/ / Language: Español / Genre:thriller

Ni una palabra

Harlan Coben

Qué haría un padre por proteger a su hijo? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar? ¿Le espiaría?¿Llegaría a mantenerle localizado permanente por el GPS de su móvil? Es lo que hacen Tia y Mike Baye, aunque vigilarle así no impedirá que Adam, su hijo de 16 años, desaparezca tras el suicidio de su mejor amigo. Ambos se lanzarán a una agónica búsqueda, mientras van conociendo con espanto que, en el fondo, no saben nada de la vida de su hijo.

Harlan Coben

Ni una palabra

Hold Tight

En memoria de los cuatro abuelos de mis hijos:

Cari y Corky Coben

Jack y Nancy Armstrong

Os echamos mucho de menos a todos.

Nota del autor

La tecnología utilizada en este libro es real. No sólo es real, sino que el programado y el equipo descrito están en venta y al alcance de todos. Los nombres de los productos se han cambiado, pero, vaya, ¿a quién va a detener esto?

1

Marianne jugueteaba con su tercer chupito de Cuervo, maravillándose de su infinita capacidad para destruir todo lo bueno que podía haber en su lastimosa vida, cuando el hombre que estaba a su lado gritó:

– ¡Oye, preciosa, el creacionismo y la evolución son perfectamente compatibles!

La saliva del hombre acabó en el cuello de Marianne. Ella hizo una mueca y lanzó una rápida mirada al hombre. Llevaba un gran bigote poblado que parecía salido de una película pornográfica de los setenta. Estaba sentado a la derecha de Marianne. La rubia oxigenada con los cabellos encrespados a quien intentaba impresionar con aquella charla tan estimulante estaba sentada a su izquierda. Marianne era el desafortunado embutido de aquel malogrado sándwich.

Intentó ignorarlos. Contempló su vaso como si fuera un diamante que estuviera evaluando para un anillo de compromiso. Marianne tenía la esperanza de que esto hiciera desaparecer al hombre del bigote y a la mujer de cabellos pajizos. Pero no fue así.

– Estás loco -dijo Pelopaja.

– Tú escúchame.

– De acuerdo. Te escucho. Pero creo que estás loco.

– ¿Queréis cambiar de taburete, para poder estar al lado? -preguntó Marianne.

Bigotes le puso una mano en el brazo.

– Quieta, guapa, quiero que tú también lo oigas.

Marianne iba a protestar, pero decidió que sería mejor no hacerlo. Volvió a mirar su bebida.

– Veamos -siguió Bigotes-, sabes lo de Adán y Eva, ¿no?

– Claro -dijo Pelopaja.

– ¿Te lo tragas?

– ¿Lo de que él fue el primer hombre y ella la primera mujer?

– Así es.

– Ni hablar. ¿Y tú?

– Sí, ya lo creo. -Se acarició el bigote como si éste fuera un pequeño roedor que necesitara amor-. La Biblia cuenta lo que pasó. Primero fue Adán y después Eva, a quien crearon con una de sus costillas.

Marianne bebió. Bebía por muchas razones. La mayoría de las veces lo hacía para divertirse. Había estado en demasiados sitios parecidos a éste, intentando enrollarse con alguien y esperando que hubiera algo más. Sin embargo, esa noche, la idea de marcharse con un hombre no le interesaba en absoluto. Bebía para aturdirse y le estaba funcionando. En cuanto se soltó, la cháchara insustancial la distrajo. Le ayudó a aliviar el dolor.

Había metido la pata.

Como siempre.

Su vida había sido una carrera para alejarse de todo lo que fuera virtuoso y honesto, a la búsqueda del siguiente chute imposible de obtener, un estado perpetuo de aburrimiento interrumpido por subidones lastimosos. Marianne había destruido algo bueno y cuando lo intentó recuperar, volvió a meter la pata.

En el pasado hizo daño a los más cercanos a ella. Era como un club exclusivo para aquellos a los que mutilar emocionalmente: las personas a las que amaba. Pero ahora, gracias a su reciente mezcla de idiotez y egoísmo, podía añadir a perfectos desconocidos a la lista de víctimas de la Masacre Marianne.

Por algún motivo, hacer daño a desconocidos parecía peor.

Todos hacemos daño a los que amamos, ¿no? Pero era mal karma hacer daño a inocentes.

Marianne había destruido una vida. Tal vez más de una.

¿Para qué?

Para proteger a su hija. Eso era lo que había creído.

Imbécil.

– Veamos -siguió Bigotes-, Adán engendró a Eva o como sea que se diga.

– Vaya mierda sexista -dijo Pelopaja.

– Pero palabra de Dios.

– Que la ciencia ha refutado.

– Espera un momento, guapa. Escucha. -Levantó la mano derecha-. Tenemos a Adán -levantó la mano izquierda- y tenemos a Eva. Tenemos el Jardín del Edén, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

– Adán y Eva tienen dos hijos. Caín y Abel. Y entonces Abel mata a Caín.

– Caín mata a Abel -corrigió Pelopaja.

– ¿Estás segura? -Frunció el ceño, pensando. Después sacudió la cabeza-. Bueno, da igual. Uno de los dos muere.

– Abel muere. Caín lo mata.

– ¿Estás segura?

Pelopaja asintió.

– Bueno, entonces sólo tenemos a Caín. Y la pregunta es: ¿con quién se reprodujo Caín? Veamos, la única mujer disponible es Eva y se está haciendo mayor. ¿Cómo sobrevivió la humanidad?

Bigotes calló, como si esperara un aplauso. Marianne levantó los ojos al cielo.

– ¿Entiendes el dilema?

– Quizá Eva tuvo otro hijo. Una chica.

– ¿Así que tuvo relaciones con su hermana? -preguntó Bigotes.

– Por supuesto. En aquella época, todos tenían relaciones con todos, ¿o no? Adán y Eva fueron los primeros. Tuvo que haber varios incestos.

– No -dijo Bigotes.

– ¿No?

– La Biblia prohíbe el incesto. La respuesta está en la ciencia. A eso me refiero. A que la ciencia y la religión pueden coexistir. Se trata de Darwin y su teoría de la evolución.

Pelopaja parecía sinceramente interesada.

– ¿Cómo?

– A ver. Según los darwinistas, ¿de dónde descendemos?

– De los primates.

– Exacto, monos, simios o lo que sea. En fin, a Caín lo echan y deambula solo por este maravilloso planeta. ¿Me sigues?

Bigotes tocó el brazo de Marianne, asegurándose de que le prestaba atención. Ella se volvió lentamente en su dirección. Sin el bigote porno, pensó, se podría aguantar.

Marianne se encogió de hombros.

– Te sigo.

– Bien. -El hombre sonrió y arqueó una ceja-. Y Caín es un hombre, ¿no?

Pelopaja quería recuperar protagonismo.

– Sí.

– Con necesidades masculinas normales, ¿no?

– Sí.

– Pues él va deambulando por ahí y siente la entrepierna. Sus necesidades naturales. Y un día, mientras cruza un bosque -otra sonrisa, otro mimo al bigote-, Caín tropieza con una mona atractiva. O gorila. U orangután.

Marianne le miró.

– ¿Estás de broma o qué?

– No. Piensa un momento. Caín reconoce algo en la familia de monos. Son los más cercanos a los humanos, ¿no? Elige a una de las hembras y… bueno, eso. -Une las manos en silencioso aplauso por si ella no se había enterado-. Y entonces la primate queda embarazada.

– Qué barbaridad -dijo Pelopaja.

Marianne volvió su atención a la bebida, pero el hombre le tocó de nuevo el brazo.

– ¿No ves que tiene sentido? El primate tiene una cría. Medio simio, medio hombre. Es como un simio, pero lentamente, con el tiempo, el dominio humano pasa a primer plano. ¿Lo ves? ¡Voilà! La evolución y el creacionismo se unen.

Sonrió como si esperara una estrella dorada.

– A ver si me aclaro -intervino Marianne-. ¿Dios está en contra del incesto, pero a favor de la bestialidad?

El hombre del bigote le dio una palmadita condescendiente en el hombro.

– Lo que yo intento explicar es que todos esos pedantes titulados en ciencias que creen que la religión no es compatible con la ciencia carecen de imaginación. Ahí está el problema. Los científicos sólo miran a través del microscopio. Los religiosos sólo miran las palabras escritas en la página. Tanto a unos como a otros los árboles les impiden ver el bosque.

– El bosque -dijo Marianne-. ¿No será el mismo bosque de la mona guapa?

El ambiente cambió en ese momento. O quizá fueron imaginaciones de Marianne. Bigotes dejó de hablar. La miró un buen rato. A Marianne no le hizo gracia. Había algo diferente. Algo fuera de lugar. Tenía los ojos negros, como un vidrio opaco, como si se los hubieran metido a la fuerza, como si no tuvieran vida. Parpadeó y después se acercó más.

La estudió.

– Vaya, cariño. ¿Has estado llorando?

Marianne se volvió a mirar a la mujer de los cabellos pajizos. Ella también la miró.

– Tienes los ojos rojos -siguió el hombre-. No pretendo entrometerme, pero ¿va todo bien?

– Perfectamente -dijo Marianne. Le pareció que arrastraba un poco la voz-. Sólo quiero beber en paz.

– Por supuesto, ya lo veo. -Levantó las manos-. No pretendía molestar.

Marianne mantuvo la mirada fija en su bebida. Esperó ver movimiento de reojo. No pasó nada. El hombre del bigote seguía de pie a su lado.

Tomó un largo sorbo. El camarero limpió una taza con la misma habilidad del que lleva muchos años haciendo lo mismo. Marianne casi esperaba verle escupir dentro, como en el lejano Oeste. Las luces eran tenues. Detrás de la barra estaba colgado el típico espejo oscuro y antiestético para espiar a los demás clientes en una luz brumosa y más halagadora.

Marianne miró al hombre del bigote en el espejo.

Él le devolvió la mirada con hostilidad. Ella se quedó mirando fijamente aquellos ojos, incapaz de moverse.

La hostilidad pronto se convirtió en sonrisa, y Marianne sintió un escalofrío en la nuca. Le observó volviéndose para marcharse y, cuando salió, soltó un suspiro de alivio.

Sacudió la cabeza. Caín reproduciéndose con un simio… sí, claro.

Marianne buscó la bebida. Le tembló en la mano. Bonita distracción esa teoría estúpida, pero su cabeza no podía mantenerse alejada de los malos pensamientos mucho tiempo.

Pensó en lo que había hecho. ¿Realmente parecía tan buena idea en aquel momento? ¿Lo había pensado bien: el coste personal, las consecuencias para los demás, las vidas que cambiaría para siempre?

Probablemente no.

Había habido perjudicados. Había habido injusticia. Había habido rabia ciega. Había habido deseo ardiente y primitivo de venganza. Y todo aquel rollo bíblico (o evolucionista, claro) del «ojo por ojo»… ¿Cómo llamarían a lo que había hecho?

Represalia masiva.

Cerró los ojos y se los frotó. Su estómago gruñó. Sería el estrés. Abrió los ojos. Ahora la barra parecía más oscura. La cabeza le daba vueltas.

Era demasiado temprano para eso.

¿Cuánto había bebido?

Se agarró a la barra, como se suele hacer en noches como ésa, cuando te tumbas después de beber demasiado y la cama empieza a girar y tienes que agarrarte para que la fuerza centrífuga no te lance por la ventana más cercana.

El gruñido del estómago se agudizó. Entonces abrió del todo los ojos. Un rayo de dolor le atravesó el abdomen. Marianne abrió la boca, pero no le salió el grito: un dolor cegador la mantenía en silencio. Se dobló sobre sí misma.

– ¿Te encuentras bien?

Era la voz de Pelopaja. Sonaba muy lejos. El dolor era espantoso. El peor que Marianne había sentido jamás, al menos desde el parto. El parto es una prueba de Dios. Esa criatura a la que amarás y cuidarás más que a ti misma, cuando llegue, te causará un dolor físico que ni siquiera puedes imaginar.

Bonita manera de empezar una relación, ¿no?

A saber lo que deduciría Bigotes de esto.

Unas cuchillas de afeitar -así era como lo sentía- se le clavaban en las entrañas como si pugnaran por salir. Todo pensamiento racional desapareció. El dolor la consumía. Incluso olvidó lo que había hecho, el daño que había causado, no sólo ahora, hoy, sino a lo largo de su vida. Sus padres habían envejecido y se habían marchitado por culpa de su despreocupación adolescente. Su primer marido había quedado destrozado por sus constantes infidelidades, su segundo marido por la forma en que lo trató, y después su hija, las pocas personas que la habían considerado su amiga más de unas pocas semanas, los hombres que utilizaba antes de que la utilizaran a ella…

Los hombres. Tal vez esto también era una forma de represalia. Hiérelos antes de que te hieran.

Estaba segura de que iba a vomitar.

– Baño -logró decir.

– Te llevo.

Otra vez Pelopaja.

Marianne sintió que caía del taburete. Unas manos fuertes la cogieron por las axilas y la incorporaron. Alguien -Pelopaja- la acompañó al fondo. Ando a trompicones hacia el servicio. Sentía la garganta inverosímilmente seca. El dolor en el estómago le impedía ponerse derecha.

Aquellas manos fuertes la guiaban. Marianne mantenía los ojos fijos en el suelo. Oscuridad. Sólo veía sus propios pies arrastrándose, apenas alzándose del suelo. Intentó levantar la cabeza, vio la puerta del servicio delante, se preguntó si llegaría algún día. Llegó.

Y siguió avanzando.

Pelopaja seguía sosteniéndola por las axilas. Empujó a Marianne más allá de la puerta del servicio. Marianne intentó frenar. Su cerebro no obedeció la orden. Intentó gritar, decirle a su salvadora que se habían pasado de largo, pero la boca tampoco le funcionaba.

– Por aquí -susurró la mujer-. Será mejor.

– ¿Mejor?

Sintió que la mujer empujaba su cuerpo contra la palanca de metal de una puerta de emergencia. La puerta se abrió. Era la salida de atrás. Era lógico, se imaginó Marianne. ¿Para qué ensuciar el baño? Era mejor devolver en un callejón y tomar el aire. El aire fresco le sentaría bien. El aire fresco le haría sentirse mejor.

La puerta se abrió del todo, golpeando contra la pared exterior con fuerza. Marianne salió dando un traspié. El aire le sentó bien. Pero no de maravilla. El dolor seguía allí. Aunque el frío en la cara fue muy agradable.

Entonces fue cuando vio la furgoneta.

La furgoneta era blanca con las ventanas tintadas. Las puertas traseras estaban abiertas, como una boca esperando tragársela toda. Y de pie, junto a las puertas, cogiendo a Marianne y empujándola hacia dentro, estaba el hombre del bigote poblado.

Marianne intentó echarse atrás, sin obtener ningún resultado.

Bigotes la lanzó como si fuera un saco de serrín. Marianne aterrizó en el suelo de la furgoneta dando un golpe seco. Él entró, cerró las puertas y se colocó de pie junto a ella. Marianne se acurrucó en posición fetal. Todavía le dolía el estómago, pero el miedo se estaba imponiendo.

El hombre se estiró el bigote y le sonrió. La furgoneta se puso en marcha. Pelopaja debía de estar al volante.

– Hola, Marianne -dijo él.

Ella no podía moverse, no podía respirar. Él se sentó a su lado, echó atrás un puño y la golpeó con fuerza en el estómago.

Si antes le dolía, ahora el dolor entró en otra dimensión.

– ¿Dónde está la cinta? -preguntó.

Y entonces empezó a hacerle daño en serio.

2

– ¿Estáis seguros de que queréis hacerlo?

Hay veces que sales corriendo por un precipicio. Es como en uno de esos dibujos animados de los Looney Tunes, en que el Coyote corre a toda velocidad y sigue corriendo incluso después de haber sobrepasado el precipicio y entonces se para, mira hacia abajo y sabe que se desplomará sin que pueda hacer nada por impedirlo.

Pero a veces, prácticamente siempre, no está tan claro. Está oscuro y tú estás cerca del borde del precipicio, pero te mueves lentamente, porque no estás seguro de la dirección que estás tomando. Tus pasos son decididos, pero siguen siendo pasos a ciegas en la noche. No te das cuenta de lo cerca que estás del borde, de que la tierra blanda puede ceder, de que puedes resbalar un poco y hundirte de golpe en la oscuridad.

Fue entonces cuando Mike supo que él y Tia estaban en aquel borde, cuando aquel instalador, aquel joven tan moderno, con rastas, los brazos esmirriados llenos de tatuajes y las uñas sucias y largas, los miró y les planteó la maldita pregunta en un tono demasiado siniestro para su edad.

¿Estáis seguros de que queréis hacerlo…?

Ninguno de ellos debería estar en aquella habitación. Mike y Tia Baye (pronunciado bye como en goodbye) estaban en su propia casa, eso sí, una típica mansión de un barrio residencial de Livingston, pero aquel dormitorio se había convertido en territorio enemigo para ellos y absolutamente prohibido. Mike se fijó en que todavía quedaba una cantidad asombrosa de restos del pasado. Los trofeos de hockey seguían allí, aunque antes presidían la habitación y ahora parecían acobardados en la parte posterior del estante. Los pósteres de Jaromir Jagr y su héroe favorito más reciente, Chris Drury, seguían en su sitio, pero estaban descoloridos por el sol o quizá por la falta de atención.

Mike se perdió en sus recuerdos. Recordó a su hijo Adam cuando leía Goosebumps [1] y el libro de Mike Lupica sobre los atletas infantiles que alcanzaban metas imposibles. Solía estudiar la página de deportes como un estudioso del Talmud, sobre todo los resultados de hockey. Escribía a sus jugadores preferidos para pedirles autógrafos y los colgaba en la pared con pegamento. Cuando iban al Madison Square Garden, Adam insistía en esperar en la salida de jugadores de la calle 32, cerca de la Octava Avenida, para que le firmaran los discos con los que jugaba.

Todo aquello se había esfumado, si no de aquella habitación, sí de la vida de su hijo.

Adam había superado aquellas cosas. Era normal. Ya no era un niño, sino apenas un adolescente que avanzaba demasiado rápido y con demasiada fuerza hacia la edad adulta. Sin embargo, la habitación parecía evitar seguirle el ritmo. Mike se preguntó si sería una especie de vínculo con el pasado para su hijo, si Adam encontraría consuelo en su niñez. Quizá una parte de Adam seguía anhelando aquellos días en que deseaba ser médico, como su querido padre, cuando Mike era el héroe de su hijo.

Pero sólo eran ilusiones.

El instalador enrollado -Mike no recordaba su nombre, Brett, o algo por el estilo- repitió la pregunta:

– ¿Estáis seguros?

Tia tenía los brazos cruzados. Su expresión era severa: no albergaba ninguna duda. A Mike le pareció mayor, pero no por esto menos hermosa. No hubo duda en su voz, sólo un indicio de exasperación.

– Sí, estamos seguros.

Mike no dijo nada.

La habitación de su hijo estaba bastante oscura porque sólo estaba encendido el flexo de la mesa. Hablaban en susurros, a pesar de que no corrían peligro de que les oyeran. Jill, su hija de once años, estaba en la escuela. Adam, su hijo de dieciséis, estaba en una excursión de dos días del instituto. No quería ir, por supuesto -para él, ahora estas cosas eran un «rollazo»-, pero era obligatorio y asistirían incluso los menos aplicados de sus amigos poco aplicados, de modo que podrían quejarse de aburrimiento todos a una.

– ¿Entendéis cómo funciona?

Tia asintió en perfecta comunión con la sacudida negativa de cabeza de Mike.

– El programa registrará todo lo que vuestro hijo teclee -dijo Brett-. Al acabar el día, la información se archiva y se os envía un correo informativo. Podréis verlo todo, todas las webs que visite, todos los correos que mande o que reciba, todos los mensajes instantáneos. Si Adam hace un PowerPoint o crea un documento de Word, también lo veréis. Todo. Podéis seguirlo en tiempo real si queréis. Sólo tenéis que cucar sobre esta opción.

Señaló un pequeño icono con las palabras ¡ESPÍA EN TIEMPO REAL! en un rojo llamativo. Los ojos de Mike se pasearon por la habitación. Los trofeos de hockey se burlaban de él. A Mike le sorprendía que Adam no los hubiera guardado. Mike había jugado al hockey universitario en Dartmouth. Le contrataron los New York Rangers, jugó para su equipo de Hartford un año y llegó a jugar en dos partidos de la Liga Nacional. Había transmitido su amor por el hockey a Adam, que había empezado a patinar a los tres años. Empezó de portero en el hockey júnior. La portería oxidada seguía fuera, en la entrada, con la red rasgada por las inclemencias del tiempo. Mike había pasado muchos buenos momentos lanzando discos a su hijo. Adam había sido buenísimo -con posibilidades aseguradas en el deporte universitario-, pero hacía seis meses lo había dejado.

Así, sin más. Adam dejó el palo, las protecciones y la máscara y dijo que estaba harto.

¿Fue entonces cuando empezó?

¿Fue aquella la primera señal de su declive, de su retraimiento? Mike intentó que no le afectara la decisión de su hijo, intentó no ser como esos padres entrometidos que parecían igualar la capacidad deportiva con el éxito en la vida, pero la verdad era que el abandono de Adam había dolido mucho a Mike.

Pero a Tia le había dolido más.

– Le estamos perdiendo.

Mike no estaba tan seguro. Adam había sufrido una gran tragedia -el suicidio de un amigo- y sin duda estaba pasando por una fase de angustia adolescente. Estaba taciturno y silencioso. Pasaba todo el tiempo en su habitación, básicamente ante aquel viejo ordenador, jugando a juegos de fantasía o enviando mensajes instantáneos o quién sabe qué. Pero ¿no era esto lo que hacían casi todos los adolescentes? Apenas hablaba con sus padres, casi no respondía, y cuando lo hacía, era con gruñidos. Pero ¿esto también era tan raro?

Esta vigilancia había sido idea de ella. Tia era abogada penalista en Burton y Crimstein, de Manhattan. En uno de los casos en los que había trabajado había tratado con un blanqueador de dinero llamado Palé Haley. A Haley lo había atrapado el FBI espiando su correspondencia por Internet.

Brett, el instalador, era el informático del gabinete de Tia. Mike se quedó mirando las uñas sucias de Brett, las uñas que estaban tocando el teclado de Adam. Era esto en lo que Mike no dejaba de pensar. Aquel chico de uñas asquerosas estaba en la habitación de su hijo y estaba utilizando la posesión más preciada de Adam.

– Acabo enseguida -dijo Brett.

Mike había visitado el sitio de E-SpyRight Web y había visto el primer reclamo en grandes letras en negrita:

¿LOS PEDERASTAS ABORDAN A SUS HIJOS?

¿SUS EMPLEADOS LES ROBAN?

Y entonces, en letras más grandes y más negras, el argumento que había sostenido Tia:

¡TIENE DERECHO A SABERLO!

El sitio incluía testimonios:

«Su producto salvó a mi hija de la peor pesadilla de un padre, ¡un depredador sexual! ¡Gracias, E-SpyRight!»

Bob – Denver, CO

«Descubrí que mi empleado de más confianza robaba en mi oficina. ¡No podría haberlo hecho sin su programa!»

Kevin – Boston, MA

Mike se había resistido.

– Es nuestro hijo -había dicho Tia.

– Ya lo sé. ¿Te crees que no lo sé?

– ¿No estás preocupado?

– Por supuesto que lo estoy. Y aun así…

– ¿Aun así qué? Somos sus padres. -Y entonces, como si releyera el anuncio, dijo-: Tenemos derecho a saber.

– ¿Tenemos derecho a invadir su intimidad?

– ¿A protegerlo? Sí. Es nuestro hijo.

Mike sacudió la cabeza.

– No sólo tenemos derecho -dijo Tia, acercándose más a él-. Tenemos esta responsabilidad.

– ¿Tus padres sabían todo lo que hacías?

– No.

– ¿Y todo lo que pensabas? ¿Todas las conversaciones que mantenías con tus amigos?

– No.

– Pues esto es de lo que estamos hablando.

– Piensa en los padres de Spencer Hill -contraatacó ella.

Esto hizo callar a Mike. Se miraron.

– Si pudieran volver a empezar -dijo Tia-, si Betsy y Ron recuperaran a Spencer…

– No puedes hacer eso, Tia.

– No, escúchame. Si tuvieran que empezar de nuevo, si Spencer estuviera vivo, ¿no crees que desearían haberlo vigilado más de cerca?

Spencer Hill, un compañero de clase de Adam, se había suicidado hacía cuatro meses. Fue aterrador, evidentemente, y había afectado mucho a Adam y a sus compañeros. Mike se lo recordó a Tia.

– ¿No crees que esto puede explicar el comportamiento de Adam?

– ¿El suicidio de Spencer?

– Por supuesto.

– Hasta un cierto punto, sí. Pero tú sabes que ya estaba cambiando. Esto sólo ha acelerado las cosas.

– Podría ser que dándole un poco de tiempo…

– No -dijo Tia, en un tono que cerraba toda posibilidad de debate-. Esa tragedia puede que haga más comprensible el comportamiento de Adam, pero no lo hace menos peligroso. En realidad, todo lo contrario.

Mike se lo pensó.

– Deberíamos decírselo -dijo.

– ¿Qué?

– Decirle que estamos vigilando su comportamiento en la red.

Ella hizo una mueca.

– ¿Para qué?

– Para que sepa que le vigilamos.

– Esto no es como ponerte un coche patrulla detrás para que no corras.

– Es exactamente esto.

– Entonces hará lo mismo pero en casa de un amigo o utilizará un cibercafé o vete a saber.

– ¿Y qué? Tenemos que decírselo. Adam introduce sus pensamientos íntimos en ese ordenador.

Tia dio un paso adelante y le puso una mano en el pecho. Incluso ahora, después de tantos años, su contacto seguía produciendo efecto en él.

– Está metido en algún lío, Mike -dijo-. ¿Es que no lo ves? Tu hijo tiene problemas. Puede que beba o que tome drogas o quién sabe qué. Deja de esconder la cabeza bajo el ala.

– No escondo la cabeza en ninguna parte.

La voz de Tia era casi suplicante.

– Tú quieres el camino fácil. ¿Qué esperas? ¿Que Adam lo supere con el tiempo?

– No es lo que estoy diciendo. Pero piénsalo bien. Esto es tecnología nueva. Él pone sus pensamientos y emociones secretas aquí dentro. ¿Te habría gustado que tus padres lo supieran todo de ti?

– Ahora el mundo es diferente -dijo Tia.

– ¿Estás segura de esto?

– ¿Qué mal hacemos? Somos sus padres. Queremos lo mejor para él.

Mike volvió a sacudir la cabeza.

– No querrás saber todos los pensamientos de una persona -dijo-. Hay cosas que es mejor que sean privadas.

Ella le cogió la mano.

– ¿Te refieres a un secreto?

– Sí.

– ¿Estás diciendo que todos tienen derecho a tener secretos?

– Por supuesto que lo tienen.

Ella le miró de una forma curiosa y a él no le gustó.

– ¿Tienes secretos? -preguntó ella.

– No me refería a mí.

– ¿Tienes secretos que no me cuentas? -insistió Tia.

– No. Pero tampoco quiero que conozcas todos mis pensamientos.

– Y yo no quiero que tú conozcas los míos.

Los dos se detuvieron aquí, antes de que ella se echara un poco hacia atrás.

– Pero si he de elegir entre proteger a mi hijo o respetar su intimidad -dijo Tia-, pienso protegerlo.

La discusión -Mike no quería clasificarla de pelea- duró un mes. Mike intentó volver a ganarse a su hijo. Invitó a Adam al centro comercial, al salón recreativo, incluso a conciertos. Adam rechazó todas sus invitaciones. Estaba fuera de casa a todas horas, por mucho que le pusieran una hora límite de llegada. Dejó de presentarse a la hora de la cena. Sus notas se resintieron. Lograron que fuera a una visita con un terapeuta, quien consideró que podía tratarse de una depresión. Propuso que se le medicara, pero primero quería volver a ver a Adam. Él se negó de plano.

Cuando insistieron para que volviera a ver al terapeuta, Adam estuvo fuera de casa dos días. No contestaba al móvil. Mike y Tia estaban fuera de sí. Al final resultó que se había escondido en casa de unos amigos.

– Le estamos perdiendo -había insistido Tia.

Y Mike no dijo nada.

– Al fin y al cabo, sólo somos los cuidadores, Mike. Los tenemos un tiempo y después se van a vivir su vida. Quiero que siga con vida y sano hasta que le dejemos marchar. El resto será cosa de él.

Mike asintió.

– De acuerdo, entonces.

– ¿Estás seguro? -preguntó Tia.

– No.

– Yo tampoco. Pero no dejo de pensar en Spencer Hill.

Mike volvió a asentir.

– ¿Mike?

Él la miró y ella le sonrió a su manera maliciosa, la sonrisa que él había visto por primera vez un día frío de otoño en Dartmouth. Aquella sonrisa se había incrustado en el corazón de Mike y había permanecido allí.

– Te quiero -dijo Tia.

– Yo también te quiero.

Y después de esto decidieron que espiarían a su hijo mayor.

3

Al principio no había habido ningún mensaje instantáneo o correo realmente dañino o sospechoso. Pero esto cambió de repente tres semanas después.

Sonó el intercomunicador en el cubículo de Tia.

– Ven a mi oficina enseguida -dijo una voz áspera.

Era Hester Crimstein, la gran jefa de su bufete. Hester siempre convocaba a sus subordinados personalmente, nunca lo delegaba a su ayudante. Y siempre parecía un poco mosqueada, como si ya tuvieras que saber que deseaba verte y debieras materializarte mágicamente sin hacerle perder el tiempo a ella con el intercomunicador.

Hacía seis meses, Tia había vuelto a trabajar de abogada para el bufete de abogados de Burton y Crimstein. Burton había muerto hacía años. Crimstein, la afamada y muy temida abogada Hester Crimstein, estaba muy viva y en forma. Era internacionalmente conocida como especialista en temas penales e incluso tenía un programa propio en el canal de telerrealidad truTV con el ingenioso nombre de Crimstein contra el Crimen.

Hester Crimstein gritó por el intercomunicador con su brusquedad habitual:

– ¡Tia!

– Voy.

Tia guardó el informe de E-SpyRight en el cajón de arriba y bajó por el pasillo de despachos acristalados con vistas a un lado, el de los socios séniores, y cubículos sin ventilación al otro. Burton y Crimstein tenía un sistema de castas con una soberana al mando. Había socios séniores, sin duda, pero Hester Crimstein no permitía que ninguno de ellos añadiera su nombre a la cabecera.

Tia llegó al espacioso despacho de la esquina. La ayudante de Hester apenas levantó la cabeza cuando ella pasó por delante. La puerta del despacho de Hester estaba abierta. Casi siempre lo estaba. Tia se paró y golpeó la pared junto a la puerta.

Hester paseaba arriba y abajo. Era una mujer menuda, pero no parecía pequeña. Parecía compacta y fuerte y más bien peligrosa. A Tia no le parecía que paseara en realidad, sino que acechara. Desprendía calor, una sensación de poder.

– Necesito que hagas una deposición en Boston el sábado -dijo sin preámbulos.

Tia entró en el despacho. Los cabellos de Hester siempre estaban encrespados y los llevaba teñidos de un color rubio apagado. Lograba dar la sensación de estar al mismo tiempo hostigada y totalmente serena. Algunas personas exigen atención, Hester Crimstein era como si te agarrara de las solapas, te sacudiera y te obligara a mirarla a los ojos.

– Claro, por supuesto -dijo Tia-. ¿De qué caso?

– Beck.

Tia lo conocía.

– Éste es el expediente. Llévate al especialista en informática. El chico de la postura espantosa y los tatuajes que dan pesadillas.

– Brett -dijo Tia.

– Sí, ése. Quiero que revise el ordenador personal de este hombre.

Hester le entregó el expediente y siguió paseando.

Tia lo miró.

– Es el testigo del bar, ¿no?

– Así es. Coge un avión mañana. Vete a casa y estúdialo.

– De acuerdo, como quieras.

Hester paró de caminar.

– ¿Tia?

Tia estaba hojeando el expediente. Intentaba centrarse en el caso, en Beck, en la deposición y en la posibilidad de ir a Boston. Pero el maldito informe de E-SpyRight no paraba de darle la lata. Miró a su jefa.

– ¿Estás pensando en algo? -preguntó Hester.

– Sólo en esta deposición.

Hester frunció el ceño.

– Bien. Porque este tipo es un montón de mierda mentirosa. ¿Me comprendes?

– Mierda mentirosa -repitió Tia.

– Sí, señora. Está claro que no vio lo que dice que vio. No es posible. ¿Me entiendes?

– ¿Y quieres que lo demuestre?

– No.

– ¿No?

– Más bien lo contrario.

Tia frunció el ceño.

– No te entiendo. ¿No quieres que demuestre que es un borrico mentiroso?

– Así es.

Tia se encogió de hombros.

– ¿Te importa explicarte?

– Me encantaría. Quiero que te sientes con él, le sonrías y le hagas millones de preguntas. Quiero que te pongas algo ajustado y más bien corto. Quiero que le sonrías como si fuera una primera cita y todo lo que diga te pareciera fascinante. No debe haber escepticismo en tu tono. Todo lo que diga es una verdad evangélica.

Tia asintió.

– Quieres que hable con total libertad.

– Sí.

– Lo quieres todo grabado. Toda la historia.

– También, sí.

– Para poder desmontar su versión en el juzgado.

Hester arqueó una ceja.

– Y con el famoso estilo Crimstein.

– De acuerdo -dijo Tia-. Entendido.

– Pienso servir sus pelotas para desayunar. Tu tarea, siguiendo con la metáfora, es comprar los víveres. ¿Puedes hacerlo?

El informe del ordenador de Adam: ¿cómo debería hacerlo? Primero llamar a Mike. Juntarse, leerlo y decidir qué hacer a continuación…

– ¿Tia?

– Sí, puedo hacerlo.

Hester dejó de caminar. Dio un paso hacia Tia. Era un palmo más bajita, pero a Tia no se lo parecía.

– ¿Sabes por qué te he elegido para esta tarea?

– Porque soy graduada en la Facultad de Derecho de Columbia, soy una gran abogada y en los seis meses que llevo aquí no me has dado ni un solo trabajo que no pudiera hacer un macaco.

– Pues no.

– Entonces, ¿por qué?

– Porque eres mayor.

Tia la miró.

– No me refería a esto. ¿Cuántos años tienes? ¿Cuarenta y tantos? Yo te llevo al menos diez años. Pero el resto de mis abogados júnior son crios. Querrían portarse como héroes. Creerían que pueden demostrar lo que valen.

– ¿Y yo no?

Hester se encogió de hombros.

– Si lo haces, te despido.

No había nada que decir, de modo que Tia mantuvo la boca cerrada. Bajó la cabeza y miró el expediente, pero su cabeza no paraba de volver a su hijo, su maldito ordenador y aquel informe.

Hester esperó un instante. Lanzó a Tia la mirada que había desmontado a más de un testigo. Tia le sostuvo la mirada intentando que no la afectara.

– ¿Por qué elegiste este bufete? -preguntó Hester.

– ¿La verdad?

– Preferentemente.

– Por ti -dijo Tia.

– ¿Debería sentirme halagada?

Tia se encogió de hombros.

– Me has pedido la verdad. La verdad es que siempre he admirado tu trabajo.

Hester sonrió.

– Sí. Sí, soy el no va más.

Tia esperó.

– Pero ¿por qué más?

– Esto es más o menos todo -dijo Tia.

Hester negó con la cabeza.

– Hay algo más.

– No te entiendo.

Hester se sentó en su silla. Indicó a Tia que hiciera lo mismo.

– ¿Quieres que me explique otra vez?

– De acuerdo.

– Elegiste este bufete porque lo dirige una feminista. Pensaste que entendería que te hubieras tomado unos años para cuidar a tus hijos.

Tia no dijo nada.

– ¿Acierto?

– Hasta cierto punto.

– Pero mira, el feminismo no tiene nada que ver con ayudar a una compañera. Se trata más de proporcionar un plano de igualdad. De dar a las mujeres opciones, no garantías.

Tia esperó.

– Tú elegiste la maternidad. No deberían castigarte por eso.

Pero tampoco debería hacerte especial. En cuestión de trabajo perdiste esos años. Te saliste de la fila. Y no puedes volver al mismo sitio. Un plano de igualdad. Y si un hombre dejara el trabajo para cuidar a sus hijos, le trataríamos igual. ¿Entiendes?

Tia hizo un gesto poco comprometedor.

– Has dicho que admirabas mi trabajo -siguió Hester.

– Sí.

– Yo decidí no tener hijos. ¿Admiras eso?

– No creo que sea algo que se deba admirar o no.

– Exactamente. Y lo mismo sucede con tu elección. Yo elegí mi profesión. No me salí de la fila. Así que en cuestión de derecho, ahora estoy en el primer puesto. Pero al acabar el trabajo, no encuentro en casa a un guapo médico y una verja de madera y los dos hijos coma cuatro. ¿Entiendes lo que te digo?

– Sí.

– Espléndido. -Los orificios nasales de Hester temblaron al subir de tono la mirada incendiaria-. Así que cuando estés en mi despacho, en mi despacho, tus pensamientos son todos para mí, para complacerme y servirme, no para lo que vas a hacer de cena o si tu hijo llegará tarde al entrenamiento de fútbol. ¿Está claro?

Tia quería protestar, pero el tono no dejaba mucho espacio para el debate.

– Está claro.

– Bien.

Sonó el teléfono y Hester contestó.

– ¿Qué? -Silencio-. Será idiota. Le dije que tuviera la boca cerrada. -Hester dio la vuelta a la silla. Era la señal para Tia, que se levantó y salió, deseando fervientemente estar preocupada sólo por algo tan inocuo como la cena o el entrenamiento de fútbol.

Se paró en el pasillo y cogió el móvil. Se guardó el expediente debajo del brazo, e incluso después de la reprimenda de Hester, su cabeza volvió inmediatamente al mensaje que contenía el informe de E-SpyRight.

Los informes a menudo eran tan largos -Adam navegaba mucho y visitaba muchas páginas, y tenía muchos «amigos» en lugares como MySpace y Facebook- que las impresiones eran absurdamente voluminosas. En general, sólo los hojeaba, como si esto lo hiciera menos invasivo de la intimidad, cuando en realidad significaba que no podía soportar saber tanto.

Volvió rápidamente a su mesa, sobre la que tenía la preceptiva foto familiar. Estaban los cuatro: Mike, Jill, Tia y, por supuesto, Adam, en uno de los pocos momentos que les concedía audiencia, fuera, en el escalón de la entrada. Todas las sonrisas parecían forzadas, pero aquella foto le proporcionaba un gran consuelo.

Sacó el informe de E-SpyRight y encontró el correo que la había sobresaltado. Lo leyó otra vez. No había cambiado. Pensó qué podía hacer y se dio cuenta de que no era sólo decisión suya.

Tia sacó el móvil y buscó el número de Mike. Tecleó el texto y apretó ENVIAR.

Mike todavía llevaba puestos los patines de hielo cuando llegó el mensaje.

– ¿Es Manillas? -preguntó Mo.

Mo ya se había quitado los patines. El vestuario, como todos los vestuarios de hockey, apestaba. El problema era que el sudor se metía en todas las protecciones. Un gran ventilador oscilante se mecía adelante y atrás. No ayudaba mucho. Los jugadores de hockey ya no se percataban del olor. Pero un forastero habría entrado y se habría desmayado por la peste.

Mike miró el número de teléfono de su mujer.

– Sí.

– Dios, qué pillados estáis.

– Sí -dijo Mike-. Me ha mandado un mensaje. Está pilladísima.

Mo hizo una mueca. Mike y Mo eran amigos desde la época de Dartmouth. Habían jugado en el equipo de hockey juntos, Mike era el goleador del ala izquierda, y Mo el más duro de los defensas. Casi un cuarto de siglo después de licenciarse -ahora Mike era cirujano de trasplantes y Mo hacía trabajos sucios para la Agencia Central de Inteligencia- seguían desempeñando los mismos papeles.

Los otros jugadores se quitaban las protecciones con cautela. Todos se hacían mayores y el hockey era un deporte para jóvenes.

– Sabe que es tu hora de hockey, ¿no?

– Sí.

– Pues debería abstenerse.

– Sólo es un mensaje, Mo.

– Te matas a trabajar en el hospital toda la semana -dijo él, con aquella sonrisita que nunca te dejaba claro si bromeaba o no-. Es la hora de hockey y es sagrada. Ya debería saberlo.

Mo estaba presente aquel día frío de otoño en que Mike vio por primera vez a Tia. De hecho, Mo la había visto primero. Habían jugado el partido de inauguración contra Yale. Mike y Mo eran júniores. Tia estaba en las gradas. Durante el calentamiento previo al partido -esa parte en la que patinas en círculo y te estiras- Mo le había dado un codazo y había señalado a Tia con la cabeza diciendo:

– Bonito jersey de cachorritos.

Así fue como empezó.

Mo tenía la teoría de que todas las mujeres irían detrás de Mike o de él. Mo se llevaba a las que se sentían atraídas por los chicos malos, mientras que Mike se llevaba a las chicas que veían verjas de estacas en sus fantasías. Así que en el tercer tiempo, con una ventaja cómoda de Dartmouth, Mo se peleó y pegó una paliza a un jugador de Yale. Mientras lo machacaba, se volvió, guiñó el ojo a Tia y evaluó su reacción.

Los árbitros los separaron. Mo patinó hacia la tribuna de castigo, pero antes se inclinó para decirle a Mike:

– Para ti.

Palabras proféticas. Coincidieron en una fiesta después del partido. Tia había ido con un sénior, pero no estaba interesada en él. Hablaron de su pasado. Él le dijo enseguida que quería ser médico y ella quiso saber desde cuándo lo sabía.

– Creo que desde siempre -contestó él.

Tia no quiso aceptar aquella respuesta. Indagó más, de una forma que él acabaría por reconocer como personal. Finalmente, Mike se sorprendió contándole que había sido un niño enfermizo y que los médicos eran sus héroes. Ella le escuchó como nadie lo había hecho ni lo haría. No es que iniciaran una relación, sino que se lanzaron a ella. Comían juntos en la cafetería. Estudiaban juntos por la noche. Mike le llevaba vino y velas a la biblioteca.

– ¿Te importa si leo su mensaje? -preguntó Mike.

– Es una pesada.

– Exprésate, Mo. No te cortes.

– Si estuvieras en la iglesia, ¿te mandaría mensajes?

– ¿Tia? Probablemente.

– Bueno, léelo. Y después dile que nos vamos a un bar de titis genial.

– Sí, hombre. Ahora mismo.

Mike apretó una tecla y leyó el mensaje.

Necesito hablar. Algo que he encontrado en el informe del ordenador. Ven a casa enseguida.

Mo vio la expresión en la cara de su amigo.

– ¿Qué?

– Nada.

– Bien. Entonces seguimos con el plan del bar de titis para esta noche.

– Nunca dijimos de ir a un bar de titis.

– ¿No serás uno de esos mariquitas que prefieren llamarlos «clubes para caballeros»?

– Se llame como se llame, no puedo.

– ¿Te hace volver a casa?

– Tenemos un problema.

– ¿Qué?

Mo no conocía el significado de «personal».

– Con Adam -dijo Mike.

– ¿Mi ahijado? ¿Qué pasa?

– No es tu ahijado.

Mo no era el padrino porque Tia no lo había permitido. Pero eso no impedía que Mo pensara que lo era. Cuando bautizaron al niño, Mo se había colocado en primera fila junto al hermano de Tia, el padrino de verdad. Mo le miró con hostilidad. Y el hermano de Tia no dijo ni palabra.

– ¿Y qué es lo que pasa?

– Todavía no lo sé.

– Tia es demasiado protectora, ya lo sabes.

Mike dejó el móvil.

– Adam ha dejado el equipo de hockey.

Mo hizo una mueca como si Mike hubiera insinuado que su hijo se había introducido en el culto al demonio o la bestialidad.

– Vaya.

Mike se desató los patines y se los quitó.

– ¿Cómo puede ser que no me lo hayas dicho? -preguntó Mo.

Mike empezó a despegar y quitarse los protectores de los hombros. Se marcharon algunos compañeros, que se despidieron del doctor. La mayoría conocía suficientemente a Mo para mantenerse apartados de él.

– Te he traído yo -dijo Mo.

– ¿Y qué?

– Que has dejado tu coche en el hospital. Perderás tiempo si te acompaño a recogerlo. Te llevaré a casa.

– No creo que sea buena idea.

– Lo siento. Quiero ver a mi ahijado y descubrir qué estáis haciendo mal.

4

Cuando entraron en su calle, Mike vio que Susan Loriman, su vecina, estaba fuera. Fingía hacer algo en el jardín -arrancar hierbas, plantar o algo por el estilo-, pero Mike sabía que era otra cosa lo que pretendía. Pararon en la entrada y Mo miró a la vecina que estaba arrodillada.

– Buen culo.

– Seguramente su marido estará de acuerdo contigo.

Susan Loriman se levantó. Mo la observó.

– Sí, pero su marido es un idiota.

– ¿Por qué dices eso?

Hizo un gesto con la barbilla.

– Por los coches.

En la entrada estaba aparcado el coche deportivo del marido, un Corvette tuneado rojo. Su otro coche era un BMW 550Í negro, y el de Susan un Dodge Caravan de color gris.

– ¿Qué les pasa?

– ¿Son de él?

– Sí.

– Tengo una amiga -dijo Mo- que es la tía más buena que hayas visto en tu vida. Es hispana, latina o algo así. Antes era luchadora profesional y se hacía llamar Pocahontas. ¿Te acuerdas de aquellos números tan sexis que daban en el Canal Once por las mañanas?

– Sí, me acuerdo.

– Bueno, pues la tal Pocahontas me contó que cada vez que ve a un tipo con un coche como ése, cuando se le acerca con las ruedas trucadas y el motor revolucionado y le echa miraditas, ¿sabes qué le dice?

Mike negó con la cabeza.

– «Siento lo de tu pene».

Mike no pudo evitar sonreír.

– «Siento lo de tu pene». Ya ves, ¿a que está bien?

– Sí -reconoció Mike-. Es mortal.

– Es difícil responder a esto.

– Sin duda.

– Así que tu vecino… el marido de ella, ¿no?, tiene dos. ¿Qué crees que significa?

Susan Loriman miró hacia ellos. A Mike siempre le había parecido sumamente atractiva, la madre más estupenda del barrio, a la que los adolescentes se referían como una MQMF, es decir, «madre que me follaría», aunque a él no le gustara pensar en siglas tan groseras. No es que Mike fuera a hacer nada al respecto, pero esta clase de cosas se siguen notando al estar vivo. Susan tenía los cabellos tan negros que parecían azules y en verano siempre los llevaba recogidos en una cola. Vestía pantalones cortos y llevaba gafas de sol a la última y en sus preciosos labios rojos siempre esbozaba una sonrisa maliciosa.

Cuando sus hijos eran más pequeños, Mike se la encontraba en el parque infantil de Maple Park. No pretendía nada, pero le gustaba mirarla. Conoció a un padre que intencionadamente atosigó al hijo de Susan para que entrara en el equipo de la Liga Infantil sólo para poder verla en los partidos.

Ese día no llevaba gafas y su sonrisa era tensa.

– Parece tremendamente triste -comentó Mo.

– Sí. Oye, espérame un momento, ¿de acuerdo?

Mo iba a decir alguna tontería, pero vio algo en la cara de Susan y calló.

– Sí, por supuesto -dijo.

Mike se acercó y Susan intentó seguir sonriendo, pero el rictus empezaba a desvanecerse.

– Hola -dijo Mike.

– Hola, Mike.

Él sabía por qué Susan estaba fuera fingiendo trabajar en el jardín y no quería hacerla esperar.

– No tendremos los resultados de la tipificación tisular de Lucas hasta mañana.

Ella tragó saliva y asintió demasiado rápido.

– De acuerdo.

Mike quería acercarse y tocarla. En la consulta podría haberlo hecho. Los médicos lo hacen. Pero no era el lugar apropiado para hacerlo, así que se decidió por una frase manida:

– La doctora Goldfarb y yo haremos todo lo posible.

– Lo sé, Mike.

Su hijo de diez años, Lucas, padecía glomerulosclerosis segmental focal -GSF, para abreviar- y necesitaba urgentemente un trasplante de riñón. Mike era uno de los mejores cirujanos de trasplantes de riñón del país, pero había pasado este caso a su socia, Ilene Goldfarb. Ilene era la jefa de cirugía de trasplante del NewYork Presbyterian y la mejor cirujana que Mike conocía.

Él e Ilene trataban con personas como Susan todos los días. Podía soltar el rollo sobre el distanciamiento, pero las muertes seguían afectándolo. La muerte se le metía dentro, le fastidiaba por la noche, le señalaba con el dedo, se burlaba de él. La muerte nunca era bienvenida, nunca se aceptaba. La muerte era su enemiga, una ofensa constante, y no tenía ninguna intención de perder a este niño por culpa de esa hija de puta.

En el caso de Lucas Loriman, evidentemente era algo extrapersonal. Era la razón principal para que le hubiera pasado el caso a Ilene. Mike conocía a Lucas. Era un niño un poco especial, demasiado bueno para su edad, con gafas que siempre parecían resbalarle por la nariz y unos cabellos que no había forma humana de peinar. A Lucas le encantaban los deportes, pero era torpe en todos. Cuando Mike entrenaba a Adam en el jardín, Lucas se acercaba a observar. Mike le ofrecía un palo, pero Lucas no lo quería. Así que cuando fue consciente de que jugar no sería su destino en la vida, Lucas empezó a apasionarse por la transmisión: «El doctor Baye tiene el disco, esquiva a la izquierda, lanza… ¡estupenda parada de Adam Baye!».

Mike recordó a aquel niño tan bueno subiéndose las gafas y volvió a pensar que no tenía ninguna intención de dejarle morir:

– ¿Duermes bien? -le preguntó Mike.

Susan Loriman se encogió de hombros.

– ¿Quieres que te recete algo?

– Dante no cree en esas cosas.

Dante Loriman era su marido. Mike no quiso reconocerlo ante Mo, pero su evaluación había dado en el clavo: Dante era un idiota. En apariencia era un tipo simpático, pero se podía ver lo estrecho de miras que era. Corrían rumores de que estaba relacionado con la mafia, aunque eso podría deberse a su aspecto. Llevaba los cabellos engominados hacia atrás, camisetas sin mangas, colonia en exceso y joyas demasiado llamativas. A Tia le hacía gracia -«está bien para variar entre tanto estirado»-, pero Mike siempre sentía que había algo raro en él, el machismo de un tipo que quería dar la talla, pero que en realidad sabía que no la daría nunca.

– ¿Quieres que hable con él? -preguntó Mike.

Ella negó con la cabeza.

– Vais a la farmacia de la avenida Maple, ¿no?

– Sí.

– Llamaré y dejaré una receta. Puedes recogerla si quieres.

– Gracias, Mike.

– Nos vemos mañana.

Mike volvió al coche. Mo estaba esperando con los brazos cruzados. Llevaba unas gafas de sol que le daban una apariencia de lo más imperturbable.

– ¿Una paciente?

Mike pasó de largo. No hablaba de los pacientes. Mo lo sabía.

Mike se paró frente a su casa y la contempló unos instantes. Se preguntó por qué el hogar parecía tan frágil como sus pacientes. De derecha a izquierda, la calle estaba llena de viviendas como la suya que pertenecían a parejas que habían llegado de todas partes y un buen día se habían parado en el jardín, mirando la casa y pensando: «Sí, aquí es donde vamos a vivir y educar a nuestros hijos, donde vamos a proteger nuestras esperanzas y nuestros sueños. Aquí, en esta burbuja». Abrió la puerta.

– Hola.

– ¡Papá! ¡Tío Mo!

Era Jill, su princesa de once años, que venía corriendo con una sonrisa estampada en la cara. Mike sintió que se le ablandaba el corazón: era una reacción instantánea y universal. Cuando una hija sonríe a su padre así, el padre, sin importar la etapa de la vida en la que se encuentre, de repente es el rey.

– Hola, cielo.

Jill abrazó a Mike y después a Mo, pasando del uno al otro con absoluta soltura. Se movía con la misma comodidad con la que un político saluda a las masas. Detrás de ella, casi escondiéndose, estaba su amiga Yasmin.

– Hola, Yasmin -dijo Mike.

A Yasmin le caían los cabellos sobre la cara, como un velo. Su voz apenas se oía:

– Hola, doctor Baye.

– ¿Tenéis clase de baile hoy? -preguntó Mike.

Jill lanzó una mirada de advertencia a Mike que ninguna niña de once años debería poder hacer.

– Papá -susurró.

Entonces Mike lo recordó. Yasmin había dejado de bailar. Había dejado prácticamente todas las actividades. Unos meses atrás hubo un incidente en la escuela. Su profesor, el señor Lewiston, un buen hombre que normalmente hacía muchos esfuerzos para mantener el interés de los alumnos, hizo un comentario fuera de lugar sobre el vello facial de Yasmin. Mike no recordaba bien los detalles. Lewiston se disculpó inmediatamente, pero el daño a la preadolescente ya estaba hecho. Los compañeros empezaron a llamar a Yasmin «XY» como el cromosoma, o simplemente «Y» para poder fingir que era una abreviatura de Yasmin aunque en realidad fuera una nueva manera de fastidiarla.

Todos sabemos que los niños pueden ser crueles.

Jill no dejó de ser su amiga y se esforzó mucho para que siguiera formando parte del grupo. Mike y Tia estaban muy contentos con ella. Yasmin lo dejó, pero a Jill le seguía encantando la clase de baile. De hecho, Jill estaba encantada con todo lo que hacía, y se tomaba todas las actividades con una energía y un entusiasmo que se contagiaba a todos los que la rodeaban. Para que luego hablen de la herencia y la educación: dos hijos, Adam y Jill, educados por los mismos padres que presentaban personalidades diametralmente opuestas.

Cada uno es como es.

Jill estiró la mano y cogió la de Yasmin.

– Vamos -dijo. Yasmin la siguió.

– Hasta luego, papá. Adiós, tío Mo.

– Adiós, guapa -dijo Mo.

– ¿Adonde vais? -preguntó Mike.

– Mamá nos ha pedido que salgamos. Vamos a dar una vuelta en bici.

– No olvidéis los cascos.

Jill levantó los ojos al cielo con su simpatía habitual.

Un minuto después, Tia salió de la cocina y frunció el ceño al ver a Mo.

– ¿Qué hace él aquí?

– Me he enterado de que espiabais a vuestro hijo. Muy bonito.

Tia lanzó una mirada a Mike que le penetró la piel. Mike se encogió de hombros. Ésta era una danza interminable entre Mo y Tia, la de la hostilidad aparente, pero en realidad se habrían defendido a muerte en una trinchera.

– La verdad es que me parece una buena idea -dijo Mo.

Esto los sorprendió. Los dos le miraron.

– ¿Qué? ¿Tengo monos en la cara?

– Creía que habías dicho que le estábamos sobreprotegiendo -comentó Mike.

– No, Mike, he dicho que Tia lo está sobreprotegiendo.

Tia lanzó otra mirada furiosa a Mike. De repente Mike recordó dónde había aprendido Jill a silenciar a su padre con una mirada, Jill era la discípula, Tia la maestra.

– Pero en este caso -siguió Mo-, por mucho que me duela reconocerlo, tiene razón. Sois sus padres. Deberíais saberlo todo.

– ¿No crees que tiene derecho a la intimidad?

– ¿Derecho…? -Mo frunció el ceño-. Adam está haciendo el tonto. Mirad, todos los padres espían a sus hijos de alguna manera, ¿no? Es vuestro trabajo. Sólo vosotros veis los informes, ¿no? Habláis con sus profesores sobre lo que hace en la escuela, decidís lo que come, dónde vive, todo. Esto sólo es un paso más.

Tia asentía con la cabeza.

– Debéis educarlos, no mimarlos. Todos los padres deciden cuánta independencia conceden a sus hijos. Tenéis el mando. Deberías saberlo, esto no es una república, es una familia. No tenéis que entrometeros, pero sí deberíais tener la capacidad de tomar medidas. El conocimiento es poder. Un gobierno puede abusar de él porque no desee lo mejor para ti. Vosotros lo deseáis para él. Los dos sois inteligentes. ¿Qué mal hay?

Mike se limitó a mirarlo.

– ¿Mo? -preguntó Tia.

– Sí.

– ¿Estamos de acuerdo?

– Vaya, espero que no. -Mo se sentó en un taburete de la cocina-. ¿Qué habéis encontrado?

– No te lo tomes a mal -dijo Tia-, pero creo que deberías irte.

– Es mi ahijado. Yo también deseo lo mejor para él.

– No es tu ahijado. Y basándonos en lo que acabas de decir, no hay nadie que piense más en él que sus padres. Y por mucho que tú te preocupes por él, no entras en esa categoría.

Él la miró fijamente.

– ¿Qué?

– No soporto darte la razón.

– ¿Cómo crees que me siento yo? -dijo Tia-. Estaba segura de que espiarlo era lo mejor hasta que tú me has dado la razón.

Mike observaba. Tia se mordía el labio y él sabía que sólo lo hacía cuando era presa del pánico. Las bromas eran para disimular.

– Mo -dijo Mike.

– Sí, sí, ya me he enterado. Me largo. Sólo una cosa.

– ¿Qué?

– ¿Me enseñas tu móvil?

Mike hizo una mueca.

– ¿Por qué? ¿No te funciona el tuyo?

– Enséñamelo, por favor.

Mike se encogió de hombros y se lo pasó a Mo.

– ¿Qué operadora tienes? -preguntó Mo.

Mike se lo dijo.

– ¿Todos tenéis el mismo teléfono? ¿Incluido Adam?

– Sí.

Mo miró el móvil un momento más. Mike miró a Tia. Ella se encogió de hombros. Mo dio la vuelta al móvil y se lo devolvió.

– ¿De qué iba esto?

– Luego te lo cuento -dijo Mo-. Ahora ocúpate de tu hijo.

5

¿Qué has visto en el ordenador de Adam? -preguntó Mike.

Se sentaron a la mesa de la cocina. Tia tenía los cafés preparados. Ella tomaba un descafeinado y Mike un expreso. Uno de los pacientes de Mike trabajaba en una empresa que fabricaba cafeteros con bolsas individuales en lugar de filtro y le había regalado una tras un trasplante con éxito. La cafetera era sencilla de utilizar: coges una bolsa, la introduces y te hace el café.

– Dos cosas -dijo Tia.

– De acuerdo.

– Primero, está invitado a una fiesta mañana por la noche en tasa de los Huff-dijo Tia.

– ¿Y?

– Que los Huff están fuera este fin de semana. Según dice el correo, pasarán la noche colocándose.

– ¿Alcohol, drogas, qué?

– El mensaje no es claro. Tienen pensado inventarse una excusa para quedarse a dormir para poder… cito textualmente… «ponerse como una moto».

Los Huff, Daniel Huff, el padre, era el capitán de la policía local. Su hijo, a quien todos llamaban DJ, seguramente era el chico más problemático de su curso.

– ¿Qué? -dijo ella.

– Lo estoy asimilando.

Tia tragó saliva.

– ¿A quién estamos educando, Mike?

Él no dijo nada.

– Sé que no quieres ver esos informes de ordenador, pero… -cerró los ojos.

– ¿Qué?

– Adam ve pornografía en Internet -dijo ella-. ¿Lo sabías?

Él no dijo nada.

– ¿Mike?

– ¿Y qué quieres que hagamos? -preguntó Mike.

– ¿No te parece mal?

– Cuando tenía dieciséis años, yo miraba el Playboy.

– Eso es diferente.

– ¿Ah, sí? Era lo que teníamos entonces. No teníamos Internet. De haberlo tenido seguramente es lo que habría hecho; lo que fuera por ver a una mujer desnuda. La sociedad actual es así. No puedes mirar a ninguna parte sin que te salga algo sexual. Si un chico de dieciséis años no se esforzara por ver mujeres desnudas, sería muy raro.

– ¿Entonces te parece bien?

– No, por supuesto que no. Pero no sé qué podemos hacer.

– Hablar con él -dijo Tia.

– Ya lo he hecho -dijo Mike-. Le he explicado cómo funciona el sexo. Que es mejor cuando hay sentimientos. He intentado enseñarle a respetar a las mujeres, a no verlas como un objeto.

– Esto último -dijo Tia-. Esto último no lo ha entendido.

– Ningún adolescente lo entiende. Sinceramente, no sé si lo entiende algún adulto.

Tia bebió un poco de café. Dejó la pregunta no formulada en el aire.

Mike podía ver las patas de gallo en los ojos de su esposa. Ella las observaba a menudo en el espejo. Al contrario que tantas mujeres que tenían problemas de imagen, Tia siempre había estado muy segura de su aspecto. Sin embargo, últimamente Mike se había dado cuenta de que ya no contemplaba su reflejo y se sentía bien. Había empezado a teñirse las canas. Veía las arrugas, las bolsas, los rasgos normales de la edad, y la hacían sentir mal.

– Con un adulto es distinto -dijo ella.

Mike quería decir algo consolador, pero decidió abandonar ahora que llevaba ventaja.

– Hemos abierto la caja de Pandora -dijo Tia.

Esperaba que todavía estuvieran hablando de Adam.

– Sin duda.

– Quiero saber. Y no soporto saber.

Mike le cogió la mano.

– ¿Qué hacemos con lo de la fiesta?

– ¿Tú qué crees?

– No podemos dejar que vaya -dijo Mike.

– ¿Le obligamos a quedarse en casa?

– Supongo.

– Me dijo que él y Clark irían a casa de Olivia Burchell. Si no le dejamos ir, sabrá que sucede algo.

Mike se encogió de hombros.

– Mala suerte. Somos sus padres. Podemos mostrarnos irracionales.

– De acuerdo. Entonces le decimos que queremos que se quede mañana por la noche.

– Sí.

Tia se mordió el labio inferior.

– Se ha portado bien toda la semana, ha hecho los deberes. Normalmente le dejamos salir el viernes por la noche.

Sería una batalla. Ambos lo sabían. Mike estaba dispuesto a pelear, pero ¿quería hacerlo en este caso? Es preciso elegir los campos en los que se debe batallar, y prohibirle ir a casa de Olivia Burchell haría que Adam desconfiara.

– ¿Y si le decimos que debe volver a una hora? -preguntó.

– ¿Y si no vuelve qué? ¿Nos presentamos en casa de los Huff?

Tia tenía razón.

– Hester me ha llamado a su despacho -dijo Tia-. Quiere que vaya a Boston mañana para hacer una deposición.

Mike sabía lo mucho que esto significaba para ella. Desde que Tia había vuelto a trabajar, casi todas sus tareas habían sido rutinarias.

– Me alegro.

– Sí. Pero esto significa que no estaré en casa.

– No te preocupes. Yo me encargaré -dijo Mike.

– Jill se queda a dormir en casa de Yasmin, o sea que no estará.

– De acuerdo.

– ¿Alguna idea para impedir que Adam vaya a esa fiesta?

– Déjame pensarlo -dijo Mike-. Puede que tenga una idea.

– De acuerdo.

Vio una expresión rara en la cara de su esposa y se acordó.

– Has dicho que te preocupaban dos cosas.

Ella asintió y algo le ocurrió a su cara. No mucho. De haber estado jugando al póquer, se podría haber calificado de tic. Es lo que sucede cuando llevas mucho tiempo casado. Interpretas fácilmente los tics, o quizá tu compañero ya no se toma la molestia de disimular. En cualquier caso, Mike sabía que no sería una buena noticia.

– Unos mensajes instantáneos -dijo Tia-. De hace dos días.

Metió la mano en el bolso y lo sacó. Mensajes instantáneos. Los chicos hablaban tecleando a tiempo real. El resultado venía con el nombre y dos puntos, como un mal guión. Los padres, que mayoritariamente habían pasado muchas horas de la adolescencia haciendo lo mismo por teléfono, se quejaban de este invento. A Mike no le parecía tan mal. Nosotros teníamos teléfonos, ellos tienen mensajería instantánea y mensajes de texto. Es lo mismo. A Mike le recordaba a los viejos que maldicen los videojuegos de la siguiente generación y se suben a un autobús con destino a Atlantic City para ver vídeos. ¿No es una hipocresía?

– Echa un vistazo.

Mike se puso las gafas de leer. Hacía sólo unos meses que las utilizaba y ya las detestaba. El alias de Adam seguía siendo Hocke-yAdam1117. Lo tenía desde hacía años. El 11 era el número de Mark Messeir, su jugador de hockey preferido, seguido del número de Mike, el 17, de su época en Dartmouth. Era raro que Adam no lo hubiera cambiado. O quizá tenía mucho sentido. O mejor aún, no significaba nada.

CeJota8115: ¿Estás bien?

HockeyAdam1117: Sigo pensando que deberíamos decir algo.

CeJota8115: Hace mucho tiempo. Sigue callado y estarás a salvo.

Según el temporizador, no se había escrito nada en todo un minuto.

CeJota8115: ¿Sigues ahí?

HockeyAdam1117: Sí.

CeJota8115: ¿Todo bien?

HockeyAdamll17: Todo bien.

CeJota8115: Bien. Nos vemos el viernes.

Se acababa aquí.

– «Sigue callado y estarás a salvo» -repitió Mike.

– Sí.

– ¿Qué crees que significa? -preguntó.

– Ni idea.

– Podría ser algo de la escuela, como que hubieran visto copiar a alguien en un examen, por ejemplo.

– Podría ser.

– O podría no ser nada. Podría formar parte de uno de esos juegos de aventuras en la red.

– Podría ser -repitió Tia, sin ningún convencimiento.

– ¿Quién es CeJota8115? -preguntó Mike.

Ella sacudió la cabeza.

– Es la primera vez que veo a Adam chateando con él.

– O ella.

– Así es, o ella.

– «Nos vemos el viernes». Así que CeJota8115 estará en la fiesta de Huff. ¿Nos sirve de algo?

– No sé de qué nos puede servir.

– ¿Se lo preguntamos?

Tia meneó la cabeza.

– Demasiado impreciso, ¿no crees?

– Sí -aceptó Mike-. Y representaría reconocer que le estamos espiando.

Se callaron y Mike volvió a leerlo. Las palabras no habían cambiado.

– ¿Mike?

– Sí.

– ¿Sobre qué debería callar Adam para estar a salvo?

Nash, con el espeso bigote en el bolsillo, estaba sentado en el asiento del pasajero de la furgoneta. Pietra, sin la peluca de pelo pajizo, conducía.

En la mano derecha, Nash sostenía el móvil de Marianne. Era una BlackBerry Pearl con la que se podían mandar correos, hacer fotos, ver vídeos, enviar mensajes de texto, sincronizar el calendario y la libreta de direcciones con el ordenador, e incluso llamar.

Nash tocó una tecla. La pantalla se encendió. Apareció una fotografía de la hija de Marianne. La miró un momento. Pensó, pensó. Clicó sobre el icono del correo electrónico, encontró las direcciones que quería, y empezó a escribir.

¡Hola! Me voy unas semanas a Los Ángeles. Llamaré cuando vuelva.

Firmó «Marianne», y luego copió y agregó el mensaje a dos direcciones más. Después apretó ENVIAR. Los que conocían a Marianne no se preocuparían mucho. Por lo que sabía Nash, era su modus operandi: desaparecer y volver a aparecer.

Pero esta vez… bueno, desaparecer, sí.

Pietra había drogado la bebida de Marianne mientras Nash la distraía con su teoría de Caín y el simio. Después de meterla en la furgoneta, Nash la golpeó con saña y durante un buen rato. Al principio lo hizo para infligirle dolor. Quería que hablara. Cuando se convenció de que se lo había contado todo, la golpeó hasta matarla. Se mostró paciente. La cara tiene catorce huesos estáticos. Quería fracturar y hundir cuantos más mejor.

Nash golpeó la cara de Marianne con una precisión casi quirúrgica. Algunos golpes estaban dirigidos a neutralizar a su adversario: que no se defendiera; otros pretendían causar un dolor espantoso, y había otros cuya intención era originar destrucción física. Nash los conocía todos. Sabía cómo protegerse los nudillos y las manos utilizando la máxima fuerza posible, cómo cerrar el puño para no hacerse daño y cómo pegar con la palma de la mano eficazmente.

Justo antes de que Marianne muriera, cuando su respiración se volvió áspera por la sangre acumulada en la garganta, Nash hizo lo que siempre hacía en aquellas situaciones. Paró y comprobó que todavía siguiera consciente. Después la obligó a mirarle, fijó sus ojos en los de ella y vio su terror.

– ¿Marianne?

Quería que le prestara atención. La tenía. Y entonces susurró las últimas palabras que oiría Marianne:

– Dile a Cassandra que la echo de menos, por favor.

Y entonces, finalmente, la dejó morir.

La furgoneta no era robada. Le habían cambiado las matrículas para confundir. Nash se instaló en el asiento de atrás, metió un pañuelo en la mano de Marianne y le apretó los dedos con él. Utilizó una hoja de afeitar para cortar la ropa de la moribunda y, cuando estuvo desnuda, sacó ropa limpia de una bolsa de plástico. Le costó pero logró vestirla. La camiseta rosa era demasiado ceñida, pero era justamente lo que quería. La falda de piel era ridículamente corta.

Pietra había elegido la ropa.

Habían encontrado a Marianne en un bar de Teaneck, Nueva Jersey. Ahora estaban en Newark, en los barrios bajos del Distrito Quinto, conocido por sus prostitutas y asesinos. La confundirían con una de ellas, una puta apaleada hasta la muerte. Newark tenía un índice de asesinatos per cápita tres veces mayor que Nueva York. Por eso Nash le había pegado una buena paliza y le había roto casi todos los dientes. No todos. De haberle quitado todos los dientes habría sido demasiado evidente que quería ocultar su identidad.

Así que dejó algunos intactos. Pero una comprobación dental, suponiendo que encontraran suficientes pruebas para hacer una comparación, sería difícil y llevaría mucho tiempo.

Nash volvió a ponerse el bigote y Pietra la peluca. Era una precaución innecesaria. No había nadie. Descargaron el cadáver en un contenedor de basura. Nash echó una mirada al cuerpo de Marianne.

Pensó en Cassandra. Sentía un peso en el corazón, pero al mismo tiempo esto le daba ánimos.

– ¿Nash? -dijo Pietra.

Él le sonrió débilmente y volvió a subir a la furgoneta. Pietra puso en marcha la furgoneta y se marcharon.

Mike se paró frente a la puerta de Adam, respiró hondo y la abrió. Adam, vestido de negro gótico, se volvió rápidamente.

– ¿No sabes llamar?

– Es mi casa.

– Y ésta es mi habitación.

– ¿En serio? ¿Pagas por ella?

En cuanto pronunció estas palabras, las detestó. Una justificación paterna clásica. Los niños se burlaban y dejaban de prestar atención. Él lo habría hecho de pequeño. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué, cuando juramos no repetir los errores de la generación anterior, hacemos exactamente lo mismo?

Adam ya había apretado una tecla que había dejado la pantalla en blanco. No quería que su padre supiera por dónde estaba navegando. Si él supiera…

– Tengo buenas noticias -dijo Mike.

Adam lo miró. Cruzó los brazos e intentó poner mala cara, pero no lo consiguió. El chico era alto, más alto que su padre ya, y Mike sabía que podía ser duro. Era implacable en la portería. No esperaba que los defensas le protegieran. Si alguien se metía en su área, Adam lo echaba.

– ¿Qué? -preguntó Adam.

– Mo nos ha conseguido asientos de tribuna para los Rangers contra los Flyers.

La expresión del joven no cambió.

– ¿Para cuándo?

– Para mañana por la noche. Mamá se va a Boston para hacer una deposición. Mo nos recogerá a las seis.

– Llévate a Jill.

– Se queda a dormir en casa de Yasmin.

– ¿La dejas quedarse en casa de XY?

– No la llames así, es mezquino.

Adam se encogió de hombros.

– Lo que tú digas.

«Lo que tú digas», típica respuesta adolescente.

– Vuelve directamente del instituto y pasaré a recogerte.

– No puedo ir.

Mike echó un vistazo a la habitación. Parecía diferente de cuando había entrado a escondidas con el tatuado Brett, el de las uñas sucias. Aquella idea volvió a angustiarlo. Las uñas sucias de Brett habían estado sobre el teclado. Estaba mal, espiar estaba mal. Pero, por otra parte, si no lo hacían, Adam iría a una fiesta con alcohol y quizá drogas. Así que espiar había sido una buena solución. Por otro lado, Mike también había ido a un par de fiestas como ésas cuando era menor y había sobrevivido. ¿Era peor persona por aquello?

– ¿Qué significa que no puedes ir?

– Voy a casa de Olivia.

– Me lo ha dicho tu madre. Vas a casa de Olivia continuamente. Se trata de los Rangers contra los Flyers.

– No quiero ir.

– Mo ya ha comprado las entradas.

– Dile que invite a otro.

– No.

– ¿No?

– Sí, no. Soy tu padre. Vendrás al partido.

– Pero…

– Nada de peros.

Mike se volvió y salió de la habitación antes de que Adam pudiera decir nada más.

«Vaya», pensó Mike. «¿Es posible que yo haya dicho "nada de peros"?».

6

La casa estaba muerta.

Así era como la describiría Betsy Hill. Muerta. No estaba simplemente silenciosa o en calma. La casa estaba hueca, esfumada, difunta: su corazón había cesado de latir, la sangre había dejado de fluir, las entrañas habían empezado a descomponerse.

Muerta. Muerta y bien muerta, ni más ni menos.

Muerta como su hijo Spencer.

Betsy deseaba mudarse de aquella casa muerta, a donde fuera. No quería quedarse en aquel cadáver en descomposición. Su marido, Ron, creía que era demasiado pronto. Probablemente tenía razón. Pero Betsy no podía soportarlo. Flotaba por la casa como si ella fuera el fantasma, y no Spencer.

Los gemelos estaban abajo viendo una película. Betsy se detuvo a mirar por la ventana: todas las casas del barrio tenían las luces encendidas, éstas todavía estaban vivas, aunque los que las habitaran también tuvieran problemas. Una hija que se drogaba, una esposa ligona, un marido que trabajaba demasiado, un hijo con autismo: cada casa tenía su ración de tragedia. Cada casa y cada familia tenía sus secretos. Pero sus casas seguían vivas. Todavía respiraban.

La casa de los Hill estaba muerta.

Betsy miró calle abajo y pensó que todos sus vecinos habían asistido al funeral de Spencer. Habían sido discretamente atentos, le habían ofrecido su apoyo y consuelo, intentando disimular la expresión acusadora. Pero Betsy la veía. Siempre. No querían verbalizarla, pero sentían muchos deseos de culparlos, a ella y a Ron, porque así una cosa como aquélla nunca podría pasarles a ellos.

Ya se habían marchado todos, los vecinos y los amigos. La vida nunca cambia en realidad, si no formas parte de la familia. Para los amigos, incluso los más íntimos, es como ver una película triste: te conmueve de verdad y te duele, pero después llega un punto en que no deseas sentir tanta tristeza y dejas que la película termine para luego poder irte a casa.

Sólo la familia se ve obligada a soportarlo.

Betsy fue a la cocina. Preparó una cena con salchichas y macarrones con queso para los gemelos, que acababan de cumplir siete años. A Ron le gustaba hacer las salchichas de Frankfurt a la barbacoa, hiciera sol o lloviera, en invierno o en verano, pero los gemelos se quejaban si la salchicha se chamuscaba ni que fuera un poco. Betsy las preparó en el microondas. Los gemelos estarían encantados.

– ¡A cenar! -gritó.

Los gemelos no le hicieron caso, como siempre. Igual que hacía Spencer. El primer aviso fue sólo eso: un primer aviso. Se habían acostumbrado a ignorarlos. ¿Fue parte del problema? ¿Había sido una madre demasiado permisiva? ¿Había sido demasiado indulgente? Ron se quejaba de esto, de que había dejado pasar demasiadas cosas. ¿Había sido esto? Si hubiera sido más exigente con Spencer…

Demasiados condicionales.

Los presuntos especialistas dicen que el suicidio adolescente no es culpa de los padres. Es una enfermedad, como un cáncer. Pero incluso ellos, los especialistas, la miraban con una expresión parecida a la desconfianza. ¿Por qué no lo llevaron a ver a un terapeuta? ¿Por qué ella, su madre, ignoró los cambios que había sufrido Spencer y los atribuyó a los clásicos cambios de humor adolescentes? Creyó que se le pasaría. Los adolescentes se comportan así.

Fue al salón. Las luces estaban apagadas, y el televisor iluminaba a los gemelos. No se parecían en nada. Se quedó embarazada de ellos por fecundación in vitro. Spencer había sido hijo único durante nueve años. ¿Esto también era una razón? Ella creyó que tener un hermano sería bueno para él, pero en realidad ¿lo único que quieren los hijos no es la atención infinita y total de sus padres?

La pantalla iluminaba las caras de los gemelos. Los niños parecen en muerte cerebral cuando ven la televisión. La mandíbula floja, los ojos desmesuradamente abiertos: era bastante horrible.

– Ya -dijo.

Ningún movimiento.

Tic tac, tic tac, y Betsy explotó:

– ¡YA!

El grito los sobresaltó. Betsy se acercó y apagó el televisor.

– ¡He dicho que a cenar! ¡Cuántas veces tengo que repetirlo!

Los gemelos se arrastraron en silencio hasta la cocina. Betsy cerró los ojos e intentó respirar hondo. Así era ella. Calmada hasta que estallaba. Hablando de cambios de humor… Tal vez era hereditario. Tal vez Spencer estaba condenado desde que fue engendrado.

Se sentaron a la mesa. Betsy se acercó con una sonrisa forzada. «Venga, ya estoy bien». Les sirvió e intentó que hablaran con ella. Uno de ellos charlaba, el otro no. Así había sido desde el suicidio de Spencer. Uno de los gemelos afrontaba la situación ignorándola por completo, el otro estaba abatido.

Ron no estaba en casa. Otra vez. Algunas noches volvía a casa, aparcaba el coche en el garaje y se quedaba allí llorando. A veces Betsy temía que dejara el motor encendido, cerrara la puerta del garaje e hiciera lo mismo que su hijo: acabar con el dolor. Todo aquel asunto contenía una ironía perversa. Su hijo se había quitado la vida, y la forma más evidente de acabar con el futuro dolor era hacer lo mismo.

Ron no hablaba nunca de Spencer. Dos días después de la muerte de su hijo, Ron cogió la silla donde se sentaba a la mesa y la guardó en el sótano. Los tres hijos tenían armarios con su nombre. Ron había quitado el nombre de Spencer, y había llenado el armario de trastos. «Fuera de su vista», pensó ella.

Betsy lo afrontaba de otra manera. A veces intentaba absorberse en otros proyectos, pero la aflicción lo hacía todo demasiado pesado, como si estuviera en uno de esos sueños en que corres por la nieve, en que todos los movimientos son como si nadaras en una piscina de jarabe. En otros momentos, como éste, sólo deseaba regodearse en la aflicción. Deseaba dejar que entrara y la destruyera hasta la médula, con una satisfacción casi masoquista.

Limpió los restos de la cena y preparó a los gemelos para acostarse. Ron todavía no había vuelto. No le importaba. No se peleaban, ella y Ron. Ni una sola vez desde la muerte de Spencer. Tampoco habían hecho el amor. Ni una sola vez. Vivían en la misma casa, seguían conversando, seguían amándose, pero se mantenían separados como si cualquier ternura fuera demasiado insoportable.

El ordenador estaba encendido, con el Internet Explorer en la pantalla. Betsy se sentó y tecleó una dirección. Pensó en sus amigos y vecinos, y en su reacción ante la muerte de su hijo. El suicidio era algo realmente diferente. De algún modo era menos trágico, le otorgaba más distancia a la muerte. Spencer, pensaban, era un chico infeliz, y por este motivo ya era una persona rota. Mejor que desaparezca una persona rota que una entera. Y lo peor de esto, para Betsy al menos, era que aquel horrible razonamiento en cierto modo tuviera sentido. Saber de un niño medio muerto de hambre, que muere en una selva africana, no duele ni la mitad que saber que la preciosa niña que vive en tu calle se muere de cáncer.

Todo parece relativo y esto en sí ya es bastante horrible.

Tecleó la dirección de MySpace: www.myspace.com/Spencer-hillmemorial. Los compañeros de clase de Spencer habían creado esta página para él pocos días después de su muerte. Había fotos, montajes y comentarios. En el sitio donde normalmente se ponía la foto por defecto, había un dibujo con una vela encendida. Sonaba «Broken Radio» de Jesse Malin con un poco de colaboración de Bruce Springsteen, uno de los temas preferidos de Spencer. El pie junto a la vela era una cita de la canción: «Los ángeles te quieren más de lo que tú crees».

Betsy la escuchó un ratito.

Allí era donde Betsy pasaba casi toda la noche los días posteriores a la muerte de Spencer: visitando su página en Internet. Leía comentarios de chicos que no conocía. Miraba las fotos de su hijo a lo largo de los años. Pero al cabo de un tiempo se le hizo amargo. Las bonitas chicas que lo habían creado, que también se afligían con el Spencer ahora muerto, apenas le habían dirigido la palabra en vida. Demasiado tarde. Todos decían que le echaban de menos, pero pocos parecían haberlo conocido.

Los comentarios, más que epitafios, parecían garabatos arbitrarios en el anuario de un muerto:

«Siempre recordaré la clase de gimnasia con el señor Myers…».

Aquello había sido en séptimo. Hacía tres años.

«Aquellos partidos de fútbol, cuando el señor V quería un quarterback…».

Quinto.

«Todos sentimos escalofríos en aquel concierto de Green Day…».

Octavo.

Todo poco reciente. Todo poco sincero. El duelo parecía más de cara a la galería que otra cosa, demostraciones públicas de aflicción para los que realmente no lo sentían demasiado, para los que la muerte de su hijo sólo era un bache en su camino a la universidad y un buen empleo, una tragedia, sin duda, pero más cercana a un requisito de la vida que podías incluir en el currículo, como realizar servicios de voluntariado o presentarse a tesorero del consejo de estudiantes.

Había muy poco de sus amigos de verdad: Clark, Adam y Olivia. Pero así era como debía ser. Los que realmente sufrían por él no lo hacían en público: cuando duele de verdad, te lo guardas para ti.

Hacía tres semanas que Betsy no visitaba el sitio. Había habido poca actividad. Era lo normal, sobre todo con los jóvenes. Ya estaban con otras cosas. Miró la presentación de diapositivas. Estaban todas las fotografías y daba la sensación de que las lanzaran a una gran pila. Las imágenes giraban, se paraban y después venía la siguiente dando vueltas a colocarse encima de la primera.

Betsy miró y sintió que se acercaban las lágrimas.

Había muchas fotos de la Escuela Elemental Hillside. Estaba la clase de primero de la señora Roberts. Y la de tercero de la señora Rohrback. La señora Hunt en cuarto. Había una fotografía del equipo de baloncesto tras vencer en su categoría. Spencer estaba encantado con aquella victoria. En el partido anterior se había lastimado la muñeca, sólo una pequeña torcedura, y Betsy se la había vendado. Recordaba haber comprado la venda. En la fotografía, Spencer tenía aquella mano levantada en señal de victoria.

Spencer no era un gran atleta, pero en aquel partido había hecho la cesta de la victoria a seis segundos del final. En séptimo. Betsy se preguntó si lo había visto alguna vez tan feliz.

Un policía local había hallado el cadáver de Spencer en la azotea del instituto.

En la pantalla del ordenador las fotos seguían girando. Los ojos de Betsy se humedecieron. Se le nubló la vista.

La azotea del instituto. Su precioso hijo. Entre basura y botellas rotas.

Para entonces todos habían recibido el mensaje de texto de despedida de Spencer. Un mensaje de texto. Así es como su hijo les comunicó lo que estaba a punto de hacer. El primer mensaje habla sido para Ron, que estaba en Filadelfia en una convención de ventas. El móvil de Betsy había recibido el segundo, pero estaba en Cuck E. Cheese's, la pizzería donde nacen las jaquecas paternales, y no oyó llegar el mensaje. Hasta una hora más tarde, después de que Ron dejara seis mensajes en su teléfono, cada uno más frenético que el anterior, no vio el texto en su móvil, el mensaje final de su hijo:

Lo siento, os quiero a todos, pero es demasiado difícil. Adiós.

La policía tardó dos días en encontrarlo en la azotea del instituto.

¿Qué era tan difícil, Spencer?

Nunca lo sabría.

También había mandado el mensaje a algunas personas más. Amigos íntimos. Era con ellos con quienes le había dicho Spencer que estaría. Con Clark, Adam y Olivia. Pero ninguno de ellos lo había visto. Spencer no se había presentado. Había salido solo. Tenía pastillas encima -robadas de casa- y se había tomado demasiadas porque algo era demasiado difícil y quería acabar con su vida.

Había muerto solo en aquella azotea.

Daniel Huff, el policía local que tenía un hijo de la edad de Spencer, un chico llamado DJ con el que a veces salía, había llamado a su puerta. Recordaba haberla abierto, ver su cara y desmayarse.

Betsy intentó dominar las lágrimas. Intentó centrarse en la presentación de diapositivas, en las imágenes de su hijo vivo. Y entonces, sin más ni más, llegó una foto que lo cambió todo.

A Betsy se le paró el corazón.

La fotografía desapareció tan pronto como llegó. Se apilaron más fotos encima. Betsy se llevó una mano al pecho, intentando despejarse. La foto. ¿Cómo podía volver a verla?

Volvió a parpadear. Intentó pensar.

A ver, para empezar formaba parte de una presentación. Se repetiría. Sencillamente podía esperar. Pero ¿cuánto tardaría en volver a empezar? ¿Y entonces qué? Volvería a desaparecer, y sólo podría verla unos segundos. Necesitaba verla con atención.

¿Podría congelar la pantalla cuando volviera a aparecer?

Tenía que haber alguna forma.

Vio pasar las otras fotografías girando, pero no eran lo que ella quería. Quería volver a ver aquella fotografía. La de la muñeca torcida.

Volvió a pensar en aquel partido entre escuelas de séptimo porque se acordó de algo curioso. ¿No acababa de recordar aquel momento en que le puso la venda a Spencer? Ya lo creo. Aquello había sido el catalizador, seguro.

Porque el día antes del suicidio de Spencer, había sucedido algo parecido.

Se había caído y se había torcido la muñeca. Ella se había ofrecido a vendársela, como hizo antes, en séptimo. Pero Spencer quiso que le comprara una muñequera. Betsy la compró. Él la llevaba el día que murió.

Por primera y, evidentemente, última vez.

Clicó sobre la presentación. Fue a parar a un sitio, slide.com, que le pidió la contraseña. Maldita sea. Seguramente la había creado uno de los chicos. Lo pensó un momento. La seguridad no sería gran cosa con algo así. Sólo se creaba para que los compañeros la utilizaran e introdujeran las fotos que quisieran en la rotación.

De modo que la contraseña tenía que ser algo simple.

Tecleó SPENCER.

Después clicó OK.

Funcionó.

Aparecieron las fotografías. Según el encabezamiento, había ciento veintisiete fotografías. Las repasó rápidamente hasta que encontró la que quería. Le temblaba tanto la mano que le costó situar el cursor sobre la imagen. Lo logró y después apretó el botón de la izquierda.

La fotografía apareció en tamaño grande.

La miró atentamente.

Spencer sonreía en la foto, pero era la sonrisa más triste que ella hubiera visto jamás. Estaba sudando; su cara tenía un brillo como si estuviera colocado. Parecía borracho y derrotado. Llevaba la camiseta negra, la misma que llevaba aquella última noche. Tenía los ojos rojos, quizá por el alcohol o las drogas, pero sin duda a causa del flash. Spencer tenía unos ojos azules preciosos. El flash siempre le hacía parecer un demonio. Estaba al aire libre, o sea que debieron sacarla de noche.

Aquella noche.

Spencer tenía una copa en la mano, y allí, en la misma mano, llevaba la muñequera.

Se quedó helada. Aquello sólo tenía una explicación.

Aquella foto se había tomado la noche que Spencer murió.

Y mirando el fondo de la fotografía vio a varias personas dando vueltas, y se dio cuenta de otra cosa.

Al fin y al cabo, Spencer no estuvo solo.

7

Como casi cada día laborable desde hacía diez años, Mike se despertó a las cinco de la mañana. Hizo ejercicio durante una hora exactamente. Fue en coche a Nueva York cruzando el George Washington Bridge y llegó al centro de trasplantes New York-Presbyterian a las siete.

Se puso la bata blanca y fue a hacer la ronda. Había momentos en que este acto estaba a punto de convertirse en rutina. No variaba mucho, pero Mike se esforzaba por acordarse de lo importante que era para la persona que estaba en la cama. Sólo el hecho de estar en un hospital nos hace vulnerables y nos asusta. Si estamos enfermos o incluso al borde de la muerte, parece que la persona que se interpone entre nosotros y un mayor sufrimiento, entre nosotros y la muerte, es el médico.

¿Cómo no va a desarrollar un médico un cierto complejo de Dios?

Peor aún, a veces Mike pensaba que era saludable tener ese complejo, aunque con benevolencia. «Significas mucho para el paciente. Deberías actuar como Dios».

Había médicos que hacían la ronda a toda prisa. Había momentos en que Mike habría querido apresurarse. Pero la verdad es que, si lo das todo, sólo te lleva un minuto o dos más por paciente. Así que escuchaba y apretaba una mano si era necesario o se mantenía a distancia, dependiendo del paciente y cómo le veía.

Estaba en su consulta a las nueve. La primera paciente ya había llegado. Lucille, su enfermera, la estaría atendiendo. Esto le daba diez minutos para revisar las historias y los resultados de las pruebas del día anterior. Se acordó de su vecino y buscó los resultados de Loriman rápidamente en el ordenador.

No había llegado nada todavía.

Era raro.

Una tira rosa llamó la atención de Mike. Alguien había pegado un post-it sobre su teléfono.

Ven a verme

Ilene

Ilene Goldfarb era su colega y jefe de cirugía de trasplantes en el New York-Presbyterian. Se habían conocido durante la residencia en cirugía de trasplantes y ahora vivían en la misma ciudad. Ilene y él eran amigos, o eso creía Mike, pero no íntimos, y esto hacía que la sociedad funcionara. Vivían a unos tres kilómetros de distancia, tenían hijos que iban a las mismas escuelas, pero, aparte de esto, tenían pocos intereses en común, y no necesitaban verse fuera del trabajo, pero confiaban profesionalmente el uno en el otro y se respetaban.

Si quieres poner a prueba las recomendaciones de tu médico, pregúntale lo siguiente: si tu hijo estuviera enfermo, ¿a qué medico lo mandarías?

La respuesta de Mike era Ilene Goldfarb. Y esto decía todo lo que necesitabas saber de su competencia como médico.

Bajó por el pasillo. Sus pasos sobre el suelo gris industrial eran silenciosos. Los pósteres colgados en las paredes descoloridas eran amables a la vista, sencillos y con tanta personalidad como las obras de arte que se suelen encontrar en una cadena de moteles de categoría media. Él e Ilene deseaban que su consulta transmitiera un «aquí estamos para el paciente y sólo para el paciente». En la consulta sólo tenían diplomas y títulos profesionales porque esto parecía ser lo más reconfortante. No tenían nada personal, ni un contenedor de lápices hecho por sus hijos, ni fotografías familiares, ni nada por el estilo.

A menudo los hijos de alguien iban allí a morir. A los padres no les apetecía ver la imagen de niños sanos sonrientes. En absoluto.

– Hola, doctor Mike.

Se volvió. Era Hal Goldfarb, el hijo de Ilene. Era estudiante de último curso de instituto, dos años mayor que Adam. Había puesto Princeton como primera opción para la universidad y pensaba cursar estudios de medicina. Había conseguido créditos suficientes en la escuela para pasar tres mañanas a la semana haciendo prácticas con ellos.

– Hola, Hal. ¿Cómo va el instituto?

El chico sonrió a Mike sinceramente.

– Superado.

– Último año y ya te han admitido en la universidad, a eso le llamo yo tenerlo superado.

– Y que lo digas.

Hal llevaba unos pantalones de algodón y una camisa azul, y Mike no pudo evitar compararlo mentalmente con el negro gótico de Adam y sintió una punzada de envidia. Como si le leyera la mente, Hal dijo:

– ¿Cómo está Adam?

– Bien.

– Hace mucho que no le veo.

– Deberías llamarle -dijo Mike.

– Sí, lo haré. Será divertido salir.

Silencio.

– ¿Está tu madre en la consulta? -preguntó Mike.

– Sí. Pasa.

Ilene estaba sentada a su mesa. Era una mujer menuda, delgada, exceptuando sus dedos con forma de garra. Llevaba los cabellos recogidos en una cola severa y gafas de montura de concha a caballo entre unas gafas de bibliotecaria y unas gafas de moda.

– Hola -dijo Mike.

– Hola.

Mike levantó el post-it rosa.

– ¿Qué pasa?

Ilene soltó un ruidoso suspiro.

– Tenemos un problemón.

– ¿Con quién? -preguntó Mike. -Con tu vecino.

– ¿Loriman?

Ilene asintió.

– ¿El resultado de la prueba tisular es malo?

– Es un resultado raro -dijo ella-. Pero tenía que pasar tarde o temprano. Me sorprende que sea la primera vez.

– ¿Me lo vas a contar?

Ilene Goldfarb se quitó las gafas. Se metió una varilla en la boca y la chupó.

– ¿Conoces bien a la familia?

– Viven al lado.

– ¿Sois amigos?

– No. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver eso?

– Podríamos tener un dilema ético -dijo Ilene.

– ¿En qué sentido?

– Dilema puede que no sea la palabra adecuada. -Ilene miró a lo lejos, hablando más consigo misma que con Mike-. Más bien una línea ética difuminada.

– ¿Ilene?

– Mmm…

– ¿De qué estás hablando?

– La madre de Lucas Loriman llegará en media hora -dijo.

– La vi ayer.

– ¿Dónde?

– En su jardín. Finge que trabaja en el jardín a menudo.

– Me lo imagino.

– ¿Por qué lo dices?

– ¿Conoces a su marido?

– ¿A Dante? Sí.

– ¿Y?

Mike se encogió de hombros.

– ¿Qué pasa, Ilene?

– Se trata de Dante -dijo ella.

– ¿Qué le pasa?

– No es el padre biológico del chico.

Así sin más. Mike esperó un momento.

– Bromeas.

– Sí, eso es lo que hago. Ya me conoces, la doctora Bromista. Es un buen chiste, ¿no?

Mike se quedó callado. No preguntó si estaba segura o quería hacer más pruebas. Ella ya lo habría previsto. Ilene también tenía razón en que era sorprendente que esto no hubiera ocurrido antes. Dos pisos más arriba estaban los genetistas. Uno de ellos le dijo a Mike que en pruebas poblacionales al azar, más del diez por ciento de los hombres tenían hijos que, sin ellos saberlo, no eran sus hijos biológicos.

– ¿Alguna reacción a la noticia? -preguntó Ilene.

– ¿Vaya?

Ilene asintió.

– Quise que fueras mi colega -dijo ella- por lo bien que te expresas.

– Dante Loriman no es un buen tipo, Ilene.

– Es la sensación que tenía.

– Es mal asunto -dijo Mike.

– Como el estado de su hijo.

Se quedaron un rato más callados.

Sonó el intercomunicador.

– ¿Doctora Goldfarb? -Sí.

– Ha llegado Susan Loriman. Antes de tiempo.

– ¿Ha venido con su hijo?

– No -dijo la enfermera-. Oh, pero ha venido con su marido.

– ¿Qué haces tú aquí?

La investigadora jefe del condado, Loren Muse, no le hizo caso y se acercó al cadáver.

– Por Dios -dijo uno de los agentes en voz baja-, hay que ver lo que le ha hecho en la cara.

Los cuatro permanecieron en silencio. Dos de los agentes eran los primeros en llegar al escenario. El tercero era el detective de homicidios que teóricamente estaba al cargo del caso, un gandul veterano con barrigón y modales de policía quemado llamado Frank Tremont. Loren Muse, la investigadora jefe del condado de Essex y la única mujer, era la más baja del grupo por más de un palmo.

– PM -pronunció Tremont-. Y no estoy hablando de militares.

Muse lo miró interrogativamente.

– PM, de puta muerta.

Ella frunció el ceño ante su sonrisita. Las moscas revoloteaban sobre la masa carnosa que antes había sido un rostro humano. No había nariz ni cuencas de los ojos, ni siquiera una boca.

Uno de los agentes dijo:

– Es como si le hubieran metido la cara en una trituradora de carne.

Loren Muse contempló el cadáver. Dejó que los agentes farfullaran. Algunas personas farfullan para calmar los nervios. Muse no era una de ellas. Ellos la ignoraron. Lo mismo que Tremont. Ella era la superior inmediata de Tremont, de todos en realidad, y sentía el resentimiento que desprendían como si fuera humedad subiendo de la acera.

– Eh, Muse.

Era Tremont. Le miró, con aquel traje marrón y la barriga fruto de demasiadas noches de cerveza y demasiados días de donuts. Era un problema en potencia. Desde que la habían ascendido a investigadora jefe del condado de Essex se habían filtrado quejas a los medios. La mayor parte eran procedentes de un periodista llamado Tom Gaughan, que estaba casado con la hermana de Tremont.

– ¿Qué pasa, Frank?

– Como he preguntado antes: ¿qué haces tú aquí?

– ¿Tengo que darte explicaciones?

– El caso es mío.

– Lo es.

– Y no necesito que mires por encima de mi hombro.

Frank Tremont era un incompetente sin remedio, pero debido a sus relaciones personales y sus años de «servicio», también era bastante intocable. Muse no le hizo caso. Se agachó, sin dejar de mirar la carne que antes había sido una cara.

– ¿Ya tienes identificación? -preguntó.

– No. Ni cartera, ni bolso.

– Probablemente robado -ofreció uno de los agentes.

Muchos asentimientos masculinos.

– Una banda -dijo Tremont-. Fíjate.

Señaló un pañuelo verde que la mujer muerta apretaba en la mano.

– Podría ser la nueva banda, un puñado de chicos negros que se hacen llamar Al Qaeda -dijo uno de los agentes-. Van de verde.

Muse se puso de pie y dio una vuelta al cadáver. Llegó la furgoneta del forense. Alguien había cerrado el escenario con cinta policial. Una docena de prostitutas, quizá más, estaban detrás de la cinta, alargando el cuello para ver mejor.

– Que los agentes hablen con las profesionales -dijo Muse-. A ver si conseguimos un alias, al menos.

– Vaya por Dios -dijo Frank Tremont suspirando teatralmente-. Como a mí no se me habría ocurrido…

Loren Muse no dijo nada.

– Eh, Muse.

– ¿Qué pasa, Frank?

– No me gusta que estés aquí.

– Y a mí no me gusta este cinturón marrón con los zapatos negros. Pero los dos tenemos que aguantarnos.

– No hay derecho.

Muse sabía que no le faltaba razón. La verdad era que le encantaba su prestigioso puesto nuevo como investigadora jefe. Muse, sin haber cumplido los cuarenta, era la primera mujer que ocupaba este cargo. Estaba orgullosa. Pero echaba de menos el trabajo de campo. Echaba de menos los homicidios. De modo que participaba siempre que podía, sobre todo cuando un imbécil quemado como Frank Tremont se encargaba del caso.

La forense, Tara O'Neill, se acercó y echó a los agentes.

– Vaya mierda -susurró O'Neill.

– Bonita reacción, doctora -dijo Tremont-. Necesito huellas enseguida para poder cotejarlas en el sistema.

La forense asintió.

– Ayudaré a interrogar a las prostitutas, y a buscar a algunos miembros de esa escoria de banda -dijo Tremont-. Si te parece bien, jefa.

Muse no respondió.

– Una puta muerta, Muse. Aquí no hay un buen titular para ti. No es una prioridad.

– ¿Por qué ella no es una prioridad?

– ¿Qué?

– Has dicho que no hay un buen titular para mí. Y después has añadido que «no es una prioridad». ¿Por qué no?

Tremont hizo una mueca burlona.

– Ah, claro, qué fallo. Una puta muerta es prioritario. La tratamos como si acabaran de cargarse a la esposa del gobernador.

– Es por esta actitud, Frank. Por eso estoy aquí.

– Sí, claro, por esto. Yo te explicaré cómo ve la gente a las putas muertas.

– No me lo digas: ¿como si se lo hubieran buscado?

– No. Pero escucha y a lo mejor aprendes algo. Si no quieres acabar muerta en un contenedor, no te metas en líos en el Distrito Quinto.

– Deberías ponerlo en tu epitafio -dijo Muse.

– No me malinterpretes. Pillaré a este chiflado. Pero no me vengas con prioridades y titulares. -Tremont se acercó un poco más, hasta que su estómago tocaba el de Loren. Muse no retrocedió-. Este caso es mío. Vuelve a tu despacho y deja el trabajo para los adultos.

– ¿o?

Tremont sonrió.

– No te convienen tantos problemas, guapa. Créeme.

Se fue hecho una furia. Muse se volvió. La forense se estaba concentrando en abrir su maletín de trabajo, fingiendo no haber oído nada.

Muse hizo un esfuerzo y estudió el cadáver. Intentó ser una investigadora clínica. Los hechos: la víctima era una mujer blanca. A juzgar por la piel y el cuerpo parecía tener unos cuarenta años, pero las calles podían envejecer mucho. No tenía tatuajes a la vista.

Ni cara.

Muse sólo había visto algo tan destructivo en una ocasión. Cuando tenía veintitrés años, pasó seis semanas con la policía estatal en la autopista de Nueva Jersey. Un camión cruzó la mediana y se estrelló de cara contra un Toyota Célica. El conductor del Toyota era una chica de diecinueve años que volvía a casa para las vacaciones.

La destrucción fue espeluznante.

Cuando finalmente arrancaron el metal, la chica de diecinueve años tampoco tenía cara. Como ésta.

– ¿Causa de la muerte? -preguntó Muse.

– Todavía no estoy segura. Pero vaya, este criminal es un hijo de puta chiflado. Los huesos no están simplemente rotos. Es como si los hubieran aplastado a pedacitos.

– ¿Cuánto hace?

– Diría que diez o doce horas. No la mataron aquí. No hay bastante sangre.

Muse ya se había dado cuenta. Examinó la ropa de la prostituta, el top rosa, la falda estrecha de piel, los tacones de aguja.

Meneó la cabeza.

– ¿Qué?

– Esto no está bien -dijo Muse.

– ¿Qué pasa?

Su móvil vibró. Miró el nombre en la pantalla. Era su jefe, el fiscal del condado Paul Copeland. Miró hacia Frank Tremont. Él la saludó con la mano abierta y sonrió.

Muse contestó el teléfono.

– Hola, Cope.

– ¿Qué estás haciendo?

– Trabajando en un escenario.

– Y fastidiando a un colega.

– Un subordinado.

– Un subordinado problemático.

– Pero estoy por encima de él, ¿no?

– Frank Tremont va a armar jaleo. Nos echará a los medios encima, pondrá en pie de guerra a sus colegas detectives. ¿Nos conviene tanta agresividad?

– Creo que sí, Cope.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque está enfocando mal el caso.

8

Dante Loriman entró primero en la consulta de Ilene Goldfarb. Estrechó la mano de Mike con demasiada firmeza. Susan entró detrás. Ilene Goldfarb se levantó y esperó detrás de su mesa. Se había puesto las gafas otra vez. Se inclinó y estrechó rápidamente la mano a los dos. Después se sentó y abrió un sobre que tenía en la mesa.

Dante se sentó primero. No miró en ningún momento a su esposa. Susan se sentó en una silla a su lado. Mike se quedó detrás, apartado. Cruzó los brazos y se apoyó en la pared. Dante Loriman empezó a arremangarse la camisa cuidadosamente. Primero la manga derecha, después la izquierda. Apoyó los codos en los muslos y fue como si desafiara a Ilene Goldfarb a darle una mala noticia.

– ¿Qué? -preguntó Dante.

Mike observó a Susan Loriman. Tenía la cabeza alta. Estaba quieta y contenía la respiración. Demasiado quieta. Como si sintiera su mirada, Susan volvió su preciosa cara hacia Mike. Él se mantuvo neutral. Era el caso de Ilene. Él sólo era un espectador.

Ilene siguió leyendo la historia, aunque parecía hacerlo de cara a la galería. Cuando terminó, cruzó las manos sobre la mesa y miró un punto entre los padres.

– Hemos realizado las pruebas tisulares pertinentes -dijo.

Dante interrumpió.

– Quiero ser yo.

– ¿Disculpe?

– Quiero darle a Lucas un riñón.

– No es compatible, señor Loriman.

Así, sin más.

Mike mantuvo los ojos fijos en Susan Loriman. Ahora le tocaba a ella mantenerse neutral.

– Ah -dijo Dante-. Creía que el padre…

– Varía -dijo Ilene-. Existen muchos factores, como creo que expliqué a la señora Loriman durante su visita anterior. Lo ideal sería una tipificación HLA con seis antígenos compatibles. Basándonos en la tipificación HLA, usted no sería un buen candidato, señor Loriman.

– ¿Y yo? -preguntó Susan.

– Usted es mejor. No es perfecta, pero es más compatible. Normalmente lo mejor es un hermano. Cada hijo hereda la mitad de los antígenos de cada padre y existen cuatro combinaciones de antígenos heredados posibles. Dicho con sencillez, un hermano tiene un veinticinco por ciento de posibilidades de ser totalmente compatible, un cincuenta por ciento de ser medio compatible, con tres antígenos, y un veinticinco por ciento de posibilidades de no ser compatible en absoluto.

– ¿Y Tom qué es?

Tom era el hermano menor de Lucas.

– Por desgracia, la noticia es mala. Su esposa es la más compatible por ahora. Pondremos también a su hijo en el banco de trasplantes de ríñones de cadáver, a ver si encontramos un candidato mejor, pero me parece poco probable. La señora Loriman podría considerarse suficientemente buena, pero sinceramente no es una donante ideal.

– ¿Por qué no?

– Sólo es compatible con dos antígenos. Cuanto más cercano a seis, más probable es que el cuerpo de su hijo no rechace el nuevo riñón. Cuanto mejor sea la compatibilidad de antígenos, menos probable es que tenga que pasarse la vida tomando medicación y sometiéndose a diálisis constante.

Dante se pasó la mano por los cabellos.

– ¿Y ahora qué hacemos?

– Tenemos un poco de tiempo. Como he dicho, podemos poner su nombre en la lista. Buscamos y seguimos sometiéndolo a diálisis. Si no aparece nada nuevo, utilizamos el de la señora Loriman.

– Pero le gustaría encontrar algo mejor -dijo Dante.

– Sí.

– Tenemos otros parientes que han dicho que donarán a Lucas si pueden -dijo Dante-. Podría hacerles la prueba.

Ilene asintió.

– Confeccionen una lista: nombres, direcciones y el parentesco sanguíneo exacto.

Silencio.

– ¿Hasta qué punto está grave, doctora? -Dante dio la vuelta en la silla y miró atrás-. ¿Mike? Sé sincero con nosotros. ¿Hasta qué punto es grave?

Mike miró a Ilene, que le hizo una señal con la cabeza para que hablara.

– Es grave -dijo Mike.

Miró a Susan Loriman cuando lo dijo. Susan apartó la mirada.

Discutieron opciones durante diez minutos más y después los Loriman se marcharon. Cuando Mike e Ilene se quedaron a solas, Mike cogió la silla de Dante y levantó las manos al cielo. Ilene fingió que estaba ocupada ordenando carpetas.

– ¿Qué? -preguntó Mike.

– ¿Crees que debería habérselo dicho?

Mike no contestó.

– Mi trabajo es tratar a su hijo. Él es mi paciente. El padre no.

– ¿De modo que el padre no tiene derechos?

– No he dicho eso.

– Has realizado unas pruebas médicas y gracias a eso te has enterado de cosas que has ocultado al paciente.

– No a mi paciente -refutó Ilene-. Mi paciente es Lucas Loriman, el hijo.

– Así que nos callamos lo que sabemos.

– Voy a preguntarte una cosa. Imagina que descubro con una prueba que la señora Loriman engañó al señor Loriman, ¿estaría obligada a decírselo a él?

– No.

– ¿Y si descubriera que traficaba con drogas o robando dinero?

– Estás yendo demasiado lejos, Ilene.

– ¿Ah, sí?

– No se trata de drogas o dinero.

– Lo sé, pero en ambos casos es irrelevante para la salud de mi paciente.

Mike se lo pensó.

– Supongamos que descubres un problema médico en la prueba de Dante Loriman. Supongamos que descubres que tenía un linfoma. ¿Se lo dirías?

– Por supuesto.

– Pero ¿por qué? Como has dicho, no es tu paciente. No es asunto tuyo.

– Vamos, Mike. Eso es diferente. Mi trabajo es ayudar a mi paciente, Lucas Loriman, a mejorar. La salud mental forma parte del conjunto. Antes de realizar un trasplante, obligamos a nuestros pacientes a asesorarse psicológicamente, ¿no? ¿Por qué? Porque nos preocupa su salud mental en esta situación. Provocar un terremoto en casa de los Loriman no beneficiará a la salud de mi paciente. Punto, final de la historia.

Ambos callaron un momento.

– No es tan fácil -dijo Mike.

– Lo sé.

– Este secreto nos pesará.

– Por eso te lo he contado. -Ilene separó los brazos y sonrió-. ¿Por qué he de ser yo la única que no duerma por la noche?

– Eres una gran colega.

– ¿Mike?

– ¿Sí?

– Si fueras tú, si yo hiciera una prueba como ésta y descubriera que Adam no es tu hijo biológico, ¿querrías saberlo?

– ¿Que Adam no es mi hijo? ¿Le has visto las orejas?

Ella sonrió.

– Estoy intentado plantear una hipótesis. ¿Querrías saberlo?

– Sí.

– ¿Así, sin más?

– Soy un pirado del control. Ya lo sabes. Necesito saberlo todo.

Mike calló.

– ¿Qué? -preguntó ella.

Se echó hacia atrás y cruzó las piernas.

– ¿Vamos a seguir ignorando al elefante que hay en esta habitación?

– Es lo que tenía pensado, sí.

Mike esperó.

Ilene Goldfarb suspiró.

– Anda, dilo.

– Si nuestro primer juramento es «primero no hacer daño»…

Ella cerró los ojos.

– Sí, sí.

– No tenemos un buen donante para Lucas Loriman -dijo Mike-. Todavía estamos buscando.

– Lo sé. -Ilene cerró los ojos y dijo-: Y el candidato más evidente sería el padre biológico.

– Exactamente. Es nuestra mejor baza para conseguir una compatibilidad aceptable.

– Tenemos que hacerle una prueba. Es nuestra prioridad.

– No podemos olvidarlo -dijo Mike-. Aunque queramos.

Intentaron asimilarlo.

– ¿Y qué hacemos ahora? -preguntó Ilene.

– No creo que tengamos muchas opciones.

Betsy Hill esperaba en el aparcamiento del instituto con la intención de interceptar a Adam después de clase.

Miró hacia atrás, hacia la «fila de las mamas», la acera de la avenida Maple donde las madres -de vez en cuando había un padre, pero era la excepción que confirmaba la regla- esperaban en sus coches o se juntaban para chismorrear, aguardaban que acabara la escuela para acompañar a sus hijos a clase de violín, al dentista o a clase de karate.

Betsy Hill había sido una de esas madres.

Había empezado como una de esas madres que esperan delante de la guardería de la Escuela Elemental Hillside y después en la Escuela Secundaria en Mount Pleasant y finalmente aquí, a veinte metros de donde estaba ahora. Recordaba esperar a su precioso Spencer, oír el timbre, mirar a través del parabrisas y observar a los niños salir en tromba como hormigas que se esparcen detrás de la comida. Ella sonreía cuando le veía y casi siempre, sobre todo entonces, Spencer le devolvía la sonrisa.

Echaba de menos ser una madre joven, la ingenuidad que se experimenta con el primer hijo. Fue diferente con los gemelos, incluso antes de la muerte de Spencer. Volvió a mirar a las madres, y la forma en que se movían sin preocupación ni miedos, y deseaba odiarlas.

Sonó el timbre. Se abrieron las puertas. Los alumnos salieron en oleadas gigantes.

Y Betsy casi se puso a buscar a Spencer.

Fue uno de esos breves momentos en que el cerebro no es capaz de soportarlo más, y olvida lo horrible que es todo, y crees, durante un breve segundo, que todo ha sido una pesadilla. Spencer saldría, con la mochila al hombro, que hacía que adoptara la postura encorvada típica del adolescente, y Betsy le vería y pensaría que necesitaba un corte de pelo y que estaba demasiado pálido.

La gente habla de las etapas del duelo: negación, rabia, negociación, depresión, aceptación, pero esas etapas tienden a difuminarse más bien en tragedia. Nunca dejas de negarlo. Una parte de ti siempre está enfadada. Y la mera idea de «aceptación» es obscena. Algunos psiquiatras prefieren la palabra «conclusión». Semánticamente el concepto era mejor, pero a Betsy le seguía dando ganas de gritar.

¿Qué estaba haciendo allí exactamente?

Su hijo estaba muerto. Hablar con uno de sus amigos no iba a cambiarlo.

Pero por alguna razón le parecía que podía hacerlo.

Spencer quizá no había estado solo aquella noche. ¿Qué cambiaba esto? Era una idea demasiado formularía, sí, pero no le devolvería a su hijo. ¿Qué esperaba encontrar?

¿Conclusión?

Y entonces distinguió a Adam.

Caminaba solo, encorvado bajo el peso de la mochila. Todos parecían encorvados en realidad. Betsy mantuvo los ojos fijos en Adam y se colocó de modo que interceptara su paso. Como casi todos los chicos, Adam caminaba con los ojos bajos. Betsy esperó, colocándose más a la izquierda o a la derecha, asegurándose de estar frente a él.

Finalmente, cuando se acercó bastante, dijo:

– Hola, Adam.

Él se paró y levantó la cabeza. Era un chico guapo, pensó Betsy. Todos lo eran a aquella edad. Pero Adam también había cambiado. Todos habían cruzado una línea adolescente. Era más grande, alto y musculoso, más un hombre que un chico. Todavía podía ver al niño en su rostro, pero también veía una especie de desafío.

– Oh -dijo-. Hola, señora Hill.

Adam iba a apartarse, desviándose hacia la izquierda.

– ¿Puedo hablar contigo un momento? -dijo Betsy llamando su atención.

Él se paró de golpe.

– Oh, claro. Por supuesto.

Adam trotó hacia ella con flexibilidad. Adam siempre había sido un buen atleta. Spencer, no. ¿También esto era culpa del desenlace de su hijo? La vida es mucho más fácil en pueblos como ése si eres un buen deportista.

Se paró a un par de metros de ella. No podía mirarla a los ojos, pero pocos chicos de instituto lo hacen. Betsy estuvo callada unos segundos. Sólo le miró.

– ¿Quería hablar conmigo? -preguntó Adam.

– Sí.

Más silencio. Más miradas. Él se retorció.

– Lo siento mucho -dijo.

– ¿Qué?

Aquella respuesta lo sorprendió.

– Lo de Spencer.

– ¿Por qué?

Él no contestó, sin mirarla a los ojos todavía.

– Adam, mírame.

Seguía siendo la adulta, y él el niño. La obedeció.

– ¿Qué pasó aquella noche?

Tragó saliva y dijo:

– ¿Qué pasó?

– Estabas con Spencer.

Él negó con la cabeza. Palideció.

– ¿Qué pasó, Adam?

– Yo no estaba.

Ella levantó la foto de la página de MySpace, pero sus ojos volvían a estar fijos en el suelo.

– Adam.

Él levantó la cabeza y Betsy le puso la foto frente a la cara.

– Éste eres tú, ¿no?

– No lo sé, podría ser.

– Esta foto se sacó la noche que murió.

Él negó con la cabeza.

– ¿Adam?

– No sé de qué me habla, señora Hill. Aquella noche no vi a Spencer.

– Vuelve a mirar…

– Tengo que irme.

– Adam, por favor…

– Lo siento, señora Hill.

Él echó a correr. Volvió corriendo al edificio de ladrillo, dio la vuelta hacia la parte posterior y desapareció.

9

La investigadora jefe Loren Muse miró su reloj. Hora de reunirse.

– ¿Tienes mis cosas? -preguntó.

Su ayudante era una joven llamada Chamique Johnson. Muse había conocido a Chamique durante un famoso juicio por violación. Tras un agitado comienzo en la fiscalía, Chamique se había vuelto indispensable.

– Ahí están -dijo Chamique.

– Es gordo.

– Lo sé.

Muse cogió el sobre.

– ¿Está todo aquí?

Chamique frunció el ceño.

– Pues no, no es lo que me pediste.

Muse se disculpó y cruzó el pasillo hacia el despacho del fiscal del condado de Essex, más concretamente, el despacho de su jefe, Paul Copeland.

La recepcionista -era nueva y Muse era mala para recordar los nombres- la saludó con una sonrisa.

– La están esperando todos.

– ¿Quién me está esperando?

– El fiscal Copeland.

– Has dicho «todos».

– ¿Disculpe?

– Has dicho que me estaban esperando. «Todos» insinúa que hay más de una persona. Probablemente más de dos.

La recepcionista parecía aturdida.

– Ah, claro. Son cuatro o cinco.

– ¿Con el fiscal Copeland?

– Sí.

– ¿Quiénes?

Ella se encogió de hombros.

– Otros detectives, creo.

Muse no estaba segura de qué conclusión sacar. Había pedido una reunión en privado para hablar de la situación políticamente delicada que se había creado con Frank Tremont. No tenía ni idea de por qué podía haber otros detectives en el despacho del fiscal.

Oyó las risas antes de entrar en la habitación. Eran seis, incluido su jefe, Paul Copeland. Todos hombres. Frank Tremont estaba entre ellos, además de tres detectives. El último de ellos le sonaba vagamente. Tenía una libreta y un bolígrafo frente a él y, sobre la mesa, una grabadora.

Cope -así era como todos llamaban a Paul Copeland- estaba sentado a su mesa y se reía con ganas de algo que le acababa de susurrar Tremont.

Muse sintió que se le encendían las mejillas.

– Hola, Muse -dijo.

– Cope -dijo ella, saludando a los demás con la cabeza.

– Entra y cierra la puerta.

Ella entró. Se paró y sintió todos los ojos clavarse sobre ella. Más calor en las mejillas. Se sintió estafada e intentó mirar furiosamente a Cope. Él no se dejó intimidar. Cope sonreía haciéndose el tonto y estaba tan guapo como siempre. Ella intentó comunicarle con la mirada que primero quería hablar con él a solas, que se sentía como si hubiera caído en una emboscada, pero como acababa de pasar, él no se dejó intimidar.

– Empecemos, si os parece.

Loren Muse dijo:

– De acuerdo.

– Espera, ¿conoces a todo el mundo?

Cope levantó ampollas cuando ocupó el cargo de fiscal del condado y asombró a todos nombrando a Muse su investigadora jefe. Normalmente el puesto era para uno de los rudos veteranos, siempre varones, que se suponía que guiaba al político nombrado por el sistema. Loren Muse era una de las detectives más jóvenes del departamento cuando la eligió. Cuando los medios le preguntaban qué criterio había utilizado para elegir a una mujer joven antes que a veteranos mucho más experimentados, él respondía con una sola palabra:

– Méritos.

Y allí estaba ella, en una habitación con cuatro de los veteranos despechados.

– No conozco a este caballero -dijo Muse, indicando con la cabeza al hombre de la libreta y el bolígrafo.

– Ah, perdona. -Cope alargó una mano como un presentador de televisión y se puso la sonrisa mediática-. Es Tom Gaughan, un periodista del The Star-Ledger.

Muse no dijo nada. El cuñado gacetillero de Tremont. Aquello iba de mal en peor.

– ¿Empezamos? -preguntó Cope.

– Cuando quiera, Cope.

– Bien. Frank tiene una queja. Frank, adelante, tienes la palabra.

Paul Copeland se acercaba a los cuarenta. Su esposa había muerto de cáncer poco después del nacimiento de su hija, que ahora tenía siete años, Cara. La había criado él solo. Al menos hasta ahora. Ya no tenía fotos de Cara sobre la mesa. Antes sí. Muse recordaba que, al ocupar el puesto, Cope tenía una en el estante detrás de su silla. Un día, después de condenar a un pederasta, Cope la había quitado. Ella nunca le preguntó por qué, pero se imaginaba que estaba relacionado con aquel caso.

Tampoco había fotos de su prometida, pero, en el perchero de Cope, Muse podía ver un esmoquin envuelto en plástico. La boda era el próximo sábado y Muse asistiría. De hecho, era una de las damas de honor.

Cope siguió sentado detrás de su mesa, esperando a que Tremont hablara. No había más sillas vacías, de modo que Muse permaneció de pie. Se sentía vulnerable y cabreada. Un subordinado iba a quejarse de ella y Cope, su supuesto defensor, iba a permitirlo. Se esforzó por no ponerse a gritar «sexismo», porque de haber sido un hombre, a nadie se le hubiera ocurrido que tuviera que soportar las imbecilidades de Tremont. Tendría poder para echarlo a patadas, con repercusiones políticas y mediáticas o sin ellas.

Se quedó quieta y furiosa.

Frank Tremont se levantó el cinturón, aunque permaneció sentado.

– Bueno, sin ánimo de faltarle al respeto, señora Muse, pero…

– Investigadora jefe Muse -dijo Loren.

– ¿Disculpa?

– No soy la señora Muse. Tengo un título. Soy la investigadora jefe. Tu jefe.

Tremont sonrió. Se volvió lentamente hacia sus compañeros detectives y después hacia su cuñado. Su expresión divertida parecía decir: ¿Veis a qué me refiero?

– Qué susceptible. -Y después, sin molestarse en disimular el sarcasmo-: ¿No, investigadora jefe Muse?

Muse miró a Cope. Él se quedó quieto. Su cara no le transmitió ningún consuelo. Se limitó a decir:

– Perdón por la interrupción, Frank, sigue.

Muse sintió que las manos se le cerraban con fuerza.

– Bien, en fin, tengo veintiocho años de experiencia en la policía. Me tocó el caso de la prostituta en el Distrito Quinto. Una cosa es que ella se presente sin ser invitada. No me gusta. No es el protocolo. Pero bueno, si Muse quiere fingir que puede ser útil, por mí adelante. Pero empieza a dar órdenes. Se pone al mando, minando mi autoridad ante los agentes.

»No me parece justo.

Cope asintió.

– El caso era tuyo.

– Sí.

– Háblame de él.

– ¿Eh?

– Háblame del caso.

– Todavía no sabemos mucho. Una prostituta hallada muerta. Alguien le hizo trizas la cara. La forense cree que la mataron a golpes. Todavía no hemos conseguido identificarla. Preguntamos a otras prostitutas, pero nadie sabía quién era.

– ¿Las otras prostitutas no saben cómo se llama -preguntó Cope-, o no la conocen de nada?

– No hablan mucho, pero ya sabe cómo va esto. Nadie ha visto nada. Las haremos hablar.

– ¿Algo más?

– Encontramos un pañuelo verde. No es exacto, pero es del color de una banda nueva. Haré que me traigan a algunos de los miembros conocidos de esta banda. Les apretaremos las tuercas, a ver si alguno de ellos canta. También estamos buscando en el ordenador por si hay algún caso de prostituta muerta con el mismo modus operandi en la zona.

– ¿Y?

– Por ahora nada. Bueno, tenemos a muchas prostitutas muertas. Huelga decirlo, jefe. Ésta es la séptima este año.

– ¿Huellas?

– Hemos buscado en el condado. Nada. A nivel del FBI tardará un poco más.

Cope asintió.

– Bien, y ¿tú te quejabas de que Muse…?

– Mire, no quiero dar problemas, pero las cosas claras: ella ya no debería ocupar el puesto. Usted la eligió porque es mujer. Lo entiendo. Es la realidad de hoy. Un hombre acumula años, trabaja bien, y no significa nada si no tiene la piel negra o le falta el pito. Lo entiendo. Pero esto también es discriminación. A ver, sólo porque yo sea hombre y ella mujer no significa que se salga con la suya, ¿no? Si yo fuera su jefe y cuestionara todo lo que hace, seguro que se pondría a gritar que la violo o la acoso o algo así y me pondría una demanda.

Cope volvió a asentir.

– Tiene lógica. -Se volvió a mirar a Loren-. ¿Muse?

– ¿Qué?

– ¿Algún comentario?

– Para empezar, no estoy segura de ser la única en la habitación que no tiene pito.

Miraba a Tremont.

– ¿Algo más? -dijo Cope.

– Me siento como un saco de arena.

– De ninguna manera -dijo Cope-. Eres su superior, pero esto no significa que tengas que hacerle de canguro, ¿no? Yo soy tu superior, y no te hago de canguro.

Muse echaba humo.

– El detective Tremont lleva mucho tiempo aquí. Tiene amigos y es respetado. Por eso le he concedido esta oportunidad. Quiere acudir a la prensa con su opinión. Presentar una queja formal. Le he pedido que celebráramos esta reunión, que fuéramos razonables. He dejado que invitara al señor Gaughan, para que viera que trabajamos de forma abierta y sin hostilidades.

Todos miraron a Muse.

– Ahora te lo preguntaré otra vez -dijo Cope a Loren. La miró a los ojos-. ¿Tienes que hacer algún comentario a lo que acaba de decir el detective Tremont?

Ahora Cope sonreía. No mucho. Sólo un rictus en la comisura de los labios. Y de repente ella lo comprendió.

– Sí -dijo Muse.

– Tienes la palabra.

Cope se echó hacia atrás y unió las manos detrás de la cabeza.

– Empecemos por el hecho de que no creo que la víctima sea una prostituta.

Cope arqueó las cejas como si fuera la frase más asombrosa que había pronunciado nadie jamás.

– ¿Ah, no?

– No.

– Pero he visto la ropa que llevaba -dijo Cope-. Acabo de oír el informe de Frank. Y el lugar donde encontraron el cuerpo. Todos saben que es donde se mueven las prostitutas.

– Incluido el asesino -dijo Muse-. Por eso tiró allí su cuerpo.

Frank Tremont se echó a reír.

– Muse, sólo dices tonterías. Necesitas pruebas, cielo, no sólo intuición.

– ¿Quieres pruebas, Frank?

– Por supuesto, oigámoslas. No tienes nada.

– ¿Qué te parece su color de piel?

– ¿Qué?

– Que es blanca.

– Ah, qué maravilla -dijo Tremont, levantando ambas manos-. Esto me encanta. -Miró a Gaughan-. Apúntalo todo, Tom, porque esto no tiene precio. Insinúo que quizá, sólo quizá, una prostituta no sea una prioridad y soy un neandertal fascista. Pero cuando ella dice que nuestra víctima no puede ser una puta porque es blanca, esto se considera buen trabajo policial.

Señaló con un dedo en dirección a Loren.

– Muse, necesitas un poco más de tiempo en la calle.

– Has dicho que había habido seis prostitutas muertas más.

– Sí, ¿y qué?

– ¿Sabías que las seis eran afroamericanas?

– Eso no significa una mierda. Tal vez las otras seis eran… yo qué sé… altas. Y ésta era baja. ¿Significa esto que no puede ser puta?

Muse se acercó al tablón de anuncios de la pared de Cope. Sacó una fotografía del sobre y la pegó.

– Esta fotografía se tomó en el escenario del crimen.

Todos miraron.

– Es la gente que estaba detrás de la cinta policial -dijo Tremont.

– Muy bien, Frank. Pero la próxima vez levanta la mano y espera a que te pregunte.

Tremont cruzó los brazos.

– ¿Qué se supone que miramos?

– ¿Qué ves aquí? -preguntó Muse.

– Prostitutas.

– Exactamente. ¿Cuántas?

– No lo sé. ¿Quieres que las cuente?

– Sólo un cálculo.

– Quizá veinte.

– Veintitrés. Bien hecho, Frank.

– ¿Y a dónde quieres ir a parar?

– Por favor, cuenta cuántas de ellas son blancas.

Ninguno tuvo que mirar mucho rato para saber la respuesta: cero.

– ¿Intentas decirme, Muse, que no hay prostitutas blancas?

– Sí las hay. Pero en esta zona son muy pocas. Retrocedí tres meses. Según los expedientes de arrestos, no se ha arrestado a ninguna blanca por prostitución en el radio de tres calles durante todo ese período. Y como has indicado tú, sus huellas no están archivadas. ¿De cuántas prostitutas habituales puedes decir lo mismo?

– De muchas -dijo Tremont-. Vienen de fuera del estado, se quedan una temporada, se mueren o se mudan a Atlantic City.

– Tremont separó las manos-. Vaya, Muse, eres fantástica. No sé si debería dimitir.

Soltó una risita. Muse no se rió.

Muse sacó más fotografías y las pegó en el tablón.

– Mira los brazos de la víctima.

– Sí, ¿qué?

– No tiene marcas de agujas, ni una sola. La prueba de toxicología muestra que no había drogas ilegales en su organismo. Así que Frank, de nuevo: ¿cuántas prostitutas blancas del Distrito Quinto no son yonquis?

Esto le aplacó un poco.

– Está bien alimentada -siguió Muse-, que significa algo, pero no demasiado actualmente. Muchas prostitutas están bien alimentadas. No tiene marcas ni fracturas anteriores a este incidente, lo que tampoco es habitual para una prostituta que trabaje en esta zona. No podemos decir mucho de sus dientes porque casi se los arrancaron todos, y los que quedan están en muy mal estado. Pero mira esto.

Puso otra fotografía enorme en el tablón.

– ¿Zapatos? -preguntó Tremont.

– Premio, Frank.

La mirada de Cope le ordenó que dominara su sarcasmo.

– Y zapatos de puta -siguió Tremont-. Tacones de aguja, provocativos. No como esas zapatillas que llevas tú, Muse. ¿Te pones tacones alguna vez?

– No, Frank. ¿Y tú?

Esto hizo a reír a todos. Cope meneó la cabeza.

– ¿Adonde quiere ir a parar? -preguntó Tremont-. Son zapatos de catálogo de prostituta.

– Mira las suelas.

Utilizó un lápiz para señalar.

– ¿Qué debería ver?

– Nada. Ésa es la cuestión. No están sucias. Ni un rasguño.

– Son nuevas.

– Demasiado nuevas. He ampliado la foto. -Puso otra fotografía-. Ni una rascadita. Nadie ha caminado con ellas. Ni un paso.

La habitación quedó en silencio.

– ¿Y?

– Buena respuesta, Frank.

– Que te den, Muse, esto no significa…

– Por cierto, no tenía semen en su interior.

– ¿Y? Tal vez éste era su primer cliente de la noche.

– Tal vez. También tiene un bronceado que deberías examinar.

– ¿Un qué?

– Un bronceado.

Intentó parecer incrédulo, pero estaba perdiendo apoyos.

– Hay una razón para que llamen putas callejeras a esas chicas, Muse. En las calles estás al aire libre. Estas chicas trabajan fuera. Mucho.

– Dejando de lado el hecho de que apenas hemos tenido sol últimamente, las marcas del bronceado no coinciden. Están aquí -señaló los hombros-, y no está bronceada en el abdomen, esa zona está totalmente blanca. En resumen, esta mujer llevaba camiseta, no tops con el ombligo al aire. Y después está el pañuelo que encontramos en su mano.

– Debió de arrancárselo al asesino durante el ataque.

– No, no lo arrancó. Está claro que lo pusieron allí. Se movió el cuerpo, Frank. ¿Y vamos a creernos que él se lo arrancó de la cabeza mientras luchaban, y se lo dejó cuando abandonó el cuerpo? ¿Te parece creíble?

– Puede que la banda quiera enviar un mensaje.

– Podría ser. Pero también está la propia paliza.

– ¿Qué tiene de raro?

– Es exagerada. Nadie pega a una persona con tanta precisión.

– ¿Tienes una teoría?

– La evidente. Alguien no quería que la reconociéramos. Y algo más. Mira dónde la tiraron.

– Un sitio conocido por sus prostitutas.

– Así es. Sabemos que no la mataron allí. La tiraron allí. ¿Por qué allí? Si era una prostituta, ¿por qué querrían que lo supiéramos? ¿Para qué tirar a una prostituta en una zona conocida por la prostitución? Te diré por qué. Porque si de entrada la toman por una prostituta y un detective gordo y perezoso se encarga del caso y ve la salida más fácil…

– ¿A quién estás llamando gordo?

Frank Tremont se levantó y Cope dijo suavemente:

– Siéntate, Frank.

– ¿Va a permitir que…?

– Calla -dijo Cope-. ¿Has oído?

Todos se pararon.

– ¿Qué?

Cope se puso la mano detrás de la oreja.

– Escucha, Frank. ¿Lo oyes? -Su voz era un susurro-. Éste es el sonido de tu incompetencia puesto en evidencia ante el público. No sólo tu incompetencia, sino tu estupidez suicida al ir a por tu superior cuando los hechos no te dan la razón.

– No tengo por qué escuchar…

– Calla y escucha. Tú escucha.

Muse se esforzó por no reírse.

– ¿Ha estado escuchando, señor Gaughan? -preguntó Cope.

Gaughan se aclaró la garganta.

– He oído lo que tenía que oír.

– Bien, porque yo también. Y ya que ha pedido que grabáramos esta reunión, yo también lo he hecho. -Cope sacó una pequeña grabadora de detrás de un libro de su mesa-. Por si acaso su jefe quería oír qué se había dicho exactamente aquí y su grabadora no funcionara bien. No nos gustaría que alguien pensara que ha manipulado la historia para favorecer a su cuñado, ¿verdad?

Cope sonrió a todos. Nadie le devolvió la sonrisa.

– Caballeros, ¿algo más que decir? No, bien. Todos a trabajar, pues. Frank, tómate el resto del día libre. Quiero que pienses en tus opciones y tal vez revises nuestras grandes ofertas de jubilación.

10

Cuando Mike llegó a casa, echó un vistazo a la de los Loriman. Ningún movimiento. Sabía que le tocaba dar el siguiente paso.

Primero, no hacer daño. Ése era el credo.

¿Y segundo?

Esto era más peliagudo.

Tiró las llaves y la cartera en la bandejita que Tia había colocado porque Mike siempre perdía las llaves y la cartera. Funcionaba. Tia había llamado tras aterrizar en Boston. Ahora estaba enfrascada con el trabajo preparatorio y por la mañana tomaría declaración al testigo. Tardaría un poco, pero cogería el primer avión que pudiera. «No te apresures», le había dicho él.

– ¡Hola, papá!

Jill dio la vuelta a la esquina. Cuando Mike vio su sonrisa, se esfumaron alegre y felizmente los Loriman y todo lo demás.

– Hola, cielo. ¿Está Adam en su habitación?

– No -dijo Jill.

Se acabó la felicidad.

– ¿Dónde está?

– No lo sé. Creía que estaba aquí.

Lo llamaron. Sin éxito.

– Tu hermano debía vigilarte -dijo Mike.

– Estaba aquí hace diez minutos -dijo la niña.

– ¿Y ahora?

Jill frunció el ceño. Cuando fruncía el ceño, todo el cuerpo parecía seguirlo.

– Creía que esta noche iríais al partido de hockey.

– Y vamos.

Jill parecía agitada.

– ¿Qué pasa, cariño?

– Nada.

– ¿Cuándo has visto a tu hermano por última vez?

– No lo sé. Hace unos minutos. -Empezó a morderse una uña-. ¿No debería estar contigo?

– Seguro que volverá enseguida -dijo Mike.

Jill parecía insegura. Mike se sentía igual.

– ¿Vas a acompañarme a casa de Yasmin de todos modos? -preguntó ella.

– Por supuesto.

– Espera que recoja la bolsa, ¿vale?

– Claro.

Jill subió la escalera. Mike miró su reloj. Él y Adam habían hecho planes; debían salir de casa en media hora, dejar a Jill en casa de su amiga y acercarse a Manhattan para ver el partido de los Rangers.

Adam debería estar en casa. Debería estar vigilando a su hermana.

Mike respiró hondo. Bueno, mejor no ser presa del pánico todavía. Decidió conceder diez minutos más a Adam. Revisó el correo y volvió a pensar en los Loriman. No valía la pena retrasarlo. Él e Ilene habían tomado una decisión. Era hora de poner manos a la obra.

Encendió el ordenador, buscó su agenda de direcciones, clicó sobre la información de contacto de los Loriman. El móvil de Susan Loriman estaba en la lista. Él y Tia no la habían llamado nunca, pero era algo normal entre vecinos: tenías los números por si había alguna urgencia.

Esto lo era.

Marcó el número. Susan contestó al segundo timbre.

– ¿Diga?

Tenía una voz cálida y amable, casi susurrante. Mike se aclaró la garganta.

– Soy Mike Baye -dijo.

– ¿Pasa algo?

– Sí. Bueno, nada nuevo. ¿Estás sola ahora mismo?

Silencio.

– Ya hemos devuelto el devedé -dijo Susan.

Mike oyó otra voz, que parecía la de Dante y preguntaba:

– ¿Quién es?

– Blockbuster -dijo ella.

Bueno, pensó Mike, no está sola.

– ¿Tienes mi teléfono?

– Muy pronto. Gracias.

Clic.

Mike se frotó la cara con ambas manos. Qué bien. Muy pero que muy bien.

– ¡Jill!

La niña se asomó al rellano.

– ¿Qué?

– ¿Adam ha dicho algo al llegar a casa?

– Sólo ha dicho «Hola, petarda».

Sonrió al decirlo.

Fue como si Mike oyera la voz de su hijo. Adam quería a su hermana, y ella le quería a él. Los hermanos suelen pelearse, pero estos dos casi nunca lo hacían. Quizá sus diferencias los salvaban de las peleas. Por muy frío o taciturno que se hubiera vuelto Adam, nunca la tomaba con su hermanita.

– ¿Tienes alguna idea de adonde puede haber ido?

Jill negó con la cabeza.

– ¿Está bien?

– Está perfectamente, no te preocupes. Te llevaré a casa de Yasmin en un momento, ¿de acuerdo?

Mike subió los escalones de dos en dos. Sintió una punzada en la rodilla, una antigua lesión de su época de jugador de hockey. Se la había hecho operar hacía unos meses por un amigo, un cirujano ortopédico llamado David Gold. Mike le dijo a David que no quería dejar el hockey y le preguntó si el juego le había causado un daño a largo plazo. David le dio una receta de Percocet y contestó:

– No me llegan muchos ex jugadores de ajedrez, como puedes suponer.

Abrió la puerta de la habitación de Adam. El cuarto estaba vacío. Mike buscó pistas para averiguar adonde podría haber ido su hijo. No encontró ninguna.

– Oh, no habrá… -dijo Mike en voz alta.

Miró el reloj. Adam ya debería estar en casa… no debería haberse marchado en ningún momento. ¿Cómo podía haber dejado sola a su hermana? Sabía que no debía hacerlo. Mike sacó el móvil y apretó la tecla de marcado rápido. Lo oyó sonar y después la voz de Adam que le pedía que dejara un mensaje.

– ¿Dónde estás? Tenemos que marcharnos pronto al partido. ¿Has dejado sola a tu hermana? Llámame inmediatamente.

Apretó la tecla de FIN.

Pasaron diez minutos. No llegó nada de Adam. Mike volvió a llamar. Dejó otro mensaje con los dientes apretados.

– ¿Papá? -dijo Jill.

– Sí, mi vida.

– ¿Dónde está Adam?

– Seguro que vuelve a casa enseguida. Mira, te dejaré en casa de Yasmin y volveré a por tu hermano, ¿de acuerdo?

Mike llamó y dejó un tercer mensaje en el móvil de Adam explicando que volvería enseguida. Volvió mentalmente a la última vez que había hecho esto -dejar mensajes repetidos en buzones de voz-, cuando Adam huyó y no supieron nada de él en dos días. Mike y Tia se habían vuelto locos intentando localizarlo y al final no había sido nada.

Esperaba que no estuviera jugando a esto otra vez, pensó Mike. Y entonces, en ese mismo momento, pensó: «Dios, espero que esté jugando a eso otra vez».

Mike buscó una hoja de papel, escribió una nota y la dejó sobre la mesa de la cocina.

ADAM:

HE IDO A ACOMPAÑAR A JILL, CUANDO VUELVA NOS VAMOS ENSEGUIDA.

La mochila de Jill tenía una insignia de los New York Rangers detrás. No le gustaba mucho el hockey, pero la mochila había sido de su hermano. A Jill le encantaba heredar cosas de Adam. Últimamente le había dado por ponerse un anorak verde demasiado grande para ella de la época en que Adam jugaba al hockey de alevines. El nombre de Adam estaba bordado en el lado derecho delantero.

– ¿Papá?

– ¿Qué, cielo?

– Estoy preocupada por Adam.

No lo dijo como una niña jugando a comportarse como una adulta. Lo dijo como una niña demasiado lista para su edad.

– ¿Por qué lo dices?

Ella se encogió de hombros.

– ¿Te ha dicho algo?

– No.

Mike entró en la calle de Yasmin, esperando que Jill dijera algo más. Pero no dijo nada.

En los viejos tiempos, cuando Mike era un niño, dejabas a los niños y te marchabas o quizá esperabas en el coche hasta que se abría la puerta. Ahora acompañabas a tus hijos hasta la puerta.

Normalmente esto fastidiaba un poco a Mike, pero cuando se trataba de pasar la noche, sobre todo a aquella edad tan temprana, Mike prefería asegurarse de que llegara sana y salva a su destino. Llamó a la puerta y abrió Guy Novak, el padre de Yasmin.

– Hola, Mike.

– Hola, Guy.

Guy todavía llevaba el traje del trabajo, aunque se había aflojado la corbata. Llevaba gafas de pasta de montura muy a la moda y los cabellos parecían estratégicamente despeinados. Guy era otro de los padres del pueblo que trabajaba en Wall Street, aunque Mike nunca había logrado tener la menor idea de qué hacía exactamente ninguno de ellos. Fondos de protección, fideicomisos, servicios de crédito u ofertas públicas de venta de acciones o trabajar en el parqué o en seguros o vender bonos, cualquier cosa, para Mike todo era una gran masa difuminada de cuestiones económicas.

Guy llevaba años divorciado y, según los partes que le daba su hija de once años, salía con muchas mujeres.

– Todas sus novias hacen la pelota a Yasmin -le había dicho Jill-. Es muy divertido.

Jill se adelantó.

– Adiós, papá.

– Adiós, preciosa.

Mike esperó un segundo, viéndola marcharse, y después se volvió a mirar a Guy Novak. Era sexista, pero Mike prefería dejar a su hija con una madre sola. Que su hija preadolescente pasara la noche en una casa con sólo un adulto varón… no debería importarle. Él también cuidaba a las niñas a veces sin Tia. Y aun así…

No sabían qué decirse. Mike rompió el silencio.

– Bueno -dijo-, ¿qué planes tienes para esta noche?

– Podría llevarlas al cine -dijo Guy-. Y a tomar un helado en Cold Stone Creamery. Espero que no te importe, pero he invitado a una amiga. Vendrá con nosotros.

– Por mí bien -dijo Mike, pensando: «Mejor aún».

Guy miró hacia atrás. Cuando vio que las niñas habían desaparecido, volvió a mirar a Mike.

– ¿Tienes un momento? -preguntó.

– Claro, ¿qué sucede?

Guy salió afuera. Cerró la puerta. Miró hacia la calle y hundió las manos en los bolsillos. Mike lo miraba de perfil.

– ¿Va todo bien? -preguntó Mike.

– Jill se ha portado muy bien -dijo Guy.

Mike no sabía bien cómo reaccionar y permaneció en silencio.

– No sé qué debo hacer. Cuando eres padre, haces lo que puedes, ¿no? Lo haces lo mejor que sabes para criar a tus hijos, alimentarlos, educarlos. Yasmin ya tuvo que pasar por un divorcio cuando era muy pequeña. Pero se adaptó. Era feliz, extrovertida y tenía amigos. Y entonces va y sucede una cosa así.

– ¿Te refieres a lo del señor Lewiston?

Guy asintió. Se mordió el labio y la mandíbula le tembló.

– Habrás visto cómo ha cambiado Yasmin.

Mike optó por la verdad.

– Parece más retraída.

– ¿Sabes lo que le dijo Lewiston?

– La verdad es que no.

Él cerró los ojos, respiró hondo y volvió a abrirlos.

– Supongo que Yasmin se estaba portando mal, no prestaba atención, lo que sea. No lo sé. Cuando hablé con Lewiston, me dijo que la había advertido dos veces. La cuestión es que Yasmin tiene un poco de vello facial. No mucho, pero bueno, un poco de bigote. No es algo en lo que un padre vaya a fijarse, y su madre no está por aquí, así que nunca pensé en hacerle electrólisis ni nada. El caso es que él estaba explicando los cromosomas y ella no paraba de susurrar en el fondo de la clase, así que Lewiston finalmente estalló. Dijo: «Algunas mujeres desarrollan rasgos masculinos como el vello facial. Yasmin, ¿estás escuchando?». Algo así.

– Qué horror -dijo Mike.

– Es inexcusable, ¿no? No se disculpó enseguida porque, según él, no quería llamar más la atención sobre lo que había dicho. Para entonces todos los niños de la clase habían empezado a hacer bromas. Yasmin estaba muerta de vergüenza. Empezaron a llamarla Mujer Barbuda y XY, por el cromosoma masculino. Al día siguiente el profesor se disculpó, imploró a los niños que dejaran de burlarse de ella, yo me presenté, me cabreé con el director, pero para entonces era como pretender que no hubiera sonado el timbre, ya me comprendes.

– Sí.

– Niños.

– Sí.

– Jill no ha abandonado a Yasmin, y es la única. Es algo increíble en una niña de once años. Sé que seguramente le toca cargar con algunas pullas por esto.

– Puede soportarlo -dijo Mike.

– Es una buena niña.

– Igual que Yasmin.

– Deberías estar orgulloso de ella. Es lo que quería decirte.

– Gracias -dijo Mike-. Pasará, Guy. Dale tiempo.

Guy miró a lo lejos.

– Cuando estaba en tercer curso, había un niño llamado Eric Hellinger. Eric siempre tenía una gran sonrisa estampada en la cara. Se vestía como un auténtico hortera, pero por lo visto le daba igual. Él siempre sonreía. Un día vomitó en plena clase. Fue asqueroso. Olía tan mal que tuvimos que salir del aula. En fin, después de esto, los niños empezaron a burlarse de él. Le llamaban Pestellinger. No se acabó nunca. La vida de Eric cambió. La sonrisa desapareció y, para serte sincero, cuando le veía solo en los pasillos después en el instituto, tenía la sensación de que no volvería a sonreír.

Mike no dijo nada, pero conocía una historia parecida. Todas las infancias tienen una, su propio Eric Hellinger o Yasmin Novak.

– La cosa no mejora, Mike. Así que he puesto la casa a la venta. No quiero mudarme. Pero no sé qué más hacer.

– Si Tia o yo podemos ayudar… -empezó Mike.

– Os lo agradezco. Y os agradezco que dejéis que Jill pase la noche aquí. Es muy importante para Yasmin. Y para mí. Así que gracias.

– Encantados.

– Jill dijo que esta noche llevabas a Adam al partido de hockey.

– Ése es el plan.

– Entonces no te entretendré. Gracias por escucharme.

– De nada. ¿Tienes mi móvil?

Guy asintió. Mike dio una palmadita en el hombro a Guy y volvió al coche.

Así era la vida, un maestro pierde los nervios diez segundos y lo cambia todo para una niña. Es una locura cuando lo piensas. También hizo que Mike pensara en Adam.

¿Le habría ocurrido algo parecido a su hijo? ¿Un único incidente, quizá algo muy ínfimo, había desviado a Adam del camino?

Mike pensó en aquellas películas en que los protagonistas viajan a través del tiempo, en las que vuelven atrás y cambian una cosa y entonces todo lo demás cambia también, como un efecto dominó. Si Guy pudiera volver atrás en el tiempo y no dejar ir a la escuela a Yasmin aquel día, ¿sería todo igual? ¿Sería más feliz Yasmin, o al obligarla a mudarse y quizá aprender una lección sobre lo crueles que pueden ser las personas, acabaría siendo mejor al final?

¿Quién demonios podía saberlo?

La casa seguía vacía cuando Mike llegó. No había rastro de Adam. Ni había llegado ningún mensaje de él.

Pensando todavía en Yasmin, Mike fue a la cocina. La nota que había dejado seguía sobre la mesa, intacta. Había docenas de fotografías en la nevera, casi todas en marcos de imán. Mike encontró una de Adam y de él del año anterior, cuando fueron al parque de Six Flags Great Adventure. A Mike le aterraban las grandes atracciones, pero su hijo le había convencido para que subiera a algo acertadamente bautizado como Hielasangre. Mike se lo pasó en grande.

Cuando bajaron, padre e hijo posaron para una foto tonta con un tipo disfrazado de Batman. Los dos tenían el pelo revuelto por la velocidad, un brazo en el hombro de Batman y una sonrisa boba en la cara.

Todo eso había ocurrido tan sólo unos meses atrás, el verano anterior.

Mike recordó cuando estaba sentado en la atracción, esperando a que se pusiera en marcha, con el corazón acelerado. Miró a Adam, que le sonrió maliciosamente y dijo: «Agárrate fuerte» y entonces, justo entonces, retrocedió un poco más de una década, cuando Adam tenía cuatro años y estaban en el mismo parque y había una multitud entrando en el espectáculo del especialista, una auténtica multitud, y Mike tenía a su hijo cogido de la mano y le dijo «no te sueltes», y sintió que la manita apretaba su mano, pero la multitud era cada vez mayor y la manita resbaló y Mike sintió aquel pánico terrible, como si una ola le hubiera golpeado en la playa y se estuviera llevando a su hijo con la marea. La separación duró sólo unos segundos, diez como mucho, pero Mike nunca olvidaría cómo le había hervido la sangre y el terror que experimentó en aquel breve momento.

Mike la miró un minuto largo. Después cogió el teléfono y volvió a llamar al móvil de Adam.

– Por favor, hijo, llámame a casa. Estoy preocupado por ti. Estoy contigo, siempre, pase lo que pase. Te quiero. Llámame, ¿de acuerdo?

Colgó y esperó.

Adam escuchó el último mensaje de su padre y casi se echó a llorar.

Pensó en llamarle. Pensó en marcar el número de su padre y pedirle que fuera a buscarlo y después podrían ir al partido de los Rangers con el tío Mo y quizá Adam se lo contaría todo. Tenía el móvil en la mano. El número de su padre estaba en la tecla rápida uno. Su dedo planeó sobre la tecla. Sólo tenía que apretarla.

Detrás de él se oyó una voz:

– ¿Adam?

Apartó el dedo.

– Vamos.

11

Betsy Hill contempló cómo su marido, Ron, metía el Audi en el garaje. Seguía siendo un hombre muy guapo. Los cabellos canosos eran cada vez más grises, pero sus ojos azules, tan parecidos a los del hijo fallecido, todavía brillaban y la piel de su rostro seguía lisa. Al contrario que muchos de sus colegas, no había desarrollado barriga, hacía ejercicio y vigilaba lo que comía.

La foto que había sacado de la página de MySpace estaba sobre la mesa, delante de ella. Se había pasado la última hora sentada sin saber qué hacer. Los gemelos estaban con la hermana de Betsy. No quería que estuvieran en casa mientras solucionaba esto.

Oyó abrirse la puerta del garaje y después la voz de Ron gritando:

– ¿Bets?

– Estoy en la cocina, cariño.

Ron entró en la habitación con una sonrisa. Hacía mucho tiempo que no le veía sonreír y, en cuanto lo vio, Betsy escondió la foto debajo de una revista, fuera de la vista. Quería proteger aquella sonrisa, ni que fuera sólo unos minutos.

– Hola -dijo él.

– Hola, ¿cómo te ha ido?

– Bien, bien. -Seguía sonriendo-. Tengo una sorpresa.

– ¿Ah, sí?

Ron se inclinó, la besó en la mejilla y tiró un folleto sobre la mesa de la cocina. Betsy lo cogió.

– Un crucero de una semana -dijo él-. Mira el itinerario, Bets. He marcado la página con un post-it.

Ella volvió la página y miró. El crucero salía de Miami Beach y llegaba a las Bahamas, a St. Thomas y a una isla privada propiedad de la naviera.

– El mismo itinerario -dijo Ron-. Exactamente el mismo itinerario que en nuestra luna de miel. El barco es diferente, claro. Aquel viejo buque ya no navega. Éste es nuevo. He reservado la primera cubierta, una cabina con terraza. Y he encontrado a alguien para que cuide a Bobby y a Kari.

– No podemos dejar solos a los gemelos una semana.

– Claro que podemos.

– Todavía son demasiado vulnerables, Ron.

La sonrisa empezó a desvanecerse.

– Estarán perfectamente.

«Quiere ponerle fin a esto», pensó ella. «No es que me parezca mal. La vida sigue. Ésta es su manera de afrontarlo». Quería acabar con esto. Y algún día, estaba segura de que también querría acabar con ella. Quizá se quedaría por los gemelos, pero todos los buenos recuerdos: el primer beso frente a la biblioteca, la noche en la playa, el espectacular crucero de luna de miel a pleno sol, los dos arrancando aquel horrible papel pintado de su primera casa, los días en el mercado de granjeros cuando se reían con tantas ganas que se les caían las lágrimas, todo eso se había esfumado.

Cuando Ron la veía, veía a su hijo muerto.

– ¿Bets?

Ella asintió.

– Creo que tienes razón.

Él se sentó a su lado y le cogió la mano.

– Hoy he hablado con Sy. Necesitan un director en la nueva oficina de Atlanta. Sería una gran oportunidad.

Quiere salir corriendo, volvió a pensar ella. Por ahora quiere que ella vaya con él, pero ella siempre le provocará dolor.

– Te quiero, Ron.

– Yo también te quiero, cielo.

Quería que fuera feliz. Quería dejarle marchar porque Ron sí tenía esta capacidad. Necesitaba huir. No podía afrontarlo. No podía huir con ella. Siempre le recordaría a Spencer y aquella horrible noche en la azotea del instituto. Pero ella lo amaba, lo necesitaba. Aunque fuera egoísta, le aterraba la idea de perderlo.

– ¿Qué piensas de lo de Atlanta? -preguntó él.

– No lo sé.

– Te encantará.

Ella había pensado en mudarse, pero Atlanta estaba muy lejos. Ella había vivido toda la vida en Nueva Jersey.

– Son muchas cosas de golpe -dijo Ron-. Iremos paso a paso. Primero el crucero, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

Quiere estar en cualquier parte menos aquí. Quiere volver atrás. Ella lo intentaría, pero no lo conseguiría. No se puede volver atrás. Jamás. Menos aún teniendo a los gemelos.

– Voy a cambiarme -dijo Ron.

Volvió a besarla en la mejilla. Sus labios estaban fríos. Como si ya se hubiese marchado. Le perdería. Tardaría tres meses o dos años, pero el único hombre al que había amado la dejaría. Sentía cómo se alejaba de ella incluso mientras la besaba.

– ¿Ron?

Él se detuvo con una mano en la barandilla de la escalera. Cuando miró hacia atrás, fue como si lo hubieran pillado, como si hubiera perdido una oportunidad de huir limpiamente. Se le hundieron los hombros.

– Quiero enseñarte algo -dijo Betsy.

Tia estaba en una sala de reuniones del Boston Four Season's, mientras Brett, el gurú de la informática de la oficina, aporreaba su ordenador portátil. Miró el identificador de llamadas y vio que era Mike.

– ¿A punto de ir al partido?

– No -dijo él.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Adam no está en casa.

– ¿No ha venido a casa?

– Ha venido, ha estado un rato en su habitación y después se ha ido.

– ¿Ha dejado sola a Jill?

– Sí.

– No es propio de él.

– Lo sé.

– Aunque haya sido muy irresponsable últimamente, lo de dejar a su hermana sola…

– Lo sé.

Tia pensó un momento.

– ¿Le has llamado al móvil?

– Por supuesto que le he llamado al móvil. ¿Crees que soy estúpido?

– Eh, no la tomes conmigo -dijo Tia.

– Pues no me hagas preguntas estúpidas. Por supuesto que le he llamado. Le he llamado varias veces. Incluso he dejado mensajes desesperados pidiendo que me llamara.

Tia vio que Brett fingía no estar escuchando. Se apartó de él.

– Lo siento -dijo-. No pretendía…

– Yo tampoco. Los dos estamos nerviosos.

– ¿Qué podemos hacer?

– ¿Qué podemos hacer? -dijo Mike-. Yo esperaré aquí.

– ¿Y si no viene a casa?

Hubo un silencio.

– No quiero que vaya a esa fiesta -dijo Mike.

– Yo tampoco.

– Pero si voy y me lo llevo…

– Sería muy raro.

– ¿Tú qué opinas? -preguntó Mike.

– Creo que deberías ir y llevártelo. Puedes intentar ser sutil.

– ¿Cómo se hace eso?

– Ni idea. La fiesta no empezará hasta dentro de dos horas probablemente. Podemos pensarlo.

– Sí, bueno. A lo mejor tengo suerte y lo encuentro antes.

– ¿Has llamado a casa de sus amigos? ¿A Clark y a Olivia?

– Tia.

– Vale, por supuesto que has llamado. ¿Quieres que vuelva?

– ¿Para hacer qué?

– No lo sé.

– Aquí no podrías hacer nada. Puedo encargarme yo solo. No debería ni haberte llamado.

– Sí, sí debías llamarme. No intentes protegerme de estas cosas. No quiero que me mantengas al margen.

– No lo haré, no te preocupes.

– Llámame en cuanto sepas algo de él.

– Descuida.

Tia colgó.

Brett levantó la cabeza del ordenador.

– ¿Problemas?

– ¿Estabas escuchando?

Brett se encogió de hombros.

– ¿Por qué no echas un vistazo a su informe de E-SpyRight?

– Le diré a Mike que lo revise más tarde.

– Puedes hacerlo desde aquí.

– Creía que sólo podía sacarlo con mi ordenador.

– No. Puedes acceder a él en cualquier parte con conexión a Internet.

Tia arrugó el entrecejo.

– No parece muy seguro.

– Sigues necesitando la identificación y la contraseña. Sólo tienes que ir a la página de E-SpyRight y entrar. A lo mejor tu hijo ha recibido un mensaje o algo.

Tia se lo pensó.

Brett se acercó al portátil y tecleó algo. Lo giró hacia ella. La página de E-SpyRight estaba en la pantalla.

– Voy a buscar un refresco abajo -dijo-. ¿Te subo algo?

Ella negó con la cabeza.

– Todo tuyo -dijo Brett.

Brett fue hacia la puerta. Tia se sentó en la silla y empezó a teclear. Sacó el informe y pidió todo lo que se hubiera recibido aquel día. No había casi nada, sólo una conversación de mensajería instantánea con el misterioso CeJota8115.

CeJota8115: ¿Qué pasa?

HockeyAdam1117: Su madre me ha abordado después de clase.

CeJota8115: ¿Qué ha dicho?

HockeyAdam1117: Sabe algo.

CeJota8115: ¿Qué le has dicho?

HockeyAdam1117: Nada. He salido corriendo.

CeJota8115: Hablaremos esta noche.

Tia volvió a leerlo. Después cogió el móvil y apretó la tecla de marcado rápido.

– ¿Mike?

– ¿Qué?

– Encuéntralo. Encuéntralo cueste lo que cueste.

Ron sujetaba la fotografía.

La veía, pero Betsy se daba cuenta de que había dejado de mirarla. Su lenguaje corporal no presagiaba nada bueno. Se agitaba y se ponía cada vez más tenso. Dejó la foto sobre la mesa y cruzó los brazos. Volvió a cogerla.

– ¿Qué cambia esto? -preguntó.

Se puso a parpadear rápidamente, como un niño pequeño cuando no encuentra una palabra especialmente difícil. Verlo así aterrorizó a Betsy. Hacía años que Ron no parpadeaba así. Su suegra le había explicado que Ron había recibido muchas palizas cuando hacía segundo y que se lo había ocultado. Fue entonces cuando empezó el parpadeo. Con la edad había mejorado. Ahora apenas le sucedía. Betsy ni siquiera le había visto parpadear después de enterarse de lo de Spencer.

Ojalá hubiera podido recuperar la foto. Ron había llegado a casa con deseos de conectar con ella y ella le había dado una bofetada.

– No estaba solo aquella noche -dijo ella.

– ¿Y?

– ¿No has oído lo que he dicho?

– Quizá salió primero con sus amigos. ¿Y qué?

– ¿Por qué no han dicho nada?

– ¿Quién sabe? Quizá porque tenían miedo, quizá porque Spencer les pidió que no lo contaran, o quizá, seguramente, te equivocas de día. Quizá los vio sólo un momento y después se fue. Quizá esta foto se sacó ese día, pero mucho antes.

– No. He hablado con Adam Baye en el instituto…

– ¿Que has hecho qué?

– Le he esperado a la salida de clase. Le he enseñado la foto.

Ron meneó la cabeza.

– Ha huido de mí. Está claro que pasa algo.

– ¿Como qué?

– No lo sé. Pero recuerda que Spencer tenía un golpe en el ojo cuando la policía lo encontró.

– Ya nos lo explicaron. Probablemente se desmayó y cayó de bruces.

– O quizá alguien le golpeó.

La voz de Ron bajó de tono.

– Nadie le golpeó, Bets.

Betsy no dijo nada. El parpadeo empeoró. Las lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de Ron. Ella quiso tocarle, pero él se apartó.

– Spencer mezcló pastillas y alcohol. ¿Lo entiendes o no, Betsy?

– No dijo nada.

– Nadie le obligó a robar esa botella de vodka de nuestro armario. Nadie le obligó a tomarse esas pastillas de mi botiquín. Donde yo las había dejado. A la vista de todos. Lo sabes, ¿no? Era mi frasco de pastillas, sí, me lo dejé fuera. Las pastillas que sigo pidiendo que me receten a pesar de que debería haber superado el dolor y dejarlas, ¿no?

– Ron, no es eso…

– ¿No es qué? ¿Te crees que no me doy cuenta?

– ¿De qué te das cuenta? -preguntó. Pero ya lo sabía-. No te culpo, lo juro.

– Sí me culpas.

Ella negó con la cabeza. Pero él ya no lo vio porque se había levantado y había salido por la puerta.

12

Nash estaba preparado para actuar.

Esperaba en el aparcamiento del Palisades Mall en Nyack. El centro comercial era una enormidad típica americana. El Mall of America en las afueras de Minneapolis era más grande, tal vez, pero este centro comercial era más nuevo, lleno de gigantescas megatiendas en un megacentro, y no esas tiendecitas elegantes típicas de los ochenta. Tenía outlets, amplias franquicias de librerías, un cine IMAX, quince multicines, un Best Buy de informática, un Staples de electrónica, una noria. Los pasillos eran anchos. Todo era grandioso.

Reba Cordova había entrado en los almacenes Target.

Aparcó su Aberdeen Acura MDX verde lejos de la entrada. Esto ayudaría, pero seguía siendo arriesgado. Aparcaron la furgoneta junto a su Acura, por el lado del conductor. Nash había urdido el plan. Pietra estaba dentro siguiendo a Reba Cordova. Nash también había entrado un momento en el Target para comprar una cosa.

Ahora esperaba el mensaje de Pietra.

Había pensado en ponerse el bigote, pero decidió que no, que allí desentonaría. Nash necesitaba parecer sincero y de fiar. Los bigotes no producían esa impresión. Los bigotes, sobre todo el mostacho poblado que había utilizado con Marianne, se comen la cara. Si pides una descripción, pocos testigos ven más allá del bigote. Era por eso por lo que normalmente eran útiles.

Pero esta vez no.

Nash permaneció en el coche y se preparó. Se arregló los cabellos con el retrovisor y se pasó la máquina de afeitar por la cara.

A Cassandra le gustaba cuando estaba recién afeitado. La barba de Nash tenía tendencia a cerrarse y a las cinco de la tarde a ella ya le rascaba.

– Guapo, aféitate, hazlo por mí -decía Cassandra con aquella mirada de soslayo que a Nash le producía cosquillas en los dedos de los pies-. Después te llenaré la cara de besos.

Pensaba en esto. Pensaba en su voz. Todavía le dolía. Ya hacía tiempo que había asumido que le dolería siempre. Se vive con el dolor. El hueco siempre estaría allí.

Se sentó en el asiento del conductor y observó a la gente que cruzaba el aparcamiento del centro comercial en todas direcciones. Estaban todos vivos y respirando, pero Cassandra estaba muerta. Sin duda su belleza ya se habría descompuesto aunque costara de imaginar.

Su teléfono vibró. Un mensaje de Pietra.

En la caja. Ya sale.

Se frotó los ojos rápidamente con los dedos índice y pulgar y bajó del coche. Abrió la puerta trasera de la furgoneta. Su compra, una sillita de coche plegable Cosco Scenera 5-Point, la más barata de la tienda, a cuarenta dólares, estaba fuera de la caja.

Nash miró detrás de él.

Reba Cordova empujaba un carro de la compra rojo con varias bolsas de plástico dentro. Parecía apresurada y feliz, como tantas almas de los barrios residenciales. Pensó en esto, en su felicidad, en si sería real o autoimpuesta. Tenían todo lo que querían. La casa bonita, dos coches, seguridad económica, hijos. Se preguntó si esto era todo lo que necesitaban las mujeres. Pensó en los hombres que trabajaban en los despachos para ofrecerles esta vida y si también se sentían así.

Detrás de Reba Cordova, podía ver a Pietra. Se mantenía a distancia. Nash echó un vistazo alrededor. Un hombre con sobrepeso y los cabellos hippies, barba desordenada y una camiseta teñida se subió los vaqueros de fontanero y fue hacia la entrada. Asqueroso. Nash le había visto dar vueltas con su Chevy Caprice hecho polvo, demorándose hasta encontrar un espacio más cercano que le ahorrara caminar diez segundos. La América gorda.

Nash había situado la puerta lateral de la furgoneta cerca del lado del conductor del Acura. Se inclinó y se puso a manosear el asiento de coche. El espejo lateral del conductor estaba colocado de modo que pudiera verla acercarse. Reba apretó su control remoto y el maletero se abrió. Él espero a que la mujer se acercara.

– ¡Mierda! -gritó.

Gritó lo bastante fuerte para que Reba le oyera, pero en un tono más divertido que enfadado. Se puso de pie y se rascó la cabeza como si estuviera confundido. Miró a Reba Cordova y sonrió de la forma menos amenazadora posible.

– Una sillita de coche -dijo.

Reba Cordova era una mujer bonita con rasgos pequeños de muñeca. Le miró y le dedicó un gesto comprensivo con la cabeza.

– ¿Quién ha escrito estas instrucciones de instalación? -siguió él-. ¿Unos ingenieros de la NASA?

Reba sonrió, compasivamente.

– Es ridículo, sí.

– Del todo. El otro día estaba montando el parque de Roger. Roger es mi hijo de dos años. ¿Tiene usted uno? Me refiero al parque.

– Por supuesto.

– En teoría era fácil de desmontar y plegar, pero bueno, Cassandra, que es mi esposa, dice que no tengo remedio.

– Mi marido tampoco.

Él rió. Ella rió. Nash pensó que tenía una risa simpática. Se preguntó si el marido de Reba la apreciaba, si era un hombre divertido y le gustaba que su esposa de rasgos de muñeca se riera y si todavía se maravillaba al oírla.

– No querría molestarla -dijo, siguiendo con el papel de buena persona, con las manos a la vista-, pero debo recoger a Roger en la guardería y, bueno, Cassandra y yo somos paranoicos de la seguridad.

– Oh, yo también.

– Yo nunca lo llevaría sin sillita de coche y olvidé cambiar la del otro coche y por eso me he parado aquí a comprar una…, bueno, ya sabe de lo que le hablo.

– Lo sé.

Nash levantó el manual y meneó la cabeza.

– ¿Le importaría echar un vistazo?

Reba dudó. Nash lo vio. Una reacción primitiva, más bien un reflejo. Al fin y al cabo era un desconocido. Tanto la biología como la sociedad nos preparan para temer a los desconocidos. Pero la evolución también nos ha dado sutilezas sociales. Estaban en un aparcamiento público y él parecía un buen hombre, un padre y todo eso, y tenía una sillita y, francamente, sería descortés decir que no.

Estas cavilaciones duraron apenas unos segundos, no más que dos o tres, y al final la educación triunfó sobre la supervivencia.

Sucedía a menudo.

– Claro.

Reba guardó sus bultos en el maletero del coche y se acercó a la furgoneta. Nash metió la cabeza en su propio vehículo.

– Para mí que es esta cinta de aquí…

Reba se acercó más. Nash se apartó para dejarle sitio. Echó un vistazo alrededor. El tipo gordo con la barba de forajido y la camiseta teñida seguía balanceándose hacia la entrada, pero no se enteraría de nada que no incluyera un donut. A veces es mejor esconderse a la vista de todos. No dejarse llevar por el pánico, no apresurarse y no armar jaleo.

Reba Cordova se inclinó hacia el interior del coche y esto la condenó.

Nash miró su nuca desnuda. Tardó unos segundos. Metió la mano y apretó el punto detrás de su lóbulo con una mano, mientras le tapaba la boca con la otra. El gesto le cortó eficazmente el paso de la sangre hacia el cerebro.

Agitó las piernas débilmente, pero sólo unos segundos. Él apretó con más fuerza y Reba Cordova se inmovilizó. La metió dentro, saltó detrás de ella y cerró la puerta. Pietra le siguió. Cerró la puerta del coche de Reba. Nash cogió las llaves de la mano de Reba. Con el mando cerró su coche. Pietra fue al asiento del conductor de la furgoneta.

La puso en marcha.

– Espera -dijo Nash.

Pietra se volvió.

– ¿No deberíamos marcharnos enseguida?

– Calma.

Pensó un momento.

– ¿Qué pasa?

– Yo conduciré la furgoneta -dijo-. Quiero que tú te lleves su vehículo.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Porque si lo dejamos aquí, sabrán que fue aquí donde se la llevaron. Si nos llevamos su coche, podríamos confundirlos.

Le lanzó las llaves. Después utilizó unas bridas de plástico para atar a Reba. Le metió un trapo en la boca. Ella forcejeó.

Él le cogió la delicada cara con ambas manos, casi como si estuviera a punto de besarla.

– Si te escapas -dijo, mirando aquellos ojos de muñeca-, me llevaré a Jamie. Y no te gustará. ¿Me has entendido?

El nombre de su hija hizo que Reba se quedara paralizada.

Nash pasó al asiento delantero. A Pietra le dijo:

– Sígueme y conduce con normalidad. Y se pusieron en camino.

Mike intentaba relajarse con su iPod. Aparte del hockey, no tenía otras vías de escape. No había nada que lo relajara de verdad. Le gustaba la familia, le gustaba el trabajo, le gustaba el hockey. El hockey no le duraría mucho. Los años empezaban a pasar factura. Costaba reconocerlo. Gran parte de su trabajo consistía en estar de pie en un quirófano muchas horas seguidas. Años antes, el hockey le había ayudado a mantenerse en forma. Probablemente todavía era bueno para la salud cardiovascular, pero su cuerpo se resentía. Las articulaciones le dolían. Los tirones musculares y los esguinces menores se producían con más frecuencia y tardaban más en curarse.

Por primera vez Mike sentía que estaba en la bajada de la montaña rusa de la vida, los últimos nueve hoyos de la vida, como lo llamaban sus amigos del golf. Lo sabes, está claro. Cuando cumples treinta y cinco o cuarenta, sabes que en cierto modo ya no eres el espécimen físico que fuiste. Pero la negación es un arma muy poderosa. A la tierna edad de cuarenta y seis años, supo que hiciera lo que hiciera el descenso no sólo continuaría sino que se aceleraría.

Un alegre pensamiento.

Los minutos pasaban lentamente. No se molestó en volver a llamar a Adam. Recibiría los mensajes o no. En su iPod, Mat Kearney formulaba la pregunta musical correcta: «¿Adónde vamos ahora?». Intentó cerrar los ojos, fundirse con la música, pero no había manera. Se puso a caminar. Esto tampoco sirvió. Se planteó buscarlo dando una vuelta en coche, pero le pareció una estupidez. Miró su palo de hockey. Tal vez tirar a la portería de fuera le relajaría.

Sonó su móvil. Lo cogió sin mirar el nombre del identificador.

– ¿Diga?

– ¿Se sabe algo?

Era Mo.

– No.

– Voy para allá.

– Vete al partido.

– No.

– Mo…

– Le daré las entradas a otro amigo.

– No tienes otros amigos.

– Bueno, eso es verdad -dijo Mo.

– Mira, démosle media hora más. Deja las entradas en la taquilla.

Mo no contestó.

– ¿Mo?

– ¿Hasta qué punto quieres encontrarlo?

– ¿A qué te refieres?

– ¿Te acuerdas de cuando te pedí que me dejaras ver tu móvil?

– Sí.

– Tu modelo tiene GPS.

– No sé si te sigo.

– GPS. De Sistema de Posicionamento Global.

– Ya sé lo que significa, Mo. ¿A qué te refieres con mi móvil?

– Muchos móviles nuevos vienen con chips de GPS incorporados.

– ¿Como cuando en la tele hacen triangulaciones con las antenas de las torres?

– No. Eso es para la tele. Además es tecnología obsoleta. Empezó hace unos años con un invento llamado localizador personal SIDSA. Se utilizaba básicamente para pacientes de Alzheimer. Lo metías en el bolsillo del tipo y tenía el tamaño de una baraja de cartas y si la persona en cuestión se perdía, podías localizarla. Después uFindKid lanzó algo parecido con móviles para niños. Y ahora lo incorporan a casi todos los móviles de todas las compañías.

– ¿El móvil de Adam tiene GPS?

– Como el tuyo, sí. Puedo darte la dirección de la página. Entras, pagas la tarifa con tarjeta de crédito, clicas y verás un mapa como en un localizador de GPS, como un callejero, con nombres de calles y todo. Te dirá exactamente dónde está el teléfono.

Mike no dijo nada.

– ¿Has oído lo que te he dicho?

– Sí.

– ¿Y?

– Me pongo manos a la obra.

Mike colgó. Entró en la red y buscó la dirección de su compañía de móvil. Introdujo el número de móvil, y tecleó una contraseña. Encontró el programa de GPS, clicó sobre el hipervínculo y aparecieron un puñado de opciones. Ofrecían un mes de servicio de GPS por 49,99 dólares, seis meses por 129,99 dólares y un año por 199,99 dólares. Mike estaba tan atontado que evaluó las alternativas, calculando automáticamente qué le salía más a cuenta, y después sacudió la cabeza y apretó sobre la opción mensual. No quería pensar que todavía estaría haciendo esto dentro de un año, por mucho que saliera más barato.

Tardó unos minutos más en recibir la aprobación y después apareció otra lista de opciones. Mike clicó sobre el mapa. Todos los Estados Unidos aparecieron con un punto sobre su estado de residencia, Nueva Jersey. Vaya, qué práctico. Clicó sobre el icono de ZOOM, una lupa de aumento, y lentamente y casi teatralmente, el mapa se fue detallando, primero la región, después el estado, después la ciudad y, finalmente, la propia calle.

El localizador de GPS colocó un gran punto rojo justo en una calle no muy alejada de donde estaba Mike. Había un recuadro que decía DIRECCIÓN MÁS CERCANA. Mike clicó encima, pero no era realmente necesario. Ya conocía la dirección.

Adam estaba en casa de los Huff.

13

Las nueve de la noche. La oscuridad había envuelto la casa de los Huff.

Mike paró junto a la acera al otro lado de la calle. Había luces dentro de la casa. En la entrada había dos coches. Pensó en cómo enfocar el asunto. Se quedó en el coche y de nuevo probó a llamar a Adam. No obtuvo respuesta. El teléfono fijo de los Huff no estaba en la guía, probablemente porque Daniel Huff era policía. Mike no tenía el móvil de su hijo DJ.

No tenía alternativa.

Intentó pensar en cómo explicaría su presencia sin descubrir su mano. No se le ocurría nada.

¿Ahora qué?

Pensó en volver a casa. El chico era menor. Beber era peligroso, sí, pero ¿no había hecho Mike lo mismo cuando tenía su edad? En el bosque bebían cerveza. En casa de Pepe Feldman hacían fiestas de chupitos. Él y sus amigos no estaban muy metidos en drogas, pero él había frecuentado la casa de su amigo Weed -pista para los padres: si a tu hijo lo apodan «Weed», [2] probablemente tenga poco que ver con actividades legítimas de jardinería- cuando sus padres estaban fuera de lá ciudad.

Mike había sabido volver al camino. ¿Habría sido un adulto más maduro si sus padres se hubieran entrometido así?

Mike miró la puerta. Quizá sería mejor esperar. Quizá debería dejarle beber, divertirse, lo que fuera, y esperar fuera y cuando saliera, Mike podría observarle, asegurarse de que estaba bien. Así no pondría en evidencia a su hijo ni perdería su confianza.

¿Qué confianza?

Adam había dejado sola a su hermana. Adam se negaba a devolverle las llamadas. Y peor aún -por la parte que le tocaba a Mike- ya estaba espiando como un poseso. Él y Tia fisgaban en su ordenador. Se entrometían de la forma más invasiva posible.

Recordó la canción de Ben Folds: «Si no puedes confiar tú, no pueden confiar en ti».

Todavía estaba decidiendo cómo enfocarlo cuando se abrió la puerta principal de los Huff. Mike se deslizó hacia abajo en el asiento, y se sintió como un imbécil. Pero no vio a ningún chico saliendo de la casa. Era el capitán Daniel Huff de la policía de Livingston.

El padre que se suponía que no estaba.

Mike no sabía qué hacer. Pero no importaba realmente. Daniel Huff caminaba con decisión y en línea recta hacia Mike. No dudaba. Huff tenía un destino claro.

El coche de Mike.

Mike se incorporó. Daniel Huff le miró. No le saludó ni sonrió; tampoco frunció el ceño ni parecía aprensivo. Sería porque Mike sabía a qué se dedicaba Huff, pero le pareció un policía que le acabara de parar y mantuviera una expresión neutra como si esperara que reconocieras que ibas demasiado deprisa o tenías un cargamento de drogas en el maletero.

Cuando Huff estuvo cerca, Mike bajó la ventanilla y forzó una sonrisa.

– Hola, Dan -dijo Mike.

– Mike.

– ¿Iba demasiado deprisa, agente?

Huff sonrió forzadamente ante un chiste tan malo. Llegó hasta el coche.

– Permiso y papeles del coche, por favor.

Los dos rieron, aunque no les pareciera la broma especialmente hilarante. Huff apoyó las manos en las caderas. Mike intentó decir algo. Sabía que Huff esperaba una explicación. Pero Mike no estaba seguro de querer darle ninguna.

Las risas se acabaron y pasaron unos segundos de incomodidad, hasta que Daniel Huff fue al grano.

– Te he visto aparcado aquí, Mike.

Calló y Mike dijo:

– Ya.

– ¿Va todo bien?

– Sí.

Mike intentó no enfadarse. Eres poli, ¿y qué? ¿Quién aborda a los amigos en la calle así si no es un pedante con complejo de superioridad? Aunque por otro lado, sí era raro ver a un conocido realizando algo parecido a una vigilancia frente a tu domicilio.

– ¿Te apetece entrar?

– Estoy buscando a Adam.

– ¿Por eso estás aquí aparcado?

– Sí.

– ¿Y por qué no has llamado a la puerta?

Ni que fuera Colombo.

– Primero quería hacer una llamada.

– No te he visto llamar con el móvil.

– ¿Cuánto hace que me observas, Dan?

– Unos minutos.

– El coche tiene teléfono. Un manos libres. Es la ley, ¿no?

– Cuando estás aparcado no hace falta. Cuando estás aparcado, puedes llevarte el teléfono al oído.

Mike se estaba cansando de aquel baile.

– ¿Adam está con DJ?

– No.

– ¿Estás seguro?

Huff arrugó la frente. Mike aprovechó el silencio.

– Creía que los chicos habían quedado aquí esta noche -dijo Mike.

– ¿Qué te ha hecho pensar eso?

– Creía que era lo que habían dicho. Que tú y Marge estabais fuera y que habían quedado aquí.

Huff arrugó aún más la frente.

– ¿Que yo estaría fuera?

– El fin de semana. Algo así.

– ¿Y creías que dejaría que unos adolescentes se reunieran en mi casa sin supervisión?

Aquello no iba por buen camino.

– ¿Por qué no llamas a Adam?

– Le he llamado. Parece que su teléfono no funciona. Se olvida siempre de cargarlo.

– ¿Y has decidido venir?

– Así es.

– ¿Y te has sentado en el coche y no has llamado?

– Mira, Dan, ya sé que eres policía, pero no me atosigues, por favor. Sólo estoy buscando a mi hijo.

– Aquí no está.

– ¿Y DJ? Tal vez él sepa dónde está Adam.

– Tampoco está aquí.

Esperó a que Huff se ofreciera a llamar a su hijo. No lo hizo. Mike no quiso insistir. Ya había ido demasiado lejos. Si habían planeado celebrar una fiesta de alcohol y drogas en casa de los Huff, la habían desconvocado. No quería seguir hablando con aquel hombre hasta que supiera más cosas. Huff nunca le había caído bien y ahora menos aún.

De todos modos, ¿qué explicación tenía lo del GPS?

– Me he alegrado de verte, Mike. -Lo mismo te digo. -Si ves a Adam…

– Le diré que te llame. Que pases una buena noche. Conduce con cuidado.

– «Los bigotes de los garitos» -dijo Nash.

Pietra estaba otra vez al volante. Nash la había hecho seguirle durante aproximadamente cuarenta y cinco minutos. Dejaron el monovolumen en un aparcamiento cerca de un Ramada, en East Hanover. Cuando lo encontraran, lo primero que pensarían era que Reba había desaparecido allí. La policía se preguntaría por qué una mujer casada estaba en el aparcamiento de un hotel tan cerca de su casa. Pensarían que tenía una aventura con un hombre. Su marido insistiría en que era imposible.

Finalmente, como en el caso de Marianne, descubrirían la verdad. Pero ganarían tiempo.

Se llevaron lo que Reba había comprado en el Target. Dejarlo en el coche habría sido una pista para la policía. Nash registró las bolsas. Había comprado ropa interior, libros y algunas películas en DVD para toda la familia.

– ¿Has oído lo que he dicho, Reba? -Levantó la caja del DVD-. «Los bigotes de los garitos.»Reba estaba atada como un cerdo. Sus rasgos de muñeca seguían pareciendo delicados, de porcelana. Nash le había retirado la mordaza. Le miró y gimió.

– No te resistas -dijo él-. Sólo conseguirás que te duela más. Y ya sufrirás bastante dentro de poco.

Reba tragó saliva.

– ¿Qué… qué quiere?

– Te estoy preguntando por la película que has comprado. -Nash levantó la funda del DVD-. Sonrisas y lágrimas. Un clásico.

– ¿Quién es usted?

– Si me haces una pregunta más, empezaré a hacerte daño inmediatamente. Esto significa que sufrirás más y morirás antes. Y si me haces enfadar, cogeré a Jamie y le haré lo mismo a ella. ¿Me comprendes?

Los ojitos parpadearon como si él la hubiera abofeteado. Se le saltaron las lágrimas.

– Por favor…

– Te acuerdas de Sonrisas y lágrimas, ¿sí o no?

Ella intentó parar de llorar y reprimir las lágrimas.

– ¿Reba?

– Sí.

– ¿Sí qué?

– Sí -logró decir ella-. Me acuerdo.

Nash le sonrió.

– Y de la frase «los bigotes de los garitos». ¿Te acuerdas?

– Sí.

– ¿De qué canción era?

– ¿Qué?

– La canción. ¿Recuerdas el título de la canción?

– No lo sé. ›-Claro que sí, Reba. Piensa un poco.

Lo intentó, pero él sabía que el miedo podía tener un efecto paralizante.

– Estás confundida -dijo Nash-. No pasa nada. Es de la canción «My favourite things». ¿Te acuerdas ahora?

Ella asintió. Después se acordó y dijo:

– Sí.

Nash sonrió complacido.

– Timbres -dijo.

Ella parecía totalmente perdida.

– ¿No te acuerdas de esta parte? Julie Andrews está sentada con todos los niños y tienen pesadillas o les asustan los truenos o yo qué sé y ella intenta consolarlos y les dice que piensen en sus cosas favoritas. Para que se olviden del miedo. Te acuerdas, ¿no?

Reba empezó a llorar otra vez, pero logró asentir con la cabeza.

– Y cantan «Timbres». Nada más y nada menos que timbres. Es la monda. Podría preguntar a un millón de personas que enumerara sus cinco cosas favoritas en el mundo y nadie, absolutamente nadie, diría timbres. Por Dios, imagínate: «¿Mi cosa favorita? Bueno, por supuesto, los timbres. Sí, señor, ésa es mi cosa favorita. Un timbre de las narices. Sí, cuando me apetece darme una alegría, cuando quiero un subidón, llamo a un timbre. Es el no va más. ¿Sabes lo que me pone? Uno de esos timbres que suenan como una campana. Sí, ésos son el summum de los timbres».

Nash calló, soltó una risita y meneó la cabeza.

– Podrían ponerlo en el concurso de la tele, el de las familias, ¿eh? Las diez primeras respuestas en el tablero, tus cosas favoritas, y vas tú y dices «timbres» y Richard Dawson se da la vuelta y dice: «las encuestas dicen…».

Nash soltó un zumbido y formó una X con los brazos.

Se rió y Pietra también.

– Por favor -dijo Reba-. Por favor, dígame lo que quiere.

– Ya llegaremos a eso, Reba. Llegaremos. Pero te daré una pista.

Ella esperó.

– ¿El nombre de Marianne te dice algo?

– ¿Qué?

– Marianne.

– ¿Qué pasa con ella?

– Te mandó algo.

La expresión de terror se multiplicó.

– No me haga daño, por favor.

– Lo lamento, Reba. Voy a hacerte daño. Voy a hacerte muchísimo daño.

Y entonces se trasladó a la parte posterior de la furgoneta y cumplió su palabra.

14

Cuando Mike llegó a casa, cerró la puerta de golpe y se dirigió al ordenador. Quería buscar la página del GPS y ver exactamente dónde estaba Adam. Lo pensó un momento. El GPS era aproximado, no exacto. ¿Podía estar Adam en el vecindario? ¿Quizá una calle más abajo? ¿En el bosque o en el patio trasero de los Huff?

Estaba a punto de teclear la página cuando oyó que llamaban a la puerta. Suspiró, se levantó y miró por la ventana. Era Susan Loriman.

Abrió la puerta. Llevaba el cabello suelto y no iba maquillada, y de nuevo Mike se detestó por pensar que era una mujer muy atractiva. Hay mujeres que tienen algo. No se puede definir exactamente qué. La cara y el cuerpo son bonitos, a veces espectaculares, pero hay algo intangible, aquello que hace que a un hombre le tiemblen las rodillas. Mike nunca haría nada al respecto, pero si no lo reconocías como lo que era y eras consciente de que existía, podía ser aún más peligroso.

– Hola -dijo ella.

– Hola.

No entró. Esto daría que hablar en el vecindario si algún vecino estaba observando y en un barrio como aquél era probable que alguno lo estuviera haciendo. Susan se quedó en el escalón, con los brazos cruzados, como si fuera una vecina que pedía una taza de azúcar.

– ¿Sabes por qué te he llamado? -preguntó Mike.

Ella negó con la cabeza.

Mike se planteó cómo enfocar el asunto.

– Como sabes, necesitamos hacer la prueba a los parientes más cercanos biológicamente a tu hijo.

– De acuerdo.

Mike pensó en el rechazo de Daniel Huff, en el ordenador del piso de arriba, en el GPS del móvil de su hijo. Mike deseaba decírselo con delicadeza, pero no tenía tiempo para sutilezas.

– Esto significa que necesitamos hacer la prueba al padre biológico de Lucas -dijo.

Susan parpadeó como si la hubiera abofeteado.

– No quería soltártelo así…

– Le habéis hecho la prueba a su padre. Habéis dicho que no era compatible.

Mike la miró.

– A su padre biológico -repitió.

Ella parpadeó y retrocedió un paso.

– ¿Susan?

– ¿No es Dante?

– No. No es Dante.

Susan Loriman cerró los ojos.

– Oh, Dios mío -exclamó-. No puede ser.

– Pues sí.

– ¿Estás seguro?

– Sí. ¿No lo sabías?

Ella no dijo nada.

– ¿Susan?

– ¿Vas a decírselo a Dante?

Mike no sabía qué responder.

– No lo creo.

– ¿Qué no crees?

– Todavía estamos discutiendo las implicaciones éticas y legales del asunto.

– No podéis decírselo. Se pondrá como loco.

Mike esperó.

– Le quiere mucho. No podéis arrebatárselo.

– Nuestra única preocupación es el bienestar de Lucas.

– ¿Y crees que decirle a Dante que no es su padre le ayudará?

– No, pero escúchame, Susan. Nuestra principal preocupación es la salud de Lucas. Es nuestra prioridad. Esto pasa por encima de cualquier otra preocupación. Ahora esto significa encontrar al mejor donante posible para el trasplante. De modo que no te lo estoy diciendo para husmear o para romper una familia, te lo digo como médico. Tenemos que hacer una prueba al padre biológico.

Ella bajó la cabeza. Tenía los ojos húmedos. Se mordió el labio inferior.

– ¿Susan?

– Necesito pensar -dijo.

En circunstancias normales, Mike habría insistido, pero entonces no creyó que hubiera motivos. Esta noche no sucedería nada y él ya tenía bastantes preocupaciones.

– Necesitamos hacerle la prueba al padre.

– Déjame que lo piense.

– De acuerdo.

Le miró con ojos tristes.

– No se lo digas a Dante, Mike, por favor.

No esperó a que le respondiera. Se volvió y se marchó. Mike cerró la puerta y se fue arriba. La pobre llevaba dos semanas espantosas. «Susan Loriman, tu hijo puede tener una enfermedad mortal y necesita un trasplante. ¡Ah, y tu marido está a punto de saber que su hijo no es suyo! ¿Qué más? ¡Nos vamos a Disneylandia!»La casa estaba muy silenciosa. Mike no estaba acostumbrado. Intentó recordar la última vez que había estado en ella solo, sin niños y sin Tia, pero no encontró respuesta. A él le gustaba estar solo. Tia era todo lo contrario. Siempre quería tener gente alrededor. Procedía de una gran familia y no soportaba estar sola. Mike normalmente disfrutaba de la soledad.

Volvió al ordenador y clicó sobre el icono. Había guardado el sitio del GPS. Una cookie había archivado el nombre de registro, pero necesitó introducir la contraseña. Así lo hizo. Tenía una voz en la cabeza que le gritaba que lo dejara correr. Adam tenía que hacer su vida. Tenía que vivir y aprender de sus propios errores.

¿Estaba siendo demasiado protector para compensar su propia infancia?

El padre de Mike nunca estaba en casa. No era culpa suya, evidentemente. Era un inmigrante de Hungría, que huyó en 1956, justo antes de que Budapest cayera. Su padre, Antal Baye -pronunciado bye y no boy, y era de origen francés aunque nadie había podido rastrear el árbol genealógico hasta tan lejos- no hablaba una palabra de inglés cuando llegó a Ellis Island. Empezó como lavaplatos, ahorró lo suficiente para abrir un pequeño restaurante cerca de la autopista McCarter en Newark, trabajó sin parar siete días a la semana, y construyó una vida para sí mismo y para su familia.

El restaurante servía tres comidas, vendía libros de cómics y cromos de béisbol, periódicos y revistas, cigarros y tabaco. Los billetes de lotería eran un buen negocio, pero a Antal nunca le gustó venderlos. Creía que hacían un mal servicio a la sociedad, que animaban a la clientela trabajadora a tirar su dinero en falsos sueños. No le importaba vender tabaco, porque esto era una opción personal y sabías dónde te metías. Pero lo de vender un sueño falso de dinero fácil le fastidiaba.

Su padre nunca tuvo tiempo para los partidos de hockey de alevines de Mike, por descontado. Los hombres como él no hacían estas cosas. Le interesaba todo de su hijo, le preguntaba constantemente por el deporte, quería saber todos los detalles, pero su horario laboral no le permitía ninguna clase de actividad de ocio, y mucho menos sentarse a mirar. La única vez que había ido, cuando Mike tenía nueve años y jugaba un partido al aire libre, su padre, agotado por el trabajo, se quedó dormido apoyado en un árbol. Aquel día Antal también llevaba su delantal de trabajo, con manchas de grasa de los bocadillos de panceta de la mañana que habían salpicado su blancura.

Así era como Mike veía siempre a su padre, con aquel delantal blanco, detrás de la barra, vendiendo caramelos a los niños, vigilando a los ladronzuelos y preparando con rapidez bocadillos y hamburguesas.

Cuando Mike tenía doce años, su padre intentó impedir que un gamberro del barrio le robara. El gamberro disparó contra su padre y le mató. Así, sin más.

El restaurante se cerró. Su madre se refugió en la botella y no salió hasta que un Alzheimer precoz la devoró hasta el punto de que no notaba la diferencia entre la enfermedad y la embriaguez del alcohol. Ahora vivía en una residencia en Caldwell. Mike la visitaba una vez al mes. Su madre no tenía ni idea de quién era. A veces le llamaba Antal y le preguntaba si quería que le preparara una ensalada de patatas para el almuerzo de los clientes.

Así era la vida. Tomar decisiones difíciles, dejar tu casa y a las personas queridas, abandonar todo lo que tienes, viajar por medio mundo hasta una tierra desconocida, construir una vida para ti y entonces una escoria inútil le ponía fin apretando un gatillo.

Aquella rabia temprana acabó concentrándose en el joven Mike. O la canalizaba o la interiorizaba. Se volvió mejor jugador de hockey. Se volvió mejor estudiante. Estudió y trabajó mucho y se mantuvo ocupado, porque cuando estás ocupado no piensas en lo que podría haber pasado.

Apareció el mapa en el ordenador. Esta vez el punto rojo parpadeaba. Esto significaba, y Mike lo sabía por la pequeña introducción, que la persona estaba en movimiento, probablemente en un coche. Para conservar energía, en lugar de parpadear todo el rato, daba una señal cada tres minutos. Si la persona dejaba de moverse durante cinco minutos, el GPS se paraba, y volvía a ponerse en marcha cuando percibía movimiento.

Su hijo estaba cruzando el George Washington Bridge.

¿Por qué estaría haciendo Adam esto?

Mike esperó. Estaba claro que Adam iba en coche. ¿El coche de quién? Mike observó el parpadeo rojo cruzando el Cross Bronx Expressway y bajando por Major Deegan, hasta el Bronx. ¿Adónde iba? No tenía sentido. Veinte minutos después, el punto rojo paró de moverse en Tower Street. Mike no conocía en absoluto aquella zona.

¿Y ahora qué?

¿Quedarse mirando el punto rojo? Esto tampoco tenía mucho sentido. Pero si se marchaba e intentaba localizar a Adam, él podía moverse otra vez.

Mike contempló el punto rojo.

Clicó sobre el icono que le diría la dirección. Le salió 128 Tower Street. Clicó sobre el vínculo de la dirección. Era una residencia. Pidió una visión de satélite, esto era cuando el mapa se convertía exactamente en lo que su nombre insinuaba: una foto de un satélite sobre la calle. Le mostró muy poco, la parte de arriba de los edificios en medio de una calle de una ciudad. Bajó por la calle y clicó en los vínculos de direcciones. No salió gran cosa.

¿Qué o a quién iba a visitar?

Pidió el número de teléfono de 128 Tower Street. Era una finca de pisos y no tenía. Necesitaba un número de apartamento.

¿Ahora qué?

Tocó el Callejero. La dirección de INICIO o por defecto se llamaba «home», hogar. Una palabra tan simple que de repente parecía tan cálida y personal. El borrador le dijo que tardaría cuarenta y nueve minutos en llegar.

Decidió ir a ver qué encontraba.

Mike cogió el portátil con la batería incorporada. Su plan era que, si Adam ya no estaba allí, conduciría hasta que pirateara la red sin cable de alguien y volvería a buscar la situación de Adam en el GPS.

Dos minutos después, Mike subió al coche y se marchó.

15

Al parar en Tower Street, no muy lejos de donde el GPS había dicho que estaba Adam, Mike escrutó la manzana buscando a su hijo o alguna cara o vehículo conocido. ¿Alguno de ellos ya conducía? Creía que Olivia Burchell sí. ¿Ya había cumplido diecisiete? No estaba seguro. Quería mirar el GPS, comprobar si Adam seguía en aquella zona. Aparcó y miró su portátil. No detectó ninguna red.

La multitud que pasaba junto a la ventana de su coche era joven y vestía de negro, con caras pálidas, pintalabios oscuros y máscara de ojos. Llevaban cadenas y tenían raros piercings faciales (y probablemente corporales) y, evidentemente, los consabidos tatuajes, la mejor manera de demostrar que eres independiente y enrollado: haciendo lo mismo que hacen tus amigos. Nadie está cómodo en su propia piel. Los chicos pobres quieren parecer ricos, con zapatillas de deporte caras y joyas y cosas así. Los ricos quieren parecer pobres, pandilleros, disculpándose por su blandura y lo que consideran excesos de sus padres, que, sin ninguna duda, ellos emularán algún día. ¿O lo que sucedía aquí era menos espectacular? ¿Simplemente la hierba era más verde al otro lado? Mike no estaba seguro.

De todos modos se alegraba de que a Adam sólo le hubiera dado por la ropa negra. Por ahora, ni piercings, ni tatuajes ni maquillaje. Por ahora.

Los emos -ya no se llamaban góticos, según Jill, aunque su amiga Yasmin había insistido en que eran dos entidades distintas y esto provocó un acalorado debate- dominaban aquella zona concreta. Pastaban por ahí con la boca abierta, los ojos inexpresivos y malas posturas. Algunos hacían cola frente a un club nocturno en una esquina, otros frecuentaban un bar u otro. Había un lugar que anunciaba «disco 24 horas seguidas» y Mike no pudo evitar preguntarse si sería cierto, si realmente abrirían cada día, incluso a las cuatro de la tarde o a las dos de la madrugada. ¿Y el día de Navidad por la mañana o el 4 de julio? ¿Y quiénes serían los pobres infelices que trabajaban o frecuentaban un local así a esas horas?

¿Podría ser que Adam estuviera dentro?

No había manera de saberlo. En las calles había docenas de locales como ése. Montaban guardia tipos enormes con auriculares a los que normalmente se asocia con el Servicio Secreto o con los empleados de las tiendas Old Navy. Antes sólo algunos clubes tenían gorilas. Ahora parecía que todos los locales tenían al menos dos tíos cachas en la puerta, siempre con una camiseta negra ajustada que dejaba a la vista unos bíceps hinchados, siempre con la cabeza rapada como si los cabellos fueran un signo de debilidad.

Adam tenía dieciséis años. Aquellos locales no debían permitir la entrada a nadie que no tuviera veintiún años. Era poco probable que Adam, ni siquiera con un carné falso, pudiera entrar. Pero ¿quién sabe? Quizá había un club en aquel barrio que era famoso por hacer la vista gorda. Esto explicaría por qué Adam y sus amigos habían ido tan lejos. Satín Dolls, el famoso club para caballeros que se utilizó para el Bada Bing! de Los Soprano, estaba a poca distancia de esta casa. Pero a Adam no le permitirían entrar.

Tenía que ser por eso por lo que había ido hasta tan lejos.

Mike siguió calle abajo con el portátil al lado, en el asiento del pasajero. Se paró en una esquina y apretó redes inalámbricas. Aparecieron dos, pero ambas con sistema de seguridad. No pudo entrar. Mike avanzó cien metros más y lo intentó de nuevo. La tercera vez tuvo suerte. Apareció la red «Netgear» sin ningún sistema de seguridad. Mike apretó rápidamente la tecla de conexión y entró en Internet.

Ya tenía la página del GPS archivada en los favoritos y no le costó abrirla y teclear una contraseña sencilla: Adam. Esperó.

Apareció el mapa. El punto rojo no se había movido. Según la notificación, el GPS sólo daba una localización con un margen de doce metros. De modo que era difícil precisar con exactitud dónde estaba Adam, pero sin duda estaba cerca. Mike cerró el ordenador.

Bueno, ¿ahora qué?

Encontró un hueco delante y aparcó. El barrio podía calificarse compasivamente de mugriento. Había más ventanas tapadas con tablones que con algo parecido a una familia convencional detrás. Todos los ladrillos parecían de un marrón embarrado y en distintos estadios de desintegración o derrumbamiento. El olor a sudor y algo más difícil de definir impregnaban el ambiente. Los escaparates de las tiendas tenían las persianas de metal llenas de sucios grafitis bajadas a modo de protección. Mike sentía el calor de su propia respiración en la garganta. Todos parecían estar sudando.

Las mujeres llevaban camisetas de tirantes y pantalones muy cortos, y a riesgo de parecer un anticuado sin remedio y políticamente incorrecto, no estaba seguro de si eran adolescentes de marcha o profesionales.

Bajó del coche. Una mujer alta y negra se le acercó y dijo:

– Eh, guapo, ¿quieres divertirte con Latisha?

Tenía la voz grave. Las manos grandes. Mike ya no estaba seguro de que fuera una mujer.

– No, gracias.

– ¿Seguro? Te abriría nuevos mundos.

– No tengo ninguna duda, pero mis mundos están ya bastante abiertos.

Unos pósteres de grupos de los que nadie había oído hablar, con nombres como Frotis y Gonorrea Pus, empapelaban todos los huecos. En un escalón, una madre mecía a su bebé en la cadera, con la cara brillante de sudor, y una bombilla solitaria detrás de ella. Mike vio un aparcamiento improvisado en un callejón abandonado. El rótulo decía toda la noche, 10 dólares. Un hombre hispano, con una camiseta de tirantes y pantalones cortados, estaba de pie en la entrada, contando dinero. Vio a Mike y dijo:

– ¿Desea algo?

– Nada.

Mike siguió adelante. Encontró la dirección que le mostraba el GPS. Era una residencia sin ascensor atrapada entre dos ruidosos bares. Miró dentro y vio una docena de timbres. Sin nombres en los timbres, sólo números y letras que indicaban los pisos.

¿Ahora qué?

No tenía ni idea.

Podía esperar aquí a Adam. Pero ¿de qué le serviría? Eran las diez de la noche. Los locales empezaban a llenarse. Si su hijo estaba de fiesta y le había desobedecido descaradamente, podían pasar horas antes de que saliera. ¿Y entonces qué? Mike saltaría frente a Adam y sus amigos y diría: «¡Aja, te pillé!». ¿Serviría de algo? ¿Cómo explicaría Mike su presencia?

¿Qué querían sacar Mike y Tia con aquello?

Éste era otro de los problemas de espiar. Olvidemos por un momento la evidente vulneración de la intimidad. Estaba el tema de la autoridad. ¿Qué haces cuando descubres que ocurre algo? ¿Intervenir y perder la confianza de tu hijo no es tan perjudicial como una noche de desmadre y alcohol?

Depende.

Mike quería asegurarse de que su hijo estaba a salvo. Nada más. Recordó lo que había dicho Tia de que su obligación era conducirlos a salvo hasta la edad adulta. Era cierto en parte. Los años de la adolescencia estaban repletos de angustia, impulsados por las hormonas, rebosantes de emociones. Y un día se acababa y eras un adulto, y todo ocurría con mucha rapidez. No podías decirle esto a un adolescente. Si pudieras transmitir una ínfima parte de sabiduría a un adolescente, sería muy fácil. Esto también pasará, y pasará muy pronto. No te escucharían, por supuesto, porque ésta es la gracia y la miseria de la juventud.

Pensó en los mensajes instantáneos de Adam con Cejota8115. Pensó en la reacción de Tia y su propio instinto. No era una persona religiosa y no creía en poderes psíquicos ni nada por el estilo, pero no le gustaba ir en contra de lo que describiría como ciertas vibraciones, tanto en su vida personal como profesional. Había momentos en que las cosas sencillamente se torcían. Podía tratarse de un diagnóstico médico o de qué ruta seguir en un viaje largo en coche. Era algo en el ambiente, un crujido, un silencio, pero Mike había aprendido que era preferible no ignorarlo.

En ese momento todas las vibraciones estaban gritando que su hijo tenía graves problemas.

Debía encontrarlo.

¿Cómo?

No tenía ni idea. Siguió subiendo por la calle. Varias prostitutas se le ofrecieron. La mayor parte parecían varones. Un tipo con un traje de ejecutivo afirmaba «representar» un surtido de damas «ardientes» y Mike sólo tenía que darle una lista de atributos físicos y deseos y el presunto representante le facilitaría la pareja o parejas adecuadas. De hecho, Mike escuchó el discurso del vendedor antes de rechazarlo.

No dejaba de mirar a todas partes. Algunas chicas jóvenes ponían mala cara cuando sentían su mirada. Mike se dio cuenta de que probablemente era la persona más mayor de aquella calle tan poblada. Notó que todos los clubes hacían esperar a la clientela al menos unos minutos. Uno tenía una lastimosa cuerda de terciopelo de un metro de longitud aproximadamente, y el tipo hacía que todos los que querían entrar esperaran detrás de ella al menos diez segundos antes de abrir la puerta.

Mike estaba doblando a la derecha cuando algo le llamó la atención.

Una chaqueta universitaria.

Dio la vuelta rápidamente y vio al hijo de los Huff caminando en dirección contraria.

O al menos parecía DJ Huff. Llevaba la chaqueta universitaria que el chico no se quitaba nunca. Por lo tanto quizá sí era él. Lo más probable.

No, pensó Mike, estaba seguro. Era DJ Huff.

Había desaparecido por una calle lateral. Mike se ajustó al ritmo del chico y le siguió. Cuando le perdió de vista empezó a trotar.

– ¡Calma, abuelo!

Había tropezado con un chico con la cabeza rapada y una cadena colgando del labio inferior. Sus colegas rieron por lo de abuelo. Mike frunció el ceño y pasó por su lado. La calle estaba llena a reventar, a cada paso parecía haber más gente. Al llegar a la siguiente travesía, los siniestros góticos -perdón, emos- parecieron disminuir en favor de los hispanos. Mike oyó hablar español. La piel blanca de polvos de talco había pasado a tonalidades oliváceas. Los hombres llevaban camisas de vestir desabrochadas hasta la cintura para que se viera la camiseta blanca y brillante de canalé de debajo. Las mujeres eran unas salseras sexis que llamaban «conos» a sus hombres y llevaban trajes tan ceñidos que parecían más bien fundas para salchichas que ropa.

Delante Mike vio a DJ Huff entrando en otra calle. Parecía que llevara un móvil pegado a la oreja. Mike se apresuró para atraparlo… pero ¿qué haría entonces? Otra vez. Detenerlo y decir «¡Aja!». Quizá sí. Quizá sólo le seguiría, vería qué estaba haciendo. Mike no sabía qué estaba ocurriendo, pero no le hacía ninguna gracia. Empezaba a sentir escalofríos de miedo en la nuca.

Dobló a la derecha.

Y el chico de los Huff no se veía por ninguna parte.

Mike se paró. Intentó calcular la velocidad y cuánto tiempo había pasado. Había un local a media manzana de distancia. Era la única puerta visible. A la fuerza DJ Huff tenía que haber entrado allí. La cola era larga, la más larga que había visto Mike. Tenía que haber cientos de chicos. Era una mezcla de emos, hispanos, afroamericanos, incluso un puñado de lo que se solía llamar yupis.

¿Huff no tendría que hacer cola?

Tal vez no. Había un guardaespaldas enorme detrás de una cuerda de terciopelo. Una limusina muy larga paró enfrente. Dos chicas de piernas largas bajaron. Un hombre palmo y medio más bajo que las chicas patilargas se colocó entre ellas como si fueran un derecho adquirido. El guardia armario abrió la cuerda de terciopelo, de unos tres metros, y los dejó entrar.

Mike corrió hacia la entrada. El gorila -un negro grandote con brazos del diámetro de una secuoya mediana- miró a Mike con expresión aburrida, como si fuera un objeto inanimado. Tal vez una silla. Una cuchilla de afeitar desechable.

– Necesito entrar -dijo Mike.

– Nombre.

– No estoy en ninguna lista.

El gorila lo miró un momento más.

– Creo que mi hijo podría estar dentro. Es menor.

El gorila no dijo nada.

– Mire -dijo Mike-. No quiero problemas…

– Entonces póngase a la cola. Aunque no creo que consiga entrar.

– Esto es una emergencia. Su amigo ha entrado hace un par de segundos. Se llama DJ Huff.

El gorila se acercó un paso más. Primero su torso, grande como para utilizarlo de pista de squash, y después el resto.

– Voy a tener que pedirle que se aparte.

– Mi hijo es menor.

– Ya le he oído.

– Tengo que sacarlo o podría haber complicaciones.

El gorila se pasó la mano de guante de béisbol por la calva negra y pulcramente afeitada.

– Complicaciones, dice.

– Sí.

– Vaya, ahora sí que me ha puesto nervioso.

Mike cogió la cartera y sacó un billete.

– No se moleste -dijo el gorila-. No entrará.

– No lo comprende.

El gorila dio otro paso. Su torso estaba casi contra la cara de Mike. Mike cerró los ojos, pero no retrocedió. El entrenamiento de hockey, no retroceder nunca. Abrió los ojos y miró fijamente al hombretón.

– Retroceda -dijo Mike.

– Tendrá que apartarse, ahora.

– He dicho que retroceda.

– No pienso moverme.

– He venido a llevarme a mi hijo.

– Aquí no hay ningún menor.

– Quiero entrar.

– Pues póngase a la cola.

Mike mantuvo los ojos fijos en los del hombretón. Ninguno de los dos se movió. Parecían luchadores, aunque en diferentes clases de peso, que recibieran instrucciones en el centro del ring. Mike sintió un chisporroteo en el ambiente. Sintió un cosquilleo en las extremidades. Sabía pelear. No se llega tan lejos en el hockey sin saber utilizar los puños. Se preguntó si aquel tipo sería de verdad o sólo un despliegue de músculos.

– Voy a entrar -dijo Mike.

– ¿En serio?

– Tengo amigos en el departamento de policía -dijo Mike, un farol-. Harán una redada. Si encuentran menores, los hundirán.

– Vaya, vaya, qué miedo me da.

– Apártese de mi camino.

Mike se movió hacia la derecha. El gran guardaespaldas le siguió, obstruyéndole el paso.

– ¿Se da cuenta -dijo el grandullón- de que estamos a punto de pegarnos?

Mike conocía la norma de oro: nunca demuestres miedo.

– Sí.

– Se hace el duro, ¿eh?

– ¿Preparado?

El gorila sonrió. Tenía unos dientes impresionantes, de un blanco perlado en contraste con la piel negra.

– No. ¿Quiere saber por qué? Porque aunque fuera más duro de lo que yo creo, cosa que dudo, tengo a Reggie y a Tyrone aquí. -Señaló con el pulgar a dos tipos grandotes vestidos de negro-. No nos han puesto aquí para probar nuestra virilidad avasallando a un pobre tonto, de modo que no necesitamos pelear limpio. Si usted y yo nos pegamos -lo dijo imitando burlonamente el tono de Mike-, tomarán parte. Reggie tiene una porra eléctrica de la policía. ¿Me entiende?

El gorila cruzó los brazos, y entonces fue cuando Mike vio los tatuajes.

Tenía una gran letra D en el antebrazo.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Mike.

– ¿Qué?

– Cómo se llama -repitió Mike-. Su nombre.

– Anthony.

– ¿Y su apellido?

– ¿Y a usted qué le importa?

Mike señaló el tatuaje.

– La D tatuada.

– Eso no tiene nada que ver con mi nombre.

– ¿Dartmouth?

Anthony el gorila se le quedó mirando. Después asintió lentamente.

– ¿Y usted?

– Vox clamantis in deserto -dijo Mike, repitiendo el lema de la universidad.

Anthony dio la traducción:

– Una voz llorando en el desierto. -Sonrió-. Nunca lo entendí.

– Yo tampoco -dijo Mike-. ¿Juega?

– A fútbol. Universitario. ¿Y usted?

– Hockey.

– ¿Universitario?

– Y mejor jugador aficionado nacional -dijo Mike.

Anthony arqueó una ceja, impresionado.

– ¿Tiene hijos, Anthony?

– Tengo uno de tres años.

– Si supiera que su hijo está en un lío, ¿Reggie, Tyrone y usted mismo le impedirían entrar?

Anthony soltó un gran suspiro.

– ¿Por qué está tan seguro de que su hijo está dentro?

Mike le contó que había visto a DJ Huff con la chaqueta universitaria.

– ¿Ese chaval? -Anthony sacudió la cabeza-. No ha entrado aquí. ¿Se cree que dejaría entrar a un pringado de instituto con una chaqueta universitaria? Ha entrado en el callejón.

Señaló una calle a unos diez metros.

– ¿Sabe adónde va a parar? -preguntó Mike.

– No tiene salida, creo. No he ido nunca. No tengo ninguna razón para ir. Es para yonquis y similares. Oiga, necesito que me haga un favor.

Mike esperó.

– Todos miran cómo nos las tenemos. Si le dejo marchar, pierdo credibilidad y yo vivo de eso. ¿Sabe por dónde voy?

– Sí.

– O sea que voy a cerrar los puños y usted se largará aterrado como una niña. Puede irse corriendo al callejón si quiere. ¿Me ha entendido?

– ¿Puedo pedirle una cosa primero?

– ¿Qué?

Mike sacó la cartera.

– Ya se lo he dicho -dijo Anthony-, no quiero.

Mike le enseñó una foto de Adam.

– ¿Ha visto a este chico?

Anthony tragó saliva con dificultad.

– Es mi hijo. ¿Le ha visto?

– No está aquí.

– No es lo que le he preguntado.

– No le he visto nunca. ¿Y ahora?

Anthony agarró a Mike de la solapa y cerró el puño. Mike se encogió y gritó.

– No, por favor, lo siento, ¡ya me voy!

Se apartó y Anthony lo soltó. Mike echó a correr. Detrás de él oyó que Anthony gritaba:

– Sí, tío, ya puedes correr…

Algunos clientes aplaudieron. Mike corrió toda la manzana y giró en el callejón. Casi tropezó con una hilera de contenedores. Sintió que rompía cristales con los zapatos. Se paró de golpe, miró adelante, y vio a otra prostituta. O al menos se imaginó que era una prostituta. Estaba apoyada en un contenedor marrón como si formara parte de él, como si fuera una extremidad más, como si después de que el contenedor desapareciera ella pudiera caerse para no levantarse más. Su peluca era de un tono púrpura y parecía recién salida de un armario de David Bowie en 1974. O quizá de la basura de Bowie. Parecía poblada de chinches.

La mujer le dedicó una sonrisa desdentada.

– Hola, encanto.

– ¿Has visto pasar a un chico?

– Por aquí pasan muchos chicos, corazón.

Su voz había subido de tono y podía calificarse de lánguida. Era esmirriada y pálida, y aunque no llevaba la palabra «yonqui» tatuada en la frente, podía muy bien serlo.

Mike buscó una salida. No había ninguna. No había salida, ni puertas. Vio varias escaleras de incendios, pero parecían muy oxidadas. Si Huff había entrado aquí, ¿cómo había salido? ¿Adonde había ido? ¿O se había escabullido mientras él discutía con Anthony? ¿O Anthony le había mentido para deshacerse de él?

– ¿Buscas al chico de instituto, cariño?

Mike se paró y se volvió a mirar a la yonqui.

– El chico de instituto. ¿Ese jovencito tan guapo? Vaya, encanto, me excito sólo con hablar de él.

Mike dio un paso vacilante hacia ella, casi temeroso de que un paso mayor pudiera causar una vibración que la hiciera desmoronarse y desaparecer entre los escombros que ya tenía a sus pies.

– Sí.

– Bueno, ven y te diré dónde está.

Otro paso.

– Más cerca, encanto. No muerdo. A menos que sea lo que tú quieres.

Su risa era un cacareo estremecedor. El puente de los dientes frontales le cayó al abrir la boca. Estaba mascando chicle -Mike lo olía-, pero no tapaba del todo el mal aliento de su dentadura podrida.

– ¿Dónde está?

– ¿Tienes dinero?

– Mucho, si me dices dónde está.

– Déjame verlo.

A Mike no le hizo gracia, pero no sabía qué más podía hacer. Sacó un billete de veinte dólares. Ella alargó una mano huesuda. A Mike la mano le recordó un viejo libro de cómics llamado Cuentos desde la cripta, el esqueleto que sacaba la mano del ataúd.

– Habla primero -dijo él.

– ¿No confías en mí?

Mike no tenía tiempo. Rompió el billete y le dio la mitad. Ella lo cogió y suspiró.

– Te daré la otra mitad cuando hables -dijo Mike-. ¿Dónde está?

– Bueno, encanto -dijo ella-, está justo detrás de ti.

Mike se estaba volviendo cuando algo le golpeó en el hígado.

Un buen puñetazo en el hígado puede quitarte toda la fuerza y dejarte temporalmente paralizado. Mike lo sabía. Éste no llegó a tanto, pero estuvo muy cerca. El dolor fue espantoso. Se le abrió la boca, pero no le salió ningún sonido. Cayó sobre una rodilla. Desde un lado llegó un segundo golpe que le dio en la oreja. Algo duro rebotó dentro de su cabeza. Mike intentó razonar, intentó esquivar el ataque, pero otro golpe, esta vez una patada, le dio debajo de las costillas. Mike cayó de espaldas.

El instinto tomó el mando.

«Muévete», pensó.

Mike rodó y sintió que algo afilado se clavaba en su brazo. Seguramente un cristal roto. Intentó apartarse arrastrándose. Pero otro golpe le cayó sobre la cabeza. Casi sintió que el cerebro se le movía hacia la izquierda. Una mano le agarró el tobillo.

Mike pataleó. Su talón tocó algo blando y flexible. Una voz gritó:

– ¡Mierda!

Alguien saltó encima de él. Mike había participado en peleas, pero siempre en el hielo. Aun así había aprendido cuatro cosas. Por ejemplo, no das puñetazos si no es necesario. Los puñetazos destrozan las manos. A distancia sí puedes hacerlo. Pero esta pelea era de cerca. Dobló el brazo y lo balanceó a ciegas. Su antebrazo tocó algo. Se oyó un crujido y un chapoteo y brotó sangre.

Mike comprendió que había acertado una nariz.

Recibió otro golpe e intentó rodar. Pataleó con fuerza. Estaba oscuro, y la noche se llenó de gruñidos de agotamiento. Echó hacia atrás la cabeza, intentó dar un cabezazo.

– ¡Socorro! -gritó Mike-. ¡Socorro! ¡Policía!

Logró ponerse de pie. No veía las caras. Pero había más de una persona. Y más de dos, creía. Todos se le echaron encima a la vez. Mike se estrelló contra los contenedores. Los cuerpos, el suyo incluido, se revolcaron por el suelo. Mike peleó con fuerza, pero los tenía a todos encima. Logró arañar una cara. Se le rasgó la camisa.

Y entonces Mike vio una navaja.

Esto lo dejó helado. No supo durante cuánto tiempo, pero fue suficiente. Vio la hoja y se paralizó, y entonces sintió el golpe sordo en un lado de la cabeza. Cayó hacia atrás, y su cráneo golpeó contra el asfalto. Alguien le inmovilizó los brazos. Otro le cogió las piernas. Sintió un golpe en el pecho. Después los golpes parecieron llegar de todas partes. Mike intentó moverse, intentó protegerse, pero sus brazos y piernas no le obedecían.

Sentía que se estaba deslizando en la inconsciencia. Se rendía.

Los golpes se detuvieron. Mike sintió que el peso sobre su pecho disminuía. Alguien se había levantado o lo habían hecho caer. Tenía las piernas libres.

Mike abrió los ojos, pero sólo vio sombras. Una última patada, con los dedos de los pies, le dio en un lado de la cabeza. Todo fue oscureciéndose hasta que no vio nada en absoluto.

16

A las tres de la madrugada, Tia intentó llamar a Mike otra vez.

No obtuvo respuesta.

El Boston Four Seasons era precioso y a ella le encantaba su habitación. Tia disfrutaba en los hoteles elegantes. ¿Y quién no? Le encantaban las sábanas, el servicio de habitaciones y cambiar los canales de la televisión sola. Había trabajado sin parar hasta medianoche, concentrándose en la preparación de la deposición del día siguiente. Tenía el móvil en el bolsillo, en modo vibración. Como no sonaba, Tia lo sacó y comprobó si estaba cargado y que no se le hubiera pasado por alto la vibración.

Pero no había llamadas.

¿Dónde se habría metido Mike?

Le llamó, por supuesto. Le llamó a casa. Llamó al móvil de Adam. Estaba a punto de dejarse llevar por el pánico, pero se esforzó por no abandonarse a él del todo. Adam era una cosa. Mike era otra. Mike era un adulto. Era absurdamente competente. Ésta fue una de las cosas que le habían atraído de él al principio. Por antifeminista que pareciera, Mike Baye la hacía sentir segura, acogida y totalmente protegida. Era una roca.

Tia no sabía qué hacer.

Podía coger el coche y volver a casa. Tardaría cuatro horas, quizá cinco. Estaría en casa por la mañana. Pero ¿qué haría exactamente cuando llegara? Debería llamar a la policía, pero ¿la escucharían a aquellas horas y realmente harían algo?

Las tres. Sólo se le ocurría una persona a quien pudiera llamar.

Tenía su teléfono en la BlackBerry, aunque nunca lo había utilizado. Ella y Mike compartían un programa de Microsoft Outlook que contenía una agenda de direcciones y teléfonos, más un calendario, para ambos. Sincronizaban las BlackBerrys el uno con el otro y así, en teoría, conocían los compromisos de cada uno. También significaba que cada uno estaba enterado de los contactos profesionales y personales del otro.

Y así quedaba claro que no tenían secretos, ¿no?

Reflexionó un momento, sobre los secretos y pensamientos íntimos, sobre nuestra necesidad de tenerlos, y sobre el miedo que le daban a ella, como madre y esposa. Pero ahora no tenía tiempo para eso. Encontró el número y apretó la tecla ENVIAR.

Si Mo estaba durmiendo, lo disimuló muy bien.

– Diga.

– Soy Tia.

– ¿Qué pasa?

Le notó el miedo en la voz. No tenía esposa ni hijos. En cierto sentido sólo tenía a Mike.

– ¿Sabes algo de Mike?

– Desde las ocho y media no. -Después repitió-: ¿Qué pasa?

– Estaba buscando a Adam.

– Lo sé.

– Hemos hablado sobre las nueve, más o menos. Desde entonces no sé nada de él.

– ¿Le has llamado al móvil?

Entonces Tia supo cómo se había sentido Mike cuando ella le había hecho una pregunta igual de idiota.

– Claro.

– Ya me estoy vistiendo -dijo Mo-. Iré a vuestra a casa, a ver. ¿Todavía escondéis la llave en aquella piedra de pega junto a la verja?

– Sí.

– Bien. Voy para allá.

– ¿Crees que debería llamar a la policía?

– Es mejor que esperes a que esté en tu casa. Veinte o treinta minutos como mucho. A lo mejor se ha dormido mirando la tele o algo así.

– ¿Lo crees de verdad, Mo?

– No. Te llamaré en cuanto llegue.

Colgó. Tia sacó las piernas de la cama. De repente la habitación había perdido su encanto. No le gustaba nada dormir sola, aunque fuera en hoteles de lujo, con sábanas de hilo. Necesitaba a su marido a su lado. Siempre. Era raro que pasaran una noche separados y le echaba más de menos de lo que quería reconocer. Mike no era exactamente un hombre grande, pero era consistente. Le gustaba la calidez de su cuerpo al lado de ella, la forma en que le besaba la frente cuando se levantaba, la forma en que apoyaba la mano en su espalda mientras dormía.

Recordaba una noche en la que Mike estaba sin aliento. Después de insistir, reconoció que sentía una opresión en el pecho. Tia, que deseaba mostrarse fuerte para su marido, casi se desmayó al oírlo. Acabó por ser una indigestión grave, pero ella lloró como una magdalena sólo de pensarlo. Se imaginó a su marido agarrándose el pecho y cayendo al suelo. Y lo supo. Supo entonces y allí que algún día aquello podía pasar, quizá no en treinta, cuarenta o cincuenta años, pero pasaría, esto o algo igual de horrible, porque esto es lo que les pasa a todas las parejas, bien avenidas o no, y supo que ella no sobreviviría si algo le sucedía a él. A veces, por la noche, Tia le observaba dormir y susurraba, tanto a Mike como a los poderes celestiales: «Prométeme que yo me iré primero. Prométemelo».

Llama a la policía.

Pero ¿qué harían? Por ahora nada. En la tele el FBI se ponía enseguida manos a la obra. Tia sabía por un curso de reciclaje en ley penal que un adulto de más de dieciocho años no se declaraba desaparecido tan pronto, a menos que hubiera pruebas fehacientes de que había sido secuestrado o de que corría un peligro físico.

No tenía nada.

Además, si llamaba ahora, lo más que podía esperar era que un agente pasara por su casa. Encontraría a Mo. Esto podría provocar un malentendido.

Espera esos veinte o treinta minutos.

Tia quería llamar a casa de Guy Novak y hablar con Jill, sólo para oír su voz, para tranquilizarse. Maldita sea. Tia estaba tan contenta con este viaje y con su lujosa habitación, poniéndose el gran albornoz y utilizando el servicio de habitaciones, y ahora lo único que anhelaba era su rutina doméstica. Esa habitación no tenía vida alguna, no era acogedora. La sensación de soledad la hizo estremecer. Tia se levantó y bajó el aire acondicionado.

Era todo tan frágil, ése era el problema. Está claro, pero en general lo negamos, preferimos no pensar en lo fácilmente que puede partirse nuestra vida en dos, porque cuando lo reconocemos, nos volvemos locos. Los que tienen miedo todo el tiempo, los que necesitan medicarse para funcionar, es porque entienden la realidad, lo fina que es la línea. No es que no puedan aceptar la verdad, es que no pueden negarla.

Tia era así. Lo sabía y se esforzaba mucho para dominarse. De repente envidió a su jefa, Hester Crimstein, por no tener a nadie. Quizá era lo mejor. Sin duda, en general, era más sano tener a personas a las que querer más que a ti misma. Lo sabía. Pero a cambio experimentabas ese miedo horroroso a perderlo todo. Dicen que las posesiones te poseen. No es eso. Los seres amados te poseen. Eres su rehén para siempre, si son tan importantes para ti.

El reloj no avanzaba.

Tia esperó. Encendió el televisor. Los anuncios dominaban el panorama nocturno. Anuncios de aparatos de entrenamiento, empleos y escuelas. Por lo visto las únicas personas que veían la tele a aquellas horas absurdas no tenían ninguna de esas cosas.

Por fin sonó el móvil poco antes de las cuatro de la madrugada. Tia lo cogió a toda prisa, vio el número de Mo en. la pantalla y contestó.

– Diga.

– Ni rastro de Mike -dijo Mo-. Y de Adam tampoco.

En la puerta de Loren Muse decía investigadora jefe del condado de essex. Se paraba y lo leía en silencio cada vez que abría la puerta. Su despacho estaba en la esquina derecha. Sus detectives tenían mesas en el mismo piso. El despacho de Loren tenía ventanas y ella nunca cerraba la puerta. Quería sentirse una más y al mismo tiempo por encima de ellos. Cuando necesitaba intimidad, que no sucedía a menudo, utilizaba una de las salas de interrogatorio de las que abundaban en la comisaría.

Cuando llegó a las seis y media sólo había dos detectives y los dos estaban preparados para marcharse en cuanto llegara el cambio de turno de las siete. Loren miró el tablón para asegurarse de que no había homicidios nuevos. No había ninguno. Esperaba tener los resultados del Centro de Información Nacional sobre las huellas de su desconocida, la falsa prostituta del depósito. Miró el ordenador. Por ahora nada.

La policía de Newark había localizado una cámara de vigilancia en funcionamiento no muy lejos del escenario del asesinato de la desconocida. Si habían transportado el cadáver en un coche -y no había ninguna razón para pensar que lo había llevado alguien a cuestas- podía ser que el vehículo saliera en la cinta. Por supuesto, decidir de cuál de ellos se trataba sería una tarea infernal. Seguramente saldrían centenares de vehículos y ella dudaba que ninguno llevara un rótulo detrás que dijera «cadáver en el maletero».

Volvió a mirar en el ordenador y, sí, le habían descargado las imágenes. La oficina estaba en silencio, así que pensó, ¿por qué no? Estaba a punto de apretar la tecla ENTER cuando alguien llamó suavemente a su puerta.

– ¿Tienes un segundo, jefa?

Clarence Morrow estaba en el umbral de la puerta y asomaba la cabeza. Era negro, se acercaba a la sesentena, y tenía un bigote tosco canoso en una cara en la que todo parecía un poco hinchado, como si hubiera participado en una pelea. Era agradable y, a diferencia de los demás hombres de la división, nunca blasfemaba ni bebía.

– Claro, Clarence, ¿qué hay?

– Estuve a punto de llamarte anoche.

– ¿Ah, sí?

– Creía haber descubierto el nombre de tu desconocida.

Esto hizo que Loren se incorporara un poco.

– ¿Pero?

– Recibimos una llamada del departamento de policía de Livingston sobre un tal señor Neil Cordova. Vive en el pueblo y tiene una cadena de barberías. Casado, dos hijos, sin antecedentes. Dijo que su esposa, Reba, había desaparecido y, bueno, aproximadamente se ajustaba a la descripción de tu desconocida.

– ¿Pero? -repitió Muse.

– Pero ella desapareció ayer, después de que encontráramos el cuerpo.

– ¿Estás seguro?

– Del todo. El marido dijo que la había visto por la mañana antes de ir a trabajar.

– Podría estar mintiendo.

– No lo creo.

– ¿Alguien lo ha investigado?

– Al principio, no. Pero esto es lo raro. Cordova conocía a alguien de la policía de su pueblo. Ya sabes cómo funcionan en esos sitios. Todos conocen a alguien. Encontraron su coche. Estaba aparcado en el Ramada de East Hanover.

– Ah -dijo Muse-. Un hotel.

– Sí.

– ¿Así que la señora Cordova no había desaparecido?

– Bueno -dijo Clarence, rascándose la barbilla-, esto es lo raro.

– ¿Qué?

– Evidentemente el poli de Livingston pensó lo mismo que tú. La señora Cordova se reunió con un amante y se le hizo tarde para volver a casa. Por eso me llamó, el policía de Livingston. No quería ser él el que diera a su amigo, el marido, esta noticia. Y me pidió que lo hiciera yo. Como un favor.

– Sigue.

– Así que yo llamé a Cordova. Le expliqué que encontramos el coche de su esposa en un aparcamiento de un hotel cercano. Me dijo que era imposible. Le dije que está allí todavía si quería comprobarlo. -Se paró-. Mierda.

– ¿Qué?

– ¿Debería habérselo dicho? Pensándolo bien… Podría ser una invasión de la intimidad de la esposa habérselo dicho. Supongamos que se presenta con una pistola o algo así. Vaya, no lo pensé bien. -Clarence arrugó la cara bajo el mostacho tosco-. ¿Debería haberme callado lo del coche, jefa?

– No te preocupes.

– De acuerdo, bueno. El tal Cordova se niega a creer lo que insinúo.

– Como todos los hombres.

– Sí, por supuesto, pero después va y dice algo interesante. Dice que le entró el pánico cuando ella no fue a recoger a la hija de nueve años a una clase especial de patinaje sobre hielo en Airmont. No era propio de ella. Dijo que ella tenía pensado pasar por el Palisades Mall de Nyack, dijo que le gusta comprar cosas para las niñas en el Target, y que después iría a recoger a la hija.

– ¿Y no se presentó?

– No. Al no presentarse la madre, los de la pista de patinaje llamaron al móvil del padre. Cordova fue a recoger a la niña. Pensó que quizá su esposa había encontrado un atasco o algo. Hubo un accidente en la 287 a primera hora y, por lo visto, solía olvidarse de cargar el móvil, o sea que se preocupó, pero no perdió la cabeza cuando no pudo localizarla. Pero, al pasar el tiempo, se fue preocupando cada vez más.

Muse reflexionó.

– Si la señora Cordova se reunió con un amante en un hotel, quizá se olvidó de recoger a su hija.

– Estoy de acuerdo, si no fuera por un detalle. Cordova ya había entrado en la red y había comprobado la tarjeta de crédito de su esposa. Había estado en el Palisades Mall aquella tarde. Efectivamente, compró cosas en el Target. Se gastó cuarenta y siete dólares y ochenta centavos.

– Mmm… -Muse indicó a Clarence que se sentara y él obedeció-. De modo que va hasta el Palisades Mall y después vuelve a retroceder para encontrarse con su amante, y se olvida de que su hija está dando clases de patinaje al lado del centro comercial. -Le miró-. Es bastante raro.

– Deberías haber oído su voz, jefa. La del marido. Estaba angustiadísimo.

– Podrías investigar en el Ramada, a ver si alguien la reconoce.

– Ya lo he hecho. Le pedí al marido que escaneara una foto y la mandara por correo electrónico. Nadie recuerda haberla visto.

– Esto no significa mucho. Seguramente ha cambiado el turno y ella podría haber entrado a hurtadillas después de que su amante se registrara. Pero ¿su coche sigue allí?

– Sí. Y eso es muy raro. Que el coche siga allí. Tienes tu aventura, subes a tu coche y vuelves a casa o donde sea. Aunque fuera una aventura, ¿no te parece que ahora ya hay algo que no anda bien? Como que la han secuestrado o ha habido violencia…

– … o ha huido con él.

– Sí, eso también podría ser. Pero es un buen coche. Acura MDX, nuevo de hace cuatro meses. ¿No te lo llevarías?

Muse se lo pensó y se encogió de hombros.

– Me gustaría investigarlo, si te parece -dijo Clarence.

– Adelante. -Se lo pensó un poco más-. Hazme un favor. Mira si ha habido otra denuncia de desaparición en Livingston o en la zona. Aunque fuera breve, aunque los policías no le dieran demasiada importancia.

– Ya lo he hecho.

– ¿Y?

– Nada. Bueno, una mujer llamó para denunciar que su marido y su hijo habían desaparecido. -Miró su libreta-. Se llama Tia Baye. Su marido Mike, y su hijo Adam.

– ¿Lo están investigando?

– Supongo, no lo sé seguro.

– Si no fuera porque ha desaparecido también el hijo -dijo Muse-, se podría pensar que ese tal Baye había huido con la señora Cordova.

– ¿Quieres que investigue si existe una relación?

– Como quieras. Si es así, entonces no se trata de un delito. Dos adultos en sus cabales pueden desaparecer juntos una temporada.

– Sí, de acuerdo. Pero jefa.

A Muse le encantaba que la llamara así: jefa.

– Dime.

– Tengo la sensación de que hay algo más.

– Pues a por ello, Clarence. Ya me informarás.

17

En un sueño se oye un pitido y después las palabras: «Lo siento mucho, papá…».

En realidad Mike oía a alguien hablando en español en la oscuridad.

Él sabía bastante español -no puedes trabajar en un hospital en la calle 168 si no hablas al menos un poco de español médico- y por eso reconoció que la mujer rezaba fervorosamente. Mike intentó volver la cabeza, pero no se movió. No importaba. Estaba todo negro. Le retumbaba la cabeza en las sienes mientras la mujer repetía su plegaria una y otra vez.

Mientras tanto, Mike repetía su propio mantra: «Adam. ¿Dónde está Adam?».

Lentamente Mike fue consciente de que tenía los ojos cerrados. Intentó abrirlos. Esto no sucedió inmediatamente. Escuchó un poco más e intentó centrarse en los párpados, en el simple acto de levantarlos. Tardó un poco, pero finalmente logró parpadear. El retumbo en las sienes aumentó a la categoría de martillazos. Alargó una mano y se tocó un lado de la cabeza, intentando contener así el dolor.

Miró la luz fluorescente del techo blanco con los ojos entrecerrados. La oración en español continuó. Un olor familiar empapaba el ambiente, una combinación de limpiadores potentes, funciones corporales, flora marchita y absolutamente ninguna circulación natural de aire. La cabeza de Mike cayó hacia la izquierda. Vio la espalda de una mujer inclinada sobre la cama. Sus dedos se deslizaban sobre las cuentas de un rosario. Su cabeza parecía descansar en el pecho de un hombre. Alternaba los sollozos con la oración, y los mezclaba.

Mike intentó alargar una mano y decirle algo consolador. Era médico a fin de cuentas. Pero tenía una sonda en el brazo y poco a poco tomó conciencia de que era un paciente. Intentó recordar qué había ocurrido, cómo podía haber acabado allí. Tardó un poco. Tenía el cerebro embarrado. Se esforzó por despejarlo.

Se había despertado con una horrible sensación de inquietud. Había intentado apartarla, pero para recordar mejor la dejó volver. Y en cuanto lo hizo, le vino a la cabeza aquel mantra, esta vez con una sola palabra: «Adam».

El resto llegó en una oleada. Había salido a buscar a Adam. Habló con el gorila, Anthony. Entró en el callejón. Allí estaba la mujer horripilante con la peluca espantosa…

Había una navaja.

¿Le habían apuñalado?

No lo creía. Se giró hacia el otro lado. Otro paciente. Un negro con los ojos cerrados. Mike buscó a su familia, pero no había nadie con él. Esto no debería sorprenderlo, seguramente sólo había estado fuera un rato. Tendrían que llamar a Tia. Estaba en Boston. Tardaría en llegar. Jill estaba en casa de Novak. ¿Y Adam…?

En las películas, cuando un paciente se despierta así, es en una habitación privada y el médico y la enfermera ya están allí, como si hubieran estado esperando toda la noche, sonriéndole y dispuestos a dar explicaciones. No había ningún personal sanitario a la vista. Mike conocía el percal. Buscó el timbre para llamar a la enfermera, lo encontró enrollado en la cabecera de la cama y apretó.

La enfermera tardó un buen rato en acudir. Mike no tenía ni idea de cuánto. El tiempo pasaba lentamente. La voz de la mujer que oraba fue desvaneciéndose. Se levantó y se secó los ojos. Mike pudo ver al hombre de la cama. Mucho más joven que la mujer. Madre e hijo, imaginó. Se preguntó qué los había llevado allí.

Miró por la ventana, por detrás de la mujer. Las cortinas estaban abiertas y había luz solar.

Era de día.

Perdió el conocimiento de noche. Hacía horas. O tal vez días. ¿Cómo iba a saberlo? Iba a llamar otra vez cuando pensó que no serviría de nada. Empezó a ser presa del pánico. El dolor de la cabeza iba en aumento, alguien le estaba atizando la sien con un martillo.

– Vaya, vaya.

Se volvió hacia la puerta. Entró la enfermera, una mujer gorda con gafas de leer colgadas sobre los pechos enormes. La chapa con su nombre decía BERTHA BONDY. Miró a Mike y frunció el ceño.

– Bienvenido al mundo libre, dormilón. ¿Cómo se encuentra?

Mike tardó un par de segundos en encontrar la voz.

– Como si me hubiera atropellado un camión.

– Probablemente habría sido mejor que lo que estaba haciendo. ¿Tiene sed?

– Estoy seco.

Bertha asintió y cogió un vaso lleno de hielo. Lo inclinó hacia sus labios. El hielo tenía un sabor medicinal, pero sentaba de maravilla en la boca.

– Está en el Bronx-Lebanon-Hospital -dijo Bertha-. ¿Recuerda lo que ocurrió?

– Alguien me agredió. Unos cuantos, creo.

– Mmm, mmm. ¿Cómo se llama?

– Mike Baye.

– ¿Me deletrea el apellido, por favor?

Se lo deletreó, imaginando que le estaba haciendo una prueba cognitiva, así que dio más información.

– Soy médico -dijo-. Soy cirujano de trasplantes en el New York Presbyterian.

Ella frunció más el ceño, como si le hubiera dado una respuesta equivocada.

– ¿En serio?

– Sí.

Más ceño fruncido.

– ¿He aprobado? -preguntó Mike.

– ¿Aprobado?

– La prueba cognitiva.

– No soy médico. Vendrá dentro de un rato. Le hemos preguntado su nombre porque no sabíamos quién era. Llegó sin cartera, sin móvil, sin llaves, nada. Quien le agredió se lo llevó todo.

Mike estaba a punto de decir algo más, pero una punzada de dolor le atravesó el cráneo. Lo capeó, lo aguantó, contó hasta diez mentalmente. Cuando se le pasó, volvió a hablar.

– ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

– Toda la noche. Seis o siete horas.

– ¿Qué hora es?

– Las ocho de la mañana.

– Así que no se lo han notificado a mi familia.

– Ya se lo he dicho. No sabíamos quién era.

– Necesito un teléfono. Tengo que llamar a mi esposa.

– ¿A su esposa? ¿Está seguro?

Mike tenía la cabeza embotada. Seguramente le habían dado alguna medicación que le impedía comprender por qué la enfermera le había hecho una pregunta tan estúpida.

– Claro que estoy seguro.

Bertha se encogió de hombros.

– Tiene un teléfono junto a la cama, pero tengo que pedir que se lo conecten. Seguramente necesitará ayuda para marcar.

– Imagino que sí.

– Ah, ¿tiene seguro médico? Tenemos que rellenar unos formularios.

Mike casi sonrió. Lo primero es lo primero.

– Sí, tengo seguro.

– Le mandaré a alguien de administración para que pueda tomarle los datos. Pronto vendrá el médico para hablar de sus heridas.

– ¿Son muy graves?

– Le dieron una buena paliza y como ha estado inconsciente tanto tiempo, está claro que tenía conmoción y trauma craneal. Pero dejaré que el doctor le dé los detalles, si no le importa. Miraré si puede venir pronto.

Mike lo entendía: las enfermeras de planta no debían dar el diagnóstico.

– ¿Tiene mucho dolor? -preguntó Bertha.

– Medio.

– Le han puesto analgésicos, o sea que antes de mejorar empeorará. Le pondré una bomba de morfina.

– Gracias.

– Vuelvo enseguida.

Fue hacia la puerta. Mike pensó en otra cosa.

– ¿Enfermera?

Ella se volvió a mirarlo.

– ¿No hay algún policía que quiera hablar conmigo?

– ¿Disculpe?

– Me agredieron y, por lo que me ha dicho, me robaron. ¿No interesa eso a la policía?

Ella cruzó los brazos.

– ¿Y qué se creía? ¿Que estarían aquí esperando a que se despertara?

No le faltaba razón: como el médico de la tele.

Entonces Bertha añadió:

– La mayoría de la gente no quiere denunciar esta clase de cosas.

– ¿Qué clase de cosas?

Ella volvió a fruncir el ceño.

– ¿Quiere que llame a la policía?

– Prefiero llamar a mi esposa primero.

– Sí -dijo ella-. Sí, yo también creo que es mejor.

Mike buscó el mando de la cama. El dolor le atravesó la caja torácica. Se le pararon los pulmones. Manoseó el mando y apretó el botón de arriba. Su cuerpo se curvó con la cama. Intentó incorporarse un poco más. Lentamente buscó el teléfono. Se lo llevó al oído. Todavía no estaba conectado.

Tia estaría aterrada.

¿Habría vuelto Adam ya a casa?

¿Quién le había agredido?

– ¿Señor Baye?

La enfermera Bertha estaba otra vez en la puerta.

– Doctor Baye -corrigió Mike.

– Oh, qué tonta, lo olvidé.

Mike no lo había dicho por pedantería, sino porque creía que hacer saber que eres médico en un hospital tiene que tener ventajas a la fuerza. Si a un policía le paran por exceso de velocidad, siempre le dice al otro policía cómo se gana la vida. Digamos que «daño no puede hacer».

– He encontrado a un agente que está aquí por otro asunto -dijo-. ¿Quiere hablar con él?

– Sí, gracias, pero ¿podría conectar el teléfono?

– Enseguida tendrá línea.

El agente uniformado entró en la habitación. Era un hombre bajito, hispano y con un bigote fino. Mike le echó treinta y pocos años. Se presentó como agente Gutiérrez.

– ¿De verdad quiere presentar una denuncia? -preguntó.

– Por supuesto.

Él también frunció el ceño.

– ¿Qué?

– Soy el agente que le trajo.

– Gracias.

– De nada. ¿Sabe dónde le encontramos?

Mike lo pensó un momento.

– Probablemente en aquel callejón, junto al club. No me acuerdo del nombre de la calle.

– Así es.

Miró a Mike y esperó. Mike por fin lo entendió.

– Sé lo que piensa -dijo Mike.

– ¿Qué pienso?

– Que una puta me la pegó.

– ¿Se la pegó?

Mike intentó encogerse de hombros.

– Veo mucho la tele.

– Bueno, no soy dado a sacar conclusiones, pero esto es lo que sé. Le encontraron en un callejón frecuentado por prostitutas. Tiene veinte o treinta años más que los habituales de los clubes de la zona. Está casado. Le asaltaron, le robaron y le pegaron una paliza, como he visto otras veces cuando a un tipo -dibujó unas comillas con los dedos- se la pega una puta o su chulo.

– No fui buscando prostitutas -dijo Mike.

– No, no, claro, seguro que fue por las vistas. Es un bonito lugar. Y no me haga hablar de las delicias de los aromas. Por mí no hace falta que se explique. Ya imagino el encanto.

– Estaba buscando a mi hijo.

– ¿En aquel callejón?

– Sí. Vi a un amigo suyo… -El dolor volvió. Ya se imaginaba cómo acabaría aquello. Tardaría mucho en explicarse. ¿Y después qué? ¿Qué descubriría aquel policía de todos modos?

Necesitaba hablar con Tia.

– Ahora mismo estoy sufriendo mucho -dijo Mike.

Gutiérrez asintió.

– Lo comprendo. Le dejo mi tarjeta. Llame si quiere seguir hablando o presentar una denuncia, ¿de acuerdo?

Gutiérrez dejó la tarjeta en la mesita y salió de la habitación. Mike no le hizo caso. Aguantó el dolor, cogió el teléfono y marcó el móvil de Tia.

18

Loren Muse miraba la cinta de vigilancia de la calle cercana adonde habían tirado el cadáver de la desconocida. Nada le llamó la atención, pero en realidad ¿qué se esperaba? A aquella hora pasaron varias docenas de vehículos por el aparcamiento. No se podía eliminar ninguna posibilidad. El cuerpo podía estar en el maletero del coche más pequeño.

Aun así siguió mirando y esperando y, cuando la cinta llegó al final, se llevó un gran chasco por las molestias.

Clarence llamó y asomó la cabeza otra vez.

– No te lo vas a creer, jefa.

– Te escucho.

– Primero, olvídate del hombre desaparecido. El tal Baye. ¿Sabes dónde estaba?

– ¿Dónde?

– En el hospital del Bronx. Su esposa estaba fuera por trabajo y él va y se hace atracar por una puta.

Muse hizo una mueca.

– ¿Un tipo de Livingston que busca una puta en aquella zona?

– Qué puedo decir, a algunos les gusta la escoria. Pero ésta no es la gran noticia. -Clarence se sentó sin ser invitado, lo que no era propio de él. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas y en su cara carnosa había un indicio de sonrisa-. El Acura MDX de los Cordova sigue en el aparcamiento del hotel. La policía local abrió la puerta. Ella no estaba dentro. Así que retrocedí.

– ¿Retrocediste?

– Al último sitio donde sabemos que estuvo. El Palisades Mall. Es un centro comercial enorme y tienen un buen sistema de seguridad. Así que he llamado.

– ¿Al jefe de seguridad?

– Sí, y escucha esto: ayer, sobre las cinco, un hombre fue a decirles que había visto a una mujer con un Acura MDX ir a su coche, descargar unas compras, y después acercarse a una furgoneta blanca de un hombre, aparcada al lado. Dice que ella entró en la furgoneta, sin que la forzaran ni nada, pero que después se cerró la puerta. El hombre no pensó que pasara nada pero después llegó otra mujer y se metió en el Acura de la mujer. Y los dos coches se marcharon juntos.

Muse se echó hacia atrás.

– ¿La furgoneta y el Acura?

– Así es.

– ¿Y otra mujer conducía el Acura?

– Así es. Pero bueno, el hombre informó a la oficina de seguridad y los guardias no le hicieron mucho caso. ¿Qué iban a hacer, de todos modos? Lo archivaron y basta. Pero cuando llamé yo, se acordaron y sacaron el informe. En primer lugar, todo aquello tuvo lugar frente al Target. El hombre fue a presentar la denuncia a las cinco y cuarto. Sabemos que Reba Cordova pagó las compras en el Target a las cuatro cincuenta y dos. El recibo lleva la hora impresa.

Empezaban a sonar campanas, pero Muse no estaba muy segura de hacia dónde llevaban.

– Llama al Target -dijo-. Seguro que tienen cámaras de vigilancia.

– Ya nos estamos coordinando con la sede de Target. Probablemente tardará un par de horas, no más. Otra cosa. Puede que sea importante y puede que no. Sabemos lo que compró en el Target. Unas películas en DVD, ropa interior de niño, ropa… cosas para críos.

– No la clase de cosas que compras si piensas fugarte con un ligue.

– Exactamente, a menos que te lleves a los niños, que no lo hizo. Y, además, abrimos su Acura en el hotel, y no hay bolsas de Target dentro. El marido registró la casa, por si había pasado por allí. Tampoco encontró nada de Target.

Muse sintió un escalofrío en la nuca.

– ¿Qué? -preguntó él.

– Quiero el informe de la oficina de seguridad. Consigue el teléfono del hombre, del que informó de que la mujer había subido en una furgoneta. A ver qué más recuerda: vehículos, descripciones de los pasajeros, todo. Seguro que el guardia de seguridad no le preguntó nada. Quiero saberlo todo.

– De acuerdo.

Hablaron un par de minutos, pero la cabeza de Muse ya daba vueltas y tenía el pulso acelerado. Cuando Clarence salió, Muse levantó el teléfono y marcó el móvil de su jefe, Paul Copeland.

– Hola.

– ¿Dónde estás? -preguntó Muse.

– Acabo de dejar a Cara.

– Tengo que hablar contigo, Cope.

– ¿Cuándo?

– Cuanto antes mejor.

– He quedado con mi futura esposa en un restaurante para acabar el plano de los asientos de la boda.

– ¿El plano de los asientos?

– Sí, Muse. El plano de los asientos. Es esa cosa que dice a los invitados dónde van a sentarse.

– ¿Y a ti te importa eso?

– Ni por asomo.

– Pues déjaselo a Lucy.

– Claro, como si no lo hiciera de todos modos. Me hace ir a todas partes, pero no me deja hablar. Dice que soy un regalo para la vista.

– Es que lo eres, Cope.

– Sí, pero también tengo cerebro.

– Ésa es precisamente la parte de ti que necesito -dijo Muse.

– ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

– Tengo una de mis absurdas corazonadas, y necesito que me digas que he dado con algo o que he metido la pata.

– ¿Es más importante que quién se sienta en la misma mesa que los tíos Carol y Jerry?

– No, sólo es un homicidio.

– Haré un sacrificio. Voy para allá.

El sonido del teléfono despertó a Jill.

Estaba en el dormitorio de Yasmin. Yasmin intentaba por todos los medios llevarse bien con las otras niñas fingiendo que estaba más loca que nadie por los chicos. Tenía un póster de Zac Efron, el guaperas de High School Musical en una pared, y otro de los gemelos Sprouse en The Suite Life. Tenía uno de Miley Cyrus en Hannah Montana, que es una chica, sí, y no un guaperas, pero vaya. Todo parecía más bien desesperado.

La cama de Yasmin estaba cerca de la puerta, mientras que Jill dormía junto a la ventana. Ambas camas estaban cubiertas de peluches. Una vez Yasmin le dijo a Jill que lo mejor del divorcio era la competencia de los padres por mimarla: ambos exageraban con los regalos. Yasmin sólo veía a su madre cuatro o cinco veces al año, pero no paraba de mandarle cosas. Tenía al menos dos docenas de ositos, uno de ellos vestido de animadora y otro, junto a la almohada de Jill, que estaba disfrazado de estrella del pop con pantalones cortos de strass, un top con el ombligo al aire y un auricular alrededor de la cara peluda. Una tonelada de animales, entre ellos tres hipopótamos, estaban tirados en el suelo. Amontonadas sobre la mesita había ejemplares atrasados de J-14, Teen People y Popstar! La alfombra era de lana gruesa, algo que sus padres le habían dicho que había pasado de moda en los setenta pero parecía estar volviendo con fuerza en los dormitorios de los adolescentes. Sobre la mesa tenía un iMac nuevo y reluciente.

Yasmin era buena con los ordenadores. Lo mismo que Jill.

Jill se sentó. Yasmin parpadeó y la miró. A lo lejos, Jill oía una voz hablando por teléfono. El señor Novak. En la mesita había un reloj de Homer Simpson. Eran las siete y cuarto.

Era temprano para llamar, pensó Jill, sobre todo en fin de semana.

Las niñas se habían quedado levantadas hasta tarde la noche anterior. Primero salieron a cenar y a tomar un helado con el señor Novak y la pesada de su nueva novia, Beth, que debía de tener cuarenta años y le reía todas las gracias, como hacían las niñas tontas de la escuela para gustar a los chicos. Antes Jill creía que era algo que se superaba con la edad. Pero al parecer no.

Yasmin tenía un televisor de plasma en su habitación. Su padre les dejó ver todas las películas que quisieron. «Es fin de semana», las dijo Guy Novak con una gran sonrisa. «Disfrutad». Así que prepararon palomitas en el microondas y vieron una película para mayores de trece años y otra para mayores de dieciocho que habría puesto los pelos de punta a los padres de Jill.

Jill saltó de la cama. Tenía que hacer pipí, pero estaba preocupada por lo que había sucedido la noche pasada, por lo que podía haber pasado y por si su padre habría encontrado a Adam. Estaba preocupada. Ella también había llamado a Adam. Que se ocultara de sus padres tenía un pase, pero nunca se le habría ocurrido que no respondiera a las llamadas y mensajes de su hermana. Adam siempre le respondía.

Pero esta vez no.

Y esto todavía preocupaba más a Jill.

Comprobó su móvil.

– ¿Qué haces? -preguntó Yasmin.

– Miraba si Adam me había llamado.

– ¿Te ha llamado?

– No. Nada de nada.

Yasmin calló.

Llamaron suavemente a la puerta y después se abrió. El señor Novak asomó la cabeza y susurró.

– Eh, ¿por qué estáis despiertas, chicas?

– Nos ha despertado el teléfono -dijo Yasmin.

– ¿Quién era? -preguntó Jill.

El señor Novak la miró.

– Era tu madre.

Jill se puso tensa.

– ¿Qué ha pasado?

– No ha pasado nada, cielo -dijo el señor Novak, pero Jill vio que era una gran mentira-. Me ha pedido si podías quedarte hoy. Después podríamos ir al centro comercial o al cine. ¿Qué os parece?

– ¿Por qué quiere que me quede? -preguntó Jill.

– No lo sé. Sólo ha dicho que había surgido algo y me ha pedido este favor. Pero me ha pedido que te diga que te quiere y que no pasa nada.

Jill no dijo nada. Estaba mintiendo. Lo sabía. Yasmin también. Jill miró a Yasmin. No serviría de nada insistir. No les diría nada. Las protegía porque sus cerebros de once años no podían soportar la verdad o cualquier otra tontería que los adultos utilizaran como excusa para mentir.

– Voy a salir un rato -dijo el señor Novak.

– ¿Adónde? -preguntó Yasmin.

– A la oficina. Necesito recoger unas cosas. Pero acaba de llegar Beth. Está abajo viendo la tele, por si necesitáis algo.

Yasmin hizo una mueca burlona.

– ¿Acaba de llegar?

– Sí.

– Como si no hubiera dormido aquí, ¿no? Por Dios, papá, ¿cuántos años crees que tenemos?

Él puso mala cara.

– Ya está bien, señorita.

– Como quieras.

Él cerró la puerta. Jill se sentó en la cama y Yasmin fue a su lado.

– ¿Qué crees que habrá ocurrido? -preguntó Yasmin.

Jill no contestó, pero no le gustaba el derrotero que estaban tomando sus pensamientos.

Cope entró en el despacho de Muse. Ella pensó que estaba bastante de buen ver con su traje nuevo azul marino.

– ¿Tienes rueda de prensa? -preguntó Muse.

– ¿Cómo lo has adivinado?

– Llevas un traje chulo.

– ¿La gente todavía dice «chulo»?

– Deberían.

– Totalmente de acuerdo. Soy la viva imagen de la chulería. Estoy chulísimo. El Hombre Chulo. El Chuletón.

Loren Muse levantó una hoja de papel.

– Mira lo que acaba de llegar a mi despacho.

– Cuenta.

– La carta de dimisión de Frank Tremont. Ha decidido jubilarse.

– Menuda pérdida.

– Sí.

Muse lo miró.

– ¿Qué?

– Tu montaje de ayer con el periodista.

– ¿Qué pasa?

– Fue un pelo condescendiente -dijo Muse-. No necesito que me rescates.

– No te rescataba. Más bien te tendí una trampa.

– ¿Qué quieres decir?

– O bien tenías pelotas para dejar a Tremont a la altura del betún, o no las tenías. Uno de los dos iba a quedar como un imbécil.

– O él o yo, ¿no?

– Exactamente. La verdad es que Tremont es un chivato y una terrible distracción en esta oficina. Quería que se largara por razones egoístas.

– Supongamos que yo no tuviera pelotas.

Cope se encogió de hombros.

– Entonces serías tú la que estaría presentando la carta de dimisión.

– ¿Estabas dispuesto a correr ese riesgo?

– ¿Qué riesgo? Tremont es un gandul idiota. Si él podía contigo, no mereces ser la jefa.

– Touchée.

– Basta. No me has llamado para hablar de Frank Tremont. ¿Qué ha ocurrido?

Muse le contó la desaparición de Reba Cordova, el testigo del Target, la furgoneta, el aparcamiento en el Ramada de East Hanover. Cope permaneció en silencio mirándola con sus ojos grises. Tenía unos ojos hermosos, de los que cambian de color con la luz. Loren Muse estaba medio enamorada de Paul Copeland, pero en realidad también había estado medio enamorada de su predecesor, que era bastante mayor y no se parecía en nada a Paul. Tal vez lo suyo eran las figuras autoritarias.

El enamoramiento era inofensivo, más una admiración que un anhelo real. Él no la mantenía despierta por las noches ni la hacía sufrir ni se introducía en sus fantasías sexuales o de cualquier otra clase. Le gustaba el atractivo de Paul Copeland sin codiciarlo para ella. Deseaba estas cualidades en todos los hombres con los que salía, aunque Dios sabe que no las había encontrado nunca.

Muse conocía el pasado de su jefe, el horror que había vivido, el infierno que había experimentado hacía poco por unos recientes descubrimientos. Incluso le había ayudado a discernirlo. Como tantos otros hombres que conocía, Paul Copeland no estaba intacto, pero a él le sentaba bien. En el mundo de la política -porque su cargo era esto, un nombramiento político- hay muchos hombres ambiciosos pero que no han conocido el sufrimiento. Cope sí. Como fiscal, esto le hacía más comprensivo y menos proclive a aceptar las excusas de la defensa.

Muse presentó todos los datos de la desaparición de Reba sin teorías. Él la miró a los ojos y asintió lentamente.

– Déjame adivinar -dijo Cope-. Crees que lo de Reba Cordova está relacionado de alguna manera con tu desconocida.

– Sí.

– ¿En qué piensas? ¿Un asesino en serie?

– Podría ser, aunque normalmente los asesinos en serie trabajan solos. Con este asesino participó una mujer.

– De acuerdo, oigamos por qué crees que están relacionados.

– Primero el modus operandi.

– Dos mujeres blancas de una edad aproximada -dijo Cope-. A una la encontramos vestida como una puta en Newark. La otra todavía no sabemos dónde está.

– Esto es una parte pero hay algo más que me llamó la atención. Que se haya utilizado engaño y distracción.

– No te sigo.

– Tenemos a dos mujeres blancas de clase media de cuarenta y pocos años que desaparecen con…, pongamos, veinticuatro horas de diferencia. Ésta es una semejanza curiosa. Pero más que esto, en el primer caso, con nuestra desconocida, sabemos que el asesino se molestó en montar una escena para despistarnos, ¿no?

– Sí.

– Bien, pues ha hecho lo mismo con Reba Cordova.

– ¿Aparcando su coche en un hotel?

Muse asintió.

– En ambos casos, se esforzó por desviar nuestra atención con falsas pistas. En el caso de la desconocida, lo montó para que pensáramos que era una prostituta. En el caso de Reba Cordova, hizo que pareciera que era una mujer que engañaba a su marido y había huido con su amante.

– Eh -exclamó Cope con una mueca-. Es poca cosa.

– Sí. Pero es algo. No es por ser racista, pero ¿cuántas veces pasa que una mujer guapa y con familia, en un pueblo como Livingston, huya con su amante?

– Sucede a veces.

– Puede ser, pero lo planificaría mejor, ¿no te parece? No iría a un centro comercial cerca de donde su hija está aprendiendo a patinar y compraría ropa interior de niño para entonces tirarla y marcharse con su amante. Además, tenemos al testigo, un tal Stephen Errico, que la vio entrar en una furgoneta en el Target. Y vio marcharse a otra mujer.

– Si esto es realmente lo que sucedió.

– Sucedió.

– De acuerdo, pero aun así. ¿En qué más relacionas a Reba Cordova con nuestra desconocida?

Muse arqueó una ceja.

– He guardado lo mejor para el final.

– Gracias a Dios.

– Volvamos a Stephen Errico.

– ¿El testigo del centro comercial?

– Bien. Errico presenta una denuncia. Por sí misma no culpo a los guardias de seguridad del Palisades, no parece importante. Pero le he investigado en la red. Tiene un blog con su fotografía: es un tipo gordo con barba poblada y camiseta de los Grateful Dead. Cuando hablé con él, me quedó claro que era un pirado de las conspiraciones. A Errico le gusta incluso implicarse en el asunto. Ya sabes, el tío que va al centro comercial con la esperanza de ver a un ladronzuelo.

– Sí.

– Pero esto también representa que es increíblemente concreto. Errico dijo que había visto a una mujer que coincidía con la descripción de Reba Cordova entrando en una furgoneta blanca Chevy. Pero, mejor aún, apuntó la matrícula de la furgoneta.

– ¿Y?

– La he buscado. Pertenece a una mujer llamada Helen Kasner de Scarsdale, Nueva York.

– ¿Tiene una furgoneta blanca?

– Sí, y ayer estaba en el Palisades Mall.

Cope asintió, viendo a dónde quería ir a parar.

– ¿Y tú te imaginas que alguien cambió la matrícula con la señora Kasner?

– Así es. El truco más viejo del mundo, pero sigue siendo efectivo. Robas un coche, cometes un delito, y después cambias las matrículas, por si alguien te ha visto. Más engaño. Pero muchos delincuentes no se dan cuenta de que el método más eficaz para cambiar matrículas es hacerlo con un vehículo de la misma marca que el tuyo. Confunde aún más.

– Y tú piensas que la furgoneta del aparcamiento del Target era robada.

– ¿No estás de acuerdo?

– Supongo que sí -dijo Cope-. Sin duda añade peso a la versión del señor Errico. Entiendo que debamos estar preocupados por Reba Cordova. Pero sigo sin ver cómo se relaciona con nuestra desconocida.

– Echa un vistazo a esto.

Dio la vuelta a la pantalla del ordenador en dirección a él. Cope volvió su atención a la pantalla.

– ¿Qué es?

– Una cinta de seguridad de un edificio cercano al escenario del crimen de la desconocida. Los estaba mirando esta mañana, pensando que era una absoluta pérdida de tiempo. Pero ahora… -Muse tenía la cinta preparada. Apretó la tecla PLAY. Apareció una furgoneta blanca. Apretó PAUSA y la imagen se congeló.

Cope se acercó más.

– Una furgoneta blanca.

– Una furgoneta blanca Chevy, sí.

– Debe de haber millones de furgonetas blancas Chevy matriculadas en Nueva York y Nueva Jersey -dijo Cope-. ¿Se puede ver la matrícula?

– Sí.

– ¿Y puedo suponer que es la de la furgoneta que pertenece a la señora Kasner?

– No.

Cope arrugó los ojos.

– ¿No?

– No. Es un número completamente diferente.

– Entonces ¿qué es tan importante?

Muse señaló la pantalla.

– Esta matrícula, JYL-419, pertenece a un tal señor David Pulkingham de Armonk, Nueva York.

– ¿El señor Pulkingham también es propietario de una furgoneta blanca?

– Sí.

– ¿Podría ser nuestro hombre?

– Tiene setenta y tres años y no tiene antecedentes.

– ¿O sea que supones otro cambio de matrícula?

– Sí.

Clarence Morrow asomó la cabeza en el despacho.

– ¿Jefa?

– Sí.

Vio a Paul Copeland y se puso derecho como si fuera a saludar.

– Buenos días, señor fiscal.

– Hola, Clarence.

Clarence esperó.

– No pasa nada -dijo Muse-. ¿Qué tienes?

– Acabo de hablar con Helen Kasner.

– ¿Y qué?

– La he hecho salir a ver la matrícula. Tenías razón. Le habían cambiado la matrícula, pero ella no lo había notado.

– ¿Algo más?

– Sí, lo mejor. La matrícula que lleva ahora el coche. -Clarence señaló la furgoneta blanca de la pantalla-. Pertenece al señor David Pulkingham.

Muse miró a Cope, sonrió y levantó las manos al cielo.

– ¿Suficiente relación?

– Sí -dijo Cope-. Eso me sirve.

19

– Vamos -susurró Yasmin.

Jill miró a su amiga. El bigotito en la cara, el causante del problema, había desaparecido, pero por alguna razón Jill seguía viéndolo. La madre de Yasmin había acudido desde donde fuera que viviera ahora -en el sur, en Florida, quizá- y la había llevado a la consulta de un gran médico que le había aplicado electrólisis. Esto había mejorado su aspecto, pero no había ayudado a que la escuela fuera menos horrible.

Estaban sentadas a la mesa de la cocina. Beth, «novia de la semana» como la llamaba Yasmin, había intentado quedar bien con un sabroso desayuno de tortilla y salchichas, más las «legendarias tortitas» de Beth, pero las niñas habían pasado, con gran desilusión de Beth, y habían preferido panqueques congelados con virutas de chocolate.

– Bueno, chicas, que aproveche -dijo Beth con los dientes apretados-. Voy a sentarme fuera a tomar el sol.

En cuanto Beth salió por la puerta, Yasmin se levantó de la mesa y se acercó a la ventana panorámica. Beth no estaba a la vista. Yasmin miró a la izquierda, después a la derecha, y sonrió.

– ¿Qué pasa? -preguntó Jill.

– Ven a ver -dijo Yasmin.

Jill se levantó y fue al lado de su amiga.

– Mira, en la esquina, detrás del árbol grande.

– No veo nada.

– Fíjate bien -dijo Yasmin.

Jill tardó un poco, pero finalmente vio algo gris y humeante y entendió a qué se refería Yasmin.

– ¿Beth está fumando?

– Sí. Se esconde detrás de un árbol y fuma.

– ¿Por qué se esconde?

– Quizá le preocupe fumar delante de dos jovencitas impresionables -dijo Yasmin con una sonrisa maliciosa-. O quizá no quiera que mi padre lo sepa. No soporta a los fumadores.

– ¿Te vas a chivar?

Yasmin sonrió y se encogió de hombros.

– ¿Quién sabe? Nos hemos chivado de todas, ¿no? -Hurgó en un bolso y Jill jadeó.

– ¿Es el bolso de Beth?

– Sí.

– No deberíamos curiosear.

Yasmin hizo una mueca y siguió hurgando.

Jill se acercó más y miró.

– ¿Algo interesante?

– No. -Yasmin lo dejó-. Ven, quiero enseñarte algo.

Dejó el bolso en la encimera y subió la escalera. Jill la siguió. Había una ventana en el baño del rellano. Yasmin orinó rápidamente. Jill también. Beth estaba detrás del árbol -ahora la veían con claridad- y chupaba el cigarrillo como si estuviera bajo el agua y por fin hubiera encontrado un salvavidas. Aspiraba con fuerza, cerrando los ojos, y las arrugas de su cara se suavizaban.

Yasmin se apartó sin decir nada. Hizo una señal a Jill para que la siguiera. Entraron en la habitación de su padre. Yasmin fue directamente a su mesita de noche y abrió el cajón.

Jill no estaba precisamente asombrada. De hecho, ésta era una de las cosas que tenían en común. A ambas les gustaba explorar. Todos los niños lo hacen más o menos, imaginaba Jill, pero en su casa su padre la llamaba «Harriet la Espía». Siempre estaba metiendo la nariz donde no debía. Cuando Jill tenía ocho años encontró unas fotos viejas en un cajón de su madre. Estaban escondidas detrás, bajo un montón de postales antiguas y pastilleros que había comprado en un viaje a Florencia en unas vacaciones de verano de la universidad.

En una foto había un chico que parecía de la edad de Jill -ocho o nueve años-. Estaba junto a una niña uno o dos años menor. Jill se dio cuenta inmediatamente de que la niña era su madre. Dio la vuelta a la foto. Alguien había escrito con una letra elegante: «Tia y Davey» y el año.

Nunca había oído hablar de ningún Davey. Pero aprendió algo. Su fisgoneo le había enseñado una valiosa lección. A los padres también les gusta tener secretos.

– Mira -dijo Yasmin.

Jill miró dentro del cajón. El señor Novak tenía una tira de condones encima.

– Puaf, qué asco.

– ¿Crees que los ha utilizado con Beth?

– No quiero ni pensarlo.

– ¿Y yo qué? Es mi padre.

Yasmin cerró el cajón y abrió el de abajo. De repente su voz se convirtió en un susurro.

– ¿Jill?

– ¿Qué?

– Echa un vistazo.

Yasmin metió la mano por debajo de unos jerséis viejos, una caja de metal, algunos calcetines, y se paró. Sacó algo fuera y sonrió.

Jill saltó hacia atrás.

– ¿Qué es…?

– Es una pistola.

– ¡Ya sé que es una pistola!

– Y está cargada.

– Guárdala. No me puedo creer que tu padre tenga un arma cargada.

– Como muchos padres. ¿Quieres que te enseñe cómo se le quita el seguro?

– No.

Pero Yasmin lo hizo de todas maneras. Las dos miraron el arma con respeto. Yasmin se la pasó a Jill. Primero Jill levantó la mano para rechazarla, pero algo de su forma y su color la cautivó. Se la puso en la palma de la mano. Se maravilló con su peso, con su frialdad, con su simplicidad.

– ¿Puedo decirte algo? -preguntó Yasmin.

– Claro.

– Prométeme que no lo dirás.

– Por supuesto que no lo diré.

– Cuando la encontré me imaginaba que la usaba para matar al señor Lewiston.

Jill dejó el arma con cuidado.

– Era como si lo viera. Entraba en la clase. La guardaba en la mochila. A veces pienso en esperar hasta después de clase, y dispararle cuando no haya nadie más, limpiar mis huellas de la pistola, y marcharme sin que nadie me vea. O iría a su casa… sé dónde vive, en West Orange, y le mataría allí y nadie sospecharía de mí. Y otras veces pienso en hacerlo en plena clase, cuando estén todos, para que lo vean todos los alumnos, y quizá también les dispararía a ellos, pero después enseguida pensé que no, que eso sería demasiado Columbine y yo no soy una gótica marginada.

– ¿Yasmin?

– ¿Sí?

– Me estás asustando.

Yasmin sonrió.

– Sólo fue una idea pasajera. Inofensiva. No pienso hacer nada de nada.

Silencio.

– Pagará -dijo Jill-. Ya lo sabes, ¿no? ¿El señor Lewiston?

– Lo sé -dijo Yasmin.

Oyeron un coche que paraba en la entrada. El señor Novak había vuelto. Yasmin recogió el arma con calma, la dejó en el fondo del cajón, y lo ordenó todo como antes. Se tomó su tiempo, sin prisas, incluso cuando se abrió la puerta de la casa y oyó que su padre gritaba:

– ¿Yasmin? ¿Niñas?

Yasmin cerró el cajón, sonrió y fue hacia la puerta.

– Ya vamos, papá.

Tia no se molestó en recoger sus cosas.

En cuanto colgó después de hablar con Mike, bajó corriendo al vestíbulo. Brett todavía se frotaba los ojos de sueño, y sus cabellos despeinados le daban el aspecto de los que no tienen ninguna preocupación en el mundo. Se había ofrecido a acompañarla en coche al Bronx. La furgoneta de Brett estaba cargada con su equipo informático y olía a porros, pero él mantuvo el pie apretado sobre el acelerador. Tia se sentó a su lado y realizó algunas llamadas. Despertó a Guy Novak y le explicó rápidamente que Mike había tenido un accidente y le pidió que se quedara con Jill unas horas más. Él se había mostrado educadamente comprensivo y había aceptado inmediatamente.

– ¿Qué le digo a Jill? -preguntó Guy Novak.

– Dile sólo que ha surgido algo. No quiero que se preocupe.

– Entendido.

– Gracias, Guy.

Tia se puso a mirar fijamente la carretera como si eso pudiera hacer más corto el viaje. Intentó hacer conjeturas sobre lo sucedido. Mike le había dicho que había utilizado un GPS de móvil. Localizó a Adam en un extraño lugar del Bronx. Fue hasta allí, creyó haber visto al chico de los Huff y después lo habían agredido.

Adam seguía desaparecido, o quizá, como la última vez, sólo había decidido esfumarse durante un día o dos.

Llamó a casa de Clark. Habló también con Olivia. Ninguno de los dos había visto a Adam. Llamó a casa de los Huff, pero no contestaron. Durante la noche e incluso por la mañana, preparar la deposición la había mantenido parcialmente alejada del terror, al menos hasta que Mike había llamado del hospital. Se acabó. El miedo hizo su aparición y se había apoderado de ella. Se agitó en el asiento.

– ¿Cómo estás? -preguntó Brett.

– Bien.

Pero no estaba bien. No cesaba de recordar la noche en que Spencer Hill había desaparecido y se había suicidado. Recordaba haber recibido la llamada de Betsy… «¿Ha visto Adam a Spencer…?».

El pánico en la voz de Betsy. El miedo en estado puro. No era ansiedad. Estaba angustiada y, al final, se había justificado cada segundo de angustia.

Tia cerró los ojos. De repente le costaba respirar. Sintió que el pecho le dolía. Respiró hondo.

– ¿Quieres que abra una ventana? -preguntó Brett.

– Estoy bien.

Se serenó y llamó al hospital. Logró dar con el médico, pero no se enteró de nada que no supiera ya. A Mike le habían dado una paliza y le habían robado. Por lo que pudo deducir, un grupo de hombres había atacado a su marido en un callejón. Había sufrido una conmoción grave y había estado inconsciente varias horas, pero ahora estaba descansando cómodamente y se pondría bien.

Llamó a Hester Crimstein a casa. Su jefa expresó una moderada preocupación por el marido y el hijo de Tia y una gran preocupación por su caso.

– Tu hijo ya había huido una vez, ¿no? -preguntó Hester.

– Una vez.

– Pues probablemente es lo que ha vuelto ocurrir.

– Podría ser algo más.

– ¿Como qué? -preguntó Hester-. A ver, ¿a qué hora era la deposición?

– A las tres.

– Pediré un aplazamiento. Si no me lo conceden, tendrás que volver.

– Bromeas, ¿no?

– Por lo que me has dicho, aquí no puedes hacer nada. Puedes tener acceso telefónico todo el rato. Te dejaré el jet privado para que puedas salir de Teterboro.

– Estamos hablando de mi familia.

– Sí, y yo estoy hablando de que los dejes sólo unas pocas horas. No vas a hacer nada que los haga sentir mejor, sólo estar ahí. Por otra parte, yo tengo a un hombre inocente que puede acabar condenado a veinticinco años de cárcel si la fastidiamos.

Tia estaba deseando dimitir sin más, pero algo la contuvo y la calmó lo suficiente para decir:

– Veamos si nos conceden un aplazamiento.

– Volveré a llamarte.

Tia colgó, y miró el teléfono que tenía en la mano como si fuera una extraña excrecencia nueva. ¿Realmente todo aquello estaba pasando?

Cuando llegó a la habitación de Mike, Mo ya estaba allí. Él cruzó la habitación rápidamente, con los puños cerrados a los lados.

– Está bien -dijo Mo, en cuanto ella entró-. Acaba de dormirse.

Tia cruzó la habitación. Había dos camas más, ambas con pacientes. En aquel momento no tenían visitas. Cuando Tia vio la cara de Mike, sintió como si le hubieran clavado un bloque de cemento en el estómago.

– Oh, cielo santo…

Mo se puso detrás de ella y le colocó las manos en los hombros.

– Tiene peor aspecto de lo que es.

Tia esperaba que tuviera razón. No había imaginado qué esperar, pero ¿esto? Mike tenía el ojo derecho hinchado y cerrado. En una mejilla tenía un corte como de cuchilla de afeitar y en la otra le estaba saliendo un cardenal. Tenía el labio partido. Un brazo estaba bajo la manta, pero Tia podía ver dos grandes magulladuras en el otro antebrazo.

– ¿Qué le han hecho? -susurró.

– Están muertos -dijo Mo-. ¿Me has oído? Voy a localizarlos y no voy a darles una paliza, los voy a matar.

Tia puso una mano en el antebrazo de su marido. Su marido. Su precioso, guapo y fuerte marido. Se había enamorado de aquel hombre en Dartmouth. Había compartido la cama con él, había tenido hijos, le había elegido como compañero en la vida. No es algo en lo que pienses a menudo, pero es así. Eliges a un ser humano para compartir la vida, y es realmente aterrador cuando lo piensas. ¿Cómo había permitido que se distanciaran, ni que fuera un poco? ¿Cómo había permitido que la rutina se impusiera y no lo había intentado todo, en todos los segundos de su vida juntos, para que fuera aún mejor, aún más apasionada?

– Te quiero mucho -susurró.

Mike parpadeó y abrió los ojos. Tia también vio miedo en los de su marido, y quizá esto fue lo peor. En todo el tiempo que hacía que conocía a Mike, nunca le había visto tener miedo. Tampoco le había visto llorar. Suponía que sí lloraba, pero era de los que no lo mostraban. Quería ser el fuerte de la familia, por pasado de moda que sonara, y ella también lo quería así.

20

Dolly Lewiston vio pasar otra vez el coche por delante de su casa.

Redujo la velocidad. Como la otra vez. Y como la vez anterior.

– Es él otra vez -dijo.

Su marido, un profesor de quinto curso llamado Joe Lewiston, no levantó la cabeza. Estaba corrigiendo exámenes con una concentración un poco exagerada.

– ¿Joe?

– Te he oído, Dolly -dijo bruscamente-. ¿Qué quieres que haga?

– No tiene derecho a hacer esto. -Observó cómo el coche se alejaba disolviéndose en la distancia-. Quizá deberíamos llamar a la policía.

– ¿Y qué les decimos?

– Que nos está acosando.

– Pasa en coche por una calle. No es ilegal.

– Reduce la velocidad.

– Eso tampoco es ilegal.

– Puedes explicarles lo que pasó.

Él soltó una risita burlona, y siguió mirando los exámenes.

– Seguro que la policía se mostraría muy comprensiva.

– Nosotros también tenemos una hija.

De hecho, ella misma había estado viendo a la pequeña Allie, su hija de tres años, por el ordenador. La web de K-Little Gym permitía que vieras a tus hijos con una webcam desde tu casa -merendando, jugando a construcciones, leyendo, trabajando solos, cantando, todo- y así saber siempre cómo estaban. Por eso Dolly había elegido K-Little.

Ella y Joe trabajaban como maestros de escuela elemental. Joe enseñaba en la escuela Hillside en quinto curso. Ella a los de segundo en Paramus. Dolly Lewiston deseaba dejar el trabajo, pero necesitaban los dos sueldos. A su marido le seguía gustando enseñar, pero Dolly había perdido el entusiasmo en algún punto del camino. Algunas personas notaron que había perdido su pasión por la enseñanza más o menos cuando nació Allie, pero ella creía que era algo más. De todos modos, hacía su trabajo y lidiaba con los padres gruñones, aunque lo único que deseaba hacer era ver la web de K-Little y asegurarse de que su hija estuviera bien.

Guy Novak, el hombre del coche que pasaba frente a su casa, no había podido ver a su hija o comprobar que estaba bien. Así que, en cierto modo, entendía perfectamente lo que hacía y se solidarizaba con su frustración. Pero esto no significaba que fuera a permitirle que perjudicara a su familia. En el mundo se trata a menudo de nosotros o de ellos, y ella tenía claro que su familia era lo primero.

Se volvió a mirar a Joe. Tenía los ojos cerrados y la cabeza baja.

Se situó detrás de él y le puso la mano en el hombro. Él se estremeció con el contacto. El estremecimiento duró un segundo, no más, pero ella sintió que le atravesaba todo el cuerpo. Joe había estado muy tenso las últimas semanas. Dolly no movió la mano, no la apartó y él se relajó finalmente. Le masajeó los hombros. Antes le gustaba que lo hiciera. Tardó un poco pero los hombros se ablandaron.

– Todo se arreglará -dijo.

– Perdí los nervios.

– Lo sé.

– Fui demasiado lejos, como hago siempre, y entonces…

– Lo sé.

Lo sabía. Era lo que hacía tan buen profesor a Joe Lewiston. Sentía pasión. Tenía embobados a sus alumnos, les contaba chistes, a veces cruzaba la línea del decoro pero los niños estaban encantados con él. Hacía que prestaran atención y aprendieran más. Al principio algunos padres se habían inquietado con las payasadas de Joe, pero tenía suficientes defensores para protegerse. La gran mayoría de padres procuraban que sus hijos fueran a la clase del señor Lewiston. Les gustaba que fueran contentos a la escuela y tuvieran un maestro que mostraba un sincero entusiasmo y no sólo un comportamiento rutinario. No como Dolly.

– Le hice daño a esa niña -dijo Joe.

– No pretendías hacerle daño. Todos los niños y todos los padres siguen apreciándote.

Él no dijo nada.

– Lo superará. Todo esto pasará, Joe. Se arreglará.

A Joe le empezó a temblar el labio inferior. Se estaba desmoronando. Por mucho que lo amara, por mucho que supiera que su marido era mejor maestro y mejor persona de lo que nunca sería ella, Dolly también sabía que su marido no era precisamente el más fuerte de los hombres. La gente creía que lo era. Procedía de una familia numerosa, y era el menor de seis hermanos, pero su padre había sido demasiado dominante. Menospreció a su hijo más pequeño y más bueno y Joe encontró una vía de escape siendo el más divertido y gracioso. Joe Lewiston era el hombre más bueno que Dolly hubiera conocido, pero también era débil.

A ella no le importaba. Le tocaba a Dolly ser la fuerte. Ella se encargaba de sostener a su marido y mantener unida la familia.

– Siento haber perdido los nervios -dijo Joe.

– No te preocupes.

– Tienes razón. Esto pasará.

– Claro que sí. -Le besó el cuello y después detrás de la oreja. Su punto favorito. Lo lamió y empezó a girar delicadamente. Esperó a oír un gemido. No lo oyó. Dolly susurró:

– ¿Por qué no dejas de corregir exámenes un ratito, eh?

Él se apartó, sólo un poco.

– Es que, de verdad, debo terminar.

Dolly se incorporó y dio un paso atrás. Joe Lewiston vio lo que había hecho e intentó arreglarlo.

– Pero te tomo la palabra, ¿eh? -dijo.

Esto era lo que solía decir ella cuando no estaba de humor. De hecho, en general era lo que decía la esposa, ¿no? En este ámbito él siempre había sido el agresivo -sin debilidades-, pero en los últimos meses, desde la metedura de pata, nunca tan bien dicho, se había vuelto diferente.

– Claro -dijo ella.

Dolly se volvió.

– ¿Adónde vas? -preguntó Joe.

– Vuelvo enseguida -dijo Dolly-. Tengo que pasar por la tienda y después recogeré a Allie. Termina de corregir los exámenes.

Dolly Lewiston corrió arriba, se conectó, buscó la dirección del domicilio de Guy Novak y la forma de llegar. También comprobó los mensajes de la escuela en su dirección de correo -siempre había algún padre que se quejaba de algo-, pero no funcionaba desde hacía dos días. Seguía inaccesible.

– Mi correo todavía está averiado -gritó.

– Le echaré un vistazo -dijo él.

Dolly imprimió la dirección de Guy Novak, dobló el papel en cuatro y se lo guardó en el bolsillo. Al salir, besó a su marido en la cabeza. Él le dijo que la quería. Ella dijo que también.

Cogió las llaves y fue a por Guy Novak.

Tia lo podía ver en sus caras: la policía no se creía la desaparición de Adam.

– Creía que podrían poner una Alerta Amber o algo así -dijo Tia.

Eran dos policías que eran casi cómicos juntos. Uno era un hispano diminuto con uniforme llamado Gutiérrez. El otro era una negra alta que se presentó como detective Clare Schlich.

Schlich era la que respondía a sus preguntas:

– Su hijo no cumple los criterios de la Alerta Amber.

– ¿Por qué no?

– Tiene que haber alguna prueba de que ha sido secuestrado.

– Pero tiene dieciséis años y ha desaparecido.

– Sí.

– ¿Qué prueba necesitaría?

Schlich se encogió de hombros.

– Un testigo estaría bien.

– No todos los secuestros tienen testigos.

– Es cierto, señora. Pero necesita alguna prueba de un secuestro o de peligro de daño físico. ¿Tiene alguna prueba?

Tia no los habría calificado de groseros; «condescendientes» era una palabra más acertada. Anotaron la información como es debido. No se burlaron de su preocupación, pero no tenían intención de dejarlo todo y dedicar hombres a aquel caso. Clare Schlich dejó clara su postura con preguntas y aclaraciones sobre lo que Mike y Tia le habían contado:

«¿Vigilaban el ordenador de su hijo?»

«¿Activaron el GPS del móvil de su hijo?»

«¿Estaban tan preocupados por su comportamiento que le siguieron hasta el Bronx?»

«¿Había huido antes alguna vez?»

Así. En cierto modo, Tia no culpaba a los dos policías, pero ella sólo podía ver que Adam había desaparecido.

Gutiérrez ya había hablado antes con Mike.

– ¿Ha dicho que vio a Daniel Huff Júnior, DJ Huff, en la calle? ¿Que podría haber salido con su hijo?

– Sí.

– Acabo de hablar con su padre. Es policía, ¿lo sabía?

– Lo sé.

– Ha dicho que su hijo estuvo en casa toda la noche.

Tia miró a Mike. Vio que algo explotaba dentro de sus ojos. Sus pupilas se redujeron a alfileres. Había visto antes aquella mirada. Le puso una mano en el brazo, pero no lo calmó.

– Miente -dijo Mike.

El policía se encogió de hombros. Tia vio que la cara hinchada de Mike se oscurecía. Él la miró, miró a Mo y dijo:

– Nos vamos.

El médico quería que Mike se quedara un día más, pero él no pensaba quedarse. Tia sabía que no valía la pena representar el papel de esposa preocupada. Sabía que Mike se recuperaría de sus heridas físicas. Era absurdamente resistente. Aquélla era su tercera conmoción: las dos primeras las había sufrido en la pista de hockey. Mike había perdido algunos dientes, le habían dado más puntos en la cara de lo que sería normal y se había roto la nariz dos veces y la mandíbula una vez y nunca, ni una sola vez, se había perdido un partido. En la mayoría de los casos había acabado de jugar el partido después de lesionarse.

Tia también sabía que no valía la pena discutir de esto con su marido, y tampoco le apetecía. Quería que se levantara de la cama y buscara a su hijo. Le haría más daño no hacer nada, y lo sabía.

Mo ayudó a Mike a sentarse. Tia le ayudó a vestirse. Tenía la ropa manchada de sangre. A Mike le daba igual. Se levantó. Estaban casi fuera de la habitación cuando Tia sintió que su móvil vibraba. Rogó que fuera Adam. No lo era.

Hester Crimstein no se molestó en saludar.

– ¿Sabes algo de tu hijo?

– Nada. La policía no hará nada porque le considera un fugado.

– ¿No lo es?

Esto hizo parar a Tia.

– No lo creo.

– Brett me ha dicho que le espiáis -dijo Hester.

Brett era un bocazas, pensó Tia. Qué bien.

– Vigilo su actividad en la red.

– Dilo como quieras.

– Adam no se fugaría de esta manera.

– Bueno, seguro que es la primera vez que una madre dice esto.

– Conozco a mi hijo.

– O esto -añadió Hester-. Malas noticias: no nos han dado el aplazamiento.

– Hester…

– Antes de que digas que no irás a Boston, escúchame. Ya tengo pedido un coche para recogerte. Está esperándote en la puerta del hospital.

– No puedo…

– Escúchame, Tia. Me lo debes. El chófer te llevará al aeropuerto de Teterboro, que no está lejos de tu casa. Tengo allí mi avión privado. Tienes móvil. Si surge algo, el chófer te acompañará. En el avión hay teléfono. Si te enteras de algo mientras estás en el avión, mi piloto puede llevarte en un tiempo récord. A lo mejor encuentran a Adam en Filadelfia, por decir algo. Te será útil tener un avión privado a tu disposición.

Mike miró a Tia inquisitivamente. Ella negó con la cabeza y le hizo señas para que se avanzaran. Así lo hicieron.

– Cuando llegues a Boston -siguió Hester-, haces la deposición. Si sucede algo durante la declaración, lo dejas inmediatamente y vuelves a casa con el avión privado. Es un vuelo de cuarenta y cinco minutos de Boston a Teterboro. Lo más probable es que tu hijo vuelva a casa contando cualquier excusa adolescente y que haya estado bebiendo con amigos. En cualquier caso, estarás en casa en cuestión de horas.

Tia se pellizcó el puente de la nariz.

– Lo que digo es lógico, ¿no?

– Lo es.

– Bien.

– Pero no puedo.

– ¿Por qué no?

– No podría concentrarme.

– Oh, menuda tontería. Ya sabes lo que quiero que hagas con esta deposición.

– Quieres que flirtee. Mi marido está en el hospital…

– Le han dado el alta. Lo sé todo, Tia.

– Bien, mi marido ha sido agredido y mi hijo sigue desaparecido. ¿De verdad crees que estaré a la altura de flirtear en una deposición?

– ¿A la altura? ¿A quién le importa si estás o no a la altura? Tienes que hacerlo y basta. Está en juego la libertad de una persona, Tia.

– Debes encontrar a otro.

Silencio.

– ¿Es tu última palabra? -preguntó Hester.

– Mi última palabra -dijo Tia-. ¿Esto va a costarme el trabajo?

– Hoy no -dijo Hester-. Pero sí pronto. Porque ahora ya sé que no puedo confiar en ti.

– Trabajaré para recuperar tu confianza.

– No la recuperarás. No soy de las que dan segundas oportunidades. Tengo demasiados abogados trabajando para mí que no las necesitarán nunca. Te devolveré al trabajo aburrido hasta que lo dejes. Lástima. Creo que tienes potencial.

Hester Crimstein colgó el teléfono.

Salieron del hospital. Mike seguía mirando a su mujer.

– ¿Tia?

– No quiero hablar de esto.

Mo los acompañó a casa.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Tia.

Mike se tragó un analgésico.

– Quizá deberías recoger a Jill.

– De acuerdo. ¿Adónde vas tú?

– Para empezar -dijo Mike- quiero tener una pequeña charla con el capitán Daniel Huff sobre por qué ha mentido.

21

– Este tal Huff es poli, ¿no? -dijo Mo.

– Sí.

– Por lo tanto, no se dejará intimidar fácilmente.

Ya habían aparcado frente a la casa de Huff, casi exactamente donde Mike estaba la noche anterior antes de que todo explotara encima de él. No escuchó a Mo. Fue hacia la puerta como una tromba. Mo le siguió. Mike llamó y esperó. Llamó al timbre y esperó un momento.

No respondió nadie.

Mike dio la vuelta hacia la parte de atrás. Aporreó también aquella puerta. No hubo respuesta. Miró dentro colocando las manos al lado de la cara. Ningún movimiento. Incluso probó si la puerta estaba abierta. Estaba cerrada.

– ¿Mike?

– Miente, Mo.

Volvieron al coche.

– ¿Adónde? -preguntó Mo.

– Déjame conducir.

– No. ¿Adónde?

– A la comisaría. Al trabajo de Huff.

Era cerca, a menos de un par de kilómetros. Mike pensó en aquella ruta, en el corto trayecto que Daniel Huff recorría casi cada día para ir a trabajar. Qué suerte tener el trabajo tan cerca. Mike pensó en las horas perdidas en el coche para cruzar el puente y después se preguntó por qué pensaba en algo tan idiota y se dio cuenta de que respiraba con dificultad y que Mo lo miraba por el rabillo del ojo.

– ¿Mike?

– ¿Qué?

– Tienes que mantener la cabeza fría.

Mike frunció el ceño.

– Mira quién habla.

– Sí, mira quién habla. Puedes regocijarte con la ironía de que apele a tu sentido común o puedes darte cuenta de que si abogo por la prudencia, tiene que haber una razón poderosa. No puedes entrar en una comisaría para enfrentarte a un agente sin un poco de preparación.

Mike no dijo nada. La comisaría era una antigua biblioteca reformada, en una colina y con un aparcamiento espantoso. Mo se puso a dar vueltas buscando una plaza.

– ¿Me has oído?

– Sí, Mo, te he oído.

Había plazas vacías delante.

– Déjame dar la vuelta hasta el aparcamiento de atrás.

– No tenemos tiempo -dijo Mike-. Yo me encargo de esto.

– Ni hablar.

Mike lo miró.

– Por Dios, Mike, tienes una pinta horrible.

– Si quieres hacerme de chófer, bien. Pero no eres mi canguro, Mo. Déjame aquí. De todos modos necesito hablar a solas con Huff. Tú le pondrías sobre aviso. Sólo puedo enfocarlo como una charla de padre a padre.

Mo paró el coche.

– Recuerda lo que acabas de decir.

– ¿Qué?

– Padre a padre. Él también es padre.

– ¿Y qué?

– Piénsalo.

Al levantarse Mike sintió dolor en las costillas. El dolor físico era algo curioso. Él tenía el umbral del dolor alto, y lo sabía. A veces incluso le parecía un consuelo. Le gustaba sentir dolor después de entrenarse a fondo. Le gustaba conseguir que le dolieran los músculos. Sobre el hielo, los demás intentaban intimidarte con fuertes entradas, pero a él le producían el efecto contrario. Cuando Mike recibía un buen golpe le salía el punto desafiante.

Esperaba que la comisaría estuviera tranquila. Sólo había estado en una ocasión, para pedir permiso para dejar el coche en la calle por la noche. Según las ordenanzas del pueblo era ilegal aparcar el coche en la calle a partir de las dos de la noche, pero estaban asfaltando su entrada y tuvo que ir a pedir permiso para dejar los coches fuera toda una semana. Entonces sólo había un policía en recepción y todas las demás mesas estaban vacías. En cambio ese día había al menos quince policías y todos en plena actividad.

– Buenos días.

El agente uniformado parecía demasiado joven para estar en la recepción. Tal vez éste era otro ejemplo de cómo nos influía la televisión, pero Mike siempre esperaba encontrar a un veterano curtido trabajando de cara al público, como el tipo que siempre decía a los demás «cuidaos ahí fuera» en Hill Street Blues. Ese chico parecía tener doce años. Él también miraba a Mike sin disimular la sorpresa y señalando su cara.

– ¿Está aquí por esas magulladuras?

– No -dijo Mike.

Los demás agentes no paraban. Se pasaban papeles, se llamaban unos a otros y aguantaban teléfonos entre la cara y el cuello.

– He venido a ver al agente Huff.

– ¿Se refiere al capitán Huff?

– Sí.

– ¿Puedo preguntar de qué asunto se trata?

– Dígale que soy Mike Baye.

– Como ve, estamos bastante ocupados ahora mismo.

– Lo veo -dijo Mike-. ¿Ha pasado algo gordo?

El joven policía le miró expresivamente, como diciendo que no le concernía. Mike oyó algún comentario sobre un coche aparcado en un aparcamiento de un hotel Ramada, pero nada más.

– ¿Por qué no se sienta mientras intento localizar al capitán Huff?

– Claro.

Mike se sentó en un banco. A su lado había un hombre trajeado, rellenando un formulario. Uno de los policías gritó:

– Ya hemos interrogado a todo el personal. Nadie recuerda haberla visto.

Mike se preguntó vagamente de qué estarían hablando, pero sólo para intentar calmarse.

Huff había mentido.

Mike no dejó de mirar al joven agente. Cuando el chico colgó, miró a Mike y éste supo que no iba a darle buenas noticias.

– ¿Señor Baye?

– Doctor Baye -corrigió Mike. Esta vez puede que pareciera arrogante, pero a veces la gente trataba de otro modo a los médicos. No siempre. Pero a veces sí.

– Doctor Baye. Lo siento, pero esta mañana estamos muy ocupados. El capitán me ha pedido que le diga que le llamará en cuanto pueda.

– No puede ser -dijo Mike.

– ¿Disculpe?

La comisaría era un espacio bastante abierto. Había una separación de quizá un metro de altura -¿por qué las tienen todas las comisarías? ¿A quién va a detener eso?- con una puertecita oscilante. Hacia el fondo, Mike veía una puerta que decía CAPITÁN en letras grandes. Caminó rápidamente, provocándose toda clase de dolores en sus costillas y su cara. Pasó de largo de la recepción.

– ¿Señor?

– No se moleste, conozco el camino.

Abrió el pestillo y se encaminó apresuradamente hacia el despacho del capitán.

– ¡Deténgase inmediatamente!

Mike no creía que el chico disparara, así que siguió caminando. Estaba frente a la puerta antes de que nadie lo interceptara. Cogió la manilla y la giró. No estaba cerrada. Abrió la puerta.

Huff estaba en su mesa hablando por teléfono.

– ¿Qué coño…?

El agente joven de la recepción le siguió rápidamente, preparado para hacer un placaje, pero Huff le hizo un gesto para que se marchara.

– Tranquilo.

– Lo siento, capitán. Se ha colado.

– No te preocupes. Cierra la puerta, por favor.

El chico no parecía contento, pero obedeció. Una de las paredes era de cristal. Se quedó al otro lado mirando. Mike le miró furiosamente y después volvió su atención a Huff.

– Mentiste -dijo.

– Estoy ocupado, Mike.

– Vi a tu hijo antes de que me agredieran.

– No, no lo viste. Estaba en casa.

– Tonterías.

Huff no se puso de pie. No invitó a Mike a sentarse. Unió las manos detrás de la cabeza y se echó hacia atrás.

– En serio que ahora no tengo tiempo.

– Mi hijo estaba en tu casa. Después se fue al Bronx.

– ¿Cómo lo sabes, Mike?

– El móvil de mi hijo tiene un GPS.

Huff arqueó las cejas.

– Vaya.

Seguramente ya lo sabía. Sus colegas de Nueva York se lo habrían dicho.

– ¿Por qué mientes sobre esto, Huff?

– ¿Qué precisión tiene ese GPS?

– ¿Qué?

– Puede que no estuviera nunca con DJ. Puede que estuviera en casa de un vecino. Los Luberkin viven dos casas más abajo. O quién sabe, puede que estuviera en casa antes de que llegara yo. O quizá estaba por allí cerca y pensaba entrar, pero cambió de idea.

– ¿Hablas en serio?

Llamaron a la puerta. Otro policía asomó la cabeza.

– Ha llegado el señor Cordova.

– Llévalo a la sala A -dijo Huff-. Iré enseguida.

El policía asintió y cerró la puerta. Huff se levantó. Era alto, y llevaba los cabellos peinados hacia atrás. Normalmente tenía la actitud calmosa típica de los policías, como cuando se habían encontrado frente a su casa la noche anterior. Todavía la tenía, pero el esfuerzo de mantenerla parecía estarlo consumiendo. Miró a Mike a los ojos. Mike no apartó la mirada.

– Mi hijo estuvo en casa toda la noche.

– Es mentira.

– Ahora debo irme. No pienso volver a hablar de esto contigo.

Se dirigió a la puerta, pero Mike se puso en medio.

– Necesito hablar con tu hijo.

– Apártate de mi camino, Mike.

– No.

– Tu cara.

– ¿Qué pasa?

– Diría que ya te han cascado bastante -dijo Huff.

– ¿Quieres ponerme a prueba?

Huff no dijo nada.

– Vamos, Huff. Ya estoy machacado. ¿Quieres volver a probar?

– ¿Volver?

– Quizá estabas allí.

– ¿Qué?

– Tu hijo estaba. Eso lo sé. Hagámoslo. Pero esta vez cara a cara. Uno contra uno. No un grupo de tíos agrediéndome cuando no me lo espero. Venga. Deja el arma y cierra la puerta de tu despacho. Di a tus colegas que nos dejen tranquilos. Veamos si eres tan duro como finges ser.

Huff sonrió a medias.

– ¿Crees que eso te ayudará a encontrar a tu hijo?

Y entonces fue cuando Mike lo entendió, lo que le había dicho Mo. Él había hablado de pelear cara a cara y uno contra uno, pero lo que habría debido decir era lo que Mo había dicho: de padre a padre. Aunque recordarle esto a Huff no serviría de nada. Más bien al contrario. Mike intentaba salvar a su hijo y Huff hacía exactamente lo mismo. A Mike no le importaba nada DJ Huff y a Huff no le importaba nada Adam Baye.

Los dos estaban decididos a proteger a sus hijos. Huff pelearía para defenderlo. Ganara o perdiera, Huff no abandonaría a su hijo. Lo mismo que los demás padres -los de Clark o los de Olivia o cualquier otro- y éste había sido el error de Mike. Él y Tia estaban hablando con adultos que lanzarían una granada para proteger a su carnada. Lo que necesitaban hacer era esquivar a los centinelas paternos.

– Adam ha desaparecido -dijo Mike.

– Lo comprendo.

– He hablado de esto con la policía de Nueva York. Pero ¿con quién hablo aquí para que me ayude a encontrar a mi hijo?

– Dile a Cassandra que la echo de menos -susurró Nash.

Y entonces, por fin, se acabó para Reba Cordova.

Nash fue a las unidades de almacenaje de U-Store-it de la Ruta 15, en el condado de Sussex.

Colocó la furgoneta con la parte trasera frente a la puerta del pequeño almacén tipo garaje. Había oscurecido. No había nadie a la vista y tampoco había nadie mirando. Nash había metido el cuerpo en un cubo de basura en previsión de la remota posibilidad de que alguien estuviera observando. Los almacenes eran estupendos para estas cosas. Recordaba haber leído sobre un secuestro en que los raptores habían tenido a su víctima encerrada en una de estas unidades. La víctima murió ahogada accidentalmente. Pero Nash conocía también otras historias, y algunas de ellas ponían los pelos de punta. Ves los pósteres de los desaparecidos, te preguntas qué habrá sido de ellos, de esos niños en los cartones de leche, de las mujeres que salieron un día de su casa tan contentas, y a veces, más a menudo de lo que te gustaría, están atados y amordazados e incluso con vida en lugares como éste.

Nash sabía que los policías creían que los delincuentes seguían una pauta concreta. Era posible -la mayoría de criminales eran idiotas-, pero Nash hacía todo lo contrario. Había pegado a Marianne para que no la reconocieran, pero esta vez no había tocado la cara de Reba. En parte fue por pura logística. Sabía que podía ocultar la identidad de Marianne. Pero no la de Reba. Para entonces su marido seguramente había denunciado la desaparición. Si hallaban un nuevo cadáver, aunque estuviera ensangrentado y machacado, la policía se daría cuenta de que las probabilidades de que fuera el de Reba Cordova eran elevadas.

Así que cambiaría la manera de actuar: no permitiría que encontraran el cadáver.

Ésta era la clave. Nash había abandonado el cadáver de Marianne donde pudieran encontrarlo, pero el de Reba sencillamente no aparecería. Nash había dejado el coche de la mujer en el aparcamiento del hotel. La policía creería que había ido para tener una aventura ilícita. Se centrarían en esto, lo investigarían y estudiarían su entorno para encontrar a un amante. A lo mejor Nash tenía un golpe de suerte. A lo mejor Reba sí tenía uno. Sin duda la policía se echaría encima de él. De todos modos, si no se hallaba el cadáver, no tendrían nada y probablemente darían por bueno que se había fugado. No hallarían la relación entre Reba y Marianne.

Así que la guardaría aquí. Al menos por el momento.

Pietra tenía otra vez una expresión vacua en los ojos. Hacía años había sido una joven y preciosa actriz en el país que antes se denominaba Yugoslavia. Hubo una limpieza étnica. Mataron a su marido y a su hijo ante sus ojos de la forma más horrible que pueda imaginarse. Pietra no fue tan afortunada: sobrevivió. Nash trabajaba de mercenario para los militares en aquella época. La rescató. O rescató lo que quedaba de ella. Desde entonces Pietra sólo volvía a la vida cuando tenía que actuar, como en el bar, cuando se llevó a Marianne. El resto del tiempo estaba vacía. Aquellos soldados serbios se lo habían llevado todo.

– Se lo prometí a Cassandra -dijo él-. Me comprendes, ¿no?

Pietra apartó la cabeza. Él le miró el perfil.

– Te sientes mal por ésta, ¿verdad?

Pietra no dijo nada. Metieron el cadáver de Reba en una mezcla de astillas de madera y estiércol. Serviría durante un tiempo. Nash no quería arriesgarse a robar otra matrícula. Sacó la cinta eléctrica negra y cambió la F por una E. Esto debería bastar. En un rincón del almacén tenía un montón de «disfraces» para la furgoneta. Un rótulo magnético anunciando Pinturas Tremesis. Otro que decía Cambridge Institute. Esta vez decidió poner una pegatina que había comprado en una reunión religiosa llamada El amor de Dios, en octubre pasado. La pegatina decía:

DIOS NO CREE EN ATEOS

Nash sonrió. Qué sentimiento tan bueno y devoto. Pero la clave era que te fijabas en ella. La pegó con cinta de dos caras para poder arrancarla fácilmente si lo deseaba. La gente leería la pegatina y se ofendería o se divertiría. De un modo u otro, se fijarían. Y cuando te fijas en esta clase de cosas, no te fijas en el número de la matrícula.

Subieron al coche.

Hasta que conoció a Pietra, Nash nunca se había tragado que los ojos fueran el espejo del alma. Pero en este caso saltaba a la vista. Tenía unos ojos preciosos, azules con chispas amarillas, y aun así podías ver que no había nada dentro de ellos, que algo había apagado la vela y que nunca volvería a encenderse.

– Debe hacerse, Pietra. Tú lo sabes.

Por fin ella habló.

– Tú disfrutas.

No era un tono sentencioso. Hacía demasiado que conocía a Nash para que éste le mintiera.

– ¿Y qué?

Ella miró a otro lado.

– ¿Qué sucede, Pietra?

– Sabes lo que le pasó a mi familia -dijo.

Nash no dijo nada.

– Vi cómo mi hijo y mi marido sufrían de una forma horrible. Y ellos me vieron sufrir a mí. Ésa fue su última visión antes de morir: yo sufriendo con ellos.

– Lo sé -dijo Nash-. Y dices que yo disfruto con esto. Pero normalmente tú también, ¿no?

Ella respondió sin vacilar.

– Sí.

La gente suele pensar que la víctima de actos de horrible violencia sentirá una repulsión natural ante futuros derramamientos de sangre, cuando es todo lo contrario. La verdad es que el mundo no funciona así. La violencia engendra violencia, pero no sólo en la forma evidente de la venganza. Al crecer, el niño que ha sufrido abusos puede que abuse de niños. El hijo traumatizado por el padre por maltratar a su madre es más que probable que un día pegue a su propia mujer.

¿Por qué? ¿Por qué los seres humanos no aprendemos las lecciones que deberíamos aprender? ¿De qué estamos hechos que hace que nos sintamos atraídos por lo que debería repugnarnos?

Después de que Nash la salvara, Pietra había clamado venganza. Era en lo único en lo que pensó durante su recuperación. Tres semanas después de que le dieran de alta en el hospital, Nash y Pietra localizaron a uno de los soldados que había torturado a su familia. Lo agredieron cuando estaba solo. Nash lo ató y lo amordazó. Dio a Pietra unas tijeras de podar y la dejó sola con él. El soldado tardó tres días en morir. Al final del primer día, el soldado suplicaba a Pietra que lo matara. Pero no le mató.

Disfrutó de cada momento.

Al final, las personas suelen encontrar poca recompensa en la venganza. Se sienten vacías después de hacer algo tan horrible a otro ser humano, aunque crean que se lo merece. Pietra no. La experiencia sólo le hizo desear más. Y por eso en gran parte ahora estaba con él.

– ¿Qué es diferente esta vez? -preguntó Nash.

Esperó. Ella se tomó su tiempo, pero finalmente lo dijo.

– La ignorancia -dijo Pietra en tono bajo-. No saber nunca. Infligir dolor… lo hacemos y no tengo problema. -Volvió a mirar el almacén-. Pero que un hombre tenga que pasar el resto de su vida preguntándose qué le pasó a la mujer que amaba. -Sacudió la cabeza-. Eso me parece peor.

Nash le puso una mano en el hombro.

– Ahora no se puede evitar. Lo comprendes, ¿no?

Ella asintió mirando fijamente delante.

– Pero ¿algún día?

– Sí, Pietra. Algún día. Cuando acabemos, le haremos saber la verdad.

22

Cuando Guy Novak paró el coche en la entrada de su casa, tenía las manos a las dos y diez. Apretaba el volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Se quedó un rato así, con el pie en el freno, esperando sentir algo que no fuera su tremenda impotencia.

Miró su reflejo en el espejo retrovisor. Sus cabellos empezaban a clarear y había empezado a dejar que los que le quedaban le cayeran hacia la oreja. Todavía no era una forma descarada de taparse la calva, pero ¿no es esto lo que piensan todos? Esa parte va bajando tan lentamente que no te percatas de cuánto de un día para otro o de una semana para otra y, sin que te des cuenta, un día la gente empieza a burlarse de ti a tus espaldas.

Guy miró al hombre del espejo y no podía creer que fuera él. Sin embargo, los cabellos seguirían cayendo. Esto no tenía vuelta de hoja. Y eran mejor cuatro pelos que una calva reluciente.

Apartó una mano del volante, puso punto muerto y cerró el contacto. Echó otra mirada al hombre del retrovisor.

Lastimoso.

Aquello ni siquiera era un hombre. Pasar frente a una casa con el coche y reducir la velocidad, vaya, qué miedo. Échale huevos, Guy, ¿o tienes demasiado miedo de hacerle algo a ese cabronazo que ha destrozado la vida de tu hija?

¿Qué clase de padre eres? ¿Qué clase de hombre?

Un padre penoso.

Sí, claro, Guy protestó ante el director como un chiquillo chivato. El director se había mostrado muy solidario, pero no hizo nada. Lewiston seguía dando clase. Lewiston seguía volviendo a casa cada noche, donde besaba a su bonita esposa y probablemente levantaba a su hija en brazos y escuchaba sus risas. La esposa de Guy, la madre de Yasmin, se había marchado cuando la niña tenía menos de dos años. Casi todo el mundo culpaba a su ex por abandonar a su familia, pero la verdad era que Guy no era suficientemente hombre. Así que su ex había empezado a ligar y al cabo de un tiempo dejó de importarle que él lo supiera.

Ésa había sido su esposa. Él no había sido bastante fuerte para retenerla. Bueno, eso era una cosa.

Pero ahora estaban hablando de su hija.

Yasmin. Su preciosa hija. La única cosa viril que había hecho en toda su vida. Tener una hija. Educarla. Ser su cuidador principal.

¿Protegerla no era su obligación principal?

Buen trabajo, Guy.

Y ahora no era bastante hombre para luchar por ella. ¿Qué habría dicho el padre de Guy de haberlo sabido? Se habría reído y le habría mirado con una expresión que le habría hecho sentirse inútil. Le habría llamado miedica porque si le hubieran hecho algo así a alguien del entorno del viejo, George Novak le habría partido la cara.

Esto era lo que Guy deseaba hacer fervientemente.

Bajó del coche y subió por el paseo. Llevaba doce años viviendo allí. Recordaba cuando llevó a su ex de la mano al acercarse a la casa por primera vez, y la manera en que ella le sonreía. ¿Entonces ya se estaba acostando con otros sin que él lo supiera? Probablemente. Después de que se marchara, Guy se pasó años preguntándose si Yasmin sería realmente su hija. Intentaba apartar ese pensamiento, intentaba convencerse de que no importaba, intentaba ignorar la duda que lo consumía. Pero al final no pudo soportarlo más. Dos años atrás, Guy solicitó una prueba de paternidad con discreción. Tardó tres espantosas semanas en tener los resultados, pero al final valió la pena.

Yasmin era su hija.

Esto también podía sonar penoso, pero saber la verdad le hizo mejor padre. Se aseguró de que fuera feliz. Puso las necesidades de su hija por encima de las suyas. Amaba a Yasmin y la cuidaba y nunca la despreciaba como había hecho su padre con él.

Pero no la había protegido.

Se paró a mirar su casa. Si iba a ponerla en venta, no le iría mal una mano de pintura. También sería necesario recortar los setos.

– ¡Hola!

La voz de la mujer era desconocida. Guy se volvió y entornó los ojos, deslumbrado. Se quedó de piedra al ver a la esposa de Lewiston bajando de un coche. La mujer tenía la cara contorsionada de rabia. Se dirigió hacia él.

Guy se quedó quieto.

– ¿Qué cree que está haciendo -dijo ella-, pasando frente a mi casa?

Guy, que nunca había sido bueno con las respuestas ingeniosas, contestó:

– Estamos en un país libre.

Dolly Lewiston no se detuvo. Se lanzó sobre él con tal rapidez que Guy temió que fuera a pegarle. De hecho, levantó las manos y retrocedió un paso. El enclenque patético de siempre. Atemorizado no sólo por defender a su hija, sino también por la esposa de su torturador.

La mujer se paró y agitó un dedo ante su cara.

– No se acerque a mi familia, ¿entendido?

Guy tardó un momento en reaccionar.

– ¿Sabe lo que le hizo su marido a mi hija?

– Cometió un error.

– Se burló de una niña de once años.

– Sé lo que hizo. Fue una estupidez. Lo siente mucho. No tiene idea de cuánto.

– Ha hecho de la vida de mi hija un infierno.

– ¿Y qué quiere? ¿Hacer lo mismo con la nuestra?

– Su marido debería dimitir -dijo Guy.

– ¿Por una metedura de pata?

– Le ha robado la infancia a Yasmin.

– Se está poniendo melodramático.

– ¿De verdad no se acuerda de lo que era ser el niño del que todos se burlan cada día? Mi hija era feliz. No perfecta, eso no. Pero era feliz. Y ahora…

– Mire, lo siento, de verdad. Pero quiero que no se acerque a mi familia.

– Si le hubiera pegado, si la hubiera abofeteado o algo así, se habría marchado, ¿no? Lo que le hizo a Yasmin fue peor.

Dolly Lewiston hizo una mueca.

– ¿Habla en serio?

– No pienso olvidarlo.

Ella dio un paso más. Esta vez Guy no retrocedió. Sus caras estaban quizá a un palmo y medio de distancia, no más. La voz de ella se convirtió en un susurro.

– ¿De verdad cree que un insulto es lo peor que le puede pasar?

Él abrió la boca pero no le salió nada.

– Está acosando a mi familia, señor Novak. A mi familia. A las personas que amo. Mi marido cometió un error. Se disculpó. Pero usted sigue queriendo atacarnos. Y si es así, nos defenderemos.

– Si se refiere a una demanda…

Ella soltó una risita.

– Oh, no -dijo ella, todavía en un susurro-. No hablo de juicios.

– ¿De qué entonces?

Dolly Lewiston ladeó la cabeza a la derecha.

– ¿Alguna vez le han agredido físicamente, señor Novak?

– ¿Es una amenaza?

– Es una pregunta. Ha dicho que lo que hizo mi marido era peor que una agresión física. Se lo aseguro, señor Novak. No lo es. Conozco a gente. Si hablo con ellos, si menciono que alguien intenta hacerme daño, vendrán aquí una noche mientras duerme. Mientras su hija duerme.

A Guy se le secó la boca. Intentó impedir que las rodillas se le volvieran de goma.

– Esto sí suena a amenaza, señora Lewiston.

– No lo es. Es un hecho. Si quiere atacarnos, no nos quedaremos de brazos cruzados. Iré a por usted con todas mis armas. ¿Me comprende?

Él no contestó.

– Hágase un favor, señor Novak. Preocúpese de cuidar a su hija, y deje en paz a mi marido. Olvídelo.

– No lo haré.

– Entonces el sufrimiento apenas ha empezado.

Dolly Lewiston se volvió y se marchó sin decir nada más. Guy Novak sintió que le fallaban las piernas. Se quedó quieto viendo cómo ella subía al coche y se marchaba. Ella no miró atrás, pero él podía ver que sonreía.

«Está loca», pensó Guy.

Pero ¿significaba esto que debía olvidarlo? ¿No lo había hecho toda su vida? ¿No era éste el problema desde el principio: que era un hombre que se dejaba avasallar?

Abrió la puerta de la casa y entró.

– ¿Va todo bien?

Era Beth, su última novia. Se esforzaba demasiado para agradar. Todas lo hacían. Había tal escasez de hombres en su franja de edad que todas se esforzaban mucho por agradar y no parecer desesperadas y ninguna de ellas conseguía disimularlo del todo. Era lo que tenía la desesperación. Podías intentar disimularla, pero su olor lo impregnaba todo.

Guy deseaba poder pasar de esto. Deseaba que las mujeres también pudieran pasar de esto, y que llegaran a verle. Pero las cosas estaban así y todas sus relaciones se quedaban a un nivel superficial. Las mujeres deseaban más. Intentaban no ser insistentes y sólo esto ya parecía insistente. Las mujeres eran cuidadoras. Querían acercarse. Él no. Pero de todos modos aguantaban hasta que él rompía con ellas.

– Todo va bien -dijo Guy-. Siento haber tardado tanto.

– No te preocupes.

– ¿Las niñas están bien?

– Sí. La madre de Jill ha venido a recogerla. Yasmin está en su habitación.

– De acuerdo. Bien.

– ¿Tienes hambre, Guy? ¿Quieres que te prepare algo de comer?

– Sólo si tú también comes.

Beth se animó un poco y por algún motivo esto le hizo sentir culpable. Las mujeres con las que salía le hacían sentir al mismo tiempo inútil y superior. De nuevo, lo consumieron los sentimientos de auto odio.

Ella se acercó y le besó en la mejilla.

– Ve a descansar y yo prepararé algo.

– Perfecto, sólo tengo que echar un vistazo a mi correo.

Pero cuando Guy encendió el ordenador sólo tenía un mensaje nuevo. Venía de una cuenta anónima de Hotmail y el breve mensaje le heló la sangre en las venas.

Hazme caso, por favor. Tienes que esconder mejor tu pistola.

Tia casi deseaba haber aceptado la oferta de Hester Crimstein. Estaba en casa preguntándose si alguna vez se había sentido más inútil en toda su vida. Llamó a los amigos de Adam, pero nadie sabía nada. El miedo la volvía loca. Jill, que no era tonta cuando se trataba de sus padres, sabía que pasaba algo muy malo.

– ¿Dónde está Adam, mamá?

– No lo sabemos, cielo.

– He llamado a su móvil -dijo Jill-. Pero no contesta.

– Lo sé. Le estamos buscando.

Miró a su hija a los ojos. Era tan madura. El segundo hijo crece de una forma muy diferente al primero. Se protege exageradamente al primero. Vigilas todos sus pasos. Crees que cada una de sus respiraciones forma parte de un plan divino. La tierra, la luna, las estrellas, el sol, todo gira en torno a tu primogénito.

Tia pensó en secretos, en pensamientos y miedos íntimos, y en cómo había intentado descubrir los de sus hijos. Se preguntó si la desaparición confirmaría que había estado en lo cierto o se equivocaba. Todos tenemos problemas, lo sabía. Tia tenía problemas de ansiedad. Obligaba a los niños a ponerse casco cuando practicaban cualquier deporte y gafas también, si hacía falta. Esperaba en la parada de autobús hasta que habían subido, incluso ahora que Adam era demasiado mayor para tratarlo así y no se lo habría permitido, así que se escondía y observaba. No le gustaba que cruzaran calles con mucho tráfico o fueran al centro de la ciudad con la bici. No le gustaba dejar que otros los acompañaran a la escuela porque las otras madres podían no ser conductoras tan prudentes como ella. Escuchaba todas las historias de tragedias infantiles: accidentes de coche, ahogamientos en piscinas, secuestros, accidentes aéreos, todo. Escuchaba y después se iba a casa y lo buscaba en la red y leía todos los artículos que encontraba y, aunque Mike suspirara e intentara tranquilizarla hablando de probabilidades para demostrarle que su ansiedad no tenía fundamento, no le servía de nada.

Las probabilidades escasas seguían afectando a alguien. Y ahora le estaba sucediendo a ella.

¿Realmente tenía un problema de ansiedad o Tia estaba en lo cierto desde el comienzo?

De nuevo sonó el teléfono de Tia y ella lo cogió rápidamente, esperando con todas sus fuerzas que fuera Adam. No era él. El número estaba oculto.

– ¿Diga?

– ¿Señora Baye? Soy la detective Schlich.

La policía alta del hospital. Otra vez la asaltó el miedo. Crees que dejarás de sentir más dolor, pero las puñaladas nunca te aturden del todo.

– Sí.

– Han encontrado el teléfono de su hijo en un contenedor, no muy lejos de donde atacaron a su marido.

– Entonces ¿estuvo allí?

– Bueno, sí, ya es lo que creíamos.

– Y alguien le robó el teléfono.

– Ésta es otra cuestión. La razón más plausible para tirar el móvil es que alguien, probablemente su hijo, vio a su marido allí y se dio cuenta de que le habían seguido.

– Pero no lo puede saber.

– No, señora Baye. No lo puedo saber.

– ¿Esto hará que se tomen más en serio el caso?

– Siempre lo hemos tomado en serio -dijo Schlich.

– Ya sabe a qué me refiero.

– Sí. Mire, a esa calle la llamamos Callejón del Vampiro porque no hay nadie durante el día. Nadie. Así que esta noche, cuando abran los clubes y los bares, iremos y haremos algunas preguntas.

Faltaban horas para la noche.

– Si surge algo más, se lo comunicaremos.

– Gracias.

Tia estaba colgando el teléfono cuando vio el coche que paraba en su entrada. Se acercó a la ventana y vio a Betsy Hill, la madre de Spencer, bajando del vehículo y dirigiéndose a la puerta.

Ilene Goldfarb se despertó temprano aquella mañana y encendió la cafetera. Se puso la bata y las zapatillas y salió fuera a recoger el periódico. Su marido, Herschel, seguía durmiendo. Su hijo, Hal, había llegado tarde como corresponde a un adolescente en el último año de instituto. Hal ya había sido aceptado en Princeton, su alma máter. Había trabajado mucho para entrar allí. Ahora se divertía y a ella le parecía estupendo.

El sol de la mañana calentaba la cocina. Ilene se sentó en su silla favorita y recogió las piernas bajo el cuerpo. Apartó las revistas médicas. Las había a montones. No sólo era una cirujana de trasplantes famosa, sino que su marido era considerado el primer cardiólogo del norte de Nueva Jersey, y ejercía en el Valley Hospital de Ridgewood.

Ilene se tomó el café y leyó el periódico. Pensó en los placeres sencillos de la vida y en las pocas veces que se los permitía. Pensó en Herschel, arriba, en lo guapo que era cuando se conocieron en la facultad, cómo habían sobrevivido a los horarios inhumanos y a los rigores de la facultad, el internado, la residencia, la especialidad, el trabajo. Pensó en sus sentimientos hacia él, y en cómo se habían serenado con los años en algo que para ella era reconfortante, en que Herschel había querido hablar con ella hacía poco para insinuar una «separación de prueba» ahora que Hal estaba a punto de abandonar el nido.

– ¿Qué nos queda? -Había preguntado Herschel, abriendo expresivamente las manos-. ¿Cuando piensas en nosotros como pareja, qué nos queda, Ilene?

Sola en la cocina, a pocos metros de donde su esposo desde hacía veinticuatro años le había hecho la pregunta, todavía sentía resonar sus palabras.

Ilene se había esforzado mucho y había trabajado como una loca, había ido a por todas, y lo había conseguido: una carrera increíble, una familia maravillosa, una casa grande, el respeto de colegas y amigos. Ahora su marido se preguntaba qué les quedaba.

¿Qué? El descenso había sido tan suave, tan gradual, que ella no había llegado a verlo. O no había querido verlo. O simplemente no había deseado más. ¿Cómo saberlo?

Miró hacia la escalera. Se sintió tentada de subir en ese preciso momento, meterse en la cama con Herschel y hacer el amor durante horas, como solían hacer hacía muchos años, y eliminar ese «qué nos queda» de su cabeza. Pero no logró levantarse. No podía. Así que leyó el periódico, tomó café y se secó los ojos.

– Hola, mamá.

Hal abrió la nevera y bebió directamente del envase de zumo de naranja. En otro momento Ilene le habría reprendido -lo había intentado durante años-, pero la verdad era que Hal era el único que bebía zumo de naranja y que se desperdiciaba demasiado tiempo en esta clase de cosas. Ahora se marchaba a la universidad. El tiempo que pasarían juntos acababa. ¿Para qué llenarlo de tonterías como ésa?

– Hola, mi vida. ¿Llegaste tarde?

Él bebió un poco más, y se encogió de hombros. Llevaba pantalones cortos y una camiseta gris. Tenía una pelota de baloncesto bajo el brazo.

– ¿Vas a jugar al gimnasio del instituto? -preguntó ella.

– No, al Heritage. -Tomó otro trago y preguntó-: ¿Te encuentras bien?

– ¿Yo? Sí, claro. ¿Por qué lo dices?

– Tienes los ojos rojos.

– Estoy bien.

– Y vi llegar a esos tipos.

Se refería a los agentes del FBI. Habían ido a hacerle preguntas sobre la consulta, sobre Mike, y sobre cosas que para ella no tenían ningún sentido. Normalmente habría hablado de ello con Herschel, pero ahora parecía más ocupado preparando el resto de su vida sin ella.

– Creía que estabas fuera -dijo.

– Me paré a recoger a Ricky y pasé por aquí al volver. Parecían polis o algo así.

Ilene Goldfarb no dijo nada.

– ¿Lo eran?

– No tiene importancia. No te preocupes.

Lo dejó correr, botó la pelota y salió. Veinte minutos después, sonó el teléfono. Ilene miró el reloj. Las ocho. A esa hora la llamada tenía que ser del hospital, aunque no estuviera de guardia. Las recepcionistas a menudo cometían errores y mandaban los mensajes al médico equivocado.

Miró el identificador y vio que decía LORIMAN.

Ilene descolgó y contestó.

– Soy Susan Loriman -dijo la voz.

– Sí, buenos días.

– No quiero hablar de esto con Mike… -Susan Loriman calló como si buscara las palabras- de esta situación. De encontrar un donante para Lucas.

– Lo comprendo -dijo ella-. El martes tengo consulta, si le viene…

– ¿Podría recibirme hoy?

Ilene estaba a punto de negarse. Lo último que deseaba ahora era proteger o ayudar a una mujer que se había metido en un lío como ése. Pero no se trataba de Susan Loriman, se recordó a sí misma. Se trataba de su hijo y el paciente de Ilene, Lucas.

– Imagino que sí.

23

Tia abrió la puerta antes de que Betsy Hill pudiera llamar y preguntó sin preámbulos:

– ¿Sabes dónde está Adam?

La pregunta sobresaltó a Betsy Hill. Abrió mucho los ojos y se paró. Vio la cara de Tia y sacudió la cabeza rápidamente.

– No -dijo-, no tengo ni idea.

– Entonces ¿a qué has venido?

Betsy Hill negó con la cabeza.

– ¿Adam ha desaparecido?

– Sí.

La cara de Betsy palideció. Tia sólo podía imaginar el horrible recuerdo que aquello le evocaba. ¿No había ya pensado Tia en lo parecido que era todo aquello a lo que le había ocurrido a Spencer?

– ¿Tia?

– Sí.

– ¿Habéis mirado en la azotea del instituto?

Donde hallaron a Spencer.

No hubo más palabras ni discusiones. Tia gritó a Jill que volvía enseguida -Jill pronto sería lo bastante mayor para dejarla sola a ratos y no se podía evitar- y entonces ambas mujeres corrieron hacia el coche de Betsy Hill.

Condujo Betsy. Tia estaba paralizada en el asiento del pasajero. Habían avanzado un par de calles cuando Betsy dijo:

– Ayer hablé con Adam.

Tia oyó las palabras, pero no las comprendió realmente.

– ¿Qué?

– ¿Sabes el recordatorio que crearon para Spencer en MySpace?

Tia intentó despejar la niebla y prestar atención. El recordatorio en MySpace. Recordaba que le habían hablado de él hacía meses.

– Sí.

– Había una foto nueva colgada.

– No comprendo.

– Se tomó justo antes de que Spencer muriera.

– Creía que estaba solo, la noche en que murió -dijo Tia.

– Yo también.

– Sigo sin comprender.

– Creo que Adam estaba con Spencer aquella noche -dijo Betsy Hill.

Tia se volvió a mirarla. Betsy Hill tenía los ojos fijos en la carretera.

– ¿Y ayer hablaste de esto con él?

– Sí.

– ¿Dónde?

– En el aparcamiento de la escuela.

Tia recordó los mensajes instantáneos con CeJota8115:

¿Qué pasa?

Su madre me ha abordado después de clase.

– ¿Por qué no acudiste a mí? -preguntó Tia.

– Porque no quería oír tu explicación, Tia -dijo Betsy. Su voz tenía un punto de histeria-. Quería oír la de Adam.

El instituto, un edificio ancho de ladrillos sosos, se alzaba en la distancia. Betsy apenas había parado el coche cuando Tia ya había bajado y corría hacia el edificio de ladrillo. Recordaba que el cuerpo de Spencer había sido hallado en una de las azoteas más bajas, un escondrijo famoso para fumar desde tiempos inmemoriales. Una de las ventanas tenía un saliente. Los alumnos saltaban sobre él y de allí escalaban el canalón.

– Espera -gritó Betsy Hill.

Pero Tia estaba casi arriba. Aunque era sábado, había muchos coches en el aparcamiento. Todoterrenos y monovolúmenes. Había partidos de béisbol infantiles y revisiones de fútbol. Había padres en los márgenes con tazas de Starbucks en la mano, hablando por el móvil, sacando fotos con teleobjetivos, manoseando BlackBerrys. A Tia nunca le había gustado acudir a los actos deportivos de Adam porque, por mucho que se esforzara, se acababa involucrando demasiado. Detestaba a los padres prepotentes que vivían y respiraban para las proezas atléticas de sus hijos -le parecían a la vez mezquinos y dignos de compasión- y no quería parecerse en nada a ellos. Pero cuando era testigo de la competencia de su propio hijo, le preocupaba tanto la felicidad de Adam, que sus altos y bajos la consumían.

Tia se secó las lágrimas y siguió corriendo. Cuando llegó al saliente, se paró en seco.

Ya no estaba donde debía estar.

– Lo eliminaron después de hallar a Spencer -dijo Betsy, llegando detrás de ella-. Querían asegurarse de que los alumnos no pudieran volver a subir. Lo siento. Lo había olvidado.

Tia miró hacia arriba.

– Los niños siempre encuentran otra manera de subir -dijo.

– Lo sé.

Tia y Betsy buscaron otra manera de subir, pero no la encontraron. Corrieron hacia la entrada principal. La puerta estaba cerrada, así que la golpearon hasta que apareció un guardia con el nombre KARL bordado en el uniforme.

– Está cerrado -dijo Karl a través de la puerta de cristal.

– Tenemos que subir a la azotea -gritó Tia.

– ¿A la azotea? -Frunció el ceño-. ¿Para qué quieren subir?

– Tiene que dejarnos pasar, por favor -suplicó Tia.

El guardia miró hacia la derecha y cuando vio a Betsy Hill, se sobresaltó. Sin duda la había reconocido. Sin añadir nada más, cogió las llaves y abrió la puerta.

– Por aquí -dijo.

Todos echaron a correr. A Tia le latía el corazón con tanta fuerza que estaba segura de que le estallaría dentro de la caja torácica. Todavía tenía los ojos llenos de lágrimas. Karl abrió una puerta y señaló el rincón. Había una escalera clavada a la pared, de las que normalmente se asocian a un submarino. Tia no dudó. Corrió hacia ella y trepó. Betsy Hill la siguió de cerca.

Llegaron a la azotea, pero estaban en el lado contrario del que querían estar. Tia corrió sobre la grava y el alquitrán, con Betsy pisándole los talones. Las azoteas estaban a distintos niveles. En un caso tuvieron que saltar casi un piso entero. Ambas saltaron sin dudar.

– Detrás de aquel rincón -gritó Betsy.

Dieron la vuelta hacia la azotea a la que querían llegar y se detuvieron.

No había ningún cuerpo.

Esto era lo principal. Adam no estaba. Pero sí había habido gente.

Había botellas de cerveza rotas. Había colillas y lo que parecían restos de canutos. ¿Cómo los llamaban? Tachas. Pero esto no fue lo que paralizó a Tia.

Había velas.

Docenas de velas. La mayoría estaban totalmente consumidas. Tia se acercó y las tocó. Los restos estaban casi todos endurecidos, pero uno o dos seguían estando maleables, como si se hubieran quemado hacía poco.

Tia se volvió. Betsy Hill estaba detrás de ella. No se movió. No lloró. Se quedó mirando las velas en silencio.

– ¿Betsy?

– Allí es donde hallaron el cuerpo de Spencer -dijo.

Tia se puso en cuclillas, miró las velas, supo que le sonaban.

– Justo donde están las velas. En ese lugar concreto. Vine antes de que se llevaran a Spencer. Insistí en venir. Querían bajarlo, pero yo dije que no. Primero quería verlo. Quería ver dónde había muerto mi hijo.

Betsy dio un paso más. Tia no se movió.

– Utilicé el saliente, el que han eliminado. Uno de los agentes de policía intentó echarme una mano. Lo mandé a la mierda. Los hice retroceder a todos. Ron creía que me había vuelto loca. Intentó disuadirme, pero yo subí. Y Spencer estaba allí. Dónde estás tú ahora. Estaba de costado. Tenía las piernas encogidas en posición fetal. Así era como dormía siempre. En posición fetal. Hasta los diez años se chupaba el dedo para dormir. ¿Miras a tus hijos mientras duermen, Tia?

Tia asintió.

– Creo que todos los padres lo hacen.

– ¿Por qué crees que lo hacemos?

– Porque parecen muy inocentes.

– Quizá. -Betsy sonrió-. Pero yo creo que es porque podemos contemplarlos y maravillarnos y no nos sentimos raros. Si los miras así durante el día, se creerían que estás chiflada. Pero mientras duermen…

Se le quebró la voz. Echó un vistazo y dijo:

– Esta azotea es muy grande.

Tia estaba confundida con el cambio de tema.

– Eso parece.

– La azotea -repitió Betsy-. Es grande. Hay botellas rotas por todas partes.

Miró a Tia. Sin saber exactamente qué decir, se decidió por:

– Entendido.

– Los que quemaron estas velas -siguió Betsy- eligieron el punto exacto en el que encontraron a Spencer. No salió en el periódico. ¿Cómo lo sabían, entonces? Si Spencer estaba solo aquella noche, ¿cómo sabían dónde había muerto exactamente para encender las velas?

Mike llamó a la puerta.

Se quedó en el escalón y esperó. Mo se quedó en el coche. Estaban a menos de dos kilómetros de donde habían agredido a Mike la noche anterior. Deseaba volver al callejón, ver si podía recordar algo o deducir algo, lo que fuera. No tenía la más mínima pista. Se movía, indagaba y esperaba que algo le condujera más cerca de su hijo.

Sabía que esta parada probablemente era su mejor baza.

Llamó a Tia y le dijo que no había sacado nada de Huff. Tia le había contado su visita con Betsy Hill a la escuela. Betsy seguía en la casa.

– Adam ha estado más retraído desde el suicidio -dijo Tia.

– Lo sé.

– Puede que aquella noche sucediera algo más.

– ¿Como qué?

Silencio.

– Betsy y yo tenemos que hablar -dijo Tia.

– Sé prudente, ¿de acuerdo?

– ¿Qué quieres decir?

Mike no contestó, pero ambos lo sabían. La verdad era que, por horrible que pareciera, sus intereses y los de los Hill no eran del todo armónicos. Ninguno de los dos quería decirlo. Pero ambos lo sabían.

– Primero encontrémoslo -dijo Tia.

– Es lo que intento. Tú inténtalo a tu manera, y yo a la mía.

– Te quiero, Mike.

– Yo también te quiero.

Mike volvió a llamar. No hubo ninguna respuesta. Iba a llamar por tercera vez cuando se abrió la puerta. Anthony el gorila apareció en el umbral. Dobló sus brazos enormes y dijo:

– Está hecho un mapa.

– Gracias, muy amable.

– ¿Cómo me ha encontrado?

– Entré en la red y busqué fotografías recientes del equipo de fútbol de Dartmouth. Se licenció el año pasado. Su dirección está en la página de alumnos.

– Qué listo -dijo Anthony con una sonrisita-. Los de Dartmouth somos muy listos.

– Me agredieron en el callejón.

– Sí, ya lo sé. ¿Quién cree que llamó a la policía?

– ¿Usted?

Él se encogió de hombros.

– Vamos. Demos una vuelta.

Anthony salió y cerró la puerta. Iba vestido con ropa de deporte. Unos pantalones cortos y una de esas camisetas sin mangas ajustadas que se habían puesto de moda no sólo con tipos como Anthony, que podían permitírselas, sino con los de la edad de Mike que sencillamente no podían.

– Esto es sólo un trabajito de verano -dijo Anthony-. Lo del club. Pero me gusta. En otoño pienso ir a la facultad de derecho de Columbia.

– Mi esposa es abogada.

– Sí, lo sé. Y usted es médico.

– ¿Cómo lo sabe?

Sonrió.

– Usted no es el único que puede utilizar sus relaciones universitarias.

– ¿Me buscó en la red?

– No. Llamé al actual entrenador de hockey, un tipo llamado Ken Karl, que también había trabajado de entrenador defensivo en el equipo de fútbol. Le describí, le dije que afirmaba haber sido elegido mejor jugador aficionado nacional. Dijo «Mike Baye» enseguida. Dice que era uno de los mejores jugadores de hockey que han pasado por la escuela. Todavía goza de cierta reputación.

– ¿Significa esto que tenemos algo en común, Anthony?

El hombretón no contestó.

Bajaron los escalones. Anthony dobló a la derecha. Un hombre que venía en dirección contraria gritó: «¡Eh, Ant!», y los dos hombres realizaron un complicado apretón de manos antes de continuar.

– Cuénteme qué sucedió anoche -suplicó Mike.

– Tres o cuatro hombres le dieron una paliza brutal. Oí el jaleo. Cuando llegué, estaban huyendo. Uno de ellos tenía una navaja. Creía que se lo habían cargado.

– ¿Les asustó usted?

Anthony se encogió de hombros.

– Gracias.

Otro encogimiento de hombros.

– ¿Llegó a verlos?

– Las caras no. Pero eran blancos. Con muchos tatuajes. Vestidos de negro. Mugrientos, flacos y sin duda colocados a lo bestia. Muy rabiosos. Uno se agarraba la nariz y maldecía. -Anthony sonrió-. Creo que se la partió.

– ¿Y fue usted quien llamó a la policía?

– Sí. No entiendo cómo no está en la cama. Creía que estaría fuera de circulación al menos una semana.

Siguieron caminando.

– Anoche, el chico de la chaqueta universitaria -dijo Mike-. ¿Le había visto antes?

Anthony no dijo nada.

– También reconoció a mi hijo.

Anthony paró. Sacó unas gafas que llevaba colgadas de la camiseta y se las puso. Le tapaban los ojos. Mike esperó.

– Nuestra gran conexión no llega tan lejos, Mike.

– Ha dicho que le sorprendía que no estuviera en cama.

– Y me sorprende.

– ¿Quiere saber por qué?

Él se encogió de hombros.

– Mi hijo sigue desaparecido. Se llama Adam. Tiene dieciséis años, y creo que corre un gran peligro.

Anthony siguió caminando.

– Siento oírle decir eso.

– Necesito información.

– ¿Le parece que soy las Páginas Amarillas? Yo vivo aquí. No hablo de las cosas que veo.

– No me venga con esa estupidez del código de la calle.

– Pues usted no me venga a mí con esa estupidez de que los «alumnos de Dartmouth se apoyan».

Mike puso una mano en el gran brazo del hombre.

– Necesito su ayuda.

Anthony se apartó y siguió caminando, ahora más rápido. Mike corrió detrás de él.

– No me marcharé, Anthony.

– No creía que fuera a marcharse -dijo él. Se detuvo-. ¿Le gustaba aquello?

– ¿Qué?

– Dartmouth.

– Sí -dijo Mike-. Me gustaba mucho.

– A mí también. Era como otro mundo. Usted ya me entiende.

– Sí.

– En este barrio nadie conocía aquella escuela.

– ¿Cómo acabó allí?

Él sonrió y se ajustó las gafas.

– ¿Quiere decir un negrata de la calle como yo en la pura y blanca Dartmouth?

– Sí -dijo Mike-. Eso es exactamente lo que quiero decir.

– Era un buen jugador de fútbol, quizá muy bueno. Me reclutó la División 1A. Podría haber sido de los diez mejores.

– ¿Pero?

– Pero yo conocía mis limitaciones. No era bastante bueno para ser profesional. ¿Qué sentido tenía entonces? Sin educación y un diploma de risa. Así que me fui a Dartmouth. Carrera gratis y un título en artes liberales. Pase lo que pase, siempre tendré un título de la Ivy League.

– Y ahora irá a la Universidad de Columbia.

– Así es.

– ¿Y después? ¿Cuando se haya graduado?

– Me quedaré en el barrio. No he hecho esto para salir de aquí. Me gusta esto. Quiero mejorarlo.

– Está bien ser un tío legal.

– Sí, y está mal ser un chivato.

– No puede pasar de esto, Anthony.

– Sí, ya.

– En otras circunstancias, me encantaría seguir charlando de nuestra alma máter -dijo Mike.

– Pero tiene que salvar a su hijo.

– Así es.

– He visto a su hijo otras veces, creo. Bueno, a mí todos me parecen iguales, con esa ropa negra y las caras malhumoradas, como si el mundo les debiera algo y eso les cabreara. Me cuesta simpatizar con ellos. Aquí la gente se coloca para escapar. ¿De qué tienen que escapar esos mocosos?: ¿de una gran casa y unos padres que los adoran?

– No es tan sencillo -dijo Mike.

– Ya me lo imagino.

– Yo también salí de la nada. A veces creo que es más fácil. La ambición es natural cuando no tienes nada. Sabes lo que quieres.

Anthony no dijo nada.

– Mi hijo es un buen muchacho. Ahora lo está pasando mal. Mi obligación es protegerlo hasta que encuentre la forma de volver a su camino.

– Su obligación. No la mía.

– ¿Le vio anoche, Anthony?

– Podría ser. No sé mucho. Es la verdad.

Mike se limitó a mirarlo.

– Hay un club para menores. Se supone que es un lugar seguro para los adolescentes. Tienen consejeros y terapeutas y cosas así, pero se dice que eso sólo es una fachada para desmadrarse.

– ¿Dónde está?

– A dos o tres manzanas de mi club.

– Y al decir que «sólo es una fachada para desmadrarse», ¿a qué se refiere exactamente?

– ¿A qué creo que me refiero? A drogas, alcohol y todo eso. Se rumorea que se juega con el control mental y tonterías así. Pero yo no me lo trago. Una cosa sí: si no se quieren líos es mejor no meter las narices en ese lugar.

– ¿Por?

– Porque también tienen fama de ser muy peligrosos. Con conexiones mañosas quizá. No lo sé. Pero nadie se mete con ellos. Por eso.

– ¿Y cree que mi hijo lo frecuentaba?

– Si estaba en el barrio y tenía dieciséis años, sí. Sí, creo que lo más seguro es que fuera allí.

– ¿Tiene nombre ese local?

– Club Jaguar, creo. Tengo la dirección.

Le dio la dirección a Mike y éste le dio su tarjeta.

– Están todos mi teléfonos -dijo Mike.

– Ya.

– Si ve a mi hijo…

– No soy un canguro, Mike.

– Claro. Mi hijo tampoco es un bebé.

Tia miraba la fotografía de Spencer Hill.

– ¿Cómo puedes estar segura de que es Adam?

– No lo estaba -dijo Betsy Hill-. Pero luego hablé con él.

– Puede que se asustara al ver una foto de su amigo fallecido.

– Puede ser -dijo Betsy en un tono que significaba claramente: «Ni lo sueñes».

– ¿Y estás segura de que esta foto se tomó la noche en que murió?

– Sí.

Tia asintió y las dos callaron un momento. Estaban otra vez en casa de los Baye. Jill estaba arriba viendo la tele. Les llegaban sonidos de Hannah Montana. Tia no se movió y Betsy tampoco.

– ¿Qué crees que significa esto, Betsy?

– Todos dijeron que no habían visto a Spencer aquella noche. Que estaba solo.

– ¿Y tú crees que esto significa que sí lo vieron?

– Sí.

Tia insistió un poco más.

– Y si no estaba solo, ¿qué significaría?

Betsy se lo pensó.

– No lo sé.

– Recibiste una nota de suicidio, ¿no?

– En el móvil. Cualquiera puede mandar un mensaje de texto.

Tia se dio cuenta de nuevo. En cierto sentido las dos madres estaban en bandos contrarios. Si lo que Betsy Hill decía de la fotografía era cierto, entonces Adam había mentido. Y si Adam había mentido, entonces ¿quién podía saber qué había ocurrido realmente aquella noche?

Por eso Tia no le habló de los mensajes instantáneos con CeJota8115, los de la madre que había abordado a Adam. Todavía no. Hasta que no supiera algo más.

– Pasé por alto algunas señales -dijo Betsy.

– ¿Como cuáles?

Betsy Hill cerró los ojos.

– ¿Betsy?

– Una vez lo espié. No fue realmente espiar, pero… Spencer estaba en el ordenador y cuando salió de su habitación, eché un vistazo. Para ver qué estaba mirando. Creo que no debería haberlo hecho, ¿sabes? No estuvo bien invadir su intimidad de aquella manera.

Tia no dijo nada.

– Pero, en fin, le di a la flecha negra, la que está arriba del buscador.

Tia asintió.

– Y… y había estado visitando páginas de suicidio. Había historias de niños que se habían suicidado. Cosas así. No miré mucho. Y nunca hice nada al respecto. Me quedé bloqueada.

Tia miró a Spencer en la fotografía. Buscó señales de que el chico estaría muerto a las pocas horas, como si esto pudiera vérsele en la cara. No vio nada, pero ¿qué significaba esto?

– ¿Le has enseñado esta foto a Ron? -preguntó.

– Sí.

– ¿Qué conclusión ha sacado?

– Se pregunta qué diferencia hay. Nuestro hijo se suicidó, dice, o sea que ¿adónde quieres ir a parar, Betsy? Cree que estoy haciendo esto para obtener alguna clase de conclusión.

– ¿No es así?

– Conclusión -repitió Betsy, casi escupiendo la palabra como si le supiera mal en la boca-. ¿Se puede saber qué significa? Como si allí arriba hubiera una puerta y yo pudiera atravesarla y después cerrarla y Spencer se quedara al otro lado. No es eso lo que quiero, Tia. ¿Puedes imaginarte algo peor que obtener una conclusión?

Se callaron, y la fastidiosa risa de la película de Jill era lo único que oían.

– La policía cree que tu hijo se ha fugado -dijo Betsy-. Cree que el mío se suicidó.

Tia asintió.

– Pero supongamos que se equivocan. Supongamos que se equivocan con ambos.

24

Nash estaba en la furgoneta pensando en lo que haría a continuación.

La educación de Nash había sido normal. Sabía que a los psiquiatras les habría gustado poner en duda esta afirmación, y buscar algún abuso sexual o un exceso de conservadurismo religioso. Nash creía que no encontrarían nada. Sus padres y hermanos eran normales. Tal vez, demasiado buenos. Le habían proporcionado todo lo que las familias hacen los unos por los otros. En retrospectiva, algunos podrían considerarlo un error, pero a las familias les cuesta mucho aceptar la realidad.

Nash era inteligente y, por consiguiente, pronto se dio cuenta de que él estaba lo que se podría denominar «tarado». Todos conocen el chiste de que una persona mentalmente inestable no puede saber, debido a su enfermedad, que es inestable. Pero era una tontería. Sí se puede y se puede tener una idea muy clara de la propia falta de cordura. Nash sabía que todos sus cables no estaban conectados o que tenía algún parásito en su sistema. Sabía que era diferente, que se salía de la norma. Esto no le hacía sentir necesariamente inferior, ni superior. Sabía que su cabeza iba a lugares muy oscuros y que se sentía a gusto en ellos. No sentía las cosas como los demás, no simpatizaba con las personas que sufrían de la forma que fingían simpatizar los demás.

Ésta era la palabra clave: «fingían».

Pietra estaba sentada a su lado.

– ¿Por qué el hombre se cree tan especial? -preguntó él.

Ella no le contestó.

– Olvidemos que este planeta… no, este sistema solar, es tan insignificantemente pequeño que ni siquiera alcanzamos a comprenderlo. Intenta imaginar que estás en una gran playa. Imagina que coges un granito de arena. Sólo uno. Entonces miras arriba y abajo de esa playa larga que se extiende en ambas direcciones hasta el horizonte. ¿Crees que nuestro sistema solar es, en comparación con el universo, tan pequeño como ese grano de arena en relación con la playa?

– Ni idea.

– Pues, si lo pensaras, te equivocarías. Es mucho más pequeño. Intenta imaginar que sigues teniendo ese granito de arena en la mano. No sólo la playa donde estás tú, sino todas las playas del planeta, todas ellas, desde la costa de California y la Costa Este de Maine a Florida y en el océano Índico y las costas de África. Imagina toda esa arena, todas esas playas en todo el mundo, y mira el granito de arena que tienes en la mano, y nuestro sistema solar, por no hablar del planeta, sigue siendo mucho más pequeño que él en comparación con el resto del universo. ¿Puedes siquiera imaginar lo insignificantes que somos?

Pietra no dijo nada.

– Pero olvidemos esto un momento -siguió Nash-, porque el hombre ya es insignificante en este planeta. Apliquemos este mismo argumento sólo a la Tierra un momento, ¿de acuerdo?

Ella asintió.

– ¿Eres consciente de que los dinosaurios poblaron la Tierra más tiempo que el hombre?

– Sí.

– Pero eso no es todo. Esto ya sería algo que demostraría que el hombre no es especial, que incluso en este planeta infinitesimalmente pequeño no hemos sido los reyes la mayoría del tiempo. Pero vayamos más lejos: ¿eres consciente de cuánto tiempo más que nosotros poblaron la Tierra los dinosaurios? ¿Dos veces? ¿Cinco veces? ¿Diez veces?

Ella le miró.

– Ni idea.

– Cuarenta y cuatro mil veces más. -Él gesticulaba frenéticamente, perdido en el éxtasis de su argumentación-. Piénsalo. Cuarenta y cuatro mil veces más. Esto es más de ciento veinte años por cada día. ¿Te lo puedes imaginar siquiera? ¿Crees que sobreviviremos cuarenta y cuatro mil veces más de lo que hemos sobrevivido?

– No -dijo ella.

Nash se recostó en el asiento.

– No somos nada. Qué va. Nada. Y aun así nos creemos especiales. Nos consideramos importantes o creemos que Dios nos considera sus favoritos. Es para troncharse.

En la universidad, Nash estudió el estado de la naturaleza de John Locke: la idea de que el mejor gobierno es el que menos gobierna porque, dicho sencillamente, es el más cercano al estado de la naturaleza, o a lo que pretendía Dios. Pero en ese estado, somos animales. Es una tontería pensar que somos algo más. Es tonto creer que el hombre está por encima de esto y que el amor y la amistad son algo más que chaladuras de una mente más inteligente, una mente que puede ver la futilidad y, por lo tanto, debe inventar formas de consuelo y distracción.

¿Era Nash el cuerdo por ver la oscuridad, o la mayoría de la gente sólo se autoengañaba? Pero… Pero, con todo, durante años Nash había anhelado la normalidad.

Veía la despreocupación y la deseaba. Se daba cuenta de que estaba muy por encima de la inteligencia media. Era alumno de sobresalientes y obtuvo notas casi perfectas en el examen de ingreso en la universidad. Se matriculó en el Williams College, donde se graduó en filosofía, siempre intentando mantener a raya la locura. Pero la locura pugnaba por salir.

O sea que ¿por qué no dejarla?

Habitaba en él un instinto primitivo de proteger a sus padres y hermanos, pero el resto de habitantes del mundo no le importaba. Eran un escenario de fondo, atrezo, nada más. La verdad, una verdad que entendió muy pronto, era que experimentaba un intenso placer infligiendo daño a otros. Siempre. No sabía por qué. Algunas personas experimentan placer con una suave brisa o un cálido abrazo o una canasta victoriosa en un partido de baloncesto. Nash lo experimentaba eliminando del planeta a otro de sus habitantes. No era lo que más le apetecía para sí mismo, pero lo tenía y a veces podía dominarlo y otras veces no.

Entonces conoció a Cassandra.

Fue como uno de esos experimentos de ciencias que empiezan con un líquido claro y entonces alguien añade una gotita, un catalizador, y todo cambia. El color cambia, el aspecto cambia y la textura cambia. Por cursi que suene, Cassandra fue ese catalizador.

Él la vio, ella le tocó y lo transformó.

De repente lo entendió. Tenía amor. Tenía esperanza y sueños y la idea de querer despertarse y pasar la vida con otra persona. Se conocieron en su último año en Williams. Cassandra era preciosa, pero había algo más en ella. Todos los chicos estaban locos por ella, aunque no era del tipo fantasía sexual que se asocia habitualmente con la universidad. Con sus torpes andares y su sonrisa maliciosa, Cassandra era la que querías llevarte a casa. Era la que te hacía pensar en comprar una casa y cortar el césped y montar una barbacoa y secarle la frente cuando diera a luz a tu hijo. Te abrumaba su belleza, pero te abrumaba aún más su bondad interior. Era especial y no podía hacer ningún daño, e instintivamente lo sabías.

Nash había visto algo de esto en Reba Cordova, sólo algo, y había sentido una punzada al matarla, no muy fuerte, pero una punzada. Pensó en el marido de Reba y en lo que tendría que sufrir a partir de ahora, porque aunque en realidad no le importara, Nash sabía algo de eso.

Cassandra.

Tenía cinco hermanos y todos la adoraban y sus padres la adoraban, y si pasabas por su lado y ella te sonreía, aunque fueras un desconocido, sentías que te había llegado al alma. Su familia la llamaba Cassie. A Nash no le gustaba. Para él era Cassandra y la amaba. El día que se casó con ella, comprendió a qué se referían los demás cuando decían que eran «dichosos».

Volvieron a Williams para fiestas y reuniones y siempre se alojaban en North Adams, en el Porches Inn. Podía verla allí, en aquella pensión de la casa gris, con la cabeza apoyada en el estómago de él como le recordaba una canción reciente, con los ojos fijos en el techo, acariciándole los cabellos mientras hablaban de todo y de nada, y así era como la veía cuando la recordaba ahora, como era su imagen antes de que se pusiera enferma y le dijeran que era cáncer y abrieran a su hermosa Cassandra y ella muriera, como cualquier otro insignificante organismo de ese diminuto planeta vacío.

Sí, Cassandra murió y entonces fue cuando supo seguro que todo era palabrería y una broma. En cuanto ella murió, Nash ya no tuvo fuerzas para poner freno a la locura. No había ninguna necesidad. Así que dejó libre la locura, toda, con una prisa repentina. Y en cuanto estuvo fuera, no hubo manera de volver a encerrarla.

La familia de ella intentó consolarlo. Tenían «fe» y le explicaban que había tenido suerte de poder tenerla un tiempo y que ella le estaría esperando en algún lugar hermoso para toda la eternidad. Lo necesitaban, se imaginaba Nash. La familia ya había tenido que superar otra tragedia -el hermano mayor, Curtís, había muerto hacía tres años en un desafortunado atraco-, pero al menos, en este caso, Curtís había vivido una mala vida. Cassandra se quedó destrozada al morir su hermano, y había llorado durante días hasta que Nash llegó a desear soltar su locura para encontrar una forma de aliviar su pena, pero al final, los que tenían fe pudieron racionalizar la muerte de Curtís. La fe les permitía explicarla como parte de un plan más importante.

Pero ¿cómo explicas perder a alguien tan cariñoso y bueno como Cassandra? No puedes. Así que los padres de Cassandra hablaban del más allá, pero no lo creían en realidad. Nadie lo creía. ¿Para qué llorar ante la muerte si crees que te espera una felicidad eterna? ¿Para qué llorar la pérdida de alguien cuando esa persona está en un lugar mejor? ¿No sería espantosamente egoísta por tu parte impedir que alguien esté en un lugar mejor? Y si de verdad creyeras que pasarás la eternidad en un paraíso con la persona amada, no habría nada que temer, la vida no es ni un soplo en comparación con la eternidad.

Lloramos y nos afligimos, y Nash sabía que era porque, en el fondo, sabemos que todo es palabrería.

Cassandra no estaba con su hermano Curtís, bañándose en luz blanca. Lo que quedaba de ella, lo que no se había llevado el cáncer y la quimio, se estaba pudriendo bajo tierra.

En el funeral, su familia habló del destino y los planes divinos y todas las demás tonterías. Que ése había sido el destino de su amada hija: vivir brevemente, mejorar a todos los que la veían, darle a él una inmensa felicidad y dejarle caer con un buen batacazo. Ése había sido el destino de Nash. Reflexionó sobre esto. Incluso cuando estaba con ella, había momentos en que dominar su auténtico carácter -su verdadera naturaleza endiosada era difícil. ¿Había conseguido mantener la paz interior? ¿O desde el del primer día estuvo predestinado a volver a un lugar oscuro y causar destrucción, aunque Cassandra hubiese sobrevivido?

Era imposible saberlo. Pero de todos modos éste era su destino.

– Ella no habría dicho nada -dijo Pietra.

Nash sabía que se refería a Reba.

– No lo sabemos.

Pietra miró por la ventana.

– Tarde o temprano la policía identificará a Marianne -dijo él-. O alguien se dará cuenta de que ha desaparecido. La policía lo investigará. Hablará con sus amigos. Entonces Reba se lo habría dicho.

– Estás sacrificando muchas vidas.

– Por ahora dos.

– Y los supervivientes. Sus vidas también han cambiado.

– Sí.

– ¿Por qué?

– Ya sabes por qué.

– ¿Sigues creyendo que Marianne lo empezó?

– Empezar no es la palabra correcta. Cambió la dinámica.

– ¿Y por eso tuvo que morir?

– Tomó una decisión que alteró y pudo destruir muchas vidas.

– ¿Y por eso tuvo que morir? -repitió Pietra.

– Todas nuestras decisiones tienen consecuencias, Pietra. Todos jugamos a ser Dios alguna vez. Cuando una mujer compra un par de zapatos caros, podría haber dedicado ese dinero a alimentar a algún hambriento. En cierto sentido, esos zapatos significan más para ella que una vida. Todos matamos para que nuestra vida sea más cómoda. No lo expresamos así, pero es lo que hacemos.

Pietra no se lo discutió.

– ¿Qué sucede, Pietra?

– Nada. Olvídalo.

– Se lo prometí a Cassandra.

– Sí. Es lo que dijiste.

– Necesitamos controlar este asunto, Pietra.

– ¿Crees que podremos?

– Sí.

– ¿A cuántos más mataremos?

La pregunta lo desconcertó.

– ¿Realmente te importa? ¿Ya tienes bastante?

– Sólo te lo pregunto. Hoy. Con esto. ¿A cuántos más mataremos?

Nash se lo pensó. Se daba cuenta ahora de que quizá Marianne le había dicho la verdad al principio. En tal caso, debía volver a la casilla de salida y extinguir el problema en origen.

– Con un poco de suerte -dijo-, sólo a uno.

– Vaya -exclamó Loren Muse-. ¿Se puede ser más aburrida que esta mujer?

Clarence sonrió. Estaban repasando las facturas de las tarjetas de crédito de Reba Cordova. No había ni una sola sorpresa. Compraba víveres y artículos escolares y ropa infantil. Compró una aspiradora en Sears y la devolvió. Compró un microondas en RC. Richard. Su tarjeta de crédito estaba archivada en un restaurante chino llamado Baumgarts, donde pedía comida para llevar cada martes por la noche.

Sus correos eran igual de aburridos. Escribía a otros padres para que sus hijos quedaran para jugar. Mantenía contacto con la profesora de baile de una de sus hijas y con el entrenador de fútbol de la otra. Recibía correos de la escuela Willard. Hablaba con su grupo de tenis sobre horarios y para comunicarse entre ellas cuando una no podía asistir. Estaba en la lista de noticias de Williams-Sonoma, Pottery Barn y PetSmart. Escribió a su hermana para pedirle el nombre de un especialista en lectura porque una de sus hijas, Sara, tenía dificultades.

– No sabía que existieran realmente esta clase de personas -dijo Muse.

Pero no era verdad. Las veía en Starbucks, eran las mujeres de aspecto acosado y ojos apagados que creían que una cafetería era el lugar perfecto para pasar una hora con la hija, con su Brittany, Madison o Kyle, que no paraba de corretear mientras sus mamás -licenciadas universitarias, antiguas intelectuales- parloteaban sin cesar sobre sus vástagos como si no hubiera existido jamás otro niño. Parloteaban sobre sus cacas -sí, increíble, pero ¡hablaban de sus movimientos intestinales!- y su primera palabra y sus habilidades escolares y sus escuelas Montessori y sus clases de gimnasia y sus DVD de pequeños Einstein, y todas tenían esa sonrisa de descerebradas, como si un marciano les hubiera chupado los sesos, y Muse las menospreciaba a cierto nivel, las compadecía a otro nivel e intentaba con todas sus fuerzas no envidiarlas.

Por supuesto, Loren Muse juraba que nunca sería como aquellas madres si algún día tenía un hijo. Pero ¿quién sabe? Estas afirmaciones fanfarronas le recordaban a las de las personas que juraban que cuando fueran mayores preferirían morir antes que ir a una residencia o ser una carga para sus hijos, y ahora casi todas las personas que conocía tenían padres que estaban en una residencia o eran una carga y ninguna de esas personas tenía ganas de morirse.

Cuando ves las cosas desde fuera, es fácil hacer juicios radicales y poco generosos.

– ¿Qué tal la coartada del marido? -preguntó.

– La policía de Livingston interrogó a Cordova y parece muy consistente.

Muse indicó el papeleo con la mandíbula.

– ¿El marido es tan soso como la mujer?

– Todavía no he terminado con sus correos, llamadas de teléfono y tarjetas de crédito, pero por ahora sí.

– ¿Qué más?

– Bueno, suponiendo que el mismo asesino o asesinos liquidaran a Reba Cordova y la desconocida, tenemos a coches patrulla buscando en lugares conocidos por prostitución, por si aparece otro cadáver.

Loren Muse no creía que esto sucediera, pero merecía la pena asegurarse. Uno de los escenarios posibles era que un asesino en serie, con la ayuda voluntaria o no de una cómplice, secuestrara a mujeres de las afueras, las matara y quisiera hacerlas parecer prostitutas. Estaban revisando las bases de datos por si había otras víctimas en ciudades cercanas que se ajustaran a esa descripción. Por ahora era un callejón sin salida.

De todos modos Muse no creía en esta teoría. Los psicólogos y los criminólogos tendrían casi un orgasmo ante la idea de un asesino en serie que matara a madres de buena familia para hacerlas parecer prostitutas. Pontificarían sobre el evidente vínculo madre-puta, pero Muse no se lo tragaba. Había una pregunta que no encajaba con aquel escenario, una pregunta que la había fastidiado desde que se había convencido de que la desconocida no era una prostituta: ¿por qué nadie había denunciado su desaparición?

Según ella, existían dos razones para esto. Una, nadie sabía que hubiera desaparecido. La desconocida estaba de vacaciones o se suponía que había salido de viaje de negocios o algo parecido. O dos, la había matado alguien que ella conocía. Y ese alguien no pensaba denunciar su desaparición.

– ¿Dónde está ahora el marido?

– ¿Cordova? Sigue con la policía de Livingston. Van a peinar el barrio por si alguien ha visto una furgoneta blanca, lo de siempre.

Muse cogió un lápiz. Se metió el extremo de la goma de borrar en la boca y chupó.

Llamaron a la puerta. Muse levantó la cabeza y vio al casi jubilado Frank Tremont en el umbral.

El tercer día seguido con el mismo traje marrón, pensó Muse. Impresionante.

Él la miró y esperó. Muse no tenía tiempo para él, pero decidió que sería mejor acabar de una vez.

– Clarence, ¿te importa dejarnos solos?

– Claro, jefa.

Al salir, Clarence saludó a Frank Tremont con la cabeza. Tremont no le devolvió el saludo. Cuando Clarence estuvo lejos, meneó la cabeza y dijo:

– ¿De verdad te ha llamado jefa?

– No voy muy bien de tiempo, Frank.

– ¿Has recibido mi carta?

La carta de dimisión.

– Sí.

Silencio.

– Tengo algo para ti -dijo Tremont.

– ¿Disculpa?

– No me voy hasta finales del mes que viene -dijo-. O sea que debo seguir trabajando, ¿no?

– Sí.

– Pues tengo algo.

Ella se echó hacia atrás, esperando que fuera rápido.

– He estado buscando la furgoneta blanca. La de los dos escenarios.

– De acuerdo.

– No creo que fuera robada, a menos que fuera en otra zona. No hay ninguna denuncia que concuerde. Por lo tanto, busqué en las compañías de alquiler, por si alguien había alquilado una furgoneta como la que nos han descrito.

– ¿Y?

– Hay varias, pero la mayoría las localicé rápidamente y eran legales.

– ¿Un callejón sin salida, pues?

Frank Tremont sonrió.

– ¿Puedo sentarme un momento?

Ella indicó una silla.

– He intentado otra cosa -dijo-. Mira, este tío ha sido muy listo. Como dijiste tú. La primera la escenificó para que pareciera una puta. Y aparcó el coche de la segunda víctima frente a un hotel. Cambió las matrículas y todo eso. No lo hace de la forma habitual. Y me puse a pensar. ¿Qué sería mejor y más difícil de rastrear que robar o alquilar un coche?

– Te escucho.

– Comprar uno por Internet. ¿Has visto esas páginas?

– La verdad es que no.

– Venden millones de coches. Yo mismo compré uno el año pasado, en autoused.com. Se encuentran auténticas gangas, y como es de persona a persona, el papeleo es mínimo. Lo que quiero decir es que podemos comprobar los locales de compra-venda, pero ¿cómo vamos a localizar un coche comprado por Internet?

– ¿Y?

– Y he llamado a las dos compañías más grandes en línea. Les he pedido que buscaran y me mandaran todas las furgonetas blancas Chevy vendidas en esta zona el mes pasado. He encontrado seis. He llamado a todos los vendedores. Cuatro las pagaron con cheques y tenían una dirección. Dos se pagaron en efectivo.

Muse se incorporó un poco, todavía con la goma del lápiz en la boca.

– Muy ingenioso. Compras un coche usado. Lo pagas en efectivo. Das un nombre falso si es que lo das. Te dan los papeles, pero tú nunca haces el cambio ni lo aseguras. Robas una matrícula de un modelo idéntico y a correr.

– Sí. -Tremont sonrió-. Si no fuera por una cosita.

– ¿Qué?

– El tipo que les vendió el coche…

– ¿Les?

– Sí. A un hombre y a una mujer. Dice que él tenía treinta y tantos. Va a darme una descripción, pero tiene algo mejor. El tipo que les vendió el coche, Scott Parsons de Kasselton, trabaja en Best Buy. Tienen un sistema de seguridad muy bueno. Todo digital. Y lo archivan todo. Cree que pueden tener una película de ellos. Ha pedido a uno de los técnicos que la busque. Mandaré un coche a recogerlo, le mostraré algunas fotos y le sacaré la mejor identificación posible.

– ¿Tenemos algún dibujante que pueda trabajar con él?

Tremont asintió.

– Ya me he ocupado.

Era una buena pista, la mejor que tenían. Muse no sabía muy bien qué decir.

– ¿Qué más tenemos? -preguntó Tremont.

Muse le puso al día sobre la vacuidad de las facturas de las tarjetas de crédito, las llamadas de teléfono y los correos. Tremont se echó atrás y cruzó las manos sobre el barrigón.

– Cuando he entrado -dijo Tremont-, estabas chupando el lápiz con ganas. ¿En qué estabas pensando?

– La premisa ahora es que se trata de un asesino en serie.

– Pero tú no te lo tragas -dijo él.

– No.

– Yo tampoco -dijo Tremont-. Revisemos lo que tenemos.

Muse se levantó para pasear.

– Dos víctimas. Por ahora, al menos, o al menos en esta zona. Tenemos a personas buscando, pero por ahora presupongamos que no encontramos nada más. Pongamos que éstas son todas. Pongamos que sólo son Reba Cordova, que podría estar viva, que nosotros sepamos, y la desconocida.

– De acuerdo -dijo Tremont.

– Y vayamos un paso más allá. Pongamos que existe una razón para que esas dos mujeres sean las víctimas.

– ¿Cómo qué?

– Todavía no lo sé, pero por ahora sígueme. Si existe un motivo… olvídalo. Aunque no exista un motivo y supongamos que esto no lo ha hecho un asesino en serie, tiene que haber una relación entre nuestras dos víctimas.

Tremont asintió, viendo adonde quería ir a parar.

– Y si existe una relación entre ellas -dijo-, podría ser perfectamente que se conocieran.

Muse se paró de golpe.

– Exactamente.

– Y si Reba Cordova conocía a la desconocida… -Tremont le sonrió.

– Podría ser que Neil Cordova también la conociera. Llama al Departamento de Policía de Livingston. Pídeles que traigan a Cordova. Tal vez él pueda identificarla.

– Voy.

– ¿Frank?

Él se volvió.

– Buen trabajo -dijo Muse…

– Soy un buen policía -dijo él.

Ella no le contestó.

Él la señaló con un dedo.

– Tú también eres buena policía, Muse. Puede que muy buena. Pero no eres una buena jefa. Un buen jefe hace salir lo mejor de los buenos policías. Tú no lo has hecho. Tienes que aprender a mandar.

Muse sacudió la cabeza.

– Sí, Frank, claro. Mi falta de capacidad de mando hizo que metieras la pata y pensaras que la desconocida era una puta. Culpa mía.

Él sonrió.

– Era mi caso -dijo.

– Y metiste la pata.

– Puede que me equivocara al principio, pero sigo aquí. No importa lo que piense de ti. No importa lo que tú pienses de mí. Lo único que importa es que se haga justicia para mi víctima.

25

Mo condujo hasta el Bronx y aparcó en la dirección que Anthony les había dado.

– No te lo vas a creer -dijo Mo.

– ¿Qué?

– Nos siguen.

Mike sabía que no debía volverse y levantar sospechas. Así que esperó.

– Un Chevy azul cuatro puertas aparcado en doble fila al final de esta manzana. Dos tíos, los dos con gorras de los Yankees y gafas de sol.

La noche anterior aquella calle estaba a rebosar de gente. Ahora no había prácticamente nadie. Los que estaban o bien dormían en un escalón o bien se movían con asombrosa letárgia, con las piernas solidificadas y los brazos pegados a los lados. Mike casi se esperaba ver un chamizo rodando en medio de la calle, como en las películas del Oeste.

– Entra tú -dijo Mo-. Tengo un amigo. Le daré la matrícula del coche a ver qué encuentra.

Mike asintió. Bajó del coche, intentando mirar disimuladamente hacia el otro coche. Apenas lo vio, pero no quiso arriesgarse a volver a mirar. Fue hacia la puerta. Era de metal gris, de tipo industrial, con las palabras CLUB JAGUAR escritas encima. Mike apretó el timbre. Se oyó un zumbido y la puerta se abrió al empujarla.

Las paredes estaban pintadas del amarillo brillante que normalmente se asocia con un McDonald's o con el ala infantil de un hospital con buenas intenciones. A la derecha había un tablón tapizado de anuncios de asesorías, clases de música, grupos de lectura, grupos de terapia para adictos a drogas, alcohólicos y víctimas de maltratos físicos o mentales. Varios anuncios buscaban a alguien para compartir piso y se podía arrancar una pestaña con el teléfono en la parte de abajo. Alguien vendía un sofá por cien dólares. Otra persona quería deshacerse de unos amplificadores de guitarra.

Mike pasó junto al tablón dirigiéndose a la recepción. Una jovencita con un aro en la nariz lo miró y dijo:

– Buenos días.

Mike tenía la fotografía de Adam en la mano.

– ¿Ha visto a este chico? -Dejó la foto delante de ella.

– Sólo soy la recepcionista -dijo ella.

– Las recepcionistas tienen ojos. Le he preguntado si lo había visto.

– No se me permite hablar de nuestros clientes.

– No le pido que me hable de ellos. Le pregunto si le ha visto.

La chica apretó los labios. Mike vio que también llevaba piercings cerca de la boca. Se quedó quieta mirándolo. Mike vio que no irían a ninguna parte.

– ¿Puedo hablar con el encargado?

– La encargada es Rosemary.

– Bien. ¿Puedo hablar con ella?

La recepcionista perforada cogió un teléfono. Tapó el receptor y murmuró algo. Diez segundos después sonrió a Mike y dijo:

– La señorita McDevitt le recibirá enseguida. La tercera puerta a la derecha.

Mike no sabía qué esperar, pero Rosemary McDevitt fue una sorpresa. Era joven, menuda y desprendía una especie de sensualidad natural que recordaba a un puma. Tenía una tira morada en los cabellos oscuros y un tatuaje que serpenteaba en su hombro y hacia su cuello. Su camiseta era de piel y sin mangas. Sus brazos eran musculosos y llevaba algo parecido a unas bandas de piel en los bíceps.

La chica se levantó y sonrió ofreciéndole la mano.

– Bienvenido.

Mike le estrechó la mano.

– ¿En qué puedo ayudarle?

– Me llamo Mike Baye.

– Hola, Mike.

– Sí, hola. Estoy buscando a mi hijo.

Se mantuvo cerca de ella. Mike medía metro ochenta y le llevaba más de quince centímetros a aquella mujer. Rosemary McDevitt miró la fotografía de Adam. Su expresión no delató nada.

– ¿Le conoce? -preguntó Mike.

– Sabe que no puedo responderle a eso.

Intentó devolverle la foto, pero Mike no la cogió. Las tácticas agresivas no le habían servido de mucho, o sea que se contuvo y respiró hondo.

– No le estoy pidiendo que traicione la confianza de nadie.

– Bueno, Mike, sí me lo está pidiendo. -Le sonrió amablemente-. Esto es precisamente lo que me está pidiendo.

– Sólo intento encontrar a mi hijo. Nada más.

Ella abrió los brazos.

– ¿Esto le parece una oficina de objetos perdidos?

– Ha desaparecido.

– Este local es un santuario, Mike, ¿me comprende? Los chicos vienen aquí para escapar de sus padres.

– Me preocupa que esté en peligro. Se marchó sin decir nada a nadie. Vino aquí anoche.

– Vale, vale… -Levantó una mano para indicarle que parara.

– ¿Qué?

– Vino aquí anoche. ¿Es esto lo que dice, Mike?

– Sí.

La mujer entornó los ojos.

– ¿Cómo lo sabe, Mike?

El uso constante de su nombre era irritante.

– ¿Disculpe?

– ¿Cómo sabe que su hijo vino aquí?

– Esto no es importante.

Ella sonrió y retrocedió un paso.

– Por supuesto que sí.

Mike necesitaba cambiar de tema. Echó un vistazo a la habitación.

– ¿Qué se hace en este local?

– Somos una especie de híbrido. -Rosemary le miró como dando a entender que sabía qué intentaba con aquella pregunta-. Un centro para adolescentes pero con un toque moderno.

– ¿En qué sentido?

– ¿Recuerda aquellos programas de baloncesto de medianoche?

– ¿Los de los noventa? ¿Para apartar a los chicos de la calle por la noche?

– Ésos. No me meteré en si funcionaron o no, pero la cuestión es que los programas estaban dirigidos a los pobres, a los chicos de la ciudad, y para algunos tenían una orientación claramente racista. ¿Baloncesto y en plena ciudad?

– ¿Y ustedes son diferentes?

– En primer lugar, no nos dirigimos estrictamente a los chicos pobres. Esto puede sonar a derecha, pero no creo que nosotros seamos los mejores para ayudar a adolescentes afroamericanos o de ciudad. Deben hacerlo dentro de sus comunidades. Y, a la larga, no creo que se puedan eliminar las tentaciones con estas cosas. Ellos deben ver que su salida no está en las armas o en las drogas y dudo que un partido de baloncesto sirva para eso.

Entró un grupo de chicos-hombres, todos ataviados con accesorios negros góticos y artículos de la familia de las cadenas y tachuelas. De los pantalones colgaban enormes esposas y los zapatos no estaban a la vista.

– Eh, Rosemary.

– Ey, chicos.

Siguieron caminando. Rosemary volvió a mirar a Mike.

– ¿Dónde vive?

– En Nueva Jersey.

– En un barrio residencial, ¿no?

– Sí.

– ¿Los adolescentes de su pueblo cómo se meten en líos?

– No lo sé. Con drogas, alcohol.

– Así es. Quieren marcha. Creen que están aburridos, y quizá lo están, ¿quién sabe? Y quieren salir y colocarse e ir a clubes y flirtear y todo ese rollo. No quieren jugar a baloncesto. Y esto es lo que hacemos aquí.

– ¿Colocarlos?

– No como usted cree. Venga, se lo enseñaré.

La chica se puso a caminar por el brillante pasillo amarillo. Mike caminó a su lado. Ella mantenía los hombros hacia atrás y la cabeza alta. Tenía la llave en la mano. Abrió una puerta y bajó una escalera. Mike la siguió.

Era un club nocturno o una disco o como se le llame hoy a ese lugar. Tenía bancos con cojines y mesas redondas con luz debajo y taburetes bajos. Había un cubículo para el DJ y el suelo era de madera, no había bola de espejitos, pero sí un montón de luces de colores que giraban siguiendo una pauta. Las palabras club jaguar estaban pintadas al estilo grafiti en la pared del fondo.

– Esto es lo que quieren los adolescentes -dijo Rosemary McDevitt-. Un lugar donde desmadrarse. Para estar con los amigos y pasarlo bien. No servimos alcohol, pero servimos copas que parecen de alcohol. Tenemos camareros y camareras guapos. Hacemos lo que hacen los mejores clubes. Pero la clave es que los mantenemos a salvo. ¿Lo comprende? Chicos como su hijo intentan conseguir carnés falsos. Quieren comprar drogas o buscan maneras de conseguir alcohol aunque sean menores. Nosotros intentamos impedirlo canalizando su energía de forma más saludable.

– ¿Con este sitio?

– En parte. También ofrecemos asesoramiento, si lo necesitan. Ofrecemos clubes de lectura y grupos de terapia y tenemos una sala con Xbox y PlayStation 3 y todas las cosas que usted asociaría a un centro para adolescentes. Pero este lugar es la clave. Este lugar es lo que nos hace enrollados, y perdone la jerga adolescente.

– Se rumorea que sirven alcohol.

– Se equivocan. Los rumores suele propagarlos la competencia porque pierde clientes por culpa nuestra.

Mike no dijo nada.

– Mire, pongamos que su hijo vino a la ciudad de marcha. Podía ir a la Tercera Avenida y comprar cocaína en un callejón. El tío que está sentado en el escalón a cincuenta metros de aquí vende heroína. Sea lo que sea, los chicos lo compran. O se cuelan en un club donde acaban colocados o peor. Aquí los protegemos. Pueden desmadrarse de forma segura.

– ¿También dejan entrar a chicos de la calle?

– No los rechazaríamos, pero existen otras organizaciones mejor preparadas para ellos. No intentamos cambiar la vida de nadie porque sinceramente no creo que sea posible. Un chico de una familia rota desviado del buen camino necesita algo más de lo que nosotros ofrecemos. Nuestro objetivo es impedir que chicos básicamente buenos se desvíen del buen camino. Es casi el problema contrario: hoy los padres están demasiado encima de sus hijos. Están encima de ellos las veinticuatro horas. Los chicos no tienen espacio para rebelarse.

Era un argumento que él había planteado muchas veces a Tia. Estamos demasiado encima de ellos. Mike solía caminar solo por la calle. Los sábados jugaba en el parque Branch Crook todo el día y no volvía a casa hasta tarde. Sus hijos no podían cruzar la calle sin que él o Tia vigilaran atentamente, temerosos de… ¿exactamente de qué?

– ¿Y les dan ese espacio?

– Así es.

Mike asintió.

– ¿Quién dirige esto?

– Yo. Lo creé yo hace tres años después de que mi hermano muriera por sobredosis. Greg era un buen chaval. Tenía dieciséis años. No practicaba deportes y, por lo tanto, no era muy popular. Nuestros padres y la sociedad en general fueron demasiado consoladores. Quizá era la segunda vez que consumía.

– Lo lamento.

Ella se encogió de hombros y fue hacia la escalera. Él la siguió en silencio.

– ¿Señora McDevitt?

– Rosemary -dijo ella.

– Rosemary. No quiero que mi hijo se convierta en otra estadística. Anoche vino aquí. Ahora no sé dónde está.

– No puedo ayudarle.

– ¿Le ha visto otras veces?

Seguía dándole la espalda.

– Tengo una misión mayor aquí, Mike.

– ¿Y mi hijo es prescindible?

– No es lo que he dicho. Pero no hablamos con los padres. Jamás. Este lugar es para adolescentes. Si se supiera…

– No se lo diré a nadie.

– Forma parte de nuestra declaración de principios.

– ¿Y si Adam estuviera en peligro?

– Entonces le ayudaría en todo lo que pudiera. Pero no es éste el caso.

Mike estaba a punto de discutir, pero vislumbró a un puñado de góticos en el pasillo.

– ¿Ésos son clientes suyos? -preguntó, entrando en el despacho de la mujer.

– Clientes y orientadores.

– ¿Orientadores?

– Hacen de todo. Ayudan a limpiar. Por la noche se divierten. Y vigilan el club.

– ¿Como gorilas?

Ella ladeó la cabeza adelante y atrás.

– Creo que es un nombre un poco fuerte. Ayudan a los recién llegados a adaptarse. Ayudan a mantener el control. Vigilan el local, están atentos para que no se fume ni se consuma en los servicios, cosas así.

Mike hizo