/ Language: Español / Genre:sf

La quinta cabeza de Cerbero

Gene Wolfe

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…

Gene Wolfe

La quinta cabeza de Cerbero

Para Damon Knight,

que una inolvidable noche de junio de 1966 me hizo brotar de una alubia.

La quinta cabeza de Cerbero

Cuando la hiedra se carga de nieve y
el búho le chilla al lobo que más abajo
devora al cachorro de la loba.

Samuel Taylor Coleridge, La balada del viejo marinero

Cuando yo era chico a mi hermano David y a mí nos obligaban a acostarnos temprano, tuviéramos sueño o no. Sobre todo en verano, a menudo había que irse a la cama antes del anochecer; y como nuestro dormitorio estaba en el ala este de la casa, y la amplia ventana daba al patio central y por lo tanto al oeste, a veces nos pasábamos horas en vela bajo la dura luz rosada, mirando al mono tullido de mi padre encaramado a un parapeto desconchado, o contándonos cuentos, de una cama a otra, con gestos silenciosos.

El dormitorio estaba en el piso más alto de la casa, y la ventana tenía una celosía de hierro forjado que se nos había prohibido abrir. La teoría, supongo, era que una mañana de lluvia algún ratero —siendo la única ocasión en que encontraría desierta la azotea, arreglada como una especie de jardín de recreo abandonado— podía descolgar una soga y entrar en la habitación, a menos que encontrara la celosía cerrada.

El objeto del hipotético y muy valeroso ladrón no habría sido, por supuesto, meramente raptarnos. Los niños eran extraordinariamente baratos en Port-Mimizon, fueran varones o mujeres; y, por cierto, una vez me dijeron que en un tiempo mi padre había traficado con ellos, pero que ahora el mercado era demasiado reducido. Fuera esto cierto o no, todo el mundo —o casi todo el mundo— conocía algún profesional capaz de proveer lo que se necesitara, dentro de lo razonable, a bajo precio. Esa gente se dedicaba a estudiar a los hijos de los pobres y los descuidados, y si alguien quería, digamos, una pelirroja de piel morena, una regordeta o una que cojeara, un rubio como David o un chico pálido de pelo y ojos castaños como yo, podía proporcionárselo en pocas horas.

Con toda probabilidad, el imaginario ratero tampoco iba a pedir rescate por nosotros, aunque en algunos barrios se creyera que mi padre era inmensamente rico. Para esto había varias razones. Las pocas personas que sabían que mi hermano y yo existíamos, sabían también —o al menos habían sido inducidas a creer— que no le importábamos nada a mi padre. No puedo decir si esto era verdad; sin duda yo lo creía, y mi padre nunca me dio el menor motivo para dudar, aunque por entonces la idea de matarlo no se me había ocurrido ni una vez.

Y si estas razones no fueran lo bastante convincentes, cualquiera que comprendiese el estrato en el que mi padre era ahora quizá la característica más permanente, se habría percatado de que para él, forzado ya a sobornar a la policía secreta, gastar dinero de ese modo, aun una sola vez, lo habría dejado expuesto a mil ataques ruinosos; y acaso éste fuese el motivo real —éste y el miedo que le tenían— de que no nos hayan raptado nunca.

La celosía de hierro forjado, rígida e hipersimétrica, imita las ramas de un sauce (escribo ahora en mi viejo dormitorio). En mi infancia la había recubierto un jazminero trompeta —más tarde arrancado— que había trepado desde el jardín por el muro. Yo solía desear que la planta tapara del todo la ventana y nos evitara el sol cuando intentábamos dormirnos; pero David, que tenía la cama bajo la ventana, siempre se estiraba a cortar ramas para silbar por los tallos vacíos, con cuatro o cinco de los cuales se hacía una especie de zampoña. Por supuesto que el sonido, tanto más fuerte cuanta más audacia ganaba David, atraía a su vez la atención de Mister Million, nuestro tutor. Mister Million entraba en la habitación en perfecto silencio, deslizando los anchos tacones por el suelo desigual mientras David fingía dormir. A esas alturas la zampoña podía esconderse bajo la almohada, entre las sábanas y hasta bajo el colchón, pero Mister Million la encontraba siempre.

Hasta ayer había olvidado qué hacía con los pequeños instrumentos después de confiscárselos a David; aunque cuando una tormenta o una nevada intensa nos impedían salir, yo a menudo intentaba recordarlo. Romperlos, o tirarlos al patio por el postigo, habría sido totalmente impropio de Mister Million, que nunca rompía nada adrede, y nunca desperdiciaba nada. Yo visualizaba a la perfección el gesto semidoliente con que retiraba los tallos —la cara que parecía flotar tras la pantalla era muy semejante a la de mi padre— y su forma de girar y salir deslizándose de la habitación. Pero ¿qué pasaba con los tallos?

Como he dicho (éste es el tipo de cosa que me da confianza), ayer me acordé. Me había estado hablando aquí mientras yo trabajaba, y cuando salió tuve la impresión —mirándolo cruzar suavemente el umbral— de que faltaba algo, una suerte de floreo que yo recordaba de mis días tempranos. Cerré los ojos y procuré recordar, eliminando todo escepticismo y cualquier intento de figurarme de antemano lo que «habría debido ver», y al fin descubrí que el elemento ausente era un breve destello, el fulgor metálico en la cabeza de Mister Million.

Una vez establecido esto, comprendí que el destello provenía sin duda de un rápido movimiento ascendente, como un saludo, que Mister Million hacía con el brazo al salir de la habitación. Durante más de una hora no logré imaginarme el motivo de ese ademán y sólo llegué a suponer, fuera lo que fuese, que el tiempo lo había desgastado. Intenté recordar si había habido —en ese pasado en realidad no tan lejano—, algún objeto en el pasillo de fuera hoy ausente: una cortina o un postigo, un aparato que se activaba en algún momento, cualquier cosa que sirviera de explicación. No había nada.

Fui hasta el pasillo y examiné minuciosamente el suelo en busca de huellas de muebles. Apartando viejos y bastos tapices, busqué ganchos o clavos. Estiré el cuello para revisar el techo. Entonces, al cabo de una hora, examiné la puerta y vi lo que no había visto al pasar por ella cientos de veces: que, como todas las puertas de esta casa, tiene un macizo marco de listones de madera y que uno de éstos, en el dintel, sobresale de la pared y se extiende sobre la puerta como un estante angosto.

Llevé la silla al corredor y me subí a ella. En el espeso polvo del estante había cuarenta y siete flautas de mi hermano y una maravillosa miscelánea de pequeños objetos. Yo recordaba muchos de ellos, pero algunos ni siquiera alcanzan a despertar un parpadeo de respuesta en los recovecos de mi memoria…

Un huevecito de pájaro cantor, azul con motas marrones. Supongo que el pájaro anidó en el jazminero, y que David y yo expoliamos el nido sólo para que Mister Million nos lo robara. Pero del incidente no me acuerdo.

Y hay un rompecabezas —roto— hecho con vísceras bronceadas de algún animalito, y espléndidamente evocativa una de esas llaves grandes, con decoración fantasiosa, de venta anual, que durante todo un año permitían que el poseedor pudiera entrar después de hora a ciertas salas de la biblioteca del municipio. Supongo que Mister Million la debió haber confiscado al encontrarla, expirado ya el plazo, cumpliendo funciones de juguete; pero ¡qué reminiscencias!

Mi padre tenía una biblioteca propia, que ahora es mía; pero entonces se nos prohibía entrar. Guardo un tenue recuerdo de encontrarme —no sabría decir a qué temprana edad— ante la puerta labrada. Recuerdo cómo se abría, y el mono tullido en el hombro de mi padre, apretándose contra la cara de halcón, y el pañuelo negro y la bata roja debajo y las hileras e hileras de libros gastados y detrás los cuadernos, y el asqueante, dulzón olor a formol que venía del laboratorio, del otro lado del espejo corredizo.

No sé qué dijo él, ni si el que había golpeado era yo u otro, pero recuerdo que cuando la puerta se cerró, una mujer de rosa que consideré muy bonita se agachó a poner la cara al nivel de la mía y me aseguró que todos los libros que acababa de ver los había escrito mi padre, y que no tuviera de eso la menor duda.

A mi hermano y a mí, como he dicho, esa habitación nos estaba prohibida; pero cuando ya éramos algo mayores, Mister Million solía llevarnos un par de veces por semana a la biblioteca municipal. Eran prácticamente las únicas ocasiones en que nos dejaban salir de la casa, y como a nuestro tutor no le gustaba replegar la articulada extensión de sus módulos metálicos en una carreta de alquiler, y ningún asiento de automóvil habría soportado aquel peso ni habría contenido aquella masa, las incursiones se hacían a pie.

Durante largo tiempo, la ruta a la biblioteca fue la única parte de la ciudad que conocí. Tres manzanas por la calle Saltimbanque, donde estaba nuestra casa, a la derecha por la Rue dAsticot hasta el mercado de esclavos y después una calle hasta la biblioteca. El niño, que no sabe diferenciar lo extraordinario de lo corriente, por lo general se acomoda entre los dos: encuentra interés en incidentes que los adultos consideran triviales y acepta serenamente las más improbables ocurrencias. A mi hermano y a mí nos fascinaban los espurios anticuarios y las falsas gangas de la Rue d’Asticot, pero nos aburríamos cuando Mister Million insistía en demorarse una hora en el mercado de esclavos.

No era un mercado grande, porque Port-Mimizon no era centro de tráfico, y con frecuencia los subastadores de mercancías —devueltas una y otra vez por toda una colección de amos que les encontraba siempre el mismo defecto— se habían visto ya varias veces y se trataban como amigos. Mister Million no pujaba nunca, pero observaba, inmóvil, mientras nosotros correteábamos y masticábamos el pan frito que él nos había comprado en algún puesto. Había hombres coche, con piernas nudosas de músculos, y asistentes de baño de sonrisa boba; luchadores encadenados, con ojos aturdidos por las drogas o ardientes de ferocidad imbécil; cocineros, sirvientes y cien clases más; sin embargo, David y yo rogábamos que se nos permitiera seguir solos hasta la biblioteca.

La biblioteca era un edificio de enorme tamaño que en los viejos días de la lengua francesa había alojado oficinas del gobierno. Mezquinas corrupciones habían matado el parque en donde se alzara en un tiempo, y ahora la biblioteca asomaba entre una masa de comercios y viviendas. Una estrecha vía pública conducía a la puerta, y en cuanto entrábamos una especie de grandeza descascarada reemplazaba al vecindario desaparecido. El mostrador principal estaba justo bajo la bóveda, y la bóveda, que ascendía arrastrando una pasarela en espiral bordeada por la colección central de la biblioteca, flotaba a ciento cincuenta metros de altura. Un cielo de piedra: la caída de la más ínfima astilla habría matado a un bibliotecario en el acto.

Mientras Mister Million ascendía majestuosamente por la pasarela helicoidal, David y yo echábamos a correr hasta adelantarnos varias vueltas y poder hacer lo que quisiéramos. Cuando aún era muy joven a menudo se me ocurría que si mi padre —según testimonio de la señora de rosa— había escrito una habitación entera de libros, en ese lugar tenía que haber algunos; yo subiría resueltamente hasta casi alcanzar la bóveda, y allí hurgaría y buscaría. Dado que los bibliotecarios devolvían los libros a los estantes con gran laxitud, siempre estaba la posibilidad, me parecía, de encontrar lo que no había encontrado hasta entonces. Los estantes se encumbraban muy por arriba de mi cabeza, pero cuando no me sentía vigilado, yo trepaba por ellos como si fueran peldaños, pisando libros cuando no quedaba sitio para las cuadradas suelas de mis zapatos marrones, y de vez en cuando pateando libros al suelo, donde permanecían hasta nuestra visita siguiente y más aún: prueba de la reticencia del personal a subir la larga cuesta en caracol.

En los estantes superiores había, si es posible, un desorden peor que en los más accesibles, y un glorioso día en que llegué al más alto descubrí que esa empinada y polvorienta posición sólo la ocupaban (además de un traspapelado texto de astronáutica, La nave de una milla de largo, de un alemán), un solitario ejemplar de Lunes o Martes, apoyado en un libro sobre el asesinato de Trotsky, y un desvencijado volumen de los cuentos de Vernor Vinge que debía su presencia —eso al menos sospeché— a algún bibliotecario ya muerto que había confundido con «Winge» el V. Vinge del lomo.

Aunque nunca encontré ningún libro de mi padre, no me arrepiento de aquellas largas escaladas a lo alto de la bóveda. Cuando David estaba conmigo, corríamos cuesta arriba y abajo, o atisbábamos a través de la baranda el lento avance de Mister Million y discutíamos la factibilidad de terminar con él arrojándole una obra ponderosa. Si David prefería seguir intereses propios más abajo, yo subía hasta el final, donde la cima de la bóveda se curvaba por encima de mí hacia la derecha; y allí, desde un oxidado puente de hierro no más ancho que los estantes que acababa de escalar —y sospecho que tampoco tan fuerte—, se abrían a su vez varios agujeros circulares. La pared era de hierro, pero tan delgada, que cuando yo desplazaba las corroídas cubiertas podía asomar la cabeza y sentirme realmente fuera, con el viento y el revoloteo de las aves y el curvo verdín de la bóveda extendiéndose por debajo.

Al oeste, más alta que las casas circundantes y señalada por los naranjos del techo, divisaba nuestra casa. Al sur, los palos de los barcos del puerto y, en días claros —y si era la hora apropiada—, las crestas blancas de pleamar que Sainte Arme impulsa entre las penínsulas llamadas Índice y Pulgar. Y una vez, lo recuerdo muy bien, mirando al sur vi el gran géiser de rocío soleado que levantaba un crucero de estrellas al golpear el agua. Al este y al norte se extendía la ciudad misma, la ciudadela y el gran mercado, y más allá las montañas y los bosques.

Pero tarde o temprano, ya solo o junto con David, Mister Million me reclamaba. Entonces teníamos que acompañarlo a una de las alas a visitar tal o cual colección de ciencia. Eran libros para las lecciones. Mi padre insistía en que aprendiéramos a fondo biología, anatomía y química, y bajo la tutela de Mister Million bien que aprendíamos, porque nunca consideraba dominado un tema hasta que podíamos discutir todos los puntos mencionados en el último de los libros catalogados bajo el mismo rubro. Mis favoritas eran las ciencias de la vida, pero David prefería los idiomas, la literatura y el derecho; pues tanto de éstas como de antropología, cibernética y psicología recibíamos unas nociones.

Una vez elegidos los libros que estudiaríamos en los días siguientes, y después de instarnos a elegir más por nuestra cuenta, Mister Million se retiraba con nosotros a un rincón tranquilo de alguna de las salas de lectura, donde había sillas, una mesa y espacio suficiente para que él plegara la extensión articulada de su cuerpo o la alineara contra una pared o anaquel y así dejar libre el pasillo. Para indicar el comienzo formal de la clase, solía pasar lista, siendo siempre mi nombre el primero.

Yo decía:

—Presente —en señal de atención.

Y David:

—Presente.

David tiene abierto en las rodillas, donde Mister Million no puede verlo, un ejemplar de Cuentos de la Odisea, pero mira al señor Million fingiendo un brillante interés. De una ventana alta llega a la mesa un sesgado rayo de sol, revelando en el aire un enjambre de polvo.

—Me pregunto si alguno de vosotros ha reparado en los implementos de piedra en la sala por la que acabamos de pasar.

Ambos asentimos, cada cual con la esperanza de que hablara el otro.

—¿Fueron hechos en la Tierra, o aquí en nuestro planeta?

Es una pregunta con trampa, pero fácil. David dice:

—Ni una cosa ni otra. Son de plástico —y los dos nos reímos.

Paciente, Mister Million dice:

—Sí, son reproducciones de plástico, pero ¿de dónde vinieron los originales?

El rostro, tan parecido al de mi padre, pero que ahora se me antojaba que era sólo de él (de modo que verlo en un hombre vivo y no en aquella pantalla parecía una terrible inversión de la naturaleza), no expresaba interés, ni enfado ni aburrimiento, sino una serena distancia.

David responde:

—De Sainte Anne —Sainte Anne es un planeta hermano que gira con nosotros airededor de un centro común, como nosotros giramos alrededor del sol—. Eso decía el cartel, y los hicieron los aborígenes… Aquí no había abos.

Mister Million asiente y vuelve hacia mí el rostro impalpable.

—¿Crees que esos implementos de piedra ocupaban un lugar central en las vidas de quienes los hicieron? Di que no.

—No.

—¿Por qué no?

Pienso frenéticamente, sin ayuda de David, que por debajo de la mesa me está pateando las espinillas. Llega un destello.

—Habla. Responde en seguida.

—Eso es evidente, ¿no? —salida siempre útil cuando uno no está seguro de que «eso» sea siquiera posible—. En primer lugar, no pueden haber sido herramientas muy eficaces; ¿por qué entonces los aborígenes iban a confiar en ellas? Quizá diga usted que necesitaban las flechas de obsidiana y los anzuelos de hueso para conseguir alimento, pero no es así. Podían envenenar el agua con los jugos de ciertas plantas, y quizá hubiera sido más eficaz pescar con cercas de estacas, o con redes de cuero crudo o fibra vegetal. Del mismo modo, más eficaz que cazar animales habría sido atraparlos o arrearlos con fuego; y en cualquier caso no harían falta herramientas de piedra para recoger bayas, brotes de plantas comestibles y cosas por el estilo, que probablemente eran el alimento principal de esas gentes… Esos objetos de piedra están en la vitrina porque las trampas y redes se pudrieron, y porque son lo único que queda; de modo que los que se ganan la vida con esto pretenden que son importantes.

—Bien. ¿Y tú, David? Sé original, por favor. No repitas lo que acabas de oír.

David levanta del libro unos ojos azules que nos desdeñan a los dos.

—Si hubiera podido interrogarlos, le habrían dicho que lo importante eran la magia y la religión, las canciones que cantaban y las tradiciones populares. Mataban a los animales de sacrificio con mayales o conchas afiladas como navajas, y no dejaban que sus hombres engendraran hijos antes de haber pasado por el fuego y quedar lisiados de por vida. Copulaban con los árboles y ahogaban a los niños para honrar a los ríos. Eso era lo que importaba.

Sin cuello, la cara de Mister Million asintió.

—Ahora debatiremos la humanidad de esos aborígenes. David negativo y primero.

Le doy un puntapié, pero ha puesto las duras piernas pecosas bajo el cuerpo o las ha escondido tras las patas de la silla, lo cual es trampa.

—En la historia del pensamiento humano —dice, en su voz más inaceptable—, humanidad implica descendencia de lo que podríamos llamar Adán; es decir, la original estirpe terráquea, y si ustedes no lo entienden es que son un par de idiotas.

Espero a que continúe, pero ha terminado. Digo entonces, para ganar tiempo:

—Mister Million, no es justo dejar que me insulte en un debate. Dígale que eso no es debatir, es pelearse, ¿no?

Mister Million dice:

—Sin alusiones personales, David.

Esperando que yo siga un buen rato, David ya está echando un vistazo a Odiseo y Polifemo el cíclope. Acepto el desafío:

—El argumento de que hubo una estirpe terráquea original no es válido ni concluyente. Parece bastante probable que los aborígenes de Sainte Anne descendieran de una ola anterior de expansión humana; una ola, quizá, aun anterior a los griegos homéricos.

Tibiamente, Mister Million dice:

—Si estuviera en tu lugar, me limitaría a argumentos de probabilidad más alta.

No obstante, yo gloso la historia de los etruscos, la Atlántida y la tenacidad y las tendencias expansionistas de una hipotética cultura tecnológica que habría ocupado el continente de Gondwana. Cuando acabo, Mister Million dice:

—Ahora a la inversa. David, afirmativo sin repetir.

Mi hermano, claro, en vez de escuchar ha estado mirando el libro, y yo lo pateo entusiasmado, esperando que se atasque; pero él dice:

—Los abos son humanos porque están todos muertos.

—Explícalo.

—Si estuvieran vivos, aceptarlos como humanos sería un peligro porque pedirían cosas; pero estando muertos, es más interesante que hayan sido humanos y los colonos los hayan matado.

Y así seguimos. La mancha de luz viaja por la mesa negra listada de rojo; viajó por la mesa un centenar de veces. Salíamos por una de las puertas laterales y cruzábamos un descuidado patio entre dos alas. Había allí botellas vacías y papeles de todas clases al viento; y una vez, un muerto en harapos brillantes, sobre cuyas piernas los muchachos saltamos mientras Mister Million lo evitaba rodando en silencio. Al salir del patio a una calle angosta, las cornetas de la guarnición de la ciudadela —que sonaban tan lejanas— llamaban a los soldados de caballería a misa vespertina. En la Rue d'Asticotya se afanaba el farolero, y en las tiendas cerradas habían puesto las rejas de metal. Mágicamente despejadas de muebles viejos, las aceras parecían anchas y desnudas.

Cuando llegaban los primeros juerguistas, nuestra calle Saltimbanque cambiaba. Hombres canosos y bullangueros guiando a chicos y jovencitos, hombres y chicos guapos y musculosos pero una pizca sobrealimentados; jóvenes que contaban chistes tímidos y sonreían con buenos dientes. Siempre eran ésos los que llegaban temprano, y años después he llegado a preguntarme si los hombres canosos llegaban pronto porque deseaban tener placer y también dormir sus buenas horas, o porque sabían que después de medianoche los jóvenes que ellos estaban introduciendo en el establecimiento de mi padre se pondrían somnolientos e inquietos, como chicos que se han mantenido despiertos hasta muy tarde.

Como Mister Million no quería que anduviéramos por los callejones después del anochecer, entrábamos en la casa junto con los hombres canosos y sus sobrinos e hijos. Había un jardín, no mucho mayor que una pieza pequeña y empotrado en el frente de la casa, que no tenía ventanas. Los helechos crecían en parterres del tamaño de tumbas; el agua de una fuente caía tintineando sobre cañas de vidrio que había que proteger de los muchachos de la calle, y con los pies firmemente plantados —de hecho, casi hundidos en el musgo— se alzaba la estatua de hierro de un perro con tres cabezas.

Era esa estatua, supongo, la que daba a nuestra casa el nombre popular de Maison du Chien, aunque acaso hubiera también una referencia a nuestro apellido. Las tres cabezas, de orejas y hocicos puntiagudos, eran de una poderosa elegancia. Una mostraba los dientes y otra, la del centro, miraba el mundo del jardín y la calle con una expresión de tolerante interés. La tercera, la más cercana al sendero de ladrillos que llevaba a la puerta, sonreía francamente —no encuentro otra expresión—, y era costumbre de los clientes de mi padre, cuando subían por el sendero, palmearle la cabeza entre las orejas. Los dedos habían pulido el sitio, que ahora parecía de cristal negro.

Ese fue, pues, mi mundo durante siete de los largos años de nuestro mundo, y quizá durante medio año más. Pasaba la mayoría de las jornadas en la pequeña aula que presidía Mister Million, y las noches en el dormitorio donde jugaba y peleaba con David en silencio completo. La variedad la ponían los viajes a la biblioteca que ya he descrito, o rara vez a alguna otra parte. De tanto en tanto apartaba las hojas del jazmín trompeta para mirar a las muchachas y sus benefactores en el patio, u oír la corriente de charla en el jardín de la azotea; pero ni lo que hablaban ni lo que hacían me interesaba demasiado. Sabía que el hombre alto con cara de hacha que gobernaba la casa, y a quien muchachas y sirvientes llamaban «Maître», era mi padre. Ya en mis primeros años había sabido que en algún lugar había una mujer temible —los criados le tenían pavor— llamada «Madame», pero que no era mi madre ni la de David, ni tampoco la esposa de mi padre.

Esa vida y mi niñez, o al menos mi infancia, terminaron una noche cuando David y yo, cansados de luchas y discusiones silenciosas, ya estábamos dormidos. Alguien me sacudió por los hombros, llamándome, y no era Mister Million sino uno de los criados, un hombrecito jorobado de raída chaqueta roja.

—Te requiere —informó el enviado—. Levántate.

Lo hice, y él vio que yo llevaba ropa de cama. Esto sin duda no estaba en sus instrucciones, y por un momento durante el cual yo bostezaba de pie, lo debatió consigo mismo.

—Vístete —dijo al fin—. Péinate.

Obedeciendo, me puse los pantalones de terciopelo negro que había llevado el día anterior, pero —guiado por cierto instinto— una camisa limpia. La habitación a la cual me condujo por tortuosos corredores, vacíos ahora de los últimos clientes; y por otros, mohosos, sucios de excremento de rata, donde los clientes nunca eran admitidos, era la biblioteca de mi padre: la de la gran puerta labrada, ante la cual había recibido yo las susurradas confidencias de la mujer de rosa. Nunca había estado allí; pero cuando mi guía golpeó discretamente, la puerta se retiró, y casi sin darme cuenta de lo que ocurría me encontré adentro.

Mi padre, que había abierto la puerta, la cerró a mis espaldas, y dejándome allí caminó hasta el extremo más distante de la larga estancia y se echó en un gran sillón. Llevaba la bata roja y el echarpe negro que yo le había visto casi siempre, y tenía el pelo largo y ralo peinado hacia atrás. Me miró fijamente, y recuerdo que el esfuerzo por no romper en sollozos me hizo estremecer el labio inferior.

—Bien —dijo, después de que nos miráramos un tiempo—, hete ahí. ¿Cómo te llamaré? —le dije mi nombre, pero meneó la cabeza—. Así no. Para mí has de tener otro nombre; un nombre privado. Si quieres elígelo tú mismo.

No dije nada. Me parecía del todo imposible tener un nombre diferente de las dos palabras que, en cierto sentido místico que yo respetaba pero no entendía, eran mi nombre.

—Entonces te lo elegiré yo —dijo mi padre—. Eres Número Cinco. Acércate, Número Cinco —me acerqué, y cuando me tuvo delante continuó—. Ahora jugaremos a un juego. Voy a mostrarte unos dibujos, ¿entiendes? Y mientras tú los miras no debes dejar de hablar. Hablar de los dibujos. Si hablas, ganas; pero si paras, aunque sólo sea un segundo, gano yo. ¿Entiendes? —le dije que sí—. Bien. Sé que eres un chico brillante. Por cierto, Mister Million me ha enviado todos los exámenes que te ha hecho y las cintas que graba cuando hablas con él. ¿Estabas enterado? ¿Alguna vez te preguntaste para qué le servían?

—Pensé que las tiraba —le dije, y noté que al escucharme mi padre se inclinaba hacia adelante, circunstancia que en ese momento me pareció halagadora.

—No, las tengo yo aquí —apretó un botón—. Bien, recuerda que no debes dejar de hablar.

En la habitación, como por magia, aparecieron un niño considerablemente menor que yo y un soldado de madera pintada casi de mi tamaño; pero cuando extendí la mano descubrí que eran insustanciales como el aire.

—Di algo —dijo mi padre—. ¿Qué estás pensando, Número Cinco?

Yo pensaba en el soldado, claro está; lo mismo que el niño, que parecía tener unos tres años. Atravesó mi brazo como una niebla, tambaleándose, e intentó derribar la figura del soldado.

Eran sólo hologramas: imágenes tridimensionales formadas por la interferencia de dos frentes de ondas luminosas; cosas que en mi libro de física, ilustradas por chatos dibujos de ajedrecistas, me habían parecido muy insulsas. Pero necesité un rato para relacionar aquellos ajedrecistas con los fantasmas que esa noche andaban por la biblioteca de mi padre. Todo ese tiempo mi padre siguió diciendo:

—¡Habla! ¡Di algo! ¿Qué crees que siente el pequeño?

—Bueno, el soldado le gusta, pero si quiere puede derribarlo, porque el soldado es sólo un juguete, sí, pero es más grande que él…

Yhablando así continué, supongo, horas enteras. La escena cambiaba una y otra vez. El soldado gigante fue reemplazado por un pony, un conejo, un plato de sopa con galletas. Pero la figura central era siempre el niño de tres años. Cuando el jorobado de la chaqueta raída volvió, bostezando, para llevarme de nuevo al dormitorio, mi voz no era más que un oscuro susurro y me dolía la garganta. Esa noche, en sueños, vi al niño correteando de una actividad a otra, su personalidad confundida en cierto modo con la mía y con la de mi padre, de modo que yo era a la vez el observador, el observado y una tercera presencia que observaba a los otros dos.

La noche siguiente me dormí casi en seguida de que Mister Million nos mandase a la cama, y apenas tuve tiempo de felicitarme por lo que estaba pasando. Me desperté cuando entró el jorobado; pero no fue a mí a quien sacó de las sábanas, sino a David. En silencio, fingiendo que dormía —pues se me había ocurrido, y parecía de lo más razonable, que si me veía despierto quizá nos llevara a los dos—, miré a mi hermano vestirse y tratar de poner algún orden en su maraña de pelo rubio. Cuando volvió yo dormía profundamente, y no tuve oportunidad de interrogarlo hasta que Mister Million nos dejó solos, como hacía a veces, para que desayunásemos. Yo le había contado mis experiencias como cosa natural, y lo que él tenía para contarme era simplemente que había pasado una velada muy similar a la mía. Había visto dibujos holográficos, y en apariencia los mismos: el soldado de madera, el pony. Había tenido que hablar constantemente, como nos lo exigía Mister Million tan a menudo en debates y exámenes, orales. El único punto en que su entrevista con nuestro padre había diferido de la mía, hasta donde yo podía saberlo, surgió cuando le pregunté por qué nombre lo había llamado.

Me miró perplejo, con un trozo de tostada a medio camino de la boca. Le pregunté de nuevo:

—¿Cómo te llamaba al hablarte?

—Me llamaba David. ¿Qué habías pensado?

Con el comienzo de esas entrevistas cambió mi modo de vivir: los ajustes que yo había supuesto pasajeros se hicieron muy poco a poco permanentes, amoldándose en una forma nueva de la que ni yo ni David teníamos verdadera conciencia. Cesaron los juegos y los cuentos a la hora de acostarnos, y las flautas que David hacía con tallos de jazmín empezaron a escasear. Mister Million nos permitía dormirnos más tarde, y de un modo sutil reconoció que éramos más adultos. Más o menos por entonces, también, empezó a llevarnos a un parque donde había un campo de arquería y previsiones para diversos juegos. Uno de los lados de ese parque, no muy distante de nuestra casa, estaba bordeado por un canal. Y allí, mientras David le disparaba flechas a un ganso relleno de paja o jugaba al tenis, yo solía sentarme a mirar el agua serena, sólo levemente sucia, o a esperar alguno de los barcos blancos —grandes barcos de proa afilada como el pico de un martín pescador y cuatro, cinco o hasta siete palos— que entraban en el puerto remolcados, insólitamente, por diez o doce yuntas de bueyes.

En el verano de mi undécimo o duodécimo año —duodécimo, creo— se nos permitió por primera vez quedarnos en el parque después de la puesta del sol, sentados en la declinante margen de hierba del canal, a mirar una exhibición de fuegos artificiales. Media milla por encima de la ciudad se había apagado apenas el vuelo de la ristra preliminar de cohetes, cuando David se sintió mal. Corrió al agua y vomitó —hundiendo los brazos en el cieno hasta los codos— mientras arriba ardían gloriosamente estrellas rojas y blancas. Mister Million lo tomó en brazos, y cuando el pobre David se sintió más aliviado nos fuimos deprisa a casa. La enfermedad no duró mucho más que el contaminado sandwich que la había provocado, pero mientras nuestro tutor acostaba a David, decidí que no me perdería el resto de la exhibición, parte de la cual había vislumbrado entre las sucesivas casas durante el camino de vuelta.

De noche me tenían vedada la terraza, pero sabía muy bien dónde estaba la escalera más próxima. La emoción que sentí al penetrar en ese prohibido mundo de follaje y sombras, coronado por flores de fuego purpúreo, dorado y rojo llameante, me afectó como la secuela de una fiebre, dejándome en pleno verano con frío, temblores y el aliento entrecortado.

En la terraza había mucha más gente de la que yo había previsto: los hombres sin capa, sombrero ni bastón —que habían dejado en el guardarropa de mi padre— y las muchachas empleadas de mi padre, en trajes que exhibían los pechos acarminados en jaulas de alambre retorcido, o les daban la apariencia de una gran altura —sólo desvanecida cuando alguien se les acercaba mucho—, o vestidos cuyas faldas reflejaban las caras y bustos de las usuarias —como refleja el agua quieta los árboles de la orilla—, de modo que entre los intermitentes fogonazos de colores parecían reinas de tarot extrañamente ataviadas.

Me vieron, claro, porque estaba demasiado excitado como para encontrar un buen escondite; pero nadie me ordenó que me fuese, y supongo que asumieron que se me había permitido subir a ver los fuegos artificiales.

Duraron largo rato. Recuerdo que un cliente —un hombre de cuerpo macizo, cara cuadrada y aspecto estúpido— que parecía importante, deseaba tanto gozar de la compañía de su protegée —quien no quería entrar hasta que la exhibición acabase— que a fuerza de exigir cierta intimidad, logró que le reordenaran veinte o treinta arbustos y árboles del parterre para hacer un bosquecillo alrededor de los dos. Yo ayudé a los camareros a trasladar las macetas y tiestos más pequeños, y cuando la estructura quedó concluida me las ingenié para esconderme allí. A través de las ramas pude mirar cómo explotaban los cohetes y bombas aéreas, y al mismo tiempo al cliente y su nynmphe du bois, que los miraban con bastante más atención que yo.

Hasta donde recuerdo, no me movía la lascivia sino la curiosidad. Estaba en la edad en que nos interesamos apasionadamente, pero con pasión científica. La mía había quedado casi satisfecha cuando alguien llegó desde atrás y me sacó de entre las matas agarrándome por la camisa.

De pronto me soltó, ya fuera de la espesura, y me volví esperando ver a Mister Million; pero no era él. Mi captora era una mujercita de pelo gris y vestido negro, cuya falda —lo noté aun entonces— caía derecha de la cintura al suelo. Supongo que hice una reverencia, pues claramente no era una criada, pero ella no reaccionó; me miró fijamente a la cara y me hizo pensar que veía tan bien en los intervalos entre salvas como a la luz de los fulgores. Por último, en lo que debía ser el final de la exhibición, un gran cohete se alzó bramando en un río de llamas, y por un instante ella consintió en levantar los ojos. Luego, cuando el cohete hubo explotado en una orquídea malva de tamaño y brillantez inconcebibles, la formidable mujercita volvió a agarrarme y me llevó firmemente a la escalera.

Por lo que yo pude ver mientras cruzábamos el jardín de la terraza, ella, más que caminar, parecía deslizarse sobre el pavimento como una pieza de ajedrez de ónix sobre un tablero lustrado; y es así, pese a todo lo que he pasado desde entonces, como todavía la recuerdo: como la Reina Negra, una reina de ajedrez ni siniestra ni benéfica, y negra sólo para distinguirla de cierta Reina Negra que nunca fue mi destino encontrar.

Cuando llegamos a la escalera, no obstante, ese suave deslizamiento se convirtió en un meneo fluido que ponía dos pulgadas o más del ruedo del vestido negro en contacto con cada escalón, como si el torso los bajara así, como una canoa sortea unos rápidos: precipitándose unas veces, otras deteniéndose, otras más casi retrocediendo en las contracorrientes.

Se afirmaba en esos escalones apoyándose en mí, y aferrando el brazo de una criada que nos había esperado al borde de la escalera y la asistía por el otro lado. Mientras cruzábamos el jardín de la terraza, yo había supuesto que el deslizamiento era mero producto de una buena postura y un paso maravillosamente controlado, pero ahora comprendía que la mujer era en cierto modo una impedida, y tuve la impresión de que sin nuestra ayuda habría caído de cabeza.

En cuanto llegamos abajo reanudó el suave avance. Con un movimiento de cabeza despidió a la criada, y alejándonos de nuestro dormitorio y el aula, me condujo por el pasillo hasta un hueco de escalera metido muy al fondo del edificio, con un tirabuzón de peldaños muy empinado y apenas una baja barandilla de hierro que lo separaba de una caída de seis pisos hasta la bodega. Allí me soltó, y me dijo resueltamente que bajara. Yo bajé unos peldaños y me volví a ver si ella tenía dificultades.

No las tenía, pero tampoco estaba usando los peldaños. Con la larga falda colgando como una cortina, flotaba, observándome, suspendida en el centro del hueco. Yo me asombré tanto que me detuve —lo que hizo que sacudiera la cabeza, enfadada—, y luego eché a correr. Por una y otra vuelta de la espiral, ella giraba conmigo; siempre volviéndome una cara extraordinariamente parecida a la de mi padre, siempre tomada al pasamanos. Una vez que llegamos a la segunda planta, se abalanzó hacia mí, me prendió con la facilidad con que un gato se encarga de una cría errante y me llevó por habitaciones y pasajes adonde nunca me habían permitido ir, hasta que me confundí tanto que bien podría haber estado en una casa extraña. Por fin se detuvo ante una puerta, en nada distinta de las demás. La abrió con una anticuada llave de latón —la guarda parecía serrada— y me indicó que entrase.

La habitación estaba muy iluminada, y pude ver claramente lo que en la terraza y los pasillos sólo había presentido: que el ruedo de la falda colgaba a dos pulgadas del suelo, se moviera ella como se moviese, y que entre el ruedo y el suelo no había nada en absoluto. Me indicó un pequeño taburete cubierto con un tejido y dijo…

—Siéntate.

Y una vez que lo hice, flotó hasta una hamaca orejera y se sentó frente a mí. Al cabo de un momento preguntó:

—¿Cómo te llamas?

Y cuando se lo dije alzó una ceja, y apoyando levemente los dedos en una lámpara de pie que había al lado se meció en la hamaca. Largo rato después dijo:

—¿Y cómo te llama él?

—¿Él? —yo me sentía atontado, supongo, por falta de sueño.

Frunció los labios.

—Mi hermano.

Me aflojé un poco.

—Ah —dije—. Entonces usted es mi tía. Ya pensé yo que se parecía a mi padre. Me llama Número Cinco.

Continuó mirándome un momento, torciendo hacia abajo las comisuras de la boca como solía hacer mi padre. Luego dijo:

—Es un número demasiado bajo, o demasiado alto. Vivos, estamos tú y yo, y me parece que está incluyendo al simulador. ¿Tienes una hermana, Número Cinco?

Mister Million nos había estado leyendo David Copperfield, y en ese momento la mujercita me recordó tan pasmosa e inesperadamente a la tía Betsy Trotwood que grité de risa.

—¿Qué le ves de absurdo? Tu padre tuvo una hermana… ¿Por qué tú no? ¿No tienes ninguna?

—No, señora, pero tengo un hermano. Se llama David.

—Llámame tía Jeannine. ¿David se parece a ti, Número Cinco?

Negué con la cabeza.

—No tiene el pelo como yo, sino rubio y rizado. Tal vez se me parece un poco, pero no mucho.

—Supongo —dijo mi tía entre dientes— que utilizó a alguna de mis chicas.

—¿Perdón?

—¿Sabes quién era la madre de David, Número Cinco?

—Como somos hermanos, me figuro que la misma que la mía, pero Mister Million dice que se marchó hace mucho.

—No era la misma madre —dijo mi tía—. No. De la tuya podría mostrarte un retrato. ¿Te gustaría verlo? —hizo sonar una campanilla, y de alguna otra habitación entró una doncella haciendo reverencias; mi tía le susurró algo y la doncella se fue. Al volverse de nuevo hacia mí, mi tía preguntó—. ¿Y qué haces todo el día, Número Cinco, aparte de corretear por la terraza cuando no deberías? ¿Te enseñan?

Le conté de mis experimentos —yo estaba estimulando huevos de rana no fertilizados, y una vez inducido un desarrollo asexual duplicaba los cromosomas con un tratamiento químico que hacía posible una nueva generación asexual— y de las disecciones que Mister Million me proponía llevar a cabo en ese entonces, y mientras hablaba dejé caer al azar un comentario sobre lo interesante que sería llevar a cabo una biopsia en un aborigen de Sainte Anne, si aún había alguno, pues las descripciones de los primeros exploradores diferían mucho entre sí y ciertos pioneros habían afirmado que los abos podían cambiar de forma.

—Vaya —dijo mi tía—, los conoces. Te haré una prueba, Número Cinco. ¿Qué es la hipótesis de Veil?

Eso lo habíamos aprendido hacía varios años; así que dije:

—La hipótesis de Veil supone que los abos tenían la capacidad de imitar a los humanos a la perfección. Veil pensaba que cuando llegaron las naves de Tierra, los abos mataron a todos y ocuparon sus lugares. O sea que no están muertos; somos nosotros.

—Quieres decir que somos los de Tierra —dijo mi tía—. Los seres humanos.

—¿Perdón?

—Si Veil estaba en lo cierto, tú y yo somos abos de Sainte Anne, al menos por origen; supongo que eso quieres decir. ¿Piensas que tenía razón?

—Pienso que da igual. Dijo que la imitación habrá tenido que ser perfecta; y si es así, de todos modos son lo mismo que nosotros.

Se me ocurrió que había dicho algo muy inteligente, pero mi tía sonrió, meciéndose con más energía. Hacía calor en esa pequeña habitación cerrada y brillante.

—Número Cinco, eres muy joven para la semántica, y me temo que las palabras “a la perfección” te han confundido. Estoy segura de que el doctor Veil no pretendió usarlas con tanta precisión como pareces creer, sino en un sentido más amplio. Difícilmente la imitación podría ser exacta, ya que los seres humanos no tienen esa capacidad, y para imitarlos a la perfección los abos tendrían que perderla.

—¿Y no podrían?

—Mi querido niño… cualquier capacidad, del tipo que se te ocurra, ha de evolucionar tarde o temprano. Y cuando evoluciona tiene que ser usada, o se atrofia. Si los abos hubieran podido imitar a otros hasta el punto de perder esa misma capacidad, para ellos habría sido el fin, y eso sin duda mucho antes de que llegaran las primeras naves. Por supuesto, no hay la más leve prueba de que pudieran hacer algo por el estilo. Simplemente desaparecieron antes de que fuera posible estudiarlos a fondo, y Veil, que busca una explicación dramática para la crueldad y la irracionalidad que ve alrededor, ha puesto cincuenta libras de teoría sobre nada.

Me pareció que esta última observación, sobre todo por lo amistosa que se mostraba mi tía, era una excusa ideal para preguntarle por su notable medio de locomoción, pero en ese mismo momento nos interrumpieron, casi simultáneamente, desde dos puntos. La doncella regresó trayendo un gran libro encuadernado en cuero, y no bien se lo entregó a mi tía hubo un golpe en la puerta. Ausente, mi tía dijo «Atiende eso», y como la observación podía haberse dirigido tanto a la doncella como a mí, satisfice mi curiosidad de otra forma precipitándome a responder al golpe.

En el pasillo esperaban dos de las mundanas de mi padre, ataviadas y pintadas hasta parecer más extrañas que cualquier abo, majestuosas como álamos de Lombardía e inhumanas como espectros, con ojos de color verde amarillo grandes como huevos y pechos inflados que se les alzaban casi hasta los hombros; y aunque mantuvieron aquella inculcada compostura, me complació percibir que las sorprendía verme en el umbral. Con una reverencia les di paso, pero mientras la doncella cerraba la puerta, mi tía, abstraída, dijo:

—Un momento, muchachas. Quiero enseñar algo a este chico; después se irá.

Ese «algo» era una foto, hecha —supuse— con una técnica novedosa que lavaba todo color salvo un marrón suave. Era de pequeño tamaño, y por el aspecto general y los bordes ajados muy vieja. Mostraba a una muchacha de unos veinticinco años, flaca y hasta donde yo podía juzgar bastante alta, junto a un joven fornido en un sendero adoquinado y sosteniendo un bebé. El sendero bordeaba todo el frente de una casa notable, una muy larga casa de madera de una sola planta, con un porche o galería que cada ocho o diez metros cambiaba de estilo arquitectónico hasta dar casi la impresión de una cantidad de casas excesivamente angostas construidas con los muros laterales adosados. Menciono este detalle —que en el momento apenas advertí— porque desde que salí de la cárcel he intentado muchas veces encontrar algún rastro de esa casa. La primera vez que me mostraron la foto me interesó mucho más el rostro de la muchacha, y el del bebé. En verdad el bebé estaba casi asfixiado entre blancas mantas de lana y apenas se lo veía. La muchacha tenía facciones largas y una sonrisa que sugería ese encanto poco habitual que es a un tiempo negligente, poético y taimado. «Gitana» fue mi primer pensamiento, pero sin duda la tez era demasiado rubia. Como en este mundo todos descendemos de un grupo relativamente pequeño de colonizadores, somos una población bastante uniforme; pero mis estudios me han familiarizado un tanto con las razas terrestres originales, y mi segunda impresión, casi una certeza, fue que era celta.

—De Gales —dije en voz alta—. O Escocia. O quizás Irlanda.

—¿Qué? —dijo mi tía. Una de las chicas dejó escapar una risita; se habían sentado las dos en el diván, las piernas cruzadas relucientes como mástiles barnizados.

—No importa.

Mi tía me echó una mirada penetrante y dijo:

—Tienes razón. Cuando estemos más libres te mandaré llamar y hablaremos de esto. De momento mi doncella te conducirá a tu cuarto.

No recuerdo nada de la larga caminata que me llevó junto con la doncella hasta el dormitorio, ni de qué excusas le di a Mister Million por la no autorizada ausencia. Cualesquiera que fuesen, supongo que no llegué a engañarlo, o que él descubrió la verdad interrogando a los criados; porque, si bien durante semanas la esperé diariamente, no hubo ninguna convocatoria para volver al apartamento de mi tía.

Esa noche —estoy razonablemente seguro de que fue la misma noche— soñé con los abos de Sainte Anne, abos bailando con penachos de hierba fresca en la cabeza y los brazos y los tobillos, abos agitando los escudos de junco tejido y las flechas con punta de nefrita, hasta que el movimiento afectó a la cama y se transformó en rojas ropas astrosas, en los brazos del criado de mi padre, que como casi todas las noches me llamaba a la biblioteca.

Esa noche —y esta vez estoy bien seguro de que fue la misma, es decir, la noche que por primera vez soñé con los abos— la pauta de mis horas con él, que en los cuatro o cinco años pasados se había convertido en una predecible secuencia de conversación, hologramas, asociación libre y despido —secuencia que yo había llegado a creer inalterable— cambió de repente. Tras la charla preliminar —preparada, estoy seguro, para ponerme cómodo… en lo que fracasó, como siempre—, se me dijo que me remangara un brazo y me tendiese en una vieja mesa de examen que había en un rincón de la sala. Luego mi padre me hizo mirar a la pared, o sea a los estantes repletos de cuadernos raídos. Sentí una aguja pinchándome la parte interna del brazo, pero me mantuvieron la cabeza echada y la cara vuelta, de modo que no podía ni sentarme ni mirar qué estaban haciendo. Una vez retirada la aguja se me dijo que permaneciera allí tranquilo.

Tras un rato que pareció muy largo, y durante el cual mi padre me abrió los párpados o me tomó el pulso una y otra vez, en un lugar lejano de la habitación alguien se puso a contar una historia muy larga y de trama confusa. Mi padre tomaba notas de lo que se decía, y de vez en cuando hacía alguna pregunta que a mí me parecía innecesario responder, ya que lo hacía el narrador.

Los efectos de la droga no se atenuaron con el curso de las horas, como yo había esperado. Al contrario; era como si paulatinamente me alejara más de la realidad y apenas fuese consciente de mis propios pensamientos. El despellejado cuero de la mesa de examen desapareció debajo de mí, y pasó a ser ya la cubierta de un barco, ya el ala que una paloma batía muy arriba del mundo; y dejó de importarme si la voz que oía recitar era la mía o la de mi padre. A veces el timbre era más alto, a veces más bajo; pero luego, de tanto en tanto, me sentía hablar desde lo hondo de un pecho más ancho que el mío, y la voz de él, identificada por el suave rumor de las páginas de su cuaderno, se parecía a un griterío agudo de niños corriendo por la calle, tal como yo solía oírlo en verano cuando en la base de la cúpula de la biblioteca asomaba la cabeza por una ventana.

Con aquella noche mi vida volvió a cambiar. Las drogas —pues al parecer eran varias, y aunque el efecto habitual era el que he descrito, a veces me resultaba imposible quedarme quieto, y durante horas corría de un lado a otro sin parar de hablar, o me hundía en sueños dichosos o indescriptiblemente aterradores— me afectaron la salud. Muchas mañanas me despertaba con una jaqueca que me atormentaba todo el día, y tenía períodos de nerviosismo y aprensión extremos. Lo más alarmante era que a veces desaparecían partes enteras de los días, con lo que me encontraba despierto y vestido, leyendo, paseando y hasta conversando, sin ningún recuerdo de lo que había ocurrido desde que la noche anterior yaciera en la biblioteca de mi padre, murmurándole cosas al techo.

Si bien las lecciones que tomaba junto con David no se interrumpieron, en cierto sentido mi papel y el de Mister Million llegaron a invertirse. Era yo, ahora, el que insistía en dar clases, cuando se daban; yo el que elegía el tema, y en la mayoría de los casos quien interrogaba a David y Mister Million. Pero a menudo cuando ellos iban a la biblioteca del parque me quedaba acostado leyendo, y creo que muchas veces estudiaba y leía desde el momento en que despertaba en la cama hasta que el valet de mi padre volvía a buscarme.

Las entrevistas de David con nuestro padre, debo anotar, cambiaron también como las mías y al mismo tiempo; pero como eran menos frecuentes —y aún se volvieron menos frecuentes a medida que el centenar de días de verano se agotaba en el otoño y al fin en el largo invierno—, y en general él parecía reaccionar mejor a las drogas, el efecto que tenían en él no era ni mejor ni tan fuerte.

Si hubo un momento definido en que terminó mi niñez, fue durante aquel invierno. La mala salud me obligó a apartarme de las actividades infantiles, y alentó los experimentos con animalitos y las disecciones de los cadáveres que Mister Million proveía, en una corriente inagotable de bocas abiertas y ojos desafiantes. También, como he dicho, me pasaba horas y horas estudiando o leyendo… o simplemente echado con las manos bajo la cabeza, pugnando por recordar —a veces durante días— las historias que yo le había contado a mi padre. Ni David ni yo pudimos recordar nunca lo suficiente como para construir alguna teoría sobre la naturaleza de aquello que se nos preguntaba, pero aún tengo fijas en la memoria ciertas escenas. Aunque quizá no eran reales, sino visualizaciones de sugerencias susurradas mientras me mecía y buceaba en estados alterados de conciencia.

Mi tía, hasta entonces tan remota, ahora me hablaba en los pasillos y hasta venía a nuestro cuarto. Me enteré de que dirigía los arreglos internos de la casa, y por su intermedio conseguí que me instalaran un pequeño laboratorio. Pero, como he descrito, me pasé el invierno sobre todo junto a mi esmaltada mesa de disecciones o en la cama. Blancos, flotantes copos de nieve daban contra la mitad alta del ventanal, y se aferraban a las ramas desnudas del jazminero. Los clientes de mi padre, en las raras ocasiones en que yo los veía, entraban con las botas mojadas, con nieve en los hombros y el sombrero, y resoplantes y enrojecidos se sacudían el abrigo en el vestíbulo. Los naranjos habían desaparecido. Nadie usaba el jardín de la terraza, y en el patio bajo nuestra ventana sólo por la noche, tarde ya, media docena de clientes y sus protegées, exaltados de vino e hilaridad, luchaban con bolas de nieve, actividad que invariablemente concluía cuando ellos desnudaban a las chicas y las tumbaban en la nieve.

La primavera me sorprendió al llegar, como suele suceder a quienes pasamos la mayor parte de la vida puertas adentro. Un día, mientras aún pensaba —si es que pensaba algo en el clima— en términos de invierno, David abrió la ventana e insistió en que fuese con él al parque… y era abril. También fue Mister Million, y recuerdo que cuando salimos por la puerta delantera al pequeño jardín que se abría a la calle —un jardín que yo había visto por última vez con montículos de nieve apartada del sendero, pero que ahora brillaba con bulbos tempranos y una fuente cantarina—, David golpeteó al can de hierro en la mueca del hocico y dijo:

Y de allí el perro cuatricápite
fue traído a estos reinos de luz.

Hice una observación trivial sobre que no había contado bien.

—Oh, no. ¿No sabes que el Viejo Cerbero tiene cuatro cabezas? La cuarta es la doncellez, y tan feroz que no hay perro que pueda quitársela.

Hasta Mister Million soltó una risita. Pero más tarde, mirando la rubicunda salud de David y el atisbo de virilidad de manifiesto ya en el porte de los hombros, yo pensé que si las tres cabezas representaban a Maître, Madame y Mister Million, es decir mi padre, mi tía —la doncellez a que hizo referencia David, supongo— y mi tutor, (como siempre me había parecido) sin duda pronto habría que soldar una para representar a mi hermano.

El parque tiene que haber sido para él un paraíso; pero con mi mala salud yo lo encontré harto desolado y me pasé la mayor parte de la mañana acurrucado en un banco, mirando a David jugar al squash. Hacia el mediodía se me unió —no en mi banco, sino en otro lo bastante cercano para que hubiera una sensación de proximidad— una chica morena con un tobillo escayolado. Había llegado con muletas, acompañada por una niñera o gobernanta que, estoy seguro que adrede, se sentó entre la chica y yo. Esa desagradable mujer, sin embargo, era de espalda demasiado rígida como para imponer un completo protectorado. Permaneció al borde del banco, mientras la chica, con la pierna lastimada adelante, se echaba atrás ofreciéndome así una buena vista de su perfil, que era hermoso. De tanto en tanto, cuando se volvía a decirle algo a la criatura que la acompañaba, podía estudiarle toda la cara: labios carmín y ojos violeta, contorno más redondo que oval y una ancha brizna de pelo negro dividiéndole la frente; cejas negras de arco delicado y largas pestañas rizadas. Cuando una vendedora, una anciana, vino a ofrecer rollos cantoneses de huevo —más largos que la mano, y tan recién sacados de la grasa hirviente que había que comerlos con gran precaución, como si en cierto modo estuvieran vivos—, la tomé de mensajera, y además de comprarle uno para mí, envié sendas quemantes delicadezas a la chica y su monstruosa asistente.

El monstruo, por supuesto, las rechazó. Me encantó ver que la chica suplicaba. Los enormes ojos y las brillantes mejillas proclamaban con elocuencia argumentos que lamentablemente yo no alcanzaba a oír, pero que pude seguir en pantomima: negarse era un insulto gratuito a un desconocido inocente; ella tenía hambre y de todos modos había pensado en comprar un rollo de huevo. ¡Qué despilfarro oponerse cuando le ofrecían gratis lo que había deseado! La vendedora, a quien el papel de mensajera deleitaba claramente, pareció a punto de llorar ante la mera idea de verse obligada a reembolsarme el oro —en realidad un billete pequeño, tan grasiento como el papel en que ella envolvía su mercancía, y bastante más sucio—, y al cabo las voces subieron lo suficiente para que yo oyera la de la chica, que era clara y de un agradable timbre de contralto. Al final, por supuesto, aceptaron; el monstruo me concedió un frígido gesto de asentimiento, y por detrás de ella la chica me guiñó un ojo.

Media hora más tarde, cuando David y Mister Million, que me habían estado mirando desde el borde de la pista de tenis, me preguntaron si quería almorzar, les dije que sí, pensando que cuando regresáramos podría sentarme más cerca de la chica sin parecer descarado. Comimos, yo con gran impaciencia —al menos, eso me temo—, en un pequeño y limpio café próximo al mercado de flores; pero cuando volvimos al parque la chica y su gobernanta se habían ido.

Regresamos a la casa, y alrededor de una hora después mi padre me mandó buscar. Acudí con cierta inquietud, ya que para la entrevista era mucho más temprano que de costumbre. De hecho, aún no habían llegado los primeros clientes, cuando por lo general sólo lo veía después de que se hubieran ido los últimos. Podría no haberme preocupado. Empezó preguntándome por mi salud, y cuando le dije que parecía mejor que durante la mayor parte del invierno, se puso a hablar —en un tono afectado y hasta pomposo, sin nada de su habitual mordacidad fatigada— de su empresa y de la necesidad de que los jóvenes se preparasen para ganarse la vida.

—Entiendo que eres un estudioso de la ciencia —dijo.

Respondí que dentro de todo esperaba serlo, y me previne para el habitual ataque contra la inutilidad de estudiar química o biofísica en un mundo de base industrial tan reducida, cosas que en los exámenes de aspirantes a funcionario no servían de nada, ni siquiera lo preparaban a uno para un oficio. En cambio, dijo:

—Me alegra saberlo. Para serte franco, le pedí a Mister Million que te alentara en eso todo lo posible. Estoy seguro que de todos modos lo habría hecho; así lo hizo conmigo. Además de darte grandes satisfacciones, estos estudios serán… —hizo una pausa, se aclaró la garganta y se masajeó la cara y el cráneo— valiosos en todos los sentidos. Y, por así decir, son una tradición familiar.

Dije, y sin duda lo sentía, que me hacía muy feliz oír aquello.

—¿Has visto alguna vez mi laboratorio? ¿Detrás de ese espejo? —preguntó.

No lo había visto, aunque sabía que detrás del espejo corredizo de la biblioteca había una suite de habitaciones, y a veces los criados hablaban del «dispensario» donde él preparaba dosis médicas, examinaba mensualmente.a las muchachas empleadas y de tanto en tanto prescribía tratamientos para «amigos» de clientes, hombres de imprudencia temeraria que —al contrario que los clientes sagaces— no se habían limitado exclusivamente a visitar nuestro establecimiento. Le dije que me gustaría mucho verlo.

Sonrió.

—Pero nos estamos alejando del tema. La ciencia es de gran valor, pero no obstante descubrirás, como he descubierto yo, que consume más dinero del que produce. Necesitarás aparatos y libros y muchas otras cosas, así como ganarte el sustento. Aquí tenemos un negocio no poco rentable, y aunque espero vivir largo tiempo, gracias en parte a la ciencia, tú eres el heredero y al fin será tuyo…

¡Así que yo era mayor que David!

—…cada etapa de lo que hacemos. Créeme: no hay ninguna que no sea importante.

Estaba tan asombrado por el descubrimiento, y en verdad tan eufórico, que me había perdido una parte de lo que había dicho él. Asentí, lo que parecía seguro.

—Bien. Quiero que empieces atendiendo la puerta de entrada. Hasta ahora lo hacía una criada, y en el primer mes te acompañará ella, porque hay que aprender más de lo que crees. Le avisaré a Mister Million para que se encargue de todo.

Le di las gracias, y abriendo la puerta de la biblioteca indicó que la entrevista había terminado. Mientras salía, me era difícil creer que ése fuera el mismo hombre que en las primeras horas de cada mañana me devoraba la vida.

Entonces no relacioné ese súbito ascenso de rango con los acontecimientos del parque. Ahora me doy cuenta de que Mister Million, que muy literalmente tenía ojos en la nuca, debió informarle a mi padre que yo había alcanzado la edad en la cual los deseos subliminalmente sujetos en la infancia a las figuras paternas empiezan, no del todo conscientes, a alejarse a tientas de la familia.

Como fuera, esa misma noche me hice cargo de las nuevas tareas, convirtiéndome en lo que Mister Million llamaba «el recibidor» y David —subrayando la relación de la palabra con puerta— «el portero» de nuestra casa, con lo que en la práctica asumí las funciones simbólicamente ejecutadas por el perro de hierro del jardín. Como me prometiera mi padre, la criada que las había desempeñado previamente —una muchacha de nombre Nerissa, elegida porque era no sólo una de las sirvientas más bonitas, sino también de las más altas y fuertes; una muchacha sonriente, de huesos y rostro largo, con hombros más anchos que muchos varones— se quedó a ayudarme. No se trataba de deberes onerosos, pues los clientes de mi padre eran todos hombres de cierta posición y riqueza, no dados a las grescas ni las discusiones estridentes salvo en inusuales circunstancias de intoxicación; y en su mayor parte ya habían visitado nuestra casa docenas de veces, y en algunos casos cientos. Nosotros los llamábamos con apodos que sólo se usaban aquí —y de los cuales Nerissa me informaba sotto voce mientras avanzaban por el sendero—, les colgábamos los abrigos y los acompañábamos —y en caso necesario los conducíamos— a las diversas partes del establecimiento. Nerissa hacía aspavientos —visión formidable, observé, para todos los clientes, salvo los de proporciones más heroicas—, se dejaba pellizcar, aceptaba propinas. Después, en los períodos de poco trabajo, me hablaba de las veces en que la habían «llamado arriba» a pedido de algún sibarita de calibre, y del dinero que había ganado en esas noches. Yo me reía con los chistes y rehusaba las propinas, como para dar a entender a los clientes que era parte de la administración. A la mayoría no hacía ninguna falta recordárselo, y a menudo me decían lo asombrosamente que me parecía a mi padre.

Hacía muy poco que oficiaba así de recepcionista —creo que fue la tercera o cuarta velada— cuando tuvimos un visitante insólito. Llegó temprano, pero el día había sido tan oscuro —uno de los últimos de verdadero invierno— que las luces del jardín llevaban ya más de una hora encendidas, y aunque se los oyera, era imposible ver los carruajes que de vez en cuando pasaban por la calle. Le abrí la puerta, y como siempre hacía con los extraños, le pregunté educadamente qué deseaba.

—Quisiera hablar con el doctor Aubrey Veil.

Me temo que me quedé perplejo.

—¿Esto es Saltimbanque 666?

Por supuesto, y aunque no consiguiera identificarlo, el nombre del doctor Veil me pareció familiar. Supuse que algún cliente había usado la casa de mi padre como adresse d'accommodation, y puesto que el visitante era a las claras legítimo, y aunque el jardín nos resguardara a medias, no convenía mantener a nadie discutiendo en el umbral y le pedí que entrase; luego mandé a Nerissa a traernos café para poder hablar un momento en privado en la salita de recepción que se abría junto al foyer. Era un lugar poco usado, y como vi tan pronto hube abierto la puerta, las criadas no habían acabado de limpiarlo. Decidí contárselo a mi tía, y en ese momento recordé dónde había oído mencionar al doctor Veil. En la primera ocasión en que había hablado con ella, mi tía se había referido a la teoría del doctor: que tal vez nosotros fuéramos en realidad los nativos de Sainte Anne; que habíamos asesinado a los colonizadores terrestres y los habíamos desplazado por completo, al punto de olvidar nuestro pasado.

El extraño se había sentado en uno de los mohosos sillones dorados. Llevaba una barba muy negra y más tupida que las de estilo corriente; era joven, aunque desde luego bastante mayor que yo, y habría sido guapo de no haber tenido la piel de la cara —lo que se veía— de un blanco tan incoloro que era casi una desfiguración. La ropa negra parecía anormalmente pesada, casi de fieltro; recordé haber oído de algún cliente que el día anterior había descendido en la bahía un crucero de estrellas de Sainte Anne, y en el acto le he preguntado si acaso él había venido a bordo. Por un momento pareció desconcertado; luego se rió.

—Veo que es usted listo. Y viviendo con el doctor Veil, ha de estar familiarizado con su teoría. No, vengo de Tierra. Me llamo Marsch.

Me dio una tarjeta, y la leí dos veces antes de que mi mente registrara el significado de las abreviaturas en delicado relieve. El visitante era un científico: doctor en filosofía antropológica, de Tierra.

—No pretendía hacerme el listo —dije—. Realmente creí que podía ser de Sainte Anne. Aquí la mayoría tenemos una cara un poco planetaria, excepto los gitanos y los delincuentes; y no se ve que usted responda a la pauta.

—Ya lo había advertido —me dijo él—. En cambio, usted sí.

—Se supone que me parezco mucho a mi padre.

—Ah —dijo él, y me miró—. ¿Lo han clonado?

—¿Clonado?

Yo había leído el término, pero sólo en relación con asuntos de botánica; y como me pasaba a menudo cuando intentaba impresionar a alguien de una inteligencia similar a la mía, no se me ocurrió nada. Me sentí como un niño estúpido.

—Reproducción partenogenética, de modo que el nuevo individuo, o individuos, pues si uno quiere puede obtener miles, tendrá una estructura genética idéntica a la del padre. En Tierra no está permitido pues obstaculiza la evolución natural, pero supongo que aquí no hay tanta vigilancia.

—¿Me está hablando de seres humanos? —él asintió—. No lo había oído nunca. La verdad, dudo que aquí encontrara la tecnología necesaria. Comparados con Tierra, estamos muy atrasados. Claro que quizá mi padre pueda arreglar algo para usted…

—No es eso lo que quiero.

Entonces Nerissa entró con el café, interrumpiendo efectivamente cualquier cosa que el doctor Marsch hubiera podido agregar. En realidad, la sugerencia sobre mi padre yo la había introducido más que nada por costumbre, y me parecía muy improbable que él pudiera llevar a cabo un tour de force semejante; pero siempre estaba la posibilidad, en especial si se ofrecía una suma alta. El caso es que callamos mientras Nerissa disponía las tazas y servía, y cuando se fue, Marsch dijo con admiración:

—Una chica de lo más inusual.

Noté que tenía los ojos de un verde brillante, sin los tonos marrones que hay en la mayoría de los ojos verdes. Yo me moría por preguntarle sobre Tierra y los nuevos avances, y ya se me había ocurrido que quizá las muchachas fueran un medio eficaz de retenerlo, o al menos de que volviera.

—Debería ver algunas —le dije—. Mi padre tiene un gusto fabuloso.

—Prefiero ver al doctor Veil. ¿O el doctor es su padre?

—Oh, no.

—Ésta es su dirección, o al menos la dirección que me han dado. Calle Saltimbanque 666, Port-Mimizon, Departamento de la Main, Sainte Croix.

Daba una impresión de seriedad total, y si yo le decía tajantemente que se había equivocado era posible que se fuera.

—Supe de la hipótesis del doctor Veil por mi tía; me pareció muy versada en la cuestión. Quizá más entrada la noche quiera usted conversar con ella.

—¿No podría verla ahora?

—Mi tía ve a muy pocos visitantes. Para serle franco, me dicen que se peleó con mi padre antes de que yo naciera, y rara vez sale de sus habitaciones. Las encargadas le informan allí y ella administra lo que podríamos llamar la economía doméstica; pero es tan raro ver a Madame fuera de sus dependencias como que se deje entrar allí a extraños.

—¿Y esto por qué me lo dice?

—Para que entienda que tal vez ni con la mejor voluntad del mundo me sea posible arreglarle una entrevista.

—Podría preguntarle simplemente si conoce la dirección actual del doctor Veil, y en caso de que la conozca cuál es.

—Intento ayudarlo, doctor Marsch. De veras.

—Pero no cree que ésta sea la mejor vía.

—Exacto.

—En otras palabras, si a su tía simplemente se le preguntara, sin darle oportunidad de que se formara un juicio de mí, ¿no me daría la información aunque la tuviese?

—Ayudaría que antes habláramos un poco. Hay muchísimas cosas que quiero saber de Tierra.

Por un instante creí ver una amarga sonrisa bajo la barba negra.

—Supongamos que primero le pido a usted…

Nerissa interrumpió de nuevo, imagino que para ver si necesitábamos algo más de la cocina. La habría estrangulado: el doctor Marsch se paró en medio de la frase y en cambio dijo:

—¿Esta muchacha no podría preguntarle a su tía si me quiere recibir?

Tuve que pensar deprisa. Había planeado ir yo mismo, y después de una conveniente espera, volver a decirle al doctor Marsch que mi tía lo recibiría más tarde, lo que entre tanto me daría la ocasión adicional de interrogarlo. Pero había por lo menos una posibilidad —magnificada sin duda a mis ojos por la ansiedad de enterarme de los nuevos descubrimientos llevados a cabo en Tierra— de que él no esperase; o de que, cuando al fin viera a mi tía, si la veía, mencionara el incidente. Si mandaba a Nerissa, al menos lo tendría un rato para mí mientras se cumplía el recado; y yo contaba con una excelente eventualidad, o eso imaginaba yo: que mi tía quisiera terminar algún asunto que tuviera entre manos antes de recibir a un extraño. Le hablé a Nerissa, y después de escribir unas palabras al dorso, el doctor Marsch le dio una tarjeta.

—Pues bien —dije yo—, ¿qué es lo que iba a preguntarme?

—El porqué de que en un planeta habitado desde hace menos de doscientos años, esta casa parezca tan absurdamente vieja.

—La construyeron hace más de ciento cuarenta años; pero en Tierra han de tener otras, mucho más antiguas.

—Supongo. Cientos. Pero por cada casa antigua, hay diez mil levantadas hace menos de un año. Aquí casi todos los edificios que veo parecen tan viejos como éste.

—Nunca hemos estado muy apretados, y no hemos tenido que derribar; eso dice Mister Million. Y hay menos gente que hace cincuenta años.

—¿Mister Million?

Le hablé un rato de Mister Million, y al final él me dijo:

—Suena como si tuvieran aquí un simulador autónomo diez nueve, lo que sería interesante. Nunca se han hecho más que unos pocos.

—¿Un simulador diez nueve?

—Mil millones. Diez a la novena potencia. El cerebro humano tiene varios millones de sinapsis, claro; pero se ha descubierto que pueden imitarse bastante bien…

Me pareció que no había pasado nada de tiempo desde que Nerissa nos dejara solos, pero ya estaba de vuelta. Le hizo al doctor Marsch una reverencia y dijo:

—Madame lo verá.

—¿Ahora? —solté yo.

—Sí —dijo Nerissa, con aire de ingenua—. Ha dicho Madame que ahora mismo.

—Entonces lo llevaré. Tú ocúpate de la puerta.

Escolté al doctor Marsch por los oscuros pasillos, tomando una ruta larga para tener más tiempo; pero, a medida que pasábamos frente a manchados espejos y combadas mesitas de nogal, él parecía estar ordenando mentalmente las preguntas que deseaba hacerle a mi tía, y a mis intentos de preguntarle por Tierra contestaba con monosílabos.

Llegados a la puerta de mi tía llamé. Abrió ella misma, el ruedo del vestido colgando exhausto sobre la alfombra inmaculada, pero no me pareció que él lo notase.

—Siento mucho molestarla, Madame —dijo—, y si lo hago es sólo porque su sobrino pensó que tal vez pueda ayudarme a localizar al autor de la hipótesis deVeil.

Mi tía dijo:

—El doctor Veil soy yo. Pase, por favor.

Y cerró la puerta tras el visitante, dejándome boquiabierto en el corredor.

Cuando volví a ver a Fedria le conté el incidente, pero a ella le interesaba más saber cosas sobre la casa de mi padre. Fedria, si no la he mencionado antes, era la chica que se había sentado cerca de mí mientras miraba a David jugar al squash. En mi siguiente visita al parque me la había presentado nada menos que el monstruo, que la había acomodado en un asiento junto al mío y —milagro de milagros— prestamente se había retirado a un punto desde el cual, aunque no dejara de vernos, no podía oírnos. Fedria había estirado el tobillo roto hasta el sendero de grava, y me miraba con una radiante y seductora sonrisa.

—¿No te opones a que me siente aquí? —sus dientes eran perfectos.

—Me encanta.

—Tú también estás sorprendido. Cuando te sorprendes se te agrandan los ojos, ¿sabías?

—Estoy sorprendido. He venido varias veces a buscarte pero no estabas.

—Nosotras hemos venido a buscarte a ti y tampoco estabas, pero supongo que en realidad nadie puede pasarse mucho tiempo en un parque.

—Si hubiera sabido que me buscabas, yo habría venido —le dije—. De todos modos vine lo más pronto posible. Temía que ella… —con un cabezazo señalé al monstruo— no te dejara volver. ¿Cómo la convenciste?

—No fui yo —dijo Fedria—. ¿No te imaginas? ¿No sabes nada?

Le confesé que no. Me sentía estúpido, y era estúpido —al menos en lo que decía—, porque tenía una gran parte de la mente ocupada no en formular respuestas a sus observaciones, sino en encomendar a la memoria el tañido de esa voz, el púrpura de sus ojos, hasta el tenue perfume de su piel y el suave y cálido toque de ese aliento en mi mejilla fría.

—Ya ves entonces —decía Fedria— cómo son mis cosas. Cuando tía Urania llegó a casa… en realidad, es sólo una prima pobre de mamá… y le contó a mi padre de ti, él averiguó quién eras y aquí me tienes.

—Sí —dije, y ella se rió.

Fedria era una de esas chicas criadas entre la esperanza del matrimonio y la idea de la venta. Como ella misma decía, los negocios de su padre eran «inestables». Especulaba con cargamentos, sobre todo de barcos que venían del sur: telas y drogas. La mayor parte del tiempo debía largas sumas, que los prestamistas no podían tener la esperanza de cosechar si no se avenían a darle tiempo y permitir que se resarciera. Tal vez fuera a morir pobre, pero entretanto había criado a su hija sin descuidar ningún detalle de educación ni de cirugía plástica. Si para cuando ella alcanzase la condición de casadera podía costearle una buena dote, la uniría con alguna familia rica. Si en cambio estaba en aprietos, una niña criada así tendría cincuenta veces el valor de un chico común de la calle. Por supuesto, nuestra familia sería ideal para cualquiera de los dos propósitos.

—Cuéntame de tu casa —dijo ella—. ¿Sabes cómo la llamamos los chicos? «La Cave Canem», y a veces sólo «La Cave». Los varones piensan que haber estado ahí es una gran cosa… y dicen mentiras. La mayoría no ha ido.

Pero yo quería hablar del doctor Marsch y las ciencias de Tierra, y casi tan ansioso estaba por averiguar sobre el mundo de ella— «los chicos» que había mencionado muy de paso, el colegio y la familia—, como estaba ella por saber de nosotros. Además, aunque tenía ganas de detallar los servicios que las chicas de mi padre prestaban a sus benefactores, había ciertas cosas —como que mi tía bajara la escalera flotando— que me resistía a discutir. Pero le compramos croquetas de huevo a la misma vieja para comerlos a la fría luz del sol y cambiamos confidencias, y en cierto modo nos despedimos no sólo amantes sino también amigos, con la promesa de encontrarnos de nuevo al día siguiente.

A cierta altura de la noche, creo que casi exactamente cuando yo volvía a mi cama —o más precisamente era devuelto, pues apenas podía hablar— tras largas horas de sesión con mi padre, el tiempo cambió de pronto. A través de las celosías se deslizó el hálito almizclado de la primavera tardía o el verano incipiente, y casi al instante el fuego de nuestro pequeño hogar pareció extinguirse de vergüenza. El valet de mi padre abrió la ventana y en la habitación se vertió esa fragancia, y me habló de las últimas nieves que se fundían bajo los abetos más profundos y oscuros de la ladera norte de la montaña. Yo me había citado con Fedria a las diez, y antes de ir a la biblioteca de mi padre había pegado una nota en el escritorio que tenía junto a la cama, pidiendo que me despertaran una hora antes; y esa noche dormí con la fragancia en la nariz y en la mente la idea —a medias plan, a medias sueño— de que de algún modo podríamos eludir completamente a la tía, y encontrar un prado desierto con la hierba moteada de flores amarillas y azules.

Me desperté una hora después del mediodía; cortinas de lluvia barrían la ventana. Mister Million, que leía un libro en el otro extremo de la habitación, me dijo que estaba lloviendo desde las seis y que por eso no se había molestado en despertarme. A mí se me partía la cabeza, como a menudo después de una larga sesión con mi padre, y tomé uno de los polvos que él me había prescrito para aliviar la jaqueca. Era grisáceo y olía a anís.

—No se te ve bien —dijo Mister Million.

—Tenía la esperanza de ir al parque…

—Lo sé.

Se deslizó por la habitación hacia mí, y recordé que el doctor Marsch lo había llamado simulador autónomo. Por primera vez desde muy pequeño me incliné —con cierto costo para la cabeza— a leer los sellos casi obliterados de su gabinete central. No había más que el nombre de una empresa cibernética de Tierra, y en francés —como siempre había supuesto yo— el nombre: M. Million: «Monsieur» o «Mister» Million. Luego, pasmoso como un golpe por detrás para quien se está hamacando cómodamente, recordé que en ciertas álgebras la multiplicación se indica con un punto. Mister Million notó enseguida mi cambio de expresión.

—Capacidad central de mil millones de palabras —dijo—. Un billion inglés o un milliard francés, siendo M, claro, el símbolo romano para el número mil. Pensé que lo habías entendido hace ya tiempo.

—No.

El rostro de la pantalla, el rostro que siempre había sido para mí el de Mister Million, meneó la cabeza.

—Llámame bisabuelo; al menos llama así a la persona simulada. Está… estoy muerto. Para lograr la simulación es preciso examinar las células del cerebro, capa por capa, con un haz de partículas aceleradas, y así poder reproducir… nosotros decimos «centroproyectar»… las tramas neurales. El proceso es fatal.

Al cabo de un momento pregunté:

—¿Y los simuladores dependientes?

—Si la simulación ha de tener un cuerpo de aspecto humano hay que conectar, «ligar» el cuerpo mecánico a un centro remoto, ya que ningún centro verbal de un billón de palabras sería tan pequeño como un cerebro humano —hizo otra pausa, y por un instante la cara se le disolvió en una miríada de puntitos chispeantes, arremolinados como motas de polvo en un rayo de sol—. Lo siento. Por una vez tú deseas escuchar, pero yo no quiero dar lecciones. Hace mucho tiempo, justo después de la operación, me dijeron que en ciertas circunstancias mi simulación, ésta, sería capaz de emocionarse. Hasta hoy siempre pensé que era mentira.

De haber podido lo habría parado, pero antes de que yo lograra asimilar mi sorpresa, Mister Million salió flotando de la habitación.

Estuve mucho tiempo sentado, supongo que más de una hora, escuchando el tamborileo de la lluvia y pensando en Fedria y en lo que había dicho Mister Million, todo confundido con las preguntas que mi padre me había hecho la noche anterior —preguntas que habían parecido robarme las respuestas hasta dejarme vacío—, y con los sueños que habían ido a parpadear en la oquedad, sueños de cercos y muros y zanjas ocultas de esas que se llaman jajás, barreras que uno no ve hasta que ha tropezado. Una vez, en sueños, me había visto en un patio de pavimento cercado de columnas corintias tan apretadas, que aunque en el sueño apenas tenía tres o cuatro años, yo no podía meter el cuerpo entre ellas. Después de probar largo rato en distintos lugares, había notado que en cada columna había grabada una palabra —la única que recordaba era caparazón— y que los adoquines del patio eran tabletas funerarias, como las que hay en el suelo de ciertas iglesias francesas, cada una con mi nombre y una fecha diferente.

Este sueño me estuvo acosando incluso en los momentos en que intentaba pensar en Fedria, y cuando una criada me trajo agua caliente —pues entonces me afeitaba dos veces a la semana— descubrí que ya tenía la navaja en la mano, y que de hecho me había cortado y que la ropa de dormir y las sábanas estaban veteadas de sangre.

Cuando volví a ver a Fedria, cuatro o cinco días después, estaba enfrascada en un nuevo proyecto y nos reclutó a David y a mí. Era nada menos que una compañía teatral, compuesta sobre todo de chicas de nuestra edad, que en el verano presentaría obras en un anfiteatro natural del parque. Puesto que la compañía, como he dicho, constaba principalmente de chicas, había gran urgencia de varones, y David y yo pronto nos encontramos metidos hasta el cuello. La obra había sido escrita por una comisión del elenco, e inevitablemente giraba en torno a la pérdida de poder político por parte de los primitivos colonos francófonos. Fedria, que no tendría el tobillo curado a tiempo para la función, interpretaría a la hija lisiada del gobernador francés; David al amante, un gallardo capitán de cazadores, y yo al propio gobernador, papel que acepté de buen grado porque era mucho mejor que el de David y daba cabida a una gran cantidad de afecto paternal hacia Fedria.

La noche de la función, que fue a comienzos de junio, la recuerdo vívidamente por dos razones. A último momento mi tía, a quien no había visto desde que cerrara la puerta detrás del doctor Marsch, me notificó que deseaba asistir y yo debía escoltarla. Y los actores teníamos tal miedo de que la sala estuviera vacía que yo le había pedido a mi padre si le era posible enviar a algunas muchachas, que así perderían sólo la primera parte de la noche, cuando de todos modos nunca había mucho trabajo. Para gran sorpresa mía consintió —porque pensó, supongo, que sería una buena publicidad—, estipulando únicamente que si él mandaba un mensajero diciendo que las necesitaba, las muchachas volverían al final del tercer acto.

Como yo debía llegar al menos una hora antes para maquillarme, llamé a mi tía cuando aún no había anochecido. Me hizo pasar ella misma, y en seguida me pidió que ayudase a su criada, que estaba tratando de bajar un objeto pesado del estante superior de un armario. Resultó ser una silla rodante plegable, y mi tía nos explicó cómo prepararla. Una vez que terminamos, ella dijo abruptamente:

—Echadme los dos una mano.

Y alzando los brazos la bajamos a la silla. La falda negra, que como una tienda colapsada caía lacia en el apoyapiés, revelaba unas piernas no más gruesas que mis muñecas; pero también un extraño bulto bajo las caderas, casi como de silla de montar. Advirtiendo que yo la miraba, me espetó:

—Eso no me hará falta hasta que vuelva, calculo. Levántame un poco. Ponte detrás y sujétame por debajo de los brazos.

Lo hice, y la criada, hurgando sin ceremonia bajo la falda de mi tía, sacó un adminículo de cuero acolchado sobre el que había estado sentada.

—Vamos —bufó mi tía—. Llegarás tarde.

La empujé hasta el pasillo; la criada nos abrió la puerta. En cierto modo, saber que la capacidad de mi tía para flotar en el aire como un humo era de origen físico, de hecho mecánico, la hacía más perturbadora que nunca. Cuando me preguntó por qué estaba tan callado, se lo dije y añadí que yo había tenido la impresión de que nadie había conseguido producir aún una antigravedad que funcionara.

—¿Y crees que yo sí? Entonces ¿por qué no iba a aprovecharla para ir a tu obra?

—Porque no quiere que la vean, me figuro.

—Disparates. Es un dispositivo protésico común. Se compra en las tiendas de cirugía.

Se torció en el asiento y me miró, la cara parecidísima a la de mi padre, las inertes piernas como las varillas que David y yo usábamos de pequeños haciendo magia de salón, para convencer a Mister Million de que yacíamos boca abajo cuando en realidad estábamos acuclillados bajo nuestras propias supuestas figuras.

—Crea un campo de superconducción, y luego induce corrientes turbulentas en las varas de refuerzo del suelo. El flujo de las corrientes inducidas se opone al de la máquina y yo floto, hasta cierto punto. Para avanzar me inclino hacia delante, para detenerme me enderezo. Pareces aliviado.

—Lo estoy de veras. Supongo que la antigravedad me asusta.

—Una vez que bajé la escalera contigo usé la barandilla de hierro; tiene una forma de espiral muy práctica.

La obra transcurrió sin problemas, con previsibles ovaciones del público que descendía —o al menos, deseaba ser tomado por descendiente— de la vieja aristocracia francesa. De hecho, la asistencia fue mejor de lo que nos atrevíamos a esperar: quinientas personas o más, aparte del inevitable rocío de carteristas, policías y paseantes. El incidente que recuerdo con más nitidez ocurrió hacia la segunda mitad del primer acto, mientras yo permanecía unos diez minutos sentado a un escritorio, con unas pocas líneas que decir, escuchando a mis colegas. El escenario daba al oeste, y el ocaso había dejado en él un fárrago de colores escabrosos: rojos púrpura veteados de oro, llamas y negro. Contra ese fondo violento, que habría podido ser una masa de estandartes del infierno, empezaron a aparecer, de a una o de a dos, algo como alargadas sombras de granaderos fantásticos con almenas y plumas: las cabezas, los delgados cuellos, los hombros angostos de un pelotón de las mundanas de mi padre. Habiendo llegado tarde, iban ocupando los últimos asientos del patio superior del teatro, rodeándolo como la soldadesca de un insólito gobierno antiguo habría rodeado a una turba traicionera.

Se sentaron al fin, llegó mi parlamento y las olvidé; y esto es todo lo que recuerdo hoy de nuestra primera representación, salvo que en un momento algún ademán mío le sugirió al público un manierismo de mi padre y hubo un estallido de risa descolocada; y que en el comienzo del segundo acto, claramente visible, con sus mansos ríos y grandes prados de hierba, surgió Sainte Anne bañando al público en luz verde; y que al cierre del tercero vi al pequeño y encorvado valet de mi padre recorriendo las filas de arriba y a las chicas marchándose, negras sombras de ribete verde.

Aquel verano produjimos tres obras más, todas con éxito, y David, Fedria y yo concertamos en transformarnos en una sociedad. Fedria se repartía más o menos equitativamente entre los dos; si era por inclinación propia, o mandato de sus padres, nunca lo supe. Con el tobillo ya soldado era para David una apta compañera de deportes, la mejor de todas las niñas del parque en los juegos de raqueta o pelota; pero no menos rápidamente dejaba todo para sentarse conmigo, donde se identificaba —aunque en realidad no lo compartiera— con mi interés por la botánica y la biología, y contaba chismes, y se complacía en exhibirme antes sus amigos, pues la lectura me había dado una suerte de talento para el juego de palabras y la réplica.

Fue Fedria quien sugirió, cuando se hizo evidente que la taquilla de la primera obra no alcanzaría para los trajes y la escenografía que codiciábamos para la segunda, que al cierre de futuras funciones el elenco circulara entre el público recolectando dinero, y esto, claro, entre las apreturas y el bullicio, se prestó fácilmente a consumar pequeños robos para nuestra causa. La mayoría de la gente, sin embargo, era demasiado sensata como para llevar al teatro —de noche, en el parque en tinieblas— más dinero del requerido para comprar billetes y a lo sumo un helado o una copa de vino durante el intervalo; de modo que por deshonestos que fuéramos, los beneficios siguieron siendo exiguos y pronto empezamos a hablar, sobre todo Fedria y David, de adentrarnos en aventuras más peligrosas y lucrativas.

Más o menos por entonces, supongo que a resultas del continuo e intenso sondeo de mi inconsciente por parte de mi padre —un examen violento y casi cotidiano cuyo propósito no entendía aún claramente, y que, habituado ya desde hacía tiempo, yo apenas cuestionaba—, empecé a ser víctima de alarmantes lapsus de control consciente. Parecía —tal como me contaban David y Mister Million— muy compuesto, aunque quizá un poco más callado que de costumbre, respondiendo preguntas con inteligencia si bien algo ausente; y entonces, de golpe, volvía en mí, daba un respingo y contemplaba las habitaciones conocidas, las caras familiares, entre las cuales me encontraba ahora, sin el menor recuerdo de haberme despertado, vestido, afeitado, de haber comido y de haber dado un paseo.

Aunque quería a Mister Million casi tanto como de pequeño, tras la conversación en que descubrí qué significaban las familiares letras que tenía en un flanco nunca logré restablecer del todo la vieja relación. Siempre tuve conciencia, como la tengo ahora, de que esa personalidad que yo amaba había perecido años antes de mi nacimiento y que ahora trataba con una imitación, de naturaleza fundamentalmente matemática, que respondía como aquella misma personalidad a los estímulos del habla y la acción de los humanos. Nunca pude determinar si Mister Million es realmente consciente, en el sentido que le daría derecho a decir, como siempre ha dicho, «pienso» y «siento». Cuando se lo pregunté, sólo alcanzó a decir que ni él mismo sabía la respuesta, que al no tener una pauta de comparación no podía estar seguro de si sus procesos mentales representaban o no una verdadera conciencia; y, desde luego, le era imposible saber si esta respuesta era la representación de un pensamiento más hondo, de un alma que en cierto modo vivía en las danzantes abstracciones de la simulación, o si era meramente una réplica fonográfica disparada por mi pregunta.

Como he dicho, nuestro teatro siguió funcionando todo el verano y dimos la última representación con las hojas caídas flotando sobre el escenario, como oscuras y perfumadas cartas de un baúl desechado. Una vez que acabaron las llamadas a escena, a quienes habíamos escrito y actuado las obras de la temporada nos flaqueaba demasiado el ánimo para hacer algo más que quitarnos los trajes y los cosméticos y escurrirnos, con el último público que se retiraba, por el sendero habitado de chocatacabras hacia las calles de la ciudad y las casas. Recuerdo que yo estaba dispuesto a asumir mis tareas en la puerta de mi padre, pero esa noche él había apostado al valet en el foyer a esperarme, y fui directamente conducido a la biblioteca, donde mi padre explicó bruscamente que la última parte de la noche tendría que dedicarla a los negocios, y por eso me hablaría —según expresó— temprano. Se lo veía cansado y enfermo, y creo que por primera vez se me ocurrió que un día iba a morir; y que ese día yo iba a ser a la vez rico y libre.

Qué dije esa noche bajo las drogas no me acuerdo, claro, pero recuerdo el sueño que siguió con tanta nitidez como si hubiera despertado de él esta misma mañana. Estaba en un barco, uno de esos barcos blancos tirados por bueyes, tan lento que la afilada proa no dejaba estela en el agua verde del canal que bordeaba el parque. Yo era el único tripulante, y por cierto que el único hombre vivo a bordo. En la popa, aferrando el timón tan flojamente que la rueda parecía sostenerlo y guiarlo, en vez de él a ella, veía el cadáver de un hombre alto y flaco cuya cara, cuando un balanceo de la cabeza me la presentó, era la que flotaba en la pantalla de Mister Million. Como he dicho, esa cara era muy semejante a la de mi padre, pero yo sabía que el muerto del timón no era él.

Estuve mucho tiempo a bordo del barco. Al parecer íbamos a la deriva, con viento fuerte y unos grados a babor. Cuando por las noches subía a la jarcia, palos, mástiles y cordajes se estremecían y cantaban al viento, y por encima de mí se empinaban vela sobre vela, y se extendían por debajo, y delante y detrás de mí se alzaban palos y más palos cubiertos de velas. Cuando de día trabajaba en la cubierta, el rocío me mojaba la camisa y dejaba en las tablas manchas como lágrimas, que el sol brillante no tardaba en secar.

No recuerdo haber estado alguna vez en un barco así, aunque quizá estuve muy de pequeño, pues los ruidos, el crujido de los palos, el silbido del viento en las mil cuerdas, el choque de las olas contra la madera del casco eran tan claros, tan reales, tan ellos mismos como las risas y el ruido de copas rotas que había oído en mi infancia cuando intentaba dormirme, o las cornetas de la ciudadela que a veces, en aquel entonces, me despertaban por la mañana.

A bordo de ese barco yo andaba trabajando en algo, no sé exactamente en qué. Acarreaba cubos de agua con los que quitaba costras de sangre de la cubierta y tiraba de cabos sueltos, o de cuerdas firmemente atadas a objetos inamovibles mucho más arriba, en las jarcias. Miraba la superficie del mar desde la proa y la regala, y desde encima de un gran camarote que había en medio del barco; pero cuando a lo lejos un crucero de las estrellas —con las insignias de entrada al rojo vivo— se zambullía en el mar con un siseo, yo no informaba a nadie.

Y durante todo ese tiempo, el muerto de la rueda me hablaba. La cabeza le colgaba flojamente, como si tuviera roto el cuello; y las sacudidas de la rueda que aferraba, cada vez que una ola grande golpeaba el timón, le echaban la cabeza de un hombro a otro, o hacia atrás para mirar el cielo, o hacia delante. Pero seguía hablando, y las pocas palabras que yo captaba sugerían que estaba disertando sobre una teoría ética cuyos postulados incluso a él le parecían dudosos. A mí me daba miedo oírlo y procuraba mantenerme cerca de la proa; pero a veces el viento me traía sus palabras con gran claridad, y cada vez que paraba de trabajar y alzaba la cabeza me encontraba mucho más cerca de la popa de lo que había supuesto, a veces casi tocando al timonel.

Después de haberme pasado mucho tiempo en ese barco, y por eso ya muy cansado y solo, se abría una puerta del camarote y aparecía mi tía, flotando muy erguida por encima de la cubierta inclinada. En vez de colgar verticalmente como yo siempre había visto, la falda le ondeaba al viento como un banderín, de modo que parecía a punto de irse volando. Por alguna razón yo decía:

—No te acerques tanto al hombre del timón, tía. Te puede hacer daño.

Tan naturalmente como si nos hubiéramos encontrado en el pasillo, frente a su dormitorio, ella contestaba:

—Pamplinas. Ése ya no le puede hacer mal a nadie, Número Cinco, ni tampoco bien. Por quien tenemos que preocuparnos ahora es por mi hermano.

—¿Dónde está?

—Allí abajo —señalaba la cubierta como indicando que estaba en la bodega—. Intenta descubrir por qué el barco no se mueve.

Yo corría a la regala y miraba por encima, pero lo que veía no era agua sino el cielo nocturno. En lo alto, a infinita distancia, se esparcían las estrellas, innumerables estrellas; y al mirarlas me daba cuenta de que el barco, como había dicho mi tía, en vez de avanzar, de deslizarse siquiera, permanecía escorado y quieto. Me volvía a mirarla y ella decía:

—No se mueve, porque él lo ha sujetado hasta descubrir por qué no se mueve…

Y en ese momento me encontraba descolgándome por una soga en lo que supuestamente era la bodega del barco. Olía a animales. Me había despertado, aunque al principio no lo supe.

Mis pies tocaron el suelo, y vi a mi lado a David y Fedria. Estábamos en una habitación enorme, una especie de desván, y mientras yo miraba a Fedria, que estaba muy hermosa pero tensa y se mordía los labios, cantó un gallo. David dijo:

—¿Dónde crees que han puesto el dinero? —llevaba un maletín de herramientas.

Y Fedria, como si hubiese esperado que él añadiera algo más, o respondiendo a sus propios pensamientos, dijo:

—Tendremos un montón de tiempo; Marydol está vigilando —era una de las chicas que aparecía en nuestras obras.

—Si es que no se escapa. ¿Dónde crees que está el dinero?

—Aquí arriba no. Abajo, tras del despacho.

Ella había estado en cuclillas, pero se incorporó y empezó a gatear hacia adelante. Estaba vestida toda de negro, desde las zapatillas de ballet hasta la cinta negra que le sujetaba el pelo negro, con la cara y los brazos blancos en asombroso contraste y los labios de carmín como un error involuntario, una pizca de color dejada allí por equivocación. David y yo la seguimos.

Dispersas en el suelo, ampliamente separadas, había cajas de embalaje; y al pasar vi que dentro había aves de corral, una sola en cada una. Cuando estuvimos casi en la escalera que se sumergía por una escotilla en el suelo, al otro lado del lugar, me di cuenta al fin de que esas aves eran gallos de riña. Entonces en una caja dio un haz de sol de una claraboya y el gallo se alzó a estirarse, mostrando unos feroces ojos rojos y un plumaje chillón como de guacamayo.

—Vamos —dijo Fedria—. Ahora vienen los perros.

Y la seguimos por la escalera. En el piso de abajo estalló el pandemonio.

Los perros estaban encadenados en compartimientos, con tabiques demasiado altos para que cada uno viera a los que tenía a los lados y amplios pasillos entre las hileras. Eran todos perros de riña pero de los tamaños más diversos, desde terriers de cuatro kilos hasta mastines más grandes que poneys, brutos de cabeza más deforme que los tumores de los árboles viejos, y mandíbulas que de un solo mordisco podían cercenarle la pierna a un hombre. El estruendo de los ladridos era increíble, una sustancia sólida que al bajar por la escalera nos sacudía; y ya al pie yo tomé a Fedria del brazo y por signos traté de indicarle —pues me parecía que estábamos allí sin permiso, donde quiera que estuviésemos— que debíamos irnos en seguida. Ella negó con la cabeza, y como yo era incapaz de entenderla aunque exagerara los movimientos de los labios, con un dedo mojado escribió en una pared polvorienta: «Lo hacen todo el tiempo… por un ruido de la calle… por cualquier cosa».

Se accedía al piso de abajo por medio de una escalera, a la que se llegaba atravesando una puerta pesada, pero sin cerrojo; creo que había sido instalada en gran medida para anular el estrépito. Cuando la cerramos me sentí mejor, aunque el ruido todavía era muy fuerte. A esas altura yo ya había vuelto en mí del todo, y habría debido explicarles a David y Fedria que no sabía dónde estaba ni qué hacía allí, pero me lo impidió la vergüenza. Y en cualquier caso me era fácil imaginar nuestro propósito. David había preguntado por la localización del dinero, y a menudo habíamos hablado —palabras que en su momento yo había considerado no más que un hueco alarde— de un solo robo que nos librara de la necesidad de otros delitos menores.

Dónde estábamos lo descubrí más tarde, cuando salimos; y supe cómo habíamos llegado a través de conversaciones sin importancia. Originalmente el edificio había sido diseñado como depósito y estaba en la Rue des Egouts cerca de la bahía. El dueño proveía a los entusiastas que montaban combates deportivos de cualquier tipo, y se le atribuía la colección más grande de esas criaturas en todo el Departamento. Por casualidad el padre de Fedria había oído que hacía poco ese hombre había embarcado parte de sus existencias más valiosas; al ir a verlo había llevado a Fedria, y como se sabía que el local no abría sus puertas hasta después del último ángelus, al día siguiente habíamos ido poco después del segundo y habíamos entrado por una claraboya.

Me resulta difícil describir lo que vimos al bajar del piso de los perros al siguiente, en la segunda planta del edificio. Yo ya había visto esclavos de pelea muchas veces cuando con Mister Million y David cruzaba el mercado de esclavos para ir a la biblioteca; pero nunca más de uno o dos, fuertemente esposados. Aquí estaban sentados, tendidos u holgazaneando por doquier, y durante un momento me pregunté por qué no se hacían trizas unos a otros, y también a nosotros tres. Entonces vi que a cada uno lo retenía una corta cadena sujeta al suelo, y por los círculos de rasguños y astillas en los tablones no era difícil decir hasta dónde podía llegar el esclavo que ocupaba el centro del recinto. Los muebles que tenían, camastros de paja y unas pocas sillas y bancos eran o bien demasiado ligeros para hacer daño si se los arrojaba, o demasiado macizos para alzarlos, aparte de estar clavados. Yo había esperado que gritaran y nos amenazasen como los había oído amenazarse entre sí en los fosos antes del cierre, pero al parecer comprendían que atados como estaban no podían hacer nada. A medida que bajábamos los escalones todas las cabezas se iban volviendo hacia nosotros, pero no teníamos comida y tras el primer examen se interesaron por nosotros mucho menos que los perros.

—No son personas, ¿no? —dijo Fedria.

Ahora andaba erguida como un soldado en un desfile y miraba los esclavos con interés; estudiándola, se me ocurrió que era bastante más alta y menos gruesa que las «Fedria» que yo me componía cuando pensaba en ella. No sólo era bonita; era hermosa.

—En realidad son una especie de animales —dijo.

A mí los estudios me habían informado mejor, y le expliqué que de bebés habían sido humanos —incluso de niños, y en ciertos casos más tiempo—, y que sólo diferían de la gente normal debido a la cirugía (en parte cerebral) y a alteraciones químicamente inducidas en el sistema endocrino. Y en el aspecto, claro, a causa de las heridas.

—Vuestro padre hace cosas así con niñas, ¿no? Para vuestra casa.

—Sólo de vez en cuando —dijo David—. Lleva mucho tiempo, y la mayoría prefiere a las normales, aunque es cierto que a normales bastante raras.

—Me gustaría ver algunas. De ésas en las que ha trabajado, digo.

Yo seguía pensando en los esclavos de pelea de alrededor:

—¿No sabías nada de estos esclavos? Creí que ya habías estado aquí. De los perros sabías.

—Sí, claro, los había visto, y el hombre me contó. Supongo que estaba pensando en voz alta. Sería horrible que todavía fueran gente.

Los ojos nos seguían; me pregunté si la habían entendido.

La planta baja era muy distinta de las de arriba: paredes revestidas en madera, enmarcados retratos de perros, gallos, esclavos y animales curiosos. Las ventanas, que se abrían a la Rue des Egouts y la bahía, eran altas y angostas, y sólo dejaban pasar unos delgados rayos de sol brillante que rescataban de la penumbra el mero brazo de un pesado sillón de cuero rojo, un cuadrado de alfombra castaña no mayor que un libro, una jarra medio llena. Me adentré tres pasos y supe que nos habían descubierto. A zancadas se nos acercaba un joven alto y de fornidos hombros, que con mirada atónita se detuvo justo cuando lo hice yo. Era mi reflejo en un espejo de entrepaño de marco dorado, y yo sentí la dislocación momentánea que nos asalta cuando un desconocido, una forma extraña, se vuelve o mueve la cabeza y resulta ser un amigo que acaso por primera vez vemos desde fuera. El muchacho de aspecto lúgubre y mentón agudo que había visto cuando aún no sabía que era yo mismo, había sido yo tal como me veían Fedria, David y Mister Million.

—Aquí habla con los clientes —dijo Fedria—. Cuando intenta vender algo, los traen de a uno para que cada cual no vea a los demás; pero hasta desde aquí abajo se oye ladrar a los perros, y a papá y a mí nos llevó arriba y nos mostró todo.

—¿Te mostró dónde guarda el dinero? —preguntó David.

—Atrás. ¿Ves ese tapiz? En realidad es una cortina, porque mientras él y papá hablaban entró un hombre que le debía algo y pagó, y él se metió por allí con el pago.

Detrás del tapiz una puerta se abría a una pequeña oficina, que en la pared opuesta tenía una puerta más. No había signo alguno de caja de caudales. David forzó la cerradura del escritorio con una palanca de su maletín, pero sólo encontró la habitual pila de papeles. Yo iba a abrir la segunda puerta cuando oí que de la habitación más próxima venía un ruido de rasguño o pasos arrastrados.

Por un minuto o más, ninguno de los tres se movió. Yo había dejado la mano en el picaporte. A mi espalda y a la izquierda, Fedria, que había estado buscando algún escondite bajo la alfombra, permaneció agachada, la falda como un charco negro a sus pies. De algún punto cercano al escritorio violado me llegaba la respiración de David. Hubo un nuevo ruido de pies, y crujió una tabla. Muy suavemente, David dijo:

—Es un animal… —retiré los dedos del picaporte y lo miré. Todavía aferraba la palanca y estaba pálido, pero sonreía—. Un animal encadenado que está sacudiendo los pies. Nada más.

—¿Cómo lo sabes? —dije yo.

—Cualquiera que estuviese allí nos habría oído, sobre todo cuando rompí el escritorio. De ser una persona habría salido; y si tuviera miedo se escondería bien callada.

—Me parece que tiene razón —dijo Fedria—. Abre.

—Antes decidme: ¿y si no es un animal?

—Es un animal —dijo David.

—Pero ¿y si no lo es?

Vi la respuesta en sus rostros; David aferró la palanca y abrí la puerta.

La habitación era más grande de lo que había esperado, pero estaba desierta y sucia. La única luz provenía de una sola ventana que había en lo alto de la pared más distante. En medio del suelo había un gran arcón de madera oscura con guardas de hierro, y frente a él algo que parecía un hato de trapos. Cuando entré desde el despacho alfombrado los trapos se movieron, y una cara se volvió hacia mí, una cara triangular como de mantis. La barbilla se alzaba a poco más de una pulgada del suelo, pero bajo el ceño profundo los ojos eran llamitas rojas.

—Tiene que ser eso —dijo Fedria. Miraba no a la cara, sino el arcón de guardas de hierro—. David, ¿puedes abrirlo?

—Creo que sí —dijo David; pero, como yo, él estaba mirando los ojos de la cosa harapienta—. ¿Y eso qué? —dijo al cabo de un momento, y la señaló.

Sin dar tiempo a que Fedria o yo respondiéramos, la boca de la cosa se abrió, mostrando largos dientes estrechos de un amarillo grisáceo.

—Enfermo —dijo.

Ninguno de nosotros, creo, había pensado que pudiera hablar. Fue como si hubiese hablado una momia. Fuera pasó un carruaje, las ruedas de hierro traqueteando en los adoquines.

—Vámonos —dijo David—. Larguémonos de aquí.

—Está enfermo —dijo Fedria—. ¿No veis? El dueño lo trajo aquí para tenerlo cerca y cuidarlo. Está enfermo.

—¿Y encadenó el esclavo enfermo a la caja de seguridad? —la miró David, arqueando una ceja.

—Es lo único pesado que hay en la habitación, ¿no te das cuenta? Tú no tienes más que acercarte y golpear a la pobre criatura en la cabeza. Si te da miedo, pásame la barra y lo haré yo.

—Lo haré.

Lo seguí hasta medio metro del arcón. Esgrimió imperiosamente la barra de acero ante el esclavo.

—¡Anda! ¡Apártate de aquí!

Con una especie de gorgoteo, arrastrando la cadena, el esclavo se movió a un lado. Estaba envuelto en una manta sucia y andrajosa y parecía apenas más grande que un niño, aunque noté que las manos eran enormes.

Me volví y di un paso hacia Fedria, intentando convencerla de que nos fuéramos si David no podía abrir el arcón en pocos minutos. Recuerdo que antes de oír o sentir nada vi que se le dilataban los ojos, y aún me estaba preguntando por qué cuando el maletín de David retumbó en el suelo y el mismo David cayó con un estruendo sordo y un grito entrecortado. Fedria lanzó un alarido y todos los perros del tercer piso se echaron a ladrar.

Todo esto, claro, fue en menos de un segundo. Me volví a mirar casi al tiempo que David caía. El esclavo había extendido un brazo agarrando a mi hermano del tobillo, y en el acto se había quitado la manta y había caído sobre él —no encuentro otro modo de decirlo— de un salto.

Tomé a David por el cuello y tiré hacia atrás, pensando que el esclavo no lo soltaría, pero en el instante en que sintió mis manos arrojó a David a un costado y retorciéndose como una araña me buscó a mí. Tenía cuatro brazos.

Vi que los sacudía intentando alcanzarme, y retrocediendo bruscamente me libré de él como si me hubieran tirado una rata a la cara. Esa repulsión instintiva me salvó; el esclavo lanzó hacia atrás una patada que, si él me hubiera estado aferrando con fuerza y hubiese tenido en mí un punto de apoyo, sin duda me habría roto el hígado o el bazo y me habría matado.

En cambio la patada lo impulsó hacia adelante, y a mí, boqueando, me echó hacia atrás. Caí y rodé, y salí del círculo de la cadena; David había escapado a gatas y Fiedra estaba ya lejos.

Mientras intentaba sentarme, estremecido, por un momento los tres nos quedamos un rato mirándolo. Entonces David citó irónicamente:

Canto a los hombres y las armas que por fuerza del destino,
y del odio implacable de la altiva Juno,
partieron al exilio expulsados de las playas troyanas.

Ni Fedria ni yo nos reímos, pero Fedria soltó el aliento en un largo suspiro y me preguntó:

—¿Y eso cómo lo hicieron? ¿Cómo lo volvieron así?

Le dije que, suponía, le habían transplantado el par extra después de suprimir el rechazo natural a los implantes de tejido extraño, y que probablemente la operación había reemplazado algunas costillas por la estructura del hombro del donante.

—Yo he estado aprendiendo a hacer algo parecido con ratones, en una escala mucho menos ambiciosa, claro, y lo que me sorprende es que al parecer este monstruo gobierna sin problemas el par injertado. A menos que uno disponga de gemelos idénticos, las terminales nerviosas casi nunca se unen bien, y es probable que el hacedor haya fracasado cien veces antes de conseguir lo que quería. Este esclavo debe valer una fortuna.

—Yo creía que habías terminado con los ratones —dijo David—. ¿No trabajas ahora con monos?

No, aunque tenía la esperanza; pero trabajara o no, estaba claro que con hablar de la cuestión no íbamos a conseguir nada. Se lo dije a David.

—Pensé que te morías por irte.

Había sido cierto, pero ahora quería mucho más otra cosa. Más de lo que David o Fedria habían querido nunca el dinero, quería llevar a cabo una operación exploratoria en esa criatura. A David le gustaba pensar que era más audaz que yo, y supe que la cuestión quedaría zanjada cuando dije:

—Quizá tú quieras huir, pero no me uses a mí de excusa, hermano.

—De acuerdo. Y ¿cómo lo mataremos? —me miró con irritación.

—Estamos fuera de su alcance. Podemos tirarle cosas… —sugirió Fedria.

—Y él puede devolvernos aquellas que no le hayan dado.

Mientras tanto la criatura, el esclavo de cuatro brazos, nos miraba con una sonrisita. Yo estaba bastante seguro de que entendía al menos parte de lo que decíamos, y con una seña les indiqué a David y Fedria que debíamos volver a la habitación del escritorio. Una vez allí cerré la puerta.

—No quiero que nos oiga. Si tuviéramos un filo sujeto a una vara, formando una especie de lanza, conseguiríamos matarlo sin acercarnos demasiado. ¿Qué podría servirnos? ¿Alguna idea?

David sacudió la cabeza, pero Fedria dijo:

—Un momento, me acuerdo de algo.

Los dos la miramos y ella frunció las cejas, fingiendo que trataba de recordar y disfrutando de nuestra atención.

—¿Y bien? —preguntó David.

Ella chasqueó los dedos.

—Varas para ventanas. Ya sabéis, esos chismes largos con un gancho en un extremo. ¿Os acordáis de las ventanas del cuarto donde recibe a los clientes? Están muy cerca del techo, y mientras papá y él hablaban, un empleado trajo una de esas varas y abrió una ventana. Tendrían que estar aquí en algún sitio.

En cinco minutos de búsqueda encontramos dos. Parecían satisfactorias: casi seis pies de largo y una pulgada y cuarto de diámetro, de madera dura. David hizo un floreo con la suya y fingió acometer a Fedria; después preguntó:

—Bien, y de punta ¿qué usamos?

En el bolsillo interior de la chaqueta, en un estuche, yo llevaba siempre un bisturí, y lo fijé a mi vara con un rollo de cinta engomada que por suerte David guardaba en el cinturón y no en el maletín; pero no encontraba nada para la vara de David hasta que él sugirió un vidrio roto.

—No vas a romper una ventana —le dijo Fedria—; te oirían desde afuera. Además, ¿no se quebrará cuando trates de ensartarlo?

—Si es vidrio grueso, no. Eh, mirad.

Miré, y una vez más, vi mi cara. David estaba señalando el gran espejo que me había sorprendido después de bajar la escalera. Mientras yo miraba le dio un puntapié, y el espejo se hizo añicos con tal estrépito que los perros se pusieron a ladrar otra vez. Escogió un trozo triangular largo, casi recto, y lo alzó a la luz; el vidrio destelló como una gema.

—Es casi tan bueno como los que hacían en Sainte Anne con ágata y jaspe, ¿no?

De común acuerdo nos acercamos desde lados opuestos. El esclavo saltó a la tapa del arcón y desde allí nos miró con calma, volviendo los hundidos ojos primero a David, luego a mí, hasta que al fin, cuando los dos estábamos ya muy cerca, David lo atacó.

No bien el vidrio le raspó las costillas, el esclavo dio media vuelta, agarró la lanza de David por el mango y de un tirón lo atrajo hacia sí. Descargué un golpe entonces, pero fallé, y aún no me había recobrado cuando él ya saltaba al suelo y se ponía a forcejear con David al otro lado del arcón. Encaramado, me incliné sobre él y lancé un golpe, pero sólo al oír el grito de David comprendí que había hundido el bisturí en el muslo de mi hermano. Vi el borbotón de brillante sangre arterial empapando el palo, lo dejé caer y desde la tapa del arcón me precipité sobre ellos.

Me esperaba, boca arriba y sonriendo, con las piernas y los cuatro brazos alzados como una araña muerta. Seguro que en los segundos inmediatos me habría estrangulado de no haber sido porque David, cuan conscientemente no lo sé, le puso un brazo por encima de los ojos, con lo que él no logró atraparme y caí entre las manos extendidas.

No hay mucho más que contar. De un sacudón se libró de David y tirándome hacia él intentó morderme la garganta; pero yo le hundí un pulgar en uno de los ojos y lo detuve. Fedria, con más coraje del que yo le hubiera atribuido, me puso la lanza de David en la mano libre y yo clavé la punta de vidrio en el cuello del esclavo; creo que antes de que muriera le corté ambas yugulares y la tráquea. Le hicimos a David un torniquete en la pierna y nos fuimos, sin el dinero ni el conocimiento técnico que yo esperaba obtener del cuerpo del esclavo. Marydol nos ayudó a llevar a David a casa, y a Mister Million le dijimos que se había caído explorando un edificio vacío, aunque dudo de que nos creyera.

Hay otra cosa que contar sobre aquel incidente —la muerte del esclavo, quiero decir—, aunque me siento tentado de seguir adelante y describir en cambio un descubrimiento que hice inmediatamente después y en ese momento me impresionó mucho más. Es sólo un recuerdo, seguro que distorsionado y amplificado por la memoria. Al apuñalarlo me acerqué tanto a él que llegué a ver —supongo que a la luz de las ventanas altas que teníamos detrás— mi cara reflejada y duplicada en las córneas de sus ojos, y me pareció que era una cara muy semejante a la suya. Desde entonces no he podido olvidar lo que me dijo el doctor Marsch sobre la producción de un número ilimitado de individuos idénticos, ni que cuando yo era más pequeño mi padre tenía reputación de tratante de niños. Desde mi liberación he intentado encontrar algún rastro de mi madre, la mujer de la foto que me mostró mi tía; pero sin duda esa foto fue tomada mucho antes de que yo naciese… quizá incluso en Tierra.

El descubrimiento que mencioné lo hice casi en cuanto salimos del edificio donde había matado al esclavo, y fue sencillamente éste: que ya no era otoño, sino un día de estío. El hecho de que estuviéramos los cuatro —Marydol ya se nos había unido— tan preocupados por David, y atareados en tramar una historia que explicase la herida, amortiguó un poco nuestra conmoción; pero no podía haber ninguna duda. Era un tiempo caluroso, de ese calor húmedo letárgico peculiar del verano. Los árboles que yo había visto casi desnudos estaban tupidos y repletos de oropéndolas. En la fuente de nuestro jardín el agua no era caliente, como cuando había peligro de helada y caños reventados; mientras ayudábamos a David a remontar el sendero hundí las manos en la pila, y la encontré fresca como el rocío.

Era obvio que mis períodos de acción inconsciente, mi sonambulismo, habían crecido hasta devorar todo un invierno y toda una primavera. Sentí que me había perdido.

Cuando entramos en la casa, me saltó al hombro un mono que al principio creí de mi padre. Más tarde Mister Million me dijo que era mío, uno de los animales de laboratorio que yo había tomado como mascota. No conocía a la bestezuela, pero las cicatrices que tenía bajo la piel y los miembros retorcidos indicaban sin duda que él me conocía a mí.

He conservado a Popo desde entonces, y mientras estuve preso lo dejé al cuidado de Mister Million. En los días claros todavía trepa por los muros grises y destartalados de esta casa; y cuando la forma gibosa corre a lo largo de los parapetos, se me ocurre que mi padre todavía vive y puede volver a convocarme para las largas sesiones en la biblioteca; pero esto a mi mascota se lo perdono.

En vez de llamar a un médico para David, mi padre lo trató él mismo; y si tenía curiosidad por saber cómo habían llegado a infligirle esa herida, no lo demostró. Mi impresión —valga lo que valga a estas alturas— es que creyó que yo lo había apuñalado en una pelea. Digo esto porque, en adelante, cada vez que estaba conmigo a solas parecía aprensivo. No era un hombre temeroso, y durante años había tratado de vez en cuando con la peor clase de criminales; pero conmigo ya no estaba cómodo: me esquivaba. Puede haber sido, quizá, mera consecuencia de algo que yo había dicho o hecho en el invierno olvidado.

Tanto Marydol como Fedria, así como mi tía y Mister Million, venían con frecuencia a visitar a David, de modo que su habitación se convirtió para todos en una suerte de punto de encuentro, sólo perturbado por las ocasionales visitas de mi padre. Marydol era una chica delgada, rubia y bondadosa, y yo le tomé mucho afecto. A menudo cuando volvía a su casa yo la acompañaba, y en el camino de regreso paraba en el mercado de esclavos —como tantas veces hiciéramos en un tiempo con David y Mister Million— a comprar pan frito y café azucarado y mirar la puja. Las caras de los esclavos son lo más insulso del mundo; pero yo me sorprendía observándolas, y sólo pasado un largo tiempo, al menos un mes, comprendí —muy de repente, cuando descubrí qué cosa estaba buscando— por qué lo hacía. A la cuadra llevaron un día un macho joven, un barrendero. Le habían marcado a latigazos la cara y la espalda; pero yo lo reconocí: esa cara marcada era la mía, la de mi padre. Le hablé, y lo habría comprado y liberado; pero me contestó al modo servil de los esclavos y yo me aparté con disgusto y volví a casa.

Esa noche, cuando mi padre me llamó a la biblioteca —como no había hecho por varias noches—, miré los reflejos de los dos en el espejo que escondía la entrada al laboratorio. El parecía más joven de lo que era; yo más viejo. Podríamos haber sido casi el mismo hombre, y en el momento en que se volvió a enfrentarme, y yo, mirando por encima del hombro de él, vi sólo sus brazos y los míos sin ninguna imagen de mi propio cuerpo, podríamos haber sido también el esclavo de pelea.

No sabría decir quién sugirió primero que lo matáramos. Sólo recuerdo que una noche, mientras me disponía a acostarme después de haber llevado a Marydol y Fedria a sus casas, comprendí que un rato antes, sentados los tres con Mister Million y mi tía en torno a la cama de David, habíamos estado hablando de eso.

No abiertamente, desde luego. Tal vez nosotros mismos no hubiéramos admitido en qué estábamos pensando. Mi tía había mencionado el dinero que supuestamente él tenía escondido, y Fedria, enseguida, de un yate lujoso como un palacio. David había hablado de las grandes cacerías, y del poder político que era posible comprar con dinero.

Yyo, sin decir nada, había pensado en las horas, las semanas y los meses que mi padre me había quitado: en la destrucción de mi identidad, que él había roído noche a noche. Pensé en que acaso esa misma noche entrara en la biblioteca para encontrarme, cuando volviera a despertar, hecho un viejo y tal vez un mendigo.

Entonces supe que inevitablemente debía matarlo, porque si le contaba estos pensamientos mientras yacía drogado sobre el raído cuero de la mesa, él no dudaría un momento y me mataría allí mismo.

Mientras esperaba al valet hice un plan. Tratándose de mi padre, no habría investigaciones ni certificado de defunción. Yo lo reemplazaría. Nuestros clientes tendrían la impresión de que nada había cambiado. A los amigos de Fedria se les diría que habíamos discutido y yo me había largado de casa. Por un tiempo no me dejaría ver y después, maquillado, en una habitación en penumbra, hablaría de vez en cuando con algún privilegiado visitante. Era un plan imposible, pero en ese momento yo lo creía posible y hasta fácil. Tenía el bisturí listo en el bolsillo. Podía destruir el cadáver en el mismo laboratorio.

Él me lo leyó en la cara. Me habló como siempre, pero creo que sabía. En la habitación había flores, algo que no había pasado nunca, y me pregunté si él no lo habría sabido antes aún y las habría encargado como para un evento especial. En vez de hacerme acostar en la mesa tapizada de cuero, me indicó una silla y se sentó tras el escritorio.

—Hoy tendremos compañía —dijo; lo miré—. Tú estás enfadado conmigo. Cada vez más, lo vengo viendo. ¿No sabes quién…?

Lo interrumpió un golpecito en la puerta, y cuando exclamó «Adelante», quien abrió fue Nerissa. Hizo entrar a una mundana y al doctor Marsch y me sorprendió verlo; y más me sorprendió ver a una de las muchachas en la biblioteca de mi padre. Ella se sentó junto a Marsch, como indicando que por esa noche era su protegida.

—Buenas noches, doctor —dijo mi padre—. ¿Lo está pasando bien?

Marsch sonrió, mostrando unos dientes grandes y cuadrados. Vestía ropa del corte más en boga, pero el contraste entre la barba y la incolora piel de las mejillas era tan notable como siempre.

—Sensual e intelectualmente —dijo—. He visto a una muchacha desnuda, una gigante dos veces más alta que un hombre, que atravesaba una pared caminando…

—Eso se hace con hologramas —dije.

Volvió a sonreír.

—Lo sé. Y también he visto muchísimas cosas más. Estaba a punto de recitarlas todas, pero quizá sólo consiga aburrir a mi público; me conformaré con decir que tiene usted un establecimiento notable. Pero… eso ya lo sabe.

—Siempre es halagador oírlo de nuevo —dijo mi padre.

—Y ahora, ¿tendremos la discusión de que hablamos antes?

Mi padre miró a la mundana; ella se levantó, besó al doctor Marsch y se fue. La maciza puerta de la biblioteca se cerró tras ella con un leve chasquido. Como un ruido de interruptor, o de viejo cristal quebrándose.

Desde entonces, he pensando muchas veces en esa muchacha como la vi cuando salía: los zapatos de plataforma con tacón alto y las piernas grotescamente largas, el vestido sin espalda abierto hasta un centímetro por debajo del coxis; el pelo amontonado, cardado e hilvanado de cintas y luces diminutas. Al cerrar la puerta estaba poniendo fin, aunque no habría podido saberlo, al mundo que ella y yo habíamos conocido.

—Cuando salga lo estará esperando —le dijo mi padre al doctor Marsch.

—Y si no está, seguro que usted puede proporcionar otras —los ojos verdes del antropólogo parecían fulgurar a la luz de la lámpara—. Pero bien, ¿en qué puedo ayudarlo?

—Usted estudia las razas. ¿Llamaría raza a un grupo de hombres similares, que tienen pensamientos similares?

—Y mujeres —dijo Marsch, sonriendo.

—Y aquí —continuó mi padre— aquí en Sainte Croix, ¿está reuniendo material para llevárselo de vuelta a Tierra?

—Estoy reuniendo material, sin duda. Si volveré o no al planeta madre, es un asunto problemático… —quizá lo miré con brusquedad; volvió hacia mí la sonrisa, que se hizo, si era posible, aún más condescendiente que antes—. ¿Te sorprende?

—Siempre consideré que Tierra era el centro del pensamiento científico —dije—. No me cuesta imaginar a un científico abandonándola para hacer trabajo de campo, pero…

—Pero ¿es inconcebible que quiera quedarse en el campo? Piensa en mi posición. Felizmente para mí, no eres el único que respeta las canas y la sabiduría del mundo madre. Como hombre formado en Tierra, vuestra universidad me ha ofrecido un departamento, prácticamente con el sueldo que se me ocurra pedir y un año sabático cada dos. Y el viaje de aquí a Tierra insume veinte años de tiempo newtoniano… Subjetivamente, para mí sólo son seis meses, claro; pero cuando vuelva, si vuelvo, mi educación tendrá cuarenta años de retraso. No, me temo que vuestro planeta ha llegado a convertirse en una luminaria intelectual.

—Creo que nos estamos desviando del tema —dijo mi padre.

Asintiendo, Marsch añadió:

—Pero yo iba a decir que los antropólogos están especialmente equipados para sentirse como en casa en cualquier cultura, hasta en una cultura tan extraña como la que esta familia ha construido a su alrededor. Pienso que puedo hablar de familias, ya que hay otros dos miembros residentes. ¿No te opones a que hable de los dos en singular?

Me miró como esperando una protesta; y como yo no decía nada, continuó:

—Me refiero a tu hijo David. Éste, y no el de hermano, es el parentesco real del muchacho con tu personalidad continua. Lo mismo digo de la mujer que llamas tía. En realidad, ella es hija de una… ¿diré «versión»?… anterior de ti mismo.

—Está intentando decirme que soy un duplicado clónico de mi padre, y veo que los dos esperan que me horrorice. No es así. Hace algún tiempo que lo sospechaba.

—Me alegro de oírlo —dijo mi padre—. Francamente, cuando tenía tu edad el descubrimiento me perturbó mucho. Fui a la biblioteca de mi padre… esta habitación, a hacerle frente, y pensaba matarlo.

—¿Y lo hizo? —preguntó el doctor Marsch.

—No creo que importe… lo importante es que ésa era mi intención. Espero que su presencia aquí le haga a Número Cinco las cosas más fáciles.

—¿Así lo llama?

—Es más práctico, porque tiene el mismo nombre que yo.

—¿Es el quinto hijo que produce por clonación?

—¿Mi quinto experimento? No…

Los encorvados, altos hombros de mi padre, envueltos en el escarlata lúgubre de la vieja bata, le daban un aspecto de pájaro salvaje; en un libro de historia natural recuerdo haber leído sobre uno llamado halcón de hombros rojos. El monito, gris ya por los años, se había subido a la mesa.

—No, más bien el quincuagésimo, si quiere saber. Solía hacerlos como ejercicio. Como han oído que es posible, quienes no lo han probado nunca creen que es una técnica simple, pero no saben lo difícil que es prevenir diferencias espontáneas. Cada gen dominante que haya en mí ha de seguir siendo dominante, y las personas no son alubias. Hay muy pocas cosas gobernadas por pares mendelianos simples.

—Y los fracasos, ¿los destruía usted? —preguntó Marsch.

—Los vendía —dije yo—. Cuando era chico solía preguntarme por qué Mister Million se paraba a mirar los esclavos del mercado. Desde entonces lo he descubierto —todavía tenía el estuche con el bisturí en el bolsillo; lo sentía pesar en mi saco.

—Quizá Mister Million —dijo mi padre— sea un poco más sentimental que yo. Además, a mí no me gusta salir. Vea, doctor, tendrá que modificar la suposición de que en verdad todos somos el mismo individuo. Hay pequeñas variaciones.

El doctor Marsch estaba a punto de replicar, pero yo lo interrumpí.

—¿Por qué? —dije—. ¿Por qué David y yo? ¿Por qué hace mucho tía Jeannine? ¿Por qué seguir con esto?

—Sí —dijo mi padre—: ¿por qué? Hacemos la pregunta para hacer la pregunta.

—No te entiendo.

—Busco el autoconocimiento. Si quieres decirlo de otro modo, buscamos el autoconocimiento. Tú estás aquí porque yo lo hice y lo hago, y yo estoy aquí porque lo hizo el individuo precedente… que a su vez tuvo origen en aquel cuya mente está simulada en Mister Million. Y una de las preguntas cuya respuesta buscamos es… por qué buscamos. Pero todavía hay más —se inclinó hacia delante, y el monito alzó el morro blanco y los brillantes ojos perplejos para mirarlo a la cara—. Deseamos descubrir por qué fallamos, por qué otros crecen y cambian y nosotros seguimos aquí.

Pensé en el yate del que habíamos hablado con Fedria y dije:

—Yo no me quedaré.

El doctor Marsch sonrió. Mi padre dijo:

—Creo que no me entiendes. No digo aquí en el sentido físico, sino aquí en el social e intelectual. He viajado, y quizá viajes tú, pero…

—Pero termina aquí —dijo el doctor Marsch.

—¡Terminamos en este nivel! —fue la única vez, creo, que vi a mi padre excitado. Casi sin habla, señalaba los cuadernos y las cintas que abarrotaban las paredes—. ¿Después de cuántas generaciones? No ganamos fama, ni siquiera el gobierno de este miserable planeta colonial. Hay que cambiar algo, pero ¿qué? —echó al doctor Marsch una mirada llameante.

—Usted no es único —dijo el doctor Marsch, y sonrió—. Parece un lugar común, ¿no? Pero no me refería al hecho de que usted se duplique. Quise decir que desde que se volvió posible, allá en Tierra durante el último cuarto del siglo veinte, se ha hecho varias veces en cadenas parecidas. Para describirlo tomamos prestado un término técnico; mala nomenclatura, pero no hay nada mejor. ¿Sabe usted qué es relajación en el sentido técnico?

—No.

—Hay problemas que no es posible abordar directamente, pero que sí es posible mediante una sucesión de aproximaciones. En la transferencia de calor, por ejemplo, al comienzo tal vez no sea posible calcular la temperatura de todos los puntos superficiales de un cuerpo de forma extraña. Pero el ingeniero, o su computadora, pueden suponer temperaturas razonables, ver cuánto se acercarán los valores supuestos a la estabilidad y luego hacer nuevas suposiciones basadas en los resultados. A medida que avanzan los niveles de aproximación, los bloques sucesivos se vuelven más y más similares hasta que en lo esencial deja de haber cambio. Por eso digo que esencialmente ustedes dos son el mismo individuo.

—Lo que quiero de usted —dijo mi padre, impaciente— es que le haga entender a Número Cinco que los experimentos que he realizado en él, en particular los exámenes narcoterapéuticos que tanto le molestan, son necesarios. Que si vamos a ser más de lo que hemos sido debemos descubrir… —había llegado casi a gritar, pero paró bruscamente y puso la voz bajo control—. Por esta razón fue producido, por la misma fue producido David: yo esperaba que una cruza exterior me enseñase algo.

—Lo que sin duda también era razonable para la existencia del doctor Veil en una generación anterior —dijo el doctor Marsch—. Pero en lo que concierne a los exámenes de su identidad menor, igual de útil sería que él lo examinase a usted.

—Un momento —dije yo—. Usted no para de decir que somos idénticos. Es incorrecto. Yo veo que en ciertos aspectos somos similares, pero en realidad no soy como mi padre.

—No hay diferencias que no puedan explicarse por la edad. Tú, ¿cuántos años tienes? ¿Dieciocho? Y usted —miró a mi padre—, diría yo que casi cincuenta. En la diferenciación de los seres humanos sólo actúan dos fuerzas: la herencia y el medio, la naturaleza y la crianza. Y como en gran medida la personalidad se forma durante los tres primeros años de vida, lo decisivo es el medio que provee el hogar. Ahora bien, todo individuo nace en algún medio hogareño, aunque quizá tan duro que puede llegar a matarlo, y no hay nadie, salvo en la situación que llamamos relajación antropológica, que proporcione ese medio por sí mismo; siempre lo reciben de la generación precedente.

—Por el mero hecho de haber crecido los dos en esta casa no…

—Que usted construyó, amuebló y llenó de gente que fue eligiendo. Pero, espere un momento. Hablemos de un hombre que ninguno de los dos ha visto nunca, un hombre nacido en un lugar proporcionado por padres muy diferentes: hablo del primero…

Yo ya no escuchaba. Había ido a matar a mi padre, y era preciso que el doctor Marsch se fuera. Lo miraba echarse adelante en el sillón, sacudiendo las largas manos blancas, moviendo los labios crueles en un marco de pelo negro; yo lo miraba y no oía nada. Era como si me hubiera vuelto sordo, o como si él sólo pudiera comunicarse por pensamientos y yo, sabiendo que los pensamientos eran mentiras bobas, no los tuviera en cuenta.

—Usted es de Sainte Anne —le dije.

Me miró asombrado, deteniéndose en medio de una frase sin sentido.

—He estado allí, es cierto. Pasé varios años en Sainte Anne antes de venir aquí.

—Nació allí. Estudió allí antropología en libros escritos en Tierra, veinte años antes. Usted es un abo, o al menos un semiabo; en cambio nosotros somos hombres.

Marsch miró de reojo a mi padre, contestándome:

—Los abos han desaparecido. La opinión científica de Sainte Anne sostiene que se extinguieron hace casi un siglo.

—No pensaba eso cuando vino a ver a mi tía.

—Nunca he aceptado la hipótesis de Veil. He hablado aquí con todos los que han publicado algo en mi campo. Sinceramente, no tengo tiempo de escuchar esas cosas.

—Usted es un abo, y no es de Tierra.

Y en un momento, mi padre y yo estuvimos solos.

La mayor parte de mi sentencia la cumplí en un campo de trabajo de las Montañas de Andrajos. Era un campo pequeño, que por lo habitual sólo albergaba ciento cincuenta presos. A veces menos de ochenta, cuando el invierno dejaba muchas muertes. Cortábamos madera y quemábamos carbón, y cuando encontrábamos buen abedul hacíamos esquíes. Por encima de la línea del bosque recogíamos un musgo salino supuestamente medicinal, y urdíamos largos planes con aludes que aplastarían a las máquinas de rastrear que eran nuestros guardias, aunque por alguna razón el momento no llegaba nunca: las rocas nunca se desprendían. El trabajo era pesado, y los guardias administraban la exacta mezcla de severidad y benevolencia con que algún comité de la prisión había decidido programarlos, zanjando para siempre la cuestión de la brutalidad o el favoritismo de que se acusa a los mercenarios, de modo que ser crueles o bondadosos sólo cupiera a hombres elegantes que discutían en reuniones.

Al menos, eso pensaban. Yo a veces me pasaba horas hablando con los guardias sobre Mister Million, y una vez encontré un pedazo de carne escondido en el rincón donde dormía, y otra vez un pastel de azúcar dura, marrón y arenosa.

Puede que el crimen no beneficie al delincuente, pero el tribunal —eso me contaron mucho después— no encontró prueba alguna de que David fuera en realidad hijo de mi padre, y nombró heredera a mi tía.

Ella murió, y una carta de un abogado me informó que yo había heredado «una gran casa en la ciudad de Port-Mimizon, junto con los muebles y enseres que guardaba». Y que dicha casa, «situada en el 666 de Saltimbanque, se encuentra actualmente bajo el cuidado de un robot servidor». Como los robots servidores bajo cuya dirección me encontraba yo no me permitían tener materiales de escritura, no pude contestar.

Viajó el tiempo en las alas de los pájaros. En otoño encontré alondras muertas a los pies de los acantilados que daban al norte, y en primavera a los pies de los que daban al sur.

Recibí una carta de Mister Million. Durante la investigación de la muerte de mi padre la mayoría de las muchachas se habían ido; a las demás se había visto obligado a despedirlas a la muerte de mi tía, habiendo descubierto que él, como máquina, no podía garantizar que le obedecieran. David se había marchado a la capital. Fedria se había casado bien. A Marydol los padres la habían vendido. La carta estaba fechada tres años después de mi juicio, pero yo no tenía medio de saber cuánto había tardado en llegar hasta mí. El sobre había sido abierto muchas veces, y estaba ajado y sucio.

Después de una tormenta llegó aleteando al campo un ave marina —un alcatraz, me pareció—, demasiado exhausto para volar. Lo matamos y nos lo comimos.

Uno de los guardias se volvió loco: quemó a quince prisioneros y luchó toda la noche contra los demás guardias, con espadas de fuego blanco y azul. No lo reemplazaron.

A mí me transfirieron con algunos otros a un campo más al norte, junto a unos abismos de piedra roja. Eran tan hondos, que si yo pateaba un guijarro oía crecer el repique del descenso hasta un trueno de rocas desprendidas, y en medio minuto lo oía fundirse con el silencio, a lo lejos, pero perdiéndose en algún punto de la oscuridad sin golpear nunca el fondo.

Yo fingía que conmigo estaba la gente que había conocido. Cuando me sentaba a proteger del viento mi tazón de sopa, en un banco cercano se sentaba Fedria, sonriendo, y hablaba de sus amigos. David jugaba por horas al squash en el polvoriento terreno de las barracas, y dormía contra la pared, cerca de mi rincón. Marydol me daba la mano cuando llevaba mi sierra a las montañas.

Con el tiempo estas figuras se desdibujaron un poco, pero ni siquiera el último año me dormí una sola vez sin decirme, antes de cerrar los ojos, que a la mañana siguiente Mister Million nos llevaría a la biblioteca de la ciudad; ni una vez me desperté sin miedo a que el valet de mi padre viniera a buscarme.

Después me dijeron que me tocaba cambiar de campo, junto con otros tres. Nos llevamos la comida, y en el camino casi morimos de hambre y agotamiento. De allí nos hicieron marchar a un tercer campo, donde nos interrogaron unos hombres que no eran presos como nosotros sino hombres libres con uniforme, que apuntaban nuestras respuestas y que al fin ordenaron que nos bañáramos, y quemaron nuestra ropa vieja y nos dieron un espeso estofado de carne y cebada.

Recuerdo muy bien que fue entonces cuando me permití comprender, por fin, qué significaba todo aquello. Hundí mi pan en el cuenco y lo saqué empapado de caldo fragante, con trocitos de carne y granos de cebada adheridos; y entonces pensé en el pan frito y el café del mercado de esclavos no como algo del pasado sino como algo del futuro, y me temblaron las manos hasta que no pude sostener el cuenco y quise correr gritando contra las vallas.

En dos días más nos pusieron a seis en una carreta de mulas, y siempre cuesta abajo anduvimos por caminos ondulantes hasta que el invierno —que venía agonizando detrás de nosotros— desapareció, y también los abedules y abetos, y en las ramas de los altos castaños y cedros del camino aparecieron flores de primavera.

Las calles de Port-Mimizon bullían de gente. Me habría perdido en un momento si Mister Million no me hubiera alquilado una silla; pero hice que los portadores se detuviesen, y con dinero que él me dio le compré un periódico a un vendedor para saber al fin en qué fecha estábamos.

Mi sentencia había sido la habitual de entre dos y cincuenta años, y aunque yo conocía el mes y el año del comienzo de mi reclusión, en los campos no había modo de medir el tiempo. Un hombre pillaba una fiebre y diez días después, repuesto ya para volver al trabajo, decía que habían pasado dos años o que nunca había tenido nada. Luego la fiebre le daba a uno. No recuerdo un solo titular, un solo artículo del periódico que compré. Durante todo el camino a casa no leí otra cosa que la fecha.

Habían sido nueve años.

En el momento de matar a mi padre había tenido dieciocho. Ahora tenía veintisiete. Había pensado que podía tener cuarenta.

Los descascarados muros grises de la casa eran los mismos. El can de hierro con tres cabezas de lobo se alzaba aún en el jardín delantero, pero la fuente estaba callada, y los parterres de helechos y musgo llenos de hierbajos. Mister Million pagó a los portadores y abrió con una llave la puerta que en los días de mi padre siempre había tenido cadena, pero no cerrojo; pero entre tanto una mujer inmensamente alta y desgarbada que voceaba pralinés en la calle se precipitó hacia nosotros. Era Nerissa, y ahora yo tenía sirvienta y habría tenido compañera de cama si lo hubiera deseado, aunque no tenía con qué pagarle.

Y ahora, supongo, tengo que explicar por qué he estado escribiendo este relato, que ya es trabajo de varios días; y he de explicar también por qué explico. Bien, pues. He escrito para develarme a mí mismo, y escribo ahora porque, lo sé, algún día leeré lo que estoy escribiendo y me asombraré.

Tal vez en el tiempo en que lo lea ya haya resuelto mi propio misterio; o quizá ya no me importe conocer la solución.

Hace tres años que me liberaron. Cuando Nerissa y yo volvimos a entrar, había en esta casa una gran confusión, pues mi tía había pasado sus últimos días —me contó Mister Million— buscando el supuesto tesoro de mi padre. No lo encontró, y no me parece que se pueda encontrar algo; conociendo el carácter de mi padre mejor que mi tía, creo que la mayor parte de lo que le traían las chicas la gastó en experimentos y aparatos. Al principio estuve muy necesitado de dinero, pero la reputación de la casa trajo mujeres en busca de compradores y hombres que buscaban comprar. Apenas es preciso, me dije cuando empezamos, hacer algo más que presentarlos; y ahora tengo un buen plantel. Fedria vive con nosotros y también trabaja; a la larga el brillante matrimonio fue un fracaso. Anoche estaba trabajando en mi quirófano cuando la oí a la puerta de la biblioteca. La abrí y tenía con ella al niño.

Algún día nos requerirán.

«Un cuento» por John V. Marsch

Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Porque si quieres tener algo en todo,
no tienes puro en Dios tu tesoro.

San Juan de la Cruz

En el país de las piedras resbaladizas, donde los años son más largos, vivía una muchacha llamada Ondulante Rama de Cedro, y a ella le ocurrió lo que ocurre a las mujeres. El cuerpo se le volvió grueso y torpe, y los pechos se le endurecieron y rezumaron unos hilos de leche. Cuando se le empaparon los muslos la madre la llevó al lugar donde nacen los hombres, en la confluencia de dos grandes afloramientos de roca. Allí hay un angosto espacio de arena, y en la juntura una roca recién puesta entre unas matas; y allí, donde todo lo invisible es benigno a las madres, ella dio a luz dos varones.

El primero llegó justo al alba, y porque mientras escapaba del vientre se alzó un viento, un viento frío del ojo de la primera luz venida de entre las montañas, la madre lo llamó Juan (que sólo significa «un hombre», siendo Juan el nombre de todos los niños) Viento del Este.

El segundo llegó, no como nacen de costumbre —esto es, la cabeza primero como trepa un hombre de un lugar más bajo a otro más alto—, sino los pies por delante, como un hombre que se deja caer a un lugar más bajo. La abuela estaba sosteniendo al hermano, sin saber que iban a nacer dos, y por tal razón el otro estuvo un tiempo batiendo el suelo con los pies sin que nadie tirara de él. A causa de esto su madre lo llamó Juan Paso en la Arena.

Ella se habría puesto en pie en cuanto nacieron los hijos, pero su madre no se lo permitió.

—Te matarás —le dijo—. Ten, que mamen en seguida o te quedarás seca.

Ondulante Rama de Cedro tomó a uno en cada brazo, se llevó uno a cada pecho y volvió a tenderse en la arena fría. Fino como hebras de seda, el pelo negro se le abría por detrás de la cabeza en un halo oscuro. El dolor le había dejado vetas de lágrimas. La madre se puso a cavar en la arena con las manos, y cuando llegó a la que aún conservaba la fuerza del sol del día muerto, la acumuló sobre las piernas de la muchacha.

—Gracias, madre —dijo Ondulante Rama de Cedro. Miraba las dos caritas, untadas todavía con su sangre, que bebían de ella.

—Lo mismo hizo mi madre por mí cuando naciste tú. Lo mismo harás tú por tus hijas.

—Ambos son niños.

—También tendrás mujeres. O mueres en el primer parto… o vives.

—Tenemos que lavarlos en el río —dijo Ondulante Rama de Cedro, y se sentó, y un momento después se puso en pie.

Era una linda muchacha, pero ahora que estaba vacía el cuerpo le colgaba sin forma. Se tambaleaba, pero su madre la sostuvo y ella no quiso volver a echarse.

Cuando llegaron al río el sol ya estaba alto, y la madre de Ondulante Rama de Cedro se ahogó en los bajos y las aguas se llevaron a Viento del Este.

Al llegar a los trece años, Paso en la Arena era casi tan alto como un hombre. Los años de su mundo —donde las naves emprendían el viaje de vuelta— eran largos; y a él se le estiraron los huesos y las manos, delgadas y fuertes. No tenía nada de grasa, pero nadie tenía grasa en el país de las piedras resbaladizas; y siempre traía comida, aunque soñaba sueños extraños. A punto casi de acabar su decimotercer año, la madre y los viejos Dedo de Sangre y Pies Voladores decidieron enviarlo al sacerdote, y así salió solo al ancho país alto, donde se alzan riscos como bancos de nubes oscuras y todas las cosas vivas tienen poca importancia al lado del viento, el sol, el polvo, la arena y las piedras. Viajaba de día, solo, siempre rumbo al sur, y por la noche cazaba ratones de roca para dejarlos con el cuello torcido delante del sitio en que dormía. Por la mañana a veces ya no estaban.

Hacia el mediodía de la quinta jornada llegó al cañón de Siempretrueno, donde vivía el sacerdote. Por gran fortuna había podido matar un falso faisán para traerlo de regalo, y lo sostenía por las piernas peludas, arrastrando detrás la larga cabeza desnuda y el cuello. Y sabiendo que ese día él era ya un hombre, y que llegaría al cañón antes del ocaso —Pies Voladores le había hablado de mojones, y ya los había dejado atrás—, caminaba orgulloso pero con cierto temor.

Oyó a Siempretrueno antes de verlo. El suelo era casi llano, salpicado de rocas y arbustos, y no había indicios de que nunca fuera a haber bajo sus pies algo menos que piedra. Se oyó un leve gruñido, un murmullo del aire. Más adelante vio que se alzaba una tenue neblina. Pero no debía señalar el cañón de Siempretrueno porque a través de la niebla, no lejos, veía claramente más tierras, y el ruido no era fuerte.

Dio tres pasos más. El ruido ahora era un bramido. La tierra se sacudía. A sus pies se abría una grieta angosta, más y más profunda, hasta una lejana agua blanca. El rocío lo mojó, y le quitó el polvo del cuerpo. Había tenido calor, y estaba helado. Las piedras, suaves y húmedas, temblaban. Con cuidado se sentó, las piernas colgando sobre la oscuridad y la lejana agua blanca, y con los pies por delante —como se deja caer un hombre a un lugar más bajo— se metió en Siempretrueno. Sólo buscando el sitio donde el agua era espuma, donde el cielo era un ojal purpúreo no más ancho que un dedo y rociado de estrellas diurnas, encontró al fin la cueva del sacerdote.

En la boca había un estruendo de aguas rápidas que salpicaban alrededor, pero la cueva se elevaba más y más sobre piedras rotas caídas del techo. A oscuras, Paso en la Arena trepó, trepó con manos y pies como una bestia, sosteniendo el falso faisán entre los dientes hasta que tocó con los dedos los pies del sacerdote, y las piernas marchitas con las manos. Entonces dejó allí el falso faisán, tanteando como si fuese una telaraña el pelo y las plumas y los huesos pequeños y secos de ofrendas anteriores, y se retiró a la boca de la cueva.

Había caído la noche, y se echó en el lugar señalado, y largo rato después se durmió pese al rugido del agua; pero el fantasma del sacerdote no lo visitó en sueños. La cama era una balsa de juncos que flotaba en unas pulgadas de agua. Alrededor, en círculo, se alzaban unos árboles inmensos, cada uno de ellos surgido de un anillo de sus propias raíces serpentinas. Su corteza era blanca como la de los plátanos, y los troncos alcanzaban gran altura antes de desaparecer en la masa oscura de su propia fronda. Pero en el sueño él no los miraba. En el círculo en el que flotaba, los árboles se alzaban como un lejano horizonte, cortando la inconmensurable cavidad del cielo justo en la línea donde habría tocado la tierra.

De un modo que no podía definir, estaba cambiado. Tenía las extremidades más largas, y sin embargo más blandas; pero no las movía. Miraba el cielo y se sentía caer en él. La balsa se mecía, con un movimiento apenas detectable, acompañando los latidos de su corazón.

Era su decimocuarto cumpleaños y las constelaciones, por lo tanto, ocupaban exactamente las mismas posiciones que habían ocupado la noche de su nacimiento. Al llegar la mañana el sol saldría en Fiebre; pero la esfera hermana, cuyo gran disco azul asomaba ahora por encima de los árboles circundantes, oscurecía las dos brillantes estrellas —los ojos— que eran lo único visible del Niño de Sombra. Ninguno de los planetas estaba como antes. Apartó de la mente el conocimiento de que la Mujer de Nieve se encontraba ahora en Cinco Flores y se la imaginó en el lugar de Semilla Vidente, donde sabía que había estado la noche de su nacimiento. Y Rápido en el Valle Lácteo, Hombre Muerto en el lugar de los Deseos Perdidos… La Cascada cruzaba el cielo con un bramido silencioso.

Cerca, unos pies chapotearon en el agua. Viento del Este se sentó, impartiendo a la balsa sólo un levísimo movimiento gracias a una larga práctica.

—¿Qué has aprendido?

Era Última Voz, el mayor andariego de estrellas, su maestro.

—No tanto como deseaba —dijo Viento del Este, compungido—. Temo que me dormí. Merezco que me peguen.

—Al menos eres honrado —dijo Última Voz.

—A menudo me has dicho que para progresar hay que admitir todas las faltas.

—También te he dicho que la sentencia no la dicta el infractor.

—¿Cuál será? —preguntó Viento del Este, tratando de ocultar la aprensión que lo dominaba.

—En suspenso, por ser mi mejor acólito. Te dormiste.

—Sólo un momento, estoy seguro. Tuve un sueño raro, pero ya los he tenido antes.

—Sí.

Sereno y dominante, Última Voz se inclinó sobre su alumno. Era muy alto, y la luz azul del ascendente mundo hermano mostraba una cara exangüe de la que, como requería el ritual, diariamente se arrancaban las pocas briznas de barba. Los flancos de su cabeza habían sido abrasados con teas encendidas en los torrentes de las Montañas de la Hombría, de modo que el pelo, más tupido que el de cualquier mujer, sólo crecía en una cresta rígida.

—Volví a soñar que era un hombre-colina, y que había ido a la fuente del río, donde en una cueva sagrada me hablaría un oráculo. Para oírlo, me tendí cerca de un torrente de agua.

Última Voz no decía nada, y Viento del Este continuó:

—Tú esperabas que hubiera estado andando por las estrellas, pero como ves no fue el sueño de un espíritu.

—Quizá. Pero ¿qué te dicen las estrellas de la empresa de mañana? ¿Devanarás la caracola?

—Como diga mi Maestro.

Cuando Paso en la Arena se despertó estaba duro y frío. Ya había tenido antes sueños así, pero se desvanecían muy pronto, y si en éste había algún mensaje no lo entendía, y por cierto sabía que Última Voz no era el sacerdote cuyo fantasma él había invitado. Durante unos minutos pensó en quedarse en el cañón hasta que estuviera listo para dormir de nuevo, pero abandonó la idea recordando el claro cielo matinal de arriba y el cálido sol de la meseta. Era casi mediodía cuando, con un hambre voraz, trepó el último trecho y se arrojó a descansar en el tibio suelo polvoriento.

Una hora después estaba dispuesto a levantarse y cazar. Era buen cazador, joven y fuerte, y mucho más paciente que la gran gata de dientes largos que, tendida en una saliente, espera todo un día, dos días, recordando a los cachorros que languidecen maullando por ella, suspiran, duermen y vuelven a llorar hasta que ella mata.

Había habido otros cuando Paso en la Arena era apenas uno o dos años más joven. No, quizá, tan fuertes como él; otros que, después de correr y rastrear y cazar de nuevo hasta casi el crepúsculo regresaban al lugar de dormir con las manos vacías y la barriga floja, a mendigar restos y suplicar a las madres unos pechos que ahora pertenecían a un niño más pequeño. Esos otros estaban muertos. Habían aprendido la verdad de que el proveedor de alimento encuentra fácilmente el lugar de dormir; que a la barriga llena no le cuesta encontrarlo; pero que ante la boca hambrienta el lugar de dormir se desplaza y gira hasta perderse en las piedras, y al tercer día desaparece para siempre.

Y así Paso en la Arena estuvo dos días cazando como sólo cazan los hombres-colina, buscando de todo, recogiendo de todo, olisqueando el nido del ratón búho para tragarse a sus hijos como langostinos y mascando las semillas hasta convertirlas en pulpa dulce. Arrastrándose, la piel del frío color del polvo pétreo, el pelo hirsuto rompiendo la delatora silueta de la cabeza; silencioso como la bruma que llega a las tierras altas y no se advierte hasta que toca la mejilla, y entonces enceguece.

Una hora antes de que el segundo día oscureciese del todo, cruzó el rastro de un venado chinche; este ungulado sin cuernos vive de lamer a los bebedores de sangre marrón que salen de los escondites junto a los pozos de agua cuando oyen el repique de los cascos. Lo siguió mientras la esfera hermana se alzaba y dominaba el cielo, y lo seguía aún cuando el mundo ya había ocultado la mitad de su azul riqueza continental tras las más lejanas de las humeantes montañas del oeste. Entonces oyó elevarse ante él la canción festiva que los hijos de la Sombra cantan cuando han matado lo suficiente para todas las bocas, y comprendió que lo había perdido.

Antaño, en los grandes días del largo sueño, cuando Dios era rey de los hombres, los hombres habían andado de noche sin temor entre los hijos de la Sombra, y los hijos de la Sombra, sin temor, habían buscado de día la vecindad de los hombres. Pero los años del largo sueño eran ya parte del río desde hacía mucho, y ahora corría hacia los prados de agua y de la muerte. Aunque era un gran cazador, pensó Paso en la Arena —y entonces, porque conservaba desde la infancia ese don que permite a un hombre mirar con ojos ajenos y reír, añadió para sí: Un gran cazador que tiene mucha hambre—, podría probar de nuevo las viejas usanzas. Dios, sin duda, ordenaba todas las cosas. Tal vez los hijos de la Sombra mataran a diestra y siniestra mientras el sol estaba dormido, pero qué necios parecerían si intentasen matarlo a él cuando Dios no lo deseaba, de noche o de día.

En silencio —pero orgulloso y recto— siguió la marcha, hasta que la luz azul de la esfera hermana alumbró el lugar donde los hijos de la Sombra rodeaban al venado chinche, como murciélagos alrededor de un charco de sangre. Mucho antes de que llegara volvieron la cabeza, sobre tallos sin traba, como los cuellos de las lechuzas.

—Cumplida mañana en la que hay mucha comida —dijo Paso en la Arena cortésmente.

Dio cinco pasos sin que hubiera ruido alguno, hasta que una boca no humana respondió:

—Mucha comida, por cierto.

Las mujeres del lugar de dormir, para asustar a los niños que seguían jugando cuando las sombras eran más largas que ellos, decían que los dientes de los hijos de la Sombra chorreaban una saliva venenosa. Paso en la Arena no lo creía, pero cuando oyó la voz, lo recordó. Sabía que «mucha comida» no se refería sólo al venado chinche, pero dijo:

—Eso está bien. Oí vuestra canción: cantabais con muchas bocas y todas llenas. Fui yo quien condujo la carne hasta vosotros, y pido una parte, o mataré al más grande de los vuestros y me lo comeré, y cuando haya acabado los demás podrán almorzar los huesos. A mí me da lo mismo.

—Los hombres no son como tú. Los hombres no comen la carne de los suyos.

—¿Habláis de vosotros? Sólo la coméis cuando tenéis hambre, pero tenéis hambre todo el tiempo.

Varias voces dijeron «Nooo», arrastrando la palabra.

—Un hombre que conozco, Pies Voladores, que es alto y no teme al sol, mató a uno de los vuestros y dejó la cabeza como ofrenda nocturna. Cuando despertó, el cráneo estaba desnudo.

—Fueron los zorros —dijo una voz que hasta entonces no había hablado—, o un niño nativo, lo que es más probable. Tú al venir aquí nos dejaste ratones, y ahora se te recompensará con carne de venado. Buenos ratones, por cierto. Tendríamos que haberte estrangulado mientras dormías.

—Habríais perdido a muchos en el intento.

Una de las figuras sombrías se puso de pie.

—Podría matarte ahora. Yo solo. Así carneamos a los mocosos que vienen a gimotear: primero les cerramos el pico, luego nos los merendamos.

—Yo no soy ningún cachorro; tengo catorce veranos. Y no vengo muerto de hambre. He comido hoy y comeré de nuevo.

El hijo de la Sombra que se había levantado dio un paso adelante. Varios de los demás alargaron el brazo como para detenerlo.

—¡Anda! —dijo Paso en la Arena—. ¿Te parece bien llamarme desde el lugar de dormir para matarme entre las rocas? ¡Asesino de niños!

Flexionó rodillas y manos y palpó la fuerza que le vivía en los brazos. Antes de decidir acercarse, había resuelto que si los hijos de la Sombra intentaban matarlo huiría al instante sin luchar. Estaba seguro de que no lo alcanzarían: tenían piernas demasiado cortas. Pero también estaba seguro de que ahora, fuera cierto o no lo de la mordida envenenada, podía lidiar con la figura diminuta que tenía enfrente.

Con urgencia, pero tan baja que era casi un susurro, la voz que había hablado primero dijo:

—No debes hacerle daño. Es sagrado.

—No vine a pelear con vosotros —dijo Paso en la Arena—. Sólo quiero una buena porción del venado chinche que os traje a las manos. Habéis cantado que tenéis mucho.

El hijo de la Sombra que se había alzado a enfrentarlo dijo:

—Con mi dedo más pequeño, animalito nativo, te quebraré los huesos hasta que las puntas te revienten la piel.

Paso en la Arena esquivó las garras que el otro le acercaba y desdeñosamente anunció:

—Si eres de su sangre, haz que se agache de nuevo… o es mío.

—Sagrado —replicaron las voces. El sonido de la palabra era como el viento nocturno que busca el lugar de dormir y no lo encuentra nunca.

La mano izquierda de Paso en la Arena apartaría a golpes las encogidas garras; la derecha aferraría la pequeña garganta, demasiado delgada, con fuerza letal. Plantó los pies en el suelo y esperó, agazapado, el más ligero movimiento que le pusiera la bamboleante figura a alcance seguro. Y entonces, quizá porque en el lejano horizonte en las Montañas de la Hombría, un penacho de humo de una milla de ancho se había apartado para revelarla, la esfera hermana cayó, en el instante anterior a su ocaso y rápida como el relámpago, sobre el rostro del hijo de la Sombra. Era oscuro y débil, con ojos enormes sobre la carne colgante; las mejillas hundidas y la nariz y la boca, que chorreaban un líquido espeso, no parecían más grandes que las de un niño.

Pero aunque Paso en la Arena recordaría estas cosas más tarde, al breve destello de la luz azul no las notó. En cambio vio las caras de todos los hombres, y la fuerza que creen suya cuando están llenos de carne, y vio que eran necios que un solo soplo puede destruir; y porque Paso en la Arena era joven esto no lo había visto nunca. Cuando las garras le tocaron la garganta se apartó con rapidez, y jadeando y ahogándose por una razón que no comprendía, volvió a evadirse hacia el nudo de oscuros cuerpos que rodeaban al venado-chinche.

—Mira —dijo la voz que había hablado primero—. Está llorando. Muchacho, aquí, pronto, siéntate con nosotros. Come.

Tironeado por las pequeñas manos oscuras, Paso en la Arena se acuclilló con los demás junto al venado-chinche.

—No debes hacerle daño. Es nuestro invitado —le dijo alguien al Hijo de la Sombra que un momento antes había estirado los dedos hacia la garganta de Paso en la Arena.

—Ah.

—Está muy bien jugar con ellos, claro; así se mantienen en su sitio. Pero ahora déjalo que coma.

Otro puso un trozo de la carne del venado chinche en las manos de Paso en la Arena, y como hacía siempre, él se lo tragó antes de que pudieran arrebatárselo. El Hijo de la Sombra que lo había amenazado le puso una mano en el hombro.

—Siento haberte asustado.

—No es nada.

La esfera hermana se había puesto y ya no ocultaba el resplandor de las constelaciones, que fulguraban en el cielo otoñal: la Mujer de Cabello Ardiente, la barbada Cinco Patas, Rosa de Amatista —que las gentes de los prados de agua, las de los pantanos, llamaban Cien Tentáculos— y el Pez. El venado chinche era dulce en la boca de Paso en la Arena y más dulce en su vientre, y sintió una repentina satisfacción. Las reducidas figuras que lo rodeaban eran amigos. Le habían dado de comer. Era bueno estar sentado así, con amigos y comida, mientras la Mujer de Cabello Ardiente brillaba cabeza abajo en el cielo nocturno.

La voz que le había hablado primero (por un rato no pudo distinguir de qué boca salía), dijo de pronto:

—Ahora eres amigo nuestro. Hacía mucho tiempo que no tomábamos un amigo de sombra de entre la población nativa.

Paso en la Arena no sabía qué significaba aquello, pero parecía cortés y seguro asentir; y lo hizo.

—Dices que cantamos. Cuando llegaste dijiste que cantábamos «la canción de las muchas bocas y todas llenas». Hay un canto en ti ahora; una canción alegre, aunque sin contrapunto.

—¿Quién eres? —preguntó Paso en la Arena—. No distingo cuál de vosotros está hablando.

—Aquí.

Dos hijos de la Sombra se deslizaron —aparentemente— a un lado, y un área oscura que Paso en la Arena había creído sólo la sombra-estrella de una piedra se enderezó, y mostró un rostro consumido y unos ojos brillantes.

—Bien cumplido —dijo Paso en la Arena, y dio su nombre.

—Me llaman el Viejo Sabio —dijo el más viejo de los hijos de la Sombra—. De veras que bien cumplido.

Paso en la Arena advirtió que a través de la espalda del Viejo Sabio se veían débilmente las estrellas, o sea que era un fantasma; pero esto no lo molestó grandemente: los fantasmas —aunque casi siempre se quedaban en el mundo de los sueños, cosa que cualquiera habría imitado de haber podido— eran un hecho de la vida, y un fantasma servicial podía ser un aliado fuerte.

—Me crees una sombra de los muertos —dijo el Viejo Sabio—, pero no es así.

—Todos lo somos —pronunció Paso en la Arena, diplomático—, pero ellos echan sombras que se adelantan.

—No —dijo el Viejo Sabio—, yo no soy eso. Como eres un amigo de la sombra, te diré ahora qué soy yo. ¿Ves a todos los demás, amigos tuyos tan ciertos como yo, reunidos alrededor de estos huesos?

—Sí —Paso en la Arena los había estado contando por miedo a que apareciera otro. Eran siete.

—Dirías que éstos cantan. La canción de las muchas bocas y todas llenas, por ejemplo, o La canción de los curvos caminos del Cielo que quizá nadie ande, La canción de caza, La canción de las penas antiguas que cantamos cuando la Lagartija Guerrera sube a lo alto del cielo de estío y nuestro viejo hogar parece una pequeña gema amarilla en la cola estrellada. Y otras. Tu gente dice que a veces estas canciones les perturban los sueños.

Paso en la Arena asintió, la boca llena.

—Ahora bien, cuando tú me hablas, o tu gente canta en vuestros lugares de dormir, ese canto es una agitación del aire. Cuando tú hablas, o uno de esos otros te habla a ti, eso también es una agitación del aire.

—Una agitación del aire de verdad —dijo Paso en la Arena— es cuando habla el trueno. Y ahora yo siento una pequeña agitación en la garganta cuando te hablo a ti.

—Sí, tu garganta se agita y así hace el aire, como un hombre sacude una rama sacudiendo primero el brazo que la agarra. Pero cuando cantamos nosotros no es el aire lo que se agita. Nosotros agitamos la extensión; y yo soy la canción que cantan todos los hijos de la Sombra, los pensamientos que tienen cuando piensan juntos. Estira las manos hacia adelante así, sin tocarme. Ahora piensa que ya no tienes manos. Eso es lo que agitamos nosotros.

Paso en la Arena dijo:

—Eso es nada.

—Eso que tú llamas nada es lo que mantiene las cosas separadas. Cuando desaparezca, todos los mundos se unirán en una muerte feroz de la cual nacerán nuevos mundos. Pero ahora escúchame.

»Porque te hemos nombrado amigo de la Sombra, antes de que termine esta noche debes aprender a pedirnos ayuda cuando la necesites. Es fácil, y se hace de este modo: cuando oigas nuestro canto (y ahora descubrirás que si escuchas bien, echado o sentado sin moverte y torciendo el pensamiento hacia nosotros, puedes oírnos desde muy lejos), tú has de cantar mentalmente la misma canción. Canta con nosotros, y nosotros oiremos el eco de nuestra canción en tu pensamiento y sabremos que nos necesitas. Prueba ahora.

Todo alrededor de Paso en la Arena los hijos de la Sombra se pusieron a cantar La canción de dormir de día, que habla de la salida del sol; y de la primera luz; de las sombras largas, largas, y de las danzas que los demonios de polvo bailan en las cumbres de las colinas.

—Canta con nosotros —urgió el Viejo Sabio.

Paso en la Arena cantó. Al principio intentó añadir a la canción algo propio, como hacen los hombres en el lugar de dormir; pero los hijos de la Sombra lo pellizcaron y fruncieron el ceño. A partir de entonces cantó La canción de dormir de día como la cantaban los demás, y pronto todos estuvieron danzando en torno a los huesos del venado chinche, como si fuesen demonios de polvo.

Ahora veía que no todos los hijos de la Sombra eran viejos como él había imaginado. Dos por cierto eran rígidos y arrugados. Uno parecía una mujer, aunque como todos los demás sólo tenía algunos mechones de pelo; dos no eran ni jóvenes ni viejos, y dos eran poco más que niños. Mientras danzaban Paso en la Arena les observó las caras, maravillado de que parecieran a la vez jóvenes y viejos; y observó las caras de los otros, que parecían viejos pero jóvenes. Los veía mucho mejor que cuando estaban agachados junto al venado chinche, y se le ocurrió —todo a la vez, de modo que la sorpresa se sumó a la sorpresa— que en el este el negro del cielo estaba dejando paso a una luz púrpura, y que no había sino siete hijos de la Sombra. El Viejo Sabio se había ido. Volvió la cara hacia el sol naciente a medias por instinto, a medias porque pensó que acaso el Viejo Sabio se hubiera ido por ese lado. Cuando se volvió de nuevo, los hijos de la Sombra se habían dispersado detrás de él, lanzándose entre las rocas. Sólo dos eran visibles; luego ninguno. La primera idea que tuvo fue perseguirlos, pero estaba seguro de que ellos no lo desearían. Gritó con fuerza:

—¡Id con Dios! —y agitó los brazos.

Los primeros rayos del nuevo sol le enviaron unas formas de negro y oro que saltaban hacia él. Miró el venado chinche: quedaban algunas hebras de carne, y el tuétano de los huesos si conseguía quebrarlos. Medio en broma les dijo a los restos:

—Cumplida mañana donde hay mucha comida.

Luego comió de nuevo antes de que llegaran las hormigas.

Una hora después, escarbándose los dientes con una uña, pensó en el sueño de la noche anterior. Le pareció que el Viejo Sabio habría podido interpretarlo; deseó habérselo preguntado. Si se dormía ahora, de día, eran pocas las posibilidades de que le llegase un buen sueño, pero estaba cansado y tenía frío. Se estiró a la tibia luz del sol, y notó que la espalda de la mujer que caminaba delante le parecía conocida. Él iba más rápido que ella y pronto pudo ver que era su madre, pero cuando intentó saludarla descubrió que no podía hacerlo. Entonces, él que siempre había sido de pie tan seguro, tropezó con una piedra. Alargó las manos para no hacerse daño; un calambre le recorrió todo el cuerpo y se encontró sentado solo y sudando al calor del sol.

Se levantó temblando aún, sacudiéndose el pedregullo que se le prendía a los miembros mojados y a la espalda. Era pura tontería. Dormir con sol no valía de nada: el espíritu dejaba el cuerpo en seguida y echaba a vagar, y entonces si de veras el sacerdote acudía a él durante el sueño no encontraría nadie que lo recibiera. El sacerdote hasta podía enfadarse con él y no regresar. No; o volvía a la cueva y probaba de nuevo allí, o reconocía el fracaso y se marchaba, lo cual era intolerable. Volvería pues al cañón.

Pero no con las manos vacías. El falso faisán que había llevado antes había sido al fin un regalo inapropiado. Tal vez se debiera a que en cierto modo el sacerdote estaba disgustado con él; pero —reflexionó con cierta satisfacción— también era posible que el sacerdote hubiera pensado en una gran revelación, para la cual un falso faisán era insuficiente. Quizá un venado chinche fuese más satisfactorio, si podía encontrarlo. Él había venido del norte y había visto rastros de caza; ir hacia el este significaría cruzar el cañón del río antes de llegar muy lejos, y hacia el oeste, donde asomaban las montañas ardientes, se extendía un páramo rocoso y sin agua. Fue hacia el sur.

A medida que avanzaba, la tierra se iba elevando lentamente. Al principio la vegetación era escasa, y fue desapareciendo poco a poco. La piedra gris se transformó en piedra roja. Alrededor del mediodía, cuando al fin alcanzó la cumbre de un risco, vio algo que antes sólo había visto dos veces: un diminuto valle húmedo, un oasis en el alto desierto que había conseguido conservar una capa de tierra para que creciera hierba de verdad, unas flores silvestres y un árbol.

El lugar parecía tener un gran significado, pero era posible beber allí y hasta quedarse unas horas si uno se atrevía. Y para el árbol era menos ofensivo —como sabía Paso en la Arena— que uno llegara solo; ventaja que él tenía ahora. Acercándose, según dictaba la costumbre, ni rápido ni despacio, sino con una expresión de cortesía estudiada, se disponía a saludarlo cuando entre las raíces vio una muchacha sentada con un niño en brazos.

Durante un momento, descortésmente, apartó los ojos del árbol. La cara de la muchacha, de forma de corazón y expresión temerosa, no era aún una cara de mujer. Los largos cabellos —y a esto Paso en la Arena no estaba acostumbrado— los tenía limpios; se los había lavado en la poza que había a los pies del árbol, los había desenredado con los dedos, ahora se le desplegaban en una sombra oscura sobre los hombros castaños.

Paso en la Arena saludó ceremoniosamente al árbol, le pidió permiso para beber y prometió no quedarse mucho. Le respondió un murmullo de hojas y, aunque no entendió las palabras, no le parecieron de enfado. Sonrió para mostrar su aprecio; luego fue a la poza y bebió.

Bebía a tragos largos y profundos, como los animales; y cuando se hubo hartado y alzó la cabeza del agua rizada por el viento, vio la imagen de la muchacha bailando junto a la suya. Lo miraba con grandes ojos temerosos; pero estaba muy cerca.

—Cumplida mañana —dijo él.

—Cumplida mañana.

—Soy Paso en la Arena… —pensó en el viaje hasta la cueva, en el venado chinche, el falso faisán y el Viejo Sabio—. Paso en la Arena el que ha viajado lejos, el gran cazador, el amigo de la sombra.

—Yo soy Siete Niñas que Esperan —dijo la muchacha—. Y ésta —sonrió tiernamente al bebé que llevaba en brazos— es María Mariposas Rosadas. La llamé así por las manitas, ¿sabes? Cuando está despierta las agita para mí.

Paso en la Arena, que en su corta vida había visto cuántos niños vienen y cuan pocos viven, asintió sonriendo.

La muchacha se volvía a mirar la poza que había al pie del árbol, el árbol, las flores y la hierba; a todo, menos a Paso en la Arena. Él vio que los dientes menudos y blancos como ratones de nieve asomaban para tocar los labios y después se escondían. El viento hacía dibujos en la arena y el árbol dijo algo que Paso en la Arena no entendió; aunque quizá lo entendiese Siete Niñas que Esperan.

—¿Quieres… tener aquí tu lugar de dormir por esta noche? —preguntó ella, vacilante.

Él comprendió lo que ella quería decirle, y muy amablemente respondió:

—No tengo comida que compartir. Lo siento. Yo cazo, pero lo que encuentro he de reservarlo como regalo para el sacerdote de Siempretrueno. ¿No duerme nadie donde tú duermes?

—En ninguna parte había nada. Mariposas Rosadas era nueva, y yo no podía andar mucho… Dormimos allá, después de la roca torcida —se encogió de hombros como si no hubiera nada que esperar.

—Yo nunca he conocido eso —dijo Paso en la Arena—. Pero entiendo lo que puede sentirse entonces, estar solo y esperar a que vengan cuando no viene nadie. Tiene que ser terrible.

—Tú eres hombre. Eso no te pasará hasta que seas viejo.

—No quería enfadarte.

—No estoy enfadada. Tampoco estoy sola; Mariposas Rosadas está conmigo todo el tiempo, y yo tengo leche para darle. Ahora dormimos aquí.

—¿Todas las noches?

La muchacha asintió, a medias desafiante.

—No es bueno dormir más de una noche donde hay un árbol.

—Mariposas Rosadas es hija suya. Lo sé porque mucho antes de que naciera él me lo dijo en un sueño. Le gusta tenerla aquí.

Cuidadosamente Paso en la Arena dijo:

—Todos nacimos de mujeres preñadas por árboles. Pero pocas veces quieren que nos quedemos con ellos más de una sola noche.

—¡Con nosotras él es bueno! Cuando viniste pensé… —la voz de la muchacha bajó, hasta apenas oírse bajo el susurro del viento en la hierba— que a lo mejor te había enviado él a traernos algo de comer.

Paso en la Arena miró la pequeña poza.

—¿Hay peces aquí?

Humildemente, como si confesara una falta, la muchacha dijo:

—No he logrado encontrar ninguno desde… desde…

—¿Cuándo?

—Desde hace tres días. Así estuvimos viviendo. Yo comía los peces de la poza y tenía leche para Mariposas Rosadas —bajó la mirada al bebé y la alzó de nuevo a Paso en la Arena, rogándole con los ojos que le creyera—. Acaba de beber. Había leche suficiente.

Paso en la Arena miraba el cielo.

—Va a hacer frío —dijo—. Mira qué claro está.

—¿Harás aquí tu lugar de dormir esta noche?

—Toda la comida que encuentre he de regalársela al sacerdote —le contó lo que había soñado.

—Pero ¿volverás?

Paso en la Arena asintió, y ella le describió los mejores lugares para cazar; los lugares donde su gente había encontrado caza.

Subir la larga cuesta rocosa que se alzaba sobre el árbol, la poza y la hierba viva le llevó la mayor parte de una hora. En la roca torcida —un encorvado dedo de piedra que por cierta erosión calamitosa apuntaba al cielo— encontró el lugar de dormir que había usado la gente de ella: las rocas que habían cobijado del viento a los duermientes, raspadas huellas que el tiempo aún no había borrado, relucientes huesos de animalitos. Mas el lugar de dormir no tenía para él utilidad ni interés.

Estuvo cazando hasta que asomó la esfera hermana, y nada encontró, y habría dormido donde estaba; pero le había prometido a la muchacha que volvería, y en el aire había ya un espíritu glacial. Como esperaba, la encontró tendida entre las enmarañadas raíces del árbol, con los brazos rodeando al bebé.

Exhausto, se arrojó junto a ella. La muchacha despertó, sobresaltada, y en seguida lo miró con una sonrisa; de repente él se alegró de haber vuelto.

—¿Cazaste algo? —dijo ella.

Él sacudió la cabeza.

—Yo sí. Mira. Pensé que quizá lo quisieras para tu regalo.

Mostró un pececillo, ya duro de frío. Paso en la Arena lo tomó; luego meneó la cabeza. Si el falso faisán había sido inadecuado, esto sin duda lo sería aún más.

—Un pez se echaría a perder antes de que yo llegara allí —dijo.

Con los dientes abrió un agujero en la panza, lo amplió metiendo los dedos hasta que pudo arrancar los intestinos y quitó la mayoría de las espinas, dejando dos pequeñas lonjas de carne. Le dio una a la muchacha.

—Muy bueno —dijo ella tragando—. ¿Adónde vas?

Paso en la Arena se había levantado, masticando todavía, y estiraba los músculos fríos y cansados a la luz azul de la esfera hermana.

—A cazar —respondió—. Antes me entretuve buscando algo grande, algo que pudiera llevar de regalo. Ahora buscaré algo pequeño, sólo para que comamos esta noche. Ratones de roca, tal vez.

Entonces se fue, y la muchacha se quedó estrechando a la niña, mirando entre las hojas la brillante franja de La Cascada y los anchos mares y dispersas tormentas de la esfera hermana. Luego se le cerraron los ojos y pudo arrancar la esfera del árbol. Se llevó la cascara azul a los labios y saboreó la dulzura. Luego volvió a despertarse, con el dulce zumo todavía en la boca. Alguien se inclinaba hacia ella, y por un momento se asustó.

—Ven —era él, Paso en la Arena—. Despiértate. He encontrado algo.

La muchacha sintió otra vez los dedos de él en los labios: estaban pegajosos, y olían a fruta, flores y tierra. Ella se levantó, apretando contra sí a Mariposas Rosadas, los prominentes pechos calentando el estómago y las piernas de la niña (para eso eran, aparte de la leche), los brazos envolviendo el cuerpecito, temblando. Paso en la Arena tiró de ella.

—Ven.

—¿Es lejos?

—No, no muy lejos.

Era lejos, y él quiso llevar a Mariposas Rosadas, pero sabía que Siete Niñas que Esperan temería que le hiciese daño. Iban hacia el noroeste, donde nacía el río. Cuando al fin llegaron, Siete Niñas que Esperan se tambaleaba. Había un pequeño agujero oscuro donde Paso en la Arena había pisado la tierra con el talón.

—Aquí —dijo—. Paré a descansar aquí, y acercando la oreja los oí hablar.

Con dedos fuertes desgarró el suelo, que parecía sólido, apartando los terrones; luego, oscuro como los otros a la luz azul de la esfera hermana, surgió un terrón goteante. Hubo un leve murmullo. Partió el panal en dos, y se metió la mitad en la boca, y puso la otra mitad en la boca de ella. De pronto ella comprendió que estaba muerta de hambre y masticó y tragó frenéticamente, escupiendo la cera.

—Ayúdame —dijo él—. No te picarán; hace demasiado frío. Bastará que te las sacudas.

Estaba cavando de nuevo y ella se le unió, dejando a Mariposas Rosadas a resguardo después de untarle con miel la boquita y luego las manos para que se lamiera los dedos. Comieron no sólo la miel sino las gordas larvas blancas, hurgando y masticando hasta tener los brazos y la cara, el cuerpo entero, pegajoso y empolvado de tierra carcomida de abejas; Paso en la Arena metiendo los hallazgos más escogidos en la boca de la muchacha y ella los mejores descubrimientos en la de él; apartando las abejas estupefactas y hurgando y volviendo a comer hasta que felices y ahítos cayeron uno en brazos de otro. Ella se abrazó a Paso en la Arena, apretando el estómago duro y redondo como un melón contra las costillas y la piel de él. Le apoyó los labios en la cara, y estaba sucia y dulce.

Él le movió suavemente los hombros.

—No —dijo ella—. Tú encima no. Escupiría. Me haría mal. Así… —el árbol de él había crecido, y ella lo envolvió con las manos.

Después pusieron a Mariposas Rosadas entre sus cuerpos sudorosos para darle calor, y el resto de la noche durmieron, los tres, apretados en un nudo de piernas y suspiros.

A los oídos de Paso en la Arena llegó el bramido de Siempretrueno. Se levantó y fue a la cueva del sacerdote, pero esta vez, aunque estaba tan oscuro como antes, lo veía todo. Había encontrado el poder, no sabía dónde, de ver sin ojos y sin luz; la cueva se extendía a ambos lados y delante de él en un revoltijo de lajas caídas.

Caminó hacia adelante y subiendo. Estaba más seco. El suelo se volvió arcilla pedregosa. Carámbanos de piedra colgaban de las sudorosas piedras de arriba y surgían del suelo hasta que anduvo como en la boca de una bestia. El suelo era ahora todavía más seco, y no había más dientes de piedra; sólo la tosca lengua de arcilla y la abovedada garganta encogiéndose cada vez. Entonces vio la cama del sacerdote con los huesos de los regalos en torno, y el sacerdote se alzó en su cama a mirarlo.

—Lo siento —dijo Paso en la Arena—, tienes hambre y no te traigo nada.

Entonces tendió las manos y vio que tenía un panal chorreante en una y una masa de gordas larvas cementadas con miel en la otra. El sacerdote los tomó, con una sonrisa, y agachándose eligió de entre las pilas de huesos un cráneo de animal, que le tendió a Paso en la Arena.

Paso en la Arena lo tomó; estaba seco y frío, pero la mano del sacerdote lo había manchado de sangre fresca, y al mirarlo vio que la sangre le daba vida: el hueso se volvía nuevo y húmedo, se marmolaba de venas oscuras, se cubría de piel y pelo. Era una cabeza de nutria. Los ojos, líquidos y vivos, miraban a Paso en la Arena a la cara.

Vio en ellos el río donde la nutria había nacido; el río cuyos hilos corrían junto al panal expoliado; vio el agua que se hundía entre altas colinas buscando la verdadera superficie del mundo; la vio precipitarse en torrentes por Siempretrueno y pasar de trepidantes rápidos a rumorosos arroyos y al fin a un amplio cauce de media milla, serpenteando entre los pantanos casi sin corriente. Vio un rígido vuelo de garzas peludas y garcetas, sapos amarillos peleando por la posesión del viento; y a través de la lenta agua verde, como si estuviese nadando a veinte pies de profundidad entre las piedras y la grava de la arena del fondo nacido de montañas, la figura de la nutria. Con una piel marrón que era casi negra, surcó las aguas igual que una serpiente hasta que, cerca de él, viró dando el costado y él vio las patas cortas y fuertes braceando, separadas a un dedo del fondo arenoso pero aparentando caminar por él.

—¿Qué? —dijo—. ¿Qué?

Mariposas Rosadas se retorcía contra él. Silenciosamente la ayudó a alcanzar uno de los pechos de su madre; luego ahuecó la mano sobre el otro. Tenía frío y pensaba en su sueño, pero el sueño parecía lejos de haber terminado.

Estaba junto a un río ancho, los pies en el barro. No había amanecido del todo, pero las estrellas empezaban a apagarse. Unos torrentes se rizaban en el viento del alba, y las olas corrían hacia la linde del mundo. Metidos hasta las pantorrillas en el agua, con lentos remolinos circundándoles las piernas, estaban Pies Voladores, Dedo de Sangre, Hojas que se Comen, la niña Dulceboca y Ondulante Rama de Cedro.

Detrás de él había dos hombres. Las gentes de los prados de agua, sabía, alejaban a los jóvenes de las mujeres hasta que el fuego de las montañas les probaba la hombría y les dejaba muslos y espalda marcados con cicatrices. Estos hombres tenían cicatrices así, y se habían anudado el pelo en mechones, y llevaban hierba en las muñecas y capullos de cera en el cuello. Un hombre con la cabeza marcada entonaba un cántico; luego se interrumpía. Él veía que Pies Voladores miraba al hombre que ponía los ojos en él, y luego retrocedía hasta un lugar donde de repente el río era más hondo. Pies Voladores se hundía, debatiéndose. Los hombres marcados lo atrapaban. Con el forcejeo el agua se encrespaba; pero los hombres marcados, hundidos ahora hasta la cintura, se inclinaban sobre él y lo mantenían hundido. El forcejeo decrecía, y Paso en la Arena, sabiendo que soñaba —Paso en la Arena dormido junto a Siete Niñas que Esperan— pensaba soñando que si él fuese Pies Voladores se fingiría muerto hasta que lo sacaran de nuevo al aire. Mientras, Pies Voladores ya no encrespaba el río. El limo alzado por su pataleo se alejaba, dejando el agua clara. Los brazos y piernas de Pies Voladores yacían inertes, y su largo pelo era como una estela de algas. El Paso en la Arena del sueño se le acercaba a los trancos, levantando mucho los pies, apenas salpicando cuando tocaba la superficie. Miraba el vacío rostro blanco que estaba bajo el agua, y mientras miraba, los ojos se le abrían, y también la boca, y había allí un dolor que se desvanecía y aflojaba, pues los ojos ya no veían.

Paso en la Arena no podía respirar. Se sentó temblando, tragando aire, con el pecho oprimido. Se incorporó con la sensación de que debía empujar la cabeza por encima de un agua que no veía. Siete Niñas que Esperan se movió, y Mariposas Rosadas se despertó gimoteando.

Las dejó y fue hasta lo alto de una pequeña loma. Como en el sueño iba a salir el sol, y el reflejo de su cara volvía el este rosa y púrpura.

Cuando Siete Niñas que Esperan bebió en el río y se puso a alimentar a Mariposas Rosadas, él le explicó el sueño…

—Pies Voladores pensó como yo: quiso fingirse muerto. Pero los hombres de los pantanos conocían la treta y… —Pies en la Arena se encogió de hombros.

—Dijiste que no podía levantarse —dijo ella, práctica—, así que habría muerto igual.

—Sí.

—¿Cazarás hoy? Sigues necesitando un regalo, y ya que ayer no nos quedamos en el árbol, hoy podrías dormir allí.

—No creo que el sacerdote requiera de mí otro regalo —dijo despacio Pies en la Arena—. Yo creía que no me estaba ayudando, pero ahora sé que el sueño de flotar y mirar las estrellas lo soñé porque él me ayudó, y en el sueño que soñé de día de andar con mi madre y en otros muchos también me ayudó, y lo mismo en el sueño que soñé anoche. De veras, los hombres del pantano tienen a mi gente.

Siete Niñas que Esperan se sentó, con Mariposas Rosadas en el regazo y sin mirarlo a la cara.

—Esos hombres están muy lejos.

—Sí, pero mi sueño me ha mostrado cómo viajar deprisa.

Paso en la Arena fue hasta el borde del arroyuelo que se haría el gran río y bajó los ojos. El agua era muy clara, y le llegaría a la cintura. El fondo era de arena y piedras. Se zambulló.

La corriente, rápida incluso allí, lo arrastró alejándolo de la orilla. Por un momento sacó la cabeza del agua. Siete Niñas que Esperan estaba ya muy lejos, y era una figura brillante a la luz nueva del sol; agitaba la mano y alzaba a Mariposas Rosadas para que él la viera, y él supo que estaba diciendo: «¡Ve con Dios!».

El agua lo arrastró de nuevo y él se volvió sobre el vientre y pensó en la nutria, imaginando que él tambien tenía los agujeros de la nariz cerca de la coronilla y, en vez de piernas y brazos, patas de nadar cortas y poderosas. Braceó y se dejó llevar, una y otra vez, y en ocasiones parando a ver si oía un rugido de cataratas.

Pasó por muchas, dejando el río para bordearlas a pie. Por las menos rápidas nadaba, y en cada una se volvía más diestro. A lo largo de medio cañón de Siempretrueno llevó consigo un gran pez para dejarlo como ofrenda en la cueva del sacerdote. En las pozas profundas las corrientes lo enviaban girando hacia el fondo, hasta que esa fuerza se agotaba y él quedaba suspendido en la luz verde, el pelo rodeándole la cara como una nube, y fluyendo luego detrás cuando él subía a la superficie entre cristalinas esferas de aire.

Más tarde ese día, pasó por el país que le era más familiar, las colinas rocosas donde erraban los suyos; pues desde la mañana había llegado más al norte de lo que en cinco días viajara hacia el sur en camino a Siempretrueno. Llegó el anochecer, y en un tramo del río más tranquilo gateó a una ribera arenosa, descubriéndose casi demasiado exhausto para sacar el cuerpo fuera del agua. Durmió en la arena al cobijo de unas hierbas altas, y no miró para nada las estrellas.

A la mañana siguiente anduvo por la playa media hora antes de sentir hambre y meterse de nuevo en el agua. Ahora todo era más fácil. Abundaban los peces y atrapó uno excelente, y después un pato, nadando bajo el agua —abiertos los ojos y los miembros casi quietos— hasta que pudo aferrar a la desdichada criatura por los pies.

También el río se había amansado; y si Paso en la Arena no se precipitaba muy deprisa, el avance era menos agotador. Las aguas fluían blandamente entre colinas boscosas; luego, mucho más anchas, se deslizaban por tierras bajas donde unos grandes árboles hundían las raíces en el agua y desde ambos lados arqueaban unas ramas hasta cincuenta pies por encima del cauce. Al fin pareció estancarse en una planicie donde se extendían sin límite juncos salpicados de árboles y matas; y la fría agua inanimada cobró, por medios que Paso en la Arena no comprendía, un gusto a sudor.

Entonces llegó de nuevo la noche, pero no hubo ribera amiga. Con cautela, por sobre el fango rezumante hizo media milla de camino hasta alcanzar un árbol. Arriba unas aves de agua trazaban círculos, llamándose unas a otras y a veces gimiendo, como si también para ellas la muerte del sol significara espanto y muerte, una noche de miedo.

Al llegar al árbol le habló, pero no hubo respuesta y sintió que, cualquiera fuese el poder que moraba en los solitarios árboles de oasis de su propia tierra, aquí estaba ausente; que ese árbol no hablaba ni con los invisibles ni con él, y que no engendraba bebés en las mujeres. Después de pedir permiso —al fin y al cabo, quizá se equivocaba—, trepó a una alta horqueta para dormir. Unos pocos insectos lo encontraron, pero el frío los aturdía. El cielo se había veteado de nubes, por entre las cuales la luz exangüe de la esfera hermana brillaba sólo irregularmente. Durmió; luego se despertó. Y primero olió, luego oyó y por fin en los escasos rayos vio acercarse al trote un oso demonio, enorme, patigrueso y pestilente.

Casi volvió a dormirse. Pena, pena, pena.

Pena no, pensó; aunque al acordarse de Siete Niñas que Esperan y de Mariposas Rosadas y del árbol vivo, pensante, que gobernaba benignamente la laguna y el prado en flor en el país de las piedras resbaladizas, algo le dolió.

Pena, pena, pena, cantaba el viento de la noche, jadeante.

Pena no, se dijo por dentro: odio. Los hombres del pantano han matado a Pies Voladores, que algunas veces, cuando él era pequeño, le había dado de comer de lo mucho que tenía. Matarían a Dedo de Sangre y a Hojas que se Comen, a Dulce Boca y a su madre.

Pena, canta pena.

Pena no, pensó: el viento, el árbol. Se sentó, escuchando para convencerse de que sólo oía los suspiros del viento, o acaso los murmullos del árbol, que estaba recordando sitios mejores. Fuera lo que fuese —quizá, por cierto, se había equivocado respecto a ese solitario árbol con su ruedo de juncos— no era un sonido de enojo. Era… nada.

El viento perdido suspiraba, pero no con palabras. Alrededor las hojas se estremecían apenas. Muy arriba y muy lejos resonó el trueno. Pena, cantaron muchas voces. Pena, pena, pena. Soledad, y la noche que viene para no irse nunca.

El viento no; no el árbol. Los hijos de la Sombra. En alguna parte. Paso en la Arena dijo, en voz baja:

—Cumplida mañana. No me siento solo ni triste, pero cantaré con vosotros.

Pena, pena, pena. Recordó que el Viejo Sabio había dicho: «Porque te hemos nombrado amigo de la Sombra, antes de que termine esta noche has de aprender a pedirnos ayuda cuando la necesites». Con optimismo de niño, había esperado liberar a su gente sin recurrir a extraños, pero si los hijos de la Sombra querían ayudarlo él no se negaría.

—Soledad —cantó con ellos, y entonces, cerrando los labios y abriendo la mente a las nubes y las vacías millas de agua y juncos—, y la noche que viene para no irse nunca.

Pena, pena, pena, cantaron de nuevo los hijos de la Sombra en alguna parte; pero ahora esa canción de la mente parecía menos una expresión de sentimientos y más un rito, una canción tradicional para estas circunstancias. Lo habían oído. Ven a nosotros, amigo de la Sombra. Auxílianos en nuestra pena.

Intentó hacer alguna pregunta, y descubrió que no podía. Porque su pensamiento ya no era el pensamiento de la canción, porque ya no oscilaba ni pedía junto con los demás; el contacto se había roto y él estaba solo.

Auxílianos, auxílianos, cantaron los hijos de la Sombra. Ayúdanos.

Paso en la Arena bajó del árbol, temblando al pensar en el oso demonio. Lejos en la noche un pájaro rió malignamente. No sólo le era difícil decir de dónde venía el canto; al andar la sensación se le confundía con los movimientos de la mente. Se detuvo, primero tieso y de pie, luego apoyado contra el tronco de un árbol, por fin con los ojos cerrados y echando la cabeza atrás.

Pena, pena, pena. Una dirección —tal vez— noroeste; alejándose en diagonal del cauce principal del río. Miró el cielo, esperando orientarse con el Ojo del Frío, pero las nubes, apretadas fila tras fila, no dejaban ver estrella alguna más de un instante.

Anduvo y chapoteó; luego hizo alto, incómodo por su propio ruido. Alrededor el pantano parecía escuchar. Probó de nuevo, y en unos cientos de pasos ideó un modo de caminar razonablemente silencioso. Con las rodillas en alto, movía rápidamente las piernas en el agua y las depositaba arqueando los pies como un buceador. Como un pájaro de vado, pensó. Recordó las veces que había visto al patilargo y emplumado ensartasapos dando zancadas por la margen del río. En verdad que soy Paso en la Arena.

Pero bajo los pies ahora había fango. Varias veces tuvo miedo de hundirse, y varios animales en cierto modo parecidos a las ratas de roca se escabullían ante él o se zambullían en los charcos. Algo que no alcanzaba a ver le silbaba desde matorrales de juncos y negras bocas de madriguera.

Pena, pena, pena, cantaron los hijos de la Sombra, ahora más cerca. El suelo, si bien blando aún, ya no estaba cubierto de agua estancada. Paso en la Arena se movía de una sombra a otra, quieto cuando las nubes filtraban la luz de la esfera hermana. Una voz —una fina voz de hijo de la Sombra, pero voz real que llegaba a los oídos— dijo, a cierta distancia pero claramente:

—Están esperando para atraparlo.

—No lo atraparán —respondió una segunda, mucho menos clara—. Es nuestro amigo. Los matará… los mataremos a todos.

Paso en la Arena se agazapó entre unas cañas. Cinco minutos, diez minutos estuvo sin moverse. Arriba las nubes huían hacia el este y eran reemplazadas por otras. El viento balanceaba los juncos, susurrando. Al cabo de largo rato una voz, no de hijo de la Sombra, dijo:

—Se han marchado. Si es que estuvieron alguna vez. Los oyeron.

Una segunda voz gruñó. A cien o más pasos delante de él le pareció que algo se movía; más que verlo lo oyó. Otros cinco minutos después dio media vuelta y echó a caminar.

Una hora más tarde supo que había cuatro hombres esperando en los ángulos de un tosco cuadrado, y sospechó que en el centro estaban los hijos de la Sombra. Que lo cazaran no era una experiencia nueva —dos veces, de niño, lo habían cazado hombres famélicos— y ahora sería más sencillo escabullirse y encontrar un nuevo lugar de dormir o volver al antiguo. En cambio se arrastró hacia adelante, con miedo y excitación a la vez.

—Pronto habrá luz —dijo uno de los hombres, y otro le respondió:

—Todavía pueden venir más; calla.

Paso en la Arena había llegado casi al centro del cuadrado.

Avanzó despacio, a gatas. Tocó el aire con la mano. Delante de él la tierra ya no era lisa. Tanteó. La tierra caía en una cuesta empinada, muy blanda.

Atisbo la oscuridad, y una aflautada voz de Sombra dijo en un susurro:

—Te vemos. Avanza un poco más, si puedes, y alarga las manos.

Unos diminutos dedos esqueléticos le tomaron las manos. Paso en la Arena sintió que tiraban de él y que muy cerca había una forma pequeña y oscura; un tirón más y hubo otra. Tres, pero la primera ya se había apagado entre las cañas. Cuatro, pero junto a él sólo el recién llegado. Cinco, y él y el quinto estuvieron solos. Casi tendido en el suelo, dio media vuelta y empezó a gatear retrocediendo. Alrededor hubo ruidos sigilosos, y uno de los cazadores, casi al oído —le pareció—, dijo:

—Ve a mirar.

Luego un estruendo, como si se hubieran quebrado cien cañas, y el confuso ruido de una pelea. A la derecha un hombre se incorporó y echó a correr. Cuando pasaba, el hijo de la Sombra más próximo se le lanzó a los tobillos y el hombre del pantano cayó hacia adelante.

Casi antes de que golpeara el suelo, Paso en la Arena estaba sobre él, hundiendo en el cuello los pulgares despiadados como piedras. Destelló el relámpago, y vio la cara contorsionada, y dos manitas que se alargaban a arrancarle los ojos al hombre del pantano.

Luego estuvo de pie; no se veía nada, y los del pantano aullaban y una voz fina estaba gritando. Frente a él asomó un hombre, y Paso en la Arena le dio un experto puntapié, y luego, con las manos, tiró la cabeza hacia abajo y la golpeó con las rodillas; dio un paso atrás y sobre los hombros del hombre había un hijo de la Sombra, las descarnadas piernas trabando la garganta y los dedos hundidos en el pelo.

—Ven —lo urgió Paso en la Arena—. Tenemos que huir.

—¿Por qué? —el hijo de la Sombra parecía sereno y feliz—. Estamos ganando.

El hombre en el que estaba montado, que se había doblado de dolor, se enderezó tratando de liberarse; el hijo de la Sombra afirmó las piernas y el hombre del pantano cayó de rodillas delante de Paso en la Arena. De pronto se hizo el silencio; un silencio mucho mayor, en verdad, que el que había habido antes de que los descubriesen, porque ahora enmudecían los insectos y las aves nocturnas. El viento ya no agitaba los juncos. Una voz de hijo de Sombra dijo:

—Se ha acabado. Son una buena partida, ¿no?

Paso en la Arena, que no estaba tan seguro de que no habría más pelea, respondió:

—No dudo de que los tuyos son valientes, pero a dos de esta gente de las marismas los vencí yo.

El hombre que un momento antes había caído de rodillas se levantó con una sacudida, y guiado por el hijo de la Sombra que tenía en los hombros, se alejó tambaleándose.

—No me refería a nosotros —dijo la voz que le hablaba a Paso en la Arena—. Me refería a ellos. Aquí hay de sobra para varios festines. Ahora se encontrarán todos junto al agujero donde nos habían encerrado. Acércate por allí y verás.

—¿Tú no vienes? —Paso en la Arena había estado buscando al que hablaba, pero no podía localizarlo.

No hubo respuesta. Se volvió, y no tardó en encontrar el camino del foso. Allí estaban los cuatro hombres, tres de ellos con jinetes en los hombros, el cuarto gimiendo y tambaleándose, restregándose las cuencas de los ojos con manos ensangrentadas. Otros dos hijos de la Sombra se habían acuclillado en la pisoteada hierba del pantano.

A espaldas de Paso en la Arena una voz dijo:

—Esta noche deberíamos comernos al ciego. A los demás podemos arrearlos a las colinas para compartirlos con amigos.

El ciego gimió.

—Ojalá te pudiera ver —dijo Paso en la Arena—. ¿Eres el mismo Viejo Sabio con el que hablé hace tres noches?

—No.

De alguna parte surgió un sexto hijo de la Sombra. A la débil luz —hasta los ojos de Paso en la Arena no alcanzaban a ver más que formas borrosas y contornos; los montados eran bultos más presentidos que vistos— parecía totalmente sólido, pero más viejo que todos los demás. La luz de las estrellas, cuando las nubes le daban permiso, le cabrilleaba en la cabeza como sobre una escarcha.

—Sólo por tu canto supimos que eras amigo de la Sombra. Eres muy joven. ¿Sólo han pasado tres noches desde que te hiciste de los nuestros?

—Soy vuestro amigo —dijo Paso en la Arena con cuidado—, pero no creo que sea uno de vosotros.

—Mentalmente. Sólo la mente es significativa.

—Las estrellas… —era el ciego, y la voz habría podido ser la de un herido que por entre labios lívidos hablaba con una lengua sangrante—. Si estuviera aquí Última Voz, nuestro andariego de estrellas, os lo explicaría. Dejar el cuerpo atrás para errar por las estrellas y montarse a la espalda de la Lagartija Guerrera. Ver lo que ve Dios para saber qué se sabe y qué se debe hacer.

—En mi país los hay que hablan así —dijo Paso en la Arena—, y nosotros los llevamos al borde de los riscos… y más allá.

—Las estrellas le hablan a Dios —murmuró tercamente el prisionero ciego—, y el río habla a las estrellas. Los que miran las aguas nocturnas pueden ver en las ondas cómo se acercan las estrellas movedizas. Nosotros les damos vuestras vidas, montañeses ignorantes, y si una estrella cambia de lugar oscurecemos el agua con la sangre del andariego.

El Viejo Sabio parecía haberse ido. Paso en la Arena ya no lo veía entre los callados, expectantes hijos de la Sombra, pero reconoció la voz:

—Basta de hablar. Aquí hay hambre.

—Un momento más. Quiero preguntar por mi madre y mis amigos. Están todos prisioneros de esta gente.

El ciego replicó:

—Antes haz que se vayan los no-hombres.

—Marchaos —dijo Paso en la Arena, y los dos hijos de la Sombra movieron los pies sobre la hierba con un ruido de cascos, pero se quedaron donde estaban—. Se han ido —dijo Paso en la Arena—. ¿Qué es entonces de los prisioneros?

—¿Fuiste tú quien me cegó?

—No, un hijo de la Sombra; mías son las manos que tuviste en la garganta.

—Te trajo aquí su canto.

—Sí.

—Así conseguimos mantenerlos donde no hay otros hombres, cerca de las colinas. Y a menudo el canto trae a otros de su especie, hasta que a veces tenemos una veintena, pues si ellos pueden escaparse no les importa que se coman a sus amigos. Pero en cambio, a veces, como ahora, perdemos nosotros lo que tenemos; aunque nunca pensé que a mí fuera a pasarme algo semejante. Pero yo nunca he conocido el canto que atrae a un muchacho.

—Soy un hombre. He conocido mujer y he soñado grandes sueños. Vosotros ahogasteis a Pies Voladores, mancillando con esa muerte la pureza de Dios. ¿Qué es de los otros?

—¿Intentarás salvarlos, Dedos en mi Garganta?

—Me llamo Paso en la Arena. Sí, si puedo.

—Están muy al norte de aquí —dijo la terrible voz del ciego—. Cerca del gran observatorio de El Ojo. En el foso llamado El Otro Ojo. Pero yo ya no tengo mi ojo, y tampoco el otro. Dime, ¿cómo están ahora las estrellas? Debo saber cuándo llega el momento de morir.

Paso en la Arena levantó la mirada, aunque las raudas nubes lo cubrían todo; y mientras lo hacía, el ciego embistió. Al instante los hijos de la Sombra se abalanzaron sobre él como hormigas sobre una carroña, y Paso en la Arena le pateó la cara. Los otros prisioneros echaron a correr.

—¿Comerás esta carne con nosotros? —preguntó el Viejo Sabio cuando el ciego fue al fin sometido—. Como amigo de la Sombra eres de los nuestros, y puedes comer esta carne sin desgracia.

Había reaparecido, aunque no había participado en la lucha con el ciego; al menos, una de las tenues figuras parecía ser él.

—No —dijo Paso en la Arena—. Ayer comí bien. Pero ¿no perseguiréis a los que huyeron?

—Más tarde. Cargados con éste no los alcanzaríamos nunca, y si lo dejáramos solo él también escaparía, ciego o no. Podríamos romperle las piernas, pero anda rondando un oso demonio; antes de que llegaras lo venteamos.

Paso en la Arena asintió.

—Yo también.

—¿Quieres ver la muerte de éste?

—Podría seguir el rastro de los otros —dijo Paso en la Arena, y se le ocurrió que sin duda escaparían rumbo al norte, corriente abajo. Hacia el foso llamado El Otro Ojo.

—Es un buen pensamiento.

Paso en la Arena dio media vuelta. No había andado diez pasos cuando llegó la lluvia; a través de su repique oyó los estertores de la muerte del ciego.

Vino el día, claro y frío. Cuando el sol estuvo un palmo por sobre el horizonte desaparecieron las últimas nubes, dejando el cielo de un azul tocado de negro y moteado de tenues estrellas. En los prados de agua las cañas se inclinaban y crujían al viento, y de vez en cuando un pájaro, montando el aire turbulento —como Paso en la Arena montara la atronadora corriente del río—, cruzaba el firmamento de extremo a extremo.

Seguir el rastro de los tres fugitivos no había sido difícil. Los hombres de los pantanos eran pescadores, luchadores, gente que buscaba presas pequeñas; pero no cazadores, según se entendía la caza en las montañas. Si bien no los había visto aún, un centenar de pistas le decían que no iban muy por delante: una hierba rota que pugnaba por levantarse, unas pisadas en barro todavía acuoso. Y también había señales de otros hombres. Los senderos que ahora tomaban los perseguidos eran más que huellas de caza, y había en la tierra una presencia como no había habido en las vacías millas que se extendían al pie de las mesetas: una presencia cruel y distante, que pensaba pensamientos hondos, desdeñosa de todo lo que hubiera por debajo de las nubes.

Al mismo tiempo, era consciente de que los hijos de la Sombra estaban siguiéndolo. En las últimas horas de la noche les había oído La canción de muchas bocas y todas llenas, y luego La canción del sueño diurno; ahora callaban, pero el silencio era una presencia.

Los tres fugitivos estaban cansados: en el barro se veía que arrastraban los pies, que tropezaban. Pero nada ganaría si se les adelantaba sin los hijos de la Sombra, y ciertamente a él le servían de poco, salvo como aliciente para adentrar a los hijos de la Sombra en las tierras húmedas, donde quizá lo ayudasen. Él también estaba exhausto, y habiendo encontrado un lugar lo bastante seco como para albergar unas matas, se durmió.

«¿Dónde está?», preguntó Última Voz, y Viento del Este, que lo había visto todo, se lo dijo. «¡Ahí!», exclamó Última Voz.

Atraparon a Paso en la Arena al crepúsculo; un gran anillo de gente. Habían venido por detrás y lo cercaron por todos lados, grandes hombres con cicatrices y ojos feos. Corrió de una parte del círculo a la otra, de un extremo a otro, sin encontrar salida, los hombres cada vez más cerca hasta juntar hombro con hombro, él esperando la oscuridad pero atrapado —finalmente— en la oscuridad. Luchó con fuerza y lo hirieron.

Cinco días lo tuvieron allí; después toda una noche lo obligaron a caminar delante de ellos y a la primera luz lo arrojaron en el foso que se llama El Otro Ojo. Ya había allí cuatro. Eran su madre, Ondulante Rama de Cedro, Hojas que se Comen, el viejo Dedo de Sangre y la muchacha Dulce Boca.

—¡Hijo mío! —dijo Ondulante Rama de Cedro, y lloró. Estaba muy flaca.

Durante medio día Paso en la Arena intentó escalar los muros de El Otro Ojo. Se hizo empujar por Hojas que se Comen y la muchacha Dulce Boca, y le pidió al viejo Dedo de Sangre que se apoyara en la arenosa cuesta mientras Hojas que se Comen se le subía encima para que él, Paso en la Arena, pudiera trepar sobre ambos y escapar; pero los muros del foso llamado El Otro Ojo son de arena tan blanda que desaparecen bajos los pies y las manos, y cuanto más los tira uno hacia abajo más difícil es trepar. Dedo de Sangre perdió pie y Paso en la Arena cayó, y volvieron a estar como antes.

A eso de una hora después del mediodía, al borde del foso apareció otro Paso en la Arena y estuvo largo rato mirando hacia abajo. Paso en la Arena, en el foso, alzaba los ojos y se veía a sí mismo. Entonces unos hombres con cicatrices trajeron una larga liana, y aferrando una punta lanzaron la otra abajo.

—Ése —dijo el Paso en la Arena que estaba en el lugar alto, y señaló al verdadero Paso en la Arena.

Paso en la Arena sacudió la cabeza. No.

—No serás sacrificado; no todavía. Sube.

—¿Seré liberado?

El otro se rió.

—Entonces… si quieres hablarme, hermano, debes bajar.

Viento del Este miró a los hombres que sujetaban la liana, encogió los hombros como medio en broma, y con las manos en la enredadera se deslizó hasta abajo.

—Deseo verte mejor —le dijo a Paso en la Arena—. Tienes mi cara.

—Tú eres mi hermano —dijo Paso en la Arena—. He soñado contigo, y mi madre me habló de ti. Dos fuimos paridos, y para lavarnos ella me sostuvo a mí y a ti la madre de ella. Vinieron los hombres del pantano y de la boca de su madre le sacaron a la fuerza tu nombre, para tener poder sobre ti, y luego la mataron.

—Todo eso lo sé —dijo Viento del Este—. Me lo ha dicho Última Voz, mi maestro.

Paso en la Arena esperaba obtener cierta ventaja metiendo a la madre en la conversación; por eso dijo:

—¿Cómo se llamaba, madre? ¿Cómo se llamaba tu madre, la que ellos ahogaron? Yo lo he olvidado.

Pero Ondulante Rama de Cedro estaba llorando y no quería responder.

—Vas a morir —dijo Viento del Este— para poder llevar tus mensajes al río, que habla a las estrellas, que hablan a Dios. Última Voz me ha advertido que quizá haya para mí algún peligro en tu muerte. Puede que seamos una sola persona… —Paso en la Arena negó con la cabeza y escupió—. Para ti es un gran honor. Eres un hijo de la colina que vale como diez; pero en las estrellas serás más grande que yo, que aprendo a leer las instrucciones que el río le escribe a Dios.

—Realmente no eres tan parecido a mí —dijo Paso en la Arena—, y no tienes barba.

Se tocó el labio, allí donde empezaban a brotar unas cerdas. Inesperadamente la muchacha Dulce Boca, que los había estado observando en silencio —con Hojas que se Comen y Dedo de Sangre—, soltó una risita. Paso en la Arena la miró enfadado y ella señaló a Viento del Este, incapaz de contenerse.

—Atamos bien fuerte estas cosas con un cabello de mujer, y se pudren —dijo Viento del Este—. No es doloroso, y de los que serán andariegos de estrellas sólo unos pocos mueren. Yo deseaba decirte que Última Voz me ha advertido que tú y yo somos uno. Tú morirás antes, e irás al río y las estrellas. No me da miedo. En mis sueños flotaré contigo en lugares de poder; vengo a decirte que en tus sueños quizá sigas andando como un hombre que vive.

Desde el borde del foso una voz llamó a Viento del Este.

—Estudioso del Cielo, hay más. ¿Deseas subir?

Paso en la Arena alzó la mirada y vio las pequeñas formas de los hijos de la Sombra, rodeadas de hombres de los pantanos por tres lados.

—No —dijo Viento del Este—. A éstos no les temo. Al menos son hombres… ¿He de temer a ésos?

—Tal vez —dijo Paso en la Arena.

Los hijos de la Sombra bajaron la blanda cuesta trastabillando. A la brillante luz del sol parecían mucho más pequeños que por la noche, exangües y patituertos. Paso en la Arena pensó que un niño de verdad con ese aspecto no tardaría en morirse.

—Moriremos pronto —dijo uno de los hijos de la Sombra; Paso en la Arena no supo bien cuál— y éstos nos comerán. A ti también.

Viento del Este dijo:

—La comida ritual de presentes otorgados al río es muy diferente de un festín, hombrecitos burlones. El festín lo tendremos con vosotros.

Desde la orilla, el hombre del pantano que había llamado a Viento del Este, al parecer personaje de cierta importancia entre ellos, anunció:

—Cinco, Estudioso del Cielo —se frotó las manos—. Y no hay carne más dulce que la de un hijo de la Sombra.

—Seis —lo corrigió Viento del Este.

—Este foso no fue cavado por manos —dijo un hijo de la Sombra. Varios de ellos andaban husmeando alrededor, cribando la fina arena con los dedos.

—Son seguidores tuyos —le dijo Viento del Este a Paso en la Arena—. ¿Te cuidarás de explicarles lo que será el nuevo hogar?

—Lo haría si pudiera, pero nadie sabe por qué el mundo es como es, salvo porque se conforma a la voluntad de Dios.

—Entérate, pues, de dónde estás. Aquí, apenas cien pasos al este, el caudal del río se ensancha para siempre. Es como el tallo que se transforma en flor, salvo que la flor del río, que se llama Océano, crece sin límite.

—No lo creo —dijo Paso en la Arena.

—¿Todavía no entiendes? ¿No sabes por qué el río excede en santidad tanto a Dios como a las estrellas? ¿Por qué se debe lavar en él al niño que empieza la vida, y por qué de caer una estrella hay que embarrar sus aguas con la sangre de los andariegos de estrellas? El río es el Tiempo, y en este lugar sagrado acaba en Océano, que es el pasado y nunca deja de extenderse. En la orilla este, donde el suelo es bajo y el agua unas veces dulce y otras salada, está el Ojo, el gran círculo del cual parten los andariegos de estrellas. En esta orilla, la oeste, Océano se ha complacido en hacer este otro Ojo para que contenga los dones que llegado el momento serán suyos. Última Voz, que ha pensado mucho en todas las cosas, dice que las manos de Océano, que golpean las playas una y otra vez, retiran la arena en el momento mismo en que más arena viene a reemplazarla; arena que le fue devuelta por las playas. Así es que El Otro Ojo nunca está vacío, y nunca puede ser llenado.

—Nosotros lavamos a nuestros hijos en el río —dijo Paso en la Arena—, porque significa la pureza de Dios. Aún llevan en ellos la raíz terrosa de los árboles, sus padres, y hay que lavarla. En cuanto al resto de tu disparate, no me parece mejor que ese de que somos la misma persona.

—Última Voz ha abierto cuerpos de mujeres… —empezó a decir Viento del Este, pero viendo disgusto en la cara de Paso en la Arena dio media vuelta, agarró la liana e hizo una seña a los hombres que esperaban para subirlo. Desde el borde agitó brevemente la mano y dijo:

—Adiós, madre. Adiós, hermano —y desapareció.

Con su voz gruñona, el viejo Dedo de Sangre dijo:

—¿Nos dejan subir a beber? Tengo sed, y en este lugar no hay pozas de agua.

Tampoco había reparo del sol, pero los hijos de la Sombra se habían echado en el lado del foso que se oscurecería primero, apretados en pequeños ovillos oscuros. Dedo de Sangre dijo:

—Hacia el ocaso nos arrojarán tallos que no tienen gran sabor pero sí mucho jugo. Es todo lo que dan de beber. Y de comer también… —apuntó con un pulgar hacia los hijos de la Sombra—. Pero carneando a esos gusanos obtendríamos comida y bebida. Tres nosotros, cinco ellos: no está mal, y no resistirán mucho tiempo mientras el sol esté alto.

—Dos vosotros, seis nosotros. Y Hojas que se Comen no luchará si yo lucho contra él.

Por un momento Dedo de Sangre pareció enfadado, y recordando aquellos grandes puños Paso en la Arena se preparó a esquivar y patear. Entonces Dedo de Sangre mostró una sonrisa desdentada.

—¿Conque sólo tú y yo, muchacho? Herirnos uno al otro mientras los demás miran y gritan. Si ganas tú, comen tus amigos, y si gano yo… pues vienen por mí cuando oscurezca. No. Si aún queda vivo alguno de nosotros, dentro de unos días tendrás hambre. Entonces volveremos a hablar.

Paso en la Arena sacudió la cabeza, pero sonrió. Había andado toda la noche con sus captores y se había debatido la mañana entera con los muros resbaladizos; por eso cuando Dedo de Sangre le dio la espalda cavó un lugar en la arena, cerca de los hijos de la Sombra, y se echó. Al cabo de un tiempo la muchacha Dulce Boca fue a tenderse a su lado.

Al ocaso, como había dicho Dedo de Sangre, les arrojaron unos tallos de plantas. Los hijos de la Sombra empezaban a desperezarse, y les llevaron dos a Dulce Boca y Paso en la Arena. Dulce Boca tomó el suyo, pero los ojos resplandecientes de los hijos de la Sombra la asustaban. Fue al otro lado del foso a sentarse con Ondulante Rama de Cedro.

El Viejo Sabio se sentó junto a Paso en la Arena, quien notó que no tenía tallo de agua.

—Bien, ¿y ahora qué hacemos? —dijo Paso en la Arena.

—Hablar —dijo el Viejo Sabio.

—¿Por qué?

—Porque no hay oportunidad de actuar. Cuando no se puede hacer nada, siempre es sensato hablar mucho, discutir qué se ha hecho y qué puede hacerse. Todos los grandes movimientos políticos de la historia nacieron en la cárcel.

—¿Qué son los movimientos políticos, y la historia?

—Eres de frente alta y de ojos muy separados —dijo el Viejo Sabio—. Lamentablemente, como toda tu especie tienes el seso en el tórax —dio un golpecito en el vientre duro y chato de Paso en la Arena, o al menos amagó hacerlo, aunque su dedo no tenía sustancia—. De modo que ni esos indicios de capacidad mental son válidos.

Discretamente, Paso en la Arena dijo:

—Cuando estamos hambrientos, todos tenemos el seso en el estómago.

—Te refieres a la mente —le dijo el Viejo Sabio—. A la mente le es posible flotar catorce mil pies o más por encima de la cabeza.

—Los andariegos de estrellas de estos hombres del pantano dicen que sus mentes, quizá quieran decir sus almas, dejan el suelo, retozan por el espacio, hacen pie en la esfera, y arrastrados por el universo tractivo, planean, se remontan, vuelan en arcos y remolinos entre las constelaciones hasta el amanecer, leyéndolo todo y cuidando el conjunto. Eso me contaron en mi cautividad.

El Viejo Sabio hizo ruido de escupir y le preguntó a Paso en la Arena:

—¿Alguna vez has visto un leño flotando en el agua? Digo allá arriba en las colinas, donde el agua se precipita entre piedras y el leño con ella.

—Yo monté el río así. Por eso llegué tan rápido a los prados de agua.

—Mejor todavía —el Viejo Sabio alzó la cabeza para mirar el cielo nocturno—. Allí —dijo, señalando—. Allí. ¿A eso cómo lo llamas?

Paso en la Arena intentaba seguir la dirección del dedo sombrío.

—¿Dónde? —dijo.

A través de la mano del Viejo Sabio, miraban los ojos serenos y ciegos de la Mujer de Pelo Ardiente.

—Allí, extendida de punta a punta por todo el firmamento.

—Ah, sí, eso —dijo Paso en la Arena—. Eso es la Cascada.

—Exacto. Ahora piensa en un tronco hueco lo bastante grande para que quepan hombres. Eso sería un crucero de las estrellas.

—Comprendo.

—Pues antes de los largos días de sueño, los humanos, mi raza, viajaban realmente así, navegando entre las estrellas.

—Yo creía que habíais estado aquí siempre —dijo Paso en la Arena.

El Viejo Sabio sacudió la cabeza.

—Quizá llegamos hace poco, o quizá hace mucho, mucho tiempo. No estoy seguro de cuál de las dos cosas.

—¿Vuestras canciones no lo cuentan?

—Cuando llegamos aquí no teníamos canciones; fue uno de los motivos que nos llevaron a quedarnos y por el que perdimos el crucero.

—De todos modos no habríais podido volver en él —dijo Paso en la Arena. Pensaba en remontar la corriente de un río.

—Lo sabemos bien. Hemos cambiado demasiado. ¿Crees que nos parecemos a ti, Paso en la Arena?

—No mucho. Sois demasiado pequeños y no se os ve sanos; tenéis las orejas demasiado redondas y poco pelo.

—Cierto —dijo el Viejo Sabio, y se quedó callado.

En el silencio que siguió entonces, Paso en la Arena oyó un leve ruido que no había oído nunca, un ruido que se elevaba y caía: era Océano, a un cuarto de milla, alisando la playa con manos mojadas, pero Paso en la Arena no lo sabía.

—No pretendía ofenderte —dijo al fin Paso en la Arena—. Simplemente señalaba esas cosas.

—Lo que las hace así —dijo el Viejo Sabio— es el pensamiento. Nosotros no nos concebimos como nos has descrito tú, y por lo tanto en realidad no tenemos esa forma. No obstante, es aleccionador oír lo que pensáis de nosotros.

—Lo siento.

—En cualquier caso, en un tiempo éramos como vosotros ahora.

—Ya —dijo Paso en la Arena.

A menudo, cuando era más joven, Ondulante Rama de Cedro le había contado historias con títulos que decían «Cómo el gato mula consiguió su cola» (robándosela a la lagartija-en-falta, que la tenía por lengua) o «Por qué el águila no vuela nunca» (no quiere que los demás animales le vean los feos pies y los esconde en la hierba salvo cuando los usa para matar). Pensó que la historia del Viejo Sabio iba a ser algo así, y como no la había oído nunca tuvo muchas ganas de escucharla.

—Llegamos quizá hace poco, como dije, o quizá hace mucho, mucho tiempo. A veces, al amanecer, sentados y mirándonos cara a cara, antes de elevar la Canción del sueño diurno, tratamos de recordar el nombre de nuestro hogar. Pero también oímos el canto de la mente de nuestros hermanos, que no cantan, cuando van de un lado a otro entre las estrellas; entonces les torcemos el pensamiento, haciéndolos volver, pero estos pensamientos entran en nuestras canciones. Es posible que nuestro hogar se llamara Adántida o Mu… O Gondwana, África, Poictesme, o El País de los Amigos. Yo, como cinco, recuerdo todos esos nombres.

—Sí —dijo Paso en la Arena.

Había disfrutado con los nombres, pero que el Viejo Sabio se refiriese a sí mismo como cinco le había recordado a los otros hijos de la Sombra. Parecían todos despiertos y atentos a la historia, pero estaban lejos, sentados en diversos lugares del foso. Dos, al parecer, habían intentado trepar por los muros movedizos, y ahora esperaban allí donde habían abandonado el esfuerzo, uno a un cuarto de camino arriba, otro casi en la mitad. Todos los humanos dormían salvo él. El borde del foso tamizaba el resplandor azul de la esfera hermana.

—Cuando llegamos éramos como vosotros ahora… —comenzó el Viejo Sabio.

—Pero os quitasteis vuestra apariencia para bañaros —continuó por él Paso en la Arena, pensando en las plumas y flores que a veces los suyos llevaban en el pelo—, y nosotros os la robamos y la venimos usando desde entonces… —una vez Ondulante Rama de Cedro le había contado una historia similar.

—No. Para que tuvierais nuestra apariencia no hizo falta que nosotros la perdiéramos. Vosotros venís de una raza de cambiadores de forma; como esos que en nuestro viejo hogar llamábamos hombres lobo. Cuando llegamos, algunos de vosotros eran como algunas bestias, y otros de formas fantásticas inspiradas por las nubes, o los torrentes de lava, o el agua. Pero nosotros llegamos con energía y majestad y poder, zambulléndonos en vuestro mar con un silbido de mil serpientes, desembarcando como conquistadores con luces ardientes en el puño, y con llamas.

—¡Vaya! —exclamó Paso en la Arena, que disfrutaba con la historia.

—Llamas y luz —repitió el Viejo Sabio, meciéndose atrás y adelante. Tenía los ojos entornados y las mandíbulas se le movían vigorosamente, como si estuviera comiendo.

—¿Y luego qué pasó? —preguntó Paso en la Arena.

—Ahí se acaba. Impresionamos tanto a los de tu especie que os volvisteis como nosotros, y así quedasteis desde entonces. O sea, como nosotros éramos entonces.

—No puede acabar así —dijo Paso en la Arena—. Me has contado cómo nos volvimos iguales, pero no cómo nos volvimos diferentes. Yo ya soy más alto que cualquiera de vosotros, y tengo las piernas derechas.

—Somos más altos que tú, y más fuertes —dijo el Viejo Sabio—. Y nos envuelve una terrible gloria. Cierto que ya no tenemos las cosas de fuego y luz, pero sí una mirada que marchita, y cantamos muerte a los enemigos. Sí, y los arbustos dejan caer frutos en nuestras manos, y con sólo mover una piedra la tierra nos cede a los hijos de madres voladoras.

—Vaya —volvió a decir Paso en la Arena.

Quería decir: «Tenéis huesos doblados y débiles y caras enfermas; huís de los hombres y de la luz», pero calló. Se había titulado amigo de la Sombra; y además, discutir ahora no tenía sentido. Así que dijo:

—Pero de todos modos no somos iguales, porque mi gente no tiene esos poderes; ni nuestras canciones llegan con el viento nocturno a perturbar los sueños.

El Viejo Sabio asintió y dijo:

—Te mostraré.

Y bajando la cabeza se tosió en las manos y las tendió hacia Paso en la Arena.

Paso en la Arena intentó ver qué le estaba mostrando, pero la esfera hermana ya relucía con fuerza y las manos del Viejo Sabio eran telarañas. Había algo —una masa oscura— pero, por más que se inclinó, Paso en la Arena no vio nada más, y cuando intentó tocar lo que el Viejo Sabio le mostraba, sus dedos atravesaron las manos y lo que contenían; de pronto se sintió necio y solo, un niño balbuceándole al aire vacío cuando habría podido dormirse.

—Aquí —dijo el Viejo Sabio, e hizo una seña.

Un segundo hijo de la Sombra fue a agacharse junto a él, sólido y real.

—¿Realmente es contigo con quien hablo? —preguntó Paso en la Arena, pero el otro no respondió ni lo miró.

Al cabo de un rato Paso en la Arena alzó las manos y tosió sobre ellas, como había hecho el Viejo Sabio, y las tendió hacia adelante.

—Hablas con todos nosotros cuando hablas conmigo —dijo el Viejo Sabio—. Sobre todo con nosotros cinco; pero también con todos los hijos de la Sombra. Aunque débiles, sus canciones vienen de lejos para ayudarme a dar forma a lo que soy. Pero mira lo que te estamos mostrando.

Por un momento Paso en la Arena miró al hijo de la Sombra. Habría podido ser joven, pero el oscuro rostro estaba en silencio y parecía impenetrable. Tenía los ojos casi cerrados, aunque a través de los párpados Paso en la Arena sintió la mirada, amistosa, incómoda y asustada.

—Toma un poco —invitó el Viejo Sabio.

Paso en la Arena pinchó la masticada materia con un dedo y la olió: repulsiva.

—Por esto hemos abandonado todo, porque esto es más que cualquier cosa, aunque sólo sea una hierba de este mundo. Las hojas son anchas, desparejas y grises; las flores, amarillas; las semillas, espinosos huevos rosados.

—Lo he visto —dijo Paso en la Arena—. Cuando era joven, Hojas que se Comen me previno. Es una planta venenosa.

—Eso creen los tuyos, y así es si te la tragas… Aunque morir de ese modo quizá sea mejor que la vida. Pero una vez, entre una fase nueva de la esfera hermana y la fase siguiente, un hombre puede tomar las hojas frescas y doblándolas bien ponérselas en la mejilla. Entonces no hay para él mujer, ni carne de comer ninguna; entonces es sagrado, pues Dios anda en él.

—Yo conocí uno de ésos —dijo Paso en la Arena—. Lo habría matado, pero me compadecí.

No había pretendido alzar la voz, y supuso que el Viejo Sabio se enfadaría, pero lo único que hizo fue asentir con la cabeza.

—También nosotros lo compadecimos —dijo—, y lo envidiamos. Él es Dios. Comprende que él también se compadeció de ti.

—Me habría matado.

—Porque te vio como lo que eres, y al verte sintió tu vergüenza. Pero sólo en una ocasión, cuando la esfera hermana vuelve a aparecer, puede un hombre buscar la planta y arrancar hojas nuevas, escupiendo lo que ha llevado y masticado hasta el momento en que dejó de consolarlo. Si toma hojas frescas más a menudo, morirá.

—Pero ¿la planta no hace daño así como la usáis?

—A nosotros nos ha dado calor desde que éramos muy jóvenes, y tal como ves estamos todos sanos. ¿No luchamos bien? Vivimos hasta gran edad.

—¿Cuánto? —Paso en la Arena era curioso.

—¿Importa acaso? Es grande en términos de experiencia; sentimos muchas cosas. Cuando al fin morimos hemos sido más grandes que Dios y menos que las bestias. Pero cuando no somos grandes, todo lo que llevamos a la boca es en verdad un consuelo. Es carne cuando tenemos hambre y no hay peces, y también leche cuando tenemos sed y no hay agua. El hombre joven busca mujer y la encuentra y es grande y muere para el mundo. Después nunca vuelve a ser tan grande, pero la mujer le da consuelo, pues le recuerda el tiempo que fue, y vuelve a ser tan pequeño con ella como una vez fue entero. Lo mismo con nosotros, hasta que las hojas que escupimos en las palmas se han puesto blancas y ya no dan ningún consuelo. Entonces miramos el rostro de la esfera hermana para ver cuánto tiempo ha pasado, y cuando vuelve la fase encontramos esposas nuevas, y somo jóvenes, y Dios.

Paso en la Arena dijo:

—Pero ya no sois como nosotros ahora.

—Éramos eso, y lo hemos cambiado por esto. Tiempo atrás en nuestro hogar, antes de que un necio encendiera una hoguera, éramos así… Errantes sin nada que se pueda nombrar salvo el sol, la noche, y cada uno de nosotros. Ahora somos así de nuevo, pues somos dioses, y las cosas hechas con manos no nos conciernen. Y así como somos sois vosotros, porque sólo andáis según nos veis andar, y hacéis como nosotros.

A Paso en la Arena lo divirtió la idea de que su gente imitaba a los hijos de la Sombra, a quienes de día despreciaban; pero sólo dijo:

—Se ha hecho tarde y debo descansar. Gracias por tu amabilidad.

—¿No probarás?

—Ahora no.

El hijo de la Sombra silencioso, que parecía menos real que la figura de telaraña junto a la cual se había agachado, volvió a ponerse la mascada fibra en la boca y se alejó sin rumbo. Paso en la Arena se estiró, deseando que Dulce Boca fuera de nuevo a tenderse con él. Aunque no se había ido, el Viejo Sabio ya no estaba, y hubo sueños malos: no tenía cuerpo, de modo que ahora veía sin ojos y sentía sin piel, como una desnuda lombriz de conciencia entre glorias ardientes. Alguien gritó.

Volvieron a gritar, y él se incorporó luchando con nada, agitando los brazos; pero tenía las piernas atadas y la boca llena de arena. Ondulante Rama de Cedro gritaba, y Hojas que se Comen y el viejo Dedo de Sangre lo agarraron de los brazos y tiraron tanto que él creyó que lo romperían. Alrededor, en círculo, los hijos de la Sombra observaban, y Dulce Boca estaba llorando.

—Esta suciedad baja del fondo —dijo Dedo de Sangre cuando lo hubieron soltado—, y a veces baja rápido.

Ondulante Rama de Cedro dijo:

—Cuando aún eras chico pero te creías mayor, y ya no querías dormir conmigo, por la noche yo me levantaba e iba a mirar si estabas bien. Esta noche me desperté y pensé en eso.

—Gracias.

Paso en la Arena seguía boqueando y escupiendo arena. Desde las sombras, una voz le dijo:

—Nosotros no sabíamos. En el futuro te vigilarán ojos insomnes.

Se habló más hasta que, uno a uno, los humanos regresaron a sus lugares de descanso y una vez más se echaron a dormir. Paso en la Arena se movió un rato por el suelo del foso, examinando las pisadas y los movimientos de la arena. Sólo oía a Océano, y al fin intentó volver a dormir.

«No puede ser cierto», decía Última Voz. «¡Mira otra vez!» «No puedo… una nube…». Al frente la oleosa superficie del río se estiraba bajo el cielo nocturno; negro, reluciente, ensanchándose. No mostraba estrellas, nada salvo su propia agua y trozos de algas flotantes. «¡Mira otra vez!». Largas manos, suaves pero huesudas, lo aferraron por los hombros.

Alguien lo sacudía, y aún no había luz. Por un momento sintió que se hundía una vez más en la arena, pero no. Junto a él estaban Dedo de Sangre y Dulce Boca, y detrás de ellos otras figuras, desconocidas. Se sentó y vio que eran hombres del pantano con marcas en los hombros y el pelo recogido en nudos. Dulce Boca dijo:

—Tenemos que ir… —los grandes ojos locos miraban a todas partes y a nadie.

Había una liana para que pudieran subir, y con los hombres del pantano detrás treparon a duras penas. Paso en la Arena y Dedo de Sangre primeros, luego Hojas que se Comen, luego las dos mujeres y los hijos de la Sombra.

—¿Quién? —preguntaron Paso en la Arena y Dedo de Sangre, pero el mayor de los hombres se limitó a encogerse de hombros.

En el río Última Voz estaba con los pies en los bajos y la luz del alba detrás. Llevaba en la cabeza una corona de flores —ocultando las heridas allí donde el pelo estaba quemado— y otra guirnalda, de capullos rojos que a la pálida luz parecían negros, sobre los hombros. Cerca de él, Viento del Este observaba, y en la orilla esperaban varios cientos: figuras silenciosas que la luz matinal manchaba de amarillo y rojo, los rasgos cada vez más nítidos: un hombre aquí, allá un niño, de pronto en contraste con la masa de caras inmóviles como máscaras. Paso en la Arena no les hizo caso y miró a Última Voz. Era la primera vez que veía al andariego de estrellas fuera del mundo de los sueños.

Los guardias los internaron en el agua hasta que les llegó a las rodillas. Entonces Última Voz levantó los brazos, y de frente a las estrellas agonizantes se puso a cantar. El canto era blasfemia, y al cabo de unos momentos Paso en la Arena se cerró los oídos, rogando a Dios poder zambullirse, nadar muy hondo y así huir; pero entonces los otros quedarían atrás, y en la orilla había muchísimos hombres del pantano, y él siempre había oído que eran buenos nadadores. Le pidió ayuda al sacerdote, pero el sacerdote no estaba allí.

De pronto Última Voz dejó de cantar, mucho antes de lo que él esperaba.

Hubo un silencio, y Última Voz apuñaló el aire con las manos. De los observadores brotó un sonido, un gimoteo que quizá fuera de placer. Unos hombres se abalanzaron a agarrar a Dedo de Sangre y Hojas que se Comen, arrastrándolos a aguas más profundas. Paso en la Arena saltó a ayudarlos, pero lo golpearon por detrás; perdió pie, luchando, pensando que intentarían mantenerlo bajo el agua, pero nadie lo molestó. Pudo incorporarse y salió del agua tosiendo, quitándose el largo pelo de los ojos. Aún había hombres apiñados sobre Hojas que se Comen y el viejo Dedo de Sangre, pero el agua ya se aquietaba, las ondas coronadas de oro por el sol ascendente.

—Hoy dos —dijo alguien, a espaldas de Paso en la Arena—. La gente está encantada.

Paso en la Arena se volvió y vio a Viento del Este, que se abría paso junto a él y alzando las rodillas se alejaba con zancadas de garza peluda.

—De vuelta al foso —anunció un guardia, y junto con Ondulante Rama de Cedro y Dulce Boca, Paso en la Arena dio media vuelta y chapoteó hasta la orilla, seguido por los hijos de la Sombra.

Acababa de salir del agua cuando oyó un crujido de huesos rotos, y al mirar atrás vio que dos hijos de la Sombra habían muerto, y que unos hombres los cargaban, las cabezas colgando. Se detuvo, furioso como no lo habían puesto las otras muertes. Un guardia lo empujó.

—¿Por qué los matasteis? —dijo Paso en la Arena—. No eran ni parte de la ceremonia.

Dos lo agarraron y le torcieron los brazos a la espalda. Uno dijo:

—No son gente. Nos los podemos comer cuando sea.

El otro añadió:

—Esta noche gran festín.

—Soltadlo —era Viento del Este, que lo tomó por el codo—. De nada vale pelear, hermano. Sólo conseguirás que te rompan los brazos.

—Está bien.

Los hombros de Paso en la Arena habían estado ya a punto de romperse. Balanceó los brazos. Viento del Este decía:

—Habitualmente sacrificamos uno sólo por vez; por eso hoy la gente está entusiasmada. Con los dos hombres y los otros dos alcanzará para que todo el mundo tenga un buen trozo, así que están contentos.

—Las estrellas fueron benignas, pues —dijo Paso en la Arena.

—Cuando las estrellas son benignas —respondió como un eco Viento del Este, con una voz también inexpresiva—, no enviamos al río ningún mensajero.

Antes de que Paso en la Arena advirtiese que estaban cerca, habían llegado al foso. Dio unas zancadas hasta el borde decidido a bajar en vez de caer empujado. Ya había allí alguien, una figurita que parecía sostener otra más pequeña; se detuvo sorprendido, le agarraron los brazos por detrás y rodó ignominiosamente.

La recién llegada era Siete Niñas que Esperan.

Esa noche el Viejo Sabio y los otros hijos de la Sombra cantaron la Canción de la lágrima por los amigos muertos. Echado de espaldas, Paso en la Arena intentó leer las estrellas para ver si el mensaje llevado por el viejo Dedo de Sangre y Hojas que se Comen había tenido algún efecto, pero no era mucho lo que sabía y sólo le parecieron las constelaciones conocidas. Siete Niñas que Esperan se había pasado el día contándoles a todos cómo lo había seguido río abajo y la habían capturado, y la pena que él sintiera en un principio se había ido trocando, al escucharla, en una suerte de tenue rabia por la estupidez de ella. Por su parte ella parecía más contenta que asustada, pues en el foso encontraba reemplazantes para la compañía que la había abandonado. Paso en la Arena recordó que Siete Niñas que Esperan no había visto las muertes en el río.

¿Quién sabía leer las estrellas? Era una noche clara, y la esfera hermana, muy menguada ahora, aún no había asomado; las estrellas brillaban gloriosamente. Tal vez el viejo Dedo de Sangre lo supiera, pero él nunca le había pedido hacerlo. Recordó que ése era el foso llamado El Otro Ojo. En algún lugar al otro lado del río, Viento del Este y Última Voz también estarían estudiando las estrellas. Se movió, intranquilo; la próxima vez se hundiría en el río e intentaría escapar. Libre, acaso pudiera ayudar a los otros. Si acaso quedaban otros después de la próxima vez…

Pensó en Ondulante Rama de Cedro empujada bajo la superficie (el sufrimiento del rostro visto a través de las ondas). Deseó que Siete Niñas que Esperan o Dulce Boca fueran a echarse con él y lo distrajeran, pero ellas estaban durmiendo juntas, las manos estiradas y tocándose. La Canción de la lágrima se alzaba y caía; luego se fue apagando hasta morir. Paso en la Arena se sentó.

—¡Viejo Sabio! ¿Puedes leer las estrellas?

El Viejo Sabio cruzó la arena hasta él. Parecía más tenue que nunca pero más alto, como si la ilusión se le hubiera estirado.

—Sí —dijo—. Aunque no siempre leo lo que leen los tuyos.

—¿Puedes andar entre ellas?

—Puedo hacer lo que elija.

—¿Qué dicen, pues? ¿Morirán más?

—¿Mañana? La respuesta es sí y no.

—¿Yeso qué quiere decir? ¿Quiénes?

—Cada día muere alguien —respondió el Viejo Sabio. Y luego—. Soy lo que tú llamas hijo de la Sombra, recuerda. Si las estrellas me hablan, hablan de nuestros asuntos. Pero todo eso es adivinación necia: la verdad es lo que uno cree.

—¿Será Ondulante Rama de Cedro?

El Viejo Sabio sacudió la cabeza.

—Ella no. No mañana.

Con un suspiro de alivio Paso en la Arena volvió a acostarse.

—Por los otros no te preguntaré. No quiero saberlo.

—Eso es sabio.

—Entonces ¿por qué andar entre estrellas?

—En verdad, ¿por qué? Acabamos de cantar la Canción de la lágrima para nuestros muertos. Tanto pensamos en los que murieron, que no nos enfada que tú no te hayas unido… Pero la Canción de la lágrima es mejor que esa clase de pensamientos.

—No los traerá de vuelta.

—¿Lo desearíamos nosotros?

—¿Desear qué? —con cierta punzada de sorpresa, Paso en la Arena descubrió que sentía rabia, rabia consigo mismo por sentirla. Como el Viejo Sabio no contestaba, añadió—. ¿De qué estás hablando?

Las constelaciones relampagueaban con desdén glacial, haciendo caso omiso de los dos.

—Sólo quise decir —respondió despacio el Viejo Sabio— que si nuestra canción pudiera devolver a Cazador y Hachero, ¿cantaríamos acaso? Si retornaran de la muerte, ¿no los mataríamos?

Paso en la Arena notó que el Viejo Sabio parecía más joven que antes. Los fantasmas eran raros. Y se ofendían con facilidad, recordó.

—Lo siento, si parecí descortés —dijo con toda la cortesía posible—. ¿Cazador y Hachero eran los nombres de tus amigos? Si soy amigo de la Sombra eran amigos míos, y lo mismo Dedo de Sangre y Hojas que se Comen. También por ellos deberíamos hacer algo: sentarnos por ahí y contar historias de ellos hasta tarde… Pero no creo que éste sea el lugar adecuado. No me encuentro bien.

—Comprendo. Te pareces muchísimo al hombre llamado Dedo de Sangre.

—La madre de su madre era hermana de la de mi madre, probablemente, o algo así.

—Observas a mis camaradas, los otros hijos de la Sombra. ¿Por qué?

—Porque nunca pensé que los hijos de la Sombra tuvieran nombres. Sólo pensaba en ellos como hijos de la Sombra.

—Lo sé.

El Viejo Sabio escrutaba de nuevo el cielo, recordándole a Paso en la Arena que antes le había dicho que podía andar por ahí. Paso en la Arena se había acostado de nuevo sobre su estómago y con la cabeza sobre los brazos, donde olía el tenue olor salado de su propia carne. Tras un rato que pareció largo, el Viejo dijo:

—Sus nombres son Llama Astuta, Cisne y Silbador.

—Igual que la gente.

—Antes de que los hombres vinieran del cielo no teníamos nombres —dijo el Viejo Sabio, soñador—. Eramos sobre todo largos, y vivíamos en agujeros entre las raíces de los árboles.

—Creía que ésos éramos nosotros —dijo Paso en la Arena.

—Estoy confundido —admitió el Viejo Sabio—. Sois tantos ahora, y nosotros tan pocos…

—¿Oís nuestras canciones?

—Yo estoy hecho de canciones vuestras. Hubo una vez unas gentes que utilizaban las manos, cuando tenían manos, sólo para tomar comida; y un día llegaron a visitarlos otras gentes, que navegaban de estrella a estrella. Entonces se descubrió que las primeras oían las canciones de las segundas y se las enviaban otra vez: más grandes, más y más grandes que antes. Luego las segundas sintieron las canciones con más fuerza, en todos los huesos; pero tocadas, quizá, por las primeras. En un tiempo yo estaba seguro de cuáles eran las primeras gentes, y las segundas; ahora ya no lo sé.

—Y yo ya no sé de qué hablas —le dijo Paso en la Arena.

—Como una chispa que brota de la bóveda sin ecos del vacío —continuó el Viejo Sabio—, la brillante forma se deslizó vaporosa por el mar…

Pero Paso en la Arena ya no escuchaba. Había ido a tenderse entre Dulce Boca y Siete Niñas que Esperan, dándole una mano a cada una.

El día siguiente, antes del amanecer, volvieron a arrojar la liana por la pared del foso. Esta vez no hizo falta que los hombres del pantano bajaran a hacer subir a los montañeses. Alguien gritó desde el borde y ellos treparon, aunque despacio y de mala gana. Arriba esperaba Viento del Este, y Paso en la Arena, que había subido con los otros tres hijos de la Sombra, le preguntó:

—¿Cómo estaban anoche las estrellas?

—Mal. Muy mal. Última Voz está alterado.

Paso en la Arena dijo:

—Ya pensé yo que tenían mal aspecto… Vencejo brillaba justo sobre el cabello de la Mujer de Pelo Ardiente. No creo que Hojas que se Comen y Dedo de Sangre hayan entregado el mensaje que les diste. Hojas que se Comen siempre hace cosas que nadie le ha pedido, pero probablemente el viejo Dedo de Sangre le ha dicho a todo el mundo que te mereces una suerte peor. Lo mismo haré yo si me mandas.

Viento del Este exclamó «¡Idiota!» e intentó derribarlo de un golpe. Como no pudo, dos de los hombres del pantano se encargaron de la tarea.

Había niebla, y a causa de la niebla estaba oscuro. Cuando se hubo levantado, Paso en la Arena pensó que la oscuridad y la fría bruma, que preveía más espesa a pocos pies por sobre el agua del río, sería excelente para escapar; pero al parecer los hombres del pantano pensaban lo mismo. A cada lado de él caminaba uno, agarrándole los brazos. Hoy el camino hasta el río parecía más largo que de costumbre. Tropezó, y los guardias lo apremiaron a alcanzar a los otros. Delante aparecieron las pequeñas espaldas oscuras de los hijos de la Sombra y las anchas, pálidas de los hombres del pantano, y enseguida se desvanecieron otra vez.

—Buena comida anoche —dijo uno de los hombres—. Tú no estuviste invitado, pero esta noche sí.

Amargamente, Paso en la Arena dijo:

—Pero tenéis mal las estrellas.

Miedo y cólera se atrepellaron en los ojos del hombre, y dio a Paso en la Arena un violento tirón del brazo. Delante, en la niebla, hubo gritos no del todo humanos; después silencio.

—Quizá tengamos mal las estrellas —dijo el otro hombre—, pero esta noche comeremos hasta reventar.

Dos más volvieron por donde habían ido, cada uno cargando el cuerpo lacio de un hijo de la Sombra. Paso en la Arena podía oler el río y oír, en el siniestro silencio de la bruma, el ruido que hacían las ondas al dar contra la orilla.

Última Voz se alzaba como antes, con zarcillos de vapor blanco enredados a su alta figura. Hoy los hombres del pantano llevaban collares y pulseras y brazaletes y guirnaldas de hierba verde y brillante, y bailaban en la orilla una lenta danza; mujeres, niños y hombres, todos ondulando como una gran serpiente, murmuraban al danzar. Viento del Este relevó a uno de los guardianes y susurró al oído de Paso en la Arena:

—Tal vez ésta sea la última asamblea del pantano. Las estrellas están muy mal.

Despectivo, Paso en la Arena respondió:

—¿Tanto miedo les tienes?

Luego Viento del Este no estuvo más, y los guardias empujaron a Paso en la Arena hasta un grupo tembloroso junto con su madre, el último hijo de la Sombra, y las dos muchachas. Mariposas Rosadas lloraba, y Siete Niñas que Esperan la mecía, consolándola con disparates y pidiendo cosas a Dios. Paso en la Arena la abrazó y ella hundió la cara en el hombro de él.

Junto a Paso en la Arena estaba el último hijo de la Sombra, y al bajar él los ojos, vio que temblaba. Al lado asomaba el Viejo Sabio, tan fino en la niebla que parecía imposible que alguien lo viese salvo Paso en la Arena. De improviso, el último hijo de la Sombra le tocó el brazo y dijo:

—Moriremos juntos. Te amamos.

—Mastica más fuerte —le dijo Paso en la Arena— y no lo creerás.

Y luego, lamentando haber herido a un amigo en un momento así, más amablemente añadió:

—¿Tú cuál eres? ¿No eres el que me mostró lo que mascáis?

—Lobo.

Última Voz había empezado a cantar. Paso en la Arena dijo:

—Anoche vuestro Viejo Sabio me dijo que os llamabais Fuego Astuto, Silbador y no me acuerdo qué más… Pero con ese nombre no había ninguno.

—Tenemos nombres por siete —dijo el hijo de la Sombra— y nombres por cinco. Tú has oído los nombres por tres. Ahora mi nombre es un nombre por uno. El único que nunca cambia es el nombre de él, el del Viejo Sabio.

—Excepto —susurró el Viejo Sabio— cuando me llamo, como de vez en cuando me llamaba en un tiempo, la Norma del Grupo —ahora el Viejo Sabio era apenas una especie de vacío en la niebla, un agujero con forma de hombre.

Paso en la Arena había estado mirando a los guardianes, y tal como había esperado vio una abertura: un momento en que la vigilancia, mientras escuchaban a Última Voz, se distendió. Por todas partes colgaba la niebla y el río era ancho y estaba oculto. Si Dios lo quería, tal vez alcanzara el agua profunda…

Dios, Dios querido, buen Señor…

Se precipitó, los pies chapoteando, luego resbalando en un intento de escurrirse entre dos de los hombres. Lo agarraron del pelo y le golpearon la cara con puños y rodillas antes de empujarlo de nuevo con los demás. Siete Niñas que Esperan, Dulce Boca y su madre trataron de ayudarlo, pero las maldijo y las apartó, lavándose la cara en el agua amarga del río.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó el último hijo de la Sombra.

—Porque quiero vivir. ¿No sabes que en unos minutos nos ahogarán a todos?

—Oigo tu canción —dijo el hijo de la Sombra—, y yo también deseo vivir. Puede que no sea de tu sangre, pero deseo vivir.

—Pero debemos morir —susurró la voz del Viejo Sabio.

—Nosotros debemos morir —dijo rudamente Paso en la Arena—, no tú. No recogerán tus huesos.

—Cuando éste muera, moriré yo —dijo el Viejo Sabio indicando al último hijo de la Sombra—. Mitad estoy hecho como vosotros y mitad como él; pero sin él como eco, vuestra mente no me dará forma.

El último hijo de la Sombra volvió a decir en voz baja:

—También yo deseo vivir. Puede que haya una manera.

—¿Cuál? —Paso en la Arena lo miró.

—Los hombres cruzan entre las estrellas torciendo el cielo para acortar el camino. Desde que llegamos aquí…

—Desde que ellos llegaron —lo corrigió amablemente el Viejo Sabio—. Pues yo soy medio hombre, y sé que nosotros estuvimos aquí siempre, escuchando un pensamiento que no llegaba; escuchando sin pensamiento propio para ser hombres. O tal vez todos sean una sola estirpe, a medias recuerdo y mengua, a medias olvido y florecimiento.

—Tengo en la mente la canción de la muchacha del niño —dijo el último hijo de la Sombra—, y el que llaman Última Voz está cantando. Y no me importa si somos uno o dos. Hemos cantado para detener a los navegantes de las estrellas. Deseábamos vivir como quisiéramos, olvidados de lo que fue y es; y aunque ellos han torcido el cielo, nosotros les hemos torcido el pensamiento. Imagina que ahora nuestro canto los llama y vienen. Los atraparán los hombres del pantano y habrá muchos para elegir. Tal vez no seremos elegidos nosotros.

—¿Tanto puede hacer uno?

—Somos tan pocos que entre nosotros ni siquiera uno es un número mezquino. Y los otros cantan para que los navegantes de las estrellas no vean lo que quieren ver. Por un latido mi canción les limpiará la vista, y aquí el cielo torcido está cerca en muchos puntos. Serán rápidos.

—Es malo —dijo el Viejo Sabio—. Largo tiempo hemos andado despreocupados en el único paraíso. Mejor sería que todos aquí murieran.

Con firmeza, el último hijo de la Sombra dijo entonces:

—No hay nada peor que mi muerte —y algo que había envuelto al mundo desapareció.

Se fue en un instante y dejó el río y la niebla, a los estremecidos hombres danzantes, al cantor Última Voz y a ellos mismos inmutados, pero había sido más grande que cualquier cosa y Paso en la Arena no lo había visto porque había estado siempre allí, pero ahora recordaba qué había sido. El cielo estaba abierto, sin nada en absoluto entre los pájaros y el sol; la niebla que se arremolinaba en torno a Última Voz podía llegar hasta la Mujer de Pelo Ardiente. Paso en la Arena miró al último hijo de la Sombra y vio que estaba llorando y que sus ojos no contenían nada. Así se sentía él mismo y, volviéndose hacia Ondulante Rama de Cedro, le preguntó:

—Madre, ¿de qué color tengo ahora los ojos?

—Verdes —le respondió Ondulante Rama de Cedro—. Con esta luz parecen grises, pero los tienes verdes. Los ojos son de ese color.

Detrás de ella Siete Niñas que Esperan y Dulce Boca murmuraron:

—Verde.

Y Siete Niñas que Esperan añadió:

—También los tiene verdes Mariposas Rosadas.

Entonces, roja y destellando como vieja sangre por entre la bruma, apareció una chispa; muy alto al norte, donde Océano se movía como una anguila bajo el color gris. Paso en la Arena la vio antes que nadie. Se fue haciendo más grande, más furiosa, y por encima del agua llegó un silbido y un zumbido; en la orilla una mujer gritó, señalando la gota de fuego rojo que siseaba cada vez más cerca. Hacía el ruido que se oye cuando el rayo mata un árbol. Cayendo con ella había ya dos estrellas más, y las seguían los alaridos de toda la gente, y cuando golpearon el suelo los hombres del pantano escaparon. Dulce Boca y Siete Niñas que Esperan se echaron en los brazos de Paso en la Arena y hundieron la cara en su pecho. Los hombres que los habían vigilado corrían, arrojando los brazaletes y coronas de hierba.

Sólo Última Voz no se movía. Había dejado de cantar, pero no escapaba. Paso en la Arena le vio en los ojos una desesperación como la de la bestia exhausta que al fin se vuelve y desnuda la garganta a las fauces del tigre tedio.

—Vamos —dijo Paso en la Arena, apartando a las muchachas y tomando a su madre del brazo; pero al oído el Viejo Sabio le dijo:

—No.

Detrás de ellos hubo un chapoteo de pies en el agua del río. Era Viento del Este, y al verlo Última Voz comentó:

—Escapaste.

Viento del Este respondió:

—Sólo por un momento. Luego recordé.

Parecía avergonzado. Última Voz dijo:

—No hablaré más —y dando la espalda a todos, volvió la mirada a Océano.

Paso en la Arena dijo:

—Nos vamos. No intentes deternos.

—Espera… —Viento del Este se volvió hacia Ondulante Rama de Cedro—. Dile que espere.

Ella le dijo a Paso en la Arena:

—Él también es hijo mío. Espera.

Paso en la Arena se encogió de hombros y amargamente preguntó:

—Hermano, ¿qué quieres de nosotros?

—Es un asunto de hombres, no de mujeres; y no de los que son como él —miró al último hijo de la Sombra—. Diles que se vayan a la orilla y río arriba. Juro que ningún hombre del pantano se les interpondrá.

Las mujeres se fueron, pero el último hijo de la Sombra sólo dijo:

—Esperaré en la orilla.

Y Viento del Este, vencido, asintió.

—Bien, Hermano —dijo Paso en la Arena—, ¿qué anda por aquí?

—Mientras las estrellas están en su sitio —respondió despacio Viento del Este—, el andariego de estrellas juzga a la gente; pero cuando cae una estrella hay que nublar el río con la sangre del andariego, para que el río pueda olvidar. Esto lo hace el discípulo, ayudado por todos los más próximos.

En la cara de Paso en la Arena había una pregunta.

—Yo sé golpear —dijo Viento del Este— y golpearé. Pero lo amo, y no golpearé lo bastante fuerte. Debes ayudarme. Ven conmigo.

Nadaron juntos en el río, y en la otra orilla encontraron un árbol de corteza blanca, como los que Paso en la Arena había visto en un sueño, ordenados en un gran círculo alrededor de Viento del Este. Las raíces flotaban en el agua cortante, y eligiendo una varilla menos gruesa que un dedo, Viento del Este la separó de un mordisco, la levantó chorreante y se la dio a Paso en la Arena. Era larga como su brazo, con la parte de abajo cargada de pequeños moluscos, con olor a lodo. Mientras Paso en la Arena la examinaba, Viento del Este tomó otra varilla y ambos azotaron a Última Voz hasta que del cuerpo flotante no corrió más sangre, aunque los afilados caparazones le habían abierto la carne en la espalda.

—Era montañés —dijo Viento del Este—. Todos los andariegos de estrellas deben nacer en el país alto.

Paso en la Arena dejó caer al agua el ensangrentado flagelo.

—¿Y ahora qué?

—Se ha acabado —Viento del Este tenía lágrimas en los ojos—. En vez de comer el cuerpo, se lo deja derivar hasta Océano; un sacrificio total.

—¿Yahora tú gobiernas el pantano?

—Deben quemarme la cabeza como fue quemada la suya. Después… sí.

—¿Ypor qué voy a dejarte vivir? Habrías ahogado a nuestra madre. No eres hombre, y puedo matarte…

Antes de que Viento del Este contestara, Paso en la Arena lo tenía aferrado, tirándolo hacia atrás por el pelo.

—Si muere —le susurró el Viejo Sabio a Paso en la Arena— algo de ti muere con él.

—Que muera pues. Es una parte de mí que quisiera matar.

—¿Te mataría él de esta manera?

—Nos habría ahogado a todos.

—Por lo que tenía en la mente. Tú ahora lo matas por odio. ¿Te habría matado él así?

—Es como yo —dijo Paso en la Arena, y dobló a Viento del Este hacia atrás hasta que el agua le cubrió la frente y le lamió los ojos.

—Hay una forma de saberlo —dijo el Viejo Sabio, y Paso en la Arena vio que el último hijo de la Sombra había vuelto a entrar en el río. Cuando advirtió que Paso en la Arena lo miraba, repitió:

—Hay una forma.

—Muy bien, ¿cuál?

—Deja que se enderece —le dijo el hijo de la Sombra, y a Viento del Este—. Vosotros nos coméis, pero sabéis que somos gente mágica.

Boqueando, Viento del Este respondió:

—Lo sabemos.

—Por nuestro poder hice que cayeran las estrellas; pero ahora hago una magia todavía más grande. Te hago a ti Paso en la Arena y a Paso en la Arena lo hago tú —dijo el hijo de la Sombra, y rápido como una culebra se lanzó hacia adelante y clavó los dientes en el brazo de Viento del Este. Paso en la Arena vio cómo la cara de su gemelo se aflojaba y los ojos miraban cosas nunca vistas—. Lo que nadaba en mi boca ahora nada en sus venas —dijo el hijo de la Sombra, limpiándose de los labios la sangre de Viento del Este—. Y porque hablé con él y me creyó, en su pensamiento ahora él es tú.

A Paso en la Arena le dolía el brazo de azotar a Última Voz, y se lo frotó.

—Pero ¿cómo sabremos qué hace?

—Pronto hablará.

—Esto es un juego de niños. Debería morir.

Paso en la Arena pateó los pies de Viento del Este, para que cayera al agua, y allí lo mantuvo hasta que el cuerpo se aflojó. Después de enderezarse le dijo al último hijo de la Sombra:

—Hablé.

—Sí.

—Pero ahora no sé si soy Paso en la Arena o un sueño de Viento del Este.

—Y yo tampoco —dijo el hijo de la Sombra—. Pero allá en la playa está pasando algo. ¿Vamos a ver?

La niebla se consumía. Paso en la Arena miró adonde señalaba el hijo de la Sombra y vio que allí donde el río se unía gimiendo a Océano algo verde cabeceaba en el agua. Cerca, en la arena, tres hombres con los miembros cubiertos de hojas señalaban el cuerpo varado de Última Voz y hablaban con palabras que Paso en la Arena no comprendía. Cuando se acercó a ellos extendieron las manos, abiertas, y sonrieron; pero él no entendió que las manos abiertas querían decir —o habían querido decir en un tiempo— que no llevaban armas. La gente de él no conocía las armas. Esa noche Paso en la Arena soñó que estaba muerto, pero los largos días de sueño habían terminado.

V.R.T.

Pero no pienses que estoy interesado en ti. Me has dado calor, y ahora saldré de nuevo a escuchar las voces oscuras.

Karel Capek

Era una caja marrón, una caja de correo, de corroído cuero marrón oscuro y cantoneras doradas. Cuando la caja era nueva, el metal había estado pintado de verde castaño; pero casi toda la pintura había desaparecido, y la agonizante luz de la ventana mostraba un empañado lustre verdoso alrededor de las brillantes marcas de boquetes recientes. El esclavo depositó la caja cuidadosamente, casi sin ruido, junto a la lámpara del oficial subalterno.

—Ábrela —dijo el oficial.

Hacía mucho que la cerradura se había roto; la caja estaba sujeta con sogas de trapo bien trenzado. El esclavo —una criatura alta de hombros y mentón afilado, con un tumulto de pelo oscuro— miró al oficial y éste asintió con la cabeza de pelo corto, moviendo la barbilla un par de milímetros. El esclavo sacó la daga del oficial del cinturón que colgaba en el respaldo de la silla, cortó la soga, besó la hoja con reverencia y volvió a enfundarla. Una vez que el esclavo se fue, el oficial se frotó las palmas en los muslos del pantalón reglamentario —que le llegaba a las rodillas—, levantó la tapa y volcó el contenido en la mesa.

Libretas, carretes y cintas. Informes, impresos, cartas. Vio un cuaderno de redacción escolar de papel amarillo barato, con la cubierta medio arrancada, y lo sacó de la caja. Una mano inhábil lo había monogramado: V.R.T. Las adornadas iniciales eran muy grandes pero en cierto modo estaban mal hechas, como si un salvaje las hubiera imitado de la firma que le mostraban en una carta.

Pájaros he visto hoy. Hoy vi dos pájaros. Una era un alcaudón-cráneo, y el otro era un pájaro que el alcaudón había…

El oficial arrojó el cuaderno de redacción al otro lado de la mesa. Había identificado entre el montón la precisa escritura inclinada hacia atrás que propiciaba el Servicio de Funcionarios.

Señor: los materiales que le envío… es mi opinión personal… de Tierra.

El oficial alzó levemente las cejas, dejó la carta y tomó de nuevo el cuaderno de redacción. Al pie de la cubierta, en borrosas letras oscuras, leyó: Suministros Medallion, Playa del Francés, Sainte Anne. En la cara interna de la contracubierta:

RmE2S 14 Asiento 18 nombre

Escuela Armstrong escuela

Playa del Francés ciudad

Tomando una de las cintas buscó en vano alguna etiqueta. Las etiquetas estaban sueltas entre otros materiales, con el adhesivo estropeado por la humedad, aunque con título, fecha y firma todavía claros.

Segundo interrogatorio.

Quinto interrogatorio.

Séptimo interrogatorio — Tercer rollo.

El oficial las dejó caer entre los dedos; luego eligió una cinta al azar y la puso en el magnetófono.

R: ¿Está encendido?

P: Sí. Nombre, por favor.

R: Ya les he dado mi nombre; está en todos sus archivos.

P: Nos ha dado su nombre algunas veces.

R: Sí.

P: ¿Quién es usted?

R: Soy el preso de la celda 143.

P: Ah, es filósofo. Creíamos que era antropólogo, y no parece tener edad para las dos cosas.

R:…

P: Se me ha ordenado que me familiarice con el caso. Habría podido hacerlo sin sacarlo de la celda… ¿Se da cuenta? Por usted me estoy exponiendo al peligro del tifus y varias otras enfermedades. ¿Quiere volver al sótano? Hace un momento pareció que apreciaba el cigarrillo. ¿Querría alguna otra cosa?

R: (ansiosamente) Otra manta. ¡Más papel! Más papel, y algo para apoyarme. Una mesa.

El oficial sonrió entre dientes y paró la cinta. Había disfrutado con la ansiedad de la voz de A y ahora lo complacía especular sobre la posible respuesta. Hizo retroceder la cinta unos centímetros y volvió a ponerla en marcha.

P: ¿Quiere volver al sótano? Hace un momento pareció que apreciaba el cigarrillo. ¿Querría alguna otra cosa?

R: (ansiosamente) Otra manta. ¡Más papel! Más papel, y algo para apoyarme. Una mesa.

P: Le hemos dado papel, mucho. Ymire para qué lo ha usado: para llenarlo de garabatos. ¿Se da cuenta de que si alguna vez estos archivos se elevan a una instancia superior habrá que transcribirlos? Alguien tendrá semanas de trabajo.

R: Se podrían fotocopiar…

P: Ah, eso le gustaría, ¿no?

El oficial tocó el control de volumen, reduciendo las voces a murmullos, y hurgó en el revoltijo de la mesa. Una libreta inusual y excepcionalmente maciza le llamó la atención. La tomó.

Tenía unos treinta y cinco por treinta centímetros y tres de grosor, y estaba encuadernada en tela de un color pardo, que el tiempo y el sol habían aclarado en los bordes. Las hojas eran rígidas y pesadas, pautadas por tenues líneas azules, y la primera página empezaba en medio de una frase. Poniendo más atención, el oficial vio que del principio de la libreta habían quitado tres hojas, con una navaja o cuchillo muy afilado. Sacó la daga y probó el filo contra la cuarta. La daga era filosa —así la mantenía el esclavo— pero no cortaba con la misma limpieza que la hoja empleada por alguien antes que él. Leyó:

«…incluso a la luz del día una cualidad engañosa que alimenta la imaginación, de modo que a veces me pregunto cuánto de lo que veo aquí no existe sólo en mi mente. Me da una sensación de desequilibrio, que los días demasiado largos y las noches estiradas no alivian. Me despierto —aun en Roncesvalles me pasaba— horas antes del amanecer.

»De todos modos, el clima es templado —eso me dice el termómetro—, pero no parece templado: el efecto general es el de los trópicos. El sol, este increíble sol rosa, arde, todo luz y nada de calor, con tan poca intensidad en el extremo azul del espectro que detrás el cielo queda casi negro, y esta misma negrura es —o me parece a mí— tropical como un sudoroso rostro africano, o las verdinegras sombras de mediodía en la jungla; y todo, las plantas, los animales e insectos, hasta esta disparatada ciudad, todo abona ese sentimiento. Me hace pensar en el langur de las nieves, el mono que vive en los valles helados del Himalaya; o en esos elefantes y rinocerontes peludos que durante las glaciaciones se mantuvieron en los bordes helados de Europa y Norteamérica. Del mismo modo, cuando el suelo se eleva y alcanza a librarse de la monótona sujeción de las saladas cañas de las marismas, hay aquí una profusión de aves coloridas y plantas de hojas anchas y flores amarillas, como si fuera Martinica o Tumaco.

»La humanidad colabora. Nuestra ciudad (como ves, pocos días en una de estas metrópolis recién construidas y desvencijadas te vuelven un viejo residente, y se me consideró Colono Temprano ya antes de transferir el contenido de mi bolso al astillado armario de la habitación) está construida en gran parte con leños de unos árboles similares a cipreses que motean las tierras bajas circundantes, y techada con láminas de plástico corrugado; así que sólo nos falta un jadeo de tambores nativos a lo lejos. ¡Y vaya si oír unos cuantos no me facilitaría el trabajo! De hecho, se afirma que algunos de los primeros exploradores del lejano sur hablaron de anneses que lanzaban señales tamborileando troncos de árboles huecos; se dice que no usaban palillos, que golpeaban el tronco con la mano abierta como si fuese un tom-tom y que, como todos los primitivos, presumiblemente se habrían comunicado imitando, con el ruido de los golpes, su propia lengua: tambores parlantes».

El oficial volvió las hojas con el pulgar. Había páginas y páginas del mismo tipo de material, y arrojó la libreta de lado para tomar unos pocos papeles sueltos, sujetos originariamente —echó una mirada a la parte superior de la carta adjunta: Port-Mimizon— con una endeble grapa de estaño que ya se había desprendido. Esta vez la letra era nítida, de escribiente profesional; las páginas estaban numeradas, pero no se molestó en encontrar la primera.

«Ahora que vuelvo a tener papel se ha demostrado posible, tal como predije, descifrar los golpeteos de mis compañeros de prisión. Cómo, preguntarás. Muy bien, te lo diré. No porque deba hacerlo, sino para que puedas admirar mi inteligencia. Tendrías que admirarme, ¿sabes?, y a mí me hace falta.

»Escuchando los golpeteos no era difícil separar grupos codificados, y cada uno de ellos —me di cuenta— representaba una carta. Admito que me ayudó mucho saber que la intención del código era ser entendido, no despistar, y que a menudo los lectores eran hombres incultos. Llevando cuentas pude determinar la frecuencia de uso de cada grupo; hasta aquí era fácil y cualquiera habría podido hacerlo. Pero ¿cuáles eran las frecuencias de las cartas? Nadie lleva tal información en la cabeza salvo un criptógrafo, y es aquí donde se me ocurrió una solución a la cual —me adulo— tú nunca habrías llegado si hubieras tenido que estar en esta celda, como parece que tendré que estar yo, hasta que las paredes se desmoronen: analicé mi propia conversación. Siempre he tenido una memoria excelente para lo que he oído decir, y mejor aún para lo que he dicho yo mismo: todavía recuerdo, por ejemplo, ciertas conversaciones que tuve con mi madre a los cuatro años, y lo raro es que ahora comprendo cosas que ella dijo y en su momento me parecieron totalmente opacas, bien porque ni siquiera conocía las simples palabras que ella usaba, bien porque las ideas que transmitía, y sus emociones, escapaban a la aprehensión de un niño.

»Pero te estaba contando sobre las frecuencias. Sentado aquí en mi colchón, hablaba conmigo mismo, como ahora; pero, para impedir que mi inconsciente favoreciera ciertas letras, no escribía nada. Luego imprimía el alfabeto y, mentalmente, repasaba todo lo que había dicho, deletreando las palabras y poniendo cifras bajo las letras.

»Y ahora puedo aplicar la oreja al tubo de desagüe que pasa por mi celda y entender. Al principio fue muy difícil, claro. Tenía que garabatear los golpes, luego desentrañarlos, y a menudo el fragmento de mensaje que había logrado registrar no tenía significado alguno: OÍSTE LO QUE ELLOS…

»Muchas veces obtenía menos aún. Y me preguntaba por qué tanto de lo que se decía estaba en números: DOS DOCE A LAS MONTAÑAS… Después me di cuenta de que normalmente se llaman —nos llamamos— por el número de celda, que indica la localización y, al fin y al cabo, supongo que es lo más importante de un preso».

La página terminaba. En vez de mirar la siguiente, el oficial se levantó empujando la silla hacia atrás. Al cabo de un momento traspuso el umbral abierto; fuera había ahora una leve brisa, y Sainte Anne, alta sobre su cabeza, envolvía el mundo en una triste luz verde. A una milla o más, en el puerto, se divisaban los palos de los barcos. El aire traía el dulzor penetrante de las flores nocturnas que el comandante anterior había hecho plantar alrededor de la construcción. A cincuenta pies, en cuclillas bajo la sombra de un eucalipto, el esclavo apoyaba la espalda en el tronco, lo bastante escondido para sostener la ficción de que era invisible y no lo necesitaban, lo bastante cerca para oír si el oficial lo llamaba o batía las palmas. El oficial lo miró significativamente y el esclavo cruzó corriendo la reseca hierba calada de verdor e hizo una reverencia.

—Cassilla —dijo el oficial.

El esclavo inclinó la cabeza.

—Con el mayor respeto… Tal vez, Maitre, una chica de la ciudad…

Mecánicamente el oficial, que era más joven que él, abrió la mano izquierda y golpeó la mejilla derecha del esclavo. No menos mecánicamente, el esclavo cayó de rodillas y se puso a sollozar. El oficial lo empujó con el pie hasta dejarlo tendido en la hierba medio muerta y volvió al cuarto que le servía de oficina. Cuando se marchó, el esclavo se puso de pie, se sacudió la ropa raída y volvió a su puesto bajo el eucalipto. Pasarían dos horas o más hasta que el mayor terminara con Cassilla.

Hubo una raza nativa. Son historias demasiado conocidas, con demasiados pormenores, demasiado bien documentadas para que el asunto sea un mito infantil de nuevo planeta. Queda por averiguar el porqué de la ausencia de artefactos legítimos, pero tiene que haber alguna explicación.

Para este pueblo indígena, la humanidad y la cultura tecnológica fueron sin duda más tóxicas que para cualquier otro grupo aborigen de la historia. En un lapso de no mucho más de un siglo, de primitivos ubicuos aunque poco dispersos, han pasado a ser algo menos que un recuerdo; esto sin una catástrofe específica peor que la destrucción de las crónicas de las primeras partidas francesas, desembarcadas durante la guerra.

Mi problema, entonces, es enterarme de todo lo que haya por aprender sobre un pueblo muy primitivo que ha dejado muy pocos rastros físicos —hasta donde se sabe— y ciertas leyendas muy elaboradas. Estaría desalentado si no fuera porque el paralelo con esos pigmeos paleolíticos, caucasoides, que se dieron en llamar la Gente Buena —y sobrevivieron, como se mostró finalmente, en Escandinavia y Eire hasta los últimos años del siglo dieciocho— me parece casi exacto.

¿Hasta qué fecha, pues, aguantaron los anneses? Aunque he estado haciendo preguntas a todos los implicados, y escuchando todo lo que quisieran contarme —de tercera, de enésima mano; siempre pienso que de algo me enteraré, y es absurdo convertir en enemigo a quien quizá más tarde me conduzca a una información mejor—, he estado especialmente atento a los relatos de primera mano, con fecha. Los tengo todos en cintas, pero tal vez sea sensato transcribir aquí algunos de los más interesantes; al fin y al cabo las cintas pueden estropearse o perderse. Para evitar confusiones doy todas las fechas según el calendario local.

13 de marzo. Guiado por el señor Judson, conserje del hotel, que me presentó con un prolongado discurso, pude hablar con la señora Mary Blount, una octogenaria que vive con su nieta y el marido de ésta en una granja a unas veinte millas de Playa del Francés. Antes de presentarme a la anciana, el marido me previno de que a veces los pensamientos se le confundían, y con el propósito de mostrármelo puso como ejemplo que unas veces afirmaba haber nacido en Tierra, mientras que otras insistía en que había sido en una nave colonizadora. Empecé la entrevista preguntándole por esto; la respuesta confirma, me temo, cuan poco se escucha a la gente de edad en nuestra cultura.

Sra. Blount: Dónde nací. En la nave. Sí. Fui la primera que nació en la nave y la última nacida en el viejo mundo… ¿Qué le parece, joven? No admitían a bordo mujeres embarazadas, ¿sabe?, pero lo cierto es que entraron a montones. Mi madre quería ir, y decidió no decir nada. Era una mujer robusta, ya se imaginará usted, y supongo que yo era un bebé pequeñito. Sí, para todo aquel montaje había exámenes físicos, pero eso había sido tres meses antes, porque el despegue se retrasó. Todas las mujeres debían ponerse ese cubretodo que llamaban traje espacial, igual que los hombres, y cuando mamá sintió que yo llegaba les dijo que quería aflojárselo, y armó una de mil diablos. O sea que no sabían. Ya había tenido dolores, decía, al subir a la torre de lanzamiento, pero la médica de la nave era una de ellas y no dijo nada a nadie, y nos puso a las dos a dormir como hacían con algunos, y cuando me desperté habían pasado veintiún años. La nave en que vinimos era la nueve-ocho-seis, que no era la número uno pero sí una de las primeras. He oído que antes les ponían nombres, y pienso que sería más bonito.

»Sí, cuando vinimos todavía quedaban aquí algunos franceses; a la mayoría salvo los niños más pequeños les faltaban las piernas o los brazos y tenían unas cicatrices terribles. Sabían que habían perdido y nosotros sabíamos que habíamos ganado, y nuestros hombres se apoderaron de tierras y animales, así de simple, lo que se les antojara, eso me contó después mamá. Yo era pequeña, ¿sabe?, y no me di cuenta de nada. En el tiempo en que yo me criaba también crecían las francesitas, y no vea lo graciosas que eran. Se conseguían los chicos más guapos, ¿sabe?, y los ricos. Ya podía una ir a un baile con su mejor vestido, que llegaba una gabacha, en harapos, ¿se da cuenta?, pero con una cinta y una flor en el pelo, y todo el mundo se volvía a mirarla.

»¿Anneses? ¿Qué son los anneses? Ah, ellos. Nosotros los llamábamos abos, o salvajes. No eran gente de verdad, ya entiende, sólo animales con forma de gente. Claro que los he visto. Pues cuando yo era chica jugaba con los niños, los pequeños, ¿sabe? Mamá no quería, pero cuando yo salía a jugar sola me iba al fondo de nuestro prado y ellos venían a jugar conmigo. Mamá decía que me iban a comer (se ríe), pero yo no diría que alguna vez lo intentaron.

»¡Pero caray si robaban! Cualquier cosa de comer; tenían hambre todo el tiempo. Se acostumbraron a saquear nuestro ahumadero, y una noche papá mató a tres, con la escopeta. Con uno yo había jugado a veces, y lloré; los niños son así. No, no sé dónde los enterró, si es que lo hizo; supongo que los arrastró fuera del terreno, y se los dejó a las fieras.

Entró un oficial hermano. El oficial apartó la libreta y un soplo de viento revolvió las páginas.

—Ah, qué sensación —dijo el oficial hermano—. ¿Por qué no soplará de día, cuando nos hace falta?

El oficial se encogió de hombros.

—Te quedas despierto hasta tarde.

—No tanto como tú… Ya me voy a la cama.

—Fíjate lo que me han dado —los labios del oficial se curvaron en una sonrisa agria. Señaló la jungla de papeles y citas que tenía sobre la mesa.

—¿Político?

—Criminal.

—Díles que le sacudan el polvo al garrote y vete a dormir un poco.

—Antes tengo que descubrir de qué se trata. Ya conoces al comandante.

—Mañana estarás para el arrastre.

—Dormiré hasta tarde. De todos modos, estoy de franco.

—Siempre fuiste una lechuza, ¿no?

El oficial hermano salió bostezando. El oficial se sirvió una copa de vino, no más fresco ahora que el cuarto, y se puso de nuevo a leer donde el viento había dejado el libro.

Mr. D: No lo sé. Puede que haga unos quince años, puede que no. Aquí tenemos años más largos, ¿lo sabía?

Yo: Sí, no hace falta que lo explique.

Mr. D: Bien, esos franceses contaban toda clase de historias sobre ellos; la mayoría nunca me las creí.

Yo: ¿Qué clase de historias?

Mr. D: Uh, disparates. Los franceses son gente ignorante, vaya si lo son.

(Fin de la entrevista)

Me habían dicho que uno de los últimos sobrevivientes de los primeros colonos franceses había sido un tal Robert Culot, muerto hacía unos cuarenta años. Pregunté por él y me enteré de que a veces su nieto —llamado también Robert Culot— refería historias que le oyera a su abuelo en los primeros tiempos de Sainte Anne. Este Robert Culot, el joven, parece tener unos veinticinco años terráqueos. Administra una tienda de ropa, la mejor de Playa del Francés.

Mr. Culot: Sí, el viejo solía contar historias sobre los que usted llama anneses, doctor Marsch. Tenía muchas historias sobre ellos, de todas clases. Correcto, pensaba que eran de muchas razas. Quizá los demás, decía, pensaran que eran todos una misma cosa, pero los demás sabían menos que él. Habría dicho que para los ciegos todos los gatos son pardos. ¿Habla usted francés, doctor? Qué lástima.

Yo: ¿Puede decirme la fecha aproximada en que su abuelo vio por última vez un annés vivo, monsieur Culot?

Mr. C: Unos años antes de morir. A ver… Sí, tres años antes de morir, creo. Al año siguiente quedó postrado en cama, y dos años después se lo llevó la muerte.

Yo: ¿Hace unos cuarenta y tres años, entonces?

Mr. C: Vaya, no le cree a un viejo, ¿no? ¡Qué crueldad! En estos franceses no se puede confiar, piensa usted.

Yo: Al contrario, estoy intrigado.

Mr. C: Mi abuelo había asistido al entierro de un amigo y tenía el ánimo abatido, así que se fue a dar un paseo. De joven había caminado muchísimo, ¿comprende? Luego, unos años antes de la última enfermedad, dejó esa costumbre. Pero ahora, como tenía problemas de corazón, caminaba de nuevo. Estábamos con mi padre, el hijo de él jugando a las damas, cuando volvió.

Yo: ¿Qué aspecto dijo que tenía su indígena?

Mr. C: ¡Caray! (se ríe). Esperaba que no me lo preguntase. Mire, mi padre también se rió, y eso lo puso furioso. Por eso le echó en cara a mi padre su mal inglés, para hacerlo enfadar, y dijo que mi padre se pasaba el día sentado y en consecuencia no veía nada. Mi padre había perdido las dos piernas en la guerra… Qué suerte para mí, ¿no?, que no perdiera también otras cosas.

»Entonces le hice esa pregunta que usted me ha hecho a mí: qué aspecto tenían. Le diré qué fue lo que respondió, pero hará que desconfíe de él.

Yo: ¿No cree que quizá simplemente lo engañara, a usted o a su padre?

Mr. C: Era el viejo más honrado del mundo. No le contaba una mentira a nadie, ¿entiende? Pero podía… decir la verdad de tal manera, que sonara impertinente. Le pregunté qué aspecto tenía la criatura, y dijo que a veces parecía un hombre, pero a veces el poste de una cerca.

Yo: ¿El poste de una cerca?

Mr.C: O un árbol muerto… Algo por el estilo. Déjeme recordar. Es posible que haya dicho: «A veces un hombre, a veces madera vieja». No, realmente no puedo decirle qué quiso decir.

(Fin de la entrevista)

Monsieur Culot me dirigió a varios miembros más de la comunidad francesa de Playa del Francés que, según él, quizá desearan cooperar conmigo. También mencionó a un doctor Hagsmith, médico, que a su entender había hecho cierto esfuerzo por recopilar tradiciones respecto a los anneses. Pude acordar una entrevista con el doctor Hagsmith esa misma noche. Es angloparlante, y me dijo que se consideraba folklorólogo aficionado.

Dr. Hagsmith: Usted y yo, señor, tenemos enfoques diferentes. No es mi intención menospreciar lo que hace… pero yo hago otras cosas. Usted quiere encontrar lo verdadero, y me temo que encontrará endemoniadamente poco; yo quiero lo falso, y he encontrado mucho. ¿Comprende?

Yo: ¿Quiere decir que su recopilación incluye muchos relatos sobre los anneses?

Dr. H: Miles, señor. Llegué aquí siendo un joven médico, hace ya veinte años. En aquellos tiempos creíamos que a estas alturas tendríamos una gran ciudad; no me pregunte por qué lo creíamos, pero así era. Proyectábamos de todo: museos, parques, un estadio. Pensábamos que había todo lo necesario, y era cierto… excepto gente y dinero. Todavía hay de todo (se ríe). Empecé a transcribir las historias en el curso de mi práctica. Me daba cuenta, fíjese, que esos cuentos sobre los abos tenían efecto en las mentes, y las mentes tenían efecto en las enfermedades.

Yo: Pero… usted mismo, ¿no ha visto nunca un aborigen?

Dr. H: No, señor. Pero probablemente soy el mayor experto vivo que pueda encontrar. Pregúnteme lo que sea y le citaré capítulo y verso.

Yo: De acuerdo. ¿Existen todavía los anneses?

Dr. H: Tanto como siempre (se ríe).

Yo: Entonces ¿dónde viven?

Dr. H: ¿En qué localidad, quiere decir? Los que viven al fondo de más allá llevan una existencia errante. Los que viven en granjas por lo general tienen sus habitaciones en las partes más alejadas, pero de tanto en tanto alguno se instala en un establo, o bajo el alero de la casa.

Yo: ¿Y no los ven?

Dr. H: Ah, ver un annés trae muy mala suerte. Por lo general, sin embargo, cuando alguien los mira toman la forma de algún utensilio hogareño… Se transforman en una gavilla de paja, o lo que sea.

Yo: ¿De veras cree la gente que pueden hacer esas cosas?

Dr. H: ¿Y usted no? Si no pueden, ¿dónde andan todos? (se ríe).

Yo: ¿No dijo que la mayoría vive «al fondo de más allá»?

Dr. H: Los páramos, el yermo. Es un término que usamos aquí.

Yo: ¿Y cómo son ellos?

Dr. H: Como la gente; pero del color de las piedras, con grandes matas de pelo salvaje… Excepto los que no tienen pelo. Algunos son más altos que usted o yo, y muy fuertes; otros más bajos que niños. No me pregunte cómo son los niños de bajos.

Yo: Suponiendo por un momento que los anneses fueran reales y yo quisiera verlos, ¿dónde me aconsejaría que fuera a buscarlos?

Dr. H: Podría ir a los embarcaderos (se ríe). O a los lugares sagrados, supongo. ¡Ah, ahí lo pillé! No sabía que tienen lugares sagrados, ¿verdad? Pues tienen varios, señor, y una religión bien organizada y muy desconcertante. Cuando llegué también oía mucho sobre un alto sacerdote… un gran jefe, como quiera usted llamarlo. En todo caso, un abo más mágico que lo habitual. Por entonces acababan de construir el ferrocarril, y por supuesto, los animales de caza no estaban acostumbrados y el tren mató a muchos. A este sujeto se lo veía recorriendo los raíles por la noche, devolviéndolos a la vida, de modo que la gente lo llamaba Cenizante y otros nombres por el estilo. No, Cenicienta no, ya sé qué está pensando… Cenizante.

»Una vez el tren le cortó el brazo a la mujer de un arriero. Sospecho que estaba borracha, y tumbada en la vía, y el arriero corrió a traerla aquí, al ambulatorio. Bien, señor, sacaron del banco de órganos un brazo congelado y se lo injertaron; pero Cenizante encontró el brazo perdido e hizo crecer una mujer nueva, así que el arriero tuvo dos esposas. Naturalmente la segunda, la que había hecho Cenizante, era abo salvo por aquel brazo, de modo que a la parte abo le daba por robar, y luego la parte humana devolvía lo que había robado. Bien, al fin los dominicos de aquí la tomaron contra el pobre arriero por tener demasiadas esposas, y el hombre decidió que la hecha por Cenizante tendría que irse… Como le faltaba el brazo humano, no cortaba bien la leña, ¿comprende?

»¿Lo sorprendo, señor? No, al no ser realmente humanos, ¿comprende?, los abos no pueden manejar esa clase de herramientas. Las pueden tomar y transportar de un lado a otro, pero no pueden llevar nada a cabo. Son animales mágicos, si quiere, pero sólo animales. En verdad (se ríe), para ser antropólogo, sabe usted menos que el diablo. Es la prueba que se supone aplicaban los franceses en el vado llamado Reguero de Sangre: paraban a todo el que pasaba y lo hacían cavar con una pala…»

Al astillado alféizar de la ventana del oficial saltó un gato. Era un gran macho negro con un solo ojo y garras dobles: el gato de cementerio de Viena. El oficial lo maldijo y, como no se iba, lenta y cuidadosamente —para no alterarlo— empezó a alargar la mano hacia la pistola; pero en el instante en que los dedos tocaron la culata, el gato siseó como hierro caliente en aceite y escapó de un salto.

«M. dT: ¿Lugares sagrados, monsieur? Sí, tenían muchos, así se decía al menos… Para ellos todo árbol que creciera en las montañas era sagrado; sobre todo si junto a las raíces había agua, como ocurría comúnmente. Donde el río de aquí, el Tempus, entra en el mar, era para ellos un sitio muy sagrado.

Yo: ¿Dónde había otros?

M. dT: Había una cueva, muy río arriba, en los riscos. Que yo sepa nadie nunca la ha visto. Y cerca de la boca del río un anillo de árboles grandes. Ahora han talado la mayoría, pero todavía están los tocones; Trenchard, el mendigo que dice que es uno de ellos, le mostrará el lugar por unos pocos sous; si no, haga que se lo muestre el hijo.

»¿No había oído hablar de él, monsieur? Oh, sí, cerca de los muelles. Lo conoce todo el mundo; es un farsante, ¿comprende?, un bufón. Como la artritis le ha tullido las manos (levanta las propias) no puede trabajar, y entonces dice que es abo y se hace el loco. Se considera que darle unas monedas trae suerte. No, es un hombre como usted y yo. Está casado con una pobre desdichada que la gente apenas ve, y tienen un hijo de unos quince años…»

El oficial hizo pasar veinte o treinta páginas y volvió a leer en un punto donde el nuevo formato de las entradas indicaba algún cambio en la índole del material.

«Un rifle pesado (cal. 35) para defenderse contra animales grandes. Yo lo llevaré. 200 cartuchos.

Un rifle ligero (cal. 225) para garantizar caza menuda para la olla. Lo llevará el chico. 500 cartuchos.

Una escopeta (cal. 20) para caza menuda y aves. Cargada en la mula guía. 160 cartuchos.

Un cajón (en total 200 cajas) de cerillas.

40 lb. de harina.

Levadura.

2 lb. de té (local).

10 lb. de azúcar.

10 lb. de sal.

Batería de cocina.

Multivitaminas.

Botiquín.

Aleros de tienda, con equipo de reparación y estacas y cuerda de repuesto.

Dos sacos de dormir.

Lona impermeable para el suelo.

Par de botas de recambio (para mí).

Ropa extra, cosas de afeitar, etc.

Caja de libros. Algunos traídos de Tierra, la mayoría comprados en Roncesvalles.

Cinta de grabación, tres cámaras, película y esta libreta. Plumas.

Sólo dos cantimploras, pero viajaremos siempre siguiendo el Tempus.

Y no se me ocurre nada más. Sin duda hay muchas cosas que después desearemos haber llevado, y la próxima vez tendré más experiencia; pero tiene que haber una primera vez. Cuando estudiaba en Columbia solía leer relatos de esas expediciones victorianas de polainas y salacot, que usaban cientos de portadores y zapadores y no sé cuánto más, e impulsado por el coraje de Gutenberg, soñaba con dirigir algo así. Así pues, heme aquí, durmiendo bajo techo por última vez, y mañana partimos: tres mulas, el chico (en harapos) y yo (de pantalones de lona azul y camisa deportiva de Culot). Al menos, salvo que me patee una mula o el chico me degüelle mientras duermo, no tengo que preocuparme porque los subordinados se amotinen…

6 de abril. Primera noche al aire libre. Estoy sentado frente a nuestro pequeño fuego, en el cual el chico cocinó la cena. Es un cocinero de campo de primer orden (¡delicioso descubrimiento!), aunque muy ahorrador con la leña, como deduzco de mis lecturas que son siempre los fronterizos. Me resultaría bastante simpático si no fuera por esos grandes ojos de mirada taimada.

Ahora ya duerme, pero yo pienso quedarme despierto anotando lo que ha ocurrido en esta primera jornada de viaje y mirando las estrellas. Él me ha estado indicando las constelaciones, y creo que tal vez ya conozco más el cielo nocturno de Sainte Anne de lo que conocí nunca el de Tierra, lo cual no es una hazaña. Como sea, el chico afirma conocer todos los nombres anneses, y aunque hay buenas posibilidades de que sean meros inventos del padre, los registraré aquí esperando encontrar más tarde confirmación independiente. Están Mil Tentáculos y el Pez (una nebulosa que parece esforzarse por atrapar a una sola estrella brillante), la Mujer de Pelo Ardiente, la Lagartija Guerrera (con Sol como una de las estrellas de la cola), los hijos de la Sombra. Ahora no consigo encontrar a los hijos de la Sombra, pero seguro que el chico me los señaló: dos pares de ojos fulgurantes. Había más, pero ya las he olvidado; tendré que empezar a grabar las conversaciones con el chico.

Pero empecemos por el principio. Esta mañana nos pusimos temprano en movimiento; el chico me ayudó a cargar las mulas, o mejor yo lo ayudé a él. Es muy listo con las cuerdas, y hace grandes nudos de aspecto complicado que parecen sujetar bien hasta que él quiere soltarlos; entonces se le deshacen en los dedos. El padre vino a despedirnos (lo que me sorprendió) y me sometió a una copiosa retórica de desocupado, destinada a hacerme soltar algún dinero y a que lo compensara por la ausencia del muchacho. Al final le di un poco, pensando que me traería suerte.

Las mulas marchan bien, y de momento parecen todas bestias robustas y no más tercas de lo que razonablemente cabría esperar. Son más grandes que caballos y mucho más fuertes, con cabezas más largas que mi brazo y grandes dientes cuadrados, amarillentos, que muestran cuando pliegan los labios para comer los cardos del borde del camino. Dos grises y una negra. Cuando paramos el chico las maneó, y ahora las oigo rondando el campamento; y de vez en cuando veo el humo del aliento de las bestias suspendido en el aire frío como un espíritu pálido.

7 de abril. Ayer pensé que habíamos empezado el viaje de veras, pero hoy comprendo que simplemente andábamos de excursión por las tierras colonizadas —o medio colonizadas, al menos— de los alrededores de Playa del Francés, y que, de haber subido anoche a una de las colinas cercanas al campamento, casi seguramente habríamos visto las luces de alguna granja. Esta mañana pasamos incluso por un minúsculo poblado que el chico llamó «Los gabachos», nombre que, supongo, no admitirían de buen grado los habitantes. Le pregunté si no lo avergonzaba usar semejante nombre cuando él desciende de franceses, y con gran seriedad me dijo que no, que él tiene a medias sangre del Pueblo Libre —nombre que da a los anneses— y que es leal a ese pueblo. En suma, cree en su padre; aunque quizá sea la única persona del mundo que cree en él. No obstante, es un chico brillante; tal es el poder de la educación paterna.

Una vez que dejamos atrás «Los gabachos», el camino simplemente desapareció. Habíamos llegado a la frontera de «el fondo de más allá» y las mulas lo percibieron en seguida: se volvieron más porfiadas y nerviosas… en otras palabras, menos gente y más animales. Vamos cortando hacia el oeste y el norte, debería explicar, buscando el río en una larga diagonal en vez de acercarnos directamente. De este modo pensamos evitar la mayor parte de las marismas (en manos del mendigo ya las he visto lo suficiente como para no querer intentar cruzarlas) y dar con los arroyuelos que lo alimentan hasta llegar a satisfacer nuestras necesidades de agua. En cualquier caso el Tempus, eso me han dicho, es demasiado salobre aun muy lejos de la costa.

Ayer debí mencionar (pero me olvidé) que al montar la tienda descubrimos que no hemos traído un hacha, ni implemento alguno con el que clavar las estacas. Regañé un poco al chico, pero él se limitó a reírse y arregló el asunto martillando con una piedra. Encuentra abundante madera muerta para el fuego, y la parte con la rodilla, con una fuerza asombrosa. Para encender el fuego hace una especie de casita o enramada de varillas, que llena con hojas y hierba secas, alzando la construcción entera en menos de lo que me ha llevado escribirlo. Siempre (es decir, anoche y hoy) me pide que la encienda yo, aparentemente porque lo considera una función superior que ha de ser desempeñada por el jefe de la expedición. Imagino que una hoguera tiene algo de sagrado, si es que el mandato de Dios rige tan lejos de Sol; pero, tal vez para no abrumarnos con el santo misterio del humo, piadosamente la mantiene tan reducida que me asombra que pueda cocinar. Aun así, muy a menudo se quema los dedos, he advertido, y cada vez se los mete infantilmente en la boca y empieza a dar saltos alrededor del fuego, farfullando.

8 de abril. El chico es el peor tirador que he visto en mi vida; hasta ahora, prácticamente es lo único que he descubierto que no hace bien. Hasta ahora lo hacía llevar el rifle ligero, pero después de tres días se lo he quitado; al parecer no se le ocurre otra cosa que apuntar vagamente el arma hacia el animal que yo le señalo, cerrar los ojos y apretar el gatillo. Sinceramente pienso que en el fondo del corazón (si el chico tiene tal cosa) cree que lo que mata es el ruido. Las piezas que hemos cazado hasta ahora las maté yo, bien arrebatándole el rifle después del primer disparo y disparando enseguida por segunda vez, antes de que el blanco se perdiera de vista, o bien usando el rifle pesado, lo que es un desperdicio tanto de munición cara como de carne.

Por otro lado el chico (realmente no sé por qué lo llamo así, salvo porque lo hacía su padre; es casi un hombre, y ahora que lo pienso, al menos fisiológicamente sólo ocho o nueve años menor que yo) tiene el mejor ojo que he visto para las piezas heridas. Es mejor que un buen perro, ya sea para localizar como para cobrar —lo que ya es bastante— y ha viajado mucho por «el fondo de más allá», aunque nunca ha remontado el río tanto como para llegar a la cueva sagrada (espero que no mítica) que estamos buscando. En todo caso, parece haber vivido largas temporadas en el páramo con la madre. Tengo la impresión de que a ella no le entusiasmaba mucho el tipo de vida que su marido le daba en Playa del Francés, de lo cual no diré que la culpo. De cualquier manera, con el olfato del chico para la sangre y mi puntería, no creo que nos escasee la carne.

¿Qué más hoy? Ah, sí, la gata. Nos viene siguiendo una, al menos desde que pasamos por «Los gabachos». Hoy al mediodía la entreví, y por un instante (el reverbero del sol acentuaba la engañosa, fantástica extensión que tiene el paisaje verde bajo este cielo oscuro) pensé que era un tigre tedio. La bala se fue alta, naturalmente, y cuando vi la polvareda, en un tris todo cobró perspectiva: mis «matorrales» eran arbustos, y la distancia que me había parecido de unas doscientas cincuenta yardas era tres veces menor; con lo que mi tigre tedio se convirtió en una mera gata doméstica de raza terráquea, sin duda salida de alguna granja. Parece seguirnos con toda deliberación, manteniéndose ahora a un cuarto de milla. Esta tarde le disparé un par de tiros de largo alcance (doscientas a trescientas yardas), lo que contrarió tanto al chico que me arrepentí de mis intenciones felinicidas y le dije que si lograba atraer el animal al campamento lo podría tener de mascota. Supongo que nos sigue por los restos de comida que dejamos. Mañana habrá en cantidad: hoy cacé un venado chinche.

10 de abril. Dos días de caminata ininterrumpida durante los cuales vimos buena cantidad de caza, pero ni un rastro de anneses sobrevivientes. Hemos cruzado tres riachos que el chico llama Serpiente Amarilla, Niña que Corre y Fin de los Días, pero que según mi mapa son arroyo Milla Cincuenta, río Johnson y Rougette. Con ninguno hubo problemas; los primeros dos pudimos vadearlos por donde nos topamos con ellos, y unos pocos cientos de yardas más arriba pasamos el Rougette (que pintó mis botas, las piernas del chico y las patas de las mulas). Mañana espero ver el Tempus (que el chico llama simplemente «El Río»); me asegura que la cueva sagrada de los anneses ha de estar un buen trecho más adelante; dice, por cierto, que las orillas por las que ha pasado nuestra ruta no son de piedra sino de barro, y no pueden albergar una cueva.

Finalmente se me ocurrió que si el chico ha vivido (como dice) buena parte de su vida en tierras vírgenes, tal vez sea —pese a la influencia corruptora del padre y su propia, perseverante convicción de ser medio annés— una magnífica fuente de información. Tengo la entrevista grabada, pero —como hago siempre con el material más interesante— la transcribo aquí.

Yo: Me has dicho que a menudo, especialmente en primavera y verano, has vivido con tu madre en «el fondo de más allá»; en ocasiones durante meses. Me han informado que hace unos cincuenta años, en las granjas ganaderas más remotas, niños anneses solían venir a jugar con los humanos. ¿A ti te pasó algo así? ¿Hubo alguien aquí, además de tu madre y tú? Al fin y al cabo, en cuatro días nosotros no hemos visto a nadie.

V.R.T.: Casi cada día de estos cuatro días de viaje, como usted dice, vimos muchísima gente, muchos animales y pájaros, árboles que estaban vivos… Aunque esto todavía no es el fondo de más allá donde uno ve a los dioses bajar por el río flotando en troncos, y árboles que se van de viaje, y a los dioses de cabeza grande y pequeña y capullos de hidrangeas de agua en el pelo; o a los hombres alce que tenían la cabeza y el pelo y la barba y los brazos y el cuerpo como los de los hombres, y las patas de cuerpo de alce rojo, y que por eso necesitaban aparearse con mujeres vaca una vez como hacen las bestias y una vez como hacen los hombres, y toda la primavera luchaban gritando en las laderas, y luego cuando las gentes de la laguna volvieron del sur, huyendo, en seguida se reconciliaron y andaban de nuevo abrazados y robaban huevos de picapinos o pateaban piedras contra mí; y claro, los hijos de la Sombra también venían a robar cada noche montados en burbujas y en la espuma de los manantiales, y entonces después de que se ponía el sol mi madre me guardaba bajo sus cabellos y no me dejaba salir, porque en esa época yo era muy chico, pero cuando me hice más grande, ¡yo salía y gritaba y los hacía escapar!

»Es que ellos creen, siempre creen, que obtendrán lo que quieren, y entonces en seguida vienen corriendo a morder; pero si uno se vuelve deprisa y grita, no lo hacen nunca, y nunca son tantos como ellos piensan, porque algunos sólo están en la mente de los otros, así que a la hora de pelear se disuelven unos en otros y no son más que uno solo.

Yo: ¿Por qué nosotros no hemos visto ninguna de estas cosas raras?

V.R.T.: Yo he visto.

Yo: ¿Qué? Estando conmigo, quiero decir.

V.R T.: Pájaros y animales y árboles vivos, y a los hijos de la Sombra.

Yo: Te refieres a las estrellas. Si ves algo extraordinario me lo dirás, ¿no?

V.R.T.: (Asiente).

Yo: Eres un muchacho fuera de lo común. Cuando estás con tu padre en Playa del Francés, ¿vas al colegio?

V.R.T.:A veces.

Yo: Ya eres casi un hombre. ¿Has pensado un poco en qué harás dentro de unos años?

V.R.T.: (Llora).

A la última pregunta no hubo respuesta. El chico rompió en lágrimas, incomodándome a tal extremo que, después de abrazarle los hombros un largo rato, tuve que alejarme del fuego y dejarlo sollozar más de media hora mientras yo daba tumbos entre las matas, donde unos gusanos enormes, luminosos pero de un color lívido de labios de muerto, se retorcían bajo mis pies en la noche. Confieso que fue una pregunta infeliz y estúpida. ¿Qué va a hacer este chico, hijo de un mendigo y a duras penas semieducado? Lee bien, sí; me ha pedido que le prestase los textos de antropología, e interrogándolo he obtenido respuestas mejores que las que habría esperado de un universitario medio; pero, según he visto en un viejo cuaderno de escuela (uno de sus escasos efectos personales), tiene una escritura lamentable.

11 de abril. Día lleno de incidentes. Veamos si puedo curarme el hábito de saltar atrás y adelante y ordenar todo lo interesante tal como ocurrió. Cuando anoche volví al campamento (veo que al cierre de la entrada de ayer me dejé trastabillando entre matas), el chico dormía en su saco. Eché más leña al fuego, rebobiné la cinta, transcribí el material en la última página y me acosté. Alrededor de una hora antes del amanecer nos despertó una conmoción de las mulas y fuimos a ver qué ocurría; yo con una linterna y el rifle pesado, el chico con dos varas encendidas. No se veía nada, pero apestaba a carne podrida y oímos huir un animal grande; realmente no creo que fuese una de las mulas. Cuando las encontramos, las mulas estaban cubiertas de sudor, y una había roto la manea —por suerte no se alejó mucho, y en cuanto hubo luz el chico pudo atraparla aunque le llevó casi una hora—, y las dos que se habían quedado parecían muy contentas de reclamar la protección que se debe a los animales domésticos.

Cuando al fin examinamos los alrededores y resolvimos que no había nada que encontrar, no tenía sentido seguir durmiendo. Bajamos la tienda, cargamos las mulas y yo insistí en que pasáramos la primera hora remontando nuestro rastro del día anterior a ver si encontrábamos pistas de algún depredador grande. Vimos a la gata (cada vez más atrevida ahora que ya no le disparo) y huellas de lo que el niño llama zorro fuego, y que, comparando su descripción con las de mi Guía de campo de los animales de Sainte Anne, he decidido que se trata probablemente de un fennec de Hutchenson o una criatura zorruna o coyote, con orejas enormes, aficionada a las aves y la carroña.

Tras este breve interludio avanzamos un buen trecho, y alrededor de una hora antes del mediodía hice el mejor disparo del viaje hasta el momento, abatiendo una bestia descomunal —no descrita en la Guía de campo— similar al carabú del Asia terráquea, con un solo tiro del rifle pesado a la cabeza. Conté los pasos hasta donde estaba el animal ¡y descubrí que había trescientas yardas!

Sentí un orgullo infernal, como es lógico, y examiné cuidadosamente el resultado de mi disparo, que le había dado al enorme individuo justo detrás de la oreja derecha. Incluso allí el cráneo era tan macizo que la bala no había logrado entrar del todo; de modo que, probablemente, mientras yo medía la distancia, el animal había seguido viviendo un buen rato; algo como una densa corriente de fluido lacrimal había dejado franjas de humedad en el polvo, debajo de cada ojo. Tras haber mirado la herida alcé un párpado con los dedos y noté que los ojos tenían dos pupilas, como los de ciertos peces terrestres; el segmento inferior de un ojo se movió levemente con el tacto, indicando quizá que aún entonces el animal seguía vivo. Puesto que las pupilas dobles no parecen características de la mayor parte de la vida de aquí, supongo que serán una adaptación inducida por los hábitos de la criatura, en buena medida acuáticos.

Ansié conservar esa cabeza como pieza de caza, pero ni pensarlo; el caso es que el chico estaba al borde de las lágrimas (tiene los ojos, que son grandes, de un verde pasmoso) imaginando que yo querría cargar en las mulas el cuerpo entero, que debía pesar mil quinientas libras, y me aseguró que no podía pedírseles tanto. Al fin pude convencerlo de que pensaba dejar las vísceras, la cabeza (¡pero qué pena esos cuernos!), el pellejo y las pezuñas, así como el costillar y en verdad todo menos la carne más selecta. Aun así las mulas no apreciaron ni el peso añadido ni el olor de la sangre, y tuvimos más dificultades de las que yo había esperado.

Más o menos una hora después de ponernos en marcha llegamos a la ribera del Tempus. Es un río muy diferente del que yo había visto cuando el padre del chico me mostró el «templo» annés. Tenía cerca de una milla de ancho, era salobre y apenas se veía la corriente, pues allí no desembocaba un único río sino una maraña tortuosa de arroyos anodinos que se arrastran por un sofocante delta de barro y cañas. Aquí todo es distinto: el agua casi no tiene tinte amarillo, y fluye lo bastante rápido como para quitar un leño de vista en pocos segundos.

Hemos dejado las marismas totalmente atrás y este nuevo Tempus, rápido y claro, corre entre ondulantes colinas de pasto esmeralda, moteadas de árboles y matorrales. Comprendo que mi plan original de remontar el río en bote era —como mis conocidos de Playa del Francés me previnieron— completamente impracticable, por muy cómodo que hubiera sido buscar cuevas ribereñas de ese modo. No sólo es el agua ya aquí tan rápida que gastaríamos la mayor parte del combustible sólo en pelear con la corriente, sino que el río da todos los signos de tener más arriba, en las montañas, saltos y cataratas. Quizá un aliscafo sería ideal, pero dada la exigua capacidad industrial de Sainte Anne no debe haber más de dos docenas en el planeta entero, y (seguramente) serán prerrogativa de los militares.

Pero no me quejaré. Quizá en un aliscafo ya habríamos encontrado la cueva, pero ¿con qué posibilidad de hacer contacto con los anneses que hubieran sobrevivido? Esperanzas de contacto puede tener nuestra partida, pequeña y espero que no inhibitoria, si es que todavía quedan anneses.

Además, permítanme confesarlo, disfruto. Después de topar con el río y remontar la corriente una milla, el chico se excitó mucho y dijo que habíamos llegado a un punto importante que él había visitado a menudo con su madre. A mí no me parecía en absoluto inusual —un leve declive con unos pocos árboles (muy grandes) sobre el vacío y una roca de forma algo extraña—, pero él insistió en que era un paraje hermoso y especial, mostrándome qué cómoda era la roca, donde uno podía sentarse o yacer en diversas posturas, y cómo los árboles ocultaban el sol; habrían protegido de la lluvia y aun en invierno, cubiertos de nieve, habrían formado una especie de choza. A lo largo de la orilla, al pie de la roca, en las pozas profundas siempre había peces, encontraríamos mejillones y caracoles comestibles —¡esa madre francesa!— y, en suma, el lugar era un auténtico vergel.

Tras escucharlo unos minutos hablar de ese modo comprendí que mira el paisaje —al menos ciertas zonas especiales, como ésta— tal como mucha gente tiene la costumbre de mirar edificios o habitaciones, idea ésta bien extraña. De todos modos hacía rato que yo quería estar unos minutos solo; decidí pues mimarle el inocuo entusiasmo, y le pedí que se adelantara con las mulas mientras yo me quedaba atrás contemplando la belleza del fabuloso lugar que él me había presentado. La propuesta le encantó, y en unos momentos estuve más completamente solo de lo que a la mayoría de los terráqueos nos es dado estar nunca, sin nada más frente a mí que el viento y el sol y los grandes árboles cuyas raíces ondeaban en el agua rumorosa.

Salvo por nuestro gata seguidora, que se acercó maullando y hubo que enviar tras las mulas a fuerza de pedradas.

Tuve tiempo para pensar en el animal parecido a un caribú que cobré esta mañana (y que, si sólo hubiera podido llevar el cráneo a la civilización, habría sido sin duda una especie de trofeo récord) y en todo este viaje. No es que importe tanto como antes mostrar que los anneses no se han extinguido todavía, y dejar registrado, antes de que desaparezcan del saber de la humanidad, todo cuanto pueda de sus costumbres y forma de pensar. Sí me importa, pero por razones nuevas. Cuando llegué a Sainte Anne, lo único que me interesaba de veras era adquirir, mediante trabajo de campo, la reputación necesaria para obtener en Tierra un cargo universitario decente. Ahora sé que el trabajo de campo puede y debe ser un fin en sí mismo; que esos viejos profesores altamente distinguidos, cuya reputación yo solía envidiar, no buscaban (como creía yo) regresar al campo —ni siquiera a trabajar una vez más la pobre y manida Melanesia— para acrecentar su dignidad académica; y que, antes bien, su posición era una herramienta que usaban para garantizar apoyo al trabajo de campo. ¡Y bien que hacían! Cada uno de nosotros encuentra su camino, su lugar; traqueteamos por el universo hasta que todo encaja; esto es la vida; esto es la ciencia, o algo mejor que la ciencia.

Cuando le di alcance, el chico ya había acampado —temprano—, y creo que estaba algo afligido por mí. Esta noche ha intentado secar al fuego una porción de carne de caribú, para conservarla, aunque le he dicho que lo que se nos estropee antes de poder comerlo simplemente lo tiraremos.

Olvidé mencionar que mientras iba tras el chico maté dos venados…»

El oficial dejó de lado la libreta encuadernada en tela, y al cabo de un momento se levantó a estirarse. Un pájaro había entrado brincando en la habitación, y ahora lo descubría, silencioso y perplejo, posado en el marco de un cuadro que había en lo alto de la pared opuesta a la puerta. Le gritó, y como no se movía, intentó pegarle con una escoba que el esclavo había dejado en un rincón. Echó a volar, pero en vez de salir por la puerta abierta dio contra el dintel, cayó medio aturdido al suelo y luego revoloteó ante él y volvió a posarse en el marco, rozándole al pasar la mejilla con las oscuras plumas de un ala. El oficial soltó una maldición, se sentó y tomó una pila de páginas sueltas, éstas al menos transcritas con buena letra de funcionario.

«Tendría que recurrir a un abogado; esto al menos parece evidente. Uno, quiero decir, además del que me asignará el tribunal. Estoy seguro de que la universidad me ayudará a pagar un abogado, y le he pedido al de oficio que se ponga en contacto con la universidad y me lo arregle. Es decir, se lo pediré.

Me parece que mi caso involucra varias cuestiones; las pondré por escrito y discutiré las interpretaciones posibles, lo cual me preparará para el juicio. Ante todo, la cuestión del concepto de culpa, que es central para cualquier proceso penal. ¿Es un concepto de validez amplia?

Si no lo es, existirán ciertas clases de personas que en ninguna circunstancia pueden ser castigadas por razones de culpa, y una breve reflexión me convence de que tales clases realmente existen; por ejemplo: los niños, los débiles de intelecto, los muy ricos, los perturbados mentales, los animales, los parientes cercanos de personas de altos cargos, estas personas mismas, y así de seguido.

La cuestión siguiente, Su Señoría, es si yo, el preso acusado, no pertenezco de hecho a una (o más) de las clases eximidas. Para mí está claro que en realidad pertenezco a todas las que he designado más arriba, pero aquí —a fin de no derrochar el valioso tiempo del tribunal— me concentraré en dos: estoy eximido en razón de ser niño y en razón de ser animal; es decir, en razón de pertenecer a la primera y quinta de las clases que usted acaba de admitir.

Esto nos lleva a una tercera cuestión: qué quiere decirse (en términos de las clases eximidas que ya esbocé) mediante la designación «niño». De entrada, claramente debemos dejar de lado toda cuestión de mera edad. Nada sería más absurdo que suponer a un acusado inocente aunque haya cometido un acto abominable un martes, y culpable si lo ha cometido un miércoles. No, no, Su Señoría: aunque yo mismo tengo poco más de veinte años, confieso que pensar de ese modo es propiciar un carnaval de muerte poco antes de que cada joven, hombre o mujer, cumplan la edad que ustedes establezcan como decisiva. Tampoco puede basarse la niñez en pruebas subjetivas, internas, ya que sería impracticable discernir si tal disposición interior existe o no. No, el hecho de la niñez debe establecerse por el modo en que la propia sociedad ha tratado al individuo. En mi caso personal:

No poseo bienes reales, y nunca los he poseído.

Nunca he tomado parte, ni siquiera como testigo, en contrato legal alguno.

Nunca se me ha convocado a rendir testimonio ante un tribunal.

Nunca he contraído matrimonio ni adoptado a otro niño.

Nunca he detentado cargo con remuneración sobre la base del trabajo realizado.

¿Objeta, Su Señoría? ¿Cita Usted contra mí el testimonio que yo mismo he dado sobre mi relación con Columbia? ¿Lo cita la acusación? No, Su Señoría, es un sofisma inteligente pero inválido; mi puesto de tutor en Columbia era una manifiesta sinecura que me ayudaba a completar mi graduación, y para la expedición a Sainte Anne sólo he recibido el dinero de mis gastos. ¿Ve Usted? ¿Y quién lo sabría mejor que yo?

Así pues, Su Señoría, de estos puntos —y podría ofrecer otros mil— se deduce claramente que en el momento del delito, si en realidad soy reo de algún delito, de lo cual dudo, yo era un niño; y por estas pruebas lo sigo siendo, pues todavía no he hecho ninguna de las cosas mencionadas.

En cuanto a mi condición de animal —me refiero al animal como lo opuesto al ser humano, como mera bestia—, la prueba es tan simple que acaso le cause risa que me moleste en presentarla. En nuestra sociedad, ¿son los animales quienes tienen permiso de circular libremente? ¿O son los seres humanos? ¿A quiénes se confina en establos, casillas y conejeras? ¿Cuál de las dos grandes divisiones duerme en mantas sobre el suelo? ¿Cuál en camas bien separadas del suelo? ¿A cuál se le dan baños cómodos y lugares de dormir caldeados, y de cuál se espera que se caliente con su propio aliento y se limpie lamiéndose?

Perdón, Su Señoría; no es mi intención ofender al tribunal.

Cuarenta y siete ha estado golpeando el caño… ¿Te cuento qué dijo? De acuerdo.

Uno cuarenta y tres, uno cuarenta y tres, ¿eres tú? ¿Me escuchas? ¿Quién es el nuevo de tu planta?

La puntuación la he provisto yo. Cuarenta y siete no puntúa, y si le he tergiversado la intención, espero que me perdone.

Yo envié: ¿Qué nuevo? Sería de lo más útil tener una piedra —o un objeto metálico, como tiene Cuarenta y siete (él dice que utiliza el armazón de las gafas)— para golpetear el caño. Me duelen los nudillos.

Cuarenta y siete: Esta mañana lo vi a través de mi puerta. Viejo, pelo blanco largo. Debajo de ti. ¿qué celda?

Yo: No sé.

Si tuviera una piedra podría golpear con fuerza las paredes de mi celda para que me oyeran a los dos costados. El caso es que el preso de la izquierda golpetea el caño —ignoro con qué, aunque hace todo tipo de ruidos raros— pero no sabe el código. La pared de la derecha está callada; posiblemente no haya nadie, o bien alguien que, como yo, no tiene con qué hablar. ¿Te cuento cómo me detuvieron? Me sentía muy cansado. Había estado en el Cave Canem, y en consecuencia me acosté tarde: casi a las cuatro. Tenía una cita con el presidente, y estaba bastante seguro de que me pondrían oficialmente a la cabeza del Departamento, y en términos muy favorables. Pensaba acostarme, y le dejé una nota a Madame Duclose, la mujer en cuya casa me alojaba, para que me despertara a las diez.

Cuarenta y siete envía: Uno cuarenta y tres, ¿eres criminal o político?

Yo: Político (quiero oír qué dice).

Cuarenta y siete: ¿De qué bando?

Yo: ¿Y tú?

Cuarenta y siete: Político.

Yo: ¿De qué bando?

Cuarenta y siete: Uno cuarenta y tres, es ridículo. ¿te da miedo responderme? ¿qué más te pueden hacer? Ya estás aquí.

Yo: ¿Por qué voy a confiar en ti si tú no confías en mí? Empieza tú (lastimándome los nudillos).

Del cinco de setiembre.

Cuando consiga piedra. Me duele mano.

¡Cobarde! (esto envía Cuarenta y siete, muy fuerte. Se romperá las gafas).

¿Por dónde iba? Ah, sí, mi detención. La casa entera estaba en silencio; pensé que por la hora avanzada, pero ahora comprendo que casi todos debían estar despiertos, pues sabían que me aguardaban en mi habitación, en la cama, y atreviéndose apenas a respirar mientras esperaban los disparos y los gritos. Madame Duclose quizá estaba allí, afligida por el gran espejo de marco dorado sobre el cual me había prevenido repetidas veces. He descubierto que en Port-Mimizon los espejos son muy caros; hablo de los buenos, los de cristal azogado, no los hechos de trozos de metal pulido. De modo pues que no había ronquidos, nadie tropezaba pasillo abajo rumbo a los retretes, ningún ahogado suspiro de pasión llegaba del cuarto de una Mademoiselle Etienne entretenida con los frutos de su imaginación y una vela de sebo.

No me anuncié. Garabateé mi nota (otros creen que tengo muy mala mano, pero yo no pienso lo mismo; cuando reciba el nombramiento haré —si tengo que dar alguna clase— que mis alumnos escriban por mí en la pizarra, o distribuiré apuntes ya impresos en tinta púrpura sobre papel amarillo) dirigida a Mme. Duclose y subí, como pensaba, a la cama.

Eran muy confiados. Tenían una luz ardiendo en mi habitación, y vi la banda de fulgor al pie de la puerta. Por cierto, si realmente hubiera cometido algún delito, al ver la luz habría dado media vuelta y huido de puntillas. El caso es que pensé que me había llegado una carta o un mensaje, acaso del presidente de la universidad, o posiblemente del administrador del burdel Cave Canem, que esa noche me había pedido ayuda para tratar con su «hijo». Decidí que si era él, no contestaría hasta la noche siguiente; estaba muy cansado. Además había bebido suficiente brandy para sentirme agotado, y buscando la llave tomé consciencia de la ineficacia de mis movimientos; entonces descubrí que la puerta no estaba cerrada.

Los que me esperaban, todos sentados, eran tres. Dos vestían uniforme; el tercero un traje oscuro que había sido bueno pero ahora estaba raído y tenía manchas de comida y de aceite de lámpara, y además le quedaba algo pequeño, de modo que parecía el valet de un avaro. Estaba sentado en mi mejor silla, la del asiento bordado, con un brazo colgando negligentemente por detrás del respaldo y junto a la lámpara de globo con rosas pintadas y pantalla de flecos, como si hubiera estado leyendo. Detrás tenía el espejo de Mme. Duclose, y vi que llevaba el pelo corto y cicatrices en la cabeza, como si lo hubieran torturado u operado del cerebro o hubiera luchado contra alguien provisto de un arma cortante. Por encima de su hombro me vi a mí mismo, con el sombrero alto que había comprado aquí en Port-Mimizon después de mi llegada, mi segunda mejor capa y una estúpida cara de sorpresa.

Uno de los uniformados se levantó a cerrar la puerta detrás de mí, echando el cerrojo. Llevaba chaqueta y pantalón de color gris y gorra con visera, y a la cintura una ancha correa marrón con un revólver enfundado, muy grande y que parecía antiguo. Cuando volvió a sentarse noté que los zapatos eran corrientes, de obrero, no de gran calidad y ya muy gastados. El segundo uniformado dijo:

—Puede colgar el sombrero y el abrigo, si quiere.

Yo dije:

—Claro —y, como solía, los colgué de los ganchos que había detrás de la puerta.

—Nos será preciso registrarlo —éste era también el segundo uniformado, que vestía una chaqueta verde de manga corta, con muchos bolsillos, y amplios pantalones verdes con tiras en los tobillos, como si parte de sus deberes fuera montar en bicicleta—. Lo haremos de una de dos maneras, de acuerdo con las preferencias de usted. Puede, si quiere, desvestirse; luego registraremos la ropa y le permitiremos vestirse de nuevo; no obstante, debe desvestirse ante nosotros para no tener oportunidad de esconder algo que pueda llevar encima. O podemos registrarlo aquí y ahora, tal como está. ¿Cuál de las dos prefiere?

Pregunté si era la policía quien me había detenido. El que estaba en la silla bordada contestó:

—No, profesor, tenga la seguridad de que no.

—No soy profesor, al menos no hasta ahora, que yo sepa. Si no estoy detenido, ¿por qué me registran? ¿Qué se supone que he hecho?

El que había cerrado la puerta dijo:

—Lo registraremos para ver si hay motivos para detenerlo —y miró al de traje negro buscando confirmación.

El otro uniformado dijo:

—Tiene que elegir. ¿Cómo lo registraremos?

—¿Y si no me someto a que me registren?

El de traje negro dijo:

—Entonces lo tendremos que llevar a la ciudadela. Lo registrarán allí.

—¿Quiere decir que me detendrán?

—Monsieur…

—No soy francés. Soy de Norteamérica, Tierra.

—Profesor, se lo digo como amigo: no nos obligue a que lo detengamos. Aquí un arresto es asunto serio; pero es posible ser registrado, interrogado, y hasta incluso, podría ocurrir, demorado por un tiempo…

—Y hasta quizá juzgado y ejecutado —lo relevó el de chaqueta verde.

—…sin haber sido detenido. No nos obligue a detenerlo, se lo ruego.

—Pero tendrán que registrarme.

—Sí —dijeron los dos uniformados.

—Entonces prefiero que me registren como estoy, sin desvestirme.

Los uniformados se miraron entre sí como si eso fuera significativo. Con aire aburrido, el de negro tomó el libro que había estado leyendo, que vi era uno de los míos: la Guía de campo de los animales de Sainte Anne.

El de la pistola en el cinturón, a medias disculpándose, se acercó a registrarme, y por primera vez advertí que el uniforme era de la Dirección de Tránsito Urbano.

—Usted es cochero de tranvía, ¿no? ¿Por qué lleva ese revólver?

El de negro dijo:

—Porque llevarlo es su deber. Yo podría preguntarle por qué está armado usted.

—Yo no estoy armado.

—Al contrario, acabo de examinar este libro de usted… En la solapa de atrás hay escritas con lápiz unas tablas de cifras. ¿Puede decirme qué son?

—Las dejó algún propietario anterior —le dije— y no tengo idea de qué son. ¿Me está acusando de ser algo así como un espía? Si se fija verá que son viejas como el libro y muy borrosas.

—Son cifras interesantes; pares de números de los cuales el primero significa metros y el segundo centímetros.

—Las he visto.

El del uniforme de Tránsito Urbano me estaba palmeando los bolsillos; cada cosa que encontraba, el reloj, dinero, la libretita, se las iba entregando al de negro con un breve gesto obsequioso.

—No tengo cabeza para las matemáticas —dijo.

—Qué afortunado.

—He analizado estas cifras… se aproximan mucho a la sección cónica llamada parábola.

—Eso no significa nada para mí. Como antropólogo trato más a menudo con la curva de distribución normal.

—Qué afortunado —dijo el hombre de negro, devolviéndome el sarcasmo de un momento antes.

Hizo una seña a los uniformados, que se acercaron a él. Estuvieron un momento susurrando, y noté lo similares que eran las caras: las tres de mentón puntiagudo, cejas negras y ojos pequeños, tanto que podrían haber sido hermanos. El de negro el mayor y quizá también el más inteligente, el de Tránsito Urbano el menos imaginativo, pero los tres de la misma familia.

—¿De qué hablan? —dije.

—Hablamos del caso de usted —dijo el de negro.

El de Tránsito Urbano salió del cuarto y cerró la puerta.

—¿Y qué están diciendo?

—Que usted ignora las leyes de aquí. Que debería tener un abogado.

—Probablemente sea cierto, pero no creo que estuvieran diciendo eso.

—¿Se da cuenta? Un abogado le aconsejaría que no nos contradijera en ese tono.

—Escuche, ¿son ustedes de la policía? ¿O de la oficina del fiscal?

El de negro rió.

—No, en absoluto. Yo soy ingeniero civil del Departamento de Obras Públicas. Mi amigo —indicó al hombre de verde— es encargado de señales en el ejército. Mi otro amigo, como usted adivinó, es cochero de tranvías.

—Entonces ¿por qué han venido a detenerme como si fueran policías?

—Ya ve cuánto ignora nuestras leyes. Tengo entendido que en Tierra es diferente; pero aquí todos los empleados públicos son de la misma cofradía, no sé si me sigue. Tal vez mañana mi amigo el tranviario esté recogiendo basura…

El de verde interrumpió para mofarse.

—Puedes decir que lo está haciendo hoy.

—…tal vez mi otro amigo sea tripulante en una lancha de patrullaje y yo sea inspector de gatos. Esta noche nos han enviado a prenderlo.

—¿Con una orden de detención?

—Debo explicarle de nuevo que le conviene no ser detenido. Le digo francamente que si lo detienen es muy improbable que alguna vez lo pongan en libertad.

Mientras completaba la frase, a mis espaldas se abrió la puerta y vi en el espejo a Mme. Duclose y Mlle. Etienne; detrás de ellas asomaba la figura del cochero.

—Pasen, señoras —dijo el de negro.

El cochero las arreó al cuarto, donde se pararon una junto a otra con aire asustado y confundido. Mme. Duclose, una anciana canosa de vientre abultado, llevaba un gastado vestido de algodón de larga falda; no sé si porque el cochero le había permitido ponérselo antes de traerla, o porque lo tenía puesto ya como camisón. Mlle. Etienne —una muchacha muy alta de veintisiete o veintiocho años— habría podido ser, no hermana, pero posiblemente sí hermanastra o prima de los tres hombres. Tenía la cara afilada y las cejas negras bien depiladas, como arcos sobre los ojos, que felizmente no eran los pequeños ojos negros de los hombres sino grandes y de un azul púrpura, como pecas de pintura de una cara de muñeca. Su pelo era una mata de rizos castaños y la joven tenía, como ya he dicho, una altura excesiva; las piernas, largas como zancos, se alzaban con finos huesos rectos sobre caderas inesperadamente anchas, después de lo cual el cuerpo se volvía a contraer en una cintura breve, en pechos pequeños y hombros angostos. Esa noche llevaba un tenue negligeé, pero arreglado en tantas capas y pliegues y vueltas que era del todo opaco.

—¿Usted es Mme. Duclose, la dueña de la casa? —le preguntó a dicha dama el hombre de negro—. ¿Le alquila usted al caballero la habitación que en este momento ocupamos?

Ella asintió.

—Al caballero le será necesario acompañarnos a la ciudadela, donde ha de conversar con varios oficiales. Cuando nos vayamos, usted cerrará el cuarto con llave, ¿comprende? No alterará nada.

Mme. Duclose asintió con un leve balanceo de mechones grises.

—En caso de que dentro de una semana el caballero no haya vuelto, se presentará usted al Departamento de Parques, que despachará a este domicilio un hombre de confianza. En compañía de él se le permitirá entrar en este cuarto para inspeccionar posibles daños por parte de roedores y abrir las ventanas por el lapso de una hora, al cabo de la cual se le exigirá que vuelva a echar llave y el enviado se irá. ¿Comprende lo que acabo de decir?

Mme. Duclose asintió una vez más.

—En caso de que el caballero no haya vuelto para Navidad, lo mismo que en el caso anterior se despachará a un hombre de confianza. En su compañía podrá usted cambiar las sábanas y, si lo desea, ventilar el colchón.

—¿El día siguiente de Navidad? —preguntó Mme. Duclose azorada.

—Y si Navidad cayera en sábado, el lunes siguiente. En caso de que el caballero no haya vuelto al cumplirse un año después de esta fecha, que para mayor comodidad de usted puede computar como primero del mes corriente, si así lo prefiere, se presentará de nuevo al Departamento de Parques. A esas alturas está autorizada —si lo desea— a almacenar las pertenencias del caballero en un depósito, por cuenta propia, o en algún lugar de la casa. En el momento adecuado el Departamento de Parques hará el inventario. Entonces podrá usar el cuarto para otros fines. En caso de que el caballero no haya vuelto aún en una fecha cincuenta años posterior a la fecha cuyo cálculo acabo de explicarle, puede usted, o sus herederos o asignatarios, presentarse de nuevo al Departamento de Parques. En ese momento el gobierno reclamará todo artículo que entre en alguna de las categorías siguientes: artículos hechos total o parcialmente de oro, plata o cualquier otro metal de valor; monedas de curso legal en Sainte Croix, Sainte Anne o Tierra, u otros mundos; antigüedades; aparatos científicos; proyectos, planos y documentos de todo tipo; prendas interiores; ropa. Todo artículo que no entre en estas categorías pasará a ser propiedad de usted, sus herederos o asignatarios. Si mañana advierte usted que no recuerda claramente cuanto acabo de decirle, preséntese a mí en el Departamento de Obras Públicas, Subdepartamento de Alcantarillas y Cloacas. ¿Entendido?

Mme Duclose asintió.

—Y ahora usted, Mademoiselle —continuó el de negro, volviéndose a Mlle. Etienne—. Observe: le entrego al caballero un pase de visita —del bolsillo del pecho de la grasienta chaqueta sacó una tarjeta rígida, de unas seis pulgadas de largo por dos de ancho, y me la dio—. Aquí él escribirá el nombre de usted y se la dará, y con esto, previa identificación, usted será admitida en la ciudadela los jueves segundo y cuarto de cada mes entre las horas nueve y once de la noche.

—Un momento —dije—. A esta joven yo ni siquiera la conozco.

—Pero usted no está casado.

—No.

—Eso dice el dossier. En los casos en que el preso no está casado la norma es dar la tarjeta a la mujer soltera de edad adecuada más cercana a él. Comprenderá que se basa en probabilidades estadísticas. La joven puede transferir la tarjeta a quien ella quiera. Esta cuestión la tendrán que discutir… —calló un momento—… dentro de diez días. Ahora no. Escriba el nombre de ella.

Me vi obligado a preguntarle a Mlle. Etienne el nombre de pila, que resultó ser Celestine.

—Déle la tarjeta —dijo el de negro.

Se la di, y él, poniéndome una pesada mano en el hombro, dijo:

—Queda usted detenido.

Me han trasladado. Continúo esta crónica de mis pensamientos —si así se la puede llamar— en otra celda. Ya no soy lo que era, uno cuarenta y tres, sino cierto nuevo y desconocido 143; esto porque en la puerta de la nueva celda estaba escrito con tiza ese viejo número. La transición puede parecerte muy abrupta; pero en realidad no me interrumpieron en la tarea de escribir. La verdad es que me cansé de contar las minucias de mi detención. Rasguñé. Dormí. Comí algo de pan y sopa que me trajo el guardia y en la sopa encontré un hueso pequeño, una costilla, sospecho, de cordero, que me ayudó a mantener largas conversaciones con mi vecino de arriba, cuarenta y siete. Escuché al loco de mi izquierda hasta que me pareció que entre los rasguños y raspados sin sentido distinguía mi propio nombre.

Después hubo a mi puerta un tintineo de llaves, y pensé que acaso permitieran al fin que Mlle. Etienne me visitara. Dentro de lo posible intenté asearme, alisándome el pelo y la barba con los dedos. Lamentablemente sólo era el guardia, y con él un hombre de complexión poderosa y rostro oculto por una capucha negra. Como es natural, pensé que iban a matarme, y aunque procuré ser valiente y no me sentí particularmente asustado, me descubrí con las rodillas tan débiles que sólo con gran dificultad lograba mantenerme en pie. Pensé en huir (como siempre que me llevan a interrogarme; es la única oportunidad, porque de estas celdas no hay modo de escapar), pero no había otro recorrido que el del angosto pasillo, el de siempre, sin ventanas y con un guardia apostado en cada escalera.

El de la capucha me tomó por el brazo y en silencio me condujo a lo largo de pasajes y escaleras que subían y bajaban hasta que me desorienté totalmente; debemos de haber caminado horas. Vi un sinfín de infelices caras sucias como la mía mirándome por los atisbaderos de las puertas de las celdas. Varias veces atravesamos patios, y en cada uno pensé que iban a fusilarme; era cerca de mediodía, y el brillo del sol me hacía parpadear y lagrimear. Entonces, en un pasillo muy parecido a los otros, paramos frente a una puerta con el número 143 y el encapuchado levantó del centro del suelo una losa de cemento, y me mostró un agujero angosto por el cual bajaba una empinada escalerilla de hierro. Me metí y él me siguió; eran algo más de quince metros, y cuando llegamos al pie hizo falta una linterna para que pudiéramos avanzar a tientas por un pasaje hediondo de orina rancia. Al fin llegamos a la puerta de esta celda en la cual, de un empujón, me dejó despatarrado.

A esas alturas despatarrarme me dio gran alegría, pues, como he dicho, yo pensaba que iban a ejecutarme. Todavía no sé si no será así; sin duda el hombre vestía de verdugo, aunque quizá sólo para darme miedo, y a lo mejor tiene otros deberes».

El oficial tanteó los materiales del escritorio en busca de la página siguiente, pero no la había localizado aún cuando el oficial hermano entró por segunda vez.

—Hola —dijo el oficial—. Pensé que ibas a acostarte.

—Lo hice —dijo el oficial hermano—. Me acosté, sí. Dormí un rato; después me desperté y no pude dormirme más. Es el calor.

El oficial se encogió de hombros.

—¿Cómo te va con tu caso? —dijo el oficial hermano.

—Sigo tratando de catalogar los hechos.

—¿No mandaron un sumario? Es la costumbre.

—Probablemente, pero en este lío aún no lo he encontrado. Hay una carta, y es posible que en una de estas cintas haya un sumario más completo.

—¿Qué es esto? —había levantado la libreta encuadernada en tela.

—Una libreta.

—¿Del acusado?

—Creo que sí.

El oficial hermano alzó las cejas.

—¿No sabes?

—No estoy seguro. A veces se me ocurre que esa libreta…

El oficial hermano esperó un rato a que el otro continuase; al fin dijo:

—Bien, te veo ocupado. Creo que despertaré al médico; le pediré algo que me haga dormir.

—Prueba con una botella —dijo el oficial cuando el oficial hermano salía.

Al cabo de un momento volvió a tomar la libreta encuadernada en tela y la abrió al azar.

«No, es un hombre como usted y yo. Está casado con una pobre desdichada que la gente apenas ve, y tienen un hijo de unos quince años.

Yo: Pero ¿afirma que es annés?

M. d'F: Es un farsante, ¿entiende? Mucho de lo que dice de los abos le viene de la cabeza… Oh, le contará unos cuentos maravillosos, Monsieur.

(Fin de la entrevista)

El doctor Hagsmith también ha mencionado a ese mendigo, y yo he decidido encontrarlo. Aunque sea falso que es annés —lo que no dudo—, quizá en el curso de sus personificaciones haya recogido algo de información verdadera. Además, aun la idea de encontrar un annés falso me resulta atractiva.

21 de marzo. He hablado con el mendigo, que se llama Docepasos y afirma ser descendiente directo del último chamán annés, y por lo tanto rey por derecho propio, o la distinción que se le ocurra codiciar en el momento. En mi opinión desciende en realidad de irlandeses, muy probablemente a través de alguno de esos aventureros que en el tiempo de las guerras napoleónicas marcharon a Francia. En cualquier caso, la cultura del hombre parece claramente francesa y la cara es sin duda de irlandés: el pelo rojo, los ojos azules y el largo labio superior son inconfundibles.

Se ve que hasta los anneses falsos son gente esquiva, y dar con él fue más difícil de lo que yo había previsto. Todo el mundo parecía conocerlo y me decía que iba a encontrarlo en tal o cual taberna, pero nadie sabía cuál era su casa, y por supuesto no pude encontrarlo en ninguna de las tabernas donde estaba «siempre». Cuando por fin descubrí la choza (imposible llamarla casa), comprendí que yo había pasado por allí varias veces sin darme cuenta de que era una vivienda humana.

Acaso deba mencionar aquí que Playa del Francés se alza a orillas del Tempus, unas diez millas antes del mar. La ribera, pues, es la fangosa costa del río, y por encima de la corriente amarillenta y salina enfrenta el puñado de construcciones aún menos aceptables —La Fange— de la margen opuesta. Sainte Croix, el mundo gemelo de Sainte Anne, provoca en todo el planeta mareas de quince pies, y estas mareas afectan al río mucho más arriba de Playa del Francés. Con la marea alta el agua se hace salobre y —me dicen— en los espigones se pescan piezas de mar. En ese momento los muelles quedan a sólo unos pocos pies sobre el agua, el aire es fresco y puro y las marismas —que rodean los terrenos algo más altos sobre los que se levanta la ciudad— parecen un inacabable encaje de lagunas claras, festoneadas con el verde brillante de las cañas de sal. Pero en unas horas la marea baja, y es como si el río y la ciudad que lo flanquea se quedaran sin vida. Los muelles desnudan doce pies de pilotes podridos, el río muestra un millar de islas de cieno y las marismas son desoladas, salinas, llanos de barro hediondo sobre el cual, por la noche, penachos de gas luminoso flotan como fantasmas de anneses muertos.

La ribera en sí no es muy diferente, supongo, de la de cualquier ciudad fluvial de Tierra, salvo quizá por la ausencia de grúas robot y el aspecto de las construcciones, hechas con materiales nativos en vez de los omnipresentes muros terráqueos de aglomerados. Entiendo que hace doce años había anticuados barcos termonucleares en los muelles, pero ahora que contamos con una adecuada red de satélites climáticos, se emplean, como en Tierra, embarcaciones modernas.

Resultó que la choza del mendigo, cuando por fin la localicé, era un bote dado vuelta apoyado sobre toda clase de desechos. Dudando aún de que alguien pudiera vivir allí realmente, di unos golpecitos en el casco con mi navaja, y casi en el acto sacó la cabeza un chico de quince o dieciséis años. Al verme pasó por debajo de la regala, pero en vez de levantarse permaneció de rodillas, con las manos extendidas, y soltó una especie de gimoteo mendicante del cual sólo logré distinguir algunas palabras. Supuse que era retrasado mental, y aun posiblemente que no caminase, pues cuando empecé a retroceder me siguió, siempre de rodillas, en una suerte de deslizamiento ágil que sugería, al parecer, que ése era su paso normal. Al medio minuto de esto le di unas monedas, esperando calmarlo y poder hacerle ciertas preguntas, pero apenas yo había empezado a hablar cuando por debajo del bote —desde donde, estoy seguro, estaba observando la técnica de su hijo— asomó la cabeza de un viejo, que resultó ser el mendigo pelirrojo.

—¡Bendito sea, Monsieur! —dijo—. No soy cristiano, comprenda usted, pero que Jesús, María y José, o en el caso de que sea protestante, Monsieur, Jesús solo, y Dios Padre y el Espíritu Santo, bendigan la generosidad de usted para con mi pobre muchacho. Como diría mi gente diez veces diezmada, que lo bendigan las Montañas, el Río, los Árboles, el Mar Océano y todas las estrellas del Firmamento y los dioses. Hablo en mi condición de jefe religioso.

Le agradecí, y por algún motivo que no me explico del todo le di una de mis tarjetas, y por un momento me pareció que la aceptaba como si a partir de entonces tuviera el deber de secundarme en algún duelo o ayudarme en asuntos amorosos. Tras echarle un vistazo exclamó:

—¡Vaya, es usted doctor! Mira, Víctor, nuestro visitante es doctor en filosofía —y por un instante puso la tarjeta ante los ojos del chico, que eran tan grandes y verdes como los de él diminutos y azules.

—Doctor, doctor Marsch: no soy un hombre educado, ya lo ve, pero nadie me supera en respeto por la educación, por la sabiduría. Ésta —con un ademán indicó el bote invertido como si fuera un palacio y estuviera a un cuarto de milla— es la casa de usted. Por el resto del día, o del mes, si lo desea, mi hijo y yo estamos enteramente a su servicio. Y si estuviera usted dispuesto a brindarnos un pequeño emolumento por la tarea, permítame adelantarle que del templo del conocimiento no esperamos la dorada munificencia del comercio triunfante; y somos bien conscientes de la bendita ley natural según la cual el bono del togado compra más… más, acabo de decir —dándole un empujón al chico— que el oro del mercader. ¿En qué podemos servirle?

Expliqué que, según entendía, alguna vez él había conducido visitantes a parajes cercanos de supuesta importancia para los anneses del predescubrimiento; y de inmediato me invitó a su casa.

Bajo el bote invertido no había sillas, pues la distancia al techo era insuficiente; pero viejos flotadores y plegados retazos de trapo de vela hacían de asientos, y había una mesita (como la que habría usado una familia de japoneses pobres) cuyo tablero apenas se alzaba dos palmos sobre el alquitrán que cubría el suelo. El viejo encendió una lámpara —mero pabilo flotando en un plato playo de aceite— y ceremoniosamente me llenó un vasito de lo que resultó ser ron de cincuenta grados, y por último dijo:

—¡Quiere usted ver los lugares sagrados de mis padres, los señores de este planeta! Yo puedo mostrárselos, doctor; la verdad, nadie más que yo puede mostrárselos con tanta propiedad, ni explicarle el significado, ni introducirlo en el espíritu mismo de esa época ida. Pero hoy ya es tarde, doctor; la marea ya ha desbordado el cauce. Si pudiera venir mañana a media mañana, no muy tarde, nos deslizaremos por las marismas más alegres que en una góndola. Sin el menor esfuerzo de su parte, doctor; pues con remo y pértiga mi hijo y yo lo llevaremos adonde quiera y le mostraremos cuanto merece la pena. Podrá usted tomar fotos, o hacer lo que le plazca; a mi hijo y a mí nos encantará posar.

Le pregunté cuál sería el precio y dijo una suma harto razonable, añadiendo rápidamente:

—Recuerde, doctor, que tendrá dos hombres trabajando cinco horas… y el uso del bote. ¡Para una experiencia única! Nadie más que yo le mostrará con propiedad lo que desea ver.

Acepté el precio, y él dijo:

—Hay otra cosa… el almuerzo. Necesitamos comida para tres. Si quiere dejarme fondos, yo conseguiré algo… —como yo fruncía el ceño, se apresuró a agregar—. Puede traerla usted… pero recuerde que debe ser un almuerzo para tres. Tal vez una botella de vino y un ave… Pero ahora, doctor, tengo algunas cosas muy escogidas para enseñarle. Un momento.

Extendiendo el brazo hasta una caja de embalar que tenía al lado, sacó una bandeja de latón con la superficie cubierta de una pañoleta roja. En ella había una docena de puntas de proyectiles, molidas o astilladas, de toda clase de piedras, y varias, estoy bastante seguro, de vidrio coloreado común, probablemente de botellas de whisky. Eran nuevas, a juzgar por los filos como de navaja (los instrumentos de pedernal genuinamente antiguo o cristal volcánico siempre están romos a fuerza de rozar con el pedregullo); y, considerando las fantásticas formas —extremadamente anchas, con doble o triple vértice— y la tosquedad general, casi con certeza habían sido hechas más para exhibirlas que para usarlas.

—Armas de los abos, doctor —dijo el mendigo—. Cuando no hay nadie que nos contrate ni alquile el bote, mi hijo y yo salimos a buscar estas piezas. Irreemplazables, y auténticos souvenirs de la tierra de Playa del Francés, donde como usted sabe hubo una más tupida población de abos que en ningún otro lugar de este mundo, ya que era el lugar sagrado de mis ancestros como el de usted será Roma o Boston, y un paraíso de peces, animales y toda suerte de comestibles, del cual me oirá hablar mañana cuando vayamos a las marismas, y si tenemos suerte, quizá el chico le haga una demostración de pesca o caza a la manera abo, sin usar siquiera instrumentos tan delicados y hoy valiosos como estos que aquí le ofrezco a la venta.

Le dije que no estaba interesado en esas cosas y él replicó:

—Realmente no debería perder una ocasión semejante, doctor, visto que el museo de Roncesvalles ha comprado muchos de estos objetos y ha hecho copias para enviarlas a todo el mundo, y aun a Sainte Croix, con lo que cabe decir que se los respeta universalmente, al menos en este sistema. ¡Mire! —levantó la pieza más grande, un fragmento interno de pedernal que hubiera servido para matar a un animal a martillazos—. Podría pegarle detrás un alfiler, y sería un buen broche para una dama. Muy bueno como tema de conversación.

Yo había visto las puntas en Roncesvalles.

—No, gracias —dije—. Pero debo admitir que admiro su industria… ya que evidentemente las hace usted mismo.

—¡Caray, no! —me mostró las manos—. Los abos no podemos hacer estos trabajos, doctor. Véame las manos.

—Ha dicho, me pareció, que las hicieron los abos.

El chico, que nos había estado escuchando en silencio, dijo a media voz:

—Con los dientes —primeras palabras que yo le oía, aparte de la ininteligible súplica de antes.

—Tengo incluso peor mano que los demás —protestó el padre—. Usted se burla de mí… de un hombre que apenas sabe cómo atarse los zapatos. Lo único que sé hacer, doctor, es manejar la pértiga del bote.

—Pues entonces las hará el hijo de usted —dije, pero en el acto comprendí que había cometido un error. En el rostro del chico apareció ese dolor tan fácil de suscitar en un adolescente sensible, y el viejo cacareó de alegría.

—¡Ja! Doctor, él es peor que yo, y no sirve para nada como no sea pelear con otros chicos, que siempre le pegan, y leer libros de la biblioteca. No se acuerda ni de cómo sacarle la tapa a un frasco.

—Entonces dije bien antes: las hace usted. Quebrar pedernal exige cierta destreza, pero no del mismo tipo que tocar el violín. Una mano agarra el buril, la otra la maza, y es cuestión de dónde se coloca la punta o de la fuerza del mazazo.

—Por lo que parece usted lo ha hecho, doctor.

—Sí, y me han salido mejores puntas que éstas.

Inesperadamente el chico dijo:

—La Gente Libre no usaba estas cosas. Hacían redes anudando tallos y hierbas, pero si querían cortar algo usaban los dientes.

—Tiene razón, ¿sabe? —dijo el viejo, con otra voz—. Pero no me denunciará, ¿no, doctor?

Le dije que si el museo de Roncesvalles me pedía mi opinión se la daría, pero que aparte de eso no me parecía un fraude tan importante como para perder tiempo denunciándolo.

—Algo tenemos que tener, ¿sabe? —dijo, y por primera vez tuve la impresión de que no hablaba para engatusarme—. Algo que vender, algo que ellos puedan llevarse en la mano. La verdad no se vende… Eso solía decirle a mi mujer. Y eso le digo a mi hijo.

Minutos más tarde me excusé, prometiendo encontrarlos al día siguiente. La impresión que me dejaron —aun reconociéndolos como auténticos impostores— era algo mejor de lo que yo había esperado. Sin duda el viejo no es un alcohólico, como me habían inclinado a esperar; ningún alcohólico estaría sobrio como él teniendo a mano una botella de ron. Sin duda pide en las tabernas porque allí consigue dinero más fácil, y si le ofrecen bebe. El chico pareció inteligente cuando dejó de fingirse imbécil por conveniencia, y con esos ojos verdes, la tez pálida y el pelo oscuro, era casi de una delicada belleza.

22 de marzo. Un poco antes de las diez me encontré con los mendigos, padre e hijo, esta vez recordando llevar el grabador, que en la visita previa había olvidado. El relato que di de la conversación de ayer es cierto y correcto dentro de los límites de mi memoria, y fue escrito inmediatamente después de los hechos, pero no puedo prometer más. También llevé una escopeta, comprada aquí ayer, para el caso de que en los pantanos haya aves acuáticas comestibles; el arma es de calibre veinte; quizá demasiado pequeña, pero es la única que se conseguía salvo alguna de un solo cañón hecha para granjeros. El patrón me aconsejó llevarla y a cambio de la mitad de la carne prometió cocinar lo que trajera.

Para adelantarme un poco: tuve suerte y maté tres ejemplares de buen tamaño de un animal llamado gallina junco, que según el mendigo es de buen sabor. Apenas más pequeño que un ganso, tiene el hermoso verde de un loro o un periquito; dice él que era un favorito de la dieta annesa, y la cena de esta noche me ha hecho creerle, aunque estoy seguro de que no sabe al respecto más que yo.

Cuando llegué no había ni rastro de la choza-bote, y el lugar donde había estado era suelo baldío. Descalzo y con el pecho al aire, el chico se había apoyado en una construcción cercana y explicó que el padre se estaba ocupando de la embarcación; en seguida me alivió de la cesta de comida que yo cargaba —y que había preparado mi patrón—, y si lo hubiera dejado, también me habría transportado el grabador y la escopeta.

Nos llevó un rato ir por la orilla hasta un pequeño embarcadero flotante —que él llamaba tablado—, donde vi a su padre, con camisa azul y vieja bufanda roja, esperando en el bote que el día anterior nos había servido de techo. El viejo demandó en seguida el pago acordado, pero tras una breve discusión aceptó la mitad, quedando el resto a entregarse después del viaje. Trepé entonces al bote —con cierta precaución, lo admito—, detrás de mí saltó el chico y partimos, padre e hijo uno a cada remo.

Durante unos cinco minutos nos abrimos paso entre los barcos del puerto, siguiendo la curva casi imperceptible del río; después, entre los cascos de dos grandes corbetas vi, como si mirase por una roca hendida, un valle de verdor increíble: las anchas marismas salvajes de Sainte Anne, que habían sido el paraíso de los anneses antes de que llegasen los cruceros de las estrellas terráqueos, como bien había dicho el viejo. Padre e hijo se afanaron más con los remos; desde uno de los grandes barcos un marinero nos maldijo desganadamente, y salimos a las anchas aguas del Tempus, crecidas ahora por la marea alta.

—A cinco kilómetros en dirección al Marocéano —explicó el mendigo—, y si el doctor está de acuerdo…

Lo interrumpió, me di cuenta, algo que había visto a mis espaldas. En mi asiento de la popa me volví a mirar, pero al principio no vi nada.

—En dirección al juanete mayor del barco de la izquierda —me dijo el chico en voz baja.

Entonces lo vi: un objeto plateado en el cielo, al parecer no más grande que una hoja al viento. En tres minutos lo oímos pasar: era un atiburonado aparato militar que quizá volara a dos mil metros. En realidad no era plateado, sino del color de un cuchillo, y alcancé a ver en los flancos unos puntitos alineados que podían ser portillas de observación, bocas de láser o ambas cosas.

El mendigo dijo:

—No saludéis con la mano… —luego le murmuró al chico algo de lo cual solo capté el principio y el fin—. Faites attention… français!

Creo que el significado debía ser «Recuerda que tú eres francés». El chico contestó algo que no oí y negó con la cabeza.

Primero, saliendo por una de las serpentinas gargantas del Tempus, visitamos el océano, que según el mendigo era en sí mismo objeto sagrado de la religión annesa. En el espumoso oleaje, el bote se comportó mejor de lo que yo esperaba, y desembarcamos en una playa de arena, alrededor de una milla al norte de la boca más septentrional.

—Éste —dijo el viejo— es el lugar verdadero.

Me mostró un pequeño mojón de piedra; una leyenda en francés testimoniaba que la primera expedición humana en llegar a Sainte Anne había navegado veinticinco kilómetros mar afuera y había desembarcado en botes allí donde estábamos. Creo que en ese trecho de playa tuve mayor conciencia que nunca de estar en un mundo extranjero: por toda la arena se esparcían unas caracolas que siempre me parecieron extrañas, tanto que, de haber encontrado una en una playa terrestre, habría sabido, creo, que nunca la había mojado ningún océano de Tierra.

—Aquí —dijo el viejo— desembarcaron los primeros franceses. Usted dice, doctor, que muchos no creen que los abos hayan existido; pero yo le digo que cuando los botes llegaron a la costa encontraron un hombre…

—Uno del pueblo de los pantanos —intervino el hijo.

—Lo encontraron flotando cara al Marocéano. Lo habían matado a golpes, con látigos de caracolas anudadas… Tenían esa costumbre, la de sacrificar hombres. Los encontraron aquí, y ese gran ancestro mío a quien a veces llaman Viento del Este bajó a hacer la paz con ellos. Usted no lo sabe, y el cuaderno de bitácora de esa primera nave se quemó en la explosión de Saint-Dizier, pero yo he hablado con un hombre, un viejo, que hace sesenta años conoció bien a uno de los que vinieron en el primer bote lleno de aire, y yo sí que sé.

Caminamos tierra adentro y visitamos el gran hoyo que hay en la arena, que ahora se llama Clepsidra y donde, me contó el viejo, a veces los anneses encerraban a la gente. El chico se deslizó adentro para mostrarme que era imposible escapar sin ayuda, pero yo, pensando que exageraba la dificultad, me dejé caer también; con lo que el padre tuvo que rescatarnos a los dos echándonos el cabo de una soga que con ese fin había traído en el bote. Las paredes no son nada abruptas, pero la arena es tan floja que sin ayuda es imposible treparlas.

Después de ver la Clepsidra regresamos al bote, y entrando de nuevo en el río por otra boca, nos adentramos en las marismas propiamente dichas, mis guías manejando la pértiga por lagunas de marea entre ondulantes matas de juncos salinos. Allí cacé las tres gallinas junco, que el chico fue a recoger a nado. Por poco escribo «tan bien como un sabueso», pero lo cierto es que nadaba mejor, casi como una foca; así que pude creerle al padre cuando me dijo que a veces cazaba patos nadando bajo el agua y agarrándolos por las patas. El chico me dijo que con la marea baja había buena pesca allí, y el padre añadió:

—Pero en la ciudad no pagan nada, doctor… ésos ya tienen pescado de sobra.

—No hablo de pescado para vender, sino para comer —dijo el chico.

La necesidad de madera que tenían los colonos ha dejado el templo —u observatorio— annés en ruinas: salvo unos pocos medio podridos, todos los árboles están cortados. A partir de los tocones, sin embargo, es fácil reconstruir el aspecto que pudo tener en los tiempos del predescubrimiento. Había 402 árboles (el número de días del año de Sainte Anne) a intervalos de unos treinta metros, de modo que formaban un círculo de unas tres millas de diámetro. Si, como indican las cepas, los troncos tenían un grosor de unos doce pies, la copa de cada árbol tocaba sin duda las de los siguientes; desde lejos, daban la impresión de un muro continuo salvo en la porción que el observador tenía justo delante. Parece que en el interior de este anillo no había plantas ni objetos. Yo conjeturaría que los anneses usaban los árboles para contar los días, tal vez pasando una especie de marcador de un árbol a otro, colgándolo de las ramas; pero es dudoso que se desarrollase aquí una astronomía más sofisticada. Decir, no obstante, como algunos estudiosos de Tierra, que posiblemente el templo annés sea una formación natural, es absurdo. Ciertamente fue planeado por alguien inteligente, y sin duda antecede en más de un siglo el amerizaje de la primera nave francesa. Contando los anillos de cuatro tocones, calculé que la edad media es de ciento veintisiete años anneses.

Hice un plano indicando la situación de los tocones y el tamaño aproximado de cada uno; se están corrompiendo rápido y dentro de una década será imposible encontrar algún rastro.

Aunque cuando acabé el plano había empezado a bajar la marea, remontamos el río unas pocas millas más y paramos a mirar un afloramiento rocoso —uno de los pocos que hay en las marismas— que según el mendigo tenía en un principio la forma de un hombre sentado. Entre los habitantes de Playa del Francés y La Fange, me dijo, corre la superstición de que los actos indecentes o perversos cometidos en el regazo de esa estatua natural son invisibles a Dios. Se supone que la creencia es de origen annés, aunque el chico lo negó. Hoy la «estatua» está totalmente desgastada.

Mientras volvíamos a la ciudad pensé en los rumores que hablan de una cueva sagrada a unas cien millas río arriba. Una de las frustraciones de la ciencia de aquí —al menos hasta la fecha— es que si bien seguramente existió —y acaso todavía exista— una raza annesa, nunca se ha descrito cráneo o hueso alguno positivamente identificable. Para alguien como yo, criado entre relatos sobre la cueva de Windmill Hill y el refugio rocoso de Les Eyzies, las grutas del Perigord y las pinturas rupestres de Altamira y Lascaux, la idea de una cueva annesa es irresistible. Salvo quizá en un caso entre diez mil, ciénagas como las de estas marismas destruirían totalmente el esqueleto de cualquier criatura muerta; pero, también en un caso entre diez mil, una cueva lo conservaría. Y ¿por qué los anneses no habrían podido sepultar cuerpos en cavidades subterráneas, como hicieron los primitivos de toda Tierra? Hasta es posible que haya pinturas, aunque al parecer los anneses no llegaron al estadio de fabricar utensilios.

Esta noche, mientras escribo esto, me descubro haciendo planes para buscar la cueva, que se supone tiene su entrada en las paredes rocosas que se alzan sobre el Tempus. Nos hará falta una lancha —y acaso más de una— lo bastante ligera para transportarla a pie cuando haya que evitar rápidos o cataratas, y con suficiente potencia para navegar contra la corriente. Tendríamos que ser varios, para que uno pueda quedarse en la lancha (o las lanchas) mientras tres (por seguridad) entran en la cueva. Aparte de mí, uno debería ser un hombre culto, capaz de apreciar lo que encontremos; y en lo posible, uno o dos deberían conocer esa región montañosa. Ignoro dónde habrá gente así y si podré pagarles, pero mientras llevo a cabo las entrevistas no olvidaré esa posibilidad.

Casi olvido mencionar una conversación que tuve con el mendigo y su hijo mientras me llevaban de vuelta a Playa del Francés. Dado que el hombre se identifica con los anneses (espuriamente, no hay duda), toda información de esa fuente ha de considerarse dudosa, pero el asunto me pareció interesante y me alegra haberlo grabado.

R.T.: Ya que hablaba de los abos, doctor, espero que si algún amigo suyo desea venir le diga usted que lo complacimos mostrándole los lugares sagrados.

Yo: Desde luego. ¿Para ustedes es una buena fuente de ingresos?

R.T.: No tanto como quisiéramos, esté seguro. Para serle franco, antes era mejor. Quedaban más árboles en pie, y la estatua era más presentable. Mi familia… Nosotros no siempre hemos vivido como vio ayer, ¿comprende? No, no en invierno, cuando sopla el nievelobo de las montañas. No podríamos.

V.R.T.: Cuando estaba mi madre teníamos casa, a veces.

Yo: ¿La mujer de usted falleció, Trenchard?

V.R.T.: No está muerta.

R.T.: ¿Tú qué sabes, imbécil? Si no la has visto.

V.R.T.: En verano, cuando yo era pequeño, mi madre y yo íbamos a las colinas, monsieur. Allí vivíamos como vivía el Pueblo Libre, y no volvíamos hasta que para mí empezaba a hacer demasiado frío. Mi madre decía que cada invierno morían muchos niños del Pueblo Libre, y como no quería que yo muriera, nos volvíamos.

R.T.: Esa mujer era una inútil, ¿comprende, doctor? ¡Ja! No sabía ni cocinar. Era una…

El hombre escupió por la borda. Ante esto el chico se sonrojó, y por unos minutos todos callamos. Luego yo le pregunté si había aprendido a nadar tan bien cuando vivía con su madre en las colinas.

V.R.T.: Sí, en el fondo de más allá. Nadaba en el río, y mi madre también.

R.T.: Los abos nadamos bien, doctor. Yo también podía nadar antes de hacerme viejo.

Me reí del viejo farsante y le dije que si bien entendía que era abo, no dejaría de buscar hasta que encontrara otro. Como desde que hablamos de las piedras puntiagudas él ya sabe que en realidad no me engaña, me respondió con una simple sonrisa —en la que faltaba una buena cantidad de dientes— y dijo que en ese caso sólo necesitábamos la mitad, porque su hijo era medio abo.

V.R.T.: Usted no cree nada, doctor, pero es cierto. Y no es cierto lo que dice de mi madre, que fue su mujer. Era actriz, y muy buena.

Yo: ¿Te enseñó ella a hacer de annés, a sacarle dinero a la gente? Tendré que admitir que la primera vez que te vi pensé que eras retrasado.

R.T.: Yo a veces lo sigo pensando (ríe).

V.R.T.: Me enseñó muchas cosas. Sí, a hacer lo que hacen esos que ustedes llaman abos.

R.T.: Hace un momento la maldije, comprenda, doctor, porque me dejó, aunque cierto es que yo la empujé. Pero lo que dice mi hijo es verdad: era una actriz estupenda, íbamos por ahí representando, ella y yo. ¡No me creeería lo que era capaz de hacer! Podía hablar con un hombre y que la tomara por una chica, una virgen recién salida de la escuela. Pero si el tipo no le gustaba se volvía vieja… Cuestión de voz, ¿comprende?, y de los músculos de la cara, y de la forma de andar y mover las manos…

V.R.T.: ¡De todo!

R.T.: Cuando me casé con ella, doctor, era una mujer estupenda. ¡Y olvide lo que haya oído! Mi hijo es legítimo; nos casó el cura de St. Madeleine. Entonces era guapa de verdad, esplendorosa… (se besa los dedos, despegando una mano del remo). Ahí no había nada de actuación. Pero después, cuando dormía, no pudo esconderlo; todas las mujeres muestran la edad cuando duermen. ¿Usted no está casado? No lo olvide.

Yo: (al chico) Pero si te enseñó a hacer como los anneses, tuvo que haber visto alguno.

V.R.T.: Claro, sí.

R.T.: Comprenda que los abos tienen que esconderse.

Yo: Entonces usted cree seriamente, Trenchard, que hay anneses vivos.

R.T.: ¿Y por qué no, doctor? En el fondo de más allá todavía hay tierras donde nunca va nadie, miles de hectáreas. Y hay animales que comer, y pesca, como antes. Cierto que los abos ya no pueden venir a los lugares sagrados de los pantanos, pero hay otros lugares sagrados.

V.R.T.: La gente de los bañados nunca fue el Pueblo Libre de las montañas. Para el Pueblo Libre estos lugares no eran sagrados.

R.T.: Eso también es posible. Nosotros, doctor, decimos «los abos». Pero lo cierto es que eran muchos. Ahora usted dice: «¿Dónde están?». Pero pregunto yo: ¿les conviene mostrarse? Hubo un tiempo en que toda Sainte Anne era de ellos. El granjero piensa: ¿Y si al fin y al cabo son hombres como yo? Ese Dupont es un abogado muy listo. ¿Y si lo contratan a él? ¿Y si él va y le habla al juez, el juez que no sabe francés y nos odia, y le dice: «Este hombre que usted llama abo no tiene nada, pero la granja de Augier era de su familia; pídale a Augier que le muestre la escritura de compra»?. ¿Usted qué cree que hace el granjero cuando ve un abo en su tierra, doctor? ¿Se lo cuenta a alguien, o dispara?

Así que de eso se trata. Los anneses, si es que queda alguno, se esconden porque tienen miedo, sin duda con razón. Y es improbable que los que los hayan visto lleguen a admitirlo, ni siquiera en un interrogatorio.

En cuanto a eso de que «eran muchos», me recuerda al hombre que dijo que lo que había visto parecía a veces un hombre y a veces un madero viejo. Lo cierto es que los relatos son muy contradictorios. Incluso en las entrevistas a menudo cuesta creer que dos sujetos estén hablando de lo mismo, y menos acuerdo aún muestran las crónicas de los primeros exploradores, de los que sobrevivieron. Algunas de las más fantásticas tienen que ser puro mito, sin duda, pero hay muchos relatos de una raza nativa tan parecida a los humanos que bien habrían podido descender de una ola colonizadora anterior. Tan parecidos, de hecho, que Trenchard puede embaucar a los crédulos afirmando que es annés; y en un planeta donde encontramos plantas, aves y mamíferos tan semejantes a los tipos terrestres, sin duda no es imposible que se dé una forma asombrosamente similar al hombre. Tal vez para este tipo de biosfera la forma humana sea óptima».

El oficial dejó una vez más la libreta en la mesa y se frotó los ojos con las puntas de los dedos. Se estaba desperezando cuando, desde el umbral, el esclavo dijo en voz baja:

—Maitre…

—Sí, ¿qué pasa?

—Cassilla. ¿Todavía desea el Maitre…?

A la mirada del oficial se apresuró a irse, y pocos segundos después volvió con una muchacha que empujó a la habitación. Era alta y delgada y de una gracia peculiar, con largo cuello y cabeza redonda; llevaba un gastado traje de trabajo a cuadros que le quedaba pequeño, sin nada debajo —como sabía el oficial—, y parecía cansada.

—Entra —dijo él—. Siéntate. Si quieres hay vino.

—Maitre…

—Sí, ¿qué pasa?

—Ya es muy tarde, Maitre. Tengo que levantarme una hora antes de la diana para ayudar con el desayuno de los soldados…

El oficial no la escuchaba. Había tomado un rollo de cinta y lo estaba poniendo en el aparato.

—Exigencias del deber —dijo—. Escucharemos mientras nos divertimos. Apaga la lámpara, Cassilla.

P: ¿Entiende por qué se lo ha traído aquí?

R: ¿A esta cárcel?

P: Usted sabe muy bien qué ha hecho. A este interrogatorio.

R: Ni siquiera sé de qué me acusan.

P: No crea que con ese tipo de cosas va a desorientarnos. ¿Por qué vino a Sainte Croix?

R: Soy antropólogo. Quería discutir con otros de mi profesión ciertos hallazgos que hice en Sainte Anne.

P: ¿Intenta decirme que en Sainte Anne no hay antropólogos?

R: Buenos no.

P: Piensa que sabe qué queremos, ¿no? Se cree muy inteligente. Usted opina que la situación política vis-á-vis el mundo de la esfera hermana es tal, que la hostilidad de usted le ayudará a comprar su libertad, ¿correcto?

R: He estado en estas prisiones el tiempo suficiente como para saber que nada de lo que diga comprará mi libertad.

P: ¿De veras?

R: ¿Qué escribe?

P: No le concierne. Si es eso lo que cree, ¿por qué contesta mis preguntas?

R: Igualmente válido sería preguntar por qué usted las hace, si no piensa liberarme nunca.

P: Olvida que podría responderle: «Quizá tenga usted cómplices». ¿Le apetece un cigarrillo?

R: Pensaba que ya no lo ofrecían.

P: No es una trampa… Mire, aquí tengo la cigarrera. Se lo ofrezco de buena fe.

R: Gracias.

P: Y fuego de mi mechero. Le aconsejaría que no inhale muy hondo… Hace un tiempo que no fuma.

R: Gracias. Tendré cuidado.

P: Usted siempre es cuidadoso, ¿no?

R: No sé qué quiere decir.

P: Tenía entendido que es un rasgo de la mentalidad científica.

R: Sí, examino los datos con cuidado.

P: Pero respecto a nuestras relaciones con el gobierno de Sainte Anne, usted sacó una conclusión.

R: No.

P: Vino de Sainte Anne hace apenas un año, más o menos, y ahora cree que la guerra está a punto de estallar.

R: No.

P: ¿También cree que la victoria de Sainte Anne lo sacará de la cárcel?

R: Usted cree que soy un espía…

P: Es un hombre de ciencia… Lo supondré, al menos de momento. ¿Es agradable?

R: Estoy acostumbrado a esa suposición.

P: He examinado sus papeles, y las cartas a su nombre. Lo llamaré: Conde polaco, caballero de la Gran Cruz R. y Q.E.P.D.; Gran Maestro de la Daga Sangrienta y B.R.I.B.O.N. Me parece usted muy joven.

R: Se pensó que no tenía sentido enviar desde Tierra un hombre de edad.

P: Propongo a la mente de usted, joven y flexible, pero también científica, una hipótesis de ciencia política: que el asesino será un espía excelente y que al espía no le faltará ocasión de cometer algún asesinato. ¿Le cuesta contradecirme?

R: Soy antropólogo, no especialista en ciencias políticas.

P: Es lo que nunca se cansa de decirnos; pero un antropólogo se ocupa de la cultura de las sociedades menos complejas. ¿Esas sociedades nunca se espían unas a otras?

R: La mayoría de los pueblos primitivos sólo guerrean para mostrar coraje.

P: Me está haciendo perder el tiempo.

R: ¿Me permite otro cigarrillo?

P: ¿Ya lo terminó? Claro. Y el encendedor.

R: Gracias.

P: ¿A quién planeaba asesinar aquí? No al hombre que mató; eso tiene el aspecto de una necesidad del momento. Alguien a quien no podía acercarse; una persona bien protegida…

R: ¿A quién se supone que maté?

P: Ya le he dicho que no estoy aquí para responder a sus preguntas. Responderle implicaría que atribuimos a sus alegaciones de inocencia una ligera verosimilitud, y no es así. La verdad viene de nosotros, no de usted. Nuestro gobierno es el más notable de la historia de la humanidad, porque nosotros, y sólo nosotros, hemos aceptado como principio de funcionamiento lo que han enseñado todos los sabios y todos los gobiernos han fingido aceptar: el poder de la verdad. Y por eso gobernamos como no ha gobernado nadie. Usted me ha preguntado muchas veces qué delito cometió, y por qué lo tenemos detenido. Es porque sabemos que está mintiendo… ¿Entiende lo que le digo?

R: Cuando me arrestaron, le dieron a cierta muchacha, mademoiselle Etienne, una tarjeta con la cual se le permitiría verme en determinados días. Ustedes dicen que cumplen sus promesas, pero la muchacha no ha sido admitida.

P: Porque ella no lo solicitó.

R: ¿Usted lo sabe?

P: Sí. ¿No entiende? Ése es nuestro secreto, eso es la verdad. Me cuenta que le dieron la tarjeta, que en cualquier caso siempre se le dan a alguien. Por lo tanto yo sé que si usted no la ha visto es porque ella no ha presentado la solicitud. Usted comprenderá que acaso más tarde, tras haber entendido esta obstinación suya y la plena gravedad del caso, la habríamos prevenido sobre las desagradables consecuencias que podría traerle la visita, pero si se hubiera presentado la habríamos admitido. Somos el único gobierno en cuya palabra todos pueden confiar absolutamente, y por eso ganamos infinito crédito, infinita obediencia e infinito respeto. Si le decimos a alguien: «Haz esto y tu recompensa será tal y tal», ese alguien nunca duda de que será recompensado. Si decimos que los poblados que infrinjan cierta ordenanza serán reducidos a cenizas, no cabe la menor duda. Hablamos poco, pero cada palabra cae como una plomada».

La muchacha, Cassilla, preguntó:

—¿Qué pasa?

—Se rompió la cinta —dijo el oficial—. No importa. Pondré otra… Recuerda lo que te dije que quiero que hagas.

—Sí, Maitre.

P: Siéntese. ¿El doctor Marsch?

R: Sí.

P: Me llamo Constant. Usted llegó hace poco del mundo madre vía Sainte Anne; ¿correcto?

R: De Sainte Anne, hace cosa de un año y algunos meses.

P: Precisamente.

R: Bien, ¿puedo preguntarle por qué me han detenido?

P: Aún no ha llegado el momento de discutir ese tema. Sólo hemos establecido, hasta ahora, el nombre de usted, la identidad con la que ha viajado. ¿Dónde nació, doctor?

R: En la ciudad de Nueva York, en Tierra.

P: ¿Lo puede probar?

R: Ustedes me han quitado los documentos.

P: Me está diciendo que no lo puede probar.

R: Lo prueban mis documentos. La universidad local responderá por mí.

P: Ya hemos hablado; lo lamento, pero no se nos permite revelar los resultados de nuestras investigaciones. Lo único que puedo decir, doctor, es que no debería esperar de allí más ayuda de la que ya ha recibido. Hemos contactado con ellos, y usted está aquí. ¿Cuánto hace que salió de Tierra?

R: ¿En tiempo newtoniano?

P: Haré la pregunta de otro modo. ¿Cuánto hace que, según afirma, llegó a Sainte Anne?

R: Unos cinco años.

P: ¿Años de Sainte Croix?

R: Años de Sainte Anne.

P: A efectos prácticos son lo mismo. En nuestras futuras discusiones usted se referirá siempre a años de Sainte Croix. Dígame lo que hizo después de haber llegado a Sainte Anne.

R: Americé en Roncesvalles, es decir… mar adentro, a unos cincuenta kilómetros de Roncesvalles. Fuimos remolcados hasta el puerto como de costumbre, y pasé por la aduana.

P: Continúe.

R: Después de la aduana fui interrogado por la policía militar. Fue estrictamente una formalidad; según recuerdo, duró unos diez minutos. Se me emitieron documentos de visitante. Me registré en un hotel.

P: Nombre del hotel.

R:A ver… el Splendide.

P: Prosiga.

R: Luego visité la universidad y el museo anexo. La universidad no tiene Departamento de Antropología. El de Historia Natural trata de cubrir el área, y en líneas generales no se luce. Las muestras de antropología que hay en el museo, de las cuales están muy orgullosos, son una mezcla de información de segunda mano, fraude e imaginación pura. Yo necesitaba apoyo, claro, así que fui tan educado como me lo permitió la honradez. Disculpe, ¿me diría por qué ese hombre salió de la habitación?

P: Porque es un tonto. Luego, ¿se fue de Roncesvalles?

R:Sí.

P:¿Cómo?

R: En tren. Tomé el tren a Playa del Francés, que siguiendo la costa está unos quinientos kilómetros al noroeste de Roncesvalles. Con igual facilidad, o más, podría haber ido en barco, pero quería ver la campiña, y además soy algo propenso a marearme. Elegí empezar mi trabajo en Playa del Francés porque lo poco que se sabe de los aborígenes de Sainte Anne indica que era en las marismas donde más se agrupaban.

P: Me han dicho que es una ciudad fundada en un pantano.

R: Ciudad a duras penas. Veinte kilómetros hacia el sur el terreno es más elevado, y allí ha prosperado la agricultura… Playa del Francés existe porque es necesaria como puerto para agricultores y ganaderos.

P: ¿Pasó mucho tiempo en esa región?

R: ¿En la región de las granjas? No. Fui río arriba. Allí también el terreno se eleva, pero no hay muchos colonos.

P: Tendría que haberlos, me parece; lo que producen podría llegar por agua a los mercados.

R: En las marismas el río es poco profundo, y abundan los bancos de barro y arena. Entre el mar y Playa del Francés hay un canal dragado, pero no llega más lejos. Además, en cuanto empiezan las colinas la corriente posee rápidos.

P: Tiene buen ojo para la geografía, doctor, que es lo que yo quería confirmar con estas preguntas. Sin duda también podría contarme muchas cosas sobre Port-Mimizon.

R: Para la antropología es básico saber cómo una población se mantiene a sí misma. Las culturas de la pesca, por ejemplo, son muy diferentes de las de la caza, y ambas son diferentes de las culturas agrícolas. Tener en cuenta esas cuestiones se vuelve una segunda naturaleza.

P: Ha de ser una segunda naturaleza muy útil; cualquier general astuto lo enviaría al frente del ejército. Dígame…

O: Aquí tiene, señor.

P: ¡Vaya! ¿Sabe qué me ha traído este colega mío, doctor?

R: ¿Cómo voy a saberlo?

P: Un archivo del Hotel Splendide. Desean que le pregunte acerca del hotel, sin pensar que cinco años de ausencia excusarían cualquier fallo de la memoria, y que tan fácil le habría sido albergarse allí a un espía como a un científico. Pero nos esforzaremos por contentarlo. ¿Recuerda, por ejemplo, el nombre del botones?

R: No, pero recuerdo una cosa de él.

P: ¿Ah, sí?

R: Recuerdo que era libre. La mayoría de los sirvientes que he visto aquí son esclavos.

P: Ajá. No sólo es usted espía, sino un espía con motivación ideológica. ¿Es así, doctor?

R: Desde luego que no soy espía. Yo soy de Tierra; si alguna ideología me mueve, es la de allí.

P: Doctor, a Sainte Croix y Sainte Anne se los llama planetas gemelos; la frase alude a algo más que la rotación sobre un centro común. Estos mundos eran aún desconocidos cuando hacía décadas que Tierra había colonizado planetas más distantes, y ambos fueron descubiertos y colonizados por los franceses.

R: Que perdieron la guerra.

P: Precisamente. Pero aquí se acaban las semejanzas; ahora vamos a tratar las diferencias. ¿Sabe, doctor, por qué en Sainte Croix hay esclavos pero no en Sainte Anne?

R: No.

P: Por fortuna, cuando terminaron los combates, nuestro comandante militar tomó una decisión que tendría grandes consecuencias. Quizá debiera decir que tomó dos. Primero, decretó que todo francés o francesa sería sujeto de trabajo compulsivo para reconstruir las instalaciones destruidas por la guerra; pero a los que reunieran el dinero les permitió comprar exenciones, y fijó un precio suficientemente bajo, al alcance de la mayoría.

R: Muy generoso de su parte.

P: En absoluto; el precio estaba calculado para producir los máximos beneficios. Al fin y al cabo, un banquero y su mujer pueden apilar bolsas de cemento, y bajo el látigo lo harán, pero ¿cuánto vale ese trabajo? No gran cosa. Y, en segundo lugar, ordenó que hubiera continuidad en toda administración civil subordinada al gobierno planetario central. Eso significó que después de la guerra muchas provincias, ciudades y pueblos mantuvieran durante años sus gobernadores, alcaldes y consejos.

R: Lo sé. El verano pasado vi una obra que trataba ese problema.

P: ¿En el parque? Sí, yo también. Unos chicos ingenuos, cierto, pero encantadores. No obstante, la cuestión central de esa obra, doctor, aunque usted no se haya dado cuenta y quizá tampoco los jóvenes actores, era que, tras haber perdido la guerra, los mejores elementos franceses aún pudieron conservar algún poder. Nunca fueron totalmente despojados de autoridad, y ahora vuelven a tener influencia en nuestro mundo. Al mismo tiempo, mientras ellos reconquistaban el terreno perdido, fue aumentando poco a poco el número de trabajadores no remunerados de otras fuentes, sobre todo delincuentes y niños huérfanos, de modo que la casta de los esclavos dejó de ser exclusivamente francesa. En Sainte Anne todo descendiente de franceses es enemigo acérrimo del gobierno, con el resultado de que Sainte Anne se ha convertido en un campamento armado contra sí mismo, donde un colosal estrato dirigente de naturaleza militar amenaza a los ciudadanos de toda clase. Aquí en Sainte Croix la comunidad francesa no es hostil: sus dirigentes son parte del gobierno.

R: Es posible que en mi enfoque influya el hecho de que el gobierno me tiene preso.

P: Qué dilema, ¿verdad? Se muestra hostil con nosotros porque está preso. Pero si dejase de ser hostil, si se aviniera a brindar cooperación plena, ya no lo estaría.

R: ¡Pide mi cooperación plena! He contestado a todas sus preguntas.

P: ¿Está dispuesto a confesar? ¿A dar los nombres de sus contactos locales?

R: No he hecho nada malo.

P: Pues quizá sea mejor que hablemos un poco más. Perdone, doctor, pero me he perdido. ¿Qué estábamos discutiendo?

R: Usted me decía, creo, que es mejor ser esclavo en Sainte Croix que hombre libre en Sainte Anne.

P: Ah, no. Yo nunca le diría eso, doctor; no es cierto. No, debía estar diciéndole que en Sainte Croix algunos hombres son libres; de hecho la mayoría. Mientras que en Sainte Anne, y por cierto que en Tierra, la mayoría son esclavos. No se los llama así posiblemente porque están muy por debajo de esa condición. El dueño tiene una suma invertida en el esclavo, y está obligado a cuidarlo; si se enferma, por ejemplo, a ocuparse de que reciba tratamiento médico. En Sainte Anne y en Tierra, si a un esclavo no le alcanza el dinero para pagarse el tratamiento, se deja que se recupere solo o muera.

R: Creo que la mayoría de las naciones de Tierra tienen programas de asistencia sanitaria.

P: Ya ve entonces quiénes son los dueños. Pero ¿no está usted seguro, doctor? Pensamos que venía de Tierra.

R: Allí nunca estuve enfermo.

P: Así se entiende, claro. Pero nos hemos alejado del tema. Viajó a Playa del Francés en tren. ¿Se quedó mucho allí?

R: Dos o tres meses. Entrevisté a algunas personas en relación con los aborígenes, los anneses.

P: Grabó esas conversaciones.

R: Sí. Lamentablemente perdí las cintas estando en el campo.

P: Pero las entrevistas más interesantes las transcribió en su libreta.

R: Sí.

P: Continúe.

R: Durante mi estancia en Playa del Francés visité emplazamientos real o supuestamente asociados con los anneses. Después, con un hombre local que empleé como ayudante, fui al campo; específicamente, a las colinas que están por encima de las marismas y las montañas de donde surge el río Tempus. Encontré…

P: No creo que sus supuestos descubrimientos en Sainte Anne nos interesen mucho, doctor. En cualquier caso tengo informes completos de las conferencias que dio en la universidad. ¿Cuánto tiempo pasó, como usted dice, «en el campo»?

R: Tres años. En las conferencias lo dije.

P: Sí, pero quería que usted me lo confirmase. ¿Nos está diciendo que vivió tres años en las Montañas Temporales, invierno y verano?

R: No, en invierno bajábamos… bajaba yo, después de que muriera mi ayudante, al pie de las colinas. Gran parte del Pueblo Libre hacía lo mismo.

P: Pero… ¿estuvo tres años aislado de la civilización? Me resulta difícil creerlo. Y a su regreso no fue a Playa del Francés, de donde había partido. En cambio apareció… creo que apareció es la palabra correcta, en Laon, una larga distancia costa abajo.

R: Yendo al sur cubrí una buena cantidad de terreno que me era desconocido. Volviendo a Playa del Francés habría cruzado la misma región que había visto a la ida.

P: Detengámonos en el lapso entre su aparición en Laon y el presente; pero haré una última digresión para señalar que si hubiera vuelto a Playa del Francés, habría podido notificar personalmente a la familia de su difunto ayudante que éste había muerto. El caso es que se limitó a enviar un radiograma.

R: Ocurre que es cierto, pero me gustaría saber cómo lo sabe.

P: Tenemos en Laon un… ¿lo llamaré corresponsal? No ha comentado mi digresión.

R: La familia de mi ayudante, por la cual siente usted tan tierna preocupación, consistía exclusivamente en el padre, un mendigo sucio y borracho. La madre había logrado librarse de él muchos años antes.

P: No hace falta que se enfade, doctor. A nadie le gusta ser portador de malas noticias. Además de enviar el radiograma, ¿qué hizo en Laon?

R: Vendí la única mula de carga que había sobrevivido, y la parte de mi equipo que seguía siendo utilizable. Compré ropa nueva.

P: ¿Y marchó a Roncesvalles, esta vez en barco?

R: Exacto.

P: ¿Y en Roncesvalles?

R: Dicté varios cursos en la escuela de graduados y traté de interesar a la facultad en los resultados de mis tres años de trabajo. Como sé que lo va a preguntar, le diré que tuve escaso éxito; en Roncesvalles están convencidos de que el Pueblo Libre se ha extinguido, y por lo tanto no les interesa conservar a los miembros que quedan, y no hablemos ya de garantizarles mínimos derechos humanos. No me ayudó el hecho de que los consideren una cultura paleolítica, lo cual también es incorrecto: la cultura aborigen era, y es, dendrítica, la fase anterior a la paleolítica. Diría casi que predendrítica. También empecé a fumar, aumenté ocho kilos, la mayor parte en grasa, y me hice recortar la barba por el único hombre que encontré capaz de hacerlo correctamente.

P: ¿Cuánto tiempo se quedó en Roncesvalles?

R: Alredor de un año; un poco menos.

P: Luego vino aquí.

R: Sí. En Roncesvalles había tenido oportunidad de ponerme al día con la literatura de mi profesión. Ansiaba hablar con cualquiera que se interesase por los enigmas antropológicos de esta gente. Como allí la situación era desoladora, embarqué en el crucero de estrellas. Amerizamos más allá de los Dedos.

P: Y desde entonces ha estado en Port-Mimizon. Me sorprende que no siguiera hasta la capital.

R: Aquí he encontrado mucho de interesante.

P: ¿Parte de eso en Saltimbanque 666?

R: Sí, parte allí. Como les gusta señalar a ustedes, soy joven, y los científicos tienen los mismos deseos que los demás hombres.

P: ¿Le pareció notable el propietario?

R: Sí, es un hombre inusual. La mayoría de los médicos parecen dedicarse a prolongar la vida de las mujeres feas, pero él ha encontrado ocupaciones mejores.

P: Estoy al corriente.

R: Entonces quizá también esté al corriente de que la hermana es antropóloga aficionada. En un principio, fue eso lo que me atrajo.

P: ¿De veras?

R: Sí, de veras. ¿Para qué me pregunta si no cree nada de lo que le digo?

P: Porque la experiencia me ha enseñado que de vez en cuando deslizará usted algún fragmento de verdad. Tenga, ¿reconoce esto?

R: Parece un libro mío.

P: Es un libro suyo: Guía de campo de los animales de Sainte Anne. Lo traía encima al venir de Sainte Anne, aunque las tarifas por equipaje superior a diez libras son muy altas.

R: Mucho más altas son desde Tierra.

P: No estoy seguro de que eso lo sepa por experiencia. Sugiero que la razón de que llevara este libro encima nada tiene que ver con el libro mismo, es decir con la materia impresa y las ilustraciones. Sugiero que lo trajo por los números escritos en la solapa posterior.

R: Supongo que va a decirme que han descifrado el código.

P: No se haga el bromista. Sí, en cierto sentido hemos descifrado el código. Estos números describen la trayectoria de una bala de rifle: el número de pulgadas en que la bala dará por arriba o debajo del blanco disparando a trescientas yardas. La tabla cubre las distancias desde quinientas a seiscientas yardas, una distancia impresionante. ¿Le enseño? Vea, a seiscientas yardas la bala dará ocho pulgadas por debajo del lugar apuntado. Parece muchísimo, pero con esta tabla a mano, disparando a seiscientas yardas podría usted confiar en darle a un hombre en la cabeza.

R: Podría, posiblemente, si fuera buen tirador. No lo soy.

P: Con solo examinar la tabla, nuestros peritos en balística pueden incluso calcular para qué tipo de rifle estaba pensada. Usted planeaba usar un calibre 35 de alta velocidad, un tipo de arma que suelen usar los cazadores de jabalíes. Aquí, a ninguna persona de buen nombre interesada en la caza le sería difícil conseguir un permiso para un rifle así.

R: Yo tuve un rifle de esos en Sainte Anne. Lo perdí en una poza profunda del Tempus.

P: Sumamente lamentable… pero de todos modos usted planeaba venir aquí, y embarcarlo habría sido imposible. No importa, pudo haberlo reemplazado después de llegar.

R: No he solicitado permiso.

P: Lo prendimos demasiado pronto… ¿Pretende contraponer su eficacia a la nuestra? Se ha referido usted a su libreta, a la supuesta profesión de antropólogo.

R: Sí.

P: Yo he leído esa libreta.

R: Lee usted muy rápido.

P: Sí. Es una sarta de invenciones. Habla de un tendero llamado Culot; ¿cree que no sabemos que culotte en francés significa calzones? Es una obsesión suya eso de que los médicos sólo sirven para prolongar la vida de las mujeres feas… Lo dijo hace apenas un momento. Y en la libreta nos da el nombre de un doctor Hagsmith. Apareció usted hace dos años en Laon, donde lo vio nuestro agente. Llevaba una barba espesa, como ahora, que le serviría para ocultar su verdadera identidad ante algún encuentro azaroso con cualquier conocido. Dice que ha vivido tres años en las montañas; y sin embargo el equipo que vendió estaba sospechosamente nuevo, incluido un par de botas que nunca usó. Nunca en tres años.

»Y aquí lo tengo, contándome mentiras de Tierra, donde es obvio que no ha estado nunca, y fingiendo no comprender que un hombre sólo puede ser realmente libre si tiene esclavos. Todo esto, el cautiverio, los engaños, las preguntas, para usted son nuevos; pero para mí son cosa vieja. ¿Sabe qué le va a pasar? Será devuelto a la celda, y después lo traerán de nuevo aquí, y yo hablaré con usted como ahora, y cuando termine me iré a casa y cenaré con mi mujer, y usted volverá a la celda. De este modo pasarán los meses y los años. El próximo junio mi mujer, mis hijos y yo iremos a las islas, pero cuando volvamos usted seguirá aquí, más pálido, sucio y flaco que nunca. Y con el tiempo, cuando haya pasado la mejor parte de su vida y se le haya arruinado la salud, tendremos la verdad y no más mentiras. Lléveselo. Traiga al siguiente».

En la cinta no había nada más. Giraba en silencio mientras el oficial se lavaba. Siempre se lavaba cuando había tenido una mujer, no sólo los genitales sino también las axilas y las piernas. Usaba un jabón perfumado que reservaba para ese fin, pero la misma jofaina esmaltada que contendría el agua del afeitado matinal. Lavarse no era solamente una precaución profiláctica, sino una experiencia sensual auténtica. La saliva de Cassilla le había veteado el cuerpo; ahora se complacía en limpiársela.

«Me acaban de traer más papel, un grueso fajo de papel barato y un atado de velas. La primera vez que me dieron papel, y la segunda, tuve la certeza de que leerían todo lo que yo escribiese, así que puse cuidado en escribir únicamente lo que me parecía de ayuda para mi caso. Ahora dudo. He incluido, en el pasado, pequeñas señales, pequeñas pruebas. Pero en los interrogatorios no se han mencionado nunca. Mi letra es abominable, lo sé, y cuanto escribo. Puede ser simplemente que a alguien le dé pereza descifrarla.

¿Por qué tengo tan mala mano? Para mis maestras, aquellas viejas feas de mentes avinagradas, la explicación era muy simple: tomaba —y tomo— incorrectamente la pluma. Explicación ésta, claro, que no explica nada. Me acuerdo muy bien del primer día de escuela en que nos enseñaron a escribir. La maestra nos mostró lo que era un lápiz, nada más, y luego pasó por los bancos poniendo los dedos de cada uno sobre su propio lápiz. Sosteniendo mi lápiz como ella me decía, yo no podía sino dibujar, arrastrando el brazo entero a través de la página unas líneas débiles y movedizas. Eso, por supuesto, me valía repetidos varillazos. Cuando llegaba a casa mi madre llevaba los pantalones al río, remontando la orilla durante horas para alejarse de las cloacas, y les lavaba la sangre, dejándome avergonzado y temeroso, envuelto en una manta vieja o un retazo de lona. Finalmente, por experiencia, aprendí a tomar el lápiz como tomo ahora esta pluma, aferrada entre el índice y el medio y con el pulgar libre de hacer lo que se le antoje. Ya no fui el chico incapaz de escribir, sino meramente el que peor dominaba la pluma, y como en cada clase ha de haber un chico así (nunca es una chica) dejaron de pegarme.

La respuesta, pues, a por qué tomo mal la pluma, es que si la tomo bien no puedo escribir. Acabo de probar aquel sistema de antes, por primera vez en años, y todavía me descubro incapaz.

¿Conoces la ley de Dolió? Después de estudiar los caparazones de las tortugas fósiles, el gran belga formuló la ley de la Irreversibilidad de la Evolución: Todo órgano que en el curso de la evolución degenera, no recobra nunca su tamaño original, y todo órgano que desaparece, no reaparece nunca. Si el vástago retorna a un modo de vida en donde el órgano desaparecido cumplía una función importante, en vez de que el órgano retorne al estado original, el organismo desarrolla un sustituto.

He estado pensando en la situación de esta celda subterránea. He pasado a menudo por la ciudadela, tanto a pie como en coche, y aunque es bastante grande, no podría dar cabida a un pasaje subterráneo recto como el que atravesamos. Técnicamente, por lo tanto, mi celda está en extramuros. ¿Dónde, entonces? La ciudadela está frente a la llamada Plaza Vieja. A la derecha hay un canal; no puedo estar allí, pues aunque fría, la celda es seca. Detrás hay una aglomeración de tiendas y edificios de viviendas. Una vez compré en una de esas tiendas un utensilio de bronce, porque me fascinaba; una cosa con abrazaderas y mandíbulas dentadas y ganchos crueles. Aún soy incapaz de imaginar para qué servía, a menos que se empleara en la práctica de la medicina veterinaria; me la imagino en el vientre abierto de un gran caballo de tiro, apartando el hígado, tirando hacia abajo el intestino delgado y juntando el bazo a la columna mientras roe el páncreas enfermo.

Parece muy improbable que construyeran celdas debajo de esos edificios, porque para los amigos del preso —suponiendo que el preso tuviera amigos— sería mucho más fácil liberarlo. A la izquierda, no obstante, hay un complejo de oficinas gubernamentales; un túnel que las conectara con la ciudadela sería una construcción muy conveniente, y en caso de disturbios civiles permitiría a empleados y burócratas tomar refugio sin exponerse a ataques en la calle. Una vez construido dicho túnel, sin duda parecería lógico —si se necesitaran para los presos más dependencias, o dependencias más secretas— excavar celdas en los muros laterales. Casi seguramente, pues, estoy debajo de uno de esos edificios gubernamentales de ladrillo; posiblemente el Ministerio de Archivos.

He estado durmiendo… Tuve toda clase de sueños, y dejé que se consumiera la vela. Debo cuidarme más; que esta vez me hayan dado velas y cerillas no garantiza que me renueven la provisión cuando ésta se acabe. Inventario: once velas, treinta y dos cerillas, ciento cuatro hojas de papel en blanco y esta pluma, que manufactura su tinta succionando humedad del aire y con la cual un hombre paciente y dado a esas cosas podría pintar las cuatro paredes de la celda. Por suerte yo nunca he sido paciente.

¿Con qué soñé? Con aullidos de bestias, con timbres que sonaban, con mujeres —cuando recuerdo qué he soñado casi siempre he soñado con mujeres, lo que me hace, se me ocurre, insólitamente dichoso—, con ruido de pies arrastrados y con mi ejecución, que en el sueño tenía lugar en un vasto patio desierto rodeado de soportales. Mis verdugos eran cinco de esos robots rastreadores usados en los campos de prisioneros que hay en lo alto de la ciudad, y que a veces supervisan piquetes de trabajo en los caminos. Una cortante orden de labios invisibles, la cegadora luz blancoazulada de los láseres, y yo cayendo, el pelo y la barba en llamas.

Pero el sueño con mujeres —en realidad una mujer, una muchacha— me ha vuelto a recordar una teoría que formulé cuando vivía en las montañas. Es tan simple, tan evidentemente cierta, tan obvia que entonces me pareció que debía haberla pensado todo el mundo; pero en la universidad de Roncesvalles se la mencioné varias veces a distintas personas y la mayoría me miró como si estuviera loco. Es simplemente esto: que todas las cosas que consideramos bellas en una mujer son meros signos que ayudan a que ella sobreviva y por ende la supervivencia de los niños que engendraremos en ella. En lo fundamental (¡ah, Darwin!), los mundos los poblaron aquellos que en sus emboscadas a la hembra —pues en realidad no las perseguimos, ¿no? Nos falta rapidez. Saltamos sobre ellas desde escondites, después de haberles adormecido la desconfianza— tuvieron en cuenta esos signos: de ellos descendemos; mientras que quienes los desacataron, vieron, en la larga prehistoria del hombre, a sus hijos despedazados por los osos y los lobos.

Y así buscamos muchachas de piernas largas, porque la de piernas largas es rápida para huir del peligro; y por la misma razón a las altas, aunque no demasiado; la muchacha más rápida será la de alrededor de un metro ochenta, o un poco más. Por eso los hombres se apiñan alrededor de la muchacha tan alta como un hombre alto común (y las hermanas más bajas se alargan los tacones y engrosan las suelas para semejársele). Pero la muchacha demasiado alta será de carrera torpe, y la de, digamos, dos metros veinte casi nunca encontrará marido.

Del mismo modo la pelvis femenina tiene que ser ancha, para permitir que pasen bebés vivos —aunque no demasiado ancha, pues en tal caso la mujer será lenta—, y cuando el hombre ve pasar una muchacha calibra la amplitud de esos huesos. Si no hay pechos, nuestros pequeños se morirán de hambre; así nos sigue hablando el instinto, y aunque la delgada corra bien, la muy delgada no tendrá leche cuando no haya comida.

Y la cara. Ha inquietado a los artistas desde que la muerte de la superstición permitió el retrato humano; y ellos decidían qué era lo hermoso, y luego se casaban con mujeres de dientes torcidos en bocas grandes. Cuando miramos las pinturas que hicieron de las grandes bellezas de la historia, los ídolos del populacho, las amantes de los reyes, las grandes cortesanas, ¿qué vemos? Que una tenía los ojos desiguales y otra la nariz larga. La verdad es que a los hombres les importaban un comino esas cosas, y lo que querían era vivacidad y una sonrisa. ¿Verá el peligro, matará en un ataque de furia a los hijos de mis entrañas?

La muchacha de mi sueño, preguntarás, ¿cómo era? Vaga, pero tal como he descrito. Desnuda. No hay mujer con una hebra de ropa que me estimule; y una vez que en Roncesvalles intenté aplacar la pasión con una chica que no se desprendía de una especie de dogal, fui un triste fracaso. Yo quería decirle cuál era el problema, pero tenía miedo de que se riese; al fin se lo dije y se rió, pero no como yo temía, y me contó de un hombre que la había hecho ponerse una sortija —que llevaba en el bolsillo y le quitó del dedo lo antes posible, ya que era una sortija valiosa— sin la cual no podía hacer nada; y desde que estoy aquí en Sainte Croix he oído hablar de un hombre que, incapaz de trasponer los muros del convento, viste a una chica con hábitos de monja y luego la desnuda. Una vez que ambos nos burlamos de aquello, hizo lo que le pedía y descubrí que llevaba el dogal para esconder una cicatriz, que yo besé.

En cuanto a la muchacha del sueño, sólo escribiré que nada hicimos que, referido aquí, vaya a excitar la menor pasión; en sueños basta con una mirada o con la visión de un pensamiento.

Bien. Ya tengo velas, cerillas, pluma y papel. ¿Implica esto que la actitud oficial hacia mí se ha relajado? No indica eso esta celda: es peor que la 143 donde estaba antes, y yo sé que aquélla no era una buena celda. De hecho, por lo que me contó Cuarenta y siete (que cuando estaba allí solía golpetearme mensajes), su celda era mejor que la mía: más grande, y con una tapa en el cubo sanitario; y dijo que había otras celdas con vidrio en las ventanas delante de los barrotes, para evitar el frío, y unas pocas incluso con cortinas y sillas. Cuando una vez encontré en la sopa un trozo de hueso, empecé a conversar con Cuarenta y siete mucho mejor. Una vez me preguntó por mis creencias políticas —porque yo le había dicho que era preso político— y le dije que pertenecía al Partido Laissez-Faire.

Cuarenta y siete: ¿O sea que crees que habría que permitir operar a las empresas sin interferencia? Veo que eres industrialista.

Yo: En absoluto. Creo que habría que dejar al gobierno en paz. Los del laissez-faire tratamos a los oficiales como a reptiles peligrosos: es decir, los respetamos mucho pero, como no podemos matarlos, no tenemos nada que ver con ellos. Nunca intentamos conseguir puestos de funcionarios, ni le contamos nada a la policía como no estemos seguros de que ya se lo han contado los vecinos.

Cuarenta y siete: Entonces vuestro destino es ser tiranizados.

Yo piqué: Si vivimos en el mismo mundo, ¿puede haber tiranía sobre ti y no sobre mí?

Cuarenta y siete: Pero yo resisto.

Yo: Es una energía que reservamos para otros fines.

Cuarenta y siete: Y fíjate dónde…

Pobre Cuarenta y siete.

Esta celda. Dejadme describirla, plena ahora de amarilla luz de vela. Tiene poco más de un metro de altura; digamos que un metro diez centímetros. Tendido en el suelo arenoso (posición que como imaginaréis adopto con frecuencia), puedo casi tocar el techo con los pies sin levantar las caderas. Este techo, como habría tenido que decir antes, es de cemento, y también los muros y el suelo. Aquí nada de golpecitos, ni siquiera los rasguños y crujidos que cuando yo no estaba bajo tierra me enviaba el pobre loco de al lado; tal vez las celdas de mis flancos estén vacías; o posiblemente los constructores dejaran un relleno de tierra entre los muros para ahogar el ruido. La puerta es de hierro.

Pero es una celda más amplia de lo que acaso penséis. Más ancha que mis brazos extendidos, y más larga que cuando me acuesto con los brazos estirados detrás de la cabeza; de modo que no es una caja de tortura, aunque sería bueno poder estar de pie. Hay cubo sanitario (sin tapa), pero no mantas; por supuesto, no hay ventanas… un momento, me retracto: la puerta tiene un atisbadero, aunque, como el pasillo está siempre oscuro, no sirve de nada, y es posible que me hayan dado las velas para poder observarme, y el papel únicamente para que haya una pulsión para mantenerlas encendidas. En la parte inferior de la puerta hay una abertura como una ranura grande de buzón, por la cual me pasan el tazón de la comida. Tengo cerillas y velas, papel y pluma; la llama de la vela está dejando una mancha negra en el techo.

¿Cómo avanza mi caso? He ahí la pregunta. Que me hayan puesto en esta celda sugiere que va mal; pero que me hayan dado velas e instrumentos de escritura me induce a la esperanza. Puede ser que en el nivel donde las opiniones importan (cualquiera que sea) haya dos opiniones sobre mí: una me considera inocente, quiere que esté bien, manda las velas; la otra, considerándome culpable, ordena que me confinen aquí. O posiblemente la que me considera culpable quiere que esté bien. O quizá las velas y el papel (y esto me temo) sean sólo un error; quizá pronto venga el guardia a llevárselos.

¡He descubierto una cosa! Una cosa de veras. Sé dónde estoy. Después de escribir lo anterior, apagué la vela, me acosté y procuré dormirme de nuevo, y con la oreja contra el suelo oí un sonido de campanas. Si apartaba la oreja del suelo dejaba de oírlas, pero si volvía a apretarla allí las tenía mientras siguieran tañendo. El pasillo al cual da mi puerta, concluí, corre bajo la Plaza Vieja en dirección a la catedral; y debo estar cerca de los cimientos de ésta, si es cierto que los sonidos me los transmiten las piedras del campanario. Ahora cada pocos minutos aprieto la oreja contra el suelo y vuelvo a escuchar. Aunque viví en la ciudad mucho tiempo, no recuerdo con qué frecuencia sonaban las campanas de la catedral; sólo sé que no daban las horas como los relojes.

Donde me crié no había catedral, sino varias iglesias, y por un tiempo vivimos cerca de la de Santa Magdalena. Me acuerdo de campanas que sonaban a oscuras —supongo que para una misa de medianoche—, pero el sonido no me asustaba como otros. A menudo ni me despertaba, pero si ocurría me sentaba en la cama a mirar a mi madre, que también solía sentarse, los hermosos ojos brillando en la oscuridad como astillas de cristal verde. A ella la despertaba cualquier ruido, pero cuando mi padre llegaba a casa tambaleándose ella fingía dormir y se volvía lo menos atractiva posible, cosa que, sin que uno se diese cuenta —incluso si la estaba observando— conseguía con los músculos de la cara. Yo tengo la misma habilidad, aunque no en el mismo grado; pero preferí taparlo todo con esta barba, porque temía a mi padre —me temía a mí mismo— y lo único que necesité fue tener una voz como la de él y parecer mayor. Pero ser listo de nada sirve, y supongo que con todo el tiempo que llevo aquí hoy tendría barba, aunque cuando me detuvieron hubiese acabado de afeitarme.

Supongo también que me dejé la barba por mi madre, para que viese —si alguna vez la reencontraba, y en Roncesvalles tuve razones para pensar que había venido— que ahora soy un hombre. Ella no me lo dijo nunca, pero ahora sé que para el Pueblo Libre un niño sigue siendo niño hasta que le brota la barba. Cuando llega a tener suficiente para protegerse la garganta de los dientes de otros hombres, se ha vuelto hombre.

Qué tonto era yo. Cuando ella se fue, y durante muchos años, creí que se había ido porque se avergonzaba de mí, por haberme descubierto con esa niña; ahora sé que sólo había estado esperando a que terminara el trabajo de la leche. En aquel momento me pregunté por qué me miraba sonriendo.

Pensando que se había ido a las colinas, allí me largué cuando tuve la oportunidad; pero ella no estaba. Tendría que haber estado, y yo, una vez allí, tendría que haberme quedado. Pero es terriblemente duro; la mitad de los niños mueren y ninguno llega a viejo. Así que cuando se acerca el invierno, nosotros —mi madre y yo— bajamos a la ciudad, juntos o separados. Ved, pues, dónde estoy, yo que me reía del pobre Cuarenta y siete.

Mucho más tarde. Una comida, té y sopa, la sopa en el magullado cuenco de lata que me dieron aquí. Sobre el suelo dejan los utensilios —vienen con la comida y después hay que devolverlos— y el té, negro y con azúcar, en el mismo cuenco una vez que lo vacío, con la fina grasa de la sopa flotando en la superficie. Al darme la sopa el guardia dijo:

—Hay té. Dame la taza.

Le dije que no tenía y se limitó a rezongar y seguir de largo, pero cuando volvió de alimentar a las celdas de más allá me preguntó si había terminado la sopa, y como le respondí que sí, me dijo que sacara de nuevo el cuenco y me dio el té.

¿Es el guardia quien por iniciativa propia me dio las velas y el papel? Si es el caso, quizá sólo sea que le doy pena, y eso debe ser porque van a ejecutarme.

Desde la última vez que escribí, las campanas sonaron tres veces. ¿Vísperas? ¿Nonas? ¿El ángelus? No lo sé. He vuelto a dormir, y soñé. Era muy pequeño y mi madre —al menos creo que la muchacha era mi madre— me tenía en el regazo. Mi padre nos llevaba a remo por el río, como tantas veces mientras le gustó pescar; yo veía las cañas doblándose al viento por todas partes, y alrededor del bote flotaban flores amarillas, pero lo raro del sueño era que yo ya sabía lo que iba descubrir más tarde, y miraba a mi padre, que parecía un gigante de barba roja, y sabía que con lo que iba a pasarle en las manos no podría continuar su oficio. Él había abotonado a mi madre el vestido amarillo —sí, seguro que era ella, aunque jamás he entendido cómo alguien del Pueblo Libre pudo darle un hijo a mi padre—, y ella tenía la mirada feliz y alborotada de la mujer que ha sido vestida por un hombre: sonreía al hablar, y yo me reía; todos sonreíamos. Supongo que sólo es un recuerdo vuelto en sueños, y que en esa época él debía parecer un hombre como tantos, posiblemente un poco más dado a hablar que lo común, que se alimentaba de pan, carne, café y vino; fue sólo cuando ya no tuvo nada de eso, ni para él ni para nosotros, que descubrimos que vivía de palabras.

No, no he dormido. Me he pasado las horas tendido a oscuras, escuchando las campanas de la catedral, y lustrando el cuenco —también a oscuras— con mi pobre pantalón rotoso.

En un tiempo fue un buen pantalón. Lo compré la primavera pasada, ya que de Sainte Anne no había traído ropa de verano… ni ninguna otra, salvo la que llevaba puesta. Es que no resulta económico, y lo más sensato sería que todo el mundo viajara desnudo y se comprara cosas nuevas en Sainte Croix. El caso es que la ropa que se usa a bordo no cuenta como peso, y para viajar, todos (al menos en invierno, cuando viajé yo) se compran el traje de abrigo más grueso posible. También hay una pequeña franquicia para exceso de equipaje, pero yo la usé para los libros que he tenido conmigo en el fondo de más allá.

Pero éste era un buen pantalón de verano, parte de un buen traje de verano, mezcla de lino con seda del continente meridional. Esa seda es un producto nativo, al contrario que el lino, que crece de una semilla traída de Tierra y en Sainte Anne no la tenemos. La produce la cría de una especie de ácaro, la cual (una vez roto el cascarón del huevo) espera en las hojas de hierba hasta que, sintiendo una corriente ascendente, devana un hilo fino, invisible y tenso como cuerda de faquir, que acaba por alzarlo en el aire. Los individuos que aterrizan en pastizales quedan a salvo y empiezan nuevas vidas, pero todos los años una buena cantidad es aventada al mar, donde los enredados hilos, como memorias flotantes del pasado, forman grandes alfombras de hasta cinco kilómetros de largo y cientos de hectáreas de superficie. Hay barcos que recogen estas alfombras y las llevan a factorías de la costa, donde se las fumiga, escarda e hila para uso industrial. Como los ácaros resisten enormemente el fumigado —me han dicho que pueden sobrevivir hasta cinco días sin oxígeno— y se alojan como parásitos en sistemas cardiovasculares de sangre caliente, los esclavos que hacen ese trabajo no viven mucho tiempo. Una vez en la universidad de aquí me mostraron películas de una zona de viviendas para esclavos, construidas sobre los restos de un cementerio de la época francesa; y las paredes encaladas eran de tierra y huesos comprimidos.

Si lustré el cuenco no fue por limpieza, sino en la esperanza de verme reflejado. He dicho que era de lata, pero en realidad creo que es de peltre, y aunque no hay nadie más inútil que yo con las herramientas, soy capaz de rascar algo con un trapo; de modo que eso he estado haciendo, hasta hace un momento, tendido en la oscuridad, temblando y escuchando las campanas. Claro que no podía ver cuánto brillo cobraba, si es que cobraba algún brillo, y tampoco quería desperdiciar la vela mirando; además tengo tiempo de sobra. En un momento el guardia trajo cebada hervida y me la comí deprisa, tanto porque esperaba que después hubiera té (no hubo) como porque quería volver a la tarea de lustrar el cuenco. Al final me cansé y tuve ganas de escribir otra vez, así que dejé el cuenco y raspé una cerilla para encender la vela. Entonces se me ocurrió que en cierto modo mi madre estaba en la celda, porque en la oscuridad le veía los ojos. Solté la cerilla y me quedé sentado, abrazándome las rodillas, llorando mientras sonaban todas las campanas, hasta que vino el guardia a patear la puerta y preguntar qué pasaba.

Cuando se fue encendí la vela. Los ojos, claro, eran el reflejo de los míos en el cuenco lustrado, que ahora brilla como plata opaca. No debería haber llorado, pero realmente pienso que en cierto sentido todavía soy un niño. Es terrible, y desde que escribí la última frase me pasé un largo rato pensándolo.

¿Cómo habría podido mi madre enseñarme a ser hombre? Ella no sabía nada, nada. A lo mejor mi padre nunca le permitió aprender. Me acuerdo de que no le parecía mal robar; pero creo que pocas veces tomaba algo a menos que él se lo dijera; alimento, de vez en cuando. Si había comido no necesitaba nada más, y si alguien quería irse con ella mi padre tenía que obligarla. Trató de enseñarme todo lo que necesitaría para vivir donde yo no vivía ni estoy viviendo ahora. ¿Cómo voy a saber lo que no aprendí de aquel lugar y de éste? Ni siquiera sé qué es la madurez, salvo que yo no la tengo, y que en cambio la tienen los hombres entre quienes me encuentro (más bajos, muchos de ellos, que yo).

Por lo menos la mitad de mí es animal. El Pueblo Libre es maravilloso, maravilloso como los ciervos o los pájaros o como la tigresa tedio tal como yo la he visto, la cabeza en alto, trotando como una sombra lila tras el rastro de la presa; pero son animales. Me he estado mirando la cara en el cuenco, tirando la barba hacia atrás con las manos todo lo posible, mojándola en el cubo sanitario para poder ver mi estructura, y lo que veo es una máscara de animal, con hocico y llameantes ojos de animal. No puedo hablar; siempre he sabido que en realidad no hablo como los demás, que sólo hago ciertos ruidos con la boca: ruidos lo bastante parecidos al habla humana como para trasponer los oídos de Chorro de Sangre; a veces ni siquiera sé qué he dicho; sé únicamente que he cavado mi agujero y que luego corrí cantando entre las colinas. Ahora no puedo hablar en absoluto; sólo gruñir y tener arcadas.

Más tarde. Hace frío, y oigo las campanas aun cuando me tapo los oídos. Si aprieto la oreja contra la piedra oigo un rasguño de palas y un susurro de pies que se arrastran; y así sé dónde me encuentro. La celda está bajo el suelo mismo de la catedral, y puesto que en ese suelo entierran a los muertos, con las lápidas como pavimento de corredores y bancos, tengo encima las tumbas, y es posible que estén cavando la mía; allí, una vez yo esté muerto, dirán misas por mí, distinguido científico del mundo madre. Es un honor que a uno lo entierren en la catedral, pero yo desearía en cambio cierta cueva seca en uno de los acantilados que miran al río. Que enfrente de la cueva aniden las aves; yo yaceré de espaldas en mi propio nido hasta que el sol rosado sea siempre rojo, con oscuras cicatrices en la cara como la brasa de un cigarrillo apagándose.

12 de abril. Ha pasado algo muy perturbador, y uno de los elementos más perturbadores…

No importa. Describamos la jornada. Como se había planeado, la mayor parte del día marchamos a lo largo de la ribera, aunque estaba claro que era improbable que entre los bancos de arena de la orilla encontráramos alguna clase de cueva, y el chico insiste en que todavía estamos muy abajo en el curso. Mediada la tarde el tiempo empezó a descomponerse; es el primer mal tiempo que hemos tenido en el viaje. Sin interrumpir la marcha aceité las armas y les abroché las fundas; adelante se acumulaban negros nubarrones tronantes, y era obvio que la tormenta se movería hacia el sudeste; es decir, derecho hacia nosotros por el valle del Tempus.

A sugerencia del chico dejamos el río y anduvimos algo más de una milla alejándonos del cauce, pues le pareció que podía haber una inundación relámpago. Al llegar a lo alto de una loma, y como no me atraía la idea de trabajar después bajo la lluvia, paramos a montar la tienda. Apenas habíamos instalado todo cuando llegó el primer aullido de viento; luego un aguacero y granizo. Le dije al chico que podíamos cocinar cuando pasara la tormenta; me metí en el saco y sabe Dios cuánto tiempo estuve echado preguntándome si la tienda aguantaría. Nunca en mi vida he oído un viento aullar como ése; pero al fin se fue acallando, hasta que sólo hubo un redoble de lluvia en la tela de la tienda, y me dormí.

Cuando me desperté había escampado; parecía todo muy en calma y el aire tenía ese olor fresco y lavado que sigue a la tormenta. Me levanté y descubrí que el chico no estaba.

Lo llamé una o dos veces, pero no hubo respuesta. Después de rastrear un poco por ahí se me ocurrió que la explicación más probable era que al ponerse a preparar la cena le había faltado un utensilio y había decidido retroceder unas pocas millas esperando encontrarlo. Por consiguiente tomé una linterna y (no me pregunten por qué, si no fue por la prisa) el rifle ligero, y salí a buscarlo. El sol estaba bajo, pero no se había puesto.

Diez minutos de paso trajinado me llevaron al río, y allí vi al chico, con el agua un poco por encima de la cintura, frotándose con arena. Lo llamé y él me devolvió el saludo, inocente en apariencia, pero con una confusión subyacente que percibí con claridad. Le pregunté por qué se había ido sin avisarme y simplemente dijo que se sentía sucio y necesitaba un baño, y que además, para cocinar le hacía falta más agua que la que había en las cantimploras, y que no había querido despertarme. Sonaba todo harto razonable, y aún no puedo demostrar que no fue exactamente eso lo que pasó, y de hecho todo cuanto pasó; pero en el fondo estoy seguro de que miente, y de que mientras yo dormía hubo alguien en el campamento, alguien aparte de nosotros dos; parece obvio que el chico ha estado con una mujer. Es visible en todo lo que dice y hace. Creo que de la carne ahumada faltan unas veinte libras, y si bien no me parece mal que se la haya dado a su amada —al fin y al cabo tenemos de sobra—, en realidad es mía y no suya. Me propongo llegar al fondo de este asunto.

En cualquier caso, después de haberlo interrogado cinco minutos sin obtener nada más satisfactorio que las respuestas esbozadas más arriba, emprendimos el regreso al campamento, el chico con una cacerola llena de agua. Ahora el sol se había puesto, aunque aún había algo de luz.

Íbamos ya a avistar la tienda cuando oí que una mula relinchaba: un ruido horrible, como de hombretón poderoso deshollado vivo y totalmente quebrado por el dolor. Corrí hacia el grito mientras el chico (muy sensatamente) iba a la tienda por el otro rifle. Por lo que pude discernir, la mula estaba en el extremo de un matorral, próximo a la base de la loma. En vez de bordear las matas —como sin duda habría debido hacer— las atravesé estrepitosamente, y me encontré cara a cara con el animal más espantoso que he visto nunca, una criatura mezcla de hiena, oso, mono y hombre, con mandíbulas cortas, poderoso de aspecto, y ojos humanos que me miraban fijo con, ni más ni menos, la expresión violenta, estúpida, asesina y rastrera de un vagabundo demente que provoca a alguien balanceando una botella rota. Tenía enormes hombros corcovados, patas delanteras gruesas como troncos de hombre y terminadas en dedos regordetes con garras como uñas de disfraz, y todo él apestaba a suciedad y carne podrida.

Disparé tres veces con el rifle ligero sin molestarme en apoyarlo en el hombro, y el bruto dio media vuelta y se largó por el matorral a grandes saltos de mono. Cuando el chico llegó corriendo con el rifle pesado, ya había desaparecido. Tengo la certeza de que le di, y más de una vez, pero no imagino cuánto daño le habrán hecho a semejante bestia las pequeñas balas de repetición; me temo que no mucho.

Mi Guía de campo de los animales de Sainte Anne no deja dudas sobre el merodeador: un oso demonio (es interesante que el chico lo conozca por el mismo nombre). La Guía de campo lo caracteriza como carroñero, pero un párrafo de la descripción indica que, si se le presenta la ocasión, de muy buen grado atacará animales vivos:

…así llamado por su hábito de expoliar toda sepultura reciente no protegida por casquete de metal. Es un cavador poderoso, y para alcanzar un cadáver desplazará piedras muy grandes. Enfrentado con audacia por lo general escapa, a menudo llevando el cadáver desenterrado bajo una pata delantera. Suele merodear las granjas donde haya habido una reciente matanza de animales, oportunidad en la cual probablemente atacará reses u ovejas.

Tuve que matar a la mula (una de las pardas), demasiado vapuleada para sobrevivir. Su carga la hemos distribuido entre las otras dos, que el chico y yo cuidaremos con el rifle pesado, alternando las guardias.

15 de abril. Estamos ya muy arriba en las colinas. Desde la última vez que escribí no ha habido más desastres, pero tampoco hallazgos. Además del oso demonio (que luego de que le disparé hemos visto dos veces), ahora nos sigue un tigre tedio. Lo oímos rugir, habitualmente un par de horas después de medianoche, y el chico lo identifica sin ninguna duda. Al día siguiente de haber matado a la mula, remonté dos horas nuestro rastro con la esperanza de pillar al oso demonio junto al cadáver. Llegué tarde: la mula muerta había sido despedazada, y salvo los cascos y los huesos mayores, consumida del todo, lo mismo que algo de carne de caribú que habíamos abandonado para aligerar la carga. En el lugar donde había estado el cadáver vi cientos de pisadas de diferentes especies. Ciertas huellas muy pequeñas podrían haber sido de niños humanos, pero no puedo saberlo. Ni un rastro más de la muchacha que (aún estoy seguro) visitó al chico, y él se niega a hablar de ella.

16 de abril. Hemos perdido al menos una seguidora, pero convirtiéndola en miembro de la expedición. El chico ha conseguido atraer la gata al campamento, y hasta cierto punto la ha domesticado sirviéndole restos de comida y pequeños peces, que atrapa diestramente con las manos. La gata todavía es demasiado huraña para dejar que me acerque, pero ojalá pudiera lidiar así de fácil con el tigre tedio.

Una entrevista con el chico:

Yo: Dices que cuando te quedabas con tu madre en el fondo de más allá, encontraste muchas veces anneses vivos, aparte de ti. ¿Crees que si los encontráramos ahora se nos mostrarían? ¿O saldrían corriendo?

V.R.T.: Tienen miedo.

Yo: ¿De nosotros?

V.R.T.: (calla).

Yo: ¿Es porque los colonos mataron a tantos?

V.R.T.: (muy rápido) El Pueblo Libre es buena gente… No roban a menos que otros tengan de sobra… Trabajan… Saben criar ganado… Encuentran caballos… Ahuyentan al zorro fuego…

Yo: Tú sabes que yo no le dispararía a nadie del Pueblo Libre, ¿no? Lo único que quiero es hacerles preguntas, estudiarlos. Has leído la Introducción a la antropología cultural de Miller. ¿No advertiste que los antropólogos nunca hacen daño a los pueblos que estudian?

V.R.T.: (me escudriña).

Yo: ¿Crees que el Pueblo Libre nos tiene miedo sólo porque maté un animal para comer? Eso no significa que vaya a matar a uno de ellos.

V.R.T.: Usted deja la carne en el suelo; podría colgarla de los árboles para que los del Pueblo Libre y los hijos de la Sombra treparan a tomarla. En cambio la deja en el suelo, cuando nos están siguiendo el oso demonio y el tigre tedio.

Yo: Ah, ¿es eso lo que te inquieta? Si hay más carne y yo te doy cuerda, ¿quieres colgarla tú? ¿Para ellos?

V.R.T.: Sí. Doctor Marsch…

Yo: Sí, ¿qué pasa?

V.R.T.: ¿Usted cree que alguna vez podré hacerme antropólogo?

Yo: Hombre, sí, eres un joven inteligente; pero te hará falta estudiar mucho, y tendrías que ir a la universidad. ¿Cuántos años tienes?

V.R T.: Ahora dieciséis. Lo de la universidad lo sé.

Yo: Pareces mayor… Diría que al menos diecisiete. ¿Cuentas en años terrestres?

V.R.T.: No, en años de Sainte Anne. Aquí son más largos, y encima los del Pueblo Libre crecemos muy deprisa. Si quisiera podría parecer todavía mayor, pero no quería cambiar tanto desde que usted me conoció y alquiló el bote. Usted no cree de veras que yo podría ir a la universidad, ¿no?

Yo: Sí que creo. No dije que pudieras ir directamente; es posible que aún te falte trabajo preparatorio, así que antes tendrías que estudiar varios años y aprender al menos rudimentos de un idioma extranjero… Pero olvido que ya sabes algo de francés.

V.R.T.: Sí, ya sé francés. ¿Se tratará sobre todo de leer?

Yo: (asintiendo) Sobre todo de leer.

V.R.T.: Usted cree que soy inculto porque hablo raro, pero es lo que me enseñó mi padre, para sacarle dinero a la gente. Pero yo puedo hablar de la forma que quiera. No me cree, ¿no?

Yo: Ahora estás hablando muy bien.

V.RT.: Sí, he aprendido a hablar como usted. Y ahora escuche, ¿conoce al doctor Hagsmith? Le mostraré al doctor Hagsmith… (habla en una imitación excelente de la voz del doctor) «Es pura falsedad; todo falso, doctor Marsch. Aguarde, déjeme contarle una historia. Una vez, en los largos días de sueño en que Paso en el Rastro era chamán de los abos, hubo una muchacha llamada Tres Caras. Una muchacha abo, téngalo en cuenta, y usaba la arcilla de colores que los abos recogían junto al río para pintarse una cara en cada pecho. Una cara, señor, diciendo por siempre ¡No!, en el pecho izquierdo, y la otra, la del derecho, pintada con un ¡Sí! En el fondo de más allá la chica conoció un arriero que se enamoró mucho de ella, ¡y ella le dio el pecho derecho! Bueno, señor, yacieron toda la noche juntos en esa oscuridad de brea que uno encuentra en el fondo de más allá, y él le pidió que fuera a vivir con él y ella dijo que sí, y que aprendería a guisar y ordenar la casa y hacer todo lo que hacen las mujeres humanas. Pero cuando salió el sol él seguía durmiendo, y cuando se levantó, ella había ido a lavarse en el río. Eso en los cuentos significa olvido, ¿sabe usted?, y ella sólo tenía una cara, la natural; y cuando él le recordó las cosas que había prometido en la oscuridad, ella se quedó mirándolo sin decir una palabra, y cuando él intentó tomarla escapó».

Yo: Interesante pieza folklórica, «doctor Hagsmith». ¿Así termina la historia?

V.R.T.: «No. Cuando el arriero se fue a vestir, después de que la muchacha se marchara, descubrió las imágenes de las dos caras pintadas en su propio cuerpo, la cara del ¡Sí! en el pecho izquierdo y la del ¡No! en el derecho. Se puso encima la camisa y cabalgó hasta Playa del Francés, donde había un hombre que hacía tatuajes, y le dijo que repasase los dibujos con la aguja. Cuenta la gente que cuando el arriero murió, el enterrador le desholló el pecho bajo la chaqueta, y que ahora conserva las dos caras de Tres Caras, enrolladas con cardamomo en un cajón de su escritorio en la morgue, y atadas con una cinta negra; pero a mí no me pregunte si es cierto: yo no las he visto».

21 de abril. La tensión de estar media noche en vela para proteger los animales se ha vuelto insoportable. Esta noche, ahora, mataré al menos a uno de los depredadores que nos vienen siguiendo desde hace diez días. Le he disparado a un pony brinco; no para matarlo, sólo para quebrarle una pata. Ahora está atado en el claro que tengo debajo. Escribo esto sentado en la horqueta de un árbol, a unos treinta pies del suelo, con el rifle pesado y la compañía de esta libreta. Es una noche muy clara; Sainte Croix cuelga del cielo como una gran bombilla azul.

Unas dos horas después. Nada, salvo el vislumbre de un fennec. Lo que me fastidia es saber, estar absolutamente seguro —llámese telepatía o lo que se quiera— de que, mientras yo estoy aquí, el chico está con la mujer que ya lo visitó una vez. Se supone que está cuidando las mulas. La muchacha es annesa; lo sospeché antes y ahora estoy seguro: me contó esa historia para restregármela por las narices, y de todos modos en estas colinas dejadas de Dios no viviría nadie más. Bastaría con que la convenciese de que no le haré daño; la expedición sería un éxito y yo me haría famoso. Podría bajar y pillarlos juntos (sé que está con ella; casi los oigo), si no fuese porque huelo que el oso demonio está cerca. Se han de quedar amarrados, esos dos: cuando el chico se lavaba vi que no está circuncidado. Si estuvieran así cuando yo apareciera, creo que los mataría a los dos.

Más tarde. Hay un preso nuevo, creo que a cinco celdas de la mía. Ver que lo traían, pienso, me ha salvado de perder el juicio. No le agradezco eso; a fin de cuentas la cordura no es sino la razón aplicada a los asuntos humanos, y cuando la razón, aplicada durante años, se ha resuelto en desastre, destrucción, desesperanza, miseria, hambre y podredumbre, la mente hace bien en abandonarla. La decisión de abandonar la razón, ahora lo entiendo, no es el último acto razonable sino el primero; y esa demencia que nos enseñan a temer no consiste en nada más que responder natural e instintivamente antes que con esa cosa culturalmente adquirida y educada llamada razón; el demente dice disparates porque, como el pájaro o el gato, es demasiado sensato para decir sensateces.

El nuevo preso es un hombre gordo y maduro, muy probablemente uno de esos hombres de negocios que trabajan para otros. A mí se me había consumido la vela, y estaba con la cabeza en las rodillas, cuando oí que por el atisbadero —aquí abajo no tenemos las mirillas de vidrio blindado que había en todas las puertas de arriba, sino rejillas de alambre— me llegaban tenues ruidos. Pensé que era el guardia con comida, y me arrodillé junto la puerta para verlo venir. Esta vez había dos: el de siempre con su linterna y otro desconocido de uniforme que quizá fuera soldado, andando a lo cangrejo por el pasillo angosto y llevando entre los dos a nuestro hombre grueso, asustado, y tan pálido que me reí (lo cual me dio más miedo); como el atisbadero es muy pequeño, sólo puedo acercar los ojos o los labios, no todo junto; pero los acerqué alternativamente, algo por encima de la cintura de él mientras pasaba frente a mi puerta, y le grité: «¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?»; y él sollozó «¡Nada, nada!», lo que hizo que me riera más, no sólo de él sino de mí mismo porque podía hablar de nuevo, y sobre todo porque sabía que ese hombre no tenía nada que ver conmigo, no era parte de mí de ninguna manera, ni de Sainte Anne, ni de la universidad, la pensión, el Cave Canem ni la sucia tienda donde compré el objeto de bronce, sino un simple hombre gordo y asustado que no significaba nada, y ahora sería vecino mío pero nada más.

Me han interrogado de nuevo. No lo de costumbre. En el aire había algo distinto y no sé qué. Él empezó con la intimidación habitual, luego se puso amistoso, me ofreció un cigarrillo —algo que no había hecho en varias semanas— y llegó al punto de recitarme un poemita satírico ridiculizando los títulos académicos, lo que en él ha de entenderse como una fiesta. Yo decidí aprovechar esa jovialidad y pedí otro cigarrillo; para mi asombro lo obtuve, y después de eso, en lugar de más preguntas, una larga conferencia sobre las maravillas del gobierno de Sainte Croix, como si yo hubiera solicitado la ciudadanía. Luego una conferencia breve señalando que no me habían torturado ni drogado, afirmaciones ambas totalmente ciertas. Lo atribuyó a la nobleza y humanidad connaturales a todos los prognáticos y corcovados croix-codrilos, pero yo opino que se debió a una especie de arrogancia, la sensación de que no precisan de esas cosas para quebrarme, a mí o a quien fuera.

A este respecto dijo algo que me interesó: que cierto médico que conocían y cooperaba con ellos cuando lo necesitaban habría podido obtener en pocos minutos todo lo que querían de mí. Al parecer, esperaba que a ese comentario yo reaccionase de alguna forma. Quizá significase que mi caso ya no les interesaba —pero no es probable, ya que a lo largo de la entrevista se habían sembrado ciertas preguntas indirectas— o bien que ya han obtenido la información de otra fuente, pero también esto es improbable, pues no hay nada que obtener. La mejor interpretación, me parece, es que ya no tienen el médico a mano, y como pensé, o al menos sospeché (no sé si en un relámpago de perspicacia o por algo dicho antes, ahora no estoy seguro) que yo sabía quién era él. Lamenté que no me hubiesen interrogado bajo el efecto de las drogas, mientras habían podido, porque así se habría probado mi inocencia; sin embargo también estaba seguro de que pronto encontrarían a algún otro tan bueno como él.

—No. Éste era único… Un artista. Seguro que podríamos encontrar otro; pero para que fuera la mitad de hábil tendríamos que ir a buscarlo a la capital.

—Conozco a alguien que tal vez pueda ayudarlos —le dije—. El hombre que maneja un lugar llamado Maison du Chien. En verdad no parece muy remilgado con lo que hace, si le pagan bien, y tiene una gran reputación.

La mirada que me echó fue suficiente respuesta. El rufián estaba muerto.

Podría haberle dicho —aunque no me habría creído— que si en su lugar empleaba al hijo estaría tratando con el mismo hombre; pero sin duda a estas alturas el joven ya ha sido encarcelado, y quizá incluso esté en otro lugar de este mismo edificio. La tía —biológicamente su hermana, pero para evitar confusiones usaré la misma designación que la familia— ya ha de estar tratando de sacarlo de aquí.

Acaso (es la primera vez que se me ocurre) ella está intentando también conseguir que me liberen; era una mujer muy inteligente, de mente fascinante, y llegamos a tener largas conversaciones, a menudo con una o más de las «chicas», como decía ella, haciendo de público. ¿Donde está ahora, tante Jeannine? ¿Sabe siquiera que me tienen aquí?

Aunque fingiese que no, ella creía que los anneses habían devorado y reemplazado al Homo sapiens: la hipótesis de Veil, y Veil es ella; durante años se la ha utilizado para desacreditar otras teorías heterodoxas sobre la población original de Sainte Anne. Pero entonces, tante Jeannine, ¿quiénes son el Pueblo Libre? ¿Conservadores que se niegan a abandonar las viejas costumbres? La cuestión no es, como creía yo en un tiempo, cuánto influyen en la realidad los pensamientos de los hijos de la Sombra; sino cuánto influyen los nuestros. He leído la entrevista con la señora Blount —en las colinas la leí cien veces— y sé quiénes creo que son el Pueblo Libre: lo llamo Postpostulado de Liev. Liev soy yo, y me he ido.

El preso nuevo ha estado hablando. Preguntó si en las otras celdas había más presos y cómo se llamaban y cuándo nos darían de comer y si era posible conseguir alguna manta y un centenar de cosas más. Por supuesto, no le contestó nadie; castigan a quienes sorprenden hablando. Al cabo de un rato, cuando entendí que el guardia se había ido, lo llamé. Estuvo mucho tiempo callado, y luego, en una voz que le parecía muy baja y secreta, me preguntó:

—¿Quién es el loco que se reía de mí cuando me trajeron?

Pero entonces el guardia ya había vuelto, y cuando lo sacaron de la celda para azotarlo, aquel hombre alto y gordo chilló como una liebre rosa que ha caído en una trampa. Pobre mal nacido.

¡Increíble! ¡No podríais adivinar dónde estoy! Adelante, tienes todas las oportunidades que quieras. Es una locura, claro, pero como he enloquecido, ¿por qué no seguir? Estoy de vuelta en la otra 143, mi vieja celda subterránea, con colchón y manta y luz entrando por la ventana… Por más que no tenga cristal y por la noche también entre el frío, parece un palacio.

Alrededor de una hora después de que llegué, Cuarenta y siete se puso a golpear el caño; había oído no sé qué chismes sobre mi regreso y me envió saludos. Dice que durante mi ausencia la celda estuvo vacía. He perdido el hueso que yo usaba antes, pero contesté lo mejor posible con los nudillos. El preso de al lado también estaba enterado, y se puso a golpear y arañar como en la otra ocasión la pared que nos separa; pero todavía no ha aprendido el código o usa otro que no sé descifrar. Los ruidos son tan variados que a veces pienso que intenta hablarme con ellos.

Día siguiente. ¿Quiere decir que me dejarán en libertad? La mejor comida desde la noche que me arrestaron: sopa de alubias, espesa, con verdaderos trozos de cerdo. Té con limón y azúcar. Me lo dieron en un jarrito de latón, y con el pan de esta mañana hubo leche. Luego me sacaron de la celda para que me bañara en la ducha con otros cinco, y me echaron insecticida en el pelo, la barba y la entrepierna. Tengo una manta diferente, bastante nueva y casi limpia, mejor que la de antes. Me he cubierto los hombros para escribir. No porque tenga frío: simplemente para sentirla.

Otro interrogatorio, éste no de Constant sino de un hombre que no he visto nunca y se presentó como el señor Jabez. Bastante joven, ropa civil de calidad. Me dio un cigarrillo y me dijo que hablando conmigo corría el riesgo de enfermar de tifus; pienso que me había visto antes de que me dejaran bañarme. Cuando le pedí otra manta y más papel me mostró que el expediente incluía algunas de las páginas que escribí antes, y se quejó de lo arduo que sería transcribirlas. Como yo sabía que no contenían nada dañino, le sugerí que se las mandara a alguien de rango superior (como dio a entender que acaso hiciera) y las fotocopiara; pero creo que no puedo permitir que se lleven lo que tengo ahora. Dejo libre mi imaginación cuando se trata de la vida en Tierra con mi familia —a decir verdad, estuve pensando en hacer una novela: muchísimos libros se escribieron en la cárcel—, y sólo serviría para enturbiar mi caso. En la primera ocasión destruiré las hojas.

Medianoche o más. Por suerte me dejan quedarme con las velas y las cerillas; de lo contrario no podría escribir. Me había acostado cuando entró un guardia, me agarró por el hombro y me dijo que me «requerían». Lo primero que pensé fue que iba a morir; pero por la sonrisa de él me pareció improbable, y entonces se me ocurrió que sería alguna humillación irritante pero a medias graciosa, como afeitarme la cabeza.

Me llevó a una sala justo al borde de la zona de celdas y me hizo entrar, y esperándome allí estaba Celestine Etienne, la muchacha de la pensión de Mme. Duclose. Tenía que ser pleno verano, porque se había arreglado como para una misa estival de domingo: vestido rosa sin mangas, guantes blancos y sombrero. Sé que yo la consideraba alta como una cigüeña, pero la verdad es que se la veía muy bonita, con esos ojos azul-violeta grandes y asustados. Cuando entré, se levantó y dijo:

—¡Ay, doctor, qué delgado está!

Había una silla, una luz que no se podía apagar, un espejo de pared (destinado, estoy seguro, a observarnos desde la habitación vecina) y una vieja cama destartalada con sábanas limpias sobre un colchón que quizá más valiera no ver.

Y, sorprendentemente, un cerrojo del lado interior de la puerta. Hablamos un rato, y ella me dijo que un día después de mi detención había ido a verla un hombre del Tesoro Municipal y le había dicho que el jueves de la semana siguiente —el día que le tocaba verme— a las ocho en punto de la noche debía presentarse en la Secretaría de Permisos. Ella había ido, y allí la habían hecho esperar hasta las once, hora en que un oficial le dijo que no podía verla en ese momento, pues ya iban a cerrar la oficina, pero que volviera en dos semanas. Ella sabía muy bien, dijo, qué estaban haciendo, pero le había dado miedo no volver cada dos semanas como le indicaban. Esta noche, en cuanto se hubo sentado en la sala de espera, el mismo oficial que siempre la había despedido a las once apareció para sugerirle que mejor viniese a verme, añadiendo que en el futuro previsible la Secretaría de Permisos no volvería a requerir su presencia. Ella pasó por la casa de Mme. Duclose para ponerse perfume y cambiarse el vestido, y luego vino.

Y basta ya. Escribir todo esto, ver a mi pluma dejar semanas de negro rastro de araña, ha sido un placer, pero la imagen de mis primeros escritos en la carpeta del nuevo interrogador me resultó algo perturbadora. Estoy bastante seguro de que en el pasillo el guardia está dormido, y pienso quemarlo todo, página a página, en la llama de la vela».

La transcripción terminaba a mitad de una página con una nota que daba lugar, hora y fecha de la confiscación de los originales.

«Habrá que perdonar la letra de esta entrada, y supongo que de algunas de las subsiguientes. Ha ocurrido un incidente absurdo, que explicaré cuando llegue el momento. He matado al tigre tedio y al oso demonio, éste sobre el cadáver del tigre tedio la noche siguiente. El tigre me saltó encima cuando bajaba del árbol donde lo había esperado toda la noche. Me figuro que podría haber salido hecho pedazos, pero sólo tengo unos rasguños que me hice con unos espinos cuando el animal me derribó».

El oficial dejó el diario encuadernado en tela y revolvió las cosas buscando el maltratado cuaderno de redacción escolar con la nota sobre el alcaudón. Cuando lo hubo encontrado echó un vistazo a las primeras páginas, asintió en silencio y retomó el diario.

de abril. Después de matar al tigre tedio como he descrito arriba, volví al campamento y no encontré a nadie con el chico salvo la gata que nos venía siguiendo. El chico estaba sentado —como solía hacer cuando no cocinaba— de espaldas al fuego con la gata en las rodillas. A mí lo del tigre tedio me tenía muy excitado, claro, y me puse a hablar y fui y agarré al gato para mostrarle dónde habían dado las balas. El gato torció la cabeza y me clavó los dientes en la mano. Ayer, cuando maté al oso demonio, no me dolía, pero hoy está muy inflamada. La he vendado y le he puesto antibiótico en polvo.

de abril. Como se ve por la escritura, la mano sigue mal. No sé qué haría sin el chico. Se ha encargado de todo, de la mayor parte del trabajo, para el viaje entero. Hoy discutimos si levantábamos campamento y seguíamos río arriba, y al fin decidimos quedarnos por hoy y partir mañana, a menos que mi mano empeore. Es un buen lugar. Hay un árbol, que siempre da suerte, y una larga cuesta de hierba que baja hacia el río; aquí el río corre rápido, con agua dulce y fría. Hay carne en cantidad; estamos comiendo un pony brinco y a dos kilómetros hemos colgado de otro árbol una pata para los que tengan hambre. Más adelante el río se hunde en una garganta; eso se ve desde aquí.

de abril. Hoy levantamos campamento; como de costumbre casi todo el trabajo lo hizo el chico. Ha estado leyendo mis libros y me hace preguntas, algunas de las cuales no puedo responder con certeza.

26 de abril. Ha muerto el chico. Lo he enterrado donde no lo encuentren nunca porque descubrí, mirando el rostro muerto, que no me agradan los extraños que hurgan en las tumbas.

Sucedió así. Hoy a eso del mediodía llevábamos las mulas por un sendero que seguía la ribera sur. Allí la garganta tiene doscientos metros de altura y es angosta, y el agua corre por un canal profundo bordeado de arena roja y piedras rotas. Le recordé que según él había dicho todavía estábamos demasiado abajo para encontrar la cueva sagrada del Pueblo Libre, pero como respondió que quizá hubiera otras cuevas parecidas continuamos trepando por las rocas. Lo vi caer. Trató de agarrarse a una roca, luego lanzó un grito y se despeñó. Yo maneé las mulas y volví atrás, esperando que en el agua más tranquila hubiera podido salir a nado. Un largo trecho corriente abajo, aferrado a la roca, con el agua a sus pies, se alzaba un gran árbol que había extendido una raíz para atrapar a mi amigo.

Ahora permitidme confesar que mentí. Las fechas de esta página y de la anterior no son correctas. Hoy es primero de junio. Por mucho tiempo no escribí nada en esta libreta, hasta que esta noche pensé llevarla de nuevo y volcar en ella lo que había ocurrido. Como veis, todavía tengo mal la mano. No creo que se arregle nunca, aunque parece sana y no hay cicatriz. Me cuesta sostener las cosas.

Escondí el cadáver del chico en la cueva de un acantilado que cae a pique hasta el río. Creo que a él le habría gustado, y allí no llegarán los osos demonio; son capaces de mover grandes piedras, pero no de trepar como el hombre. Tardé tres días en encontrar la cueva, con el chico atado a una mula. Maté a la gata y la dejé a sus pies.

Descubro que no estoy acostumbrado a escribir así; no es sólo la mano, sino volcar los pensamientos. Transcribí las entrevistas, desde luego, y conté que había visto los lugares sagrados, pero no lo que pensaba; y ahora no hay nadie con quien hablar. De todos modos nadie leerá esto.

Avanzamos —las mulas y yo— mucho más despacio que cuando el chico vivía. Sólo marchamos tres o cuatro horas por la mañana, y en estas colinas siempre hay algo que invita a detenerse, un paraje hermoso con árboles umbríos y helechos, un lugar donde buscar la cueva o una poza profunda con peces. Desde que el chico murió no he matado ningún animal grande, sólo peces comestibles y pequeñas criaturas que he apresado con lazos de crin, sacada de las colas de las mulas. Varias veces me han robado la trampa, pero no tengo hambre; creo que conozco a quien me roba.

Aquí hay muchas cosas que comer además de peces y animales, aunque es demasiado temprano para frutos o cualquier otra cosa parecida excepto bayas. Creo que las Gentes de los Pantanos, mejor dicho los anneses de las marismas, comían las raíces de las cañas de sal; las he probado (primero hay que quitar la corteza interior negra, que es amarga, y que molida entre dos piedras mata a los peces) y saben bien, aunque creo que no son muy alimenticias; más vale comerlas junto a Océano para poder mojar lo blanco en agua salada.

Allí, en las marismas, si uno quiere comer raíces sólo tiene que arrancarlas; pero además de pescado y mejillones, o caracoles en primavera, hay poco que comer, a menos que uno cace un pájaro. Aquí es muy diferente y hay mucha comida, pero toda difícil de encontrar. Son buenos los brotes de ciertas plantas, y los gusanos que se encuentran en la madera podrida. Hay un hongo que sólo crece donde no llega la luz y es muy sabroso.

Como dije, no he matado ningún animal grande, aunque una vez estuve muy tentado. Pero el rifle hace tanto ruido —y la escopeta más todavía— que estoy seguro que ahuyentaría a los que busco.

de junio. (Es la fecha real) Más alto en las colinas, las dos mulas y yo. Más piedras y menos hierba. Aquí los ciervos no parecen ganado.

de junio. Hoy no hay fuego. Desde que él murió, hace más de un mes, he hecho fogatas todas las noches. Hoy, cuando empezaba a juntar varillas como siempre, me pregunté por qué. El chico muerto lo hacía porque había que cocer la carne y hacer el té; el té me gusta, pero se ha acabado, y ya he comido, y no tenía nada que tuviera que cocerse. Pronto, sin embargo, se pondrá el sol; y luego no podré escribir hasta que la esfera hermana esté sobre las colinas. A veces me pregunto quién leerá esto y creo que nadie, y decido incluir mis pensamientos más íntimos. Después recuerdo que, se supone, estoy llevando un diario científico; y aunque nadie lo lea será una buena práctica.

Pero ¿qué hay para contar? He dejado de afeitarme. Me siento con la libreta en las rodillas e intento pensar en la vida del Pueblo Libre antes de que llegaran los hombres de Tierra. Estas colinas son duras y áridas, nadie viviría aquí si hubiera mejores tierras. Tal vez las montañas —las Temporales, como las llaman— sean mejores, pero en este momento no tengo modo de saberlo; sin duda son mejores las colinas bajas por las cuales hemos venido, e incluso las marismas. ¿Por qué entonces el Pueblo Libre vivía en las montañas, como era seguramente el caso si confiamos en las viejas historias? ¿Venían aquí alguna vez?

¿Vienen ahora? Yo creo que sí, pero ése es otro tema.

Si venían, no era muy a menudo, porque las historias siempre hablan de las gentes de las montañas (el Pueblo Libre) y las de las tierras húmedas, el Pueblo de los prados lacustres. Es cierto que cuando las historias los hacen hablar, los de las tierras húmedas llaman al Pueblo Libre «de las colinas», pero sólo ellos los llaman así, y al contrario que las marismas, estas colinas están desiertas; aquí no hay muertos, o hay pocos.

¿Y los hombres del pantano? ¿Por qué no venían?

Empecemos por ellos; de ellos sabemos más. Sabemos que eran ávidos de carne, pues las historias cuentan que aullaban pidiendo la carne del sacrificio, aun los que no creían. Viviendo en los prados lacustres tenían que comer raíces de juncos de sal, como he dicho, y peces y aves acuáticas. Seguramente a veces, cuando querían carne, iban a cazar a las colinas bajas próximas a los pantanos; pero un pueblo de pescadores y tramperos no puede haber cazado bien. Entonces venían (¿cuántos? ¿diez? ¿veinte, treinta?) a estas colinas a buscar víctimas para el río. Los veo andando, uno tras otro: hombres robustos, de piernas pesadas y pies planos, de piel blanca. Diez, doce, trece, catorce, quince. Los del Pueblo Libre cazan mejor, sin duda luchan mejor, largos de piernas y estrechos de pies, pero nunca hay tantos juntos porque se morirían de hambre: la caza no alcanza. Posiblemente andan en grupos de no más de diez, contando a mujeres y niños. ¿A cuántos se habrán llevado por estas colinas desiertas, rocosas, hasta la Clepsidra y el Observatorio y el Río? ¿A cuántos? ¿Cuánto duró la prehistoria en Madre Tierra? ¿Un millón de años? Algunos dirían que diez millones. (Huesos de mis padres)

Más tarde. Ahora la esfera hermana es reina del cielo nocturno, y su luz azul cubre esta página salvo donde cae la sombra de mi mano que escribe. Mitad sombra y mitad luz es ahora, y en la región intermedia veo la Mano extenderse por el mar, y lo que parece ser Port-Mimizon, chispa tenue, donde el pulgar se une a la palma; he oído decir que es la peor ciudad de ambos mundos.

Más tarde. Por un momento pensé que veía a mi gata volar en la oscuridad como una sombra, y aunque le partí el cuello, me pregunté si estaba de veras muerta. El día antes de que encontrara la cueva para sepultar al chico, ella me trajo un animalito y me lo dejó a los pies. Le dije que era una buena gata y podía comérselo, pero sólo respondió: «Mi amo, el marqués de Carabas, le envía saludos». Y desapareció otra vez. El animalito tenía un hocico puntiagudo y orejas redondas, pero los dientes eran regulares y mordían como los de un ser humano, y en su tormento sonreía.

Más tarde. A la luz de la esfera hermana he buscado utensilios entre las rocas, eolitos. No encontré ninguno.

de junio. Hoy nos hemos comportado como exploradores; todo el día en marcha. A nuestra derecha el río brama entre paredes de piedra; al frente las montañas alzan un muro azul. Entraré en ellas siguiendo el río. Sé que se interna en el corazón de las montañas.

de junio. Hoy, delante de nosotros, un pedrusco cayó a los tumbos. Desplazado por algún animal, me pareció, pero no conseguí verlo. No he estado cazando con munición; ya casi no me roban las trampas, y cuando sucede hay a menudo huellas del zorro fuego. Qué extraño tengo que parecerles, con las mulas. No llevo ropa salvo los zapatos, que necesito para las piedras; pero han de ser las mulas las que los asustan.

Mucho más tarde. No sé qué hora es. Muy pasada la medianoche, creo; al oeste la esfera hermana ha bajado la mitad del cielo, pero su brillo aumenta y yo veo más lejos, valle abajo, y los grandes acantilados relucen bajo la luz azul.

No diré «Más tarde» porque sólo he dejado esta libreta unos segundos para juntar matas y pasto seco y hacer un fuego. Es la primera fogata que hago en varios días, pero como no estoy en el saco tengo frío, y no quiero volverme a dormir. Soñé que gentes desnudas se aglomeraban a mi alrededor mientras dormía. Niños, torcidos hijos de la Sombra que no son niños ni hombres, y una muchacha alta de largo pelo lacio que casi me cuelga sobre la cara cuando ella se inclina hacia mí».

Era la última entrada de la libreta con tapas de tela. El oficial la cerró, la arrojó a un lado y por un momento repicó con los dedos sobre la rígida cubierta. Mientras leía, había llegado el alba; apagó la débil llama de la lámpara, echó la silla atrás y se desperezó. El aire de la mañana ya daba aquella sensación de humedad y calor. Fuera, por lo que veía por la puerta abierta, el esclavo había dejado su puesto bajo el eucalipto y seguramente dormía en algún rincón. Por un momento el oficial pensó en ir a buscarlo y despertarlo a puntapiés; luego volvió al escritorio y leyó por segunda vez la carta que encabezaba el expediente.

Estaba fechada casi un año antes.

Señor:

Los materiales que le envío se refieren al prisionero —143, actualmente detenido en este establecimiento y que alega ser ciudadano de Tierra. El preso, cuyo pasaporte (que puede haber sido alterado) lo identifica como John V. Marsch, doctor en Filosofía, llegó aquí el 2 de abril del año pasado y fue detenido el 5 de junio del año actual en vinculación con el asesinato de un Corresponsal Espión SGPB Clase AA de esta ciudad. Entretanto el hijo del referido ha sido condenado, pero, como advertirá por el material que adjunto, hay considerables pruebas de que #143 podría ser agente de la junta que actualmente detenta el poder en la esfera hermana; de hecho, esto es lo que yo opino.

Llamo su atención sobre la circunstancia de que en este momento la ejecución del agente de Sainte Anne tendría un excelente efecto en la opinión pública local. Por otro lado, si estamos dispuestos a aceptar la afirmación del preso de que en verdad procede del mundo madre, liberarlo podría tener un efecto igualmente favorable, al menos hasta que ulteriormente se incrimine a sí mismo. Nuestra gente, en particular la clase intelectual, le dispensó una calurosa bienvenida cuando llegó como científico terráqueo…

—Maitre…

El oficial alzó la cabeza. Bostezando, Cassilla estaba a su lado con una bandeja y el esclavo detrás.

—Café, Maitre —dijo.

En la clara luz diurna él le vio las finas arrugas alrededor de los ojos; la muchacha envejecía. Una lástima. Tomó la taza que le estaba ofreciendo, y mientras ella vertía el café, le preguntó cuántos años tenía.

—Veintiuno, Maitre.

La cafetera era una de esas de plata con divisas, lo cual significaba que en la cocina el esclavo había insistido en utilizarla; si no le habrían dado una común de las mesas de suboficiales.

—Tendrías que cuidarte más.

El café estaba caliente, y apenas aromatizado con vainilla. Agregó una cucharada de nata espesa.

—Sí, Maitre. ¿Algo más?

—Puedes irte. Tú —le hizo una seña al esclavo—, ¿cuál es el próximo barco para Port-Mimizon?

—El Lucero de la Tarde, Maitre. Hoy, con la marea alta. Pero antes de llegar a la Mano tocará Bocafría, y a lo mejor comercia un poco con los isleños. El Desmond de la Ciénaga no zarpa hasta la semana que viene, pero debería estar en Port-Mimizon alrededor de un mes antes.

El oficial asintió, sorbió el café y regresó a la carta.

Aunque una cantidad de ítems de los documentos privados del preso dan la impresión de ser significativos, hasta el momento él no ha admitido nada. Seguimos la política habitual de tratamiento alternativamente indulgente y severo con el propósito de producir un colapso. Poco después de que lo alojáramos en la benigna celda, el preso #47, de la planta superior, empezó a comunicarse con el otro preso mediante golpes codificados en un caño que pasa por ambas celdas. En cuanto el preso respondió, persuadimos a #47 (que es político, y blando como todos nuestros políticos autóctonos) de que llevara un registro de los intercambios. Lo ha hecho (archivo #181) y los exámenes han demostrado que es fiel, pero la materia temática no parece importante. Al parecer el preso de la celda adyacente, una mujer analfabeta dada al robo menor, también intenta comunicarse con el preso mediante golpes, pero la pauta es ininteligible y él no contesta.

Dado que la universidad ejerce cierta presión para que #143 sea liberado, apreciaríamos una decisión pronta sobre el caso.

El oficial abrió la cartera y dejó caer la carta, seguida de fajos de hojas sueltas con escritura oficial, los rollos de cinta, el diario encuadernado en tela y el cuaderno de redacción escolar. Luego, sacando de un cajón del escritorio unas hojas de papel sellado y una pluma, se puso a escribir.

Director del SGPB Ciudadela,

Port-Mimizon Departament de la Maine

Señor:

Hemos examinado largamente el caso adjunto. Aunque el preso carece de importancia, las dos opciones propuestas nos parecen totalmente insostenibles. De ser el preso públicamente ejecutado, muchos considerarían que en efecto era ciudadano del mundo madre, como afirmaba, y que se lo habría quemado como chivo emisario. Por otra parte, si fuera puesto en libertad y luego vuelto a detener, la credibilidad del gobierno estaría gravemente dañada.

El estado de la opinión pública en Port-Mimizon no nos concierne, pero, ya que es la única importancia que tiene el caso, le ordenamos continuar esforzándose por asegurar una cooperación total; de paso le advertiríamos que no ponga una confianza prematura en el incipiente afecto por la muchacha CE. En tanto no se consiga esa cooperación total le ordenamos que mantenga al preso detenido.

Tras haber firmado al pie, el oficial dejó caer también este papel en la cartera, y llamando al esclavo, lo instruyó para que la atara como antes. Cuando hubo acabado, el oficial dijo:

—Embarcarás esto en el Lucero de la Tarde. Para Port-Mimizon.

—Sí, Maitre.

—¿Hoy servirás al comandante?

—Sí, Maitre. Desde las doce. Durante la comida para el general, ¿sabe, Maitre?

—Quizá tengas alguna ocasión, una digna ocasión, de hablar con él. Muy probablemente cuando te pida que me transmitas su agradecimiento por haberle prestado tus servicios.

—Sí, Maitre.

—En ese momento podrías ingeniártelas para informarle de que me pasé toda la noche en vela con este caso, y que lo despaché esta mañana por el primer barco con destino a Port-Mimizon. ¿Entiendes?

—Sí, Maitre. Entiendo, Maitre.

Por un instante el esclavo se permitió deponer el aire habitual de deferencia y sonrió; y el oficial, viendo esa sonrisa, comprendió que si le era posible cumpliría las instrucciones, que cierto secreto amor suyo por la intriga y la duplicidad se deleitaba con todo aquello. Y el esclavo, viendo la expresión del oficial, supo que nunca tendría que volver a los telares y los talleres de cardado, habiendo comprendido que el oficial sabía que él haría todo lo posible por el mero placer de hacerlo.

Cargó la cartera al hombro para llevarla al muelle y al barco Lucero de la Tarde, y se separaron muy contentos los dos.

Cuando el esclavo se marchó, el oficial encontró una cinta más que había rodado hasta quedar detrás de la lámpara; fue hasta la ventana y la dejó caer en uno de los descuidados parterres, entre las prominentes trompetas de los ángeles.

FIN