/ Language: Español / Genre:sf_fantasy / Series: El Libro del Sol Nuevo

La sombra del Torturador

Gene Wolfe

En un futuro tan distante que se parece al remoto pasado, el joven Severian estudia en la Ciudadela —de metal gris, refractario— los misterios del gremio de los torturadores, que han jurado torturar cuando el Autarca ordene torturar, o matar cuando él ordene matar. Pero con la llegada de Thecla, una hermosa e inteligente mujer cuyas indiscreciones le han hecho perder su puesto de concubina en la Casa Absoluta, Severian desobedece las reglas, y la vida cambia para él. Espera ser ejecutado, pero en cambio es enviado a trabajar como simple verdugo en las vastas tierras de Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas. En el momento de la partida el maestro Palaemon le entrega la antigua espada de verdugo, Tenninus Est. Así armado, parte hacia las distantes puertas de la Ciudad, y encuentra en el camino a los gemelos Agia y Agiltis, que lo empujan a combatir en el Campo Sanguinario; a la troupe teatral del doctor Talos; a Calveros, un gigante monstruoso; a la encantadora Jolenta, y a Dorcas, una joven enigmática que aparece en la costa del Lago de los Pájaros, donde yacen los muertos. A manos de Severian pasa también una joya misteriosa, la Garra del Conciliador, cuyos poderes podrían llevarlo nada menos que al trono de la Casa Absoluta. Pero primero tendrá que viajar hacia el norte, hasta las puertas de la Ciudad Imperecedera.

Gene Wolfe

La sombra del Torturador

Mil edades ante tu mirada
son como una tarde que termina;
breves como la vigilia que acaba la noche
antes de que el sol se eleve.

I — Resurrección y muerte

Es posible que yo ya tuviera entonces cierto presentimiento de mi futuro.

El portal cerrado y herrumbrado que se levantaba ante nosotros con hilos de niebla ribereña enhebrando las puntas de hierro como senderos de montaña, ha quedado ahora en mi memoria como el símbolo de mi exilio. Ésa es la razón por la que he empezado a escribir esta crónica describiendo el portal, y cómo luego tuvimos que echarnos al agua, y como yo, Severian, aprendiz de torturador, estuve a punto de morir ahogado.

—El guardián se ha ido. —Así le habló mi amigo Roche a Drotte, que ya se había dado cuenta.

Dudando, el muchacho Eata sugirió que diéramos un rodeo. Levantó el delgado brazo pecoso y señaló los mil pasos de muralla que se extendían entre las casas bajas y ascendían por la loma hasta que finalmente se unían a los muros altos de la Ciudadela. Era un camino que yo tomaría, mucho más tarde.

—¿E intentar atravesar la barbacana sin salvoconducto? Llamarían al maestro Gurloes.

—Pero ¿por qué se iría el guardián?

—No interesa. —Drotte sacudió el portal.— Eata, ve si puedes escurrirte entre las barras.

Drotte era nuestro capitán, y Eata introdujo un brazo y una pierna entre las estacadas de hierro, pero pronto fue evidente que el cuerpo no podría seguirlos.

—Alguien se acerca —susurró Roche. Drotte tiró bruscamente de Eata.

Miré calle abajo. Una luz de linternas se mecía en la niebla entre un ruido de voces y pasos apagados. Yo habría querido esconderme, pero Roche me detuvo diciendo: — Espera, veo picas.

—¿Crees que es el guardián que vuelve?

—Son muchos —comentó sacudiendo la cabeza.

—Una docena de hombres cuando menos —dijo Drotte.

Todavía mojados por el Gyoll, aguardamos. En los recodos de mi mente aún estábamos allí, temblando de pies a cabeza. Así como todo lo supuestamente imperecedero tiende a su propia destrucción, los instantes que en un momento nos parecen más fugaces se recrean a sí mismos…, no sólo en mi memoria (que en última instancia no pierde nada) sino también en mi corazón palpitante y en mis cabellos erizados, que se renuevan una y otra vez, así como nuestra comunidad se reconstituye cada mañana con las agudas notas de sus propios clarines.

Los hombres no tenían armadura, como no tardé en ver a la pálida luz amarilla de las linternas; pero traían lanzas, como había dicho Drotte, y garrotes y machetes. El jefe llevaba un largo cuchillo de doble filo sujeto a la cintura. Lo que más me interesó fue la llave maciza que le colgaba del cuello sujeta a una cuerda; parecía que pudiera encajar en la cerradura del portal.

El pequeño Eata se movía nervioso y el jefe nos vio y alzó la linterna sobre su cabeza.

—Estamos esperando para entrar, señor —exclamó Drotte. Era el más alto de los dos, pero tenía una expresión humilde y respetuosa en el rostro oscuro.

—No hasta que amanezca —dijo el jefe con brusquedad—. Vosotros, los jóvenes, será mejor que os vayáis a casa.

—Señor, se suponía que el guardián nos dejaría entrar, pero no está aquí.

—No entraréis esta noche. —El jefe llevó la mano a la empuñadura del cuchillo antes de dar un paso adelante. Por un instante tuve miedo de que supiera quiénes éramos.

Drotte se alejó y los demás nos quedamos detrás.

—¿Quiénes sois, señor? No parecéis soldados.

—Somos los voluntarios —dijo uno de los otros—. Venimos a proteger a nuestros muertos.

—Entonces podéis dejarnos entrar.

El jefe se había vuelto de espaldas.

—No dejamos entrar a nadie, salvo a nosotros mismos. —La llave chirrió en la cerradura y el portal crujió. Antes que nadie pudiera detenerlo, Eata se precipitó hacia delante y cruzó el portal. Alguien echó una maldición, y el jefe y otros dos más se lanzaron detrás a toda carrera, pero el muchacho era demasiado rápido para ellos. Vimos cómo el pelo rojizo y la camisa de retazos zigzagueaban entre las tumbas hundidas de los pobres para luego desaparecer entre la espesura de estatuas, algo más arriba. Drotte intentó seguirlo, pero dos hombres lo tomaron por los brazos.

—Tenemos que encontrarlo —dijo Drotte—. No os robaremos vuestros muertos.

—¿Por qué queréis entrar entonces? —preguntó uno de los voluntarios.

—Para recoger hierbas —respondió Drotte—. Somos ayudantes de médicos. ¿No queréis que los enfermos curen?

El voluntario se quedó mirándolo. El hombre de la llave había dejado caer la linterna cuando echaba a correr tras Eata, y sólo quedaban dos. A la débil luz de estas linternas el voluntario parecía estúpido e inocente; supongo que sería un trabajador de alguna clase.

Drotte continuó: —Tiene que saber que para que ciertos simples alcancen un máximo de eficacia, es preciso arrancarlos del polvo de las tumbas a la luz de la luna. Pronto llegará el hielo y lo matará todo; y nuestros amos necesitan abastecerse para el invierno.

Los tres dispusieron que entráramos esta noche, y el padre de ese muchacho me lo cedió para que me ayudara.

—No tienes nada donde guardar los simples.

Todavía sigo admirando a Drotte por lo que hizo después. Dijo: —Tenemos que atarlos en haces para que se sequen —y sin la menor vacilación, sacó del bolsillo un trozo de cordel común.

—Ya entiendo —dijo el voluntario. Era evidente que no entendía. Roche y yo nos acercamos al portal.

Drotte en cambio dio un paso atrás.

—Si no nos dejáis recoger las hierbas, mejor nos vamos. No creo que ahora podamos encontrar al muchacho ahí dentro.

—No, no os vais. Tenemos que sacarlo.

—Está bien —dijo Drotte de mala gana, y entró por el portal con los voluntarios tras él. Ciertos místicos aseveran que el mundo real ha sido construido por la mente humana, puesto que las categorías artificiales en las que incluimos cosas en esencia indiferenciadas, cosas más débiles que las palabras con las que las designamos, gobiernan nuestras distintas modalidades. Entendí el principio intuitivamente esa noche cuando oí que el último voluntario cerraba el portal detrás de nosotros.

Un hombre que no había hablado antes, dijo: —Iré a vigilar junto a mi madre. Hemos perdido demasiado tiempo. Ya podrían habérsela llevado a una legua de distancia.

Varios de los demás musitaron su asentimiento, y el grupo empezó a dispersarse, moviéndose una linterna hacia la izquierda y la otra hacia la derecha. Nosotros ascendimos por el sendero central (el que tomábamos siempre al volver a la sección derrumbada del muro de la ciudadela) con el resto de los voluntarios.

Es mi naturaleza, mi alegría y mi maldición, no olvidar nada. Cualquier chirrido de cadenas, cualquier susurro del viento, cualquier visión, olor o sabor, permanecen inalterados en mi mente, y aunque sé que no es así para todos, no me imagino qué puede significar ser de otra manera. Los pocos pasos que dimos por el sendero blanqueado se me presentan de nuevo ahora; hacía frío, cada vez más; no teníamos luz, y la niebla había empezado a levantarse espesa desde el Gyoll. Unos pocos pájaros habían anidado en los pinos y cipreses, y revoloteaban inquietos de un árbol a otro. Recuerdo la sensación de mis manos mientras me frotaba los brazos, la linterna que se balanceaba entre las plantas a cierta distancia, la niebla que me quitaba de la camisa el olor a agua de río, y la acritud de la tierra recién removida. Casi había muerto esa vez, ahogado entre las raíces entrelazadas; la noche iba a señalar el comienzo de mi virilidad.

Hubo un disparo, algo que yo jamás había visto antes, una centella de energía violeta abriéndose paso en la oscuridad como una cuña y terminando en un ruido atronador. En algún sitio un monumento se derrumbó con estrépito. Luego un silencio, en el que todo lo que me rodeaba pareció disolverse. Echamos a correr. A lo lejos unos hombres gritaban. Oí un ruido de acero sobre piedra, como si algo hubiera golpeado una de las lápidas de las tumbas con un badelaire. Me precipité por un sendero que me era (o al menos así me pareció entonces) completamente desconocido, una cinta cubierta de huesos rotos del ancho de dos hombres, que descendía serpenteando hasta un pequeño valle. En medio de la niebla no me era posible ver nada, salvo el bulto de los monumentos recordatorios que se levantaban a un lado y a otro. Luego, tan repentinamente como si alguien lo hubiera quitado de un tirón, el sendero ya no estaba bajo mis pies… quizás yo había pasado por alto alguna curva. Giré para esquivar un oblesque que pareció alzarse delante de mí y embestí violentamente a un hombre de chaqueta negra.

Era sólido como un árbol; el impacto me hizo perder el equilibrio y me dejó sin aliento. Oí que el hombre mascullaba unas maldiciones, y luego un sonido susurrado de no sé qué tipo de arma. Otra voz exclamó: —¿Qué fue eso?

—Alguien me atropello. Desapareció, quienquiera que fuese.

Yo permanecí tendido y en silencio.

—Encended la lámpara —dijo una mujer con una voz que era como el arrullo de una paloma, pero en un tono perentorio.

El hombre con que había chocado, respondió: —Se precipitarían sobre nosotros como una jauría de perros salvajes, señora.

—Pronto lo harán de cualquier modo… Vodalus disparó. Tienen que haberlo oído.

—Lo más probable es que los mantenga alejados.

En un tono que no reconocí como exultante porque yo era demasiado inexperto, el hombre que había hablado primero replicó: —Ojalá no la hubiera traído. No la hubiéramos necesitado contra esta clase de gente.

Estaba mucho más cerca ahora, y en un instante pude verlo a través de la niebla, muy alto, esbelto y sin sombrero, junto al hombre más corpulento con el que yo chocara. Embozada de negro, una tercera figura era, aparentemente, la mujer. Al perder el aliento, yo había perdido también la fuerza de mis piernas y brazos, pero me las compuse para rodar sobre mí mismo y ocultarme tras la base de una estatua, y una vez seguro allí, espié otra vez.

Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad. Pude distinguir la cara en forma de corazón de la mujer, y advertí que era casi tan alta como el hombre esbelto que ella había llamado Vodalus. El hombre corpulento había desaparecido como agua vertida en un pozo, pero le oí decir muy cerca de mí: —Más cuerda. —Entonces vi algo oscuro (tiene que haber sido la copa del sombrero) que se acercaba a los pies del otro hombre, y comprendí que eso era casi precisamente lo que le había sucedido… Había un boquete allí, y el hombre estaba dentro.

La mujer preguntó: —¿Cómo se encuentra?

—Fresca como una rosa, señora. Apenas hiede y no hay por qué preocuparse. —Con una agilidad que me sorprendió, abandonó el boquete de un salto. —Ahora deme un extremo y yo tomaré el otro, señor, y la sacaremos como una zanahoria.

La mujer dijo algo que no pude oír, y el hombre esbelto replicó: —No tenías por qué venir, Thea. ¿Qué pensarían los demás si yo eludiera todos los riesgos? —Él y el hombre corpulento jadeaban mientras tiraban de la cuerda. De pronto vi que algo blanco aparecía debajo de ellos. Se inclinaron para levantarlo. Como si un amschaspand los hubiera rozado con una varilla radiante, la niebla giró y se apartó dejando caer un rayo verde de luna. Habían sacado el cadáver de una mujer. Los cabellos, que habían sido oscuros, estaban ahora desordenados alrededor de la cara lívida; tenía puesta una túnica larga de color pálido.

—Ya ven —explicó el hombre corpulento—, como le dije antes, señor, señora, en diecinueve veces de cada veinte no hay ningún riesgo. Sólo tenemos que llevarla fuera de la muralla.

El hombre calló y oí que alguien gritaba. Tres de los voluntarios bajaban por el sendero del borde del valle.

—Manténgalos apartados, señor —gruñó el hombre corpulento echándose el cadáver al hombro—. Yo me haré cargo y llevaré a la señora a lugar seguro.

—Tómala —replicó Vodalus. La pistola que le alcanzó reflejó la luz de la luna como un espejo.

El hombre corpulento la miró asombrado.

—Nunca he usado ninguna, señor…

—Tómala, puede que la necesites. —Vodalus se agachó, y se levantó sosteniendo lo que parecía un bastón oscuro. Hubo un golpeteo de metal sobre madera, y en el lugar del bastón, una hoja estrecha y brillante. —¡Guardaos! —exclamó.

Como si una paloma hubiera comandado de pronto un arctótero, la mujer tomó la pistola brillante de manos del hombre corpulento, y juntos retrocedieron en la niebla.

Los tres voluntarios habían vacilado. Uno de ellos se apartó hacia la derecha y otro hacia la izquierda para atacar desde tres lados. El hombre del centro (todavía en el sendero blanco de huesos rotos) sostenía una pica, y uno de los otros un hacha.

El tercero era el conductor con el que había hablado Drotte fuera del portal.

—¿Quién es usted? —le preguntó a Vodalus—. ¿Y qué poder del Erebus le da derecho a venir aquí y hacer algo semejante?

Vodalus no contestó, pero la punta de su espada miraba a uno por uno, como un ojo.

El conductor dijo con un rechinar de dientes: —Todos juntos ahora y lo tenemos. — Pero avanzaron titubeando, y antes de que lo cercaran, Vodalus saltó hacia delante. Vi que la hoja relampagueaba en la penumbra y oí que chirriaba contra la cabeza de la pica, un resbalón metálico, como si una serpiente de acero se deslizara por un leño de hierro. El hombre que esgrimía la pica chilló y retrocedió de un salto; Vodalus también saltó hacia atrás (creo que temiendo que los otros dos lo atacaran por la espalda), pareció que perdía el equilibrio, y cayó.

Todo esto ocurrió en la oscuridad y la niebla. Yo lo vi, aunque los hombres eran apenas unas sombras circundantes, como lo había sido la mujer con cara de corazón. Pero algo me conmovía. Quizá fuera la decisión de Vodalus, dispuesto a morir para protegerla, lo que hacía que la mujer fuese tan preciosa para mí; al menos eso fue lo que encendió mi admiración por Vodalus. Muchas veces desde entonces, cuando me he encontrado sobre una estremecida plataforma de la plaza de alguna ciudad mercantil con Términus Est en reposo ante mí y algún miserable vagabundo arrodillado a mis pies, cuando he escuchado en siseantes susurros el odio de la multitud, y he sentido lo que es mucho más difícil de aceptar, la admiración de los que experimentan una sucia alegría en el dolor y la muerte de los otros, he recordado a Vodalus junto a la tumba, y he levantado mi propia hoja, creyendo a medias que cuando la hoja cayera yo estaría luchando por él.

Perdió el equilibrio, como dije. En ese instante creo que mi vida entera osciló en la balanza junto con la suya.

Los voluntarios de los flancos se le echaron encima, pero él había conservado el arma. Vi relampaguear la hoja brillante, aunque su dueño estaba todavía en tierra. Recuerdo haber pensado qué maravilloso hubiera sido tener una espada semejante el día en que Drotte fuera designado capitán de aprendices, e identificarme de esa forma con Vodalus.

El hachero, contra el que Vodalus había lanzado el golpe, se echó hacia atrás; el otro avanzó con un largo cuchillo. Yo estaba de pie entonces observando la lucha por sobre el hombro de un ángel de calcedonia, y vi que el cuchillo bajaba, erraba por un pelo a Vodalus, que rodó de lado, y se hundía hasta la empuñadura en la tierra. Vodalus atacó luego al conductor, pero estaba muy cerca y la hoja era demasiado larga. El conductor, en lugar de apartarse, soltó el arma y aferró a Vodalus como un luchador. Se encontraban al borde mismo de la tumba… supongo que Vodalus había tropezado con los terrones excavados fuera.

El segundo voluntario levantó el hacha y titubeó. El conductor era el que estaba más cerca: trazó un círculo para asestar un golpe certero hasta que estuvo a menos de un paso de donde yo me escondía. Mientras así preparaba el terreno, vi que Vodalus arrancaba el cuchillo clavado en la tierra y lo volvía hacia la garganta del conductor. El hacha se alzó para asestar el golpe; agarré el mango justo por debajo de la cabeza casi sin darme cuenta, y me encontré en seguida en la lucha, pateando, y después golpeando.

Súbitamente, todo había terminado. El voluntario cuya arma ensangrentada yo sostenía, había muerto. El conductor de los voluntarios se retorcía a nuestros pies. El hombre de la pica había desaparecido; la pica estaba tirada en el sendero. Vodalus recuperó una banda negra caída en la hierba y envainó en ella la espada.

—¿Quién eres?

—Severian. Soy un torturador. O, mejor dicho, soy un aprendiz de torturador, señor. De la Orden de los Buscadores de la Verdad y la Penitencia. —Tomé aliento.— Soy un Vodalarius. Uno de los miles de Vodalarii de cuya existencia no sabe usted nada. —Era una palabra que yo mismo apenas había escuchado.

—Ten. —Puso algo en la palma de mi mano: una pequeña moneda tan pulida que parecía engrasada. Me quedé apretándola junto a la tumba abierta y miré cómo el hombre se iba. La niebla lo devoró mucho antes de que llegara al borde, y unos instantes después un volador afilado como un dardo chilló en el aire.

El cuchillo, de algún modo, había caído del cuello del hombre muerto. Quizá él mismo se lo había quitado en la agonía. Cuando me incliné a recogerlo, descubrí que aún tenía la moneda en la mano. Me la metí en el bolsillo.

Creemos que inventamos los símbolos, pero en realidad ellos son los que nos inventan a nosotros; somos sus criaturas, conformados por sus contornos duros y definidos. Cuando los soldados juran, se les da una moneda, un asimi sellado con el perfil del Autarca. Aceptar esa moneda es aceptar los deberes y los trabajos especiales de la vida militar; desde ese momento son soldados, aunque no sepan nada del manejo de las armas. Yo sabía eso por entonces, pero es un profundo error creer que hay que saber esas cosas para que ellas influyan en nosotros; creerlo en verdad es creer en la más ínfima y supersticiosa especie de magia. Sólo el pretendido hechicero tiene fe en la eficacia del puro conocimiento; cualquiera que razone un poco sabe que las cosas actúan por sí mismas o no actúan en absoluto.

Así, pues, yo nada sabía, cuando dejé caer la moneda en mi bolsillo, de los dogmas del movimiento que conducía Vodalus, pero pronto los aprendí todos, porque estaban en el aire. Junto con él odié la Autarquía, aunque no tenía idea de qué podría reemplazarla. Junto con él desprecié a los exultantes que no se levantaban contra el Autarca y le cedían las hijas más bellas en concubinato ceremonial. Junto con él detesté a la gente por su falta de disciplina y de un objetivo común. De los valores que el maestro Malrubius (que fuera maestro de aprendices cuando yo era muchacho) había intentado enseñarme, y que el maestro Palaemon todavía intentaba inculcar, sólo acepté uno: lealtad al gremio. En esto no me equivocaba; era, tal como me había parecido, perfectamente factible servir a Vodalus y seguir siendo torturador. Fue de este modo que emprendí la larga jornada por la que fui retrocediendo hacia el trono.

II — Severian

La memoria me oprime. Habiendo sido criado entre los torturadores, nunca conocí a mis padres. Mis hermanos aprendices tampoco conocían a los suyos. A veces, pero sobre todo cuando el invierno se acerca, unos pobres desdichados vienen a suplicar a la Puerta del Cadáver, con la esperanza de ser admitidos en nuestro antiguo gremio. A menudo entretienen al hermano portero narrándole los tormentos que están dispuestos a infligir en pago de abrigo y comida; a veces traen animales como muestra de lo que hacen.

Se los rechaza a todos. Las tradiciones de nuestros días de gloria, anteriores a la degeneración actual, y a la anterior, y aun a la más anterior, una edad cuyo nombre apenas recuerdan hoy los eruditos, prohíben el reclutamiento de esa gente. Aun en el tiempo del que escribo, cuando el gremio había quedado reducido a dos maestros y menos de una veintena de oficiales, se respetaban esas tradiciones.

Desde niño lo recuerdo todo. Lo primero es haber apilado piedras en el Patio Viejo. Se encuentra al sur y al este del Torreón de las Brujas, y está separado del Patio Grande. El muro que nuestro gremio tenía que ayudar a defender estaba en ruinas ya entonces, con una gran abertura entre la Torre Roja y la del Oso, por cuyas derrumbadas placas de metal refractario solía yo trepar para mirar desde lo alto la necrópolis que desciende por ese lado de la colina.

Cuando fui mayor, la necrópolis se convirtió en mi campo de juegos. Los senderos serpenteantes eran patrullados durante las horas del día, pero los centinelas se interesaban mucho más en las tumbas recientes del terreno más bajo, y sabiendo que éramos torturadores, rara vez se atrevían a expulsarnos de nuestros escondites en los bosquecillos de cipreses.

Se dice que nuestra necrópolis es la más antigua de Nessus. Eso es por cierto falso, pero el error mismo es testimonio de verdadera antigüedad, aunque los autarcas no eran sepultados allí, ni siquiera cuando la Ciudadela era una fortaleza, y las grandes familias — entonces como ahora— preferían disponer de sus muertos de largos miembros en bóvedas privadas. Pero los armígeros y los optimates de la ciudad preferían las cuestas más elevadas, cerca del muro de la Ciudadela; y los comunes, más pobres, yacían debajo hasta los últimos extremos de las tierras llanas, apretados contra las viviendas que llegaron a bordear el Gyoll, cuyas orillas ocupaban los alfareros. De niño rara vez iba solo hasta tan lejos; ni siquiera recorría la mitad del camino.

Éramos siempre tres: Drotte, Roche y yo. Más tarde intervino Eata, el mayor de los demás aprendices. Ninguno de nosotros había nacido entre los torturadores, pues nadie nace entre ellos. Se dice que en tiempos antiguos había en el gremio hombres y mujeres, y que tenían hijos e hijas que eran iniciados en los misterios, como se hace ahora entre los fabricantes de lámparas y los herreros y muchos otros. Pero Ymar el Casi Justo, al observar lo crueles que eran las mujeres, y cuan a menudo se excedían en los castigos que él había decretado, ordenó que ya no hubiera mujeres entre los torturadores.

Desde entonces nuestro número se mantiene sólo con los hijos de los que caen en nuestras manos. En nuestra Torre Matachina una cierta barra sale de un tabique a la altura de la ingle de un hombre. Los niños bastante pequeños como para mantenerse erguidos debajo de ella, son criados como propios; y cuando nos envían una mujer encinta, la abrimos, y si el bebé respira, y si se trata de un niño, contratamos una nodriza. Así ha sido desde los tiempos de Ymar, y esos días se han perdido en el olvido hace ya centenares de años.

De modo que ninguno de nosotros conoce a sus ancestros. Cualquiera de nosotros hubiera elegido un exultante, si pudiera, y es un hecho que nos entregan a muchas personas de alto linaje. Cuando éramos niños cada cual hacía sus conjeturas, e intentaba interrogar a los hermanos mayores entre los oficiales, aunque éstos se encerraban en su propia amargura y decían poco. En el año de que hablo, Eata, que se creía descendiente de esa familia, dibujó en el techo y sobre su camastro las armas de uno de los grandes clanes del Norte.

Yo, por mi parte, había adoptado como propio el emblema grabado en bronce sobre la entrada de cierto mausoleo. Era una fuente que se levantaba sobre las aguas con una nave volant, y debajo una rosa. La puerta había sido arrancada hacía mucho; en el suelo había dos ataúdes vacíos. Tres más, demasiado pesados para que yo pudiera moverlos y todavía intactos, aguardaban en los salientes a lo largo de una pared. Ni los ataúdes cerrados ni los abiertos eran el atractivo del lugar, aunque a veces yo me echaba a descansar en lo que quedaba del relleno de estos últimos. Lo que quizá más me atraía era la pequeñez del recinto, las gruesas paredes de mampostería y la estrecha y única ventana enrejada, junto con la puerta falsa (macizamente pesada) que estaba siempre abierta.

A través de la ventana y la puerta podía mirar sin ser visto toda la brillante vida de los árboles y los arbustos y la hierba de fuera. Los jilgueros y los conejos que huían tan pronto como yo me aproximaba, no podían oírme ni olfatearme cuando yo estaba allí. Observé cómo el cuervo hacía su nido, y después alimentaba a sus polluelos a dos codos de mi cara. Vi al zorro que pasaba trotando con el rabo alzado; y una vez aquel zorro gigante, casi mayor que los más grandes sabuesos y que los hombres llaman lobo melenudo, pasó de prisa al atardecer empeñado en vaya uno a saber qué cometido desde las zonas arruinadas del sur. El cara-cara maldijo a las víboras por mí y el halcón remontó vuelo desde la cima de un pino.

Basta un momento para describir estas cosas que observé durante tanto tiempo. Las décadas de un saros no me bastarían si intentara descubrir todo lo que significaron para el pequeño aprendiz andrajoso que yo era entonces. Dos pensamientos (que eran casi sueños) me obsesionaban, lo que los volvía infinitamente preciosos. El primero era que en un tiempo no muy distante, el tiempo mismo se detendría… los días coloridos que se habían prolongado a lo largo de tantos años como las cadenas de pañuelos de un prestidigitador, acabarían para siempre, el torvo ojo del sol se cerraría al fin. El segundo era que había en algún sitio una luz milagrosa —que a veces yo imaginaba como una vela y otras como una antorcha— que daba vida al objeto iluminado, de modo que la hoja arrancada de un arbusto desarrollaba patas esbeltas y antenas temblorosas, y un tosco pincel pardo abría unos ojos negros y se escurría subiendo a un árbol.

Sin embargo, a veces, sobre todo durante las horas somnolientas de alrededor del mediodía, había poco que observar. Entonces me volvía otra vez hacia el blasón y me preguntaba qué tendrían que ver conmigo un barco, una rosa y una fuente, y miraba fijamente el bronce funerario que yo había encontrado, limpio y guardado en un rincón. El muerto yacía cuan largo era, y tenía cerrados los ojos, de pesados párpados. A la luz que atravesaba el ventanuco le miré la cara y pensé en la mía, que se reflejaba en el metal pulido. Mi nariz recta, mis ojos profundamente encajados en las órbitas, y mis mejillas hundidas se parecían mucho a los de él, y deseaba saber si también sus cabellos habían sido oscuros como los míos.

En invierno rara vez iba a la necrópolis, pero en verano ese violado mausoleo y otros semejantes me procuraban sitios de observación y sereno reposo. Drotte, Roche y Eata también venían, pero nunca los guié hasta mi refugio favorito, y ellos, lo sabía, tenían lugares secretos propios. Cuando estábamos juntos rara vez nos escurríamos dentro de una tumba. En cambio hacíamos espadas con ramas y librábamos continuas batallas o arrojábamos pinas a los soldados o dibujábamos tableros sobre la tierra de las tumbas recientes y jugábamos a las damas con piedras, cuerdas, caracoles y candilejas.

También nos divertíamos en el laberinto que era la Ciudadela y nadábamos en la gran cisterna bajo el Torreón de la Campana. El lugar era frío y húmedo, inclusive en el verano, bajo el techo abovedado junto al estanque circular de aguas infinitamente profundas y oscuras. Pero apenas era peor en invierno, y tenía la suprema ventaja de ser un lugar prohibido, de modo que nos deslizábamos hasta allí en secreto, cuando se suponía que estábamos en alguna otra parte, y no encendíamos las antorchas hasta después de haber cerrado detrás de nosotros la compuerta enrejada. Entonces, cuando las llamas subían desde el alquitrán ardiente, ¡cómo bailaban nuestras sombras sobre esos fríos muros!

Como ya dije, el otro lugar donde nadábamos era el Gyoll, que atraviesa Nessus como una gran serpiente fatigada. Cuando llegaba el tiempo cálido, íbamos juntos hasta allí a través de la necrópolis: primero dejábamos atrás los viejos sepulcros consagrados que estaban más cerca del muro de la Ciudadela, luego marchábamos entre las jactanciosas casas mortuorias de los optimates, después atravesábamos la selva de piedra de los monumentos comunes (tratábamos de parecer muy respetables cuando teníamos que pasar junto a los guardias corpulentos apoyados sobre sus pértigas). Y por fin cruzábamos la llanura donde había montículos desnudos que señalaban la inhumación de los pobres, montículos que se convertían en charcas después de la primera lluvia.

En el margen más bajo de la necrópolis se levantaba el portal de hierro que ya he descrito. A través de él se transportaban los cuerpos destinados a los yacimientos del alfarero. Cuando dejábamos atrás esos portones herrumbrosos, sentíamos por primera vez que estábamos realmente fuera de la Ciudadela, y por tanto infringiendo claramente las reglas que gobernaban nuestras idas y venidas. Creíamos (o fingíamos hacerlo) que seríamos torturados si nuestros hermanos mayores descubrían la infracción; en realidad, no sufriríamos nada peor que una tunda, tal es la bondad de los torturadores a los que yo iba a traicionar.

Mucho mayor peligro había para nosotros en los elevados edificios de apartamentos que bordeaban la calle sucia por donde marchábamos. A veces pienso que el gremio ha durado tanto tiempo porque encauza de alguna manera el odio del pueblo, desviándolo del Autarca, los exultantes y el ejército y aun, en cierto grado, de los pálidos cacógenos que a veces visitan Urth desde las estrellas más lejanas.

El mismo presentimiento que indicaba a los guardianes nuestra identidad, parecía informar también a los residentes de los edificios; a veces nos arrojaban agua sucia desde las ventanas altas, y nos seguía un murmullo de enfado. Pero el miedo que engendraba ese odio también nos protegía. No se empleaba verdadera violencia contra nosotros, y una o dos veces, cuando se sabía que algún braviograve tiránico o un burgués venal había sido entregado a la misericordia del gremio, recibíamos vociferantes sugerencias sobre qué hacer con él: la mayoría obscenas y muchas imposibles.

En el lugar donde nos bañábamos, el Gyoll había perdido sus orillas naturales cien años atrás. Aquí había una extensión de nenúfares azules de dos cadenas de ancho encerrada entre paredes de piedra. Peldaños destinados al desembarco de botes conducían al río en diversos puntos; los días de calor cada uno de los peldaños era ocupado por una pandilla de diez o quince muchachos pendencieros. Nosotros cuatro no teníamos tanta fuerza como para dispersar a esos grupos, pero ellos no podían (o por lo menos no querían) negarse a admitirnos, aunque nos amenazaban siempre que nos acercábamos, y luego se burlaban de nosotros cuando estábamos entre ellos. Pero poco después, empezaban a alejarse dejándonos dueños exclusivos del lugar hasta el próximo día de natación.

Decidí describir todo esto, porque nunca volví allí desde el día en que salvé a Vodalus. Drotte y Roche creían que era porque yo temía que nos quedásemos afuera después de cerrar. Eata sospechaba la verdad, creo; antes de acercarse demasiado a la virilidad, los muchachos tienen casi una intuición femenina. Fue a causa de los nenúfares.

La necrópolis nunca me pareció una ciudad de muerte; sé que las rosas purpúreas (que otros consideran tan horribles) cobijan centenares de pequeños animales y pájaros. Las ejecuciones que he visto, y las que yo mismo he llevado a cabo tan a menudo, no son más que un oficio, una carnicería de seres humanos que en general son menos inocentes y menos valiosos que el ganado. Cuando pienso en mi propia muerte o en la muerte de alguien que ha sido bueno conmigo, o aun en la muerte del sol, la imagen que acude a mi mente es la del nenúfar, con sus lustrosas hojas pálidas y sus flores azules. Bajo la flor y las hojas hay raíces negras delgadas que se hunden profundamente en las aguas oscuras, y que son tan delgadas y fuertes como cabellos.

Cuando éramos jóvenes nada pensábamos de esas plantas. Chapoteábamos y flotábamos entre ellas, las hacíamos a un lado sin tenerlas en cuenta. El perfume de los nenúfares contrarrestaba hasta cierto punto el hedor pestilente del agua. El día que salvé a Vodalus, me zambullí bajo un denso grupo de plantas como había hecho miles de veces.

Ya no subí. De algún modo, había penetrado en una región donde las raíces parecían mucho más gruesas que las que yo conocía. Estaba atrapado por un centenar de redes a la vez. Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada, sólo la telaraña negra de las raíces. Me eché a nadar, y sentí que aunque mis brazos y piernas se movían entre millones de finos zarcillos, mi cuerpo no avanzaba. Los agarré a puñados y los desgarré, pero seguía tan inmovilizado como antes. Parecía que los pulmones se me subían a la garganta sofocándome, como si fueran a estallar. El deseo de tomar aliento, de absorber el oscuro fluido frío que me rodeaba, era abrumador.

Ya no sabía en qué dirección se encontraba la superficie y no tenía tampoco conciencia del agua como agua. No sentía ningún miedo, aunque sabía que estaba muriéndome, o quizá ya estuviera muerto. Un tintineo fuerte y muy desagradable me sonó en los oídos, y empecé a tener visiones.

El maestro Malrubius, que había muerto varios años atrás, nos despertaba tamborileando sobre el tabique con una cuchara: ése era el sonido metálico que yo había oído. Yacía en mi camastro incapaz de levantarme, aunque Drotte y Roche y los muchachos más jóvenes estaban todos de pie, bostezando y buscando sus ropas. La capa del maestro Malrubius cayó hacia atrás; pude verle la piel caída del pecho y el vientre donde el tiempo había destruido músculos y grasa. Tenía un triángulo de vello en el vientre, gris como el moho. Traté de llamarlo, de decirle que yo estaba despierto, pero no podía hablar. El maestro echó a andar a lo largo del tabique, golpeando siempre con la cuchara. Al cabo de un tiempo que pareció muy largo, llegó a la portilla, se detuvo y se asomó. Yo sabía que me estaba buscando en el Patio Viejo de abajo.

Pero yo no podía ver muy lejos. Me encontraba en una de las celdas, bajo el cuarto de exámenes. Estaba allí tendido mirando el techo gris. Una mujer gritó, pero no pude verla, y yo oía menos sus sollozos que el repetido tintineo de la cuchara. La oscuridad se cerró sobre mí, pero en esa oscuridad asomó el rostro de la mujer, tan enorme como la cara verde de la luna. No era ella la que lloraba; yo aún podía oír los sollozos, pero esta cara me pareció impasible, plena, en verdad de esa especie de belleza que apenas admite expresión. Tendió las manos hacia mí, e inmediatamente me convertí en un pichón que yo había sacado de su nido el año anterior, esperando poder domesticarlo y enseñarle a que se posara en mi dedo. Las manos de la mujer, tan largas como los ataúdes en los que a veces descansaba en mi mausoleo secreto, me atraparon, me llevaron hacia arriba y me lanzaron luego hacia abajo, lejos de la cara de ella, y del sonido de sollozos, abajo, a la negrura, hasta que di contra lo que tomé por el fondo de lodo e irrumpí a través de él en un mundo de luz bordeado de negro.

Aún no podía respirar. Ya no lo necesitaba, y el pecho no se me movía. Me deslizaba a través del agua, aunque no sabía cómo. (Luego supe que Drotte me había arrastrado tirándome del pelo.) En seguida estuve tendido sobre las frías piedras lodosas junto con Roche, luego Drotte, luego Roche otra vez, que me echaba aliento en la boca. Yo me encontraba envuelto en ojos, como en los repetitivos dibujos de un caleidoscopio, y creí que algún defecto de mi propia visión multiplicaba los ojos de Eata.

Por último me aparté de Roche y vomité grandes cantidades de agua negra. Después me sentí mejor. Pude sentarme y respirar otra vez de manera algo torpe, y aunque no tenía fuerzas y las manos me temblaban, era capaz de mover los brazos. Los ojos a mi alrededor pertenecían a gente real, los ciudadanos de los edificios de apartamentos de la ribera. Una mujer trajo un cuenco con algo caliente que beber; no supe si era sopa o té, sólo que era un líquido caliente, algo salado, y que olía a humo. Fingí beber y descubrí más tarde que tenía unas leves quemaduras en los labios y la lengua.

—¿Estabas intentándolo? —preguntó Drotte—. ¿Cómo has subido?

Yo sacudí la cabeza.

Alguien de entre la muchedumbre dijo: —Salió disparado del agua.

Roche me ayudó a mantener firmes las manos.

—Creímos que saldrías por otro sitio. Que nos estabas haciendo una broma.

Yo dije: —Vi a Malrubius.

Un viejo, un botero, a juzgar por sus ropas sucias de alquitrán, apretó el hombro de Roche.

—¿Ése quién es?

—Fue maestro de aprendices. Ha muerto.

—¿No era una mujer? —El viejo estaba aferrado a Roche, pero me miraba a mí.

—No, no —le dijo Roche—. No hay mujeres en el gremio.

A pesar de la bebida caliente y del calor del día, yo tenía frío. Uno de los muchachos con los que a veces peleábamos trajo una manta polvorienta y me envolví en ella; pero pasó tanto tiempo antes de que yo fuera capaz de enderezarme y andar, que cuando llegamos al portal de la necrópolis, la estatua de la Noche sobre el mesón de la orilla opuesta era un minúsculo rasguño negro en el campo llameante del sol, y el portal mismo estaba cerrado.

III — La cara del Autarca

Era la media mañana del día siguiente cuando se me ocurrió mirar la moneda que Vodalus me había dado. Después de servir a los oficiales en el refectorio, desayunamos como siempre, nos encontramos con el maestro Palaemon en el aula, y luego de una breve conferencia preparatoria, lo seguimos a los niveles inferiores para ver el trabajo de la noche anterior.

Pero quizás antes de seguir escribiendo, tendría que explicar algo más sobre la naturaleza de nuestra Torre Matachina. Está situada detrás de la Ciudadela, sobre el lado occidental. En la planta baja se encuentran los estudios de nuestros maestros, donde se celebran las consultas con los oficiales de justicia y los presidentes de los demás gremios. Nuestro cuarto común está en la segunda planta, por delante de la cocina. Arriba está el refectorio, que nos sirve como sala de asamblea además de ser el sitio donde se come. Más arriba se encuentran las cámaras privadas de los maestros, en días mejores mucho más numerosos. Encima están las cámaras de los oficiales y sobre éstas el dormitorio y el aula de los aprendices, y una serie de áticos y cubículos abandonados. Cerca de lo más alto se encuentra la sala del cañón, cuyas piezas nosotros los del gremio tenemos a nuestro cargo, para el caso de que la Ciudadela fuera atacada.

El verdadero trabajo de nuestro gremio se lleva a cabo debajo de todo esto. En el subsuelo se encuentra el cuarto de exámenes, y más abajo aún, y por tanto fuera de la torre propiamente dicha (porque el cuarto de exámenes fue la primera cámara de la estructura original), se extiende el laberinto de la mazmorra. Hay tres niveles, a los que se tiene acceso por una escalinata central. Las celdas son sencillas, secas y limpias, con una mesa pequeña, una silla y una cama estrecha en el centro.

Las luces de la mazmorra son de esa antigua especie que, según se dice, arden para siempre, aunque ahora algunas se han extinguido. En la oscuridad de esos corredores, mis sentimientos no eran lóbregos esa mañana, sino alegres; aquí trabajaría cuando fuera oficial, aquí practicaría el arte antiguo y alcanzaría el rango máximo, aquí pondría los cimientos de la restauración de la antigua gloria de nuestro gremio. El aire mismo del lugar parecía envolverme como una manta que antes hubiera sido calentada sobre un fuego de olor limpio.

Nos detuvimos ante la puerta de una celda, y el oficial de turno metió la llave, que rechinó en la cerradura. Dentro la cliente levantó la cabeza abriendo los ojos oscuros. El maestro Palaemon llevaba la capa guarnecida con piel de marta y la máscara de terciopelo; supongo que éstas, o el sobresaliente dispositivo óptico que le permitía ver, tienen que haberla asustado. No habló, y por supuesto, tampoco ninguno de nosotros le habló a ella.

—Aquí —empezó el maestro Palaemon en el más seco de sus tonos— tenemos algo que se sale de la rutina del castigo judicial y que constituye una adecuada ilustración del método moderno. La cliente fue sometida a interrogatorio anoche; quizás alguno de vosotros la haya oído. Se le administraron veinte mínimas de tintura antes del tormento y diez después. La dosis sólo fue parcialmente efectiva; no logró del todo impedir el shock y la pérdida de conciencia, de modo que se puso fin a los procedimientos después de desollarle la pierna derecha, como veréis. —Hizo una señal a Drotte, que empezó a quitarle el vendaje.

—¿Media bota? —preguntó Roche.

—No, bota completa. Fue sirvienta de tareas domésticas y el maestro Gurloes dice haber comprobado que esa especie tiene piel resistente. Al menos en este caso estaba en lo cierto. Se le hizo bajo la rodilla una simple incisión circular, y el borde se sujetó con ocho abrazaderas. El escrupuloso trabajo llevado a cabo por el maestro Gurloes, Odo, Mennas y Eigil permitió quitar todo, desde las rodillas hasta los dedos de los pies, sin más intervención del cuchillo.

Nos agrupamos en torno a Drotte; los muchachos más jóvenes empujaban fingiendo saber qué puntos era preciso mirar. Las arterias y las venas principales estaban todas intactas, pero había una lenta y generalizada fluencia de sangre. Ayudé a Drotte a renovar el vendaje.

Cuando estábamos a punto de marcharnos, la mujer dijo: —No lo sé. Sólo que, oh, ¿no podéis entender que os lo diría si lo supiera? Ella se ha ido con Vodalus del Bosque no sé a dónde. —Afuera, fingiendo ignorancia, le pregunté al maestro Palaemon quién era Vodalus del Bosque.

—¿Cuántas veces he explicado que vosotros no oís nada de lo que diga un cliente?

—Muchas, maestro.

—Pero sin el menor efecto. Pronto será el día del enmascaramiento y Drotte y Roche serán oficiales y tú capitán de aprendices. ¿Es éste el ejemplo que darás a los muchachos?

—No, maestro.

A espaldas del viejo, Drotte me echó una mirada que significaba que él sabía mucho sobre Vodalus y que me lo diría en el momento oportuno.

—En un tiempo se ensordecía a los oficiales de nuestro gremio. ¿Querrías que esos días volvieran? Quita las manos de los bolsillos cuando te hablo, Severian.

Me las había metido allí porque sabía que eso lo distraería y le quitaría el enfado, pero cuando las saqué, advertí que había estado palpando la moneda que Vodalus me diera la noche anterior. En el recordado terror de la refriega, la había olvidado; ahora agonizaba de deseos de verla…y no me era posible con los brillantes lentes del maestro Palaemon clavados en mí.

—Guando un cliente habla, Severian, tú no oyes nada. Nada en absoluto. Piensa en los ratones cuyos chillidos no significan nada para los hombres.

Entorné los ojos para indicar que estaba pensando en los ratones.

Durante el largo y fatigoso camino escaleras arriba que llevaba a nuestra aula, me moría por mirar el delgado disco de metal que apretaba en la mano; pero sabía que si lo hacía, el muchacho que venía detrás de mí (uno de los aprendices más jóvenes, Eusignius) llegaría a verlo. En el aula, donde el maestro Palaemon hablaba monótonamente sobre un cadáver de diez días, la moneda era como un carbón encendido y no me atrevía a mirarla.

Era ya la tarde cuando pude quedarme solo, escondiéndome en las ruinas del muro entre los musgos brillantes; luego vacilé, con el puño expuesto a un rayo de sol, porque temía que al ver el disco la desilusión sería tan grande que no podría soportarla.

No porque me importara su valor. Aunque ya era un hombre, había tenido tan poco dinero que cualquier moneda me habría parecido una fortuna. Era como si la moneda (tan misteriosa ahora, pero sin probabilidades de seguir siéndolo) fuese mi único vínculo con la noche anterior, mi única conexión con Vodalus y la hermosa mujer de la capucha y el hombre corpulento que me había golpeado con la pala, mi único botín obtenido en la lucha ante la tumba abierta. La vida en el gremio era la única que había conocido y parecía tan monocorde como mi camisa andrajosa en comparación con el centelleo de la espada del exultante y el sonido del disparo que resonara entre las piedras. Todo podría desaparecer cuando abriera la mano.

Al final miré después de apurar hasta las heces la copa del miedo placentero. La moneda era un chrisos de oro, y cerró la mano una vez más, temiendo haberla confundido con una oricreta de latón, y esperé hasta que recuperé mi coraje.

Era la primera vez que tocaba una pieza de oro. Había visto oricretas en cierta abundancia; y aun había tenido algunas. Una o dos veces había atisbado algún asimi de plata. Pero de los chrisos sabía tan poco como de la existencia de un mundo fuera de nuestra ciudad de Nessus, y de los continentes separados del nuestro al norte, al este y al oeste.

Este chrisos tenía lo que al principio me pareció la cara de una mujer, una mujer coronada, ni joven ni vieja, pero silenciosa y perfecta en el metal cetrino. Por fin di vuelta a mi tesoro y entonces quedé en verdad sin aliento; acuñado en el reverso había una nave voladora como la que había visto en el escudo de armas sobre la puerta de mi mausoleo secreto. Eso parecía estar más allá de cualquier explicación… tanto que por el momento ni me preocupé siquiera en especular sobre el asunto, tan seguro estaba de que cualquier conjetura resultaría infructuosa. En cambio, metí de nuevo la moneda en el bolsillo y en una especie de trance volví a unirme con mis compañeros de aprendizaje.

Llevar la moneda conmigo estaba fuera de cuestión. No bien se me presentó la oportunidad, me deslicé solo dentro de la necrópolis y busqué mi mausoleo. El tiempo había cambiado ese día; me abrí camino entre matorrales empapados y anduve con dificultad sobre hierbas largas y avejentadas que habían empezado a aplastarse esperando el invierno. Cuando llegué a mi refugio no era ya la caverna del verano, fresca y acogedora, sino una trampa helada donde yo sentía la proximidad de enemigos demasiado indefinidos para darles nombre, opositores de Vodalus que ya sabrían ahora que yo era un juramentado partidario; no bien entrase, se apresurarían a cerrar la puerta negra sobre bisagras recientemente aceitadas. Sabía que era un disparate, por supuesto. Sin embargo, sabía también que había en eso cierta verdad, que era una proximidad en el tiempo lo que yo sentía. En unos pocos meses o en unos pocos años podría llegar al punto en que esos enemigos me estaban esperando; cuando había alzado el hacha, había escogido luchar, algo que los torturadores no hacen normalmente.

Había una piedra suelta en el suelo, casi al pie de mi bronce funerario. La levanté y puse el chrisos debajo; luego musité un sortilegio que había aprendido de Roche muchos años atrás, unos pocos versos con el poder de mantener seguras las cosas escondidas:

Donde te pongo, allí te quedas;
que nunca un extraño espíe,
para cualquiera, un vidrio,
no para mí.

Aquí te quedas, nunca te vayas,
si una mano llega, la engañas,
que nada sepan ojos extraños
de ti y de mí.

Para que el hechizo fuera verdaderamente eficaz, uno tenía que andar alrededor del sitio llevando una vela que hubiera ardido en un velatorio, pero me descubrí riéndome de la idea —que recordaba la mascarada nocturna de Drotte al sacar a simples de las tumbas— y decidí confiar en los versos solamente, aunque estaba algo asombrado al comprobar que era ahora bastante mayor como para no avergonzarme.

Los días transcurrieron y el recuerdo de mi visita al mausoleo fue lo suficientemente vivido como para que yo no deseara repetirla y verificar que mi tesoro estaba seguro, aunque a veces lo deseaba. Luego llegaron las primeras nevadas, convirtiendo las ruinas de la muralla en una resbaladiza barrera casi insuperable, y la necrópolis familiar en un extraño descampado con montecillos engañosos, en los que los monumentos eran de pronto demasiado grandes bajo la capa de la nieve reciente, y los árboles y los arbustos habían quedado reducidos a la mitad por la misma cobertura.

Es propio de la naturaleza del aprendizaje en nuestro gremio que sea fácil al principio, pero las tareas que le corresponden van haciéndose más y más pesadas a medida que se acerca uno a la virilidad. Los niños pequeños no trabajan. A la edad de seis años, cuando el trabajo empieza, consiste en un principio en correr escaleras arriba y escaleras abajo en la Torre Matachina transportando mensajes, y el pequeño y orgulloso aprendiz apenas siente la tarea. A medida que el tiempo pasa, empero, el trabajo se vuelve más y más oneroso. Los deberes lo llevan a otros lugares de la Ciudadela: a los soldados en la barbacana, donde se entera de que los aprendices militares tienen tambores y trompetas y oficleidos y botas, y a veces corazas doradas; a la Torre del Oso, donde ve muchachos no mayores que él, que aprenden a manejar animales de pelea de todas clases, mastines de cabeza tan grande como la de un león, diatrymae más altos que un hombre, con picos envainados en acero; y a un centenar de otros lugares semejantes donde descubre por primera vez que el gremio es odiado y despreciado aun por aquellos (a decir verdad, sobre todo por aquellos) que recurren a sus servicios. Pronto hay que fregar y hacer trabajos en la cocina. El hermano cocinero hace las tareas que podrían resultar placenteras o interesantes, y el aprendiz tiene que cortar las verduras, servir a los oficiales y llevar una infinita sucesión de bandejas escaleras abajo a las mazmorras.

Yo no lo sabía por entonces, pero pronto esta mi vida de aprendizaje, que en mis recuerdos había venido haciéndose más y más dura, invertiría su curso y se haría menos penosa y más placentera. El año antes de convertirse en oficial, el aprendiz del último curso casi no tiene otra cosa que hacer que vigilar a los menores. Come mejor, y aun viste mejor. Los oficiales más jóvenes empiezan a tratarlo casi como a un igual, y tiene, sobre todo, la consagradora carga de la responsabilidad, y el placer de impartir e imponer órdenes.

Cuando llega la promoción, es un adulto. No desempeña otra tarea que aquella para la que ha sido entrenado; es libre de abandonar la Ciudadela después de cumplidos los deberes, y para esa recreación, se le suministran fondos con cierta liberalidad. Si finalmente llega al magisterio (un honor que requiere el voto afirmativo de todos los maestros vivos), podrá escoger y elegir las tareas que puedan interesarle o divertirle, y dirigir los asuntos del gremio.

Pero ha de entenderse que el año del que vengo escribiendo, el año en que salvé la vida de Vodalus, no era consciente de nada de eso. El invierno (se me dijo) había puesto fin a la temporada de campaña en el norte, y por tanto había devuelto al Autarca y a sus principales oficiales y asesores a los asientos de justicia.

—Y así —me explicó Roche—, tenemos todos estos nuevos clientes. Y más por llegar… docenas, tal vez centenares. Quizá tengamos que reabrir el cuarto nivel. —Agitó una mano pecosa para demostrar que él, cuando menos, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario.

—¿Está aquí? —pregunté—. ¿El Autarca? ¿Aquí en la Ciudadela? ¿En el Torreón Grande?

—Claro que no. Si alguna vez viniera, uno lo sabría ¿no? Habría desfiles e inspecciones y toda clase de procedimientos. Hay una suite para él allí, pero no se la ha abierto en cien años. Estará en el palacio escondido, la Casa Absoluta, en algún sitio al norte de la ciudad.

—¿No sabes dónde?

Roche se defendió.

—No se puede decir dónde está porque no hay nada allí excepto la Casa Absoluta. Está donde está. En el norte, a la otra orilla.

—¿Más allá del muro? Mi ignorancia lo hizo sonreír.

—Mucho más allá. A semanas, si fueras andando. Naturalmente, el Autarca podría estar aquí en seguida en una nave volante si así lo quisiera. La Torre de la Bandera… allí aterrizaría la nave volante.

Pero nuestros nuevos clientes no llegaron en naves volantes. Los menos importantes vinieron en caravanas de diez a veinte hombres y mujeres, encadenados unos a otros por el cuello, y guardados por dimarchi, tropas resistentes vestidas con armaduras que parecían haber sido hechas para ser utilizadas, y que habían sido utilizadas. Cada cliente llevaba un cilindro de cobre, que se suponía contenía sus papeles, y por tanto su destino. Todos habían roto los sellos y leído esos papeles, por supuesto; y algunos los habían destruido o los habían cambiado por otros. Los que llegaban sin papeles serían retenidos hasta que se recibiera alguna nueva acerca de su destino… y esperarían probablemente hasta el fin de sus días. Los que habían cambiado los papeles por los de algún otro, habían cambiado asimismo sus destinos; serían retenidos o liberados, torturados o ejecutados, en lugar del otro.

Los más importantes llegaron en carruajes blindados. El propósito de los laterales de acero y las ventanillas enrejadas de estos vehículos no era tanto prevenir la huida como impedir el rescate, y no bien el primero de ellos dobló estrepitosamente por el extremo oriental de la Torre de las Brujas y entró en el Patio Viejo, en el gremio entero cundió el rumor de osadas incursiones ideadas o intentadas por Vodalus. Porque todos mis compañeros de aprendizaje y la mayor parte de los oficiales creían que muchos de estos clientes eran partidarios, confederados y aliados de Vodalus. Yo no los habría liberado por esa razón; habría sido una vergüenza para el gremio, y a pesar del apego que yo sentía por Vodalus y por su gente, no estaba dispuesto a nacerlo, y de cualquier modo hubiera sido imposible. Pero tenía la esperanza de procurar a los que consideraba mis camaradas en armas, las pequeñas comodidades que estaban a mi alcance: comida adicional robada de las bandejas destinadas a clientes menos meritorios, y a veces un pedazo de carne sacada de contrabando de la cocina.

Un día muy ventoso, tuve la oportunidad de enterarme de quiénes eran. Estaba fregando el suelo del estudio del maestro Gurloes, cuando lo llamaron por algún recado y se fue dejando la mesa atestada de documentos. Me apresuré no bien la puerta se cerró tras él y pude examinar la mayor parte de esos documentos antes de oír sus pesados pasos de nuevo en la escalera. Ni uno —ni uno— de los prisioneros cuyos papeles había leído era un partidario de Vodalus. Había mercaderes que habían intentado obtener ricos beneficios con los suministros que necesitaba el ejército, criados de campamento que habían espiado para los ascios, y unos pocos y sórdidos criminales civiles. Nada más.

Cuando llevé el cubo para vaciarlo en la tina de piedra del Patio Viejo, vi uno de los carruajes blindados; el tiro de largas crines piafaba y coceaba, y los guardianes con cascos guarnecidos de piel aceptaban con aire humilde nuestros vasos humeantes de vino especiado. Atrapé en el aire el nombre de Vodalus; pero en ese momento pareció que sólo yo lo oía, y de pronto sentí que Vodalus había sido sólo un ediolon de la niebla creado por mi imaginación, y sólo el hombre que yo había matado con su propia hacha era real. Los documentos que había examinado hacía un momento parecían volar contra mi cara como un puñado de hojas.

Fue en este momento de confusión cuando me di cuenta por primera vez de que estoy un poco loco. Podría sostenerse que fue el momento más inquietante de mi vida. Había mentido con frecuencia al maestro Gurloes, al maestro Palaemon, al maestro Malrubius cuando todavía vivía, a Drotte porque era capitán, a Roche porque era mayor y más fuerte que yo, y a Eata y los otros aprendices menores porque deseaba que me respetaran. Ahora ya no estaba seguro de que mi propia mente no estuviera mintiéndome, y yo, que lo recordaba todo, no podía saber si esos recuerdos no eran más que mis propios sueños. Recordaba la cara de Vodalus iluminada por la luna; pero yo había querido verla. Recuerdo la voz de él cuando me habló, pero yo había querido oírla, y también la voz de la mujer.

Una noche glacial, volví al mausoleo y miré el chrisos otra vez. La gastada, serena y andrógina cara del reverso no era la de Vodalus.

IV — Triskele

Había estado metiendo un palo en un desaguadero helado como castigo por una infracción menor, cuando lo encontré en el sitio en que los guardianes de la Torre del Oso arrojan sus desechos, los cuerpos de los animales desgarrados, muertos en las prácticas. Nuestro gremio entierra a sus propios muertos junto al muro y a nuestros clientes en los extremos más bajos de la necrópolis, pero los guardianes de la Torre del Oso dejan que a sus muertos se los lleven otros. Él era el más pequeño de esos muertos.

Hay encuentros que no traen ningún cambio. Urth vuelve la cara gastada hacia el sol, que lanza sus rayos sobre las nieves; éstas chispean y relucen hasta que cada pequeña punta de hielo de los flancos hinchados de las torres, parece la Garra del Conciliador, la más preciosa de las gemas. Entonces cada cual, excepto los más sabios, cree que la nieve tiene que derretirse y dar paso a un verano prolongado más allá del verano.

Nada de eso ocurre. El paraíso dura una guardia o dos, luego unas sombras azules como leche aguada se alargan sobre la nieve, que se estremece y danza bajo el soplo del viento del este. Llega la noche y todo es como era.

El hallazgo de Triskele fue algo parecido. Sentí que podría haberlo cambiado todo, pero el episodio duró sólo unos pocos meses, y cuando acabó al fin y él desapareció, fue sólo otro invierno que quedaba atrás, y la Fiesta de la Sagrada Katharine volvió otra vez, y nada había cambiado. Querría poder contarte qué lamentable parecía cuando lo toqué, y qué animado estaba.

Yacía de lado cubierto de sangre. Estaba tan duro como alquitrán, y todavía de un rojo brillante pues el frío lo había protegido. Me acerqué y le puse la mano sobre la cabeza… no sé por qué. Parecía tan muerto como el resto, pero abrió un ojo entonces y lo volvió hacia mí, y parecía estar seguro de que lo peor ya había pasado; he hecho mi parte, parecía decir, y lo soporté, y he hecho todo cuanto he podido; ahora te toca a ti cumplir con tu deber.

Si hubiera sido verano, creo que lo habría dejado morir. Pero el caso era que desde hacía un tiempo no había visto un animal viviente, ni siquiera a un tilacodonte de los que comen basura. Volví a acariciarlo, y él me lamió la mano, y después de eso ya no pude apartarme.

Lo levanté (sorprendido al comprobar su peso) y miré a mi alrededor tratando de decidir qué hacer con él. En nuestro dormitorio lo descubrirían antes que la vela hubiera ardido el grueso de un dedo, lo sabía. La Ciudadela es inmensa e inmensamente complicada, con cuartos poco visitados y pasajes en sus torres, en los edificios que se han construido entre éstas, y en las galerías cavadas debajo. Sin embargo, no se me ocurría un sitio al que yo pudiera llegar sin ser visto media docena de veces, y al final llevé a la pobre bestezuela a la sede de nuestro propio gremio.

Tenía ante todo que hacerlo pasar junto al oficial que montaba guardia en lo alto de la escalera. Lo primero que se me ocurrió fue meterlo en el cesto en el que bajábamos la ropa de cama de los clientes. Era el día en que se lavaba la ropa, y habría sido fácil hacer un viaje más de lo necesario; la posibilidad de que el oficial-guardián advirtiera algo extraño parecía remota, pero habría tenido que esperar más de una guardia para que la ropa lavada se secara, y exponerme a las preguntas del hermano a cargo del tercer nivel, que me vería descender al cuarto, desierta.

En cambio puse el perro en el cuarto de exámenes —estaba demasiado débil para moverse— y ofrecí tomar el lugar del guardián en lo alto de la rampa. Estuvo encantado de tener la oportunidad de semejante alivio y me cedió su espada carnificial de hoja ancha (que en teoría yo no debía tocar) y su capa fulígena (que tenía prohibido llevar, aunque yo ya era más alto que la mayoría de los oficiales), de modo que a la distancia no se advertiría sustitución alguna. Me puse la capa y tan pronto como se hubo ido, dejé la espada en un rincón y busqué a mi perro. Todas las capas de nuestro gremio son amplias y ésta más que la mayoría, puesto que el hermano al que reemplacé era muy alto. Además, el tinte fulígeno, que es más oscuro que el negro, borra admirablemente de la vista todos los pliegues, arrugas y frunces, mostrando sólo una oscuridad sin rasgos distintivos. Con la capucha estirada debo de haber parecido a los oficiales que estaban sentados a las mesas (si miraron hacia la escalera y llegaron a verme) un hermano algo más corpulento que la mayoría, que descendía a los niveles inferiores. Aun el hombre de guardia en el tercero, donde los clientes que han perdido toda razón aúllan y sacuden las cadenas, pudo no haber visto nada insólito en que otro oficial descendiera al cuarto cuando se rumoreaba que sería rehabilitado; o en que un aprendiz que bajara corriendo poco después que el oficial, subiera otra vez: sin duda habría olvidado algo allí y el aprendiz habría sido enviado a buscarlo.

No era un lugar agradable. Casi la mitad de las luces ardían aún, pero se había filtrado barro en los corredores hasta alcanzar el espesor de una mano. Una mesa de despacho estaba donde la habían dejado, quizá doscientos años atrás; la madera se había podrido y el mueble entero cayó cuando lo toqué.

Sin embargo, el agua nunca se había elevado mucho aquí, y el extremo más alejado del corredor todavía estaba libre de barro. Puse a mi perro sobre la mesa de un cliente y lo limpié tan bien como pude con esponjas que trajera del cuarto de exámenes.

Bajo la sangre coagulada tenía el pelo corto, duro y leonado. Le habían recortado tanto la cola, que lo que restaba era más ancho que largo. De las orejas sólo le quedaban unas puntas rígidas más cortas que la primera falange de mi pulgar. En la última pelea le habían abierto el pecho. Podía verle los anchos músculos como adormecidos constrictores de color rojo pálido. Le faltaba la pata delantera derecha; la mitad superior era una masa pulposa. Se la corté después de haberle suturado el pecho lo mejor que pude, y empezó a sangrar otra vez. Encontré la arteria y se la ligué, luego plegué la piel por debajo (como el maestro Palaemon nos había enseñado) para obtener un buen muñón.

Triskele me lamía la mano de vez en cuando mientras yo trabajaba, y cuando hube dado la última puntada, empezó a lamerse el muñón lentamente, como si fuera un oso y pudiera lamerse una pierna nueva hasta que tuviera forma. Las mandíbulas eran tan grandes como las de un arctótero y los caninos tan largos como mi dedo índice, pero las encías eran blancas: no había más fuerza en esas mandíbulas que en las manos de un esqueleto. Los ojos eran amarillos y mostraban una cierta limpia locura.

Esa noche cambié de faena con el muchacho que debía llevar la comida a los clientes. Siempre había bandejas sobrantes porque algunos clientes no comían, y ahora le estaba llevando dos a Triskele, preguntándome si todavía estaría vivo.

Lo estaba. De algún modo había bajado del lecho y se había arrastrado hasta el borde del barro, donde había un poco de agua. Allí fue donde lo encontré. Había sopa, pan negro y dos jarras de agua. Se bebió un plato de sopa, pero cuando traté de darle el pan, descubrí que no podía masticarlo lo suficiente como para tragarlo, entonces empapé el pan en el otro plato de sopa y se lo di; luego llené una y otra vez el plato hasta que las dos jarras quedaron vacías.

Cuando me acosté en mi camastro casi en lo más alto de nuestra torre, me pareció que podía oír su respiración trabajosa. Varias veces me incorporé escuchando; cada vez el sonido de desvanecía, sólo para volver cuando había permanecido tendido durante un rato. Quizá no fueran más que los latidos de mi corazón. Si lo hubiera encontrado un año, dos años antes, habría sido una divinidad para mí. Se lo habría contado a Drotte y a los demás, y habría sido una divinidad para todos. Ahora sabía que era un pobre animal, y sin embargo no podía dejarlo morir porque si lo hubiera hecho, habría quebrantado la fe en algo que había en mí mismo. Era un hombre (si realmente lo era) desde hacía tan poco tiempo; no me era posible soportar el pensamiento de haberme convertido en un hombre tan diferente del niño que había sido. Podía recordar cada momento de mi pasado, cada vago pensamiento y visión, cada sueño. ¿Cómo podía destruir ese pasado? Alcé las manos y traté de mirármelas; sabía que ahora las venas se destacaban en el dorso, y cuando eso sucede, uno es un hombre.

En un sueño andaba por el cuarto nivel otra vez y encontraba a un amigo enorme de mandíbulas goteantes. Me hablaba.

A la mañana siguiente serví otra vez a los clientes y robé comida para llevársela al perro, aunque esperaba que estuviera muerto. No lo estaba. Levantó el hocico y pareció sonreír con una boca tan ancha que era como si la cabeza fuera a partírsele en dos mitades, aunque no intentó incorporarse. Le di de comer y cuando estaba por irme, me impresionó la miseria en que estaba. Dependía de mí. ¡De mí! Había sido valorado. Los entrenadores lo habían preparado como son preparados los corredores para una carrera; había caminado orgulloso, el enorme pecho, tan ancho como el de un hombre, asentado sobre dos patas como pilares. Ahora vivía como un fantasma. La sangre le había borrado hasta el nombre.

Cuando disponía de tiempo, visitaba la Torre del Oso e intentaba hacer tantas amistades como pudiera entre los que manejan a las bestias. Tienen su propio gremio, y aunque menor que el nuestro, es de tradiciones muy extrañas. Hasta cierto punto eso me asombró. Descubrí que eran muy parecidas a las nuestras. Aunque por supuesto, no penetré en el arcano de esas tradiciones. En la elevación de los maestros, el candidato se mantiene de pie bajo un enrejado de metal por donde se pasea un toro sangrante; en cierto momento cada hermano toma en matrimonio una leona o una osa, después de lo cual evitan el trato con hembras humanas.

Todo lo cual sólo para decir que hay entre ellos y los animales que llevan a la fosa un vínculo que es muy parecido al que hay entre nuestros clientes y nosotros. En mis viajes me he alejado cada vez más de nuestra torre, pero siempre he comprobado que el modelo de nuestro gremio se repite inconscientemente (como las repeticiones de los espejos del padre Inire en la Casa Absoluta) en las sociedades de cada oficio, de modo que todos ellos son torturadores. La presa es para el cazador, lo que nuestros clientes son para nosotros; los que compran para comerciante; los enemigos de la Mancomunidad para soldado; los gobernados para los gobernantes; los hombres para las mujeres. Todos aman lo que destruyen.

Una semana después de que lo hubiera llevado abajo, sólo encontré en el barro las huellas renqueantes de Triskele. Se había marchado, pero fui tras él seguro de que alguno de los oficiales me lo habría mencionado si hubiera subido por la rampa. Pronto las huellas me condujeron a una puerta estrecha que se abría a una confusión de corredores sin luz de cuya existencia no tenía el menor conocimiento. En la oscuridad no podía ya rastrearlo, pero a pesar de eso seguí de prisa adelante, pensando que quizá me olfateara en el aire estancado y acudiera a mí. Pronto me perdí y continué avanzando sólo porque no sabía cómo volver.

No tengo modo de saber la antigüedad de esos túneles. Sospecho, aunque no sepa decir por qué, que son anteriores a la Ciudadela que se levanta sobre ellos, por antigua que ésta sea. Nos ha llegado desde el fin mismo de la edad en que la urgencia de volar en busca de nuevos soles más allá del nuestro, seguía con vida, aunque los medios para llevar a cabo ese vuelo declinaban como fuegos moribundos. De esa época remota apenas se conserva un nombre, pero la recordamos todavía. Antes de ella seguramente hubo otra, una época de excavaciones, de la creación de galerías oscuras, que ahora está completamente olvidada.

Sea como fuere, estaba asustado. Me eché a correr —chocando a menudo contra las paredes— hasta que por fin vi una mancha de pálida luz diurna y trepé por un boquete que apenas era lo bastante ancho como para mi cabeza y mis hombros.

Me encontré subiendo por el pedestal cubierto de hielo de uno de esos antiguos cuadrantes facetados, cuyas múltiples caras indican cada una hora diferente. Sin duda la escarcha de esas edades posteriores había penetrado en el túnel de abajo levantando los cimientos, y el pedestal había caído de lado en un ángulo tal que podría haberse tratado de uno de sus propios gnomons que señalara el paso del breve día de invierno sobre la nieve sin manchas.

En el verano, el espacio de alrededor había sido un jardín, pero no como el de nuestra necrópolis, con árboles medio silvestres y ondulados prados cubiertos de hierba. Las rosas habían crecido aquí en kráteras cimentadas sobre un pavimento de mosaico. Había estatuas de bestias que daban la espalda a las cuatro paredes del patio, con los ojos vueltos hacia el inclinado cuadrante: enormes barilambdas; arctóteros, los monarcas de los osos; gliptodontes; esmilodontes con colmillos como cuchillas. Todos estaban ahora cubiertos de nieve. Busqué las huellas de Triskele, pero no había estado aquí.

Las paredes del patio tenían altas ventanas estrechas. No veía luz en ellas, ni movimiento alguno. Las torres lanceoladas de la Ciudadela se alzaban a cada lado, de modo que supe que no había traspuesto los muros… Por el contrario, me pareció que me encontraba en algún lugar cercano al corazón mismo de la Ciudadela donde yo nunca había estado antes. Temblando de frío me acerqué a la puerta más próxima y llamé. Tenía la sensación de que podría errar para siempre en los túneles de abajo sin encontrar otro camino hacia la superficie, y si era preciso estaba resuelto a romper una de las ventanas antes de volver allí. Adentro no había sonido alguno, a pesar de que golpeé con mi puño la puerta una y otra vez.

En realidad no hay modo de describir la sensación de estar siendo vigilado. He oído que la llaman un escozor en la nuca, e inclusive una impresión de ojos que flotan en la oscuridad, pero, al menos para mí, no es ninguna de las dos cosas. Es algo emparentado con una perturbación inmotivada, junto con la sensación de que uno no debe mirar hacia atrás, porque sería cosa de tontos responder a los estímulos de una intuición sin fundamento. Finalmente, por supuesto, uno mira. Me volví con la vaga impresión de que alguien me había seguido por el boquete al pie del cuadrante.

Vi en cambio a una mujer joven envuelta en pieles de pie ante una puerta al otro lado del patio. La saludé con la mano y empecé a andar hacia ella (de prisa, porque tenía mucho frío). Entonces ella avanzó hacia mí y nos encontramos en el extremo más alejado del cuadrante. Me preguntó quién era y qué estaba haciendo allí, y yo se lo expliqué lo mejor que pude. El rostro enmarcado por el cuello de pieles, estaba exquisitamente modelado, y el cuello mismo, el abrigo y las botas guarnecidas de piel tenían un aspecto suave y exquisito, de modo que al hablarle me sentí miserablemente consciente de mi camisa y mis pantalones remendados y mis zapatos embarrados.

Me dijo que se llamaba Valeria.

—No tenemos a tu perro. Puedes buscarlo si no me crees.

—Nunca creí que lo tuvieran aquí. Sólo quiero ir al lugar que me corresponde, a la Torre Matachina sin tener que volver a bajar.

—Eres muy valiente. He visto ese boquete desde que era una niña, pero nunca me atreví a entrar en él.

—A mí me gustaría entrar —dije—. Quiero decir, ahí dentro.

Ella abrió la puerta por donde había venido y me condujo hasta una sala tapizada, donde unas rígidas y antiguas sillas parecían tan fijas en su lugar como las estatuas en el patio congelado. Un fuego pequeño ardía en una chimenea junto a una pared. Nos acercamos y ella se quitó el abrigo mientras yo tendía mis manos al calor.

—¿No hacía frío en los túneles? —preguntó.

—No tanto como afuera. Además, yo estaba corriendo y no había viento allí.

—Entiendo. Qué raro que ascendieran al Atrio del Tiempo. —Parecía más joven que yo, pero había una cualidad de antigüedad en su vestido ornado de metal y en la sombra de sus cabellos negros que la hacía parecer mayor que el maestro Palaemon, una habitante de ayeres olvidados.

—¿Así lo llamáis? ¿El Atrio del Tiempo? Por los cuadrantes, supongo.

—No, los cuadrantes fueron puestos allí porque es así como lo llamamos. ¿Te gustan las lenguas muertas? Tienen máximas. Lux dei vitae viam monsirat, eso significa: El rayo del Sol Nuevo ilumina el camino de la vida. Fehcibus brems, misens hora longa. Los hombres esperan largo tiempo la felicidad. Aspice ut aspiciar.

Tuve que decirle con cierta vergüenza que no sabía otra lengua que la que hablaba, y no demasiado bien.

Antes de partir, conversamos lo que dura la guardia de un centinela o aún más. La familia de Valeria ocupaba estas torres. Al principio habían esperado partir con el autarca de entonces, después habían esperado porque no había para ellos otra cosa que esperar. Habían dado muchos castellanos a la Ciudadela, pero el último había muerto generaciones atrás; eran pobres ahora, y las torres estaban en ruinas. Valeria nunca había dejado las plantas inferiores.

—La construcción de algunas torres era más sólida que la de otras —dije—. El Torreón de las Brujas está deteriorado también por dentro.

—¿Existe realmente un lugar semejante? Mi nodriza me hablaba de él cuando yo era pequeña, para asustarme, pero yo creía que sólo se trataba de un cuento. También se decía que había una Torre del Tormento, donde todos los que entraban morían en medio de la más terrible agonía.

Le dije que, por lo menos eso, era una fábula.

—Los grandes días de estas torres son más fabulosos para mí —replicó—. Ninguno de los de mi sangre alza ahora una espada contra los enemigos de la Cosa Pública o sirve de rehén en la Fuente de las Orquídeas.

—Tal vez convoque pronto a alguna de tus hermanas —dije, porque por alguna razón no quería pensar que la llamaran a ella.

—Yo soy todas las hermanas de mi estirpe —respondió—. Y todos los hijos.

Un viejo sirviente nos trajo té y galletas duras. No verdadero té, sino el mate del norte, que algunas veces damos a nuestros clientes por ser tan barato.

Valeria sonrió.

—Ya ves, has encontrado aquí cierta comodidad. Te preocupa tu pobre perro porque es tullido. Pero quizá también él haya encontrado hospitalidad. Tú lo amas, de modo que también otro puede amarlo. Tú lo amas, de modo que puedes amar a otro. Estuve de acuerdo, pero interiormente pensé que jamás tendría otro perro, lo que resultó cierto.

No volví a ver a Triskele casi por una semana. Entonces un día en que yo llevaba una carta a la barbicana, vino hacia mí saltando. Había aprendido a correr con una única pata delantera como un acróbata que se sostiene en equilibrio sobre un balón dorado.

Mientras duró la nieve, lo veía una o dos veces al mes. Nunca supe a quién había encontrado, quién le daba de comer y lo cuidaba, pero me gusta pensar que fue alguien que se lo llevó consigo en primavera, tal vez al norte, a las ciudades de tiendas y las campañas entre los montes.

V — El restaurador de cuadros y otros

La Fiesta de la Sagrada Katharine es el día más grande para nuestro gremio, el festival en que se nos recuerda nuestra heredad, el momento en que los oficiales se convierten en maestros (si alguna vez lo logran) y en que los aprendices se convierten en oficiales. Dejaré la descripción de las ceremonias de ese día hasta que tenga ocasión de contar mi propia elevación; pero el año en que transcurre mi relato, el año de la pelea junto a la tumba, Drotte y Roche fueron elevados, dejándome a mí capitanear a los aprendices.

Hasta que el ritual estuvo casi terminado no me fue impuesto el peso total de ese oficio. Estaba sentado en la capilla en ruinas gozando del espectáculo y sólo consciente (de la misma forma placentera en que preveía la fiesta) de que estaría por encima de los demás cuando todo hubiera terminado.

Poco a poco, sin embargo, un sentimiento de inquietud se fue apoderando de mí. Me sentí desdichado antes de darme cuenta de que ya no era feliz, y abrumado por la responsabilidad cuando aún no entendía del todo que la tenía. Recordaba lo mucho que le había costado a Drotte mantenernos en orden. Ahora yo tendría que hacerlo sin contar con su fuerza, y sin nadie que fuera para mí lo que Roche había sido para él: un teniente de su misma edad. Cuando el cántico final se silenció y el maestro Gurloes y el maestro Palaemon, llevando máscaras ornamentadas de oro, atravesaron la puerta con paso lento y el viejo oficial hubo alzado a Drotte y Roche, los nuevos oficiales, sobre los hombros (buscando ya en los bolsillos de sus cinturones los fuegos de artificio que harían estallar fuera) ya me había puesto rígido y aun había llegado a imaginar un plan rudimentario.

Nosotros los aprendices debíamos servir en la fiesta y, antes de hacerlo, debíamos quitarnos las ropas relativamente nuevas y limpias que nos habían dado para la ceremonia. Después de que el último cohete hubo estallado, y los marineros, en su gesto anual de amistad, hubieron desgarrado el cielo con el cañón ceremonial en el Torreón Grande, ordené a mis subordinados —que ya empezaban a mirarme con resentimiento o así me lo pareció— que volvieran a nuestro dormitorio, cerré la puerta y puse un camastro contra ella.

Eata era el mayor exceptuándome a mí, y por fortuna yo había sido lo bastante amistoso en el pasado como para que no sospechara nada hasta que fue demasiado tarde para que opusiera resistencia. Lo cogí por la garganta y le golpeé la cabeza varias veces contra el tabique; luego le pateé los pies hasta que por fin cayó.

—Pues bien —le dije—, ¿serás mi segundo? Responde.

No podía hablar, pero asintió con la cabeza.

—Bien. Yo me las veré con Timón. Tú ocúpate del que le sigue en tamaño.

En el tiempo que lleva respirar cien veces (y, por cierto, con mucha rapidez), los muchachos habían sido sometidos a fuerza de patadas. Transcurrieron tres semanas antes de que alguno se atreviera a desobedecerme, y no hubo rebeliones en masa, sólo algún capricho individual.

Como capitán de aprendices, tenía nuevas funciones, y también más libertad de la que había gozado nunca. Yo era el que vigilaba que los oficiales de turno recibieran la comida caliente, y el que supervisaba a los muchachos que se afanaban bajo las pilas de fuentes destinadas a nuestros clientes. En la cocina dirigía las tareas de los que tenía a mi cargo, y en el aula les daba instrucción acerca de sus estudios; con mayor frecuencia que antes, se me encomendaba llevar mensajes a lugares lejanos de la Ciudadela y aun, en reducida proporción, la conducción de los asuntos del gremio. Me familiaricé con todos los caminos y con muchos rincones poco frecuentados: graneros con altos arcones y gatos demoníacos; terraplenes barridos por el viento que dominaban gangrenosos barrios miserables; y la pinacoteca, con su gran corredor cubierto por un techo abovedado de ladrillos horadado por ventanas, con el suelo de lajas salpicado de alfombras, y limitado por paredes en las que se abría un sinnúmero de arcos oscuros en una hilera de cámaras cubiertas —como lo estaba el mismo corredor— de innumerables cuadros.

Muchos eran tan viejos y estaban tan oscurecidos por el humo que yo no podía distinguir las figuras, y había otros cuyo significado no podía adivinar: un bailarín cuyas alas parecían sanguijuelas; una mujer de aspecto taciturno sentada bajo una cámara mortuoria, con una daga de doble hoja en la mano. Un día, después de haber caminado por lo menos una legua entre estas pinturas enigmáticas, me encontré con un viejo subido a una alta escalera. Quería preguntarle por el camino, pero parecía tan absorto en su trabajo, que dudé en distraerlo.

El cuadro que estaba limpiando, mostraba una figura con armadura de pie en un paisaje desolado. No tenía armas, pero sostenía un cayado al que estaba sujeto un extraño estandarte rígido. El visor del yelmo de la figura era de oro, y no tenía ninguna abertura para la visión o la ventilación; en su superficie pulida sólo se veía reflejado el desierto mortal.

Este guerrero de un mundo muerto me impresionó profundamente, aunque no sabría decir por qué, ni qué especie de emoción era la que sentía. De algún modo oscuro, deseaba bajar el cuadro y llevármelo… no a nuestra necrópolis, sino a uno de esos bosques de montaña de los que nuestra necrópolis era (ya entonces podía darme cuenta) una imagen idealizada, aunque viciada. Debería encontrarse entre árboles, el borde del marco descansando sobre hierba joven.

—…y así —dijo una voz detrás de mí— huyeron todos. Vodalus logró lo que había venido a hacer, ya ves.

—¡Usted! —exclamó el otro de repente—. ¿Qué está naciendo aquí?

Me volví y vi a dos armígeros vestidos con sus brillantes ropas, tan parecidas a las de los exultantes.

—Tengo un mensaje para el archivista —dije, y tendí el sobre.

—Muy bien —dijo el armígero que me había hablado—. ¿Conoce el sitio donde se encuentran los archivos?

—Estaba por preguntárselo, sieur.

—Entonces no es usted el mensajero adecuado para llevar la carta, ¿no es así? Entréguemela, se la daré a un paje.

—No puedo, sieur. Mi misión consiste en entregarla.

El otro armígero dijo: —No es necesario que seas tan duro con este joven, Racho.

—No sabes lo que es, ¿no es cierto?

—¿Lo sabes tú?

El que se llamaba Racho asintió con la cabeza.

—¿De qué parte de la Ciudadela es usted, mensajero?

—De la Torre Matachina. El maestro Gurloes me envía al archivista.

La cara del otro armígero se puso tensa.

—Usted es un torturador, entonces.

—Sólo un aprendiz, sieur.

—No me asombra entonces que mi amigo no quiera verlo siquiera. Siga la galería hasta la tercera puerta, doble y siga adelante unos cien pasos, suba la escalera hasta el segundo rellano y tome por el corredor del sur hasta las puertas dobles que hay en el extremo.

—Gracias —dije, y di un paso en la dirección que me había indicado.

—Aguarde. Si va ahora, tendremos que soportar verlo.

—Me daría igual tenerlo delante o detrás de mí —agregó Racho.

Esperé sin embargo, con una mano apoyada en el pie de la escalera, a que los dos doblaran por una esquina.

Como uno de esos amigos semiespirituales que en sueños nos hablan desde las nubes, el viejo dijo: —De modo que es usted un torturador, ¿no es así? Sabe, yo jamás he estado en ese sitio.

Tenía una mirada débil, y me recordaba la de las tortugas que a veces asustábamos en las orillas de Gyoll; la punta de la nariz le tocaba prácticamente la barbilla.

—En efecto, no lo he visto nunca allí —dije con cortesía.

—Nada que temer ahora. ¿Qué podrían hacer con un hombre como yo? ¡El corazón se me detendría así! —Dejó caer la esponja en el cubo e intentó castañetear los dedos mojados, sin obtener sonido alguno.— Aunque sé dónde se encuentra. Detrás del Torreón de las Brujas. ¿No es eso correcto?

—Sí —dije, un tanto sorprendido de que las brujas fueran mejor conocidas que nosotros.

—Pensé que así era. Aunque nunca nadie habla de eso. Usted está enfadado por lo de esos dos armígeros y no lo culpo. Pero tendría que conocer el caso de estas gentes. Se supone que se parecen a los exultantes, pero no es así. Tienen miedo de morir, tienen miedo de lastimar, y tienen miedo de que eso se note. Es duro para ellos.

—Deberían ser eliminados —dije—. Vodalus los mandaría a excavar en las minas. No son más que vestigios de alguna edad pasada… ¿Qué ayuda pueden procurar al mundo?

El viejo levantó la cabeza.

—¡Vaya! para empezar ¿qué ayuda han procurado? ¿Lo sabe usted?

Cuando admití que no lo sabía, bajó por la escalera como un mono envejecido, todo brazos y piernas y un cuello arrugado; tenía las manos largas como mis pies, y unas venas azules le surcaban los dedos nudosos.

—Soy Rudesind, el conservador del museo. Supongo que conoce al viejo Ultan. No, desde luego que no. Si lo conociera, sabría el camino a la biblioteca.

—Nunca antes había estado en esta parte de la Ciudadela —dije.

—¿Que nunca ha estado aquí? ¡Pero si es la parte mejor! Arte, música y libros. Tenemos un Fechin aquí en el que aparecen tres muchachas vistiendo a otra con flores tan reales que uno espera que salgan abejas de ellas. También un Quartillosa. Ya no es popular Quartillosa, si no, no lo tendríamos aquí. Pero en su tiempo fue mejor dibujante que los manchadores y embadurnadores que tanto gustan hoy. Recibimos lo que la Casa Absoluta no quiere ¿sabe? Eso significa que recibimos los viejos, que generalmente son los mejores. Llegan aquí sucios por haber estado tanto tiempo colgados, y yo los limpio. A veces vuelvo a limpiarlos después de tenerlos colgados aquí algún tiempo. Aquí tenemos un Fechin. ¡Es cierto! O éste, por ejemplo. ¿Le gusta?

Pareció menos peligroso decir que sí.

—En este caso, por tercera vez. Cuando yo era un recién llegado, fui aprendiz del viejo Branwallader y él me enseñó cómo limpiar. Éste fue el que usó, porque dijo que no valía nada. Empezó por aquí, por este rincón. Cuando hubo completado un espacio como el que puede cubrir una mano, me lo entregó y yo hice el resto. Mi esposa todavía vivía cuando volví a limpiarlo.

Eso fue al poco tiempo de que naciera nuestra segunda hija. No estaba todavía tan oscuro, pero había cosas en mi mente y quería tener algo que hacer. Hoy se me ocurrió limpiarlo otra vez. Y lo necesita… ¿ve qué bonito queda brillante? Allí sale otra vez el Urth azul por sobre el hombro, fresco como los peces del Autarca.

Iodo este tiempo Vodalus resonaba en mi mente como un eco. Tenía la certeza de que el viejo había bajado de la escalera sólo porque yo lo había mencionado, y quería interrogarlo acerca de él. Pero por más que lo intentaba, no sabía cómo llevar la conversación hasta este punto. Después de haber guardado silencio un instante más, y temiendo que él volviera a subir a la escalera para seguir con la limpieza del cuadro, se me ocurrió decir:

—¿Ésa es la luna? Me habían dicho que es más fértil.

—Sí, ahora lo es. Pero esto fue hecho antes de que la irrigaran. ¿Ve ese gris parduzco? Ahora es verde. No parecía tan grande… porque no estaba tan cerca, eso es lo que el viejo Branwallader solía decir. Ahora hay suficientes árboles como para esconder a Nilammon, como dice el refrán.

Aproveché la oportunidad: —O a Vodalus.

Rudesind rió tembloroso.

—O a él, en efecto. Los suyos deben estar frotándose las manos mientras lo esperan. ¿Tienen planeada alguna cosa en especial?

Si el gremio tenía tormentos particulares reservados para individuos específicos, yo nada sabía de ellos; pero intenté parecer informado, así que dije: —Pensaremos en algo.

—Supongo que lo harán. Sin embargo, hace un tiempo pensaba que estaban de su lado. Pero si se esconde en los Bosques de Lune tendrán que esperar. —Rudesind miró el cuadro con obvia complacencia antes de volverse hacia mí.— Me olvidaba. Usted debe visitar a nuestro maestro Ultan. Vuelva al arco por donde vino…

—Conozco el camino —dije—. El armígero me lo indicó.

El viejo conservador desechó esas instrucciones con un bufido de aliento ácido.

—Esas indicaciones sólo lo conducirían a la Sala de Lectura. Desde allí le llevaría lo que dura una guardia llegar hasta Ultan, y esto si alguna vez lo logra. No, vuelva a ese arco. Atraviéselo, diríjase hasta el extremo de la gran sala que hay allí y baje las escaleras. Llegará a una puerta cerrada… golpee hasta que alguien lo haga pasar. Ése es el fondo de las estanterías, y allí es donde tiene Ultan su estudio.

Como Rudesind estaba mirando, hice lo que me decía, aunque no me gustaba lo de la puerta cerrada, y las escaleras que bajaban sugerían que tal vez me encontrara cerca de aquellos antiguos túneles por donde me había extraviado buscando a Triskele.

Me sentía mucho menos confiado que en los lugares conocidos de la Ciudadela.

Tiempo después supe que el tamaño de la Ciudadela inspira una mezcla de respeto y temor a los forasteros que la visitan; pero es sólo una mota de polvo en la ciudad que se extiende alrededor, y nosotros, los que vivimos dentro de la muralla gris y hemos aprendido los nombres y las relaciones de todas las señales necesarias para orientarnos, nos sentimos perturbados cuando nos encontramos lejos de los pasajes familiares.

Así me sentía yo mientras atravesaba el arco que el viejo me había indicado. Como el resto de la sala abovedada, era de sombríos ladrillos rojizos, pero estaba sostenido por dos pilares con capiteles que tenían labrados rostros de durmientes; los labios silenciosos y los ojos cerrados y pálidos me parecieron más terribles que las máscaras agonizantes pintadas en el metal de nuestra propia torre.

Cada cuadro del otro cuarto contenía un libro. A veces eran muchos o evidentes, otros era necesario examinarlos un buen rato antes de descubrir el ángulo de una encuadernación asomando por el bolsillo de las faldas de una mujer, o advertir que algún carrete extrañamente trabajado, devanaba palabras como una hebra.

La escalera era de peldaños estrechos y empinados, y carecía de barandilla; se retorcía al descender, de modo que yo no había bajado más de treinta escalones cuando la luz del cuarto de arriba quedó casi interrumpida. Por fin tuve que tender las manos hacia delante por miedo a romperme la cabeza contra la puerta.

Mis dedos no la encontraban. En cambio los peldaños terminaron (casi caí al intentar bajar uno que no existía) y tuve que andar a tientas en total oscuridad por un suelo irregular.

—¿Quién está allí? —preguntó una voz. Resonaba de un modo extraño, como el tañido de una campana en el interior de una caverna.

VI — El maestro de los conservadores

—¿Quién está allí? —repitió el eco en la oscuridad. Con tanta osadía como pude respondí:

—Alguien con un mensaje.

—Déjame escucharlo, entonces.

Mis ojos se estaban acostumbrando a la oscuridad, y pude distinguir una figura oscura y muy alta moviéndose entre negros jirones de formas aún más altas.

—Es una carta, sieur —respondí—. ¿Es usted el maestro Ultan, el conservador?

—El mismo. —Estaba erguido ante mí ahora. Lo que en un principio me pareció un vestido blancuzco, era en realidad una barba que le llegaba casi hasta la cintura. Yo ya era tan alto como muchos de los hombres a quienes se les da ese nombre, pero él era una cabeza y media más alto que yo, un verdadero exultante.

—Aquí tiene usted su carta, sieur —dije, y se la extendí.

Él no la tomó.

—¿De quién eres aprendiz? —Otra vez me pareció oír bronce, y de pronto sentí que él y yo estábamos muertos, y que la oscuridad que nos rodeaba era la tierra de la tumba que nos presionaba los ojos, tierra de la tumba a través de la cual la campana llamaba a la veneración en cualquiera de las capillas que hay bajo el suelo. La mujer lívida que yo había visto sacar fuera de la tumba se me apareció tan vivida, que creí ver su rostro en la blancura casi luminosa de la figura que hablaba.— ¿De quién eres aprendiz? —volvió a preguntar.

—De nadie. Es decir, soy aprendiz de nuestro gremio. El maestro Gurloes me ha enviado, sieur. El maestro Palaemon es en general el que instruye a los aprendices.

—Pero no gramática. —Muy lentamente la mano de aquel hombre tan alto buscó a tientas la carta.

—Oh, sí, gramática también. —Me sentía como un niño al hablar con este hombre que ya era viejo cuando yo nací.— El maestro Palaemon dice que debemos saber leer, escribir y calcular, porque cuando a nuestra vez seamos maestros tendremos que enviar cartas y recibir las instrucciones de las cortes, y mantener los registros y las crónicas.

—Como ésta —canturreó la oscura figura que tenía delante de mí—. Cartas como ésta.

—Sí, sieur. Exactamente.

—¿Y qué dice esta carta?

—No lo sé. Está sellada, sieur.

—Si la abro —oí que la frágil cera se rompía bajo la presión de sus dedos—, ¿me la leerás?

—Aquí está muy oscuro, sieur —dije dubitativo.

—Entonces tendremos que llamar a Cyby. Discúlpame. —En la oscuridad apenas pude ver cómo se volvía y levantaba las manos juntas como una trompeta.— ¡Cyby! ¡Cyby! — El nombre resonó a través de los oscuros corredores. Sentí a mi alrededor como si una lengua de hierro golpeara contra el bronce resonante a un lado y luego al otro.

Desde lejos llegó un grito de respuesta. Aguardamos en silencio durante un momento.

Por fin vi una luz que avanzaba por un estrecho callejón bordeado (así lo parecía) por paredes escarpadas de piedra irregular. Se acercó: un candelabro de cinco brazos llevado por un hombre de unos cuarenta años, corpulento y muy erguido, de cara chata y pálida. El hombre de barba a mi lado dijo: —Por fin estás aquí, Cyby. ¿Has traído una luz?

—Sí, maestro. ¿Quién es éste?

—Un mensajero con una carta. —Luego, en un tono más ceremonioso, el maestro Ultan se dirigió a mí:— Éste es mi aprendiz, Cyby. También nosotros los conservadores tenemos un gremio, del que los libreros son una división. Yo soy el único maestro librero aquí, y es costumbre nuestra asignar nuestros aprendices a nuestros miembros mayores. Cyby me pertenece desde hace ya algunos años.

Le dije a Cyby que me honraba haberlo conocido y le pregunté, con algo de timidez, cuál era el día festivo de los conservadores; una pregunta que debió de ser sugerida por la idea de que tenían que haber transcurrido muchos de esos días sin que Cyby hubiera sido elevado a oficial.

—Ya ha pasado —dijo el maestro Ultan. Al hablar me miró, y a la luz del candelabro pude ver que sus ojos eran del color de la leche aguada—. A principios de la primavera. Es un hermoso día. Casi todos los años las hojas de los árboles ya han brotado para entonces.

No había árboles en el Patio Grande, pero asentí con la cabeza; luego, recordando que no podía verme, le dije: —Sí, es hermoso, y sopla una brisa suave.

—Precisamente. Tú eres un hombre joven conforme a mi corazón. —Me puso la mano sobre el hombro; no pude evitar darme cuenta que tenía los dedos oscurecidos de polvo.— Cyby también es un hombre joven conforme a mi corazón. Cuando yo me haya ido de aquí él será el librero en jefe. Sabes, nosotros los conservadores celebramos una procesión por la calle de lubar. Él camina a mi lado entonces, los dos con una toga gris. ¿Cuál es el color de tu gremio?

—Fulígino —le dije—. El color que es más oscuro que el negro.

—Hay árboles… sicómoros y robles, arces y hayas que, según se dice, son los más antiguos de Urth. Los árboles despliegan su sombra a ambos lados de la calle de lubar, y hay más en las explanadas del centro. Los tenderos salen a la puerta para ver a los extraños conservadores, sabes, y por supuesto, los vendedores de libros y los anticuarios nos aclaman. Supongo que a nuestro modesto modo, somos uno de los espectáculos de primavera en Nessus.

—Debe de ser muy impresionante —dije.

—Lo es, lo es. La catedral es magnífica también, una vez que llegamos a ella. Hay hileras de cirios, como si el sol brillara sobre el mar de la noche. Y candelas de vidrio azul que simbolizan la Garra. Envueltos en luz celebramos nuestras ceremonias ante el altar elevado. Dime, ¿tu gremio visita la catedral?

Expliqué que nosotros utilizábamos la capilla de la Ciudadela, y dije que me sorprendía de veras que los bibliotecarios y otros conservadores abandonaran sus muros.

—Tenemos derecho a hacerlo ¿sabes? La misma biblioteca lo hace ¿no es cierto, Cyby?

—Verdaderamente lo hace, maestro. —Cyby tenía una alta frente cuadrada que su pelo ya algo cano comenzaba a abandonar. Eso hacía que su cara pareciera pequeña y algo infantil; entendí por qué Ultan, que con toda seguridad se la había acariciado más de una vez, del mismo modo que el maestro Palaemon a veces acariciaba la mía, lo creía todavía casi un muchacho.

—Estáis entonces en estrecho contacto con vuestros miembros opositores de la ciudad —dije.

El viejo se acarició la barba.

—En el más estrecho, ya que nosotros mismos somos ellos. Esta biblioteca es la biblioteca de la ciudad, y la biblioteca de la Casa Absoluta también. Y muchas otras.

—¿Quiere usted decir que se le permite a la chusma de la ciudad entrar en la Ciudadela para utilizar vuestra biblioteca?

—No —dijo Ultan—. Quiero decir que la biblioteca misma se extiende más allá de los muros de la Ciudadela. Tampoco creo que sea la única institución que lo hace. Tanto es así, que el contenido de nuestra fortaleza es mayor que el continente.

Me tomó por el hombro mientras hablaba y empezamos a andar por uno de los estrechos y largos pasillos, entre las inmensas estanterías de libros. Cyby nos seguía sosteniendo el candelabro… supongo que para su beneficio más que para el mío, pero podía ser lo suficiente como para no chocar contra los estantes de roble oscuro junto a los que pasábamos.

—Los ojos no te fallan —dijo el maestro Ulman al cabo de un tiempo—. ¿Ves los límites de este pasillo?

—No, sieur —dije, y de hecho así era. Hasta donde llegaba la luz del candelabro, sólo había hilera sobre hilera de libros que iban desde el suelo al techo. Algunas de las estanterías estaban desordenadas, otras en orden; una o dos veces vi señales de que las ratas habían anidado entre los libros acomodándolos para construirse abrigadas viviendas de dos y tres niveles y esparciendo excrementos sobre las cubiertas para formar los toscos caracteres de su idioma.

Pero siempre había libros y más libros: filas de lomos de cabritilla, piel de Marruecos, tela, papel y muchos otros materiales que no fui capaz de identificar. Algunos de esos lomos eran de un dorado resplandeciente, otros lucían letras impresas en negro; por último había unos pocos con rótulos de papel tan viejos y amarillentos que parecían hojas muertas.

—El rastro de la tinta no tiene fin —me dijo el maestro Ultan—. O al menos eso es lo que dijo un hombre sabio. Vivió mucho tiempo atrás… ¿Qué diría si pudiera vernos ahora? Otro dijo: «El hombre es capaz de renunciar a su vida por aumentar una colección de libros», pero a mí me gustaría ver al hombre que fuera capaz de superar lo que tenemos aquí, no importa sobre qué tema.

—Estaba mirando las encuadernaciones —contesté sintiéndome bastante tonto.

—Qué suerte tienes. No obstante, estoy contento. Ya no puedo verlos, pero recuerdo el placer con que antes lo hice. Eso fue justo después de convertirme en maestro bibliotecario. Supongo que tendría unos cincuenta años. ¿Sabes?, había sido aprendiz durante muchos, muchos años.

—¿Fue así, sieur?

—Realmente, lo fue. Mi maestro era Gerbold, y por décadas pareció que no iba a morir nunca. Los años pasaban, y en todo ese tiempo yo no hacía más que leer… supongo que muy pocos habrán leído tanto. Empecé, como lo hacen la mayoría de los jóvenes, leyendo los libros que disfrutaba. Pero con el tiempo descubrí que eso disminuía mi placer, hasta que dediqué la mayor parte de mis horas a la búsqueda de libros semejantes. Luego me tracé un plan de estudios, investigué las ciencias oscuras, una tras otra, desde el alba del conocimiento hasta el presente. Finalmente agoté eso también, y comenzando por la gran biblioteca de ébano que se encuentra en el centro de la sala que nosotros los bibliotecarios hemos custodiado durante trescientos años, aguardando la vuelta del Autarca Sulpicius (y en la cual, por lo tanto, nadie entra), continué leyendo hacia la periferia a lo largo de quince años, a menudo hasta dos libros en un día.

A nuestras espaldas, Cyby musitó: —Maravilloso, sieur. —Sospeché que habría oído la historia muchas veces.

—Entonces, sucedió lo inesperado, el maestro Gerbold murió. Treinta años antes, yo hubiera sido la persona ideal para el puesto, por predilección, educación, experiencia, juventud, conexiones familiares y ambición. Pero en el momento en que ocupé el puesto, nadie podría haber sido menos adecuado que yo. Había esperado tanto, que esperar era todo lo que sabía, y mi mente estaba sofocada bajo el peso de hechos inútiles. Sin embargo, me obligué a mí mismo a ocupar el cargo, y consumí un número de horas que para ti sería inconcebible intentando recordar los planes y las máximas que había imaginado muchos años atrás para mi eventual sucesión.

Hizo una pausa y supe que estaba ahondando otra vez en una mente más profunda y oscura que su gran biblioteca.

—Pero el viejo hábito de la lectura no me abandonaba —continuó—. Perdí con los libros muchos días, y aun semanas, que debí haber ocupado en la conducción del establecimiento del que yo era responsable. Luego, de manera tan súbita como la campanada de un reloj, me ganó una nueva pasión que desalojó la vieja. Seguramente ya habrás adivinado de qué se trata.

Le dije que no era así.

—Estaba leyendo, o así lo creía, sentado en ese mirador de la planta cuadragésimo primera que mira a… Me he olvidado. Cyby, ¿a qué mira?

—Al Jardín de los Tapiceros, sieur.

—Sí, ahora lo recuerdo… ese pequeño cuadrado verde y pardo. Creo que allí secan romero para rellenar almohadones. Estaba sentado allí, como dije, desde hacía varias guardias, cuando advertí que ya no estaba leyendo. Por algún tiempo me fue difícil decir qué había estado haciendo. Cuando lo intenté, sólo recordé ciertos olores, texturas y colores que no parecían estar para nada conectados con lo que se exponía en el libro que tenía ante mí. Por fin comprendí que, en lugar de leerlo, lo había estado observando como un objeto físico. El rojo que recordaba provenía de la cinta cosida a la cabezada y que servía de señalador. La textura que aún me cosquilleaba en los dedos era la del papel en que estaba impreso el libro. El olor que impregnaba mi nariz era del viejo cuero que todavía conservaba el aroma del aceite de abedul. Fue sólo entonces, cuando vi los libros en sí mismos, que empecé a comprender lo que significaba que estuvieran a mi cuidado.

»Aquí hay libros —continuó, apretándome aún más el hombro—, encuadernados con el pellejo de equidnas, krakens y bestias extinguidas desde hace tanto tiempo que, de acuerdo con la opinión de la mayoría de los estudiosos, no hay más huellas de ellas que las fosilizadas. Tenemos libros encuadernados en aleaciones de metales desconocidos, y libros cuyas portadas tienen gemas engarzadas. Tenemos libros en cajas de madera perfumada, enviados a través de los inconcebibles abismos del Universo… libros doblemente preciosos porque nadie en Urth puede leerlos.

»Tenemos libros cuyo papel está hecho con fibras de plantas de las que fluyen extraños alcaloides, de modo que el lector, al recorrer sus páginas, cae sin darse cuenta en extravagantes fantasías y sueños quiméricos. Libros cuyas páginas no son de papel, sino de delicadas láminas de jade blanco, marfil y madreperla; libros cuyas hojas son las hojas disecadas de plantas desconocidas. Y también tenemos algunos que no parecen libros en absoluto, y que son rollos y tablillas y registros de cien sustancias diferentes. Hay un cubo de cristal aquí, aunque ya no sé decirte dónde, no más grande que la yema de tu pulgar, y que contiene más libros que toda la biblioteca. Aunque una ramera podría colgárselo de la oreja como adorno, no hay bastantes libros en el mundo como para contrabalancear el otro. Todos estos llegué a conocer, y dediqué mi vida a salvaguardarlos.

«Durante siete años me ocupé de eso; y luego, justo cuando los problemas urgentes y superficiales de la preservación se habían solucionado, y estábamos a punto de comenzar la primera inspección general de la biblioteca desde que ésta se fundara, los ojos empezaron a licuárseme en las órbitas. Quien me había dado todos los libros en custodia, me cegó para que yo supiera por quién están custodiados los custodios.

—Si no puede leer la carta que le traje, sieur, con mucho gusto se la leeré —dije.

—Tienes mucha razón —musitó el maestro Ultan—. Lo había olvidado. La leerá Cyby… lee bien. Aquí, Cyby.

Yo sostuve el candelabro y Cyby desplegó el resquebrajado pergamino, lo levantó como si fuera una proclama y empezó a leer; los tres éramos un pequeño círculo a la luz del candelabro, con todos esos libros alrededor.

—«Del maestro Gurloes, de la Orden de los Buscadores de la Verdad y la Penitencia…»

—¿Qué? —exclamó el maestro Ultan—. ¿Eres un torturador, muchacho?

Le dije que lo era, y hubo un silencio tan largo que Cyby empezó a leer la carta una segunda vez.

—«Del maestro Gurloes, de la Orden de los Buscadores de la Verdad…»

—Espera —dijo Ultan. Cyby hizo nuevamente una pausa; yo permanecí como estaba, sosteniendo el candelabro y sintiendo cómo la sangre afluía a mis mejillas. Por fin, el maestro Ultan volvió a hablar con voz tan tranquila como cuando me había dicho lo bien que leía Cyby—. Apenas recuerdo cómo fue mi ingreso en el gremio. Supongo que conocerás el método por el que reclutamos gente.

Admití no saberlo.

—Por un antiguo precepto, cada biblioteca tiene un cuarto reservado a los niños. En él hay libros de brillantes figuras que hacen el deleite de los niños, y unos pocos que son simples cuentos de maravillas y aventuras. Muchos niños acuden a esos cuartos, y mientras permanecen dentro de sus confines no se muestra ningún interés por ellos.

Vaciló, y aunque no podía adivinar ninguna expresión en su rostro, tuve la impresión de que temía que lo que estaba por decir podría apenar a Cyby.

—De vez en cuando, sin embargo, un bibliotecario observa a un niño solitario que sale de ese cuarto… hasta que por fin lo abandona por completo. Un niño así termina por descubrir, en alguna estantería baja, pero oscura, El libro de Oro. Tú no has visto nunca ese libro y nunca lo verás, pues has dejado atrás la edad en que es posible encontrarlo.

—Debe de ser muy hermoso —dije.

—Por supuesto que lo es. A menos que mi memoria me traicione, la cubierta es de piel de gamo negro, considerablemente gastada en el dorso. Varias de sus rúbricas se están borrando y le faltan algunas láminas. Pero es un libro notablemente hermoso. Me gustaría volver a encontrarlo, aunque todos los libros están ahora cerrados para mí.

»Como dije, en el momento oportuno el niño descubre, El Libro de Oro. Entonces vienen los bibliotecarios… como vampiros dicen algunos, pero otros dicen como el hada madrina de un bautizo. Ellos hablan con el niño, y éste se va con ellos. En adelante está en la biblioteca cada vez que puede, y pronto sus padres ya no lo conocen. Supongo que lo mismo sucede con los torturadores.

—Tomamos a los niños que nos caen en las manos —dije—, y son muy pequeños.

—Nosotros hacemos lo mismo —murmuró el viejo Ultan—. De modo que no tenemos derecho a condenaros. Sigue leyendo, Cyby.

—«Del maestro Gurloes de la Orden de los Buscadores de la Verdad y la Penitencia, al archivista de la Ciudadela: Salud, hermano.

»Por voluntad de una corte, tenemos en custodia a la exultante persona de la chatelaine Thecla; y por la misma voluntad, querríamos procurarle a la chatelaine Thecla en su confinamiento, los consuelos que no estén más allá de lo razonable y lo prudente. Para que pueda pasar el tiempo hasta que su momento con nosotros haya llegado o, como ella me ha indicado que yo lo diga, hasta que el corazón del Autarca, cuya clemencia no conoce murallas ni mares, se dulcifique para con ella, como reza para que así suceda, pide, como es propio de vuestro cargo, le suministréis ciertos libros, los cuales son…»

—Puedes omitir los títulos, Cyby —dijo Ultan—. ¿Cuántos son?

—Cuatro, sieur.

—No hay dificultades entonces. Sigue.

—«Por esto, archivista, os estamos muy agradecidos.» Firmado: «Gurloes, maestro de la Honorable Orden, comúnmente llamada Gremio de Torturadores».

—¿Conoces alguno de los títulos que figuran en la lista del maestro Gurloes, Cyby?

—Tres, sieur.

—Muy bien. Búscalos, por favor. Dime, ¿cuál es el cuarto?

—El Libro de las Maravillas de Urth y el Cielo, sieur.

—Mejor que mejor, hay un ejemplar a no más de dos estanterías de aquí. Cuando tengas los cuatro volúmenes, nos encontrarás junto a la puerta por la que este joven, a quien temo que ya hemos demorado demasiado, entró en la biblioteca.

Intenté devolver el candelabro a Cyby, pero él me indicó con una seña que debía conservarlo y se alejó corriendo por un estrecho pasillo. Ultan andaba a grandes zancadas en la dirección opuesta, moviéndose con tanta seguridad como si pudiera ver.

—Lo recuerdo bien —dijo—. Está encuadernado en cordobán pardo, los bordes son dorados y tiene grabados de Gwinoc, coloreados a mano. Está en la tercera estantería contando desde el suelo, junto a un infolio de tela verde… creo que es Vidas de los Diecisiete Megaterianos, de Blaithmaic.

Sobre todo para que supiera que no lo había abandonado (aunque sin duda su agudo oído captaba mis pasos detrás de él), le pregunté: —¿Qué es, sieur? Me refiero a ese libro de Urth y el cielo.

—¡Vaya! —dijo—. ¿No conoces ninguna pregunta mejor para hacerle a un bibliotecario? Nuestra preocupación, muchacho, ha de ser el cuidado de los libros, no su contenido.

Capté el humor que había en su tono.

—Creo que conoce el contenido de cada uno de los libros que hay aquí, sieur.

—Apenas. Pero Maravillas de Urth y el Cielo era una obra corriente hace trescientos o cuatrocientos años. Relata la mayor parte de las leyendas familiares de los tiempos antiguos. Para mí la más interesante es la de los Historiadores, que habla de un tiempo en que era posible rastrear cada leyenda hasta llegar a un hecho casi olvidado. Notas la paradoja, supongo. ¿Existía la leyenda en aquel tiempo? Y si no existía ¿cómo llegó a existir?

—¿No hay grandes serpientes, sieur, o mujeres voladoras?

—¡Oh, sí! —respondió el maestro Ultan inclinándose al hablar—. Pero no en la leyenda de los Historiadores. —Con aire de triunfo cogió un pequeño volumen encuadernado en piel escamada.— Mira esto, muchacho, y comprueba si he tomado el correcto.

Apoyé el candelabro en el suelo y me agaché junto a él. El libro que tenía en las manos era tan viejo y estaba tan rígido y mohoso, que sin duda no se abría desde hacía más de un siglo. Él título confirmaba la jactancia del viejo. Un subtítulo anunciaba: «Una Compilación de las Fuentes Impresas de los Secretos Universales de una Edad Tal que su Significado ha Quedado Oscurecido por el Tiempo».

—¿Y bien? —preguntó el maestro Ultan—. ¿Estaba en lo cierto o no?

Abrí el libro al azar y leí: «… por medio de lo cual una imagen podría grabarse con tanta habilidad, que toda ella, si se destruyera, podría recrearse a partir de una parte pequeña, y esa parte pequeña podría ser cualquiera».

Supongo que fue la palabra grabar lo que me evocó los acontecimientos que había presenciado la noche que recibí el chrisos.

—Maestro —respondí—. Es usted formidable.

—No, pero rara vez me equivoco.

—Usted, de entre todos los hombres, es el único capaz de perdonarme cuando le diga que me he demorado un instante leyendo unas pocas líneas de este libro. Maestro, seguramente sabe usted de los devoradores de cadáveres. Oí decir que comiendo la carne de los muertos junto con cierto fármaco, son capaces de resucitar a sus víctimas.

—Es insensato saber demasiado acerca de ese tipo de prácticas —murmuró el archivista—, aunque cuando pienso en compartir la mente de un historiador como Loman, o Hermas… —En sus años de ceguera, el maestro debió de haber olvidado cómo nuestros rostros pueden reflejar nuestros más profundos sentimientos. A la luz de las velas vi cómo su rostro se retorcía en una agónica expresión de deseo. Por delicadeza me volví; su voz seguía tan calma como una campana solemne.— Pero por lo que leí una vez, estás en lo correcto, aunque no recuerdo que el libro que sostienes trate ese tema.

—Maestro —le dije—, le doy mi palabra que jamás sospecharía de que usted fuese capaz de semejante cosa. Pero dígame esto: suponga que dos colaboran en el robo de una tumba; uno toma la mano derecha y el otro la izquierda. El que come la mano derecha ¿sólo posee la mitad de la vida del hombre y el otro el resto? Y si es así ¿qué sucede si llega un tercero y se come un pie?

—Es una lástima que seas un torturador —dijo Ultan—. Podrías haber sido un filósofo. No, tal como entiendo yo este asunto malsano, cada cual posee su vida entera.

—Entonces toda la vida de un hombre está contenida en su mano derecha y también en la izquierda. ¿Y también en cada uno de sus dedos?

—Creo que cada participante tiene que consumir más de un bocado para que la práctica sea efectiva. Pero supongo que lo que dices es correcto, al menos en teoría. La vida entera está contenida en cada dedo.

Volvíamos ya andando en la dirección por la que habíamos venido. Como el pasillo era demasiado estrecho para que uno pudiera adelantar al otro, yo llevaba el candelabro delante de él, de forma tal que un extraño, al vernos, podría pensar que iba iluminándole el camino.

—Pero maestro —dije—, ¿cómo puede ser? Con el mismo argumento, la vida tiene que residir en cada articulación de cada dedo, y con seguridad eso es imposible.

—¿Qué tamaño tiene la vida de un hombre? —preguntó Ultan.

—No tengo modo de saberlo, pero ¿no es mayor que eso?

—Para ti, que la ves desde el principio, parece muy larga. Pero yo, que la recuerdo desde su término, sé lo pequeña que ha sido. Supongo que esa es la razón por la que las depravadas criaturas que devoran el cuerpo de los muertos buscan más. Permíteme que te pregunte algo, ¿no has observado que con frecuencia el hijo se parece asombrosamente a su padre?

—Lo he oído decir, sí. Y lo creo —respondí. Al hacerlo, no podía dejar de pensar en los padres que nunca conocería.

—Entonces estarás de acuerdo en que, dado que cada hijo puede parecerse a su padre, es posible que una cara perdure a través de muchas generaciones. Es decir, si el hijo se parece al padre, y su hijo se parece a él, y el hijo de ese hijo se le parece, el cuarto del linaje, el tataranieto, se parecerá al tatarabuelo.

—Sí —dije.

—Sin embargo, la semilla de todos ellos estaba contenida en un dracma de fluido. Si no vinieron de allí, ¿de dónde vinieron?

No pude contestar y seguí andando, desconcertado, hasta que llegamos a la puerta por la que había entrado al nivel más bajo de la gran biblioteca. Allí encontramos a Cyby, que cargaba los otros libros mencionados en la carta del maestro Ultan, y muy agradecido abandoné el aire enrarecido de las estanterías. Volví varias veces a los niveles superiores, pero nunca más entré en ese sótano que parecía una tumba, ni tuve deseos de hacerlo.

Uno de los tres volúmenes que había traído Cyby tenía el tamaño del tablero de una mesa pequeña, un codo de ancho y apenas una ana de altura; por las armas impresas en la cubierta de cabritilla, supuse que sería la historia de alguna antigua familia noble. Los otros eran mucho más pequeños. Un libro verde, apenas mayor que mi mano y no más grueso que mi dedo índice, parecía ser un devocionario, repleto de figuras esmaltadas con pantócratas ascéticos e hipóstatas de halo negro y ropas cubiertas de gemas. Me detuve un instante a mirarlos, compartiendo con una fuente seca un pequeño jardín olvidado, lleno del sol del invierno.

Antes de haber abierto siquiera alguno de los otros volúmenes, sentí ese apremio del tiempo que es el más seguro indicio de que hemos dejado atrás la niñez. Me había ya demorado cuando menos dos guardias para un mandado sencillo, y pronto la luz se desvanecería. Recogí los libros y me apresuré, aunque no lo sabía, al encuentro de mi destino y finalmente de mí mismo en la chatelaine Thecla.

VII — La traidora

Era ya la hora en que debía llevar la comida a los oficiales de turno en la mazmorra. Drotte estaba a cargo del primer nivel, y lo dejé para el final ya que quería hablar con él antes de volver a subir. La verdad era que mi cabeza todavía estaba llena de los pensamientos engendrados por la visita al archivista y quería hablarle a Drotte de ellos.

No se lo veía por ninguna parte. Puse la bandeja y los cuatro libros sobre su mesa y lo llamé con un grito. Un momento más tarde oí su respuesta: venía de una celda que estaba no muy lejos. Corrí hacia allí y miré por la ventana enrejada de la puerta, a la altura de los ojos; la cliente, una mujer de aspecto macilento y de mediana edad, yacía en un camastro. Drotte estaba inclinado sobre ella, y había sangre en el suelo.

Estaba demasiado ocupado como para volver la cabeza.

—¿Eres tú, Severian?

—Sí. Te he traído la cena y los libros para la chatelaine Thecla. ¿Puedo ayudar en algo?

—Se pondrá bien. Se arrancó los vendajes para morir desangrada, pero llegué a tiempo. Deja la bandeja sobre mi mesa ¿quieres? Y podrías terminar de servir la comida en mi lugar, si te sobra un momento.

Titubeé. A los aprendices no se les permite tener trato con los encomendados al cuidado del gremio.

—Ve. Todo lo que tienes que hacer es empujar las bandejas a través de las rendijas.

—Traje los libros.

—Empújalos también por la rendija.

Por un instante más observé cómo se inclinaba sobre la mujer pálida tendida en el camastro; luego me volví, busqué las fuentes que Drotte aún no había repartido, y me puse a trabajar. La mayoría de los clientes todavía tenían fuerzas para levantarse y recoger la comida que les pasaba. Unos pocos ya no, y dejé sus fuentes fuera de la puerta para que Drotte se las diera más tarde. Había varias mujeres de aspecto aristocrático, pero ninguna que pareciese ser la chatelaine Thecla, la exultante recién llegada que debía, al menos por el momento, ser tratada con deferencia.

Como pude haberlo adivinado, estaba en la última celda. Le habían puesto una alfombra además de la cama, la silla y la pequeña mesa habituales; en lugar de los andrajos acostumbrados llevaba un vestido blanco de mangas amplias cuyos extremos, al igual que el ruedo de la falda, estaban tristemente sucios ahora; a pesar de todo, el vestido conservaba todavía un aire de elegancia que era tan extraño para mí como para la celda. Cuando la vi por primera vez, estaba bordando a la luz de una vela aumentada por un reflector de plata; pero sintió sin duda mis ojos puestos sobre ella. Ahora debería gratificarme decir que no había miedo en su rostro, sin embargo, no sería cierto. Había terror allí, aunque dominado casi hasta la invisibilidad.

—Está todo bien —la tranquilicé—. Le he traído la comida.

Ella asintió con la cabeza y me dio las gracias; luego se puso de pie y se acercó a la puerta. Era más alta aún de lo que yo había esperado, casi demasiado alta para mantenerse erguida en la celda. La cara, aunque más triangular que en forma de corazón, me recordó la de la mujer que había estado con Vodalus en la necrópolis. Tal vez fueron los grandes ojos violetas, de párpados sombreados de azul, o el cabello negro que, cayendo en V sobre la frente, sugería la capucha de un manto. En realidad no importa la razón, lo cierto es que la amé de inmediato… La amé, por lo menos, en la medida en que un muchacho estúpido puede amar. Pero como era un muchacho estúpido, no lo sabía.

Una mano blanca, fría, ligeramente húmeda e imposiblemente estrecha, rozó la mía cuando le alcancé la fuente.

—Ésta es la comida ordinaria —le dije—. Creo que si lo pide puede conseguir algo mejor.

—Usted no lleva máscara —dijo—. La suya es la primera cara humana que veo aquí.

—Soy sólo un aprendiz. No llevaré máscara hasta el año próximo.

Se sonrió y me sentí como cuando había estado en el Atrio del Tiempo, en un lugar abrigado y con comida. Tenía una boca ancha, con dientes muy blancos y pequeños; cuando sonrió le brillaron los ojos, profundos como la cisterna bajo el Torreón de la Campana.

—Lo siento —dije—. No la oí.

La sonrisa volvió a aparecer, e inclinó a un lado la adorable cabeza.

—Le dije cuánto me alegró ver al fin una cara, y le pregunté si usted me serviría la comida en el futuro, y qué es esto que me trajo.

—No, no será así. Sólo hoy, porque Drotte está ocupado. —Traté de recordar qué comida le había traído (ella había puesto la bandeja sobre la mesita y yo alcanzaba a verla a través del enrejado). No lo logré, aunque mi cerebro estuvo a punto de reventar con el esfuerzo. Finalmente dije de modo no muy convincente:— Probablemente sea mejor que se la coma. Pero creo que podrá conseguir una comida mejor si se lo pide a Drotte.

—Pues yo tengo intención de comerla. La gente siempre me felicita por la esbeltez de mi figura, pero créame, lo devoro todo, como un lobo feroz. —Tomó la bandeja y me la mostró como si supiera que me haría falta toda clase de ayuda para develar el misterio de lo que había dentro.

—Todas esas cosas verdes son puerros, chatelaine —dije—. Las marrones son lentejas. Y eso es pan.

—¿Chatelaine? No necesita ser tan formal. Usted es mi carcelero y puede llamarme como se le antoje. —Ahora había regocijo en sus ojos profundos.

—No tengo la menor intención de insultarla —le dije—. ¿Querría que la llamara de otro modo?

—Llámame Thecla, ése es mi nombre. Los títulos son para las ocasiones solemnes, los nombres para las informales. Aunque supongo que será una ocasión muy solemne cuando reciba mi castigo.

—Para los exultantes generalmente lo es.

—Pienso que habrá un exarca, si lo dejáis entrar, todo vestido de retazos escarlatas. Varios otros además… quizás el Estaroste Egino. ¿Estás seguro de que esto es pan? — Lo tocó con uno de sus largos dedos.

—Sí —dije—. Con seguridad que la chatelaine ya había comido pan antes.

—No como éste. —Tomó la delgada rebanada y la desgarró con los dientes, rápida y limpiamente.— No es malo sin embargo. ¿Dices que si lo pido me traerán mejor comida?

—Así lo creo, chatelaine.

—Thecla. Pedí unos libros… hace dos días cuando llegué aquí. Pero no los he recibido.

—Los tengo yo —le dije—. Aquí. —Volví corriendo a la mesa de Drotte, los recogí y le pasé el más pequeño por la rendija.

—¡Oh, magnífico! ¿Hay otros?

—Tres más. —El libro marrón también pasó por la rendija, pero los otros dos, el libro verde y el infolio con escudo de armas en la portada, eran demasiado anchos.— Drotte abrirá la puerta más tarde y se los dará —le dije.

—¿No puedes hacerlo tú? Es terrible mirar a través de esta rendija, verlos y no poder tocarlos.

—Se supone que ni siquiera puedo traerle la comida. Drotte es quien debería hacerlo.

—Pero lo hiciste. Además, si fuiste tú el que trajo los libros. ¿Cómo es que no debes dármelos?

Argumenté sin demasiada convicción, ya que sabía que en el fondo ella estaba en lo cierto. El propósito de la regla que impedía a los aprendices trabajar en la mazmorra, era impedir las fugas; y sabía que a pesar de lo alta que era, esta esbelta mujer jamás podría conmigo, y aun cuando pudiera, no tendría oportunidad de salir sin que se lo impidieran. Fui a la puerta de la celda donde Drotte todavía se afanaba sobre la cliente que había intentado suicidarse, y volví con las llaves.

Al encontrarme delante de ella, con la puerta de la celda cerrada detrás de mí, no pude hablar. Puse los libros sobre la mesa, junto al candelabro, la bandeja de comida y la jarra de agua; apenas había sitio para ellos. Cuando terminé, me quedé esperando, sabiendo que tenía que irme. Pero no podía moverme.

—¿No quieres sentarte?

Me senté en la cama, dejando la silla para ella.

—Si esto fuera mi suite en la Casa Absoluta, podría ofrecerte mayor comodidad. Desafortunadamente, nunca fuiste mientras yo estaba allí.

Negué con la cabeza.

—No tengo otra cosa que ofrecerte más que esto. ¿Te gustan las lentejas?

—No quiero comer, chatelaine. Cenaré pronto, y apenas hay bastante para usted.

—Es cierto. —Tomó un puerro y luego, como si no supiera qué hacer con él, se lo engulló como un charlatán de feria que se traga una víbora.— ¿Qué comerás?

—Puerros y lentejas, pan y carnero.

—¡Ah, a los torturadores les dan carnero… ésa es la diferencia. ¿Cómo te llamas, maestro torturador?

—Severian. Pero eso no la ayudará, chatelaine; eso no cambiará nada.

Se sonrió.

—¿Qué es lo que no cambiará nada?

—Hacer amistad conmigo. No puedo devolverle la libertad. Y no lo haría… ni siquiera si no tuviera otro amigo en el mundo más que usted.

—Nunca pensé que podrías hacerlo, Severian.

—Entonces ¿por qué se molesta en conversar conmigo?

Ella suspiró y la animación se le fue del rostro como la luz del sol abandona la piedra en la que el mendigo busca calor.

—¿Con quién más puedo conversar, Severian? Puede que hable contigo por un tiempo, unos días o unas pocas semanas, y después muera. Sé lo que estás pensando… que si volviera a mi suite, nunca dispondría de una mirada para ti. Pero te equivocas. Uno no puede hablar con cada uno porque hay demasiados cada uno, pero el día antes de que me trajeran aquí, conversé un instante con el hombre que sostenía mi montura. Lo hice porque tenía que esperar, pero además dijo algo que me interesó.

—No volverá a verme. Drotte le traerá la comida.

—¿Y tú no? Pídele que te deje hacerlo. —Me tomó las manos con sus manos heladas.

—Lo intentaré —dije.

—Hazlo. Hazlo, por favor. Dile que quiero una comida mejor que ésta y que me sirvas tú… espera, yo misma se lo pediré. ¿Ante quién tiene que responder?

—Ante el maestro Gurloes.

—Le diré a… ¿Drotte se llama?, que quiero hablar con él. Tienes razón, no podrán negarse. Quizás el Autarca quiera ponerme en libertad… ellos no lo saben. —Un relámpago le cruzó los ojos.

—Le diré a Drotte que quiere verlo cuando se desocupe —dije, y me puse de pie.

—Espera. ¿No vas a preguntarme por qué estoy aquí?

—Sé para qué está aquí —dije mientras cerraba la puerta—. Para que finalmente la torturen como a los demás. —Era cruel decirlo, y lo dije sin pensar, como suelen hacerlo los jóvenes, sólo porque lo tenía en la mente. Pero a pesar de todo era verdad, y mientras giraba la llave en la cerradura, en cierto modo me sentí contento de haberlo dicho.

Varias veces antes de ésa, habíamos tenido exultantes como clientes. La mayor parte entendía, desde el principio, la situación en que se encontraba, como la chatelaine Thecla. Pero cuando después de algunos días aún no habían sido torturados, la esperanza reemplazaba a la razón y comenzaban a hablar de excarcelaciones… de cómo amigos y familiares maniobrarían para sacarlos de allí, y de lo que harían cuando fueran libres.

Uno se retiraría a sus propiedades y no molestaría más a la corte del Autarca. Otro se ofrecería como voluntario para conducir un grupo de lansquenetes en el norte. Entonces los oficiales de turno en la mazmorra oían historias de perros de caza y brezales remotos, de juegos campestres, desconocidos en cualquier otro lugar, que se jugaban bajo árboles inmemoriales. La mayoría de las veces, las mujeres eran realistas, pero ellas también, a medida que el tiempo pasaba, hablaban de amantes altamente situados (abandonados ahora desde hacía meses o años) que jamás las abandonarían, y luego tendrían hijos o adoptarían huérfanos. Uno sabía que después de estos niños destinados a no nacer, y que nunca tenían nombre, vendría el tema de la ropa; con la liberación llegarían nuevos atavíos, y los viejos serían quemados; hablaban de colores, de inventar nuevas modas y resucitar otras viejas.

Por fin llegaba el momento, tanto para los hombres como para las mujeres, en que en lugar de un oficial con la comida, aparecía el maestro Gurloes con tres o cuatro oficiales y quizás un examinador y un fulgurador. Yo quería, en lo posible, evitarle a la chatelaine Thecla esas esperanzas. Colgué las llaves de Drotte en el sitio acostumbrado y cuando pasé por la celda en la que ahora estaba limpiando la sangre derramada en el suelo, le dije que la chatelaine deseaba hablarle.

A los dos días fui convocado ante el maestro Gurloes. Había esperado permanecer de pie frente a la mesa, con las manos detrás, como habitualmente hacíamos los aprendices, pero me dijo que me sentara, y quitándose la máscara guarnecida de oro, se inclinó hacia mí de un modo que implicaba una causa común y una relación amistosa.

—Hace una semana o tal vez algo menos, te envié al archivista —dijo.

Asentí con la cabeza.

—Cuando trajiste los libros, entiendo que fuiste tú mismo quien se los entregó a la cliente. ¿Es eso correcto?

Le expliqué lo que había sucedido.

—No hay nada de malo en eso. No quiero que pienses que voy a ordenar trabajos adicionales por lo que has hecho, y mucho menos hacer que te inclines sobre una silla. Ya casi eres un oficial… cuando tenía tu edad, me hicieron girar el alternador. La cosa es, Severian, que la posición de la cliente es muy elevada. —El maestro hablaba ahora en un ronco murmullo.— Altas conexiones.

Dije que me había dado cuenta.

—No sólo una familia armígera. Sangre azul. —Se volvió y después de registrar las desordenadas estanterías de detrás de la silla, tomó un libro.— ¿Tienes idea de cuántas familias exultantes hay? Esto es sólo la lista de las que todavía existen. Un compendio de las extinguidas ocuparía toda una enciclopedia, supongo. Yo mismo he extinguido a algunas de ellas.

Rió, y yo reí junto con él.

—Dedica cerca de media página a cada una. Hay setecientas cuarenta y seis páginas.

Asentí con la cabeza para mostrar que entendía.

—La mayoría no conoce a nadie en la corte… no pueden permitírselo o tienen miedo. Ésas son las pequeñas. Las grandes familias están obligadas: el Autarca quiere una concubina a la que pueda tomar como rehén en caso de que se muestren descorteses. Pues bien, el Autarca no puede jugar a las cartas con quinientas mujeres. Las más cercanas han de ser unas veinte, las demás conversan entre sí y bailan y no lo ven de cerca más de una vez por mes.

Le pregunté (tratando de mantener firme mi voz) si el Autarca se acostaba en realidad con todas estas concubinas.

El maestro Gurloes hizo girar los ojos y se tiró de la barbilla con su enorme mano, después de una pausa dijo: —Por motivos de decencia se recurre a las khaibits, a las que también llaman «las mujeres sombra», que son muchachas corrientes que se parecen a las chatelaines. No sé dónde las consiguen, pero tienen que ocupar el puesto de las otras. Por supuesto, no son tan altas. Claro que —agregó entre carcajadas— cuando están acostadas la diferencia de altura no importa demasiado. Pero parece ser que a menudo la situación se invierte. En lugar de reemplazar las khaibits a las señoras, son éstas quienes reemplazan a las khaibits. Pero el presente Autarca, todos y cada uno de cuyos actos son más dulces que la miel en las bocas de este honorable gremio, y nunca lo olvides… en su caso, si se me permite decirlo, y de acuerdo con lo que tengo entendido, es más que dudoso que disfrute de ninguna de ellas.

El alivio me inundó el corazón.

—No lo sabía. Es muy interesante, maestro.

El maestro Gurloes inclinó la cabeza para reconocer que en verdad lo era, y entrelazó los dedos sobre el vientre.

—Tal vez el gremio esté a tu cargo algún día, y entonces convendrá que sepas todas estas cosas. Cuando yo tenía tu edad, o quizá menos, solía imaginar que era de sangre exultante. Ya sabes, algunos lo han sido.

Se me ocurrió, y no por primera vez, que ya que el maestro Gurloes y el maestro Palaemon habían tenido que aprobar nuestra admisión, era natural que supiesen de dónde proveníamos todos los aprendices y los oficiales más jóvenes.

—Si lo soy o no, no puedo decirlo. Tengo el físico de un jinete, creo, y estoy por encima de la altura media, a pesar de haber tenido una dura infancia. Porque te diré que hace cuarenta años, era mucho, mucho más duro que ahora.

—Así me han dicho, maestro.

Suspiró, con el sonido de un almohadón de cuero cuando uno se sienta encima.

—Pero con el transcurso del tiempo he llegado a entender que el Increado, decidiendo para mí una carrera en nuestro gremio, me estaba haciendo un favor. Sin duda yo había hecho méritos en una vida previa, como espero estar haciéndolos ahora.

El maestro Gurloes calló un momento mientras contemplaba los papeles desordenados esparcidos en la mesa, las instrucciones de los juristas y los antecedentes de los clientes. Por fin, cuando estaba a punto de preguntarle si tenía algo más que decirme, recitó: — Jamás, en toda mi vida, he conocido a ningún miembro del gremio que fuera sometido a tormento. Y he conocido a varios centenares.

Yo aventuré el lugar común de decir que es mejor ser un sapo escondido bajo una piedra que una mariposa aplastada.

—Supongo que nosotros los del gremio somos algo más que sapos. Pero pude haber agregado que a pesar de que he visto a quinientos exultantes o más en nuestras celdas, nunca, hasta ahora, tuve a mi cargo a ninguna de esas concubinas más próximas al Autarca.

—¿La chatelaine Thecla pertenecía a ese grupo? Lo sugirió usted hace un momento, maestro.

Asintió con aire lúgubre.

—No sería tan grave si hubiera que someterla a tormento en seguida, pero esto no ocurrirá. Puede que pasen años. Puede que no sea nunca.

—¿Pero cree posible que la pongan en libertad, maestro?

—Aún no lo sé. Ella no es más que un peón en la partida que mantiene el Autarca con Vodalus. La hermana de nuestra exultante, la chatelaine Thea, ha huido de la Casa Absoluta para convertirse en amante de Vodalus. Tratarán de negociar a Thecla al menos por un tiempo, y mientras lo hagan, tenemos que tratarla bien. No demasiado, sin embargo.

—Entiendo —comenté. Me incomodaba terriblemente no saber lo que la chatelaine Thecla le había dicho a Drotte y lo que éste le había dicho al maestro Gurloes.

—Pidió mejor comida y he hecho los arreglos necesarios para que así sea. También pidió compañía, y cuando le dijimos que no se le permitirían visitas, nos instó a que uno de nosotros, por lo menos, le hiciera compañía de cuando en cuando.

El maestro Gurloes hizo una pausa para secarse con el extremo de la capa el rostro brillante.

—Comprendo —dije con la certeza de que entendía bastante bien lo que estaba por venir.

—Te ha solicitado a ti porque te ha visto la cara. Le dije que la acompañarías durante la comida. No pido tu aceptación, no sólo porque estás sujeto a mis instrucciones, sino porque sé que eres leal. Lo que sí te pido es que tengas cuidado de no disgustarla, ni de complacerla demasiado.

—Lo haré lo mejor que pueda —respondí, sorprendido por la firmeza de mi propia voz.

El maestro Gurloes sonrió como si yo le hubiera quitado un peso de encima.

—Tienes una buena cabeza, Severian, aunque todavía seas joven. ¿Has estado alguna vez con una mujer?

Cuando los aprendices hablamos entre nosotros acerca de este tema, acostumbramos inventar fábulas, pero no estaba entre aprendices ahora y negué con la cabeza.

—¿No has estado nunca con las brujas? Tal vez sea mejor así. Ellas me adiestraron en el ardiente comercio, pero no creo que les enviara a otro como el que yo era. Es probable, sin embargo, que la chatelaine quiera que le calienten la cama. No debes hacerlo. Su preñez no sería una preñez común, obligaría a retrasar el tormento y constituiría una vergüenza para el gremio. ¿Me sigues?

Asentí con la cabeza.

—Los muchachos de tu edad tienen sus problemas. Haré que alguien te lleve adonde se curan de prisa.

—Como desee, maestro.

—¿Cómo? ¿No me lo agradeces?

—Gracias, maestro —dije.

Gurloes era uno de los hombres más complejos que he conocido, porque era un hombre complejo que trataba de ser simple. Por lo menos, según la idea de simplicidad que tiene un hombre complejo. Así como un cortesano hace de sí mismo algo a la vez intrincado y brillante, a mitad de camino entre un maestro de baile y un diplomático dispuesto a asesinar si fuera necesario, Gurloes se había transformado en el opaco individuo que un demandante o un alguacil esperan ver cuando convocan al conductor de nuestro gremio; y eso es lo único que un verdadero torturador no puede permitirse. La tensión se notaba; aunque cada parte de Gurloes era como debía ser, ninguna de esas partes encajaba con las otras. Bebía mucho y tenía pesadillas, pero las tenía cuando había estado bebiendo, como si el vino, en lugar de cerrarle a cal y canto las puertas de la mente, las abriera y le permitiera ir de un lado a otro en las últimas horas de la noche, intentando atisbar un sol que no había aparecido aún, un sol que desvanecería los fantasmas de la gran cámara y le permitiría vestirse y dar órdenes a los oficiales. A veces iba hasta lo alto de nuestra torre, sobre los cañones, y aguardaba allí conversando consigo mismo, espiando a través de un cristal del que se dice que es más duro que la piedra, a la espera de los primeros destellos. Era el único de nuestro gremio —incluyendo al maestro Palaemon— que no tenía miedo de las energías que había allí y las bocas invisibles que hablaban a veces con seres humanos y a veces con otras bocas en otras torres y fortalezas. Amaba la música, y llevaba el compás sobre los brazos de su sillón con las manos y sobre el suelo con los pies, y más vigorosamente aún en el caso de escucharla que prefería, cuyos ritmos eran demasiado sutiles como para poder seguirlos. Comía mucho, pero muy de vez en cuando; leía cuando se creía a salvo de la vista de los demás, y visitaba a algunos de nuestros clientes, incluyendo a uno del tercer nivel, con los que conversaba de cosas que cuando escuchábamos a escondidas, ninguno de nosotros era capaz de entender. Los ojos le brillaban, aún más que los de cualquier mujer. Pronunciaba mal las palabras más corrientes: urticaria, salpinx, bordereau. Me es imposible describir el mal aspecto que tenía cuando hace poco volví a la Ciudadela, y el mal aspecto que tiene ahora.

VIII — El conversador

Al día siguiente, le llevé a Thecla la cena por primera vez. Permanecí con ella durante una guardia. Con frecuencia, Drotte nos observaba a través de la rendija. Jugamos a juegos mundanos en los que ella era mucho mejor que yo, y al cabo de un tiempo conversamos sobre esas cosas que quienes han retornado, según se cuenta, dicen que están más allá de la muerte. Ella me contó lo que había leído en el libro más pequeño de los que yo le trajera; no sólo las aceptadas opiniones de los hierofantes, sino también varias teorías excéntricas y heterodoxas.

—Cuando esté en libertad —dijo—, fundaré mi propia secta. Les diré a todos que la sabiduría me fue revelada durante mi estancia entre los torturadores. Eso lo atenderán.

Le pregunté en qué consistiría su enseñanza.

—En que no existe agathodaemon o vida después de la muerte. Que la mente se extingue en la muerte como en el sueño, sólo que de un modo más profundo.

—Pero ¿quién dirás que te lo ha revelado?

Ella sacudió la cabeza; luego apoyó la barbilla puntiaguda sobre una mano, en una pose que revelaba de manera admirable la elegante línea del cuello.

—Todavía no lo he decidido. Un ángel de hielo, quizá. O un fantasma. ¿Cuál te parece mejor?

—¿No hay una contradicción ahí?

—Precisamente. —La voz se le enriquecía con el placer que le proporcionaba la pregunta.— En esa contradicción residirá el atractivo de esta nueva creencia. No se puede fundar una teología novedosa sobre la Nada, y ningún fundamento es tan seguro como una contradicción. Ahí tienes a los grandes triunfadores del pasado: dicen que sus deidades son los amos de todos los universos y sin embargo necesitan que sus abuelas los defiendan, como si fueran niños asustados por las gallinas. O dicen también: la autoridad que no castiga a nadie mientras haya oportunidad de reforma, ha de castigar a todos cuando ya no hay posibilidad de que nadie mejore.

—Esas cosas son demasiado complicadas para mí —dije.

—No, no lo son. Eres tan inteligente como la mayoría de los jóvenes. Pero supongo que vosotros los torturadores no tenéis religión. ¿Os hacen jurar que la abandonaréis?

—Nada de eso. leñemos una patrona celestial y preceptos, como cualquier otro gremio.

—Nosotros no. —Por un momento, pareció reflexionar sobre la cuestión.— Sólo los gremios los tienen, ¿sabes?, y el ejército, que también es una especie de gremio. Creo que estaríamos mejor si los tuviéramos. Sin embargo, los días festivos y las noches de vigilia se han convertido en exhibiciones, en meras oportunidades para lucir nuevos vestidos. ¿Te gusta esto? —Se puso de pie y extendió los brazos para mostrarme el estropeado vestido blanco.

—Es muy bonito —aventuré—. El bordado y el modo en que están cosidas las perlas.

—Es lo único que tengo… lo que tenía puesto cuando me trajeron aquí. Es para la cena, en realidad. Después de la media tarde y antes de que empiece la velada.

Le dije que estaba seguro que el maestro le haría traer otros si ella lo pedía.

—Ya lo hice, y dice que envió a alguna gente a la Casa Absoluta para traérmelos, pero que no pudieron encontrarla, lo cual significa que la Casa Absoluta trata de fingir que no existo. De cualquier modo es posible que toda mi ropa haya sido enviada a nuestro castillo del norte o a alguna de las villas. Hará que su secretario escriba pidiéndola.

—¿Sabes a quién envió? —pregunté—. La Casa Absoluta tiene que ser casi tan grande como nuestra Ciudadela, y pienso que sería imposible no encontrarla.

—Por el contrario, es muy fácil. Como no se la ve, puedes estar allí, y no saberlo nunca, si no tienes suerte. Además, con los caminos clausurados, les basta con alertar a sus espías para que den una dirección incorrecta a alguien en particular, y tienen espías en todas partes.

Empecé a preguntarle cómo era posible que la Casa Absoluta (que siempre me había imaginado como un enorme palacio con torres resplandecientes y grandes cúpulas) fuera invisible; pero Thecla ya estaba pensando en otra cosa totalmente distinta, acariciando un brazalete en forma de kraken, un kraken cuyos tentáculos le envolvían la cara blanca del brazo, y cuyos ojos eran esmeraldas en bruto.

—Me sorprendió que me permitieran conservarlo. Es muy valioso. De platino, no de plata.

—No hay nadie aquí que pueda ser sobornado.

—Podría venderse en Nessus para comprar ropa. ¿Sabes si alguno de mis amigos ha intentado verme?

Negué con la cabeza: —No serían admitidos.

—Entiendo, pero alguno quizá podría intentarlo. ¿Sabes que casi todos en la Casa Absoluta ignoran que este lugar existe? Veo que no me crees.

—¿Quieres decir que no saben de la Ciudadela?

—Eso lo saben, por supuesto. Partes de ella están abiertas para todos, y de cualquier manera es imposible no ver los chapiteles si se va hasta el extremo sur de la ciudad viviente, no importa de qué lado del Gyoll. —Golpeó con una mano la pared de metal de la celda.— No saben de esto… o cuando menos, muchos de ellos negarían que todavía existe.

Ella era una gran, gran chatelaine, y yo era algo peor que un esclavo (ante los ojos de la gente común, que no comprende realmente las funciones de nuestro gremio). Sin embargo, cuando el tiempo hubo transcurrido y Drotte golpeó la puerta, fui yo el que se puso de pie, abandonó la celda, y subió de prisa hasta encontrarse con el aire limpio de la tarde, mientras Thecla se quedaba escuchando los lamentos y gritos de los demás. (Aunque la celda se encontraba a cierta distancia de la escalinata, Thecla alcanzaba a oír las risas del tercer nivel aun cuando no había nadie allí para conversar con ella.)

Esa noche en nuestro dormitorio, pregunté si alguno conocía los nombres de los oficiales que el maestro Gurloes había enviado en busca de la Casa Absoluta. Nadie lo sabía, pero mi pregunta provocó una animada discusión. Aunque ninguno de los muchachos había visto el sitio o conversado siquiera con alguien que lo hubiera hecho, todos habían escuchado historias. Casi todas trataban acerca de fabulosas riquezas: vajillas de oro, sillas tapizadas en seda y esa clase de cosas. Más interesantes fueron las descripciones que se hicieron del Autarca, que de adecuarse a todas ellas, habría sido una especie de monstruo; se decía que de pie era alto, pero sentado de talla normal; viejo, joven, una mujer disfrazada de hombre y así sucesivamente. Todavía más fantásticos eran los cuentos acerca del visir, el famoso padre Inire, que parecía un mono y era el hombre más viejo del mundo.

Acabábamos de empezar a intercambiar maravillas, cuando hubo un golpe a la puerta. El más joven abrió, y vi a Roche, vestido no con los calzones y la capa fulígenos de los reglamentos del gremio, sino con pantalones, camisa y chaqueta corrientes, pero nuevas y a la moda. Me hizo señas de que me acercara, y cuando fui hasta la puerta para hablarle me indicó que lo siguiera.

Cuando habíamos descendido un trecho de escalera, dijo: —Me temo que asusté al pequeño. No sabe quién soy.

—No con esa ropa —le dije—. Te recordaría si te viera vestido como solías hacerlo.

Eso le gustó y se rió.

—¿Sabes?, fue tan extraño tener que llamar a esa puerta. ¿Qué día es hoy? Dieciocho… todavía no hace tres semanas. ¿Cómo van tus cosas?

—Bastante bien.

—Parece que tienes dominada a la pandilla. Eata es tu segundo ¿no es así? No llegará a oficial hasta dentro de cuatro años, de modo que será capitán tres después de ti. La experiencia será buena para él, y lamento que tú no hayas tenido más antes de ocupar el cargo. Yo te estorbé el camino, pero en ese tiempo ni lo sabía.

—Roche, ¿a dónde vamos?

—Bien, primero iremos a mi cámara para que te vistas. ¿Aspiras a convertirte en oficial, Severian?

Estas palabras me las arrojó por sobre el hombro mientras bajaba a prisa las escaleras delante de mí, y no esperó a mi respuesta.

Mi traje era muy parecido al suyo, aunque de distinto color. También había abrigos y gorras para los dos.

—Estarás satisfecho con él —dijo mientras me ponía el abrigo—. Hace frío, y está empezando a nevar. —Me alcanzó un pañuelo de cuello y me dijo que me quitara los zapatos gastados y me pusiera un par de botas.

—Son botas de oficial —protesté—. No puedo llevarlas.

—No importa. Todo el mundo lleva botas negras. Nadie lo notará. ¿Te van bien?

Eran demasiado grandes, de modo que me puse otro par de calcetines.

—Se supone que yo he de hacerme cargo del dinero, pero como quizá tengamos que separarnos, sería mejor que llevaras unos pocos asimi. —Dejó caer unas monedas en mi mano.— ¿Listo? Vamos. Me gustaría volver a tiempo para dormir un poco si es posible.

Abandonamos la torre, y vestidos con nuestras extrañas ropas, bordeamos el Torreón de las Brujas para tomar el paseo cubierto que lleva más allá del Martello al patio que llaman Roto. Roche había estado en lo cierto: empezaba a nevar; los copos blandos, grandes como la yema de mi pulgar se movían en el aire con tanta lentitud que parecían haber estado cayendo durante años. No soplaba viento y oíamos cómo se quebraba bajo nuestras botas el delgado disfraz del mundo nuevo y a la vez familiar.

—Estás de suerte —me dijo Roche—. No se cómo lo lograste, pero gracias.

—¿Logré qué?

—Una excursión a la Ecopraxia, y una mujer para cada uno. Sé que lo sabes, el maestro Gurloes me dijo que ya te había notificado.

—Lo olvidé, y de cualquier modo no estaba seguro de que hablara en serio. ¿Iremos a pie? Hay un largo camino.

—No tanto como quizá creas, pero ya te dije que disponemos de fondos. Habrá fiacres en el Portalón Amargo. Siempre los hay… la gente está continuamente yendo y viniendo, aunque uno no lo crea así desde nuestro pequeño rincón.

Para hablar de algo, le comenté lo que la chatelaine Thecla había dicho: que mucha gente de la Casa Absoluta no sabía que existíamos.

—Así es, estoy seguro. Cuando te crías en el gremio, éste parece el centro del mundo. Pero cuando eres algo mayor, esto lo descubrí por mí mismo y confío en que a ti no te ocurra, algo estalla en tu cabeza y descubres que el gremio no es la pieza clave de este universo después de todo, sino sólo un oficio impopular pero bien pagado al que has ido a parar no sabes muy bien por qué razones.

Como Roche había vaticinado, había coches, tres, esperando en el Patio Roto. Uno pertenecía a un exultante con blasones pintados en las puertas y palafreneros de exótico uniforme, pero los otros dos eran fiacres, pequeños y sencillos. Los conductores, con sus gorras de piel, se inclinaban sobre un fuego que habían encendido sobre el empedrado. Visto desde lejos, a través de la cortina de nieve, no parecía más grande que una chispa.

Roche agitó un brazo y gritó, y un conductor subió al asiento de un salto, hizo restallar el látigo, y avanzó resonante hasta nosotros. Una vez dentro del coche, le pregunté a Roche si el conductor sabía quiénes éramos, y él me dijo: —Somos dos optimates que tuvieron algo que hacer en la Ciudadela y ahora se dirigen a la Ecopraxia para una noche de placeres. Eso es todo lo que sabe y todo lo que necesita saber.

Me pregunté si Roche tenía mucha más experiencia que yo en semejantes placeres. Parecía improbable. Con la esperanza de descubrir si había visitado antes nuestro destino, le pregunté dónde quedaba la Ecopraxia.

—En el barrio Algedónico. ¿Has oído hablar de él?

Asentí y dije que el maestro Palaemon una vez había mencionado que era una de las partes más antiguas de la ciudad.

—En realidad, no. Más hacia el sur hay otras partes que son mucho más antiguas, un baldío de piedra donde sólo viven homófagos. La Ciudadela se levantaba a cierta distancia al norte de Nessus ¿lo sabías?

Negué con la cabeza.

—La ciudad sigue arrastrándose río arriba. Los armígeros y los optimates quieren agua más pura, no para bebérsela, sino para sus peceras, para nadar y pasear en bote. Claro que además, cualquiera que viva demasiado cerca del mar resulta algo sospechoso. De modo que las partes más bajas, donde el agua es peor, van siendo abandonadas. Al final la ley procede, y los que se quedan atrás tienen miedo de encender el fuego por lo que el humo pueda acarrearles.

Yo estaba mirando por la ventanilla. Habíamos atravesado ya una gran puerta desconocida para mí, pasando de prisa junto a unos guardianes con yelmo; pero todavía estábamos dentro de la Ciudadela, descendiendo por una calle estrecha en medio de dos hileras de ventanas cerradas.

—Cuando eres oficial, puedes ir a la ciudad tantas veces como quieras, con tal de no estar de turno.

Eso yo ya lo sabía, por supuesto; pero le pregunté a Roche si lo encontraba agradable.

—No exactamente… En realidad, sólo he ido dos veces. Y más que agradable lo he encontrado interesante. Saben quién es uno, naturalmente.

—Dijiste que el conductor no lo sabía.

—Bueno, probablemente no. Esos conductores van por todo Nessus. Puede que viva en cualquier parte y que no vaya a la Ciudadela más de una vez al año. Pero los vecinos saben. Los soldados cuentan. Siempre saben y siempre cuentan, eso es lo que todo el mundo dice. Pueden salir de uniforme, si quieren.

—Esas ventanas están todas oscuras. No creo que viva nadie en esta parte de la Ciudadela.

—Todo se vuelve más pequeño. Nadie puede hacer mucho para evitarlo. Menos alimento significa menos gente, hasta que llegue el Sol Nuevo.

A pesar del frío, me sentí ahogado en el fiacre.

—¿Falta mucho todavía? —pregunté.

Roche rió entre dientes.

—Estás nervioso ¿no es eso?

—No, no lo estoy.

—Claro que lo estás. No te preocupes, es natural. No te pongas nervioso por estar nervioso, si entiendes lo que quiero decir.

—Estoy tranquilo.

—Puede ser rápido, si eso es lo que quieres. Tampoco tienes por qué hablar con la mujer. A ella no le importa. Por supuesto, hablará si eso te gusta. Tú eres el que paga… en este caso, yo, pero el principio es el mismo. Hará lo que tú quieras dentro de los límites de lo razonable. Si le pegas o aprietas demasiado, cobran más.

—¿Hace eso la gente?

—Aficionados, ya sabes. No creí que tú lo desearas y no creo que nadie del gremio llegue a eso, a no ser quizá cuando están borrachos. —Hizo una pausa.— Lo que estas mujeres hacen es ilegal, de modo que no pueden quejarse.

El fiacre se inclinó de un modo alarmante y salimos de la calle angosta a una todavía más estrecha que corría retorcida hacia el este.

IX — La casa azur

Nuestro destino era una de esas estructuras agrandadas que se ven en las partes más viejas de la ciudad (y que yo sepa, sólo allí) en las que la acumulación y la interconexión de lo que originalmente eran edificios separados, producen una confusión de estilos arquitectónicos, con pináculos y torrecillas, donde los primeros constructores no habían querido más que techados. La nieve había caído aquí más pesadamente, o tal vez sólo había estado cayendo mientras viajábamos. Rodeaba el alto pórtico con informes montículos blancos, suavizando y borroneando el contorno de la entrada; se acumulaba en los alféizares; enmarcaba y borraba las cariátides de madera que sostenían los tejados; parecía prometer silencio, seguridad y secreto. En las ventanas inferiores había luces amarillentas. Las plantas superiores estaban a oscuras. A pesar de la nieve caída, alguien de dentro debió de haber oído nuestras pisadas. La puerta, grande, vieja y no ya en el mejor de sus estados, se abrió de golpe antes de que Roche pudiera llamar. Entramos y nos encontramos en un cuarto pequeño y estrecho como un alhajero, con las paredes y el techo recubiertos de satén azul. La persona que nos invitó a pasar, llevaba zapatos de suela gruesa e iba vestido de amarillo; el pelo corto y blanco, peinado hacia atrás, dejaba al descubierto una frente ancha y redondeada sobre una cara sin barba ni arrugas. Cuando al entrar pasé junto a él, descubrí que yo estaba mirándole el interior de los ojos como quien mira a través de una ventana. Y es que en verdad podrían haber sido de vidrio, tan pulidos y faltos de vida parecían… como el cielo en una sequía estival.

—Tienen suerte —dijo, y nos alcanzó a cada uno una copa—. No hay nadie aquí más que ustedes.

—Estoy seguro de que las chicas se sienten solas —respondió Roche.

—Lo están. Se sonríe usted… veo que no me cree, pero es así. Se quejan si hay mucho trabajo, pero se entristecen cuando no viene nadie. Todas intentarán fascinarlos, ya lo verán. Las elegidas se jactarán, una vez que ustedes se hayan marchado. Además, los dos son jóvenes y atractivos. —Hizo una pausa, y aunque no miraba fijamente, pareció observar a Roche más de cerca.— Usted ya ha estado antes aquí ¿no es cierto? Recuerdo el rojo subido del pelo. Muy lejos hacia el sur, en las tierras estrechas, los salvajes pintan un espíritu del fuego muy parecido a usted. Y su amigo tiene cara de exultante… eso es lo que más les gustará a mis muchachas. Entiendo por qué lo trajo aquí. —La voz del hombre podría haber sido de tenor o de contralto.

Se abrió otra puerta donde había un vidrio de color con la imagen de la Tentación. Entramos en un cuarto que parecía en parte, por la pequeñez del que acabábamos de abandonar, más espacioso que el edificio mismo. El techo tenía unos festones blancos de algo que parecía seda, lo que le daba el aire de un pabellón. Dos paredes estaban recubiertas de columnas… falsas, ya que no eran sino medios pilares encajados en la superficie pintada de azul; y el arquitrabe no era más que una moldura, pero mientras permanecimos en el centro del cuarto, el efecto fue impresionante y casi perfecto.

En el extremo más alejado de esta cámara, frente a las ventanas, había una silla de respaldo alto como un trono. Nuestro anfitrión se sentó, y casi en seguida oí una campanilla en algún lugar del interior de la casa. Mientras los ecos se extinguían, Roche y yo esperamos en silencio. De fuera no llegaba otro ruido que los golpes blandos de los copos. El vino prometía mantener el frío a raya y en unos pocos tragos vi el fondo de la copa. Era como si estuviera esperando el comienzo de alguna ceremonia en la capilla en ruinas. Pero era, a la vez, algo menos real y más serio.

—La chatelaine Barbea —nos anunció nuestro anfitrión.

Entró una mujer alta. Tenía un aspecto tan sereno, y era tan hermosa y vestía con tanto atrevimiento, que transcurrieron unos instantes antes de que pudiera darme cuenta de que no tendría más de diecisiete años. La cara era ovalada y perfecta, los ojos eran límpidos, la nariz pequeña y recta y la boca minúscula estaba pintada de modo que parecía todavía más pequeña. Los cabellos brillaban como oro bruñido, tanto que podrían haber sido una peluca de hilos dorados.

Avanzó un paso o dos hacia nosotros, y lentamente comenzó a girar adoptando un centenar de graciosas actitudes. Hasta ese momento nunca había visto una bailarina profesional, y aun hoy no creo haber visto a una tan hermosa como ella. No puedo transmitir lo que sentí mientras la observaba en ese cuarto extraño.

—Todas las bellezas de la corte están aquí para ustedes —dijo nuestro anfitrión—. Aquí, en la Casa Azur, llegadas con la noche desde los muros de oro para encontrar disipación en vuestro placer.

Medio hipnotizado como estaba, pensé que esta fantástica afirmación había sido hecha en serio.

—Con seguridad que eso no es cierto —dije.

—Ustedes vinieron en busca de placer ¿no es así? Si un sueño aumenta la alegría ¿por qué discutirlo? —Durante todo este tiempo la joven de cabellos dorados habían continuado aquella lenta danza sin acompañamiento.

Los instantes transcurrían.

—¿Le gusta? —preguntó nuestro anfitrión—. ¿La elige?

Yo iba a decir —en verdad iba a gritar, sintiendo que todo lo que había anhelado en una mujer estaba allí presente— que sí, que la elegía. Antes que recuperara el aliento, Roche dijo: —Veamos a algunas de las otras.

—La joven terminó su danza inmediatamente, hizo una reverencia y abandonó el cuarto.

—Pueden estar con más de una. Por separado o juntas. Tenemos algunas camas muy grandes. —La puerta se volvió a abrir.— La chatelaine Gracia.

Aunque esta joven parecía muy distinta, había mucho en ella que me recordaba a la chatelaine Barbea, que había venido antes. Tenía el pelo tan blanco como la nieve que caía tras las ventanas, lo que daba a su joven rostro un aire más juvenil todavía, y hacía que el cutis oscuro, pareciera aún más oscuro. Tenía (o al menos eso parecía) pechos más grandes y caderas más generosas. No obstante, sentí que no era imposible que se tratara de la misma mujer. Quizá se había cambiado de ropa, de peluca, y se había oscurecido la cara con cosméticos en pocos segundos, entre la salida de la una y la entrada de la otra. Era absurdo, pero tenía un elemento de verdad, como tantos otros absurdos. Había algo de idéntico en los ojos de las dos mujeres, en la expresión de las bocas, en el aire y la fluidez de los ademanes. Me recordaba algo que yo había visto en otra parte (no recordaba dónde) y que sin embargo era nuevo; y sentí que por algún motivo desconocido lo otro, lo que había conocido antes, era lo que yo prefería.

—Ésta está bien para mí —dijo Roche—. Ahora debemos encontrar algo para mi amigo. —La joven oscura, que no había bailado como la otra, sino que sólo se había mantenido en el centro del cuarto sonriendo muy ligeramente, permitió ahora que su sonrisa se hiciera algo más amplia, se acercó a Roche, se sentó en uno de los brazos de la silla y empezó a hablarle en susurros.

Cuando la puerta se abrió por tercera vez, nuestro anfitrión dijo: —La chatelaine Thecla.

Tal como yo la recordaba parecía realmente ella; pero ignoraba cómo podía haber escapado de la celda. Por fin fue la razón y no la percepción la que me indicó que estaba equivocado. Qué diferencias podría haber notado si las hubiera visto juntas, no lo sé, aunque esta mujer era ciertamente algo más baja.

—Entonces, ésta es la que desea —dijo nuestro anfitrión. Yo no recordaba haber hablado.

Roche avanzó con una bolsa de cuero, anunciando que él pagaría por los dos. Observé las monedas cuando las iba sacando esperando ver el brillo de un chrisos, pero sólo había unos pocos asimi.

La «chatelaine Thecla» me tocó la mano. La esencia que llevaba era más fuerte que el suave perfume de la verdadera Thecla; sin embargo, se trataba de la misma esencia, que me hacía pensar en una rosa ardiente.

—Ven —dijo ella.

La seguí. Había un corredor mal iluminado y no muy limpio, y una estrecha escalera en un extremo. Le pregunté cuántas gentes de la corte estaban allí y ella se detuvo mirándome de soslayo. Algo había en su cara que podría haber sido vanidad satisfecha, amor o esa emoción más oscura que sentimos cuando lo que había sido una disputa se convierte en representación.

—Esta noche, muy pocos —dijo—. Por causa de la nieve. Yo vine en un trineo, con Gracia.

Asentí con la cabeza. Pero yo sabía perfectamente que había venido por alguno de los sórdidos senderos cercanos a la casa por los que habíamos llegado esa noche, y con toda probabilidad, andando, con un chai sobre la cabeza y un frío que le traspasaba el cuero de los viejos zapatos. Sin embargo, lo que dijo parecía tener más sentido que la realidad: el silbido del viento, el galope de los caballos sudorosos a través de la nieve, las jóvenes, hermosas mujeres enjoyadas, envueltas en pieles de marta y lince, oscuras sobre almohadones de terciopelo rojo.

—¿No vienes?

Ella ya había llegado a lo alto de la escalera; casi no podía verla. Alguien le habló llamándola «mi más querida hermana», y cuando subí unos peldaños más, vi a una mujer muy parecida a la que había estado con Vodalus, la de cara con forma de corazón y capa negra. Esta mujer no me prestó ninguna atención, y no bien le cedí el paso, se apresuró escaleras abajo.

—¿Ves ahora lo que podrías haber obtenido si sólo hubieras esperado a ver alguna más?

Una sonrisa de deseo que yo había aprendido en alguna otra parte, asomaba en una comisura de mi boca.

—Aun así te habría escogido a ti —respondí.

—Pues eso es verdaderamente divertido… ven, ven conmigo, no querrás quedarte para siempre en este pasillo ventoso. Tenías una expresión muy seria, pero revolvías los ojos como una cabra. Es bonita ¿no es cierto?

La mujer que se parecía a Thecla abrió una puerta, y nos encontramos en un minúsculo dormitorio con una cama enorme. Un frío incensario colgaba del techo de una cadena de plata dorada; en un rincón se alzaba una lámpara de pie que daba una luz rosa. Había una pequeña mesa de tocador con un espejo, un guardarropa estrecho, y apenas espacio suficiente como para que pudiéramos movernos.

—¿Te gustaría desnudarme?

Asentí con la cabeza y tendí mis manos hacia ella.

—Entonces, te lo advierto, debes tener cuidado con mis ropas. —Se volvió, alejándose de mí.— Esto se cierra a la espalda. Empieza por arriba, junto a mi nuca. Si te excitas y rompes algo, él te lo hará pagar. No digas que no te lo he avisado.

Mis dedos encontraron una pequeña traba, y la solté.

—Yo pensaba, chatelaine Thecla, que tendrías muchos vestidos.

—Los tengo. Pero ¿crees que quiero volver a la Gasa Absoluta con un vestido roto?

—Has de tener otros aquí.

—Unos pocos, pero no puedo guardar gran cosa en este sitio. Guando me marcho, alguien viene y se las lleva.

La tela que tenía entre los dedos, que allá abajo, en el cuarto azul de las columnas había parecido tan brillante y costosa, era delgada y barata.

—Supongo que aquí no guardas ropas de satén —dije mientras soltaba la siguiente traba—. Tampoco pieles ni diamantes.

—Claro que no.

Me alejé un paso de ella. (Casi toqué la puerta con la espalda.) No había nada de Thecla en esa joven. Todo no había sido más que una semejanza casual, algunos gestos, una similitud en el vestido. Me encontraba en un cuarto pequeño y frío mirando el cuello y los hombros desnudos de una pobre mujer joven cuyos padres, quizás, aceptaban con gratitud parte de nuestro escaso dinero y fingían no saber a dónde iba ella por la noche.

—No eres la chatelaine Thecla —dije—. ¿Qué estoy haciendo aquí contigo?

Seguramente mi voz sonó algo más fuerte de lo que había sido mi intención. Ella se volvió para mirarme; la delgada tela del vestido se deslizó dejándole los pechos al descubierto. Vi que un estremecimiento de miedo le cruzaba el rostro, como el centelleo de un espejo. Era probable que ya se hubiera encontrado antes en esta situación, y seguramente le habría costado un disgusto.

—Soy Thecla —dijo—. Si quieres que lo sea.

Levanté la mano y ella añadió de prisa: —Hay gente aquí para protegerme. Todo lo que tengo que hacer es gritar. Puedes golpearme una vez, pero no podrás hacerlo dos veces.

—No —le dije.

—Sí, hay tres hombres.

—No hay nadie. Todo el piso está vacío y frío… (:no te das cuenta que he advertido lo silencioso que está? Roche y su chica están abajo, y quizá consiguieron un cuarto mejor porque es él el que pagó. La mujer que vimos en lo alto de las escaleras se estaba marchando y quería hablar antes contigo. Mira. —La cogí por la cintura y la levanté.— Grita. Nadie vendrá. —Ella guardó silencio. La dejé caer en la cama, y al cabo de un momento me senté a su lado.

—Estás enfadado porque no soy Thecla. Pero yo habría sido Thecla para ti. Todavía podría serlo, si lo deseas. —Me quitó la chaqueta de los hombros y la dejó caer.— Eres muy fuerte.

—No, no lo soy. —Sabía que algunos de los muchachos que me temían ya eran más fuertes que yo.

—Muy fuerte. ¿No eres tan fuerte como para dominar la realidad, aunque sea por un momento?

—¿Qué quieres decir?

—La gente débil cree lo que se le impone. La gente fuerte, lo que quiere creer, forzándolo a ser real. ¿Qué es el Autarca, sino un hombre que se cree el Autarca y se lo hace creer a los demás por la fuerza?

—Tú no eres la chatelaine Thecla —le dije.

—Pero no te das cuenta, tampoco ella lo es. La chatelaine Thecla, a quien dudo mucho que hayas visto nunca… No, veo que me equivoco. ¿Has estado en la Casa Absoluta?

Las manos, pequeñas y cálidas me apretaban la mano derecha. Meneé la cabeza.

—Algunos clientes dicen que han estado allí. Siempre me complace escucharlos.

—¿Han estado allí? ¿De veras?

Ella se encogió de hombros.

—Estaba diciendo que la chatelaine Thecla no es la chatelaine Thecla. No la chatelaine Thecla que tienes en la mente, la única que te preocupa. Tampoco yo lo soy. ¿Cuál es pues la diferencia entre las dos?

Mientras me desnudaba, le dije: —Ninguna, supongo. No obstante todos buscamos lo que es real.

¿Por qué? Quizá somos atraídos hacia el teocentro. Eso es lo que dicen los hierofantes, que sólo eso es verdad.

Ella me besó los muslos, sabiendo que había ganado.

—¿Estás preparado para descubrirlo? Tienes que estar adecuadamente vestido, recuérdalo. De lo contrario, serás entregado a los torturadores. Eso no te gustaría.

—No —dije y tomé su cabeza entre mis manos.

X — El año pasado

Creo que era intención del maestro Gurloes que fuera llevado a esa casa a menudo con el fin de que no me sintiera demasiado atraído por Thecla. En realidad, permití que Roche se guardara el dinero y nunca volví allí. El dolor había sido excesivamente placentero, el placer, demasiado doloroso; de modo que temí que con el tiempo mi mente no fuera lo que yo conocía.

Además, antes de que Roche y yo abandonásemos la casa, el hombre de pelo blanco (advirtiendo que yo lo miraba), había sacado de entre sus ropas lo que en un principio me pareció un icono, pero pronto vi que era una especie de ampolla dorada con forma de falo. Me había sonreído, y como en su sonrisa no había más que amistad, tuve miedo.

Transcurrieron algunos días antes que pudiera librar mis pensamientos referidos a Thecla de ciertas impresiones producidas por la falsa Thecla, que me había iniciado en las diversiones anacreónticas y los goces del hombre y la mujer. Quizás esto tuvo el efecto contrario al esperado por el maestro Gurloes, aunque no lo creo. Pienso que nunca estuve menos inclinado a amar a la desdichada mujer que cuando aún llevaba frescas en mi memoria las impresiones de haberla gozado libremente; fue entonces cuando más claramente vi que era una falsedad, quise reparar el hecho y a través de ella (aunque apenas me daba cuenta entonces) me sentí atraído por el mundo del conocimiento antiguo y privilegiado que ella misma representaba.

Ella se convirtió en mi oráculo, y los libros que le había llevado, en mi universidad. No soy un hombre instruido… del maestro Palaemon apenas aprendí a leer, escribir, calcular, junto con unos pocos hechos acerca del mundo físico y los requisitos de nuestro misterio. Si los hombres instruidos me han considerado a veces, si no un igual, cuando menos alguien cuya compañía no los avergonzaba, lo debo solamente a Thecla: la Thecla que recuerdo, la Thecla que vive en mí y los cuatro libros.

Lo que leímos juntos y lo que nos dijimos entonces, no lo diré; contar una mínima parte desgastaría esta breve noche. Todo ese invierno, mientras la nieve blanqueaba el Patio Viejo, yo subía de las mazmorras como si saliera de un sueño y empezara a ver mis huellas detrás de mí y mi sombra en la nieve. Thecla estuvo triste ese invierno, a pesar de lo cual se deleitaba en hablarme de los secretos del pasado, de las conjeturas de las altas esferas y de las armas y las historias de héroes muertos milenios atrás.

Llegó la primavera, y junto con ella los lirios listados de púrpura y salpicados de blanco de la necrópolis. Se los llevé a la chatelaine, y ella me dijo que mi barba había brotado como ellos, y que mis mejillas serían más hirsutas que las del común de los hombres, y al día siguiente me pidió que la perdonara, diciéndome que en realidad ya eran así. Con el tiempo cálido y, creo, las flores que le llevé, le mejoró el ánimo. Cuando estudiamos las insignias de las casas antiguas, me habló de amigas de su posición, y de los matrimonios de muchas de ellas, buenos y malos, y de cómo una determinada mujer había cambiado su futuro por una fortaleza en ruinas porque la había visto en sueños; y cómo otra, que había jugado a las muñecas con ella de niña, ahora era dueña de muchos miles de leguas.

—Sabes, Severian, alguna vez habrá un nuevo Autarca y quizás una Autarquía. Las cosas pueden seguir como hasta ahora durante mucho tiempo. Pero no para siempre.

—Sé poco sobre la corte, chatelaine.

—Cuanto menos sepas, tanto mejor para ti. —Hizo una pausa; se mordió el labio inferior delicadamente curvado.— Cuando mi madre estaba con dolores de parto hizo que los sirvientes la llevaran a la Fuente Profética, cuya virtud es revelar el porvenir. Profetizó que me sentaría en un trono. Thea siempre me lo ha envidiado. Sin embargo, el Autarca…

—¿Si?

—Sería mejor no decir demasiado. El Autarca no es como los demás. No importa cómo hable yo a veces, en toda Urth no hay otro como él.

—Lo sé.

—Entonces, eso es suficiente para ti. Mira esto —sostuvo en alto el libro marrón—. Aquí dice: «Thalelaeus el Grande pensaba que la democracia», eso significa el Pueblo, «deseaba ser gobernada por un poder superior a ella misma, y Yrieriz el Sabio opinaba que la comunidad jamás permitiría que alguien que no fuera como ellos ocupara altos cargos. No obstante, cada uno de ellos es llamado El Amo Perfecto».

No entendí a qué se refería y me quedé callado.

—Nadie sabe realmente qué hará el Autarca. A eso viene a parar todo. O tampoco el padre Inire. Cuando estuve por primera vez en la corte, se me dijo con gran secreto que era el padre Inire el que realmente decidía la política de la Mancomunidad. Después de haber estado allí dos años, un hombre altamente situado del que ni siquiera puedo decirte el nombre, dijo que era el Autarca quien gobernaba, aunque a los de la Casa Absoluta les pareciera que era el padre Inire. Y el año pasado, una mujer en cuyo juicio confío más que en el de ningún hombre, dijo que realmente no había diferencia, porque los dos eran tan insondables como las profundidades pelágicas, y que si uno decidía las cosas cuando la luna menguaba y el otro cuando el viento soplaba desde el este, nadie sabría notar la diferencia. Creí que ése era un juicio atinado, cuando me di cuenta que sólo estaba repitiendo lo que yo misma le había dicho el año anterior. —Thecla guardó silencio reclinándose en la cama estrecha, con los cabellos oscuros esparcidos sobre la almohada.

—Al menos —le dije— tenías razón en haber confiado en esa mujer. Tomaba sus opiniones de una fuente digna de fe.

Como si no me hubiera oído, murmuró: —Pero si es todo verdad, Severian. Nadie sabe lo que pueden hacer. Quizá mañana me dejen ir. Es muy posible. Ya tienen que saber que estoy aquí. No me mires de ese modo. Mis amigos hablarán con el padre Inire. Hasta es posible que algunos me mencionen ante el Autarca. Sabes por qué me encerraron, ¿no es así?

—Por algo relacionado con tu hermana.

—Mi media hermana Thea está con Vodalus. Dicen que es la amante de Vodalus, y yo lo creo extremadamente probable.

Recordé a la bella mujer en lo alto de las escaleras de la Casa Azur y dije: —Creo que vi una vez a tu media hermana. Fue en la necrópolis. Había un exultante con ella, llevaba un bastón-espada y era muy bien parecido. Me dijo que se llamaba Vodalus. La mujer tenía un rostro en forma de corazón y una voz que me recordó el arrullo de las palomas. (¿Era ella?

—Supongo que sí. Quieren que ella lo traicione para salvarme a mí, y yo sé que no lo hará. Pero cuando lo descubran, ¿por qué no soltarme?

Yo cambié de conversación hasta que ella terminó por reír y me dijo: —Eres tan intelectual, Severian. Cuando te hagan oficial serás el torturador más cerebral de toda la historia… espantosa idea.

—Tenía la impresión que te gustaban estas conversaciones, chatelaine.

—Sólo ahora, porque no puedo salir. Aunque te sorprenda, cuando era libre rara vez dedicaba mi tiempo a la metafísica. En cambio iba a bailar, o cazaba el pécari con sabuesos moteados. La erudición que admiras la adquirí de niña, y cuando no me separaba de mi tutor bajo la amenaza de la vara.

—No necesitamos hablar de esas cosas, chatelaine, si así lo prefieres.

Se puso de pie y hundió la cara en el ramillete que yo había llevado para ella.

—Las flores son mejor teología que los folios, Severian. ¿Estaba hermosa la necrópolis cuando estuviste allí? No me traes flores de las tumbas ¿no es cierto? Esas flores cortadas y llevadas allí por alguien.

—No. Éstas fueron plantadas hace ya mucho. Florecen cada año.

Por la rendija de la puerta, Drotte dijo: —Es hora de partir —y yo me puse de pie.

—¿Crees que podrás ver otra vez a la chatelaine Thea, mi hermana?

—No lo creo, chatelaine.

—Si la ves, Severian ¿le contarás de mí? Puede que no hayan podido comunicarse con ella. No habrá traición en eso, estarás haciendo el trabajo del Autarca.

—Lo haré, chatelaine.

Estaba saliendo por la puerta, cuando ella agregó:

—No traicionará a Vodalus, lo sé, pero puede que haya algún tipo de compromiso.

Drotte cerró la puerta y giró la llave en la cerradura. No dejé de advertir que Thecla no preguntara cómo su hermana y Vodalus habían ido a dar a nuestra antigua —y para la gente como ella, olvidada— necrópolis. El corredor, con hileras de puertas de metal y paredes húmedas y frías, parecía oscuro después del brillo de la lámpara en la celda. Drotte empezó a hablar de una expedición de él y Roche a la guarida de un león, al otro lado del Gyoll; por sobre el sonido de su voz, oí a Thecla llamar débilmente: —Recuérdale la vez en que le cosimos una muñeca a Josepha.

Los lirios se marchitaron como lo hacen los lirios, y las rosas oscuras de la muerte florecieron, púrpuras y escarlatas. Las corté y se las llevé a Thecla. Ella sonrió y recitó:

Aquí la Rosa Agraciada,
no la Rosa Casta, reposa.
El perfume que asciende,
no es perfume de rosas.

—Si el olor te ofende, chatelaine…

—En absoluto, es muy dulce. Sólo estaba citando algo que solía decir mi abuela. La mujer era escandalosa de joven, o así me lo dijo; y todos los niños cantamos esos versos cuando ella murió. En realidad, sospecho que son mucho más antiguos y que se pierden en el tiempo, como el principio de todas las cosas, buenas y malas. Se dice que los hombres desean a las mujeres, Severian. ¿Por qué entonces desprecian lo que consiguen?

—No creo que todos lo hagan, chatelaine.

—Esa hermosa Rosa se entregó, y sufrió por eso tantas vejaciones, que hasta yo estoy enterada, aunque hace mucho que los sueños y las tersas carnes de esta muchacha se convirtieron en polvo. Ven y siéntate junto a mí.

Hice lo que me dijo, y ella deslizó las manos bajo el faldón gastado de mi camisa y me la quitó por sobre la cabeza. Protesté, pero me fue imposible resistir.

—¿De qué te avergüenzas? Tú no tienes pechos que ocultar. Nunca vi una piel tan blanca junto a un vello tan negro. ¿Crees que mi piel es blanca?

—Muy blanca, chatelaine.

—También otros lo creen así, pero es parda al lado de la tuya. Has de evitar el sol cuando seas torturador, Severian. Te quemaría terriblemente.

El pelo, que llevaba suelto a menudo, se lo había recogido sobre la cabeza como una aureola oscura. Nunca se había parecido tanto a su media hermana Thea, y tanto la deseé, que me pareció que yo estaba derramando mi sangre sobre el suelo, sintiéndome cada vez más débil y desfalleciendo con cada contracción de mi corazón.

—¿Por qué estás llamando a mi puerta? —preguntó, pero con su sonrisa me dijo que ya lo sabía.

—He de marcharme.

—Es mejor que antes vuelvas a ponerte la camisa… no querrás que tu amigo te vea así.

Esa noche, aunque sabía que era en vano, fui a la necrópolis y pasé varias guardias vagando entre las silenciosas casas de los muertos. A la noche siguiente volví, y a la siguiente. La cuarta, Roche me llevó a la ciudad, y en una taberna oí decir que Vodalus se encontraba lejos, en el norte, ocultándose entre los bosques escarchados y atacando kafilas.

Los días pasaron. Thecla estaba segura que, como nadie la había molestado durante tanto tiempo, nunca sería sometida a tortura, e hizo que Drotte le trajera material para escribir y dibujar, con el que pensaba diseñar una villa que se levantaría en la costa austral del lago Diuturna, de la que se dice que es la región más distante, y también la más hermosa, de la mancomunidad. Yo llevaba grupos de aprendices a nadar allí, pensando que era mi deber, aunque nunca pude sumergirme en las aguas profundas sin cierto temor.

Entonces, de súbito según pareció, el tiempo se había vuelto demasiado frío como para ir a nadar; una mañana había una escarcha centelleante sobre las piedras desgastadas del Patio Viejo, y en nuestros platos de la cena aparecieron chuletas de cerdo, signo seguro de que el frío había alcanzado las colinas bajo la ciudad. El maestro Gurloes y el maestro Palaemon me convocaron.

El maestro Gurloes dijo: —Desde diversas partes nos llegan buenos informes acerca de ti, Severian, y tu período de aprendizaje está próximo a cumplirse.

Casi en un susurro, el maestro Palaemon añadió:

—Tu adolescencia está detrás de ti, y tu madurez delante. —Había afecto en su voz.

—Así es, en verdad —continuó el maestro Gurloes—. La fiesta de nuestra patrona se aproxima. ¿Supongo que lo has pensado?

Asentí con la cabeza. —Eata será capitán después de mí.

—¿Y tú?

No entendía a qué se refería; el maestro Palaemon, al advertirlo, preguntó gentilmente: —¿Qué serás tú, Severian? ¿Un torturador? Sabes que puedes dejar el gremio, si lo prefieres.

Le dije firmemente, y como si me sintiera algo escandalizado por la sugerencia, que jamás lo había considerado. Era mentira. Sabía, como saben todos los aprendices, que uno no es firme y definitivamente miembro del gremio en tanto uno no da su consentimiento de adulto. Además, aunque amaba al gremio, también lo odiaba… no por el sufrimiento que infligía a clientes que a veces pudieron haber sido inocentes, y que a menudo eran castigados más allá de lo que las posibles ofensas hubieran podido justificar, sino porque me parecía ineficiente e inútil, y porque servía a un poder que no sólo era ineficaz, sino también remoto. No sé de qué manera mejor expresar mis sentimientos: lo odiaba porque me hacía padecer y me humillaba, y lo amaba porque era mi hogar, y lo odiaba y a la vez lo amaba porque era un modelo ejemplar de las cosas antiguas, porque era débil, y porque parecía indestructible.

Naturalmente, nada de esto le dije al maestro Palaemon, aunque lo habría hecho si el maestro Gurloes no hubiera estado presente. Con todo, parecía imposible que mi declaración de lealtad, vestido de harapos como estaba entonces, pudiera ser tomada en serio; sin embargo, así era.

—Tanto si has pensado en abandonarnos como si no —me dijo el maestro Palaemon— es una opción que sólo a ti corresponde. Muchos dirían que únicamente un necio serviría durante años de duro aprendizaje para luego rehusar a convertirse en oficial del gremio. Pero puedes hacerlo así si lo deseas.

—¿A dónde iría? —Esa, aunque no podía decirlo, era la verdadera razón por la que me quedaba. Sabía que un vasto mundo se extendía fuera de los muros de la Ciudadela… a decir verdad, fuera de los muros de nuestra torre. Pero no me podía imaginar a mí mismo ocupando un sitio en él. Debiendo elegir entre la esclavitud y el vacío de la libertad, añadí por temor a que contestaran mi pregunta: —Fui criado en nuestro gremio.

—Sí —dijo el maestro Gurloes en su manera más formal—, pero no eres aún un torturador, no te has investido del color fulígeno.

La mano del maestro Palaemon, seca y arrugada como la mano de una momia, buscó a tientas la mía hasta que al fin la encontró.

—Entre los iniciados a la religión se dice: «Se es siempre un observante». No se refiere sólo al conocimiento, sino también al crisma, cuya señal, por ser invisible, es inextirpable. Tú conoces nuestro crisma.

Asentí otra vez.

—Menos ecuánime que el de ellos, puede quitarse con un poco de agua. Si te vas ahora, los hombres sólo dirán: «Fue criado por los torturadores». Pero cuando hayas sido ungido, dirán: «Es un torturador». No importa que estés detrás de un arado o de un tambor, siempre oirás: «Es un torturador». ¿Lo entiendes?

—No deseo escuchar otra cosa.

—Eso está bien —dijo el maestro Gurloes, y de pronto los dos sonrieron, el maestro Palaemon mostrando unos pocos dientes torcidos, y el maestro Gurloes, unos dientes cuadrados y amarillos, como un caballo muerto. Luego, con un énfasis en su voz que aún puedo oír mientras escribo, agregó—: Entonces es hora de que te comunique el secreto final. Porque sería conveniente que lo pensaras un tiempo, antes de la ceremonia.

Entonces él y el maestro Palaemon me expusieron el secreto oculto en el corazón del gremio, el más sagrado porque ninguna liturgia lo celebra, y desnudo y escondido en el regazo del Pancreador.

Y me hicieron jurar que no lo revelaría jamás, salvo —como ellos lo hacían— a alguien a punto de iniciarse en los misterios del gremio. Desde entonces he quebrado ese voto, a menudo, como he hecho con muchos otros.

XI — La fiesta

El día de nuestra patrona coincide con la desaparición del invierno. Entonces nos alegramos: los oficiales desfilan ejecutando la danza de las espadas, con saltos fantásticos; los maestros iluminan la capilla en ruinas del Patio Grande con mil velas perfumadas, y nosotros nos preparamos para la fiesta.

En el gremio la observación anual se considera mayor, cuando un oficial es promovido al magisterio; menor cuando al menos un aprendiz es nombrado oficial; o mínima, cuando no hay ninguna promoción. Como ningún oficial ascendía al magisterio el año en que me convertí en oficial —lo cual no debe sorprender a nadie, pues tales ocasiones son más raras que las décadas—, la ceremonia de mi enmascaramiento fue una fiesta menor.

Aun así, se dedicaron semanas a los preparativos. He oído decir que no menos de ciento treinta y cinco gremios tienen miembros trabajando dentro de los muros de la Ciudadela. De éstos, algunos (como lo hemos visto entre los curadores de cuadros) son demasiado escasos como para celebrar la fiesta patronal en la capilla, y se unen a sus hermanos de la ciudad. Los más numerosos celebran la fiesta con toda la pompa posible, para aumentar la estima en que se les tiene. De esta especie son los soldados en el día de Adriano, los marineros en el de Bárbara, las brujas en el de Mag, y muchos otros. Mediante espectáculos maravillosos y el reparto gratuito de comidas y bebidas, intentan que asistan a sus ceremonias tanta gente ajena a los gremios como sea posible.

No es así entre los torturadores. Nadie ajeno al gremio ha cenado con nosotros en la fiesta de la Sagrada Katharine en los últimos trescientos años, desde que un teniente de la guardia, según se dice, se atrevió a asistir por una apuesta. Corren muchas historias infundadas acerca de lo que ocurrió: como que lo hicimos sentar a nuestra mesa en una silla de hierro al rojo. Ninguna es cierta. De acuerdo con la tradición de nuestro gremio, se le dio la bienvenida y fue agasajado; pero como por sobre la carne y el pastel de Katharine no hablamos del dolor que habíamos infligido, ni de nuevas formas de tormento, ni de cómo maldecíamos a aquellos cuya carne habíamos desgarrado y morían demasiado pronto, se puso cada vez más ansioso, imaginando que intentábamos tranquilizarlo para luego caer sobre él. Creyéndolo así, comió poco y bebió demasiado, y al volver al cuartel, cayó y se golpeó la cabeza, de modo que en adelante a veces perdía el juicio y sufría grandes dolores. Al tiempo se metió el cañón de su propia arma en la boca, pero eso no fue obra nuestra.

Nada más que torturadores, pues, asisten a la capilla el día de la Sagrada Katharine. No obstante cada año, sabiendo que nos observan desde las ventanas altas, nos preparamos como hace el resto, y con mayor grandiosidad. Fuera de la capilla nuestros vinos arden como gemas a la luz de cien antorchas; nuestras reses humean y nadan en su propio jugo; capibaras y agutíes erguidos como si tuvieran vida, cubiertos de un cuero en el que el coco tostado se mezcla con la propia piel desgarrada, trepan por leños de jamón y escalan montañas de pan recién horneado.

Nuestros maestros, de los que no había más que dos cuando me nombraron oficial, llegan en palanquines encortinados con flores entretejidas, y pisan alfombras de arenas coloreadas, alfombras que cuentan de las tradiciones del gremio, dibujadas grano a grano tras días y días de esfuerzo por los oficiales, y destruidas en unos pocos segundos por los pies de los maestros.

Dentro de la capilla aguardan una gran rueda con púas, una doncella, y una espada. A la rueda la conocía bien, pues como aprendiz varias veces había ayudado a levantarla, y a bajarla después. Cuando no la utilizaban, la guardaban en lo más alto de la torre, justo bajo la armería. La espada, que a un paso o dos de distancia parecía la verdadera espada de un verdugo, no era más que un listón de madera provisto de una vieja empuñadura e iluminada con oropel.

De la doncella nada puedo decir. Cuando era muy joven, ni siquiera me preguntaba por ella; ésas son las primeras fiestas que recuerdo. Cuando fui algo mayor y Gildas (oficial desde hacía mucho tiempo del que escribo) era capitán de aprendices, creí que quizá fuera una de las brujas. Cuando cumplí un año más, supe que semejante falta de respeto era intolerable.

Quizá fuera una sirvienta de alguna parte remota de la Ciudadela. Quizá fuera una residente de la ciudad, quien para ganar algo, o por alguna vieja conexión con nuestro gremio, consintiera en desempeñar el papel; no lo sé. Sólo sé que estaba allí en todas las fiestas, y siempre, me parecía, con el mismo aspecto. Era alta y esbelta, aunque no tan alta ni esbelta como Thecla, de cutis y ojos oscuros, y cabellos negros como el plumaje del cuervo. Una cara como la suya no la he visto nunca en otra parte; parecía un estanque de agua pura en medio de un bosque.

Se mantenía de pie entre la rueda y la espada mientras el maestro Palaemon (por ser el más anciano de nuestros maestros) nos hablaba de la fundación del gremio, y de nuestros precursores en los años que antecedieron a la llegada del hielo; esta parte variaba cada año, de acuerdo con lo que su erudición decidía. Se mantenía erguida y en silencio mientras nosotros entonábamos el Canto del Miedo, el himno del gremio que los aprendices deben aprender de memoria, pero que se canta sólo ese día del año. Se mantenía silenciosa mientras nosotros nos arrodillábamos entre los bancos rotos, y rezábamos.

Entonces el maestro Gurloes y el maestro Palaemon, asistidos por varios de los oficiales mayores, comenzaban a relatar la leyenda de la doncella. A veces hablaba uno solo, otras cantaban todos juntos, o mientras dos hablaban de cosas diferentes, otros tocaban flautas talladas en fémures o el rabel de tres cuerdas que chilla como un hombre.

Cuando llegaban al momento de la narración en que nuestra patrona es condenada por Maxentius, cuatro oficiales enmascarados corrían a apresarla. Tan silenciosa y serena antes, ahora gritaba y se resistía. Pero cuando la arrastraban hacia la rueda, ella parecía oscurecerse y cambiar. A la luz de las velas, era como si unos pitones verdes de cabezas enjoyadas, escarlatas, cetrinas y blancas, se le retorcieran en el cuerpo. Luego se veía que eran flores, capullos de rosa. Cuando la doncella se encontraba a un paso de distancia, las flores, que eran de papel y estaban escondidas dentro de las distintas partes de la rueda, se abrían. Fingiendo miedo, los oficiales retrocedían; pero los narradores, Gurloes, Palaemon y los demás, representando juntos el papel de Maxentius, los instaban a seguir adelante.

Entonces yo, todavía sin máscara y en traje de aprendiz, avancé y dije: —De nada vale que te resistas. Has de ser quebrada en esa rueda, pero no te infligiremos ningún otro ultraje.

La doncella no respondió, pero tendió el brazo y tocó la rueda, que en seguida cayó hecha pedazos, desmoronándose con estrépito, perdiendo todas sus rosas.

—Decapitadla —exigió Maxentius, y yo cogí la espada, que era muy pesada.

Ella se arrodilló ante mí.

—Eres una consejera de la Omnisciencia —dije—. Aunque debo decapitarte, te ruego que me perdones la vida.

Entonces la doncella habló por primera vez, diciendo: —Asesta el golpe y no temas.

Levanté la espada. Recuerdo que por un momento tuve miedo de que me hiciera perder el equilibrio.

Cuando evoco ese tiempo, es ese momento lo primero que recuerdo; para recordar más debo avanzar o retroceder a partir de allí. En la memoria me parece que me mantengo siempre así, con camisa gris y pantalones andrajosos, y la espada alzada sobre la cabeza. Al levantarla, era un aprendiz, cuando la bajara, sería un oficial de la Orden de los Buscadores de la Verdad y la Penitencia.

De acuerdo con la regla que nos rige, el verdugo ha de estar entre la víctima y la luz; la cabeza de la doncella se apoyaba sobre el bloque, en la sombra. Yo sabía que la espada no le haría daño; yo apuntaría a un lado, desatando un ingenioso mecanismo que levantaría una cabeza de cera manchada de sangre, mientras la doncella se envolvía la suya con un lienzo fulígeno. Sin embargo, vacilaba antes de asestar el golpe.

Ella habló otra vez desde el suelo a mis pies y su voz parecía resonar en mis oídos.

—Asesta el golpe y no temas. —Con toda la fuerza de que fui capaz, bajé la falsa espada. Por un instante me pareció que encontraba resistencia; luego dio contra el bloque, que se partió en dos. La cabeza de la doncella, completamente ensangrentada, cayó hacia delante, hacia los hermanos que miraban. El maestro Gurloes levantó la cabeza por los cabellos, y el maestro Palaemon ahuecó la palma de la mano izquierda para recibir la sangre.

—Con este nuestro crisma —dijo—, te consagro, Severian, nuestro hermano para siempre. —El dedo índice de Palaemon trazó la marca sobre mi frente.

—Así sea —dijo el maestro Gurloes y todos los oficiales excepto yo.

La doncella se puso de pie. Yo sabía, mientras la miraba, que la cabeza estaba escondida bajo la tela, pero parecía como si allí no hubiera nada. Me sentí mareado y cansado.

Ella cogió la cabeza de cera de manos del maestro Gurloes y fingió volver a ponérsela sobre los hombros; la deslizó por alguna abertura de la tela y se irguió ante nosotros, completa y radiante. Yo me arrodillé ante ella y los demás se apartaron.

La doncella levantó la espada con la que yo acababa de cortarle la cabeza; la hoja estaba ensangrentada.

—Eres de los torturadores —dijo. Sentí que la espada me tocaba uno y otro hombro y en seguida unas manos ansiosas me pusieron la máscara del gremio y me elevaron. Antes de saber lo que ocurría, me encontré sobre los hombros de dos oficiales; sólo después supe que eran Drotte y Roche, aunque pude haberlo adivinado. Me transportaron en procesión por el pasillo a través del centro de la capilla, mientras todos vitoreaban y gritaban.

No bien estuvimos fuera, empezaron los fuegos de artificio: cohetes en torno a nuestros pies, y aun en torno a nuestros oídos, torpedos que estallaban contra los muros de la capilla de mil años de antigüedad, petardos rojos y amarillos y verdes que saltaban en el aire. Un cañón del Torreón Grande quebró la noche.

Las excelentes carnes de que he hablado, estaban sobre las mesas en el patio; yo me senté a la cabecera entre el maestro Palaemon y el maestro Gurloes, y bebí demasiado (para mí un poco fue siempre demasiado) y me aclamaron y brindaron por mí. Qué le ocurrió a la doncella, no lo sé. Desapareció, como siempre. No la he vuelto a ver.

Desconozco cómo llegué a mi cama. Los que beben mucho me han contado que a veces olvidan todo lo que ha pasado en la última parte de la noche, y tal vez conmigo ocurrió lo mismo. Pero creo más probable que yo (que nunca olvido nada, que, si he de ser sincero por una vez, y aunque parezca una jactancia, no comprendo verdaderamente qué quieren decir otros con olvido, pues me parece que toda experiencia se convierte en parte de mi ser) me haya quedado dormido, y me llevaron allí.

Sea como fuere, no desperté en el cuarto bajo y familiar que era nuestro dormitorio, sino en una cámara pequeña, mucho más alta que ancha. Se trataba de una cámara de oficial, y siendo yo el menor de los oficiales, el menos estimado en la torre, era un cubículo cerrado, no más grande que una celda.

La cama parecía moverse debajo de mí. Me tomé de los lados y me senté; entonces se quedó quieta; pero apenas hube apoyado mi cabeza otra vez en la almohada empezó a moverse de nuevo. Sentí que estaba despierto… luego que despertaba otra vez, pero que hacía sólo un instante que me había quedado dormido. Era consciente de que había alguien conmigo en la minúscula cámara, y por una razón que no podría haber explicado, pensé que era la joven que había desempeñado el papel de nuestra patrona.

Me senté sobre la cama que se movía. Por debajo de la puerta se filtraba una luz tenue. No había nadie allí.

Cuando me tendí de nuevo, el cuarto se llenó del perfume de Thecla. La falsa Thecla había venido de la Casa Azur. Salté de la cama y casi caí al abrir la puerta. Fuera, en el pasillo, no había nadie.

Un bacín aguardaba bajo la cama, tiré de él y lo llené con mi vómito, carnes suculentas que nadaban en vino y bilis. De algún modo me pareció que había cometido una traición, como si al arrojar fuera de mí todo lo que el gremio me había dado esa noche, me hubiera librado también del gremio mismo. Tosiendo y sollozando me arrodillé junto a la cama y por fin, después de limpiarme la boca, volví a acostarme.

No cabe duda de que al fin me quedé dormido. Vi la capilla, pero no era la ruina que yo conocía. El techo estaba completo y era alto y recto, y de él colgaban lámparas de color rubí. Los bancos estaban enteros, y relumbraban; una tela de oro cubría el antiguo altar de piedra. Tras el altar se levantaba un maravilloso mosaico azul; pero estaba desnudo, como si un fragmento de cielo sin nubes ni estrellas hubiera sido arrancado y extendido sobre el muro curvado.

Avancé hacia él por el pasillo y me pareció que era mucho más luminoso que el verdadero cielo, cuyo azul es casi negro aun en los días más claros. Sin embargo ¡cuánto más bello era éste! Me excitaba contemplarlo. Sentí que estaba flotando en el aire, sostenido por su belleza, mirando desde arriba el altar, la copa de vino carmesí, el pan de proposición y el antiguo cuchillo. Me sonreí…

Y desperté. En mi sueño había oído pasos en el pasillo, y supe que los había reconocido, aunque no recordaba a quién pertenecían. Luchando, evoqué el sonido; no era un paso humano, sino la caricia de unos pies delicados y un rasguido casi imperceptible.

Volví a oírlo, tan ligero que por un momento pensé que había confundido el recuerdo con la realidad; pero era real, avanzaba pasillo arriba lentamente y lentamente se volvía. Con sólo levantar la cabeza, me invadió una ola de náuseas; volví a dejarla caer, diciéndome que no importaba quién fuera el que iba y venía, no era asunto mío. El perfume se había desvanecido, y aunque me encontraba indispuesto, sentí que ya no me era necesario temer la irrealidad; estaba de vuelta en el mundo de los objetos sólidos y la plena luz. Mi puerta se abrió un poco y el maestro Malrubius miró dentro como para cerciorarse de que me encontraba bien. Lo saludé con la mano y volvió a cerrar la puerta. Transcurrió algún tiempo antes de que recordara que él había muerto cuando yo era todavía un niño.

XII — El traidor

Al día siguiente me dolía la cabeza y me sentía enfermo. Pero como (de acuerdo con una antigua tradición) se me dispensó de limpiar el Patio Grande y la capilla, donde estaban la mayoría de los hermanos, fui reclamado en la mazmorra. Al menos por unos instantes, la calma matinal de los corredores me apaciguó. Luego los aprendices descendieron ruidosos (Eata, ya no tan pequeño, tenía un labio hinchado y un brillo de triunfo en la mirada) llevando el desayuno de los clientes, carnes fría sobre todo, salvadas de las ruinas del banquete. Tuve que explicar a varios clientes que éste sería el único día del año en que se les serviría carne, y a uno tras otro fui asegurándoles que no habría tormentos: el día de la fiesta y el siguiente no se tortura, y aun cuando una sentencia exija tormento inmediato, se lo posterga. La chatelaine Thecla aún dormía. No la desperté, pero abrí la puerta, le llevé la comida y la puse sobre la mesa.

Hacia media mañana, oí otra vez ecos de pasos. Fui hasta el rellano y vi a dos catafractes, un anagnoste leyendo plegarias, el maestro Gurloes y una mujer joven. El maestro Gurloes me preguntó si disponía de una celda vacía y yo empecé a describirle las que estaban desocupadas.

—Entonces llévate a esta prisionera. Yo ya he firmado el ingreso.

Asentí con la cabeza y tomé a la mujer por el brazo; los catafractes la soltaron y se volvieron como autómatas de plata.

El refinamiento del vestido de satén (algo sucio y desgarrado ahora) indicaba que ella era una optimate. Una armígera hubiera llevado ropa de líneas más simples, aunque de telas más finas, y ninguna mujer de las clases pobres podría haber vestido tan bien. El anagnoste intentó seguirnos por el corredor, pero el maestro Gurloes se lo impidió. En los peldaños oí los pies calzados de acero de los soldados.

—¿Cuándo me…? —La voz de la mujer tenía una inflexión en la que estaba por manifestarse el terror.

—La llevarán al cuarto de exámenes.

Se aferró a mi brazo como si yo fuera su padre o su amante.

—¿Me llevarán?

—Sí, señora.

—¿Cómo lo sabe?

—Llevan a todos los que traen aquí, señora.

—¿Siempre? ¿Nunca sueltan a nadie?

—De vez en cuando.

—Entonces quizá me liberen, ¿no es cierto? —Hablaba con un tono de esperanza que me hacía pensar en una flor que crecía en la sombra.

—Es posible, pero muy improbable.

—¿No quiere saber lo que he hecho?

—No —dije. Daba la casualidad que la celda junto a la de Thecla estaba vacía; por un momento me pregunté si pondría allí a la mujer. Sería una compañía (las dos podrían conversar a través de las rendijas), pero las preguntas de la mujer y la puerta que yo tenía que abrir y cerrar podrían despertar a Thecla. Decidí hacerlo: la compañía, sentí, compensaría con mucho una pequeña pérdida de sueño.

—Estaba prometida a un oficial y descubrí que mantenía a una mujerzuela. Como se negó a abandonarla, pagué a unos malhechores para que le incendiaran la techumbre de paja. Ella perdió un colchón de plumas, unos pocos muebles y algo de ropa. ¿Es ése un crimen por el que deba ser torturada?

—No lo sé, señora.

—Me llamo Marcellina. ¿Cómo se llama usted?

Giré la llave en la cerradura de la puerta, mientras pensaba si le contestaría. Thecla, a la que ahora oí moverse, se lo diría de todos modos.

—Severian —dije.

—Y se gana el pan rompiendo huesos. Ha de tener dulces sueños por las noches.

Los ojos de Thecla, separados y profundos como pozos, estaban en la rendija de la puerta.

—¿Quién está contigo, Severian?

—Una nueva prisionera, chatelaine.

—¿Una mujer? Sé que lo es… la he oído. ¿De la Casa Absoluta?

—No, chatelaine. —Ignorando cuánto tiempo podría transcurrir antes de que las dos volvieran a verse, hice que Marcellina se mantuviera frente a la puerta de Thecla.

—Otra mujer. ¿No es eso insólito? ¿A cuántas tenéis, Severian?

—Ahora, en este nivel, a ocho, chatelaine.

—Creía que con frecuencia tendríais más.

—Rara vez tenemos más de cuatro, chatelaine.

—¿Durante cuánto tiempo estaré aquí encerrada? —interrumpió Marcellina.

—No mucho. Pocos se quedan aquí mucho tiempo, señora.

Con enfermiza seriedad, Thecla dijo: —Yo estoy a punto de recobrar la libertad, téngalo por cierto. Él lo sabe.

La nueva dienta de nuestro gremio miró con mayor interés lo que la rendija de la puerta dejaba ver de Thecla.

—¿Está de veras a punto de que la dejen en libertad, chatelaine?

—Él lo sabe. Ha despachado cartas por mí ¿no es cierto, Severian? Y estos últimos días ha estado despidiéndose. A su manera es verdaderamente un buen muchacho.

—Ahora tiene que entrar, señora. Pueden seguir conversando, si quieren —dije.

Me sentí aliviado después de haberles servido la cena. Drotte me encontró en las escaleras y me aconsejó que me fuera a la cama.

—Es la máscara —le dije—. No estás acostumbrado a verme con ella.

—Puedo verte los ojos, y eso me basta. ¿No eres capaz de reconocer a todos los hermanos por los ojos y darte cuenta tanto si están enfadados como de buen humor? Te convendría irte a dormir.

Le dije que antes tenía algo que hacer, y fui al estudio del maestro Gurloes. Tal como yo había esperado, no estaba allí, y entre los papeles esparcidos sobre la mesa encontré lo que de un modo que no podría explicar sabía que iba a encontrar: la orden para torturar a Thecla.

Después de eso no pude dormir. En cambio fui (aunque no sabía que era la última vez) a la tumba en la que había jugado de niño. El bronce funerario del viejo exultante estaba falto de lustre, y algunas hojas se habían filtrado por la puerta entreabierta; excepto eso, todo lo demás era como siempre. Una vez le había hablado a Thecla de este lugar, y ahora la imaginaba conmigo. Ella había huido con mi ayuda y yo le prometía que allí nadie la encontraría, que le llevaría comida, y que cuando la persecución se hubiera enfriado, la ayudaría a conseguir un pasaje seguro en un dhow mercante en el que podría navegar secretamente por los sinuosos meandros del Gyoll hasta el delta y luego al mar.

Si hubiera sido un héroe, como los protagonistas de los viejos romances, la habría puesto en libertad aquella misma noche, venciendo por la fuerza o la droga a los hermanos de guardia. Pero no era fuerte, y no disponía de drogas, ni tenía arma más formidable que un cuchillo robado de la cocina.

Y si ha de saberse la verdad, entre lo más íntimo de mí mismo y el desesperado intento se interponían las palabras que había escuchado aquella mañana, la que siguió a mi consagración. La chatelaine Thecla había dicho que yo era «a su manera, un buen muchacho», y una parte ya madura de mí mismo sabía que aunque yo triunfara, contra toda probabilidad seguiría siendo a su manera, un buen muchacho. En ese momento creí que eso tenía importancia.

Por la mañana el maestro Gurloes me ordenó que lo asistiera en la imposición del tormento. Roche vino con nosotros.

Yo abrí la puerta de la celda. En un principio ella no entendió por qué estábamos allí, y me preguntó si tenía una visita o si la iban a dejar en libertad.

Cuando llegamos a nuestro destino, lo supo. Muchos hombres se desmayan, pero ella no. Con cortesía, el maestro Gurloes le preguntó si le gustaría una explicación de los varios mecanismos.

—¿Se refiere a los que van a utilizar?—Había un leve estremecimiento en su voz.

—No, no, yo no haría eso. Sólo las máquinas curiosas que verá de paso. Algunas son muy antiguas, y la mayoría ya apenas se usan.

Thecla miró alrededor antes de contestar. El cuarto de exámenes —nuestro taller— no está dividido en celdas, sino que es un espacio único, con tubos de viejos motores por pilares y atestado de herramientas de nuestro ministerio.

—La que van a utilizar conmigo ¿es antigua también? —preguntó ella.

—La más venerable de todas —contestó el maestro Gurloes. Esperó a que ella dijera algo más, lo que no sucedió, y continuó con sus descripciones—. Estoy seguro de que habrá oído hablar de la Cometa… todo el mundo la conoce. Allí detrás… si avanza un paso por este lado la podrá ver mejor… es lo que llamamos «el aparato». Con él se escribe cualquier lema que se haya ordenado en la carne del cliente, pero rara vez funciona. Veo que está mirando el viejo poste. No es más que lo que parece, sólo una estaca para inmovilizar las manos y un látigo correctivo de trece correas. Solía estar en el Patio Viejo, pero las brujas se quejaron y el chatelain hizo que lo trasladáramos aquí abajo. Eso fue hace cerca de un siglo.

—¿Quiénes son las brujas?

—Me temo no tener tiempo para eso ahora. Severian puede explicárselo cuando estén de vuelta en la celda.

Thecla me miró como diciéndome: «¿Es posible de veras que vuelva allí?», y yo aproveché la ventaja de encontrarme al otro lado del maestro Gurloes para tomar la mano helada de la chatelaine.

—Más allá…

—Espere. ¿Puedo elegir? ¿Hay algún modo de persuadirlo… a hacer una cosa en lugar de otra? —El tono de la voz de Thecla era todavía valiente, pero más débil ahora.

Gurloes negó con la cabeza.

—No tengo voz en el asunto, chatelaine. Tampoco usted. Cumplimos con las sentencias que nos son encomendadas, sin hacer más que lo que se nos dice, sin el menor cambio. —Embarazado, se aclaró la garganta.— Lo que sigue es interesante, me parece. Lo llamamos el Collar Permisivo. Se sujeta con correas al cliente en ese asiento, y se coloca la almohadilla contra el esternón. Cada vez que el cliente respira, la cadena se ajusta, y cada vez le es más difícil respirar. En teoría puede seguirse así por siempre, con inhalaciones superficiales y ajustes pequeños.

—Qué horrible. ¿Qué es lo que está detrás? Ese lío de alambre y el gran globo de cristal sobre la mesa?

—¡Ah! —dijo el maestro Gurloes—. Lo llamamos el Revolucionario. El sujeto se tiende aquí. ¿Quiere usted hacerlo, chatelaine?

Durante largo rato Thecla pareció tranquila. Era más alta que ninguno de nosotros, pero con el terrible miedo que se le advertía en el rostro, su altura ya no resultaba imponente.

—Si no lo hace —continuó—, nuestros oficiales tendrán que obligarla. No le gustará eso, chatelaine.

Thecla dijo en un susurro: —Creí que me los mostraría todos.

—Sólo hasta que llegáramos a este sitio, chatelaine. Es mejor que la mente del cliente esté ocupada. Ahora tiéndase, por favor. No volveré a pedírselo.

Ella se tendió en seguida, rápida y graciosamente, como a menudo yo la había visto tenderse en la celda. Las correas con que Roche y yo la sujetamos eran tan viejas y resquebrajadas, que me pregunté si resistirían.

Había cables que era preciso rebobinar desde una parte del cuarto de exámenes a la otra, y habría que ajustar reóstatos y amplificadores magnéticos. Antiguas luces como ojos inyectados en sangre, brillaban en el panel de mandos, y un zumbido como el de un insecto enorme llenaba toda la estancia. Por unos instantes la antigua máquina de la torre volvió a la vida. Un cable se soltó, y unas chispas azules como de brandy ardiendo recorrieron los accesorios de bronce.

—Relámpago —dijo el maestro Gurloes mientras reacomodaba el cable suelto—. Hay otra palabra para él, pero no la recuerdo. De cualquier modo el Revolucionario funciona mediante relámpagos. Por supuesto que no la alcanzarán, chatelaine. Pero es el relámpago lo que la pone en marcha.

—Severian, levanta esa palanca hasta que esta aguja esté aquí. —Un carrete, que hacía apenas un momento estaba frío como una serpiente, ahora quemaba.

—¿Qué provoca?

—No sabría describirlo, chatelaine, nunca lo he experimentado. —La mano de Gurloes movió una perilla en el panel de mandos y una luz que quitaba el color de todo aquello sobre lo que caía, bañó a Thecla.

Ella gritó. He oído gritos durante toda mi vida, pero el suyo, aunque no el más estridente, fue el peor; parecía seguir y seguir, como el chirrido de una carretilla.

Cuando la luz se apagó, todavía seguía consciente. Tenía los ojos abiertos y la mirada fija; pero no pareció que viera mi mano o que la sintiera, cuando la toqué. La oí respirar: unos jadeos rápidos y entrecortados.

—¿Esperamos hasta que pueda andar? —preguntó Roche. Me di cuenta de que pensaba en lo incómodo que sería cargar a una mujer tan alta.

—Llevadla ahora —dijo el maestro Gurloes—. Acabemos con el trabajo.

Cuando todas mis tareas estuvieron concluidas, fui a la celda a verla. Estaba completamente consciente, aunque no podía tenerse en pie.

—Tendría que odiarte —dijo.

Tuve que inclinarme sobre ella para entender sus palabras.

—Está bien —dije.

—Pero no te odio. Si odiara a mi último amigo, ¿qué me quedaría?

No había nada que decir a eso, de modo que nada dije.

—¿Sabes lo que fue? Transcurrió mucho tiempo antes de que pudiera darme cuenta.

La mano derecha de Thecla empezó a reptar hacia arriba, hacia los ojos. Se la tomé y la retiré con fuerza.

—Creí que veía a mi peor enemigo, una especie de demonio. Y era yo.

El cuero cabelludo le estaba sangrando. Lo cubrí con unas hilas limpias y se las aseguré, aunque sabía que pronto las perdería. Entre los dedos tenía oscuros pelos rizados.

—Desde entonces no puedo dominar mis manos. Puedo si lo pienso, si sé lo que están haciendo. Pero es tan difícil, y estoy tan cansada. —Volvió la cabeza y escupió sangre.— Me muerdo. Me muerdo el interior de las mejillas, y la lengua y los labios. Una vez mis manos trataron de estrangularme, y pensé oh, está bien, ahora moriré. Pero sólo perdí el conocimiento. Al fin parece que mis manos perdieron fuerza, porque desperté. Es como esa máquina ¿no es cierto?

—El Collar Permisivo —dije.

—Pero peor. Ahora mis manos están tratando de enceguecerme, de arrancarme los párpados. ¿Quedaré ciega?

—Sí —dije.

—¿Cuánto tiempo antes de morir?

—Un mes, quizá. Lo que hay en ti que te odia, se debilitará a medida que tú misma te vayas debilitando. El Revolucionario le dio vida, pero esa energía es tu energía, y al final moriréis juntos.

—Severian…

—¿Sí?

—Entiendo —dijo. Y luego—: Esto es algo propio de Erebus, de Abaia, un compañero adecuado para mí. Vodalus…

Me incliné más cerca de ella, pero no pude oír. Por fin dije: —Traté de salvarte. Quería hacerlo. Robé un cuchillo y me pasé la noche esperando una oportunidad. Pero sólo un maestro puede sacar a un prisionero de la celda, y habría tenido que matar…

—A tus amigos.

—Sí, a mis amigos.

Las manos se le movían otra vez, y le sangraba la boca.

—¿Me traerás el cuchillo?

—Lo tengo aquí —dije, y lo saqué de debajo de la capa. Era un cuchillo de cocina corriente con una hoja de un palmo poco más o menos.

—Parece afilado.

—Lo es —dije—. Sé como tratar estas cosas y lo afilé con cuidado.— Eso fue lo último que le dije. Le puse el cuchillo en la mano derecha y salí.

Por un tiempo, lo sabía, la voluntad de Thecla lo mantendría apartado. Mil veces me volvió el mismo pensamiento: podría volver a la celda, quitarle el cuchillo y nadie se enteraría nunca. Podría vivir mi vida en el gremio.

Si su garganta dejó escapar un estertor, no lo oí; pero después de estar mirando largo tiempo la puerta de la celda, un delgado hilo carmesí asomó deslizándose por el umbral. Entonces fui a ver al maestro Gurloes y le dije lo que había hecho.

XIII — El lictor de Thrax

Durante los diez días que siguieron viví la vida de un cliente, en una celda del nivel superior (de hecho, no lejos de la que había sido la de Thecla). Con el fin de que el gremio no fuera acusado de haberme detenido sin proceso legal, dejaron la puerta abierta, pero fuera había dos oficiales armados con espadas, y nunca la traspasé salvo un breve tiempo al segundo día, cuando fui conducido ante el maestro Palaemon para que yo volviera a contar mi historia. Ése fue mi juicio, si se quiere. Durante el resto del tiempo, el gremio meditó sobre mi sentencia.

Se dice que es una cualidad peculiar del tiempo conservar los hechos, y que lo hace volviendo verdaderas nuestras falsedades pasadas. Así sucedió conmigo. Había mentido al decir que amaba el gremio, que no deseaba otra cosa que permanecer en él. Ahora descubría que esas mentiras se volvían verdades. La vida de un oficial, y aun la de un aprendiz, me parecían infinitamente atractivas. No sólo porque tenía la certeza de que moriría, sino verdaderamente atractivas en sí mismas, porque las había perdido. Ahora veía a los hermanos desde el punto de vista de un cliente, y por tanto los veía poderosos, los principios activos de una maquinaria enemiga y casi perfecta.

Sabiendo que mi caso no tenía esperanzas, aprendí en mi propia persona lo que el maestro Malrubius había inculcado en mí cuando yo era niño: que la esperanza es un mecanismo psíquico al que no afectan las realidades externas. Yo era joven y estaba bien alimentado; se me permitía dormir y, por tanto, tenía esperanzas. Una y otra vez, despierto y dormido, soñaba que justo cuando yo estuviera por morir, Vodalus llegaría. No solo, como lo había visto lucharen la Necrópolis, sino a la cabeza de un ejército que barrería la decadencia de siglos, y nos transformaría una vez más en los amos de las estrellas. A menudo creía oír el paso de ese ejército resonando en los corredores; a veces llevaba mi vela hasta la pequeña rendija de la puerta porque creía haber visto el rostro de Vodalus fuera en la oscuridad.

Como he dicho, creía que moriría. La cuestión que ocupó mi mente durante esos lentos días era por qué medios. Había aprendido todas las artes del torturador; ahora pensaba en ellas: a veces de una en una, tal como nos las habían enseñado, otras todas juntas, en una revelación del dolor. Vivir día tras día en una celda subterránea pensando en el tormento, es el tormento mismo.

Al undécimo día fui convocado por el maestro Palaemon. Vi otra vez la luz roja del sol, y respiré ese viento húmedo que indica en invierno que la primavera casi ha llegado. Pero cuánto me costó dejar atrás la puerta abierta de la torre y ver la puerta de los cadáveres en el muro encortinado, y al viejo Hermano Portero allí, ocioso.

Cuando entré en el estudio del maestro Palaemon, me pareció muy grande, todavía muy preciado para mí, como si los papeles y los libros polvorientos me pertenecieran. Me pidió que me sentara. No llevaba máscara y me pareció más viejo que en mis recuerdos.

—El maestro Gurloes y yo hemos discutido tu caso —dijo—. Hemos tenido que comunicárselo a los otros oficiales y también a los aprendices. Es mejor que sepan la verdad. La mayoría está de acuerdo en que mereces la muerte.

Esperó a que yo hiciera algún comentario, pero no lo hice.

—Y, sin embargo, se dijo mucho en tu defensa. Varios oficiales en encuentros privados me insistieron a mí, y también al maestro Gurloes, en que se te permitiera morir sin dolor.

No sabría decir por qué, pero me pareció sumamente importante saber cuántos amigos así tenía, y lo pregunté.

—Más de dos, y más de tres. El número exacto no interesa. ¿No crees que mereces morir con dolor?

—Mediante el Revolucionario —dije, con la esperanza de que si pedía esa muerte como favor, no me sería concedida.

—Sí, eso sería lo adecuado. Pero…

Y aquí hizo una pausa. El momento pasó, luego otro. La primera mosca de abdomen tornasolado del nuevo verano, zumbó contra la ventana. Tuve ganas de aplastarla, de atraparla y soltarla, de gritarle al maestro Palaemon que hablara, de salir corriendo del cuarto; pero no podía hacer ninguna de esas cosas. En cambio, me quedé sentado en la vieja silla de madera junto a la mesa, sintiendo que ya estaba muerto, aunque todavía tenía que morir.

—No podemos matarte. Me llevó mucho tiempo convencer a Gurloes, pero es así. Si te matamos sin una orden judicial, no nos comportaremos mejor que tú: tú nos has traicionado, pero nosotros habremos traicionado la ley. Además, pondríamos al gremio en peligro para siempre. Un inquisidor lo llamaría asesinato.

Esperó a que yo hiciera algún comentario y entonces le dije: —Pero por lo que he hecho…

—La sentencia sería justa. Sí. Sin embargo, según la ley no tenemos derecho a quitar la vida con nuestra sola autoridad. Los que tienen ese derecho están justamente celosos de él. De acudir a ellos, el veredicto sería seguro. Pero si lo hiciéramos, la reputación del gremio quedaría pública e irrevocablemente manchada. Casi toda la confianza que hay depositada en nosotros, desaparecería para siempre. Hasta sería posible que en el futuro otros supervisaran nuestros propios asuntos. ¿Te gustaría ver a nuestros clientes vigilados por soldados, Severian?

La visión que yo había tenido en el Gyoll cuando estuve por ahogarme apareció ante mí, y era como entonces, de un sombrío aunque intenso atractivo. —Antes me quitaría la vida —dije—. Fingiré nadar y moriré en medio del canal, lejos de toda ayuda.

La sombra de una sonrisa cruzó la arruinada cara del maestro Palaemon.

—Me alegro de que me hayas hecho ese ofrecimiento sólo a mí. El maestro Gurloes se habría complacido no poco en señalar que por lo menos transcurriría un mes antes que eso de morir ahogado en el canal fuera verosímil.

—Soy sincero. Busqué una muerte sin dolor, pero es la muerte lo que busqué y no una extensión de la vida.

—Aun cuando estuviéramos en medio del verano, lo que propones no podría permitirse. Un inquisidor podría deducir que fuimos nosotros los que preparamos tu muerte. Por fortuna para ti, nos hemos puesto de acuerdo en una solución menos incriminatoria. ¿Sabes algo del estado de nuestro ministerio en las ciudades provincianas?

Negué con la cabeza.

—Es malo. Sólo en Nessus hay un cabildo de nuestro gremio. Los lugares menores lo más que tienen es un carnificario que quita la vida y aplica los tormentos que los jueces decretan. Un hombre semejante es universalmente odiado y temido. ¿Comprendes?

—Esa posición —respondí— es demasiado elevada para mí. —No había falsedad en lo que decía, en ese momento me despreciaba a mí mismo mucho más que al gremio. Desde entonces he recordado esas palabras con frecuencia, aunque no eran sino mías, y me han servido de consuelo en muchos infortunios.

—Hay una ciudad llamada Thrax, la Ciudad de las Habitaciones sin Ventanas — continuó el maestro Palaemon—. Abdiesus, el arconte de allí, envió una carta a la Casa Absoluta. Un alguacil de ésta se la transmitió al Castellar, y de él la he recibido yo. En Thrax necesitan un funcionario como el que te he descrito. En el pasado han perdonado a hombres condenados con la condición de que aceptaran el puesto. Ahora la traición pudre el campo, y desde que el cargo requiere cierto grado de confianza, se sienten reacios a volver a hacerlo.

—Lo entiendo —dije.

—En dos ocasiones anteriores se han enviado miembros del gremio a ciudades cercanas, aunque si esos casos fueron como éste, las crónicas no lo dicen. No obstante, son un precedente, y una posible solución al problema. Tienes que ir a Thrax, Severian. He preparado una carta de presentación para el arconte y sus magistrados. Te describe como muy capacitado en nuestro ministerio. Para un sitio así, no será una falsedad.

Asentí, resignado. Sin embargo, mientras estaba allí, manteniendo la inexpresiva cara de un oficial cuya sola voluntad es obedecer, sentí que una nueva vergüenza me quemaba. Aunque no tan ardiente como la de haber deshonrado al gremio, era más nueva y dolorosa, pues no me había acostumbrado todavía al malestar que producía en mí, como me había sucedido con la otra. La vergüenza era que me alegraba partir, que mis pies anhelaban ya el contacto con la hierba; mis ojos, los extraños paisajes; mis pulmones, el nuevo aire limpio de lugares lejanos y despoblados.

Le pregunté al maestro Palaemon dónde quedaba la ciudad de Thrax.

—Gyoll abajo —dijo—. Cerca del mar. —De pronto calló, como hacen a veces los viejos, y continuó luego:— No, no, ¿en qué estoy pensando? Gyoll arriba, por supuesto. —Y en ese instante, centenares de leguas de olas en movimiento y el grito de las aves marinas, se desvanecieron para mí. El maestro Palaemon sacó un mapa del armario y lo desenrolló para mostrármelo, inclinándose sobre él hasta que los lentes con los que miraba esas cosas, casi tocaron el pergamino.— Allí —dijo, y me señaló un punto del joven río al pie de las cataratas bajas—. Si tuvieras los fondos necesarios podrías viajar en barco. Tal como están las cosas, irás a pie.

—Entiendo —dije, y aunque recordaba la delgada pieza de oro que Vodalus me había dado, segura en su escondite, no podía valerme de ella. El gremio había decidido enviarme con no más dinero del que puede disponer un oficial joven, y tanto por prudencia como por honor, debía partir de esa manera.

Con todo, sabía que era injusto. Si no hubiera visto a la mujer con rostro en forma de corazón, es muy posible que jamás le hubiera llevado el cuchillo a Thecla, comprometiendo así mi posición en el gremio. En cierto sentido, aquella moneda había comprado mi vida.

Muy bien, dejaría mi vieja vida atrás…

—¡Severian! —exclamó el maestro Palaemon—. No me estás escuchando. Nunca fuiste un alumno desatento en nuestras clases.

—Lo siento. Estaba pensando en muchas cosas.

—Sin duda. —Por primera vez, realmente se sonrió, y por un momento fue el de antes, el maestro Palaemon de mi niñez.— Y yo que estaba dándote tan buenos consejos para el viaje. Ahora tendrás que pasarte sin ellos, aunque de todas formas los habrías olvidado. ¿Sabes lo de los caminos?

—Sé que no hay que utilizarlos. Nada más.

—El Autarca Maruthas los clausuró. Eso fue cuando yo tenía tu edad. Viajar alentaba la sedición, y él quería que los productos entraran y salieran de la ciudad por el río, de modo que pudiera imponérseles tasas con facilidad. La ley ha permanecido en vigencia desde entonces, y hay una fortificación, según he oído decir, cada cincuenta leguas. Con todo, los caminos siguen donde estaban. Aunque se encuentran en mal estado, se dice que algunos los utilizan por la noche.

—Entiendo —dije—. Clausurados o no, los caminos harían más fácil el tránsito que viajar por el campo como lo exigía la ley.

—Lo dudo. Mi intención es advertirte que los evites. Son patrullados por ulanos con la orden de matar a quienquiera que encuentren, y como tienen permiso de saquear los cuerpos de los que matan, no son muy proclives al perdón.

—Entiendo —le dije, mientras me pregunté cómo era posible que supiera tanto de viajes.

—Bien. El día ya casi ha pasado. Si quieres, puedes dormir aquí esta noche, y partir por la mañana.

—Dormir en mi celda quiere decir.

Asintió. Aunque sabía que apenas podía verme la cara, sentí que algo en él me estaba examinando.

—Ahora lo dejaré, entonces. —Traté de pensar qué tendría que hacer antes de volver la espalda para siempre a nuestra torre; no se me ocurrió nada, aunque parecía que seguramente algo tendría que hacer.— ¿Puedo disponer de una guardia para prepararme? Cuando llegue el momento partiré.

—Eso es fácil de conceder. Pero antes de partir, quiero que vuelvas aquí… Tengo algo que darte. ¿Lo harás?

—Desde luego, maestro, si usted así lo quiere.

—Y, Severian, ten cuidado. Hay muchos en el gremio que son tus amigos y desean que esto no hubiera ocurrido nunca. Pero hay otros que consideran que has traicionado nuestra confianza y que mereces la agonía y la muerte.

—Gracias, maestro —le dije—. El segundo grupo está en lo cierto.

Mis pocas posesiones estaban ya en mi celda. Las empaqueté todas juntas, y el paquete resultó tan pequeño que pude ponerlo en la vaina que me colgaba del cinturón. Llevado por el amor y la pena por lo que había ocurrido, me encaminé a la celda de Thecla.

Todavía estaba vacía. El suelo había sido lavado y no había sangre en él, pero una gran mancha oscura se extendía por el metal. Su ropa había desaparecido y también sus cosméticos. Los cuatro libros que le había llevado un año antes estaban apilados junto a otros sobre la mesa. No puede resistir la tentación de tomar uno; había tantos en la biblioteca, que no lo echarían de menos. Había tendido la mano antes de darme cuenta de que no sabía cuál elegir. El libro de heráldica era el más hermoso, pero me pareció demasiado grande como para cargarlo por el campo. El libro de teología era el más pequeño, pero no mucho más que el marrón. Por fin fue el que escogí, con sus historias de palabras desvanecidas.

Dejando atrás el cuarto de almacenaje, subí las escaleras de la torre hasta el cuarto del cañón, donde las piezas destinadas a romper bloqueos esperaban en plataformas colgantes. Luego ascendí más todavía, hasta el cuarto de tejado de vidrio, de mamparas grises y sillas extrañamente retorcidas, y subí aún más alto por una delgada escalerilla de mano hasta los mismos resbalosos paneles, donde mi presencia ahuyentó a una bandada de tordos que se elevaron como manchas de hollín, mientras sobre mi cabeza, nuestra bandera fulígena flameaba y restallaba al viento.

Abajo, el Patio Viejo parecía pequeño y atestado, pero infinitamente confortable y hogareño. La rotura de la muralla era más grande de lo que jamás lo había advertido, aunque a cada lado de ella la Torre Roja y la Torre del Oso todavía se mantenían en pie, orgullosas y fuertes. Más cerca de la nuestra, la Torre de las Brujas era más delgada, oscura y alta; por un momento el viento me trajo el sonido de unas risas frenéticas y sentí un antiguo temor, aunque nosotros los torturadores siempre hemos estado en los más amistosos términos con las brujas, nuestras hermanas.

Más allá del muro, la gran necrópolis descendía hasta el Gyoll, cuyas aguas alcanzaba a ver entre los edificios medio carcomidos de las orillas. A lo lejos, al otro lado del río, la redondeada bóveda del khan no parecía más que una pequeña piedra, y la ciudad de alrededor una extensión de arena multicolor hollada por los maestros torturadores de antaño.

Vi un caique de proa y popa altas y agudas; con las velas desplegadas navegaba corriente abajo; y en contra de mi voluntad lo seguí un instante… Iba hacia el delta y los pantanos, hacia el mar resplandeciente donde la gran bestia Abaia, traída desde las orillas más lejanas del universo en los tiempos preglaciares, se revuelca hasta que llegue el momento en que ella y los de su especie devoren los continentes.

Luego abandoné el sur de mares ahogados por el hielo, y me volví hacia el norte, hacia las montañas y las fuentes del río. Durante largo tiempo (no sé cuánto, aunque el sol parecía ocupar otro lugar cuando volví a observarlo) miré hacia el norte. Con los ojos de mi mente podía ver las montañas, pero con los verdaderos, sólo la extensión ondulada de la ciudad de un millón de tejados. En realidad, las altas columnas de plata del Torreón y las cúpulas de alrededor, me impedían contemplar la mitad del panorama. Sin embargo, no me interesaban para nada y apenas los veía. En el norte se encontraba la Casa Absoluta y las cataratas y Thrax, la Ciudad de las Habitaciones sin Ventanas. Al norte se extendían las amplias llanuras, un centenar de bosques sin caminos y la podredumbre de las junglas en la cintura del mundo.

Cuando hube pensado en todas esas cosas hasta casi enloquecer, bajé nuevamente al estudio del maestro Palaemon y le dije que estaba listo para partir.

XIV — Términus Est

—Tengo un regalo para ti —dijo el maestro Palaemon—. Considerando la juventud y la fuerza de que dispones, no creo que te resulte demasiado pesado.

—No merezco ningún regalo.

—Así es en efecto. Pero has de recordar, Severian, que cuando los regalos se merecen, son un pago, no un regalo. Los únicos verdaderos regalos son como el que recibirás. No puedo perdonarte lo que has hecho, pero tampoco puedo olvidar el que fuiste. Desde que el maestro Gurloes ascendió a oficial, no he tenido un alumno mejor, — Se puso de pie y se dirigió rígido hacia la alcoba, desde donde lo oí decir:— ¡Ah! No es todavía demasiado pesada para mí.

Estaba levantado algo tan oscuro que las sombras lo devoraban.

—Permítame que lo ayude, maestro —dije.

—No es necesario, no es necesario. De ascenso ligero, de descenso pesado. Ésa es la señal por la que se conoce la calidad.

Sobre la mesa depositó una caja negra como la noche casi lo bastante larga como para ser un ataúd, pero mucho más estrecha. Al abrirlas, las trabas de plata resonaron como campanas.

—No te daré la caja, te estorbaría. Aquí está la espada, la vaina para protegerla cuando estés de viaje, y un tahalí.

Estaba en mis manos antes de que hubiera comprendido por completo lo que me estaba dando. La vaina de oscura piel humana la cubría casi hasta la empuñadura. La quité (era tan suave como un guante de piel) y miré la hoja.

Sería aburrido hacer un catálogo de virtudes y bellezas; es necesario haberla visto y sostenido para juzgarla con justicia. La afilada hoja tenía una ana de longitud, era derecha y de punta cuadrada como debe serlo una espada semejante. El filo masculino y el filo femenino eran capaces de partir un pelo a un palmo de distancia; la guarnición era de plata, con una cabeza tallada a cada lado. La empuñadura era de ónix con bandas de plata de dos palmos de largo y rematada en un ópalo. El arte se había prodigado en ella; pero la función del arte consiste en volver atractivas y significativas aquellas cosas que sin él no lo serían, por lo tanto el arte no tenía nada que darle. Las palabras Términus Est habían sido grabadas en la hoja con letras tan extrañas como hermosas, y yo había aprendido lo bastante de las lenguas antiguas, desde que había abandonado el Atrio del Tiempo, como para saber que significaba Ésta es la Línea que Divide.

—Está bien afilada, te lo aseguro —dijo el maestro Palaemon al verme probar con el pulgar el filo masculino—. En honor a aquellos que te la han dado, tienes que cuidarla del mismo modo. Me pregunto si no será demasiado pesada para ti. Levántala y compruébalo.

Cogí Términus Est y la alcé por sobre mi cabeza, teniendo cuidado de no dar contra el cielo raso. Se movió como si hubiera agarrado una serpiente.

—¿Tienes alguna dificultad?

—No, maestro. Pero al levantarla se torció.

—Tiene un canal en la médula de la hoja y por él corre un río de hidrágiro, un metal más pesado que el hierro, aunque fluido como el agua. Así, el equilibrio se transporta hacia las manos cuando la hoja está en alto, pero se traslada a la punta cuando cae. A menudo tendrás que esperar el término de una última oración, o la señal que te haga con la mano el quaesitor. La espada no ha de aflojarse ni temblar… Pero tú sabes todo esto. No es preciso que te diga que tienes que respetar un instrumento semejante. Que la Moira te favorezca, Severian.

Saqué la piedra de afilar del bolsillo que había en la vaina y la dejé caer en el mío; doblé la carta que me había dado para el arconte de Thrax, la envolví en un aceitado trozo de seda y la puse al cuidado de la espada. Luego me despedí de él.

Con la amplia hoja colgada tras el hombro izquierdo, me abrí camino a través de la puerta de los cadáveres y salí al jardín de la Necrópolis movido por el viento. El centinela del portal más bajo, el más cercano al río, me dejó pasar sin dar el quién vive, aunque con mirada algo desconfiada, y yo caminé por las calles estrechas hasta la Vía de Agua, que corre con el Gyoll.

Ahora tengo que escribir algo que todavía me avergüenza, aun después de todo lo que ha ocurrido. Las guardias de esa tarde fueron las más felices de mi vida. El viejo odio que sentía por el gremio se había desvanecido, y el amor que sentía por sus tradiciones y costumbres, por el maestro Palaemon, por mis hermanos y aun por los aprendices, ese amor que nunca había muerto, permanecía vivo a pesar de todo. Estaba dejando atrás esas cosas que amaba, después de haberlas deshonrado por completo. Tenía que haber llorado.

No lo hice. Algo en mí se elevaba, y cuando el viento batió mi capa detrás de mí, como alas poderosas, sentí que podría haber volado. Sólo nos está permitido sonreír en presencia de nuestros maestros, hermanos, clientes o aprendices. No tenía ganas de llevar la máscara, pero tuve que alzarme el cuello e inclinar la cabeza por temor de que los que pasaban llegaran a verme. Equivocadamente pensé que perecería en el camino, y que ya jamás volvería a ver la Ciudadela y nuestra torre; pero equivocadamente creí también que habría muchos más días como ése por venir, y sonreí.

En mi ignorancia, había supuesto que antes de oscurecer me habría alejado de la ciudad y que podría dormir con relativa seguridad al amparo de algún árbol. En realidad, ni siquiera había dejado atrás las partes más viejas y pobres cuando el oeste se alzó para cubrir el sol. Pedir hospitalidad en uno de los destartalados edificios que bordean la Vía de Agua, o intentar descansar en algún rincón, habría sido una invitación a la muerte. De modo que avancé con dificultad bajo las estrellas cuyo brillo el viento acrecentaba, sintiéndome ya no un torturador ante los ojos de los pocos que pasaban a mi lado, si no sólo un viajero vestido de negro que llevaba al hombro una paterissa oscura.

De vez en cuando se deslizaban barcos sobre las aguas sofocadas de helechos, mientras el viento arrancaba música de los aparejos y mástiles. Los más pobres no llevaban luz y apenas parecían algo más que ruinas flotantes; pero varias veces vi unos ricos talamegii con lámparas a proa y popa para exhibir mejor sus doraduras. Aunque se mantenían en el centro del canal temiendo un ataque, podía escuchar la canción de los tripulantes por encima de las aguas:

¡Remad, hermanos, remad!
La corriente nos es contraria.
¡Remad, hermanos, remad!
Porque Dios está con nosotros.
¡Remad, hermanos, remad!
El viento nos es contrario.
¡Remad, hermanos, remad!
Porque Dios está con nosotros.

Y así sucesivamente. Aun cuando las lámparas no eran más que una chispa a una legua o más río arriba, el viento traía el sonido. Como luego lo sabría, alzan la pértiga con el estribillo y vuelven a hundirla con los versos alternados, y así avanzan guardia tras guardia.

Poco antes del amanecer, vi sobre la amplia y oscura cinta del río una línea de luces que no provenía de los barcos, y que se extendía de orilla a orilla. Era un puente, y después de errar un tiempo en la oscuridad, llegué a él. Dejando atrás las lenguas de agua que besaban la orilla, ascendí un tramo de peldaños rotos desde la Vía de Agua hasta la calle más elevada del puente, y de pronto descubrí que era el protagonista de una nueva escena.

Había tanta luz en el puente como sombras en la Vía de Agua. Cada diez pasos, más o menos, podía ver antorchas en lo alto de postes tambaleantes, y a intervalos de unos cien pasos, garitas cuyas ventanas resplandecían como fuegos de artificio adheridos a los pilares del río. Pasaban carruajes con linternas, y la mayor parte de las gentes que andaban por las aceras iban acompañadas por un paje de armas o ellas mismas llevaban luz. Había vendedores que vociferaban las mercancías exhibidas en bandejas colgadas del cuello, extranjeros que parloteaban en lenguas toscas, y mendigos que mostraban llagas, fingían tocar caramillos, y pellizcaban a sus hijos para que llorasen.

Confieso que estaba muy interesado por todo esto, aunque mi formación me prohibía manifestar cualquier entusiasmo. Con la capucha bien baja sobre la cabeza y los ojos apuntados hacia delante con resolución, pasé entre la multitud como si me fuera indiferente; pero por un breve tiempo, al menos, sentí que la fatiga desaparecía y mis zancadas eran, creo, más largas y rápidas porque deseaba demorarme allí.

Los guardias de la atalaya no eran agentes de la policía de la ciudad, sino peltastas de media armadura que llevaban escudos transparentes. Estaba ya casi en la orilla occidental cuando dos de ellos avanzaron para bloquearme el camino con lanzas llameantes.

—Es un delito grave llevar la vestimenta que luce. Si intentara usted algún truco o artificio, correría un serio peligro a causa de esta capa.

—Tengo derecho a llevar el hábito de mi gremio —dije.

—¿Entonces se declara usted un carnificario? ¿Es una espada lo que lleva?

—Lo es, pero no soy un carnificario, sino un oficial de la Orden de los Buscadores de la Verdad y la Penitencia.

Hubo un silencio. Un centenar de personas nos habían rodeado en los pocos minutos que tardaron los guardias en interrogarme, y yo en contestar. Vi que el peltasta que no había hablado miró al otro como diciendo habla en seno. Luego, volviéndose a mí, dijo: — Venga, adentro. El lagario quiere hablar con usted.

Pasé delante de ellos y entré por una puerta estrecha. Se trataba de un cuarto pequeño con una mesa y unas pocas sillas. Subí por una escalera angosta muy desgastada. En el cuarto de arriba un hombre con coraza estaba escribiendo en un alto escritorio. Los peltastas me habían seguido, y cuando estuve ante él, el último en hablar señaló: —Éste es el hombre.

—Ya estoy enterado —dijo el lagario sin levantar la cabeza.

—Dice ser un oficial del gremio de torturadores.

Por un momento la pluma que venía avanzando sin pausa, se detuvo.

—Nunca creí encontrarme con semejante cosa fuera de las páginas de algún libro, pero me atrevería a afirmar que no ha dicho más que la verdad.

—¿Debo dejarlo en libertad, entonces? —preguntó el guardia.

—No, todavía.

El lagario limpió la pluma, echó arena sobre la carta en la que había estado trabajando, y nos miró.

—Los subordinados de usted me han detenido porque pusieron en duda el derecho a llevar la capa que me cubre —dije.

—Hicieron lo que les ordené, y lo ordené porque estaba usted provocando un disturbio, de acuerdo con el informe de las torrecillas orientales. Si pertenece al gremio de torturadores, que para ser honesto creía desaparecido desde mucho tiempo atrás, usted se ha pasado la vida en la… ¿Cómo se llama?

—La Torre Matachina.

Hizo chasquear sus dedos y pareció divertido y apenado a la vez.

—Me refiero al lugar en dónde se alza esa torre.

—La Ciudadela.

—Sí, la vieja Ciudadela. Está al este del río, según recuerdo, y en el extremo norte del barrio Algedónico. Me llevaron allí a ver la Torre del Homenaje cuando era cadete. ¿Ha ido con frecuencia a la ciudad?

Pensé en las ocasiones en que íbamos a nadar, y dije: —Con frecuencia.

—¿Vestido así?

Sacudí la cabeza.

—Por favor, échese hacia atrás esa capucha. Lo único que veo es que menea la nariz. —El lagario se bajó del taburete y fue hasta una ventana que daba al puente.— ¿Cuánta gente cree que hay en Nessus?

—No tengo la menor idea.

—Tampoco yo, torturador. Ni nadie. Todo intento de contarlos ha fracasado, como han fracasado, sistemáticamente, todos los esfuerzos que se han hecho por imponer impuestos. La ciudad crece y cambia cada noche, como lo que se escribe con tiza en las paredes. Gente lista levanta casas en las calles después de recoger piedras por la noche y a la mañana siguiente reclama el terreno como propio… ¿lo sabía? El exultante Talarican, cuya locura se manifestó como exagerado interés en los aspectos más bajos de la existencia humana, sostuvo que las personas que viven de devorar la basura de los demás llegan a dos gruesas de millares. Que hay diez mil acróbatas mendicantes de los que casi la mitad son mujeres. Que si un pobre saltara del parapeto de este puente cada vez que respiramos, viviríamos para siempre, porque la ciudad engendra y quebranta a los hombres más rápido de lo que respiramos. En medio de semejante multitud, no hay alternativa para la paz. No pueden tolerarse los disturbios porque los disturbios no pueden extinguirse. ¿Me sigue?

—Existe la alternativa del orden. Pero sí, hasta que eso se consiga, lo entiendo — contesté.

El lagario suspiró y se volvió hacia mí.

—Si entiende eso al menos, mejor que mejor. Será pues necesario que consiga una vestimenta más… convencional.

—No puedo volver a la Ciudadela.

—Entonces, desaparezca de la vista esta noche y cómprese algo mañana. ¿Tiene fondos?

—Un poco, sí.

—Bien. Cómprese algo. O róbelo, o quítele las ropas al próximo desdichado que mate con esa cosa. Haría que uno de los míos lo condujera hasta una posada, pero eso significaría más fisgoneo y murmuraciones todavía. Ha habido alguna clase de perturbación en el río y ya corren demasiadas historias de fantasmas por ahí. Ahora el viento se está calmando y llega la niebla… eso empeorará aún más las cosas. ¿A dónde se dirige?

—He sido destinado a la ciudad de Thrax.

El peltasta que antes había hablado dijo: —¿Hemos de creerle, lagario? No nos ha mostrado ninguna prueba de lo que dice.

El lagario estaba mirando otra vez por la ventana, y ahora yo también vi las hebras oscuras de una niebla.

—Si no sabe usar la cabeza, use la nariz —dijo—. ¿Qué olores entraron junto con él?

El peltasta hizo un gesto de incertidumbre.

—Hierro oxidado, sudor frío, sangre putrefacta. Un impostor olería a tela nueva o a andrajos encontrados en un baúl. Si no espabilas pronto en el desempeño de tu oficio, Petronax, irás al norte a luchar contra los ascios.

El peltasta dijo: —Pero lagario… —y me lanzó tal mirada de odio, que temí que intentara hacerme algún daño cuando abandonara la atalaya.

—Muéstrele a este individuo que pertenece en verdad al gremio de torturadores.

El peltasta estaba distendido, de modo que no hubo grandes dificultades. Aparté a un lado el escudo con mi brazo derecho, poniéndole el pie izquierdo sobre la pierna derecha mientras le aplastaba el nervio del cuello que produce convulsiones.

XV — Calveros

La ciudad en el extremo occidental del puente era muy distinta de la que acababa de abandonar. Al principio había antorchas en las esquinas, y casi tantos coches y carretones que iban y venían corno en el puente mismo. Antes de abandonar la atalaya, le pedí al lagario que me aconsejara un sitio donde pasar el resto de la noche; ahora, sintiendo la fatiga que sólo por un breve tiempo me había abandonado, caminé en busca del anuncio de la posada.

Con cada paso, la oscuridad parecía volverse más densa, y en algún sitio erré sin duda el camino. Sin ganas de volver atrás, traté de mantener el rumbo hacia el norte, consolándome con la idea de que aunque pudiera haberme perdido, cada paso me acercaba a Thrax. Por fin descubrí una pequeña posada. No vi ningún letrero, y quizá no lo hubiera, pero olí comida y oí el tintineo de la vajilla. Entré, abriendo la puerta de un empujón, y me dejé caer en una silla vieja que estaba cerca, sin prestar mucha atención al lugar en que me encontraba y a la compañía con que habría de vérmelas.

Cuando hube estado sentado allí el tiempo suficiente como para recuperar el aliento y desear un sitio en el que pudiera quitarme las botas (aunque estaba lejos de intentar incorporarme y buscarlo), tres hombres que habían estado bebiendo en un rincón, se levantaron y se fueron; y un viejo, suponiendo quizá que le estropearía el negocio, se me acercó y me preguntó qué quería. Le dije que necesitaba un cuarto.

—No tenemos ninguno.

—Lo mismo da… de todas maneras no tengo dinero para pagar —dije.

—Entonces tendrá que marcharse.

Meneé la cabeza.

—Todavía no. Estoy demasiado cansado. (Otros oficiales me habían contado que habían empleado ese truco en la ciudad.) —Usted es uno de esos carnificarios que cortan cabezas, ¿verdad?

—Tráigame dos de esos pescados que huelo y no quedarán más que las cabezas.

—Puedo llamar a la Guardia de la Ciudad. Lo echarán fuera.

Me di cuenta por el tono que no creía en lo que había dicho, de modo que le dije que lo hiciera pero que antes me trajera el pescado, y él se marchó mascullando. Me senté más derecho entonces, con Términus Est (que no me había quitado del hombro al sentarme) vertical entre las rodillas. Había aún cinco hombres en el cuarto, pero todos rehuyeron mi mirada, y dos no tardaron en marcharse.

El viejo regresó con un pescado pequeño que había expirado sobre una rebanada de pan de munición, y me dijo: —Coma esto y váyase.

Se quedó mirándome mientras yo cenaba. Cuando hube terminado, le pregunté dónde podría dormir.

—No hay habitaciones, ya se lo he dicho.

Si hubiera habido un palacio con las puertas abiertas a media cadena de distancia, no habría podido abandonar la posada para ir allí.

—Dormiré en esta silla entonces. No creo que tenga más clientes por esta noche — dije.

—Espere —me dijo, y se marchó. Oí como hablaba con una mujer en otro cuarto.

Cuando desperté, me apretaba el hombro y me estaba sacudiendo. ¿Quiere compartir la cama con otros dos?

—¿Con quién?

—Dos optimates, se lo prometo. Hombres muy decentes que viajan juntos.

Desde la cocina, la mujer gritó algo que no pude entender.

—¿Ha oído? —continuó el viejo—. Uno de ellos ni siquiera ha llegado. A esta hora de la noche, lo más probable es que ya no venga. Sólo serán dos.

—Si estos hombres han alquilado una habitación doble…

—No pondrán objeciones, se lo prometo. Es verdad, carnificario, están retrasados. Llevan tres noches aquí y sólo pagaron la primera.

De modo que iba a ser utilizado como una nota de desahucio. Eso no me perturbó mucho y, en verdad, parecía algo prometedor… si el hombre que dormía allí esa noche se marchaba, el cuarto quedaría para mí solo. Me puse de pie con trabajo y seguí al viejo por unas retorcidas escaleras.

El cuarto en que entramos no estaba cerrado con llave, pero era oscuro como una tumba. Oí una respiración pesada.

—¡Jefe! —bramó el viejo olvidando que había dicho que su inquilino era un optimate—. Calva, Calveros, o como se llame, aquí le traigo un compañero de cuarto. Si no paga, tiene que recibir pensionistas.

No hubo contestación.

—Venga, señor carnificario —me dijo el viejo—. Le daré una luz. —Sopló un pedacito de yesca hasta que brilló lo bastante como para encender un cabo de vela.

El cuarto era pequeño y no tenía más muebles que una cama. En ella, dormido de lado (según me pareció) con la espalda vuelta hacia nosotros y las piernas recogidas, estaba el hombre más grande que yo jamás hubiese visto, un hombre que bien podría haber sido considerado un gigante.

—¿No va a despertar nunca, don Calveros, y ver quién es su compañero de cuarto?

Yo quería ir a la cama y le dije al viejo que nos dejara. El protestó, pero lo saqué del cuarto de un empujón, y no bien se hubo ido me senté en el sitio vacío cíe la cama y me quité las botas y los calcetines. La débil luz de la vela confirmó que me habían salido varias ampollas. Me quité la capa y la extendí sobre el gastado cubrecama. Por un momento consideré si debía quitarme también el cinturón y los pantalones o dormir con ellos puestos; la prudencia y el cansancio me aconsejaron lo segundo, y noté que el gigante parecía completamente vestido. Con una sensación de fatiga inexpresable, apagué la vela de un soplido y me tendí para pasar la primera noche de mi vida fuera de la Torre Matachina.

—Nunca.

El tono era tan profundo y resonante (casi como las notas más bajas de un órgano) que en un principio no estuve seguro de lo que significaba la palabra que acababa de oír, o si era una palabra siquiera.

—¿Qué ha dicho? —mascullé.

—Calveros.

—Lo sé… el posadero me lo dijo. Mi nombre es Severian. —Yo yacía de espaldas con Términus Est (que había puesto a mi lado como medida de seguridad) entre nosotros. En la oscuridad ignoraba si mi compañero había girado para observarme; de todos modos yo tenía la certeza de que no podría dejar de advertir cualquier movimiento de ese cuerpo enorme.

—Usted… corta.

—Nos oyó cuando entramos, entonces. Pensé que estaba dormido. —Me disponía a decir que no era un carnificario sino un oficial del gremio de torturadores, pero luego, recordando mi deshonra y que Thrax había pedido que enviaran un verdugo, dije:— Sí, soy un verdugo, pero no es preciso que me tema. Sólo hago lo que me mandan.

—Mañana, entonces.

—Sí, mañana habrá tiempo suficiente para conocernos y hablar.

Y luego soñé, aunque puede que las palabras de Calveros hayan sido también un sueño. Sin embargo, no lo creo, y si lo fueron, fue un sueño diferente.

Cabalgaba sobre una enorme criatura de alas de piel bajo un cielo de escasa altura. Equidistantes entre las nubes y una tierra crepuscular, nos deslizamos cuesta abajo por una colina de aire. Mi montura de largos dedos membranosos batió las alas sólo una vez, me pareció. El sol agonizaba delante de nosotros y parecía que nos movíamos a la velocidad de Urth, porque se mantenía quieto sobre el horizonte.

Seguimos volando y volando. Por fin vi un cambio en la superficie de la tierra, y al principio creí que se trataba de un desierto. A lo lejos no se divisaban ciudades, ni granjas, ni bosques, ni campos, sino un enorme baldío llano de color púrpura oscuro, sin nada que rompiera la monotonía y la quietud. La criatura de alas membranosas lo observó también o tal vez captó algún olor en el aire. Sentí los músculos de hierro que se contraían debajo de mí, y hubo tres aleteos, uno tras otro.

En el baldío púrpura aparecieron unas manchas blancas. Al rato me di cuenta de que la aparente quietud era una ilusión creada por la uniformidad; era igual en todas partes, pero todas ellas estaban en movimiento… el mar… el Río-Mundo cuna de Urth.

Entonces, por primera vez miré detrás de mí y vi el reino de la humanidad tragado por la noche.

Cuando hubo desaparecido, y debajo de nosotros sólo se extendía el inmenso baldío de aguas agitadas, la bestia giró la cabeza y me miró. El pico era como el pico del ibis, la cara la cara de una bruja; sobre la cabeza tenía una mitra de hueso. Por un instante nos quedamos mirando, y creí adivinar lo que pensaba: Sueñas, pero si despertaras de tu despertar, estarías aquí.

El movimiento de la bestia cambió como cambia el de un lugre cuando el marinero lo hace virar por avante. Un ala descendió, la otra se alzó hasta que apuntó hacia el cielo, yo traté de aferrarme a la piel escamosa, y caí al mar.

El choque del impacto me despertó. Me dolían las articulaciones, y oí al gigante murmurar en sueños. Yo también murmuré algo, busqué a tientas la espada para comprobar si todavía estaba junto a mí, y me dormí otra vez.

El agua se cerró sobre mí; sin embargo, no me ahogué. Me pareció que podría respirar bajo el agua, no obstante no respiré. Era todo tan claro, que sentí que caía por un vacío más traslúcido que el aire.

A lo lejos se dibujaban formas gigantescas… centenares de veces más grandes que un hombre. Algunas parecían barcos, otras, nubes; una era una cabeza viva sin cuerpo; otra tenía cien cabezas. Una niebla azul las oscureció y vi debajo de mí un campo de arena, esculpido por las corrientes. Se levantaba allí un palacio más grande que nuestra Ciudadela, pero era un montón de ruinas: los tejados habían desaparecido, y los jardines estaban devastados; en él se movían figuras inmensas, blancas de lepra.

Cuando estuve más cerca volvieron las caras hacia mí, caras como la que había visto una vez bajo el Gyoll; eran mujeres, desnudas, con cabellos de verde espuma marina y ojos de coral. Rieron al verme caer, y la risa subió hasta mí en pequeñas burbujas. Tenían dientes largos como dedos, blancos y afilados.

Seguí cayendo hasta acercarme a ellas. Tendieron las manos hacia mí y me acariciaron como una madre que acaricia a un hijo. Los jardines del palacio albergaban esponjas, anémonas de mar y gran cantidad de otras bellezas a las que no sabría dar nombre. Las enormes mujeres me rodearon y me sentí un muñeco junto a ellas.

—¿Quiénes sois? —pregunté—. ¿Qué hacéis aquí?

—Somos las novias de Abaia. Las queridas y los juguetes y las enamoradas de Abaia. La tierra no podía sostenernos. Nuestros pechos son arietes, nuestras nalgas quebrarían el espinazo de los toros. Aquí nos alimentamos, flotando y creciendo, hasta que seamos lo bastante grandes como para aparearnos con Abaia, que un día devorará los continentes.

—¿Y quién soy yo?

Entonces todas se echaron a reír y esta risa era como olas que rompían contra una playa de cristal.

—Te lo mostraremos —dijeron—. ¡Te lo mostraremos! —Una me cogió las manos, como hacen las hermanas con el hijo de la hermana, y me levantó y nadó conmigo a través del jardín. Tenía dedos palmeados, largos como mi brazo.

Descendimos como un galeón que se hunde, hasta que nuestros pies tocaron fondo. Ante nosotros se levantaba una pared baja, y sobre ella había un pequeño escenario y un telón, como si fuera un teatro de niños.

El telón, que era del tamaño de un pañuelo, parecía estremecerse con cada uno de nuestros movimientos. Ondeaba y se mecía hasta que poco a poco comenzó a elevarse como si lo levantara una mano invisible. En seguida apareció la figura de un hombre hecho de pequeñas ramas. Los miembros aún mostraban la corteza y unos brotes verdes. El cuerpo medía un cuarto de palmo, y la cabeza parecía un nudo cuyas depresiones eran los ojos y la boca. Llevaba una porra con la que nos amenazaba, y se movía como si tuviera vida.

Cuando el hombre de madera saltó hacia nosotros y golpeó el escenario con su arma para mostrar lo feroz que era, apareció la figura de un muchacho armado de una espada. Esta marioneta era tan delicada como la otra tosca: podría haber sido un niño verdadero reducido al tamaño de un ratón.

Después de hacernos una reverencia, las figuritas comenzaron a luchar entre ellas. El hombre de madera daba saltos prodigiosos y parecía llenar el escenario con los golpes de su garrote; para evitarlo, el niño bailaba como una mota de polvo en un rayo de sol, abalanzándose sobre el hombre de madera para herirlo con una espada del tamaño de un alfiler.

Por fin la figura de madera se derrumbó. El niño avanzó para ponerle el pie sobre el pecho; pero antes que pudiera hacerlo, la figura de madera subió flotando por el escenario hasta desaparecer, dejando atrás al niño, junto con el garrote y la espada, ambos quebrados. Me pareció oír (se trataba sin duda del chirrido de las carretillas en la calle) un toque de trompetas de juguete.

Alguien que entró en el cuarto me despertó. Era un hombre pequeño y vivaz, de pelo rojo como el fuego, correctamente vestido, aunque con afectación. Cuando me vio despierto, levantó las persianas y dejó entrar la luz roja del sol.

—Mi socio —dijo— tiene un sueño muy profundo. ¿No lo dejaron sordo sus ronquidos?

—También yo tengo el sueño profundo —le dije—. Y si roncó, no lo he oído.

Eso pareció complacerlo, y su sonrisa estaba llena de dientes de oro.

—Ronca. Ronca como para que Urth se sacuda, se lo aseguro. Pero veo que de todas maneras ha podido descansar. —Tendió una mano delicada y bien cuidada.— Soy el doctor Talos.

—El oficial Severian. —Eché a un lado las delgadas cobijas y me puse de pie para estrechársela.

—Lleva negro, según veo. ¿A qué gremio pertenece usted?

—Es el fulígeno de los torturadores.

—¡Ah! —Inclinó la cabeza como un gorrión y saltó de un lado al otro para observarme desde diversos ángulos.— Es usted un hombre alto… qué lástima… pero ese atuendo como de hollín es muy impresionante.

—Un color práctico —dije—. La mazmorra es un sitio sucio y en el fulígeno no se notan las manchas de sangre.

—¡Tiene usted sentido del humor! ¡Excelente! Pocas cualidades, le diré, benefician a un hombre tanto como el sentido del humor. El sentido del humor atrae a las multitudes. El sentido del humor lo impele a uno y lo saca de apuros y atrae los asimi como el imán.

Sólo tenía una idea muy vaga de lo que estaba diciendo, pero al ver que estaba de humor, aventuré: —Espero no haberlo incomodado. El posadero dijo que durmiera aquí y como en la cama había lugar para otra persona…

—¡No, no, no en absoluto! No regresé, encontré un sitio mejor donde dormir. Duermo muy poco, se lo diré también, y tengo el sueño ligero además. Pero pasé una buena noche, una excelente noche. ¿Dónde va usted esta mañana, optimate?

Yo estaba tanteando bajo la cama en busca de mis botas. —Primero, a tomar el desayuno, supongo. Después, saldré de la ciudad, hacia el norte.

—¡Excelente! Sin duda mi socio disfrutaría con un desayuno… le hará mucho bien. Y nosotros viajamos hacia el norte. Después de un magnífico éxito en la ciudad, sabe usted. Volvemos a casa ahora. Actuamos por la orilla oriental abajo y actuaremos por la orilla occidental arriba. Quizá nos detengamos en la Casa Absoluta camino del norte. Ése es el sueño de nuestra profesión, sabe usted. Actuar en el palacio del Autarca. O volver a hacerlo, si ya se lo ha hecho. Chrisos a sombreros llenos.

—Yo conocí a una persona que soñaba con volver allí.

—No ponga esa cara larga… ya me lo contará en algún momento. Pero ahora, si vamos a desayunar… ¡Calveros! ¡Despierta! ¡Vamos, Calveros, vamos! ¡Despierta! —Fue bailando hasta el pie de la cama y tomó al gigante por un tobillo.— ¡Calveros! ¡No lo agarre por el hombro, optimate! (Yo no había hecho el menor movimiento en ese sentido.) Se sacude de un lado a otro a veces. ¡CALVEROS! El gigante murmuró y se agitó.

—¡Un nuevo día, Calveros! ¡Un nuevo día y toda vía vivos! Tiempo para comer y defecar y hacer el amor… ¡tiempo para todo! Vamos, arriba, o no volveremos nunca a casa.

No hubo signo de que el gigante lo hubiera oído. Era como si el murmullo de un momento antes hubiera sido sólo una protesta musitada en sueños o el estertor de una muerte. El doctor Talos cogió las mantas inmundas con las dos manos y tiró de ellas.

La forma monstruosa quedó a la vista. Era aún más alto de lo que yo había supuesto, casi demasiado para caber en la cama, aunque dormía con las rodillas recogidas hasta casi tocarse la barbilla. Tenía los hombros de una ana, altos y encogidos. No podía verle el rostro, hundido en la almohada. Alcancé a verle unas cicatrices extrañas en el cuello y alrededor de las orejas.

—¡Calveros!

Tenía el pelo gris, y muy espeso.

—¡Calveros! Con su perdón, optimate ¿puedo tomar prestada esa espada?

—No —dije—, no puede.

—Oh, no voy a matarlo ni nada por el estilo. Sólo quiero usarla de plano.

Sacudí la cabeza, y cuando el doctor Talos vio que yo no cedería, se puso a registrar el cuarto. —Dejé el bastón abajo. Mala costumbre, lo robarán. Tendría que aprender a renquear, de veras tendría que hacerlo. Aquí no hay nada en absoluto.

Salió disparado por la puerta y volvió al cabo de un momento empuñando un bastón de palo santo con empuñadura de latón dorado.

—¡Vamos, pues! ¡Calveros! —Los golpes cayeron sobre la ancha espalda del gigante como las grandes gotas que preceden a una tormenta de truenos y relámpagos.

De repente, el gigante se sentó.

—Estoy despierto, doctor. —El rostro era grande y vulgar, pero también sensible y melancólico.— ¿Ha decidido matarme, por fin?

—¿De qué hablas, Calveros? Oh, ¿te refieres al optimate aquí presente? No te hará ningún daño, ha compartido la cama contigo y ahora se nos unirá para el desayuno.

—¿Durmió aquí, doctor?

El doctor Talos y yo asentimos con la cabeza.

—Entonces sé de dónde salieron mis sueños.

Todavía me sentía impresionado por la visión de las enormes mujeres bajo el mar monstruoso, y por tanto le pregunté qué había soñado, aunque me inspiraba cierto temor reverente.

—Con cavernas subterráneas, con dientes de piedra chorreando sangre… Con brazos arrancados en medio de caminos de arena, y criaturas sacudiendo cadenas en la oscuridad. —Se sentó en el borde de la cama, limpiándose con un dedo enorme unos dientes escasos y sorprendentemente pequeños.

El doctor Talos dijo: —Vamos, acompañadme. Si vamos a comer y hablar y hacer algo hoy… vaya, tenemos que empezar. Mucho por decir y mucho por hacer.

Calveros escupió en un rincón.

XVI — La tienda de harapos

Fue en esa caminata por las calles de la todavía adormilada Nessus cuando mi pena, que iba a obsesionarme con tanta frecuencia, me sobrecogió de veras por primera vez. Cuando estaba preso en la mazmorra, la enormidad de lo que había hecho, y la enormidad del correctivo que sin duda me impondría el maestro Gurloes, la habían mitigado. El día anterior, mientras caminaba por la Vía del Agua, la alegría de la libertad y la conmoción ante el exilio habían llegado a borrarla. Ahora me parecía que no había nada en todo el mundo más allá del hecho de la muerte de Thecla. Cada retazo de oscuridad entre las sombras, me recordaba su pelo; cada resplandor me recordaba su piel. Apenas podía resistir la tentación de volver corriendo a la Ciudadela para ver si no estaría aún sentada en la celda, leyendo a la luz de la lámpara de plata.

Encontramos un café con mesas alineadas a lo largo del borde de la calle. Era todavía bastante temprano como para que casi no hubiese tránsito. Un hombre muerto (había sido sofocado, creo, con un lambrequín, pues hay quien practica ese arte) yacía en la esquina. El doctor Talos le registró los bolsillos, pero no encontró nada.

—Bien, pues —dijo—. Tenemos que pensar. Tenemos que idear un plan.

Una camarera trajo tazas de moca y Calveros cogió una. La revolvió con el dedo índice.

—Amigo Severian, quizá es necesario que explique nuestra situación. Calveros, mi único paciente, y yo somos oriundos de la región que rodea el lago Diuturna. Nuestra casa se quemó, y necesitados de un poco de dinero para restaurarla, decidimos aventurarnos al extranjero. Mi amigo es un hombre de fuerza extraordinaria. Reúno una muchedumbre, él quiebra algunos leños y levanta diez hombres a la vez y yo vendo mis medicinas. No es mucho, dirá usted. Pero hay más. Tengo una obra y hemos conseguido alguna utilería. Cuando la situación es favorable, él y yo representamos ciertas escenas y aun invitamos a participar a algunos miembros de la audiencia. Ahora, amigo, dice usted que va hacia el norte, y por la cama en la que durmió anoche, entiendo que está sin fondos. ¿Puedo proponerle una aventura conjunta?

Calveros, que sólo pareció haber entendido la primera parte del parlamento, dijo lentamente: —No está del todo destruida. Las paredes son de piedra, muy gruesas. Parte de la bóveda se salvó.

—Exactamente. Planeamos restaurar nuestro querido y viejo hogar. Pero vea el dilema en que nos encontramos: estamos ahora de regreso y a medio camino, y el capital acumulado aún dista mucho de ser suficiente. Lo que propongo…

La camarera, una joven delgada con los cabellos desordenados, trajo un cuenco de gachas para Calveros, pan y fruta para mí y una pasta para el doctor Talos.

—¡Qué muchacha tan atractiva! —dijo éste.

Ella le sonrió.

—¿Puede sentarse con nosotros? Parece que no hubiera otros clientes.

Después de echar una mirada hacia la cocina, la camarera se encogió de hombros y acercó una silla.

—Quizá quiera un pedacito de esto… Yo estaré demasiado ocupado hablando como para comer algo tan seco. Y un sorbo de moca, si no tiene inconveniente en beber de mi taza.

Ella dijo: —Usted cree que él nos permitiría comer gratis ¿no? Pues no. Lo cobra todo a máximo precio.

—¡Ahí Entonces no es usted la hija del propietario. Temía que lo fuera. O su esposa. ¿Cómo puede haber resistido la tentación de detenerse a cortar semejante pimpollo?

—Hace sólo un mes que trabajo aquí. El dinero que dejan en la mesa es todo lo que recibo. Ustedes tres, por ejemplo: si no me dan nada, los habré servido por nada.

—¡Exactamente, exactamente! Pero ¿y esto? ¿In tentamos hacerle un obsequio precioso y usted lo rechaza? —El doctor Talos se inclinó hacia ella y me dio la impresión de que no sólo tenía cara de zorro (una comparación quizá demasiado fácil, porque las hirsutas cejas rojizas y la afilada nariz la sugerían en seguida) sino también de zorro embalsamado. He oído decir a los que se ganan la vida cavando, que no hay tierra en ningún lugar del mundo que al abrirla no descubra fragmentos pretéritos. No importa dónde se vuelva la pala, siempre descubre pavimentos rotos y metal herrumbrado; y los eruditos escriben que la especie de arena que los artistas llaman policroma (por que en su blancura se mezclan motas de todos los colores) no es en realidad arena, sino el vidrio del pasado, reducido ahora a polvo por eones de tumbos en el mar. Si hay capas de realidad bajo la realidad que vemos, al igual que hay capas de historia bajo el terreno que pisamos, en una de esas realidades más profundas la cara del doctor Talos era una máscara de zorro sobre una pared, y me maravilló ver cómo se volvía e inclinaba hacia la mujer, logrando mediante esos movimientos, que parecían hacer que expresión y pensamiento jugaran con la sombra de la nariz y las cejas, una asombrosa y realista apariencia de vivacidad.— ¿Lo rechazaría usted? —volvió a preguntar, y yo me sacudí como si despertara.

—¿A qué se refiere? —quiso saber la mujer—. Uno de ustedes es un canificario. ¿Me está hablando del obsequio de la muerte? El Autarca, de poros más brillantes que las mismas estrellas, protege la vida de sus súbditos.

—¿El regalo de la muerte? ¡Oh, no! —rió el doctor Talos—. No, mi querida. Ése siempre lo ha tenido. Lo mismo que él. No pretendemos darle lo que ya le pertenece. Él obsequio que le ofrecemos es la belleza, con la fama y la fortuna que de ella derivan.

—Si me está queriendo vender algo, le advierto que no tengo dinero.

—¿Venderle algo? ¡En absoluto! Muy por el contrario, le estamos ofreciendo un nuevo empleo. Yo soy un taumaturgo, y estos optimates son actores. ¿No ha soñado nunca con actuar en el teatro?

—Me parecieron de aspecto extravagante, los tres.

—Necesitamos una ingenua. Puede aspirar al papel, si quiere. Pero debe venir con nosotros ahora… no tenemos tiempo que perder y no volveremos a pasar por aquí.

—Volverme actriz no me hará hermosa.

—Yo la haré hermosa porque necesitamos una actriz. Ése es uno de mis poderes. — Se puso de pie.— Ahora o nunca. ¿Vendrá?

La camarera se puso también de pie mirándolo a la cara.

—Tengo que ir a mi habitación…

—¿Acaso tiene algo más que harapos? Necesito volverla atractiva y enseñarle la letra, todo en una jornada. No puedo esperar.

—Páguenme el desayuno, y le diré que me marcho.

—¡Tonterías! Como miembro de nuestra compañía, he de ayudar a conservar los fondos que nos harán falta para comprar sus vestidos. Y eso sin mencionar que se comió mi pasta. Páguelo usted misma.

Por un instante ella vaciló. Calveros dijo: —Puede confiar en él. El doctor tiene su propio estilo de concebir el mundo, pero miente menos de lo que la gente cree.

La voz profunda y lenta pareció comunicarle confianza.

—Muy bien —dijo—. Iré.

En unos instantes, los cuatro nos encontrábamos lejos, pasando junto a tiendas que aún estaban casi todas cerradas. Después de andar un rato, el doctor Talos anunció: —Y ahora, mis queridos amigos, tenemos que separarnos. Yo consagraré mi tiempo al realce de esta sílfide. Calveros, tú recogerás nuestro deteriorado proscenio y el resto de la utilería en la posada donde tú y Severian habéis pasado la noche… confío en que eso no presente dificultades. Severian, representaremos, creo, en el Cruce de Ctesifon. ¿Conoce el lugar?

Asentí, aunque no tenía idea de dónde se encontraba. La verdad es que no pensaba volver a reunirme con ellos.

Ahora bien, cuando el doctor Talos se alejó a paso rápido con la camarera trotando junto a él, me encontré solo con Calveros en la calle desierta. Ansioso por que él también se fuera, le pregunté a dónde iba. Más me parecía estar hablando con un monumento que con un hombre.

—Hay un parque cerca del río donde se puede dormir de día, aunque no por la noche. Cuando empiece a oscurecer, despertaré e iré a recoger nuestras pertenencias.

—Me temo que no tengo sueño. Iré a dar un vistazo por la ciudad —dije.

—Entonces lo veré en el Cruce de Ctesifon.

Por alguna razón, sentí que él sabía lo que yo estaba planeando.

—Sí —dije—. Por supuesto.

Tenía los ojos apagados de un buey cuando se volvió y se encaminó con pasos largos y esforzados hacia el Gyoll. Como el parque de Calveros quedaba en el este y el doctor Talos se había llevado a la camarera hacia el oeste, yo decidí andar hacia el norte y de ese modo continuar mi viaje hacia Thrax, la Ciudad de Estancias sin Ventanas.

Entre tanto, Nessus, la Ciudad Imperecedera, en la que había vivido toda mi vida, aunque la conocía tan poco, se extendía a mi alrededor. Avancé a lo largo de una ancha avenida empedrada, sin saber, ni preocuparme por saber, si se trataba de una calle lateral o principal. A cada lado había senderos elevados para peatones y un tercero en el centro, que servía para dividir el tránsito que iba hacia el sur del tránsito que iba hacia el norte.

A izquierda y derecha los edificios parecían brotar del suelo como granos plantados en hileras, empujándose unos a otros para ganar espacio. Pero ninguno era tan alto como el Torreón Grande, ni tan viejo; ninguno tenía los muros de metal de nuestra torre, de cinco pasos de grosor; sin embargo, en la Ciudadela no había ningún edificio que pudiera compararse con éstos en color u originalidad de concepción, ni tan novedoso o fantástico como cualquiera de estas estructuras, aunque se levantaran en medio de centenares de otras semejantes. Como es costumbre en algunos sectores de la ciudad, la mayor parte de estos edificios tenían tiendas en los niveles inferiores, aunque no habían sido edificados con este fin, sino como casas gremiales, basílicas, estadios, conservatorios, almacenes de tesoros, oratorios, asilos, fábricas, conventos, hospicios, lazaretos, molinos, refectorios, casas mortuorias, mataderos y casas de juegos. Los diseños reflejaban estas diferentes funciones, a la vez que un millar de distintas tendencias estéticas. Un paisaje erizado de torres y minaretes se apaciguaba por momentos en la tranquilidad de bóvedas y amplias rotondas; por los muros escarpados ascendían tramos de peldaños tan empinados como escalerillas de mano, y los balcones envolvían las fachadas cobijándolas en la intimidad de granados y limoneros.

Estaba admirando estos jardines colgantes en medio de un bosque de mármol blanco y rosa; ladrillos de sardónice rojo, azul grisáceo, crema y negro, y mosaicos verdes, amarillos y tirios, cuando la figura de un lansquenete que montaba guardia a la entrada de una caserna, me recordó la promesa que le había hecho al oficial de los peltastas la noche anterior. Como tenía poco dinero y sabía que necesitaría el abrigo de la capa de mi gremio por la noche, lo mejor sería comprar un manto de tela barata que pudiera echarme encima. Las tiendas se estaban abriendo, pero las que vendían ropa no parecían tener nada que conviniera a mis propósitos, o los precios eran demasiado altos para mí.

La idea de ejercitar mi profesión antes de llegar a Thrax no se me había ocurrido todavía, y de habérseme ocurrido, la hubiera desechado, suponiendo que habría tan poca demanda de los servicios de un torturador, que hubiese sido poco práctico ponerme a buscar a aquellos que los requerían. Creía, en suma, que el poco dinero que llevaba en el bolsillo, me alcanzaría hasta llegar a Thrax; y no tenía idea del monto de las recompensas que me serían otorgadas. De modo que miraba los ricos balmacanes y linares, los jubones de paduasoy, matelassé y un centenar de otras telas costosas, sin entrar en los sitios que las exhibían o ni siquiera detenerme para examinarlas.

Pronto mi atención se centró en otros artículos. Aunque yo nada sabía por ese entonces, miles de mercenarios estaban ofreciéndose para la campaña de verano. Había brillantes capas militares y mantas de montura, sillas de montar que resguardaban los riñones, gorras con visera rojas, ketenes de asta larga, abanicos de hojuelas de plata para transmitir señales, arcos curvados y recurvados para uso de la caballería, flechas en conjuntos idénticos de diez y veinte, estuches de cuero decorados con tachas doradas y de madreperla, y protectores que protegían la muñeca izquierda del arquero de la cuerda del arco. Cuando vi todo esto, recordé lo que el maestro Palaemon había dicho antes de que yo fuera ungido acerca del hecho de ir tras el tambor; y aunque había sentido algún desprecio por los marineros de la Ciudadela, me pareció oír el prolongado sonido de una carraca llamando al desfile y el brillante desafío que las trompetas lanzaban desde lo alto de las fortificaciones.

Cuando ya había olvidado por completo lo que estaba buscando, una mujer alta, de algo más de veinte años, salió de una de las tiendas oscuras para abrir las verjas. Llevaba un vestido de brocado multicolor sorprendentemente rico y andrajoso a la vez, y cuando la observé, el sol iluminó un desgarrón en la tela, justo debajo de la cintura, dando una palidez dorada a aquella zona de la piel.

No puedo explicar el deseo que experimenté por ella, entonces y después. De todas las mujeres que he conocido, ella fue, quizás, la menos hermosa… menos graciosa y voluptuosa que la que más he amado, mucho menos regia que Thecla. Era de altura media, nariz corta, pómulos anchos y de ojos pardos y rasgados. La vi abrir la verja, y la amé con un amor mortal y a la vez irresponsable.

Por supuesto, me acerqué a ella. No podría haberme resistido a aquel extraño encanto más de lo que hubiera resistido la ciega codicia de Urth, si hubiera caído de un acantilado. No sabía qué decirle y me aterraba la idea de que retrocediera ante mi espada y mi capa fulígena. Pero sonrió y hasta pareció admirar mi apariencia. Al cabo de un momento, en el que no dije nada, me preguntó qué quería; le pregunté si sabía dónde podría comprar un manto.

—¿Para qué lo quiere? —Tenía la voz más profunda de lo que había esperado.— Esa capa es tan hermosa. ¿Puedo tocarla?

—Por favor, si lo desea.

Alzó el borde y frotó suavemente la tela entre las palmas.

—Nunca vi un negro semejante… es tan oscuro que apenas si se alcanzan a ver los pliegues. Parece como si mi mano desapareciera. Y la espada. ¿Es eso un ópalo?

—¿Quiere examinarla también?

—No, no. En absoluto. Pero si realmente necesita un manto… —Hizo un ademán señalando el escaparate y vi que estaba lleno de ropas usadas de toda clase: jelabes, capotes, batas, cimares.— Muy barato. Verdaderamente razonable. Si entra, estoy segura de que encontrará lo que busca. —Entré por una puerta que hizo sonar una campanilla, pero la joven no me siguió como yo había esperado.

El interior estaba en penumbra, pero no bien hube mirado a mi alrededor, entendí por qué a la mujer no la había perturbado mi apariencia. El hombre que estaba tras el mostrador era más horripilante que cualquier torturador. La cara era casi una calavera, una cara con los ojos encajados en dos órbitas profundas, mejillas hundidas, y boca sin labios. Si no se hubiera movido o hablado, yo no habría creído en absoluto que estuviera vivo, ya que parecía un cadáver de pie detrás del mostrador, que cumplía allí el mórbido deseo de algún antiguo propietario.

XVII — El desafío

Sin embargo, sí se movió para mirarme cuando entré; y sí habló.

—Muy hermosa. En efecto, muy hermosa. La capa, optimate… ¿puedo examinarla?

Avancé hacia él sobre un suelo de mosaicos gastados e irregulares. Entre nosotros, rígido como una espada, se interponía un rojizo rayo de sol en el que bailaba un enjambre de motas de polvo.

—El vestido, optimate. —Me quité la capa y se la tendí con la mano izquierda, y él tocó la tela como antes lo hiciera la joven.— Sí, muy hermosa. Suave. Como de lana, pero más suave, mucho más suave. ¿Una mezcla de lino y vicuña? Magnífico color. La investidura de un torturador. Dudo de que las verdaderas tengan esta calidad, pero ¿quién puede discutir ante una tela semejante? —Se zambulló tras el mostrador y emergió con un montón de andrajos.— ¿Puedo examinar la espada? Prometo ser muy cuidadoso.

Desenvainé Términus Est y la deposité sobre los andrajos. El hombre se inclinó sobre ella. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra, y advertí una delgada cinta negra que se extendía desde el pelo y sobre las orejas.

—Lleva una máscara —dije.

—Tres chrisos por la espada. Uno por la capa.

—No vine aquí a vender —le dije—. Quítesela.

—Si quiere. Bien, cuatro chrisos por la espada.

Levantó las manos y cogió la calavera. La verdadera cara, de mejillas morenas y chatas, era muy parecida a la de la joven que yo había visto en la calle.

—Quiero comprar un manto.

—Cuatro chrisos por ella. Ésa es definitivamente mi última oferta. Tendrá que darme un día para recolectar el dinero.

—Ya se lo he dicho, esta espada no está en venta. —Cogí Términus Est y volví a envainarla.

—Seis. —Extendiéndose por sobre el mostrador, me apretó el brazo.— Es más de lo que vale. Escuche, una última oportunidad. Lo digo en serio. Seis.

—Vine a comprar un manto. La hermana de usted, supongo que lo es, me dijo que me lo vendería a un precio razonable.

Suspiró.

—Muy bien, le venderé un manto. ¿Me dirá primero dónde obtuvo esa espada?

—Me la dio un maestro de nuestro gremio. —Una expresión que no pude descifrar del todo le cruzó la cara.— ¿No me cree? —le pregunté.

—Sí que le creo, ése es el problema. ¿Qué es usted exactamente?

—Un oficial de los torturadores. No venimos con frecuencia a este lado del río, ni avanzamos tanto hacia el norte. Pero ¿de verdad está tan sorprendido?

Asintió.

—Es como encontrar una psicobomba. ¿Me está permitido preguntarle por qué se encuentra en este barrio?

—Le está permitido, pero es la última pregunta que le contestaré. Me dirijo a Thrax para ocupar allí un cargo.

—Gracias —dijo—, no volveré a inmiscuirme. No tengo por qué hacerlo, en realidad. Ahora bien, puesto que querrá sorprender a sus amigos cuando se quite el manto, ¿estoy en lo cierto?, tendría que ser de algún color que contraste con esa ropa. El blanco no estaría mal, pero es un color un poco demasiado dramático, y difícil de mantener limpio, además. ¿Qué tal un pardo opaco?

—Las cintas que sostenían la máscara —dije—. Todavía las tiene.

El hombre estaba sacando cajas de detrás del mostrador y no contestó. Al cabo de unos segundos, nos interrumpió el tintineo de la campanilla sobre la puerta. El nuevo cliente era un joven con la cara oculta tras un yelmo estrecho con un visor de cuernos curvados y entrelazados. Llevaba una armadura de cuero barnizado; una quimera dorada con la inexpresiva cara de una loca se movía sobre el peto.

—Sí, hiparca. —El tendero dejó caer las cajas para hacer una servil reverencia.— ¿De qué modo puedo serle útil?

Una mano cubierta por un guantelete se tendió hacia mí con los dedos unidos como si fuera a darme una moneda.

—Acéptelo. —Susurró temeroso el tendero.— Lo que sea.

Yo extendí mi mano y recibí una brillante semilla negra del tamaño de una uva pasa. Sentí que el tendero retenía el aliento; la figura vestida de armadura se volvió y se marchó.

Cuando se hubo ido, dejé la semilla sobre el mostrador. El tendero chilló: —¡No trate de pasármela a mí! —y retrocedió.

—¿Qué es?

—¿No lo sabe? La piedra del averno. ¿Qué ha hecho usted para ofender a un oficial del Hogar de las Tropas?

—Nada. ¿Por qué me dio esto?

—Ha sido usted desafiado. Le han retado.

—¿A una monomaquia? Imposible. No pertenezco a la clase contendiente.

El modo en que se encogió de hombros era más elocuente que las palabras.

—Tendrá que pelear, o lo matarán. La única cuestión es saber si realmente ha ofendido al hiparca o si detrás de todo esto hay algún alto oficial de la Casa Absoluta.

Con tanta claridad como veía al tendero, vi a Vodalus en la necrópolis resistiéndose a los tres guardianes voluntarios; y aunque la prudencia me aconsejaba tirar la piedra del averno y huir de la ciudad, yo sentía que no podía irme. Alguien —quizás el mismo Autarca o el sombrío padre Inire— se había enterado de la verdad acerca de la muerte de Thecla y ahora intentaba deshacerse de mí sin deshonrar al gremio. Si vencía, tal vez él reconsiderara el asunto; si moría, no lo haría injustamente. Aún pensando en la delgada hoja de Vodalus, dije: —La única espada que entiendo es ésta.

—No lucharán con espadas… de hecho, sería mejor que me la dejase.

—De ningún modo.

Volvió a suspirar.

—Veo que no sabe nada de estas cosas; pero peleará usted por su vida al atardecer. Muy bien, es mi cliente, y nunca he abandonado a un cliente. Quería un manto. Aquí lo tiene. —Fue a la parte trasera de la tienda y volvió con un vestido del color de las hojas muertas.— Pruébese esto. Serán cuatro oricretas.

Una manta tan amplia era en verdad tentadora, a no ser que resultara demasiado corta o demasiado larga. El precio me pareció excesivo, pero pagué, y al ponérmela avancé un paso más hacia ese actor en el que entonces parecía decidido a convertirme. En verdad, estaba ya tomando parte en demasiados dramas.

—Ahora bien —dijo el tendero—. Yo tengo que quedarme aquí a cuidar de todo, pero enviaré a mi hermana para que lo ayude a llegar al averno. Ella ha estado con frecuencia en el Campo Sanguinario, de modo que quizá también le enseñe los rudimentos del combate.

—¿Habló alguien de mí? —La joven que había visto frente a la tienda, apareció por la puerta que se abría detrás del mostrador. Tenía la nariz respingada y los ojos rasgados del hermano, y se parecía tanto a él que tuve la seguridad de que eran gemelos, pero las mismas facciones delicadas que en él parecían tan incongruentes, eran en ella atractivas. Tal vez su hermano le había explicado lo que me había sucedido. No lo sé, porque no lo oí. Yo sólo la miraba a ella.

Ahora empiezo otra vez. Ha transcurrido mucho tiempo (he oído dos veces el cambio de guardia fuera de la puerta de mi estudio) desde que escribí las líneas que acabas de leer. No estoy seguro de que sea correcto registrar estas escenas, que quizá sólo para mí son importantes, con tanto detalle. Tal vez hubiese sido mejor resumirlo de este modo: vi una tienda y entré en ella; un oficial de los Septentriones me desafió; el tendero envió a su hermana para que me ayudara a arrancar la flor venenosa. He dedicado varios días fatigosos a la lectura de la historia de mis predecesores, y poco más hay en ellas que, por ejemplo, estas líneas acerca de Ymar:

Disfrazándose, se aventuró a internarse en la campaña donde vio a un muni que meditaba debajo de un plátano. El Autarca se le unió y se sentó con la espada contra el tronco hasta que Urth empezó a espolear al sol. Unas tropas que llevaban una oriflama pasaron al galope; un mercader condujo una muía que avanzaba trabajosamente bajo el peso del oro; una hermosa mujer cabalgaba a hombros de unos eunucos, y por fin pasó un perro trotando por la senda polvorienta. Ymar se puso de pie y siguió al perro, riendo.

Suponiendo que esta anécdota fuera verdadera, qué fácil es explicarla: el Autarca demostraba que elegía la vida activa por un acto de la voluntad y no por las tentaciones del mundo.

Pero Thecla había tenido muchos profesores, cada uno de los cuales explicaría el mismo hecho de manera diferente. Aquí, pues, un segundo profesor diría que el Autarca era una prueba contra las cosas que atraían a los hombres comunes, pero que no era capaz de dominarse en cuestiones de la caza.

Y un tercero, que el Autarca deseaba mostrar su desprecio por el muni, que permaneció en silencio cuando podría haber dicho lo que sabía y recibir más a cambio. Que no podría hacerlo yéndose, ya que no había nadie con quien compartir el camino, y la soledad tiene grandes atractivos para el sabio. Ni tampoco cuando pasaron los soldados, ni el mercader con sus riquezas, ni la mujer, porque los hombres no esclarecidos desean todas esas cosas, y el muni lo habría considerado uno de ellos.

Y un cuarto, que el Autarca acompañó al perro porque iba solo, pues los soldados contaban con los demás soldados, el mercader con la muía, y la muía con el mercader, y la mujer con los esclavos; mientras que el muni no se marchó.

Sin embargo, ¿por qué se rió Ymar? ¿Quién puede saberlo? ¿Seguía el mercader a los soldados para comprarles el botín? ¿Seguía la mujer al mercader para venderle placeres? El perro ¿era de caza o uno de esos de patas cortas que las mujeres tienen para que ladren en caso de que alguien las moleste mientras duermen? ¿Quién puede saberlo ahora? Ymar ha muerto, y los recuerdos de él, tal como vivieron un tiempo en la sangre de sus sucesores, se han desvanecido hace ya mucho.

Pasará el tiempo y también el mío se desvanecerá. De esto me siento seguro: ninguna de las explicaciones de la conducta de Ymar era la correcta. La verdad, cualquiera que haya sido, era más simple y más sutil. A mí se me podría preguntar por qué acepté como compañera a la hermana del tendero…, yo, que jamás en mi vida he tenido verdadera compañía. Y ¿quién, al leer sólo «la hermana del tendero», entendería por qué me quedé con ella después de lo que, a esta altura de mi historia, está a punto de suceder? Nadie, sin duda.

He dicho que no puedo explicar el deseo que despertaba en mí, y es cierto. La amaba con un amor sediento y desesperado. Sentía que los dos podríamos cometer un acto tan atroz, que el mundo, al vernos, lo encontraría irresistible.

No es necesario intelecto alguno para ver esas figuras que aguardan más allá del vacío de la muerte, todo niño tiene conciencia de ellas: ardientes de glorias oscuras o brillantes, envueltas en una autoridad más antigua que el universo. Son la materia misma de nuestros sueños más tempranos, también de las visiones de la agonía. Sin equivocarnos sentimos que guían nuestro destino, y sin equivocarnos también, sentimos lo poco que cuidan de nosotros, ellas, las hacedoras de lo inimaginable, las que combaten en guerras más allá de la totalidad de la existencia.

La dificultad reside en comprender que también en nosotros hay fuerzas tan grandes. Decimos «Lo haré» y «No lo haré» y nos imaginamos (aunque obedezcamos cada día las órdenes de cualquier persona, por prosaica que sea) nuestros propios amos, cuando lo cierto es que nuestros amos están dormidos. Despiertan dentro de nosotros y nos montan como si fuésemos bestias, y el jinete no es más que una parte de nosotros mismos que hasta ese momento ignorábamos.

Tal vez sea esa la explicación de la historia de Ymar. ¿Quién puede saberlo?

Sea como fuere, dejé que la hermana del tendero me ayudara a ponerme el manto. Ajustándomelo al cuello, cubría por completo la capa fulígena. No obstante, sin descubrirme, me era posible meter la mano por delante o por los tajos abiertos a los costados. Saqué a Términus Est del tiracuello y la llevé como un cayado; como la vaina la cubría casi por completo y la punta era de hierro oscuro, muchos de los que me veían pensaron sin duda que era un cayado.

Fue la única vez en mi vida que oculté el hábito de nuestro gremio. He oído que disfrazado uno se siente un tonto y por cierto que me sentía así vestido de aquella manera. Esos mantos amplios y anticuados fueron en un principio atavíos de pastores (que aún los llevan), y de ellos pasaron a los militares en los tiempos en que la guerra contra los ascios se libró aquí, en el frío sur. De los soldados los tomaron los peregrinos religiosos, que sin duda encontraron muy prácticas estas prendas, que podían convertirse en una pequeña tienda más o menos satisfactoria. El declive de la religión sin duda contribuyó mucho a que desaparecieran en Nessus, donde no vi a nadie que la usara exceptuándome a mí. Si hubiera sabido todo esto cuando compré mi manto en la tienda de andrajos, habría comprado también un sombrero de ala ancha; pero nada sabía, así que la hermana del tendero me dijo que parecía un peregrino. Sin duda lo dijo con ese matiz de burla que usaba para todo, pero yo estaba concentrado en mi apariencia y no lo noté. Por toda respuesta le dije que me hubiera gustado saber más de religión.

Ambos sonrieron y el hermano dijo: —Si no es usted el primero en mencionarlo, nadie estará dispuesto a hablar sobre el tema. Además, puede llegar a adquirir una reputación de buen hombre llevando esas ropas, si no hace ningún comentario. Cuando se tope con alguien con quien no desee hablar en absoluto, pida una limosna.

De modo que me convertí, en apariencia al menos, en un peregrino con destino a una vaga capilla en el norte. ¿He dicho ya que el tiempo convierte nuestras mentiras en verdades?

XVIII — La destrucción del altar

El silencio de la mañana desapareció poco a poco mientras me encontraba en la tienda de andrajos. Coches y carros se precipitaban estruendosos en una avalancha de bestias, madera y hierro. Apenas la hermana del tendero y yo traspusimos el umbral, oí como una nave pasaba en vuelo rasante sobre las torres de la ciudad. Levanté la cabeza justo a tiempo para verla, lisa y bruñida como una gota de lluvia en el cristal de una ventana.

—Ése tiene que ser el oficial que lo ha retado a duelo —observó ella—. Seguramente regresa a la Casa Absoluta. Un hiparca de la Guardia de Septentriones… ¿no es eso lo que dijo Agilus?

—¿Es así como se llama su hermano? Sí, supongo que algo por el estilo. ¿Cómo se llama usted?

—Agia. ¿Y no sabe nada de monomaquia? ¿Y me quiere como instructora? Bien, que Hipogeo en las alturas lo ayude. Tendremos que ir al Jardín Botánico y cortar un averno para usted. Por fortuna no estamos muy lejos. ¿Tiene dinero suficiente como para que llamemos un fiacre?

—Supongo que sí. Si es necesario.

—Entonces no es realmente un armígero disfrazado. Es… bah, no tiene importancia.

—Un torturador. Sí. ¿Cuándo he de encontrarme con el hiparca?

—No antes del atardecer, cuando la lucha empieza en el Campo Sanguinario y el averno abre su flor. Tenemos tiempo suficiente, pero creo que es mejor que lo empleemos en conseguir uno para usted y enseñarle cómo luchar con él. —Un fiacre tirado por dos onagros avanzaba hacia nosotros y ella le hizo una seña.— Lo matarán, ¿sabe?

—Por lo que dice usted, parece muy probable.

—Es prácticamente seguro, de modo que no se preocupe por el dinero. —Agia avanzó entre el tránsito, y por un momento (tan delicada era la cara y tan graciosa la curva del cuerpo cuando levantó el brazo) me pareció una estatua erigida en memoria de la caminante desconocida. Pensé que sería ella la que iba a morir. El fiacre se le acercó; los onagros se excitaron como si Agia fuera en realidad una díade; subió al vehículo de un salto. Aunque era liviana, el peso de la joven hizo que el pequeño fiacre se meciera a un lado y a otro. Yo subí tras ella y nos acomodamos dentro con nuestras caderas pegadas. El conductor giró la cabeza y nos miró; Agia dijo:— Al apeadero del Jardín Botánico —y arrancamos bruscamente—. De modo que morir no le molesta… eso es alentador.

Me afirmé apoyando una mano en el asiento del conductor.

—Con seguridad eso no es infrecuente. Tienen que haber miles, tal vez millones de personas como yo. Gente acostumbrada a la muerte, que siente que la única parte realmente importante de su vida está ya acabada.

El sol se elevaba ahora sobre los chapiteles más altos, y la abundante luz que convertía el pavimento polvoriento en oro rojo, hacía que me sintiera filosófico. En el libro pardo que llevaba en el bolsillo se relataba la historia de un ángel (tal vez fuera en realidad una de esas guerreras aladas de las que se dice que sirven al Autarca). Al llegar a Urth para cumplir alguna sencilla misión, este ángel fue herido por la flecha de un niño y murió. Con la túnica teñida de sangre, así como los bulevares estaban teñidos por la luz del sol que agonizaba, se encontró con el mismísimo Gabriel. En una mano sostenía la espada refulgente, en la otra el hacha de doble filo; en la espalda, suspendido del arco iris, colgaba el cuerno de batalla del Cielo.

—¿Hacia dónde te diriges, pequeño —preguntó Gabriel—, con el pecho más escarlata que el petirrojo?

—Me han matado —dijo el ángel— y vuelvo una vez más a mezclar mi sustancia con el Pancreador.

—No seas absurdo. Eres un ángel, un puro espíritu y no puedes morir.

—Pero estoy muerto —dijo el ángel—. Has visto la prodigalidad de mi sangre, ¿no ves también que no sale ya a borbotones, sino sólo en un fluir demorado? Observa la palidez de mi rostro. ¿Es acaso la de un ángel cálido y brillante? Toma mi mano y creerás que es la de un monstruo recién salido de una laguna estancada. Recibe mi aliento… ¿no es fétido, inmundo y pútrido? —Gabriel no respondió nada, y por último el ángel agregó:— Hermano y superior mío, aun cuando no te haya convencido con mis pruebas, apártate, te lo ruego. Querría librar al universo de mi presencia.

—Me has convencido —dijo Gabriel apartándose del camino del ángel—. Ahora pienso que de haber sabido que podíamos morir, no siempre habría sido tan audaz.

Volviéndome a Agia, le dije: —Me siento como el arcángel de la historia… si hubiera sabido que podría haber disipado mi vida con tanta facilidad y rapidez, no habría… probablemente… no lo habría hecho. ¿Conoces la leyenda? Pero estoy decidido, y no hay nada más que decir o hacer. Esta tarde el Septentrión me matará ¿con qué? ¿Con una planta? ¿Con una flor? En cierto modo, no lo entiendo. Hace apenas una hora, creía poder ir a un sitio llamado Thrax y vivir la vida que allí me esperaba. Bien, anoche fui compañero de cuarto de un gigante. Una cosa no es más fantástica que la otra.

Ella no contestó y al cabo de un rato, pregunté:

—¿Qué es aquel edificio? El que tiene techado bermellón y columnas bifurcadas. Parece como si estuvieran aplastando especias en un mortero. Al menos a eso huele.

—La mesa de los moñacos. ¿Sabes que eres un hombre aterrador? Cuando entraste en nuestra tienda, creí que eras otro de esos jóvenes armígeros con traje de bufón. Luego, cuando descubrí que eras un verdadero torturador, pensé que la cosa no podía ser tan terrible después de todo… que eras un joven como los demás.

—Habrás conocido a un montón de jóvenes, supongo. —La verdad, deseaba que así hubiera sido. Quería que tuviera más experiencia que yo; y aunque ni por un instante me creí puro, quería imaginarme que ella era menos pura todavía.

—Pero hay algo más en ti. Tienes la cara de alguien que acaba de heredar dos palatinados y una isla en algún lugar del que nada sabe, y los modales de un zapatero, y cuando dices que no tienes miedo de morir, crees que lo dices seriamente, pero en realidad sabes que no es así. Aunque en el fondo, en definitiva, sí lo es. No tendrías el menor inconveniente en descabezarme a mí también, ¿verdad?

Nos rodeaba un tránsito frenético: máquinas; vehículos con ruedas o sin ellas, tirados por animales o esclavos; peatones y jinetes montados en dromedarios; bueyes; metaminodones y caballos de silla. Entonces un fiacre abierto como el nuestro se nos puso al lado. Agia se inclinó hacia la pareja que lo ocupaba y les gritó: —¡Los dejaremos atrás!

—¿Hasta dónde? —respondió el hombre gritando también, y reconocí a sieur Racho, al que había visto cuando fui enviado ante al maestro Ultan en busca de libros.

Tomé a Agia por el brazo.

—¿Estás loca, o es él quien está loco?

—¡Al apeadero del Jardín, por un chrisos!

El otro vehículo arrancó dejándonos atrás.

—¡Más de prisa! —le gritó Agia a nuestro conductor. Luego, a mí—: ¿Tienes una daga? Es mejor ponerle la punta en la espalda, de modo que si nos detienen pueda decir que conducía bajo amenaza de muerte.

—¿Por qué?

—Como prueba. Nadie creerá en tu disfraz. Pero todos creerán que eres un armígero en traje de fantasía. Acabo de probarlo. —Viramos en torno a un carretón cargado de arena.— Además, ganaremos. Conozco a este conductor y sus onagros están descansados. El otro ha estado paseando a esa puta la mitad de la noche.

Me di cuenta entonces que debería darle a Agia el dinero, si ganábamos, y que la otra mujer le exigiría a Racho mi chrisos (inexistente) si ganaban ellos. Sin embargo, ¡cómo me hubiera gustado humillarlo! La velocidad y la cercanía de la muerte (pues tenía la seguridad de que el hiparca me mataría) me hicieron más audaz que nunca. Desenvainé Términus Est, y gracias a la longitud de la hoja, me fue fácil alcanzar con ella a los onagros. Tenían los flancos empapados de sudor, y los ligeros cortes que allí les hice quemaban sin duda como lenguas de fuego.

—Esto es mejor que cualquier daga —le dije a Agia.

La multitud se abría como el agua ante nuestro fiacre, las madres huían aferradas a sus hijos, los soldados utilizaban sus lanzas como pértigas para ponerse a salvo en los antepechos de las ventanas. Las condiciones de la carrera nos eran favorables: el fiacre que iba delante de nosotros nos despejaba el camino, y los demás vehículos lo estorbaban más que a nosotros. No obstante, apenas podíamos acortar la distancia que nos separaba, y para obtener unas pocas anas de ventaja, nuestro conductor, que sin duda preveía una pingüe propina si ganábamos la carrera, hizo que los onagros cortaran camino subiéndose a un tramo de anchos escalones de calcedonia. Mármoles y monumentos, pilares y columnas, parecían precipitarse sobre nuestras cabezas. Atravesamos con estrépito el verde muro de un seto tan alto como una casa, derribamos un carro cargado de confituras, nos zambullimos bajo una arcada y descendimos por una escalera en espiral hasta llegar nuevamente a la calle, sin que supiéramos en ningún momento qué patio habíamos violado.

Un carro de panadero tirado por ovejas avanzaba ladeado por el estrecho espacio que nos separaba del otro vehículo. De pronto nuestro fiacre lo golpeó con la gran rueda trasera, volcándolo sobre la calle, que quedó cubierta por los panes que transportaba. La sacudida del impacto hizo que el cuerpo de Agia cayera sobre el mío, de un modo tan placentero que la sostuve con mi brazo y lo dejé allí. Había abrazado a muchas mujeres antes que ésta… a Thecla con frecuencia y a las prostitutas de la ciudad. Pero en este abrazo encontraba una nueva dulce amargura nacida de la cruel atracción que Agia ejercía sobre mí.

—Me alegro de que hayas hecho esto —me dijo al oído—. Odio a los hombres que se aferran a mí —y me cubrió la cara de besos.

El conductor nos miró con una sonrisa de triunfo, dejando que la yunta enloquecida escogiera su propio camino.

—Bajamos por la Vía Torcida a través del terreno comunal, les llevamos por lo menos cien anas.

El fiacre se tambaleó y se lanzó por un estrecho sendero abierto en medio de un matorral. Un inmenso edificio se alzaba frente a nosotros. El conductor trató de hacer girar a los animales, pero era demasiado tarde. Dimos contra él de lado; cedió como la tela de un sueño, y nos encontramos en un espacio cavernoso, apenas iluminado y que olía a heno. Por delante de nosotros se levantaba un altar con peldaños, grande como una cabaña y coronado de luces azules. Lo vi demasiado de cerca… nuestro conductor había saltado. Agia gritó.

Chocamos contra el altar. Hubo una confusión de objetos voladores imposibles de describir, la sensación de que todo giraba y se tumbaba sin entrechocarse jamás, como en el caos anterior a la creación. El suelo pareció venir a mi encuentro; el impacto hizo que me zumbaran los oídos.

Recordaba haber agarrado con fuerza a Términus Est mientras volaba por el aire, pero ahora mi mano estaba vacía. Cuando quise ponerme de pie para buscarla, no tenía aliento ni fuerzas. En algún lugar a lo lejos un hombre gritó. Me volví de lado, y me las compuse para incorporarme sobre mis piernas sin vida.

En apariencia nos encontrábamos cerca del centro del edificio, tan enorme como el Torreón Grande, y sin embargo completamente vacío: sin paredes interiores, escaleras o muebles de ninguna especie. A través del dorado aire polvoriento vi pilares retorcidos que parecían de madera pintada. Lámparas que eran meros puntos de luz, colgaban sobre nuestras cabezas. Muy por encima, un toldo multicolor ondeaba y restallaba agitado por un viento que yo no podía sentir.

Estaba pisando paja, y era paja lo que se extendía por todas partes en una infinita alfombra amarilla, como el campo de un titán después de la cosecha. A mi alrededor yacían dispersos los restos de lo que había sido el altar: fragmentos de fina madera recubiertos con láminas de oro y adornados con turquesas y amatistas violáceas. Pensando vagamente en encontrar mi espada, eché a andar y tropecé casi en seguida con los restos aplastados del fiacre. Un onagro estaba caído allí cerca; recuerdo haber tenido la impresión de que se había quebrado el pescuezo. Alguien llamó: —¡Torturador! —miré en torno y vi a Agia, de pie, temblando. Le pregunté si se encontraba bien.

—Al menos estoy viva, pero tenemos que irnos de aquí inmediatamente. ¿Está muerto ese animal?

Asentí con la cabeza.

—Podríamos haberlo montado. Ahora tendrás que cargarme, si puedes. No creo que la pierna derecha me sostenga. —Se tambaleó mientras hablaba; me acerqué a ella de un salto y la sostuve impidiendo que se cayera.— Ahora tenemos que irnos —dijo—. Mira alrededor… ¿ves alguna puerta? ¡Rápido!

No vi ninguna.

—¿Por qué urge tanto que nos marchemos?

—Emplea la nariz si no te sirven los ojos.

Olfateé. El olor en el aire no era ya de paja, sino de paja que ardía; casi en el mismo instante vi las llamas, brillantes en la penumbra, pero aún tan pequeñas que un momento antes tenían que haber sido unas meras chispas. Traté de correr, pero no conseguí nada mejor que adelantarme arrastrando una pierna.

—¿Dónde estamos?

—Es la Catedral de las Peregrinas… algunos la llaman la Catedral de la Garra. Las peregrinas son una banda de sacerdotisas que viajan por el continente. Nunca…

Agia se interrumpió porque nos estábamos acercando a un grupo de gente vestida de escarlata. O quizá fueran ellos los que se acercaban, pues habían aparecido de pronto ante nosotros sin que yo lo advirtiese. Los hombres tenían la cabeza rasurada y blandían cimitarras doradas, resplandecientes como la luna nueva; una mujer, alta como una exultante, sostenía con las dos manos una espada envainada: mi propia Términus Est. Llevaba una capa angosta de cuello alto y largos flecos en los bordes.

Agia empezó: —Nuestros animales se desbocaron, Sacra Dominicellae…

—Eso no tiene importancia —dijo la mujer que sostenía la espada. Había mucha belleza en ella, pero no esa belleza femenina que sofoca el deseo—. Esto pertenece al hombre que te carga. Dile que te deje y la tome. Tú puedes andar.

—Un poco. Haz lo que te dice, torturador.

—¿No sabes cómo se llama? —preguntó la mujer.

—Me lo dijo, pero lo he olvidado.

—Severian —dije. Sostuve a Agia con una mano mientras recibía a Términus Est con la otra.

—Utilízala para poner fin a las contiendas —dijo la mujer de escarlata—. No para iniciarlas.

—El suelo de paja de esta gran tienda está en llamas, chatelaine. ¿Lo sabía?

—Serán extinguidas. Las hermanas y nuestros sirvientes están pisoteando los rescoldos. —Hizo una pausa, y luego de mirarnos agregó:— Entre los restos del altar que vuestro vehículo ha destruido sólo hemos encontrado una cosa que parece perteneceros, y que probablemente tiene para vos algún valor: esa espada. Os la hemos devuelto. ¿Devolveréis ahora lo que hayáis encontrado que pueda tener valor para nosotros?

Recordé las amatistas.

—No encontré nada de valor, chatelaine. —Agia negó con la cabeza, y yo continué:— Había astillas de madera con piedras preciosas incrustadas, pero las he dejado en el mismo lugar donde cayeron.

Los hombres echaron mano a las armas y se afirmaron sobre los pies, pero la mujer no se movió; se volvió hacia mí, luego hacia Agia y después hacia mí otra vez.

—Acércate, Severian.

Avancé unos pasos. Tuve la gran tentación de desenvainar Términus Est para defenderme de las espadas de los hombres, pero me contuve. La mujer me cogió por las muñecas y me miró a los ojos. Los suyos eran serenos, y en aquella luz extraña parecían duros como el berilo.

—No hay culpa en él —dijo.

Uno de los hombres murmuró: —Estás equivocada, Dominicellae.

—No hay culpa, he dicho. Retrocede, Severian, y que avance la mujer. —Agia se acercó renqueando, y cuando ya no pudo avanzar más, la mujer se adelantó y le tomó las muñecas como había hecho con las mías. Al cabo de un momento, miró a las otras mujeres que aguardaban detrás de los hombres armados.

Antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba sucediendo, dos de ellas tomaron el vestido de Agia y se lo quitaron por la cabeza. Una dijo: —Nada, Madre.

—Creo que éste es el día predicho.

Con las manos cruzadas sobre los pechos, Agia me susurró: —Éstas peregrinas están locas. No tuve tiempo de advertírtelo, pero todo el mundo lo sabe.

La mujer dijo: —Devolvedle sus harapos. La Garra no se ha desvanecido en la memoria. No obstante, desaparece cuando quiere, y no sería posible ni adecuado impedírselo.

Una de las mujeres murmuró: —Puede que todavía la encontremos entre los escombros, Madre.

Una segunda agregó: —¿No tienen que pagar?

Un hombre dijo: —Matémoslos.

La mujer no dio indicios de haber oído a ninguno de ellos. Como si se deslizara sobre la paja, se estaba alejando de nosotros. Las mujeres la siguieron mirándose entre ellas, y los hombres soltaron las empuñaduras de las espadas y retrocedieron.

Agia comenzó a ponerse el vestido. Le pregunté qué sabía de la Garra y quiénes eran estas peregrinas.

—Sácame de aquí, Severian, y te lo diré. Es de mal agüero hablar de ellas en su propio templo. ¿Está desgarrada aquella pared?

Nos dirigimos hacia donde ella había indicado, tropezando a veces con la paja blanda. No había ninguna abertura, pero levanté el borde de la pared de seda y nos escurrimos por debajo.

XIX — El Jardín Botánico

La luz del sol nos encegueció como si hubiéramos pasado del crepúsculo al pleno día. Alrededor de nosotros flotaban unas doradas partículas de paja.

—Así está mejor —dijo Agia—. Aguarda un momento y deja que me oriente. Creo que los Peldaños de Adamnian están a nuestra derecha. El conductor no habría descendido por ellos, o quizá sí, pues el tipo estaba loco, pero nos habrían conducido al apeadero por la ruta más corta. Dame el brazo, Severian; la pierna todavía me molesta.

Andábamos por la hierba, y vi que la tienda-catedral había sido levantada en un terreno liso, entre casas fortificadas; los absurdos campanarios se alzaban sobre unos parapetos. Una ancha calle pavimentada bordeaba el prado; cuando llegamos a la calle volví a preguntar quiénes eran las peregrinas.

Agia me miró de soslayo.

—Tienes que perdonarme, pero no me resulta fácil hablar de vírgenes profesionales a un hombre que acaba de verme desnuda. Aunque en otras circunstancias, sería distinto. En realidad no las conozco bien, pero en la tienda tenemos algunos hábitos de la orden, y una vez le pedí a mi hermano que me hablara de ellas. Desde esa vez, presté atención a todo cuanto pude oír. Es un traje popular en las mascaradas… todo ese rojo.

»De cualquier modo son una orden de convencionales, como sin duda ya te habrás dado cuenta. El rojo representa la luz poniente del Sol Nuevo. Viajan por el campo con esa enorme catedral a cuestas y la levantan allí donde les viene en gana sin importarles lo que pueda decir el propietario del terreno. La orden pretende guardar la más valiosa de las reliquias, la Garra del Conciliador, de modo que el rojo puede representar también las Heridas de la Garra.

Tratando de ser gracioso, dije: —No sabía que tuviera garras.

—No es una verdadera garra… dicen que es una gema. Tienes que haber oído hablar de esa garra. No sé por qué la llaman la Garra, y dudo que hasta esas sacerdotisas lo sepan. Pero si tuviera en verdad alguna relación con el Conciliador, sería realmente importante. De cualquier modo el conocimiento que tenemos ahora del Conciliador es meramente histórico… lo que significa que confirmamos o negamos que estuviera en contacto con nuestra raza en un pasado remoto. Si la Garra es lo que las peregrinas afirman, entonces el Conciliador ha existido, aunque ahora puede que esté muerto.

La mirada sobresaltada que me echó una mujer que llevaba un dúlcemele, me indicó que el manto que le había comprado al hermano de Agia estaba abierto y permitía ver la capa fulígena de mi gremio, que a la pobre mujer le habrá parecido una oscuridad vacía. Mientras me lo cerraba y me ajustaba el broche, dije: —Como sucede con todas estas argumentaciones religiosas, el significado inicial se va perdiendo con el tiempo. Suponiendo que hace muchos eones el Conciliador haya andado entre nosotros ¿a quién puede importarle más que a los historiadores y a los fanáticos? Valoro esta leyenda como parte del pasado sagrado, pero me parece que lo que hoy interesa es la leyenda, y no el polvo del Conciliador.

Agia se frotó las manos y pareció calentárselas a la luz del sol.

—Suponiendo… doblemos por esta esquina. Severian, si miras a lo alto de las escaleras podrás ver las estatuas de los epónimos… Suponiendo que haya vivido, fue por definición el Amo del Poder.

Lo que significa la trascendencia de la realidad, e incluye la negación del tiempo. ¿No es eso correcto?

Asentí.

—Entonces no hay nada que le impida desde una posición de, digamos treinta mil años atrás, volver a lo que llamamos el presente. Muerto o no, si existió alguna vez, podría aparecerse a la vuelta de la esquina o la semana próxima.

Habíamos llegado al comienzo de la escalera. Los peldaños eran de piedra blanca como la sal, a veces tan anchos que eran necesarias varias zancadas para descender de uno a otro, y a veces tan abruptos como los de una escalerilla de mano. Aquí y allá, confiteros y vendedores de monos habían montado sus tenderetes. No sabía porqué, pero me gustaba hablar con Agia de todos estos misterios mientras bajábamos por las escaleras. Dije: —Todo esto porque esas mujeres dicen que conservan una lustrosa uña del Conciliador. Supongo que produce curas milagrosas ¿verdad?

—De vez en cuando, así lo afirman. También perdona las injurias, resucita a los muertos, crea nuevas razas a partir de la tierra, aplaca la lujuria, etcétera. Todas esas cosas que se supone él mismo hizo.

—Ahora te estás riendo de mí.

—No, es el Sol… ya sabes lo que dicen que produce en la cara de las mujeres.

—Las pone morenas.

—Las pone feas. Por empezar, reseca la piel y produce arrugas. Además, resalta cualquier defecto por pequeño que sea. Urvasi amaba a Puruvas antes de verlo a la luz del sol. De cualquier manera, lo sentí en mi cara y pensé: Tú no me importas. Soy demasiado joven para preocuparme por ti, y la próxima vez recuérdame que traiga un sombrero de ala ancha.

A la luz del sol, el rostro de Agia distaba mucho de ser perfecto, pero ella no tenía nada que temer. Mi hambre se alimentaba también de esas imperfecciones, yo veía en ella el coraje esperanzado y desesperado de los pobres, quizá la más atractiva de las cualidades humanas; y me deleitaba en las máculas que la hacían más real ante mis ojos.

—De cualquier manera —continuó apretándome la mano—, admito que jamás he entendido por qué gente como esas peregrinas siempre piensan que las personas corrientes necesitan aplacar la lujuria. De acuerdo con mi experiencia, la dominan bastante bien, y casi todos los días, además. Lo que la mayoría de nosotros necesita es alguien con quien ponerla en práctica.

—Entonces te complace que te ame —dije bromeando sólo a medias.

—A todas las mujeres les gusta ser amadas y cuantos más hombres las amen ¡mejor! Pero he decidido no amarte, si a eso te refieres. Sería tan sencillo ir contigo paseando del brazo por la ciudad. Pero si esta tarde te matan, me sentiré desgraciada al menos durante quince días.

—También yo —dije.

—No, tú no. Ni te importará siquiera. Ni eso ni ninguna otra cosa, nunca jamás. Estar muerto no duele, y tú deberías saberlo más que nadie.

—A veces creo que todo este asunto no es más que una patraña inventada por ti o por tu hermano. Estabas afuera cuando llegó el septentrión… ¿le dijiste algo para disponerlo contra mí? ¿Es tu amante?

Agia rió al oírme, y los dientes le brillaron al sol.

—Mírame. Llevo un vestido de brocado, pero ya has visto lo que hay debajo del vestido. Voy descalza. ¿Ves anillos o pendientes? ¿Una lamia de plata trenzada alrededor del cuello? ¿Brazaletes de oro en los brazos? Si no los ves, has de reconocer que no tengo por amante a ningún oficial del Hogar de las Tropas. Hay un viejo marinero, feo y pobre, que insiste en que me vaya a vivir con él. Aparte de eso, bueno, Agilus y yo somos propietarios de la tienda. La heredamos de nuestra madre y está libre de deudas sólo porque no encontramos a nadie bastante tonto como para prestarnos algo, aceptando la tienda como garantía. A veces rompemos algunas telas de nuestro almacén y las vendemos a los fabricantes de papel para poder comprar un cuenco de lentejas.

—De cualquier modo podrás comer bien esta noche —le dije—. Pagué un buen precio a tu hermano por este manto.

—¿Cómo? —Parecía haber recobrado el buen humor. Dio un paso atrás y abrió la boca en una expresión de asombro fingido.— ¿No me invitarás a cenar esta noche? ¿Después de haberme pasado todo el día aconsejándote y guiándote?

—Y enredándome en la destrucción del altar de esas peregrinas.

—Eso lo lamento. De veras. No quería que se te cansaran las piernas… las necesitarás en la lucha. Pero aparecieron aquellos hombres y me pareció que era una buena oportunidad para que obtuvieras algún dinero.

La mirada de Agia había abandonado mi rostro para posarse sobre uno de los bustos brutales que flanqueaban la escalinata. Le pregunté: —¿De verdad no significó más que eso?

—La verdad es que deseaba que siguieran pensando que tal vez fueras un armígero. Los armígeros suelen ir disfrazados porque están siempre yendo a fiestas y torneos, y tú pareces uno de ellos. Hasta yo misma lo pensé cuando te vi por primera vez. Y ¿sabes?, si de verdad era así, entonces yo era alguien que acompañaba a un armígero, probablemente el hijo bastardo de un exultante. Aunque sólo se tratara de una especie de broma. No tenía modo de saber lo que sucedería.

—Entiendo —dije. De pronto me dio un ataque de risa—. Qué tontos tuvimos que parecer arriba de ese fiacre.

—Si entiendes, bésame.

Me la quedé mirando.

—¡Bésame! ¿Cuántas oportunidades te quedan? Te daré más de lo que necesitas… — Hizo una pausa y luego se echó a reír.— Después de la cena, quizá. Si podemos encontrar un sitio discreto, aunque no te convenga para la lucha. —Entonces me abrazó y, poniéndose de puntillas me besó en los labios. Tenía unos pechos firmes y altos, y yo podía sentir el movimiento de sus caderas.

—Basta ya. —Me apartó de un empujón.— Mira allí abajo, Severian, entre los pilones. ¿Qué ves?

El agua resplandecía como un espejo al sol.

—El río.

—Sí, el Gyoll. Ahora, a la izquierda. Hay tantos nenúfares que no es fácil ver la isla. Pero el césped es de un verde claro y brillante. ¿No ves el cristal donde se refleja la luz?

—Veo algo. ¿Es todo el edificio de cristal?

Ella asintió.

—Ése es el Jardín Botánico. Allí dejarán que cortes tu averno… todo lo que tienes que hacer es exigirlo como un derecho ineludible.

El resto del descenso lo hicimos en silencio. Los Peldaños de Adamnian serpentean a lo largo de la ladera de una colina: Son un lugar bastante frecuentado por los paseantes, que a menudo alquilan caballos para bajar por los peldaños. Vi a muchas parejas muy bien vestidas, hombres que llevaban en el rostro las marcas de antiguas penurias y niños retozando. También desde diversos puntos pude ver las oscuras torres de la Ciudadela que se levantaban en la orilla opuesta, lo que no hizo más que entristecerme. La tercera vez que las vi, recordé que en mi infancia me había zambullido en ese río después de haber peleado con los niños del vecindario, y una o dos veces observé la estrecha línea blanca sobre la orilla occidental, tan lejos corriente arriba, que casi era imposible verla.

El Jardín Botánico se encontraba en una isla cercana a la orilla, encerrado en un edificio de cristal (algo que yo no había visto antes y que no sabía que pudiera existir). No había torres ni muros almenados, sólo el tholos facetado que se alzaba hasta perderse en el cielo, y cuyo resplandor se confundía con el de las pálidas estrellas. Le pregunté a Agia si tendríamos tiempo de ver el Jardín, pero antes de que pudiera responderme, le dije que lo vería, hubiera tiempo o no. El hecho era que no tenía escrúpulos en llegar tarde a la cita con mi muerte, y estaba empezando a tener dificultades para tomarme en serio un combate librado con flores.

—Si deseas pasar tu última velada visitando el jardín, sea —dijo—. Yo misma vengo aquí a menudo. Es gratis, pues lo mantiene el Autarca, y entretenido, si uno no es demasiado remilgado.

Subimos por escaleras de vidrio color verde claro. Le pregunté a Agia si el único propósito del enorme edificio era obtener flores y frutas.

Riendo, negó con la cabeza y señaló la amplia arcada que se abría delante de nosotros.

—A ambos lados de este corredor hay cámaras, y cada una de ellas es un biopaisaje. Te lo advierto porque aunque el corredor es más corto que el edificio, las cámaras irán ensanchándose a medida que nos adentremos en ellas. Hay personas a las que esto les resulta desconcertante.

Entramos, había allí un silencio como el que hubo seguramente en el amanecer de la Tierra, antes de que los padres de los hombres hubieran abierto la superficie del Gyoll con las palas de los remos. El aire era fragante, húmedo y algo más cálido que el de fuera. Las paredes a ambos lados del suelo de mosaico también eran de cristal, pero tan gruesas que apenas podían verse; las hojas, las flores y aun los árboles parecían ondear como si se los mirara a través del agua. Sobre una amplia puerta, leí:

EL JARDÍN DEL SUEÑO

—Podéis entrar en el que gustéis —dijo un viejo, levantándose de una silla en un rincón—. Y en todos los que gustéis.

Agia negó con la cabeza.

—Sólo tenemos tiempo para visitar uno o dos.

—¿Es la primera vez que venís? Entonces, seguro que os gustará el Jardín de la Pantomima.

Llevaba un traje viejo que me recordaba algo, aunque no sabía qué. Le pregunté si era el hábito de algún gremio.

—Por cierto que lo es. Nosotros somos los conservadores… ¿Ha conocido alguna vez a alguien de nuestra hermandad?

—A dos, creo.

—Somos pocos, pero, sin jactancia, no hay cargo más importante en nuestra sociedad… La preservación del pasado. ¿Ha visto ya el Jardín de Antigüedades?

—Todavía no —respondí.

—Debería hacerlo. Si esta es su primera visita, le aconsejo que empiece por el Jardín de Antigüedades. Centenares y centenares de plantas extinguidas, incluyendo algunas que no se han visto en decenas de millones de años.

Agia dijo: —Esa planta reptante de color púrpura de la que está tan orgulloso… la encontré en estado silvestre en una ladera del Terreno Comunal de los Remendones.

El conservador sacudió la cabeza tristemente.

—Hemos perdido esporas, me temo. Estamos al tanto,… Un panel del techado se rompió y las esporas volaron. —La expresión de infelicidad se le borró en el rostro arrugado, rápidamente, como ocurre con las preocupaciones de la gente sencilla. Se sonrió.— Es probable que ahora consiga medrar. Los enemigos de esta planta están todos muertos, como las enfermedades que se curaban con las hojas.

Un ruido sordo y continuo me hizo volver la cabeza.

Dos trabajadores entraban con una carretilla por una de las puertas. Pregunté qué hacían.

—Ése es el Jardín de Arena. Lo están rehaciendo. Cactus y yuca… especies de ese tipo. Me temo que ahora no hay mucho que ver allí.

Tomé a Agia de la mano diciendo: —Ven, me gustaría ver el trabajo.

—Agia le sonrió al conservador y se encogió de hombros, pero me siguió con docilidad.

Arena sí que había, pero no jardín. Entramos en un espacio aparentemente ilimitado, lleno de pedruscos. A nuestras espaldas se alzaban unas grandes piedras que ocultaban la pared que acabábamos de atravesar. Justo al lado de la puerta crecía una planta grande, medio arbusto, medio vid, cubierta de puntiagudas espinas; supuse que era el último ejemplar de la antigua flora que aún no había sido eliminado. No había ninguna otra planta, ni signo visible de la repoblación que el conservador había sugerido, salvo las huellas gemelas de la carretilla de los obreros, serpenteando por entre las rocas.

—Esto no es demasiado —dijo Agia—, ¿Por qué no dejas que te lleve al Jardín de las Delicias?

—Si la puerta está abierta detrás de nosotros, ¿por qué tengo la impresión de que no puedo abandonar este lugar?

Me miró de soslayo.

—Todos sienten lo mismo en estos jardines, tarde o temprano, aunque por lo general no tan pronto. Será mejor para ti que salgamos ahora. —Agregó algo que no pude captar. A lo lejos me pareció oír un ruido de olas, que rompían contra las orillas del mundo.

—Espera… —dije. Pero Agia me condujo nuevamente al corredor. Nuestros pies arrastraron arena, como la que un niño podría sostener en la palma de la mano.

—En realidad no tenemos mucho tiempo —dijo Agia—. Deja que te muestre el Jardín de las Delicias; luego recogeremos tu averno y nos marcharemos.

—No puede haber pasado mucho más que media mañana.

—Ha pasado ya el mediodía. Sólo en el Jardín de Arena hemos estado más de una guardia.

—Ahora sé que me mientes.

Por un momento vi un destello de enfado en su rostro. En seguida se desvaneció en un gesto de filosófica ironía, la secreción de un amor propio lastimado. Yo era mucho más fuerte que ella, y aunque pobre, era más rico; ella se dijo (casi podía oír su propia voz susurrándose a sí misma) que aceptando tales insultos, conseguía dominarme.

—Severian, discutiste y discutiste y por fin tuve que sacarte a la rastra. Así es como afectan estos jardines a la gente. Se dice que el Autarca quiere que siempre haya alguien en cada jardín, para acentuar así la realidad de la escena, y de ese modo su propia archimagen. El padre Inire les ha otorgado un conjuro. Pero como te sentiste tan atraído por ése, no creo que los demás te afecten tanto.

—Sentí que pertenecía a ese lugar —dije—. Que debía encontrar a alguien… y que cierta mujer estaba allí, cercana, pero oculta.

Pasábamos junto a otra puerta en la que estaba escrito:

EL JARDÍN DE LAJUNGLA

Al ver que Agia no contestaba mi pregunta, le dije:

—Dices que ¡os otros no me afectarán, entremos en éste, entonces.

—Si perdemos el tiempo de esta forma, nunca llegaremos al Jardín de las Delicias.

—Sólo un momento. —La veía tan decidida a llevarme a ese jardín sin tener en cuenta los demás, que temía lo que pudiera encontrar en él.

La pesada puerta del Jardín de la Jungla se abrió ante nosotros, dejando pasar una ráfaga de aire saturado de vapores. Más allá del umbral, la luz era débil y de un tono verdoso. Las lianas oscurecían la entrada, y un gran árbol, podrido hasta no ser más que un despojo, había caído atravesando el sendero a pocos pasos de distancia. El tronco tenía todavía un pequeño letrero: Caesalpinia sappan.

—La verdadera jungla agoniza en el norte, donde el Sol se enfría —dijo Agia—. Un hombre que conozco dice que viene agonizando de ese modo desde hace ya muchos siglos. Ven. Querías ver este lugar.

Entré. Detrás de nosotros, la puerta se cerró de golpe, y se desvaneció.

XX — Los espejos del padre Inire

Como Agia había dicho, en el lejano norte las verdaderas junglas están enfermas. Nunca las había visto; sin embargo, el Jardín de la Jungla me daba la impresión de que no siempre había sido así. Aun ahora, mientras estoy sentado ante mi escritorio en la Casa Absoluta, algún ruido lejano me recuerda los chillidos del loro de pecho magenta y alas doradas que revoloteaba de árbol en árbol, vigilándonos con ojos desconfiados ribeteados de blanco… aunque esto sin duda se debía a que mi mente se volvía hacia ese sitio encantado. A través de su chillido, un sonido nuevo —una voz nueva— llegaba de algún mundo rojo no conquistado aún por el pensamiento.

—¿Qué es? —Toqué el brazo de Agia.

—Un tigre dientes de sable. Pero está lejos, y sólo quiere asustar a los ciervos para confundirlos y que caigan en sus fauces. Huiría de ti y tu espada mucho más de prisa de lo que tú podrías huir de él. —Una rama le había desgarrado el vestido dejándole un pecho al descubierto. El incidente la había puesto de mal humor.

—¿A dónde conduce el sendero? ¿Y cómo puede ese animal estar tan lejos cuando esto es sólo un cuarto del edificio que vimos desde lo alto de los Peldaños de Adamnian?

—Nunca me he adentrado tanto en este jardín. Hemos venido porque tú quisiste.

—Contesta lo que te pregunto —dije y la tomé por el hombro.

—Si este sendero es como los otros, quiero decir los de los demás jardines, ha de trazar un amplio círculo que nos llevará de nuevo a la puerta por donde entramos. No hay nada que temer.

—La puerta se desvaneció al cerrarse.

—Es sólo un truco. ¿No has visto esos cuadros en los que aparece un devoto con expresión meditativa cuando estás en un extremo del cuarto, y que te mira fijamente cuando estás en el otro? Veremos la puerta cuando nos acerquemos desde la dirección opuesta.

Una serpiente venenosa con ojos de cornalina se deslizaba por el sendero; levantó la cabeza para mirarnos y luego desapareció entre las plantas. Oí que Agia retenía el aliento y dije: —¿Quién es ahora el que tiene miedo? ¿Huirá esa serpiente de ti tan de prisa como tú de ella? Ahora respóndeme a lo que te he preguntado acerca del tigre dientes de sable. ¿Cómo es posible que esté tan lejos?

—No lo sé. ¿Crees que hay respuestas para todo aquí? ¿Acaso las hay en el lugar de donde vienes?

Pensé en la Ciudadela y las costumbres antiquísimas de los gremios.

—No —dije—. Hay oficios y costumbres inexplicables en mi patria, aunque en estos tiempos de decadencia están cayendo en desuso. Hay torres en las que nunca nadie ha entrado, y cuartos perdidos, y túneles cuyas entradas jamás se han visto.

—¿No puedes entender entonces que lo mismo sucede aquí? Cuando estábamos en lo alto de la escalinata y miraste hacia abajo y descubriste estos jardines ¿pudiste ver todo el edificio?

—No —admití—. Se interponían pilones y chapiteles y la esquina del malecón.

—Y aun así ¿pudiste delimitar lo que viste?

Me encogí de hombros.

—El cristal hacía difícil distinguir los bordes del edificio.

—Entonces ¿cómo puedes hacer las preguntas que haces? Y si es tan necesario para ti hacerlas, ¿puedes entender que yo no tengo por qué conocer las respuestas? Por el sonido del rugido supe que el dientes de sable se encontraba lejos. Pero tal vez no se encuentre aquí en absoluto, y no se trate más que de una lejanía en el tiempo.

—Cuando miré este edificio desde lo alto, vi una bóveda facetada. Ahora al mirar hacia arriba, entre las hojas y las lianas sólo veo el cielo.

—Las superficies de las facetas son grandes. Puede que los bordes queden ocultos por las ramas —dijo Agia.

Seguimos andando, y vadeamos una delgada corriente en la que se bañaba un reptil de dientes afilados y una gran cresta a lo largo del lomo. Desenvainé Términus Est temiendo que se lanzara sobre nuestros pies.

—Admito —le dije— que la vegetación es demasiado densa aquí como para que pueda ver a mucha distancia. Pero mira a través de la abertura por donde corre este arroyuelo. Corriente arriba no se ve más que jungla. Corriente abajo resplandece el agua, como si desembocara en un lago.

—Ya te advertí que los cuartos se ensanchaban y que tal vez esto te resultara perturbador. Se dice también que las paredes de estos sitios son espejos, cuya capacidad reflexiva crea la apariencia de vastos espacios.

—Conocí a una mujer una vez que había estado con el padre Inire. Me contó una historia acerca de él. ¿Quieres escucharla?

—Como quieras.

En realidad era yo el que quería oír la historia, y la verdad es que me gustaba: me la había contado a mí mismo muchas veces, y ahora la oía con no menos que cuando la escuchara por vez primera estrechando las manos de Thecla, blancas y frías como lirios arrancados de una tumba llena de agua de lluvia.

—Tenía trece años, Severian, y tenía una amiga llamada Domnina. Era una chica bonita que parecía varios años más joven de lo que en realidad era. Quizá por eso me gustó.

»Sé que no sabes nada de la Casa Absoluta. Debes creerme cuando te digo que en un lugar llamado la Sala del Significado, hay dos espejos. Cada uno de ellos tiene de tres a cuatro anas de ancho, y ambos llegan hasta el cielo raso. No hay nada entre los dos excepto unas pocas docenas de pasos de suelo de mármol. En otras palabras, cualquiera que entre en la Sala del Significado, verá su propia imagen multiplicada hasta el infinito.

«Imagínate lo atractivo que es ese lugar para una niña que se cree bonita. Domnina y yo estábamos jugando allí una noche, dando vueltas y vueltas, pavoneándonos en nuestras túnicas nuevas. Habíamos transportado hasta allí un par de grandes candelabros; uno estaba a la izquierda de un espejo y el otro a la izquierda del de enfrente… en las esquinas opuestas, si entiendes lo que quiero decir.

«Estábamos tan ocupadas en mirarnos, que no advertimos la presencia del padre Inire hasta que estuvo sólo a un paso de distancia. Por lo general, cuando lo veíamos venir huíamos y nos escondíamos de él, aunque apenas era algo más alto que nosotras. Usaba unos trajes iridiscentes, que parecían volverse grises cuando uno los miraba, como si los tiñera una niebla. “Tener mucho cuidado cuando os miráis en esos espejos”, dijo. “Detrás de ellos, un duende espera el momento adecuado para meterse en los ojos de aquel que lo descubra.”

«Entendí a qué se estaba refiriendo, y me ruboricé. Pero Domnina dijo: “Creo que lo he visto. ¿Tiene la forma de una lágrima y resplandece?”.

»El padre Inire no vaciló antes de responder, ni siquiera parpadeó… Sin embargo, supe que estaba sorprendido. Dijo: “No, ése es otro, dulcinea. ¿Puedes verlo con claridad? ¿No? Entonces preséntate mañana en mi cámara algo después que el sol se ponga, y te lo mostraré”.

»Cuando se marchó, nos quedamos atemorizadas. Domnina juró un centenar de veces que no iría. Yo aplaudí esa decisión y la animé a que no se marchara. Así es que decidimos que se quedaría conmigo esa noche y todo el día siguiente.

»No sirvió de nada. Un poco antes del tiempo convenido, llegó un sirviente en busca de la pobre Domnina. Llevaba una librea que ninguna de las dos había visto jamás.

»Unos pocos días antes me habían regalado una colección de figuras de papel. Eran doncellas, colombinas, cónicas, arlequines, y otras por el estilo… lo corriente. Recuerdo que durante toda la tarde esperé en el asiento junto a la ventana a que Domnina regresara, jugando con aquellas figuras, coloreando sus vestidos con lápices de cera, disponiéndolas de distintas maneras e inventando juegos a los que las dos jugaríamos cuando volviese.

»Por fin mi niñera me llamó a cenar. Para entonces yo ya creía que el padre Inire había matado a Domnina o que la había enviado de vuelta a su madre con la orden de que nunca volviera a visitarnos. Cuando estaba terminando de cenar, alguien golpeó la puerta. Oí que la sirvienta de mi madre iba a abrirla, y Domnina entró corriendo. Nunca olvidaré su rostro… estaba tan blanco como las caras de las muñecas. Lloraba y mi niñera la consolaba; finalmente pudimos sacarle la historia.

»El hombre que había sido enviado a buscarla la llevó por salas de cuya existencia ella nada sabía. Comprenderás, Severian, que eso sólo ya era de por sí aterrador. Las dos creíamos conocer perfectamente el ala que ocupábamos en la Casa Absoluta. Finalmente llegaron a lo que debía de ser la cámara del padre Inire. Era un cuarto amplio con cortinados de un subido color rojo y casi desprovisto de muebles, salvo algunos vasos más altos que un hombre y tan anchos que los brazos de ella no conseguían abarcarlos.

»En el centro había lo que Domnina tomó al principio por un cuarto dentro del cuarto. Las paredes eran octogonales y tenía laberintos pintados. Sobre él, visible desde la entrada de la cámara, ardía la lámpara más resplandeciente que jamás hubiese visto. Era blancoazulada, y tan brillante, dijo, que un águila no hubiera podido mirarla fijamente.

»De pronto, oyó como cerraban con llave la puerta por la que había entrado. No veía ninguna otra salida. Corrió hacia las cortinas, con la esperanza de encontrar otra puerta, pero no bien hubo corrido una a un lado, una de las ocho paredes con laberintos pintados se abrió, y por ella salió el padre Inire. Detrás de él vio un agujero sin fondo lleno de luz.

»“Estás aquí” dijo. “Has llegado justo a tiempo. Niña, el pez está casi atrapado. Puedes observar la preparación del anzuelo y aprender por qué medios esas escasas doradas caen prisioneras en nuestras redes.” La tomó por el brazo y la condujo al recinto octogonal.

A esta altura tuve que interrumpir el relato para ayudar a Agia a transitar una sección del sendero casi por completo cubierta de malezas.

—Estás hablando para ti mismo —dijo—. Puedo oír como murmuras por lo bajo.

—Me estoy contando a mí mismo la historia que te mencioné. No parecías tener el menor interés en escucharla, y yo quería oírla de nuevo… además, se relaciona con los espejos del padre Inire, y puede sugerirnos algo que quizá nos sea útil.

—Domnina se alejó. En el centro del recinto, justo debajo de la lámpara, había una niebla de luz amarilla. Nunca se estaba quieta, dijo. Se movía de arriba abajo y de lado a lado con rápidos centelleos, no dejando nunca un espacio mayor de cuatro palmos de altura y otros cuatro de largo. Le recordaba por cierto un pez. Mucho más que el ligero fulgor del que había tenido un atisbo en los espejos de la Sala del Significado… un pez que nadaba en el aire, confinado en un cuenco invisible. El padre Inire cerró tras ellos la pared del octaedro. Era un espejo en el que ella podía verle reflejadas la cara y la mano y los vestidos brillantes e indefinidos. Su propia figura también, y la del pez. Pero detrás de ella parecía haber otra niña con su mismo rostro observándola por encima del hombro; y luego otra y otra y otra, cada cual con un rostro más pequeño detrás. Y así hasta el infinito, una interminable cadena de rostros de Domnina cada vez más débiles.

»Se dio cuenta cuando vio que enfrente de la pared del recinto octogonal por la que había entrado, había otro espejo. De hecho, todas las paredes eran espejos que atrapaban la luz de la lámpara blancoazulada. Esta vez se movía de uno a otro como niños que se pasaran balones de plata, entrelazándose y entretejiéndose en una danza interminable. En el centro, el pez, una criatura nacida de la convergencia de la luz, se agitaba de un lado a otro.

»“Aquí lo tienes” dijo el padre Inire. “Los antiguos, que conocían este proceso tan bien como nosotros, si no mejor, consideraban al pez el habitante menos importante y más común de los espejos. No es preciso que nos detengamos en la falsa creencia de que las criaturas convocadas estaban siempre presentes en las profundidades del espejo. Con el tiempo, se centraron en una cuestión más grave: ¿por qué medios viajar cuando el punto de partida se encuentra a una distancia astronómica del punto de llegada?”

»“¿Puedo atravesarlo con la mano?”

»“En esta etapa puedes hacerlo, niña. Más adelante, no te lo aconsejaría.”

»Ella adelantó la mano y sintió un cálido estremecimiento. “¿Es así cómo vienen los cacógenos?”

»“¿Te ha llevado alguna vez tu madre en su nave voladora?”

»“Por supuesto.”

»“Y supongo que habrás visto las naves de juguete que los niños mayores hacen volar de noche en el parque, con armazones de papel y linternas de pergamino. La relación de lo que ves aquí con los medios utilizados para viajar entre los soles, se parece a la relación que hay entre esas naves de juguete y las verdaderas. Sin embargo, puedes convocar al Pez, y quizás a otras criaturas. Y así como las naves de los niños chocan a veces contra algún pabellón, incendiándolo, nuestros espejos, aunque su concentración no es poderosa, no dejan de ser peligrosos.”

»“Yo creía que para viajar a las estrellas, uno tenía que sentarse en el espejo.”

»El padre Inire sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír, y aunque sabía que sólo lo hacía porque ella lo había divertido y complacido, no le gustó. “No, no. Permite que haga un esbozo del problema. Cuando algo se mueve muy, muy rápido —tan rápido como los objetos familiares de tu cuarto de juegos cuando tu gobernanta enciende la candela— se vuelve pesado. No más grande, ¿comprendes?, sino sólo más pesado. Es atraído hacia Urth o hacia cualquier otro mundo con mayor intensidad. Si se moviera con la velocidad suficiente, se convertiría en un mundo, atrayendo otros objetos hacia él. Por supuesto, no existe ninguna cosa capaz de hacer eso, pero si lo hiciera, eso es lo que ocurriría. Sin embargo, aun la luz de tu lámpara se mueve lo bastante de prisa como para viajar entre soles.”

»El pez ascendía y descendía, avanzaba y retrocedía.

»“¿No se podría fabricar un candil más grande?”, preguntó Domnina pensando sin duda en el candil pascual que veía cada primavera, más grueso que el muslo de un hombre.

»“Es posible, pero no por eso tendría la luz mayor velocidad. Sin embargo, aunque es tan liviana, la luz presiona aquello sobre lo que cae, como el viento, que aunque no lo podamos ver, empuja las aspas del molino. Ahora observa lo que ocurre cuando damos luz a los espejos enfrentados: la imagen reflejada se traslada de uno a otro y vuelve. Supón que se encuentra consigo misma al volver… ¿qué crees que sucede entonces?”

»Domnina rió a pesar del miedo que sentía y respondió que no podía adivinarlo.

»“Pues se neutraliza a sí misma. Piensa en dos niñitas que corren en un prado sin mirar por dónde van. Cuando se encuentran ya no hay niñitas que corren. Pero si lo espejos están bien hechos y las distancias entre ellos son correctas, las imágenes no se encuentran. En cambio, una sucede a la otra. No ocurre así cuando la luz proviene de un candil o de una estrella común, pues tanto la luz anterior como la posterior, que de otro modo la harían avanzar, no son más que una azarosa luz blanca, como las ondas que produciría una niñita al arrojar un puñado de pedruscos al agua de un estanque. Pero si la luz proviene de una fuente coherente y forma la imagen reflejada de un espejo de óptica correcta, la orientación del frente de la onda es la misma porque la imagen es la misma. Como en nuestro universo no hay nada que pueda superar la velocidad de la luz, la luz acelerada lo abandona y penetra en otro. Cuando vuelve a reducir la velocidad, retorna nuestro universo… naturalmente, en otro sitio.”

»“¿No es más que un reflejo?”, preguntó Domnina, mientras miraba al pez.

»“Acabará siendo real si no oscurecemos la lámpara o quitamos los espejos. Pues que una imagen reflejada exista sin un objeto que la origine, viola las leyes de nuestro universo y, por tanto, algún objeto ha de cobrar existencia.”

—Mira —dijo Agia—, nos acercamos a algo.

La sombra de los árboles tropicales era tan profunda, que los rayos de sol resplandecían en el sendero como oro fundido. Yo entorné los ojos para atisbar más allá de las quemantes columnas de luz.

—Una casa sobre pilotes de madera amarilla. El techo es de hojas de palma. ¿No la ves?

Algo se movió, y la casa pareció saltar ante mis ojos como si emergiera de entre una maraña de verdes, amarillos y negros. Una hendidura en sombras se convirtió en una puerta; dos líneas oblicuas, en el ángulo del techo. Un hombre vestido de color claro estaba de pie en una minúscula galería, mirándonos.

Yo me alisé el manto.

—No es necesario —dijo Agia—. Aquí no tiene importancia. Si tienes calor, quítatelo.

Me quité el manto y lo doblé sobre mi brazo izquierdo. El hombre de la galería se volvió con una inconfundible expresión de terror y entró en la cabaña.

XXI — La cabaña en la jungla

Una escalerilla de mano conducía hasta la galería. Estaba hecha de la misma madera nudosa que la cabaña, atada con fibras vegetales.

—No irás a subir ahí —protestó Agia.

—Es preciso, si hemos de ver lo que hay que ver —dije—. Y considerando el estado de tu ropa interior, pienso que preferirías que yo te precediera.

Me sorprendió ruborizándose.

—Sólo verás una casa como las que había antiguamente en las zonas más calurosas del mundo. No tardarás en aburrirte, créeme.

—Entonces bajaremos y habremos perdido muy poco tiempo. —Empecé a trepar por la escalerilla. Cedía y crujía de manera alarmante, pero sabía que en un lugar de recreo público era imposible que fuera realmente peligrosa. Cuando había subido hasta la mitad, sentí a Agia detrás de mí.

El interior era apenas más grande que una de nuestras celdas, pero allí terminaba cualquier parecido. Nuestras mazmorras daban una impresión de solidez y volumen abrumadores. Las placas de metal de las paredes devolvían el eco del menor sonido; los suelos resonaban bajo el paso de los oficiales y no cedían ni un ápice; el techo no caería nunca… pero si lo hiciera aplastaría todo lo que hubiera debajo.

Si es cierto que cada uno de nosotros tiene en algún sitio un hermano antípoda, un gemelo brillante si somos oscuros, un gemelo oscuro si somos brillantes, esa cabaña era sin duda lo opuesto de nuestras celdas.

Había ventanas en todas partes, y ninguna de ellas tenía barras, paneles, o cualquier otro objeto que las obstruyera. Él suelo, las paredes y los marcos de las ventanas eran de la misma madera amarilla; ramas que no habían sido pensadas para que sirvieran de tablones, y unidas de manera tal que en ciertos lugares podía verse la luz del sol que se filtraba a través de las paredes; y si yo hubiera dejado caer una oricreta gastada, lo más probable es que habría ido a parar al terreno de abajo. No había cielo raso, sino un espacio triangular bajo el tejado del que colgaban cacerolas y bolsas de alimentos.

En un rincón una mujer leía mientras un hombre desnudo permanecía acurrucado a sus pies. El hombre que habíamos visto desde el sendero estaba de pie frente a la ventana opuesta a la puerta. Tenía que saber que estábamos ahí (ya que, aunque no nos hubiera visto entrar, por fuerza tuvo que haber sentido que la cabaña se estremecía cuando subíamos), pero fingía no haberse dado cuenta. Hay algo en la línea de la espalda de un hombre cuando se vuelve como para no ver, que era evidente en él.

La mujer leía: «Entonces subió él de la llanura al monte Nebo, el promontorio frente a la ciudad, y el Misericordioso le mostró todas las comarcas de alrededor y todas las tierras hasta el Mar del Occidente. Entonces le dijo: —Esta es la tierra que yo daría a los hijos de tus padres, según prometí. La has visto, pero no pondrás tus pies en ella. —Entonces él murió allí mismo, y fue sepultado en el barranco».

El hombre desnudo asintió.

—Lo mismo sucede con nuestros propios maestros, Preceptora. Te lo dan con el dedo meñique. Pero el pulgar está clavado en él, y un hombre sólo tiene que tomar el don y cavar en el piso de la casa y cubrirlo todo con una esterilla, y el pulgar empieza a tirar y poco a poco el don se levanta de la tierra y sube hacia el cielo y ya no se lo ve.

La mujer pareció impacientarse y empezó: —No, Isangoma… —Pero el hombre junto a la ventana la interrumpió sin volverse:— Calla, Marie. Quiero oír lo que tiene que decir. Tú puedes explicarlo más tarde.

—Un sobrino mío —continuó el hombre desnudo—, un miembro de mi propio círculo, no tenía pescado. De modo que cogió los aparejos de pesca y se dirigió a cierto estanque. Tan silenciosamente se inclinaba sobre el agua, que podría haber sido un árbol. —El hombre desnudo dio un brinco, y arqueó el cuerpo nervudo como si fuera a atravesar los pies de la mujer con un arpón de aire.— Estuvo así durante mucho, mucho tiempo, tanto que los monos ya no tuvieron miedo de él y volvieron a arrojar ramitas al agua, y el pájaro del lucero regresó volando. Un gran pez asomó de pronto entre los troncos sumergidos. Mi sobrino miró cómo nadaba en círculos, lenta, lentamente. Nadó cerca de la superficie y entonces, cuando estaba por lanzar su arpón de tres puntas, ya no había pez, sino una mujer adorable. Al principio mi sobrino creyó que el pez era un pez-rey, que había cambiado de forma para no ser herido. Después vio que el pez nadaba bajo la cara de la mujer, y se dio cuenta de que había un reflejo. En seguida miró hacia arriba, pero no vio más que el movimiento de las enredaderas. ¡La mujer había desaparecido! —El hombre desnudo miró hacia arriba imitando el gesto de asombro del pescador.— Esa noche mi sobrino fue a casa del Numen, el Orgulloso, y le cortó el cuello a un oreodonte joven diciendo…

Agia me susurró: —En nombre de Teoántropos ¿cuánto tiempo piensas quedarte aquí? Esto podría seguir todo el día.

—Déjame echar un vistazo a la cabaña —le susurré a mi vez—, y nos marcharemos.

—Poderoso es el Orgulloso, y todos sus sagrados nombres. Todo lo que se encuentra bajo las hojas le pertenece, las tormentas viajan en sus brazos, el veneno no mata hasta que le echa una maldición —continuó el hombre desnudo.

La mujer dijo: —No es necesario que alabes tanto a tu fetiche, Isangoma. Si mi marido desea escuchar tu historia, muy bien, cuéntala, pero ahórranos todas esas letanías.

—¡El Orgulloso protege al suplicante! ¿No sería una vergüenza que quien lo adora fuera a morir?

—¡Isangoma!

El hombre frente a la ventana dijo: —Tiene miedo, Marie. ¿No lo notas en su voz?

—¡No hay miedo para los que portan el signo del Poderoso! El aliento del Poderoso es como una niebla que protege al joven uakaris de las garras del margay.

—Robert —dijo entonces la mujer—, si no piensas hacer nada y acabar con esto, lo haré yo. Isangoma, calla. O vete y no vuelvas más.

—El Orgulloso sabe que Isangoma ama a la Preceptora. Él la salvaría, si pudiera.

—¿Salvarme de qué? ¿Crees que aquí hay una de esas terribles bestias tuyas? Si la hubiera, Robert la mataría con el rifle.

—El tokoloshe, Preceptora. ¡Viene el tokoloshe! Pero el Orgulloso nos protegerá. ¡Él es el poderoso comandante de todo tokoloshe! Cuando ruge, ellos se esconden bajo las hojas caídas.

—Robert, creo que ha perdido el juicio.

—Él tiene ojos, Marte, tú no.

—¿Qué quieres decir? ¿Y por qué miras continuamente por la ventana?

Muy lentamente, el hombre se volvió para enfrentarnos. Nos miró por un momento, y luego desvió los ojos. Tenía esa expresión que yo había observado en nuestros clientes cuando el maestro Gurloes les mostraba los instrumentos que se utilizarían en la anacrisis.

—Robert. por favor, dime qué te pasa.

—Como dice Isangoma, los tokoloshes están aquí. No los tokoloshes de él, diría yo, sino los nuestros. La Muerte y la Señora. ¿Has oído hablar, Marie?

La mujer meneó la cabeza. Se había levantado de la silla y abrió la tapa de un pequeño cofre.

—Debí suponerlo. Es una especie de cuadro, pintado por varios artistas. Isangoma, no creo que tu Orgulloso tenga demasiada autoridad sobre estos tokoloshes. Vienen de París, donde yo era estudiante, para recriminarme que haya abandonado el arte por esta cosa.

La mujer replicó: —Tienes fiebre, Robert. Es evidente. Te daré algo y pronto te sentirás mejor.

El hombre nos miró otra vez a la cara como si no quisiera hacerlo pero fuese incapaz de dominar el movimiento de sus ojos.

—No olvides, Marie, que los enfermos saben cosas que los sanos pasan por alto. Isangoma también sabe que están aquí. ¿No sentiste que el suelo temblaba mientras leías? Fue cuando entraron, creo.

—Te daré un vaso de agua para que puedas tragarte la quinina. No hay ningún pez dentro —dijo la mujer.

—¿Qué son, Isangoma? Sí, lo sé, tokoloshes, pero ¿qué son los tokoloshes? — preguntó el hombre.

—Malos espíritus, preceptor. Cuando un hombre tiene un mal pensamiento o una mujer hace algo malo, aparece un nuevo tokoloshe. Se queda detrás. El hombre piensa: Nadie lo sabe, todos están muertos. Pero el tokoloshe permanece ahí hasta el fin del mundo. Entonces todos verán, sabrán lo que hizo el hombre.

—Qué idea horrible —dijo la mujer.

Las manos del hombre se aferraron al antepecho de la ventana.

—¿No te das cuenta de que sólo son la consecuencia de lo que hacemos? Son los espíritus del futuro, y somos nosotros mismos quienes los engendramos.

—De lo que me doy cuenta, Robert, es que todo esto no es más que un montón de disparates paganos. Escucha. Ya que tienes una visión tan penetrante, ¿no puedes escuchar un momento?

—Estoy escuchando. ¿Qué quieres decir?

—Nada. Sólo quiero que escuches. ¿Qué oyes?

La cabaña quedó en silencio. También yo escuché, y no podría no haber escuchado. Fuera los monos parloteaban y los loros chillaban como antes. Luego, por sobre los ruidos de la jungla, oí un ligero zumbido, como si un insecto del tamaño de un barco estuviera volando en la lejanía.

—¿Qué es eso? —preguntó el hombre.

—El avión correo. Si tienes suerte, muy pronto lo verás.

El hombre asomó la cabeza por la ventana, y yo, sintiendo curiosidad por lo que buscaba, fui hasta la ventana de la izquierda y miré también. El follaje era tan espeso, que al principio parecía imposible ver nada, pero el hombre continuaba mirando en línea recta un punto del espacio, y allí encontré una mancha azul.

El zumbido se hizo más fuerte, y de pronto apareció la nave volante más extraña que yo haya visto jamás. Tenía alas, como si hubiera sido construida por alguna raza que todavía no se hubiera dado cuenta de que en ningún caso aletearía como un pájaro y no había motivo para que la fuerza de sustentación, como en una cometa, no residiera en el armazón. Tenía unas protuberancias bulbosas en los extremos plateados de las alas, y una tercera al frente del fuselaje. La luz parecía brillar delante de estas protuberancias.

—En tres días podríamos llegar hasta la pista de aterrizaje, Robert. La próxima vez que venga, tendríamos que estar esperándolo.

—Si el Señor nos ha enviado aquí…

—Sí, Preceptor —lo interrumpió el hombre desnudo—, hemos de satisfacer los deseos del Orgulloso.

¡No hay ninguno como él! Preceptora, deje que baile para el Orgulloso y que entone su canto. Tal vez así los tokoloshes se vayan.

El hombre desnudo arrebató el libro que la mujer sostenía entre las manos, y empezó a golpearlo con la palma. Eran golpes rítmicos, como si tocara un tambor. Mientras frotaba el suelo con los pies, y la voz, que empezó con un chirrido melódico, se convirtió poco a poco en la voz de un niño:

De noche cuando todo está en silencio,
¡escúchalo gritar en las copas de los árboles!
¡Míralo bailar en medio del luego!
Vive en la ponzoña de la flecha,
¡minúsculo como una luciérnaga amarilla!
¡Más brillante que una estrella fugaz!
Hombres velludos andan por el bosque…

—Me marcho, Severian —dijo Agia, mientras salía por la puerta—. Si quieres quedarte y mirar, puedes hacerlo. Pero tendrás que conseguir el averno tú mismo, y encontrar el camino a los Campos Sanguinarios. ¿Sabes lo que sucederá si no apareces?

—Según me has dicho, recurrirán a asesinos.

—Y los asesinos recurrirán a la serpiente de barbas amarillas. Al principio no contra ti, sino contra tu familia, si la tienes, contra tus amigos. Como me han visto contigo en las calles del barrio, probablemente también me incluyan a mí.

Viene cuando el sol se pone,
¡miradle los pies en el agua!
¡Huellas de fuego sobre el agua!

El cántico continuó, pero el cantor sabía que nos íbamos, pues había en el sonsonete una nota de triunfo. Esperé hasta que Agia hubo llegado al suelo, luego la seguí.

Ella dijo: —Creí que nunca te irías. Ahora que estás aquí dime, ¿tanto te gusta este lugar? —Los colores metálicos de su vestido desgarrado parecían tan furiosos como ella contra el verde de unas hojas extrañamente oscuras.

—No —dije—. Pero lo encuentro interesante. ¿Has visto la nave?

—¿Cuando tú y el hombre de la cabaña mirasteis por la ventana? No soy tan tonta.

—No se parece a ninguna otra que haya visto. Tenía que haber estado mirando las facetas del techo, pero en cambio, vi la nave que él esperaba ver. Cuando menos, eso me pareció. Hace un momento quería contarte sobre la amiga de una amiga mía que quedó atrapada en los espejos del padre Inire. Se encontró en otro mundo, y aun cuando volvió con Thecla, ése era el nombre de mi amiga, no estaba del todo segura de que hubiese vuelto realmente al punto de origen. Me pregunto si no estaremos todavía en el mundo que abandonó esa gente, en lugar de estar ellos en el nuestro.

Agia ya había echado a andar sendero abajo. La luz del sol pareció transformarle el pelo castaño en oro oscuro cuando volvió la cabeza por sobre el hombre para decir: —Ya te he dicho que ciertos visitantes sienten atracción por ciertos biopaisajes.

Corrí para alcanzarla.

—A medida que transcurre el tiempo, sus mentes tienden a adaptarse a lo que los rodea, y puede que eso nos ocurra también a nosotros. Es probable que lo que viste haya sido una nave corriente.

—Él nos vio. Y también el salvaje.

—Según he oído, cuanto más se pervierte una conciencia, mayor es la probabilidad de que queden percepciones residuales. Cuando encuentro monstruos, hombres salvajes y cosas así en estos jardines, me parece más probable que tengan más conciencia de mí, al menos parcial, que otras criaturas.

—Explícame lo del hombre.

—Yo no construí este lugar, Severian. Todo lo que sé es que si retornaras ahora por el mismo sendero, el último lugar que vimos probablemente ya no estaría allí. Escucha, quiero que me prometas que cuando salgamos de aquí, dejarás que te lleve al Jardín del Sueño Infinito. No nos queda tiempo para nada más, ni siquiera para el Jardín de las Delicias. Y permite que te diga que tú no eres esa clase de persona que pueda pasearse por aquí noche y día.

—¿Por qué quise quedarme en el Jardín de Arena?

—En parte. Creo que tarde o temprano me crearás dificultades aquí.

Mientras decía eso, doblamos una de las aparentemente infinitas sinuosidades del sendero. Un leño con un pequeño rectángulo blanco que sólo podía ser el nombre de la especie a la que pertenecía, interceptaba el camino, y a través de las espesas hojas a nuestros pies, pude ver la pared: el cristal verdoso servía de discreto telón al follaje. Agia había avanzado ya un paso cuando tomé Términus Est con la mano que llevaba libre y abrí la puerta para que ella pasara.

XXII — Dorcas

Cuando oí por primera vez hablar de él, me había imaginado que el averno crecería en macizos, como las flores del invernadero de la Ciudadela. Más tarde, cuando Agia me hubo contado más acerca del Jardín Botánico, imaginé un lugar como la necrópolis donde jugaba de niño, con árboles y tumbas desmoronadas y senderos pavimentados de huesos.

La realidad era muy diferente: un lago oscuro en un pantano infinito. Los ácoros casi nos impedían caminar, y silbaba un viento frío al que parecía que nada detendría hasta llegar al mar. Crecían juncos junto al sendero por el que andábamos, y una vez o dos un ave acuática levantó el vuelo, dibujando un negro perfil contra un cielo nuboso.

Le había estado hablando a Agia de Thecla. Ahora ella me tocó el brazo.

—Puedes verlos desde aquí, aunque tendremos que ir hasta la mitad del lago para coger uno. Mira donde señalo… esa mancha blanca.

—Desde aquí no parecen peligrosos.

—Han dado cuenta de mucha gente, te lo puedo asegurar. Hasta es posible que algunas víctimas estén enterradas en este jardín.

De modo que había tumbas después de todo. Le pregunté dónde estaban los mausoleos.

—No los hay. Tampoco ataúdes, ni urnas mortuorias ni nada por el estilo. Mira el agua que te empapa los pies.

Lo hice. Era parda como el té.

—Tiene la propiedad de preservar los cadáveres.

Les meten plomo a los cuerpos por la garganta y luego los hunden aquí, señalando antes la posición en un mapa para poder pescarlos en caso de que alguien quiera verlos.

Yo había estado dispuesto a jurar que no había nadie a una legua de distancia de donde nos encontrábamos. O cuando menos (si, tal como se suponía, los segmentos del edificio de cristal realmente limitaban espacios) dentro de los límites del Jardín del Sueño Infinito. Pero no bien Agia hubo callado, cuando la cabeza y los hombros de un viejo aparecieron por entre los juncos a una docena de pasos de distancia.

—¡No es cierto! —gritó—. Sé que eso es lo que dicen, pero no es cierto.

Agia, que había dejado que el corpiño del vestido desgarrado le colgara de cualquier modo, se lo sujetó en seguida.

—No sabía que estuviera hablando con nadie además de mi compañero.

El viejo no tuvo en cuenta el reproche. Sin duda estaba demasiado concentrado en la observación que había alcanzado a oír como para prestarle demasiada atención.

—Tengo aquí la cifra… ¿quieren verla? Usted, joven sieur… cualquiera puede notar que es una persona instruida. ¿Quiere mirar? —Parecía llevar una pértiga. Vi que la cabeza se alzaba y descendía varias veces, y al fin comprendí que empujaba alguna clase de embarcación hacia nosotros.

—Más dificultades —dijo Agia—. Mejor que nos vayamos.

Pregunté si no sería posible que el viejo nos transportara a través del lago, para evitar el largo rodeo de una caminata.

El viejo sacudió la cabeza.

—Demasiado peso para mi pequeño bote. Aquí sólo hay lugar para Cas y para mí. Con ustedes dentro, zozobraríamos.

La proa apareció a la vista y advertí que había dicho la verdad: el esquife era tan pequeño que ya no parecía pedirle demasiado que mantuviera al mismo viejo a flote, aunque estaba encorvado y reducido por la edad (parecía aún más viejo que el maestro Palaemon), al punto de que difícilmente pesaría más que un niño de diez años. Nadie lo acompañaba.

—Con su perdón, sieur —dijo—. Pero no puedo acercarme más. Tal vez esté mojado, pero no lo suficiente para que yo pueda seguir. Si se acerca al borde, le mostraré la cifra.

Sentí curiosidad por saber qué quería de nosotros, de modo que hice lo que me pedía; Agia me siguió de mala gana.

—Aquí está. —El viejo metió la mano dentro de la túnica y sacó un pequeño pergamino.— Aquí está la posición. Eche una mirada, joven sieur.

El pergamino estaba encabezado por un nombre al que seguía una larga descripción del lugar en que esa persona había vivido, con quién se había casado y qué había hecho él para ganarse la vida; todo lo cual fingí leer con gran atención. Bajo la descripción había un mapa toscamente trazado y dos números.

—Como usted ve, señor, debería ser bastante fácil. Este primer número, son los pasos desde el Fulstruam hacia el otro lado. El segundo número, hacia éste. Pues bien ¿puede usted creerme que todos estos años he estado tratando de encontrarla y no me ha sido posible? —Mirando a Agia, se enderezó hasta casi parecer erguido.

—Le creo —dijo Agia—, si eso le satisface. Pero lamento saberlo. Todas esas cosas nada tienen que ver con nosotros.

Se volvió para marcharse, pero el viejo extendió la pértiga para impedir que yo la siguiera.

—No haga caso de lo que dicen. Los ponen donde la cifra indica, pero no permanecen allí. Algunos han sido vistos en el río. —Miró vagamente hacia el horizonte.— Allí.

Le dije que dudaba que eso fuera posible.

—Toda esta agua que usted ve, ¿de dónde cree que viene? Hay un conducto subterráneo que la trae, si no fuera así, todo este lugar se secaría. Cuando empiezan a moverse de un lado al otro ¿qué le impediría a alguno atravesarlo a nado? ¿Qué se lo impediría a veinte? No existen corrientes que valga la pena nombrar. Usted y ella… vienen a buscar un averno ¿no es cierto? Por empezar ¿sabe por qué los plantaron aquí?

Negué con la cabeza.

—Por los manatíes. Están en el río y solían venir nadando hasta aquí por el conducto. Los parientes se asustaban al ver las caras que asomaban en el lago, de modo que el padre Inire hizo que los jardineros plantaran los avernos. Yo estaba aquí y lo vi. Es sólo un hombre pequeño con el cuello torcido y las piernas arqueadas. Si un manatí viniera ahora, esas flores lo matarían por la noche. Una mañana vine a buscar a Cas como hago siempre, a no ser que tenga que cuidar alguna otra cosa, y había dos conservadores en la orilla con un arpón. Un manatí muerto en el lago, dijeron. Yo salí con mi gancho y lo rescaté, pero no era un manatí, sino un hombre. Había escupido el plomo o no le habían metido la cantidad suficiente. Tenía tan buen aspecto como usted o como ella, y mejor que el mío, desde luego.

—¿Hacía mucho que había muerto?

—No hay modo de saberlo, porque el agua aquí los escabecha. Habrá oído decir que la piel se les pone como cuero y de verdad que es así. Pero no piense en la suela de unas botas cuando lo oiga, sino más bien en unos guantes de mujer.

Agia se nos había adelantado mucho y yo empecé a andar tras ella. El viejo nos seguía impulsando el esquife junto al sendero cubierto de ácoros.

—Les dije que habían tenido más suerte en un día que yo en cuarenta años. He aquí mis aparejos. —Sostuvo en alto un garfio de hierro atado a una cuerda.— No que no los haya atrapado en abundancia, y de muchas clases. Pero no a Cas. Empecé donde indicaba la cifra, al año siguiente de que ella hubiera muerto. No se encontraba allí, de modo que comencé a alejarme poco a poco. Al cabo de cinco años me encontraba lejos del lugar indicado, o así lo pensé entonces. Tuve miedo de que estuviera allí después de todo, de modo que empecé de nuevo. Primero, en el sitio indicado, luego, alejándome. Durante diez años. Volví a tener miedo, así es que lo que hago ahora es empezar por la mañana en el sitio indicado y arrojo allí mi garfio. Después voy al sitio donde abandoné la búsqueda la última vez, y me alejo en círculo algo más. Ella no está donde dice la cifra, lo sé; conozco a todos los que se encuentran allí ahora, y a algunos los he pescado cien veces. Pero ella anda errante, y sigo pensando que quizá vuelva.

—¿Era la esposa de usted?

El hombre asintió con la cabeza y me sorprendió que no dijera nada.

—¿Por qué quiere recuperar el cuerpo?

No me respondió. La pértiga no hacía ningún ruido al entrar y salir del agua; el esquife dejaba una ligera estela por detrás, y unas ondas minúsculas lamían los bordes de la senda de ácoros.

—¿Está seguro de que si la encontrara después de tanto tiempo la reconocería?

—Sí… sí. —Asintió con la cabeza, lentamente al principio, luego con más vigor.— Estará usted pensando que la saqué, le miré la cara y volví a arrojarla al agua. ¿No es cierto? Imposible. ¿Cómo no reconocer a Cas? Se preguntaba usted por qué quería recuperarla. Una de las razones es que el recuerdo que tengo de ella, el más fuerte, es el del agua parda al cubrirle la cara. Los ojos cerrados. ¿Conoce eso?

—No sé bien a qué se refiere.

—Ponen una especie de cemento en los párpados. Supongo que para mantenerlos siempre cerrados, pero cuando el agua los alcanzó, los ojos se abrieron. Explíquelo. Es lo que recuerdo, lo que me viene a la mente cuando intento dormir. El agua parda que le cubría la cara, y los ojos azules que se abrían. Cada noche me despierto cinco, seis veces. Antes de sumergirme yo mismo, me gustaría tener otra imagen… el rostro emergiendo de nuevo, aunque sólo fuese en el extremo de mi gancho. ¿Comprende lo que le digo?

Pensé en Thecla y en la sangre corriendo por debajo de la puerta de la celda, y asentí.

—Además hay otra cosa. Cas y yo teníamos un pequeño comercio. Hacíamos trabajos de esmalte. El padre y el hermano de ella los fabricaban, y nos acomodaron en la Calle de la Señal, poco más o menos en la mitad, junto a la casa de subastas. El edificio se encuentra todavía allí, aunque nadie viva en él ahora. Yo iba a ver a mis parientes políticos y colocaba las piezas en las estanterías. Cas les ponía precio, las vendía y ¡lo mantenía todo tan limpio! ¿Sabe durante cuánto tiempo hicimos eso? ¿Atendimos nuestro pequeño negocio?

Meneé la cabeza.

—Cuatro años, menos un mes y una semana. Luego murió. Cas murió. No pasó mucho antes que todo hubiera terminado, pero fue la mejor época de mi vida. Ahora duermo en un pequeño ático. Un hombre que conocí hace muchos años, aunque eso fue tiempo después de que Cas hubiera partido, me deja dormir allí. No hay una pieza de esmalte en ese lugar, ni un vestido, ni siquiera un clavo de la vieja tienda. Dígame ahora esto. ¿Cómo puedo saber que no fue más que un sueño?

Pensé que el viejo tal vez estuviera bajo los efectos de un hechizo, como la gente de la casa de madera amarilla; de manera que dije: —No tengo modo de saberlo. Quizá, como usted dice, sólo haya sido un sueño. Creo que se atormenta usted demasiado.

Como sucede en los niños, el humor del viejo cambió en un instante, y se echó a reír.

—Es fácil ver, sieur, que a pesar del atuendo que lleva bajo el manto, usted no es un torturador. Sinceramente me gustaría llevarlo, y también a la querida de usted. Pero como no puedo, hay un individuo aguas arriba que tiene un bote más grande. Viene aquí bastante a menudo, y a veces habla conmigo, como usted. Dígale que yo espero que los ayude.

Se lo agradecí y fui de prisa detrás de Agia, que se había adelantado. Renqueaba y recordé todo lo que había andado después de haberse lastimado la pierna. Cuando estaba por alcanzarla y ofrecerle mi brazo, di uno de esos pasos en falso que tan avergonzados nos hacen sentir en el momento, aunque después uno se ría, y con ese paso, desencadené uno de los más extraños incidentes de mi, obviamente, extraña carrera. Empecé a correr y al hacerlo me acerqué demasiado al lado interior de una curva del sendero.

En un momento saltaba yo sobre los enredados ácoros, y en el siguiente me debatía cubierto por un agua oscura y helada, entorpecido por el manto. En el tiempo que dura un respiro, sentí otra vez el terror de morir ahogado; luego me incorporé y saqué mi cabeza del agua. Recordé los hábitos desarrollados durante tantos veranos en el Gyoll: arrojé el agua por la boca y la nariz, aspiré profundamente, y me quité de la cara la capucha empapada.

No bien recobré la calma, me di cuenta de que había dejado caer Términus Est, y en ese momento la pérdida de la espada me pareció más terrible que la posibilidad de enfrentarme con la muerte. Me sumergí sin siquiera quitarme las botas, abriéndome camino entre una masa de juncos, cuyos tallos, aunque multiplicaban la amenaza de muerte, terminaron por salvar a Términus Est, que sin duda habría llegado al fondo, sepultándose en el cieno a pesar del aire retenido en la vaina, si los tallos no hubieran detenido su caída. De este modo, a ocho o diez codos por debajo de la superficie, mi mano encontró la bendita forma familiar de la empuñadura de ónix.

En el mismo instante, mi otra mano tocó un objeto completamente distinto. Era otra mano humana, y el apretón (porque aferró la mía en el momento mismo en que la toqué) coincidió de manera tan perfecta con la recuperación de Terminas Est, que pareció que el dueño de la mano me la estuviera devolviendo, como antes hiciera la alta señora de las peregrinas. Primero sentí una oleada de demente gratitud, luego un miedo infinito: la mano tiraba de mí arrastrándome hacia las profundidades.

XXIII — Hildegrin

Con lo que sin duda eran las últimas fuerzas que me quedaban, logré arrojar a Términus Est sobre el sendero de ácoros y aferrarme a las juncias de la orilla antes de volver a hundirme.

Alguien me agarró por la muñeca. Miré esperando ver que fuera Agia, pero no era ella sino una mujer todavía más joven, de largos cabellos rubios. Traté de agradecérselo, pero de mi boca salió agua en lugar de palabras. Ella tiró y yo me esforcé hasta que por último quedé tendido sobre las juncias, tan agotado que casi no podía moverme.

Debo de haber descansado allí cuando menos tanto tiempo como se tarda en recitar el ángelus, y quizá más todavía. Tenía conciencia del frío, que iba agudizándose, y del entramado de plantas podridas, que poco a poco cedía bajo mi peso, hasta encontrarme otra vez sumergido a medias. Respiraba con grandes bocanadas intentando llenar mis pulmones. Entonces, alguien (era la voz de un hombre, una voz fuerte que me parecía haber oído mucho tiempo atrás) dijo: —Tira de él o se hundirá de nuevo.

—Fui levantado por el cinturón, y en unos instantes pude mantenerme de pie, aunque me temblaban tanto las piernas que tenía miedo de caerme.

Agia estaba allí, y la muchacha rubia que me había ayudado a subir al sendero de ácoros, y un hombre corpulento de cara sólida. Agia preguntó qué había sucedido, y aunque yo estaba casi inconsciente, noté que tenía la cara muy pálida.

—Dadle tiempo —dijo el hombre—. Se recuperará pronto. —Y luego volviéndose hacia la muchacha, que parecía tan confundida como yo, le preguntó:— ¿Quién eres en Phlegethon? —Ella comenzó a tartamudear:— D… d… d… —luego dejó caer la cabeza y se quedó callada. Estaba cubierta de lodo desde la cabeza a los pies, y las ropas que llevaba no eran más que harapos.

El hombre le preguntó a Agia: —¿De dónde viene esta mujer?

—No lo sé. Cuando miré atrás para ver por qué se demoraba Severian, vi que lo estaba ayudando a subir al sendero.

—Por suerte que lo hizo. Por suerte para él, al menos. ¿Está loca? ¿O hechizada por alguna salmodia, quizá?

—Sea como fuere —dije—, me salvó. ¿No puede darle algo para que se cubra? Debe de estar congelándose. —Yo mismo me estaba congelando, ahora que tenía vida suficiente para advertirlo.

El hombre sacudió la cabeza y pareció envolverse aún más en el abrigo.

—No, a no ser que se limpie primero. Y no lo hará a no ser que se meta de nuevo en el agua. Pero tengo algo aquí que tal vez sea mejor. —De un bolsillo del abrigo sacó un pote de metal con forma de perro y me lo alcanzó.

Él hueso que tenía el perro en la boca resultó ser el tapón. Le ofrecí el pote a la muchacha rubia que, al principio no parecía saber qué hacer con él. Agia lo tomó entonces y se lo llevó a la boca, hasta que hubo tragado algo, y luego me lo dio a mí. El contenido parecía ser aguardiente de ciruelas; el fuerte sabor me quitó agradablemente la amargura del agua pantanosa. Cuando volví a poner el hueso tapando el frasco, me pareció que el vientre del perro estaba medio vacío.

—Bien pues —dijo el hombre—. Creo que vosotros mismos tendríais que decirme quiénes sois y qué hacéis aquí… y no me digáis que habéis venido a contemplar el panorama del jardín. Veo tantos papamoscas últimamente que me es imposible no reconocerlos antes de que estén bastante cerca como para que nos saludemos. —Me miró.— Tiene ahí un cuchillo de considerable tamaño, por empezar.

Agia dijo: —El armígero está disfrazado. Ha sido retado a duelo y ha venido a cortar un averno.

—Él está disfrazado y tú no, supongo. ¿Crees que no sé reconocer un falso brocado y unos pies descalzos cuando los veo?

—No dije que no estuviera disfrazada, ni que fuera del rango del armígero. En cuanto a los zapatos, los dejé fuera para que no se estropearan con el agua.

El hombre asintió con la cabeza de un modo que era imposible saber si le creía o no.

—Ahora tú, rizos de oro. Esta damisela ha dicho ya que no te conoce. En cuanto a él, no creo que este pez —aunque tú lo pescaste, lo que no fue poca hazaña además— que te conozca más que yo. Tal vez ni siquiera tanto. Así pues, ¿quién eres?

La muchacha rubia tragó saliva.

—Dorcas.

—Y ¿cómo llegaste aquí, Dorcas? ¿Y cómo te metiste en el agua? Porque es evidente que allí es donde has estado. No pudiste mojarte tanto sólo con tirar de tu joven amigo.

El aguardiente había encendido las mejillas de la muchacha, pero su rostro parecía tan inexpresivo y ausente como antes, o casi.

—No lo sé —susurró.

Agia preguntó: —¿Entonces no recuerdas haber venido aquí?

Dorcas sacudió la cabeza.

—Entonces ¿qué es lo último que recuerdas?

Hubo un largo silencio. El viento parecía soplar más fuerte que nunca, y a pesar del aguardiente sentía un frío terrible. Por fin Dorcas musitó: —Estaba sentada junto a un escaparate… había cosas tan bonitas en él: bandejas y cajas y una cruz.

El hombre dijo: —¿Cosas bonitas? Bueno, si tú estabas allí, seguro que así era.

—Está loca —dijo Agia—. O bien alguien la cuida y se ha extraviado, o bien nadie la cuida, lo que parece más probable por el estado de sus ropas, y se ha metido aquí sin que los conservadores lo notaran.

—Tal vez alguien la golpeó en la cabeza, y después de robarle lo que tenía la abandonó aquí creyéndola muerta. Hay más modos de entrar, señora Fango, que los que conocen los conservadores. O quizá la trajeran aquí para arrojarla en lo que ellos llaman el venidero, cuando sólo estaba enferma y dormida, y el agua la despertó.

—Cualquiera que la hubiere traído se habría dado cuenta.

—Uno puede permanecer sumergido durante mucho tiempo en un venidero, según he oído decir. Pero de cualquier forma, ya no importa. Aquí está ella y es cuestión suya, diría yo, averiguar quién es y de dónde viene.

Me había quitado el manto y estaba tratando de retorcer la capa de mi uniforme para secarla; pero alcé la cabeza cuando Agia dijo: —Nos ha estado preguntando quiénes somos. ¿Quién es usted?

—Tenéis derecho a saberlo —dijo el hombre—. Todo el derecho del mundo, y os daré una información más auténtica que la que todos vosotros me habéis dado. Sólo que después tendré que atender mis propios quehaceres. Vine como lo hubiera hecho cualquier otro, porque vi que este joven armígero estaba ahogándose. Pero tengo mis propios asuntos que atender, como el que más.

Al decir eso, se quitó el sombrero de copa y sacó de dentro una tarjeta grasienta dos veces más grande que las tarjetas de visita que en ocasiones yo había visto en la Ciudadela. Se la dio a Agia y yo miré por encima de su hombro. Con florida escritura, la leyenda decía:

HILDEGRIN EL TEJÓN

Excavaciones de toda clase:

un solo excavador o 20 veintenas.

La piedra no es demasiado dura

ni el lodo demasiado blando.

Pregunte en la calle del Bajel

donde vea el letrero PALA CIEGA

o al Alticamelus a la vuelta

de la esquina de Veleidad.

—Y ése soy yo, señora Fango y joven sieur… espero que no lo moleste que lo llame así, en primer lugar porque es más joven que yo, y segundo, porque parece algo más joven que ella, aunque sólo sea un par de años. Y ahora seguiré mi camino.

—Aguarde un momento —lo interrumpió Severian—. Antes de caer al agua, encontré a un viejo en un esquife; me dijo que bajando por el sendero encontraría a alguien que podría transportarnos por el lago. Me imagino que se refería a usted. ¿Nos llevará?

—Ah, sí, el que busca a su esposa… pobre hombre. Bien, le debo varios favores, de modo que si él os recomienda, supongo que es mejor que lo haga. Mi chalana puede cargar a cuatro en caso de apuro.

Echó a caminar dando grandes zancadas, indicándonos que lo siguiéramos; noté que sus botas, aparentemente engrasadas, se hundían entre las juncias aún más que las mías. Agia dijo: —Ella no viene con nosotros. —Sin embargo, Dorcas nos seguía con un aire tal de abandono, que me quedé atrás para consolarla.

—Te prestaría mi manto —le susurré—, si no estuviera tan mojado. Pero si sigues hasta el final de este sendero, encontrarás un corredor más caliente y seco. Entonces, si buscas una puerta donde está escrito Jardín de la Jungla, llegarás a un lugar donde el sol es cálido y te sentirás muy cómoda.

No bien hube hablado, recordé el pelicosaurio que habíamos visto en la jungla. Por fortuna, quizá, Dorcas no mostró el menor indicio de haberme oído. Algo en su expresión delataba que tenía miedo de Agia, o cuando menos que sabía que la había disgustado; por lo demás, no parecía que estuviera más atenta a las cosas de alrededor que una sonámbula.

Consciente de que no había logrado distraerla, empecé otra vez: —Hay un hombre en el corredor, un conservador. Estoy seguro de que tratará de conseguirte ropa seca y un fuego con el que puedas calentarte.

El viento agitó los cabellos castaños de Agia cuando volvió la cabeza para mirarnos.

—Hay demasiadas mendigas como para que alguien se preocupe por una más, Severian. Incluyéndote a ti.

Al oír la voz de Agia, Hildegrin miró por sobre el hombro.

—Conozco a una mujer que podría recibirla. Sí, y lavarla y darle alguna ropa. Hay un buen cuerpo debajo de ese lodo, a pesar de lo delgada que está.

—¿Y qué hace usted aquí, después de todo? —preguntó Agia con brusquedad—. Por lo que dice la tarjeta, contrata trabajadores, pero ¿qué asunto lo trae por aquí?

—Lo que usted ha dicho, señora. Mi asunto.

Dorcas había empezado a estremecerse.

—De veras —le dije—, todo lo que tienes que hacer es regresar. Hace mucho más calor en el corredor. No vayas al Jardín de la Jungla. Podrías ir al Jardín de Arena; allí brilla el sol, y está seco.

Algo de lo que le dije pareció rozar una cuerda en ella.

—Sí —susurró—. Sí.

—¿El Jardín de Arena? ¿Te gustaría estar allí?

Muy suavemente: —El sol.

—Aquí está la vieja chalana —anunció Hildegrin—. Siendo tantos, importa mucho dónde nos sentemos. Y es precioso no moverse. El agua llegará casi a la borda. Una de las mujeres en la proa, por favor, y la otra y el joven armígero en la popa.

—Me gustaría encargarme de un remo —dije.

—¿Ha remado alguna vez? No me parece. No, es mejor que se siente en la popa como dije. No es mucho más difícil manejar dos remos que uno, y lo he hecho muchas veces, créame, aun cargando a media docena.

El bote era como él: ancho, tosco y de aspecto pesado. La proa y la popa eran cuadradas, tanto que apenas si se estrechaba a partir del combés donde estaban los toletes, aunque el casco era menos alto en los extremos. Hildegrin entró primero, y de pie con una pierna a cada lado del banco, movió un remo para que el bote se acercara a la orilla.

—Tú —dijo Agia, tomando a Dorcas del brazo—. Siéntate allí en la proa.

Dorcas parecía dispuesta a obedecer, pero Hildegrin la detuvo.

—Si no tiene inconveniente, Señora —le dijo a Agia—, preferiría que usted ocupara la proa. No podré vigilarla, sabe, cuando esté remando, a no ser que se siente atrás. Todos estamos de acuerdo en que ella no se encuentra bien; con lo lleno que va el bote, me gustaría verla por si comete alguna locura.

Dorcas nos sorprendió a todos diciendo: —No estoy loca. Sólo que… me siento como si acabara de despertar.

De todos modos Hildegrin le dijo que se sentara conmigo en la popa.

—Pues bien, —dijo mientras empezamos a avanzar— esto es algo que probablemente nunca olvidaréis. Cruzar el Lago de los Pájaros en el Jardín del Sueño Eterno. —Los remos se hundían en el agua con un ruido sordo y algo melancólico.

Le pregunté a Hildegrin por qué lo llamaban el lago de los Pájaros.

—Porque dicen que se encontraron muchos pájaros muertos en estas aguas. Aunque la razón podría ser más simple: la gran cantidad de pájaros que hay aquí. Se dice mucho en contra de la muerte. Me refiero a los que tienen que morir y la pintan como a una bruja fea con un saco y todo eso. Pero es una buena amiga de los pájaros; me refiero a la muerte. Allí donde haya hombres muertos e inmóviles, habrá pájaros. Ésa ha sido mi experiencia.

Asentí recordando cómo cantaban los tordos en nuestra necrópolis, asentí con la cabeza.

—Ahora, si miráis por encima de mi hombro, tendréis una clara visión de la costa de delante y podréis ver un montón de cosas que antes estaban ocultas detrás de los juncos. Notaréis, si no hay demasiada niebla, que más adelante la tierra se eleva. Allí termina el terreno pantanoso y comienzan los árboles. ¿Podéis verlos?

Asentí y advertí que Dorcas asentía también.

—Eso es porque todo este espectáculo está montado como si fuera la boca de un volcán extinguido. La boca de un hombre muerto, dicen algunos, pero en realidad no es así. Si lo fuera, habrían puesto dientes. Recordaréis, sin embargo, que cuando entrasteis aquí, pasasteis por un tubo subterráneo.

Una vez más Dorcas y yo asentimos con la cabeza. Aunque Agia estaba a sólo dos pasos de distancia, casi no podíamos verla tras los anchos hombros de Hildegrin y su enorme abrigo.

—Allí —señaló con su barbilla cuadrada, tendríais que poder ver una mancha negra. Está a media altura entre el pantano y el borde. Algunos la ven y creen que es la salida, pero eso está detrás de vosotros y es mucho más pequeño. Eso que veis es la Cueva de la Cumaea: la mujer que conoce el futuro y el pasado y todo lo demás. Hay quienes dicen que todo este sitio fue hecho sólo para ella, aunque yo no lo creo.

Dorcas preguntó en voz baja: —¿Cómo puede ser? —y Hildegrin entendió mal, o al menos fingió no entender.

—Dicen que el Autarca la quiere aquí, para poder venir y hablar sin tener que ir hasta el otro extremo del mundo. Eso no lo sé, pero a veces veo a alguien andando por aquí, y el brillo de un metal, o tal vez de una joya. Quién es, no lo sé; y como no me interesa conocer mi futuro, y mi pasado lo conozco mejor que nadie, no me acerco a la cueva. La gente viene a veces con la esperanza de saber cuándo se casarán y si tendrán éxito en los negocios. Pero he observado que con frecuencia no regresan.

Casi habíamos llegado al centro del lago. El Jardín del Sueño Infinito se elevaba alrededor de nosotros como el borde de un vasto cuenco, con verdes pinos en lo alto y densos juncos y ácoros más abajo. Yo sentía mucho frío y comenzaba a preocuparme cómo podría haber afectado a Términus Est la inmersión en el agua, sin embargo, aun así el hechizo del lugar me subyugaba. (Sin duda, este jardín tenía un hechizo. Casi podía oírlo canturrear sobre el agua, en una lengua desconocida pero inteligible.) Creo que Hildegrin y Agia sentían lo mismo que yo. Por un instante avanzamos en silencio; vi gansos, nadando a lo lejos; y una vez, como en un sueño, la cara casi humana de un manatí me miró a unos pocos palmos de distancia, emergiendo del agua pardusca.

XXIV — La flor de la disolución

Junto a mí, Dorcas arrancó un jacinto acuático y se lo puso en el pelo. Excepto por la vaga mancha blanca sobre la orilla de delante, era la primera flor que veía en el Jardín del Sueño Infinito; busqué otras, pero no vi ninguna.

¿Es posible que la flor cobrara existencia porque Dorcas tendió la mano hacia ella? A la luz del día sé como el que más que tales cosas son imposibles; pero escribo de noche, y en aquel entonces, cuando estaba allí en el bote con el jacinto a menos de un codo de mis ojos, dudé en la penumbra y recordé la observación de Hildegrin un momento antes, una observación que implicaba (aunque es probable que él no lo supiera) que la cueva de la vidente, y por tanto este jardín, se encontraban en el otro extremo del mundo. Allí, como nos lo había enseñado mucho tiempo atrás el maestro Malrubius, todo estaba invertido: calor en el sur, frío en el norte; luz de noche, oscuridad de día; nieve en el verano. Era lógico, entonces, que yo sintiera frío, porque pronto sería verano y había aguanieve en el viento; la oscuridad que se interponía entre mis ojos y las flores azules del jacinto acuático también era normal, ya que pronto sería de noche, y ya había luz en el cielo.

Dicen los teólogos que la luz es la sombra del Increado, que mantiene todas las cosas en orden. ¿No es posible entonces que en la oscuridad el orden disminuya, y que las flores salten de la nada a los dedos de una muchacha, así como a la luz de primavera salta de la mera inmundicia al aire? Quizá, cuando la noche cierra nuestros ojos, haya menos orden, y esta ausencia de orden la percibimos como oscuridad, un ordenamiento fortuito de las ondas de energía (como un mar) que aparecen ante nuestros ojos engañados —situados por la luz en un orden del que ellos mismos son incapaces— como si fueran el mundo real.

La niebla que se estaba levantando desde el agua, me recordó las motas de paja en la etérea catedral de las peregrinas, y luego el vapor que despedía la caldera de sopa que el hermano cocinero llevaba al refectorio las tardes de invierno. Se decía que las brujas revolvían esas soperas; pero yo nunca había visto a ninguna, a pesar de que la torre de las brujas se levantaba a una cadena escasa de la nuestra. Recordé que navegábamos a través del cráter de un volcán. ¿No sería quizá la caldera de la Cumaea? Hacía mucho que los fuegos de Urth estaban extinguidos, tal como nos lo había enseñado el maestro Malrubius; era más que probable que se apagaran incluso antes de que los hombres abandonaran su condición de bestias para cubrirle la cara levantando ciudades. Pero las brujas, se decía, despertaban a los muertos. ¿No podría entonces la Cumaea despertar los fuegos extinguidos para que el caldero hirviera otra vez? Sumergí los dedos en el agua; estaba fría como la nieve.

Hildegrin se inclinaba hacia mí al remar y se retiraba luego al tirar de los remos.

—De viaje a la muerte —dijo—. En eso está usted pensando. Puedo verlo en el rostro de usted. Al Campo Sanguinario, y él lo matará, quienquiera que sea.

—¿Es allí donde va? —me preguntó Dorcas, y me apretó la mano.

Como no respondí, Hildegrin me hizo una seña con la cabeza.

—No tiene por qué hacerlo. Hay quienes no siguen las reglas, y sin embargo alcanzan la libertad.

—Está equivocado —dije—. No estaba pensando en la monomaquia… ni en morir tampoco.

Al oído, demasiado bajo, creo, como para que Hildegrin la oyera, Dorcas me dijo: —Sí que lo pensaba. En el rostro de usted había belleza, y grandeza también. Cuando el mundo es horrible, entonces los pensamientos se elevan, graciosos y nobles.

La miré pensando que se burlaba, pero no era así.

—La mitad del mundo está llena de mal y la otra de bien. Podemos inclinarlo hacia delante de modo que el bien ocupe nuestra mente, o hacia atrás, para que el mal se derrame. —Con un movimiento de los ojos abarcó todo el lago.— Pero las cantidades son las mismas, sólo cambiamos la proporción aquí o allí.

—Yo lo inclinaría hacia atrás tanto como fuera posible, hasta que al fin saliera todo el mal —dije.

—Sería bueno que eso ocurriera. Yo soy como usted; llevaría el tiempo hacia atrás si pudiese.

—No creo que los pensamientos bellos o sabios sean engendrados por las dificultades exteriores.

—No dije pensamientos bellos, sino pensamientos graciosos y nobles, aunque supongo que ésa es una especie de belleza. Deje que le enseñe. —Me tomó la mano, y deslizándola dentro de sus harapos, la apretó contra su pecho derecho. Pude sentir su pezón, firme como una fresa, y un tibio montículo debajo de él, delicado, suave como una pluma, y animado por corrientes de sangre,— Ahora —dijo— ¿cuáles son sus pensamientos? Si he conseguido que el mundo exterior sea más dulce para usted, ¿no son menos de lo que eran?

—¿Dónde has aprendido todo esto? —le pregunté. La sabiduría abandonó el rostro de Dorcas, y se le condensó en gotas de cristal en las comisuras de los ojos.

La orilla en que crecían los avernos era menos pantanosa que la otra. Resultaba extraño después de haber andado sobre juncias, y habiendo flotado sobre el agua tanto tiempo, poner pie nuevamente sobre un terreno que en el peor de los casos era blando. Habíamos desembarcado a cierta distancia de las plantas; pero estábamos bastante cerca ahora, y no eran ya una mancha blanquecina, sino plantas de color y forma definidos.

—No son de aquí ¿no es cierto? —dije—. No son de Urth. —Nadie contestó; creo que mi tono de voz era demasiado bajo como para que cualquiera de los otros (excepto Dorcas) me oyera.

Tenían una rigidez y una precisión geométrica, nacidas seguramente bajo algún otro sol. El color de las hojas era como el dorso de un escarabajo, pero de tintes a la vez más profundos y traslúcidos. Parecía implicar la existencia de luz, en algún lugar, a una distancia inconcebible, de un espectro que habría marchitado o tal vez ennoblecido el mundo.

Nos acercamos —Agia a la cabeza seguida de mí, Dorcas e Hildegrin— y vi que cada hoja tenía la forma de una daga, rígida y puntiaguda, con los bordes bastante afilados como para satisfacer al mismísimo maestro Gurloes. Sobre estas hojas, los capullos blancos que habíamos visto desde el lago, parecían criaturas de la más pura belleza, fantasías virginales custodiadas por un centenar de cuchillos. Eran anchos y lozanos, y sus pétalos se curvaban en lo que hubiera podido parecer una red enmarañada, pero que era en verdad un ordenado remolino, que atraía la mirada como una espiral grabada en un disco giratorio.

—La formalidad requiere que tú mismo cortes la planta, Severian —dijo Agia—. Pero iré contigo y te enseñaré cómo hacerlo. El truco consiste en poner el brazo bajo las hojas inferiores y arrancar el tallo de la tierra.

Hildegrin la tomó por el hombro.

—Usted no hará eso, señora —dijo. Y luego, a mí—: Vaya usted, si es que está decidido, joven sieur. Yo llevaré a las mujeres a lugar seguro.

Ya me había adelantado unos pasos, pero me detuve un instante cuando él habló. Felizmente Dorcas gritó entonces: —¡Ten cuidado! —y fingí que había sido esta advertencia lo que me detuvo.

La verdad era otra. Desde el momento en que habíamos encontrado a Hildegrin, tuve la certeza de que lo había visto antes. Aunque el reconocimiento no había sido tan inmediato como cuando volví a ver a Racho, ahora por fin me daba cuenta, con una fuerza que me paralizó.

Como he dicho, recuerdo todo; pero a menudo sólo descubro un hecho, una cara o un sentimiento después de una larga búsqueda. Supongo que en este caso, el problema consistía en que desde el momento en que se inclinó sobre mí, tendido en el sendero de ácoros, pude verlo con claridad; mientras que anteriormente apenas lo había visto. Sólo cuando dijo Llevaré a estas mujeres a lugar seguro, mi memoria reconoció la voz.

—Las hojas son venenosas —gritó Agia—. Envuélvete el brazo con el manto; esto te protegerá, pero trata de no tocarlas. Y ten cuidado… siempre se está más cerca de los avernos de lo que uno piensa.

Asentí con la cabeza para indicarle que entendía.

No tengo modo de saber si el averno resulta mortal incluso para su propia especie: puede que no, que sólo sea peligroso para nosotros a causa de una naturaleza que por accidente es enemiga de la nuestra. Sea esto así o no, el terreno entre las plantas y por debajo de ellas estaba cubierto de una hierba corta y sumamente fina, muy diferente de la hierba gruesa que crecía en el resto del terreno; y esta hierba estaba moteada por retorcidos cuerpos de abejas y blancos huesos de pájaros.

Cuando me encontraba a más de dos pasos de las plantas, me detuve de pronto, consciente de un problema que antes no había tenido en cuenta. El averno que yo elegiría sería mi arma en la contienda por venir; no obstante, al no saber cómo se libraría la lucha, no tenía modo de juzgar qué planta sería la más conveniente. Podría haber retrocedido y preguntárselo a Agia, pero me hubiese parecido ridículo consultar a una mujer sobre esta cuestión. Por fin, decidí confiar en mi propio juicio, ya que Agia me enviaría en busca de otro averno si mi primera elección estaba equivocada.

La altura de los avernos variaba desde pimpollos de algo más de un palmo, a viejas plantas de casi tres codos de altura. Éstas tenían menos hojas, aunque de mayor tamaño, mientras que las de las plantas más pequeñas eran tan apretadas y densas que los tallos quedaban completamente ocultos; las de las más grandes eran mucho más anchas que largas, y crecían algo separadas sobre los tallos carnosos. Si (como parecía probable) el septentrión y yo fuéramos a utilizar las plantas como mazas, la más grande, de tallo más largo y hojas más fuertes, sería la mejor. Pero éstas crecían lejos de los bordes de la plantación, de modo que sería necesario derribar cierto número de plantas más pequeñas para llegar a ellas; y el método que Agia aconsejaba para arrancarlas era evidentemente imposible, porque las hojas de muchas de las plantas más pequeñas crecían casi a ras de tierra.

Por fin escogí una de alrededor de dos codos de altura. Me había arrodillado junto a ella y tendía mi mano para arrancarla cuando, como si me hubieran despojado de un velo, me di cuenta de que mi mano, que yo creía todavía a varios palmos de la punta afilada más próxima, estaba a punto de ser atravesada. La retiré de prisa; la planta parecía estar casi fuera de mi alcance; a decir verdad, no estaba seguro de que yo pudiera tocar el tallo, aun tendido boca abajo. La tentación de utilizar mi espada era muy grande, pero sentí que eso me deshonraría delante de Agia y Dorcas, y sabía que, de cualquier modo, tendría que manejar la planta durante el combate.

Con cautela, adelanté la mano otra vez, ahora manteniendo el antebrazo pegado al suelo, y descubrí que, aunque tenía que apoyar el hombro contra la hierba, para evitar que las hojas inferiores me lastimaran el brazo, podía tocar el tallo con facilidad. Una punta que parecía encontrarse a medio codo de mi cara se estremeció con mi aliento.

Hacía ya un tiempo que estaba tratando de arrancar el tallo, cuando advertí la razón por la que sólo aquella hierba corta y suave crecía bajo los avernos. Una de las hojas de la planta que yo estaba arrancando había cortado por la mitad una brizna de la rústica hierba del pantano, y la planta entera, a casi una ana de distancia, había empezado a marchitarse.

Una vez cortado, el averno resultó un enorme estorbo, como pude haberlo previsto. Así como estaba, habría sido imposible llevarlo en el bote de Hildegrin sin que matara a uno o más de nosotros, de modo que antes de embarcarnos tuve que subir por la cuesta y cortar un árbol joven. Una vez que hube podado las ramas, Agia y yo atamos el averno a un extremo del largo tronco, de modo que cuando fuimos más tarde andando por la ciudad, parecía que lleváramos un grotesco estandarte.

Luego de que Agia me explicara el empleo de la planta como arma, yo corté una segunda (con mayor riesgo que antes, me temo, pues me sentía demasiado confiado) y me ejercité según las instrucciones que ella me diera.

El averno, como yo había supuesto, es algo más que una maza con dientes viperinos. Las hojas pueden quitarse retorciéndolas entre el pulgar y el índice, de modo tal que la mano no se ponga en contacto con los bordes o la punta. La hoja se convierte entonces en una daga sin empuñadura, envenenada y afilada como una navaja, lista para ser arrojada. El combatiente toma la base del tallo con la mano izquierda y arranca las hojas inferiores, arrojándolas con la derecha. Agia me advirtió, sin embargo, que mantuviera mi planta fuera del alcance de mi contrincante, pues a medida que se arrancan las hojas, el tallo va quedando desnudo, y es fácil que a uno le arrebaten la planta.

Cuando esgrimí la segunda planta, y me ejercité en arrancar y arrojar las hojas, descubrí que mi averno era casi tan peligroso para mí como para el septentrión. Si lo mantenía cerca, corría el grave peligro de pincharme el brazo o el hombro con las largas hojas inferiores; y cada vez que yo intentaba arrancar una hoja, la flor espiriforme atraía mi mirada, y con la fría avidez de la muerte trataba de arrastrarme hacia ella. Todo esto era bastante desagradable, pero una vez que conseguí mantener la mirada apartada del capullo, a medias cerrado, pensé que mi contrincante estaría expuesto a los mismos peligros.

Arrojar las hojas era más fácil de lo que había supuesto. La superficie de las hojas era lustrosa, como la de muchas plantas que había visto en el Jardín de la Jungla, de modo que se desprendían fácilmente de los dedos, y eran bastante pesadas como para volar lejos y con precisión. Podían ser arrojadas de punta como cualquier cuchillo o girando de perfil, para que el filo mortal cortara todo aquello que se pusiera delante de ellas.

Por supuesto, yo estaba muy ansioso por preguntar a Hildegrin todo lo que supiera acerca de Vodalus; pero no pude hacerlo hasta que volvimos navegando por el lago silencioso. Como Agia se había preocupado tanto por mantener a Dorcas apartada de mí, una vez que llegamos a la orilla pude quedarme a solas con él, y le susurré que yo también era amigo de Vodalus.

—Me ha confundido con algún otro, joven sieur… ¿se refiere usted a Vodalus, el proscrito?

—Jamás olvido una voz —le dije—, ni ninguna otra cosa. —Y luego en mi ansiedad, agregué tal vez lo peor que podría haber dicho:— Usted trató de romperme la cabeza con una pala. —La cara se le convirtió de inmediato en una máscara, se subió de nuevo al bote, y se alejó remando por las aguas parduscas.

Cuando Agia y yo abandonamos el Jardín Botánico, Dorcas estaba todavía con nosotros. Agia deseaba deshacerse de ella, y durante un tiempo permití que lo intentara. Me movía en parte el temor de que con Dorcas cerca, me sería imposible persuadir a Agia de que se acostara conmigo; pero aún más la vaga apreciación del dolor que Dorcas experimentaría, perdida y afligida como estaba, si me veía morir. Sólo poco tiempo atrás había volcado ante Agia todo el dolor que la muerte de Thecla había producido en mí. Ahora estas nuevas preocupaciones habían borrado ese dolor, y descubrí que lo había volcado en verdad, como un hombre que vierte vino agrio en el suelo. Mediante el empleo del lenguaje del dolor, por el momento lo había eliminado… tan poderoso es el encantamiento de las palabras, que reducen a entidades manejables todas las pasiones que de otro modo nos enloquecerían y nos destruirían.

Cualesquiera que hubiesen sido mis motivos, o los deseos de las dos mujeres, lo cierto es que nada de lo que Agia hizo para que Dorcas no nos siguiera, consiguió algún resultado. Por fin, la amenacé con golpearla si no desistía y llamé a Dorcas, que estaba entonces a cincuenta pasos por detrás de nosotros.

Después de eso, los tres avanzamos en silencio atravesando sobre nosotros no pocas miradas sorprendidas. Yo estaba calado hasta los huesos, y ya no me importaba si el manto cubría o no mi capa fulígena de torturador. Agia, con el vestido de brocado hecho jirones, tenía que parecer tan extraña como yo. Dorcas estaba todavía cubierta de lodo. El cálido viento de la primavera que ahora envolvía la ciudad, había hecho que el lodo se secara pegándosele en los cabellos y dejándole manchas polvorientas en la piel pálida. Sobre nosotros el averno lucía como un estandarte, y despedía un perfume de mirra. La flor entreabierta refulgía aún tan blanca como un hueso, pero las hojas parecían casi negras a la luz del sol.

XXV — La taberna de los amores perdidos

Por suerte, o tal vez por desgracia, los lugares con los que me he relacionado a lo largo de mi vida han sido, con escasas excepciones, de carácter sumamente duradero. Si lo quisiera, mañana mismo podría volver a la Ciudadela y (creo) al mismo camastro donde dormí cuando aprendiz. El Gyoll fluye todavía a las afueras de mi ciudad, Nessus; el jardín Botánico aún resplandece al sol, con esos extraños claustros en los que un único estado de ánimo se preserva para siempre. Cuando pienso en lo efímero de mi vida, advierto que está constituido sobre todo de hombres y mujeres. Pero hay unas pocas casas, además, y sobre todas ellas destaca la taberna junto al Campo Sanguinario.

Habíamos andado durante toda la tarde, amplias avenidas abajo, estrechas calles arriba, y siempre entre los mismos edificios de piedra y ladrillo. Por fin llegamos a terrenos que no parecían terrenos, pues no había en ellos una villa elevada. Recuerdo que advertí a Agia que se avecinaba una tormenta; la sentía en el aire, y vi una línea de amarga negrura a lo largo del horizonte.

Ella se rió de mi.

—Lo que ves, y lo que sientes también, no es más que el Muro de la Ciudad. Siempre es así aquí. El Muro impide el movimiento del aire.

—¿Y esa línea de oscuridad? Asciende hasta la mitad del cielo.

Agia rió otra vez, pero Dorcas se apretó contra mí.

—Tengo miedo, Severian.

Agia la oyó.

—¿Del Muro? No te hará daño a no ser que se derrumbe sobre ti, y ha permanecido en pie durante una docena de edades. —La interrogué con la mirada y añadió:— Cuando menos así de antiguo parece, y quizá lo sea más todavía. ¿Quién puede saberlo?

—Podría abarcar el mundo entero. ¿Se extiende completamente alrededor de la ciudad?

—Por definición. Lo que está cercado es la ciudad, aunque hay campo abierto en el norte según he oído, y leguas y leguas de ruinas en el sur, donde nadie vive. Pero ahora mira entre esos álamos blancos. ¿Ves la taberna?

No la vi y así lo dije.

—Bajo el árbol. Me prometiste una comida y allí es donde la quiero. Tenemos el tiempo justo para comer antes de que te enfrentes con el septentrión.

Ahora no —dije—. Cumpliré mi promesa una vez que el duelo haya acabado. Si quieres, haré los arreglos necesarios ahora mismo. —No distinguía aún ningún edificio, pero vi algo extraño en el árbol: una rústica escalera de madera junto al tronco.

—Hazlo. Si te matan, invitaré al septentrión… y si no acepta, a ese marinero arruinado que está siempre invitándome. Beberemos por ti.

Una luz brillaba entre las ramas más altas del árbol, y pude distinguir un sendero que conducía hasta la escalera. Delante de ella, un cartel mostraba una mujer deshecha en lágrimas arrastrando una espada ensangrentada. Un hombre monstruosamente gordo con un delantal salió de la sombra y se quedó junto al cartel frotándose las manos mientras esperaba nuestra llegada. A lo lejos, podía oír el tintineo de las ollas.

—Abban a sus órdenes —dijo el gordo cuando llegamos junto a él—. ¿Qué desean? — Advertí que observaba nervioso mi averno.

—Una cena para dos que tendrá que ser servida a… —Miré a Agia.

—La nueva guardia.

—Bien, bien. Pero no puede ser tan pronto, sieur. Llevará más tiempo prepararla. A no ser que se conformen con carne fría, una ensalada y una botella de vino.

Agia se impacientó.

—Queremos un pollo asado… joven.

—Como desee. Haré que el cocinero empiece los preparativos ahora mismo, y pueden entretenerse con algo horneado después de la victoria del sieur hasta que el ave esté lista. —Agia asintió y la mirada que intercambiaron me dio la seguridad de que ya se conocían.— Entretanto —continuó el tabernero—, si tienen tiempo, podría procurarles un cubo de agua caliente y una esponja para esta otra joven señora, y si lo desean, una copa de Medoc y algunos bizcochos.

Cobré de pronto conciencia de que no había comido nada desde que al amanecer desayunara con Calveros y el doctor Talos, y también de que Agia y Dorcas tal vez tampoco habían probado bocado en todo el día. Cuando asentí, el tabernero nos condujo a la ancha escalera en espiral que subía apoyada en un tronco de diez pasos de diámetro.

—¿Nos ha visitado antes, sieur?

Sacudí la cabeza.

—Estaba por preguntarle qué clase de taberna es ésta. Nunca vi nada que se le pareciera.

—Ni lo verá, sieur, excepto aquí. Pero debería haber venido usted antes… nuestra cocina es famosa, y cenar al aire libre despierta en uno el mejor de los apetitos.

Pensé que en verdad era así, si él lograba conservar una cintura semejante en un lugar en el que para acceder a cualquiera de los cuartos había que subir unos escalones; pero no dije nada.

—La ley, sabe usted, sieur, prohibe toda clase de edificios tan cerca del Muro. A nosotros nos lo permiten porque no tenemos paredes ni techo. Los que asisten al Campo Sanguinario vienen aquí, los combatientes y los héroes famosos, los espectadores y los médicos, aun los éforos. Ésta es la cámara de ustedes.

Era una plataforma circular perfectamente nivelada. Por encima y en torno, un follaje de color verde pálido protegía contra el sonido y las miradas. Agia se sentó en una silla de lona y yo (muy cansado, lo confieso) me arrojé junto a Dorcas, sobre un diván hecho de cuero y los cuernos entrelazados de antílopes y kobos. Cuando hube puesto el averno detrás del diván, desenvainé Términus Est y empecé a limpiar la hoja. Una ayudante de cocina trajo agua y una esponja para Dorcas, y cuando vio lo que yo estaba haciendo, trapos y aceite para mí. No demoré en quitar la empuñadura para tener la hoja libre y someterla a una buena limpieza.

—¿No quisieras lavarte? —le preguntó Agia a Dorcas.

—Me gustaría bañarme, sí, pero no si miran.

—Severian se girará si se lo pides. Esta mañana se comportó muy bien en un lugar donde estuvimos.

—Y usted, señora —le dijo Dorcas suavemente—. Preferiría que no mirara. Me gustaría disponer de un lugar privado si fuera posible.

Agia sonrió, pero yo llamé a la ayudante de cocina y le di una oricreta para que trajera un biombo plegable. Cuando estuvo instalado, le dije a Dorcas que si en la taberna no tenían ningún vestido que le gustara, yo le compraría uno.

—No —dijo ella. En un susurro le pregunté a Agia qué creía ella que le sucedía a la muchacha.

—Le gusta lo que lleva, es evidente. Yo he de andar sujetándome el corpiño con una mano, si no quiero quedar avergonzada para toda la vida. —Dejó caer la mano y sus altos pechos brillaron a la luz del sol.— Pero esos harapos dejan casi al descubierto las piernas y el pecho. Tiene un desgarrón a la altura de la ingle, además, aunque estoy segura de que no lo has notado.

El tabernero nos interrumpió conduciendo a un camarero que traía una bandeja con pastas, una botella y copas. Le expliqué que mis ropas estaban mojadas e hizo traer un brasero; luego procedió a calentarse él mismo junto al brasero, como si se encontrara en un apartamento privado.

—Hace buen tiempo en esta época del año —dijo—. El sol ha muerto y no lo sabe todavía, pero nosotros sí. Si a usted lo matan, echará de menos el próximo invierno, y si queda malherido, tendrá que quedarse dentro. Eso es lo que siempre les digo. Por supuesto, la mayor parte de los combates se libran antes del verano, resulta más apropiado entonces, por así decir. No sé si esto sirve de algo, pero no hace daño a nadie.

Me quité el manto y la capa de nuestro gremio, puse las botas en un banquillo junto al brasero, y me acerqué para que se me secaran los pantalones y las calzas; le pregunté si todos los que asistían a una monomaquia se detenían a reparar fuerzas en la taberna. Como cualquier hombre que siente que probablemente vaya a morir, me habría hecho feliz saber que aquello era parte de alguna tradición establecida.

—¿Todos? Oh, no —me dijo—. Que la moderación y San Amand lo bendigan, sieur. Si cada uno que viniera se demorara en mi taberna… vaya, no sería mi taberna; la habría vendido y estaría viviendo cómodamente en una casona de piedra con atroxes en la puerta y unos pocos jóvenes armados de cuchillos a mi alrededor para que dieran cuenta de mis enemigos. No, hay muchos que pasan sin siquiera echar una mirada a la taberna; no se detienen a pensar que cuando pasen por aquí la próxima vez, puede que sea demasiado tarde para probar mi vino.

—Hablando de vino —dijo Agia, y me ofreció una copa. Estaba llena hasta el borde de un oscuro caldo carmesí. No era demasiado bueno, en realidad; hizo que me escociera la lengua y una cierta aspereza estropeaba su delicioso sabor. Pero en la boca de alguien que estaba tan fatigado y sentía tanto frío como yo, era un vino maravilloso. Agia se sirvió una copa; tenía las mejillas encendidas y le brillaban los ojos, y me di cuenta de que no era la primera vez que bebía. Le dije que guardara un poco para Dorcas, y ella dijo:— ¿Esa virgen de agua y leche? No lo bebería. Además, tú eres quien está necesitado de coraje… no ella.

No con verdadera honestidad, dije que no tenía miedo.

El tabernero exclamó: —¡Así es como debe ser! No tenga miedo y no se llene la cabeza de nobles pensamientos acerca de la muerte y los últimos días y todas esas cosas. Quienes hacen eso son los que nunca vuelven, puede estar seguro. Creo que iba usted a encargar una cena para usted y las dos señoritas que lo acompañan ¿no es así?

—La he encargado.

—Encargado, pero no pagado, es lo que quise decir. Además están el vino y los gateaux secs. Éstos han de pagarse aquí y ahora, ya que aquí y ahora fueron comidos y bebidos. Dejarán un depósito de tres oricretas para la casa, y pagarán dos más cuando vengan a comer.

—¿Y si no vuelvo?

—En ese caso no hay que pagar nada más, sieur. Así es cómo puedo dar de cenar a tan buen precio.

La completa insensibilidad del hombre me desarmó; le di el dinero y él dejó la plataforma. Agia espió por el extremo del biombo; Dorcas se estaba lavando detrás con ayuda de la criada, y yo volví a sentarme en el diván y tomé una pasta para acompañar lo que quedaba del vino.

—Si sujetáramos estas bisagras, Severian, podríamos deleitarnos por unos momentos sin que nadie nos interrumpiera. Quizá poniendo una silla, pero sin duda esas dos elegirían el peor de los momentos para ponerse a chillar y derribarlo todo.

Estaba por contestarle con una burla, cuando advertí un pedazo de papel plegado bajo la bandeja del camarero, y que sólo alguien que estuviera como yo, sentado en el diván, hubiera podido ver.

—Esto es realmente demasiado —dije—. Primero un desafío, y ahora una nota misteriosa.

Agia se acercó para ver de qué se trataba.

—¿Qué dices? ¿Ya estás borracho?

Le puse la mano sobre la redonda plenitud de la cadera, y al ver que no se resistía, la atraje hacia mí tirando del placentero soporte, hasta que ella pudo ver el papel.

—¿Qué supones que dice? —le pregunté—. «La Mancomunidad lo necesita: póngase en marcha cuanto antes…» «Su amigo es el que le diga: camarilla…» «Cuídese del hombre de pelo rosado…» Uniéndose a la broma, Agia continuó: —«Venga cuando tres guijarros golpeen su ventana…» Hojas yo hubiera dicho aquí. «La rosa ha apuñalado el iris, cuyo néctar…» Ése es tu averno matándome, sin duda. «Conocerás a tu verdadero amor por su túnica roja…» —Se inclinó para besarme, luego se sentó en mi regazo.— ¿No vas a mirar? —El corpiño desgarrado había vuelto a soltarse.

—Estoy mirando.

—No ahí. Tapa eso con la mano y mira la nota.

Hice lo que me dijo, pero dejé la nota donde estaba.

—Es realmente demasiado, como dije hace un momento. El misterioso septentrión y su desafío, luego Hildegrin, y esto ahora. ¿Te he mencionado a la chatelaine Thecla?

—Más de una vez mientras andábamos.

—La amaba. Leía mucho. No tenía mucho que hacer cuando yo la dejaba, salvo leer y coser y dormir; y cuando me encontraba con ella solíamos reírnos de la trama de algunas historias. Siempre estaban sucediéndoles este tipo de cosas a sus personajes, y continuamente se veían involucrados en asuntos elevados y melodramáticos para los que no estaban preparados.

Agia rió junto conmigo y volvió a besarme, con un largo beso. Cuando nuestros labios se separaron, ella dijo: —¿Qué es eso acerca de Hildegrin? Me pareció un tipo de lo más corriente.

Tomé otra pasta, toqué la nota con ella, y luego le di a morder un pedazo.

—Hace algún tiempo le salvé la vida a un hombre llamado Vodalus.

Agia se apartó de mi escupiendo migajas.

—¿Vodalus? ¡Estás bromeando!

—En absoluto. Así lo llamó su amigo. Yo era poco más que un muchacho, pero impedí que un golpe de hacha lo matara; en recompensa me dio un chrisos.

—Espera. ¿Qué tiene esto que ver con Hildegrin?

—Cuando vi a Vodalus por primera vez, un hombre y una mujer lo acompañaban. Estaban rodeados de enemigos y Vodalus se quedó rezagado para pelear, mientras el otro hombre llevaba a la mujer a lugar seguro. (Decidí no decir nada sobre el cadáver, ni mencionar que yo había matado al hachero.) —Yo misma habría luchado… entonces hubiéramos sido tres. Adelante.

—Hildegrin era el hombre que acompañaba a Vodalus, eso es todo. Si lo hubiéramos encontrado antes, habría tenido cierta idea, o habría creído tenerla, de por qué un hiparca de la Guardia de Septentriones querría luchar conmigo. Y, además, por qué alguien ha decidido enviarme una especie de mensaje secreto. Ya sabes, todas esas cosas de las que la chatelaine Thecla y yo solíamos reírnos: espías e intrigas, citas a las que se acude enmascarado, heredades perdidas. ¿Qué sucede?

—¿Te repugno? ¿Soy tan fea?

—Eres hermosa, pero parece que estuvieras por indisponerte. Creo que bebiste demasiado de prisa.

—Ya está. —Con un rápido movimiento, Agia se quitó el vestido multicolor, que cayó en torno a sus pies polvorientos como un montón de piedras preciosas. La había visto desnuda en la catedral de las peregrinas, pero ahora, sea por el vino que habíamos bebido, porque la luz era menos intensa, o sólo porque entonces ella había sentido miedo y vergüenza cubriéndose los pechos y escondiendo su femineidad entre los muslos, me atraía mucho más. Me sentí estúpido de deseo, apreté el cuerpo cálido contra mi carne helada.

—Severian, espera. No soy una prostituta, pienses lo que pienses. Pero hay un precio que pagar.

—¿Cómo?

—Prométeme que no leerás esa nota. Arrójala al brasero.

La solté y retrocedí.

Como brota la fuente entre las rocas, los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Me gustaría que pudieras ver cómo me estás mirando ahora, Severian. No, no sé lo que dice. Es sólo que… ¿no has oído nunca de ciertas mujeres que tienen un conocimiento sobrenatural? ¿Premoniciones? ¿Que saben cosas que es imposible que hayan aprendido?

El deseo que me asaltara, casi había desaparecido. Agia estaba asustada y enfadada, aunque yo no sabía por qué.

—Tenemos un gremio de mujeres así en la Ciudadela —dije—. No te pareces a ellas, ni por la cara ni por la voz.

—Sé que no soy así. Pero ésa es la causa por la que has de hacer lo que te digo. Nunca hasta ahora había tenido una premonición, y ahora la tengo. ¿No te das cuenta que por fuerza ha de significar algo tan verdadero y tan importante para ti que no puedes ni debes no tenerla en cuenta? Quema la nota.

—Alguien está tratando de advertirme algo y tú no quieres que la vea. Te pregunté si el septentrión era tu amante. Me dijiste que no, y te creí.

Ella comenzó a hablar, pero yo se lo impedí.

—Te creo, todavía. Había verdad en tu voz. Sin embargo, de algún modo estás intentando traicionarme. Dime ahora que no es así. Dime que actúas sólo en favor de mis intereses.

—Severian…

—Dímelo.

—Severian, nos encontramos esta mañana. Apenas sí nos conocemos. ¿Qué puedes esperar y qué esperarías, si no acabaras de abandonar la protección de tu gremio? He tratado de ayudarte de vez en cuando. Estoy tratando de ayudarte ahora.

—Ponte el vestido. —Tomé la nota de debajo de la bandeja. Ella se precipitó sobre mí, pero no me fue difícil mantenerla apartada con una mano. Más que escrita, la nota había sido garabateada con una pluma de cuervo; en la penumbra apenas sí podía descifrar unas pocas palabras.

—Debí haberte distraído y arrojarla al fuego. Eso es lo que debí haber hecho. Severian, suéltame…

—Quédate quieta.

—La semana pasada todavía tenía un cuchillo. Era una misericordia con una empuñadura de raíz de hiedra. Teníamos hambre y Agilus la empeñó. ¡Si ahora la tuviera te apuñalaría!

—Habría estado en tu vestido, y tu vestido está allí, en el suelo. —La empujé y ella retrocedió trastabillando (tenía bastante vino en el estómago como para que no fuera sólo por la violencia de mi empellón) hasta caer en la silla de lona. Llevé la nota a un sitio donde la última luz del sol penetraba aún entre el denso follaje, y leí:

La mujer que le acompaña ha estado antes aquí. No confíe en ella. Trudo dice que el hombre es un torturador. Usted es mi madre que ha vuelto.

XXVI — Toque de trompetas

Apenas había tenido tiempo de asimilar lo que acababa de leer, cuando Agia saltó de su silla, me arrebató la nota de las manos y la arrojó fuera de la plataforma. Por un momento se mantuvo erguida frente a mí, mirando a Términus Est que, ya limpia, estaba apoyada contra uno de los brazos del diván. Creo que temía que le cortara la cabeza y la arrojara luego tras la nota. Cuando vio que no hacía nada, preguntó: —¿La leíste? ¡Severian, di que no lo has hecho!

—La leí, pero no la he entendido.

—Entonces no pienses en ella.

—Cálmate un instante. Ni siquiera estaba destinada a mí. Puede que haya sido para ti, pero si lo era ¿por qué la pusieron donde sólo yo podía verla? Agia ¿has tenido un hijo? ¿Qué edad tienes?

—Veintitrés. Es edad suficiente, pero no, no lo he tenido. Mira mi vientre si no me crees.

Traté de hacer un cálculo mental y descubrí que no sabía lo bastante acerca del desarrollo de las mujeres.

—¿Cuándo tuviste tu primera menstruación?

—A los trece. Si hubiera quedado preñada, habría tenido catorce años en el momento de nacer el niño. ¿Es eso lo que estás tratando de averiguar?

—Sí. Y el niño tendría nueve años ahora. Si fuera muy inteligente, sería capaz de escribir una nota así. ¿Quieres que te diga lo que decía?

—¡No!

—¿Cuántos años dirías que tiene Dorcas? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve quizá?

—No debes pensar en eso, Severian.

—No quiero empezar a jugar contigo. Eres mujer… ¿cuántos años le das?

Agia frunció los labios.

—Yo diría que tu aburrido pequeño misterio tiene dieciséis o diecisiete años. Poco más que una niña.

A veces, como supongo que todos lo han notado, hablar de personas ausentes parece convocarlas como eidólones. Así fue entonces. Un panel del biombo se movió y apareció Dorcas, ya no como la criatura embarrada a que nos habíamos acostumbrado, sino como una esbelta muchacha de pechos redondeados y gracia singular. Yo había visto una piel más blanca que la suya, pero aquélla no había sido una blancura sana. Dorcas parecía resplandecer. Limpios, los cabellos eran de oro pálido; los ojos eran como siempre: el azul profundo de Uroboros, el río del mundo en mis sueños. Cuando vio que Agia estaba desnuda, quiso refugiarse otra vez detrás del biombo, pero el grueso cuerpo de la criada se lo impidió.

—Es mejor que vuelva a ponerme mis harapos antes de que tu mascota se desmaye —dijo Agia.

—No miraré —murmuró Dorcas.

—No me importa si lo haces —le dijo Agia, pero nos volvió la espalda para ponerse el vestido. Hablando al muro de hojas añadió—: Ahora realmente tenemos que irnos, Severian. La trompeta sonará en cualquier momento.

—¿Y eso qué significa?

—¿No lo sabes? —Se volvió para enfrentarnos.— Cuando las maquinaciones del Muro de la ciudad parecen tocar el borde del disco solar, una trompeta —la primera— resuena en el Campo Sanguinario. Algunos creen que sólo para regular los combates, pero no es así. Es una señal para que los guardianes de dentro del muro cierren los portones. También es una señal para el comienzo de la lucha, y si te encuentras allí cuando suene, entonces será el momento de iniciar la contienda. Cuando el sol está bajo el horizonte y llega la verdadera noche, un trompetero sobre el muro toca retreta. Eso significa que los portones no volverán a abrirse ni siquiera para los que tienen pases especiales, y también que quien haya lanzado o recibido un reto y no haya llegado todavía al Campo, ha rehusado pedir o dar satisfacción. Puede ser atacado donde se lo encuentre, y no es deshonra que un armígero o un exultante contacten asesinos en ese tiempo.

La criada, que había estado de pie junto a la escalera escuchando y asintiendo con la cabeza, se apartó para dar paso al tabernero.

—Sieur —dijo—, si en verdad tiene una cita mortal, yo…

—Eso mismo me decía mi amiga —le dije—. Tenemos que marcharnos.

Dorcas preguntó entonces si podía beber un poco de vino. Algo sorprendido, asentí; el tabernero le sirvió una copa que ella sostuvo con las dos manos, como una niña. Le pregunté al tabernero si podía darme algo con qué escribir.

—¿Desea hacer testamento, sieur? Venga conmigo, tenemos un pequeño salón destinado a estos casos. Es gratis, y si quiere mandaremos a un niño que lleve el documento al ejecutor testamentario.

Tomé a Términus Est y lo seguí dejando que Agia y Dorcas cuidaran el averno. El pequeño salón del que nuestro anfitrión se jactaba, se apoyaba en una rama y alcanzaba apenas a contener un escritorio, pero había una silla allí, varias plumas de cuervo, papel y un frasco de tinta. Me senté y escribí las palabras de la nota; en la medida de mi entendimiento, el papel parecía ser el mismo en que había sido escrita la nota, y la tinta producía la misma borrosa línea negra. Cuando terminé de escribir, eché arena en el papel, lo plegué y lo guardé en un compartimiento del bolsillo del sable que rara vez utilizo. Luego le dije al tabernero que no había necesidad de mensajero y le pregunté si conocía a alguien llamado Trudo.

—¿Trudo, sieur? —Parecía desconcertado.

—Sí. Es un nombre bastante común.

—Seguro que sí, sieur, lo sé. Sólo que estaba tratando de pensar en alguien que yo pudiera conocer, y en alguien, si me entiende, sieur, de la elevada posición de algún armígero o…

—Cualquiera —dije—. No importa quien sea. ¿No se llamará así el camarero que nos sirvió?

—No, sieur. Su nombre es Ouen. Tuve un vecino una vez llamado Trudo, sieur, pero eso fue hace años, antes que comprara este lugar. No creo que sea él a quien busca. Después está mi palafrenero… su nombre es Trudo.

—Querría hablar con él.

El tabernero asintió inclinando la cabeza, y la barbilla le desapareció en la grasa que le envolvía el cuello.

—Como desee, sieur. Pero no creo que pueda decirle mucho. —Los peldaños crujieron bajo el peso del hombre.— Es del sur, se lo advierto. —(Se refería a las regiones sureñas de la ciudad, no a las tierras áridas que limitan con el hielo.)— Y del otro lado del río, por añadidura. Es improbable que le diga algo con sentido, aunque es un hombre que trabaja duro.

—Sospecho que conozco la parte de la ciudad de donde proviene —dije.

—¿Sí? Bien, eso es interesante. Muy interesante. He oído a uno o dos decir que se daban cuenta de esas cosas por el modo en que un hombre viste o habla, pero yo ignoraba que usted se hubiera topado con Trudo, como suele decirse. —Nos estábamos acercando al suelo ahora y él vociferó:— ¡Trudo! ¡Tru-u-do! —Y luego:— ¡Riendas!

Nadie apareció. Una laja del tamaño de una mesa grande había sido puesta al pie de la escalera, y pasamos sobre ella para salir.

Era justo el momento en que las sombras alargadas dejan de ser sombras para convertirse en estanques de negrura, como si algún fluido aún más oscuro que las aguas del lago de los Pájaros surgiera de la tierra. Centenares de personas, algunas solas, otras en pequeños grupos, se apresuraban por sobre la hierba desde la dirección de la ciudad. Todos parecían concentrados, empujados por la ansiedad que cargaban sobre la espalda como un fardo. La›mayoría no parecía llevar armas, pero unos pocos portaban espadines, y a cierta distancia distinguí los capullos blancos de un averno, transportado, como yo hiciera con el mío, a la manera de un cayado.

—Lástima que no se detengan aquí —dijo el tabernero—. En la cena previa es donde está el dinero. Hablo francamente, porque veo que, joven como es usted, sieur, es demasiado sensible y no ignora que todo negocio se atiende para obtener un beneficio. Trato de ofrecer un servicio de calidad, y como le he dicho, nuestra cocina es famosa. ¡Trudo! Tiene que ser así, pues ninguna otra clase de comida me satisface… me moriría de hambre, sieur, si tuviera que comer lo que come la mayoría. Trudo, piojoso ¿dónde te has metido?

Un muchacho sucio apareció desde algún sitio detrás del tronco, limpiándose la nariz con el antebrazo.

—No está allí atrás, mi amo.

—Bueno ¿pues dónde está? Búscalo.

Yo estaba contemplando todavía la corriente de centenares de personas.

—¿Van todos al Campo Sanguinario, entonces?— Por primera vez, creo, tuve plena conciencia de que antes que saliera la luna posiblemente yo estaría muerto. Tener en cuenta la nota parecía inútil e infantil.

—Como usted comprenderá, no todos van a luchar. La mayoría va sólo por ver el espectáculo, los hay que vienen una única vez, porque se bate alguien que conocen, o porque alguien les habló de los duelos o leyeron acerca de ellos o escucharon una canción que los mencionaba. De ordinario éstos se indisponen, porque después vienen aquí y generalmente se despachan una botella o algo más para recobrarse.

»Pero hay otros que vienen cada noche o cuatro o cinco noches a la semana. Son especialistas, aunque sólo en un arma o tal vez dos, y pretenden saber más acerca de ellas que quienes las emplean, lo cual tal vez es cierto en algunos casos. Después de la victoria, sieur, dos o tres querrán invitarle a una copa. Si acepta, le dirán los errores que han cometido tanto usted como su oponente, pero comprobará que no concuerdan.

—Nuestra cena ha de ser privada —dije, y al hacerlo, oí un roce de pies desnudos en los peldaños detrás de nosotros. Agia y Dorcas estaban bajando; Agia llevaba el averno, y en la penumbra me pareció que el tallo había crecido.

He dicho ya lo mucho que deseaba a Agia. Cuando conversamos con las mujeres, lo hacemos como si el amor y el deseo fueran dos cosas distintas; y las mujeres, que a menudo nos aman y a veces nos desean, mantienen la misma ficción. El hecho es que son aspectos de lo mismo, como podría haberle hablado al tabernero del lado norte y el lado sur del árbol. Si deseamos a una mujer, pronto llegamos a amarla por haber consentido en someterse a nosotros (éste había sido el cimiento original del amor que sentí por Thecla), y como si la deseamos ella siempre se somete, cuando menos en la imaginación, siempre hay algo de amor, en todos los casos. Por otra parte, si la amamos, pronto llegamos a desearla, pues el atractivo es uno de los atributos que ha de tener una mujer, y no podemos soportar la idea de que no los tenga todos; de esta manera los hombres llegan a amar a mujeres paralíticas, y las mujeres a desear a hombres que son impotentes excepto con otros hombres.

Pero nadie puede decir de dónde proviene lo que llamamos, casi a nuestro gusto, amor o deseo. Cuando Agia bajaba la escalera, la última luz del día le iluminaba un lado de la cara, y el otro estaba en la sombra; la falda, desgarrada casi hasta la cintura, permitía un atisbo de un muslo sedoso. Y todo el sentimiento hacia ella que había perdido un momento antes cuando la alejé de mí de un empujón, volvió multiplicado y vuelto a multiplicar. Ella lo vio en mi cara, lo sé, y Dorcas, apenas un peldaño tras ella, lo vio también y apartó los ojos. Pero Agia estaba enfadada conmigo todavía (como quizá tuviera derecho a estarlo), de modo que aunque fingió una sonrisa, y pudo no haber ocultado un dolor en las ijadas, si hubiera querido, fue mucho lo que escondió.

Creo que en esto radica la verdadera diferencia entre las mujeres a quienes, si hemos de seguir siendo hombres, tenemos que ofrecerles nuestra vida, y las que (una vez más, si hemos de seguir siendo hombres) tenemos que dominar y superar en inteligencia, y usarlas como nunca lo haríamos con una bestia: que las segundas nunca permitirán que les demos lo mismo que damos a las primeras. A Agia le gustaba que la admirara, y mis caricias la habrían transportado al éxtasis; pero aun si me derramara en sus entrañas un centenar de veces, nos separaríamos como extraños. Entendí todo esto al descender ella los últimos peldaños, una mano sobre el corpiño del vestido, la otra sosteniendo el averno como si llevara un báculo. Y, sin embargo, la amaba todavía, o la hubiese amado de haber podido.

El niño volvió corriendo.

—Dice la cocinera que Trudo se ha marchado. Cuando salió a buscar agua, pues la criada se había ido, vio que Trudo se alejaba corriendo, y sus cosas desaparecieron del establo también.

—Se ha ido para siempre, entonces —dijo el tabernero—. ¿Cuándo se marchó? ¿Ahora mismo?

El muchacho asintió con la cabeza.

—Oyó que usted lo buscaba, sieur, eso es lo que me temo. Alguien habrá oído que usted me preguntaba por el nombre y corrió a contárselo. ¿Le robó alguna cosa?

Sacudí la cabeza.

—No me hizo ningún daño; por el contrario, sospecho que intentaba hacer algo bueno. Siento haberle costado un sirviente.

El tabernero abrió los brazos.

—Tenía que pagarle el sueldo, de modo que no será una pérdida para mí.

Cuando se volvió, Dorcas susurró: —Y yo siento haberte quitado tu alegría allí arriba. No quería hacerlo. Pero, Severian, yo te amo.

Desde algún lugar cercano, la voz plateada de una trompeta llamó a las estrellas renacientes.

XXVII — ¿Está muerto?

El Campo Sanguinario, del cual habrán oído todos mis lectores, aunque algunos, espero, no lo habrán visitado, se encuentra al noroeste de las secciones edificadas de nuestra capital de Nessus, entre un enclave residencial de armígeros de la ciudad y las barracas y establos de la Xenargía de los Dimarchi Azules. Está lo bastante cerca del Muro como para que a alguien como yo, que nunca había estado cerca de él, le pareciera muy cerca; sin embargo eran necesarias muchas leguas de duro andar por avenidas retorcidas para llegar hasta él desde el centro de la ciudad. A cuántos combates podía dar cabida, no lo sé. Es posible que las balaustradas que delimitan los distintos campos, y sobre las que los espectadores se apoyan o se sientan según lo prefieran, sean móviles y se ajusten de acuerdo con las necesidades de la noche. Sólo visité el lugar una vez, pero me pareció, con la hierba pisoteada y todos aquellos espectadores silenciosos y lánguidos, extraño y melancólico.

Durante el breve tiempo que vengo ocupando el trono, se me han planteado muchos problemas cuya importancia es más inmediata que la monomaquia. Sea buena o mala (como me inclino a pensar) es sin duda imposible de erradicar en una sociedad como la nuestra, que para su propia subsistencia ha de mantener las virtudes militares por encima de las demás, y en la que el estado puede destinar tan pocos servidores armados a la vigilancia policial del populacho.

Sin embargo ¿es mala en realidad?

En aquellos períodos en que la pusieron fuera de la ley (y según mis lecturas eso sucedió cientos de veces) fue reemplazada en gran medida por el asesinato; y por asesinatos en general del tipo que la monomaquia parece destinada a prevenir: asesinatos que son el resultado de disputas entre familias, amigos y conocidos. En estos casos mueren dos en lugar de uno, porque la ley rastrea al asesino (una persona que no es por inclinación, sino por ocasión, un criminal) y le da muerte, como si con esto devolviera la vida a la víctima. Así pues, si por ejemplo se libraran mil combates legales entre individuos que tuvieran por resultado otras tantas muertes (lo cual es muy improbable, pues la mayoría de los combates no terminan en muerte) e impidiera quinientos asesinatos, el Estado no se encontraría peor.

Además, el sobreviviente de uno de estos combates es, probablemente, el individuo más adecuado para la defensa del Estado, y también el más idóneo para engendrar hijos saludables; mientras que en la mayor parte de los asesinatos no hay sobrevivientes, y el asesino, si sobreviviera, no sería por ello más fuerte, rápido o inteligente, sino sólo malvado.

Y, sin embargo, con qué prontitud esta práctica se presta a la intriga.

Oímos cómo voceaban los nombres cuando nos encontrábamos todavía a un centenar de pasos de distancia, fuerte y solemnemente anunciados por sobre el croar de las ranas arbóreas.

—¡Cadroe de las Diecisiete Piedras!

—¡Sabas del Prado Partido!

—¡Laurentia de la Casa del Arpa! (Esto clamado por una voz de mujer.) —¡Cadroe de las Diecisiete Piedras!

Le pregunté a Agia a quién llamaban de ese modo.

—Son los que han desafiado a alguien, o han sido desafiados. Vociferando así —o haciendo que un sirviente vocifere por ellos— hacen saber que han venido, pero no el oponente.

—¡Cadroe de las Diecisiete Piedras!

El sol se ponía, y su disco ya casi oculto tras la negrura impenetrable del Muro, había teñido el cielo de cereza, bermellón y un violeta fantasmal. Estos colores, al dar sobre el tropel de monomaquistas y espectadores (del mismo modo que los rayos áureos del favor divino tocan a los jerarcas del arte), les confería un aspecto insustancial y taumatúrgico, como si hubieran aparecido un instante antes por el floreo de una tela y fueran a desvanecerse en el aire otra vez a la señal de un silbido.

—¡Laurentia de la Casa del Arpa!

—Agia —dije, y de algún lugar en las cercanías nos llegó el estertor de la muerte en la garganta de un hombre—. Agia has de anunciar: «Severian de la Torre Matachina».

—No soy tu sirvienta. Grita tú mismo si quieres.

—¡Cadroe de las Diecisiete Piedras!

—No me mires así, Severian, ¡Ojalá no hubiéramos venido! ¡Severian! ¡Severian de los Torturadores! ¡Severian de la Ciudadela! ¡De la Torre del Dolor! ¡La Muerte! ¡La Muerte ha llegado! —La golpeé debajo de la oreja y cayó tendida con el averno junto a ella.

Dorcas me tomó del brazo.

—No tendrías que haberlo hecho, Severian.

—Sólo le di con el dorso de la mano. Se recuperará.

—Te odiará todavía más.

—Entonces ¿crees que no me odia ahora?

Dorcas no respondió y un instante más tarde yo mismo ya había olvidado mi pregunta: a cierta distancia, entre la multitud, había avistado un averno.

El terreno era un círculo de unos quince pasos de diámetro, rodeado por una baranda con dos entradas. El éforo anunció: —La adjudicación del averno ha sido ofrecida y aceptada. Éste es el sitio. Ésta es la hora. Sólo queda por decidir si emprenderéis la contienda como estáis, desnudos o de algún otro modo. ¿Qué decís?

Antes que yo pudiera hablar, Dorcas gritó: —Desnudos. Ese hombre tiene una armadura.

El grotesco yelmo del septentrión se movió de lado a lado, negando. Como la mayor parte de los yelmos de la caballería, dejaba las orejas al descubierto para oír mejor las órdenes gritadas por los superiores. En la sombra tras las placas de metal que le cubrían las mejillas, me pareció ver una estrecha banda negra, y traté de recordar dónde había visto antes algo semejante.

El éforo preguntó: —¿Se niega usted, hiparca?

—Los hombres de mi país sólo se desnudan delante de una mujer.

—Lleva armadura —volvió a protestar Dorcas—. Este hombre ni siquiera tiene una camisa. —La voz de la muchacha, siempre tan dulce, resonaba ahora en el crepúsculo como una campana.

—Me la quitaré. —El septentrión se echó hacia atrás la capa y se llevó una mano al hombro. La coraza resbaló, cayendo a sus pies. Había esperado un pecho tan macizo como el del maestro Gurloes, pero el que vi era más estrecho que el mío.

—El yelmo también.

Una vez más el septentrión negó con la cabeza, y el éforo preguntó: —¿Su negativa es absoluta?

—Lo es. —Hubo una vacilación apenas perceptible.— Sólo puedo decir que he recibido instrucciones de no quitármelo.

El éforo se volvió hacia mí.

—Ninguno de nosotros, creo, desearía turbar al hiparca y menos todavía, al personaje, no digo quién pueda ser, al que sirve. Creo que lo más atinado sería, sieur, permitirle alguna ventaja compensatoria. ¿Puede sugerir alguna?

Agia, que había guardado silencio desde que yo le pegara, dijo entonces: —Rehúsate a combatir, Severian. O reserva tu ventaja para cuando la necesites.

Dorcas, que estaba aflojando las tiras de trapo que sostenían el averno, dijo también: —Rehúsate a combatir.

—He recorrido un camino demasiado largo como para volverme atrás.

El éforo preguntó con cierto tono mordaz: —¿Ha decidido usted, sieur?

—Creo que sí. —Recordé que llevaba mi máscara. Como todas las del gremio, era de cuero blando reforzado con tiras de hueso. No tenía modo de saber si serviría contra las afiladas hojas del averno… pero fue una satisfacción oír que los espectadores retenían el aliento cuando la saqué de golpe.

—¿Están prontos ahora? ¿Hiparca? ¿Sieur? Sieur, debo dar esa espada a alguien para que se la tenga. No se puede portar más arma que el averno.

Miré alrededor en busca de Agia, pero había desaparecido entre la multitud. Dorcas me dio el capullo mortal y yo le entregué Términus Est.

—¡Comiencen!

Una hoja silbó cerca de mi oreja. El septentrión avanzaba con un movimiento irregular; la mano izquierda aferraba el averno debajo de las hojas, y la mano derecha estaba tendida hacia mí como si intentara quitarme la planta. Recordé que Agia me había prevenido acerca de este riesgo, y la sostuve tan cerca de mí como me atreví a hacerlo.

Durante el tiempo que lleva respirar cinco veces, giramos en círculo. Entonces le golpeé la mano extendida. El septentrión detuvo el golpe con la planta. Levanté la mía por sobre su cabeza como una espada, y me di cuenta entonces de que la posición era ideal: mi tallo quedaba fuera del alcance del septentrión, me permitía golpear a voluntad con toda la planta, y al mismo tiempo podía arrancar las hojas con la mano derecha.

Sin demora, puse a prueba este último descubrimiento: arranqué una hoja y se la arrojé a la cara.

A pesar de la protección que le brindaba el yelmo, el hombre la esquivó, y la multitud que se agolpaba detrás de él se apartó para evitar el proyectil. Tras la primera arrojé otra. Y otra más, que dio en el aire contra una suya.

El resultado me sorprendió. En lugar de absorber la fuerza del impulso y caer al suelo, como hubiera ocurrido con cualquier otro tipo de hojas, éstas se retorcieron y enroscaron, tajeando y golpeando con las puntas tan rápidamente que antes de caer apenas un codo, no eran más que tiras desgarradas de un verde negruzco que se transformaba en un centenar de colores mientras giraban como el trompo de un niño…

Algo, o alguien, presionaba contra mi espalda. Era como si un desconocido estuviera detrás de mí, ejerciendo una ligera presión con la espina dorsal. Tenía frío y agradecí el calor de ese cuerpo.

—¡Severian! —Era la voz de Dorcas, pero parecía haberse alejado.

—¡Severian! ¿Nadie va a ayudarlo? ¡Saltadme!

Un toque de canillón. Los colores, que había tomado por los de las hojas en combate, estaban en cambio en el cielo, donde un arco iris se abría bajo la aurora. El mundo era un gran huevo de pascua multicolor. Cerca de mi cabeza una voz preguntó: —¿Está muerto? —y alguien contestó, dándolo por cierto—: Así es. Esas cosas siempre matan.

La voz del septentrión (extrañamente familiar) dijo: —Como vencedor, reclamo el derecho a quedarme con sus ropas y armas. Dadme esa espada.

Me senté. A unos pasos de mis botas, las hojas, débilmente, luchaban todavía. El septentrión estaba de pie un poco más allá. Yo tomé aliento para preguntar qué había sucedido, y algo cayó desde mi pecho a mi regazo; era una hoja con la punta teñida de sangre.

Al verme, el septentrión giró y levantó el averno. El éforo se interpuso entre nosotros con los brazos extendidos. Desde más allá de las barandas algún espectador gritó.

—¡Derecho de cortesía! ¡Derecho de cortesía, soldado! Que se ponga de pie y recoja el arma.

Las piernas apenas me sostenían. Aturdido, miré alrededor buscando mi propio averno, y lo encontré por fin cerca de los pies de Dorcas, que estaba luchando con Agia. El septentrión gritó: —¡Tendría que estar muerto! —El éforo le dijo:— Pues no lo está, hiparca. Cuando recupere el arma, podrá proseguir el combate.

Toqué el tallo de mi averno y por un instante sentí que había cogido por la cola a algún animal de sangre fría, pero todavía vivo. Pareció estremecerse en mi mano, y las hojas se agitaron como la cola de una serpiente. Agia gritaba: —¡Sacrilegio! —y yo hice una pausa para mirarla; luego tomé el averno y me volví para enfrentar al septentrión.

El yelmo le ocultaba los ojos, pero había terror en cada músculo de su cuerpo. Por un momento pareció mirarme, y después miró a Agia. Luego se volvió y comenzó a correr hacia la abertura en el extremo de la arena. Los espectadores le bloquearon el camino, y él comenzó a golpear con el averno a derecha e izquierda, como si fuese un látigo. Mi averno me tiraba hacia atrás o, mejor dicho, había desaparecido, y alguien me tenía cogido por la mano. Era Dorcas. En algún lugar a lo lejos Agia chilló: —¡Agilus! —Y otra mujer llamó:— ¡Laurentia de la Casa del Arpa!

XXVIII — Carnificario

Desperté a la mañana siguiente en un lazareto, un largo cuarto de alto cielo raso donde nosotros, los enfermos, los heridos, yacíamos en camas angostas. Estaba desnudo, y durante largo tiempo mientras dormía (o tal vez se tratara de la muerte) me toqué los párpados y recorrí con lentitud mi cuerpo con las manos en busca de heridas, mientras me preguntaba, cómo podría habérselo preguntado alguien en una canción, cómo podría sobrevivir sin ropas ni dinero, cómo le explicaría al maestro Palaemon la pérdida de la espada y la capa que me había dado.

Porque estaba seguro de haberlas perdido o, mejor dicho, que de algún modo, eran ellas las que me habían perdido a mí. Un mono con cabeza de perro corría pasillo abajo, se detuvo junto a mi cama para mirarme y luego continuó su camino. Eso no me pareció más extraño que la luz que, filtrándose por una ventana que no podía ver, daba sobre mi manta.

Volví a despertar y me senté. Por un momento pensé que me encontraba otra vez en mi dormitorio, que yo era el capitán de aprendices, que todo lo demás, mi enmascaramiento, la muerte de Thecla, el combate de avernos, sólo había sido un sueño. Ésta no fue la última vez que ocurriría. Luego vi que el cielo raso no era de metal, como el de mi celda, sino de yeso, y que el hombre de la cama junto a la mía estaba completamente vendado. Aparté la manta y puse los pies en el suelo. Dorcas dormía con la espalda apoyada contra la pared a la cabecera de mi cama. Se había envuelto con el manto pardo; Términus Est estaba sobre su regazo; la empuñadura y el extremo envainado sobresalían a cada lado del montón de mis pertenencias. Me las ingenié para recoger mis botas y mis calzas, mis pantalones, mi capa y mi cinturón sin despertarla, pero cuando puse mi mano sobre la espada, murmuró y se aferró a ella, de modo que se la dejé.

Muchos de los enfermos estaban despiertos y me miraron, pero ninguno me habló. En el extremo del cuarto había una puerta que daba a una escalinata, y ésta descendía a un patio donde caballos de guerra golpeaban los cascos contra el suelo. Por un instante pensé que soñaba todavía: el cinocéfalo trepaba por las almenas del muro. Pero era un animal tan real como los corceles ronzadores, y cuando le arrojé un puñado de basura, dejó al descubierto unos dientes tan impresionantes como los de Triskele.

Un soldado en cota de malla salió a buscar algo en los bolsillos de su montura; lo detuve y le pregunté dónde me encontraba. Supuso que me refería a qué parte de la fortaleza y señaló una torrecilla detrás de la cual, dijo, estaba la Sala de Justicia; luego agregó que si iba con él, tal vez consiguiera algo de comer.

No bien hubo hablado, me di cuenta de que estaba hambriento. Lo seguí por un largo corredor en penumbras hasta un cuarto mucho más bajo y oscuro que el lazareto, donde dos o tres veintenas de demarchis como él se inclinaban sobre un almuerzo compuesto de pan, carne y verduras hervidas. Mi nuevo amigo me aconsejó que tomara un plato y les explicara a los cocineros que se me había dicho que fuera allí a recoger mi comida. Así lo hice, y aunque se sorprendieron un poco al ver mi capa fulígena, me sirvieron sin poner objeción.

Si los cocineros no mostraron curiosidad, los soldados fueron la curiosidad misma. Me preguntaron mi nombre, de dónde venía y cuál era mi rango (porque suponían que nuestro gremio estaba organizado como el de los militares). Quisieron saber dónde tenía el hacha, y cuando les dije que utilizábamos espada, dónde se encontraba ésta. Cuando les expliqué que tenía a una mujer conmigo que la custodiaba, me advirtieron que quizá se escapara con ella y me aconsejaron que le llevara algo de pan, pues no se le permitiría entrar donde estábamos comiendo. Descubrí que todos los hombres mayores habían mantenido mujeres en alguna oportunidad —seguidoras de campamentos, tal vez la especie más útil y menos peligrosa—, aunque pocos las tenían ahora. Luego de combatir en el norte durante el último invierno, habían sido enviados a pasar el nuevo invierno en Nessus, donde servían para mantener el orden. En el transcurso de una semana esperaban dirigirse otra vez al norte. Las mujeres habían vuelto a sus propias aldeas, donde vivían con padres o parientes. Les pregunté si no habrían preferido seguirlos al sur.

—¿Preferirlo? —dijo mi amigo—. Por supuesto. Pero ¿cómo? Una cosa es seguir a la caballería abriéndose camino mientras combate, pues eso no significa más de una legua o dos en los mejores días, y si se avanzan tres en una semana, puede usted apostar que se perderán dos en la siguiente. Pero ¿cómo podrían seguirnos en el camino de vuelta a la ciudad? Quince leguas por día. ¿Y qué comerían en el camino? Más les vale esperar. Si en nuestro sector se produce una nueva xenagia, tendrán algunos hombres nuevos. También vendrán otras muchachas, y se abstendrán algunas de las anteriores, de ese modo, si uno lo desea, tendrá la oportunidad de cambiar. He oído que trajeron a uno de los vuestros anoche, a un carnificario, pero estaba casi muerto. ¿Lo ha visto?

—No.

—Una de nuestras patrullas trajo la noticia, y cuando el chiliarca lo supo, mandó buscarlo, pues es seguro que en un par de días necesitaremos los servicios de uno de ellos. Juran que no lo tocaron, pero tuvieron que traerlo en una litera. No sé si se trata de un camarada suyo, pero quizá quiera usted echar un vistazo.

Prometí que así lo haría, y después de agradecer la hospitalidad de los soldados los dejé allí. Dorcas me preocupaba; y las preguntas de los soldados, aunque bien intencionadas, llegaron a inquietarme. Había demasiadas cosas que no podía explicar: cómo había sido herido, por ejemplo, si no sería yo el hombre al que aludían los soldados, y de dónde había salido Dorcas. No entender estas cosas me intranquilizaba y hacía que me sintiera como cuando hay un período entero de nuestra vida que ha quedado a oscuras, y no importa a dónde haya llegado la última pregunta acerca de los temas prohibidos, la siguiente nos traspasará el corazón.

Dorcas estaba despierta y de pie junto a mi cama, donde alguien había dejado un plato de caldo humeante. Se alegró tanto al verme, que yo mismo me sentí feliz, como si la alegría fuera contagiosa como la peste.

—Creí que habías muerto —me dijo—. Habías desaparecido, y también tus ropas; creí que se las habían llevado para sepultarte con ellas.

—Me encuentro bien —dije—. ¿Qué sucedió anoche?

Dorcas se puso seria en seguida. Hice que se sentara a mi lado en la cama y comiera el pan que yo le había llevado y bebiera el caldo mientras me contestaba.

—Estoy segura de que recordarás haber luchado con aquel hombre que llevaba ese casco tan extraño. Te pusiste una máscara y entraste en la arena junto con él, aunque te rogué que no lo hicieras. Casi en seguida te hirió en el pecho y tú caíste. Recuerdo haber visto la hoja, una cosa horrible, como un gusano chato hecho de hierro, a medias metido en tu cuerpo y tiñéndose de rojo a medida que se bebía tu sangre.

»Luego se cayó. No sé cómo describirlo. Era como si todo lo que había visto hubiera estado equivocado. Pero no era así… recuerdo lo que vi. Te erguiste otra vez y parecías… yo no sé, como si te hubieras perdido, como si una parte tuya se hubiera alejado. Creí que iba a matarte en seguida, pero el éforo te protegió diciendo que debía permitirse que utilizaras el averno. El del hombre estaba quieto, como había estado el nuestro cuando lo arrancaste en aquel horrible lugar, pero el tuyo había empezado a retorcerse mientras el capullo se abría… creí que ya estaba abierto, una espiral blanca de pétalos… Pero ahora creo que yo había estado pensando demasiado en las rosas y que el capullo no había estado abierto. Había algo más debajo, una cara como la que tendría el veneno, si el veneno tuviera cara.

»Tú no lo notaste. Lo recogiste y el averno empezó a girar hacia ti, lentamente, como si estuviera despierto sólo a medias. Pero el otro hombre, el hiparca, no podía creer lo que había visto. No dejaba de mirarte mientras esa mujer, Agia, le gritaba algo. Y de pronto se volvió y escapó. Los que estaban mirando no querían que lo hiciera, querían ver morir a alguien. De modo que trataron de detenerlo y él…

Los ojos se le llenaron de lágrimas; volvió la cabeza para evitar que yo las viera.

—Golpeó a varios de ellos con el averno, y supongo que los mató. ¿Qué ocurrió luego? —pregunté.

—No fue sólo que él los golpeó. El averno los atacó, como una serpiente. Los que se cortaron con las hojas no murieron de inmediato, gritaron, y algunos de ellos echaron a correr y cayeron y se incorporaron y volvieron a correr, como si estuvieran ciegos, derribando a otra gente. Por fin un hombretón lo golpeó por detrás y una mujer que había estado luchando con alguien acudió blandiendo un braquemar y cortó el averno. Entonces algunos de los hombres sujetaron al hiparca y oí que la espada de la mujer chocaba contra el yelmo del hiparca.

»Tú permanecías allí, de pie. No estaba segura de que supieras siquiera que él había huido, y el averno se inclinaba hacia ti. Pensé en lo que había hecho la mujer y lo golpeé con tu espada. Al principio era muy, muy pesada, pero luego casi no la sentí. Cuando la bajé, pensé que podría haberle cortado la cabeza a un bisonte. Sólo que había olvidado quitarle la vaina. Pero te sacó el averno de la mano. Entonces te tomé del brazo y te llevé…

—¿A dónde? —pregunté.

Ella se estremeció y metió un pedazo de pan en el caldo humeante.

—No lo sé. No me importaba. Era tan bueno andar contigo, saber que te estaba cuidando como tú me habías cuidado a mí antes de que consiguiéramos el averno. Pero cuando llegó la noche tuve un frío terrible. Te envolví con la capa y te la cerré por delante y parecías no tener frío, de modo que tomé este manto y me abrigué con él. El vestido se me deshacía en pedazos. Todavía está deshaciéndose.

—Cuando estábamos en la taberna prometí comprarte otro.

Ella sacudió la cabeza mientras masticaba la dura corteza.

—Sabes, creo que esto es lo primero que como en mucho, mucho tiempo. Me duele el estómago, por eso bebí vino en la taberna, pero este caldo hace que me sienta mejor. No me daba cuenta de lo débil que estaba.

»No quería que me compraras un nuevo vestido allí, porque habría tenido que llevarlo mucho tiempo, y siempre me recordaría ese día. Pero puedes hacerlo ahora, si quieres, porque me recordará este día, en que creí que habías muerto cuando en realidad estabas bien.

»Luego, me las ingenié para traerte de vuelta a la ciudad. Busqué un lugar donde alojarnos para que pudieras descansar, pero sólo había grandes casas con terrazas y balaustradas. Ese tipo de edificios. Algunos soldados se acercaron al galope y preguntaron si eras un carnificario. Yo no conocía la palabra, pero recordé lo que me habías dicho, de modo que les dije que eras un torturador; porque los soldados siempre me parecieron una especie de torturadores y sabía que nos ayudarían. Trataron de que montaras a caballo, pero te caíste; entonces algunos de ellos ataron sus capas entre dos lanzas, pusieron los extremos en las correas de las espuelas de dos caballos, y te cargaron. Uno de ellos quiso llevarme en su montura, pero yo me negué. Caminé a tu lado a lo largo de todo el camino y a veces te hablaba, pero no creo que me oyeras.

Se bebió por completo el caldo que le quedaba.

—Ahora quiero hacerte una pregunta. Cuando me estaba lavando detrás del biombo, oí que tú y Agia susurraban algo acerca de una nota. Luego estabas buscando a alguien en la taberna. ¿Quieres hablarme de eso?

—¿Por qué no me lo preguntaste antes?

—Porque Agia estaba con nosotros. Si habías descubierto algo, no quería que ella lo supiera.

—Estoy seguro de que Agia podría descubrir cualquier cosa que yo descubriese — dije—. No la conozco bien, de hecho no creo que la conozca tanto como a ti, pero sí lo suficiente como para saber que es mucho más inteligente que yo.

Dorcas sacudió de nuevo la cabeza.

—Es la clase de mujer capaz de proponer enigmas a los demás, pero no de resolverlos ella misma. Creo que piensa… no sé… oblicuamente. De modo que nadie pueda seguirla. Es la clase de mujer que la gente dice que piensa como un hombre, pero esas mujeres no piensan en absoluto como hombres; en verdad piensan menos como los hombres que la mayoría de las mujeres. Tienen pensamientos que es difícil seguir, pero eso no significa que sean precisos ni profundos.

Le conté lo de la nota y lo que decía, y le mencioné que la había copiado en un papel de la taberna y había comprobado que se trataba del mismo papel y de la misma tinta.

—De modo que alguien la escribió allí —dijo pensativa—. Tal vez fuera algún sirviente; recuerdo que el tabernero llamó al mozo de cuadra. Pero ¿qué significa?

—No lo sé.

—Puedo decirte por qué fue puesta allí. Yo estaba sentada en ese taburete de cuerno antes de que tú lo ocupases. Me sentía feliz, lo recuerdo, porque tú te sentaste a mi lado. ¿Recuerdas si el camarero —debió de ser él el que llevó la nota, la haya escrito o no— puso allí la bandeja antes de que yo me fuera a bañar?

—Puedo acordarme de todo —dije—, salvo lo de anoche. Agia estaba sentada en una silla de lona plegable; tú en el diván, eso es exacto, y yo estaba junto a ella. Había estado llevando el averno en la pértiga además de la espada, y había dejado el averno horizontalmente detrás del diván. La ayudante de cocina vino con agua y toallas para ti, y luego se marchó en busca de trapos y aceite para mí.

—Teníamos que haberle dado algo —dijo Dorcas.

—Le di una oricreta por traer el biombo. Eso es con seguridad lo que cobra por una semana de trabajo. De cualquier modo, tú te metiste detrás del biombo y un momento más tarde el tabernero trajo al camarero con la bandeja y el vino.

—Por eso no la vi entonces. Pero el camarero tenía que saber dónde estaba yo sentada, pues no había otro sitio. De modo que la dejó debajo de la bandeja con la esperanza de que yo la viera al salir. Otra vez: ¿qué decía la primera parte?

—«La mujer que la acompaña ha estado aquí antes. No confíe en ella.» —Tiene que haber sido para mí. De haber sido para ti, hubieran hecho una distinción entre Agia y yo, el color del pelo, por ejemplo. Y si hubiera estado destinada a Agia, la habrían puesto en el otro lado de la mesa, donde ella pudiera verla.

—De modo que tú le recordaste a su madre a alguien.

—Sí. —Una vez más los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No tienes edad suficiente como para tener un niño capaz de escribir esa nota.

—No lo recuerdo —dijo, y escondió la cara entre los pliegues sueltos del manto pardo.

XXIX — Agilus

Una vez que el médico de turno, después de examinarme, hubo comprobado que no tenía necesidad de tratamiento, nos pidió que nos marcháramos del lazareto, donde mi capa y mi espada, según dijo, perturbaban a los pacientes. En el lado opuesto del edificio donde yo había comido con los soldados, encontramos una tienda que abastecía las necesidades de la tropa. Junto con las joyas falsas y los dijes que los soldados solían regalar a sus enamoradas, había algunas ropas de mujer, y aunque mi dinero quedara bastante disminuido después de la cena que jamás disfrutamos en la Taberna de los Amores Perdidos, pude comprar a Dorcas una zamarra.

La entrada de la Sala de Justicia no estaba lejos de esta tienda. Una muchedumbre de unas cien personas se paseaba delante, y como la gente señalaba y se daba codazos cuando advertían el color fulígeno de mi capa, volvimos al patio donde se ensillaban los caballos de guerra. Un alguacil de la Sala de Justicia nos encontró allí: era un hombre imponente, con una frente blanca como el vientre de una jarra.

—Usted tiene que ser el carnificario —dijo—. Se me ha informado que se encuentra lo bastante bien como para ejercer su oficio.

Le dije que, si el amo lo quería así, podía hacer lo que fuera necesario ese mismo día.

—¿Hoy? No, no, eso no es posible. El juicio no habrá acabado hasta esta tarde.

Observé que había venido a asegurarse de que me sentía lo bastante bien como para llevar a cabo la ejecución, tenía sin duda la certeza de que el prisionero sería declarado culpable.

—Oh, de eso no cabe la menor duda. Después de todo, han muerto nueve personas, y el hombre fue detenido en el acto. Como no es nadie importante, no hay posibilidad de perdón o apelación. El tribunal volverá a reunirse a media mañana, pero los servicios de usted no serán requeridos hasta el mediodía.

Dado que no tenía experiencia directa con jueces o cortes (en la Ciudadela, los clientes llegaban enviados desde fuera, y era el maestro Gurloes el que trataba con los oficiales que en ocasiones acudían a consultar acerca de un caso u otro), y como yo además estaba ansioso por cumplir una obligación para la que había sido preparado durante tanto tiempo, sugerí que el chiliarca quizá quisiera considerar la posibilidad de celebrar una ceremonia esa misma noche, a la luz de las antorchas.

—Eso sería imposible. Ha de meditar su decisión. ¿Qué impresión produciría? Ya son muchos los que opinan que los magistrados militares son precipitados, y aun caprichosos en sus veredictos. Y, para ser franco, un juez civil habría esperado con seguridad una semana, beneficiándose de ese modo el caso, pues entonces habría habido tiempo de sobra para que alguien se presentara con nuevas pruebas, lo que por supuesto nadie hará ahora.

—Mañana por la tarde, entonces —dije—. Necesitamos un lugar donde pasar la noche. También he de examinar el cadalso y el tajo y preparar a mi cliente. ¿Necesitaré un pase para verlo?

El alguacil preguntó si no podríamos quedarnos en el lazareto. Al responderle que eso parecía imposible, volvimos allí para que lo discutiera con el médico de turno. Como yo había previsto, se negó a acogernos. A esto siguió una prolongada discusión con un suboficial de la xenagia, quien explicó que era imposible que permaneciéramos en los cuarteles, y que si utilizábamos uno de los cuartos reservados para los rangos más altos, nadie querría ocuparlo en el futuro. Por fin se habilitó para nosotros un pequeño almacén sin ventanas, y nos suministraron dos camas y algunos otros muebles (que yo apenas había visto hasta entonces). Dejé a Dorcas allí y después de comprobar que yo no metería el pie a través de una tabla podrida en el momento crítico, o que no tendría que aserrar la cabeza del cliente mientras la mantenía sobre mis rodillas, y fui a las celdas a hacer la visita que nuestras tradiciones exigen.

Subjetivamente al menos, existe una gran diferencia entre las condiciones de detención a las que uno está acostumbrado y las que no son desconocidas. De haber entrado en una mazmorra de la Ciudadela, habría sentido que estaba entrando en mi propia casa, quizá para morir, pero en casa de cualquier modo. Aún admitiendo que nuestros corredores de metal y las estrechas puertas grises pudieran ser horrorosas para los hombres y mujeres confinados allí, yo mismo no lo habría sentido, y si alguien hubiera sugerido que debía hacerlo, me habría apresurado a señalar todas las comodidades de que disponían: sábanas limpias y mantas amplias, comidas a horas regulares, luz adecuada, intimidad que apenas si era interrumpida, etcétera.

Ahora, al descender una retorcida escalera de piedra hasta un espacio que era la centésima parte del nuestro, mis sentimientos no tenían ninguna relación con lo que yo había experimentado en la Ciudadela. La oscuridad y el hedor me oprimían como un peso. La idea de que yo mismo podría ser retenido allí por accidente (una orden mal comprendida, por ejemplo, o la malicia insospechada de algún alguacil) volvía a mí una y otra vez por más que la desechara.

Oí los sollozos de una mujer, y como el alguacil me había hablado de un hombre, supuse que provenían de una celda que no era la de mi cliente. Ésta, se me había dicho, era la tercera contando desde la derecha. La puerta apenas si era de madera con un simple marco de hierro, pero la cerradura (¡tal es la eficacia militar!) había sido aceitada. Los sollozos casi cesaron cuando se abrió el cerrojo.

Adentro, un hombre desnudo yacía sobre un lecho de paja. Una cadena iba desde el collar de hierro que tenía en el cuello hasta la pared. Una mujer, también desnuda, se inclinaba sobre él; los largos cabellos castaños cubrían las caras de los dos, de modo que parecían unirlos. Ella se volvió para mirarme y vi que era Agia.

Ella exclamó: —¡Agilus! —y el hombre se incorporó. Las caras eran tan parecidas, que Agia parecía sostener un espejo frente a la suya.

—Eras tú —dije—. Pero eso es imposible. —Mientras hablaba, recordé el modo en que Agia se había comportado en el Campo Sanguinario, y la tira negra que había visto en la oreja del hiparca.

—Tú —me dijo Agia—. Porque vives, él tiene que morir.

Sólo pude responder: —¿Es realmente Agilus?

—Claro. —La voz de mi cliente era una octava más baja que la de su gemela, pero menos firme.— ¿Todavía no entiende, no es cierto?

Sólo pude sacudir la cabeza.

—La de la tienda era Agia, disfrazada de septentrión. Entró por la puerta trasera mientras usted y yo hablábamos, y le hice una señal cuando vi que usted no tenía intención de vender la espada.

Agia dijo: —Yo no podía decir nada, habrías notado una voz de mujer, pero la coraza me cubría los pechos y los guanteletes las manos. Andar como un hombre no es tan difícil como los propios hombres creen.

—¿Ha mirado usted alguna vez esa espada? —preguntó Agilus—. El recazo tendría que estar firmado.

—Las manos se alzaron un instante como si la estuviera recibiendo.

Agia agregó con voz débil: —Lo está. Por Jovinian. Lo vi en la taberna.

Había una pequeña ventana en lo alto de la pared detrás de ellos, y de pronto, por ella, como si el sol hubiera asomado sobre el borde de un techo o de una nube, entró un rayo de luz, bañándolos a ambos. Les miré las caras áureas, y les dije: —Tratasteis de matarme. Sólo por mi espada.

Agilus respondió: —Esperaba que la dejara… ¿no lo recuerda? Traté de persuadirlo de que se fuera, que huyera disfrazado. Le habría dado ropas y todo mi dinero.

—Severian ¿no entiendes? Valía diez veces más que nuestra tienda, y la tienda era todo lo que teníamos.

—Ya habéis hecho esto antes. Tenéis que haberlo hecho. Todo era tan fácil. Un asesinato legal, sin un cuerpo flotando en el Gyoll.

—Matarás a Agilus ¿no es así? Por eso estás aquí… pero no sabías que éramos nosotros hasta que abriste la puerta. ¿Qué hemos hecho que no harás tú?

Menos estridente que la de su hermana, la voz de Agilus continuó: —Fue un combate justo. Llevábamos las mismas armas y usted aceptó las condiciones. ¿Me ofrecerá mañana un combate semejante?

—Usted sabía que cuando llegara la noche el calor de mis manos estimularía el averno, y que éste me daría en la cara. Usted llevaba guantes y no tenía más que esperar. En realidad, ni siquiera tenía que hacerlo, ya ha arrojado esas hojas muchas veces antes.

Agilus sonrió.

—Ya veo que, después de todo, el asunto de los guanteletes resultó secundario. — Tendió los brazos.— Yo gané. Pero en realidad ganó usted, por medio de algún arte oculto que ni mi hermana ni yo conocemos. Ya me ha dañado usted tres veces y, de acuerdo con la vieja ley, el hombre tres veces dañado tiene derecho a reclamar un don a su opresor. Concedo que la vieja ley ya no tiene vigencia, pero mi querida hermana me dice que siente usted apego por los tiempos pasados, cuando el gremio de usted era grande y la fortaleza el centro de la Mancomunidad. Reclamo el don. Déjeme en libertad.

Agia se puso de pie sacudiéndose la paja de las rodillas y los muslos redondeados. Como si acabara de darse cuenta de que estaba desnuda, tomó el vestido de brocado verde azulado que yo tan bien recordaba y se cubrió con él.

—¿De qué modo lo he dañado, Agilus? —dije—. Me parece que si alguien ha causado daño, ha sido usted, o al menos trató de hacerlo.

—Primero por engañarse. Llevaba por la ciudad un legado que vale una villa, sin saber lo que tenía. Como propietario era su deber saberlo, y por esta ignorancia corrió el peligro de morir mañana, a menos que me ponga en libertad esta misma noche. Segundo, por rehusarse a escuchar todo ofrecimiento de compra. En nuestra sociedad comercial uno puede elevar el precio de una cosa tanto como quiera, pero rehusarse a venderla a cualquier precio es traición. Agia y yo llevábamos puesta la ostentosa armadura de un bárbaro… usted el corazón. Tercero, por el artificio del que se valió para vencer en el combate. A diferencia de usted, me enfrentaba con poderes que sobrepasaban mi entendimiento. Perdí la cabeza como le sucedería a cualquiera, y aquí estoy. Exijo que me ponga en libertad.

Reí indignado.

—Me pide que haga por usted, a quien desprecio por mil motivos, lo que no hice por Thecla, a la que amaba más que a mi propia vida. No. Soy un tonto, y si no lo era ya antes, con seguridad lo soy ahora, gracias a su querida hermana. Pero no tanto como para hacer lo que me pide.

Agia dejó caer su vestido y se arrojó sobre mí con tanta violencia, que por un instante pensé que me estaba atacando. En cambio me cubrió la boca de besos, y tomándome las manos, puso una sobre sus pechos y la otra sobre su cadera de terciopelo.

—¡Severian, te amo! Te deseé mientras estuvimos juntos, y traté de abandonarme veinte veces entre tus brazos. ¿No recuerdas cuando quería llevarte al Jardín de las Delicias? Habría significado el éxtasis para los dos, pero no quisiste ir. Por una vez sé honesto. —(Hablaba como si la honestidad fuera algo anormal, como la manía.)— ¿No me amas? Tómame ahora… aquí. Agilus se dará vuelta, te lo prometo. —Había deslizado los dedos entre mi faja y mi vientre, y no me di cuenta de que había abierto con la otra mano el bolsillo del cinturón hasta que no hube oído un crujir de papeles.

Le golpeé la muñeca, tal vez con excesiva violencia y ella se arrojó sobre mí tratando de alcanzarme los ojos con las uñas, como hacía Thecla a veces cuando ya no podía soportar la idea de la prisión y el dolor. La aparté de un empujón, y esta vez no fue a dar sobre una silla, sino contra la pared. La cabeza de Agia golpeó la piedra, y aunque la cabellera tuvo que haber amortiguado el impacto, resonó como el martillazo de un albañil. Se le doblaron las rodillas y el cuerpo le resbaló hasta que quedó sentada sobre la paja. Nunca me hubiera imaginado que Agia fuera capaz de llorar.

Agilus preguntó: —¿Qué le hizo ella? —y en su voz no parecía haber más que curiosidad.

—Usted tiene que haberla visto. Trató de meter la mano en mi bolsillo. —Saqué las monedas que había en él: dos oricretas de latón y siete de cobre.— O quizá quería robarme la carta que tengo para el árcente de Thrax. Le hablé de ella una vez, pero no la llevo aquí.

—Quería las monedas, estoy seguro. A mí me dieron de comer, pero tiene sin duda mucha hambre.

Levanté a Agia y la eché encima del vestido desgarrado; luego abrí la puerta y la llevé fuera. Estaba todavía mareada, pero cuando le di una oricreta, la arrojó al suelo y escupió.

Cuando volví a la celda, Agilus estaba sentado con las piernas cruzadas, y la espalda apoyada contra la pared.

—No me pregunte por Agia —dijo—. Todo lo que sospecha es verdad… ¿no le basta con eso? Yo habré muerto mañana y ella se casará con un viejo que se babea por ella o con algún otro. Preferiría que ya lo hubiese hecho. Él no le habría impedido que me viera, a mí, su hermano. Ahora yo habré partido, y ella no tendrá que preocuparse ni siquiera por eso.

—Sí —dije—, usted morirá mañana. Sobre eso he venido a hablarle. ¿Le preocupa cómo lucirá en el cadalso?

Se miró fijamente las manos, finas y más bien blandas, iluminadas por el delgado rayo de sol que unos momentos antes le había aureolado la cabeza.

—Sí —dijo—. Puede que ella venga. Espero que no lo haga, pero sí, me preocupa.

Le dije entonces (como se me había enseñado) que por la mañana comiera poco, para no indisponerse cuando llegara el momento, y le advertí que orinara, ya que la vejiga se le distendería con el golpe. Lo instruí en la falsa rutina que enseñamos a todos los que van a morir, de modo que piensen que el momento aún no ha llegado, cuando en realidad ya ha quedado atrás; la falsa rutina que les permite morir con algo menos de miedo. No sé si me creyó, aunque espero que así haya sido; si existe una mentira que jamás se justifica a los ojos del Pancreador, es ésta.

Cuando lo dejé, la oricreta había desaparecido. Agia —sin duda con el borde de la oricreta— había trazado allí un dibujo, sobre el polvo que cubría el empedrado. Podría haber sido la cara amenazadora de jupari, o quizás un mapa, y alrededor había unos signos que yo desconocía. Lo borré con el pie.

XXX — La noche

Eran cinco, tres hombres y dos mujeres. En cierto sentido esperaban agrupados fuera de la puerta, pero no cerca de ella, a unos doce pasos de distancia. Mientras esperaban, conversaban entre sí, hablando dos o tres a la vez, casi gritando, riendo, agitando los brazos, dándose con los codos.

Durante un tiempo los observé desde las sombras. Envuelto como estaba en mi capa fulígena, no podían verme, y me era posible pretender que no sabía quiénes eran; algo ebrios como estaban, podrían haber participado en una fiesta.

Ansiosos y vacilantes a la vez, se veía que temían ser rechazados, y sin embargo estaban decididos a avanzar. Uno de los hombres, seguramente el hijo ilegítimo de algún exultante, era más alto que yo, de cincuenta años o más, y casi tan gordo como el dueño de la Taberna de los Amores Perdidos. Junto a él se encontraba una mujer de unos veinte años; tenía la mirada más anhelante que yo hubiera visto nunca. Cuando el hombre gordo se puso delante bloqueándome el camino, ella se acercó tanto a mí que parecía casi mágico que no nos tocáramos; las manos de largos dedos se le movían junto a la abertura de mi capa como si deseara acariciarme el pecho, pero sin hacerlo nunca del todo, y al fin sentí que estaba a punto de ser víctima de un fantasma, un súcubo o una lamia que me succionaría la sangre. Los demás se apiñaron alrededor de mí, apretándome contra el edificio.

—Es mañana, ¿no es cierto? ¿Cómo se siente usted ahora? —¿Cómo se llama realmente? —Es malvado ¿verdad? ¿Un monstruo? —Ninguno de ellos esperaba respuesta a estas preguntas, y me pareció que ni siquiera lo deseaban. Buscaban mi proximidad y la experiencia de haber hablado conmigo.— ¿Le quebrará los huesos primero? —¿Lo marcará a fuego? —¿Ha matado alguna vez a una mujer?

—Sí —dije—. Sí, una vez maté a una.

Uno de los hombres, bajo y delgado, con la alta frente combada de un intelectual, me estaba deslizando un asimi en la mano.

—Sé que ustedes no cobran mucho, y he oído decir que él es un pobretón y no podrá darle propina.

Una mujer de cabellos canosos intentó darme un pañuelo de encaje.

—Empapelo de sangre, aunque sea sólo un poco. Le pagaré después.

Aunque me repugnaban, sentía lástima por todos ellos, en especial por uno de los hombres. Era aún más pequeño que el que me había dado el dinero, más canoso que la mujer canosa; y había locura en sus ojos opacos, la sombra de alguna preocupación apenas reprimida que se le había desgastado en la prisión de la mente hasta que perdió toda ansiedad, y sólo le quedó energía. Parecía esperar a que los otros cuatro terminaran de hablar y como era evidente que ese momento no llegaría nunca, los silencié con un ademán y le pregunté qué quería.

—M… m… maestro, cuando estuve en el Quasar, tuve una paracoita, una muñeca, ya sabe, una genicona, tan hermosa, con grandes pupilas oscuras como pozos, e iris purpúreos como los pensamientos que florecen en el verano, Maestro, ramos enteros de ellos se reunieron para hacer esos ojos, esa carne que parecía siempre calentada por el sol. ¿D… d… dónde está ella ahora, mi propia escopolagna, mi muñequita? ¡Que hundan clavos en la manos de aquellos que se la llevaron! Aplástelos, con piedras, maestro. ¿A dónde se ha ido desde la caja de madera de limonero que yo le había hecho, donde no dormía nunca, porque yacía a mi lado toda la noche, no en la caja, la caja de madera de limonero donde esperaba todo el día, guardia tras guardia, Maestro, sonriendo cuando la guardaba dentro para poder sonreír cuando la sacaba? Qué suaves tenía las manos, las manilas. Como p… p… palomas. Podría haberse ido volando, si no hubiera preferido yacer conmigo. R… r… retuérzales las tripas alrededor de la cabria, tápeles la boca con los ojos. Cástrelos, aféitelos por debajo para que las mujerzuelas no los reconozcan, que las queridas los repudien, líbrelos a la descarada risa de las descaradas bocas de las rameras. Ejerza su voluntad sobre los culpables. ¿Acaso tuvieron piedad de la inocente? ¿Acaso temblaron, acaso lloraron? ¿Qué clase de hombre pudo hacer lo que ellos hicieron…? Ladrones, falsos amigos, traidores, malos camaradas de a bordo, ni siquiera camaradas de a bordo, asesinos y secuestradores. S… s… sin usted ¿dónde están las pesadillas, dónde las restituciones prometidas desde hace tanto? ¿Dónde están las cadenas, las esposas, los grilletes, las cangas? ¿Dónde están las abacinaciones que los enceguezcan? ¿Dónde las defenestraciones que les quiebren los huesos, los potros que les separen las articulaciones? ¿Dónde está la amada que he perdido?

Dorcas se había adornado el pelo con una margarita; pero mientras paseábamos fuera de los muros (yo envuelto en mi capa, de modo que quien se encontrara a más de unos pocos pasos de distancia habría pensado que se paseaba sola) los pétalos se le plegaron como en un sueño. Entonces ella recogió uno de esos capullos blancos acampanados que se llaman flores de la luna porque parecen verdes a la luz verde de la luna. Ninguno de los dos tenía mucho que decir, salvo que ambos nos encontraríamos irremediablemente solos si nos separábamos. Mientras caminábamos, nuestras manos entrelazadas hablaban por nosotros.

Los abastecedores iban y venían, pues los soldados se aprontaban a partir. Al norte y al este el Muro nos rodeaba, de modo que las murallas de los cuarteles y los edificios administrativos no parecían más que una construcción de niños, una pared de arena que un pie distraído podría derribar. Hacia el sur y hacia el oeste se extendía el Campo Sanguinario. Oímos el resonar de la trompeta y los gritos de los monomaquistas invocando a sus enemigos. Por un instante me pareció que los dos teníamos miedo de que el otro sugiriera ir a mirar los combates. Ninguno lo hizo.

Cuando el último toque de queda resonó desde el Muro, volvimos a nuestro cuarto sin ventanas ni lumbre, con un candil que nos habían prestado. La puerta no tenía cerrojo, pero pusimos una mesa contra ella sobre la que colocamos el candelabro. Le había dicho a Dorcas que era libre de marcharse y que de ahí en adelante se diría que era la mujer de un torturador, que se entregaba bajo el cadalso a cambio de un dinero teñido de sangre.

—Ese dinero me ha vestido y alimentado —dijo. Luego se quitó el manto pardo (que cayó a mis pies y arrastró descuidada por el polvo) y se alisó la zamarra de tosco lino amarillo.

Le pregunté si tenía miedo.

—Sí —dijo, y aclaró en seguida—: Oh, no de ti.

—¿De qué entonces? —Yo me estaba quitando la ropa. Si me lo hubiera pedido, no la habría tocado en toda la noche. Pero quería que me lo pidiera… en realidad, quería que me lo rogara; y el placer de la abstinencia hubiera sido más intenso que el de la posesión, a lo que se hubiera agregado la certeza de que a la noche siguiente ella se habría sentido obligada a complacerme.

—De mí misma. De los pensamientos que puedan asaltarme al yacer de nuevo con un hombre.

—¿De nuevo? ¿Recuerdas alguna otra vez?

Dorcas sacudió la cabeza.

—Pero estoy segura de no ser virgen. Te he deseado a menudo, ayer y hoy. ¿Para quién crees que me he lavado? Ayer te sostuve la mano mientras dormías, y soñé que nos saciábamos y dormíamos uno en brazos del otro. Pero conozco la saciedad tanto como el deseo… de modo que al menos he conocido a un hombre. ¿Quieres que me quite esto antes de apagar la candela?

Era esbelta, de pechos altos y caderas estrechas, extrañamente infantil, aunque toda una mujer.

—Pareces tan pequeña —dije, y la atraje hacia mí.

—Y tú eres tan grande.

Yo sabía que la lastimaría esa noche y las siguientes, por más que me esforzara. Sabía también que era incapaz de ser clemente con ella. Un momento antes me hubiera refrenado, si ella me lo hubiera pedido. Ahora ya no; y así como me habría arrojado sobre ella aunque una pica se hubiera hundido en mi cuerpo, así intentaría más tarde hundir mi cuerpo en el suyo.

Habíamos permanecido de pie mientras yo le acariciaba y besaba los pechos, que eran como frutos redondos partidos por la mitad. Luego la alcé, y juntos caímos en una de las camas. Ella dejó escapar un gemido en el que se mezclaban el placer y el dolor, y trató de apartarme antes de aferrarse a mí.

—Soy feliz —dijo—. Soy tan feliz —y me mordió el hombro. El cuerpo se le curvó hacia atrás como un arco.

Luego juntamos las camas para poder estar cerca. Todo fue más lento la segunda vez; ella rechazó una tercera.

—Necesitarás de tus fuerzas mañana —dijo.

—Entonces no te importa.

—Si pudiéramos hacerlo a nuestro modo, ningún hombre tendría que robar ni derramar sangre. Pero las mujeres no hicimos el mundo. Todos vosotros sois torturadores, de un modo u otro.

Esa noche llovió, y pudimos oír el tamborileo del agua sobre el tejado por encima de nuestras cabezas; un sonido limpio, alegre, interminable. Me dormí y soñé que el mundo había sido vuelto del revés. El Gyoll estaba arriba ahora, y vertía sobre nosotros todo un caudal de peces, inmundicias y flores. Vi el gran rostro que viera cuando estuve a punto de ahogarme: un portento de coral y blancura sobre el cielo, mostrando al sonreír unos dientes como agujas.

Thrax es llamada la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas. Tal vez, nuestro cuarto sin ventanas fuera un camino para entrar en Thrax. Thrax será así, pensé. Quién sabe si Dorcas y yo ya nos encontramos allí, quizá no esté tan hacia el norte como había creído, ni como se me había dado a entender.

Dorcas se levantó para salir, y yo la acompañé sabiendo que era peligroso que anduviese sola de noche en un lugar donde había tantos soldados. El pasillo al que daba nuestro cuarto corría a lo largo de una pared exterior traspasada por troneras; la lluvia penetraba por ellas en un fino rocío. Quería mantener a Términus Est guardada en la vaina, pero una espada tan larga es lenta de sacar. Cuando estuvimos de vuelta en nuestro cuarto, con la mesa contra la puerta, tomé la piedra de afilar y comencé a alisar la parte del filo que utilizaría, dos tercios a partir de la empuñadura, hasta que fue capaz de cortar un pelo arrojado al aire. Luego limpié y aceité toda la hoja y coloqué la espada contra la pared, cerca de mi cabeza.

Mañana sería mi primera aparición sobre el cadalso, a no ser que el chiliarca decidiera a último momento mostrarse clemente. Eso era siempre una posibilidad, siempre un riesgo. La historia nos muestra que en todas las épocas hay un período de neurosis, y el maestro Palaemon me había enseñado que nuestra neurosis es la clemencia, un modo de decir que uno menos uno es más que nada, que como la ley humana no tiene por qué ser coherente consigo misma, tampoco es preciso que la justicia lo sea. Hay en cierto pasaje del libro marrón, un diálogo entre dos mistes, en el que uno de ellos sostiene que la cultura es una excrecencia de la visión del Increado en tanto lógica y justa, destinada, de acuerdo con una coherencia interior a cumplir promesas y amenazas. Si es así, pensé, sin duda pereceremos ahora, y la invasión desde el norte, por la que han muerto tantos que se resistieron, no es más que un viento que derriba un árbol ya podrido.

La justicia es algo elevado, y esa noche, mientras.yacía junto a Dorcas escuchando llover, yo era joven, de modo que sólo deseaba cosas elevadas. Ésa era la razón por la que tanto ansiaba que nuestro gremio recuperara la posición y la consideración que una vez había tenido. (Y lo ansiaba aun entonces, cuando me habían expulsado.) Quizá fue por esa misma razón que el amor a las criaturas vivientes, que con tanta intensidad experimentara de niño, declinó hasta ser apenas un mero recuerdo cuando encontré al pobre Triskele sangrando fuera de la Torre del Oso. La vida, después de todo, no es una cosa elevada, y desde muchos puntos de vista, es lo contrario de la pureza. Soy juicioso ahora, si no mucho mayor, y sé que es mejor tener todas las cosas, las elevadas y las bajas, que sólo las elevadas.

A no ser que el chiliarca decidiera tener clemencia, mañana yo le quitaría la vida a Agilus. Nadie puede saber qué significa eso. El cuerpo es una colonia de células (solía pensar en nuestra mazmorra, cuando el maestro Palaemon lo dijo). Dividido en dos grandes partes, perece. Pero no hay razón para lamentar la destrucción de una colonia de células: sucede cada vez que una hogaza de pan entra en un horno. Si el hombre no es más que una colonia semejante, entonces no es nada; pero nuestro instinto nos dice que el hombre es algo más. ¿Qué le sucede entonces a esa parte que es más?

Puede que también perezca, aunque más lentamente. Hay muchos edificios, túneles y puentes encantados; no obstante he oído decir que un espíritu humano, no elemental, aparece y reaparece cada vez con menos frecuencia, hasta que, por último, no se lo ve más. Los historiógrafos dicen que en el remoto pasado, los hombres sólo conocían este mundo de Urth, y que no temían a las bestias que por entonces habitaban en él, y que viajaban libremente desde este continente hacia el norte; pero nadie ha visto jamás los fantasmas de esos hombres.

Puede que perezca de inmediato… o que me encuentre errando entre las constelaciones. Urth, sin duda, es menos que una aldea en la inmensidad del universo. Y si un hombre vive en una aldea y sus vecinos le queman la casa, abandonará el lugar si no ha muerto en el incendio. Claro que entonces tenemos que preguntarnos cómo ha llegado a donde ha llegado.

El maestro Gurloes, que ha ejecutado a muchos hombres, solía decir que sólo a un necio le preocupaba que el ritual fuera un fracaso: resbalarse en la sangre o no darse cuenta de que el cliente lleva peluca e intentar tomarlo por los cabellos. Los peores peligros eran una pérdida del aplomo que haría temblar el brazo y asestar un golpe torpe, y un sentimiento de vindicación que transformaría el acto de justicia en una mera venganza. Antes de volver a dormirme, traté de fortalecerme contra ambos.

XXXI — La sombra del torturador

Es parte de nuestro oficio permanecer de pie, sin capa, enmascarado, con la espada desnuda sobre el cadalso mucho tiempo antes de que el cliente sea conducido hasta él. Algunos dicen que esto simboliza la omnipresencia siempre despierta de la justicia, pero yo creo que la verdadera razón es procurarle a la multitud un punto central de concentración y el sentimiento de que algo está por ocurrir.

Una multitud no es la suma de los individuos que la componen. Es sobre todo una especie de animal sin lengua ni verdadera conciencia, que nace cuando los individuos se reúnen, y muere cuando se separan. Ante la Sala de Justicia un círculo de dimarchis rodeaba el cadalso esgrimiendo lanzas, y la pistola que llevaba el oficial podría, supongo, haber matado a cincuenta o sesenta antes de que nadie se la arrebatara y lo arrojara sobre el empedrado para darle muerte. Sin embargo, es preferible tener un punto central de referencia y algún símbolo visible de poder.

Los que habían venido a ver la ejecución no eran de ningún modo todos pobres, ni siquiera la mayoría. El Campo Sanguinario se encuentra entre los mejores barrios de la ciudad, y en él pueden verse sedas en abundancia, y caras que han sido lavadas por la mañana con jabón perfumado. (Dorcas y yo nos habíamos salpicado en la fuente del patio central.) Esta gente es mucho más lenta para la violencia que los pobres, pero una vez soliviantados son mucho más peligrosos porque no están acostumbrados a someterse a la fuerza, y a pesar de los demagogos, tienen mucho más coraje.

De este modo, yo permanecía erguido con las manos apoyadas sobre el arrial de Términus Est, y me volvía de un lado y del otro, y ajustaba el tajo para que mi sombra diera sobre él. El chiliarca no estaba visible, aunque más tarde lo descubrí mirando desde una ventana. Busqué a Agia entre la multitud, pero no pude verla; Dorcas estaba en la escalinata de la Sala de Justicia; una posición que le fue reservada por habérselo solicitado yo al alguacil.

El hombre gordo que me había abordado el día anterior, estaba tan cerca del cadalso como pudo conseguirlo. La mujer de los ojos anhelantes estaba a su derecha, y la canosa a su izquierda; tenía su pañuelo atado a mi bota. El hombre pequeño que me había dado el asimi y el tartamudo de ojos opacos que me había hablado de modo tan extraño, no se veían por ninguna parte. Los busqué por los tejados, desde donde hubieran tenido una buena perspectiva a pesar de su pequeña estatura y, aunque no los encontré, quizás estuvieran allí.

Cuatro sargentos con altos yelmos de gala condujeron a Agilus. Como el agua tras el bote de Hildegrin, vi que la multitud se abría para darles paso antes de que yo pudiera verlos. Luego divisé las plumas de color escarlata, después el resplandor de las armaduras, y por último el pelo castaño de Agilus y la ancha cara infantil mantenida en alto porque las cadenas que le sujetaban los brazos lo obligaban a juntar los omóplatos. Recordé lo elegante que había lucido en la armadura de oficial de la guardia, con la quimera sobre el pecho. Parecía trágico que no lo acompañaran ahora hombres de la unidad que en cierto modo había sido la suya, en lugar de estos regulares cubiertos de cicatrices con armaduras de acero pulido. Había sido despojado de su uniforme de hiparca, y yo lo esperaba con el rostro cubierto por la máscara fulígena con la que había luchado contra él. Sin embargo, las viejas creen que el Panjuzgador nos castiga con la derrota y nos recompensa con la victoria: sentí que se me había recompensado más de lo que yo deseaba.

Unos instantes después, Agilus se encontraba en el cadalso y la breve ceremonia comenzó. Cuando hubo terminado, los soldados lo obligaron a hincarse de rodillas, y levanté mi espada que le borró el sol para siempre.

Cuando la hoja está tan afilada como tiene que estarlo, y el golpe es dado de la manera correcta, sólo se siente una ligera vacilación cuando la espina dorsal se parte; luego la sólida mordida del filo en el tajo. Juraría que olí su sangre en el aire limpio de después de la lluvia, antes de que su cabeza cayera en el cesto. La multitud retrocedió y luego avanzó otra vez sobre las lanzas que la apuntaban. Oí los jadeos del hombre gordo; parecía que estuviese alcanzando un clímax sudoroso sobre una mujer alquilada. Desde lejos llegó un grito, era la voz de Agia, tan inconfundible como un rostro entrevisto a la luz de un relámpago. Algo en su timbre me indicó que, aunque no había estado mirando, conoció al instante el momento en que su hermano moría.

La secuela es a menudo más perturbadora que el acto mismo. No bien la cabeza es exhibida ante la multitud, puede dejársela caer otra vez en el cesto. Pero el cuerpo descabezado (que puede perder no pocas cantidades de sangre antes de que el corazón deje de bombear) ha de retirarse de manera digna, aunque deshonrosa. Además, no sólo ha de ser «retirado», sino llevado a algún lugar específico donde nadie pueda vejarlo. Por tradición es posible colocar a un exultante sobre la montura de su propio caballo de guerra y sus restos se devuelven a la familia sin dilación. Pero a las personas de menor rango hay que procurarles un sitio de descanso, apartado de los devoradores de muertos; y, por lo menos hasta que estén fuera del alcance de la vista, es preciso arrastrarlos. El verdugo no puede desempeñar esta tarea porque tiene que hacerse cargo de la cabeza y del arma, y es raro que algún otro de los involucrados —soldados, oficiales de la corte, etc.— esté dispuesto a llevarla a cabo. (En la Ciudadela la desempeñaban dos oficiales, de modo que no había dificultades.) El chiliarca, un caballero por formación, y sin duda, por inclinación, solucionó el problema ordenando que el cuerpo fuera arrastrado por una bestia de carga. Al animal no se lo había consultado, y como pertenecía a una familia trabajadora más que a una guerrera, se asustó de la sangre e intentó desbocarse. Hubo un momento de gran interés antes de que pudiéramos poner al pobre Agilus en un sitio alejado del público.

Me estaba limpiando las botas, cuando apareció el alguacil. Al verlo, supuse que había venido a pagarme, pero me indicó que lo haría el chiliarca en persona. Le dije que era un honor inesperado.

—Lo vio todo —dijo el alguacil—. Y quedó muy complacido. Me indicó que le dijera que usted y la mujer que lo acompaña son bienvenidos a pasar aquí la noche, si lo desea.

—Nos iremos al atardecer —le dije—. Me parece más seguro.

Pensó un momento y luego asintió con la cabeza, mostrando una inteligencia que me sorprendió.

—El bribón tendrá familia, se me ocurre, y amigos… aunque supongo que los conoce tan poco como yo. Sin embargo, es una dificultad que sin duda enfrenta usted con frecuencia.

—Los miembros más experimentados de mi gremio ya me lo habían advertido —dije.

Había dicho que partiríamos al atardecer, pero esperamos hasta que oscureció por completo, en parte por seguridad, pero también porque me pareció atinado que cenáramos antes de partir.

Por supuesto, no podíamos ir directamente al Muro y luego a Thrax. Los portalones, de cuya situación yo sólo tenía una vaga idea, estarían cerrados, y todos me habían dicho que no había tabernas entre los cuarteles y el Muro. Por lo tanto, lo primero que teníamos que hacer era perdernos, y luego encontrar un lugar donde pasar la noche y desde el que pudiéramos llegar sin dificultades hasta el portalón al día siguiente. El alguacil me había dado direcciones precisas, y aunque nos perdimos, pasó cierto tiempo antes de que nos diéramos cuenta, e iniciamos nuestra caminata muy animados. El chiliarca había intentado darme mis honorarios en la mano en lugar de arrojarlos a mis pies como es la costumbre, y tuve que disuadirlo en nombre de su propia reputación. Le conté a Dorcas este incidente, que me había divertido casi tanto como me había halagado. Cuando concluí mi historia, me preguntó demostrando sentido práctico: —¿Te pagó bien, supongo?

—Más del doble de lo que tenía que haber pagado por los servicios de un solo oficial. Los honorarios de un maestro. Y por supuesto, recibí algunas propinas relacionadas con la ceremonia. ¿Sabes?, a pesar de todo lo que gasté mientras Agia estaba conmigo, tengo más dinero ahora que el que tenía cuando dejé la torre. Estoy empezando a pensar que mientras viajamos, podré ganar nuestro sustento practicando los misterios del gremio.

Dorcas se cerró aún más el manto.

—Esperaba que no tuvieras que volver a ejercerlo. Cuando menos, no por un largo rato. Te sentiste tan indispuesto después… y no te culpo.

—Sólo estaba un poco nervioso… temía que algo no saliera bien.

—Tuviste piedad de él. Lo sé.

—Supongo que sí. Era el hermano de Agia, y ella me gusta, aunque no la desee.

—Echas de menos a Agia, ¿verdad? ¿Tanto te gustaba?

—Sólo estuve con ella un día… mucho menos de lo que hace que te conozco… Si se hubiera salido con la suya, yo ahora estaría muerto. Uno de esos dos avernos habría acabado conmigo.

—Pero no lo hizo.

Todavía recuerdo el tono con que me lo dijo, y si cierro los ojos, puedo revivir la impresión que sentí al darme cuenta que, desde que viera a Agilus todavía con la planta en la mano, había evitado pensar en el asunto. La hoja no me había matado, pero yo había apartado de mi mente el hecho de que aún continuaba vivo, como un hombre que padece una enfermedad mortal y evita, mediante un millón de engaños, mirar la muerte de frente; o, más bien, como una mujer sola en una gran casa, que se abstiene de mirarse en los espejos, y en cambio se ocupa de tareas triviales, para no vislumbrar esa cosa cuyos pasos oye a veces en las escaleras.

Había sobrevivido y tendría que haber muerto. Estaba obsesionado con mi propia vida. Metí una mano por debajo de la capa y me acaricié la carne, al principio con escrúpulos. Había algo semejante a una cicatriz, y un poco de sangre coagulada todavía adherida a la piel; pero no me sangraba ni sentía dolor.

—No son mortales —dije—. Eso es todo.

—Ella dijo que sí lo son.

—Ella decía muchas mentiras. —Ascendíamos la ladera de una colina bañada por la pálida luz verde de la luna. Delante de nosotros, se levantaba la línea del Muro, negra como el alquitrán, y que parecía estar muy cerca, como suele suceder con las montañas. Detrás de nosotros, las luces de Nessus creaban un falso amanecer que iba muriendo poco a poco a medida que avanzaba la noche. Me detuve en la cima de la colina para admirarlas, y Dorcas me tomó del brazo.— Tantas casas… ¿Cuánta gente hay en la ciudad?

—Nadie lo sabe.

—Y los dejaremos a todos atrás. ¿Está muy lejos Thrax, Severian?

—Hay un buen trecho por delante, como ya te dije. Al pie de la primera catarata. No te obligo a que me acompañes. Lo sabes.

—Quiero hacerlo. Pero supón… Severian, supón que quisiera regresar más adelante. ¿Tratarías de impedírmelo?

—Sería peligroso que intentaras hacer sola ese viaje —dije—, de modo que quizá trataría de persuadirte de que no lo emprendieras. Pero no te ataría ni te encerraría, si a eso te refieres.

—Me dijiste que hiciste una copia de la nota que alguien me dejó en la taberna. ¿Lo recuerdas? Pero nunca me la mostraste. Querría verla ahora.

—Te dije exactamente lo que estaba escrito, y no es la nota original, lo sabes. Agia la tiró. Estoy seguro de que pensó que alguien, Hildegrin tal vez, trataba de hacerme una advertencia. —Yo ya había abierto el bolsillo de mi cinturón; cuando tomé la nota, mis dedos tocaron algo más, algo frío y de forma extraña.

—¿Qué es? —preguntó Dorcas al ver mi expresión.

Lo saqué. No era mucho mayor que una oriceta, y sólo un poco más grueso. El frío material de que estaba hecho, emitía destellos celestes a la helada luz de la luna. Me di cuenta de que sostenía un fanal que podía verse desde toda la ciudad; lo guardé otra vez y cerré el bolsillo.

Dorcas me apretaba tanto el brazo que podría haber sido un brazalete de marfil y oro que hubiera cobrado el tamaño de una mujer.

—¿Qué era eso? —preguntó en un susurro.

Yo sacudí la cabeza para aclarar mis pensamientos.

—No es mío. Ni siquiera sabía que lo tenía. Una gema, una piedra preciosa…

—No puede ser. ¿No sentiste el calor? Mira tu espada… eso de allí es una gema. Pero ¿qué era lo que acabas de sacar?

Miré el ópalo oscuro en la empuñadura de Términus Est. Brillaba a la luz de la luna, pero comparado con el objeto que había sacado de mi bolsillo era como un mero espejo, comparado con el sol.

—La Garra del Conciliador —dije—. Agia la puso allí. Lo hizo sin duda cuando destruimos el altar, para que no se la encontraran encima si la registraban. Agilus la hubiera recobrado al reclamar su derecho como vencedor, y como no pudo matarme, ella trató de robármela en la celda.

Dorcas ya no me miraba. Tenía la cara levantada y vuelta hacia la ciudad, contemplando el brillo de las lámparas reflejado en el cielo —Severian —dijo—, no puede ser.

Colgando sobre la ciudad como una montaña voladora en un sueño, había un enorme edificio, con torres y arbotantes y un techado arqueado. Las ventanas emanaban una luz carmesí. Traté de hablar, de negar el milagro aun cuando lo estaba viendo; pero antes que pudiera articular una sílaba, el edificio se había desvanecido como una burbuja en una fuente, dejando sólo una cascada de chispas.

XXXII — La representación

Fue sólo después de que el edificio apareciera sobre la ciudad para desvanecerse en seguida, cuando supe que amaba a Dorcas. Nos internamos camino abajo —pues habíamos encontrado un nuevo sendero sobre la cima de la colina— en la oscuridad. Y porque pensábamos exclusivamente en lo que acabábamos de ver, nuestros espíritus se unieron sin obstáculo, cada uno pasando a través de esos pocos segundos de visión, como por una puerta nunca antes abierta, y que ya no se abriría otra vez.

No sé a dónde nos dirigíamos. Recuerdo un sendero serpenteante que bajaba por la ladera de la colina, un puente arqueado y otro camino bordeado a lo largo de una legua por un errante vallado de madera. Dondequiera que nos llevara, sé que no hablamos de nosotros en absoluto, sino sólo de lo que habíamos visto y de lo que podría significar. Y sé que al principio de nuestro viaje, miraba a Dorcas sólo como a una compañera casual, aunque deseable y digna de compasión. Y que cuando hubo terminado, la amaba como nunca he amado a otro ser humano. No la amaba porque amara menos a Thecla; ocurría en verdad que por el amor que yo le tenía a Dorcas, amaba más a Thecla, porque Dorcas era también una parte de mí (como Thecla llegaría a serlo de una manera tan terrible como hermosa la otra), y si yo amaba a Thecla, Dorcas también la amaba.

—¿Piensas —me preguntó— que alguien más pudo haberlo visto?

Esto no lo había considerado, pero dije que aunque el edificio sólo había permanecido en el aire un momento, esto había ocurrido sobre la mayor de las ciudades; y que si millones y decenas de millones no lo habían visto, algunos otros, centenares, tuvieron que haberlo visto.

—¿No es posible que fuera una visión sólo destinada a nosotros?

—Nunca he tenido una visión, Dorcas.

—Y yo no sé si la he tenido o no. Cuando trato de recordar como era antes del momento en que te ayudé a salir del agua, sólo recuerdo estar a mi vez en el agua. Todo lo anterior es como una visión hecha añicos, sólo fragmentos brillantes: un dedal que vi sobre una tela de terciopelo, una vez, y el ladrido de un perro delante de una puerta. Nada como esto. Nada como lo que hemos visto.

Lo que dijo me recordó la nota que yo había estado buscando cuando mis dedos tocaron la Garra, y eso, a la vez, me recordó el libro marrón que estaba junto a ella. Le pregunté a Dorca si no le gustaría ver el libro que había pertenecido a Thecla cuando encontráramos un lugar donde detenernos.

—Sí —me respondió Dorca—. Cuando estemos sentados junto a un fuego otra vez, como lo estuvimos en aquella taberna.

—El encuentro de esa reliquia, que por supuesto tendré que devolver antes de abandonar la ciudad, y lo que hemos estado diciendo, me recuerdan algo que leí en él una vez. ¿Conoces la clave del universo?

Dorcas rió suavemente.

—No, Severian, yo, que apenas sé mi nombre, no sé nada acerca de la clave del universo.

—Creo que no te lo he preguntado como tendría que haberlo hecho. Lo que quise decir es: ¿estás familiarizada con la idea de que el universo tiene una clave secreta? ¿Una sentencia o una frase, aun una sola palabra como dicen algunos, que puede ser arrancada de los labios de esa estatua, o leída en el firmamento, o que un anacoreta que vive en un mundo al otro lado del mar enseña a sus discípulos?

—Los niños pequeños la conocen —dijo Dorcas—. La conocen antes de aprender a hablar, pero cuando crecen y empiezan a hablar, ya casi la han olvidado. Al menos, alguien me dijo eso una vez.

—Es lo que quiero decir, o algo por el estilo. El libro marrón es una colección de mitos del pasado, y tiene una sección en la que se enumeran las claves del universo: todo lo que la gente ha dicho, después de haber hablado con mistágogos de mundos distantes, o estudiado el Popul Vuh de los magos, o ayunado en los troncos sagrados de ciertos árboles, era El Secreto. Thecla y yo solíamos leerlas y discutirlas. Una de ellas afirma que todo, cualquier cosa que suceda, tiene tres significados. El primero es el significado práctico, lo que el libro llama «la cosa que ve el campesino». La vaca ha tomado un bocado de pasto, y se trata de verdadero pasto y de una vaca real; ese significado es tan importante y verdadero como cualquiera de los otros. El segundo es el reflejo del mundo alrededor. Cada objeto se encuentra en contacto con los otros, y es así que el sabio puede comprender a los demás mediante la observación del primero. Ése podría llamarse el significado del adivino, porque es el que ese tipo de gente utiliza cuando profetiza un encuentro afortunado observando las huellas de una serpiente, o cuando confirma el desenlace de un asunto amoroso poniendo el elector de un palo de baraja sobre la patrona de otro.

—¿Y el tercer significado? —preguntó Dorcas.

—El tercero es el significado transustancial. Dado que todos los objetos tienen su origen último en el Pancreador, que los ha puesto en movimiento, todo, en consecuencia, expresa su voluntad, que es la realidad más alta.

—Estás diciendo que lo que vimos era un signo.

Sacudí la cabeza.

—El libro está diciendo que todo es un signo. El poeta de ese cerco es un signo, y también lo es el modo en que el árbol se inclina sobre él. Algunos signos suelen expresar el tercer significado con mayor facilidad que otros.

Durante unos cien pasos permanecimos en silencio. Luego Dorcas dijo: —Me parece que si lo que explica el libro de la chatelaine es cierto, la gente lo entiende todo al revés. Vimos una gran estructura saltar en el aire y deshacerse en la nada ¿no es así?

—Yo sólo la vi suspendida sobre la ciudad. ¿Saltó?

Dorcas asintió. Pude ver el brillo de sus pálidos cabellos a la luz de la luna.

—Me parece que lo que llaman el tercer significado es muy claro. Pero el segundo es más difícil de encontrar, y el primero, que tendría que ser el más sencillo, es imposible.

Estaba por decirle que la entendía —al menos en lo que se refería al tercer significado— cuando a cierta distancia oí un rugido que retumbó como un trueno. Dorcas exclamó: —¿Qué fue eso? —y tomó mi mano en la suya, pequeña y cálida.

—No lo sé, pero me pareció que provenía de aquel matorral, de allí arriba.

Ella asintió.

—Ahora oigo voces.

—Tu oído es mejor que el mío, parece.

De pronto oímos el mismo rugido, más fuerte y prolongado; y esta vez, quizá porque estábamos más cerca, me pareció ver un resplandor de luces a través de un bosquecillo de jóvenes hayas que teníamos delante.

—¡Allí! —dijo Dorcas, y señaló un punto algo al norte de los árboles—. Eso no puede ser una estrella. Está demasiado bajo y brilla demasiado; y se mueve muy de prisa.

—Es una linterna, creo. En una carreta, o tal vez alguien la lleva en la mano.

El estruendo se oyó una vez más, y entonces supe lo que era: un tambor batiente. Yo mismo oía voces ahora, y en particular, una voz más profunda que el tambor, y casi tan fuerte. Al bordear el extremo del soto, vimos a unas cincuenta personas reunidas alrededor de una pequeña plataforma. De pie sobre ella, entre antorchas encendidas, un gigante sostenía debajo del brazo un timbal parecido a un tam-tam. Un hombre mucho más pequeño, ricamente vestido, estaba a la derecha, y a la izquierda, casi desnuda, la mujer de belleza más sensual que yo hubiese visto jamás.

—Todo el mundo está aquí —decía en tono enérgico el hombre pequeño—. Todo el mundo está aquí. ¿Qué preferís? ¿Amor y belleza? —Señaló a la mujer.— ¿Fuerza? ¿Coraje? —Apuntó al gigante.— ¿Ilusión? ¿Misterio? —Se dio con la mano en el pecho.— ¿Vicio? —Señaló una vez más al gigante.— Y ¡mirad quién viene aquí! Es nuestra vieja enemiga, la muerte, que tarde o temprano siempre llega. —Entonces me señaló a mí, y todas las caras se volvieron para mirarme.

Eran el doctor Talos y Calveros; me pareció inevitable verlos allí, no bien los hube reconocido. Que yo supiera, nunca había visto a la mujer.

—¡La Muerte! —dijo el doctor Talos—. La Muerte ha llegado. Dudé de ti estos dos últimos días; tendría que haber sabido a qué atenerme.

Esperaba que la gente riera ante ese humor tan siniestro, pero no lo hizo. Unos pocos murmuraron entre dientes, y una vieja fea se escupió la palma de la mano y apuntó al suelo con dos dedos.

—¿Y a quién ha traído con él? —El doctor Talos se inclinó hacia delante para observar a Dorcas a la luz de la antorcha.— Creo que es la Inocencia. Sí, es la Inocencia. ¡Ahora todo el mundo está aquí! El espectáculo empezará dentro de unos instantes. ¡No es para gente de corazón débil! ¡Nunca habréis visto nada igual, nada en absoluto! Todo el mundo está aquí ahora.

La hermosa mujer se había marchado, y tal era el magnetismo de la voz del doctor, que no advertí el momento en que desapareció.

Si describiera ahora la representación del doctor Talos tal como me pareció desde mi papel de protagonista, el resultado sería una mera confusión. Cuando lo describa tal como apareció ante la audiencia (como tengo intención de hacerlo en un momento más oportuno de esta crónica), es probable que nadie me crea. En un drama con un reparto de cinco personas, de los cuales dos, en la noche de estreno, no habían aprendido sus papeles, marcharon ejércitos, tocaron orquestas, cayó la nieve, y tembló Urth. El doctor Talos exigía mucho de la imaginación del espectador; pero la estimulaba mediante palabras, y una maquinaria sencilla aunque eficaz: sombras proyectadas sobre pantallas, proyectores holográficos, ruidos grabados, telones reflectores y cualquier otro artificio concebible. En conjunto lo lograba todo de manera admirable como lo demostraban los sollozos, los gritos y los suspiros que de vez en cuando llegaban a nosotros desde la oscuridad.

Triunfante en todo esto, sin embargo fracasaba. Porque lo que él quería era comunicar, contar una gran historia que tenía en la mente, y que no podía resumirse con simples palabras; pero ninguno de los que asistieron a la representación —y aún menos nosotros, que nos movíamos por el escenario y hablábamos cuando nos lo indicaba— se fue con una comprensión clara del sentido de la historia. Sólo podía expresarse (decía el doctor Talos) mediante el redoble de las campanas y el trueno de las explosiones, y a veces por el desarrollo del ritual. Sin embargo, como en definitiva quedó probado, ni siquiera esas cosas eran suficientemente expresivas. Había una escena en la que el doctor Talos luchaba con Calveros hasta que la sangre manaba de los rostros de ambos; había otra en la que Calveros buscaba a una aterrorizada Jolenta (ése era el nombre de la mujer más hermosa del mundo) en un cuarto de un palacio subterráneo y por último se sentaba sobre la cómoda en la que ella se escondía. En la parte final yo ocupaba el centro del escenario presidiendo una cámara de inquisición en la que Calveros, el doctor Talos, Jolenta y Dorcas estaban atados a diversos aparatos. Mientras la audiencia miraba, yo infligía los más extravagantes e ineficaces (si hubieran sido reales) tormentos a cada uno y por turno. En esta escena no pude evitar oír los murmullos de los espectadores mientras me preparaba, tal como parecía, a arrancarle las piernas a Dorcas. Aunque yo no lo sabía, se les había permitido ver que Calveros se estaba librando de sus ataduras. Algunas mujeres gritaron cuando las cadenas cayeron al suelo con estrépito; yo miré disimuladamente al doctor Talos en demanda de instrucciones, pero él, que con mucho menor esfuerzo ya se había desatado, saltaba en ese momento hacia la audiencia.

—Tableau —gritó—. Tableau, todos. —Me quedé quieto, entendiendo que era eso lo que quería decir.— Agraciado público, habéis observado nuestro pequeño espectáculo con admirable atención. Ahora solicitamos parte de vuestra bolsa, además de parte de vuestro tiempo. En la conclusión de la pieza veréis lo que ocurre ahora que el monstruo se ha liberado. —El doctor Talos tendía el sombrero de copa hacia la audiencia y oí que algunas monedas resonaban dentro de él. Insatisfecho, saltó desde el escenario y empezó a moverse entre la gente.— Recordad que una vez liberado, nada se interpone entre él y la consumación de sus brutales deseos. Recordad que yo, su atormentador, estoy ahora atado y a su merced. Recordad que no conocéis, gracias, sieur, la identidad de la misteriosa figura que vio la Contessa a través de las cortinas de la ventana. Gracias. Que sobre el calabozo que ahora veis, la estatua llorosa, gracias, sigue todavía cavando al pie del fresno. Vamos, pues. Habéis sido generosos con vuestro tiempo. Sólo pedimos que no seáis mezquinos con vuestro dinero. Unos pocos, es cierto, nos han dado buen trato, pero no actuamos para unos pocos. ¿Dónde están los brillantes asimi que deberían estar luciendo en mi pobre sombrero desde hace ya rato? ¡No pagarán los pocos por la multitud! Si no tenéis asimi, entonces oricretas; si no las tenéis, ¡con seguridad no habrá ninguno de vosotros que no tenga aes!

Una vez que hubo reunido una suma suficiente, el doctor Talos volvió de un salto al escenario y reajustó hábilmente las cadenas que parecían mantenerlo sujeto a unas picas. Calveros rugió y tendió los largos brazos permitiendo que la audiencia viera que una segunda cadena, que antes no podía verse, lo tenía aún atrapado.

—Mírelo —me urgió el doctor Talos sotto voce—. Espántelo con una de las antorchas.

Fingí descubrir por primera vez que los brazos de Calveros estaban libres, y arranqué una de las antorchas de una esquina del escenario. Al instante las dos antorchas resplandecieron; las llamas, que habían ardido amarillas y claras sobre un fondo escarlata, ardían ahora azules y verdes, escupiendo chispas y multiplicando su tamaño con un terrible siseo. Yo arrojé la que había arrancado a Calveros gritando: —¡No, no! ¡Atrás, atrás! —una vez más urgido por el doctor Talos. Calveros respondió con un rugido más furioso que nunca. Tiraba de la cadena de un modo que hacía crujir la pared del escenario; la boca se le llenó de espuma, un espeso líquido blanco le caía por la comisura de los labios, le humedecía el enorme mentón y le manchaba la negra camisa como si fuera nieve. Algunos entre el público gritaron, y la cadena se rompió con el estrépito del látigo de un conductor de ganado. En este momento la cara del gigante era de una locura espantosa, y no se me habría ocurrido ponerme delante de él, del mismo modo que no hubiera intentado detener una avalancha; pero antes de que pudiera dar un paso y escapar, me había arrebatado la antorcha y me había tumbado con un mango de hierro.

Levanté la cabeza a tiempo para ver cómo arrancaba la otra antorcha y se adelantaba hacia la audiencia. Los alaridos de los hombres ahogaron los chillidos de las mujeres: sonaba como si nuestro gremio estuviera trabajando con cien clientes a la vez. Me puse de pie, e iba a librar a Dorcas y huir con ella, cuando vi al doctor Talos. Parecía estar de lo que sólo puedo llamar un maligno buen humor, y aunque se estaba librando de sus ataduras, parecía no tener ninguna prisa. Jolenta estaba haciendo otro tanto, y si había alguna expresión en esa cara perfecta, era de alivio.

—¡Muy bien! —exclamó el doctor Talos—. Muy bien por cierto. Puedes volver ahora, Calveros. No nos dejes en la oscuridad. —Y luego dirigiéndose a mí:— ¿Ha disfrutado con su primera experiencia en las tablas, maestro torturador? Por ser una actuación de principiante y sin ensayo previo, lo ha hecho bastante bien.

Me las compuse para asentir con la cabeza.

—Salvo cuando Calveros lo derribó. Tiene que perdonarlo, no advirtió que usted no lo sabía: era el momento de echarse al suelo. Ahora venga conmigo. Calveros tiene muchos talentos, pero la mirada aguda para descubrir pequeñeces perdidas en la hierba no es uno de ellos. Tengo algunas luces entre bastidores y usted e Inocencia nos ayudarán a recoger.

No entendí lo que quería decir, pero en unos instantes las antorchas estaban de nuevo en su sitio y comenzamos a registrar con linternas sordas la zona pisoteada frente al escenario.

—Es como proponer un juego —explicó el doctor Talos—. Y confieso que me encanta. El dinero en el sombrero es cosa segura… al acabar el primer acto puedo predecir hasta la última oricreta cuánto será. Pero ¡lo que se deja caer! Puede que no sea más que dos manzanas y un nabo, o cualquier cosa imaginable. Hemos encontrado un lechoncito. Delicioso, así dijo Calveros cuando se lo comió. Hemos encontrado un bebé. Hemos encontrado un bastón con empuñadura de oro que todavía conservo. Broches antiguos. Zapatos… Con frecuencia encontramos zapatos de todas clases. Ahora acabo de encontrar una sombrilla de mujer. —La sostuvo en alto.—Justo lo que necesita nuestra bella Jolenta para protegerse del sol cuando mañana vayamos de paseo.

Jolenta se estiró pero como tratando de no inclinarse hacia delante. Sobre la cintura la amplitud cremosa era tal, que la espina dorsal se curvaba hacia atrás para equilibrar el peso.

—Si hemos de ir a una posada esta noche, me gustaría hacerlo ahora —dijo—. Estoy muy cansada, doctor.

Yo mismo me sentía exhausto.

—¿Una posada? ¿Esta noche? Sería un criminal desperdicio de fondos. Considéralo desde este punto de vista, mi querida. La más cercana está a una legua de distancia cuando menos, y nos llevaría una guardia a Calveros y a mí empacar los decorados y nuestras pertenencias, aun con la ayuda de este amistoso Ángel del Tormento. A ese ritmo, cuando llegáramos a la posada el horizonte ya estaría bajo el sol, los gallos cantarían, y lo más probable es que un millar de necios se estuvieran levantando, dando portazos y arrojando fuera sus líquidos nocturnos.

Calveros gruñó (en señal de confirmación, según me pareció), y luego pateó con la bota como si hubiera encontrado algo venenoso entre la hierba.

El doctor Talos abrió los brazos como para recibir al universo.

—Mientras que aquí, querida, bajo las estrellas que son la propiedad privada y amada del Increado, tenemos todo lo que podamos desear para gozar del descanso más saludable. El aire es lo suficientemente fresco como para que aquellos que duermen se sientan agradecidos por el abrigo de las mantas y el calor del fuego, y no hay el menor indicio de que vaya a llover. Aquí acamparemos, aquí romperemos nuestro ayuno por la mañana, y de aquí partiremos renovados en las horas dichosas en que el día es joven.

—Mencionó usted algo sobre el desayuno —dije—. ¿Hay algo que podamos comer, Dorcas y yo? Estamos hambrientos.

—Pues claro que sí. He visto que Calveros acaba de recoger un cesto de camotes.

Varios de los miembros de nuestra audiencia debían de ser granjeros que volvían de un mercado con los productos que no habían logrado vender. Además de los camotes, encontramos un par de calabazas y varios tallos de caña de azúcar. El doctor Talos no utilizó la poca ropa de cama que encontramos diciendo que se mantendría levantado contemplando el fuego, y que quizá se echaría un sueñecito más tarde, en la silla que hacía apenas un instante fuera trono del Autarca y banco del Inquisidor.

XXXIII — Cinco patas

Durante una guardia, quizá, me mantuve despierto. Pronto me di cuenta de que el doctor Talos no se iría a dormir, pero me aferré a la esperanza de que por una u otra razón, al fin nos dejaría. Durante un tiempo permaneció sentado como sumido en una profunda meditación; luego se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro frente al fuego. La suya era una cara inmóvil y, sin embargo, llena de expresión: un ligero movimiento de una ceja o la inclinación de la cabeza podían cambiarla por completo, y mientras iba de un lado a otro ante mis ojos entornados, vi dolor, alegría, deseo, ennui, decisión, y una veintena de otras emociones sin nombre en aquella máscara vulpina.

Por fin empezó a golpear los capullos de las flores silvestres. En un breve instante había decapitado todas las que se encontraban a una docena de pasos alrededor del fuego. Esperé hasta que ya no pude ver su figura erguida y enérgica, y sólo oía los sibilantes golpes del bastón. Entonces, lentamente, saqué la gema.

Era como si sostuviera una estrella, una cosa que ardía en la noche. Dorcas estaba dormida, y aunque había esperado que pudiéramos examinar juntos la gema, no quise despertarla. Los fríos rayos azules aumentaron hasta que tuve miedo de que el doctor Talos, aun cuando se encontrara lejos, pudiera verla. La sostuve ante mis ojos con la infantil esperanza de ver el fuego a través de ella como si fuera una lente. Luego la guardé. El mundo familiar de hierba y gente dormida se había convertido en una danza de chispas cortadas por el filo de una cimitarra.

No sé qué edad tenía yo cuando murió el maestro Malrubius. Fue muchos años antes de que se convirtiera en capitán, de modo que yo tenía que ser muy pequeño. Sin embargo, recuerdo muy bien cuando el maestro Palaemon lo sucedió como maestro de aprendices; el maestro Malrubius había ocupado ese cargo desde que yo llegué a tener conciencia de que semejante cosa existía, y durante semanas y meses, quizá, no me parecía posible que el maestro Palaemon (aunque me gustaba tanto o más que el otro), fuera realmente nuestro verdadero maestro en el sentido en que lo había sido el maestro Malrubius, La atmósfera de desajuste e irrealidad se acrecentaba aún más por la idea de que el maestro Malrubius no estaba muerto, ni siquiera en un sitio alejado. Estaba, de hecho, sencillamente acostado en su alcoba, en la misma cama en la que había dormido cada noche mientras todavía nos enseñaba e imponía disciplina. Según un dicho, lo que no se ve, no existe; pero en este caso era lo contrario: invisible, el maestro Malrubius estaba más presente que nunca. El maestro Palaemon se negaba a afirmar que nunca volvería, de modo que cada acto se pesaba en una balanza doble: ¿Lo permitiría el maestro Palaemon? y ¿Qué diría el maestro Malrubius?

En definitiva no dijo nada. Los torturadores no van a la Torre de la Curación por muy enfermos que se encuentren; se dice —si con algún fundamento de verdad o no, no puedo decirlo— que las viejas cuentas se saldan allí.

Si estuviera escribiendo esta historia para entretener o aun para instruir a los lectores, no me detendría aquí a hablar del maestro Malrubius, que cuando me libré de la Garra, estaba sin duda convertido en polvo desde mucho tiempo atrás. Pero en una historia, como en otras cosas, hay necesidades y necesidades.

Sé poco de estilo literario, pero he aprendido mientras avanzaba, y descubro que este arte no difiere tanto, como se lo podría creer, de aquel en que me ejercité antaño.

Muchas veintenas, y a veces muchos centenares de personas, asisten a presenciar una ejecución, y he visto balcones que se desprendían de las paredes por el peso de los espectadores, matando a más en un único derrumbe que yo en toda mi carrera. Estas veintenas y centenares pueden equipararse a los lectores de una crónica escrita.

Pero hay otros, además de los espectadores, que es preciso satisfacer: la autoridad en cuyo nombre actúa el carnificario; los que le pagan para que el condenado tenga una muerte sencilla (o dura); y el carnificario mismo.

Los espectadores se sentirán satisfechos si no hay largas demoras, si se le permite hablar al condenado y éste lo hace bien, si la hoja alzada resplandece al sol un momento antes de descender, dándoles así tiempo de contener el aliento y codearse unos a otros, y si la cabeza cae con un satisfactorio flujo de sangre. De manera semejante vosotros, que algún día os zambulliréis en la biblioteca del maestro Ultan, requeriréis de mí que no haya largas demoras; personajes a los que se les permita hablar con brevedad pero con corrección; ciertas pausas dramáticas que señalen que algo importante está por ocurrir; emoción; y una buena cantidad de sangre.

Las autoridades por las que actúa el carnificario, los chiliarcas o arcontes (si se me permite prolongar la metáfora de mi discurso), no tendrán queja si al condenado se le impide escapar, o inflamar demasiado a la plebe; y si al final está indiscutiblemente muerto. Esa autoridad, que me guía mientras escribo, es también el impulso que me conduce a desempeñar mi tarea. Ella requiere que haya siempre en esta obra un tema central, que no se pierda en prefacios o índices, o en otra obra por completo diferente; que no se permita que la retórica la abrume; y que se la conduzca a una conclusión satisfactoria.

Los que pagan al carnificario para que la ejecución resulte indolora o dolorosa, pueden equipararse a las tradiciones literarias y a los modelos aceptados, ante los que estoy obligado a inclinarme. Recuerdo que un día de invierno, cuando la lluvia fría daba contra la ventana del aula en que nos dictaba clase, el maestro Malrubius —tal vez porque vio que estábamos demasiado desanimados para trabajar con seriedad, tal vez porque él mismo lo estaba—, nos contó que hacía muchos años, un cierto maestro Werenfrid, teniendo mucha necesidad de dinero, aceptó una remuneración de los enemigos del condenado y también de sus amigos; y que colocando una facción a la derecha del tajo y la otra a la izquierda, hizo, por su gran habilidad, que a cada una le pareciera que el resultado había sido satisfactorio. De esta misma manera, las partes contendientes de la tradición tironean de los escritores de historias. Sí, aun de los autarcas. Una parte desea sencillez; la otra riqueza de experiencia en la ejecución… de la escritura. Y yo he de intentar frente al dilema del maestro Werenfrid, pero careciendo de su habilidad, satisfacer a ambas. Eso es lo que he intentado hacer.

Queda el carnificario mismo; ése soy yo. No le basta recibir las alabanzas de todos. No le basta ni siquiera llevar a cabo lo que tiene que hacer de modo enteramente meritorio y de acuerdo con la enseñanza de los maestros y las antiguas tradiciones. Además de todo esto, si ha de sentir plena satisfacción en el momento en que el Tiempo levante por los cabellos su propia seccionada cabeza, tiene que agregar a la ejecución algún rasgo, por minúsculo que sea, que le pertenezca por entero y que él nunca repetirá. Sólo así podrá sentirse un artista libre.

Cuando compartí una cama con Calveros, tuve un sueño extraño; y al componer esta historia no vacilé en incluirlo, pues el relato de los sueños corresponde por entero a la tradición literaria. En el tiempo del que escribo ahora, cuando Dorcas y yo dormíamos bajo las estrellas con Calveros y Jolenta, y el doctor Talos velaba junto a nosotros, experimenté lo que pudo haber sido algo así como un sueño; y que está fuera de esa tradición. Advierto a los que más tarde quieran leer esto, que tiene escasa relación con lo que pronto ha de seguir; lo cuento porque me desconcertó en ese entonces, y porque me agrada contarlo. Sin embargo, es posible que desde que entró en mi mente, y allí quedó hasta hoy, afectara mi conducta durante la última parte de mi historia.

Una vez bien escondida la Garra, me acosté sobre una vieja manta cerca del fuego. La cabeza de Dorcas estaba cerca de la mía; los pies de Jolenta apuntaban a los míos; Calveros yacía de espaldas al otro lado del fuego con las botas de suela gruesa sobre los rescoldos. La silla del doctor Talos estaba cerca de la mano del gigante, pero apartada del fuego. Si estaba sentado de cara a la noche o no, me es imposible afirmarlo, porque en parte del tiempo cuyo transcurso me propongo relatar, yo parecía consciente de que él estaba allí en la silla, y otras veces dejaba de verlo. El cielo estaba aclarando. Hasta mis oídos llegó un ruido de pasos que, sin embargo, no perturbó mi reposo: era un andar pesado pero suave; luego oí el sonido de una respiración, el resuello de un animal. Yo estaba en verdad tan cerca de quedarme dormido que no volví la cabeza. El animal se acercó hasta mí y me olió las ropas y la cara. Era Triskele, y Triskele se echó a mi lado, apretando la espina dorsal contra mi cuerpo. Entonces no me pareció extraño que me hubiera encontrado, aunque recuerdo que me había alegrado volver a verlo.

Una vez más sentí ruido de pasos, ahora era el andar lento y firme de un hombre; supe en seguida que era el maestro Malrubius; recordaba su modo de andar en los corredores bajo la torre los días que hacíamos la ronda de las celdas; el sonido era el mismo. De pronto entró en el círculo de mi visión. Tenía la capa polvorienta, como siempre (excepto en las ocasiones más formales); la arrastró por el suelo, como otras veces, mientras se sentaba sobre una caja de guardarropía.

—Severian. Dime cuáles son los siete principios del ejercicio del poder.

Me costaba hablar, pero me las compuse (en mi sueño, si lo era en realidad) para decir: —No recuerdo que lo hayamos estudiado, maestro.

—Siempre fuiste el más desatento de mis estudiantes —dijo, y guardó silencio.

Tuve un vaticinio; sentí que si no contestaba, ocurriría algún infortunio. Por fin, empecé débilmente:

—Anarquía…

—Eso no es ejercicio del poder, sino ausencia de poder. Te enseñé que es anterior a todo ejercicio del poder. Ahora di cuáles son los siete principios.

—Apego a la persona del monarca. Apego al linaje de sangre o cualquier otra sucesión. Apego al estado real. Apego al código que legitimiza el estado real. Apego a la ley. Apego mayor o menor a una junta de electores que constituyen el marco de la ley. Apego a la abstracción que incluya al cuerpo de electores, otros cuerpos que les dan origen, y otros numerosos elementos, en gran medida ideales.

—Aceptable. De éstas ¿cuál es la forma más antigua y la más elevada?

—El desarrollo se ha dado en el orden mencionado, maestro —dije—. Pero no recuerdo que haya preguntado antes cuál es la más elevada de las formas.

El maestro Malrubius se inclinó hacia delante con los ojos más ardientes que los carbones del fuego.

—¿Cuál es la más elevada, Severian?

—¿La última, maestro?

—¿Te refieres al apego a una abstracción que incluya al cuerpo de electores, otros cuerpos que les dan origen, y otros numerosos elementos, en gran medida ideales?

—Sí, maestro.

—¿De qué especie es, Severian, tu propio apego a la Entidad Divina?

No respondí. Es posible que hubiera estado pensando, pero si fue así, tenía demasiado sueño como para ser consciente de algún pensamiento. En cambio, cobré una profunda conciencia de lo que me rodeaba. La grandeza del cielo sobre mi cara, parecía hecha sólo para mí, y ahora se me ofrecía para que yo lo reconociera. Yacía sobre el suelo como sobre una mujer, y el aire mismo que me rodeaba parecía tan admirable como el cristal y tan fluido como el vino.

—Contéstame, Severian.

—De la primera, si es que tengo alguno.

—¿A la persona del monarca?

—Sí, porque no hay sucesión.

—El animal que yace ahora a tu lado moriría por ti. ¿De qué especie es el apego que te tiene?

—¿El primero?

No había nadie allí. Me senté. Malrubius y Triskele se habían desvanecido, pero yo sentía un leve calor en el costado.

XXXIV — La mañana

—¿Está usted dormido? —dijo el doctor Talos—. Espero que haya dormido bien.

—Tuve un sueño extraño. —Me puse de pie y miré a mi alrededor.

—Aquí sólo estamos nosotros. —Como calmando a un niño, el doctor Talos señaló a Calveros y las mujeres dormidas.

—Soñé que mi perro volvía y se echaba a mi lado. Hace años que lo he perdido. Aún podía sentir el calor de su cuerpo cuando desperté.

—Estaba acostado junto a una hoguera —señaló el doctor Talos—. Aquí no ha habido ningún perro.

—Un hombre vestido de modo muy similar al mío.

El doctor Talos negó con la cabeza.

—No podría haber dejado de verlo.

—Pudo haber dormitado.

—Sólo por la noche temprano. Estoy despierto desde las dos últimas guardias.

—Cuidaré el escenario y sus efectos —dije— si quiere acostarse ahora. —Lo cierto es que tenía miedo de volver a dormirme.

El doctor Talos pareció vacilar y luego dijo: —Eso es muy amable de su parte —y muy rígidamente se dejó caer sobre mi manta empapada de rocío.

Volví la silla de modo que yo pudiera contemplar el fuego, y me senté. Por algún tiempo estuve a solas con mis pensamientos. Primero pensé en el sueño y luego en la Garra, la poderosa reliquia que la casualidad había puesto en mis manos. Me sentí muy contento cuando Jolenta empezó a moverse; por fin se levantó y estiró sus miembros lozanos contra el cielo teñido de escarlata.

—¿Hay agua? —preguntó—. Quiero lavarme.

Le dije que creía que Calveros había traído el agua para nuestra cena desde donde se encontraba el bosquecillo; ella asintió y partió en busca de un arroyo. La aparición de Jolenta consiguió distraerme de mis pensamientos; la observé mientras se alejaba, y luego me volví hacia Dorcas. La belleza de Jolenta era perfecta. Ninguna otra mujer que hubiera visto podía aproximársele: la altura majestuosa de Thecla hacía que pareciese ruda y varonil en comparación, la rubia delicadeza de Dorcas era tan magra e infantil como Valeria, la muchacha olvidada que había encontrado en el Atrio del Tiempo.

Sin embargo, no me sentía atraído por Jolenta como me sintiera atraído por Agia; no la amaba como había amado a Thecla; y no deseaba la intimidad de pensamiento y sentimiento que había nacido entre Dorcas y yo, ni la creía posible. Como todo hombre que alguna vez la vio, la deseé, pero de la manera en que se desea a una mujer pintada en un cuadro. Y aun cuando la admirara (como lo había hecho la noche anterior en el escenario), no podía dejar de ver con cuánta torpeza andaba, ella, que inmóvil parecía tan graciosa. Esos muslos redondeados se rozaban entre sí, esa carne admirable pesaba en ella al punto que llevaba su voluptuosidad como otra mujer hubiera llevado un niño en el vientre. Cuando estuvo de vuelta, con unas gotas de agua clara brillándole en las pestañas y la cara tan pura y perfecta como la curva del arco iris, sentí como si todavía me encontrara solo.

—…dije que había fruta, si quiere. Anoche el doctor hizo que guardara un poco para el desayuno. —Estaba ronca, y parecía que le faltara el aliento. Yo la escuchaba como si fuera música.

—Lo siento —dije—. Estaba pensando. Sí, me gustaría comer algo de fruta. Muchas gracias.

—No se la traeré. Tendrá que ir usted mismo a buscársela. Está allí, detrás de ese soporte de armadura.

Lo que señalaba era en realidad una tela estirada sobre un marco de alambre plateado. Detrás de ella encontré un viejo cesto con uvas, una manzana y una granada.

—También a mí me gustaría comer un poco —dijo Jolenta—. Unas uvas, tal vez.

Se las alcancé, y pensando que Dorcas preferiría la manzana, la puse cerca de ella y escogí para mí la granada.

Jolenta sostuvo las uvas en alto.

—Cultivadas bajo vidrio por el hortelano de algún exultante… es demasiado temprano para que sean naturales. No creo que esta vida de cómico ambulante vaya a resultar tan mala, después de todo. Y además recibo la tercera parte del dinero.

Le pregunté si no había salido antes de gira con el doctor y el gigante.

—Usted no me recuerda ¿verdad? Creo que no. —Se metió una uva en la boca, y me pareció que se la tragaba entera.— No, nunca. Hubo un ensayo anterior, pero con esa muchacha incluida tan de pronto en la historia, tuvimos que cambiarlo todo.

—Con seguridad que yo alteré las cosas más que ella. Casi no apareció.

—Sí, pero usted tenía que aparecer. El doctor Talos interpretaba los papeles de usted mientras ensayábamos, además de los suyos, y me comunicó lo que usted debía decir.

—Dependía entonces de que nos encontráramos.

El mismo doctor se incorporó entonces, casi con un estallido. Parecía del todo despierto.

—Pues claro, claro. Le dijimos dónde nos encontraríamos cuando desayunamos, y si no hubiera aparecido anoche, habríamos representado «Grandes Escenas De», y hubiéramos esperado a otro día. Jolenta, ahora no recibirás la tercera parte de lo recaudado, sino la cuarta; es justo que lo compartamos con la otra mujer.

Jolenta se encogió de hombros y tragó otra uva.

—Despiértela ahora, Severian. Tenemos que marcharnos. Yo despertaré a Calveros. Luego empacaremos y repartiremos el dinero.

—No iré con usted —dije.

El doctor Talos me miró sorprendido.

—Tengo que volver a la ciudad. He de atender un asunto con la Orden de las Peregrinas.

—Entonces puede quedarse con nosotros hasta que lleguemos al camino principal. Será la forma más rápida de volver. —Quizá porque no me hizo preguntas, sentí que sabía más de lo que parecía saber.

Sin tener en cuenta nuestra conversación, Jolenta ahogó un bostezo.

—Tendré que dormir algo más antes de esta noche, o mis ojos no lucirán tan bien como sería necesario.

—Lo haré —dije—, pero me marcharé cuando lleguemos al camino.

El doctor Talos ya estaba despertando al gigante, sacudiéndolo y golpeándole los hombros con el bastón.

—Como desee —dijo, pero no supe si hablaba con Jolenta o conmigo. Le acaricié a Dorcas la frente y le susurré que era hora de ponernos en marcha.

—¿Por qué me despertaste? Estaba soñando el más bello de los sueños… Era tan real.

—También yo… antes de despertar, quiero decir.

—¿Hace mucho que has despertado, entonces? ¿Esa manzana es para mí?

—Me temo que será todo tu desayuno.

—Es todo lo que me hace falta. Mírala, qué redonda es, qué roja. ¿Cómo es aquello de «Rojo como las manzanas…» No lo recuerdo. ¿Quieres un mordisco?

—Ya he comido. Una granada.

—Pude suponerlo por las manchas que tienes en la boca. Creí que habrías estado chupando sangre toda la noche. —Me mostré sin duda desagradablemente sorprendido, porque en seguida añadió:— Bueno, parecías un murciélago negro inclinado sobre mí.

Calveros estaba sentado ahora, y se frotaba los ojos con las manos como un niño desdichado. Dorcas le dijo por sobre el fuego: —Es terrible tener que levantarse tan temprano ¿no es cierto, don? ¿También usted soñaba?

—Ningún sueño —respondió Calveros—. Nunca sueño. —(El doctor Talos me miró y sacudió la cabeza como diciendo: Muy poco saludable.} —Le daré algunos de los míos, entonces. Severian dice que también él tiene muchos.

Aunque despierto por completo, Calveros se quedó mirándola extrañado. —¿Quién es usted?

—Yo… —Dorcas se volvió hacia mí, asustada.

—Dorcas —dije yo.

—Sí, Dorcas. ¿No lo recuerda? Nos conocimos detrás del telón, anoche. Usted… su amigo nos presentó y dijo que yo no debía tenerle miedo porque sólo fingía lastimar a la gente. En el espectáculo. Yo dije que lo entendía, porque Severian hace cosas terribles, pero en realidad es tan bueno… —Dorcas volvió a mirarme.— Tú lo recuerdas, Severian, ¿no?

—Pues claro. No creo que tengas que preocuparte por Calveros sólo porque lo ha olvidado. Es corpulento, lo sé, pero esa talla es como mis ropas fulígenas… le hace parecer mucho peor de lo que es.

Calveros le dijo a Dorcas: —Tiene usted una magnífica memoria. Me gustaría poder recordarlo todo de ese modo. —La voz le resonaba como un rodar de piedras pesadas.

Mientras hablábamos, el doctor Talos había traído la caja con el dinero. La hizo resonar para interrumpir nuestra conversación.

—Venid, amigos, os he prometido una distribución justa y equitativa de los beneficios de nuestra representación, y cuando eso se haya acabado, será hora de ponernos en camino. Vuélvete, Calveros, y extiende la manos sobre tu regazo. Sieur Severian, señoras, ¿queréis acercaros también?

Yo había notado, por supuesto, que cuando habló de repartir las contribuciones de la noche anterior, el doctor había especificado que serían divididas en cuatro partes; pero yo había supuesto que quien no recibiría nada sería Calveros, pues parecía el esclavo del doctor. Ahora, sin embargo, después de revolver el contenido de la caja, el doctor Talos puso un brillante asirni en las manos del gigante, me dio otro a mí, un tercero a Dorcas y un puñado de oricretas a Jolenta; luego empezó a distribuir oricretas de una en una.

—Notaréis que hasta ahora todo es dinero legítimo —dijo—. Lamento informaros que hay aquí además un número bastante crecido de monedas dudosas. Cuando la especie no sujeta a duda se haya acabado, cada uno de vosotros tendrá su parte de ellas.

—¿Ha tomado ya la suya, doctor? —preguntó Jolenta—. Creo que los demás tendríamos que haber estado presentes.

Las manos del doctor Talos, que venían trasladándose de cada uno de nosotros al siguiente mientras contaba las monedas, se detuvieron un momento.

—Yo no tengo participación —dijo.

Dorcas me miró como para confirmar lo que pensaba y murmuró: —Eso no parece justo.

—No es justo, doctor —dije—, usted participó en el espectáculo de anoche como cualquiera de nosotros, y recogió el dinero, y por lo que he visto, procuró el escenario y los decorados. En el peor de los casos tendría que recibir una parte doble.

—Yo no tomo nada —dijo el doctor Talos con lentitud. Era la primera vez que lo veía confundido—. Me complace dirigir lo que ahora puedo llamar la compañía. Escribí la pieza que representamos y como… —(miró alrededor de él como buscando una comparación)— … como esa armadura de allí desempeño mi parte. Estas cosas constituyen mi placer, y son toda la recompensa que necesito.

»Ahora bien, amigos, habréis observado que hemos quedado reducidos a unas pocas oricretas y que no son suficientes para completar otra vez la ronda. Para ser preciso, sólo quedan dos. Quien lo desee puede quedarse con ellas siempre que renuncie a los aes y las monedas dudosas. ¿Severian? ¿Jolenta?

Con cierta sorpresa de mi parte, Dorcas dijo: —Yo me quedo con ellas.

—Muy bien. No he de discriminar la distribución del resto, sencillamente lo repartiré. Advierto a los que lo reciban, que tengan cuidado al pasarlo. Hay sanciones para estas cosas, aunque fuera del Muro… ¿Qué es esto?

Me volví y vi a un hombre vestido con gastadas ropas grises que avanzaba hacia nosotros.

XXXV — Hethor

No sé por qué ha de ser humillante recibir a un extraño mientras uno está sentado en el suelo, pero así es. Las dos mujeres se pusieron de pie cuando la figura gris se aproximó, y lo mismo hice yo. Aun Calveros se puso de pie, no sin esfuerzo, de modo que cuando el recién llegado estuvo a una distancia en la que era posible hablar, sólo el doctor Talos, que había reocupado nuestra única silla, estaba sentado.

No obstante, difícilmente podría concebirse una figura menos imponente. Era de pequeña estatura, y como llevaba ropas demasiado grandes para él, parecía aún más pequeño. Tenía la débil barbilla mal afeitada; al acercarse, se quitó una gorra grasienta y reveló una cabeza sobre la que el pelo escaseaba a cada lado, lo que dejaba una única línea ondulante y central, como la cresta de un viejo y sucio burginot. Sabía que lo había visto en otro sitio, pero transcurrió un tiempo antes de que pudiera reconocerlo.

—Señores —dijo—. ¡Oh, señores y señoras de la creación, mujeres tocadas de seda, de cabellos de seda, y hombre que comandan imperios y los ejércitos de los e… e… enemigos de nuestra f… f… fotosfera! ¡Torre fuerte como la piedra, fuerte como el r… r… roble al que nuevas hojas le crecen después del fuego! ¡Y mi amo, amo oscuro, victoria de la muerte, virrey de lan… noche! ¡Mucho tiempo he viajado en barcos de velas de plata, de cien mástiles que llegan a las e… e… estrellas, yo, que floté entre los brillantes foques mientras las Pléyades ardían más allá del m… m… mástil verdadero! ¡Nunca he visto nada igual! He… He… Hethor soy yo, venido para servirlo, limpiarle la capa, afilar la gran espada, c… c… cargar el cesto con los ojos de las víctimas, ojos que me miran, Amo, ojos como las lunas muertas de Verthandi cuando el sol se ha puesto. ¡Cuando el sol se ha puesto! ¿Dónde están los brillantes actores? ¿Cuánto tiempo arderán las antorchas? ¡Las manos he… he… heladas las buscan a tientas, pero los cuencos de las antorchas están más fríos que el hielo, más fríos que las lunas de Verthandi, más fríos que los ojos de los muertos! ¿Dónde está, pues, la fuerza que bate el lago hasta volverlo espuma? ¿Dónde está el imperio, dónde los Ejércitos del Sol, las largas lanzas, los estandartes de oro? ¿Dónde están las mujeres de cabellos de seda que sólo a… a… anoche amamos?

—Se encontraba usted entre nuestra audiencia, según entiendo —dijo el doctor Talos—. Comprendo que desee volver a ver la función. Pero no podremos satisfacerlo hasta la noche, y para ese entonces esperamos encontrarnos a cierta distancia de aquí.

Hethor, a quien había conocido fuera de la prisión de Agilus junto con el hombre gordo, la mujer de ojos anhelantes y los demás, no pareció oírlo. Me miraba a mí y a veces, miraba también a Calveros y a Dorcas.

—Le hizo daño ¿no es cierto? Retorciéndose, retorciéndose. Vi brotar la sangre, roja como el Pentecostés. ¡Q… q… qué honor para usted! También usted lo sirvió y ese cometido es más alto que el mío.

Dorcas sacudió la cabeza y apartó los ojos. El gigante no hacía más que mirarlo. El doctor Talos dijo: —Seguramente entenderá usted que lo que vio era una representación teatral. —(Recuerdo haber pensado que si la mayor parte de la audiencia hubiera captado mejor esa idea, nos habríamos encontrado en un dilema embarazoso cuando Calveros saltó del escenario.) —E… e… entiendo más de lo que usted cree, ¡yo, el viejo capitán, el viejo teniente, el viejo c… c… cocinero en la vieja c… c… cocina, el que prepara la sopa, el que prepara el caldo para las mascotas agonizantes! Mi amo es real, pero ¿dónde están sus ejércitos? Real, pero ¿dónde están sus imperios? ¿M… m… manará sangre falsa de una herida verdadera? ¿Dónde está su fuerza una vez perdida la sangre, dónde el brillo de los cabellos de seda? L… 1… la recogeré en una copa de cristal, yo, el viejo c… capitán del viejo b… barco renqueante, con la negra silueta de la tripulación recortada sobre las velas de plata y la ch… ch… chimenea por detrás.

Quizá deba decir aquí que en aquel momento presté poca atención a la precipitación y los tropiezos de las palabras de Hethor, aunque mi indeleble memoria me permita ahora recuperarlas sobre el papel. Más que hablar, glugluteaba, y a través de los huecos de la dentadura le fluía una fina lluvia de saliva. Con la lentitud que le era habitual, Calveros tuvo que haberlo entendido. Dorcas, estoy seguro, sentía demasiada repugnancia por él como para prestar atención a lo que decía. Se volvía a un lado como se vuelve uno ante el crujir de huesos cuando un alzabo devora un cadáver; y Jolenta no escuchaba nada que no le concerniera.

—Puede ver por usted mismo que la joven no ha sufrido daño alguno. —El doctor Talos se puso de pie y guardó la caja del dinero.— Es siempre un placer hablar con alguien que haya apreciado nuestra representación, pero me temo que nos espere mucho trabajo. Tenemos que empacar. ¿Nos disculpa usted?

Ahora que sólo el doctor Talos sostenía la conversación, Hethor se hundió la gorra otra vez hasta casi cubrirse los ojos.

—¿Almacenamiento? Nadie mejor para eso que yo, el viejo s… s… sobrecargo, el viejo abacero y administrador, el viejo e… e… estibador. ¿Quién, si no, ha de volver a poner el grano en la mazorca, el pichón de nuevo en el huevo? ¿Quién ha de plegar otra vez las alas de la mariposa para devolverla al capullo abandonado corno un sarcófago? Y por amor del A… amo lo haré, para beneficio suyo. Y lo s… s… seguiré dondequiera que vaya.

Asentí con la cabeza sin saber qué decir. En ese momento, Calveros —que aparentemente había captado la referencia a empacar, aun cuando no hubiera comprendido mucho más, tomó uno de los telones del escenario y comenzó a enrollarlo. Hethor saltó con inesperada agilidad para plegar el decorado de la cámara del Inquisidor y enrollar los alambres del proyector. El doctor Talos se volvió hacia mí como diciendo: Él está bajo su responsabilidad después de todo, como Calveros lo está bajo la mía.

—Hay muchos como él —le dije—. Encuentran placer en el dolor y quieren asociarse con nosotros del mismo modo que un hombre normal querría estar cerca de Dorcas y Jolenta.

El doctor Talos asintió.

—Lo suponía. Uno puede imaginar a un sirviente ideal que sirva al maestro por puro amor, o a un campesino ideal que cave zanjas por amor a la naturaleza, o a una meretriz ideal que se abra de piernas doce veces cada noche por amor a la cópula. Pero en la realidad uno nunca encuentra a estas fabulosas criaturas.

En el término de una guardia, poco más o menos, estábamos en camino. Nuestro pequeño teatro quedó prolijamente guardado en una carretilla enorme formada con partes del escenario, y Calveros, que se encargaba de hacerla rodar, cargaba también sobre los hombros algunos otros objetos diversos. El doctor Talos abría la marcha, y Hethor seguía a Calveros a unos cien pasos.

—Él es como yo —me dijo Dorcas—. Y el doctor es como Agia, aunque no tan malo. ¿Recuerdas? No pudo conseguir que me marchara y por fin gracias a ti no siguió intentándolo.

Lo recordaba, por cierto, y le pregunté por qué nos había seguido con tanta decisión.

—Erais las únicas personas que conocía. Temía menos a Agia que a quedarme sola.

—Entonces, temías a Agia.

—Sí, mucho. Y todavía ahora. Pero… no sé dónde he estado, aunque creo que estuve siempre sola. En todas partes. No quería que eso se prolongara. Tal vez no lo entiendas, o no te guste, pero…

—Si me hubieras odiado tanto como me odiaba Agia, lo mismo os habría seguido.

—No creo que Agia te odiara.

Dorcas me miró a los ojos, y todavía puedo ver su cara cautivadora como si estuviera reflejada en un pozo sereno de tinta bermellón. Demasiado delgada e infantil, no parecía una gran belleza; pero sus ojos eran fragmentos de cielo azul de algún mundo escondido a la espera del Hombre; podría haber rivalizado con los de Jolenta.

—Me odiaba —dijo Dorcas con suavidad—. Me odia aún más ahora. ¿Recuerdas lo aturdido que estabas después de la pelea? No miraste atrás, cuando yo te guiaba, pero yo sí lo hice, y le vi la cara.

Jolenta se quejaba al doctor Talos porque tenía que ir a pie. La profunda y opaca voz de Calveros nos llegó desde atrás.

—Yo la cargaré.

Ella se volvió para mirarlo.

—¿Cómo? ¿Encima de todo eso?

Él no contestó.

—Cuando digo que quiero cabalgar, no quiero decir, como parece entenderlo usted, como una necia en un burro.

Vi en mi imaginación como el gigante decía tristemente que sí con la cabeza.

Jolenta temía parecer necia, y lo que he de escribir ahora, parecerá necio en verdad, aunque sea cierto. Tú, lector, puedes disfrutar a mis expensas. Me di cuenta entonces cuan afortunado era entonces, y cuan afortunado había sido desde que abandonara la Ciudadela. Dorcas, lo sabía, era mi amiga… más que una amante, una verdadera compañera, aunque sólo hacía unos pocos días que estábamos juntos. El retumbar de los pasos del gigante a mis espaldas, me recordó con cuánta frecuencia muchos hombres andan por Urth completamente solos. Supe entonces (o creí saberlo) por qué Calveros había decidido obedecer al doctor Talos, sometiéndose a cualquier tarea que el pelirrojo quisiera imponerle.

Una leve palmada en el hombro me despertó de mis ensoñaciones. Era Hethor, quien sin duda se había adelantado en silencio desde la posición que ocupaba detrás.

—Maestro —me dijo.

Le pedí que no me llamara así, y le expliqué que sólo era un oficial de mi gremio, y que muy probablemente nunca llegara a maestro.

Él asintió humildemente. A través de los labios entreabiertos yo podía verle los incisivos rotos.

—Maestro ¿dónde vamos?

—Saldremos por el portalón —le dije, y lo hice porque quería que siguiera al doctor Talos y no a mí; lo cierto es que estaba pensando en la belleza preternatural de la Garra y qué hermoso sería llevarla conmigo a Thrax en lugar de volver al centro de Nessus. Hice un vago ademán señalando el Muro, que ahora se levantaba a la distancia como las murallas de una vulgar fortaleza se levantan ante un ratón. Era negro como una masa de nubarrones, y había algunas nubes cautivas en la cima.

—Yo cargaré su espada, maestro.

El ofrecimiento parecía honesto, aunque recordé que el plan que Agia y su hermano habían trazado contra mí, había nacido del deseo de poseer a Términus Est. Con tanto firmeza como pude dije: —No. Ni ahora ni nunca.

—Siento pena por usted, maestro, al verlo andar con ella sobre el hombro… Tiene que ser muy pesada.

Estaba explicándole que en realidad el peso no era tan abrumador como parecía, cuando rodeamos el borde de una apacible colina y vi a media legua de distancia un camino recto que conducía a una abertura en el Muro… Estaba atestado de carros, coches, transeúntes de toda especie, todos ellos reducidos a pigmeos por las dimensiones del Muro y el imponente portalón, al punto que la gente parecía termitas y las bestias de carga hormigas tirando de migajas. El doctor se volvió hasta que estuvo andando de espaldas y saludando el Muro con la mano, tan orgulloso como si él mismo lo hubiera construido.

—Algunos de vosotros, supongo, nunca habrán visto esto. ¿Severian? ¿Señoras? ¿Habéis estado alguna vez tan cerca?

Hasta Jolenta sacudió la cabeza, y yo dije: —No. He pasado mi vida tan cerca del centro de la ciudad, que el muro no era más que una línea oscura en el horizonte septentrional, cuando mirábamos desde lo alto de nuestra torre. Estoy asombrado, lo admito.

—Los antiguos construían bien ¿no es así? Pensad… al cabo de tantos milenios, todas las zonas abiertas por las que hoy hemos pasado están aún reservadas para el desarrollo de la ciudad. Pero Calveros sacude la cabeza. ¿No te das cuenta, querido paciente, que todos estos agradables bosquecillos y prados por los que hemos pasado esta mañana serán desplazados un día por edificios y calles?

—No estaban destinados al desarrollo de Nessus —dijo Calveros.

—Claro que sí, claro que sí. Estoy seguro, estoy perfectamente enterado del asunto. — El doctor se volvió y nos guiñó un ojo.— Calveros es mayor que yo y por tanto cree que lo sabe todo. A veces.

Pronto estuvimos a unos cien pasos del camino, y la atención de Jolenta se volvió hacia el tránsito.

—Si es posible alquilar una litera, tiene usted que conseguírmela —le dijo al doctor Talos—. No podré actuar esta noche, si tengo que caminar todo el día.

Él se negó.

—Olvidas que no tengo dinero. Si ves una litera y deseas alquilarla, por supuesto, no me opondré. Si no puedes actuar esta noche, tu suplente te reemplazará.

—¿Mi suplente?

El doctor señaló a Dorcas.

—Estoy seguro de que está ansiosa por desempeñar el papel principal. Lucirá magnífica en él. ¿Por qué crees que permití que se uniera a nosotros y participara en la representación? Habrá que reescribir más si tenemos dos mujeres.

—Ella se irá con Severian, tonto. ¿Acaso no dijo él esta mañana que volvería en busca de…? —Jolenta se volvió hacia mí; la expresión de enojo la volvía más hermosa todavía.— ¿Cómo las llamaste? ¿Perigras?

—Peregrinas —dije. A todo esto un hombre que montaba un petigallo a un costado del flujo de gente y animales, frenó la minúscula montura—. Si buscáis a las peregrinas — dijo— vuestro camino es el mío: fuera del portalón, no hacia la ciudad. Pasaron por esta carretera anoche.

Apresuré el paso hasta que pude aferrar el arzón de su silla y le pregunté si estaba seguro.

—Desperté cuando los otros clientes de mi posada se precipitaron a la carretera para recibir las bendiciones —dijo el hombre montado en el petigallo—. Miré por la ventana y vi la procesión. Los sirvientes portaban de esas iluminadas de cirios, pero vueltas del revés, y las sacerdotisas llevaban desgarradas las vestiduras. —La cara del hombre, que era larga, ajada y humorística, se partió en una sonrisa de desagrado.— No sé qué habrá podido ocurrir de malo, pero creedme, la partida fue impresionante e inconfundible… pero eso es lo que dijo el oso, como sabéis, de los que habían ido de paseo al campo.

El doctor Talos le susurró a Jolenta: —Creo que el ángel de la agonía y tu sustituía se quedarán con nosotros un tiempo más.

Tal como sucedió, estaba a medias equivocado. Sin duda tú, que quizás hayas visto el Muro muchas veces y hayas pasado a menudo por uno u otro de sus portalones, te impacientarás conmigo; pero antes de continuar la historia de mi vida, siento que por mi propia paz tengo que dedicarle unas pocas palabras.

He hablado ya de la altura del Muro. Pocas especies de pájaros, me parece, son capaces de sobrevolarlo. El águila y el gran teratornis de la montaña, y tal vez los gansos salvajes; pero pocos más. Ésa era la altura que esperaba encontrar cuando llegué a la base: el Muro había sido visible desde hacía ya muchas leguas, y nadie que lo observara con las nubes moviéndose sobre él como las ondas sobre un estanque, podía equivocarse acerca de su altura. Como los muros de la Ciudadela, está hecho de metal negro, y por esta razón me parecía tal vez menos terrible; los edificios que había visto en la ciudad eran de piedra o ladrillo, y toparme ahora con el material que había conocido desde que era niño, no me resultó desagradable.

No obstante, entrar por el portalón era como entrar en una mina, y no pude evitar un escalofrío. Noté también que todos los que me rodeaban, excepto el doctor Talos y Calveros, sentían lo mismo que yo. Dorcas me apretó aún más la mano y Hethor inclinó la cabeza. Jolenta pareció considerar que el doctor, con quien había estado discutiendo un momento antes, la protegería; pero cuando al tocarle el brazo se dio cuenta de que él no le hacía ningún caso, siguió contoneándose y golpeando el pavimento con el bastón como lo venía haciendo a