había albergado nunca la menor sospecha de que tomase drogas. Las causas de la muerte acarrearon un nuevo horror sobre el fin, ya de por sí escalofriante, del muchacho. La autopsia y la falta de marcas en el cuerpo revelaban que quizá para él se había tratado de la primera vez. En su destino estaba escrito que no habría una segunda.

La madre era la hermana viuda de Barry Lovito, un abogado que ejercía en Manhattan pero que seguía viviendo en Country Club, en el Bronx. Era un hombre rico, muy ocupado y soltero, que había luchado duramente para llegar a ocupar un lugar en la cima de la pirámide. Y había llegado a tal punto que ahora la pirámide casi le pertenecía.

Cuando lo requirieron las circunstancias había acogido en su casa al sobrino y su madre, con ese sentido de la familia que distingue a los italianos. La mujer tenía una salud frágil y un carácter inclinado a somatizar, y la pérdida de su marido no había sido un buen remedio para sus problemas físicos y psíquicos. Por su parte, Robin era un chico sensible, melancólico y sugestionable. Cuando se sintió abandonado a su suerte, las malas compañías volaron hacia él como cuervos. Suele ocurrir cuando la soledad no es algo buscado.

El tío y la madre estaban en la iglesia. El abogado vestía un traje impecable que lo diferenciaba del resto de los fieles como una persona pudiente. Tenía los dientes apretados y la mirada fija, quizá tanto por el dolor como por la culpa. Para él ese muchacho era el hijo que no había tenido, y del cual, después de una vida encaminada al éxito, empezaba a sentir la ausencia. Tras la muerte de su cuñado se había ilusionado por tomar su lugar, sin saber que el primer deber de un padre es el de estar siempre presente, sin excusas.

La mujer tenía un rostro enjuto y demacrado por la pena. Sus ojos, hundidos y enrojecidos, pregonaban que ya no tenían lágrimas. Su expresión decía que en la sepultura del hijo también caerían todos sus deseos de vivir. Salió detrás del féretro apoyándose en su hermano, con su cuerpo delgado cubierto por un vestido negro que parecía dos tallas más grandes que la suya.

El padre McKean estaba en el fondo de la iglesia rodeado por un grupo de adolescentes, mucho de los cuales eran amigos de Robin. Había asistido a la ceremonia con la perplejidad que siempre sentía ante la muerte sin motivo de una vida joven. Llevaba consigo un concepto luminoso que pertenecía más al ser humano que era que al religioso en quien se había transformado. Esa vida truncada era la derrota de todos, también de él, porque no se podía sustituir lo que faltaba con algo del mismo valor.

Y alrededor de él, el mundo estaba lleno de ramas espinosas y serpientes.

Mientras salía de la iglesia, Barry Lovito se volvió hacia el sacerdote y lo vio junto a los chicos. Y la mirada del abogado se detuvo un instante más de lo normal en la figura del reverendo Michael McKean. Después se dio la vuelta y, sosteniendo a la hermana, siguió su triste recorrido hasta el coche y el cementerio.

Al cabo de tres días, el sacerdote se lo cruzó otra vez; iba en compañía del párroco. Después de las presentaciones, Paul los dejó solos. Era evidente que el letrado había ido para hablar con él, pero Michael ignoraba el motivo. McKean estaba en Saint Benedict desde hacía menos de un año y hasta entonces sólo había intercambiado algunos saludos con Lovito. Como si le leyera el pensamiento, o hubiera advertido su curiosidad, el abogado no se entretuvo en preámbulos.

– Sé que se pregunta por qué he venido. Y sobre todo qué quiero decirle. Sólo le robaré unos minutos.

Con paso lento comenzó a dirigirse hacia la vicaría.

– Acabo de escriturar una propiedad, abajo, hacia el parque. Es una casa grande, con un buen trozo de terreno, más o menos dos hectáreas y media. El tipo de casa que puede alojar hasta treinta personas. Vista al mar y la costa.

El padre McKean debió de esbozar una expresión pasmada, y una media sonrisa apareció en los labios de su interlocutor.

– No tema. No estoy tratando de vendérsela.

Lovito reflexionó un momento, indeciso sobre si extenderse en el preámbulo. Decidió que no era necesario.

– Me gustaría que esa casa se convirtiera en la sede de una comunidad donde chicos con los mismos problemas que mi sobrino encuentren consuelo y reciban ayuda. No es fácil, pero al menos querría probarlo. Sé que esto no me devolverá a Robin, pero quizá me dé algunas horas de sueño sin pesadillas.

Lovito se dio la vuelta y miró hacia otro lado.

– En fin, ése problema es sólo mío.

El abogado salió de una pausa quitándose las gafas de sol. Se puso frente a Michael, con el gesto decidido de quien no tiene miedo de decir lo que piensa.

Ni de admitir las propias culpas.

– Padre McKean, soy un hombre práctico y sea cual fuere mi motivación lo que contará es el resultado y si perdura o no con el tiempo. Mi deseo es que esta comunidad no se quede en hipótesis y se vuelva realidad. Y aspiro a que sea usted quien se ocupe de ella.

– ¿Yo? ¿Por qué yo?

– Me he informado sobre usted. Y los informes me han confirmado lo que había intuido apenas lo vi con esos chicos. Además de sus calificaciones, sé que usted tiene ascendiente y una gran capacidad de comunicación con los jóvenes.

El sacerdote lo miró como si ya tuviese la vista puesta en otra parte. El abogado, que había aprendido a conocer a las personas, lo entendió. Según la lógica dictada por su profesión, quiso prevenirse contra las posibles objeciones.

– La mayor parte del dinero lo proveeré yo. También puedo conseguir una contribución estatal a fondo perdido.

Le concedió un momento para que asimilara lo que le decía.

– Por si la cosa le interesara, ya he hablado con personas de la archidiócesis. No pondrán ningún tipo de objeción. Si no me cree puede llamar al arzobispo.

Después de una larga conversación con el cardenal Logan, Michael aceptó y la aventura se puso en marcha. La casa fue reestructurada y se constituyó un fondo para garantizar a Joy una cifra mensual para afrontar los gastos. Gracias a la influencia del abogado Lovito, se corrió la voz y con ella llegaron los primeros muchachos. Y el padre McKean estaba allí y los esperaba.

Poco tiempo después había llegado él, y lo había encontrado todo perfecto en su cotidiano devenir. Aun cuando la perfección no fuera de este mundo y Joy no fuese una isla lo suficientemente lejana como para ser la excepción a la regla.

Pocos meses después de la inauguración, la madre de Robin se había apagado como un fuego abandonado en una playa, devorada por el dolor. El abogado murió al año siguiente, derribado por un infarto mientras trabajaba catorce horas por día para apoderarse de la pirámide en su totalidad. Como suele suceder, dejó tras de sí mucho dinero y también mucha avidez. Algunos parientes lejanos surgieron de la niebla de la indiferencia e impugnaron el testamento que dejaba a Joy todo el patrimonio. Las motivaciones de la causa legal eran múltiples y diferentes entre ellas, pero todas tenían la misma intención: otorgar a los iniciadores de la causa el don de meter las manos en el dinero. Y, a la espera del veredicto, todos los emolumentos de la comunidad habían sido suspendidos. En el momento presente, la supervivencia de Joy era difícil de pronosticar. Pero, no obstante la amargura que eso producía, también era un motivo para luchar.

Y habrían luchado juntos, él y Michael.

Para siempre.

Casi sin darse cuenta, John se encontró en la última planta, frente al dormitorio del sacerdote. Vigiló que nadie estuviese subiendo por las escaleras. Con la ligera ansiedad que preside lo prohibido, empujó la puerta y entró. Ya lo había hecho otras veces, sintiendo sólo una extraña excitación sin culpa por estar violando la intimidad de una persona. Cerró la puerta a sus espaldas y dio unos pasos inseguros en el interior del cuarto.

Sus ojos eran como una filmadora que registrara por enésima vez cada detalle, cada particularidad. Cada color. Rozó con los dedos una Biblia que había en el escritorio, cogió un jersey del respaldo de una silla y, finalmente, abrió el armario. La totalidad del escaso vestuario de Michael estaba ante sus ojos, en perchas y estantes. Se quedó allí, mirando la ropa y respirando el aroma del hombre que lo había fascinado desde el primer momento y por quien se sentía extasiado. Tanto que en cierto momento tuvo que alejarse para que no se leyese en su expresión lo que sentía. Cerró el armario y se acercó a la cama. Pasó los dedos sobre el cubrecama y después se acostó, boca abajo, pegando la cara al punto de la almohada donde se apoyaba la cabeza de Michael McKean. Respiró profundamente. Cuando estaba solo y pensaba en Michael, había veces que deseaba estar con él. Y otras veces, como ésta, en que deseaba… ser Michael. Y estaba convencido de que si se quedaba allí, tarde o temprano lo conseguiría…

El móvil empezó a sonar en uno de sus bolsillos. Bajó de la cama a toda prisa, con el corazón en la boca, como si ese sonido fuera la señal de que el mundo lo había descubierto. Con mano temblorosa cogió el aparato y respondió.

– John, soy Michael. Estoy llegando. La misa la dirá Paul en mi lugar.

Quedó turbado, como si el hombre con que hablaba pudiera verlo y supiera dónde se encontraba. A pesar de que la voz llegaba filtrada por el propio embarazo, captó que no era la que él estaba acostumbrado a asociar con su cara. Parecía entrecortada o angustiada, quizá las dos cosas.

– Mike, ¿qué pasa? ¿Estás bien? ¿Ha ocurrido algo?

– No te preocupes, dentro de poco estaré allí. No ha ocurrido nada.

– Bien. Hasta luego.

John cortó y se quedó mirando el teléfono como si por el hecho de hacerlo pudiese descifrar las palabras que acababa de oír. Conocía lo suficiente a Michael McKean como para entender que cuando algo le pasaba se volvía una persona irreconocible.

Y ésta era una de esas veces.

Cuando le preguntó si había ocurrido algo, Michael respondió que no. Pero no obstante la respuesta, su voz revelaba a una persona a la que le había ocurrido de todo. Dejó el dormitorio, que de golpe había vuelto a ser como cualquier otro lugar, y cerró la puerta. Durante todo el tiempo que tardó en llegar a la planta baja no consiguió dejar de sentirse inútil y solo.

16

El tenedor atrapó dos espaguetis de la olla hirviente.

Vivien puso atención en no quemarse, se los llevó a la boca y los probó. Les faltaba media cocción. Coló la pasta y la puso en la sartén donde se hacía la salsa. La salteó a fuego fuerte pocos minutos, hasta que el agua sobrante se evaporó y la pasta llegó al punto justo de consistencia. Lo hizo como le había enseñado su abuela cuando era pequeña. Su abuela… Al contrario que el resto de la familia, no se había resignado al hecho de que su apellido, en el curso del tiempo, de Luce se hubiese transformado en Light. Apoyó la sartén sobre un posafuentes y con una pinza comenzó a distribuir la pasta en dos platos sobre el banco de cocina.

No había creído necesario sentarse a la mesa, y había preparado dos sitios con mantelitos de bambú en el banco, al otro lado del comedor.

Habló en voz alta, para que su sobrina la oyera, si es que estaba en el fondo del pasillo o en el dormitorio.

– Está listo.

Poco después Sundance apareció en el salón-cocina del pequeño apartamento de Vivien. Acababa de darse una ducha y todavía tenía húmedos los largos cabellos. La luz que emanaba de la chica la deslumbró. Llevaba camiseta y vaqueros, y aun así parecía una reina. No obstante algunos rasgos de su padre, era el vivo retrato de su madre.

Bella, frágil, delicada.

Difícil de entender. Fácil de herir.

Vivien sintió que se le oprimía el corazón. Había momentos en que el dolor que llevaba dentro como un coágulo de sangre invadía todo su ser. Era pena por todo lo que había pasado, remordimiento por todo lo que podría pasar y que la suerte había querido que aún no pasara. Era una risotada de burla por esos instantes en que, como ser humano que era, se había encontrado pensando que la vida era bella. Por los sueños de todos, transformados en tierra de nadie.

A pesar de todo le dedicó una sonrisa a su sobrina.

Apoyada en el sentido común, no podía permitir que todo lo perdido entrara, como una larga ola, y arrastrara todo lo que aún podía recuperarse. Y también se llevara las cosas que podían construirse en el cupo de futuro que todavía le esperaba. No siempre el tiempo curaba todas las heridas. A Vivien le bastaba con que no le produjese otras. Del resto, y en lo que podía, se ocuparía ella. No para ponerle una mordaza al sentimiento de culpa que arrastraba, sino para impedir que Sundance dejase demasiado espacio al suyo.

La muchacha se sentó en el taburete e inclinó la cabeza sobre el plato para que le llegara el aroma de la pasta. Sus cabellos cayeron sobre la mesa como el llanto de un sauce.

– ¿Qué has preparado?

– Cosas simples: espaguetis con tomate y albahaca.

– Ummmmm. ¡Qué rico!

– ¿Una opinión originada en la confianza?

Sundance la miró con sus límpidos ojos azul celeste. Como si no le hubiese sucedido nada, como si la profundidad de la mirada se debiese a su nacimiento y no a un reflejo interior.

– Tus espaguetis están siempre ricos.

Vivien sonrió e hizo un exagerado gesto de agradecimiento.

Se sentó junto a Sundance. Empezaron a comer en silencio, cada una consciente de la presencia de la otra.

Después de lo sucedido, Vivien no había hablado nunca con Sundance de los hechos que ella había protagonizado. Para eso hubo un psicólogo, a través de un recorrido difícil, tortuoso y blindado que todavía no había concluido del todo. A veces Vivien se preguntaba si concluiría alguna vez. Pero Vivien era la única que había quedado como punto de referencia, después de que su hermana Greta cayera víctima de un alzheimer precoz que día a día la empujaba hacia la nada. Nathan, el padre de Sundance, que en la nada había nacido y que lo único que sabía hacer era ocultarlo, sólo había pensado en irse, tratando de olvidar algo que no lo abandonaría nunca. Si no otra cosa, había dejado suficiente dinero para las necesidades de su mujer y su hija. Conociéndolo como lo conocía, Vivien pensaba que eso era lo máximo que de él podía esperarse. Que cualquier otra cosa que llegara de su parte sería más un daño que una ayuda.

Terminaron la pasta casi al mismo tiempo.

– ¿Tienes más hambre? Si quieres una hamburguesa…

– No. Así estoy bien. Gracias, Vunny.

Sundance se incorporó y fue hacia el televisor; Vivien lo había dejado apagado durante el almuerzo. Vio cómo cogía el mando a distancia del brazo del sofá y lo apuntaba hacia el aparato. Las imágenes y voces del Eyewitness Channel inundaron la habitación.

Y un espectáculo de muerte y desolación invadió la pantalla.

Vivien quitó los platos del banco y los llevó al fregadero. Las imágenes que retransmitía el canal eran el dramático corolario de lo que habían visto en directo.

La noche anterior, mientras la catástrofe quitaba el aire al mundo, y ellas estaban en pleno tráfico, Vivien había encendido la radio del coche, segura de que en instantes se sabría qué había ocurrido. Y así fue después de una pequeña eternidad. El programa de música se había interrumpido para dar paso a la noticia de la explosión, con los pocos detalles disponibles en aquel momento. Las dos se quedaron en silencio y escucharon los comentarios del locutor al mismo tiempo que veían el resplandor de las llamas frente a ellas, tan vividas y violentas que además de las cosas parecían estar quemando las almas. El incendio había seguido expendiéndose a un lado del coche, mientras pasaban por el Alphabet City a la altura de la calle Diez, recorriendo la ribera del río y la paralela D Avenue. Vivien estaba segura de que en pocos minutos el tráfico de esa zona se bloquearía, por lo que había escogido dar un largo rodeo para llegar a su casa, en la zona de Battery Park. Había cruzado el puente de Williamsburg y recorrido toda la vía rápida Brooklyn-Queens para llegar al Downtown a través del túnel. En todo ese tiempo no había dicho una palabra, pasando de emisora en emisora para tener novedades.

Llegadas a casa, se precipitaron a encender la televisión. Y las imágenes de pesadilla metropolitana que aparecían confirmaron lo que habían visto en directo. Siguieron las transmisiones hasta muy tarde, comentando lo que veían. Escucharon las palabras del alcalde y un breve comunicado de la Casa Blanca hasta que el cansancio pudo más que el desconsuelo.

Se durmieron en la cama de Vivien, las dos juntas, con el ruido de la explosión que todavía retumbaba en sus oídos y sintiendo aún la vibración del suelo que siguió, como si en el recuerdo no pudiera pararse.

Vivien abrió el grifo y vertió agua sobre los platos sucios de salsa. Agregó unas gotas de detergente. Como en un juego inocente, la espuma surgió de la nada mientras a sus espaldas oía las voces de los cronistas que no agregaban nada a lo que ya se sabía, aparte de la actualización de un número de víctimas que seguía aumentando.

El sonido del teléfono fue como una señal de vida entre todas esas narraciones de muerte. Vivien se secó las manos y cogió el inalámbrico. Oyó la voz del capitán Alan Bellew, fuerte e incisiva como siempre, pero con una ligera nota de cansancio.

– Hola, Vivien, soy Bellew.

Nunca antes la había llamado a su casa y menos aún en sus días de descanso. Enseguida imaginó cuál podía ser la continuación.

– Dime.

No hubo necesidad de aclaraciones. Los dos conocían bien de qué se trataba.

– Es un follón. Acabo de salir de una reunión en la Jefatura Central con el jefe de policía y los responsables de los distritos. Estoy convocando a todos mis efectivos. Esta noche os quiero ver para ponernos a todos al corriente de la situación.

– ¿Es tan grave?

– Sí. Lo que sabe la prensa todavía no es nada en comparación. Aunque debo reconocer que por el momento tampoco nosotros sabemos mucho más. Existe la posibilidad, si bien remota, de que la ciudad esté siendo sometida a un ataque. En cualquier caso os lo explicaré todo personalmente. A las nueve en comisaría.

– De acuerdo.

La voz del capitán cambió de tono y se transformó en la de un amigo, después de haber sido la de un superior en una emergencia.

– Lo siento, Vivien. Sé que últimamente has trabajado duro y sé de tus compromisos. Esta noche tenías que acompañar a tu sobrina al concierto de U2. En todo caso debes saber que por motivos de orden público han sido suspendidas todas las actividades que supongan la reunión de muchas personas.

– Lo sé. Lo acaban de decir en televisión.

El capitán guardó silencio. De complicidad o de pudor. Después habló.

– ¿Cómo está Sundance?

Bellew tenía dos hijas un poco mayores que su sobrina. Vivien pensó que probablemente tenía sus caras ante los ojos cuando hacía esa pregunta.

– Bien.

Lo dijo bajito, como si fuera más producto de la ilusión que una certeza.

– Hasta luego, pues.

– Adiós, Alan. Gracias.

Vivien cortó la comunicación y dejó el teléfono al lado del fregadero. Por un instante se quedó mirando los platos, como si en vez de estar bajo diez centímetros de agua estuvieran inmersos en la profundidad del océano.

Cuando se volvió, Sundance estaba de pie en el otro extremo del banco y la miraba. En ese momento era una adulta con ojos viejos en el cuerpo de una chavala. Todo lo que la rodeaba le estaba diciendo que cada cosa que se posee puede ser quitada sin preaviso. Más que nunca, Vivien sintió la necesidad de enseñarle y demostrarle que, del mismo modo, muchas bellas cosas nuevas pueden llegar.

¿Cómo hacerlo? Todavía no lo sabía, pero aprendería. Y las habría salvado a las dos.

Su sobrina sonrió como si hubiera leído en su rostro ese pensamiento.

– Tenemos que volver a Joy, ¿verdad?

Vivien asintió con la cabeza.

– Lo siento.

– Voy a preparar el bolso.

La muchacha se alejó por el pasillo en dirección al dormitorio. Vivien se dirigió a una pequeña caja fuerte escondida detrás de un cuadro. Después de componer la clave en el panel electrónico, la abrió y sacó la pistola y la placa.

Sundance estaba en el fondo del pasillo y la esperaba con el bolso en la mano. No había trazas de desilusión en su cara. En el fondo, Vivien hubiese querido que las hubiera. Lo de Sundance era un precoz acomodo a una vida que procede de esa manera y que no siempre se puede cambiar.

Habían planeado ir a correr juntas en horas de la tarde por la ribera del Hudson para después regalarse una noche de espectáculo y multitud, perdidas entre los asistentes al concierto, pero siempre conscientes de estar juntas, en un momento de euforia positiva que sólo la música puede dar.

Y en cambio…

Salieron a la calle y se dirigieron al coche. Era un día estupendo, pero en ese momento el sol, una brisa ligera y el azul intenso del cielo parecían una burla cruel, una complaciente vanidad de la naturaleza más que un regalo a los seres humanos.

Vivien accionó la llave electrónica y abrió las puertas. Sundance lanzó el bolso al asiento trasero y se sentó a su lado. Cuando Vivien estaba por poner en marcha el motor, la voz débil de la chica la pilló desprevenida.

– ¿Has visto a mamá últimamente?

Vivien quedó sorprendida y paralizada. Hacía muchos meses que no tocaban ese tema. Se volvió hacia su sobrina. Estaba mirando fuera y le daba la espalda, como si tuviera vergüenza de la pregunta o temor a la respuesta.

– Sí. Ayer estuve allí.

– ¿Cómo está?

«La pregunta justa sería "dónde" está.» Vivien se abstuvo de mencionarlo y trató de poner una voz lo más neutra posible mientras le decía la verdad. Había decidido hacerlo.

– No bien.

– ¿Qué piensas, podré verla?

A Vivien le faltó el aire, como si dentro del coche ya no lo hubiera.

– No sé si es buena idea. No creo que pueda reconocerte.

Sundance la miró con lágrimas en los ojos.

– Yo la reconozco y eso me basta.

Vivien sintió que la invadía una devastadora ola de ternura. Desde que su sobrina se había visto envuelta en aquella horrible historia, era la primera vez que la veía llorar. Pero ignoraba si cuando estaba a solas se dejaba arrastrar por el consuelo ilusorio de las lágrimas. Con Vivien y las otras personas con que estaba en contacto se mostraba siempre ensimismada, como si hubiese erigido un muro entre ella y su propia humanidad, para impedir que el dolor penetrara.

De pronto volvió a ver a la niña de otros tiempos y también revivió todos los buenos momentos que habían pasado juntas. Se acercó y la abrazó, para tratar de borrar la fealdad que ambas querían olvidar. Sundance se refugió en el abrazo y ambas se quedaron quietas durante un largo rato, dejando que todo lo que tenían dentro fluyera con esa corriente de emociones, cada una apretando en el puño el billete de vuelta de un largo viaje.

Vivien oyó la voz entrecortada de su sobrina. Provenía de algún punto entre su cabello.

– ¡Oh, Vunny! Lo siento… eso que he hecho. No era yo, no era yo, no era yo…

Siguió repitiendo esas palabras hasta que Vivien estrechó el abrazo y le puso una mano en la cabeza. Sabía que ése era un momento importante en sus vidas y rogó a quien fuese responsable de la existencia de los seres humanos que la ayudase a encontrar las palabras apropiadas.

– Sssshh. Ya ha pasado. Todo ha pasado.

Lo dijo dos veces, para convencerla y convencerse.

Vivien la tuvo abrazada hasta que los sollozos se apagaron. Cuando se separaron, Vivien se inclinó hacia el salpicadero, abrió la guantera y cogió una caja de pañuelos de papel.

Se la dio a la muchacha.

– Ten. Si seguimos así, dentro de poco este coche parecerá una pecera.

Hizo esa broma para atemperar la tensión y ratificar el nuevo pacto entre ambas. Sundance insinuó una sonrisa, cogió un pañuelo y se secó los ojos.

Vivien hizo lo mismo.

La voz firme de la muchacha la sorprendió con el pañuelo en los ojos.

– Había un hombre.

Vivien esperó en silencio. Demostrar inquietud o estimular las confidencias de su sobrina habría sido un error. Sundance siguió hablando sin necesidad de estímulos. Ahora que el muro había caído parecía como si cada oscuridad escondida al otro lado tuviese urgencia de reencontrarse con la luz del sol.

– Uno que conocí y me daba cosas. Uno que organizaba…

Volvió a rompérsele la voz. Vivien comprendió que para ella todavía era difícil pronunciar ciertas palabras o usar algunas expresiones.

– ¿Recuerdas su nombre?

– El verdadero nombre no lo conozco. Todos lo llamaban Ziggy Stardust. Pienso que era un apodo.

– ¿Sabes dónde está… su número de teléfono?

– No. Sólo lo vi una vez. Después era siempre él quien llamaba.

Vivien tomó aire y trató de amortiguar las palpitaciones. Sabía contra qué tendría que luchar en los próximos días. Contra su rabia y su instinto. Contra el deseo de encontrar a ese bastardo, entrar en su madriguera y vaciarle un cargador en la cabeza.

Miró a su sobrina. Por primera vez la mirada que le devolvía la muchacha no proyectaba sombras. Sabía que a partir de ahora podría hablar con ella de un modo nuevo. Un modo que Sundance entendería.

– Hay algo que está sucediendo en esta ciudad, algo espantoso que podría costar muchas vidas humanas. Por eso toda la policía de Nueva York está en alerta máxima, y por eso esta noche debo ir a comisaría. Para tratar de evitar que vuelva a suceder.

Le dejó un tiempo para que asimilara sus palabras.

– Pero te prometo una cosa: no tendré paz hasta que haya logrado que ese hombre no le haga más daño a nadie. Nunca más.

Sundance sólo respondió con un gesto de asentimiento. En ese momento no se necesitaba nada más entre ellas. Vivien encendió el motor y enfiló el coche hacia Joy, un lugar que seguiría siendo por un tiempo el hogar de su sobrina. Estaba ansiosa por contarle al reverendo McKean los progresos habidos, pero mientras se adentraba en el tráfico no pudo evitar otro pensamiento que la rondaba. Fuera quien fuese ese fantasmal Ziggy Stardust, su vida se transformaría en un infierno.

17

Vivien traspuso las puertas de vidrio y entró en la comisaría.

Fuera de la entrada había dejado una espléndida y azul mañana de sol que no tenía ganas de acompañarla al interior. Se reencontró en la gran sala incolora con azulejos otrora blancos. Normalmente ése era para ella un lugar familiar, un sitio de frontera en medio de la civilización donde, no obstante, lograba encontrar un sentido de hogar que en otros lugares ya no veía.

Hoy era diferente. Hoy había algo anómalo en el aire y dentro de ella, una sensación de inquietud y eléctrica espera que no lograba definir. Alguna vez había leído que en tiempos de paz el guerrero se combate a sí mismo. Se preguntó qué tipo de guerra tendrían que librar en adelante. Y cuánto espacio le quedaría a cada uno para el propio conflicto interior, fuera grande o pequeño.

En una comisaría la paz no era una expectativa. Era un sueño.

Con la mano saludó a los agentes del mostrador y se dirigió a la puerta que llevaba a la planta superior. Subió las escaleras y dejó atrás la sala de reuniones donde la noche anterior el capitán Bellew había definido la situación ante los inspectores y agentes que en ese momento no estaban de servicio. Apoyado en el escritorio, los había puesto al día de lo que les esperaba.

– Como ya habrán entendido, es un asunto muy feo. Ya está confirmado que la explosión del edificio de la calle Diez ha sido consecuencia de un atentado. Los expertos han encontrado restos de explosivo de la peor clase. Es decir, trotil (o sea, trinitrotolueno) combinado con napalm. Es el único detalle que la prensa todavía no conoce, pero, como siempre sucede, no tardará en saberlo. Quien ha hecho esto quería un grado máximo de destrucción, combinando el efecto incendiario con una potencia demoledora. El edificio fue minado con precisión de relojero. Cómo los culpables lograron distribuir de modo tan preciso las cargas sin ser vistos, es un misterio. Sobra que les diga que están trabajando todos: FBI, NSA y muchos otros. Y, obviamente, nosotros.

Bellew hizo una pausa.

– Esta mañana, durante la reunión en la oficina del jefe, también estaban el alcalde y un par de peces gordos procedentes de Washington en representación del presidente. El nivel de Defcon ha subido a escala nacional, lo que significa que todas las bases y los aeropuertos militares están en alerta máxima. La CIA está trabajando para comprender qué está sucediendo. Les cuento estopara transmitirles cuál es el pulso del país en estos días.

Vincent Narrow, un detective alto y corpulento sentado en la primera fila, levantó la mano. El capitán le concedió la palabra.

– ¿Ha habido alguna reivindicación?

Todos se estaban preguntando lo mismo. No obstante el tiempo transcurrido desde el 11 de Septiembre, sus fantasmas estaban lejos de haberse esfumado.

Bellew sacudió la cabeza.

– Nada en absoluto. Hasta el momento, todo lo que se sabe es lo que ha dicho la televisión. Al Qaeda se ha desvinculado mediante un comunicado en Internet. Dicen que ellos no han sido. Los expertos en informática están verificando la autenticidad del mensaje. Siempre está latente la posibilidad de otros grupos de fanáticos de diferentes tipos. Pero por lo general se apresuran a reclamar los méritos de sus acciones.

Otra pregunta llegó desde el fondo de la sala.

– ¿Alguna pista?

– Ni siquiera una sombra. Aparte del acoplamiento inusual de los dos explosivos.

Por fin, Vivien formuló la pregunta de la que todos temían su respuesta.

– ¿Cuántas víctimas?

Antes de responder, el capitán suspiró.

– Hasta el momento, más de noventa. Por suerte el número de muertos se limita por el hecho de que siendo sábado muchos estaban fuera, o cenando o de fin de semana. Pero me temo que aumentarán. Hay personas horriblemente quemadas. Muchos heridos no sobrevivirán.

El capitán hizo silencio para que los presentes asimilaran las cifras. Y para que en la mente las unieran a las imágenes que se estaban difundiendo en todo el mundo.

– No es como la masacre del 11 de Septiembre, pero es posible que sólo estemos al principio, dada la habilidad y experiencia que han demostrado los culpables. Os exhorto a estar con los ojos y los oídos muy abiertos. Sigan con sus respectivas investigaciones, pero mientras tanto no descuiden nada, ni el más mínimo detalle. Pasen la voz a los informadores. Si fuera necesario, estamos autorizados a prometer recompensas de todo tipo, inclusive el indulto por ciertos delitos a quien esté en condiciones de suministrar informaciones útiles.

Cogió unas fotos del escritorio y se las mostró a los agentes.

– Son fotos hechas en los alrededores del lugar del atentado. Serán expuestas en la vitrina de ahí fuera. A veces a los maníacos les gusta ver las consecuencias de sus canalladas. Tal vez no sirva de nada. En cualquier caso echadles una ojeada. Nunca se sabe de dónde puede llegar una pista. Por el momento es todo.

La reunión se disolvió y los presentes salieron comentando los hechos. Algunos volvieron a casa, otros se esparcieron por la dudad para vivir ese fragmento de domingo. Todos con una nueva arruga en la cara.

Vivien, que había bajado del Bronx directamente a comisaría, estaba otra vez en su coche y se había acoplado al tráfico perezoso rumbo a su casa. Al día siguiente la dudad despertaría e iniciaría su carrera furibunda no se sabía hacia qué, guiada por lo acostumbrado y quizá por algún «porque». Pero por el momento había calma y tiempo para pensar. Y era lo que Vivien necesitaba. Apenas llegada a casa se duchó y se metió en la cama, tratando inútilmente de leer un libro. En lo que quedaba de la noche durmió poco y mal. Las palabras del capitán, unidas a lo que habían visto ella y Sundance, la habían inquietado. Además, la había desorientado el comportamiento del padre McKean cuando se encontraron en Joy. Había hablado con él sobre los progresos en la relación con su sobrina, sobre la apertura hacia ella, sobre el nuevo rumbo de la relación. La respuesta que tuvo no había sido la que esperaba. El sacerdote había recibido la noticia con una sonrisa tibia y con palabras que más parecían de circunstancia que de contento por el resultado que ella y Sundance había obtenido. No parecía la persona que Vivien había aprendido a conocer y admirar desde que la conoció. Varias veces había desviado la conversación hacia el tema del atentado, informándose sobre la modalidad, el número de víctimas, la investigación. Vivien había captado un malestar extraño, ambiguo, algo que sin duda el padre McKean llevaba dentro de sí y no había transmitido.

Vivien llegó a la sala donde estaban los escritorios de los detectives. Sólo unos pocos de sus colegas estaban en sus sitios. El Plaza estaba vacío.

Hizo un saludo dirigido a todos y a nadie. En ese momento, la acostumbrada camaradería había desaparecido. Todos estaban en silencio y cada uno parecía concentrado en un pensamiento personal.

Se sentó en su mesa, encendió el ordenador y clicó el ratón. Cuando el monitor le dio vía libre, entró en el link de la Police Database, introdujo su identificador y contraseña y apenas entró en el programa tecleó el nombre de Ziggy Stardust. Al instante apareció la foto de un hombre con el número de la ficha policial. La sorprendió encontrarse con una cara anónima, de apariencia inofensiva, una persona de las que ves y te olvidas. Un perfecto producto de la nada.

– Aquí estás, maldito hijo de puta.

Rápidamente leyó todas las andanzas que Zbigniew Malone, alias Ziggy Stardust, había protagonizado. Vivien conocía personas con ese perfil. Un pequeño delincuente, uno de esos que durante toda la vida oscilan en los bordes de la legalidad, sin tener la valentía o capacidad de ir más allá. Un tipo que ni entre la gente de su clase disfrutaba de estima alguna. Había sido arrestado muchas veces por diferentes fechorías. Hurto, venta de drogas, explotación de prostitutas y otros hechos. También había estado un tiempo en la cárcel, pero menos de lo que Vivien habría esperado, dado el curriculum.

Leyó la dirección del sujeto y comprobó que estaba en Brooklyn. Conocía a un detective que trabajaba en el Distrito 67, un tipo discreto y disponible con el cual había colaborado en una investigación en el pasado. Cogió el teléfono y pidió comunicación con el 67 de Brooklyn. Se dio a conocer al telefonista y preguntó por el detective Star. Poco después oyó la voz de su colega.

– Star.

– Hola, Robert. Soy Vivien Light, del Trece.

– Hola, encanto de la humanidad. ¿A qué debo el honor?

– Honrada por tus palabras. Aunque creo que la humanidad piensa otra cosa. A lo mejor tú no formas parte…

Oyó la risotada de Star.

– Veo que no has cambiado. ¿Qué necesitas?

– Información.

– Dispara.

– ¿Qué me dices de un tipo que se hace llamar Ziggy Stardust?

– Mira, podría decirte muchas cosas, pero la primera que se me ocurre es que ha muerto.

– ¿Muerto?

– Exacto. Asesinado. Para más datos, acuchillado. Lo encontraron ayer en su apartamento, tirado en el suelo en medio de un charco de sangre. La autopsia revela que la muerte se produjo el sábado. Era un don nadie, pero alguien ha decidido que no merecía vivir. A veces lo usábamos como informador.

Vivien añadió la calificación de soplón a las otras de Stardust que ya tenía a disposición en la ficha. Eso explicaba la ligereza de la policía para con él. Cuando las informaciones tenían alguna consistencia, cerraban un ojo a las actividades ilícitas de poca monta.

– ¿Habéis cogido al asesino? -Quiso agregar que, en tal caso, ella iría con mucho gusto a la cárcel para colgarle una medalla, pero se contuvo.

– Con las amistades que frecuentaba ese rufián, no creo que sea fácil. Y mira, te seré franco: no hay nadie que lamente su ausencia. Nos estamos ocupando, pero con lo que está sucediendo la caza de su verdugo no es una prioridad, ¿no crees?

– Sí, claro. Tenme informada. Si fuera necesario te explicaré el motivo, ¿vale?

– Bien, bien. Adiós.

Vivien colgó y se quedó unos segundos digiriendo la noticia. Después mandó imprimir la ficha que tenía en el monitor. Se levantó y cogió la hoja cuando salía de la impresora y la llevó a su escritorio. Tenía la intención de que Sundance viera la foto para confirmar si ése era el hombre. No lograba avergonzarse de la pequeña y mezquina euforia que sentía. El feo final de Ziggy Stardust era la demostración de que la venganza y la justicia algunas veces coincidían. La promesa hecha a su sobrina se había cumplido antes de lo previsto. El único remordimiento de Vivien consistía en no haber tenido méritos en ello.

Su colega Brett Tyler salió en ese momento por la puerta de los servicios que había junto al Plaza. Era un tipo oscuro y de buena planta, con un carácter más obstinado que brillante. Tenía maneras más bien rudas cuando su interlocutor no merecía otros modales.

Vivien lo había visto en acción y debía reconocer que, cuando quería, sabía ser muy eficaz.

Tyler se acercó a su mesa.

– Hola, Vivien, ¿todo bien?

– Más o menos, ¿y tú?

El detective separó los brazos en gesto de resignación.

– Estoy en la trepidante espera de Russell Wade para su testimonio sobre la red de timbas ilegales. Una mañana de auténtica emoción.

Vivien recordó la figura derrengada de Wade cuando salía de comisaría en compañía de su abogado. Recordó el comentario del capitán cuando los dos hombres pasaban ante ellos. Bellew había dicho que la vida desordenada del tipo era un verdadero intento de autodestrucción.

– ¿Fuiste tú el que le partió el labio?

– Sí, sí. Y para serte sincero, lo hice con cierto gusto, ¿sabes? Ese tipo no me gusta nada.

Vivien no tuvo tiempo de contestar porque en ese momento el tipo en cuestión apareció por la puerta, acompañado por un agente uniformado. Vivien vio que se había restaurado el estropicio, pero en el labio todavía era evidente el tratamiento de Brett Tyler.

– Lupus in fabula -dijo en voz baja Tyler-. Es como el lobo de la fábula.

Wade se dirigió hacia ellos mientras el uniformado desaparecía. Se quedó de pie frente a Tyler, que no hizo nada por mostrarse cordial. Le dirigió un saludo tan formal que podía interpretarse como burlón.

– Buenos días, señor Wade.

– ¿Hay motivos para que lo sea?

– No, efectivamente. Para ninguno de los dos.

El hombre se volvió hacia Vivien, sentada a un lado de los dos. No dijo nada, sólo se quedó mirándola un instante. Después sus ojos se posaron en la foto que había en la escribanía. De inmediato volvieron a los de Tyler y dijo:

– Entonces… ¿resolveremos rápido este asunto?

El tono de la pregunta fue vagamente provocador. Tyler aceptó el desafío.

– No se ha traído al abogado…

– ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Tiene intenciones de darme otro puñetazo?

Vivien creyó ver una luz divertida en la mirada de Russell Wade. Tal vez también la viera Tyler, porque de golpe se ensombreció. Se apartó e indicó un lugar a su derecha.

– Por aquí, por favor.

Cuando se dirigían a la mesa de Tyler, por un instante se dibujó en la boca de Vivien la insinuación de una sonrisa, provocada por la escaramuza verbal entre los dos. Luego dedicó su atención al expediente relativo al cadáver emparedado de la calle Veintitrés, trabajo pendiente. Lo abrió y encontró el informe de la autopsia y una copia de las fotos que había en el portadocumentos a los pies del cuerpo. No obstante los deseos del capitán de ocuparse de los delitos cometidos en el territorio asignado a su Distrito, era una certeza razonable suponer que la investigación la pasarían a la Cold Case, por lo cual Vivien repasó sin mucho interés el informe del forense. Con términos técnicos confirmaba las causas ya anticipadas por el juez de instrucción en el lugar de los hechos, y lo hacía con palabras más asequibles. La fecha de la muerte se remontaba a unos quince años atrás, no con demasiada precisión debido a las condiciones tanto del cadáver como del lugar donde se hallaba. El resultado del análisis de los restos de ropa todavía no había llegado, y el de la dentadura lo estaban realizando. El cadáver no tenía ninguna señal especial, aparte de unas líneas de fracturas soldadas en el húmero y la tibia derecha, y de un tatuaje en el hombro, aún visible no obstante el tiempo transcurrido. Había una reproducción fotográfica específica: una Jolly Roger, la bandera de los piratas, la de la calavera y las tibias cruzadas. Abajo había una leyenda.

THE ONLY FLAG

Estaba escrita con caracteres adecuados a la imagen. Vivien pensó en el significado de esa inscripción y en la ironía de la vida. Ampararse en la que, según ese hombre, era la única bandera posible, no lo había salvado de tener el peor de los finales.

De todos modos, el tatuaje podría ser la única indicación que permitiera identificar el cadáver; quizá perteneciera a un grupo o asociación particular.

Era toda la documentación, a la que se agregarían otros indicios que aparecieran.

El trabajo de investigación sería más bien aburrido. Una búsqueda en el DOB, Department of Buildings, de datos sobre dos edificios demolidos.

Las declaraciones de los propietarios e inquilinos.

Las denuncias sobre personas desaparecidas alrededor de esa fecha.

Cerró el dossier y cogió las dos fotos. Durante largo rato se quedó mirando a aquel muchacho de uniforme, de pie delante de un vehículo blindado, participante en una guerra que había traído más vergüenza que gloria. Después pasó a la imagen en que el chico mostraba al objetivo aquel extraño gato de tres patas. Se preguntó el porqué de la anomalía o mutilación y se dijo que, con toda probabilidad, no lo sabría nunca. Volvió a colocarlo todo dentro de una carpeta demasiado delgada como para ser considerada un verdadero dossier, y se apoyó en el respaldo de la silla. Debería haber escrito un informe, pero ahora no tenía ganas.

Se incorporó, atravesó la sala y salió al rellano, donde estaba la máquina de café. Apretó los botones y ordenó a su camarero mecánico un café con leche sin azúcar. Cuando el líquido estaba por llenar el vaso de plástico, Russell Wade apareció a su lado. No tenía la pinta de un tipo que quiere un café.

Vivien cogió su vaso y se volvió hacia él.

– ¿Ha terminado con su torturador?

– Con él sí. Ahora necesito hablar con usted.

– ¿Conmigo? ¿Y por qué?

– La foto de ese hombre… la que tiene en el escritorio.

– ¿Y bien?

– Lo conocía.

A Vivien no se le escapó la conjugación del verbo.

– ¿Sabe que lo mataron?

– Sí. Me he enterado.

– Si tiene informaciones sobre ese hombre, puedo ponerlo en contacto con los que se encargan de la investigación.

Wade mostró desconcierto.

– He visto la foto en su mesa. Creía que se encargaba usted.

– No. Son mis compañeros de Brooklyn. Que esa foto estuviera en mi mesa es una casualidad.

El hombre consideró necesario precisar algo:

– En todo caso, la muerte de Ziggy no es el centro de la cuestión. Por lo menos no del todo. Hay otro motivo mucho más importante. Pero de esto querría hablar en privado con usted y con el responsable del Distrito.

– En este momento el capitán Bellew está muy ocupado. Y no se lo digo como mera fórmula.

Él se quedó en silencio y la miró a los ojos. Vivien recordó el momento en que se había cruzado con él, el día en que lo excarcelaron. Recordó el sentimiento de tristeza y soledad que le había transmitido. No tenía ningún motivo para apreciar a ese hombre, pero ahora tampoco fue insensible ante la profundidad de su mirada.

La voz de Russell Wade sonó tranquila después de la pausa.

– Si le dijese que tengo indicios importantes como para llegar a quien ha hecho explotar el edificio del Lower East Side, ¿cree que el capitán me concedería un minuto?

18

Estaba sentado en una silla de plástico en una sala de espera en la segunda planta de la comisaría del Distrito 13. Un lugar anónimo, con paredes desteñidas, testigo de historias que con el tiempo también se habían desteñido. Pero su tiempo era el de hoy, su historia pertenecía al presente, que a menudo le era un momento difícil de vivir.

Se levantó y fue hacia la ventana que daba a la calle.

Hombres, mujeres y automóviles habitaban esa primavera caliente de viento y hojas nuevas. Como siempre, cuando el invierno moría, el frío no tenía más oportunidades y desaparecía el gris como único color posible, ese renacimiento llegaba como una sorpresa para impedir que la fe se transformase en mera ilusión.

Metió las manos en los bolsillos y, de algún modo, se sintió parte del mundo.

Después del descubrimiento en casa de Ziggy, después de haber leído la hoja que le pasara antes de morir y de haber comprendido, con desconcierto, de qué se trataba, el sábado y el domingo habían transcurrido en medio de una honda y atormentada reflexión. Interrumpida por noticiarios de televisión, por lectura de diarios y por el recuerdo del hombre ensangrentado que había muerto entre sus brazos.

Por fin, había tomado una decisión.

No sabía si era la justa, pero era una decisión suya, propia.

Ahora, en esa situación difícil e incierta, tenía clara una sola cosa. Que en ese momento de su vida había concluido algo y algo nuevo estaba por comenzar. Y él haría todos los esfuerzos, todo lo que estuviera en su mano, para que fuese algo importante y justo. Por una extraña broma del destino, en el momento en que se había encontrado frente a una enorme responsabilidad, el nudo que lo maniataba desde hacía años se había aflojado. Como en una nave que tuviese necesidad de una violenta borrasca para demostrar que era capaz de navegar.

Al principio, prisionero de la duda y el desaliento, se había preguntado qué habría hecho Robert Wade de estar en su lugar. Después entendió que era una pregunta equivocada. Lo importante era entender y decidir qué haría él, él mismo. Por fin, le había dado la espalda a un espejo en el cual durante años, por más que buscase la propia imagen, vio reflejada la de su hermano.

Toda la noche del domingo se había quedado en la cama mirando el techo, un espacio claro en la penumbra, con las luces y los sonidos de la ciudad que, del otro lado del ventanal, le recordaban que todos estamos solos pero que en realidad nadie lo está del todo.

Buscar era suficiente. Lo más difícil no era entender con quién, no cómo. Era saber cuál era el lugar. Y casi siempre estaba más cerca de cuanto se podía imaginar. Se levantó cuando a la mañana apagaron los anuncios luminosos y las farolas dando lugar al sol. La ducha terminó por borrar cualquier rastro de cansancio de la noche en vela.

Se había encontrado en el cuarto de baño, desnudo frente al espejo. La brillante superficie reflejaba ahora su cuerpo y su cara. Al fin sabía quién era y debía demostrárselo a sí mismo, no a otros.

Pero, sobre todo, ya no tenía miedo.

La puerta se abrió tras él y apareció la muchacha que se había presentado como detective Vivien Light.

Cuando hacía poco

¿poco?

Fue puesto en libertad y salió a la calle con el abogado Thornton, mientras subía al coche, la había visto a la altura de la puerta acristalada, inmóvil, como indecisa sobre si bajar los escalones o no hacerlo. El coche pasó delante de la joven y sus miradas se cruzaron. Un momento, un leve atisbo en el que no había juicio ni condena. Sólo una ráfaga de extraña comprensión que Russell no había olvidado. Al principio no había sabido que era policía, pero cuando volvió a verla, sentada con la foto de Ziggy en la mesa de la comisaría, entendió que quizás era la persona con quien podría hablar.

Que el «quizá» se volviera una certeza lo descubriría pronto.

La mujer se apartó y le indicó el pasillo.

– Vamos.

Russell la siguió hasta una puerta con vidrio esmerilado; tenía la leyenda «Capitán Alan Bellew» trazada en letra cursiva por una mano firme. A Russell le recordó imágenes de películas policíacas en blanco y negro de los años cuarenta. La detective empujó la puerta sin llamar y entraron en un despacho con muebles nada austeros.

En la pared izquierda, un armario y una mesilla con dos pequeñas butacas y una máquina de café sobre un estante de madera. Paredes de color impreciso. Un par de cuadros de gusto discutible y varias plantas metidas en los anillos de un portatiestos de hierro fundido. Detrás del escritorio, frente a la puerta, había un hombre. Russell no lograba enfocarlo bien por el contraluz apenas mitigado por las láminas de las cortinas americanas.

El hombre le señaló una silla delante del escritorio.

– Soy el capitán Bellew. Siéntese, señor Wade.

Russell lo hizo y la mujer se puso a su lado, no muy cerca, y siguió de pie. Lo miraba con una curiosidad que no advertía en el capitán.

A Russell le pareció un hombre solvente. No era un político sino un policía. Alguien que se había ganado los grados y los cargos con resultados concretos, no con relaciones públicas o privadas.

Russell se apoyó en el respaldo.

– Me ha dicho la detective Light que usted pretende tener informaciones importantes para nosotros.

– No lo pretendo, las tengo.

– Eso lo veremos. Por el momento partamos desde el principio. Hábleme de su relación con Ziggy Stardust.

– Antes quiero hablar de mi relación con usted.

– ¿Cómo dice?

– Sé que en casos de esta envergadura tienen ustedes un amplio poder discrecional sobre las concesiones a hacer… a quienes proporcionan elementos útiles para las investigaciones. Tienen dinero a su disposición y una serie de otros privilegios. Incluso la inmunidad, si fuera necesario.

La expresión del capitán se oscureció.

– ¿Quiere dinero?

Russell Wade sacudió la cabeza y esbozó una media sonrisa.

– Hasta hace dos días una oferta así me habría alegrado. Quizás incluso convencido…

Bajó la cabeza para hacer una pausa, dejando la frase inconclusa, como si de golpe un pensamiento o un recuerdo lo hubieran interrumpido. Después levantó la cabeza.

– Hoy es diferente. Sólo quiero una cosa.

– ¿Le parece bien que le pregunte qué?

– Quiero exclusividad. Quiero seguir de cerca la investigación… a cambio de lo que les daré.

El capitán se quedó pensativo. Cuando habló, eligió bien las palabras, como si lo que expresaba fuese un concepto que requiriera una precisión absoluta.

– Señor Wade, yo diría que usted no se presenta aquí provisto de las mejores referencias.

Russell hizo un gesto impreciso con las manos. Y se adecuó al tono de su interlocutor.

– Capitán Bellew, mi historia es de dominio público. Todo el mundo sabe que en el pasado recibí un Premio Pulitzer que no merecía y me quitaron con razón. No niego aquellas circunstancias, sólo que las conozco mejor que nadie. Mis responsabilidades por lo que he hecho en el pasado no tienen justificación, aunque quizá merezcan algunas explicaciones. Pero éste no es el momento de darlas. Le ruego que me crea que tengo cosas muy importantes para revelar, aun cuando, como usted dice, no me presento con las mejores referencias.

– ¿Por qué quiere hacerlo?

Russell se dio cuenta de que esa pregunta implicaba una respuesta crucial. Para el resto de la conversación… y para el resto de su vida. Se la daría a aquel hombre, pero al mismo tiempo a sí mismo.

– Podría enumerarle una larga serie de motivos. Pero en realidad lo que quiero de verdad es dejar de ser un cobarde.

En el despacho se hizo el silencio.

El capitán lo miró a los ojos y Russell le sostuvo la mirada sin esfuerzo.

– Podría detenerlo como sospechoso del homicidio de Ziggy Stardust.

– Está en sus manos, desde luego, pero no creo que lo haga. -Consideró oportuno precisar algo, para que no creyeran que su afirmación era producto de una pura especulación-. Capitán, no soy un chacal. Si hubiese querido un scoop hubiera ido al New York Times, aun con las dificultades que puede imaginar. Pero créalo: eso habría provocado el pánico en toda la ciudad. Pánico total. Y no tengo la menor intención de jugar con la vida de miles de personas. Porque eso es lo que está en juego…

Hizo una breve pausa, mirando alternativamente a uno y a otra.

– La vida de miles de personas -repitió, para que el concepto les resultara tan claro como a él. Después lo reforzó con un mensaje que no sabía si era más difícil de transmitir o de aceptar-. La explosión del sábado, si es lo que pienso, será sólo la primera de una larga sucesión…

Se levantó y dio unos pasos.

– Por una serie de motivos, uno de los cuales es el caso Ziggy, he escogido hablar de esto con la detective Light y con usted. No es mi intención retener informaciones que podrían salvar tantas vidas. Podría haber ido al FBI, pero creo que la mejor idea es que todo comience aquí, en este despacho.

Volvió a la silla pero no se sentó. Apoyó las manos sobre el escritorio e inclinó levemente el cuerpo hacia el hombre que lo escuchaba.

Ahora era él quien buscaba la mirada del capitán.

– Sólo necesito su palabra de honor sobre que me dejará seguir de cerca la pesquisa.

Russell sabía que entre los cuerpos policiales siempre existía algún tipo de rivalidad. Y sabía que tenía su punto álgido entre la policía de Nueva York y el FBI. El capitán Bellew tenía todo el aire de ser un profesional competente y una buena persona, pero también era un ser humano. La idea de que su distrito pudiera estar en primer plano y que le reconocieran méritos podía ser un elemento de peso.

El capitán indicó la silla.

– Siéntese, -Bellew esperó a que Russell Wade se sentara antes de proseguir-. Está bien. Tiene mi palabra. Si lo que tiene que decirme es interesante le concederé seguir de cerca las investigaciones. Pero si nos ha hecho perder el tiempo, yo mismo me encargaré de echarlo escaleras abajo con una patada en el trasero.

Una pausa y una mirada para sellar el pacto y sus posibles consecuencias.

– Y ahora, hable.

El capitán le hizo un gesto a Vivien, que hasta ese momento había permanecido en silencio, junto al escritorio, quieta y escuchando la conversación. Russell entendió que a partir de ese momento sería ella quien tomara el mando.

Y lo hizo.

– ¿Qué tiene que ver Ziggy Stardust?

– Por motivos personales, estuve en su casa el sábado por la tarde.

– ¿Qué motivos?

– Ustedes me conocen. Y creo que conocían a Ziggy y estaban al tanto de sus muchas actividades. ¿Pueden aceptar que por el momento los motivos carecen de importancia?

– Siga.

– Ziggy vivía en un semisótano. Cuando llegué a su casa y doblé la esquina del pasillo, al fondo de las escaleras, vi a una persona con chaqueta militar que se dirigía a la escalera de la otra parte del corredor. Tenía prisa. Pensé que se trataba de uno de los tantos clientes de Ziggy y que no veía la hora de alejarse de ese lugar.

– ¿Podría reconocerlo?

Russell advirtió la transformación de la mujer y su impresión fue muy favorable. De simple espectadora había tomado las riendas del asunto con la actitud de alguien que conoce su oficio.

– No creo. No le he visto la cara. Era de complexión común, podría parecerse a cualquiera.

– ¿Y después qué hizo?

– La puerta de Ziggy estaba abierta. Cuando entré todavía estaba vivo, pero en medio de un charco de sangre. Había sangre por todas partes, en los pantalones y la camisa. También le salía por la boca. Trataba de levantarse para llegar a la impresora.

– ¿La impresora?

Russell asintió con la cabeza.

– Y es lo que hizo. Me pregunté por qué lo hacía. Se agarró a mí y apretó un botón donde había un piloto anaranjado que se encendía y apagaba, como cuando se termina el papel y la máquina se pone en stand by.

– ¿Y después?

– Con sus últimas fuerzas cogió la hoja impresa y me la puso en la mano. Después resbaló y cayó muerto. -Hizo una pausa antes de seguir. Los policías no hicieron nada para apremiarlo-. En ese momento me invadió el pánico. Me metí la hoja en el bolsillo y escapé. Sé que tendría que haber llamado a la policía, pero pudo más el miedo a las consecuencias, o el terror a que el asesino volviera. Cuando llegué a casa vi por la ventana la explosión del Lower East Side y me olvidé de la hoja. Después me calmé un poco y fue entonces cuando miré el papel. Era la fotocopia de parte de una carta más larga, porque comienza y termina en mitad de párrafos. Está manuscrita y tuve alguna dificultad para leerla, por las manchas de sangre.

Russell se detuvo de nuevo. Su tono cambió y se volvió el de un hombre que, a pesar de todo, no logra rendirse ante la evidencia.

– Tuve que leerla dos veces antes de entender el significado de las palabras. He de confesar que cuando lo entendí se me cayó el mundo encima. -Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una hoja doblada en cuatro que le tendió a la mujer-. Ésta es una fotocopia del original. Léala, por favor.

Vivien la desplegó y empezó a leer. Cuando llegó al final había palidecido y tenía los labios tensos. Sin decir nada, le pasó la hoja al capitán, que la leyó.

y por eso me fui. O sea que ahora ya sabes quién soy y de dónde vengo, al tiempo que sabes quién eres tú. Como habrás visto, mi historia no ha sido muy larga, porque a partir de un momento no sucedió mucho más. En cambio ha sido difícil contarla, porque fue difícil vivirla. En la vida no he podido dejarle nada a nadie. He preferido guardarme el odio y el rencor para mí solo. Ahora, cuando el cáncer ha hecho su trabajo y ya estoy del otro lado, puedo dejarte algo, como cada padre debería hacer con un hijo y como debería haber hecho yo hace tiempo sin tener la posibilidad de hacerlo. No es mucho dinero. Todo lo que tenía, menos los gastos de mi funeral, está en el sobre, en billetes de mil dólares. Estoy seguro de que sabrás utilizarlo. Durante toda mi vida, antes y después de la guerra, trabajé en la construcción. Aprendí de muchacho, cuando fui empleado por un hombre que fue para mí como un padre. Él me enseñó a usar los explosivos en las demoliciones. El ejército me enseñó el resto. Durante todos los años que trabajé en Nueva York, en muchos de los edificios que contribuía construir he ido escondiendo bombas. Trotil y napalm, que para mi desgracia conocía demasiado bien. Hubiera querido ser yo mismo quien las hiciera explotar, pero si estás leyendo estas palabras quiere decir que mi falta de decisión y la vida lo han dispuesto de otra manera. Junto a esta carta encontrarás las direcciones de los edificios minados y las instrucciones para hacerlos estallar. Si finalmente lo haces, me habrás vengado. De lo contrario quedaré como una de las tantas víctimas de la guerra que nunca tuvieron el consuelo de la justicia. Te aconsejo que aprendas las direcciones y los datos técnicos de memoria y después destruyas esta carta. El primer edificio está en el Lower East Side, en la calle Diez, en la esquina con la D Avenue. El segundo

La carta terminaba ahí. El capitán también estaba pálido al terminar de leerla. Puso la hoja sobre el escritorio. Apoyó los codos en la mesa y escondió el rostro entre las manos. Su voz llegó amortiguada mientras hacía un último y humano intento por creer que lo que había leído no era verdad.

– Señor Wade, esto bien podría haberlo escrito usted mismo. ¿Quién me asegura que no es otro de sus trucos?

– El trotil y el napalm. Lo he controlado y nadie habla de eso, ni la televisión ni los periódicos. Deduzco que es un detalle que no está al alcance de los medios. Si usted me confirma que la causa de las explosiones es ésa, me parece una prueba suficiente.

Russell se dirigió a la detective, que aún estaba pálida y parecía no haberse repuesto. En ese despacho, todos pensaban en lo mismo. Si lo que estaba escrito en la carta era cierto, significaba que había estallado una guerra. Y que el hombre que la había desencadenado, él solo, tenía la potencia de un pequeño ejército.

– Después, veamos, hay otra cosa que no sé si puede ser de utilidad. -Russell volvió a meter la mano en el bolsillo de la chaqueta. Extrajo una foto manchada de sangre y se la dio a la detective-. Ziggy me la dio, junto con la hoja.

Ella cogió la foto y se quedó mirando la imagen un instante. Después pareció recibir una descarga eléctrica.

– Un momento. Vuelvo enseguida.

Abandonó el despacho rápidamente, salió por la puerta y desapareció en el corredor. Casi no dejó al capitán y a Wade tiempo para explicarse ese comportamiento. Un momento después ya estaba de vuelta, con una carpeta amarilla en la mano. Cerró la puerta y se acercó al escritorio, antes de hablar.

– Hace una par de días, durante una demolición en unas obras en la calle Veintitrés, encontraron un cadáver emparedado en un intersticio. La autopsia revela que lleva allí más o menos unos quince años. No hemos encontrado ningún indicio significativo, salvo una cosa.

Russell pensaba que el capitán ya estaba al corriente de algunos detalles. Entendió que el modo en que la detective Light exponía los hechos le estaba dedicado. Eso significaba que estaba sopesando el pacto propuesto por él.

Ella continuó.

– En el suelo, junto al cadáver, encontramos un portadocumentos que contiene dos fotos. Éstas.

Le dio al capitán las ampliaciones en blanco y negro que guardaba en la carpeta. Bellew las miró un instante. Cuando Vivien estuvo segura de que las había asimilado, le pasó la que Russell le había mostrado.

– Y ésta es la que Ziggy le dio al señor Wade.

Cuando la vio, el capitán no pudo reprimir una exclamación.

– ¡Santo cielo!

Durante un tiempo que pareció interminable, pasó la mirada de una foto a otra varias veces. Después se inclinó sobre el escritorio y se las dio a Russell. En una había un muchacho de uniforme ante un vehículo blindado, una imagen que podía reconocerse como de la guerra de Vietnam. En la otra el mismo muchacho vestido de civil tendía hacia el objetivo un gran gato negro al que parecía faltarle una pata.

Russell entendió ahora el motivo del comportamiento de la detective Light y la sorpresa de su superior. El muchacho con el gato que mostraba la foto encontrada junto a un cadáver de más de quince años, era el mismo de la foto que Ziggy Stardust le había dado antes de morir.

19

Soy Dios…

Desde que abrió los ojos esas palabras seguían resonando en la cabeza del reverendo Michael McKean como grabadas en una cinta que se repetía sin pausa. Hasta la noche anterior había albergado una pequeña esperanza de que todo fuera nada más que el desvarío de un perturbado, la inocua tendencia a la autolesión de una mente desequilibrada. Pero la razón y el instinto, tantas veces en conflicto, le dictaban que todo era verdad.

Y todo parecía más nítido y definitivo.

Recordaba el final de aquella absurda conversación en el confesionario, cuando el hombre, después de su terrible afirmación, cambió el tono de voz y se hizo persuasivo y confidencial Palabras amenazantes en una entonación imbuida de culpa e inocencia.

– Ahora me levantaré y me iré. Y usted no me seguirá ni tratará de detenerme. Si lo hiciera, las consecuencias serían muy desagradables. Para usted y para sus personas más queridas. Créame, como debe creer en todo lo que le he dicho.

– Espera. No te vayas. Al menos explícame el porqué…

La voz volvió a interrumpirlo, precisa y monocorde.

– Creía haber sido claro. No tengo nada que explicar. Sólo cosas que enunciar. Y usted las conocerá antes que nadie.

El hombre siguió con su delirio como si fuese lo más natural del mundo.

– Esta vez he juntado la luz con la oscuridad. La próxima vez lo haré con la tierra y el agua.

– ¿Qué significa?

– Con el tiempo lo entenderá.

La voz llegaba cargada de una tranquila e inexorable amenaza. El padre McKean, temiendo verlo desaparecer de golpe, le formuló una última y desesperada pregunta.

– ¿Por qué has venido a contármelo? ¿Por qué a mí?

– Porque usted me necesita más que otros. Lo sé.

Un momento de silencio en aquel hombre que se erigía en amo de la eternidad. Después, sus palabras definitivas. Su adiós al mundo, un adiós sin salvación.

– Ego sum Alpha et Omega.

Y se incorporó para marcharse con sigilo. Un roce verde en la rejilla, un rostro sólo entrevisto en la penumbra. Se quedó solo, sin aire y sin miedo, porque lo que sentía era tan grande y carente de nombre que no dejaba lugar a ningún otro sentimiento.

Salió del confesionario con una gran palidez, y cuando el párroco Paul vino a buscarlo, se quedó paralizado por su aspecto afligido.

– ¿Qué pasa, Michael? ¿No te sientes bien?

Consideró inútil mentirle. Además, después de esa experiencia carecía de las fuerzas necesarias para oficiar la misa de mediodía. El rito era un momento de alegría y comunión y le parecía que contaminarlo con sus pensamientos sería un pecado.

– No. La verdad, no me siento nada bien.

– Bueno, vete a casa. Yo daré la misa.

– Te lo agradezco, Paul.

El párroco acababa de atender una visita y les pidió que lo llevaran hasta Joy. Una persona a la que no conocía, y que se presentó como Willy Del Carmine, lo llevó en un gran coche del que el padre McKean no recordaba ni siquiera el color. Durante todo el trayecto permaneció en silencio, mirando por la ventanilla, saliendo de sus pensamientos sólo para darle indicaciones al chófer. Incluso le costó reconocer un camino que había recorrido miles de veces.

Cuando se encontró en el patio, con el ruido de fondo del coche que se alejaba, se percató de que ni siquiera había saludado y dado las gracias a esa persona que había sido tan amable con él.

John estaba en el jardín, y cuando vio el coche se acercó. Era un hombre con una sensibilidad poco común y con una aguda capacidad de descifrar la intimidad de las personas.

El padre McKean sabía que se habría percatado de que algo no iba bien. Ya lo había advertido en el tono de su voz, cuando desde Saint Benedict le avisó que se disponía a volver. Confirmaba la opinión que tenía de John, cuando éste se acercó como si tuviese miedo de ser inoportuno.

– ¿Todo bien?

– Todo bien, John. Gracias.

Su colaborador no insistió, confirmando así otra de sus cualidades, la discreción. Ya se conocían muy bien. Sabía que John tenía esperanzas de que su amigo Michael McKean terminaría por sincerarse en el momento oportuno. No podía saber que esta vez todo era diferente.

El problema era insuperable.

Y era la causa de una angustia que el cura sentía por primera vez en su vida. En el pasado había oído las confidencias de otros sacerdotes a los que les habían relatado crímenes en confesión. Ahora entendía la turbación de aquéllos, el sentirse humanamente en conflicto con su papel de ministros de la fe y de la Iglesia que habían escogido para sí.

El secreto sacramental era inviolable. Por eso los confesores tenían prohibido traicionar a quien confiase en ellos dentro del confesionario.

En ningún caso y de ninguna manera.

La violación de ese secreto no estaba permitida ni siquiera en caso de amenaza de muerte al confesor u otros. El sacerdote que violaba el secreto confesional se arriesgaba a la excomunión automática latae sententiae, que sólo podía ser revocada por el Papa. En el curso del tiempo, rara vez un pontífice lo había hecho.

Si el pecado era un acto criminal, el confesor podía sugerir o imponer al penitente, como condición indispensable para la absolución, que se entregara a las autoridades. Y hasta allí llegaba lo que podía hacer. Y, sobre todo, no podía informar directamente a la policía, ni siquiera en modo indirecto.

Había casos en que una parte de la confesión podía ser revelada a otros, pero siempre con el permiso de la persona interesada y siempre que se ocultara su identidad. Esto era válido para algunos pecados, aquellos que no podían perdonarse sin la autorización del obispo o el Papa. De todos modos, todo esto requería una condición determinante: el pedido de absolución debía ser consecuencia del arrepentimiento, del deseo de liberar el alma de un peso insostenible. En este caso, el padre McKean no se encontraba frente a uno u otro.

Aquel hombre le había declarado la guerra a la sociedad.

Destruiría y cosecharía víctimas, haría derramar lágrimas, proporcionaría dolor y desesperación. Y lo haría con la determinación del dios que en sus ensoñaciones decía ser, el dios que destruía ciudades y aplastaba ejércitos, cuando la ley era todavía la del talión.

Después de ese cambio de palabras con John en el patio, para no explayarse en difíciles explicaciones, el padre McKean se dirigió a la cocina. Hasta donde pudo, se puso la mejor máscara y entró en el refectorio para comer con los chicos, que se mostraron contentos de tenerlo con ellos para la pequeña fiesta dominical.

Pero algunos no se habían llamado a engaño. En primer lugar la señora Carraro. Y en medio del caos, risotadas, comentarios y chistes alrededor de la mesa, un par de chicos lo entendieron. Katy Grande, una chica de diecisiete años con una graciosa naricita pecosa, y Hugo Sael, otro huésped de Joy siempre muy consciente del mundo que lo rodeaba, lo miraban cada tanto con aire de interrogación, como preguntándose dónde se había escondido el padre McKean que conocían.

Por la tarde, cuando casi todos estaban en el jardín disfrutando del espléndido día de sol, se le acercaron Vivien y Sundance.

Si la chica estaba disgustada por la suspensión del concierto, no se le notaba. Estaba serena y parecía feliz de volver a Joy.

Ella y su joven tía parecían más unidas que cuando el día anterior Vivien había ido a buscarla. Los obstáculos entre ellas parecían haberse resuelto y Michael sentía que esa difícil relación había comenzado un viaje hacia un lugar diferente. Sobre todo, de un modo diferente.

Esta impresión había sido confirmada cuando Vivien, con palabras que rozaban la euforia, le contó lo sucedido con su sobrina. Le habló de una nueva confianza y unión que ambas habían perseguido con ansiedad y habían logrado con el tiempo?

Ahora, a la luz del sol de un nuevo día, se daba cuenta de lo poco receptivo que había estado con ese entusiasmo. Se había limitado a pedir información a la detective sobre la tragedia de la calle Diez, de sus consecuencias e implicaciones, tratando de enterarse casi obsesivamente de si la policía tenía alguna pista, una relación de elementos, una idea sobre quién había podido ejecutar semejante matanza. Y todo con la reprimida tentación de llevarla aparte, contarle lo ocurrido y transmitirle toda la información que conocía.

Ahora se daba cuenta de que había obtenido las respuestas que podía obtener. Cualquier información que tuviera Vivien como miembro de la policía estaba sometida a la reserva de un caso en proceso de investigación.

Cada uno tenía sus secretos de confesión. Y cada uno debía soportar el peso, por la responsabilidad asumida en el momento de pronunciar los votos. Fuesen laicos o religiosos.

Ego sum Alpha et Omega…

El padre McKean miró por la ventana un paisaje verde y azul de primavera que normalmente le daba paz. Pero lo encontró hostil, como si el invierno hubiera regresado, no por lo que había fuera sino por los ojos con que ahora lo miraba. Después se levantó de la cama como un sonámbulo, se dio una ducha, se vistió y rezó sus oraciones con fervor renovado. A continuación dio vueltas por la habitación, tratando de reconocer las cosas que lo rodeaban. Cosas pobres, familiares, objetos de cada día que, aunque eran símbolos de las dificultades cotidianas de su vida, de golpe parecían pertenecer a un tiempo feliz, perdido para siempre.

Llamaron a la puerta.

– ¿Si?

– Michael, soy John.

– Pasa.

El padre McKean se lo esperaba. Era normal que los lunes por la mañana tuvieran una reunión para tratar sobre las actividades y objetivos de la semana. Eran momentos difíciles, pero también de gratificante energía y de lucha contra las adversidades, a la luz del objetivo común que la pequeña comunidad Joy se había propuesto. Pero ese día su ayudante entró con expresión de querer estar en otro lugar y otro tiempo.

– Perdona que te moleste, pero hay algo de lo que quiero hablar contigo ya mismo.

– No me molestas. ¿Qué pasa?

Dada la confianza y el afecto que compartían, el hombre consideró pertinente un breve preámbulo.

– Mike, no sé qué te ha sucedido, pero estoy seguro de que me pondrás al corriente a su debido tiempo. Y me disgusta venir a molestarte con esto.

Una vez más el padre McKean se dio cuenta del tacto de John Kortighan y de lo afortunado que era de contar con alguien así en el personal de Joy.

– No es nada, John, nada importante. Pasará pronto, créeme. Te escucho…

– Tenemos problemas…

En Joy siempre tenían problemas de varios tipos. Con los chicos, con el dinero, con algunos colaboradores, con las tentaciones del mundo exterior. Pero los que esta vez traía John debían de ser nuevos e importantes.

– Esta mañana he hablado con Rosaria.

Rosaria Carnevale era una feligresa de Saint Benedict de visible origen italiano. Vivía en Country Club pero dirigía una sucursal del M &T Bank en Manhattan, donde se ocupaban de los intereses económicos de la comunidad y de la gestión del patrimonio legado por el abogado Barry Lovito.

– ¿Qué ha dicho?

John informó de aquello que no hubiera querido.

– Dice que ha estado haciendo malabarismos para que los ingresos mensuales que prevé el estatuto siguieran haciéndose. Pero ahora, a instancias de los presuntos herederos del abogado, ha recibido un nuevo emplazamiento del tribunal. Se suspenden los pagos hasta que haya sentencia firme de la causa.

Esto significaba que hasta que el juez no se pronunciara, aparte de la contribución del estado de Nueva York, faltaría el principal soporte económico de la comunidad. Con el peso de sus grandes necesidades, de ahora en adelante Joy tendría que confiar en sus propias fuerzas y en las donaciones espontáneas de gente de buen corazón.

El padre McKean volvió a mirar por la ventana, pensativo. Y luego habló. Fue la primera vez que John Kortighan percibió desaliento en su voz.

– ¿De cuánto disponemos en caja?

– Poco o nada. Si fuésemos una sociedad comercial yo diría que estamos en quiebra.

El sacerdote se volvió y una pequeña sonrisa forzada se dibujó en sus labios.

– Tranquilo, John. Saldremos de ésta. Ya lo hemos hecho otras veces y lo volveremos a hacer.

Pero en su tono no había rastros de la seguridad y la confianza que quería transmitir, como si hubiese dicho esas palabras más para ilusionarse que para convencer a su interlocutor.

John sintió que el frío de la realidad poco a poco se adueñaba de la habitación.

– Bien, entonces, te dejo. De los otros asuntos hablaremos más tarde. En comparación con lo que te he contado son minucias, Michael.

– Sí, John. Gracias. Te veré en un rato.

– Bien, te espero abajo.

El padre McKean vio cómo su hombre de confianza salía y cerraba la puerta con delicadeza. Le dolía verlo decaído por la situación financiera de Joy, pero más le dolía la sospecha de haberlo desilusionado.

«Soy Dios…»

Él no lo era. Ni quería serlo. Sólo era un hombre consciente de sus limitaciones terrenales. Hasta ese momento le había bastado servir a Dios de la mejor manera posible, aceptando todo lo que se le ofrecía y todo lo que se le pedía.

Pero ahora…

Cogió el teléfono móvil del escritorio y tras una breve búsqueda encontró el número de la archidiócesis de Nueva York. Después de unos tonos interminables, juzgados desde su impaciencia, una voz le respondió y él se identificó.

– Soy el reverendo Michael McKean de la parroquia de Saint Benedict, en el Bronx. También soy el responsable de Joy, una comunidad de acogida de chicos que han tenido problemas con las drogas. Quisiera hablar con la oficina del cardenal arzobispo.

Era habitual que sus presentaciones fueran más escuetas, pero había decidido poner en la balanza el cargo importante para que le pasaran la llamada sin dilación.

– Un momento, padre McKean.

El operador lo puso en espera. Pocos segundos después oyó una voz joven y educada.

– Buenos días, reverendo. Soy Samuel Bellamy, uno de los colaboradores del cardenal Logan. ¿En qué puedo serle útil?

– Necesito hablar con su eminencia lo antes posible. Personalmente. Créame, se trata de un asunto de vida o muerte.

Debía de haber transmitido la propia angustia de modo muy eficaz, porque en la respuesta de su interlocutor hubo auténtico pesar, además de preocupación.

– Lamentablemente el cardenal ha partido esta mañana para una breve estadía en Roma. Estará en la Santa Sede en entrevista con el Santo Padre. No regresará hasta el domingo.

De repente, Michael McKean se sintió perdido. Una semana. Había esperado poder compartir el peso de su preocupación con el arzobispo, recibir consejo, alguna indicación. El milagro de una dispensa no era siquiera una hipótesis lejana, pero el consuelo de la opinión de un superior en aquel momento le era indispensable.

– ¿Puedo hacer algo, reverendo?

– Lo lamento, pero no. Lo único que le pido es que me gestione una cita con su eminencia con la mayor urgencia.

– Le aseguro que lo haré. Y me ocuparé de avisarle personalmente, padre McKean, o dejaré un mensaje en su parroquia.

– Se lo agradezco.

McKean colgó, se sentó en el borde de la cama y sintió cómo el colchón cedía bajo su peso. Por primera vez, desde el momento en que había decidido ser cura, se sintió solo de verdad. Y, como aquel que al mundo le había enseñado el amor y el perdón, por primera vez le surgió preguntarle a Dios, el único y verdadero, por qué lo había abandonado.

20

Vivien salió de la comisaría y se dirigió a su coche. Había refrescado. El sol, que durante la mañana parecía intocable, ahora combatía con un viento del oeste llegado sin preaviso. Nubes y sombras se disputaban el cielo y la tierra. Parecía el destino anunciado de aquella ciudad: correr y correr sin lograr nunca atrapar nada.

Se encontró con Russell Wade en el exacto lugar donde lo había citado.

Todavía Vivien no había logrado formarse una idea sobre ese hombre. Cada vez que lo intentaba llegaba a un desvío impreciso, algo inesperado e improbable que terminaba desacreditando el dictamen que construía su pensamiento.

Y eso hacía que se sintiera mal.

Mientras se acercaba a él, su mente recorrió toda esa historia demencial.

Cuando terminó la entrevista con el capitán todos se dieron cuenta de que no había nada más que decir, sólo quedaba pasar a la acción. Vivien se dirigió a Wade.

– Espéreme un momento fuera, por favor.

El desdichado ganador de un inmerecido Premio Pulitzer se encaminó hacia la puerta.

– No hay problema. Adiós capitán, y gracias.

En la respuesta de Bellew hubo una cortesía formal, no sostenida en el tono:

– No hay de qué. Si este asunto tiene las consecuencias que queremos, habrá mucha gente que deberá darle las gracias a usted.

También el director de algún periódico, pensó Vivien.

El hombre salió cerrando la puerta con delicadeza y ella quedó a solas con su superior. Su primer impulso pudo haber sido preguntarle si se había vuelto loco al prometer lo que había prometido a un sujeto como Russell Wade. Pero su relación con el capitán desde siempre preveía el respeto de cada uno por las razones del otro, y esta vez no podía ser diferente. Además, era su jefe y no quería ponerlo en la situación de tener que recordárselo.

– ¿Qué opinas, Alan? Me refiero a esta historia de las bombas.

– Que me parece una locura. Algo imposible. Pero después del 11 de Septiembre he descubierto que los límites de la locura y lo posible se han flexibilizado.

Vivien estuvo de acuerdo con esa idea y afrontó otro argumento. El que más la preocupaba. El del eslabón débil de la cadena.

– ¿Y qué piensas de Wade?

El capitán hizo un gesto con los hombros, un gesto que lo decía todo o nada.

– Hasta el momento nos ha facilitado la única pista que tenemos. Y es una suerte que la tengamos, aunque nos haya llegado de él. En circunstancias normales habría empujado por las escaleras a patadas en el culo a ese fantoche. Pero éstas no son circunstancias normales, han muerto casi cien personas. En la ciudad hay muchas personas que ignoran que podrían correr la misma suerte. Como dije durante nuestra reunión, tenemos la obligación de no desechar ninguna posibilidad. Además, Vivien, esa historia de las fotos es… curiosa. Hace que un caso de rutina se convierta en una hipótesis de importancia vital. Y me huelo que es auténtica. Sólo la realidad logra ser tan fantasiosa como para crear coincidencias así.

Vivien había pensado muchas veces en ese concepto. Su experiencia parecía avalarlo cada vez más.

– ¿Retendremos la información?

Bellew se rascó una oreja, como solía hacer cuando reflexionaba.

– Por ahora sí. No quiero correr el riesgo de difundir el pánico, ni de que se rían de mí las autoridades del estado y todas las policías del país. Siempre existe la posibilidad de que se desinfle como un globo, aunque no lo creo en este caso.

Te fías de que Wade no vaya a la prensa? Está claro que busca una gran historia.

– Y la tiene. Por ese motivo no hablará, no le conviene. Tampoco lo haremos nosotros, por el mismo motivo.

Vivien quería una confirmación de lo que ya sabía.

– ¿O sea que de ahora en adelante tendré que tenerlo conmigo, pegado como una lapa?

El capitán abrió los brazos como para confirmar lo inevitable.

– Le he dado mi palabra, Vivien. Y yo mantengo mi palabra. -Ahora fue el capitán quien cambió de asunto, sin posibilidad de apelación-: Llamaré inmediatamente al Distrito 67 para que te manden el documento de la investigación sobre ese Ziggy Stardust. Si lo consideras necesario podrás hacer una visita a su apartamento. En cuando al tipo emparedado, ¿tienes alguna idea?

– Sí, tengo una pista. No es gran cosa, pero servirá como punto departida.

– Bien, adelante. Cualquier cosa que necesites no tienes más que decírmelo. Te puedo facilitar lo que pidas sin muchos problemas… al menos por ahora.

Vivien le había creído. Sabía que el capitán Bellew tenía una vieja amistad con el jefe de policía, que al contrario que Elizabeth Brokens, mujer de Charles Brokens, etcétera, etcétera, no era pura jactancia.

– Bueno, me voy.

Vivien se dio la vuelta para abandonar el despacho. Cuando ya estaba en la puerta, Bellew dijo:

– Vivien, algo más.-La miró a los ojos y dijo con ironía-: En cuanto a Russell Wade, y en caso de necesidad, recuerda este detalle: le he dado mi palabra. -Una pausa para subrayar lo dicho-. Pero tú no.

Vivien se fue con una sonrisa en los labios. Después se encontró con Russell Wade en la sala donde había esperado antes, de pie y con las manos en los bolsillos.

– Aquí estoy.

– Dígame, detective.

– Como pasaremos un tiempo en compañía, puedes llamarme Vivien.

– De acuerdo, Vivien, ¿y ahora qué?

– Dame tu móvil.

Russell lo hizo. Vivien se sorprendió de que no fuera un iPhone. En Nueva York todos los VIP tenían uno de esos aparatos. Quizá Wade no se consideraba VIP, o tal vez lo había lanzado como ficha sobre un tapete verde.

La detective marcó el número de su propio móvil. Cuando sonó bajo su escritorio, cortó y se lo devolvió a Wade.

– Bien. Tienes mi número en la memoria. Fuera, a la izquierda del edificio, hay un Volvo metalizado: es mi coche. Ve allí y espérame. -Y añadió con ironía-; Tengo cosas que hacer y no sé cuánto me llevarán. Lo siento, pero has de tener paciencia.

Russell la miró y por sus ojos pasó un velo de esa tristeza que Vivien descubriera con sorpresa unos días antes.

– He esperado más de diez años. Puedo esperar un poco más.

Se dio la vuelta para irse. En pie, al borde de las escaleras, Vivien se quedó un momento mirándolo bajar y desaparecer en la planta baja. Después volvió a su mesa. Junto a la excitación por la importancia del caso que tenía entre manos, le había quedado la angustia transmitida por las palabras de la carta. Palabras delirantes transportadas por el viento como semillas venenosas. Palabras que no se sabía dónde habían encontrado terreno abonado para germinar. Vivien se preguntó qué tipo de sufrimiento habría padecido el hombre que había dejado aquel mensaje, y qué enfermedad padecería su destinatario si había aceptado la herencia de poner en práctica esa demencial venganza póstuma.

«Las fronteras de la locura se han flexibilizado…»

Tal vez cabría decir que, en este caso, las fronteras habían desaparecido del todo.

Sentada a su mesa, se conectó con la base de datos de la policía. En el espacio de búsqueda escribió The only flag y esperó el resultado.

Casi de inmediato apareció en pantalla la foto de un hombre desnudo tatuado con una figura iguala la encontrada en el cadáver. Era el elemento distintivo de un grupo de moteros de Coney Island que se hacían llamar Skullbusters. Con el dossier había algunas fotos de ficha policial de los miembros de la banda que habían tenido desacuerdos con la justicia. Junto a cada nombre había una lista de las pequeñas o grandes fechorías del caballero en cuestión. Las fotos parecían más bien viejas y Vivien se preguntó si uno de ellos no sería el dueño del cuerpo que había descansado tantos años entre dos paredes de la calle Veintitrés. Sería el no va más de la casualidad, pero no le habría sorprendido. Como había subrayado el capitán, todo su trabajo estaba hecho de coincidencias. La foto del mismo muchacho y el mismo gato encontradas en dos lugares distantes en el tiempo y el espacio, eran la prueba tangible de ello.

Mientras tomaba nota de la dirección de la sede de los moteros, había llegado por vía telemática, enviado por la comisaría del Distrito 67 de Brooklyn, el dossier de la muerte de Ziggy Stardust. Bellew no había perdido el tiempo. Ahora Vivien tenía todo el material en su ordenador: el parte del sumario del juez de instrucción, el informe del detective encargado del caso y las fotos hechas en el escenario del crimen. En la medida en que le fue posible, amplió una de las fotos, tomada en el ángulo que le interesaba. Se veía claramente una mancha roja sobre una tecla de la impresora apoyada en la mesa, como si alguien la hubiera pulsado con un dedo manchado de sangre. Otro elemento que confirmaba los hechos referidos por Russell Wade.

Las otras fotos mostraban el cadáver de un hombre de complexión escuálida que yacía ensangrentado en el suelo. Vivien lo observó durante un largo rato sin sentir una pizca de compasión, a la vez que pensaba que aquel bastardo había obtenido lo que se merecía. Por lo que le había hecho a su sobrina y quién sabe a cuántos otros chicos. Después de haber tenido ese pensamiento de justicia sumaria, se vio obligada una vez más a constatar cuánto cambiaba el compromiso personal la perspectiva de las cosas.

Vivien sacó el mando a distancia del bolsillo y abrió las puertas del coche. Russell Wade se acercó y subió al asiento del acompañante. Cuando ella entró, lo encontró sentado a su lado e intentando colocarse el cinturón de seguridad. Mientras lo observaba se sorprendió pensando en que era un hombre guapo. Enseguida se dijo que era una tonta, y a esto añadió contrariedad e irritación.

El hombre la miró en actitud de espera.

– ¿Adónde vamos?

– Coney Island.

– ¿Para qué?

– A ver personas.

– ¿Qué personas?

– Espera y verás.

Cuando el coche se incorporaba al tráfico, Russell se apoyó en el respaldo y clavó la vista en la calle.

– ¿Te encuentras en un estado de gracia especial, o siempre eres tan comunicativa?

– Sólo con los huéspedes importantes.

Russell se volvió hacia ella.

– No te caigo bien, ¿verdad? -Sonó más a enunciación de un hecho probado que a verdadera pregunta.

A Vivien le gustó ese planteamiento directo. Para poner los puntos sobre las íes de sus relaciones presentes y futuras, expuso su parecer sin pelos en la lengua.

– En condiciones normales, me serías indiferente. Cada uno hace con su vida lo que cree mejor. Hasta puede tirarla a la basura, si con eso no le hace daño a nadie. Por ahí hay mucha gente que tiene necesidad de ayuda por líos que les han caído encima sin tener la culpa. El que es adulto y se busca los líos a conciencia, por mí que haga lo que quiera. Y esto no es indiferencia, es sólo sentido común.

Russell hizo un gesto elocuente.

– Bien, por lo menos tengo una toma de posición oficial hacia mí, de tu parte quiero decir.

Vivien hizo una maniobra brusca y se detuvo junto a la acera, provocando la ira de los conductores de atrás. Imbuyó sus palabras de una dureza que no le era propia.

– Las personas no cambian, señor Russell Wade. Cada uno es quien es y pertenece a un preciso lugar. Aunque mire a otro lado, tarde o temprano regresa. Y no creo que tú seas la excepción a esta regla.

– ¿Qué te lo hace creer?

– Llegaste con la fotocopia de una carta que te dio Ziggy. Esto quiere decir que todavía tienes el original manchado de sangre. Y que te habría servido como prueba en el FBI, INSA, o con quien quieras, en caso en que no te hubiéramos creído o nos hubieras contrariado. -Vivien se animó y endureció las palabras-. Si por un motivo u otro te hubiésemos pedido que vaciases los bolsillos sólo hubiéramos encontrado la fotocopia de una hoja que bien podías hacer pasar como una fantasía tuya o el apunte para una historia. Porque en el arte de hacer pasar una cosa por otra creo que tienes alguna experiencia.

Sus palabras no parecieron alterar la actitud imperturbable de su interlocutor, lo cual podía ser un síntoma de autocontrol o de costumbre. La ira no impidió a Vivien inclinarse por la segunda posibilidad.

Cogió el volante, se separó de la acera y prosiguió hacia Coney Island. La siguiente pregunta de Russell la pilló por sorpresa. Tal vez él también estuviera tratando de formarse una opinión de su compañera de viaje.

– Por lo general los detectives tienen un acompañante, ¿por qué tú no?

– Ahora eres tú. Y tu presencia confirma las razones por las que trabajo sola.

Tras esa respuesta seca, en el coche se hizo el silencio. Durante la conversación Vivien había tomado en dirección Downtown y ahora estaban saliendo del puente de Brooklyn. Cuando Manhattan quedó atrás, Vivien encendió la radio y la sintonizó en la emisora Kiss 98,7, que transmitía música negra. Condujo el Volvo por la vía rápida Brooklyn-Queens hasta Gowanus.

Russell miraba por la ventanilla de su lado. Cuando llegó una canción especialmente rítmica empezó, tal vez sin advertirlo, a marcar el compás con el pie. Vivien se dio cuenta de que la responsabilidad en aquel caso le había llegado en un delicado momento personal. Pensar en Sundance y en el extraño comportamiento del padre McKean, habían alterado su equidad. O por lo menos la habían llevado a expresar una opinión no solicitada.

En el momento de aparcar en Surf Avenue, en Coney Island, tuvo un leve sentimiento de culpa.

– Russell, perdóname por lo que te he dicho antes. Sea cual sea tu motivación, nos has proporcionado una gran ayuda y te estamos agradecidos. En cuanto al resto… yo no soy nadie para juzgarlo. No está bien que lo haya hecho, pero en este momento tengo problemas personales que influyen en mi comportamiento.

A él le impresionó esa sinceridad repentina. Sonrió.

– Descuida. Nadie más que yo puede entender cuánto los problemas personales tienen influencia en toda la vida.

Bajaron del coche y llegaron a pie a la dirección de los Skullbusters que Vivien había recabado en el documento informático. El número correspondía a una gran concesionaria de Harley Davidson, con taller para reparaciones y personalización de las motos. El lugar daba sensación de prosperidad, competencia y limpieza. Estaba a años luz de las experiencias que Vivien había tenido con guaridas de moteros como las del Bronx y Queens.

Entraron. A la izquierda, una larga fila de motocicletas de diferentes modelos de Harley Davidson. A la derecha, una exposición de ropa de motorista y accesorios, desde cascos a tubos de escape. Al frente, un mostrador de donde salió un tipo alto y corpulento, con tejanos y una camiseta negra sin mangas. Vino hacia ellos. Tenía una boina negra, patillas y bigotes de manubrio de moto, y a Vivien le recordó al novio de Julia Roberts en Erin Brockovich. Cuando lo tuvo cerca, Vivien se dio cuenta de que los bigotes estaban teñidos, que la boina quizá tuviera la misión de cubrir una calva y que, bajo el bronceado, el tipo había pasado los sesenta hacía tiempo. En el hombro derecho tenía un tatuaje con el Jolly Roger y la misma leyenda que el cuerpo emparedado quince años atrás.

– Buenos días. Me llamo Vivien Light.

El hombre sonrió divertido.

– ¿La de la película?

– No. La de la policía.

Al tiempo que daba esa seca respuesta, le mostró la placa. La semejanza de su nombre con el de Vivien Leigh, la actriz de Lo que el viento se llevó, la había atormentado toda la vida.

El hombre no se apeó de su actitud serena.

«Piel dura, conciencia tranquila», pensó Vivien.

– Yo soy Justin Chowsky, el propietario. ¿Ocurre algo…?

– Por lo que sé, ésta era la sede de un grupo de motoristas llamado Skullbusters.

– Todavía lo es.

La expresión sorprendida de Vivien hizo sonreír a Chowsky.

– Las cosas cambiaron un poco, desde el principio quiero decir. Hace tiempo en este lugar había un grupo de muchachos disolutos, algunos con problemas con la ley. Hasta yo, para serle sincero. Sólo menudencias, puede comprobarlo. Algún porro, alguna que otra pelea, alguna borrachera de más.

El hombre, con sus obstinados bigotes colgantes, miró una vitrina como si allí se estuvieran proyectando escenas de su juventud.

– Teníamos la cabeza acalorada pero ninguno de nosotros era un verdadero malhechor. Los tipos malos de verdad se fueron por su propia voluntad.

Hizo con la mano un gesto circular que abarcaba al mismo tiempo el lugar que los rodeaba y una sensación de positivo orgullo.

– Después, un día decidí abrir este chiringuito. Poco a poco nos transformamos en uno de los más importantes puntos de venta y personalización de este estado. Y los Skullbusters se volvieron un sereno grupo de vejetes nostálgicos que se obstinan en circular con estas motos como si todavía fuesen muchachos.

Vivien miró a Russell, que hasta ese momento se había mantenido a un par de pasos, sin acercarse ni presentarse. Le gustó esa actitud. Era alguien que sabía estar en su lugar.

Volvió a mirar al veterano motero.

– Señor Chowsky, necesito información.

Interpretó el silencio del hombre como asentimiento.

– Remontémonos a unos quince años atrás. ¿Recuerda si un miembro del grupo desapareció sin dejar ningún rastro?

La respuesta llegó sin titubeos y Vivien sintió que su corazón se henchía de esperanzas.

– Mitch Sparrow.

– ¿Mitch Sparrow? -Vivien repitió el nombre, como si tuviera miedo de olvidarlo.

– Ajá. Y para ser preciso las cosas sucedieron…

Chowsky se quitó la gorra, contrariando las suposiciones de Vivien con la revelación de una melena tupida a pesar de su edad. Se pasó una mano por el pelo, éste también escrupulosamente tinturado, como si ese gesto lo ayudase a recordar.

– Sucedió exactamente hace dieciocho años.

Vivien pensó que la fecha era compatible con la que el forense mencionaba en el informe de la autopsia.

– ¿Está seguro?

– Absolutamente. Pocos días después nació mi hijo pequeño.

Vivien sacó del bolsillo de la chaqueta una de las fotos que había traído, la del primer plano. Se la mostró a Chowsky.

– ¿Es éste Mitch Sparrow?

El hombre no necesitó cogerla para mirarla mejor.

– No, Mitch era rubio y éste es moreno. Y además era alérgico a los gatos.

– ¿No conoce a esta persona?

– Nunca, en la vida.

Vivien se quedó pensando en los alcances de esa afirmación. Después volvió a la parte de su trabajo que le exigía hacer preguntas.

– ¿Cómo era Mitch?

Chowsky sonrió.

– Al principio, cuando se unió a nosotros, era un motero fanático. Cuidaba su Harley más que a su madre. Era un joven guapo pero a las mujeres las trataba como si fueran pañuelos desechables.

Era uno de esos hombres a los que les da placer escucharse. Vivien lo azuzó.

– ¿Y después?

Chowsky hizo un gesto con los hombros como para decir que era obvio.

– Un día se cruzó con una chica diferente y picó el anzuelo. Empezó a usar cada vez menos la moto y cada vez más la cama. Hasta que la chica quedó. Quiero decir, preñada. Entonces Mitch encontró un trabajo y se casaron. A la boda asistimos todos y la borrachera nos duró dos días.

Vivien no tenía interés en el recuerdo de las francachelas de un viejo motero. Trató de reconducirlo.

– Hábleme de su desaparición. ¿Cómo fue?

– Hay poco que contar. Un día, desapareció de punta en blanco. La mujer llamó a la policía. Hasta vinieron aquí para hacerme preguntas, creo que los del Distrito 70. Pero no descubrieron nada. Los franceses dicen cherchez la femme. -Y se mostró orgulloso de la cita en una lengua extranjera.

– ¿Todavía mantiene contacto con la mujer?

– No. Durante poco tiempo, mientras estuvo en el barrio, mi mujer y ella se veían. Pero dos años después de la desaparición de Mitch encontró otro hombre y se mudó. -Chowsky previo la siguiente pregunta-. No sé adónde.

– ¿Recuerda su nombre?

– Carmen. Montaldo o Montero, no recuerdo bien. Era hispana, muy guapa. Si Mitch se escapó con otra es que cometió uno de los mayores disparates de su vida.

Vivien no podía decirle que probablemente Mitch no había cometido ese disparate. Tal vez había hecho algo más grande, si es que el tipo emparedado era él. Pero ese disparate no.

Pensó que por el momento ese hombre no podía darle más informaciones. Tenía un nombre, una época, la denuncia de una mujer llamada Carmen Montaldo o Montero. Ahora había que encontrar la denuncia y buscarla.

– Muchas gracias, señor Chowsky. Me ha sido de gran ayuda.

– De nada, señorita Light.

Dejaron al hombre con sus motos y sus recuerdos y se dirigieron a la salida. Cuando estaban por el umbral Russell se detuvo y se volvió hacia Chowsky, que aún estaba detrás del mostrador.

– Una última pregunta, si me permite.

– Dígame.

– ¿De qué trabajaba Mitch Sparrow?

– Trabajaba en la construcción. Y era muy bueno en lo suyo. De no haber desaparecido hubiera llegado a jefe de obras.

21

Una vez fuera de la tienda de motos, Vivien sacó la BlackBerry y marcó el número directo del despacho del capitán, que respondió inmediatamente.

– Bellew.

– Alan, soy Vivien. Hay novedades.

– Bien.

– Necesito una pesquisa a la velocidad del rayo.

En la voz de Vivien el capitán advirtió la excitación del cazador y se puso tenso.

– Y más rápido, si puedo. Dime…

Ambos eran policías experimentados y sabían que un caso como ése se trataba más de una lucha contra el tiempo que contra un hombre. El hombre al que buscaban tenía el tiempo de su parte.

– Anota estos datos.

Vivien le concedió unos segundos para que cogiera papel y bolígrafo.

– Venga.

– Con toda probabilidad el tipo enterrado se llamaba Mitch Sparrow. Un testigo me ha confirmado que pertenecía a un grupo de moteros que se hacían llamar Skullbusters. Estaban en Coney Island, en Surf Avenue. Debería de haber una denuncia presentada hace dieciocho años en el Distrito 70 por una tal Carmen Montaldo o Montero. Un par de años más tarde la mujer se mudó a una dirección desconocida después de haber encontrado otro hombre. Necesito localizarla.

– Está bien. Dame media hora y te diré algo.

– Hay más: este Mitch Sparrow trabajaba en la construcción.

La excitación del capitán fue comprensible, dado el carácter de la noticia.

– ¡Dios mío!

– Exacto. Creo que convendrá buscar en los registros de las Unions. ¿Puedes encargárselo a alguien?

Las Unions eran los sindicatos que abastecían a las empresas de los trabajadores que necesitaban, escogiéndolos entre sus afiliados. Por una serie de motivos, tanto técnicos como de relación, casi todas las empresas se dirigían a ellas en caso de necesidad.

,,…-Imagina que los hombres ya están en camino, Vivien.

La detective colgó. Russell lo había oído todo mientras caminaba a su lado en silencio cuando volvían al coche.

– Perdóname.

– ¿El qué?

– Por lo de hace un rato. Me he entrometido; lo hice por un impulso.

Por supuesto, a Vivien le había sorprendido la pregunta que Wade le había formulado a Chowsky. Le había pesado el no haberlo hecho ella. Pero la honradez de su carácter le imponía reconocer los méritos ajenos.

– Ha sido algo sensato. Más que sensato.

Russell siguió en la exposición de sus motivaciones. Él mismo parecía sorprendido por su intuición.

– Pensé que si este Sparrow terminó en un bloque de cemento, debía de saber algo que no tenía que saber, o haber visto algo que no tenía que ver. -Hizo una pausa para reflexionar-. Así, pensé en lo que dice la carta que os entregué.

A Wade se le ensombreció el rostro, y Vivien pensó que quizás estuviera reviviendo las circunstancias en que había obtenido la carta. En su mente también reaparecieron las líneas escritas con una tosca caligrafía masculina.

«Durante toda mi vida, antes y después de la guerra, trabajé en la construcción.»

Terminó ella misma el pensamiento de Russell, que de mera suposición, en ambos se había convertido en certeza.

– Y has deducido que existen grandes probabilidades de que el hombre que mató a Sparrow y el hombre que escribió la carta sean la misma persona.

– Así es.

Habían llegado al aparcamiento. En el otro extremo de la gran explanada, más allá de una línea de pocos árboles, se veían los perfiles esqueléticos del Rollercoaster y la Parachute Tower, y se entreveían los grandes pabellones del parque de atracciones de Coney Island. En el estacionamiento no había muchos coches y Vivien pensó que el lunes no era un día de gran afluencia al parque, aun con un tiempo apacible y extraño como ése.

Miró el reloj.

– Esta historia me hizo olvidar… Pero ahora tengo hambre. Tenemos que esperar la llamada del capitán. ¿Te apetece una hamburguesa?

Russell sonrió de modo misterioso.

– Yo no como. Pero si quieres te acompaño.

– ¿Estás a dieta?

La sonrisa del hombre se trasformó en un gesto de apuro.

La verdad es que no tengo ni un céntimo. Y mis tarjetas de crédito hace tiempo que se transformaron en plástico inútil. En la ciudad hay lugares donde me fían, pero aquí estoy en territorio comanche. Ninguna posibilidad de supervivencia.

A pesar de todo lo que sabía sobre la vida disipada de Russell Wade, Vivien tuvo hacia él un sentimiento espontáneo de simpatía y ternura. Lo había pillado allí donde no podía escabullirse.

– Estás en mala situación, ¿eh?

– Es un momento de gran crisis para todos. Tú que eres policía te habrás enterado del falsificador que arrestaron en Nueva Jersey.

– ¿Qué falsificador?

– Fabricaba billetes de veinticinco dólares, porque en estos tiempos y con los costes de producción no le cuadraban las cuentas con los de veinte.

Vivien se rio, aun no queriendo hacerlo. Dos chicos negros que atravesaban el aparcamiento, vestidos al puro estilo hip-hop, se volvieron para mirarlos.

Ella miró a Russell como si lo viera por primera vez. Tras los ojos divertidos descifró el hábito de la marginación. Se preguntó si en su caso no sería más consecuencia de una decisión personal que una imposición del mundo que lo rodeaba.

– ¿Puedo invitarte?

Él hizo un gesto de desolación.

– No estoy en condiciones de negarme. Reconozco que tengo tanta hambre que con un poco de mayonesa me comería un neumático.

– Entonces ven. Todavía necesitamos los neumáticos.

Atravesaron el aparcamiento y llegaron al paseo marítimo. En la playa no había nadie, salvo una persona con un perro y algún corredor irreductible. El reflejo del sol y las nubes sobre el agua eran un juego mágico de aire, luz y sombras. Vivien se paró a contemplar, con la cara al viento, el mismo que movía las olas y las teñía de espuma. A veces en su vida había momentos como ése. Momentos en los que, ante el esplendor indiferente del mundo, hubiera querido sentarse, cerrar los ojos y olvidarse de todo.

Y que todos se olvidaran de ella.

Pero no era posible. Por las personas a las que amaba y a las cuales había decidido cuidar, como mujer. Por personas a las que no conocía y había aceptado cuidar, como policía. Muchas de esas personas en ese momento se movían por la ciudad ignorando que estaban en la lista de víctimas de un asesino. Un criminal cuya locura había borrado todo resto de piedad de su ser.

Siguieron por el paseo marítimo hasta un colorido puesto que tenía hot dogs, souvlakis y hamburguesas. Los había guiado hasta allí el aroma de la carne a la parrilla, llevado por el viento. Junto al puesto había un tinglado con sillas y mesas de madera, para que los clientes comieran a la sombra y disfrutaran mirando el mar.

– ¿Qué quieres?

– Cheeseburguer, creo.

– ¿Uno o dos?

Russell puso expresión afligida.

– Dos sería perfecto.

Vivien sonrió otra vez. No tenía motivos para hacerlo, pero aquel hombre tenía el poder de hacerle surgir una parte ligera, capaz de flotar sobre todo tipo de humor.

– Vale, huerfanito. Siéntate y espérame.

Se acercó al tipo del puesto y le hizo el pedido mientras Russell elegía un lugar a la sombra de la techumbre. Poco después Vivien volvió con una bandeja, con recipientes de comida y dos botellas de agua mineral. Puso los dos cheesburguers ante Russell y también, con cierta ostentación, el agua.

– Para beber he escogido esto. Supongo que habrías preferido cerveza, pero dado que estás conmigo podemos decir que los dos estamos de servicio. Por tanto, nada de alcohol.

Russell sonrió.

– Un período de abstinencia no me hará daño. Creo que en los últimos tiempos me he excedido un poco… -Dejó la frase y sus significados en el aire. De pronto cambió su expresión y también el tono de voz-. Lo siento por todo esto.

– ¿A qué te refieres?

– Porque has tenido que pagar.

Vivien respondió con un gesto despreocupado y palabras optimistas.

– Podrás devolvérmelo con una cena de lujo, en un buen restaurante, a mi elección. Si este asunto termina como todos esperamos tendrás una gran historia entre tus manos, para contar, digo. Y las grandes historias suelen traer fama y dinero.

– No lo hago por dinero. -Lo dijo en voz baja, casi con indiferencia.

Vivien supo que no lo decía sólo por ella, sino que en su interior estaba hablando con otra persona. O quizá con muchas otras.

Durante un rato comieron en silencio, cada uno perdido en sus cavilaciones.

– ¿Quieres conocer la verdad sobre La segunda Pasión?-Russell habló con crudeza y sin preámbulo.

Vivien levantó la cabeza para mirarlo y lo vio con la cara vuelta al mar, el cabello oscuro movido por el viento. Por su tono entendió que ése era un momento importante para él. Era el final de un largo viaje: volver a casa y encontrarse en el espejo con una cara a la cual estaba contento de parecerse.

Russell no esperó respuesta. Siguió hablando y comenzó a recorrer el hilo de una narración que al mismo tiempo era el hilo de una memoria. Uno de esos relatos reales que el corazón y la cabeza escuchan juntos con gran dificultad.

– Robert, mi hermano, tenía diez años más que yo. Era una persona especial, de esas que tienen la cualidad amable de transformar en propio todo aquello con lo que tienen contacto.

Vivien decidió escuchar, lo mejor en un momento como ése.

– Era mi ídolo. Y también en la escuela, con las chicas y para la familia. No por voluntad de él, sino por una predisposición natural. Pocas veces en la vida he sentido en la voz de un hombre el tono de orgullo que tenía mi padre cuando hablaba de Robert.

En la pausa que hizo parecían residir el sentido de su vida y el destino del mundo.

– Incluso en mi presencia.

Palabras e imágenes llegaron a la vez y de rebote a la mente de Vivien. Mientras Russell seguía con su historia, voces y caras de su propia vida se alinearon junto a las del hombre sentado frente a ella.

… y como es natural Greta fue elegida jefa de las cheerleaders. No porque sea mi hija, pero no veo que otra pudiera…

– Yo trataba de imitarlo en todo lo que hacía, pero él era una persona inalcanzable. Y un loco desenfrenado. Amaba el riesgo, ponerse a prueba, competir todo el tiempo. Ahora que lo pienso, creo que conozco el motivo. Su peor adversario era siempre él mismo.

… ¿Nathan Green? Greta, ¿quieres decir que esta tarde vendrá a buscarte ese Nathan Green? No puedo creerlo, es el chicomás…

– Robert era irrefrenable. Siempre parecía estar a la caza de algo. Y lo encontró cuando a partir de cierto momento empezó a dedicarse a la fotografía. Al principio a todos nos pareció que era una más de sus miles de iniciativas, pero poco a poco emergió un verdadero talento. Tenía una capacidad innata: con el objetivo llegaba al alma de las cosas y las personas. Al mirar sus fotos se tenía la impresión de que llevaban la mirada más allá de la apariencia, que conducían los ojos a un lugar donde no podrían llegar solos.

… estás guapísima, Greta. No recuerdo haber visto una novia tan hermosa. En todo el mundo no la hay. Estoy orgullosa de ti, mi pequeña…

– El resto es historia conocida. Su sentido del riesgo lo llevó poco a poco a convertirse en uno de los más famosos reporteros gráficos de guerra. Donde había un conflicto, allí estaba él. Al principio muchos se preguntaban por qué el heredero de una de las familias más ricas de Boston arriesgaba la vida alrededor del mundo con una Nikon en la mano. Los hechos fueron la respuesta: sus fotos fueron publicadas en todos los periódicos de Estados Unidos. Del mundo, quiero decir.

… ¿Academia de policía, dices? ¿Estás segura? Aparte de que es un trabajo peligroso, no creo que…

Vivien hizo un esfuerzo por sacudirse aquellos pensamientos antes de que el bello rostro de Greta llegase desde el pasado para recordar el dolor del presente.

– ¿Y tú? -interrumpió a Russell con esa pregunta simple, sin poder explicarle que la estaba formulando a los dos.

– ¿Yo…? -Russell dijo «yo» como si sólo ahora recordase que en la historia que estaba contando también él tenía un lugar. Un lugar suyo, buscado desde siempre sin resultado. En su cara apareció una sonrisa tímida y Vivien comprendió que la dedicaba a su propia ingenuidad de otra época-. Por pura emulación también yo empecé a hacer fotos. Cuando le dije a mi padre que había comprado una cámara le capté la expresión de quien ve cómo su dinero vuela por la ventana. En cambio, Robert se entusiasmó. Me ayudó y alentó en todo. Él me enseñó todo lo que sé.

Vivien se percató de que, no obstante el hambre que había admitido tener, su invitado no había terminado ni el primer cheeseburguer. Por experiencia personal, sabía que ciertos recuerdos tenían el don de quitar el apetito.

Russell siguió hablando y ella tuvo la impresión de que era la primera vez que confiaba a alguien esas cosas. Se preguntó por qué con ella.

– Quería ser como él. Quería demostrarles a mis padres y a todos sus amigos que también yo valía algo. Así, cuando Robert viajó a Kosovo, le pedí que me llevase con él a Europa.

Después de haber mirado todo el tiempo a otro lado, ahora se volvió hacia Vivien, con una mayor empatía.

– ¿Recuerdas la historia de la guerra de los Balcanes?

Vivien no sabía mucho de eso. Por un instante sintió vergüenza por su ignorancia.

– Más o menos.

– A finales de los años noventa, Kosovo era una provincia confederada de la ex Yugoslavia, con mayoría albanesa de religión musulmana, gobernada con mano de hierro por una minoría serbia que se oponía a las aspiraciones separatistas y de unión con Albania.

Vivien estaba fascinada con la voz de Russell y su capacidad para relatar los hechos, para compartirlos hasta que su interlocutor se involucraba. Pensó que ése era, probablemente, su verdadero talento. Estaba segura de que cuando todo terminara encontraría el modo de contar una gran historia.

Su gran historia.

– Todo comenzó mucho tiempo antes. Siglos antes. Al norte de la capital, Pristina, hay un lugar que se llama Kosovo Polje. El nombre significa «La llanura de los mirlos». A fines del siglo catorce se libró allí una batalla donde un ejército cristiano, compuesto por una coalición serbobosnia conducida por un tal Lazar Hrebeljanovic, fue destruido por el ejército otomano. Los serbios tuvieron unas pérdidas enormes. Después de la derrota erigieron en ese lugar un monumento único en el mundo, creo yo. Es una estela que representa un anatema perpetuo contra los enemigos del pueblo serbio, a quienes pronostica la pérdida violenta y cruel de todos sus bienes, en este y en el otro mundo. He estado allí y ante ese monumento he comprendido algo.

Hizo una breve pausa como para buscar las palabras exactas que le permitieran expresar su pensamiento.

– Las guerras terminan. El odio dura para siempre.

Vivien se preguntó si él también tenía de nuevo en la cabeza las palabras de la carta y la idea que expresaban.

«Durante toda mi vida, antes y después de la guerra, trabajé en la construcción…»

– Robert me explicó que en 1987 Milosevic juró que nadie volvería a alzarle la mano a un serbio. Esa declaración de intenciones de repente lo convirtió en el hombre fuerte de Serbia y fue nombrado presidente. En 1989, exactamente seiscientos años después de la batalla de Kosovo Polje, al pie de ese monumento, dio un discurso belicoso ante quinientas mil personas. Ese día todos los albaneses se quedaron en casa.

Russell hizo un movimiento con las manos, como si quisiera encerrar el tiempo con su gesto.

– Nosotros llegamos a principios de 1999, cuando la represión y los combates contra los rebeldes del UCK, el Ejército de Liberación de Kosovo, estaban convenciendo a la comunidad internacional de que debía intervenir. Vi cosas que nunca olvidaré. Cosas que por costumbre y actitud Robert podía atravesar como si fuera impermeable.

Vivien se preguntó si Russell llegaría alguna vez a liberarse del fantasma de Robert Wade.

– Una noche, poco antes de que comenzaran los bombardeos de la OTAN, fueron expulsados todos los periodistas y fotógrafos. Los motivos no se explicitaron, pero la sospecha general era que los serbios estaban organizando una limpieza étnica a fondo. El gobernador de Pristina dijo, de modo sucinto y claro, que a quien se fuera le deseaba buen viaje, pero al que optara por quedarse no se le garantizaba nada. Algunos no se fueron. Entre ellos nosotros.

Vivien arriesgó una pregunta.

– ¿Estás seguro de que Robert era realmente un hombre valiente?

– En una época lo creía. Ahora no estoy tan seguro.

Con una voz que era al mismo tiempo de alivio y cansancio, Russell siguió con su relato.

– Robert tenía un amigo llamado Tahir Bajraktari, creo, un maestro de escuela que vivía en las afueras de Pristina con su mujer, Lindita. Robert le dio dinero y él, antes de abandonar la ciudad, nos escondió en su casa, en una habitación en el sótano a la que se accedía a través de una trampilla oculta bajo una alfombra, en la parte de atrás del edificio. Desde fuera nos llegaba el eco de los combates. Los del UCK atacaban, daban en el blanco y desaparecían en la nada.

Vivien pensó que si miraba a Russell a los ojos podría ver las imágenes que estaba relatando en ese momento.

– Yo estaba aterrorizado. Robert hacía lo imposible para tranquilizarme. Se quedó un poco conmigo, pero el reclamo de lo que sucedía fuera era más fuerte que él. Después de dos días salió de nuestro escondite con los bolsillos llenos de carretes, mientras en la calle sonaban las ráfagas de ametralladora. No lo volví a ver.

Russell cogió la botella y bebió un gran trago de agua.

– Como no regresaba, salí a buscarlo. Todavía hoy no sé qué tipo de arrojo me alentó. Caminé por las calles desiertas. Pristina era una ciudad fantasma. La gente había escapado, en algún caso dejando abierta la puerta de casa. Bajé en dirección al centro y en un momento lo encontré. Robert estaba en el suelo, en la acera de una plazoleta arbolada donde había más cadáveres. Tenía la cámara en la mano y el pecho devastado por una ráfaga de metralleta. Cogí la máquina y volví corriendo al escondite. Lloré por Robert y por mí, hasta que encontré fuerzas para dejar de hacerlo. Después empezaron los bombardeos de la OTAN. No sé cuánto tiempo estuve escondido allí, oyendo caer las bombas, sin lavarme, administrando la comida de reserva, hasta que oí unas voces que se acercaban y hablaban en inglés. Entonces comprendí que estaba a salvo y salí.

Volvió a beber con avidez, como si el recuerdo de las lágrimas de entonces lo hubiese deshidratado a fondo.

– Cuando logré revelar las fotos de la cámara de Robert, cuando pude verlas, fui fulminado por una de ellas, una en especial. Enseguida comprendí que era una fotografía extraordinaria, una imagen de las que un fotógrafo persigue toda la vida.

Vivien recordaba esa imagen con claridad. La conocía todo el mundo. Se había convertido en una de las fotos más famosas del planeta.

Aparecía un hombre en el momento que un proyectil le daba en el corazón. Llevaba pantalones oscuros e iba descalzo y con el torso desnudo. El impacto de la bala lo había levantado del suelo esparciendo una rociadura de sangre. Por una de esas casualidades que son la fortuna del reportero de guerra, había sido fotografiado con los brazos extendidos mientras se elevaba del suelo, con el cuerpo en una pose que recordaba la representación de Jesús en la cruz. El rostro del hombre, descarnado, con el pelo largo y algo de barba, coincidía con el de la iconografía tradicional de Cristo. El título de la foto, La segunda Pasión, había surgido casi solo.

– Me invadió algo que no sé explicar. Envidia, rabia por esa capacidad de captar el momento, ambición. Quizás avidez. La presenté en el New York Times y dije que la había hecho yo. Lo que sigue ya lo conoces. Con esa foto gané un Pulitzer. Por desgracia, un pariente del hombre muerto por la bala había visto a Robert sacar la foto y reveló la verdad a los periódicos. Y así todos supieron que no era obra mía.

Hizo una pausa antes de llegar a una conclusión que le había costado años de vida.

– Y, si te soy sincero, no estoy del todo seguro de que no me gustara.

Con espontaneidad, Vivien había apoyado una mano en el brazo de Russell. Cuando se dio cuenta la retiró, esperando que él no lo advirtiera.

– ¿Qué hiciste después?

– Sobreviví aceptando cualquier trabajo. Retratos de moda, fotos técnicas, hasta de bodas. Pero sobre todo recurrí, quizá más de lo que debía, al dinero de mi familia.

Vivien estaba buscando las palabras apropiadas para aligerar el peso de la confidencia, pero el sonido del teléfono le cortó la intención. En la pantallita aparecía el nombre de Bellew.

Atendió.

– Sí, Alan…

– Un verdadero golpe de la fortuna. He llamado al responsable del Distrito 70 y le solicité que ordenase una búsqueda. Cuando le pedí que utilizara a todos los hombres de que dispusiera me tomó por chiflado.

– Te creo. ¿Encontraron algo?

– La mujer se llama Carmen Montesa. Cuando se mudó tuvo el escrúpulo de dirigirse a la policía y comunicar el cambio de domicilio. He mandado a verificarlo y todavía tiene el mismo número de teléfono en la misma dirección, en Queens. Enseguida te lo envío con un mensaje.

– Alan, eres de los grandes.

– Muchacha, eres la primera mujer que me lo dice después de la comadrona que me trajo al mundo. Ponte en la cola. Buen trabajo y mantenme al corriente.

Vivien se levantó y Russell la imitó. Había comprendido que la pausa terminaba y que había que ponerse en marcha.

– ¿Novedades?

– Esperemos que sí. De momento hemos encontrado a la mujer, después veremos qué pasa.

La detective se limpió la boca, tiró la servilleta de papel sobre la mesa y enfiló hacia el coche. Russell dedicó una mirada melancólica a la comida que apenas había probado. Después siguió a Vivien, llevando consigo la carga de una historia que, hiciese lo que hiciese, sospechaba que no terminaría nunca.

22

A Carmen Montesa le gustaban los números.

Siempre le habían gustado, desde que era una niña. En la escuela primaria era la mejor de la clase. Trabajar con números le daba una sensación de orden, de paz. Le gustaba encerrarlos en los cuadritos de las hojas del cuaderno, cada uno con su significado cuantitativo enunciado en un signo gráfico, colocados uno junto a otro y en columnas, todos expresados con una caligrafía infantil pero precisa. Y, al contrario que muchos de sus compañeros de colegio, encontraba muy divertidas esas operaciones. Su mente infantil había llegado a atribuir a cada número un color. El cuatro era amarillo y el cinco, azul. El tres era verde y el nueve, marrón. El cero era de un blanco diáfano, no contaminado.

Incluso ahora, sentada en su viejo sillón de piel, tenía una revista de sudokus en el regazo. Lamentablemente, de aquellas fantasías infantiles había quedado poco. Los números se habían convertido en signos negros sobre el papel blanco de una revista, nada más. Los colores se habían esfumado con el tiempo y había descubierto que el cero, aplicado a la vida de las personas, no tenía una bella tonalidad.

Le hubiera gustado para sí un camino diferente, poder estudiar, asistir a un college, escoger una universidad relacionada con los números, una carrera que le habría permitido crear su propia esfera de trabajo. Las circunstancias habían indicado otro camino.

En una película que había visto, uno de los protagonistas decía que en Nueva York la vida es muy difícil si eres pobre e hispano. Cuando escuchó esa frase, no pudo dejar de confirmarla para sí. Comparada con las otras muchachas en su situación, Carmen había tenido la ventaja de ser guapa. Y eso la había ayudado mucho. No había aceptado compromisos serios, aun cuando había tenido que soportar toqueteos e insinuaciones de toda clase. Sólo una vez, para asegurarse la entrada en la escuela de enfermería, le había hecho una mamada al director. Cuando vio las caras de sus compañeras de curso, entre las que había una buena proporción de chicas agraciadas, se dio cuenta de que ese examen de ingreso era algo que tenía en común con muchas otras.

Después llegó Mitch…

Apartó la revista cuando se dio cuenta de que una lágrima caída sobre la tinta de boli había manchado el esquema del sudoku. El número que acababa de escribir, el cinco, había ensanchado su panza y ahora estaba rodeado por una aureola azulina, redonda y demasiado parecida a un cero.

«No es posible que después de tantos años siga llorando.»

Se dijo que era una estúpida y puso la revista sobre la mesita auxiliar. Pero dejó vía libre a las lágrimas y los recuerdos. Era todo lo que le quedaba de una época feliz, quizás el único terreno fértil en toda su existencia. Desde el momento en que lo conoció, Mitch cambió su vida en todos los sentidos.

Antes y después.

Con él había descubierto la pasión y lo que podía ser y hacer el amor. Él le había hecho el regalo más grande del mundo, lograr que se sintiera amada y deseada, como mujer y como madre. Cosas que le había vuelto a pedir, inútilmente, cuando de un día para el otro desapareció dejándola sola en la crianza de un hijo pequeño. La madre de Carmen siempre había detestado a Mitch. Cuando ya estaba claro que su marido no volvería, aun sin comentarlo abiertamente, la madre se presentó y en la cara tenía escritas las palabras «te lo dije». Carmen soportó las alusiones de su madre porque tenía necesidad de ella para el cuidado del niño en las horas de trabajo, pero nunca aceptó volver a casa de los suyos. Por la noche estaba en su apartamento, en el de ellos, con Nick leyendo cuentos, mirando dibujos animados u hojeando revistas de motos. Nick era el vivo retrato de su padre.

Después, un día conoció a Elías. Como ella, era hispano, un muchacho serio que trabajaba como cocinero en un restaurante del East Village. Durante un tiempo se vieron, sólo como amigos. Elías estaba al tanto de su situación, era un hombre amable y respetuoso y se veía claramente que estaba enamorado de ella. No le había pedido nada ni había tratado de tocarla, ni siquiera con un dedo.

Ella se sentía bien, hablaban mucho, y a Nick le gustaba Elías. Carmen no estaba enamorada, pero cuando le propuso que fueran a vivir juntos, después de muchas dudas aceptó. Les concedieron una hipoteca y compraron una casita en un barrio de clase trabajadora de Queens. Elías insistió en que estuviera a nombre de Carmen.

Entre las lágrimas, sonrió con el recuerdo de aquel hombre tierno e indefenso.

Pobre Elías. Hicieron el amor por primera vez en esa casa. Él era tímido, delicado e inexperto, y ella tuvo que cogerlo de la mano como a un niño y conducirlo a través de sus emociones. Un mes después descubrió que estaba embarazada. Exactamente nueve meses después de aquella primera noche nació Allison.

Llegó a tener una familia. Un hijo, una hija y un compañero que la quería, todos juntos sentados a la misma mesa. Frente a ella no estaba el hombre que aún deseaba que volviera. No había la felicidad fastuosa de los días con Mitch. Pero sí había serenidad, que cuando se ganaba debía considerársela un buen resultado. Era el inicio de la vejez.

Pero el destino de su vida no incluía tener un hombre.

Elías también se había ido. Se lo había llevado una forma aguda de leucemia que lo consumió en poco tiempo. Todavía recordaba la expresión de desolación de la doctora Myra Collins, una médica general del hospital donde Carmen aún trabajaba, cuando la había apartado para explicarle qué significaban los resultados de los primeros análisis. Lo había hecho con palabras claras y corteses que a Carmen, ya entonces, le sonaron como un pésame.

Y otra vez se quedó sola. Y había decidido seguir así el resto de su vida. Sola con sus hijos, ellos tres y basta. Nick era un chico dulce y adorable, y Allison una muchachita con una personalidad muy destacada y vivaz. Un día Nick le confesó que era homosexual. Carmen ya lo sabía pero esperaba que fuese él quien afrontara el tema. Desde su punto de vista, no cambiaba nada. Nick era y seguiría siendo su hijo. Se consideraba una mujer bastante inteligente y una madre muy afectuosa como para permitir que la diversidad sexual influyese en el cariño que le profesaba a Nick. Hablaron una tarde entera sobre las humillaciones que el muchacho había sufrido y la turbación que lo había invadido antes de aceptarse, en una comunidad de chicos que hacían del machismo una regla de vida. Después Nick le dijo que se iría a vivir al West Village con su pareja.

Carmen se levantó y fue a la cocina a buscar papel del rollo. Se secó los ojos. Ahora que lo pensaba, la frase completa del muchacho de la película era que en Nueva York no es fácil vivir si eres pobre, hispano y gay.

Abrió la nevera y se sirvió un vaso de zumo de manzana.

«Basta de llorar», se dijo.

En su vida ya había derramado suficientes lágrimas. Y si al principio la vida de Nick no había sido fácil, ahora era vendedor en una boutique del Soho, estaba enamorado y era feliz. Ella también tenía un buen trabajo, no tenía muchos problemas de dinero y desde hacía años mantenía una relación discreta y sin compromisos con su jefe, el doctor Bronson. Podría considerar su vida como aceptable. Aunque Allison, la niña vivaz, se había convertido en una adolescente difícil que de vez en cuando, sin preaviso, pasaba fuera toda la noche. Carmen sabía que estaba con su chico, cuando no había nadie en su casa. De todos modos hubiera preferido que le avisara. Y estaba segura de que la relación, una vez superados los conflictos generacionales, mejoraría.

Con los años, Carmen había aprendido a conocer y comprender a las personas, pero no del todo a sí misma y a quienes estaban afectivamente relacionados con ella. A veces pensaba que todas las certezas que tenía sobre Allison no eran más que cortinas de humo que se ponía ante los ojos.

Estaba por volver a su sillón y a los números de su juego matemático cuando llamaron a la puerta. Se preguntó quién podría ser. Sus pocas amigas no la visitaban sin llamarla antes. Además, a esa hora todas estaban trabajando. Dejó la cocina y recorrió el pasillo hasta la puerta.

En la ventana de la puerta, tras la cortina, vio las siluetas de dos personas.

Cuando abrió se encontró ante una muchacha de aire enérgico y voluntarioso, una de esas chicas que están siempre muy ocupadas como para recordar que son guapas. El otro era un hombre de unos treinta y cinco años, alto, con el cabello oscuro y unos intensos ojos negros. No se había afeitado en los últimos días, lo que le confería un aspecto entre vagabundo y soñador. Carmen pensó que si ella hubiera sido todavía joven, la muchacha era tan atractiva como para ser una rival, y él tan excitante como para considerarlo una presa. Pero ésos sólo eran los fuegos fatuos de su memoria, un juego de identificación consigo misma que practicaba cada vez que conocía a alguien, fuera joven o viejo. A su edad ya no tenía ganas de bajar al ruedo; la vida le había enseñado cómo terminaba eso la mayoría de las veces. En resumen y una vez más, se trataba de una serie de números.

– ¿La señora Carmen Montesa?

– Sí.

La muchacha le mostró la placa de plástico y metal. Brillaba.

– Soy Vivien Light, detective del Distrito Trece de Manhattan.

Le dio tiempo a que mirara la foto del carnet. Después señaló al hombre.

– Él es Russell Wade, mi compañero.

Carmen sintió que una ráfaga de ansiedad le atravesaba el corazón. Tuvo dos extrasístoles, como siempre le sucedía cuando se inquietaba.

– ¿Qué sucede? ¿Se trata de Allison? ¿Le ha pasado algo a mi hija?

– No, señora, tranquila. Sólo necesito hablar un momento con usted.

El alivio llegó como un bálsamo. Era demasiado excitable, pero no podía hacer nada contra su propia naturaleza. En el trabajo era de una frialdad y una eficacia admirables, pero cuando regresaba a su papel de mujer y madre, volvía a ser vulnerable.

Se relajó.

– Dígame, pues…

Con una sonrisa, la mujer señaló el interior de la casa.

– Me temo que no será algo muy rápido. ¿Podemos entrar un momento?

Carmen se apartó con expresión de disgusto. Cuando el hombre pasó a su lado, pensó que usaba un buen perfume. Se corrigió: lo que tenía era un buen olor. En cambio, la chica olía a vainilla y cuero. Mientras cerraba la puerta se preguntó qué habrían pensado de ella de haber adivinado su pensamiento.

Los adelantó por el pasillo hacia la sala de estar. A su espalda oyó la voz amable de la mujer.

– Espero no haberla molestado.

A Carmen le sorprendió que un miembro de la policía se disculpase. Solían ser más bien rudos. Sobre todo si eran gringos y se dirigían a un hispano. En ese momento tuvo la certeza de que no estaban en su casa para darle buenas noticias.

En la sala, Carmen se volvió y miró a la mujer para que supiese que no le respondía palabras de circunstancia.

– Ninguna molestia. Hoy es mi día libre, estaba disfrutando de una tarde de ocio.

– ¿De qué trabaja usted?

Antes de contestar se preguntó el porqué de la media sonrisa que apareció en la cara del hombre cuando oyó la pregunta.

– Soy enfermera. Primero estaba en el Bellevue Hospital, en Manhattan. Trabajé allí mucho tiempo. Ahora soy asistente de quirófano del doctor Bronson, un cirujano plástico.

Indicó el sofá que había detrás de ambos.

– Siéntense, por favor. ¿Les apetece algo? ¿Un café?

Se sentó en el sillón después de que ellos lo hicieran en el sofá.

– No, gracias, señora, estamos bien así.

La mujer le sonrió y Carmen tuvo la impresión de que era una persona que, cuando quería, hacía que los demás se sintieran cómodos. Tal vez porque ella también era así. El hombre parecía más rígido. No tenía aspecto de policía. Carecía de ese aire expeditivo que los representantes de la ley exhiben como muestra de su poder.

Advirtió que Vivien lo miraba todo. Había deslizado la mirada por las paredes, las cortinas, el banco de cocina que se veía a la derecha más allá de la puerta, en el pequeño comedor al otro lado del pasillo. Un vistazo rápido pero agudo. Carmen estaba segura de que cada detalle le había quedado impreso en la retina.

– Es una casa bonita.

Carmen le sonrió.

– Es usted muy amable y diplomática. Es la casa de una mujer que vive de un sueldo. Las casas bonitas son diferentes. Pero yo estoy bien como estoy.

No añadió nada. Miró a la mujer a los ojos y esperó. Vivien comprendió que las formalidades habían terminado y que debía hablar del motivo de su visita.

– Señora, hace dieciocho años usted denunció la desaparición de Mitch Sparrow, su marido.

Era una afirmación, no una pregunta.

Quedó estupefacta. Primero por la coincidencia de haber estado pensando en Mitch unos minutos antes. En segundo lugar porque no imaginaba que después de tanto tiempo aquella historia pudiera interesarle a nadie, aparte de a ella misma.

– Sí, así fue.

– ¿Nos puede contar qué pasó?

– No tengo mucho que decir. Un día salió de casa y ya no volvió. Esperé hasta muy tarde y a la madrugada hice la denuncia en la policía.

– ¿Y qué aclararon las investigaciones?

– Había estado en su trabajo, como siempre. Dejó la obra donde trabajaba a la hora acostumbrada, pero no volvió a casa. Mi marido era obrero de la construcción.

Carmen había aclarado ese hecho, pero tenía la impresión de que los dos ya lo sabían.

– ¿Cómo era su marido?

– Una persona especial. Cuando lo conocí sólo pensaba en su moto. Y en las chicas. Pero nos encontramos y fue amor a primera vista.

– ¿Ningún desacuerdo, disgusto o algo que diera lugar a pensar que…?

Carmen la interrumpió:

– ¿Quiere decir si había otra mujer?

Había entendido adónde se dirigía la pregunta de la detective. Al mirarla tuvo la impresión de que lo había preguntado sin necesidad, sólo porque formaba parte de la rutina de su trabajo. Era como si ya supiera la respuesta.

De todos modos, explicó cuál era la verdadera situación entre ella y su marido, dado que había pensado que esos dos desenterrarían la historia.

– No, no, créame. Mitch y yo estábamos enamorados y él adoraba a su hijo. Soy una mujer y me doy cuenta cuando un hombre está distraído por otros pensamientos. El deseo es lo primero que se va. Mitch sólo pensaba en mí, de día y sobre todo de noche. Y yo sólo en él. Creo que me he explicado.

Carmen tenía ante sí a otra mujer. Sabía que entendería de qué estaba hablando. Y, en efecto, la detective se mostró satisfecha y cambió de tema.

– ¿Puede confirmarme si su marido tenía un tatuaje en el hombro derecho?

– Sí, una bandera pirata. De ésas con una calavera y dos tibias cruzadas. También tenía una leyenda, pero ahora no recuerdo las palabras.

– ¿Quizá The only flag?

– Sí, ésa. Era el símbolo de esos amigos insensatos que tenía, todos fanáticos de las motos. Al principio vivíamos en Coney Island y Mitch…

– Sí, señora. Sabemos lo de los Skullbusters.

La mujer la interrumpió con tono amable pero firme. Carmen recordaba que había hecho la denuncia en el Distrito 70. Se preguntó qué podía haber ocurrido para mover hasta allí a la policía de Manhattan.

La detective siguió hablando con su tono profesional, incisivo y tranquilizador al mismo tiempo.

– ¿Recuerda si su marido tuvo fracturas?

– Sí, una caída de la moto. Húmero y tibia, creo recordar. Fue a raíz de eso que nos conocimos: lo ingresaron en el hospital donde yo trabajaba. Cuando le dieron el alta me obligó a que escribiera mi número de teléfono en el yeso. Hablamos bastantes veces y cuando volvió para que le quitaran la armadura, como decía él, me invitó a salir.

– Una última pregunta, señora: ¿dónde trabajaba su marido cuando desapareció?

Con esfuerzo, Carmen buscó en la memoria unos recuerdos que se habían refugiado en un lugar remoto.

– Su empresa estaba reestructurando un edificio en Manhattan, creo que cerca de la Tercera Avenida.

La mujer guardó silencio. Como alguien que busca las palabras con dificultad. Carmen pensó que hay discursos que son como operaciones aritméticas. Por más que se cambie el orden de las palabras, el resultado siempre es el mismo. Y lo que Vivien dijo a continuación confirmó lo que pensaba.

– Señora Sparrow, me temo que debo darle una mala noticia. Hemos encontrado un cuerpo en un intersticio entre dos paredes de un edificio, en la esquina de la calle Veintitrés con la Tercera Avenida. Considerando lo que nos acaba de decir, tenemos razones para creer que se trata de su marido.

Carmen sintió que algo llegaba y se iba al mismo tiempo, como una ola larga y malvada que hace que la barca se sacuda y balancee para desahogarse en mar abierto. No obstante su propósito de hacía un rato, después de tantos años de conjeturas, las lágrimas de la certeza comenzaron a correr por sus mejillas. Bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. Cuando se calmó y volvió a mirar a Vivien, Carmen tuvo la sensación de que serían sus últimas lágrimas.

– Perdón.

Se levantó y fue a la cocina. Volvió con un paquete de pañuelos de papel. Mientras se sentaba formuló la pregunta que enseguida le surgió.

– ¿Tienen idea de quién…?

La detective sacudió la cabeza.

– No, señora. Estamos aquí por eso. Para tratar de entender algo. Después de todo este tiempo la identificación no es fácil. Una prueba de ADN sería definitiva.

– Tengo su coleta.

– Perdón…

– Un segundo, por favor.

Carmen atravesó la sala de estar y salió del campo visual de sus visitantes. Unos pocos pasos y se encontró junto a la puertita bajo la escalera. Sabía dónde guardaba lo que estaba buscando. Recordaba todo lo que tenía que ver con su único marido.

Su único hombre.

Y cuando abrió la puerta, allí estaba el baúl, lleno de cosas de poco precio y gran valor. Movió el cerrojo y abrió la tapa. Lo que buscaba estaba arriba de todo, envuelto en una tela ligera. Lo cogió, le quitó la protección y se quedó mirándolo con el regusto amargo de la ternura que le producía ese extraño trofeo. También cogió una foto, más o menos de la época en que Mitch había desaparecido.

Volvió a la sala y les mostró lo que traía consigo. Era un portarretratos de madera oscura dentro del cual, sobre un paño verde y protegida por un cristal, había una trenza de cabello rubio.

Carmen sonrió con sus recuerdos.

Con palabras claras contó un episodio de su vida.

– Cuando Mitch empezó a trabajar se cortó el pelo. Lo llevaba recogido en una coleta. Antes de que lo hiciera, le hice una trenza. La enmarcamos como recuerdo. Pueden llevárselo, del cabello se extrae el ADN.

A continuación le ofreció la foto a la muchacha.

– Y ésta foto es de mi marido. Una de las últimas.

Carmen vio que en el rostro de la detective aparecía un tenue gesto de satisfacción. También notó que su compañero había permanecido en silencio todo el tiempo y la miraba con intensidad, con aquellos ojos oscuros que parecían penetrar en las personas. Se dijo que era la mujer quien llevaba las riendas de la relación entre ambos y con el mundo.

Vivien cogió el portarretratos y lo apoyó de canto en el sofá, a su lado.

– Un par de cosas más, si no le importa. -La mujer sacó un objeto del bolsillo de la chaqueta y se lo mostró a Carmen, que vio que era una cartera-. ¿Era de su marido este objeto?

Carmen lo cogió y lo examinó con atención.

– No, no lo creo. No era su estilo. Todas sus cosas tenían la marca de la Harley Davidson.

– ¿Alguna vez vio a esta persona?

Carmen examinó la foto de un muchacho moreno con un gran gato negro.

– No, nunca.

Mientras la detective se guardaba los objetos en el bolsillo, Carmen tuvo la sensación de que su declaración la había desilusionado pero no sorprendido.

– ¿Sabe usted si ocurrió algo extraño, algo insólito en la vida de su marido, algo que él pudiera haberle contado, tal vez sin darle mucha importancia?

Vivien dejó que Carmen reflexionara un poco. Después optó por subrayar un punto.

– Señora, por motivos comprensibles no puedo revelarle nada, pero debe saber que todo esto tiene una gran importancia. -Su tono afligido logró transmitir la ansiedad que sentía.

Carmen siguió pensando y después no tuvo más remedio que hacer un gesto resignado con las manos.

– No. A pesar del pasado más bien movido de Mitch, llevábamos una vida tranquila. De vez en cuando se encontraba con sus viejos amigos, los Skullbusters quiero decir, pero aparte de alguna noche que llegaba a casa un poco pasado de cerveza, era una persona que trabajaba con seriedad. En casa hablaba poco de su trabajo. Todo el tiempo estaba jugando con Nick.

La detective estaba por decir algo cuando fueron interrumpidos por el ruido de una llave en la puerta, que se abrió. La charla fue suplantada por un ruido de tacones en el suelo, que a todos les pareció más elocuente que las palabras. Carmen vio a su hija, que cruzó el pasillo y apareció en la sala de estar.

Tenía el cabello corto y en punta, mantenido tieso con fijador, los ojos pintados en exceso y los labios violeta, y llevaba medios guantes negros. Los vaqueros eran un par de tallas más grandes que la suya y llevaba un top que le dejaba el ombligo al aire, un ombligo atravesado por un piercing.

No se sorprendió de encontrar a su madre en compañía de dos desconocidos. Los miró con cierta altivez, primero a Carmen, después a ellos.

– Podías ahorrarte llamar a la pasma. Sabes que siempre vuelvo.

Ellos no…

La chica la interrumpió mientras metía la llave en su bolso. Parecía más molesta que impresionada.

– Éstos llevan la palabra poli escrita en la cara. ¿Crees que nací ayer?

Volvió a mirar a su madre.

– Bien. La chica mala ha vuelto a casa y tus dos sabuesos pueden volver por donde han venido. Y diles que sin una orden de registro no pueden llevarse ni una servilleta de esta casa.

Carmen vio cómo una sombra se cernía sobre los ojos de Vivien y los oscurecían. Como si lo supiera, como si ya hubiese vivido esa misma situación en otra parte.

Oyó cómo la detective se dirigía a Allison con una voz obligada por la paciencia.

– No estamos aquí por ti. Le hemos traído a tu madre una noticia.

Pero Allison, indiferente, les había vuelto la espalda. Desapareció en el pasillo dejando tras de sí el sonido sarcástico de su voz.

– ¿Por qué a ese bonito discurso no le agregamos «qué carajo me importa»?

Lo dijo cuando ya subía las escaleras en dirección a su dormitorio. Desde arriba, el ruido de un portazo cayó sobre el silencio y el embarazo de los tres.

Carmen no sabía qué decir. Fue Vivien quien habló. La escena vivida la autorizaba a entrar en confianza con la mujer.

– Carmen, ¿puedo decirle un par de cosas a tu hija?

La otra se sorprendió por el pedido.

– Sí, claro, creo que sí.

La detective consideró necesaria una explicación.

– Mis palabras serán un poco rudas, por decirlo de alguna manera, ¿de acuerdo?

– Entiendo, pero no creo que le hagan daño.

Vivien se incorporó. Carmen le dedicó una pequeña sonrisa, cómplice y espontánea.

– Arriba, primera puerta a la derecha.

Vivien subió por la escalera, hacia una conversación que le parecía justo mantener con aquella chica. El que se había presentado como Russell puso una expresión de irónica circunstancia. Hasta ese momento había guardado silencio, pero cuando hizo sentir su voz, sonó exactamente como Carmen esperaba.

– Vivien es una joven muy decidida.

– Ya lo veo.

– Y también muy meticulosa, cuando se lo propone.

Carmen confirmó esa opinión, complacida.

– Estoy segura.

Guardaron silencio hasta que Vivien regresó. No había tardado mucho. Cruzó la sala con aire tranquilo y volvió a sentarse en el sofá.

– Hecho. Tendrá las mejillas enrojecidas por unas horas, pero habrá entendido de qué van las cosas en este mundo.

Sacó una tarjeta del billetero y la dejó en la mesita encima de la revista de crucigramas y sudokus. Cogió el bolígrafo y escribió algo en la parte de atrás. Después se inclinó y le tendió la tarjeta a Carmen.

– Éste es mi número. Detrás he anotado el del móvil. Si te acuerdas de algo de tu marido o tienes nuevos problemas con tu hija, llámame.

Vivien cogió el portarretratos y se levantó. Fue imitada por Russell, pues la visita había terminado. Carmen los acompañó hasta la puerta. Cuando estaban por salir apoyó la mano en el brazo de la detective.

– Vivien.

– ¿Sí?

– Gracias. Es algo que tendría que haber hecho yo misma hace tiempo, pero gracias de todos modos.

Vivien le sonrió y los ojos le brillaron un segundo cuando encogió los hombros para restar importancia al episodio.

– De nada. Adiós, Carmen.

Ésta esperó a que hubieran bajado los escalones y después cerró la puerta. Volvió a la sala de estar, pensando en toda aquella historia.

«Mitch, cielos, con todo lo que has tardado espero que hayas entendido cuánto te amaba…»

Sabía que lo más difícil llegaría esa noche, cuando apagara la luz y se encontrara a solas con todos sus fantasmas. Pero por el momento encendió el televisor e invitó al mundo a que le hiciera compañía.

Se sentó en el sillón y encendió el aparato con el mando a distancia. Cuando la pantalla se iluminó había un noticiario sobre la explosión del sábado en la calle Diez de Manhattan. Un recuerdo le cruzó la mente cuando vio aquellas imágenes de destrucción.

Se levantó de golpe, corrió a la puerta y la abrió. Vivien y Russell todavía estaban en la acera de enfrente, junto a un coche, como si se hubieran demorado para comentar los resultados de la entrevista.

Hizo un gesto con el brazo para llamarles la atención.

– ¡Vivien!

La detective y su acompañante se volvieron. Al verla bajo la marquesina de la entrada, fueron hacia ella.

– ¿Qué pasa, Carmen?

– Me he acordado de una cosa. Ha pasado mucho tiempo y mis recuerdos son…

Vivien parecía excitada y presa de la impaciencia.

– Dime qué es.

Carmen se amilanó. Por primera vez en su vida era parte de una investigación policial y tenía miedo de quedar mal o decir algo que la hiciera parecer estúpida.

– Bueno… No sé si será importante, pero me he acordado que hace mucho tiempo la empresa para la que Mitch trabajaba, Newborn Brothers, reestructuró una casa en North Shore, Long Island. Era la casa de un ex militar, creo recordar. Un comandante o coronel, algo así.

Vivien la apremió.

– ¿Y?

Carmen hizo una nueva pausa para coger aire y luego dijo con concisión lo que tenía que decir:

– Un año después de que terminaran los trabajos la casa explotó.

Bajo la luz incierta del crepúsculo, Carmen vio cómo la detective palidecía. Lo vio como si fuera de día.

23

Por las ventanillas del coche Vivien y Russell vieron a Carmen Montesa cerrar lentamente la puerta de su casa, una figura desamparada y sola que trataba de mantener fuera de su casa algo que, seguramente, volvería a entrar por la ventana. Y lo haría de noche y con los colmillos afilados. Un segundo más tarde Vivien ya había cogido el teléfono del coche y marcado el número del capitán. Sabía que estaba en el despacho, esperando. Sentado a su lado, Russell contó tres tonos hasta que atendieron.

– Aquí Bellew.

Vivien no se perdió en exordios.

– Alan, hay novedades.

Le pregunta de Bellew se insertó como una cuña para sorpresa de Vivien.

– ¿Está Wade contigo?

– Sí.

– ¿Puedes poner el manos libres?

– Claro.

– Bien. Lo que diré debéis oírlo los dos.

Ella se sorprendió porque aquello era inusual en un procedimiento policial. Por otra parte, todos los hechos de aquel caso eran inusuales. Incluso demenciales. Después se dijo que quizás, en honor a la promesa hecha, había aceptado incluir a Russell en la investigación. O quizá Bellew quería decir algo que le concernía directamente a Russell. Vivien pulsó un botón y la comunicación se expandió por el habitáculo.

– Ya está.

La voz del capitán sonó fuerte y clara por los altavoces del coche.

– Antes háblame de tus progresos.

Vivien lo hizo.

– Estoy casi segura de que el tipo emparedado es el tal Mitch Sparrow del que te hablé. Para confirmarlo tengo un elemento para las pruebas de ADN. Habría que hacerlo ya.

– Hazme llegar lo que tienes y considéralo hecho. ¿Otra cosa?

Russell estaba admirado por la comunicación clara y telegráfica entre ambos policías. Hablaban la misma lengua y la habían aprendido en su propia piel.

Excitada, Vivien prosiguió.

– Hace años, Sparrow trabajó en una pequeña empresa de construcciones llamada Newborn Brothers. Me lo acaba de decir su mujer. Hicieron reformas en una casa de North Shore, en Long Island. Y escucha esto: parece que la casa era de un militar y que un año después de terminados los trabajos explotó. Los expertos dijeron que fue un atentado, no un accidente. ¿Qué me dices?

– Te digo que me parece una muy buena pista.

Segura de que su superior lo estaba apuntando todo, Vivien continuó.

– Habría que rastrear a Newborn Brothers y a la empresa que construyó el edificio del Lower East Side y comparar las fichas del personal, si todavía existen. Comprobar si las dos obras tuvieron algún obrero en común. Y conocer los nombres de los responsables de la empresa.

– Enseguida me ocupo de ello.

El capitán cambió el tono. Lo dicho por Vivien ya estaba archivado y en vías de ejecución. Ahora era el turno de que él hablara de sus progresos.

– Me he estado moviendo. He tenido que hablar con el jefe de policía Willard, pero en privado. Muy en privado, no sé si me explico.

– Te explicas.

– Le mostré la carta y le expliqué los detalles del suceso. Dio un salto en la silla. Pero, como era previsible, tomó distancia y se concedió su tiempo. Dijo que como pista le parece escasa y sin demasiados fundamentos, aunque no estamos en situación de descuidar nada. Piensa hacer examinar la carta por un criminólogo o un psicólogo, pero uno ajeno a los círculos policiales o del FBI. Una persona sin memoria y sin palabras, para entendernos. Está pensando en una serie de nombres. Quedamos de acuerdo en que por el momento se procederá con prudencia y tendremos los datos sólo para nosotros. Para todos es una situación muy delicada e inestable. Han muerto muchas personas y muchas otras aún están en peligro. En lo que nos concierne, podrán rodar muchas cabezas, o sobre esas mismas cabezas podrán brillar coronas de laureles. Y entre esas cabezas están las nuestras, Vivien.

Russell tuvo la sensación de que ella se lo esperaba. No hizo comentarios, ni de palabra ni con una expresión.

– Recibido.

– Wade, ¿me oye?

Por un reflejo, Russell se acercó a donde creía que estaba el micrófono.

– Sí, capitán.

– Con el jefe no he hablado de nuestro acuerdo, Wade. Si algo se sabe antes de que esta historia termine, su vida será peor que la peor pesadilla. ¿Me explico?

– Perfectamente, capitán.

Eso significaba que de ahora en adelante sus vidas estarían irremisiblemente enlazadas, sea cual fuere el resultado: con la cabeza sintiendo el filo de la guillotina o la corona. Vivien se dirigió a su superior con voz tranquila y distante. Russell admiró un autocontrol que él no poseía.

– Bien. Lo hemos entendido. ¿Hay algo más?

El tono del capitán volvió a ser el de un policía que examina los elementos de una investigación, un verdadero profesional. La pausa íntima había terminado.

– La buena noticia es que para este trabajo tenemos a toda la policía de Nueva York a nuestra disposición. Y que podremos despertar a quien sea a cualquier hora de la noche. Incluido el jefe.

Hubo ruido de papeles.

– Aquí tengo los resultados de los primeros análisis. Los expertos han deducido cuál es el tipo de detonador. Se trata de una cosa simple y muy ingeniosa a la vez. Una serie sucesiva de impulsos de radio de diferentes frecuencias, emitidos con una secuencia precisa. En una ciudad invadida por ondas de radio, esto asegura que la bomba no estalle por una señal fortuita.

Russell tenía una duda que lo perseguía desde que conocía esta historia. Intervino en la conversación.

– El edificio que explotó fue construido hace muchos años. ¿Cómo es que después de tanto tiempo las bombas todavía funcionaban?

Era una pregunta que quizás el capitán también se había hecho, porque antes de responder suspiró. No obstante su experiencia, ésa era una pequeña señal de una incredulidad renovada ante el genio de la locura.

– No hay baterías. El hijo de puta conectó el detonador a la red eléctrica del edificio. Puede que con los años alguno se haya estropeado y no funcione, pero ¿quién nos dice en cuántos edificios ese loco ha colocado su mierda?

Hubo un sonido raro y Russell temió que se hubiese cortado la comunicación, pero la voz de Bellew volvió a oírse en el coche.

– Estáis haciendo un trabajo muy bueno, chicos. Quería decíroslo: un trabajo óptimo.

Vivien quitó el manos libres. Todo lo que debía decirse se había dicho.

– Espero saber más de ti. Llámame apenas tengas esas informaciones.

– Todo lo rápido que pueda.

Vivien cortó la comunicación y por un momento sólo el ruido amortiguado del tráfico compitió con sus pensamientos en el silencio del coche. Russell miraba la calle y las luces que iluminaban la noche. En ese día sin memoria, el tiempo los había precedido echando sobre ellos un manto de oscuridad.

Russell fue el primero en hablar. Y lo hizo con palabras que devolvían la confianza que Bellew había puesto en él, permitiéndole participar como testigo en la investigación.

– ¿Quieres el original?

Distraída en sus pensamientos, Vivien no comprendió enseguida el sentido de la pregunta.

– ¿Qué original?

– Tenías razón cuando me acusaste de presentarme con la fotocopia de la hoja que cogí de Ziggy. El original lo metí en un sobre y lo envié a mi domicilio por correo. Un sistema que me enseñó él. En este momento estará en mi buzón.

– ¿Dónde vives?

– Calle Veintinueve, entre Park y Madison.

Sin añadir nada, Vivien recorrió el Queens Boulevard en silencio y atravesó el Queensboro Bridge. Llegaron a Manhattan a la altura de la calle Sesenta y doblaron a la izquierda en Park Avenue. Bajaron hacia el sur, sometidos a los caprichos del tráfico.

– Hemos llegado.

La voz de Vivien irrumpió como un recuerdo y Russell fue consciente de que, después de apoyar la cabeza en el respaldo, se había dormido. Ahora el coche estaba aparcado en la esquina de la calle Veintinueve con Park. Sólo había que cruzar y allí estaba su domicilio.

Vivien lo miró mientras se restregaba los ojos.

– ¿Estás cansado?

– Creo que sí.

– Cuando esta historia termine tendrás tiempo para dormir.

Sin decirle que sus esperanzas eran otras, Russell aprovechó el semáforo verde y cruzó a la otra acera. Cuando llegó a la entrada de su edificio, empujó la puerta y entró en el vestíbulo. Como tantos otros edificios de Nueva York de cierta posición, el suyo disponía de servicio de portería las veinticuatro horas.

El portero estaba detrás de un mostrador y Russell se sorprendió al ver que también estaba Zef, el administrador del edificio. Era una persona amable, un hombre de origen albanés que había trabajado duramente hasta llegar a su posición actual. Desde el principio tuvo una relación cordial con Russell y él estaba convencido de que Zef, además de espectador de sus discutibles andanzas, en secreto era su único fan.

– Buenas noches, señor Wade.

Además de la propensión a la vida disoluta, Russell tenía cierta tendencia a la distracción. Por eso, después de haber perdido algunos llaveros, siempre dejaba las llaves en la portería. Era costumbre que el portero de turno se las diera sin necesidad de pedírselas. El que ahora no lo hiciera daba a entender que ocurría algo fuera de lo normal. No sin inquietud, Russell se dirigió a su amigo.

– Hola, Zef. ¿Es que las has perdido tú esta vez?

– Me temo que hay un problema, señor Wade.

Sus palabras y más aún su expresión, aumentaron la inquietud de Russell. Una idea tenía en la cabeza: era más una certeza que una conjetura. Con esa impresión formuló la pregunta:

– ¿Qué problema, Zef?

El azoramiento era evidente en la cara del hombre. No obstante, lo miró a los ojos.

– Ha venido un representante de la Philmore Inc. en compañía de un abogado. Traían una carta del consejero delegado, una carta para mí. Y otra para usted.

– ¿Qué dice esa carta?

– La que está dirigida a usted no la he abierto, por supuesto. Podrá retirarla junto con el resto de la correspondencia.

– ¿Y la otra?

– La que el consejero delegado me dirige dice que el piso de propiedad de dicha sociedad ya no está más a su disposición, señor Wade. Con efecto inmediato. O sea… que no puedo entregarle las llaves.

– Pero mis cosas…

Zef se encogió de hombros, un gesto que quería decir «por favor, no dispare, sólo soy el pianista». A Russell le dieron ganas de reír. Parecía una situación de comedia de Hollywood, pero estaba ocurriendo de verdad, y le ocurría a él.

– Esa persona que vino, el representante, subió al piso y colocó todos sus efectos personales en dos maletas. Están allí, en el depósito.

Zef parecía disgustado de verdad por lo que estaba sucediendo, y Russell, a la luz de la relación que tenían, no dudaba de que era sincero. Mientras hablaban, el portero había ido a recoger la correspondencia y la había colocado sobre la superficie de mármol del mostrador. Russell reconoció el sobre amarillo con su propia letra y vio la otra carta, no franqueada, con el logotipo de la Philmore Inc. Cuando desplegó el papel, los ojos no tardaron en reconocer la letra de su padre.

Russell:

Cualquier cuerda, aun la más resistente, si se estira lo suficiente acaba por romperse. La mía se rompió hace tiempo. Sólo la gentileza y la bondad de tu madre lograban juntar los pedazos y mantenerla unida, dándote sin que yo lo supiera el piso donde has vivido hasta ahora, y también dinero. Después de tu última proeza, creo que sus fuerzas han flaqueado. Se ha encontrado cara a cara con una elección: o mantener su vínculo con el hombre con quien se casó hace décadas y que en el curso del tiempo le ha dado miles de pruebas de su amor, o mantenerlo con un hijo irrecuperable que no ha hecho otra cosa que traer, en el mejor de los casos, una gran vergüenza al seno de esta familia.

Aunque dolorosa, la elección ha sido espontánea.

Para usar un lenguaje que puedas entender, desde este momento haz lo que quieras con tu culo, hijo mío.

Jenson Wade

P.D. Si tuvieras la buena idea de cambiarte el apellido, cuenta con nuestro beneplácito.

Russell se adecuó al léxico del último párrafo, para ratificar el concepto.

– Así pues, el mierda de mi padre me ha echado de casa.

Zef adoptó un gesto de circunstancia que incluía una discreta media sonrisa.

– Bueno, yo habría usado otras palabras, pero ése es el concepto.

Durante un momento, Russell se quedó pensando. Pese a todo, no tenía ganas de censurar la decisión de su padre. Incluso estaba sorprendido de que no hubiera llegado antes, concediéndole un tiempo que ni siquiera él se habría concedido a sí mismo.

– No importa, Zef, no pasa nada.

Recogió los sobres del mostrador y se los metió en el bolsillo de la chaqueta.

– ¿Puedo dejar las maletas aquí, por el momento?

– El tiempo que quiera, señor Wade.

– Muy bien. Vendré a buscarlas y pasaré cada tanto para ver si hay correspondencia.

– Siempre será bien recibido.

– De acuerdo. Entonces hasta pronto, amigo mío.

Russell se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. La voz de Zef lo detuvo.

– Tengo algo más que decirle, señor Wade.

Russell se volvió y vio cómo Zef abandonaba el mostrador y atravesaba el vestíbulo. Lo alcanzó y se colocó entre él y el portero a sus espaldas. Habló en voz baja, en tono confidencial.

– Me imagino que en este momento su situación es, no sé cómo decirlo…, un poco precaria.

A Russell siempre le había hecho gracia la propiedad con que ese extraño personaje utilizaba el idioma.

– Bien, sí. El concepto no es el más adecuado, pero sirve para dar una idea.

– Entonces, señor Wade, si usted lo permite…

Zef le tendió la mano como para saludarlo formalmente y cuando Russell se la estrechó sintió en su palma la consistencia de algunos billetes.

– Zef, mira que no…

El hombre lo interrumpió. Hizo un gesto de complicidad y entendimiento.

– Sólo son quinientos dólares, señor Wade. Le servirán para salir del paso. Me los devolverá en cuanto se reponga de esto.

Russell retiró la mano y guardó el dinero en el bolsillo. Lo aceptaba por lo que significaba. Tanto para él como para la persona que se lo daba de todo corazón y con total compostura. En un momento tan importante de su vida, la única ayuda le llegaba de un extraño.

Le puso la mano en el hombro.

– Eres una buena persona, amigo mío. Prometo devolvértelos, y con intereses.

– Estoy seguro de ello, señor Wade.

Russell lo miró a los ojos y descubrió en sí mismo una sinceridad y una confianza que antes no estaba seguro de albergar. Se dio la vuelta, dejó a aquel buen hombre y se dirigió a la calle. Se detuvo un momento para pensar en lo que acababa de suceder. Metió la mano en el bolsillo para comprobar si era cierto, si de verdad todavía existían personas así.

En ese momento, con el rabillo del ojo advirtió un movimiento a sus espaldas. Desde la penumbra surgió una mano que apretó su brazo con energía y firmeza. Se volvió y se encontró con un negro alto y corpulento, vestido de negro. Un vehículo oscuro encendió los faros, se separó del bordillo de enfrente y estacionó delante de ellos al tiempo que se abría la puerta de atrás. Russell miró alrededor para comprender qué estaba pasando. Su ángel de la guarda lo interpretó como una búsqueda de alternativas y consideró oportuno subrayar la realidad de la situación.

– Sube sin aspavientos. Es lo mejor para ti, créeme.

En el asiento trasero Russell vio las piernas de un hombre gordo y grande. Entró en el coche y se sentó con un suspiro, mientras el tipo de doble medida que tan amablemente lo había invitado a entrar se sentaba en el asiento del acompañante.

Russell saludó al hombre sentado a su lado. Lo hizo con el tono con que un antiguo egipcio daría la bienvenida a una plaga.

– Hola, LaMarr.

En los labios del gordo se dibujó la acostumbrada sonrisa de burla. La ropa elegante no lograba compensar su grotesca figura y las gafas de sol no conferían protección alguna a la vulgaridad de sus rasgos.

– ¿Qué tal, fotógrafo? Te veo un poco desastrado. ¿Tienes preocupaciones?

Cuando el coche se puso en marcha, Russell miró la luneta trasera. Quería saber si Vivien había visto la escena, si tendría tiempo de intervenir. No la vio, aunque podía ser que los siguiera. Pero ningún coche se separó del otro bordillo de Park Avenue.

Se volvió hacia LaMarr.

– El problema es que sigues equivocándote de desodorante. Estar sentado junto a ti humedece los ojos de cualquiera.

– Buen chiste, merece un aplauso.

LaMarr no dejó de sonreír. Hizo una señal al hombre sentado delante, que con rapidez propinó un sonoro bofetón al rostro de Russell, que sintió como si cientos de pequeñas agujas le pincharan la mejilla y vio cómo una mancha amarillenta llegaba y danzaba frente a su ojo izquierdo. Sin delicadeza, LaMarr le puso una mano sobre el hombro.

– Como puedes ver, mis chicos tienen un modo particular de captar el sentido del humor. ¿Tienes algún otro chiste?

Russell se apoyó en el respaldo, con resignación. Mientras tanto, el coche había girado en Madison y ahora se dirigía al Uptown. El conductor era un tipo con la cabeza afeitada y Russell calculó que tenía una envergadura equivalente a la del que acababa de hacerlo objeto de una discutible gentileza.

– ¿Qué quieres, LaMarr?

– Ya te lo he dicho, ya lo sabes. Dinero. Normalmente no me ocupo de las cobranzas, pero contigo haré una excepción. No todos los días me relaciono con una celebridad, y tú lo eres. Además, no me caes pero que nada bien, ¿lo sabías?

Con un gesto señaló al tipo que acababa de abofetearlo.

– Será todo un placer sentarme en primera fila para ver tu negociación con Jimbo.

– Es inútil. En este momento no tengo tus cincuenta mil dólares.

LaMarr sacudió su gran cabeza y la papada se le desplazó ligeramente, brillante de sudor con el reflejo de las luces de la calle.

– Te equivocas. Las matemáticas no parecen tu fuerte, como tampoco el póquer. Son sesenta mil, ¿no lo recuerdas?

Russell fue a discutírselo pero se contuvo. Prefería evitar otro encuentro con la manaza de Jimbo. El que acababa de probar no le había dejado ninguna añoranza.

– ¿Adónde vamos?

– Ya lo verás. Un lugar tranquilo donde podremos charlar un rato, como dos caballeros.

En el coche se hizo el silencio. LaMarr no parecía tener la intención de explicar nada más, y Russell no quería explicaciones. Sabía lo que sin duda ocurriría una vez que llegaran al punto de destino, fuera cual fuese el lugar.

Poco a poco, desenredándose del flujo de luces de colores y automóviles, el coche llegó a una zona de Harlem que Russell conocía muy bien. Había un par de locales a los que asistía cuando quería escuchar buen jazz, y otro par de locales, menos publicitados, que frecuentaba cuando estaba de ánimo propicio y quería jugar a los dados.

El coche se detuvo en una calle sin salida, con poca iluminación, delante de una cortina metálica cerrada. Jimbo bajó, abrió un candado y tiró hacia arriba del asa. Ante los faros del coche, la cortina metálica dio lugar al interior de un local vacío. Un gran almacén en forma de ele con una hilera de columnas de cemento en el centro.

El coche atravesó la entrada con un murmullo y la cortina metálica se cerró detrás. Dobló a la izquierda, más allá de la esquina de la ele, y se detuvo en posición sesgada. Al instante se encendieron dos luces anémicas que pendían del techo, difundiendo la claridad incierta de unas bombillas sucias e incrustadas de grasa.

Jimbo abrió la puerta de Russell.

– Baja.

Con su tenaza de acero lo agarró de un brazo y le hizo rodear el coche. Russell pudo disfrutar del espectáculo de LaMarr saliendo del vehículo con dificultad. Se tragó un comentario que le hubiera costado otro aplauso de Jimbo en carne propia.

A la izquierda, había un escritorio con una silla de asiento de paja delante. A pesar de la precariedad de la situación, Russell pudo definir la decoración como muy clásica. Era evidente que LaMarr era un nostálgico de otras épocas.

Jimbo lo empujó hasta el escritorio y le indicó la superficie.

– Vacía los bolsillos. Todos. No me obligues a buscar en tu lugar.

Una cartera con los documentos, las cartas y los quinientos dólares que acababa de darle Zef. Además de un paquete de chicles con sabor a canela.

El gordo alcanzó su silla mientras se alisaba el cuello de la chaqueta. Se quitó el sombrero y se sentó, apoyando los grandes antebrazos sobre la mesa. Los anillos que engalanaban sus dedos brillaron con el movimiento. Russell pensó que parecía una versión de Jabba el Hutt con otros colores.

– Bien, señor Russell Wade, veamos qué tienes aquí.

Acercó hacia sí las cosas de Russell. Abrió la cartera. No le interesaron los sobres. Cogió los billetes y los contó.

– ¡Vaya! Quinientos pavos. -Se reclinó en la silla e hizo un gesto como de querer recordar algo que en realidad recordaba muy bien-. Y tú me debes sesenta y cinco mil.

Russell decidió que no era el mejor momento para recordarle que pocos minutos antes eran sesenta mil. Mientras tanto, su ángel de la guarda lo había hecho sentar en la silla frente al escritorio y se había quedado firmes a su lado. Desde abajo parecía todavía más grande y amenazador. Cuando habían llegado, el chófer se había apeado del coche y desaparecido por una puerta que tenía todo el aspecto de ser la de un retrete.

Con sus dedos gordos LaMarr se acarició el pelo corto y crespo.

– ¿Cómo nos plantearemos el pago del resto? -Y fingió reflexionar.

Russell pensó que estaba jugando al gato y el ratón, que con esa representación se ofrecía a sí mismo una nueva prueba de su poder.

– Quiero ser generoso. Dado que acabo de cobrar, quiero pagarte yo otros quinientos dólares.

Le hizo a Jimbo una seña con la cabeza. El puñetazo en el estómago llegó con una velocidad y una fuerza que quitó todo el aire de los pulmones de Russell y, quizá, de toda la estancia. Algo ácido le invadió la boca mientras se doblaba con el impulso del vómito. Un hilo de saliva le cayó por la comisura de los labios y se disolvió en el polvo del suelo. LaMarr lo miró satisfecho, como se mira a un niño que ha hecho sus deberes a conciencia.

– Bien. Ahora sólo quedan sesenta y cuatro mil.

– Por el momento yo diría que son suficientes. -La voz de Vivien llegó desde un lugar a espaldas de Russell. Palabras cortantes y seguras.

Tres cabezas se volvieron al mismo tiempo en esa dirección y vieron a la mujer que emergía de las sombras y se colocaba en el haz de luz de las bombillas. La respiración de Russell se expandió como por arte de magia.

El gordo miró a Jimbo, incrédulo.

– ¿Y quién coño es esta mala puta?

Vivien levantó la mano y con la pistola apuntó a la cabeza de LaMarr.

– Esta mala puta está armada y si no os ponéis los dos de cara a la pared y con las piernas separadas, podría demostraros lo ofendida que está por vuestro lenguaje.

Lo siguiente sucedió sin que Russell tuviera tiempo de advertirle a Vivien. El hombre que estaba en el retrete salió de golpe y por detrás le rodeó el pecho con los brazos, inmovilizándola. La reacción de Vivien fue instantánea y Russell entendió por qué el capitán Bellew siempre la miraba con alta estima.

En vez de tratar de desasirse, Vivien apretó aún más su cuerpo contra el del hombre y clavó los tacones de sus botas en los zapatos de su agresor. Russell pudo oír con nitidez cómo los dedos de los pies del tipo se fracturaban. Un grito desgarrador y los brazos que apresaban a Vivien se soltaron como impulsados por un resorte. El hombre se derrumbó de lado, con las piernas encogidas, jurando y maldiciendo.

Vivien le apuntó con la pistola y dirigió una mirada de desafío a los otros dos.

– Muy bien. ¿Algún otro quiere probar? -Hizo un gesto a Jimbo-. ¿Vas armado?

– Sí.

– Bien. Ahora coge la pistola con dos dedos, ponía en el suelo y empújala hacia mí. Lentamente. Ahora estoy un poco nerviosa, ¿entiendes?

Sin quitarle ojo a Jimbo, se inclinó hacia el caído, lo cacheó con la mano izquierda y le quitó un gran revólver de la chaqueta. Se incorporó poco a poco. Con un roce metálico contra el suelo llegó hasta sus pies la automática del otro. Se metió en la cintura el revólver del primero y se agachó para coger el nuevo trofeo. Después se apartó y Russell vio cómo les daba indicaciones con el cañón de la pistola a Jimbo y al hombre caído.

– Perfecto. Ahora te moverás lentamente y te acostarás en el suelo, junto a éste.

Una vez que comprobó que los dos estaban bajo control, se acercó a Russell. Se dirigió a LaMarr, que no había tenido tiempo de obedecer la orden de ponerse cara a la pared.

– ¿Llevas arma, gordinflón?

– No.

– Será mejor para ti que no estés mintiendo.

LaMarr lo confirmó mirando el cañón de la pistola de Vivien.

Ella se dirigió a Russell.

– ¿Puedes levantarte?

Russell sentía que sus piernas eran independientes de su voluntad.

Se puso de pie con un gran esfuerzo y con el estómago contraído por los calambres. Se acercó a Vivien y ella le entregó una pistola. Con un gesto, Vivien le indicó a los dos que estaban en el suelo.

– Vigílame a éstos. Si se mueven, dispara.

– Con mucho gusto.

Russell no había usado un arma de fuego en su vida, pero los golpes de Jimbo eran un buen incentivo para empezar a hacerlo. Y a esa distancia nadie fallaba.

Vivien se dirigió a LaMarr, que había seguido la escena con aprensión, sentado a la mesa, inmóvil.

– ¿Cómo te llamas?

El hombre dudó un instante y se pasó la lengua por los labios antes de contestar.

– LaMarr.

– Bien. Esta mala puta se llama Vivien Light y es detective del Distrito Trece. Esta mala puta acaba de ser testigo de un secuestro, que, como bien sabes, es un delito federal. Según tú, ¿qué precio puede tener el que no llame al FBI para que te cague encima?

LaMarr lo entendió perfectamente.

– No lo sé. Digamos ¿sesenta y cuatro mil dólares?

Vivien se inclinó hacia él y le quitó de la mano gorda y sudada los quinientos dólares de Russell.

– Digamos que sesenta y cuatro mil quinientos y acuerdo cerrado, definitivamente quiero decir. ¿Me he explicado bien?

Se incorporó y metió el dinero en el bolsillo de los vaqueros.

– Interpreto tu silencio como asentimiento. Vámonos, Russell. No tenemos nada más que hacer aquí.

Russell recogió los sobres y la cartera y se los metió en el bolsillo. También cogió el paquete de chicles, lo miró un instante y lo puso ante LaMarr con una gracia exagerada.

– Te dejo esto, por si quieres endulzarte la boca. -Le dedicó una sonrisa angelical-. Úsalos con prudencia. Valen sesenta y cuatro mil dólares.

En los ojos del gordo había cólera… cólera y muerte. Russell no se detuvo a adivinar muerte de quién. Se puso junto a Vivien y ambos retrocedieron en silencio, hombro con hombro, sin perder de vista al trío. Llegaron a la cortina metálica y Russell vio que Jimbo no la había bajado del todo. Por allí había entrado Vivien sin hacer ruido. Ahora, un sonido metálico en las guías les permitió salir sin demasiadas contorsiones.

Poco después estaban sentados en el coche de ella. Russell la miró y vio que le temblaban las manos, era el bajón de adrenalina. Él no estaba mejor. Se consoló viendo que ni siquiera una persona entrenada para ese tipo de cosas se acostumbraba. Nunca se volvía un automatismo.

Russell trató de tranquilizarse y reencontrarse con su propia voz:

– Gracias.

– Gracias y una mierda.

Se volvió y comprobó que Vivien sonreía. Le estaba tomando el pelo. Se metió la mano en el bolsillo y le entregó los quinientos dólares.

– Una parte servirá para pagar la lavandería. Y por la salud de tus finanzas espero no haberme estropeado la chaqueta arrastrándome por el suelo.

Russell aceptó ese convite a que disminuyera la tensión.

– Apenas pueda, te regalaré una boutique entera.

– Lo que se agrega a la cena.

Vivien puso en marcha el coche y se alejaron de aquella calle y de aquella horrible experiencia. Russell le miró el perfil mientras conducía. Era joven, decidida y guapa. Una mujer peligrosa, si se la miraba desde la parte equivocada de una pistola.

– Hay algo que quiero decirte.

– ¿Qué? -repuso ella.

Russell se puso el cinturón de seguridad, para que el zumbador se callara.

– Cuando te vi aparecer…

– ¿Sí?

Russell cerró los ojos y se dejó caer sobre el respaldo.

– De ahora en adelante seré devoto de tus apariciones como si de una Virgen se tratara.

La fresca carcajada de Vivien le hizo sentir que algo se disolvía y también sonrió.

24

La llave giró en la cerradura y el llavero volvió al bolsillo de Vivien. Entró directamente y pulsó el interruptor. La luz invadió el pasillo difundiéndose hasta la sala. Un paso, otro interruptor y la luz tomó posesión de todo el piso.

– Ven, pasa.

Russell entró. Sostenía una bolsa en cada mano. Echó un vistazo rápido.

– Bonita casa.

Vivien lo miró con los ojos entornados.

– ¿Te repito lo que dijo Carmen Montesa cuando le comenté lo mismo sobre su casa?

– No. Lo digo de verdad.

Russell había esperado encontrarse con una vivienda donde el cuidado y el orden fueran sólo aproximados. En su mente, el carácter dinámico de Vivien no concordaba demasiado con el de un ama de casa paciente y escrupulosa. Para desmentir esa suposición, el pequeño apartamento era una joyita de buen gusto en el mobiliario, lleno de ejemplos poco comunes de atención a los detalles. En la atmósfera había algo que a él no le resultaba familiar. No el caos desatinado de su piso, ni el aséptico esplendor del piso de sus padres. En la persona que vivía en ese lugar había amor por lo que la rodeaba.

Depositó las bolsas en el suelo sin dejar de examinar el apartamento.

– ¿Tienes una señora de la limpieza?

Vivien le respondió de espaldas y sin volverse, mientras abría la nevera y sacaba una botella de agua mineral.

– ¿Bromeas?

– ¿A qué te refieres?

– Para alguien que trabaja en la policía es difícil encontrar una señora de la limpieza. En Nueva York el servicio doméstico cuesta más o menos como un cirujano plástico, y además tienen el defecto de que su trabajo siempre necesita retoques, antes y después.

Russell se abstuvo de hacer un comentario. Durante el poco tiempo que había viajado con su hermano había conocido policías (tanto en Estados Unidos como en otros países) que con los sobornos podían permitirse ejércitos de señoras de la limpieza. Mientras se servía un vaso de agua, Vivien le señaló el sofá para dos que había frente al televisor.

– Siéntate. ¿Te apetece una cerveza?

– Gracias, sí.

Se acercó a la encimera y cogió el botellín que Vivien había abierto y empujado hacia él. Cuando sintió que el líquido fresco le bajaba al estómago, se dio cuenta de cuánta sed tenía y también que llevaría consigo la sensación de los bofetones de Jimbo durante varios días.

Se dirigió a echarse en el sofá. Al hacerlo pasó frente a un mueble sobre el que, en un portarretratos de diseño original, había una foto: una mujer y una chica de unos quince años. Seguramente madre e hija. Los rasgos físicos eran comunes a las dos y su belleza tenía la misma matriz.

– ¿Quiénes son?

– Mi hermana y mi sobrina.

Vivien respondió con el tono de quien con pocas palabras da por concluido un tema. Russell entendió que había algún episodio no del todo feliz relacionado con esas personas y que ella no tenía ganas de comentarlo. No preguntó más y se sentó en el sofá. Pasó una mano por la piel clara del tapizado.

– Cómodo. También bonito.

– Estuve saliendo con un chico arquitecto. Me ayudó a elegir los muebles y a decorar el apartamento.

– Y ahora, él… ¿dónde está?

Vivien compuso una media sonrisa donde no faltaba la ironía.

– Digamos que, como buen arquitecto, tenía otros proyectos.

– ¿Y tú?

– Mi anuncio suena más o menos así: «Joven, trabajo interesante, soltera, no busca a nadie.»

Tampoco ahora Russell comentó nada. De todos modos, no logró evitar cierta satisfacción por el hecho de que Vivien no compartiera su vida con alguien.

Ella terminó de beber el agua y llevó el vaso al fregadero.

– Creo que me daré una ducha. Tú ponte cómodo, mira la tele si quieres, bébete la cerveza. Cuando termine te cedo el baño, si quieres ducharte.

Russell se sentía depositario de la suciedad del siglo. La idea de que el agua caliente le corriera por el cuerpo, quitando los rastros de ese día, le dio un escalofrío de placer.

– Bien. Esperaré aquí.

Vivien entró en su dormitorio y poco más tarde salió con un albornoz, se metió en el baño y después Russell oyó el sonido de la ducha. No logró, o no quiso, impedirse el imaginar el cuerpo elástico y firme de Vivien, un cuerpo desnudo bajo la lluvia. De golpe sintió que la cerveza no estaba lo bastante fría como para apagar el pequeño fuego que le surgía de dentro.

Se levantó y fue a la ventana desde la que se veía un pequeño escorzo del Hudson. Era una noche clara, pero sin estrellas. Las luces de la ciudad, sedientas de protagonismo, tenían el poder de anular el cielo más luminoso.

Durante el viaje de regreso de Harlem, Vivien y él habían comentado los hechos vividos. Cuando ella lo vio desaparecer dentro de aquel gran coche, intuyó que algo no andaba bien. Y cuando el vehículo se puso en marcha, se dedicó a seguirlo, siempre tres vehículos por detrás, pero sin perderlo de vista. Cuando vio que el coche se metía en una calle sin salida, aparcó el XC60 junto a una acera. Se apeó rápidamente y tuvo tiempo de ver cómo la limusina oscura desaparecía dentro de un almacén. Se acercó y se alegró al comprobar que la cortina metálica no estaba del todo bajada: habían dejado un espacio que permitiría la entrada sin hacer ruidos que la delataran. Así pues, entró en el almacén arrastrándose por el suelo. Se guió por las voces que provenían del interior, detrás de una esquina, una parte no visible del almacén. Se asomó con cautela para ver qué ocurría. Vio a LaMarr sentado a la mesa y también al gorila, de pie junto a Russell. Antes, desde su punto de observación en Park Avenue, cuando Russell había sido secuestrado, por momentos había perdido la visual por culpa de los coches que pasaban. Había creído que Jimbo también era el chófer del coche, por lo que no supuso que hubiera un tercer hombre. Por suerte, a pesar de su súbita aparición improvisada, se las arregló muy bien.

Se las arreglaron muy bien.

Después, Russell le contó lo sucedido en el vestíbulo de su edificio cuando llegó a casa y provocó que Vivien sonriera por su condición de desheredado. Él también había reído. Y le había contado sobre la amabilidad de Zef y el préstamo de quinientos dólares.

– ¿Y ahora qué harás?

– Buscaré un hotel.

– ¿Lo que te he restituido es todo cuanto tienes?

– Me temo que sí, por el momento.

– Si quieres un lugar decente, ese dinero te alcanzará para dos noches, y soy optimista. Y yo no quiero estar en el mismo coche con un tipo que duerme en un hotelucho de ésos.

Russell hizo un repaso de su penosa situación. Y no tuvo más remedio que aceptar la realidad.

– No puedo hacer otra cosa.

Vivien hizo un gesto vago.

– En mi casa, en la sala de estar, hay un sofá cama. Creo que en los próximos días dormiremos poco. Si quieres seguir adelante con esta historia será mejor que te quedes conmigo. No quiero tener que atravesar la ciudad para ir a buscarte. Si te adaptas, el sofá es tuyo.

Russell no lo dudó.

– Creo que me sentiré como en el Plaza.

Vivien soltó una risotada sin que Russell comprendiera el motivo. La explicación llegó a continuación.

– ¿Sabes cómo llamamos en la comisaría al calabozo donde te metieron cuando te arrestaron?

– No me lo digas. Déjame adivinar… ¿Tal vez Plaza?

Vivien asintió con la cabeza y Russell aceptó la broma.

– Creo que contraer deudas contigo se ha vuelto una de mis especialidades. Aunque nunca me ha sido difícil contraerlas.

Para Russell, el recuerdo de esa conversación era algo muy agradable.

En el coche había comenzado a cobrar forma una suerte de compañerismo, una pequeña complicidad. Fue una reacción del ánimo, un mínimo y momentáneo refugio ante la idea de que estaban buscando a un asesino que ya había acabado con la vida de un centenar de personas y que pensaba seguir matando.

Se apartó de la ventana y se dirigió a los dos bolsos que había traído consigo. Allí tenía su ordenador portátil y las cámaras fotográficas, las únicas cosas que Russell consideraba sagradas e irrenunciables. Antes de llegar a casa de Vivien, habían pasado por comisaría para dejarle al capitán la trenza de Mitch Sparrow, y después por la calle Veintinueve, donde Russell había llenado los dos bolsos escogiendo entre las cosas dejadas en el depósito y trastero de una casa que ya no era la suya.

Cogió el portátil, lo puso en la mesa y lo encendió. Para su sorpresa, encontró una conexión wireless no protegida y tuvo acceso inmediato a Internet.

Controló el correo. Había poco, y lo que había era del estilo y contenido habitual. Time Warner Cable le explicaba los motivos de la suspensión del servicio. Una agencia de prensa le anunciaba, también explicándole las causas, que en breve recibiría la visita de un abogado. E Ivan Genasi, un amigo también fotógrafo, y muy bueno, le preguntaba dónde habían ido a parar sus huesos. Era el único a quien no le debía dinero. El resto de los mensajes tenían todos el mismo motivo: falta de pago, incumplimiento en la devolución de préstamos. Russell tuvo una sensación de desagrado. Le parecía que al leer esos correos eléctricos estaba violando la privacidad de una persona a la que no conocía, estaba accediendo a la intimidad de alguien que no era del todo él. En realidad, sentía que estaba muy lejos del hombre al que le habían enviado esas misivas.

Cerró el correo y abrió un nuevo documento Word. Se quedó un momento pensando y después lo guardó como «Vivien». Lo primero que hizo fue escribir algunos de los pensamientos que había tenido cuando esa historia había comenzado. Los había anotado haciéndole un nudo a un pañuelo mental cada vez que una reflexión más o menos interesante nacía con espontaneidad después de un hecho. Poco a poco, y mientras escribía, las palabras empezaron a fluir sin solución de continuidad, como si existiese una Conexión directa entre el pensamiento, las manos y el teclado del ordenador. Se dejó llevar por la narración, o quizá fue él quien cogió el relato por los cuernos y lo sintetizó en palabras sobre la pantalla que tenía delante. No lo sabía, ni siquiera le importaba. Le era suficiente con ese sentido de completa posesión de sí mismo que la escritura le daba en aquel momento. La voz de Vivien lo sorprendió cuando ya había escrito casi dos páginas.

– Te toca, si quieres…

Se dio la vuelta y la vio. Llevaba un chándal corriente y en los pies unas chancletas de goma. Su aspecto proyectaba frescura e inocencia. Russell la había visto revolverse contra un hombre que la triplicaba en tamaño y dejarlo fuera de combate. La había visto tener controlados a los otros apuntándolos con una pistola. La había visto tratar a un necio como si fuera una bayeta sucia.

De ella había pensado que era una mujer peligrosa. Pero sólo ahora, cuando se presentaba ante él en estado de indefensión, comprendía cuánto lo era en realidad. Se dio la vuelta y miró el portarretratos del mueble desde donde sonreían una mujer y una chiquilla. Pensó que el lugar natural de Vivien estaba en esa foto, allí, compartiendo la belleza con las otras dos.

Después la miró y se quedó así, en silencio, hasta el punto en que ella tuvo que decirle:

– ¡Hey! ¿Qué te pasa?

– Un día, cuando termine esta historia, tendrás que dejar que te haga algunas fotos.

– ¿A mí? Estás de coña.

Vivien señaló la foto del portarretratos.

– La modelo fotográfica de la familia es mi hermana. Yo soy la que está en los límites de la masculinidad y trabaja en la policía, ¿recuerdas? Ni siquiera sé cómo hay que ponerse frente a un objetivo.

«Lo que estás haciendo ahora sería más que suficiente», pensó Russell.

Y entendió que, no obstante la reticencia de su respuesta, a Vivien le había gustado la proposición. Y en su cara vio un rastro de timidez inesperada, que quizás en otros momentos escondiera mostrando su placa de policía.

– Lo digo en serio. Prométeme que me dejarás.

– No digas tonterías. Y vete de mi cocina. Te he dejado unas toallas en el baño.

Russell archivó lo que había escrito, se levantó de la mesa y fue a buscar ropa limpia a los bolsos. En el baño encontró un montón de toallas apoyadas en el mueble junto al tocador. Se desnudó, abrió la ducha y comprobó que la temperatura con que Vivien se había duchado también era la ideal para él.

Un pequeño detalle. Una tontería. Pero lo hizo sentirse como en casa.

Se situó bajo el chorro y dejó que la espuma y el agua se llevaran consigo el cansancio y los pensamientos de ese día y los precedentes. Después de lo que había pasado con Ziggy y de la explosión, por primera vez en su vida se había sentido solo de verdad, además de incapaz frente a responsabilidades demasiado difíciles de afrontar. En cambio, ahora estaba allí y sentía que formaba parte de algo. Algo que le pertenecía, que era sólo suyo, que incumbía a su presente y a sus recuerdos.

Cerró el grifo y salió de la ducha tratando de no gotear agua fuera de la alfombrilla. Cogió la toalla y empezó a secarse; era una toalla suave y estaba levemente perfumada. En casa de sus padres, donde había un batallón de sirvientes y toallas de la mejor calidad, no había nada tan suave. Al menos eso pensó en ese momento. Se secó el pelo y se puso una camisa y unos pantalones limpios. Decidió imitar a su anfitriona y, a falta de chancletas, se quedó descalzo.

Cuando salió del baño, Vivien estaba sentada ante su ordenador portátil. Había abierto el documento guardado con su nombre y estaba leyendo lo que Russell había escrito.

– ¿Qué haces?

Vivien siguió leyendo sin siquiera volverse, imperturbable, como si esa intrusión en un ordenador ajeno fuera algo lícito.

– Hago de policía. Indago.

Russell protestó, pero sin demasiada convicción.

– Ésta es una violación flagrante de la privacidad y la libertad de prensa.

– Si no quieres que ande metiendo la nariz, no debes ponerle mi nombre a un archivo.

Cuando terminó de leer, se levantó y, sin ulteriores comentarios, se dirigió a la encimera de la cocina. Russell advirtió que había una olla en el fuego y al lado otro recipiente con una salsa roja. Vivien encendió el extractor de aire. Después señaló el agua, que comenzaba a hervir.

– Penne all'arrabbiata. O espaguetis, a elección.

Russell puso cara de sorpresa. Ella se explicó:

– Soy de origen italiano. Lo hago bien, puedes confiar en mí.

– Por supuesto que confío. Sólo me pregunto cómo has hecho para improvisar la salsa en tan poco tiempo.

Vivien echó la pasta en la olla y la tapó para apurar la ebullición.

– ¿No habías venido antes a la Tierra? ¿En tu planeta no hay congeladores y microondas?

– En mi planeta nadie come en casa.

Russell se acercó a Vivien, que estaba en la otra parte de la encimera. Se sentó en un taburete y curioseó en las ollas, sólo con la mirada, nada de olfateo.

– Lo que pasa es que siempre me ha hechizado la capacidad que tienen algunas personas para desplazarse entre fogones. Yo lo intenté una vez y terminé quemando un par de huevos duros.

Vivien siguió con la pasta y la salsa. La broma de Russell no había alterado su concentración en ningún momento.

– ¿Sabes? -dijo Vivien-. Hoy me he preguntado varias veces cómo eres realmente.

Russell encogió los hombros.

– Soy una persona común. No he tenido nunca especiales méritos. He debido conformarme con mis defectos especiales.

– Sí que tienes un mérito. He leído lo que has escrito. Es muy hermoso y convincente. Llega al lector.

Esta vez le tocó a Russell la satisfacción por el elogio, y también el esfuerzo por no mostrarla.

– ¿Tú crees? Es la primera vez que lo hago.

– Claro que lo creo. Y si quieres saber mi opinión, agregaría algo.

– ¿Qué agregarías?

– Si no hubieses pasado la vida tratando de ser Robert Wade, tal vez habrías descubierto que su hermano era una persona tan interesante como él. O sea tú. ¿Lo captas?

Algo se movió dentro de Russell, pero no supo darle nombre. Era algo que llegaba desde una zona que no creía que existiese y que se había infiltrado en un lugar que él no creía tener.

Sólo entendía que deseaba hacer algo. Y lo hizo.

Rodeó la encimera y se acercó a Vivien. Le cogió el rostro entre las manos y la besó en los labios con delicadeza. Por un momento ella respondió, pero a continuación una mano firme se posó en el pecho de él y lo empujó hacia atrás.

Russell reparó en que Vivien tenía la respiración acelerada.

– ¡Eh, calma! Calma. No te he invitado a casa para esto.

Se dio la vuelta, como para borrar lo sucedido. Un par de segundos más tarde volvió a ocuparse de la pasta, dejando que él se deleitara con la vista de sus hombros y el perfume de su cabello. Russell oyó que murmuraba algunas palabras en voz muy baja.

– O tal vez sí. Ni siquiera yo lo sé. Lo único que sé es que no quiero complicaciones.

– Tampoco yo. Pero si son el precio que hay que pagar para tenerte, las acepto.

Después de un instante, Vivien se volvió y le echó los brazos al cuello.

– Entonces olvidémonos de la pasta.

Levantó la cabeza y el beso que le dio no tuvo mano para apartarlo. El cuerpo de Vivien contra el suyo era tal cual Russell había imaginado. Firme y suave, joven y afrutado. Algo que hoy daba consuelo a lo que ayer había sido desolación. Mientras deslizaba la mano bajo el albornoz y encontraba su piel, se preguntaba por qué allí, por qué en ese momento, por qué ella y por qué no antes de ahora. Vivien siguió besándolo mientras se lo llevaba al dormitorio. Los acogió la penumbra y los convenció de que ése era el lugar para ellos y para una excitación que se libraba de la ropa de ambos y que convertía los cuerpos en ámbitos sagrados.

Mientras se perdía dentro de ella y se olvidaba de nombres y personas, Russell no lograba discernir si Vivien era una claridad antes del amanecer o un fulgor ya entrada la noche.

Sólo sabía que era como su nombre, Light, luce. Nada más que luz.

Después se quedaron allí, amodorrados, como si la piel de una fuera las vestiduras del otro. Russell tuvo la percepción de estar deslizándose en el sopor del sueño y después se repuso, como si temiera perderla mientras dormía. Se dio cuenta de que había dormido un par de minutos. Estiró la mano y encontró que la cama estaba vacía.

Vivien se había levantado y estaba junto a la ventana. La vio a contraluz, velada por las cortinas. Russell aceptaba la claridad que venía de fuera a cambio de la perspectiva que le ofrecía su cuerpo.

Se levantó y se le acercó. Separó las cortinas y la abrazó desde atrás, sintiendo cómo el cuerpo flexible de la muchacha se adhería al suyo. Ella se apoyó con naturalidad, como si estuviera haciendo lo que debía hacerse. Eso, no otra cosa.

Russell pegó los labios en su cuello y respiró un perfume que era el de la piel de una mujer después de hacer el amor.

– ¿Dónde estás?

– Aquí. Allí. En todas partes.

Vivien señaló el río con un gesto vago y, más allá de los cristales, el mundo entero.

– ¿Y yo estoy contigo?

– Desde siempre, creo.

No añadieron nada más. Porque no había nada más que decir.

Más allá de las ventanas el río avanzaba tranquilo y reflejaba unas luces que, a los ojos de ellos, eran de una suntuosidad inútil. Todo lo que se necesitaba para destruir y construir estaba en esa habitación. Se quedaron así, intercambiando el consuelo de la presencia y fragmentos de añoranzas hasta que, de golpe, una luz deslumbrante y arrolladora llegó desde el horizonte y atravesó los espacios entre los edificios de enfrente, fotografiándolos en el recuadro de la ventana.

Un instante después llegó a sus oídos el fragor indecente y altanero de una explosión.

25

– Estamos metidos en la mierda más absoluta.

El capitán Alan Bellew tiró el New York Times sobre la mesa, para que se juntara con el desorden de los otros diarios que lo habían precedido. Todos los periódicos, uno tras otro, habían lanzado ediciones extraordinarias después de la explosión de la noche anterior. Estaban plagados de hipótesis, derivaciones, asociaciones y sugerencias. Pero todos se preguntaban qué estaban haciendo las autoridades con sus investigaciones, qué habían decidido para la defensa y protección de los ciudadanos. Las televisiones se ocupaban del acontecimiento haciendo que cualquier otro suceso en el mundo o en Estados Unidos pareciera una noticia sin importancia. Todo el planeta se asomaba a la ventana y llegaban corresponsales de todo el mundo, como si el país estuviese en guerra.

La nueva explosión se había producido entrada la noche a orillas del río Hudson, en Hell's Kitchen, en un gran depósito situado en la avenida Doce, a la altura de la calle Cuarenta y seis, justo al lado del Sea Air and Space Museum, donde se exhibía el portaviones Intrepid. La construcción se había desintegrado totalmente y sus fragmentos habían golpeado la gran embarcación anclada al lado y producido daños en los aviones y helicópteros expuestos sobre el puente. Era un trágico y nostálgico déjà vu de las guerras en que habían combatido. Las ventanas de todos los edificios de la vecindad habían sido destruidas por la onda expansiva. En una vivienda, un anciano había muerto de un infarto. Junto al Hudson, la calle estaba prácticamente en ruinas y el fuego había iluminado largo rato una escena de desolación, con restos en llamas transportados por las aguas. Las ruinas incendiadas eran la evidencia de la transformación del lugar en el escenario de una nueva catástrofe que habría de ser recordada siempre. Las víctimas mortales eran alrededor de veinte, a las que se sumaba un número todavía impreciso de heridos graves. Un grupo de noctámbulos, cuya única equivocación había sido estar allí en ese momento, fueron literalmente descuartizados y sus miembros esparcidos sobre el asfalto. No había quedado ningún resto del guardián nocturno de la nave depósito. Algunos coches que pasaban por allí habían sido arrollados por la explosión y sacudidos en marañas de chapas estrujadas como papel. Otros no habían tenido tiempo de frenar y fueron a caer al río, junto a los restos en llamas. Todos esos pasajeros estaban muertos. Los bomberos combatieron el fuego durante muchas horas y los expertos de la policía empezaron con el reconocimiento una vez que el lugar estuvo accesible.

De un momento a otro llegarían los resultados.

Después de haber pasado una noche lívida e insomne, Russell y Vivien se encontraban en el despacho del capitán y compartían con él la frustración y la impotencia frente al individuo que los estaba desafiando.

Por fin, Bellew dejó de moverse por el despacho y se sentó en su silla. No por ello encontró la paz.

– Hubo llamadas de todas partes. El presidente, el gobernador, el alcalde. Cada maldita autoridad de este país ha cogido el teléfono para llamar a otra maldita autoridad. Y todos se concentraron en el jefe de policía Willard. El cual, como era de esperar, me llamó enseguida.

En silencio, Russell y Vivien aguardaron el resultado del desahogo de Bellew.

– Willard siente que toca fondo y, de paso, me arrastra en su hundimiento. Tiene complejo de culpa por haber pecado de prudente.

– ¿Y tú que le has dicho? -preguntó Vivien.

– Le he dicho que por un lado todavía tenemos la seguridad de estar siguiendo la pista justa. También le he recordado que cuantas más personas conozcan los detalles, más posibilidades hay de una filtración. Si esto llegase a oídos de Al Qaeda sería una verdadera catástrofe. Tendríamos una competencia despiadada en la caza de aquella lista. Piensa en cómo se les haría agua la boca. Una ciudad minada, sólo falta que explote. Si esto fuera de dominio público, en tres horas Nueva York se transformaría en un desierto. Con el follón que podéis imaginar. Autopistas colapsadas, heridos, bandas de saqueadores, gente perdida deambulando por todas partes.

Vivien lograba imaginar la escena con bastante detalle.

– ¿Y el FBI y la NSA qué dicen?

El capitán apoyó los codos en la mesa.

– Poco y nada. Sabes que los de la nobleza no se desmelenan con facilidad. Parece que siguen por su cuenta unas pistas de terrorismo islamista. Por ahora no hay muchas presiones de su parte, al menos esto es algo positivo.

Durante todo la conversación entre Bellew y Vivien, Russell se había quedado absorto, como siguiendo un hilo lógico personal.

En cierto momento intervino para hacerles partícipes de sus cavilaciones.

– Lo único que nos relaciona con la persona que ha puesto la bomba es Mitch Sparrow. Creo que no quedan dudas sobre que se trata del cadáver emparedado. También es cierto que el portadocumentos con las fotos no era suyo, es probable que lo haya perdido el que metió en el cemento al pobre tipo. O sea que en las fotos, la del gato y la sacada en Vietnam, está el retrato de su asesino. Yo creo que Sparrow descubrió lo que el otro estaba haciendo, y para que no hablara, ese hombre lo mató.

De parte de Bellew llegó una conclusión que era la consecuencia directa de lo que acababa de decir Russell.

– O sea que trabajaban para la misma empresa.

– Si lo hacían todo el tiempo o de vez en cuando no lo sé -dijo Russell-. Pero hay algo indiscutible: trabajaban en el mismo lugar cuando Sparrow fue asesinado.

Durante un momento Russell quedó absorto, como si quisiera reordenar las ideas. Vivien estaba maravillada con esa concentración.

– La persona que buscamos es el hijo del que ha puesto las minas, seguro. Tal vez el padre era un veterano de Vietnam, uno de esos que regresaron con la mente hecha papilla. La guerra transformó a muchos soldados. Algunos no perdieron la costumbre ni, sobre todo, el gusto de matar, y siguieron haciéndolo en la vida civil. Mi hermano lo comprobó muchas veces.

Vivien percibió que el fantasma de Robert Wade reaparecía en la voz de Russell, pero sin ansiedad. Lo observó y vio un rostro que conocía lo que era mirar varias realidades. Experimentó un pequeño brote de felicidad. Pero pronto las preocupaciones inmediatas se impusieron.

Russell siguió con su racional exposición de los hechos sin darse cuenta de lo que había sentido Vivien.

– Por desgracia, está claro que si quien escribió la carta y colocó las bombas tenía problemas mentales, su hijo los ha heredado multiplicados. Por el modo en que está escrito el mensaje me parece que nunca tuvo la ocasión de conocer a su padre, que se le presentó después de muerto. Me pregunto el porqué.

Russell se interrumpió, como si la respuesta a aquella pregunta fuese de vital importancia.

Como si quisiera conceder una pausa de reflexión a los presentes, el teléfono del capitán empezó a sonar. Bellew alargó la mano y se lo llevó a la oreja.

– Bellew.

Se quedó escuchando en silencio. Tanto Vivien como Russell vieron que apretaba los dientes. Cuando colgó, su expresión revelaba ganas de romper el teléfono.

– Era el jefe de los artificieros que han examinado las ruinas del Hudson. -Hizo una pausa y luego dijo lo que todos esperaban-: Ha sido él otra vez. El mismo explosivo, el mismo tipo de detonador.

Russell se puso de pie, como si después de esa confirmación tuviese necesidad de moverse.

– Se me ha ocurrido algo. No soy un experto pero él, para decidir poner en práctica lo que su padre sólo había proyectado, necesariamente debe de ser un psicópata social o algo parecido, con todas las implicaciones y características de este caso particular.

Se volvió hacia Bellew y Vivien.

– He leído que estas personas suelen tener un fuerte mecanismo de recarga de sus impulsos. Y, en consecuencia, un comportamiento repetitivo. La primera explosión se produjo la noche del sábado. La segunda en la noche del lunes, después de más o menos tres días. Si ese loco ha decidido un intervalo preciso entre explosiones, deberíamos tener tres días de plazo para atraparlo, antes de que decida actuar otra vez. Ni siquiera puedo pensar… -Dejó la frase en el aire, pero acabó por concluirla, logrando expresar en el tono y las palabras la gravedad de la situación-: Ni siquiera puedo pensar en qué ocurriría si hubiese una nueva explosión. Quizás en un edificio donde trabajan miles de hombres y mujeres. -Y finalmente añadió la peor de la hipótesis-: Eso si no decide volar todos los edificios a la vez.

El capitán lo miró como si todavía se preguntara quién era ese tipo y qué estaba haciendo en su despacho. Un civil que razonaba junto a ellos sobre temas que sólo concernían a la policía, si es que se atenían al reglamento. La situación creada era absurda a la vez que perfecta en su lógica y su encastre. Eran tres personas relacionadas con una investigación secreta cuyo contenido no debía ser divulgado y que ninguno de los tres tenía interés en divulgar.

Bellew se incorporó y se apoyó en el escritorio con los puños.

– Es prioritario poder colocarle un nombre a esas fotos. No podemos publicarlas con la leyenda «¿Alguien conoce a este hombre?». Si lo viese el hijo comprendería que estamos tras sus pasos y podría dejarse arrastrar por el pánico y, en consecuencia, provocar una cadena de explosiones, una tras otra.

Vivien se percató de que se estaban refiriendo a dos personas desconocidas llamándolas «el padre» y «el hijo». Irrisorios recuerdos de su infancia llegaron para subrayar la trágica paradoja de la situación.

En el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo…

La imagen de sí misma cuando era niña, en una iglesia que olía a incienso, fue de golpe suplantada por la de edificios en llamas y cuerpos transportados en ambulancias.

Llamaron a la puerta. Una persona se entreveía tras el vidrio esmerilado, Bellew la invitó a entrar. El detective Tyler entró en el despacho, traía una carpeta. No se había afeitado y tenía la pinta de quien ha pasado una noche en blanco. Cuando vio a Russell, una mueca de irritación apareció en su rostro, sólo un instante.

Ignoró tanto a Russell como a Vivien y se dirigió al capitán Bellew.

– Capitán, aquí tengo el resultado de lo que había pedido. -Su tono era el de una persona que ha estado haciendo un trabajo duro y fastidioso que no le será reconocido.

El capitán alargó la mano, abrió la carpeta y hojeó rápidamente el contenido. Habló sin levantar la vista de la hoja.

– Muy bien, Tyler. Puedes irte.

El detective abandonó la habitación dejando tras de sí una emanación de cigarrillos fumados con avidez y de mal humor. Bellew esperó a que se alejara de la puerta antes de informar a Vivien y Russell.

– He puesto a trabajar a varios grupos de tres hombres, explicándoles el mínimo indispensable. Esto es lo que tenemos. -Volvió a concentrar su atención en las hojas-. La casa que explotó en Long Island era propiedad de un militar, un tal comandante Mistnick. Parece que estuvo en Vietnam. Esto no significa nada, pero de todos modos lo tendremos en cuenta. La sociedad que la construyó era en efecto una pequeña empresa de Brooklyn, la Newborn Brothers. La empresa que construyó el edificio del Lower East Side se llama Pike's Peak Buildings. Y aquí hemos tenido suerte: hace mucho tiempo, la dirección confió sus datos a una empresa de informática. Todo está en archivos computerizados, o sea que se pueden consultar con rapidez. Incluso las cosas más antiguas.

– Sí que es una buena noticia -dijo Vivien.

– Y hay otra. -Pero no había júbilo en la voz del capitán-. Estamos investigando la compañía que reestructuró la avenida Doce y construyó la nave depósito en Hell's Kitchen, el que explotó anoche. Es un contrato municipal, por lo que la empresa tuvo que verse obligada a contratar trabajadores con las Unions. Los sindicatos están obligados a conservar los datos durante años. Usaremos el mismo procedimiento para la empresa que en su tiempo reestructuró el edificio de la calle Veintitrés, donde se encontró el cadáver. Si logramos reunir los nombres de quienes trabajaron en esas cuatro obras, podremos cotejarlos y ver si alguno coincide.

Bellew se atusó el cabello. Quizá creía que era demasiado viejo para la prueba de idoneidad a que lo sometía este caso.

– Es una pista muy endeble, pero es lo único que tenemos y debemos seguir. Pediré refuerzos y pondré a trabajar la mayor cantidad de hombres que pueda. Les diré que se trata de un código RFL.

Russell enarcó las cejas.

Vivien intervino para darle una explicación.

– Es un código no escrito que cada policía de Nueva York conoce. RFL es Run for Life. En nuestra jerga profesional define los casos en que lo básico es la velocidad de indagación.

Volvió a mirar a su jefe. Después de su leve flaqueza, Bellew volvía a ser el hombre decidido y capaz que Vivien conocía.

– Tú irás a hablar con los de la Newborn Brothers. Si era una pequeña empresa, con pocos obreros, quizás el contacto directo sea más productivo. A lo mejor alguno recuerda algo. Mientras bajas le diré a la operadora que busque el número. Lo encontrarás en el sitio de los agentes de plantón.

Vivien se puso de pie, contenta de hacerlo. Las palabras habían terminado. Había llegado el momento de trabajar sobre los hechos. Cuando salían del despacho oyeron que Bellew ya estaba al teléfono para conseguir lo prometido.

Accedieron a las escaleras que llevaban a la planta inferior. Russell caminaba delante, emitiendo un buen olor masculino y a colonia. Vivien recordó el roce de sus labios en el pliegue del brazo y de su mano en el pelo. Y también del relámpago deslumbrante y del trueno que de un solo golpe los había expulsado del momento íntimo que compartían.

Después de la deflagración se habían vestido deprisa, sin decir nada. Lo que ambos imaginaron había anulado de sus bocas y sus mentes cualquier cosa que estuviesen por decir. Habían ido a la sala para encender el televisor. Después de una espera de pocos minutos, la NY1 había interrumpido un programa para dar la noticia de la explosión. Ellos habían seguido frente al televisor, cambiando de un canal a otro, buscando noticias que se actualizaban cada pocos minutos. La magia anterior se había esfumado, perdida entre las llamas que mostraba la pantalla.

Un simple SMS fue todo lo que llegó de Bellew: «A las siete y media en mi oficina.»

No había nada más que decir. Tanto ella como el capitán sabían que en aquel momento no podían hacer nada, sólo esperar unas horas. La noche había terminado para Vivien y Russell y la claridad en las ventanas los había sorprendido sentados en el sofá, incómodos y enredados en sí mismos, cercanos pero sin tocarse, como si lo que estaban viendo pudiese salir de la pantalla y contaminarlos.

Ahora, el sentido de la responsabilidad se precipitó sobre Vivien con una punzada de ansiedad que le oprimió el pecho. De ella dependía la vida de muchas personas, de lo que pudiera hacer e hiciera durante las próximas horas. Era una persona entrenada, pero de repente se sintió demasiado joven e inexperta para soportar semejante peso. Sintió un leve mareo y vio el final de las escaleras como una tierra prometida.

Apenas uno de los uniformados la vio entrar en la sala de agentes, le entregó un papel.

– Aquí tiene, detective. Es un número de móvil, si es que le sirve. La persona se llama Chuck Newborn y está trabajando en unas grandes obras en el Madison Square Park.

Vivien agradeció la existencia del código RFL, gracias al cual todo viajaba a una velocidad inusual. También a la buena suerte, que la eximía de atravesar toda la ciudad para hablar con ese hombre.

Salieron de la comisaría en dirección al coche de Vivien. Subieron, cada uno perdido en sus pensamientos y en los del otro. Vivien encendió el motor y antes de mover el vehículo puso palabras a esos pensamientos.

– Russell, respecto a lo que pasó anoche…

– ¿Sí?

– Quería decirte que yo…

– Lo sé. Que no quieres complicaciones.

No era lo que ella pretendía decir. Pero las palabras de Russell y su tono distante la detuvieron en el umbral de una puerta que sólo podía atravesar si era invitada a ello.

– También está bien para mí -añadió él.

Se volvió para mirarlo, pero sólo se encontró con el cabello de Russell. Estaba absorto, mirando por la ventanilla. Cuando se volvió hacia ella, su voz había regresado a la obviedad del presente.

– Hay tráfico.

Vivien se guardó su respuesta porque había prioridades y urgencias.

– Ahora verás cómo ser policía sirve para algo.

Cogió la luz giratoria y la aplicó sobre el techo. El Volvo se apartó del bordillo y cogió velocidad con la luz y el sonido apremiante de la sirena, pasando entre la fila de coches que se apartaban para dejarle paso.

Llegaron al Madison Square Park subiendo hacia el este por la calle Veintitrés con una rapidez sorprendente para Russell.

– Tendrás que prestarme ese aparatito alguna vez.

El Russell que Vivien había visto la primera vez estaba de regreso. Irónico y distante, aislado a la vez que amistoso. Concluyó que la noche pasada junto a él había sido un error que no se repetiría.

– Cuando esta historia termine, haré que te regalen un coche de policía.

Enseguida vieron el lugar que buscaban. Sobre la izquierda, de cara al parque, había un edificio en construcción, no tan alto como para ser considerado rascacielos, pero con la suficiente cantidad de plantas como para infundir respeto. La agitación de grúas y el movimiento constante sobre los andamios de hombres con cascos de colores, transmitía el fervor por terminar los trabajos.

Russell echó un vistazo a los alrededores.

– Es un número recurrente. Como si todo estuviese destinado a suceder en esta calle.

– ¿Qué quieres decir?

Russell señaló un punto impreciso a sus espaldas.

– Estamos en la calle Veintitrés. El cuerpo de Sparrow fue encontrado a esta altura, sólo que hacia el este.

A Vivien le hubiera gustado decir que en su trabajo coincidencias como ésa se producían con más frecuencia que en las películas. Los caprichos del destino y lo previsibles que eran las personas eran la verdadera base de las investigaciones.

Aparcó el Volvo frente a las obras y se apearon. Un trabajador con casco amarillo se volvió hacia ellos para protestar.

– ¡Eh! No se puede aparcar aquí.

Vivien se acercó y le mostró la placa.

– Estoy buscando al señor Newborn. Chuck Newborn.

El hombre señaló una caseta prefabricada levantada sobre el lado izquierdo del edificio, casi debajo de una gran terraza voladiza en la tercera planta.

– Lo encontrará en la oficina.

Vivien guió a Russell hacia la precaria construcción pintada de blanco. La puerta estaba abierta. Subieron unos escalones y se encontraron en una habitación despojada, cuyo único mobiliario consistía en un escritorio y una silla a la derecha de la entrada. Dos hombres, ambos inclinados, estudiaban un plano desplegado sobre la mesa.

Uno de los dos advirtió su presencia y levantó la cabeza.

– ¿Puedo hacer algo por ustedes?

Vivien se acercó.

– ¿El señor Chuck Newborn?

– Sí, soy yo.

Era un hombre alto y corpulento, de poco más de cuarenta años, cabello ralo, ojos claros y las manos de alguien habituado a hacer trabajos pesados. Vestía un chaleco refractante de obrero sobre una cazadora tejana.

La detective se identificó mostrando la placa.

– Me llamo Vivien Light, del Distrito Trece. Éste es Russell Wade. ¿Podemos hablar un momento?

– Está bien.

– En privado -añadió Vivien.

Chuck Newborn se dirigió al otro hombre, un negro con aire perezoso.

– Tom, ve a controlar la colada de cemento.

Tom cogió su casco y salió de la oficina sin saludar. Vivien pensó que veía a ella y Russell como un estorbo en su jornada de trabajo. Newborn dobló el plano sobre la mesa y se quedó de pie, a la espera.

Vivien encaró el motivo de su presencia en la obra.

– ¿Hace mucho que trabaja para la Newborn Brothers?

– Desde que era un muchacho. Mi padre y mi tío crearon la empresa y yo empecé a trabajar con ellos a los dieciocho años. Mi primo se incorporó una vez que hubo terminado el college, y es el que se encarga de la administración. Los viejos se han retirado y ahora somos nosotros los que dirigimos la empresa.

– ¿Estaba usted presente cuando se construyó la casa del comandante Mistnick, en Long Island?

En el cerebro de Chuck Newborn debió de sonar una señal de alarma. No tuvo que hacer esfuerzos para buscar en la memoria aquella casa.

– Sí. Una historia desagradable. Al cabo de un año…

– La casa explotó.

El hombre mostró sus manos.

– Hubo una investigación, incluso intervino la policía, pero nos exoneraron de todo cargo.

– Lo sé, señor Newborn. No lo estoy acusando de nada. Sólo quiero hacerle algunas preguntas sobre aquel período.

Concedió a Newborn unos instantes para que se tranquilizara y prosiguió con voz serena.

– ¿Recuerda usted si un tal Mitch Sparrow trabajó en esa obra?

– El nombre me dice algo, pero no logro asociarlo con una cara.

Vivien le mostró la foto que le había dado Carmen Montesa. El recuerdo apareció en el rostro del hombre.

– Ah, él. Claro. Era un buen muchacho. Fanático de las motos pero buen trabajador.

– ¿Está seguro?

El hombre se encogió de hombros.

– En aquella época la Newborn Brothers no era lo que es hoy día. Sobre todo nos ocupábamos de pequeñas construcciones y reestructuraciones. No había muchos obreros. Era una época heroica y los recuerdos de momentos así se fijan en la memoria.

Pero no hizo ninguna alusión a la desaparición de ese obrero en aquella época. Vivien pensó que no lo sabía y por el momento prefirió no incluir un elemento nuevo en la conversación.

– ¿Recuerda si Sparrow tenía algún amigo, si se veía con algún colega?

– No; era un tipo tranquilo. Terminaba el trabajo y se iba a casa con su mujer y su hijo. No hablaba de otro tema.

– ¿Sucedió algo raro durante las obras? Que usted pueda recordar, ¿hubo algún episodio en especial o personas que le hayan llamado la atención?

– No, no me parece. -El hombre sonrió-. Aparte del «fantasma de las obras», claro.

– ¿Perdón?

– Había un tipo que tenía la cara, las manos y la cabeza desfiguradas por las cicatrices. Un verdadero monstruo. Parecían cicatrices de quemaduras.

Otras palabras afloraron a la mente de Russell y Vivien. Palabras escritas en una carta delirante destinada a prolongar su delirio. «Trotil y napalm, que para mi desgracia conocía demasiado bien…»

Newborn inclinó la cabeza y se miró las manos. Tal vez sentía vergüenza de lo que estaba por contar.

– Mi primo y yo, con la crueldad de los chicos, le pusimos el mote de «fantasma de las obras», inspirados en El fantasma de la Ópera.

– ¿Recuerda cómo se llamaba?

– No.

– ¿No tienen copias de los pagos a los trabajadores?

– Han pasado casi veinte años. No solemos conservar la documentación tanto tiempo.

Vivien utilizó el tono más tranquilizador que encontró dentro de sí.

– Señor Newborn, no soy un inspector de Hacienda. Estoy aquí por un asunto de suma importancia. Cualquier detalle, aun el más insignificante, puede ser esencial para nosotros.

Chuck Newborn cedió.

– En aquella época, para mitigar los costes, contratábamos trabajadores en negro. Hoy eso ya no sería posible porque tenemos un volumen de negocios que lo desaconseja, incluso no consienten ciertos subterfugios. Pero por entonces estábamos obligados a hacerlo si queríamos sobrevivir. A aquella gente se le pagaba en mano, sin demasiados papeles.

– ¿Recuerda más detalles sobre ese tipo?

– Mi padre habló de él una noche, durante la cena. Se había presentado pidiendo una paga que tanto a él como a mi tío les pareció correcta. Además, había demostrado ser muy bueno en su oficio. Mientras hablaban, frente a las obras, el hombre calculó, a ojo y en un instante, la cantidad de hierro y cemento que se necesitaban para los cimientos.

– ¿No volvió a trabajar con ustedes?

– No. Se fue apenas terminamos los trabajos en la casa Mistnick.

Vivien decidió no ser demasiado agobiante con la preguntas y concedió unos instantes de pausa a su interlocutor. A medida que avanzaba la conversación, el hombre parecía más preocupado.

– Y sobre el accidente, ¿qué puede decirme?

– Una noche la casa explotó. Murieron el comandante y toda su familia. Para ser más preciso, fue una especie de implosión: la casa se vino abajo sobre sí misma de un modo perfecto, sin provocar casi daños en el entorno.

Vivien miró a Russell. Los dos habían pensado lo mismo. Aquel tipo había demostrado una idéntica y diabólica habilidad en el cálculo de la cantidad de explosivo necesario para sus fines, la misma que tenía para calcular hierro y cemento.

– ¿No hablaron ustedes de ese hombre con la policía?

Un sentimiento de culpa irrumpió como una sombra en el rostro de Chuck Newborn.

– Me temo que no.

Los motivos eran evidentes, acababa de exponerlos con claridad. Hablarlo habría significado ponerse en manos del fisco, con las inevitables consecuencias. Vivien sintió que un ramalazo de ira la invadía como el soplo de un viento caliente.

– ¿Y no pensaron en que el comportamiento de ese individuo podía ser sospechoso, dadas las circunstancias?

Newborn agachó la cabeza, sin encontrar una explicación plausible para ofrecerles, la razón de esa ley del silencio de la que acababa de ser acusado.

Vivien suspiró. Tal como había hecho con Carmen Montesa, sacó una tarjeta, escribió su número de móvil y se la dio al hombre.

– Por ahora es todo. Le dejo mis números de teléfono. Si recordase algo más llámeme, no importa la hora.

El hombre cogió la tarjeta y se quedó mirándola, como si temiese encontrarse con una orden de detención.

– Lo haré, por supuesto.

– Hasta pronto, señor Newborn.

Newborn los despidió con un saludo casi inaudible. Se dirigieron a la puerta y salieron.

Ninguno de los dos tenía la certeza absoluta, pero en ambos cobraba forma la certeza de que el hombre de la cara quemada, el «fantasma de las obras», era la persona que buscaban. Bajaron los escalones y se dirigieron al coche, dejando a uno de los socios de la Newborn Brothers con la sensación de estar manchado por una grave culpa, aun sin saber de qué culpa se trataba. La explicación sería muy fácil, de haberla podido formular. Pero no sería tan fácil de aceptar.

Si en aquellos tiempos la Newborn Brothers no hubiese economizado en costes, aquel hombre habría sido capturado y, años más tarde, quizá se hubiesen podido ahorrar decenas de víctimas.

26

Russell y Vivien estaban otra vez en la calle.

El cielo se había vuelto azul y la ciudad había encajado la nueva afrenta de la noche precedente, escondiéndola entre el tráfico y mostrando el aspecto de estar en un día como otros. Ante sus ojos, el Madison Square Park tenía el mismo aspecto que en cualquier otro día radiante en esa estación. Jubilados que buscaban el sol junto a perros que buscaban plantas. Madres con niños demasiado pequeños como para ir a la escuela y adolescentes demasiado vagos como para tener ganas de asistir a clase. En el centro, un mimo maquillado como la estatua de la libertad esperaba inmóvil a que alguien arrojara una moneda en el recipiente que tenía en el suelo, para gratificarlo con un par de movimientos. Mientras contemplaba esa escena cotidiana, Vivien tuvo la sensación de que una de las personas que la componían se volvía hacia ella y le mostraba un rostro desfigurado por las cicatrices.

Paró a Russell, que se estaba acercando al coche.

– ¿Tienes hambre?